© Libro No. 714. Sin mundo propio. Anderson, Poul. Colección E.O. Abril 12 de 2014.
Título original: © No World
of their Own. Poul Anderson
Versión Original: © Sin mundo propio. Poul Anderson
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Sin mundo propio
Poul Anderson
Título
original: No World of their Own
Contraportada
Podemos decir que Poul Anderson en esta obra
ha sido fiel a sí mismo, puesto que relata unos hechos plenos de fantasía
extremadamente futurista.
El
navío "Explorer" en ruta interestelar mandado por Langley, recibe la
orden de traer un ser vivo de cualquier punto más próximo, y a fe que consigue
su propósito.
[Nota:
Esta novela fue publicada previamente el mismo año en la revista
"Astounding" con el título THE LONG WAY HOME]
I
La
espacionave salió, como un relámpago, de la superimpulsión y quedó pendiente de
una oscuridad inflamada de estrellas.
Durante
un momento reinó el silencio.
Luego,
alguien dijo:
—¿Dónde
está el sol?
Edward
Langley hizo dar media vuelta a su sillón de piloto. Había mucha quietud en la
cabina, Sólo el susurro de los ventiladores tenía voz y él podía oír hasta los
latidos de su corazón. El sudor le escocia en sus costillas. El aire era
cálido...
—No...
no lo sé... —respondió por fin. Las palabras sonaron a duras y vacías. En el
papel de control había pantallas que le daban una visión espléndida de todo el
firmamento.
Vio
a Andrómeda. Vio la Cruz del Sur. Vio gran extensión de Orión...
Pero
en ninguna parte de aquel cristal negro localizó el foco deslumbrante que se
esperaba hallar.
La
carencia de peso era como un descenso sin fin.
—Estamos
en la región general, de acuerdo —prosiguió al cabo de un minuto—. Las
constelaciones; son las mismas, poco más o menos. Pero... —el tono de sus
palabras se desvaneció.
Cuatro
pares de ojos registraron las pantallas con ansiedad. Por último, Matsumoto
habló:
—Por
aquí... en Leo... la estrella mas brillante que se puede ver...
Miraron
hacia la brillante chispa amarilla.
—Creo
que tiene el color adecuado —dijo Blaustein—. Pero está terriblemente lejos. .
Tras
otra pausa, gruñó impaciente y se inclino sobre su asiento hacia el
espectroscopio. Lo enfocó con cuidado sobre la estrella, introdujo una placa
con el espectro solar y pulsó el botón de la unidad comparadora. Ninguna luz
roja se encendió.
—Lo
mismo, un poco más abajo de las líneas Fraunhofer —declaró—. La misma
intensidad de cada longitud, hasta dentro de unos pocos quanta. Si no el Sol,
es su hermano gemelo...
—¿Pero
a qué distancia? —susurró Matsumoto.
Blaustein
puso en acción el analizador fotoeléctrico. Leyó la respuesta en una de las
esferas y manejó una regla de cálculo con la pericia propia de su prestigio
profesional.
—Sobre
un tercio de año de luz —aseguró—. No muy lejos...
—Un
infierno demasiado lejos —gruñó Matsumoto—. Deberíamos haber salido dentro de
un A.U. (Astronomic Unit, Unidad astronómica, medida utilizada por los
astrónomos, N.del T.) ante el morro. No me digas que la maldita máquina se ha
vuelto a desquiciar otra vez...
—Pues...
eso parece... ¿no? —murmuró Langley. Sus manos se movieron por entre los
controles—. ¿Trató de saltar más cerca?
—No
—dijo Matsumoto—. Si nuestro error posicional es así de desgraciado, un salto
mas podría hacernos tomar base dentro del sol.
—Lo
que sería casi como aterrizar en el infierno o en Tejas —dijo Langley. Sonrió,
a pesar de que en el interior de su garganta había un cierto malestar—. ¡Está
bien, chicos!, podríais ir a popa y comenzar a repasar aquel cacharro. Cuanto
antes encontréis la avería, más pronto podremos regresar a casa...
Asintieron,
se desabrocharon unos a otros los cinturones y utillajes y salieron, flotando,
de la sala del piloto. Langley suspiró.
—Ni
tú ni yo, Saris, podemos hacer otra cosa que esperar... —dijo.
El
holatano no respondió.
Nunca
hablaba innecesariamente...
Su
enorme cuerpo de piel untuosa estaba inmóvil en el sillón de aceleraciones que
ellos le habían preparado, pero sus ojos vigilaban...
A
su alrededor, parecía respirarse un olor especial... no desagradable, pero
raro... una reminiscencia de alguna hierba exótica expuesta a la influencia
solar, o algo así... era impreciso cuando se intentaba concretar, pero bien
patente, cuando no se le concedía importancia. Se le advertía en seguida su
procedencia extraña... parecía venir de un cielo despejado, de un lugar próximo
a un arroyo o de un río de tranquilas aguas.
Al
llegar a este punto de sus meditaciones, los pensamientos de Langley parecieron
transformarse en algo semejante a un delirio psicopático, porque, mentalmente,
dijo:
«Un tercio de año de luz. No es demasiado. Volveré contigo,
Peggy, aunque tenga que cubrir toda esa distancia arrastrándome como un
reptil».
Así,
sin más, aquello parecía no tener ningún sentido.
Colocando
la nave en vuelo automático, con el improbable riesgo en contra de chocar con
algún meteoro, Langley abandonó su sillón.
—No
debería costarles demasiado rato —dijo—. Han adquirido mucha práctica,
desmantelando aquella pila de chatarra. Mientras, ¿te apetece una partida de
ajedrez?
Saris
Hronna y Robert Matsumoto eran los «Diablos» del ajedrez en el «Explorer»
y era extraño contemplarles: un humano cuyos antepasados emigraron del Japón
hacia América, y una criatura nacida en un planeta distante de la Tierra mil
años luz, absortos en el juego inventado por un persa fallecido hacía una
eternidad... Más que la vacía oquedad que había atravesado, más que los soles y
planetas que había visto desfilar ante sí a través de la oscuridad y el vacío,
eso le daba a Langley un sentido de la influencia y perseverancia del pasado...
—No,
gracias —Los blancos colmillos relucieron de un modo raro, cuando su boca y
garganta emitieron aquellas palabras, en un idioma para el que no habían sido
creadas—. Preferiría dedicar mi atención a este nuevo y sorprendente desarrollo
de los acontecimientos.
Langley
se encogió de hombros. Incluso tras tantas semanas de convivencia no se había
acostumbrado al carácter del holatano, la misma bestia de presa que tenía nariz
para husmear las huellas y rastros del bosque, sentándose mientras las horas
pasaban con ojos ensoñadores y una cabeza llena de incomprensible filosofía.
Pero ya no le asombraba nada.
—¡Está
bien, hijo! —exclamó—. Entonces, pasaré mis anotaciones al diario de a bordo...
Empujándose
con un pie en la pared salió disparado por el hueco de la puerta y recorrió el
estrecho pasillo. En el extremo de éste se agarró a un resorte, giró en redondo
hasta entrar en una pequeña habitación y enroscó sus piernas en torno a una
silla ligera atornillada ante un escritorio.
Su
diario de a bordo estaba abierto, sujeto por el magnetismo de su contracubierta
de delgada plancha de hierro.
Con
una languidez que era una lucha contra su propia y furiosa impaciencia, el
hombre pasó las hojas del libro.
Langley
repasó el registro del año anterior, los saltos errantes de estrella a
estrella, maldiciendo y desahogándose en un embrollo de cables y tuberías...
Llamas azules sobre hierros, soldándose, medidores, reglas de cálculo, una
lenta batalla machacando hacia la victoria... Allí había habido un sistema de
cambio de opiniones tras otro, a cual mejor, y, finalmente, el salto desde
Holat hacia la Tierra, en viaje de regreso. Fueron los filósofos de Holat cuyas
mentes no humanas, examinando el problema desde un ángulo extraordinariamente
distinto, sugirieron los últimos y vitales procedimientos; y, ahora, el «Explorer»
regresaba a casa para entregar a la humanidad un Universo...
¡Era
un gran acontecimiento!
Los
pensamientos de Langley volvieron a vagar por los mundos que había visto,
maravilla y belleza, espanto y muerte, siempre un pulso acelerado ante la
posible consecución de la victoria... Luego saltó a la última página,
desprendió una pluma de su soporte y escribió:
«19 de julio del año 2048 a las 16:30 horas. Emergemos a un 0,3
años de luz del Sol, aproximadamente según cálculos, error que se presume sea
debido a alguna imprevista complicación en las máquinas. Se están efectuando
intentos para corregirla. Posición...»
Masculló
un juramento por su poca memoria y volvió al cuarto de pilotaje para tomar la
lectura de las estrellas.
La
larga forma delgada de Blaustein acuchilló el aire mientras acababa su tarea;
el flaco y anguloso rostro estaba manchado de aceite y el cabello parecía más
alborotado que nunca.
—No
puedo encontrar nada —informó—. Lo comprobamos todo desde los puentes de
Whatstone hasta los computadores de problemas, abrimos la célula giromática...
nada parece estar mal. ¿Quieres que desmontemos pieza por pieza este enorme
cacharro...?
Langley
pareció meditar sobre aquello.
—No
—dijo por último—. Probémoslo primero, una vez más.
El
sólido y compacto Matsumoto entró; sonrió en su torno masticando su clásico
chicle y soltó algunas herejías que a él le parecían sumamente edificantes.
—Podría
ser que el cacharro tuviera sólo retortijones de tripas —dijo—. Cuanto más
complicada es la órbita mejor se desenvuelve... Hasta parece tener criterio
propio.
—Sí
—dijo Langley—. Un mecanismo brillante, dedicado por entero a tomar el pelo a
sus constructores.
Ya
tenía sus coordinaciones. La tabla astronómica le indicó la posición de la
Tierra y ajustó los mandos de la superimpulsión para que les sacara allí mismo,
aunque con el lógico remanente de posibles errores.
—Ataros
y poneros los sombreros, hermanos —recomendó.
No
hubo ninguna sensación mientras, maniobraba el conmutador principal. ¿Cómo
podía haberla, sin tiempo que involucrar? Pero, de repente, la chispita del Sol
fue un disco púrpura sucio mientras la pantalla se polarizaba para resistir su
fulgor.
—¡Hurra!
—exclamó Matsumoto—. ¡Honolulu, allá voy!
Un
escalofrío recorrió la columna vertebral de Langley.
—¡No...!
—dijo.
—¿Eh?
—¡Mira
el disco solar...! No es lo bastante grande. Deberíamos estar a una A.U. de él;
en la actualidad estamos aproximadamente a uno y un tercio.
—¡Bueno,
maldita sea! —exclamó Matsumoto.
Los
labios de Blaustein se contrajeron nerviosos.
—Teníamos...
creíamos tener el control hasta un punto en el que el error de llegada fuese
menor del uno por ciento. Lo comprobamos dentro del sistema del sol de Holat.
¿Por qué no puede funcionar bien, dentro de nuestro sistema solar?
—Me
preguntaba —el rostro de Matsumoto parecía pensativo—. ¿Nos estaremos acercando
de manera asíntota?
La
perspectiva de pasarse una eternidad viajando sin cesar, aproximándose siempre
progresivamente a la Tierra y no llegando nunca a alcanzarla era escalofriante.
Langley la desechó y volvió a tomar los instrumentos intentando centrarse a sí
mismo.
Se
hallaban en el plano eclíptico y una barrida con el telescopio a lo largo del
Zodíaco, sirvió para identificar inmediatamente a Júpiter. Luego, las tablas
indicaron la proximidad de Marte, y, asimismo, a Venus, en dirección opuesta...
Un
instante después, Langley dejó sus bártulos en el estante propio y distendió su
mirada en torno de sí, con expresión enérgica aunque enigmática.
—Las
posiciones planetarias no están bien —dijo—. Creo haber localizado a Marte...
pero... lo veo verde... es... es increíble, pero es así...
—¿Estás
borracho? —preguntó Blaustein.
—No
tengo tanta suerte —repuso Langley—. ¡Mírale tú mismo en el espectroscopio! Eso
es un disco planetario y, desde nuestra distancia del sol y su dirección, sólo
puede intercalarse la órbita de Marte... Pero este Marte no es rojo... sino
verde...
Permanecieron
sentados, completamente inmóviles.
—¿Opinas
algo, Saris? —preguntó Blaustein discretamente.
—Prefiero
no decir nada. —Aquella profunda voz sonó a algo calculadamente inexpresivo...
pero aquellos ojos... ¡tenían un brillo que revelaban una inteligencia que
estaba en acción!
—¡Al
infierno con todo! —de manera descuidada, Langley dirigió la nave cuarteando a
través de la órbita. El disco solar saltó en las pantallas.
—¡Tierra!
—susurró Blaustein emocionado—. ¡La reconocería en cualquier parte!
El
planeta pendía azul y brillando contra la noche, su luna, como una gota de oro
fresco. Las lágrimas asomaron a los ojos de Langley.
Volvióse
a inclinar sobre sus instrumentos, tomando posiciones. Se encontraban aún casi
a medio A.U. de su meta. Era tentador olvidarse de las condenadas máquinas y
volver a casa empleando los cohetes... pero eso exigirla mucho tiempo y Peggy
estaba esperando... Ajustó los controles para emerger a 500 millas de
distancia.
—¡Salto!
—Estamos
mucho más cerca —dijo Matsumoto—, pero no lo hemos conseguido todavía.
Por
un momento un iracundo sentimiento hacia la máquina se apoderó de Langley. Lo
reprimió sin embargo, y tomó sus instrumentos...
Esta
vez la distancia era de casi 45.000 millas. Otro cálculo. Este calculando el
movimiento de traslación del planeta. Mientras, el reloj llegaba al instante
que él había elegido: manipuló el conmutador.
—¡Lo
logramos! —exclamó.
Allí
estaba; un escudo gigante, casi totalmente velado por nubes, blasonado por las
manchas de sus continentes... una única estrella radiante en la que los
curvados océanos enfocaban la luz del sol. Los dedos de Langley parecían
trémulos, mientras tomaba los datos facilitados por el radar: El probable error
aquella vez no tenía importancia.
Los
cohetes vomitaron fuego, empujándoles hacia atrás en sus asientos, mientras
conducían el navío hacia adelante.
«Peggy...
Peggy... Peggy...», era como una canción dentro de él.
¿Era
chico o chica? Revivió como si hubiera ocurrido una hora antes, cómo habían
intentado encontrarle un nombre; no querían verse pillados de improviso cuando
el hombre trajese el impreso del registro de nacimientos... «¡Oh, Peggy!».
Entraron
en la atmósfera, demasiado impacientes para preocuparse de ahorrar combustible
describiendo una elipse de frenado, bajando hacia atrás sobre un chorro de
llamas. La nave rugió y atronó en su torno.
Al
poco, comenzaron a deslizarse en una larga espiral que les llevaría a describir
media circunferencia en torno al globo terráqueo, antes de aterrizar. Había un
austero rugir del aire exterior...
Langley
estaba demasiado ocupado pilotando para contemplar el paisaje, pero Blaustein,
Matsumoto e incluso Saris Hronna clavaron sus pupilas en las pantallas. Fue el
holatano el primero en hablar.
—¿Es
eso la ciudad de la que vosotros hablasteis tanto y que decís se llama Nueva
York?
—No...
ahora estamos sobre el Oriente Medio, creo —Blaustein miró hacia el firmamento
nocturno, poblado de centelleantes lucecitas—. ¿De todas maneras, qué es
esto...? —dijo, señalando un punto determinado.
—Hummm...
que me aspen... nunca vi ninguna ciudad en esta zona, lo bastante grande para
que se pudiese divisar sin telescopio —dijo Matsumoto—. ¿Ankara? Tal vez... La
noche allí debe ser extraordinariamente clara...
Pasaron
los minutos.
—Esos
son los Alpes —apuntó Blaustein—. ¿Veis cómo la luna los ilumina? Sólo... —de
pronto gritó—: ¡Bob! ¡sé condenadamente bien que allí no hay ninguna ciudad de
este tamaño!
—¡Dios!
Debe ser casi tan grande como Chicago. —Matsumoto hizo una pausa. Cuando volvió
a hablar, lo hizo en un tono profundo y extraño—, Jim, ¿has mirado bien a la
Tierra mientras nos acercábamos?
—Pues...
yo creo... ¡vamos...! sí... ¿por qué?
—¡Pss!
¡se me acaba de ocurrir! No he visto ningún casquete polar...
—¿Eh?
¡Oh...! ¡oh...!
—Recuerda,
¿quieres? Estábamos demasiado excitados para fijarnos en detallitos, pero
identifiqué perfectamente a Norteamérica. Tan claramente como te veo a tí, y...
debería de haber visto el casquete Polar Ártico... Lo he visto desde el espacio
un millón de veces... sólo que... ahora... había allí unas cuantas manchas
oscuras: islas, tal vez, pero nada de nieve. Nada en absoluto.
Silencio.
Luego
Blaustein dijo con voz áspera:
—¡Probad
la radio!
Cruzaban
Europa y ponían proa hacia el Atlántico, aun disminuyendo la velocidad, la
cabina parecía un horno. De vez en cuando, sobre las vastas aguas, surgían cual
joyas de luz, creadas por un artífice misterioso, ciudades flotantes, donde
nunca las había habido.
Matsumoto
manipuló concienzudamente los mandos del receptor. Unas palabras llegaron hasta
él... Una jerigonza sin ningún sentido... ¡Qué raro!
—¿Qué
diablos...? —murmuró—. ¿Qué clase de idioma es éste;..?
—No
es europeo, te lo aseguro —dijo Blaustein—. Ni siquiera ruso. Lo conozco lo
suficiente como para identificarlo... ¿Oriental? No creo...
—Ni
chino... ni japonés... Probaré en otra banda...
La
nave se decantó sobre Norteamérica hacia, el amanecer. Vieron como pasaba la
Costa. De vez en cuando, Langley manipulaba giróscopos y cohetes para controlar
el descenso. En su alma sentía una fría desolación. Y en su paladar un sabor
acre y desagradable.
El
idioma desconocido brotaba de todas las frecuencias. Abajo la tierra era verde,
pasaban raudos enormes trechos de campos y bosques. ¿Dónde estaban las ciudades
y los pueblos y las granjas, dónde estaban los caminos, dónde estaba el mundo?
Sin
puntos de referencia identificables, Langley trató de localizar el
espaciopuerto de Nuevo Méjico, que era su base. Estaba lo bastante alto como
para facilitar su objetividad, aun a través de las nubes errantes. Vio el
Mississipi y luego, lejos, creyó reconocer el Platte, y se orientó
maquinalmente.
Una
ciudad se deslizó abajo. Estaba demasiado lejos para reparar en detalles, pero
no se parecía a ninguna ciudad de las que él conocía. El árido desierto de
Nuevo Méjico se había vuelto verde, surcado con canales de riego...
—¿Qué
ha pasado? —dijo Blaustein como un hombre a quien le han golpeado el estómago—.
¿Qué ha pasado? ¡En nombre de Dios! ¿qué ha pasado?
Algo
apareció en su campo de visión; algo de estructura larga, acigarrada, parecía
compaginar su velocidad y órbita, con la velocidad del «Explorer» con
increíble eficiencia... En aquel objeto no se veían signos de motores a
reacción, ni cohetes, ni hélices, ni... nada. El objeto se aproximó más...
tenía el tripe de volumen del «Explorer» y Langley pudo ver en él una
serie de planas torretas como de artillería.
Pensó
vagamente en invasiones del espacio, monstruos de las estrellas arrollando y
transformando la Tierra en breve espacio de tiempo, en el horror de las
víctimas de aquella transformación... una tenue explosión y un reflejo
blanco-azulado que le lastimó los ojos, interrumpió sus evocaciones temerarias
y notó la vibración de una onda expansiva...
—¡Son
salvas de aviso! —reveló con voz helada— ¡será mejor que aterricemos!
Allí
abajo había un desparramado complejo de edificaciones y espacios abiertos;
parecía ser cemento. Negros moscones volaban en su torno y se veían altas
paredes rodeándolo todo. Langley alzó el morro del «Explorer» y lo hizo
bajar de popa hasta la superficie.
Cuando
cortó los cohetes, se produjo un silencio vibrante. Luego se desató del sillón
y se puso en pie.
Era
un hombre alto y allí plantado daba una impresión grisácea; uniforme gris, ojos
grises, cabello negro prematuramente listeado en gris, un rostro largo de
aquilina nariz, moreno por la luz de extraños soles. Y cuando habló, el tono de
su voz parecía emanar cadencias grises también.
—Vamos.
Tendremos que salir, para ver qué quieren... —decía, escuchándose a si mismo
como si fuese otro el que hablaba.
II
Lord
Brannoch Dhu Crombar, Almirante Terciado de la Flota. Alto Noble de Thor,
embajador de la liga de Alfa-Centauro en el Tecnicado Solar, no parecía un
dignatario de ninguna potencia civilizada.
Era
un gigante: dos metros de estatura, tan ancho de hombros que parecía casi
cuadrado. La melena amarilla de un capitán thoriano le caía pasado las orejas
en donde anillos enjoyados relucían sobre el imponente cuello; los ojos eran
azules y felices bajo un bosque de cejas y el rostro era torpe y pesado y
bronceado, surcado con viejas cicatrices. Su pijama era de corte centauriano,
completo con pantalones y en extremo coloreado; un cinturón de diamantes, en
forma de collar le rodeaba la garganta. También se le conocía como a un
deportista, cazador, duelista, poderoso don Juan y un fanfarrón matesiete con
insuperable conocimiento de los lugares más tenebrosos de media docena de
planetas. El apartamento que su enorme cuerpo parecía llenar por completo,
estaba atestado de color, y de trofeos, aunque apenas se descubría un libro en
las estanterías.
Todos
aquellos tapujos encajaban perfectamente bien con su carácter, pero ellos
también mantenían una especie de tapadillo para uno de los cerebros más agudos
del universo conocido. Podría haberse observado que la bebida en su mano,
mientras descansaba en la terraza, no era el aguardiente rascatripas de su
planeta natal, sino uno de los mejores vinos venusianos, que ingería
deleitándose en cada uno de los sorbos como un verdadero entendido en aquella
clase de licor especial. Pero no había nadie para advertirlo, excepto cuatro
monstruos en un tanque y a ellos no les importaba.
El
sol de la mañana caía sobre él, haciendo relucir las espiras airosas y los
puentes flexibles de Lora contra un cielo sereno. El era, como correspondía a
su rango, habitante de los niveles sociales superiores de la ciudad. Su voz le
llegaba en un susurro, era la remota canción de las máquinas que constituían el
corazón el cerebro y el nervio y el músculo. En un solo punto de su alcance
visual, estaba el punto final de la armonía metálica y plástica, en donde la
ciudad se cortaba como un acantilado a mil doscientos metros de altura con
respecto a los parques que la rodeaban. Las pocas figuras humanas que se velan
en las rampas y en los puentes eran como hormigas, casi invisibles desde
aquella distancia. Un robot de servicio pasaba rodando junto a ellas, ligado a
algún trabajo demasiado complejo para un esclavo meramente humano.
Brannoch
se sentía relajado y feliz. Las cosas iban bien. Sus fuentes de información
estaban operando tranquilamente y con eficiencia. Ya sabía mucho acerca del sol
que le sería valioso cuando comenzase la guerra. Había capturado un dragón en
la reserva africana del ministro Tanarae; ganó considerablemente la última vez
que visitó el casino lunar; se había comprado una chica muy a la medida de su
gusto hacía pocos días; la última nave correo de Centauro informaba que sus
estados de Feyja iban a verse regalados con una cosecha increíble... claro, las
noticias tenían más de cuatro años de antigüedad, pero fueron bienvenidas. En
la vida podría haber cosas peores...
El
zumbido discreto de un rebozono interrumpió sus reflexiones. Demasiado perezoso
para levantarse, condujo el sillón hacia el aparato. Alguien que sabía su
numero, especial y altamente particular lo llamaba, pero podían ser muchas
personas. Accionó el conmutador y una voz familiar y un rostro se le opusieron.
El que llamaba se inclinó ritualmente, tapándose los ojos y dijo con humildad.
—Milord,
se solicita audiencia de vos.
—¿Ahora?
—preguntó Brannoch.
—De
inmediato, milord, o cuando más convenga...
Había
un tartamudeo que podía tomarse por el nerviosismo lógico de un inferior ante
tan augusta presencia, por si acaso era una intromisión en aquella línea
particular cosa que Brannoch sabía muy bien que sí lo era. En la actualidad, la
costumbre de repetir consonantes era también un santo y seña para
identificación. Aquel era Varis Tu Hayem, un mezquino ministro y capitán del
cuerpo de Inteligencia Militecnico Solar, vestido con ropas civiles y portando
una mascara vital. No se presentaría en persona a menos que fuese algo
importante. Brannoch le hizo pasar por la rutina de dar su presunto nombre y su
asunto, y le dijo que subiese; luego cortó el circuito. Sólo entonces se
permitió fruncir el ceño.
Levantándose
realizó una cuidadosa revisión de las armas robot y del fusil secreto bajo su
propia túnica. Podía ser un intento de asesinato, si los contraespías de
Chanthavar habían aprendido lo bastante. O podía...
Pensó
en el mundo que rodeaba a Tu Hayem y una sonrisa triste semicompasiva apareció
en su boca. Era fácil, terriblemente fácil destruir a un hombre.
Uno
conocía a aquel orgulloso y ambicioso aristócrata, cuya única falta real era la
juventud y la inexperiencia en un par de recepciones, se la arrancaba, oh,
sencillo, sencillo, con el brillo del propio nacimiento y el respaldo del
rango. Los agentes en su cuerpo de guardia conseguían el registro psicológico
para uno y uno decidirla que era material prometedor. Así que le cultivaba, no
mucho, pero incluso una pequeña atención del agente de una potencia extranjera
era abrumadora si uno era un Alto Noble, un almirante y un embajador. Se le
colocaban un par o dos de cables. Se le presentaba a personas de alto vuelo,
alegres nobles de cada estado conocido, a sus magníficas mujeres, se le
introducía en la conversación cultivada y en los espléndidos hogares y se le
enseñaba a degustar vinos raros. Uno le daba la idea de que estaba escuchando a
la puerta para planear que es lo que sacudiría las estrellas...
Naturalmente
él hacía algunos favores para uno, sin nada que violase su juramento, sólo
empujando las cositas un poco por aquí y un poco por allá.
Uno
le llevaba a casas de placer que funcionaban con verdadera imaginación. Uno le
hacía jugar y al principio le ganaba increíbles sumas. Luego uno le obligaba al
asesinato.
En
pocos días su fortuna había desaparecido, el ambicioso estaba hundido en un año
de luz de deudas, sus superiores comenzaban a recelar de él por causa de la
asociación con uno, sus acreedores (que eran criaturas de uno, aún que él no lo
sabía) embargaban y atacaban la propiedad y esposa... si uno la tenía y durante
tres años, ahora, él se había convertido en tu espía dentro de su propio
cuerpo, porque sólo tú y tu organización te mantenías arriba y porque incluso
una pequeña ilegalidad preparada y creada por ti te hacia posible chantajearle.
Algún día, si quedaba algo realmente valioso, incluso podías comprarles su
esposa (con quien él estaba tan loco como para creerse enamorado) y
devolvérsela... prestarla, por lo menos, aunque con ciertas condiciones.
Muy
fácil. Brannoch no tenía placer ni dolor en hacer una herramienta de lo que
había sido un hombre. Era parte de su tarea; y si tenía algún sentimiento
acerca de sus hombres rotos, era de desdén, al pensar que habían sido tan
fácilmente asequibles.
La
puerta exterior de la habitación inspeccionó las huellas digitales de Hayem y
puso en marcha el mecanismo que le iba a dejar pasar. Entró y se inclinó según
las fórmulas adecuadas. Brannoch le invitó a sentarse.
—¿Y
bien? —dijo.
—Muy
radiante señor, tengo información que puede seros de interés. Pensé que era
mejor traérosla personalmente.
Brannoch
esperaba. El falso rostro ante él se retorcía con una ansiedad que parecía
patética.
—Milord,
yo estoy como vos sabéis destinado al Campo Mesko. Anteayer, una nave extraña
entro en la atmósfera de la Tierra y fue obligada a aterrizar allí. —Tu Hayem
se buscó en su túnica y sacó un carrete que colocó en un magnetofón especial.
Sus manos temblaban—. He aquí una imagen, de ella...
Su
magnetofón proyectó una imagen tridimensional por encima de la mesa. Brannoch
emitió un ruido.
—¡Rayos
y truenos! ¿Qué clase de navío es ese?
—Increíblemente
arcaico Milord. Mirad, incluso utiliza cohetes... una pila de uranio fisionable
para la alergia, la masa expelida en forma de reacción e ionizada.
Brannoch
aumentó la imagen y la examinó.
—Hum,
sí. ¿De dónde viene?
—No
lo se, milord. Hicimos la pregunta al propio Technon, sección de registros, y
nos dijo que el diseño es de los primeros días del viaje espacial, mucho antes
que el control gravitacional fuese descubierto. Posiblemente de una de las más
viejas colonias perdidas.
—¡Hum!
Entonces la tripulación debía haber sido de proscritos. No comprendo que haya
exploradores que partan sabiendo que no volverán hasta dentro de miles de años.
¿Qué hay de la tripulación? —Brannoch giró el mando y la siguiente imagen fue
de tres seres humanos con un extraño uniforme gris, recién afeitados el cabello
corto al estilo de los ministros solares—. ¿Es eso todo?
—No,
milord. Si eso fuese todo, no habría considerado tan importante el negocio.
Pero había un ser no humano con ellos, de raza desconocida pava cualquiera
incluyendo la sección de registro. Tenemos una imagen, tomada con
apresuramiento.
El
ser extraño aparecía corriendo. Era una gran bestia: dos metros y medio de
largo incluyendo la gruesa cola, bípedo, con una andadura inclinada hacia
adelante, todos los brazos musculares terminando en manos de cuatro dedos.
Podía verse que era macho y presumiblemente mamífero; por lo menos estaba
cubierto con una piel lisa color caoba. La cabeza era especial: redonda, con
una nariz torpe, las orejas altas, patillas y bigote en torno a la boca y por
encima de los ojos grandes y amarillos.
—Milord
—dijo Tu Hayem en casi un susurro—, nada más salir fueron arrestados durante la
investigación. De repente el ser extraño trató de escapar. Es más fuerte que un
ser humano, derribó tres hombres que se le interpusieron en el camino, se movió
más de prisa de lo que uno pueda pensar. Los fusiles anestésicos abrieron fuego
sobre él... pero, mejor dicho, debieron abrir fuego, pero no lo hicieron. ¡No
pudieron disparar! Le lancé un disparo con mi detonador manual y el circuito
estaba estropeado... nada ocurrió. Otros varios padecieron de lo mismo. Se
disparó contra él una cápsula pequeña robot... y estalló. Un explorador aéreo
pilotado trató de pasar cerca, pero sus armas no funcionaban; los circuitos de
control estaban apagados, estropeados y al quererlos hacer funcionar estallaron
también. Las puertas más próximas estaban cerradas pero se abrieron para
dejarle paso cuando el ser extraño se acercó. Un hombre de las proximidades le
enfocó un trazador neurálgico sobre él mientras se metía en los bosques, pero
no funcionó hasta que el fugitivo estaba fuera de alcance. Desde entonces,
hemos tratado de hallar su rastro. Hay patrullas por todo el distrito, pero no
se encuentra señal de él. ¡Milord, eso no parece posible!
El
rostro de Brannoch parecía haber sido esculpido en madera oscura.
—Así
—murmuró. Sus ojos descansaron en la imagen en movimiento del ser extraño—
También completamente desnudo. Sin armas, ni artefactos. ¿Se ha calculado el
alcance de sus... potencias?
—Poco
más o menos 500 metros, milord. Esa fue aproximadamente la distancia dentro de
la que nuestros aparatos fallaron. Avanzó demasiado de prisa en busca de la
libertad para que las armas de largo alcance pudieran apuntarse en su dirección
en espacio de breves segundos.
—¿Qué
hay de los seres humanos?
—Parecieron
tan sorprendidos como nosotros, milord. No llevaban armas y no hicieron el
menor gesto de resistencia. Su idioma es desconocido. De momento están bajo
estudio psiquiátrico, que imagino incluirá un curso de idioma Solar y no tengo
acceso a ellos. Pero la sección de registros les dice, según los documentos de
a bordo, que el lengua es... —Tu Hayem registró en su memoria—. «Americano
antiguo...» Los documentos están siendo traducidos, pero no se me ha dicho lo
que se ha descubierto.
«Americano antiguo!», pensó Brannoch. «¿Cuan vieja será esa
nave, de todas maneras?»
—¿Qué
otro material tienes? —dijo en alta voz.
—Copias
de todos los documentos, fotografías y cuanto se encontró a bordo, milord.
No... no fue fácil conseguirlo.
Brannoch
gruñó indiferente.
—¿Es
eso todo?
Hayem
se quedó boquiabierto.
—¿Todo,
milord? ¿Qué otra cosa puedo hacer?
—Mucho
—dijo tajante Brannoch—. Entre otras cosas, quiero un informe completo de lo
que se ha hallado en los interrogatorios, preferiblemente una trascripción
directa. También la distribución exacta hecha de este caso, boletines diarios
del progreso en la casa del ser extraño... sí, mucho.
—Milord,
no tengo autoridad para...
Brannoch
le dio un nombre y una dirección.
—Ve
a este amigo y explícale el problema... en seguida. El te dirá cómo ponerte en
contacto en el campo de aterrizaje y cómo aplicar las presiones adecuadas.
—Milord.
—Tu Hayem se frotó las manos nervioso—. Pienso que quizás, milord... vos
sabéis... mi esposa...
—Pagaré
un buen precio por este material, reduciéndolo de tus deudas —dijo Brannoch—.
Si resulta ser de algún valor, pensaré en alguna prima. Puedes irte.
En
silencio Tu Hayem se inclinó y retrocedió.
Brannoch
se sentó inmóvil durante un rato después de que el visitante se hubo ido y
luego repasó las series de fotos inmóviles. Eran buenas, claras, página tras
página de lo escrito en un lenguaje cuyo mismo alfabeto le era desconocido. He
de hacer traducir esto, pensó, y entonces se acordó del nombre de un
escolar que lo haría y mantendría al mismo tiempo la boca cerrada.
Permaneció
sin hacer nada un poco más, luego se levantó y se dirigió a la pared del Norte
de la habitación. Parecía ser un dibujo movible, muy convencional; pero tras él
había un tanque de hidrógeno, metano, y amoníaco a una presión de mil
atmósferas y a menos de ciento un grados de temperatura y había también un
aparato visual y sonoro.
—¡Hola,
vosotros thrymkanos! —dijo vivaz—. ¿Estábals vigilando?
—Lo
estaba —dijo la voz mecánica. Brannoch no sabía si había sido Thrymka 1, 2, 3 ó
4, quien habló, pero tampoco importaba—. Ahora estamos todos eslabonados.
—¿Qué
pensáis?
—En
apariencia, es eso lo extraño, tiene poderes teleketicos —dijeron los monstruos
sin emocionarse—. Creemos que deben ser simples emanaciones
supererelectrónicas, porque se advierte que todo lo que controlaba o desarmaba
envolvía tubos electrónicos. Sólo una pequeña cantidad de energía telekenética
sería necesaria para dirigir las corrientes en el vacío como él deseó y así
apoderarse del el núcleo del mecanismo. Con muchas probabilidades. Eso
significa que es telepático hasta el grado máximo; sensitivo a los usos
eléctricos y neurales y capaz de inducir tales corrientes en el sistema
nervioso de los demás. Sin embargo, apenas pudo leer en las mentes de sus
guardias. Así, su acción fue, con toda probabilidad, la precisa para permanecer
libre hasta que pudiese evaluar su situación. Pero lo que entonces hará es
imprevisible, hasta que conozcamos más su psicología.
—Sí.
Eso es lo que, pensé también —dijo Brannoch—. ¿Qué hay de la nave...?, ¿alguna
deducción?
—No...
La comprobación tendrá que llevarse a efecto después de que esos documentos
sean traducidos, pero parece probable que la nave no viene de ninguna
colonización ignorada, sino de la propia Tierra... del repasado remoto. En el
curso de sus vagabundeos, debía tocar, por casualidad, el planeta de este ser
extraño, y se lo llevó consigo, cautivo... o por su propia voluntad. La
distancia de dicho planeta, depende de la edad de la nave, pero puesto que, por
su estructura, parece remontarse a unos 5.000 años, el planeta no puede estar a
mas de 2.500 años luz de distancia... —aseguró. categóricamente.
—Bastante
lejos —comentó Brannoch—. El Universo conocido sólo llega hasta un par de
cientos de años luz... ¿no es así?
Dio
una vuelta por la habitación, sin esperar respuesta a su pregunta con las manos
crispadas a su espalda.
—Dudo
que los seres humanos importen... —dijo—. En especial si proceden en verdad de
la Tierra; entonces constituyen sólo un dato de interés histórico... Pero...
este ser extraño... Este control electrónico... estos efectos... todo esto
constituye una forma desconocida... un fenómeno nuevo... ¡Vaya instrumento!
—sus ojos llamearon—. ¡Desbaratar los cañones del adversario e, incluso,
volverlos contra sus manipuladores... e incapacitar al propio Technon...!
—El
mismo pensamiento ha debido, sin duda, ocurrírsele a las autoridades Solares
—comento el Thrymkano.
—¡Aja!
Por eso es por lo que apremian con tanto ahínco la captura. Si ellos no le
capturan, esos amigos suyos humanos puede que sepan cómo hacerlo. Y aún
suponiendo que ellos lo capturasen, quizá pueda sentirse influenciado por las
impresiones de sus compañeros de tripulación. Lo que transforma a esos
mequetrefes en seres de más importancia de lo que habíamos pensado. —Brannoch
hurgó en el suelo con la punta del pie, mientras meditaba sobre aquella
posibilidad.
De
pronto, se sintió muy solo. Tenía junto a él a sus ayudantes, su Cuerpo de
Guardia, sus agentes, su red de espías... pero... eran muy pocos comparados con
los billones de hostiles de Sol... Se necesitarían casi cuatro años y medio
para enviar un mensaje a la patria; tardaría otro tanto en llegar a la flota.
Una
imagen aguda se alzó ante él, evocándole su casa; las escarpadas y ventosas
montañas de Thor, los cielos borrascosos, el calor, el bosque y las anchas y
rubias llanuras, los mares grises, creciendo bajo la marea producida por las
tres lunas. Recordó el palacio de sus antecesores, piedra y madera
extendiéndose regiamente hasta ahumadas vigas y antiguas banderas y blasones,
sus caballos y sus perros y la larga y prolongada emoción de la caza. El amor,
y añoranza hacia su planeta le producía un dolor dentro de su pecho, tan
profundo como si de la amputación de algún miembro o de alguna víscera vital se
tratase.
Pero
su misión era gobernar y el camino de los reyes es árido. También —y aquí
sonrió—, sería divertido saquear la Tierra, llegado el momento... ¡Aquello le
resarciría de sus renunciaciones y sacrificios...! ¡Estaba seguro...! Casi iba
a emitir una carcajada, cuando se contuvo...
Su
misión de repente se había estrechado.
¡Tenía
que conseguir a aquel ser extraño, para Centauro! Así, los científicos de su
patria podrían estudiar aquel poder y aplicarlo a una misión militar... Si
fracasaba, tenía que evitar que Sol intentase lo mismo... y, sobre todo, que
triunfara... matando a la rara criatura, si era preciso...
Desistió
de unirse a la caza, con sus propios agentes: sería demasiado arriesgado, y
también habría muy poca posibilidad de triunfo... ¡No!, sería mejor trabajar
por mediación de aquellos prisioneros humanos... ¡Sí!, ¡eso sería más
sensato...!
Pero...
¿qué forma de presión podría ejercer sobre aquellos hombres, cuya generación
estaba enterrada desde hacia 5.000 años?
Volviendo
al magnetofón estéreo de imágenes, volvió a instalar el carrete. Algunos de los
marcos mostraban fotografías y otros objetos, que podían ser de utilidad...
Dentro del navío, desde luego. Sin embargo, le llamó la atención la fotografía
de una mujer, que le pareció tan excelente como para ser conseguida...
Se
le ocurrió una idea: Volvió a la galería, cogió un vaso de vino y brindó por la
mañana, con una breve sonrisa... Si. ¡Sería un día estupendo!
III
Langley se incorporó, sentándose y con un
respingo, miró en torno suyo. Estaba solo. Durante un momento, permaneció muy
quieto, pensando y evocando en lo que había ocurrido... Todo era demasiado
abrumador y trepidante, para ser considerado bajo un solo aspecto, o sacando
una sola conclusión.
La
Tierra, alterada hasta hacerse casi irreconocible: sin casquetes polares, los
mares surcando millas y millas de tierra en cada playa, ciudades transformadas,
lenguajes desconocidos, hombres extraños... Había una sola respuesta, pero la
evitó temiendo acertar y casi dominado por el pánico...
Bastaba
también lo del aterrizaje y la asombrosa fuga de Saris Hronna... ¿Por qué?,
luego cuando él y sus compañeros fueron separados había hombres de azul que le
hablaban en una habitación llena de máquinas enigmáticas que chirriaban y daban
chasquidos y se iluminaban y apagaban alternativamente. Una de esas fue puesta
en funcionamiento con un interruptor y siguió en plena oscuridad. Más allá de
aquello, había sólo una confusión como de sueños, de voces a medio recordar. Y
ahora estaba despierto y desnudo y solo.
Lentamente
miró a la celda. Era pequeña, desnuda, excepto la cama y el lavabo, que parecía
salir del suelo verde, suave, como de caucho... Había también la reja de un
pequeño ventilador en la pared, pero no se veía ninguna puerta.
Se
descubrió temblando y procuró controlar sus nervios. Quería llorar, pero dentro
de él había un seco vacío.
Peggy, pensó.
Por lo menos, podían haberme dejado tu retrato... Es todo lo que tendría
ahora... pero ni esto... sólo tu recuerdo...
Una
rendija apareció en la pared más lejana, dilatándose hasta que se convirtió en
el umbral de una puerta y tres hombres entraron. El sobresalto que hizo que
Langley se pusiese rígido, sirvió para calibrar lo tensos que estaban sus
nervios.
Se
arrellanó otra vez, tratando de captar en su mente los detalles del aspecto de
aquellos desconocidos. De todas maneras, era difícil. Eran de otra
civilización; vestidos, cuerpos, y sus mismas expresiones. Eran algo nuevo.
Dos
eran gigantes, casi dos metros de alto o más, sus cuerpos musculosos arropados
en un ajustado uniforme negro, sus cabezas afeitadas. Le costó un poco darse
cuenta de que ambos rostros, bronceados, eran idénticos. ¿Gemelos?
El
tercero era un poco más alto de lo normal, ligero y casi imposible. Vestido con
una blanca túnica, una capa azul oscuro, suaves sandalias en sus pies y poca
cosa más. Pero el emblema que ostentaba en su pecho, un sol radiante con un
ojo, era la misma que llevaban los dos hombretones detrás de él. Tenía también
su pigmentación bronceada, lisa, y altos pómulos, ojos lánguidos y rasgados.
Pero su cabello liso y negro, estaba peinado sobre su cráneo redondo y su
rostro era bello: amplia frente, ojos oscuros y brillantes, nariz algo
respingona, fuerte y enérgica mandíbula, boca desarrollada. Y sobre toda una
eficiente actividad.
Los
tres llevaban armas en el costado dentro de sus fundas.
Langley
tuvo un sentido de desamparo y degradación al verse desnudo ante ellos. Trató
de adoptar una expresión inexpresiva y un aspecto tranquilo, pero dudó de
haberlo logrado. Había un nudo de incontenible pena en su alma que le obligaba
a hacer un esfuerzo sobrehumano para contener el sollozo que pugnaba por salir
de su garganta y las lágrimas que nublaban sus ojos.
El
jefe inclinó la cabeza ligeramente.
—¿Capitán
Edward Langley? —dijo, pronunciándolo con un acento pesado. Su voz era baja,
resonante, como procedente de un instrumento fantásticamente controlado.
—Si...
—Supongo
que eso significa sya —el desconocido hablaba la lengua extraña y
Langley la comprendía como si fuese la suya propia. Era un lenguaje de tonos
altos, cortado, lleno de inflexiones; pero de una gramática simple y lógica.
Entres
otras cosas, Langley sintió únicamente una vaga sorpresa ante su propio
conocimiento, un cierto alivio de no tener que estudiar.
—Permítame
que me presente yo mismo. Soy el ministro Chanthavar Tang vo Lurin, jefe de
campo operativo del cuerpo de inteligencia militécnica Solar... y... espero ser
su amigo...
—Gracias
señor —le respondió Langley un poco crispado.
—Tiene
que perdonar la falta de tacto con que podamos habernos comportado —dijo
Chanthavar con una sonrisa bastante singular—. Sus camaradas están sanos y
salvos y usted pronto se reunirá con ellos. Sin embargo, como hombre espacial,
se dará usted cuenta de que no podemos correr riesgos... De hecho es un
completo desconocido... Desearíamos conocerle... Esto facilitaría las cosas...
Hizo
un gesto a uno de los guardias, que depositó un juego de trajes en la cama. Era
parecido al que llevaba Chanthavar, a pesar de que le faltaban el símbolo
militar y la estrella de joyas que ostentaba en el pecho.
—Si
quiere ponerse esto, capitán... es el traje propio de los nacidos libres y me
temo que se sentiría usted bastante conspicuo en el suyo propio...
Langley
obedeció.
El
material era suave y confortable. Chanthavar explicole cómo cerrar las
aberturas, que parecían ser una especie de perfeccionada cremallera. Luego se
sentó admirablemente en la cama, haciendo gestos a Langley para que se le
uniese. Los guardias permanecieron rígidos junto a la puerta.
—¿Sabe
usted qué le pasó? —preguntó.
—Pues...
eso creo —dijo Langley con torpeza.
—Siento
decírselo —la voz de Chanthavar era gentil—. Hemos traducido su diario de a
bordo, así que sabemos que usted no se dio cuenta de cómo actualmente funciona
la super impulsión. Es curioso que no lo supiese y que, sin embargo, hayan
podido construir un aparato de éstos.
—Hay
una teoría bastante adecuada —dijo Langley—. Según ella, la nave saltó a través
del hiperespacio.
—No
hay tal cosa. Su teoría estaba equivocada, como debió haberse descubierto muy
pronto. En la actualidad, una nave se construye bajo un molde ondular,
reelaborándola o reproduciéndola nuevamente en el punto de destino. Sólo es
cuestión de ajustar las vibraciones de la onda electromagnética, de modo que
reconstruyan el original en otro punto del espacio... o tiempo... Eso o algo
así me han dicho los especialistas. Yo, no pudiendo comprender las
matemáticas... no puedo expresarme correctamente, pero... es algo de eso que le
he referido, hay... cualquier observador externo, sabe que el viaje sólo se
hace aprovechando la velocidad de la luz. No se ha podido encontrar mejor
técnica y dudo que ésta llegue a superarse. La estrella más próxima, Alfa
Centauro, esta todavía a cuatro años y medio de distancia.
—Nosotros
habríamos sabido eso —dijo Langley con amargura—, a no ser por los jaleos que
tuvimos, al calcular la posición espacial. Esto nos llevó mucho tiempo hasta
comprobar los defectos de nuestros cohetes de prueba con los que descubrimos
que no teníamos modo de observar si un tiempo finito de pasaje había pasado de
largo. En mi propio viaje, el retardo temporal se perdió en la incertidumbre de
las posiciones exactas estelares. No me extraña que tuviéramos tantas
dificultades en acercarnos a la Tierra cuando volvíamos a casa... ¡A casa!
—estalló en un sollozo—. Cruzamos un total de cinco mil años de luz. Así que
deben haber pasado tantos años terrestres, como años luz que nosotros
recorrimos para volver.
Chanthavar
asintió silenciosamente.
—¿Qué
ocurrió durante todo ese tiempo? —pregunto cansino, Langley.
Chanthavar
se encogió de hombros.
—Lo
de siempre. Superpoblación, desaparición de los recursos naturales, guerra,
hambre, plagas, pestilencias, despoblación, colapso y, luego, otra vez a
empezar el ciclo. No creo que encuentre usted a la gente muy diferente hoy.
—¿No
podrían enseñarme...?
—¿Cómo?
¿El idioma? No muy bien. Eso ha sido un proceso hipnótico rutinario,
completamente automático y que no interesaba los altos centros que rigen el
cerebro... También se le interrogó en ese estado. Pero en cuanto a un
aprendizaje más complejo, es mejor hacerlo de manera natural y progresiva.
Había
en la sorprendida indiferencia de Langley un cierto aire de cansancio. Se
apartó de él tratando de enfocar su mente hacia los detalles... en cualquier
detalle, aunque fuese superficial...
—¿Qué
clase de mundo es éste de ahora? ¿Qué puedo hacer yo en él?
Chanthavar
se inclinó hacia delante, apoyó los dedos en sus rodillas, mirando de reojo al
joven, Langley se obligó a sí mismo a prestarle atención.
—¡Veamos...!
La emigración interestelar comenzó en sus tiempos... no muy extensa al
principio, por causas de las limitaciones de la superimpulsión y de la relativa
escasez de planetas habitables. Durante los últimos periodos de dificultades,
hubieron exploraciones con éxito, con mucho movimiento emigrante. Pero la mayor
parte de «los que se iban» eran desahuciados de la sociedad y seres corrompidos
que buscaban poner mucha distancia del Sol para no ser encontrados. En su
mayoría, lo consiguieron y se perdieron, tanto, que ni siquiera hallamos
rastros de ellos. Presumimos que hay muchas colonias nuestras perdidas,
desparramadas a través de la galaxia y que, algunas de ellas, deben de haber
evolucionado fructificando en civilizaciones inteligentes. Pero ni en el
Universo que conocemos; actualmente, apenas tenemos noticias de ellos ni
siquiera, un contacto superfluo, puesto que sólo llegamos en nuestra tarea de
investigación a un par de cientos de años luz... ¿Quién puede tener noción de
lo que hay más allá...?
«Sí...
Veamos, creo que fue la guerra mundial número 28, la que redujo el sistema
Solar casi a la barbarie y barrió las colonias más próximas de las estrellas
más próximas. La reconstrucción llevó bastante tiempo, pero hace unos 2.000
años, que el sistema solar se unificó, bajo el Tecnicado, y éste Tecnicado ha
logrado bastante. La colonización se reanudó, con la idea de mantener a los
colonizadores bastante cerca de la patria y, así, por tanto, tenerlos bajo
control, mientras que la emigración sería una válvula de seguridad para
desembarazarse de aquellos que no ajustaban bien a los nuevos sistemas de
gobierno.
»Claro,
no dio resultado. Las distancias son todavía demasiado grandes; los diferentes
medios ambientales inevitablemente producen distintas civilizaciones, distintos
modos de vivir y de pensar... Casi hace mil años, las colonias se
independizaron y, después de una guerra, tuvo que reconocérsele su derecho a
ser libres. Hay casi una docena de tales estados ahora con los que tenemos
buenos contactos... la liga de Alfa Centauro es, con mucho, el más poderoso de
ellos.
»Si
quiere saber más acerca de las condiciones del espacio exterior, puedo hablar
con algún miembro de la sociedad comercial. En el presente, sin embargo, yo en
su lugar no me molestaría, hasta que esté más instruido sobre la evolución de
la vida en la moderna Tierra.
—Sí,
¿y qué hay de eso? —preguntó Langley— ¿Qué es de todos modos este sistema
técnico...?
—El
Tecnicado es meramente un computador gigante socialmatemático que se alimenta
con todos los datos posibles, sin solución de continuidad, con la intervención
de todas las agencias, y que toma las decisiones políticas básicas, una vez
examina dichos datos. Una máquina es menos falible, menos egoísta, menos capaz
de ser sobornada, que un hombre. —Chanthavar sonrió—. También, ahorra a los
hombres el trabajo de pensar por si mismos. No es bueno pensar...
—Tuve
la impresión de que se trataba de una aristocracia...
—¡Oh!
bueno, si quieres llamarle así. Alguien, tiene que aceptar la responsabilidad
de hacer que se ejecuten las políticas del Tecnicado y que se tomen las
pequeñas decisiones cotidianas. La casa de los ministros existe para ese
propósito. Bajo ellos están los comuneros. Es hereditario, pero no tan rígido
que gentes salidas de los comuneros sean elevados hasta el ministeriado.
—De
donde yo vengo —dijo Langley despacio—, aprendimos que dejar la jefatura al
azar..., y la herencia, lo es, podría ser, arriesgado.
—Eso
no nos preocupa hoy día. Ya le dije que tenemos ingenieros genéticos.
—¿Qué
podemos... mis amigos y yo... hacer? —Langley se sintió un poco enojado por la
tensión de su voz.
—Su
estado civil está un poco fuera de lo corriente, ¿verdad? Me han nombrado a mí
su patrón, y usted tendrá una especie de rango ministerial con fondos para los
gastos propios de aquí en adelante. A propósito: nada de caridad. El Tecnicado
tiene una caza especial para los detalles imprevistos y usted están aquí
clasificados como un detalle imprevisto. Eventualmente, trabajaremos para
prepararles «algo», pero no se preocupe sobre lo de ser enviado a los
comuneros. Si no ocurre nada más, su conocimiento del pasado va a hacer de
ustedes los favoritos de los historiadores durante el resto de sus vidas.
Langley
asintió. No parecía importarle mucho, de un modo u otro, Peggy estaba muerta...
jamás la volvería a ver... Y el niño era polvo... y sus amigos eran polvo... y
su nación era polvo...
Inclinó
la cabeza y quiso llorar, pero habían demasiados ojos fijos en él.
—Hay
una cosa en la que usted podría ayudadme ahora mismo —dijo Chanthavar—. Es el
motivo por el que vine aquí, en vez de hacerle venir a mi despacho. Tenemos más
intimidad en su habitación.
Langley
se mojó los labios, recordando los besos de Peggy, cincuenta siglos antes.
—Se
trata de ese ser extraño que les acompañaba... Saris Hronna. ¿No era ese el
nombre que le dieron ustedes?
—Poco
más o menos. ¿Qué hay de él?
—Se
escapó, ya lo sabe. Todavía no lo hemos encontrado. ¿Es peligroso?
—No
lo creo a menos que se enoje. Los de su raza tienen un agudo instinto de la
caza, pero por otra parte son pacíficos, y nos trataron como grandes amigos.
Saris vino para ver la Tierra y como una especie de embajador. Creo que se ha
marchado hasta poder hacerse una idea de la situación. Debió de prever la
posibilidad de ser encarcelado.
—Puede
controlar las corrientes electromagnéticas. ¿Lo sabía usted?
—Claro.
Al principio, también nos sorprendió. Su raza no es telepática en el sentido
usual, pero son insensibles a las corrientes neurálgicas, en especial a las
emociones, y sin embargo, pueden proyectarlas. No sé, en realidad, si son
capaces de leer la mente humana o no...
—Tendremos
que descubrirlo —dijo Chanthavar—. ¿Tiene usted alguna idea de dónde podría
estar... ¿qué podría hacer?
—Tendré...
tendré que pensarlo. Pero estoy seguro que no es peligroso. —Langley estaba
maravillado. Conocía muy poco acerca de la mente holatana. No era corriente.
—Tenga
usted en cuenta que su planeta está a unos mil años de luz del Sol. Y es
desconocido para nosotros, claro. No tenemos intención de hacer a ese ser
extraño ningún daño, pero es preciso que le localicemos.
Langley
levantó la vista. Bajo la móvil y sonriente máscara de su rostro Chanthavar
parecía casi febril. Había un brillo de ansiedad en sus ojos.
—¿Por
qué tanta prisa? —preguntó el viajero espacial.
—Por
varias cosas. Principalmente, la posibilidad de que pueda portar consigo algún
germen contra el que los hombres no tengan inmunidad. Hemos tenido
complicaciones de esta índole con anterioridad.
—Estuvimos
en Holat durante un par de meses... ¡Jamás estuve más sano en mi vida...!
—¡No
importa!, tiene que ser analizado. Además. ¿Cómo va a vivir, si no es robando?
Tampoco podemos consentir eso. ¿No tiene usted la menor idea de dónde ha podido
ir? Langley sacudió la cabeza.
—Lo
pensaré con detenimiento —dijo precavido—. Quizá pueda encontrar una respuesta,
pero no le prometo nada.
—Bueno
—dijo Chanthavar casi de mal humor—, con eso bastará por ahora, ¡Vamos!,
¡comeremos un poco!
Se
levantó, Langley le siguió hacia fuera y los dos guardias caminaron detrás. El
hombre del espacio prestó poca atención a los pasillos y a los ascensores
antigravitatorios por los que pasó. Estaba abrumado por su propia desolación.
IV
Había
oscuridad en torno a Saris Hronna.
Un
húmedo viento soplaba procedente del canal, transportando con él un millar de
aromas extraños. La noche estaba llena de posibilidades tenebrosas.
Yacía
entre los sembrados y el barro de la ribera del canal, con el vientre aplastado
contra la tierra y escuchando a aquellos que le perseguían...
Todavía
no había salido la luna, pero las estrellas eran claras. Un creciente
resplandor en el horizonte le indicó que allí había una ciudad. Miro hacia
abajo, la línea recta del canal, las ordenadas filas de cereal cuyas espigas el
viento agitaba, marchando de horizonte a horizonte, al bulto redondeado de la
oscura choza de alguien, a unos cinco kilómetros. Por las aletas de la nariz
respiró un aire fresco y saturado de ráfagas de vida de vegetación, de paz...
Oyó el lento batir de alas de un pájaro lejano, el zumbido increíblemente débil
de una aeronave, a muchos kilómetros por encima de su cabeza. Sus nervios
recorrieron nuevos remolinos y las pulsaciones de otros nervios, de otros
seres. Así tenía que yacer en la oscuridad de Holat, esperando a que la presa
pasara junto a él y dejándose matar en aquella vasta medianoche llena de
murmullos. Pero esta vez, la presa era él y no podía acostumbrarse a la vida de
la Tierra. Era demasiado extraño: cada olor, cada visión, cada nervio
tembloroso de ratón, o de escarabajo, le llegaba dotado de extrañezas. El
mismísimo viento soplaba con voz propia...
Por
debajo de su espera y de su miedo, había algo de lástima hacia si mismo. Sin
saber como atravesó el tiempo lo mismo que el espacio, sin saber cómo el
planeta que conocía y toda su familia, esposa e hijos y parientes, quedaban a
miles de años atrás. Estaba solo donde ninguno de su raza estuvo jamás solo.
Sus
dientes perrunos relucieron blancos al retirar los labios. Había algo por que
vivir, incluso ahora. Algo por que matar.
Si
pudiese regresar... Era un pensamiento como una pequeña vela en una enorme y
tormentosa noche. Holat no había cambiado mucho, ni siquiera en dos mil años, a
menos que algún navío humano hubiese recalado en él. Su gente no era estática;
había progresos en todo tiempo. Pero era un crecimiento como la evolución, en
armonía con las estaciones y los campos y el gran ritmo del tiempo. Podría
encontrarse a sí mismo de nuevo. Pero...
Algo
se agita en el firmamento. Saris Hronna se apretó más contra el suelo, como si
quisiese enterrarse contra el barro. Sus ojos se contrajeron hasta formar dos
amarillentas rendijas mientras enfocaba sus percepciones mentales, registrando
los cielos en busca de un fantasma.
Sí,
corrientes... y no corrientes animales sino el frío girar de los electrones en
el vacío y en el gas y la inmortal pulsación que era como una uña arañando sus
nervios. Se trataba de una pequeña aeronave, decidió, dando vueltas en una zona
pequeña, buscando con detectores. Le estaba rastreando a él.
Quizás
debería entregarse voluntariamente. Los humanos del Explorer eran
honrados; su afecto por Langley había ido creciendo cada día más. Quizás aquel
lejano antepasado suyo fuese también razonable, ¡No! Era dejarlo demasiado al
azar. Había toda su entera raza.
Ellos
no poseían aquella tecnología estrellada de Holat. Allí había herramientas de
hueso, el viaje a pie o en bote con velas y remos alimentos sacados de la caza
y de la pesca y de las enormes manadas de animales semi domesticados por
control telekenético. Un Holatano en Tierra podría rastrear a una docena de
hombres y matarles en la verde quietud de los bosques. Pero una espacionave
humana podía pender del cielo y sembrar de muerte el planeta.
La
aeronave de encima de su cabeza se alejaba. Saris Hronna respiró profundamente,
llenando de nuevo de aire sus pulmones.
¿Qué
hacer, dónde ir, cómo escapar?
La
aeronave volvía. Su ruta formaba un espiral. ¿Cuántos de ellos había allí,
cuántas aeronaves volarían en la lucha de la Tierra?
Su
mente se estremeció, menos de miedo que de dolor y soledad. La vida de Holat
estaba asentada ordenadamente, con ceremonias, las graves cortesías entre los
viejos y los jóvenes, machos y hembras, la tranquila religión panteística, los
ritos de la familia por la mañana y por la noche: todo en su lugar, equilibrio,
armonía, seguridad... sabiendo siempre que la vida era de una enorme unidad. Y
él se veía lanzado en una oscuridad extranjera y perseguido y acosado como una
bestia.
La
cosa de encima bajaba cada vez más. Los músculos de Saris se pusieron rígidos y
hubo en su corazón una llamarada. ¡Que se pusiesen a su alcance ya se
apoderaría del control y estrellaría la nave contra el suelo!
No
estaba capacitado para aquella matanza momentánea. En la familia holatana no
habías dominaciones, ni un padre duro o un hermano quisquilloso... todos
estaban unidos. Y un miembro que mostraba verdadero talento era mantenido sin
rencor ni envidia por los otros mientras trabajaba en su arte o en su música o
sus pensamientos. Saris había sido de esa clase, desde cuando salió de su época
de cachorro. Más tarde fue a una de las universidades.
Allí
condujo y guardó ganado, fabricó herramientas, barrió suelos para sufragarse el
privilegio de yacer en la choza de algún filósofo o artista o escultor,
discutiendo con él y aprendiendo de él. Su afición particular se encaminó hacia
el campo de las ciencias físicas.
Tenían
su enseñanza en Holat, pensó de manera defensiva mientras el metal mortífero
caía lentamente hacia él. Los libros eran copiados a mano y sobre pergamino,
pero en ellos había un conocimiento sonoro. La astronomía, la física y la
química eran elementales para un hombre, y le acompañaban tan lejos como fuera.
La técnica biológica, la cría de animales la comprensión y el uso de la
ecología eran al menos iguales en las áreas en donde no había instrumentos sino
simples lentes y escalpelos para el trabajo... y posiblemente superiores. Y las
matemáticas de Holat tenían una habilidad innata que se erguía por encima de
cualquier humano.
La
nave hociqueaba, como si fuese un pájaro de presa presto para atacar. Aun fuera
de la zona de alcance de su control... Deberían tener detectores quizás de
rayos infrarrojos, que les hacían sospechar su presencia. No se atrevía a
moverse.
Lo
más seguro para ellos sería dejar caer una bomba. Langley le había hablado de
bombas. Y eso sería el fin: un fogonazo y un tronar que no podría percibir,
disolución, oscuridad para siempre.
Bueno,
pensó, sintiendo como el viento lento y triste alborotaba sus patillas, tenía
poco de que quejarse. Su vida había sido buena. Fue uno de esos escolares
vagabundos que recorren el mundo, siendo siempre bien recibidos por las
noticias que pueden traer, siempre viendo algo fresco en la universidad de las
culturas básicamente similares que salpicaban su planeta. Su suerte estaba
unida a un planeta. Últimamente se había instalado, e inició una familia enseñó
en la universidad de Sun-dance-Through-Rain... Pero si le venía una rápida
muerte en una Tierra desconocida, la vida no por eso dejaría de verse sino
amable.
¡No,
no! Sacudió su mente con viveza. No podía morir, todavía no. No hasta que
supiese más, conociese que Holat estaba a salvo de aquellos monstruos pálidos,
sin pelo, o conociese cómo prevenirse y defenderse de ellos. Sus músculos se
tensaron dispuestos para la acción y la carrera.
Se
levantó de un salto y echó a correr.
La
aeronave descendió con una rapidez que le sobrecogió. Salió de sí mismo
dispuesto a cerrar aquellas corrientes atorbellinadas eléctricas y magnéticas
para influirlas con los campos de fuerza de su cerebro, y se retiró,
estremeciéndose.
«No
—se dijo—. Espera... Puede haber un medio mejor».
La
nave aterrizó en los campos a unos cien metros largos de distancia. Saris se
agazapó de nuevo reuniendo bajo de él sus patas y brazos. ¿Cuántos eran?
Tres.
Dos de ellos bajaban, el tercero se quedaba a bordo. No podía ver a través de
las espigas altas del sembrado pero podía sentir que uno de los dos llevaba una
especie de instrumento que no era una arma. Un detector, entonces. Ciegos en la
oscuridad, todavía podían rastrearle.
Pero
claro, no estaban seguros de que fuese él. Su instrumento podía también estar
registrando la presencia de un animal extraviado o de un hombre. Saris pudo
oler el hedor fuerte de adrenalina producido por el miedo de ellos.
Acometido
de un súbito impulso. Saris Hronna se levantó por la ribera y a cuatro patas
atravesó las espigas. Alguien gritó. Un rayo de energía chocó contra él, la
vegetación flameó en donde la descarga se estrelló y el ozono le llegó hasta su
olfato. Su mente no podía cuidarse de las armas; ya se había apoderado del
motor y de los comunicadores de la nave.
Apenas
sintió el rayo que le recorrió las costillas, dejando un cinturón de carne
quemada. Saltando, se halló sobre el hombre más cercano. La figura se derrumbó,
sus manos le arrancaron la garganta y Saris se hizo a un lado mientras el otro
disparaba.
Alguien
gritó, fue un vagido que puso una nueva nota de pánico en la oscuridad. Un arma
que arrojó una andanada de proyectiles de plomo funcionó desde la proa de la
nave. Saris dio un salto, cayendo sobre la parte superior. El hombre de fuera
estaba proyectando una luz, con la que trataba de cogerle a él dentro de su
rayo luminoso. Fríamente, el Holatano calculó las distancias... Demasiado
lejos.
Aulló,
deslizándose de nuevo hacia la Tierra el rayo de luz y un detonador le
estallaron donde había estado. Saris cubrió la distancia entre saltos.
Levantándose, golpeó duro y percatóse de cómo los huesos del cuello de su
enemigo crujían, bajo la presión de su mano.
¡Luego...
corrió hacia la nave! Saris olfateó en la puerta. Estaba cerrada y la cerradura
era puramente mecánica, no podía ser controlada por la pequeña energía que
manaba de su cerebro. Pudo percibir el terror del hombre que estaba dentro.
Cogió
uno de los caídos detonadores. Durante un momento lo examinó empleando el
principio general de que la forma determina la función. La mano rodeó la
culata, un dedo acarició el gatillo, del otro extremo salió un escupitajo de
fuego y comprendió que aquel ajuste o tornillo delantero debería regular el
tamaño del rayo. Experimentó con el detonador y se sintió contento de ver que
sus deducciones eran acertadas. Volviendo al bote, fundió con el detonador la
cerradura de la puerta.
El
hombre del interior había retrocedido apoyado contra la pared más lejana, un
arma en la mano, esperando con un grito seco en la garganta a que el diablo
entrase. Saris lo examinó telepáticamente: ¡A popa de la entrada... bien!
Abriendo de la puerta una rendija, sólo lo bastante para que le pasase la mano,
disparó en dirección al hombre. El detonador parecía una cosa frágil en una
zarpa del tamaño de la suya, pero con un disparo tuvo bastante.
El
olor a carne quemada era intensa a su alrededor. Ahora tenía que trabajar de
prisa; debía haber alguna otra nave en la vecindad. Recogiendo todas las armas,
se lanzó a la silla del piloto —era demasiado pequeña para que se sentase— y
estudió el panel de control.
El
principio usado no le era familiar, algo más allá de la ciencia en la época de
Langley. Ni podía leer los símbolos de los controles. Pero siguiendo el rastro
de las corrientes eléctricas y de los campos filemagnéticos con su mente, y
aplicando la lógica consiguió una deducción de cómo manejar la nave.
La
hizo elevarse con algo de torpeza mientras maniobraba los conmutadores, pero
pronto comprendió su funcionamiento. Al poco rato estaba bien alto en el
firmamento, marchando a gran velocidad por la oscuridad que se elevaba en su
torno. Una pantalla mantenía un mapa iluminado con un punto rojo movible, que
debería representar su propia localización. Muy ingenioso...
No
podía permanecer en aquella máquina mucho tiempo; sería identificada y
derribada. Debería usarla para conseguir suministros y luego hallar un
escondite antes del alba, después de lo cual tendría que volar hacia el Oeste
para estrellarla en el océano. Sería capaz de ajustar el piloto automático para
que hiciese ese trabajo.
¿Dónde
ir? ¿Qué hacer?
V
Se
celebraba una fiesta en casa del ministro Yulien, alto comisario de metalurgia.
Lo más selecto de las sociedades Solar y extranjera asistía y Chanthavar llevó
consigo a la tripulación del Explorer.
Langley
acompañó a la gente por pasillos altos, con columnas en donde el aire tenía una
suave luz y los murales dibujos relucientes que destacaban de las también
relucientes paredes. Detrás de él marchaban una docena de guardaespaldas,
igualmente gigantes. Chanthavar le había explicado qua eran sus esclavos
personales y el resultado de la duplicación de cromosomas en un tanque
exogenético. En ellos había algo no completamente humano.
El
hombre espacial estaba recobrándose de su sentimiento de torpeza, a pesar de
que seguía sin poderse imaginar que su aspecto era bastante ridículo con sus
peludas piernas saliendo de debajo de la túnica. El, Blaustein y Matsumoto
apenas habían salido de su palacio en el día siguiente al que fueron puestos en
libertad. Permanecieron sentados, hablando poco, de vez en cuando maldiciendo
en un susurro lleno de dolor. Era todo demasiado nuevo, demasiado abrumador y
súbito. Aceptaron la invitación de Chanthavar sin gran interés. ¿Qué iban a
encontrar tres fantasmas en una fiesta?
La
suite era lujosa: muebles que se moldeaban a los contornos de quien se sentaba
y que se aproximaban cuando se les llamaba mentalmente... una caja intérprete
que lavaba, cepillaba, depilaba, masajeaba y preparaba pulcramente para salir a
la calle con un perfume permanente; suavidad y calor y colores pastel en todas
partes donde uno miraba. Langley se acordaba del mantel manchado de una mesa de
cocina, de una lata de cerveza delante de él y de la noche de Wyoming con Peggy
sentada a su lado.
—Chanthavar
—preguntó de repente—, ¿tienen aún caballos?
Había
una palabra en aquel lenguaje terrestre para designar a los caballos que le
habían enseñado... ¿o quizás...?
—¡Oh!,
no lo sé —el agente pareció un poco sorprendido—. Que yo recuerde jamás vi
ninguno, fuera de los museos históricos. Creo que queda alguno... si, en Thor
para diversión de las gentes, sino en la Tierra. Lord Brannoch a menudo ha
aburrido a sus invitados hablándoles de caballos y perros.
Langley
suspiró.
—Pero
si no hay ninguno en el Sistema Solar se puede obtener sintético —sugirió
Chanthavar—. Hay quien fabrica toda clase de animales según pedido. ¿Tiene
interés de cazar algún día un dragón?
—No
me importa —dijo Langley.
—Esta
noche en la fiesta habrán muchas personas importantes —dijo Chanthavar—. Si
usted puede entretener lo bastante a una de ellas ha hecho su fortuna. No se
acerque a lady Halin. Su marido es celoso y usted acabaría como un esclavo con
la mente borrada por completo, a menos que yo quisiese sacar provecho de eso.
No necesita usted actuar tan impresionado por lo que vea. Una buena cantidad de
intelectuales jóvenes, especialmente, tienen a juego hablar mal de la moderna
sociedad y eso sería considerado, si ustedes les siguiesen el ejemplo, como
peligroso. Por otra parte, puede hacer lo que quiera y pasarlo bien.
La
primera impresión que recibió Langley fue de profunda enormidad. La habitación
debería tener un kilómetro de diámetro y era un torbellino de colores
relampagueantes, con un millar de invitados, quizás. Parecía que no tenía
tejado, que estaba abierta por arriba al suave cielo nocturno lleno de
estrellas y de la luna. Sin embargo, decidió que tenía que tener una cúpula
invisible. Bajo su turbadora altura, la ciudad era un espectáculo adorable,
resplandeciente.
Había
perfume en el aire, con una pizca de dulzura y música que venía de algún lugar
oculto. Langley trató de escuchar, pero se oían demasiadas voces.
Chanthavar
estaba presentando a su anfitrión, que era increíblemente gordo y rojizo pero
sin carecer de una cierta fuerza en sus pequeños ojillos negros. Langley
recordó las fórmulas de cortesía adecuadas por las que un cliente de un
ministerio se dirigía y doblaba la rodilla ante otro.
—Un
hombre del pasado, ¿en? —Yulien aclaró su garganta—. Interesante. Muy
interesante. Tendré que hablar con usted cualquier día. ¡Hum! ¿Le gusta esto?
—Es
lo más impresionante, Milord —dijo Matsumoto, con rostro inexpresivo.
—¡Hum!
¡Ja! Sí. Progreso. Cambio.
—Cuando
más cambien las cosas, Milord —aventuró Langley—, más permanecen lo mismo.
Una
mujer de bastante buena presencia con ojos de algún modo protuberantes le cogió
del brazo. y le confesó lo «excitante» que resultaba ver a un hombre del
«pasado» y que ella estaba «segura» de que hubo una época «interesante»
en la que los hombres eran muy «viriles». Langley se sintió aliviado
cuando una mujer de mayor edad y de rostro agudo, la llamó y le sacó del apuro.
Con toda claridad las mujeres tenían una posición de sirvientas en el
Tecnicado, a pesar de que Chanthavar había mencionado no se qué acerca de
algunas grandes mujeres con autoridad.
Avanzó
triste hacia el «buffet» en donde se sirvió de algunos manjares muy sabrosos y
de vino. ¿Cuánto tiempo duraría la farsa, de todos modos? Reconoció que hubiese
preferido estar a solas consigo mismo.
Un
individuo fofo que parecía haber bebido demasiado le pasó el brazo en torno al
cuello y le dio la bienvenida. Y comenzó a preguntarle acerca de las técnicas
sexuales del dormitorio íntimo propias de su época. Fue un alivio para Langley
poder deshacerse de él.
—¿Quiere
que le proporcione algunas chicas? El ministro Yuilen es muy amable como
anfitrión en ese concepto, nosotros lo pasábamos muy bien antes que los
Centaurianos me redujeran a polvo.
—Tiene
razón —corroboró un joven—. Por eso es por lo que nos van a dar más palos que a
una estera. Usted queda simpático para la gente. ¿Sabían luchar en su tiempo,
capitán Langley?
—Tolerablemente
bien cuando era preciso —dijo el americano.
—Eso
es lo que me imaginaba. Tipos supervivientes. Conquistaron las estrellas porque
no tenían miedo de dar una patada al prójimo. Nosotros si. Nos hemos ablandado,
aquí en el Sistema solar, ¿No sabe usted que hace mil años que no peleamos una
gran guerra y que ahora que se esta preparando una no sabemos como proceder?
—¿Pertenece
al ejército? —preguntó Langley.
—¿Yo?
—el joven pareció sorprendido—. Las fuerzas multares habituales son esclavos,
criados adiestrados para el trabajo, de propiedad pública. Los altos jefes son
Ministros pero...
—Bueno,
¿abogaría usted por arrastrar a su propia clase al servicio militar?
—¿Eso
no serviría de nada. No encajan. No son de la clase de especialistas esclavos,
los Centaurianos, en cambio, se llaman a ellos mismos hombres libres y les
gusta pelear.
—Hijo
—dijo Langley con desaire—, ¿ha visto alguna vez hombres a quienes le habían
volado la cabeza, saliéndoles las tripas por algún agujero de la panza?
—¡No...
no, claro que no! Pero...
Langley
se encogió de hombros. Ya conocía de antes a ese tipo de hombres, allá en la
patria. Algunos escribían libros.
Murmuró
una excusa y se alejó. Blaustein se le unió y se pusieron a hablar en inglés.
—¿Dónde
está Bob? —preguntó Langley.
Blaustein
le dirigió una sonrisa maliciosa.
—La
última vez que le ví salía de escena con una de esas hembras despampanantes.
Una chica muy mona, también. Quizás es el único de nosotros que ha sabido
incorporarse.
—Puede
que si —Langley.
—Yo
no puedo hacer lo mismo. Por lo menos ahora no —Blaustein parecía asqueado—. Ya
sabes, pensé que quizás, ahora cuando todo lo que conocimos ha desaparecido, la
raza humana habría aprendido por último tener algo de sentido común. Yo era
pacifista, ya lo sabes, pacifista intelectual, simplemente porque podía ver que
la guerra era una farsa sanguinaria e insensata, en la que nadie nada excepto
unos cuantos tipos listos —Blaustein había bebido demasiado también—. ¡Y la
solución es tan fácil! ¡Te salta a la cara: un gobierno universal con dientes y
garras! Eso es todo. No mas guerras. No más hombres haciéndose matar y energías
desperdiciadas y niños quemados vivos. Yo pensé que quizás en cinco mil años
incluso esta raza estúpida nuestra aprendería aquella lección tan evidente.
Recuerda, jamás tuvieron guerra en Holat. ¿Somos nosotros mucho mas estúpidos.
—Creo
que en una guerra interestelar sería difícil de pelear —dijo Langley—. Muchos
años de viaje para llegar hasta el enemigo.
—Ajá.
También poco incentivo económico. Si un planeta puede ser colonizado en total,
eso será auto-suficiente. Esas dos razones son por las que no habido una
verdadera guerra durante miles de años, desde que las colonias se
independizaron.
Blaustein
se acercó más, jugueteando con algo entre los pies.
—Pero
ahora se está preparando una. Nosotros puede que la veamos muy bien. Ricas
fuentes de primeras materias minerales en los planetas de Sirius y el gobierno
allí es débil, y los de Sol y Centauro fuertes. Ambos desean esos planetas.
Ninguno puede dejar que el otro se apodere de ellos; sería demasiada ventaja.
Hace poco que hablé con un oficial, que está destinado cerca de esos mundos, y
que oyó además algo acerca de que los Centaurianos son sucios bárbaros.
—Aún
así y todo me gustaría saber cómo se podría pelear a través de cuatro años luz
—dijo Langley.
—Uno
envía una flota de tamaño real, completa con cargueros llenos de suministros,
uno se encuentra con la flota enemiga y la barre del espacio. Después uno
bombardea los planetas enemigos desde el firmamento. ¿Ya sabes qua ahora puedan
desintegrar cualquier clase de materia? Nueve veces diez a la vigésima potencia
de ergios por gramo, y hay cosas como el virus sintetic y polvo radioactivo uno
destroza una civilización en esos planetas, aterriza y hace los que les place.
¡Sencillo! la única cosa que hay que asegurar es que la flota enemiga no te
derrote a ti, porque entonces tu propia casa queda abierta, Sol y Centauro han
estado intrigando, agitándose, desde hace décadas. Tan pronto como uno de ellos
consiga una clara ventaja... ¡bam! fuegos artificiales.
Blaustein
agitó su copa y fue por más.
—Claro
—continuó lúgubremente—, siempre está la posibilidad de que incluso si tu bates
al enemigo bastantes de sus naves escapen para llegar a tu sistema, destruir
tus defensas planetarias y bombardear. Entonces uno tendrá dos sistemas que han
vuelto a la época de las cavernas. ¿Pero cuando esa perspectiva ha servido para
detener a un político? O a un administrador psicotécnico, como creo que se les
llama ahora, déjame tranquilo. Quiero emborracharme.
Chanthavar
encontró a Langley unos cuantos minutos más tarde y le cogió por el brazo.
—Venga
—dijo—. Su Fidelidad el jefe de los Sirvientes del Tecnicado, quiere conocerle.
Su Fidelidad es un hombre muy importante... ¿Excelente Sulon, puedo presentarle
al capitán Edward Langley?
Era
un hombre alto y delgado con una sencilla túnica azul y capuchón. Su rostro
delgado era inteligente, pero hay algo falto de humor y fanático en su boca.
—Eso
es interesante —dijo con aspereza—. Tengo entendido que usted vagó muy lejos
por el espacio, capitán.
—Sí,
Milord.
—Sus
documentos han sido ya presentados al Tecnicado. Cada retazo de información,
sin embargo, aunque parezca remota, es valiosa. Porque sólo a través del seguro
conocimiento de todos los hechos puede la máquina tomar decisiones seguras.
Usted se quedaría sorprendido si supiese cuantos agentes hay cuyo único trabajo
es la recopilación constante de datos. El estado le da las gracias por sus
servicios.
—No
ha sido nada, Milord —dijo Langley con la debida deferencia.
—Puede
ser mucho —repuso el Sulon—. El Tecnicado es el fundamento de la civilización
Solar, sin él, estamos perdidos. Sin propia ubicación es desconocida para todos
excepto los más altos rangos de mi orden, sus servidores. Por esto nacemos y
nos educamos, por esto renunciamos a todos los lazos familiares y a los pareces
mundanos. Estamos tan acondicionados que si hiciese el intento para conseguir
nuestro secreto, que no hubiese escapatoria evidente, moriríamos
automáticamente. Le digo esto para que se haga una idea de lo que significa el
Tecnicado.
Langley
no pudo pensar ninguna respuesta. SuIon era la prueba de que el Sol no había
perdido toda su vitalidad, pero había en él algo inhumano.
—Me
han dicho que un ser extraterrestre de raza desconocida estaba con su
tripulación y que se ha escapado —prosiguió el anciano—. Debo tener una vista
muy completa y seria de esto. Es ese ser un factor completamente
imprevisible... su propio diario de a bordo da muy pocas informaciones.
—Estoy
seguro de que es inofensivo, Milord —dijo Langley.
—Eso
está por ver. El Tecnicado mismo ordena que se le encuentre o se le destruya de
inmediato. ¿Tiene usted, como conocido suyo, cualquier idea de cómo seguir
adelante con esto?
Allí
estaba de nuevo. Langley sintió frío. El problema de Saris Hronna les tenía a
todos ellos asustados. Y un hombre asustado podía ser una criatura maligna.
—Los
sistemas de búsqueda normales no han dado resultado —dijo Chanthavar—. Le digo
todo esto, a pesar de que es secreto: él mató a tres de nuestros hombres y se
escapó con su nave voladora. ¿Dónde se ha ido?
—Tendré...
tendré que pensármelo —balbuceó Langley—. Eso es de lo más desgraciado Milord.
Créame, le dedicaré toda mi atención.
Langley
fue apartado por una mano peluda y rolliza. Pertenecía a un hombre grande,
barrigón, con vestido al estilo extranjero. Su cabeza era maciza, con una nariz
elefantina, con un pelo rojo llama desordenado y la primera barba que Langley
había visto en aquella época. El hombre tenía ojos sorprendentemente
penetrantes y ligeros. La voz bastante alta tenía un acento, una entonación no
terrestre.
—Saludos
señor. Tenía muchísimas ganas de conocerle. Me llamo Goltam Valti.
—A
su servicio, Milord —dilo Langley.
—No,
no. No tengo ningún título. La pobre gota de grasa llamada Goltam Valti no ha
nacido para los colores. Soy de la Sociedad Comercial y no tenemos nobles. No
podemos darnos ese lujo. El trabajo lo bastante duro para que podamos vivir
honradamente estos días con compradores y vendedores aliados para quitarte el
suficiente beneficio como para dejarte sin nada ya que tienes tus haciendas
muchas generaciones lejos. Bueno, en mi caso aún ha de quedar, soy de Amon en
el sistema Tau Ceti originalmente. Un planeta dulce, miel, con cerveza dorada y
chicas para servirte, es maravilloso.
Langley
sintió algo de interés. Había oído hablar de la sociedad, pero poco. Valti le
condujo a un diván y se sentaron y silbó a una mesa que pasaba con refrescos.
—Soy
factor jefe en el Sol —prosiguió Valti—. Algún día tiene usted que venir a ver
nuestro edificio. Recuerdos de cien planetas que tenemos allí y estoy seguro
que le interesarán. Pero la cantidad de 5.000 años de vagabundeo es demasiado
incluso para un comerciante. Usted ha debido ver muy grandes negocios, capitán,
grandísimos negocios. Ah, si yo fuese otra vez joven...
Langley
se apartó sutilmente y pidió que le contestase a unas cuantas preguntas
directas. Sacar informes a Valti costaba tiempo y paciencia; uno tenía que
escrutar una parrafada de autocompasión, para conseguir una frase que valiese
la pena oírse, pero algo se sacaba. La sociedad había existido ya mil años o
más, reclutada de todos los planetas, incluso de razas no-humanas; portaba la
mayor parte del comercio interestelar, tratando con mercancías que eran
procedentes a menudo de mundos desconocidos en aquella pequeña sección de la
galaxia. Para el personal de la sociedad, las grandes espacionaves eran el
hogar de hombres y mujeres y niños que vivían todas sus vidas en ellas. Tenían
sus propias leyes, costumbres, idioma; no debían obediencia a ninguna persona
que no fuese la propia sociedad.
—¿No
tienen ustedes una capital, un gobierno?
—Los
detalles, amigo mío, los detalles los podremos discutir más tarde. Venga a
verme. Soy un viejo solitario. Quizás pueda ofrecerle alguna pequeña diversión.
¿Por casualidad ha estado usted en el sistema Tau Ceti? ¿No? Es una lástima. Le
habría interesado: el sistema doble anular de Osiris y los nativos de Horus y
los hermosos, hermosísimos valles de Amon, sí, sí.
Los
nombres originalmente dados a los planetas habían cambiado, pero no tanto que
Langley no pudiese reconocer las figuras mitológicas que los descubridores
habían tenido en cuenta. Valti prosiguió su reminiscencia de mundos que había
visto en los últimos y lamentados días de su juventud y Langley encontró
distraída la conversación.
—Eh,
ustedes.
Valti
se puso en pie de un salto y se inclinó servil.
—¡Milord!
¡Vos me honráis más de lo que valgo! Ha pasado mucho tiempo desde la última vez
que os vi.
—Dos
semanas completas —sonrió el rubio gigante vestido con la chillona chaqueta
carmesí y los pantalones azules.
Llevaba
en la mano una copa de vino, en su mano peluda, en la otra sujetaba por los
tobillos a una diminuta y exquisita bailarina que colgaba de su hombro y se
agitaba riendo.
—Y
entonces tú me engañaste mil solares, tú y tus sobrecargados dados.
—Muy
excelente señor, la fortuna debe de vez en cuando sonreír a mi feo rostro; la
ley de las probabilidades así lo exige —Valti hizo con sus manos el gesto de
lavárselas—. ¿Quizás a Milord le venga bien que le conceda la revancha alguna
noche de la semana que viene?
—Puede
que si. ¡Baja! —el gigante dejó que se deslizase la chica hasta el suelo y la
despidió con una juguetona palmada en las nalgas—. Vete, Thura, Kolin, o como
te llames. Te veré más tarde —sus ojos eran brillantes y azules y se clavaron
en Langley—. ¿Es éste el hombre precursor de que he oído hablar?
—Sí
Milord. ¿Puedo presentarle al capitán Edward Langley? Lord Brannoch dhu
Crombar, el embajador Centauriano.
Así
que este era uno de los hombres odiados y temidos de Thor. El y Valti fueron
los primeros tipos caucásicos reconocibles que el americano había visto en
aquella época: presumiblemente sus antecesores habían dejado la Tierra antes de
que las razas se fundiesen en los seres casi uniformes de aquí y con toda
posibilidad los factores ambientales tenían algo que ver con la fijeza de sus
rasgos distintivos.
Brannoch
sonrió jovial, se sentó y contó una cómica e interesante historia. Langley
contraatacó con el relato de un vaquero que consiguió tres deseos, y la
carcajada de Brannoch hizo que temblasen los vasos.
—¿De
modo que ustedes todavía utilizaban caballos? —preguntó después.
—Sí,
Milord. Yo me crié en un país de caballos. Los utilizábamos junto con los
camiones. Yo iba... iba a dedicarme a su cría.
Brannoch
pareció advertir el dolor del hombre del espacio y con sorprendente tacto
prosiguió para describir el establo de su casa.
—Creo
que le gustaría Thor, capitán —terminó—. Todavía tenemos ocasión para trabajar
con ahínco. ¿Cómo pueden respirar con veinte millones de pedazos de carne
gruesa en el Sistema Solar? Nunca lo he sabido. ¿Por qué no viene a vernos
alguna vez?
—Me
gustaría Milord —dijo Langley y quizás no mentía por completo.
Brannoch
se arrellanó, estirando sus largas piernas.
—Yo
también he viajado un poco —dijo—. Tiempo atrás tuve que abandonar el sistema,
cuando mi familia dio fin a una pelea. Pasé cien años de tiempo externo dando
vueltas, hasta que tuve oportunidad de volver. La Planetografía es una especie
de afición mía, por eso podré decir que es la única razón por la que vengo a
sus fiestas, Valti, viejo barril engañoso. Dígame, capitán, ¿ha tocado usted
alguna vez en Procyon?
Durante
media hora la conversación versó de estrellas y planetas. Algo del peso
interior de Langley sufrió alivio. La visión de muchas cosas extrañas de
diversos rostros girando en torno a una sin fin oscuridad exterior era capaz de
dejar sin respiración.
—A
propósito —dijo Brannoch—. He oído algunos rumores acerca de un ser extraño que
traían con ustedes, que se escapó. ¿Qué hay de verdad en eso?
—¡Ah
si! —murmuró Valti mientras se acariciaba la barba—. A mí también me ha
intrigado. Sí, parece que es un tipo la mar de interesante. ¿Por qué tomaría
una acción tan desesperada?
Langley
se puso rígido. ¿Qué es lo que había dicho Chanthavar? ¿No se suponía que todo
el asunto era confidencial?
Brannoch,
claro, tendría sus espías. Consecuentemente Valti también. El americano sintió
un escalofrío al notar fuerzas inmensas confluyentes, como una máquina
marchando desbocada. Y comprendió que le hablan pillado entre los alocados
engranajes.
—Me
gustaría poderle añadir a mi colección —dijo Brannoch en tono casual—. Es
decir, no hacerle ningún daño, sólo conocerle. Si en verdad es un verdadero
telépata, es casi único.
—También
tendría interés en asociarme en este asunto —dijo Valti con tono de desafío—.
El planeta puede tener algo que valga la pena comerciar incluso a costa de un
largo viaje.
Al
cabo de un momento, añadió ensoñador:
—Creo
que el pago por este informe sería muy generoso capitán. La sociedad tiene sus
pequeños caprichos y el deseo de conocer una raza nueva es uno de ellos. Sí,
habría dinero para pagar el informe.
—Yo
aventuraría por mi cuenta una cantidad —dijo Brannoch—. Un par de millones de
Solares... y mi protección. Estos son tiempos borrascosos, capitán. Un patrón
poderoso no es para despreciar.
—La
sociedad —observó Valti—, tiene el privilegio de extraterritorialidad. Puede
garantizar un santuario, también como la salida de la Tierra, que se está
conviniendo en un lugar malsano. Y, claro, recompensas monetarias: tres
millones de solares, como inversión en un nuevo conocimiento.
—Este
no es sitio para hablar de negocios —dijo Brannoch—. Pero como dije, creo que
le gustaría Thor. Y podríamos enviarle a alguna otra parte que usted eligiese.
Tres millones y medio.
Valti
gimió.
—¿Milord,
deseáis arruinarme? Tengo familia que mantener.
—Sí.
Una en cada planeta —bromeó Brannoch.
Langley
permaneció sentado muy quieto. Pensó saber por que querían ellos a Saris
Hronna. ¿Pero qué podía hacer él?
La
forma ágil de Chanthavar salió de entre la gente.
—¡Oh!,
estaba usted ahí... —dijo. Se inclinó con deferencia ante Brannoch y Valti—. Su
sirviente, Milord y buen señor.
—Gracias,
Channy —dijo Brannoch—. Siéntese, ¿quiere?
—No.
Hay otra persona a quien le gustaría conocer al capitán. Perdónenos.
Cuando
estuvieron seguros entre la gente, Chanthavar llevó a Langley aparte.
—¿Iban
esos hombres en busca de que usted les entregase ese ser extraño? —preguntó.
Había algo frío en su rostro.
—Sí
—respondió Langley, cansino.
—Me
lo pensé. El gobierno Solar está plagado de estos agentes. Bueno no lo haga.
Una
cólera cansada e insensata bullía dentro de Langley.
—Mire,
hijo —exclamó mirando fijamente a los ojos de Chanthavar bien por debajo de los
suyos—. No veo yo por qué tengo que deberme hoy día a cualquier facción. ¿Por
qué no deja usted de tratarme como si fuera un crío?
—Yo
no voy a tenerle a usted incomunicado, a pesar de que podría —dijo Chanthavar
con voz meliflua—. No vale la pena, porque antes de mucho probablemente
tendremos a esa bestia. Le estoy solamente avisando, sin embargo, de que si él
cayese en cualquiera de otras manos, que no fuesen las mías, se las pasarla
usted muy mal.
—¿Por
qué no me encierra y sigue adelante con las suyas?
—Eso
no, me obligaría usted a pensar como yo quiero que piense en caso de que mis
propias búsquedas fallen. Y es demasiado crudo —Chanthavar se detuvo, luego
añadió con una curiosa intensidad—: ¿Sabe usted por qué juego esta partida de
política y guerra? ¿Cree usted que ambiciono el poder para mí mismo? Eso queda
para los locos que desean mandar a otros locos. Sin embargo, es divertido
jugar. La vida de otro modo, se volvería aburridísima. ¿Qué otra cosa puedo
hacer que no haya hecho cientos de veces ya? Pero sí es agradable probar
fuerzas con Brannoch y con ese pelirrojo fanfarrón; sus consecuencias, ganar,
perder o empatar, son también divertidas; aunque, claro está tengo intención de
ganar.
—¿Incluso
no ha pensado usted nunca en... un compromiso?
—No
deje que Brannoch le engañe. Es uno de los cerebros más fríos e inteligentes de
la galaxia. Bastante decente, lo lamentaré cuando tenga por último que matarle,
pero... ¡no importa! —Chanthavar se volvió—. Vamos dirijámonos al serio negocio
de emborracharnos.
VI
El
progreso lo consiguió: el armarlo bar de Langley le borró todas las huellas de
la resaca de él a la mañana siguiente y el robot de servicio le deslizó un desayuno
por una rampa hasta una mesita y se lo llevó cuando hubo acabado. Pero después
de eso hubo un día sin nada que hacer excepto sentarse y pensar.
Sería
fácil ceder, cooperar con Chanthavar y dejarse llevar por la corriente. ¿Cómo
sabía que no obraba bien? El Tecnicado parecía representar el orden, la
civilización, las fuentes de justicia. Era inútil que se opusiese a veinte
billones de personas y 5.000 años de historia. De haber estado Peggy con él, se
habría rendido; de estar dispuesto a arriesgar el cuello de ella por un
principio del que ni siquiera estaba convencido de ser cierto.
Pero
Peggy había muerto y le quedaban pocas cosas a él excepto el principio vital.
No es divertido juzgar a Dios, incluso en aquella mezquina escala, pero había
llegado a una sociedad en que cada hombre se constituía en depositarlo de la
obligación de decidir las cosas por sí mismo.
Chanthavar
les fue a visitar aquella tarde. Todavía se quejaba.
—¡Vaya
hora para levantarse! No vale la pena esforzarse antes de ponerse el Sol.
Bueno. ¿Iremos?
Mientras
le conducía hasta la salida, media docena de sus guardas se unieron al grupo.
—¿De
qué sirven? —preguntó Langley—. ¿Protección contra los comuneros?
—Me gustaría ver a un comunero capaz de pensar
en armar dificultades —dijo Chanthavar—. Si es que puede pensar, cosa que dudo.
No, necesito la protección de estos individuos contra mis propios rivales.
Brannoch, por ejemplo, con mucho placer me mataría solo para conseguir que
nombrasen a un sucesor incompetente. He detenido a buena cantidad de sus
agentes.
—¿Y
que ganarían si le asesinasen? —preguntó Blaustein.
—Poder,
posición, tal vez algunas de mis haciendas. O puede que sean enemigos por
rencor particular. Tuve que pisotear a mucha gente en mi carrera ascendente.
Salieron
a una avenida y dejaron que una correa los transportase a lo largo de la calle,
Chanthavar señalo una colina donde se alzaba una única torre.
—La
estación de control del tiempo —dijo—. La mayor parte de lo que ustedes ven
pertenece a la ciudad, al parque Ministerial público. Pero hacia allá están los
límites de la hacienda de Tarahoe. Cultiva cereales mediante el sistema
retrógrado natural.
—¿No
tienen ustedes granjas pequeñas? —preguntó Langley.
—¡Espacio,
no! —Chanthavar parecía sorprendido—. En los planetas Centaurianos lo hacen
pero encuentro difícil de imaginar un sistema más ineficaz. La mayor parte de
nuestros alimentos son sintéticos; el resto se cultiva en Tierras
Ministeriales.
Almorzaron
en una terraza restaurante, en donde las máquinas servían a una clientela
aristócrata alegremente vestida y de modales relamidos. Chanthavar pagó la
factura con un vale.
—Me
sabe mal que el Ministro Agaz, enemigo mío, gane dinero, pero deben ustedes
admitir un buen jefe de cocina.
Los
guardaespaldas no comieron; estaban adiestrados para conservar una dieta y una
vigilancia incansable.
—Hay
muchas cosas que ver, aquí en los niveles superiores —dijo Chanthavar. Señaló
con la cabeza el cartel discreto y resplandeciente de una casa de diversiones—.
Pero casi todo es lo mismo. Vamos a la parte baja para cambiar.
Un
ascensor gravitacional les dejó caer los seiscientos metros hasta el suelo y
una vez allí entraron en un otro mundo distinto.
Allí
no había Sol, ni firmamento. Paredes y techo eran de metal; los suelos suaves y
esponjosos y una sensual languidez pareció apoderarse de la visión mental de
Langley. El aire era fresco, pero palpitante y sonoro con un ruido que jamás
terminaba: zumbidos de bombas, martilleo, vibración. El profundo y segundo
latir de la gran máquina que era la ciudad. Los corredores, calles, estaban
atestados, inquietos, vivos con movimientos y conversaciones chillonas.
Aquellos
eran los comuneros, Langley permaneció plantado durante un momento a la entrada
del ascensor, contemplándoles. No sabía lo que se esperaba —quizás maniquís
vestidos de gris— pero de todos modos estaba sorprendido. La masa desordenada
le recordaba las ciudades que conocía en Asia.
Los
vestidos eran una versión barata de los trajes ministeriales: túnicas para los
hombres, trajes largos para las mujeres; parecía que todo se había convertido
en un número de uniformes, verdes azules y rojos Los hombres llevaban las
cabezas afeitadas y los rostros reflejaban la mezcla de razas que el hombre de
la Tierra había llegado a conseguir. Se veía un número increíble de niños
desnudos jugando por entre los pies de la multitud: allí no se veía ninguna
disgregación de sexos obligatoria como en los niveles superiores.
—Tendremos
que caminar —dijo el agente—. Aquí abajo no hay aceras rodantes.
—¿A
qué vienen tantos uniformes? —preguntó Blaustein.
—Trábalos
diferentes: el metalúrgico, el de las industries alimenticias, etc. Tienen un
sistema singular, muy bien organizado, con aprendizaje de varios años y luego
hay también una gran rivalidad entre los gremios. Pero mientras los comuneros
realicen su trabajo y se comporten bien, les dejamos tranquilos. La policía,
esclavos propiedad de la ciudad, les mantienen a raya si se inicia algún motín
—Chanthavar señaló a un corpulento hombre vestido de negro y con casco de
acero—. No importa mucho lo que ocurre ahí. Ni tienen amas mi educación para
amenazar a nadie. La enseñanza que reciben recalca la obsesión de que deben
conformarse a encajar dentro del sistema básico.
—¿Qué
es eso? —Matsumoto señaló a un hombre vestido con un traje escarlata
ajustadísimo, el rostro enmascarado, un cuchillo en el cinto, que se deslizaba
en silencio entre la gente que no le ponía ningún obstáculo a su paso.
—Del
gremio de asesinos, a pesar de que en su mayoría se alquilan fuera para que
roben y ataquen a quien se les ordene, los comuneros no tienen robots, ya que
nosotros fomentamos las empresas personales. No se les permite tener armas de
fuego, así que la cosa es bastante segura y hace que los demás se diviertan.
Después
de cenar, que fue en un lugar patronizado por los comerciantes más ricos,
Chanthavar sonrió.
—Estoy
cansado de pasear hoy —dijo— ¿Qué les parece si vamos a divertirnos? Toda la
ciudad adquiere fama a través de sus vicios.
—Bueno,
está bien —contestó Langley. Se notaba un poco borracho: la punzante cerveza de
los niveles inferiores le hacía dar vueltas a la cabeza. No necesitaba mujeres,
no cuando sentía en su pecho el dolor por una de ellas. Pero deberían haber
juegos y... Su bolsa estaba llena de billetes y de monedas—. ¿Adonde vamos?
—Creo
que podemos ir a la Casa de Ensueños —dijo Chanthavar, mostrándoles la salida—.
Es el lugar favorito de todas las clases sociales.
La
entrada era una nube azulada que daba acceso a varias habitaciones pequeñas.
Tomaron una de ellas, colocándose sobre el rostro máscaras vitales de carne
viva sintética que se ceñiría brevemente a los terminales nerviosos del cutis y
que luego era parte de uno mismo.
—Todo
el mundo es igual aquí, todo el mundo, es anónimo —dijo Chanthavar—.
Reconfortante.
—¿Qué
es lo que desean, señores? —la voz llego procedente parecía de ninguna parte,
fría y de algún modo no humana.
—Una
vuelta general —dijo Chanthavar—. Lo de siempre. Por favor, metan en esta
ranura cada uno de ustedes cien solares. El lugar es caro, pero divertido.
Se
sintieron relajar en lo que parecía una nube seca y algodonosa y notaron cómo
eran transportados por los aires. Los guardaespaldas formaban un grupo
impasible a cierta distancia detrás. Se les abrieron las puertas. Flotaron bajo
un firmamento perfumado de estrellas surrealistas y de lunas, mirando hacia lo
que parecía ser un panorama desierto, no terrestre.
—Parte
ilusión, parte real —dijo Chanthavar—. Usted puede tener la experiencia que se
imagine aquí, a su justo precio. Miren...
La
nube vagó a través de una lluvia que era azul y roja y de fuego dorado,
tintineando al caer sobre sus cuerpos. Coros triunfales de música manaba en
torno a ellos. A través de las llamas giratorias y atorbellinadas, Langley
divisó chicas de imposible belleza, bailando en el aire.
Luego
se vieron bajo el agua, o así les pareció, con peces tropicales nadando a
través del fluido verde, por entre corales y sinuosas algas marinas. Luego se
hallaron en una caverna iluminada de rojo, como el infierno, en donde la música
aceleraba el ritmo cardíaco y precipitaba la circulación de sangre de las
venas. Salieron disparados en receptáculos en forma de dardo una serie de
robots pequeños que les ofrecían bebidas agradables cuando les alcanzaban.
Entraron en una enorme agrupación de gente ruidosa, que cantaba y reía y
bailaba y tenía instrumentos. Una muchacha joven soltó unas risitas y acarició
el brazo de Langley. Brevemente, el joven se agitó inquieto.
—¡Fuera!
—dijo luego con aspereza.
Dando
vueltas sobre una cascada murmullante, cruzando el aire que era lo bastante
espeso como para nadar en él, resbalando por grutas y bosques llenos de
extrañas luces y en medio de una niebla gris que no permitía ver ni lo que
había un metro delante... Aquí, en un silencio goteante y espeso que parecía
enmascarar la enormidad de lo infinito, se detuvieron.
La
sombra imprecisa de Chanthavar hizo un gesto y se oyó una nota aguda y tensa en
su meliflua voz:
—¿Les
gustaría jugar a ser por un momento el Creador? Déjeme que les enseñe... —una
pelota de llamas furiosas estaba en sus manos y con ella modelaba estrellas y
las lanzaba como sembrándolas a través de la invisible porción de infinito que
parecía rodearles—. Soles, planetas, lunas, gente, civilización e historias...
ustedes pueden hacerlas aquí a su placer—. Dos estrellas chocaron una con
otra—. Es posible incluso ver crecer un mundo... y en él, cualquier detalle, no
importa lo pequeño que sea. Un millón de años en un minuto o un minuto alargado
a través de un millón de años; uno puede aniquilarlo todo con un trueno y ver
cómo los enemigos se achican y te adoran—. El Sol y las manos de Chanthavar
brillaban torpemente a través de la bruma. Diminutas chispas que eran planetas
giraban en su torno—. Apártense las tinieblas; hágase la luz.
Algo
se movió en el húmedo aire brumoso. Langley vio una sombra caminando entre
constelaciones recién nacidas de un millar años luz de altura. Una mano se
aferró a su brazo y con bastante dificultad consiguió ver el falso rostro más
allá de dicha mano.
Se
retorció para libertarse, irritando, mientras la otra mano le buscaba el
cuello. Un lazo de alambre saltó, enredándose en sus tobillos. Dos hombres
ahora se lanzaban sobre él, tratando de reducirlo a la impotencia. Frenético
retrocedió. Su puño alcanzó a una mejilla y empezó a manar sangre artificial.
—¡Chanthavar!
Estalló
un detonador, asombrosamente alto y brillante. Langley envió un gigantesco Sol
rojo a uno de los rostros que estaban cerca. Librándose de un brazo que le
rodeaba la cintura, dio un rodillazo a la forma vaga y oyó un gruñido de dolor.
—¡Luz!
—vociferaba Chanthavar—. ¡Desaparezcan las tinieblas!
La
bruma se rompió, lenta y rasgadamente. Hubo una profunda negrura, la negrura
del vacío espacial, con estrellas flotando en ella como luciérnagas. Entonces
sobrevino la plena iluminación.
Un
hombre estaba muerto, cerca de Chanthavar, su estómago roto y abierto por un
disparo de energía. Los guardaespaldas se arremolinaban intranquilos. Por otra
parte estaban a solas. La habitación estaba desnuda, feamente iluminada.
Durante
un largo momento, él y el agente se miraron mutuamente. Blaustein y Matsumoto
se hablan ido.
—¿Es...
esto... parte de la diversión? —preguntó Langley entre dientes.
—No
—los ojos de Chanthavar brillaron con el ansia de un cazador. Soltó una
carcajada—, ¡Hermoso trabajo! Me gustaría tener a esos individuos en mi
séquito. Sus amigos han sido privados de sus facultades mentales y raptados
ante mis propias narices, ¡Vamos!
VII
Hubo
un momento de rugiente confusión mientras Chanthavar emitía órdenes a través de
un visífono, organizando una persecución. Luego giró volviéndose a Langley.
—Haré
que registren esta zona, naturalmente —dijo—. Pero no creo que los raptores
estén todavía aquí. Los robots no están ajustados para advertir quién sale y en
qué condiciones, así que no podemos encontrar ayuda por esa parte. Ni espero
hallar al empleado de este establecimiento que ayudó a preparar las cosas para
el rapto. Pero he puesto alerta a toda la organización. Habrá una profunda
investigación en los alrededores dentro de media hora. Y ya el domicilio de
Brannoch está siendo vigilado.
—¿Brannoch?
—repitió Langley estúpidamente.
Sentía
su cerebro lejano, como el de un desconocido. No podía asimilar las cosas
ocurridas tan rápidamente como el agente.
—¡Claro!
¿Quién más? Nunca creí que tuviese una pandilla tan eficiente en la tierra.
Naturalmente que no le llevarán a sus amigos directamente. Habrá algún
escondite en alguna parte de los niveles inferiores. No hay mucha posibilidad
de encontrarlo entre quince millones de comuneros, pero lo probaremos. ¡Lo
intentaremos!
Un
policía se acercó portando una cajita de metal que tomó Chanthavar.
—Quítese
esa máscara. Esto es un husmeador electrónico. Trataremos de seguir la pista o
el rastro de las falsas caras. Un olor distintivo, así que uno no puede
confundirlo. No creo que los raptores les hayan arrancado ya las máscaras en el
palacio de los sueños; entonces alguien advertiría a quién se llevaban. Quédese
con nosotros. Podemos necesitarle. ¡Vayamos!
Una
gran cantidad de hombres, vestidos de negro, armados y silenciosos les rodeó.
Chanthavar salía por la puerta principal. Había en él algo de perro de caza. El
esteta, el hedonista, el filósofo indiferente estaban enmascarando al cazador
de hombres. Una luz brilló en la máquina.
—Una
pista, es cierto —musitó—. Si esto no se enfría demasiado de prisa, servirá de
algo. Maldición, ¿por qué ventilarán tan bien los niveles inferiores?
Se
lanzó en trote rápido, sus hombres no perdieron contacto con él. Las multitudes
les cedieron el paso.
Langley
estaba demasiado azorado para pensar. Aquello ocurría más de prisa de lo que su
mente le permitía comprender y las drogas del palacio de los sueños estaban aún
en su sangre, haciendo que el mundo tomase un aspecto irreal. Bob, Jim... ahora
la gran oscuridad nos habría arrebatado a ellos también. ¿Volvería alguna vez a
verlos?
—Bajaron
por un vertiginoso ascensor, cayendo como hojas en otoño, —Chanthavar
comprobando cada salida mientras pasaron por ellas. El incesante rugir de las
máquinas se hizo más alto, más frenético. Langley sacudió la cabeza, tratando
de aclararla, tratando de dominarse a sí mismo. Era como una pesadilla. Le
llevaban contra su voluntad fantasmas de negro.
Tenía que escapar. Tenía que estar solo,
pensar en paz. Ahora eso era una obsesión para él, arrollando a todos los demás
pensamientos de su cabeza. Estaba en una pesadilla y quería despertar. El sudor
empapaba su piel.
La
luz relampagueó, débilmente.
—¡Por
aquí! —Chanthavar salió por un portal—. La pista se debilita, pero quizás
Los
guardias pasaron tras él. Langley se retrasó, cada vez mas y salió del ascensor
en el siguiente nivel.
Era
una sección diabólica, poco iluminada y tenebrosa. Las calles estaban casi
desiertas. Puertas cerradas llenaban las paredes, sus pies pisaban escombros y
porquería, el batir y el rechinar de las máquinas le llenaban su universo.
Caminó de prisa, doblando varias esquinas y tratando de esconderse.
Poco
a poco su cerebro se aclaró. Un anciano con vestiduras sucias estaba sentado
con las piernas cruzadas junto a una puerta y le contemplaba con ojos
maliciosos. Una mujer perezosa estaba junto a él, mostrando unos dientes
irregulares en una mecánica sonrisa y retrocediendo. Un joven alto, desaliñado
y sin afeitar, apoyado contra la pared, siguió sus movimientos con ojos
inquietos. Era la escoria, la sección más vieja, pobre y descuidada... el
último refugio del fracaso. Ahí era en donde aquellos a quien la fiereza de la
vida de los niveles superiores había derrumbado, había arruinado convirtiendo
sus vidas en cosas sin importancia para el Tecnicado.
Langley
se detuvo, respirando con dificultad. Una mano furtiva salida de un pasadizo
estrecho, tanteando en busca de la bolsa de su cinturón. Le dio manotazo y los
pies desnudos de un chiquillo repicaron al alejarse en la oscuridad.
«Maldita
cosa la que tengo que hacer», pensó. «Me podrían matar para robarme.
Encontremos a un policía y salgamos de aquí, pronto».
Caminó
calle abajo. Un mendigo sin piernas les suplicó algo con una voz aguda, pero no
se atrevió a darle ningún dinero. Nuevas piernas podrían haberle crecido tí
impulsos de la codicia, del ansia de robarle, aunque pareciera imposible. Bien,
detrás, una pareja siniestra le seguía. ¿Dónde diablos habría un policía? ¿Es
que nadie se preocupaba de lo que ocurría allá abajo?
Una
forma enorme dobló una esquina. Tenía cuatro patas, un torso con brazos, una
cabeza no humana. Langley la llamó.
—¿Por
dónde se sale? ¿Dónde se encuentra el próximo ascensor para subir? Me he
perdido.
El
ser extraño le miró inexpresivo y siguió adelante.
—No
hablo Inglés.
Etie
Town, el barrio reservado a los visitantes de otra raza, estaba en alguna
parte, por aquí. Allí podría encontrar seguridad, a pesar de que la mayor parte
de los compartimentos estarían clausurados, siendo su interior ponzoñoso para
él. Langley siguió por el camino por el que vino el desconocido. Sus
perseguidores acortaron la distancia.
La
música tronaba desde una puerta abierta. Allí había un bar, gente, pero no de
la clase a quien pudiera pedir ayuda.
Mientras
las nieblas finales de la droga se evaporaban, Langley se dio cuenta de que
podía hallarse en una situación muy comprometida.
Dos
hombres salieron de un pasadizo. Eran corpulentos, bien vestidos para ser
comuneros. Uno de ellos se inclinó:
—¿En
qué puedo servirle, señor?
Langley
se detuvo, sintiendo la frialdad de su propio dolor.
—Sí
—dijo con voz espesa—. Sí, gracias. ¿Cómo puedo salir de esta sección?
—¿Forastero,
señor? —ambos se le colocaron uno a cada lado—. Nosotros le guiaremos. Por
aquí.
—¡Muchísimas
gracias! ¿Qué hacen ustedes aquí abajo? —preguntó de pronto Langley.
—Sólo
dando una vuelta, señor.
Los
modales eran demasiado cultivados, demasiado finos.
«¡Estos
son tan comuneros como yo!».
—No
importa. No... no quiero molestarles. Indíquenme solamente la dirección.
—¡Oh!,
no, señor. Eso sería peligroso. Esta zona no es buena para ir a solas.
Una
enorme mano caía sobre su brazo.
—¡No!
—Langley exclamó enérgico.
—Me
temo que nos vemos obligados a insistir —un empujón experto y se vio
semiarrastrado por los dos desconocidos—. No le pasará nada, señor, confíese y
no sufrirá ningún daño.
Apareció
a la vista la forma alta de un policía esclavo. El aliento de Langley carraspeó
en su garganta.
—Suéltenme
—dijo—. Suélteme o...
Unos
dedos se cerraron en torno a su cuello, sin hacerle mucho daño, pero haciéndole
estremecer. Cuando se hubo recuperado, el policía había desaparecido de la
vista.
Sintiéndose
atontado, les siguió. El portal de un ascensor gravitacional se asomaba delante
de él. Me siguieron, pensó con amargura, claro que lo hicieron. Yo no sé lo
estúpido que puede ser un hombre, pero esta noche me he ganado el primer premio
de idiotas.
Tres
hombres aparecieron, casi surgidos de la nada. Vestían las túnicas grises de la
sociedad.
—¡Ah!
—dijo uno—; lo encontrasteis. Gracias.
—¿Que
es esto? —los compañeros de Langley retrocedieron—. ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué
desean?
—Deseamos
llevar a su casa al buen capitán —respondió uno de los recién llegados. Su
rostro de barba bien recortada sonrió y una pistola apareció en la mano.
—Eso
es ilegal... esa arma...
—Posiblemente.
Pero morirá si no me hace caso... por muy ilegal que sea tener esta arma. Venga
con nosotros, capitán, haga el favor.
Langley
entró en el ascensor con sus nuevos captores. No parecía tener elección
posible.
Los
desconocidos no hablaron, si no que le acuciaron para que se apresurase.
Parecían conocer todos los pasillos vacíos. Su progreso hacia arriba fue un
viaje rápido y apenas vieron en el camino otro rostro. Langley trató de
calmarse, sintiéndose arrastrado a lo largo de una marea oscura e irresistible.
De nuevo en la parte superior de la ciudad, pináculos brillantes y lazos de luz
diamantina contra las estrellas. El aire era cálido y dulce en sus pulmones,
pero se preguntaba cuánto tiempo podría respirarlo. No lejos de la salida del
ascensor, una torre impresionante octogonal se alzaba destacando del complejo
general, su arquitectura extranjera la hacía fácilmente apreciable en
contraposición con la ostentosa exuberancia fruto del Tecnicado. Un rotulo luminoso
colgaba sobre su picacho con letras llameantes que crecían hasta formar las
palabras: SOCIEDAD COMERCIAL. Entrando por un puente con suelo rodante, los
cuatro fueron conducidos en un ascensor hacía una serie de apartamentos cerca
del centro de este edificio.
Cuando
salieron de la correa sin fin, se hallaron en una especie de cornisa y una
pequeña aeronave negra aterrizó sin ruido junto a ellos, se oyó una voz,
amplificada Hasta resonar a través de la murmurante quietud;
—¡No
se muevan mas. Es la policía!
«¡Policía!»
Las rodillas de Langley parecieron acuosas. Debió haberse figurado que
Chanthavar no dejaría aquel lugar sin vigilancia. Había comunicado la alarma
cuando notó la desaparición del hombre del espacio; la organización era
eficiente y ahora estaba salvado.
Los
tres comerciantes permanecieron inmóviles, sus rostros inexpresivos, como
tallados en madera. Una puerta se dilató y otro humano salió del edificio
mientras cinco esclavos vestidos de negro y un oficial ministerial bajaban de
la nave. Era Goltam Valti. Esperó con los otros, frotándose las manos con un
movimiento nervioso, como si se las lavara.
El
oficial se inclinó ligeramente.
—Buenas
noches, señor. Me complace ver que ha encontrado al capitán. Se le citará en la
orden del día por este servicio.
—Gracias,
milord. —Valti se inclinó. Su voz era aguda, casi irresistible hinchó sus
gruesas mejillas y agitó su peluda cabeza de manera obsequiosa—. Han sido
ustedes muy amables al venir, pero no había requerido su asistencia.
—No
se preocupe, lo llevaremos a su casa ahorrándole esa molestia —dijo el oficial.
—¡Oh,
señor!, seguramente usted me permitirá que yo ofrezca mi pobre hospitalidad a
este desgraciado desconocido. El lema de la Sociedad es: un invitado jamás debe
marcharse sin haber sido tratado bien.
—Lo
siento, señor, pero tiene que venir con nosotros —en la vaga y oscilante luz el
oficial frunció el ceño y en su tono de voz había un filo cortante y enérgico—.
En otra ocasión, quizás. Ahora tiene que venir con nosotros. Esas son mis
órdenes.
Valti
se inclinó y emitió un murmullo.
—Simpatizo
con usted, señor, pero estos humildes ojos lloran ante el pensamiento de
disputar con su eminencia, pero a pesar de ser un pobre y desamparado gusano,
como soy —el tono suplicante se convirtió en una amenaza enérgica—, me veo
obligado a recordarle, milord, muy en contra de mi voluntad, sólo por mantener
las relaciones en plan amistoso, que usted se encuentra en una zona que no es
de su jurisdicción. Por el tratado de la Luna, la Sociedad tiene derechos de
extraterritorialidad. Honorable señor, le ruego que no me obligue a pedirle su
pasaporte.
El
oficial se puso rígido.
—Le
dije que tenía mis órdenes —dijo con voz espesa.
El
corpachón corpulento del comerciante pareció de pronto enorme, recortado contra
el firmamento. Su barba pareció erizarse. Pero la voz continuó ligera.
—Señor,
el corazón me sangra por usted. Pero sea tan amable como para recordar qua este
edificio está armado y con dotación. Una docena de pesadas piezas de artillería
le apuntan y, con gran dolor, debo hacer respetar la ley. El capitán tomará un
refresco conmigo. Después será enviado a su casa, pero en el presente es de la
peor educación mantenerle de pie bajo este frió y húmedo aire. Buenas noche,
señor.
Tomó
a Langley por el brazo y le encaminó hacía la puerta. Los otros tres le
siguieron y la puerta se cerró tras ellos.
—Supongo
—dijo despacio el hombre del espacio—, que lo que yo desee no tendrá ninguna
importancia.
—No
esperaba tener el honor de hablar con usted privadamente tan pronto, capitán
—dijo Valti—. Ni creo que usted lamente una charla mientras nos tomamos una
copa de buen vino Amonite. Durante el viaje se estropeó un poco, para un
paladar tan delicado como el suyo que lo notará sin duda, pero humildemente le
aseguro que aún así y todo conserva muchos puntos de superioridad.
Había
bajado por un vestíbulo y una puerta se abría ahora para ellos.
—Mi
despacho, capitán —se inclinó Valti—. Tenga la bondad de entrar.
Era
una habitación poco iluminada, enorme, de techo bajo, cubierta de estanterías
que no tenían sólo microcarretes sino también algunos auténticos volúmenes en
folio. Los sillones eran viejos y cómodos y el escritorio era grande y cubierto
de papeles. Había una especie de bruma de tabaco fuerte en aquel aire un poco
viciado.
Una
criatura del tamaño de un simio, con pico en el rostro y ojos extrañamente
luminosos bajo pequeñas antenas, entró llevando en sus peludos brazos una
bandeja. Langley ocupó un sillón y aceptó una copa de vino caliente y oloroso y
un platito con pastelillos. Valti rezongó y bebió un trago profundo.
—¡Ah!
Esto sienta muy bien para mis viejos y reumáticos huesos. Me temo que las
medicinas nunca serán capaces da remediar el cuerpo humano, que encuentra
siempre los medios más ingeniosos para cambiar. Pero el buen vino, señor, buen
vino y una chica linda y las queridas y brillantes colinas de la patria, esa es
la mejor medicina que jamás pueda inventarse. Cigarros, Thakt, tenga la bondad.
La
cosa simiesca saltó grotescamente sobre el escritorio y extendió una caja.
Ambos hombres tomaron un cigarro y Langley encontró el suyo bueno. El ser
extraño se sentó sobre el hombro de Valti, rascándose su piel verde y emitiendo
risitas. Sus ojos jamás abandonaron a los del hombre del espacio.
—Bueno...
—después de aquel último par de horas, Langley estaba, agotado. Ya. no tenía
dentro de sí más ganas de pelear, se relajó y dejó que el cansancio corriera a
través de sus nervios y músculos. Pero su cabeza permanecía anormalmente
clara—. Bueno, señor Valti, ¿A qué ha venido todo esto?
El
comerciante expelió el humo y se arrellanó, cruzando sus regordetas piernas.
—Los
acontecimientos comienzan a producirse con incómoda rapidez —dijo con voz
tranquila—. Me alegro de que se haya presentado esta oportunidad de verle.
—Esos
policías parecían deseosos de que no se hubiese producido.
—Claro
—los ojos hundidos destellaron—. Pero les llevará algún tiempo preparar esas
colecciones de reflejos que llaman cerebro y dedicarse a atacarme. Para
entonces, usted estará en su casa, porque no le retendré mucho. El buen
Chanthavar no lo soportaría, pero por fortuna está ocupado en otro lugar.
—Sí,
tratando de encontrar a mis amigos —Langley sintió dentro de él un torpe
rencor—. ¿Sabe usted dónde los llevaron?
—Lo
sé —en su tono había simpatía—. Tengo mil propios agentes dentro de las fuerzas
Solares y conozco más o menos todo lo que ocurrió allá abajo.
—¿Dónde
están? ¿Como están?
La
tristeza retorció la media torcida boca.
—Temo
muchísimo por ellos, capitán. Probablemente estarán en poder de Lord Brannoch.
Es posible que les suelten. No lo sé —Valti suspiró—. No poseo espías en su
organización, ni él en la mía, espero.
—¿Está
usted seguro de que Brannoch...?
—¿Quién
si no? Qué yo sepa Chanthavar no tenía necesidad de poner en escena tal medida;
podía ordenar que todos ustedes fuesen arrestados cuando le viniera en gana.
Ninguno de los otros estados extranjeros está en esto en absoluto; son
demasiado débiles. Brannoch es conocido como jefe del servicio de inteligencia
militar Centauriano en Sol, a pesar de que hasta ahora ha sido lo bastante
listo como para no dejar pruebas que dieran píe a su expulsión. No, las únicas
potencias que cuentan en esta parte de la galaxia son Sol, Centauro y Sociedad.
—¿Y
por qué querría Brannoch apoderarse de ellos? —preguntó Langley lentamente.
—¿No
está claro? el ser extraño, Saris Hronna creo que se llama. Puede que sepan
donde encontrarle. Usted no se da cuenta de la fiebre que ese Hronna nos ha
causado a todos nosotros. Ustedes han sido vigilados a cada instante por
agentes de las tres potencias. Yo jugaba con la idea de hacerles raptar por mi
mismo, pero la Sociedad es demasiado pacifica para ser muy buena para esa clase
de cosas. De todas maneras, Brannoch nos derrotó a todos. Al instante en que me
enteré de lo que había ocurrido, envié a un centenar de hombres para que
tratasen de localizarle. Por fortuna, un grupo tuvo éxito.
—Por
poco no —dijo Langley—. Tuvieron que arrebatarme de otros... Centaurianos,
supongo.
—Claro.
No creo que Brannoch trate de asaltar esta fortaleza, especialmente puesto que
tendrá, esperanzas de conseguir la información de sus amigos. ¿Cree que ellos
les dirán algo?
—Depende
—Langley contrajo los ojos y una profunda bocanada de humo—. Sin embargo lo
dudo, nunca tuvieron gran intimidad con Saris. Yo sí, solíamos hablar durante
horas, a pesar de que sigo sin poder saber que es lo que le hizo huir.
—¡Ah!
vaya —Valti tomó un sorbo ruidoso de vino. En su rostro pesado no había ninguna
expresión—. ¿Sabe usted por qué es tan importante?
—Me
lo figuro. El valor militar de su habilidad para estropear o controlar las
corrientes electrónicas, etc. Pero me sorprende que ustedes no tengan ninguna
máquina que haga lo mismo.
—La
ciencia murió hace tiempo —dijo Valti—. Yo, que he visto mundos en donde están
todavía progresando, aunque estén por detrás de nosotros todavía, conozco la
diferencia entre una ciencia viva y una muerta. El espíritu de mentes abiertas
inquiere y se convierte en cosa extinguida cuando las civilizaciones humanas
alcanzan su propio desarrollo.
Valti
miró por debajo de sus párpados caídos.
—Hay,
claro, modos de hacer que un hombre hable —dijo—. No la tortura, es demasiado
cruda, pero hay drogas que desatan la lengua. Chanthavar ha dudado de
utilizarlas con ustedes. Si ustedes no tienen, después de todo, idea de dónde
está Saris, el proceso bastante desagradable podría preparar un bloqueo
subconsciente que les impediría seguir pensando en ese problema. Sin embargo,
puede que esto ahora lo bastante desesperado para dar ese paso. Seguramente lo
hará en el momento en que sospeche que usted ha deducido algo. ¿Lo ha deducido?
—¿Y,
por qué debería decírselo, señor?
Valti
le miró con paciencia.
—Porque
solo a la Sociedad se puede confiar un arma decisiva.
—Sólo
nuestro partido debe tener esa arma —replicó Langley secamente—. He oído muchas
veces esa canción.
—Considere
—dijo Valti. Su voz permaneció desapasionada—. Sol es una civilización
petrificada, interesada sólo en mantener el estado actual. Los Centaurianos
fanfarronean mucho acerca del vigor de las gentes de la frontera, pero están
tan muertos como los demás. Si ganasen, habría una energía de destrucción
seguida por un molde similar, nada nuevo excepto un cambio de amos. Si un
sistema sospecha que el otro se ha apoderado de Saris, atacará en seguida,
iniciando la guerra más destructiva de la historia; que ya he visto reducciones
a escala como usted no podría jamás imaginarse. Los otros estados mas pequeños
no serían mejores, aún cuando estuviesen en posición de utilizar el arma de
manera efectiva.
—De
acuerdo —dijo Langley—, Quizás tenga razón. ¿Pero qué pretende lograr su
preciosa Sociedad? ¿quien dice que ustedes son una raza de...? —Se detuvo
dándose cuenta de que no encontraba una palabra que equivaliese a Santo o a
Ángel, y terminó de manera débil: —¿Por qué ustedes lo merecen todo?
—No
nos interesa el imperialismo —dijo Valti—. Nosotros llevamos el comercio entre
estrellas...
—Probablemente
limpiando los bolsillos en ambos extremos.
—Bueno,
un comerciante honrado tiene que vivir. Pero no poseemos planeta, no estamos
interesados en tener ninguno... nuestro hogar es el espacio mismo. No matamos
excepto en defensa propia. Normalmente evitamos una pelea por la simple
retirada; hay siempre sitio en abundancia dentro del universo y un salto largo
hace fácil derrotar a los enemigos meramente sobreviviendo a ellos. Nosotros
somos gente muy nuestra, con nuestra propia historia, tradiciones, leyes... la
única potencia humana neutral en la galaxia conocida.
—Hábleme
más —dijo Langley—. Hasta ahora tengo sólo su palabra. Ustedes deben tener
algún gobierno central, alguien que tome decisiones y coordina sus esfuerzos.
¿Quienes son? ¿Donde están?
—Seré
sincero por completo, capitán —dijo Valti con tono suave—. No lo sé.
—¿En?
—Nadie
lo sabe. Cada nave está facultada para manejar por si misma los negocios
ordinarios. Llevamos informes en las oficinas planetarias, pagamos nuestro
impuesto. No sé, sin embargo, dónde van los informes y el dinero, ni los
enlaces terrestres en las oficinas. Hay una cadena de comunicaciones, una
burocracia secreta tipo celular que sería imposible de rastrear a través de
miles de años luz. Yo tengo un alto rango, dirigiendo de momento las oficinas
solares y puedo tomar muchas decisiones por mi mismo. Pero por circuito sellado
recibo de vez en cuando ordenes particulares. Debe haber por lo menos uno de
los jefes aquí en la Tierra, pero donde y quién, o qué, no se lo podría decir.
—¿Cómo
consigue este... gobierno... mantenerles; a ustedes en línea?
—Obedecemos
—dijo Valti—. La disciplina naval es potente, incluso en aquellos quienes como
yo mismo son reclutados en planetas más que nacidos en el espacio. Los ritos,
los juramentos... condicionados a la propia voluntad, sé que no tienen caso
cuando una orden ha sido deliberadamente violada. Pero somos gente libre. No
hay ni esclavitud ni aristocracia entre nosotros.
—Excepto
para sus patronos —murmuró Langley—. ¿Cómo saben que ellos trabajan para su
propio bien?
—No
es necesario leer nada siniestro o melodramático en las simplificaciones de una
política de seguridad, capitán. Si los cuarteles generales y la identidad de
nuestros jefes fuesen conocidos, serían demasiado fáciles de atacar y
aniquilar. Tal y como es, la promoción de la burocracia envuelve la
desaparición completa, probablemente el disfraz quirúrgico. Yo aceptaré
contento las ofertas si alguna vez se me hace.
»Bajo
estos patronos, como usted los llamó, la sociedad ha progresado en los mil años
de su fundación. Somos una fuerza con la que hay que contar. Usted vio como fui
capaz de hacer que ese oficial de policía mordiese el polvo ante mí.
Valti
aspiró profundamente y siguió en el asunto:
—Y
todavía no he recibido ninguna orden sobre Saris, obro porque me adelanto a los
acontecimientos; si me hubiesen mandado que le mantuviese a usted prisionero,
tenga la completa seguridad de que no saldría de aquí. Pero tal y como están
las cosas, tengo bastante campo libre para negociar. He aquí mi ofrecimiento:
Hay pequeñas naves interplanetarias escondidas en varios lugares de la Tierra.
Usted puede marcharse cuando guste. Alejarse de este planeta. Seguramente
oculto para cualquier volumen del espacio a menos que uno conozca su órbita,
hay un crucero armado de gran velocidad. Si me ayuda a encontrar a Saris, les
llevaré a ustedes dos y haré cuanto pueda por rescatar a sus compañeros. Se
estudiará a Saris, pero no se le hará ningún daño. Si él lo desea más tarde
puede ser devuelto a su mundo natal. Ustedes pueden unirse a la sociedad, o
pueden hacer que se les envíe a cualquier planeta colonizado por los humanos
más allá de la región conocida por Sol y Centauro. Hay ahí fuera muchos mundos
adorables, una amplia variedad cultural, lugares en donde usted puede sentirse
de nuevo en casa. Su recompensa monetaria le dará a usted un buen comienzo.
»No
creo que le guste a usted ya más la Tierra, capitán. Ni me parece que preferirá
la responsabilidad de desencadenar una guerra que desvastará los planetas. Me
parece que su mejor camino es estar con nosotros.
Langley
miraba el suelo. El cansancio estaba a punto de apoderarse de él. De volver a
casa, deslizarse hacia atrás durante años de luz y siglos hasta encontrar de
nuevo a Peggy... era un grito que nacía en su interior.
—No
sé que hacer —murmuró—. ¿Cómo puedo estar seguro de que usted no me miente?
—con un instinto de autopreservación, dijo—: No sé tampoco dónde está Saris,
dese usted cuenta. Dudo hasta de poder encontrarle yo mismo.
Valti
alzó una ceja de manera escéptica, pero no dijo nada.
—Necesito
tiempo para pensar —suplicó Langley—. Déjeme que lo consulte con la almohada.
—Si
usted desea —Valti se levantó y rebuscó en un cajón—. Pero recuerde, Chanthavar
o Brannoch pueden pronto impedirle a usted que haga su elección, si ha de ser
suya propia, tiene que hacerla pronto.
Sacó
una caja pequeña, de plástico, plana y se la entregó.
—Esto
es un comunicador, ajustado a una frecuencia que varía continuamente de acuerdo
a unas series numéricas escogidas al azar. Únicamente puede ser detectado por
otro similar, que yo poseo. Si me necesita, oprima este botón y llame. No es
preciso que se lo lleve hasta la boca. Podría incluso rescatarle de enmedio de
una fuerza armada, a pesar de que es mejor mantener en silencio este asunto.
Aquí... manténgalo cerca de su piel, bajo sus ropas. No se le caerá, quedará
colgado por si mismo y es transparente hasta para los rayos ordinarios que
emplean los espías.
Langley
se levantó.
—Gracias
—musitó—. Es usted muy honrado dejándome ir.
«¿O
es sólo una triquiñuela para desarmarme?».
—No
vale la pena, capitán —Valti le acompañó adelantándose hasta el exterior. Un
coche armado de la policía tomó tierra en la terraza—. Creo que le espera a
usted un vehículo para transportarle a casa. Buenas noches, señor.
—
Buenas noches —respondió Langley.
VIII
El
Control del Tiempo había decretado lluvia para aquella zona hoy y Lora se alzó bajo
un cielo bajo gris con sus torres más altas atravesando las brumas. Mirando por
la ventana que constituía una de las paredes de su sala de estar, Brannoch vio
solamente un metálico lleno de resplandor, desvaneciéndose en la cortina de
agua de lluvia. De vez en cuando restallaba un relámpago y cuando ordenó que la
ventana se abriese a su rostro le llegó una fría bocanada de aire.
Se
sentía enjaulado. Mientras paseaba por la habitación arriba y abajo había rabia
en su corazón. Musitó su informe como si cada palabra de él tuviese que
morderse y escupirse para pronunciarla.
—Nada
—dijo—. Ni una maldita cosa estéril. No lo saben. No tienen ni idea de dónde
puede estar esa criatura. Sus recuerdos han sido revueltos hasta nivel celular
y no ha aparecido nada qua podamos utilizar.
—¿Tiene
alguna pista Chanthavar? —preguntó la voz lisa y mecánica.
—No.
Mi agente Mesko en su último informe dijo que un almacén fue fracturado la
noche en que el pequeño aparato volador fue robado y que varias cajas de
raciones espaciales desaparecieron. Así que todo lo que tiene que hacer ese ser
es esconderse en su cubil elegido, colocar la nave en vuelo automático y
ponerse a esperar. Que es lo que en apariencia estaba haciendo entonces.
—Sería
raro que los alimentos humanos le mantuviesen indefinidamente —dijo Thrymka—.
Las posibilidades todas en favor de sus debilidades nutritivas son de que estas
sean un poco diferentes de las nuestras. Habrá alguna pequeña deficiencia
comulativa o intoxicante. Eventualmente puede enfermarse y morir.
—Eso
puede emplear semanas —repuso Brannoch—, y mientras es posible que encuentre
algún modo de conseguir lo que necesita. Pueden ser sólo elementos residuales o
partículas simples, titanio... cualquier cosa. O quizás haga algún trato con
alguno de esos grupos que le buscan. ¡Te digo que no hay tiempo que perder!
—Nos
damos cuenta —respondió Thrymka—. ¿Has castigado a tus agentes por su fracaso
en apoderarse de Langley también?
—No.
Lo trataron, pero tuvieron la suerte en contra. Casi lo capturan, allá abajo en
la Vieja Ciudad, pero luego miembros armados de la sociedad se lo quitaron de
las manos. ¿Podían haber sido sobornados por Valti? Quizás fuese una buena idea
dar a esa gota de sebo un balazo y deshacerse de él para siempre.
—No.
—Pero...
—No.
La política del Consejo prohíbe el asesinato de un miembro de la Sociedad.
Brannoch
se encogió de hombros amargamente.
—¿Por
miedo a que dejen de comerciar con Centauro? Deberíamos construir nuestros
propios navíos mercantes. Deberíamos ser independientes de todo el mundo. Día
llegará en que el consejo verá...
—¿Después
de que hayas fundado una nueva dinastía para regir una hegemonía interestelar
Centauriana? ¡Quizás! —había una débil nota de ironía en la voz artificial—.
Pero continúa con tu informe; sabes que preferimos la comunicación verbal. ¿No
te han proporcionado Blaustein y Matsumoto ninguna información útil?
—Bueno...
sí. Dicen que si alguien puede predecir en donde está Saris y qué es lo que
hará, ese alguien es Langley. Nuestra mala suerte ha sido que no hemos tenido
éxito en apoderarnos de él. Ahora Chanthavar ha montado tal guardia en su torno
que el rapto sería imposible. —Brannoch se pasó una mano por su amarillento
pelo—. He colocado igual número de hombres míos para vigilarle, claro. Por lo
menos harán difícil que Chanthavar le haga desaparecer. Durante algún tiempo,
estamos en un punto muerto.
—¿Qué
has dispuesto hacer con los dos prisioneros?
—Bueno...
todavía siguen en el escondrijo de la Ciudad Vieja. Anestesiados. Pensé
borrarles la memoria del incidente y dejarles marchar. No son importantes.
—Pueden
serlo —dijo el monstruo, o los monstruos—. Si vuelven a Chanthavar, serán
rehenes que pueden ser capaces de obligar a Langley a que preste su
cooperación. Pero es peligroso y enojoso seguir conservándolos nosotros. Hazles
matar y que desintegren los cuerpos.
Brannoch
se detuvo petrificado. Al cabo de largo rato, durante el cual el batir de la
lluvia contra la ventana pareció un sonido estrepitoso, sacudió la cabeza.
—No.
—¿Por
qué no?
—Asesinato
en la línea del negocio es una cosa. Pero en Thor no matamos a los prisioneros
desamparados.
—Tu
argumento carece de lógica. Da las órdenes.
Brannoch
permaneció quieto. El dibujo disimulado de la pared giraba lentamente ante sus
ojos; en la parte opuesta, la lluvia era plata líquida bajando a raudales por
el único gran panel.
Se
le ocurrió rápidamente que jamás había visto a un Trimano. Allí habían
estereógrafos, pero bajo el monstruoso peso de su atmósfera, arrastrados por un
planeta de noventa mil kilómetros de diámetro y de tres gravedades terrestres,
ningún hombre podía vivir. El suyo era un mundo en el que el hielo era como
piedra para formar montañas, en donde los ríos y mares de amoniaco líquido se
veían rasgados por tempestades que podían tragarse a toda la Tierra entera, en
donde la vida se basaba en su química sobra el hidrógeno y el amoníaco en lugar
del oxigeno y del agua, en donde explosiones de gas se producían rojas a través
de una oscuridad impenetrable. La población de esas especies dominantes era
calculada en 50.000 millones y un millón de años de historia registrada, les
había unido en una civilización inhumana. No era un mundo de hombres y algunas
veces deseaba que los hombres jamás hubiesen enviado robots para ponerse en
contacto con los Trimanos.
Consideró
lo que ocurría en el interior de aquel tanque: cuatro gruesos discos, de seis
pies de diámetro, de un azul sucio, cada uno con seis cortas patas con amplias
y agudas zarpas; entre cada par de patas había un brazo terminado en una mano.
Se tres dedos y de fuerza fantástica. Un abultamiento en el centro del disco
era la cabeza, rígidamente fija, con cuatro ojos colocados en torno a un tronco
como una antena y sobre el cual un tímpano en vez de oídos. Debajo estaba la
boca y otro tronco que contenía la nariz y una especie de trompa alimentadora.
Uno no podía distinguir a dos ejemplares de la misma especie, ni por su aspecto
ni por sus actos. No había diferencia en fue hablase Thrymka 1 o Thrymka 2.
—Te
estas debatiendo entre rehusar o no —dijo la voz microfónica—. No nos tienes
especial cariño.
Eso
era una maldita parte. A poca distancia un Trimano podía a la mente. Uno podía
verse imposibilitado de elaborar un plan o un pensamiento que ellos no
comprendieran. Esa era una razón por la que se habían convertido en consejeros
valiosos. La otra razón estaba, ligada con la primera: uniéndose las antenas,
podían descartar cualquier lenguaje hablado, comunicándose directamente por el
pensamiento de nervio a nervio, en una ligación en la que la individualidad
quedaba perdida y varias inteligencias, entidades altamente especializadas, se
convertían en un cerebro de poder y potencia inimaginables. El consejo de tales
multicerebros había contribuido mucho para ayudar a la liga de Alfa Centauro a
alcanzar su fortaleza actual.
Pero
no eran humanos. Ni remotamente... Apenas tenían nada común con el hombre.
Comerciaban con la liga, un intercambio de primeras materias necesarias
mutuamente; se sentaron en el consejo, conservaban posiciones altamente
ejecutivas. Pero la endiablada habilidad que hacía a sus mentes casi
ilimitadas, era un peligro, por ser seres extraños. No se conocía nada de su
cultura, su arte, sus ambiciones. Las emociones que pudieran tener. Eran tan
extrañas que la única posible comunicación con la humanidad estaba a nivel de
una fría lógica.
¡Maldita
sea!, un hombre era algo más que una máquina lógica.
—Tu
manera de pensar se enturbia —dijo Thrymka—. Puedes aclararla formulando
verbalmente tus observaciones.
—No
quiero hacer que maten a esos hombres —dijo Brannoch con llaneza—, es una
cuestión de ética. Nunca me perdonaría el haberlo hecho...
—Tu
sociedad te ha acondicionado a lo largo de líneas arbitrarlas —dijo Thrymka—.
Como en la mayor parte de tus conceptos relacionales, ese es insensato, va
contra la supervivencia. Dentro de una civilización unificada, que el hombre no
posee, tal ética podría justificarse, pero no ante el aspecto de las
condiciones existentes. Se te ha ordenado que mates a esos hombres.
—¿Y
si no lo hago? —preguntó Brannoch con voz suave.
—Cuando
el consejo se entere de tu insubordinación, serás destituido y todas tus
posibilidades para alcanzar tus ambiciones, se desvanecerán.
—El
consejo no tiene por qué enterarse. Podría romper el tanque vuestro. Estallaría
como pesos de las profundidades. Un accidente lamentable.
—No
lo harás. No puedes prescindir de nosotros. También, el hecho de tu
culpabilidad sería conocido por todos los Trimanos del consejo en cuando te
presentases ante ellos.
Brannoch
dejó caer los hombros. Le tenían en sus manos y lo sabía. De acuerdo con sus
propias órdenes de la patria, ellos tenían que dar siempre la opinión final.
Se
sirvió una fuerte bebida y la apuró de un trago. Luego pulsó un comunicador
especial.
—Yantri
hablando. Desembarazaros de esos dos motores. Desmantelar las partes.
Inmediatamente. Eso es todo.
La
lluvia seguía cayendo de manera infinita. Brannoch la miró inexpresivo.
Bueno... eso era todo. «Traté de no hacerlo».
La
fuerza del alcohol le reconfortó. Había ido contra el grano, pero ya había
matado a muchos hombres antes, y no pocos con sus propias manos. ¿Era muy
diferente el modo de su propia muerte?
Se
sacudió de sí mismo tales pensamientos, tratando de apelar a la última frialdad
que circulaba por su sangre. Quedaba mucho que hacer.
—Supongo
—dijo—, que sabéis que Langley va a venir aquí hoy.
—Hemos
leído eso en tu cerebro. Pero no estamos seguros de que Chanthavar lo permita.
—Para
conseguir una pista de mí, claro, una idea de mis procedimientos También, él
tendría que colocarse contra sus autoridades más altas, algunas de las cuales
están en mi nómina, que han decretado que Langley tenga un máximo de libertad
durante una temporada. Hay mucha parte de sentimentalismo en ese hombre del
pasado. Chanthavar les desafiaría si pensase que podía ganar algo, pero ahora
mismo quiere utilizar a Langley para cebo para mí. Darme el suficiente voltaje
para que me electrocute.
Brannoch
sonrió, sintiéndose de repente más animoso.
—Yo
le seguiré el juego. No objeto a que conozca mi juego en el presente, porque no
hay mucho que pueda hacer por impedirlo. He invitado a Langley para que se deje
caer y charlaremos. Si sabe donde está Saris, podréis leerlo en su mente.
Dirigiré la conversación en ese sentido. Si no lo sabe, entonces tendré un plan
para descubrir exactamente lo que él ha descubierto del problema y cual es la
respuesta.
—El
balance es muy delicado —dijo Thrymka—. En el momento que Chanthavar sospeche
que tenemos una pista, tomará sus medidas.
—¡Lo
sé. Pero voy a activar a toda la organización: Espías, sabotaje, sedición, por
todo el Sistema Solar. Eso le mantendrá ocupado, y le hará posponer su arresto
e interrogatorios de Langley hasta que esté seguro de que el individuo lo sabe.
Mientras tanto, podemos... sonar una campana. Ese debe ser él ahora, en el
ascensor bajo. ¡Ya vamos!
Langley
entró con un paso lento, mirando en el umbral. Parecía muy cansado. Sus ropas
convencionales no eran disfraz para él, incluso si no de una sola raza pura y
sin mezclas, uno le reconocería de inmediato como extranjero por su manera de
andar, sus gestos, y un millar de sutiles indicios. Brannoch pensó con simpatía
en lo solitario que el hombre debería estar. Luego, con una risa secreta,
pensó: «ya arreglaremos eso».
Adelantándose,
su capa rojo llama ondeando desde sus hombros, el Centauriano sonrió.
—Buenos
días, capitán. Ha sido usted muy amable al venir. Esperaba ansioso esta charla
con untad.
—No
puedo quedarme mucho —dijo Langley.
Brannoch
lanzó una mirada hacia la ventana. Una nave de combate volaba con la lluvia
cayendo por sus costados. Había hombres apostados en todas partes, rayos
espías, armas dispuestas a utilizarse. Era inútil intentar un rapto esta vez.
—Bueno,
por favor, siéntese. Beba algo —dejando caer su propia forma enorme en un
sillón añadió—: Probablemente le aburriré con preguntas estúpidas acerca de su
período y de cómo vivían entonces. Pues, bien, se equivoca. No iré por ahí.
Pero quiero preguntarle algo acerca de los planetas en que se detuvo.
El
rostro flaco de Langley se endureció.
—Mire
—dijo lentamente—. El único motivo que he tenido para venir fue el de tratar de
sacar de sus garras a mis compañeros.
Brannoch
se encogió de hombros.
—Lo
siento mucho —su tono era gentil—. Pero mire, no los tengo. Admito que deseaba
hacerme con ellos, pero alguien más se me adelantó.
—Si
eso es una mentira, se podrá conservar hasta que uno de ellos aparezca —dijo el
hombre del espacio con frialdad.
Brannoch
sorbió su bebida.
—Mire,
no puedo demostrarlo, no puedo demostrárselo. No le censuro por mostrarse
receloso. ¿Pero por qué echarme la culpa particularmente? Hay otros que también
estaban tan ansiosos como yo. Por ejemplo, la Sociedad comercial.
—Ellos...
—Langley dudaba.
—Lo
sé. Se apoderaron de usted hace un par de noches. Las noticias circulan con
rapidez. Deben de haber hablado con usted en términos muy dulces. ¿Cómo saber
que le decían la verdad? A Goltam Valti le gusta acercarse de manera sinuosa.
Le agrada pensar en sí misino como una araña y no es mala esa táctica, tampoco.
Langley
fijó en él sus ojos atormentados.
—¿Se
apoderó o no se apoderó usted de mis hombres? —preguntó con aspereza.
—Por
mi honor, no —Brannoch no tenía escrúpulos de condénela cuando era preciso—. No
tengo nada que ver con lo que ocurrió esa noche.
—Había
dos grupos mezclados. Uno era la Sociedad. ¿Cuál era el otro?
—Posiblemente
también los agentes de Valti. Sería esperanzador que usted le creyese una
especie de salvador. ¡Oh... aquí hay una posibilidad! Chanthavar mismo montó la
escena del rapto. Quería probar la interrogación, pero manteniéndole a usted
como reserva. Cuándo usted se le escapó, la pandilla de Valti pudo haber
tratado de aprovecharse de la oportunidad o el propio Valti es posible que esté
en la nómina de Chanthavar... o incluso, por fantástico que parezca, Chanthavar
en la de Valti. Las permutaciones del soborno... —Brannoch sonrió—. Me imagino
que se va a mostrar usted muy escarmentado cuando vuelva con el amigo Channy.
—Sí,
ya le dije lo que pensaba hacer. Ya estoy harto de quo me acucien por todas
partes. —Langley dio un gran sorbo a su bebida.
—Estoy
mirando dentro del asunto —dijo Brannoch—. Tengo que conocerle yo mismo. Es
más, aún no me ha sido posible descubrir nada.
Langley
retorció los dedos.
—¿Cree
que volveré a ver a esos muchachos? —preguntó.
—Es
difícil decir. Pero no pierda las esperanzas y no acepte ninguna oferta de
comercio con sus vidas a cambio de su información.
—No
quiero ni pensarlo. Se arriesga demasiado.
—No
—murmuró Brannoch—. No creo que usted lo piense.
Se
relajó todavía más y lanzó la pregunta clave:
—¿Sabe
usted dónde está Saris Hronna?
—No,
no lo sé.
—¿No
tiene la menor idea? ¿No está en un sitio probablemente por aquí?
—No
lo sé.
—Bueno,
le prometí no molestarle. Relájese, capitán. Usted parece un sauce mustio. Tome
otra copa.
La
conversación se mantuvo durante una hora, errando desde estrellas a planetas.
Brannoch se mostró encantado y creyó haber conseguido agradar a su invitado.
—Tengo
que irme —dijo por último Langley—. Mis señoritas de compañía deben de estar
poniéndose nerviosas.
—Como
quiera. Vuelva cuando guste. —Brannoch le acompañó hasta la puerta—. ¡Oh, a
propósito! Habrá un regalo para usted cuando regrese. Creo que le gustará.
—¿Eh?
—Langley miró con fijeza.
—Nada
de sobornos. No estará obligado a mí bajo ningún concepto. Si no lo acepta, me
consideraría ofendido. Pero se me ha ocurrido que con toda esa gente tratando
de utilizarle como si fuese una herramienta, a nadie se le ha ocurrido pensar
que es usted un hombre. —Brannoch le puso la mano en el hombro—. Hasta la
vista. Buena suerte.
Cuando
se hubo ido el Centauriano volvió hacia sus escuchas. Había un ardor dentro de
él.
—¿Lo
conseguisteis? —preguntó—. ¿Captasteis sus pensamientos?
—No
—dijo la voz—. Nos fue imposible leer su pensamiento.
—¿Qué?
—Todo
era un jeroglífico. Nada había reconocible. Tenemos ahora que fiarnos de tu
plan.
Brannoch
se derrumbó en la silla. En poco tiempo se notó desalentado. ¿Por qué? ¿Acaso
la lenta acumulación de mutaciones había alterado tanto el cerebro humano? No
lo sabía. Los Trimanos jamás habían confiado a nadie cómo funcionaba su
telepatía.
Pero...
bueno, Langley era todavía un hombre. Había una oportunidad. «Una buenísima
posibilidad, si yo conozco a los hombres». Brannoch suspiró con amargura y
trató de alejar de si mismo aquella tensión.
IX
La
escolta de la policía le acompañó todo el camino de regreso. Y habría otros
entre las multitudes de los puentes-pasos, escondidos tras el diluvio que hacía
opacos los transparentes coberturas. No mas paz, no más intimidad... a menos
que cediese, que dijese lo que realmente pensaba.
Tendría
que hacerlo o antes de mucho su mente se vería destrozada y sus conocimientos
extraídos, mientras, reflexionó Langley, hasta ahora había hecho un buen
trabajo de disimulo, de actuar confuso. No era demasiado difícil. Venía de otra
civilización y sus cambios de tono y gesto y voz no podían ser interpretados
por los más expertos psicólogos de hoy. También había sido en sus tiempos un
buen jugador de poker.
¿Pero
quién? ¿Chanthavar, Brannoch, Valti? ¿No tenía Saris ningún derecho en el
asunto? Todos podrían estar mintiéndole. Podía ser que no hubiese ni una
palabra de verdad en ninguno de sus argumentos. Quizás nadie debería tener la
nueva fuerza, posiblemente lo mejor era reducir a Saris a cenizas con un rayo
de energía y olvidarle. ¿Pero cómo siquiera podría hacerse eso?
Langley
sacudió la cabeza. Tenía que decidirse y rápido. Si leía uno de esos raros y
difíciles libros, aprenderla algo... sólo un poco, sólo lo bastante para
deducir en quién se podía confiar más. O quizás debería cortar por lo sano. No
sería nada más sensato el sortear para ver a quien confiaba su secreto que
afrontar en el ciego destino que parecía regir la suerte de la humanidad.
No...
tenía que vivir fiel a si mismo, todo el resto de sus días.
Salió
a la terraza de la torre del palacio que pertenecía a su apartamento. El
pasillo le condujo hasta el ascensor y partió hacia arriba, en dirección a su
propio nivel. Cuatro guardias, de aspecto inhumano en la todavía negra armadura
de combate que parecía tejido, le siguieron; pero por último se quedaron al
exterior de su puerta.
Langley
se detuvo para dejarles que hiciesen una pesquisa.
—Ábrete,
sésamo —dijo con voz cansada y atravesó el umbral. La puerta se cerró sola
detrás de él.
Entonces,
por un ratito, hubo como una explosión en su cabeza y permaneció plantado en la
densa oscuridad.
Aquello
se alzó. El giró sobre sus pies, sin moverse, sintiendo lágrimas que le corrían
por el rostro.
—Peggy
—susurró.
Ella
se le acercó con la misma gracia de su caminar a zancadas, gracias a sus largas
piernas, que él recordaba. El sencillo vestido blanco estaba ceñido a la
esbelta cintura con un elegante prendedor y el cabello rizado le caía hasta los
hombros. Los ojos eran grandes y verdes, había suavidad en la boca amplia, su
nariz un poco respingona y en sus bordes y en su puente unas cuantas pecas
diminutas que le daban gracia. Cuando estuvo cerca se detuvo y se arrodilló
ante él. Vio cómo la luz resbalaba sobre su brillante cabello.
Le
extendió la mano como para tocarla, pero su mano no quiso obedecer y seguir
todo el camino. De repente sus dientes castañetearon y hubo un escalofrío en su
carne. Ciego, le volvió la espalda a ella.
Batió
sus puños contra la pared, apenas tocándola, dejando que las fuerzas que le
dominaran sus nervios se le extendiesen controlando los músculos que deseaban
destrozar el mundo. Parecía que pasaría una eternidad antes de que pudiese
volverla a mirar a la cara. Ella todavía estaba esperado.
—No
eres Peggy —dijo a través de sus lágrimas—. No eres Peggy.
Ella
no comprendía el inglés, pero debió haber captado su significado. La voz era
baja, como la de Peggy fue, pero no completamente idéntica.
—Señor, me llaman Marin. He sido enviada como regalo por Lord
Brannoch Dhu Crombar. Será un verdadero placer servirle.
«Por
lo menos». Pensó Langley, «ese hijo de perra ha tenido el bastante
sentido común para darle otro nombre».
Su
corazón, latiendo a gran velocidad dentro de la jaula de sus costillas, comenzó
a fallar en sus ritmos y abrió la boca en busca de aire. Poco a poco, llamó al
robot de servicio.
—Dame
un calmante —dije—. Necesito permanecer consciente pero tranquilo.
La
voz le sonó extraña a sus oídos.
Cuando
hubo tragado un líquido, sintió una oscuridad creciente. Sus manos temblaron
mientras el calor regresaba a ellas. El corazón disminuía el ritmo, los
pulmones se extendieron, la piel sudorosa se estremeció y se relajó. Dentro de
él hubo equilibrio, como si su pena datase de muchísimos años.
Examinó
a la chica y ella le dirigió una tímida sonrisa. No... no era Peggy. El rostro
y la figura, sí, pero ninguna mujer americana habría sonreído jamás de aquel
modo, con aquella particular curva en los labios. Ella era un poco más alta, se
dio cuenta, y no caminaba como las nacidas libres. Y la voz...
—¿De
dónde has venido? —preguntó él, vagamente confuso ante la uniformidad de su
tono—. Háblame de ti misma.
—Soy
un esclavo de la Clase Ocho —respondió ella, cariñosa pero sin darse cuenta de
su expresión de voz—, A nosotros nos crían para ser compañeros inteligentes y
agradables. Tengo veinte años y soy virgen. Milord Brannoch me compró hace
pocos días, me hizo unas cuantas alteraciones quirúrgicas y psicológicas para
acondicionarme y me envió aquí como regalo para usted. Estoy a sus órdenes,
señor.
—Todo
arreglado, ¿eh?
—Sí,
señor. Todo arreglado. Le serviré como usted quiera—. Había en sus ojos un
débil resplandor de miedo.
Las
historias acerca de propietarios pervertidos sádicos debían haber circulado a
través de los centros de adiestramiento y cría de esclavas. Pero a él le gustó
el modo en que ella le miraba.
—No
importa —dijo—. No voy a hacer nada en absoluto. Volverás a Lord Brannoch y le
dirás que es un sucio bastardo que acaba de destruir cualquier posibilidad de
conseguir mi cooperación. Repítale mis mismas palabras.
La
chica se ruborizó y sus ojos se llenaron de lágrimas. Por lo menos ella tenía
orgullo... bueno, claro que Brannoch debería saber que Langley no se
interesaría en una muñeca sin alma. La joven debía hacer un esfuerzo para
controlar su respuesta:
—Entonces,
¿no me quiere usted, señor?
—Limítate
a entregar ese mensaje. Márchate.
La
chica se inclinó y se volvió para irse. Langley se apoyó contra la pared, con
los puños fuertemente apretados.
«¡Oh,
Peggy, Peggy, cariño mío!».
—¡Espere
un momento! —parecía como si hubiese hablado otra persona. La chica se detuvo.
—¿Dígame,
señor?
—Cuéntame...
¿qué será de tí ahora?
—No
lo sé, señor. Lord Brannoch puede castigarme... —sacudió la cabeza con una
extraña y tozuda sinceridad que no encajaba en una esclava. Pero Peggy también
había sido de aquella manera—. No, señor. Se dará cuenta de que yo no tengo la
culpa. Quizás me mantenga durante una temporada. O me venda a alguien. No lo
sé.
Langley
sintió una congoja fuerte en su garganta. ¡El gordo ministro Yuliem babeando a
una chica que se parecía a Peggy!
—No
—sonrió, la sonrisa le lastimó en la boca—. Lo siento. Tú... me asombraste. No
te vayas. Siéntate.
Encontró
una silla para sí mismo y ella lo hizo doblando las rodillas y sentándose sobre
los talones. A sus pies. Langley le acarició la cabeza con gran suavidad.
—¿Sabes
quién soy? —preguntó.
—Sí,
señor. Lord Brannoch me dijo erais un hombre espacial de una época muy antigua
que se perdió y... yo me parezco a vuestra esposa, ahora. Supongo que utilizó
fotografías para hacer la copia, Dijo que vos estaríais agradecido por tener a
alguien que se pareciese físicamente a ella.
—¿Y
qué más? ¿Qué se supone que deba hacer yo? ¿Debes de tratar de convencerme para
lo ayude? Necesita mi concurso en un asunto muy importante.
—No,
señor —ella le sostuvo la mirada tranquila—. Yo tengo que obedecer únicamente a
todos vuestros deseos. Eso... —Un leve ceño cruzó su suave frente, muy parecido
a aquellos ceños de Peggy que Langley tenía grabados en su corazón—. Eso puede
que él crea depende de vuestra gratitud.
—¡Buena
posibilidad! —Langley trató de pensar.
No
era propio de Brannoch, que debería ser un realista cínico, creer que eso es lo
que haría al hombre espacial rendirse ante su magnanimidad. ¿O sí que lo era?
Algunos rasgos de la naturaleza humana habían cambiado con el cambio total de
la sociedad. Quizás un terrestre de hoy reaccionase de ese modo.
—¿Esperas
de mí que me sienta obligado con él? —preguntó despacio.
—No,
señor. ¿Por qué ibais a estarlo? Yo no soy ningún regalo costoso.
Langley
ansió poseer su vieja pipa. Se tendría que encargar uno de estos días en
ordenar que se le preparase algo de tabaco cortado según los viejos tiempos,
pensó vagamente; nadie, en aquella época, fumaba pipa. Acarició el bronceado
cabello de la muchacha con una mano que la droga había devuelto su
tranquilidad.
—Háblame
de ti misma, Marin —dijo—. ¿Qué, clase de vida debes llevar?
Ella
la describió, competentemente, sin rencor pero sin alegría. El centro no
concordaba con ninguna de las nociones preconcebidas de Langley. Lejos de ser
un lugar de lujuria, sonaba como un convento bastante liberal. Allí había
bosques y campos para pasear entre las murallas; allí se recibía una educación
excelente; allí no había intentos —excepto para condicionar la aceptación de
llegar a ser propiedad— para coartar cada personalidad de desarrollarse en su
propio modo. Pero, claro, aquellas chicas estaban destinadas a ser concubinas
de alta categoría, algo más que sólo un cuerpo.
Con
la languidez que le produjo el sedante, Langley apercibió que Marin podría
serle muy útil. La hizo unas cuantas preguntas acerca de historia y de los
acontecimientos corrientes y ella le proporcionó inteligentes respuestas.
Quizás su cultura podría ayudarle a decidir qué es lo que tendría que hacer.
—Marin
—preguntó ensoñador—, ¿Has cabalgado alguna vez en un caballo?
—No,
señor. Sé pilotar un coche o un volador, pero jamás monté ningún animal. Sería
gracioso probarlo —ella sonrió completamente tranquila ya.
—Mira
—dijo Langley—, deja ese tratamiento de usted y no me vuelvas a llamar señor.
Mi nombre es Edward... para abreviar sólo Ed.
—Sí,
señor... Edward... —frunció con una seriedad infantil—. Trataré de recordar.
Perdóname si me olvido. Y en público será mejor conservar las reglas
ordinarias.
—Está
bien. Ahora... —Langley no podía resistir aquellos claros ojos. Desvió la vista
y la clavó en la lluvia—. ¿Te gustarla ser libre?
—¿Señor?
—¡Ed,
maldición! Supongo que puedo darte la libertad. ¿No te gustaría ser agente
libre?
—Es...
muy amable por su parte —respondió ella despacio—. Per...
—¿Bien?
—¿Pero
qué podría hacer? Tendría que bajar al nivel más bajo, llegar a ser la esposa
de un comunero o una sirvienta o una prostituta. No hay otra elección.
—Bonito
sistema. Aquí arriba, por lo menos estas protegida y entre tus iguales
intelectualmente hablando. Está bien, fue sólo una idea. Considérate parte de
los muebles.
Ella
rió.
—Eres...
estupendo —dijo—. Tuve muchísima suerte.
—Y
un infierno que sí. Mira, voy a mantenerte cerca porque no tengo corazón para
soltarte. Pero puede haber peligro. Estoy precisamente en el centro de un juego
interestelar de póquer y... trataré de sacarte de debajo si las cosas se ponen
mal, pero puede que no lo consiga. Vine con sinceridad, ¿puedes enfrentarte a
la perspectiva de que te maten O... o cualquier cosa así?
—Sí,
Langley. Me han adiestrado a poseer el hábito del valor físico.
—Yo
desearía que no me hablases de ese modo —dijo él con tristeza—. Pero supongo
que no se puede evitar. La gente puede seguir siendo la misma en su interior,
pero se creen diferentes en la superficie. Bueno...
—¿Cuál
es tu peligro, Edwy? ¿Puedo ayudarte? —ella le puso una mano en la rodilla. Era
una mano esbelta pero fuerte—. Quiero ayudarte, de veras.
—Ajaja
—sacudió la cabeza—. No voy a decirte más de lo que deba, porque si la gente
cree que sabes algo te convertirás en una apuesta del juego también. —Tuvo que
utilizar la frase inglesa. Sólo el ajedrez había sobrevivido a los juegos de su
época, pero la muchacha se hizo una idea bastante apropiada del sentido—. Y no
trates de deducir cosas, tampoco. Te lo aseguro, es peligroso.
No
había cálculo en el modo en que ella se levantó y se apoyó sobre él y le
acarició la mejilla con una mano.
—Lo
siento —susurró la joven—. Tiene que ser terrible para ti.
—Lo
soportaré. Continuemos con el viaje. Me gustas, pero ahora estoy bajo el efecto
de un sedante. Fue toda una impresión verte y durante algún tiempo no lograré
acostumbrarme. Mantente un poco al fondo, Marin; busca cobijo si empiezo a
arrojarte cosas. No trates de mostrarte simpática. Limítate a dejarme
tranquilo. ¿Entendido?
La
chica asintió sin decir nada.
A
pesar de la droga, su voz se hizo áspera. Todavía sentía un cuchillo dentro de
él.
—Puedes
dormir en esa habitación. Me gustas, pero no deseo tu rosado cuerpo. No... del
modo en que van las cosas.
—Está
bien —contestó ella tranquila—. Comprendo. Si cambias de idea, también lo
entenderé —al cabo de un momento, añadió—: Has de saber que si quieres puedes
hacer que me alteren mi aspecto físico otra vez.
Langley
no respondió, sino que se sentó maravillado. Era la respuesta lógica... No.
Siempre se acordaría. No quería esconderse de un hecho cierto.
Sólo
en su habitación, Langley se puso el pijama y se metió en la cama. Cerrando los
ojos, trató de evocar la imagen de Peggy. Ella había muerto, se había ido hacía
tanto tiempo que su mismísima sangre estaba diseminada por toda una raza
completa. Entraba dentro de lo posible que todos a los que había conocido,
Chanthavar y Brannoch y Valti y Marin y Yulien y los comuneros anónimos
apiñados en el nivel más bajo, hubiesen partido, fuesen descendientes, de una
noche inolvidable con ella. Era un pensamiento extraño. Se preguntó si se
habría vuelto a casar; esperaba que sí, esperaba que el segundo marido hubiese
sido un hombre bueno y que su vida hubiera transcurrido feliz, pero no era
probable. Peggy era de esa clase de mujeres que sólo se entregan una vez.
Trató
de verla ante él pero era difícil conseguir una visión clara. Marin la borraba,
ellas eran como dos fotografías una de la otra y no completamente iguales, con
los bordes borrosos. La sonrisa de Peggy jamás fue como la que acababa de ver
ahora... ¿o sí?
Pudieron
ser horas más tarde cuando oyó una explosión.
Se
sentó en el lecho, mirando a ciegas ante él. ¡Aquello había sido el estampido
de un detonador!
Otra
detonación se oyó y unas botas taconearon sobre el suelo. Langley se puso en
pie. Fuerza armada... ¡Un verdadero rapto esta vez, a pesar de todos los
guardias! Otro disparo de energía flameó en alguna parte fuera de la habitación
y oyó un juramento exclamado con una voz profunda.
Se
agazapó contra la pared más lejana, doblando los puños. No había luces. Si iban
tras él, que les costase su trabajo localizarle.
El
tumulto rodó hasta algún lugar de la sala de estar. Luego oyó el grito de
Marin.
Saltó
hacia la puerta.
—¡Abrir,
malditos! —la puerta le oyó y se dilató. Un brazo metálico le empujó hacia
atrás, derribándole al suelo.
—Quédese
donde está, señor —era una orden áspera musitada por alguien que ocupaba el
casco de combate parecido a una máscara—. Han entrado...
—¡Dejadme
salir! —Langley empujó a la forma gigante del policía solar. Fue inútil; el
esclavo permaneció inmóvil como si fuese una roca.
—Lo
siento, señor, mis órdenes son...
Un
rayo blanco azulado cruzó el campo de vista. Langley pudo ver a una figura con
traje espacial saliendo por la destrozada ventana y a Marin retorciéndose en
sus brazos. Otro policía le perseguía, disparando frenético.
Luego,
despacio, se produjo un silencio.
El
guardia se inclinó.
—Ya
se han ido, señor. Salga si desea.
Langley
avanzó en el desorden de su sala de estar. Había humo, plástico quemado, y el
amargo regusto del ozono. Los muebles estaban destrozados y entre ellos se
veían las figuras negras y corpulentas de los hombres con armaduras que
llenaban la cámara.
—¿Qué
pasó? —gritó—. En nombre de Dios, ¿Qué ha pasado?
—Tranquilícese,
señor —el jefe del pelotón se echó atrás el casco; la afeitada cabeza le
parecía pequeña, saliendo del metal y de la tela que encajonaba su cuerpo—.
Usted está bien. ¿Desea un sedante?
—¡Te
pregunté qué es lo que ha pasado! —Langley deseaba destrozar aquel rostro
impasible—. Adelante, dímelo... te lo ordeno.
—Muy
bien, señor. Dos espacionaves pequeñas, armadas, nos atacaron desde el exterior
—el comandante señaló al destrozado ventanal—. Mientras una entretenía nuestras
lanchas, la otra descargó a varios hombres con armadura espacial y unidades de
vuelo antigravitacionales, que entraron en la «suite». Algunos da ellos
permanecieron fuera temiendo a raya a los refuerzos nuestros que venían por la
puerta, uno se apoderó de vuestra esclava. Luego nos reunimos, vinieron más
hombres y el enemigo se retiró. No ha habido bajas en ningún lado, creo. Ha
sido una acción breve. Por fortuna no pudieron apoderarse de usted, señor.
—¿Quiénes
eran ellos?
—No
lo sé, señor. Su equipo no era el normal de ninguna fuerza militar o policíaca
conocida. Creo que una de nuestras aeronaves les ha enviado un rayo rastreador,
pero es imposible seguirlas fuera de la atmósfera y es difícil imaginar a donde
van. Pero, cálmese, señor. Está usted a salvo.
«Sí.
A salvo». Langley se reprimió y se apartó. Sentía como si le hubiesen
exprimido todas sus fuerzas.
Al
cabo de una hora apareció Chanthavar. Su rostro permaneció cuidadosamente
inexpresivo mientras examinaba los destrozos.
—Se
han ido, de acuerdo —dijo—. Pero no importa mucho, puesto que fracasaron.
—¿Quiénes
eran, lo sabe? —preguntó con torpeza Langley.
—No,
no podría decirlo. Probablemente Centaurianos, posiblemente de la sociedad. Lo
investigaré, claro —Chanthavar encendió un cigarrillo—. En cierto modo, es un
signo esperanzador. Cuando un espía recurre a los métodos de fuerza, es que, de
ordinario, se halla desesperado.
—Mire
—Langley le cogió del brazo—. Tiene usted que encontrarles. Tiene que conseguir
que me devuelvan a esa chica.
Chanthavar
fumó con ahínco su cigarrillo, sorbiendo hasta que las mejillas se le hincharon
tanto que desaparecieron los pómulos. Sus ojos se clavaba calculadores en el
americano.
—¿De
modo que ella ya ha llegado a significar mucho para usted? —preguntó.
—¡No!
¡Bueno, maldito sea siempre, es solo honradez! Usted no puede dejar que ellos
la destrocen, buscando algo que la muchacha no sabe.
—Es
sólo una esclava —se encogió de hombros Chanthavar—. En apariencia fue raptada
debido a un impulso cuando se vieron repelidos de sus habitaciones. Eso no
significa nada. Le daré un duplicado de ella si eso es tan importante para
usted.
—¡No!
—De
acuerdo, como guste. Pero si usted trata de comerciar con información para que
se la devuelvan...
—No
quiero —dijo Langley. Su mentís se había convertido en un reflejo mecánico—. No
tengo nada en que comerciar... todavía no, de todos modos.
—Yo
lo haré todo con mis fuerzas —repuso Chanthavar. Palmeó el hombro de Langley
con una breva y sorprendente amistad—. Ahora vuélvase a la cama. Prescribo dos
horas de descanso con una droga de sueños.
Langley
la tomó sin protestar. Sería algo que permitiría escapar del sentido de su
propia y profunda impotencia. Cayeron en abismo sus sueños, sus recuerdos.
Al
despertar encontró todo reparado mientras dormía; la pelea de la noche anterior
pareció no haber ocurrido nunca. Por la tarde el Sol hizo brillar a las naves
que patrullaban más allá de su ventana.
Su
mente se aferraba al problema como un perro hambriento a un hueso viejo del que
ha desaparecido toda partícula nutritiva. Marin... Porque ella se le había
acercado, ella se había ido perdiéndose en la oscuridad. Porque ella había sido
amable con él, ella había sido entregada al miedo y a la cautividad y al
tormento.
¿Era
sólo porque se parecía a Peggy? ¿Era por ella misma? ¿Era el principio de algo?
Cualquier cosa que fuese la angustia de él tenía un origen, y era una cosa
actual, presente.
Pensó
en llamar a Brannoch, en llamar a Valti, arrojándoles al rostro sus acusaciones
y... ¿y qué? Lo negarían todo. Varias veces llamó al despacho de Chanthavar,
para ser informado por una enloquecedoramente educada secretaria que había
salido en viaje de negocios. Fumó sin cesar, paseó por la habitación, se arrojó
a un sillón y se volvió a levantar. De vez en cuando repasaba toda su
existencia de maldiciones y obscenidades. De nada le servia.
Llegó
la noche y se sumió en otro largo y profundo sueño. Podría ser que terminase
convirtiéndose un adicto a las drogas... o suicidándose, medio más rápido y más
limpio de morir. Pensó en asomarse al balcón y arrojarse a la calle. Así
acabaría todo aquel caos. Un robot bien construido barrería sus restos
destrozados y para él aquel universo dejaría de existir.
Por
la tarde, llegó una visita. Cuando se la anunciaron, corrió hacia el teléfono,
tropezó, cayó al suelo y se levantó, jurando. La mano quedó vuelta al
interruptor; temblaba incontrolablemente.
El
rostro de Chanthavar sonrió con un calor poco usual.
—Tengo
buenas noticias para usted, capitán —dijo—. Hallamos a la chica.
Brevemente
su mente se negó a aceptarlo. El surco pesado de la sutilidad estaba tan
desgastado que no parecía sujetarle. Miró fijamente, con la boca abierta,
oyendo las palabras como si proviniesen de la lejanía.
—Estaba
sentada en un paso-puente, bastante mareada, cuando la recogimos. Reacción
post-anestésica. Ya se ha recobrado. Estoy seguro de que no se le hizo ningún
examen profundo mental, quizás una suave narcosíntesis... Que yo vea no se la
ha hecho ningún daño en absoluto. Ha estado inconsciente todo el tiempo. No
sabe nada. Voy a enviársela ahora. —Chanthavar sonrió—. ¡Que disfrute con ella!
El
impacto se filtró despacio a través de las bañeras de la locura. Langley se
arrodilló, queriendo rezar o llorar o las dos cosas. Pero no pudo hacer nada.
Luego empezó a carcajearse.
La
histeria se le había desvanecido ya para cuando la chica entró. Pero fue la
cosa más natural del mundo abrazarla. Ella lo apretó, temblando al reaccionar.
Por
último se sentaron juntos en un diván, cogidos de las manos. Ella le dijo lo
que pudo.
—Me
cogieron, me llevaron a la nave. Alguien me apuntó con una pistola
desvanecedora y luego no supe más. La siguiente cosa que recuerdo es estar
sentada en el banco del puente, mientras la acera se movía. Debieron ponerme
allí, me condujeron en un estado de sonambulismo y me abandonaron. Estoy
mareada. Después vino un policía y me llevó ante el ministro Chanthavar. Me
hizo unas preguntas y me dio un repaso médico y dijo que nada parecía mal.
Después me ha mandado aquí.
—No
lo entiendo —dijo Langley—. No lo entiendo en absoluto.
—El
ministro Chanthavar dijo que en apariencia se me llevaron con la esperanza de
que pudiese ser valiosa... cuando fracasaron en apoderarse de tí. Me
mantuvieron inconsciente para que no pudiese identificar a nadie. Me hicieron
unas cuantas preguntas sencillas bajo el narcosíntesis y me soltaron cuando se
dieron cuenta de que no les podía ser de ninguna, ayuda —suspiró, sonriendo un
poco trémula—. Me alegro de que me dejasen marchar.
Langley
comprendió que la muchacha no lo decía sólo por sí misma.
Tragó
la bebida que había preparado y se sentó sin hablar durante un rato. Su mente
se notaba extrañamente clara, pero las pasadas horas de pesadilla formaban una
especie de poso por debajo de todo.
Así
que eso era lo que significaba. Eso era lo que Sol y Centauro pretendían: Un
cruel juego de fuerza, en donde nadie contaba, en donde ningún acto era
demasiado vil. El momento en que un bando sintiese que tenía alguna ventaja, se
lanzarla sobre la espalda del otro y en el forcejeo no importarla que los
planetas se destrozaran. Eso era lo que él se suponía que tenía que sancionar.
Todavía
conocía bien poco acerca de la Sociedad; seguramente no sería una colección de
sinceros altruistas. Pero parecía que eran neutrales, que no tenían sueños
lunáticos de imperio. Seguramente conocerían más la galaxia, tendrían una mejor
oportunidad de encontrarle para él algún mundo joven en donde pudiese de nuevo
ser hombre. Su elección estaba clara, ello le haría correr a través de un juego
de muerte, pero hay cosas peores que la extinción.
Miró
al lindo perfil de la chica a su lado. Quería preguntarle que es lo que
pensaba, que deseaba. Apenas la conocía. Pero no podía, le era imposible
hablar, con los oídos mecánicos de escucha existentes en la habitación. Tendría
que tomar su decisión por ella misma.
La
chica se enfrentó a su mirada con sus tranquilos ojos verdes.
—Desearía
que me dijeses qué es lo que ocurre, Edwy —dijo ella—. Parezco estar tan
expuesta como tú en cualquier caso y preferiría saberlo.
La
hizo entrar y le contó lo de Saris Hronna y de la persecución. La chica captó
la idea en seguida, asintió sin excitarse y se contuvo de preguntarle si sabía
una respuesta o qué es lo que trataba de hacer.
—Es
una cosa muy grande —dijo ella.
—Sí
—contestó Langley—. Y antes de nada te convertirá en algo todavía mayor.
X
Podía
haber ojos al mismo tiempo que oídos en las paredes. Langley se fue a la cama
poco después de la puesta del sol. Los rayos espías penetraban por entre el comunicador,
había dicho Valti, pero de todas maneras se puso el pijama. Estuvo acostado
durante una hora, medio traspuesto, pero incapaz de dormirse del todo. Luego
ordenó música en alta voz. El estrépito de la música registrada ahogaría
cualquier conversación efectuada en voz baja.
Esperó
que la tensión interior que parecía formarle un nudo en el estómago, no se
reflejara en sus facciones.
A
tientas, como si palpara en la oscuridad, oprimió el botón. Luego encendió un
cigarrillo y se tendió a esperar.
La
suave voz fue como vibración dentro de él...
Pensó
en rayos sónicos hetereodinados y enfocados hacia las cavidades óseas de su
cráneo... Era algo que sonaba disonante, pero sabía que Valti había dicho en
alguna parte, poco más o menos:
—Ah,
capitán Langley. Me hace usted un honor sin precedentes. Es un placer verse
arrancado de un cómodo lecho para oírle. ¿Me permite aconsejarle que hable con
los labios cerrados? La transmisión será lo bastante clara.
—De
acuerdo —había una pregunta desesperada que tenía que formular—. Estoy
preparado para negociar con usted... ¿pero tiene en su poder a Blaustein y
Matsumoto?
—No,
capitán. ¿No acepta mi palabra?
—Yo...
creo que sí. Está, bien. Le diré donde creo que Saris es... si no le importa,
un invitado huésped... y le ayudaré a encontrarle si es posible. A cambio,
quiero que haga todo cuanto pueda por rescatar a mis amigos, junto con dinero,
protección y el transporte que me ofreció, tanto para mí como para otra
persona, una muchacha esclava que está conmigo en este apartamento.
Era
difícil discernir si la alegría fue lo que obligó a aquel hombre gordo a
responder con una voz algo más gruesa que de ordinario.
—Muy
bien, capitán. Se lo aseguro, no se arrepentirá nunca de lo que hace. Ahora,
como consideraciones prácticas, usted debe desaparecer sin dejar rastro.
—No
estoy muy seguro de cómo va a poder hacerse esa cosilla, Valti. Creo que estoy
poco más o menos balo arresto domiciliarlo.
—No
obstante, usted saldrá esta noche. Déjeme pensar... Dentro de dos horas la
chica y usted saldrán a la galería o terraza. Por Dios, háganlo de manera que
parezca natural. Quédense allí, a plena vista de los de arriba, ocurra lo que
ocurra.
—Está
bien. Dos horas... 23:47 de mi reloj, ¿de acuerdo? Hasta la vista.
Ahora
tenía que esperar. Langley tomó otro cigarrillo y permaneció acostado como si
escuchara, la música: «¡Dos horas! Antes de que pase ese tiempo seré una
ruina de cabellos encanecidos».
El
tiempo se arrastró despacio, parecía transcurrir una eternidad de minuto a
minuto. Langley juró, entró en la sala de estar y marcó en un dial para
conseguir un libro. Física básica moderna. Tal y como transcurría el tiempo de
despacio en dos horas tendría bastante como para obtener el título de Doctor en
Ciencias. De pronto se dio cuenta de que había estado mirando la misma página
durante los últimos quince minutos. Apresuradamente marcó la siguiente. Incluso
si no era registrado, debía comportarse como si lo fuera.
Miró
el reloj y sintió como se le endurecían los músculos del estómago. Veinte
minutos para irse.
Tenía
que sacar fuera a Marin. No podía dejarla en aquel infierno y tenía que hacerlo
de un modo que no llamara la atención a los observadores. Durante un ratito
permaneció sentado pensando. El único modo no era de su agrado. Un lejano
antecesor de Nueva Inglaterra apretó los labios airado y trató de retenerle.
Pero...
Caminó
hacia la puerta de la habitación de ella. Se abrió sola y el se encontró
mirando a la muchacha: Estaba dormida. El cabello cobrizo desparramado suave en
torno a su rostro, un rostro que emanaba paz. Trató de no acordarse de Peggy y
la acarició el brazo.
Ella
se sentó.
—Oh...
Edwy —abrió los ojos parpadeando— ¿Qué ocurre?
—Siento
despertarte —dijo con terneza—. No podía dormir. Me sentía, como en el
infierno. ¿Quieres venir a hablar conmigo?
Ella
le miró con algo parecido a la compasión.
—Sí
—respondió por último—. Sí, claro.
Echándose
una capa por encima de su camisón, le siguió a la terraza.
Encima
de ellos brillaban las estrellas. Contra el remoto fulgor de las luces de la
ciudad se destacaba la negra forma de una nave patrullera. A Langley una ráfaga
de viento le alborotó el cabello. Se preguntó dónde se alzaba la Lora actual...
no lejos del antiguo emplazamiento de Winnipeg, ¿verdad?
Marin
se apoyó contra su costado y él la rodeó la cintura con el brazo. La vaga luz
mostraba una curva pensativa e insegura en la linda boca de la joven.
—Se
está bien aquí afuera —dijo Langley por decir algo.
—Sí...
Ella
esperaba alguna cosa. Langley sabía lo que era y también los observadores de
Chanthavar sentados ante sus pantallas. ¡Dios, cómo deseaba poder escapar a sus
ojos!
Se
detuvo y se forzó a besarla. Ella respondió gentil, con algo de torpeza, sin
embargo. Luego la miró con fijeza largo rato y no pudo decir nada.
—Lo
siento —murmuró por fin.
¿Cuánto
tardarían en irse? ¿Cinco minutos? ¿Diez?
—¿Por
que? —preguntó ella.
—No
tenía derecho a...
—Tienes
todos los derechos. Soy tuya, ya lo sabes. Para eso soy.
—Cállate
—rugió él—. Me refiero a derecho moral.
Sentía
un martilleo en sus sienes.
—Vamos
—dijo ella, tomándole de la mano—. Volvamos dentro.
—No...
todavía no —balbuceó Langley.
Ella
esperaba. Y porque allí no parecía haber otra cosa que hacer, él se encontró
besándola de nuevo.
«¿Cinco minutos? ¿Tres? ¿Dos? ¿Uno?».
—Vamos
—susurró ella—. Entra conmigo ahora.
El
se hizo atrás.
—Espera...
espera...
—Tú
no me tienes miedo. ¿Qué te ocurre? Hay algo raro en tí...
—¡Cállate!
—respingó el americano.
Un
fuego floreció en el aire. Un instante después Langley sintió el puñetazo del
impacto. Se lanzó hacia atrás y vio pasar como un rayo a una espacionave
lanzando llamas contra la nave patrullera. El viento rieló tras ella.
—¡Aléjate
de enmedio, Edwy! —Marin se lanzó en busca de protección de la sala de estar.
Langley la cogió del pelo, la obligó a retroceder y permaneció al descubierto.
La nave atacante voló, desapareciendo borrosa.
Y
algo se apoderó de Langley y le hizo ascender girando.
«Un
rayo tractor», pensó locamente, «un rayo de gravedad controlada».
Después algo negro bostezó ante él. Un portalón abierto. Pasó a su través y la
puerta se cerró inmediatamente a sus espaldas. Mientras se reanimaba percibió
el latido de grandes motores. Marin estaba acurrucada a sus pies. La levantó y
ella se estremeció entre sus brazos.
—Todo
va bien —le musitó inseguro—. Todo va bien. Logramos escapar. Quizás.
Un
hombre con sobretodo gris entró en la pequeña cámara hermética.
—¡Bien
hecho, señor! —dijo—. Creo que nos vamos sin novedad. ¿Quiere seguirme?
—¿Qué
es esto? —preguntó Marin frenética—. ¿Dónde vamos?
—Hice
un trato con la Sociedad —explicó Langley—. Nos sacarán del Sistema Solar.
Vamos a ser libres, los dos.
Interiormente
se preguntó si sería cierto.
Bajaron
por un pasillo estrecho. La nave trepidaba en su torno. Al final del pasillo
entraron en una estancia pequeña atiborrada y reluciente de instrumentos. Una
pantalla contenía una vista de las duras estrellas del espacio..
Goltam
Valti emergió en su sillón para palmear la espalda de Langley y agitarle la
mano y rugir un saludo.
—Maravilloso,
capitán. ¡Excelente! un excelentísimo trabajo, si usted me perdona la falta de
modestia.
Langley
se encontraba débil. Se dejo caer en un asiento, arrastrando a Marin para que
se sentara en su regazo sin pensarlo siquiera.
—¿Qué
es lo que ocurrió exactamente? —preguntó.
—Unos
cuantos otros y yo nos escabullimos de la torre de la sociedad —dijo Valti—.
Tomamos una nave rápida para dirigirnos a la hacienda de un ministro que...
simpatiza... con nosotros en donde mantenemos un pequeño bastión. Se
necesitaron dos espacionaves: una para crear una breve dispersión de fuerzas y
ésta para recogerles a ustedes y escapar aprovechando la confusión.
—¿Qué
hay de la otra nave? ¿No la capturaran?
—Eso
esta ya resuelto. Habrá un disparo afortunado que la derribará... ya sabe, una
bomba colocada a bordo. Va tripulada por robots y ha sido limpiada con cuidado
de todo rastro de su propietario excepto una o dos pequeñas sugestiones que
indicarán a Chanthavar su origen centauriano —Valti parpadeó—. Lástima tener
que perder tan excelente navío. Costó su buen medio millón de solares. Es
difícil en esta época prever beneficios sustanciosos.
—En
cuanto Chanthavar haga averiguaciones lo encontrará a faltar a usted...
—¡Mi
buen capitán! —Valti parecía ofendido—. Yo no soy ningún aficionado. Mi doble
duerme pacífica y legalmente en mis propias habitaciones.
—Claro
—añadió pensativo—, si podemos hallar a Saris puede que sea necesario que yo
abandone Sol también. Si es así, espero que mi sucesor sepa manejar el comercio
venusiano. Es bastante difícil; con suma facilidad puede ponerse al rojo.
—De
acuerdo —exclamó Langley—. Hecho está. Ya me encuentro comprometido. ¿Cuál es
su plan de acción?
—Eso
depende de dónde esté él y de qué métodos serán necesarios para establecer
contacto. Pero este crucero es rápido, silencioso, apantallado contra
radiaciones; bien artillado y a bordo hay treinta hombres armados. ¿Cree que
serán suficientes?
—Me...
me parece que sí. Tráigame mapas de la zona de Mesko.
Valti
asintió y la pequeña peluda criatura verdosa llamada Thakt, que había estado en
un rincón, percibió el gesto. Dio un saltito y salió.
—Encantadora
jovencita —se inclinó Valti—. ¿Puedo preguntar cómo se llama?
—Marin
—respondió ella con un hilo de voz.
Se
levantó del regazo de Langley y permanecía en pie, respaldada contra la pared.
—Todo
va bien —dijo el hombre del espacio— No temas.
—No
tengo miedo —respondió la muchacha, tratando de sonreír— Sólo estoy aturdida.
Thakt
regresó con un manojo de papeles. Langley se enfrascó en ellos, frunciendo el
ceño, tratando de hallar orientación en medio de aquella alterada geografía.
—Una
vez, en Holat —dijo—. Daris y yo nos tomamos el día libre para ir de pesca y él
me mostró algunas cuevas. Entonces le hablé de las Cuevas Carlsbad, en Nuevo
Méjico y se mostró muy interesado. Más tarde, poco después de que partiéramos
para la Tierra, las volvió a mencionar y le prometí llevarle a verlas. Mientras
examinábamos algunos mapas terrestres para beneficio de varios filósofos
holatanos, le mostré su localización. Así que si ha logrado conseguir mapas del
mundo moderno, Carlsbad no quedaría muy lejos y él sabría que esa zona es
terreno vedado, casi inexplorado. Claro que por ahora podría estar colonizado o
haber desaparecido de la existencia, por cuánto yo sepa.
Valti
siguió la dirección que señalaba el dedo de Langley.
—Sí...
creo que he oído hablar de ese lugar —dijo con una pizca de excitación—. Corrad
Caverns... sí, aquí. ¿Es ese el sitio?
—Ah,
entonces lo conozco. Forma parte de las tierras del ministro Ranull, en donde
la vida se desenvuelve salvaje. Algunas veces lleva a sus invitados hasta las
Corrad Caverns, pero estoy seguro de que nadie se introduce muy lejos en ellas.
La mayor parte del tiempo deben estar completamente desiertas. ¡Una brillante
sugerencia, capitán! Le felicito.
—Si
no da resultado —apuntó Langley—, entonces estaré tan a oscuras como usted.
—Lo
probaremos. De todas maneras, usted tendrá su recompensa. —Valti habló por un
comunicador—. Iremos allá en seguida. No hay tiempo que perder. ¿Desea alguna
droga estimulante...? Tome, esto le dará vivacidad y energía para las próximas
horas y puede llegar a necesitarlo. Perdóneme, tengo que ultimar algunos
detalles.
Se
fue y Langley quedó a solas con Marin. Ella le contempló durante algún tiempo
sin hablar.
—Está
bien —dijo él—. Está bien, me decidí por un bando. Me imagino que la Sociedad
hará mejor uso de esta fuerza que ninguna otra facción. Pero, claro, tú eres
una ciudadana de Sol. Si no lo apruebas, lo siento.
—No
sé. Es una carga muy grande para que uno la tome sobre sus propios hombros
—sacudió la cabeza—. Comprendo lo que te impulsó a esto. Puede que tengas
razón, puede que no la tengas, no te lo aseguro. Pero estoy a tu lado, Edwy.
—Gracias
—dijo él tembloroso y se preguntó si a pesar de sí mismo no llegaría a
enamorarse de ella. De pronto se le representó la imagen de los dos, comenzando
de nuevo en algún lugar más allá del firmamento. Claro que eso dependía de que
pudieran escapar de Sol.
XI
Le
hizo sentirse bien el cambiarse el pijama llamativo por un traje espacial, con
botas, casco, pistola. Langley nunca se había dado cuenta antes de cuánto hacen
las ropas en un hombre. Pero caminando a través de una honda inmensidad de
oscuridades, sintiendo el escalofría del mundo subterráneo y oyendo una cruel
burla de ecos, volvió a comprender que el desamparo y las dudas hablan estado
estrangulándole.
Allí
había tubos luminosos pendiendo durante kilómetros y kilómetros de cuevas, pero
una expedición furtiva no podría seguirlos; servirían sólo para indicar las
zonas en donde Saris no estaría. Media docena de hombres caminaba junto a
Langley, el resplandor de sus rayos de luz daba a sus rostros un aspecto
fantasmal destacándoles de las sombras. Eran miembros de la tripulación,
desconocidos para él. Valti se había declarado a sí mismo demasiado viejo y
cobarde para entrar en los túneles; Marin quiso acompañarles, pero se le negó
el permiso.
Una
desordenada fantasía de caliza, toscos y grandes pilares y protuberancias
saltaba de la oscuridad cuando los rayos recorrían la caverna. Aquel lugar no
debía haber cambiado mucho, pensó Langley. En cinco mil años, el lento gotear y
la evaporación del agua fría habría añadido una pizca a las estalactitas y las
estalagmitas de trecho en trecho, pero la tierra era vieja y pacienzuda.
Sintió
que el tiempo en si yacía enterrado en alguna parte de aquel intrincado
laberinto.
El
hombre que portaba el rastreador neural alzó la vista.
—Todavía
ni rastro —dijo. Inconscientemente su voz era baja, como si la quietud
gravitara sobre él—. ¿Cuan lejos tenemos que ir? Los caminos son largos... y
hay muchas ramificaciones. Incluso aunque esté aquí, puede que nunca logremos
encontrarle.
Langley
siguió adelante. No podía hacer otra cosa. No pensaba que Saris se hubiese
adentrado en los subterráneos más de lo preciso. Los holatanos no eran
exactamente claustrófobos, pero eran criaturas acostumbradas al campo abierto y
al cielo despejado. Iba contra sus instintos permanecer encerrados mucho
tiempo.
La
lógica ayudaba en cierto modo. Saris no había tenido a mano ningún mapa de las
cuevas. Habría penetrado a través de la entrada principal, como sus actuales
perseguidores, porque no habría podido conocer otro medio de acceso. Después
habría buscado una habitación para vivir, con salidas y agua. Langley se volvió
hacia el hombre del equipo rastreador.
—¿No
hay por aquí cerca algún río o laguna interior?
—Sí.
Agua en aquella dirección. ¿Tenemos que probar?
—¡Ajaja!
Langley
se metió por el túnel más próximo. Un borde de roca le golpeó los tobillos. Más
allá, el pasadizo se angostaba rápidamente hasta que le obligó a agacharse.
—Pueda
que sea esto —dijo. Los ecos retemblaron con sus palabras—. Saris podría
deslizarse por aquí con facilidad. Puede ir a cuatro patas cuando le place,
pero es un paso difícil para un hombre.
—¡Espere!
Tome, coja usted el rastreador, capitán —dijo alguien detrás de él—. Creo que
ha dado señales de vida, pero con todas esas personas delante de mí se producen
demasiadas interferencias.
Langley
se contrajo para tomar la caja. Enfocándola, miró al reluciente dial verdoso.
Respondía a los impulsos de corto alcance emitidos por un sistema nervioso y...
sí, por Dios, ¡la aguja oscilaba más de lo debido!
Excitado
reptó más allá, la húmeda pared arañándole la espalda. Su rayo luminoso era una
única blanca lanza asestada a la oscuridad ciega. Su respiración era un fuerte
estertor en su garganta.
De
pronto llegó al final y por poco se cae. El túnel debía abrirse a algunos
metros por encima del suelo.
—¡Saris!
—llamó. Los ecos parecieron revolotear a su alrededor; aquella era una sala de
buen tamaño. De algún lugar le llegó el murmullo de una corriente de agua—,
Saris Hronna! ¿Estás ahí?
Un
disparo de desintegrador estalló tras él. Vio el fogonazo. Minutos después aún
había chispitas de luz danzando ante sus ojos y la radiación le dio en el
rostro. Apagó la luz y saltó, esperando frenético que el suelo no estuviera muy
lejos. Algo le raspó la pierna, el sobresalto le hizo castañear los dientes y
cayó a un piso invisible.
Otro
rayo flameó hacia la boca del túnel. Langley notó cómo la sangre caliente y
pegajosa le corría por la pantorrilla. El holatano sabía justo dónde estaba la
abertura de entrada, podía hacer disparos y freír a los hombres dentro.
—¡Saris!
¡Soy yo... Edward Langley... tu amigo!
Los
ecos parecieron reírse de él, danzando por en medio de una noche enorme.
«Amigo... amigo... amigo... migo...». La corriente subterránea hablaba con una
voz fría y frenética. Si el proscrito se había vuelto loco por el miedo y la
soledad, o si había decidido en su lúgubre desesperación matar a cualquier
humano que se aventurase por allí, Langley estaba perdido. La espada
incandescente de un rayo de energía, o el súbito cerrarse de las mandíbulas en
su garganta, podría ser la última cosa que sintiera.
Pero
tenía que intentarlo. Langley se aplastó sobre una roca lisa.
—¡Saris!
¡He venido a sacarte de aquí! ¡He vuelto para llevarte a tu patria!
La
respuesta retumbó en la oscuridad, imposible de localizar por causa de los
ecos.
—¿Eres
tú? ¿Qué es lo que quieres?
—He
hecho algunos acuerdos... ¡Puedes volver a Holat! —Langley gritaba en inglés,
el único idioma común a los dos; los dialectos holatanos eran demasiado
distintos para que un hombre pudiese aprender algo más que unas cuantas
frases—. Somos tus amigos, los únicos amigos que tienes.
—Ya.
—No pudo advertir ninguna expresión en su tono. Se imaginó notar las
vibraciones del pesado cuerpo, palmeando en la oscuridad con sus acolchados
pies—. No puedo estar seguro. Por favor, dime con sinceridad cual es la
presente situación.
Langley
se lo explicó en pocas palabras. La piedra por debajo de la vientre estaba
húmeda y fría. Estornudó.
—Es
la única posibilidad para todos nosotros —concluyó—. si no estás de acuerdo,
tendrás que quedarte aquí hasta que te mueras o te saquen a la fuerza.
Hugo
un silencio; después:
—Confío
en ti, te conozco, ¿pero no es posible que otros te hayan engañado?
—¿Qué?
¡Oh! ¿Quieres decir que la Sociedad esté empleándome para sus propios fines,
también. Sí, pudiera ser. Pero no lo creo.
—No
tengo en menor deseo de que me hagan la disección —dijo el ser que estaba a la
espera.
—No
te la harán quieren estudiarte, ver cómo haces lo que haces. Me dijiste que
vuestros pensadores, en tu patria, tienen una buena idea de como funciona eso.
—Si.
Nada podría aprenderse de la tosca anatomía de mi cerebro. Creo que una máquina
como la que tus... amigos... desean podría construirse fácilmente. —Saris
dudaba, luego—. Muy bien, tengo que correr el riesgo, no importa lo que ocurra.
Así sea. Podéis entrar todos.
Guando
las luces lo localizaron, se alzó alto y orgulloso, aguardando con la dignidad
de su raza entre las cajas de provisiones que habían sido sus únicos objetos.
Tomó las manos de Langley entre las suyas y husmeó la mejilla del hombre.
—Me
alegro de volverte a ver —dijo.
—Yo...
siento lo que ha pasado —contestó Langley—. No sabía...
—No.
El universo está lleno de sorpresas. No importa, si puedo volver de nuevo a mi
patria.
Los
tripulantes de la espacionave le aceptaron casi con indiferencia; estaban
acostumbrados a las inteligencias no humanas. Tras curar la herida de Langley,
formaron un cordón y regresaron. Valti hizo que la nave remontara el vuelo tan
pronto como todos estuvieron a bordo y luego conferenciaron con ellos.
—¿Necesita
usted algo, Saris Hronna? —preguntó a través del americano.
—Si.
Dos vitaminas que parecen faltar en la química terrestre. —Saris dibujó los
croquis en una hoja de papel—. Estas son las formulas estructurales, según la
tecnología de Langley.
El
hombre del espacio las redibujó en términos modernos y Valti asintió.
—Serán
fáciles de sintetizar. Tengo un aparato para fabricar moléculas en mi
escondite. —se mesó la barba—. Iremos allí en primer lugar, para hacer los
preparativos para la partida. Tengo un crucero ultra-rápido en orbita secreta,
serán ustedes instalados a bordo y se les enviará a nuestra base en el sistema
61 del Cisne. Eso queda bien lejos de las esferas de influencia solares y
centaurianas, entonces, señor, sus facultades serán estudiadas a placer y a
usted, capitán Langley, se le entregaré el pago acordado.
Saris
habló. Tenía su propia proposición que hacer, cooperaría si después se le
devolvía a Holat con una tripulación de técnicos y una cantidad de suministros.
Su mundo estaba demasiado lejos para estar en peligro directo de las estrellas
de esta región, pero alguna expedición errante de conquistadores podría llegar
a el por casualidad.. y Holat no tenía defensas contra un bombardeo del
espacio. La situación tenía que rectificarse, satélites robot armados no
detendrían una flota completamente equipada para la invasión —nada lo haría
excepto posiblemente otra flota— pero así podrían disponer de pequeños grupos
de merodeadores que eran todo lo que Holat debería temer y por lo que
preocuparse.
Valti
parpadeó.
—Capitán,
¿se da cuenta de lo considerables que serían los gastos de un viaje de ese
tipo? ¿Sabe él lo que costaría situar esas estaciones? ¿Es que no se compadece
de un pobre viejo que debe sufrir un examen pericial de sus libros de cuentas?
—Me
temo que no —repuso Langley con una sonrisa.
—Ah,
¿que seguridades quiere de que nosotros cumpliremos con nuestra parte del
acuerdo?
—Tendrá
el control sobre el desarrollo del nulificador... no pueden construirlo sin él,
tanto gracias a su empírica evidencia como a su conocimiento teórico... así que
no hay que preocuparse de esa parte. Cuando vea que el proyecto se acerca a su
fin, querrá que las naves de ustedes sean preparadas según sus deseos, prestas
para zarpar. Y querrá una bomba instalada en la que le transporte a él, de
manera que sea su mente la única forma de controlarla. Mujeres y niños estarían
a bordo mientras se hiciera el trabajo por cuenta de Holat y al primer signo de
traición volaría toda la nave.
—¡Pobre
de mi! —Valti sacudió dolido la cabeza—. Seguro que su mente es odiosamente
recelosa. Creía que bastaba una mirada a mi honrado... Bien, bien, así sea.
Pero me estremezco al pensar los gastos que vamos que tener que hacer a
nuestras expensas.
—¡Oh,
diablos! Hombre, ustedes pueden amortizar esa deuda; en 2.000 años. Olvídelo.
Ahora, ¿dónde vamos primero?
—Mantenemos
un pequeño escondite en el Himalaya... nada palacial; nuestros gustos son
sobrios. Debo presentar un informe mis jefes aquí en la Tierra, conseguir su
aprobación al plan y preparar los documentos para nuestra oficina en el Cisne.
Llevará sólo muy poco tiempo.
Langley
se fue a la enfermería da la nave. La herida de la pierna era cosa seria, pero
la curación en aquellos días era cosa rutinaria: una grapilla, para unir los
bordes de la herida, una inoculación de enzimas artificiales para estimular la
regeneración. Al cabo de unas pocas horas de la intervención quirúrgica mas
extremada quedaría curada por completo y sin la menor cicatriz.
Langley
halló a Marin en la sala central de la nave, se sentó junto a ella y la tomó la
mano.
—Y
falta poco ahora —dijo—. Creo que hemos hecho lo mejor... sacando la fuerza de
Saris del lugar en que sólo podría causar la destrucción. También, lo mejor
para Sol. Y ahora estamos unidos a nuestro propio camino.
—Sí
—ella no le miró. Su rostro estaba blanco y en él había una expresión tensa.
—¿Qué
te pasa? —preguntó él ansioso—. ¿No te encuentras bien?
—No...
no lo sé, Edwy. Todo parece tan raro, de algún modo, como si esto fuera un
sueño —miró con fijeza y turbios ojos hacia delante de ella—. ¿Verdad? ¿Estoy
durmiendo de alguna manera y...?
—No.
¿Cuál es la molestia? ¿No puedes describírmela?
La
muchacha sacudió la cabeza.
—Es
como si alguien mas estuviera compartiendo mi cerebro, sentado ahí dentro y
esperando. Me ha pasado de súbito. Supongo que por la tensión, no tardaré en
estar bien.
Langley
frunció el ceño. La preocupación hizo presa de él, si ella enfermaba...
¿Por
qué ella le era tan importante? ¿Se estaba enamorando de aquella criatura?
Sería cosa fácil. Dejando aparte su aspecto físico, era valiente e inteligente
y voluntariosa. Podía verse pasando junto a ella y feliz toda una vida.
Peggy... Jim... Bob... No, no ella también. ¡No de nuevo, gran Dios!
Se
produjo una leve conmoción y, los motores pararon. Saris Hronna asomó su
patilludo hocico por la puerta y anunció:
—Hemos
aterrizado. Salgamos.
La
nave yacía anidada en una caverna brillantemente iluminada; tras ella se veía
una enorme puerta de cemento que debía conducir a la ladera de la montaña.
Aquello tenía que ser una tierra alta y salvaje. Probablemente habría campos de
nieve y glaciares, permanentes en el llamado techo del mundo, ventoso, vacío,
un lugar en donde los hombres podrían esconderse durante años.
—¿Tienen
ustedes defensas? —preguntó Langley a Valti mientras éste le mostraba el camino
pasado el casco de la nave.
—No.
¿Para qué? Sólo servirían para añadir más metal que podría detectarse desde el
espacio. Tal y como está, todas las cosas son de plástico o de piedra. Capitán,
soy un hombre pacífico. Confío más en mi corteza cerebral que en mis armas.
Durante cinco décadas nadie ha sospechado la existencia de este cubil.
Entraron
en un vestíbulo desde el que se abrían varias puertas; Langley vio que debía
haber una sala de radio, con toda seguridad para ser usada en caso de
emergencia. Los hombres de Valti se fueron hacia sus propias habitaciones.
Hablaron poco; la gente de la Sociedad parecía fruncir el ceño ante la
perspectiva de charla inútil entre ellos. El vuelo había terminado.
Marin
dio un salto y sus ojos se desorbitaron.
—¿Qué
te pasa? —preguntó Langley. La voz le sonó áspera y cascada.
—No...
no lo sé —la muchacha trataba de no llorar—. Me siento muy rara.
Sus
ojos estaban desenfocados y se movía como una sonámbula. Langley lo advirtió.
—¡Valti!
¿Qué es lo que tiene?
—Me
temo que no lo sé, capitán. Probablemente sólo la reacción; ha sido una prueba
para una persona que no estaba acostumbrada a los problemas y a la angustia.
Acostémosla y haré que el médico de la nave le de un vistazo.
La
victoria de Langley se le deshacía entre las manos.
—Vamos,
capitán —dijo Valti, tomándole del brazo—. Hagámosle a Saris Hronna sus
comprimidos vitamínicos y después usted podrá dormir un poco. Dentro de
veinticuatro horas estarán fuera del Sistema Solar. Piense en eso.
Estaban
trabajando en el laboratorio cuando Saris se puso rígido.
—Ella
pasa cerca —dijo—. Camina dando vueltas y su mente se nota muy extraña.
Langley
corrió al pasillo. Marin estaba allí plantada, mirándole con ojos claros.
—¿Dónde
estoy? —preguntó con voz débil.
—Vamos
—la respondió—. Volveré contigo a la cama.
—Me
siento mejor —le contó ella—. Había una presión en mi cerebro, todo se
oscureció y ahora me veo aquí de pié... Pero ya vuelvo a sentirme yo misma.
El
vaso con la droga permanecía intocado junto a su litera.
—Tómate
esto —dijo Langley. Ella obedeció, la sonrió y se quedó dormida. El reprimió el
deseo de besarla.
Al
regreso halló a Saris guardándose un frasquito de comprimidos en la bolsa que
le colgaba del cuello. Valti se había ido a preparar su papeleo, estaban solos
entre las máquinas.
—Noté
que la mente de ella se aclaraba mientras yo... escuchaba —dijo Saris—. ¿Acaso
las de su raza padecen de tales desfallecimientos?
—De
vez en cuando —repuso Langley—. Defectos mecánicos de su organismo. Me temo que
nosotros no estamos tan cuidadosamente diseñados como vuestro pueblo.
—Es
posible. Nosotros matamos a los débiles cuando son jóvenes.
—Eso
también lo solía hacer mi raza en diversas ocasiones, pero la costumbre nunca
duró mucho tiempo. Algo en nuestra naturaleza parece prohibirlo.
—Y
sin embargo, sois capaces de destruir un mundo llevados por vuestras propias
ambiciones. Jamás lograré entenderos.
—Dudo
que nosotros mismos podamos nunca entendernos. —Langley se frotó la nuca y
bostezó. Estaba dolorido de cansancio ahora que le habían desaparecido los
efectos del estimulante—. Al diablo todo eso. Voy a dormir un poco.
Despertó
horas más tarde por el estruendo de una explosión. Al sentarse en la cama, oyó
las detonaciones de los desintegradores.
XII
Otro
estampido hizo estremecer los huesos de Langley. Alguien gritó, alguien maldijo
y se oyó un rumor de pies corriendo por el pasillo. Mientras palpaba en busca
de su ropa y sacaba la pistola de energía, quiso vomitar. Sin saber como,
habían fracasado.
Se
aplastó contra la puerta manual de la habitación que le había sido concedida y
abrió un poco. Fuera había un fuerte olor a carne quemada. Dos cuerpos vestidos
de gris estaban tirados en el pasillo, pero la lucha había pasado de largo.
Langley salió.
Delante
de él había ruido, procedente de la sala reuniones. Corrió en aquella dirección
con la clara idea de caer por detrás sobre los atacantes. Un viento amargo iba
llevándose consigo el aire y el hombre jadeó en busca de aliento, una parte
remota de él comprendió que la puerta de entrada había sido abierta volándola y
que el fino aire de la montaña se precipitaba en el interior.
¡Ahora...
el umbral! irrumpió por él, apretando el gatillo de su desintegrador. No hubo
retroceso, pero el rayo dio de lleno en la espalda que él quería. No conocía el
modo de apuntar con un arma moderna, como superar una mente moderna, como hacer
algo. La comprensión de la técnica le sobrevino cuando alguien giró sobre un
talón y le dio una experta patada con el otro pie. Langley perdió el desintegrador, que cayó al suelo y se quedó mirando a
una docena de cañones apuntándole..
La
tripulación de Valti estaba apiñada en torno a Saris Hronna. Alzaron las manos
de mala gana; se habían visto arrollados en el asalto y estaban entregándose.
El holatano estaba a cuatro patas y sus ojos llameaban amarillos.
Brannoch
dhu Crombar emitió una risa estridente.
—¡De
manera que es usted! —gritó—. ¡Se le saluda, capitán Langley! —se volvió
indicando la habitación atestada con sus cincuenta hombres—. Entre y únase a la
diversión.
—Saris...
—gimió el americano.
—Por
favor —Brannoch le abrió paso con un par de codazos—. Reconozca que tengo algún
cerebro. Hace varios días que me hice hacer armas puramente mecánicas para la
mitad de los componentes de mi grupo... cápsulas de fulminante de mercurio a
percusión que originan una explosión química. Sólo armas muy escandalosas y
difíciles de apuntar, pero a corta distancia pueden llenarle a uno de plomo y
él es impotente para impedirlo.
—Comprendo
—Langley notó cómo dentro de sí crecía la sensación de derrota, la pérdida de
toda esperanza—. Pero, ¿cómo nos encontraron?
Marin
entró. Permaneció en el umbral mirándoles con el rostro congelado en forma de
máscara, el rostro de una esclava.
Brannoch
la señaló con el pulgar.
—La
chica, claro —dijo—. Ella nos avisó.
La
inhumana compostura de la muchacha se desmoronó.
—¡No!
—gritó—. ¡Yo nunca...!
—No
de manera consciente, querida mía —dijo Brannoch—. Pero mientras estabas en las
pruebas finales de cirugía se te sembró mediante una máquina una orden
post-hipnótica. Muy poderosa, como tal... e imposible de romper. Si Saris era
hallado me notificarías las circunstancias a la primera oportunidad. Lo que,
como veo, hiciste.
Ella
le contemplaba muda de horror. La cabeza de Langley le zumbaba extrañamente.
Muy
lejano oyó el murmullo de las palabras del centauriano:
—Tiene
usted también que saber, capitán, que yo fui quien se llevó a sus amigos. No
pudieron decirme nada y contra mis deseos... murieron. Lo siento.
Langley
le dio la espalda. Marin comenzó a llorar.
Valti
se aclaró la garganta.
—Bonita
maniobra, milord. Muy bien realizada. Pero está el detalle de varias bajas
entre mi propia gente. Me temo que la Sociedad no pueda permitir esa clase de
cosas. Tendrá que haber una restitución.
—En
la que se incluirá a Saris Hronna, ¿verdad? —Brannoch sonreía sin humor.
—Claro.
Y las reparaciones según las providencias de la cláusula determinada por
nuestro tratado. De otro modo, la Sociedad tendría que aplicar sanciones a su
sistema.
—¿Retirada
de todo comercio? —rezongó Brannoch—. Podemos pasar sin sus cargamentos. ¡Y qué
prueben a utilizar la fuerza militar!
—Oh,
no, milord —dijo Valti melifluo—. Somos personas humanas. Pero tenemos una gran
participación en la vida económica de cada planeta en donde poseemos oficinas,
inversiones, compañías locales, propiedad nuestra. Si es necesario, podemos
hacer cosas lamentables a vuestra economía. No es tan rígida como la de Sol, ya
sabe. Dudo que su pueblo aceptaría satisfecho... digamos... la inflación
catastrófica cuando pusiéramos en circulación varias toneladas de praseodimio,
que es vuestro patrón comercial, seguida por la depresión y el desempleo cuando
cierto número de corporaciones clave se retiraran de los negocios.
—Comprendo
—dijo Brannoch inconmovible—. No intento utilizar mas fuerza con usted que la
necesaria, pero si me obliga tendré que excederme. Puede que la solución es que
todo su personal desaparezca por entero... tendré que pensármelo. Me pasaron
por alto nuestros juegos.
—Ya
he completado un informe para mis jefes, milord. Aguardaba sólo las últimas
órdenes. Saben dónde estoy.
—¿Pero
sabe quién le ha atacado? Se podrían arreglar las cosas para que las culpas
recayeran en Chanthavar... Sí. Una idea excelente.
Brannoch
se volvió hacia Langley. Tuvo que coger por el hombro al americano para atraer
su atención.
—Mire
—exigió—, ¿esa bestia suya habla algún idioma actual?
—No
—repuso Langley—, y si piensa que voy a servirle de intérprete, será mejor que
empiece a ir cambiando de parecer.
El
rostro del noble thoriano parecía dolorido.
—Desearía
que dejara de considerarme un canalla, capitán. He cumplido con mi deber. No le
guardo el menor rencor por tratar de escapar de mí. Si coopera, mi oferta sigue
en pie. Si no, tendré que ejecutarle y nada se habrá ganado. Enseñaremos a
Saris nuestro idioma y le obligaremos trabajar sea como sea. Todo lo que usted
puede hacer es retrasarnos un poco —hizo una pausa—. Será mejor, sin embargo,
que se lo avise. Si trata de sabotear el proyecto una vez esté en proceso de
realización, el castigo será ejemplar.
—Adelante,
entonces —exclamó Langley. Ya todo le importaba un comino—. ¿Qué quiere
decirle?
—Queremos
llevarle a Thor, en donde nos ayudará a construir un nulificador. Si algo va
mal durante su trabajo, morirá y naves robot serán enviadas para bombardear su
planeta. Les costará mil años llegar hasta allí, pero las mandaremos. Si, por
otra parte, nos ayuda, lo devolveremos a su patria. —Brannoch se encogió de
hombros—. ¿Qué le importa a él qué partido gana al fin?
Langley
lo tradujo al inglés, casi palabra por palabra. Saris permaneció callado
durante, un minuto, luego dijo:
—Hay
pena en ti, amigo mío.
—Sí
—contestó Langley—. Eso creo. ¿Qué es lo que piensas hacer?
El
holatano pareció meditar.
—Es
difícil de decir. De momento no tengo mucho donde escoger. Sin embargo, por lo
que sé del universo actual, igual da ayudar a Sol que a Centauro.
—Brannoch
ha puesto el dedo en la llaga —repuso Langley—. Nosotros somos de raza
distinta. Excepto que la Sociedad te ofrecía mejor negocio, eso no afecta a tu
pueblo.
—Pues
sí. Lo erróneo en la vida, cualquier clase de vida en el espacio, siempre es
erróneo. Hay, por ejemplo, la posibilidad de que alguien algún día descubra un
medio de viajar más rápido que la luz. Entonces una raza equivocada se
convertirla en una amenaza general. También para sí misma, porque otros
planetas ultrajados podrían unirse para destruirla.
—Bueno...
¿podemos hacer algo ahora, excepto hacer que nos maten en un arranque de
heroísmo?
—No.
No veo ninguna salida. Eso no significa que no exista. Es mejor bailar al son
que nos tocan, mientras olfateamos una nueva pista.
Langley
asintió con indiferencia. Estaba demasiado asqueado de todo aquel repugnante
asunto para seguir preocupándose. Que ganaran los centaurianos. No eran mejores
ni peores que los demás.
—Está
bien, Brannoch —dijo—. Seguiremos sus dictados.
—Supongo
que se da cuenta —intervino Valti—, que eso significa la guerra.
—¡Excelente!
—el gigante se estremeció con una exuberancia casi incontrolable.
—¿Y
qué otra cosa? —preguntó Brannoch sinceramente sorprendido.
—Una
guerra que, con o sin nulificadores, puede destruir la civilización en ambos
sistemas. ¿Qué le parecería si, digamos, los procinitas se instalaran sobre las
ruinas radioactivas de Thor?
—Toda
la vida es juego de azar —dijo Brannoch—. Si uno no carga su postura y marca
sus cartas... ¡sé condenadamente bien que usted también lo hace...! se pierde
el juego. Hasta ahora las fuerzas han estado equilibradas. Dentro de poco
tendremos el nulificador. Eso puede desequilibrar la balanza muy mucho, si lo
utilizamos bien. No es un arma definitiva, pero es potente. —Echó la cabeza
atrás y se sacudió con una risa silenciosa. Al recobrarse dijo:
—Está
bien. Tengo en África un pequeño cubil de mi propiedad. Primero iremos allí
para efectuar los preparativos iniciales... construir entre otras cosas,
construir un estupendo maniquí sintético, el cadáver de Saris, para que
Chanthavar lo encuentre. No puedo abandonar la Tierra en seguida, porque
sospecharía demasiado. Lo que debo hacer es irme de la mano lo bastante como
para que se me considere persona no grata, tenga que salir en desgracia; y
volver ¡con una flota a mis espaldas!
Langley
se vio impulsado a salir al exterior en una ladera en que la nieve crujía bajo
los pies y el cielo era un cofre negro lleno de estrellas. Expelió el aliento
en forma de vapor a causa del frío; el respirar era agudo y penoso y su cuerpo
temblaba. Marin se apretó contra él, como si buscara calor, pero él se apartó
vivamente de ella. ¡Herramienta!
No...
no, eso no era jugar limpio con la muchacha, ¿verdad? La chica no era
responsable cuando les traicionó, con menos voluntad propia que la que tendría
un hombre a quien le están encañonando: por la espalda. Pero no podía mirar
ahora sin sentirse sucio.
Una
espacionave bajó hasta el suelo. Langley subió por la escalerilla, encontró un
sillón en la sala y trató de no pensar. Marin le dirigió una mirada llena de
dolor y luego se sentó alejada de los demás. Un par de guardias armados,
hombres rubios, arrogantes, que debían ser thorianos, se instaló en las
puertas. Saris fue llevado a otra parte.
Todavía
no estaba impotente, pero su única acción posible tendría que ser la suicida de
estrellar la nave contra el suelo. Y Brannoch parecía querer correr ese riesgo
voluntariamente.
Las
montañas quedaron muy abajo de la proa. El breve zumbar del aire acondicionado
y después se vieron más arriba de la atmósfera, dando una vuelta al planeta en
dirección al África central.
Langley
se preguntó qué iba a ser de él durante el resto de sus días. Entraba dentro de
lo posible que Brannoch le estableciera en algún planeta tipo terrestre, tal y
como le había prometido. No presenciaría la guerra, pero toda su vida estaría
plagada de pesadillas en las que el cielo se abriría y millones de millones de
criaturas humanas arderían, se desintegrarían, caerían hechas polvo por el
suelo. ¿Y sin embargo, qué otra cosa podía hacer? Trató de obrar de otro modo y
fracasó. ¿No era bastante?
No,
dijo algún lejano antecesor suyo de Nueva Inglaterra.
El
tiempo pasaba. A cada instante se acercaban más a su propia muerte, pensó con
tristeza. A pesar de que África estaba en la zona del día en aquellos
instantes, Brannoch hizo bajar su nave. Langley se imaginó que algo había sido
preparado quizás falsas señales de identificación, para desembarazarse de las
naves patrulleras. Había allí una pantalla de visión exterior y contempló el
amplio río que en ella aparecía y que debía ser el Congo. Limpias y ordenadas
plantaciones se extendían en perfectos rectángulos hasta perderse de vista en
la lejanía y el continente parecía sembrado de ciudades de tamaño medio. La
nave las ignoró volando bajo hasta llegar a un apiñamiento de pequeñas
edificaciones con cupulados techos.
—¡Ah!
—dijo Valti—. Un centro administrativo de plantaciones... y perfectamente
genuino además, no me cabe la menor duda. Pero subterráneamente... hummm...
Una
porción de polvoriento suelo abrió unos labios metálicos y la nave descendió al
interior de un hangar, Langley siguió al resto hasta el exterior y entraron en
las austeras habitaciones adyacentes.
Al
extremo del paseo se alzaba una cámara muy grande; contenía algún equipo de
oficinas y un tanque.
Langley
estudió el tanque con una chispa de interés. Era una cosa grande, una caja de
acero de seis metros de ancho por quince de largo, montada en su propia base
antigravitacional. Había allí botellas auxiliares para gas, bombas, motores,
medidores, un dial marcando la presión interior y la exterior que él comprendió
diferían en casi mil atmósferas. Buen juguete, pensó. ¿Había sido hecho
mediante campos de fuerza o simplemente con arreglo a la metalurgia actual?
Todo el dispositivo era grande, constituyendo una máquina movible por medios
propios, allí agazapada, como si fuera una cosa viva.
Brannoch
se adelantó al grupo y con la mano hizo un gesto alegre en dirección al
imponente objeto. Su triunfo le había dado una fluidez casi infantil.
—Aquí
estamos, thrymkanos —dijo—. ¡Los hemos traído a todos ellos!
XIII
La
plana voz microfónica respondió con tono lúgubre.
—Sí.
Ahora. ¿Estás seguro de que no te han puesto ninguna trampa, que no te han
rastreado, que todo esta en orden?
—¡Pues
claro! —la alegría de Brannoch parecía enfriarse; de repente, pareció
malhumorado—. A menos de que hayan visto volar a vuestro tanque hasta aquí.
—No
lo vieron. Pero después de llegar, realizamos una inspección. La negligencia
del superintendente de la plantación, que quiere decir la tuya, ha sido
deplorable. En la pasada semana ha comprado dos nuevos labradores para el campo
y se ha olvidado de acondicionarlos contra el recuerdo de habernos visto a
nosotros y a nuestras actividades.
—¡Oh,
bueno... esclavos de la plantación! Jamás se dan cuenta nunca de nada, de todas
maneras.
—La
probabilidad es pequeña, pero existe y puede ser prevenida. El error ya está,
rectificado, pero ordenarás que tu superintendente sea colocado cinco minutos
bajo las descargas neurales.
—Mira
—los labios de Brannoch se retiraron dejando los dientes al descubierto—.
Mujara está en mi nómina desde hace cinco años y me ha servido con fidelidad.
Una reprimenda es bastante. No haré que...
—Sí,
lo hará.
Durante
un largo momento el gigantón permaneció desafiante, como si se hallara en
presencia del enemigo. Luego algo en su interior pareció doblegarse, se encogió
de hombros y sonrió con cierta amargura.
—Está
bien. No vale la pena discutir por eso. Hay muchas otras cosas que hacer.
La
mente de Langley pareció reunirse consigo mismo de nuevo y empezar a funcionar
otra vez. Todavía experimentaba una sensación de vacío, de carencia de
emociones, pero pudo pensar y sus reflexiones no tuvieron nada de placenteras.
«Valti ya me dio un indicio de esto. Esos monstruos del interior del tanque no
son únicamente los pequeños ayudantillos de Brannoch. Son sus amos. A su manera
solapada son quienes gobiernan este espectáculo».
«Pero,
¿qué quieren sacar en limpio? ¿Por qué se molestan? ¿Qué beneficio obtendrán
fomentando la guerra? Los thorianos podrían conquistar más territorios, pero un
planeta de tipo terrestre, de nada servirla a los seres de respiración de
hidrógeno.»
—¡Adelántate,
ser extraño! —dijo la voz mecánica—. ¡Deja que te veamos mejor!
Saris
se deslizó hacia adelante, bajó la presión de los cañones de las armas. Su
flaca forma delgada y parda estaba agazapada y baja, inmóvil a excepción del
mismísimo extremo de su cola que se retorcía con hambre. Miró el tanque con
ojos fríos.
—Sí
—dijeron los thrymanos al cabo de un largo intervalo—. Sí, hay algo en él.
Jamás habíamos sentido antes esas particulares corrientes vitales en ninguna de
las centenares de razas que conocemos. Puede ser muy bien peligroso.
—Será útil —Intervino Brannoch.
—Si
es que ese efecto puede ser duplicado mecánicamente, Milord —Interrumpió Valti
con su tono más aceitoso—. ¿Está usted seguro de esa posibilidad? ¿No podría
ser que solo un sistema nervioso vivo pudiera generar ese campo... o
controlarlo? El control es un problema de los más complejos, va sabe. Puede
requerir algo tan bueno como un cerebro genuino, que ninguna ciencia que
conozcamos puede fabricar artificialmente.
—Eso
es cosa de estudios —murmuró Brannoch—. A los científicos les toca resolverlo.
—¿Y
si los científicos fracasan? ¿se le ha ocurrido pensar en eso? Entonces usted
habría precipitado una guerra sin las ventajas que estaba esperando tener. Las
fuerzas de Sol son mayores y mejor coordinadas que las suyas. Podrían ganar y
obtener una victoria definitiva.
Langley
no pudo menos que admirar el modo resuelto que tenía Brannoch de enfrentarse a
tal idea que antes no había existido para él. Permaneció un rato mirándose a
los pies crispando y abriendo las manos.
—No
lo sé —dijo por último en voz pausada—. No soy un científico. ¿Qué te parece,
Thrymca? ¿Crees que puede hacerse?
—La
posibilidad de que la tarea resulte imposible ya ha sido considerada por
nosotros —respondió el tanque—. Tiene su probabilidad definida.
—Bueno...
quizás lo mejor sería desintegrarle, entonces. Puede que estemos arriesgando
demasiado en el juego... porque no me va a ser posible seguir engañando a
Chanthavar durante mucho tiempo. Quizás debiéramos refrenarnos, construir mas
de nuestras armas convencionales durante unos pocos años...
—No
—dijeron los monstruos—. Los factores han sido sopesados. La fecha óptima para
la guerra está ahora muy próxima, con o sin nulificador.
—¿Estáis
seguros?
—No
hagáis preguntas innecesarias. Perderías semanas tratando de comprender los
detalles de nuestro análisis. Procede como está planeado.
—¡Bueno...
de acuerdo! —una vez tomada la decisión en su nombre, Brannoch se puso en
acción como si estuviese ansioso de escapar a sus pensamientos. Gritó sus
órdenes y los prisioneros fueron conducidos a un bloque de celdas.
Langley
pudo ver de rechazo a Marin mientras pasó por su lado; luego Saris y él fueron
arrojados juntos en un cuartito. Una puerta blindada se cerró tras ellos y dos
thorianos se plantaron armados al exterior.
El
cuarto era pequeño, desnudo y sin ventanas. Poseía servicio sanitario, un par
de literas y... nada más. Langley se sentó y dirigió a Saris, que estaba
acurrucado a sus pies, una cansina sonrisa.
—Eso
me recuerda el modo que los policías de mi época tenía de llevarse a un
sospechoso de cárcel a cárcel, manteniéndole siempre un paso por delante de sus
abogados de manera que éstos no le pudieran hacer firmar la petición de «habeas
corpus».
El
holatano no le pidió que se lo explicara; era raro ver lo relajado que estaba.
Al cabo de un rato, Langley prosiguió:
—Me
pregunto por qué nos han metido juntos en la misma habitación.
—Para
que podamos hablar —contestó Saris.
—¡Oh!
¿Sientes que en las paredes hay grabadoras y micrófonos? Pero si hablamos en
inglés...
—Sin
duda hay facultades traductoras que ellos poseen. Nuestra conversación queda
grabada para que mañana se traduzca sin prisas.
—Humm.
Si, bueno, de todas formas no tenemos que hablas de nada importante.
Langley
soltó una carcajada, que sonó como un ladrido.
—¡Muy
bueno! Y esos pájaros de ahí afuera no saben inglés...
—Deseo
ordenar mis pensamientos —dijo el Holatano— mientras mira si puedes inducirles
a una conversación.
—Debería
pensar que tenías más interés en lo que te suceda a ti, recién hablaron de
matarte.
—Eso
no es tan vital como tu piensas.
Langley
le dirigió una turbada mirada, jamás llegaré a entender a esta criatura.
Se dirigió hacia la puerta.
Uno
de los centinelas alzó nerviosamente su pistola, que más bien parecía un
pequeño mosquetón. Se veía que había sido construida por un artesano como un
arma para casos excepcionales.
—Cálmate,
hijo —dijo Langley—. Yo no muerdo... casi nunca.
—Tenemos
órdenes estrictas —repuso el thoriano. Era joven, un poco asustado lo que le
hacía más grueso su acento áspero—. Si pasa algo raro, sea culpa vuestra o no,
dispararemos para mataros. Recuérdalo.
—No
queréis correr riesgos, ¿eh? Bueno, es propio de vosotros. —Langley se apoyó en
los barrotes. No era difícil actuar como si estuviera tranquilo y se sintiera
sociable, y menos ahora que ya estaba todo definido—. Me preguntaba tan sólo
que sacaréis de ello vosotros, muchachos.
—¿Qué
quieres decir?
—Bueno,
supongo que vinisteis aquí con la misión diplomática, o en un envío posterior.
¿Cuándo llegaste a la Tierra?
—Hace
tres años —dijo el otro centinela—. El servicio militar en los planetas
extranjeros dura normalmente cuatro años.
—Pero
ahí no se incluye el tiempo empleado en el transporte —observó Langley—. Eso
hace unos trece años que estáis fuera. Vuestros padres se habrán hecho viejos,
quizás hayan muerto; vuestras novias se habrán casado con otros... Allá, de
donde yo vine, consideraríamos ese plazo infernalmente largo.
—¡Cállate!
—la respuesta fue un poco demasiado amarga y rápida.
—No
hablo para predisponeros a la rebelión —dijo Langley con voz meliflua—. Sólo
curiosidad. Supongo que para compensar se os pagará bien, ¿eh?
—Hay
primas para el servicio en planetas extranjeros —dijo el primer centinela.
—¿Grandes?
—Bueno...
—Me
lo pensaba. No es lo bastante importante. Los muchachos están fuera un par de
décadas; los viejos han de hipotecar sus granjas para ir viviendo; los
muchachos vuelven sin dinero para salir del apuro y se pasan el resto de sus
vidas trabajando para alguien más... algún banquero que fue lo bastante listo
como para quedarse en la patria. El rico se hace más rico y el pobre más pobre.
Ocurrió lo mismo en la Tierra hace 7.000 años. En un lugar llamado Roma.
Los
pesados y torpes rostros —de campesinos tozudos, estólidos, lentos de
pensamiento— se crisparon tratando de encontrar una respuesta lo bastante
conveniente para apabullar el sólido argumento. Pero nada hallaron.
—Lo
siento —dijo Langley—. No quería punzaros. Mirad soy un poco curioso. Parece
como si Centauro vaya a ser el perro mandón, así que siento deseos de aprender
cosas vuestras, ¿eh? Supongo que vosotros os imaginaréis que podréis lograr una
buena parcela de tierra en el Sistema Solar. Pero, ¿por qué os respalda Thrym?
—Thrym
pertenece a la Liga —dijo uno de ellos. Langley no se perdió la reluctancia de
su tono—, Ellos vienen con nosotros... es su obligación.
—Pero
tienen voto, ¿verdad? Pudieron haberse opuesto a esta aventura. ¿O se les ha
prometido la colonización de Júpiter?
—No
podrían —contestó el guarda—. Hay alguna diferencia en el aire, no posee
bastante amoníaco, creo. Ellos no pueden emplear ningún planeta de este
sistema!
—Entonces,
¿por qué tienen interés en conquistar Sol? ¿Por qué os respaldan? Sol nunca les
hizo el menor daño, en cambio Thor, hace pocos años sostuvo una guerra contra
ellos.
—Fueron
derrotados —dijo el centinela.
—Y
un demonio lo fueron. Hijo. No se puede derrotar a un planeta unificado que es
mayor que todos tos demás juntos. La guerra fue una farsa y tú lo sabes. Lo más
que la Tierra y Thor unidos podría hacer, apuesto lo que quieras, sería
establecer una vigilancia en torno a su mundo, manteniendo a los nativos allá
abajo.
«Por
tanto, sigo preguntándome que sacarán de este trato»
—¡Ya
no quiero hablar más de ello —replicó el centinela —Vuelve a tu sitio.
Langley
permaneció un momento junto a los soldados, considerando la situación. No había
más soldados en el bloque de celdas que aquellos dos. La puerta se mantenía
cerrada por una cerradura electrónica.
Saris
podría abrirla con un mero esfuerzo de voluntad. Pero los dos jóvenes
centinelas estaban en un estado nervioso de gran tensión. Al primer signo de
improviso abrirían fuego.
Volvió
con Saris...
—¿Has
puesto ya en orden, tus pensamientos?
—En
cierto modo —el holatano le dirigió una mirada somnolienta—. Te asombrarás
cuando te diga ciertas cosas.
—Adelante.
—No
puedo leer la mente humana... no sus actuales pensamientos, sólo su presencia y
su estado emocional. Dándome tiempo podría averiguar algo más, pero no tenemos
tiempo aún, ni siquiera para estudiar contigo. Pero los thrymanos han tenido
tiempo en abundancia para estudiar tu raza.
—¿Así
que pueden leer nuestros pensamientos, eh? Humm... apuesto a que Chanthavar no
lo sabe. Entonces la inspección a que hicieron referencia debió haber sido vía
la mente del superintendente, supongo. Pero, ¿estás seguro?
—Sí.
Con toda certeza. Déjame que te explique.
La
explicación fue breve y clara. Todo sistema nervioso vivo irradia energía, de
diversas clases. Hay impulsos eléctricos que la encefalografía descubrió en el
hombre antes de la época del nacimiento de Langley. Hay un poco de calor; hay
la emisión más sutil y penetrante en el espectro giromagnético. Pero el molde
varía: cada raza posee normas propias. Un encefalografista de la Tierra no
encontraría el ritmo alfa de un cerebro humano en un holatano; tendría que
aprender primero un «lenguaje» completo y nuevo.
En
la mayoría de los planetas, incluida la Tierra, hay pocos o ninguno sensitivos
a tales emisiones. La vida envolvente desarrolla reacciones a tales vibraciones
como la luz y el sonido y, siendo todo esto suficiente para la supervivencia,
no sigue desarrollando la habilidad para «escuchar interiormente» con los
impulsos nerviosos. Excepto unos cuantos y dudosos seres, la cuestión de la
Percepción Extra Sensorial en el hombre es algo para discutir y tratar... la
humanidad es telepáticamente sorda. Pero en algunos planetas, a través de
ímprobas series de mutaciones, la Percepción Extra Sensorial hace que algunos
órganos se desarrollen y que muchos animales la posean, en el caso de Holat el
desarrollo fue único... el animal no solo podía recibir los impulsos nerviosos
de los demás, sino inducirlos a corto alcance. Esta era la clase de la empatía
emocional holatana; también era la razón por la que había forma de controlar un
tuvo de vacío. Como siguiendo alguna ley de compensación, la facultad
perceptiva era pobre a nivel verbal; los holatanos utilizaban el habla sonora
porque telepáticamente no les era posible aclarar las ideas.
La
telepatía thrymana era de la clase «normal»: los monstruos podían escuchar
interiormente, pero no influenciar, excepto vía los finales especializados de
sus nervios cuando se producía la unión entre sus compañeros.
Así
que para leer los pensamientos de otro ser tenían primero que conocer su
lenguaje. Y Saris y Langley pensaban habitualmente en idiomas desconocidos para
ellos. Lo que detectaban les sonaba a jerigonza ininteligible.
—Comprendo...
—el hombre asintió—. Tiene sentido —sonrió con tristeza—. Por lo menos es un
consuelo poder conservar nuestra intimidad mental.
—Hay
otros —replicó el holatano—. Tengo que darte un aviso. Pronto se producirá un
ataque.
—¿Eh?
—No
demuestres estar tan alarmado. Pero la hembra a la que llamas Marin, ¿no...?
tiene un circuito electrónico. Lo he detectado.
—¿Qué?
—Langley se quedó sin aliento. Por sus nervios pasó una extraña corriente—.
Pero ella...
—Se
lo han colocado quirúrgicamente, es algo que puedo catalogar como un emisor de
frecuencia variable. A la chica se la puede seguir. Hubiera querido decírselo a
Valti, pero entonces no estaba familiarizado con el sistema nervioso humano.
Creí que era algo normal en vuestras hembras. Incluso las nuestras son
distintas a los machos. Pero ahora que he visto a más de los de tu especie me
doy cuenta de la verdad.
Langley
se notó temblando. ¡Marin... otra vez Marin! Pero ¿cómo?
Entonces
comprendió. Durante la desaparición y su posterior retorno. Había sido hecho a
propósito, después de todo. Langley no fue la meta del ataque. Un comunicador
automático similar al de Valti introducido en su cuerpo por la cirugía de
hoy... sí. Y tal ingenio sería de corto alcance, lo que significa que sólo un
sistema de detectores diseminado por todo el planeta podría esperar seguirla. Y
únicamente Chanthavar podía poseer tal sistema.
—Dios
del cielo —gimió—, ¿de cuanta gente es esa mujer una Judas?
—Tenemos
que estar preparados —dijo el holatano calmoso—. Nuestros centinelas tratarán
de matarnos en un caso así, ¿no? SI estamos prevenidos quizás podamos...
—¿O
avisar a Brannoch? —Langley jugó un minuto con la idea pero la descartó en
seguida. Incluso si los centaurianos conseguían huir limpiamente, la flota de
combate de Sol les pisarla los talones; la guerra, la vacía e inútil guerra, se
desencadenaría como una avalancha. Entonces, que ganara Chanthavar. La cosa no
importaba.
Langley
enterró su rostro entre sus manos. ¿Por qué seguir luchando? Podía dejar que el
plomo le barriera del mundo como un caballero cuando se produjera el ataque.
No.
De cualquier manera. Notaba que tenía que seguir luchando. Se le había dado
voz, aunque débil, en la historia; era cosa suya seguir hablando mientras le
fuera posible.
Pudo
ser una hora más tarde cuando el hocico de Saris le rozó conminándole a estar
alerta.
—Vibraciones
gravitacionales. Creo que ha llegado el momento.
XIV
Una
sirena bramó. Mientras sus ecos recorrían; el pasillo, los guardias dieron un
salto, quedándose como congelados durante un instante.
La
puerta se abrió y Saris Hronna la cruzó. Su salto felino lanzó a un hombre
contra una pared lejana. El otro fue dando vueltas, para caer a un metro de
distancia. Todavía empuñaba su arma. Saltó para ponerse en pie, alzando la
pistola, mientras Langley le atacaba.
El
hombre del espacio no era ni luchador ni boxeador. Asió el cañón de la pistola,
retorciéndolo a un lado y mandó su otro puño en un gancho a la mandíbula. El
Thorano parpadeó, escupió sangre, pero no perdió el conocimiento. En vez de
eso, lanzó una patada al tobillo de Langley. El americano; saltó a un lado,
como si hubiera recibido un doloroso balonazo. El centauriano retrocedió,
alzando la pistola. Saris apartó a un lado a Langley y en un sólo salto aplastó
al hombre.
—¿Estás
bien? —preguntó, dando la vuelta— ¿Duele?
—Todavía
puedo moverme. Langley sacudió la cabeza, saboreando la amargura de la
derrota—... ¡Vamos! Saltemos sobre el resto. Quizás podamos huir todavía
durante la pelea.
Disparos
y explosiones atronaron en todas las demás estancias. Valti se adelantó
tambaleándose, su despeinada cabeza roja inclinada para embestir cono un toro.
—¡Por
aquí! —rugió—. ¡Síganme! Tiene que haber una salida posterior.
Los
prisioneros se agruparon tras él, corriendo rápidamente corredor abajo hasta la
puerta que Saris abrió. Una rampa conducía hasta nivel del suelo. Saris se
lanzó presuroso, alguien podía estar esperando más allá. Pero no había otra
alternativa. La puerta disimulada saltó y se vio bajo la luz crepuscular del
día.
Negros
navíos de patrulla revoloteaban por encima como abejas furiosas. Cerca de uno
de los edificios había un volador o nave pequeña. Saris fue a por él, con
enormes saltos. Estaba casi ya allí cuando un rayo azul blancuzco del cielo
cayó delante de su camino.
Girando
con un gruñido, el holatano pareció bracear. Una nave de la policía giró de
repente y se estrelló contra otra. Ambas cayeron entre llamas. Saris saltó
hacia el extremo del compuesto, los humanos jadeaban siguiéndole. Una cortina
de fuego cayó sobre su camino. Valti gritó algo, señalando hacia atrás y vieron
como los soldados esclavos vestidos de negro salían en torrente desde la
sección subterránea.
—¡Detén
sus armas! —gritó Langley. Llevaba uno de los mosquetones de sus captores, que
apoyó contra su mejilla y disparó. El estallido y el retroceso fueron algo
glorioso para él. Un hombre giró sobre sus talones y cayó.
—Demasiados.
—Saris se acostó en el suelo desnudo, jadeante—. Son más de los que puedo
manejar. De todas maneras tenía pocas esperanzas de escapar.
Langley
maldijo y bajó su pistola.
Los
policías los rodearon, cansinos.
—Señores,
todos ustedes están arrestados —dijo el jefe—. Por favor, acompáñennos.
Marin
lloraba, silenciosa y rota, mientras le seguía.
Chanthavar
estaba en el despacho de la plantación. Las paredes anuladas con guardias y
Brannoch permanecía en pie triste a un costado. El Solariano iba inmaculado en
su atuendo y su alegría apenas se mostraba en absoluto.
—¿Cómo
está usted, capitán Langley? —dijo—. Y Goltam Valti, señor, claro. Veo que he
llegado en el momento preciso.
—Adelante
—dijo el hombre del espacio—. Mátenos y sálgase con la suya.
Chanthavar
alzó las cejas.
—¿Por
qué todo ese dramatismo? —preguntó.
Entró
un oficial, se inclinó y dio su parte. El escondite estaba ocupado, todo el
personal muerto o arrestado, las bajas solares eran seis muertos y diez
heridos. Chanthavar dio una orden y Saris fue obligado a entrar en una jaula
especialmente preparada y colocada en la parte exterior.
—En
caso de que usted se pregunte, capitán —dijo el agente—, cómo descubrí dónde
estaban...
—Lo
sé —dijo el aludido.
—¿Oh?
Oh... si, claro. Saris debió haberlo detectado. Fue un juego... yo no creí que
se daría cuenta a tiempo de lo que era y en apariencia tuve razón. Había
preparado otros procedimientos de rastreo; pero ocurre que ha sido este el que
ha dado resultado —los labios de Chanthavar se curvaron en su sonrisa
peculiar—. No le guardo rencor, capitán. Usted trató de hacer lo que le pareció
mejor, estoy seguro.
—¿Y
nosotros? —preguntó Brannoch.
—Bueno,
milord, el caso requiere claramente la deportación.
—Está
bien. Vayamos. Tengo una nave.
—¡Oh,
no! Milord. No podemos ser tan descorteses. El Tecnicado le preparará el
transporte. Puede llevar eso una temporadita... incluso unos cuantos meses...
—Hasta
que usted consiga adelantar en las investigaciones del nulificador. Comprendo.
—Mientras
tanto, usted y su personal quedaran confinados en sus propias habitaciones.
Colocaré guardias para procurar que ustedes no... molesten.
—De
acuerdo. —Brannoch obligó a su boca a curvarse en una falsa sonrisa—. Tengo que
darle las gracias por eso, supongo, en su situación, yo le habría matado nada
más echarle la mano encima.
—Algún
día, milord, pueda que su muerte sea necesaria —dijo Chanthavar—. Por el
presente, sin embargo, le debo algo, este asunto va a significar mucho para mi
propia posición, ya comprende. Hay oficios mas altos que el mío presente y
pronto estarán abiertos para mí.
Se volvió a Langley.
—Ya
he hecho algunos preparativos para usted, capitán, ya no serán necesarios más
sus servicios, hemos encomiado un par de colegiales que pueden hablar el viejo
idioma americano y entre ellos y las maquinas hipnóticas Saris nos dará una
imagen bastante perfecta de sus ideas hasta que al cabo de pocos días aprenda
el idioma moderno. En cuanto a usted, un puesto y un apartamento en la
universidad de Lora le ha sido preparado. Los historiadores, arqueólogos y
planetógrafos están muy ansiosos de consultarle. La paga es pequeña, pero
conservará usted el rango de hombre libre.
Langley
nada dijo. De manera que aquello le iba a separar del juego ya. Eso era ya el
fin.
Valti
se aclaró la garganta.
—Milord
—dijo pomposamente—. Debo recordarle que la Sociedad...
Chanthavar
le dirigió una larga mirada a través de sus ojos entrecerrados. El liso rostro
había adoptado una profunda inexpresividad...
—Usted
ha cometido actos criminales según las leyes de Sol —dijo.
—La
extraterritorialidad...
—Eso
aquí no se aplica. Como a menos, usted será deportado. —Chanthavar parecía
luchar consigo mismo—. No obstante, le voy a dejar en libertad. Reúna a sus
hombres, tome uno de los pequeños navíos de atmósfera de la plantación y vuele
de regreso a Lora.
—Milord
es muy indulgente —dijo Valti—. ¿Puedo preguntar por qué?
—No
importa el por qué. Váyase.
—Milord,
soy un criminal. Lo confieso. Quiero un juicio justo por un tribunal mixto como
está previsto en el artículo VI, sección 4, del Tratado de la Luna. Los ojos de
Chanthavar eran llanos y fríos.
—Salga
o haré que le echen.
—¡Exijo
ser arrestado! —gritó Valti—. Insisto en defender mis derechos y privilegios
para limpiar mi propia conciencia. Si usted no me detiene, me quejaré
directamente al Tecnicado.
—¡Muy
bien! —Chanthavar pareció escupir las palabras—. Tengo órdenes del propio
Tecnicado para dejarle a usted libre. El por qué, no lo sé. Pero es una orden;
me llegó tan pronto llevé el informe de la situación y de mi intención de
atacar, ¿Está satisfecho?
—Si,
milord —dijo con suavidad Valti—. Gracias por sus amabilidades. Buenos días.
Se
inclino con torpeza y salió.
Chanthavar
rompió a reír.
—¡insolente
espantapájaros! Yo no quería decírselo, pero de todas maneras se habría
enterado con el tiempo. Ahora sigamos con el resto de nosotros. Vámonos quizás
pueda llegar a tiempo al concierto de esta noche.
Langley
parpadeó ante el brillo del sol fuera. Los trópicos de la Tierra se habían
hecho más cálidos en 5.000 años, vio a un grupo de hombres armados, un volador
militar y de pronto tuvo en su corazón una especie de sensación de pena.
—Chanthavar
—preguntó—, ¿puedo despedirme de Saris?
—Lo
siento —el agente sacudió la cabeza, no sin compasión—, sé que es su amigo,
pero ya se han corrido demasiados riesgos en este asunto.
—¿Le
volveré a ver alguna vez?
—Quizás.
No somos bestias, capitán. No intentamos tratarle mal si coopera. —Chanthavar
hizo un gesto a una máquina mas pequeña—. Me parece que es la suya. Adiós,
capitán, espero volverle a ver en alguna ocasión, si tengo la oportunidad.
Se
dio la vuelta y se alejo a grandes zancadas. El polvo del suelo se alzó bajo
sus sandalias.
Langley
y Marin entraron en el volador. Un guardia silencioso les acompañó y colocó el
piloto automático. El aparato se alzó del suelo con seguridad y el guardia se
sentó ante ellos para esperar con absoluta paciencia.
La
chica permaneció muda largo rato.
—¿Cómo
nos encontraron? —preguntó por fin.
El
hombre del espacio se lo dijo.
En
aquella ocasión no lloró, parecía que ya no le quedaban lágrimas. Casi no
dijeron nada durante la hora que duró aquel vuelo vertiginoso.
Lora
se alzaba sobre un horizonte nocturno como una fuente enorme de rugiente y
orgulloso metal.
E
volador zumbó en su torno, hallando una repisa o terraza en una de las torres
mas pequeñas de la zona Norte. El guardia asintió.
—Su
apartamento es el número 337, precisamente debajo del pasillo, señor —animó—.
Buenas noches.
Langley
abrió la marcha. Cuando la puerta se abrió para él, vio un conjunto de cuatro
habitaciones pequeñas, cómodas pero nada ostentosas. Había un robot de
servicio, pero claramente su nueva posición no incluía esclavos vivos.
Excepto...
se dio la vuelta para mirar a Marin y permaneció contemplándola durante un
minuto. Ella le devolvió la mirada tranquila, pero estaba pálida y había en sus
ojos profundas ojeras. Aquella condenada criatura no era su Peggy, pensó él.
La
rabia y la amargura se levantaron en su garganta como un vómito. Aquí terminaba
la historia. Había tratado de luchar con todas sus esperanzas, y ella era la
única que lo había estropeado todo.
—Vete
—dijo él.
Ella
se llevó la mano a la boca, como si acabara de recibir un golpe, pero no
pronunció la menor palabra.
—Ya
me has oído —caminó por el suelo, tan suave y tan ligero como si fuese hecha de
carne humana, y miró por la ventana—. Te concedo la libertad. Ya no eres
esclava. ¿Comprendes?
Ella
respondió, todavía:
—No.
—¿Hay
que cumplir alguna formalidad? —preguntó él.
Ella
se lo dijo. No había vida en su voz. Marcó en el aparato la oficina de archivos
y registró el aviso de que él, único propietario de la esclava número «tal y
cual» la concedía la emancipación. Luego se volvió, pero no pudo resistir la
mirada de los verdes ojos.
—No
fue culpa tuya —dijo con voz gruesa. En sus sienes había un tronar sonoro y sus
piernas parecían doblársele—. No fue culpa de nadie. Tú fuiste una impotente
herramienta. Claro. No te condeno. No obstante, no puedo soportar verte a mi
alrededor más tiempo. Hay en ti demasiados fracasos.
—Lo
siento —susurró ella.
—Yo
también —dijo él con poca sinceridad—. Vamos... vete... haz lo que quieras de
tí misma —con apenas conciencia de su impulso, se desabrochó su bolsa y se la
arrojó—. Toma. Hay ahí dentro un buen pellizco de dinero, cógelo... utilízalo
para establecerte.
Ella
le miró con un azoramiento que poco a poco se aclaró.
—Adiós
—dijo. Su espalda era recta mientras salía. No fue hasta mucho más tarde que
Langley se dio cuenta de que la joven había dejado la bolsa tal y como cayó.
XV
Mañana
y mañana y mañana; así es el modo que tiene el mundo de terminar.
En
la universidad los hombres eran tranquilos y apacibles. Poseían modales graves
y buenos, pero poca formalidad y eran conocidos por el hombre del pasado.
Langley recordó sus propios días de estudiante, hacia sido profesor auxiliar
durante la temporada y había visto y conocido bastante vida en la facultad.
Aquí no había nada de las murmuraciones y pequeñas intrigas y meriendas
hipócritas que recordaba; pero tampoco aquí estaba aquel espíritu de la
ansiedad y aventura intelectual. Todo se sabía, todo estaba bien aposentado y
seguro; únicamente faltaba llenar los detalles. Allá, en el siglo XX, los
trabajos y tesis doctorales acerca de la puntuación ortográfica de Shakespeare
seguían siendo materia de chistes... hoy, aquello era materia de estudios.
No
obstante, Langley encontró en aquellos hombres grises, vestidos con ropas
pardas, una compañía con la que congeniaba. Había un historiador en particular,
un hombre sabio con enorme cabeza calva, Jath Mardos, de quien se hizo amigo.
El individuo poseía una iniciación enorme y un punto de vista refrescantemente
irónico, podían pasar horas hablando, mientras un grabador tomaba cada cosa de
las que decían para una posterior evaluación.
Para
Langley lo peor eran las noches.
—La
situación presente era, claro, inevitable —dijo Mardos—. Si una sociedad no se
petrifica, debe renovarse, como la suya hizo. Pero tarde o temprano se llega al
punto en que toda innovación sucesiva se convierte en cosa impracticable y
luego la petrificación se apodera de todo.
—Me
parece a mí que ustedes todavía podrían hacer algunos cambios —dijo el hombre
del espacio—. Por lo menos, cambios políticos.
—La
Sociedad Comercial tiene un alcance de cientos años de luz y no he encomiado
nada de lo que usted sueña.
—Con
toda seguridad no. Un grupo que quisiese escapar de lo que considerase una
civilización diabólica se iría aún más lejos que eso. Y esta la idea de algo
escondido detrás de sus alcances...
—¡No
maduro!
—Claro.
No se olvide, la naturaleza no madura, o Sociedad, es un proceso de
crecimiento... Pero, hablando de la Sociedad, me gustaría saber mas de ella.
Tengo una especie de sospecha...
—No
hay mucha cantidad de información. Han sido siempre bastante reservados.
Parecen haber tenido su origen aquí mismo en la tierra, hace un millar de años
o cosa así, pero la historia es oscura.
—No
debería serlo —exclamó Langley—. ¿No se supone que el Tecnicado conserva
registros completos de cada hecho importante? Y seguramente la Sociedad es
importante. Cualquiera podía haber previsto que se convertirían en un factor
mayor.
—Adelante
—se encogió de hombros, Mardos—. usted puede utilizar la biblioteca si es que
eso le divierte.
Langley
encontró un escritorio y se sentó pidiendo la lista bibliográfica. Era
sorprendentemente pequeña. A modo de comparación, consiguió una lista de
referencia de Tau Ceti IV, un sombrío planetita de ningún valor especial... era
varias veces más larga que la primera.
Se
sentó durante algunos minutos meditando los efectos de una cultura estática.
Para él, la parquedad de información parecía gritar: tapujo. Por eso los
llamados sabios, de su alrededor, solamente notaron que había pocos libros y
artículos asequibles y procedieron a olvidar todo lo referente a aquel asunto.
Se
lanzó voluntarioso a la tarea de leer cuanto podo encontrar sobre la materia:
estadísticas económicas; casos en donde la Sociedad, para protegerse a si
misma, había intervenido en la política local de uno u otro planeta; discursos
sobre la psicología producida por toda una vida a bordo de una nave... y un
apartado fechado mil noventa y siete años atrás al efecto de que un tal Hardis
Sanj, representando a un grupo de comerciantes interestelares (la lista de
nombres incluida) había solicitado uno de los privilegios especiales y que le
fueron concedidos. Langley leyó el decreto de los privilegios: era un documento
conmovedor; su lenguaje inocuo daba unos poderes que cualquier ministro podía
envidiar. Trescientos años más tarde, el Tecnicado llegó a reconocer a la
sociedad como estado independiente; otros planetas ya lo habían hecho, el resto
no tardó en seguirles. Desde entonces había habido tratados y...
Langley
permaneció sentado muy quieto, cuatro días después de que su búsqueda
comenzara. Todo coincidía.
ítem:
el Tecnicado había permitido que la Sociedad fuese adelante sin discusión,
aunque por otra parte su política base estaba apuntada francamente hacia la
gradual reunificación de toda la galaxia accesible.
ítem:
La Sociedad tenía varios cientos de millones de miembros ya, incluyendo
personal de muchas razas no humanas. Ningún miembro sabía más que una fracción
de los demás.
ítem:
El rango y el archivo de la Sociedad, hasta llegar a través de los oficiales de
nave, no sabía quiénes eran sus últimos gobernantes ni donde estaban, pero
habían sido acondicionados para obedecer y a todos les faltaba una normal
curiosidad por conocerlo.
ítem:
El Tecnicado mismo había ordenado a Chanthavar que soltase a Valti sin
prejuicios.
ítem:
Los datos económicos mostraban que durante largos períodos de tiempo, más y más
planetas se convirtieron en dependientes de la Sociedad por uno u otro vital
elemento de su industria. Era más fácil y más barato comerciar con los nómadas
que salir y conseguir lo que necesitaba unos mismos; y la Sociedad era, después
de todo, bastante. neutral...
«¡Y un infierno!»
Langley
se preguntaba por qué nadie más parecía sospechar la verdad. Chanthavar, ahora,
pero Chanthavar, siempre inteligente, estaba también acondicionado. Su trabajo
era meramente llevar a cabo la política dispuesta por la máquina, no hacer
profundas averiguaciones. Claro que ningún ministro podía permitirse saber, y
si ocurría, de vez en cuando, que tropezase con los hechos, no tardaba en
desaparecer. Porque si una persona no utilizada lo descubría, el secreto no
podría ser conservado; pronto se extendería entre las estrellas y la autoridad
de la Sociedad acabaría... y su utilidad para el Tecnicado.
¡Claro!
La Sociedad se fundó poco después, de que las colonias se independizaran. No
había esperanza de ocuparlas de nuevo en un futuro previsible. Pero una
potencia que fuere a todas partes e informase para una oficina central
desconocida...
Una
potencia en la que todo el mundo, incluidos los miembros propietarios,
quisieran ser desinteresados y no agresivos... era el frente perfecto para
vigilar y gradualmente dominar a los demás planetas.
¡Vaya
máquina que tenía que ser el Tecnicado! ¡Qué magnífico monumento, la conquista
final de una ciencia milenaria! Sus creadores lo habían hecho mejor de lo que
se pensaban; sus hijos crecieron, se hicieron capaces de pensar milenios
adelantados, hasta que por último hubo civilización. Langley tuvo de súbito el
deseo irracional de ver aquella enorme máquina. Pero eso nunca podría ser.
¿Era
esa cosa de metal y de energía realmente un cerebro consciente? No... Valti
había dicho, y en la biblioteca se confirmaba, que la mente viva tiene casi en
todo capacidades infinitas que nunca han podido ser duplicadas por medios
artificiales. Así que el Tecnicado pensaba, razonaba, dentro de los límites de
su propia función, de eso no se podía dudar. Algo equivalente a la imaginación
creadora se necesita para gobernar planetas enteros y para imaginar planes como
la Sociedad. Pero había todavía el robot, el supercerebro electrónico; sus
decisiones eran aún hechas de manera estricta y sobre bases de datos que se le
proporcionaban y sería errónea tu conclusión según el grave error de los datos.
Era
como un niño, un grande, casi un impotente niño sin humor, fijando el destino
de la raza que había edificado sus propias responsabilidades en él. La idea no
era atractiva.
Langley
encendió un cigarrillo y se arrellanó. De acuerdo. Había hecho un
descubrimiento que podía hacer tambalear a un imperio. Eso era porque venía de
una época completamente distinta, un modo diferente de vivir y de pensar. Su
inteligencia no admitía imposiciones, era libre, sin contraventanas mentales.
¿Pero
qué hacer con sus hechos? Tenía un deseo nihilista de llamar a Valti y
Chanthavar y decírselo. Destruir por completo todos los trabajos. Pero no...
¿quién iba a trastornar todo el universo que contenía millones de vidas y
probablemente conseguir que lo matasen durante el proceso? No tenía criterio,
no era Dios... su deseo era meramente un reflejo de rabia impotente.
«Así que es mejor mantenga la boca cerrada. Si alguna vez se
sospechase lo que he aprendido, no duraría ni un minuto. Yo fui importante
durante una temporada y mira lo que pasó».
Aquella
noche, solo en su apartamento, se miró en el espejo. Su rostro había adelgazado
y perdido la mayor parte de su color bronceado. Las salpicaduras grises de su
cabello se habían extendido. Se sentía muy viejo y cansado. La compasión se
apoderó de él. Simplemente, no pertenecía a allí. Marin... ¿Qué estarla
haciendo? ¿Viviría siquiera? ¿O puede llamarse vida a la existencia allá en el
nivel inferior? No querría que se vendiese ella misma; se morirla de hambre
antes de doblegar su fiero orgullo que tan bien conocía. Pero cualquier cosa
podría ocurrir en la Vieja Ciudad.
El
remordimiento había dado su zarpazo. No debería haberla mandado que se fuera.
No debería haber descargado su propio fracaso sobre ella, que solo había
deseado compartir su carga. Su salario en total era pequeño, apenas suficiente
como para soportar a dos personas, pero podrían haber trabajado en alguna otra
cosa más.
A
ciegas, marcó el número de la principal oficina policíaca de la ciudad. El
rostro cortés del esclavo le dijo que la ley no permitía la libre pesquisa de
un comunero que no era reclamado por ningún crimen. Un servicio especial se
ofrecía a un precio, de... más dinero del que tenía. Muy lamentable, señor.
Pedir
prestado el dinero. Robarlo. Bajar él mismo a nivel inferior, ofrecerle
recompensas, cualquier cosa. ¡Pero encontrarla! ¿Y querría ella volver?
Langley
se encontró temblando.
—Eso
no te servirá de nada hijo —dijo en voz alta, en la vaciedad de la habitación—.
Te estás volviendo loco de prisa. Siéntate. Siéntate y piensa algo para variar.
Pero
todos sus pensamientos se dirigían en la misma loca carrera. El era el extraño,
él descentrado, la oveja negra, que existía sólo por la calidad y por el
interés intelectual. Nada había que pudiese hacer. No recibió adiestramiento,
no tenía educación; si no hubiese sido por la universidad, él mismo una cosa;
anacrónica, habría bajado, hasta la escoria.
Algo
de profunda tozudez en él le impedía suicidarse. Pero su otro aspecto, la
locura, le acechaba a pasos agigantados. Aquella repugnante autocompasión era
el primer signo de su propio desintegrarse. ¿Cuánto tiempo llevaba aquí, en la
universidad? unas dos semanas y ya estaba harto de ella.
Dijo
a la ventana que se abriese. Allí no había terraza, pero se asomó y respiró con
fuerza. El aire de la noche era cálido y húmedo. Incluso a aquella altura,
podía oler los kilómetros de Tierra y las plantas creciendo. Las estrellas
parpadeaban por encima de la cabeza, burlándose de él desde su lejanía. Algo se
movió allí afuera, una sombra imprecisa. Se acercó y vio con torpeza que era un
hombre con traje espacial. Volaba con un equipo personal antigravitacional
modelo policiaco. ¿Tras qué iban ellos ahora?
La
negra armadura pasó cerca. Langley saltó hacia atrás mientras aquella atravesó
la ventana. Aterrizó con un salto que hizo que el suelo temblara.
—¿Qué
diablos...? —Langley se interrumpió. Una mano con guantelete metálico se había
extendido, desabrochando el macizo casco, echándoselo hacia atrás. Una enorme
nariz asomó por en medio de una mezcolanza de cabello rojo.
—¡Valti!
en cuerpo y alma —dijo el comerciante—. Quizás más en cuerpo, ¿verdad?
—polarizó la ventana y ordenó que se cerrase—. ¿Cómo está, capitán? Parece
usted bastante cansado.
—Lo...
lo estoy —poco a poco el hombre del espacio sintió que su corazón se reanimaba
y que había una tensión reuniéndose a lo largo de sus nervios—. ¿Qué es lo que
desea?
—Un
poco de charla, capitán, sólo una pequeña discusión en privado. Por fortuna,
tenemos algunos reglamentos que nos permiten poseer equipo solar en la
oficina... Los hombres de Chanthavar se están poniendo infernalmente
interesados en nuestros movimientos; es difícil esquivarlos. ¿Cree usted que
puedo hablar sin miedo?
—Sí.
Eso creo. Pero...
—Nada
de refrescos, gracias. Tengo que irme lo antes posible. Vuelven a ocurrir otra
vez cosas —Valti soltó una risita y se frotó las manos—. Sí, de veras. Sabía
que la sociedad tenía tentáculos en lugares bien altos, pero nunca pensé que su
influencia fuese tan grande.
—¿Sí?
—Langley se detuvo, aspiró profundamente y se obligó a presentarse con una
calma glacial—. Vaya al grano, ¿Quiere? ¿Qué es lo que desea?
—¿Estar
seguro, capitán, de que le gusta permanecer aquí? ¿Ha abandonado por completo
la idea de iniciar una nueva vida en cualquier otra parte?
—Vaya,
de modo que me lo vuelve a ofrecer, ¿Por qué?
—Ah...
mis jefes han decidido que Saris Hronna y efecto unificador no deben entregarse
sin forcejeo. Me han ordenado que le saque de su confinamiento. Créalo o no,
mis ordenes vinieron acompañadas por credenciales autenticas e infalsificables
del Tecnicado. Con toda evidencia, tenemos agentes muy listos bien altos en el
gobierno de Sol, quizás en el cuerpo de Sirvientes. Ellos han sido capaces de
dar a la máquina falsos datos de manera que automáticamente ha concluido que
sus propios intereses están en conseguir que Saris se aleje del lado de
Chanthavar.
Langley
se acercó al robot de servicio y consiguió una bebida estimulante. Sólo después
de habérsela tragado volvió a confiar en si mismo lo suficiente como para
hablar.
—Y
usted me necesita —dijo.
—Sí,
capitán. La operación será azarosa en todos casos. Si Chanthavar lo descubre,
naturalmente tomará como cuestión de honor tenerlo todo hasta que pueda
interrogar con más detenimiento al Tecnicado. Luego, a la luz de datos nuevos y
frescos, el Tecnicado ordenará una investigación y se enterará de la verdad.
Así que tenemos que actuar de prisa. Usted será necesario como amigo de Saris y
en quién él tiene confianza, y como posesor de un lenguaje común desconocido
con el Holatano... Ya debe saber el nuestro, en estos momentos... así que se
podrá dar cuenta de que estamos dispuestos a ayudarle y cooperar con nosotros.
¡El
Tecnicado! El cerebro de Langley se tambaleaba. ¿Qué fantástico plan nuevo
aquella cosa había preparado ya?
—Supongo
—dijo despacio—, que iremos primero a Cisne como usted planeó originalmente.
—No
—el rostro regordete se contrajo tuvo en su voz un tono fantástico—. Yo no
entiendo en realidad. Se supone que debemos entregárselo a los Centaurianos.
XVI
Langley
no replicó. No parecía nada que decir.
—No
se por qué —dijo Valti—. A menudo pienso que nosotros, la Sociedad, debería
montar un Tecnicado propio. Las decisiones a veces son incomprensibles, a pesar
de que siempre han dado los mejores resultados. Eso significa la guerra si
alguno de los dos lados consigue el nulificador... ¿y por qué esos bárbaros
Centaurianos han de tener la ventaja?
—Porque
puede pensar que... que el Sol representa una amenaza a largo plazo contra
nosotros. Es, después de todo, una cultura rígida. Si se convierte en
dominante, puede actuar contra nosotros, que no podemos encajar en sus propios
moldes estáticos. Probablemente es mejor a la luz de la historia es pensar que
los Centaurianos tomen el mando durante una temporada.
Esto
lo destruía. Eso derribaba todo lo que había pensado. En apariencia el
Tecnicado «no» era el jefe real de los nómadas. Y, sin embargo...
—Se lo digo con toda sinceridad —continuó Valti—. Puede haber
sido más fácil el mantenerle a usted en la ignorancia, pero también había un
riesgo. Cuando usted descubriese lo que nos proponíamos, en compañía de Saris
podría armar bastante jaleo. Es mejor obtener desde el principio su libre
consentimiento.
»Para
su propia ayuda, capitán, se le ofrece una espacionave tripulada con la que
usted podrá localizar su propio planeta, si no le gusta ninguno de los que
conocemos nosotros. No es necesario que se preocupe en lo de traicionar a
Saris; no estará peor en Thor que en la Tierra. Además usted se hallará en
posición de negociar y asegurar un buen tratamiento para su amigo. Pero
necesito su decisión ahora.
Langley
sacudió la cabeza en sentido negativo. Aquello era demasiado repentino.
—Déjeme
pensar un poco... ¿Qué hay de la pandilla de Brannoch? ¿Se han puesto en
contacto con usted?
—No.
Yo sólo sé que se supone que tenemos que sacarlos de la torre de la embajada,
en donde están confinados bajo arresto domiciliario y prepararles transporte
hasta Thor. Tengo documentos del Tecnicado que nos llevarán hasta ahí dentro,
si los utilizamos bien.
—¿No
se han puesto ustedes en contacto con nadie?
No
podía verse a través del rígido traje espacial, pero Valti debió de encogerse
de hombros.
—Oficialmente,
no. Con certeza, no con nosotros. Pero en la práctica, claro, los Trimanos
deben tenar comunicadores secretos de frecuencia variable en su tanque, en
donde la policía humana apenas se atrevería a registrar. Deben haber estado
hablando a sus agentes de la Tierra por ese medio, a pesar de que lo que se
hayan dicho es algo que ignoro. Chanthavar lo comprende también, pero hay poco
que pueda hacer excepto destruir a los Trimanos y eso va contra el código de
educación social. Esos señores de alto nivel social, aunque procedan de
diferentes Estados, se respetan mutuamente, los derechos de uno y otro; nunca
saben si algún día pueden encontrarse en el mismo aprieto.
—Vaya
—Langley permanecía inmóvil, pero el conocimiento comenzaba a alzarse en él y
quería gritarlo a los cuatro vientos.
No
se había equivocado. El Tecnicado gobernaba la Sociedad. Pero había, tenía que
haber, una complicación adicional y pensó haber captado su naturaleza.
—Se
lo voy a preguntar, capitán —insistió Valti—. ¿Quiere ayudarnos?
—Si
digo que no —contestó con sequedad el hombre del espacio—, supongo que su
desencanto será bastante violento.
—Tendría
que lamentarlo infinitamente —murmuró Valti, rozando la pistola desintegradora
de su costado—. Pero algunos secretos son bastante importantes —sus ojos
pequeños y pálidos examinaron a su interlocutor—. Quiero, sin embargo, aceptar
su palabra si accede a ayudar. Usted es de esos hombres que respetan la palabra
dada. También, poco puede usted ganar o nada traicionándonos.
Langley
tomó su decisión: Era un salto en la incertidumbre, pero, de repente, sintió
como una calma se alzaba dentro de sí, una seguridad que era como una mano
tranquilizadora. Iba a ir a alguna parte otra vez. Podía ser sólo cruzar sobre
un precipicio, pero iba a salir de la masa y a caminar como un hombre.
—Sí
—dijo—. Me iré con ustedes. Sí...
Valti
aguardaba.
—Las
mismas condiciones que antes. La chica Marin, tiene que acompañarnos. Sólo que
primero he de encontrarla Le di la libertad... debe de estar en alguna parte
del nivel bajo. Cuando vuelva aquí, estaré dispuesto para partir.
—Capitán,
eso puede tardar días...
—Eso
es lo malditamente malo. Déme un buen puñado de dinero y efectuaré una
investigación personal para localizarla.
—La
operación está dispuesta para mañana. ¿Puede usted hacerlo para entonces?
—Eso
creo... si me da bastante dinero.
Valti
emitió un gruñido lastimero, pero buscó en sus bolsillos. Fue una bolsa muy
abultada la que Langley ajustó en su cinturón. También consiguió un pequeño
desintegrador, que enfundó debajo de su capa.
—Muy
bien, capitán —dijo el comerciante—. Buena suerte. Le esperaré a usted en las
Lunas Gemelas, a las 21:00 horas mañana por la noche. Si no...
—Lo
sé —Langley se pasó significativamente un dedo a través de la garganta—. Allí
estaré.
Valti
se inclinó, se bajó el casco y se fue por donde había venido.
Langley
pudo haber llorado y gemido de aguda excitación, pero no había tiempo. Salió
del apartamento y recorrió los pasillos. A aquella hora no estaban desiertos.
El puente-paso más allá estaba todavía más atestado pero cuando tomó un
ascensor gravitacional hacia abajo iba a solas.
Se
gritaba y se reía entre los comuneros; las multitudes se arracimaban en torno a
él. Con aquella túnica universitaria inspiraba poco respeto y tenía que abrirse
paso a empujones... hacia la Etie Town. Esa porción dedicada a los extranjeros
estaba en las orillas de la zona inferior, pero en sí misma gozaba de orden y
de buena policía. Había allí algunos seres humanos viviendo en sus
proximidades.
Dentro
de la zona, lo sabía, criados y gente a jornal. Un ser no humano no se interesa
por las mujeres, excepto en su condición de sirvientas. Sería el lugar más
seguro para una chica despedida de un alto nivel. Por lo menos, era el sitio
más lógico donde comenzar su búsqueda.
Había
sido un torpe aficionado, cuya parálisis mental creció con sus repetidos
fracasos en un mundo de profesionales. Aquella sensación le había desaparecido
por completo ahora. La magnitud de su determinación le prestaba una seguridad
que era casi escalofriante. Esa vez, por Dios, nada iba a interponerse en su
camino sin que se viese arrollado por su ímpetu.
Entró
en una taberna. Sus clientes eran en su mayoría de una raza bípeda de cabezas
estrechas, que no necesitaban condiciones especiales de atmósfera o de
temperatura. Le ignoraron cuando cruzó la fantasmal masa de húmedos y
esponjosos bares que eran sus favoritos. La luz era rojo fuerte, difícil para
poder ver mediante ella.
Langley
se acercó a una esquina en donde unos cuantos hombres con la librea de
sirvientes pagados estaban bebiendo. Le miraron fijamente; debía ser la primera
vez que un profesor llegaba a aquel lugar.
—¿Puedo
sentarme? —preguntó.
—Hay
mucha gente —le contestó un hombre de aspecto hosco.
—Le
siento. Iba a invitar a una ronda, pero...
—¡Oh!,
entonces bien, siéntese.
A
Langley no le importó de ningún modo el constreñido silencio que cayó sobra
ellos. Le convenía a la perfección.
—Busco
una mujer —dijo.
—Cuatro
puertas más abajo.
—No...
una mujer en particular. Alta, pelo negro, acento de nivel superior. Creo que
debe de haber venido hace unas dos semanas. ¿Alguien la ha visto?
—No.
—Ofrezco
una recompensa por los informes. Cien solares.
Los
ojos de todos parecieron desorbitarse. Langley advirtió la avaricia de algunos
de los rostros y se echó hacia atrás la capa de modo casual pero fue sirviese
para revelar el arma que portaba. Su posesión era un grave delito, pero nadie
parecía inclinado a llamar a la policía.
—Bueno,
si no podéis ayudarme tendré que probar en alguna otra parte.
—No...
espere un minuto, señor. Tómeselo con calma. Quizás podamos —el hombre de
rostro hosco miró en torno a la mesa—. ¿Alguno la conoce? ¿No? sin embargo, se
podía preguntar por los alrededores.
—Claro
—Langley sacó diez billetes de diez solares cada uno—. Eso es para que paguéis
a los informadores. La recompensa va aparte. Pero no servirá de nada si no se
la encuentra a ella dentro de... tres horas.
Su
compañía se evaporó. Permaneció sentado, pidió otra bebida y trató de controlar
su impaciencia.
El
tiempo se arrastraba muy despacio. ¡Cuánta vida se gasta simplemente esperando!
Una
chica se le acercó con una sugerencia. Langley la envió también a que buscase.
Contempló sus cervezas: ahora, como nunca antes, tenía que conservar la cabeza
clara.
A
las dos horas y dieciocho minutos, un hombrecillo sin aliento corrió jadeando
hasta la mesa.
—¡La
he encontrado!
El
corazón de Langley dio un salto. Se puso en pie, despacio.
—¿La
viste?
—Bueno,
no. Pero una nueva doncella respondiendo a la descripción que me dieron se
contrató con un Slimer... un comerciante de Srinis, quiero decir... sólo hace
once días. El cocinero me dijo que, después de haberle interrogado y buscado,
esa chica parece distinta.
El
hombre espacial asintió. Su deducción había sido correcta: la clase sirviente
era más efectiva con su murmuración que un regimiento de policía para buscar a
una persona. La gente no había cambiado tanto.
—Vamos
—dijo y se dirigió hacia la puerta.
—¿Qué
hay de mi recompensa?
—La
recibirás cuando la vea. Controla tus emociones.
Bajaron
por una amplia calle llena de extrañezas, el hombrecillo se detuvo ante una
puerta.
—Es
aquí. Sin embargo, no sé como entraremos.
Langley
pulsó el llamador. Al poco la puerta abrió para revelar a un carnicero de
proporciones formidables, pero ser humano. El americano estaba preparado para
apartarlo a un lado y penetrar si era necesario.
—Perdóneme
—dijo Langley—. ¿Tiene usted una nueva doncella, alta, pelo negro?
—Señor,
a mi amo le gusta la intimidad.
Langley
agitó sobre sus narices un rollo de grandes billetes.
—Malo.
Eso me interesaba mucho. Yo únicamente quería hablar con ella.
Entró,
dejando a su informante esperando fuera. El aire era espeso y húmedo, la luz de
un verde fluido amarillento que dolía a los ojos. Los seres de los mundos
exteriores empleaban sirvientes nativos para su prestigio, pero debían pagarles
muy bien. El pensamiento de que él había sido quien impulsó a Marin a vivir en
aquel pantano artificial era como unos dientes mordiéndole el alma.
Ella
estaba de pie en el centro de una cámara llena de niebla. Gotas condensadas
relucían en su cabello. Ojos no sorprendidos le miraron con gravedad.
—He
venido —susurró. —Sabía que lo harías.
—¿Puedo...
puedo decirte cuánto lo siento?
—No
es necesario, Edwy. Olvídalo.
Regresaron
a la calle. Langley pagó a su informante y consiguió la dirección de un hotel.
Caminó hasta allí, cogiéndola de la mano, pero nada dijo hasta que estuvieron
seguros y a solas.
Entonces
la besó, medio temeroso de que ella lo rechazase. Pero la muchacha respondió
con súbita hambre.
—¡Te
amo...! —dijo él. Era un nuevo y sorprendente conocimiento. Ella sonrió.
—Creo
que el sentimiento es mutuo.
Más
tarde, le contó lo que había ocurrido. Era como encender una luz detrás de sus
bellos ojos.
—¿Y
podremos escapar? —preguntó con suavidad—. ¿Podremos empezar de nuevo? Si
supieses lo que he soñado desde que...
—No
tan de prisa —la seriedad le volvía; ponía un filo cortante en su voz mientras
retorcía los dedos nervioso—. Esta es una situación bastante complicada. Creo
que sé lo que hay tras ella... aunque quizás puedas tú ayudarme a completar la
imagen.
«Me
he probado a mí mismo que el Tecnicado fundó la sociedad y que la usa como
espía y agente de infiltraciones económicas. Sin embargo, el Tecnicado está
escondido en alguna caverna de alguna parte. No puede salir y supervisar los
asuntos, tiene que confiar en la información que les suministran sus agentes.
Algunos de estos agentes son oficiales, parte del gobierno solar; otros
semioficiales, miembros de la sociedad; algunos verdaderamente, espías en otros
planetas.
«Pero
ya sabes que dos pueden jugar al mismo juego. Hay otra raza por aquí que tiene
una mentalidad muy parecida a la del Tecnicado, una masa mental fría,
impersonal, que planea con un siglo de anticipación y es capaz de esperar
indefinidamente para ver cómo florece la semilla sembrada, Y esa es la raza de
Thrym. Su práctica mental de unirse les hace de esa clase: Un individuo no
importa, porque en un verdadero sentido real cada individuo es sólo una célula
dentro de una enorme unidad. Tú puedes verlo operar en el caso de la Liga, en
donde silenciosamente han ocupado las posiciones clave, se han hecho a sí
mismos, amos tan gradualmente que los Thorianos apenas hoy se dan cuenta.
—¿Y
crees que se han filtrado en la Sociedad? —preguntó ella.
—Sé
condenadamente bien que si. No hay otra respuesta. La Sociedad no entregaría a
Saris Brannoch si fuese verdaderamente independiente. Sé que el Tecnicado
piensa que todavía posee la Sociedad y que ella jamás daría una ventaja a
Centauro.
—Pero
la va a dar, según tú dices —protestó ella.
—Ajaja.
Aquí está la explicación tal como la veo. La Sociedad incluye una buena
cantidad de razas, una de estas razas es la Thrymana. Probablemente no son
oficialmente de Thrym. Pueden haber sido colocados en un mundo similar...
quizás con cambios quirúrgicos en su aspecto físico... y hacerse pasar a sí
mismos como nativos. Han conseguido hacerse miembros de la burocracia por el
proceso normal del ascenso y, siendo capaces con el tiempo de subir bastante
alto, no han podido por menos de conocer la verdad: que el Tecnicado estaba
detrás de todo el espectáculo.
«¡Qué
vendaval para todos! Deben haber introducido en la sociedad principios
generales, para controlar otro grupo humano, pero también han conseguido
progresos en el propio Tecnicado. Pueden preparar informes que consiguen de la
Sociedad... no todos, sino bastantes. La fuerza ha de ahorrarse para ocasiones
especiales, porque la máquina debe tener unidades comparadoras de datos. Tiene
que ser capaz de sospechar, para poder trabajar. Esta es una ocasión especial.
«Chanthavar,
Brannoch y Valti estaban todos actuando con propósitos cruzados porque no había
habido tiempo para consultar al Tecnicado; de otra forma se habría dicho
normalmente a Valti que no se metiese en el asunto, o al menos que cooperase,
con Chanthavar. Cuando se informó el Tecnicado, ya lo sabes, este ordenó la
libertad de Valti.
«Pero
entonces los Thrymanos se pusieron a trabajar. Aún prisioneros, deben haber
tenido contacto con sus agentes exteriores, incluyendo los Thrymanos de alto
rango de la Sociedad.
«Yo
no sé exactamente que de historias se han proporcionado al Tecnicado. Como
hipótesis, sugiero algo así: un navío comercial acaba de volver con noticias de
un nuevo planeta habitado por una raza que posee las habilidades de Saris. Han
sido estudiados y se ha descubierto que no hay manera de duplicar
artificialmente ese efecto nulificador. Los Thrymanos son perfectamente capaces
de cocinar tal informe completo con datos cuantitativos y teorías matemáticas,
apostaría a que sí.
«Está
bien. Este informe, hipotéticamente elaborado para su propio bien, entregado a
la Sociedad, llega hasta el Tecnicado. La máquina toma una decisión muy
natural. Que los Centaurianos se hagan con Saris, que pierdan el tiempo
investigando en un callejón sin salida. Tiene que parecer real, para que
Brannoch no sospeche; por lo tanto, trabajar mediante Valti, sin informar a
Chanthavar.
«Así
que... el resultado final es que Centauro conseguirá el nulificador. ¡las
primeras noticias que el Tecnicado tenga acerca de esto será que la flota
invasora llega capaz de poner fuera de circulación a toda nave dentro del
sistema solar!
Marin
no respondió durante un rato. Luego asintió.
—Parece
lógico —dijo—. Condenadamente lógico. Ahora recuerdo... cuando yo estaba en
casa de Brannoch, poco antes de conocerte a tí, que él hablaba con aquel
tanque. Mencionó algo acerca de que Valti le oponía dificultades y que se
buscaba grandes pasos que le asesinasen y el tanque le prohibió hacerlo.
¿Tendremos que decírselo a Chanthavar?
—No
—contestó Langley.
—¿Pero
tú quieres que ganen los Centaurianos?
—Enfáticamente
no. Yo no quiero una guerra en absoluto y dejar salir esta información de
manera prematura sería el modo más seguro de comenzar la guerra. ¿No puedes ver
el salvaje forcejeo que se armaría para cubrirse, para purgarse, para golpear
en seguida antes de que el otro reaccionase?
«El
hecho de que Brannoch mismo esté en la oscuridad, de que nada sepa acerca de
este asunto importante de manera suprema de la Sociedad, me indica que Thrym no
tiene exactamente su interés puesto en la Liga, tampoco. La Liga es sólo un
medio para un fin mucho más grande y mortífero.
Alzó
la cabeza.
—Hasta
ahora, cariño, mis intentos por introducirme en este juego, han sido
espléndidos y miserables fracasos... Estoy arriesgando nuestras dos vidas
contra lo que creo que es el futuro de la raza humana. Parece bastante tonto,
¿verdad? Sólo un hombrecillo pensando que él puede cambiar la historia con su
propio esfuerzo. Por esa alucinación se han causado muchos disgustos.
«Esta
vez, aunque sea la excepción, no hay error en mi trabajo ni en mi juego... creo
que puedo llevar a cabo algo que valga la pena. ¿Crees que tengo razón? ¿Te
parece que tengo derecho incluso a probarlo?
Ella
se le acercó y su mejilla se unió a la de él.
—Sí
—susurró—. Sí, amor mío...
XVII
Langley
no introdujo de contrabando a Marín en su apartamento.
Si
la veían, era posible que no despertara macha expectación o comentarios, pero
trató de ser discreto.
Luego,
se sorprendió al dormir mucho mejor de como lo había hecho en las pasadas
semanas. Al siguiente día, tomó microscopías de todos loa datos de la
biblioteca sobre la Sociedad, también hizo que el robot le preparara un sumario
y se metió el carrete en su bolsa. Era desalentador pensar, que dependía de tan
tenues hilos de esperanza. El carácter de Valti era uno de ellos; pensó que el
comerciante era capaz de sacudirse el acondicionamiento de toda su vida lo
bastante como para mirar los nuevos hechos y razonar un poco ante las sutiles
evidencias, ¿pero era seguro?
El
sol se puso tras el horizonte. Langley y Marin comieron en el apartamento sin
saborear lo que se les presentaba. La muchacha estaba pensativa cuando ambos se
asomaron a ver el crepúsculo.
—¿Echarás
de menos a la Tierra? —preguntó él.
Marin
sonrió con suavidad.
—Un
poco... De vez en cuando. Pero no demasiado, teniéndote a tí.
Langley
se levantó y tomó unas prendas del armario que le parecieron apropiadas para
que ella se cubriera. Con el pelo recogido dentro del gorrito, tenía un aspecto
ingenuo... casi infantil. Parecía un estudiante jovencísimo.
—Vamos
ya —dijo.
Bajaron
hasta el vestíbulo, salieron a la terraza y cruzaron el puente-paso. La
multitud reía y charlaba en su torno, alegremente vestida, saliendo en una
inquieta búsqueda de placer. Las luces eran como una lluvia cortante e irisada.
Langley
trató de reprimir la tensión, dentro de sí mismo. No había nada a ganar con
aquella serie acuciante de preguntas acerca de fuerzas coaligadas contra él.
«Cálmate, respira hondo, saborea el viento de la noche y la
visión de las estrellas», pensó,
«Mañana puede que estés muerto».
No pudo. Esperaba que su rostro no reflejara la tensión de sus
nervios. «Camina despacio, con gravedad, como corresponde a un hombre de
cultura. Olvida que debajo del brazo llevas un arma mortal»
Las
Lunas Gemelas era una conocidísima taberna de clase ligeramente sombría,
anidada sobre el tejado de encima del nivel bajo, precisamente a la sombra de
la inmensa mole de metal que era la Torre de Empresas Interplanetarias. Al
entrar, Langley se encontró en una atmósfera marciana: cielo verde-azulado
oscuro, un canal moderno y un antiguo fragmento de desierto rojo. Había una
atmósfera opaca de humo y las canciones marcianas de tono menor. Reservados se
alineaban a lo largo de una pared cuyo aspecto recordaba las cavernas parduscas
y sombrías de los hombres primitivos. En frente estaba el mostrador del bar y
un escenario, sobre el cual una eodiasta bien formada estaba haciendo las más
inverosímiles contorsiones con un gesto de inmenso aburrimiento. Por debajo de
la música se percibía el ronroneo de las conversaciones propias de cualquier
sala de fiestas.
20:45.
Langley se acercó al mostrador.
—¡Dos
cervezas! —pidió.
El
robot extendió un brazo con vasos, los llenó con el mismo brazo y extendió una
mano metálica en espera del dinero.
Un
hombre con piel tostada por el sol y la gangliosa constitución de un marciano
le hizo un gesto con la cabeza.
—No
se ven a muchos profesores en un sitio como este —observó, con gesto afectado.
—Es
nuestra noche libre —dijo Langley, intentando parecer amable.
—Supongo
que también la mía. Estoy impaciente, sin embargo, por volver a casa. Este
planeta es demasiado pesado. Claro que Marte también está muerto en estos días.
Antaño gobernamos el Sistema Solar. Aquellos eran buenos tiempos. Ahora somos
sólo niños obedientes al Tecnicado, como todo quisque.
Un
uniforme negro se les acercó. El marciano cerró la boca y trató de poner
aspecto inocente.
—Perdone,
señor —dijo el policía tocando a Langley en el hombro—. Le están esperando.
Durante
un momento... el mundo del hombre del espacio, pareció encabritarse. Luego
reconoció bajo el casco el ahora rostro sin barba. Aquel hombre, allá en los
subterráneos, fue quien disparó su desintegrador contra los agentes de
Brannoch. Parecía haber ocurrido una eternidad atrás.
—Claro
—dijo y le siguió. Marin continuó tras ellos.
Entraron
en un reservado.
Estaba
lleno de uniformes. Una forma voluminosa vestía armadura ligera de combate; la
voz de Valti salió por entre el casco.
—¡Buenas
noches...! Capitán... Señora... ¿Todo claro?
—Sí.
Creo que todo está preparado.
—Por
aquí. Tengo confianza con el dueño—. Valti oprimió con el dedo un lugar del
dibujo del decorado. La pared posterior se abrió y las primeras escaleras que
había visto Langley desde su época aparecieron a la vista. Conducían a una
pequeña habitación superior en donde estaban dos uniformes de oficial militar
ministerial—. Pónganselos —dijo Valti—. Creo que será mejor que parezcan
aristócratas que esclavos. Pero déjenme hablar excepto cuando sea con Saris.
—Está
bien.
Marin
se despojó de la túnica y sin mostrar embarazo alguno pus ose el traje militar.
Se levantó el cabello y lo disimuló dentro del casco de acero ligero, dejando
que la capa cayera de sus hombros decididamente, podía pasar con facilidad por
un Ministro adolescente al que se había ascendido recientemente para alguna
misión de adiestramiento.
Valti
explicó su plan, luego bajaron otra vez, salieron del reservado y se vieron en
la calle. La partida era numerosa hasta cierto punto. Pero parecía una
insignificancia si se pensaba que tenía que lanzarse contra todo el poderoso
Sol.
Nada
se dijo mientras los pasos-puentes les conducían hacia el centro de
investigaciones militares en la parte occidental de la ciudad. Langley deseaba
tomar a Marin de la mano, pero aquello era ahora imposible. Se puso a meditar
en cambio.
Su
destino era una torre que se alzaba al borde mismo del agudo acantilado que era
como una muralla de la ciudad. Quedaba aparte de las construcciones vecinas y
probablemente poseería cañones y armaduras tras su lisa fachada de plástico.
Cuando el grupo de Valti llegó a la terraza central y se encaminó a la entrada,
tres guardias esclavos salieron de una especie de nicho próximo. Se inclinaron
al unísono y uno preguntó el motivo de la visita.
—Urgente
y especial —contestó Valti. El casco que llevaba deformaba su acento—. Venimos
para llevarnos cierto objeto de estudio en secreto y para conducirlo a un lugar
más seguro. He aquí nuestros documentos.
Uno
de los guardias sacó una especie de mesa llena de instrumentos. La autorización
fue examinada microscópicamente; Langley dedujo que los documentos del
Tecnicado tendrían algún invisible número cifrado que sería cambiado
diariamente al azar. Varios hombres fijaron la vista en los pápeles y los
compararon con algo que tenían registrado. Luego el efe de los centinelas
asintió.
—Muy
bien, señor. ¿Necesitan ayuda?
—Sí
—repuso Valti—. Haga venir un camión cerrado de la policía. Saldremos pronto. Y
no deje entrar o salir a nadie hasta que nos hayamos ido.
Langley
pensó en los cañones automáticos escondidos dentro de las paredes. Pero la
puerta se dilató para dejarle pasar y siguió a Valti por el pasillo. Pasaron
por delante de varias estancias pequeñas, pero el personal en ellas no
interfirió; luego tuvieron que detenerse en un segundo punto de inspección.
Después de eso entraron en la prisión de Saris; los papeles les señalaron su
emplazamiento.
El
holatano estaba acostado en un diván tras las rejas. El resto de la cámara era
una enigmática selva de equipo de laboratorio. Había centinelas con armas
mecánicas y electrónicas y un par de técnicos trabajaban en una mesa. Tuvieron
que llamar a sus jefes para otra discusión antes de que soltaran al cautivo.
Langley
se había acercado a la celda. Saris no hizo el menor signo de haberle
reconocido.
—Hola
—dijo con suavidad el americano en inglés—. ¿Estás bien?
—Sí.
Hasta ahora se me han hecho medidas eléctricas y de otra clase. Pero es penoso
estar enjaulado.
—¿Te
han enseñado su idioma?
—Sí.
Muy bien, mejor que el inglés.
Langley
se sintió débil de alivio. Todo su precario plan había dependido de esta
presunción y de la sorprendente habilidad lingüística del holatano.
—He
venido a sacarte de aquí —dijo—. Pero costará un poco. Tendrás que cooperar y
arriesgar el pellejo.
—¿Mi
vida? —había amargura en el tono de la respuesta—. ¿Es eso todo? Pues... ahora
no es mucho.
—Marín
conoce los hechos y cual es mi plan, ahora se te dirá. Pero seremos tres contra
todos los demás.
Rápidamente
el hombre le explicó lo que sabía y el plan elaborado.
Los
dorados ojos destellaron con una luz fiera y rápida y sus músculos se
contrajeron por debajo de la piel. Pero dijo sólo:
—Está
bien. Lo probaremos así.
El
tono de voz sólo demostraba aburrimiento y desesperanza.
Valti
impuso su criterio al supervisor. Una larga caja metálica con diversos agujeros
para respirar fue introducida mediante una suspensión aérea antigravitacional.
Saris se metió en ella al salir de la celda y la tapa se cerró sobre él.
—¿Nos
vamos, Milord? —preguntó Valti.
—Sí
—respondió el americano—. Todo está ya ultimado.
Varios
hombres empujaron la flotante caja por los pasillos. Incluso sin peso la inercia
del objeto era considerable y poner en marcha la unidad autopropulsora podría
hacer sonar a las alarmas automáticas. Cuando llegaron a la terraza, una gran
nave ligera de color negro les esperaba. El recipiente de Saris se colocó en la
parte trasera, los hombres se amontonaron en la cabina y Valti la puso en
marcha hacia la embajada centauriana.
Langley
dudó en poner ahora en práctica su plan antes da que entraran en contacto con
el siguiente enemigo. ¿Dejar de lado por completo a Brannoch? No. No había
tiempo. Y Saris estaba casi impotente bajo una cerradura mecánica. Langley se
mordió el labio y esperó.
El
vehículo-camión volador se detuvo cerca de la torre de la embajada de la que la
Liga poseía el tercio superior para apartamentos y oficinas. Valti condujo a la
entrada a la mitad de su grupo. De nuevo tuvo que sacar documentos y sufrir una
nueva inspección; Chanthavar mantenía el lugar bien vigilado. Esta vez sus
órdenes aparentes eran llevarse cierto personal clave centauriano; dejó
sospechar que era un viaje de ida sólo y el jefe de la guardia sonrió.
—Haga
que entren la caja —le recordó Langley.
—¿Qué?
—preguntó asombrado Valti—. ¿Por qué Milord?
—Pueden
intentar algo a la desesperada. Ya sabe. Eso les sorprenderá. Mejor es estar
preparados.
—Pero
el... mecanismo... funcionará adecuadamente, milord.
—Seguro.
Lo he revisado.
Valti
osciló indeciso y Langley sintió que el sudor le humedecía las palmas de las
manos. ¡Si el comerciante decía que no...!
—Está
bien, Milord. Puede que sea una buena idea.
La
caja entró oscilando por una puerta abierta. No se veía a nadie; los peces
pequeños probablemente estarían durmiendo en sus propias habitaciones. La
puerta particular de Brannoch quedaba delante, se abrió al acercarse y el
thoriano asomó a ella su enorme mole.
—¿Qué
es esto? —preguntó con frialdad. Su corpachón se contraía debajo del pijama
llamativo, que vestía, como si se preparase para un desesperado salto final
hacia sus armas—. Yo no le invité.
Valti
se echó atrás el casco.
—Puede
que usted no lamente una visita, milord —dijo.
—¡Ah!,
¿usted? Y también Langley, y... entre —el gigante les condujo a su sala de
estar—. ¿Qué pasa ahora?
Valti
se lo explicó. La alegría del triunfo hacía que el rostro de Brannoch pareciera
inhumano.
Langley
permaneció junto al ataúd metálico flotante. No podía hablar a Saris, no podía
prevenirlo de nada ni decirle ahora. El holatano yacía a ciegas en una
oscuridad de hierro. Sólo sus sentidos y sus facultades mentales podían llegar
más allá de su cárcel.
—¿Lo
habéis oído, Thrymicanos? —gritó Brannoch—. ¡Vamos! Llamaré a los hombres.
—¡No!
Brannoch
se detuvo en mitad de su movimiento.
—¿Qué
pasa?
—No
los llames —dijo la voz artificial—. Nos lo esperábamos. Ya sabemos lo que
hacer. Te irás con ellos solo; te seguiremos pronto en nuestro vehículo.
—¿Qué
diablos espaciales...?
—¡De
prisa! Hay en juego más de lo que te supones. Chanthavar puede venir en
cualquier instante y nos queda mucho que hacer todavía.
Brannoch
dudaba. Si se le daba un momento para pensar recordaría las habilidades de
Saris, advertiría el súbito ligero cambio en el acento de sus thrymanos. Pero
acababa de levantarse de dormir, aún estaba con el sueño pegado a los párpados,
estaba acostumbrado a obedecer las ordenes de los Monstruos...
Valti
le empujó. El alivio se hizo evidente en su florida palabrería.
—Tiene
razón, milord. Sería diabólicamente difícil sacar ese tanque enorme sin
despertar sospechas, llevaría minutos convocar a los hombres. ¡Vámonos!
Brannoch
asintió, se puso un par de zapatos y salió por la puerta entre sus supuestos
guardianes. Langley dirigió una mirada de reojo a Marin, el rostro de la
muchacha estaba blanco por la tensión. Espero que el alocado tronar de su
corazón no fuera audible.
Hasta
ahora, todo bien. Detenerse en la embajada era inevitable, pero la oposición
extra recogida allí tenía que reducirse a un hombre... y a un hombre a quien la
conciencia de Langley impelía a que se le contara, la verdad.
Saris
no sólo había tenido por misión controlar los micrófonos dé los thrymkanos,
sino cortocircuitar los dispositivos de su mecanismo antigravitacional y
dejarlos sitiados, inmóviles, desamparados, allí donde estaban; ¿lo habría
logrado? ¿Era lo bastante fuerte? ¡Quizás!
Sería
extraño, sin embargo, si aquellas agudas y suspicaces inteligencias se
contentaran con un dispositivo que les dejara prisioneros en caso de accidente.
Debería haber mecanismos para reparar el aparato, herramientas robots
controlables desde el interior del tanque. Seguramente habría medios de avisar
a todo el anillo de espías centaurianos y saboteadores, arrojándoles para que
rompiesen el cerco de Chanthavar y condujesen a los monstruos pensantes a una
nave espacial que emprendiera la huida.
Los
thrymanos se escaparían. No había manera de impedirlo. Probablemente les
perseguirían. Y Chanthavar no podría dormir en paz mucho más tiempo, tampoco.
La pregunta era si el grupo de Valti podría colocarse fuera del alcance de un
rayo rastreador antes de que alguno de los otros partidos entrase en acción.
«Será
interesante saberlo», pensó Langley.
XVIII
En
su propio mundo relegado al olvido, ellos jamás habrían llegado tan lejos. De
algún modo, a lo largo de la línea, habría habido un hombre con bastante
independencia de mente como para saltarse a la torera los procedimientos
reglamentarios y no esperar a que sus superiores tomaran una tardía decisión.
Pero un esclavo no se educa y adiestra para que piense por si mismo. Esa podría
ser la razón por la que la libertad, inestable, ineficiente, consecuentemente
impulsada hacia el olvido una y otra vez, todavía se alzara de nuevo a través
de la historia.
El
vehículo volaba suave y rápido por el oscurecido planeta. Lora se convirtió en
una luminosa constelación sobre el horizonte y luego desapareció. Sólo noche
podía verse. Langley dudaba poder volver algún día a la ciudad. Pasó como un
relámpago por encima de su experiencia durante unas pocas semanas pero ahora
era como si ella y sus millones de habitantes nunca hubieran existido. Ello le
daba alguna comprensión acerca de la filosofía de Valti su manera de aceptar lo
no permanente y lo subyugado como esencial al estado general de las cosas.
El
rostro recosido de Brannoch se recortaba en la sombra por la débil luz del
panel de: instrumentos.
—¿Sabe
por qué ha decidido ayudarnos la Sociedad? —preguntó.
—No...
no lo sé... milord... —respondió el comerciante.
—Hay
dinero en alguna parte. Mucho dinero. A menos que ustedes planeen alguna
traición... —durante un momento los dientes rechinaron, blancos y relucientes,
luego el thoran soltó una carcajada—. No. ¿Por qué se molestarían conmigo
después de todo, si no fuera, por el propósito que usted me apuntó?
—Claro,
milord, pero... supongo que la liga estará desagradecida a mis esfuerzos.
—¡Oh!,
sí, sí, no tema, tendrá su pellizco.
El
vehículo decantó hacia un pequeño bosque, Valti tomó la palabra.
—Ahí
tengo un volador que nos conducirá al crucero, ¡Tengan la bondad, caballeros!
Un
disparo segó la cerradura de la caja de Saris. El holatano salió de un ágil
salto y el grupo se adentró por entre los árboles.
—Todos
llevan armas de energía —murmuró Saris en inglés— Todos menos uno, aquel tipo
alto allí, ¿podrás dominarle?
—No
tendré más remedio que poder hacerlo —dijo Langley entre dientes.
El
volador apareció enorme en el claro, como una columna de noche.
—¿Dónde
está el resto del grupo? —preguntó Brannoch mientras subía por la escalerilla
hacia la hermética esclusa de la nave.
—Cómodamente
durmiendo en sus camas, milord —repuso Valti. Su voz sonó alta y llana en la
inmensa calma.
En
alguna parte, lejos, los grillos cantaban, es probable que esta sea la última
vez que los oigo cantar, pensó Langley. Eran veinte hombres los que tenía que
capturar.
Aquella
espacionave, aunque en realidad no era más que una lancha destinada al
transporte desde la Tierra hasta los cruceros en órbita, estaba diseñada con
miras más hacia la velocidad que al confort. Una sola habitación contenía
asientos para el pasaje y el puesto del piloto. Valti se desembarazó de su
armadura plantó su enorme trasero en el sillón de mando y sus dedos iniciaron
una graciosa danza por encima del panel. La lancha se estremeció y saltó hacia
el firmamento.
La
atmósfera cayó atrás. La Tierra giraba enorme y bella e inalterable contra una
cortina de iridiscentes estrellas. Langley la miró con el pesar de las
despedidas.
«Adiós,
Tierra. Adiós, colinas y bosques, altas montañas, llanuras ventosas, gran
piélago de Océanos bañados por la luna. Adiós, Peggy».
Un
computador charlaba en voz baja para sí. Las luces parpadeaban en el panel.
Valti cerró un conmutador, suspiró con cansancio y se volvió a los demás.
—Está
bien —dijo—. Vamos ya en vuelo automático, a alta aceleración. Llegaremos a
nuestra nave dentro de media hora. Pueden ustedes descansar.
—Eso
es más fácil de decir que de hacer —gruñó Brannoch.
La
quietud creció dentro de la estrecha cámara metálica.
Langley
miró a Saris. El holatano asintió, aunque de manera débil. Marin vio el gesto y
su propia cabeza lo repitió. Era la hora.
Langley
apoyó la espalda en la pared cercana a los mandos. Sacó su desintegrador.
—No
se muevan —dijo.
Alguien
maldijo. Un arma saltó con cegadora velocidad. No llegó a disparar.
—Saris
controla cada arma de aquí excepto la mía y la de Marin —explicó Langley—. Será
mejor que permanezcan quietos y escuchen... ¡No, no lo haga!
Lanzó
un rayo al hombre alto de la pistola antigua. El comerciante se doblegó con un
gemido, mientras el arma cayó al suelo.
—¡Lo
lamento! —Langley hablaba bajo—. No quiero hacer daño a nadie. Pero hay mucho
en juego. ¿Quieren darme ocasión de explicarme?
—Capitán...
—Valti se incorporó.
Marin
le obligó a reprimirse con un gesto de amenaza. Saris, agazapado en un rincón
de la estancia, temblaba a causa del esfuerzo.
—Escúchenme.
—Langley sintió un vago enojo al ver que su tono sonaba tan suplicante. ¿Acaso
no es el amo aquel que está empuñando un arma?
Pero
los ojillos de Valti iban sin cesar de un lado para otro como buscando
cualquier oportunidad de hacerse con el control de la situación. Las piernas de
Brannoch estaban juntas y replegadas bajo su asiento, prestas para saltar. Los
comerciantes espaciales gruñían, reuniendo valor para abalanzarse sobre él y
dominarlo por el número.
—Quiero
explicarles unos cuantos hechos —prosiguió Langley—. Todos ustedes han sido
marionetas manejados a capricho por una de las mayores y más aparatosas
intrigas de la historia. Ustedes piensan que actúan por su propio bien...
Valti, Brannoch... pero voy a demostrarles lo contrario. En cualquier caso hay
media hora de espera, así fue nada les impide escucharme.
—Adelante
—exclamó Brannoch con voz gruesa.
El
americano dio un suspiro tembloroso y se lanzó a relatar lo que sabía: la
sumisión de la Liga, del Tecnicado y de la Sociedad a una potencia extranjera y
hostil trabajando para sus propios fines.
Dio
a Valti el carrete que llevaba consigo y el comerciante lo colocó en un aparato
lector y lo estudió con deliberada y enloquecedora lentitud. El reloj desgranó
indolentemente los minutos y la Tierra retrocedió a popa de la nave. La
habitación era calurosa y silenciosa. Valti alzó la vista.
—¿Qué
va usted á hacer si no coopero? —preguntó.
—Obligarle.
—Langley agitó su arma.
La
peluda y roja cabezota osciló y en su figura panzuda apareció una curiosa
dignidad.
—No.
Lo siento, capitán, pero de nada le valdría. Usted no sabe manejar una
espacionave moderna. No sabe hacerlo y mi viejo esqueleto no vale tanto como lo
que haría en su beneficio.
Langley
enfundó su desintegrador.
—¡Está
bien!
Parecía
una cosa arriesgada, pero Valti se limitó a asentir y a ocupar el puesto del piloto.
—Casi
hemos llegado —dijo—. Es hora de poner los frenos y conjugar velocidades.
La
espacionave creció enormemente. Era un largo cilindro negro, flotando a través
de la inmensidad estrellada. Langley vio destacarse sus torretas artilleras
contra la lechosa luminosidad de la Vía láctea. Se produjo una leve conmoción,
se oyó el ruido metálico de dos planchas de acero al entrar en contacto y la
lancha unió su escotilla de manera hermética con la de la gran nave.
—¡Puestos
de combate! —exclamó Valti—. Puede venir conmigo, capitán.
Se
lanzó hacia la salida.
Langley
se detuvo junto a Brannoch. El gigante le miró y le obsequió con una sonrisa
salvaje.
—Buen
trabajo —dijo.
—Mire
—respondió el americano—, cuando se liberte, vuele de aquí, pero no se vaya
demasiado lejos. Escuche cualquier conversación por radio. Piense en lo que le
he dicho. Luego, si es usted prudente, se pondrá en contacto con Chanthavar.
—Puede...
que lo haga.
—Si...
en bien de la Sociedad.
—¡Yo
no!
La
respuesta de Valti restalló como un disparo de pistola.
—Usted,
sí, señor, o personalmente romperé el cuello encima de mis rodillas. En este
viaje yo soy el patrón. ¿Debo leerle los artículos concernientes a la
obediencia absoluta a su patrón?
—Yo...
sí, señor. Pero redactaré una queja en...
—¡Claro
que lo hará! —asintió
Valti animoso—, y yo estaré a su lado, en
el despacho, llenando el impreso de mi reclamación.
Los
desintegradores comenzaron a caer a los pies de Langley. Saris se dejó
derrumbar en un diván temblando de agotamiento.
—Aten
a Brannoch —ordenó el americano.
—Claro...
¿Perdona la libertad, milord? Le dejaremos en este volador, usted podrá
libertarse y marcharse a su placer.
Brannoch
le miró con ojos asesinos, pero se rindió.
—¿Satisfecho,
capitán? —preguntó Valti.
—Quizás.
¿Por qué me cree ahora?
—En
parte por las pruebas que me mostró, en parte por vuestra propia sinceridad.
Siento respeto por su inteligencia.
—Alguien
ha enfocado sobre nosotros un rayo rastreador. Nos están siguiendo.
—¿Quién?
¿Muy lejos? ¿Muy de prisa? —Brannoch disparó las preguntas como un perro
hambriento.
—No
lo sé. Pueden ser sus amigos de Thrym, puede ser Chanthavar. —Valti jugueteó
con algunos botones y consideró la lectura de los diales—. Una nave de buen
tamaño. Corre más que nosotros, pero les llevamos nuestros buenos diez minutos
de delantera. Costará algún tiempo calentar los generadores para un salto
interestelar, así que puede que tengamos que pelear durante ese rato —sus ojos
estaban fijos en Langley—. Si el buen capitán nos lo permite.
El
americano expelió el aire de sus pulmones con un escalofrío.
—No.
Antes que eso les dejaré que nos vuelen a todos.
Valti
emitió una risita.
—Sepa,
capitán que le creo... a usted y a su fantástica hipótesis.
—Eso
tendrá que demostrarlo —contestó Langley.
—Lo
haré. Hombres, por favor, arrojen hacia aquí todas sus armas. El capitán nos
vigilará a todos, si no lo considera muy aburrido.
—¡Aguarde
un momento! —un nómada se puso en pie.
—¿Va
a ir usted en contra de las órdenes de los jefes?
Brannoch
nada dijo, pero sus ojos eran como fichas azules de piedra.
—¿Es
que no lo comprende, hombre? —gritó Langley—. ¿No puede pensar?
—Sus
pruebas son muy poco consistentes capitán. Todos esos hechos son susceptibles a
otras interpretaciones.
—Cuando
dos hipótesis entran en juego, escójase la más sencilla —sentenció Marin, con
aire de profeta.
Valti
se sentó. Descansó su barbilla sobre un puño, cerró los ojos y de repente
pareció muy viejo.
—Puede
que tenga razón —dijo Brannoch por fin—. Hace tiempo que me venía yo
sospechando de esos monstruos. Pero ya trataremos más tarde con ellos...
después que Thor haya conseguido una posición más fuerte.
—¡No!
—gritó Langley—. ¡Ciego, loco sanguinario! ¿es que no lo ve? Todo este asunto
ha sido maquinado por ellos. Deben considerar a los hombres como gusanos
peligrosos. No pueden conquistarnos por sí mismos, pero pueden hacer que nos
desangremos en luchas fraticidas. ¡Entonces ellos reirían triunfantes!
Sonó
una campana. Langley volvió la cabeza y giró en redondo al oír el grito de
Marin. Brannoch casi estaba encima de él. Hizo retroceder al centauriano con un
ademán, que sonrió imprudentemente, pero dejó que Valti se acercara al panel de
instrumentos.
El
comerciante se volvió y anunció con llaneza:
—Dios
le ampare si no. Adiós, Brannoch.
Langley
cruzó la escotilla. Era el último en salir y la puerta de la gran nave se cerró
tras él. No conocía la distribución de aquel crucero, pero siguió su instinto y
recorrió los largos pasillos. En su torno se percibía un rugir de máquinas; la
espacionave se preparaba para luchar.
A
los pocos minutos localizó la cámara de control principal. Valti estaba allí
sentado, con Marin y Saris remoloneando, al fondo. La nave debía ser casi por
entero automática, un robot en sí, para que pudiese conducirla un hombre solo.
Un
globo estelar daba el simulacro de la fría oscuridad exterior saturada de
constelaciones. Valti localizó un puntito móvil en el globo y ajustó la
telepantalla para ampliar la visión. La nave que se acercaba era una esfera de
acero.
—De
construcción thrymana —dijo Valti—. Conocería sus líneas en cualquier parte.
Veamos qué tienen que decirnos.
Pulsó
los botones de la radio.
¡Thrymanos!
Entonces debieron escapar casi nada más irse los otros, disparando las armas
que indudablemente poseían en algún lugar de su tanque, llegando hasta algún
escondido navío de guerra y partiendo al espacio a una velocidad casi
imposible. Deberían conocer la órbita de la nave de Valti gracias al Tecnicado.
Langley se estremeció. Marin se apretó contra él.
—¡Hola,
Thrym! —Valti habló casi con indiferencia. Ojos y manos se movían aún, pulsando
botones, ajustando diales, observando las luces indicadoras que flameaban de un
departamento a otro.
La
voz mecánica respondió de manera estridente:
—¡Han
sido seguidos! Si son sensatos, se rendirán inmediatamente. Los patrulleros
solares nos han aplicado un rayo rastreador. Nos siguen de cerca y antes de
permitirles que se apoderen de ustedes, lo destruiremos todo.
—¡Solares!
—Langley emitió un silbido. Chanthavar había sido muy rápido en entrar en
acción, según parecía. Pero, claro, la fuga de los thrymanos le habría alertado
mucho más que cualquier otra cosa.
—Parece
que la fiesta pronto tendrá demasiada gente —murmuró.
Valti
bajó un conmutador. El globo celeste reflejó diminutos puntitos de fuego que
debían ser explosiones fenomenales.
—Las
naves pelean entre sí —observó tranquilo—. Nuestra tripulación tiene poco que
hacer excepto estar alerta con los controles de emergencia para el caso de que
recibamos un impacto directo.
Las
dos naves maniobraron, lanzando su propio tonelaje a través del cielo tan
ligeramente como si fueran ágiles danzarinas. Proyectiles nucleares partieron
raudos para ser destruidos y aniquilados por proyectiles anti proyectiles. Los
rayos de energía de largo alcance hurgaron el firmamento con sus fogonazos.
Todo lo que Langley notó fue el ulular de los generadores, la loca danza de las
chispitas del globo y el afanoso cliquear del cerebro robot entre la nave.
Saris
gruñó hambriento.
—¡Si
pudiera salir! —exclamó rabioso—. ¡Les clavaría los dientes a todos!
Langley
atrajo a Marin hacia sí.
—Puede
que nos destruyan antes de que podamos largarnos —dijo—. Me siento
terriblemente impotente.
—Lo
hiciste muy bien, Edwy —respondió ella.
—Bueno...
lo intenté. Te amo, Marin.
Ella
suspiró con gran felicidad.
—Con
eso basta.
Las
paredes temblaban y el aire estaba lleno de cólera.
Una
voz sonó por el intercomunicador.
—Por
poco nos dan en Siete, señor. Las placas exteriores están abolladas por la
expansión de la explosión de energía, pero todavía no se pierde aire.
—Adelante
—dijo Valti.
Incluso
una explosión nuclear tenía que ser muy próxima para causar mucho daño en el
vacío. Pero una simple granada que tocara a la nave antes de estallar haría de
ella una lluvia de acero fundido.
—Aquí
llega Chanthavar —dijo Valti—. Tengo una idea. Estaré a la escucha por la radio
así que... —dio vuelta a una llave—. ¡Hola, Thrym! ¡Hola! Los solarianos caerán
sobre nosotros dentro de un instante. Les tengo más fobia a ellos que a
ustedes, así que, zanjemos nuestras diferencias un poco más tarde, ¿de acuerdo?
No
hubo respuesta. Los thrymanos jamás desperdiciaban palabras y debían reconocer
aquel fraude tan diáfano.
Pero
dos cruceros solares describieron un círculo próximo y ellos sí que lo oyeron.
El más próximo describió un arco gracioso que habría sido imposible sin
impulsión gravitatoria, y abrió fuego contra la nave thrymana. Valti lanzó un
«viva» y lanzó su nave hacia adelante. Un navío no podía hacer frente al ataque
de otros dos.
Las
pantallas no transmitieron aquella detonación cegadora. Rehusaron la carga, se
pusieron blancas y cuando volvieron a funcionar unos segundos más tarde, los
thrymanos eran una nube de gas que se expandía rápidamente.
Las
dos naves solares describieron un circulo precavido, sondeando a los nómadas
con unos cuantos rayos y granadas. Tronó una sirena. Valti rióse
estrepitosamente.
—La
superimpulsión está lista. Ahora podemos irnos de aquí.
—¡Espere!
—dijo Langley—. Llámeles. Quiero hablarles.
—Pero
pueden caer sobre nosotros mientras hablamos y...
—¡Maldito
sea, hombre! ¡La Tierra tiene derecho a saberlo también! ¡Llámeles! ¡Llámeles
inmediatamente!
Pero
fue Chanthavar quien entró primero en onda. Su voz sonó crispada.
—¡Hola!
Aquí Sociedad... Deténganse para ser abordados...
—No
tan de prisa, hermano... —Langley se asomó por encima del hombro de Valti,
buscando el auricular. ¡Nos basta dar a un interruptor para vernos a diez años
luz de distancia! ¡pero tengo algo que decirle...!
—¡Oh...!
¿Usted? —el tono de Chanthavar tenía algo de comicidad impertinente—. ¿Usted
otra vez? ¡Mis respetos hacia los aficionados ha crecido mucho esta noche! ¡Me
gustarla tenerle entre mi personal!
—¡Pues
no tendrá este gusto! ¡Lo siento! Ahora escuche: —Langley le explicó lo que
sabía tan de prisa como pudo...
Hubo
luego un silencio expectante. Después Chanthavar dijo despacio:
—¿Puede
demostrarlo...?
—Usted
puede demostrárselo a sí mismo. Estudie los mismos documentos que yo. Reúna a
cuantos agentes centaurianos pueda y, después, les interroga... los thrymanos
deben tener en su nómina a algún humano. Ponga los hechos y las hipótesis ante
el Tecnicado, pídale una reevaluación... Debe ser capaz ese gran cerebro de
sumar dos y dos.
—Puede...
puede que tenga usted razón, Langley. Es muy posible.
—Puede
apostarse el cuello a que la tengo. Los thrymanos no nos pueden utilizar. Somos
para ellos tan monstruosos como ellos lo son para nosotros y la guerra que
sostuvimos les convenció de que nosotros somos peligrosos, aun para con los de
nuestra raza. Su objetivo debe ser, poco más o menos, el exterminio de todo ser
con vida. Quizás me equivoque... pero ¿puede uno correr el riesgo de comprobar
esta hipótesis tan probable...?
—No
—repuso Chanthavar con sosiego—. Creo que no.
—Prenda
a Brannoch. Flota por algún lugar cercano. Usted, él y la Sociedad —todos los
planetas— van a tener que enterrar sus pequeñas ambiciones. Si no lo hacen,
están acabados. Juntos, pueden enfrentarse ante cualquier poder.
—Necesitaremos
ese nulificador.
—No.
No lo necesitan. No se puede conquistar un planeta del tamaño de Thrym, pero
pueden ustedes hacer retroceder a sus nativos y mantenerles en su sitio si
compaginan sus posibilidades. Después, será beneficioso para ustedes saber que
«alguien» en la galaxia, en un planeta de hombres libres, posee un arma que no
puede contrarrestar nadie. Incluso eso puede sugerirles algunas ideas para
libertarse ustedes mismos... ¡Adiós, Chanthavar! ¡Buena suerte!
Desconectó
el transmisor y se puso en pie, sintiendo una súbita y enorme satisfacción
íntima... Como si acabase de cumplir con algo que le estaba designado desde
antes de la consumación de los siglos...
—¡Está
bien! —dijo—. ¡Viajaremos!
Valti
le dirigió una mirada especial. Sólo más tarde, al evocarla identificó Langley
como la mirada de adhesión que un hombre dedicaría a su jefe.
—Será
mejor que vayamos primero a Cisne y dejemos que la Sociedad... la verdadera
Sociedad... sepa todo.
—Sí
—asintió Langley—. Después a Holat, para construir las defensas que prometimos
a Saris... ¡Volverás a tu patria, Saris!
La
negra y grande cabeza se frotó contra las piernas cariñosa.
—¿Y
después? —preguntó Valti; sus manos estaban posadas sobre el panel de control,
preparadas para iniciar el salto.
—Y
después... —exclamó Langley con una sonrisa de satisfacción—, ¡Marin y yo
partiremos en busca de un mundo en el que «nos» podamos sentir como en la
patria!
—¿Les
importaría que me fuera con ustedes? —sugirió Valti tímidamente.
Marin
cogió la mano de Langley. Se miraron sin ojos para ninguna otra cosa más. Y,
cuando volvieron a mirar a su alrededor...
¡Había
un nuevo sol en el firmamento...!
O,
por lo menos, ellos así lo creyeron.
FIN


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