© Libro No. 713. ¿Qué es política? Arendt, Hannah. Colección
E.O. Abril 12 de 2014.
Título original: © Was ist
Politik? Aus dem Nachlaß. Hannah Arendt
Versión Original: © ¿Qué es política? Hannah Arendt
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Portada E.O. de
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Filosofía
Política Moderna: HANNAH ARENDT
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Arendt Hannah - Que Es Politica
imagen BIOGRAFIA: (659)
Hannah Arendt
(Alemania, 1906-1975)
Politóloga
alemana, nacionalizada estadounidense, reputada por sus obras sobre el
totalitarismo y el mundo judío. Nació en Hannover el 14 de octubre de 1906.
Tras realizar estudios en tres universidades, a los 22 años de edad se doctoró
en Humanidades en la Universidad de Heidelberg. En 1933 marchó a Francia para
escapar del régimen nacionalsocialista implantado aquel año en su país y, en
1941, huyó a Estados Unidos, cuya nacionalidad adoptó en 1951. Trabajó en una
editorial de Nueva York y ocupó altos cargos en varias organizaciones judías.
Después de publicar Orígenes del totalitarismo (1951), impartió clases en las
universidades de Berkeley, Princeton y Chicago. Entre otras muchas obras suyas
figuran La condición humana (1958), Entre el pasado y el futuro (1961), Sobre
la revolución (1963) y la polémica Eichmann en Jerusalén (1963), basada en su
informe sobre los juicios a criminales de guerra nazis en 1961. Sus memorias,
Correspondencia, 1926-1969, fueron publicadas en 1992. Sus obras siguen siendo
muy leídas, sobre todo por quienes luchan contra los regímenes totalitarios.
Ejercieron una gran influencia entre los signatarios de Carta 77, movimiento a
favor de los derechos humanos en la Checoslovaquia posestalinista.
.
RESEÑA:
(12858)
La praxis
de la acción política es la libertad.La acción política es siempre la
posibilidad de comenzar algo nuevo. Construyamos juntos esa posibilidad. Hannah
Arendt
http://ebiblioteca.org/?/ver/12858
¿Qué es política?
Hannah Arendt
Traducido
por Rosa Sala Carbó
Ediciones
Paidós, Barcelona, 1997
Título
original:
Was ist
Politik? Aus dem Nachlaß
R. Piper
GMBH & Co KG, Munich, 1995
La
paginación se corresponde con la edición impresa. Se han eliminado las páginas
en blanco
INTRODUCCIÓN
¿POR QUÉ
DEBE HABER ALGUIEN Y NO NADIE?
Las huellas no son sólo lo que queda cuando
algo ha desaparecido, sino que
también pueden ser las marcas de un proyecto, de algo que va
a revelarse.
JOHN
BERGER
1. Tras
las huellas de los conceptos políticos
Entre 1956 y 1959, Hannah Arendt
trabajaba en el proyecto de una obra con el título de Introducción a
la política1 y que debía publi- carse en
la editorial Piper.2 Como es sabido, Arendt
jamás escribió este libro,
sin embargo, recientemente Piper lograba
concretar por fin su antiguo proyecto editorial al alentar
a la socióloga alemana Ur- sula
Ludz a que compilase los materiales que Hannah
Arendt había escrito en relación
con el libro a lo largo de tres años.
Ludz realizó un minucioso trabajo de reconstrucción, ordenación y presentación
de los diversos fragmentos (conservados sin fecha alguna) que vieron
la luz en 1993 con el título de Was ist Politik?
La
publicación de este texto abre un
espacio privilegiado para co- nocer el pensamiento de esta teórica de la política. Y ello, entre otras razones, porque,
en primer lugar, nos obliga a
tratar de contestar a la pregunta, que de inmediato nos
asalta, ¿por qué Arendt
abandonó este proyecto? y, en segundo lugar, porque el mismo carácter frag- mentario e inacabado del texto que tenemos entre
las manos parece ofrecernos la posibilidad de adentrarnos en lo que cabe considerar como
el taller en el que se fraguaban los
materiales, las redes concep- tuales, de
los que se nutría su pensar.
_______________________
1. Al
parecer el éxito de la Introducción a la filosofía de K. Jaspers,
publicada en 1950, llevó a Klaus Piper a
proponer a Arendt, en 1955, una Introducción
a la política. E. Young–Bruehl
sugiere en su biografía —Hannah Arendt. For Love of the World, Yale
University Press, New Haven & Londres, 1982 (trad.
cast, en Edicions Alfons El
Magnànim–IVEI, Valencia 1993)— que, en la medida en que Arendt se refirió a este li- bro a
veces como Einleitung in die Politik y a veces como Einführung in die Politik,
po- día haberlo pensado como una réplica a Heidegger, Einführung in die
Metapkysik.
2. En
1956 firmó el contrato con Piper Verlag
y con Harcourt, Brace & Co., para la
edición americana.
Ludz3
atribuye el abandono del proyecto a los muchos compromi- sos que Arendt
tenía en este período. Efectivamente, en 1957 estaba preparando la publicación de las «Walgreen Lectures»4 y de un volu- men de ensayos
en alemán,5 además simultáneamente escribía tam- bién el texto sobre la revolución húngara.6 Al parecer en 1958 creyó dis- poner
del tiempo necesario para retomar el libro, pero nuevos compromisos lo
impidieron: dos viajes a Europa, el
segundo por haber sido elegida para pronunciar el discurso conmemorativo de la
entrega a Jaspers del premio de la paz. De regreso a América, estuvo
ocupada en las lecciones que impartió en
diciembre sobre «El papel de la violencia
en la política» en la Universidad de
Notre Dame y en las que «Sobre la revolución» pronunció en Princeton, ya en la primavera de 1959. El tra- bajo en torno a estos temas supuso un giro en el proyecto
de Introduc- ción a la política (véase fr. 3a–3d infra). En diciembre de 1959, Arendt, que ya ha informado a la editorial Piper del cambio de programa de la obra, ha
tenido que preparar el discurso de agradecimiento del premio Lessing, que le
había concedido en septiembre la ciudad
de Hamburgo7 y está elaborando una
compilación de ensayos
americanos. Está con- vencida de que
necesita un largo período para trabajar
en el texto y pide una subvención
a la Fundación Rockefeller para
disponer de dos años sin docencia (véase
infra doc 3 del apéndice). La subvención
le es dene- gada y Arendt renuncia
finalmente a escribir el libro.8
_________________
3. La
edición alemana incluye un comentario de U. Ludz donde justifica el orden en
que han sido publicados los diversos fragmentos.
4. Seis
lecciones con el título de «The Labour of Man’s Body and the Work of His Hands»
(abril 1956, Universidad de Chicago) que
constituyeron la base de su The Human Condition, The University of Chicago
Press, 1958 (trad. cast. Paidós, Barcelona 1993).
5.
Fragwürdige Traditionsbestände im politichen Denken der Gegenwart, Europäis-
che Verlanganstalt, Frankfurt 1957
(traducido posteriormente en Between Past and Fu- ture; véase infra nota 11).
6.
Totalitarian Imperialism: «Reflections on the Hungarian Revolution», en Journal
of Politics, XX, 1, 1958. Actualmente en
el epílogo de la 2a edición ampliada
de The Origins of Totalitarianism,
Harcourt Brace Jovenovich, Inc., Nueva York, 1958. Véase infra nota 26.
7. «Sobre
la humanidad en tiempos de
oscuridad. Reflexiones sobre Lessing» en
Men in Dark Times, Harcourt Brace
Jovanovich, Inc., Nueva York 1968 [trad.
cast, en Gedisa, Barcelona 1990].
Si bien
es comprensible que Arendt renunciara al proyecto con- creto que Klaus Piper le había propuesto, dada su trepidante activi- dad en ese
período, también se puede afirmar que acaso buena parte de su obra pueda entenderse como expresión de las sucesivas tentati- vas de dar
respuesta a la vieja pregunta «¿Qué es
la política?», con la que finalmente han
sido publicados los materiales para este volumen. A ella le gustaba decir9
que su obra de la década de los cincuenta bro- tó de su mano convirtiéndose en tres libros —La condición
humana, Sobre la revolución y Entre pasado y futuro— pero el fruto final nece-
sitaría veinte años de maduración.
* * *
Como
afirma Arendt, preguntas tan elementales
y directas como
«¿Qué es
la política?» pueden surgir sólo si ya no hay ni son válidas las
respuestas formuladas por la tradición.
Y hay que formularlas de nuevo en
un momento, tras
las experiencias políticas del segundo cuarto del siglo XX, en que han estallado nuestras
viejas categorías de comprensión
y estándares de juicio moral y en que el único paso que la reflexión ha dado
ha consistido en el simple
proponer viejas res- puestas10 a la
nueva situación, convirtiendo la dificultad en inofensiva.
Efectivamente, los
«ejercicios de pensamiento
político»11 de Arendt, se
caracterizan por volver a las preguntas, a los conceptos, por un
despliegue de definiciones. Así, por
ejemplo, Mary McCarthy co-
mentaba en 1972: «En su obra Hannah
Arendt crea un espacio en el que
uno puede caminar con la magnífica sensación
de acceder, a tra- vés de un pórtico, a una área libre pero, en buena
parte, ocupada por definiciones...
___________
8. El
último episodio de este proyecto es la anulación de mutuo
acuerdo en octu- bre de 1960 del contrato con la editorial americana.
9.
Young–Bruehl, E., ob. cit., 415.
10. Con
estas palabras se refiere Arendt a los
neotomistas en su conferencia pro-
nunciada en la American
Political Science
Association en 1954 («Concern with
Poli- tics in Recent European
Philosophical Thought», ARENDT, H., Essays in Understanding
1930–1954,
KOHM, J. (comp.), Harcourt, Brace & Co, Nueva York 1994, pág. 436).
11. Así
denomina Arendt los trabajos contenidos
en su Between Past and Future, Viking
Penguin, Nueva York
1961 [trad. cast. Península,
Barcelona 1996]. «...éstos son
ejercicios de pensamiento político [...] estos ejercicios se mueven entre el
pasado y el futuro, contienen
tanto crítica como experimento,
pero los experimentos no tratan de diseñar
alguna suene de futuro utópico, y
la crítica del pasado, de los conceptos
tra- dicionales, no pretende
“demoler” [...] Su unidad no es
la unidad de un todo sino la de una
secuencia de movimientos que, como en una suite musical, están escritas en la
misma tonalidad o en
tonalidades afines», afirma en el
prólogo, «La brecha entre el pasado
y el futuro» (este texto está
también traducido en la
compilación, Arendt, H., De la his-
toria a la acción, Paidós, Barcelona 1995, pág. 87).
Este
hábito de establecer distinciones
no es popular en el mundo moderno,
en el que la mayoría de discursos
están rodeados por una
suerte de contorno verbal
borroso».12 El empleo correcto
de las palabras no será sólo una cuestión de gramática lógica, sino de
perspectiva histórica, puesto
que una «cierta sordera a los
significados lingüísticos ha tenido como consecuencia un tipo de ceguera ante
las realidades a las que
corresponden».13 Para Arendt, en el lenguaje hay «pensamiento congelado»
que el pensar
debe descongelar cuando quiere averiguar
el sentido original.14 Así, trabaja
aislando conceptos,
siguiéndoles la pista, enmarcándolos, de
manera que, en sus manos, el acto de
teorizar tiene algo que ver con
reencontrar, recuperar y desti- lar un sentido
que se ha evaporado: se traduce, pues, en recuerdo. Se trata
de rastrear las huellas de los conceptos
políticos, hasta llegar a las experiencias concretas
y en general también políticas
que les dieron vida. En este sentido
y con razón, se ha hablado de
esta teórica de la política como si se
tratara de una suerte de fenomenóloga.15«Ella ad mite que las
estructuras de la experiencia
humana no son fácilmen- te identificables y que
requieren investigaciones
pacientes y sensi- bles, pero “contra
Kant” está convencida de que
las estructuras se hallan
incrustadas en la experiencia y
no son impuestas por el filó- sofo.»16
-
12. «On
Hannah Arendt» en Hill, M. A.
(comp.), Hannah Arendt: The Recovery of
the Public World, St. Martin’s Press, Nueva York 1979. Se trata de la transcripción de algunas de las
respuestas e intervenciones de Arendt en
un congreso que tuvo lugar en noviembre
de 1972 sobre «La obra de Hannah
Arendt». Existe trad. cast, de las respuestas en Arendt, H. De la
historia a la acción, págs. 139 y ss. Véase también Bet- ween Friends. Hannah
Arendt and Mary McCarthy 1949–1975 (Brightman,
Carol comp.) Seeker & Warburg, Londres 1995.
13. Véase
On Violence, Harcoart, Brace and World, Nueva York 1969; actual- mente en
Arendt, Hannah, Crisis de la república, Taurus, Madrid 1973, págs. 145–146.
14.
Arendt, Hannah, The Life of the Mind, Harcourt, Brace Jovanovich, Nueva
York 1977
[trad. cast, en Centro de Estudios Constitucionales, Madrid 1984, pág. 202].
15.
«Arendt es el primer gran pensador
político en el mundo anglosajón en aplicar el método fenomenológico a la comprensión de la política», Parekh,
Bhikhu, Hannah Arendt and the
Search for a New Political Philosophy, The Macmillan Press, Londres 1981, págs.
X, véase también 68 y sig.; «Soy una
especie de fenomenóloga, pero ¡cuidado!,
no al modo de Hegel o de Husserl», Young–Bruehl, Elisabeth, ob. cit., págs. 514
y 406 y sig.
Se diría,
pues, que en la medida en que
formamos parte del mun- do, la experiencia nos concede un acceso directo al mismo. De
modo que, cuando Hannah Arendt afirma en las primeras páginas de la La
condición humana17 que lo que se propone
es «nada más que pensar en lo que hacemos», está sugiriendo que no se trata de investigar la naturaleza
humana sino las actividades humanas en
términos de la experiencia de éstas, en términos de nuestros
más recientes temores y
experiencias. En relación con este punto, Parekh18
ha hablado de rea- lismo para
enfatizar una cierta actitud respetuosa para con la realidad que supone —como se puede constatar en su voluntad de alejamien- to de la tradición filosófica o en su crítica a la
perspectiva de las cien- cias sociales—
el rechazo de la violencia que se puede ejercer sobre aquélla por medio
de la teoría,19 puesto que, para
Arendt, la realidad no es un
objeto del pensamiento, sino precisamente aquello que lo activa. Basta
recordar sus palabras en el prefacio a Entre pasado y fu- turo, «el
pensamiento mismo nace de los
acontecimientos de la expe- riencia viva
y debe mantenerse vinculado, a ellos
como los únicos in- dicadores para poder
orientarse».20
Si bien,
como se ha indicado, Arendt rastrea
las huellas de los conceptos para
destilar un sentido que se ha evaporado, hay que de- cir que su pensar no va en busca de un acontecimiento
originario, que fuera el primero en el orden
cronológico y al tiempo diera la clave de toda la historia, sino que en todo caso se trata de una suerte
de inicio
16.
Parekh, Bhikhu, Hannah Arendt and the Search for a New Political Philosophy,
Macmillan Press, Londres 1981, pág. 69.
17.
Arendt, Hannah, La condición humana, Paidós, Barcelona 1993, pág. 18.
18.
Parekh, Bhikhu ob. cit., 68.
19. Véase
también Galli, Carlo, «Hannah Arendt e le categorie polinche della mo-
dernitá» en Esposito, Roberto (comp.),
La pluralttà irrappresentabile. Il
pensiero politi- co di Hannah Arendt, QuattroVenti, Nápoles 1987, pág. 25.
20.
Arendt, H., Between Past and Future,
Penguin Books, 1968, pág. 14 (trad,
cast. Península, Barcelona 1996, pág.
20. Existe también una traducción de este prefa- cio, «La
brecha entre el pasado
y el futuro», en Arendt, H. De la historia a la acción, Paidós,
Barcelona 1995, pág. 87).
an–archico.21 No hay ningún
arché, puesto que lo que es
originario, como se verá, es la pluralidad.22
Esto queda claro en su
decidida acti- tud en contra de cualquier
afirmación relativa a alguna
suerte de ma- nifestación de
esencias intemporales en la
historia. Hacia aquí apun- ta el hecho
de que Arendt no entienda el
totalitarismo en términos de
resultado necesario de una dialéctica de la ilustración, de simple ma- nifestación de lo que, desde Odiseo, ya estaba implícito
en la racio- nalidad instrumental de la
cultura occidental. Así como tampoco considera apropiada la vía
señalada por Popper que, desde Platón pasando
por Hegel y Marx, conduciría a
una clausura total de la so- ciedad.23 Arendt afirma la terrible novedad del
totalitarismo y ataca cualquier
intento de reducir a través de la teoría lo nuevo a lo viejo, lo cual no
constituye obstáculo alguno para que se formule preguntas
—posiblemente
no ajenas a su insistencia en que
no es filósofa—24 como la que
expresa en una carta
a Jaspers (4.III.51): «sospecho que la filosofía no es totalmente
inocente en este lío. Naturalmente no en
el sentido de que Hitler tenga
alguna cosa que ver con
Platón. Más bien diría
en el sentido de que la filosofía occidental no
ha tenido nunca un concepto
claro de la realidad política, y
no podía tener uno, ya que, por necesidad, ha hablado
del hombre y sólo tangencialmen-
te se ha ocupado de la pluralidad. Pero
no debería haber escrito todo esto, se
trata de ideas todavía sin madurar».25
21.
Véanse para esta cuestión Esposito,
Roberto, L’origine della política. Hannah Arendt o Simone Weil?, Donzelli, Roma
1996, págs. 35 y sig. y la importante y bien do- cumentada monografía de Forti, Simona, Vita della mente e tempo de
la polis. Hannah Arendt tra filosofia e politica. FrancoAngeli, Milán 1996,
especialmente págs. 83 y sig.
22. En
éste y en otros puntos puede
establecerse un interesante paralelismo
entre el pensamiento de Arendt y el de Jacques Derrida (véanse, entre otros, a este respecto: Fistetti, F.,
«Metafísica e politica» en el número que
la revista Dédalo publicó con el tí- tulo
de Idoli del Politico, Dédalo, Barí 1990; Honig, B. «Declarations of Indipendence: Arendt and
Derrida on the Problem of Founding
a Republic» en American Political Science Review, vol. 85, n. 1, marzo
1990; FORTI, S., ob. cit.
23. Véase
Forti, Simona, ob. cit., pág. 96.
24.
Entrevista en televisión realizada
por Gündier Gaus (28.X.1964) en
Gaus, G., Zur Person. Porträts in Frage
und Antwort, Feder Verlag, Munich 1964. Posteriormen- te en Reif, A. (comp.),
Gespräche mit Hannah Arendt, Piper, Munich 1976 y en Arendt, H. Essays in
Understanding 1930–1954.
25.
Hannah Arendt–Karl Jaspers: Correspondence, 1926–1969 (Kohler, L. & Saner,
H. eds.), Harcourt Brace Jovanovich, Nueva York 1992, pág. 166 (publicada original- mente en Piper, Munich 1985).
2. La
política como espacio de relación
Parece
como si se hubiera hallado un medio de po- ner al mismo desierto
en marcha, para desencadenar una tormenta de arena que cubra
todas las partes del mundo habitado.26
Dos acontecimientos en
los años veinte
marcaron profunda- mente el pensamiento político de
Hannah Arendt. Al primero
de ellos, según Jerome Kohn,27 lo denominó el «shock filosófico»—la
filosofía de la
existencia de Jaspers28
y de Heidegger29— y, al
se- gundo, el «shock de la realidad» —la consolidación del movimien- to nacionalsocialista en
Alemania, el surgimiento
del totalitaris- mo—. Ambas
experiencias ponen en movimiento su
necesidad de comprender, de evitar que
la realidad, devenga opaca al pensamien- to, de ocuparse de la peculiar densidad
que envuelve todo lo que es real. Una necesidad de comprender que, en sus escritos, se traduce en un intento incesante
por traducir en el lenguaje de la experiencia el peligroso y a menudo
brutal choque del hombre
moderno con los hechos.30
En este
sentido, la acción queda situada en el centro
de su refle- xión, en la medida
en que atender a ella
permite que afloren los pro-
26.
Arendt, H., The Origins of Totalitarism, Harcourt, Brace Jovanovich, Nueva
York 1951
[trad. cast. Alianza Ed. Madrid, vol. III, pág. 706],
27.
«Introduction» a Arendt, H. Essays in Understanding..., pág. XL
28.
Arendt, H., «What is
Existenzphilosophy?» Partisan Review, XIII, 1946 (In- cluido en Arendt,
H. Essays in Understanding).
Véase «Zueignung au
Kartyaspers» en Seeks Essays, Heidelberg 1948 (incluido en Arendt,
H. Essays in Understanding ) así como también la correspondencia citada
en la nota.
29.
Taminiaux, Jacques, «Arendt, disciple de
Heidegger» en Études Phénoméno- logiques, n. 2, monográfico Hannah Arendt, 1985. Véase también de este mismo
autor, Le fille de Thrace et le penseur professionnel, Payot, París
1992; Benhabib, Seyla, El re- luctante modernismo de Hannah Arendt. El diálogo con Martin
Heidegger, Episteme— Eutopías,
Valencia 1996; Ettinger, Elzbieta,
Hannah Arendt–Martin Heidegger. Eine Geschichte, Piper,
Munich/Zurich, 1995 [trad, cast.: Tusquets, Barcelona,
1996]; Arendt, H. «Heidegger the Fox» en
Essays in Understanding,
1930–1954 ; «Martin Heidegger ist
achtzig Jahre Alt», Merkur, 10, 1969 [trad.
cast, en Revista de Occidente, n.° 84 y Ar- chipiélago, n. 9, 1992].
30.
Boella, Laura, Hannah Arendt. Agire politicamente. Pensare politicamente, Fel-
trinelli, Milán 1995, págs. 111 y sig.
blemas no
resueltos de la edad y del mundo31
modernos, sus amena- zas y sus peligros.
Para dar
cuenta de la acción, Arendt establece un contraste entre ésta y las otras dimensiones de la
condición humana, la labor y el tra- bajo. En relación con estas últimas remite
al hecho de que «todas las lenguas europeas, antiguas o modernas, contienen dos palabras no relacionadas etimológicamente para lo que
hemos llegado a pensar como la misma actividad: de esta forma, el griego
distingue entre po- nein y ergazesthai, el latín entre
laborare y facere o fabricari, el francés entre
travailler y ouvrer, el alemán
entre arbeiten y werken».32 A
par- tir de ello, distingue la acción de
estas otras dimensiones de la condi- ción humana.
Veamos
cómo las caracteriza, para retornar
posteriormente a la acción. Arendt entiende la labor como la dimensión ligada a la ne- cesidad, al ciclo de
repetición de la naturaleza, esto es, la labor pro- duce todo lo necesario
para mantener vivo al
organismo humano y a la especie. Se caracteriza por no dejar nada tras
de sí: sus produc- tos están destinados
a ser consumidos y desaparecen casi tan rápida- mente como
han aparecido. De este
modo, laborar y consumir
no son más que
dos etapas del
siempre repetitivo ciclo
de la «vida» biológica —zoê—. A ello se refería Marx al hablar del metabolismo entre el hombre
y la naturaleza. Dado el
carácter devorador de la vida biológica no cabe suponer que una
mayor abundancia de pro- ductos de la labor implique su mayor durabilidad o que el recurso a útiles o a instrumentos más
sofisticados, sirva para cambiar
o hacer desaparecer la necesidad,
en todo caso y
como ocurre en
nuestro mundo moderno, simplemente la ocultan.
Pertenece asimismo
a la labor su no visibilidad y su
carácter re- petitivo y fuertemente apolítico. Dicho
con mayor claridad,
a dife- rencia de lo que sucede en el ámbito del trabajo y de la acción, el ani- mal laborans puede
laborar en grupo pero ello nunca se traduce
en el establecimiento de una reconocible
e identificable realidad para
cada
31. En el
prólogo a la La condición humana afirma «...la Edad Moderna no es lo mismo que el Mundo Moderno. Científicamente, la Edad Moderna que comenzó
en el siglo XVII terminó al
comienzo del XX; políticamente, el Mundo Moderno,
en el que hoy día vivimos, nació con las primeras explosiones atómicas»
(pág. 18).
32. Véase
su conferencia «Labor, trabajo y acción» en Arendt, H., De la historia a la
acción, Paidós, Barcelona 1995, pág. 93.
miembro del mismo,
puesto que laboran
como si fueran uno y
no
muchos.33
En esta dimensión de la
actividad humana, la identidad
se confunde con la uniformidad.34
A
diferencia de la labor, el trabajo es productivo:35 sus resultados están destinados no tanto a
ser consumidos como a ser usados : tienen un cierto carácter duradero. Frente a
la característica repetición del
laborar, el trabajo, la fabricación multiplica,
amplía algo que ya posee una
existencia relativamente estable.
El trabajo constituye la dimen- sión por medio de la cual
producimos la pura variedad inagotable
de cosas que constituyen el mundo en que vivimos, el artificio humano.
Esta
misma estabilidad, durabilidad de los productos del trabajo es
lo que posibilita la objetividad. Sólo por haber erigido
un mundo relativamente independiente de objetos a partir de lo que la naturale- za nos da, y por
haber construido este
ambiente artificial podemos considerar la naturaleza como algo
objetivo. Sin un mundo entre los hombres
y la naturaleza, sólo habría
movimiento eterno, pero
nunca objetividad. El homo faber
consigue esta durabilidad y objetividad
al precio de ejercer una cierta violencia para con la naturaleza, convir- tiéndose así en amo de ella y capaz de destruir
incluso lo producido por las propias manos humanas.
El
proceso de fabricación está enteramente determinado por las
categorías de medio y fin.36 La cosa fabricada es un producto final en el doble sentido de que el proceso de producción termina en ella y de que sólo es un medio para producir tal fin. A diferencia de la rutina- ria actividad de la labor, donde laborar
y consumir son sólo dos eta- pas
de un idéntico proceso, la fabricación y el uso son dos procesos absolutamente
distintos. El tener un
comienzo definido y un fin de- terminado predecible son rasgos
propios del trabajo.37
33.
Arendt coincidiría aquí con Simone Weil
—a quien cita en La condición hu- mana, pág. 155, nota 83— en considerar que «la labor es el opio
del pueblo que Marx creyó que era la religión».
34. Para
un análisis de la fenomenología
arendtiana de la acción, véase Enegrén, André, La pensée politique de
Hannah Arendt, P.U.F, París 1984.
35. A
este respecto, Arendt cita en numerosas ocasiones a Locke, «la labor de nuestro cuerpo y el
trabajo de nuestras manos».
36. La
condición humana, pág. 190.
37. Para
una crítica de la noción arendtiana de trabajo, véase Illuminati, A. Quat- tro sguardi su Hannah Arendt.
Eserazi politici, manifestolibri, Roma 1994.
Frente a
la procesualidad de la labor y a la proyectabilidad del
trabajo, la acción se distingue por su
constitutiva libertad, por su impredecibilidad. A pesar de
tener un comienzo
definido, nunca tiene un fin
predecible y ello porque este mundo
de las cosas fabri- cado por el hombre
sólo deviene un hogar, cuya
estabilidad perdu- re y sobreviva al siempre
cambiante movimiento de las vidas huma- nas, en
tanto que se «trascienda la simple
funcionalidad de los bienes de
consumo y la utilidad de los objetos de uso». Es gracias a la acción y a la palabra que el mundo
se revela como un espacio ha- bitable, un espacio en el que es posible
la vida en su sentido no bio- lógico
(bios ).
Con la
acción nos insertamos en un mundo donde
ya están pre- sentes otros. De ahí que Arendt recurra
a la categoría de natalidad para
dar cuenta de esta dimensión. Frente a
la creación —la techne y la poiesis—,
propia del trabajo, la acción como natalidad apunta
ex- clusivamente al hecho del
inicio. De todo recién nacido
se espera lo inesperado. Nacer es entrar a formar
parte de un mundo que ya exis-
tía antes, nacer es aparecer, hacerse
visible, por primera vez, ante
los otros; entrar a formar parte
de un mundo común. Estar vivo, en
este sentido, significa no poder resistirse
a la autoexhibición para reafir-
mar la propia apariencia.
El parecer algo se corresponde con el he- cho de que cada
apariencia es percibida por una
pluralidad de es- pectadores: «no sólo
estamos en el mundo, sino que formamos parte de él».38 Y ello a raíz de que, en
tanto que agentes, somos al mismo tiempo sujetos
perceptores y objetos
percibidos, formamos parte
de un contexto. Lo cual significa que debemos pensarnos como actores o actrices procediendo a una autoexhibición en un escenario.
(«Es- tar vivo significa vivir en un mundo que ya existía antes, es la inter–
subjetividad del mundo lo que nos asegura el pertenecer
a la misma especie.»)
La
acción, sin embargo, sólo es
política si va acompañada de la
palabra (lexis ), del discurso. Y ello porque, en la medida
en que siem- pre percibimos el
mundo desde la distinta posición
que ocupamos en él, sólo
podemos experimentarlo como mundo
común en el habla. Sólo
hablando es posible comprender, desde todas
las posiciones,
38. La
vida del espíritu, pág. 35. En este punto
Arendt apela a la «fe perceptiva»
de
Merleau–Ponty.
cómo es
realmente el mundo. El mundo
es pues lo que está entre nosotros, lo que nos separa y nos une.
En este
punto cobra sentido
la afirmación arendtiana señalada
más arriba de que la acción tiene un
comienzo definido pero un final impredecible. Toda acción cae en una red de relaciones y referencias ya existentes, de modo que siempre alcanza más lejos y pone en rela- ción y
movimiento más de lo que el agente podía
prever. Así, la ac- ción se
caracterizará por ser impredecible en sus consecuencias, ili- mitada
en sus resultados y, también a
diferencia de los productos del
trabajo, irreversible. La acción
no puede tener lugar, pues, en el ais- lamiento, ya
que quien empieza
algo sólo puede
acabarlo cuando consigue que
otros «le ayuden». Siempre actuamos en un mundo
que ya estaba antes y continuará
después. Oigamos a Arendt: «A la acción
le es peculiar poner en marcha
procesos cuyo automatismo parece
muy similar al de los procesos naturales,
y le es peculiar sentar un nuevo comienzo, empezar algo nuevo, tomar la iniciativa
o, hablando kantianamente, comenzar
por sí mismo una
cadena». Y aquí, nue- vamente
la atención al lenguaje ofrece
pistas sobre los rasgos propios del actuar:
tanto la lengua griega como la
latina disponen de verbos que permiten articular
la experiencia de la acción en
tanto que inicio, a cargo de un
individuo (archein, agere ) como para su
realización, en la que intervienen muchos (prattein, gerere ). La acción
humana es ini- cio de una cadena
de acontecimientos; los humanos tenemos
el extra- ño poder de interrumpir
los procesos naturales, sociales e históricos, puesto que la acción
hace aparecer lo inédito. Arendt
maneja, pues, una imagen no
utilitarista de acción —que lee libremente
en san Agus- tín39 y en Kant—, de
modo que la acción, a diferencia de la conduc- ta, no se mediría por su éxito histórico, sino por este gesto de inicio, de
innovación. La natalidad 40 es, pues,
matriz de todas las acciones, acto de
ruptura con el pasado mediante la introducción de algo nue-
39.
«Initium ergo ut esset, creatus est homo, ante quem nuJJus fuit», La Ciudad de
Dios, XII, 20. Mary MaCarthy se refiere
a Hannah Arendt como
una «entusiasta del reciclaje» (
«Pour dire au revoir àHannah
(1907–1975)» en Cahiers du Grif, n. 33, «Han- nah Arendt», 1986, pág. 11 —aparecido en New York Review of Books, 1976). Arendt se
doctoró con una tesis acerca del
concepto de amor en san Agustín y se
publicó con el título de Liebesbegriff bei Augustin. Versuch einer
philosophischen Interpretation, Ju- lius Springer, Berlín 1929.
40. La
condición humana, cap. V.
vo en el
continuum temporal de la naturaleza, en la vida cotidiana. Decíamos que
actuar es inaugurar, hacer aparecer
por primera vez en público,41 añadir
algo propio al mundo. De este
modo, el mundo humano es este espacio entre, cuya ley sería la pluralidad.42 En este sentido, la acción así descrita no es la que ha triunfado en la moder-
nidad y a la que convencionalmente se le
ha atribuido la libertad de la voluntad y la realización de un fin. La acción arendtiana concede
durabilidad y sentido al mundo, y, en esta medida, es política, pero al
mismo tiempo se caracteriza por su fragilidad. Como ha afirmado Laura Boella: «sólo
acentuando la incontrolabilidad y la precariedad de la acción y sustrayéndola
al reino de la voluntad, de sus motivos, de sus objetivos, Hannah Arendt
consigue hacer de ella un principio de libertad y no de necesidad, un principio
político y no un asunto
privado».43
La
libertad tiene que ver, pues, con
pluralidad la cual es enten- dida
como elemento constitutivo de la condición humana.
Pero para Arendt pluralidad no es idéntica a simple alteridad (otherness ); pluralidad tiene que ver con
distinción, tiene que ver con lo que se muestra
a través de la acción y del
discurso. Con las cosas compar- timos la
alteridad —la curiosa calidad de alteritas que posee todo lo que es—, pero
la distinción es propia de la acción
humana. En la medida que
pluralidad significa
distinción, es posible la revelación
—en el
medio público— de la individualidad de cada uno, de la identidad (whoness ). La acción como initium no es el
comienzo de algo, sino de alguien : con
las palabras y la acción nos insertamos
en el mundo humano. Desde esta
perspectiva, la política introduciría una ruptura en relación con cualquier
modalidad simplemente so- cial de
vida: la pluralidad de los seres humanos,
en un mundo que
41. Los
filósofos, los hombres de pensamiento,
han tomado la experiencia de la mortalidad como experiencia radical de la finitud humana,
pero como señala F. Colin («Du privé et du public», Les Cahiers du Grif,
n. 33, 1986, pág. 59) morir significa
se- pararse de la comunidad, aislarse.
En cambio la referencia a la natalidad
hace aparecer al hombre en su
condición plural, en su condición de agente. Quizás ahí radica una de las
diferencias importantes entre el pensamiento de Heidegger y el de Arendt (sobre este tema vid. Taminiaux, J., «Arendt, disciple de Heidegger?» en
Études Phénoméno- logiques, n. 2, 1985).
42. Para
un análisis de esta noción, véase Bernstein, R. «Rethinking the Social and the
Political» en Philosophical Profiles, Polity Press, Cambridge 1986, págs. 238
sig.
43.
Boella, L. ob. cit., pág. 123.
constituyen en común,
no es asimilable a la unidad homogénea
del género humano. Así, refiriéndose a la polis griega como posible pa- radigma
de espacio público, Arendt afirma
que se trataba del único
lugar donde los
hombres podrían mostrar real
e invariablemente quienes eran.44
El hecho
de que cada hombre sea capaz de acción
significa, como he apuntado más arriba,
que debe esperarse de él o de
ella lo inespe- rado. Ahora bien,
acción y discurso se hallan
estrechamente relacio- nados
debido a que la acción humana
debe contener al mismo tiem- po
la respuesta planteada a todo recién
llegado: «¿quién eres tú?». Al tomar la
iniciativa, quien actúa no sólo cambia
el mundo puesto que se halla siempre entre otros, comparte con ellos el mundo, sino que se cambia también a sí mismo, al revelar más acerca de lo que
antes de actuar sabía de su propia
identidad.
La
pluralidad no es, pues, simple alteridad,
pero tampoco equi- vale al
mero pluralismo político
de las democracias
representativas: la función del ámbito publico es, en Arendt, iluminar,
los sucesos humanos al proporcionar un
espacio de apariencias, un espacio de
visibilidad, en que hombres
y mujeres pueden ser
vistos y oídos y revelar mediante la palabra
y la acción, quienes son. Para ellos la apariencia constituye
la realidad, cuya
posibilidad depende de una esfera pública en que las cosas salgan de la oscura
y cobijada exis- tencia.45 Lo público
indica, al mismo tiempo,
mundo común, enten- dido como comunidad de cosas, que nos une, agrupa y separa,
a tra- vés de relaciones
que no supongan
la fusión. De ahí
que Arendt arremeta contra
cualquier intento de construcción de los
cuerpos políticos sobre el modelo
del parentesco o de la
familia,46 se aleje de las proximidades
y fraternidades, porque en ellas los diversos se convierten en uno (de modo que no es posible que se den alguienes
diversos). La condición indispensable de la política es la irreducti- ble pluralidad que queda
expresada en el hecho de que
somos al-
44. Ob.
cit. en la nota 4, pág. 158 (subrayado F.B).
45. Sin embargo,
hay cosas que no pueden soportar la implacable, brillante luz de la constante presencia de otros en la escena pública, afirma Arendt
en ob. cit. en pág. 4, cap. II, 7., refiriéndose por ejemplo a la subjetividad del dolor.
46. Para
un interesante análisis del carácter a–político de «fraternidad» o «compa-
sión», véanse Sobre la revolución y «Sobre la humanidad en tiempos de oscuridad.
Re- flexiones sobre Lessing» en Hombres en tiempos de oscuridad.
guien y
no algo. Todo ello
explicaría los comentarios
críticos de Arendt sobre la
desaparición de la esfera pública en las sociedades modernas, en las que la distinción y la diferencia han
pasado a ser asunto privado
de los individuos, de modo que la conducta ha de- venido el substituto de la acción.
Desde este punto de vista, nunca actividades
privadas manifestadas
abiertamente constituyen una es- fera
pública.
* * *
La esfera
pública, siempre indesligable de los
conceptos de liber- e distinción,
se caracteriza por
la igualdad:47 por
naturaleza los hombres no son iguales, necesitan de una institución política para lle- gar a
serlo: las leyes. Sólo el acto político puede generar igualdad,
sin embargo las leyes no
cumplen aquí la función de reducir
lo diverso a lo idéntico e
invariable, sino que autorizan la
posibilidad de las pala- bras y las
acciones. Como afirma Enegrén:
«Solamente en el intervalo entre la
indiferencia de la unanimidad y las
disparidades de la desi- gualdad
puede surgir una
dimensión de pertenencia y de comuni- dad».48 En este
sentido podemos señalar,
con Margaret Canovan,49 otro aspecto de la esfera pública,
además de su cualidad espacial: el carácter artificial de la política.
* * *
El
descubrimiento del «quién», en contraposición al «qué»50 es alguien, está implícito en todo lo que
este alguien dice y hace. Pero se trata
de una identidad frágil,
puesto que depende, al mismo
tiempo,
47. «Para
nosotros esto es difícil de comprender
porque con el de igualdad uni- mos el concepto de justicia y no el de
libertad», Infra, fr. 3b.
48.
Enegren, pág. 47.
49.
Canovan, M. «Politics as Culture:
Hannah Arendt and
the Public Realm», History of Political Thought, vol. 6, n.
3/invierno 1985; actualmente en
Hinchman, L. P. & Hinchman, S.K. (eds.),
Hannah Arendt: Critical
Essays. SUNY, Nueva York
1994,
pág. 179–205. Véase también,
Passerin d’entréves, Maurizio,
Political Philosophy
of Hannah
Arendt, Routledge, Londres 1994 (especialmente el cap. 4).
50. «sus
cualidades, dotes, talentos y defectos que exhibe u oculta», La condición
humana, pág. 203.
de la
autoexhibición y de la permanencia del acto de contar: la narra- ción
identificaría el sujeto mediante el relato de las propias acciones. En la medida que el yo no es substancia, no puede ser definido, pero sí relatado y relatar
es dar sentido a lo
heterogéneo pero sin unificar. Como ha
comentado F. Collin,51 «alguien no es algo, no es un id. Ni el id de la naturalidad
ni, por otra parte, el id de la identidad represen- table... En cierto
sentido alguien no sabe lo que hace; él,
ella es siem- pre una relación con lo desconocido». Esto es, Arendt entiende
que para el sujeto no hay conocimiento inmediato de sí, sino continuas re–apropiaciones por
medio del relato. Quizás a la pregunta «¿quién eres?» habría que «responderle en la forma clásica y contar una
his- toria».52 Y ello
porque, como ya hemos visto, los seres humanos53 in- ter actúan en una trama
de relaciones, donde toda acción se convierte en una reacción en
cadena.
De este
modo, el(os) sentido(s) de la acción sólo se revelaría a los demás
o siempre retrospectivamente. Lo
que el narrador cuen- ta ha de estar
necesariamente oculto para el propio
agente, al me- nos mientras éste realiza el acto o se halla atrapado en
sus conse- cuencias, ya que para
él o para ella la
significación de su acto no está en la historia que sigue. Todos somos
agentes, actores, pero no dueñosautores de los virtuales sentidos
de nuestras acciones. Aun- que las historias son los resultados inevitables de la acción, no es el agente, sino
el narrador, el espectador, quien capta
y relata la his- toria. Como dice F. Collin: «la obra se representa entre actores
sin Autor».
* * *
En este
punto resultaría plausible afirmar
—como por ejemplo ha hecho, entre
otros, Seyla Benhabib— que
Arendt está defen- diendo, de hecho,
un modelo «agonista»
de la política. A partir de lo dicho
hasta aquí, cabría
entender que el espacio
público se basa
51.
Collin, Franchise, «Hannah Arendt: la acción y lo dado» en VV.AA.
Filosofía y género, Pamiela, Pamplona 1992, pág. 26.
52. «Isak
Dinesen. 1885–1962» en Hombres en tiempos de oscuridad, pág. 90.
53. A lo
largo de su obra, Hannah Arendt no
tematiza en absoluto el problema de la
sexuación del pensamiento y nunca cuestiona
su propia utilización del «neutro» masculino hombres para referirse
a todos los seres humanos.
en la
competencia más que en la colaboración y
que, en él, se sin- gulariza a aquellos
que en él participan, separándolos de los
de- más.54 Pero, si bien esto parece ser cierto si sólo nos atenemos a
La condición humana —una de sus
obras más leídas—, resulta más di- fícil de sostener si tomamos
en consideración los textos que se con- servan de la Introducción a la
política (y en obras del mismo período como
Karl Marx y la tradición del pensamiento político occidental,55
Entre
pasado y futuro, Sobre la revolución 56). En ellos hallamos frag-
mentos suficientes
como para apercibirnos de que para
Arendt no todo espacio
público es inmediatamente un
espacio político,57 lo cual indica la complejidad y la seriedad
de su acercamiento reflexi- vo a la acción.58 Así, se puede
decir que Arendt hace
diversas tenta- tivas de dar
con modelos de espacio
público en los que haya
sido posible la experiencia de la acción
en tanto que inicio. En este sen-
tido, en diversas ocasiones, busca un paradigma de acción en la an-
54.
Benhabib, Seyla, «La paria y su sombra: sobre la invisibilidad de las mujeres en la filosofía política de Hannah
Arendt» en Revista
Internacional de Filosofía Polí- tica,
n. 2, noviembre 1993, págs. 21–36. Véase
también de esta misma
autora Situa- ting the Self,
Polity Press, Cambridge 1992, especialmente págs. 89–144. Según Ben- habib el modelo
agonista arendtiano contrastaría con un «modelo asociativo», desarrollado por
Arendt en sus últimos escritos
y que estaría vinculado a la idea de que el espacio público
emerge siempre y en todo lugar en
que «los hombres actúan en concierto».
55.
Arendt, H. «Karl Marx and the Tradition
of Western Political Thought», editado por primera
vez por Simona Forti, en la revista
Micromega, n. 5, 1995, págs.
35108. Se
trata de algunos materiales
para un libro
sobre Marx y el marxismo que Arendt
tenía en mente poco después
de haber publicado Los orígenes del totalitaris- mo. El libro jamás
vio la luz, pero parte de sus contenidos fueron
utilizados en La Condición
humana, en Entre pasado y futuro y el capítulo
final, con el título «Ideolo- gía
y Terror» se convirtió en el epílogo
de la edición de 1958 de Los
orígenes... La parte central fue presentada en una serie de
conferencias en la Universidad de Prin- ceton en
otoño de 1953 con
motivo del «Christian
Gauss Seminar on Criticism». Está prevista
la edición inglesa
por Jerome Kohm
en Harcourt Brace de
Nueva York.
56. On
Revolution, The Viking Press, Nueva York 1963 (trad. cast, en Alianza Ed., Madrid 1988). Una de
las fuentes de los materiales de este libro fue un seminario que impartió
en la Universidad de Princeton en 1959.
57. Véase
Infra, fr. 36, pág. 74.
58. Véase
a este respecto Canovan, Margaret, Hannah Arendt. A Reinterpretation of Her
Political Thought, Cambridge University
Press, Glasgow 1992,
especialmente las págs. 136–154.
tigua
Grecia; se dirige a las gestas heroicas del espacio público ho- mérico,
rememoradas por el poeta con el fin de liberarlas de la futi- lidad característica de la acción humana
para distinguirlas del dis- curso
y de la palabra, propios del espacio
político ateniense. Pero,
contemporáneamente —en 1954— Arendt no
deja de constatar que en la polis ateniense
«la vida consistía en una ininterrumpida e in- tensa contienda
de todos contra todos» y afirma que fue este indivi- dualismo excesivo el que eventualmente llevó a la
polis a su fin, re- firiéndose al
hecho de que «este espíritu agonal
[...] envenenó con odio y
envidia la vida de los
ciudadanos».59 De ahí que se pueda in- ferir que el espacio político no es una
mera localización física de un
ámbito en que las acciones sean visibles
sino algo vinculado a la ne-
cesidad de límites,
delimitado por leyes. El nomos limita y, en
el mismo gesto, permitiría la multiplicación de
ocasiones para la ac- ción y el discurso.
A
diferencia de lo que ocurre en La condición humana, en los tex- tos
mencionados, Arendt investiga también
otros modelos de liber- tad política. En Roma, por ejemplo,
ser libre y comenzar están co- nectados de una forma distinta: la libertad es
un legado de los fundadores de los maiores de la ciudad heredado
por el pueblo que lo tiene que
aumentar60 y preservar. Este legado
(la tradición) per- mite al pueblo encontrar el vínculo con un
pasado —el suyo— y re- conocer la autoridad, obedecer, sin que por
ello desaparezca el es- pacio de
la libertad. Más bien son la
tradición y la autoridad61 las que hacen posible el mantenimiento de
este espacio plural no sólo de hombres,
sino, en este modelo, también de generaciones. «El com- promiso político
significaba ante todo
preservar la fundación de la ciudad de Roma.»62
59.
Arendt, H., «Philosophy and Politics», Social Research, n. 82, 1990.
60. «Para
nosotros esto es difícil de comprender
porque con el de igualdad uni- mos el concepto de justicia y no el de
libertad», Infra, fr. 3b.
61.
Arendt destaca que el sustantivo
auctoritas deriva del verbo augere, «aumen- tar». Lo que se aumenta
constantemente es el inicio, la fundación.
Por otra parte, su- braya la diferencia entre auctor y artifex: «el autor no es el constructor sino el que ins- piró
toda la empresa [...] a diferencia del artifex, que sólo lo ha hecho, el auctor
es el verdadero “autor” del edificio, o sea su fundador; con esta construcción se convierte en un
“aumentador” de la ciudad», «Was ist Autorität?», Der Monat, VIII, n. 89, 1956
(incluido en Entre pasado y futuro, pág. 133).
62.
Ibíd., pág. 131.
Junto a
la experiencia de la fundación de un
cuerpo político, que examinará con
apasionado interés también en el caso de las revolu- ciones modernas,63 Arendt
halla otra vía a través de la
cual pensar la acción en tanto que
inicio: la experiencia cristiana del perdón, como medio, tan imprevisible como la misma
acción, de liberar a los indi-
viduos del peso del pasado concediéndoles, así, la posibilidad de un nuevo inicio en las relaciones entre
sí, a pesar de las tendencias
anti- políticas del cristianismo.
* * *
De este
modo, y a pesar de la complejidad de la
cuestión que in- dican las diversas
tentativas arendtianas de
dar cuenta de la dimen- sión humana de la acción, cabe afirmar que la libertad es entendida, por esta pensadora, como
característica de la existencia humana
en el mundo. La acción no es,
pues, privilegio del agente político, concier- ne al estar entre los otros
(inter–esse ). De forma que, detrás de la preo- cupación por la
política, vertebradora de las
reflexiones de Arendt, lo que hay es una
decidida revaloración del mundo,
claramente maní- fiesta en afirmaciones como las relativas al hecho de que los
humanos sólo son libres mientras actúan, nunca
antes ni después, porque
ser libre y actuar es una y la misma
cosa.64 Así, pues, en
política lo que está en juego no es la
vida sino el mundo, como espacio de
aparición. De ahí que no quepa considerar a quien actúa como alguien pree-
xistente, aislado, soberano
y autónomo, puesto que lo que
aquí está sobre el tapete es precisamente
la libertad como realidad política, un tipo de libertad que jamás ha sido contemplada, dada su
fragilidad y su modo contingente de ser por la tradición filosófica:65
«En la políti- ca, en mayor grado que en cualquier otra
parte, no tenemos la posi- bilidad de distinguir entre el ser y la apariencia. En la esfera de los asuntos humanos, ser y
apariencia son la misma cosa».66
63. Véase
su acercamiento a los consejos en Die Ungarische Revolution und der to-
talitäre Imperialismus, Piper, Munich
1958 (incluido en la edición de 1958 de The Ori- gins of totalitarianism)
o Sobre la revolución.
64. Entre
pasado y futuro, pág. 165.
65. Véase
infra, fr. 1.
66.
Arendt, H, Sobre la revolución, pág. 99. Como ha señalado Cavarero, «Con- trariamente a una
tradición bimilenaria, que ha separado el ser del aparecer fundando
Frente a
la tentación de disolver el habla en la
actividad teórica, característica de la
tradición filosófica, en este contexto hay que
re- cordar que la acción sólo es
política cuando va acompañada de la pa-
labra (lexis ), en la medida en que esta última convierte en significativa la
praxis. Y, en este sentido, la
palabra es entendida como una suerte de
acción, como una vía para conferir sentido
y durabilidad al mundo y para
decir nuestra responsabilidad con
respecto a él. La responsabi- lidad queda
aquí vertebrada, como ha señalado
con acierto Michael
Denneny67 por tres elementos distintos
pero estrechamente relaciona-
dos: declarar la presencia de lo que está presente, declararse
uno mis- mo presente y declarar un nexo entre sí y lo que está presente.
* * *
La
preocupación por la acción y por el mundo
en el pensamiento de Arendt no es extraña, como ya se ha dicho, a la agenda que pare- cían marcar
las experiencias de la
primera mitad del siglo. Precisa- mente, en la época que proyectaba la Introducción a la política, Han- nah Arendt
utilizaba las metáforas del desierto
y del oasis68 para dar cuenta de lo que irrumpió en el
ámbito de lo real con una terrible ori- ginalidad, la experiencia de los totalitarismos y el inmenso desarrollo de las posibilidades de
aniquilación. En la época moderna con la pro- gresiva sustitución de lo
político por lo social,69
el mundo, como es-
en el primero
la realidad y reduciendo el segundo
al engañoso parecer » Cavarero, Adriana, «Hannah
Arendt: la liberta come bene comune» en PARISE, Eugenia (comp.), ha política tra
natalità e mortalità. Hannah Arendt, Edizione Scientifiche
Italiane, Ná- poles 1993, pág. 27.
67.
Denneny, M., «The Privilege of Ourselves: Hannah Arendt
on Judgment» en Hill, Melvyn A.
(comp.), Hannah Arendt: The Recovery of
the Public World, St. Mar- tin’s Press, Nueva York 1979, pág. 269.
68. Así
se puede leer en los papeles para la lección de 1955 en la Universidad de Berkeley. En opinión de U. Ludz, este texto que ella cataloga como
fr. 4 —que no está incluido en la
presente edición—, podría pensarse
como conclusión de la
Introducción a la política.
69. En su
análisis sobre los cambios que se dan en el mundo moderno,
destaca la importancia que concede a Marx, a partir de las tres afirmaciones que Arendt
consi- dera que constituyen la auténtica
novedad de la obra marxiana, todavía vinculada a la tradición de filosofía política que se inicia con
Platón: «la labor es la creadora del
hom- bre»; «la violencia es la comadrona de la historia» y la tesis XI sobre Feuerbach. (Véa- se especialmente, Karl Marx e la tradizione delpensiero
politico occidentale.)
pacio
público se ha ido deshabitando y ya no ilumina,
ya no permite hacer visible el
quién.70 Pero este avance de la
desertización no tiene que ver aquí con la creencia —propia de la psicología moderna— se- gún la cual el
desierto se halla en nuestro interior,
de modo que bas- taría con
adaptarnos a la vida en el desierto: el
avance del desierto está vinculado a la
pérdida de mundo. No venimos
del desierto aun- que vivamos en
él, parece sugerir Arendt.
Frente a
quienes creían que el deshabitado y
silencioso desierto se asemejaba a la
paz de los cementerios y, por tanto,
que era sufi- ciente acostumbrarse a convivir con él, el mundo moderno
ha mos- trado cuan frecuentes
pueden llegar a ser las
tempestades de arena. La tormenta de arena
de los totalitarismos ha amenazado las dos ca- pacidades que permitían cambiar el desierto:
la facultad de la pasión y la de la acción.
En este
contexto, los oasis pueden equipararse a aquellos ámbitos de la vida que
existen con total o parcial independencia de las condi- ciones políticas,
pueden entenderse como
lugares donde respirar, como espacios donde todavía hay luces y sombras y, por tanto,
cierta visibilidad. En tiempos de desertización,71 en que el mundo ha deja- do de ser habitable buscamos
refugio en los oasis, pero, como apun- ta Arendt, corremos el peligro de que, en nuestra fuga hacia el oasis llevemos los zapatos
llenos de la arena del desierto.72
70.
Puesto que «aparecer no significa total visibilidad: lo visible no es
transparen- cia» afirma Anne Marie Roviello (Sens commun et modernité chez
Hannah Arendt, Eds. Ousia, Bruselas
1987, pág. 18), recordando la influencia
en este punto de Merleau– Ponty
en la obra de Arendt.
71. En
«tiempos de oscuridad», dirá en el prefacio a la compilación de escritos con el título Hombres en tiempos
de oscuridad.
72. En el
prefacio citado en la nota anterior Arendt afirma «Aún en los tiempos más
oscuros tenemos el derecho a esperar cierta iluminación, y dicha iluminación pue-
de provenir menos de las teorías y
conceptos que de la luz incierta,
titilante y a menu- do débil que algunos
hombres y mujeres reflejarán en sus trabajos y sus vidas bajo cual- quier circunstancia y sobre la época que les tocó
vivir en la tierra», pág. 11. Hombres en
tiempos de oscuridad, está compuesto por
diversos escritos dedicados, entre
otros, a Brecht, Broch, Benjamin,
Luxemburg, Dinesen, Jaspers.
En el ensayo dedicado a Les- sing, Arendt analiza el tipo de
calidez de relación, de fraternidad, que se da entre los re- primidos y perseguidos, entre
aquellos que tratan
de buscar algún oasis
donde so- brevivir y comenta:
«¿hasta qué punto seguimos obligados
con el mundo cuando nos han echado de él o nos hemos retirado de
éste?», pág. 32. En este mismo ensayo anali- za la ambigüedad del fenómeno de la «emigración interior».
3. Entre
el coraje del aparecer y la autonomía del pensar
Sostén la
infinitud en la palma de la mano.
WILLIAM
BLAKE
Que al
juzgar en general le sea propio algo
irrefuta- ble es ello mismo un prejuicio.
HANNAH
ARENDT
Hannah Arendt repite
con insistencia a lo largo de su
vida: «yo no pertenezco al círculo de
los filósofos. Deseo mirar la política,
por así decirlo, con
los ojos despejados
de cualquier filosofía».73
Estas palabras no son una
forma de falsa modestia o un modo
de recono- cer alguna ignorancia de la historia de la filosofía, sino
fundamen- talmente el rechazo de una
tradición que conoce bien, la de la
meta- física, de la filosofía política.
Y las razones de este
rechazo tienen que ver con los
denodados esfuerzos que ésta ha hecho
para escapar a lo temporal, a lo contingente, a lo relativo. Así, por ejemplo, los fi-
lósofos de la política, empezando por Platón,
han entendido el pen- sar
filosófico desde una depreciación de la acción y de sus rasgos ca-
racterísticos; han tomado partido por el pensamiento, por la vida contemplativa
a través de enfatizar las insuficiencias de la vida acti- va. «La mayor parte
de la filosofía política
desde Platón podría
in- terpretarse fácilmente como
los diversos intentos para
encontrar ba- ses teóricas y
formas prácticas que
permitan escapar de la política
por completo.»74
Palabras
como éstas parecerían permitirnos
esperar ekasenti- miento de Arendt al dictum de Marx. «Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos
modos; de lo que se trata es de transformarlo.» Pero no es así,
puesto que, en opinión de Arendt, de esta tesis puede derivarse que
la tarea de la teoría social o política consistiría en tender
puentes entre pensamiento y acción y, por tan- to, nos
diría qué pensar para que podamos saber cómo actuar. Cues- tionar
esta concepción —a través de
retomar la pregunta por la arti- culación entre
el pensar y la
acción— es uno
de los objetivos
73.
Entrevista citada.
74.
Arendt, H., La condición humana, pág. 242.
centrales de su obra y, acaso, su obstinada
insistencia en que lo úni- co que pretende
es «comprender»,75 va en
esta misma dirección.
En su opinión, la búsqueda de una teoría política que nos diga cómo ac-
tuar significa, por una parte, obviar la fragilidad de la acción, la in-
certidumbre de su curso y, por otra, constituye
uno de los síntomas de la desaparición del espacio público en el
mundo moderno, condi- ción de la acción y de la
libertad. Así, atribuye a la teoría
política la tarea de
indicarnos cómo comprender y
apreciar la libertad en el
mundo y no la de enseñarnos cómo
cambiarlo. Cambiarlo es cosa de
aquellos que aman actuar
concertadamente y no del solitario
trabajo de los teóricos.
* * *
Así la
filosofía occidental en la medida en que ha establecido un orden
jerárquico que prima la vita contemplativa por encima
de la vita activa, ha entendido la actividad de pensar
como alejamiento del mundo sensible, del mundo de las apariencias. El pensar
es concebi- do como retirada del
mundo común, de todo lo visible y, por tanto, como gesto
de interrupción de cualquier acción, de
cualquier activi- dad ordinaria. De esta
forma y, en el contexto de la filosofía,
no es ex- traño hallar afirmaciones
relativas a cierta afinidad entre la
filosofía y la muerte. La reflexión
humana se alejaría de lo particular, de
lo vivi- do, y saldría en busca de lo
generalmente dotado de significación, de
modo que el Yo pensante se entendería como resultado de este pro- ceso de retirada del mundo
sensible, del mundo donde no podemos evitar el dejarnos ver delante
de los/las otras, donde no
podemos evi- tar aparecer.
Hannah Arendt reconoce que esta imagen de la filosofía contie- ne un
núcleo de verdad que tiene que ver con
la propia experiencia de la reflexión,
ya que ésta sólo es posible cuando logramos
retirar- nos de las actividades
cotidianas: el propio carácter
de urgencia de las mismas, exige el recurso a juicios provisionales, costumbres,
pre- juicios. Pero al tiempo que
reconoce el hecho de que la
condición de la vida del espíritu es la retirada de la acción, de lo visible,
Arendt no deja de destacar algunos de los problemas ligados a esta concepción,
75. Véase
la entrevista citada.
no sólo los relativos al establecimiento de los conocidos dualismos entre alma y
cuerpo, mundo sensible/mundo suprasensible..., sino muy
especialmente los relativos al hecho
de que cuando alguien
se dedica al pensar puro vive por completo «fuera del mundo», alejado de los otros. Lo cual explicaría los prejuicios de la filosofía con res- pecto a la política.76
En
general todos estos prejuicios se caracterizan por confundir la política precisamente con lo que acabaría con ella.77
Basta pensar en cómo en la
moderna preocupación filosófica por el
Hombre se ma- nifiesta claramente el
talante filosófico contrario a la
pluralidad y a la opinión derivada
de la presencia
de los muchos.
Como afirma Arendt, el filósofo
reduce la pluralidad de voces a una
sola. «El hom- bre es a–político. La política nace en el Entre–los
hombres, por lo tan- to completamente
fuera del hombre» (Infra, fr. I).
Buena
parte de la obra de Arendt es una muestra
de su escéptica actitud con
respeto a la capacidad del pensamiento puro para captar la singularidad de la política y
por ello está atravesada por la busque-
da de un pensar que «retorne al mundo».
Un pensar que no encuen- tra
entre los filósofos (a excepción de algunos textos de Kant) ni en el
«conocimiento»
que posteriormente proporcionarán las ciencias so- ciales y que, en su
opinión, todavía estaba presente en la idea socráti- ca (y sofística) de
verdad: una verdad que sólo puede existir en la re- lación con los demás.78
Al
asumir la contingencia como una forma
positiva de ser y nun- ca como deficiencia, Arendt quiere dar cuenta
de la libertad sin recu-
rrir ni al sujeto moderno
ni a principios trascendentes.
Pero esto no significa una renuncia al
pensar o una sumisión a lo accidental, sino
76. En el
mismo gesto de mostrar cómo la tradición
de filosofía política, desde Platón
a Marx, pasando por Rousseau, no ha pensado
la acción, Arendt descubre un talante anti–filosófico en «escritores políticos» como Maquiavelo,
Montesquieu y Toc- queville.
77. En
este punto es interesante ver la
distinción que establece Arendt entre
po- der y violencia (Crisis de la República, págs. 145 y sig.). Por lo dicho hasta
este mo- mento, para esta teórica de la política, la violencia es un
medio siempre a–político o prepolítico.
78. Véase
Arendt, H. Eichmann m Jerusalem: A Report on the Banality of Evil, The
Viking Press, Nueva
York 1963 [trad. cast,
en Lumen, Barcelona
1967]; «Thinking and Moral
Considerations: A lecture», Social Research, 38, n. 3, 1971 en De la historia a
la acción; La vida del espíritu, «El pensar» § 17 y 18.
una clara y decidida voluntad
de responsabilidad hacia el mundo,
de pensar el acontecimiento.
Acontecimiento es lo que sobreviene o adviene en el tiempo hu- mano. J. Taminiaux79 afirma
que el acontecimiento es lo
que, tanto para los individuos como para las colectividades, emerge a título sin- gular e imprevisto en el tiempo,
aparece en el tiempo notoriamente y merece ser conmemorado como
tal. Por tanto, no habría aconteci- mientos en el repetitivo proceso de la
labor, sólo fases de un ciclo. Tampoco
habría acontecimientos en la
fabricación en tanto se trata de un proceso
totalmente previsible y
reversible. Sólo hay aconteci- miento
cuando se introduce sentido o, lo que es lo mismo, no hay acontecimiento sin
mundo común; es decir, el acontecimiento es in-
separable de la imprevisibilidad y de la
fragilidad de la acción y de las
palabras que vinculan a los individuos entre sí.
Desde
esta perspectiva, la teoría debe
abandonar sus pretensio- nes, el acontecimiento no puede ser jamás pensado en
términos de repercusión de energía a lo largo de una cadena de causas y de efec- tos. Y ello porque, en tanto
que inicio, que interrupción, la acción es su propio antecedente.
«El acontecimiento ilumina su
propio pa- sado y
jamás puede ser
deducido de él»
escribirá Arendt.80 Así, cuando
dirige su mirada a la
historia, para dar cuenta
del aconteci- miento del presente que
necesita ser pensado —el surgimiento de los totalitarismos—
afirmará que la comprensión «no significa ne- gar lo que resulta afrentoso,
deducir de precedentes lo que no
tiene tales o explicar los fenómenos
por tales analogías
y generalidades que ya no pueda
sentirse el impacto de la realidad y el shock de la experiencia. Significa,
más bien, examinar
y soportar consciente- mente la carga que nuestro siglo ha colocado sobre nosotros —y no
«negar su
existencia ni someterse mansamente a su peso»81—. Se tra- ta, pues,
de una aproximación no teorética a la
historia vinculada a
79. Taminiaux,
Jacques, «Acontecimiento, mundo
y juicio según
Hannah Arendt» en HILB, Claudia
(comp.), El resplandor de lo público. En torno a Hannah Arendt, Nueva Sociedad, Caracas
1994, pág. 133.
80.
Arendt, H., «Understanding and
Politics», Partisan Review, XX, IV, 1953 reeditado en Essays in Understanding [trad.
cast, en De la historia a la
acción, pág.
41].
81.
Arendt, Hannah, The Origins of Totalitarianism. Antisemitism Harcourt Bra- ce Jovanovich, Nueva York, 1968 [trad.
cast. Alianza Ed., Madrid 1987, pág. 12].
la asunción
de ésta como
espacio de singularidad:
cada aconteci- miento en la historia humana
revela un paisaje inesperado de accio- nes y pasiones y de nuevas
posibilidades que conjuntamente tras- cienden
la suma total
de voluntades y el significado de
todos los orígenes.
Desde una
perspectiva como ésta, se entiende que se pueda con- siderar, como hace Arendt, que cuando la filosofía moderna, durante el último tercio del XVIII, ha tratado de pensar
la política, la ha trans- formado
en historia: al representar a los seres humanos en una histo- ria universal, la pluralidad queda diluida en un individuo humano,
la humanidad. «De ahí lo monstruoso e inhumano de la historia, que al fin se impone plena y brutalmente a la política.»
Frente a la libertad que se da en el
espacio público, la modernidad se habría
refugiado en la necesidad de la
historia. Muestra de ello sería, por ejemplo, el he- cho de que
las modernas filosofías de la historia
queden articuladas alredededor de
las nociones de proceso y de fin
—respectivamente ca- racterísticas de la labor y del trabajo.82
Los
filósofos se dirigen a la historia como totalidad para
tratar de eliminar la
aparente falta de sentido, el carácter
contingente, de los
acontecimientos y de las acciones históricas
y con ello acaban por anular
toda singularidad, toda
individualidad en el
proceso. Esto es, al atribuir el
significado de cualquier acontecimiento a un fin último, terminan por
vaciar la Historia de todo contenido
con- creto. De modo que
Arendt parece afirmar
que cuanto podemos atribuir a la labor
—su carácter procesual, repetitivo
y el hecho de que en su ámbito
todo está destinado a ser consumido—, se puede aplicar también
al concepto de proceso histórico.
En él, toda singu- laridad, todo
acontecimiento está destinado a
ser consumido; olvi- dado, puesto
que borra el hecho
de que cada
nuevo comienzo es por
naturaleza un «milagro», contemplado y experimentado desde el
punto de
vista de los
procesos que necesariamente interrumpe (véase Infra,
fr.3a).
Esto
explicaría por qué Arendt se aleja de la tradición sine ira
82. «Y
¿qué otra cosa, sino confusión —una
confusión feliz para sí mismo y fatal
para sus seguidores—, pudo conducir
a Marx a identificar la acción
con “el construir la historia”?» Arendt,
H., «History and
Immortality» en Partisan Review,
vol. 24, n. 1,
1957
[trad. cast, en De La historia a la acción, pág. 60].
et studio.83
Describir los campos
de exterminio con
objetividad, como le pide E. Voegelin, significa condonarlos, y tal condonación no
desaparece por el mero hecho de que posteriormente, junto a la descripción objetiva,
añadamos una condena.
Escribir sin la cólera sería eliminar del fenómeno
una parte de su naturaleza, una de sus cualidades inherentes. Frente al
totalitarismo, la indignación o la
emoción no oscurece
nada antes bien
es una parte integrante del objeto. Así, pues,
la ausencia de emoción no se
halla en el origen de la comprensión,
puesto que a lo que
se opone «emocional» no es en modo
alguno a «racional» —sea cual fuere el sentido que de- mos
a este término—, sino en todo
caso a la insensibilidad, que a
menudo es un fenómeno
patológico, o al sentimentalismo,
que es una perversión
del sentimiento. Y en estas claves hay que enten- der
sus palabras relativas a la comprensión, en tanto que
distinta de la correcta información y del conocimiento científico: se trata de «un complicado
proceso que nunca
produce resultados inequí- vocos.
Es una actividad sin
fin [...] por la que aceptamos
la reali- dad, nos reconciliamos
con ella, es decir, tratamos de estar en ar- monía
con el mundo».84 La comprensión
deviene así la otra cara de la acción.
Frente a
la objetividad lo que conviene a este
pensar que retor- na al mundo es la imparcialidad, que como hemos visto no equiva- le a indiferencia. Imparcialidad que Arendt encuentra en Homero,
cuando decidió cantar
la gesta de los troyanos a la vez que
de los aqueos y proclamar la
gloria de Héctor tanto como
la grandeza de Aquiles; aquella imparcialidad homérica de la que
se hizo eco He- ródoto y también
Tucídides. Los griegos aprendieron a
compren- der, no a comprenderse, como individuos,
sino a mirar el mismo mundo desde la posición del otro,
ver lo mismo bajo aspectos muy distintos
y, a menudo,
opuestos.85 Este tipo
de imparcialidad es también
lo que persigue Arendt en su lectura
de la kantiana Críti-
83.
Arendt, H., «A Reply to Eric Voegelin»,
Review of Politics, enero 1953 (ac-
tualmente en Essays in Understanding,
pág. 403). Se trata de uno de los pocos textos donde Arendt
habla del método seguido para dar
cuenta del fenómeno del totalitaris- mo. Voegelin había hecho una
reseña de Los Orígenes... que se publicó
junto a la res- puesta de Arendt.
84.
«Comprensión y política», pág. 30.
85. Entre
pasado y futuro, págs. 59–60; 239–278.
ca del
juicio 86 y en los escritos donde Kant pone el énfasis en el en- tusiasmo de los espectadores, de quienes,
sin participar en la Revo- lución francesa, la aplaudieron.
Acaso,
convenga ahora recordar lo dicho más
arriba: la condición de la vida del espíritu
consiste en el sustraerse a la participación acti- va, en tomar el punto
de vista del espectador. A
diferencia de lo que ocurre con el
pensamiento especulativo, en el caso del juicio, el es- pectador no está solo, ya que a pesar de no hallarse implicado
en el acto, siempre lo está con
sus co–espectadores. Tal posibilidad de
juz- gar como espectadores la debemos al
sentido común que no es más que nuestro sentido
del mundo y de la
intersubjetividad, una cuali- dad
producida en común.
Frente a
la objetividad del conocer, la
imparcialidad derivada del juicio (reflexionante) está vinculada al hecho de que éste debe hacer- se cargo de
acontecimientos siempre singulares y contingentes sin la ayuda de un
universal dado. Se trata de un juzgar sin criterios prees- tablecidos, que tiene mucho más que ver con la capacidad para
dife- renciar que con la
capacidad para ordenar y subsumir
y, por tanto, en este contexto,
los juicios no tienen nunca un carácter
concluyente, ja- más obligan al
asentimiento por medio de una conclusión
lógicamen- te irrefutable (véase,
Infra fr. 2b).
Al juzgar
recorremos a la imaginación con el fin
de colocarnos
«en el
lugar de otro», se trata de pensar con mentalidad extensa 87 (en- larged mind ).
Por utilizar términos de Arendt, la imaginación «se en- trena
para ir de visita». Esto no presupone algún tipo de extensa em- patia,
mediante la cual pudiéramos ponernos en
la mente de todos los demás, ni un dejarse hechizar pasivamente por la mente de los otros,
sino el compromiso de pensar por sí
mismo (Selbstdenken),88 Quien
86. Para
un estudio acerca de las similitudes de
la lectura de la Crítica del juicio en Arendt
y en Lyotard, véanse Forti, Simona,
ob. cit. e Ingram, D., «The
Postmodern Kantism of Arendt and
Lyotard» en BENJAMIN, A. (comp.), Judging Lyotard, Routled- ge, Nueva York
1992.
87. Kant,
I., Crítica del juicio, §40.
88. Sobre
el papel del Selbstdenken en la obra de Arendt,
véase Boella, Laura,
«Pensare
liberamente, pensare ti mondo»
en Diotima, Metiere al mondo il mondo, La Tartaruga, Milán 1990 [trad. cast, en Icaria, Barcelona
1996] y LORIES, Danielle, «Sen- tir en commun et juger par soi–méme» en el n.
monográfico de Études phénoménologi-
ques, n. 2, 1985.
piensa con mentalidad extensa, decía el propio Kant,89
debe apartar- se de las condiciones
privadas subjetivas del juicio y reflexionar so- bre su propio juicio desde un punto de vista universal (que no puede determinar más que poniéndose
en el punto de vista de los demás). Este
modo de pensar nos ofrece una cierta
imparcialidad, pero —como ya indicaba
antes— no nos dice «cómo actuar» ni siquiera nos indica cómo aplicar90
el saber logrado por su
mediación a la vida política. Afirma
Arendt: «Kant nos dice cómo tener en cuenta a los otros; pero no nos dice cómo
asociarnos con ellos para
actuar».91 Lo cual implica que juzgar
sólo lo podemos hacer en un ámbito
potencialmente pú- blico («sentir
en común y juzgar por sí
mismo»). El juicio del espec- tador crea el espacio sin el cual nada puede
aparecer. La imaginación presentaría, pues,
lo irrepresentable, el ámbito
plural de lo humano.92
Así, en
el juicio, y a diferencia de lo que
ocurre en el caso del pensa- miento especulativo,
el lenguaje no es entendido como un obstáculo, sino como memoria y fuente de un posible consenso; de un
consenso siempre «cortejado» aunque llegue a lograrse, dada la irreductible
pluralidad humana.
A la
vista de todo ello, cabe afirmar que,
cuando antes nos refe- ríamos a la
responsabilidad hacia el mundo que se
transparente en «los experimentos de pensamiento despiadadamente
honestos»93 de Arendt, dicha
responsabilidad subraya la importancia
de la inscripción histó- rica en un
mundo común y de la comprensión nunca definitiva
del acontecimiento94 en una
tierra hecha habitable gracias a la obra de los hombres. Se trata, pues, de un concepto político.
Y
habría que añadir que, buena parte de la fuerza de estas refle-
89. Ibíd.
§ 40, véanse las máximas del entendimiento humano; la 2ª es la del pensar
extensivo.
90.
Arendt trata esta cuestión en la «Thirteenth Session» y en un seminario que dio en el año 70 con el título
«Imagination», incluido en Arendt, H.,
Lectures on Kant’s Political Philosophy (BEINER, R., comp.), Chicago University
Press, 1982.
91.
Arendt, H., ob. cit., pág. 44.
92. «II
giudizio é la forma nuova, moderna di redenzione del passato nell’epoca in cui la
tradizione non socorre piú e lo storicismo appare
legato al carro dei vincitori»,
Bodei, R. «Hannah Arendt interprete di Agostino» en Esposito, R. (comp.),
La plura- lita irrappresentabile, pág. 119.
93. Con
esta expresión Arendt se refiere a Nietzsche en La vida del espíritu, pág. 421.
94. Véase
Amiel, Anne, Hannah Arendt. Politique et événement, PUF, París 1996, pág. 14.
xiones
arendtianas radica en que están hechas desde una decidida vo- luntad
de no obviar el hecho de que nuestra
humanidad ha perdido el hilo de su tradición ya que, a pesar de toda la sofisticación de
su historiografía, ha perdido la
facultad de la memoria. Basta recordar aquellas palabras
de Arendt en las que
enfatiza que sus ensayos tie- nen un único propósito:
ganar experiencia en cómo pensar; no con- tienen prescripciones acerca de qué pensar o qué verdades sostener.
«Lo que
menos pretenden de todo es volver a
atar el hilo roto de la tradición o inventar
modernísimos sustitutos con los cuales rellenar la brecha entre pasado y
futuro.»95
4. Una
figura excéntrica ha devenido un «clásico»
No se
puede ser indiferente al mundo sin convertir- lo en ininteligible
CLAUDE
HABIB96
Vivimos
en un mundo en que el propio cambio
se ha convertido en
algo tan obvio que
corremos el riesgo de olvidar
incluso qué es lo que ha cambiado.
HANNAH
ARENDT
A
principios de los años setenta, Arendt afirmaba haberse
incor- porado claramente a las
filas de quienes «desde hace algún
tiempo se esfuerzan por desmontar la metafísica y la filosofía,
con todas sus ca- tegorías, tal y como
las hemos conocido desde sus
comienzos en Gre- cia hasta nuestros
días»97 y añadía que tal desmantelamiento sólo es posible si
partimos del hecho de que el hilo de la tradición se ha que- brado y no seremos
capaces de renovarlo. Acaso estas
dos afirmacio- nes puedan decir algo del
creciente interés98 que, desde la pasada dé-
95.
Arendt, H., «La brecha entre pasado
y futuro» en De la historia a la
acción, pág. 87.
96.
«Introduction» a Arendt, H., Penser l’événement, Belin, París 1989.
97.
Arendt, Hannah, La vida del espíritu, pág. 242.
98. Para
la recepción de su obra, véase el ya
mencionado libro de Simona Forti que incluye además una muy completa
bibliografía.
Por lo
que respecta a nuestro país hay que
reseñar que, desde finales de la década
cada,
despierta el pensamiento de esta
judía–alemana. Hasta este mo- mento
había sido conocida por su
independencia de pensamiento y cuestionada por
su análisis histórico del fenómeno
del totalitarismo (1951), especialmente
por su ecuación
entre nazismo y estalinismo; por el escándalo
suscitado por su tesis
(1963) de «la trivialidad del
mal» en nuestro siglo.
Lo que ha
dejado por pensar tanto lo que en su momento se de- nominó
pensamiento posmoderno como la crisis del marxismo pare- cen haberla convertido
en un locus en el que se puede
transitar con cierta comodidad:
sus intentos de repensar la
especificidad de lo po- lítico, su
lúcido análisis del lugar que
ocuparía Marx en la tradición de la
filosofía política; su apuesta por un
«pensar sin barandillas»; sus preguntas
relativas a la responsabilidad y a la culpabilidad en relación a los crímenes del nazismo),
el exilio, la figura del refugiado99
y del paria;100 la
reivindicación de la memoria en un
medio donde ya no hay ninguna forma
de permanencia; su cercanía al
«pensar poético» de W. Benjamín.
Si bien
esto es así, en el fondo de la mayoría
de sus reflexiones lo que
descubrimos son sucesivos intentos
por repensar la tensión entre el pensamiento y la acción, sin recaer en la dialéctica ni preci- pitarse hacia
un fácil pragmatismo.
Efectivamente Hannah Arendt trata
de pensar esta tensión sin anularla,
cosa que convierte su obra
de los 80
hay un renovado interés por la obra de Arendt. Si bien hacer una
crónica ex- haustiva de las diversas
publicaciones en que se manifiesta este interés
excedería el es- pacio de
esta nota, quizás
pueda servir de muestra
el volumen colectivo En
torno a Hannah Arendt (Cruz, M. & Birulés, F.,
comp.) Centro de Estudios
Constitucionales, Madrid 1984,
que recoge colaboraciones de la mayoría de quienes
se han dedicado al estudio
de Arendt en los últimos años y
que incluye una extensa bibliografía.
Hay que destacar también que el n. monográfico que le dedicó la revista Debats (n. 37 ) en
1991 junto con la reedición de La
condición humana y la publicación de la
ya citada compi- lación De la historia a la acción —ambos prologados por M. CRUZ— han significado un importante
estímulo de trabajo. Alrededor
de estas publicaciones y del
trabajo de in- vestigación realizado,
desde 1990, en el marco del «Seminario Filosofía i Genere» de la Universidad de Barcelona, se están desarrollando
parte de las actuales relecturas
de la obra de Hannah Arendt.
99.
Arendt, H., The Jew as Pariah: Jewish Identity and Politics in the Modern Age
(Feldman,
R. H. comp.) Grove Press, Nueva York 1978.
100.
Arendt, H., Rahel Varnhagen: the Life of
a Jewess, East and West Library, Londres
1958; ed. alemana, Piper, Munich 1959.
en un
lugar verdaderamente incómodo;
basta recordar alguna de las caracterizaciones que ha
merecido —por ejemplo, aquellas que la convierten en una mezcla intelectual única de lo reaccionario y lo re- volucionario101 o descubrir
en una atenta lectura
cómo no encaja con facilidad
ni con la «rehabilitación de la filosofía
práctica», ni con el
neoaristotelismo ni con el universalismo de la «ética discursi- va»
habermasiana o la filosofía francesa de
la diferencia, por ejem- plo. Sin embargo, se puede afirmar que, con sus experimentos de pensamiento,
realizados a menudo en registros
diversos y no siem- pre exitosos,
ofrece redes conceptuales
que le permiten retomar
a las preguntas y tratar de decir y de comprender el mundo moder- no,
un mundo en el
que las ideas más
comúnmente aceptadas se han visto «atacadas, refutadas,
sorprendidas y disueltas por los he- chos».102
Se
diría que lo que
Arendt pretende es tratar
de ver qué po- demos aprender de esta crisis y no en el
sentido de aprender de los errores. Acaso simplemente levantar acta
del vacío entre el poder de las
ideas y el shock de la realidad, pero no
para lamentarse o para manifestar
alguna suerte de nostalgia,
sino para retomar a las pala- bras, meditar sobre ellas, que acaso sea una tarea excesivamente
hu- milde, pero que comporta sabiduría,
puesto que las palabras son el alimento
del pensar y son lo único de que,
con frecuencia, dispone- mos para
replicar a los sobresaltos del mundo.
Como dice Arendt en ¿Qué es la política?, «y aunque esta
réplica no vence al infortu- nio ni atrae a la fortuna,
es un acontecimiento como tal». Tarea aca- so humilde, pero
no muy alejada de la que
podemos atribuir a Só- crates.
Y en este
gesto de volver a palabras como
«acción», «libertad»,
«esfera
pública» o «poder» consigue mostrar que una errónea asi- milación
de lo que está en juego en la política
—en lugar de consi- derarla la posibilidad de un ámbito
plural en el que quienes partici- pan se revelan como alguien y
conceden durabilidad al mundo, entenderla en
términos de relación
entre dominadores y domi-
101. En
1972 Hans Morganthau preguntaba a
Arendt: «¿Qué es usted? ¿Es con- servadora?
¿Es liberal? ¿Dónde se sitúa
usted entre las
perspectivas contemporá- neas?»
«On Hannah Arendt» en Hill, M.A (comp.), ob. cit., pág. 167.
102. Como
detectó Paul Valéry y cita Arendt («Regards sur le monde actuel»,
Oeuvres
completes, II, Ed. Pléiade, pág. 942).
nados— nos
conduzca a la tentación de liberarnos
de ella y consi- derar que en el lugar
del poder no hay nadie.
Pero como observa Arendt esto significa el más terrible de los despotismos: «no hay na- die que pueda hablar con este
Nadie ni protestar ante él».
FINA
BIRULÉS
Universidad
de Barcelona
AGRADECIMIENTOS
Todo
editor está obligado en primer lugar al
autor a quien edita. Por lo tanto tengo que agradecer a Hannah
Arendt la formidable vi- vencia que para mi formación
ha supuesto trabajar sobre sus textos. No solamente ha ampliado
mi horizonte científico sino que
además he obtenido algunos conocimientos respecto a lo que ocurre y puede ocurrir entre los hombres en el espacio público–político. Las palabras
de Arendt, a menudo impresionantes, aquí
o en cualquier otro lugar, se han
convertido en compañeras de mi vida.
Para la ocasión presen- te se me
ocurren algunas frases
de su entrevista con Günter
Gaus:
«Comenzamos algo; tendemos nuestros
hilos en una red de relacio- nes...». Efectivamente, yo he
«comenzado» algo con este libro: sim- plemente
porque al haberlo hecho he puesto algo nuevo en el mun- do; pero
también, o al
menos eso espero,
pretendiendo algo más exigente.
La publicación de esta parte
del legado podría ser un co- mienzo
si diera nuevo ímpetu a la interpretación de Arendt, puesto que los caminos recorridos
hasta ahora ya están en parte muy gasta- dos y la recepción [de la
autora] está en peligro de
convertirse sólo en la cita de fórmulas
como la de la «banalidad del mal» u otras frases arrancadas del contexto. Dicho de otro
modo: los manuscritos aquí
reunidos podrían animar
a considerar otra vez y con mayor exactitud lo que Hannah Arendt
escribió. En cualquier caso, ésta
es la exigen- cia que ha surgido de
ellos para mí. Deseo haber contribuido con mi comentario a que la
discusión en torno a la filosofía y teoría políticas de Arendt se inflame de nuevo. Otra
cosa que un deseo no puede ser porque,
como para todo
comienzo, aquí también
es válido aquello de: «... lo que
será de esto no lo sabemos nunca».
Siguiendo
la cronología del nacimiento de este
libro, hay que nombrar en segundo lugar
a la competente lectora de la editorial Pi- per, la señora Renate Dörner. En las
conversaciones que mantuvimos se
originaron
los proyectos de investigación
aludidos en el prólogo* y fue ella quien me puso en contacto con el profesor Sontheimmer
para la realización de
los mismos. Así llegamos
a la próxima
estación en nuestro agradecimiento: El señor Sontheimer ha depositado una insó- lita confianza en mí, ha recomendado mis sucesivas propuestas a la Sociedad Alemana de
Investigación y ha proporcionado a mi
trabajo un amplio espacio de
libertad. Así pues, sin el apoyo de
dicha socie- dad, la presente
publicación no hubiera tenido
lugar. Además de repe- tir gustosamente todos los agradecimientos
anteriores, quisiera añadir que
para mí fueron de la misma
importancia las buenas
condiciones de trabajo que ofrece
la Library of Congress en Washington a
los lec- tores del legado. Además tengo que citar dos ponencias (y su resonan- cia en los oyentes) que me han
ayudado mucho a avanzar
en la orde- nación del texto y su
comentario: la primera de Gitta Gess (doctora en la Universidad de Munich)
a lo largo del semestre de
verano de
1991;
la segunda en
las Jornadas Hannah–Arendt
celebradas en la Academia
Católica de Wiesbaden en enero de 1992. Finalmente, me he permitido importunar a toda una serie
de personas cercanas a mí masculini et feminini generis ** con
una primera redacción
del ma- nuscrito. Entre ellos destacan dos a quienes
también deseo mostrar mi
agradecimiento públicamente: la
doctora Lotte Köhler, adminis- tradora
del legado Arendt, de quien he aprendido
muchas cosas cla- rificadoras, y el señor
Erich Darchinger, que me
introdujo en los fun- damentos de la
lengua griega y
ha continuado ayudándome
allí donde la filóloga clásica
Hannah Arendt presentaba enigmas a la edi- tora, socióloga en cuya
formación la Antigüedad clásica sólo fue mar- ginal.
URSULA
LUDZ
Feldafing,
diciembre de 1992
* La
edición alemana incluye un prólogo a cargo de Kurt Sontheimmer [N. del t..]
** U.
Ludz alude irónicamente a unas palabras
de H. Arendt en Copenhague con motivo
de la recepción del premio Sonning
(1975), «Soy un individuo judío
“femini generis”, como ustedes pueden ver...» [N. del t..]
PRIMERA
PARTE
TEXTOS DE
HANNAH ARENDT
¿QUÉ ES
LA POLÍTICA?
FRAGMENTO
1
¿Qué es
la política?
Agosto de
1950
1. La
política se basa en el hecho de la
pluralidad de los hom- bres. Dios ha creado
al hombre [Mensch ], los hombres son un pro- ducto humano,
terrenal, el producto de la
naturaleza humana. Pues- to que la
filosofía y la teología se ocupan
siempre del hombre, puesto que todos sus enunciados serían correctos
incluso si sólo hubiera un
hombre, o dos hombres, o únicamente hombres idénticos, no han en- contrado ninguna
respuesta filosóficamente válida
a la pregunta:
¿Qué es
la política? Peor todavía: para
todo pensamiento científico sólo hay el hombre —tanto
en la biología o la psicología
como en la filosofía y la teología, así como para la zoología sólo hay el león. Los leones
serían una cuestión que sólo concerniría a los leones.
En todos
los grandes pensadores —incluido Platón— es llamati- va la diferencia de rango entre sus filosofías políticas y el resto de su obra. La política
nunca alcanza la misma
profundidad. La ausencia de profundidad de sentido no es otra cosa que la falta de sentido para la profundidad en la que la política
está anclada.
2. La
política trata del estar juntos y los unos con los otros de los diversos. Los
hombres se organizan políticamente según determina- das comunidades esenciales en un
caos absoluto, o a partir de un caos absoluto de las diferencias. En la medida
en que se construyen cuer- pos políticos
sobre la familia y se los entiende a imagen
de ésta, se considera que los
parentescos pueden, por un lado, unir a
los más di- versos y, por otro, permitir
que figuras similares a
individuos se dis- tingan las unas de
las otras.
En esta
forma de organización,
efectivamente, tanto se disuelve la variedad originaria,
como se destruye la igualdad
esencial de to- dos los hombres.
En ambos casos, la ruina de la política resulta del desarrollo de cuerpos
políticos a partir de la familia. Con esto ya se da a entender
lo que en la imagen de la Sagrada Familia es simbóli- co, la opinión de que Dios ha creado no tanto
al hombre como a la familia.1*
3. Cuando
se ve en la familia más que la participación, esto es, la participación activa,
en la pluralidad, se empieza a jugar a
ser Dios, es decir, a hacer como si naturaliter se pudiera escapar
del principio de la
diversidad. En vez de engendrar a un
hombre, se intenta, a imagen fiel de sí mismo, crear al hombre.
Desde un
punto de vista práctico–político, sin
embargo, la fami- lia adquiere su
arraigado significado por el hecho de que el mundo está
organizado de tal modo que en él no hay
ningún refugio para el individuo, para
el más diverso. Las familias
se fundan como alber- gue y fortificación en un
mundo inhóspito y extraño en el que uno desea establecer
parentescos. Este deseo conduce a la
perversión fundamental de lo político, porque, a través de la introducción del
concepto de parentesco, suprime, o más
bien pierde, la cualidad fundamental de la pluralidad.
4. El
hombre, tal como filosofía y teología lo entienden,
sólo existe —o se realiza— en la política con los mismos derechos
que los más diversos se garantizan.
En esta garantía voluntaria y en la conce- sión de una exigencia de
igualdad jurídica, se reconoce
que la plura- lidad de los hombres,
que deben su pluralidad
únicamente a sí mis- mos, tiene que agradecer su existencia a la creación del
hombre.
5. La
filosofía tiene dos buenos motivos para
no encontrar nun- ca el lugar donde surge la política. El primero es:
a) Zoon
politikon :2* como si hubiera en el
hombre algo político que perteneciera a
su esencia. Pero esto no es así; el hombre
es a–po- lítico. La política nace en el Entre–los–hombres, por lo
tanto comple- tamente fuera del hombre. De ahí que no haya ninguna substancia propiamente política. La política
surge en el entre
y se establece como relación. Así
lo entendió Hobbes.
1.*
Arcaísmo por: Dios habría creado no al hombre sino más bien a la familia.
2.* En
griego en el original.
b) La representación
monoteísta de Dios, a cuya imagen y seme- janza debe haber sido creado el hombre. A partir
de aquí, ciertamen- te, sólo pueda
haber el hombre, los hombres
son una repetición más o menos afortunada del mismo. El hombre creado
a semejanza de la soledad de Dios es la base del hobbesiano state of
nature as a war of all against all. Es la guerra de uno
contra todos los otros,
que son odiados porque existen
sin sentido — sin sentido para el hombre crea- do a imagen de la soledad de Dios.
La
solución de Occidente a esta imposibilidad de la política den- tro del mito
occidental de la creación es la transformación de la polí- tica en
historia o su sustitución por ésta. A
través de la representación de una historia
universal la pluralidad de los
hombres se diluye en un individuo humano
que también se denomina
humanidad. De ahí lo monstruoso e inhumano de la historia, que al fin se impone plena y brutalmente a la política.
6. Es tan
difícil darse cuenta3* de que debemos ser realmente
li- bres en un territorio delimitado,
es decir, ni empujados por nosotros mismos ni dependientes de material dado
alguno. Sólo hay libertad en el
particular ámbito del entre de la
política. Ante esta libertad nos
refugiamos en la «necesidad» de la historia. Una absurdidad espan- tosa.
7. Podría
ser que la misión de la política fuera elaborar
un mun- do tan transparente para la verdad como la creación de Dios. En
el sentido del mito judeo–cristiano esto
significaría: el hombre, creado a imagen
de Dios, ha recibido una fuerza
generadora para organizar al hombre
a semejanza de la creación divina. Esto probablemente es un
disparate. Pero sería la única demostración y justificación posible
de la idea de una ley natural.
En la
absoluta diversidad de todos los hombres entre
sí, que es mayor que la diversidad relativa de pueblos, naciones o
razas; en la pluralidad, está contenida
la creación del hombre por
Dios. Ahí, sin embargo, la
política no tiene nada que hacer. Pues
la política organi- za de antemano a los absolutamente diversos en
consideración a una igualdad relativa y para diferenciarlos de los
relativamente diversos.
3.* En el
original: realizar [Realisieren].
Seguramente se refiere a: darse cuenta
(inglés:
to realize).
INTRODUCCIÓN
A LA POLITICA I
FRAGMENTO
2A
I.
Capítulo: Los prejuicios
a) El
prejuicio contra la política y lo que la política es hoy de hecho
En
nuestro tiempo, si se quiere hablar
sobre política, debe empe- zarse por los prejuicios que todos nosotros, si no
somos políticos de profesión, albergamos contra
ella. Estos prejuicios, que nos son comu- nes a todos, representan por
sí mismos algo político en el sentido
más amplio de la palabra: no tienen
su origen en la arrogancia de los
inte- lectuales ni son debidos al cinismo de aquellos que han vivido demasia-
do y han comprendido demasiado poco. No
podemos ignorarlos por- que forman parte de nosotros mismos y no podemos acallarlos porque apelan
a realidades innegables y reflejan fielmente la situación efectiva en la actualidad y sus aspectos políticos. Pero estos prejuicios no son juicios. Muestran que hemos ido a parar a una situación en que políti- camente no sabemos —o todavía
no sabemos— cómo movernos. El pe- ligro es que lo político desaparezca absolutamente. Pero los prejuicios se
anticipan, van demasiado lejos, confunden con política aquello que acabaría con la política y presentan lo que sería una
catástrofe como si perteneciera a la
naturaleza del asunto y fuera, por lo
tanto, inevitable.
«Tras los
prejuicios contra la política se encuentran hoy día, es decir,
desde la invención de la bomba atómica, el temor de que la humanidad provoque su desaparición a causa de la política y de
los medios de vio- lencia puestos a su
disposición, y —unida estrechamente a dicho te- mor— la esperanza de que la humanidad será razonable y se deshará4*
4.* El
pasaje puesto entre comillas simples está tachado en el original y no se ha
sustituido. Se reproduce casi literalmente en el fragmento 3b.
de la
política antes que de sí misma (mediante
un gobierno mundial
que disuelva el estado en una maquinaria administrativa, que resuel-
va los conflictos políticos
burocráticamente y que sustituya
los ejérci- tos por cuerpos
policiales). Ahora bien,
esta esperanza es de
todo punto utópica si por política se entiende —cosa que generalmente
ocurre— una relación
entre dominadores y dominados.
Bajo este punto de vista, en lugar de
una abolición de lo político obtendríamos una
forma despótica de dominación ampliada hasta
lo monstruoso, en la cual el abismo
entre dominadores y dominados
tomaría unas proporciones tan
gigantescas que ni siquiera serían
posibles las rebe- liones, ni mucho menos que los dominados controlasen
de alguna manera a los dominadores. Tal
carácter despótico no se altera por el hecho de que en este
régimen mundial no pueda
señalarse a ninguna persona, a ningún
déspota, ya que la dominación
burocrática, la do- minación a través
del anonimato de las oficinas, no es menos
despó- tica porque «nadie»
la ejerza. Al contrario, es
todavía más temible, pues no hay nadie que pueda hablar
con este Nadie ni protestar ante él. Pero si entendemos por político un
ámbito del mundo en que los hombres son primariamente activos y dan a los asuntos humanos
una durabilidad que de otro modo no tendrían, entonces la esperanza
no es en absoluto utópica. Eliminar
a los hombres en tanto que activos es algo que ha ocurrido con frecuencia en la historia, sólo que no a es- cala mundial —bien sea en la forma (para nosotros extraña
y pasada de moda) de la
tiranía, en la que la voluntad de un solo hombre exi- gía vía libre, bien sea en la forma del
totalitarismo moderno, en el que se
pretende liberar «fuerzas históricas» y
procesos impersonales y presuntamente superiores con el fin de esclavizar a los
hombres. Lo propiamente apolítico [unpolitisch ] —en
sentido fuerte— de
esta forma de dominación es la
dinámica que ha desencadenado y que le
es peculiar: todo y todos
los que hasta ayer pasaban por
«grandes» hoy pueden —e incluso
deben— ser abandonados al olvido si el mo- vimiento quiere
conservar su ímpetu. En este sentido, no contribuye precisamente a tranquilizarnos
constatar que en las democracias de
masas tanto la impotencia de la gente
como el proceso del consumo y el olvido
se han impuesto subrepticiamente, sin
terror e incluso es- pontáneamente —si
bien dichos fenómenos se limitan
en el mundo libre, donde no impera
el terror, estrictamente a lo
político y [lo] eco- nómico.
Sin
embargo, los prejuicios contra la política, la idea de que la política
interior es una sarta fraudulenta y engañosa de intereses
e ideo- logías mezquinos,
mientras que la exterior fluctúa entre
la propagan- da vacía y la cruda
violencia son considerablemente más antiguos que la invención de instrumentos con los que
poder destruir toda vida or- gánica sobre
la Tierra. Por lo que concierne a
la política interior, es- tos prejuicios son al menos
tan antiguos —algo más de un
centenar de años— como la democracia
parlamentaria, la cual pretendía re- presentar, por primera vez en la historia moderna,
al pueblo (aunque éste nunca se
lo haya creído). En cuanto a la política
exterior, su na- cimiento se dio en las primeras décadas
de la expansión imperialista a
fines del siglo pasado, cuando los
estados nacionales, no en nombre de la nación sino a causa de sus intereses económicos
nacionales, em- pezaron a extender
la dominación europea por toda la
tierra. Pero lo que hoy da su tono
peculiar al prejuicio contra
la política es: la huida hacia la impotencia, el deseo desesperado de no tener que
actuar eran entonces todavía
prejuicio y prerrogativa de una clase social restrin- gida que opinaba como Lord Acton que el poder corrompe
y la po- sesión del poder absoluto
corrompe absolutamente.1 Que esta
con- dena del poder
se correspondía completamente
con los deseos todavía inarticulados de las masas
no lo vio nadie tan
claramente como Nietzsche en su intento
de rehabilitarlo —aunque él, de
acuer- do con el sentir de la época,
también confundió, o identificó, el poder [Macht ], que un único
individuo nunca puede detentar porque surge de la actuación conjunta
de muchos, con la violencia
[Gewalt ], de la que sí puede apoderarse uno solo.
1. John
Emerich Edward Dalberg Acton en una carta a Mandell Creighton, 5 de abril de 1887: «Power tends to corrupt
and absolute power
corrupts absolutely». En: id., Essays on Freedom and Power, selecc.
e introd. por Gertrude
Himmelfarb, Glen- coe, III., Free
Press, 1948, pág. 364. (Todas las
notas sin asterisco han
sido redactadas por U. Ludz a partir
de las que ya se encontraban en el manuscrito y de algunos mate- riales
del legado arendtiano. [N. del t..].)
FRAGMENTO
2B
Capítulo
I: Los prejuicios
b)
Prejuicio y juicio5*
En
nuestro tiempo, si se quiere hablar
sobre política, debe empe- zarse por los prejuicios que todos
nosotros, si no somos
políticos de profesión, albergamos
contra ella. Pues los prejuicios, que todos compartimos, que son obvios
para nosotros, que podemos
intercam- biarnos en la conversación sin tener que explicarlos
detalladamente, representan algo político en el sentido más amplio de la palabra —es decir, algo que constituye un componente integral de los asuntos hu- manos
entre los que nos movemos todos
los días. Que los prejuicios tengan
un papel tan extraordinariamente grande en la vida cotidiana y por lo
tanto en la política es algo de lo que
en sí no cabe lamentar- se y que, en ningún
caso, se debería intentar
cambiar. Pues el hombre no puede vivir sin prejuicios y no sólo porque su buen
sentido o su discernimiento no
serían suficientes para juzgar de nuevo todo aque- llo
sobre lo que se le pidiera algún
juicio a lo largo de su vida sino porque
una ausencia tal de
prejuicios exigiría una alerta sobrehuma- na. Por eso la política siempre ha
tenido que ver con la aclaración y disipación
de prejuicios, lo que no
quiere decir que consista en edu- carnos para
eliminarlos, ni que los que se
esfuerzan en dilucidarlos estén en sí
mismos libres de ellos. La pretensión de estar atento
y abierto al mundo determina el nivel político y la fisionomía general de una época pero no puede
pensarse ninguna en la que los hombres, en amplias esferas de juicio y decisión, no pudieran
confiar y reinci- dir en sus prejuicios.
Evidentemente esta justificación del prejuicio
como criterio para juzgar en la
vida cotidiana tiene sus fronteras, vale sólo para auténti- cos prejuicios, esto es, para los que no afirman ser juicios. Uno puede reconocer los prejuicios auténticos
en el hecho de que apelan con to-
tal naturalidad a un «se dice», «se opina», sin que por supuesto dicha
5.*
Corrección manuscrita de: El prejuicio contra la política.
apelación
deba constar explícitamente. Los prejuicios no son idiosincrasias personales, las cuales, si bien nunca pueden
probarse, siempre remiten a una
experiencia personal en la que tienen la evi- dencia de percepciones sensibles.
Los prejuicios no tienen
una evi- dencia tal, tampoco
para aquel que les está
sometido, ya que no son fruto de la
experiencia. Por eso, porque no dependen
de un vínculo personal,
cuentan fácilmente con el asentimiento de los demás, sin que haya que tomarse el esfuerzo de persuadirles. Ahí es donde se
diferencia el prejuicio del juicio, con el que por otra
parte tiene en común
que a través suyo la gente se reconoce y se siente afín, de ma- nera que
quien esté preso en los prejuicios siempre
puede estar cier- to de algún resultado,
mientras que lo idiosincrásico apenas puede imponerse en el espacio público–político y sólo tiene
validez en lo privado e íntimo. Consiguientemente el prejuicio representa un gran papel en lo puramente
social: no hay propiamente ninguna forma
de sociedad que no se base más o
menos en los prejuicios, mediante
los cuales admite a unos determinados tipos humanos y excluye a otros. Cuanto más libre está un hombre de prejuicios
menos apropiado es para lo
puramente social. Pero si en sociedad no pretendemos juzgar en absoluto, esta
renuncia, esta sustitución del juicio por el
prejui- cio, resulta peligrosa cuando
afecta al ámbito político,
donde no po- demos movernos sin juicios
porque, como veremos más adelante,2 el pensamiento político se basa
esencialmente en la
capacidad de juz- gar [Urteilskraft ].
Uno de
los motivos de la eficacia y peligrosidad
de los prejuicios es que siempre
ocultan un pedazo del pasado.
Bien mirado, un pre- juicio
auténtico se reconoce además
en que encierra un juicio que en
su día tuvo un fundamento legítimo en la experiencia; sólo se convir- tió en prejuicio al ser
arrastrado sin el menor reparo ni
revisión a tra- vés de los tiempos. En este sentido se diferencia
de la charlatanería, la cual no sobrevive al día o la hora en que se da
y en la cual las opinio- nes y juicios más heterogéneos se confunden caleidoscópicamente. El peligro del
prejuicio reside precisamente en que
siempre está bien an-
2.
Respecto a la capacidad de juzgar Arendt
no se manifiesta detalladamente en los
manuscritos póstumos. Queda claro
sin embargo que la
tesis con la que
debía ocuparse más tarde tan intensivamente, a saber, que «el
pensamiento político se basa esencialmente
en la capacidad de
juzgar», ya queda formulada
en este momento. Para ello véase el fragmento 3c,
pág. 112, también la pág. 143 del apéndice.
clado en
el pasado y por eso se avanza al juicio
y lo impide, imposibi- litando con ello
tener una verdadera experiencia del presente.
Si que- remos disolver los prejuicios
primero debemos redescubrir los juicios pretéritos que
contienen, es decir, mostrar su
contenido de verdad. Si esto se pasa por
alto, ni batallones enteros de ilustrados oradores ni bibliotecas completas de folletos pueden conseguir
nada, como muestran claramente los casi infinitos —e infinitamente
infructuo- sos— esfuerzos dedicados a
problemas tales como el de los negros en
los Estados Unidos o el de los judíos, cuestiones sobrecargadas de prejuicios antiquísimos.
Puesto
que el prejuicio, al recurrir a lo
pasado, se avanza al jui- cio, ve limitada
su legitimidad temporal a épocas históricas —cuanti- tativamente la gran mayoría— en que lo nuevo es relativamente raro en las
estructuras políticas y sociales y lo viejo predomina. La palabra
«juzgar»
tiene en nuestra lengua dos
significados totalmente diferen- ciados
que siempre se mezclan cuando hablamos.
Por una parte alu- de al
subsumir clasificatorio de lo singular y particular bajo algo ge- neral y universal,
al medir, acreditar y decidir
lo concreto mediante
criterios regulativos. En tales juicios hay un prejuicio; se juzga
sólo lo individual pero no el
criterio ni su adecuación a lo que mide. Tam- bién sobre dicho criterio se juzgó una vez y, aunque ahora
este juicio se omite, se ha convertido
en un medio para poder seguir juzgando. Pero por otra parte juzgar puede aludir a algo completamente
distin- to: cuando nos enfrentamos a
algo que no hemos visto nunca y para lo
que no disponemos de ningún
criterio. Este juzgar sin
criterios no puede apelar a nada más que
a la evidencia de lo juzgado mismo y no tiene otros presupuestos que la
capacidad humana del juicio, que tie- ne mucho más que ver con
la capacidad para diferenciar que con la capacidad para
ordenar y subsumir. Este juzgar
sin criterios nos es bien
conocido por lo que respecta al juicio estético o de gusto [Geschmacksurteil ],
sobre el que, como dijo Kant,
precisamente no se puede «disputar» pero
sí discutir y llegar a un acuerdo; y también lo vemos en la vida cotidiana cuando,
ante una situación todavía no conocida, opinamos si esto o aquello la
hubiera juzgado correcta o incorrectamente. En toda crisis histórica los prejuicios se tambalean, ya no se confía en ellos y
justamente porque ya no pueden contar
con el reconocimiento en esos «se dice», «se piensa» no vinculantes, en ese terreno delimitado
en que se justificaban y
usaban, se solidifican
y se
convierten en algo que en origen no
eran, a saber, en aquellas pseudoteorías que,
como cosmovisiones [Weltanschauungen ] homo- géneas o
ideologías iluminadoras, pretenden
abarcar toda la realidad histórica y política.
Si la función del prejuicio es preservar
a quien juzga de exponerse
abiertamente a lo real y de tener
que afrontarlo pensando, las
cosmovisiones e ideologías cumplen
tan bien esta mi- sión
que protegen de toda
experiencia, ya que en ellas todo
lo real está al parecer previsto
de algún modo. Justamente
esta universali- dad que
las distingue tan
claramente de los prejuicios,
los cuales siempre son sólo de naturaleza parcial, muestra claramente que ya no se confía no sólo en los
prejuicios sino tampoco en los criterios del juicio ni en lo que han pre–juzgado, muestran que todo ello es literal- mente inadecuado.
Este rechazo de los
criterios en el mundo moder- no —la imposibilidad de juzgar lo que
ha sucedido y sucede cada día según unos criterios
firmes y reconocidos por
todos, de subsumirlo como caso de
un universal bien conocido, unida
estrechamente a la dificultad
de ofrecer principios
de acción para
lo que deba suce- der—
se describe con frecuencia
como un nihilismo
inherente a la época, como
una desvaloración de todos
los valores, una especie de ocaso
de los dioses y catástrofe del orden
moral del mundo. Todas estas
interpretaciones presuponen
tácitamente que a los
hombres sólo se les puede exigir
juzgar cuando poseen criterios,
que la capa- cidad de juicio no es más que la aptitud para clasificar correcta y ade- cuadamente lo particular según lo
general que por común acuerdo le corresponde. Si bien es verdad que se
admite que la capacidad de jui- cio consiste y debe consistir en juzgar directamente y sin criterios, los ámbitos en que esto ocurre, en decisiones
de toda clase, sean de na- turaleza
personal o pública, y en el
llamado juicio de gusto, no se to- man
en serio porque, de hecho, lo así
juzgado no tiene nunca carác- ter
concluyente, nunca obliga a los demás en el sentido en que una conclusión lógicamente
irrefutable obliga al asentimiento, sino que sólo puede persuadirles. Que al juzgar en general le sea propio
algo irrefutable es ello mismo un
prejuicio; los criterios, mientras tienen validez, no son nunca demostrables irrefutablemente; a ellos sólo
les es apropiada la limitada evidencia
del juicio, sobre la que todos están de acuerdo
y sobre la que no se debe ni disputar ni discutir. Demos- trables irrefutablemente son sólo el
clasificar, el medir y el aplicar criterios,
la regulación de lo individual y concreto,
todo lo cual pre-
supone la validez del criterio para
la naturaleza del asunto. Este
cla- sificar y regular, en el que
ya no se decide otra
cosa que si de un modo
comprobable se ha operado errónea o acertadamente, tienen mucho más
que ver con un
concluir deductivo que
con un pensa- miento
juzgante. La pérdida de los criterios, que de hecho determina al mundo moderno
en su facticidad y que no es
reversible mediante ningún retorno
a los buenos Antiguos o el
establecimiento arbitrario de nuevos
valores y criterios, sólo es una
catástrofe para el mundo moral si se acepta que los hombres no están en condiciones de juzgar las cosas en sí mismas, que su
capacidad de juicio no basta para juz- gar originariamente, que sólo puede exigírseles aplicar correctamen- te reglas
conocidas y servirse adecuadamente de criterios
ya exis- tentes.
Si esto
fuera así, si fuera esencial al pensamiento humano que los hombres únicamente pudieran juzgar cuando tuvieran
a mano criterios fijos y
dispuestos, entonces sería cierto lo que hoy se supo- ne en
general, que en la crisis del mundo
moderno más que éste es el
hombre mismo quien
está fuera de quicio.* En la enseñanza aca- démica
se ha difundido ampliamente este
supuesto, lo cual se per- cibe claramente en
el hecho de que
las disciplinas históricas,
que tienen que ver con la historia del mundo
y lo que aconteció6* en él, se
han diluido en las ciencias sociales y la psicología.
Esto no signi- fica sino que se abandona el estudio del mundo
histórico en sus pre- tendidas etapas
cronológicas en favor del
estudio de modos de con- ducta
primero sociales y después humanos,
los cuales, a su vez, sólo pueden ser objeto de una investigación
sistemática si se excluye al hombre que
actúa, que es el artífice de los acontecimientos consta- tables en el mundo,
y se le rebaja a la
condición de ser que mera- mente
tiene una conducta,
ser al que se puede
someter a experi- mentos y al
que incluso cabe
esperar poner definitivamente bajo control. Más significativo quizá que
esta académica disputa de fa-
cultades, en que como mucho se revelan
ambiciones de poder total- mente antiacadémicas, es que tal
desplazamiento del interés —del mundo al
hombre— se manifieste en el resultado de una
encuesta
6.* En el
original: ... y de lo acontecido en él.
* Arendt
usa aquí la frase de Hamlet (Act. I, esc. v): «The time is ont of joint», se-
gún Valverde. «Los tiempos están
desquiciados», Planeta, Barcelona,
1995. Según M. A. Conejero: «El mundo está fuera de juicio», Cátedra,
Madrid, 1996. [N. del t.]
realizada
recientemente y en la que a la pregunta
por el tema de preocupación
candente hoy día
la respuesta casi
unánime fue: el hombre.3
Se respondía esto no en el sentido
de la amenaza concre- ta que
representa la bomba atómica para el género humano (una in- quietud semejante ya estaría de
hecho muy justificada); a lo que evidentemente se aludía era a
la esencia del hombre, la entendiera cada individuo
como la entendiera.
De todos modos
—y estas muestras podrían multiplicarse a voluntad— no se duda
ni un ins- tante de que el
hombre o se ha salido de quicio o está
en peligro o en cualquier caso es lo que
hay que cambiar.
Sea cual
sea la postura que uno adopte frente a
la cuestión de si es el hombre o el mundo
lo que está en juego en la crisis actual, una cosa es segura: la
respuesta que sitúa al hombre
en el punto central de la
preocupación presente y cree deber cambiarlo
para poner re- medio
es profundamente apolítica; pues
el punto central de la polí- tica es siempre la preocupación por el mundo
y no por el hombre
—por un
mundo acondicionado de alguna
manera, sin el cual aquellos que se
preocupan y son políticos no consideran
que la vida merezca ser vivida. Pero de la misma manera que no se cambia un
mundo cambiando a los hombres
—prescindiendo de la práctica
imposibili- dad de tal empresa— tampoco se cambia una organización o una
asociación empezando a
influir sobre sus
miembros. Si se quiere cambiar una
institución, una organización, cualquier
corporación pública mundana, sólo
puede renovar su constitución, sus leyes, sus
estatutos y esperar que todo lo demás se dé por sí mismo. Que esto sea
así tiene relación
con el hecho de
que siempre que
se juntan hombres —sea
privada, social o
público–políticamente— surge en- tre
ellos un espacio que los reúne y a la
vez los separa. Cada uno de estos
espacios tiene su propia
estructura, que cambia con el
cambio de los tiempos y que se da a
conocer en lo privado en los usos, en lo
social en las convenciones y en lo
público en leyes, constituciones, estatutos y similares. Dondequiera
que los hombres
coincidan se abre paso
entre ellos un mundo
y es en este «espacio entre»
[Zwis- chen–Raum] donde tienen lugar todos los asuntos humanos.
El espacio
3. No
hemos podido descubrir a qué «encuesta» —que vuelve a nombrarse en
otro lugar de estos manuscritos (véase pág. 142)— se refiere, cosa
especialmente de la- mentar, ya que de dicha fuente se hubiera
podido extraer conclusiones
respecto a la datación de los
fragmentos.
entre los
hombres, que es el mundo, no puede existir sin ellos, por lo que un
mundo sin hombres, a diferencia
de un universo sin hombres o una
naturaleza sin hombres, sería en sí
mismo una contradicción. Pero esto no significa que el mundo y las catástrofes que tienen
lugar en él sean diluibles en puros
sucesos humanos, ni mucho menos
que se deban a algo que sucede a «el
hombre» o la esencia de los hom- bres.
Pues el mundo y las cosas del
mundo, en cuyo centro suceden los asuntos humanos, no son la expresión o, como quien
dice, la re- producción impuesta
al exterior de la esencia
humana, sino al con- trario el
resultado de que los hombres son capaces
de producir [herstellen ] algo que no son ellos mismos, a saber,
cosas, e incluso los ámbitos
denominados anímicos o
espirituales son para ellos rea- lidades duraderas, en las que poder moverse,
sólo en la medida en que
dichos ámbitos están
cosificados, en que se presentan como un mundo de cosas. Este mundo de cosas en que los hombres actúan
les condiciona y por este motivo
toda catástrofe que sufre repercute so- bre ellos y les afecta. Podría
pensarse en alguna catástrofe tan mons- truosa que aniquilara, además
del mundo, incluso las capacidades7* del hombre para
configurarlo, para producir cosas, de manera que se quedara sin mundo,
como un animal. Hasta podríamos
imaginar- nos que tales catástrofes
tuvieron lugar en el pasado, en tiempos prehistóricos y que ciertas tribus,
llamadas primitivas, desprovistas de mundo, son sus residuos. También
podríamos imaginarnos que una guerra
atómica, suponiendo que
dejara vida humana tras de sí, podría provocar
una catástrofe semejante al destruir el mundo en su totalidad. Pero siempre
será el mundo, o mejor el curso
del mundo
—del que
los hombres ya no son dueños, del que
están tan alienados que el automatismo inherente a todo
proceso puede imponerse
sin trabas— el que causará la destrucción de los hombres y no ellos mis- mos. Sin embargo,
en la preocupación por el hombre
citada más arriba no se trata
de tales posibilidades. Más bien
lo grave y angus- tiante de ella es que
se desentiende por completo de estos peligros
«exteriores» [«äußere»], sumamente reales, y los elude
desde una in-
terioridad
donde como máximo se puede
reflexionar pero no actuar ni cambiar
nada.
Naturalmente
podría objetarse con facilidad que el mundo de
7.* En el
original: la aptitud ...
que aquí
se habla es el mundo humano,
o sea el resultado del pro- ducir y actuar
humanos entendidos comúnmente. Dichas capacida- des pertenecen sin
duda a la esencia del hombre; si fracasan,
¿no de- bería cambiarse la
esencia del hombre, antes de pensar en cambiar
el mundo? Esta objeción es en el fondo muy antigua
y puede apelar a los mejores
testimonios, por ejemplo
a Platón, quien ya reprochó
a Pericles que tras la
muerte de éste los atenienses no fueran
mejores que antes.
INTRODUCCIÓN A LA POLÍTICA II
FRAGMENTO
3A
a)
Presentación: ¿Tiene la política todavía algún sentido? 4
A la
pregunta por el sentido de la política hay una respuesta tan sencilla y tan concluyente en sí misma, que se diría que otras respues-
tas están totalmente de más. La respuesta
es: el sentido de la política
4.
Evidentemente, Hannah Arendt empezó a reelaborar este
fragmento antes de escribir «Presentación: El sentido de la política» (Fragmento
3d); se conserva la pri- mera página
del correspondiente manuscrito (página
N. 022377, de H.A., numerada
«—1— »)
cuyos detalles técnicos —tipografía,
formato, papel— son los mismos que los del fragmento 3d, por lo que probablemente procede de la misma
época que éste. Por lo que respecta
al contenido, pertenece al manuscrito precedente porque justo al principio aborda el tema «libertad».
El texto de la página es el siguiente:
Presentación:
¿Tiene la política todavía algún sentido?
A la
pregunta por el sentido de la política hay una respuesta tan sencilla y tan
conclu- yente en sí misma, que se diría que todo lo demás está de sobra. La
respuesta es: el sentido de la política es la libertad. Lo curioso de esta
respuesta es que resulta obvia y convence, aun– que entra en contradicción con
las definiciones que las ciencias políticas dan en la Edad Mo– derna a lo
político y tampoco coincide con la diversidad de teorías que, desde Platón, los
fi- lósofos de lo político suelen aportar.
Pues estas definiciones y teorías parten de que la política es una
necesidad ineludible para la vida del hombre; provee la subsistencia de la so-
ciedad y asegura la vida del individuo. Si algo tiene que ver con la libertad
es únicamente en el sentido de que ésta es su fin, es decir, algo fuera de la
política y para lo que la política es sólo un medio. Pero el sentido de una
cosa, a diferencia de su fin, está incluido en ella mis- ma. Por lo tanto, si
la libertad es el fin de la política, no puede ser su sentido. Consi-
guientemente, la libertad empieza donde el ejercicio de la política termina —de
la misma manera que la existencia de un objeto producido cualquiera comienza en
el momento en que su productor le da el último retoque. Pero la frase: «El
sentido de la política es la libertad» alude a algo completamente distinto, a
saber, a que la libertad o el ser–libre [Frei–sein] está incluido en lo
político y sus actividades.
Actualmente
estamos sin duda muy cerca de entender la libertad como un fin de la política,
y puede que la obviedad de la frase «el sentido de la política es la libertad»
ten- ga mucho que ver con este malentendido.
es la
libertad. Su simplicidad y contundencia reside en que es exacta-
mente tan antigua, no como la pregunta, que naturalmente ya surge de una sospecha
y está inspirada por la desconfianza, sino
como la existencia de lo
político. Pero hoy día esta respuesta no
es ni obvia ni inmediatamente convincente,
cosa que se aprecia con claridad
en que nuestra pregunta actual ya no cuestiona el sentido
de la política tal y como antes
se hacía: a partir de
experiencias que eran de naturaleza no–política
[nicht–politisch] o incluso anti–política [anti–politisch]. Nuestra pregunta
actual surge de experiencias políticas
muy reales: de la desgracia que
la política ya ha ocasionado en nuestro siglo y de la mucho mayor que todavía
amenaza ocasionar. De aquí que nuestra pregunta suene
mucho más radical,
mucho más agresiva
y mucho más desesperada: ¿tiene, pues, la política todavía algún
sentido?
En la
pregunta planteada de este modo
—y así es ya como se plantea a cualquiera— resuenan dos ecos: primero, la experiencia de los totalitarismos, en los que
presuntamente la vida entera de los hombres
está politizada —con la
consecuencia de que no hay libertad
ninguna. A partir de dicha experiencia, y esto significa a partir de condiciones específicamente modernas,
nace la cuestión de si la polí-
tica y la libertad son conciliables en
absoluto, de si la libertad no co- mienza
sólo allí donde acaba la
política, de manera que simplemente ya
no hay libertad donde lo político no
tiene final ni límites. Quizá las cosas han cambiado tanto
desde los Antiguos, para los que
política y libertad eran idénticas, que ahora,
en las condiciones modernas, una y otra han debido separarse por completo.
En
segundo lugar, la pregunta se plantea
inevitablemente a la vis- ta del inmenso
desarrollo de las modernas posibilidades de aniquila- ción, las cuales,
al ser monopolio de los estados nunca se hubieran desplegado sin ellos, por lo
que sólo pueden aplicarse en el ámbito político. Aquí ya no se trata únicamente de la libertad sino de la vida, de la existencia de la
humanidad y tal vez de toda la vida orgánica
so- bre la Tierra. La
pregunta que aquí surge convierte todo
lo político en cuestionable; hace
dudar de si bajo las condiciones modernas po- lítica y conservación de la vida son compatibles, y secretamente ex- presa la esperanza de que los hombres serán razonables y abolirán
de alguna manera la política
antes de que ésta los elimine a todos. Cier- tamente puede objetarse que la esperanza de que los estados mueran o de que al menos la política
desaparezca por una vía u otra es utópi-
ca y es
de suponer que la mayoría estaría de acuerdo
con tal objeción. Pero esto no modifica en nada ni la esperanza ni la pregunta. Si la po- lítica trae la desgracia y no puede abolirse, sólo quedan la desespera- ción o la esperanza de que el diablo no será tan malo como lo
pintan
—una
esperanza bastante tonta
en nuestro siglo, en que desde la
pri- mera guerra mundial hemos tenido que ver cómo cada diablo que la política
nos presentaba era mucho peor de lo que a nadie se le hubie- ra ocurrido pintarlo.
Estas dos
experiencias, que provocan la pregunta
por el sentido de la política, son las experiencias políticas
fundamentales de nuestra época. Si uno
las pasa por alto es como si no hubiera
vivido en este mundo, que es el
nuestro. No obstante hay entre ellas todavía una di-
ferencia. Por lo que respecta a la experiencia de la politización total en los estados totalitarios y a la cuestionabilidad de lo
político que surgía de ella, es un hecho
que desde la Antigüedad
ya nadie creía que el
sentido de la política fuera la
libertad; así como también es un hecho que en la Edad Moderna,
tanto teórica como prácticamente, lo
político únicamente vale como medio
para proteger la subsistencia de la sociedad
y [la] productividad del libre
desarrollo social. Así pues, ante el cuestionamiento de lo
político tal como se da en la ex- periencia totalitaria, sería posible en teoría un retroceso
a un punto de vista históricamente anterior —como si las formas totalitarias de dominación no hubieran hecho más que demostrar aquello que el
pensamiento liberal del siglo XIX ya
había mostrado. En cambio, lo desconcertante que la posibilidad de una aniquilación física absoluta tiene para
lo político es que precisamente
no permite ese retroceso. Pues lo
político amenaza precisamente aquello que, según la Edad Moderna, justifica
su existencia, a saber, la pura
posibilidad de vivir de la
humanidad en su conjunto. Si es
verdad que la política es algo
necesario para la subsistencia de la humanidad,8* entonces
ha empe- zado de hecho a autoliquidarse, ya que su sentido se ha vuelto brus- camente falto de sentido.
Esta
falta de sentido no es ninguna aporía
ficticia; es un estado de cosas absolutamente real del que podemos darnos
cuenta cada día si nos tomamos
la molestia no solamente de leer los periódicos sino
8.* En el
original: que la política no es sino algo necesario para la subsistencia de la humanidad.
también de preguntarnos, en nuestro disgusto por el desarrollo de to- dos los problemas políticos importantes, cómo podríamos hacerlo
mejor dadas las circunstancias. La falta de sentido en que ha caído la política en general se
aprecia en que todos los problemas
políticos particulares se precipitan a un callejón sin salida. Como sea
que con- sideremos la situación e intentemos calcular los factores
particulares que la doble amenaza de los
estados totalitarios y las armas
atómicas
—y,
sobre todo, la coincidencia de ambos—
nos plantea: no pode- mos ni
siquiera imaginarnos una solución satisfactoria, aun cuando presupusiéramos la
mejor voluntad de todas las partes (lo que como es sabido no podemos hacer en política porque la buena
voluntad de hoy no garantiza la buena voluntad de mañana).
Si partimos de la ló- gica
inherente a estos factores y suponemos
que nada que no nos sea hoy ya conocido
determina ni determinará el curso
del mundo, en- tonces sólo
podremos decir que un cambio decisivo para nuestra sal- vación sólo sucederá
por una especie de milagro. Ahora bien, para considerar con toda seriedad qué significaría este milagro y eliminar la sospecha de que esperar milagros
o contar con ellos es una mera
frivolidad o una ligereza necia debemos olvidar en primer lugar el rol que el milagro desde
siempre ha representado en la fe y en la
supers- tición, es decir en la religión y en la pseudorreligión. Para liberarnos
del prejuicio de que el milagro es un fenómeno genuina
y exclusiva- mente religioso, en el que algo ultraterrenal y sobrehumano
irrumpe en la marcha de los asuntos humanos
o de los cursos naturales, qui-
zás convenga tener presente que el marco
completo de nuestra exis- tencia
real: la existencia de la
Tierra, de la vida orgánica sobre
ella, del género humano, se basa
en una especie de milagro. Pues desde el punto
de vista de los procesos
universales y de la probabilidad
que los rige, la cual puede reflejarse estadísticamente, ya el sólo naci-
miento de la Tierra es una
«improbabilidad infinita». Lo mismo ocu-
rre con el nacimiento de la vida
orgánica a partir del desarrollo de la naturaleza inorgánica o con el nacimiento de la especie humana a partir
de la evolución de la vida orgánica.
En estos ejemplos se ve cla- ramente
que siempre que ocurre algo nuevo se da algo inesperado,
imprevisible y, en último término,
inexplicable causalmente, es
decir, algo así como un milagro
en el nexo de las secuencias
calculables. Con otras palabras,
cada nuevo comienzo [Anfang ] es
por naturaleza un milagro —contemplado y
experimentado desde el punto de vista
de los
procesos que necesariamente interrumpe.
En este sentido, a la transcendencia
religiosa de la fe en los milagros, corresponde la trans- cendencia comprobable en la realidad de todo comienzo en relación a la conexión interna de los procesos en que irrumpe.
Naturalmente
éste es sólo un ejemplo para aclarar que lo que lla- mamos efectivamente
real, ya es un plexo de realidad
mundanal, or- gánica y
humana, que precisamente como tal
realidad nace con la
marca de
las «improbabilidades infinitas».
Pero si tomamos
este ejemplo como una metáfora de
lo que pasa realmente en el terreno de los asuntos humanos,
entonces empieza a fallar. Pues por lo que res- pecta a éstos,
de lo que se trata, como decimos, es de
procesos de na- turaleza histórica,
esto es, de procesos que no
transcurren en forma de desarrollos naturales,
sino en la de cadenas de acontecimientos en cuyos engarces este milagro
de «improbabilidades infinitas»
aconte- ce con tanta frecuencia
que nos parece
extraño hablar de milagros (debido a que consideramos que el proceso de la historia resulta
de las iniciativas humanas y está
continuamente atravesado por nuevas
iniciativas). En cambio, si este proceso se contempla
en su puro ca- rácter procesal —y naturalmente esto es lo que
ocurre en todas las fi- losofías de la
historia para las que el proceso histórico
no es el resul- tado de la acción conjunta de los hombres, sino del
desarrollo y confluencia de fuerzas
extra, sobre o infra
humanas, esto es, en las que el hombre
que actúa es excluido de la historia—
cualquier nuevo inicio en él, sea
para bien o para mal, es tan improbable que todos los grandes acontecimientos se toman
como milagros. Visto
objetiva- mente y desde fuera,
las posibilidades de que mañana el día
transcu- rra exactamente como hoy son aplastantes —seguramente esto no
es del todo así, pero para las
dimensiones humanas son tan aplastantes como las posibilidades de que a
partir de los acontecimientos cósmi-
cos, los procesos inorgánicos y la evolución de los géneros animales surgieran la Tierra, la vida o la humanidad no animal.
La
diferencia decisiva entre las «improbabilidades infinitas» en que consiste la vida humana terrena
y los acontecimientos–milagro [Ereignis–Wunder ] en el ámbito de los asuntos humanos
mismos es naturalmente que en
éste hay un taumaturgo y que es el propio
hom- bre quien, de un modo maravilloso
y misterioso, está dotado para ha- cer milagros. Este don
es lo que en el habla
habitual llamamos la acción [das Handeln ]. A la acción le es
peculiar poner en marcha pro-
cesos
cuyo automatismo parece muy similar al de los procesos natu- rales, y le es peculiar sentar
un nuevo comienzo, empezar algo
nuevo, tomar la iniciativa o, hablando
kantianamente, comenzar por sí
mis- mo una cadena. El milagro de la libertad
yace en este poder–comen- zar [Anfangen–Können ] que a su vez estriba en
el factum de que todo hombre en
cuanto por nacimiento viene al mundo —que
ya estaba antes y continuará después — es él mismo un nuevo comienzo.
Esta idea
de que la libertad es idéntica a comienzo
o, hablando otra vez kantianamente, a espontaneidad nos resulta muy
extraña porque es un rasgo
característico de nuestra tradición de pensamien- to conceptual y sus categorías identificar
libertad con libre albedrío y entender por libre albedrío la libertad
de elección entre dos alterna-
tivas ya dadas —dicho toscamente: entre
el bien y el mal— y no sim- plemente
la libertad de querer que esto o aquello sean así o asá. Esta
tradición tiene naturalmente sus
buenos motivos, en los que aquí no
podemos entrar, y fue extraordinariamente fortalecida por la convic- ción, extendida ya desde la Antigüedad, de que la libertad no sólo no reside en la acción y en lo
político, sino que, al contrario,
únicamen- te es posible si el hombre
renuncia a actuar, se retrae
sobre sí mismo retirándose del mundo
y evita lo político. Frente a esta tradición con- ceptual
y categorial se levanta no sólo
la experiencia, sea de tipo pri- vado o
público, de todo hombre, frente
a ella también se alza sobre todo
el testimonio nunca completamente olvidado de las lenguas an-
tiguas, en que el griego archein significa comenzar y dominar,
es de- cir, ser libre, y el latino
agere poner algo en marcha, es decir, desen- cadenar un proceso.
Por lo
tanto, si esperar milagros es un rasgo del callejón sin salida a que ha ido a
parar nuestro mundo,
de ninguna manera esta espe- ranza nos saca del ámbito político originario. Si el sentido
de la polí- tica es la libertad,
es en este espacio —y no en ningún
otro— donde tenemos el derecho
a esperar milagros. No porque
creamos en ellos sino porque los hombres,
en la medida en que pueden actuar, son ca- paces de llevar a cabo lo improbable e imprevisible y de llevarlo
a cabo continuamente, lo sepan o
no. La pregunta de si la política tie-
ne todavía algún sentido, aun cuando
acabe en la fe en milagros —y
¿dónde debería
acabar, si no?—,
nos conduce inevitablemente de nuevo a la pregunta por el sentido de la política.
FRAGMENTO
3B
b)
Capítulo I: El sentido de la política 9*
La
pregunta por el sentido de la política y la desconfianza frente a ella son muy antiguas, tanto
como la tradición de la filosofía
políti- ca. Se remontan a Platón y quizás incluso a Parménides y se originan en experiencias sumamente reales vividas por los filósofos en
la polis, esto es, en la forma de organización de la convivencia humana que ha determinado tan ejemplar y
modélicamente lo que todavía hoy en- tendemos
por política que incluso de ahí proceden
nuestras palabras para designarlo
en todas las lenguas europeas.
Tan
antiguas como la pregunta por el sentido
de la política son las respuestas que justifican la política, y casi todas las determinaciones
o definiciones de lo político que hallamos en nuestra tradición
son, por su auténtico contenido, justificaciones. Hablando en general,
todas estas justificaciones y definiciones vienen a designar la política como un me- dio para un fin más
elevado, fin último, por cierto, cuya determinación ha sido muy diversa a
través de los siglos. Aun así, toda esta diversidad se puede resumir en unos pocos términos fundamentales y este
hecho habla por sí solo de la elemental sencillez de las cosas que aquí
tratamos.
La
política, se dice, es una necesidad
ineludible para la vida hu- mana, tanto
individual como social.
Puesto que el hombre no es au- tárquico, sino que depende en su existencia de otros,
el cuidado de ésta debe concernir a todos, sin lo cual la convivencia sería
imposible. Misión y fin de la política es asegurar la vida en el sentido más amplio. Es ella
quien hace posible al individuo
perseguir en paz y tranquili- dad
sus fines no importunándole —es completamente indiferente en qué esfera de la
vida se sitúen dichos fines: puede
tratarse, en el sen- tido antiguo, de posibilitar que unos
pocos se ocupen de la filosofía
o, en el sentido moderno, de asegurar
a muchos el sustento y un mí- nimo
de felicidad. Dado
que, como Madison
observó una vez,5
en
9.*
Corrección de: Presentación: ¿Tiene la política todavía algún sentido?
5. The
federalist n. 51 (Madison): «But what is government itself but the greatest of
all reflections on human nature? If men were angels, no government
would be ne-
esta
convivencia se trata de hombres y no de ángeles, el cuidado de la existencia sólo puede tener lugar
mediante un estado que posea el monopolio
de la violencia y evite la guerra de todos contra todos.
A estas
respuestas les es común tener por obvio que allí donde los hombres conviven, en un sentido histórico–civilizatorio, hay y ha ha- bido
siempre política. Para abonar tal obviedad
se acostumbra a ape- lar a la definición
aristotélica del hombre como un ser vivo político y esta
apelación no es irrelevante porque
la polis ha determinado deci- sivamente
tanto la concepción europea
de lo que es verdaderamente la política
y su sentido como la forma lingüística
de referirse a ello. Por eso
tampoco es irrelevante que la apelación a Aristóteles
se base en un malentendido igualmente
muy antiguo aunque ya postclásico. Aristóteles, para el que la
palabra politikon era un adjetivo para la organización de la polis y no una
caracterización arbitraria de la con- vivencia humana, no se refería
de ninguna manera a que
todos los hombres fueran
políticos o a que en
cualquier parte donde
vivie- sen hombres hubiera política, o sea, polis. De su definición
quedaban ex- cluidos no solamente los
esclavos sino también los bárbaros de
reinos asiáticos regidos despóticamente, bárbaros de cuya humanidad no
dudaba en absoluto. A lo que se refería era simplemente a que es
una particularidad del hombre que
pueda vivir en una polis y que la or-
ganización de ésta representa la suprema forma
humana de convi- vencia y es, por
lo tanto, humana en un sentido
específico, igualmen- te alejado de lo divino, que puede mantenerse por
sí solo en plena libertad y autonomía, y
de lo animal, en que la convivencia —si se da— es una forma de vida marcada por la necesidad. La política, por lo tanto, en el sentido
de Aristóteles —y Aristóteles como en muchos otros puntos de sus escritos políticos no reproduce aquí
tanto su pro- pio parecer como la
opinión compartida, si bien
mayoritariamente no articulada, por
todos los griegos de la época—, no es en absoluto una obviedad
ni se encuentra dondequiera que los hombres convivan. Se-
cessary. If angels
were to govern men, neither
external nor internal
controls on go- vernment would be necessary. In framing
a government which is to be administrated by men over men, the great
difficulty lies in this: you must first enable the government to control the governed; and in the next place oblige it
to control itself». Citado según:
Alexander Hamilton y otros, The
federalist papers, con una presentación de Clinton Rossiter, Nueva York, A
Mentor Book (ME 2541), 1961, pág. 322.
gún los
griegos sólo la hubo en Grecia e incluso allí por un espacio de tiempo
relativamente corto.
Lo que
distinguía la convivencia humana en la polis de otras for- mas de convivencia
humana que los griegos conocían muy bien era la libertad. Pero esto no significa que lo político o la política
se enten- diera como un medio para posibilitar la libertad
humana, una vida li- bre. Ser
libre y vivir en una polis eran en cierto sentido uno y lo mis- mo. Pero sólo en cierto
sentido; pues para poder vivir en una polis, el hombre ya debía ser libre en otro aspecto: como
esclavo, no podía es- tar sometido a la
coacción de ningún otro ni, como
laborante, a la ne- cesidad de
ganarse el pan diario. Para ser libre, el hombre debía ser liberado o liberarse
él mismo y este estar libre de las obligaciones ne- cesarias
para vivir era el sentido propio
del griego schole o del ro- mano
otium, el ocio, como decimos hoy. Esta liberación, a diferen- cia de la libertad, era un fin que podía y debía conseguirse a través de
determinados medios. El
decisivo era el esclavismo, la violencia con que se obligaba a que
otros asumieran la penuria de la vida dia- ria. A diferencia de toda
forma de explotación capitalista,
que persi- gue primeramente fines económicos y sirve al enriquecimiento, los Antiguos explotaban
a los esclavos para liberar completamente a los señores de la labor [Arbeit ], de manera que éstos pudieran entregar- se a la
libertad de lo político. Esta liberación se conseguía
por medio de la coacción y la
violencia, y se basaba en la dominación
absoluta que cada amo ejercía
en su casa. Pero esta dominación no
era ella misma política,
aun cuando representaba una condición
indispensa- ble para todo lo
político. Si se quiere entender lo
político en el senti- do de la categoría
medios–fines, entonces ello era, tanto en el sentido griego como en el de Aristóteles,
ante todo un fin y no un medio. Y el fin no era la libertad tal como se hacía realidad en la polis, sino la li- beración prepolítica
para la libertad en la polis. En
ésta, el sentido de lo político, pero no
su fin, era que los hombres trataran
entre ellos en libertad, más allá de la
violencia, la coacción y el dominio,
iguales con iguales, que mandaran
y obedecieran sólo en momentos necesarios
—en la
guerra— y, si no, que regularan todos sus asuntos hablando
y persuadiéndose entre sí.
Lo
político en este sentido griego se
centra, por lo tanto, en la li- bertad,
comprendida negativamente como no ser dominado y no do- minar, y positivamente como un
espacio sólo establecible por
mu–
chos, en
que cada cual se mueva entre iguales. Sin tales otros, que son mis iguales, no
hay libertad. Por eso quien domina sobre los demás y es, pues, por principio distinto
de ellos, puede que sea más feliz y dig- no de envidia que aquellos a
los que domina pero no más libre. Tam-
bién él se mueve en un espacio en que no
hay libertad en absoluto. Para
nosotros esto es difícil de comprender
porque con el de igual- dad unimos el concepto
de justicia y no el de libertad,
malentendien- do así, en nuestro
sentido de igualdad ante la ley, la expresión griega para
una constitución libre, la
isonomia. Pero isonomia no signifi- ca que todos sean iguales ante la ley ni
tampoco que la ley sea la mis- ma para
todos sino simplemente que todos tienen
el mismo derecho a la actividad
política y esta actividad era en la
polis preferentemente la de hablar los
unos con los otros. Isonomia es por lo tanto
libertad de palabra y como tal lo
mismo que isegoria ; más tarde Polibio las llamará a ambas
simplemente isologia.6 Hablar
en la forma de or- denar,
y escuchar en la forma de obedecer
no tenían el valor de los
verdaderos hablar y escuchar;
no eran libertad
de palabra porque estaban vinculados
a un proceso determinado no por
el hablar sino por el hacer [tun ] o el
laborar. Las palabras en este sentido eran sólo el sustituto de un hacer que
presuponía la coacción y el ser coaccio- nado. Cuando los griegos decían que
los esclavos y los bárbaros eran aneu logou, que no poseían la palabra,
se referían a que se hallaban en
una situación en que el habla libre era
imposible. En la misma si- tuación
se halla el déspota, que sólo
sabe ordenar; para poder hablar necesita de otros
de igual condición. Por
consiguiente, para la liber- tad no es necesaria una democracia igualitaria
en el sentido moderno sino una
esfera restringida,
delimitada oligárquica o
aristocrática- mente, en que al menos unos pocos o los mejores
traten los unos con los otros como iguales entre iguales. Naturalmente esta igualdad no tiene lo más mínimo que ver con la
justicia.
Lo
decisivo de esta libertad política es su vínculo a un espacio. Quien abandona su
polis o es desterrado pierde no
solamente su ho- gar o su patria sino también
el único espacio en que podía ser libre; pierde la compañía de los que eran sus iguales. Pero para su
vida y el cuidado de su existencia este espacio de la libertad era tan poco ne-
6. Véase
Victor Ehrenberg, Art. «Isonomia», en Paulys Real–Encyclopädie der clas-
sischen Altertumswissenschaften, vol. Supl. 7 (1950), págs. 293 sigs.
cesario o
indispensable que constituía más bien un impedimento. Los griegos sabían
por propia experiencia
que un tirano
razonable (lo que nosotros
llamamos un déspota
ilustrado) era una gran
ventaja para la prosperidad de la
ciudad y el florecimiento de las artes
tanto materiales como
intelectuales. Sólo que así se acababa con la libertad. Se expulsaba a los ciudadanos a sus hogares y el espacio
en que se daba el trato libre entre
iguales, la agora, quedaba
desierto. La liber- tad ya no
tenía espacio y esto significa que ya no había libertad polí- tica.
Aquí
todavía no podemos referirnos a lo que
verdaderamente ha significado esta pérdida de lo político, que en el sentido de
la Edad Antigua coincide con la pérdida
de la libertad. Aquí se
trata sólo de que una breve
retrospectiva sobre aquello que en origen se vinculaba al concepto de lo político nos proteja del prejuicio
moderno de que la política es una necesidad ineludible
y de que la ha habido
siempre y por doquier. Precisamente necesario —sea en el sentido de una
exi- gencia ineludible de la
naturaleza humana como el hambre o el amor, sea en el sentido de una organización indispensable de la convivencia humana— lo político no lo es, puesto que sólo empieza donde
acaba el reino de las
necesidades materiales y la violencia física. Tan poco ha existido
siempre y por doquier lo político como tal que, desde un punto de vista histórico, solamente
unas pocas grandes épocas lo han
conocido y hecho realidad. Sin embargo estos pocos grandes casos afortunados de
la historia son decisivos; únicamente en
ellos se pone de manifiesto el sentido
de la política, tanto en lo que ésta tiene de salvación como de desgracia. Por este motivo son modélicos, no por- que puedan copiarse
sino porque ciertas
ideas y conceptos que du- rante
un breve periodo fueron plena
realidad son determinantes tam- bién
para las épocas a las que una plena experiencia
de lo político les es negada.
La más
importante de estas ideas, que también
para nosotros per- tenece
todavía irrecusablemente al concepto de política
en general, y que por eso ha sobrevivido
a todos los virajes de la
historia y a todas las transformaciones
teóricas, es sin duda la idea de la libertad. Que política
y libertad van unidas y que la tiranía es la peor de todas las formas
de estado, la más propiamente
antipolítica, recorre como un hilo rojo el pensamiento y la acción
de la humanidad europea hasta la época
más reciente. Sólo los estados totalitarios y sus correspondien-
tes
ideologías —pero no el marxismo, que proclamaba el reino de la libertad y entendía
la dictadura del proletariado en el sentido roma- no, como una institución pasajera de la revolución— han osado cor- tar este hilo, de manera que lo propiamente nuevo y espantoso
de ellos no es la negación de la libertad o la afirmación de que la libertad no es buena ni
necesaria para el hombre; es más bien la
convicción de que la libertad del
hombre debe ser sacrificada al desarrollo
histórico cuyo proceso puede ser obstaculizado por el hombre, únicamente si éste actúa y se mueve en
libertad. Esta concepción es común
a todos los movimientos políticos específicamente ideológicos. Desde una perspectiva teórica lo decisivo es que la libertad no se localice ni en el hombre que actúa y se mueve libremente ni en el espacio que surge entre los
hombres, sino que se transfiera a un
proceso que se realiza a espaldas del
hombre que actúa, y que opere
ocultamente, más allá del espacio visible de los asuntos públicos. El modelo de este concepto de libertad
es el de un río que fluye libremente,
y para el que cualquier
interposición representa una arbitrariedad que frena su fluir. La iden-
tificación moderna de la antiquísima
contraposición entre libertad y necesidad
y la antítesis entre
libertad y arbitrariedad que ha apareci-
do en su lugar tienen su secreta justificación
en este modelo. En todos estos casos el concepto moderno
de historia ha reemplazado al de
po- lítica vigente desde siempre; los
acontecimientos políticos y la acción
política se disuelven en el devenir histórico
y la historia se entiende en sentido
literal como un río. La diferencia
entre este ampliamente di-
fundido pensamiento ideológico y los
estados totalitarios es que estos
últimos han descubierto los medios políticos para sumergir al hombre en la corriente de la historia, de modo que quedara atrapado tan ex- clusivamente por la «libertad» de ésta, que ya no pudiera frenar
su
«libre»
fluir sino, al contrario, convertirse él
mismo en un momento de su aceleración.
Los medios por los que esto sucede son la coacción del terror, recibida
del exterior, y la coacción,
ejercida desde el inte- rior, del pensamiento ideológico, esto es, de un
pensamiento que en cierta medida
también internamente sigue la
corriente en el sentido del río de la
historia. Sin duda, este desarrollo del
totalitarismo es realmente el paso
decisivo en el camino de la supresión de la libertad, lo que no niega que desde
un punto de vista teórico el
concepto de li- bertad haya desaparecido
allí donde el concepto de la historia ha reemplazado en el pensamiento moderno al de la política.
Que la
idea de que la política tiene inevitablemente algo que ver
con la libertad, idea nacida por vez primera en la polis griega, se haya podido mantener a través de los siglos es tanto más notable
y conso- lador si tenemos en
cuenta que en el
transcurso de tal espacio de tiempo
apenas hay un concepto del pensamiento y de la experiencia
occidentales que se haya transformado, y
también enriquecido, más. Ser libre significaba originariamente poder ir donde
se quisiera, pero este
significado tenía un
contenido mayor que lo
que hoy entende- mos por libertad de movimiento. No solamente
se refería a que no se estaba
sometido a la coacción de
ningún hombre sino
también a que uno podía alejarse
del hogar y de su «familia» (concepto romano
que Mommsen tradujo sin más por servitud).7 Esta libertad la tenía úni-
camente el señor de la casa y no consistía en que él dominara sobre los restantes
miembros de ésta, sino en que gracias a
este dominio po- día dejar su
hogar, su familia en el sentido antiguo.
Es evidente que esta
libertad conllevaba el elemento
del riesgo, del atrevimiento; que- daba a la voluntad del hombre
libre abandonar el hogar, que era no sólo el lugar en que los
hombres estaban dominados por la necesidad y la coacción,
sino también, y en estrecha conexión
con ello, el lugar donde la vida era garantizada, donde todo estaba
listo para rendir sa- tisfacción a las necesidades vitales. Por lo tanto sólo era libre quien estaba dispuesto a arriesgar
la vida; no lo era y tenía un alma esclava quien se aferraba a la vida con un amor demasiado grande —un vicio para el que la lengua griega
tenía una palabra específica.8
Esta
convicción de que sólo puede ser libre quien esté dispuesto a arriesgar
su vida jamás
ha desaparecido del
todo de nuestra conciencia; y lo mismo hay que decir
del vínculo de lo político con el peligro
y el atrevimiento en general. La
valentía es la primera de to- das las virtudes políticas y todavía hoy forma parte de las
pocas virtu-
7.
Theodor Mommsen, Römische Geschichte, 3 vols., 5ª ed., Berlín,
Weidman,
1868–1870,
vol. 1, pág. 62.
8. La
palabra es philopsychia. Véase Jacob
Burckhardt, Griechische Kulturges-
chichte, ed. completa, 4 vols., Munich:
dtv (6075–6078), 1977, vol. 2, pág. 391: «...amor a la vida (philopsychia ) es
pues un reproche contra el que el griego
a sí mismo y el trági- co a sus personajes
heroicos acostumbran a
defender.... generalmente el amor a la vida es atribuido a los sirvientes y esclavos como un rasgo denigrante que los
diferencia de los libres». Esta cita se
halla en una notita conservada
en el legado Arendt en Was-
hington.
des
cardinales de la política, ya que
únicamente podemos acceder al
mundo
público común a todos
nosotros, que es el espacio
propia- mente político, si nos
alejamos de nuestra existencia
privada y de la pertenencia a la
familia a la que nuestra vida está
unida. De todos mo- dos, el espacio que penetraban los que se atrevían a cruzar
el dintel de su casa dejó de ser ya en un tiempo muy temprano un ámbito de grandes
empresas y aventuras, de las que alguien sólo podía esperar salir victorioso si se aliaba con otros iguales a él. Además, sí bien en el mundo que se abre a los valientes, los aventureros
y los emprende- dores surge ciertamente una especie de espacio público, éste no
es to- davía político en sentido propio. Evidentemente este ámbito en que
irrumpen los emprendedores surge porque
están entre iguales y cada uno de ellos puede ver y oír y admirar las
gestas de todo el resto, ges- tas con cuyas leyendas el poeta y el narrador de
historias podrán des- pués asegurarles la gloria para la posteridad. Contrariamente
a lo que sucede en la privacidad y en la
familia, en el recogimiento de las pro-
pias cuatro paredes, aquí todo aparece a aquella luz que únicamente puede
generar la publicidad, es decir, la presencia de los demás. Pero esta luz, que es la
condición previa de todo aparecer efectivo, es en- gañosa mientras es sólo
pública y no política. El espacio público de la aventura y la gran empresa desaparece
tan pronto todo ha acabado, el
campamento se levanta y los
«héroes» —que en Homero
no son otros que los hombres libres—
regresan a casa. Este espacio
público sólo llega a ser político cuando
se establece en una ciudad, cuando
se liga a un sitio concreto que
sobreviva tanto a las gestas memorables como a los
nombres de sus autores, y los transmita a la posteridad en la
sucesión de las generaciones. Esta ciudad, que ofrece un lugar per- manente a los mortales y a sus actos y palabras fugaces; es la polis, po- líticamente distinta
de otros asentamientos (para los que los griegos también tenían
una palabra)9 en que sólo ella se construye en torno
al espacio público, la plaza del mercado, donde
en adelante los libres e iguales
pueden siempre encontrarse.
Para
comprender nuestro concepto político de
libertad tal como originalmente
aparece en la polis griega es de gran
importancia este
9.
Probablemente se alude a la palabra
asty, para la que el H.G. Liddle & R. Scott, A Greek English
Lexicon, Oxford, Clarendon (edic. 1968,
pág. 263) da el siguiente sig- nificado:
«in the material sense, opposite polis».
estrecho vínculo de lo político con lo homérico. Y no sólo porque Ho- mero fuera el educador de esta polis sino también porque según la comprensión que de sí mismos
tenían los griegos la organización y fundación
de la polis estaban íntimamente
ligadas a aquellas expe- riencias ya presentes
en él. Así, el concepto central
de la polis libre, no dominada por
ningún tirano, los conceptos
de isonomia e isegoria se remitían
sin dificultad a los tiempos
homéricos (Pauly–Wissowa, loe.
cit.)10 ya que, de hecho, la
grandiosa experiencia de las potenciali- dades de una
vida entre iguales ya se
encontraba modélicamente en las epopeyas
homéricas; y, lo que quizá
es más importante, el naci-
miento de la polis podía entenderse como una respuesta
a estas ex- periencias, bien
negativamente —en el sentido en que
Pericles en su discurso funerario se
refiere a Homero: la polis debía fundarse
para asegurar a la grandeza de los hechos y palabras humanos
una perma- nencia más fiable10* que la memoria que el poeta conservaba y perpe- tuaba en el
poema—,11 bien positivamente —en el sentido
en que Platón decía
(en la Carta XI)12
que la polis había
nacido de la con- fluencia de
grandes acontecimientos ocurridos en la
guerra o en otras gestas, es decir, de
actividades políticas en sí mismas y de su peculiar grandeza. En ambos
casos es como si el campamento militar
homéri- co no se levantara, sino
que se instalara de nuevo tras el
regreso a la patria, se fundara
la polis y se encontrara con ello un espacio donde aquél pudiera
permanecer prolongadamente. Y por
mucho que en esta permanencia prolongada haya
podido transformarse, el conteni- do del
espacio de la polis sigue ligado a lo homérico,
que le da origen. Es por lo
tanto natural que
ahora, en este espacio propiamente po- lítico, lo que se
entendía por libertad se desviase; el sentido de la em- presa y la aventura se debilitó más y más y aquello que en estás
aventu- ras había sido en cierta manera
el accesorio indispensable, la constante
10.
Ehrenberg, ob. cit.
10.* En
el original: fidedigno.
11. Según
Tucídides, II, 41; véase Hannah Arendt, Vita activa oder Vom tätigen Leben,
nueva edición 1981, Munich–Zürich, Piper
(SP 217), 1983, pág. 190 sig. Véase también infra, pág. 115 y nota 37.
12. Véase
«Die unter Platons Namen überlieferten
Briefe», trad, de Hieronymus y Friedrich
Müller, en: Platón, Sämtliche
Werke, en la trad, de Friedrich Schleierma- cher con la
numeración de Stephanus, 3 vols.,
Hamburgo, Rowohlt (RK 1, 14, 27),
1957–1958,
vol. 1, págs. 285–336, pág. 333 (= Carta 11, 359b). [trad. cast.].
presencia de los otros, el trato con iguales en la publicidad de la agora, la, como dice Heródoto, isegoría, pasara a ser el auténtico contenido del ser–libre. Simultáneamente, la
actividad más importante para el ser- libre se desplazó del actuar al hablar,
del acto libre a la palabra libre.
Este
desplazamiento es de gran importancia y se ha ido produ- ciendo en la
tradición de nuestro concepto de
libertad, en la cual la convicción de
que actuar y hablar están
escindidos y les correspon- den
capacidades humanas completamente
distintas es incluso más decisiva que en
la historia de Grecia misma, pues uno de
los elemen- tos más notables y
estimulantes del pensamiento griego era precisa- mente que desde el principio, esto es, desde Homero, no existía una tal escisión fundamental entre
hablar y actuar, y que el autor de gran-
des gestas también debía ser orador de grandes
palabras —no sola- mente
porque las grandes palabras
fueran las que debían explicar las grandes gestas, que, si no, caerían, mudas,
en el olvido sino porque el
habla misma se concebía
de antemano como una especie de
acción. Contra los golpes del
destino, contra las malas pasadas de los dioses el hombre no podía defenderse pero sí enfrentárseles y replicarles ha- blando, y, aunque esta réplica no vence al infortunio ni atrae
a la for- tuna, es un suceso como tal; si las palabras son de igual condición que los sucesos, si (como se dice al final de
Antígona ) «grandes palabras responden y
reparan los grandes golpes de los
elevados hombros», entonces lo que
acontece es algo grande y digno de un recuerdo glo- rioso.
Que hablar sea en este
sentido una especie de acción, que la
propia ruina pueda
llegar a ser una hazaña si en
pleno hundimiento se le enfrentan palabras
—ésta es la convicción fundamental
en que se basa la tragedia griega y su drama, aquello de lo que trata.
Es
precisamente esta concepción del hablar,
que sirve de base al descubrimiento que la filosofía griega hizo del logos como
poder en sí mismo, la que pasa a segundo término
en la experiencia de la polis y
desaparece completamente de la tradición del pensamiento políti- co. La libertad de expresar
las opiniones, el derecho a escuchar
las opiniones de los demás y ser
asimismo escuchado, que todavía
cons- tituye para nosotros una
componente inalienable de la
libertad polí- tica, desbancó muy pronto
a una libertad que, sin ser
contradictoria con ésta, es completamente de otra índole, a saber, la que es propia de la
acción y del hablar en tanto que acción.
Esta libertad consiste en lo que
nosotros llamamos espontaneidad, que desde Kant se basa en
que
cualquiera es capaz de comenzar por sí mismo
una nueva serie. Que la libertad de acción signifique lo mismo
que sentar un comien- zo y
empezar algo, nada lo ilustra
mejor en el ámbito político griego que el hecho
de que la palabra archein se refiera tanto
a comenzar como a dominar. Este
doble significado pone de manifiesto que se denominaba dirigente [Führer ] a quien comenzaba
algo y buscaba los compañeros para
poder realizarlo; y este realizar y llevar a fin lo empezado era el
significado originario de la palabra
«actuar», prat- tein. El mismo
emparejamiento entre Ser–libre y empezar
hallamos en la convicción
romana de que la grandeza de sus antepasados culminó en la
fundación de Roma y de que la
libertad de los romanos siempre debe
remontarse —ab urbe condita— a esta
fundación en que se
sentó un comienzo. San Agustín fundamentó ontológicamente esta
li- bertad romana al afirmar que el
hombre mismo es un comienzo, un ini- cio, ya que no existe desde siempre sino que viene al mundo al nacer. A pesar de la filosofía política de
Kant —que, a partir de la experien- cia
de la revolución francesa, se ha
convertido en una filosofía de la li-
bertad porque se centra
esencialmente en el concepto de espontanei- dad— sólo
nos hemos dado
cuenta del extraordinario significado político de esta libertad —que
reside en el poder–comenzar— hoy, cuando
los totalitarismos, lejos de contentarse con poner fin a la li- bertad de
expresión, han querido
también aniquilar fundamen- talmente la espontaneidad del hombre en todos
los terrenos. Cosa que por otra
parte es inevitable si el proceso
histórico–político se de- fine de un modo determinista como algo en que todo es
reconocible porque está decidido a
priori, siguiendo sus propias leyes. Pues frente a la fijación y
cognoscibilidad del futuro es un hecho
que el inundo se renueva a diario mediante el nacimiento
y que a través de la esponta- neidad
del recién llegado se ve
arrastrado a algo imprevisiblemente nuevo. Únicamente cuando
se le hurta su espontaneidad al
neonato, su derecho a empezar algo nuevo, puede decidirse
el curso del mun- do de un modo
determinista y predecirse. La
libertad de expresión, que fue
determinante para la organización de la
polis, se diferencia de la libertad de
sentar un nuevo comienzo, propia de la acción, en que aquélla necesita en
mucho mayor medida de la presencia de otros. Ciertamente tampoco
la acción puede jamás
tener lugar en el aisla- miento, ya que aquel que empieza
algo sólo puede acabarlo cuando consigue que otros le ayuden. En este
sentido toda acción es una acción
in
concert como Burke solía decir;13 «es
imposible actuar sin amigos
y camaradas
de confianza» (Platón, Carta VII,
325d),14 es decir impo- sible en el sentido
del griego prattein, realizar,
completar. Pero inclu- so éste es
sólo un estadio de la acción misma, si bien el políticamen- te más importante, o
sea, el que determina en última instancia
qué será de los asuntos
humanos y cuál su aspecto. A este
estadio le precede el comienzo, el
archein, y la iniciativa que decide
quién será el dirigente o archon, el primus inter pares, queda en manos
del individuo y su valor de aventurarse en una nueva
empresa. Finalmente, bien
pue- de alguien completamente solo, si los dioses le ayudan, realizar
grandes gestas, como Heracles, que
únicamente necesitó a los
hombres para que conservaran su
recuerdo. Por mucho que sin ella toda libertad po- lítica perdería su mejor
y más profundo sentido, la libertad
de la es- pontaneidad es todavía prepolítica; únicamente depende de las formas de organización de la
convivencia en la medida en que también
ella, al fin y al cabo, sólo puede darse en un mundo. Pero puesto
que emana de los individuos,
puede salvarse bajo circunstancias muy desfavora- bles
incluso del alcance de, por ejemplo, una tiranía; en la productivi- dad del artista así como en general de todos
los que producen cual- quier cosa
mundana aislados de los demás, se presenta
también la espontaneidad y
puede decirse que todo producir es
imposible si no procede primeramente de
la capacidad de actuar en la vida. Pero mu- chas actividades humanas pueden tener lugar lejos de la esfera política y
esta lejanía es incluso,
como veremos más
tarde,15 una condición esencial para determinadas
productividades humanas.
13.
Edmund Burke en sus «Thoughts on the
Cause of the Present Discontents»
(1770): «They [i.e. the Whigs in the reign of Queen Anne, comp.] believed that no man could act with effect who did not act
in concert; that no man could act in concert, who did not act with confidence;
that no men could act with confidence, who were not bound together by common
opinions, common affections and common interests».
Citado aquí según el extracto de
Edmund Burke, On Government, Politics
and Society, seleccionado y editado por B. W. Hill, Nueva York, Internat.
Library, 1976, págs. 75–119, pág. 113.
14. Véase
«Die unter Platons Namen überlieferten Briefe», ob. cit., pág. 303.
15. Se
alude a la lejanía de la esfera política propia de las actividades artesanales
y artísticas, pero también
del pensamiento filosófico. Sobre todas
ellas habla Hannah Arendt en sus
manuscritos póstumos sólo marginalmente (véase infra pág. 114 sigs.). Se- gún
unas notas manuscritas para la
introducción (véase en el apéndice
Documento 1), posiblemente
planeaba dar más detalles al respecto en un previsto, aunque
no redac- tado, tercer capítulo: «La posición socrática».
Algo bien
distinto ocurre con la libertad de hablar
los unos con
los otros,
que en definitiva sólo es posible
en el trato con los demás. Su
significado ha sido siempre múltiple y equívoco y ya en la Edad Antigua encerraba
aquella dudosa ambigüedad
que tiene todavía para
nosotros. Sin embargo, lo decisivo entonces como hoy no es de ninguna manera
que cada cual pudiera
decir lo que quiera,
o que cada hombre tenga
el derecho inherente a
expresarse tal como sea. Aquí de lo que se trata más bien es de darse cuenta de que nadie com-
prende adecuadamente por sí mismo y sin
sus iguales lo que es obje- tivo en su plena realidad porque
se le muestra y manifiesta siempre en una perspectiva que se ajusta
a su posición en el mundo y le es inhe- rente. Sólo puede ver y
experimentar el mundo tal como éste es
«real- mente» al entenderlo como algo que
es común a muchos, que
yace entre ellos, que los
separa y los une, que se muestra distinto
a cada uno de ellos y que, por
este motivo, únicamente es comprensible en la medida en que muchos, hablando
entre sí sobre él, intercambian
sus perspectivas. Solamente en la libertad del conversar surge en su
objetividad visible desde todos
lados el mundo del que se habla.
Vi- vir en un mundo real y hablar sobre él con otros son en el fondo lo mismo, y a los griegos la vida privada les parecía
«idiota» porque le faltaba esta
diversidad del hablar sobre
algo y, consiguientemente, la experiencia de cómo van verdaderamente las
cosas en el mundo.
Ahora
bien, esta libertad de movimiento, sea la de ejercer la li- bertad y comenzar
algo nuevo e inaudito sea la
libertad de hablar con muchos
y así darse cuenta de que el mundo es la totalidad de estos muchos, no era ni es de ninguna manera
el fin de la política —aque- llo que podría conseguirse
por medios políticos; es más bien el con- tenido
auténtico y el sentido de lo político mismo. En este sentido po- lítica y libertad son idénticas
y donde no hay esta última tampoco
hay espacio propiamente
político. Por otro
lado los medios con
que se funda este espacio político y se protege su existencia
no son siempre ni necesariamente medios
políticos. Así, los griegos,
por ejemplo, no consideran a estos medios que
conforman y mantienen el espacio po-
lítico actividades políticas legítimas ni admiten que sean ningún tipo de acción que pertenezca esencialmente
a la polis. Pensaban que para la
fundación de una polis es necesario en primer
lugar un acto legis- lativo, pero el legislador en cuestión no era ningún
miembro de la po- lis y lo que
hacía no era de ningún modo «político». Además, pensa-
ban que
en el trato con otros estados la polis ya no debía comportar- se
políticamente sino que podía utilizar la violencia —fuera porque su subsistencia estuviera
amenazada por el poder de otras comunida- des, fuera porque ella misma
quisiese someter a otros. En
otras pala- bras, lo que hoy llamamos política exterior no era para los griegos po-
lítica en sentido propio. Más tarde volveremos sobre ello.16 Aquí lo importante
para nosotros es que entendamos la
libertad misma como algo político y no
como el fin supremo de los medios políticos
y que comprendamos que coacción
y violencia eran ciertamente medios para proteger
o fundar o ampliar el espacio político pero como tales no
eran precisamente políticos ellos mismos.
Se trata de fenómenos que
pertenecen sólo marginalmente a lo político.
Este
espacio de lo político, que como tal realizaba y garantizaba tanto la realidad
hablada y testimoniada por muchos
como la libertad de todos,
solamente puede cuestionarse —en un
sentido que yace más allá de la esfera política— en el caso de que, como los filósofos en la
polis, se prefiera el trato con pocos al trato con muchos y se ten- ga la
convicción de que el libre conversar
sobre algo no engendra rea- lidad
sino engaño, no verdad sino mentira.
Parménides parece haber sido el primero en ser de esta opinión, ya que no sólo
diferenció a los muchos malos de los pocos mejores
—como
hizo Heráclito y como correspondía en el fondo al espíritu ago- nal de la vida
política griega, en que todos debían esforzarse cons- tantemente por ser el
mejor. Parménides diferenció más
bien un camino de la verdad, que únicamente se abría al
individuo qua indi- viduo, de los
caminos del engaño, en que se mueven todos
aquellos que, en el modo que sea,
siempre van en compañía. Platón
siguió a Parménides hasta un
cierto grado, ya que lo políticamente significati- vo en dicho sucesor es que,
al fundar la academia, no insistió en el
in- dividuo sino que
hizo realidad una concepción
fundamental de los pocos, que, otra vez, filosofaban hablando libremente
entre ellos.
Platón, el padre
de la filosofía política de
occidente, intentó de maneras
diversas oponerse a la polis y a
lo que en ella se entendía por
libertad. Lo intentó mediante
una teoría política
en la que los crite- rios políticos
no se extraían de lo político
mismo sino de la filosofía,
16. Véase
más abajo en este fragmento pág. 91,
además el fragmento 3c, en el que se
alude a la política exterior como una noción específicamente romana, pág. 129
sigs.
mediante la elaboración de una constitución dirigida a lo individual, constitución cuyas leyes
correspondieran a las ideas, sólo accesibles a los filósofos
y finalmente incluso mediante
la influencia que quiso ejercer sobre un gobernante del que
esperaba haría realidad
dicha le- gislación —un intento
que casi le costó la vida y la libertad.
A estos intentos pertenece también
la fundación de la academia, que, si bien se enfrentó a la polis al auto–delimitarse frente al territorio propia- mente político, también siguió precisamente el sentido de este espa- cio político
específicamente greco–ateniense —es
decir, en la medida en que el hablar los
unos con los otros fue su contenido auténtico. Con ello surgió junto al territorio libre de lo político un espacio
nue- vo de la libertad máximamente
real que
ha llegado hasta
nuestros días como la libertad de
las universidades y la libertad
académica de cátedra. Pero esta libertad, aunque
formada a imagen y semejanza de otra
cuya experiencia había
sido originariamente política, aunque Platón
todavía la entendiera seguramente
como el posible núcleo
o punto de partida de lo que en el futuro debía ser el estar juntos
de muchos, trajo al mundo
un nuevo concepto de
libertad. A diferencia de una libertad
puramente filosófica y sólo válida para
el individuo
—tan
alejada de lo político que únicamente el cuerpo
del filósofo ha- bitaba aún la
polis— esta libertad de los pocos es de
naturaleza com- pletamente política. El espacio libre de la academia debía ser un sus- tituto plenamente válido de la plaza del
mercado, la agora, el espacio libre
central de la polis. Los pocos, si
querían seguir siéndolo, debían exigir para su actividad,
su hablar entre ellos, desligarse de las activi- dades de la polis y de la
agora, de la misma manera que los ciudada- nos de Atenas estaban desligados
de todas las actividades dirigidas
al mero ganarse el pan. Debían
quedar liberados de la política–en el sen- tido
griego exactamente como los
ciudadanos debían quedar libera- dos de las necesidades de la vida para dedicarse a la política. Y debían abandonar el
espacio de lo propiamente político para
poder entrar en el espacio de lo «académico» como los ciudadanos
debían aban- donar la esfera privada de su hogar para
entregarse a la plaza del mer- cado. Del
mismo modo que la liberación de la labor
y de la preocu- pación por la vida eran presupuesto necesario para la
libertad de lo político, la liberación
de la política lo era para la libertad
de lo acadé- mico.
Es en
este contexto que se dice por primera
vez que la política es algo necesario,
que lo político en su conjunto es
sólo un medio para un fin más elevado, situado
más allá de lo político mismo, que, consi- guientemente, debe
justificarse en el sentido de tal fin. Sin embargo, llama la
atención que el paralelismo que establecíamos, según el cual parecería que la
libertad académica ocupara
el lugar de la libertad política
y que polis y academia se relacionaran
entre sí como hogar y polis, ya no sea válido. Pues el hogar (y el cuidado
de la vida que se da en su esfera)
no se justifica jamás como
un medio para
un fin, como si, dicho
aristotélicamente, la mera vida fuera un medio para la
«buena vida», sólo posible en la polis. Esto no es así porque dentro del ámbito de la mera vida no puede aplicarse en absoluto
la catego- ría medios–fines: el
fin de la vida y de todas las tareas relacionadas con ella no es sino el
mantenimiento de la vida, y el impulso por man- tenerse laborando en vida no es externo a ésta sino que está incluido en el proceso
vital que nos fuerza a laborar como nos
obliga a comer. Si aun así se quiere entender esta relación entre hogar y polis
desde la categoría medios–fines, la vida que se garantiza en el hogar
no es el medio para el fin
superior de la libertad política, sino que el control de las
necesidades vitales y el dominio doméstico
sobre la labor es- clava son el medio de liberación para lo
político.
De hecho,
una tal liberación mediante el dominio,
la liberación de unos pocos para la libertad
del filosofar mediante el
dominio so- bre los muchos, la propuso
Platón en la figura del
filósofo–rey, pero esta propuesta no fue recogida por ningún filósofo después
de él y políticamente quedó sin
ningún efecto. Al contrario, la
fundación de la academia, precisamente porque no pretendía educar para la políti- ca como sí las escuelas de
los sofistas y oradores, fue
extraordinaria- mente significativa
para lo que todavía hoy entendemos por libertad. El mismo Platón
todavía podría haber
creído que la academia con- quistaría y dominaría un día la polis.
Para sus sucesores, para los filó- sofos de la posteridad, lo que quedó fue sólo que la academia garan- tizaba
a los pocos un espacio
institucional de libertad, y que
esta libertad se entendió ya desde el principio como contrapuesta a la li- bertad de la plaza del mercado; al mundo de las opiniones engañosas y al hablar mentiroso debía
oponerse un contramundo de la verdad y
del hablar adecuado a ella; al arte de la retórica, la ciencia de la dia- léctica. Lo que se
impuso y ha determinado hasta hoy
nuestra idea de
la
libertad académica no fue la esperanza de Platón
de decidir sobre la polis y la
política desde la academia y la
filosofía, sino el alejamien- to de la polis, la apolitia,11* la
indiferencia respecto a la política.
Lo
decisivo en esta relación no es tanto el
conflicto entre la polis y los filósofos,
sobre el que
volveremos después detalladamente,17 como el simple hecho de que
esta indiferencia mutua, en que por un momento parecía haberse disuelto
dicho conflicto, no pudo
durar, ya que era imposible que el espacio de los pocos y su
libertad, aunque también era un ámbito
público, no privado, pudiera desempeñar las mismas funciones que el político,
el cual incluía a todos los aptos para la libertad. Es evidente que siempre que los pocos se han separado de los muchos
—sea en la forma de una indiferencia académica,
sea en la forma de un dominio
oligárquico— han dependido de los muchos en todas las cuestiones del con–vivir en las que realmente hay que ac- tuar. Esta dependencia puede interpretarse en el sentido de una
oli- garquía platónica como si los muchos existieran
para ejecutar las ór- denes de los pocos, es decir, para
asumir la verdadera acción; en este caso la dependencia de los
pocos se superaría mediante el dominio,
igual como la dependencia de los libres de las necesidades de la vida se superaba mediante
el dominio sobre los esclavos: la
libertad se ba- saría, pues, en la
violencia. O bien la libertad de los
pocos es de na- turaleza puramente
académica y entonces depende
claramente de la benevolencia del
cuerpo político que la
garantice. En ambos casos, sin embargo, la política ya no tiene
nada que ver con la libertad, no es
propiamente política en el sentido
griego; se encarga más bien
de todo aquello que asegura a esta libertad la existencia, es decir, de
la administración y el cuidado de la
vida en la paz y de la defensa en la guerra.
Con lo que el ámbito de libertad de los pocos no solamente tiene que
afirmarse ante al ámbito de lo político, definido por los mu- chos;
además depende, en su simple existencia, de éstos; la existencia simultánea de la
polis es para la existencia de la
academia —la plató- nica o la posterior
universidad— una necesidad vital. Pero, entonces es evidente que lo
político en su conjunto desciende al nivel que en la [polis–] política
corresponde al mantenimiento de la vida; se convier- te en una necesidad que, por un lado, se opone a la libertad y por otro
11.* Este
término no puede documentarse léxicamente, tampoco como apoliteia.
17. Esta
indicación podría referirse al capítulo
planeado con el nombre «La posi- ción socrática».
constituye su
presupuesto. Al mismo tiempo
aparecen ineludible- mente
aquellos aspectos de lo político que en origen, según la auto- comprensión de
la polis, representaban fenómenos
marginales. Para la polis
cuidado de la vida y defensa no eran
el punto central de la vida política y eran políticas
en un sentido auténtico sólo en cuanto las resoluciones sobre ellas no se decretaran desde
arriba sino que se tomaran en un común
hablar y persuadirse entre todos. Sin
embargo, en la justificación de la
política desde el punto de vista de la
libertad de los pocos esto resultaba
completamente irrelevante. Lo
decisivo era solamente que todas las cuestiones referentes
a la existencia que los pocos no
dominaban se entregaban al ámbito de lo
político. Por lo tanto, se mantiene ciertamente una relación entre
política y liber- tad, pero
únicamente una relación, no una
identidad. La libertad en tanto que fin último de la política sienta
los límites de ésta; pero el cri- terio de la acción dentro del ámbito
político mismo no es la libertad
sino la competencia y la eficacia en asegurar la vida.
Esta
degradación de la política a partir de la filosofía, tal como la vemos desde
Platón y Aristóteles, depende completamente de la dife- renciación entre muchos y pocos, que ha tenido un efecto
extraordina- rio, duradero hasta nuestros
días, sobre todas las respuestas teóricas a la pregunta por el sentido de la política. Pero políticamente no ha
teni- do mayor efecto que la apolitia de
las antiguas escuelas filosóficas y la
libertad de cátedra de las universidades. Dicho en otras
palabras, su efecto político siempre se
ha extendido sólo a los pocos, para los
que la auténtica experiencia filosófica ha sido determinante por su
arrollado- ra absorbencia —una experiencia
que, según su propio
sentido, con- duce fuera del
ámbito político del vivir y hablar unos con otros.
La causa
de que no quedara nada de esta
repercusión teórica, de que más bien por lo que respecta a lo político y los
políticos se haya he- cho sentir hasta nuestros
días la convicción de que lo político se justifi- ca y debe
justificarse por fines superiores y
externos —aunque dichos fines mientras tanto se hayan desgastado considerablemente— reside en el rechazo y la
tergiversación de lo político, aparentemente similares pero realmente
mucho más radicales, operado
por el cristianismo. A primera
vista podría parecer que éste originariamente habría exigido para todos aquella misma libertad de
la política, hasta cierto punto aca- démica,
que reivindicaban las antiguas
escuelas filosóficas para sí. Y esta impresión se fortalece si pensamos que el rechazo de lo público se
emparejó con la fundación de un
espacio yuxtapuesto al político
en que los creyentes, se reunieron primero en comunidad y se convirtie- ron después en iglesia. Este paralelismo se ha confirmado plenamente con el surgimiento del estado
secular, en el cual la libertad
académica y la religiosa están
estrechamente vinculadas, ya que
el cuerpo político garantiza pública y legalmente la libertad de la política a ambas. Si en- tendemos por política todo aquello necesario para la
convivencia de los hombres y para posibilitarles —como individuos
o como comuni- dad— una
libertad situada más allá de lo político y lo necesario, esta- remos justificados para medir el grado
de libertad de un organismo po- lítico
según la libertad religiosa y
académica que tolere, esto es, según la
extensión del espacio no político de libertad que contiene y sostiene.
Este
efecto político, ahora ya inmediato, de
la libertad política, de la cual
tanto se ha aprovechado la libertad académica,
remite a otras, y políticamente
hablando más radicales, experiencias que las de los fi- lósofos. Para los
cristianos no se trata de establecer
un espacio de los pocos junto al
espacio de los muchos, tampoco de fundar
un contra- espacio para todos
frente al espacio oficial, sino
del hecho de que un espacio
público en general, sea para pocos o para muchos, es, por su carácter público,
intolerable. Cuando Tertuliano
dice que «a noso- tros, cristianos, nada
nos es más extraño que los
asuntos públicos».18 el acento se pone precisamente sobre lo público. El
temprano recha- zo cristiano a la
participación en los asuntos públicos se
suele enten- der, y con razón, o bien
desde la perspectiva romana de una deidad rival de los dioses de Roma, o
bien desde la visión proto–cristiana de una esperanza escatológica ajena a toda preocupación por el
mundo. Pero de este modo se pasan por alto las verdaderas tendencias anti- políticas del mensaje
cristiano y la experiencia de lo que es Esencial para el estar
juntos de los hombres en que se fundamenta. Es indu- dable que en
la predicación de Jesús el ideal de la
bondad representa el mismo rol que el de
la sabiduría en la enseñanza socrática:
Jesús re- chaza que se le llame
bueno en el mismo sentido
en que Sócrates rechaza que sus
alumnos le declaren sabio. Lo propio de la bondad
es que debe ocultarse; que no
puede aparecer como lo que es. Una co- munidad de
hombres que crea seriamente que todos los asuntos hu-
18.
Tertuliano, Apologeticus, 38: nec ulla
magis res aliena quam publica. Véase
Arendt,
Vita activa, ob. cit., pág. 71.
manos deben
regularse en el sentido de la bondad,
que no vacile al menos en intentar amar a sus enemigos y en pagar el mal
con el bien, que, dicho con otras
palabras, tenga el ideal de la
santidad por mo- delo —no sólo para la salvación de la propia alma en el alejamiento de los hombres sino para
la regulación misma de los asuntos huma- nos— no puede sino mantenerse alejada
de lo público y de su luz. Debe operar
ocultamente porque ser visto y
escuchado genera inevitable- mente aquel brillo y
esplendor por el que toda santidad —se presen- te como se presente— se convierte
en seguida en apariencia.
Así pues,
a diferencia de lo que ocurría en el
caso de los filósofos, en la renuncia a
la política de los primeros cristianos no había ningún abandono del ámbito de los asuntos humanos
en general. Un tal ale- jamiento,
que en la forma extrema de la vida ermitaña fue usual en los primeros
siglos después de Cristo, hubiera entrado en flagrante con- tradicción con la prédica de Jesús, y la iglesia lo consideró muy pron- to una herejía.
De lo que se trataba más bien era
de que el mensaje cristiano proponía un
modo de vida en que los asuntos humanos
en general debían remitirse no al
ámbito de lo público sino a un ámbito
interpersonal entre hombre y hombre.
Que se haya identificado, y quizá confundido, este ámbito
del «entre» con la esfera privada
por- que se contrapone al ámbito”
público–político se debe a las circuns- tancias históricas.
La esfera privada fue a lo largo
de toda la antigüe- dad greco–romana la única alternativa al espacio público y para la interpretación
de ambos espacios fue decisiva la contraposición en- tre, por
una parte, qué quería uno mostrar al mundo y cómo quería aparecer ante él, y, por otra, qué debía únicamente
existir en el aisla- miento
permaneciendo oculto. Lo
determinante desde un punto
de vista político fue que el
cristianismo buscó el aislamiento, en el
cual exigió incluir también lo que siempre había sido público.19
En este
contexto no consideraremos cómo este consciente y radi-
19. En el
original se incluye entre paréntesis el texto siguiente:
Pues los
cristianos no están contentos practicando una misericordia que vaya más allá de
lo político; explícitamente reivindican «practicar la justicia» —y dar limosna,
a lo que se refiere Mt. 6, I sigs., es, según la concepción tanto judía como
cristiana primitiva, justi- cia y no misericordia—, sólo que esta actividad no puede aparecer
ante los ojos de los hombres, no debe ser vista por ellos, tiene que permanecer
tan decididamente oculta que la mano izquierda no sepa qué hace la derecha, es
decir, que el autor esté excluido como espectador de su propio acto.
cal
carácter antipolítico del cristianismo
consiguió a través de la his- toria
transformarse de manera que hiciera
posible una especie de po- lítica cristiana:
aparte de la necesidad histórica
generada por la caída del imperio
romano, fue obra de un solo hombre, san
Agustín, en el que permanecía extraordinariamente viva la tradición del pensamiento romano. La reinterpretación de lo político
surgida de él ha tenido un significado decisivo para
la tradición occidental, no sólo para
la tra- dición teórica y del
pensamiento sino para el marco en que ha acon- tecido la
historia política real.
Es ahora cuando el cuerpo
político también acepta que la
política es un medio para un fin superior
y que en ella sólo se trata de
libertad en la medida en que ha dejado libres determinados
ámbitos. Sólo que ahora la libertad
ya no es una cues- tión de pocos sino, al contrario, de muchos, los cuales ni deben ni ne- cesitan preocuparse ya de los temas de gobierno
porque la carga del orden político necesario para
los asuntos humanos se deposita
sobre unos pocos. Ahora bien, a
diferencia de lo que ocurría con Platón
y los filósofos, el origen de
esta carga no es la fundamental pluralidad humana, la cual ataría los pocos a los muchos, el uno al todos. Dicha pluralidad más bien
se afirma y el motivo que decide
a los pocos a asumir sobre sí la carga del gobierno no es el temor a ser dominados por los peores. San Agustín
exige explícitamente que la vida de los san- tos también se desarrolle
en una «sociedad» [Sozietät ], y supone, al ha- blar de una Civitas Dei,
un estado de Dios, que incluso en circunstan- cias no terrenales, la vida de los hombres también se determina
políticamente —dejando abierto si la política es también una carga en el más allá. En cualquier caso, el motivo de asumir el peso de lo polí- tico terrenal es el amor al prójimo y no el temor frente a
él.
Es esta
transformación del cristianismo, que culmina en él pensa- miento y la acción de san Agustín,12* la que puso
finalmente a la Igle- sia en condiciones de abrir al mundo la primitiva
reclusión cristiana en el aislamiento, de modo que los creyentes constituyeron en el mundo un espacio
público totalmente nuevo, determinado religiosamente, que, si bien
público, no era político. Lo público de este espacio de los creyentes —el único
en que a lo largo de toda la Edad
Media se tu- vieron en cuenta las necesidades
específicamente políticas de los
hom-
12.* En
el original: sobre el fundamento de esta transformación culmina en el pensamiento y la acción de san
Agustín...
bres— fue
siempre ambiguo; primero fue un espacio de reunión, pero no simplemente un edificio donde la gente se reunía sino un espacio que se había construido
expresamente como lugar de reunión. Como
tal, pues, no podía ser un espacio de apariencia, debía albergar el con- tenido auténtico del mensaje cristiano. Pero esto se reveló casi imposi- ble, ya que,
por naturaleza, lo público, constituido
mediante la reunión de muchos, se
establece como lugar de apariencia. La
política cristiana ha tenido siempre dos misiones: por un lado asegurarse mediante
la in- tervención en la política
secular que el lugar de reunión de los
creyen- tes, no político en sí mismo,
fuera guarecido del exterior; y por otro lado evitar que tal lugar de
reunión se convirtiera en uno de
aparien- cia, que la iglesia se convirtiera en un poder secular y mundano más. Lo que demuestra que
el vínculo con el mundo, que corresponde a todo lo espacial y le
permite aparecer y parecer
es considerablemente más difícil de deshacer que el poder de lo secular,
que se presenta des- de fuera. Pues
cuando la Reforma consiguió finalmente alejar de las iglesias todo lo que tenía
que ver con parecer y aparecer y
convertirlas otra vez en lugares de reunión
para los que vivían aislados en el senti- do evangélico,
desapareció también el carácter
público de estas igle- sias. Aun
cuando la secularización total de la vida pública no hubiera sido
consecuencia de la Reforma, considerada frecuentemente como precursora de este
proceso; aun cuando en la estela de esta seculariza- ción la religión no se
hubiera convertido en cosa privada, aun así difí- cilmente
hubiera podido la Reforma asumir la tarea de ofrecer al hom- bre un
sustitutivo del antiguo ser–ciudadano
[Bürger–Sein ] —una tarea que, sin duda, la iglesia católica sí había llevado a
cabo durante siglos tras el hundimiento
del imperio romano.
Como
quiera que se planteen tales
posibilidades y alternativas hi- potéticas,
lo decisivo es que con el fin de la Antigüedad y el surgi- miento de un espacio público eclesiástico la
política secular siguió li- gada a las
necesidades vitales resultantes de la
convivencia de los hombres
y a la protección de una esfera
superior que hasta el fin de la Edad Media se concretó espacialmente en la existencia de la igle- sia. Ésta necesita de la política, tanto de la mundana de los poderes seculares como de la religiosa dentro
del ámbito eclesiástico mismo, con el fin de poder mantenerse y afirmarse sobre
la tierra y en este mundo como
iglesia visible —es decir, a diferencia
de la invisible, cuya existencia
(cuestión sólo de fe) no es
discutida en absoluto por
la
política. Y ésta necesita de la iglesia —no sólo de la religión sino de la
existencia tangible espacialmente de las instituciones
religiosas— para demostrar su justificación
superior y su legitimidad. Lo que ocu- rrió al iniciarse la Edad Moderna no fue que la función de la política cambiase, ni tampoco que se le otorgara de repente
una nueva digni- dad exclusiva.
Lo que cambió más
bien fueron los ámbitos
que ha- cían parecer
necesaria la política. El ámbito de lo
religioso se sumergió en el espacio de lo privado mientras el ámbito de la vida y sus necesi-
dades —para antiguos
y medievales el privado par excellence— reci- bió una nueva
dignidad e irrumpió en forma de sociedad
en lo pú- blico. A este respecto
debemos diferenciar políticamente entre la democracia igualitaria
del siglo XIX, para la que la participación de todos en el gobierno siempre
es una señal imprescindible de la liber- tad del pueblo, y el despotismo
ilustrado de comienzos de la Edad
Moderna para el que «Liberty and Freedom consist
in having the go- vernment of those
Laws by which their Life and their
Goods may be most their own: ‘tis
not for having share in Government, that
is not- hing pertaining to ‘em».20 En ambos casos, el gobierno, en cuya área de acción se sitúa en adelante
lo político, está para proteger la libre productividad de la sociedad y la seguridad del individuo
en su ám- bito privado. Como sea
la relación de ciudadanos y estado:
libertad y política permanecen separadas
en lo decisivo y ser libre en el sentido de una
actividad positiva, que se despliega libremente,
queda ubica- do en el ámbito de
la vida y la propiedad, donde de lo que se trata no es de nada común sino de cosas en su
mayoría muy particulares. Que esta esfera de lo particular, de lo idion,
permanecer en la cual se consideraba en la Edad
Antigua limitación idiota, se haya amplia- do tan enormemente a causa del nuevo
fenómeno de un espacio pú- blico social
y unas fuerzas productivas sociales, no individuales, no modifica en nada el hecho de que las
actividades exigidas para la con-
servación de la vida y la propiedad o para la mejora de la vida y el en-
20.
Carlos I en su discurso antes de su
decapitación el 30 de enero de 1649: «For the people, truly I desire their liberty and freedom as much
as anybody whomsoever. But I
must tell you their liberty
and freedom consists
in having government —those laws
by which their life and their goods may be most their own. It is not having a
sha- re in government. That is
nothing pertaining to them». Aquí citado
según Hugh Ross Williamson, The Day They
Killed the King, Nueva York, Macmillan,
1957, págs. 139-
144, pág.
143. Williamson hace constar que existen más versiones de este discurso.
grandecimiento
de la propiedad, estén subordinadas a la
necesidad y no a la libertad. Lo que la Edad Moderna esperaba
de su estado y lo que éste ha
cumplido sobradamente ha sido que los
hombres se en- tregaran libremente
al desarrollo de las fuerzas
productivas sociales, a la producción común
de los bienes exigidos para
una vida «feliz». Esta concepción
moderna de la
política, para la
que el estado es una función de la sociedad o un mal
necesario para la libertad social, se ha
impuesto práctica y teóricamente sobre
otras que, inspiradas por la Antigüedad
y referidas a la soberanía del pueblo o la nación, siempre reaparecen en
todas las revoluciones de la Edad
Moderna. Para éstas, desde las americana
y francesa del siglo XVIII hasta la húngara del pasa- do más reciente, tener
participación en el gobierno
coincidía directa- mente con
ser–libre [Frei–Sein ]. Pero estas revoluciones y las experien- cias
directas que en ellas se dieron de las posibilidades de la acción política no han sido capaces, al
menos hasta hoy, de traducirse en nin- guna forma de gobierno. Desde el surgimiento del estado nacional
la opinión corriente es que el deber del gobierno es tutelar
la libertad de la sociedad hacia
dentro y hacia fuera, si es necesario
usando la violen- cia. La participación de los ciudadanos en el gobierno, en cualquiera de sus formas, es necesaria para la libertad sólo porque
el gobierno, puesto que necesariamente es quien dispone de medios para ejercer la violencia, debe ser
controlado en dicho ejercicio por los
gobernados. Se comprende pues que con el establecimiento de una esfera —como
siempre limitada— de acción política aparece un poder que debe ser vigilado
constantemente para proteger la
libertad. Lo que hoy día en-
tendemos por gobierno constitucional,
sea monárquico o republicano, es esencialmente
un gobierno limitado y controlado
en cuanto a sus po- deres y al uso que haga de la violencia por sus
gobernados. Es eviden- te que las limitaciones y los controles se efectúan en nombre de la li- bertad, tanto la de la sociedad
como la del individuo; se trata, pues, en la medida de lo posible y si es
necesario, de poner fronteras al espacio
estatal del gobierno para posibilitar la
libertad fuera de él. Por lo tanto, no
se trata, al menos en primer lugar, de
hacer posible la libertad para
actuar y dedicarse a la política, puesto que esto son prerrogativas del gobierno y de los políticos profesionales
que, por la vía indirecta del sistema de partidos,
se ofrecen al pueblo para representarle den- tro del estado o
eventualmente contra éste. Dicho con
otras palabras, en la relación entre
política y libertad, la Edad Moderna
también en-
tiende
que la política es un medio y la libertad su fin supremo; la relación misma,
pues, no ha cambiado, si bien el
contenido y la dimensión de la libertad sí lo han hecho en extremo. De ahí que hoy
día la pregunta por el sentido de la
política sea generalmente contestada en términos de ca- tegorías y conceptos que son extraordinariamente antiguos y quizá por eso extraordinariamente
respetables. Pero en el aspecto político
la Edad Moderna se diferencia al menos
tan decisivamente de épocas anterio-
res como en el espiritual o
material. Ya el solo hecho de la emanci-
pación de las mujeres y de la clase
obrera, es decir, de grupos huma- nos a los que jamás antes
se había permitido mostrarse en
público, dan a todas las preguntas políticas
un semblante radicalmente nuevo.
Ahora bien, esta
definición de la política
como medio para
una li- bertad situada
fuera de su ámbito, aunque de aparición
frecuente en la Edad
Moderna, es válida para ésta
en una medida muy limitada. De todas las respuestas modernas a la pregunta por el sentido de la política es ésta la más estrechamente
adherida a la tradición de la fi- losofía política
occidental, lo que, dentro
del pensamiento sobre el
estado nacional, se ve con la máxima claridad
en el principio del pri- mado de
la política exterior, que, formulado por Ranke, es la base de todos los estados
nacionales.21 Mucho más
característico del carácter igualitario
de las formas modernas de gobierno
estado y de la moder- na emancipación de obreros y mujeres,
emancipación que, desde un punto
de vista político, expresa los aspectos
más revolucionarios de la Edad Moderna, es una definición de estado
dirigida al primado de la política interior, según la cual, «el estado como poseedor
de la vio- lencia [es] una forma de organización de la vida
indispensable para la sociedad» (Theodor Eschenburg).22 Entre estas dos concepciones:
21.
Véase, por ejemplo, Leopold von Ranke, «Die großen Mächte» (1833), en: ídem, Geschichte und Politik: Ausgewählte Aufsätze
und Meisterschriften, comp. por Hans
Hofmann, Stuttgart: Kroner,
1942, págs. 1–53, pág. 2. No se ha podido determi- nar si Arendt se refiere
directamente a estas o a otras páginas de Ranke o bien si hace una
valoración general de la obra de este autor. Véase, sin embargo, en la misma
se- lección de escritos de Ranke
«Poütisches Gespräch» (1836), págs. 78–114, pág. 97: el título de
esta última página, probablemente
formulado por el editor, reza: «Primat
der auswärtigen Politik»; Ranke hace
decir a Karl: «En política parece que las relaciones exteriores desempeñan un
gran papel».
22. Véase
Theodor Eschenburg, Staat und Gesellschaft in Deutscbland,
Stuttgart: Schwab, 1956, pág. 19. La cita es: «El estado como poseedor
de la violencia es una for- ma de organización de la sociedad
indispensable para la sociedad».
aquella
para la que el estado y lo político son instituciones imprescin- dibles para
la libertad y aquella que ve
él una institución impres- cindible para
la vida hay una oposición infranqueable, de la que los representantes de dichas
tesis apenas son conscientes. Por lo que respecta a sentar
un criterio por el que la acción
política se rija y juz- gue hay una
gran diferencia en considerar como el más elevado de los
bienes la libertad o la vida. Si entendemos
por política algo que esencialmente y a pesar
de todas sus transformaciones ha
nacido en la polis y continúa
unido a ella, se da en la
unión entre política
y vida una contradicción
interna que suprime y arruina lo específica- mente político.
Esta contradicción
es palmaria en el privilegio que siempre
ha te- nido la política para, en determinadas circunstancias, exigir a los im-
plicados en ella el sacrificio de sus vidas. Ahora bien, naturalmente esta
exigencia puede entenderse también en el
sentido de que el indi- viduo sacrifica
su vida al proceso vital de la
sociedad y, en efecto, se da aquí una
interrelación que, al menos, pone alguna frontera al ries- go de la vida: a nadie le está
permitido arriesgar la suya cuando, al
ha- cerlo, arriesga a un tiempo la de la humanidad. Sobre esta interrela-
ción de
la que sólo
ahora somos conscientes
porque tenemos a nuestro
alcance la posibilidad de poner fin a la vida humana y a toda vida
orgánica en general
volveremos todavía;23 de hecho,
apenas se nos han transmitido ni
una sola categoría política ni un solo
concep- to político que, referidos a
esta recientísima posibilidad, no se
revelen como teóricamente superados y
prácticamente inaplicables, ya que en
cierto sentido de lo que hoy se
trata por primera vez también
en política exterior es de la
vida, es decir, de la supervivencia de
la hu- manidad.
Pero esta
remisión de la libertad misma a la supervivencia de la humanidad no elimina la oposición
entre libertad y vida, oposición que ha inspirado todo lo
político y continúa determinando todas las virtudes específicamente políticas.
Incluso podría decirse muy legíti- mamente
que precisamente el hecho de que en la actualidad en polí- tica no se trate ya más que de la mera existencia de todos es
la señal más clara de la desgracia a que
ha ido a parar nuestro mundo
—una desgracia que, entre otras cosas, amenaza con liquidar a la
política.
23. En
los fragmentos póstumos este argumento se detalla sobre todo en el Fr. 3 d.
Pues el
riesgo que se le exige a aquel que se dedica a la esfera de la po- lítica,
donde puede someterlo
todo a discusión menos
precisamente su vida,24 no
concierne normalmente a la vida ni de la
sociedad ni de la nación ni del pueblo.
Más bien concierne sólo a la
libertad, tanto a la propia
como a la del grupo al que el
individuo pertenece, y, con ella, a la segura continuidad del mundo en que este grupo o pueblo viven, mundo que han construido a lo largo de las
generaciones con el fin de encontrar una
permanencia digna de confianza13* para
el ac- tuar y el hablar, o sea, para
las actividades propiamente
políticas. Bajo circunstancias normales,
esto es, bajo las circunstancias domi- nantes en Europa desde la antigüedad romana, la guerra
sólo ha sido la prolongación de la política con otros
medios, lo que significa que
podía evitarse si uno
de los adversarios aceptaba las exigencias del otro. Hacerlo podía costarle la libertad
pero no la vida.
Estas
circunstancias, como todos sabemos, ya no son las actuales; cuando las
miramos retrospectivamente nos parecen
una especie de paraíso perdido. Pero aun
cuando el mundo en que hoy vivimos no se puede explicar
ni deducir —causalmente o en el sentido
de un proceso automático— desde
la Edad Moderna, lo cierto es que ha brotado
en el suelo de ésta. Por lo que respecta
a lo político, esto sig- nifica
que tanto la política
interior, cuyo fin supremo
era la vida, como la
exterior, que se orientaba a la libertad
como bien supremo, descubrieron en la violencia y la acción violenta su
auténtico conteni- do. Finalmente el estado
se organizó como fáctico «poseedor de la violencia» —dejando de lado si el fin perseguido era la vida o la li- bertad. En cualquier
caso, la pregunta por el
sentido de la política se refiere hoy
día a si estos medios públicos de violencia tienen un fin o no; y el interrogante surge del
simple hecho de que la violencia, que debería
proteger la vida o la libertad, ha llegado a ser tan poderosa, que amenaza
no únicamente a la libertad sino
también a la vida. Dado que se ha
puesto de manifiesto que lo que cuestiona la vida de la humanidad entera es precisamente el crecimiento de los medios de violencia estatales, la
respuesta, en sí misma ya muy
discutible, que la
24. La
formulación, hoy insólita, «someter a consejo» [«zu Rat halten» ] podría ha-
ber sido inspirada por el poema de Goethe «Amyntas», cuya última línea dice: «Wer sich der Liebe
vertraut, hält er sein Leben zu Rat?».
Agradezco esta observación a la
administradora del legado Arendt, doctora Lotte Köhler, Nueva York.
13.* En
el original: zuverläßliche.
Edad
Moderna ha ofrecido a la cuestión del
sentido de la política, re- sulta ahora
doblemente dudosa.
Que este
colosal crecimiento de los medios de
violencia y aniqui- lación haya sido posible no es debido sólo a las invenciones técnicas sino al hecho de que el espacio
público–político se ha convertido tan-
to en la autointerpretación teórica de
la Edad Moderna como en la brutal realidad
en un lugar de violencia. Únicamente
así el progreso técnico ha podido derivar desde el principio en un progreso de las posibilidades de aniquilación recíproca. Puesto que allí
donde los hombres actúan conjuntamente se genera poder
y puesto que el ac- tuar conjuntamente sucede esencialmente en el espacio político el po- der
potencial inherente a todos los asuntos humanos
se ha traducido en un espacio dominado por la violencia. De ahí que
parezca que po- der y violencia son lo
mismo, y en las condiciones modernas
éste es efectivamente el caso. Pero por
su origen y su sentido auténtico
po- der y violencia no sólo no son lo mismo sino que en cierto modo son
opuestos. Ahora bien, allí donde la violencia, que es propiamente un
fenómeno individual o concerniente a pocos, se une
con el poder, que sólo es posible
entre muchos, se da un incremento inmenso del potencial
de violencia, potencial que, si
bien impulsado por el poder de un
espacio organizado, crece y se despliega
siempre a costa de di- cho poder.
La
pregunta acerca del papel que le
corresponde a la violencia en las relaciones
interestatales de los pueblos o
acerca de cómo podría excluirse su uso en dichas relaciones está actualmente,
desde la in- vención de las armas atómicas,
en el primer plano de toda
política. Pero el fenómeno de la
progresiva preponderancia de la
violencia a expensas de todos los demás factores políticos
es más antiguo; ya en la Primera
Guerra Mundial, apareció en las grandes batallas de material del frente occidental.
En este sentido, es
remarcable que esta violen- cia, en su
nuevo y desastroso papel de una
violencia que se despliega automáticamente y aumenta sin cesar, resultara tan
absolutamente imprevista y sorprendente
a todos los implicados, tanto a los respec- tivos pueblos como a los estadistas como a la opinión pública. De he- cho, el incremento de la
violencia en el espacio
público–estatal se realizó a espaldas
de los que actuaban —en un siglo
que se pretendía entre los más
dispuestos a la paz y menos violentos
de la historia. La era
moderna, que consideró con una mayor decisión que nunca ante-
riormente
la política sólo un medio
para el mantenimiento y el fo-
mento de la vida de la sociedad, y que consiguientemente limitó las competencias de lo político a lo más
necesario, pudo creer, no sin fundamento, que acabaría con el problema de la violencia mucho me- jor que todos los siglos
precedentes. Lo que ha conseguido ha sido ex- cluir la violencia y el
dominio directo del hombre
sobre el hombre de la esfera,
siempre en constante ampliación, de la vida social. La eman- cipación de la clase obrera y de las mujeres, es decir, de las dos cate- gorías de
personas sometidas a la violencia en toda la historia premo- derna, señala con la mayor claridad el
punto álgido de esta evolución.
Pero
ahora consideremos si esta disminución de la violencia en la vida de la
sociedad es realmente equiparable con un
incremento de li- bertad. En el sentido de la tradición política No–ser–libre [Nicht–frei- Sein ] tiene una definición doble. Por un lado, estar sometido a la vio- lencia de
otro, pero también,
e incluso más originariamente, estar sometido a la cruda
necesidad de la vida. La
actividad que corres- ponde a la obligación con que la vida
nos fuerza a procurarnos lo ne- cesario
para conservarla es la labor.
En todas las sociedades premo- dernas podía
uno liberarse de
éste obligando a
otros a hacerlo mediante la violencia y la dominación. En la
sociedad moderna, el la- borante no está sometido a ninguna
violencia ni a ninguna domina-
ción, está obligado
por la necesidad inmediata
inherente a la vida misma. Por lo tanto,
la necesidad ocupa el lugar de la violencia y la pregunta es cuál de las dos coerciones podemos
resistir mejor, la de la
violencia o la de la necesidad. Pero
además toda la evolución de la sociedad
se dirige ante todo, al menos hasta el momento en que la au- tomatización
elimine realmente la labor, a
convertir indistintamente a
cualquiera de sus miembros en laborantes cuya actividad, sea la que sea,
se dedique en primer lugar a procurar lo necesario para
la vida. También en este sentido
el alejamiento de la violencia de
la vida de la sociedad ha tenido como sola consecuencia conceder
a la necesidad con que la vida
lo fuerza todo un
espacio desproporcionadamente mayor
que nunca. La vida de la sociedad está fácticamente dominada no por la libertad sino por la necesidad; y no es casual que el
concep- to de necesidad haya sido
tan dominante en todas las filosofías mo- dernas de la historia, en las que el pensamiento se orientaba filosófi- camente y buscaba llegar a la
autocomprensión.
La
expulsión de la violencia del ámbito privado
del hogar y de la
esfera
semipública de la sociedad fue completamente consciente; precisamente para poder
vivir cotidianamente sin violencia se forta- leció la violencia del
poder público, del estado, de la que se
creyó se- guir siendo dueño porque
se la había definido explícitamente como mero medio
para el fin de la vida social,
del libre desarrollo de las fuerzas productivas.
Que los medios de violencia
pudieran resultar ellos
mismos «productivos», es
decir que pudieran crecer exacta- mente
igual (o incluso más) que las demás fuerzas productivas de la
sociedad, no se tuvo en cuenta en la Edad Moderna porque
para los modernos la esfera de lo
productivo coincidía en general
con la so- ciedad y no con el estado.
Precisamente éste era tenido por específi- camente improductivo y en caso extremo por un fenómeno parasita- rio. Puesto que se había
limitado la violencia al ámbito estatal, el cual estaba sometido en los gobiernos constitucionales al control de la so- ciedad mediante el sistema
de partidos, se creyó tener a la violencia reducida a un mínimo que como
tal debía permanecer constante.
Bien
sabemos que lo contrario ha sido el caso. La época conside- rada históricamente
la más pacífica y menos violenta ha provocado directamente el desarrollo más grande
y terrible de los instrumentos de
violencia. Y esto es una paradoja sólo
aparentemente. Con lo que no se contó
fue con la combinación específica de violencia y poder, combinación que
sólo podía tener lugar en la esfera público–estatal porque sólo en ella los hombres actúan
conjuntamente y generan po- der;
no importa cuan estrictamente se señalen las competencias de este ámbito, cuan exactamente se le tracen
límites a través de consti- tuciones
y otros controles: por el
simple hecho de continuar siendo un
ámbito público–político engendra poder.
Y este poder tiene que resultar ciertamente una desgracia
cuando, como ocurre en la Edad Moderna,
se concentra casi exclusivamente en la
violencia, ya que esta violencia se ha
trasladado simplemente de la esfera privada
de lo individual a la esfera
pública de los muchos. Por muy absoluta que fuera la violencia del señor de la casa
sobre su familia en la época pre- moderna
—y seguro que era suficientemente grande como para tildar al gobierno
del hogar de despótico— esta violencia estaba limitada siempre al individuo que
la ejercía, era una violencia completamente impotente y estéril económica
y políticamente. Por muy desastrosa que fuera la violencia casera
para los sometidos a ella, los instrumen- tos mismos para
ejercerla no podían proliferar
bajo tales circunstan-
cias, no
podían resultar un peligro para todos
porque no había nin- gún monopolio de la violencia.
Veíamos
que concebir lo político como un reino
de los medios cuyo fin y criterio
hay que buscar fuera de él es
extraordinariamente antiguo y
también extraordinariamente
respetable. Pero en la actua- lidad más
reciente lo que se ha discutido de tal concepción es que, aunque originariamente se basa en fenómenos lindantes
con lo políti- co o tangenciales
a ello (la violencia, necesaria a
veces para proteger- lo, y el
cuidado por la vida, que debe ser
asegurada antes de que sea posible la libertad política), ahora aparece en el centro de toda
acción política y establece la violencia
como medio cuyo fin supremo debe ser el mantenimiento y organización de
la vida. La crisis consiste en que el
ámbito político amenaza aquello único que parecía justificarlo. En esta situación la pregunta
por el sentido de la
política varía. Hoy apenas si suena ya: ¿Cuál es el sentido de la política? Pues está mucho más
próximo al sentir de los pueblos, que se consideran amenazados
en todas partes por la política, y donde precisamente los mejores se apartan conscientemente de ella, preguntar
a sí mismos y a los demás si: ¿tiene la política todavía algún sentido?
Estas
preguntas se basan en las opiniones
concernientes a qué sea propiamente la política que hemos esbozado
brevemente. Dichas opiniones apenas han
variado en el transcurso de
muchos siglos. Lo que ha cambiado es
sólo que aquello que era contenido de
juicios procedentes de determinadas experiencias inmediatas y legítimas —el juicio y
condena de lo político a partir de la experiencia de los filóso- fos o los cristianos, así como la corrección de tales juicios y la con- siguiente justificación limitada
de lo político—
se ha convertido desde hace ya mucho
en prejuicio. Los prejuicios representan siem- pre en el espacio
público–político fundadamente un gran papel. Se refieren a lo que sin
darnos cuenta compartimos todos y sobre
lo que ya no juzgamos porque casi ya no tenemos la ocasión
de experimen- tarlo directamente.
Todos estos prejuicios, cuando son legítimos y no mera charlatanería, son juicios
pretéritos. Sin ellos ningún
hombre puede vivir porque una
vida desprovista de
prejuicios exigiría una atención
sobrehumana, una constante disposición,
imposible de con- seguir, a
dejarse afectar en cada momento por toda
la realidad, como si cada día fuera el
primero o el del Juicio Final. Por lo
tanto prejui- cio y tontería no son lo mismo. Precisamente
porque los prejuicios
siempre tienen
una legitimidad inherente sólo podemos
atrevernos a manejarlos cuando ya
no cumplen su función, es decir,
cuando ya no son apropiados para que
quien juzgue compruebe una parte de la rea- lidad. Pero
justo cuando los prejuicios entran
en abierto conflicto con la
realidad empiezan a ser peligrosos y la gente, que ya no se
sien- te amparada por ellos al pensar,
empieza a tramarlos y a convertirlos en fundamento de esa especie de
teorías perversas que comúnmente llamamos ideologías
o también cosmovisiones [Weltanschauungen ]. Contra estas
figuraciones ideológicas de
moda, surgidas de
prejui- cios, nunca ayuda
enfrentar la cosmovisión directamente opuesta sino sólo el
intento de sustituir los prejuicios por juicios. Para ello es imprescindible
remitir los prejuicios a los juicios contenidos en ellos y los
juicios, a su vez, a las experiencias que los originaron.
Los
prejuicios que en la crisis actual se
oponen a la comprensión teórica de lo que sea propiamente la política
conciernen a casi todas las categorías
políticas en que estamos
acostumbrados a pensar, sobre todo a la categoría medios–fines, que entiende
lo político según un fin último extrínseco a lo político mismo;
también a la presunción de que el
contenido de lo político es la violencia y, finalmente, al convenci- miento de que la dominación es el concepto central
de la teoría polí- tica. Todos
estos juicios y prejuicios se
originan en una desconfianza frente a la
política en sí misma no ilegítima. Pero
en el actual prejui- cio contra la
política esta antiquísima desconfianza
se ha transforma- do. Tras él se halla, desde la invención de la bomba
atómica, el temor completamente
justificado de que la humanidad
pueda liquidarse a causa
de la política y los instrumentos
de violencia de que dispone. De este temor
surge la esperanza de que la
humanidad será razonable y eliminará a la
política antes que a sí misma. Dicha esperanza
no está menos justificada que tal temor. Pues la idea de que siempre y en to- das partes donde
haya hombres hay política es ella
misma un prejui- cio, y el ideal
socialista de una condición humana
final sin estado, lo que en Marx
significa sin política, no es de ninguna
manera utópico; es sólo
escalofriante.25
25. En el
original se añade el siguiente texto entre paréntesis:
Marx era
desgraciadamente mucho mejor historiador que teórico y la mayoría de las veces
sólo expresó y afinó conceptual y teóricamente aquello que era objetivamente
com- probable como tendencia histórica. La extinción de lo político pertenece
precisamente a estas tendencias objetivas y comprobables de la Edad Moderna.
Es
connatural a nuestro objeto, el cual
siempre tiene que ver con los
muchos y con el mundo
que surge entre
ellos, que al respecto nunca pueda
ignorarse a la opinión pública.
Ahora bien, de acuerdo con
ésta, la pregunta por el
sentido de la política se refiere
actual- mente a la amenaza que la guerra
y las armas atómicas representan para el hombre. Por lo tanto, es
esencial al asunto que empecemos nuestras
consideraciones por la cuestión de la guerra.
FRAGMENTO
3C
c) Capítulo
II: La cuestión de la guerra 14*
A La
guerra total 15*
Cuando
las primeras bombas atómicas cayeron sobre Hiroshima
poniendo un fin rápido e inesperado a la Segunda Guerra Mundial un
escalofrío cruzó el mundo. Cuan justificado estaba dicho escalofrío todavía no
se podía saber entonces. Pues una sola
bomba atómica ha- bía conseguido sólo en pocos minutos lo que hubiera requerido la ac- ción sistemática y masiva de ataques aéreos durante semanas o meses: arrasar una ciudad.
Que la estrategia bélica podía
otra vez, como en la Edad Antigua, no
solamente diezmar a los pueblos sino también transformar en un desierto el mundo
habitado por ellos era algo co-
nocido a los especialistas desde el bombardeo de Coventry y a todos
desde los ataques aéreos
masivos sobre las ciudades
alemanas. Ale- mania ya era un campo de ruinas,
la capital del país un
montón de cascotes y la bomba atómica, tal como la conocemos desde la Segunda Guerra Mundial, si bien
representaba en la historia de la
ciencia algo absolutamente nuevo, no era sin embargo en el marco de la estrategia bélica
moderna —y, por lo tanto, en el ámbito
de los asuntos huma- nos o, mejor,
interhumanos, de que trata la política—
más que el punto
culminante, alcanzado por así
decir en un salto o cortocircui- to, a que impulsaban los acontecimientos a un
ritmo cada vez más vertiginoso.
Es más,
la destrucción del mundo y la
aniquilación de la vida hu- mana mediante
los instrumentos de violencia no son ni nuevas ni es- pantosas y aquellos que desde siempre han pensado
que una condena incondicional de la violencia conduce a una condena de lo político en general han dejado sólo
desde hace pocos años, más exactamente
des-
de la
invención de la bomba de hidrógeno, de tener razón. Al destruir
tido?
14.*
Corrección manuscrita de: Presentación: ¿tiene la política todavía algún sen-
15.*
Corrección manuscrita de: La guerra de aniquilación.
el
mundo no se destruye más que una creación humana
y la violencia necesaria
para ello se corresponde
exactamente con la inevitable vio- lencia inherente a todos
los procesos humanos de producción [Hers- tellung ]. Los
instrumentos de violencia requeridos para la destrucción se crean a imagen
de las herramientas de la producción y el instru- mental técnico siempre los abarca igualmente a ambos. Lo que los hombres producen
pueden destruirlo otra vez, lo que destruyen pue- den construirlo de nuevo. El poder destruir y el poder producir equi- libran la balanza.
La fuerza que destruye al
mundo y ejerce violencia sobre él es
todavía la misma fuerza de nuestras
manos, que violentan la naturaleza y destruyen
algo natural —acaso un árbol para obtener madera y producir alguna cosa con
ella— para formar mundo.
Que poder
destruir y poder producir equilibren la
balanza no tie- ne, sin embargo, una
validez absoluta. Sólo la tiene para lo
producido por el hombre, no para el poco
tangible, pero no por ello menos real, ámbito de las relaciones humanas, surgidas de la acción en sentido am- plio.
Sobre esto volveremos más tarde.16* Lo decisivo para nosotros en la situación actual es que también en el mundo
propiamente de las co- sas el equilibrio
entre destruir y reconstruir sólo puede mantenerse mientras la técnica se circunscriba únicamente con el
procedimiento de producción, y éste ya
no es el caso desde el descubrimiento de la energía atómica,
si bien todavía hoy vivimos en
general en un mundo determinado por la revolución industrial. Tampoco en éste nos las ha-
bernos sólo con cosas naturales, que más o menos transformadas, rea-
parecen en el mundo creado por los hombres, sino con procesos natu- rales generados por
el hombre mismo mediante la imitación
e introducidos directamente en el mundo humano.
Es característico de estos procesos que, al igual que un motor de
explosión, transcurran esencialmente
entre explosiones, es decir,
hablando históricamente, entre
catástrofes que a su vez impulsan el proceso mismo hacia delan- te. Hoy nos
encontramos en casi todos los ámbitos de
nuestra vida en un proceso de este tipo, en que las explosiones y catástrofes, lejos de significar el hundimiento, provocan un progreso
incesante cuya pro- blematicidad
no podemos por tanto
considerar en nuestro contexto.
De todas maneras, desde un punto de vista político puede constatarse en el
hecho de que el desastre
catastrófico de Alemania ha
contribuido
16.*
Véase infra en este fragmento págs. 106, 117 y 129 sig.
esencialmente a hacer
hoy de ella uno de los países más
modernos y avanzados de Europa, mientras que atrás quedan los países que o bien no están tan
exclusivamente determinados por la
técnica que el ritmo del proceso de
producción y consumo hace
provisionalmente super- fluas las catástrofes
como América, o bien no han pasado
por una ca- tástrofe
definitivamente destructiva, como
Francia. El equilibrio entre producir y
destruir no es alterado por la técnica
moderna ni por el pro- ceso a que ésta
ha arrastrado al mundo humano. Al contrario, parece como si en el curso de dicho
proceso ambas capacidades,
estrecha- mente emparentadas, se potenciaran mutua e indisolublemente, de manera que producir y destruir se revelan, incluso
llevados a su medi- da más extrema, como dos fases apenas diferenciables del mismo, en el que —para poner un ejemplo
cotidiano— la demolición de una casa es
sólo la primera fase de su construcción,
y la edificación de la casa mis- ma, puesto
que a ésta se le calcula una duración
determinada, ya pue- de incluirse en un proceso incesante de demolición
y reconstrucción.
Con
frecuencia se ha dudado, no sin razón, de que los hombres en medio de esta
progresión necesariamente catastrófica
que ellos mismos han desencadenado puedan seguir siendo dueños y señores de su mun- do
y de los asuntos humanos. Es desconcertante sobre todo la apari- ción
de las ideologías totalitarias, en las cuales el hombre se entiende como un
exponente de dicho
progreso catastrófico desencadenado por él mismo, exponente cuya función esencial consiste en hacer avan-
zar el proceso cada vez más rápidamente.
Respecto a esta inquietante adecuación
no debería olvidarse, sin
embargo, que se trata únicamen- te de
ideologías y que las fuerzas naturales
que el hombre emplea a su
servicio pueden todavía contarse en caballos de vapor,17* es decir, en
unidades dadas en la naturaleza, tomadas
del entorno inmediato del
hombre. Que éste consiga duplicar o centuplicar su propia fuerza me- diante el aprovechamiento de la
naturaleza puede considerarse una violación de ésta si, con la Biblia en la
mano, se cree que el hombre fue creado
para protegerla y servirla y no al
revés. Pero aquí da igual quién sirva o esté predestinado a servir por decisión
divina a quién. Lo que es innegable es que la fuerza de los hombres, tanto
la productiva como la de la labor, es un fenómeno natural,
que la violencia es una posibilidad inherente a dicha fuerza y, por lo tanto, también natural
y, finalmente,
17.* En
el original: Pferdekräften.
que el
hombre, mientras sólo tenga que
habérselas con fuerzas natura- les,
permanece en un ámbito
terreno–natural al que él mismo y
sus fuerzas, en cuanto ser vivo orgánico, pertenece. Esto no varía por el he- cho de que utilice
su fuerza y la extraída de la naturaleza
para produ- cir algo completamente no–natural, a saber, un mundo —algo que sin el hombre, de modo
únicamente «natural» no
existiría. O, dicho de otro modo, mientras el poder producir y el
poder destruir equilibran la
balanza todo es en cierta manera todavía
normal y lo que las ideolo- gías
totalitarias dicen sobre la esclavización del hombre por el proceso que él mismo
ha puesto en marcha es sólo un
fantasma, ya que los hombres
continúan siendo dueños del mundo
que han construido y señores del
potencial destructivo que han creado.
Pero el
descubrimiento de la energía atómica, la invención de una técnica propulsada por energía nuclear
podría alterar esta situación, ya que lo que se pone en
marcha no son procesos naturales
sino pro- cesos que, no siendo
terrenales, actúan sobre
la Tierra con el fin de producir
y destruir mundo. Estos
procesos provienen del
universo que rodea a la Tierra, y
el hombre, al violentarla, ya no se comporta como un ser vivo, sino como
un ser capaz de orientarse en el univer- so —aunque únicamente pueda vivir bajo las condiciones dadas
en la Tierra y por la naturaleza. Estas fuerzas universales ya no pueden
me- dirse en caballos de vapor o cualquier otra
medida natural y, puesto que no son de naturaleza
terrena, podrían destruir la Tierra del mis- mo modo que los procesos naturales que el hombre maneja
pueden destruir el mundo
construido por él mismo. El horror
que se apode- ró de la humanidad cuando
supo de la primera bomba atómica
fue el horror ante esta fuerza (en el
sentido más verdadero de la palabra
so- bre–natural) procedente del universo, y el número
de casas y calles destruidas, así como la cifra de vidas humanas
aniquiladas fueron de importancia sólo
porque era de una fuerza simbólica
inquietante e imborrable que la recién descubierta fuente de energía ya hubiera
causado sólo al nacer muerte y destrucción a tan gran escala.
Este
horror pronto se mezcló con una indignación no menos jus- tificada y en el momento mucho
más palpitante, ya que el
poderío de la nueva arma, entonces
todavía absoluto, se había comprobado en ciudades habitadas,
cuando se hubiera podido
ensayar igual de bien y de un modo políticamente no menos efectivo en un
desierto o en una isla deshabitada. En
esta indignación también se percibía
anticipada-
mente
algo cuya monstruosa realidad sólo hoy sabemos, es decir, el hecho, que
ninguno de los estados mayores
de las grandes potencias niega
ya, de que en una guerra, una vez puesta en marcha, los conten- dientes utilizan inevitablemente
las armas de que disponen en cada momento.
Esto, evidentemente, sólo cuando
la guerra ya no tiene una meta y
su finalidad ya no es un tratado de paz
entre los gobiernos com- batientes sino
una victoria que comporte la
aniquilación como estado
—o
incluso física— del adversario. Esta
posibilidad ya se significó en la
Segunda Guerra Mundial al exigirse a Alemania y Japón una capi- tulación incondicional pero su plena atrocidad sólo se reveló cuando las bombas atómicas
sobre Japón demostraron que las
amenazas de una aniquilación total no
eran charlatanería vacía y que los medios ne- cesarios para
ella estaban realmente a mano.
Hoy, consecuentemente con el desarrollo
de dicha posibilidad, ya nadie
duda de que una ter- cera guerra mundial
difícilmente acabará de otro modo
que con la ani- quilación del vencido.
Estamos todos tan fascinados por la
guerra to- tal que apenas podemos imaginarnos que la constitución
americana o el actual régimen ruso
sobrevivieran a la derrota tras una eventual gue- rra entre Rusia y
América. Pero esto significa que en una futura guerra ya no se trataría del
logro o la pérdida de poder, de
fronteras, merca- dos y espacios
vitales, de cuestiones, en fin, que
también podrían ob- tenerse
sin violencia por la vía de la negociación política. Así, la gue- rra ha dejado
de ser la ultima ratio de conferencias
y negociaciones cuya ruptura causaba el inicio de unas acciones
militares que no eran más que la
continuación de la política con otros medios. Ahora de lo que se trata más bien
es de algo que naturalmente no podría
ser nun- ca objeto de negociaciones:
la simple existencia de un país o un pue- blo. En este estadio en que ya
no se presupone como algo dado la co- existencia de las partes enemigas y sólo
se quiere zanjar de modo violento los conflictos surgidos entre ellas la guerra deja de ser un me- dio
de la política y empieza, en tanto
que guerra de aniquilación, a
traspasar los límites impuestos a lo
político y con ello a destruirlo.
Sabido es
que esta hoy denominada guerra total
tiene su origen en los totalitarismos, con los que está indefectiblemente
unida; la de aniquilación es la única guerra
adecuada al sistema totalitario. Fue- ron países gobernados
totalitariamente los que proclamaron la guerra total y, al hacerlo, impusieron
necesariamente su ley al mundo no to-
talitario. Cuando un principio
de tal alcance hace su aparición
en el
mundo es casi imposible limitarlo
a un conflicto entre países
totalita- rios y países no totalitarios. El lanzamiento de la bomba atómica
con- tra Japón y no contra la Alemania
de Hitler para la que originalmen- te
había sido construida es una muestra
clara de ello. Lo indignante del caso es, entre otras cosas, que Japón
era ciertamente una potencia imperialista pero no totalitaria.
Este
horror que trascendía todas las
consideraciones político–mo- rales y la indignación que reaccionaba política
y moralmente tenían en común la
comprensión de lo que significaba en
realidad la guerra total y la
constatación de que ésta era un hecho que atañía no sólo a los países dominados por los
totalitarismos y los conflictos generados por
ellos sino a todo el mundo. Lo que en principio ya para
los ro- manos y de facto en los
tres o cuatro siglos que llamamos Edad Mo- derna* parecía
imposible en el corazón del mundo
civilizado, a saber, el exterminio
de pueblos completos y el arrasamiento de civilizacio- nes
enteras de golpe se había deslizado
amenazadoramente otra vez en el
terreno de lo posible. Y esta
posibilidad, si bien surgida como respuesta a una amenaza
totalitaria —en la medida en que
ninguno de los científicos habría
pensado en construir la bomba
atómica si no hubiera temido
que la Alemania de Hitler lo hiciera
y la utilizara—, se convirtió en
una realidad que apenas si tenía nada
que ver con el motivo que le había dado vida.
Se
sobrepasó pues, quizá por
primera vez en la Edad Moderna
pero no en la historia en general, una
limitación inherente a la acción
violenta, limitación según la cual la
destrucción generada por los me- dios de
violencia siempre debía ser parcial, afectar sólo a algunas zonas del
mundo y a un número determinado de vidas humanas pero nunca a
todo un país o un pueblo entero. Pero que el mundo de todo un pue- blo fuera arrasado,
los muros de la ciudad
derruidos, los hombres muertos y
el resto de la población vendida como esclava ha sucedido con frecuencia en la
historia y sólo en los siglos de la era moderna
no ha querido creerse que esto
pudiera suceder. Siempre se ha sabido
más o menos explícitamente que éste es uno de los pocos pecados mortales de lo político. El pecado
mortal o, para no ser patéticos, el cruce de la
* «La
Edad Moderna no es lo mismo que el Mundo Moderno. Científicamente la Edad Moderna, que comenzó en el siglo
XVIII, terminó al comienzo del XX;
políticamen- te el Mundo Moderno en el que hoy día vivimos nació con las
primeras explosiones ató- micas». Arendt establece esta distinción
en el prólogo a La condición humana. [N. del t..]
frontera inherente
a la acción violenta es de dos tipos: por un lado la muerte ya no concierne sólo a cantidades más o menos grandes de per- sonas que deberían
morir de todos modos,
sino a un pueblo
y a su constitución política, los cuales son posiblemente inmortales e incluso en el caso de la constitución
intencionadamente. Lo que aquí se mata no es algo mortal sino algo posiblemente inmortal. Además, y en estre- cha conexión con esto, la
violencia alcanza en este caso no sólo a cosas producidas, surgidas a su vez mediante la violencia y por tanto
me- diante ella nuevamente reconstruibles, sino a una realidad
asentada his- tórico–políticamente en
este mundo de cosas producidas,
realidad que, puesto que no fue ella misma producida,
tampoco puede ser nueva- mente restaurada. Cuando un pueblo
pierde su libertad como estado, pierde su realidad política aun
cuando consiga sobrevivir físicamente.
De lo que
se trata aquí, pues, es de un mundo de relaciones
hu- manas que no nace del
producir sino del actuar y el
hablar, un mun- do que en sí no tiene un
final y que posee una firmeza tan resistente
—a
pesar de consistir en lo más efímero que hay: la palabra fugaz y el acto rápidamente olvidado— que a
veces, como en el caso del pue- blo judío, puede sobrevivir siglos enteros a la
pérdida del mundo producido tangible.
Ésta es, sin embargo, una excepción, ya que por lo general este sistema
de relaciones surgido de la acción, en el que el pasado continúa
vivo en la forma de una historia
que habla y de la que
siempre se habla, sólo puede existir dentro del mundo
produci- do, anidando entre sus
piedras hasta que éstas también hablan
y, al hacerlo, dan
testimonio —aunque se las arranque del seno de la tie- rra. Este
ámbito tan propiamente humano, que da
forma a lo político en sentido
estricto, puede ciertamente irse
a pique pero no ha surgi- do de la violencia y su designio no es desaparecer
por causa de ella.
Este
mundo de relaciones no ha nacido por la fuerza o la poten- cia de
un individuo sino por la de muchos que, al estar
juntos, gene- ran un poder
ante el cual la más grande fuerza
del individuo es im- potente. Este
poder puede ser
debilitado por todos
los factores posibles, del mismo
modo que puede renovarse
otra vez a causa de todos los factores posibles; sólo puede
liquidarlo definitivamente la violencia cuando
es total y, literalmente, no deja piedra
sobre piedra ni hombre junto a hombre.
Ambas
cosas son esenciales al totalitarismo, que, por lo que res- pecta a la política
interior, no se conforma con amedrentar a los indi-
viduos
sino que aniquila mediante el terror
sistemático todas las rela-
ciones interhumanas. A él corresponde la guerra
total, que no se con- tenta
con la destrucción de unos cuantos
puntos concretos militar- mente importantes
sino que persigue
—y la técnica
ahora ya le permite perseguirlo— aniquilar el mundo surgido entre los humanos.
Sería
relativamente fácil comprobar que las teorías
políticas y los códigos morales
de occidente han intentado
siempre excluir del arse- nal de los
medios políticos la auténtica
guerra de aniquilación; y se- guramente sería todavía
más fácil demostrar la ineficacia de esas teo- rías y exigencias.
Curiosamente todo aquello que
concierne en un amplio
sentido al nivel de moralidad que
el hombre se impone a sí mismo
confirma por naturaleza las palabras de Platón:
es la poesía con las imágenes y
modelos que crea18* lo que «embelleciendo los mi- les de gestas de los primeros padres
forma a la descendencia» (Fedro,
245).26
En la Edad Antigua el gran
objeto de estos embellecimientos
que
tenían, al menos en cuanto a lo político, un valor formativo era la guerra
de Troya, en cuyos vencedores los
griegos veían a sus antepa- sados y
en cuyos
vencidos veían los romanos
a los suyos. De este modo unos y
otros se convirtieron, como Mommsen
solía decir, en los «pueblos gemelos»27
de la Antigüedad porque la misma
gesta les valió a ambos como comienzo
de su existencia histórica. Esta guerra de los griegos contra Troya, la
cual finalizó con una aniquilación tan
completa de la ciudad
que su existencia
se ha dudado hasta
hace poco, se considerada todavía
hoy el ejemplo más primigenio de
gue- rra de aniquilación.
Por lo
tanto, para una reflexión sobre el
significado de ésta, que vuelve a amenazarnos, podemos evocar
estos sucesos de la Antigüe- dad —sobre
todo porque mediante
la estilización de la guerra
de Troya griegos y romanos
definieron de un modo a la vez
coincidente
18.* En
el original: Es connatural a estas cosas, concernientes en un amplio sentí- do
al nivel de la autoimpuesta moralidad del hombre, que para
ellas tenga validez lo que Platón decía: es la poesía con las figuras y modelos
creados por ella...
26. La
cita de Platón (en la traducción de Rudolf Rufener) dice: «El tercer tipo de
posesión y de locura proviene de las Musas. Cuando conmueven un alma sensible e ín- tegra, le
inspiran cánticos y otras obras poéticas y al ensalzar así los miles de gestas de los antiguos forma
a la posteridad». Platón, Meisterdialoge: Pbaidon, Symposion, Phai-
dros, Zurich–Stuttgart: Artemis (Die Bibliothek der alten Welt, III/43), 1958,
pág. 211.
27.
Theodor Mommsen, Rötnische Geschichte, ob. cit., vol. I, pág. 3.
y
contrapuesto lo que para sí mismos y en cierta medida también para nosotros
significa propiamente la
política, así como el espacio
que ésta19* debe ocupar en la
historia. En este sentido, es de decisiva im- portancia que el canto
homérico no guarde silencio sobre el hombre vencido, que dé
testimonio tanto de Héctor como de Aquiles y que, aunque los dioses hayan decidido de antemano la victoria griega y la
derrota troyana, éstas
no convierten a Aquiles
en más grande
que Héctor ni a la causa de los griegos en más legítima que la defensa
de Troya. Así pues, Homero
canta esta guerra,
datada tantos siglos atrás, de modo
que, en cierto sentido, o sea en
el sentido de la me- moria poética
e histórica, la aniquilación pueda
ser reversible. Esta gran imparcialidad de Homero, que no es objetividad en el sentido de la moderna libertad valorativa,
sino en el sentido de la total
li- bertad de intereses y de la
completa independencia del juicio de la historia —contra la cual consiste en el juicio del hombre que actúa y su concepto de la grandeza—, yace en el comienzo de toda historio- grafía y no sólo de la
occidental; pues algo así como lo que entende- mos por historia no lo ha habido nunca
ni en ningún sitio donde el ejemplo
homérico no haya
sido, al menos indirectamente, efectivo. Se trata del mismo
pensamiento que reencontramos en la introduc- ción de Heródoto, cuando
dice que quisiera evitar que «las grandes y maravillosas gestas tanto
de los helenos como de los
bárbaros, ca- yeran en el olvido»—28 es decir,
un pensamiento que, como
Burck- hardt observó con razón
una vez, «no hubiera podido
ocurrírsele a ningún egipcio o
judío».29
Es
bien conocido que
los esfuerzos griegos por
transformar la guerra de aniquilación en una
guerra política no fueron
más allá de esta salvación retrospectiva de los aniquilados y
abatidos que Home- ro poetizó, y fue
esta incapacidad lo que llevó
finalmente al derrum- bamiento de las ciudades–estado griegas. Por lo
que se refiere a la guerra,
la polis griega siguió otros
caminos en la definición de lo po- lítico. La polis se formó alrededor
de la agora homérica, el lugar
de reunión y discusión de los hombres libres, donde lo propiamente «po-
19.* En
el manuscrito hay un pronombre neutro
cuya referencia podría ser a «lo político» en vez de a «la
política».
26.
Heródoto, I, 1.
27. Jacob
Burckhardt, Griechische
Kulturgeschichte, ob. cit., vol. 3, pág. 406.
lítico»
—es decir, lo que caracterizaba sólo a la polis y los griegos de- negaban a bárbaros y a hombres no libres— se centraba en el hablar sobre algo a y con los demás. A esta esfera se la
consideraba bajo el signo de la peitho divina, una
fuerza de convicción
y persuasión que rige sin violencia ni coacción entre
iguales y que lo decide todo. Contrariamente, la guerra y la violencia asociada a ella fueron
exclui- das por completo de lo propiamente político, surgido
y válido entre los miembros de
una polis; violentamente, se comportaba la polis como un
todo frente a otros estados o ciudades–estado pero precisa- mente entonces
se comportaba, según los mismos
griegos, «apolítica- mente». De
ahí que en estos casos se suprimiera necesariamente la
igualdad de los ciudadanos, que impedía
que nadie mandara ni nadie obedeciera. Precisamente porque una guerra no
puede hacerse sin órdenes ni obediencia ni dejando las decisiones al criterio
de la con- vicción, los griegos pensaban
que pertenecía a un ámbito no–político [nicht–politisch ]. Ahora bien,
al ámbito político pertenecía
funda- mentalmente todo aquello que nosotros entendemos por extrapolíti- co. Para
nosotros la guerra no es la continuación por otros medios de la
política, sino a la inversa la negociación
y los tratados siempre una
continuación de la guerra por otros medios: los de la astucia y el en- gaño.
El efecto
de Homero sobre el desarrollo de la
polis griega no se agotó sin embargo en
esta exclusión, sólo negativa, de la violencia del ámbito político, cosa que únicamente tuvo como
consecuencia que las guerras como siempre
se realizaran bajo el
principio de que el fuerte hace lo que
puede y el débil sufre lo que
debe.30 Lo propiamente ho- mérico en el
relato de la guerra de Troya tuvo su plena repercusión en la manera en que la polis incorporó a su forma de
organización el con- cepto de la lucha como el modo no sólo legítimo sino en
cierto senti- do superior de la
convivencia humana. Lo que comúnmente se
deno- mina espíritu agonal de los
griegos, que sin duda ayuda a explicar (si es que algo así puede
explicarse) que en los pocos siglos de
su floreci- miento encontremos
condensada en todos los terrenos del espíritu una genialidad más grande
y significativa que en ninguna
otra parte, no es solamente el empeño
de ser siempre y en todas
partes el mejor, afán del que
Homero ya habla y que poseía en efecto
tanto significa-
30. Véase
Tucídides, V, 89 (Melierdiaiog).
do para
los griegos que hasta se encuentra en su lengua un verbo para ello: aristeuein
(ser el mejor), que se entendía no sólo como una as- piración
sino como una actividad que colmaba
la vida. Esta compe- tencia todavía tenía su modelo en la lucha,
completamente inde- pendiente de la victoria
o la derrota, que dio a
Héctor y Aquiles la oportunidad de
mostrarse tal como eran, de manifestarse realmente, o sea, de ser plenamente
reales. Lo mismo ocurre con la
guerra entre griegos y troyanos, que concede a unos y otros la oportunidad de
ma- nifestarse totalmente y a la
que corresponde una disputa
entre los dioses que otorga
su pleno significado al enfurecido
combate y que demuestra claramente que hay
algo divino en
ambos bandos, aun cuando
a uno de ellos le esté consagrado la ruina.
La guerra contra Troya tiene dos
contendientes y Homero la ve con los ojos de los tro- yanos no menos que con
los de los griegos. Este modo homérico de mostrar en todas las cosas dos
aspectos que sólo aparecen en la lucha,
es también el de Heráclito cuando dice que la guerra es «el padre
de todas las cosas».31 Aquí, la violencia de la guerra en todo su
espanto todavía proviene directamente de
la energía y la potencia del hombre,
que únicamente puede mostrar su fuerza cuando
la pone a prueba frente a algo o
alguien.
Lo que en
Homero aparece todavía casi indiferenciado, la poten- cia violenta de las
grandes gestas y la fuerza arrebatadora
de las gran- des palabras que las
acompañan persuadiendo así a la asamblea
de los que miran y escuchan, a nosotros
se nos presenta ya claramente
divi- dido en la polis misma entre las competiciones —las únicas ocasiones en
que toda Grecia se juntaba para
admirar la fuerza desplegada sin
violencia— y los debates y discusiones
inacabables. En este último caso, las dos caras de todas las cosas, que todavía en Homero
se da- ban en la lucha, caen exclusivamente en el ámbito del hablar,
donde toda victoria es ambigua como la victoria de Aquiles y una derrota puede ser tan célebre como la de Héctor. Pero
en los debates ya no se trata de dos
bandos en que los respectivos oradores
se manifiesten como personas, si bien es inherente a todo hablar, por muy «objetivo» que se pretenda, que el hablante aparezca
(de un modo difícilmente apre-
31.
Heráclito, B53, en: Hermann Diels, Die Fragmente der Vorsokratiker: Grie- chisch und Deutsch, 6., edit, por
Walther Kranz, vol. 1 (reimpresión Berlín, Weidmann,
1951),
pág. 162.
hensible pero no por ello menos insistente
y esencial). De la ambiva- lencia
con que Homero
versificaba la guerra troyana
resulta ahora una multiplicidad
infinita de objetos aludidos, los cuales, al ser trata- dos por tantos en la presencia de otros
muchos, son sacados a la luz de
lo público, donde están obligados
a mostrar todos sus lados. Úni-
camente en tal completud puede un asunto aparecer
en su plena rea- lidad, con lo que debe tenerse presente
que toda circunstancia puede mostrarse en tantas facetas y perspectivas como seres humanos impli- que. Puesto que para
los griegos el espacio político–público es lo co- mún (koinon ) en que todos se reúnen,
sólo él es el territorio en que todas
las cosas, en su completud,
adquieren validez. Esta capacidad, basada en último
término en aquella imparcialidad
homérica que so- lamente veía un asunto desde el contraste de todas sus partes, es pe- culiar de la Antigüedad y hasta nuestros días todavía no ha sido igua- lada en
toda su apasionada intensidad. En tal
capacidad también se basan los trucos de los sofistas, cuyo significado para la
liberación del pensamiento humano de las ataduras dogmáticas se subestima
cuan- do se los juzga,
siguiendo el ejemplo platónico,
moralmente. Pero este
talento para la argumentación es de
importancia secundaria para la constitución
de lo político acaecida por primera vez
en la polis. Lo decisivo no es que se pudiera
dar la vuelta a los argumentos y volver las afirmaciones del revés, sino
que se obtuviera realmente la facultad de ver los temas desde distintos lados, lo que políticamente significa que
cada uno percibiera los muchos
puntos de vista posibles dados en el mundo real a partir
de los cuales algo puede ser contemplado y mostrar, a pesar de su mismidad, los aspectos
más variados. Esto sig- nifica
bastante más que la
exclusión del propio interés,
que sólo se obtiene algo negativo y comporta el riesgo de
perder el vínculo con el mundo y la inclinación por sus objetos y asuntos.
La facultad de mi- rar el mismo
tema desde los más diversos ángulos reside en el mundo humano, capacita
para intercambiar el propio y
natural punto de vis- ta con el de los demás junto a los
que se está en el mundo y consigue, así,
una verdadera libertad de movimiento
en el mundo de lo espiri- tual,
paralela a la que se da en el de lo
físico. Este recíproco conven- cer y
persuadir, que era el auténtico
comportamiento político de los
ciudadanos libres de la polis, presuponía un tipo de libertad que no estaba
inmutablemente vinculada, ni
espiritual ni físicamente, al pro- pio punto de vista o posición.
Su
peculiar ideal, su modelo para la aptitud
específicamente políti- ca está
en la phronesis, aquel
discernimiento del hombre político (del politikos, no del hombre de estado, que aquí no existe), que tie- ne
tan poco que ver con la sabiduría que
Aristóteles incluso la remarcó como opuesta
a la sabiduría de los filósofos.
Discernimiento en un con- texto político no significa sino obtener y tener presente la mayor pano- rámica posible sobre las
posiciones y puntos de vista desde los que se considera y juzga un estado de cosas. De esta phronesis, la virtud po- lítica cardinal para Aristóteles, apenas se ha hablado durante
siglos. Es en Kant en quien la
reencontramos en primer lugar, en su
alusión al sano entendimiento
humano como una facultad de la
capacidad de jui- cio. La llama «el modo
de pensar más extendido» y la define explícita- mente como la
capacidad «de pensar desde la posición de cualquier otro»,32 pero
desgraciadamente esta capacidad política kantiana par excellence no desempeña ningún
rol en el desarrollo del
imperativo ca- tegórico; pues la validez
del imperativo categórico se deriva del «pen- samiento coincidente
consigo mismo»,33 y la razón legisladora
no pre- supone a los
demás sino únicamente
a un yo–mismo
[Selbst ] no contradictorio. La
verdad es que en la filosofía kantiana la facultad po- lítica auténtica no es la razón legisladora sino la capacidad de juzgar, a la cual es propio poder prescindir de «las condiciones privadas
y sub- jetivas del juicio».34 En el sentido de la polis el hombre político era en su particular distinción al mismo tiempo el más libre porque tenía en virtud de su discernimiento, de su aptitud para
considerar todos los puntos de
vista, la máxima libertad de movimiento.
Ahora
bien, es también importante tener
presente que esta liber- tad de lo
político depende por completo de la
presencia e igualdad de derechos
de los muchos. Un asunto sólo puede mostrarse bajo múlti- ples
aspectos cuando hay muchos
a los que respectivamente aparece desde perspectivas diversas. Donde estos otros e iguales, así
como sus opiniones, son suprimidos, por ejemplo
en las tiranías, en las que todo
se sacrifica al único punto de vista del tirano, nadie
es libre y
32. Kant,
Kritik der Urteilskraft, B158 [Hay trad, cast.]; véase Hannah Arendt, Das Urteilen: Texte zur Kants
Politischer Philosophie (comp. Ronald Beiner), Múnich–Zü- rich, Piper, 1985, pág.
60 sig., pág. 95 sig.
33. Kant,
ibíd.
34. Ob.
cit., B159.
nadie es apto
para el discernimiento, ni
siquiera el tirano. Además, esta libertad política, que en su
figura más elevada coincide con el discernimiento, no tiene que ver lo más
mínimo con nuestro libre al- bedrío ni con la libertas romana ni con el liberum arbitrium cristia- no,
hasta el punto de que incluso falta en la lengua griega la
palabra para todo esto.
El individuo en su aislamiento
nunca es libre; sólo puede serlo cuando
pisa y actúa sobre el suelo de la polis. Antes de que la
libertad sea una especie de distinción para
un hombre o un tipo de hombre —por
ejemplo para el griego
frente al bárbaro—, es un atributo para
una forma determinada de organización de los hom- bres entre sí y nada más. Su
lugar de nacimiento no es nunca el inte-
rior de ningún hombre, ni su voluntad,
ni su pensamiento o senti- mientos,
sino el espacio entre, que sólo surge allí donde
algunos se juntan y que sólo subsiste mientras permanecen juntos. Hay un espa- cio de la libertad: es libre quien tiene acceso a él y no quien
queda ex- cluido del mismo. El derecho a
ser admitido, o sea la libertad, era un bien para el individuo,
bien no menos decisivo para su destino
en la vida que la riqueza o la salud.
Por lo
tanto, para el pensamiento griego, la libertad
estaba enrai- zada en un lugar, unida
a él, delimitada espacialmente, y las fronteras del espacio de la
libertad coincidían con los muros
de la ciudad, de la polis o, más exactamente, de la agora que ésta rodeaba. Fuera de es- tas fronteras estaba– por un lado el extranjero, en el que no se podía ser libre porque no se era un ciudadano o, mejor, un hombre políti- co, y por otro el hogar privado, en el que tampoco se podía ser libre, porque no había nadie
poseedor de los mismos derechos con quien constituir conjuntamente el
espacio de la libertad. El significado de esto último era todavía determinante para
el concepto romano —por lo demás tan distinto— de lo que es lo político, la cosa pública, la
res publica o república. Tanto pertenecía
la familia según los romanos al ámbito de lo no–libre que Mommsen
tradujo la palabra «familia» sin más ni más como
«servidumbre».35 La causa de esta
servidumbre era doble; por un lado el pater familias, el padre de familia manda- ba él solo como un
verdadero monarca o déspota
sobre su hogar, el cual, junto
con mujer, hijos y esclavos, formaba la «familia». Por lo tanto le faltaban
iguales ante los que
aparecer en libertad. Por otro
35. Véase
Mommsen, Römische Geschichte, ob. cit., vol. 1, pág. 3.
lado, en
este hogar dirigido por uno solo no se
admitía la lucha ni la competencia
porque debía constituir una unidad no perturbada por intereses, posturas
o puntos de vista contrapuestos.
Puesto que se su- primía esa variedad de aspectos, moverse entre los cuales era
el autén- tico contenido del
ser–libre [Frei–Sein ], del actuar y hablar
en liber- tad. En suma, la falta
de libertad era el presupuesto de
una unidad compacta, que
era tan constitutiva de la convivencia en la
familia como la libertad y la lucha lo
eran para la convivencia en la polis. El
espacio libre de lo político
aparece, pues, como una isla, el
único lu- gar en que el principio de la violencia y la coacción es excluido de
las relaciones entre los hombres.
Lo que está fuera de este pequeño
es- pacio, la familia de un lado y las relaciones de la polis con otras uni- dades
políticas de otro, sigue
sometido al principio de la coacción y al derecho del más fuerte.
Por eso, según la concepción de la Edad Antigua, el estatus del individuo
depende tanto del espacio en que se mueve en cada momento
que el mismo hombre, que, como hijo
adul- to de un
romano, «estaba subordinado al padre...,
podía ser que, como ciudadano, fuera su señor».36
Pero
volvamos a nuestro punto de partida.
Intentábamos recapa- citar acerca de la guerra
de aniquilación troyana y el
tratamiento que le dio Homero para comprender cómo acabaron los griegos con el ele- mento aniquilador de la violencia que destruye el mundo
y lo político. Es como si hubieran separado la lucha, sin la que ni Aquiles ni Héctor
hubieran podido hacer realmente acto de
presencia y demostrar quié- nes eran, de
lo guerrero–militar en que anida originariamente la vio- lencia, haciendo así
de la lucha una parte integrante de la polis; y como si hubieran asignado a sus poetas e historiadores la preocupación
por la suerte de los vencidos y sometidos
en las furiosas guerras. Respecto a esto último hay que considerar sin
embargo que eran sus obras, no la
actividad de que éstas surgieron, lo que
formaba parte a su vez de la polis y lo
político —igual que las estatuas de
Fidias y otros artistas per-
tenecían necesariamente al contenido, tangible en el mundo, de lo po- lítico y público, mientras que sus
autores mismos a causa de su profe- sión
no eran considerados ciudadanos libres e iguales. De ahí que para la
tipificación del hombre griego en la polis fuera determinante la fi-
gura de Aquiles, el constante
impulso por distinguirse, por ser siem-
36. Ob.
cit., pág. 71.
pre el
mejor de todos y conseguir
gloria inmortal. La
presencia nece- saria de muchos en general y de muchos de igual condición en parti- cular, el lugar homérico de
reunión, la agora —que en el caso de la
campaña contra Troya sólo pudo surgir
porque muchos «reyes» que vivían dispersos en sus haciendas y que eran hombres libres se junta- ron para una gran
empresa (cada uno con el fin de
obtener una gloria sólo posible conjuntamente, lejos del hogar patrio
y su estrechez)—, esta homérica conjunción de los héroes; todo
esto quedó posterior- mente
desprovisto de su carácter transitorio y aventurero. La polis si- gue
completamente ligada a la agora homérica
pero este lugar de reu- nión es ahora
permanente, no el campamento de un ejército que tras acabar su
cometido se dispersa otra vez y debe esperar siglos hasta que un poeta le conceda aquello
a lo que ante los dioses y los hombres
te- nía derecho por la grandeza
de sus gestas y palabras —la gloria
in- mortal. La polis ahora,
en la época
de su florecimiento, esperaba (como sabemos
por el discurso de Pericles)37 ser quien
se encargara por sí misma de
hacer posible la lucha sin violencia y de garantizar la gloria, que hace
inmortales a los mortales, sin poetas ni cantores.
Los
romanos eran el pueblo gemelo de los
griegos porque atribu- yeron su origen
al mismo acontecimiento, la guerra de
Troya; porque no se tenían «por hijos de
Rómulo sino de Eneas»,38 por descendien- tes de los troyanos (como los griegos sostenían serlo de los aqueos). Por lo tanto derivaban
su existencia política
conscientemente de una derrota a la que
siguió una refundación sobre tierra
extranjera, pero no la
refundación de algo insólitamente nuevo, sino la renovada fun- dación de algo antiguo, la fundación
de una nueva patria y una nue- va
casa para los penates, los dioses del hogar regio en Troya, que Eneas había salvado al huir con su padre
y su hijo cruzando el mar hacia el Lacio. De lo que se trataba, como nos dice Virgilio en la elabora- ción
definitiva de las estilizaciones griega, siciliana y romana del ciclo de leyendas troyano, era de anular
la derrota de Héctor y la
aniquila- ción de Troya: «Otro Paris atizará
de nuevo el fuego que arruinó los pináculos de
Pérgamo».39 Esta es
la misión de
Eneas, desde cuyo
37.
Transmitido por Tucídides, II, 41.
38. St.
Weinstock, Art. «Penates», en Paulys Real–Encyclopädie der classischen Al-
tertumswissenschaften, vol. 19 (1938) págs. 417 sigs. y pág. 428.
39.
Virgilio, Aeneis, VII, 321 sig. [trad. cast.].
punto de vista Héctor, que durante diez largos años impidió la victo- ria de los Danaos, es el auténtico héroe
de la leyenda, y no Aquiles. Pero lo decisivo no es esto sino que en la
repetición de la guerra tro- yana sobre suelo italiano las relaciones del poema homérico se invier- ten. Si bien Eneas, sucesor a la
vez de Paris y de Héctor, atiza de nue- vo el fuego por una mujer, no es por
Helena ni por una adúltera, sino por
Lavinia, su prometida, y si bien, igual que a Héctor, se le enfren- ta la furia
despiadada y la ira invencible de un
Aquiles, es decir Tur- nus, el cual se identifica explícitamente —«anúnciale a
Príamo que también aquí has
encontrado a Aquiles»—,40
cuando se retan, Tur- nus,
o sea, Aquiles, huye y Eneas, o
sea, Héctor, le persigue. Y así como Héctor ya en la descripción homérica
no sitúa la gloria por en- cima de todo sino que «cayó un defensor luchando
por sus progeni- tores», tampoco
a Eneas puede separarlo de Dido pensar en la mag- na
gloria de las grandes gestas,
ya que «el propio encomio
no le parece merecedor
de fatigas y tormentos»,41 sino
sólo el recuerdo del hijo y los
descendientes, la preocupación por la
pervivencia de la es- tirpe y su gloria,
que para los romanos significaba la
garantía de la in- mortalidad terrenal.
Este
origen, transmitido primero míticamente
y después estiliza- do más conscientemente, de la existencia política romana a partir
de Troya y de la guerra que la
rodeó es sin duda de los sucesos más re-
marcables y emocionantes de la
historia occidental. Es como si a la ambivalencia e imparcialidad poética y espiritual del poema
homéri- co le secundara una realidad
plena y completa que realizara algo que, de otro modo,
jamás se hubiera realizado
en la historia y que, apa-
rentemente, tampoco puede realizarse en absoluto, a saber, la plena
justicia para los vencidos,
no por parte del juicio de la posteridad, que desde
y con’Catón siempre puede decir: «victrix causa diis pla- cuit sed victa Catoni»,42 sino
por parte del transcurso histórico mis- mo. Ya es bastante inaudito
que Homero cante la gloria de los
venci- dos y que incluso muestre en un
poema elogioso cómo un
mismo
40. Ob.
cit., IX, 742.
41. Ob.
cit. IV, 232 sig.
42.
Extraído de: Lucano, Pharsalia (= Bellum civile ), I, 128. Véase el comentario
al uso que Hannah Arendt hace de esta cita en: Hannah Arendt
y Karl Jaspers, Brief- wechsel 1926–1969, edit,
por Lotte Köhler y Hans Saner, Munich–Zurich, Piper,
1985, pág. 769 sig.
suceso
puede tener dos caras y cómo el poeta, al contrario de lo
que ocurre en la realidad, no tiene con la victoria de los unos el
derecho a derrotar y dar muerte en
cierta manera por segunda
vez a los otros. Pero que esto también
ocurriera en la realidad —y no es difícil expli- carse hasta qué punto la autointerpretación de los pueblos forma
par- te de la realidad si se tiene en
cuenta que los romanos, en tanto
des- cendientes de los
troyanos, en su primer contacto
comprobable con los griegos, se presentaron como los descendientes de
Ilión—, esto parece todavía más inaudito;
pues es como si en el comienzo de la his- toria occidental hubiera
realmente tenido lugar una guerra que, en el sentido de Heráclito,
hubiera sido «el padre
de todas las cosas», ya que forzó
la aparición de un único proceso en sus dos caras origina- riamente reversas.
Desde entonces ya no hay
para nosotros, ni en el mundo sensible ni en el histórico–político, cosa o
suceso a no ser que los hayamos descubierto
y contemplado en toda su riqueza de
aspec- tos, que nos hayan mostrado todos sus lados, y los hayamos conocido y
articulado desde todos los puntos de vista posibles en el mundo hu- mano.
Sólo
desde esta óptica romana, en que el fuego es atizado de nuevo para superar la total destrucción, podemos quizá entender
la guerra de aniquilación y por qué
ésta, independientemente de todas las conside- raciones morales, no puede tener
ningún lugar en la política. Si es ver-
dad que una cosa tanto en el mundo de lo histórico–político como en el de lo
sensible sólo es real cuando se
muestra y se percibe desde todas sus
facetas, entonces siempre es necesaria una pluralidad de personas o pueblos y una pluralidad de puntos de vista para hacer posible la reali- dad y
garantizar su persistencia. Dicho con
otras palabras, el mundo sólo surge cuando
hay diversas perspectivas, únicamente es en cada caso esta o aquella
disposición de las cosas del mundo.
Si es
aniquilado un pueblo o un estado o
incluso un determinado grupo de gente,
que —por el hecho
de ocupar una
posición cual- quiera en el
mundo que nadie puede duplicar sin más— presentan una visión del mismo que
sólo ellos pueden hacer realidad, no muere
úni- camente un pueblo
o un estado o mucha
gente, sino una parte
del mundo —un aspecto de él que habiéndose mostrado antes ahora no podrá
mostrarse de nuevo. Por eso la aniquilación no lo es solamen- te del mundo sino que afecta también al aniquilador. La política, en sentido estricto,
no tiene tanto que ver con los hombres como con el
mundo que surge entre ellos; en la medida que se convierte en des- tructiva y ocasiona
la ruina de éste, se
destruye y aniquila a sí misma. Dicho de otro modo: cuantos
más pueblos haya en el
mundo, vincu- lados entre ellos de una u
otra manera, más mundo se formará
entre ellos y más rico será el mundo.
Cuantos más puntos de vista haya en un pueblo, desde los que
mirar un mundo que alberga y subyace a to- dos por igual,
más importante y abierta será la
nación. Si por el con- trario aconteciera
que a causa de una enorme
catástrofe restara un solo pueblo sobre
la Tierra en que todos lo vieran
y comprendieran todo desde la misma
perspectiva y vivieran en
completa unanimidad, entonces el mundo
en el sentido histórico–político
llegaría a su fin y los supervivientes, que permanecerían sin mundo sobre la Tierra, no tendrían más en
común con nosotros
que aquellas tribus
faltas de mundo y de
relaciones que los europeos
encontraron al descubrir nuevos
continentes y que recuperaron o descartaron para el mundo humano, sin ser conscientes en definitiva
de que eran también hom- bres. Dicho con otras palabras,
sólo puede haber hombres
en el sen- tido auténtico del
término donde hay mundo
y sólo hay mundo en el
sentido auténtico del término
donde la pluralidad del
género huma- no es algo más que la
multiplicación de ejemplares de una especie.
Por eso
es tan importante que la guerra de Troya, repetida sobre suelo italiano, a la que el pueblo romano remontaba su existencia po- lítica e
histórica, no finalizara a su vez con una aniquilación de los vencidos sino con una alianza y un
tratado. No se trataba en absolu- to de atizar otra vez las llamas
para invertir el desenlace, sino de con-
cebir un nuevo desenlace
para esas llamas. Tratado y alianza, según su origen y su
concepto, definido con tanta
riqueza por los romanos, están
íntimamente ligados con la guerra
entre pueblos y representan, siguiendo la concepción
romana, la continuación por así
decir natu- ral de toda guerra. También
hay aquí algo homérico o quizás algo con
que el propio Homero ya tropezó cuando
dio a la leyenda troyana su
elaboración definitiva: el reconocimiento de que también el encuen- tro más hostil entre hombres hace surgir algo en adelante común en- tre ellos simplemente porque —como dijo Platón— «lo que el agen- te hace, lo sufre también el paciente»
(Gorgias, 476),43 de manera que
43. Véase
Platón, Sämtliche Werke, ob. cit. (nota
12), vol. 1, pág. 197–283, pág.
231.
[trad. cast.].
cuando hacer
y sufrir han pasado pueden
después convertirse en las dos caras de un mismo suceso. Pero
entonces este mismo a causa de la lucha
se transforma en algo distinto que se
revela sólo a la mirada evocadora y
elogiosa del poeta o a la retrospectiva del historiador. Desde
un punto de vista político, sin
embargo, el encuentro implíci- to en la
lucha sólo puede mantenerse si ésta es interrumpida y de ella resulta un estar
juntos distinto. Todo tratado
de paz, incluso cuando no es propiamente
tratado sino dictado,
sirve para regular
nueva- mente no sólo el
estado de cosas previo al inicio de las
hostilidades sino también algo nuevo que
surge en el transcurso de las mismas y se convierte en común
tanto para los que hacen como para los que pa- decen. Una transformación tal [de
la simple aniquilación en algo dis-
tinto y permanente]20* está ya en la imparcialidad homérica, que por lo menos no malogra
la gloria y el honor de los vencidos y vincula para siempre el nombre
de Aquiles al de Héctor. Pero por lo que res- pecta a los griegos, dicha
transformación del hostil estar
juntos se li- mitó por
completo a lo poético y evocador
y no fue políticamente efectiva.
Así pues,
el tratado y la alianza como
concepciones centrales de lo político no sólo son históricamente de origen romano
sino esen- cialmente extraños
al ser griego y a su idea de lo que pertenece al ám- bito de lo político, es decir, de la
polis. Lo que aconteció cuando los descendientes de Troya llegaron a suelo
italiano fue, ni más ni menos, que la
política surgió precisamente allí donde
ésta tenía para los grie- gos sus límites y acababa, esto es, en el ámbito no entre
ciudadanos de igual condición de
una ciudad sino entre pueblos extranjeros y de- siguales entre sí que sólo la
lucha había hecho coincidir. Es cierto que ésta, y con ella la guerra, fue también,
como hemos visto, el inicio de la existencia política de los griegos
pero únicamente en la medida en que
éstos, al luchar, permanecían ellos mismos y se unían para asegu- rar la conservación definitiva
y eterna de la propia esencia. En el caso de los romanos era esta misma lucha la que les permitía conocerse
a sí mismos y al
antagonista; una vez finalizada no se retraían otra vez sobre sí mismos y su gloria dentro de los muros de su ciudad sino que
habían obtenido algo nuevo,
un nuevo ámbito
político, garantizado por el tratado,
en el que los enemigos de ayer se
convertían en los
20.*
Adición de una frase suprimida a causa de una interpolación.
aliados
del mañana. Dicho políticamente, el
tratado que vincula a dos pueblos hace
surgir entre ellos un nuevo mundo o,
para ser más exac- tos, garantiza la
pervivencia de un mundo nuevo, común
ahora a am- bos, que surgió cuando
entraron en lucha y que crearon al hacer
y pa- decer algo igual.
Esta
solución de la cuestión de la guerra,
sea propiamente roma- na o bien surgida
posteriormente de la rememoración y estilización de la guerra de aniquilación de Troya, es el origen
tanto del concep- to de ley como de la
extraordinaria importancia que ésta y su elabo- ración tuvieron
en el pensamiento político de
Roma. Pues la lex
romana a diferencia e incluso
en oposición a lo que los griegos en- tendían por
nomos, significa propiamente
«vínculo duradero» y, a partir
de ahí, tratado tanto en el derecho público como en el priva- do.
Por lo tanto, una ley es algo, que une a los hombres entre sí y que tiene lugar no mediante una acción violenta o un dictado
sino a tra- vés de un acuerdo y
un convenio mutuos. Hacer la ley, este vínculo duradero que sigue
a la guerra violenta, está ligado a su
vez al hablar y replicar, es decir, a
algo que, según griegos y romanos,
estaba en el centro de todo lo político.
Lo
decisivo es, sin embargo, que sólo para los romanos la activi- dad legisladora y con ella las leyes mismas correspondían al ámbito de lo propiamente
político, mientras que, conforme a la
noción grie- ga, la actividad del legislador estaba tan radicalmente diferenciada de las
actividades y ocupaciones auténticamente políticas
de los ciu- dadanos
de la polis que ni siquiera
necesitaba ser miembro de la ciu- dad sino alguien de fuera a
quien se le hiciera un encargo —como a un escultor o a un arquitecto se les puede encargar algo que la ciudad necesita. En Roma al contrario la ley de las doce
tablas, por muy in- fluida que pueda
estar en los detalles por los
modelos griegos, ya no es obra de un
hombre individual sino el tratado entre dos partidos en lucha,
el patriciado y los plebeyos,
lucha que requería
el consenti- miento de todo el
pueblo, aquel consensus omnium al que la histo- ria romana siempre
atribuía en la redacción de las leyes «un rol in- comparable» (Altheim).44
Para este carácter contractual de
la ley es significativo que esta ley
fundamental, a la cual se remonta en
reali-
44. Franz
Altheim, Römische Geschichte II, 4., edic. ampliada y completa, Frank- furt del Meno,
Klostermann, 1953, pág. 232.
dad la
fundación del pueblo
romano, del populus
Romanus, no unió a los partidos
contendientes en el sentido de
que suprimiera la diferencia entre patricios
y plebeyos. Justo al contrario la prohibición terminante de los
matrimonios mixtos —más tarde
abolida— acen- tuó la separación más explícitamente que antes, sólo que se eludió la
enemistad. Pero lo específicamente legal de la normativa en el senti- do
romano era que en adelante un tratado,
un vínculo eterno, ligaba a patricios
y plebeyos. La res publica, la cosa pública que surgió
de este tratado y se
convirtió en la república romana
se localizaba en el espacio
intermedio entre los rivales de
antaño. La ley es aquí, por lo
tanto, algo que instaura relaciones entre los hombres, unas relaciones que no son ni las del
derecho natural, en que todos los humanos re- conocen por naturaleza como quien dice por una
voz de la concien- cia lo que es bueno
y malo, ni las de los mandamientos, que se impo- nen desde fuera a todos los hombres
por igual, sino las del acuerdo entre contrayentes. Y así como un
acuerdo tal sólo puede tener lugar si el
interés de ambas partes
está asegurado, así se
trataba en el caso de la originaria ley romana
de «erigir una ley común que
tuviera en cuenta a ambos partidos»
(Altheim).45
Para
valorar correctamente —más allá de
todo moralismo, que debe ser secundario en nuestro examen—
la extraordinaria fecundi- dad política del concepto romano
de ley, debemos recordar sumaria- mente la noción
griega, tan distinta, de lo que en origen es una
ley. Esta, tal como la entendían los griegos, no es ni acuerdo ni tratado, no es en absoluto nada que surja en el hablar y actuar entre hombres, nada, por lo tanto, que corresponda propiamente al ámbito político, sino esencialmente algo
pensado por un legislador, algo que ya debe existir antes de entrar
a formar parte de lo político propiamente di- cho. Como tal es
pre–política pero en el sentido de que es constituti- va para toda posterior acción política y todo
ulterior contacto políti- co de unos con otros.
Así como los muros de la
ciudad, con los que Heráclito compara alguna vez a la ley, deben ser construidos
antes de que pueda haber una ciudad identificable en su figura y sus fronteras, del mismo modo
la ley determina la fisonomía de sus
habitantes, me- diante la cual se
destacan y distinguen de otras ciudades
y sus habi- tantes. La ley es la
muralla levantada y producida por un
hombre,
45. Ob.
cit., pág. 214.
dentro de la cual se abre el espacio de lo
propiamente político, en que los muchos
se mueven libremente. Por eso Platón invoca también a Zeus, el protector de las fronteras y jalones antes de promulgar sus le- yes para
la fundación de una nueva ciudad.
Esencialmente se trata de trazar
fronteras y no de lazos y
vínculos. La ley es aquello según
lo cual la polis inicia su vida sucesiva, aquello que no puede abolirse sin renunciar a la propia identidad;
infringirla es como sobrepasar una frontera impuesta
a la existencia, es decir, hybris. La ley no tiene nin- guna validez
fuera de la polis, su capacidad de
vínculo sólo se extien- de al
espacio que contiene
y delimita. Exceder la ley y salir de las
fronteras de la polis son todavía
para Sócrates literalmente
uno y lo mismo.
La ley
—aunque abarca el espacio
en que los hombres
viven cuando renuncian a la
violencia— tiene en sí misma
algo violento, tanto por lo que
respecta a su surgimiento como a su
esencia. Ha sur- gido de la producción, no de la acción; el legislador es igual
que el urbanista y el arquitecto, no que
el hombre de estado y el ciudadano. La
ley produce el espacio de lo político y
contiene por lo tanto lo que de violento y violentador tiene todo producir.
En tanto
que algo hecho, está en oposición a lo natural,
lo cual no ha necesitado de ninguna
ayuda, ni divina ni humana,
para ser. A todo lo que no es
naturaleza y no ha surgido por sí mismo,
le es pro- pia una ley que lo una cosa tras otra, y entre estas leyes no hay
ningu- na relación, como
tampoco la hay entre lo sentado
por ellas. «Una ley», como dice
Píndaro en un
fragmento célebre (n.
48, Ed. Bo- eckh), también
citado por Platón,
«es el rey de todos,
mortales e in- mortales, y, al hacer justicia, descarga con mano poderosa lo más vio- lento».46 A los hombres
subordinados a él, esta violencia se manifiesta en el hecho de que las
leyes ordenan, de que son los señores y
co- mandantes de la polis, donde, si no, nadie más tiene el derecho de or-
denar a sus iguales. Por eso las leyes
son padre y déspota
a la vez, como Sócrates en el Critón expone al amigo (50–51),47 no sólo
porque en los hogares de la
Antigüedad imperaba lo despótico,
que determi-
46.
Píndaro (Edición–Tusculum),
Fragmento n. 143. La traducción (de
Oskar Werner) es la siguiente: «Nomos,
der Sterblichen all wie/ Unsterblichen König, er lenkt/ Ais Recht
dies fordernd, das
Gewaltsame mit/ Allzwingender
Hand». Véase Platón, Gorgias, en
íd., Sämtliche Werke, ob. cit., vol. 1, págs. 197–283, págs. 239 sig.
47.
Platón, Kritón, en id., Sämtliche Werke, ob. cit., vol. I, págs. 33–47, pág. 42
sig.
naba
también la relación entre padre
e hijo —de modo que era natu- ral decir «padre y déspota»—, sino también
porque la ley, igual que el padre
al hijo, engendraba a los ciudadanos (en todo caso era la condi- ción para la
existencia de éstos como lo es el padre
para la del hijo) y por eso le correspondía, según el parecer de la polis —aunque Sócra- tes y Platón ya no opinaran igual—, la educación de los ciudadanos (Apología – Leyes ). Pero
puesto que esta relación de obediencia a
la ley no tiene ningún fin natural, como sí la del hijo al padre, se puede com-
parar otra vez a la relación entre
señor y esclavos, de manera que el ciudadano libre de la polis era frente a la ley, esto
es, frente a las fron- teras en cuyo interior
era libre y que encerraban el espacio de la liber- tad, un «hijo y
esclavo» para toda la vida. Por eso los griegos, que den- tro de la polis no
estaban sometidos al mando de ningún hombre, advirtieron a los persas que no
menospreciaran su combatividad, pues no temían
menos la ley de su polis que los
persas al gran rey. Como quiera que se interprete el concepto griego de ley, para lo que ésta en
ningún caso sirve21* es para
tender un puente de un pueblo
a otro o, dentro de un mismo pueblo, de una comunidad política
a otra. Tam- poco en el caso de la fundación
de una nueva colonia era suficiente la ley de la metrópoli. Los que se iban a fundar
otra polis, necesitaban otra vez un
legislador, un nomothetes, alguien que
sentara las leyes antes de que el
nuevo ámbito político pudiera darse por
seguro. Es evidente que bajo
estas condiciones fundacionales estaba absoluta- mente excluida
la formación de un imperio
—incluso siendo cierto que a causa de la guerra con los persas se había despertado una espe-
cie de conciencia nacional helénica, la conciencia de la misma
lengua y el mismo carácter político
para toda la Hélade. Aun en e¿ caso de que la
unión de toda la Hélade hubiera podido
salvar al pueblo grie- go de la ruina, la auténtica esencia griega se hubiera malogrado.
Tal vez
se aprecie más fácilmente la distancia
que separa esta con- cepción de la ley como el único mando ilimitado
en la polis de la de los romanos
si se tiene en cuenta que Virgilio tilda a los latinos, a cuya
tierra llega Eneas, de pueblo que «sin
cadenas ni leyes ... por impulso
propio se acoge a los usos de los dioses
más antiguos» (VII, 203–204).48
21.* En
el original: Como quiera que se interprete esta ley según la entendían los
griegos, para lo que ésta en ningún caso sirve...
48.
Virgilio, Aeneis, VII, 203 sig.
En
definitiva la ley surge allí sólo
porque ahora se trata
de establecer un tratado
entre los oriundos y los recién
llegados. Roma está funda- da sobre él,
y que la misión de Roma sea
«someter a leyes a todo el orbe» (IV, 231)49 no significa sino fijar todo
el orbe a un sistema
de tratados del cual únicamente este pueblo, que derivaba su propia
existencia histórica de un tratado, era
capaz.
Si se
quiere expresar esto en categorías modernas,
hay que decir que la política de los romanos empezó como política exterior, esto es, exactamente con aquello que conforme al pensamiento griego era ab- solutamente
extrínseco a la política. También para los romanos el ám- bito político sólo podía
surgir y mantenerse dentro de lo legal, pero este ámbito nacía y crecía
solamente allí donde distintos pueblos coin- cidían. Esta coincidencia es de por sí guerrera, y la palabra
latina po- pulus significa originariamente «llamamiento
a filas» (Altheim).50
Pero esta
guerra no es el fin sino el comienzo de la política, de un nue-
vo
espacio político surgido en un tratado
de paz y alianza. Este es tam- bién el sentido de la «clemencia» romana, tan
célebre en la Antigüe- dad, del parcere subiectis, del buen trato
a los vencidos, con los que Roma
organizó primero las comarcas
y pueblos de Italia y después las posesiones extraitálicas. Tampoco la destrucción de Cartago es ningu-
na objeción a este principio vigente asimismo en la realidad política efectiva,
a saber, el de no aniquilar jamás sino
siempre ampliar y exten- der nuevos
tratados. Lo aniquilado en el caso
cartaginés no fue el po- der
militar, al cual Escipión ofreció unas
condiciones tan incompara- blemente
favorables tras la victoria romana que
el historiador moderno se pregunta si
actuó más en su interés que en el de Roma (Mommsen),51 ni tampoco
el competidor comercial en el
Mediterráneo sino sobre todo «un gobierno que nunca
cumplía su palabra y nunca
perdonaba». De este modo encarnaba el
auténtico principio político antirromano, principio frente
al que la política romana era
impotente y que Roma hubiera destruido
si no hubiese sido destruido por Roma. En cualquier caso, así o de manera parecida
podría haber pensado Catón y con
él los historiadores modernos que justifican
la destrucción de la ciudad, la
única rival de Roma existente entonces a escala mundial.
49. Ob.
cit., IV, 231.
50.
Altheim, Römische Geschtchte II, ob. cit., pág. 71.
51.
Mommsen, Römische Geschichte, ob. cit., vol. 1, pág. 663.
Como
quiera que fuere esta
justificación, lo decisivo en nuestro
contexto
es que precisamente la
justificación no formaba
parte del modo de pensar romano
y no puede haberse impuesto entre
sus his- toriadores. Lo romano
hubiera sido dejar subsistir a la ciudad enemi- ga como contrincante, cosa
que intentó el viejo Escipión, que
venció a Aníbal;22* lo romano era
recordar el destino de los antepasados y al igual que Emilio
Escipión, el destructor de la ciudad,
romper en lá- grimas sobre las
ruinas de ésta y, presagiando la
propia desgracia, ci- tar a Homero:
«...[Homero, Ilíada, IV, 164
sig.; VI, 448 sig.]...»;52 final- mente, lo romano era remitir a esta victoria, culminada en una aniquilación que convirtió a Roma en la potencia mundial,
el inicio del declive, como casi
todos los historiadores romanos hasta
Tácito solían. En otras
palabras, romano era saber que la existencia del ad- versario, precisamente porque se ha manifestado como tal en la gue- rra,
debe ser tratada con benevolencia y su vida perdonada —no por compasión para con
los demás, sino por
mor del crecimiento de la ciudad,
que en el futuro debía
también abarcar en una
alianza a los más extraños. Este modo
de ver las cosa determinó a los romanos
a decidirse, a pesar de todos sus
intereses particulares inmediatos, por conceder
la libertad y la independencia a
los griegos (aunque con fre- cuencia tal
comportamiento, a la vista de la situación
fácticamente existente en las
poleis griegas, pareció una tontería
sin sentido). No porque se quisiera
reparar en Grecia el pecado
cometido en Cartago sino
porque se tenía el sentimiento de que la
esencia griega era el ver- dadero
reverso de los romanos. Para éstos era todavía como si Héc- tor se enfrentara a Aquiles y le
ofreciera después de la guerra la alian-
za. Sólo que mientras, lamentablemente,
Aquiles se había hecho viejo y pendenciero.
También
aquí sería erróneo aplicar
criterios morales y pensar en un sentimiento moral que se
extendiera a lo político. Cartago fue la
primera ciudad con la que Roma se las hubo, que la
igualaba en po- der y que al mismo tiempo
encarnaba un principio enfrentado
al ro- mano. En el caso de Cartago se demostró
que el principio político ro-
mano del tratado y la alianza no era
universalmente válido, que tenía sus límites. Para comprenderlo mejor
debemos tener presente que las
22.* En
el original: el vencedor de Aníbal.
52.
Homero, Iltas, IV, 164 sig.; VI, 448 sig. [trad. cast.].
leyes con que
Roma organizó primero las comarcas
italianas y después los países
del mundo, eran tratados no en
nuestro sentido sino que aspiraban a un vínculo duradero que
implicara por lo tanto una alianza
en lo esencial. De esta confederación
de Roma, de los socii, que integraban casi todos los enemigos vencidos
antaño, surgió la societas romana, que
no tenía nada que ver con sociedad pero sí algo con asociación y la relación
entre socios que ésta
comporta. A lo que
los
romanos aspiraban no era a aquel
Imperium
Romanum, a aquel
dominio romano
sobre pueblos y países, que, como sabemos por Mommsen, les sobrevino
y se les impuso más bien
contra su volun- tad, sino a una Societas Romana, un sistema
de alianzas instaurado por Roma e
infinitamente ampliable, en el cual los
pueblos y los paí- ses además de vincularse
a Roma mediante tratados
transitorios y re- novables se
convirtieran en eternos aliados. En lo que Roma fracasó en el caso de Cartago
fue precisamente en el hecho de que lo único posible entre
ambas hubiera sido
como máximo un
tratado entre iguales, una
especie de coexistencia hablando en términos
modernos,
lo que
quedaba fuera de las posibilidades del
pensamiento romano.
No es
ninguna casualidad ni nada atribuible a estrechez mental. Lo que los romanos no conocían
ni podían conocer en absoluto
de- bido a la experiencia fundamental
que determinó su existencia polí- tica
desde el principio eran precisamente aquellas características in- herentes a la acción que habían llevado a los griegos a contenerla en el nomos y a entender por ley no un
vínculo o una relación sino una
frontera incluyente que no podía excederse. A la acción,
precisamen- te porque por su esencia
establece siempre relaciones y vínculos, le es propia allí donde
se extiende una desmesura
y, como decía Esquilo,
«insaciabilidad» tales que sólo desde fuera mediante un nomos, una
ley en
sentido griego, puede mantenerse dentro de unos
límites. La desmesura, como decían
los griegos, no reside en el hombre
que ac- túa y su hybris sino en que las relaciones surgidas
de la acción son y deben ser de
tal especie que tiendan a lo ilimitado. Toda relación
es- tablecida por la acción, al
involucrar a hombres que a su vez actúan en una red de
relaciones y referencias, desencadena nuevas relacio- nes, transforma decisivamente la constelación de referencias ya exis- tentes y siempre
alcanza más lejos y pone en
relación y movimiento más de lo que el
agente en cuestión había podido prever. A esta ten- dencia a lo
ilimitado se enfrenta el nomos griego circunscribiendo la
acción a
lo que pasa entre hombres dentro de una polis y sujetando a ésta todo lo
externo con que en su actividad deba establecer vínculos. Sólo así, conforme al pensar
griego, la acción es política, es decir, vin- culada a la polis y, por
lo tanto, a la forma más elevada de conviven- cia humana. Gracias a la ley que la limita e impide que
se disperse en un inabarcable y siempre
creciente sistema de
relaciones la acción re- cibe la figura
permanente que la convierte en un hecho
cuya grande- za, esto es, cuya excelencia,
pueda ser conservada
y recordada. De este modo la ley
se enfrenta a la fugacidad de todo lo mortal, tan pe- culiar y manifiestamente sentida por los griegos, tanto a la fugacidad de la palabra dicha como a la volatilización de la acción realizada. Los griegos pagaron esta fuerza productora de figuras de su nomos
con la incapacidad de formar un
imperio y no hay duda de que finalmente toda la Hélade sucumbió por este nomos de las poleis, de las ciuda-
des–estado, que se multiplicaban con la
colonización pero no podían unirse y confederarse en una alianza permanente.
Pero con igual ra- zón podría decirse
que los romanos fueron víctimas de su ley, de su lex, merced a la cual
establecieron ciertamente
alianzas y confede- raciones duraderas allí donde fueron
pero éstas, al ser en sí mismas ilimitables, les obligaron, contra
su voluntad y sin que sintieran
nin- gún tipo de afán de poder, a
dominar sobre el globo terráqueo, do-
minio que, una vez conseguido, únicamente podía volver a desmoro- narse. Por
eso es natural pensar que con la caída de Roma se destruyó para
siempre el punto central
de un mundo y con ello tal vez la
posi- bilidad específicamente
romana de centrar el mundo
entero alrede- dor de él,
mientras que cuando todavía hoy
pensamos en Atenas, pre- suponemos que
su decadencia significó la desaparición
para siempre, no de un punto central del mundo pero sí sin duda de uno culminan-
te de
posibilidades humano–mundanas.
Pero los
romanos pagaron su inacabable
capacidad de confedera- ción y
alianza extensiva y duradera no solamente
con un crecimiento tan desmesurado de su imperio que arruinó la ciudad y la Italia domi- nada
por ella. Pagaron —desde el punto de
vista político menos catas- tróficamente pero desde el espiritual no menos decisivamente— con la pérdida de la
imparcialidad greco–homérica; con el
sentido por lo gran- de y excelente en todas
sus figuras, allí donde se
hallara; y con la vo- luntad de inmortalizarlo mediante su
glorificación. La historia y la poesía de Roma, en un sentido
exclusivamente romano, nunca entró en
decadencia, al igual que la historia y la poesía de Grecia, en un sentido
exclusivamente
griego, tampoco;23* en el caso de
aquellos se trata siem- pre de exaltar
la historia de la ciudad y todo lo que
le concierne direc- tamente, o sea, esencialmente su crecimiento y propagación desde su fundación: ab urbe condita, o bien, como
en Virgilio, de relatar lo que
lleva a su fundación, los hechos y
travesías de Eneas: dum conde- ret
urbem.53 En cierto sentido podría decirse que los griegos, que ani-
quilaban a sus enemigos, fueron
históricamente más justos y nos trans- mitieron
mucho más sobre ellos que los romanos,
que los hicieron sus
aliados. Pero también este juicio es falso si se entiende moralmente. Pues precisamente lo
específicamente moral en la derrota lo compren- dieron magníficamente los
vencedores romanos, que incluso se pre-
guntaron en boca de los enemigos vencidos, si no serían «rapiñadores del
mundo, cuyo impulso destructivo no encontraría ya nuevas tie- rras», si su afán de establecer
relaciones por doquier y de someter a
los demás a la eterna alianza de la ley
no indicaría que eran el «único de todos
los pueblos que desea con la misma pasión la abundancia y el va- cío» de
manera que, en todo caso, desde el
punto de vista del some- tido, podía
parecer muy bien que lo que los
romanos llamaban «do- minio» significara lo mismo
que hurtar, matar y robar
y que la pax Romana, la célebre paz romana, fuera sólo el nombre para el desierto que dejaban atrás
(Tácito, Agrícola, 30).54 Pero por impresionantes que puedan parecer
tales y parecidas
observaciones si se comparan con
la patriótica y nacionalista
historia moderna, el adversario
a que alude sólo es el humano y
común reverso de toda victoria, la cara de los ven- cidos qua vencidos. La
ocurrencia de que pudiera haber algún otro que igualara a Roma en
grandeza y fuera por eso igualmente digno de una historia rememorativa: este pensamiento, con que
Heródoto introduce la guerra de los
persas, es ajeno a los romanos.
23.* En
el original: al igual que la historia y la poesía de los griegos, tampoco.
53.
Virgilio, Aeneis, I, 5. Respecto al concepto
de fundación romano en Hannah Arendt y el significado de Virgilio
para su tesis de la natalidad véase
Hannah Arendt, Über die Revolution, Munich: Piper, 1963, págs. 267 sig. [trad.
cast. págs. 213 y sigs.]; véase tam- bién el último capítulo «el abismo de la
libertad y el novus ordo saeclorum» en: id., Vom Le- ben des Geistes: Das
Wollen, Munich, Piper, 1979, págs. 185 sig. [trad. cast. págs. 481 y sigs.]
54. En el
capítulo 30 de su De vita Iulii Agricolae Líber, en cuya parte principal in-
forma de la campaña militar
británica, Tácito destaca el discurso de un jefe militar ene- migo ante la batalla
del monte Graupio (84 d. C), al que aquí se refiere Arendt.
Consideremos esta peculiar
limitación romana como queramos:
es indudable
que el concepto de una política exterior y por tanto
la noción de un orden político fuera de las fronteras del propio
pueblo o estado es de origen exclusivamente romano.
Esta politización ro- mana del espacio entre los pueblos
da inicio al mundo
occidental, es más, sólo
ella genera el
mundo occidental qua mundo.
Hasta los tiempos romanos
fueron muchas las
civilizaciones extraordinaria-
mente ricas y grandes pero nunca hubo entre ellas un mundo sino un desierto a través
del cual, si todo iba bien, se
tendían comunicacio- nes como finos
hilos y sendas que cruzaban tierra
yerma, pero a tra- vés del cual, si las cosas iban mal, proliferaban las
guerras y se arrui- naba el mundo existente.
Estamos tan habituados a entender la ley y el derecho en el sentido
de los diez mandamientos y prohibiciones, cuyo único sentido consiste en
exigir la obediencia, que fácilmente dejamos
caer en el olvido
el originario carácter espacial
de la ley. Cada ley crea
antes que nada un espacio
en el que entra en vigor y este
espacio es el mundo en que podemos movernos
en libertad. Lo que queda fuera de él no tiene ley y, hablando con exactitud, no tie- ne mundo; en el sentido
de la convivencia humana es un
desierto. Es esencial a las
amenazas de la política interior y exterior
con que nos enfrentamos desde el advenimiento de los totalitarismos que
hagan desaparecer de ella a lo propiamente político. Si las guerras son otra vez de aniquilación entonces
ha desaparecido lo específicamente
po- lítico de la política exterior
desde los romanos, y las
relaciones entre los pueblos han ido nuevamente a parar a aquel espacio desprovisto de ley y de
política que destruye
el mundo y engendra el desierto. Pues lo aniquilado en una
guerra de este tipo es mucho más que el mundo del rival vencido; es sobre todo
el espacio entre lbs comba- tientes y entre
los pueblos, espacio
que en su
totalidad forma el mundo
sobre la Tierra. Y para
este mundo entre [Zwischenwelt ], que debe su
surgimiento no al producir sino al
actuar de los hom- bres, no es válido lo
que decíamos al principio de que así como ha sido aniquilado por mano humana puede ser producido otra vez por ella. Pues
el mundo de relaciones que
surge de la acción, de la au- téntica actividad
política del hombre, es en verdad
mucho más difí- cil de destruir
que el mundo producido de las cosas, en
que el pro- ductor y creador es el único
señor y dueño. Pero si este mundo de relaciones
se convierte en un desierto, la ley del desierto ocupa el lu-
gar de
las leyes de la acción política, cuyos procesos
dentro de lo po- lítico son
reversibles sólo muy
difícilmente, y este
desierto entre hombres
desencadena procesos desertizadores, fruto de la misma desmesura inherente a la libre acción humana que establece
relacio- nes. Conocemos
procesos tales en la historia y que sepamos
apenas ninguno pudo
detenerse antes de arrastrar a la ruina
a un mundo en- tero con toda su riqueza
de relaciones.
FRAGMENTO
3D
d)
Presentación: El sentido de la política
§ 1
¿Tiene la política todavía algún sentido?
Esta
pregunta se plantea inevitablemente a quien empieza
hoy día a reflexionar sobre la política.
La época de guerras y revoluciones que
Lenin presagió a nuestro siglo y que ahora realmente
vivimos ha convertido en una
medida apenas reconocida
hasta la fecha los acon-
tecimientos políticos en un factor
básico del destino personal de to- dos
los hombres sobre
la tierra. Pero
este destino, allí
donde ha hecho completo efecto arrastrando realmente a los hombres
al torbe- llino de los acontecimientos, ha sido una desgracia.
Y para esta des- gracia que la
política ha traído y para la todavía más
grande que ame- naza a la
humanidad entera no
hay ningún consuelo,
ya que es evidente que las guerras en nuestro
siglo no son «tempestades de ace- ro»55
que purifiquen el aire político ni una «continuación de la políti- ca
con otros medios»56
sino enormes catástrofes
que pueden trans- formar
el mundo en un desierto y la Tierra
en materia sin vida. Por
otra parte, si se considera seriamente las revoluciones, como
Marx,
«locomotoras de la historia»57 difícilmente
han mostrado éstas nada con más claridad que el hecho de que tal tren de la
historia se preci- pita a un abismo, y
que las revoluciones —lejos de acabar
con la des- gracia— sólo aceleran temiblemente el ritmo de su despliegue.
Las
guerras y las revoluciones, no el funcionamiento de los regí- menes parlamentarios y los partidos democráticos,
constituyen las
55.
Alusión al libro, aparecido en 1920 In
Stahlgewittern. Aus iem Tagebuch eines
Stoßtruppführers, en que Ernst Jünger relata sus vivencias del frente occidental (1915-
1918) a
la manera del «realismo heroico», que él hizo célebre, [trad. cast.].
56. Carl
von Clausewitz, Vom Kriege (1832–1834), Reimpresión Munich: Dt. Bi- biiothek, 1984, pág. 35: «Así pues, vemos que la
guerra no es meramente un acto polí-
tico sino un verdadero instrumento
político, una continuación de la relación política, una realización de la misma
con otros medios». Véase también ob. cit. pág. 465.
57. Karl
Marx, Die Klassenkämpfe in Frankreich en: Karl–Marx— Ausgabe: Werke, Scbriften,
Briefe, ed. por Hans–Joachim
Lieber, 7 vols., Stuttgart: Cotta,
vol. III/1 (1960), págs. 121–245, págs. 216.
experiencias políticas
fundamentales de nuestro siglo.
Si se las pasa por alto es como si no se
hubiera vivido en absoluto en un mundo que es el nuestro. Comparados con ellas, comparados con los
verda- deros retrocesos que provocaron
en nuestro mundo y que todavía po- demos constatar diariamente, aquellos que resuelven
tan bien como pueden
los asuntos cotidianos del gobierno
y se encargan entre las ca-
tástrofes de poner orden
en los asuntos humanos nos
recuerdan a aquel oficial de caballería
junto al lago de Constanza; y
podemos muy bien llegar a pensar que
sólo los que por cualquier motivo no están particularmente enterados de las
experiencias fundamentales de la época son todavía capaces de cargar con el
lastre de un riesgo del cual saben tan poco como el oficial de caballería del
lago a sus pies.58
Las
guerras y las revoluciones tienen en
común estar bajo el signo de la violencia. Si ellas son las experiencias políticas fundamentales de nuestro tiempo, entonces nos movemos esencialmente en el campo de la violencia y por este motivo
estamos inclinados a equiparar acción
po- lítica con acción violenta. Esta equiparación puede ser funesta porque en las circunstancias actuales lo
único que puede derivarse de ella es que la acción política acabe por
no tener sentido, pero a la vez es muy comprensible, ya que a la violencia le ha correspondido en
efecto un rol importantísimo en la historia de todos los pueblos de la
humanidad. Es como si en nuestro
horizonte experiencial hubiéramos
hecho balan- ce de todas las experiencias del hombre con la política.
Una de
las características principales de la
acción violenta es que necesita de medios
materiales e incorpora al
contacto entre los hom- bres instrumentos que sirven para
coaccionar o matar. El arsenal de es- tos instrumentos son los medios de
violencia, que como todos los me- dios sirven para conseguir un fin, sea la
autoafirmación en el caso de la defensa sean la conquista y el dominio
en el caso del ataque. En cuan-
to a una revolución, el fin puede ser la destrucción de un cuerpo polí- tico,
el restablecimiento de uno pretérito o, por último, la construcción
58.
Alusión a una historia popular sobre un jinete que, en su fogoso avance, no se
da cuenta de que cabalga sobre el lago helado y cubierto de nieve de Constanza. Cuan- do llega a la
otra orilla y se da cuenta, al ser consciente
del peligro que ha corrido, se
muere. Véase la balada «Der Reiter und der Bodensee» de Gustav Schwab, en, íd., Ge-
dichte, edic. revisada y corregida con
una introducción biográfica de Gotthold Klee, Gütersloh: Bertelsmann, 1882, págs. 270–273. — Agradezco la
indicación sobre la fuen- te a la doctora Lotte Köhler.
de uno
nuevo. Estos fines no son lo mismo que las metas, que es lo que en la acción
política siempre se persigue; las metas de una política nun- ca son sino líneas
de orientación y directrices24* que,
como tales, no se dan por fijas sino que más bien varían constantemente su configura- ción al
entrar en contacto con las de los otros, que también tienen las suyas. Sólo cuando la violencia se interpone con su arsenal de instru- mentos en el espacio entre los hombres, recorrido
hasta entonces por la mera habla
desprovista de todo medio tangible, las
metas de una po- lítica se convierten en
fines tan inmutables como el modelo según
el cual un objeto cualquiera es
producido, y que igual que él determinan
la elección de los medios, los justifican e incluso los santifican. Aunque una acción política que no está bajo
el signo de la violencia no alcance sus metas
—y propiamente no las alcanza
nunca— no puede decirse que no tenga ningún fin o ningún
sentido. En cuanto a los fines no era lo que perseguía, sino que se
atenía con más o menos éxito a metas; y sí tiene un sentido, ya que sólo mediante el hablar
y el replicar —entre
hombres, pueblos, estados y naciones—
surge y se mantiene en la rea-
lidad el espacio en que todo lo demás ocurre.
Lo que en lenguaje polí- tico se denomina ruptura de relaciones sacrifica este espacio,
y toda ac- ción con medios de violencia destruye primero este espacio entre antes de aniquilar a aquellos que viven más allá de él.
Por lo
tanto en política debemos diferenciar
entre fin, meta y sen- tido. El sentido
de una cosa, a diferencia del fin, está siempre ence- rrado
en ella misma y el sentido de una actividad sólo puede
mante- nerse mientras dure esta
actividad. Esto es válido para todas las actividades, también
para la acción, persigan o no un fin. Con el fin de algo ocurre precisamente lo contrario; sólo hace su aparición en la realidad cuando
la actividad que la creó
ha llegado a su
término
—exactamente
igual como la existencia de cualquier
objeto producido comienza en el
momento en el que el productor le da el último
reto- que. Finalmente, las
metas a que nos orientamos,59 establecen
los cri-
24*. En
el original: direcciones.
59.
Originalmente el texto continuaba como
sigue:
... y en
las que se inspira nuestra acción, tienen en común con los fines que ambos ya-
cen fuera de la acción y tienen una existencia independiente de la actividad que les co- rresponde; tienen
en común con el sentido que su existencia es mucho menos tangible que un fin,
aunque también pueden perdurar tras la culminación de toda actividad
particular.
Si fuera
verdad que la acción política persigue fines y debe ser juzgada según su
finali-
teños
conforme a los que debe juzgarse todo lo
que se hace; sobrepa- san o transcienden el acto en el mismo sentido
en que toda medida transciende
aquello que tiene que medir.
A estos
tres elementos de toda acción política
—el fin que persi- gue, la meta vagamente
conocida a que se orienta y el sentido
que se manifiesta en ella al
ejecutarse— se añade un cuarto
que, aun sin ser nunca el
impulso inmediato de la acción
es lo que propiamente la pone en
marcha. A este cuarto elemento
quiero llamarle el principio de la acción siguiendo a Montesquieu, quien
lo descubrió por prime- ra vez en
su discusión de las formas de estado en
el Esprit des lots. Si se quiere entender este
principio psicológicamente,
puede decirse que se trata de una convicción fundamental que divide a los grupos de
hombres entre sí. Tales convicciones fundamentales, que han te- nido un rol en el curso de la acción
política, se nos han transmitido en gran número, aunque
Montesquieu sólo reconoce tres —el honor en las monarquías, la virtud
en las repúblicas y el temor en la tiranía. Entre estos principios pueden
también fácilmente contarse
la gloria tal como la conocemos en el mundo
homérico o la libertad tal como la encontramos en la Atenas de la
época clásica o la justicia pero tam- bién la igualdad si la entendemos como la convicción de la
originaria dignidad de todos los que tienen aspecto humano.
Tendremos que hablar más tarde del extraordinario
significado de estos principios que
mueven al hombre a la acción y de los
que ésta se nutre constantemente.60 Pero aquí, para evitar
malentendidos, ya de- bemos señalar
una dificultad. Los
principios que inspiran la acción no
solamente no son los mismos en las
diversas formas de gobierno y épo- cas de la historia: más bien lo que era
principio de la acción en un pe- ríodo
puede convertirse en meta a que
orientarse en otro o también en fin que
perseguir. Así, por ejemplo, la gloria
inmortal fue el principio de la acción sólo en el mundo homérico
pero permaneció durante toda
dad,
entonces la política no trataría de cosas políticas en sí mismas sino tan
superiores a ella como todos los fines deben serlo a los medios gracias a los
cuales han sido posibles. Además resultaría que la acción política finalizaría
cuando consiguiera su fin y que la política en ge- neral, SÍ realmente debiera
—puesto que es un medio— conseguir fines no–políticos para justificar su
existencia, tendría que desaparecer en algún momento de la historia de la hu-
manidad. Este pasaje se encuentra al dorso de la página señalada con «ad 4»
(=022398).
60. Esta
podría ser una referencia al
planeado capítulo «Pluralidad en las
formas de estado».
la
Antigüedad como una meta a que orientarse y de acuerdo con la cual juzgar las
acciones. Así, la libertad, para poner
otro ejemplo, puede ser un principio,
como en la polis ateniense, pero
puede también ser un criterio para valorar, en una
monarquía, si el rey ha sobrepasado los lí- mites de su poder, y en tiempos
de revolución puede
convertirse muy fácilmente en un fin que
se crea poder perseguir directamente.
Para
nosotros es suficiente hacer constar
que, cuando a la vista de la penuria que
los acontecimientos políticos han traído al hombre preguntamos si la política
tiene todavía algún sentido, imprecisamen- te y sin darnos cuenta de los diversos significados posibles
de este interrogante, siempre estamos
preguntando a la vez toda una serie de cuestiones de otro
tipo. Las preguntas que vibran
en la que marcó nuestro punto
de partida son: Primero. ¿Tiene
la política todavía al- gún fin? Lo que quiere decir: ¿son los fines que la acción política
per- sigue merecedores de los medios que
puedan emplearse en determi- nadas circunstancias para su consecución? Segundo. ¿Hay todavía en el campo de lo político metas en
virtud de las cuales podamos orien- tarnos
confiadamente? Y si las
hubiere, ¿no son sus criterios comple- tamente impotentes y utópicos, de manera
que toda empresa política,
una vez puesta en marcha,
no se preocupa más de metas y criterios sino que sigue un curso inherente a ella que nada externo
puede de- tener? Tercero. ¿No es
la acción política, al menos en
nuestro tiempo, precisamente una
muestra del fallo de todos los
principios, de mane- ra que, en vez de
proceder de uno de los muchos orígenes
posibles de la convivencia humana y
alimentarse de sus profundidades, más bien se adhiere oportunistamente a la
superficie de los acontecimientos cotidianos
y se deja llevar por ellos en múltiples
direcciones, elogian- do hoy
siempre lo contrario de lo que ayer
sucedió? ¿No ha conduci- do la acción misma
al absurdo sacudiendo con ello
también los prin- cipios u orígenes que
quizá previamente la pusieron en marcha?
§2 25*
Éstas son
las preguntas que se plantean
inevitablemente a cual- quiera
que empiece a reflexionar sobre
la política en nuestro tiempo.
Formuladas así no pueden responderse; son preguntas en cierta ma-
25.* No
hay título para este apañado.
nera retóricas
o exclamativas, que
necesariamente permanecen atra- padas en
el marco de experiencia que las origina, el cual está deter- minado y delimitado
por las categorías y
representaciones de la vio- lencia. Es esencial al fin que justifique los medios necesarios para conseguirlo. Pero, ¿qué fin podría justificar los medios
que tal vez aniquilarían a la humanidad y a la vida orgánica sobre
la Tierra? Es esencial a las metas delimitar tanto
los fines como los medios, prote- giendo de esta manera a la acción del
peligro inherente a ella de la
desmesura. Pero si esto es así,
entonces las metas ya han fallado antes
de que fuera evidente que la acción
sujeta a fines había resultado no
tener ningún fin; pues, de ser así, no hubiera podido
suceder nunca que los medios de violencia de que disponen hoy las grandes poten- cias, y que en un futuro no lejano pueden estar en poder de todos los estados
soberanos, se pusieran al servicio de la acción política.
Donde la
extraordinaria limitación del horizonte
experiencial en que la política nos es
accesible según las experiencias de
nuestro siglo se muestra más claramente es en el hecho de que
involuntariamente, tan pronto nos
persuadimos de la falta de fines y metas de la acción, estamos dispuestos
a cuestionarnos el sentido de la
política en gene- ral. La pregunta por los
principios de la acción ya no
alienta nuestro pensamiento sobre la
política desde que la cuestión por las
formas de gobierno y por la mejor forma
de convivencia humana ha caído en el
silencio, esto es, desde las décadas de
la revolución americana a prin- cipios del siglo XVIII, durante las cuales se discutieron vivamente las posibles
ventajas y desventajas de la monarquía, de la aristocracia y de la
democracia, o de cualquier forma
de gobierno que como repú- blica
pudiera unificar elementos
monárquicos, aristocráticos y demo- cráticos. Y la pregunta
por el sentido de la política, es
decir, por los contenidos permanentes y dignos
de recuerdo que sólo pueden ma- nifestarse en la convivencia política y en la acción
conjunta, no se ha tomado apenas
en serio desde
la antigüedad clásica.
Preguntamos por el sentido de la
política pero aludimos a sus fines y
metas y sólo los llamamos su
sentido porque literalmente ya no creemos en un sen- tido.
Es por eso que tendemos a hacer
que los diferentes elementos
posibles de la acción coincidan y a
creer que una diferenciación entre fin y
meta, principio y sentido no sería sino rizar el rizo.
Nuestra
falta de disposición a hacer
diferenciaciones no impide naturalmente que las diferencias existentes
fácticamente se impongan
en la
realidad; sólo nos impide concebir
adecuadamente lo que real- mente
sucede. Fines, metas y sentido
de las acciones son tan
poco idénticos entre ellos que en una misma acción podrían caer en unas
contradicciones tales que precipitarían a los propios agentes a dificilí- simos conflictos
y envolverían26* a los
futuros historiadores, encarga- dos de
explicar fielmente lo acontecido, en
infinitas disputas interpre- tativas. Por lo tanto, el único
sentido que una acción con los medios de violencia puede manifestar y hacer visible en el mundo es el inmenso poder que tiene la coacción en el trato de los hombres entre
ellos, y esto completamente al margen de los fines para los que la
violencia fue empleada. Aunque el fin
sea la libertad, el sentido encerrado
en la ac- ción misma es la
coacción violenta; de este
conflicto real al máximo surgen
entonces aquellas paradojas que nos son tan familiares a través de la
historia de las revoluciones: que deba
obligarse al hombre a la li- bertad o
que se trate —en palabras de Robespierre—61 de oponer al despotismo de la
monarquía la tiranía de la libertad. La
meta es lo úni- co que puede eliminar o
al menos suavizar este conflicto mortal
entre sentido y fin inherente
tanto a las guerras como a
las revoluciones. Pues la meta de toda violencia es la paz —la meta pero no el
fin, esto es, aquello según lo cual todas las acciones violentas particulares
en el sentido de las célebres
palabras de Kant (no puede permitirse
que en una guerra suceda lo que
haría imposible la subsiguiente paz)62
deben juzgarse. La meta no está encerrada en la acción misma pero tampoco yace en el
futuro como el fin. Si debe ser
realizable debe permanecer siempre presente
—precisamente porque no se ha
realizado. En el caso de la
guerra, la función de la meta es sin duda poner coto a la vio- lencia; pero
entonces entra en conflicto con los
fines, cuya consecución movilizó a los medios de violencia; pues estos fines se
podrían alcanzar mejor y más rápidamente
si se diera libre curso a los medios, o sea, si
26.* En
el original: confundirían.
61.
Probablemente se alude a la frase de Robespierre: «Le gouvernement de la re-
volution est le despotisme de la liberté contre la tyrannie».
A esta frase del discurso de
Robespierre ante la Convention
Nationale del 5 de febrero de 1794 se refiere Hannah Arendt en otros
lugares de su obra. Véase Robespierre,
Oeuvres, edit, por Laponnera- ye, vol. 3 (Reimpr. en
Nueva York, Franklin, 1970), págs.
539–567, pág. 550; véase Arendt,
Über die Revolution, ob. cit., pág. 75, pág. 266.
62. KANT,
Zum ewigen Frieden, B12: «Ningún estado
debe permitirse en guerra con otro hostilidades tales que hagan
imposible la confianza mutua en la futura paz...».
los
medios se organizaran correspondiendo a los fines. El conflicto en- tre meta y
fin surge porque es esencial al fin
degradar a medio todo lo que le sirve y
rechazar como inútil todo lo que no le
sirve. Pero, ya que toda acción violenta se da en el sentido de la categoría
medios–fines, no es ningún problema que una acción que no reconoce la meta de la
paz
—y las
guerras desencadenadas por los totalitarismos han situado en el lugar de la paz
la conquista o el dominio del mundo—
se manifieste en el campo de la
violencia siempre como superior.
Puesto
que nuestras experiencias con la política se han dado sobre todo en el campo de
la violencia, nos parece natural
entender la acción política según
las categorías del coaccionar y ser coaccionado, del do- minar
y ser dominado, pues en ellas se
hace patente el auténtico senti- do de todo acto
violento. Tendemos a considerar la paz, que como meta debía mostrar los límites de la
violencia y poner coto a su marcha aniquiladora, como algo que procede de un
ámbito transpolítico y debe mantener a la política misma dentro de sus fronteras —igual que ten- demos a saludar los períodos
de paz que también en nuestro siglo se han abierto entre las catástrofes como aquellos lustros o décadas en que la política nos ha concedido
un respiro. Ranke acuñó una vez la expresión del primado de la política exterior63 y no puede haber pensado en otra cosa que en la prioridad que ante
todas las demás preocupaciones debe dar el estadista a la seguridad de las fronteras y a la relación de las na- ciones entre sí
porque de éstas depende la mera existencia de estado y nación. Sólo
la guerra fría, se está tentado de
decir, nos ha enseñado lo que significa
en realidad el primado de la política exterior.
Ya que si ésta, o, mejor, el peligro que siempre acecha en las
relaciones interna- cionales, son los
únicos objetos relevantes de la política, entonces se ha vuelto del revés ni más ni menos que lo
que decía Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política con
otros medios, de modo que la política se convierte ahora en una continuación de
la guerra y los me- dios de la astucia
sustituyen transitoriamente a los
de la violencia. Y quién podría negar
que las condiciones de la carrera armamentista en que vivimos y estamos
obligados a vivir, sugieren al menos que
lo que dijo Kant respecto a no permitir
que ocurriera nada durante la guerra que hiciera imposible más tarde la
paz, se ha invertido y vivimos en una
paz que no permite que suceda nada que haga imposible una guerra.
63. Véase
supra, nota 21.
SEGUNDA
PARTE
DOCUMENTOS
PARA EL PROYECTO
«INTRODUCCIÓN
A LA POLÍTICA»
PRIMER
DOCUMENTO
IDEAS
PRINCIPALES Y ESTRUCTURA:
NOTAS
MANUSCRITAS DE HANNAH ARENDT
Introducción
a la política
[022380]
Es
difícil decir qué sea la política. Ante tales cuestiones estamos habituados a dirigirnos a los
filósofos, los cuales, por ejemplo,
saben mejor qué es la naturaleza que los científicos. De este modo
presupo- nemos que el filósofo
habla por todos
los hombres, que, aunque no tenga con la naturaleza una relación
distinta a la de los demás, ha re-
flexionado sobre ella mejor y más profundamente.
Ahora
bien, ¿ocurre lo mismo con la política? La enfermedad pro- fesional de los
filósofos. Tienen una prevención
contra ella, y no po- demos
creerlos tan ciegos o confiar en que lo
hacen lo mejor posible. Por otro lado: ¿quién, si no los filósofos, quién debe darnos
informa- ción?
Pero los
filósofos hablan por todos los
hombres, por lo tanto, su prejuicio es un prejuicio humano.
En tanto que realmente humanos, todos tenemos un prejuicio contra la
política.
Comparemos la falta
de calidad de la antropología
kantiana
—¡¿qué es
el hombre?!— con la falta de realismo de
los Nomoi 27* de
Platón.
27.*
Griego en el original.
Introducción
a la política
[022381]
Prólogo o
primer párrafo: una encuesta reveló: el punto central es
«la
preocupación por el hombre». El
hombre se preocupa por sí mis- mo. (Descubrimiento del
Sí–mismo.) Así desde el comienzo de la
Era Moderna. En contra: el punto
central de toda política
es la preocu- pación por el mundo. El desierto y los oasis. El peligro de llevar el de-
sierto al oasis. La descolocación del mundo.
La política se propone el cambio
o el mantenimiento o la fundación del
mundo.
Los
únicos que todavía creen en el mundo son los artistas —la du- ración de la obra
de arte refleja el carácter duradero del mundo. No pueden
permitirse la alienación del
mundo. El peligro es arrastrarlos a la
descolocación, o sea, desertizar los oasis. Por otra parte
el solo he- cho del arte muestra
que el hombre es lo único que ha
quedado intac- to. De no ser así, no
tendríamos ningún arte, solamente kitsch.
La
alienación del mundo de la Edad Moderna ha penetrado en la
política con Marx, que habla de la alienación del hombre
de sí mis- mo. Lo decisivo es
que Marx únicamente quería cambiar
el mundo para liberar al hombre,
para liberarlo del mundo.
El hombre debía tener tanto
tiempo como fuera posible para
sí mismo, para el desa- rrollo de su sí–mismo; éste era el
concepto de libertad. Éste el huma- nismo marxiano.
Las
ideologías — ni sustitutivas de la
religión ni de la política, siempre y cuando
lo sustitutivo todavía debe tener
algo que ver con lo sustituido.
Desierto:
Cuando la amenaza es la exterminación de la vida orgá- nica la preocupación ya
no es el hombre.
El
descubrimiento kantiano de lo
público y la pluralidad de mano de lo bello. En lo bello, sin embargo, aparece
el mundo, no la
humanidad
sino el mundo habitado por el hombre —
Introducción
a la política
[022382]
Las
experiencias fundamentales de la
Antigüedad: polis – funda- ción – exilio
y regreso del exilio
Filosofía
– política: Tanto en Parménides como en Heráclito ya la pretensión de
saber lo que la pluralidad de los
hombres nunca po- dían saber, lo inaudito, lo extraño
a la multitud. En este
sentido Par- ménides formula
las opiniones aparentes de la
multitud de un modo que resuena en
Heráclito — filósofos entre ellos. «Tiranos espiritua- les» 653.28*
Juzgar :
la imposibilidad de
subsumir lo individual
— Kant. Subsumir: no
filosófica sino científicamente. Alcanzar lo individual: éste es el objetivo de la
política. Expresado kantianamente: el
proble- ma —que, según Jaspers, lo desvió a la doctrina y que, en cualquier caso, dejó sin
resolver— era el «paso de lo a
priori a lo posteriori» y el término
medio es en Kant el «esquema de la imaginación» (véase rebasar el entendimiento, el subsumir, se realiza en el «juicio refle- xionante»). Juicio
reflexionante: Jaspers 477:29* «tenemos una
expe- riencia de lo particular y lo pensamos bajo el supuesto de un univer- sal no conocido» (contra: subsumir,
donde partimos de lo
universal = juicio determinante).
[022383]
Sobre el concepto de
dominación: El rex romano, a diferen-
cia del
basileus,30* estaba realmente construido
análogamente a la familia y por eso se le odiaba tanto
en la Roma republicana. Otra vez la conversión en
imperio se realizó en el
sentido de la regre-
sión.
El
estar sometido a leyes no altera para
nada tal omnipotencia. Esto es lo
que distingue al rey del tirano. Legislar sin actuar ni ejercer no
es acción política y no
confiere por lo tanto
ningún poder. (?) También al rey se le considera un obediente —obedece las leyes (Mommsen,
64–74).31*
28.* La
cifra se refiere a Karl JASPERS, Die großen Pkilosophen: Erster Band, Mu- nich,
Piper, 1957, pág. 653.
29.* Ob.
cit., pág. 477.
30.* En
griego en el original y, como rex, sin comillas.
31.*
Theodor Mommsen, Römische Geschichte, 3
vols., 5. edic, Berlín Weidmann,
1868–1870,
vol. 1.
Sobre
juzgar: juzgar según precedentes y sólo
en su defecto según fundamentos — lo particular tratado como universal.
Del
desierto y los oasis: si salimos del
arte, de los oasis, para aventurarnos en
el desierto, o mejor, para
hacer retroceder al de- sierto,
podemos apelar a Kant, cuya
auténtica filosofía política se
encuentra en la KU [Crítica del Juicio] y se inspira en el fenómeno
de lo
bello.
Introducción
a la política:
[022384]
Distribución:
1. Cap.
De los instruidos y sus detractores. El prejuicio de los ins- truidos: La política
o es dominación o es cuidado de
la existencia. Contra el prejuicio: reflexión histórica: la política no ha sido en abso- luto siempre
dominación —romanos, rex, reyes
homéricos, Heró- doto; y en
absoluto siempre cuidado
de la existencia: la
política co- menzaba donde
acababa la preocupación por la
vida. De ahí la virtud cardinal: la valentía. Aquiles y Maquiavelo.
Además,
históricamente ambos prejuicios van juntos.
En el ám- bito del cuidado de la
vida: dominación. El rex y la regresión
ro- mana.
El
prejuicio fundamental: que siempre
ha habido política.
En contra, Aristóteles, en definitiva el origen de la palabra.
Siempre
existiría la necesidad de la vida, la cual a su vez obligaría a los
hombres a dividirse entre
los que obedecen y los que
mandan. Por mor de la vida: guerra
contra todos. Por mor de la
seguridad: do- minación. Por lo tanto,
point of reference : la vida. El prejuicio es que la política sea una necesidad vital.
Desde un
punto de vista histórico, por lo tanto, no todos los pe- ríodos son
igualmente significativos para
la política. Donde preocu- pación por la vida: ninguna política.
Prepolítica.
Las experiencias fundamentales de la política en occidente:
Polis
— Res
publica — Exilio (Moisés) ninguna repetible
— los judíos lo intentan — pero
sólo en ellos un conocimiento posible.
Hemos
resuelto el problema de la vida. — ¿Y ahora qué? Sólo aho–
ra se
puede entre todos construir un mundo
contra la muerte — o con- tra «echar a perder el día» (Mommsen).32*
[022385]
2. Cap.
Los prejuicios filosóficos: contra la pluralidad, el estar juntos, y contra las opiniones. Aquí mucho más seriamente
porque no un prejuicio sobre la política sino una condena de lo que la política es de hecho.
Origen
histórico en Platón — Sócrates. El
estar–consigo–mismo frente al
unos–con–otros de las opiniones. El
actuar no aparece. La postura
del filósofo y el político. (Prejuicio
más débil donde el filóso- fo no
Dios, como en los países anglosajones.)
3. Cap.
La posición socrática: el único
filosofar, que tiene lugar públicamente. En contra, la Academia.
Presupuesto:
que yo, cuando estoy conmigo mismo
(= pensar) soy dos y no uno. La
pluralidad penetra en la soledad. Por eso: no contradecirse — lógica y
éticamente (La virtud es enseñable
— sin duda, como todos los colectivos políticos atestiguan: lo que no es
enseñable es el bien). Sócrates: sé como quisieras
parecer, parte de lo público
de su apariencia y brillo.
Maquiavelo: parece lo que qui-
sieras ser: parte del ser (ante
Dios pero sin Dios: vanidad. Pues na- die puede «ser» sin alguien que
mire. Esta es la mundanidad del hombre).
Excepción:
no el daimonion sino el «sumergirse», donde ya no se piensa. Aquí, en el
thaumazein,33* en efecto uno.
El
extremo opuesto: cómo soy uno a través de los otros.
Ad 1)
Aquí los fundamentos de experiencia para lo más extrema- mente universal, que no es articulable. Donde acaba el habla acaba la política.
[022386]
32.*
Mommsen, ob. cit., vol. 1, pág. 695: «Mientras en la Grecia auténtica... la vida apenas parece merecer la pena, e
incluso los mejores, el uno con la copa, el otro con la espada, el tercero con
el estudio echan a perder el día...».
33.* En
griego en el original; significa: admirarse, maravillarse.
4. Cap.:
pluralidad en las formas de gobierno
Los
tópicos antipolíticos:
[022387]
1. La
política es cuidado de la existencia.
(Implícito: lo superior empieza después
de la política.)
2. La
política es necesaria porque los hombres no son ángeles.
3. La
política es dominación.
El tópico
pro–político:
El hombre
es un ser político.
[022388]
Lo que sigue se refiere a todo: una
introducción a la política y
no la
ciencia política. Lo que
todo ciudadano debe, necesita y pue- de saber sobre
la política: cuál es el
ámbito y cuáles sus
fronteras, qué ocurre en él y cuáles son las reglas de juego que lo
rigen, qué cualidades deben movilizarse
y cuáles son las virtudes que hay que desarrollar. Qué es lo
político en que siempre
vivimos y cuáles las formas
respectivas que adopta y que llamamos formas
de gobierno. Además daré algún
aviso a los instruidos en medio de sus
detracto- res. No para su instrucción sino porque lo experimentado no les
convence —con razón—, si no se indica al respecto
de dónde pro-
cede lo
simple.
§ 1: Los
prejuicios contra la política y su justificación:
[022389]
Sistema
de intereses de la política interior
Abolición
de la política mediante la política. Muerte del estado — Política exterior:
bomba atómica
(La
política hoy)
34.*
Vuelve a la cita de James Madison, véase la pág. 67 de esta edición, nota 5.
§ 2: Los
prejuicios sobre la política y su justificación:
La
política en la Edad Moderna
La
política como ordenamiento de la existencia — vida. Mundo
— como
defensa del mal
— como
dominación
§3: La
condena de la política por los filósofos
En
contra:
§ 4: El
hombre es un ser político
Cap. 2:
determinados conceptos como
honor — gloria
— valen- tía — etc.
SEGUNDO
DOCUMENTO
HANNAH
ARENDT A KLAUS PIPER,
7 DE
ABRIL DE 1959
Querido
Klaus Piper, seguramente ha esperado Ud.
durante mu- cho tiempo esta carta, la
respuesta a la suya del 4 de marzo en
que me preguntaba por la Introducción a la política. Permítame entrar
inme- diatamente in media res.
Antes de
que nos pongamos de acuerdo sobre
fechas debe Ud. saber cómo están las cosas. Ya no recuerdo si le dije en Frankfurt35* que empezaría el libro con un extenso capítulo sobre la
cuestión de la guerra. No una discusión sobre la situación actual sino sobre lo que significa la guerra para
la política en general. El
motivo para tal co- mienzo era muy sencillo: vivimos en
un siglo de guerras y revolucio- nes, y
una introducción a la política no empezaría
bien si no fuera con lo que nos lleva a ella en tanto que contemporáneos. Al principio había
pensado esto como una introducción porque a mi parecer las guerras y las revoluciones quedan
fuera del ámbito político en senti- do propio. Están bajo el signo de la violencia y no,
como la política, bajo el signo del poder.
Por lo tanto, me propuse añadir
a continua- ción del capítulo
sobre la guerra —que ya
contenía multitud de sub- capítulos— lo que pensé que podría ser un capítulo sobre la revolu- ción. Pero me equivoqué en todo el asunto. Está claro que la guerra y la revolución: el rol de la violencia en la política resultarían aproxi- madamente tan largos como
el libro entero. Y ahora la pregunta
es:
¿debemos
dividir la historia y publicar
la introducción en dos volú- menes? 1. Volumen: guerra
y revolución. El rol de la
violencia en la política. 2. Volumen: la
introducción propiamente dicha, para la
que necesitaríamos un título específico, ya que el de introducción sería
preferible para toda la obra.
Ya ve que
si Ud. quiere tendrá más de lo que
quería, aunque con un retraso considerable.
Pero está claro que no le ata ningún
contra- to. No necesita decidirse
hasta que no haya visto la cosa.
He olvidado
35.* En
septiembre de 1958 Arendt y Piper se
encontraron en Frankfurt del Meno con motivo de la concesión a Jaspers del
Premio de la paz de los libreros alemanes.
decir que
he escrito de nuevo un capítulo introductorio a este libro sobre la violencia con el título: ¿Tiene la
política todavía algún senti- do?36* A esta pregunta responde
el último capítulo de la parte
sobre la revolución. Por lo tanto
el libro es en conjunto una
totalidad on its own feet [sobre sus
propios pies].
Y
ahora los detalles técnicos, que son más
bien complicados. La parte sobre la
guerra no está lista en alemán (esto es, no en su versión definitiva)37* pero puede
ultimarse rápidamente. Sin
embargo, la par- te sobre la revolución
la escribí en inglés porque la necesitaba para Princeton;38* podría
estar lista a finales de mayo. Le
enviaré una co- pia tan
pronto esté completa. Espero que todo el paquete
pueda es- tar traducido en
junio o julio (no es cosa suya, my
funeral — como aquí decimos) y entonces
intentaré tenerlo listo para la impresión ale- mana entre agosto y septiembre. Lo intentaré — no estoy segura, ten- go que
preparar Hamburgo39* y todavía tengo
pendiente aquí un vo- lumen
de ensayos.40* En junio y julio
quiero haber acabado
la guerra. Esto significa que Ud. recibiría la segunda
parte del libro para su re- visión a principios de junio y la primera parte
a principios de agosto.
Personalmente preferiría dejar
correr todos los plazos y que Ud. pu- blicara cuando le conviniera. Los plazos tienen sobre mí un efecto de- primente y tampoco
me ayuda tener constantemente mala concien- cia. Además, seguramente tendremos
que mudarnos. Demasiado aburrido de explicar. Pero si en el verano, junto
con todos los otros quebraderos,
me viene a cuestas una mudanza,41* perderé
lisa y llana- mente un mes y entonces ya no cuadrará ningún plazo.
... La
pregunta sigue siendo naturalmente si mi
nuevo plan puede servirle para su nueva
colección. A mí me parece que debería
funcio- nar. Pero es difícil apreciarlo.
Naturalmente también puede Ud.
pre- guntarse cuánto tiempo
transcurrirá hasta que le
remita el segundo
36.*
Véanse los fragmentos 3a y 3d.
37.*
Puede estarse refiriendo a los
fragmentos 3b y 3c.
38.*
Alude a la serie de conferencias «On revolution».
39.* Es
decir, el discurso de agradecimiento por
el Premio Lessing que la ciudad de Hamburgo había concedido a Hannah Arendt el
28 de septiembre de 1959.
40.* Se
trata de la publicación de Between Past
and Future.
41.* En
diciembre de 1959 Hannah Arendt y su marido, Heinrich Blücher, se mu- daron a su nueva casa: 370 Riverside Drive en
Manhattan (Nueva York). Allí vivió ella
hasta su muerte (1975).
volumen. Y esto no puedo decirlo
ahora mismo. Cuando
tenga listo el primero, tengo que preparar, antes de escribir el
segundo, la im- presión alemana de la Human Condition. Si no estuviera Ud. seguro del asunto de los dos volúmenes, también
me parecería acertado pu- blicar el primero por separado
sin hacer ninguna alusión a que
se tra- ta de una introducción a una introducción.
TERCER
DOCUMENTO DESCRIPCIÓN DEL PROYECTO PARA LA ROCKEFELLER FOUNDATION,
DICIEMBRE
1959
El título
provisional del libro que tengo la
intención de escribir es Introducción a
la política. Lo planifico desde hace
al menos cuatro años; el libro,
por lo tanto, ya está comprometido por contrato
con un editor americano y con mi editor en Alemania. De amplias partes de él ya existe una primera redacción.
La razón por la que he tenido que demorarme ha
sido la siguiente:
la actividad política
humana central es la acción;
pero para conseguir
comprender adecuadamen- te la naturaleza de la acción se reveló necesario distinguirla concep- tualmente de otras
actividades humanas con las que
habitualmente se la confunde, tales como
labor y trabajo. Por lo tanto, escribí primero el libro que apareció en 1958 con el título The Human Condition;
que trata de las tres principales actividades
humanas: labor [labor ], traba-
jo [work ] y acción [action ], desde una
perspectiva histórica. Debería haberse llamado
Vita activa. De hecho, es una
especie de prolegóme- nos al libro que ahora me propongo
escribir, el cual continuará don-
de aquel acababa. En términos de
actividades humanas se ocupará exclusivamente de la acción y el pensamiento
[thought ].
El objeto
del libro es doble. Primero : un reexamen
crítico de los conceptos
tradicionales capitales del
pensamiento político así como de sus
estructuras conceptuales —tales como
medios y fines; autori- dad; gobierno;
poder; ley; guerra; etc. Por crítica no entiendo «de- molición». Intentaré descubrir de dónde
proceden dichos conceptos antes de que se convirtieran en
algo así como monedas fuera de cur- so y
generalizaciones abstractas. Por lo tanto
examinaré las experien- cias
concretas, históricas y políticas
en general, que dieron origen
a conceptos políticos. En cuanto
a las experiencias que se
ocultan tras la mayoría de estos conceptos obsoletos,
siguen siendo válidas, y de- ben
ser recuperadas y reactualizadas si se desea escapar a ciertas ge- neralizaciones que se han
revelado perniciosas. Un buen
ejemplo de este método podría
ser el artículo «What is
Authority?», que apare-
ció en el
anuario de la Association for Political and Legal Philosophy
Nomos 42*
en 1958.
Segundo :
Un examen más sistemático
de aquellas esferas
del mundo y de la vida humana
que llamamos propiamente políticas, esto es, del ámbito
público por una parte y de la acción por otra. Aquí me ocuparé principalmente
de los diversos modos de la pluralidad humana
y de las instituciones que les corresponden. En otras pala- bras, reexaminaré la vieja cuestión de
las formas de gobierno, sus principios y
sus modos de acción. En términos de pluralidad huma- na, existen
básicamente dos maneras de estar
juntos: con otros hom- bres
iguales a uno, de donde surge la acción;
o bien con uno mismo, a lo que corresponde la actividad de pensar. A partir
de aquí, el libro debería acabar con una discusión sobre la relación entre actuar y pen- sar o entre política y filosofía.
He
enumerado estos dos propósitos por brevedad, lo que no sig- nifica que el libro
vaya a tener dos partes. Lo ideal sería que estas dos líneas estuvieran tan
entrelazadas que el lector
difícilmente se diera cuenta de
su duplicidad.
42.* Véase
Between Past and Future.
FUENTES
PARA LOS FRAGMENTOS Y DOCUMENTOS
PUBLICADOS43*
Fragmento
1: ¿Qué es la política? (agosto 1950)
de:
«Denktagebuch» n. 1, págs. 23–29, en:
LC–Cont. 79 [= 72 de la vieja numeración];
7 páginas
manuscritas;
en esta
edición págs. 45–47
Fragmento 2a: El prejuicio contra la política y lo que
la política es hoy de hecho
de:
LC–Cont. 79 [= 72 de la vieja numeración], carpeta «Misce- llaneous Loose Pages», págs.
022859–022862;
páginas 1
a 4 mecanografiadas;
en esta
edición págs. 49–51
Fragmento
2b: Prejuicio y juicio
de:
LC–Cont. 79 [= 72 de la vieja numeración], carpeta «Misce- llaneous Loose Pages», págs.
022863–022871;
páginas 1
a 8 mecanografiadas;
en esta
edición págs. 52–59
Fragmento
3a: Presentación: ¿Tiene la política todavía algún sentido?
de:
LC–Cont. 67 [= 60 de la vieja
numeración], págs. 022304–
022309,
pág. 022377;
páginas
0011 a 006, página 1 mecanografiada;
en esta
edición págs. 61–66 nota 4
43.* LC =
Library of Congress, Washington, DC,
USA; Cont. = Container, esto es, un
recipiente de cartón en que se conservan varias carpetas [folders ]. El legado «The Pa- pers of Hannah
Arendt» comprende, según la nueva numeración, 92 de estos container.
Este
fragmento ya ha aparecido en francés (traducido por Patrick Lévy) con
el título «La politique a–t–elle encore un sens?», en Ontolo- gie et
Politique: Actes du Colloque Hannah Arendt, edit, por
Miguel Abensour y otros, París, Ed. Tierce (Littérales, 2), 1989, págs.
163–168.
Fragmento
3b: Primer capítulo: el sentido de la política
de:
LC–Cont. 67 [= 60 de la vieja numeración]
páginas
01 a 28 mecanografiadas;
en esta
edición págs. 67–99
Fragmento
3 c: Segundo capítulo: la cuestión de la guerra
de:
LC–Cont. 67 [= 60 de la vieja numeración], págs. 022345–
022376;
páginas 1
a 29 mecanografiadas;
en esta
edición págs. 100–130
Fragmento
3d: Presentación: el sentido de la política
de:
LC–Cont. 67 [=60 de la vieja numeración];
páginas 1
a 10 mecanografiadas;
en esta
edición págs. 131–138
Documento
1: Introducción a la política [notas manuscritas]
de:
LC–Cont. 67 [= 60 de la vieja
numeración]; págs. 022380–
022389;
10
páginas mecanografiadas;
en esta
edición págs. 141–147
Documento
2: Hannah Arendt a Klaus Piper
de:
LC–Cont. 30 [= 26 de la vieja
numeración]; págs. 003770–
003771;
2 páginas
mecanografiadas en papel de copia;
en esta
edición págs. 148–150
Documento
3: Descripción del Proyecto
de:
LC–Cont. 23 [= 20 de la vieja numeración]; carpeta «Rocke- feller Foundation», pág. 013872;
1 página
mecanografiada en papel de copia;
en esta
edición págs. 151–152
NOTAS
TÉCNICAS
SOBRE LOS
FRAGMENTOS Y DOCUMENTOS
Fragmento
1
El
texto está sacado
del «Denktagebuch» de
Hannah Arendt, que contiene
las anotaciones desde 1942
hasta 1950. Se trata de un cuaderno a líneas
en formato de aprox.
A5, conservado sin las cu- biertas en el
LC–Cont. 79, carpeta «Miscellaneous Poems
and Sto- ries, 1925–42 and
undated». La numeración de las
páginas, a lápiz, es de la propia autora,
las anotaciones son a tinta. — La editora se ha en- cargado de la transcripción del original manuscrito y la administra- dora del legado
Arendt, la doctora Lotte Köhler, de su revisión. Las notas son de la editora.
Fragmentos 2a y 2b
Probablemente
se redactaron ambos en el mismo periodo.
El 2a por completo a doble espacio, mecanografiado presumiblemente por la
propia Arendt con una máquina de escribir
sin diéresis. El 2b em- pieza
igualmente a doble espacio con la misma
máquina pero a partir de la pág. 3
cambia a espacio y medio con una
máquina con diéresis. Los
caracteres son en ambos casos los mismos (probablemente Olym- pia), la misma
paginación y la misma calidad
de papel. — El papel
(formato americano 8... 11) procede de un bloc, lo que contribuye a probar
que la propia H. A. mecanografió los manuscritos, seguramen- te mientras
viajaba. — Ambos textos contienen correcciones
manus- critas a lápiz. — A causa del cambio del doble espacio al espacio
y me- dio en el fr. 2b es de suponer que
el 2a sea anterior al 2b.
Fragmentos 3a – 3d
Escritos
probablemente en el mismo periodo: máquina
con diéresis (probablemente la Olympia propiedad de Arendt), espacio y
medio, papel y paginación como en 2a y 2b. — Correcciones en 3b, parcial- mente con cinta
mecanográfica nueva, de similar calidad
a la empleada en 3 a (que a su vez coincide con 3b y 3c). — 3b se escribió con
otra má- quina (sin diéresis), por lo demás: el mismo formato americano,
doble espacio, distinto papel
(más delgado), pero igualmente de un
bloc, már- genes más estrechos. Parece una versión prevista para enviar a la
edito- rial (probablemente también
mecanografiada por la propia Arendt).
Documento
1
Las
notas, escritas a lápiz o bolígrafo sobre yellow–pad–paper americano, se redactaron probablemente en periodos diferentes. Se usaron distintos
bolígrafos y soportes. Las páginas
están sueltas, de manera
que el orden, que aquí sigue la
numeración anterior a la en- trega del legado a la Library of Congress, no
puede considerarse vin- culante. El respectivo
inicio de página se indica mediante
los núme- ros 022380, hasta 022389. Las dos últimas líneas
de la página 022387 están escritas
a lápiz, así como toda la
página 022389. — La editora se ha
encargado de la transcripción del
original manuscrito y la ad-
ministradora del legado Arendt, la
doctora Lotte Köhler, de su revi- sión.
Las notas son de la editora.
Documento
2
La
carta mecanografiada sobre papel
de copia probablemente por la
propia Arendt corresponde al original conservado
en el archi- vo de la editorial Piper. Las notas son de la editora.
Documento
3
En el
legado Arendt no se ha conservado
ningún añadido a la co- pia, por una sola cara, de la
«Description of Proposal», que presumi-
blemente mecanografió la propia
Arendt. La recepción de la solici- tud fue confirmada por la
institución con fecha del 15 de diciembre de 1959. Las notas son de la editora.


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