© Libro No. 443. La conquista
de la voluntad. Cómo conseguir lo que te has propuesto. Rojas, Enrique. Colección Emancipación Obrera. Julio 6 de 2013.
Título
original: © La conquista de la voluntad. Cómo
conseguir lo que te has propuesto. Enrique Rojas
Versión Original: © La conquista de la voluntad. Cómo conseguir
lo que te has propuesto. Enrique Rojas
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
DE
CÓMO CONSEGUIR
LO QUE TE HAS PROPUESTO
Enrique
Rojas
Biografía
Enrique Rojas, catedrático de Psiquiatría de
Premio Conde de Cartagena de
Ha diseñado
dos escalas de evaluación de conducta para medir la ansiedad y el riesgo de
suicidio. Sus ensayos han abordado la sexualidad, las crisis conyugales y la
voluntad. De todos ellos, los siguientes han sido publicados con gran éxito: Una
teoría de la felicidad, Remedios para el desamor, La conquista de la voluntad.
El hombre light, El amor inteligente, La ilusión de vivir, ¿Quién eres? y Los
lenguajes del deseo.
INDICE
PRÓLOGO
I. DEFINICIÓN
Y CLASES DE VOLUNTAD
Definición
Elegir es anunciar y renunciar
La motivación
Clases de voluntad
II. EDUCACIÓN DE
¿Qué es educar?
Educar a una persona es
entusiasmarla con los valores
La
educación de la voluntad está compuesta de pequeños vencimientos
El hombre con voluntad llega en
la vida más lejos que el inteligente.
El hombre con poca voluntad está
siempre amenazado
El hombre que lucha está siempre
contento
III. ORDEN
Arte, orden y medida
El orden es el placer de la razón
La permisividad como código
relativista
Orden en la cabeza
Orden en el tipo de vida
Orden en la forma
Orden en los objetivos
Efectos del orden en la vida
personal
IV. ORDEN Y ALEGRÍA
Vivir el orden disfrutándolo
Trabajo y alegría: dos piezas
inseparables
Las tres caras de la tristeza
Orden y constancia: las velas de
la voluntad
V. CONSTANCIA
Constancia es tenacidad sin
desaliento
Hay que saber qué es lo que uno
quiere
Entrega obstinada a un fin
El secreto de muchas vidas: la
perseverancia en los objetivos
VI.
VOLUNTAD Y
PROYECTO PERSONAL
Desear
y querer
La
felicidad como proyecto personal
La
victoria sobre sí mismo
La
felicidad es un resultado
VII. VOLUNTAD PARA
Es
fácil enamorarse y difícil mantenerse enamorado
El
drama de la convivencia
La vida cotidiana está hecha e
hilvanada de detalles pequeños
Los siete ingredientes del
amor conyugal
El amor maduro está hecho de
voluntad e inteligencia
La
casuística
VIII. EDUCACIÓN SENTIMENTAL
Viaje al interior de la
afectividad
Inteligencia y voluntad para
pilotar los sentimientos
¿Cómo educar los sentimientos?
IX. VOLUNTAD PARA ESTUDIAR
Toda
pedagogía es ciencia y arte a la vez
Racionalizar el estudio: aprender
a planificarse
Saber estudiar
El fracaso escolar
X. ¿CÓMO SUPERAR LAS DIFICULTADES DE
La cultura del placer
El sueño de la sinrazón
Frente al hombre vulnerable, el
hombre con fundamento
Los traumas de la vida
La calidad de las vivencias
Amor, constancia y voluntad: las mejores armas para vencer los fracasos
XI.
Resentimiento: sentirse dolido y
no olvidar
El cinismo no hace feliz al
hombre
El triunfo de la voluntad
perseverante
La relatividad del éxito y del
fracaso
Los hombres de vuelo superior
XII. TRASTORNOS DE
Las
enfermedades psíquicas y la voluntad
El síndrome
apático-abúlico-asténico
La
persona caprichosa
XIII.
Itinerario: del asombro a la
contemplación
La
belleza apolínea y dionisíaca
La voluntad de mejorar nuestra
vida
XIV. DECÁLOGO DE
Rousseau
y Freud: dos visiones confusas
Diez
reglas de oro para educar la voluntad
Bibliografía
DEDICATORIA:
A Isabel, mi mujer:
No entiendo la vida sin ti.
Eres parte fundamental de mi proyecto.
PRÓLOGO
Por fin he podido hacer realidad un viejo sueño:
escribir un libro sobre la voluntad; un tema bastante olvidado por la
psicología moderna.
Para mí la voluntad es casi tan importante
como la inteligencia. Cuando ésta ha adquirido fuerza y vigor, nos ayuda en el
empeño de conseguir los ideales de la juventud y, también, los de la madurez; a
continuar hacia adelante cuando surgen dificultades y los vientos son contrarios
a nuestros deseos.
Marañón, en sus Ensayos liberales, decía que el
modo más humano de la conducta juvenil es la inadaptación y a eso se le llama
rebeldía. Cuando la voluntad está educada, el hombre de cualquier edad se
vuelve joven, lozano y con mucho heroísmo en su comportamiento. Es la
aspiración de llegar a ser un hombre superior.
La voluntad es el cauce por donde se afirman los
objetivos, los propósitos y las mejores esperanzas, y sus dos ingredientes más
importantes para ponerla en marcha son la motivación y la ilusión. La primera
arrastra con su fuerza hacia el porvenir; la segunda es la alegría de llevar
los argumentos de la existencia hasta el final.
Entre la motivación y la ilusión radica la razón de
proponerse mejorar en cuestiones pequeñas: es decir, hago lo que debo, aunque
me cueste, aunque no lo entienda en ese momento. Debemos aprender a desatender
esas voces interiores que nos quieren llevar sólo a lo que nos apetece o nos
gusta, o hacia lo que nos pide el cuerpo, alejándonos del trayecto adecuado.
Toda educación de la voluntad tiene un fondo
ascético, por eso está estructurada a base de esfuerzos no muy grandes, pero
tenaces y pacientes, que se van sumando un día tras otro. No sólo se consigue
tener voluntad superando los problemas momentáneos, sino que la clave está en
la constancia, en no abandonarse.
Primero dar un primer paso y luego otro, y más
tarde hacer un esfuerzo suplementario. De ahí surgen y allí es donde se forjan
los hombres de una pieza; los que saben saltar por encima del cansancio, la
dificultad, la frustración, la desgana y los mil y un avatares que la vida trae
consigo.
El que lucha está siempre alegre, porque ha
aprendido a dominarse, por eso se mantiene joven. Todo lo que es válido cuesta
lograrlo. Pero merece la pena vencer la resistencia y perder el miedo al
esfuerzo. Hay que aprender a subir poco a poco, aunque sean unos metros y no
nos encontremos en las mejores condiciones.
La voluntad recia, consistente y pétrea es la clave
del éxito de muchas vidas y uno de los mejores adornos de la personalidad; hace
al hombre valioso y lo transporta al mundo donde los sueños se hacen realidad.
CAPÍTULO
I
DEFINICION
Y CLASES DE VOLUNTAD
DEFINICIÓN
El estudio de la psicología nos obliga a hacer
hincapié y adentrarnos en uno de los pilares de la condición humana: la
voluntad. En nuestro patrimonio psicológico hay muchos elementos que configuran
una diversidad de contenidos, pero unidos y entrelazados por un mismo motivo:
hacer del hombre un ser superior. Para ello son necesarios los requisitos de
libertad, afectividad, conocimiento... y, por supuesto, la voluntad.
Etimológicamente, voluntad procede del latín voluntas-atis, que significa querer. El
origen de este término se remonta al siglo X; después, en el XV, aparece la
expresión voluntario (del latín voluntarius);
y también conviene señalar la acepción procedente del latín escolástico, volitio-onis.
Tras esta descripción etimológica de la palabra
voluntad, hay que decir que ésta implica tres cosas: la potencia de querer, el
acto de querer y lo querido o pretendido en sí mismo. Desde un punto de vista
académico, se pueden establecer dos distinciones:
a)
la simplex voluntas, que se
refiere al fin que nos proponemos;
b)
voluntas consiliativa, que
menciona los medios utilizados para conseguir aquel objetivo o fin.
Estas dos clases de voluntad fueron consideradas
respectivamente como thélesis y boulesis
en el pensamiento posescolástico.
En el siglo XIX aparecen dos palabras: noluntad y
nolición, formadas a partir del concepto latino nolle: no querer. De toda esta explicación podemos extraer una
primera aproximación para definir la voluntad: aquella facultad del hombre para
querer algo, lo cual implica admitir o rechazar.
Hay un primer paso: la apetencia. Incluso hoy, en
el lenguaje coloquial de los jóvenes, se emplea con mucha frecuencia: «Me
apetece» «No me apetece».
La voluntad consiste, ante todo, en un acto
intencional, de inclinarse o dirigirse hacia algo, y en él interviene un factor
importante: la decisión. La voluntad, como resolución, significa saber lo que
uno quiere o hacia dónde va; y en ella hay tres ingredientes asociados que la
configuran en un todo:
1. Tendencia. Anhelo, aspiración, preferencia por
algo. Su origen etimológico proviene de tendere, inclinarse, dirigirse,
poner tirante, acción de atender. Constituye una primera fase, que puede verse
interrumpida por circunstancias del entorno.
2. Determinación. Aquí hay ya distinción, análisis,
evaluación de la meta pretendida, aclaración y esclarecimiento de lo que uno
quiere.
3. Acción. Es la más definitiva y comporta una
puesta en marcha de uno mismo en busca de aquello que se quiere.
La tendencia, descubre; la determinación concreta,
y mediante la acción aquello se hace operativo. Por eso, la voluntad
consiste en preferir; lo esencial radica en escoger una posibilidad
entre varias.
Antes de continuar hay que hacer una distinción muy
importante entre las palabras querer y desear.
Desear es pretender
algo, desde el punto de vista afectivo, sentimental, aquello que se manifiesta
en la vertiente cordial de uno, como una especie de meteorito, pero que no deja
huella, pues pronto decrece la ilusión que ha provocado en nosotros[1]
Querer es aspirar a
una casa anteponiendo la voluntad, siendo capaces de concretar y sistematizar
esas espigas que aparecen de pronto y piden paso.
El deseo se manifiesta
en el plano emocional y el querer en
el de la voluntad; el primero se da en el adolescente con mucha frecuencia y no
se traduce ni conduce a nada o a casi nada; el segundo se produce, sobre todo,
en el hombre maduro y se materializa; tiene capacidad de conducir a la meta
mediante ejercicios específicos que se proyectan en esa dirección. Voluntad
es determinación.
ELEGIR ES ANUNCIAR Y RENUNCIAR
El acto de la voluntad es bifronte, es decir,
consiste en un acto de amor y de decisión. Max Scheler, en su libro Esencia
y formas de la simpatía[2] dice que la ley
fundamental de la elección afectiva consiste en sentir lo mismo que el otro, y
cuando se trata de algo y no de alguien, la respuesta es el amor.
El propio Stendhal[3] dice que cuando una persona
se enamora de otra, la elige para sí, partiendo de la admiración, la esperanza
y el estudio de las perfecciones de esa otra persona... Así nace el amor y
emerge la primera cristalización; pero, como bien subraya este autor, con
frecuencia, en ese análisis sentimental se exagera una propiedad del otro, lo
cual acabará más adelante por echar a perder ese amor, es decir, la objetividad
de los hechos ponen de manifiesto que esa persona se había enamorado del amor
o, dicho de otra manera, había idealizado en exceso los puntos positivos del
otro.
Se pueden describir varios tipos de amor.
1. El amor pasión; por ejemplo, el caso de Eloísa y
Abelardo, en el que todo se desarrolla mediante un afecto vibrante, exaltado,
vehemente. El entusiasmo preside la relación, intercalada de fervor, ímpetu y
cierta enajenación. Desde el punto de vista psicológico, una de sus principales
características es que de alguna manera nubla o incluso anula la razón.
2. El amor placer, que tanta importancia tuvo en el
mundo y en la literatura francesa del siglo XVIII. Hoy, en bastante medida,
está vigente. Es el amor que aparece mediatizado por la sexualidad e,
inevitablemente, en él una persona utiliza como medio de placer a la otra. En
sentido estricto tiene poco de amor auténtico, ya que no busca el bien del
otro, sino sumergirse y zambullirse en la experiencia de la voluptuosidad
sexual; digamos que podríamos denominarlo amor físico.
3. El amor vanidad. Surge con frecuencia cuando ya
han pasado los años juveniles; una persona se pone a prueba, pensando que, a
pesar de sus años, aún es capaz de seducir a otra. Tiene mucho de reto personal
y del manejo de las artes de la conquista.
4. El amor sentimental. Es el mejor de todos, está
elaborado desde sentimientos profundos y de pensamientos como: «No puedo
prescindir de esa persona a mi lado». No se concibe la vida sin esa persona, no
tiene cabida en el escenario mental propio. Ahí cuadra perfectamente aquella
expresión popular: «No entiendo la vida sin ti» o también aquella otra: «Eres
mi vida.» Por eso, donde más se retrata el ser humano es en la elección
amorosa.
Pero volvamos a nuestro tema: la voluntad. La
esencia de la mejor elección es la satisfacción. Se vive como gozo el haber
escogido, hay alegría tras haber tomado aquella dirección y no otra. Se
practica el acto de ser querido, el cual conduce a poseerse, a ser plenamente
uno mismo, y por lo que uno siente que se inclina hacia lo mejor.
Para que todo lo anterior quede más claro
explicaremos las fases de la elección:
1. Saber el objetivo que pretendemos. Cuando
queremos algo, hay que ser capaz de perfilar muy bien aquello a lo que
aspiramos. El adolescente, que aún no está acostumbrado a renunciar -no sabe
decir no-, quiere abarcar demasiadas cosas y se dispersa, y la dispersión es la
mejor manera de no avanzar, por pérdida de energías.
En cambio, cuando ya hay cierta madurez, uno es
capaz de coger papel y lápiz para concretar de forma clara lo que pretende.
Sobra decir que no es lo mismo hacer un plan de estudios, en una época
relativamente cercana a los exámenes, que modificar la irritabilidad del
carácter o intentar ser más ordenado.
2. La motivación. Constituye el gran dilema
de la voluntad. La voluntad mejor dispuesta es la más motivada, la que se ve
empujada hacia algo atractivo, sugerente, que incita a luchar por perseguir esa
meta lejana, pero alcanzable.
El hombre no puede vivir sin ilusiones. Ahora bien,
¿qué temas, qué cuestiones pueden motivar al ser humano? KB. Madsen, en un
libro clásico de psicología, Teorías de la motivación, distingue cuatro tipos
de teorías:
a) Las teorías biológicas y materialistas. Son
motivaciones biológicas la sexualidad y lo que de ella se deriva: los placeres
de la comida, la bebida, el bienestar por sí mismo.
b) Las teorías psicológicas. Centradas en el
conductismo, en la llamada psicología cognitiva y el psicoanálisis.
c) Otras, menos relevantes, las teorías sociales.
d) Las teorías culturales, en las cuales quedarían
incluidas las vertientes de los valores y todo lo espiritual.
Para Freud motivación era la liberación de
los instintos y la superación de la represión sexual. Para Paul T. Young, el
psicólogo norteamericano[4], la
motivación estaba basada en la regulación adecuada entre los estímulos externos
y los internos, con relación a las demandas o los apetitos del sujeto.
Para Tolman todo se mueve entre un juego que se
establece entre:
a)
las variables independientes,
que son las que inician el comportamiento;
b)
las variables intervinientes, determinantes
para la conducta: la capacidad de cada uno, la forma de pensar, las
preferencias y las adaptaciones al medio ambiente.
En Allport la conducta es estudiada en unidades
específicas de comportamiento, por eso los motivos se adquieren con la
adaptación a la realidad. Por último, mencionaremos a uno de los padres de la
psicología moderna, Skinner, quien dice que toda la motivación se establece en
una relación de ida y vuelta entre premios y castigos; se trata, por tanto, de
una teoría radicalmente empírica, apoyada en la observación de la conducta
diaria.
Pero no hay que olvidar que la línea entre lo que
se manifiesta y lo que se oculta no está clara, sino borrosa, desdibujada. Los
psiquiatras tratamos de descubrir el porqué de la trayectoria, tanto de fuera
como de dentro; es decir, amplificamos la conducta y la estudiamos.
Los agentes motivadores son los que ponen en marcha
la voluntad y la hacen realidad, fácil, bien dispuesta, capaz de superar las
dificultades, frenos y cansancios propios de ese esfuerzo. Motivación,
por tanto, es ver la meta como algo grande y positivo que podemos conseguir;
pero desde la indiferencia no se puede cultivar la voluntad.
Quizás el problema resida en que muchas metas
grandes para el ser humano son excesivamente costosas y con comienzos muy
duros. Ahí entra de lleno el tema de los ideales o valores, cuya posesión nos
alegra a todos; pero hasta llegar a poseerlos hay que recorrer un camino muy
empinado.
La paciencia o el autodominio no se consiguen sólo
pensando en ellos, sino después de una batalla dura con uno mismo, a base de
pequeños ejercicios repetidos una y otra vez.
Estar motivado significa tener una representación
anticipada de la meta, lo cual arrastra a la acción. De ahí emerge buena parte
del proyecto personal que cada uno debemos tener.
3. La deliberación. Es el análisis minucioso
de los medios y los fines. ¿Compensa hacer esto?, ¿vale la pena desgastarse
para conseguir esa empresa, ese proyecto, esa mejora en la personalidad, y en
el plano de los estudios o a nivel profesional?
Lo ideal es que la motivación vaya acompañada de
una lección de alguien que sea portador de ese algo que motiva; o sea, debemos
tener un modelo de identidad, una persona a quien imitar, porque nos resulta
atrayente, sugestiva, con fuerza y nos llama la atención por ese algo, punto de
partida hacia nuestro cambio.
4. Por último, está la decisión. Decidirse
es querer. Estas dos últimas etapas son esencialmente racionales, ya que
comportan una tarea intelectual de valoración. Sopesar, aquilatar, ver despacio
el tema, distinguir los diferentes componentes e incluirnos en ese esquema.
En definitiva, juzgar, calificando lo que
pretendemos. Todo ser humano se mide y se aprecia por sus determinaciones. Se
marcan éstas y después se lucha por cumplirlas. El hombre maduro sabe trazarse
objetivos concretos en su vida, pocos pero bien configurados, y más tarde, pone
todo el empeño en alcanzarlos.
CLASES DE VOLUNTAD
La voluntad, aunque aparezca como un todo, antes ha
obedecido a unas intenciones o concepciones; y dependiendo de éstas se puede
hablar de seis tipos: según la forma, según el contenido, según la actitud del
sujeto, según la meta, según la génesis y según su fenomenología.
1. Según la forma. Nos encontramos con los
siguientes subtipos:
a)
La voluntad
inicial, que es aquella capaz de romper la inercia y poner en marcha la dinámica
del individuo hacia el objetivo que aparece ante él; si no hay constancia, vale
de muy poco.
b)
La voluntad
perseverante. Por medio de ésta ya podemos embarcarnos en empresas más arriesgadas. En
ella intervienen elementos como el tesón, el empeño y la firmeza, y se va
robusteciendo a medida que esos esfuerzos se repiten
Con una
voluntad así se puede llegar a cualquier propósito. Al principio cuesta, pero
después, con el hábito de su repetición, produce sabrosos frutos, uno de los
cuales es la alegría de vencerse, de insistir, de continuar lo iniciado.
Comenzar supone mucho, pero perseverar es todo.
c)
La voluntad
capaz de superar las frustraciones. La frustración es necesaria
para la maduración de la personalidad, ya que el hombre fuerte se crece en las
dificultades, que son superadas a base de volver a empezar. No hay que darse
por vencido, sino tener capacidad de reacción; de ahí surgen los hombres
superiores.
Los psiquiatras
sabemos mucho de heridas psicológicas, traumas y desengaños, y la vida está
repleta de unos y otros. Pero eso son los retos: desafíos con uno mismo, a
través de los cuales nos probamos y vemos que somos capaces de alcanzar ciertas
cimas, si nos lo proponemos seriamente.
d) La voluntad para terminar bien la tarea
comenzada. El amor por el trabajo bien hecho se compone de pequeños
detalles que culminan en una tarea hecha de forma correcta y adecuada. Eso
requiere paciencia y laboriosidad, pero entre ellas hay un puente que las une:
la voluntad ejemplar.
2. Según el contenido. Hay mucha materia para
este apartado, pero intentaré resumirlo a continuación. Ahora nos interesa el
móvil de la voluntad, que puede ser:
a)
Físico. Pensemos en las dietas
modernas de adelgazamiento, que llevan consigo un enorme sacrificio en la
comida; el deporte en tantas facetas... o todo lo referente a la estética
corporal y facial.
b)
Somático. Las privaciones
necesarias que hay que seguir en ciertas enfermedades para recuperar la salud
corporal.
c)
Psicológico. Una de las tareas
más importantes de la psiquiatría es la psicoterapia: el medio por el que el
psiquiatra cambia y modifica los mecanismos negativos de la personalidad de un
individuo para hacerla más equilibrada y madura, pues encontrarse a sí mismo es
la puerta de la felicidad.
En
otras palabras, hay que tener una personalidad armónica para sentirse bien interiormente. El
psiquiatra debe motivar a su paciente para que éste cambie, modifique, corrija,
gire en su conducta y se dirija hacia posiciones menos neuróticas.
El
campo de trabajo tiene muchas posibilidades: hacer superar complejos de
inferioridad, la inestabilidad emocional, una susceptibilidad a flor de piel, o
eliminar la tendencia a instalarse en el pasado negativo y no ser capaz de
salir de él. Todos estos factores, en un nivel normal, constituyen una base
importante y traerán a los paisajes interiores una serenidad muy positiva.
d)
Social. Por medio de este móvil
se pueden conseguir habilidades en la comunicación interpersonal, vencer la
timidez o la dificultad de expresarse en público. Hoy, en las grandes ciudades,
existe el grave problema de la soledad, el aislamiento, la incomunicación.
Todo
ello se va haciendo crónico, conduce a tener una vida depresiva, muy parecida a
la que hay con la depresión clínica, pero que no se cura con medicación, sino
con medidas socioterapéuticas.
e)
Cultural. La cultura hace al
hombre más libre y con más criterio. Max Scheler decía que la cultura es
humanización, un «proceso mediante el cual nos hacemos hombres en medio del
pasado histórico y del presente fugaz».
Ortega,
en El espectador, apostilla: «La cultura es un movimiento natatorio, un bracear
del hombre en el mar de su existencia.»
Ser culto es
ser rico por dentro, tener más claves para interpretar de forma correcta la
vida humana. Si cualquier filosofía significa meditación sobre la vida, la
cultura es el texto eterno que habita en el interior del ser humano. Por
ello, todos los esfuerzos de la voluntad -aunque hoy ésta escasea por avanzar
en esa dirección son pocos. Para muchos, casi toda la cultura que hay en sus
vidas es la televisión, y ésta en el momento actual carece de calidad
suficiente[5].
La cultura es
como una segunda naturaleza; eleva por encima de lo inmediato, ayuda a madurar,
contribuye al progreso personal. Si no tuviera estos fines, sería una lección
intrascendente, divertida, que no despierta, sino que adormece, que no alumbra,
sino que deslumbra.
El hombre no puede desarrollarse y desplegarse
de forma completa, si no es a través del conocimiento de sí mismo y del mundo
que le rodea en toda su amplitud. El individuo pegado a la televisión liquida
su aspiración cultural con sucedáneos epidérmicos que, a la larga, le dejan
vacío. No sucede lo mismo que con el ideal platónico, para el que la primera
aspiración de la cultura era la conquista de uno mismo[6].
La cultura es
para el hombre el asidero donde ir una y otra vez a refugiarse, a buscar
alimento para su conducta, para saber a qué atenerse. Su fin consiste en
ayudarle para que su vida sea más humana, tenga más relieve y le revele sus
verdaderas posibilidades. Pero para educar la voluntad hacia la cultura es
menester estimular la inquietud por sus distintas fuentes: la literatura, el
arte, la música, etc., y todo ello al servicio del ser humano, para hacerlo más
maduro, completo y con un mejor desarrollo en su totalidad.
Sin cultura
está uno perdido, sin el equilibrio suficiente. La cultura, como
superestructura, se forma de acuerdo con una determinada concepción del hombre,
que puede ser variable. De ahí que surjan diversos tipos de cultura: la
hedonista, la marxista, la permisiva, la psicoanalítica, la relativista, etc.
Ahora bien, la mejor, la más completa, es aquella que se inspira en las mejores
raíces de Europa.
Antes de
continuar con el tema, quiero subrayar de modo sintético esas bases culturales:
el mundo griega, de él procede todo el pensamiento filosófico; el mundo romano,
que nos legó el Derecho y las leyes; el pensamiento hebreo, con su amor a las
tradiciones, el nuevo concepto de familia y todas las ideas del Talmud y del
Zoar, libro que recoge la sabiduría de muchos célebres rabinos.
El
cristianismo, que aportó un nuevo concepto del hombre basado en el amor y en el
sentido trascendente; hasta llegar al Renacimiento, de una influencia decisiva
con el Quattrocento italiano y Dante, Boccaccio y Petrarca como figuras más
representativas, y el invento de la imprenta por Guttemberg en el siglo xv .
Por tanto,
conducir la voluntad hacia la cultura, hacia los valores, es una tarea que hay
que saber ofrecer, como camino hacia la libertad personal y al crecimiento
interior. Este debe ser el móvil, el tirón para acercarnos a todo lo que esté
relacionado con lo cultural, no para el lucimiento personal de cara a la
galería, sino para ser más dueño de uno mismo. Es más, para mí no hay felicidad
sin amor, trabajo y cultura[7].
Kant, en su
Antropología, decía:
« Niégate la
satisfacción de la diversión, pero no en el sentido estoico de querer
prescindir por completo de ella, sino en el fina mente epicúreo de tener en
proyecto un goce todavía mayor [...] que a la larga te hará más rico, aun
cuando al final de tu existencia hayas tenido que renunciar en gran parte a tu
satisfacción inmediata.>
f)
Y, por último, la voluntad
espiritual, aquella que busca los valores naturales y sobrenaturales.
Trascendencia significa atravesar subiendo, y todo lo que sube converge. Esta
voluntad es en la actualidad más necesaria que nunca.
El hombre sin
valores vive huérfano de humanismo y de espiritualidad: es el hombre light, al que sólo le interesa el sexo,
el dinero, el poder, el éxito, el pasarlo bien sin restricciones y la
permisividad ilimitada. Por ese camino se suele llegar a una saturación de
contradicciones que desembocan en el vacío.
Es el culto a la tolerancia total, la
permisividad como religión, cuyo credo es una enorme curiosidad por todo, donde
lo importante son las sensaciones dispersas, que desembocan en una indiferencia
por saturación de incoherencias.
3. Según la
actitud del sujeto. En este apartado hay que mencionar fundamentalmente tres tipos de voluntad, entre las cuales podrían
situarse otras, en sentido
cuantitativo.
a) La voluntad
poco motivada, que ya surge con un rasgo negativo, pues tiene una raíz endeble
y no florece la planta.
b) La voluntad
motivada y la muy motivada, según sea el grado e intensidad de la ilusión que
se tenga para lanzarse hacia el objetivo propuesto. La motivación hace que el
proyecto personal sea argumental, que tenga un carácter programático, elaborado
por una sucesión de pequeñas superaciones, sobre las que la voluntad se va
fortaleciendo, acrisolándose, haciéndose madura. El individuo con este tipo de
voluntad sabe lo que quiere y pone de su parte lo necesario para ir poco a poco
consiguiéndolo.
4. Según la meta. Existen tres tipos de voluntad en
este sentido:
·
la voluntad inmediata (a corto
plazo, de miras cercanas, de resoluciones rápidas),
·
otra mediata (a medio plazo) y
·
una a largo plazo (muy
relacionada con nuestro proyecto).
La felicidad
consiste en tener un proyecto de vida coherente y realista, que nos impulsa con
ilusión hacia el futuro. La meta produce ilusión anticipada, de ahí su fuerza.
Cada uno tiene estas tres voluntades en su hoy y ahora. Unas cuestiones
requieren de mí un esfuerzo inmediato, de hoy para mañana o para las próximas
semanas; y otras requieren más tiempo y debemos apostar por ellas. La voluntad
más lejana sólo se da en el hombre singular, con madurez, que ha aprendido a
esperar y a sembrar. Ese llegará a la meta propuesta si se apoya en la
constancia.
5. Según la génesis. En tal sentido mencionamos:
a)
la voluntad centrífuga, que va de
dentro hacia fuera y que está muy relacionada con el temperamento;
b)
la voluntad centrípeta, que va de
fuera hacia dentro; en esta última, entra de lleno la educación de cada uno
desde la infancia, la adolescencia, el ambiente familiar, así como el modelo de
identidad en el que se ha inspirado para ir afianzando la personalidad.
El modelo es la imagen con la que uño se va
identificando y a la que le gustaría parecerse.
Está constituido por distintos elementos: aspecto externo, tipo de personalidad, actitudes, creencias,
valores y contenido interior de esa existencia.
Todo esto forma un conjunto, una forma atractiva, que invita a seguir en esa línea. La identificación
es uno de los aspectos más importantes del
desarrollo de la personalidad.
Los niños y los adolescentes, que están en pleno
proceso de construcción y formación de sí
mismos, imitan y quieren parecerse a esas personas que admiran. La raíz es la admiración. Tras la admiración hay un
proceso de aprendizaje que va a
tener matices y vertientes complejas. Más adelante me ocuparé de ello.
6. Según su fenomenología nos encontramos con los
siguientes tipos:
a)
Voluntad intencional: que es
aquella que quiere, que está determinada, a diferencia de aquella otra que está
movida sólo por estímulos superficiales externos, que no nacen o se inspiran en
el proyecto personal; se dirige hacia aquello que motiva y produce ilusión.
b)
Voluntad de aprobación: que
reconoce algo como valioso y decisivo y lo aprueba para sí. Le da una nota
positiva. Aquí entra de lleno lo que ocurre en el enamoramiento. Es decir,
entre las personas que conozco, o que he conocido me quedo con la que más me
llena.
c)
Voluntad reflexiva: ésta se
vuelve sobre sí misma, siendo capaz de meditar en las propias experiencias.
Esta tarea intelectual es clave y cuando se sabe hacer, el hombre tiene
capacidad para aprender mediante dos elaboraciones sucesivas: análisis primero
y síntesis, después.
d)
Voluntad de interesarse: se da cuando hay
curiosidad por la realidad. Procede del latín ínter, entre, y esse,
seleccionar. Se escoge entre varias cosas la que más destaca ante uno por
alguna cualidad especial.
CAPÍTULO
II
EDUCACION
DE
¿QUÉ ES EDUCAR?
La palabra educar cobija bajo su seno multitud de
significados. Muchos de ellos son incluso imprecisos, si nos atenemos
estrictamente a lo que queremos referirnos en este libro. Su etimología nos
pone frente a sus referencias más concretas. Deriva del latín educare, ir
conduciendo de un lugar a otro; y también de educere, extraer, sacar fuera.
El primer significado subraya un proceso que debe
llevarse a cabo paso a paso y que tiene un sentido dinámico, algo que se
produce en plena movilidad; el segundo se reitere más a los resultados, pero
contando con la habilidad del educador, que debe saber sacar el máximo provecho
de esa persona, todo lo bueno y positivo que lleva dentro.
Educar es ayudar a alguien para que se desarrolle
de la mejor manera posible en los diversos aspectos que tiene la naturaleza
humana. Las educaciones particulares especifican el sector de que se trata. No es
lo mismo la educación sentimental, que la sexual, que la que se reitere a la
esgrima, al inglés, al dominio de la voluntad o toda la concerniente al campo
cívico.
Educar
significa comunicar conocimientos y promover actitudes. Conocimiento quiere
decir que hay una transmisión de información inicial que nos sitúa frente al
tema concreto. Eso es mucho y a la vez poco. Pensemos en la educación sexual:
uno no aprende a gobernar y a ser dueño de su sexualidad por el único hecho de
conocer la anatomía, la fisiología y los demás mecanismos endocrinológicos de
su organismo. Necesita, además, que esa información se acompañe de una orientación.
Esa es la formación: dar pautas de conducta
adecuadas que nos digan y expliquen con claridad, por ejemplo, para qué sirve
la sexualidad, qué se debe hacer con ella... y si es bueno decir que sí a
cualquier estímulo sexual que aparezca ante nosotros.
Información y formación constituyen un binomio
clave en toda educación. La primera abre la puerta, y la segunda nos instala en
el proceso educativo. Son dos etapas sucesivas y complementarias. No hay
educación completa si falta alguna de ellas. Recibir información es acumular
una serie de datos, observaciones y manifestaciones específicas.
La formación va más allá: ofrece unos criterios
para regir el comportamiento, de acuerdo con una cierta orientación; pretende
sacar el mejor partido posible de los conocimientos recibidos, favoreciendo la
construcción de un hombre más maduro, más sólido y firme, más humano y más
espiritual, más dueño de sí mismo. Se puede decir, incluso, que educar es hacer
que alguien aprenda a vivir con alegría.
Los resortes principales que permiten alcanzar los
objetivos propuestos se inspiran, por un lado, en la motivación, y por otro, en
el esfuerzo. El uno mueve, y el otro hace que a través de pequeñas luchas
concretas, repetidas una y otra vez, se llegue a un entrenamiento en el
autodominio, el control de la propia conducta y en el ir sabiendo posponer lo
inmediato. Por ahí se descubre la senda que nos hace ver lo mejor de nosotros
mismos.
Toda educación tendrá los siguientes apartados y
derivaciones:
1.
Educar es mostrar una cierta doctrina. Eso es
dirigir, encauzar, llevar hacia una región determinada. No es lo mismo la
educación en Psiquiatría que en Derecho Civil, en Informática o en Bioquímica,
pero en todas ellas late una meta similar: llegar a dominar una serie de
conocimientos más o menos básicos que posibiliten moverse en ese campo con
rigor.
2. Educar es perfeccionar ciertas facultades,
mediante motivaciones, ejercicios específicos, ejemplos, etc. Se aprenden unas
reglas que ayudan a desarrollarse con soltura en esas tareas.
3. Toda
educación conduce a la formación de un ser humano más completo, coherente y
maduro. Completo, porque ha sido capaz de integrar vertientes diversas
adecuadamente; coherente, porque busca que entre la teoría y la práctica, las
ideas y la conducta, se dé una relación armónica; y maduro, porque de ese modo
alcanzará un buen equilibrio personal entre los distintos componentes de su
patrimonio psicológico (sensopercepción, memoria, pensamiento, inteligencia,
conciencia, afectividad, etc.), físico y social. En cualquiera de los idiomas
tiene el mismo significado y aplicación.
4. La mejor
educación debe ayudar a la mejor formulación y desarrollo de nuestro proyecto
personal. Hay en ella dos ideas: concluir, que no es otra cosa que señalar una
dirección, guiar, llevar el timón.
En los
ejércitos profesionales que funcionan bien, el capitán, cuando avanzan en
combate, no dice, « ¡Adelante! », sino « ¡Seguidme! », con lo que da a entender
que él va delante, abriendo camino. Esa es la principal tarea del educador; la
obra consiste en promover, dirigir hacia unas metas determinadas, atractivas,
que lleven a cierto nivel de perfeccionamiento.
5.
Es esencial la tarea del
educador. Se educa más por lo que se es, que por lo que se dice. Las palabras
mueven, pero el ejemplo arrastra. Es decir, el alumno suele fijarse en el
profesor, buscando algo. La exposición atractiva de otra vida incita a imitarla
de alguna manera. El poder del educador depende menos de sus palabras que de su
presencia silenciosa y auténtica.
Puede haber
muchos profesores y educadores que enseñen distintas materias y asignaturas,
pero hay pocos que sean maestros. En el proceso del modelo de identidad, la
figura del profesor es decisiva, ya que quizá signifique el descubrimiento de
una persona ejemplar a la que admirar, con la que poderse identificar uno y que
sirve como punto de referencia firme en que apoyarse.
EDUCAR A UNA PERSONA ES ENTUSIASMARLA CON LOS VALORES
Generalmente se han descrito tres posiciones
respecto a la forma de educar.
·
La primera se centra en la
espontaneidad: el niño y el adolescente van creciendo con muy pocas normas,
moviéndose con soltura y dictando ellos mismos sus patrones de conducta.
·
La segunda enfatiza el
voluntarismo: desde muy pequeño el niño aprende a dominar su voluntad,
dirigiéndola no a lo que le apetece, sino a lo que a la larga resulta mejor
para él; ésta es mi postura, aunque sin excesos.
·
Y, por último, la tercera aboga
por una vía intermedia: el niño se educa según el complejo juego que se
establece entre espontaneidad y disciplina, libertad y autoridad.
Cada persona es un misterio y un tesoro, algo que
hay que ir resolviendo y desvelando; un ser valioso que conviene poner en ruta
hacia lo mejor de su destino. Descifrar a cada individuo y cuidarlo para que dé
lo mejor de sí mismo es la tarea del educador.
En otros términos, educar es convertir a alguien en
una persona más libre e independiente. Toda educación humaniza y llena de amor.
Si no es así, el trabajo llevado a cabo, por mucho que se llame educativo, no
es tal; si esclaviza, aprisiona y no libera de verdad, a la larga tendrá un
valor negativo.
Educar es instruir, formar, pulir y limar a una
persona para que se vuelva más armónica y sea capaz de gobernarse a sí misma.
La mejor educación pretende construir la felicidad, pero sin olvidar que no hay
felicidad sin sacrificio y renuncias. Un ser humano enriquecido: ésa es la
pretensión.
Si todos somos perfectibles y defectibles, la
educación nos aportará nuevos ideales y lo necesario para comportarnos de
acuerdo con nuestra naturaleza. Como decía Sócrates a su amigo Hipócrates: «Un
sabio es un comerciante que vende géneros de los que se nutre el alma».
Existen dos máximas muy válidas cuando se habla de
la educación:
«No hay voluntad si no hay conocimiento de la meta»
(Nihil volitum nisi praecognitum),
y aquella
otra, algo distinta, pero con el mismo fondo:
«No se puede
amar lo que no se conoce».
Toda educación es una labor de orfebrería: se debe
labrar a golpe de martillo y de cincel hasta conseguir la obra bien acabada.
Pero no hay que olvidar que la vida es un ensayo y, por eso, el hombre se
convierte en un animal descontento, siempre incompleto y siempre haciéndose a
sí mismo: es el eterno ritornello que comporta todo lo humano.
Se trata de una operación progresiva y lenta que
necesita tiempo para ir asimilando lo que le llega; un proceso gradual y
ascendente, integral y unitario, que abarca todo lo que puede conducir a la
realización más completa de la persona, según sean sus facultades (físicas,
intelectuales, afectivas y de la voluntad) y circunstancias individuales
(familiares, de residencia, etc.).
Si la tarea del educador va más allá de la
explicación de ciertos conocimientos, es porque tiene que saber estimular. El
aprendizaje de una materia concreta pueden lograrlo muchas personas, pero el
maestro debe también enseñar a vivir, ayudar a conocer la realidad personal y
circunstancial en su riqueza y profundidad. De este modo emergen los valores.
Tan importante como el contenido es la personalidad
de quien educa. Si ésta es singular, positiva y coherente, dará clase con su
sola presencia; si es amorfa, incoherente y poco atractiva, aunque exponga los
temas con claridad, siempre faltará algo en sus enseñanzas. La actitud del
educador, al igual que sus modales, ha de ser propositiva. Así, sus
silencios resultarán elocuentes y su palabra modelará y arropará al que la
escucha.
El tema de la voluntad nos afecta a todos de forma
directa. Mientras escribo estas líneas, pasan por mi mente muchas imágenes
referentes a mí mismo en este territorio. La vida, con sus exámenes, va dando
cuenta de nuestra existencia, y lo hace mostrándonos -aunque no queramos- si
hemos sabido o no educar la voluntad para arribar a los puertos que nos
habíamos planteado.
La voluntad es capacidad para hacer algo
anticipando consecuencias; una disposición interior para anunciar o renunciar;
algo propio del hombre, tanto como la inteligencia y la afectividad.
La razón nos hace distinguir lo accesorio de lo
fundamental, nos enseña lo que es tener espíritu de síntesis y nos ayuda a
ensayar una solución concreta en un momento determinado[8]. La vida afectiva se expresa
a través de los sentimientos, las emociones, las pasiones y las motivaciones,
de las que ya hemos hablado.
La vía habitual es el sentimiento, que se define
como un estado subjetivo, positivo o negativo, que suele tener un tinte difuso,
etéreo, pero que nos permite tomarle el pulso a los impactos que nos rodean.
Casi al mismo nivel sitúo yo la voluntad, algo que no se tiene porque sí, algo
que no se recibe de forma hereditaria, como el color de los ojos, la estatura o
el tipo morfológico.
La voluntad es una aspiración que exige una serie
de pequeños ensayos y esfuerzos, hasta que, una vez educada, se afianza y
produce sus frutos.
Para el niño y el adolescente, educar la voluntad
significa en primer lugar huir del culto al instante (del latín instaras-antis: lo que está ahí), según
el cual lo más importante es vivir lo inmediato.
Goethe escribía: «Detente, instante, eres tan
bello». Todos los poetas han cantado a esos
«momentos privilegiados», a esas experiencias puntuales tan relevantes y
fecundas, sobre todo para las personas dedicadas a las tareas creativas. Sin
embargo, un síntoma frecuente de escasa voluntad es buscar sólo la exaltación
instantánea de lo más próximo.
Lo primero que necesitamos para ir domando la
voluntad es ser capaces de renunciar a la satisfacción que nos produce lo
urgente, lo que pide paso sin más. Lo inmediato puede superarse y rebasarse
cuando existen otros planes, a los que nos hemos adherido y que han sido
incluidos dentro de nuestro proyecto de vida, el cual no se improvisa, sino que
se diseña. Esta concepción, lógicamente, supone muchas renuncias.
La existencia es vectorial: va desde el presente
hacia el futuro, pero en ella todo[9] tiene sentido, porque forma parte de un
concepto general que tenemos de nuestra vida. Lo que empuja es el futuro, lo
que está por llegar, y precisamente nos ilusiona porque nos conduce a la
autorrealización. La alquimia de los estímulos se transforma merced a esa
alegría de alcanzar algún día las metas propuestas.
La voluntad es
determinación, firmeza en los propósitos, solidez en los objetivos y ánimo
frente a las dificultades. Todo lo grande del hombre es
hijo de la abnegación; así, por ejemplo, la entereza de volver a empezar,
cueste lo que cueste, privándose uno de cosas buenas, pero que en ese momento
exigen un recorte para después dirigirse hacia objetivos de mayor densidad.
Quien tiene educada la voluntad es más libre y
puede llevar su vida hacia donde quiera. El hombre de nuestros días,
convulsionado y un tanto perdido, deambula de un sitio a otro, muchas veces sin
unos referentes claros. Cuando la voluntad se ha ido formando a base de
ejercicios continuos, está dispuesta a vencerse, a ceder, a dominarse, a buscar
lo mejor. En este sentido, podemos llegar a afirmar que no se es más libre
cuando se hace lo que apetece, sino cuando se tiene capacidad de elegir aquello
que hace más persona, cuando se aspira a lo mejor; y para ello, hay que tener
una cierta visión de futuro.
La
aspiración final de la voluntad es perfeccionar, aunque teniendo en cuenta que
somos perfectibles y defectibles. Si hay lucha y esfuerzo, se puede ir hacia lo
mejor; si hay dejadez, desidia, abandono y poco espíritu de combate, todo se va
deslizando hacia una versión pobre, carente de aspiraciones, de forma que surge
lo peor de uno mismo.
EL
HOMBRE CON VOLUNTAD LLEGA EN
Esta afirmación
requiere ser explicada. Los dos
ingredientes más importantes de nuestra psicología son la inteligencia y
la afectividad, de donde nacen dos tipos humanos contrapuestos: el
eminentemente racional y el afectivo. Pero entre ambos modelos existen otros
tipos intermedios de personalidad, en los que junto al predominio de una u otra
característica citada se manifiestan otros elementos psicológicos:
sensibilidad, creatividad, memoria, pensamiento, etc. Pero en esencia son dos
los cultivos básicos.
Cuando Flaubert escribió La educación sentimental,
nunca pudo pensar que estaba diseñando un modelo afectivo para esa segunda
mitad del siglo XIX ni las repercusiones que éste tendría[10]. Después, con la llegada de
Freud y las distintas psicologías, el tema se ha hipertrofiado.
Pues bien, si el amor y la razón son dos grandes
argumentos en la vida del hombre, la voluntad es el puente entre ellos, de tal
modo que les da firmeza con su entrenamiento. Una persona muy inteligente, pero
que no ha ido poniendo la voluntad en los objetivos previstos, antes o después,
se dirige hacia una travesía irregular, zigzageante, hasta salirse de las
líneas trazadas.
En cambio, una persona con una inteligencia media,
pero con una voluntad férrea, ordenada y constante, con disciplina y
autoexigencia, llega al destino trazado, aunque sea con poca brillantez. Un
ejemplo de lo que hemos expuesto lo vemos en el estudiante. Hace unos años, dos
psicólogos americanos, Harry Clemes y Bear, publicaron un libro que alcanzó una
gran resonancia: How to discipline children without feeling guilty,
sobre cómo inculcar disciplina a los niños.
El texto es
sencillo, pero está repleto de sentido común y de observaciones que surgen en
la vida cotidiana: los niños con frecuencia suelen convertirse en
problemáticos, generalmente por el mal funcionamiento del ambiente familiar en
el que viven; los castigos son buenos siempre que tengan un fondo estimulante y
se apliquen con suavidad, ya que son útiles para cambiar el comportamiento
inadecuado. Los padres dan seguridad y confianza a un niño cuando saben educarlo
con psicología; la coherencia que éstos le aporten es el mejor indicador de que
la educación es correcta.
Skinner, uno de los padres de la psicología
conductista, decía que del buen manejo del binomio premios y castigos dependía
que los niños tuvieran una buena o mala educación.
Hay que empezar siempre por tareas pequeñas e
insistir una y otra vez en ellas, sin desalentarse. Enseñar una disciplina
conlleva una mezcla de autoridad y cariño, porque la severidad por sí misma no
es estimulante, al contrario, produce unos efectos de impotencia ante la tarea
que se tenga delante. La educación de la voluntad debe estar educada sobre la
alegría, que nos conducirá poco a poco a ser mejores, pero que no hay que
confundir con hacer grandes gestas, cosas increíbles, ni renuncias extraordinarias.
Para fortalecer la voluntad lo mejor es seguir una
política de pequeños vencimientos: hacer las cosas sin gana, pero sabiendo que
ésa es nuestra obligación; después, llevar a cabo otras tareas que cuestan,
porque sabemos que es bueno para nosotros; y, más tarde, abordar aquello otro,
aunque no apetezca, porque ésa será la manera de irnos haciendo hombres
íntegros; finalmente, negarnos aquel pequeño capricho, para entrenarnos en el
arte de ser más dueños de nosotros mismos.
Así consigue una persona subirse en el jumbo de los
propósitos y las pequeñas resoluciones, a base de lo menudo. Ahí debemos buscar
el campo de adiestramiento, que nunca se debe desestimar porque parezca
superfluo: cuidar el horario, ser ordenado en las cosas que uno maneja,
planificar las cosas que se deben hacer, cuidar los detalles en la convivencia
con los demás, saber aprovechar bien el tiempo, aceptar las contrariedades[11] en el devenir de cada día.
Un hombre capaz de obrar así, va adquiriendo una
especie de fortaleza amurallada: se hace un hombre firme, recio, sólido,
pétreo, compacto, muy difícil de derrumbar. En esas cualidades inician su vuelo
las personas de categoría, que con el tiempo llegarán a ser dueños de sí mismos
y lograrán las cimas con las que habían soñado. Alguien con voluntad, si
persevera, puede conseguir que sus sueños se hagan realidad.
Ovidio decía en una célebre sentencia: «Vídeo meliora proboque sed deteriora sequor»
(«Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor»). Se necesitan factores de
corrección. ¿Por qué? Porque una cosa es tener claro lo que uno debe hacer, lo
más conveniente, y otra, muy distinta, aplicarnos en esa vertiente. Ahí entra
de lleno la debilidad humana. La voluntad significa capacidad para hacer, para
aplicarse, para trabajar en algo que previamente se ha elegido como bueno
porque sus resultados serán positivos.
La voluntad nos hace operar sobre la realidad para
sacarle el mejor partido; no hay que buscar el éxito resonante e inmediato,
sino la victoria en las pequeñas batallas, en escaramuzas, que cada vez nos
fortalecen más en la lucha. Estar educado para recibir el placer inmediato es
la mejor manera de sentirse uno traído, llevado y tiranizado por el instante
más cercano y que más apetece.
Por ese camino, uno no llega a vencerse; al
contrario, está desentrenado, porque se siente constantemente derrotado, cuando
no satisface lo que le pide el momento inmediato, con esa urgencia tan típica
de los que no saben decir no con alguna frecuencia, pues están acostumbrados a
entrar siempre por el camino más fácil: el de la complacencia en lo cercano.
La voluntad conduce al más alto grado de progreso
personal, cuando se ha obtenido el hábito de hacer, no lo que sugiere el deseo,
sino lo que es mejor, lo más conveniente, aunque, de entrada, sea costoso. Toda
la publicidad se apoya en lo contrario: estimular el deseo y crear necesidades
inmediatas al telespectador, al ciudadano.
EL HOMBRE CON
POCA VOLUNTAD ESTA SIEMPRE AMENAZADO
Se puede afirmar, sin caer en la exageración, que
el proyecto personal tiene siempre un fondo inagotable. Nuestro desarrollo es
interminable, por lo que debemos estar llenos de argumentos y motivaciones para
aumentarlo y al mismo tiempo contar con una voluntad adiestrada en pequeños
ejercicios.
El hombre con poca voluntad está amenazado, porque,
poco a poco, se vuelve más frágil y cualquier cosa, por pequeña que sea, le
hace desviarse de lo trazado. Se escabulle de la obligación para escoger lo que
le apetece, lo que más le gusta en ese momento concreto, porque lo contrario le
cuesta mucho: exige querer otra cosa de uno mismo, pretender un mejor
autodominio.
Hacerse uno a sí mismo, poseerse, no es fácil ni
sencillo a corto plazo, pero después de unos primeros períodos de ir
contracorriente, la personalidad está ya más domada y tiene capacidad para
dejar de atender a lo fácil e inclinarse hacia lo mejor, aunque sea costoso.
Son momentos de lucha consigo mismo.
Los perdedores y los
triunfadores no se hacen de un día para otro. Los primeros lo consiguen tras
muchos años de dejadez, abandono, desidia; los segundos, por el contrario,
después de una lucha consigo mismos repleta de empuje, desvelos y repetidas
obstinaciones. El que tiene voluntad dispone de sí mismo, porque ha sabido
vencerse con el tiempo, superarse.
Dicho en otros términos: es capaz de posponer la
satisfacción ante lo inmediato y tiene cierta visión del futuro. La voluntad
debe ser educada desde la niñez. De ahí que los psiquiatras armemos lo
importante que ésta es durante los primeros diez años de la vida de un niño,
etapa en la que si no se ha dado una disciplina educativa de la voluntad,
después todo será mucho más difícil.
Cuenta Martin Edem en su biografía sobre Jack
London, cómo éste, cuando aún era joven, iba a trabajar a una lavandería.
Mientras alguno de sus compañeros dedicaba su tiempo libre a beber y a
emborracharse, él tenía la ilusión de llegar a ser escritor algún día. Este era
su reto, y, con esa meta en la cabeza, se dedicó a leer y a escribir hasta
esperar su momento, que llegó gracias a su tenacidad.
Es decir, que la vida diaria sigue siendo la gran
cuestión. Ahí vienen a parar los argumentos, estrellándose con la sucesión de
los días, sacándoles partido. La vida cotidiana se inspira y toma su razón de
ser a través de la motivación; con los ojos puestos en lo que podría ser de
cada uno, si somos capaces de no rendirnos, de no darnos por vencidos en esa
contienda con el día a día. Hay escondido en ese torneo interior una verdadera
arqueología de lo cotidiano.
La vida cotidiana es el campo donde debemos luchar:
las semanas, los meses, el tiempo que pasa, van dejando una estela de lo que
trabajamos la voluntad, y ésta, junto a la motivación, forman un maridaje
estrechísimo. Lo cotidiano nunca es banal, ni insignificante, ni algo gratuito,
sino que en ello se encuentran las claves de muchas vidas ejemplares. Pero sin
agobios ni ansiedades, sino con determinación y coraje.
El momento en que más feliz
se siente una persona es cuando hace lo que debe, lo oportuno y adecuado,
aunque sea con esfuerzos. Entonces brotan la satisfacción y el contento consigo
mismo por haberse vencido. Estos pequeños y continuos triunfos hacen fuerte al
hombre y afianzan su voluntad[12]. Por
eso, no hay que abdicar de lo pequeño.
Si analizamos con detenimiento una persona
vulnerable, probablemente nos encontremos con que, al no tener educada la
voluntad, se viene abajo ante las dificultades y hace sólo aquello que le
resulta fácil y le gusta. No está capacitado para imponerse a sí mismo. Por
esos derroteros se llega a la imagen del niño mimado, que tanta pena produce al
que lo observa. Al no estar educado en la voluntad se convierte en un muñeco de
las circunstancias, traído, llevado y tiranizado por lo que el cuerpo le pide
en cada instante.
Esto le
lleva de acá para allá, no tiene rumbo fijo, ni planes realmente serios; no
tiene intención de esforzarse para vencerse. Alguien así está perdido:
consentido, mal educado para cualquier tarea, estropeado, es decir, estamos
ante la entronización de lo que antes he denominado la filosofa del «me
apetece».
Por ese derrotero llegamos a la creación de una
persona caprichosa, blanda, apática, inconstante, veleta, que se mueve según el
viento que pasa cerca de ella, incapaz de ponerse metas y objetivos concretos;
o sea, el fiel retrato de una personalidad débil. Justo lo contrario del hombre
sólido.
Con el paso del tiempo, esa voluntad escasamente
formada dejará su rastro en los cuatro argumentos principales de la vida
humana, que son los siguientes:
1. La propia personalidad, que irá estando mal
diseñada, con poca armonía y escaso equilibrio.
2. El amor conyugal, con el que no llegará muy
lejos, ya que no sabe lo que es ceder, ni está acostumbrado a pensar en los
demás, ni a posponer las preferencias personales en favor del otro, ni a
valorar la importancia del sacrificio pequeño, gustoso y escondido.
3. La vida profesional se verá igualmente afectada;
si la persona no se corrige, no doblará el cabo de las propias posibilidades y,
por tanto, se instalará en la mediocridad.
4. Por último, la cultura. Si ésta se propone la
libertad, irá viviendo de espaldas a cualquier curiosidad intelectual.
El que tiene poca voluntad alimenta con este frágil
bagaje esa tetralogía que anida en el proyecto personal: su propia forma de
ser, su afectividad, su trabajo y el plano de la cultura y las ideas.
La vida, con el paso del tiempo, nos pasa examen a
todos; nos obliga a hacer recuento. Todo se detiene y vemos cómo vamos
circulando. Pero en la persona con muy poca voluntad, estos análisis son
escamoteados, pues la dureza negativa de su resultado está a la vuelta de la
esquina; estos individuos prefieren pasar de largo y seguir tirando, pero sin
someterse a un constante análisis interior.
EL HOMBRE QUE LUCHA ESTA SIEMPRE CONTENTO
Quien llega a tener una voluntad fuerte es porque
la ha conseguido después de una brega pertinaz consigo mismo. Cualquier
esfuerzo que se haga para sacar lo mejor de uno mismo viene acompañado de
alegría, que alienta la ruta y mueve a obrar en consecuencia. El resultado de
todo esto es un hombre recio, sólido, firme y consistente, que no se desalienta
fácilmente.
Una persona así consigue lo que se propone. Por eso
está contenta. Experimenta satisfacción consigo misma, no porque no le falte
nada o se encuentre bien físicamente, sino porque se siente feliz por estar
haciendo algo que merece la pena con su propia vida. Luchar implica esforzarse,
pelear consigo mismo, oponerse a llevar a cabo sólo lo que apetece sin más,
ejercitarse en conseguir los pequeños objetivos marcados y vencer todo tipo de
adversidades hasta lograrlo.
El aprendizaje en relación a
este tema es otra de las grandes cuestiones de la psicología moderna. Los
aprendizajes complejos han nacido de otros más sencillos, pero a través de
superposiciones y crecimientos, de donde surge precisamente el autocontrol: ese
poder ser capaz una persona de gobernarse a sí misma, ser más dueña de sí y de
sus planes.
Aprender a vivir significa tener capacidad de
superar las adversidades que la vida impone a su paso. Pero, ¿cuál es la clave
para lograrlo?: el estímulo y el aliento para lograr la meta. Ese es el momento
para encontrarse con lo mejor de uno mismo, esquivando todo lo malo que venga y
que nos impida avanzar, es la hora de no desanimarse. Quien logra soportar esas
pruebas sin derrumbarse e insistiendo alcanzará un grado máximo de madurez: una
mezcla de coherencia y espíritu de lucha en lograr vencer día a día lo menudo:
el hacerse a uno mismo.
De ahí que la lucha sea un elemento esencial para
la formación de la personalidad; es un trabajo ascético, presidido por
privaciones y ejercicios de autodominio. Igual que sucede con el hierro, que
para moldearlo debe ponerse al rojo vivo, el educador debe alentar al educando
con amor y afecto, tras haber comprendido sus dificultades; igual que hace con
el grumete el viejo navegante, curtido en muchas tempestades, cuando en las
primeras tormentas se cierra el mar y hay momentos muy difíciles.
Lo mejor es dar pasos cortos, pero continuos. El
hábito implica la incesante repetición de actos, en este caso voluntarios, que,
con su frecuencia, van echando raíces. El camino más adecuado para hacerlo es
acostumbrarse a hacer siempre lo más conveniente, lo que a largo plazo será lo
mejor; pero partiendo siempre de objetivos o unidades de vencimiento simples,
sencillas, aparentemente poco significativas.
Cuando el educador conoce su oficio, sabe manejar
bien el arte de la exigencia personal, que conlleva una relación de sugerencias
a modo de avisos para superar los imprevistos y fracasos, que nunca faltan.
Pero la ascética y todo lo que ella implica no
están de moda, como tampoco la voluntad. Vamos contracorriente. Hoy vivimos una
época de permisividad, en la que todo vale, cualquier comportamiento se puede
dar por bueno, con tal de que a uno le parezca bien o le apetezca.
Por ejemplo, pensemos en la omnipresente invitación
a la sexualidad a través del cine y de la televisión. Y no por eso el hombre de
este último tramo del siglo XX es más feliz. De ahí que sea necesario el
autodominio, porque protege contra la autodestrucción por el placer, siempre
que éste instrumentalice a otro ser humano. Es decir, lo convierta en objeto
propio de gozo. Por ese camino se desvirtúa la relación humana, hasta irse
degradando si no se evita esa rampa deslizante.
La palabra virtud, del latín vir-i ha caído
en desuso; sobre todo en los últimos años, suena a retrógrada. Santo Tomás de
Aquino la definía como ultimum potentiae: lo más alto a lo que uno puede
llegar. Esta sentencia lacónica no se presta a equívocos; el hombre está
siempre haciéndose, no es un sujeto modelado, estático, que al cabo de unos
años alcanza ya su plenitud.
Si fuera así, todo sería mucho más fácil; pero no,
la vida es abierta, dinámica, siempre en movimiento, de ahí su carácter
dramático. Los actos humanos fundados en la decisión de llegar a una
determinada meta, coherente y realista, atractiva y sugerente, tienen un arco
tensador: la del esfuerzo. Pero lo que deben aportar las virtudes o los valores
actualmente son medios que ayuden a una mejor realización de nuestro proyecto.
Por eso, querer sacar adelante el programa personal
es amarlo, lo que significa consentir y ser consciente de que es bueno,
positivo para el propio progreso. La alegría llega después; es siempre la
consecuencia de algo que aparece subordinado a un estímulo o fundamento.
«Estoy contento con mi vida -a pesar de los
pesares- y por eso estoy contento, me siento alegre.» «Voy haciendo lo que más
me gusta con mi vida, la dirijo hacia lo mejor, intento ir ganando terreno y
avanzar en mi proyecto personal, tejido de amor, trabajo y cultura.» Todo esto
enlazado y vertebrado por una voluntad fuerte y templada en una lucha
perseverante y alegre.
La educación, en la lucha por fortalecer la
voluntad, debe ser integral; es decir, que abarque aspectos físicos,
psicológicos, afectivos, intelectuales, sociales, espirituales y culturales. La
lucha no es sino la base de cualquier buena pedagogía y la conquista del
dominio de uno mismo es la meta. Con respecto a este tema, en otra parte de
este libro he hablado de la importancia del modelo de identidad. La emulación
es necesaria, porque empuja a seguir a personas ejemplares, completas, llenas
de categoría. La tendencia a la imitación es universal.
CAPÍTULO III
ORDEN
ARTE, ORDEN Y MEDIDA
Los principales elementos para educar la voluntad
son:
1)
la motivación, de donde surge
toda la disposición para el esfuerzo;
2)
el orden,
3)
la constancia,
4)
una mezcla de alegría e ilusión,
sin las cuales los sinsabores que se presentan en las distintas etapas y
períodos de lucha acaban llevándoselo todo por delante.
Una fuerte y clara motivación es el mejor punto de
partida para conseguir la voluntad y aplicarla, aunque al principio, el camino
sea siempre áspero y costoso.
El que no tiene una mínima educación de la voluntad
se parece a una selva inexplorada, por donde no se han abierto surcos ni
brechas que desbrocen la frondosidad del bosque. Se va formando una persona
apocada, somnolienta, desorientada, que no se atreve a seguir hacia adelante
por haber cedido con demasiada frecuencia. Ahí está la raíz de su debilidad.
Voluntad significa tener la intención de hacer
algo, aunque cueste. La palabra intención procede del latín intentio,
que a su vez se compone de in y tendere, tendencia, inclinación... y una
cierta distancia y relación entre el principio del impulso y su fin. La
intención surge cuando apetece algo que no tenemos y que se aspira a conseguir,
pero hasta lograr el objetivo hay que superar ciertos retos intermedios.
Asimismo, nos encontramos ante la elección, término
que deriva del latín eligere,
compuesto por ex y lego, coger de,
reunir. La elección es el acto de preferir entre varias posibilidades una de
ellas, así como una labor intelectual y afectiva a la vez; es decir, me adhiero
a algo que me parece bueno y dejo de lado otra, la desecho. Esta capacidad de
elección ante las cosas constituye uno de los pilares de la libertad.
Acertar en las elecciones básicas de la vida es
decisivo, sobre todo en cuanto al tipo de carácter que uno va troquelando, la
persona con la que uno se compromete afectiva y sentimentalmente[13], o el trabajo, siempre y cuando se haya podido
escoger (cosa difícil en estos tiempos de enorme paro laboral).
Una vez que arrancamos de esa rampa de lanzamiento
-la voluntad-, los hábitos positivos son los que van adiestrando la conducta, a
base de ejercicios pequeños y continuos. La voluntad distingue al hombre y
representa un factor clave en el desarrollo personal y en la promoción integral
de todas sus posibilidades. Si la vida es un arte, el orden dota de armonía y
disciplina a sus diferentes elementos.
EL ORDEN ES EL PLACER DE
Orden es un término universal. En cualquiera de los
idiomas que escojamos -inglés, alemán, francés, italiano, griego o latín-, su
significado es el mismo: lo recto, lo correcto, es decir, la disposición
adecuada de las unidades que constituyen un todo.
Lo recto supone una dirección y una meta; un
sentido y unos puntos de referencia. Una persona no se vuelve ordenada
rápidamente, sino que para ello necesita verlo hecho realidad en alguien
cercano. Ya he señalado con anterioridad, en más de una ocasión, que los
mejores educadores son los padres. Ellos, ejemplificando con la práctica
diaria, van señalando el camino correcto.
Los ideales no emergen por arte de magia, sino que
nacen de ejemplos cercanos, unas veces gracias a los padres y otras, a los de
los hermanos mayores, los amigos o unos educadores de verdadera talla. En
cualquier caso, el educador actúa más positivamente por su ejemplo que por su
doctrina; es decir, cuando se aplican una serie de conductas positivas, vividas
no en la teoría sino en la práctica, y que arrastran a la imitación.
De hecho, los integrantes de una familia ya rota,
por ejemplo, los hijos de padres separados, que han visto o vivido situaciones
violentas o de mucha agresión, quedan marcados negativamente en su carácter,
pues no fueron testigos de un buen ejemplo. En esos casos no suele ser fácil
que prosperen los ideales, y la falta de éstos constituye una de las más graves
carencias, por lo que a largo plazo se paga un alto precio. En ese vacío anidan
ideas sin fuerza y sin atractivo.
El tema de la voluntad ha cambiado de posición en
los libros de texto, cuando hace tan sólo unas décadas tenía un puesto de
privilegio. Toda educación se basaba desde el principio en una educación de la
voluntad. La expresión fuerza de voluntad tuvo su tiempo y aún quedan
reminiscencias de ella.
En esa línea precisamente están los que podríamos
llamar pensadores voluntaristas: Descartes, Duns, Scoto o Hume, entre otros.
Entre los modernos, destaca con luz propia Schopenhauer, que hace tal elogio de
la voluntad, que la sitúa entre uno de los elementos más importantes de los que
constituyen el ser más auténtico y verdadero del hombre, intentando demostrar
cómo aparece por todas partes la voluntad. La voluntad es voluntad de vivir, el
impulso incesante que nos alimenta para el futuro.
Nietzsche, otro autor en esta línea, apunta hacia
la voluntad de poder, Zubiri habla de un voluntarismo paradójico: la
voluntad de la razón. El voluntarismo alzaprima el valor de la voluntad,
poniéndola al mismo nivel o incluso por encima de las demás facultades
psíquicas, y asimismo realza su predominio en las determinaciones de la
conducta, así como en la razón práctica sobre la teórica. Son, pues, tres
puntos importantes sobre la concepción de la voluntad, que el cristianismo
acentuó, ligándola a la trascendencia.
El orden es un segmento esencial de la voluntad,
placer de la razón y sedante de la afectividad; pero cuesta entenderlo así y
hacerlo operativo en nuestra vida diaria; aunque, como veremos, el orden puede
aparecer de distintas maneras:
1. El orden serial, que se refiere al espacio, al
tiempo, al movimiento, a la disposición... y también a la relación del pasado
con el futuro, del antes con el después. Los ejemplos pueden ser muy claros:
desde la ley de la gravedad, a las reacciones de los psicofármacos sobre
nuestro cerebro, pasando por los motivos que conducen a experimentar la
tristeza o el estudio de una biografía en sus distintas etapas.
2. El orden total, que nos permite distinguir y
estructurar las partes con el todo; jerarquiza, establece una relación
sistemática entre los diversos elementos de un conjunto.
3. El orden de los distintos niveles que existen en
la moral, de los cuales tres son primordiales, y que describiremos en gradación
ascendente: las virtudes humanas (éticas y noéticas[14]); las virtudes cardinales
(prudencia, justicia, fortaleza y templanza); las primeras constituyen la base
de las segundas; y en una posición más elevada, las teologales (fe, esperanza y
caridad).
En la psicología actual y en la psicopatología, la
voluntad es una de las grandes ausentes, como lo fue la conciencia en el
conductismo. Simplemente no se habla de ella, y en su lugar ha ido emergiendo
en los últimos años la postura inversa: la permisividad.
¿Qué significa permisividad? ¿De qué hablamos
cuando utilizamos esta palabra? Unamuno, en un texto que me parece
sobresaliente, dice:
«Se dice, y acaso se cree, que la libertad consiste
en dejar crecer una planta, en no ponerle rodrigones, ni guías, ni obstáculos;
en no podarla, obligándola a que tome ésta u otra forma; en dejarla que arroje
por sí, y sin coacción alguna, sus brotes, sus hojas y sus flores. Y la
libertad no está en el follaje, sino en las raíces, y de nada sirve dejarle al
árbol libre la copa y abiertos de par en par los caminos del cielo, si sus
raíces se encuentran, al poco de crecer, con dura roca impenetrable, seca y árida
o con tierra de muerte.»
Es decir, debemos descubrir aquello que hace
verdaderamente progresar al hombre, de modo que su proyecto como persona sea lo
más rico posible. El uso adecuado de la libertad y de la voluntad son las velas
decisivas, los soportes, que empujan la navegación de cada uno hacia buen
puerto.
Permisividad significa que no debe haber
prohibiciones, ni territorios vedados, ni impedimentos que frenen la
realización personal, ya que todo depende del criterio subjetivo de cada uno.
Por eso, nada es bueno ni malo. Esta se sustenta sobre una tolerancia absoluta,
dando casi todo por válido y lícito, con tal de que a esa instancia subjetiva
le parezca bien[15] . Se
ha dicho que la época moderna está marcada por la desustancialización, ya que
la mayor parte de lo que hay a nuestro alrededor está rebajado, diluido, cada
vez con menos contenidos, y se va impregnando por la lógica del vacío.
¿Por qué tiene un trasfondo nihilista el hombre
permisivo? La respuesta es que un hombre hedonista, permisivo, consumista y
relativista, no tiene referentes ni puntos de apoyo, y acaba no sabiendo a
dónde va, envilecido, rebajado, cosificado... convertido en un objeto que va y
viene, que se mueve en todas las direcciones, pero sin saber adónde se dirige.
Un hombre que en vez de ser brújula, es veleta.
De este modo, vienen a la mente un conjunto de
estados anímicos engarzados por el tedio, el aburrimiento, la desolación, una
especial forma de tristeza, todo consecuencia de la permisividad. Es una nueva
pasión la que aflora: la pasión por la nada; un nuevo experimento para ver qué
sale de esta rotura de las directrices (proyecto personal) y superficies
(bases) de la geometría humana, pero sin dramas, sin catástrofes ni vértigos
trágicos. Todos los grandes valores son relativos, dependen de cada uno, de lo que
cada sujeto piense...
Hoy, a excepción del político, no hay debate
ideológico en
También los personajes actuales más afamados
carecen de mensajes interiores, no quieren decir nada. El hombre light está vacío, sólo le interesa el
dinero, el poder, el éxito, la fama, pasarlo bien sin restricciones, y estar en
los sitios y en los ambientes de moda.
Hay diversas teorías y creencias sobre la época y
el hombre actual: Gines Lipovetsky dice que estamos en la era del vacío; Daniel
Bell la diagnostica como etapa de rebelión contra todos los estilos de vida
reinantes; Guy Debord, la define como la sociedad del espectáculo, donde se
produce una discusión vacía y los medios de comunicación insisten en seguir sin
decir ni transmitir nada. Por último, otro pensador contemporáneo, Hans Magnus
Erneberger dice que estamos en la mediocridad de un nuevo analfabetismo.
Permisividad y subjetivismo forman un binomio
estrechamente entrelazado. El subjetivismo insiste una y otra vez en que la
única norma de conducta es el punto de vista personal, lo que uno piense, sea
quien sea, y proceda esa opinión de donde proceda; esta postura se va
instalando de espaldas a la verdad del hombre y de su naturaleza, buscando y
persiguiendo el beneficio inmediato. Con ello se quiere afirmar que la verdad
es lo útil, lo práctico.
Por eso, no existe nada absoluto, definitivo o
fundamental: todo es relativo, o sea, depende de un entramado de relaciones
complejas; nada es verdad ni mentira, no podemos emitir juicios ni análisis
sobre algo demasiado terminante. Es así, siguiendo esta línea argumental, como
caemos en el relativismo: tratando de encontrar la verdad a través de nuestros
deseos y puntos de vista. Pero en realidad, alcanzamos una verdad subjetiva,
replegada sobre sí misma, sin vínculo alguno con la realidad, apoteosis de las
opiniones y de los juicios particulares.
Según lo explicado hasta ahora, afirmamos que se
cae en un nuevo absoluto: todo es relativo; huyendo de las verdades
universales, se termina aterrizando en ellas. El relativismo es aquella postura
en la cual no existe ninguna verdad universal, definitiva, algo a lo que asirse
y que sea esencial para cualquier vida humana. Protágoras decía que el hombre
es la medida de todas las cosas.
La transición de la filosofía a la psicología, en
el tema de la voluntad, tiene su trascendencia, ya que fue estudiada desde
supuestos científicos y con rigor metodológico; pero ha sido Freud, con ideas
sugestivas... pero también con errores muy significativos, quien más ha
contribuido a que la permisividad adopte una forma de tales características que
hoy sea una pedagogía de uso frecuente.
Entre los mecanismos de defensa que él descubrió
habló de la represión, con lo que, al no ser bien entendida su definición por
muchos, se creyó que, cuando ésta se refería a la sexualidad, conducía casi
inexorablemente a la neurosis. Hoy, algunos años después de aquellas
afirmaciones, sabemos que esto no es cierto y que los datos confirman en muchas
ocasiones lo contrario.
ORDEN EN
Desde el punto de vista filosófico, hay que
distinguir cuatro tipos diferentes de orden, que van a dar origen a cuatro
parcelas importantes del pensamiento:
a)
el orden natural, que no depende
de la razón humana y que tiene dos derivaciones: el orden físico, que abarca
las realidades materiales, y el orden metafísico, de las realidades no
materiales;
b)
el orden lógico, que es el que
introduce la razón humana, formada por conceptos simples y complejos;
c)
el orden moral, que busca alcanzar el fin
último del hombre, llegar a la auténtica felicidad, tanto objetiva como
subjetiva, pero esto sólo se lleva a cabo mediante el ejercicio de los valores
morales;
d)
el orden artificial, que
introduce la razón en todo lo exterior.
En otra descripción más práctica, voy a detenerme
en estas cuatro dimensiones de orden: orden en la cabeza, orden en el tipo de
vida, orden en la forma, y, finalmente, orden en los objetivos, todas ellas
íntimamente relacionadas.
Orden en la cabeza quiere decir saber a qué
atenerse, tener unos criterios coherentes y operar siguiéndolos de cerca. Hoy
vivimos en una época confusa y el ritmo trepidante de la vida nos deja poco
tiempo para pensar con calma. El hombre moderno está sometido a una actividad
excesiva, y al mismo tiempo la televisión y los medios de comunicación social
le bombardean con permanentes informaciones, que ayudan muy poco a su mejora
personal y desarrollo interior.
Una cosa es estar informado, saber lo que pasa, y
otra distinta, tener formación: ésta es más definitiva y se produce tras
esfuerzos personales concretos por saber responder a las claves de la vida.
Ortega, en su obra Ideas y creencias, nos dice:
«Las ideas se tienen, en las
creencias se está [...] de las ideas podemos decir que las producimos, las
sostenemos, las discutimos, las propagamos, combatimos en su pro y hasta somos
capaces de morir por ellas. Lo que no podemos hacer es [...] vivir de ellas
[...] Con las creencias no hacemos nada, sino que simplemente estamos en
ellas.»
En una palabra, aquello en lo que creemos nos
sostiene, actúa como tierra firme sobre la que pisamos. El que no tiene
esquemas claros en su mente, está desorientado y no sabe ni lo que quiere ni
hacia dónde va.
Este orden conduce a tener una jerarquía de
valores: tenemos un escalafón de principios que nos sirve como patrón de
referencia. Y esto en cuanto a la vida personal, que va desde la afectividad a
lo profesional, pasando por lo intelectual, la familia y los amigos. La clásica
rivalidad nuera-suegra no es otra cosa que una falta de orden jerárquico en los
sentimientos. Por ahí muchas personas sufren lo indecible, pero si pusieran
orden en ese terreno, se ahorrarían muchos sinsabores.
También el orden afecta al proyecto de vida, ya que
éste no puede ser improvisado, hay que diseñarlo, ponerle cotas, vallas
protectoras, pequeños objetivos y metas a medio y largo plazo. La realidad
zigzagueante de la existencia se encarga después de cambiar muchas cosas, darle
la vuelta, con la aparición de imprevistos y problemas o asuntos inesperados.
La necesidad de tener una flexibilidad dentro de ese esquema personal es,
simplemente, algo práctico, fundamental, que no debemos olvidar.
Cualquier orden que se precie surge de una
estructura mental bien sistematizada. Tener orden por dentro no es cualquier
cosa; es más, desde él empieza uno a saber qué hacer ante ese sinfín de
vaivenes y altibajos de la vida humana. Sería una pretensión inútil querer
tener estructurados todos los aspectos de la existencia. El orden establece
unos mínimos para desenvolvernos bien, para perseguir nuestros propósitos, a
pesar de las ineludibles desviaciones que no pueden evitarse.
ORDEN EN EL TIPO DE VIDA
Esta es otra parcela interesante que hay que
cuidar, si se quiere progresar en la voluntad. La organización y la
planificación de nuestras actividades tiene un carácter preventivo y, a la vez,
multiplicador del tiempo. Preventivo, porque impide que los acontecimientos nos
lleven por delante a su paso y no podamos ensayar una solución satisfactoria;
prever, adelantarse, anticiparse a los hechos con una cierta cautela.
Multiplicador quiere decir que, con orden, el
tiempo se multiplica y una persona llega a casi todos los objetivos propuestos,
porque distribuir bien el tiempo es saber sacarle partido. Esto se ve muy claro
en las personas muy ocupadas, que saben lo que valen los minutos. La persona
acostumbrada a perder el tiempo, deja que se le escape casi sin sentirlo, sin
darse cuenta.
Saber utilizar a fondo el tiempo abarca aspectos
muy prácticos: desde tener un horario que uno se esfuerza por cumplir, hasta
ser metódico con los asuntos que tenemos pendientes, diseñar una sistemática
exigente y flexible a la vez. Así es como cunde el tiempo. Sin orden, nunca
saldrán nuestros planes; no es posible, por más que uno quiera y luche. Falla
la base, la raíz del problema.
A este respecto hay una observación que no quiero
dejar de lado: hoy confundimos mucho dos hechos diferentes: activismo y
actividad. En el primer caso, uno se mueve intensamente de acá para allá, pero
con poco fruto, es un movimiento que se hace de cara a la galería, de escasa
productividad, que suena mucho hacia fuera, pero tiene pocos resultados. En
cambio, el segundo es menos ruidoso, pero más efectivo: labor callada, lenta y
de resultados prometedores.
En el joven hay un caballo de batalla para este
tipo de orden: el estudio. Es un verdadero termómetro, un sismógrafo que, a esa
edad, registra muchos valores al mismo tiempo. En mi experiencia de estudiante
y de profesor universitario, he podido ver que, muchas veces, unos buenos
resultados académicos no son tanto producto de una buena capacidad intelectual,
como de saber poner en práctica las condiciones instrumentales del estudio y el
rigor en los libros, apuntes y anotaciones[16].
La vida
ordenada produce tranquilidad y sosiego. Por eso, cuando alguien se va
acostumbrando a aplazar las tareas previstas, no se da cuenta que por ese
camino acabará debilitando su voluntad, y que cada vez se verá más incapaz de
sobreponerse a los momentos difíciles y de cansancio.
ORDEN EN
Siguiendo este recorrido, hay que insistir en el
orden exterior. Este está íntimamente conectado con los anteriores, pero con
rasgos propios y distintivos de los demás. Hace referencia a la ropa, los
libros, las cosas personales que uno utiliza diariamente. Es un aprendizaje que
se debe ir adquiriendo desde pequeño, con la ayuda de los padres y que, más
tarde, uno se encarga de cuidar. Ahora bien, quiero hacer una llamada de
atención: el orden en la forma es siempre un medio, nunca un fin; es decir debe
estar gobernado por la prudencia.
Los psiquiatras sabemos que existen enfermedades
producidas por un afán desmesurado por el orden[17], cuyas consecuencias son
negativas tanto para la persona que lo sufre, como para los que conviven con
ella. Su despliegue debe dejar un margen a la espontaneidad, ya que, si no es
así, puede convertirse en algo enfermizo, neurótico, que enturbia la convivencia.
Suelo decir que entrar en la habitación de alguien
es como hacerle un test. Esa persona se retrata, dejando constancia de muchas
cosas de su personalidad. Las cosas tiradas, los libros y los papeles
amontonados y ver cada cosa por un sitio, refleja un manifiesto desorden, que
en bastantes ocasiones se corresponde con un cierto desorden interior, que de
este modo queda al descubierto.
En la educación de los hijos, los padres tenemos un
buen campo de experimentación para robustecer la voluntad. En alguna ocasión he
escuchado a algún padre decir que él no podía enseñar a sus hijos el orden,
porque él no lo vivía. Hay un contra argumento con respecto a esto.
Se trata, justamente, de empezar a luchar por
conseguirlo, explicándoles a los hijos cómo ellos intentan superarse. Como he
comentado en otras páginas de este libro, lo mejor es ir haciendo pequeños
ejercicios, insistir en ellos y continuar, sabiendo que los pequeños avances de
ahora serán ampliados en el futuro si hay perseverancia.
En definitiva, el valor de la estimulación positiva
es importante a la hora de empujar hacia estos valores, hoy poco apreciados. El
buen ejemplo de los padres debe estar presente, para que los hijos entiendan el
porqué de esos esfuerzos continuados. El orden por el orden tiene poco sentido,
hay que colocar las cosas de acuerdo con unos criterios determinados. Ahora, en
la era del ordenador, lo que sucede con este aparato es que simplifica nuestra
vida en algunos aspectos concretos.
El hábito del orden es más fácil que arraigue si se
empieza desde joven. Cuando una persona se ha ido acostumbrando al desorden
formal, le cuesta mucho corregirse, salvo que haya tenido alguna experiencia
muy negativa, que sea casi traumática. Por ejemplo, haber perdido documentos
importantes o papeles de uso personal de difícil recuperación puede ser la
piedra angular desde donde se inicie un cambio serio, de propósito firme, que
conduzca a un orden estricto.
Para educar a alguien en el orden, lo mejor es ver
la utilidad del mismo y la facilidad para encontrar lo que se busca. Esto vale
para muchos aspectos de la vida. Paciencia, perseverancia, insistir, no darse
por vencido... son las mejores bases para conseguir esta empresa difícil de
entrada, pero en la que una vez adquirido un cierto nivel, todo se hace más
llano y llevadero, pues se ha convertido en parte de nosotros.
Para un niño, empezar a tener orden significa
aprender a dejar su habitación recogida, guardar sus juguetes, no dejar sus
pequeñas tareas escolares a medio hacer, tener sus cuadernos y libros en su
sitio. Sucede lo mismo con los idiomas. A un niño se le enseña inglés jugando,
cantando, en plan divertido. Y así, casi sin darse cuenta, va asimilando la
gramática, la va aprendiendo. De manera parecida sucede con el orden.
ORDEN EN LOS OBJETIVOS
El orden en los objetivos es el único modo de que
los propósitos salgan adelante. Pero para esto se necesita concretar; tener
pocos objetivos, bien delimitados, sin querer abarcar demasiado. Así se inicia
el camino hacia las determinaciones detalladas. Cuando se fijan los planes es
el momento en que uno ha aprendido a renunciar a la dispersión. Hay que partir
de aquí. Decir sí a todo lo que va apareciendo ante nosotros es la forma más
segura de salirse del cauce trazado. Ahí es donde uno precisa, analiza lo que;
quiere hacer, define y perfila sus objetivos, centra sus límites y capta lo
necesario para saber decir no a tantas sugerencias y tirones que proceden del
exterior, para desatender de algún modo lo que se tiene entre manos y en la
cabeza.
Planificar a corto y medio plazo. Lo haremos con
papel y lápiz. Muchas veces, esta tarea se simplifica recurriendo a una agenda,
donde todo queda anotado. De este modo, todo es vivido de forma más sabrosa,
pues lo mejor es adelantarse a lo que está por llegar;. Este orden llena de
aroma la biografía, pues invita a no ceder, ni a darse por vencido cuando las
cosas salen mal, se tuercen o arrecia el viento de las contrariedades.
Organizar es saber distribuir, de acuerdo con el
paso de los días y las semanas, todas las cosas que están pendientes, y que, al
irlas haciendo, nos llenan de satisfacción, de plenitud, porque percibimos una
gratificación interior cuando han sido llevadas a consecución. Este es el mejor
método para alinearlas hacia delante, con rigor e ilusión. El detalle, el
esmero y la minuciosidad es prever y, por tanto, va a ser portador de calma,
regularidad, equilibrio y sensatez en la organización.
EFECTOS DEL ORDEN
Si la batalla del orden se aplaza y no se da en los
primeros años de vida, ganarla va a costar bastante trabajo. Y sin una base o
rampa de lanzamiento, conseguir ciertos valores supondrá mucho esfuerzo hasta
que formen parte del comportamiento habitual.
Quien tiene una buena educación de la voluntad es
porque ha trabajado a fondo en el orden y la constancia, y ha sido capaz de ir
dando pequeños pasos hacia delante, venciendo en unos, y en otros siendo
vencido. Los primeros estímulos son recibidos del ambiente familiar, siempre
que éste tenga un cierto equilibrio psicológico y los padres se anticipen a los
hijos abriéndoles el camino.
Hay que
saber motivar, ésa es la base de gran parte de la psicología que los tutores
deben emplear. Se juega con los hijos para que sean ordenados, costándoles poco
esfuerzo. Así se va adquiriendo el hábito: con la repetición de actos de este
tipo.
Por eso, jugar en familia es tan importante: porque
se crean lazos de amistad, se liman las diferencias de autoridad sin rebajarlas
de nivel, se ríe con los hijos, y así aprenden el valor de saber perder con
elegancia, pues adquieren la importancia de saber ceder... en definitiva, el
valor pedagógico del juego entre padres e hijos es una verdadera escuela, donde
se pueden aprender muchas cosas positivas.
Ahí nace una convivencia más directa entre todos, y
cada uno va dejando clara su personalidad, su forma de ser única y particular.
Y a la par, le pueden ayudar a corregir aspectos de su conducta.
Los principales efectos del orden se resumen en los
siguientes apartados:
1. Paz exterior e interior. La primera supone
tranquilidad, la segunda serenidad. Entre ellas hay lazos y puntos de relación,
en donde ambas están implicadas. Uno sabe dónde están las cosas por su
exterior, y cómo se deben estructurar los hechos según su interior. Hay
armonía, equilibrio, conexión dentro de una estructura amplia. Uno está en la
realidad, con los pies en la tierra, sin querer demasiadas cosas y sin
pretender hechos imposibles.
2. Alegría. Pienso que orden y alegría forman un
binomio con muchos puntos en común. La alegría es un resultado: La consecuencia
de un tipo de vida coherente, realista y con un buen nivel de exigencia, en
busca de la meta, por encima de los avatares y las luchas continuas. Uno se
desvive por hacerse persona, por mejorar en puntos concretos y esto, a la
larga, produce una satisfacción interior inmensa.
Entonces, cuando se ven los logros, el desenlace de
esos esfuerzos trabajosos, se capta la trascendencia que tiene lo ordinario y
el buen rendimiento que produce. La alegría es la recompensa del esfuerzo y la
perseverancia. La vida merece la pena cuando hay retos, grandes desafíos, y
rebeldías nobles que llevan a apostar por conseguir ser lo mejor posible.
Todo esto choca frontalmente con la sociedad
hedonista de nuestros días. Porque se vive una reñida pelea que hay que
mantener con uno mismo, para no dejarse vencer y poder adquirir los valores del
guerrero: ganas de pelear, capacidad de entrega, no darse por vencido, e
insistir sin desaliento. Por ese camino la vida humana cobra su más genuino
sentido.
Julián Marías dice: «Desvivirse en
la forma suprema del interés; pero, ¿qué es el interés más que ínter esse,
estar entre las cosas? Cuando nos interesamos es que estamos ahí, con las
cosas, desviviéndonos. Y vivir es estar entre las cosas que nos rodean y
solicitan, en nuestra circunstancia[18] .»
La alegría es al mismo tiempo afirmación de
resultados positivos, y negación para disciplinarnos en los objetivos trazados.
El que es demasiado blando consigo mismo se ha ido haciendo a base de cesiones
en cosas, quizá no muy significativas, pero que a la larga lo desentrenan en el
trabajo de luchar.
Las fibras últimas del ser humano se templan ahí,
vibrando en un diapasón con dos puntas en su horquilla: en un extremo, la
fortaleza, y en el otro, la paciencia; la primera, compuesta de materiales
firmes, la que hace al hombre que la posee sólido, capaz de acometer y resistir
los contratiempos; la otra, la paciencia, basada en el aprender a esperar,
sabiendo sobreponerse cuando no se producen los planes previstos, sin perder la
calma[19].
3. Eficacia. Cuando hay orden en el desarrollo de
cualquier actividad, el tiempo se dilata, y se tiene la sensación de que se
llega a todo si uno ha sido capaz de no dispersarse. Pensemos tan sólo, como
ejemplo, en la ciencia moderna de la bibliometría, en la que la suma de datos
informativos sobre una cuestión monográfica llega a ser hoy exponencial.
Pero si hay orden, si esos datos están bien
archivados, apoyados en un sistema lógico, racional y estructurado, de acuerdo
con unos parámetros operativos, todo eso puede ser guardado en la mente sin que
éstos se pierdan con el paso del tiempo. El saber sí ocupa lugar, y hay que
hacerlo a base de orden.
4. El cuidado en los detalles pequeños dentro de
las ocupaciones que uno tiene entre manos. Joseph Pieper nos dice que tener
valores significa que el hombre pretende ser verdadero, tanto en el sentido
natural como sobrenatural; en el primero, uno se eleva personalmente, mientras
que con el segundo, se aspira a lo máximo que puede llegar alguien en esta vida[20].
En
Este cuarto apartado oscila entre poner amor en lo
pequeño, saber terminar bien un trabajo, esmerarse en hacerlo todo con corazón
y cabeza, y elevar el nivel de la tarea haciendo las cosas despacio, con calma,
sin correr, sin atropellarse. De ese modo, el instante cobra un carácter
duradero, con resonancias dilatadas.
También es importante en este aspecto del orden el
cumplimiento fiel del horario, desde el comienzo hasta el final, el orden en la
convivencia cotidiana con los demás, pasando por aprender a ser templados y no
pretender abarcar más de lo que uno realmente puede.
5. El orden, a la larga, si es vivido con un
sentido profundo, basado en el servicio a los demás y en la lucha por mejorar,
conduce a que la persona sea más libre y responsable. La madurez psicológica es
algo que se va adquiriendo paso a paso, a base de trabajo bien hecho, de
responsabilidades asumidas, de capacidad para superar las frustraciones, de
haber sido consciente de que hay que tener buen perder y volver a empezar de
nuevo... Todo con voluntad y constancia. Este es el modelo en el que se deben fijar
los humanos para sacar el mejor resultado.
De ahí emerge un hombre más reposado, alegre, firme
en sus propósitos, que no se desmorona con facilidad, con más gusto por el
humor que por el drama, más inclinado por la ilusión que por la agonía. Así es
como se forja en el futuro un tapiz humano que apunta hacia algo grande,
atractivo, sugerente, por lo que merece la pena luchar dejándose uno lo mejor
de sí mismo en el esfuerzo.
El orden y la prudencia son los dos protectores de
uno de los tesoros más preciados: ser conscientes de que hay que luchar con la
inteligencia y la afectividad. Platón, en
La palabra virtud actualmente está en desuso, su
valor no es apreciado en el mercado psicológico y de la calle, pero conviene
bucear en su etimología, ya que de ella podemos sacar algunas conclusiones
provechosas. Los griegos hablan de areté, capacidad, habilidad o incluso
cierto grado de perfección, no sólo exclusivas del hombre, sino también de un
animal o incluso de un instrumento.
Así, por ejemplo, el caballo tenía la areté
de la velocidad; el violín, la de expresar unos sonidos sugerentes; y el
cuchillo de cortar bien. La palabra alemana tungend deriva de taugen
y significa capacidad en general.
Los romanos llamaban a la virtud virtus, que
procede de vir, varón; y a su vez equivale a virilidad o propiedades
específicas de la condición masculina en cuanto a fuerza.
En general, la esencia de la virtud es que facilita
el hábito de inclinarse a obrar hacia el bien o hacia lo mejor. De aquí que el
orden y la constancia, como dos valores sustanciales de la voluntad, se abran
camino para la consecución de un hombre de más nivel, que quiere volar alto y
elevarse por encima de sus limitaciones.
CAPÍTULO
IV
ORDEN
Y ALEGRIA
VIVIR EL ORDEN DISFRUTÁNDOLO
En el mundo de los sentimientos nos encontramos con
este rasgo afectivo, el orden, que presenta dos caras: la alegría y el placer.
La alegría (del latín alacritas-atis, fuego, vivacidad, ardor) es un
sentimiento de contento y satisfacción interior que se produce como
consecuencia o reacción de algo positivo que ha acontecido a una persona. Esta
definición nos presenta las siguientes características:
1.
La alegría, como estado de ánimo,
es una experiencia subjetiva y por tanto, sólo puede analizarse o estudiarse
teniendo en cuenta este dato.
2.
Por medio de la alegría la vida
se percibe de forma plena, dilatada, llena de fuerza y de sentido; eso que
procede de fuera y nos alegra lo sentimos como un don, es decir, tiene un valor
positivo.
3.
Es uno de los estados afectivos fundamentales
del hombre, que, generalmente, se produce como consecuencia de algo positivo
que ha ocurrido y que es el desencadenarte de esta emoción gratificante.
4.
Esta emoción, que proporciona
placer y que se extiende al plano psíquico, produce una vivencia de luminosidad
y esperanza.
5.
La alegría, está motivada siempre
por la posesión de un bien o por su previsión anticipada.
La auténtica alegría es aquella que rezuma
optimismo, satisfacción, animación y regocijo, que invita a la celebración y
está propensa a abrirse a la comunicación. Y, además, enriquece interiormente,
muestra un panorama futuro amplio y proporciona a la existencia su auténtico
sentido en esos momentos.
La vida, a pesar de todo, merece la pena sólo por
la alegría; es entonces cuando el pasado adquiere un relieve comprensivo; el
futuro se ve con confianza, y se espera de él todo lo bueno que puede traernos.
Entendida desde esta concepción, lo que hace es reafirmar a la persona con
respecto a su biografía, y encajar en ella las tres instancias temporales
-pasado, presente y futuro- en un bloque, en un armazón que tiene un fundamento
y una dirección precisa, a pesar de los vaivenes de la existencia.
En
TRABAJO Y ALEGRÍA: DOS PIEZAS INSEPARABLES
Cuando estamos alegres se debe a que hemos
conseguido algo o que esperamos alcanzarlo, sea un bien material o no. Por
ello, la alegría auténtica es producto y consecuencia del esfuerzo; por
ejemplo, una de las más importantes es la que se deriva del trabajo bien hecho.
Trabajo, alegría y fiesta forman un continuum
psicológico. Sólo una vida con un trabajo lleno de sentido hace al hombre
alegre, y únicamente es posible celebrar una fiesta cuando ésta se da en una
persona cuya vida y cuyo trabajo siguen un camino, tienen una dirección que se
rebasa a sí misma. Conviene no olvidar en este apartado que la alegría está más
ligada al dar que al recibir. Cuando se invierte esta dirección, con frecuencia
pueden aparecer la tristeza, la melancolía y la desilusión, y afectan a las fortificaciones
de la personalidad.
LAS TRES CARAS DE
La palabra tristeza (del latín tristitia)
significa afligimiento, pesadumbre. Su experiencia pertenece al mundo
sentimental y se puede definir como un sentimiento de pesar, de dolor interior,
que lleva consigo el estar desolado, con pena, embargado por la melancolía. En
la clasificación de los sentimientos propuesta por Max Scheler, éstos quedan
estratificados en cuatro planos:
1. Los
sentimientos sensoriales, es decir, ligados al cuerpo, pero localizados, de ahí
que sea frecuente escuchar a un enfermo depresivo: «Tengo la pena cogida al
estómago.»
2. Los sentimientos vitales son también corporales,
pero generalizados: «Tengo el cuerpo triste, como si todo él me
pesara.» Estos dos tipos de sentimientos
no motivados son endógenos, obedecen a los cambios internos de la fisiología humana, por lo general
los ligados a la enfermedad depresiva.
3. Los sentimientos psíquicos, que son motivados,
debidos a algún suceso personal y,
generalmente, están desligados del cuerpo.
4. Los sentimientos espirituales, ligados a los
planos trascendentales.
Pero, ¿qué es un sentimiento? Es un estado pasivo,
interior, que siempre tiene una cualidad vivencial positiva o negativa. Hay que
diferenciar el sentimiento de la sensación, que consiste en la captación del
mundo exterior mediante los sentidos, auténticas ventanas que nos incorporan
todo lo externo.
Mientras que en las sensaciones intervenimos
activamente, ya que nos dirigimos hacia operaciones que están fuera de
nosotros, en los sentimientos nos dejamos invadir por ese cambio emocional, sin
hacer nada, de forma pasiva, viendo cómo cambian los distintos niveles de
nuestra afectividad.
La tristeza puede ser, de distintas maneras, tres
formas de vivir esa experiencia universal.
- Una primera, la tristeza psicológica, es aquella producida por algo negativo, cuyos
desencadenantes son factores externos. Esta se percibe, sobre todo, a nivel
íntimo, sin resonancia corporal, y evoluciona en relación con el motivo que la
produjo; pertenece al estrato de los sentimientos psíquicos. La mejor
terapéutica para curarla es el tiempo.
- La segunda es la
tristeza vital, la más grave de las tres que se describirán, llamada así
porque procede de los sentimientos vitales que se encuentran entre lo psíquico
y lo somático. La vivencia de ésta es distinta cualitativa y cuantitativamente:
se experimenta como un vacío interior y el sujeto queda invadido por la falta
de motivación emocional, lo que en la psiquiatría alemana clásica se denomina
«el sentimiento de la falta de sentimiento».
Es tan intensa y profunda, que con frecuencia se
escucha decir a estos sujetos -enfermos de depresión-: «Ya no puedo estar más
triste.» Hay una nota especialmente importante en ella: se mira siempre hacia
el pasado, porque sienten cerradas todas las posibilidades de proyectarse en el
futuro. Aflora cada vez más la culpa, y, más tarde, la desesperación, donde se
queman las últimas oportunidades de salir adelante y enfrentarse al mañana. A
este estado interior hay que sumarle los síntomas somáticos que lo acompañan:
dolor de cabeza, molestias digestivas y manifestaciones físicas por todo el
cuerpo.
- Y por último, la
tristeza vitalizada, un estado intermedio entre las dos anteriores. Aquí el
proceso se produce del siguiente modo: cuando la tristeza psicológica tiene
gran intensidad y duración se va haciendo independiente de aquello que la
originó.
Pero la complejidad de los sentimientos se pone de
relieve cuando intentamos analizarlos de forma fragmentada. Así, la alegría y
la felicidad son las dos aspiraciones universales del hombre, muy parecidas,
pero distintas. Lo mismo sucede con el placer, pero éste, en último lugar,
después de la felicidad y la alegría, en este orden.
La alegría siempre da satisfacción cuando se ve
alcanzado un deseo; un contento que desemboca en una vivencia de reposo. La
felicidad ya es más compleja y se experimenta como una síntesis de nuestra
vida, en donde son explorados el amor, el trabajo y la cultura, así como la
propia personalidad.
El placer es más sensible y el cuerpo tiene una
importante participación. La relación entre placer y alegría es comparable a la
que existe entre superficie y profundidad, entre fugacidad y permanencia. La
alegría es más densa, porque afecta a planos más íntimos; el placer es
momentáneo, pasajero, tiene una connotación más instantánea.
Alegrarse significa saborear algo bueno que
esperábamos, es un indicador de que vamos en buena dirección, aunque sólo sea
en aspectos parciales de nuestra vida. Toda educación auténtica conduce a la
alegría, o dicho en otros términos: educar a una persona es darle entusiasmo
con respecto a los valores para su realización como hombre.
Alegría y felicidad se hallan en la base de
cualquier motivación humana, aunque la primera sea más corta que la segunda. La
primera es conciencia de un bien que se ha conseguido; la segunda, abarca
muchos segmentos de la realidad personal, de ahí su densidad. La alegría es
siempre un logro parcial, es decir, el puente hacia una felicidad relativa.
Pero, en definitiva, podemos afirmar que, en el
hombre maduro, ambas forman un binomio, en el que la alegría estimula a
continuar hacia adelante, le da alas a la ilusión.
ORDEN Y CONSTANCIA: LAS VELAS DE
Hay razones más que suficientes para elogiar el
orden. No obstante, pienso que no están de moda ni él ni la constancia ni la
voluntad. Y por tanto entiendo que, cuando se las trata de estudiar y de
fomentar, uno va contracorriente. Ahora bien, creo que es una cuestión
universal, ya que inculcar valores costosos requiere una primera etapa difícil,
hasta que se aceptan y van calando en nuestro interior.
Muchos hombres inteligentes no son sabios, porque
carecen de valores humanos y trascendentes. Se ven abocados a cierta
superficialidad, que puede conducir a la frivolidad.
Porque el orden y la constancia deben estar bien
enfocados en nuestro proyecto personal. No basta sólo con poseerlos, sino que
su contenido, aquello a lo que aspiremos, debe ser algo que nos ennoblezca, que
nos haga más humanos, que nos mejore. Las rutas cambiantes de la existencia
esforzada saltan los tropiezos que va encontrando a su paso, si hay una
motivación fuerte que es vivida con ilusión.
El orden y la constancia significan regularidad en
las acciones y estado por el cual los objetivos y aquello que nos rodea no se
amontonan, ni quedan apilados en un aplazamiento sine die.
Ambos valores posibilitan situarse mejor frente a
lo cotidiano. Hay que mencionar algunos rasgos característicos, aunque parezcan
poco importantes: la puntualidad, la observación correcta en la división del
tiempo, la colocación de las cosas que normalmente utilizamos, etc. Todo esto
llega a constituir un verdadero estilo de vida ordenado. Dicho de otro modo: el
valor del orden reside en que es la condición previa para la consecución de un
armazón racional de la vida.
En el desorden todo se mezcla y se confunde. No
sólo no se encuentran las cosas, sino que ante todo, uno no se encuentra a sí
mismo, porque anda perdido sin rumbo fijo, sin saber a qué atenerse.
He mencionado con anterioridad en otros capítulos
que estos dos valores alcanzan su máxima consideración en el Renacimiento. Fue
el siglo XVI el que las alentó, con la elevación del hombre a un rango
superior. Pero también logran una especial preponderancia en
Su papel en la educación fue ya puesto de relieve
de forma patente. Yo diría incluso lo siguiente: igual que la prudencia es
la «cochera» de la justicia, la
fortaleza y la templanza, el orden lo es de los valores éticos y noéticos, o
sea, los orientados hacia la conducta, los que tienen como objetivo la vida
intelectual y todo lo que de ella se deriva.
Sobre un cierto orden inicial se organizan otras
formas ordenadas más complejas. Como he comentado en el capítulo dedicado al
orden[22], éste
se desarrolla mediante un despliegue de cuatro geografías complementarias: el
orden en la cabeza, el orden en el tipo de vida, el orden en la forma y el
orden en los objetivos. Es decir, al que se vive preferentemente hacia el
exterior, le corresponde otro en el interior, que facilita la vida y la
potencia hacia la realización de las aventuras previstas.
Como cualquier cuestión relacionada con los
valores, el orden tiene su contrapartida cuando es vivido de modo exagerado. Un
orden rígido, estricto, inflexible, convierte al que lo practica en neurótico,
ya que le impide funcionar de forma relajada, fluida, sana.
Es entonces cuando nos hallamos ante el
perfeccionismo, una manera enfermiza de vivir el orden y que se caracteriza por
los siguientes elementos: nunca se está contento con lo que se ha hecho, ya que
todo podría mejorarse, lo que conduce a la insatisfacción; por otro lado,
rigidez en la conducta, una especie de estar encorsetado y no poder moverse con
desenvoltura.
De ese modo, la persona perfeccionista tiene un
nivel excesivo de exigencia consigo misma y con los demás, de quienes brota
asimismo gran descontento. Además, alrededor de esta persona crece el miedo al
fracaso, al no ver cumplidos los puntos previstos con la exactitud y la
perfección deseadas.
El orden sano agiliza la vida y amplía sus
horizontes, y al hombre que lo practica le sirve para hacer poco a poco lo que
debe. Uno mismo es quien crea su futuro, con fines particulares, precisos, de
acuerdo con las propias necesidades; lo contrario produce el caos, la
improvisación, el descuido, el no tener claro lo que uno tiene ante sí. En
consecuencia, la vida se desorganiza, el proyecto que uno tiene por delante se
desmorona, porque está sometido al vaivén de los caprichos y los cansancios
psicológicos.
CAPÍTULO
V
CONSTANCIA
CONSTANCIA ES TENACIDAD SIN DESALIENTO
La constancia constituye otro de los grandes
pilares de la voluntad. Habiendo tomado una determinación concreta, la
constancia conduce a no interrumpir nada ni darse por vencido, a pesar de las
dificultades que surjan, ya sean internas, externas o por el descenso de la
motivación inicial. Así se edifica el hombre fuerte: a base de tesón y de
firmeza, que deben ser aprendidos desde que somos pequeños.
Todo hábito requiere un aprendizaje, sobre todo
cuando, de entrada, es costoso y pensamos que se trata de una tarea ardua a
primera vista; por lo que tener ejemplos cercanos de personas constantes es el
mejor impulsor para continuar en lo emprendido.
En la vida humana, el binomio orden-constancia es
inseparable y habita en el hombre con voluntad, el cual está gobernado por una
capacidad de perspectivas amplias, de ver a lo lejos, pero sin variar
fácilmente los objetivos propuestos. Hay que tener visión de futuro, captar una
panorámica que se adelante al porvenir, para combatir los cansancios normales
que cualquier tarea conlleva en su realización.
La constancia presupone que somos vulnerables, pues
hay un sinfín de ocasiones que, de un modo u otro, nos hacen pensar en
abandonar lo comenzado. Cuando estamos tentados por la inconstancia se dan
muchos factores a la vez: desánimo, cansancio por los contratiempos, ausencia
de resultados cercanos, la imaginación que inventa metas sin esfuerzo... la
comparación con otras vidas próximas más fáciles, etc.
Pero el
hombre constante mira hacia adelante, con la ilusión de alcanzar la cima
deseada y por eso se mantiene firme, inalterable. De ahí la importancia tan
esencial de las motivaciones, como comentaremos más adelante.
La constancia en la preparación de unas oposiciones
para un trabajo profesional muy competitivo no es la misma que la necesaria
para luchar por modificar aspectos negativos del propio carácter o la que se
utiliza para vencer la dejadez, el abandono o la apatía. Hay un hilo conductor
en todas ellas, pero los desencadenantes no son los mismos.
Uno de los signos de madurez de la personalidad lo
constituye la visión de futuro; quien la posee ya ha ganado mucho terreno,
porque sabe relativizar las contingencias inmediatas, con las que cuenta como
manifestaciones normales de cualquier trabajo. Esta persona se interesa y pone
especial énfasis en que estos avatares no le distraigan de la dirección hacia
donde apunta.
Cuando más
se siente uno lleno de fuerza es cuando se vencen las adversidades y se
mantienen constantes los contenidos fijados para llegar hasta donde se ha
propuesto. La satisfacción es el premio a esos momentos de pequeñas victorias;
muchas de ellas, entremezcladas con derrotas parciales, le irán fortaleciendo.
Pieper habla del enfermizo afán de seguridad como
un rasgo casi neurótico, pues la vida también está dotada de incompletud y de
provisionalidad que pueden surgir en cualquier momento, y no hay que perderlas
de vista. Al que le falte el ánimo para acometer los riesgos que conlleva
prosperar en su proyecto personal, avanzará poco en la consecución del mismo.
Alasdair Macintyre[23] pasa del «vive como quieras
y haz lo que te guste» a una ética, cuya aspiración final es la felicidad. En
esa misma línea está la obra de Giuséppe Abba[24] . Ambas formas de concebir
la ética pretenden lo mismo: preguntarle a cada uno qué tipo de persona quiere
ser o cuál es su aspiración cuando se comporta de una determinada manera.
Vuelve aquí una cuestión central: La noción de fin.
Lo que lleva a restablecer el esquema tridimensional de la moral clásica: ¿qué
es la naturaleza humana?, ¿cuál es su fin?, y ¿cuáles son los medios adecuados
para andar por ese camino hasta alcanzarlo? En la respuesta a estas tres
preguntas está la clave para poner en marcha la constancia.
La mejor manera de realizar nuestro proyecto es no
interrumpir los planes, saber enfrentarse a las presiones externas e internas e
ir adquiriendo recursos para sobreponerse a las inexorables dificultades.
HAY QUE SABER QUÉ ES LO QUE UNO QUIERE
Para poner en práctica diariamente la constancia
hay que saber lo que se quiere: querer es activar la voluntad, impulsada ésta
por la motivación. Sin embargo, la falta de claridad, la dispersión en los
objetivos, y la falta de exactitud en las pretensiones son rasgos psicológicos
que no ayudan a la constancia.
Los objetivos se prever a corto, medio o largo
plazo; pero todos deben estar diseñados por el mismo patrón: la consecución
gozosa y arriesgada del proyecto personal, para lo que se necesitan ilusiones.
De ellas surge la fuerza para resistir contra viento y marea. El fruto más
preciado del orden, la constancia y la voluntad es que uno se hace más dueño de
sí mismo, siendo capaz de guiar su propio destino, por encima de los altercados
y las vicisitudes de la vida.
He ahí la recompensa. Los pasos intermedios
cuestan, son esforzados, significan superar tantos lances como vayan
sobreviniendo, pero con la mirada puesta en llegar a la meta y obtener el
galardón. El que así obra, se hace superior, y si persevera, se transforma en
alguien invencible.
Ser perseverante en el esfuerzo diario debe ser el
eje de cualquier planteamiento. Las principales características de la
constancia, desde el punto de vista psicológico, son tres:
1. La actitud, que es la predisposición interior
para no darse uno por vencido y seguir adelante sin desanimarse, es una forma
de estar frente a las realidades y las luchas. Con esta premisa el panorama
cambia, porque se ha ido alimentando una postura, un talante esforzado, una
situación de emplazamiento que permite una mezcla de serenidad y de firmeza. La
actitud está regida por el saber esperar tiempos mejores y continuar sin bajar
la guardia.
2. El hábito, la dirección constante hacia lo mejor
se va alcanzando con la repetición de actos, que implican renuncias no muy
grandes y que entrenan para el vencimiento. Vencerse en lo pequeño y dar
batallas en objetivos en apariencia insignificantes son los rasgos de cualquier
valor que se precie. Insistencia, reiteración, empeño, tenacidad; todo se
desliza hacia el mejor aprendizaje de la conducta.
Un
aprendizaje compuesto de entrenamiento, que, una y otra vez, se esmera en
alcanzar la meta, aunque a veces, momentáneamente, no se aprecie. El hábito es
un proceso educativo que va construyendo una segunda naturaleza: la conducta se
va arraigando con fuerza en ese empeño.
3. Tener un espíritu deportivo de lucha, mediante
ejercicios de vencimiento, superación de pequeñas derrotas, capacidad para
saber reponerse y volver a empezar, retomar las ilusiones del principio y
crecerse ante los imprevistos que frenan el avance y saber perder y empezar de
nuevo. Este espíritu supone pelear con bravura para que salga lo mejor que hay
en nosotros, oculto en el fondo de la personalidad.
ENTREGA
OBSTINADA A UN FIN
La entrega rebelde a un fin -entiéndase rebeldía
como no querer darse por vencido- es la mejor manera de perseguir la meta, sin
desviarse demasiado de su ruta. La vida humana nunca es rectilínea, sino casi
siempre sinuosa y complicada. La tozudez, el ser pertinaz y estar motivado
fuertemente supera con frecuencia al talento y a la capacidad intelectual.
La persona constante se ha hecho a base de golpes
duros, de pequeñas renuncias, hasta ir ganando en fortaleza: hay que ser
hercúleo, consistente, difícil de derribar... casi sublime en lo puramente
humano. Estos son los rasgos que definen al hombre firme.
Un hombre así estará siempre dispuesto a llegar
lejos, a elevarse por encima de las circunstancias y a situarse en una posición
cuyas categorías superarán las adversidades, por muchas que sean y por duro que
parezca su contenido. El sentido platónico de los valores quedaba resumido como
la capacidad personal para realizar la propia obra que uno se había propuesto.
La persona constante se hace permanente, estable, trasciende las acciones
particulares y está dispuesta para buscar siempre lo más conveniente a largo
plazo, aunque, de entrada, le cueste y signifique tener que vencerse. Ni el
orden, ni la constancia, ni la voluntad son disposiciones innatas, sino
adquiridas en la pelea diaria, y deben lograrse mediante esfuerzos expresos,
concretos, claros, bien delimitados.
Aristóteles, en
su Etica a Nicómaco, nos dice:
«De las acciones crece al fin la actitud fija. Por eso debemos comunicar a
nuestras acciones un determinado valor, una determinada cualidad, pues si se
configuran conforme a ella, resulta la correspondiente actitud fundamental
fija. Que nosotros nos formemos desde la juventud en ésta o en la otra
dirección no importa poco, sino mucho y hasta todo.»
Pero la cuestión estriba en saber la manera en que
el hombre puede ir adquiriendo estos valores que acrecienten la voluntad.
El orden y la constancia tienen como fruto
inmediato la consecución de los objetivos, y como mediato, la sensación de
alegría por sacar lo mejor de nosotros mismos, venciendo presiones y
resistiendo infortunios. Así una persona se hace infranqueable con sus
pretensiones, y nada ni nadie podrá derribarla.
Ambos, el orden y la constancia, cumplen la
misteriosa función de hacernos más libres, de sacar adelante nuestro proyecto,
dando vía libre a los argumentos que han hecho posible esa travesía.
Es interesante analizar la
ordenación que hace David Isaacs sobre las virtudes[25] pues aunque es difícil establecer una
sistematización clara y jerarquizada, su trabajo consiste en poner sobre el
tapete los valores más destacados del hombre, todo orientado hacia el niño y el
joven, aunque sin olvidar al hombre adulto.
Otto Bollnow[26] sitúa el orden y la
constancia entre lo que él denomina las virtudes burguesas, las cuales suelen
olvidarse en los estudios sobre moral y ética, ya que en estas disciplinas se
buscan comportamientos extraordinarios. Yo prefiero al héroe diario, capaz de
dominarse a sí mismo, y no a quien entrega su vida de pronto y se lo juega todo
a una carta.
En definitiva, la vida diaria sigue siendo la gran
cuestión. Para mí estos valores que yo llamaría renacentistas[27] tienen
hoy especial relevancia, a la luz del hombre cercano ya al siglo XXI. El
Renacimiento se inicia en Italia antes que en el resto de Europa, con figuras
tan sobresalientes y de gran influencia como Dante, Petrarca y Boccaccio, cuyos
modelos sirvieron de base a los escritores posteriores. Y todo, inspirado en
Burguesía y Renacimiento son dos fenómenos
históricos en los que se han apreciado mucho el orden, la constancia y la
voluntad. La burguesía marca el desarrollo de las ciudades (burgos) de
El hombre fuerte ha sido siempre admirado en todas
las culturas, tanto teocéntricas como antropocéntricas. Las grandes gestas, la
coherencia de vida, los ideales nobles por los que uno es capaz de vivir y
morir, siempre han servido de estímulo para muchos; han servido como puntos de
referencia hacia los que cualquier persona se ha sentido atraída.
Frente a la heroicidad de las grandes aventuras
personales, es preferible la valentía audaz de la constancia, aunque no se vea
ni brille, pero, en cualquier caso, decisiva en la mejor biografía que se
precie. El que practica con ánimo y sacrificio e insiste sin cesar en lo que
debe hacer, llegará a cumplir sus sueños.
En las vidas auténticas, existe una meta por la que
luchar y una bravura intrépida escondida en el remanso de muchos días,
sencillos y normales, en los que se ha aprendido la mejor lección para
conquistar la constancia: la grandeza de lo ordinario nos espera siempre y uno
debe aplicarse en ella. Las pequeñas hazañas cotidianas nos preparan para las
grandes gestas.
EL SECRETO DE MUCHAS VIDAS:
Toda la labor humana recuerda a la del jardinero:
hay que cavar la tierra, abonarla y soportar largos y duros días sin alegría,
sin poesía, con la esperanza puesta en el futuro, en el día de mañana. Pero
esto debe estar acompañado de amor: más se consigue con amor, que con dureza y
severidad.
Es lamentable ver cómo algunas vidas no ven
culminados los objetivos por el abandono ante las dificultades, los problemas,
los cansancios... Es una lástima observar cómo un licor precioso pierde su
calidad al mezclarse con una pequeña suciedad, del mismo modo que un vino
excelente deja su bouquet cuando se echan unas gotitas de agua.
Los valores sólo se adquieren a base de renuncias y
sacrificios sin necesidad de publicarlos. El esfuerzo sin espectáculo es más
heroico que el brillante y ruidoso. El cometido de la fortaleza consiste en
robustecer la voluntad a base de orden y constancia. Como escribía san Agustín:
«La fortaleza es el amor que todo lo soporta por el objeto de sus amores[28].»
Hoy esto alcanza un grado más alto que nunca en
importancia, ya que con el creciente avance del hedonismo, para muchos, el
principal elemento motivador es el placer o simplemente el pasarlo bien sin
restricciones, es decir, vivimos en la denominada cultura del placer, que se
opone a todo lo que venimos subrayando y que a largo plazo tendrá unas
consecuencias muy graves y negativas para el ser humano.
El creciente esfuerzo por el único deseo de elevar
el nivel de vida y despreocuparse casi de todo lo demás no favorece la tarea de
adquirir poco a poco más puntos en el terreno de la constancia. ¿Para qué ser
más constantes?, ¿con qué motivo, si lo que cuenta es pasarlo bien, consumir y
conseguir una mayor disponibilidad de bienes materiales? Esta mentalidad
hedonista culmina en un materialismo práctico, alejado de cualquier
espiritualidad que conduzca hacia otra dirección.
Actualmente vivimos una etapa
de represión de la espiritualidad que nubla el panorama para descubrir no sólo
los valores naturales, sino especialmente los sobrenaturales. Esta mentalidad
tiene notas muy características: horror a todo lo que significa renuncia y
captación sólo de aquello tangible. Es la descristianización de la sociedad
occidental, considerada por muchos como la etapa poscristiana de la sociedad
industrial.
Santo Tomás de Aquino[29] recordaba que la voluntad
se hace presente en dos actos fundamentales: aggredi, por un lado, y sustinere
por otro; es decir, hay que enfrentarse con los peligros que pueda comportar el
desarrollo de la propia realización personal y ser capaz de soportar las
adversidades. En el primer caso estamos ante la valentía y la audacia; en el
segundo, frente a la paciencia y la constancia.
La madurez de la personalidad conlleva saber que
uno se puede entrenar en la actividad de cada día para buscar lo mejor; ese
trabajo es básico, pues, desde él, se potencia la voluntad: se hace lo que se
debe, lo previsto, aunque sea con esfuerzo y no se vean los frutos enseguida.
Se debe mostrar firmeza ante las dificultades, no doblegándose ante ellas.
Deberíamos memorizar que cualquier empeño por
educar la voluntad está rodeado por la constancia, la paciencia y el tener los
ojos puestos en la meta. Cuando las contradicciones arrecian y se manifiestan
de forma insolente, no hay que darse por vencido ni hundirse; esto quiere decir
que se ha aprendido a superar la natural debilidad que parece quebrarse cuando
las cosas empeoran.
Los horizontes grandes emergen en esas latitudes,
por ahí podemos buscar al hombre valiente, sólido, voluntarioso, dueño de sí
mismo, que sabe lo que quiere, y que, por encima de la moda de lo que he
llamado la tetralogía light -hedonismo, consumismo, permisividad y
relativismo-, aspira a sumergirse en los sueños e ideales, buscando los grandes
horizontes.
Hoy faltan ideales, metas nobles por las que
luchar, puntos de referencia trascendentes. Todo lo que se hace por amor... es
amor, aunque la voluntad se resista a ponerse en movimiento. Las obras valiosas
nos preparan para no desfallecer y seguir insistiendo. Lo he dicho en este
capítulo: para hacer más fuerte la constancia, hay que repetir actos que la
fomenten, hacerlos una y otra vez, con amor y con paciencia.
El sendero se hace andando, como decía Antonio
Machado en su poesía: «Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.»
Cuando la voluntad, el orden y la constancia se manifiestan unidos, configuran
una personalidad madura, bien dibujada. Así se forma el hombre superior.
CAPÍTULO
VI
VOLUNTAD
Y PROYECTO PERSONAL
DESEAR Y QUERER
Ya he comentado que sólo la voluntad nos determina.
Todo comienza por el deseo, pero para llevarse a buen término es necesario que
éste se transforme en algo que se quiere. Desear y querer son dos pretensiones,
una que navega pilotada por los sentimientos, mientras que la segunda es guiada
por la voluntad.
Desear es apetecer algo que se ve, pero que depende
de las sensaciones del exterior. Aquí lo que se pretende suele ser periférico,
complementario al proyecto, y por otra parte, la conducta que pone en marcha
decae con rapidez, una vez que se ha satisfecho ese anhelo.
Hay unos mecanismos que se disparan con más o menos
inmediatez. Aquí podríamos exponer como un ejemplo clarificador todo el tema de
los instintos o las tendencias básicas: el hambre, la sexualidad, la sed, etc.
Querer es verse motivado a hacer algo anteponiendo
la voluntad, pues sabemos que eso nos da plenitud, nos mejora, eleva la
conducta hacia planos superiores. Toda la conducta motivada implica elección.
Voluntad es elegir, y elegir, renunciar.
Trae consigo un comportamiento más lejano, que
necesita sacrificar lo cercano y apostar por aquello que ilusiona, pero que
está aún en la lejanía. Este proceso complica las cosas, porque requiere ya un
cierto grado de madurez. La respuesta se mantiene por el apoyo de una voluntad
templada en una lucha firme y duradera.
Es el viejo dilema de los medios y los fines. Lo
que mueve es algo bueno, que aparece en la razón como algo por lo que merece la
pena esforzarse. La meta es un estímulo para la acción, sobre todo en los
momentos difíciles, el punto de referencia por el cual se dirige la voluntad,
poniendo de su parte una y otra vez, venciendo los posibles desfallecimientos
que surjan de fuera y de dentro.
En la práctica, el desear y el querer aparecen
mezclados; pero en la teoría es bueno separarlos, para saber en qué terreno
estamos. Cuando queremos nos movemos o sentimos atraídos a preferir lo mejor. Y
si la meta tiene grandeza, nos lleva poco a poco a una posición desde la cual
vamos a ir siendo más dueños de nosotros mismos: pasamos de lo pasajero y lo
temporal a lo imperecedero e intemporal.
Pero, ¿qué es lo que arrastra?, ¿qué hace que
apuntemos hacia esa dirección? Sentirnos motivados por aquello que nos
interesa. La motivación es siempre la representación anticipada de la meta, lo
que nos conduce a la acción. A través de ella estamos abocados a realizar lo
que hemos elegido.
A la larga, debemos actuar para alcanzar algo que
nos llene realmente o también, para pretender el mejor desarrollo personal.
El gran dilema estriba en la siguiente pregunta:
¿cómo fomentarla voluntad cuando siendo la meta buena, positiva, la vemos al
principio como algo bastante costoso y difícil? Ya lo he dicho antes: sabiendo
hacer atractiva la exigencia y mirando siempre fijamente al horizonte de las
ilusiones del porvenir.
¿Cómo?: utilizando la inteligencia, sublimando los
esfuerzos, no dándose uno por vencido cuando las cosas van mal, poniendo
algunos toques sobrenaturales que nos eleven por encima de las circunstancias.
Los esfuerzos y las renuncias de ahora tendrán su recompensa. Sólo quien sabe
esperar es capaz de utilizar la voluntad sin recoger frutos inmediatos. La
mejor de las metas es una ecuación entre felicidad y proyecto personal.
El tema de la felicidad tiene un fondo
interminable. Para llegar a ser feliz es necesario que la vida tenga argumentos
concretos, sólidos, firmes, que arrastran al hombre hacia lo mejor. Decía André
Maurois en su libro Sentimientos y costumbres que es más fácil definir
la felicidad por las carencias que el hombre tiene que por las que posee.
La felicidad es la aspiración más completa del
hombre, la más alta, su vocación fundamental, su inclinación primaria, hacia la
que apuntan todos sus esfuerzos. Aun en las situaciones más difíciles y
complejas en las que pueda verse el hombre, ése será su objetivo.
Unas veces
se presenta de forma clara y concreta; otras, lo hace de modo difuso y
abstracto, pero ésa es la meta. La felicidad es el bien supremo perfecto, y su
objetivo la realización plena de uno mismo.
Esto se concreta en dos segmentos claves:
1)
Haberse encontrado a sí misma es
decir, tener una personalidad con cierta solidez, en la que uno se encuentra a
gusto.
2)
Tener un proyecto de vida.
Ahora vamos a referirnos especialmente a la
segunda. ¿Qué significa tener un proyecto de vida? ¿Qué quiere decir esto?
¿Cómo debe ser entendido? La felicidad consiste sobre todo en ilusión. Con ella
la vida se vive como anticipación. Nos adelantamos, la vamos diseñando y cuando
llega lo anticipado, lo saboreamos lentamente, paladeando lo que trae consigo.
La felicidad está basada en encontrar un programa
de vida atractivo, satisfactorio, capaz de llenar y que sea el acompañante
esencial de la existencia, de nuestra biografía. La vida es argumenta! y el
proyecto su contenido. Veamos cuáles son sus principales características.
El proyecto debe ser personal; uno mismo lo diseña,
y como protagonista del mismo, su arquitectura la elaboramos según nuestras
preferencias personales. Pero es decisiva la voluntad para llevar a la práctica
todo este diseño de nuestro porvenir, que responde a unas aspiraciones
particulares que constituirán el texto de la vida propia, lo que le dé sentido
a la trayectoria de cada uno.
Sentido implica tres rasgos complementarios:
contenido o tejido sustancial del programa; dirección, que es el aspecto
vectorial de la travesía personal; y, por último, unidad, una estructura en
donde quedarán integrados armónicamente una serie de distintos elementos.
Para que se desarrolle de forma adecuada el
proyecto personal hay que conocer bien el contexto en el que nos lo hemos
propuesto. Esto se traduce en estar en las coordenadas de la realidad, en donde
se desenvuelve la vida propia, lo cual comporta dos condiciones: conocer las
aptitudes y las limitaciones de cada uno.
Por las primeras sabemos para lo que estamos
dotados y buscamos esos parajes; por las segundas, nos damos cuenta de los
márgenes que ha de tener nuestra andadura.
Sin un serio esfuerzo no puede llevarse a cabo. En
él se dan cita un conjunto de elementos determinantes, sin los cuales resulta
muy difícil que éste prospere. Hay que combatir dos peligros: la dispersión, o
sea, querer abarcar demasiado, y además, decir que sí a otras incitaciones
interesantes, lícitas pero que distraen de la tarea principal.
Las velas que ayudan a la navegación del proyecto
de vida son el orden, la constancia y la voluntad. Orden es jerarquía,
disciplina, saber que unas cosas anteceden a otras y que se necesita una
programación; el orden es sedativo, nos produce paz y serenidad, nos facilita
lo que tenemos por delante y que es prioritario. Por otra parte, está la
constancia: empeño, insistencia, no ceder terreno, no darse por vencido,
perseverar..., de este modo los propósitos se van haciendo férreos, firmes,
sólidos, pétreos. Hay que ser obstinados con nuestro proyecto personal, es la
única manera de que salga adelante.
Y en tercer
lugar, está la voluntad que podemos definir como aquella capacidad psicológica
que hace al hombre singular. Es decir, que la voluntad se educa a base de
ejercicios repetidos de entrenamiento, a través de los cuales uno busca lo
mejor, aunque le cueste; siempre hay en este trasfondo unas notas marcadamente
ascéticas.
El hombre con voluntad suele tener una mayor
resistencia para no desmoronarse ante la adversidad; pero no hay que olvidar
que tener una voluntad firme no resulta fácil, sino que requiere aprender a
negarse a lo inmediato, buscando lo que está por llegar.
El que tiene
voluntad es verdaderamente libre, consigue lo que se propone.
Debo estar preparado para todo tipo de
eventualidades que puedan sobrevenirle a mi proyecto. La vida tiene siempre
recodos imprevisibles. Cualquier trayectoria biográfica es azarosa, está tejida
de hilos que se enlazan y se entrelazan; de ahí la necesidad, antes o después,
de restaurar el proyecto: cambiando, puliendo y perfilando sus aristas.
En alguna ocasión, he comentado la tetralogía de
la felicidad que yo propongo: tener una personalidad que se ha encontrado a
sí misma, vivir de amor, trabajar con sentido y poseer la cultura como fondo; o
sea amor, trabajo y cultura. Soy
feliz cuando mi vida tiene un proyecto, en el cual se van desarrollando estos
tres rasgos.
Por eso, a medida que pasan los años tengo más
elementos de juicio para analizar cómo va ésta. Al hacer balance existencial
extraigo de él el haber y el debe. Me examino. Y cada etapa del viaje me ofrece
un sabor distinto, según la haya vivido.
La alegría y la tristeza, la ilusión y la
decepción, el abandono de las metas propuestas, el continuar hacia adelante
empeñado en llegar a donde uno había previsto, etc. Sin olvidar, por otra
parte, que todo análisis de la vida personal es siempre doloroso. A través del
mismo, cada parcela del proyecto va rindiendo cuenta de su viaje.
El verdadero objetivo de la voluntad es conseguir
la victoria sobre uno mismo, que abre las puertas para la conquista del
autodominio, a través del cual no nos desviamos de la meta, y nos entregamos
con ardor. Y a la hora de llevar a cabo algo desagradable, costoso, vienen a la
mente los beneficios que se obtendrán y eso estimula la lucha.
La voluntad es la capacidad para conseguir los
objetivos de la juventud y de la madurez, de acuerdo con un plan previo,
argumentado y tejido de motivos y razones. Ambos empujan hacia lo querido. Hoy
está de moda el estudio de la psicología animal, porque estos seres vivos están
inmersos en el presente, sin capacidad para servirse del pasado, ni para
atender al porvenir y preverlo.
El hombre
inferior vive aferrado a lo inmediato, mientras que el hombre superior se
proyecta hacia delante, sacrificando la satisfacción pronta e inminente. Hay
que saber esperar, perseverar en lo iniciado, no querer conseguir frutos
inmediatamente después de haber tomado la determinación de poner a funcionar la
voluntad. A ella se oponen, también, la búsqueda febril de la comida y de un
confort ilimitado, que aletarga y ahoga cualquier vibración de vencimiento[30] .
Toda educación empieza y termina por la voluntad, y
ésta se enrecia a base de hábitos y de repetición de actos con esfuerzo, que
nunca deben ser entendidos como algo maquinal, monótono o mecánico, sino como
una iniciativa personal que está dispuesta para dirigirse hacia lo más
conveniente, desatendiendo la voz que pregona las dificultades y sus escollos.
Esto irá
permitiendo que nos enfrentemos a muchas empresas sin miedo. No hay rutina
cuando se procura poner amor en lo que se hace. Educar no es sólo conducir a
alguien hacia lo mejor, para sacar todo lo bueno que lleva dentro, sino hacer
que esa persona ame el esfuerzo, lo quiera, lo consienta, lo vea como positivo
y liberador.
Voluntad y felicidad están muy unidas y
relacionadas, siempre que se tengan claros los pasos que se quieren seguir.
Para la realización personal en la vida afectiva y en el trabajo debe estar
presente la voluntad. No se hacen las cosas por placer, sino por llegar a donde
uno se ha propuesto; ello nos sitúa a las puertas de la felicidad, que consiste
en la realización más completa de uno mismo.
En el Talmud judío leemos el siguiente proverbio,
que es como una invitación a la paz interior y a la serenidad, que se esconde
en el fondo del hombre feliz.
«El hombre fuerte es el que domina sus instintos y sus pasiones; el hombre
sabio, el que aprende de todos con amor; y el hombre honrado, el que trata a
todos con dignidad.»
Según el Derecho Romano, las
claves para llevar una existencia positiva eran tres: «honeste vívere,
alterum non laedere et suum cuigue tribuere» es decir: vivir honestamente, no dañar a
nadie y dar a cada uno lo suyo. Esta sería la felicidad del hombre apolíneo,
fundamentada en el orden y el equilibrio.
En otra vertiente nos encontramos con la felicidad
dionisíaca, la del hombre que busca sensaciones nuevas, movimiento, actividad,
bucear en los últimos escondrijos de la realidad para ver que se encuentra allí
y al mismo tiempo explorarse a sí mismo. Entre esta doble posibilidad de
felicidad existen muchas concepciones y formas de entenderla.
El cauce de nuestra vida se abre paso con nuestra
conducta y se cierra con las distintas etapas de su trayectoria. Necesita a la
vez forma y contenido, envoltura y sustancia, superficie y profundidad. De esa
simbiosis emerge cada forma de ser feliz; para serlo, la vida debe tener
unidad, hay que trazar anticipadamente lo que el hombre quiere ser, lo que
desea hacer con su vida de acuerdo con un programa previo. Si no hay libertad
con minúscula.
Cualquier
diseño que se haga puede venirse abajo por la imposición autoritaria del medio.
El tono argumental de la existencia necesita un mínimo de libertad. Ahora que
se abren en toda Europa tantas posibilidades nuevas después de muchos años de
totalitarismo, pensar en la felicidad resulta más fácil.
El hombre busca tanto la libertad como la
felicidad. Hay una tecnología entre ambas que a cada uno toca descubrir, para
lo cual no debe decaer el esfuerzo por alcanzar la meta propuesta. Y que en el
camino, aspiremos a los valores eternos, aquellos que no pasan con los siglos:
la paz, la armonía con los demás, el encuentro profundo con el otro, la
educación para la libertad y la convivencia, la búsqueda de la trascendencia...
promover el amor auténtico.
Si la felicidad es un resultado, la vida es un
ensayo hasta conseguir exteriorizarlo mejor, lo más humano que se lleva dentro,
sin olvidar que para alcanzar esa paz interior son inevitables las
contradicciones, las contrariedades y el sufrimiento en sus diversas formas.
Ahí se acrisola la personalidad hasta arribar a su
homogénea fisonomía. La felicidad es la experiencia subjetiva de encontrarse
uno a gusto consigo mismo, contento con su vida hasta ese momento. Las notas
esenciales son la alegría, el júbilo, la satisfacción.
La felicidad se parece a una manta pequeña, que nos
tapa, pero que siempre deja una parte del cuerpo al descubierto. También
podemos compararla a un puzzle, en el que siempre faltan algunas piezas, porque
ésta es un polinomio, producto de muchos factores[31] . Por desgracia, se ve cómo
se pierden muchas vidas por falta de contenido, pues en ellas sólo hay
apariencia.
La felicidad es la meta del hombre, su máxima
aspiración, hacia la cual apuntan todos los vectores de la conducta. Pero hay
que buscarla, no se encuentra al final de la existencia, sino en medio de su
recorrido. Por eso, es más una forma de viajar, que una estación definitiva. La
felicidad absoluta es una utopía. Se saborea un gozo especial cuando la vida
tiene temática, sabor y proyección de futuro.
A lo largo
de la vida, la felicidad juega con el hombre al escondite: se va, viene,
desaparece, asoma, se esconde, nos muestra la cara y, más tarde, enseña la
espalda. La felicidad consiste en una mezcla de alegrías y tristezas, de luces
y sombras, pero presididas por el amor. Al adentrarnos en el entramado del
corazón humano descubrimos que la coherencia interior es el puente que nos
conduce al castillo de la felicidad.
CAPÍTULO
VII
VOLUNTAD
PARA
ES FÁCIL ENAMORARSE Y DIFÍCIL MANTENERSE
ENAMORADO
El enamoramiento es un fenómeno universal, cuyas
sensaciones hacen vibrar interiormente. Ortega decía en Estudios sobre el
amor, que era como una enfermedad de la atención: hasta ese instante
dispersa y moviéndose de acá para allá, y que a partir de un determinado
momento se dirige en un sentido determinado, con la mirada, la cabeza y el
corazón.
Stendhal, en su libro Del amor, dice que la
cristalización es la pieza clave del enamoramiento: la tendencia a idealizar a
esa persona, poniendo en ella todo lo bueno, grande, noble y hermoso que el ser
humano es capaz de concebir. En definitiva, es tal el hambre de amor que, a
veces, de algo relativo hacemos un absoluto. Max Scheler, en Esencia y
formas de la simpatía, menciona el entusiasmo como nota central de esta
manifestación afectiva.
Erich Fromm, en El arte de amar describe el
amor como la principal respuesta a la existencia humana, y llega a afirmar que
cualquier teoría del amor debe comenzar con una sobre el hombre, porque amar es
abandonar la prisión de la soledad.
El propio
Ovidio, en el siglo I a.C., uno de los poetas líricos más admirables de su
tiempo, publicó un libro, cuyo título fue también El arte de amar, en el
cual se nos revelan con toda claridad y fuerza los puntos fuertes donde debe
apoyarse el amor del principio para que, con el paso del tiempo, perdure.
Todo amor grande encierra una pasión por lo
absoluto. Hoy, con la degradación de la vida afectiva, a cualquier relación
superficial y centrada en la sexualidad, nos atrevemos a denominarla amor. Hay
que tener el coraje de llamar a las cosas por su nombre.
Hace unos años se puso de moda una expresión que
traspasó los umbrales del lenguaje coloquial: estar unido sentimentalmente.
Para la persona avezada en estas lides, la frase dejaba bien claro su
significado. La erotización de la sociedad ha hecho cambiar el panorama
sentimental de una forma patente.
¿Hemos mejorado, se ha conseguido que las
relaciones del corazón tengan más calidad, sean más firmes y consistentes?
Pienso que no. En esta nueva situación son muchos los factores que han influido
negativamente, pero dos han tenido un especial relieve: el cine y la
televisión.
Hay un excelente libro de Clive S. Lewis, Los
cuatro amores, que nos expone cuatro experiencias esenciales para controlar
todo lo sentimental: el afecto, la amistad, el eros y la caridad. Su tesis
descansa en el pensamiento cristiano:
«Los amores
humanos merecen llamarse amor siempre que se parezcan a ese Amor, que es Dios.»
Incluso llega a afirmar algo que me parece
importante:
«Lo más alto no puede sostenerse sin lo más bajo.»
Y en cuanto a la amistad, leemos:
«La amistad es
el plato fuerte en el banquete de la vida (...] los hombres que tienen
verdaderos amigos son menos manejables y menos alcanzables. La amistad es el
instrumento mediante el cual Dios revela a cada uno las bellezas de todos los
demás.»
Maisonneuve, en su tratado Les sentiments,
define al amor como un estado afectivo muy completo, interior, pasivo,
agradable o desagradable[32]. Es
decir, que entramos sigilosamente en otra galaxia, distinta de los objetivos,
para bucear en los pasadizos de la ciudadela interior y descubrir lo más
recóndito de ella.
Porque hay que subrayar con fuerza que es fácil
enamorarse, quedarse deslumbrado ante alguien, pero muy difícil mantenerse
enamorado, sobre todo con los valores afectivos vigentes en la actualidad. Y me
remito a los datos estadísticos de los últimos años en nuestra cultura
occidental.
Por eso, se ha puesto de moda una fórmula
intermedia, que elude el compromiso y salva el posible fracaso en este terreno:
el concepto de pareja, como unión afectiva descomprometida, transitoria, que
dura mientras la relación funciona, y que si se rompe, no sucede nada. En eso
se inscribe un mecanismo habitual hoy en este aspecto: la falta de
dramatización en todos los órdenes. Es la mejor manera de sortear las
dificultades... aunque, a la larga, la vida pierde sabor, contenido y, por
supuesto, coherencia.
EL DRAMA DE
Debemos pasar del enamoramiento, de esos momentos
exultantes en los que se dilata la personalidad, al día a día, al plano de la
realidad. Las diferencias entre ambos -realismo e idealismo- son grandes y es
básico estar bien preparado. Si no existe claridad de ideas, se puede caer en
la trampa de decir que uno se ha desenamorado y lo que realmente sucede es que,
como en todas las parejas, la relación pone a prueba a los dos, cuando pasa el
tiempo y la convivencia somos cada uno.
¡Qué tema tan importante y tan difícil el de la
convivencia! Porque la vida diaria sigue siendo la gran cuestión. Todas
nuestras teorías, ideas, argumentos y estilos psicológicos vienen a convocarse
aquí: a la realidad de residir en el mismo sitio y habitar juntos.
Convivencia es, ante todo, compartir, participar en
la vida ajena y hacer partícipe al otro de la propia. La convivencia es una
prueba complicada en la que demostramos muchas cosas de nuestra personalidad.
En este tramo final del siglo XX creo que una las
mayores dificultades objetivas estriba en la convivencia en la que todos nos
deslizamos en una especie de desequilibrio e inestabilidad. Cuando convivimos
con alguien se percibe en vivo y con gran claridad la necesidad de buscar
soluciones y alternativas para hacer posible la vida ordinaria.
He comentado en alguna otra ocasión que uno de los
cánceres sociales de nuestros días es la ruptura conyugal. Pues bien, también
la vida familiar, en general, se ve surcada hoy por experiencias dramáticas y
queda destrozada y herida cuando le vienen todo tipo de desavenencias.
Una buena convivencia no resulta fácil, pues
implica un esfuerzo importante de la voluntad y una capacidad suficiente para
aceptar vivir con otras personas.
Dibujaremos los aspectos más esenciales de este
tema, los principios de donde debemos partir para ir alcanzando una relación
positiva entre las distintas personas que conviven en el seno, no ya sólo en la
vida familiar, sino de cualquier comunidad humana relativamente pequeña.
Soy de los que piensan que la primera fuente
cultural es la familia, por su grandeza, su importancia y el papel decisivo que
desempeña en la formación y la configuración de la personalidad de cada uno de
sus integrantes.
Pues bien, estos puntos cardinales son, en mi
opinión, los siguientes:
* Primero. Tener un conocimiento adecuado de uno mismo es el
principio básico, es decir, saber las cualidades y las principales
características de la propia psicología personal. Esto es imprescindible.
Implica enfrentarse con uno mismo y procurar resolverse como problema o
ecuación; ahondar, profundizar, captar, para llegar a saberse, a conocerse.
Esto concluye en que debemos conocer las aptitudes y las limitaciones
personales. De este modo será más fácil controlar las borrascas y las
tempestades que ineludiblemente habrán de sobrevenir.
* Segundo. Esforzarse por
limar, pulir y rectificar aquellos aspectos de la personalidad que dificultan,
entorpecen o impiden el trato y la relación cotidiana. Se trata de luchar por
desterrar lo negativo, modelando las aristas y las vertientes menos sanas del
propio comportamiento. Toda esta tarea de reforma personal es ligera, pero
continua; suave y sosegada, pero firme y compacta. Sin estos propósitos
concretos, no debemos esperar cambios que favorezcan una mejor relación entre
las personas.
Hay que evitar
con los demás los denominados «prontos de carácter» en el lenguaje coloquial
(reacciones impulsivas, pérdida del autocontrol ante estímulos
insignificantes), la utilización de esquemas rígidos, intransigentes y
herméticos, así como la susceptibilidad, los cambios bruscos de humor
inmotivados o la desconsideración sistemática ante opiniones ajenas a las
propias.
* Tercero. El conocimiento del contexto o de la realidad
donde se desarrolla la convivencia. Este conocimiento se vertebra en dos
direcciones: por una parte, el conocimiento de la realidad propiamente dicha,
es decir, la situación concreta en la que tiene lugar esa relación. En
definitiva, debe existirla prudencia, la sindéresis: la valoración adecuada de
la realidad. Aristóteles, en su Etica a Nicómaco, la define y nombra
como ordenadora del querer y del obrar.
Por otra parte,
la otra dirección radica en el conocimiento ajeno. Conocer a las personas con
las que se convive, para entenderlas primero y comprenderlas, después. Entender
quiere decir ponerse en el lugar del otro, situarse en su espacio vital, ver el
mundo desde su perspectiva. Comprender implica una operación más avanzada:
significa abrazar, unirse, hacer los intereses y los problemas del otro parte
de los propios.
Cuando le
decimos a alguien: «Comprendo lo que te pasa», «Me hago cargo de lo que está
sucediendo», estamos yendo a su encuentro para ayudarle con nuestra cabeza y
nuestro corazón. Por eso comprender es aliviar.
Cuando sabemos
cómo son los que conviven con nosotros codo con codo, diariamente, tenemos unos
criterios objetivos para ir ensayando una forma más adecuada de convivencia.
«Tengo que hacer mi vida con los demás», ése es el texto y el contexto de la
convivencia, su contenido y su estructura.
Ahora bien, hay
que subrayar que la convivencia, al igual que la vida, debe ser argumental.
Esto significa que va más allá del mero estar juntos o próximos. Esto es la
compañía: contacto externo e interno. Los argumentos afectan positivamente con
su mensaje el panorama y el contexto familiar. Le dan peso y consistencia. Esta
segunda se refleja en la primera.
* Cuarto. Para que la
convivencia sea posible debe haber respeto y estimación recíprocos; ambos están
íntimamente conectados. El respeto es atención, consideración, deferencia,
tener en cuenta la dignidad de la otra persona, apreciando a cada uno según su
valía.
Algo de eso
encierra la palabra tolerancia. Voltaire, en su Tratado sobre la tolerancia,
la define como la gran herramienta de la vida en común, mediante la cual el
hombre es capaz de coexistir pacíficamente en medio de las más diversas
posturas ideológicas. Locke, en su Carta sobre la tolerancia, nos
explica que tolerar es no oponerse inflexiblemente a las diferencias de
contrastes que trae consigo vivir en comunidad. El triunfo de
Este es el
camino para alcanzar una apreciación mutua, en medio de la diversidad de formas
y maneras de ser y de pensar. Así se aprende a dialogar, ya que el diálogo
constituye una de las facetas centrales de la convivencia. Debemos ser capaces
de escuchar y, simultáneamente, de argüir, de mostrar argumentos, de expresar
la propia opinión. De este modo, uno puede manifestar su acuerdo o su
desacuerdo sobre un tema concreto, pero lo expresa sin ofender, sin faltar ni
descalificar a esa persona que está disconforme con nuestro punto de vista.
Muchas
incompatibilidades de caracteres arrancan de aquí, por no asimilar
adecuadamente esto. Se trata, en el fondo, de aceptar el pluralismo. Cuando se
tiene esta visión tan amplía, el horizonte se ensancha, la vida se hace más
llevadera y sus leyes específicas se agrandan.
Ser pluralista
no es buscar identidad de criterios, ideas y gustos, sino aceptar de buen grado
la diversidad enriquecedora y recíproca.
* Quinto. La vida humana debe ser sistemática y tener un
orden, unas secuencias, unas conexiones sucesivas. Cuando la vida acontece
demasiado deprisa, como ocurre hoy en día, casi inevitablemente surge el
desorden. El orden es como el analgésico de la inteligencia. Un sedante, un
portador de serenidad y sosiego.
Pues bien, cuando se dan estas condiciones
psicológicas, no fortuitamente, sino buscadas y perseguidas, a pesar del ritmo
vertiginoso que la vida tiene en la actualidad, el hombre es capaz de pensar.
Aquí quería llegar. Se trata de pensar en cómo mejorar la convivencia y poner
los medios prácticos para llevarlo a cabo.
Se puede tratar
de mejorar cualquier relación. Creo que debemos empezar por estos puntos. Así,
la conducta se hace más racional y se combate el vaivén, el trajín, el ir y
venir sin tiempo para nada y para nadie.
La vida acelerada, trepidante, vertiginosa, hace
muy difícil la convivencia, porque antes que nada, uno está cada vez más lejos
de sí mismo, traído y llevado, y en un constante ajetreo por tantas cosas que
lo distraen. En estas latitudes se inician muchas rupturas conyugales que
podrían haberse evitado. ¿Qué hacer por tanto? Lo mejor es vivir el momento
preciso y limitado de cada día y poner en él lo mejor que uno tiene.
No olvidemos que la vida se compone de detalles
pequeños. Yo diría más aún: la vida está en los detalles. Hacer la casa
habitable es llenarla de afecto y comprensión. Son muchas las cuestiones que
pueden llevarse a cabo: interesarse por los afanes y las preocupaciones del
otro, hacer amable la vida sabiendo disculpar, poner buena cara cuando uno se
siente afectado por alto, desdramatizar los pequeños contratiempos que siempre
están presentes, aprender a tener una visión positiva de las personas y de los
hechos, tener la suficiente mano izquierda para sacar a relucir el sentido del
humor siempre que sea necesario, etc.
La convivencia debe ser una escuela donde se
ensayan, se forman y se cultivan los principales valores humanos: el espíritu
de colaboración y de servicio, la generosidad, la capacidad de comprensión, la
fortaleza, la paciencia, la sinceridad...
Son un sinfín de detalles en el trato que edifican
una convivencia más armónica. Los psiquiatras sabemos que en las denominadas
familias neuróticas o en muchos hijos de padres separados, la ausencia de estos
elementos deja unos huecos muy serios, unas secuelas que luego pondrán de
relieve fallos y falta de entrenamiento positivo para alcanzar unos niveles
adecuados en el trato y la familiaridad de la vida diaria. Entonces es cuando
se necesita la voluntad.
Hay que poner esfuerzo y voluntad en cuestiones
menudas, en apariencia poco importantes, pero que hacen a la persona sutil,
delicada, cuidadosa, que sabe poner amor y tolerancia en esa asignatura siempre
en primer plano: la vida cotidiana por la que se desliza nuestra existencia.
La vida diaria, con sus ingredientes, sigue siendo
el gran motivo. Tener esto presente y obrar en consecuencia tendrá unos frutos
sabrosos, siempre y cuando seamos capaces de perseverar en ellos. La capacidad
diaria para convivir es como un registrador de la altura, la anchura, la
profundidad y la categoría del perfil de la personalidad de cada uno. Jean
Guitton, en su libro Le démon de midi, decía que cuando el amor no es
romance, necesita ampararse en otros presupuestos que le den fortaleza, como
son: abrirse a los demás, pensando en ellos y en lo que más les satisface;
buscar más lo que une que lo que separa; crear lazos y tejidos de
vinculaciones, etc.
Y otro gran pensador francés contemporáneo,
Gustave Thivon, en La crise moderne de l’ ámour, comenta que el
hundimiento del concepto del amor en la actualidad gravita en la falta de
armonía del ser humano: el amor se ha convertido en sexo, la fidelidad es para
muchos algo antiguo, la falta de esfuerzo para la compenetración de los
caracteres o la inestabilidad afectiva. En mi libro Remedios para el desamor
he trazado algunas coordenadas prácticas sobre las que debe moverse la
psicología de la pareja para que la vida conyugal funcione. A ellas me referiré
enseguida.
LOS SIETE INGREDIENTES DEL AMOR CONYUGAL
Mi espíritu universitario, académico, me lleva a
intentar explicar de forma ordenada lo que yo llamaría los siete puntos básicos
del amor en la pareja. Para mí, en ellos se encierra la comprensión de este
capítulo.
Se habla
mucho de amores y de uniones sentimentales, pero poco de lo que debe ser el
verdadero amor. Entre ambos hay diferencias abismales. El amor auténtico tiene
poco que ver con esa especie de gelatina emocional o de mermelada afectiva, tan
en boga a través de las revistas del corazón y de los medios de comunicación
audiovisuales, cuyo contenido es un romanticismo sensual.
Un buen exponente de lo que digo son las
telenovelas, cuya pobreza argumenta) se apoya sobre un tratamiento elemental
del amor, del enamoramiento y de todo lo que de ambos se deriva.
Todo esto desemboca en la cultura rosa: se
presentan los sentimientos para captar y cautivar a la audiencia, repletos de
conflictos y de situaciones inesperadas, que aportan- muy poco a la edificación
de la madurez de la personalidad. Lo importante en los programas -radio o
televisión- es divertir y asombrar; su objetivo debe ser ganar audiencia, por
lo que el nivel cultural y de contenidos toca fondo, es nulo. No olvidemos la
cantidad de personas que siguen estos programas.
Si no se ordena el amor, si el corazón no está bien
custodiado, las formas que puede adoptar la afectividad, de entrada, pueden
parecer interesantes, con un tono refrescante, por lo que significa el cambio,
pero, a la larga, llevan al vacío y al caos biográfico. De ese modo, cualquier
liberación no será auténtica, por mucho que así la llamemos, algo que veremos a
través de sus resultados.
Para que la felicidad esté bien ajustada y no sea
un espejismo de momentos más o menos gratificantes, hay que ordenar los latidos
de la vida afectiva, para que ésta no termine rebelándose, al comprobar con el
paso del tiempo el fraude en el que se ha vivido, por haber cambiado y
malinterpretado palabras y contenidos referidos al amor.
Estos componentes del amor son los siguientes: un
sentimiento y una tendencia, de entrada, los cuales deben apoyarse en unas
creencias comunes; después, en cuarto y quinto lugar, el amor debe ser con el
paso del tiempo, no al principio, un acto de la voluntad y de la inteligencia,
aunque esto no se lleve ni esté bien visto hoy; pero me parece decisivo,
esencial, básico.
Y,
finalmente, dos notas añadidas: el amor hay que entenderlo como compromiso y
dinamismo. Esta es su alquimia. Cada uno de estos elementos y todos en su
conjunto edifican un amor trabajado, sólido y esperanzador que nos conduce a
vivirlo de forma plena, con las lógicas e inevitables dificultades que tiene la
convivencia, pero ya con unas hechuras que lo harán fuerte.
No se puede vivir sin un gran amor en el corazón.
En tiempos de crisis de valores, esto se hace más necesario, pues la fragilidad
de los principios surge por cualquier lugar. Esta sociedad occidental de este
último tramo del siglo XX está asistiendo a una nueva epidemia, contagiosa y
dramática: las crisis y las rupturas conyugales, como consecuencia de una
profunda decadencia del hombre de hoy, perdido y sin referentes.
El hombre
nunca ha sabido tanto de sí mismo como ahora, y al mismo tiempo, nunca como en
la actualidad ha estado tan desorientado, desequilibrado y sin saber a qué
atenerse. Y esto es especialmente grave por lo que respecta al amor.
La información minuciosa que recibe el hombre
actual sobre cualquier tema político, económico o social no suele ser
formativa. Otra paradoja más de los tiempos que corren es la información no
formativa que existe, es decir, que no hace que el ser humano se vuelva más
culto, con más criterio, con más humanidad... antes, al contrario, esta cascada
de datos le dejan perplejo, pensando cuántos males y desgracias están llegando
continuamente a sus oídos.
Y es que parece que todo lo relacionado con las
noticias es negativo; por no hablar de las revistas del corazón, los tebeos de
los mayores, que sin cesar nos presentan las rupturas de los famosos, los
fracasos sentimentales de parejas débiles. Todo eso crea un clima negativo, en
el que se cultivan amores inconsistentes, sin fuerza, sin contenido, con una
estructura deficitaria.
Todo amor ha de pasar necesariamente por etapas de
situaciones tensas, difíciles, pruebas inevitables, hasta hacerse maduro. La
condición humana es así. Dicho de otro modo: el amor necesita cierto
aprendizaje, que encuentra en la convivencia su punto de inflexión. Ahí recae
la importancia de la voluntad.
La voluntad es un rodrigón en el que se ha de
apoyar el amor tras sus primeros momentos. Al principio, la voluntad participa
mínimamente en este proceso afectivo, pues todo fluye de forma suave, movido
por los vientos ligeros de la ilusión y la novedad. Cuando pasa el tiempo -pero
también al principio- la convivencia se manifiesta con sus problemas y
dificultades y es entonces cuando llega la hora de poner a funcionar esa
voluntad, la cual debe estar preparada para luchar por vencerse y acomodar su
carácter al de la otra persona.
EL AMOR MADURO ESTA HECHO DE VOLUNTAD E
INTELIGENCIA
Hoy muchos enlaces conyugales están elaborados con
materiales o bases poco consistentes. Con esos presupuestos no se puede llegar
muy lejos. Como he dicho antes, el amor nace de los sentimientos y a la vez que
madura se dirige hacia el mundo intelectual guiado por la voluntad. A muchos
les cuesta entender esto, porque la marea social se mueve en otra dirección.
Pero es así. La vida afectiva se desliza como un teorema que sigue este
recorrido sentimental.
No digo que al principio esto sea así; me refiero a
etapas más avanzadas del amor. En sus comienzos todo es como una eclosión de
expresiones afectivas algo desligadas de lo puramente racional. Para vivir un
amor en profundidad y con la pretensión de que sea duradero, éste debe estar
regido por la voluntad y la inteligencia.
Inteligencia es capacidad de síntesis; saber
distinguir lo importante de lo anecdótico; aprender a ensayar soluciones nuevas
y situaciones difíciles, inesperadas o conflictivas. Codificar de forma
correcta la información que se recibe, para ofrecer una respuesta coherente y
positiva, que lleva a dar la mejor conducta posible.
Esto, traducido al lenguaje de la psicología
conyugal, podemos expresarlo del siguiente modo: tener el don de la
oportunidad, aprender a callar[33] siempre que sea necesario, saber aplazar un
tema difícil para un momento adecuado, no sacar la lista de agravios del pasado
a raíz de una situación tensa, evitar discusiones innecesarias, saber entender
a la otra persona[34], tener detalles pequeños positivos hacia ella,
compartir cosas juntos, aprender a desdramatizar pequeños problemas que surgen
en la convivencia diaria, saber pedir perdón sin esperar a prolongados
silencios que nunca tienen buen final, etc.
Son muchos puntos los que hay que cuidar, pero
todos con un mismo origen o fin a la vez: la compenetración de dos
personalidades en sus distintos aspectos: físico, psicológico, social, cultural
y espiritual.
Este amor está en crisis porque los resortes y los
puntos de apoyo del hombre moderno se han vuelto más frágiles. Pensemos en lo
que yo he denominado el hombre light[35]: un ser sin valores movido
sólo por el materialismo. Cuando la existencia transita a ritmo vertiginoso,
pero sin saber a dónde se dirige, marcada por la superficialidad y la bandera
de la frivolidad, antes o después deja al descubierto unos vacíos que harán que
todo se desplome por falta de consistencia. En muchas de estas vidas no hay más
que superficialidad y apariencia de cara a la galería.
No hay auténtico progreso humano si éste no se
desarrolla con un fondo moral. Sin él, el hombre queda suspendido en un estado
de nihilismo agazapado que le atraviesa y que lo conduce a la dejadez, la
apatía, el des-compromiso de todo lo que exija una cierta renuncia, etc. Un
hombre sin ideales tira por la borda su proyecto personal.
El amor necesita, también, de la voluntad. Se
tratará, por lo general, de hacer ejercicios pequeños y repetidos de
rectificación, adelanto y progreso en la comunicación de la pareja. No suelen
ser cosas extraordinarias, ni «el más
difícil todavía», sino cuestiones de escaso valor, pero que si no se lucha por
ellas, la comunicación se entorpece y todo se viene abajo.
Lo que al principio pueden ser desavenencias
insignificantes, al repetirse, al caer en ellas una y otra vez, inciden en la
vida matrimonial y su funcionamiento; y a la larga aquello puede entrar en una
situación seriamente conflictiva.
Voluntad en la vida conyugal significa luchar por
las cosas pequeñas, concretas, bien delimitadas, que ponen en peligro cuando
surgen la estabilidad de la pareja. Pensemos en las discusiones, que suelen
originarse por naderías, pero que ponen en marcha mecanismos agresivos,
descontrol verbal y la aparición de la lista de agravios, que puede arrasarlo
todo con su fuerza.
Tener una
voluntad bien dispuesta es algo que se consigue después de un cierto tiempo de
entrenamiento: supone semanas, meses, e incluso años de lucha pertinaz contra
uno mismo. Uno se vence y uno cae, pero se tienen bien claros los medios y los
fines, la metodología y la meta.
El que lucha y
pone la voluntad en esta lid, está siempre alegre, aunque pierda batallas. El tiempo lo
hará recio, fuerte, sin desánimo. Al que tiene educada su voluntad le resultará
más fácil soportar bien los conflictos, los riesgos y los tropiezos de la
convivencia. Conoce sus complicaciones y no se desalienta cuando arrecian los
escollos, supera los obstáculos y le da la vuelta a los contratiempos, cuando
ponen en peligro su estabilidad. La
repetición de actos de esfuerzo y aprendizaje prepara para la lucha deportiva.
Estos dos pilares de apoyo, la inteligencia y la voluntad, no tienen buena prensa hoy, pero son
definitivos para conseguir un amor maduro. La inmadurez afectiva subraya que el
amor es como un viento, que va y viene, sin límites ni control. Eso es falso,
pues si así fuera, quedaría hipotecada a los vientos exteriores nada más y nada
menos que una de las parcelas más importantes de la vida, la sentimental. Para
que el amor se haga maduro, hay que ganárselo en una pelea positiva y
estimulante, aspirando a una posición estable, armónica y proporcionada.
Los psiquiatras somos médicos que estudiamos las
superficies y las profundidades psicológicas. Entramos en los pasadizos
interiores buscando la respuesta a la conducta. La consulta es como un
observatorio, desde donde se ve la vida ajena con minuciosidad, donde el médico
aprende la diversidad de comportamientos existentes, unos sanos y otros
enfermos.
Por eso, la experiencia es esencial. La vida enseña
más que muchos libros. Voy a mencionar algunas historias clínicas extraídas de
mi consultorio privado, que pueden ser didácticas y ejemplares de todo lo que
he venido exponiendo en este capítulo.
Matrimonio en el que él tiene 59 años y ella 51.
Tienen cuatro hijos. Nivel socioeconómico medio alto. Nos dice el marido: «Yo
siempre he sido un luchador nato en mi trabajo. Ahora echo una mirada hacia
atrás, y cuando veo lo que he hecho profesionalmente en los últimos veinte
años, me asombro. Pero luego está mi vida matrimonial, que de vez en cuando
aparece amenazada con momentos muy malos y situaciones en las cuales no veo
otra salida que separarme.»
«Mi mujer me quiere controlar permanentemente. No
tiene habilidad conmigo. Siempre se está quejando de que no le hago caso y no
me ocupo de ella. Y yo no tengo conciencia de eso. Hemos venido a su consulta,
porque ella me lo ha pedido... aunque la verdad es que yo creo poco en los
psiquiatras.»
Nos dice la mujer: «Mi marido está todo el día
trabajando y me hace poco caso. Pero hay momentos en que pienso que no estoy
casada con él, pues compartimos pocas cosas. Me rebelo. De vez en cuando
necesito desahogarme y decirle lo que pienso... El se cree que con el dinero
que me da o la situación económica que
tenemos está todo resuelto, y está muy equivocado. Me siento una mujer
insatisfecha. He pensado varias veces en separarme, pero en serio. Y ha llegado
el momento de arreglarlo o de que nos separemos.»
En la terapia conyugal hay un primer momento en que
tras llevar a cabo la historia clínica por separado con cada uno, pedimos lo
que yo llamo un rastreo psicológico, que se resume en una serie de peticiones
sobre qué quitaría y qué añadiría en la conducta del cónyuge para que se
consiguiera una mejor armonía conyugal. Con frecuencia esta relación de
observaciones psicológicas es demasiado vaga y abstracta como para trabajar con
ella, y hay que repetirla, buscando un lenguaje más conciso y operativo.
Tras estas dos etapas, iniciamos un behavior
eschulde, un programa de conducta, basado en intentar reforzar[36] la
conducta positiva de forma recíproca. Se trata de una terapia
cognitivo-conductista, en la que se establecen claramente los objetivos
psicológicos, así como su vertiente instrumental (cómo ir progresando en esa
dirección).
Previamente, situé a cada uno de ellos ante el
estado real y los riesgos reales de su actual momento conyugal. Sin dramatizar,
pero con claridad. La mayoría de las sesiones fueron independientes.
Sistematizo de forma muy resumida las peticiones de ella:
Lista de peticiones de ella
- Que trabaje menos, así es muy difícil que esto funcione, pues casi no le
veo.
- Que exista más diálogo entre nosotros. Sólo hablamos cuando hay algún
problema de los hijos, o de sus estudios, o de las personas con las que salen.
- Que tenga detalles conmigo: preguntarme por mis cosas, interesarse por lo
que he hecho, dónde he ido, con quién he estado...
- Que alguna vez me llame por teléfono desde su trabajo... Para mí eso
sería una sorpresa enorme.
- Que no se queje de lo ocupado que está.
- Un tema difícil es el de las relaciones sexuales. Aquí nos hemos
entendido siempre bastante mal. Por una parte, quiero que él me prepare, lo que
para mí significa ternura y, después, que cuando hayamos terminado no me deje
de lado, como una cosa que se utiliza y luego se desecha.
- Que no quiera llevar siempre razón, diciéndome todo lo que él sabe, la
experiencia que tiene, lo que ha estudiado... Le cuesta darme la razón; yo, en
cambio, sé ceder.
- Que me pida perdón o disculpas cuando ha hecho algo mal o me ha ofendido.
Esto le cuesta un trabajo enorme.
Recapitulo aquí lo más destacado. Pero en estos
ocho puntos se resumen muchas cosas a la vez. Con ellos trabajamos haciendo un
programa de conducta.
Lista de
peticiones de él:
- Que no me
saque tantas veces las cosas negativas del pasado (lista de agravios). No puede
evitarlo, es superior a sus fuerzas. Es como una necesidad imperiosa.
- Que me esté
pidiendo dinero siempre; a veces, pienso que sólo sirvo para eso... o al menos
así lo entiendo yo.
- Que me
corrija delante de mis hijos o que se ponga a discutir delante de ellos.
- Su afán
polémico. Que no se empeñe en discutir una y otra vez sobre cualquier tema.
- Que tenga
tacto conmigo. No sabe lo que es ser diplomática.
- Que para
tener relaciones íntimas no tengan que darse unas condiciones excepcionales:
todo en paz, que no haya existido una discusión en mucho tiempo.
- Que no me
diga que la utilizo sexualmente. Eso me enerva.
- Que no se
compare con otros matrimonios más o menos parecidos a nosotros: si salen más,
si viajan, etc.
- Cuando
venimos de una cena con amigos o conocidos, que no me haga una crítica de lo
que dije o comenté. Cualquier frase mía es a veces analizada por ella al
milímetro.
Vemos aquí un caso bastante representativo. Tras
las dos primeras sesiones se diseñaron ambos programas de refuerzo. Se insistió
mucho en la importancia de la motivación. Alcanzar puntos de acuerdo, limar
asperezas, lograr la capacidad de perdón, y, por supuesto, centrarse cada uno
en los puntos concretos recibidos en la psicoterapia.
En la quinta sesión, ya había una notable mejoría.
Entonces, a la mujer se le retocaron algunos puntos. Se añadió uno que fue muy
bien recibido por ella: aprender a
remontar el típico día / momento malo.
Se acompañó de un lenguaje cognitivo[37] para
aplicar en esas circunstancias. El marido puso en práctica el denominado día
rosa[38], lo
que potenció en su mujer la ilusión de seguir esforzándose en mejorar, de
acuerdo con los esquemas señalados.
Es frecuente
en este tipo de casos que el psiquiatra sepa neutralizar las quejas de unos y
otros, valorándolas de forma fría y objetiva, haciendo ver lo habituales que
son las deformaciones de la realidad: que los relatos de los acontecimientos
sean claros, desapasionados, intentando verse a sí mismos «desde el patio de butacas».
Veamos otro caso también muy representativo:
Se trata de una pareja que lleva doce años casada.
Tienen tres hijos. Ambos tienen carreras universitarias, posición
socioeconómica alta. El es el típico número uno: muy ordenado, sistemático y
gran trabajador. Ella es abierta, comunicativa, sociable, siempre con bastante
éxito con los chicos. Se llevan siete años.
La convivencia entre ellos siempre ha tenido rachas
difíciles y altibajos. Al principio, las dificultades vinieron por tensiones
entre ambas familias políticas, lo cual se subsanó con la ayuda del psiquiatra,
que dio unas pautas de conducta que despejaron el panorama. El cociente
intelectual de cada uno de ellos y sus recursos psicológicos facilitaron la
superación del asunto. Hoy es un tema olvidado.
Pero desde hace un par de años, la convivencia se
hizo bastante difícil: fuertes discusiones, días enteros sin hablarse, quejas
recíprocas, malas interpretaciones de pequeños fallos, celos por parte de ella
(totalmente infundados), etc. Todo lo cual ha hecho que vuelvan a la consulta
después de siete años.
Aquí, para cambiar el discurso clínico, pondré de
relieve los objetivos de cada uno, en vez de la lista de correcciones que se
pide o sugiere al otro.
Programa de
conducta que recibe ella
Sólo señalo el índice del repertorio de objetivos
psicológicos que se deben cuidar, prescindiendo de la parte instrumental:
1. Esforzarme por transmitirle serenidad a mi
marido, desagobiarlo, no ir a decirle en el peor momento problemas,
dificultades o temas difíciles.
2. Unificar criterios prácticos para la educación
de los hijos: hora de llegada, posibles castigos, tema de estudios, etc. No ser
tan suave con ellos: permitirlo todo no es educar.
3. Luchar por no sacar la lista de agravios. Cueste
lo que cueste, tengo que poner de mi parte en esto, si quiero que nuestra
relación mejore.
4. Respeto de palabra y de gestos: ser menos
impulsiva, cuidar las caras largas, los gestos despreciativos, etc.
5. No iniciar discusiones por temas triviales,
sabiendo que de ahí se pueden originar situaciones de alta tensión psicológica.
Corregir mi fondo pesimista.
6. Compartir más cosas juntos. Proponer salidas,
sugerir con antelación planes interesantes para el fin de semana.
7. Tengo que poner de mi parte para ser menos
susceptible con «las cosas de mi marido». A veces, pequeños atranques, frases
de él o descuidos, me los tomo de forma exagerada, dramática.
8. Elogiarlo con alguna frecuencia en público: de
forma moderada y en cosas concretas y positivas. También en privado, que note
que sé valorarlo.
9. Saber dar ciertos temas por cerrados. No querer
una y otra vez volver sobre el mismo asunto. Tema analizado, cuestión zanjada.
10. Facilitar con más frecuencia las relaciones
íntimas. No puedo estar siempre poniendo dificultades de distinta índole a la
hora de estar juntos.
11. No estar regañando siempre a la hija más
pequeña (la relación madre-hija no ha sido buena desde hace tiempo). Desde
ahora voy a procurar decirle el menor número de cosas posibles. Acercarme a
ella con una actitud más positiva, intentando recuperar el terreno perdido.
Programa de
conducta que recibe él
1. Ser más generoso en todo lo referente al tema
del dinero, evitando decirle que es una persona muy gastosa o que tira el
dinero. En todo caso, hacer un inventario de gastos, para ver cómo va la
administración.
2. Quiero, desde ahora, que exista más diálogo
entre nosotros. Cosas diarias, comentar temas de actualidad, sacar yo temas de
conversación, evitar pertrecharme detrás de los periódicos sin decir nada...
Esto a ella le produce un efecto muy negativo.
3. Tener más estabilidad emocional. A veces paso de
estar bien a ponerme muy irritable y nervioso por alguna contrariedad. O me
quedo callado horas e incluso días. Recordar las sugerencias psicológicas de
aprender a filtrar mejor los estímulos externos e internos.
4. Con los hijos, ser menos extremista: evitar la
llamada ley del todo o nada.
5. Dedicarle más tiempo a mis hijos. Contar las
horas dedicadas a la semana. Hacerme amigo de ellos. Ponerme a su altura.
6. Aprender a decir que no con más frecuencia en
temas profesionales. Estoy muy ocupado y a veces da la impresión de que quiero
sobrecargarme de más cosas. Tengo que rectificar en esto, si no quiero que mi
trabajo me absorba totalmente. Concretar.
7. Ser más detallista con mi mujer. Hacer cosas
pequeñas, gratificantes, en las que pueda ver que estoy pendiente de ella,
aunque esté muy ocupado.
8. Irnos algún día a cenar juntos solos o al cine.
Hablar con ella. Hacer con frecuencia «parones» de este tipo, previstos unas
veces y, otras, sin avisar.
También la mejoría en este caso fue notable, pues
eran personas capaces en cuanto a su voluntad, pues en otros ámbitos de su vida
lo habían demostrado. En ocho sesiones (una vez a la semana) se pudo observar
una mejoría clara. La lectura de unos cuantos libros sobre psicología conyugal
facilitó las cosas.
El psiquiatra es un artesano de la conducta. Lleva
a cabo una especie de tarea de orfebrería. Pone en marcha una ingeniería para
deshacer conflictos y tensiones, sabiendo proponer normas de conducta más sanas
y maduras. La convivencia es un buen campo de maniobras para poner en práctica
la voluntad: ofrece pequeñas ocasiones y oportunidades para templarla, mediante
entrenamiento, en apariencia insignificantes, pero que a la larga tienen su
valor.
Esas ocasiones son oportunidades para adquirir
hábitos positivos que definan la personalidad y corrijan los defectos del
carácter.
CAPÍTULO
VIII
EDUCACION
SENTIMENTAL
VIAJE AL INTERIOR DE
La afectividad constituye uno de los capítulos más
importantes de la psicología y la psiquiatría. Las dos funciones psíquicas
principales en el comportamiento humano son la inteligencia y la afectividad.
Según predomine la una o la otra se derivarán dos tipologías humanas: el
individuo cerebral por un lado, y el hombre esencialmente afectivo por otro; y
entre ambos se encuentran estilos y formas de ser intermedios.
Las demás funciones psicológicas (percepción,
memoria, pensamiento, lenguaje, actividad, etc.) tienen vida propia, pero de
algún modo están supeditadas a las dos citadas. Tal vez tendríamos que situar
al mismo nivel que las anteriores la conciencia, que es la herramienta que hace
posible percibir la realidad.
No resulta fácil definir la afectividad, pues
trazar un perfil claro y bien delimitado en este campo tiene muchas
complicaciones. Todos sabemos algo sobre ella, pero pocos se atreven a emitir
una noción rotunda y nítida, capaz de sintetizar la grandeza de los fenómenos
que se producen dentro de ella, y que pasamos a describir:
1. Se tata de un estado subjetivo, interior, en el
cual el protagonista es uno, y por medio del cual todo se percibe como un
cambio que recorre la intimidad y la modifica.
2. Es una experiencia personal, que conocemos por
nosotros mismos y no por lo que nos cuentan o nos informan otras personas. Cada
individuo es el único protagonista de su afectividad.
3. El contenido de la vivencia de la afectividad es
un estado de ánimo que se manifiesta a través de las principales expresiones
del individuo: emociones, sentimientos, pasiones y motivaciones.
4. Cualquier vivencia deja una huella; su impacto
deja un rastro, una especie de vestigio en la personalidad; y la significación
del mismo dependerá del tema, la intensidad y la duración que tenga.
Trataré de explicar con claridad qué es la
afectividad. Un ejemplo extraído de la vida diaria nos ayudará a hacerlo. Tres
personas vienen a verme a la consulta: un enfermo, su mujer y un amigo. El
enfermo tiene una depresión: está triste, decaído, sin ganas de hacer nada,
habla muy poco y cuando lo hace es para decir que lo suyo no tiene solución,
que quiere morirse, que no puede vivir así.
Junto a este abatimiento general se observa un
enlentecimiento muy marcado de toda su conducta. La mujer que le acompaña
siente el problema como suyo, llena tanta parte de ella, que podemos afirmar
sin temor a equivocarnos que también es actora esencial del cuadro que
presenciamos. No lo contempla, lo vive. El amigo está ya muy distante de lo que
allí se vive; algo de lo que sucede le afecta -si no, no estaría allí-, pero ya
le llega con otra densidad y con cualidades distintas.
Finalmente, está el médico, que asiste a la escena
no por su vertiente cordial, sino por su faceta profesional. Su misión es
ayudar a este hombre a que se cure, a que supere ese estado melancólico
terrible. En ese asunto pone en juego su prestigio.
Este recorrido nos muestra cómo un mismo hecho se
vive de muy distintas maneras. La afectividad es el modo de sentirnos
afectados interiormente por las circunstancias que se producen en nuestro
entorno. En cada uno de los personajes anteriores, el mismo hecho actúa de
forma diferente.
La psicología y la psiquiatría clásica se dedican
en gran parte al análisis de la vivencia, es decir, a captar el plano
subjetivo.
Hoy esta actitud ha cambiado y se ha ampliado, y
abarca tres dimensiones más:
1) La fisiología
de ese estado afectivo, o sea, los síntomas y las sensaciones físicas que lo acompañan;
2) La conducta: el
comportamiento que se registra a través de la observación externa;
3) Y, por último,
la vertiente cognitiva: las percepciones, los contenidos de la memoria, las ideas, los
pensamientos, los juicios, etc.
Todo lo afectivo consiste en un cambio interior que
se produce de forma brusca en unos casos, o paulatina y sucesiva en otros. Es
un estado singular de encontrarse uno consigo mismo, de darse cuenta de la
realidad personal, pero partiendo de esa modificación interior.
Tratar de definir la afectividad y sus componentes
es adentrarse en un campo difícil y complicado porque hay que buscar las notas
principales que definan el mundo emocional de una persona. Esta es una tarea
primordial del psiquiatra. Uno se desliza por dentro del corazón humano, con
entusiasmo, con tesón, buceando en cada rincón del mismo. No hay que olvidar
que la intimidad humana es densa y compleja; está llena de pasadizos y muchas
veces hay en ella zonas no transitadas.
De ahí que tantas veces los sentimientos
constituyan un enigma. Los estudiamos, los calificamos, asistimos a sus
movimientos, al espectáculo a que dan lugar, pero debemos tener presente que
hay muchos momentos y situaciones imprevisibles, en los que es arriesgado decir
qué ruta seguirán o qué camino escogerán los sentimientos.
El sentimiento más noble que puede habitar en el
ser humano es el amor. Esta palabra hoy está falsificada. El uso y el abuso,
así como la manipulación y la adulteración de este término, han alcanzado su
grado máximo. Sería mejor buscar otra ó precisar, a la hora de hablar de él, de
qué clase de amor estamos hablando.
Hay que impedir a toda costa -aún estamos a tiempo-
que éste quede disipado y cosificado. Debemos volver a describir su auténtica
grandeza, su fuerza, su belleza, su placidez... pero también sus exigencias: es
decir, restituir su profundidad y su misterio.
Para Aristóteles era «el gozo y el deseo de
engendrar en la belleza». Los neoplatónicos lo ven como la ruta fundamental
para el conocimiento. Platón decía: «El amor es como una locura [...], es un
dios poderoso que produce el conocimiento y lleva al conocimiento»; en El banquete se esfuerza por probar que
el amor perfecto se manifiesta en el deseo del bien; el forastero de Mantinea
muestra a Sócrates al final de esta obra que el amor es la contemplación pura
de la belleza absoluta.
Ortega nos dice en Estudios sobre el amor
que amar una cosa es estar empeñado en que exista. Joseph Pieper dice que amar
es aprobar, celebrar que eso que se ama está ahí, cerca de uno.
El pensamiento clásico hablaba de distintas formas
de amor. El eros, que era un amor de dominio, el agape o impulso
a comunicar y a convivir y darse a aquello que se ama; de otro lado, el amor
de Dios, causa de todo lo que existe. Pero hay algo especial y común en
todos ellos: la tendencia y la adhesión a algo positivo que produce un estado
de gozo.
INTELIGENCIA Y VOLUNTAD PARA
PILOTAR LOS SENTIMIENTOS
El amor es el sentimiento más importante de todos;
alrededor suyo se originan otros estados sentimentales más o menos parecidos,
pero de cualidades diferentes.
La forma habitual de discurrir la afectividad es a
través de los sentimientos. El término sentimiento aparece por primera vez en
el siglo XII, pero ya en la segunda mitad del siglo X surge la expresión sentir
(del latín sentire, percibir por los sentidos, darse cuenta, pensar,
opinar).
Entre los siglos XII y XIII afloran las palabras
sentimental, sentimentalismo, resentimiento. Pero es en el siglo XVII, con
Descartes, cuando éste aparece por primera vez de una forma precisa y concreta:
designa estados interiores pasivos, difíciles de describir, como si se tratara
de impresiones fugitivas.
El pensamiento cartesiano distinguirá entre estados
simples y complejos. Pascal, en sus Pensamientos, opone el sentimiento a
la razón, concepción que estará vigente durante más de un siglo. Siguen esa
misma línea los moralistas franceses e ingleses (
Malebranche, discípulo de Descartes, describe el
sentimiento como una impresión de tonalidad confusa, con ingredientes
psicofísicos; su gran mérito fue delimitar el carácter irreductible y subjetivo
demostrando su importancia a nivel individual, como modificador de una
trayectoria biográfica: él confiere una forma especial de conocimiento.
Más tarde, Leibniz abre una vía más intelectual de
los sentimientos afirmando: «Tout sentiment est la perception confuse d'une
vérité.» Para Rousseau, el sentimiento tiende a llevar al hombre hacia el
bien. Y Kant hablaba de las tres facultades del alma: el conocimiento, el
sentimiento y el deseo.
El Romanticismo hizo una exaltación del mundo
sentimental como trampolín decisivo para la creación artística, con una doble
significación: su permanencia en los vericuetos de la personalidad como
expresión máxima y su capacidad para revelarnos algunos principios básicos de
la condición humana.
Para un psiquiatra el análisis de los sentimientos
constituye un campo frecuente de estudio[39], como puerta de entrada
para conocer mejor a esa persona y transitar por su mundo afectivo,
descubriendo sus cualidades y sus defectos, sus pros y sus contras. Con el auge
de la psicología en el mundo actual, podemos afirmar que la sociedad se ha
psicologizado. Cualquier cuestión sometida a estudio tiene un fondo psicológico
que hay que descubrir.
Sucede a diario. La vida social, política,
económica, familiar, profesional, etc., tiene ingredientes de esta naturaleza
que hoy, más que nunca, se manifiestan constantemente.
La educación de los sentimientos forma parte de la
educación general de la persona que quiere gobernar su vida afectiva de forma
estable. Contra ella se levanta el hedonismo y la permisividad. Estamos ante
una civilización neurótica, porque ha perdido sus objetivos, sus puntos de
referencia. Me considero un hombre de mi tiempo, abierto a tantos avances y
cosas positivas como han tenido lugar en los últimos decenios; pero este
espíritu moderno no me impide ver los defectos de nuestro tiempo.
La permisividad que recorre la sociedad de nuestros
días puede llevar a la destrucción de la familia y de la sociedad. Permitirlo
prácticamente todo, dando por válida cualquier alternativa de conducta con tal
de que a esa persona le parezca bien o lo acepte, conducirá a posturas
existenciales neuróticas, llenas de contradicciones; una situación en la que el
hombre queda ahogado por un mal uso de su libertad.
Hemos pasado de una civilización de la cultura y
del amor, construida sobre tantos avances científicos y técnicos, a la
civilización de la destrucción. Si añadimos el consumismo y el relativismo al
hedonismo y a la permisividad, tenemos ante nosotros un hombre esclavo,
aturdido, cada vez más débil, sin principios ni fundamento [40].
Con estas bases frágiles y la falta de criterios no
se puede mantener la vida conyugal. Cuando se sigue la ley del mínimo esfuerzo,
se avecinan cambios de pareja frecuentes que muchas veces conducen a sus
componentes a la soledad, ya que cualquier relación afectiva exige entregas y
renuncias, por supuesto, acompañadas de recepción de sentimientos positivos.
La inteligencia ilumina el camino de los
sentimientos y la voluntad los dispone hacia su mejor ordenamiento. Un amor sin
cabeza, ignorando la voluntad, se convierte en un amor inmaduro, endeble,
sometido a giros y cambios según el capricho del momento y que, a la larga,
conducen a la aceptación y justificación de cualquier situación por extraña que
parezca.
¿CÓMO EDUCAR
LOS SENTIMIENTOS?
Es necesaria una educación sentimental como la que
proclamaba Flaubert. Actualmente, el hombre está invadido por el hedonismo y la
permisividad, y no se preocupa de construir un entorno afectivo inspirado en
los principios básicos, sino que se deja llevar según la moda del momento. Así
se convierte en espectador de sus propios ríos emocionales interiores, siempre
dirigidos por esos dos grandes motivos: el placer sin restricciones y el que no
existan terrenos ni cotas prohibidas.
Con la palabra amor se elaboran muchas conductas
falsas. La auténtica invitación a la felicidad debe apoyarse en la vuelta a
unos códigos morales claros con unos puntos de referencia objetivos, que hagan
al hombre más digno, más humano y abierto a los demás. El peligro del
subjetivismo y del individualismo echan por tierra las mejores pretensiones y
amenazan con nuevas formas de angustia, con prisiones nuevas que, en vez de
liberar al hombre, lo encarcelan en un callejón sin salida.
Actualmente esto no está aceptado, lógicamente, en
ciertos ambientes light. Este es un termómetro para medir cómo transcurre la
afectividad. Si lo más importante es la forma y no el fondo, hacer lo que a uno
le pide el cuerpo, porque eso es lo que en ese momento reclama la atención... a
la larga se pierden los argumentos que conducen la vida y se acaba en la
pobreza existencial, en el vacío. Sin compromisos serios no hay rumbo. A eso se
le puede llamar libertad o también, liberación o realización. Desde mi punto de
vista tiene una etiqueta que lo define: inmadurez de la afectividad[41].
A menudo se habla de que una persona se ha
desenamorado, utilizándose esta fórmula como algo ya definitivo, irremediable.
Evidentemente, lo importante para que esto no suceda es cuidar el amor. Es éste
uno de los grandes argumentos de la vida. La cruza en toda su extensión.
Cuando la voluntad está educada, actúa también en
este terreno: es una disposición para afrontar las dificultades. Está cimentada
sobre el orden, la constancia, la disciplina, la serenidad, la generosidad, la
visión de futuro para superar los momentos difíciles y la capacidad para
remontar todos los problemas que existen en la convivencia amorosa. Así se
construye un amor por el que vale la pena continuar luchando.
Cuando la voluntad es débil, ésta no puede luchar,
ni está dispuesta para vencerse y dirigirse hacia lo mejor, aunque cueste. Ya
Dante, en
Otro de los grandes literatos italianos de ese
siglo XIV, Petrarca, dice en sus sonetos que para que el amor no cese es
necesario alimentarlo de nuevas y pequeñas ilusiones. Dante se vuelca con
Beatriz y Petrarca con Laura, intentando hacer eterno lo pasajero del amor. Ahí
residen dos elementos decisivos: la idealización de la mujer, propia del
Quatrocento, y al mismo tiempo, el estímulo para seguir hacia delante[42].
En el
Renacimiento estos presupuestos alcanzarán su cenit; pero es durante el
Romanticismo, en el siglo XIX, cuando los sentimientos son expuestos en primer
plano de cualquier apartado de la condición humana.
Su base es un amor sensual, pero no erótico; se
nutre de fuerza en los reveses, ante lo imposible o la frustración. Sus figuras
más relevantes: Lord Byron, Alfred de Musset, Victor Hugo o nuestros literatos,
Espronceda y Zorrilla. La intensidad de los sentimientos matiza todo el devenir
de esta etapa de la historia.
CAPÍTULO IX
VOLUNTAD PARA ESTUDIAR
TODA PEDAGOGIA ES CIENCIA Y ARTE A
Todo lo concerniente al estudio ofrece una base o
campo de trabajo para fortalecer la voluntad. Sirve de termómetro para explorar
el funcionamiento de esta cualidad, pues tiene puntos de interés muy, claros y
concretos; se puede seguir con sencillez y después comprobar los resultados
finales a través de las notas.
Mi experiencia como profesor universitario me lleva
a ver muchas veces cómo los que tienen educada su voluntad no necesitan más que
aplicar esas estrategias aprendidas, que poco a poco se ponen en juego, ya sin
la dificultad de los comienzos.
Pero en los estudios es muy importante aprender a
estudiar. Muchos malos estudiantes no lo son por falta de capacidad
intelectual, porque no captan conceptos abstractos, tienen escasa memoria... La
clave de su problema reside en que no tienen orden, son poco constantes, tienen
poca fuerza de voluntad, carecen de disciplina y de hábitos para hacer planes
de estudio a corto y medio plazo, y su nivel de esfuerzo es mínimo.
Ese suele ser el panorama del mal estudiante. La
voluntad para el estudio debe ser fomentada e inculcada a partir de la
infancia, haciéndola atractiva y siendo los padres sus principales impulsores.
Pero cada niño tiene sus particularidades.
Madame de
Maintenon decía que “es necesario
observar el humor y la capacidad de cada niño y después comportarse según ese
modo natural....” . Hoy existen muchas teorías sobre el aprendizaje.
La pedagogía
es una ciencia que ayuda a un mejor aprendizaje, mediante la teoría y los
ejemplos atractivos. Ciencia y arte forman un binomio cuyos términos son
inseparables. Si sabemos sacarle partido a los fracasos, tendremos bien
aprendida la lección, que consiste en rectificar errores y corregirlos, pues
esto nos ayuda en cualquier forma de aprendizaje.
Acabamos de pasar una etapa en la que la voluntad
no estaba de moda.. Es más, en muchos colegios se decía que educar la voluntad
podía traumatizar psicológicamente a los niños, y producir en ellos un daño que
a la larga les traería graves consecuencias.
Hoy, con los resultados de los últimos años ante
nosotros, sabemos que esto no es cierto. Las preguntas se plantean acto
seguido: ¿qué es lo que hay que enseñar?, ¿cómo?, ¿con qué métodos?, ¿es bueno
prohibir, y si lo es, qué cosas en concreto?, ¿en qué consiste un buen
profesor?
Ni el
autoritarismo, ni la represión, ni la permisividad son buenos caminos para
ello. La sabiduría en los temas educativos está en un punto medio entre
exigencia coherente, dosificación y conocimiento de las aptitudes y
limitaciones de cada persona. Ahí está la tarea y su riqueza. Todo desarrollo
personal necesita renuncias y sacrificios. Negar esto es desconocer la
auténtica realidad de la condición del niño y del adolescente.
Un escritor francés de finales del siglo XIX y
principios de este siglo, Jules Payot[43], publicó un célebre
trabajo, que en su tiempo fue muy elogiado. El papel de la voluntad era
esencial a la hora de la consecución de los logros personales. Toda la
psicología moderna inspirada en el conductismo subraya que el aprendizaje y el
condicionamiento son modificados por refuerzos positivos (recompensas) y
negativos (castigos), aunque estos últimos deben ser aplicados con prudencia.
En la vida familiar esta ley de premios y castigos
tiene una gran utilidad, sobre todo si se aplica de forma coherente y con
regularidad. En los padres, significa ya una forma de autoeducación: no rebasar
los límites establecidos por la prudencia y el sentido común. Todo esto no es
fácil en la actualidad, y más cuando un medio como la televisión rompe
permanentemente estos valores[44]. La pedagogía moderna pone cada vez más el
acento en escuchar al niño y al adolescente. Escucharle quiere decir tratar de
ponerse a su altura, comprenderlo, aprender su psicología, intentando sacar lo
mejor que hay en su interior y desbrozar lo que no es constructivo, para
pulirlo.
RACIONALIZAR EL ESTUDIO: APRENDER A PLANIFICARSE
La racionalización del estudio y una buena
planificación es la base inicial desde donde se forma un buen estudiante. Antes
incluso que midiendo su capacidad intelectual, salvo que estemos ante un caso
en que claramente haya alguna deficiencia. Porque un niño que no tiene educada
la voluntad será un adulto indefenso. Con el paso de los años, si esto no se
corrige, las mejores ilusiones y los propósitos más interesantes irán al
traste. No será suficiente, y por falta de base nada se consolidará ni dará los
frutos deseados.
Las expresiones pedagogía, liceo y academia
proceden de la educación griega. En el mundo ateniense la academia era un
jardín donde Platón se reunía con sus discípulos, y en el liceo Aristóteles
paseaba con sus alumnos y todos hablaban sobre temas diversos. Entonces,
enseñar consistía en formar a un ciudadano para el diálogo entre el maestro y
sus discípulos, que admiraban las respuestas de aquél, y a la vez, le discutían
ardientemente sus teorías.
Marrou ha
señalado la permanencia estructural de la escala antigua durante más de un
milenio. Toda la historia de la escuela en Occidente está elaborada a base de
unos modelos concretos: así ocurre con la escuela romana con respecto a la
ateniense, la universidad en relación con
Rousseau decía que el maestro es como un jardinero:
él no es el autor de las flores, sino su estímulo, su auxilio y el testigo de
su crecimiento. La pedagogía auténtica debe facilitar la tarea para que el niño
llegue a ser lo que verdaderamente debe; promover todo lo bueno y positivo que
lleva dentro.
En este sentido, uno de los primeros aspectos que
hay que fomentar es aprender a hacer un plan de estudio. Para estudiar bien,
debe existir el orden. Sin orden no hay posible avance en este campo, por mucho
que uno lo intente. Debemos tener claro que el orden y el horario van unidos en
un principio. A lo largo de toda la historia de las ideas pedagógicas este
principio se constituye en el fundamento de todo lo demás. Uno de los primeros
efectos del orden en relación con el estudio es que proporciona paz y hace ver
las cosas que hay por delante con claridad y serenidad.
Para planificarse bien hay que ser realistas y
exigentes al mismo tiempo. Lo primero quiere decir que debemos diseñar ese
organigrama teniendo en cuenta y conociendo nuestras aptitudes y limitaciones,
así como la densidad y la prioridad de cada una de las asignaturas que tenemos
ante nosotros. Lo segundo significa ser valientes para arriesgar en la pelea,
intentando aspirar a lo mejor, aunque de entrada sea costoso y el sacrificio
para realizarlo parezca excesivo; ésa es la exigencia.
La planificación conviene hacerla por escrito. Es
más, debe estar bien expuesta, de forma sistemática y con una buena
presentación para ponerla en un sitio visible, donde una y otra vez la tengamos
presente, pretendiendo no salirnos de lo propuesto en ella.
Debemos tener en cuenta un cierto margen de
imprevistos: el momento de cansancio, el típico día malo, el cambio de fecha de
un examen, la mayor dificultad específica para avanzar en una materia concreta
o en una lección especialmente difícil o complicada, etc. La fidelidad al
horario es uno de los primeros aprendizajes; su incorporación a la psicología
del estudio es tan importante, que si no se consigue pronto, todo lo demás será
inestable y frágil.
Asimismo, junto a cumplir el horario previsto, hay
que buscar un lugar tranquilo y aislado donde todo invite a la concentración,
con los cinco sentidos puestos en el libro o los apuntes que se tienen delante.
Así se comienza a hacer las cosas bien; así, con esta metodología vamos creando
el hábito de estudio.
El clima de silencio, el aislamiento, el orden en
la mesa, etc., son otros tantos elementos que facilitan la tarea. Pensemos
simplemente en lo contrario: un chico está estudiando con la televisión puesta,
con más gente en la habitación, en la que hablan unos con otros y donde es
fácil distraerse, pendientes de varias cosas a la vez, menos del estudio. Este
es un ejemplo para no conseguir un buen hábito, pero antes ha existido una
falta de voluntad para planificar.
¿Cómo planificar el estudio? Aparte de estas
consideraciones externas citadas, es necesario organizarse a corto y medio
plazo. En una palabra: aprender a distribuir las materias y el tiempo con
antelación suficiente. El mal estudiante siempre aplaza lo que tiene que hacer,
con lo cual se va desentrenando y llega un momento en que no puede vencerse,
porque no está habituado a hacerlo, pues han sido muchas las veces en que la
dejadez, la apatía, el abandono, la falta de autoexigencia y la pereza
desmesurada le han llevado al fracaso.
El aplazamiento consiste en dejar todo para el
último momento o para los últimos días. Todo está presidido por la prisa, la
falta de tiempo... y ése no es el mejor estado para funcionar en el estudio.
Toda esta serie de descuidos, pequeños y concretos, que se han ido sumando y
que acaban mal[45], hacen
a un mal estudiante.
SABER ESTUDIAR
Los factores del éxito académico- son diversos,
pero todos ellos giran en torno a una idea central: saber estudiar. De ahí
deriva cualquier análisis que podamos hacer. La mejor técnica de estudio está
apoyada en una voluntad esforzada. Hay que obligarse al principio a hacer las
cosas que cuestan, pensando en la satisfacción posterior cuando éstas salen
bien. Necesitamos practicar ejercicios de voluntad repetidos para conseguir la
meta, proponernos retos pequeños, pero continuos.
Produce una enorme alegría ver que se puede avanzar
si uno se lo propone de verdad[46] . La
preparación descrita para saber estudiar es interesante tanto desde el punto de
vista externo como interno.
En el primer caso, el orden de la habitación, el
silencio, el recogimiento, la temperatura, la amplitud de la mesa de estudio,
etc., son ingredientes que se deben cuidar.
En el
segundo caso se alinean también algunos puntos que conviene recordar: dejar
preparado el libro por el que uno va a empezar; saber echarle una ojeada al
capítulo del libro para ir de lo general a lo particular; estar pendiente de
vencer las distracciones, hacer resúmenes y clasificaciones, aprender a
subrayar con distintos colores, elaborar reglas mnemotécnicas, marcarse
objetivos en la hora /horas de estudio, utilizar libretas diferentes para cada
asignatura en las que se resuman de forma muy didáctica las cuestiones
fundamentales.
Hay un asunto previo a todo esto: saber tomar
apuntes en clase, o lo que es lo mismo, estar atento en ella siguiendo las
explicaciones del profesor y anotándolo todo. Cuando he visto en mis clases
algún alumno que me mira, que parece que sigue el contenido de la exposición,
pero que no toma ni una sola nota, suelo pensar que no le sacará mucho partido
a las explicaciones del profesor, sobre todo porque el esfuerzo por anotar lo
importante, lo mantiene en tensión y le ayuda a seguir con atención lo que se
dice.
Conviene hacer descansos cada cierto tiempo cuando
estudiamos, dependiendo del tiempo previsto para hacerlo. No es lo mismo estar
sólo una hora, que toda una tarde. Los descansos pueden ser de unos minutos, en
los que uno se relaja o se premia tomándose un café o algo refrescante, o,
simplemente, estirando un poco las piernas. La buena dosificación de estas
pausas se complementa perfectamente con el esfuerzo de estar concentrado.
Recuerdo, cuando yo era estudiante de Medicina, el
efecto tan positivo que me producía entrar en la biblioteca: el ambiente de
silencio y ver a tanta gente estudiando me estimulaba. Años más tarde, ya
médico, en la biblioteca del Hospital Clínico de Madrid, de
Cuando las circunstancias para estudiaren la propia
casa no sean favorables, el recurso de la biblioteca es excelente. Mantener la
atención sobre una asignatura que cuesta, que es más densa, o que nos atrae
menos, va a estar en relación directa con la lucha personal por no ceder en el
empeño, volviendo al libro siempre que se observe que la mente se escapa a
otras cosas. Cuando nos damos cuenta de estas distracciones es cuando se
aprende a retomar la ruta una y otra vez, sin desaliento, sin cansarse.
El cansancio psicológico en el estudio se da con
mucha frecuencia. Es una especie de fatiga anterior al intento, que se vive con
una mezcla de agobio, aburrimiento, debilidad para continuar con lo ya
emprendido... un hastío extraño que pide abrirse paso e instalarse en medio de
la actividad del estudio. El buen estudiante, acostumbrado a insistir en la
pelea, mantiene la tensión y la firmeza necesarias y no se desmorona cuando
arrecia la dificultad.
Esta reacción de constancia y fuerza psicológica
presenta dos tipos de beneficios: por una parte, la identidad de un hombre
tiene mucho que ver con los titánicos esfuerzos de voluntad por no abandonar su
labor; y por otra, el que se vence una y otra vez en lo pequeño se entrena para
dominarse cuando llegue lo grande. Hay que contar con ese cansancio, pero lo
realmente importante es no dejarse vencer por él.
No perdamos de vista que también existe un
cansancio de la vida, que es más amplio y que tiene unos ribetes más abstractos
aún, difusos, desdibujados y sin referencias claras y precisas. Aquí la fatiga
afecta a la vida como totalidad, por lo que no hay que desistir y abandonar,
sino que se debe seguir con la fatiga, pero buscarle una solución adecuada.
El cansancio de la vida es mucho más grave que el
psicológico y sus síntomas o rasgos son: el desaliento, el pesimismo, la
melancolía y un cierto sentimiento de impotencia ante la vida. Emerge,
lentamente, una especie de agobio extraño, decepcionante, una mezcla de estar
herido y roto a la vez, por esa lucha permanente contra los reveses, sinsabores
y frustraciones que cualquier vida trae consigo.
En el cansancio del estudio hay una amenaza: dejar
lo que uno está haciendo de forma inmediata; en el cansancio de la vida el
riesgo está en acabar con el proyecto personal. En ambas el hombre se vuelve
débil, lánguido, aplanado, envuelto en una bruma de tonalidad gris que anuncia
dos males inmediatos: la indiferencia y la desmoralización. Ese registro de
captación psicológica conduce a la pérdida de la ilusión de los anhelos
personales y a dejarse llevar por la corriente, que acaba con todo.
Es el momento de volver a empezar, de echar mano de
la voluntad, tras un descanso, y retomar el propósito decidido del estudio, con
determinación férrea, decisión esforzada, empeño inquebrantable. Lo que late en
el fondo de la voluntad es la pasión por llegar a donde uno se había propuesto.
EL FRACASO ESCOLAR
La sociedad actual se ha psicologizado, pues casi
todos los acontecimientos están considerados desde la perspectiva psicológica,
todas las causas son psicológicas. Lo mismo sucede con el fracaso en los
estudios.
Siempre he sostenido que la inteligencia se
desarrolla estudiando. Una buena capacidad mental que no se cultiva queda
anulada. La voluntad tiene en el estudio un campo fecundo de actuación. Por
eso, muchos malos estudiantes han comprendido que su problema no era mental,
sino de método. De ahí que se puede afirmar que comprender demasiado tarde, es
no comprender. Viene bien a este respecto la siguiente historia clínica
entresacada de mi consultorio:
Se trata de un chico de 32 años. Siempre fue un mal
estudiante. Familia de nivel socioeconómico medio. Son tres hermanos; él es el
segundo. El mayor de sus hermanos ha sido un estudiante tipo medio, pero que,
con bastantes dificultades, pudo terminar su carrera universitaria, aunque
repitiendo varios años y utilizando convocatorias de junio y septiembre.
«Siempre me han costado mucho los libros. A mí me
gustaba mucho hacer deporte, el fútbol sobre todo. Y con 15 años empecé a
aficionarme a las motos. No me concentraba bien, pero la verdad es que nunca me
tomé en serio los estudios. También influyó en esto el tipo de amigos: todos
éramos malos estudiantes.»
«No recuerdo lo que es quedarme a estudiar después
de cenar, o estar en casa estudiando a fondo, ni siquiera en los días
anteriores a los exámenes... Fue transcurriendo el tiempo y repetí dos cursos,
antes de llegar a 3 ° de BUP. Con muchos apuros terminé el bachillerato.
Me matriculé
en
«Dejé la carrera y empecé a estudiar idiomas. Pero
enseguida empecé a faltar a clase, no cogía los libros y perdí otro año. Al año
siguiente me matriculé en Informática, pero me aburría mucho y fue un año malo
de estudios y de graves enfrentamientos con mi familia.»
«Yo quería vivir y disfrutar de la vida, y empezar
a ganar dinero pronto. Y a través de unos familiares comencé a trabajar en una
tienda de ropa, cosa que siempre me había gustado, porque yo era algo
presumido. Me costó mucho adaptarme, pues a mí me hubiera gustado empezar por
arriba, no por abajo, y era muy duro estar casi de niño de los recados durante
bastante tiempo. Esto me cambió el carácter y empecé a tener agresividad,
irritación, descontrol...»
«Ahora me da pena lo que hice en mi vida. Mis dos
hermanos terminaron su carrera y no es que fueran más listos que yo. Pero
estaban casi siempre cerca de los libros y yo los veía estudiar poco a poco.
Hoy hay una gran diferencia entre ellos y yo... No sé, creo que la vida es
injusta y yo debería tener otra oportunidad. Si volviera a vivir, estudiaría,
me tomaría las cosas de otra manera.»
Estamos ante un caso sencillo, pero muy
representativo. Educar es incitar a dar lo mejor, lo máximo de uno mismo, de
forma escalonada; enseñar y grabar en la conducta aprendizajes y esquemas de
referencia positivos que eleven el nivel de ese sujeto, haciéndolo cada vez más
persona[47].
Cada uno se educa a sí mismo a través de sus
experiencias personales. La vida enseña más que muchos libros, es la gran
maestra. Lo es, aunque en ocasiones ese conocimiento sea tardío y ya sólo pueda
aplicarse al momento y no al proyecto de futuro.
Los trabajos de investigación sobre este tema ponen
de relieve que, de entrada, hay que establecer unas premisas sobre qué tipo de
niño o adolescente tenemos ante nosotros. Ahí desempeñan una importante función
los tests. Estas pruebas estandarizadas miden la capacidad intelectual, el
pensamiento abstracto, las aptitudes, el tipo de personalidad, las formas de
reacción ante los más diversos estímulos... Todo ello se esquematiza en un
inventario de test muy amplio y de enorme utilidad.
Pues bien, muchos fracasos en los estudios
primarios, secundarios y universitarios, no se deben tanto a la falta de
inteligencia o de capacidad mental, como a la de voluntad, a la falta de
adecuada utilización de los instrumentos de ésta: orden, constancia, disciplina
en los estudios, así como en la relaciones familiares, con los profesores, y en
las relaciones que éstos tienen con su medio normal.
Un maestro que sabe estimular a sus alumnos y da a
cada uno de ellos su confianza, obtendrá con más facilidad buenos resultados
que aquel otro frío, distante y más crítico, que no sabe llevar un espíritu de
lucha y esfuerzo a su alumnado[48].
Un alumno desadaptado en su colegio o en
En otros casos, puede observarse un niño siempre
distraído, que tiende a la dispersión: en tal caso hay que estudiar qué se
esconde detrás de esa actitud; de igual modo, las conductas agresivas y de
oposición pueden acarrear problemas si lo que deseamos es conseguir un
rendimiento adecuado. La labor del psicólogo y del psiquiatra tiene en estas
situaciones un papel decisivo.
No existe el niño sin voluntad, salvo que padezca
una enfermedad física o intelectual grave, que los problemas familiares hayan
hecho mella en él o que en su ambiente familiar el tema de la voluntad haya
estado ausente. Adquirir voluntad depende de tener una buena educación.
Tanto los niños con fracasos en los estudios como
los jóvenes con dificultades de otro tipo necesitan una asistencia psicológica
que les ayude a superar su situación. Estos fallos suelen reflejar algo
negativo que se esconde en su personalidad y origina cambios de conducta.
Lo esencial es comprender dónde nace el problema y
cómo se ha ido gestando éste; puesto que la meta no es sólo que estudie más y
mejor, sino equilibrar su personalidad, que mejoren sus relaciones familiares y
de compañerismo, que sienta el gozo de su esfuerzo al ver que avanza en
distintos planos de su vida.
Veamos otro caso:
Se trata de un joven estudiante universitario que
repite por tercera vez 1 ° de Empresariales. Son tres hermanos. Los otros
también son malos estudiantes, uno de ellos tuvo que repetir curso, pero no han
llegado a este extremo.
El es el segundo. El perfil psicológico nos lo
relata así su madre: «Es vago por naturaleza. Sólo hace lo que le gusta. Esto
llega incluso a la comida: sólo toma lo que le apetece, y hay bastantes cosas
que ni las prueba. Yo le he consentido muchas cosas, pensando que cambiaría con
el tiempo. Es bueno de fondo, pero sólo se preocupa de sus cosas. Egoísta, no
deja lo suyo fácilmente a sus hermanos, salvo que su padre o yo se lo digamos,
poniéndonos serios.»
«En el colegio siempre fue un mal estudiante. En
casa, su comportamiento era independiente: yo diría que iba a lo suyo. Cuando
no tenía clase se levantaba a la hora que a él le parecía bien. No se podía
entrar muchas veces en su habitación, por el desorden que allí había. Yo -dice
su madre- se lo ordenaba todo, iba detrás de él dejándolo todo en su sitio.»
«Miente mucho, sobre todo últimamente para
justificar su situación. Se lleva mal con casi todos los profesores, es muy
crítico con ellos y con
Cuando fue visto en consulta él no quería hablar de
ese tema. Vino a la fuerza y diciendo que no necesitaba ni un psiquiatra ni un
psicólogo, que no le pasaba nada. Al abordar su personalidad, en un autoinforme
que se le pidió, se ve con claridad lo poco que se conoce a sí mismo, dentro de
su edad.
En las primeras sesiones lo primero que tuvo que
hacer fue analizar la personalidad y sus características como individuo.
Después que tomara conciencia de su problema de estudios, aunque sin
dramatizar, pero poniéndolo frente a su realidad. Fue esencial la buena
relación con la psicóloga de nuestro equipo y con el psiquiatra.
Se le motivó con pequeñas metas generales (tipo de
vida, horarios, orden en su habitación, hacer algo por las personas que viven
con él, etc.), para abordar de inmediato las metas de estudio, centradas
inicialmente en la forma de estudiar: en su habitación, midiendo. las medias
horas de estudio por día... Todo ello quedó reflejado en un programa de
conducta, donde cada objetivo estaba bien tipificado.
Fue decisiva la motivación. Y al mismo tiempo, se
manejó un sencillo esquema de premios y castigos, impartidos por su madre,
primero; después por su padre y confirmados por el equipo
psicológico-psiquiátrico.
A la mejoría inicial vinieron después unas semanas
difíciles. Ahí entra la importancia de la reeducación y la vuelta a los planes
semanales de estudio.
Hubo una terapia paralela con los padres. El cambio
psicológico de la madre fue especialmente beneficioso para su cambio. Hoy es un
estudiante normal, con notas medias entre aprobado y notable, pero que sabe
valorar la importancia de la voluntad y lo que es sentirse contento después de
tardes enteras de estudio.
En este caso tiene especial relevancia el papel
poco acertado de la madre. Ayudarle no es hacer las cosas por él: el tema del
orden y el de la comida han tenido su importancia a la larga. Una madre
demasiado permisiva, que lo acepta casi todo, deseduca.
Los objetivos de la educación, en general, y los
del estudio, en particular, están encaminados a conseguir una persona que tome
conciencia de sus capacidades y que valore al mismo tiempo los aspectos
instrumentales de cualquier aprendizaje: orden, constancia, disciplina,
voluntad, alegría en la lucha, capacidad para superar las dificultades...
Todo eso debe ser mencionado, el joven tiene que
conocer al menos la importancia teórica que eso tiene. Educar es hacer que
alguien sea más persona, más libre e independiente, que sepa hacerse cargo de
sí mismo y estar abierto a lo mejor. Por último, es clave mantener las
motivaciones esenciales y profundas con firmeza. Unas miran a la meta, otras
buscan la trascendencia.
CAPÍTULO
X
¿COMO
SUPERAR LAS DIFICULTADES DE
EN
Cada etapa histórica está definida por un rasgo
central: en
Releyendo estos días el libro de Indro MontaneIli, Historia
de Roma, pienso que nos encontramos en una situación parecida:
posmodernismo para unos, era psicológica o posindustrial para otros. La década
de los años sesenta nos deparó la polémica del positivismo con el
enfrentamiento entre Karl Popper y Adorno; la década de los setenta el debate
sobre la hermenéutica de la historia entre Habermas y Gadamer; la de los
ochenta, el significado del posmodernismo; mientras que los noventa están
presididos por la caída de los regímenes totalitarios, ejemplificados por el
Muro de Berlín, aunque con respecto a esto último se ha demostrado
empíricamente que una de las grandes promesas de libertad no era sino una
tupida red donde el ser humano quedaba atrapado sin posible salida.
Estamos en el tramo final del siglo XX y el
panorama es muy interesante. Así, en la política hay una vuelta a posiciones
moderadas y a una economía conservadora; en la ciencia ha habido un despliegue
monumental, pues los avances en múltiples campos han dado un giro copernicano
brillante y de resultados muy prácticos; el arte se ha desarrollado también, de
forma exponencial, aunque ya es imposible establecer unas normas estéticas;
hemos llegado a un eclecticismo evidente: todo vale, cualquier dirección es interesante,
todos los caminos contienen cierta dosis artística; por último, el mundo de las
ideas y su reflejo en el comportamiento también ha experimentado un cambio
sensible, que analizaré a continuación.
Las dos notas más peculiares son -desde mi punto de
vista- el hedonismo y la permisividad. Ambos están enhebrados por el
materialismo, que pone en primer plano de la conducta el dinero, el placer, el
bienestar, el alto nivel de vida, el éxito... Es decir, qué las aspiraciones
más profundas del hombre son cada vez más materiales y tienden, por tanto, al
desprecio de los valores morales con referentes muy remotos: el Imperio Romano
o los siglos XVII-XVIII.
El hedonismo significa que la ley máxima de
comportamiento es el placer por encima de todo, cueste lo que cueste. Este es
el nuevo dios: ir alcanzando cada vez cotas más altas de bienestar. Vivir hoy y
ahora pasándolo bien, buscando el placer ávidamente y con refinamiento, sin
ningún otro planteamiento. La ética hedonista se rige por un código: la
permisividad. Entre ellas se establecen relaciones muy cercanas. Estos son los
dos nuevos pilares que están presentes y dirigen muchas vidas de hombres actuales.
La mayor aspiración es divertirse por encima de
todo, evadirse de uno mismo y sumergirse en un amplio abanico de sensaciones,
cada vez más sofisticadas y narcisistas. La vida se concibe, pues, como un goce
ilimitado.
Porque una cosa es disfrutar de la vida y
saborearla, en tantas vertientes como ésta tiene, y otra, muy distinta, ese
maximalismo de no marcarnos otro objetivo que no sea este afán y frenesí de
diversión y de placer sin restricciones. El primero es psicológicamente sano y
sacia una de las dimensiones de nuestra naturaleza; el segundo, por el
contrario, poco a poco produce la muerte de los ideales. Lipovetsky habla en su
libro Le crépuscule du devoir, de la ética del sin dolor, sin deberes ni
limitaciones... a la carta, todo encaminado a proteger su fragilidad.
EL SUEÑO DE
Del hedonismo surge un vector que pide paso con
fuerza: el consumismo. En él todo puede escogerse a placer. Existe una
disposición permanente para el deleite, y comprar, gastar, adquirir y tener es
vivido como una nueva experiencia de libertad. El ideal de consumo de la
sociedad capitalista no tiene otro horizonte que la multiplicación o la
continua sustitución de objetos por otros cada vez mejores.
Hay dos ejemplos que me parecen reveladores: uno,
el del telespectador sentado frente al televisor con el mando a distancia
pasando de un programa a otro, buscando no se sabe exactamente qué; otro, el de
la persona que va recorriendo el supermercado, llenando su shopping car
hasta arriba, tentado por todos los estímulos y sugerencias comerciales, e
incapaz de decir que no a nada.
El consumismo tiene como orígenes o puntos de
partida una publicidad masiva y una oferta bombardeante que nos crea falsas
necesidades. Cada vez nos presentan objetos más refinados que invitan sin cesar
a comprar. Un hombre que ha entrado por esa vía se vuelve cada vez más débil.
Como hemos comentado, la otra nota central de esta
pseudoideología actual es la permisividad; este rasgo nos hace caer en la
cuenta de que hemos llegado a una etapa clave de la historia en la que no
existen prohibiciones, territorios vedados, limitaciones; todo es válido,
cualquier experiencia es interesante, con tal de que queramos o nos apetezca
recorrerla.
Hay que atreverse a todo; llegar cada vez más
lejos. Se impone el sistema del reto, del « ¿por qué no?» Es una revolución sin
finalidad y sin programa, sin vencedores ni vencidos.
A ese tipo de hombre, ¿qué es lo que todavía le
puede sorprender, revolucionar o escandalizar? De la permisividad nace un
hombre indiferente, permisivo, descomprometido, sin valores humanos y centrado
en sí mismo. Todo está envuelto en un paulatino escepticismo y a la vez, en un
individualismo a ultranza.
Este derrumbamiento axiológico produce vidas
vacías, pero sin grandes dramas, ni vértigos angustiosos, ni tragedias... En
ellas no sucede nada; eso es lo que parecen decirnos los que la practican y la
viven. Es la metafísica de la nada, que se da por falta de ideales y
superabundancia de todo. Ahora es posible observar muchas vidas casi vacías,
sin sentido: existencias sin aspiraciones, ni denuncias. Y así se llega a una
especie de pasotismo en el que todo es relativo.
El relativismo es consecuencia directa de la
permisividad, un mecanismo de defensa estudiado por Freud y que diseñó de forma
casi geométrica. De esta manera, todos los juicios quedan suspendidos y flotan sin consistencia. El relativismo es el
nuevo código ético. Vivimos en una generación para la cual las palabras «bueno»
o «malo», «verdadero» o «falso» se han diluido en una neblina vaporosa.
Estos términos están hoy vacíos de contenido, pues
se han borrado casi todos los principios. Es cierto que están volviendo otros
de antaño y surgen algunos nuevos, pero en ese espacio intermedio muchos se ven
perdidos.
Todo depende de distintas variables, cualquier
análisis puede ser positivo y negativo. Nada es bueno ni malo. Existe una
tolerancia interminable que se desliza hacia la apoteosis de la indiferencia
pura. Se cae de este modo en un nuevo absoluto: que todo es relativo[49].
Muchos
jóvenes buscan evadirse de estas contradicciones entregándose a lo que yo
llamaría el optimismo tecnológico y que hace unos años se llamó «el mito del
progreso indefinido»; lo cual, a la larga conduce a una desilusión profunda.
Ante este panorama resulta muy difícil descubrir la fuerza de la voluntad y
ponerse en marcha para sacar lo mejor de uno mismo, con su ayuda.
Todos los
ideales están a la espera de que pase este sueño de la sinrazón, que ha creado
un Saturno contemporáneo que devora a sus hijos. En una palabra, un hedonismo
que en el campo amoroso lleva a vivir la sexualidad como un impulso de los
instintos, en el que lo importante es la evasión a través del erotismo.
FRENTE AL HOMBRE VULNERABLE, EL HOMBRE CON
FUNDAMENTO
En este tramo final de siglo hay, como en tonos los
pasados, luces y sombras. Pero la voluntad está siempre ahí, lo importante es
saberla descubrir, reconocer su fuerza y, en medio de las modas y vaivenes
culturales, que cada uno sepa utilizarla cuando convenga. He descrito en este
capítulo al hombre trivial u hombre light: formado básicamente de estos cuatro
elementos: hedonismo, permisividad, consumismo y relativismo.
Un individuo así tiene un mal pronóstico, pues está
rebajado casi al nivel de objeto y transita por la vida con una existencia sin
valores. Se fundamenta en: la exaltación del momento, la apoteosis de lo
efímero y el aumento de la superficialidad; una existencia donde la apariencia
externa es más importante que lo que hay dentro. Traído y llevado y tiranizado
por los estímulos exteriores, a los que se entrega y con los que pretende
alcanzar la felicidad. Y todo cogido por los hilos finamente entrelazados del
materialismo.
¿Cómo podrá un ser así superar los traumas, las
frustraciones y todas las dificultades que tiene la vida? Evidentemente, no
estará preparado para cuando lleguen. ¿Qué hay dentro de él? Su estado interior
está transitado por una mezcla de frialdad impasible, descompromiso y
curiosidad ilimitada, con una tolerancia sin fronteras. Una persona así es cada
vez más vulnerable. No consigue el equilibrio y se hunde. Si no cambia su
rumbo, acabará teniendo el mayor de los vacíos, huirá de sí mismo y denominará
libertad ala esclavitud.
¿Cómo hacer frente a esto? Debo señalar que el
progreso material por sí solo no es capaz de colmar las aspiraciones más
profundas del hombre. Lo que falta hoy, lo que el mundo necesita es amor
auténtico. Este vacío moral puede ser superado con humanismo y trascendencia[50]; es
decir, pasar por la vida superando lo menos humano que tenemos y dándole más
cabida y amplitud al mundo de los valores morales y espirituales.
Frente a la represión de la espiritualidad que
padecemos hay que tener el coraje de alcanzar valores de recambio. No es
posible el progreso auténtico, íntegro, sin una base moral. Si eso falla, antes
o después, nuestro proyecto se desmoronará por falta de fundamento.
Como dice el texto clásico: «fodit in altum», es necesario cavar en lo profundo, darle al ser
humano raíces sólidas, consistentes, que merezcan la pena y que conduzcan a la
lucha por las cosas grandes [51].
Volquémonos hacia la voluntad: que ella sea el plinto mediante el cual saltemos
por encima de las circunstancias, sobre todo cuando los medios de comunicación
social, en su mayoría, intentan destruir casi todo lo valioso, deforma
metódica, sistemática.
LOS TRAUMAS DE
He llegado a decir en alguna parte de este libro
que la razón y la voluntad son las dos grandes armas del hombre. Cuántas
personas con una inteligencia más que suficiente y una afectividad bien
armonizada fallan justamente por la falta de voluntad o por tenerla poco
preparada para la lucha.
Al mismo tiempo, hay que saber hacia dónde la
dirigimos, pues aquí tendríamos que hacernos la pregunta: ¿voluntad en qué o
para qué? La respuesta sería ésta: voluntad para conseguir el mejor progreso
personal, para perfeccionarnos, aprender la conducta más positiva posible en
nosotros. Esto es fácil de entender, pero choca con muchas cosas: las
dificultades y los traumas de la vida, los cansancios, el ambiente que nos
rodea, etc. .
Cualquier vida y trayectoria humanas tienen un
fondo dramático. Ortega lo pone de relieve en Meditaciones del Quijote; es
decir, la vida de cada uno es un problema que hay que resolver, eligiendo entre
las distintas posibilidades que ésta nos presenta. Por eso, la frase orteguiana
es rotunda:
«La vida es
libertad en la fatalidad y la fatalidad en la libertad [...] la vida pesa
siempre, porque consiste en un llevarse y soportarse y conducirse a sí misma.»
Unamuno, en su Diario íntimo, nos dice:
«Se dice y acaso se cree, que la
libertad consiste en dejar crecer una planta, en no ponerle rodrigones, ni
guías, ni obstáculos; en no podarla, obligándola a que tome ésta u otra forma;
en dejarla que arroje por sí y sin coacción alguna, sus brotes y sus hojas y
sus flores. Y la libertad no está en el follaje, sino en las raíces y de nada
sirve dejarle al árbol libre la copa y abiertos de par en par los caminos del
cielo, si sus raíces se encuentran al poco de crecer, con dura roca
impenetrable, seca y árida o con tierra de muerte.»
Al abrir las puertas de la libertad, debemos
comprender qué es lo que realmente pretendemos. Es necesario saber qué es lo
que de verdad hace progresar al hombre como persona y como proyecto. El
análisis de cualquier biografía en su plano interior, profundizando, repasando
sus formas y contenidos, nos ofrece una visión cabal de su personaje, con sus
rasgos, limitaciones y holguras.
Mi profesión de psiquiatra me marca como objetivo
adentrarme en la vida ajena. Y cada vez que lo hago, lo hago con cuidado,
sigilosamente, con enorme respeto. Al avanzar en esa travesía descubrimos las
diferentes fases de la trayectoria de la historia personal: los sitios por los
que esa persona ha ido pasando.
Todo análisis de la intimidad personal es una
historia interminable. Es difícil tratar de definir una vida en una fórmula
simplista, que reduce todo a unos cuantos datos. Los médicos, al ver a alguien
por primera vez, hacen una historia clínica.
Los psiquiatras vamos más lejos: hacemos una
historia biográfica, es decir, le preguntamos qué ha sido de su vida hasta este
momento, qué ha ocurrido con ella, qué circunstancias han transcurrido, qué
clase de dificultades se ha encontrado, etc. Porque la mejor de las vidas está
llena de dilemas, conflictos, riesgos, tropiezos y un sinfín de emergencias
inesperadas, que con su curso fomentan un aprendizaje para superarlas.
En toda esta trayectoria personal tienen cabida los
traumas de la vida. La realidad de cada biografía es como un paisaje con muchas
perspectivas, todas igual de verídicas y auténticas, pero que analizaremos
desde una visión clínica. Nunca podemos tener todos los puntos de vista
posibles.
Es la limitación de cualquier análisis sobre el ser
humano. Lo que sí sabemos es que los traumas existen, están ahí y los
psiquiatras nos encargamos de examinarlos y tratar de comprenderlos en su
contexto.
La palabra deriva del griego trauma, herida. Las
heridas psicológicas son experimentadas por cada uno de forma distinta. El
mismo tema, contenidos más o menos parecidos, sufrimientos muy próximos o
frustraciones cercanas, a unos sujetos los convierte en neuróticos, amargados,
agrios... y a otros, por el contrario, los hace mejores, los pule y los
perfecciona, los hace más humanos, comprensivos, con más amor.
Y el tema suele «pesar» lo mismo; lo que varía es
el espacio psicológico en el que se asienta. La mente en la que se da. ¿Dónde
estriba la diferencia? En la forma de recibir el impacto emocional negativo; o
dicho de otro modo, en la actitud ante las adversidades y las derrotas de la
vida que tiene el individuo concreto.
Hay que tener de entrada una cierta preparación
psicológica, una educación sentimental armónica que haga entender esto. Y por
otra parte, que la educación de la voluntad esté dispuesta a reaccionar. A esto
le llamamos en psicología médica reacciones vivenciales[52], normales o sanas. La línea
que las separa queda establecida por patrones de respuesta sanos o adecuados al
estímulo y desproporcionados o inadecuados. En una palabra, si son o no
proporcionados al motivo desencadenante. De ahí se deriva el diagnóstico de
personalidad equilibrada o desequilibrada.
Debemos hacer la distinción entre dos modalidades
de traumas: los microtraumas y los macrotraumas. Los primeros están
constituidos por experiencias negativas de escasa intensidad, pero que sumadas,
alineadas unas con otras, forman poco a poco un todo. Este, si se instala en la
personalidad, puede hacer mucho daño, y si no se trata de resolver, puede
desembocar en un problema psicológico más grave.
Los microtraumas
no suelen originar grandes problemas, pero hay que saberlos detectar a tiempo
para que no se vayan transformando en cuestiones que puedan hacer mella en la
vida. La psicoterapia tiene aquí una labor muy interesante, pues va dejando
cada parcela solucionada, ayuda a la persona a situar cada experiencia en el
lugar que le corresponde y a asumirla con la valoración real del suceso.
Los macrotraumas
son siempre problemas intensos, duros, tremendos, dramáticos, trances que ponen
en peligro muchas cosas a la vez, que rompen la fluidez habitual de la vida.
Tienen una esencia trágica y conducen a posiciones difíciles. Muchos de ellos
son irreversibles, dejan marcada la personalidad para siempre. Cuando aparecen
en la existencia, obligan a un cambio absoluto.
Estos traumas grandes pueden ser físicos,
psicológicos, sociales, profesionales, afectivos y económicos. Deslindar unos
de otros puede resultar difícil en ocasiones, ya que pueden aparecer varios a
la vez o unos como consecuencia de otros. Además, la distinción entre unos y
otros nos lleva a análisis muy diferentes.
No es lo mismo haber sido violada, haberse
arruinado, que la ruptura conyugal o descubrir que se tiene una enfermedad
cancerígena avanzada. En cada caso hay que examinar los distintos planos de la
vivencia, así como su importancia y las circunstancias adyacentes que lo
propician.
En la terminología alemana a estas causas se las
denomina Erlebnis y en francés expérience vécue. Nosotros, en
castellano, la llamamos vivencia: unidad de hechos vividos a nivel
personal que dejan un impacto a su paso. Hacer un catálogo completo de micro y macrotraumas podría llegar a ser una labor interminable. El
inventario puede resumirse, a grandes rasgos, en los bloques antes referidos.
Aunque cada uno muestre un perfil propio y peculiar.
Desde ellos, se inicia la denominada neurosis o
desarrollo neurótico de la personalidad y que en los términos más modernos de
la psiquiatría actual se denomina trastorno de la personalidad[53] . Los
afectados son sujetos que se han ido convirtiendo en enfermos psicológicos, al
no haber sabido superar esos impactos históricos, y que han dejado heridas
abiertas que no han podido cerrarse y que, antes o después, se manifestarán.
Los síntomas más destacados del neurótico son:
amargura, resentimiento, sufrimiento interior por incapacidad de superar los
problemas, agresividad, hipersusceptibilidad, acritud; todo lo cual hace casi
imposible la convivencia con los demás. El neurótico sufre y hace sufrir a los
demás. Este es el panorama. La calidad de las vivencias traumatizantes describe
una situación múltiple, como hemos visto en este apartado.
AMOR,
CONSTANCIA Y VOLUNTAD: LAS MEJORES ARMAS PARA VENCER LOS FRACASOS
Son tres los elementos que ayudan al hombre a
elevarse por encima de todas las circunstancias apuntadas con anterioridad. Los
mecanismos que la psicología emplea son diversos: la sublimación, el espíritu
de superación, la aceptación de la realidad unida a una buena dosis de
capacidad de reacción para seguir hacia delante, cueste lo que cueste.
Ahí entran de lleno esas tres cualidades que
originan tres educaciones principales: afectividad, perseverancia y voluntad.
El que carece de ellas o las posee debilitadas, lo va a notar seriamente. Unas
y otras ensayarán conductas y pautas que ayuden a tolerar mejor el sufrimiento.
Y las tres se manifiestan en la firmeza interior. La vida humana necesita de
argumentos fuertes y atractivos que den respuesta a los grandes interrogantes
de la existencia.
Cuando esto no se produce, antes o después, todo se
desmorona[54]. Hoy
vivimos en una época de exaltación de la duda y de ahí proceden demasiadas
preguntas sin respuesta. En esas brumas, ¿qué más da la voluntad?, ¿para qué
sirve si está todo difuso y desdibujado?
Cuando hay puntos de referencia claros, coherentes
y humanos a la vez, inspirados en las grandes creencias de los siglos, pero de
acuerdo con los tiempos que corren y sin perder su solidez, el hombre puede
proponerse cualquier empresa. Se debe atrever a todo, porque lo va a conseguir.
Tiene la llave para abrir muchas puertas y corazones, sabe comprender muchos de
los secretos de la existencia.
Cuando hay amor auténtico, que se muestra -entre
otras manifestaciones- como capacidad de perdón, las heridas se cierran y
aparecen nuevas perspectivas interiores y exteriores. A ello hay que añadir la
fuerza de voluntad de mirar hacia delante, de seguir creyendo en el proyecto
personal y no darse por vencido. La constancia conduce a insistir sin
desalentarse. Es la mejor manera de evitar replegarse sobre el pasado y
construir desde ahí la pasión por el odio o el resentimiento. Estos pueden
llegar a ser verdaderos motores de una vida.
El tiempo cura todas las heridas cuando existe el
amor. Ahí está el misterio de tantas vidas. Por ese camino descubrimos al
hombre superior. Lo que falta en el mundo actual es amor; pero auténtico,
verdadero, no el erotismo que los medios de comunicación nos quieren presentar.
Hay que buscar el amor que, envuelto en voluntad y
constancia, haga mirar hacia delante, superando los sufrimientos, los dolores y
las humillaciones, para abrirnos camino hacia la paz interior, que es una de
las puertas de entrada al castillo de la felicidad. Ese amor, natural y
sobrenatural a la vez, debe ser el fin del hombre y el principio de la
felicidad.
CAPÍTULO XI
RESENTIMIENTO: SENTIRSE DOLIDO Y NO OLVIDAR
La antesala del resentimiento es la envidia; pero
mientras en ésta el tema queda más en la interioridad del sujeto, en el
resentimiento hay, además, un afán reivindicativo, un impulso especial con
tendencia a la revancha, a la venganza.
¿Qué es el resentimiento? Un dolor moral que se
produce como consecuencia de haber sido maltratado -justa o injustamente- con
desconsideración, y que se acompaña progresivamente de hostilidad hacia la
persona o las personas causantes de este daño. Por tanto, podemos concluir
diciendo: Resentimiento = sentirse dolido y no olvidar.
Las dolencias pasadas, los problemas y, en general,
los traumas, deben ser superados por el hombre con la vista puesta en el
futuro. Mirar hacia el porvenir significa tanto como ser capaces de aceptar el
pasado y asumirlo. La vida tenemos que dirigirla hacia delante. Freud, en su
libro Teoría de la neurosis, insistió en los mecanismos neuróticos, uno
de los cuales consiste en almacenar todos los problemas y las frustraciones
pasados, ante los que no hay capacidad de exteriorizarlos hacia fuera y, como
EL CINISMO NO HACE FELIZ AL HOMBRE
Antes de seguir hacia delante, debemos descubrir
los dos tipos de resentimiento, entre los cuales existen algunos más: el
resentimiento fisiológico y el resentimiento patológico.
1.- El resentimiento fisiológico aparece
ante situaciones extremadamente injustas, flagrantes y que han sido -por lo
general- ocasionadas por personas cínicas. El sujeto resentido se siente
dolido, molesto y maltratado. Es una reacción lógica y normal. Se va insinuando
un plan para defenderse de la injusticia recibida. Más tarde, cuando las aguas
vuelven a su cauce, debe imperar en nosotros la calma, así como la decisión de
conocer mejor a los demás y a uno mismo.
La noción de resentimiento fine introducida por
Nietzsche en La genealogía de la moral: la rebelión de los esclavos
anuncia el resentimiento como algo creador. Para Max Scheler el principal
producto del resentimiento es la igualdad entre los hombres.
Ahora bien, hay que decir algo sobre la figura del
cínico. No me reitero aquí a la escuela cínica de la filosofía, cuyo máximo
representante fue Diógenes, sino al término en su expresión coloquial. El
cínico es un sujeto que carece de escrúpulos, pero con tal desfachatez, que no
hace otra cosa que hablar de la escrupulosidad de su conducta. Es
desvergonzado, capaz de todo, frío, calculador, desvergonzado, maquiavélico;
con frecuencia intenta dar lecciones de ética, aunque en un tono suave,
aparentando ser prudente, templado o equitativo.
La conducta del hombre cínico no es fácil de
desenmascarar. Sólo cuando uno ha tenido que padecer en su propia persona una
acción de esa persona, es cuando descubre la realidad que se esconde bajo ese
hombre.
Porque el cínico no se compromete nunca, sabe
mantener muy bien un estatus ambiguo, difuso y brumoso. Pero antes o después
llega el momento en que necesariamente debe manifestarse... porque la vida es
muy larga... y entonces se descubre. El cínico suele ser inteligente y por eso
engaña a muchos. Es oportuno mencionar aquel refrán castellano que dice: «Nadie
escarmienta en cabeza ajena.»
Hasta que el cínico no nos manifiesta con claridad
algo que permite descubrir su verdadera identidad, uno sigue justificando su
comportamiento pensando en la casualidad de aquella circunstancia o en la
complejidad del momento, o en un sinfín de posibles disculpas.
El resentimiento que provoca el cínico es muy
fuerte, el más humano y, por ello, el más comprensible. Tiene sentido esa
reacción psicológica, aunque siempre habrá que calibrar la intensidad y la
duración de la misma.
El resentimiento fisiológico o reactivo puede
convertirse en patológico a fuerza de volver a él una y otra vez, no siendo
capaz de superarlo y de enfrentarse con la vida llenándola de contenido.
2. El resentimiento patológico no parte de
situaciones marcadamente injustas, no es la consecuencia de algo real y
objetivo por lo que uno se ha sentido dolido, desplazado, etc., sino que se
asienta sobre un tipo especial de personalidad: ególatra, hipersensible, con
una desorbitada necesidad de ser estimado y considerado por los demás...
Alguien incapaz de reconocer las propias limitaciones y de luchar por alcanzar
un mayor nivel con el esfuerzo personal.
Uno de los subtipos de esta modalidad lo
encontramos en la envidia. La envidia es tristeza y pesadumbre ante el bien
ajeno. Pues bien, ¿cuándo se convierte la envidia en resentimiento? Cuando
aquello que otro posee y que nosotros no tenemos lo atribuimos a algún tipo
especial de injusticia. Esto se refiere tanto a lo que esa otra persona tiene,
como a lo que a uno le falta, o incluso, a la combinación de ambos. Es entonces
cuando se originan en el interior de ese hombre envidioso deseos de tomarse la
justicia por su mano.
Es cierto que en la vida habitual existen
injusticias continuas. La misma justicia, lo que se entiende por tal en cada
nación o Estado, está plagada justamente de lo contrario, de injusticias. Desde
estos dos tipos de injusticias -legales y cotidianas- pueden brotar dos
especies distintas de resentimiento.
En muchos casos se trata de un desmedido deseo de
poder, de querer cada vez más en todo... pero sin base para conseguirlo. En
esas circunstancias es fácil que prosperen continuos sentimientos de
insatisfacción, impresiones de haber sido lesionado en las propias
aspiraciones, etc. Todo ello desencadenará lo que constituye la esencia
psicológica del resentido: sentimientos de descontento y de sentirse herido,
que una y otra vez son reactivados y vuelven sobre sí mismos, ante ciertos
estímulos recordatorios.
Poco a poco se van a ir asociando a aquellos los
sentimientos de venganza, de ajuste de cuentas, de poner las cosas de otro modo
a como han quedado. El razonamiento se formula así: «Me has hecho mucho daño con tu manera de
actuar, y lo pagarás antes o después, sea como sea.»
Comienza, de este modo, un planteamiento que
pretende justificar un punto de partida erróneo. A esto le llamamos los
psiquiatras deformación catatímica de la realidad, que quiere decir, en roman
paladino, que el cristal con el que observamos la vida es el de nuestro
particular estado de ánimo, con el cual deformamos lo que vemos a veces en
exceso.
EL TRIUNFO DE
Cuando el resentimiento echa raíces fuertes a veces
es capaz de motivar un tipo de vida, que sólo cesa cuando se apaga la sed de
revancha que lleva dentro esa persona. En tales casos, se llegan a posponer
hasta los proyectos, poniéndose esta motivación en un primer plano, cuya
detonación puede ocurrir años después de los hechos que lo hicieron germinar, y
que en un momento determinado, dan cumplida cuenta de la venganza que
guardaban.
Los años de
espera y el minucioso análisis de las circunstancias y los pormenores que
rodearon esas situaciones concretas frecuentemente convierten hechos
traumatizantes en pasiones dominantes de desquites. De ahí que la actitud más
habitual del resentido sea la de estar contenido, sujeto, tenso, siempre al
acecho. Por eso, sus formas de operar pueden ir desde el descrédito público a
la descalificación permanente, pasando por la opresión y el fanatismo. Todo
resentido alberga un poderoso deseo de estimación.
Lo opuesto, la otra vertiente del problema, es la
generosidad y la bondad. El hombre bueno todo lo disculpa, todo lo tolera, no
tiene en cuenta lo malo; es un sembrador de paz y armonía. Se me puede decir
que esto es difícil y costoso. Estoy de acuerdo, pero casi el mismo empeño que
pone el resentido en su pasión por vengarse, puede poner el hombre maduro en
pasar por encima de esas experiencias dándoles la vuelta.
El éxito y el
fracaso son dos grandes impostores. Ninguno
de los dos me acaban de convencer, pues desempeñan un papel más en relación a
nuestro exterior que al interior. En la psicología moderna interesa más el
primero que el segundo. Pocas veces se estudia el fracaso y el valor de las
derrotas.
El fracaso es un elemento esencial para la
maduración de la personalidad, si se sabe aceptar de forma adecuada. La vida
humana está tejida de aciertos y errores, de cosas que han salido como se
habían proyectado y de otras que no han llegado a buen puerto. La conducta
humana se va haciendo más madura a través de un juego progresivo de
aprendizajes y, por lo general, se aprende más con los fracasos que con los
triunfos. O, por lo menos, tan importantes son los unos como los otros.
¿A qué llamamos fracaso?, ¿en qué consiste? Podemos
definirlo así: experiencia interior de derrota como consecuencia de algo que no
ha salido bien. Es la conciencia que tenemos de no haber alcanzado la meta
propuesta. Lo que se siente de forma inmediata es negativo y está surcado por
una mezcla dé tristeza y desazón interior. ¿Qué características psicológicas
tiene este fracaso?
1. Lo primero que se vive es una reacción de
hundimiento. En ella se alinean una mezcla de frustración, melancolía,
rabia contenida y malestar interior, muchas veces presididos por sentimientos
indefinibles o sensaciones negativas.
2. Lo segundo que sucede es lo que llamamos hoy en
la psicología moderna una respuesta cognitiva, que es una especie de
examen interior que pretende desmenuzar el porqué de ese resultado. Son una
serie de ideas y pensamientos que elaboran un análisis subliminal de los
hechos, del que somos inconscientes y al que nos vemos inclinados una y otra
vez.
3. Después va aflorando una respuesta de paralización,
trabada de sorpresa, perplejidad, bloqueo, no saber qué hacer... Si el asunto
en cuestión es grave, esa persona suele estar acompañada por personas que
ayudan con su compañía y su palabra, a hacer más llevadera la situación.
4. Es muy importante el tema. Ya lo mencioné
al hablar de los traumas de la vida. El fracaso será más o menos sentido según
el tema por el que nos sintamos haber fracasado o fallado.
La patria del hombre son sus ilusiones. La vida debe
ser siempre anticipación y porvenir. Cada uno de nosotros es un proyecto
concreto que hay que lanzar y relanzar continuamente. Porque el hombre es,
sobre todo, lo que va a ser su futuro.
Esa es la dimensión capital, aunque apoyada y
vertebrada sobre el pasado; para que los objetivos vayan saliendo, para que
todos los planes se lleven a cabo, hay que tener unos objetivos claros y bien
configurados, y ser capaces de renunciar a la dispersión, que es uno de los
enemigos constantes. Y, después, comenzar a luchar.
La voluntad es la pieza decisiva que nos lleva al
dominio de nosotros mismos. Porque la consecución del éxito es ya algo
distinto, depende de muchas variables y, además, hay que matizar qué es, en qué
consiste y a qué llamamos éxito. Pero ahí está la lucha: La vida de cada hombre
es una lucha constante entre uno mismo y la realidad.
Cuando hay fracasos, brota el desaliento, y a veces
se abandona la meta y se da uno por vencido. En la otra cara de la moneda está
el tesón y la insistencia, el no rendirse, sino remontar las dificultades con
nuevos bríos; es decir, poner la voluntad por medio, una vez que ésta ha sido
educada en una trabajosa labor de tiempo y esfuerzo. Es el momento de volver a
las pequeñas contabilidades: al haber y debe, y con visión de futuro.
Me interesan los perdedores que han sabido asumir
su derrota y levantarse de nuevo. Es grande ver a un hombre
crecerse ante el fracaso y empezar de nuevo su pelea. Llegará el día -si
insiste con tenacidad, a pesar del cansancio- en que se vaya haciendo una
persona fuerte, recia, sólida, firme, compacta, igual que una fortaleza
amurallada. Alguien que por encima de la tempestad que ensordece o del oleaje
vibrante y amenazador, sabe que su rumbo está claro: llegar a conseguir los
ideales que estimularon su vida en los comienzos.
LOS HOMBRES DE VUELO SUPERIOR
En esta brega, con estos afanes, se reinventa un
campo mil veces trillado: con una voluntad fuerte y educada, no hay empresa que
se resista. Ahí se inician los hombres de vuelo superior, que no son los que
siempre vencen, sino los que saben levantarse, aquellos que tienen capacidad de
reacción, sabiendo sacar pequeñas lecciones de los pequeños acontecimientos de
la vida diaria.
Dice el
refrán castellano que «Nadie escarmienta en cabeza ajena»; pero a veces, ni en
la propia. Así es la condición humana. Hay que abrir bien los ojos y aprender
la sabiduría de la vida, al compás de los sucesos que nos acontecen,
adquiriendo un conocimiento profundo que nos ayuda a actuar de la mejor manera.
La vida es la gran maestra. Ella enseña más que
muchos libros, ejemplifica más que nada. De ello se deriva la enorme
importancia de la motivación por un lado, y de la ilusión por otro: la primera
mueve, empuja, arrastra, transporta con fuerza hacia delante y nos proyecta con
vigor; la segunda es entusiasmo, anhelo por subir esas cimas y alcanzar la
meta, anticipación de los objetivos... porque la ilusión afecta en gran parte
al proyecto personal[55].
Estos dos arbotantes, motivación e ilusión, tienen
un papel cardinal en la puesta en marcha y en la perseverancia de la voluntad.
Forman un tríptico notable y singular que ayuda a analizar muchas vidas y
conocer lo que ha pasado con ellas y cuáles son sus bases o directrices.
Motivación, ilusión y voluntad son primordiales
para combatir con tantos y tan pequeños temas, cuestiones y circunstancias que
reclaman nuestra atención y denuedos. El hombre que tiene bien educada su
voluntad está siempre ardiendo, es como un fuego que abrasa sin quemar y que
ilumina todo lo que contempla.
Séneca, en su libro Sobre la felicidad, nos
dice: «Ser feliz, sentirse feliz, no es otra cosa que tener el propio espíritu
contento y satisfecho.»
Schopenhauer, más pesimista, dice que la
voluntad es deseo de poder, pero que una vez alcanzado el objeto que se
pretende, se puede uno preguntar: ¿y ahora qué? Es una tragedia, ya que eso no
proporciona plenitud. Llega a afirmar con una frase lapidaria lo siguiente: «La
vida es un negocio que no cubre gastos [...] se muestra como un continuo
engaño, en lo pequeño y en lo grande. Ha prometido, pero no cumple.» Vemos cómo
esta visión carece de trascendencia, que es lo que le da a la vida humana una
óptica de elevación.
En el pensamiento clásico (Sócrates, Platón,
Aristóteles, así como sus antecesores los jónicos, los pitagóricos y los
sofistas griegos como Protágoras y Gorgias) hay un ritornello, que es la
doctrina de los trascendentales. Esta clama por la unidad entre lo bello y lo
bueno, lo verdadero y lo justo, la ciencia y la virtud. El mismo Platón
insistió en la estrecha relación entre inteligencia y voluntad, aunque en la
existencia humana tantas veces vayan cada una por su lado.
Ese hombre con voluntad, que está siempre en vela,
difícilmente se desmoronará si sabe lo que quiere y a dónde va. Incluso en los
peores momentos, hay un rescoldo de esperanza bajo esas cenizas. Ahí comienza
la necesidad de volver a empezar, que hace grande a la persona, la enrecia y la
conduce a retomar el hilo de sus argumentos.
Ya lo he comentado con anterioridad: la voluntad
tiene dos orillas: una está compuesta por la motivación y la ilusión; la otra,
por el orden y la constancia. Por eso, yo cambiaría la pregunta: ¿qué piensas?,
por otra más decidida y vectorial: ¿qué quieres conseguir?, ¿qué pretendes? Es
un cambio de orden, de la concepción previa, pero que facilita las cosas.
CAPÍTULO XII
TRASTORNOS DE
LAS ENFERMEDADES PSÍQUICAS Y
Llegamos a un apartado propio de un tratado de
psiquiatría: las alteraciones psicológicas que se pueden producir en la
voluntad. Pero quiero hacer una observación previa: la voluntad es uno de los
temas olvidados por la psicopatología y la psiquiatría, ya que aparece como
algo marginal, periférico y escasamente estudiado. La razón es la siguiente: se
la ha hecho depender de la afectividad, la inteligencia, los impulsos, etc.
La voluntad es aquella facultad capaz de impulsar
la conducta y dirigirla hacia un objetivo determinado, contando con dos
ingredientes básicos: la motivación y la ilusión, como ya he mencionado en
páginas anteriores.
Rafael Alvira[56] retoma el tema de la
voluntad, bastante descuidado por la tradición filosófica, para situarlo en las
coordenadas del pensamiento actual, considerando que la inteligencia y la
voluntad, conocer y querer, son dos modalidades distintas, pero convergentes, del
pensamiento moderno. Es la voluntad la que nos eleva de lo pasajero a lo
temporal.
Polaino Lorente[57] subraya que la voluntad
está implicada tanto en el autocontrol como en la autoposesión: «Gracias a ella
el hombre aprende a flexibilizar y a retrasar su conducta impulsiva y adquiere
el hábito de decir que no.» Se ha venido manteniendo la idea de que memoria,
entendimiento y voluntad eran las tres potencias del alma. La voluntad es el
capitán del barco, la memoria es el cuaderno de bitácora y el entendimiento es
el mapa, el plano sobre el que diseñar la travesía.
En toda enfermedad psíquica existe un menoscabo,
una disminución de la voluntad Cito las más representativas y frecuentes: los
trastornos depresivos mayores, en los que la falta de voluntad se manifiesta de
forma considerable y especialmente en las fases agudas; la ansiedad: desde los
ataques de pánico hasta los estados de ansiedad generalizada, cuya intensidad
va a depender de la fisonomía del cuadro clínico y de los factores externos. Y,
en menor medida, los trastornos de la personalidad: aunque no es lo mismo ser
histérico que tener una personalidad por evitación o esquizotímica.
No olvidemos que la voluntad tiende a la
organización adecuada de las decisiones y de la conducta, y que está
estructurada de acuerdo con dos factores principales, sus verdaderos resortes o
puntos de apoyo: la motivación y la ilusión.
La motivación, el motus, que arrastra, mueve,
estimula y conduce a la actuación, comporta una cierta representación de la
meta o de aquello que se persigue como fin concreto. La motivación es una
cualidad específica del hombre, en la que éste se retrata: hay una elección
personal previa.
Frente a ella están lo que yo llamaría las
apetencias, que brotan del deseo, y que no surgen de uno mismo, sino de la
atracción del entorno exterior, y se relacionan más con el mundo de las
sensaciones. Los motivos configuran más el proyecto y, de alguna manera,
aspiran á la mejora personal; mientras que las apetencias responden a algo
momentáneo, que puede incluso frenar el proyecto o comprometer la libertad
personal... aunque eso sea difícil de ver al principio. De ahí que sea tan
fácil torcer una vida.
El comportamiento se mueve en una dialéctica
estímulo-respuesta, medios-fines. El fin o la meta es el estímulo para ponerse
a funcionar. Si la motivación es elevada, engrandece a la persona y sirve como
punto de referencia para continuar, para ser constante. Entonces, la voluntad
se desliza por unas coordenadas que aun siendo costosas en los comienzos, se
vencen a medida que se aprende con pequeños vencimientos.
EL SINDROME APÁTICO-ABÚLICO-ASTÉNICO
Hay una enfermedad psicológica que cobija en su
seno tres notas parecidas, pero diferentes cuando las analizamos
pormenorizadamente, y que constituyen una sintomatología que origina el
síndrome mencionado en el epígrafe de este apartado.
Apatía significa etimológicamente falta
de afectividad o lo que es lo mismo, una resonancia sentimental casi
nula, como si alguien careciera de sentimientos[58].
La apatía se define como una indiferencia absoluta
y que paraliza todo el campo de la afectivida. Está caracterizada por la
desidia, el abandono, la pasividad, la frialdad; en una palabra, la
insensibilidad para captar todo lo humano... Todo se mueve hacia la inercia, el
aburrimiento y la ambigüedad.
La abulia es esencialmente un estado
vinculado al campo de la voluntad y que puede definirse así: falta o
disminución muy acusada de la voluntad, aunque la disminución de la misma
es más correcta llamarla hipobulia. La actividad no se dirige a ningún
punto, no hay meta que alcanzar, porque se está supeditado a una situación en
la que lo más importante es la desmotivación.
Es decir, no estar motivado es un estado
psicológico comparable a estar deprimido, ya que conduce a un desinterés
envolvente, que va a encaminarse hacia el abandonó del proyecto personal en sus
distintos apartados.
La desmotivación es una actitud gélida que conduce
la falta de acción; es la indefinición por excelencia de las acciones que se
encaminan hacia algún punto. La voluntad tiene siempre una referencia
prospectiva. Es anticipación y elección a la vez. Pues bien, en la abulia todos
estos rasgos aparecen quebrados y sin resortes.
Por último, la astenia, que puede ser
definida como un cansancio anterior al esfuerzo. El cansancio tiene dos
aspectos: uno físico, que se produce tras una laboriosidad excesiva, y otro
psicológico, que es sobre todo subjetivo y que no depende de las tareas
llevadas a cabo, ni de estar fatigado por dicho afán. Cuando hablamos de una
persona asténica, nos referimos a alguien que se levanta sin energía, sin
vigor, que está extenuada.
Los tres estados definidos en el síndrome
apático-abúlico-asténico pueden tener dos orígenes: factores físicos y
psicológicos. En el primer caso pueden ser muchas las enfermedades que den
lugar a ello: bien de estirpe neurológica, o bien referidas a la medicina
general. Aquí alinearíamos a muy distintos cuadros clínicos, desde problemas
metabólicos a infecciones, pasando por enfermedades degenerativas, hasta
aquellas otras más comunes que frenan el nivel de actividad.
Siempre, a la hora de estudiar a una persona que
muestra alguna de estas características -apatía, abulia o astenia- hay que ver
la posibilidad de descartar la existencia de una base clínica. Cuando esto no
se confirma, entonces hay que pensar en una etiología psicológica, en la que
entran distintos rasgos que deben ser considerados detalladamente.
Veamos la
siguiente historia clínica.
Se trata de una chica de Madrid, de 19 años, la
segunda de cuatro hermanos. Viene a la consulta a regañadientes; la traen sus
padres porque no estudia, no hace nada y desde siempre ha sido una chica de
poca voluntad, lo que se ha manifestado en una escolaridad deficiente.
Inteligencia. Su capacidad intelectual
general, tanto en el sentido del razonamiento práctico como en la comprensión
verbal, están dentro de los límites normales. Su exposición verbales escasa y
su razonamiento abstracto tiene poca entidad, dada la poca afición que ha
tenido a la lectura (su padre es un buen profesional liberal, pero muy poco
culto; la madre es ama de casa y su bagaje cultural está centrado en dos temas:
leer revistas del corazón y ver la televisión).
Personalidad. Inmadura.
Soñadora, poco realista con lo que ha hecho hasta ahora y con su futuro.
Tendencia a la pasividad, al abandono y a la desidia. Sólo hace lo que le gusta
o le apetece. No tiene casi inquietudes culturales: ha leído tres o cuatro
libros en su vida. Su base en este campo es muy poco sólida. Está acostumbrada
a no esforzarse, pues sus padres le han dado todo, nunca le ha faltado de
nada... hasta ha tenido estudios fuera para aprender francés e inglés... aunque
habla estos idiomas mínimamente: mantiene pequeñas conversaciones no demasiado
complejas.
Es bastante sociable, aunque siempre dentro de una
marcada superficialidad. Inestable: cambia mucho de estado de ánimo y pasa de
estar más o menos bien a venirse abajo. Insegura, acomplejada, caprichosa, con
un fondo bueno en su conducta... Este humor fluctuante es su rasgo esencial.
Sus padres lo destacan con insistencia: se deprime, se vuelve irritable, tiene
reacciones eufóricas y está dotada de una susceptibilidad enorme...
Es desordenada, inconstante, poco sólida a la hora
de hacer algo. Va y viene en sus metas y también en sus criterios. Simpática,
abierta, comunicativa, coqueta.
Ahora las relaciones en su casa han empeorado y se
muestra agresiva con sus padres, llega de madrugada y no explica dónde ha
estado. Ha empezado muchas cosas, pero las abandona enseguida. Se derrumba ante
las dificultades.
Los padres han elaborado un informe previo a la
primera visita, a petición nuestra, en el que nos preguntan si esto «es una
enfermedad psicológica que se cura con pastillas». Están muy preocupados. Ella,
la consultante, se encuentra prácticamente ajena a la preocupación de sus
padres... y piensa que se exagera con todo lo suyo.
Estamos ante una persona sin voluntad. Tras
realizar un estudio psicobiográfico y escuchar la información de los padres,
observamos que éstos han cometido un frecuente error: a su hija le han dado de
todo en exceso, nunca le ha faltado de nada.
«Nosotros hemos querido lo mejor para ella y lo que no tuvimos nosotros
en nuestra juventud, se lo hemos querido dar a ella.» Aquí arranca parte del
problema.
Ella, «la consultante a la fuerza», nunca ha tenido
que luchar demasiado para conseguir algo, pues siempre ha obtenido todo lo que
ha querido o necesitado sin tener que esforzarse. Es decir, no ha entrenado la
voluntad, no la ha puesto en acción, y esto ha ido llevando, con el paso del
tiempo, a tener una voluntad virgen, puesto que no ha habido necesidad de
luchar y de sembrar con tesón y constancia.
Esa falta de entrenamiento ha sido a largo plazo
definitiva para su personalidad, hasta conducirla a una inmadurez grave, que
hace presagiar males mayores[59] . Aquí
estamos claramente ante una abulia psicológica.
En algunos
de estos casos, la psicoterapia no es fácil, pues elevar el nivel de propuestas
de conducta choca con la filosofía del
«me apetece», que consiste en haber hecho casi siempre sólo lo que le ha
gustado, lo que ha resultado más fácil y menos exigencia haya supuesto. Así se
traza un estado psicológico que será difícil de modificar hacia otro más
positivo.
Es más aconsejable ejercitarse a través del
esfuerzo y las dificultades, que hacerlo en un peligroso dolce far niente
interminable, que irá conduciendo a tener una personalidad sin argumentos,
débil y con la que no se llegará demasiado lejos. La persona caprichosa es
incapaz de mantener ninguna propuesta seria de cara al futuro.
¿Cuáles son sus principales características?, ¿qué
elementos la definen?, ¿cuál es su perfil psicológico? Lo primero que hay que
puntualizar es que alguien se vuelve caprichoso poco a poco, no de forma
momentánea, de hoy para mañana.
Una persona acumula muchos factores: errores en la
educación por parte de los padres, sobre todo si ha existido una protección
excesiva; el consentimiento de absolutamente todo cuando se es pequeño; la
falta de motivación para tener pequeños objetivos de lucha... y muchas veces,
el mal ejemplo de los padres, que actúa como un potente deseducador; por otra
parte, también influyen los fallos personales que ya se inician al final de la
infancia y que van a ir escorando la conducta hacia posturas bastante negativas:
una comodidad excesiva, seguir la ley del mínimo esfuerzo para las tareas
escolares, la falta de generosidad en el día a día en la familia, la
inapetencia, la pereza, la indolencia para tener orden en las cosas que se
utilizan habitualmente... y un largo etcétera.
En definitiva, son muchas las cosas que se han
descuidado hasta ir alcanzando esa actitud que forma al ser caprichoso. Su
perfil es el siguiente: no está dispuesto a renunciar a los deseos inmediatos,
no tiene hábito para los esfuerzos concretos y frecuentes, lo quiere todo en el
momento... No sabe negarse nada.
Ya hice una atenta alusión a la diferencia entre desear
y querer [60],
actitudes en que los deseos no están basados en causas razonables, sino sujetos
a una permanente variación: ahora apetece esto y luego aquello otro, y más
tarde se pretende aquella cosa que acaba de aparecer ante los ojos... hay una
mudanza constante. ¿Por qué? Por dos motivos: uno, porque no se sabe bien lo
que se quiere, y otro, porque no se está educado en el valor de la renuncia, ya
que demasiadas veces se ha dicho que sí a todo lo que pide paso y apetece.
Este ceder permanente produce un cierto horror a lo
que supone una cierta exigencia. El resultado va a ser el siguiente: ese rumor
tantas veces escuchado interiormente del «No puedo», «Para qué tanta lucha»,
«La gente no se complica tanto la vida», «Espera a mañana para empezar tus
esfuerzos»... Ese rumor, al agigantarse, se va convirtiendo en un tirano que
obliga a llevar a cabo lo que le viene en gana, la inclinación del instante,
sin saber esperar y sin saber continuar.
El sujeto caprichoso es inmaduro, débil y posee una
base deficitaria para cualquier trabajo serio que signifique fortaleza para
poder vencer la resistencia de su desidia, apatía y dejadez. Esta persona no
sabe que todo lo que tiene valor cuesta conseguirlo. Todo lo grande que el
hombre alcanza es fruto de una tenacidad valiente.
La empresa de ascender y llegar hasta la mejor cima
personal está centrada en esa regla de oro de la educación: repetir actos
positivos, para acostumbrarnos a aspirar a lo más valioso, aunque cueste. La
fuerza de voluntad se consigue a base de un conjunto de hábitos buenos, que una
y otra vez se han ido abriendo camino, para llevar a cabo lo deseado, aquello
que antes o después será más favorable.
La gana es la forma vulgar del deseo, una veleta
que gira según la dirección. del viento del momento: hoy va hacia allá y
después, hacia acá, y más tarde, se detiene. El que tiene la voluntad férrea es
capaz de hacer lo que se propone hoy o mañana.
Quien tiene una voluntad frágil no decide por sí
mismo, sino que hay algo o alguien que decide por él. Y esto tiene traducciones
concretas a lo largo de la vida cotidiana: una persona se ha acostumbrado a
comer sin restricciones y raramente prescinde de algo, porque le cuesta, e
incluso le produce tristeza cuando no sucede como quiere; el estudiante poco
avezado en hacer planes de estudio no acaba de sentarse en la mesa de trabajo
delante de los libros, hace cualquier cosa, menos eso; a quien tiene mal carácter
y quiere llevar siempre la razón, le cuesta mucho que le corrijan y no admite
la menor injerencia en su conducta. Estos ejemplos son botones de muestra de lo
que irá siendo poco a poco una persona caprichosa.
A fuerza de decir a todo que sí y de permitírselo
todo, una personase va transformando en alguien sin sujeción a las normas o
reglas; es alguien arbitrario, inconstante en sus objetivos, sin propósitos
claros ni firmes. Vive a su antojo, con un ansia de cosas cambiantes y
rotatorias, presididas por una curiosidad sin fundamento.
Una locura de la conducta que va a resultar
ridícula cuando se analice con objetividad, pues camina hacia la constitución
de una personalidad muy sui generis: frívola, superficial, variable en
sus gustos y orientaciones, que se parece al niño mimado, consentido,
malcriado, voluble, echado a perder para cualquier empresa humana de cierta
envergadura. Una persona realmente de poco valor, que casi todo lo que emprenda
irá mal, sí no es capaz de corregirse y aprender con sus fracasos.
Todas estas incorrecciones se manifestarán en los
cuatro aspectos fundamentales del proyecto vital: en el personal tendrá una
personalidad pueril y arbitraria; en el afectivo será incapaz de construir una
pareja estable, en el profesional no doblará el estrecho de Magallanes de sus
verdaderas posibilidades; y en el cultural, se caracterizará por una
mediocridad donde la televisión y la ley del mínimo esfuerzo lo llenen todo.
Este es el retrato del caprichoso. Los psiquiatras
sabemos que corregir a una persona así puede llegar a ser casi imposible, salvo
que se produzca un fracaso monumental, de gran envergadura, que despierte del
letargo e ilumine el desastre de sus planteamientos. No es fácil salir de ese
estado y, al final, se pagan todos los errores juntos, hilvanados por el mismo
hilo: el deseo vehemente de haber hecho siempre lo que apetecía, perdiendo la
cabeza por seguir la ruleta de los estímulos inmediatos.
El caprichoso debe iniciar el réquiem por vencerse
en lo pequeño, por dominarse en las cosas de cada día; si no cambia, no hará en
la vida nada que merezca la pena, pues irá tirando, que es la peor manera de
funcionar.
Volvemos a la otra cara de la moneda. La voluntad
templada en la lucha es una disposición activa para sobreponerse y alcanzar
triunfos concretos y no muy costosos. Es necesario el entrenamiento; como en
toda ascensión, lo válido es ir dando pasos por el camino trazado y recomenzar
siempre que sea necesario, volviendo sobre la motivación y la ilusión, que
siempre están en la base de la meta.
Repito: avanzar poco a poco, atravesando baches y
dificultades, aunque momentáneamente esté lejos la meta o la cumbre. Quien se
lance en esta dirección verá que se trata de una experiencia fantástica, irá
descubriendo muchas dimensiones ignoradas de su vida y se dará cuenta de sus
verdaderas posibilidades. Si persiste, estará muy cerca de la felicidad.
CAPÍTULO XIII
ITINERARIO: DEL ASOMBRO A
La belleza interior es lo que hace diferente a un
hombre de otro; es decir, la esencia de la mujer y del hombre íntegros. Es algo
que se capta desde el exterior y que nos deja fascinados, gratamente
sorprendidos y con ganas de conocerla. Tiene una tonalidad difusa, vaga,
indefinida, de contornos desdibujados, que empuja a investigar qué hay detrás
de esa primera impresión.
El concepto de intimidad (del latín intimus)
se refiere al espacio interior, recóndito, donde circulan las vivencias:
significa zona espiritual reservada de la persona. Es el núcleo más propio y
personal de cada uno. Ya Platón en sus Diálogos dice que la naturaleza de lo
bello va desde lo sensible exterior a lo subjetivo, hasta ascender al mismo
nivel lo bello y lo bueno. En el pensamiento platónico, la ética y la estética
están íntimamente relacionadas y de ahí brota el verdadero amor, como deseo del
bien y de la belleza.
Aristóteles distingue tres formas de conocimiento:
teórico, práctico y retórico (poesía). La belleza pertenece al plano teórico.
Lo bello es ordenado, tiene proporción, hay una buena relación entre el todo y
las partes. En el análisis de cualquier realidad hay dos vertientes: la
realidad y la apariencia, lo externo y lo interno, lo que se ve y lo que
permanece escondido.
En
Para el pensamiento romántico, que recorre gran
parte del siglo xix, la belleza es la manifestación de lo verdadero. Dicho en
otros términos: la felicidad como máxima aspiración de la condición humana no
se da en el superhombre de Nietzsche, sino en el hombre verdadero: aquel que se
esfuerza por ser coherente.
La belleza interior no puede ser definida con
facilidad, ya que se distingue por impresiones subjetivas agradables, en las
que se aprecian la armonía y cierto equilibrio entre los distintos componentes
que forman al ser humano. Desde fuera, se nota que hay algo sugerente por
descubrir en esa persona; dan ganas de adentrarse en sus inciertos paisajes
interiores, para obtener la clave del cómo es su dueño.
Los psiquiatras somos los que examinamos y
analizamos las superficies humanas; nos interesa descubrir lo que hay bajo las
apariencias: bajamos, como el geólogo, a las profundidades de la intimidad
ajena, para explorar territorios intransitables desde el exterior.
El hombre es el único ser vivo capaz de albergar
dos tipos de belleza. En los animales, sin embargo, podemos admirar la riqueza
de su funcionamiento fisiológico -desde el aparato digestivo al reproductor,
pasando por el sistema nervioso o el mecanismo de defensa tan sofisticado que
poseen-, pero no la belleza interior, muy distinta a la nuestra. Esta belleza,
nosotros debemos perseguirla a través de la coherencia de vida, mezclada con
paz interior, equilibrio psicológico, espiritualidad, sencillez, distinción,
espontaneidad, y una trayectoria biográfica sugestiva y ejemplar. Todo eso
conduce a hacer de una persona alguien atractivo, con grandeza interior.
Esa persona nos deja fascinados, seducidos; pero no
se trata de esa seducción prefabricada del asesor de imagen y de conductas
externas, que pretende que su cliente se presente ante sus electores ofreciendo
una panorámica personal buena, mediatizada, pensando en quedar bien y ser
votado. Aquí se trata de algo muy distinto. Hablamos de una persona de
categoría, una especie de libro positivo abierto, que nos arrastra a imitarle y
a elevar su consideración ante nosotros.
No nos deja indiferentes, al contrario, se torna
interesante y queremos saber qué hace con su vida, cómo la interpreta, cuáles
son sus puntos de referencia y qué piensa sobre las grandes cuestiones de la
existencia: el sufrimiento, el fracaso, la decepción, el amor, la alegría, etc.
En una palabra, qué respuestas da al sentido de la vida. Las palabras mueven,
pero el ejemplo arrastra. A la belleza física se une el atractivo psicológico y
el espiritual.
El mejor aliado que puede presentar el hombre debe
estar constituido por esas tres notas, del mismo modo que el hombre del
Renacimiento se guiaba por la razón, la norma y la trascendencia. Estas
cualidades se remontaban a unas raíces importantes, como la tradición griega,
el mundo romano y el pensamiento cristiano.
Su descripción fenomenológica está hecha con los
siguientes materiales: armonía consigo mismo, integridad, coherencia, orden
interior, amplitud de perspectivas, capacidad para anticiparse a los hechos,
humanidad, preocupación por el hombre como persona, autenticidad y esfuerzo por
dominar la parcela animal que hay en todos nosotros.
Como dice el Talmud judío en un célebre proverbio,
hay tres grandes tipos humanos: el hombre sabio, que domina sus pasiones; el
hombre prudente, que aprende de todos con amor; y el hombre honrado, que trata
a todos con dignidad.
La belleza exterior es fácil de descubrir; en
cambio, la interior, necesita una cierta capacidad psicológica, además de la
posibilidad de pensar en ella. La primera es apolínea y física, la segunda
dionisíaca y metafísica.
La hermosura externa constituye el primer estímulo
para acercarse a alguien, sobre todo si se trata de una persona de sexo
contrario; la interna va a ser la raíz que dará solidez y constancia para poder
mantenerse enamorado. Porque no olvidemos que es bastante fácil enamorarse,
pero difícil y complejo mantenerse enamorado, con un amor profundo, buscando
cualidades duraderas, que le den una elegancia tejida de distinción y finura.
Hay que
aspirar a algo grande, permanente, que no decaiga con el paso del tiempo. Una
persona enamorada mantiene la frescura y la lozanía del que tiene argumentos
para crecerse en la dificultad y en el espíritu de superación para vencer los
fracasos y remontar de nuevo el vuelo.
De ahí que esta persona llegue a ser como una
ciudad amurallada: fuerte, sólida, resistente, que no se desalienta ante los
reveses, ni se hace soberbio con el éxito. Porque siempre hay buen viento para
el que sabe a dónde va.
Muchos hombres se enamoran de las bellezas externas
y lo mismo ocurre con ciertos galanes, que sin conocer a fondo a la otra
persona se lanzan al vacío, lo cual trae después consecuencias muy negativas.
La belleza de una mujer perdió a muchos hombres; ante ella, uno es turista,
buscador de exteriores y poco más.
Actualmente las revistas del corazón son las que
más nos propagan este tipo de belleza externa de las mujeres. Nos las presentan
como mágicas, a través de sus más diversas andanzas, generalmente centradas en
una vida sentimental rota. Estas noticias promueven un estilo de vida que se
extiende con rapidez, como medio de evasión, algo para pasar el rato y nada
más, pero que en la actualidad tienen una influencia cada vez más creciente.
Las consecuencias de todo ello las
tenemos hoy bien a la vista.
Una persona bella por dentro tiene ideales; aspira
siempre, a pesar de la corriente, a lo mejor; sabe a qué atenerse, tiene
criterio y pilota su vida como una verdadera brújula y no como una veleta; no
tolera que se la manipule y se resiste a ser manejada por los tópicos que
existen a su alrededor y que muchos aceptan sin pensar.
En una palabra: uno quiere ser persona, alguien
singular y no algo movido por los vientos exteriores; ha sabido dar a su vida
soluciones satisfactorias, sacando lo mejor de sí mismo, luchando a pulso con
la realidad. Ha sabido ponerse en claro consigo mismo.
Nos sumergimos así en el conocimiento de un
personaje que merece la pena conocer en tiempos de bonanza o en momentos de
peligro. Su balance existencial, en cualquier etapa de su vida, es siempre
positivo. Ha visto pasar ante él un sinfín de situaciones, que han ido
perfilando su estado interior; pero a través de esa variedad la existencia
personal sigue mereciendo la pena, al haberse depositado en su fondo una
lectura coherente y esforzada, en donde permanece aún la ilusión de llegar a la
mejor cima posible.
Si a una cara hermosa y a un cuerpo esbelto se une
una valiosa psicología y espiritualidad, estamos ante un ser humano superior:
posee una buena integración entre los distintos segmentos que tiene la vida.
Emerge así, una persona fecunda, que se conoce a sí misma y en quien el orden,
la constancia, la voluntad, la alegría y, por encima de todo, el amor, laten en
su seno de forma bien articulada. La belleza interior es el castillo que guarda
el tesoro de la armonía y la serenidad.
He comentado en las páginas anteriores el carácter
de insatisfacción que posee la mejor de las vidas: siempre es incompleta y
provisional, pero, asimismo, puede llegar a ser más positiva, mejorando alguno
de sus ingredientes para darle más plenitud. Además de por los descontentos y
las dificultades, el hombre debe luchar con la voluntad para mejorar y cambiar
lo que no va bien y estimular lo que comienza.
El hombre auténtico es la persona verdadera que
procura ser coherente y que, a su vez, cultiva y selecciona lo más valioso para
aplicarlo en su vida. Así se hace fuerte, rico, armónico... casi eterno o con
valores vitales perdurables. Para ello se necesita claridad de ideas, una mente
despejada y conocerse uno a sí mismo, para saber lo que se debe quitar y lo que
sería bueno añadir para alcanzar cimas personales, retos concretos.
No olvidemos que casi siempre se desea lo que no se
tiene; la realidad de cada uno es ésa y debemos tener cuidado con esto. Pero lo
que está claro es que si exploramos nuestras posibilidades a la luz de la
voluntad, sabiendo que una vez entrenada estará bien dispuesta para ponerse a
trabajar, todo resultará más sencillo. Se deben saber las metas y las
pretensiones que deseamos.
El estudiante, por ejemplo, tiene como deber
aprender a aprovechar el tiempo, y esto comporta planificarse correctamente,
estudiar con orden, luchar por vencer las distracciones, sacarle más partido a
las clases que recibe o hacer esquemas y resúmenes que le sinteticen parte de
las asignaturas. Así mejorará en su proyecto personal.
En el joven profesional que está empezando en el
mundo del trabajo, quizás todo dependa de que vaya recibiendo una formación en
su disciplina cada vez más fuerte, para que los cimientos de su tarea tengan
consistencia: leer libros de actualidad, procurar estar al día, hacer cursos
que amplíen sus conocimientos, etc.
En cualquier persona hay siempre campos de atención
más o menos permanentes. Pensemos en la vida afectiva, hoy tan denostada,
falsificada, cosificada. Cuando uno es capaz de revisar esta dimensión, a nivel
personal, como exploración íntima, con seguridad encontrará elementos para
pulir o mejorar sus cualidades. Puede ser que se trate del trato afectivo
diario: ahí entra de lleno intentar vencer el propio carácter, procurar hacer
algo más por las personas que están cerca, conocerlas mejor para establecer unas
relaciones más humanas y cordiales.
Estas luchas del día a día son extrapolables a las
relaciones conyugales, donde las posibilidades son muy amplias. El aprendizaje
para adquirir una mejor comunicación de pareja consiste en: saber superar los
momentos tensos, tener el don de la oportunidad, vencerla susceptibilidad
propia o tener detalles pequeños positivos, olvidándose uno de sí mismo.
Pueden parecer cosas fútiles, nimiedades, pero la
vida conyugal se mantiene gracias alas pequeñeces que la fortalecen y protegen,
siempre que exista un acuerdo común de fondo en los grandes temas. Cuando
alguien se ríe de esto y descuida las cosas insignificantes en apariencia,
comete un serio error, que a la larga pagara.
Demasiadas veces nos quedamos en la puerta, no
entramos. La belleza exterior sin la interior, a la larga, es algo hueco,
vacío, cansino, aburrido. No es extraño que muchas personas, tras las
separaciones conyugales de las llamadas «bellezas oficiales», después escojan a
otra, en la que la importancia de la estética -el tipo y la cara- estén en
segundo plano.
La belleza
exterior deslumbra unos instantes, pero no ilumina más adelante. Los cínicos
aborrecían la belleza del cuerpo[61]. Los
griegos utilizaban dos palabras: soma,
cuerpo, y sema, tumba o cárcel del alma. Para la filosofía griega, la
belleza del cuerpo implicaba también la del alma. Actualmente sabemos que esto
hay que ponerlo en tela de juicio, pues con mucha frecuencia entre ambas formas
de belleza hay una escisión.
La obra más completa del hombre, su objetivo más
importante, es su propia realización personal. Pero el hombre contemporáneo
está muy roto, sólo es positivo en alguno de sus fragmentos.
A diario vemos situaciones como las siguientes: un
gran abogado está separado de su mujer y las relaciones con sus hijos no son
buenas; una mujer casada, afectuosa, equilibrada y buena madre de familia, que
ha tenido medios suficientes, se ha abandonado culturalmente y toda su riqueza
intelectual son las revistas del corazón y algunos programas de televisión
pseudoculturales.
El hombre completo es una vieja aspiración que
sirve de puente hacia la belleza interior. Aquí debemos hablar de alguien que
merece la pena analizar, porque es ejemplar, atractivo y se nos presenta -sin
él pretenderlo- como una roca firme, un faro que ilumina y que obliga a
repensar nuestros criterios.
La belleza interior parece que nos elude, que juega
con nosotros al escondite: aparece y desaparece, pero tenemos una mezcla de
intuición y / o certeza de que la captamos a través de algunas manifestaciones
exteriores que nos ponen sobre su pista. Cuando la voluntad llega a constituir
una segunda naturaleza, que actúa en las áreas más diversas de la conducta,
transforma a la persona y la engalana con sus actitudes. Estamos a las puertas
de una belleza que va echando sus raíces hacia el interior.
CAPÍTULO XIV
DECALOGO DE
ROUSSEAU Y FREUD: DOS VISIONES
CONFUSAS
Voy llegando al final de este recorrido analítico
sobre qué es y en qué consiste la voluntad y cómo se puede conseguir que ésta
sea mayor y se afiance. Nadie está vacunado para poder decir que ya tiene
suficiente o que ésta ha prendido bastante en los mecanismos de su psicología.
La vida da muchas vueltas. La confusión de ideas que en la actualidad existe es
un producto de la época que anuncia el foral de una civilización, cuya
expresión definitoria es la ausencia de voluntad.
El hombre actual queda fascinado por la comodidad,
que ha llegado a ser un nuevo ideal. De hecho, en Estados Unidos, los
denominados libros de autoayuda psicológica tienen bastante gancho: cómo hablar
en público, cómo triunfar en los negocios, cómo hacer amigos, como aprender
inglés en quince días, cómo superar las frustraciones de la vida sin traumas...
la lista podría hacerse interminable.
Rousseau, en dos célebres libros suyos, Discurso
sobre el origen de la desigualdad entre los hombres y Emilio o de la educación,
afirma que la civilización ha envilecido al hombre y que hay que permitir casi
todos sus comportamientos, salvo aquellos que vayan claramente contra las
normas sociales vigentes o sean contrarios al hombre.
El problema está en delimitar con exactitud cuáles
son esos comportamientos que desvían al hombre actual. Sus pretensiones
pedagógicas se dirigen hacia una permisividad que comienza en el siglo XVIII y
que, más tarde, ha ido adquiriendo una amplitud que hace desequilibrarse a este
hombre. La voluntad -dice Rousseau- está cautiva cuando se la sujeta, se debe
hacer lo que uno quiera...
En una palabra, su discurso se decanta en la línea
de no mostrar preferencia por nada de forma definitiva, con lo que se cae en el
relativismo. Es decir, que permisividad y relativismo forman un dúo muy
negativo para fomentar hábitos que afirmen la voluntad.
Casi todo está envuelto en un clima de neutralidad,
que conduce a la indiferencia y que está muy próxima a la apatía, uno de los
trastornos de la voluntad que ya hemos mencionado.
Freud, en distintas obras suyas y a lo largo del
desarrollo del psicoanálisis, menciona la represión como un mecanismo de
defensa neurótico, contraponiéndolo a otro, la sublimación, esto es, la
capacidad de renunciar por algo más excelente que se consigue a largo plazo.
Cuando todo camina hacia la realización del deseo, quebrar la voluntad es algo
que puede repercutir negativamente en la salud psicológica de quien lo
practica.
En su libro
La interpretación de los sueños, Freud dice: «Los sueños son la realización de
los deseos ocultos y éstos tienen en el sexo su máximo exponente». Ahora, con
la aparición del sexo mercantilizado, el ser humano queda reducido a un animal
de consumo sexual, pero esto no ha conducido a una mayor libertad entendida en
su acepción más completa, ni ha hecho más feliz al hombre. Igualmente, en su
libro Tres ensayos sobre la teoría sexual, considera que el sexo es el
factor causal y motivacional subyacente de toda neurosis. Más tarde, ampliaría
estas ideas, buscando el papel de la vida sexual en la psicología.
Ambos, Rousseau y Freud, han ayudado a que el tema
de la voluntad adquiera mala prensa, aunque otras corrientes psicológicas
posteriores a Freud han seguido en la misma línea. No obstante, el llamado
funcionalismo de la escuela de Harvard[62]' ha seguido una orientación
diferente. Hoy el tema tiene una óptica más amplia a través de otros
movimientos psicológicos[63] .
DIEZ REGLAS DE ORO PARA EDUCAR
Es difícil, tras estudiar el tema de la voluntad
desde perspectivas tan diversas, intentar concretar para ofrecer unas pautas
específicas que no sean simples recetas de cocina, pues al atravesar la
frontera entre la teoría y la práctica, entre las ideas y su aplicación, hay un
trecho difícil de salvar. No obstante, voy a tratar de esquematizarlas.
1. La voluntad necesita un aprendizaje gradual, que
se consigue con la repetición de actos en donde uno se vence, lucha y cae, y
vuelve a empezar. A esto se llama en psicología hábito.
Dicho en otros términos: hay que adquirir hábitos
positivos mediante la repetición de conductas, deforma deportiva y alegre, que
van inclinando la balanza hacia comportamientos mejores, más maduros y que, a
la larga, se agradecerán, pero que, en las primeras etapas, cuestan mucho
trabajo, puesto que la voluntad está aún en estado primario, sin dominar.
2. Para
tener voluntad hay que empezar por negarse o vencerse en los gustos, los
estímulos y las inclinaciones inmediatas. Esto es lo realmente difícil. Es más
fácil explicar los mecanismos por donde hay que dirigir la voluntad, que
ponerse uno a funcionar, aplicando las teorías y los argumentos. Esto es: toda
educación de la voluntad tiene un trasfondo ascético, sobre todo cuando se
empieza.
La labor de los padres en esta tarea es decisiva:
deben -con mucha sabiduría- hacer atractiva la responsabilidad, el deber y las
exigencias concretas. De otra parte, están los educadores: deben guiar al
alumno hacia la verdad y la libertad, ligadas estrechamente[64]. Hay un puente que va de la
primera a la segunda. La voluntad es liberadora. ¿En qué consiste ser libre?
¿Qué es liberarse? Significa poder moverse sin coacciones, haciendo lo que uno
quiere, eximiéndose de obstáculos y dependencias que distraigan del mejor
trayecto personal.
La voluntad libera e inicia el vuelo hacia la
realización del proyecto personal y de la felicidad. Ahora bien, hay que hacer la siguiente
pregunta: ¿Cuál es el nivel del proyecto y a qué cosas nos referimos cuando hablamos
de felicidad? La respuesta no es otra que indagar en los argumentos de nuestra
existencia, ya que éstos constituyen el alma de nuestra vida como anticipación
y programa de la misma. La vida humana es una tarea que se mueve entre dos
polos: adecuar los deseos a la realidad. Por eso la felicidad no consiste en
vivir bien y tener un excelente nivel de vida, sino en saber vivir.
Es frecuente captar esto cuando la vida se acaba.
Es una lástima darse cuenta de ello cuando se está a punto de amarrar la propia
barca en la otra ribera.
Liberación no es hacer lo que uno quiere o seguir
los dictados inmediatos de lo que deseamos, sino vencerse en pequeñas luchas
titánicas para alcanzar las mejores cimas del propio desarrollo. La supresión
de obligaciones y de constricciones exteriores, el abandono de los grandes
ideales y retos, dejarse llevar por los estímulos del momento... puede
proporcionar cierta tranquilidad en un corto plazo, sobre la marcha, pero muy
pronto deja al descubierto las carencias de esa personalidad.
Pensemos en la liberación sexual[65], que
ha pretendido borrar todas las inhibiciones, situando al hombre rumbo ala
utopía de los paraísos perdidos y los sueños roussonianos. Se anunciaba así un
mundo futuro abierto, liberal, pluralista, de más ricos horizontes. Pero los
resultados que tenemos a la vista son unos modelos de comportamiento aberrantes
en los que la sexualidad, degradada, se ha convertido en bien de consumo,
instrumentalizando al otro en el sexo.
La liberación que trae la voluntad consiste en
apartar obstáculos, allanar el camino para hacer lo que se había programado, ir
consiguiendo que los sueños se hagan realidad poco a poco. Es evidente que todo
depende del fin, del punto de mira, de aquello hacia lo que apuntemos.
Esto se resume en la célebre frase de Nietzsche:
«No te pregunto de qué eres libre, te pregunto para qué eres libre.»
O como consta en aquel libro de Bernanos: « La
libertad: ¿para hacer qué?»
3. Cualquier aprendizaje se adquiere con más
facilidad a medida que la motivación es mayor. Estar motivado implica estar
preparado para apuntar hacia el mejor blanco. El ejercicio de luchar por
nuestros objetivos se estira más gracias a la fuerza de los contenidos que los
mueven. Lo expresaré de otra forma: el que no sabe lo que quiere, el que no
tiene la ilusión de alcanzar algo, difícilmente tendrá la voluntad preparada
para la lucha.
Esta regla sugiere muchas cosas a la vez. Por una
parte, el viejo tema del modelo de identidad, esa lección abierta que otro nos
da y nos invita a imitarlo. Tenerlo presente es empezar a andar de forma
correcta y correr tras la verdadera libertad.
Como dice Daniel Inenarity[66] : «Libertad como pasión
significa superar el reduccionismo de una libertad sólo centrada en aspectos
formales, comprada al precio de una perpetua indecisión [...] Una libertad
profunda es aquella que se realiza, se hace vida, decide y compromete [...] conservando
la propia superioridad moral.»
Es decir, que todo progreso humano que se hace de
espaldas a unas normas morales acaba mal. El hombre superior es el hombre
espiritual que ve a los demás como personas, no como peldaños[67].
Por otra parte, hay que saber descubrir lo que yo
llamaría en la actualidad valores de recambio, que de algún modo se
circunscriben alrededor de los grandes motivos del hombre. Son nuevos motores
que iluminan con su fuerza el proyecto personal: la democracia, los valores de
4. Tener objetivos claros, precisos, bien
delimitados y estables. Cuando esto es así y se ponen todas las fuerzas en ir
hacia delante, los resultados positivos están a la vuelta de la esquina, y no
tiene cabida la dispersión de objetivos, ni tampoco querer abarcar más de lo
que uno puede.
Por eso produce mucha paz aplicarse en esos
propósitos, siendo capaz de apartar todo lo que pueda distraernos o alejarnos
de las metas. Querer es pretender algo concreto y renunciar a todo lo que
distraiga y desvíe de los objetivos trazados[68] .
5. Toda educación de la voluntad tiene un fondo
ascético, especialmente en sus comienzos. Hay que saber conducir las ansias
juveniles hacia una meta que merezca realmente la pena. Ahí es donde resulta
decisiva la tarea del educador por un lado, y la de los padres, por otro.
Hay una observación complementaria que quiero
hacer, una vez llegados a este punto: las grandes ambiciones, las mejores
aventuras, brotan de algo pequeño, que crece y se hace caudaloso a medida que
la lucha personal no cede, no baja la guardia, insistiendo una y otra vez.
En el alpinismo, por ejemplo -tarea que se parece
mucho al fortalecimiento de la voluntad-, lo importante es dar pequeños pasos
hacia arriba, ir ascendiendo en la montaña no gracias a las grandes escaladas,
sino merced a pequeños avances, al principio costosos y, después, ya más
fáciles, una vez que se vislumbra el paisaje desde la cima.
6. A medida
que se tiene más voluntad, uno se gobierna mejor a sí mismo, no dejándose
llevar por el estímulo inmediato. El dominio personal es uno de los más
extraordinarios retos, que nos elevan por encima de las circunstancias. Se
consigue así una segunda naturaleza. Uno no hace lo que le apetece, ni escoge
lo más fácil y llevadero, sino que se dirige hacia lo que es mejor.
Cuando la voluntad es más sólida, esa persona ya ni
se plantea el cansancio que ha supuesto o sus apetencias, sino lo que sabe será
más positivo para ella de cara a los objetivos diseñados.
7. Una
persona con voluntad alcanza las metas que se había propuesto con constancia.
He comentado en las páginas que preceden lo importante que es tener presentes
las piezas instrumentales de la voluntad: el orden, la tenacidad, la
disciplina, la alegría constante y la mirada puesta en el futuro, en la meta.
Existe hoy la tendencia a la exaltación del modelo del ganador, que deja en la
estacada, groggy, a muchos perdedores en el ring social. Por eso,
compararse con otros, fijarnos demasiado en las vidas ajenas, puede ofrecer una
cara negativa, suficiente como para no disfrutar con lo que se tiene y desear
lo que no poseemos[69].
8. Es importante llegar a una buena proporción
entre los objetivos y los instrumentos que utilicemos para obtenerlos; es
decir, buscar la armonía entre fines y medios. Hay que intentar una ecuación
adecuada entre aptitudes y limitaciones, pretender sacar lo mejor que hay en
uno mismo, poniendo en marcha la motivación, configurada gracias a las
ilusiones, así como el orden, la constancia, la alegría y la autoridad sobre
nosotros mismos, para no ceder ni un ápice en lo propuesto.
9. Una buena y suficiente educación de la voluntad
es un indicador de madurez de la personalidad. No hay que olvidar que
cualquier avance de la voluntad se acrecienta con su uso y se hace más eficaz a
medida que se incorpora con firmeza en el patrimonio psicológico de cada uno de
nosotros. Una persona madura y con equilibrio psicológico ofrece un mosaico
de elementos armónicamente integrados, en donde la voluntad brilla con luz
propia.
10. La educación de la voluntad no tiene fin. Esto
significa que el hombre es una sinfonía siempre incompleta, y que, haber
alcanzado un buen nivel no quiere decir que se esté siempre abonado al mismo,
ya que las circunstancias de la vida pueden conducir a posiciones insólitas,
inesperadas, difíciles o que obligan a reorganizar parte de la estructura del
proyecto personal.
También hay
que citar la falta de orientación de la sociedad actual, tan permisiva y con
tan pocos valores de referencia, que impide ver ejemplos positivos que sirvan
como modelos de identidad. La sociedad, tal y como está ahora, no favorece en
casi nada la potenciación de la voluntad. Y mucho más difícil resulta esta
potenciación con la influencia de la televisión, frente a la no cabe tener más
que un moderado pesimismo.
[1]
En cierto sentido el psicoanálisis nació
como consecuencia del colapso de la voluntad con los tres amos o elementos
principales de Freud: el ello (los instintos), el super Yo (las
normas morales y sociales), y la realidad (el mundo exterior). De ahí que la voluntad
esté dominada y dirigida por esas tres instancias de la geometría del Yo.
[2]
Losada, Buenos Aires, 1950. Véase el apartado «Las leyes fundamentales del
amor», pág. 130 y ss., que apuntan a la unificación afectiva
[3] Del
amor, Alianza Editorial, Madrid, 1973. Es especialmente sugerente el capítulo
dedicado al flechazo (pág. 134 y ss.), en el que se pone de manifiesto el
impacto que produce otra persona, lo que va a originar una cierta revolución
interior, mezcla de sorpresa y arrebato.
[4]
No confundirlo con C. G. Jung, discípulo de Freud, que más tarde se separó de
él.
[5]Últimamente
se ha puesto de moda, con acierto, la expresión televisión basura, que contiene
en su seno, masivamente, pornografía, sexo fácil, violencia, concursos absurdos
y los llamados reality shows. Estos últimos merecen un apartado aparte. Estos
dramas de la vida real sirven de ganchos de audiencia, convirtiéndose en
géneros de moda en las cadenas de todo el mundo. Este recurso morboso se aliña
a base de un hecho breve, visualizable, lleno de dramatismo, sufrimiento,
violencia...
¿Por qué se utiliza? Porque el morbo vende, y su lenguaje nos
bombardea con sensaciones más que con ideas. Aquí se cumple otro principio: la
tendencia de la televisión a procurar entretener y hacer pasar el rato a costa
de lo que sea. De ahí que ese caleidoscopio de horrores, ese desfile de
situaciones trágicas, no sea otra cosa que cultivar una curiosidad malsana.
Interesa la vida ajena convertida en
dolor. El telespectador llena su vacío sumergiéndose en escenas patéticas, con
lo que uno se queda relativamente tranquilo con su vida, al compararla con lo
que está viendo. ¡Qué lejos está todo esto de la cultura! Con esa mediocridad
el hombre no llegará muy lejos, pues queda indefenso intelectualmente, siendo
fácil presa de la manipulación de cualquier mensaje.
[6] El
ideal clásico dé la cultura empezó siendo aristocrático, para hacerse después
contemplativo. Durante
[7] En el Renacimiento se fragua lo que será el
concepto del hombre europeo, con varias ideas básicas: aparición de la
burguesía, el amor a la libertad y el culto a la estética. El gran personaje
del siglo XVI es Tomás Moro. Junto a él hay que mencionara Erasmo de Rotterdam,
Pico della Mirándola y Lorenzo Valla.
Dos españoles brillan con luz propia:
Luis Vives, que explicó en las universidades de Lovaina, Oxford y París temas
pedagógicos, morales y filosóficos; y por otra parte, Antonio de Nebrija, que
residió en Italia, enseñó gramática en Salamanca y paso más tarde a
[8]Según
la psicología cognitiva, rama de la psicología moderna que se inspira en el
modelo informático, la inteligencia es la facultad para recibir información,
procesarla de forma adecuada y reaccionar con respuestas correctas. Nos ayuda a
poner orden en nuestros conocimientos, con el fin de producir la mejor conducta
posible, dentro de lo que es la condición humana. Pues bien, tan importante
como la inteligencia es para mi la
voluntad, ya que el hombre con voluntad puede llegar en la vida más lejos que
el hombre inteligente.
[9] Por
todo entiendo aquí los más diversos avatares que puedan sucederle al hombre. Si
hay un proyecto coherente y bien edificado, el dolor, el sufrimiento, la
decepción, la humillación, el fracaso... tienen sentido. ¿Por qué?, ¿de qué
manera? El sufrimiento, en sus diversas formas, cura al hombre de su profunda
soberbia y lo va volviendo más amoroso con los demás. A la corta, lo frena;
pero, a la larga, lo hace más humano, más comprensivo y tolerante. Cuando estos
impactos negativos no son recibidos así, el hombre se neurotiza y se torna
agrio, amargado, resentido, echado a perder...
El
mismo sufrimiento que hace madurar a unos conduce a otros a uno de los peores
capítulos de la psiquiatría: la personalidad enferma. La diferencia está en el
modo de aceptarlo en el contexto del proyecto personal.
[10] Para un psiquiatra, hablar de educación
sentimental sigue siendo un tema prioritario. En torno a ella se organiza uno
de los núcleos más importantes de la vida. Aborda uno de los estratos más
profundos y esenciales, alrededor del cual se concentran muchos estratos
psicológicos.
Hoy
estamos en una época confusa, y la falta de claridad en este aspecto está
trayendo unas consecuencias muy negativas. Pensemos sólo en dos: la confusión
entre amor y sexo, y por otra parte, no saber que el amor auténtico implica
gozos y renuncias, alegrías y sacrificios. Estos dos errores complican la vida
del hombre en nuestros días y ofrecen la enorme paradoja de una persona con un
gran éxito profesional, pero cuya vida privada está rota, descompuesta, sin
ejes de sujeción firmes.
Para
obtener información más completa véase mi libro Remedios para el desamor,
Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1990.
[11] En
psicología denominamos a esto tener una buena tolerancia de las frustraciones,
por medio de un aprendizaje progresivo.
[12] La
televisión, por ejemplo, tiende a matar la voluntad, la aniquila, la arrasa.
¿Por qué? No exige ningún esfuerzo, sólo hay que apretar un botón y dejarse
llevar sin más. Su influencia excesiva es nefasta, ya que fabrica jóvenes
pasivos, que se entregan en brazos de la imagen, sin necesidad del más mínimo
espíritu de lucha. Y esto sin entrar en la banalidad de !a mayoría de sus temas
ni en la violencia, la pornografía o la difusión de modelos de comportamiento
aberrantes, sin brújula, que emite.
Y hay
algo más: llega un momento en que si el telespectador no tiene unos criterios
claros y bien definidos es incapaz de distinguir entre el bien y el mal, lo
positivo y lo negativo, lo válido de lo que no lo es. La importancia de los
padres es en estos casos decisiva, si quieren educar a sus hijos en el dominio
de la voluntad. Y también los padres deben educarse a sí mismos, porque hacer
un uso adecuado de ella es uno de los retos diarios que debemos superar. No en
balde la televisión es el nuevo y moderno deseducador.
[13] La
elección en el amor debe partir del hecho de tener un modelo masculino /
femenino en la cabeza, lo que exige una tarea previa de análisis. No hay
verdadero amor sin elección, y elegir significa preferir, seleccionar, escoger,
siempre de acuerdo con un patrón previo. Hay que tener un ideal preconcebido,
que luego se amoldará a la realidad.
El amor sin elección suele conducir a
errores sentimentales graves.
[14] Las virtudes noéticas tienen un marcado sello
intelectual, mientras que las morales se dirigen hacia el comportamiento
buscando lo más excelente (humildad, generosidad, sinceridad, paciencia, etc.).
Hoy pienso que debemos hablar
de los valores de recambio, que en nuestro tiempo tienen una gran importancia:
la solidaridad, el espíritu democrático, el pluralismo ideológico, los valores
de la ilustración puestos al día, etc. Todos ellos deben encaminarse hacia la
máxima aspiración del hombre: la realización más completa de sí mismo.
[15] Si
todo es relativo no hay referente. Dicho en otros términos: no hay relación
envío-remitente. Por ahí todo se desliza hacia una indiferencia progresiva, que
culmina en una insensibilidad gradual, escepticismo, desapasionamiento y
crueldad, es el vacío por saturación de contradicciones.
[16] Muchos
fracasos escolares y universitarios de los estudiantes malos, que van llevando
sus cursos con dificultades excesivas, no se deben a la falta de capacidad
intelectual, sino a que no han aprendido a poner en juego las bases del
estudio; no han sido educados para ello. Aquí tiene especial relieve el orden,
la constancia y la voluntad. Las relaciones entre las tres son muy estrechas;
todas ponen armonía en la vida personal, producen resultados estimulantes y
proporcionan la ilusión de ver cumplidas metas específicas y planes previamente
trazados.
[17]
Existen varias enfermedades originadas por el exceso de orden. Las obsesiones,
en las cuales uno de sus más frecuentes contenidos es la «manía» porque todo
esté en su sitio, pero de forma excesiva, exagerada, sin un mínimo de
flexibilidad. Hay dos estirpes clínicas contrapuestas: la neurosis obsesiva,
que parte de la ansiedad y que tiene buen pronóstico; y la enfermedad
obsesivo-compulsiva, que tiene un pronóstico más difícil, pues lleva consigo la
repetición de una serie de actos o liturgias, que impiden hacer cualquier cosa
que no sea la obsesión fijada.
Cuando el orden es sano,
normal, el orden está a nuestro servicio; cuando es enfermizo, el sujeto está
al servicio del orden. Además de este rasgo diferencial, el hablar con la
familia de este tipo de pacientes, nos va a dar la respuesta cabal de si estamos
ante algo que está dentro de los límites normales o si constituye ya algo
patológico.
[18]Véase
Breve tratado de la ilusión, Alianza Editorial, Madrid, 1990, pág. 137.
[19] Esta
implantación de la paciencia en los tiempos que corren no es fácil. Fomentarla
en los hijos e intentar vivirla personalmente va en contra de la corriente
actual. Hay más esfuerzo en soportar, que en impacientarse. Pero el hombre
contemporáneo quiere resultados inmediatos, la visión de la realidad tiene
lugar a cortísimo plazo, de ahí su dificultad.
En la
psicoterapia se ve claramente cómo, muchas veces, en la aceptación de las
dificultades está el cambio.
[20] Véase
su libro Las virtudes fundamentales, Rialp, Madrid, 1976.
[21] El
siglo XVIII muestra un aspecto más uniforme en el triunfo de la razón sobre los
sentimientos. Su mayor fuerza se dio en Francia, con los enciclopedistas. En
[22] Remito
al lector al capítulo III «Orden», pág. 55 y ss.
[23] Véase
Tras la virtud, Crítica, Barcelona, 1984. En este libro, este profesor de
Filosofía Moral subraya que las concepciones morales de
La
ética (basada en las normas sociales de cada época) y la moral (más inspirada
en la ley natural y en la visión sobrenatural del hombre) deben tender hacia la
felicidad, pero como resultado de una vida que lleva a lo mejor, que busca la
realización más completa del ser humano, en todos sus aspectos y vertientes.
La
relación histórica de las virtudes ha cambiado. Para Hornero, el paradigma por
excelencia era el guerrero; para Aristóteles, el caballero ateniense;
actualmente, con la llegada de ese bien político que es la democracia, han
aparecido otras distintas: la solidaridad, el pluralismo, la vuelta de la
tolerancia, el liberalismo ideológico... aunque en cada una de ellas habría
muchos matices que mencionar.
[24]
Véase su libro Felicitó, vita buona e virtú, Ateneo, Roma, 1989. Este filósofo
italiano considera que las acciones singulares de cada persona deben ser
estudiadas de acuerdo con un fin general, que establece una unidad entre todos
los actos aislados
[25] Véase
su libro La educación de las virtudes humanas, Eunsa, Pamplona, 1991. En él el
lector interesado puede encontrar la fuerza permanente de los principales
valores que anidan en el hombre por el único hecho de serlo, aunque su análisis
transcurre de lo natural a lo sobrenatural. Su reflexión sobre los hábitos
operativos buenos le conduce a buscar el modo de aumentar su intensidad,
sabiendo 3 la estrecha relación que existe entre todas ellas: generosidad,
fortaleza, perseverancia, sinceridad, sobriedad, espíritu de trabajo,
paciencia, etc.
[26] Véase Esencia y cambios de las virtudes,
Revista de Occidente, Madrid, 1960. Es un manual fenomenológico donde el autor
traza un análisis psicológico, sociológico e histórico de los mejores hábitos
que puede llegar a tener el hombre, centrándose especialmente en la fortaleza,
la sensatez, la prudencia y la sabiduría, la serenidad, la fidelidad, la
confianza y la justicia. Para ello se inspira en Husserl, Scheler y Hartmann.
Todavía
en
En los siglos XVII y XVIII se produjeron cambios extraordinarios. La
transformación de la burguesía en clase dominante se produce con
[27] El
Renacimiento no puede ser entendido como un proceso rectilíneo y uniforme, sino
sujeto a incesantes reflujos. Surge una nueva mentalidad artística, social y
económica, unida a cierta agilización de las clases sociales, hasta ese momento
absolutamente estancadas. Uno nacía perteneciendo a un nivel socioeconómico y,
con toda seguridad se podía decir, que moría en él, salvo excepciones honrosas.
Aparece
también un nuevo lenguaje. Incluso en la literatura: de la verdad platónica o
del paraíso cristiano puro se pasa a unas formas literarias menos didácticas y
moralistas, más libres en lo humano.
[28]
Véase su libro Confesiones, Espasa Calpe, Madrid, 1980, cap. II, pág. 5.
[29] Véase Summa Theologiae, Tomo 11, Editorial
Católica, Madrid, 1985, pág. 123.
[30] Para mantener tensa y bien dispuesta la
voluntad es esencial ejercitarse en pequeños vencimientos que no reporten
ningún beneficio inmediato. En ellos, hay entrenamiento y aprendizaje. Hay que
batirse con uno mismo, porque el enemigo habita en nuestro interior y tiene
distintos nombres: pereza, apatía, cansancio para seguir luchando, búsqueda de
lo más cómodo, no tener visión de futuro de uno mismo, etc.
Mediante esta metodología
se coronan cimas concretas, de poco valor inicial, pero que van derrotando a
esos enemigos de la voluntad. Se la va sometiendo con esta doma. En el capítulo
Voluntad para estudiar son analizados con más detalle estos aspectos.
Pero
repito, lo mejor es planificar la lucha sabiendo que debe ser gradual la subida
de los escalones, partiendo de cosas sencillas que nos preparan para otras más
complejas y difíciles.
[31] La felicidad, de entrada, descansa sobre una
actitud mental positiva. Es un requisito previo esencial. En una palabra: la
felicidad consiste en vivir en armonía y orden con uno mismo. Da pena ver cómo
muchos pierden su vida, al tenerla vacía, sin contenido, ni ideales.
El
ideal del sabio es estar de acuerdo con uno mismo. Dicho de otro modo: estar
contento interiormente, porque una vida coherente conduce a la felicidad.
Aristóteles,
en su Metafísica, nos dice que «todos los hombres tienden por naturaleza a la
felicidad». Séneca, que era estoico, relacionaba la felicidad con la virtud.
Platón, la ponía en relación a la sabiduría.
A última hora, cuando el ser
humano hace cuentas sobre sí mismo, sale a relucir la verdad de lo que uno es.
Al final de la vida, todo se clarifica, para nuestro bien... y para nuestra
desgracia. Lo mejor es restaurar mientras vivimos el debate entre Antígona y
Creonte, entre lo ideal y lo real entre lo deseable y lo posible.
[32]Descartes
dijo en el siglo XVII que el término sentimental designa una realidad privada,
un estado mental reactivo, que varía de concepción según la época. Y Pascal
dijo en una célebre frase: «El corazón tiene razones que la razón desconoce.»
Era lo que él llamó l ésprit de finesse:
estado psicológico, pasivo, ligado al cuerpo. Malebranche lo expuso así:
impresión confusa, psicofisica e individual y como percepción intelectual.
[33] El que gobierna su lengua, se controla, en
un 90 por ciento. Toda terapia de pareja debe arrancar, de alguna manera,
de aquí. El descontrol verbal, la descalificación, el repasar una y otra vez
errores del pasado, etc., son vías muertas que hay que evitar. Hay que eludir
pasar por esto y traer consigo una situación grave que erosione la
convivencia.
[34] El
amor de la pareja necesita de un aprendizaje gradual. Es un serio error pensar
que este amor es algo fácil y sencillo. Aaron Beck, catedrático de Psiquiatría
de Nueva York, ha publicado un libro que ha tenido gran difusión: Con el amor
no basta, Paidós, Madrid, 1990. En él todo esto es comentado.
Todo aprendizaje requiere una tarea
progresiva de adquisición de recursos y estrategias. Pasará por diferentes
travesías hasta estar bien y que no se desmorone ante los oleajes y tempestades
que nunca faltarán.
Aprender es tomar nota de fallos y
desaciertos, con el fin de mejorar la conducta. Aprender es rectificar, buscar
comportamientos más adecuados para hallar vías de expresión más armónicas y
equilibradas. Tiene que darse de entrada el querer conseguirlo. Hay una
búsqueda, un intento de encontrar los caminos mejores.
Véase el libro de Jean Gaudemet, Le mariage en Occident, Le Cerf, París,
1987. En él se estudian las vicisitudes de la institución matrimonial a través
de dos milenios. La crisis actual es gigantesca y hay que esquivarla teniendo
puntos claros de apoyo sobre los que fundamentarse.
[35] Véase mi libro El hombre light, Ediciones
Temas de Hoy, Madrid, 1992. Me refiero a las cuatro cosas que anidan en él:
hedonismo, consumismo, permisividad y relativismo. El vacío de ideales
constituye la más amarga de las carencias.
[36] Se
llama refuerzo en psicología moderna a todo cambio en los estímulos que
incrementa la probabilidad de una respuesta. En el conductismo todo descansa
sobre la relación estímulo-respuesta. El estímulo puede definirse como
cualquier situación o suceso o hecho que puede ser observado objetivamente y
que provoca una reacción o respuesta de un sujeto. La respuesta es la
consecuencia.
En la
terapia conyugal esto es decisivo. Se trata de corregir errores, estableciendo
comportamientos más positivos, hacer que aumente la emisión de conductas más
agradables, más sanas.
No
hay que olvidar que las respuestas pueden ser tanto públicas como privadas,
objetivas como subjetivas.
[37] Se
trata de una especie de mensaje o diálogo interior que ha de repetirse sin
emisión de palabras, mentalmente, para cambiar esas emociones negativas por
otras neutras o incluso positivas. Lenguaje corrector que se inspira en la
psicología cognitiva, y que tiene como paradigma el modelo del ordenador.
[38] Véase
mi libro Remedios para el desamor, op. cit., pág. 216 y ss. Objetivo: optimizar
la relación, de manera que uno de los cónyuges le dedique un día al mes
haciendo todo lo posible por agradar a la otra persona. Previamente se hace un
listado de cosas que uno quiere recibir en ese día. Aquí el papel del
psiquiatra es decisivo.
[39]
La definición que sugiero es la siguiente: Estado subjetivo difuso, vago y de
peles desdibujados por lo general, que siempre tiene una tonalidad positiva o
negativa. Esto quiere decir que no existen sentimientos neutros. La
indiferencia y el aburrimiento son claramente negativos. Por eso, la
experiencia que se vive implica siempre, de algún modo, aproximación o rechazo
[40]
Estamos ante un personaje esencialmente endeble: frívolo, con unas ideas y
creencias cogidas con alfileres, atento a todo y sin aprender nada que lo eleve
de nivel. Vivimos en la sociedad de los titulares de prensa: impactante de
entrada y sometida a una saturación de información que la conduce a un estado
sin rumbo, con noticias nuevas, caleidoscópicas y cambiantes. ¿Quién hace la
síntesis de esa ingente cantidad de datos?
Entramos
así en el llamado pensamiento débil, preconizado por el italiano Gianni
Vattimo. La civilización de la imagen es un monumento a la superficialidad; el
valor de las personas no se atiene a su realidad auténtica, sino a referencias
exteriores. Esto, extrapolado al mundo de los sentimientos, ha producido unas
consecuencias muy negativas.
Entramos
así en el llamado pensamiento débil, preconizado por el italiano Gianni
Vattimo. La civilización de la imagen es un monumento a la superficialidad; el
valor de las personas no se atiene a su realidad auténtica, sino a referencias
exteriores. Esto, extrapolado al mundo de los sentimientos, ha producido unas
consecuencias muy negativas.
[41] La definición de afectividad no es fácil.
Trazar un peal nítido de ella entraña serias dificultades.
La
palabra afección procede del latín affectatio -onis, impresión interior
que se produce por algo, originándose una mudanza. La afectividad está
constituida por un conjunto de fenómenos de naturaleza subjetiva, diferentes a
lo que es el puro conocimiento, que provocan un cambio privado que se mueve
entre dos polos: agrado-desagrado, inclinación-rechazo, afición-repulsa. Entre
ellos se establece una gama de vivencias que abarca toda la geografía
emocional.
El
gran impulso de la vida debe ser el amor. La educación para el amor conduce a
adquirir firmeza en sus fundamentos y un aprendizaje para alcanzar un amor
maduro, estable y equilibrado. Ese tiene que ser el objetivo hacia el que se
proyecte la conducta.
[42] Es la
época de las conversaciones de salón, la consideración de la mujer como ideal
del hombre, la valoración de la pureza, el amor y la renuncia, toda una visión
del amor caballeresco.
Hoy
en día nos hemos alejado de posiciones en las que el amor pueda ser visto como
algo que implique renuncia, esfuerzo y no digamos ya si se utiliza la palabra
sacrificio, un término tan denostado por muchos, pero tan necesario en
cualquier aventura humana ante la necesidad de vencerse uno a sí mismo.
[43] Véase L'éducation de la volonté, PUF, París,
1983. En sus páginas rezuma todo el espíritu de una época, cuando la educación
era sobre todo voluntarista.
[44] La
televisión, tal y como se ha ido desarrollando en los últimos años, es
antipedagógica. Hay que aprender a verla mediante unos criterios operativos
concretos. Los psiquiatras vemos muchos de esos lamentables resultados: niños
apáticos, narcotizados delante del televisor, que se lo tragan todo, sin
imaginación ni creatividad... y todo ello, con sólo apretar un botón y sin el
menor esfuerzo.
En una
palabra, dosificar su cantidad y calidad, enseñando a los hijos y aprendiendo
los mismos padres a discernir los programas buenos de los negativos y
degradantes, que proponen modelos aberrantes de comportamiento.
La
televisión como niñera electrónica es nefasta: deseduca, no impulsa la voluntad
o acaba con ella y pone en primer plano la ley del mínimo esfuerzo. La
televisión, tal y como se ha ido desarrollando en los últimos años, es
antipedagógica. Hay que aprender a verla mediante unos criterios operativos
concretos. Los psiquiatras vemos muchos de esos lamentables resultados: niños
apáticos, narcotizados delante del televisor, que se lo tragan todo, sin
imaginación ni creatividad... y todo ello, con sólo apretar un botón y sin el
menor esfuerzo.
En una
palabra, dosificar su cantidad y calidad, enseñando a los hijos y aprendiendo
los mismos padres a discernir los programas buenos de los negativos y
degradantes, que proponen modelos aberrantes de comportamiento.
La
televisión como niñera electrónica es nefasta: deseduca, no impulsa la voluntad
o acaba con ella y pone en primer plano la ley del mínimo esfuerzo.
[45] Los precursores de la nueva educación los
empezamos a encontrar en la segunda mitad del siglo XVIII, en esa época en que
triunfan las ideas francesas del siglo anterior.
Hay que
destacar el Emilio de Rousseau, donde el ideal educativo está centrado en la
sencillez, excluyendo la educación prohibitiva y la negativa, aspirando al
equilibrio y la autenticidad. María Montessori hizo del mundo escolar de los
niños un ambiente de confianza, en el que se podían sentir seguros.
Freinet
hizo al revés: la escuela es la vida misma; por eso, cada uno debe hacerse
entender. El fue el primero en hablar del sistema de fichas, bibliotecas de
trabajo, archivadores, así como del material de enseñanza que uno mismo
corrige.
Wallon
y Decroly fueron más lejos y concretaron aún más.
[46] La
educación de la voluntad para el estudio tiene como objetivo conseguir una
disposición estable para el trabajo de lectura. Porque mejorar no es otra cosa
que repetir actos positivos, buenos, esforzándose, yendo contracorriente,
negando el capricho del momento o lo que apetece.
Hacer
esto cuesta, pero así se va fraguando la persona sólida, en la adquisición de
hábitos que buscan lo mejor, aunque eso implique la renuncia y la negación.
Ya lo
he comentado antes: toda educación de la voluntad necesita pasar por el «Cabo
de Hornos» de la ascética. El secreto está en saberse negar en los comienzos,
aprender a decirse uno a sí mismo que no, siempre que la ocasión lo exija.
De ahí
la dificultad: hacerse persona libre e independiente. Es un desafío que tenemos
por delante, pero si hay motivación, si la ilusión de alcanzar la meta es
grande, todas las barreras se salvan. Y no digamos nada si se tiene delante a
una persona ejemplar que ayuda con su presencia; es decir, tenerlo como modelo
de identidad.
La
figura del modelo de identidad sirve de guía; es un norte hacia donde
dirigirse. Este modelo nos aporta pautas de conducta atractivas, sugerentes,
reales y cercanas que valen más que mil libros sobre educación. En tales casos,
uno se siente atraído a imitarlo.
[47]
Al animal no se le educa, sino que se le adiestra. Recordemos los experimentos
de Kohler con monos: la inteligencia animal se mueve sólo dentro de un cierto
entrenamiento de conducta relativamente simple.
[48]
Recomiendo al lector interesado el libro de Jean L. Servan Schreiber: El arte
del tiempo, Espasa Calpe, Madrid, 1985
En él
nos dice: «Como ocurre con todas las cosas importantes de la vida, en la
escuela no se enseña a utilizar bien el tiempo [...] porque las verdaderas
urgencias son raras y los errores de precisión son legión.»
Todos
tenemos la misma cantidad cada día y sólo algunos sabemos sacarle verdadero
partido. El tiempo no se puede ganar, pero sí se
En él
nos dice: «Como ocurre con todas las cosas importantes de la vida, en la
escuela no se enseña a utilizar bien el tiempo [...] porque las verdaderas
urgencias son raras y los errores de precisión son legión.»
Todos
tenemos la misma cantidad cada día y sólo algunos sabemos sacarle verdadero
partido. El tiempo no se puede ganar, pero sí se
En él
nos dice: «Como ocurre con todas las cosas importantes de la vida, en la
escuela no se enseña a utilizar bien el tiempo [...] porque las verdaderas
urgencias son raras y los errores de precisión son legión.»
Todos
tenemos la misma cantidad cada día y sólo algunos sabemos sacarle verdadero
partido. El tiempo no se puede ganar, pero sí se
En él
nos dice: «Como ocurre con todas las cosas importantes de la vida, en la
escuela no se enseña a utilizar bien el tiempo [...] porque las verdaderas
urgencias son raras y los errores de precisión son legión.»
Todos
tenemos la misma cantidad cada día y sólo algunos sabemos sacarle verdadero
partido. El tiempo no se puede ganar, pero sí se puede perder. Lo que debemos
aspirar es a emplearlo mejor. Llegar a ser «ladrones del Tiempo».
[49] La
prensa ha dado hace poco la noticia del suceso del pequeño James Bulger,
ocurrido a principios de 1993. Dos chicos de diez años de edad lo raptaron
primero y lo torturaron y asesinaron después. El niño tenía dos años. El hecho
conmocionó a la sociedad británica. Pero el periódico The Independent (3-2-93)
dijo que la sociedad no puede rasgarse las vestiduras, toda vez que «las
palabras bien y mal, correcto e incorrecto, estaban ya vacías de contenido,
puesto que la televisión invita incesantemente a conductas violentas». La
sentencia periodística es marmórea.
Estamos
en una sociedad neurótica: paradójica, sin puntos de apoyo; una sociedad en la
que se pregona la apología de lo esmero, el pensamiento sin contenido y el
fanatismo de la duda.
[50]
Palabra, que deriva del latín trans,
que significa atravesar y scando,
subir. Atravesar subiendo
[51] Sin una dirección
moral, la lucha por la libertad va poco a poco hacia el vacío: se pierde. Hay
que lograr una moral que no quede reducida a una ética hueca, subjetivista,
resumida en unas reglas de urbanidad social a «lo light».
[52] Estas
pueden ser definidas como respuestas motivadas, cuyo curso depende del hecho en
sí y del tipo de personalidad sobre la que se asientan. No es lo mismo la
muerte de un ser querido, que un fracaso afectivo, un problema familiar o un
revés profesional.
Hasta
hace unos años, se podía afirmar que la mujer era especialmente sensible a las
frustraciones afectivas, mientras que el hombre lo era para las profesionales.
Hoy, con la incorporación de la mujer a casi todas las profesiones
tradicionalmente masculinas, el tema ha cambiado.
[53]
Cfr. los criterios del llamado DSM-III-R de
[54] Uno de
los personajes míticos del Mayo del 68, Daniel Cohn-Bendit, dijo que el
movimiento de aquellos meses fracasó «porque no teníamos respuestas para muchas
cosas allí planteadas».
Cuando
los grandes interrogantes no tienen contestaciones convincentes, suceden dos
cosas: confusión mental y no saber a qué atenerse. Ahí entra de lleno la
espiritualidad, vivida como coherencia, como estrecha relación entre la teoría
y la práctica. Por esos derroteros encontrará el hombre la paz, a la larga, la
felicidad. La coherencia de vida es el estado intermedio hacia la felicidad
plena. Con la voluntad fijamos estas respuestas y las llevamos a la vida
diaria, para hacerlas operativas.
[55]
Mientras el joven está lleno de posibilidades, el adulto está repleto de
realidades. Cuando uno tiene pocos años y está empezando, todo es posible,
muchas cosas aparecen ante sus ojos y se hace necesario escoger, elegir, porque
hay que quedarse con alguna carta concreta. Pero no se puede abarcar demasiado.
En el
hombre maduro, con el paso de los años, ya hay elementos de juicio para
analizar y valorar. Se puede hacer balance y contabilidad de la vida. Pero el
hombre es un animal descontento, porque tiene limitaciones por doquier. No
olvidemos esto.
No se
puede vivir sin ilusiones. Incluso diría más: la ilusión es un termómetro que
mide el nivel de nuestra esperanza.
[56] Véase
su libro Reivindicación de la voluntad, Eunsa, Pamplona, 1988.
[57] Cfr.
dos libros suyos: Psicología patológica, UNED, Madrid, 1992; y Las depresiones
infantiles, Alhambra, Madrid, 1989. Para él los trastornos de la voluntad deben
inscribirse en la patología de la decisión humana.
[58]
Como ya he comentado en el capítulo VIII, «Educación sentimental», las cuatro
experiencias afectivas más importantes son: los sentimientos, las emociones,
las pasiones y las motivaciones. La forma habitual como cursa esta educación
es; por los carriles que le trazan los sentimientos. Pero el motor es; siempre
la motivación. Entre ellos hay relaciones recíprocas muy sutiles.
[59] Siendo
siempre frío y cartesiano en el análisis, esta falta de voluntad que ahora se
presenta como ausencia de proyecto y poca capacidad para tener metas y
conseguirlas, tendrá a la larga unos resultados negativos en su trabajo
profesional -aún por determinar- y en la vida conyugal. En el primero, no
doblará el cabo de sus propias posibilidades, instalándose en una posición sin
pretensiones. En la segunda, será una candidata a la separación conyugal, pues
no hay que perder de vista que la convivencia de la pareja es el tema en donde
es más importante poner en acción la voluntad.
En
resumen, con los datos que tenemos, si no cambia con la ayuda de la
psicoterapia que se va a iniciar y toma conciencia de sus carencias, su
experiencia será zigzagueante y fracasará en los tres o cuatro aspectos más
determinantes que impone la vida a todo ser humano. Vuelvo al argumento que ha
sido un ritornello a lo largo de todo este libro: Una voluntad educada lo puede
casi todo.
Igual
que la soberbia suele nacer de una imagen falsa de uno mismo, la falta de
voluntad se ha ido alimentando a base de no creer en las propias posibilidades
y abandonarse ante el primer revés. Quien aprende a conocerse y sabe sus
aptitudes y limitaciones, pero se arriesga con retos personales concretos, que
desafían su fragilidad, llegará a lo que se proponga. El que empieza, tiene la
mitad conseguida
[60] Véase
el capítulo VI, «Voluntad y proyecto personal», pág. 101 y ss. Los deseos
brotan de !as apetencias, pero no nacen de una determinación personal, que
mejora y de alguna manera hace progresar el proyecto, sino que lo que se busca
es algo que apetece de entrada, aunque no sea positivo, ni valioso.
El
querer arranca de la motivación, de algo atractivo que empuja hacia delante y
que conducirá a una mejora personal. Esa es la gran empresa de la educación:
enseñar a distinguir una de otra. Porque la raíz de la conducta motivada está
en saber elegir, lo cual debe estar dirigido hacia la elaboración y cultivo de
los valores.
El
deseo se relaciona con lo inmediato y su búsqueda es rotativa y cambiante,
agotándose pronto y necesitando un continuo reviva!, una reactivación
incesante. El querer aspira a valores mediatos (lejanos), no busca tantas
sensaciones vertiginosas, sino que está centrado en ir logrando peldaños del
proyecto personal. Mientras el querer atrae, el deseo distrae; uno hace
madurar, el otro es un pasatiempo que entretiene, pero hace perder forma y
tensión para la lucha, porque produce dispersión.
Dice el
texto clásico: «Animo imperavit sapiens, stultus serviet» (El
hombre sensato gobernará sus pasiones, el necio será esclavo de ellas). Hoy, al
jugar con las palabras, éstas quedan a merced de las modas, y muchas veces a la
libertad personal le llamamos liberación y al no ser dueño de uno mismo,
emancipación.
En el
libro XIII de los Anales, de Confucio, se cuenta que Tzu-Lu, le hizo al gran
maestro la siguiente pregunta: «Si el Señor de Wei le llamara para que se
hiciera cargo de la administración de su reino, ¿cuál sería la primera medida?
"La reforma del lenguaje", le repondió.» La manipulación de los
términos es hoy un ingrediente importante en esta ceremonia de la confusión.
Hay que recuperar el auténtico sentido de las grandes palabras, como amor,
libertad, alegría, placer, etc.
[61]
La fábula nos cuenta cómo la zorra envidia la belleza corporal de la pantera,
pues la suya es espiritual. En el pensamiento antiguo, la belleza se unía a la
divinidad. Y fue el cristianismo el que puso de relieve cómo, a través de las
criaturas bellas, ascendemos a la belleza suprema de Dios
[62] Algunos de los psicólogos más importantes de
esta escuela son Skinner y Allport. Skinner, que con su teoría de la conducta
operante retoma el tema de la importancia de la voluntad, mediante lo que él
llamó «la educación programada». Su concepto de refuerzo es la base de cómo
fomentar la voluntad: aquel estímulo que eleva la probabilidad o frecuencia de
una conducta. Allport diseñó unos «modelos de crecimiento de la personalidad»
basados en la motivación.
[63]
[64] El
concepto de verdad se quiebra en distintas laderas: la verdad de las cosas, de
las circunstancias que nos rodean y la verdad como hipótesis de trabajo (verdad
prospectiva).
Tres
lenguas han influido decisivamente en la formación del pensamiento europeo: el
griego, el latín y el hebreo, y en cada una de ellas encontramos tres palabras
sobre este concepto: aletheia, véritas y emunah, respectivamente.
Vivir
en la verdad personal es tener criterios y obrar consecuentemente. Dicho en
otras palabras: el hombre incoherente, que conoce esas reglas de conducta,
pero, por los motivos que sean, no las sigue, no es consecuente con ellas.
Es
cierto que cuando hay voluntad se está más dispuesto para luchar y vencerse,
puesto que voluntad es disposición activa para hacer algo adelantando
resultados.
[64] Este tema cabalga entre diversas corrientes,
desde las ideas ya superadas del psicoanalista Wilhelm Reich, a la llamada
«civilización del eros» de Marcase, o a la «permisividad» de Van Ussel, pasando
por las ideas más positivas de Allport o Maslow sobre el amor personal, hasta
llegar a la psicoterapia humanista de Rogers o al misterio de la sexualidad con
serio enfoque antropológico de Gustave Thivon, Jean Guitton, Joseph Pieper o
García Hoz.
La vida
sexual es una pieza que integra o desintegra al hombre, según la manera de
vivirla. En ella se alberga una trilogía integrada por los aspectos corporal,
psicológico y espiritual.
[66]
Véase Libertad como pasión, Eunsa, Pamplona, 1992.
[67] Dice
el Talmud: «El hombre sabio es el que trata a todos con dignidad.» Estamos
atravesando una época de represión espiritual: en muchos ambientes todo lo que
suene a espiritualidad, está mal visto, no se lleva, no engancha... Pero es un
bastión decisivo del ser humano.
Vivimos
en la apoteosis de lo fugaz, la exaltación del instante, la idolatría del sexo
y como resultado de ello: la indiferencia por saturación de contradicciones, y,
a su vez, la fascinación caleidoscópica del querer estar en todas partes, no
decir que no a nada y pretender jugar a todas las bandas y posiciones... es el
relativismo de la levedad y la dispersión. Un ser humano superdébil, a quien
hay que seguir para poder certificar su triste final.
En
tales casos sólo hay voluntad para alcanzar dinero, sexo, poder, éxito a
cualquier precio o las versiones actuales de mejorar permanentemente el nivel
de vida, el bienestar, la seguridad... La felicidad no consiste sólo en eso,
pues hay muchas personas que viven así y no son felices. La felicidad es estar
haciendo algo grande con la vida, algo que la llene y que vaya más allá de los
propios intereses.
[68] Véase Polaino Lorente, Dimensiones
motivacionales y cognltivas de la voluntad, Dossat, Madrid, 1988. Subraya la
importancia del aprendizaje, sin el cual no se pueden adquirir conocimientos.
«No hay educación sin aprendizaje. La educación añade algo más al mero
aprendizaje, me estoy refiriendo a la educación de la voluntad. Los
aprendizajes que realiza la voluntad son siempre motivados e
intelectualizados... la motivación y el "conocimiento del fin" tienen
aquí especial importancia.» Hace una clara referencia al modelo conductista del
aprendizaje. cuanto mayor sea la recompensa, mayor será el efecto del
aprendizaje, o dicho de otra manera, de la eficacia del castigo o de la
recompensa, de su buena y adecuada administración, saldrá la clave para todo
este proceso. «La administración de recompensas suele ser más eficaz que la de
castigos, salvo cuando se busca un cambio en la emisión de la respuesta.»
[69] Un
autor que ha trabajado a fondo en estos temas, García Hoz, publicó en 1962 un
libro que fue emblemático para aquella época: Pedagogía de la lucha ascética.
Allí exponía los elementos básicos para el esfuerzo en los temas morales,
inspirado en autores españoles del Siglo de Oro (parte del XVI y XVII).
Después
han seguido muchas investigaciones, hasta llegar a La práctica de la educación
personalizada, tratado donde se describen y analizan los fundamentos y las
técnicas para alcanzar la obra bien hecha, que es la meta que propone su autor.


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