© Libro No. 712. Doña Flor y sus dos maridos. Amado, Jorge.
Colección E.O. Abril 12 de 2014.
Título original: © JORGE
AMADO. Doña Flor y sus dos maridos
Versión Original: © JORGE AMADO. Doña Flor y sus dos maridos
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
JORGE AMADO
Doña Flor
y
sus dos maridos
Jorge Amado nació en Itabuna, en el
estado brasileño de Bahía, en 1912. Interesado
por la literatura
desde la adolescencia,
a los dieciocho años comenzó a escribir su primera novela,
País del carnaval, publicada en 1932. en su vasta producción narrativa,
considerada una de las más destacadas de
las letras brasileñas del siglo XX, destacan las novelas Cacao, Capitanes de
Arena, Tierras del sinfín, Gabriela, clavo y canela, Los viejos marineros, La
muerte y la muerte de Quincas Berro Dagua, Tienda de los milagros, Tereza
Batista cansada de guerra y Tieta de Agreste.
Alguna de ellas han sido llevadas al cine y a la televisión.
ESOTÉRICA Y CONMOVEDORA AVENTURA
VIVIDA POR DOÑA FLOR, PROFESORA DE ARTE CULINARIO, Y SUS DOS MARIDOS: UNO, EL
PRIMERO, APODADO VADINHO11; OTRO, EL SEGUNDO, EL FARMACÉUTICO DR. TEODORO
MADUREIRA
LA EXTRAORDINARIA BATALLA LIBRADA
ENTRE EL ESPÍRITU Y LA MATERIA.
NARRADA POR JORGE AMADO, ESCRIBA
PÚBLICO ESTABLECIDO EN EL BARRIO DE RÍO VERMELHO, EN LA CIUDAD DEL SALVADOR DE
BAHÍA DE TODOS LOS SANTOS, EN LAS VECINDADES DEL LARGO DE SANT´ANA DONDE HABITA
YEMANJA, SEÑORA DE LAS AGUAS.
A Zélia, en la tarde quieta del
jardín, con los gatos, en la cálida ternura de este abril; para Joáo y Paloma,
en la mañana de las primeras lecturas y los primeros sueños.
A mi comadre Norma dos Guimaráes
Sampaio, personaje accidental, cuya presencia honra e ilustra estas pálidas
letras. A Beatriz Costa, de quien Vadinho fue sincero admirador. A Eneida, que
tuvo el privilegio de oír el Himno Nacional
ejecutado en fagot
por el doctor Teodoro Madureira. A Giovanna Bonino,
que posee un óleo del pintor José de Dome, retrato de doña Flor adolescente, en
ocres y amarillos. Cuatro amigas unidas aquí en el afecto del autor.
A Diaulas Riedel y Luiz Monteiro.
«Dios es gordo»
(Revelación de Vadinho al volver a
este mundo)
«La Tierra es azul»
(Afirmó Gagarin después del primer
vuelo espacial)
«Un lugar para cada cosa y cada cosa
en su lugar»
(Dístico colgado en la pared de la farmacia
del doctor Teodoro Madureira)
¡Ay!
(suspiró doña Flor)
Caro amigo Jorge Amado: pensándolo
bien, no hay receta para la tarta de mandioca que yo hago. Algo me indicó doña
Alda, la mujer del Renato, el del Museo, pero aprendí haciéndola, rompiéndome
la cabeza hasta encontrarle el punto. (¿No fue amando como aprendí a amar? ¿No
fue viviendo como aprendí a vivir?)
Veinte o más bollitos de masa de
mandioca, según el tamaño que se desee. Le aconsejo a doña Celia que no dude en
hacerla grande, pues la tarta de mandioca gusta a todos y siempre piden más.
¡Hasta ellos dos, tan distintos, se vuelven locos con la tarta de mandioca o
carimá; sólo en eso están de acuerdo..., ¿o lo están también en eso que yo me
sé...? Pero no me hable de esas cosas, señor Jorge, déjeme en paz, que si no me
enfado. Azúcar, sal, queso rallado, manteca, leche de coco, de la fina y de la
gruesa, que las dos son necesarias. Usted, que escribe en los diarios, ¿puede
decirme por qué se necesitan siempre dos amores?..., ¿por qué a nuestro corazón
no le basta con uno solo? Las cantidades al gusto de la persona, pues cada uno
tiene su paladar y a algunos les gusta más salado, ¿no es así? La masa debe ser
muy livianita y el horno estar bien caliente. Esperando haberle sido útil,
señor Jorge, ahí tiene la receta, que más que receta es un saludo. Pruebe la
tarta adjunta y hágame saber si le gusta. ¿Cómo están los suyos? Aquí en casa
todos bien. Compramos otra parte de la farmacia y alquilamos para el verano una
casa en Itaparica, un lugar muy chico. De lo otro..., ya sabe a qué me
refiero..., a eso mismo, sólo le diré que el que es tuerto no tiene compostura.
De mis desvelos ni le hablo, sería una falta de respeto. Pero es un hecho
indiscutible que quien enciende la raya del día sobre el mar es ésta su
servidora, Florípedes Paiva Madureira, doña Flor dos Guimaráes.
(Líneas recientemente enviadas por
doña Flor al novelista.)
1
De vadiar, yogar. Alusión a la haraganería, el vicio, el juego y la
actividad erótica del personaje. (N. Del T.)
I. De la muerte de Vadinho, primer
marido de doña Flor, y del velatorio y entierro de sus restos
(en el guitarrillo, el sublime
Carlinhos Mascarenhas)
ESCUELA DE COCINA «SABOR Y ARTE»
CUÁNDO Y QUÉ SERVIR EN UN VELORIO
(Respuesta de doña Flor a la pregunta
de una alumna)
No por ser desordenado día de
lamentación, tristeza y llanto, debe dejarse transcurrir el velorio a la buena
de Dios. Si la dueña de casa, sollozante y abatida, fuera de sí, embargada por
el dolor o muerta en el cajón no pudiera hacerlo, entonces un pariente o una
persona de su amistad debe encargarse de atender la velada, pues no se va a
dejar a secas, sin nada de comer ni de beber, a los pobrecitos que
solidariamente se hacen presentes a lo largo de la noche. Para que una vigilia
tenga animación y realmente honre al difunto que la preside, haciéndole más
llevadera esa primera y confusa noche de su muerte, hay que atender
solícitamente a los circunstantes, cuidando de su moral y de su apetito.
¿Cuándo y qué ofrecer? Durante toda la noche, del comienzo al fin, es
indispensable el café; naturalmente, solo. El café completo - con leche, pan,
manteca, queso, algunos bizcochitos, algunos bollitos de mandioca y rebanadas
de tortas de maíz con huevos estrellados- , sólo se servirá por la mañana y
para los que allí amaneciesen. Es conveniente mantener el agua siempre a punto
para el café, de modo que nunca falte, ya que continuamente está llegando
gente. Debe servirse con tortitas de harina y bizcochos. De vez en cuando hay
que pasar una bandeja
con saladitos, tales
como bocadillos de
queso, jamón y mortadela, pues para consumición mayor ya
basta y sobra con la del difunto. Sin embargo, si el velorio fuese de
categoría, uno de esos velorios en que se tira el dinero, en ese caso, se
impone dar una jicara de chocolate a medianoche, bien espeso y caliente, o un
caldo de gallina con arroz. Y, para completar, bollitos de bacalao, frituras,
croquetas de toda clase, dulces variados y frutas secas.
Para beber, si se trata de una
familia pudiente, además de café puede haber cerveza o vino, un vaso, y sólo
para acompañar el caldo y la fritada. Nunca champán: se considera de mal gusto
servirlo en tales circunstancias.
Sea rico o pobre el velorio, es de
rigor, no obstante, servir continuamente la imprescindible, la buena
cachacinha: puede faltar de todo, incluso el café, pero la cachacinha es
indispensable; sin su consuelo no puede haber velorio que se precie de tal. Un
velorio sin cachaca constituye una falta de respeto al muerto, una muestra de
indiferencia y desamor hacia él.
Vadinho, el primer marido de doña
Flor, murió un domingo de carnaval por la mañana, disfrazado de bahiana, cuando
sam- bava en un grupo y en medio de la mayor animación, en el Largo 2 de Julio,
no muy lejos de su casa. No formaba parte de la agrupación; acababa de
mezclarse con ella junto con otros cuatro amigos, todos con vestimenta de
bahiana, viniendo de un bar de la calle Cabeca, en el que el whisky había
corrido con abundancia a costas de un tal Moysés Alves, hacendado del cacao,
rico y perdulario.
La comparsa tenía una pequeña y
afinada orquesta de guitarras y flautas; tocaba el guitarrillo Carlinhos
Mascarenhas, un flacucho celebrado en las garconniéres, iah!, un tocador
divino. Los muchachos
iban vestidos de
gitanos y las
chicas de campesinas húngaras o
rumanas; jamás, sin embargo, hubo húngara o rumana - o incluso búlgara o
eslovaca- que se cimbreara como se
cimbreaban ellas, mestizas en la flor de la edad y de la seducción.
1
Vadinho, el más animado de todos, al
ver aparecer el conjunto en la esquina y oír el punteo del esquelético
Mascarenhas en el sublime guitarrillo, se adelantó con rapidez, situóse junto a
una rumana repintada, grandota, monumental como una iglesia - que podía ser la
de San Francisco, pues la cubría un derroche de lentejuelas doradas- , y
anunció:
- Aquí estoy yo, mi rusa del
Tororó...
El «gitano» Mascarenhas, que también
iba cubierto de abalorios y canutillos y con festivas argollas colgando de las
orejas, le exigió al guitarrillo; gimieron las flautas y las guitarras y
Vadinho se lanzó a bailar la samba con el ejemplar entusiasmo característico de
todo cuanto hacía, si se exceptúa el trabajo. Remolineando en medio de la
murga, zapateaba frente a la mulata, avanzando hacia ella con floreos y
ombligazos, cuando, de repente, soltó una especie de ronquido apagado, le
vacilaron las piernas, se inclinó hacia un lado y rodó por el suelo echando una
baba amarilla por la boca, sin que la mueca de la muerte consiguiese apagar del
todo la alegre sonrisa del juerguista impenitente que había sido.
Los amigos no lo atribuyeron a los
whiskys del hacendado, sino a la cachaca: no hubieran bastado aquellas cuatro o
cinco dosis para terminar con un bebedor de la clase de Vadinho. Pero pudo ser,
sí, toda la cachaca acumulada desde el mediodía anterior, cuando inauguraron
oficialmente el carnaval en el Bar Triunfo, en la Plaza Municipal, que
seguramente se le había subido toda junta, de golpe, haciéndolo caer en un
profundo sopor. Mas la mulata grandota no se dejó engañar: como enfermera profesional,
estaba familiarizada con la muerte, la frecuentaba diariamente en el hospital.
Claro que no con tanta intimidad como en este caso, en que le había dirigido
ombligazos, hecho guiños y bailado con ella. Se inclinó sobre Vadinho, le puso
una mano en el cuello y se estremeció, sintiendo escalofríos en el vientre y en
la espina dorsal:
- ¡Está muerto, Dios mío!
También tocaron otros el cuerpo del
mozo, alzaron su cabeza de larga cabellera rubia, y buscaron los latidos de su
corazón. Nada consiguieron, era inútil, Vadinho desertó para siempre del
carnaval de Bahía.
2
Grande fue el alboroto en la comparsa
y en la calle, así como el revuelo producido en los alrededores. Un «Dios nos
salve» sacudió a los enmascarados. Y encima de todo, la escandalosa Anete, una
maestrita romántica e histérica, aprovechó tan inmejorable ocasión para tener
un soponcio, entre agudos chillidos y amagos de desmayo: toda una escena en
honor de Carlinhos Mascarenhas, por quien suspiraba esa melindrosa propensa al
patatús, que decía ser ultransensible y se erizaba como una gata cuando él
pulsaba el guitarrillo. El instrumento colgaba ahora de las manos del artista,
silencioso e inútil, como si Vadinho se hubiera llevado consigo al otro mundo
sus últimos acordes.
De todas partes acudía la gente
corriendo, pues la noticia circuló rápidamente por las inmediaciones, llegando
a San Pedro, a la Avenida Sete, al Campo Grande, y arreando curiosos. En torno
al cadáver acabó por juntarse una pequeña multitud,
que se codeaba y hacía comentarios.
Llamaron a un médico residente del Sodré
mientras un policía de tránsito hacía
sonar el silbato sin cesar como para anunciar a la ciudad entera, a todo el
Carnaval, el fin de Vadinho.
«¡Pero si es Vadinho, el pobre!»,
constató un enmascarado, que llevaba una media
como antifaz, perdiendo su animación.
Todos reconocieron al muerto, pues su figura era muy popular, con su estallante
alegría, su bigotito recortado, su picara altivez. Sobre todo era bien visto en
los lugares donde se bebía, jugaba y farreaba. Y allí, tan cerca de su casa, no
había quien no lo conociese.
Otro
disfrazado, vestido con una bolsa
y cubierto con una
cabezota de oso, atravesó el
compacto grupo, consiguiendo acercarse y ver al muerto. Entonces se quitó la
máscara, dejando a la vista una cara llena de aflicción, de bigotes caídos y
cabeza calva, y murmurando:
- Vadinho, hermanito, ¿qué te
hicieron?
«¿Qué le pasó? ¿De qué murió?», se
preguntaban unos a otros, y alguien respondió: «Fue la cachaca.» Explicación
demasiado fácil para muerte tan inesperada. También se detuvo ante el difunto
una vieja encorvada, que echó una mirada y reflexionó:
- ¡Tan mozo todavía! ¿Por qué se ha
de morir tan joven?
Se cruzaban las preguntas y las
respuestas, mientras el médico ponía el oído sobre el pecho de Vadinho, para
realizar la comprobación final e inútil.
«Estaba bailando muy entusiasmado
cuando sin más se cayó de costado, con la muerte adentro», explicaba uno de los
amigos, ya totalmente curado de la cachaca,
súbitamente sobrio y conmovido, un
tanto ridículo con sus ropas femeninas de bahiana, con las mejillas pintadas de
rojo y profundas ojeras negras trazadas con
un corcho quemado.
El hecho de estar disfrazado de
bahiana no debe dar lugar a maliciosos pensamientos en torno a los cinco mozos,
todos ellos de reconocida virilidad. Se habían disfrazado así sólo para
divertirse más, por amor a la farsa y por picardía, no por afeminados o por
inclinación a presuntas exquisiteces. No había maricas entre ellos, ¡alabado
sea Dios! Vadinho incluso se había atado bajo la blanca enagua almidonada una
enorme raíz de mandioca y a cada paso levantaba las faldas y exhibía el
descomunal y pornográfico trofeo, que obligaba a las mujeres a taparse con las
manos la cara sonriente, con fingida vergüenza. Ahora la raíz pendía del muslo
descubierto, pero ya no hacía reír a nadie. Uno de los amigos se acercó y la
desató de la cintura de Vadinho. Pero ni aun así adquirió el difunto un aspecto
púdico y decente: era un muerto de carnaval, ni siquiera mostraba sangre de
bala o de puñalada corriéndole por el pecho que pudiera rescatarlo de su
condición de mascarita.
Doña Flor, precedida, claro está, de
doña Norma, que daba órdenes y le abría paso, llegó casi al mismo tiempo que la
policía. Cuando apareció doblando la esquina y
apoyada en los brazos solícitos de
las comadres, todos adivinaron que era la viuda,
pues venía suspirando y gimiendo, sin
intentar al menos contener los sollozos, deshecha en llanto. Además, llevaba
puesta la bata de entrecasa, bastante gastada, que usaba para hacer la
limpieza, calzaba pantuflas y todavía estaba despeinada. Aún así era bonita, de
agradable presencia: pequeña y rechoncha, gorda pero sin grasa, la piel
bronceada con tono de caboverde, lisos los cabellos, y tan negros que parecían
azulados, ojos para un requiebro y labios gruesos, entreabiertos sobre los
dientes blancos. Apetitosa, como acostumbraba a calificarla el mismo Vadinho en
sus días de ternura, tal vez raros, pero por eso mismo inolvidables. Quizá a
causa de las actividades culinarias de la esposa, en esos instantes de idilio
él la llamaba
«mi marlo de maíz verde, mi acarajé
oloroso, mi pollita gorda»; y tales comparaciones gastronómicas dan una idea
justa de cierto encanto sensual y hogareño que poseía doña Flor, escondido tras
una apariencia tranquila y dócil. Vadinho conocía las flaquezas de ella y las
señalaba claramente: sus ansias contenidas, de tímida, de recatado deseo que se
tornaba violento e incluso incontenible, cuando se manifestaba libremente. Como
estuviese en vena Vadinho, nadie podía ser más fascinante, y ninguna mujer se
le resistía. Doña Flor jamás pudo eludir su encanto, aunque estuviese
indignada, enojada por algún motivo reciente. Pues en repetidas ocasiones había
llegado a odiarlo y a renegar del día en que uniera su suerte a la del bohemio.
Pero mientras caminaba acongojada al
encuentro de su intempestiva muerte, doña Flor iba atontada, con la cabeza
vacía. No se acordaba de nada, ni aún de los momentos de honda ternura, y mucho
menos de los días crueles, de angustia y soledad, como si el marido, al
expirar, hubiese quedado libre de todos sus defectos, o como si no los hubiera
tenido en «su breve paso por este valle de lágrimas».
«Breve fue su paso por este valle de
lágrimas», sentenció el respetable profesor Epaminondas Souza Pinto, con
afectación y apresuramiento, procurando saludar a la viuda y darle el pésame
incluso antes de que ella llegara junto al cuerpo del
marido. Mas
doña Gisa, profesora
igualmente, y hasta
cierto punto también
respetable, pudo contener a la vez su
risa y la diligencia del colega. Si en verdad había sido breve el paso de
Vadinho por la vida - acababa de cumplir treinta y un años- , para él, doña
Gisa lo sabía bien, el mundo no había sido un valle de lágrimas, y sí un
escenario de farsas, embrollos, embustes y pecados. Algunos de ellos, producto
sin duda del apuro y la confusión, sometieron su corazón a arduas pruebas,
angustias y sobresaltos: deudas a pagar, pagarés a descontar, garantes a
convencer, compromisos asumidos, bancos y usureros, rostros inconmovibles,
amigos que lo esquivaban, sin hablar de los sufrimientos físicos y morales de
doña Flor. Porque, razonaba doña Gisa en su enrevesado portugués (era medio
norteamericana; se naturalizó y se sentía brasileña, pero ese diablo de idioma,
¡ah!, no conseguía dominarlo), si
hubo lágrimas en el breve paso de Vadinho por la vida, éstas fueron las de doña
Flor, y muchas alcanzando de sobra para la pareja.
Ante su muerte repentina, doña Gisa
no pensaba en Vadinho sino con nostalgia: le
tenía simpatía, a pesar de todo, en
ciertos aspectos era gentil y cautivante. Pero no por eso, sin embargo, no por
estar él allí, en el Largo 2 de Julio, muerto, tendido en la calle, vestido de
bahiana, iba ella de repente a santificarlo, torcer la realidad, e inventar un
Vadinho hecho de una sola pieza. Así se lo explicó a doña Norma, íntima y
vecina suya, pero no tuvo el esperado apoyo de la aparcera. Doña Norma le había
cantado las diez últimas a Vadinho muchas veces; peleaba con él y le endilgaba
sermones monumentales, y un día llegó a amenazarlo con llamar a la
policía. Pero en
aquella hora final
y dolorosa no
deseaba comentar las predominantes y desagradables facetas del
finado, sólo quería alabar sus lados buenos, su natural amabilidad, su
solidaridad siempre pronta a manifestarse, su lealtad para con los amigos, su
indiscutible generosidad (sobre todo cuando la practicaba con dinero ajeno), su
irresponsable e infinita alegría de vivir. Además, estaba tan ocupada en
acompañar y socorrer a doña Flor que ni siquiera prestaba oídos a las duras
verdades de doña Gisa. Doña Gisa era así: la verdad por encima de todo, a veces
hasta hacerla parecer áspera e inflexible; tal vez era una actitud de defensa
contra su buena fe, pues era crédula hasta el absurdo y confiaba en todo el
mundo. No, ella no se acordaba de las malas acciones de Vadinho para criticarlo
y condenarlo. Vadinho le agradaba, y con frecuencia se enfrascaban los dos en
largas conversaciones, pues a doña Gisa le interesaba conocer la psicología del
submundo en que él se movía, y él le contaba casos y casos mientras atisbaba en
su escote los dos senos pujantes y pecosos. Quizá doña Gisa lo entendiese mejor
que doña Norma, pero, al contrario que la otra, no le perdonaba ni un solo
defecto y no iba a mentir sólo porque estuviese muerto. Ni a sí misma se mentía
doña Gisa, a no ser que fuera indispensable. Y no era éste el caso,
evidentemente. Doña Flor se metía entre la gente siguiendo el claro que dejaba
doña Norma, quien se abría camino gracias a sus codos y a su gran popularidad:
- Vamos, apártense, amigos, déjenla
pasar a la pobre...
Allí estaba sobre los adoquines, los
labios sonrientes, blanco y rubio, lleno de paz y de inocencia. Doña Flor quedó
inmóvil por un instante, contemplándolo, como si tardase en reconocer al
marido, o más bien, probablemente, en aceptar el hecho, ahora indiscutible, de
su muerte. Pero fue sólo un instante. Con un grito salido de lo hondo de las
entrañas, se echó sobre Vadinho, besándole los cabellos, el rostro pintado de
carmín, los ojos abiertos, el atrevido bigote, la boca muerta, para siempre
muerta.
3
¿Quién, esa noche de domingo de
carnaval, no había planeado ir a un corso o a divertirse en alguna fiesta?
¿Quién no tenía algún programa esa madrugada? Pues bien, a pesar de eso, el
velatorio de Vadinho fue un «éxito», como aseveró y proclamó con orgullo doña
Norma.
Los camilleros echaron el cuerpo
sobre la cama, en el dormitorio; más tarde, los vecinos lo llevaron a la sala.
Los hombres de la Morgue estaban apurados: en carnaval tenían más trabajo.
Mientras los demás se divertían, ellos lidiaban con los difuntos, con las
víctimas de los accidentes y las riñas. Sacaron el lienzo inmundo que envolvía
al cadáver y entregaron el certificado a la viuda. Vadinho quedó desnudo, tal
como Dios lo trajo al mundo, sobre la cama del matrimonio: una cama con
cabecera y pies de hierro forjado, comprada de segunda mano por doña Flor, en
un remate, cuando se casaron, hacía seis años. Doña Flor, sólita en el cuarto,
abrió el
sobre y meditó
sobre lo que
decían los médicos.
¿Quién lo diría?
¡Aparentemente tan fuerte y sano, tan
joven aún!
Preciábase Vadinho de no haber estado
jamás enfermo y de ser capaz de pasar ocho días y ocho noches sin dormir,
jugando y bebiendo, o de farra con mujeres. ¿Y
acaso en ocasiones no pasaba
realmente ocho días sin aparecer por casa, dejando a
doña Flor sumida en la desesperación,
como enloquecida? Sin embargo, allí estaba el certificado de defunción
extendido por los doctores de la Facultad; era un hombre condenado: hígado
inservible, riñones estropeados, corazón minado. Hubiera podido morirse en
cualquier momento, como había muerto, así, de repente. La cachaca, las noches
en los casinos, la juerga, las carreras enloquecidas en busca de dinero para
jugar, habían arruinado aquel organismo hermoso y fuerte, dejándole tan sólo su
apariencia. Sí, porque mirándolo por fuera, ¿quién lo juzgaría tan
implacablemente liquidado?
Doña Flor contempló el cuerpo del
marido antes de pedir a los serviciales y ansiosos vecinos que la ayudaran en
la delicada tarea de vestirlo. Ahí yacía, desnudo, como
le gustaba estar en la cama, la
pelusa dorada cubriéndole los brazos y las piernas,
la mata de pelo rubio en el pecho, la
cicatriz del navajazo en el hombro izquierdo.
¡Tan bello y masculino, tan sabio en
el placer! De nuevo asomaron las lágrimas a los ojos de la joven viuda. Procuró
no pensar en lo que estaba pensando. No eran cosas para día de velorio.
Sin embargo, al verlo así, echado
sobre el lecho, totalmente desnudo, doña Flor no
podía, por más esfuerzo que hiciera,
dejar de recordarlo tal como era en la hora de los deseos desatados: Vadinho,
en ese trance, no toleraba ropa alguna sobre los cuerpos, ni que los cubriera
una sábana pudorosa: no era su fuerte el pudor. Cuando la incitaba a ir a la
cama, le decía: «Vamos a yogar, hija.» Porque para él, el amor era como una
fiesta de infinita alegría y libertad, a la cual se entregaba con el entusiasmo
que lo caracterizaba, unido a una competencia proclamada por innumerables
mujeres de distinta clase y condición. En los primeros tiempos de casada, como
él quería que ella estuviese toda desnudita, doña Flor se quedaba muy tiesa.
- ¿Dónde se vio yogar en camisón?
¿Por qué te escondes? El yogar es cosa santa, fue inventada por Dios en el
paraíso, ¿sabes?
No sólo la desvestía íntegramente,
sino que, pareciéndole poco todavía eso, la palpaba y jugaba con todas las
partes de su cuerpo, de curvas amplias y recovecos
profundos donde se cruzaban la sombra
y la luz en un juego misterioso. Doña Flor intentaba cubrirse, pero él le
arrancaba la sábana entre risas y dejaba al aire los
duros senos, las hermosas nalgas, el
pubis casi sin vello. La tomaba como a un juguete; un juguete o un cerrado
capullo de rosa que él hacía abrirse en cada
noche de placer. Doña Flor iba
perdiendo la timidez, entregándose a esa fiesta
lasciva con creciente violencia,
transformándose en amante impulsiva y audaz. Nunca, sin embargo, abandonó del
todo la pudibundez y la vergüenza; era necesario reconquistarla cada vez, pues,
apenas despertaba de esas locas audacias
y de los ayes desmayados, volvía a
ser una esposa tímida y pudorosa.
En aquel momento, a solas con la
muerte de Vadinho, doña Flor comprendió, ahora en todo su alcance, su condición
de viuda. Ya no lo tendría más, ni nunca volvería a
desmayarse en sus brazos. Porque
desde el instante en que surgiera el trágico
rumor, transmitirlo de boca en boca
hasta la llegada del furgón, al caer la tarde, la profesora de arte culinario
había vivido en una especie de sueño maligno y al mismo tiempo excitante: el
impacto de la noticia, la caminata entre sollozos hasta el Largo 2 de Julio, el
encuentro con el cuerpo, la multitud que la rodeaba, que la cuidaba, que le
ofrecía solidaridad y consuelo, la vuelta a casa casi cargada por doña Norma,
doña Gisa, el profesor Epaminondas y Méndez, el español de la taberna. Todo tan
rápido y confuso que ni tiempo le había dejado para pensar, para percibir su
muerte como algo real.
Desde el Largo, habían trasladado el
cadáver a la Morgue, pero ni aun así tuvo ella un momento de sosiego. De
repente se había convertido en el centro vital no sólo
de su calle, sino de todas las arterias
adyacentes, y eso en un domingo de carnaval.
Hasta que lo trajeron a la casa,
envuelto en unas sábanas, junto con un pequeño bulto colorido - el vestido de
bahiana- , doña Flor no cesó de recibir pésames, pruebas de amistad,
gentilezas, en medio de una continua romería de vecinos, conocidos y amigos.
Doña Norma y doña Gisa abandonaron por completo los quehaceres de sus casas, ya
un tanto descuidados debido al carnaval, confiando los almuerzos y las cenas al
criterio de las impacientes fámulas. Ninguna de las dos se apartó un momento de
doña Flor, a cada cual más delicada y solícita.
Afuera seguía
el carnaval, con
sus enmascarados, murgas
y conjuntos, sus disfraces de fantasías lujosas o
divertidas; con las músicas de las múltiples orquestas, los zépereiras, los
bombos, las comparsas, las agrupaciones, los afochés con sus tamboriles y
timbales. De vez en cuando, doña Norma no podía resistir y corría a la ventana,
se acodaba en ella, arriesgaba una mirada, respondía a los requiebros de alguna
máscara conocida, transmitía la noticia de la muerte de Vadinho, aplaudía algún
disfraz original o un conjunto brillante. A veces, si alguna agrupación
particularmente animada surgía en la esquina, llamaba a doña Gisa. Y cuando el
«Afoché de los Hijos del Mar», ya avanzada la tarde, entró por la calle con sus
figuraciones inolvidables, seguido por una gran muchedumbre que bailaba, hasta
doña Flor, mal contenidas las lágrimas, se acercó a la ventana a ver el
espectáculo tan anunciado en los diarios, la mayor belleza del carnaval
bahiano. Miraba pero sin mostrarse, escondida tras las anchas espaldas de doña
Gisa. Doña Norma, olvidada del muerto y de las conveniencias, aplaudía con
entusiasmo.
Lo mismo ocurrió durante todo el día,
desde el instante en que se expandió la noticia. Hasta doña Nancy, una
argentina retraída, nueva en la calle, casada con el dueño de la fábrica de
cerámica, cierto enrevesado Bernabó, descendió de su lujosa mansión y de su
soberbia para ofrecer sus condolencias y servicios a doña Flor, revelándose
como una persona simpática y educada e intercambiando con doña Gisa filosóficas
consideraciones sobre la brevedad de la vida y su incertidumbre.
No había tenido doña Flor, como se
ve, tiempo para reflexionar sobre su nuevo estado y las transformaciones de su
existencia. Sólo cuando trajeron a Vadinho de la Morgue y lo dejaron desnudo
sobre la cama del matrimonio, en la que tantas veces había hecho el amor,
entonces, y solamente entonces, se encontró sólita con la muerte del marido y
se sintió viuda. Jamás volvería él a echarla sobre la cama de hierro, sacándole
el vestido, la combinación y las piezas más íntimas, tirando la sábana sobre el
tocador, acariciando cada rincón de su cuerpo, hasta hacerla caer en el
delirio.
¡Ah, nunca más!, pensó doña Flor, con
un nudo en la garganta, temblándole las piernas. Y entonces comprendió que todo
había terminado. Se quedó allí parada, sin
palabras y sin
lágrimas, ajena a
cualquier excitación, distante
de la
representación que rodeaba a la
muerte. Sólo ella y el cadáver desnudo, ella y la
definitiva ausencia de Vadinho. Nunca
más iba a tener que esperarlo hasta la madrugada, ni esconder de su vista el
dinero que le pagaban las alumnas, ni vigilar sus relaciones con las más
bonitas de ellas, ni ser golpeada por él los días de
embriaguez y mal humor, ni oír los
agrios comentarios de los vecinos. Ni rodar con él en la cama, abriéndose a su
deseo, quitándose la ropa, apartando las sábanas y el recato para la fiesta del
amor, la inolvidable fiesta. El nudo en la garganta la estrangulaba, el dolor
en el pecho era como una aguda puñalada.
- Flor, ¿no será tiempo de vestirlo?
- resonaba, urgente, tras la puerta del cuarto, la voz de doña Norma, que venía
de la sala- . Pronto llegarán las visitas...
La viuda abrió la puerta; ahora
estaba seria, callada, sin sollozos, sin gemidos, fría y austera. Sólita en el
mundo. Los vecinos entraron, dispuestos a ayudar. Don
Vivaldo, de la funeraria «Paraíso en
Flor», vino a entregar personalmente el cajón
barato - hizo una rebaja notable
recordando que había sido compañero de Vadinho en las mesas de ruleta y
bacarrá, en las que él se jugaba ataúdes y lápidas- , y colaboró con eficacia y
experiencia para convertir al bohemio en un muerto presentable. Doña Flor
asistió a todo sin pronunciar una palabra, sin una lágrima. Estaba sólita en el
mundo.
4
El cuerpo de Vadinho fue puesto en el
cajón y llevado a la sala de recibo en la que se había improvisado con sillas
una tarima. Don Vivaldo trajo flores, contribución gratuita de la funeraria, y
doña Gisa puso un pensamiento encarnado entre los dedos cruzados del difunto.
Don Vivaldo pensó para sus adentros en lo absurdo del gesto: lo que debían
poner entre los dedos del muerto era una ficha de juego y no un pensamiento
encarnado: si además, en lugar de la música y de las risas del carnaval, se
oyese en las cercanías el ruido de las mesas de ruleta, la voz gangosa del
croupier, las nerviosas exclamaciones de los jugadores y el sonido de las
fichas, hasta era posible que se llegara a ver cómo Vadinho salía del cajón,
sacudiéndose la muerte de encima con el mismo gesto característico con que se
deshacía en vida de las complicaciones que se le presentaban, y se iba a poner
su ficha en el 17, su número predilecto. ¿Qué podía hacer él con un pensamiento
encarnado? Pronto estaría marchito y ajado y ninguna ruleta lo aceptaría.
Don Vivaldo no se demoró mucho;
carnavalero empedernido, ese domingo de fiesta sólo abrió la funeraria para
atender a un amigo como Vadinho. Si hubiera sido otro
el muerto, se hubiera tenido que
arreglar como pudiese, que él, Vivaldo, no iba por
eso a perderse el carnaval.
Fueron muchos los que vieron
perturbados sus proyectos de carnaval. A lo largo de la noche hubo un desfile
continuo de gente, que venía a velar al bohemio. Algunos venían por ser Vadinho
descendiente de la rama pobre y bastarda de una familia importante, los
Guimaráes. Uno de sus antepasados había sido senador provincial y caudillo. Un
tío suyo, apodado Chimbo, ocupó el cargo de delegado auxiliar durante unos
pocos meses. Ese tío, uno de los pocos Guimaráes que reconocían a Vadinho como
pariente legítimo, fue quien le consiguió el empleo en el Ayuntamiento:
inspector de jardines, uno de los cargos más modestos, de mísera paga, que ni
siquiera daba para una noche grande en el Tabaris. No es necesario destacar la
total negligencia del joven funcionario municipal: jamás inspeccionó jardín de
ninguna especie. Apareció por la repartición sólo para recibir los pocos cobres
mensuales de su sueldo, o para intentar obtener el aval imposible del jefe, o
para clavar en veinte o cincuenta mil- réis a los colegas. Los jardines no le
interesaban, no tenía tiempo para perderlo en plantas y flores; podían
desaparecer todos los jardines de la ciudad que no lo notaría. Ave nocturna,
sus canteros eran las mesas de juego, y sus flores, como bien lo había
observado don Vivaldo, las fichas y las barajas.
Los que venían a causa del apellido
Guimaráes se podían contar con los dedos: se trataba de algunos dudosos y
apresurados parientes. Todos los demás, en aquel desfile innumerable, venían a
despedirse de Vadinho, contemplar una vez más su rostro, dedicarle una sonrisa
al recordar algo agradable, decirle adiós. Como le tenían cariño, disculpaban
sus locuras y sólo tomaban en cuenta su lado bueno.
Uno de los primeros en llegar esa
noche, vestido de etiqueta, pues más tarde tenía
que ir con las hijas, tres apuestas
mozas, al baile de un gran club, fue el comendador Celestino, portugués de
nacimiento, banquero y exportador. Pero pasó por allí a la carrera, como quien
cumple una fastidiosa obligación. Se demoró en la sala, conversando, recordando
anécdotas de Vadinho, después de abrazar a doña Flor y ofrecerle sus servicios.
¿A qué se debía su estimación por el pequeño funcionario del Ayuntamiento, por
el jugador siempre entrampado?
Vadinho tenía labia, ¡y qué labia!
Cierta vez logró arrancarle al lusitano la firma para avalar un pagaré por
varios contos de réis. Mas no se olvidó de pagar, pues jamás olvidaba las
fechas de vencimiento de los diversos documentos que firmaba, esparcidos por
los bancos y entre los usureros. No podía pagar, pero eso era otra cosa. En
general nunca podía pagar, y no pagaba; sin embargo, el número de documentos
aumentaba cada día, lo mismo que el número de los garantes. ¿Cómo lo conseguía?
Celestino no había vuelto a darle su
aval, él no caía dos veces en el mismo cuento. Pero de vez en cuando le soltaba
billetes de cien, doscientos y hasta quinientos mil- réis cuando Vadinho se le
presentaba desesperado, sin blanca y con la certeza de que aquel día iba a
hacer saltar la banca. Pero otros lo avalaban hasta dos o tres veces, como si
fuera el pagador más puntual, el de mejor historial bancario. Todos ellos
vencidos por sus mañas, su conversación dramática y convincente.
El mismo Sampaio, marido de doña
Norma, establecido con una zapatería en la
Ciudad Baja, sujeto de pocas
palabras, reconcentrado, poco dado a las visitas, a relaciones e intimidades
con los vecinos - lo opuesto de su esposa- , había sido embaucado por Vadinho
en varias oportunidades, y a pesar de eso no le había retirado su estimación ni
el crédito en la zapatería. Cierta mañana compró al fiado varios pares de
zapatos de los más finos y caros e inmediatamente los revendió a un precio
ínfimo, casi ante los aterrorizados ojos de los empleados de Sampaio, a un
negocio rival que acababa de instalarse en las inmediaciones. En dinero
contante y sonante, Vadinho necesitaba efectivos con urgencia para jugar a la
quiniela.
Pero el comerciante tenía en cuenta,
al sopesar la conducta del trapacero, determinadas atenuantes que podían
explicar y disculpar el desliz.
Aquella misma tarde, un Vadinho
alegre y despreocupado le contó que había
soñado toda la noche con doña Gisa,
quien transformada en avestruz lo perseguía por una campiña sin fin, no sabía
si con la intención de retozar con él en el pastizal
- era un avestruz hembra y en sus
ojos brillaba una luz canalla- o si
pretendía devorarlo a picotazos, pues lo perseguía con su enorme pico abierto y
amenazador.
Se despertaba angustiado e intentaba
volver a dormirse pensando en algo más
agradable, pero de nuevo la pertinaz
profesora volvía a correr tras él con los ojos libertinos y el pico abierto. Si
doña Gisa hubiera estado en su cotidiana envoltura carnal Vadinho no habría
huido, hubiera enfrentado el desafío y empreñado aquel demonio de gringa allí
mismo, sobre el pasto, con todo su acento extranjero y sus conocimientos de
psicología. Pero así, vestida de plumas y convertida en un avestruz descomunal,
no le quedaba otra alternativa que la retirada vergonzosa. La pesadilla se
repitió cuatro o cinco veces, y por la mañana, cansado de tanto correr, bañado
en sudor, tuvo el palpito más seguro, justo cuando no disponía de un solo
centavo. Rastrilló toda la casa; doña Flor estaba pelada, él le había sacado en
la víspera hasta las monedas. Salió con esperanza de sablear a algún conocido,
pero la plaza estaba pesadísima, pues últimamente Vadinho había abusado de su
escaso crédito. Así las cosas, al pasar ante la Casa Stela, la bien surtida
zapatería de Sampaio, tuvo la luminosa y divertida idea de dedicarse por breve
tiempo a tan honesto negocio, única manera de obtener rápidamente algo de
cambio. Si no hubiera emprendido esa operación comercial, deshonesta y
desastrosa en apariencia, pero ciertamente sutil y lucrativa, jamás se lo
hubiera perdonado, pues salió el avestruz - doña Gisa no mentía ni en
sueños- y cobró una cantidad importante.
Agradecido y correcto, fue en seguida al negocio en busca de Zé Sampaio, y, a
la vista de los atónitos empleados, le pagó el valor de la mercadería comprada
por la mañana, comentando entre risas el primoroso lance e invitándolo a
celebrar con un trago. Sampaio declinó la invitación, pero no se enfadó con él
y
continuó tratándolo y vendiéndole
zapatos con descuento y a plazos. Le rebajaba el diez por ciento sobre el valor
de factura, con crédito limitado a un par de zapatos de cada compra, y sólo
después de haber liquidado la factura anterior.
Prueba todavía más impresionante del
prestigio de Vadinho fue la presencia de
Sampaio en el velatorio. Por unos
minutos, es verdad, pero aquél era el primer velorio al que iba el comerciante
en los últimos diez años. Le horrorizaban las obligaciones sociales de
cualquier clase que fuesen, y sobre todo las ceremonias fúnebres, velorios,
cementerios y misas de séptimo día, lo que inducía a doña Norma, cuando él
rehusaba a acompañarla a uno de sus entierros semanales, a gritarle:
- Cuando mueras, Sampaio, no vas a
tener gente ni para llevar el cajón... Será una vergüenza.
Sampaio le echaba una miraba torva y
no le contestaba, poniéndose el dedo grande
de la mano derecha entre los dientes,
un gesto suyo habitual, de resignación ante la permanente agitación de la
esposa.
Así pues, se hicieron presentes en el
velatorio los importantes, como Celestino, Sampaio, el pariente Chimbo, el
arquitecto Chaves, el doctor Barreiros, prominente
figura de la Justicia, y el poeta
Godofredo Filho. Llegaron en corporación los colegas
del Ayuntamiento (a todos les debía
Vadinho pequeñas cantidades). Al frente de ellos, retórico y solemne, el
ilustre director de Parques y Jardines, trajeado de negro. También estaban los
vecinos, ricos, pobres y de mediano pasar. Vinieron, finalmente, todos cuantos
en Bahía por ese entonces frecuentaban las casas de juego, los cabarets, las
bancas de quiniela, las casas de mujeres alegres: Mirandáo, Cúrvelo, Pe de
Jegue, Waldomiro Lins y su joven hermano Wilson, Anacreon, Cardoso Pereba,
Arigof y Pierre Verger con su perfil de pájaro y sus misterios de Ifá. Algunos,
como el doctor Giovanni Guimaráes, médico y periodista, pertenecían a los dos
sectores, pues estaban familiarizados con los grandes y los pequeños, los
respetables y los irresponsables.
Los importantes recordaban a Vadinho
entre risas, rememoraban sus anécdotas llenas de picardía y de malicia, sus
divertidos lances, sus trampas audaces, sus
enredos y
tropelías, así como
su buen corazón,
su gentileza, su
gracia
intrascendente. También los vecinos
lo recordaban así, y como a un bohemio sin horario y sin límites. Tanto unos
como otros ampliaban la realidad, inventaban detalles, le atribuían casos y
aventuras; la leyenda comenzaba a nacer allí mismo, junto a su cuerpo, casi en
la misma hora de su muerte. El citado doctor Giovanni Guimaráes imaginaba
fragmentos enteros de historias y floreaba los sucesos, pues era propenso a
alguna que otra pequeña mentira, bien apoyada en fechas y lugares precisos:
- Un día, hará más de cuatro años, en
el mes de marzo, encontré a Vadinho en los
«Tres Duques», jugando al diecisiete.
Iba vestido con una capa bajo la cual no llevaba nada puesto: estaba desnudito.
Había llevado todo al montepío. Lo había
empeñado todo, saco y pantalón,
camisa y calzoncillos, para poder jugar. Ramiro,
aquel español avaro del «Setenta y
Siete», sólo quería aceptar los pantalones y el saco. ¿Qué diablos podía hacer
con una camisa de cuello raído, unos calzoncillos viejos, una corbata gastada?
Pero Vadinho logró que recibiera todo, hasta las medias, quedándose sólo con
los zapatos. Era tan envolvente su palabra que consiguió que Ramiro, esa fiera
que ustedes conocen, le prestase una capa casi nueva, pues
no iba a
salir desnudo calle adelante, en
dirección a los «Tres Duques».
- ¿Y ganó? - preguntó el joven Artur,
hijo de Sampaio y de doña Norma, estudiante de bachillerato y admirador de
Vadinho, que escuchaba boquiabierto el relato del periodista.
El doctor Giovanni miró al mozo e
hizo una pausa, al mismo tiempo que una sonrisa iluminaba su rostro:
- ¿Cómo? A la madrugada perdió la
capa del español al diecisiete y lo tuvieron que llevar a la casa envuelto en
unas hojas de diario...
Y
la sonrisa del
doctor se convirtió
en una sonora
y contagiosa carcajada;
contagiosa, pues no había quien
pudiera igualar al doctor Giovanni a la hora de animar una velada.
En ese momento entraba en la sala el
indescifrable Robato y el periodista agregó, como prueba definitiva, estas
palabras, todavía en medio de la risa general:
- Aquí llega alguien que no me ha de
dejar mentir... ¿Tú todavía te acordarás, Robato, de aquella noche en que
Vadinho tuvo que volver a su casa desnudo,
envuelto en un diario?
Robato no era hombre que vacilara:
echó una mirada en derredor, observando al grupo instalado en un rincón del
comedor, temiendo la presencia de oídos femeninos e indiscretos, y asegurándose
de que no iban a llegar a los de la desolada viuda semejantes recuerdos. Pero
todo ello sin vacilaciones, pues él no rechazaba desaños, ya que era hombre de
fácil improvisación, resueltamente, tomó pie en las últimas palabras de la
pregunta:
- ¿Desnudo, envuelto en un diario?
¡Ah, vaya si me acuerdo! - carraspeó para aclarar su voz retumbante y dar
tiempo a que se desatara su imaginación- . Pero si el periódico era mío... Fue
en el burdel de Eunice- Un- Diente- Sólo; además de nosotros dos y de Vadinho
me acuerdo que estaba Carlinhos Mascarenhas, Jenner y Viriato Tanajura... Se
había bebido mucho durante toda la noche, teníamos una mona descomunal...
El tal Robato era un noctámbulo de
las huestes de Vadinho, aunque de otra estirpe. No lo tentaba el juego ni le
huía al trabajo; por el contrario, era un hombre-
orquesta y tenía fama de activo y
competente. Fabricaba dentaduras, arreglaba
radios y tocadiscos, hacía retratos
para carnets, se movía cómodamente en medio de toda clase de máquinas, con maña
y prolijidad. Su ruleta era la poesía, bien medida y bien rimada (rimas ricas),
su casino los bares y cabarets en que transcurrían sus madrugadas - en compañía
de otros tenaces literatos y de hetairas simpatizantes de las musas y de sus
cultores- , declamando odas, cantos libertarios, poemas líricos y lúbricos y
sonetos de amor. Todo de su pluma. El mismo se proclamaba «rey mundial del soneto»,
y había batido todas las marcas conocidas, siendo autor, hasta aquella fecha,
de 20.865 sonetos, entre los decasílabos y los alejandrinos, de arte menor y
arte mayor, así como anacíclicos. Un
principio de calvicie
amenazaba su cabellera
morena de vate,
pero no aminoraba su radiante
simpatía.
Mientras él hablaba, era como si
Vadinho cruzase de nuevo por la sala, envuelto en diarios.
El joven Artur no lo olvidaría más,
le recordaría para siempre así, cubriéndose con
las páginas de La Tarde, héroe de un
mundo prohibido y fascinante.
Las anécdotas proseguían mientras
doña Norma, doña Gisa, la casadera Regina y otras mozas y señoras servían café
con pastelitos y copas de cachaca y de licor de
frutas. Los vecinos habían
contribuido para que nada faltase en el velatorio.
Los importantes, sentados en el
comedor, en el corredor, en la puerta de calle, recordaban a Vadinho entre
anécdotas y risas. Los otros, sus aparceros de juego y de granujerías, lo
recordaban en silencio, serios y conmovidos, permaneciendo en la sala de recibo,
de pie junto al cadáver. Al entrar, se detenían ante doña Flor y estrechaban su
mano, turbados, como si fueran responsables de las malas andanzas de Vadinho.
Muchos de ellos ni siquiera la conocían de vista, pero de tanto oír hablar de
ella sabían que a veces Vadinho le había sacado hasta el dinero de los gastos
diarios para jugarlo en el Pálace, en el Tabaris, en el Abaixadinho, en el
antro de Zezé Meningite, en el de Abilio Moqueca, en las múltiples ruletas
ilegales de la ciudad, incluso en el mal afamado garito del negro Paranaguá
Ventura, en donde por principio sólo podía ganar el banquero.
Figura torva y temible esa del negro
Paranaguá Ventura, con sus incontables entradas en la policía - un montón de
acusaciones jamás probadas del todo- , con fama de ladrón, violador y asesino.
Había sido procesado por asesinato, siendo absuelto más por falta de coraje de
los jurados que por falta de pruebas. Decían que era autor de otros dos
crímenes, sin contar a la mujer apuñalada en la Ladeira de Sao Miguel, en pleno
mediodía, porque ésta se había salvado por un tris. El cubil
de Paranaguá sólo era frecuentado por
matones profesionales, gente de cartas marcadas, rateros, carteristas,
estafadores, gente que ya no tenía nada más que perder. Pues bien: hasta allí
llegaba Vadinho con su escaso dinero y su alegre risa, y quizá fuese uno de los
pocos elegidos que se podían alabar de haber ganado alguna vez con los dados
falsos de Paranaguá. (Se sabía que de cuando en cuando el negro permitía que
algún compinche de su preferencia acertase una jugada.) También habían venido
casi todas las alumnas de doña Flor. Las alumnas y ex alumnas, unánimes en el
deseo de consolar a la estimada y competente profesora, tan buenita ¡cuitada!
De tres en tres meses se sucedían las promociones en los cursos de cocina
general (por la mañana) y de cocina bahiana (por la tarde), que iban a
doctorarse en horno y fogón. Con diploma impreso y con un Cuadro de Honor, que
se exponía en una tienda de la Avenida Sete, desde una antigua camada, a la que
había pertenecido doña Oscarlinda, enfermera de categoría, funcionaria del
Hospital Portugués, esbelta y provocativa, que perdía el juicio, que se
enloquecía por armar líos. Había exigido el diploma y el Cuadro de Honor,
movilizando a las
compañeras, haciendo una
campaña de todos
los diablos, recogiendo
donaciones, encontrando un dibujante gratuito: la entrometida no dejó títere
con cabeza. Ante semejante presión, doña Flor aceptó todo, incluido el
dibujante, un conocido de doña Oscarlinda, no sin antes proclamar la
competencia de su hermano Héctor - autor del cartel con el nombre de la Escuela
cuando ésta estaba todavía en la Ladeira do Alvo- , y que ahora,
desdichadamente, residía en Nazareth das Farmhas. De todos modos, sintió
halagada su vanidad cuando leyó en el diploma y en el Cuadro de Honor, en
grandes letras tipográficas:
ESCUELA DE COCINA: SABOR Y ARTE Y más
abajo, en caracteres ornamentales: Directora: Florípedes Paiva Guimaráes
En los raros días en que se
despertaba relativamente temprano, Vadinho se quedaba en casa y rondaba a las
alumnas, entrometiéndose en las clases de cocina y perturbándolas. Reunidas en
torno a la profesora, vivaces y graciosas, tomaban nota de las recetas, las
cantidades exactas de camarones, de aceite de dendé, de coco rallado, una pizca
de pimiento «do reino», aprendían a preparar el pescado y la carne, a batir los
huevos. Vadinho intervenía con una frase sobre los huevos, de doble sentido, y
las descaradas se reían. Unas descaradas, eso es lo que eran todas ellas. Mucha
amistad y mucho adular a doña Flor, pero sus ojos estaban más interesados en el
granuja. Allí estaba él con su aire travieso y altivo, despatarrado sobre una
silla o tendido sobre un peldaño de la puerta de la cocina, a sus anchas,
midiéndolas con la mirada de arriba abajo, demorándose con atrevimiento en las
piernas, en las rodillas, en los sobacos, a la altura de los senos. Ellas
bajaban los ojos, pero el- no- sé- cómo- llamarle no bajaba los suyos. Doña
Flor preparaba los platos salados y los bollos, las tortas y los dulces en las
clases de práctica. Vadinho opinaba, lanzaba pullas, comía las golosinas,
circulando en torno a ellas, trabando conversación con las más bonitas,
arriesgando la mano pecaminosa si alguna, más audaz, se le acercaba. Doña Flor
se ponía nerviosa, tensa, al punto de equivocarse en la cantidad de manteca
derretida para el difícil manué, rogando a Dios que Vadinho se fuera a la
calle, al malandrinaje, al infortunio del juego, pero que dejase en paz a las
alumnas. Ahora, en el velatorio, rodeaban y consolaban a doña Flor, pero una de
ellas, la pequeña Ieda, con su cara de gata arisca, apenas podía contener las
lágrimas y no desviaba los ojos del rostro del muerto. Doña Flor percibió en
seguida lo exagerado del sentimiento y el corazón le dio un vuelco.
¿Habría habido algo entre ellos?
Nunca había notado nada sospechoso, pero ¿quién podría garantizar que no se
hubieran encontrado fuera de la escuela y terminado en un hotelito cualquiera?
Vadinho, desde lo ocurrido con la pizpireta de Noémia, aparentemente había
dejado de acechar a las alumnas. Pero era muy astuto, nada le impedía esperar a
la desvergonzada en la esquina, darle conversación... y ¿qué mujer resistiría
la labia de Vadinho? Doña Flor seguía la mirada de Ieda, descubría
los trémulos pucheritos de la moza.
No cabía duda, iay!, Vadinho era incorregible... De todos los disgustos que le
diera el marido, ninguno comparable al caso de la virgen Noémia, putita de
familia respetable, y para colmo ennoviada, ¡un horror! Pero doña Flor no
quería recordar esa antigua pena en la noche del velatorio, cuando por última
vez contemplaba fijamente la cara de Vadinho. Todo eso había pasado, era algo
lejano, la fulana se había casado, se había ido con el novio, un tipo llamado
Alberto, con humos de periodista y un talento precoz, pues siendo tan joven era
ya cornudo. Además, con el casamiento, la engreída se había puesto fea de
repente, se había convertido en una barrigona increíble.
Cuando en aquella ocasión todo
terminó bien, por milagro, Vadinho le dijo, en el calor del lecho y de la
reconciliación: «Como mujer permanente sólo a ti soy capaz de soportar. El
resto no es más que xixica para pasar el tiempo. En el velatorio, rodeada por
tanta gente y por tanto afecto, doña Flor no deseaba acordarse de aquella
historia ya olvidada, ni vigilar los gestos y las miradas de la pequeña Ieda,
con su llanto incontenible, su secreto revelado por las lágrimas. Muerto él ya
no importaba nada, ¿para qué aclarar, poner en limpio, acusar y afligirse? Él
había muerto, lo había pagado todo y hasta con intereses al morir tan joven.
Doña Flor se sentía en paz con el marido, no tenía cuentas que saldar con él.
Inclinó la cabeza y dejó de controlar
los movimientos de la moza. Al bajar los ojos sólo sentía en el recuerdo la
mano de Vadinho, acariciando su cuerpo en el lecho matrimonial, diciéndole al
oído: «Todo xixica para pasar el tiempo; permanente, sólo tú, Flor, mi flor de
albahaca, ninguna otra.» ¿Qué diablos quería decir xixica?- se preguntó de
pronto doña Flor- . Era una pena no habérselo preguntado, pero seguro que no
sería nada bueno. Sonrió. Todo xixica; permanente sólo ella, Flor, una flor de
Vadinho, deshojada por su mano.
5
Al día siguiente, a las diez de la
mañana, salió el entierro con gran acompañamiento. Ese lunes de carnaval por la
mañana no hubo murga ni comparsa que se pudiera comparar en importancia y
animación con el funeral de Vadinho. Ni de lejos.
- Mira..., por lo menos espía por la
ventana... - le dijo doña Norma a Sampaio, desistiendo de arrastrarlo al
cementerio- . Espía y verás lo que es el entierro de un hombre que sabía
cultivar sus relaciones. No era una fiera salvaje como tú... Era un juerguista,
un jugador, un vicioso sin principio ni fin, y sin embargo mira... Cuánta
gente, y cuánta gente de bien... Y eso en un día de carnaval... Tú, Sampaio,
cuando mueras no vas a tener quien agarre la manija del cajón...
Sampaio no respondió, ni echó una
mirada por la ventana. Enfundado en un viejo pijama, en la cama, con los
diarios de la víspera, se limitó a lanzar un débil gemido,
metiéndose el dedo gordo en la boca.
Era un enfermo imaginario, tenía un miedo
loco a la muerte, le horrorizaban las
visitas a los hospitales, los velatorios y los entierros, y en aquel momento se
sentía al borde del infarto. Estaba así desde el día anterior, desde que la
mujer le informara de que el corazón de Vadinho había estallado de repente.
Pasó una noche de perros, esperando la explosión de las coronarias, dando
vueltas en la cama entre fríos sudores, y oprimiéndose con la mano el lado
izquierdo del pecho.
Doña Norma, poniéndose sobre la
cabeza de hermoso pelo castaño un chal negro, apropiado para la ocasión,
concluyó, implacable:
- Yo, si no tengo por lo menos
quinientas personas en mi entierro, daré por
fracasada mi vida. De quinientas para
arriba...
Partiendo de ese principio, Vadinho
podía considerarse triunfante, colmado. Medio Bahía había asistido a su
funeral, y hasta el negro Paranaguá Ventura abandonó su lúgubre cubil, y allí
estaba, el terno blanco relumbrante de almidón, corbata negra y brazalete negro
en la manga izquierda, llevando un ramo de rosas rojas. Cuando agarró una
manija del cajón y dio el pésame a doña Flor, resumió el pensamiento
de todos en la más breve y bella
oración fúnebre que haya tenido Vadinho:
- ¡Era un machazo...!
Intervalo
Breve noticia (aparentemente
innecesaria)
de la polémica que se desató en torno
al posible autor de un poema anónimo, que circulaba de cafetín en cafetín
y en el cual el poeta lloraba
la muerte de Vadinho - revelándose
aquí, al fin, la verdadera identidad del ignoto bardo, sobre la base
de pruebas concretas
(declamación a cargo del inmenso
Robato Filhol)
No. Ciertamente no se iba a
transformar, con el transcurso del tiempo, en un misterio indescifrable de las
letras, en otro oscuro enigma de la cultura universal que desafiase, siglos
después, a universidades y sabios, estudiosos y biógrafos, filósofos y críticos,
convirtiéndose en materia de investigaciones, comunicaciones, tesis para
ocupación de becados, institutos, catedráticos, historiadores y bellacos varios
en busca de existencia fácil y regalada. Éste no iba a ser un nuevo caso
Shakespeare, no pasaría de convertirse en una duda tan insignificante como el
pequeño acontecimiento que le servía de tema e inspiración al poema: la muerte
de Vadinho.
No obstante, en los medios literarios
de Salvador surgió una pregunta, y en torno a ella se desató la polémica: ¿cuál
de los poetas de la ciudad había compuesto - y
hecho
circular- la Elegía
a la irreparable muerte de
Waldomiro Dos Santos
Guimaraes, Vadinho para las putas y
los amigos? La discusión fue adquiriendo rápidamente intensidad
y no tardó
en agudizarse, causando
su actitud enemistades,
represalias, epigramas y hasta algunas bofetadas. Sin embargo, todo
- debates y rencores, dudas y
certidumbres, afirmaciones y negaciones, insultos y sopapos- quedo circunscrito
a las mesas de los bares, donde, alrededor de las heladas copas
de cerveza, se
juntaban hasta altas
horas de la
noche los
incomprendidos talentos jóvenes (para
demoler y arrasar toda la literatura y el arte
anteriores a la feliz aparición de
aquella nueva y definitiva generación), así como los escritorzuelos enconados,
empedernidos, resistentes a todas las innovaciones, con sus retruécanos,
epigramas y frases retumbantes; unos y otros - genios imberbes y literatos sin
afeitar- enarbolaban con la misma
violenta decisión sus últimas producciones en prosa y verso, todas y cada una
de ellas destinadas a revolucionar las letras brasileñas, si Dios quisiera.
Mas no por limitarse la polémica al
ámbito del estado de Bahía (del estado y no sólo de la capital), pues el debate
repercutió en municipios de la región del cacao (en los anales de la Academia
de Letras de Ilhéus pueden encontrarse referencias dignas de crédito a
propósito de una velada que se dedicó al estudio del problema); ni por no haber
obtenido espacio en los suplementos y revistas, agotándose en las discusiones
orales; no por todo eso el curioso, y a veces agrio debate, puede dejar de
merecer atención e interés a la hora de narrar la historia de doña Flor y de
sus dos maridos, en la cual Vadinho es un personaje importante, un héroe
situado en primer plano.
¿Héroe? ¿No será más bien el villano,
el bandolero responsable de los sufrimientos de la muchacha, en este caso doña
Flor, esposa dedicada y fiel? Ese es otro problema, desligado de la cuestión
literaria, que preocupaba en aquella ocasión a poetas y prosistas: un problema
quizá más difícil y grave, quedando a cargo vuestro el darle respuesta si una
obstinada paciencia os hace llegar hasta el final de estas modestas páginas.
Pero nadie dudaba que Vadinho era el
héroe indiscutible de la elegía: «jamás habrá
otro mágico juglar que tenga tanta
intimidad con las estrellas, los dados y las putas», retumbaban los versos en
desmedida alabanza. Y si el poema - tal como sucedió con la polémica- no obtuvo espacio en las hojas literarias, no
fue por falta de méritos. Un tal Odorico Tavares, poeta federal que estaba por
encima de los chismes de los vates estatales (el déspota controlaba dos diarios
y una estación de radio, y los tenía a todos en un puño), al leer una copia
dactilografiada de la elegía se lamentó:
- Lástima que no se pueda publicar...
- Si no fuera anónimo... - reflexionó
otro poeta, Carlos Eduardo.
El tal Carlos Eduardo, joven que se
las daba de buen mozo, era un experto en antigüedades y socio de Tavares en un
negocio un tanto oscuro de imágenes antiguas. Los más fracasados literatoides y
los genios juveniles más vehementes, todos los que no tenían ninguna esperanza
de ver estampados sus nombres en el suplemento dominical de Odorico, acusaban a
éste y a Carlos Eduardo de negociar antiguas tallas de santos, robadas en las
iglesias por un grupo de rateros especializados, bajo la jefatura de un tipo de
dudosa reputación, un mentado Mario Cravo, amigo y cofrade de Vadinho. El
astuto Cravo, flaco y bigotudo, vivía manipulando piezas de automóvil, chapas
de hierro y máquinas averiadas: retorcía y remendaba toda esa chatarra y luego
le atribuía valor artístico al resultado, entre los aplausos
de los dos
poetas y de
otros entendidos, que
unánimemente calificaban aquellos hierros como escultura moderna,
afirmando que el fulano era una revelación, un artista notable y
revolucionario. He ahí otro asunto cuyo análisis no tiene cabida en estas
páginas: el del valor real del maestro Cravo, pues no es posible estudiar aquí
su obra. Adelantemos, sólo a título de información, el dato de que la crítica
consagró después su obra, e incluso algunos plumíferos extranjeros le dedicaron
estudios. Pero en aquel entonces no era todavía un artista conceptuado, sólo
estaba en los comienzos, y, si bien poseía cierta notoriedad, se la debía sobre
todo a su discutible actuación en las sacristías y los altares. En cierta ocasión
de extremada penuria el mismo Vadinho participó personalmente, según consta, en
una sigilosa peregrinación nocturna a la iglesia de Recóncavo, romería
organizada por el herético Mario Cravo. El saqueo de la iglesia dio que hablar
debido a que una de las piezas birladas, un San Benito, era atribuida a Fray
Agostinho da Piedades, y los frailes pusieron el grito en el cielo. Actualmente
la valiosa imagen se encuentra en un museo del Sur, por obra y gracia - si
hemos de creer a los maledicentes pseudoliteratos- de Odorico y Carlos Eduardo, que en aquellos
días eran flacos y estaban asociados tanto en la musa lírica como en el devoto
comercio.
Esa mañana, antes del almuerzo,
estaban ellos conversando en la redacción sobre cosas de santos y de cuadros
cuando Carlos Eduardo sacó del bolsillo una copia de la elegía y se la dio a
leer al poeta Odorico.
Lamentando no poder publicarla - «no
por anónima, pondríamos un pseudónimo cualquiera..., sino por las palabrotas»-
, Tavares insistió: «Es una pena...», y volvió
a leer en voz alta otro verso:
«Están de luto los jugadores y las
negras de Bahía.» Le preguntó al amigo:
- Habrás descubierto en seguida al
autor, ¿no?
- ¿Crees que será de él? Sin embargo,
me pareció...
- Está a la vista..., escucha: «Un
momento de silencio en todas las ruletas, banderas a media asta en todos los
mástiles de los burdeles, nalgas desesperadas
que sollozan.»
- Es capaz...
- Es es capaz. Es, con seguridad -
agregó riendo- . Viejo sinvergüenza...
En los medios literarios no estaban
tan seguros. Atribuyeron la elegía a distintos poetas, unos, vates conocidos,
otros, jóvenes principiantes. Fue adjudicada a Sosígenes Costa, a Carvalho
Filho, a Alves Ribeiro, a Helio Simóes, a Eurico Alves. Muchos señalaron a
Robato como el autor más probable. ¿Acaso no la declamaba él con entusiasmo,
con toda su voz, rica en modulaciones?
«Con él partió la madrugada,
cabalgando la luna.»
No podían creer que Robato recitase
versos de otro, gesto poco habitual en esos medios; no tenían en cuenta el
generoso carácter del sonetista, su predisposición a admirar y aplaudir la obra
ajena.
Puede incluso afirmarse que el
comienzo del éxito de la elegía, y el principio de la polémica suscitada por
ella, ocurrió una alegre noche en el burdel de Carla, la
«gorda Carla», competente profesional
llegada de Italia, cuya cultura sobrepasaba
la del «métier» (en el que, además,
«descollaba», según Néstor Duarte, ciudadano de afamada inteligencia y que
había corrido mundo, todo un conocedor); Carla había leído a D'Annunzio y se
volvía loca por unos versos. «Romántica como una vaca», así la calificaba el
bigotudo Cravo, con quien ella anduviera metida durante un tiempo. Carla no
podía vivir sin una pasión dramática y navegaba de bohemio en bohemio,
suspirando y gimiendo, muerta de celos, con sus inmensos ojos azules, sus senos
de prima donna, sus muslos enormes. También Vadinho había merecido sus favores
y algún dinero, si bien ella prefería a los poetas. Incluso versificaba en la
«dulce lengua de Dante con mucho estro e inspiración», como decía el adulador
Robato.
Todos los jueves por la noche Carla
patrocinaba una especie de salón literario que se celebraba en sus amplios
aposentos. Participaban en él poetas, artistas, bohemios y algunas figuras
destacadas, como el magistrado Airosa, y las chicas del prostíbulo estaban
siempre dispuestas a celebrar los versos y a reírse con las anécdotas mientras
se servían bebidas y pasteles. Carla presidía la soirée, reclinada en un diván
repleto de cojines y almohadones, vistiendo una túnica griega o simplemente
cubierta de pedrerías: una ateniense de figurín o una egipcia de Hollywood
recién salida de una ópera. Los poetas declamaban, intercambiaban frases
ingeniosas, epigramas, retruécanos, y el magistrado sentenciaba algún axioma
preparado durante la semana con duro esfuerzo. El momento culminante de la
tertulia era cuando la dueña de la casa, la gran Carla, surgía de entre las
almohadas, con su tonelada de carne blanca recubierta de falsa pedrería, y, con
un hilo de voz, algo paradójico en mujer tan monumental, declamaba su amor al
último elegido en azucarados versos italianos. Mientras esto sucedía, el
artista Cravo y otros groseros materialistas se aprovechaban de la
semioscuridad reinante en la sala - la luz estaba dispuesta así, para oír y
sentir mejor la poesía en la penumbra- y, sin respetar una atmósfera de tan
alta espiritualidad, de tan excelsos sentimientos, los infames toqueteaban
descaradamente a las chicas, procurando conseguir favores gratuitos en
perjuicio de la caja del prostíbulo.
Los saraos terminaban siempre
deslizándose de la poesía a la pornografía hacia el final de
la noche. Brillaban
entonces Vadinho, Giovanni,
Mirandáo, Carlinhos
Mascarenhas y, sobre todo, Lev, un
arquitecto que comenzaba su carrera, hijo de
inmigrantes, galancete larguirucho
como una jirafa, dueño de un repertorio inagotable y buen narrador. Soportaba
un nombre ruso impronunciable y las chicas lo habían bautizado, Lev Lengua de
Plata, quizá por sus cuentos. Quizá...
En uno de aquellos «elegantes
encuentros de la inteligencia y la sensibilidad», declamó Robato, con voz
trémula, la elegía a la muerte de Vadinho, prolongándola con algunas palabras
emocionadas sobre el desaparecido, amigo de todos los que
frecuentaban aquel «delicioso antro
del amor y de la poesía». Hizo referencia, de
pasada, al hecho de que el autor
había preferido «las nieblas del anonimato al sol de la publicidad y de la
gloria». El, Robato, había recibido una copia del poema de manos de un oficial
de la Policía Militar, el capitán Crisóstomo, también amigo fraternal de
Vadinho. Pero el militar carecía de otras informaciones sobre la identidad del
poeta.
Muchos atribuyeron los versos al
mismo Robato, pero, ante su rotunda negativa a aceptarlos como suyos,
anduvieron señalando como autor a cuanto poeta versificaba en la ciudad,
especialmente aquellos de condición noctámbula y de
reconocida bohemia. Sin embargo, no
faltó quien jamás creyese en las negativas de
Robato, atribuyéndolas a modestia y
persistiendo en señalarlo como autor del poema. Todavía hoy hay quienes piensan
que las estrofas de la elegía fueron obra suya.
La discusión se fue agriando hasta
tal punto que en cierta ocasión llegó a traspasar los límites de la literatura
y de la civilidad, terminando el conflicto en bofetones cuando el poeta Clóvis
Amorim, cuya lengua viperina le llenaba la boca de epigramas, chupando
permanentemente el cigarro comprado en el Mercado Modelo, negó al bardo Hermes
Climaco la menor posibilidad de ser el autor de los discutidos versos, pues
carecía de genio y gramática para tanto.
- ¿De Climaco? No diga tonterías...
Ése, con mucho esfuerzo, podrá hacer una cuartela de heptasílabos. Es un poeta
constipado...
Quiso la mala suerte que en ese
momento apareciera en la puerta del cafetín el
poeta Climaco, con su eterno traje
negro, llevando capa y paraguas, quien arremetió encolerizado:
- Constipada es la puta que te
parió...
Y se agredieron a insultos y sopapos,
con evidente ventaja de Amorim, mejor versificador y atleta más robusto.
También es curioso y digno de
contarse lo sucedido con un individuo, autor de dos
escuálidos cuadernos de versos, al
que algunas personas menos avisadas le conferían la paternidad del poema.
Primero, la negó con firmeza; luego, como insistieran, fue menos pertinaz en
sus negativas, y por último sus palabras fueron tan confusas y tímidas que la
negativa parecía más bien una avergonzada afirmación.
«Es de él, no hay duda», decían al
verlo restregarse las manos, bajar los ojos y sonreír, mientras murmuraba:
- Es cierto que parecen versos míos.
Pero no lo son...
Lo negaba siempre, pero al mismo
tiempo jamás admitía que se le atribuyeran a otro las discutidas estrofas. Si
lo intentaban, se desesperaba por demostrar la imposibilidad de semejante
hipótesis. Y si algún obstinado insistía en sus argumentos, refunfuñaba,
terminante y misterioso:
- Bueno..., ¿me lo van a decir a
mí?.. Tengo razones para saberlo...
Y cuando las oía declamar acompañaba
lentamente el recitado, corrigiéndolo en cuanto se alteraba una palabra,
velando por la fidelidad del poema, celoso como si
la obra fuera suya. Sólo más tarde,
cuando se reveló el nombre del verdadero
autor, se desprendió finalmente de
esa gloria ilícita. Pasó entonces de inmediato a decir horrores de la elegía,
negándole cualquier mérito o belleza: «poesía de prostíbulo y de estercolero».
En medio de tantas discusiones, la
elegía continuaba su curso, leída y adornada, recitada en las mesas de los
bares al caer la madrugada, cuando la cachaca hacía surgir los sentimientos más
nobles. Los recitadores le cambiaban adjetivos y verbos y a veces trastocaban o
se tragaban las estrofas. Pero, correcta o adulterada, mojada en cachaca, caída
en el suelo de los cabarets, allá iba la elegía elogiando a Vadinho, entonando
su alabanza. Quienquiera que la hubiese compuesto reflejaba el sentimiento general
de aquel submundo en el que Vadinho se había movido desde la adolescencia y del
cual terminó siendo una especie de símbolo. La elegía fue el punto más alto en
el derroche de loas al mozo jugador. Si le fuera posible oír tantas expresiones
elogiosas y nostálgicas no lo hubiera creído. Jamás fuera en vida blanco de
tantos encomios y alabanzas; muy al contrario: vivió con los oídos zumbándole
constantemente con el rumor de retos, consejos y sermones, referidos a su mala
vida y a sus malos sentimientos.
Por otra parte, la indulgencia con
respecto a sus fechorías y a esa exhibición pública de sus pretendidas
cualidades, transformándole en héroe de poema y en figura casi legendaria, duró
poco tiempo. Una semana después de su muerte ya comenzaban las cosas a ser
puestas de nuevo en su punto, y la opinión de las clases conservadoras,
responsables de la moral y la decencia, se manifestó por boca de las comadres y
las vecinas, intentando imponerse al anárquico y disolvente panegírico trazado
por la subversiva ralea de los burdeles y los casinos en un intento criminal de
socavar las costumbres y el régimen. Se creaba así un nuevo y apasionante
problema, como si no bastara con el de la propiedad de los versos. Con
referencia a esta última, se prometieron pruebas de la verdadera identidad del
autor, por fin revelada ahora e
inscrita para siempre en el libro de oro de las letras patrias.
Cuando, años después de la muerte de
Vadinho, el poeta Odorico recibió su volumen de las Elegías impuras - uno de
los tres enviados gratuitamente por el
poeta- en magnífica edición de lujo, con una tirada
reducida de sólo cien ejemplares autografiados, ilustrados con xilografías de
Calazans Neto, se volvió
hacia Carlos Eduardo, y le pasó el
precioso libro.
Estaban los dos amigos sentados en la
misma sala de redacción en la cual, un día ya lejano, habían leído y discutido
juntos la elegía. Sólo que ahora eran señores gordos y respetables - y ricos,
muy ricos- , propietarios de colecciones y de inmuebles.
Odorico recordó:
- ¿No te lo dije en aquella ocasión?
Era de él. - Y concluyó, con la misma sonrisa y con las mismas palabras de
otrora- : «Viejo sinvergüenza...»
También Carlos Eduardo soltó su
risotada cordial, de hombre realizado y tranquilo,
mientras admiraba la primorosa
edición. En la tapa, con letras grabadas en madera, el nombre del poeta:
Godofredo Filho. Lentamente fue pasando las páginas y preguntándose (con cierta
envidia): «¿Qué calles y laderas escondidas, qué oscuras sendas de crepúsculo,
qué negras, fragantes grutas habían descubierto y amado juntos el poeta ilustre
y el pobre vagabundo, hasta el punto de haber brotado entre ellos la rara flor
de la amistad?» Pausadamente, reflexionando sobre tales enigmas, Carlos Eduardo
tocaba el papel como si acariciase la suave epidermis de una mujer, acaso de
piel negra, de nocturno terciopelo. La cuarta elegía, de las cinco que
componían el tomo, era la dedicada a la muerte de Vadinho, «la ficha azul,
olvidada en el tapete».
Queda así resuelto un problema, como
se había prometido. Pero surge y se impone otro, y quién sabe si será posible
encontrarle solución: es el «misterio Vadinho». Queda confiado a vuestra
perspicacia.
¿Quién era Vadinho? ¿Cuál era su
verdadero rostro? ¿Cuáles sus exactas proporciones? Su rostro de hombre ¿estaba
bañado de sol o cubierto de sombra?
¿Quién era él, el juglar de la
elegía, el machazo de la expresión de Paranaguá
Ventura o el desaprensivo malandrín,
el sablista incorregible, el mal marido según la voz de la vecindad, de las
amistades de doña Flor? ¿Quién lo había conocido mejor y lo definía ahora
mejor: los piadosos asistentes a la misa de las seis, en la iglesia de Santa
Teresa, o los incorregibles habitúes del Tabaris («la bolilla girando en la
ruleta, la baraja y los dados, la última apuesta»)?
II. Del tiempo inicial de la viudez,
tiempo de duelo de luto cerrado, con las
memorias de las ambiciones y los engaños,
del enamoramiento y las bodas,
de la vida matrimonial de Vadinho y doña Flor, y de las
fichas y dados
y la dura espera ahora sin esperanza
(y la molesta presencia de doña
Rozilda)
(con Edgar Coco en el violín, Cayrnmi
en la guitarra
y el doctor Walter de Silveyra con su
flauta encantada)
ESCUELA DE COCINA
«SABOR Y ARTE»
Receta de doña Flor: Cazuela de
cangrejos
Clase teórica:
INGREDIENTES (para 8 personas): Una
jícara de leche de coco pura, sin agua; una jicara de aceite de palma; un kilo
de cangrejos tiernos. Para la salsa: 3 dientes de ajo; sal a gusto; el jugo de
un limón; cilantro; perejil; cebollita de verdeo; dos cebollas; media jicara de
aceite suave; un pimiento; medio kilo de tomate. Agregar después: 4 tomates,
una cebolla y un pimiento.
Clase práctica:
Rallen 2 cebollas, machaquen el ajo
en el mortero. La cebolla y el ajo no apestan, no señoras,
son frutos de la tierra, perfumados.
Piquen el cilantro bien picado, así
como el perejil, algunos tomates, la cebollita y medio pimiento.
Mezclen todo en aceite suave y aparte
pongan esa salsa de tan rico aroma.
(«A estas locas les parece que huelen
mal las cebollas, ¿qué saben ellas de los olores puros?
A Vadinho le gustaba comer cebolla
cruda, y sus besos eran ardientes.»)
Laven los cangrejos enteros en agua
de limón, hay que lavarlos bien, un poco más todavía,
para quitarles la suciedad, pero
tratando de que no pierdan el perfume marino.
Y ahora, a condimentarlos; uno por
uno, sumergiéndolos en la salsa; después, a la sartén, echándolos uno a uno,
cada cangrejo con su condimento. Con la salsa restante, rociar los cangrejos
con sumo cuidado, que este plato es
muy delicado. («¡Ay, era el plato preferido de Vadinho!»)
Elijan ahora cuatro tomates, un
pimiento
y una cebolla. Córtenlos en rodajas y
pónganlos encima para dar un toque de belleza. Ponerlos en adobe durante dos
horas hasta que se sazonen.
Después pongan al fuego la sartén.
(«Iba él mismo a comprar los
cangrejos,
en el Mercado tenía un antiguo
compinche...»)
Cuando estuviere casi cocido, y sólo
entonces, agregar la leche de coco, y, en el último instante,
el aceite de palma, poco antes de
retirar del fuego.
(«Probaba la salsa a cada rato,
nadie tenía un gusto más exigente.»)
Y ahí está este plato fino,
exquisito, de la mejor cocina;
quien lo hiciere puede alabarse con
razón de ser una cocinera de buena mano.
Pero, si no fuese competente, es
mejor que no se meta,
no todo el mundo nace artista del
fogón. («Era el plato predilecto de Vadinho, nunca más lo he de servir en mi
mesa. Sus dientes mordían el tierno cangrejo, el aceite de palma doraba sus
dientes.
¡Ay, nunca más sus labios, su lengua;
nunca más su boca abrasada de cebolla
cruda!»)
1
Ahora bien, en la misa del séptimo
día, oficiada por don Clemente Nigra en la iglesia de Santa Teresa - envuelta
la nave en la espléndida luz matinal, azulada y transparente, que venía
del mar cercano, como
si el templo
fuera un navío dispuesto a zarpar- , la simpatía y la
solidaridad manifestadas en los susurrados comentarios estaban dedicadas a doña
Flor, arrodillada en primera fila, ante el altar, toda de negro, con una
mantilla de encaje prestada por doña Norma, con la que ocultaba los cabellos y
las lágrimas, y un tercio del rosario entre los dedos. Pero en los cuchicheos
no se la compadecía por haber perdido al marido, sino por haberlo tenido. De
rodillas en el reclinatorio, doña Flor nada escuchaba, como si no hubiera nadie
en el santuario más que ella, el sacerdote y la ausencia de Vadinho. Un rumor
de beatas, viejas ratas de sacristía, rencorosas enemigas de la gracia y la
risa, se elevaba junto con el incienso en enconado murmullo:
- No valía ni un centavo de rezos, el
renegado.
- Si ella no fuese una santa, en vez
de misa lo que daba era una fiesta. Con baile y todo...
- Para ella su muerte es como una
carta de emancipación...
En el altar, celebrando misa por el
alma de Vadinho, la tez macerada por las vigilias pasadas sobre antiguos
libros, don Clemente sentía en la atmósfera mágica de la mañana, que apenas
despuntaba, ciertas perturbaciones, maléficas auras, como si algún demonio,
Lucifer o Exu, más probablemente Exu, anduviese suelto por la nave. ¿Por qué no
dejaban en paz a Vadinho, por qué no le dejaban descansar? Don Clemente lo
había conocido bien: a Vadinho le gustaba ir al patio del convento a charlar
con él; se sentaba sobre el cerco y contaba historias que no siempre
armonizaban con aquellas venerables paredes, pero que el fraile oía con
atención, curioso y comprensivo ante cualquier experiencia humana.
Había en el corredor, entre la nave y
la sacristía, una especie de altar, y en él un
ángel tallado en madera, escultura
anónima y popular, tal vez del siglo XVII, y parecía como si el artista hubiera
tomado a Vadinho de modelo; la misma fisonomía inocente y desvergonzada, la
misma insolencia, idéntica ternura. Estaba el ángel arrodillado ante la imagen,
mucho más reciente y barroca, de Santa Clara, y extendía hacia ella las manos.
En cierta ocasión don Clemente llevó a Vadinho hasta allí, para mostrarle el
altar y el ángel, curioso por saber si el bohemio se daría cuenta del parecido.
Éste se echó a reír en cuanto vio las imágenes.
- ¿Por qué se ríe? - preguntó el
fraile.
- Que Dios me perdone, padre... Pero
¿no parece como si el ángel estuviese engatusando a la santa?
- ¿Estuviese qué? ¿Qué términos son
ésos, Vadinho?
- Discúlpeme, don Clemente, pero es
que ese ángel tiene una cara clavada de gigoló... Ni siquiera parece ángel...,
observe la mirada..., es una mirada de cachondo...
Volviéndose hacia los fieles para dar
la bendición, las manos alzadas, el sacerdote vio cómo refunfuñaban las beatas:
allí estaba la perturbación, el maligno, ¡ah!, bocas de lodo y maldad, ¡ah!,
hedientes y ácidas doncelleces, mezquinas y ávidas
solteronas, bajo el comando de doña
Rozilda... «¡Que Dios las perdone, en su
infinita bondad!»
- Él incluso le bajó la mano a la
pobrecita. Pasó las de Caín...
- Porque quiso. No porque le faltara
mi consejo... Si no fuese tan calentona me hubiera hecho caso... Hice lo que
estaba en mis manos...
Así peroraba doña Rozilda, madre de
doña Flor, nacida para madrastra, intentando con denuedo cumplir su vocación.
- Pero a ella la había picado la
tarántula..., le ardían las entrepiernas... Dios me libre..., no quiso oírme
nada, se rebeló... Y encontró quien la apoyase..., casa
donde esconderse...
Al decir esto miró hacia donde estaba
arrodillada, rezando, doña Lita, su hermana, y agregó:
- Mandar decir una misa por ese
inútil es tirar el dinero, es algo que sólo sirve para llenar la barriga del fraile...
Don Clemente tomó el turíbulo y echó
incienso contra el fétido aliento del demonio, que salía por la boca de las
beatas. Después descendió del altar, se detuvo ante
doña Flor, puso afectuosamente una
mano sobre su hombro y le dijo, para que lo oyeran las viejas ponzoñosas de
aquel coro siniestro:
- Los ángeles extraviados también se
sientan junto a Dios, en su gloria.
- Ángel... ¡Cruz Diablo!... Era un
demonio del infierno... - rezongó doña Rozilda.
Don Clemente, la espalda algo
encorvada, cruzó la nave, camino de la sacristía. En el corredor se detuvo a
contemplar aquella extraña imagen en la que el artista
anónimo había fijado a un tiempo la
gracia y el cinismo. ¿Qué sentimientos lo
habrían llevado a hacerlo, qué
especie de mensaje había querido transmitir? Dominado por las pasiones humanas,
el ángel devoraba con ojos lascivos a la pobre santa. Ojos de cachondo, como
dijera Vadinho en su pintoresco lenguaje, y una sonrisa indecente una cara
desvergonzada, alguien que no tenía arreglo. Igual a Vadinho, nunca se había
visto tanto parecido. ¿No habría exagerado él, don Clemente; no habría hecho
una afirmación precipitada, al poner a Vadinho junto a Dios, en su gloria?
Se aproximó a la ventana practicada
en la piedra y contempló el patio del convento. Allí acostumbraba a sentarse
Vadinho, sobre el muro, con el mar a sus pies, cortado por los saveiros. Una
vez le dijo:
- Padre, si Dios quisiera mostrar su
poder haría que el diecisiete se diera doce veces seguidas. Ése sí que sería un
milagro famoso. Si ocurriera yo iba y cubría de flores toda la iglesia...
- Dios no se mete en el juego, hijo
mío...
- Entonces no sabe lo que es bueno y
lo que es malo. La emoción de ver la bolilla girando y girando en la ruleta y
uno arriesgando la última ficha, con el corazón sobresaltado...
Y en tono de confidencia, como un
secreto entre él y el sacerdote:
- ¿Cómo no va a saber eso Dios,
padre? En el atrio, doña Rozilda elevaba la voz:
- Dinero tirado... No hay misa que
salve a ese desgraciado. ¡Dios es justo!
Doña Flor, escondida la cara dolorosa
bajo el chal, surgió en el fondo, apoyada en doña Gisa y en doña Norma. En la
claridad azul de la mañana, la iglesia parecía un
barco de piedra navegando.
2
Hasta el martes de carnaval por la
noche no llegó la noticia de la muerte de Vadinho a Nazareth das Farinhas, en
donde residía doña Rozilda en compañía del hijo casado, funcionario del
Ferrocarril. Allí estaba amargándole la vida a la nuera, esclava de su mando
dictatorial. Sin pérdida de tiempo, se fue a Bahía el miércoles de ceniza, día
semejante a ella si se ha de creer a otro yerno suyo, Antonio Moráis:
«Ésa no es una mujer, es un miércoles
de ceniza, le quita la alegría a cualquiera.» El deseo de poner la mayor
distancia posible entre su casa y la de la suegra fue sin duda uno de los
motivos por el cual este Moráis vivía desde hacía varios años en los
suburbios de Río de Janeiro. Hábil
mecánico, aceptó la invitación de un amigo y allá
se fue a probar suerte en el Sur, en
donde prosperó. Se negaba a volver a Bahía, incluso de paseo, mientras «la
arpía apestase el ambiente». Doña Rozilda, en cambio, no detestaba a Antonio
Moráis, ni tampoco a su nuera. Pero sí detestaba a Vadinho, y jamás le
perdonaría a doña Flor ese casamiento, resultado de una vil conspiración contra
su autoridad y sus decisiones. En cuanto al casamiento de Moráis con Rosalía,
la hija mayor, aunque no era lo que a ella le hubiera gustado, no se había
opuesto al noviazgo ni había objetado el compromiso. No se llevaba bien ni con
él ni con la nuera porque el carácter de doña Rosalía hacía que se consagrase a
convertir la vida del prójimo en un infierno. Cuando no estaba llevándole la
contraria a alguien, se sentía inútil y desdichada.
Con Vadinho era diferente: le tenía
aversión desde los tiempos en que festejaba a doña Flor, cuando descubrió la
red de engaños y trampas en que la enredara el
indeseable pretendiente. Le había
tomado odio para siempre, no podía siquiera oír
su nombre. «Si en este país hubiera
justicia ese canalla estaría en la cárcel», repetía, si le hablaban del yerno,
si le pedían noticias del atorrante o le mandaban recuerdos para él.
Cuando visitaba a doña Flor, muy de
cuando en cuando, era para estropearle el día, no hablando de otra cosa que de
las trampas del mozo, su vida libertina, sus actos vergonzosos, sus escándalos
cotidianos y permanentes.
Todavía estaba en la cubierta del
barco y ya su boca había comenzado a despotricar, gritándole a doña Norma, que
la esperaba en el muelle de la Bahiana a
pedido de doña Flor:
- ¡Al fin estiró la pata el
excomulgado!
El vapor estaba atracando, repleto de
una impaciente multitud de viajeros sobrecargados de bultos, cestos, bolsos y
los más diversos envoltorios con frutas, harina de mandioca, ñame y batata, charque, xuxu y zapallos. Doña Rozilda
desembarcó vociferando:
- Le dio un ataque, ¿en?.., ¡ya debía
haber reventado hace mucho tiempo!
Doña Norma se sentía derrotada; doña
Rozilda tenía la virtud de dejarla sin fuerzas para reaccionar, en completo
desánimo. La servicial vecina había amanecido en el
pequeño muelle; su rostro bondadoso
traslucía su afán de dar consuelo, de dar
ánimo a una suegra enlutada y
llorosa, estando dispuesta a lamentar a dúo la precariedad de las cosas de este
mundo: hoy se está vivo y coleando y mañana en un cajón de difunto. Escucharía
las lamentaciones de doña Rozilda, le ofrecería el consuelo de la resignación
ante la voluntad de Dios, ¡Él sabe lo que hace!; y, juntas la madre y la amiga,
conversarían sobre la nueva situación de doña Flor, viuda, sola en el mundo y
tan joven todavía. Doña Norma iba preparada para eso: gestos, palabras,
actitudes, todo sincero y sentido, nunca hubo en su modo de ser la menor
parcela de hipocresía. Doña Norma se sentía un poco responsable por todo el
mundo, era la providencia del barrio,
una especie de socorro de urgencia de los alrededores. De toda la vecindad
acudían a la puerta de su casa (la mejor casa de la calle: sólo la de los
argentinos de la fábrica de cerámica, los Bernabós, podía compararse con ella y
ser quizá algo más lujosa); todas venían a pedir algo en préstamo, desde la sal
y la pimienta hasta la loza para los almuerzos y cenas y las prendas de vestir
para las fiestas.
- Doña Norma, mamá me mandó a
preguntar si usted podía prestarnos una jicara de harina de trigo, que es para
una tarta que está haciendo. Después se la paga... Era Anita, la hija menor del
doctor Ives, un vecino cuya esposa, doña Emina, cantaba canciones árabes
acompañándose al piano.
- Pero, nena, ¿tu mamá no fue ayer al
mercado? ¡Hum...! ¡Qué mujer más olvidadiza...! ¿Una jicara basta? Dile que si
quiere más que mande a buscarla.
O si no, era el negrito de la
residencia de doña Amelia, con su voz chillona:
- Doña Norma, la patrona me mandó a
pedir la corbata negra de don Sampaio, la del lazo de mariposa, que a la del
señor Ruas se la comió la polilla...
Eso cuando no aparecía doña Risoleta,
dramática, siempre con su aire de mortificada:
- Normita, acuda por el amor de
Dios...
- ¿Qué pasa, mujer?
- Un borracho se plantó a la puerta
de casa, no hay modo de hacerlo salir, ¿qué hago?
Allá se fue doña Norma, y cuando
reconoció al hombre se echó a reír:
- Pero si es Bastiáo Cachaca,
queridos... Vete, Bastiáo, sal de ahí, vete a echar un sueño en el garaje de
casa...
Y así el día entero: cartas pidiendo
dinero prestado, llamados urgentes para socorrer a un enfermo, y los
parroquianos reclamando las inyecciones. Doña Norma
les hacía competencia gratuita a los
médicos y a las farmacias, para no hablar de
los veterinarios, pues todas las
gatas de los alrededores venían a dar a luz a los fondos de la casa, sin que
allí les faltara jamás asistencia y alimento. Distribuía muestras de remedios,
suministrados por el doctor Ives; cortaba vestidos y moldes (estaba diplomada
en Corte y Confección); redactaba las cartas del personal doméstico, daba
consejos, oía lamentaciones, secundaba proyectos matrimoniales, incubaba
amores, resolvía los más diferentes problemas, y siempre alborozada. Por todo
lo cual Zé Sampaio la definía así:
- Es una caga- volando, no tiene
paciencia ni para sentarse en el artefacto... - y metía en la boca el dedo
grande, resignado.
La buena vecina se había hecho a la
idea de ir a recibir a una doña Rozilda apenada, a la que consolaría
amparándola en su pecho. Y la otra le salía con esa
absurda insensatez, como si la muerte
del yerno fuese una noticia festiva. Ahí venía ahora, descendiendo por la
escala, en una mano el clásico envoltorio de harina de
Nazareth, bien tostada y olorosa,
además de una cesta en la que se movían con impaciencia una sarta de cangrejos
comprados a bordo, y en la otra una sombrilla y
la maleta. Felizmente, pensó doña
Norma, no se trataba de una maleta grande, de esas que anuncian la intención de
quedarse, sino una pequeña, de madera, de las
que se usan en las visitas breves,
por unos pocos días - y- hasta- otra- vez. Se
adelantó para ayudarla y darle el
ceremonioso abrazo de los pésames; por nada del mundo hubiera dejado de cumplir
el penoso deber de las condolencias.
- Mis condolencias...
- ¿Pésames? ¿A mí? No, querida mía,
no desperdicie su cortesía. Por mí, ya podía haber espichado hace mucho tiempo,
no lo echo de menos. Ahora puedo golpearme
el pecho y decir de nuevo que en mi
familia no hay ningún descastado. Y qué
vergüenza, ¿eh?, eligió morir en
medio del carnaval, disfrazado... a propósito...
Se detuvo junto a doña Norma y puso
en el suelo la maleta, la cesta y el envoltorio para observar mejor a la otra,
la midió de arriba abajo y le hizo un elogio intencionado:
- Pues sí señor..., no es por
adularla, pero usted engordó una pizquita..., está lindaza, mozota, gordita,
apetitosa, que Dios la bendiga y la libre del mal de ojo...
Arregló la cesta, de la que
intentaban huir los cangrejos, e insistió con terquedad:
- Así me gusta: una mujer que no
presta oídos a las estupideces de moda..., como ésas que andan por ahí haciendo
régimen para adelgazar y que terminan tísicas...
Señora mía...
- No diga eso, doña Rozilda. Y yo que
pensé que estaba más delgada... Sepa que estoy siguiendo un régimen de los más
severos. Suprimí la cena y hace un mes que no sé lo que es el gusto de los
frijoles...
Doña Rozilda volvió a examinarla con
ojo crítico:
- Pues no lo parece...
Con la ayuda de doña Norma volvió a
hacerse cargo de los envoltorios, y ambas se encaminaron hacia el Elevador
Lacerda mientras doña Rozilda ametrallaba:
- ¿Y don Sampaio? ¿Siempre metido en
cama? Nunca vi un hombre con menos chispa. Parece un perro viejo...
A doña Norma no le gustó la
comparación y sonrió con aire de reprobación:
- Es su carácter, él es así...,
apagado... Doña Rozilda no era mujer capaz de disculpar las flaquezas humanas:
- Válgame Dios..., un marido tan
encerrado en sí mismo como el suyo debe ser un castigo. El mío..., el finado
Gil..., bueno, no voy a decir que valiese gran cosa, no
era ningún santo..., pero, en
comparación con el suyo..., un hombre que no sale, que no va a ninguna parte,
siempre malhumorado, siempre en casa...
Doña Norma intentaba cambiar de
conversación, llevarla por un camino lógico:
después de todo, doña Rozilda había
perdido un yerno y por eso venía a la capital; era sobre tan palpitante y
dramático asunto de lo que debían hablar, y ésa había sido la intención de doña
Norma cuando fue a buscarla al puerto:
- Flor anda muy triste y abatida. Lo
sintió mucho.
- Porque es una pasmosa, una tonta.
Siempre lo fue, no parece hija mía. Salió a su padre, señora mía, usted no
conoció al finado Gil. No lo digo por alabarme, no, pero el hombre de la casa
era yo. Él no decía ni pío, quien resolvía todo era esta servidora de usted.
Flor tiró a él, salió floja, sin voluntad; si no, ¿cómo pudo aguantar tanto
tiempo un marido tal como el que se consiguió?
Doña Norma pensó para sí que si el
finado Gil no hubiese sido también una papilla, un flojo sin voluntad,
ciertamente no hubiera soportado mucho tiempo a semejante
esposa, y lamentó la suerte que le
tocó al padre de doña Flor. Y también la de doña
Flor, ahora amenazada por las
constantes visitas de su madre, que incluso era capaz - ¿quién sabe?- de venir a residir con la hija viuda y
corromper la atmósfera cordial del Sodré y sus alrededores.
En los tiempos de Vadinho, cuando
doña Rozilda aparecía, lo hacía a la disparada, en rápidas visitas de paso, el
tiempo indispensable para hablar mal del yerno y emprender el camino de vuelta
antes de que el maldito apareciera con sus chacotas de mal gusto. Porque con
Vadinho doña Rozilda nunca lograba ventaja; jamás lo había dominado, y ni
siquiera había conseguido ponerlo alguna vez nervioso e irritarlo. Apenas la
veía, generalmente murmurando, le daba un ataque de risa y el granuja se
mostraba muy satisfecho, como si la suegra fuese su visita preferida.
- Pero miren quién está aquí: mi
santa suegrecita, mi segunda madre, este corazón de oro, esta candida paloma. Y
esa lengüita, ¿cómo está?, ¿bien afilada? Siéntese aquí, mi santa, junto a su
yernecito querido, y pongamos al sol todos los trapos sucios de Bahía...
Y se reía, con aquella risa tan suya,
sonora y alegre, de hombre astuto y satisfecho de la vida: si los vencimientos
de tantos documentos, si tanta deuda por todas partes, tantos aprietos de
dinero y tanta urgencia de efectivos no habían conseguido entristecerlo y
exasperarlo, ¿qué esperanzas podría alimentar doña Rozilda de conseguirlo? Por
eso lo odiaba, y por lo que él le hiciera en los primeros tiempos de las
relaciones amorosas con su hija.
Entonces, en un rapto de ira,
abandonaba el campo de batalla, y, espoleada por la risa del yerno, se vengaba
en doña Flor, acusándola en plena calle, ante agitadas
asambleas:
- Nunca más volveré a poner los pies
en esta casa, ¡hija maldita! Quédate con tu
perro marido, déjalo que insulte a tu
madre, olvida la leche que mamaste... Me voy antes de que me pegue... No soy
como tú, que te gusta la leña. - La risotada de Vadinho la perseguía por las
esquinas y restallaba en las callejuelas como una carcajada burlona, y doña
Rozilda perdía la cabeza. Cierta vez la perdió completamente, al punto de
olvidarse de su condición de señora viuda y recatada: deteniéndose en la calle
abarrotada de gente y volviéndose hacia la ventana, en la que su yerno se
desternillaba de risa, con el brazo desnudo hizo el gesto de pelarle todo un
racimo si no todo un cacho de bananas. Acompañaba el grosero gesto con
maldiciones e insultos, desgañitándose:
- Tome, puerco, tome y métaselo en
el... Los que pasaban se escandalizaron, entre ellos el grave profesor
Epaminondas y la pulcra doña Gisa.
- Qué mujer más desaforada... -
comentó el profesor.
- Es una histérica... - sentenció la
profesora.
A pesar de conocer bien a doña
Rozilda, pues había sido testigo de ése y de otros furores suyos; a pesar de
estar familiarizada con su difícil carácter, aun así, mientras hacían cola para
entrar al Elevador, volvía doña Norma a sorprenderse. Nunca pudo imaginar que
pudiese persistir la inquina entre la suegra y el yerno más allá de la muerte,
y que doña Rozilda no concediera al finado ni siquiera una palabra de
aflicción, aunque fuese sin sentirla, sólo para guardar la forma, de labios
afuera. Ni eso:
- Hasta el aire que se respira aquí
es más suave desde que el desgraciado estiró la pata...
Doña Norma no pudo contenerse:
- ¡Ave María! Señora, qué rabia le
tenía usted a Vadinho, ¿eh?
- ¡Vaya! ¿Acaso no era para
tenérsela? Un atorrante que no poseía nada; ni para un remedio; una esponja, un
jugador, no valía para nada... Y se metió en mi familia, la mareó a mi hija,
sacó a la infeliz de la casa para vivir a costa de ella...
Jugador, borrachín, mal marido...
Todo era verdad, reflexionó doña Norma. Pero
¿cómo se puede odiar más allá de la
muerte? ¿Acaso en las exequias de los difuntos no se deben barrer y enterrar
resentimientos y discordias? Mas no era ésa
la opinión de doña Rozilda:
-Me llamaba vieja chismosa, nunca me
respetó, se reía de mí en mis narices... Me engañó cuando me conoció, me tomó
por idiota, me hizo pasar las de Caín... ¿Por qué voy a olvidarme? ¿Solamente
porque está muerto, en el cementerio? ¿Sólo por eso?
3
Cuando el recordado Gil pasó a mejor
vida, aquel papilla carente de energía dejó a la familia en medio de serias apreturas,
en muy precaria situación. En este caso no se trata sólo de una frase hecha -
«pasó a mejor vida»- , no se trata de un lugar común; es una expresión que
refleja con exactitud la realidad. Fuese lo que fuere lo que lo esperara en los
misterios del más allá, un paraíso de luz, de música, de ángeles luminosos, o
un tenebroso infierno con calderas hirviendo; o un húmedo limbo; o
peregrinaciones por los círculos siderales, o nada, sólo el no ser, cualquier
cosa sería mejor si se la compara a la vida en común con doña Rozilda.
Flaco y silencioso, cada día más
flaco y más silencioso, don Gil sustentaba su tribu con lo que le dejaban unas
modestas representaciones comerciales, de productos de reducida aceptación, que
le proporcionaban discretas ganancias, apenas lo suficiente para los gastos:
los diarios garbanzos, el alquiler del primer piso en la Ladeira do Alvo, la
ropa de los chicos, las pretensiones burguesas de doña Rozilda con sus manías
de grandeza, su ambición de relacionarse con familias importantes y de penetrar
en los círculos de gente bien forrada de dinero. Doña Rozilda no se daba con la
mayoría de los vecinos, a los que no había favorecido la suerte: empleados de
tiendas, almacenes, escritorios, cajeros y costureras. Despreciaba a esa
gentuza incapaz de ocultar su pobreza; ella se daba aires, llena de jactancia,
y
sólo se trataba con algunos de los
habitantes de la Ladeira, con las «familias representativas», como le insistía
al finado Gil cuando lo pescaba en flagrante delito, sorbiendo una cervecita en
la poca recomendable compañía de Cazuza Embudo, quinielero y sableador metido a
filósofo, uno de los más discutibles locatarios del Alvo. ¿Será necesario
aclarar que Embudo no era su apellido? No era más que un apodo significativo,
que aludía a su gaznate siempre abierto, a su sed insaciable.
¿Por qué no frecuentaba Gil, en
cambio, al doctor Carlos Passos, médico reputado; al ingeniero Vale, capo en la
secretaría de Vialidad; al telegrafista Peixoto, señor entrado en años, en
vísperas de ser jubilado, habiendo alcanzado la cumbre de la carrera postal; al
periodista Nacife, todavía joven, pero que ya juntaba algún dinerito con El
Tendero Moderno, publicación consagrada que podía acreditar en su haber «la
defensa intransigente del comercio bahiano»? Todos ellos eran vecinos también
de la Ladeira, y todos «representativos». El tonto del marido ni siquiera sabía
elegir sus amistades; cuando no estaba con Embudo se metía en la casa de
Antenor Lima para jugar al chaquete o a las damas, tal vez la única alegría
verdadera de su vida. Antenor Lima, comerciante establecido en el Taboáo, era
uno de los más destacados amigos de Gil, y merecería incluirse en la lista de
los vecinos representativos si no fuese público y notorio su amancebamiento con
la negra Juventina, que había comenzado siendo su cocinera. Ahora ella se
instalaba en la ventana de la casa, propiedad del comerciante, y con criada
para todo servicio, se había vuelto insolente y respondona; sus agarradas con
doña Rozilda hicieron época en la Ladeira do Alvo. Pues bien: a la puerta de
calle de esa basura se sentaba Gil, muy zalamero, tratando a esa ordinaria como
si fuese una señora casada por el juez y el sacerdote.
De nada valían los esfuerzos de doña
Rozilda para encaminarlo hacia amistades influyentes: la familia Costa,
descendiente de un antiguo político, poseedora de un campo inmenso en el
Matatu; el político hasta llegó a tener una calle con su nombre, y su nieto,
Nelson, era banquero e industrial; los Marinho Falcáo, de Feira de Sant'Ana, en
cuya tienda había hecho de joven su aprendizaje Gil (don Joáo Marinho fue quien
le prestó dinero para iniciarse en la capital); el doctor Luis Henrique Dias
Tavares, director de repartición - una cabeza privilegiada, que firmaba
artículos en los diarios- , a doña Rozilda se le llenaba la boca cuando
pronunciaba su sonoro apellido, sintiendo al hacerlo cierto sabor a parentesco:
«es compadre mío, bautizó a mi Héctor».
Cuando citaba esas relaciones de
categoría se ensañaba con las de Gil, y preguntaba teatralmente a los
interlocutores, a la vecindad, a toda la Ladeira, a la
ciudad y al mundo, qué mal le habría
hecho ella a Dios para merecer el castigo de
tener ese marido, incapaz de darle un
nivel de vida digno, a la altura de su linaje y de su medio. Los otros
representantes comerciales prosperaban, ampliaban la clientela y la oficina,
aumentaban la cantidad de las ventas mensuales, obtenían nuevos y valiosos
corretajes. Muchos de ellos llegaban a tener casa propia, y si no un terreno en
el que más tarde la construirían. Algunos hasta se daban el lujo de poseer
automóvil, como un conocido de ellos, Rosalvo Medeiros, alagoano llegado de
Maceió hacía pocos años, con una mano delante y otra atrás, y ahora tenía las
dos al volante de un Studebaker. Tan viva la Virgen se había vuelto este
Rosalvo que llegó al punto de no reconocer a doña Rozilda cierto día en que
casi la atropella, cuando ésta, peatona y amable, se puso delante del auto para
saludar al próspero colega de su marido. El sujeto no sólo le dio un susto de
todos los diablos con la explosión del bocinazo, sino que encima la insultó,
gritándole atrocidades:
- ¿Quiere morir, piojo de víbora?
En tres o cuatro años, con productos
farmacéuticos, labia y simpatía, aquel groserote había conseguido automóvil,
era socio del Bahiano de Tenis, íntimo de políticos y ricachos, lo que se dice
un hidalgo, señores míos, lleno de engreimiento, y con una barriga de rey. Doña
Rozilda crujía los dientes y se preguntaba: ¿y en cambio el tarambana de Gil
qué hace?
¡Ah!
Gil vegetaba, yendo a
pie o en
tranvía, con sus muestras de
géneros,
suspensorios, cuellos y puños duros;
era especialista en productos fuera de moda, y estaba reducido a una pequeña
clientela de tiendas de barrio, de anticuadas mercerías. No salía de eso,
marcando el paso la vida entera. Nadie creía en su capacidad, ni él mismo.
Un día se cansó de tanta queja y
reclamación, de tanto esforzarse sin resultado ni alegría. Porto, cuñado de su
mujer, marido de Lita, la hermana de Rozilda, también vivía a los apurones,
enseñando dibujo y matemáticas a los chicos de un establecimiento provincial
para artesanos, en las lejanías de Paripé. Se levantaba todas las mañanas,
tempranito con el sol, regresando al caer la tarde. Pero los domingos salía por
las calles de la ciudad con una caja de colores y pinceles a pintar los
coloridos caseríos, y esa ocupación le daba tanta alegría que jamás se lo había
visto de mal humor o melancólico. Claro que se había casado con Lita y no con
Rozilda, y Lita, todo lo opuesto a su hermana, era una santa mujer cuyos labios
jamás se abrieron para hablar mal de ninguna criatura o ser viviente alguno.
Gil no progresaba ni siquiera en el
juego del chaquete o de las damas, y Antenor Lima sólo lo aceptaba como
compañero cuando no aparecía otro más fuerte. Pero Zeca Serra, campeón de la
Ladeira, ni siquiera en ese caso lo aceptaba, ni aun para
matar el tiempo: no tenía gracia
jugar contra un rival tan mediocre, descuidado y
distraído. Y para colmo, doña Rozilda
le exigió su ruptura definitiva con Cazuza Embudo, cuando el amigo - muy caído,
recién salido de la gayola, perseguido y procesado por quinielero- más solidaridad necesitaba. Y Gil, un
gallina, cruzaba la calle para no encontrarse con él, obediente a las órdenes
de la esposa.
Finalmente sacó la conclusión de que
nada adelantaba con su sacrificada faena y aprovechó unos días de invierno muy
húmedos para contraer una vulgar pulmonía,
«ni siquiera una pulmonía doble» -
ironizó el doctor Carlos Passos- , emigrando a lo astral. Silenciosamente, con
una tos discreta
y tímida. Otro
hubiera podido
salvarse, haber vencido la
enfermedad, que era poco más que una gripe. Pero Gil
estaba cansado, ¡tan cansado!, y no
quiso esperar una enfermedad seria y grave. Por lo demás, no tenía ilusiones:
nunca tendría una enfermedad brillante, importante, de moda, cara, de la que
hablasen los diarios: lo mejor era, sin más, contentarse con una mezquina
pulmonía. Así fue, y desapareció sin despedirse. Descanso.
4
Hacía mucho tiempo que doña Rozilda
venía controlando con mano de hierro el escaso dinero de las comisiones,
entregándole semanalmente al representante comercial sólo los centavos,
estrictamente contados, para el tranvía y el paquete de cigarrillos «Aromáticos»
- un atado
cada dos días-.
Y, aun así,
el dinero economizado apenas
alcanzó para los gastos del entierro, el luto, los días de duelo. Casi no había
comisiones a cobrar por las últimas ventas - una cifra ridícula- , y doña
Rozilda se encontró con un hijo mozalbete, que seguía el bachillerato, y las
dos hijas mocitas - Flor acababa de entrar en la adolescencia- y sin ninguna
renta. No por ser ella como era - agria y desabrida- , de trato desagradable y
difícil, se deben negar u ocultar sus cualidades positivas, su decisión, su
fuerza de voluntad y todo cuanto hizo para criar a los hijos y mantenerse por
lo menos en la posición en que quedara a la muerte del marido, sin rodar por la
Ladeira do Alvo abajo hacia cualquier rincón de la calle o hacia las sórdidas
viviendas del Pelourinho.
Se agarró a la casa de altos con toda
su violenta obstinación. Mudarse a una vivienda más barata significaba la
terminación de todas sus esperanzas de ascenso
social. Era
necesario que Héctor
continuara estudiando hasta
terminar el
bachillerato y buscarle después un
empleo, y casar, a las chicas, casarlas bien. Para eso era preciso no
descender, no dejarse arrastrar por la pobreza sin disfraz, franca y descarada,
sin pudor ni vergüenza, como de un delito que mereciera castigo.
Tenía que seguir en el piso de la
Ladeira do Alvo, costase lo que costase. Así se lo explicó al cuñado cuando
éste vino a prestarle los ahorros de doña Lita (que doña Rozilda pagó luego
centavo por centavo, dígase esto en su honor). Ni una casa de
alquiler razonable en el fin del
mundo, en la Plataforma, ni un sótano en la Lapinha, ni cuarto y sala
subalquilados en las Portas do Carmo: se mantuvo plantada en la Ladeira do
Alvo, en la casa de altos, de alquiler relativamente elevado, sobre todo para
quien como ella no disponía de bienes, ni muchos ni pocos.
Desde allí, desde los amplios
balcones del primer piso, podía mirar el futuro con confianza: no todo estaba
perdido. Modificaría los planes anteriores, sin desistir de sus pretensiones.
Si cedía de inmediato, abandonando aquella casa bien puesta, amueblada, con
alfombras y cortinas, y se iba a un conventillo cualquiera, ya no le estarían
permitidas ni siquiera las esperanzas y las ilusiones. Si hacía eso no tardaría
en ver a Héctor detrás de un mostrador de boliche, o cuando mucho, de una
tienda, convertido en un empleaducho para toda la vida; y a las nenas las
esperaría un destino igual, si es que no terminaban siendo camareras de bares o
cafés, a disposición de los patronos y de los clientes, camino directo a «la
zona», siendo causa de escándalo en las calles de mujeres honradas. Desde allí,
desde la casa de altos, podía enfrentar todas esas amenazas. Abandonarla era
rendirse sin lucha.
Por eso rechazó la oferta de un
empleo en una tienda que Antenor Lima había encontrado para Héctor. Así como
tampoco quiso ni siquiera hablar con Rosalía cuando la hija se le presentó
dispuesta a trabajar como una especie de recepcionista y secretaria en «La Foto
Elegante», floreciente establecimiento de la Bajada de los Zapateros, en donde
Andrés Gutiérrez, español moreno y de bigotito recortado, explotaba el arte
fotográfico en sus más diversas modalidades; desde las instantáneas de tres por
cuatro, para documentos de identidad y profesionales («entrega en veinticuatro
horas»), hasta las «incomparables ampliaciones a todo color, verdaderas
maravillas», pasando por los retratos de los más diversos tamaños y por los de
las tomas de bautizos, matrimonios, primeras comuniones y otros acontecimientos
festivos dignos de la amarillenta eternidad de los álbunes familiares.
Dondequiera que fuese necesario hacer una fotografía allí surgía Andrés
Gutiérrez con su máquina y su ayudante, un chino que de tan viejo no tenía
edad, arrugado y sospechoso. Circulaban rumores, que habían llegado a oídos de
doña Rozilda, siempre receptivos a las habladurías, sobre Andrés, su «Foto
Elegante», su ayudante y la amplitud del negocio. Se decía que era obra suya
ciertas postales vendidas por el chino en sobres cerrados, cumbre suprema del
arte naturalista,
«desnudos artísticos» de éxito
garantizado. Para tales fotos, según las comadres, posaban muchachas pobres y
fáciles, a cambio de unos pocos centavos. De paso, las usufructuaba Andrés y,
quizá, el chino; las beatas contaban horrores acerca del estudio fotográfico.
No hay que asombrarse de que doña Rozilda haya corrido a la hija cuando ésta,
entusiasmada e ingenua, le comunicó la oferta del español:
- Si me vuelves a hablar de eso otra
vez te despellejo, te doy una paliza que te van a salir ronchas...
A Andrés lo amenazó con la cárcel,
tirándole a la cara todas sus relaciones influyentes: que se metiera con su
hija y ya vería las consecuencias, gallego de
m...,
con sus inmundicias y su
pornografía; ella, doña Rozilda, llamaría a la policía...
Andrés, que tampoco tenía pelos en la
lengua, siendo español de mal hígado,
retrucó en el mismo tono. Comenzó por
decir que gallego sería el cornudo del padre de doña Rozilda. ¿Así que él,
condolido por la situación de la familia después de la muerte de don Gil,
hombre educado y bueno, merecedor de mejor esposa, le ofrecía un empleo a la
muchacha, a quien apenas si conocía, con el único propósito de ayudarla, y toda
la recompensa que obtenía era que esa vaca histérica se pusiera a gritar a la
puerta de su establecimiento, amenazando a toda la corte celestial, inventando
un montón de historias, de miserables calumnias? Si ella no cerraba esa letrina
que tenía por boca que se fuese a reventar a los infiernos, y aprisa, que si no
quien llamaría a las autoridades iba a ser él, un ciudadano establecido,
respetuoso de las leyes y al día con los impuestos; él, un andaluz de buena
cepa, iy aquella bruja lo motejaba de gallego...! El chino, indiferente a la
disputa, se limpiaba con un fósforo las uñas, largas como garras; unas uñas
que,
según las malas lenguas...
Fuesen verdaderas o no aquellas
excitantes historias, doña Rozilda no había criado a sus hijas, no las había
educado, regaladas y gentiles, para capricho de ningún
Andrés Gutiérrez, andaluz, gallego o
chino, le daba lo mismo... Las hijas eran ahora
su palanca para cambiar el rumbo del
destino, su escalera para ascender, para elevarse. También rechazó otros
empleos, éstos bien intencionados, para Rosalía y Flor; no quería que las
chicas estuvieran expuestas al público y al peligro. El lugar de una doncella
está en el hogar, su meta es el casamiento, pensaba doña Rozilda. Mandar las
hijas a que estuviesen tras el mostrador de una tienducha, o a una boletería de
cine, o a la sala de espera de un consultorio médico o dental, era entregarse,
confesar la pobreza, ¡exhibir la llaga más repulsiva y purulenta! Haría
trabajar a las muchachas, sí, pero en casa, para que perfeccionasen las
virtudes domésticas que iban acumulando, pensando en el novio en el marido. Si
antes las virtudes y el matrimonio ya eran detalles importantes en los
proyectos de doña Rozilda, ahora se transformaban en la pieza fundamental de
sus planes.
Mientras Gil vivía, doña Rozilda
había proyectado que el hijo se recibiera, que fuese médico, abogado o
ingeniero, y entonces ella, apoyada en el canudo de doctor, en el diploma de la
Facultad, ascendería al lugar de los elegidos, brillaría entre los poderosos
del mundo. El anillo de graduado, resplandeciendo en el dedo de Héctor, sería
la llave que le iba a abrir las puertas de la gente de la «alta», de ese mundo
cerrado y distante de la Vitoria, del Canela, de la Gracia, y junto con eso,
como consecuencia, el casamiento conveniente de las hijas con colegas del hijo,
doctores con linaje y futuro.
La muerte de Gil hacia imposible ese
proyecto a largo plazo: Héctor estaba todavía en el bachillerato, faltándole
dos años para terminar, pues estaba atrasado, lo habían aplazado en los
exámenes. ¿Cómo iba a poder sostenerlo durante cinco o seis años en la
Facultad, siguiendo una carrera larga y costosa? Con esfuerzo y sacrificio
podía mantenerlo en el secundario - que cursaba en el Instituto de Bahía, un
centro estatal y gratuito- hasta
concluir el bachillerato. Poseyendo los estudios secundarios completos le sería
posible librarse de los empleos miserables en el comercio, toda la vida
marcando el paso, metro en mano. Tal vez consiguiera un puesto en algún banco,
o, ¿por qué no?, alguna sinecura oficial, de empleado público, con garantías y
derechos, gratificaciones y aumentos, promociones, anticipos y otros beneficios
adicionales. Doña Rozilda contaba para conseguirlo con sus relaciones
influyentes.
Pero ya no contaba más con el título
de doctor - el anillo de graduado brillando, con una esmeralda o un rubí o un
zafiro- para escalar las soñadas
alturas. Era una
lástima, pero nada se podía hacer;
una vez más, el bosta del marido había
arruinado sus proyectos con aquella
muerte idiota.
Mas ahora ya no podría él arruinar
sus nuevos proyectos, madurados en los días de duelo. En ellos, la llave
maestra que abriría las puertas del confort y del bienestar
era el casamiento, el de Rosalía y el
de Flor. Casarlas («colocarlas», decía doña
Rozilda) lo
mejor posible, con
jóvenes de apellido,
vástagos de familias distinguidas, hijos de coroneles,
hacendados o señores del comercio - de preferencia mayoristas- , establecidos,
con dinero, con crédito en los bancos. Si ésta era la meta a lograr, ¿cómo iba
a mostrar a las nenas en empleos mendicantes,
exhibirlas como unas
pobretonas mal vestidas,
cuya gracia y juventud despertarían en los ricos e
importantes sólo bajos instintos, pecaminosos deseos, que ciertamente les
granjearían proposiciones, pero muy distintas a las del noviazgo y el
matrimonio?
Doña Rozilda quería a las hijas en
casa, recatadas, ayudándola, con su trabajo y comportamiento, a mantener la
apariencia de bienestar y adornar esa ficción de gentes si no opulentas, por lo
menos bien provistas y de esmerada educación.
Cuando las muchachas salían a visitar
a familias conocidas, o a una matinée
dominical, o a alguna fiestita en
casa de una familia conocida, iban siempre de punta en blanco, bien vestidas,
con el ilusorio aspecto de herederas, con buenas maneras... Doña
Rozilda era económica
y contaba los
centavos procurando
equilibrar las finanzas domésticas y
seguir adelante, pero no toleraba nada que desluciera el arreglo de las hijas,
ni siquiera en la intimidad del hogar. Exigía que estuvieran impecables, dignas
de recibir en cualquier momento al príncipe encantado cuando éste surgiera de
repente. Para lograrlo, doña Rozilda no escatimaba sacrificios.
Cierta vez, Rosalía fue invitada a un
bailecito, con motivo del cumpleaños de la hija mayor del doctor Joáo Falcáo,
un potentado: palacete, arañas de cristal, cubiertos de plata, mucamos de
etiqueta. Los otros invitados, todos gentes distinguida,
podridos de dinero, de la mejor
sociedad, un señorío que había que ver. Pues bien,
Rosalía causó sensación; era la de
mejor presencia, la más chic, a tal punto que mereció el elogio de la bondadosa
anfitriona, doña Detinha:
- Es la más linda de todas... Esta
Rosalía es un amor, una muñeca...
Parecía, sí, la más rica y
aristocrática. Y sin embargo allí estaban las chicas de más fortuna y más
aristocráticas de la nobleza local, sangre azul de bachilleres y
médicos, de funcionarios y banqueros,
de tenderos y comerciantes. Con su tez
mate de mestiza negro- india, suave y
pálida, era la blanca más auténtica entre todas aquellas finísimas blancas
bahianas, que agotaban todos los tonos de la morenez. (Aquí entre nosotros,
¡que nadie nos oiga!, mestizas de la más fina y bella mulatería.)
Nadie, al verla tan elegante, diría
que su vestido, el más elogiado de la fiesta, era obra propia y de doña
Rozilda; el vestido y todo lo demás, incluso la transformación
de un viejo par de zapatos en una
obra maestra de satén. Entre las labores de
Rosalía - cortaba y cosía, bordaba y
tejía- , la costura era su punto más alto.
Sí, eran ellas, las muchachas, con
sus labores, y bajo la férrea dirección de doña Rozilda, las autoras de aquel
milagro de supervivencia: Héctor en el Instituto, terminando el bachillerato;
al día con el alquiler del primer piso y con los plazos de la radio y de la
nueva cocina, y hasta unos pequeños ahorros destinados a la terminación de los
ajuares, los vestidos de bodas, los velos y las guirnaldas, las sábanas y
fundas, los camisones y combinaciones que se iban poco a poco acumulando en los
baúles.
Eran ellas, las nenas, Rosalía
pedaleando en la máquina, cosiendo para afuera, cortando vestidos, bordando
blusas finas, y Flor, al principio, preparando bandejas
de
dulces y salados
para fiestitas familiares
y pequeñas conmemoraciones:
cumpleaños, primeras comuniones. Si
la costura era el fuerte de Rosalía, en la cocina se destacaba la nena menor:
había nacido con la ciencia del punto exacto, con el don de los condimentos.
Desde pequeñita había hecho tartas y manjares, siempre rondando la cocina,
aprendiendo los misterios del arte supremo con la tía Lita, tan exigente. Tío
Porto no tenía otro vicio, aparte de la pintura dominical, que el de los buenos
platos. Era un frecuentador de carurus y sarapateis, se volvía loco por una
feijoada o un matambre con mucha verdura. De los encargos de bandejas de
pasteles y empanadas, así como de almuerzos, pasó Flor a dar recetas y
lecciones, y, finalmente, a la Escuela de Cocina.
Una en la máquina, en el corte y en
la costura, otra en la cocina, en el horno y en el fogón, y doña Rozilda al
timón, iban tirando. Modestamente, mediocremente, a la espera de que surgiesen
los caballeros andantes durante alguna fiesta o paseo, envueltos en títulos o
en dinero. Uno arrebatando a Rosalía, otro conduciendo a Flor
- ambos al son de la marcha
nupcial- hacia el altar y el alegre
mundo de los poderosos. Primero Rosalía, que era la mayor.
Doña
Rozilda se fijaba
al doblar cada
esquina, obstinadamente, esperando
encontrarse con ese yerno de oro y
plata, claveteado de diamantes. A veces la invadía el desánimo: ¿Y si no
apareciese el príncipe encantado? Ya era tiempo de que se presentara, no se
podía esperar toda la vida, las muchachas estaban alcanzado la inquieta edad en
que las atraían los hombres. Rosalía, con sus veinte años desplegados en
suspiros desde la ventana, hartos del pedal de la máquina de coser, reclamaba
con urgencia ese esperado duque, ese conde, ese barón, ¿cuándo la iba a
rescatar? Tan larga se hacía la demora, tan cansadora la espera... Con tal
de que
pronto Rosalía no se viera
en el fondo del pozo, solterona,
doncella
empedernida, con ese hedor a rancio
de las vírgenes exasperadas a que se refería, sonriendo, el buen tío Porto,
burlándose de los pruritos aristocráticos de la cuñada. De cuando en cuando
Rosalía entreveía al ansiado pretendiente: en las espaciadas fiestas danzantes;
en los viajes hasta la casa de la tía, en Río Vermelho; en las funciones de las
matinée: al volante de un autito, todo vestido de blanco en un domingo de
regatas, o un universitario burlón, o un estudioso con grandes libros de
ciencia bajo el brazo o encorvándose en los malabarismos de un caprichoso tango
argentino, o si no un romántico al son de una serenata nocturna.
Doña Rozilda también esperaba, y su
impaciencia iba en aumento: ¿Cuándo, cuándo surgiría el anunciado yerno, ese
millonario, ese viva la Virgen, ese hidalgo,
ese doctor de borla y birrete, ese
mayorista de la Cidade Baixa, ese hacendado del
cacao o del tabaco, ese dueño de
tienda o incluso de boliche, y en último caso, ese sudoroso gringo de almacén
de ultramarinos? ¿Cuándo?
5
Mucho tiempo esperaron así,
compuestas y arregladas - semanas, meses, años- , pero ningún hidalgo apareció;
ni un joven aristócrata de la Barra o de la Graca, ni el hijo de un coronel del
Cacao; ningún señor del comercio al por mayor y ni siquiera un gallego
enriquecido en la dura labor de los almacenes y panaderías. El que llegó fue
Antonio Moráis, con su taller de mecánico, su competencia de autodidacta, su
honrado overall, negro de grasa. Llegó en el momento oportuno y por eso fue
bien recibido. Rosalía ya había llorado lágrimas de célibe condenada a la
soledad y a la beatería y doña Rozilda no tuvo fuerzas para oponerse. No era el
yerno previsto en las largas vigilias pasadas trabajando en el pedal de la
máquina o al calor del fogón. Pero ya no podía entrar en más consideraciones y
argumentos o enfrentar la ira amenazadora, la obstinada impetuosidad de
Rosalía, cuyos veinte (y tantos) años saludables clamaban por un marido.
Por lo demás, si bien Antonio Moráis
no era rico ni importante, al menos no dependía de ningún patrono; tenía un
pequeño y acreditado taller que le daba lo
suficiente para sustentar mujer e
hijos. Doña Rozilda se inclinó ante el destino, un
poco a la fuerza, pero se inclinó,
¿qué podía hacer?
Por aquel entonces Héctor había
conseguido un puesto en el Ferrocarril de Nazareth por intermedio de su
padrino, el doctor Luis Henrique, y se había ido a vivir a la ciudad de
Recóncavo, yendo a la capital muy pocas veces. Era un empleo con
futuro, doña Rozilda no necesitaba
preocuparse más por él. Por su parte, Flor había
comenzado a dar clases de cocina a
muchachas y señoras, ganando dinero y fama de profesora competente. Ahora era
ella quien cargaba con la mayor parte de los gastos de la casa debido a que
Rosalía, atemorizada con el correr de los años, gastaba sus ganancias en
acicalarse, en vestidos y zapatos, perfumes y encajes. Antonio Moráis se había
fijado en Rosalía durante la matines del Cinema Olimpia, un día de función
mixta en que además de las dos películas y de los episodios, don Mota, el
empresario, había contratado unos artistas de paso por Bahía, restos de
conjuntos, que fueron desmembrándose en las giras por el interior, hambrientas
estrellas de empañada luz. Mientras «Mirabel, el sueño sensual de Varsovia»,
una polaca venerable, cansada de guerrear y de las candilejas y las camas de
las casas de citas, meneaba sus viejas nalgas marchitas haciendo delirar a los
chicos - que iban allí a instruirse- , Antonio Moráis divisó a doña Rozilda y
sus dos hijas en las plateas: Rosalía tensa y expectante, y Flor con un vestido
que parecía reventar a la altura de los pechos y de las caderas.
Y el mecánico no volvió ya a
contemplar el pobre bamboleo del «Sueño de Varsovia». La petulante mirada de
Rosalía se cruzó con su mirada suplicante. A la salida el mozo siguió a la
madre y a las hijas a prudente distancia, hasta localizar la
morada burguesa de la Ladeira do
Alvo. Rosalía apareció por un instante en el
balcón y dejó revoloteando una
sonrisa.
Al día siguiente, después de la cena,
se vio sufrir a Antonio Moráis, ladera arriba, ladera abajo, deteniéndose en la
vereda opuesta cuando pasaba frente a la casa.
Desde la ventana, Rosalía estaba en
acecho, insinuante. El mecánico subía y bajaba, puestos los ojos en el alto
balcón, silbando modinhas. Al rato, escoltada por Flor, Rosalía surgió al pie
de la escalera. Dando unos pasos de gavilán canchero, Moráis se puso a su lado.
Doña Rozilda, siempre alerta, ya había notado el jueguito en la matinée. Y, al
ver a Rosalía tan ansiosa y rebelde, salió en busca de informaciones sobre el
sujeto; Antenor Lima lo conocía y le dio datos concretos y favorables:
mecánico, con buena mano, taller propio en Gales, un monstruo para el trabajo.
Antonio Moráis había perdido al padre y a la madre cuando tenía nueve años en
un choque de ómnibus y se había criado en la calle, pero, en vez de juntarse
con los atorrantes y dedicarse a las aventuras del vagabundaje y a la mala
vida, había entrado en el taller de Pé de Pilao, un negro más grande que la
catedral, mecánico y buen tipo. En el taller del negrazo hacía de todo, servía
tanto para un roto como para un descosido, era hábil como él solo. No tenía
sueldo fijo, pero dormía allí y solía recibir propinas, algunas de ellas
grandes. Aprendió a leer y a escribir sólito; con Pé de Pilao aprendió el
oficio, y, siendo aún muchacho, comenzó a trabajar por su cuenta y riesgo,
cobrando una miseria; era de manos hábiles y de cabeza despierta: los motores
de los automóviles no tenían secreto para su curiosidad. Es verdad que no era
un doctor, ni un joven con posibles, pero pocos mecánicos podían competir con
él. Sus entradas eran seguras, y sería un marido de primera, ¿cómo diablos
podía pretender Rosalía algo mejor si no era ninguna princesa ni poseía un
campo de cacao?, preguntaba el mal educado Lima a la engreída y rezongona
vecina.
Otros conocidos confirmaron las
amplias referencias del comerciante, y doña Rozilda, después de aconsejarse con
su compadre, el doctor Luis Henrique, un Ruy Barbosa de sabiduría que le dio
consejos inestimables, y de mucho pesar los pros y los contras, se decidió a
favor del mecánico. No era éste, repetía, el yerno de sus sueños, el príncipe
de sangre noble y arcas de oro. Moráis sólo tenía sangre noble por parte de un
lejano pariente ancestral, Obitikó, príncipe de una tribu africana traído a
Bahía como esclavo; sangre azul que había de mezclarse más tarde con la sangre
plebeya de villanos portugueses y holandeses mercenarios. De la mezcla resultó
un pardo claro, de espontánea sonrisa, un simpático moreno. En cuanto a las
arcas de oro, los ahorros en el colchón del mecánico no alcanzaban ni para
poner casa en ese momento. Pero Rosalía se había atrancado en su babosa pasión
y se negaba a considerar los oscuros orígenes, el modesto oficio y las pocas
monedas del muchacho. Y frente a una Rosalía agresiva, de respuestas insolentes
y de pocas cosquillas, doña Rozilda bajó la cabeza. Así que doña Rozilda, a la
quinta o sexta aparición nocturna de Moráis, todo de blanco y muy almidonado,
el sombrero ladeado, zapatos de dos colores, ¡irresistible!, lo enfrentó. Estaban
los dos enamorados en pleno embeleso, los ojos en los ojos, las manos
entrelazadas, hablando boberías, cuando desde las sombras de la escalera
irrumpió doña Rozilda, inesperada e inquisidora, con voz severa, amenazante:
- Rosalía, hija mía, ¿quieres
presentarme al caballero?
Hechas las presentaciones - Rosalía
embarullándose al hablar, Moráis sin saber qué hacer- , doña Rozilda arremetió
de inmediato, sin ninguna ceremonia ni consideración:
- Una hija mía no ennovia al pie de
la escalera, sobre la calle, ni sale sola a pasear con su festejante; yo no
crié una hija para que se divierta ningún pícaro...
- Pero yo...
- El que quiera conversar con mi hija
tiene que declarar antes sus intenciones. Antonio Moráis afirmó la pureza
matrimonial de sus más recónditas intenciones; él
no era un mulato que abusara de las
hijas de los otros. Y respondió con presteza y
modestia al minucioso interrogatorio,
comprobando doña Rozilda sus informes propios, sobre todo los referentes a los
ingresos del taller.
El mecánico fue aprobado y su
presencia admitida oficialmente a la puerta de la
casa, junto a la cual, a partir de
aquella conferencia, Rosalía lo esperaba sentada en una silla. Desde la ventana,
doña Rozilda vigilaba la moral de la familia: una hija suya no iba a ser
disfrutada por ningún atorrante. Así, cuando Moráis se aprestaba
a poner su tierna mano en la tierna
mano de la muchacha, se oía el reprensivo carraspeo de doña Rozilda, cayendo
desde arriba.
- ¡Rosalía!
Esto apresuró el noviazgo, pues
Moráis estaba ansioso de gozar de más libertad, de una intimidad menos
observada. Siendo ya novio oficial, pasó a frecuentar la casa,
a salir con Rosalía los domingos para
ir a la matinée, llevando a Flor de chaperón,
con órdenes terminantes de vigilar y
controlar a los enamorados e impedir los besos y las caricias: doña Rozilda
exigía el máximo respeto. Flor no había nacido para soplón de la policía;
comprensiva y solitaria, miraba para otro lado, se concentraba en la película,
masticando confites y dejando en paz a la pareja con su ansiedad, con sus
labios y manos atareados.
Durante el cortejo y el noviazgo doña
Rozilda se mostró tan amable como le era posible, ocultando los rasgos más
salientes de su carácter. Necesitaba casar a sus hijas y Rosalía había llegado
al límite de la edad. Lo que sobraban eran mozas en busca de un marido, y en
cambio escaseaban los jóvenes dispuestos a casarse. Ardua batalla ésa de casar
las hijas, bien lo sabía doña Rozilda. Casi todas sus conocidas consideraban
que el mecánico era un buen partido. Una de ellas, cierta doña Elvira, madre de
tres mugrientas y legañosas doncellas, destinadas a una soltería definitiva,
incluso había puesto a los tres pellejos en asedio de Moráis, deshaciéndose las
tres en sonrisas y miradas prometedoras: sólo les faltaba arrastrarlo a la cama
a esas relamidas, esqueléticas y atrevidas. Además, Moráis era trabajador y
sobrio, y a la suegra no le sería difícil domarlo, dirigirlo a su voluntad en
cuanto se casara. En esto se engañó: el yerno iba a darle una sorpresa.
De este modo, el artesano, sólo
después de casado, conoció la verdad completa en lo que atañe a doña Rozilda.
Decidieron vivir todos juntos en el primer piso de la Ladeira do Alvo, solución
económica y sentimental, pues gastarían menos y continuarían unidos, ya que
tanto doña Rozilda como Moráis no parecían desear otra cosa sino continuar
juntos para siempre. Rosalía era opuesta a estos planes temerarios; «el casado
casa quiere», recordaba ella, pero ¿cómo enfrentar esa luna de miel entre su
madre y su novio?
Todavía no se habían cumplido seis
meses de esa luna de miel cuando la combinación se deshizo, pues, como informó
el yerno a los conocidos: «Sólo Cristo aguantaría vivir con doña Rozilda, y eso
todavía no es seguro; tendría que hacerse la prueba para ver si el Nazareno
tiene la resistencia necesaria. Pues quizá ni él mismo la soportaría.»
Y se mudaron al fin del mundo, allá
por Cabula, zona casi rural. Moráis prefería aguantar aquel tranvía repleto y
lento, en un viaje de nunca acabar, descarrilando a cada rato y siempre
atrasado; prefería salir a la madrugada para llegar a tiempo al taller, situado
en las inmediaciones de la Ladeira dos Gales; prefería, en fin, meterse entre
aquella selva tupida en la que silbaban venenosas víboras de cascabel y en
donde los exus de los muchos candomblés de los alrededores andaban sueltos por
los caminos haciendo destrozos antes que tolerar la vida en común con la
suegra. Eran preferibles los cascabeles y los exus.
En el primer piso de la Ladeira do
Alvo quedaron, solas, la adolescente Flor, que ya comenzaba a ser una linda
muchacha de delicado rostro, senos altos y arrogantes
caderas, y doña Rozilda; una doña
Rozilda cada vez más agria, limitada ahora a las
gracias y a las labores de aquella
hija, su última carta de triunfo en la batalla por el ascenso social, tantas
veces perdida.
Sin embargo, no había perdido su
fuerza, no había disminuido su voluntad de subir, de trepar los peldaños que la
conducirían al mundo de los ricos. En las pesadas
noches de insomnio (dormía poco, se
quedaba rumiando proyectos), había decidido no entregar la benjamina a otro
Moráis. A Flor le destinaba un partido mejor, un
joven
de calidad, un
blanco distinguido, un doctor
o un comerciante
fuerte.
Defendería con uñas y dientes esta
última trinchera, no se volvería a repetir lo acontecido con Rosalía. Flor no
sólo era mucho más obediente y juiciosa, sino que no temía quedar solterona; no
hablaba de casamiento, no se alzaba contra la
madre cuando ésta le prohibía
congraciarse con empleaditos de escritorio, dependientes de boliche, o algún
gallego despachante de panadería. Obedecía sin rezongos, no se revolvía contra
su madre a los gritos, no se trancaba en el cuarto amenazando con suicidarse,
en una de aquellas explosiones frecuentes en Rosalía, cuando doña Rozilda,
celosa de su futuro, le prohibía cualquier galán de baja estofa. Resultado: se
casó con aquel mequetrefe de Moráis, un don nadie, ¡ni dependiente!, sólo un
simple artesano, un operario, ¡qué horror!, socialmente todavía menos
importante que ellas. Podía ser un coloso en el trabajo, buen marido y alegre
compañero: la verdad, sin embargo, es que la hija, en vez de subir, había
descendido en la escala social; así, por lo menos, pensaba tristemente doña
Rozilda, destinada a otras alturas. Pero con Flor era distinto, no volvería a
repetirse el error.
Mientras doña Rozilda forjaba
proyectos, Flor se hacía conocer como profesora de cocina, especialmente
de cocina bahiana.
Había nacido con el don
de los
condimentos y desde la niñez se la
pasaba dando vueltas a recetas y salsas,
aprendiendo a hacer manjares,
gastando sal y azúcar. Hacía tiempo que recibía encargos de platos bahianos, y
la llamaban a cada rato para ayudar en vatapás y efós, en moquecas y xinxins, y
hasta en los famosos carurus de Cosme y Damián, como los celebrados en la casa
de su tía Lita o en la de doña Dorothy Alves, en la que se reunían decenas de
invitados y aún sobraba comida para otros tantos. Carurus anuales, promesas
hechas a los santos Mabacas y a los ibejés. Con el tiempo su fama fue
extendiéndose y venían a pedirle recetas o la llevaban a casa de gente rica
para que enseñara el punto y el condimento de algunos de los platos más
difíciles. Doña Detinha Falcáo, doña Ligia Oliva, doña Laurita Tavares, doña
Ivany Silveira y otras señoras «de mucha figuración», de cuya amistad tanto se
jactaba doña Rozilda, la recomendaban a las amigas, de modo que a Flor no le
alcanzaban las manos. Una de esas señoras, snobs y adineradas, fue quien le dio
la idea de la escuela, pues habiéndole pedido recetas teóricas y demostraciones
prácticas, hizo hincapié, al pagarle el trabajo, en advertir que estaba
remunerando a la excelente profesora y buena amiga, no abonando el salario a
una cocinera. Eran amables sutilezas de doña Luisa Silveira, hidalga sergipana,
llena de argucias y muy «mírame y no me toques».
Flor no comenzó a dar lecciones en
serio, con escuela puesta, hasta después de la partida de Rosalía y Moráis a
Río de Janeiro. El mecánico resolvió que no era suficiente la distancia entre
los altos del Cabula y la Ladeira do Alvo y quiso poner
por medio, entre su casa y la suegra,
el propio mar océano.
Le había tomado una aversión mortal a
doña Rozilda, «la desalmada», como la llamaba: «¡es peor que la peste, el
hambre y la guerra!».
No tardó la escuela en prosperar;
hasta algunas señoras del Canela y del García, incluso de la Barra, fueron allí
a desvelar los misterios del aceite suave y del aceite
de palma. Una de las primeras en
asistir fue doña Magá Paternostro, ricacha con muchas relaciones y entusiasta
propagandista de las dotes de Flor.
El tiempo fue pasando, fueron
corriendo los años y Flor aún no tenía prisa en buscar novio; ahora era doña
Rozilda quien comenzaba a preocuparse, pues al fin y
al cabo la hija benjamina ya no era
una nena. Flor se encogía de hombros, sólo le
interesaba la escuela. El hermano, en
uno de sus viajes desde Nazareth, dibujó el cartel con tintas de color - todos
elogiaban sus dotes para el dibujo- , que colgaba del balcón:
ESCUELA DE COCINA: SABOR Y ARTE
Héctor había leído en los diarios una
extensa información acerca de una escuela titulada «Saber y Arte», un
experimento de un fulano llegado de los Estados Unidos, un tal Anisio Teixeira.
Cambiándole una letra al título de moda, lo adaptó a los intereses de la
hermana. Junto a las historiadas letras, la cuchara, el tenedor y el cuchillo,
cruzados en graciosa tríada, completaban la obra del artista. (Si fuera hoy, ya
podía Héctor ir pensando en una exposición individual y en la venta de sus
cuadros a buen precio; pero los tiempos eran otros y el funcionario de
ferrocarriles se contentó con los elogios de la hermana, de la madre y de
cierta alumna de Flor,
una de ojos húmedos, llamada
Celeste.)
Las clases de cocina daban lo
necesario para el mantenimiento de la casa y las pocas necesidades de la madre
y la hija, así como para guardar algún dinero,
pensando en los gastos del futuro
casamiento. Pero, sobre todo, ocupaban el
tiempo de Flor, la liberaban un poco
de doña Rozilda y su cantinela acerca de cuánto sacrificio le había costado
criar y educar a los hijos, criar y educar a aquella hija benjamina, y de cómo
necesitaba encontrarle un marido rico que las sacara de la Ladeira do Alvo y
del fogón, para llevarlas a las delicias de la Barra, de la Gracia, de Vitoria.
Pero a Flor no parecían preocuparle los festejantes ni el noviazgo. En las
fiestas bailaba con unos y otros, sonreía agradecida a los galanteos, pero no
iba más allá. Ni siquiera correspondió a los apasionados pedidos de un
estudiante de medicina, un alegre paraense, obsequioso y atildado. Mas no le
dio cuerda, a pesar de la excitación de doña Rozilda: al fin un estudiante y ya
casi doctorado aspiraba a la mano de su hija.
- No me gusta... - declaró Flor,
decidida- , Es feo como el diablo...
Ni los consejos ni las broncas de la
enfurecida doña Rozilda le hicieron mudar de opinión. A la madre le dio pánico:
¿iba a repetirse el caso de Rosalía, a resultar que Flor era igual a su
obstinada hermana, dispuesta a resolver por su cuenta lo referente a novio y
casamiento? Cuando más creía que la hija menor iba a ser una repetición del
carácter del finado Gil, doblegada a su voluntad, la muchacha iba y manifestaba
su desagrado hacia el doctorcito en vísperas de recibirse, hijo de un padre
latifundista en el Pará, dueño de barcos e islas, cauchales, bosques de
castaños, tribus de indios salvajes y ríos inmensos. Forrado de oro. En cuanto
lo supo, doña Rozilda fue a informarse, y a la vuelta, después de escuchar a
algunos conocidos, ya se sentía en la Amazonia, reinando sobre leguas de
tierra, manejando a su voluntad a los mulatos y a los indios. Al fin había
aparecido el príncipe encantado, su espera no había sido inútil ni se había
sacrificado en vano. Atracaría en un barco del río Amazonas junto a las soberbias
casas de la Graca, mientras los dueños la festejaban con zalamerías y
adulaciones.
Flor sonreía, con su delicado rostro
redondo, color mate; sonreía con los hermosos hoyuelos de sus mejillas, con sus
ojos asombrados, y volvía a decir con voz perezosa, voz de mimo y modorra:
- No me gusta..., es feo como un día
sin pan...
A doña Rozilda le daba un ataque.
«¿En qué diablos pensaba ella?» Flor actuaba como si el casamiento fuese
cuestión de gustar o no gustar, como si hubiera hombres feos y hermosos, y como
si los pretendientes como Pedro Borges sobraran en la Ladeira do Alvo.
- El amor nace con la convivencia, mi
condesa de la Caca, con los intereses en común, con los hijos. Basta que no
haya aversión. ¿Le tienes rabia?
- ¿Yo? No, Dios me libre. Hasta creo
que es bueno... Pero sólo me voy a casar con
un hombre a quien quiera.. Pedro es
feo como un bicho...
Flor devoraba las novelas de la
«Biblioteca de las Jóvenes» y soñaba con un muchacho pobre y hermoso, atrevido
y rubio. Doña Rozilda espumajeaba de rabia e indignación. Su voz chillona
inundaba la calle, transmitiendo los términos de la
disputa a toda la vecindad:
- ¡Feo! ¿Dónde se ha visto que un
hombre sea feo o lindo? La belleza del hombre, desgraciada, no está en la cara,
está en el carácter, en su posición social, en sus bienes. ¿Dónde se vio que un
hombre rico sea feo?
Lo que es ella no cambiaba el feúcho
Borges (y sin embargo no era tan horrible, era alto y fuerte, aunque es cierto
que su cutis era un poco granuloso) por toda esa
caterva de muchachones descarados e
insolentes del Río Vermelho, sin un centavo
en el bolsillo, unos vagos que no
tenían dónde caer muertos. El doctor Borges - ya le ponía el título por
delante- era un joven caballero, se le
veía en seguida en los modales, y de una familia distinguida del Pará;
distinguida y podrida en dinero. Ella, doña Rozilda, lo sabía muy bien: la
residencia de ellos en Belén era un palacio, con más de una docena de criados.
Una docena, oíste, mala hija, caprichosa, loca, vanidosa, absurda. Con todos
los pisos de mármol y también de mármol las
escalinatas. Y alzaba las manos, en
un gesto teatral:
- ¿Dónde se ha visto que un hombre
rico sea feo?
Flor sonreía y los hoyuelos de su
cara eran una preciosidad. No tenía apuro ninguno en casarse. Y le tapaba la
boca con sus respuestas:
- Usted habla como si yo fuese una de
esas cortesanas que valoran a los hombres por el dinero... No me gusta y se
acabó...
La lucha entre doña Rozilda, irritada
e irritante, con nervios de enloquecida, y Flor, serena como si nada sucediera,
esa pelea en la que Pedro Borges era el objetivo y
el premio, alcanzó su ápice con
motivo de los festejos universitarios de fin de curso.
El estudiante las invitó al acto
solemne y al baile.
Para el acto solemne, en el Salón
Noble de la Facultad, doña Rozilda se vistió de suegra, toda encorsetada en
tafetán, majestuosa como un pavo real, riéndose
hasta por los volados de las mangas,
con una peineta de bailarina española clavada
en la testa. En el baile de fin de
curso, Flor resplandecía de encajes y tules y no tuvo un minuto de descanso. No
dejó de bailar una sola pieza, tan solicitada fue por los caballeros. Pero ni
así le dio esperanzas al recién recibido.
Ni siquiera cuando él fue a
visitarlas en vísperas de partir para la lejana Amazonia, en compañía del padre
para causar mejor impresión. El ilustre paraense se llamaba Ricardo, un gigante
con vozarrón de tormenta y los dedos atiborrados de joyas hasta el punto de que
doña Rozilda casi se desmaya al ver tanta piedra preciosa. Entre otras un
diamante negro, inmenso, que valía por lo menos cincuenta cantos,
¡mi Dios!
El viejo habló de sus tierras, de los
pacíficos indios, de la goma, de las historias del río Amazonas. Habló también
de su alegría al ver a su hijo doctorado, como canudo de médico. Ahora sólo le
faltaba verlo casado con una joven decente, modesta, sincera; no le importaba
que tuviese fortuna; él había juntado bastante dinero - decía, y movía los
dedos, en los que chispeaban los brillantes, iluminando la sala- . Quería una
nuera que le diese nietos y nietas para llenar de algarabía y ternura su
austera casa de mármol en Belén, donde el viejo Ricardo, viudo, pasó en soledad
los años que Pedro dedicó a los estudios. Hablaba y miraba a Flor como
esperando una palabra, un gesto, una sonrisa: si eso no era la introducción a
la petición de mano, entonces doña Rozilda era una ignorante en tales asuntos.
Temblaba de emoción y ansiedad, había llegado la hora bendita: jamás estuvo tan
cerca de sus objetivos. Miraba a la bobota de la hija, esperando un
consentimiento tímido aunque firme. Pero Flor se limitó a decir con su voz
perezosa:
- No va a faltar una muchacha linda y
decente que quiera casarse con Pedro, él bien lo merece. Yo sólo querría que
fuese aquí, en Bahía, así le preparaba el
banquete de bodas.
Pedro Borges se guardó sin
resentimiento la alianza de oro ya adquirida y el viejo carraspeó y cambió de
conversación. Doña Rozilda se sintió mal, jadeaba, se le salía el corazón. Se
fue de la sala con repentina indignación, deseando ver muerta y enterrada a la
hija, la ingrata, la animalota, la idiota, la enemiga de la propia madre,
¡maldita! ¿Cómo se atrevía ella a rechazar la mano del doctor - ahora era
realmente doctor- , del mozo rico, del heredero de las islas, los ríos y los
indios, la multitud de mármoles, los anillos deslumbrantes? ¡Ay! ¿Cómo se
atrevía esa infeliz bastarda?
¡Ah! Qué muro de odio y enemistad, de
imperdonable incomprensión, de insuperable rencor, se habría levantado entre madre e hija, juntándolas para
siempre y para siempre separándolas,
si a principios de aquel año, poco después de
la partida del preciado Borges, no
hubiera surgido Vadinho. ¡Ah!, ante los títulos, la posición y la fortuna de
Vadinho - doña Rozilda había sido ampliamente informada por el propio Vadinho y
por algunos amigos de él- el paraense no
pasaba de ser un pobretón, con todo el mármol de su palacio y sus doce criados.
Un indigente, con toda su tierra y toda su agua.
6
Con
una breve y
cortés inclinación y
el rostro resplandeciente de
simpatía, Mirandáo pidió permiso y se sentó junto a doña Rozilda. Las
sillas de esterilla circundaban la sala, arrimadas contra la pared. El
estudiante crónico («perseverante», corregía él cuando le recordaban sus siete
años de Escuela de Agronomía), extendió las piernas, ajustó cuidadosamente la
raya del pantalón y observó a las parejas que bailaban el tango argentino con
corte, de difíciles figuras y pasos casi acrobáticos. Y sonrió complacido:
ningún bailarín podía competir con Vadinho, ninguno tiene su clase. ¡Bendito
sea Dios y te libre del mal de ojo! ¡Cruz Diablo!, concluyó Mirandáo, que era
supersticioso. Mulato claro y elegante, era, a los veintiocho años, la figura
más popular de los burdeles y casas de juego de Bahía. Sintiendo que la mirada
de doña Rozilda seguía la suya, volvióse hacia ella, acentuando aún más su
cautivante sonrisa y examinándola con ojo crítico, analítico.
«Sexo liquidado, sin uso posible»,
diagnosticó con pesar. No por la edad. Hacía mucho que
Mirandáo inscribiera en
su código de
procedimientos un párrafo
afirmando que jamás se debe
despreciar a ninguna por madura o vieja, pues podía
caerse en errores fatales. Había
mujeres de más de cincuenta años que mantenían su forma y su juventud de un
modo raro y admirable, siendo capaces de sorprendentes «proezas», de marcas
inesperadas. Lo sabía por viva experiencia, y todavía ahora, al escudriñar las
ruinas de doña Rozilda, recordaba el esplendor crepuscular de Celia María Pía
dos Wanderleys e Prata (tantos nombres para designar una retaquita como ésa),
señora de la alta sociedad, una mujercita despabilada que era pura pólvora. Con
más de sesenta años confesados y seguía insaciable, poniéndoles selvas de
cuernos al marido y a los amantes. Con nietas balzaquianas y biznietas
casaderas... y ella dedicada a obras de caridad, ¡y qué caridad la suya!: era
una hembra ardiente y magnánima que dedicaba su vida a los jóvenes estudiantes
necesitados. Mirandáo entrecerró los ojos para no ver a la vecina, un
esperpento sin arreglo ni escapatoria, así como para recordar mejor el uterino
e inolvidable furor de Celia María Pía dos Wanderleys e Prata, y los billetes
de cincuenta y mil- réis que ella, agradecida, rica y derrochadora, le ponía a
escondidas en el bolsillo del saco. ¡Ah!, ¡qué buenos tiempos aquellos, cuando
Mirandáo se iniciaba en los estudios y en los misterios de la vida, novato de
agronomía, aprendiz de la noche, y María Pía dos Wanderleys usaba legítimo
perfume francés en las arrugas del cuello y en las partes bajas. Cuando abrió
de nuevo los ojos y echó una mirada a la sala, aún sentía la fragancia de la
inolvidable tatarabuela; a su lado, aquel trasto con cara de bruja - el pellejo
colgándole de las mejillas, el pelo recargado de brillantina- continuaba escudriñándolo con sus ojitos
menudos. Era un espantajo y bajo las enaguas debía heder como unas costras de
carne tumefacta. Mirandáo aspiró ansiosamente los restos del perfume francés
que quedaba en su lejano recuerdo. ¡Ah!, noble Wanderleys, ¿por dónde andarás
ahora, septuagenaria? Pero la vieja de la silla..., ¡qué palo de escoba sin
salvación!
Mas como era educado, y se preciaba
de serlo, el permanente estudiante de agronomía no dejó de sonreírle a doña
Rozilda. Era cuero viejo, una pelandusca, restos de un pez seco y salado,
inútil para cualquier acto o pensamiento lúbrico, pero no por eso dejaba de
merecer respeto y atención: probablemente se trataba de una exhausta madre de
familia, al parecer viuda. Y Mirandáo era, en el fondo, un moralista extraviado
en las casas de juego. Además, estaba en un momento de euforia.
- Fiestita animada, ¿no le parece? -
preguntó a doña Rozilda, iniciando el histórico diálogo.
Siempre le sucedía lo mismo, en cada
una de sus frecuentes curdas. La primera fase era de un júbilo estallante. El
mundo le parecía perfecto y bueno, la vida
alegre y fácil, y en esos instantes
Mirandáo podía comprenderlo y estimarlo todo;
establecíase entre él y las demás
criaturas un clima de comunión total, incluso con ese hediente papagayo, su
vecina de asiento. Era en esos momentos delicado y conversador, y su
imaginación se superaba, no tenía límites. La figura del estudiante pobre, «estudiante
perpetuo y perpetuamente seco», imagen creada por él, y
de la que
vivía, cedía lugar
al hombre joven,
importante y victorioso,
ascendido a ingeniero agrónomo,
cuando no a profesor de la escuela, enumerando sus privilegios, trepando cargos
y conquistando mujeres. Rabiaba por contar historias, ¡y cómo las contaba! Era
un maestro de la narrativa oral, creador de tipos y de suspenso, un clásico de
la buena prosa.
Pero si seguía empinando, hacia el
final de la noche el optimismo y la euforia se desvanecían, y al término de la
juerga Mirandáo se hundía en penas y lamentaciones, flagelándose, hiriéndose
con implacable autocrítica acordándose de la esposa, víctima de su degradación,
de sus cuatro hijos que no tenían para comer y del desalojo que amenazaba a la
familia, mientras él estaba allí, en los antros del juego y la prostitución.
«Soy un miserable, un crápula, un canalla», exclamaba entonces un Mirandáo
lastimoso, con remordimientos, sin malicia: un moralista. Pero esta segunda y
lamentable fase sólo surgía de tarde en tarde, cuando la tranca era monumental.
Mas esta vez, a las veintitrés y
treinta, en la fiesta que se estaba celebrando en casa del mayor Pergentino
Pimentel, jubilado de la Policía Militar del Estado, Mirandáo ya se sentía en
el mejor de los mundos, dispuesto a un cordial y provechoso cambio de ideas con
doña Rozilda. Acababa de comer y beber a dos carrillos en el comedor,
sirviéndose de todos los platos y repitiendo algunos. Aquello era un derroche
de comida: una exhibición de manjares bahianos: vatapá y efó, abará y carurú,
moquecas de siri mole, de camarones, de pescado, acarajé y acacá, gallina de
xinxim y arroz de haussá, además de montañas de pollos, pavos asados, piernas
de cerdo y tajadas de pescado frito para algún ignorante que no supiera
apreciar el aceite de palma (pues, como decía Mirandáo a voz en grito y con
desprecio, en este mundo hay toda clase de brutos, de sujetos capaces de
cualquier ignominia). La comilona estaba regada con aluá cachaca, cerveza y
vino portugués. Hacía más de diez años que el mayor daba esta fiesta en la fecha,
cumpliendo severas obligaciones de candomblé, desde que los orixás habían
salvado a su esposa, amenazada de muerte, con piedras en los riñones. No medía
gastos, juntaba dinero todo el año para gastarlo con satisfacción esa noche.
Mirandáo se había atracado, pues era de buen tenedor y todavía mejor copa.
Ahora, repleto, exhausto de tanto comer y beber, sólo necesitaba un buen
guitarrillo para ayudar a hacer la digestión.
En la sala, las parejas se cortaban
en el tango argentino, con Joáozinho Navarro al piano. Para los conocedores,
decir Joáozinho Navarro era decirlo todo. No había pianista más requerido en
Bahía, y alguna gente, como cierto juez apellidado
Coqueijo y muy entendido en música,
ponía la radio sólo para oírlo teclear en un
programa de canciones populares. Y de
madrugada, en el Tabaris, ¿no era su piano el motivo de mayor animación? Era
difícil conseguirlo para una fiesta particular, pues no le sobraba tiempo para
esos trabajos de aficionado. Pero indefectiblemente asistía a la fiesta del
mayor, a quien Joáozinho no quería enfadar, pues le debía algunos favores.
Mirandáo observaba con agrado a los
bailarines, aprobaba con un movimiento de cabeza las figuras que hacía Vadinho
- ¡maestro!- sonriéndole a la vecina y
constatando, de paso, la ausencia total de colados, si se exceptuaban él y
Vadinho.
¡Los únicos héroes! Colarse en la
fiesta del mayor Tiririca (como los muchachones
del Río Vermelho habían apodado al
bravo Pergentino) era algo que se consideraba una proeza imposible, dando lugar
a apuestas y desafíos. Mirandáo se sentía premiado. Al fin habían conseguido,
él y Vadinho, romper la barrera establecida por el mayor y hacer que la pesada
puerta de roble, cerrada con llave, que se abría únicamente para los invitados
y sólo para los invitados - todos ellos rostros familiares para el dueño de
casa, viejas amistades- , se franquease para él y su amigo, dándoles entrada. Y
no sólo eso: ambos fueron recibidos con abrazos por el mayor y por doña Aurora,
su esposa, todavía más celosa de la calidad de los invitados que el marido. Los
reos que habían quedado afuera, en animada expectación, se morían de rabia al
ver cómo entraban ellos, después de un breve cambio de palabras con el mayor
Tiririca, cruzando el infranqueable umbral entre las ruidosas exclamaciones
cordiales de doña Aurora. ¿Cómo lo habían conseguido?
Mirandáo, con la barriga llena,
suspiraba y sonreía beatíficamente. Ahí estaba Vadinho, bailando en la sala; la
linda dama que llevaba entre sus brazos, era una morena - regordita, entradita
en carnes y «el que gusta de huesos es perro»-
con ojos de aceituna y piel cobriza, color té, y hermosos senos y
caderas.
- ¡Es una tentación, una perdición,
esa morena! - exclamó Mirandáo, señalando a la moza que bailaba con su amigo.
El adefesio se puso en guardia, alzó
el seco busto y aulló con voz batalladora:
- Es mi hija...
Mirandáo no se alteró en lo más
mínimo:
- Pues reciba mis felicitaciones,
señora. Se ve en seguida que es una muchacha decente, de familia. Mi amigo...
- El joven que está bailando con ella
¿es amigo suyo?
- ¿Si es amigo? Intimo, señora,
fraterno...
- Y ¿quién es, podría decirme?
Mirandáo se enderezó en la silla,
sacó del bolsillo el perfumado pañuelo y enjugó unas gotas de sudor que le
caían por la ancha cara, cada vez más sonriente y feliz: nada le proporcionaba
tanto placer como armar una patraña, una historia bien
divertida.
- Permítame presentarme antes a mí
mismo: doctor José Rodrigues de Miranda, ingeniero agrónomo, inspector en el
Gabinete del Delegado Auxiliar... - dijo al tiempo que extendía la mano muy
cordialmente.
Con una última pizca de desconfianza,
doña Rozilda estudió detenidamente a su interlocutor, con hostil inquisición.
Pero la fisonomía distinguida y la franca sonrisa de Mirandáo eran capaces de
desvanecer cualquier sospecha, de quebrar cualquier resistencia; desarmaban
y conquistaban a
cualquier adversario, aunque
éste tuviera la malicia y el recelo de doña Rozilda.
7
Paréntesis con Chimbo y con Rita de
Chimbo
Aquel mismo día, al caer la tarde,
cuando mayor era el bochorno, con una atmósfera pesada, de cemento armado,
estando Vadinho y Mirandao en San Pedro, en el Bar Alameda, tomando las
primeras cachacas del día y haciendo proyectos para la fiesta de la noche en
Río Vermelho, he aquí que ven aparecer en la puerta del café la sudorosa cara
de Chimbo, el pariente importante de Vadinho, que por entonces estaba adscrito
como delegado auxiliar, o sea, la segunda autoridad de la policía.
Juez del Registro Civil e hijo de un
prestigioso político oficialista, sin el menor respeto por la tradicional
austeridad de su padre, y sin ninguna preocupación por las apariencias, este
primo lejano del joven, un Guimaráes de los legítimos y ricos,
era una bala perdida, un haragán
inveterado, bueno para el trago, los dados y las
putas; para decirlo de una vez: era
un viva la pepa. En los últimos tiempos se contenía algo, procurando frenar sus
naturales ímpetus en atención al cargo. Cargo que por esa misma razón pensaba
conservar poco tiempo, pues prefería la libertad a cualquier posición, y no
estaba dispuesto a cambiarla por la más alta distinción, por título alguno.
Ya antes había renunciado al gobierno
de Belmonte, ciudad de su nacimiento, en el que fuera designado intendente por
el padre, senador y señor feudal de la región, después de un simulacro de
elecciones. Pronto abandonó cargo y título, deberes y privilegios: era
demasiado el precio que debía pagar por ellos. Los belmonteses no se
contentaban con sus reales cualidades administrativas, exigían de su gobernador
costumbres sin mácula, y eso era un abuso intolerable.
Hubo un bla- bla- bla de todos los
diablos, un escándalo descomunal, sólo porque él, audaz y progresista, importó
de Bahía algunas negras amigas para acabar con la
monotonía de la pequeña ciudad y de
su soledad. Había llevado a Rita de Chimbo, prestigiosa animadora de las noches
del Tabaris. La cual se llamaba de Chimbo debido a la antigua y persistente
chifladura que los unía, una pasión cantada en prosa y verso por los bohemios.
Reñían, se decían de todo, se separaban «para siempre» y a los pocos días
hacían las paces, y continuaban su idilio, totalmente chiflados. Por eso Rita
había unido a su nombre el sobrenombre de su amor, del mismo modo que la novia
adopta el apellido del novio en el acto del matrimonio. Cuando supo que Chimbo
era intendente, señor de horca y cuchillo, ejerciendo derechos de vida y muerte
sobre la indefensa población, exigió, en mensaje telegráfico, compartir su
autoridad. ¿Qué placer en el mundo se puede comparar al del mando, al del
poder? La voluptuosa Rita también quería saborearlo. Chimbo, sintiéndose solo
en las noches de Belmonte, más largas por no tener nada que hacer, sin
ocupación alguna que las llenara, escuchó la ardiente súplica y mandó a buscar
a la hetaira.
Siendo Chimbo el intendente, el rey
de su ciudad, Rita de Chimbo no podía desembarcar allí como una cualquiera; era
la favorita, la concubina real. De ahí que invitara para que ella tuviera su
propia corte a tres beldades amigas, distintas entre
sí, pero las tres excelentes: Zuleika
Marrón, mulata de caprichos y relajos, que con
sus caderas contoneantes paraba el
tráfico y desplazaba a los peatones; Amalia Fuentes, enigmática peruana de voz
suave, con inclinaciones místicas, y Zizi Culhudinha, una espiga de maíz,
frágil y dorada, insinuante como ella sola. Esta breve y hermosa caravana - ¡da
tristeza decirlo!- no tuvo en Belmonte
la entusiasta acogida que merecía; por el contrario, fue blanco de la franca
hostilidad de las señoras e incluso de los caballeros. Si se exceptúan ciertos
grupos sociales - los estudiantes imberbes, los escasos noctivagos, los
cachacistas en general- y ciertos individuos,
puede afirmarse que
la población se
mantuvo distante y recelosa.
Además, Rita de Chimbo fue vista a
medianoche, en la escalinata de la Intendencia, cayéndose de borracha y
saludando a la ciudad con su inagotable colección de groseros calificativos.
Circulaban noticias espantosas: el viejo Abraáo, comerciante y abuelo, se
arrastraba ridículamente a los pies de Zuleika Marrón, dilapidando el
patrimonio de los nietos en bacanales con la barragana. Y Berceo, un muchacho
hasta entonces decente y casto, funcionario de Correos y presidente de las
Obras Pías, se apasionó por Amalia Fuentes, habiendo descubierto en ella raíces
de pureza y religiosidad. Llegó
a ofrecerle un
anillo de compromiso,
causando la desesperación de su
incomprensiva familia. Culminó el escándalo cuando la Culhudinha se convirtió
en la bienamada de todos los colegiales, en su sueño y en su reina, en su
bandera de lucha y su pulcro ideal. Ahí andaba ella, muy rubia en las noches de
Belmonte, rodeada de adolescentes... Y el poeta Sosígenes Costa le dedicaba
sonetos. ¡Oh ignominia!
El maricón del vicario, un sacerdote
arrogante de voz chillona, llegó a pronunciar un sermón contra Chimbo,
vehemente catilinaria contra su escandalosa incontinencia. Calificó a las tan
queridas chicas como «basuras del meretricio metropolitano» y
«secuaces del demonio... », ¡pobres
chicas! ¡Qué sermón incendiario! ¡En la misa del domingo, con la iglesia
repleta... ! y el reverendo acusando a Chimbo de estar transformando la pacata
Belmonte en Sodoma y Gomorra: las casas arruinadas, deshechas las familias,
urbe infeliz a la que le había caído la desgracia de aquel intendente
depravado, ese «Nerón en calzoncillos». Chimbo tenía sentido del humor y le
hizo reír la virulencia del padre. Pero las chicas lloraron, y Rita de Chimbo
clamó venganza. Así que Manuel Turco, árabe exaltado y secretario de la
Intendencia, incondicional de los Guimaráes y notorio pelotillero, se propuso
satisfacerla: dos matones de confianza se encargarían de enseñarle buenas
maneras al subversivo vicario, sacudiéndole el polvo de la sotana.
Chimbo enjugó las lágrimas de Rita,
agradeció la dedicación del sirio y recompensó a los
dos matachines, unos asesinos escapados de Ilhéus:
bajo su aparente
despreocupación, era un hombre
prudente y hábil y no le faltaba astucia política.
¡Imagínese la reacción del viejo
senador si lo viera a él en guerra con la Iglesia,
zurrando a un cura para desagraviar a
unas cortesanas! Además, el padre tenía sus razones para semejante tirria. Al
calificarlo de Nerón en calzoncillos se refería a aquella noche en que lo
contempló en ropas menores, listadas, cuando el intendente se vio obligado a
cruzar la ciudad con esa indumentaria debido a que el cura acababa de
sorprenderlo en avanzado idilio con la candida Maricota, estimable doméstica
que cuidaba los servicios de cama y mesa del sacerdote, siendo su oveja
favorita.
No le quedó a Chimbo otro remedio que
reunir a las ofendidas huéspedes, y llevando del brazo a Rita de Chimbo
embarcarse con ellas en un vapor de la Bahiana. Fue así como renunció al cargo,
a las honras y a la abultada comisión de los quinieleros, quedando Belmonte
huérfano de su capacidad administrativa y de la amabilidad de las beldades de
la capital. De la eficiente administración de Chimbo daban testimonio la
restauración del puente de desembarco, la ampliación del grupo escolar y el
arreglo de los muros del cementerio. La fugaz visión de las cuatro rameras
continuó perturbando por mucho tiempo el sueño de Belmonte. Chimbo se replegó
en el anonimato de su rendidor puesto de servidor de la justicia, en donde
nadie vigilaba sus pasos. Se reintegró a la vida nocturna, desde el Tabaris
(nuevamente reinado de Rita Chimbo) al Pálace, desde el Abaixadinho hasta la
casa de Tres Duques, del burdel de Carla al de Helena Picaflor. De las noches
de fiestas y del jugoso y anodino cargo - juez del Registro Civil- lo retiraba de cuando en cuando el padre
senador para utilizarlo en sus maniobras políticas, concediéndole posiciones y
honras que otros ambicionaban, pero no él, Chimbo, que sólo quería vivir libre
según su capricho.
Chimbo apreciaba a Vadinho no sólo
por el distante y espúreo parentesco, sino también por las cualidades del joven
compañero de ruletas y cabarets. Por eso, oyendo en cierta ocasión a alguien
tratar a Vadinho de vago, y calificarlo como un tipo sin oficio ni medios de
vida, le consiguió el modesto empleo de inspector de Jardines de la
Intendencia, «pues un Guimaráes debe tener una posición reconocida en la
sociedad».
- Ningún Guimaráes es un vagabundo.
Estas contradicciones eran características
del simpático Chimbo, tan poco dado a convencionalismos y protocolos y al mismo
tiempo tan profundamente solidario con
la familia, y velando por el poderoso
clan de los Guimaráes.
Así, pues, aquella tarde Vadinho y
Mirandáo encontraron a Chimbo en Sao Pedro, cuando el delegado auxiliar se
dirigía a la Jefatura de Policía. Un Chimbo aburrido de la vida, metido en un
traje oscuro y caluroso, de ceremonia: ropa de entierro o de bodas - cuello
duro de palomita, plastrón, bastón de caña con empuñadura de oro- , un Chimbo
de etiqueta, en aquel abrasador día de febrero, bochornoso y asfixiante, de
canícula mortal, cuando todas las bocas estaban ávidas por una cerveza bien
helada.
- Sólo nos puede salvar la vida un
bufido polar... - dijo Vadinho abrazando al pariente protector.
Chimbo maldijo al destino con
plástica y fuerte expresión, llamando a las cosas por su nombre, en un arranque
de furia: «qué mierda la vida jodida ésta, qué empleo
más hijo de puta, que lo obligaba a
acompañar al intendente a todos los rincones, a
todas las ceremonias, a todas esas
mierdas y porquerías... ». ¿No veían cómo tenía que andar disfrazado de
comendador portugués? Esa noche tenía que asistir, en razón de su cargo, a la
solemne inauguración de un congreso científico - Congreso Nacional de
Obstetricia- en la Facultad de Medicina,
con discursos y tesis, debates y opiniones sobre partos y abortos, un latazo
monumental. Chimbo tragaba aprisa su copa de cerveza, procurando aplacar el
calor y la rabia... ¡Su padre siempre con aquella manía de utilizarlo en
política... !
Y
todavía encima -
¡imagínense la mala
suerte!- el tal
congreso decide inaugurarse, tan
luego, en la noche de la fiesta del mayor Pergentino, el mayor Tiririca, de Río
Vermelho. Seguro que ellos sabían de quién se trataba. Él le había hecho un
favor al militar - soltó un pedo a pedido suyo- , y ahora el mayor no lo dejaba
en paz, queriendo agasajarlo a toda costa, empeñado en rendirle un gran
homenaje. Según se decía, la fiesta
de Tinrica era fenomenal, algo que realmente valía la pena, se comía y se bebía
hasta hartarse. Y él, Chimbo, era invitado de honor, ¡imagínense la juerga!
- Y en cambio voy a tener que oír a
los médicos hablando de partos... ¡Mi padre me consigue cada prebenda... !
¿Cómo convencer al senador de que lo
dejase en paz, si el viejo era un sátrapa
ante el cual el mismo gobernador
temblaba? Los ojos de Vadinho brillaron y Mirandáo se sonrió: Chimbo, sin
saberlo, acababa de abrirles las puertas de la gloria y de la casa del mayor.
8
Por la noche, frente a la residencia en fiesta, los dos
embusteros apostaron con otros dos granujas a que entrarían en el baile y
serían recibidos en él como si fueran invitados de honor y entraron y fueron
recibidos con todos los honores y tratados como los ángeles, pues Vadinho se
presentó al mayor y a doña Aurora como sobrino del delegado auxiliar, quien no
podía asistir, y a Mirandáo como poseedor del inexistente cargo de secretario
privado de Chimbo.
- Mi tío, el doctor Airton Guimaráes,
tuvo que acompañar al gobernador al Congreso de Obstetricia. Pero como estaba
resuelto a no rechazar su invitación, nos envía a
mí y a su secretario, el doctor
Miranda, en representación suya. Yo soy el doctor
Waldomiro Guimaráes...
El mayor se mostró conmovido con la
gentileza del delegado al presentarle sus disculpas y hacerse representar.
Lamentaba que no estuviera presente en la fiesta, pues su deseo hubiera sido
agasajarlo, pero tanto él como su esposa recibían con
los brazos abiertos al representante
de su estimado amigo. Ya el mayor extendía su
mano a Vadinho cuando Mirandáo puso
las cosas en su punto:
- Perdóneme, mayor, la intromisión:
el representante del doctor delegado auxiliar es esta modesta persona, yo,
doctor José Rodrigues de Miranda, profesor suplente
de la Escuela de Agronomía, pedido en
comisión por el doctor Airton... Mi amigo, el
doctor Waldomiro, aunque sobrino del
delegado, no lo representa a él sino al señor gobernador...
- ¿Al gobernador? - exclamó el mayor,
abrumado por tanto honor.
- Sí - engranó Vadinho- , cuando el
gobernador oyó que el delegado auxiliar pedía a su secretario y a su sobrino
que fuesen a la fiesta del mayor, le había ordenado, pues él formaba parte del
Gabinete de Su Excelencia, abrazar a «su buen amigo Pergentino y presentar sus
saludos a su digna esposa».
El mayor y doña Aurora, hinchados de
vanidad, les abrieron paso, los presentaban y ordenaban copas y platos para
ellos; todo era poco para Vadinho y Mirandáo. Pasmados, los colegas de
truhanerías que habían quedado afuera no podían creer a sus propios ojos. ¿Qué
patraña habían inventado los dos cínicos para ser recibidos así? Nadie
recordaba que jamás un colado hubiera logrado cruzar el umbral de la puerta del
mayor, quien hacía cuestión de honor el limitar la fiesta estrictamente a sus
invitados, sus amigos, que eran garantía de decencia y de buen nombre.
Jurándolo por sus gloriosos galones, se enorgullecía: «¿Un colado en mi fiesta?
¡Sólo pasando sobre mi cadáver!» Y
los más eximios coladizos de la ciudad, capaces de penetrar, y habiéndolo hecho
en fiestas muy exclusivas e imponentes,
custodiadas por la policía; incluso
fiestas en el Palacio de Gobierno y en la casa del
doctor Clemente Mariani; fiestas
junto a las cuales la del mayor era un simple bailongo, un bailecito de pobre,
una milonga de barrio, un arrastrapiés cualquiera; pues bien, esos famosos
coladizos, todos, habían fracasado en sus intentos, renovados cada año, de
colarse en la fiesta del mayor. Ninguno alcanzó a trasponer la prohibida
entrada.
Decir que ninguno es una exageración.
Edio Gantois, un ingenioso estudiante, se asoció cierta vez con otro no menos
pícaro, el ya anteriormente citado Lev Lengua de Plata, por entonces todavía
estudiante, y en esa ocasión los dos consiguieron
colarse y permanecer en la fiesta
durante media hora, más o menos. Pero fueron echados a empujones y bofetadas:
el musculoso Edio luchando cuerpo a cuerpo con los invitados y el desgalichado
Lev cambiando puntapiés con el mayor.
¿Cómo habían fracasado tan
lamentablemente después de triunfar? Aunque ésta sea otra historia, vale la
pena contarla para así poder valorar mejor la hazaña de
Vadinho y
Mirandáo. Por aquel entonces había arribado
a Bahía, con
mucha
propaganda en los diarios, para
realizar dos únicas funciones en el Conservatorio, un extravagante concertista
que tocaba un instrumento aún más raro: el serrucho, tan melodioso como el
piano mejor afinado. Se trataba de un ruso de nombre estrambótico, «El Ruso del
Serrucho Mágico», como anunciaban los carteles de propaganda y las noticias de
los diarios. Edio poseía un viejo serrucho de carpintero, y Lev, hijo de ruso,
un nombre estrambótico. Como los dos se volvían locos por una buena broma,
envolvieron el serrucho en papel madera, tragaron unas cachacas para animarse y
se presentaron a la puerta del mayor como «El Ruso del Serrucho» y su
empresario.
El mayor Tiririca tenía un sexto
sentido cuando se trataba de colados: los olía de lejos. Nada más poner los
ojos sobre Lev y Edio, sintió que una voz interior lo ponía alerta.
Mas los invitados, al anunciarse la
presencia de «El Ruso del Serrucho Mágico», ya saludaban con entusiasmo la
posibilidad de oírlo tocar. En silencio, asaltado por las dudas, el mayor abrió
la puerta y permitió entrar a los dos malandrines. Pero se dedicó a vigilarlos.
No dejó de registrar el mayor la avidez con que se dirigieron al comedor, luego
de arrimar el serrucho a un mueble, apurándose a comer y beber. Cruzando una
mirada con doña Aurora, a quien tampoco le parecía nada católica la escena, el
mayor reclamó, con el apoyo de la totalidad de los ansiosos invitados, una
inmediata demostración musical: primero el concierto, después la pitanza. Por
más que Edio intentó con su parla engatusadora aplazar la hora del desastre, no
pudo conseguirlo. No se le concedió plazo ni apelación.
Además, debido a alguna extraña
metamorfosis, Lev se sintió inspirado y comenzó a vivir de tal forma su papel y
con tanto realismo, que ya creía ser el mismo ruso
de los conciertos. Así que, sin
hacerse rogar más, tomó el viejo serrucho entre
aplausos y bravos. Lo hizo con tanta
perfección - inclinada en ángulo su magra y alta anatomía, despeinado, los ojos
en el otro mundo, ¡un auténtico maestro!-
que engañó a todos, haciendo incluso que el mayor y doña Aurora dudasen
de sus sospechas; hasta que hirió con una cuchara de café la panza del
serrucho. Porque apenas le aplicó el primer golpe - según contó Edio
después- todos los presentes, sin
excepción, comprendieron que se trataba de una farsa. Pero Lev persistía, cada
vez más poseso y convencido, haciendo vibrar a cucharazos el serrucho sin que
ni el mayor, ni la esposa, ni los invitados, demostrasen la menor simpatía por
tanto empeño y arte.
Hasta que el mayor se adelantó
seguido por algunos amigos, los más susceptibles a esas bromas de mal gusto. La
marcha por el pasillo en camino a la puerta de calle fue lenta y épica,
verdaderamente inolvidable, Edio y Lev lo recordarían toda su vida. Coscorrones,
puntapiés, resbalones y caídas. Doña Aurora quería arrancarles los ojos, pero
el mayor se contentó con tirarlos a la calle en medio de los mirones allí
reunidos. (Y sobre los cuerpos caídos de los dos echaron el serrucho, cada vez
menos sonoro.)
Nada de eso les sucedió a Vadinho y
Mirandao; ni el mayor ni doña Aurora tuvieron la más leve sospecha. Comieron y
bebieron de lo bueno y de lo mejor. Mientras Vadinho bailaba en la sala,
Mirandao se preguntaba si debía o no hacer un brindis, en nombre de Chimbo, por
el mayor y por doña Aurora. No pudo evitar una sonrisa al oír preguntar a doña
Rozilda quién era el mozo bailarín que escoltaba a su hija. Para obtener mayor
efecto respondió con otra pregunta:
- ¿No se lo presentó el mayor?
- No. Yo estaba adentro y no lo vi
llegar.
- Pues, estimada señora, tengo el
placer de informarle que se trata del doctor
Waldomiro Guimaráes, sobrino del
doctor Airton Guimaráes, delegado auxiliar, nieto
del senador...
- No me diga que se trata del senador
Guimaráes, ése de quien se habla tanto...
- Del mismo, distinguida señora. El
mandamás, el capo, el que tiene la sartén por el mango, el Niño- Dios de la
política, ése mismo, mi padrino...
- ¿Su padrino?
- De bautismo. Y abuelo de Vadinho..
- ¿Vadinho?
- Es su apodo, de cuando era chico.
Es el nieto preferido del senador.
- ¿Es estudiante?
- ¿No le dije que es doctor?
Recibido, señora mía, abogado, oficial del Gabinete del gobernador, alto
funcionario municipal, inspector...
- ¿Inspector de consumos?
La información estaba superando los
sueños más temerarios de doña Rozilda.
- Inspector de juegos, ilustrísima
señora - y, en voz susurrante- : Es la Inspección que deja más, una fortuna al
mes, sin contar con las cortesías de la casa, una fichita aquí, otra allá... Y
además, por si fuera poco, está encaramado en el Gabinete del gobernador...
Luego, sintiéndose generoso:
- La señora ¿no tiene algún pariente
pobre que desee emplear? Si lo tuviera, basta con decirlo y dar el nombre... -
Respiró hondo, contento de sí mismo, y prosiguió, indomable- : Ahí como lo ve
usted bailando..., no se admire si en las próximas elecciones sale diputado...
- ¡Y tan joven todavía...!
- ¿Qué quiere usted, señora? Nació en
cuna de oro, le dieron la papa en la boca, camina sobre rosas.
Aquella noche gloriosa Mirandao se
sintió poeta, e improviso un discurso monumental que arrancó lágrimas incluso a
la misma doña Aurora, la fiera de Río
Vermelho.
Doña Rozilda entrecerró sus ojitos
menudos para ver mejor mientras una llama de ambición, amarilla, le brillaba en
la frente, Joáozinho Navarro finalizaba un tango
floreado y Vadinho y Flor se
sonreían. Doña Rozilda tembló de emoción: jamás
había visto así la cara de su hija, y
la conocía bien. Y el muchacho - se preguntaba-
¿también él había sido tocado y
marcado para siempre? El rostro de Vadinho estaba rodeado como por un aire de
inocencia, de candidez, de tanta sinceridad que la emocionó. ¡Ah, milagroso
Señor del Bonfin! ¿Sería ése el yerno rico e importante
que los cielos le habían destinado?
Todavía más rico e importante que el paraense
Pedro Borges, con todas sus lenguas
de tierra y de río y sus docenas de criados.
¡Tener por yerno al nieto de un
senador, que estaba en los secretos del Gobierno, que él
mismo era Gobierno!:
«¡Ay, válgame Nuestra
Señora de Capistola!
¡Concédeme, Señor del Bonfin, la
gracia de ese milagro, y seguiré descalza la
procesión del lavatorio, llevando
flores y un cántaro de agua pura!»
El mayor se estaba acercando. Doña
Rozilda agradeció a Mirandáo su información y dirigiéndose al dueño de casa
señaló al grupo formado por Vadinho, Flor, doña Lita y Porto en un rincón de la
sala. Mirandáo, dándose cuenta de la maniobra de la
vieja alcahueta, hizo un esfuerzo, se
puso también de pie y fue a buscar una
cerveza. Doña Rozilda le pidió al
mayor:
- Mayor, presénteme a aquel joven...
- ¿No lo conoce? Pues es un pariente
del doctor Airton Guimaráes, el delegado auxiliar, mi amigo del alma... -
Sonrió vanidosamente y agregó- : Para los íntimos, Chimbo... Él me dijo:
«Pergentino, llámame Chimbo, ¿somos o no somos amigos?» Es un hombre que no se
anda con vueltas, derecho... me hizo un favorazo...
Hablaba en voz alta para que todos lo
oyeran, haciendo alarde de su amistad con el delegado. Doña Rozilda estrechaba
ya la mano del joven y Flor hacía las presentaciones.
- Mi madre..., el doctor Waldomiro...
- Vadinho para los amigos...
- El doctor Waldomiro vive a la
sombra de nuestro eminente jefe, el gobernador.
Trabaja en su Gabinete... - añadió el
dueño de casa.
- El gobernador le tiene mucha
simpatía, mayor. Hoy mismo me dijo: «Dale un abrazo al amigo Pergentino, amigo
del alma...»
El mayor sentía una felicidad
oprimente:
- Muchas gracias, doctor...
Porto, que se sentía un poco tímido
ante tanta intimidad palaciega, comentó:
- Mucha responsabilidad... Pero
también es muy importante... Vadinho se hacía el modesto:
- Una sonsera... Ni siquiera sé si
voy a continuar en Palacio...
- ¿Por qué? - preguntó doña Lita.
- Mi abuelo - dijo confidencialmente
Vadinho- , el senador...
- El senador Guimaráes - susurró doña
Rozilda.
Vadinho la miró, sonriéndole,
mientras un aura de candor circundaba su rostro;
luego le dedicó una sonrisa
melancólica a Flor, que estaba lindísima:
- Mi abuelo quiere que vaya a Río, me
ofrece un puesto...
- ¿Y usted va a aceptar? - preguntaba
Flor, con la muerte en sus ojos de aceituna.
- Nada me retiene aquí... Nadie...
Estoy tan solo... Y Flor suspiraba a su vez: «Tan sola...»
Desde el comedor reclamaban al mayor,
que no tenía un momento de descanso - como perfecto anfitrión- atendiendo a los invitados. Después apareció
alguien
dando unas palmadas y pidiendo
silencio: el doctor Mirandáo iba a hacer un brindis por los dueños de casa. Se
oyó el estampido de una botella de champaña al abrirse,
saltando el corcho hasta el techo.
Vadinho y Flor se encaminaron, sonrientes, hacia el lugar del discurso: «Un
discurso de Mirandáo - le anunció Vadinho-
es algo que no debe perder uno.» Doña Rozilda, dándole saltos el corazón
al ver a la joven pareja en marcha hacia el idilio definitivo comentó,
dirigiéndose a doña Lita y a
Thales Porto:
- ¿No son una pareja perfecta? ¿No
parecen nacidos el uno para el otro? Si Dios quisiera...
- ¡Calma, mujer! ¡Se acaban de
conocer, señora mía, y ya estás tramando el casamiento! - dijo Lita, meneando
la cabeza y pensando que su hermana estaba
medio loca, con esa manía de encontrarle
un novio rico a la hija.
Doña Rozilda, alzando el seco busto,
contempló a la pesimista con arrogancia. Del comedor llegaba, rotunda, empapada
en cerveza, la voz del orador, iniciando el brindis. Hacia allí se encaminó la
viuda, llena de esperanzas. En ese momento los
aplausos celebraban una frase feliz
de Mirandáo, que proseguía impávido:
- «En las páginas inmortales de la
Historia, señoras y señores, quedará grabado en refulgentes letras de oro el
honorable nombre del mayor Pergentino, ciudadano de virtudes inconmensurables.
(Dejó que la voz quedase vibrando en el aire un instante para subrayar la
palabra feliz.) Y el nombre de su nobilísima esposa, este ornamento de la
sociedad de la Boa Terra, doña Aurora, un ángel... Sí, señoras y señores míos,
un ángel de impolutas (y repetía, con voz cantarina: «impolutas») cualidades,
devota esposa, virgen de bronce...»
En el centro de la sala, el colado
Mirandao, erguido el brazo y empuñando la copa de champaña, dominaba a los
invitados y a los dueños de casa, todos pendientes de su elocuencia. El mayor
sonreía con beatitud; la devota esposa, la virgen de bronce, bajaba los ojos,
conmovida: jamás su fiesta alcanzara las alturas de ese triunfo.
- «... doña Aurora, ser amoroso,
santa, santísima criatura...» Las lágrimas arrasaban los ojos de la santa
criatura.
9
Los amores de Flor y Vadinho
desembocaron directamente en el casamiento, pues no hubo noviazgo ni
compromiso, como más adelante se verá cuando se explique la causa y la razón de
esa anomalía que venía a romper con los procedimientos habituales, consagrados
por todas las familias que se precian de
tales. Unos
amores, por lo demás, divididos en
dos etapas distintas, perfectamente delimitadas y con sus características
propias. La primera, plácida y risueña, toda azul y rosa, un cielo sin nubes,
una verdadera fiesta, la armonía universal. La segunda, confusa y asediada,
clandestina, color de vitriolo y de odio, el infierno en la tierra, el asco, la
guerra declarada. Durante la primera fase, doña Rozilda era irreconocible, toda
gentileza y comprensión, contribuyendo activa y devotamente al éxito del
idilio. Pero después se vio a doña Rozilda repartir abominaciones, rencor y
venganza - espectáculo tal vez pintoresco pero poco agradable- , dispuesta a
emplear todos los medios para impedir el matrimonio de la hija con aquel tipo
inmundo, «gusano, pústula, charca de pus». Toda esa podredumbre - «gusano,
pústula, charca de pus»- era ahora
Vadinho, antes el más perfecto joven soltero de Bahía, el pretendiente ideal,
bello y simpático, un corazón generoso, una perla de muchacho, de carácter
ejemplar, adamantino.
Mientras duró el inefable engaño
originado por la enmarañada novela inventada por Mirandao en la fiesta del
mayor Tiririca, confirmada y ampliada luego gracias a circunstancias
imprevistas, doña Rozilda fue feliz. Durante casi dos meses, dos memorables meses
de felicidad en los que pisoteó con el tacón de sus zapatos a toda la Ladeira
do Alvo y alrededores, desde la negra Juventina con sus aires de señora hasta
el doctor Carlos Passos con su creciente clientela. Exhibía su influencia e
intimidad con los círculos gubernamentales, con las altas esferas; su intimidad
con el poder, personificado en Vadinho. Y sobre todo exhibía al mozo enamorado
de su hija, con su elegancia picara, su labia, su animada conversación, su
prosopopeya. Veía en él a un Niño- Dios, lo era todo para ella. Y todo era poco
para él. Doña Rozilda se deshacía en su afán de agradarle, de cautivar al
muchacho, de amarrarlo.
Mucho contribuyó a que doña Rozilda
se mantuviese en tan completa ceguera un curioso equívoco.
Entre las amigas de Flor había una ex
compañera de colegio llamada Celia; la pobre
Celia, además de pobre era lisiada,
con una pierna defectuosa, coja. A duras penas
- «a rastras y con la lengua fuera»,
como decía doña Rozilda- pudo cursar la
Escuela Normal y diplomarse de maestra. Era aspirante a un nombramiento de
maestra de escuela primaria provincial y hacía meses que luchaba por obtenerlo
sin poder conseguir siquiera que la recibiese el director de Enseñanza. Doña
Rozilda le tenía cariño y la protegía, quizá debido a que siendo la joven tan
desdichada y humilde, a su lado ella y Flor parecían unas ricachonas. Oía con
benevolencia a la cojita quejarse de la vida y de los grandes de este mundo,
diciendo horrores de los funcionarios y denunciando sórdidos aspectos de esos
«vampiros de la educación», como les llamaba con voz silbante que le salía de
entre los dientes oscuros y podridos. Allí sólo conseguían nombramiento las que
se entregaban, las que aceptaban invitaciones a paseos nocturnos por
Amarelinha, Pituba, Itapoá, así como a fiestas íntimas..., ¡unas
prostibularias! Una muchacha honesta no tenía posibilidades, se enmohecía en
los sillones de cuero de las antesalas. De tanto enmohecerse en ellos, Celia se
había convertido en un picante depósito de maliciosas anécdotas sobre
funcionarios y jefes de sección, para no hablar del director de Enseñanza,
invisible personaje sobre el cual, sin embargo, la rechazada postulante lo
sabía todo: costumbres, bienes, preferencias, esposa, hijos, la amiguita. Nada
se le escapaba. No obstante, jamás había conseguido ser recibida por él y
exponerle su triste caso.
Fue entonces cuando, cierta noche en
los primeros días del galanteo, la desesperada maestra (el plazo para la
designación de nuevas pedagogas concluía
esa semana) llegó a la casa de Flor
coincidiendo con Vadinho y se la presentaron. A
doña Rozilda le gustaría que la joven
obtuviera su empleo, y más le hubiese gustado aún poder confirmar ante la
vecindad la influencia del muchacho, del aspirante a yerno que disponía de
nombramientos y de presupuestos, que tenía poder en la Administración del
Estado, influencia que ella utilizaría con sumo placer. Indudablemente la viuda
estaba atrapada en una red de engaños con respecto a la personalidad del
gavilán que rondaba a su hija; pero no estaba errada cuando, al
describir a los conocidos su carácter
intachable, elogiaba su buen corazón: para Vadinho todo sufrimiento era injusto
y odioso. Así que apenas doña Rozilda le contó la historia de Celia,
dramatizando los detalles, haciendo resaltar su lesión («incluso aunque
quisiera no podría recibir las licenciosas invitaciones de los canallas de la
repartición: carecía de atractivos para tanto»), exagerando las injusticias,
multiplicando el hambre de la moza y de sus cinco hermanitos, de la madre
reumática y del padre, que era sereno nocturno. Vadinho simpatizó en seguida
con la noble causa y se convirtió en su campeón. Realmente decidido a hablar
del asunto con sus conocidos de juego, algunos de los cuales tenían cierta
influencia, juró con vehemencia a doña Rozilda y a Flor que al día siguiente
por la mañana exigiría al director de Enseñanza, a la hora del despacho con el
gobernador, el inmediato nombramiento de la maestra. No iba a pasar del día
siguiente: que Celia fuese por la tarde a ver al director, que el nombramiento
y el cargo eran para él coser y cantar.
- Déjalo de mi cuenta...
- Déjalo a él... - confirmaba doña
Rozilda.
Flor no hizo ningún comentario, no le
importaba si Vadinho gozaba o no de tanto prestigio, y hasta hubiese preferido
que fuese menos influyente y por lo tanto menos ocupado. Pasaba días sin
aparecer, sin venir a conversar con ella al pie de la escalera, y cuando venía
tenía la cara abotargada, somnolienta (de pasar las noches en claro en el
despacho del Gobernador).
Vadinho pidió el nombre completo y
demás datos de la aspirante. Una vez más Celia hubo de redactar esa fría
literatura en un pedazo de papel: sin esperanzas: ya lo había hecho muchas
otras veces. ¿Por qué iba a conseguirle empleo ese atildado metido a picaflor,
con su aspecto de villano, de vicioso, con seguridad un pobre diablo? Si hasta
el padre Barbosa le había dado una carta para el director, y si el
padre no había obtenido nada, ¿qué
podía hacer el tal festejante de Flor? ¿A quién
se le habría perdido la influencia
para que él pudiera haberla encontrado? Se veía en seguida, en la cara
trasnochada, que era un sinvergüenza. Celia había ido acumulando escepticismo y
amargura, de tanto arrastrar la pierna zamba por las hostiles salas de la
Dirección de Educación. No la enternecía la felicidad de los otros, ni siquiera
la de aquellos pocos que deseaban ayudarla, compadecidos por su destino. Su
corazón estaba seco, árido, y, al garabatear los nombres del padre y la madre,
la fecha de nacimiento y el año en que se recibió, lo hacía con la certidumbre
de perder el tiempo y el esfuerzo, pues ese mequetrefe no iba a dar un solo
paso; ya estaba harta de esos cuenteros presumidos: puras promesas y se acabó.
Pero ¿qué iba a hacer? Doña Rozilda estaba toda embobada con el vanidoso:
doctor Waldomiro por aquí, doctor Waldomiro por allá, y ella, Celia, tendría
que buscar quien le diera de comer. En cuanto al tipejo, bastaba verle la cara
para comprender cuáles eran sus intenciones: comerle los ahorros a Flor, salir
disparado y adiós para siempre.
Celia era injusta con Vadinho, pues
el joven, para atender su pedido, hizo aquella noche el recorrido completo de
las casas de juego, con doble mala suerte: perdió todo lo que llevaba en la
cartera y no encontró un solo conocido importante al que
exponer el pequeño drama
de la maestra
e interceder por ella.
Ni Giovanni
Guimaráes, ni Mirabeau Sampio, ni su
tocayo Waldomiro Lins; ninguno de ellos apareció, como si todas sus relaciones
influyentes se hubieran retirado del juego, abandonando la ruleta, el bacará,
el punto y banca, la ronda y el veintiuno. Así fue pasando la noche, y la
figura más ilustre que encontró fue Mirandáo, con el que terminó yendo a cenar
un sarapatel de arromba en casa de Andreza, hija- de- Oxun y comadre del
estudiante de agronomía.
- La tipa está verdaderamente
maldita... - comentaba Vadinho contándole el caso a Mirandáo, camino del
barracón de la negra de Oxun- . Patizamba, esmirriada, y encima de todo esa
mala suerte...
Mirandáo le aconsejó a Vadinho que no
se hiciera mala sangre; hay gente así, hermanada con la desgracia, y nada se
adelanta con querer ayudarlos. Además, la preocupación quita el apetito, y
el sarapatel de Andreza era un
monumento,
ensalzado hasta por el doctor
Godofredo Filho, con toda su autoridad. Al día siguiente, ya Vadinho podría
arreglar el asunto. Después de todo, la cargosa había esperado tanto que por un
día más o menos no iba a suicidarse. En cuanto al sarapatel de su comadre
Andreza, ¿cómo era la frase, mejor dicho, el verso del Maestro Godofredo?
¿Y a quién encontraron en la cena de
la hija- de- santo? Pues allí estaba nada menos que el poeta Godofredo en
persona, haciendo honor a la comida de Andreza, sin regatear elogios al
condimento y a la cocinera, un pedazo real de negra,
palmera imperial, brisa matutina,
proa de navío. Andreza sonreía con toda su
prosapia y realeza, mientras molía
pimienta para el aderezo.
- ¡Pero mira quién está ahí! -
exclamó Mirandáo, saludando- , mi inmortal, mi maestro, considéreme de rodillas
ante su intelectualidad.
- Arrodillados estamos todos ante ese
sarapatel divino - dijo riendo el poeta, dando
la mano a los dos jóvenes.
Se sentaron a la mesa y Andreza no
tardó en notar que Vadinho estaba preocupado. Él, que siempre era tan alegre y
travieso, tan lleno de ingenio, tan pícaro.
¿Qué le había
pasado para que
tenga esa cara
tan sombría, tan
melancólica? Cuente, mi santo,
descargue su pecho, eche afuera las amarguras.
Andreza, de amarillo, pulseras y
collares en los brazos y en el cuello, era la misma Oxun, toda mimo y
hermosura. Cuente, blanquito mío, no se ponga tristón, aquí está su negra para
oírlo y consolarlo.
Mientras comían - el mantel oliendo a
pachulí, el piso perfumado con hojas de pitanga- , entre el sarapatel y la pura
cachaca de Santo Amaro, Vadinho fue desgranando el rosario de desdichas de la
infeliz maestra de escuela. Sentada a la cabecera, la negra Andreza se conmovía
con el relato y oprimía con una mano el pecho jadeante. ¡Pobrecita, la chica,
con su lesión y su hambre, con deseos de
trabajar y sin empleo! ¿No sería
posible que Godo, cuyo nombre aparecía en los
diarios, y que era un alto
funcionario, dijese una palabra a alguien, se preocupara por la pobrecita? Los
labios de Andreza temblaban al suplicar... Vadinho tenía razón... ¿Cómo podía
uno sentirse alegre cuando alguien sufría de ese modo, tenía una vida tan dura?
Ya no podría sentir alegría hasta que no supiera que la muchacha tenía
nombramiento. El poeta Godofredo prometió interceder, quién sabe, quizá
consiguiese algo, ¿cuándo había quedado ella en volver a la Dirección?
¿Al día siguiente?.. No, aquella
misma tarde, pues ya casi estaba amaneciendo... Eso es lo que él le había dicho
que hiciera. Entonces que fuese, Godofredo vería... No aclaró que era pariente
cercano y amigo íntimo del director de Educación y que un pedido suyo era una
orden. Al poeta no le gustaba ostentar; incluso publicaba sus poemas muy de vez
en cuando. Lo único que quería era devolver la sonrisa a Andreza; sin su
sonrisa la noche era triste y el mundo desierto y frío.
Y de este modo, cuando Celia, a la
tarde siguiente, pesimista pero obstinada, arrastraba su pierna zamba escalera
arriba y entraba en la antesala del gabinete
del director de Educación, cuál no
sería su sorpresa al ver que el secretario de Su
Excelencia, antes seco y ríspido, la
saludaba efusivamente:
- Señorita Celia, la estaba
esperando. Mi enhorabuena, ya salió su nombramiento, ya está firmado...
- ¿Eh?... - masculló temblorosa la
maestrita- . ¿Cómo? Cada vez más amable, el secretario dijo en tono
confidencial:
- Tal como se lo digo... Es lo
primero que el director hizo al llegar... Con seguridad fue una orden que vino
de arriba. Era una de las últimas vacantes y estaban todas
reservadas... ¿Quiere un consejo?
Vaya y preséntese en seguida, sin pérdida de tiempo.
Se presentó, tomó posesión, juntó a
su esmirriada familia y se fue al primer piso del Alvo a dar las gracias. «Una
orden de arriba...», informó; y doña Rozilda repetía
las palabras, saboreándolas,
llenándose con ellas la boca: tenían gusto a poder.
Vibraba de satisfacción. No había
esperado un nombramiento tan rápido, un resultado tan fulminante. Con esa
urgencia, con tanta rapidez, sólo podían ser órdenes directas del gobernador y
de ningún otro; sin duda Vadinho hacía y
deshacía en el Gobierno.
La noticia circuló por la Ladeira y
esa noche, cuando Vadinho llegó con la esperanza de estar a solas con Flor, en
la oscuridad de la escalera, fue saludado por los
vecinos, que casi formaban una
manifestación, todos ellos deseando expresarle su
aprecio. Cuál no sería su sorpresa
ante tantos agradecimientos, abrazos y elogios y las histéricas exageraciones
de doña Rozilda. Había pasado el día durmiendo y ya casi no recordaba las
desventuras de la imposible postulante.
- ¡Ah!, no es nada, no me deben nada.
¡Por favor...!
El poeta había cumplido la promesa.
Lo había prometido, aunque más a Andreza que a él. Pero ¿cómo decir la verdad,
cómo deshacer el equívoco? Jamás doña
Rozilda y sus vecinos, jamás la
triste maestra y su gente esmirriada y mugrienta,
con el color de la suciedad en la
cara, todos juntos allí para manifestarle su agradecimiento, jamás podrían
comprender por qué intrincados caminos andan el mundo y los hombres; jamás creerían que Celia debía
su designación a una cocinera negra, mucho más pobre que ella, que vivía
contenta en una casucha de madera junto a la orilla del mar, en Agua de
Meninos, y que preparaba almuerzos para los saveiristas y changadores: la negra
Andreza de Oxun.
Corrió la
voz y llovieron
los pedidos. En
menos de una
semana hubo ocho peticiones de nombramiento para maestras
de escuela. Desde motorista de tranvía
hasta inspector de impuestos, no hubo
cargo que no tuviera un aspirante dedicado
a adular a doña Rozilda, que no
llamara a las puertas de la casa de la Ladeira do Alvo. Hasta el empleo de
sacristán en la iglesia de la Conceicao da Praia, que aún no había quedado
vacante, hasta eso le vinieron a pedir. Ni aunque Vadinho fuese a un mismo
tiempo gobernador y arzobispo, ni aun así hubiera podido dar abasto.
10
Tocaba doña Rozilda las cumbres del
poder, sentía el sabor inigualable de la fama. Y Vadinho tocaba los duros senos
de Flor en la oscuridad de la escalera y sentía el gusto sin igual de la boca
sedienta y temerosa de la muchacha, mordisqueándole los labios y revelándole un
mundo apenas entrevisto de placeres prohibidos, ganando en cada noche de
cortejo una nueva parcela de sus defensas, de su cuerpo, de su pudor, de su
oculta emotividad. El deseo la consumía en una hoguera de altas llamaradas;
brasas vivas ardían en su vientre, pero Flor procuraba contenerse, reprimirse.
Mientras tanto, se sentía cada día menos dueña de su propia voluntad, su
oposición era más débil, menor su resistencia, y se iba transformando en una
sumisa esclava del audaz muchacho, que ya se había apoderado de casi todo su
cuerpo, abrasado por una fiebre sin remedio, ¡ay!, sin remedio.
¡Atrevido Vadinho! Ni le había dicho
que la amaba, ni había hecho alarde de sentimientos apasionados y ni siquiera
le había pedido permiso para cortejarla. En lugar de frases poéticas, de
términos alambicados, lo que ella oía eran frases dudosas, insinuaciones
malintencionadas. Cuando subía la Ladeira do Alvo acompañando a Flor (cuyo
regreso de casa de tía Lita, en Río Vermelho, ocurrió unos días después de la
fiesta de Pergentino), el petulante, al leer el anuncio de la Escuela de
Cocina, le murmuró al oído, en un susurro romántico, como alguien que la
festejara con toda inocencia:
- Escuela de Cocina Sabor y Arte... -
repitió- : Sabor y Arte... - y bajó la voz, mientras su bigotito rozaba la
oreja de la muchacha- : ¡Ah!..., quiero saborearte...
- juego de palabras que no era sólo
un retruécano de mal gusto: era a la vez una
franca advertencia sobre sus
intenciones, un cínico programa, un claro proyecto de seducción. Nunca había
tenido un festejante como éste, tan diferente de los otros, ni había imaginado
que se pudiera cortejar de aquel modo. ¿Cómo no lo rechazó de inmediato?
Flor no era una de esas descocadas
ventaneras, de amoríos escandalosos en la esquina, al pie de las escaleras o en
la oscuridad de los portales. Jamás ningún
insolente se había atrevido más allá
de un tímido beso, y Pedro Borges apenas si llegó a rozar sus mejillas. Ella no
era muchacha acostumbrada a tolerar caricias íntimas. Bastaba que un impulsivo
extendiera la mano en un gesto osado con la intención de tocarla, para que Flor
se llenase de indignación y lo despidiera, como queriendo conservarse íntegra
para aquel a quien realmente amase. En cambio a éste no, a éste nada le
rehusaría; y éste era Vadinho. He ahí por qué no lo rechazó como a los otros,
sin grosería ni escándalo, pero firme e inflexible.
Ni siquiera lo rechazó la primera
vez, y sin embargo casi no se conocían, pues sucedió el domingo del Bando
Anunciador, al día siguiente de la fiesta en casa del mayor Tiririca. Flor
había ido con las amigas a ver las comparsas y allí apareció Vadinho, poniéndose
a su lado. Las otras se apartaron, entre risitas... Realmente, cabía suponer
que era el momento en que iba a ocurrir la indispensable declaración (una
declaración más o menos vehemente y florida, según el temperamento y la vena
del pretendiente; algunos, más timoratos, preferían hacerla por escrito, uti-
lizando, si era preciso, la ayuda del «Secretario de los Amantes»). Antes de
llegar él, las muchachas estaban comentando el enamoramiento del joven: en la
fiesta, no había dejado sola a Flor ni un minuto, siendo su pareja de baile
permanente. Ahora se declararía. Grave momento: la joven podía dar el sí o
pedir un tiempo para pensarlo mejor, generalmente veinticuatro horas. Flor
había anunciado a sus amigas que se
proponía hacer sufrir unos
días a Vadinho, pero
las otras lo dudaban; ¿tendría el coraje necesario?
De labios de él no salió ninguna
clase de declaración, la conversación giró en torno a los
más diversos temas; siempre en tono
divertido..., ¡un veleta era
este Vadinho! Dos animados conjuntos carnavalescos, en competencia, se
encontraron junto al muro de la iglesia de Sant'Ana, y aprovechando la
avalancha que se produjo cuando la gente corrió hacia allí, apretujándose,
Vadinho se puso detrás de
ella, abrazándola, cubriéndole los
senos con las manos y besándola ávidamente en
la nuca. Ella, temblorosa, cerró los
ojos y lo dejó hacer, casi muerta de miedo y de alegría.
Los primeros días de este cortejo sin
declaración formal y sin formal consentimiento fueron inolvidables. Todos los
años, en el verano, cuando se celebraban las fiestas
del barrio, acostumbraba Flor a pasar
un tiempo con sus tíos, a los que quería mucho. La Escuela de Cocina se cerraba
durante el mes de febrero y ella iba para
asistir a la procesión de la oferta a
Yemanjá, el día 2, cuando los saveiras cortan las ondas cargadas de flores y
presentes para doña Janaína, madre de las aguas, de la
tempestad, de la pesca, de la vida y
la muerte en el mar. Flor le ofrecía un peine,
un frasco de perfume o un anillo de
fantasía. Yemanjá mora en Río Vermelho, su
peji se alza en una punta de la
costa, sobre el océano.
Junto con las muchachas del lugar,
tenía un alegre e intenso programa de diversión: por la mañana, playa; de
tarde, paseo por el Farol da Barra y por Amaralina, yendo en ocasiones hasta
Pituba; la organización y los ensayos de carnaval: levantar el tablado era una
divertida faena; los picnics en Itapoá, en la casa del doctor Natal, un médico
amigo de tío Porto, o en la Lagoa de Abaeté, con guitarras y canciones; y las
batallas de confeti... De noche caminaban por el Largo de Sant'Ana o por
Mariquita, entre las coloridas barracas, o iban a bailar a casa de alguna
familia amiga, cuando ellas mismas no invadían y ocupaban una sala de recibo,
improvisando un «asalto».
La casa de Porto, cubierta de
enredaderas y acacias en flor, estaba situada en la Ladeira do Papagalo, y los
domingos, invariablemente, el tío salía con otro aficionado a la pintura, un
tal José de Dome, que vivía en el Largo, oriundo de Sergipe y apocado como él
solo. Salían a dibujar caseríos y paisajes. Unos dos años antes, cuando Rosalía
y Antonio Moráis se habían ido a Río, Flor, triste y sola, llegó a sentir
cierta vaga inclinación por el pintor, hombre ya maduro, que tendría sus
cuarenta años aunque aparentaba menos, un mulato duro y enjuto. Un día,
venciendo su timidez, él le propuso hacerle un retrato, y hasta llegó a
empezarlo, en ocres y amarillos hirientes, contra los cuales resaltaba el color
de Flor, transfigurado. «Es obra de un loco, un disparate; además ese fulano es
lelo»,
sentenció doña Rozilda, que en
materia de arte no iba mucho más allá de los cromos de los almanaques, al ver
aquella explosión de color y de luz. Pero José de Dome no pudo terminar el
retrato. No tuvo tiempo, pues Flor debía regresar a la Ladeira do Alvo y,
aunque prometió ir los domingos, nunca lo hizo: ella tampoco entendía la
pintura del sergipano. Le era simpático por su sonrisa y su soledad. Pero ésa
fue una relación amistosa; no un amor: no se puede dar ese calificativo a los
largos silencios y a las breves sonrisas que se producían durante las horas de
pose. No pasó de ser una efímera inclinación, que sólo duró los días de
veraneo, sin que el artista llegara a vencer su timidez. Cuando Flor regresó a
Río Vermelho y volvió a encontrarse con el amigo del tío la cordialidad siguió
siendo la misma, pero estaba roto el encanto de las vacaciones anteriores y era
como si nada hubiese ocurrido entre ellos. En cuanto al retrato inconcluso, aún
está hoy en la pared del taller del pintor, en el tercer piso de una vieja
casona, en la esquina del Largo de Sant'Ana; allí puede verlo el que quiera,
basta con atreverse a subir las destartaladas escaleras.
¡Qué diferencia con Vadinho...! El
era como una avalancha incontenible que la arrastraba, dominándola y decidiendo
su destino. Al finalizar aquellos perfectos y vertiginosos días de Río
Vermelho, Flor comprendió que ya no le sería posible vivir sin la gracia, la
alegría, la loca presencia del muchacho. Hizo todo lo que él le pidió: en las
fiestas no bailó con ningún otro; entrelazadas sus manos con las de él cruzó la
kermesse del Largo y descendió hasta la oscuridad de la playa, como él le
sugirió, para besarse más libremente en las sombras de la noche; con un
escalofrío sintió cómo la mano de él subía bajo su vestido, acariciándola,
ascendiendo hasta los muslos y las caderas.
¿Quién hubiera imaginado a doña
Rozilda tan democrática, tan liberal? Cerraba los ojos a los evidentes excesos
de los enamorados, tan sin control, tan desenfrenados que hasta
la tía Lita,
tan poco apegada
a los convencionalismos, llegó
a preocuparse y advertir:
- ¿No te parece, Rozilda, que Flor le
está dando demasiada cuerda a ese mozo? Salen juntos a todas partes como si
fueran novios, como si no hiciera más que unos
pocos días que se conocen...
Doña Rozilda reaccionó con violencia,
en tono de pelea:
- No sé qué diablos tienen ustedes en
contra de Vadinho. Sólo porque el muchacho es rico y tiene una posición
brillante, todo es un puro rum- rum contra él; no sé por qué le tomaron
tirria... En cambio con esa porquería de pobretón metido a pintor se
habían entusiasmado hasta decir basta
y si de ustedes dependiera se hubieran
casado en el acto. Como si yo fuera a
darle mi hija a ese escarabajo. Pero de Vadinho sólo imaginan maldades. No veo
que haya nada malo en que él festeje a Flor, pues ella ya está en edad de
casarse... Cuando el Señor del Bonfin, oyendo mis oraciones, nos manda un buen
partido, tú y Porto arman un alboroto tremendo..., que si esto..., que si lo
otro..., ¡déjenme, mujer, tranquila...!
- Yo no armo nada, mi santa,
sosiégate. Sólo comentaba... Por qué siendo tan escrupulosa, tan no- me- toques
que ya dices que es una perdida..., ahora te pasaste al otro lado..., le das
rienda libre a la nena...
- ¿Entonces te parece una perdida?
¿Es eso lo que crees? Dilo...
- Cálmate, Rozilda..., tú sabes que
no dije eso... Doña Rozilda quería cerrar la discusión:
- Yo sé lo que estoy haciendo, es mi
hija, y con la ayuda de Dios se casan este año...
- Puede ser, Dios lo quiera...
- ¿Puede ser? Va a ser, no lo
dudes..., no me vengas en cuanto ves a una chica paseando sola con un muchacho
con cuentos chinos..., lo que pasa es que ustedes tienen antipatía a Vadinho...
Pero no, nadie le tenía antipatía al
joven; los había seducido a todos con su labia y
su fantasía; primero a los conocidos
de Río Vermelho, después a los de la Ladeira do Alvo. Doña Lita y Porto ya se
sentían amigos suyos y bien que les gustaba para marido de Flor. En cuanto a
doña Rozilda, parecía vivir exclusivamente para cumplir
sus deseos, para adivinar sus
caprichos.
En cuanto a caprichos, Vadinho sólo
tenía uno; estar a solas con Flor, tomarla en sus brazos, vencer su resistencia
y su pudor, irse apoderando de ella poco a poco
en cada encuentro. Amarrándola en las
cuerdas del deseo, pero amarrándose él
también, atándose a esos ojos de
aceituna y maravilla, a ese cuerpo tembloroso y arisco que deseaba con avidez y
se contenía por pudor. Preso, sobre todo, en la mansedumbre de Flor, en la
atmósfera familiar, en el ambiente de hogar propio, en la gracia simple de la
moza, en su quieta belleza; atmósfera que ejercía una poderosa fascinación en
el mozo.
El muchacho nunca había hecho vida de
familia. No llegó a conocer a la madre, que murió al darlo a luz, y el padre no
tardó en desaparecer de su existencia. Vadinho era el producto de una ocasional
pareja, formada por el primogénito de una familia pequeña burguesa de buen
pasar con la mucama de la casa; su padre, el ya mencionado pariente lejano de
los Guimaráes, mientras se mantuvo soltero se ocupó de él. Pero luego hizo un
casamiento afortunado, y procuró librarse del bastardo, por quien su esposa, ignorante
y devota, sentía un santo horror - «¡hijo del pecado!»- . Lo internó entonces
en un colegio de curas, en el que a trancas y barrancas Vadinho llegó hasta el
último año del secundario, que no terminó porque un domingo de visitas sintió
una súbita pasión por la madre de un colega, distinguida cuarentona casada con
un comerciante de la Cidade Baixa, a la que se consideraba en aquel tiempo como
la puta más fácil de la alta sociedad de la capital. Fue una pasión voraz y
correspondida.
Era una pasión con ribetes
románticos. La insigne lo miraba lánguidamente y suspiraba, y Vadinho la
rondaba por el patio de visitas del colegio, triste como una cárcel, una
lúgubre cárcel de niños. Ella le daba chocolatinas y bizcochos, sacándolos del
paquete que traía para el hijo. Vadinho le ofreció a escondidas una orquídea,
robada del invernadero de los frailes. Un día de salida (el primer domingo del
mes; Vadinho nunca había salido hasta entonces, pues nadie lo venía a buscar ni
tenía adonde ir), ella lo llevó a almorzar a su casa, un palacete en el Largo
da Graca, presentándolo al marido:
- Un compañero de Zezito, huérfano,
no tiene familia...
Zezito, que era medio retardado, se
dedicaba a criar preás, y los domingos de salida todo el tiempo le parecía poco
para atender a los pequeños roedores en el sótano de la casa. En cuanto el
comerciante comenzó a roncar, a la hora de la siesta, Vadinho se vio arrastrado
al cuarto de coser, en donde fue envuelto en besos y caricias, y poseído. «Mi
chiquito, mi discípulo, mi alumno, yo soy tu maestra, ¡ay!, mi doncel...» Ella,
consciente de su condición de maestra, se dedicaba a enseñarle..., ¡y cómo enseñaba!
La pasión fue en aumento, insaciable y brutal. Ella, deshaciéndose en ayes y
promesas, le repetía una y otra vez, cínica y tranquilamente, que él era su
primer amante y que nada anhelaba en el mundo más que irse con él para vivir
juntos aquel gran amor, ocultos en cualquier rincón. Lástima que él estuviera
interno en un colegio...
- Si yo me fuese del colegio,
¿vendrías de verdad a vivir conmigo?
Y se escapó del colegio, apareciendo
una noche, a primera hora, para liberarla del
«bestial burgués» que tanto la hacía
sufrir, que tanto la humillaba cuando la poseía. Había encontrado un miserable
cuarto en una pensión de último orden y comprado
pan, mortadela (adoraba la
mortadela), un mejunje con etiqueta de vino y un
ramito de flores. Todavía le sobraban
unos cuantos mil- réis de los que habían reunido los colegas más íntimos, que,
conocedores del caso y solidarizados, se habían juntado para financiar su fuga
y su amor. Para ellos Vadinho era un machazo.
La estimada señora casi se muere del
susto cuando él invadió el hogar, en momentos en que el marido, en la otra
sala, se escarbaba los dientes y leía los diarios. Ella, indignada, le dijo que
estaba loco. No era una aventurera, no iba a dejar la casa, el esposo y el
hijo, su comodidad y su posición social, e irse a vivir como manceba de una
criatura en la miseria y en la deshonra. Vadinho no estaba en su sano juicio,
debía volver al colegio, donde quizá no habían advertido su
escapada, y el próximo domingo de
visitas, ¡ah!, ella le prometía...
Las promesas no lograron calmarlo,
estaba lleno de ira, se sentía vejado, burlado. Sin tener en cuenta la
proximidad de los cuernos del comerciante, agarró a
madame por la larga y oxigenada
cabellera, le dio unos bofetones y la insultó y
armó un jaleo de tales proporciones
que no tardaron en presentarse, en agitada concurrencia, no sólo el marido y
los criados, sino también los vecinos del elegante Largo da Graca. Vadinho
declaró después que aquel día se había hecho hombre. Un hombre escarmentado
para siempre.
Fue así cómo, de mano del escándalo,
entró en la vida nocturna de la ciudad, siendo un jovencito de diecisiete años
con el que simpatizó Anacreon, un timbero
famoso, jugador de fino estilo. Nadie
más autorizado para revelar al mozo inexperto
las sutilezas y matices de la ronda,
del veintiuno, del bacará y del póker, e introducirlo en las dialécticas de las
mesas de ruleta y en la mística de los dados; pues Anacreon no sólo era
competente, era asimismo un corazón leal, que miraba de frente a la vida, y un
tanto quijotesco. Con el padre tuvo un breve encuentro, negándose él a volver
al internado y el ruin Guimaráes a darle su bendición y cualquier clase de
ayuda financiera: «no tenía recursos para alimentar a revoltosos». Desde que
contaba con la fortuna de la mujer se había vuelto mezquino y moralista.
Además, a esa altura de su vida, en que su nombre aparecía en las notas de
sociedad, le asaltaban serias dudas con respecto a la paternidad de Vadinho.
¿Sería verdaderamente hijo suyo? La finada Valdete lo había acusado, entre
besos, de haberla desflorado y embarazado. Pero ¿es la palabra de una criada un
documento que merezca crédito? Jamás conoció a otro hombre, habían manifestado
sus llorosas amigas, junto al cadáver de ella. Pero la palabra de las otras
domésticas, que no tenían dónde caerse muertas, ¿puede constituir una prueba,
cualquiera sea la cosa de que se trate? Hacía tanto tiempo que sucediera todo
eso..., cuando era un adolescente irresponsable, un atolondrado... Quizá fuese
hijo suyo, quizá no lo fuese. ¿Quién podía presentar una prueba? ¿Cómo estar
seguro? De lo que no cabía duda es de que se trataba de un hijo de puta de los
peores: un mocoso y ya intentaba «forzar a una honesta señora, madre de un condiscípulo
en cuya casa fuera recibido como un hijo...». El tal padre de Vadinho era un
Guimaráes de la «rama podrida», como decía Chimbo; no había heredado el ímpetu
y la generosidad de la familia.
Vadinho no volvió a sentir nunca,
desde entonces, el perfume de un sentimiento familiar, ni volvió a tener nunca
un afecto complejo y profundo. Su vida sentimental, rica y variada, pues sus
múltiples amantes eran de las más diversas edades, posiciones sociales y color,
había transcurrido principalmente en los burdeles y
en los cabarets: metido entre
rameras y concubinatos pasajeros, además de unas pocas
aventuras con mujeres casadas, sin que ninguno de estos lazos tuviera la fuerza
del amor. Jamás un encamotamiento le hizo sentir más plena y voluminosa la
vida, y nunca una ausencia o una riña, el final de un asunto, lo volvió gris,
vacío, suicida. Se desplazaba hacia otro cuerpo de mujer del mismo modo que
cambiaba de mesa en la sala de juego cuando el 17, su número, le fallaba.
El encuentro con Flor en la fiesta
del mayor volvió a encender en él, de repente, aquella antigua necesidad de
hogar, de mesa puesta, de cama con sábanas limpias.
Ni siquiera tenía domicilio estable,
iba de una pensión barata en otra, mudándose
cada mes por falta de pago. ¿Cómo iba
a desperdiciar dinero en alquileres cuando le quedaba tan poco para el juego?
Flor traía un nuevo sabor a su vida,
una quietud, una placidez, un sabor a ternura familiar:
- Me gustas porque eres mansa como un
bichito, mi bien...
Lo había seducido al punto de estar
dispuesto a soportar a la madre. ¡Qué vieja terrible y cargosa, ridícula y
absurda! Amaba la sencillez de la muchacha, su dulcedumbre, su alegría sosegada
y su compostura. Si bien luchaba diariamente para derribar su resistencia y
quebrar su castidad, sentíase, sin embargo, contento y orgulloso de que ella
fuera así, recatada y seria. Porque sólo a él correspondía el
domar ese recato, convertir en placer
ese pudor. Los amigos de Vadinho descubrían un nuevo brillo en sus ojos cuando
de pronto se quedaba inmóvil ante la ruleta, soñador, olvidándose de poner una
ficha.
Los íntimos como Mirandáo ya no se
sorprendieron cuando en carnaval lo vieron integrando el conjunto de los
«Alegres Gazeteiros» organizado por las familias de
Río Vermelho, con figurines del tío
Porto, en el que las muchachas y los muchachos
disfrazados de vendedores de diarios
voceaban el Diario de Bahía, el Diario de Noticias y O Imparcial. Un carnaval
de confeti y mamáe- sacode, de serpentinas y canciones, en que el pomo de
perfume era para mojar a las muchachas cortejadas y no para olerlo. Un carnaval
sin cachaca. Lo opuesto a los carnavales de Vadinho, que transcurrían,
ininterrumpidamente, de sábado a miércoles, en una sola borrachera continua,
que duraba los cuatro días, integrando comparsas de máscaras, entre prostitutas
y bailando en medio de la calle, con bebida a granel. Al término de cada una de
las noches se caía de borracho en un tugurio cualquiera de la zona.
«Mira quién va allá, en aquella
comparsa, con un pandero..., es Vadinho..., en una comparsa, ¡quién lo diría!»,
exclamaban admirados los conocidos, acostumbrados a verlo en pleno relajo
durante las juergas de carnaval. Allí estaba, al lado de su Flor, cubriéndola
de confeti y de ternura.
Pero eso no le impedía chapalear en
los más bajos basurales e ingerir una cachaca
absurda, después de haberse despedido
de Flor a medianoche. Se iba derecho al Tabaris, al Meia- Luz, al Flozó. El
lunes, con el pretexto de un trabajo urgente en Palacio, se fue a las diez de
la noche. No podía llegar tarde al gran baile de la Gafieira do Pingúelo, al
que Andreza y otras soberbias morenas iban disfrazadas de damas de la corte de
María Antonieta, con vestidos de satén y terciopelo y albas cabelleras de
algodón.
Ni siquiera en los momentos cumbres
de la pasión, los de mayor dulzura familiar, los de pensamientos más hogareños,
imaginó Vadinho cambiar su vida, modificarla,
adquirir nuevos hábitos, regenerarse,
Mirandáo amenazaba con hacerlo de cuando
en cuando:
- Hermano, voy a regenerarme... De
mañana en adelante...
Vadinho nunca habló de eso. Amaba a
Flor apasionadamente y proyectaba casarse con ella, pero ni aun así estaba
dispuesto a rehuir sus solemnes compromisos: su juego y malandrinaje
cotidianos, sus borracheras y jaleos, sus casinos y burdeles.
11
Mar de rosas, libres horizontes, azul
cerúleo, la paz del mundo y su dulzura, Flor y Vadinho enamorados. Y
súbitamente la borrasca, el temporal, el cielo encapotado, la guerra sin
cuartel, la abominación, la prohibición cayendo sobre Flor y Vadinho.
Un tanto atribulado por sentirse
culpable de los acontecimientos - ¿no había sido él quien comenzara a levantar
aquel castillo de naipes, incapaz de resistir el soplo de la menor
averiguación?- , Mirandáo, moralista con humos de filósofo, reflexionaba:
- Ya ves..., ¿qué garantía puede
tener uno? Ninguna... Hasta un motor de camión,
cuando se adquiere, tiene garantía
por seis meses... Y en cambio cuando uno piensa que está instalado firmemente
en la vida, que las cosas al fin se ordenaron, ahí mismo se desmorona todo, el
santo cae de las andas y se convierte en basura... Opinaba Mirandáo que Vadinho
había caído de las andas en que lo había colocado, como a un santo, y que el
santo se había transformado ahora en basura, siendo sus restos esparcidos por
el muladar. No había remiendo que pudiera restaurar su buen concepto ante doña
Rozilda, en su nueva situación de «dimitente al puesto de oficial del
gabinete». El concepto formado sobre él, por lo demás, estaba igualmente
comprometido ante Flor..., ¿cómo iba a aceptar al cuentero que la había
embaucado? Mirandáo conocía esas personas mansas y suaves: cuando sienten que
se abusó de su confianza surgen en ellas la obstinación y el orgullo y ya no
dan marcha atrás.
- Cuando se encabritan no hay nada
que hacer... - concluía con pesimismo.
¡Vil, ordinario, abyecto, infame
sujeto!: para doña Rozilda el idioma era pobre en expresiones suficientemente varoniles
y enérgicas como
para rotular a un
espécimen humano tan bajo... que
todavía en la víspera era el pretendiente ideal,
un santo llevado en andas, todo
adornado de alabanzas. Su hija se podía casar hasta con un guardia de la
policía, o con un criminal ya sentenciado por el juez, cumpliendo su pena en la
cárcel, pero jamás con ese miserable canalla. Habiendo recogido en las
vecindades del Alvo estas crudas opiniones, Mirandáo meneaba la cabeza,
apesadumbrado y realista: si Vadinho pensaba seguir el cortejo es porque no
entendía nada de mujeres. Él, siempre tan listo, ahora, cegado por la pasión,
no se daba cuenta de la realidad: todo se había enculado. Y el afligido
Mirandáo, para poder sobrellevar tanta conmoción, pidió otro trago al mozo del
Bar Triunfo.
A Vadinho le importaba poco restaurar
su crédito ante doña Rozilda, aplacar la furia de esa vieja de todos los
diablos, un pellejo intolerable, un purgante. Pero no
estaba dispuesto a romper con Flor, a
perder su apacible risa, su quieta ternura, su
entrecortado suspirar. Por el
contrario, ahora había decidido casarse con ella. Porque finalmente, de todo
aquello, lo único serio era el cariño, la comprensión, el quererse de verdad,
el amor de los dos: el resto no pasaba de ser una broma absurda. ¿Quién le
gustaba a Flor? ¿Él, Vadinho, su persona, o el cargo inventado, el cargo que no
ejercía, el dinero que no tenía?
De toda esa historia sólo había una
cosa que lo disgustaba: el haber sido desenmascarado por Celia, su protegida,
aquella patizamba que ahora era maestra gracias a su intercesión. Ella era
quien había armado todo ese barullo y desenredado el ovillo, denunciándolo a
doña Rozilda.
«¿Órdenes de
arriba?» Ese estafador
no había subido
nunca ni siquiera
las escaleras de Palacio; el único palacio que él conocía, y ése lo
conocía bien, era el Pálace, antro de juego y perdición, así como de mujeres de
la vida... ¿Influencia? A no ser en las calles de la más baja prostitución, con
las pupilas y los estafadores.
«¿Miembro del Gabinete del
gobernador?» Si se atreviera a entrar en el despacho del gobernador,
lo prendían en
el acto y
lo llevaban a
la gayola. «¿Su
nombramiento de maestra? Era mejor no
pensar en eso, ¿cómo se puede saber de
qué enredos y maquinaciones es capaz
ese embaucador?»
Pero... ¿cómo Celia, insignificante
maestra primaria, había descubierto esa red de engaños, desmenuzando todos los
detalles de la farsa, no dejando quedar ni siquiera una sombra de duda, un
puede- ser- quién- sabe al cual pudiera agarrarse
doña Rozilda, náufraga en el mar de
la sucia existencia? ¿Por qué semejante
empeño en desenmascarar y denunciar
al trapisondista, al seductorzuelo? Vadinho se sorprendió de sentirse herido:
- Y mira quién... Yo no le hice
ningún mal a esa muchacha, al contrario...
Quizá por eso mismo. Cuando Vadinho
le consiguió el empleo, Celia se sintió al mismo tiempo
agradecida y ofendida. En el
fondo, no le
perdonaba haberse
engañado con respecto a él, y que no
fuese el gigoló presentido por su olfato de
resentida, de malvada: su existencia
miserable la había vuelto envidiosa y ruin. Cada día estaba menos agradecida y
más ofendida..., aquel individuo no acababa de convencerla... Hasta que por
casualidad le dieron una pista. Entonces escarbó y removió cielo
y tierra para
descubrir, minuciosamente, la
trama de mentiras iniciada por Mirandáo en casa del
mayor, y de cuyo desarrollo era más responsable la vida que el mismo Vadinho.
Una vez reconstruidos los capítulos de aquel imaginario folletín, Celia se
sintió recompensada: a ella no se la engañaba así como así, tenía ojo y olfato:
para embaucarla a ella hacía falta algo más que conseguirle empleo,
nombramiento y posesión del cargo. Satisfecha, feliz con su vileza, ya no le
pesaba la pierna coja al subir los peldaños que conducían al primer piso, en el
que doña Rozilda y Flor estaban cosiendo para el ajuar. «Ese figurín no pasa de
ser un miserable gigoló; ella, Celia, nunca lo había dudado.» Su roñoso
semblante resplandecía; pocas veces se había sentido tan contenta: mucha gente
iba a llorar ese día, y maldecir al diablo, y crujir los dientes. ¿Y hay en el
mundo algo tan espléndido y excitante, un espectáculo que se pueda comparar al
del sufrimiento
ajeno? Para Celia no existía nada
igual. Jamás un hombre había mirado su cuerpo con ojos de deseo; nunca le había
sonreído alguien con amor, y los niños de la escuela le tenían miedo, le huían.
Doña Rozilda, convulsionada, quería
matar y morir, y gemía pidiendo un vaso de agua. Flor no le dio alguna
importancia, no hizo caso a sus ayes, dedicándose a
Celia:
- ¡Fuera de aquí, perra, no vuelva
más...!
- ¿Yo, Flor? ¿Hablas en serio? ¿Por
qué?
- Aunque él fuera lo que usted dice,
usted no debía venir con chismes, él le consiguió empleo... Lo que usted
debiera hacer es ocultar todo lo que supiera en
contra de él; estaba muriéndose de
hambre y él le buscó el puesto...
- ¿Y cómo sé yo si fue él?.. ¿Quién
lo vio? Para mí que la carta del padre Barbosa... Flor casi no levantaba la
voz, pero sus palabras escupían ira y desprecio:
- Fuera de aquí, antes de que yo le
enseñe a no meterse en la vida de los otros, perra vagabunda.
- Pues quédate con él, que te haga
buen provecho; verdaderamente tú naciste para descarada.
Y bajó las escaleras clamando contra
la ingratitud humana.
Guerra, sí. ¿Qué otra palabra, qué
otra definición usar? Y guerra sin misericordia. La guerra entre doña Rozilda y
Flor tuvo principio allí mismo, en aquel mismo instante. Al sonar el portazo en
la cara de Celia, doña Rozilda dejó de quejarse, abandonó su desmayo y gritó
llamando a la maestra. Quería continuar hablando sobre Vadinho, revolviendo la
herida:
- ¡Celia! ¡Celia! No te vayas... Flor
dijo, con voz cortante:
- Acabo de echarla...
- Ella vino a hacerte un favor y tú
la expulsas en vez de agradecérselo.
- Esa intrigante no vuelve a poner
más los pies aquí...
- ¿Desde cuándo mandas tú en esta
casa?
- Si ella entra, yo me voy...
Mirandáo había acertado al dar por
supuesto el poco crédito de Vadinho con doña Rozilda. Pero se equivocó, y
totalmente, en cuanto a la reacción de Flor. Naturalmente, no estaba contenta,
había sufrido una desilusión..., este Vadinho sin cabeza..., ¿para qué esas
mentiras? Sin embargo, en ningún momento pensó romper con él, en dar por
terminada la relación. Lo amaba, trayéndole sin cuidado su oficio o su empleo,
su posición social, su importancia en la política.
Así se lo dijo cuando, desafiando las
órdenes de doña Rozilda, salió a conversar con él en
una esquina próxima. Escuchó y aceptó
sus explicaciones, derramando
algunas lágrimas... «Loco, no tienes
juicio, mi tonto lindo.» Entonces, por primera
vez, le habló él de amor, de cómo la
quería y deseaba, hambriento y anhelante..., y la quería y deseaba como esposa.
Y esto, para Flor, compensó todo el enojo, toda la pena que le causara al
mentirle y engañarla sin necesidad.
Tendrían que tener paciencia y
esperar, le dijo Flor. Por lo menos los diez meses que faltaban para que ella
cumpliera los veintiún años; todavía era menor y dependía de la madre. Y que
Vadinho ni pensara en obtener el consentimiento de
doña Rozilda... Nunca había visto a
la madre tan exaltada y furiosa. Ni siquiera iba
a ser fácil encontrarse; tenía que
hallar la manera de verse sin que su madre lo sospechara. El festejo, ese
festejo con tantas facilidades, tan bien aceptado y apadrinado por doña
Rozilda, pasaba ahora a los subsuelos de la ilegalidad, estaba prohibido definitivamente:
la cotización de Vadinho en la Ladeira do Alvo no valía ni un poco de polvo de
la calle. Vadinho le enjugó con sus besos las lágrimas, allí mismo, sin
importarle la gente que pasaba.
Doña Rozilda la esperaba bufando,
empuñando el rebenque, un pedazo de cuero crudo para castigar a los animales y
a los hijos desobedientes. Hacía mucho que no lo usaba; el que más lo había
padecido era Héctor, estudiante relapso. Rosalía también había llevado algunos
rebencazos. Y Flor algunas zurras, cuando chica. Colgado en la pared del
comedor, caído en desuso, el primitivo látigo sólo servía ya como símbolo de
cruel autoridad materna. En cuanto Flor traspuso la puerta, doña
Rozilda levantó el rebenque; el
primer chicotazo le cayó sobre el cuello y la nuca, dejándole un cardenal,
marca de guerra que iba a tardar más de una semana en desaparecer.
Aguantó sin llorar, cubriéndose la
cara con las manos, reafirmando su amor.
«Mientras yo esté viva no te vas a
casar con él», rugía doña Rozilda. Al día siguiente, Flor casi no pudo
levantarse; tenía todo el cuerpo lastimado y la mancha roja seguía en el
cuello. Toda la Ladeira comentaba los sucesos; la negra Juventina, soberana en
su ventanal, distribuía los detalles, y el doctor Carlos Passos criticaba los
métodos educacionales de doña Rozilda, si bien no le negaba razones para estar
disgustada y furiosa.
Vadinho se presentó a la hora
acostumbrada; el primer piso estaba totalmente cerrado, el balcón vacío, la
puerta de la escalera cerrada y atrancada. La ventana
del cuarto de Flor daba sobre la
calle transversal y por entre las persianas salían
rayos de luz. Pronto encontró quien
le contase la paliza de la víspera; según las comadres, Flor, presa en el
cuarto, encerrada con llave, suspiraba.
Vadinho estuvo de acuerdo con la
negra Juventina, cuando la manceba de Antenor
Lima calificó a doña Rozilda con
retórica exactitud: «Una hiena bestial, eso es lo que es ella, don Vadinho.»
Éste oyó las noticias en silencio, dijo hasta luego y se fue.
Pasada la medianoche volvió, para
hacer abrir todas las ventanas a la redonda y despertar la Ladeira y las calles
próximas con la más dulce de las serenatas, una
serenata tan dulce y apasionada como
pocas veces hasta hoy se habrán hecho en
ésta o en cualquier otra ciudad.
Quienes la oyeron, conservan su recuerdo imperecedero en los oídos y en el
corazón.
También... ¡cómo para no ser así!
Vadinho logró juntar en homenaje a Flor lo mejor que había. Llevó al flacucho
Carlinhos Mascarenhas, el guitarrillo de oro, a quien
fuera a buscar el burdel de Carla, en
el confortable lecho de Marianinha PenteIhuda.
Al violín estaba la figura popular de
Edgar Coco, el nonplus- ultra, otro igual sólo en Río de Janeiro o en el
extranjero podría encontrarse. Tocaba la flauta - ¡y con cuánta maestría!- el licenciado en derecho Walter da Silveira.
Vadinho lo había arrancado de sus libros, pues acababa de licenciarse y se
preparaba para hacer oposiciones a juez; de allí a poco, ya magistrado
meritísimo, no volvería a exhibir más en público su flauta insigne, privando a
las musas de un celestial deleite. Punteaba la guitarra un mozo querido de
todos por su educación y alegría, sus maneras humildes e hidalgas a un tiempo,
su competencia en la bebida, su finura de trato, y desde luego, por su música:
por la calidad única de su arte, que sólo él tenía y nadie más, así como por su
voz entre misteriosa y picara. Un retado. Había comenzado a tocar y cantar en
la radio y ya lo coronaba el éxito. Se citaba su nombre, Dorival Caymmi, y los
íntimos exaltaban sus composiciones inéditas; el día en que se difundieran, el
moreno se iba a hacer famoso. Era amigo entrañable de Vadinho, habían tomado
juntos los primeros tragos y juntos transitado las primeras madrugadas. De
reserva habían traído a Jenner Augusto, pálido cantor de cabaret, y de yapa a
Mirandáo, ya borracho.
Se detuvieron unos minutos al pie de
la Ladeira; el violín de Edgard Coco sollozó los primeros acordes,
estremecedores. Le siguieron el guitarrillo, la flauta, la guitarra. Y Caymmi
rompió a cantar, en dúo grande, y su pasión contrariada: mostraba su deseo de
desagraviar a su enamorada, aliviar sus tristezas, hacer apacible su sueño,
traerle el consuelo de la música, prueba de su amor:
Noche alta, cielo risueño,
la quietud es casi un sueño. Sobre la
selva la luna
va cayendo como una lluvia de raro
esplendor...
Pero tú duermes, no escuchas a tu
cantor...
La modinha de Cándido das Neves subía
por la Ladeira más aprisa que ellos e iban apareciendo rostros curiosos que se
demoraban en las ventanas, presos del hechizo de la
música, de la
voz de Caymmi.
La negra Juventina
daba palmadas aplaudiendo, pues
era del bando de Flor y Vadinho, y le volvían loca las serenatas. Algunos
despertaban con rabia, con la intención de protestar, pero la dulzura de la
canción los vencía y se adormecían oyendo la llamada del amor. El doctor Carlos
Passos fue uno de ellos: saltó de la cama, lleno de ira asesina; sus días eran
atareados, pues comenzaba en el hospital a las seis de la mañana y a veces no
volvía a su casa hasta las nueve de la noche. Pero entre el dormitorio y la
ventana su ira se fue aplacando, y comenzó a tararear la melodía, poniéndose de
bruces sobre el antepecho para escuchar con más comodidad.
Manda, luna, tu luz plateada
para que así se despierte mi amada...
Ahora estaban parados bajo la luz de
un farol, justo en la esquina de enfrente de la casa de Flor. Vadinho se había
adelantado un poco al grupo para que le diese mejor la luz del foco eléctrico y
ser más fácilmente visto por la joven. Los sones de la flauta del doctor
Silveira ascendían por el muro, los ayes del guitarrillo penetraban por el
balcón, el violín de Edgard Coco abría las ventanas del cuarto de la moza e iba
a sacarla de la cama con un estremecimiento. «¡Dios del cielo, es Vadinho!»
Corrió a la ventana, levantó la persiana y allí estaba él bajo la luz, los
cabellos rubios, los brazos alzados:
Quiero matar mis deseos, sofocarla
con mis besos...
Fueron llegando algunos noctámbulos,
que se detuvieron a escuchar. Cazuza Embudo salió vestido con un viejo pijama,
atraído por la música y por la posibilidad de que los rondadores tuvieran una
botella. Doña Rozilda apareció en el balcón del primer piso, surgiendo de la
oscuridad, y su cólera cortó la música y el poema:
- ¡Vagos! ¡Atorrantes!
Pero la canción era más alta que sus
gritos, la voz de Caymmi subía hacia las estrellas:
Canto...
y la mujer que yo amo tanto
no me escucha, está durmiendo..,
¿De dónde había sacado Flor aquella
rosa que de tan roja parecía negra? Vadinho la recogió en el aire. Noche
romántica, de enamorados, la luna amarilla en el cielo, el olor a romero, toda
la ladera cantando en coro para Flor, presa en su cuarto:
Allá en lo alto la luna esquiva está
en el cielo tan pensativa y tan serenas las estrellas...
Y desembocaba doña Rozilda en la
puerta de calle, abriéndola de par en par, el rodete deshecho, envuelta en una
bata ajada y en su odio. Se enfrentó al grupo, subiéndole una oleada de furia:
- ¡Fuera! ¡Fuera de aquí! - gritaba
desesperada- . O llamo a la policía, voy a quejarme a la comisaría, ¡perros!
Tan inesperada y violenta aparición
hizo que por un instante ellos perdieran el aplomo y suspendieran el canto.
Doña Rozilda se irguió victoriosa en medio del
silencio de la calle:
- ¡Fuera!, ¡carnada de cachorros,
fuera!
Pero fue sólo un instante. En seguida
la flauta del doctor Silveira hizo oír una
tonada que parecía una risa burlona,
como el silbido de un mulato, una musiquita de juerga, intencionada:
laiá déjeme
subir por esa ladera...
Y entonces se vio a Vadinho avanzar
en dirección a su futura suegra, y delante de ella, al son de la flauta,
ejecutar con perfección y donaire, con un zapateo y un esguince del cuerpo, el
paso del sirí-bocéta, el difícil y famoso paso del siri-bocéta. Sofocada, llena
de pánico, sin voz, doña Rozilda reunió sus últimas fuerzas, que apenas le
alcanzaron para huir escaleras arriba.
Y la serenata reconquistó la noche y
la calle, prosiguiendo rumbo a la madrugada. Los noctámbulos, más o menos
bebidos, reforzaron el coro. El guardia nocturno apareció de ronda por allí y
se quedó a escuchar y aplaudir, y surgió la botella presentida por Cazuza
Embudo. El repertorio era vasto. Cantaron Vadinho y Caymmi; cantó Jenner
Augusto; cantó el doctor Walter con voz profunda de bajo... y cantó el guardia
de ronda, pues su sueño era cantar en la radio. La calle entera cantaba en la
serenata a Flor, reclinada en la alta ventana, vestida de volados y encajes,
bañada por la luna. Abajo, Vadinho, galante caballero, en la mano la rosa que
de tan roja parecía negra. La rosa de su amor.
12
En el hogar y en el cariño de tía
Lita y de su marido Thales Porto, en Río Vermelho, buscó y obtuvo refugio la
perseguida Flor cuando huyó de su casa para casarse con Vadinho.
Porto, sin mucho entusiasmo: no
quería complicaciones con doña Rozilda, mujer de armas tomar y capaz de
cualquier cosa; era un hombre que quería vivir tranquilo. Tranquilo en su
rincón, con su pequeño empleo y su manía de pintar. En las vacaciones pasadas
la cuñada ya los había acusado a él y doña Lita de oponerse al festejo de la
sobrina, cuando ella aún le atribuía a Vadinho un mar de virtudes, cuando el
joven era para ella un dios- salvador, un niño- Jesús, sin que le faltara para
ser santo de iglesia nada más que la aureola. Tonta metida a sabihonda,
engreída, llena de tirrias y enconos: eso era doña Rozilda. Y Porto no quería
camorra con mujer tan turbia y petulante. Pero ¿qué hacer, si Flor se había
presentado despeinada, envuelta en llanto, trayendo como escolta a un Vadinho
serio y solemne, muy consciente de su responsabilidad? Venían a confesar lo
irremediable; él le había destapado las vergüenzas, le había comido la breva,
era preciso que se casaran. Lo quisiera o no doña Rozilda, con o sin mayoría de
edad, tenían que casarse. Flor había dejado de ser una joven virgen y ahora
sólo el matrimonio podría restituirle la honra que él le había robado.
Flor, llorando desenfrenadamente,
pedía perdón a los tíos. Si había llegado a tanto, despreciando los rígidos
principios familiares, venciendo el miedo y el pudor, entregando su virginidad
al pertinaz inspector de jardines, la única culpable verdadera era doña
Rozilda, con sus trapisondas y su intransigencia, prohibiéndole cualquier
contacto con el enamorado, encerrándola en la casa, como si ella, una mujer
hecha, a la que le faltaba poco para ser mayor de edad, fuese una criatura.
Hasta la había pegado. ¿Quién podía soportar tanto aborrecimiento? Al fin y al
cabo Vadinho no era ningún degenerado, ningún facineroso, ningún forajido,
ningún cangaceiro de la banda de Limpiáo; tampoco ella tenía quince años; no
era una ingenua ignorante de las cosas de la vida.
Los gastos de la casa, ¿acaso no
corrían por cuenta de Flor, que pagaba el alquiler y la comida? Poca era la
contribución de la madre, ya que desde que no estaba Rosalía el taller de
costura sólo recibía algún que otro encargo. En cambio, la Escuela de Cocina
había progresado y de ella vivían la hija y la madre.
Entonces ¿por qué se arrogaba doña
Rozilda el derecho a resolver ella sólita, a
condenar sin apelación, negándose a
oír a las personas sensatas, como tía Lita, don Antenor Lima y el mismo doctor
Luis Henrique, padrino de Héctor, cuya opinión siempre había acatado antes? En
esta ocasión había rechazado con energía los consejos del doctor. Thales Porto
meneaba la cabeza: la parienta había perdido totalmente el sentido.
Ni Flor ni Vadinho podían soportar
tal situación. Para el muchacho el caso se había transformado en una definitiva
y emocionante apuesta. Como en la ruleta o en los dados, frente al azar.
Deseaba a Flor y ese deseo lo dominaba totalmente, de la
cabeza a los pies, turbándole la
razón como si no existiera otra mujer en el mundo,
como si ella - con su cuerpo
regordete y sus mejillas redondas- fuese
la más bella y apetecible hembra de Bahía, la única capaz de saciar su hambre y
su sed, la única que podía remediar su soledad. «No, nunca, jamás, mientras yo
tenga vida», repetía doña Rozilda, rechazando las renovadas propuestas de
casamiento de Vadinho, transmitidas por parientes y amigos.
La propia tía Lita había intervenido
días antes, como recordaba Flor. Y la otra había salido con una letanía de
maldiciones, poco menos que a pedradas:
- Mientras Dios me dé vida y salud
ese canalla no se casa con mi hija. No es que ella merezca tantas
preocupaciones, es una sonsa, una ingrata, nació para esclava.
Pero yo no lo consentiré, mientras
dependa de mí. Prefiero verla muerta antes que casada con ese vagabundo.
Lita había discutido tratando de
convencer a la hermana y romper ese muro de odio: el amor hacía milagros, ¿por
qué no confiar en la regeneración de Vadinho?
Doña Rozilda gruñía, acusadora:
- Basta con el disgusto que tú diste
a tu familia cuando te casaste con Porto. Después él se compuso..., pero ¿y si
no se compusiera? ¿Si hubiese seguido siendo un desvergonzado toda la vida?
Decía
desvergonzado acentuando todas
sus letras, haciendo
que la palabra
estuviese más cargada de vicio y de
culpa.
Se refería al pasado de Porto, cuya
juventud había transcurrido en los medios teatrales de Río de Janeiro haciendo
excursiones por el interior del país, pero sin
detenerse en las ciudades, como
escenógrafo y coreógrafo de compañías de la
legua; habiendo sido también, forzado
por las circunstancias, actor y apuntador, director y dibujante de figurines.
Después del casamiento sentó cabeza, obteniendo empleo en Bahía. De su vida en
las candilejas sólo quedaba un álbum de recortes y un puñado de anécdotas. No
perdía ocasión de mostrar el álbum y contar las anécdotas.
- ¿Y no fue un acierto? - contestaba
doña Lita, en el fondo orgullosa del pasado bohemio del marido- . ¿Conoces otro
matrimonio más feliz? Además no tengo ninguna vergüenza de su trabajo en el
teatro. No robaba a nadie, ni engañaba a nadie, ni desfloraba doncellas...
- ¿Y cómo iba a desflorarlas si eran
todas meretrices, si tenían todas el traste roto?
¿Dónde iba a encontrar una doncella?
Las ganas no le faltarían, no era trigo limpio. Aunque era amable y bondadosa,
en cierto sentido lo contrario de la hermana, doña Lita no soportaba, sin
embargo, que se ofendiese al esposo, y, si la espoleaban, se
le subía la sangre a la cabeza:
- Haz el favor de meter tu lengua en
el trasero y no hablar mal de mi marido, que no vine aquí para oír tus
insultos...
Doña Rozilda, obediente, se quedaba
con el rabo entre las piernas, mascullando disculpas. Doña Lita era la única
persona en el mundo por quien sentía respeto y
estimación, y jamás reñía con ella.
- Vine aquí porque quiero mucho a
Flor, como si fuera mi hija... ¿Por qué diablos no dejas que la chica se case?
A ella le gusta el muchacho y él está loco por ella.
¿Porque él no es un todopoderoso como
a ti se te metió en la cabeza que debía ser?
- Estás cansada de saber que yo no me
metí nada en la cabeza; ellos abusan de mí, los miserables. - El recuerdo del
monstruoso engaño la enfurecía- . ¿Sabes una
cosa? Es mejor que des esta
conversación por terminada. Con ese inservible no se
casa ella mientras de mí dependa.
Cuando tenga veintiún años, si todavía quiere,
puede ir y desgraciarse. Antes, no la
dejo y se acabó.
- Tú estás buscando sarna para
rascarte... Ya verás...
Y así era, pues ante el fracaso de
esta última embajadora, Flor resolvió oír la voz de la razón. O sea, los
argumentos que le susurraba Vadinho intentando convencerla de que sólo había
una solución práctica, viable, posible, y que al mismo tiempo era una tierna y
dulce prueba de amor y confianza. Por último, se convenció y abrió las piernas,
dejando que él la poseyera, como le suplicaba hacía tanto. Para decir toda la
verdad, sin escamotear detalles (ni siquiera con la simpática intención de
mantener íntegros a los ojos del público la inocencia y el recato de nuestra
heroína, presentándola como una ingenua víctima del irresistible donjuán),
debemos decir que Flor estaba loquita por dar, por dar y darse, y que el fuego
le devoraba las entrañas y el pudor con incontenible llamarada. Un amigo
adinerado, Mario Portugal, por entonces soltero y disipado, le prestó a Vadinho
una escondida casita por el lado de Itapoá. En ella, la brisa desató los
cabellos lisos y negros de Flor y el sol puso en ellos azulados reflejos. Entre
el rumor de las olas y el vaivén del viento, él le fue sacando la ropa, pieza a
pieza, beso a beso, mientras le decía, riendo, al tiempo que la desvestía y se
apoderaba de ella:
- No sé yogar estando tapado, aunque
sea sólo por la sábana, para cuanto demás vestido. ¿De qué te avergüenzas, mi
bien? ¿No se casa la gente para eso mismo? Y
aunque así no fuera, yogar es cosa de
Dios, fue Él quien mandó que se yogara. «Id
a yogar por ahí, hijos míos, id a
hacer un nene», dijo Él, y fue una de las mejores cosas que dijo.
- Por lo que más quieras, Vadinho, no
seas hereje...
Y Flor se envolvía en una colcha
roja. Todo en aquel cuarto era excitante: en las paredes, cuadros de mujeres
desnudas, reproducciones de dibujos en los que los faunos perseguían y violaban
a las ninfas, y un espejo inmenso frente al lecho. El tal Mario era un viva la
Virgen, y había creado una atmósfera pecaminosa, con perfumes en el tocador y
bebidas heladas. Flor sentía que un escalofrío le recorría el vientre.
- Si Él quisiera que uno no yogase,
iba y hacía a todo el mundo capado y los nenes nacerían huérfanos de padre y
madre... No seas tonta, deja esa colcha...
Levantó la tela roja y Flor floreció
en la blancura de la sábana. Vadinho exclamó con alegre sorpresa:
- Pero la tienes pelada, mi bien,
casi pelada... ¡Qué cosa loca y más linda...!
- ¡Vadinho...!
Él le cubrió las vergüenzas con su
cuerpo y ella cerró los ojos. Estalló el aleluya sobre el mar de Itapoá; llegó
la brisa en los ayes del amor, y, en un silencio de
peces y sirenas, la voz jadeante de
Flor en aleluya. En el mar y en la tierra,
aleluya; en el cielo y en el
infierno, ¡aleluya!
Aquel día por la mañana Flor había
salido a ayudar a doña Magá Paternostro, la ricacha que fuera alumna suya,
a preparar un almuerzo de cumpleaños, una
comilona para más de cincuenta
personas, además de dulces y salados para la
tarde. De allí salió para encontrarse
con Vadinho... y sucedió lo que tenía que suceder. Doña Rozilda la imaginaba en
la cocina de doña Magá y ella estaba perneando con Vadinho en Itapoá.
Desde aquel día la vida de Flor fue
un puro inventar pretextos para volver a ir con Vadinho a la casita de la
playa. Recurría a las amigas y a las alumnas: «Si mamá pregunta si salí
contigo, dile que sí.» Y así lo hacían, pues todas le tenían cariño y muchas
eran simpatizantes activas de su causa. Después de la clase, alguna de ellas
anunciaba:
- Voy a invitar a Flor a la matinée,
la pobre necesita olvidar...
Y parecía estar olvidado, pensaba con
alivio doña Rozilda. En los últimos tiempos Flor ya no ponía cara ceñuda, y
había desistido de permanecer encerrada en el dormitorio a la espera de ver
aparecer al sinvergüenza en la calle para asomarse ostensivamente a la ventana,
en abierta provocación, mientras el no- sé- cómo- llamarle se demoraba
conversando en la puerta de la negra Juventina.
Esa
peste y otras
descaradas de la
vecindad hacían de
alcahuetas de los
enamorados, de correveidiles. Doña
Rozilda les tenía ojeriza, algún día se las iban a pagar con intereses. Desde
su ventana, Flor le tiraba cartas y le mandaba besos con la punta de los dedos.
Hasta que doña Rozilda perdía la cabeza y explotaba en denuestos contra la hija
y el festejante, mientras el muy cínico se reía en la esquina.
En los últimos días, no obstante,
doña Rozilda percibió señales de mudanza. La actitud de Flor ya no era la
misma, ya no cantaba modinhas tristes ni tenía siempre en la boca el asqueroso
nombre del galán y él, incluso, dejó de aparecer por la
calle. Flor volvió a sonreír, a dar
los buenos días, a responder cuando doña Rozilda
le dirigía la palabra.
En la Baixa dos Sapateiros, la
eventual amiga le recomendaba al despedirse:
- ¡Juicio, hein! - y se reía con aire
de complicidad.
También se reían Flor y Vadinho; se
zambullían en un taxi - siempre el mismo, propiedad de Cígano, chófer de plaza
y viejo amigo del mozo- y partían a toda
velocidad rumbo a Itapoá con las
manos entrelazadas, robándose besos por el
camino. Cígano los iba a buscar de
vuelta al llegar el crepúsculo y regresaban, sin apuro, la cabeza de Flor
reposando en el hombro de Vadinho, sus negros cabellos a merced de la brisa, y
una lasitud, una ternura, un deseo de seguir juntos... ¿Por qué tenían que
separarse?
Él, cada vez más exigente, clamaba
por pasar una noche entera con ella. Ya no le bastaba con tenerla junto a sí y
poseerla; quería adormecerse al ritmo de su
respiración, dormir en la vecindad de
su sueño. También Flor deseaba esa noche
íntegra, esa posesión más allá de los
límites del reloj, de las horas contadas y cada vez más breves para su anhelo.
- Pero... - le dijo una tarde, cuando
él insistió- si yo pasara la noche fuera
ya no podría volver a casa...
- ¿Y para qué volver? Nos unimos y se
acabó. Lo que pasa es que tú no quieres
resolver las cosas de una vez, no sé
por qué...
- ¿Y adonde voy a ir hasta que nos
casemos?
Acordaron que iría a vivir con los
tíos Lita y Porto, a la casa de Río Vermelho, que era un segundo hogar para
Flor. Una vez decidido esto, ella, al día siguiente, después de la clase, se
encerró en su cuarto, juntó sus cosas y llenó dos maletas y un baúl. Después
cerró la puerta y se fue, diciendo que iba al Mercado de Yansá, en la Baixa dos
Sapateiros. Allí la esperaba Vadinho con el taxi. Y una vez más los llevó
Cígano, pero no volvió a buscarlos hasta la mañana siguiente.
A una conocida que llegó en busca de
novedades y costuras, doña Rozilda le dijo:
- Flor salió a hacer unas compras.
Está al volver... Felizmente ya no habla más del tipo, está menos enojada...
- Acabará olvidando..., siempre es
así...
- Tiene que olvidar, quiera o no
quiera...
La visitante se quedó conversando;
doña Rozilda le contó algo sobre una familia que acababa de instalarse en la
ladera, gente de Amargosa.
- Bueno. Flor tarda en llegar, me
voy. Recuerdos...
Y doña Rozilda se quedó sólita,
esperando, al principio un tanto preocupada, más tarde inquieta, y al llegar la
noche teniendo ya la certeza absoluta de que Flor había perdido la cabeza y se
había ido de la casa. Con un cortaplumas forzó la cerradura del cuarto y vio
las maletas hechas y el baúl repleto. La hipócrita la había engañado,
comportándose como si hubiera roto con el canalla para poder salir,
enloquecida, y desgraciarse. Doña Rozilda dejó la luz encendida toda la noche,
el rebenque al alcance de la mano. ¡Ah, si tuviera el atrevimiento de
volver...!
Cuando al día siguiente, antes del
almuerzo, aparecieron la hermana y el cuñado - Porto no sabía dónde meter las
manos- , hizo toda una escena, arrancándose los pelos, fuera de sí:
- No quiero saber nada... Aquí no
entra una mujer perdida, el lugar de las putas es
el burdel...
- Haz el favor de respetarme. Flor
está en mi casa y mi casa no es un burdel. Si no te importa la felicidad de tu
hija, es cosa tuya. A mí y a Thaes nos importa mucho.
Vine para decirte que Flor se va a
casar. Si quieres, el casamiento se hace aquí, para que todo esté correcto y en
orden como debe ser. Si no quieres, se hace en mi casa y con mucho gusto...
- Las mujerzuelas no se casan, se
arriman...
- Escucha, mujer...
De nada sirvieron la dialéctica de la
tía Lita y la silenciosa presencia de tío Porto. Ni asistiría al casamiento ni
daría su conformidad, que consiguieran una autorización del juez, si querían,
revelando toda la tramoya, exhibiendo la deshonra de la
ingrata. Que no contaran con ella
para encubrir la trapisonda, para tapar el traspié
de la desvergonzada.
Y al día siguiente se fue a Nazareth,
en donde el hijo la recibió sin entusiasmo. Héctor también pensaba casarse y
seguía soltero sólo porque el sueldo no le
alcanzaba para el
matrimonio. Pero estaba dispuesto
a hacerlo en
cuanto lo
ascendieran y pudiera ahorrar algo.
Ya tenía en vistas a una novia: una ex alumna de Flor, aquella de los ojos
húmedos, llamada Celeste.
13
Camino del Sodré, yendo a ver una
casa que se alquilaba, Flor se encontró con otra ex alumna suya, doña Norma
Sampaio, digna señora, esposa de un comerciante de la Cidade Baixa, persona muy
alegre y amiga de novedades, lindota, de cuya bondad natural y generoso corazón
ya se dio antes noticia. Vivía en la vecindad.
La casa correspondía a las
necesidades de Flor, pues servía para vivienda y escuela, y además era de un
precio relativamente bajo. «Entonces considérese desde ya inquilina», le
aseguró doña Norma. El propietario del inmueble era un conocido
suyo y con toda seguridad le daría
preferencia. Que lo dejase de su cuenta, que no
se volviese a preocupar más.
Durante todo ese trance encontró en
doña Norma comprensión y consuelo. La ex alumna se hizo cargo de los diversos
problemas de la muchacha y contribuyó a su
solución, resolviéndolos todos.
Para comenzar, levantó su abatida
moral. Flor le hizo un minucioso relato de cuanto había pasado. A doña Norma le
gustaba saborear los detalles, que no le vinieran con una historia contada a
las carreras, saltando partes. Flor sufría al pensar que todo el mundo se había
enterado de su mal paso («mal paso» era la expresión usada por la tía Lita,
delicadamente), como si llevara el estigma de la mentira estampado en el
rostro: una mujer sin vergüenza, que ya sabía cómo era un hombre y se fingía
doncella soltera.
- Bueno, nena, deja de ser tonta...
¿Quién sabe que te entregaste? Cuatro o cinco personas, media docena como
máximo, y se acabó... Si quisieras hasta podrías casarte con velo y
guirnalda..., ¿quién iba a reclamar? Tu madre se fue de viaje; ella sí
que era capaz de venir a hacerte un
escándalo a la puerta de la iglesia...
Flor no podía ocultar su vergüenza.
Procedió mal, pero no le quedaba otro remedio. Para doña Norma todo ese horror
se reducía a nada:
- Eso de dar algo antes de casarse
sucede a cada dos por tres y entre las mejores familias, querida mía...
Y hacía desfilar un extenso y curioso
noticiario, con consoladores ejemplos. La hija del doctor Fulano, ése de la
Facultad, ¿no se había entregado a un amigo del novio
en las vísperas del casamiento,
rompiendo el compromiso, huyendo con el otro y casándose con él a las apuradas?
¿Y no pertenecía actualmente a la flor y nata de
la sociedad, apareciendo su nombre en
los diarios?: «Doña Zutana recibió a sus amigos..., etcétera...» Y aquella otra
Fulanita, hija del juez, ¿no fue encontrada en
el acto de entregarse a su novio -
ésa por lo menos se entregaba al novio propio-
por detrás del Farol da Barra? El
guardián los sorprendió en flagrante delito, sólo que no los llevó a la policía
porque el diligente caballero le dio una buena coima. Pero le mostró a medio
mundo la bombacha de la pecadora, que por lo demás era
una preciosidad de encaje negro. Sin
embargo, a pesar de esa exhibición de sus ropas íntimas, ella no dejó de
casarse con velo y guirnalda, y llevando un vestido de bodas bellísimo, pues la
fulana tenía gusto y dinero. ¿Y aquella otra - cuyo padre era un matamoros que
ni doña Rozilda le ganaba, y que tenía a las hijas en un puño, con unos retos
tremendos, asustadas, presas en casa- , y que fue sorprendida en Ondina, en
medio de la espesura, con un hombre casado, un compadre de sus padres? Después
se casó con un pobre diablo y ahora se acostaba con todo el mundo a más no
poder. «Cuanto más mejor», era su lema. Se daba a los solteros y a los casados,
a los conocidos y a los desconocidos, a ricos y pobres.
«Muchas mujeres, hija mía, sólo no se
dan antes de casarse porque no saben que es tan bueno o porque el novio no lo
pide. Finalmente, antes o después, ¿quieres decirme qué diferencia hay?» La
amiga no sólo aminoraba su falta para darle ánimos, sino que la ayudó y dirigió
en las compras indispensables para hacer habitable la casa, aconsejándola en la
elección de muebles y utensilios. Entre ellos la cama de hierro con la cabecera
y los pies forjados, comprada a Jorge Tarrap, negociante con tienda de antigüedades
y cosas viejas en la calle Ruy Barbosa y, como no podía dejar de ser, amigo de
doña Norma. Un buen sujeto, el tal Jorge; un sirio alto y colorado, casi
apoplético, que al enterarse del casamiento de Flor en fecha cercana le dio de
yapa, como regalo, media docena de copas para licor. Doña Norma contribuyó con
un par de toallas de baño y de cara, toallas de Alagoa, de primera. Y le cedió
por lo que le había costado hacía mucho, o sea, casi gratis, una sensacional
colcha de raso azulhortensia con ramos de glicinas estampados en lila, un
monumento de elegancia. Doña Norma la había llevado en el pomposo ajuar de sus
propias bodas como su mejor gala, y era regalo de unos tíos residentes en Río.
Pues bien, el maníaco de don Sampaio le había tomado tirria a la colcha; según
él, el lindo azul- hortensia era un rojo fúnebre y consideraba que la prenda
era un trapo que sólo servía para cubrir ataúdes. Por causa de la maldita
colcha casi se pelean en la misma noche de bodas. Si ella, doña Norma, no
hubiese estado aquel día muerta de curiosidad por lo que iba a pasar, habría
reaccionado contra los gruñidos e insolencias de don Sampaio. Él no se había
conformado hasta que no se guardó el cobertor, y para siempre. Nunca más volvió
a usarse, estaba prácticamente sin estrenar, y en la calle Chile costaba un
dineral.
Hablando de colchas: la única
contribución de Vadinho al ajuar fue una colorida colcha de retazos. Era obra
colectiva de las pupilas del burdel de Inácia, una mulata de cara picada por la
viruela, la más joven madama de Bahía, pero no por eso la
menos experimentada. De vez en
cuando, Vadinho se hacía presente en su lecho,
permaneciendo encamado en él durante
días y aun semanas. No era culpa suya si su contribución era tan pequeña en
proporción a los infinitos gastos a que hubo que hacer frente y en los cuales
los ahorros de Flor, ahorros que representaban años de trabajo, fueron
rápidamente consumidos. Mucho había deseado Vadinho hacerse cargo de todos los
gastos o de su mayor parte y mucho se esforzó para lograrlo. Nunca lo habían
visto los amigos tan nervioso y persistente en las mesas de ruleta. Pero el
diecisiete - su número- no se daba: era
como si hubiese sido retirado de la numeración. También lo intentó en el grande
y en el chico, la ronda y en el bacará, pero la suerte arreciaba en contra,
tenía una mala sombra de todos los diablos. Se esforzó hasta el punto de no
quedarle a quién arrinconar para darle un sablazo, a quién pedirle prestado,
viéndose obligado a recurrir a la propia novia, sacándole un billete de cien.
- No es posible que la mala suerte
continúe, querida. Esta madrugada vengo con una carroza llena de dinero y te
vas a comprar medio Bahía, sin olvidar una docena
de botellas de champán para el día de
casorio.
No trajo ni el dinero ni el champán.
Estaba verdaderamente de mala suerte, ¿hasta cuándo iba a durar la mala racha?
Así pues, sólo hubo champán en el
casamiento civil, que se hizo en casa de los tíos.
Thales Porto abrió una botella y el
juez brindó con los desposados y la familia. También fue sencillo y rápido el
acto religioso, al que asistieron, además de tía Lita y tío Porto, sólo algunas
amigas íntimas de Flor, don Antenor Lima y doña Norma,
claro está. Doña Magá Paternostro, la
millonaria, no pudo ir, pero por la mañana mandó una batería de cocina, ése sí
que era un regalo útil. Por parte de Vadinho fue sólo el director del
Departamento de Parques y Jardines de la Prefectura, al cual el remiso
funcionario, tomando el matrimonio como pretexto, había sableado igual que a
los colegas; también estaban Mirandáo y la esposa, una señora flaca y rubia,
avejentada, y Chimbo. La presencia del delegado auxiliar motivó que Thales
Porto comentase con doña Lita que no todo era cuento en la historia que habían
tramado los dos pájaros para embaucar a doña Rozilda. Por lo menos el
parentesco de Vadinho con el importante Guimaráes, por lo menos eso, no era
inventado.
Celebró la ceremonia religiosa,
gracias a un pedido de doña Norma, el capellán de Santa Tereza, don Clemente.
Vadinho exhibió su llamativa elegancia de cabaret, y Flor estaba toda de azul,
sonriente, los ojos bajos. Doña Norma no consiguió convencerla para que fuese
de blanco, con velo y guirnalda: la boda no tuvo coraje. Mirandáo llevó las
alianzas, conseguidas en préstamo sobre la hora. En la víspera se hizo una
colecta en el Tabaris, juntando el dinero necesario para que Vadinho pagara los
anillos, ya elegidos en la joyería de Renot. Media hora después el joven perdió
hasta el último centavo en la casa de Tres Duques. Aun así, hubiera podido
conseguirlas al fiado si las hubiese ido a buscar. El joyero, con toda su fama
de experto, no conseguía resistirse a la labia del mozo, y más de una vez le
había prestado dinero.
Pero, fatigado por la noche entera en
blanco, Vadinho se quedó durmiendo toda la mañana, saliendo luego a toda prisa
para Río Vermelho en el taxi de Cígano.
Cuando ya abandonaban la iglesia,
surgió el banquero Celestino llevando en la mano un ramo de violetas. Lo
presentaron a Flor, ahora doña Flor, como corresponde a una señora casada. El
banquero le besó la mano y se disculpó por el retraso con que llegaba y que se
debía a que acababa de recibir la noticia, ni
siquiera tuvo tiempo de elegir un
regalo. Discretamente, le puso un billete a
Vadinho mientras los invitados,
comenzando por Chimbo y don Clemente, se acercaban deseosos de presentar sus
saludos al capitoste.
Los recién casados se despidieron en
el patio del convento. Sólo doña Norma los acompañó hasta el nuevo domicilio,
en cuya fachada ya estaba puesto el cartel de
la Escuela de Cocina Sabor y Arte. En
la puerta de la casa, doña Flor invitó a la vecina:
- Entre y conversamos un poco... Doña
Norma se echó a reír con malicia:
- Ni que yo fuera una tarada... - y,
apuntando a las nubes oscuras que había sobre el mar- : Está llegando la noche,
es hora de dormir...
Vadinho estuvo de acuerdo:
- Habló poco y lo dijo todo, vecina.
Aunque para ese asunto yo tengo buena disposición a cualquier hora, con sol o
de noche, me es igual, y no cobro extra...
Y abrazando a doña Flor por la
cintura se fue con ella por el pasillo, mientras iba
desabrochándola y desvistiéndola
apresuradamente.
Al llegar al dormitorio la echó sobre
la colcha azul- hortensia, quitándole la combinación y la bombacha. Doña Flor
quedó tendida en el lecho, desnuda. Las primeras sombras del crepúsculo sobre
sus senos erguidos.
- ¡Cruz Diablo...! - dijo Vadinho- .
Esta colcha que te regalaron, mi bien, parece una
mortaja. Saca eso de la cama,
peladita mía, y trae la de retazos, que sobre ella vas a parecer todavía más
cachonda. La otra guárdala para empeñarla..., deben dar un dineral por ella...
Sobre la colorida colcha de retazos,
desnuda y sin recato, sólo cubierta por la penumbra del atardecer, estaba doña
Flor, finalmente casada. Doña Flor con su
marido Vadinho; lo había elegido ella
misma, sin prestar oídos a los consejos de las
personas de más experiencia, y contra
la expresa voluntad de su madre. Incluso se había entregado a él antes de
casarse, sabiendo quién era. Quizá fuese una locura, pero si no la hubiese
hecho no habría podido vivir. Estaba como consumida por un fuego que le llegaba
de la boca de Vadinho, de su aliento, mientras sus dedos le quemaban la carne
como llamas. Ahora, ya casados, él la desvestía con pleno derecho, y le
sonreía, acostado junto a ella en el lecho de hierro, mirándola. Su
hermoso marido, con las piernas y los
brazos cubiertos por un vello dorado, una maraña de pelo rubio en el pecho y la
cicatriz del navajazo en el hombro izquierdo, negra y sin pelo. Tendida junto a
él, doña Flor parecía una negra; negra y pelada. También estaba desnuda por
dentro, muerta de deseo, temblando, con prisa, como si Vadinho le estuviera
desnudando el alma. Él no cesaba de decirle cosas, disparates.
Yogaron hasta no poder más, y
entonces ella tomó la colcha y se cubrió, adormeciéndose. Vadinho sonreía y le
hacía cafuné. Vadinho, su marido. Bello y viril, tierno y bueno.
Doña Flor despertó a altas horas,
cuando el reloj marcaba las dos de la mañana. Vadinho no estaba en la cama. Se
levantó y salió a buscarlo por la casa. Pero él había desaparecido: había ido a
jugarse el dinero obsequiado por el banquero. En la misma noche de bodas. Era
demasiado.
Y doña Flor vertió las primeras
lágrimas de casada, revolviéndose en la cama, loca de rabia, crujiendo los
dientes de deseo.
14
Habían transcurrido siete años entre
aquellas primeras lágrimas derramadas por doña Flor en la noche de bodas y las
que vertió en la triste mañana del domingo de carnaval, cuando Vadinho cayó sin
vida en medio de una samba de roda, entre máscaras y comparsas. Y, como bien
dijo doña Gisa - señora que llamaba las cosas por su nombre, con intención y
con exactitud y oportunidad- , ante el cuerpo del mozo extendido sobre el
empedrado del Largo Dois de Julho, muerto irremediablemente, para siempre:
- Mucho lloró durante estos siete
años por sus insignificantes pecados y por los del marido (una pesada carga de
culpas y fechorías), y aún le sobraban lágrimas,
lágrimas de vergüenza y de
sufrimiento, de dolor y de humillación.
Derramadas principalmente de noche.
Noches desiertas, sin la presencia de Vadinho, noches de insomnio esperando,
que se hacían largas, como si la aurora se retirase hacia las fronteras del
infierno. A veces la lluvia repiqueteaba monótonamente en el tejado, y el frío
reclamaba el cuerpo del hombre, la calidez de un pecho velludo, el abrigo de
unos brazos fuertes. Doña Flor estaba en vela. Imposible dormir: el deseo de
tenerlo a su lado era como una herida abierta. Estremecida, entre escalofríos,
sumida en la tristeza y el desconsuelo, pasaba las noches en vela, en aquella
cama en la que sólo había ansiedad y abandono.
Cuando Vadinho estaba con ella, ¡ah!,
con Vadinho allí no había frío ni tristeza. De él surgía un calor alegre que le
subía a ella desde las piernas hasta la cara, y la
noche se desplegaba jubilosa. Doña
Flor se sentía agasajada y de fiesta, y un poco
irresponsable, como si hubiera bebido
un vaso de vino o una copa de licor. La compañía nocturna de él la alegraba
como un vino de aroma embriagador. ¿Cómo resistir a la seducción de aquella
boca, de sus palabras, de su lengua? Eran noches de exaltado ímpetu, mágicas
noches de aleluya.
Pero eran pocas esas noches en que lo
tenía para sí, en que no salía después de cenar, y se recostaba en el diván, la
cabeza en su regazo, oyendo la radio,
contándole historias, acariciándola
atrevidamente con la mano, jugando con ella,
tentándola. Y después, temprano, la
larga cabalgata en la cama de hierro.
Ocurrían muy de tarde en tarde.
Cuando él, por un capricho repentino e imprevisible, abandonaba durante tres,
cuatro días, o toda una semana, la farra, la
jarana, la cachaca y el juego, y se
quedaba en casa. La mayor parte del tiempo
durmiendo, o rebuscando en los
armarios, o tomándoles el pelo a las alumnas, o arrebatando a doña Flor para ir
al lecho, cualquiera que fuese la hora, incluso en las más impropias e
indiscretas. Ésos eran días cortos y plenos, en que el veleta andaba revolviéndolo
todo, y sus carcajadas resonaban en el pasillo, hablando desde la ventana con
los vecinos, oyendo los rezongos de doña Norma o enredándose en largos mano a
mano con doña Gisa, llenando de vida y alegría el
hogar y la calle. Se podían contar
con los dedos esas noches enteras de vértigo y euforia, de risa incontenible y
de cosquillas, cafunés, palabras cariñosas y el estruendo de los cuerpos en la
cama de hierro. «Mi dulce de coco, mi flor de albahaca, mi cachucha pelada, tu
cosita es mi panal de miel», le decía él. ¡Ay, las cosas que decía! ¡Ni te
cuento, hermanito!
En cambio, se repetían en infinito
rosario las noches de espera. Noches en que doña Flor dormía sobresaltada,
despertando al menor ruido, o en las que no dormía nada, apoyada contra el
respaldo de la cama, llena de ira y dolor, hasta adivinar
sus pasos todavía lejanos y
finalmente oír la llave dando vueltas en la cerradura.
Por la manera en que abría la puerta
ella sabía con cuánta cachaca andaba y cómo le había ido en el juego. Cerraba
los ojos y fingía estar dormida.
A veces llegaba de madrugada y ella
lo recibía con ternura, meciendo su sueño tardío. Con la cara fatigada, débil
la sonrisa, él se ovillaba en la concavidad de su
cuerpo. Doña Flor se tragaba las
lágrimas para que Vadinho no se diera cuenta de su llanto, no percibiera su
tristeza: él ya tenía preocupaciones de sobra, y sus
nervios estaban rotos por las
emociones de la batalla contra el azar. Venía casi siempre en copas y a veces
borracho, y se quedaba dormido de inmediato, no sin
antes recorrer su cuerpo en una larga
caricia con la mano y murmurar: «Mi negra
pelada, hoy me enterré, pero mañana
tiro la casa por la ventana...» Y doña Flor continuaba velando y deseándolo,
sintiendo contra el suyo el cuerpo de Vadinho que se estremecía en sueños,
insistiendo en seguir jugando, en continuar perdiendo. Y comenzaba a gritar
números, sumido en la maldición de la ruleta:
«Diecisiete, dieciocho, veinte,
veintitrés», sus cuatro números fatales. O exclamaba con rabia: Salió la
«gata». Flor iba siguiendo las alternativas de su sueño y lo sentía apostar a
la «liebre francesa», mejor dicho al «grande y chico», y veía cómo el banquero
se llevaba todas las fichas, pues había salido «gata». Acabó por conocer toda
la nomenclatura, la jerga, la loca matemática y la secreta seducción de los
intríngulis del juego. De tal modo, en las madrugadas, ella lo protegía contra
el mundo, contra las fichas y los dados, contra los croupiers, contra la mala
suerte. Lo cubría, le daba calor con su cuerpo, y Vadinho, así dormido, era
como una criatura rubia, como un niño grande.
También solía ocurrir que él no
viniese, y entonces ella seguía esperando a lo largo del día y continuaba
esperando durante la noche siguiente, sintiéndose podrida por tanta
humillación. Al verla triste y silenciosa, las alumnas evitaban las preguntas
molestas para no provocar turbadoras lágrimas de vergüenza. Entre ellas,
comentaban con ásperas críticas la conducta y la mala vida del tramposo. ¿Cómo
tenía coraje para hacer llorar a una esposa tan buena? Pero bastaba que él
apareciera con su voz envolvente, sus bromas, su cinismo, y casi todas ellas se
derretían, excitadas, sintiendo escozor en el rabo y en la papaya...
Durante el día Vadinho multiplicaba
sus esfuerzos y sus correrías, a veces desesperado, a fin de conseguir el
dinero necesario para el juego: en la mesa de
ruleta no hay fiado, la ficha sólo
puede comprarse al contado. Rondaba por los
bancos, dando vuelta en torno a los
gerentes y subgerentes, en busca de garantía para que le descontasen un pagaré;
tratando con astucia de ablandar y convencer a los hipotéticos garantes del
documento, o arrancar casi a la fuerza, y a costa de intereses absurdos, unos
centenares de «mil- réis» de las uñas avaras de un usurero. Era capaz de pasar
una tarde entera junto a un tacaño cualquiera, de esos que no sueltan
fácilmente el fajo; y hasta encontraba cierta satisfacción en derrotarlos y ver
cómo finalmente tomaban la pluma y ponían la firma en el documento, ya sin
fuerzas para seguir resistiendo. Le daba lo mismo que fuese el aval de un
documento o dinero en efectivo. Por lo demás, los más avisados resolvían el
asunto del siguiente modo: Vadinho aparecía con un pagaré por un contó pidiendo
un aval y la víctima le soltaba un billete de cien o de doscientos mil- réis
para librarse de él. De otro modo corría el riesgo de firmar el documento y a
los treinta o a los sesenta días encontrarse con un pagaré vencido e
incobrable. Un riesgo serio, porque Vadinho no le daba a nadie la papa en la
boca. Para resistir su verbo era necesario algo más que avaricia, era preciso
ser un empedernido, de
inconmovibles convicciones
ideológicas, un insensible a los dramas de la vida, un fanático, un sectario
sin corazón, como el italiano Guilherme Ricci, de la Ladeira do Taboáo, de
legendario amarretismo, el cual se mantuvo impávido durante años, resistiendo
todos los ataques de Vadinho.
Otro que logró resistir
brillantemente fue el librero Dmeval Chaves, que por entonces era todavía un
simple gerente de la librería y no el ricachón que es hoy. Pero un día se le
pegó por la mañana temprano, luego almorzaron juntos, y continuaron la tenida
por la tarde: lo estuvo ablandando durante seis horas seguidas, tiempo
controlado por Mirandáo en su auténtico reloj suizo. Hasta Dmeval se rindió:
- Te juro, Vadinho, que éste es el
primer pagaré que yo avalo en mi vida...
- Pues comienzas bien, mi viejo, no
podías comenzar mejor. Es un estreno de primer orden, ahora no hay más que
continuar. Además, quien avala una vez un documento mío ya no para más, le toma
gusto...
Y salió corriendo para el banco,
dejando al gordo gerente con la boca abierta, apoyado sobre el mostrador de la
librería, turulato, sin alcanzar a comprender la razón de su insensato gesto,
sin poderse explicar por qué había cometido el
disparate de firmar.
En los tiempos en que había juego por
la tarde y por la noche en el Tabaris, Vadinho ni siquiera iba a cenar a casa.
Comía cualquier tontada, un carajé, un abará, un sandwich, y cenaba más tarde,
de madrugada, cuando se cerraba la última puerta en el último tugurio... Los
más retrasados - Giovanni, Anacreon, Mirabeau Sampaio, Media Porción, el negro
Arigof, elegante como un príncipe de novela rusa- , salían en grupo hacia la
Rampa del Mercado, las Sete Portas, la casa de Andreza, o iban a una tasca cualquiera
donde hubiera un carurú de fólhas, un vatapá de pescado, cerveza helada,
cachaca pura.
Cuando por casualidad iba a cenar a
la casa era para salir inmediatamente, antes de las nueve, siempre con apuro.
Así se frustraban siempre las esperanzas que
albergaba doña Flor de verlo llegar
de la calle y, como los maridos de las otras, ir a
ponerse cómodo, vestir el pijama,
leer los diarios, comentar la jornada, tal vez ir con ella de visita o al cine.
¿Cuánto tiempo pasaba ella sin ir al cine? Era preciso que doña Norma la
arrastrara a alguna matinée, pues de lo contrario, con Vadinho eran tan raras
las veces - raras e inesperadas- que
salían juntos, que solían pasar meses sin hacerlo. Sin embargo, nunca cesó de
preguntarle, cuando él se quitaba el saco y se aflojaba el nudo de la corbata:
- Hoy no sales, ¿no? Vadinho sonreía
antes de responder:
- Salgo, pero vuelvo en seguida,
querida. No tardo nada, tengo un compromiso, pero es algo rápido... - respondía
invariablemente.
A veces llegaba antes de la cena,
pero con otra finalidad. Eso ocurría en los días de derrota total, cuando al
caer la tarde no había conseguido nada, cuando todas sus
tentativas habían terminado en un
fracaso absoluto, cuando le fallaba el palpito en la quiniela, los gerentes de
los bancos se mostraban inflexibles y los garantes
inabordables, cuando no tenía ya
nadie a quien sablear. En esos días malditos llegaba hecho
un basilisco. Él, que
era siempre tan glotón, tan
aficionado a
saborear los manjares de doña Flor y
sus recetas sin igual; esas tardes comía en
silencio, inquieto; y comía poco, a
todo vapor, sin prestarle atención a la comida. Lanzaba miradas calculadoras a
su esposa, como para medir su humor, su receptibilidad. Y es que venía a
pedirle dinero, siempre prestado, claro está, con formales promesas de pago,
todas sin cumplir hasta hoy. Ella terminaba por darle algo, por las buenas o
por las malas; en ciertas ocasiones de un modo forzado, doloroso e incluso
sórdido. Eran los días en que aparecía lo peor de Vadinho, cuando surgían en él
la brutalidad y la furia, cuando su encanto y su gracia dejaban lugar a una
cruel estupidez.
Doña Flor conocía sus malas
intenciones incluso antes de que él pronunciara una sola palabra. Llegaba
irritado por el fracaso de la calle, con un malhumor sordo que
se le traslucía en el rostro. Por
aquellos años ella ya había aprendido a conocerlo
hasta en los más mínimos detalles,
desde el peso y la cadencia de su paso, hasta el
brillo engañador de sus ojos cuando
miraba a una mujer cualquiera, o a las alborotadas alumnas, o al escote de doña
Gisa; o, yendo con doña Flor por la calle, a todas las que pasaban,
desvistiéndolas más o menos según ellas lo merecieran por bonitas o por feas.
Por las tardes, Vadinho se multiplicaba en busca de fondos para las apuestas y
luego venía a cenar, unas veces cariñoso, otras iracundo; y al llegar la noche
rumbeaba de nuevo hacia su sombrío destino. ¿Sombrío? Este adjetivo no se podía
aplicar al carácter de Vadinho; calificativos de esa naturaleza, tan solemnes y
lúgubres, no correspondían a la realidad. Destino nocturno sí, pero no sombrío.
Con él no concordaban las sombras y las oscuridades, las angustias y los dramas
tan gratos a los promotores de las virtuosas campañas contra el juego. A él no
le temblaban las manos al depositar las fichas ni aullaba de remordimiento al
llegar la madrugada. Sin duda era angustioso el momento en que la bolilla
giraba en la ruleta, y su corazón se llenaba de ansiedad; pero era una angustia
agradable. Jamás tuvo ni siquiera el asomo de una idea suicida; nunca un noble
remordimiento desgarró su pecho y jamás se sintió acusado por la voz trágica de
la conciencia. Era inmune a toda esa espantosa serie de horrores que atormenta
la vida de los desgraciados que se dejan dominar por el vicio de la timba. Es
una pena, pero ¿qué le vamos a hacer, si era así? Es imposible presentar a
Vadinho bajo esa luz tan simpática: como a un jugador acorralado por un destino
irrevocable, odiándose a sí mismo, queriendo librarse y no pudiendo, y por
último redimiéndose al pegarse un tiro en la sien a la salida del casino.
Era el suyo un destino intenso y
rudo, un destino de macho, ciertamente. Ningún flojo hubiera podido aguantar
esa lucha de cada noche, de cada instante de cada noche; pero Vadinho nunca
había considerado esa emocionante batalla como una serie catastrófica de
crímenes y remordimientos, como una desgracia siniestra e irremediable.
¿Siniestra? Su vida era variada y divertida. ¿Irremediable? Siempre
había alguien que le prestaba dinero;
es increíble que hubiera tanta gente dispuesta
a hacerlo. ¿Quién sabe si no lo
hacían para de ese modo arriesgarse a jugar sin tener que ir a los casinos
prohibidos, a los tugurios de mala fama? Era el suyo, en fin, un destino de
hondas y excitantes emociones. Como por ejemplo aquella noche de agosto que
comenzó tan mal: él intentando sacarle el dinero a doña Flor, y ella
resistiéndose (era el dinero del mercado) y luego la discusión, los insultos,
las recriminaciones, los gritos y las ofensas. Por último, le había soltado
unos miserables treinta mil- réis, con los que Vadinho inició su marcha
triunfal. Cuando él llegó al Abaixadinho los dados rodaban en la «liebre
francesa». Vadinho puso diez mil- réis al grande - sólo apostaba al
grande- y comenzó el chorro. Salió el
grande, créase o no, catorce veces seguidas y Vadinho apostándole siempre,
rodeado por una nerviosa aglomeración de jugadores y meretrices, dispuesto a
seguir jugando al grande hasta el fin de los siglos. Cuando lo supo Mirandáo,
que estaba en la otra sala jugando a la ronda, fue corriendo a buscarlo como
loco:
- No sigas, por el amor de tus hijos,
que la suerte va a cambiar.
Vadinho no tenía hijos y desde luego
no tenía intención de dejar el juego, pero Mirandáo, que sí los tenía, echó
mano a las fichas y las retiró él mismo, empujando a su amigo y sacándolo de
allí. A tiempo, pues se dio el pequeño, después la
«gata», de nuevo el pequeño y «gata»
otra vez, mientras Vadinho salía de allí en la
opulencia, y contra su voluntad. Esa
noche, con los bolsillos repletos, mientras recordaba la escena en que doña
Flor le dijera, entre sollozos: «Tú no andas bien, no vales para nada y no me
quieres ni una migaja», estaba resuelto a llegar a casa temprano y con un
regalo rumboso, no una baratija cualquiera. Un collar, un anillo, una pulsera,
una joya de valor.
Mas ¿dónde adquirirla, si a esa hora
los comercios estaban cerrados? Quién sabe - reflexionaba Mirandáo- , quizá
podríamos conseguir algo vistoso entre las pelanduscas de
«la zona». A
veces las mujeres
de la vida
reciben valiosos
presentes; cuando están metidas con
un coronel del cacao o un hacendado del
sertón, se aprovechan para llenar la
media, y algunas hasta dejan de hacer la vida, estableciéndose con salones de
belleza o boutiques. Mirandáo conocía dos que terminaron por casarse y se
convirtieron en honestísimas señoras.
Los dos amigos iniciaron la búsqueda
corriendo de la ceca a la meca, de cabaret en cabaret, de burdel en burdel, de
pensión en pensión, y adonde quiera que llegaban iban volteando cervezas, o
bebiendo vermut o coñac e invitando a todas por cuenta de Vadinho. Sacaron a
luz y revolvieron las pobres pertenencias de decenas de chicas, no encontrando
más que bisuterías de metal cromado, vidrio de color, latón... y la noche que
se iba.
«Quiero llegar temprano, darle una
sorpresa completa», decía Vadinho, apurado, lleno de prisa, gozando por
anticipado con la cara que iba a poner doña Flor al verlo llegar antes de
medianoche con un regalo en la mano. Sólo necesitaba encontrar un chiche valioso,
que llenara el ojo, y no esas fruslerías de segunda mano. Finalmente
encontraron lo que buscaban en la Ladeira de Sao Miguel, en el boudoir - como
decía afectadamente Mirandáo- de Madame
Claudette, cortesana ya acabada que iba sobreviviendo a costa de una pequeña
clientela de estudiantes que la frecuentaban debido a su nacionalidad francesa
y a sus difundidos refinamientos, todo muy parisiense y a bajo precio.
Era un collar de turquesa de un azul
realmente tan hermoso que Vadinho y Mirandáo sintieron el impacto de su noble
belleza y de su hechizo. Todo en oro labrado; la vieja buscona lo apretaba
entre los dedos, como defendiéndolo. Era una joya de familia - les dijo la
prostituta con aire confidencial- que
ella trajo de Europa. La habían usado su abuela y su madre, y de ahí que fuera
doblemente valiosa. Sólo podía desprenderse de aquella preciosidad - recuerdo
de un mundo perdido en Lorena, allá en su infancia- a cambio de una abultada cantidad de dinero.
Sólo por mucho, mucho dinero. «Le petit Vadinho» seguramente no tuvo nunca una
cantidad tan grande, y si algún día la tuviese no la iba a gastar en un adorno
para una mujer. ¿Desde cuándo le había importado el dinero a Vadinho, Madame?
Si hasta cuando andaba «limpio», en la miseria, sin nada, sin un centavo
partido por la mitad - ni siquiera en esas circunstancias- le daba valor al dinero, y cuando lo buscaba
con insensata ansiedad, era para tirarlo en la ruleta. Y mientras hablaba
sacaba de los bolsillos llenos, impetuosamente, manojos de billetes, hasta que
casi quedaron vacíos. Los ojitos de Madame Claudette se encendían de codicia
detrás de su máscara de crema y polvo de arroz; la pobre momia se estremecía a
la vista de los billetes de cien y de doscientos.
El taxi de Cígano lo dejó a la puerta
de casa a las once y cuarenta, antes de la medianoche, como él quería. Doña
Flor acababa de cerrar los ojos y comenzaba a resoplar brevemente, cuando él
estaba ya en el cuarto dándole un tirón a la sábana
que cubría el cuerpo de la esposa y
poniéndole las fulgurantes turquesas entre los
senos turgentes, mientras se reía con
aire divertido:
- Y tú no me querías prestar dinero,
doña loca... - y desparramaba los billetes por la cama, pues aún le habían
sobrado más de dos contos de réis.
¿Cómo utilizar la expresión «sombrío
destino» para referirse a quien era tan alegre
jugador, a quien sabía sonreír por
igual ante la buena o la mala suerte, embrujado por la alegría de vivir?
Quizá fuese sombrío su destino en
opinión de doña Flor, desde su punto de vista, desde su puesto de observación,
o, para mayor exactitud, desde su puesto de
espera. Sombrío para doña Flor,
siempre esperando en el lecho.
Esperándolo durante siete años, toda
una vida. Muchas lágrimas derramó doña Flor en esos años. También fue mucho lo
que gozó yogando; los dulces momentos de ternura y posesión bien podrían
compensar las horas amargas de ausencia y humillación. Un día, doña Gisa, con
sus humos de psicóloga, psicoanalista, psicógrafa y otros inventos
norteamericanos, le dijo que ella, doña Flor, estaba casada con un ser
excepcional. No excepcional en el sentido que doña Flor le daba al término,
como sinónimo de grande, de mayor, de mejor de todos. Nada de eso. Excepcional
en su significado de diferente, de fuera de lo normal, de alguien que no
encajaba en los moldes comunes ni se podía circunscribir a los límites de una
vida cotidiana mediocre y monótona. ¿Era doña Flor capaz de entenderlo y ser
feliz con él? Tretas de doña Gisa - se decía doña Flor- , sin duda buena amiga,
pero una literata de los mil diablos, con la cabeza llena de cosas enrevesadas
y unas
expresiones que ni ella se entendía.
Doña Flor deseaba ser como todo el
mundo y que su marido fuese como los otros maridos. ¿Acaso no tenía él un
empleo en la Municipalidad, conseguido por su
pariente rico, el doctor Airton
Guimaráes, Chimbo de sobrenombre? Ella lo quisiera
así, viniendo del empleo directamente
a la casa, los diarios bajo el brazo, y con un paquetito de bizcochitos o
confituras, de abarás y acarajés, cenando a la hora debida como los otros;
saliendo algunas noches con ella del brazo, a pasear, a gozar de la brisa de la
luna; amante, jugando en la cama, temprano, antes de dormir, y en los días
fijados para jugar...
Lo que no podía ser era lo que estaba
ocurriendo: Vadinho llegando a cualquier hora, durmiendo con frecuencia afuera,
seguramente en las cañas de las atorrantas, sus amigas de antiguos y renovados
enamoramientos; o queriendo yogar con ella, y yogando, en horas tardías, en los
momentos más absurdos, cualquiera que fuese el día, sin reloj ni almanaque. No
tenía horario ni orden, ni tampoco un hábito establecido o un convenio tácito,
o una costumbre compartida por ambos. Nada. Eso era vivir en medio de una anarquía
insoportable: pasaba todas las noches en la calle, sin tener la menor noticia
de él, mientras ella quedaba en la cama de hierro, con la espina de los celos,
el agudo dolor de los cuernos y el pecho cargado de dolor y congoja. ¿Por qué
las otras mujeres casadas hacían valer sus derechos ante el marido y ella no?
¿Por qué no era Vadinho como los otros?
¿Por qué no llevaban una vida
sistemática y en orden, sin sobresaltos, sin chismes, sin enredos, sin la
infinita espera? ¿Por qué?
Todo eso - la espera, el juego, la
cachaca, las noches fuera de casa, los gritos, la violencia, la villanía- se convirtió en hábito a medida que fue
pasando el tiempo, pero doña Flor nunca llegó a acostumbrarse por entero y
habría de morir sin llegar a conseguirlo.
Por lo demás, fue él quien murió, en
el carnaval. De ahí en adelante, ¡ah!, de ahí en
adelante su deseo ya no tuvo siquiera
derecho a la espera, a la expectativa, a la ansiedad. La ausencia de Vadinho
tenía ahora otra dimensión. También era otra la calidad del sufrimiento. Ya de
nada le serviría a doña Flor mantenerse alerta, a la escucha, atenta a cada
ruido de la calle, con el corazón inquieto, latiendo sobresaltado. Ahora ya no
tenía que esperar, ya no tenía esperanza, de nada le servía estar atenta al
ritmo de los pasos - sobre todo de los pasos de los borrachos-
, al ruido sutil de la llave en la
cerradura, a las notas de una canción perdida, de una tonada a lo lejos.
Sí, de una tonada a lo lejos. Porque
hubo noches, durante aquellos siete años de
matrimonio y de espera, en que
Vadinho la había despertado con una serenata: la guitarra, el guitarrillo, el
violín, la flauta, la trompeta y la mandolina, repitiendo aquella otra
inolvidable serenata de la Ladeira do Alvo, cuando ella acababa de saber la
verdadera situación de su amado: pobre, sin un centavo, un funcionario chirle,
granuja, cuchillero, borrachín, libertino y jugador.
15
Ahora, echada sobre la cama de
hierro, doña Flor procuraba no oír el matraqueo de doña Rozilda en la puerta de
la calle en animada plática con doña Norma. Quería reunir con más claridad en
su memoria, perdida en la lejanía del tiempo, las voces de los cantores y el
ritmo de los instrumentos en aquella emocionante serenata de la Ladeira do
Alvo. Para que sus recuerdos llenasen sus horas y la ayudasen a calmar su
corazón durante estas noches que ya no eran más noches de espera, pues él, su
marido, estaba muerto. Ahora contaba tan sólo con un mundo de recuerdos, y en
él se refugiaba, envuelta en remembranzas, en cenizas con las que apagar las
brasas de su agudo deseo. Como si hubiera levantado un muro que la aislase, que
la separase del chismorreo y de la murmuración, de las habladurías y de los
comentarios, de todo cuanto perturbaba su viudez reciente, de esa nueva
realidad de la ausencia. En los tiempos iniciales del duelo, su existencia
transcurría
entre el ansia y el dolor, entre la
necesidad y la imposibilidad de tenerlo ahí, a su lado; algo imposible para
siempre. Nunca más lo tendría.
Doña Flor, ahogando bajo la música y
el canto recordados la voz y la saña de doña
Rozilda, buscaba el amparo de los
recuerdos del pasado: aquella noche en que se asomó a la ventana al oír los
primeros acordes. Le dolía todo el cuerpo, el rebenque
de cuero crudo le dejó una marca en
el cuello y se sentía como un trapo, un trapo
golpeado y humillado. Vadinho subía
cantando por la ladera, con los brazos levantados en alto. También recordaba a
los otros: Caymmi con su voz inconfundible e inigualable, y Jenner Augusto, más
pálido todavía bajo la luna; acompañándolos, en los instrumentos y en el coro,
Carlinhos Mascarenhas, Edgard Cocó, el doctor Walter da Silveira y Mirandáo.
Ella, corriendo, buscó aquella rosa oscura y extraña que el día anterior había
cortado en el jardín de la tía Lita. Por entonces, todo era confuso en su vida,
todo andaba enmarañado y en completo desorden, y ella estaba aún sometida a la
férrea autoridad de doña Rozilda. La serenata le dio fuerzas y coraje. De
repente se sintió contenta de que Vadinho no pasara de ser un insignificante
servidor municipal, reducido a un miserable empleo, y tampoco le importaba que
fuese un jugador empedernido.
Con los recuerdos de noches como
aquélla, de luna y de ternura, la insomne doña
Flor intentaba aplacar el dolor y la
desesperación de saber que nunca más vendría Vadinho a acariciarla, a encender
las brasas de su cuerpo. En las largas noches de espera ya no volvería a oír
más en la calle su voz desafinada, en nuevas serenatas. Recordaba también
aquellas veces en que Vadinho fue más allá de todos los límites. Cuando pasaba
noches seguidas sin venir a dormir; o cuando, siendo aún recién casados, se
había jugado el dinero del alquiler sin decirle nada, haciéndola pasar por
tramposa. En esos casos él intentaba hacer las paces, pues doña Flor dejaba de
dirigirle la palabra, comportándose como si no notara su presencia, como si no
tuviera marido. Vadinho, inquieto, andaba a su alrededor, dirigiéndole palabras
aduladoras, invitándola y provocándola para excitarla y llevarla al lecho.
Ella, en los límites de la pena y la humillación, se resistía.
Vadinho apelaba entonces a las
grandes jugadas: por ejemplo, llevarla al cine o ir con ella de visita -
aplazada durante tanto tiempo- a casa de
doña Magá o a la del padrino de Héctor, el doctor Luis Henrique. O si no
organizaba una serenata y venía a arrullar su sueño, deslumbrando a la
vecindad. Pero ahora ya no venían con él Dorival Caymmi, con su misteriosa voz,
ni el doctor Walter da Silveira. Caymmi había emigrado a Río, donde tenía
programas en la Radio Carioca, y grababa discos y los cantores famosos
estrenaban sus sambas y sus modinhas playeras. Ni que hablar del doctor Walter:
nombrado juez en el interior, sólo tocaba su flauta encantada para dedicarles
nanas a sus niños y niñas. Tenía un hijo por año cuando no dos en un solo
parto. No era fácil, en aquellos frívolos tiempos de irreflexión y desatino,
encontrar quien cumpliese sus deberes - todos sus deberes sin excepción- con
tanto sentido de responsabilidad como este celoso y culto magistrado.
Tampoco vendría ahora, y ya nunca
más, ¡ay!, ¡nunca más!, Vadinho. Ni su voz, ni su risa orgiástica, ni su mano
atrevida, su cabellera de pelo rubio, su atrevido bigote, sus sueños con fichas
y apuestas. A doña Flor ya ni siquiera le quedaba la
espera dolorosa. ¡Cuánto no pagaría
para volver a tener derecho al sufrimiento de
esperarlo, a la angustia de escuchar
el silencio nocturno de la calle tranquila, a sentir el vacilante paso del
marido bajo los efectos de la cachaca! Era inútil que doña Norma le rogara a
doña Rozilda, en la puerta de calle, apelando a su comprensión:
- Cuanto menos se hable de Vadinho,
mejor; eso la ayudará más a olvidarlo. Flor está todavía muy atormentada, ¿para
qué estar recordándole a la pobre las ruindades de él, martirizándola?
Era inútil, doña Rozilda había venido
precisamente con la intención de machacar en el tema: no conocía otro modo de
dar consuelo. ¿Cómo hacer cesar aquel llanto inmerecido sino vomitando sapos y
culebras contra el finado? Ya lo había dicho antes y lo repetía: esa muerte no
era para llorarla, sino para celebrarla. En aquellas conversaciones nocturnas
más de una vez hizo alarde de su opinión, casi a los
gritos, importándole poco quien la
oyera.
Y también era inútil, porque a doña
Flor no le era posible olvidar, ni con barullo ni con silencio. No le era
posible olvidar ni las tropelías ni las malas acciones, y
principalmente, las buenas horas, la amable presencia, las locas palabras del
perdido, su fuerza de hombre cuando
la poseía y su fragilidad de hombre cuando se protegía en su cuerpo, en su
ternura.
Era un sufrimiento casi morboso,
enloquecedor, una amargura que le quitaba las ganas de vivir. Sin embargo, doña
Flor se esforzaba cada día, procurando superar
el vacío interior, contener las
lágrimas, seguir adelante. Después de la misa del
séptimo día había vuelto a abrir la
Escuela de Cocina. Las alumnas regresaron. Al principio evitaban las bromas
habituales, las risas maliciosas, las anécdotas, las carcajadas entre una
receta y otra, procurando no recrear la atmósfera festiva y simpática que antes
reinaba en las clases, en torno a los fogones de leña y carbón. Pero ese
escenario luctuoso no duró más que dos o tres días y la alegre normalidad
volvió a imponerse. A la misma doña Flor le gustaba que fuera así; de ese modo
se distraía, rompía el círculo de cenizas.
Volvieron todas, excepto la pequeña
Ieda, con su cara de gata arisca y su revelado secreto. ¿Temía encontrarse con
ella, con doña Flor, o enfrentar la atmósfera de aquella casa huérfana de la
gracia de Vadinho, de su risa, de sus picardías, de su insolencia?
Por lo que concierne a doña Flor, la
muchacha podía haber vuelto, pues a ella ya no le importaba comprobar nada, ni
discutir, y mucho menos acusar. Sólo tenía ganas de poner en claro una cosa:
¿estaría embarazada la hipócrita, preñada por él, grávida de un hijo suyo?
Doña Flor no tuvo hijos, pero sabía
que la culpa era suya y no del marido. Se lo dijo la doctora Lourdes Burgos, su
médica, y el doctor Jair se lo confirmó, proponiéndole realizar una pequeña
operación que probablemente la volvería fecunda, ¿quién sabe? Pero doña Flor
era miedosa y rehuyó la cirugía: además, el doctor Jair no le había dado
seguridades de éxito. Por eso, lo que más le preocupaba de las correrías del
marido era el miedo a que él tuviera un hijo por ahí, en la calle, al azar.
Doña Flor jamás consiguió saber si
Vadinho deseaba o no un hijo. El temor al hospital y al bisturí ¿le habría
impedido hablar con más franqueza, limitándose a
hacer preguntas más o menos
superficiales? Ella misma no lo sabía. Es cierto que le
preguntó varias veces:
- ¿Tú no sientes la necesidad de
tener un hijo?
Quizá porque Vadinho sabía que ella
era estéril y tenía temor a la operación, quizá debido a eso le ocultara sus
ganas de tener una criatura que anduviese haciendo
travesuras por la casa; tal vez una
nena de rubia melena como la de él, o un nene
de negros cabellos y de piel cobriza
como ella. Cierta vez, oyéndolo ensalzar el encanto de un chiquilín gordo y
rosado, un bitelo, premio de robustez infantil, retratado en un cromo de
almanaque, ella se dispuso a enfrentar el difícil tema:
- Si tienes verdaderamente ganas de
tener un hijo, yo me arriesgo a la operación. El doctor Jair dijo que es
posible que dé resultado. Pero no lo puede garantizar...
Él la escuchó como quien oye algo a
lo lejos, medio perdido en sus sueños, y tardó en responder, obligándola a
levantar la voz casi con rabia para sacarlo de sus
divagaciones:
- Si no da resultado, paciencia...
Por lo menos nadie podrá decir que tú querías un hijo y que yo no hice todo lo
posible para tenerlo... No me importa el miedo, basta
que tú lo digas...
Las
últimas palabras le
salieron empañadas de
lágrimas, masculladas entre sollozos. Pero él nunca pudo soportar
su llanto y de inmediato comenzó a acariciar su cara llorosa, diciéndole
sonriendo para alegrarla:
- Loca, loquita... ¿Qué manía es ésa
de querer que te corten algo en la papaya? Deja en paz tu cachucha, mi bien;
que yo no voy a permitir que te anden en la peladita para que de repente se
afloje toda o quede torcida por dentro... Quítate de la cabeza esa historia de
tener un hijo...
Y como si quisiera hacerle olvidar el
asunto, la envolvió en su brazo, llevándola al
dormitorio, sin que finalmente le
dijera si ansiaba o no el hijo que ella no podía darle, ese hijo tan fácil de
hacer en otra cualquiera. De ese modo al poseerla tan intempestivamente, hacía
que pasara el momento oportuno para las preguntas y las respuestas, y la
presencia de la inexistente criatura que se había alzado entre ellos se
desvanecía hasta desaparecer por completo.
En cuanto si a él le gustaban los
chicos, ¡ah!, ¡cómo le gustaban!, y el chiquillerío lo prefería a cualquier
juguete; gritaban su nombre tan pronto como lo veían, y corrían a su encuentro.
En medio de las criaturas Vadinho se sentía su igual, como
si tuviera su misma edad; su
paciencia con los chicos era infinita. Mirandáo los hizo
padrinos, a él y a doña Flor, del
menor de sus cuatro hijos, el cual, desde pequeñito, estaba loco por el
padrino: apenas lo veía y ya abría su enorme boca de sapo, haciendo señas con
las manos, queriendo irse de los brazos de la madre para los de Vadinho.
Jugaban los dos durante horas. Vadinho imitaba para él los rugidos de los
animales feroces, saltando como un canguro y riéndose feliz. ¿Cómo no iba a
desear un hijo quien era tan loco por las criaturas? Pero jamás lo confesó,
quizá para no obligar al incierto sacrificio de la intervención quirúrgica.
Doña Flor, en su lecho de viuda,
siente la incómoda picazón del remordimiento. En último término podía haber
intentado la operación, a pesar del visible pesimismo de los dos médicos. ¿Se
habría dejado influir, acaso, por la opinión de doña Gisa, compartida por otros
vecinos y hasta por los tíos? Doña Gisa, muy culta ella, le exponía sus teorías
sobre la herencia - ¿para consolarla?-
cuando ella se acusaba de estéril e inútil. La misma tía Lita, tan
bondadosa, siempre llena de disculpas para las andanzas de Vadinho, le había
dicho más de una vez:
- Hay males que son para bien, hija
mía. ¿Y si tú echases al mundo un niño que fuese tan mala cabeza como Vadinho?
¿Lo pensaste? Dios sabe lo que hace...
Thales Porto apoyaba a su esposa:
- Así es. Lita tiene razón. Para
vivir feliz no es preciso tener hijos. Míranos a nosotros... No tuvimos ninguno...
Y
realmente eran felices,
dedicándose el uno al
otro; Porto con sus cuadros
domingueros, doña Lita con las flores
de su jardín y con un gato zaparrastroso, viejo y gordo, ronroneante, mimoso
como un hijo único.
Los consejos de tanta gente dedicada
a consolarla no hacían sino afirmar el miedo de doña Flor; el miedo y - ¿por
qué no decirlo?- su egoísmo. Acostada en
la cama
de hierro, entre la agria voz de doña
Rozilda y la dulce música de la serenata, la viuda se daba cuenta de que en
verdad hubo algo más que el miedo a la operación.
Si el deseo de tener un hijo hubiera
sido en ella tan fuerte como en Vadinho, habría
tenido, con seguridad, el coraje
necesario para enfrentar al médico y al hospital. Pero ella había vivido sin
ansiar un hijo, una criatura que llena se la casa de bullicio y de risa. Había
vivido dedicada a Vadinho; sí, era su criatura; era a él a quien quería en la
casa, marido e hijo, «su niño grande».
En la puerta de calle, doña Norma
afirmaba, sentenciosa y cordial:
- Necesita olvidar, eso es lo que
necesita. Y es tan joven todavía... Aún puede rehacer su vida...
- Se casó con ese miserable porque
quiso... - se oía decir a doña Rozilda.
- Sí, Vadinho era un inservible, ése
es otro motivo para no hablar de él. ¿Por qué no dejar en paz al muerto? Lo que
debemos hacer es procurar distraer a la pobre,
no dejarle tiempo para recordar; está
la Escuela, pero no basta, ella necesita salir,
divertirse, olvidar...
Sobre los rezongos de doña Rozilda
flotaba la bondad de doña Norma:
- Si por lo menos hubiese tenido un
hijo.
La frase llegaba hasta los oídos de
doña Flor... «Si por lo menos hubiese tenido un hijo...» Sí, sería mucho más
fácil... No estaría tan sola, tan vacía, tan sin razones para vivir. En la
calle, en los alrededores, durante la misa, en la bendición, en el
mercado, en la feria: bajo la batuta
de doña Rozilda, entre las amigas y las
conocidas se elevaba el coro de
maldiciones a la memoria de Vadinho, un no- hay- palabras- para- decirlo de tan
malvado. Doña Flor cierra los oídos para no escuchar más que la antigua
serenata. En la cama de hierro, a solas con la ausencia del
marido, ¡una ausencia para siempre! Y
sin un hijo que le sirviera de consuelo.
En medio de todo lo que había
sucedido durante aquellos siete años, nada la había asustado tanto como la
noticia de que era hijo de Vadinho el niño dado a luz por
Dionisia, una mulata que vivía en las
proximidades del Terreiro. Siempre temió que
le trajesen la noticia de que él
había tenido un hijo con otra; con otra que podía quitárselo. Cuando llegaba a
su conocimiento algún lío de Vadinho, un enamoramiento con aspecto de unión
duradera, una aventura que significaba algo más que las noches pasadas en los
burdeles, su corazón se encogía con el temor de que hubiera embarazo, de que
naciera una criatura con los brazos extendidos hacia Vadinho.
No temía a las otras mujeres, sólo
tenía celos: «No es más que un juego para pasar el tiempo»,
como él decía,
no para disculparse,
sino para que
doña Flor
comprendiese y no tuviera miedo. Pero
¿y si surgiese un niño? Contra un hijo sería
imposible luchar, imposible cualquier
esperanza. Quedó como enloquecida, sin saber qué hacer, perdida, cuando doña
Dinorá - siempre era doña Dinorá, ¿cómo conseguía estar tan informada?- le comunicó, entre rodeos y lamentaciones,
el nombre de la fulana, así como los detalles del caso, algunos de ellos
incluso íntimos y picantes. Temblaba de terror pensando en una criatura, en un
niño, en ese hijo que ella no le había dado porque no podía, y también, ¡ah!,
también porque no quiso.
Es de imaginar su agitación y el
golpe que recibió cuando doña Dinorá vino a contarle «la última» de Vadinho.
Según la intrigante, había tenido un hijo con una tal Dionisia, una mulata con
fama de gran belleza, que algunas veces posaba como modelo (había posado para
un «mezclatintas» modernista, llamado Carybé, el cual, desdeñando
intencionalmente a la sociedad, la había retratado vestida de reina). Otras
veces era tesoro y adorno del democrático y frecuentado burdel de Luciana Paca,
en la zona de más movimiento.
Doña Dinorá venía con el cuento por
pura bondad, no por espíritu de intriga o de chismorreo, ella no era de ésas.
Cumplía con pesar su obligación de amiga, para que la pobrecita doña Flor, tan
buena y a la que tanto estimaba, no siguiera ignorándolo todo mientras los
demás se reían de ella a sus espaldas...
- Fue a tener un hijo, tan luego con
una perdida...
Decía «perdida» para no emplear un
sustantivo más fuerte. Porque doña Dinorá era la delicadeza en persona y la
horrorizaba lastimar a alguien, herir a cualquiera, incluso a una mujer de la
vida, a una sinvergüenza, embarazada por un hombre
casado, echando barriga con el marido
de otra. «No soy de ésas que adoran los
chismes, soy incapaz de hacer mal a
nadie», afirmaba doña Dinorá, y no faltaba quien le creyera.
En su cama de viuda, ya enmudecidos
en el recuerdo los últimos acordes de la serenata, ya perdidas la
voz de los
cantores y la rosa
negra, doña Flor se
estremece al recordar aquellos días
de tanto susto y de tan penosa decisión. ¿De qué no era capaz ella para no
perder a Vadinho, para conservarlo al lado suyo, para
tenerlo consigo aun siendo así,
jugador y mujeriego, haciendo un hijo por ahí, en la calle, con una pupila del
burdel? De lo que era capaz, lo demostró entonces.
16
Cuando las dos mujeres salieron de la
elegante misa de once en la iglesia de Sao Francisco, en un claro domingo de
junio, una mañana luminosa y fresca, y, con paso decidido, cruzaron el Terreiro
de Jesús en dirección al laberinto de las estrechas calles antiguas del
Pelourinho, los chicos cantaron una samba marcando el ritmo con unas latas de
dulce de guayaba vacías:
¡Eh, mujer de la cesta grande!
¡Eh, la de la cesta grande!
- ¡Buena cesta!
Doña Norma, volviéndose a su
compañera refunfuñó:
- Esos mocosos, ¿por qué no se meten
con el trasero de su madre?..
Quizá no pasase de simple
coincidencia, quizá los mocosos no se hubieran inspirado en las abundancias de
ella; pero aun así, doña Norma, por las dudas, lanzó una
mirada terrible en dirección a los
atrevidos. Mirada que se dulcificó de inmediato al
descubrir un chiquito de unos tres
años, harapiento, el rostro inmundo de légañas y mocos, que bailaba en medio de
la ronda:
- Mira qué encanto, Flor, qué cosa
más linda aquel diablito que está danzando...
Doña Flor contempló la pandilla de
criaturas andrajosas. Muchas otras estaban diseminadas por la plaza, llena de
vida intensa y popular, mezcladas con los fotógrafos halagadores, intentando
robar frutas en los cestos de naranjas, limas, mandarinas, umbus y sapotes.
Aplaudían a un charlatán que vendía productos farmacéuticos milagrosos, con una
cobra arrollada al cuello a modo de repelente corbata. Pedían limosna a las
puertas de las cinco iglesias del Largo, casi asaltando a los
fieles adinerados. Intercambiaban obscenidades
con las somnolientas rameras, en general muy jóvenes,
que rondaban por el jardín a la expectativa de un apurado cliente matinal. Era
una multitud de chicos desharrapados e impertinentes, hijos de las mujeres de
«la zona», sin padre y sin hogar. Vivían en el abandono, sueltos por las
callejuelas y no tardarían en ser unos reos y conocer las dependencias
policiales.
Doña Flor se estremeció. Llegó hasta
allí para llevarse una de aquellas criaturas, una recién nacida, y de ese modo
tener una garantía contra la criatura y contra su madre. Pero al ver a los
chicos sueltos en la Praca do Terreiro, su corazón se llenó de piedad, de un
sentimiento noble y puro; en aquel momento, si pudiera, los adoptaría a todos
ellos y no sólo al hijo de Vadinho. Por lo demás, el hijo de
Vadinho no la necesitaba a ella para
salvarse de esa vida. Él no lo abandonaría
nunca, no estaba en su carácter dejar
una criatura en el desamparo, sobre todo tratándose de un vástago suyo, nacido
de su sangre. En vez de negar su paternidad, él la proclamaría, ostentándola,
encantado y orgulloso.
Ella lo supo siempre con certeza - un
saber sin dudas- , a pesar de los silencios y de las
reticencias del marido
para él un
hijo sería el
más grande de los
acontecimientos, la verdadera
lotería, la apuesta incomparable, el estallido de la
banca. Por eso se había afligido
tanto con la noticia que le diera doña Dinorá. Era el peligro mayor, la temida
amenaza. En último término, Vadinho le pertenecía tan poco, dominado como
estaba por el juego y la bohemia... ¿Quedaría algo para ella si un hijo se
alzara entre los dos, llamándolo desde una callejuela escondida, desde una
esquina, desde la cama de una perdida? ¡Ese hijo que ella no le había dado!
Cuando recibió la noticia quedó desesperada, sumida en un dolor tan grande que
la misma doña Norma perdió la cabeza. Ella, que generalmente era tan ejecutiva,
y encontraba siempre solución a los innumerables problemas que le planteaban a
cada instante, en este caso tampoco atinaba con alguna salida o solución, tan
confusa y apenada estaba.
- ¿Y si le dijeras a él que estás
embarazada?
No se le había ocurrido nada mejor
que esa débil mentira.
- ¿De qué serviría? Cuando descubra
que no, será peor...
Fue doña Gisa quien encontró el modo
de descifrar la charada, con un recurso no sólo honroso, sino además práctico,
mediante una proposición capaz de resolver
todo eso y mucho más..., ¿quién sabe?
La gringa era un fenómeno para esas
cuestiones de psicología y otras
metafísicas; hasta el profesor Epaminondas Souza Pinto se quitaba ante ella el
sombrero - «es una mujer muy erudita», decía- . Y el profesor Epaminondas
Souza Pinto no
era un cualquiera,
jamás se había equivocado en la colocación de un
pronombre y redactaba (gratuitamente) la sección de consejos gramaticales en el
semanario de Paulo Nacife, de poca circulación, pero próspero en avisos. Cuando
informaron a doña Gisa de lo acontecido - doña Flor llena de angustia, doña
Norma desorientada- , ella vio la solución de inmediato y dio instrucciones a
las amigas en su enrevesado portugués.
Si Vadinho deseaba tanto un hijo, al
punto de ir a tenerlo en la calle, con una perdida, porque doña Flor era
estéril y no podía concebir, y si ese hijo se lo había dado otra, esto podía
impulsar a Vadinho a irse para siempre... Entonces sólo cabía un recurso para
que doña Flor conservara el marido y el hogar: traer a la casa al hijo bastardo
de Vadinho y convertirse en madre suya, criándolo como si lo hubiese dado a
luz. ¿Y por qué no? ¿Por qué gritaba así doña Flor, maldiciendo igual que una
norteamericana millonaria - doña Gisa hizo esa comparación asombrada por la
reacción de la vecina- , jurando que eso jamás, jamás el hijo de la otra, de la
perra, de la puta sin vergüenza? ¿Por qué tanto escándalo si una de las cosas
más admirables del Brasil
era, según la
opinión de la
gringa, la capacidad
de comprender y convivir? Es tan comente que las mujeres casadas críen
los hijos espurios de los maridos... Ella misma conocía algunos casos, tanto
entre gente pobre como entre gente rica. Allí cerca, en esa misma calle, ¿no
criaba doña Abigail a la hija que había tenido el esposo con una tipa, y no lo
hacía con el mismo tierno amor reservado a los cuatro hijos de su vientre? Una
maravilla... ¡Y qué maravilla! Era por esas cosas por lo que a doña Gisa le
gustaba el Brasil y por lo que se había naturalizado brasileña. ¿Qué culpa
tenía el chico, qué pecado había cometido? ¿Por qué dejar a la pobre criatura,
sangre de su marido, expuesta a una vida de privaciones, mal alimentada,
creciendo entre el hambre y el vicio, como una rata en los vaciaderos del
Pelourinho, sin derecho a la educación, y a los bienes de la vida? Y además,
¿no temía doña Flor, y con razón, que Vadinho quedase prendido a la madre de la
criatura para estar junto a su hijo? Si ella, doña Flor, lo fuese a buscar y lo
trajera para criarlo como hijo suyo, ¿qué prueba de amor más convincente?
Aquella criatura, nacida de otra mujer, sería el eslabón que uniría para
siempre a Vadinho y Flor, sin que hubiera motivos para más recelos y peligros.
Y quién sabe, quién sabe, querida
mía, con ese hijo en casa, desarrollándose y educándose fuerte y sano, con el
cariño de doña Flor, y siendo para Vadinho una alegría permanente, pero también
una permanente responsabilidad, ¿quién sabe si el malandra no cambiaría su
género de vida, dejando a un lado el juego y la farra, adquiriendo seriedad y
vergüenza? Es muy posible, sobraban los ejemplos. Sobraban, sí, confirmó doña
Norma con entusiasmo; «hay que ver lo que sabe esta maldita gringa». Y doña
Norma citó, en el acto, nombres y direcciones. «¿Quién hubo más enviciado con
el juego y la cachaca que el doctor Cicero Araujo, uno de Santo Amaráo da
Purificáo? Hacía pasar las de Caín a la pobre esposa, doña Chiquita, hasta que
un buen día se quedó embarazada, y, ni bien nació el niño, el doctor Cicero
cambió de vida y se convirtió en el ciudadano más ejemplar. Y don Manuel Lima,
loco por una prostituta... Bien..., ése, verdaderamente, no necesitó tener un
hijo, se transformó al casarse y no hubo marido más correcto...»
Doña Gisa había encontrado la
solución de la charada: ese hijo, en el que doña Flor veía una amenaza tan
peligrosa para la estabilidad de su hogar, podría transformarse, como en un
pase mágico, en su seguridad, en la garantía de su amor, y, de rechazo, incluso
era capaz de regenerar a Vadinho. Por lo demás - pensaba doña Gisa- , sería una
lástima: una vez regenerado, Vadinho iba a dejar de ser interesante, perdería
su indefinible misterio, su gracia licenciosa.
Los ojos de doña Flor se abrieron de
par en par. Había entendido. Su cara se iluminó de alegría, echándose en brazos
de la amiga con agradecimiento. Las dos
juntas trazaron planes meticulosos y
detallados. No era fácil, muy al contrario. Si
no fuese por el apoyo de doña Norma,
quizá doña Flor no hubiera reunido las fuerzas suficientes para dirigirse a la
zona de las mujeres perdidas, a las calles de la «sórdida prostitución» que
tanto atemorizaban cuando se hablaba de ellas en las crónicas policiales de los
diarios. Ella sola no hubiera podido resolverse, de pronto, enloquecida, a
intentar el plan: ir en busca de la tal Dionisia, exigirle el hijo recién
nacido, tomarlo y llevárselo para siempre, mediante escritura pública, en acta
notarial, con firmas reconocidas y testigos valederos. Doña Norma, solícita y
fraternal, se aprestó a acompañarla y le dio ánimos. Debe decirse que también
lo hacía por curiosidad; hacía mucho que deseaba tener la oportunidad de
conocer las calles de la prostitución, las moradas de las rameras, su vida
sórdida. Nunca había
encontrado antes un pretexto válido
para la prohibida excursión.
¿Cómo
dejar que la
pobre Flor se
aventurase sólita por
esos amenazantes laberintos?, le
preguntó a don Sampaio, cuando el marido, asombrado por la idea,
intentó disuadirla.
- Yo no soy una chiquilina loca. Soy
una mujer mayor y de respeto, nadie se va a atrever a molestarme.
Y le comunicó a don Sampaio, vencido
al fin, ya incapaz de resistir el ímpetu vital de la esposa, los proyectos
aprobados:
- Vamos a ir el domingo por la
mañana. Yo voy como si fuera a visitar a mi ahijado,
el nieto de Joáo Alves. Después le
pido a Joáo que nos acompañe a la casa de la fulana y Joáo, ya sabes, es
maestro de capoeira...
Y así lo hicieron. El domingo oyeron
misa en la iglesia de Sao Francisco (doña Flor llevaba una vela adornada con
flores, en ofrenda para que todo saliera bien), y
después cruzaron el Terreiro y fueron
a encontrarse con el negro Joáo Alves en su puesto de limpiabotas, en el paseo
de la Facultad de Medicina. Estaba rodeado de
chicos, y todos, tanto el negrito de
pelo encrespado como los mulatos de diverso tono, más oscuros o más claros, así
como el rubio de cabellos de trigo, todos lo
trataban de abuelo. Todos eran nietos
suyos, tanto estos chicos como los otros,
sueltos por el dédalo de calles que
hay entre el Terreiro de Jesús y la Baixa dos Sapateiros. El negro Joáo Alves
no tenía hijos, ni los había tenido con su mujer ni con las otras, pero siempre
encontraba madrinas para estos nietos que le habían salido, así como comida,
ropas usadas y hasta cartillas con el abecedario. Vivía cerca de allí, en un
sótano, con sus rezongos, sus mandingas, su aparente agresividad, sus
palabrotas y algunos de los nietos. El sótano tenía salida hacia un valle
verdeante, y el negro Joáo Alves abarcaba desde su cueva los colores y la luz
de Bahía.
- ¡Caramba!... ¡Miren quién viene...!
Felices los ojos que la ven, mi comadre doña
Norma... ¿Y cómo está su don Sampaio?
Dígale que voy a aparecer por la tienda un día de éstos a buscar unos zapatos
para los chicos...
Los chiquilines rodearon a las dos
amigas. Doña Norma iba preparada, y en su mano apareció un paquete de
caramelos. Joáo Alves dio un silbido, y algunos chicos
llegaron corriendo, entre ellos un
mocoso de unos cuatro o cinco años. El negro le acarició la cabeza:
- Pide la bendición a tu madrina,
cosita- mala...
Doña Norma le dio la bendición y un
níquel de diez centavos, mientras el negro preguntaba qué buenos vientos habían
traído a su comadre hasta el lugar.
- Compadre, he venido a pedirle un
favor, algo muy delicado.
- Cosa delicada no es para mis manos,
soy bastante tosco, como usted sabe...
- Quise decir una cosa muy reservada,
para mantener en secreto.
- Eso sí, pues no soy ningún
charlatán ni un chismoso. Puede soltar la lengua, comadre...
- ¿No conoce mi compadre a una tal
Dionisia, de por aquí? No estoy segura, pero oí
decir que vive por los alrededores.
- ¿Y usted tiene algún asunto con
ella?
- Yo misma no, compadre. Es esta
amiga mía quien tiene algo que resolver con ella...
Joáo Alves miró a doña Flor de arriba
abajo:
- ¿Tiene que resolver un asunto con
Dionisia de Oxóssi?
-
Quizá sea esa misma... Oí decir que es guapota... Joáo Alves se rascó la pelambre.
- ¿Guapota? Discúlpeme, comadre, pero
eso es quedarse corto. Guapota puede
serlo cualquier blanca, pero mulatas
de la calidad de Dionisia hay pocas en el mundo, pienso que ni media docena, y
eso escarbando mucho.
- Una que tuvo un hijo
recientemente...
- Entonces es la misma. Acaba de
tener uno, y todavía no volvió a trabajar... Doña Flor abrió la boca por
primera vez, preguntando:
- ¿De qué se ocupa? De nuevo Joáo
Alves la midió con la mirada y respondió con
cierto desprecio ante ignorancia tan
grande.
- Pues en su oficio de meretriz, que
es su profesión, joven señora. Doña Norma volvió a tomar el hilo de la
conversación:
- ¿Y usted la conoce, compadre, sabe
dónde vive?
- Pues ¿cómo no habría de conocerla,
comadre? Vive aquí cerca, en Maciel.
- Si mi compadre puede, llévenos a
verla, que mi amiga quiere conversar con ella, resolver una cuestión...
Joáo Alves estudió una vez más,
largamente, a doña Flor, rascándose de nuevo la cabeza, como si encontrase todo
aquello muy sospechoso, poco claro:
- ¿Por qué no va ella sola, comadre?
Yo le muestro la casa...
- Compadre, sea caballero. ¿Va a
dejar que dos señoras vayan solas por esas calles? Si pasa un sinvergüenza y se
mete con una...
Nadie invocaba en vano la
caballerosidad de Joáo Alves:
- Pues voy con ustedes, pero les
garantizo que nadie se iba a propasar. Aquí todo el mundo es respetuoso...
Y se levantó, dejando el banquito de
lustrar al cuidado de los nietos. Era un negro alto y fornido, que pasaba de
los cincuenta, y cuyas guedejas comenzaban a
blanquear; llevaba al cuello un
collar de orixá, con las cuentas rojas y blancas de
Xangó, y sólo los ojos estriados
denunciaban su intimidad con la cachaca . Al ponerse de pie, preguntó:
- Comadre, dígame, ¿cuál es el asunto
que la mocita ésta - dijo mocita con ironía- quiere tratar con Dió?
- Nada que sea malo para ella,
compadre...
- Es que si fuese con malicia, con
todo el respeto que le debo a usted, no iba con ella, comadre... Ni tampoco
serviría de mucho, pues el santo de Dionisia es poderoso - y tocó el suelo con
la punta de los dedos, en reverencia al orixá- . ¡Oké Aró Oxóssi! No hay
despacho ni ebó que pueda hacerle daño, el hechizo se vuelve contra quien lo
manda hacer...
- ¿Cuándo me va a llevar a una
macumba, compadre? Tengo unas ganas locas de asistir a un candomblé... - era
una vieja curiosidad de doña Norma.
Así, platicando sobre encantamientos
y terreiros- de- santo, penetraron en la zona
de las prostitutas. Como era un
domingo por la mañana y la farra del sábado había durado hasta la madrugada,
casi no había movimiento en las calles. Sólo se veía alguna que otra mujer,
sentada a la puerta o de bruces sobre la ventana, más para ver el claro día que
para tratar con los hombres. Había tal silencio y sosiego que bien podía
hablarse de paz dominical. Doña Norma se sentía frustrada, hubiese querido que
fuese hora de
faena, pues en
esa somnolienta mañana
no se observaba ninguna diferencia
con un barrio de familias. Además, la casa de Dionisia estaba nada más comenzar
el Maciel, apenas si habían traspasado los límites de la zona.
Subieron a oscuras por las escaleras
de flojos peldaños. Un enorme ratón pasó junto a ellas, de correría. En cada
piso se oían confusamente palabras y frases. Alguien cantaba una triste
modinha, con débil voz. Cuando llegaron al rellano del tercer piso, les llegó
el aroma de espliego quemado en sahumadores de barro, que anunciaba la
existencia de una nueva criatura. Finalmente desembocaron en un pasillo al
fondo del cual estaba la puerta de la prostituta. Joáo Alves golpeó con los
nudillos.
- ¿Quién es? - preguntó una voz
cálida y perezosa.
- En paz, Dió... Soy yo, Joáo Alves,
y conmigo dos señoras que quieren hablar contigo. Conozco a una, es mi comadre doña Norma, mujer de bien, de
mi
estimación...
- Pues vayan entrando y disculpen el
orden, todavía no tuve tiempo de arreglar el cuarto...
Entraron, siguiendo al negro. En la
pieza angosta había una cama de matrimonio,
un armario cojo, un lavatorio de
hierro con palangana enlozada y un orinal al pie de la cama, todo muy limpio.
En la pared veíase un espejo roto y una estampa de Nuestro Señor del Bonfim, de
la que pendían cintas bendecidas. Una ventana se
abría a los fondos de la casa y por
ella entraba la claridad y la triste modinha. Reclinada en la cabecera,
semicubierta por una sábana, vestida con una bata de encaje, cuyo escote dejaba
ver sus pechos colmados, la mulata Dionisia de Oxóssi sonreía cordialmente a
las inesperadas visitas. En la comba del brazo, al calor de su seno, el hijo
dormido. Era una criatura grandota, de un moreno subido. Debajo de una silla,
un sahumador quemaba espliego, perfumando la ropita del recién nacido puesta
sobre la paja del asiento. Más allá de la silla, dos latas de querosene,
cubiertas con papel de seda, hacían la vez de taburetes. En un ángulo de la
pared del fondo, el peji con las armas de Oxóssi, el arco y la flecha, el
erukeré, una estampa de San Jorge
matando el dragón, una piedra verde, probablemente fetiche, de
Yemanjá, y un collar de cuentas azul turquesa.
- Don Joáo - pidió la mulata con su
voz cadenciosa- , haga el favor, saque esa ropita de la silla y póngala en el
ropero; es para mudar al nene después del baño. Y alcáncele la silla a esa
joven - dijo señalando a doña Norma; luego, volviéndose a doña Flor, le dijo
sonriendo- : Usted es más joven, disculpe, tendrá que sentarse en el cajón.
Reclinada en la cama, presidía los
arreglos que se hacían en el cuarto, los movimientos del lustrabotas al
trasladar la silla y las latas, tranquila y sonriente, sin preguntar siquiera
por la causa de aquella inesperada visita. Quien la viera así, tan serena,
comprendería por qué Carybé la retrató vestida de reina, en un trono de afoxé.
Doña Norma, adelantándose al negro,
tomó la camisita y el pañal y puso todo en el ropero, al mismo tiempo que hacía
un balance completo de los vestidos, las blusas, los zapatos y las sandalias de
la mulata.
- Arrime una lata para usted también,
don Joáo, y tome asiento.
- Yo me quedo de pie, Dió, así estoy
bien.
- Lo mejor para hablar es hacerlo con
calma y sentados, don Joáo, que estar de pie y con prisa no ayuda a entenderse.
El negro, sin embargo, prefirió
recostarse en la ventana, vuelto hacia la mañana,
cada vez más luminosa. Un fragmento
de canción penetraba cuarto adentro, yendo a morir quejumbrosamente en la cama
de Dionisia.
En las cadenas de tu amor,
esclavizada siervo,
mi señor.
Una vez sentadas doña Norma y doña
Flor se hizo un momento de silencio, pero en seguida Dionisia lo cubrió con su
voz cálida, volviéndose hacia la luz de aquel día tan hermoso, y lamentando no
haber podido salir todavía a la calle:
- No me hallo en casa cuando la
lluvia lava la cara del día y éste reluce como brote nuevo, juguetón...
A doña Norma le ocurría otro tanto,
así que las dos continuaron hablando del sol y
de la lluvia y del lunar en Itapoá o
en Cabula, hasta que sin saber cómo desembocaron en Recife, donde vivía una
hermana de doña Norma casada con un ingeniero pernambucano, y donde Dió
residiera por unos meses antes:
- Me quedé más de siete meses. Llegué
allí siguiendo a un polizón que me hizo perder la cabeza, un loco. Pero se fue
por ahí...
¿Adonde no hubieran llegado las dos,
a qué lejanos puertos, en ese diálogo intrascendente, sin motivo - hablar por
el placer de hablar- , si doña Flor, al oír el
carillón de una iglesia del Terreiro
que anunciaba la hora del mediodía, no se alarmase e interrumpiese la amable
plática?
- Normita, vamos a demorarnos
mucho...
- Por mí no, a mí no me molesta, es
un placer... - dijo Dionisia.
- En otra oportunidad vendremos con
más tiempo - prometió doña Norma- . Hoy venimos con un propósito...
- Ustedes dirán...
- Esta amiga mía, doña Flor, no tiene
hijos ni puede tenerlos. Está conformada así,
en fin...
- ¡Ah, sí! Tiene los ovarios dados
vuelta. ¿No?
- Más o menos...
- Pero puede arreglarse... Marildes,
una conocida mía, los arregló.
- Pero Flor no tiene remedio, ya se
lo dijo el médico.
- ¿El médico? - dijo, divertida,
echando una carcajada- . Los médicos sólo saben decir palabras bonitas y
escribir con mala caligrafía. Si la señora es joven debe ir a ver a Paizinho,
él arregla eso en un dos por tres. ¿No le parece, don Joáo?
Joáo Alves asintió:
- ¿Paizinho? Él le hace unos pases en
la barriga y usted comienza a tener hijos sin parar.
Doña Norma resolvió cambiar el tema,
dejar al hechicero con toda su fama y su reputación de babalaó. Sus ojos no se
apartaban de la criatura dormida. ¿No sería
mejor poner antes en limpio el
asunto, saber si era realmente hijo de Vadinho? Desde luego, no parecía tan
negrito. Pero doña Flor precipitó la conversación,
alzando la voz con la obstinada
decisión de los tímidos:
- Vine aquí para hablar de un asunto
serio, para hacerle una proposición y ver si llegamos a un acuerdo...
- Pues hable, joven señora, que por
mi parte haré lo que pueda por satisfacerla.
- El niño... - dijo doña Flor, y se
quedó sin saber cómo proseguir. Doña Norma retomó la palabra:
- Usted tuvo un niño hace unos días,
no?
Dionisia miró al chico y sonrió,
confirmando alegremente.
- Mi amiga vino aquí para hablar con
usted... ¿Sabe? Ella hizo una promesa cuando estuvo a la muerte: su primer hijo
sería cura si el Señor del Bonfim le devolvía la salud. - Doña Norma se
demoraba, pues esa historia, tramada en la víspera, nunca la había convencido
totalmente- . Y bien, Dios la oyó y ella se curó, algo milagroso. La mulata la
escuchaba, curiosa por descubrir el eslabón que unía la enfermedad de la joven
y el milagro del Señor del Bonfim con su chico. Doña Norma se apresuró a
cumplir la misión, la tan incómoda tarea:
- Pero no habiendo tenido el hijo,
¿qué hacer para cumplir la promesa? Únicamente adoptando una criatura,
criándola como a un hijo propio para mandarlo después al
seminario a estudiar... Le hablaron
de su niño y lo eligió...
Dionisia sonrió
dulcemente, ¿no era
eso un elogio
a su niño?
Doña Norma interpretó la sonrisa
como una aprobación y aclaró:
- Ella quiere adoptar al chico, pero
adoptarlo de verdad, con documentos, todo legal
y para siempre. Para llevarlo y
criarlo como a un hijo.
Dionisia se quedó inmóvil, en
silencio, los ojos entrecerrados. ¿Habría entendido bien las palabras de doña
Norma o sólo estaba escuchando la canción lejana?
Quisiera
en tus brazos morir, antes morir
que seguir viviendo así...
«Antes morir», murmuró para sí, y
cuando volvió a abrir los ojos había desaparecido la cordialidad anterior y una
nueva atmósfera surgía de su mirar vidrioso, del rictus formado en su boca.
- ¿Y por qué? - preguntó sin alzar la
voz- . ¿Por qué escogió a mi hijo? ¿Por qué precisamente el mío?
El suyo debía ser un sufrimiento
implacable, inhumano, pensó doña Norma. ¿Qué
madre desea separarse de su hijo?
Incluso siendo pobre, sin recursos, viviendo en la miseria, aun así, es como
desgarrarse el corazón.
- Alguien habló de su nene, dijo que
era fuerte y sano... y que usted no tenía
medios para educarlo...
Si no fuese por el bien de la
criatura - explicaba- , si no se tratase del hijo de
Vadinho, con todas las implicaciones
que eso entrañaba, doña Norma no estaría
allí, haciendo de intermediaria para
semejante proposición, arrancándose de la garganta las palabras. Pero ¿sería
verdaderamente hijo de Vadinho? Esta Dionisia era una mujer de vientre sucio.
El niño había salido todavía más oscuro que ella.
¿Dónde estaban los cabellos rubios de
Vadinho? Doña Norma hizo un nuevo esfuerzo, sin embargo, pues para el niño eso
era lo mejor, ya que tendría el futuro
asegurado:
- El Terreiro está repleto de
criaturas que andan por ahí, por las calles, y mi compadre Joáo Alves está
lleno de nietos inventados, yo misma soy madrina de uno. Todos pasan hambre,
todos viven en la inmundicia, pidiendo limosna, incluso robando... Mi amiga no
es ninguna millonaria, pero tiene de qué vivir y puede darle al pobrecito otra
situación, otra vida. No va a pasar hambre ni terminar en la cárcel, va a
estudiar para padre y celebrar misa...
Como si oyera y entendiese el sermón
de doña Norma, la criatura se despertó lloriqueando. Dionisia abrió la bata,
dejó libre el pecho y, acomodando al niño, le
dio de mamar. Escuchaba a la visita
en silencio, como si estuviera pesando cada
uno de sus argumentos. Doña Norma
seguía pintándole el cuadro del futuro que tendría su hijo, rodeado de
bienestar y de cariño, sin faltarle nada. Es cierto que para la madre sería un
sacrificio, pero sólo una mujer egoísta condenaría el hijo al hambre, a un vida
miserable, cuando una persona bondadosa estaba dispuesta... Doña Flor era
buenísima, imposible encontrar un ser mejor...
Dionisia ajustó el seno en la boca
del niño, ya casi saciado. Para dar la respuesta se volvió hacia la ventana en
donde había permanecido el negro Joáo Alves, y se dirigió a él como si las dos
mujeres no merecieran atención:
- ¿Ve usted, Joáo, cómo tratan a los
pobres? Ésa que está ahí - dijo apuntando con el labio a doña Flor- no es mujer capaz de parir un hijo y como
quiere cumplir una promesa averiguó dónde había nacido alguno últimamente. Supo
que Dionisia de Oxóssi, ramera con mucha salud y más pobreza, había tenido uno,
y sin más le dijo a la amiga: vamos allá a buscarlo... Ella hasta lo va a
agradecer, la apestosa...
Doña Norma intentó interrumpirla:
- No sea injusta... No...
La perezosa voz de la mulata
(impertérrita, amargada, entre olas de frío y de calor)
prosiguió:
- Pero ni siquiera tuvo coraje para
hablar ella misma; le pidió aquí a la señora, su comadre, que hiciera el
pedido, que sirviera de abogada. «Vamos allá a buscar el hijo de Dió, que es un
bítelo de grande y de bonito, y va a ser un sacerdote de
categoría. La madre se está muriendo
de hambre y lo da para toda la vida, con
papeles firmados; y hasta se queda
contenta por librarse del bulto. Y si no lo quiere dar, es porque no vale para
nada, porque es una basura que sólo sirve para meretriz.» Esto es lo que dijo,
señor Joáo, ya lo oyó usted. Ella piensa que una, como es pobre, no tiene
sentimientos; piensa que una, como es ramera y vive haciendo esa vida atroz,
perdió hasta el derecho de criar a sus hijos...
Doña Norma intentó de nuevo explicar:
- No diga eso...
El niño terminó de mamar, echando
eructos de hartazgo, y Dionisia se puso de pie con el hijo en brazos. Erguida,
con su belleza y su furia, una reina en toda su majestad. Mientras hablaba se
movía, atendiendo a la criatura, lavándola en la palangana enlozada, cambiándole
el pañal, poniéndole talco y vistiéndole con la camisita perfumada de espliego.
- Pero se equivocaron de dirección,
soy una mujer para criar a mi hijo y hacer de él un hombre de respeto, y no
necesito la limosna de nadie. Puede que no llegue a ser
un padre con sotana, incluso puede
que se convierta en ladrón. Todo puede
suceder. Pero quien lo va a criar soy
yo y como a mí me parezca. Va a ser el macho de «la zona». Nadie se va a burlar
de él, y no se lo voy a dar a una ricacha que no quiso tomarse el trabajo de
parirlo...
Se rió, mirando a la criatura y
diciéndole suavemente:
- Sin olvidar que usted tiene padre
para cuidarlo... Fue entonces cuando doña Flor explotó, casi gritando,
inesperada y resuelta, con la fuerza de la desesperación:
- Sólo que su padre es mi marido...
Yo no quiero a su hijo, quiero al hijo de mi marido... Usted no tenía derecho a
tener un hijo de él, se metió con él porque quiso. Sólo yo tengo derecho a
tener un hijo suyo.
Dionisia vaciló, como si hubiera
recibido una bofetada en la cara:
- ¿Quiere decir que usted está casada
con él...? ¿Verdaderamente casada?
Habiendo explotado y sintiendo
aliviado su corazón lleno de congoja, doña Flor volvió a su timidez, diciendo
en voz baja y sin esperanza:
- Casada hace tres años... Disculpe,
fue sólo por eso por lo que pensé en criar al chico como si fuera hijo mío, ya
que no le puedo dar un hijo..., pero ahora he visto
que la señora tiene razón, quien debe
criar al hijo es la señora, que es su madre... Además, ¿de qué serviría? Vine
porque quiero demasiado a mi marido y tuve miedo
que se fuera para siempre tras el
hijo. Por eso vine. El resto es todo mentira. Pero después de verla a usted
pienso que con hijo o sin hijo, él no va nunca a dejar a la
señora...
- No soy ninguna señora, soy una
mujer de la vida nada más. Pero le juro por la salud de mi hijo que no sabía
que él era casado. Si lo supiera no iba a tener un hijo de él, ni a pensar en
arrimarme a él, en dejar la vida para poner casa y vivir con él
como marido y mujer...
Acabó de vestir al niño. Doña Norma
recogió la toalla y la atmósfera se hizo menos tensa. Doña Flor murmuró:
- Le juro que Vadinho es mi marido,
todo el mundo lo sabe...
- Nunca me dijo nada... - Dió recibió
la camisita de manos de doña Norma y puso la criatura en la cama para vestirla-
. ¿Por qué él no me lo dijo? ¿Por qué me engañó así? - dijo pensativa. De su
rostro había desaparecido la rabia y se dirigió a doña Flor con suma cortesía,
casi con respeto- . Todo el mundo sabe del casamiento, me dice la señora...
Puede ser... ¿Pero cómo no me lo dijo nadie nunca? Y yo conozco a
toda su gente, a toda, hasta la
madre...
- ¿A la madre de Vadinho? La madre de
él está muerta...
- Conozco a la madre, sí, y a la
abuela... Conozco al hermano, Roque, uno que es carpintero de profesión...
- Entonces no es mi Vadinho... - y
doña Flor se echó a reír, loca de alegría- . ¡Oh!
Qué bobada, qué cosa más absurda y
más linda...! Normita, ¡si es otro Vadinho...! Me dan ganas de llorar...
Al mismo tiempo Dionisia de Oxóssi
puso al niño sobre la cama y se echó a danzar por la habitación, una danza de
iawó en rueda de orixá, arrastrando al negro Joáo
Alves con ella hasta el peji, para
saludar y agradecer a Oxóssi. ¡Oké, mi padre, aró
óké!
- ¡No es mi Vadinho! ¡Mi Vadinho no
está casado! ¡La única mujer para él es
Dionisia, su mulata Dió...!
De repente se detuvo, mirando a doña
Flor. (Doña Norma había tomado la criatura y la mecía en sus brazos):
- No me diga que la señora es la
mujer del tocayo...
- ¿Qué tocayo?
- Mi Vadinho y él sólo se tratan de
ese modo, de tocayos, pues a los dos les llaman Vadinho. Sólo que el mío es
Vadinho en vez de Valdemar, y el otro no sé de qué... Uno que es loco por el...
- y no completó la frase.
Fue doña Flor quien la completó:
- ... por el juego... Pues es ése
mismo. Vadinho en vez de Waldomiro, mi Vadinho...
- Y le fueron a decir a usted que yo
tenía un hijo de él... Qué gente más ruin...
Se abrió la puerta y apareció en ella
un negro macizo y joven, sonriendo y mostrando unos dientes blancos que le
rasgaban la boca y unos ojos domingueros:
- Buen día a todos...
Todavía danzando, la mulata Dionisia
de Oxóssi se lanzó hacia él, descansando contra su pecho después de tanto
susto, de tanta ira. Extendió los brazos y doña Norma le dio la criatura, que
ella puso en manos de su hombre, del padre.
- Éste es mi Vadinho, chófer de
camión, padre de mi hijo
- dijo presentándolo a doña Norma y a
doña Flor- . Aquélla es la comadre de don
Joáo y la otra, ¿a qué no sabes quién
es?
- ¿Y cómo lo voy a saber?
- Pues es la mujer del otro Vadinho,
de aquél.
- ¿Del tocayo?
- Del mismo...
- Vino aquí creyendo que el chico era
hijo de él, del marido de ella; vino a buscarlo, quería criar a nuestro
bichito, iba a convertirlo en un padre con sotana... - Soltó una risotada, y
concluyó, con voz todavía más perezosa- : ¿Cómo es su nombre?
¿Flor? Pues va a ser mi comadre, va a
bautizar a mi hijo... Vino a buscar un hijo...
No le puedo dar un hijo porque sólo
tengo uno, pero puedo darle un ahijado...
- Mi comadre doña Flor... - dijo el
chófer del camión.
Tomando al niño, Dionisia se lo
entregó a doña Flor. Una bandada de pájaros en vuelo cruzó el cielo, yendo a
posarse en los aleros del arzobispado.
17
En los primeros tiempos de su viudez,
tiempos de duelo, de luto riguroso, doña Flor andaba siempre de negro,
silenciosa, sumida en una especie de divagación entre el sueño y la pesadilla,
entre el creciente murmurar de las comadres y los recuerdos de los siete años
de casamiento. Las comadres eran diez, eran cien, eran mil, con una solidaridad
rumorosa y constante y todas con igual lengua viperina; llegaban siguiendo el
rastro de doña Rozilda, rodeándola con una corte de chismes, elevando las voces
en un coro de acusaciones contra Vadinho. Doña Rozilda actuaba como solista del
coro, seguida de cerca por doña Dinorá.
Doña Flor, encerrada en su pena, en
su ansiedad, flotaba en el mundo de sus recuerdos, reviviendo los momentos de
alegría y las horas de amargura, queriendo
retener la imagen de Vadinho, su
sombra todavía expandida por toda la casa,
aunque con más densidad en el cuarto
de dormir y yogar.
En último término, ¿qué deseaban
ellas, las innumerables comadres? ¿Qué querían las vecinas, las conocidas, las
alumnas, las amigas; qué quería su madre viniendo
desde Nazareth para hacerle compañía
en aquel trance; y hasta las personas
extrañas, como cierta circunspecta
doña Enaide, una conocida de doña Norma?,
¿qué querían? Esa digna señora se
había descolgado del Xame- Xame, en donde vivía, como si no tuviera marido,
hijos y tareas domésticas, para venir, muy amable, a criticar la mala conducta
de Vadinho con el pretexto de dar el pésame.
¿Qué deseaban ellas? ¿Qué pretendían
al remover las cicatrizadas heridas, al volver a encender las extinguidas
hogueras del sufrimiento? ¿Por qué le decía en tono de
confidencia doña Enaide, como
solidarizándose con ella, que conocía muy de cerca
a aquella fatal Noémia, que ahora era
una mujer gorda y casada (el marido escribía en los diarios), pero aún
conservaba entre sus papeles un retrato de Vadinho?
Doña Flor vivía entre los buenos y
los malos recuerdos: todos la ayudaban a llevar el luto, a atravesar ese tiempo
gris de desesperación y ausencia, ese desierto de
cenizas. Incluso cuando volvía sobre
recuerdos e imágenes tan detestables como el
de la ex alumna con su risa zumbona y
su cinismo impúdico; incluso al herirse nuevamente con espinas como ésa, al
rememorar tales humillaciones sentía una especie de agrio consuelo, como si las
imágenes y los recuerdos, las espinas y las humillaciones, todo cuanto había
vivido con él, fuera un lenitivo para este sufrimiento, el de ahora, inmenso e
irremediable. Porque, finalmente, ¿quién había vencido, quién había salido
triunfante de la apuesta, quién se había quedado con él? ¿Por quién se había
decidido Vadinho, cuando un día doña Flor, habiendo lle- gado al último límite,
le había dado un ultimátum? O ella, o la otra. Las dos, no: que se fuese con la
tipa si quería (la inmunda daba a los cuatro vientos la noticia de su próximo
amancebamiento con Vadinho); pero que se fuera cuanto antes, que se decidiese
ya... ¿Y qué pasó, cuál fue su decisión? Noémia fue a aprender arte culinaria.
Estaba en vísperas de casarse y el novio exigía una esposa con teoría y
práctica de condimentos. El tal novio era un snob, un figurín metido a experto
en
cinematografía y literatura, muy
satisfecho de sí mismo, y supuestamente erudito, que citaba autores y eructaba
críticas: un joven genio que brillaba al sol de una gloria de puerta de
librería. Por creer que era de buen gusto, quiso que Noémia dominase el arte
del batapá y del carurú. «Quiero que se proletarice esta burguesa...» A ella le
divirtió la idea y se inscribió en la Escuela Sabor y Arte.
Hija de una tradicional familia del
Graca, rica y elegante, le parecía estupendo ser novia de un intelectual tan
refinado; pero más espléndido todavía le pareció Vadinho con su aire de
compadrito y sus ojos soñadores. Cuando la ilustre familia y
el talentoso pretendiente se dieron
cuenta, lo que estaba aprendiendo Noémia eran
desvergüenzadas, y de las grandes,
con Vadinho, en el burdel de Amarildes. Se armó un alboroto de todos los
diablos, que amenazó con transformarse en un magnífico escándalo. Felizmente,
las buenas maneras del novio prevalecieron sobre su momentánea vicisitud. Supo
capear la situación con acierto y diplomacia: no era cosa de perder, por meros
prejuicios, aquella perra rica, aquel baúl de oro. Sin embargo, no fueron
suficientes su buena voluntad y su comprensiva colaboración, pues la fulana no
quería dar por terminada la «intrascendente aventura», ya que se consideraba
muy bien servida en materia de cama.
Que se fueran al infierno el novio y
la familia. Lo que quería Noémia era fugarse con
Vadinho, irse con él. Fue Vadinho el
que no quiso. Cuando la cosa estalló y la diversión se convirtió en tema de
pública maledicencia, y doña Flor, en uno de sus arranques violentos y raros,
exigió una decisión inmediata - o ella o la otra- , él restituyó la moza al
novio, al esteta, que ahora era todavía más snob y atrayente, pues al talento y
a la erudición sumaba los cuernos; un novio macanudo, era difícil encontrar
otro así.
«No son más que pavadas para pasar el
tiempo», respondió cuando doña Flor, en el colmo de su aflicción, lo enfrentó y
exigió que se definiese de una vez por todas. Nunca había pensado él en irse
con la tal Noémia, todo había sido pura invención de la descarada, que además
de puta era mentirosa y de las grandes.
¿Qué más querían las comadres? Doña
Rozilda, doña Dinorá, esa doña Enaide que venía desde su morada en el Xam Xame,
y todas las otras, decenas, centenas y
millares de comadres en el coro
infame de los resentimientos y los libelos, ¿qué
más querían? ¿Para qué recordar ese
incidente como prueba de la infelicidad conyugal de doña Flor, como prueba de
que Vadinho era el peor de los maridos? Al contrario, ésa era la prueba más
completa de su amor, de que la prefería a cualquier otra. ¿No tenía la tal
Noémia riqueza y elegancia, palacete en Graca, talonario de cheques, cuenta
abierta en el banco - y Vadinho había jugado fuerte en el interregno- ,
automóvil con chófer, clase de gimnasia, rudimentos de francés, y las últimas
novedades en perfumes, vestidos y zapatos traídos de Río? ¿Con quién se había
quedado él, a quién prefirió cuando se vio obligado a elegir? De nada sirvió el
talonario de cheques ni la comodidad del automóvil que lo llevaba y lo traía de
un lado a otro, ni los vestidos de Río, los perfumes de París, la exquisitez
del lenguaje:
«mon cheri, mon petit cocó, merde,
quelle merde»; «á lócé de parler», como se dice en el francés de Bahía...
A Vadinho no le importaron ni el
virgo destapado ni las súplicas: «Me debes la honra»; ni las amenazas: «Vas a
ver, mi padre va a hacer que te castiguen, te va a
meter en la cárcel.» Nada lo hizo
vacilar siquiera a la hora de elegir. «¿Cómo puedes pensar semejante disparate,
que yo te iba a dejar para vivir con esa
porquería...» Colgó su jactancia de
los cuernos del novio y se fue a la cama con doña Flor. ¡Ah! ¡Qué noche de paz
y perdón! «Todo xixica para pasar el tiempo,
sólo tú eres permanente, Flor, mi
Flor de albahaca...»
Para las comadres Vadinho fue el peor
de cuantos maridos existen en el mundo y doña Flor la más infeliz de las
esposas. No tenía derecho a llorar, a apenarse, debía estar dándole gracias a
Dios para librarla a tiempo de semejante castigo. Pero,
indudablemente, doña Flor era la
bondad en persona y sólo a doña Rozilda podía
ocurrírsele exigir que la hija se
alegrase, que celebrase con una fiesta la súbita muerte de Vadinho. A pesar de
lo ruin que era, había sido su marido. Sin embargo, esta exageración de
sentimientos, este luto riguroso, este duelo sin sentido, más
allá del ceremonial obligado en los
ritos de la viudez; esa cara pasmada y perdida, esos ojos vueltos hacia dentro
de sí o que miraban fijos más allá del horizonte, fijos en el infinito, en la
nada: todo eso era inaceptable para las comadres.
Sólo en una cosa estaban de acuerdo
doña Rozilda y doña Norma, doña Dinorá y doña Gisa, las verdaderas amigas y las
simples chismosas: doña Flor necesitaba
olvidar cuanto antes aquellos años
desdichados, necesitaba borrar de su vida la
imagen de Vadinho, como si él nunca
hubiera existido. Para ellas el tiempo del duelo estaba durando demasiado y por
eso la rodeaban, para probarle con hechos que ella se había visto favorecida
por la misericordia divina. La misma tía Lita, siempre dispuesta a disculpar a
Vadinho, no ocultaba, sin embargo, su sorpresa:
- Nunca pensé que iba a sentirlo
tanto... Doña Norma también se admiraba:
- Por lo que se ve, no va a olvidarlo
nunca... Cuanto más tiempo pasa, más sufre... Doña Gisa,
instalada en sus
conocimientos de psicología,
discrepaba de las pesimistas:
- Es natural... Esto va a durar
todavía unos días, pero se acabará; ya olvidará y volverá a vivir...
- Así es, sí... - decía doña Dinorá,
que era de la misma opinión- . Con el tiempo se va a dar cuenta de que Dios
vino en su socorro...
Las opiniones diferían, sin embargo,
en cuanto al modo de ayudarla mejor. Doña
Norma, fortalecida por el apoyo de
doña Gisa, proponía que no se pronunciara el nombre de Vadinho. Las demás, bajo
el férreo comando de doña Rozilda - y doña
Dinorá era sargento en esa aguerrida
tropa- , se deshacían en intrigas, denuestos y
lamentos para convencerla de que al
fin podía pensar en vivir una vida tranquila y feliz, en paz, con bienestar y
seguridad. De cualquier modo, tanto si se guardaba un piadoso silencio como si
se dejaba lugar a la ruidosa maledicencia, ella tendría que encontrar los
caminos del olvido. Era tan joven aún, tenía toda la vida por delante...
- Si ella quiere, no ha de seguir
viuda por mucho tiempo... - profetizaba doña Dinorá, que, en cuanto a hablar de
vidas ajenas, poseía un sexto sentido, un don adivinatorio, una especie de
videncia. Además, en su casa (herencia de un comendador español), en salto de
cama y en trance, doña Dinorá echaba las cartas y adivinaba el futuro
consultando una bola de cristal.
¿Por qué, se preguntaba doña Flor,
ninguna de ellas venía a recordarle jamás una buena acción de Vadinho? Después
de todo, en medio de incontables trapisondas, de vez en cuando prevalecían en
sus actos la gracia, la generosidad, el sentido de
la justicia, el amor. ¿Por qué
entonces sólo medían la conducta de Vadinho con el
metro de la ruindad, sólo pesaban sus
actos con una balanza de maldiciones? Por otra parte, siempre había sido así.
En vida de él las cotorras se relevaban unas a otras, transmitiendo con avidez
las noticias desagradables, que tanto daño le hacían a doña Flor. «¡Pobrecita!:
¡ella, que merecía un marido recto y bueno, que le diera buen trato y la
respetase!» Nunca sucedió, en cambio, que una comadre abandonase a toda prisa
sus lares, sus quehaceres y sus ocios para venir a anunciarle con fervor y
entusiasmo algún acto generoso de Vadinho:
- Flor, escuche pero no diga que yo
se lo conté... Vadinho ganó en la quiniela y le dio todo el dinero a doña Norma
para que ella elija un regalo de cumpleaños para usted... El aniversario está
lejos todavía, ya lo sé, pero él tuvo miedo a gastar el dinero y quiso asegurar
desde ahora el regalo...
Esto es lo que realmente sucedió en
cierta ocasión y todas las comadres lo supieron, a pesar de que doña Norma se
había comprometido a guardar el secreto. Mas si ella no hubiese roto la
promesa, dada su incapacidad para callar tanto tiempo, más de veinte días, doña
Flor nunca se habría enterado del gesto. Las otras cerraron la boca, ¿para qué
tomarse la molestia de transmitir noticias alegres? Para eso no hay apuro ni
entusiasmo; nadie sale corriendo a la calle a dar noticias que no sean malas.
Para difundir éstas sobran heridas y nunca falta en ese caso quien se tome las
mayores molestias, quien abandone el trabajo, interrumpa el descanso, se
sacrifique. ¡Qué cosa más excitante es dar una mala noticia!
Cierta tarde, si no fuese por pura
casualidad, doña Flor se habría ido para siempre.
Aquella vez Vadinho había descendido
al fondo de su ignominia, mostrándose en toda su bajeza. Ella incluso había
llegado a hacer las valijas. (Siempre tenía un cuarto a su disposición en casa
de los tíos, en Río Vermelho.) Por un pelo no se fue de una vez, rompiendo con
él definitivamente. En esa ocasión la calle estaba llena de comadres, atraídas
por los gritos y por el llanto. Todas ellas vieron llegar a Cígano, y todas lo
oyeron hablar con voz trémula, siendo todas testigos de la reacción de Vadinho.
¿Y alguna de ellas le contó la escena
a doña Flor, alguna le transmitió las palabras de Cígano? ¡Sí, qué esperanza! Ni una sola para un remedio, como si nada hubiesen visto u oído. Al contrario, las
entrometidas apoyaban su decisión, le reconocían motivos de sobra para romper
de una vez y para siempre con el canalla. Algunas incluso le ayudaban a hacer
las valijas.
18
Aquella tarde, cuando él apareció,
doña Flor se imaginó en seguida el motivo de su inesperada presencia. Cuanto
más observaba su comportamiento, más se convencía: nunca había estado tan
discreto con las alumnas, casi escondido en un rincón de la sala, dejándolas
que terminasen tranquilas, en la cocina, durante la clase práctica, una torta
de cumpleaños. Las mozas, que pertenecían a una nueva tanda, se reían entre
ellas, manifestando una curiosidad que no intentaba disimularse, revelando su
deseo de conocer al tan mentado marido de la profesora, con su fama singular: a
su modo, era célebre. Finalizada la clase, cuando entre exclamaciones de elogio
fueron invitadas con unas tajadas de la torta y unas copas de licor de cacao -
una especialidad de la casa, orgullo de doña Flor, cuya competencia en licores
de huevo y de frutas corría pareja con la fama de sus condimentos- , ella, con
una pizca de jactancia y cierto aire vanidoso, lo presentó:
- Vadinho, mi marido...
Él no hizo ningún comentario, ninguna
frase de doble sentido, ni siquiera una guiñada de ojos. Seguía estando serio y
casi triste. Doña Flor conocía el significado de ese estado de ánimo, y lo
temía. ¡Ah!, si pudiera retener a las alumnas toda la tarde y toda la noche,
prolongar la conversación aun a riesgo de que el granuja mostrara la hilacha y
saliera con alguna de sus osadías. ¡Ah!, si pudiera evitar el diálogo cara a
cara con un Vadinho incapaz de mirarla de frente, encorvado bajo el peso de sus
peores intenciones... Pero las alumnas, jóvenes y señoras de intensa vida
social, bebieron el licor a toda prisa y se despidieron.
El día anterior, doña Ligia Oliva le
había pagado - regiamente- un gigantesco
encargo de dulces y saladitos, destinados a una recepción en homenaje a unos
señores de San Pablo. Desde su
casamiento doña Flor se había circunscrito a lidiar
con la Escuela, rehusando los
encargos, pero hacía algunas excepciones con las personas a quienes estimaba:
«Tengo devoción por doña Ligia» - dijo cuando se comprometió a cumplir un
encargo de tal magnitud.
Esas
entradas extraordinarias, que
casi siempre le
llegaban en ausencia
de Vadinho, las reservaba doña Flor para los gastos inesperados, una
compra grande, una enfermedad, cualquier necesidad. Y hasta sucedía que llegaba
a juntar algunos cantos, formando un fajo de billetes que ocultaba en distintos
escondrijos de la casa. Eran ahorros destinados a la adquisición de utensilios
domésticos, comprar obsequios de cumpleaños y pagar mensualidades de la máquina
de coser, y en gran parte se agotaban en préstamos a Vadinho, de cien o de
doscientos mil- réis...
Quiso esta vez el azar que, estando
él en la sala, con aspecto de agotado, apareciera el doctor Zitelmann Oliva,
que se había tomado la molestia (él, tan ocupado con sus ocho cargos, todos de
brillo e importancia) de venir a pagar
personalmente:
- Ando con este dinero en el bolsillo
hace tres días... Hoy, cuando Ligia descubrió que todavía no había efectuado el
pago, sólo le faltó pegarme...
- Pero, doctor, no se preocupe... Qué
tontera...
- Dígame, don Vadinho - bromeó el
figurón- . ¿Qué es lo que hace usted para que su mujer esté cada día más joven
y bonita?
Conocía a doña Flor desde niña y
también conocía hacía mucho tiempo a Vadinho, el cual de vez en cuando
intentaba sablearlo (con poco resultado, por lo demás,
pues el doctor Zitelmann era duro de
pelar).
- Es la buena vida, doctor, es la
buena vida que se da. Casada con un marido como yo, que no le da dolores de
cabeza, que no le causa preocupaciones... Vive mimada, descansada, una vida
feliz... - Y se reía, con su risa despreocupada, ¡tan
alegre!, y doña Flor se reía también
ante semejante descaro del marido.
Ese día no le pidió dinero.
Seguramente había ganado en la víspera y aún le quedaba algo. Pero cuando a la
tarde siguiente apareció inopinadamente, con la mirada baja, la cara seria,
casi triste, ella adivinó en seguida el motivo de su llegada: venía por el
dinero. Mientras las alumnas sorbían el licor y saboreaban la torta,
alborotadas, mirando furtivamente al joven inmóvil, doña Flor, callada, con el
corazón oprimido, se juró a sí misma tomar una resolución terminante. No le iba
a dar ese dinero, ni todo ni una pequeña parte, ni un centavo. Lo había
reservado para comprar una radio nueva. Oír la radio era el pasatiempo
preferido de doña Flor, su mayor distracción: le volvían loca las sambas y las
canciones, los tangos y los boleros, los programas cómicos, y sobre todo las
radionovelas. Las oían juntas, ella, doña Norma, doña Dinorá y otras vecinas,
trémulas y brillantes ante el destino de la condesa apasionada por el ingeniero
pobre. Con la sola excepción de doña Gisa, que sentía un desprecio de erudita
hacia tan baja literatura.
El
aparato de radio,
parte de su
bagaje de soltera,
era ya anticuado
y no funcionaba muy bien; sólo
daba gastos, descomponiéndose todos los días, fallando en los momentos más
dramáticos, enmudeciendo en mitad de la escena más emocionante. Requería
arreglos y más arreglos, inútiles y caros. Así que en esta oportunidad la
decisión de doña Flor era irrevocable: no abriría la mano, no se desprendería
de sus economías sucediera lo que sucediese. Finalmente tenía que poner término
a ese abuso.
Las alumnas se fueron en medio de un
revuelo de risas y un poco desilusionadas:
¿así que aquel sujeto cabizbajo,
ensimismado en un rincón, era el tan mentado marido de la profesora, con fama
de peligroso, de irresistible, el del caso con
Noémia Fagundes da Silva?
Francamente, no les parecía digno de ser codiciado, no
llegaba ni de lejos a la altura de su
excitante leyenda. Cuando se fueron, doña Flor se encontró a solas con Vadinho
y con su propio miedo, la boca amarga, oprimido el corazón. El, haciendo un
esfuerzo, se levantó, dirigiéndose a la mesa y llenando una copa de licor,
comentó:
- Este licor es agradable pero se
sube que es una maravilla; con él se agarra uno unas borracheras de miedo, unas
perseguidoras horribles... Sólo el licor de genipa
da un dolor de cabeza más grande...
Quería aparentar despreocupación; se
acercó a ella y le ofreció su copa, amable y tierno:
- Prueba, querida...
Pero doña Flor lo rechazó, y también
rechazó la caricia de su mano, que descendía por el escote de la blusa hacia
los senos. «Hipocresía, nada más que hipocresía, son caricias para vencer mi
resistencia e impedir que me niegue; caricias dirigidas a mi flaqueza de
mujer.» Juntó todas sus fuerzas, pensó en los antiguos agravios, en la pequeña
reivindicación de una radio nueva... Y se puso de pie, humillada, disgustada:
- ¿Por qué no dices de una vez a qué
viniste? ¿O piensas que no lo sé?
La cara de él reflejaba seriedad y
tristeza. Vino porque tenía que venir, porque no había conseguido nada en
ninguna parte, pero no venía contento, no venía con su gesto franco y su risa
libre... ¡Ah, si le fuera posible no haber venido!
El también sabía cuál era el destino
que doña Flor pensaba darle a ese dinero.
Todavía no había venido don Edgard
Vitrola, pues el viejo aparato continuaba en la sala, como pudo comprobar en
cuanto abrió la puerta. Pero podía aparecer en cualquier momento con la octava
maravilla del mundo: una belleza de mueble en
madera de marfil y metal cromado, la
última palabra de la mecánica, con ondas y bandas, kilovatios y voltajes, que
podía captar las más lejanas emisoras, las de Japón, Australia, Addis- Abeba,
Hong- Kong, sin olvidar los subversivos programas de Moscú, tanto más buscados
cuanto más prohibidos. Doña Flor le había hecho llegar el urgente pedido del
aparato a don Edgard por intermedio de Camefeu, tocador de birimbao y compañero
inseparable de Vitrola.
Primero en el tranvía, con su palpito
y su vergüenza, y después, caminando por la calle, Vadinho hizo el trayecto con
el alma destrozada. Por una parte el apuro por llegar antes que el vendedor de
radios, pues nunca un palpito lo había dominado de tal modo; por otra parte, el
deseo de llegar tarde, después de Edgard, y así no encontrar ya ni la radio
vieja ni el dinero pagado por doña Ligia, ganado por su mujer a costa de
trabajo y de sudor: había pasado la noche entera junto al horno, después de un
día atareado. Se sentía como partido en dos; en el tranvía, caminando por la
calle, entrando en la casa, abriendo la puerta: partido en dos. Si don Edgard
no hubiese venido... ¿Qué señal habría más cierta de que el palpito era
infalible? Pero, si ya se encontrase con el nuevo aparato, esa noche se
quedaría en casa junto a doña Flor, estrenándolo, oyendo música, riéndose con
los chistes. Así, llegó a su casa partido en dos, dividido por la mitad.
¿Por qué no había llegado antes que
él don Edgard? Ahora ya no tenía más remedio...
- ¿Piensas que es sólo por interés
por lo que te mimo?
- Sólo por interés y por nada más...
Doña Flor se endurecía: sólo interés,
vil interés...
- ¿Por qué no lo dices en seguida?
Era como si un muro los separase, en
esa hora del crepúsculo en que la tristeza irrumpe desde el horizonte, ceniza y
rojo, cuando cada cosa y cada ser viviente muere un poco al morir el día.
- Ya que lo quieres así no voy a
perder más tiempo. Me tienes que prestar aunque no sea más que doscientos mil-
réis.
- Ni un centavo... No vas a ver ni un
centavo... ¿Cómo tienes coraje todavía para pedirme prestado? ¿Cuándo me
devolviste ni siquiera un cobre? Ese dinero no sale
de mis manos más que para las de don
Edgard.
- Juro que te pago mañana, hoy lo
necesito realmente, es un asunto de vida o muerte. Te juro que mañana te compro
yo mismo una radio y todo lo que quieras... Por lo menos cien mil réis...
- Ni un centavo...
- No seas así, querida, sólo por esta
vez...
- Ni un centavo... - repetía ella,
como si no supiera decir otra cosa.
- Oye...
- Ni un centavo...
- Ten cuidado, no juegues conmigo,
porque si no es por las buenas va a ser por las malas...
Dijo esto y comenzó a mirar en torno
como para localizar el escondrijo. En eso, doña Flor perdió la cabeza y llevada
por la desesperación corrió hacia el viejo
aparato de radio en el cual, entre
las válvulas gastadas, había ocultado el dinero.
Vadinho la siguió, pero ella se
apoderó de los billetes, desafiándolo a los gritos:
- Esto no lo vas a gastar en el
juego. Sólo matándome... Los gritos cortaban la tarde, alertando a las
comadres, que salieron a la calle:
- Es Vadinho, que le está sacando el
dinero a Flor, pobrecita...
- ¡Perro tenebroso! ¡Perro del
infierno!
Vadinho, enceguecido, se abalanzó
sobre doña Flor, perdiendo la cabeza, ofuscado por la ira, ira por hacer lo que
estaba haciendo. Tomándola por las muñecas, rugió:
- ¡Suelta esa mierda!
Fue ella quien golpeó primero. Al
desprenderse de él, para impedir que la agarrase de nuevo, lo golpeó en el
pecho con los puños cerrados y luego, con la mano
abierta, le llegó a la cara. «¡Puta,
me las vas a pagar!», exclamó Vadinho, mientras
doña
Flor gritaba: «Déjame, desgraciado, no me
pegues, ¡mátame ya!, será
mejor.» El le dio un empujón y ella
cayó sobre unas sillas, gritando: «¡Asesino!
¡Miserable!» Y él la abofeteó. Una,
dos, cuatro bofetadas. El estallido de los bofetones provocó en la calle la
rebeldía y la conmiseración del coro de comadres.
Doña Norma abrió la puerta y entró
sin pedir permiso:
- O la deja, Vadinho, o llamo a la
policía.
Él ni siquiera parecía verla: se
había quedado con el dinero en la mano, los ojos extraviados, revuelto el
cabello, mirando con espanto hacia el sitio en que yacía doña Flor, llorando
pausadamente, quejándose con voz apagada. Doña Norma
corrió a ampararla y Vadinho salió
por la puerta con los billetes apretados entre los
dedos. Al verlo, las vecinas se
apartaron de la acera como si fuese el mismo demonio de los infiernos.
En ese preciso instante el taxi de
Cígano frenó junto a la puerta. Vadinho sonrió al reconocerlo: aquella
coincidencia era otra prueba más de la infalibilidad del palpito.
Había tenido el palpito mientras
andaba caminando tan tranquilo por las calles, lo había sentido como una
certeza total y absoluta, sin riesgo de engaño ni de mala
suerte, una certidumbre total de que
esa tarde y esa noche iba a hacer saltar todas las bancas del juego de la
ciudad, una por una, comenzando por las ruletas del
Tabaris y terminando por el antro
oscuro de Paranaguá Ventura. Certidumbre que
fue creciendo en él, dominándolo,
exigiendo acción, obligándolo a deshacerse en una inútil peregrinación en
procura de plata, y por último a ir, contra su voluntad, en busca del dinero de
doña Flor.
Pero después de abofetearla se sintió
como vacío, se le fue la certidumbre, desapareció el palpito. Se sentía hueco y
ya no sabía qué iba a hacer con ese dinero, como si todo hubiera sido inútil.
Mas, una vez en la calle, ante el taxi de Cígano surgido como por milagro -
pues él tenía prisa por comenzar en el turno vespertino la maratón del siglo- ,
recuperó de nuevo la serenidad. Otra prueba
indiscutible de la potencia del
palpito - pensaba- es que sentía cierto
calor en las
manos y urgencia de partir. Ahora
sólo veía ante sí las mesas de ruleta, la bolilla girando, el croupier, el 17,
las apuestas, la mirada nerviosa de Mirandáo, a su izquierda como de costumbre,
las fichas; ahora, de nuevo, para él ya sólo existía el juego. Iba a entrar al
taxi, pero Cígano dio un salto, sorteando a las vecinas, muy agitado. Se veía
que había llorado y con voz cargada de emoción le dijo:
- Vadinho, hermano, murió mi vieja,
mi madrecita... Lo supe en la calle, vengo ahora de casa..., no la vi morir,
dicen que me llamó cuando sintió el dolor...
Al principio Vadinho no prestó
atención a las palabras del amigo, pero en seguida comprendió y apretó el brazo
de Cígano. ¿Qué estaba inventando?, ¿qué absurda
historia era ésa?
- ¿Quién murió? ¿Doña Agnela? ¿Estás
loco?
- Hace menos de tres horas. Mi vieja,
Vadinho...
Él había ido muchas veces, siendo
soltero, y aun después de casado, incluso junto con doña Flor, a comer la
feijoada dominical de doña Agnela, en la terminal de
Brotas. Era gordísima y cordial, y lo
trataba como a un hijo; tenía flaqueza por el
joven jugador y le perdonaba su vida
libertina. ¿No era una copia, hasta en los cabellos rubios, del finado Aníbal
Cardeal, juerguista insigne, su compañero, el padre de Cígano?
- Igualito al otro... Dos perdidos...
Nuevamente se sintió sin aire y sin
energía, ¡qué día más molesto, más disparatado!
Primero Flor, con
su desdichada terquedad,
y ahora Cígano
atravesándose, al caer el crepúsculo,
con el cadáver de doña Agnela...
- ¿Pero cómo fue? ¿Estaba enferma?
- Nunca la vi enferma, que yo
recuerde... Hoy, cuando salí después de almorzar, la dejé en la pileta, lavando
ropa. Cantando, tan contenta que daba gusto verla... Sabes, hoy fue el día en
que pagué el último vencimiento del coche. Tenía el dinero
justo. Por la mañana, estuvimos
contándolo los dos, ella y yo... Me dio lo que había
juntado durante el mes, todo en
billetes de diez y de dos mil- réis. Estaba alegre porque ahora el coche era
mío de verdad - hizo una pausa esforzándose por no llorar- . Dicen que de
repente sintió un dolor en el pecho. Que sólo tuvo tiempo
para decir mi nombre y cayó muerta...
Lo que más me duele es no haber estado allí: estaba pagando el documento del
coche... Isidro, el del bar, vino a avisarme a la plaza... Fui corriendo...
¡Ah!, hermanito, ella ya estaba fría, los ojos desencajados... Ahora vine a
verte porque estoy sin un cobre, todo el dinero se fue en el pago del coche...
El mío y el de ella, el de mi vieja...
¿Oirían las comadres su voz
contenida? Las comadres también morían un poco con la agonía del sol,
desvanecidas en la penumbra cuando Vadinho le entregó a Cígano, junto con el
dinero manchado por la violencia, su límpido palpito de
victoria.
- Es todo lo que tengo..
- ¿Vienes conmigo? Tengo tanto que
hacer...
- ¿Cómo no voy a ir?
Libres de la presencia de Vadinho,
las comadres fueron entrando a la casa: en el cuarto estaba doña Flor con las maletas,
y doña Norma procurando disuadirla. Las
chismosas no comprendían las razones
de doña Norma. Sólo doña Flor tenía razón,
carradas de razón. En el coro de
cuchicheos se las oía:
- ¡Qué vida más injusta! ¿Cómo se
puede martirizar así a una persona?
- Lo que debía hacer es largarlo de
una vez...
- Atreverse a pegarle... ¡Qué horror!
Doña Flor nunca creyó que ellas no
hubiesen oído la conversación con Cígano, la noticia del fallecimiento. Si no
hubiera sido por don Vivaldo, el de la funeraria, doña
Flor no habría sabido del
fallecimiento de doña Agnela ni de cómo había empleado
Vadinho el dinero. Don Vivaldo pasó
por allí de casualidad. Aprovechando que estaba en las inmediaciones, fue a
llevarle la receta de un guiso de bacalao, de origen catalán; una delicia que
se saboreaba en los pantagruélicos almuerzos en casa de los Taboada, en cuya
mesa jamás se habían servido menos de ocho o diez platos, un derroche. Al ver
humedecidos los ojos de doña Flor, comentó la triste noticia: ¡pobre doña
Agnela! Él acababa de saberlo, se había encontrado con Vadinho y Cígano, e iba
a mandar el ataúd, prácticamente sin ganar nada. Doña Agnela lo merecía: fue
una esclava para el trabajo, y siempre tan jovial, una persona excelente. Don
Vivaldo había ido una vez, con Vadinho, a hacerle honor a su feijoada...
Sólo entonces doña Dinorá y las otras
comadres relacionaron las palabras y los gestos con el dinero que vieron
cambiar de mano en las sombras del crepúsculo. Por lo menos eso dijeron; créalo
quien quisiere.
Don Vivaldo se despidió,
comprometiéndose a venir a probar el plato español cuya
receta le había costado insistir
mucho y dar una propina: tuvo que sobornar a la cocinera de los Taboada, pues
doña Antonieta era celosa de sus secretos culinarios. Doña Flor conoció a doña
Agnela en aquellos inolvidables días finales del noviazgo, en vísperas de
casarse, cuando pasaba las tardes con Vadinho en la casita secreta de Itapoá.
El disipado dueño de casa, ocupado durante el día en sus negocios de
tabaco, reservaba las
noches para las
mujeres, a las
horas muertas de la
madrugada. Pero sucedió que estaba de paso en Bahía una carioca sensacional,
que sólo tenía una tarde libre. Y Vadinho recibió un mensaje: que ese día no
utilizara el discreto lugar.
En el taxi pensaron adonde irían.
Ella rechazó el cine, la matinée del imprudente manoseo; y él no podía llevar a
un burdel a su futura esposa. ¿Visitar a tía Lita en Río Vermelho? ¿Y si
aparecía por allí doña Rozilda? Cígano propuso que fuesen a ver a doña Agnela,
que estaba deseosa de conocer a la novia. Y pasaron la tarde con la gorda
lavandera, charlando y tomando café, mientras Vadinho se obstinaba en besar a
doña Flor, que se encogía toda. Doña Agnela quedó encantada con la moza,
haciéndole un discurso lleno de advertencias y de compasión:
- Se va a casar con este loco... Dios
la proteja y le dé paciencia, que va a necesitarla mucho. La peor gente del
mundo es la que juega, hija mía. Viví más de diez años con uno igualito a
éste... De pelo rubio como él, blanco, de ojos azules..., un perdido por el
juego, tiraba con todo. Hasta un medallón que me dejó mi madre el muy loco lo
vendió para enterrar el dinero en el vicio. Lo perdía todo y se ponía
furioso y cuando venía me gritaba, me
pegaba...
- ¿Le pegaba? - preguntó con voz
tensa doña Flor.
- Cuando bebía demasiado, ya lo
creo... Pero sólo cuando bebía demasiado...
- ¿Y usted lo soportaba? Yo no se lo
permitiría... a ningún hombre... - Doña Flor se estremecía de indignación con
sólo pensarlo- . Nunca lo permitiré.
Doña Agnela sonrió, comprensiva y
experimentada. ¡Doña Flor era todavía tan
jovencita, ni siquiera había
comenzado a vivir!
- ¿Qué iba a hacer, si lo quería, si
ése era mi destino? ¿Iba a dejarle sólito, con esa vida angustiosa, sin nadie
que lo cuidara? Era chófer, como Cígano, sólo que trabajaba para otros, a
porcentaje. Nunca juntó dinero para poder comprar un coche, el manirroto. Todo
cuanto yo podía guardar él lo perdía, me lo sacaba aunque fuese por las malas.
Murió en pleno desastre. Lo único que dejó fue un hijo chiquito que yo tuve que
criar... - Miraba a doña Flor con afecto y lástima- . Pero le voy a decir una
cosa, hija mía... Si él se me apareciese, de nuevo volvería a juntarme con él
otra vez. Desde que murió, nunca más quise saber de ningún hombre, y mire que
no me faltaron proposiciones, incluso de casamiento. Me gustaba, ¿qué podía
hacer yo, dígame, hija mía, si ése era mi sino?
«Era mi sino, lo quería...» Y ahora,
¿qué es lo que podía hacer doña Flor? «Dime, Normita, ¿qué puedo hacer?»
«Vaciar las valijas, vestirse de oscuro e ir al velatorio
de doña Agnela.» «¿Qué es lo que
puedo hacer si es mi destino, si lo quiero?»
Sí, doña Norma iría con ella. Doña
Norma era aficionada a los buenos velorios, con lágrimas, sollozos,
flores rojas, velas
encendidas, ceremoniosos abrazos
de pésame, oraciones, cuentos y recuerdos, anécdotas y risas, un café
bien caliente, unos bizcochos, un trago a la madrugada..., nada había para ella
igual a una velada fúnebre.
- Me cambio de vestido en un
minuto...
«¿Qué puedo hacer?, dime, Normita, si
él es mi destino... ¿Dejarlo sólito, sin nadie que lo cuide? ¿Qué puedo hacer,
dime, si estoy loca por él, si no podría vivir sin
él?»
19
Sin él no sabe vivir, no puede vivir.
Y ahora, cómo acostumbrarse, si es otra la luz del día envuelto en ceniza: un
crepúsculo metálico en que los vivos y los muertos se confunden en los mismos
recuerdos. Tantas imágenes y figuras en torno a Vadinho, tanta risa y tanto
llanto, y el bullicio, el calor, el tintinear de las fichas y la voz del
croupier. Sólo en el fondo de la memoria se afirmaba la vida, plena como la luz
de la mañana y de las estrellas nocturnas, venciendo al crepúsculo en coma, con
los estertores de la muerte.
Doña Flor, insomne en su cama de
hierro, sintiendo el abandono y la ausencia, sigue el derrotero del pasado, con
sus puertos de bonanza y sus mares tempestuosos. Reúne momentos diversos,
nombres, palabras, el son de una ligera melodía, y va reconstruyendo el
calendario. Desea romper el cerco de acero de ese crepúsculo, más allá del cual
están el día de trabajo y la noche de descanso, la vida propiamente dicha. No
este vivir en un tiempo gris, de luto, no este vegetar en un asfixiante
pantano, en esta vida suya sin Vadinho. ¿Cómo salir de ese círculo de muerte,
cómo cruzar la puerta estrecha de este tiempo despojado? Sin él no sabe vivir.
A veces Vadinho había sido tan ruin
como sentenciaban las comadres, doña Rozilda, doña Dinorá y las otras
chismosas, en cambio en otras oportunidades eran injustas, acusándolo sin
motivo. Ella misma, doña Flor, había procedido así más de una vez. Un día, por
ejemplo, él se fue de viaje intempestivamente; doña Flor lo supo en el último
momento e imaginó lo peor, pensó que lo perdía para siempre. No creía que él
regresara de Río de Janeiro, con sus luces mágicas, sus avenidas bulliciosas,
los casinos, centenares de mujeres a su disposición. ¿Cuántas veces no le había
oído a Vadinho proclamar: «Un día de éstos me largo para Río, ahí sí que se
vive, y no
vuelvo más...»?
Puro disparate, aquel viaje. Fue una
invención de Mirandáo para obtener dinero:
organizó una caravana de estudiantes
de agronomía que iría a «visitar los centros de estudio de Río de Janeiro»
durante las vacaciones. Recorrió los comercios en compañía de cinco colegas,
sacando el dinero a medio mundo con un Libro de Oro. Sableó a los banqueros,
los industriales, los empresarios, los tenderos, los comerciantes más diversos,
los políticos del Gobierno y de la oposición. En unos cuantos días reunió un
montón de dinero y creó todo un problema: por cortesía hacia los políticos
había cambiado tres veces, en sinceros gestos de homenaje, el lema de la
embajada. De los tres nombres ilustres, ¿cuál elegir ahora? Mirandáo propuso
una solución extremadamente simple: dividir entre los organizadores el dinero
recogido y disolver en el acto la caravana, dando por visitados los centros de
estudio. Pero los cinco colegas, unánimemente, estuvieron en desacuerdo:
querían hacer el viaje, y conocer Río. Incluso estaban dispuestos, si se
presentara la ocasión, a visitar la Escuela de Agronomía y recorrer sus dependencias.
Una vez conseguidos los pasajes gratuitos, facilitados por la Secretaría de
Agricultura del Estado - se cambió por cuarta vez el nombre de la caravana, en
homenaje al generoso secretario de Estado- , el día de la partida, casi a la
hora de salida del barco, hubo una deserción; uno de los seis pícaros contrajo
la fiebre palúdica y el médico le prohibió viajar cuando ya no quedaba tiempo
para invitar en su lugar a otro estudiante ni para vender a bajo precio el
inútil pasaje.
Vadinho había acompañado a Mirandáo
hasta el muelle y estaba presente cuando se discutió el caso. Fue entonces
cuando el otro le preguntó, de repente:
- ¿Por qué no vienes tú también,
aprovechando el pasaje?
- No soy estudiante...
- Pero, señor..., eso no tiene
importancia; lo eres desde ahora..., sólo que tienes que apurarte, el barco
sale dentro de dos horas...
Era el tiempo justo para ir corriendo
a casa, juntar unas mudas y unas camisas y el traje azul de casimir, mientras
Mirandáo, amigo capaz de cualquier sacrificio, hacía
frente a las lágrimas de doña Flor.
No volvería más, estaba segura. No
era tan boba como para creer aquella historia absurda de la
Embajada Estudiantil en viaje de
estudios. Si Vadinho no era
estudiante de nada, ¿cómo iba a
formar parte de una caravana universitaria? El
único estudio de Vadinho era el del
Libro de palpitos, con todas las interpretaciones de los sueños y de las
pesadillas, indispensable para todo aquel que quiera ganar en la quiniela. Sin
duda él se iba siguiendo el rastro de una vagabunda cualquiera, hacia ese
abismo de depravación que es Río de Janeiro. Cuanto más le juraba Mirandáo por
la sagrada memoria de su madre y por la salud de sus hijos, más escéptica se
sentía doña Flor... No podía creer semejante cuento... ¿Por qué venía Mirandáo,
su compadre, a hacer tal papelón, a causarle semejante disgusto, burlándose de
sus sentimientos con una mentira tan vil? Si no sentía por ella ninguna estima
ni consideración, ¿por qué entonces la invitó a ser madrina del hijo? Si
Vadinho quería abandonarla, irse con cualquier perdida, mudarse a Río, que por
lo menos obrase como un hombre y viniese personalmente a decir la verdad, en
vez de mandar en lugar suyo al compadre con aquel cuento infantil, abusando de
la amistad de ella y dándole diploma de idiota. «Pero, comadre, si es verdad,
la pura verdad..., le juro que dentro de un mes regresamos.» ¿Para qué toda esa
comedia? Vadinho no volvería más, estaba segura.
Y sin embargo, regresó en la fecha
prevista, con la caravana - de cuya existencia ya se había convencido doña
Flor, pues el hijo mayor de doña Sinhá Terra, alumna
suya, participaba en la excursión y
en una carta se refería a Vadinho como a un
«compañero estupendo»- . No sólo
regresó, sino que le trajo un regio corte de seda extranjera, bonita y cara.
Señal de suerte en la ruleta - pensó doña Flor-
y de que él no la había olvidado durante los paseos, las fiestas, las
novedades de Río, las noches de timba y farra. «¿Cómo te iba a olvidar, mi
bien, si sólo fui para hacerles un favor a los muchachos, pues la Embajada no
podía quedar incompleta?» Llegó usando chaleco, muy carioca, muy bien hablado.
Se había relacionado con mucha
gente; citaba nombres: el cantor
Silvio Caldas, la estrella de teatro Beatriz Costa.
A Silvio se lo había presentado
Caymmi en el casino de Urca, en donde el músico estaba contratado. «Es tan
idéntico a las fotografías que uno no cree que sea él, tú
lo vas a ver cuando venga. Me dijo
que viene en marzo y le prometí que tú le ibas a
dar un almuerzo, todo de platos
bahianos. Es un aficionado a la cocina», decía y se desgañitaba elogiando su
simplicidad y su modestia. ¡Con cuánto placer prepararía doña Flor ese
almuerzo, si un día surgiera tan remota oportunidad, siendo como era una admiradora
entusiasta del cantor, de voz tan brasileña, al que oía siempre por radio!
Envuelta en el corte de seda que se
le deslizaba por los hombros, cubriéndola y descubriéndola, con la alegría del
regreso de Vadinho, doña Flor se deshojaba en risas y suspiros yogando en la
cama con el marido. Ese momento de amor era aún más dulce para ella a causa de
una pizca de remordimiento: lo había juzgado mal, agresiva e injusta estuvo al
dudar de él, de su «más lindo estudiante...».
De lo que jamás tuvo noticia doña
Flor fue de la energía que le costó a Mirandáo arrancar a Vadinho de los brazos
de Josi y llevarlo al barco que regresaba. Josi era el nombre de guerra de la
lusitana Josefina, corista de la Compañía Portuguesa de
Revistas Beatriz Costa, que se había
apasionado locamente por el mozo bahiano (y
viceversa). Se conocieron cuando la
Embajada Académica, que obtuvo entradas gratuitas para el teatro República, fue
a los bastidores después del espectáculo para felicitar a Beatriz, sus artistas
y sus coristas. Vadinho puso el ojo en Josi, que todavía llevaba el vestido de
pescadera, y Josi midió de arriba abajo al falso estudiante; los dos se rieron
y media hora después comían juntos unas fintas de bacalao en la tasca cercana.
Josi pagó la cuenta, tanto esa primera vez como todas las otras hasta que él se
fue. Con su tiempo repartido entre la portuguesa y los casinos, Vadinho se
olvidó por completo de la fecha de embarque, de la hora de partida, y del
regreso a Bahía. Mirandáo tuvo que apelar a la energía y a los sentimientos:
- Ya me bastó con ver llorar a mi
comadre una vez, no quiero verla de nuevo... Si yo llegara sin ti, ¿qué no me
diría mi comadre?
De todo esto nunca tuvo noticias doña
Flor, ni supo jamás el verdadero origen del
corte de seda francés, que no fue
comprado en Río, sino ganado en una partida de póker a bordo, el día antes de
llegar el barco a Salvador, cuando los miembros de la caravana, todos ya sin
dinero, arriesgaban a la baraja los regalos y los recuerdos cariocas. Vadinho
le ganó el corte de seda a uno de los estudiantes, y a otro un par de
relucientes zapatos de charol y un lazo mariposa con pintas azules, muy de
moda. Lo que él jugaba en la apuesta era una magnífica foto de Josi, grande y a
todo color, con vidrio y moldura dorada, en la cual la aldeana se exhibía en
una escena de teatro con bombacha y pórtasenos y una pierna levantada, ¡una
locura de nena! Con su torpe letra escribió en la dedicatoria: «A mi bahianito
adorado, su nostálgica Josi.» El retrato fue finalmente adquirido, después de
un largo tira y afloja, por otro compañero de viaje, un joven abogado deseoso
de causar la envidia de los amigos con el relato y las pruebas de sus
sensacionales conquistas metropolitanas. Y así fue como Josi financió también
el desembarco de Vadinho y contribuyó a la alegría de doña Flor, que ahora
gozaba en los brazos del marido mientras el corte de seda la cubría y descubría
y finalmente rodaba a los pies de la cama.
¿Cómo vivir sin él? Abrumada por la
ausencia, debatiéndose entre la niebla, encadenada, ¿cómo traspasar los límites
del deseo imposible?, ¿cómo volver a encontrar la luz del sol, el calor del
día, el aire matinal, la brisa de la tarde y las estrellas del cielo, el rostro
de la gente? No, sin él no sabía vivir y por eso quería recuperarlo entre
aquella bruma de tristezas, risas y emociones, en ese mundo de él siempre
sorprendente.
Podían las comadres recordar los
malos momentos, las agrias disputas, las trampas en asuntos de dinero, las
noches en que no venía a casa, la borrachera, en
compañía de quién sabe qué mujeres,
la locura del juego. Pero ¿por qué no abrían
su boca de mal agüero para recordar
los días excitantes de la estadía de Silvio
Caldas en Bahía, cuando doña Flor no
tuvo ni un solo minuto de descanso, pero tampoco de tristeza? Una semana
perfecta, sin un solo aspecto detonante; doña Flor conservaba en la memoria
cada detalle, todo un tesoro de alegría, toda una fiesta. Ella fue durante esa
semana, por así decir, una especie de reina del agitado barrio; de Cabeca al
Largo 2 de Julio, de Areal de Cima al Areal de Baixo, de Sodré a Santa Teresa,
de Preguica a Mirante dos Aflitos. Su casa estaba llena de gente importante,
pero importante de verdad, llamando a la puerta, pidiendo permiso para entrar.
Pues, a pesar de ser huésped del Pálace Hotel, era en casa de Vadinho donde
Silvio se sentía a sus anchas, recibiendo y conversando como si ésa fuera su
casa y doña Flor su hermana menor. Sin hablar de los conocidos, como el
banquero Celestino, el doctor Luis Henrique y el mismo don Clemente Nigra,
vinieron a su casa los más grandes personajes de Bahía, ya sea para asistir al
famoso almuerzo, ya para saludar, otros días, al cantante, para darle la mano.
Eran visitas que hubiesen puesto a doña Rozilda en éxtasis, en la cumbre de la
exaltación, si por suerte no hubiese estado en Nazareth das Farinhas
convirtiendo en un infierno la vida de la nuera, que, según Héctor, esperaba
por fin el primer hijo.
De aquel almuerzo conservaba doña
Flor no sólo un nítido recuerdo, sino también los recortes de las noticias en
los diarios. Dos periodistas conocidos de Vadinho, aquel Giovanni Guimaráes tan
dado a la risa y a inventar sucedidos, y un negro, un tal Batista, mujeriego de
prestigiosa reputación en los burdeles, ambos insaciables comilones, reseñaron
el acontecimiento en sus periódicos. Giovanni hizo mención al
«incomparable ágape ofrecido al
notable cantor por el señor Waldomiro Guimaráes, celoso funcionario municipal,
y por su distinguida esposa, doña Florípedes Paiva Guimaráes, cuyos méritos
culinarios se unen a una extremada bondad y a una perfecta cortesía». A su vez,
el negro Joáo Batista se conmovía con el número de platos: «... finísima y
abundantísima comida de sabor insuperable, en la que fueron
servidos los principales manjares de
la cocina bahiana, además de doce postres
distintos, y que puso de manifiesto
la grandeza de nuestro arte culinario y la calidad de las manos de hada de la
señora Flor Guimaráes, esposa de nuestro suscritor Waldomiro Guimaráes, uno de
los funcionarios más dedicados y eficientes de la Municipalidad». Como se ve,
los dos glotones se habían sentido tan llenos y contentos que no sólo elogiaron
la comida y la mano de doña Flor, sino que también ascendieron a Vadinho a la
condición de eficiente, celoso y dedicado funcionario, exageración un tanto increíble.
¿Por qué las comadres no recordaban
también ese domingo del almuerzo? La casa estaba tan llena de gente que nadie
se podía mover, y las mesas repletas de comida. El doctor Coqueijo, del
Tribunal, músico en sus horas libres, pronunció un discurso ensalzando el arte
de doña Flor; el poeta Helio Simóes prometió un soneto en alabanza de los
condimentos de la «encantadora dueña de la casa, guardiana de las grandes
tradiciones, cuidadora del dendé y de la pimienta». Y sin embargo, todas las
comadres habían estado allí, cuchicheando sin parar un momento, tomando nota de
todo. A las cinco de la tarde todavía muchos invitados y otros tantos colados
bebían cerveza y cachaca, solicitando más canciones al intérprete, que daba
satisfacción a todos los pedidos.
Lo mejor de todo, sin embargo, algo
muy superior a los elogios hechos de viva voz y a los que aparecieron en los
diarios, así como a los discursos y a los versos; lo
que doña Flor ponía por encima de
todo, incluso del canto de Silvio Caldas llenando
de paz y armonía el cielo y el mar,
fue el comportamiento de Vadinho. No sólo hizo frente a todos los gastos del
almuerzo, ¿dónde habría conseguido tanto dinero y de una sola vez? (sólo la
labia de Vadinho era capaz de tal milagro...), sino que ese día no se embriagó,
bebiendo con moderación, atendiendo a los invitados, muy en dueño de casa. Y
cuando el cantor tomó la guitarra, sin hacerse rogar, queriendo en verdad tocar
y cantar en casa de sus amigos, cuando agradeció el almuerzo dirigiéndose a
doña Flor: «Florcita, mi hermana...», Vadinho fue a sentarse junto a ella y le
tomó la mano. A doña Flor se le subieron las lágrimas a los ojos, era una
emoción demasiado intensa. ¿Cómo vivir sin él? Sin él, ¿dónde encontrar la
gracia y la sorpresa, cómo acostumbrarse? En aquella ocasión leyó en el diario
vespertino la
noticia de la llegada del cantor para
una breve temporada en el Pálace y en el Tabaris. Por invitación de la
Municipalidad también daría una serenata en Campo Grande, para que todo el
pueblo tuviera oportunidad de verlo y oírlo y cantar con él. ¿Habría ido
Vadinho a esperarlo o no tenía noticias de su llegada? Al volver de Río, unos
meses antes, sus labios no cesaban de pronunciar el nombre de Silvio Caldas, no
hablaba de otra cosa. Le había prometido un almuerzo preparado por doña Flor.
Algo absurdo... Un tipo tan famoso, que aparecía en los titulares de los
diarios y en la tapa de las revistas, y que venía a Bahía por una semana... No
le iba a alcanzar el tiempo ni siquiera para los compromisos y para las
invitaciones de los ricachos; y, aunque quisiera, ¿de dónde sacaría el tiempo
necesario para ir a comer a casa de un pobre?
«Figuras de la alta sociedad
organizan una serie de homenajes para festejar la presencia entre nosotros del
gran artista», anunciaba el diario. Desde luego, nada le gustaría tanto como
hacerse cargo de todo el trabajo necesario para preparar el almuerzo; e incluso
estaba dispuesta a gastar sus escasos ahorros - escondidos en una pata de la
cama de hierro- , a derrochar el dinero del mes, a contraer deudas si fuera
necesario, para recibir en su casa a un convidado así, y ofrecerle la verdadera
comida bahiana. No dudaba de las cordiales relaciones establecidas en Río.
¿Acaso no era el cantor una presencia firme en las mesas de juego? Pero de ahí
a que una celebridad así viniera a su casa mediaba gran distancia. Aunque para
Vadinho no existían las distancias ni ninguna clase de obstáculos; para él nada
era imposible en la vida, todo era fácil. Con cierta melancolía, doña Flor
comentó el asunto con doña Norma:
- Locuras de Vadinho... Inventa cada
una..., un almuerzo a Silvio Caldas..., ¿te das cuenta?
Doña Norma, sin embargo, estaba
entusiasmada:
- ¿Quién sabe? A lo mejor viene.
Chica, iba a ser como para que cerrara el comercio...
Doña Flor se contentaba con mucho
menos:
- Yo me contento con ir a la
serenata... Y eso si tuviera compañía... Si no, ni eso...
- Por la compañía no te preocupes,
porque yo voy a ir de todos modos. Si Sampaio no quiere ir, entonces que tenga
paciencia, se va a quedar sólito en casa. Voy con
Artur...
En el programa de las diecinueve
horas el noticiario radial anunció el debut del cantor, que tendría lugar esa
misma noche, con una función para las familias en el elegante salón del Pálace
Hotel, junto a las salas de juego; y a las dos de la mañana se presentaría en
el Tabaris en una función para los bohemios y las mujeres de la vida. Doña Flor
se limitó a pensar que en relación con todo ese movimiento en torno al cantor,
sólo una cosa era segura: esa noche era inútil que esperase a Vadinho. Estando
Silvio Caldas en la ciudad sería como si ella no tuviese marido. Cuando ellos,
de madrugada, saliesen del cabaret, aún los aguardaba el último repliegue de la
noche de Bahía con los misterios del Pelourinho, los caminos de las Sete
Portas, el mar y los saveiros de la Rampa do Mercado.
Se durmió y tuvo un sueño. Un sueño
confuso en el que se mezclaban Mirandáo, Silvio Caldas y Vadinho con su hermano
Héctor, su cuñada y doña Rozilda. Estaban todos en Nazareth das Farinhas, en
donde doña Flor socorría a la cuñada, embarazada y atada con una cadena al
paraguas de la suegra. Las noticias de los diarios, la radio, y la carta del
hermano se habían juntado en ese revoltijo, ¡qué sueño más raro! Furiosa, doña
Rozilda quería saber cuál era el motivo de la presencia de Silvio Caldas en
Nazareth. Y éste le respondía que se había descolgado por allí con el único
propósito de acompañar a Vadinho en una serenata dedicada a doña Flor. «Las
serenatas me dan asco», vociferó doña Rozilda. Pero él tomaba la guitarra y su
voz de pétalo y terciopelo despertaba a la gente de Recóncavo en la noche del
Paraguacu... Doña Flor sonreía, arrullada por la canción.
Sube la voz en la calle, y va
despertando a doña Flor; pero el sueño es seguido de un milagro y la canción se
hace cada vez más cercana. ¿Sueño o realidad? Ya se levanta la gente, acudiendo
a oír. Doña Flor, aprisa, se pone una bata y se asoma a
la ventana.
Y
ahí están ellos:
Vadinho, Mirandáo, Edgard
Coco, el sublime
Carlinhos
Mascarenhas, el pálido Jenner Augusto
de los cabarets de Aracaju. Y entre ellos, guitarra al pecho, la voz de Silvio,
rompiendo a cantar para doña Flor:
... Al son de la melodía apasionada,
en las cuerdas de la guitarra
sonora...
Hubo la serenata, con la calle
alborozada; el almuerzo - el domingo- , del que hablaron hasta los diarios; el
lunes, Silvio vino para preparar la cena, trayendo de todo: se puso un
delantal, fue a la cocina... y sabía cocinar de verdad. En los días siguientes
aparecía a cualquier hora, entraba y salía como por su casa y una vez fueron
todos juntos a una capoeira. Pero entre todo lo que aconteció aquella semana,
no hubo nada comparable al festival popular celebrado el martes, víspera de la
partida de Silvio para Recife. En la noche de luna llena, desde lo alto del
estrado del Campo Grande, cantó para la multitud, con el pueblo reunido en la
plaza.
Doña Flor ni siquiera le había
preguntado a Vadinho si iba a ir; él no se separaba del amigo para nada. Se
limitó a comunicarle su decisión de ir en compañía de doña
Norma y de don Sampaio, pues el dueño
de la zapatería, con motivo de la serenata,
hasta se había olvidado de su eterno
cansancio.
¿Cuál no sería, pues, la sorpresa de
doña Flor cuando inmediatamente después de la cena llegaron a la puerta de
casa, en el taxi de Cígano, Silvio y Mirandáo con Vadinho? Venían a buscarla.
«¿Y la comadre?», le preguntó ella a Mirandáo. Había ido antes con los chicos,
ya debía estar allí. Mientras doña Flor terminaba de acicalarse, ellos
prepararon un batido de limón.
Ella y Vadinho ocuparon asientos
reservados para las autoridades. El gobernador no
fue porque estaba en cama con gripe,
pero instalaron un altoparlante en las inmediaciones del palacio para que Su
Excelencia y señora pudieran oír. En los asientos se instalaron el intendente
de la ciudad y su esposa, el jefe de la Policía con su madre y hermanas, el
director de Educación, los jefes de la Policía Militar y del Cuerpo de Bomberos
con sus familiares el doctor Jorge Calmon y otros hidalgos. Doña Flor, en medio
de todo aquel señorío, se reía diciéndole a Vadinho:
- Qué pena que mamá no vea esto...,
no lo creería. Nosotros dos sentados con el
Gobierno... - Vadinho se rió con su
risa zumbona y le dijo:
- Tu madre es una vieja chocha, no
sabe que en la vida sólo valen el amor y la amistad. El resto no es más que
superchería, presunción, no vale la pena...
De repente se oyó un acorde de
guitarra y cesó totalmente el alegre rumor de la
plaza. La voz de Silvio Caldas, la
luna llena, las estrellas y la brisa, los árboles del parque, el silencio del
pueblo: doña Flor cerró los ojos, reclinando la cabeza en el hombro de su
marido.
¿Cómo vivir sin él, cómo atravesar
este desierto, trasponer este crepúsculo, levantarse de este pantano? Sin él,
todo es superchería, presunción, nada que valga la pena de vivir.
20
Recostada en la cama de hierro, un
solo pensamiento aplasta a doña Flor, la lanza contra el fondo de sí misma,
hecha jirones: nunca más lo tendría a su lado, en pleno alborozo, a su Vadinho.
Nunca más. Esa certidumbre la hiere y la desgarra; es un puñal ponzoñoso que le
hiende el pecho y le envenena el corazón, ahogando sus ansias de sobrevivir, su
juventud ávida de subsistir. En la cama de hierro, al borde del suicidio, doña
Flor. Sólo la sustentan su deseo y la persistencia de su memoria. ¿Por qué lo espera,
si es inútil? ¿Por qué surge en ella el deseo como una llamarada, un fuego que
le quema las entrañas, que la mantiene viva? Si es inútil, si él ya no volverá,
amante impúdico, a arrancarle las enaguas o el camisón, o la
bombacha de encaje; ya no volverá él
a exponer su desnudez sin vello, diciéndole cosas tan locas que ella no se
atreve a repetirlas ni en el recuerdo; tan locas e indecentes, pero tan lindas.
¡Ay! Ya no vendrá a acariciarle el cuello, las caderas y el vientre,
despertarla y adormecerla con un temporal de deseo, un huracán que la
arrebataba y la enceguecía, una brisa de ternuras, un céfiro de suspiros, y
luego el desfallecimiento para el nuevo volver a despertar. ¡Ay!, ¡nunca más!
Sólo el deseo y la memoria la sustentan.
«Andaba como un alma en pena, por la
casa húmeda y lúgubre como una tumba.» Olor a moho en las paredes, en las tejas
y en el piso, un frío abandono a la espera de las arañas y de las telarañas.
«Una sepultura en la que ella se enterró con el recuerdo de Vadinho.» Doña
Flor, toda de negro, de duelo por dentro y por fuera, deshecha. Su amiga doña
Norma le decía:
- Esto no es posible, Flor. No es
posible. Ya va a hacer un mes y sigues como alma en pena, dando vueltas por la
casa. Y tu casa, que era una fiesta, se está llenando
de moho. Dios me perdone, pero más
parece una sepultura en la que te encerraste.
Reacciona, acaba con eso, alivia ese
luto...
Las alumnas se sentían como perdidas
en aquella atmósfera en que las risas y las bromas sonaban a falso. ¿Cómo
mantener la cotidiana cordialidad de las clases, la agradable sensación de
pasatiempo, motivo del éxito principal de la Escuela de Cocina: Sabor y Arte,
si la profesora sólo reía por compromiso y con esfuerzo? En sus lejanos tiempos
de alumna, doña Magá Paternostro, la millonaria, declamaba, con pose cómica de
recital escolar, desde el rellano del primer piso, un pastiche del Estudiante
alsaciano..
Salve a la escuela risueña y sencilla
y a su joven y traviesa profesora...
Desde entonces habían aumentado las
solicitudes de inscripción, porque cada una de las señoras le hacía publicidad
gratuita, la recomendaban a las amigas: «Es formidable, cocina como nadie, sabe
enseñar y es un encanto de persona. Las clases son tan divertidas, son dos
horas de risa continua, de anécdotas, de bromas. No hay nada mejor para pasar
el tiempo.»
A veces se veía obligada a rechazar
alumnas, tantos eran los pedidos para las vacantes trimestrales en los dos
cursos. Ahora, sin embargo, tres jóvenes habían abandonado ya el curso y hasta
circuló la noticia del próximo cierre de la escuela.
¿Dónde estaba aquella «joven y
traviesa profesora»? ¿Dónde estaban las «dos
horas de anécdotas y bromas»? En la
mitad de la clase, cuando las muchachas reían, de pronto doña Flor se quedaba
como ausente, la mirada perdida, el rostro lleno de ansiedad. ¿Y a quién le
gusta cargar con el difunto de los otros, días y más días a vueltas con ese
muerto, como si no existieran los cementerios?
Su comadre Dionisia de Oxóssi vino a
visitarla, trayendo consigo al diablito del ahijado. Vino vestida de oscuro
como exigen los ritos de la cortesía, pero ya sonreía, pues había pasado casi
un mes y con aquella visita completaba una serie de tres. El aspecto de
tristeza de doña Flor la preocupaba, si la comadre seguía con esa melancolía
iba a acabar mal.
- Entierre al tocayo de una vez,
comadre..., si no va a comenzar a heder y va a consumir todo lo que hay aquí,
incluso usted...
- No sé qué hacer. Sólo tengo
descanso cuando me acuerdo de él...
- Pues junte todo lo que sea recuerdo
del tocayo, junte la pesadumbre que le dejó y entiérrelo en el fondo del
corazón. Junte todo, lo bueno y lo malo, entiérrelo todo y
después acuéstese y duerma
tranquila...
Con sus libros siempre bajo el brazo,
vestida con un fresco y vaporoso vestido de verano que mostraba sus pecas y su
salud, doña Gisa, su consejera, la reprendía:
- ¿Qué es eso? ¿Cuánto tiempo va a
durar esa exhibición?
- ¿Qué puedo hacer? No es que yo lo
quiera...
- ¿Y su fuerza de voluntad? Dígase a
sí misma: mañana comienzo una vida nueva;
cierre las puertas al pasado, vuelva
a vivir.
El coro de las comadres murmuraba,
como en una letanía:
- Ahora, sin esa peste de marido, es
cuando ella puede vivir feliz... Debía dar gracias a Dios...
En el patio del convento, don
Clemente Nigra, contra el inmenso mar verdeazul, le
dio una palmadita en la cara triste,
contemplando su luto cerrado, desgarrador, su flacura, su abatimiento. Doña
Flor iba a verlo para encargarle una misa con motivo de cumplirse un mes del
fallecimiento.
- Hija mía - susurró el marfileño
fraile- , ¿qué desesperación es ésa? Vadinho era tan alegre, le gustaba tanto
reír... Siempre que lo veía me daba cuenta de que el peor de los pecados
mortales es la tristeza, es el único que ofende a la vida. ¿Qué diría si la
viese así? No le gustaría, no le gustaba nada que fuese triste. Si usted quiere
ser fiel a su memoria, enfrente la vida con alegría...
Las chismosas voceaban en el barrio:
- Ahora sí, ahora sí que ella puede
estar alegre; ahora que ese perro se fue al infierno.
Las figuras se movían en el fondo de
la habitación como en un ballet: doña Rozilda, doña Dinorá y las beatas con su
tufillo de sacristía; y doña Norma, doña Gisa, don
Clemente, y Dionisia de Oxóssi
sonriendo con su chico:
- Entierre la pesadumbre del tocayo
en el corazón, comadre, y acuéstese y duerma. Pero su cuerpo no se conforma, lo
reclama. Ella reflexiona, piensa, oye a las amigas y les da la razón, es
preciso poner término a esto, dejar de estar muriéndose todos los días, cada
vez un poco más. Mas su cuerpo no se conforma y lo reclama desesperadamente.
Sólo la memoria se lo devuelve, se lo trae, a su Vadinho, con su atrevido
bigote, su risa zumbona, sus palabras feas pero tan lindas, su cabellera rubia
y la marca del navajazo. Quiere irse con él, volver a tomar su brazo, irritarse
con sus trastadas, ¡y eran tantas!, y gemir sin pudor, desfalleciente, en un
beso. Pero, ¡ah!, es necesario reaccionar y vivir, abrir su casa y sus labios
apretados, airear las salas y el corazón, tomar la carga de dolor que le dejara
él, entera, y enterrarla bien hondo. ¿Quién sabe si así, a lo mejor, se
calmaría su deseo? Siempre oyó decir que una viuda debe ser inmune a tales
apetitos, a esos pecaminosos pensamientos, que su deseo debía marchitarse como
una flor seca e inútil. El deseo de las viudas se va a la fosa con el cajón del
finado, se entierra con él. Sólo una mujer muy zafada, que no hubiese amado a
su marido, podía seguir pensando todavía en esas desvergüenzas. ¡Qué horrible!
¿Por qué Vadinho no se habrá llevado consigo la fiebre que la consumía, la
desesperación que le entumecía los senos, haciéndole doler el vientre
insatisfecho? Era tiempo de que enterrase de nuevo a su muerto y con toda su
carga: sus malos tratos, sus maldades, sus desvergüenzas, su alegría, su
gracia, su generoso ímpetu, y todo cuanto él plantó en la mansedumbre de doña
Flor, las hogueras que encendió, esa dolorida ansiedad, esa locura de amor y
ese ardiente deseo, ¡ay!, ¡ese criminal deseo de viuda deshonesta!
Pero antes, por lo menos una vez, una
última vez, ella lo busca en la memoria y lo encuentra, y se va con él del
brazo. Va muy paqueta, como en los tiempos de soltera, cuando ella y Rosalía,
dos pobretonas, iban a fiestas en casas de burgueses
opulentos y eran las mejor vestidas,
dándose el gusto de superar en lujo a todas
las demás.
¡Ah! ¡Principalmente una noche, más
bella y terrible que todas, llena de novedades y sorpresas, de miedo y
exaltación, de humillación y triunfo! ¡Con las emociones del
salón de baile y del salón de juego,
los nervios rotos, el corazón en fiesta! ¡Qué
noche más maravillosa!
Por última vez con él, despacito.
Paso a paso fue reconstruyendo el absurdo itinerario de aquella noche sin
estrellas: la salida de casa, ellos dos, con doña Gisa, la cena, el tango, el
espectáculo de las mulatas cimbreándose, el canto de las
negras, la ruleta, el bacará, la
fatiga, la ternura; la vuelta a casa en el de Cígano
como en los viejos tiempos, y Vadinho
besándola con impaciencia, allí mismo, a la vista de doña Gisa, que sonreía.
Con un frenesí tal que le arrancó y destruyó el lujoso vestido nada más entrar
en el dormitorio:
- No sé qué es lo que tienes hoy,
querida, estás hecha una tentación y estoy loco por ti. Vamos, apúrate... Vas a
ver lo que es gozar..., como tú nunca gozaste. Hoy es el día, prepárate. Te di
lo que pediste, ahora vas a tener que pagar...
Caída en la cama de hierro, doña Flor
se estremeció. Aquella noche la hiel se había transformado en miel y el dolor
volvió de nuevo a convertirse en un supremo
placer; nunca fuera una yegua tan
violentamente montada por su fogoso garañón,
ni nunca poseída una perra en celo
tan licenciosa; era una esclava sometida a su lascivia, una hembra recorriendo
todos los caminos del deseo, campiñas de flores y dulzuras, selvas de húmedas
sombras y prohibidos senderos, hasta el reducto final. Noche en que fueron
cruzadas las puertas más estrechas y cerradas, en que rindió el último bastión
de su pudor. ¡Oh! ¡Deo gratias, aleluya! Fue la vez en que la hiel se
transformó en miel y el dolor en raro, exquisito, divino placer: una noche de
mutua, total entrega.
Fue en el cumpleaños de doña Flor, no
hacía mucho, en diciembre último, en las vísperas de Navidad.
21
Paréntesis con el negro Arigof y el
hermoso
Zéquito Mirabeau
Vadinho se despertó tarde, después de
las once. Había llegado a casa de madrugada, con una mona fenomenal. Mientras
se afeitaba notó que había en la casa un silencio desacostumbrado, se sentía la
ausencia de las alumnas de la mañana. ¿Por qué no habría clase ese día? Entre
las muchachas había una mulatita dorada, erguida y frágil, que le ponía ojos
tristes y le hablaba con voz mimosa. Vadinho ya había decidido llevarla a dar
un paseo en cuanto tuviera ganas y tiempo. Mientras tanto, que siguiera en la fila,
esperando a que le tocara el turno. Por el momento se dedicaba a satisfacer las
exigencias erótico- sentimentales de Zilda Catunda, la más insinuante de las
tres despabiladas hermanas Catunda; pero presentía que se aproximaba el final
de ese enconamiento, la engreída pretendía controlar sus pasos, dominarlos, y
hasta le había dado la manía de tener celos, incluso de doña Flor, la muy
atrevida. Pero si no era día santo ni feriado, ¿por qué no había clases? A la
salida del baño se encontró con una atmósfera festiva: doña Norma ayudaba en la
cocina, tía Lita limpiaba los muebles y Thales Porto se había instalado en la
perezosa, con los diarios y una copa de licor. Había en el aire un perfume de
almuerzo conmemorativo... ¿A qué se debería esa conmemoración sin causa
aparente?
Fue un almuerzo abundante, con la
casa llena de amigos, una de esas francachelas dominicales que constituían uno
de los placeres preferidos de Vadinho. Si sus finanzas fueran menos
desastrosas, él repetiría con mayor frecuencia rabadas y sarapatéis, manteabas
y vatapás. Apenas tenía una racha de buena suerte ya estaba programando una
feijoada, una carne charqueada con pirón de leche, un mólhopardo de conquéns,
sin hablar del clásico carurú de Cosme y Damián, en septiembre, y del locro y
el jenipapo de San Juan.
Pero ¿y este almuerzo cuyo olor
fluctuaba en el aire, sin aviso ni invitación, qué diablos de fiesta era ésta?
Doña Norma le dio la respuesta a los gritos:
- Vadinho, ¿usted todavía no se anima
a preguntar? ¿No recuerda que hoy es el cumpleaños de su mujer?
- ¿De Flor? ¿Qué día es hoy?
¿Diecinueve de noviembre? La vecina, rezongándole, en broma:
- Usted no tiene la menor
vergüenza... Vamos, diga qué es lo que le compró, qué regalo le va a hacer a
esta santa...
«Nada..., doña Norma...» No había
comprado nada y bien se merecía el reto, la
censura por el olvido; mas ¿era él
acaso un hombre que pudiera recordar aniversarios, elegir regalitos en las
tiendas? Era una lástima, había perdido la oportunidad de
quedar bien trayéndole
un obsequio. Doña
Flor se hubiera
enloquecido de alegría como en aquel
otro aniversario, cuando él le había dado a doña Norma, incluso con
anticipación, un montón de dinero encargándole que comprase «un recuerdo
formidable, sin olvidarse de un frasco de perfume Royal Priar, que le gusta mucho».
¡Qué pena haberse descuidado! Sobre
todo ahora, cuando estaba pasando por un período de suerte excepcional, ganando
en firme desde hacía cuatro o cinco días. No sólo en la ruleta, en el bacará y
en los dados, sino también en la quiniela; había comenzado la semana acertando
el millar dos días seguidos.
Tan lleno de dinero estaba que
rescató un pagaré con amenaza de protesto, para cumplir el compromiso de un
tercero, salvando así su crédito y buen nombre. Y el
cretino ni siquiera era amigo suyo;
era un charlatán, una simple relación de bar y
cabaret. Por lo demás, había sido
justamente en el Tabaris donde el pájaro, durante una borrachera, aceptó con
ánimo generoso y raro entusiasmo la idea de avalar el pagaré firmado por
Vadinho a treinta días.
Un mes y pico después, Vadinho era
convocado al escritorio del gerente del banco en que se había descontado el
documento. Acudió rápidamente a la cita, pues mantenía una hábil política de
buenas relaciones con los gerentes y subgerentes de
los establecimientos bancarios, de
los cuales dependía tanto.
- Caballero Vadinho - dijo el
verdugo, que por otra parte era un buen tipo, don
Jorge Tarquinio- . Tengo aquí un
papel suyo, vencido...
- ¿Mío? Si yo no le debo a nadie... A
ver...
- Pues mire y pague... - y le mostró
el pagaré. Vadinho reconoció su firma y la del garante:
- Pero, don Tarquinio, si el
documento tiene garante. ¿Por qué me da este susto diciéndome que estoy en
deuda?.. Bastaba con cobrarle a Raimundo Réis, el hombre está podrido de rico,
tiene estancia, ingenio azucarero, estudio de abogado,
viaja a Europa todos los años..., es
a él a quien tiene que citar...
- Naturalmente, primero lo citamos a
él, es la garantía..., pero dice que no paga de ningún modo. Se niega...
Ante semejante descaro Vadinho pasó
del asombro al escándalo:
- ¿Dice que no paga, se niega? Pero
vea usted, don Tarquinio, es alguien que puede tener en
este mundo todo
lo que quiera...
¡Qué individuo más
cínico y
sinvergüenza...! En el cabaret se la
pasa presumiendo de riquezas: que tiene
leguas de tierra, que tanto ganado y
más azúcar, que hace y deshace, que una vez se acostó con tres mujeres juntas
en París; es un millonario fanfarrón, y claro, uno se confía, cae en el cuento
del estafador y acepta su aval como si fuese un tipo derecho. Resultado: un
documento vencido sin pagar, mi crédito puesto en duda, y usted citándome a
mí...
- Pero, Vadinho, finalmente fue usted
quien tomó prestado el dinero...
- Vea, señor Tarquinio, por el amor
de Dios..., si ese especulador no tenía intenciones de hacer frente a la
garantía, ¿por qué se ofreció a hacerlo? Al fin y al
cabo él asumió - ¿o no?- la responsabilidad; ¿asumió o no el
compromiso de pagar
la deuda si yo no lo hiciera? Lo
asumió, y yo me quedé tan tranquilo y confiado... Y ahora esto... No hay
derecho... Son sujetos así los que lo hacen quedar mal a uno ante los bancos...
Cuando el punto avala un pagaré es porque está dispuesto a pagar, señor
Tarquinio. Este Raimundo Réis debía estar en la cárcel, es un estafador, un
atorrante...
Toda esa absurda indignación, pensó
Tarquinio, ya derrotado, no tenía otro fin que ablandarlo, prepararlo para que
le prorrogase el documento. ¿Cuál no sería su asombro cuando Vadinho metió la
mano en el bolsillo y sacó el increíble fajo de billetes?
- Ya ve, señor Tarquinio, los
perjuicios que ese tipo me está causando. Esas son las consecuencias de meterse
uno con esos charlatanes... Y yo que siempre elegí mis garantías con lupa...
Raimundo Réis, ¿quién iba a decirlo?... Se vive para aprender...
Pero no sintió el «desfalco»: la
marea de la suerte lo seguía favoreciendo sin solución de continuidad y el
dinero entraba a carradas, en fichas de color, y salía en
billetes y monedas; una semana de
grandes cenas, de mucha bebida, de farras monumentales.
Fue un derroche de suerte que había
culminado en magna apoteosis el día anterior. Vadinho, que había soñado con Zé
Sampaio, no se tomó el trabajo de consultar el
libro de los palpitos. ¿Para qué?
Seguro que salía el oso. Y así fue: el oso irrumpió en la centena, en la decena
y en el grupo. Las ganancias se multiplicaron después
en el Tabaris, en la «liebre
francesa» y en el bacará. Noche negra para la banca, pues Vadinho la pasó
entera ganando, sin exageración pero con firme persistencia,
mientras el negro Arigof, con el
diablo en el cuerpo aquella madrugada, levantó
noventa y seis contos en menos de
diez minutos, en la ruleta.
El negro apareció hacia el final de
la noche, cuando ya el croupier estaba a punto de cantar la última bola. Venía
del antro de Tres Duques con el rabo entre las
piernas, pues había perdido a la
ronda las últimas monedas. Después pasó por el
Abaixadinho y por la ratonera de
Cardoso Pereba, terminando allí, en el Tabaris, último puerto del aquel
lamentable derrotero.
El Tabaris era una especie de esquina
del mundo, medio casino, medio cabaret, explotado por los mismos concesionarios
del Pálace Hotel. Actuaban allí los buenos
artistas contratados para el Pálace,
y también otros de segunda categoría, entre los
que había de todo, desde viejas
ruinas ya al final de su carrera hasta muchachitas apenas púberes, unas y otras
protegidas por don Tito, administrador con carta blanca. Las primeras le daban
pena, nada hay más melancólico y trágico que una actriz vieja sin contrato. A
las otras las entrenaba y las probaba en su sucio escritorio; si no servían
para el tablado, trabajarían sólo como rameras, sin acumular las dos funciones.
En el transcurso de la noche el Tabaris iba recogiendo a los frecuentadores del
Pálace, en general gente adinerada y de posición, así como la ralea de las
diversas tascas, del Abaixadinho, tugurio con pretensiones de casino, y del
antro escondido de Paranaguá Ventura. Allí iban todos a terminar la noche, en
un intento final, con una última esperanza. Entró Arigof y vio a Vadinho en
plena gloria, rodeado por un círculo de curiosos que apreciaban su clase
soberbia en el bacará, con Mirandáo a su izquierda sacándole de cuando en
cuando una ficha, y varias damas a su derecha, entre otras las hermanas
Catunda. «Pronto, mi hermanito, pásame una ficha, rápido que ya van a cerrar»,
pidió Arigof con voz patética. Vadinho echó mano al bolsillo, y sacó una ficha
sin fijarse siquiera de cuánto. Era de las pequeñas, de cinco mil- réis, pero
el negro no pedía más. Corrió a la ruleta y puso la dádiva al 26, que se dio,
repitiéndose el número otras dos veces. Diez minutos después terminaba el
juego: Arigof había ganado noventa y seis contos y Vadinho doce, sin contar un
contó y trescientos mil- réis guardados en el bolsillo solidario de Mirandáo.
Aquélla fue la magnífica noche en que el negro Arigof, con su elegancia
británica y sus modales de gran duque, encargó y pagó por adelantado la tela y
la hechura de seis trajes del mejor lino blanco inglés. Desde hacía mucho le
debía sesenta mil- réis a Arístides Pitanga, un sastre loco por las mesas de
ruleta pero con mucho miedo a jugar. La avaricia no lo dejaba hacer más de una
o dos modestas apuestas por noche. Rondaba las mesas, vibrando con las puestas
de los otros, sugiriendo palpitos, mironeando y haciendo comentarios sobre la
buena y la mala suerte.
Hacía tiempo que el sastre había
rezado por el alma de aquel resto de deuda, que ya diera por «muerto», pero
ante la espectacular «proeza» de un cliente exigente y mal pagador, perdió la
calma y la ética, desenterró la deuda del libro de pérdidas y ganancias y se
propuso cobrarle allí mismo, a la vista de sus compañeros y de las cortesanas,
una barbaridad. El negro no se alteró:
- ¿Sesenta mil- réis? ¿De aquel
traje...? Y dígame, Pitanga, ¿cuánto está cobrando usted ahora por un traje de
lino blanco?
- ¿Lino común?
- Inglés S 120, «cascara de huevo».
Del mejor que haya en plaza.
- Más o menos... alrededor de unos
trescientos mil- réis... Arigof sacó unos billetes de quinientos:
- Pues ahí van dos contos... Hágame
seis trajes nuevos. Cóbrese los sesenta mil-
réis y quédese con el sobrante por
haberse tomado el trabajo de venir a cobrar la cuenta de un cliente en la mesa
de juego...
Tiró el dinero a la cara del sastre y
le dio la espalda mientras el otro, aturdido, recogía los billetes del suelo,
entre las burlas de las mujeres.
Este Arigof era un hidalgo en el
vestir y en las maneras, y como buen hidalgo no había hecho otra cosa en su
vida que jugar; pobre como Job, era un negro retinto,
maestro de capoeira, con la entrada
prohibida en el Pálace Hotel, en donde cierta vez había armado una mayúscula
cuando un gracioso hijito de papá, con whisky
racista, al ver al negro Arigof
impecable, de punta en blanco, se rió y le dijo a su
gente: «Vean el macaco que se escapó
del circo.» El salón quedó hecho trizas y el ingenioso farrista tiene todavía
hoy una flor abierta a navajazos en la cara.
Los dos amigos celebraron la suerte
con una cena, bajo la ilustre presidencia de
Chimbo. Se sentaron a la mesa
Mirandáo, Robato, Anacreon, Pé de Jegue, el arquitecto Lev Lengua- de
Plata, los periodistas Cúrvelo y Joáo Batista, y el
bachiller Tiburcio Barreiros, además
de los anfitriones y de un distinguido ramillete
de mundanas, y - digamos- artistas, para dar satisfacción a la
exigencia de las hermanas Catunda, celosas de su arte y cogollo de la brillante
sociedad reunida en el burdel de la gorda Carla. Estas hermanas Catunda -
«artistas de talento polimorfo», según escribió en O Imparcial el plumífero
Batista- eran tres retoños salidos de la
misma madre, Jacinta Apanha- o- Bago, y de padres diferentes. La más vieja era
casi negra y la más joven casi blanca, habiendo salido la del medio una
preciosura de mulatita; sólo tenían en común la progenitura y la desafinación.
Eran mediocres cuando gorjeaban, pero excelentes en la cama, en donde eran
realmente polimorfas, según testimonio del mismo Joáo Batista, que gastaba su
sueldo del periódico y algunos centavos reunidos aquí y allá con las
emprendedoras hermanas; a pesar de conocer bien el trío, una por una, el
redactor todavía no había podido decidir cuál de ellas era la más perita y
politécnica. La del medio, Zilda, tenía debilidad por Vadinho.
Lev Lengua de Plata y el abogado
habían querido llevar también, para que la cena fuese más brillante, a las «The
Honolulú Sisters», pero no lo lograron. Las «Sisters»
no
eran hermanas ni siquiera
por parte de
madre, y tampoco procedían de
Honolulú; eran dos negras
norteamericanas muy oscuras de color pero de plástica perfecta: la fascinante
Jó, una frágil corza, y la musculosa Mó, una diestra pantera. Tenían en común,
además de sus cuerpos irreprochables, su agradable voz y su extraño comportamiento:
no aceptaban invitaciones a pasear, a almuerzos, a serenatas, a baños de mar en
Itapoá, o a contemplar la luna en la Lagoa do Abaeté, no bebían en la mesa de
ningún cliente. Ni siquiera el banquero Fernando Goes, alto, buen mozo,
elegante, solterón, lleno de dinero, a cuyos pies se arrojaban las mujeres, ni
siquiera él las consiguió, aunque fue al Pálace sólo para verlas e hizo
derroche de champán francés. Jó y Mó cantaban espirituales y música de jazz,
danzaban mostrando los senos y las nalgas, pero permanecían juntas y sólitas
hasta la hora de entrar en escena, semiocultas en una mesa apartada, en un
rincón, tomadas de las manos y bebiendo en la misma copa. Después de su número
subían a su cuarto sin entablar conversación con nadie.
La cena fue grandiosa, con vinos y
champán, mostrándose las hermanas Catunda en la cumbre de sus dotes artísticas.
La euforia era general, con excepción del
joven bachiller Barreiros, todavía
molesto por el rechazo de las norteamericanas,
«unas marimachos babosas», y que
bebía con rabia, indiferente a los gorgoritos de la gorda Carla, que le ofrecía
consuelo y poesía. A la hora de pagar, Arigof se peleaba con Vadinho, por
negarse a que éste contribuyese, aunque fuese con una parte simbólica, al pago
de los gastos. El negro, todavía con el demonio en el cuerpo, declaró que
consideraba un grave insulto a su honor cualquier propuesta de cooperación
financiera.
El cumpleaños de doña Flor cayó en
esa semana de tanta pompa y fortuna. Vadinho estaba forrado de billetes, tanto
que anunció la intención - y luego cumplió- de dar
algún dinero para los gastos de la
casa, acontecimiento raro y excepcional. Doña
Norma, regañándole, insistía en
saber:
- ¿Qué le va a regalar a su mujer?
Vadinho le dedicó una sonrisa,
respondiéndole:
- ¿Qué le voy a regalar a Flor? Pues
le voy a dar lo que me pida, sea lo que fuere..., lo que ella quiera...
Doña Norma fue en busca de la
agasajada: «Hija mía, elige lo que quieras.» Doña
Flor volvió de la cocina secándose
las manos en el delantal:
- ¿Es verdad, Vadinho, que me vas a
dar lo que quiera? ¿No estás burlándote de mí?
- Vaya pidiendo...
- ¿No vas a echarte atrás? ¿Puedo
elegir?
Cuando yo prometo algo ya sabes que
cumplo, querida...
- Pues el regalo que yo quiero es ir
a cenar al Pálace contigo.
Lo dijo casi temblando, ya que él
jamás había querido mezclarla con su ambiente. De toda la gente que trataba en
el juego, ella sólo tenía relaciones amistosas con
su compadre Mirandáo, el único que
con frecuencia visitaba la casa. A algunos los
conocía de vista, de los oíros sólo
había oído sus nombres inquietantes. El mismo Anacreon, a quien Vadinho tanto
estimaba, no había ido de visita a la casa más que cinco o seis veces durante
aquellos siete años, y en cuanto a Arigof sólo fue un domingo a almorzar. El
mundo de doña Flor era su calle, su barrio, sus alumnas y ex alumnas, abarcando
Río Vermelho, la Ladeira do Alvo y Brotas; sólo estaba relacionada con gente de
bien; nada tenía que ver con la vida irregular del marido. Vadinho no permitió jamás
que doña Flor entrara en las sospechosas regiones del juego, en los territorios
de las ruletas y los dados. La esposa era para el hogar,
¿qué diablos tenía que hacer en
semejantes ambientes?
- Para mal hablado basto y sobro yo.
Tú no eres para ese ambiente.
De nada le servía a ella recordarle
que el Pálace Hotel era conocido como un centro elegante, un punto de reunión
de la más alta sociedad. Cenar en su ostentoso salón, bailando al ritmo de la
mejor orquesta del estado, y presenciar la actuación de astros de la radio y
del teatro procedentes de Río y San Pablo era un programa de muy buen tono.
Allí, las señoras de la Graca y de la Barra exhibían los últimos modelos, y
algunas con excesivo atrevimiento, arriesgaban unas fichas a la ruleta. La sala
de juego era como una continuación del salón de baile y un amplio pasaje en
forma de arco establecía la inexistente frontera con la ruina.
¿Por qué tan obstinada negativa? ¿Por
qué, Vadinho? Doña Flor pasaba del ruego a la exigencia, de las súplicas a las
broncas:
- Tú no me llevas para que yo no
descubra a tus nenas...
- No quiero verte en esos lugares...
¿No iba doña Norma al Pálace, más de
una vez, con don Sampaio, cuando se presentaba alguna atracción sensacional? En
cuanto a los argentinos ceramistas,
ésos no faltaban ningún sábado, a
pesar de que Bernabó era enemigo de cualquier
clase de juego. Iban a comer, bailar
y aplaudir a los artistas. Pero Vadinho nunca se había dejado convencer, y
cuando se le acababan los argumentos salía con una vaga promesa:
- No ha de faltar ocasión...
Y he aquí que había surgido,
finalmente, esa ocasión tan aplazada. Doña Flor no podía creerlo... cuando él,
tomado de sorpresa y sin pretextos para desdecirse,
aceptó, aunque contra su voluntad:
- Si eso es lo que deseas..., alguna
vez tenía que ser...
Y, habiéndose decidido, comenzó a
desarrollar el proyecto, ampliando la invitación a los tíos, a doña Norma - y
por su intermedio a Zé Sampaio- y a doña
Gisa. Tía
Lita lo agradeció pero no aceptó: no
le faltaban ganas, pero ¿de dónde iba a sacar
el vestido de noche, la toilette a la
altura del Pálace? Más muerta de ganas estaba doña Norma, pues una nochaza en
el Pálace era la cumbre de lo supremo, pero don Sampaio fue inflexible: doña
Flor era una vecina excelente, una persona a quien estimaba, y también le era
simpático el mismo Vadinho. Agradecía la invitación, pero que le perdonasen, no
podía aceptarla. Los días de semana don Sampaio se acostaba a las nueve de la
noche, pues estaba de pie desde las seis de la mañana
en medio del tráfago de su zapatería.
Si hubiera sido una soirée de sábado, o el domingo por la tarde, iría con
placer. A su vez doña Norma, ir al Pálace sin que él la acompañara, como
sugirió doña Flor, que disculpasen: era una hipótesis absurda, ni pensarlo. La
frecuentación de ambientes como ése, de juego y de copas, se caracterizaba por
la mezcolanza de lo mejor y de lo peor, en una promiscuidad que incluía a
fulanas y libertinos que no tenían el menor respeto a las familias.
Una de las pocas veces que el
comerciante estuvo allí, arrastrado por doña Norma - ansiosa por oír a un
mariquita francés (don Sampaio nunca había visto un marica más afeminado, y sin
embargo las mujeres suspiraban por él)- , sucedió un incidente desagradable.
Bastó que don Sampaio abandonara la mesa por un momento, apremiado por la
necesidad de ir al mingitorio, para que apareciera un atrevido que quiso entrar
en conversación con doña Norma, invitándola a la pista de baile y elogiando su
toilette y sus ojeras como si ella fuese una cualquiera. Don Sampaio no le dio
una lección al grosero sólo porque conocía a su familia, a la madre, doña
Belinha, y a sus dos hermanas, gente de la mayor distinción y buenos clientes
de su tienda; por lo demás, también lo era el mismo zafado, un habitué del
juego y de la bohemia: Zéquito Mirabeau, más conocido entre las mujeres de la
vida como el «Hermoso Mirabeau».
Así, pues, los acompañantes se
redujeron a la profesora Gisa, feliz con la invitación (por la oportunidad de
oír a las «The Honolulú Sisters» y de poder escrutar con su ojo sociológico y
psicoanalista el denigrado mundo de la timba, y elaborar una metafísica
concluyente sobre el mismo).
Doña Flor pasó el resto del día en
plena barabúnda, eligiendo, con la ayuda de doña Norma y de doña Gisa, el
vestido y la estola, los guantes y el sombrero, los zapatos y la cartera. Esa
noche tenía que ser la más bella de todas, la más elegante de todas en los
salones del Pálace, sin que ninguna otra pudiese competir con ella, compararse
con ella, ni las señoras hidalgas de la Graca, con vestidos de Río, ni las
queridas de algún banquero o hacendado del cacao, con aderezos de París. Esa
noche iba, por fin, a cruzar la puerta prohibida.
22
Cuando doña Flor, temblorosa, cruzó
del brazo de Vadinho la puerta del salón del Pálace Hotel, por singular
coincidencia la orquesta estaba ejecutando el mismo antiguo y nunca aventado
tango que ellos habían bailado al compás de Joáozinho Navarro, la primera vez
que se encontraron, en la casa del mayor Tiririca, durante las fiestas de Río
Vermelho, en la semana de la procesión de Yemanjá. El corazón de doña Flor
latía con violencia cuando dijo a su marido, sonriéndole:
- ¿Te acuerdas...?
La sala estaba envuelta en una
semipenumbra de luces camufladas, sobre cada lámpara un velador de papel de
color: la perfección del mal gusto. Doña Flor lo encontraba todo lindo, la
semioscuridad, las mesas con flores de papel crepé y los
veladores, ¡qué amor, Dios mío!
Vadinho miró en torno suyo sin poder localizar
ningún recuerdo. Todo aquello le era
íntimamente familiar, pero nada había allí que estuviese relacionado con doña
Flor.
- ¿De qué recuerdo hablas, querida?
- De la música que están tocando. Es
la misma que bailamos el día en que nos conocimos... en la fiesta del mayor,
¿te acuerdas?
Vadinho se sonrió: «Es verdad...»,
dijo, mientras ocupaban la mesa reservada,
sobre la pista, justo enfrente de la
arcada que unía los dos salones, el de baile y el de juego. Desde allí,
sentadas, doña Flor y doña Gisa podían observar todo lo que ocurría, las
evoluciones de los bailarines y la animación de los jugadores. Todavía de pie,
Vadinho examinó la pista, ocupada sólo por dos parejas, pero dos parejas de
tangueros tan sobresalientes que nadie se atrevía a competir con ellos. Las
damas eran dos de las hermanas Catunda.
La negra, la mayor, tenía como
caballero a un tipo alto y romántico, vestido a la última moda, con aire de
galán de cine sudamericano, aire de gigoló. Vadinho supo después, cuando se lo
presentaron, que se trataba de un paulista de paseo por Bahía, llamado Barros
Martins, honesto editor de libros, y, como es obvio tratándose de un editor,
riquísimo. Un endiablado en el tango, con aire y competencia de profesional,
que, como se acostumbra a decir, dibujaba en el piso, ejecutando impecablemente
los complicados pasos del baile.
La
blanca, la más
joven, estaba en
brazos de Zéquito
Mirabeau, el mismo
«Hermoso Mirabeau» de los burdeles y
del enredo con Zé Sampaio. El bahiano no le iba en zaga: los ojos mirando hacia
lo alto, mordiéndose los labios, pasándose de
vez en cuando la mano nerviosa por el
pelo suelto, se quebraba en el tango con la
mayor suavidad, retando al paulista
con floreos y refinamientos de tango barroco. Vadinho contempló la escena y,
todavía sonriendo, tendió la mano hacia doña Flor y le propuso, ayudándola a
levantarse de la silla:
- Querida, ¿vamos a darles una
lección a esos papanatas? ¿Vamos a enseñarles cómo se debe bailar el tango?
- ¿Sabré todavía? Hace tanto tiempo
que no bailo, tengo duras las articulaciones... Hacía más de seis meses que no
bailaba. La última vez fue cuando Vadinho,
milagrosamente, la llevó a una fiesta
en casa de doña Emina, una farra de cumpleaños. Vadinho era un eximio bailarín
y doña Flor bailaba bien, y le gustaba
bailar. Uno de sus motivos
permanentes de disgusto consistía en el hecho de que nunca bailase con ella,
debido a que sólo muy de vez en cuando la acompañaba
Vadinho a las fiestitas en casa de
las amigas. Y ella, sin el marido, se limitaba a participar en los animados
comentarios, los chismes, las incursiones a las mesas de dulces; ni siquiera le
pasaba por la cabeza la subversiva idea de bailar con otro caballero, cosa
que una mujer
casada sólo puede
hacer con el
expreso
consentimiento de su señor esposo y
en su presencia.
Vadinho sí que se esparcía a su
gusto, sin control, por ese mundo de Dios, en cabarets y bailongos, en salas de
meta y ponga y en cubiles, en el Pálace, en el Tabaris, en el Flozó, con
perendangas y pellejos.
En las casas de los vecinos habían
hecho juntos verdaderas exhibiciones de sambas y foxtrots,
rancheras y marchas.
El doctor Ives
y doña Emina
intentaron
acompañarlos - las pretensiones y el
agua bendita son de todo el mundo- , pero en
seguida desistieron: movían bien los
pies, pero eran demasiado tiesos para poder competir con doña Flor y con
Vadinho.
Es que una cosa es bailar en una
fiestita de cumpleaños y otra muy diferente en el
salón del Pálace, y con las
complicaciones de un tango arrabalero. ¡Y tan luego ése! Todo había comenzado
cuando, hacía siete años, él la sacó a bailar ese mismo tango en casa del mayor
Pergentino. ¿Sabría bailarlo todavía, después de tanto tiempo, y, además, en
esta noche casi mágica en la que por primera vez estaba en el Pálace? No
sospechaba que esa primera vez sería la última, que no habría segunda vez, que
era una noche que no iba a repetirse.
Sólo ahora, a solas con su memoria y su deseo, se daba cuenta ella de la
importancia que tenía cada detalle, por más ínfimo que fuese, de aquella noche
quimérica: desde la entrada al salón de baile hasta el último minuto de placer
infinito, de desvergonzada lubricidad en la cama de hierro, donde él le había
cobrado, en la raíz de su cuerpo, el regalo de cumpleaños, la invitación al
Pálace. Dos gestos de Vadinho, ambos igualmente tiernos e imperiosos, marcan
para doña Flor el comienzo y el fin de aquella noche de sortilegio. El primero
cuando, al invitarla a bailar, sonriendo, le dio la mano y la llevó a la pista
de baile. El otro, en la cama deshecha, cuando, en plena tempestad, él la dio
vuelta, poniéndola de espaldas...
Pero eso quiere
recordarlo después: ese
gesto tremendo quiere recordarlo a su debido tiempo, en el
curso de esta recorrida con Vadinho a través de la noche de aquel cumpleaños.
Porque quiere ir despacio, paso a paso, detalle por detalle, demorándose en
cada peldaño; ya irá arribando a cada puerto de alegría, de miedo o de lujuria.
Ahora, en la pista de baile, el brazo de Vadinho la envuelve y ella siente su
cuerpo leve en la cadencia de la música. Busca entonces,
dentro de sí, a aquella muchachita de
vacaciones en Río Vermelho, calladita, sin festejante, tímida, como la
presentaba el retrato del pintor sergipano, recogiendo flores en el jardín de
tía Lita y floreciendo ella misma súbitamente en las noches de kermesse, cuando
la mano de Vadinho le encendía los senos y los muslos, y su boca la quemaba
para siempre.
En el salón del Pálace los dos iban a
bailar un tango dulce y voluptuoso, tan de jóvenes e inocentes enamorados y a
la vez tan de lúbricos amantes. Era como si hubiesen retornado a la fascinante
noche en la casa del mayor, al impacto del
primer encuentro, de la primera
mirada, de la risa, del embeleso inicial; y al mismo
tiempo siendo los maduros amantes de
siete años después: un tiempo largo para padecer y amar. Doña Flor, de casta
doncella, de candida mocita, había pasado a ser desflorada mujer y hembra
ardiente a manos de Vadinho, su marido. Jamás se había bailado un tango como
éste, tan transparente de ternura, tan oscuro de sensualidad. Hasta la gente
del salón de juego se acercó a mirar.
El paulista de los libros, a pesar de
sus experiencias en los cabarets de San Pablo, Río y Buenos Aires, y Zéquito
Mirabeau pese a su presunción, se dieron por vencidos y abandonaron la pista
dejándola libre para doña Flor y Vadinho en su
apasionada noche.
¿Quién era la dama de Vadinho?, se
preguntaban los habitúes. Algunos lo sabían, y la información se difundió con
celeridad: «Es su esposa, y es la primera vez que viene aquí...» La más
graciosa de las hermanas Catunda, la del medio, hizo una mueca de desprecio,
mordida por los celos.
Terminado el tango volvieron a la
mesa, en donde Vadinho, una vez encargadas la cena y las bebidas, respondió a
las preguntas de doña Gisa, informándola sobre cosas y personas mientras en el
salón persistía la curiosidad en torno a doña Flor, flotando en el aire, corno
si un halo de miradas furtivas y apagados cuchicheos la rodease, como si ella
no tuviese cabida en la atmósfera de la sala, hecha a la medida de las señoras
de la flor y nata de la sociedad, las baronesas de la Graca, y las no me toques
de la Barra, y las cortesanas más caras y a las que menos se les notaba la
profesión.
Doña Flor sentía una especie de
vértigo lejano, sentada allí, en el salón. Se encontraba un poco sonsa, pasando
de la alegría al miedo, insegura en cuanto al
significado de
aquellas miradas de
reojo, de aquellos
gestos esquivos; esas
sonrisas, ¿eran de simpatía o de
burla? Apenas si escuchaba las informaciones que iba dando Vadinho:
- Tiene más de sesenta años..., no
juega más que al bacará y sólo pone fichas de
cinco contos. Hubo noches en que
perdió más de doscientos... Una vez vinieron los hijos - dos ordinarios y una
pelandruna, acompañada del marido- y
quisieron llevárselo por la fuerza, armando una de todos los diablos. La hija
era la peor, una víbora, atizando a los hermanos y al cornudo del marido...
Ahora están haciendo un juicio para probar que el viejo está chocho,
reblandecido, que ya no sirve para administrar su dinero...
Doña Gisa alarga el cuello para
atisbar mejor al anciano de finos cabellos blancos, casi sólo piel y hueso,
pero de piernas firmes, apoyado en un bastón de bambú, tenso el rostro, y con
una última luz ávida en los ojos, como si solamente la inspiración del juego lo
mantuviese vivo.
- Finalmente, ¿no fue él quien
trabajó y ganó todo el dinero? - preguntaba Vadinho, furioso contra la familia
del viejo- . ¿Qué hicieron los hijos, aparte de gastar?, Son
unos vividores, nunca sirvieron para
nada. Y ahora quieren darle diploma de
demente a su propio padre, quieren
encerrar al infeliz en su casa o en el hospicio... Yo metería en la cárcel a
todos esos canallas, comenzando por la vaca de la hija, y con orden de darles
una paliza de padre y señor mío.
Doña Gisa disentía: ese asunto del
dinero tenía serias implicaciones. El viejo, en su opinión, no era tan dueño
como parecía de dilapidar su fortuna en el juego, pues la familia poseía
derechos legales...
La lección de economía política de
doña Gisa fue interrumpida al acercarse el paulista para saludar a Vadinho y a
doña Flor.
- Vadinho, este amigo mío quiere
conocerlo; oyó hablar mucho de usted y lo vio bailar..., es un personajón de
San Pablo... - Zéquito Mirabeau los presentó, y, dirigiéndose al forastero- :
Usted sabe, Vadinho es... - la presencia de doña Flor hizo que se contuviera...-
, bien, es un amigazo...
Vadinho, con voz casi solemne,
presentó a las señoras:
- Mi esposa y una amiga, doña Gisa,
norteamericana, un pozo de sabiduría...
Doña Flor ofreció la punta de los
dedos, sintiéndose de repente como una rústica cualquiera.
El paulista se inclinó y le besó la
mano:
- José de Barros Martins, para
servirla. Mis felicitaciones, señora, pocas veces he visto bailar tan bien un
tango... ¡Admirable!
A continuación besó la mano de doña
Gisa y, como la orquesta comenzase una samba de éxito, le preguntó:
- ¿Baila la samba? ¿O como
norteamericana prefiere un blue...?
Vadinho echó a perder toda la finura
del paulista:
- ¿Cómo?.., esta gringa se contonea
que es una maravilla...
- Vadinho, qué es eso..., compórtate
- lo reprendió doña Flor, sonriendo burlonamente.
Doña Gisa no lo dudó; en vez de
enojarse, salió del brazo del industrial, requebrando las delgadas caderas y
confirmando las palabras del zafado. En eso, el
rostro de Vadinho se ensombreció y
doña Flor descubrió en seguida la causa: una de las tres mulatas de la mesa de
Zéquito Mirabeau, una lindeza que daba gusto
verla, se había acercado a la mesa.
Medía a doña Flor de arriba abajo, como en desafío, mientras interpelaba a
Mirabeau, ofreciéndose, insinuante.
- ¿Qué pasa, querido, es nuestra
samba? Te estoy esperando, ven en seguida...
Una mirada de desdén a doña Flor, una
de furia hacia el lado de Vadinho, la sonrisa más angelical y tentadora para
Zéquito:
- Vamos, negrito...
Doña Flor evitó mirar a Vadinho.
Entre ellos se alzaba un silencio incómodo; ella, vuelta hacia la pista de
baile con los ojos cerrados, él, mirando fijamente hacia la
sala de juego. ¿Por qué se empeñó
ella en venir?, se preguntaba Vadinho. Por
cosas como ésa siempre se negó él a
traerla. Y ahora, tan luego en la fiesta de su cumpleaños, en vez de estar
alegre, la pobre mordía los labios para no llorar. La burra de Zilda se lo iba
a pagar caro. Vadinho acercó su silla a la de ella y tomando la mano de doña
Flor con una ternura que ella sintió que era verdadera, le dijo:
- Mi bien, no estés así. Tú quisiste
venir, éste no es un lugar para ti, mi bichito loco... ¿Será
que ahora te
vas a poner
a enfrentarte con
estas atorrantas,
preocuparte por ellas? Tú viniste
para estar alegre conmigo, hazte cuenta que aquí
sólo estamos nosotros dos y nadie
más... Olvídate de esa zorra, que yo no tengo nada que ver con ella...
Doña Flor se dejó convencer
fácilmente, quería creerle, y mientras le saltaban las lágrimas dijo con voz
quejumbrosa:
- ¿No tienes nada que ver con ella,
de verdad?
- Es ella quien anda detrás de mí,
¿no ves? Olvídate de eso, querida, esta noche es nuestra, sólo de nosotros dos,
ya vas a ver cuando lleguemos a casa... Hoy ni siquiera voy a jugar, sólo para
estar junto a ti...
La mulatita pasaba cimbreándose,
ceñida al «Hermoso Mirabeau», él casi en trance, mordiéndose el labio, mirando
al techo. Doña Flor pidió:
- ¿Vamos a bailar también nosotros?
Bailaron la samba, y luego un
pasodoble. Después ella quiso conocer la sala de juego y Vadinho la llevó,
dispuesto a satisfacer sus caprichos. Doña Gisa fue con ellos, dando saltitos y
queriendo informarse de todo, ¡infernal! No conocía ni el valor de las cartas y
nunca había visto un dado en su vida.
Doña Flor iba silenciosa, con ese
recogimiento de quien penetra en un templo secreto, prohibido a los no
iniciados. Finalmente había conseguido llegar y entrar al
misterioso territorio en el que
Vadinho era millonario y mendigo, rey y esclavo.
Sabía bien que eso era sólo una
franja de la zona nocturna, una orilla de ese mar
plomizo: eso era el comienzo de las
etapas de sueño y de aflicción. Las salas del Pálace eran la rica y luminosa
capital de ese mundo, de esa secta, de esa casta. Más allá, en los senderos
nocturnos de la noche, ese territorio de juergas y an- gustias, de fichas y
mujeres, de alcohol y estupefacientes (cocaína, morfina, heroína, opio,
marihuana, doña Flor se estremecía sólo al recordar los nombres), se prolongaba
en los cabarets, en las casas de juego, en los prostíbulos, en las pensiones de
mujeres, en los antros ilegales, en la zona inmunda y pululante como un
mosquerío, en los sombríos escondrijos de los fumadores de marihuana. Por esos
vericuetos se movía a sus anchas Vadinho. Doña Flor, ante la mesa de la ruleta,
tocaba con humildad la orilla de ese mundo.
Más allá del Pálace, con su ambiente
«estrictamente familian», como decían los avisos, con sus luces y sus sombras -
un velador en cada mesa- , las arañas de
cristal, la orquesta de primera, las
señoras de la alta sociedad, las fulanas de lujo,
las mantenidas y las independientes,
los coroneles del cacao, los mozos bohemios y los estafadores: allá, mucho más
allá del Pálace, hasta las encrucijadas de la noche pobre y desnuda de
oropeles, llegaba el misterio de Vadinho, su última verdad. Doña Flor, en
rápida transición, auscultó esa loca geometría, mar de sus lágrimas, valles y
montañas de su tensa espera, de su sufrido amor. Doña Gisa, por el contrario,
se demoraba, fascinada por los semblantes de los jugadores, por sus gestos. Uno
de ellos hablaba solo, evidentemente furioso consigo mismo. Si fuera por su
gusto, la profesora no se iría más. Pero el mozo, por deferencia a Vadinho,
compinche suyo, vino a avisarles que la cena estaba servida y que iban a
comenzar las atracciones.
Volvieron al salón de baile y se
encontraron con Mirandáo, que acababa de llegar.
¿Qué milagro era ése, su comadre en
el Pálace? ¿Venía para hacer saltar la banca?
¿Que era su cumpleaños? ¡Dios mío!
¿Cómo había podido olvidarlo? Al día siguiente le pediría a la patrona que
fuese a verla con el ahijado y un regalo. «Basta con la comadre y el chico», le
dijo doña Flor, para librarlo del compromiso, y además porque en ese
aniversario ya había tenido su regalo y no quería ningún otro: allí estaba con
Vadinho, no quería nada más.
La comida no era gran cosa, arroz sin
sal, carne sin gusto, pero ¡con qué delicadeza la servía Vadinho, alcanzándole
a la boca los mejores trozos de su pollo! Doña Flor
ya no sentía miedo, ni estaba tiesa.
Las luces se apagaron totalmente para
de inmediato volverse a encender de nuevo, y Julio Moreno, el maestro de
ceremonias, anunció los números. Primero fueron las Hermanas Catunda - lástima
de voz- con sabia exhibición de senos y caderas:
Voy a bailar la noche entera,
Ranchera...
Ranchera...
La atrevida era la más bien
conformada y graciosa de las tres, doña Flor no podía dejar de reconocerlo, no
podía negar aquella verdad casi desnuda. Pero Vadinho ni siquiera miraba a las
mulatas, más interesado en saborear los postres. Ahora era doña Flor quien
miraba con desdén; tomó la mano del marido y los dos estuvieron conversando y
riéndose mientras las gentiles hermanas se desplegaban entre el juego de luces,
senos en azul, caderas en rojo.
Venían después las «The Honolulú
Sisters», con un canto poderoso y triste, un lamento de negros encadenados,
oración de esclavos, dolor y rebelión de hombres humillados. Hasta el sexo era
triste, hasta aquellos cuerpos tan bellos, pensó doña Flor. Las mulatitas
Catunda, desafinadas y modestas, parecían un repiquetear de castañuelas, un
trino de pájaro, un rayo de sol, unos cuerpos exuberantes de salud, en
comparación con Jó y Mó, con su lamento sin esperanza. Las Catundas bailaban en
ofrenda a los orixás, los alegres e íntimos dioses negros procedentes de África
y cada vez más vivos en Bahía. Las negras norteamericanas, en cambio, dirigían
su súplica a los austeros y distantes dioses blancos de los señores, impuestos
a los esclavos a latigazos. Unas eran la risa desatada, las otras el llanto
desolado.
- Fíjense en ellas..., son amantes -
informó Vadinho.
Doña Flor ya había oído hablar sobre
la existencia de mujeres así, pero nunca lo creyó; y aun entonces pensó que se
trataba de una broma de Vadinho, invenciones
absurdas, pavadas.
- ¿No hay hombres invertidos,
querida? Pues también hay mujeres a las que sólo les gustan las mujeres...
- Una pena - dijo Mirandáo- , dos
hembras como ésas y no querer trato con los hombres.
Doña Gisa lo confirmaba: Se trataba
de casos «bastante frecuentes en los países
más civilizados». «Vaya uno a saber,
quizá no sean más que muchachas serias...», intentaba defenderlas doña Flor.
Quería oír el canto puro y doloroso, sin mezclar su grandeza a la tara de las
mujeres, a su enfermiza condición, a su destino. Música de sangre derramada por
un látigo de fuego.
- Querida, voy hasta ahí, vuelvo ya,
sólo un minuto...
Vadinho cruzó rápidamente hacia la
sala de juego, dejando a doña Flor sólita con el desgarrado canto de los
esclavos.
Se encendieron las luces, se oyeron
los aplausos y doña Flor vio cómo Mó le daba la mano a Jó y juntas se retiraban
hacia su amor maldito. El paulista volvió a bailar y
Zéquito Mirabeau se unió a los
jugadores.
Ya le gustaría a Mirandáo ir con
Vadinho y Mirabeau, pero el compadre lo había dejado haciéndole compañía a las
señoras y no podía abandonarlas, y esa profesora
seguía con sus preguntas idiotas;
¿cómo diablos iba a saber él si el juego era o no
factor de impotencia sexual? Oiga,
querida señora... Mirandáo había nacido prácticamente en una mesa de juego y lo
único que podía decirle es que le aseguraba que él era hombre y muy hombre y
nunca había oído decir que el juego convirtiese en flojo a nadie. Doña Flor
observaba a Vadinho, en la otra sala, moviéndose ante la mesa de la ruleta,
apostando, rodeado de hombres y mujeres. La mulatita se le había puesto al
lado, y en cierto momento dejó una mano sobre el hombro de él, manteniéndola
allí mientras Vadinho, tenso, seguía el rodar de la bo- lilla en la hora
solemne y decisiva. Casi se levanta de la silla, indignada. Esa noche se sentía
capaz de todo, del escándalo y la violencia, de actuar, si fuese necesario,
como la más rea y perdida prostituta callejera. Pero de inmediato se sonrió,
porque Vadinho, después que el croupier cantó el número fatal, se dio cuenta
del gesto insolente de Zilda Catunda y retiró el hombro. Y algo desagradable
debió decirle a la descarada porque desapareció como si la hubieran llevado los
diablos. Vadinho, después de mirar a doña Flor, vino caminando en su dirección
con las manos llenas de fichas. En la mesa, Mirandáo, enredado en las preguntas
socio- económico- sexuales de doña Gisa, se consolaba de su ignorancia con los
restos de un vermut dulce..., ¡un asco! Vadinho se inclinó, hablándole al oído
a doña Flor:
- Escucha, querida, sólo dos o tres
puestas más y nos vamos. No tardo nada, ya le mandé decir a Cígano que espere
con el coche. Prepárate, que hoy te voy a dar una
paliza en la cama... Y, acercando
todavía más su boca, le dio un mordisco y un
lengüetazo en la oreja, brisa y
llamarada.
Doña Flor sintió que le corría el
cuerpo un húmedo escalofrío y exhaló un suspiro.
¡Aha! ¡Qué Vadinho éste, tan
irreflexivo, tan sin arreglo!
- No te demores...
El volvió a instalarse en su lugar,
en la mesa de ruleta, frente al croupier, las manos apretando las fichas. Algo
curvado, los cabellos rubios, el atrevido bigote, la
sonrisa insolente. Compadrito.
Doña Flor, ahora en el recuerdo, se
quedó mirando largo rato a su Vadinho. Después fue repasando cada detalle de
aquella noche y cada instante de su vida con él, sin que faltara ninguno, tanto
los dolorosos como los alegres.
Desde la ruleta, Vadinho le hizo una
señal: era la última puesta; el taxi, de Cígano estaba ya esperando..., sólo
unos minutos. «No, querido, ya no volveré más contigo a la fiesta de aquella
noche, cuando la gota de hiel se deshizo en miel, y todo fue un darse a mares
el uno al otro.» Doña Flor grabó para siempre la imagen de Vadinho ante la mesa
de juego, la ficha puesta al 17. Y entonces juntó toda su
pesadilla y la enterró en su corazón.
Se dio vuelta, y, de bruces en la cama de hierro, durmió al fin con sueño
sosegado.
23
Al cumplirse un mes de la muerte de
Vadinho, luego de asistir a la misa, doña Flor se encaminó al Mercadito de las
Flores, en Cabeca. Salía de su casa por segunda vez desde aquel singular
domingo de carnaval en que recibió el golpe de la muerte. La primera fue con
motivo de la misa del séptimo día.
Volvió caminando desde la iglesia,
entre la curiosidad de la gente. Al pasar frente al bar, Méndez la saludó desde
el mostrador, y don Moreira, el portugués del restaurante, llamó a gritos a su
mujer, que estaba ocupada en la cocina: «Rápido, María, ven a ver a la viuda.»
En la calle, tres o cuatro hombres, entre los cuales se encontraba el elegante
argentino Barnabó, la saludaron quitándose el sombrero.
En la carnicería de la esquina, la
negra Vitorina se puso de pie detrás de su puesto de abarás y acarajés..
«¡Salve, mi iaia, atótó, atótó.!. En la puerta de la Droguería Científica, el
doctor Teodoro Madureira, el farmacéutico, se inclinó en grave reve- rencia,
con el ademán exacto del pesar y la aflicción. El profesor Epaminondas Souza
Pinto, presuroso y aéreo como siempre, con los libros y cuadernos junto al
sudor del sobaco, le extendió la mano:
- Mi querida señora..., la vida...,
lo inevitable...
Los bebedores de la taberna, que
tomaban el aperitivo matinal, los clientes del almacén - el hacendado Moysés
Alves, que estaba eligiendo especias para sus insignes almuerzos- salían a verla y se inclinaban en silencio.
El santero Alfredo, un amigo del tío Thales, establecido cerca de allí con su
portal de imágenes, abandonó la madera que estaba tallando y se puso a su
disposición:
- Buenos días, Flor. ¿Puedo serle
útil?
Acudieron los vendedores con la
mercadería. Compró rosas y claveles, palmas y violetas, dalias y nomeolvides.
Un negro alto y flaco, de perfil
agudo y rostro enigmático, relativamente joven
todavía, a quien estaban escuchando
con atención y respeto los mecánicos y choferes de la parada de taxis, al
conocer la identidad de doña Flor y el destino de las flores que
adquirió, se aproximó a ella
y le pidió algunas, «sólo por un momento». Un poco sorprendida, doña Flor
se las dio, ofreciéndole el colorido ramillete en el que él mismo eligió, con
cuidadoso ritual, tres claveles amarillos y cuatro nomeolvides rojas. ¿Quién
sería este hombre y por qué le pedía esas flores? El negro sacó del bolsillo de
la chaqueta un cordón de paja de la costa, trenzada, un mokan, y ató con él los
claveles y nomeolvides en un pequeño ramito.
- Desátelo cuando baje a la tumba de
Vadinho. Es para que su egun se apacigüe. - Y agregó en nagó, bajando la voz- :
¡Aku abó!
Era el babalaó Didi, guardián de la
casa de Ossain, mago de Ifá; sólo mucho tiempo
después iba doña Flor a saber su
nombre y conocer sus poderes, su fama de adivino, su cargo de Koriacoé Ulukótum
en el altar de los eguns, en Amoreira.
Doña Flor estaba vestida de negro, de
la cabeza a los pies, de luto cerrado, pues
sólo había transcurrido un mes desde
la muerte del esposo. Pero ya no cubría su cara el pequeño velo que antes
llevaban sus retintos cabellos casi azules y ya no marcaba su rostro una
expresión de angustia suicida. Aún seguía triste, pero no desesperada y
ausente. Circundada por el aire leve de aquella mañana transparente, de luz tan
hermosa y tan a la medida humana que era un privilegio vivirla, doña Flor,
alzando la vista del suelo, volvió a mirar y a ver el espectáculo de la calle y
el color del día. A su paso los hombres se descubrían o se inclinaban, e iba
recogiendo gestos y palabras de consuelo y simpatía, en medio del bullicio de
la ciudad, de la gente que pasaba, conversando, riendo, mientras ella caminaba
con su ramo de flores destinadas al sepulcro de Vadinho. Caminaba en dirección
al cementerio, pero en realidad estaba entrando de nuevo en la vida. Estaba de
regreso, aunque todavía convaleciente.
No era la misma doña Flor de antes,
desde luego. Había enterrado algunas emociones y ciertos sentimientos, el
deseo, el amor, los asuntos de la cama y del corazón, pues era viuda y
respetable. Pero vivía, era capaz de sentir la luz del sol y la dulzura de la
brisa, reconciliada con la risa y la alegría, resignada.
III. Del
tiempo de medio luto,
de la intimidad de la vida en su
recato y en su vigilia de mujer joven
y necesitada; y de cómo llegó a su
segundo matrimonio honesta
y apaciguada, cuando la carga del
difunto ya se le hacía pesada sobre los hombros
ESCUELA DE COCINA
«SABOR Y ARTE»
GUISO DE TORTUGA
Y OTROS PLATOS DESUSADOS
Hace unos días alguien preguntó
(pienso que debe haber sido doña Nair Carvalho, pues a ella le gusta ofrecer lo
mejor de lo mejor), qué se podía servir a un huésped refinado, de paladar snob,
muy exigente, en fin, un artista que requiere delicadezas, manjares raros, algo
fuera de lo corriente. Pues bien, aconsejo que en ese caso se sirva una
delicia: guiso de tortuga; para lo cual daré una receta que me enseñó mi
maestra de salsas y condimentos, doña Carmen Dias, receta que hasta ahora fue
mantenida en secreto. Pueden copiarla del cuaderno. Debo agregar que, si
recuerdo bien, la tortuga es una comida de orixá en el candomblé, habiéndome
dicho mi comadre Dionisia, hija de Oxóssi, que la tortuga es el plato
predilecto de Xangó.
Además de la tortuga, recomienda la
caza en general, y, en particular, un guisado de carne de lagartija tierna,
perfumada con cilantro y romero. De ser posible, presentar, envuelto en hojas
aromáticas, un cerdo montes asado entero, ¡ah, el rey de los grandes platos!,
el chancho salvaje, carne con sabor a selva y libertad.
Pero si vuestro huésped quiere alguna
caza más despampanante y fina, si busca el non- plus- ultra, la cumbre de lo
superior, ¿por qué no le sirven entonces una viuda
joven y bonita, cocinada en sus
lágrimas de duelo y soledad, en la salsa de su
recato y de su luto, en los ayes de
su carencia, en el fuego de su deseo prohibido que le da gusto a culpa y a
pecado?
¡Ay! Yo conozco a una viuda así, de
miel y pimienta, cocinada a fuego lento cada noche y a punto para ser servida.
GUISO DE TORTUGA
(Receta de doña Carmen Dias, tal como
ella se la dio a doña Flor, habiendo ésta permitido a sus alumnos copiarla y
probarla.)
«Se toma una tortuga, después de
muerta por el procedimiento (bárbaro) de aserrarla por los lados, cuidando de
que no se dañe la caparazón. Colgar al bicho por las patas traseras, cortarle
la cabeza y dejarlo así durante una hora para que se desangre. Después, poner
el animal con el vientre para arriba y cercenarle los pies, cuidando de
conservar las piernas (o «botas») y separando de ellas la piel gruesa que las
recubre. Entonces se le extrae la carne, los menudos (hígado y corazón) y los
huevos (si los hubiera), tirando las tripas, operación que requiere especiales
cuidados, debiendo hacerse cada cosa por separado. Lavar todo, carne y
vísceras,
que, una vez maceradas con los
condimentos que se indicarán habrán de ponerse a fuego bajo hasta que tomen un
color de oro oscuro y exhalen un aroma particular. Los condimentos: sal, limón,
ajo, cebolla, tomate, pimienta y aceite, aceite suave a voluntad.
Este plato debe servirse con patatas
del reino cocidas en agua y sal, o con harina de mandioca blanca recubierta de
cilantro.»
1
Al cumplirse los seis meses de viuda,
doña Flor alivió el luto, hasta entonces cerrado, que la obligó a llevar, tanto
en la calle como en la casa, negros vestidos sin escote. Un único matiz en
tanta negritud: las medias color humo. Por eso aquella mañana las alumnas (una
nueva promoción, numerosa y simpática), al verla con una blusa clara con
guirnaldas oscuras, un collar de perlas falsas al cuello y un leve toque de
color en los labios, prorrumpieron en aplausos entusiastas a la
«traviesa profesora». Todavía tenía
que esperar seis meses más para poder usar el verde y el rosa, el amarillo y el
azul, el rojo y el habano, así como los nuevos y
sensacionales colores de moda: azul
rey, azul pervanche, hortensia, verde mar.
La «traviesa profesora», sí. Como en
el verso de doña Magá Paternostro, la ricacha. Porque, en verdad, doña Flor
había aligerado también el luto interior, se había desprendido de los velos de
la muerte, desde que, en la víspera de la misa del primer mes, enterró dentro
de sí toda la pesadumbre del difunto. Por respeto a las costumbres y a los
vecinos mantuvo el rigor del negro, pero volviendo a ostentar, sin embargo, su
risa serena, su atenta cordialidad, su interés por las circunstancias diarias,
su condición de esmerada dueña de casa. Todavía cierta sombra melancólica le
daba de vez en cuando un aire pensativo que agregaba una nueva calidad a su
doméstica hermosura, con un cierto encanto nostálgico; pero al mismo tiempo se
la veía llena de curiosidad por la vida que transcurría en torno suyo e
imprimiendo vigoroso aliento a la «Escuela de Cocina», cuyo prestigio había
descuidado durante el primer mes.
No volvió a aparecer en su boca el
nombre del finado; parecía haberlo olvidado por completo, como si después de la
crisis y la obsesión pensara, igual que doña Dinorá y sus comparsas, que la
muerte del granuja era para ella una carta de emancipa-
ción, habiendo llegado por fin a un
acuerdo la viuda y las beatas. Al menos eso
parecía.
En ocasión de la misa de aniversario,
al regreso de la visita a la tumba, en la que había depositado las flores y el
mandato del adivino, el mokan de Ossain, abrió las
ventanas de la sala de recibo,
permitiendo, finalmente, que la luz del sol iluminara
la casa y barriera las sombras y los
espectros. Tomó la escoba, el plumero, los trapos y los cepillos y se entregó
al trabajo. Doña Rozilda se disponía a ayudarla, pero la limpieza fue total:
también ella hubo de salir de la casa, de regreso a Nazareth das Farinhas,
cuando el hijo y la nuera ya comenzaban a alimentar las clásicas esperanzas de
mejores días. Pues se había ido a la casa de la hija viuda, ya que, en fin,
¿quién estaba más necesitada de su compañía permanente, del afecto y la ayuda
de la madre, sino la hija, viuda reciente e inconsolable? Doña Flor estaba
sólita, indefensa, expuesta a los múltiples peligros de su ingrata situación...
Era justo que doña Rozilda, madre experimentada e intrépida, fuese a vivir con
la hija desamparada, para ayudarla en las tareas de la casa y en la solución de
innu- merables problemas. A lo mejor, quién sabe, sucedía un maravilloso
milagro y la pareja y la ciudad de Nazareth se verían libres de la madre y de
la suegra, tanto más suegra que madre. Con tal fin, Celeste, nuera y esclava,
hizo una valiosa promesa a la Virgen de las Angustias. Pero sus ruegos no
tuvieron eco: el santo de doña Flor fue más fuerte, defendida como estaba, sin
siquiera saberlo, por los axé y pejis de los candomblés, por la fuerza del Rey
de Ketu, Oxóssi, orixá de su comadre Dionisia (¡Oké!). Así que fue la viuda
quien se vio libre de doña Rozilda, la cual, por
lo demás, no se marchó antes sólo por
mala educación, por cascarrabias, de pura tirria a
los vecinos, pues
a éstos les
había dado por
querer dominarla, por imponerle
condiciones de convivencia.
En la capital, por otra parte, vivía
sin comodidades, en una casa pequeña, sin cuarto para ella sola, durmiendo
sobre un catre en la sala en que doña Flor daba las
clases teóricas, sin armario propio
para sus pertenencias, mientras que la casa del
hijo era tan amplia y con tanta sobra
de comodidad. Además en Nazareth - y esto era lo más importante- , ella, doña
Rozilda, era alguien. Lo era no sólo por ser la madre de Héctor, funcionario de
categoría del ferrocarril (a quien obsesionaba el dibujo: era capaz de copiar
el rostro de cualquier ser viviente y reproducía a lápiz los cromos de las
publicaciones) y segundo secretario del Club Social Farinhense, que tenía una
de las mejores salas de la ciudad para jugar a las damas y al chaquete, en la
que había surgido la frustrada vocación del finado don Gil. Pues bien, allí, en
Nazareth, ella era importante por sí misma, siendo ornamento y ejemplo de la
mejor sociedad, en la que hacía ostentación de sus relaciones metropolitanas:
la familia Marinho Falcáo, el doctor Zitelmann Oliva y doña Ligia, el
periodista Nacife, doña Magá, el industrial Nilson Costa con sus posesiones en
el Matatu, y, antes que nadie, su compadre el doctor Luis Henrique, el
«cabecita de oro», orgullo de la tierra.
En cambio en la capital, ni siquiera
en el mundo de aquella pequeña burguesía de tan sólo un buen pasar,
circunscrito a unas pocas calles entre el Largo 2 de Julho y
Santa Teresa - ni siquiera allí- , le
prestaban atención y le daban importancia; por
el contrario, le habían tomado
aversión. Las amigas más íntimas de su hija, doña Norma, doña Gisa, doña Emina,
doña Amelia Ruas, doña Jacy, no tuvieron escrúpulos en responsabilizarla con el
desalentador estado de la viuda, echándole la culpa a su mal de hígado, a sus
recriminaciones e insultos, a su absurda querella con el muerto. O cambiaba de
actitud, dejándose de habladurías y maldiciones al muerto, o que se fuera de
una vez. Todo un ultimátum.
Y por eso mismo, como reacción a tan
indecible mala intención, doña Rozilda prolongó su visita, a pesar de las
incomodidades de la casa y la inquina de la
vecindad. (Doña Jacy incluso había
buscado una criada para doña Flor, Sofía, una
mugrienta ahijada suya.) Pero después
de la misa de aniversario se apresuró a hacer el viaje, al tener noticias, por
su compadre el doctor, de que había sido designada por el reverendo Walfrido
Moraes para el alto cargo de tesorera de la Campaña en Beneficio de las Nuevas
Obras de la Catedral de Nazareth, en cuyo Consejo Directivo brillaban la esposa
del juez (presidenta), del intendente (primera vicepresidenta), del delegado
(segunda vice) y otras eminencias sociales del lugar. Hacía mucho que doña Rozilda
deseaba pertenecer a la Comisión de Damas, aunque fuera como la última vocal de
la lista; y de pronto era designada nada menos que tesorera. Sin duda el Divino
Espíritu Santo iluminó al padre Walfrido, antes tan impermeable a sus
embestidas.
Muchas vacilaciones y dudas le había
costado al sacerdote semejante decisión, pero el influyente coterráneo al que
había recurrido para obtener el pago de importantes partidas estatales puso
como condición a su ayuda decisiva el nombramiento de
doña Rozilda para un cargo codiciable
en la piadosa congregación de las beatas.
Miserable chantaje, pensó el vicario,
inclinándose ante él, sin embargo, pues necesitaba con urgencia la cantidad y
sin la intervención del doctor Luis Henrique,
¿cómo apresurar el engranaje
burocrático?
En la antevíspera, doña Gisela, con
quien a veces el doctor discutía sobre los destinos del mundo y las
imperfecciones del ser humano, le comunicó:
- Si doña Rozilda no se marcha, la
pobre Flor no va a tener descanso ni para
olvidar..., y ella necesita olvidar,
está acomplejada; es un curioso caso de morbosidad, querido doctor, que sólo el
psicoanálisis puede explicar. Por lo demás, Freud da un ejemplo...
Doña Norma, que había ido con ella,
la interrumpió:
- Haría usted una obra de bien,
doctor.., eche lejos de aquí a esa peste, mándela a
Nazareth, que ya nadie aguanta
más...,
«Pobre Héctor, pobre Celeste, pobres
criaturas...», se condolió el doctor y padrino. Pero entre doña Flor, viuda y
freudiana, y la pareja, que ya había embarcado con doña Rozilda hacía años, no
tuvo ninguna vacilación: sacrificó al ahijado y a su gentil esposa, en cuya
casa almorzaba, y siempre bien, en sus frecuentes viajes al Recóncavo.
«Cada cual con su cruz», decidió;
doña Flor cargó con la suya siete años seguidos: aquel marido, aquel pesado
madero. No era justo que ahora, en la senda de la viudez, se le echase encima a
doña Rozilda, un calvario completo: cruz, corona de
espinas, vinagre y hiel.
Ausente doña Rozilda, las arpías de
la vecindad sólo muy de cuando en cuando mencionaban el nombre del maldito, de
acuerdo con las exigencias de doña Gisa, y además porque doña Flor retomó el
curso normal de la vida después de atravesar las infinitas arenas de la
ausencia. No era una vida como la anterior, sino un vivir sosegado, pues ahora
no estaba presente el esposo, con sus implicaciones: los sustos, los disgustos,
las peleas, la desesperación. Todo eso había acabado, y doña Flor se acostumbró
a dormir la noche entera de un tirón. Se acostaba relativamente temprano,
después de la charla habitual con doña Norma en la rueda de amigas, sentadas a
la puerta de calle, comentando sucesos, programas de radiotelefonía y
películas. A veces iba al cine con doña Norma y don Sampaio, con doña Amelia y
con Ruas, con doña Emina y el doctor Ives, aficionado entusiasta a las
películas del Far West. Los domingos iba a almorzar a Río Vermelho, con los
tíos; tío Porto con su eterna manía de los paisajes; tía Lita comenzando a
envejecer, pero manteniendo el jardín y los gatos en todo su esplendor. No
quiso doña Flor adherirse a la animadísima rueda de brisca y trés- setes en
casa de doña Amelia (hasta doña Enaide venía desde Xame- Xame a pasar la tarde
carteando); las fanáticas de la brisca, las devotas del trés- setes, hicieron
lo posible para con- quistarla, pero sin resultado, como si el finado hubiese
gastado toda la cuota de juego de la familia, no quedándole nada a ella. Sólo
se conocía un enemigo de la timba más grande que ella: el porteño de la
cerámica, don Bernabó. Su mujer, doña Nancy, se volvía loca por una manita de
brisca, pero el déspota era irre- ductible: a lo sumo, y como una gran
concesión, permitía los pacientes juegos solitarios y nada más. Así transcurría
la vida de doña Flor, tranquila, entre las cla- ses de cocina, con sus dos
turnos cada vez más concurridos, y las actividades sociales que la prudencia
permitía a su estado. No eran pocos compromisos, como puede parecer a primera
vista; le ocupaban todo el tiempo, no sobrándole ocio para pensamientos
tristes. Sin hablar de los encargos que le hacían - imposibles de rechazar- ,
preparación de almuerzos para fiestas, cenas elegantes, banquetes y recepciones
que la obligaban a estar en la cocina trabajando hasta la madrugada. Y, como
era muy exigente en cuanto a la calidad de sus platos, al cansancio se sumaba
la preocupación. La ayudaba una muchacha, una adolescente, ya moza de
diecisiete años, hija de otra viuda, doña María del Carmen, heredera de tierras
y plantaciones de cacao, que vivía en el Areal de Cima desde que finalizaron
los pasados carnavales y que se incorporó de inmediato a la tertulia de doña
Norma. La morenita Marilda - una esperanza en salsas y condimentos- le había
tomado afecto a doña Flor y no se separaba de ella, aprendiendo platos y
postres en las horas que le dejaban libres sus estudios. Doña Flor sonreía al
verla andar por la casa, cantarina, la cabellera alborotada, con su rostro de
adolescente tropical que se desmayaba en quiebros y mimos; de tan bonita, una
pintura. Si el bandido viviese, todos los cuidados serían pocos, pues él no
tenía prejuicios con respecto a la edad. Como queda visto y demostrado, no le
faltaban quehaceres en su vida de viuda, y era tan corto el tiempo de que disponía
que a veces no alcanzaba a cumplir con los compromisos. Tanto trabajo, un mundo
de cosas, todo el día atareada: a veces, por la noche, al vestirse y echarse en
la cama a dormir, estaba realmente cansada, sentía que necesitaba un sueño
reparador. Se dormía de inmediato, apenas ponía la cabeza sobre la almohada. Si
estaba tan llena su vida, ¿cómo explicar su constante sensación de vacío, como
si todo aquello, toda esa actividad que la tomaba, la dominaba y la ponía en
movimiento fuese inútil y vana? Si dentro de su modestia y
parquedad tenía lo suficiente para
vivir con decoro e incluso para esconder, siguiendo su hábito antiguo, algunos
ahorros, si su vida era tranquila e incluso alegre, ¿por qué, entonces, esa
sensación de vacío, de inanidad?
2
En las calles de los alrededores
sobraban las chismosas, viejas y jóvenes, pues para ejercer tal oficio no se
exige una edad determinada. Doña Dinorá era la primera de esas correveidiles;
obtuvo tales éxitos en su actividad que se le atribuyó fama de vidente. En esta
crónica ya hemos visto en acción a doña Dinorá, a través de quejas, denuncias y
enredos, pero, no obstante, no se habló de ella misma con la debida extensión,
permaneciendo hasta ahora casi en el anonimato, como si fuese tan sólo una
intrigante común en la especie de las beatas. Quizá porque la insólita
presencia de doña Rozilda - al fin, y felizmente, exiliada en el Recóncavo- ,
no le daba una oportunidad a las rivales. Pero siempre se está a tiempo para
corregir un error y reparar una injusticia. Para muchos, doña Dinorá pasaba por
ser la viuda del comendador Pedro Ortega, rico comerciante español,
desencarnado hacía unos diez años. En realidad, no se había casado nunca;
tampoco conservó la doncellez durante mucho tiempo; apenas llegada a la pubertad
se fue de su casa para dar comienzo a su movida y, en cierto modo, brillante
existencia..., toda una crónica picante. Sin embargo - ¡alabado sea Dios!- ,
nadie más moralista y celoso de las buenas costumbres que ella a partir de su
feliz encuentro con el gallego, cuando, habiendo pasado los cuarenta y cinco,
doña Dinorá miraba el futuro con aprensión: con un miedo pánico a la pobreza,
con una necesidad imprescindible de bienestar. Sin haber sido jamás realmente
bonita, poseía cierta gracia obscena, responsable de su éxito con los hombres,
que se fue apagando con los años y las arrugas. Tuvo entonces la increíble
suerte de dar con el comendador, «un billete premiado con el gordo», según
dijera en aquella oportunidad doña Dinorá, confidencialmente, a las amigas. El
español le brindó respetabilidad y seguridad, sin hablar de la casita en las
vecindades del Largo 2 de Julho en que la instaló.
Quizá a causa del miedo que había
sentido a verse vieja y pobre, con la amenaza de tener que dedicarse
abiertamente a la prostitución, doña Dinorá, al amparo del comerciante, se
convirtió rápidamente en todo lo opuesto a lo que fuera hasta en- tonces: en
una respetable matrona, guardiana de la moral. Tendencia que se acentuó cada
vez más después de la muerte de Pedro Ortega. Cuando él se fue, entre oraciones
y coronas fúnebres, la antigua aventurera pasaba de los cincuenta años -
cincuenta y tres para ser más exactos- , y, en los ocho de amancebamiento, se
aficionó a la virtud y a la vida hogareña.
El marido, probo baluarte de las
clases conservadoras, agradecido a la amante por la fidelidad y por la
revelación de un mundo de ignorados placeres (¡qué idiota
había sido al perder los mejores años
de su vida en el mostrador de la pastelería y
en el cuerpo insustancial de la santa
y acre esposa!), le dejó en testamento - además de la casa propia, nido de los
pecaminosos amores- algunas acciones y
obligaciones del Estado y una módica renta; lo bastante, sin embargo, para
asegurarle una vejez sin sobresaltos, dedicada por entero al servicio de la
difamación y la intriga. Y hete aquí a doña Dinorá, con más de sesenta años: de
voz estridente, enervante carcajada, constante agitación. En apariencia, la más
solidaria y comprensiva viejecita; en realidad, «un frasco de veneno, una
cascabel adornada con plumas de pájaros», según la casi poética frase de
Mirandáo, víctima eterna de esta clase de comadres. Esa fue la definición que
de ella le dio el periodista Giovanni Guimaráes cierta vez que vieron pasar a
la sesentona, muy viuda ella y columna de la moral, en ocasión de almorzar en
casa de doña Flor durante la visita de Silvio Caldas. Y la completó, con tono
de filósofo moralista:
- Cuanto más puta de joven, más seria
de vieja. Una mezcla de virgen y yiranta...
- ¿Ese desecho? ¿Quién es?
- No es de nuestro tiempo, pero fue
muy conocida. El que habla mucho de ella es Anacreon, que bebió en ese pellejo.
Tú ya oíste hablar de ella, seguro. Se la conocía por Dinorá Sublime Culo.
- ¿Eso? ¿Ése es el tan recordado
Sublime Culo? ¡Dios mío! Prueba de la vanidad de las cosas de este mundo,
reflexionaron ambos humildemente, ante tal exhibición de
virtudes y tan triste físico de
acarreo: retacona, de tronco fuerte, piernas cortas,
vientre bajo, cabezota desastrada.
Vestía de luto, como una viuda de verdad, al cuello el medallón con la
fotografía del comendador, como si hubiera sido realmente su esposa y él el
único hombre de su casta vida. Y ahora los tipos como Anacreon - vergüenza del
género humano- eran como si no
existieran para ella: simplemente los ignoraba.
Era ladina, nunca iba directamente al
grano, no acusaba de frente; por el contrario, ponía en la picota a los demás
con la máxima suavidad, fingiendo comprenderlo y disculparlo todo, elogiando a
unos, compadeciendo a otros. De ahí su fama de bondadosa y simpática y las
alabanzas cosechadas en su camino de maledicencias:
«¡Qué buena persona es ésa...!»
Cuando por azar era sorprendida en flagrante intriga, se hacía la víctima. Ella
quiso hacer un favor y en recompensa recibía la más negra ingratitud.
Zé Sampaio, un hombre timorato, que
se iba a la cama temprano, con sus achaques imaginarios y los diarios del día y
viejas revistas (adoraba leer revistas y almanaques antiguos), al oír el
vocerío de doña Dinorá se llevó con pánico las manos a los oídos, diciéndole a
doña Norma con la voz vencida, pero no resignada, de quien renuncia a discutir:
- Esa mujer es una hija de puta, la
mayor hija de puta que haya por aquí...
- Eso es tenerle demasiada
antipatía... Pero si es una buenaza...
Esto demuestra la habilidad de doña
Dinorá: había conseguido que se olvidara aquella intriga acerca del hijo de
Dionisia, cuando su prestigio bajó a cero, volviendo a obtener el favor de doña
Norma. Pero no el de don Sampaio.
- Una buena hija de puta... Por
favor, a ver si consigues que no meta la nariz aquí, en el dormitorio. Dile que
estoy durmiendo, que estoy descansando... Dile que me
he muerto...
'Mas ¿quién era doña Norma para
impedirle a doña Dinorá que metiese la nariz donde se le antojara? Entraba sin
más, como una íntima de la casa, de todas las casas de gente respetable y de
dinero... Con los pobres era bondadosa, con una bondad altiva y distante, muy
de protectora con los desamparados, pero manteniéndolos en el lugar (inferior)
que les correspondía, sin darles alas. Ya se metía por el pasillo, ya entraba
en el cuarto:
- ¿Me permite, don Sampaio? - Don
Sampaio odiaba aquella oxigenada cabezota,
«cabeza de elefante, la más grande de
Bahía», su dentadura de caballo, su voz, su modosidad- . ¿Siempre enfermito,
don Sampaio? Yo siempre digo: don Sampaio, con todo ese corpachón, es muy
delicado de salud. Por cualquier cosita ya está temblando en la cama, rodeado
de remedios. Y siempre pienso: «si don Sampaio no se cuidara tanto, un día de
éstos estiraba la pata...».
Impresionable como era, a don Sampaio
le entraban ganas de echarla a patadas:
- Tengo una salud de hierro, doña
Dinorá...
- ¿Y entonces por qué se queda en
cama, don Sampaio, por qué no viene a ilustrar a la gente con su conversación?
Un nombre de tantas letras..., todo el mundo dice que usted no se licenció
porque... Bueno, usted sabe..., la gente dice tantas tonte- rías... Si uno
fuera a hacerles caso... Yo no presto atención..., lo que andan diciendo por
ahí me entra por un oído y me sale por otro...
Don Sampaio sabía adonde quería
llegar ella: a su disoluta juventud de hijo de papá, disipador y malandra. El
padre, disgustado, le había cortado la mesada, retirándole de los estudios y
poniéndolo a trabajar en la tienda, de empleado.
- Déjelos hablar, doña Dinorá, no les
haga caso...
- ¿Usted cree que no nos debe
importar lo que dicen de nosotros los demás?
¿Realmente? - Y abría sus ojos
enormes de buey, muy atenta, como si don
Sampaio fuese el oráculo de los
nuevos tiempos.
- Yo, por lo menos... - y, harto ya,
de repente- : ¿Quiere saber una cosa, doña Dinorá? Lo que yo quiero es paz,
tranquilidad... Y para tener un poco de paz, vivo dándoles la razón a los que
no la tienen. Y ni así consigo... No venga a molestarme aquí... Con su
permiso...
Y tomando el diario o la revista le
dio la espalda a la visita.
«Sampaio es más bruto que un caballo
- reflexionaba, avergonzada, doña Norma- ;
¡y con doña Dinorá, tan
bonachona...!»
Por lo demás era inútil la acritud,
pues doña Dinorá no se consideraba expulsada, y persistió, socarrona:
- ¿No supo lo que le pasó a don
Vivaldo?
¡Ah, qué mujer más diabólica, la
desgraciada! ¿No estaba consiguiendo despertar su interés? Y don Sampaio dejaba
el diario, derrotado:
- ¿A Vivaldo? No sé nada. ¿Qué pasó?
- Ahora le digo... Don Vivaldo, un
hombre recto, buen mozote, ¡hum...!, parece un gringo, todo colorado...
Según ella, don Vivaldo, el de la
funeraria, sin el menor respeto por las lápidas y los ataúdes, los sábados por
la tarde reunía, tras las cortinas rojas con adornos color
plata, un grupo de herejes para jugar
al maldito póker, con elevadas apuestas y
gran dispendio de coñac y de ginebra.
- ¿No le parece que es una falta de
respeto? Podían encontrar otro lugar, los viciosos... - una ligera pausa- .
¿Usted no piensa, don Sampaio, que el juego es el
peor de los vicios?
Zé Sampaio no pensaba nada y nada
quería pensar... no quería más que algún sosiego. Pero doña Dinorá ya había
disparado el chorro: resulta que don Vivaldo, sin duda honesto contribuyente,
excelente esposo e inmejorable padre de familia, estaba poniendo todo eso en
peligro, pues el que es jugador, si no es un día es otro, pierde el control y
apuesta hasta la mujer y los hijos. Y cuando no los apuesta, los deja a la
buena de Dios, en el abandono, con cruel indiferencia. ¿Qué mejor ejemplo que
el de doña Flor? Mientras vivió el marido, un esclavo de la timba, pasó las de
Caín, maltratada, abandonada, sufriendo horrores... Hoy, en cambio, qué
diferencia: al fin liberada, puede gozar de la vida sin sobresaltos, sin
angustias,
Y hablando de doña Flor, don Sampaio,
y usted, Normita querida, ¿qué opinan? Tan joven y hermosa, ¿no es una
injusticia que continúe viuda, y de un difunto tan poco recomendable? ¿No les
parece? ¿Por qué doña Norma, su amiga del alma, no la
aconsejaba? Mientras
tanto, ella, doña
Diñará, iba a
estudiar el caso
en la
conjunción de los astros, a través de
la bola de cristal y también con los naipes de su baraja de echadora de cartas
aficionada.
Aficionada en el sentido de que no
cobraba dinero, leyendo el futuro gratis, por amistad, o por hacer un favor,
porque en lo demás muy pocas profesionales
poseían sus dotes de adivina. Por lo
menos para descubrir vilezas de cualquier especie tenía una intuición, un sexto
sentido, un olfato único. Un don adivinatorio
que alcanzaba el refinamiento de la
profecía.
¿No era ella quien pronosticara, con
más de un año de anticipación, el tremendo escándalo de la familia Leite, gente
de mucho dinero y de más orgullo, retirada tras los muros de una noble mansión
sobre el mar, en la Ladeira da Preguica? ¿Lo leyó en los grasientos naipes, lo
vio en la bola de falso cristal o simplemente lo había presentido su sádico
instinto?
En cuanto la angelical Astrud, con su
cándido aire de interna del Sacré- Coeur, llegó de Río para vivir con la
hermana, ella previo el drama, sin ninguna razón aparente:
- Eso va a acabar mal...
Lo profetizó nada más ver a la moza
pasar en automóvil con su cuñado, el doctor Francolino Leite - el «sátiro
Franco», para el restringido círculo de los íntimos- , abogado de las grandes
firmas nacionales y extranjeras, bebedor de whisky, hacendado del sertáo y
miembro del Consejo de Administración de prósperas empresas, señor muy hidalgo
y arrogante. Al volante de su gran coche sport norteamericano, con pipa y
bufanda, el causídico no notaba los movimientos de la
gente simple del Sodré, del Areal, de
la calle de la Forca, del Cabeca, del Largo Dois de Julho. Pero doña Dinorá sí
se fijaba en el abogado, no lo perdía de vista: estaba al tanto de los menores
detalles de la vida en la mansión señorial, era íntima de las cocineras, las
mucamas, las niñeras, el jardinero y el chófer, y así seguía los pasos del
cuñado y de la cuñada con mirada cargada de presentimientos:
- Eso va a acabar mal, vaya si va...
Pólvora junto al fuego... No la conmovía el aspecto inocente de la colegiala:
- Moza que mira bajito es una
descarada en espera de ocasión...
Parecía tan injusta y absurda que
hasta fue mal tratada, con ásperas palabras y gestos de repulsa, por un
muchacho vecino, Carlos Bastos, poco amigo de dimes y
diretes y acaso un tanto hechizado
por la dulce Astrud:
- No manche la pureza de la joven con
la baba de la calumnia...
Cuando estalló el escándalo, casi dos
años después (Astrud, con su aire ingenuo y la barriga preñada de cinco meses,
fue expulsada del techo familiar por la furiosa
hermana, después que el sátiro Franco
se había dado el gusto), fue un plato
suculento para toda la ciudad. Y doña
Dinorá se vengó del romántico Carlos Bastos
(quizá enamorado todavía):
- ¿Vio, bobalicón? A mí nadie me
engaña... La baba de la calumnia no le hace un hijo a un moza, lo que le hace
el hijo es la desvergüenza...
Tenía ojos para ver y para prever, y
un olfato de perdiguero; nadie escapaba de la
vigilancia de sus sentidos. Además,
los mismos vecinos se encargaban de contarle los detalles más íntimos de su
vida sin darse cuenta, cuando pedían a la adivina que les echase las cartas, o
consultase la cristalina bola de las evidencias. Para ella, pasado, presente y
futuro eran cartas a la vista, de fácil lectura.
Poseyese o no reales y profundos
conocimientos de magia, fuese o no una falsa diletante sin mayor intimidad con
los astros o verdadera maestra en las ciencias ocultas de Oriente, debe
reconocerse, en honor a la verdad, que fue la primera en anunciar el nuevo
casamiento de doña Flor, cuando la viuda apenas había aliviado el luto y
reiniciado su vida normal, sin sobresaltos ni problemas, una vida recatada,
lejos de cualquier idea o pensamiento relacionado con el matrimonio.
Anunció las bodas y dio señas del
novio mucho antes de que se hablara de noviazgo; antes, ciertamente, de que se
percibiera cualquier síntoma o interés. Y,
en caso de existir de parte del
individuo un remota inclinación por doña Flor, nunca
lo había sospechado nadie y quizá ni
él mismo se lo confesara. Pues bien, créase o no, doña Dinorá lo describió
meticulosamente: un señor moreno, de mediana edad, alto, robusto, distinguido,
un soberbio cuarentón de modales serios y afables, que llevaba en su mano
derecha, por el tallo, un capullo de rosa color vino. Así lo atisbo ella en la
bola de cristal. Las damas y los reyes, las sotas, los ases de espada, los
bastos y copas le habían confirmado los rasgos fisonómicos y la honesta
disposición al casamiento, agregando el as de oros la posesión de dinero, la
estabilidad económica y el título de doctor.
3
Bien que moreno, el «Príncipe» no era
de mediana edad y mucho menos un señor robusto y alto, un soberbio cuarentón. A
su modo, era un distinguido y guapo mozo, pero de un modo muy extravagante. En
consecuencia, es difícil enmarcarlo, aun con la mejor buena voluntad, como
coincidiendo con el retrato del futuro novio que doña Dinorá viera en la bola
de cristal y que ella revelara a las masas populares del Largo Dois de Julho,
provocando un clima de excitación, casi de subversión, en el combativo
sindicato de las correveidiles.
Delicado, pálido, con la palidez de
los poetas románticos y de los gigolós, de cabellos negros y lisos, con
brillantina y perfume a todo pasto, una sonrisa entre melancólica y persuasiva,
sugiriendo un mundo de sueños, elegante en el cuerpo y en el vestir, de grandes
ojos suplicantes, las palabras justas para describir al
«Príncipe» tendrían que ser
ampulosas: «marmóreo», «lívido», «meditabundo»,
«pulcro», «la frente de alabastro y
los ojos de ónix». Pasaba de los treinta años pero aparentaba poco más de
veinte, y la tristeza que ponía sombras en su rostro
formaba parte de sus instrumentos de
trabajo, así como la palabra fácil y la mirada
subrepticia, siendo un profesional
competente y de éxito en su curiosa y rara especialización. Apresurémonos a
informar que se especializaba en viudas, habiendo seguido todos los cursos y
poseyendo una larga práctica.
Generalmente conocido por el apodo de
«Príncipe» en el ambiente de los estafadores y en los medios policiales (¿y
dónde están los límites, si existen, que separan esos dos mundos, opuestos en
apariencia, idénticos en realidad?), se ganó el mote por sus buenos modales, su
llaneza de trato, su prosapia, su altivez. En la afectuosa intimidad de los
burdeles, en los círculos restringidos de las damas de la vida, lo denominaban,
sin embargo, con el místico apodo de «Señor del Calvario», alusión a su rostro
macerado y a su flacura. En realidad se llamaba Eduardo y era uno de
los más eficaces
y simpáticos malandrines
de la ciudad.
Un eximio realizador del cuento
del tío. No citaremos aquí su apellido por no ser necesario para la buena
marcha de la historia de doña Flor y de sus dos maridos, para su enredo y
desenredo.
El «Príncipe» ocultaba su apellido.
La policía tampoco lo divulgó cuando tuvo un trato más cercano con el extraño
mozo, y los diarios, al promoverlo en sus columnas dando noticias de su paso
(en general rápido) por la gayola, tampoco imprimían su patronímico,
sustituyéndolo por la vaga expresión «De Tal»:
«Fue detenido ayer, en la Praca da
Sé, el delincuente Eduardo De Tal, conocido en el bajo mundo del crimen por el
alias de «Príncipe», bajo la acusación de haber abusado de la buena fe de la
viuda Julieta Filliol, con residencia en el Barballo, engañándola mediante el
noviazgo y las promesas de casamiento para así frecuentar su casa y hacer
desaparecer de ella las joyas y dos contos de réis de la crédula enamorada.»
Todos eran discretos en homenaje a la
familia del gatuno, un hogar tradicional y renombrado de la Feira de Sant' Ana.
Si de tal modo obraban las autoridades, la
prensa oral y escrita y el mismo
papa- resto- de- defunto, ¿por qué han de ser
estas discretas letras excepción
sensacionalista? ¿Por qué atraer con la denuncia tanto el público desprecio
como la perrada del chismerío y del escándalo sobre la honra y el nombre del
egregio clan que merece de los demás tanto respeto? Imagínese lo horrible que
sería si doña Dinorá y su ejército de beatas se enterasen de quién formaba la
parentela del cuentero; ni los biznietos conseguirían en ese caso limpiar el
nombre de los abuelos, para siempre «envuelto en lodo, hundido en el pantano de
la infamia» (como diría enfáticamente el profesor Epaminondas Souza Pinto).
Pero
las beatas fueron
cautivadas por los
modales del «Príncipe»
y por su languidez. La misma doña Dinorá ¿no
intentó en cierto momento modificar los
rasgos dibujados en su profecía para
hacerlos coincidir con las características físicas
del embaucador? Las otras quedaron
sumidas en la tristeza cuando Miran- dáo, habiendo aparecido con la esposa y
dos o tres hijos para visitar a su comadre doña Flor, suministró la ficha
completa del individuo: «Ese de gente sólo tiene el aspecto...»
Toda la historia del «Príncipe» y su
patrullaje por el barrio, con su elegante truhanería, fue confusa y embrollada
desde el principio al fin. Por lo demás, ésa era
su atmósfera habitual, la atmósfera
que prefería para moverse y actuar.
Las amigas y las chismosas aún
comentaban con risas y excitación la descripción que del futuro novio había
hecho en trance doña Dinorá, siendo transmitida luego de boca en boca entre el
indócil comadraje, cuando el «Príncipe» apareció por la calle dando pasos y
suspiros de enamorado.
Se reían entre bromas doña Norma,
doña Gisa, doña Amelia Ruas y doña Emina; y las beatas murmuraban, buscando
infatigablemente al galán descrito por la adivina.
Debe hacerse constar que no fueron
sólo las comadres quienes se entregaron a la
infructuosa búsqueda. La misma doña
Gisa lanzó su mirada psicológica sobre la
humanidad masculina de los
alrededores para descubrir al «soberbio cuarentón»; en cuanto a doña Norma, no
será necesario decir que después de un velorio seguido de un entierro de
primera, nada apreciaba tanto como un folletín de noviazgo y casamiento. Era
incontable el número de muchachas y muchachos cuyo matrimonio había empollado
ella, llevándolos al juez y al cura, venciendo dificultades, superando
escollos, malos entendidos, recias oposiciones familiares. En realidad, sólo
fracasó con Valdeloir Rego, un indeciso sin igual, y con una gentil vecina,
María, apagada por demás. Pero ni así perdió la esperanza de colocar a María,
acaso, ¿quién sabe?, con el mismo Valdeloir.
Beatas y amigas buscaban con afán al
culto pretendiente que coincidiese con la amplia descripción de virtudes
físicas y morales dada por doña Dinorá, que no era una vidente avara, de ésas
que hacen profecías parciales. Cuando describía al futuro novio no escatimaba
pormenores, y con tanto placer como abundancia de detalles trazaba un vasto
panorama de cualidades y rasgos fisonómicos. Tal vez por eso mismo,
por ser tan
completo y fiel
el retrato del
caballero, era difícil descubrirlo. ¿A quién atribuir tan
numeroso conjunto de particularidades? Examinaban las beatas a cada ciudadano,
por la vecindad y más allá, sin encontrar quien coincidiera con todos los
términos de la incógnita. Unos eran universitarios y poseían algún dinero, pero
no tenían la edad exacta que se requería, y otros, en cambio, la tenían, pero
carecían del color moreno y el anillo de graduado, además de otros detalles
secundarios. Aun así, aparecieron numerosos candidatos, pues cada comadre
presentaba el suyo, cuando no más de uno para mayor seguridad. Doña Flor se
burlaba de tanta locura, sonriendo apaciblemente: sólo en la cabeza de doña
Dinorá, que no
tenía en qué
pasar el tiempo,
sólo en su
cabeza, verdaderamente, podían surgir esas ideas tontas del noviazgo y
del casamiento. No en la de doña Flor, aunque sólo fuese por no haber
transcurrido siquiera un año del fallecimiento del marido, plazo mínimo para
que una viuda lamente y honre la ausencia.
Por lo demás, si alguna decisión
firme resolvió tomar, al cumplirse los ocho meses de luto, era la de no casarse
de nuevo. ¿Para qué, si tenía lo necesario, si con las
clases de cocina ganaba para comer y
para vestirse; si las amigas, tantas y tan
buenas, le daban el consuelo de su
fino trato y de su grata compañía; si no sentía la necesidad del calor de un
hombre - esas eran cosas ya muertas para siempre- , por qué casarse?
Con la sonrisa un tanto melancólica y
con firmeza de tan irrevocable propósito, enfrentaba las cordiales
provocaciones, las embestidas de doña Norma y de doña Gisa, que le presentaban
- ellas también- , en la bandeja de la amistad, las cabezas de los posibles
candidatos.
El de doña Gisa era el culto profesor
Epaminondas Souza Pinto, solterón empedernido, maestro de chiquillos en
institutos particulares e historiador en las horas libres. Siempre apurado y
sudoroso, incómodo en su temo blanco, con chaleco y polainas, un tanto aéreo,
ido, debía andar por los sesenta años. Doña Flor lo conocía y lo estimaba, pero
si tuviese que romper su firme determinación de permanecer viuda no sería
ciertamente para dar su mano como esposa al profesor, demasiado castizo y
retórico para su gusto sencillo (sin hablar, por discreción y ele- gancia, de
lo destartalado que estaba el gramático). Doña Flor se reía y bromeaba: aunque
viuda y pobre, todavía no estaba tan deteriorada.
Se reían las amigas: doña Norma,
indecisa entre tantos como conocía; doña Amelia, alrededor de otros tantos;
doña Emina luchaba por Mamede, un compatriota sirio, anticuario y colega en
viudez, vecino de presencia poco continua, pues se demoraba en el interior del
Estado comprando santos carcomidos, sillas cojas, cristales rotos y hasta
orinales viejos. ¿Mamede? Era feo como una desgracia; todavía peor que el
profesor Epaminondas, según doña Flor.
Hasta doña Enaide vino desde Xame-
Xame con un pretendiente en el bolsillo, un cuñado suyo, notario en un lugar perdido del río Sao Francisco, moreno, de
cuarenta y cinco años, calvo y un
tanto narigudo, pero alegre y divertido, que había
juntado un dineral..., todo un
partidazo, llamado Aluisio. De todos ellos, era el más
parecido al descrito por doña Dinorá,
por lo menos si se creía en la palabra de doña Enaide. Incluso casi poseía el
título de doctor, ya que fue picapleitos con clientela antes de meterse en
política.
Un único defecto: sólo era soltero
por la Iglesia; por lo civil era casado. Se llevaba mal con la esposa y se
separó de ella hacía más de diez años. Cuando mozo era
masón y anticlerical, y desdeñó el
casamiento por la Iglesia, pero ahora estaba
dispuesto a aceptarlo si la novia no
se opusiera. ¿Por qué no se iba a dar por satisfecha doña Flor con que los
casara un cura, que por lo demás para mucha gente era el único casamiento
válido, pues contaba con la bendición de Dios, mientras que el acto civil no
pasaba de ser un simple contrato firmado ante el juez, casi un negocio? Doña
Enaide hasta llegó a escribir una carta al pariente, llena de loas a la belleza
y a la bondad de doña Flor. «¡Qué mujer loca!»; si no me quiero casar, menos
voy a querer arrimarme, con o sin la bendición de Dios.» Y todavía encima
teniendo que ir a vivir donde el diablo perdió el poncho, en las márgenes del
río Sao Francisco y de la selva. Doña Flor fingía indignación: en suma, doña
Enaide, que se decía su amiga, venía del Xame- Xame a proponerle algo
vergonzoso y degradante. Todo eso no era más que una broma, algo para reír y
nada más.
Cada candidato poseía algunas de las
características que lo asemejaban al modelo de doña Dinorá. El «Príncipe», sin
embargo, era el que menos parecido tenía: ni el dinero, ni el título de doctor,
ni la edad, ni la robustez y la altura. Cuando se hizo presente en la calle,
midiendo con inquietos pasos la acera de la casa del argentino, frente a las
ventanas de la Escuela de Cocina: Sabor y Arte, doña Flor pensó que la poética
aparición era un festejante de alguna de sus jóvenes alumnas o una aventura de alguna
casada sin vergüenza.
Era frecuente que alguna de las
muchachas llegara a la escuela en compañía del cortejante y el enamorado volvía
a aparecer en la esquina antes de que terminara la clase, esperando a la
pizpireta. Otras, casadas, utilizaban la escuela como una pantalla para su
descaro, y tras ella atornillaban un par de cuernos en la cabeza de los
maridos, utilizando el conveniente horario de la clase para divertirse con
menos riesgos. Asistían a una de las clases y saltaban la siguiente, o si no,
asistían apenas al comienzo de las lecciones, tomando notas del dictado de doña
Flor sobre los ingredientes de los manjares, para de ese modo probar en la casa
su asistencia y aplicación. En realidad, estaban media hora en la escuela y una
hora y media en el hotel.
Por lo tanto, cuando lo vio parado
junto al farol, melancólico, fumando sin cesar, en actitud de espera, doña Flor
imaginó que se trataba del pololo de cualquiera de las
muchachas, de una de las más jóvenes
probablemente, pues su propia cara era de
mozalbete.
Al ir pasando los días sin haberlo
sorprendido en compañía de ninguna alumna y verlo siempre allí, en las horas
más diversas e incluso por la noche, mirando hacia
sus ventanas, ante esos absurdos
horarios, sacó la conclusión de que no había nada
que relacionase la insistencia del
bobo con las estudiantes del horno y del fogón. Si sus pasos no estaban
dictados por alguna alumna de la escuela, entonces ¿cuál era el objetivo de sus
miradas y suspiros?
Marilda, con seguridad; no podía ser
otra la causa de su presencia.
Como la muchacha pasaba más tiempo en
casa de la profesora que en la suya propia, el fulano habría imaginado que era
una hermana o una sobrina de doña
Flor: las dos tenían el mismo pelo
suave, de un negro incomparable, y un color rosa
té, un tono de piel mate, delicado,
resultado de la mezcla de sangre indígena con negra y blanca, que había creado
ese primor de mestizaje.
¿Le
daba Marilda cuerda
al suspirante, o
lo despreciaba? Estaba
ya en la maravillosa edad del enamoramiento; dentro
de dos años terminaría sus estudios y
estaría apta para el noviazgo y el
casamiento. Por su parte, ya había advertido el
interés del individuo, pero lo
atribuía a otra cualquiera; a la desconfiada María, a las bonitas hijas del
doctor Ives, acaso a la maestrita Balbina, ¿quién sabe? Pero ninguna de ellas
vivía frente al farol, desde el cual no podían verse sus ventanas y
sí, en cambio, las de la sala de
recibo de doña Flor, en donde únicamente se que- daba Marilda, oyendo la radio
o leyendo novelitas de la colección «Para niñas y jóvenes». ¿Sería ella la
causa de la vigilia y de la melancólica pinta del lánguido empecinado?
Las dos espiaron los movimientos del
tipo por una rendija de la ventana: «Es buen mozo», suspiró Marilda, cuyo
inconstante corazón estaba ya dispuesto a sacrificar su enamoramiento con
Mecenas, un compañero de estudios, un gallito de su misma edad. Doña Flor
estaba de acuerdo: «Una preciosura de muchacho»; muy joven todavía, no tendría
más de veintitrés o veinticuatro años, lo adecuado para la futura maestra. Era
necesario informarse, saber si ejercía alguna profesión liberal y rendidora, o
si tenía un buen empleo en algún banco u oficina. Quizá fuese rico, como lo
hacía parecer el hecho de no tener horario para aparecer en la calle,
apoyándose contra el farol, frente a la casa de doña Flor.
Fue inútil que Marilda derrochara
sonrisas. No fue correspondida. Salía por la puerta en dirección al Largo o
bien iba a sentarse, pensativa, en la balaustrada del patio de la iglesia de
Santa Teresa; jamás hubo ni habrá un sitio tan ideal para las declaraciones y
juramentos de amor, un sitio tan idílico: arriba, el cielo, cercano y azul, y
abajo el mar verde oscuro y las paredes seculares del templo, y, además, con
toda seguridad, la comprensiva bendición de don Clemente a cualquier furtivo
beso herético.
Pero el «Príncipe» no fue tras ella,
ni al tumulto del Largo ni a la paz y el silencio del mirador sobre las aguas.
No abandonaba el farol, como si estuviera atado a él, fijos los ojos en las
persianas de la Escuela. Entonces, si tampoco era Marilda el ob- jeto de
sus suspiros, ¿a
quién atribuirlos sino
a la propia
doña Flor? Eso concluyeron las comadres y amigas, e
incluso Marilda, a pesar de su poca edad y experiencia:
- Creo que es a usted a quien le ha
echado el ojo, Flor.
- ¿A mí? ¿Estás loca?..
Días después, yendo de compras con
doña Norma a las tiendas de la calle Chile, él las siguió, tomando el mismo
tranvía, fumando un cigarrillo tras otro y siempre
sonriendo tiernamente, como pidiendo
cariño. Doña Norma casi se enfada al darse
cuenta, sospechando que doña Flor
tenía secretos para ella.
- Muy bonito..., tienes un
pretendiente y no me dices nada...
- Ni sé quién es..., vive plantado
enfrente de casa desde hace unos días, nunca vi antes a nadie más pesado. Pensé
que se trataba de alguna alumna, pero no. Me dije, y así lo parecía, que iba
con Marilda la cosa, pero tampoco. La pobre incluso se quedó triste. No sé qué
decir...
Sumamente excitada, doña Norma
examinó al petimetre con largas y ostensibles miradas que ella creía
discretísimas miradas casuales:
- Es guapo el tonto..., sólo que
parece un poco demasiado joven... - Y después de
observarlo nuevamente rectificó- : No
es tan joven como parece y a decir verdad es demasiado lindo para mi gusto...
- Lindo o feo, no me interesa...
Bajaron del tranvía y el tipo las
siguió. En un segundo, doña Norma improvisó un complicado itinerario para
comprobar si el relamido venía o no siguiéndoles el rastro. No tardó en ser
algo patente y claro. No intentó aproximarse ni dirigirles la palabra,
manteniéndose a prudente distancia con su sonrisa insinuante y sus ojos
suplicantes, no perdiéndolas de vista un solo momento. Si entraban en una
tienda, él las esperaba a la puerta; si doblaban una esquina, él las seguía; si
se detenían ante una vidriera, él las observaba situándose frente a la vidriera
más cercana.
¿Cómo seguir dudando?
Las comadres venían, sólitas o en
grupo, para verlo desde allí, instalado al pie del farol. Como era lindo y
parecía desdichado - parecía suplicar ternura, pedir la limosna de una mirada,
de una sonrisa, de una esperanza- , todas se ponían de su lado, a su favor,
intentando incluso adaptarlo a la visión que del novio había revelado la bola
de cristal. ¿Acaso no era él moreno y distinguido, tal vez doctor y adinerado?
En cuanto a la edad y otros atributos físicos, quizá la diferencia se
debiera a la miopía de doña Dinorá,
encontrando madurez en donde debiera ver juventud, un tronco fuerte en donde
había un talle delgado, una salud de hierro en lugar de la pálida languidez. Lo
mejor, en opinión de todas las comadres, era que la vidente consultase de nuevo
el cristal y los naipes, poniendo fin a todas aquellas oscuras contradicciones.
Así lo hizo doña Dinorá, ante la expectación del barrio en ascuas, mientras una
onda de creciente simpatía y solidaridad rodeaba a Eduardo, el «Príncipe de las
Viudas», anclado en la columna de la luz eléctrica, la mirada fija en la casa
de doña Flor, su próxima escala, puerto de aguada y abastecimiento. Sucedió,
sin embargo, que la bola de cristal y la lectura de los naipes volvió a repetir
el perfil enérgico del soberbio cuarentón, con su anillo de graduado y su rosa
color vino. Debido a que la visión se presentaba envuelta en niebla, como
sucede siempre en el misterio de las revelaciones, doña Dinorá no podía
precisar la calidad de la piedra del doctor, para aclarar así de una vez su
profesión. Pero podía, con absoluta seguridad y con cierta lástima por el
pálido y suspirante joven de la esquina, garantizar que el verdadero
pretendiente, el futuro novio que aún no había aparecido, no tenía nada en
común con él. Por más que se esforzó, inclinada sobre el límpido cristal o
sobre los vistosos naipes, concentrándose en los efluvios hindúes del Ganges,
en las secretas leyendas de los templos del Tíbet, nada obtuvo: las fuerzas
ocultas de la magia oriental persistían en la firme decisión de negarle paso al
Príncipe Eduardo
(De Tal). Lo mismo sucedía en los
ebós de los candomblés, con sacrificios de conquerís, palomos,
gallos, y un
chivo negro, despachos
encomendados por Dionisia de
Oxóssi para defender a su comadre doña Flor de los maleficios y de los
malvados; Exu cerraba los caminos, ponía obstáculos en sus encrucijadas al
galante seductor, especialista sin rival en dar consuelo a las viudas
robándoles sus solitarios corazones, y, de paso, sus pertenencias y ahorros,
cobres y platas, anillos y joyas.
4
Los ocho meses de viudez siguientes
al primero, tan lleno de aflicción, doña Flor los pasó en un remolino de
quehaceres y de inocentes pasatiempos. Hasta que no alivió el luto salió muy
poco - algunas visitas a los tíos en Río Vermelho, o a las amigas más íntimas-
, ocupando el tiempo con la escuela, los encargos, los vecinos. En junio hizo
sus frascos de canjica, sus bandejas de pamonha, sus manués, y filtró los
licores de frutas, su famoso licor de genipa. No pudo abrir sus salas en las
no- ches de San Antonio y San Juan, y ni siquiera en la de San Pedro, patrono
de las viudas, pues sólo había guardado luto tres meses. Los chicos del barrio
encendieron una fogata frente a su puerta y ella los invitó con maíz tostado;
la acompañaban doña Norma, doña Gisa y otras tres o cuatro amigas, en la
intimidad, sin ninguna fiesta. Todos esos platos de canjicas, las bandejas de
pamonha, las botellas de licor, los preparó para hacer regalos a los tíos, los
amigos y las alumnas en las celebraciones de junio, mes de la fiesta del maíz.
Desde el sexto mes hasta la aparición
del «Príncipe», en diciembre, sus actividades sociales aumentaron mucho. En
septiembre alivió el luto, en las vísperas del primer
domingo, fecha sagrada del carurú
anual de Cosme y Damián, los gemelos, de-
voción del finado; en
vida de él,
los festejos comenzaban de mañanita, con alborada de cohetería,
terminando, ya alta la noche, en una farra rumbosa, con la casa abierta tanto
para los amigos como para los extraños.
Manteniendo el precepto de los
Ibejes, doña Flor cocinó el carurú y lo repartió reservadamente entre algunos
vecinos y amigos, cumpliendo así la promesa del difunto. Mirandao fue con la
esposa y los hijos, Dionisia de Oxóssi sólo con el chico,
pues el tocayo andaba tragando polvo
por los caminos, llevando carga a Aracaju,
Penedo y Maceió. Las amigas la
arrastraban, la llevaban de compras o a pasear, al cine, a hacer visitas;
asistió a dos espectáculos de Procopio cuando el intérprete se presentó con su
compañía en el teatro Guaraní. Al primero fue con doña Norma y
don Sampaio, y al segundo con el
doctor Ives y doña Emina, riéndose sin parar, tanto en uno como en otro.
A veces se quedaba en casa,
rechazando insistentes invitaciones, pues tantas solicitudes la fatigaban; y
esta fatiga, pensaba, era la causa de cierta desagradable
sensación difícil de definir: como si
el movimiento, el trabajo y la risa no bastasen para llenar su vida, se sentía
súbitamente desanimada, como si todo eso fuese
extremadamente cansador. No se
trataba de un cansancio físico, que siempre sería útil y bienhechor, pues la
haría dormir la noche entera con un sueño profundo y
reparador, sin pesadillas. No. Se
trataba de cierto agotamiento interior, de cierta
insatisfacción.
No se debía a ninguna pena y tampoco
era una melancolía permanente; su vida era alegre y agradable como jamás lo
fuera. Salía, paseaba, estaba ocupada en mil
cosas, sin olvidar la escuela, que
era para ella una divertida responsabilidad. Era un
desánimo que la dominaba de cuando en
cuando, como una nube pasajera, en sus días claros y de jovial agitación. Tenía
las amigas, los tíos queridos, y la constante compañía de Marilda, una especie
de hermana menor, casi una hija, que le confiaba sus sueños y su ambición de
cantar en la radio; tenía los paseos y los programas radiales con música y
novelas y audiciones humorísticas; tenía las novelas para señoritas en cuya
lectura la había iniciado la normalista, los dimes y diretes de las comadres,
las adivinaciones de doña Dinorá, montones de candidatos a su mano en las
palabras y en el deseo de las vecinas. ¿Qué dirían los seudopretendientes si
llegaran a enterarse de la existencia de ese nuevo mercado de esclavos, de esa
farsa reidera en que se los ofrecía a la elección de doña Flor, con una
exhibición ruidosa y un análisis pertinaz de sus virtudes y defectos, entre
comentarios y bromas, en un fluir de carcajadas? Unos candidatos sin saberlo ni
desearlo, y que además eran sistemáticamente rechazados:
- Don Raimundo de Olivera... ¿Cuál?
¿Ese ayudante de santero que trabaja con don
Alfredo? Perdone, Jasy, es una buena
persona, pero con esa cara triste y esa manía de vivir en la iglesia... Busque
otro, por favor...
Tampoco le gustaban los otros; los
que reunían a la vez las dotes de belleza masculina y las cualidades del
ciudadano, ¡ah!, ésos eran todos casados, no había
uno solo libre ni para un remedio: el
profesor Henrique Oswald, de la Escuela de
Bellas Artes, pariente de una familia
del Areal; el arquitecto Chaves, un figurín que hacía una obra por allí cerca;
don Carlitos Maia, con una precaria agencia de turismo; el español Méndez; don
Vivaldo, el de la funeraria; y aquel por quien
suspiraban las mozas en secreto, pues
doña Nair no admitía coqueteos con su
marido ni en pensamiento, Genaro de
Carvalho, más buen mozo que cualquier artista de cine, si ha de creerse a la
opinión del mujerío.
Doña Flor tomaba esa historia de su
nuevo casamiento tan de broma, que al poco tiempo el juego fue declinando y se
abandonaron los proyectos y los candidatos.
Así iba transcurriendo su vida, con
serenidad y, al mismo tiempo, llena de interés, cuando al
llegar el verano,
en un cálido
día de diciembre, llegó también
el
«Príncipe», plantado al pie del farol
como si hubiese echado raíces.
A partir de la gira de compras con
doña Norma por la calle Chile, ninguna duda quedó con respecto a cuál era la
musa que le inspiraba al pálido mozo sus profundos suspiros y lánguidas
miradas. Doña Flor sintió que ardía, de tan ruborizada, como si el interés de
él significase una grave ofensa a su estado o como si ella no hubiera sabido
mantenerse en las fronteras de la modestia y de la prudencia exigidas a una
viuda. ¿Sería ella una viuda tan risueña y con tanta desenvoltura que cualquier
atrevido podía sentirse con derecho a rondar su puerta y pasarse horas con los
ojos clavados en sus ventanas? Era un insulto, una ver- güenza... Además, ¿con
qué intenciones?
Con las peores, seguramente, se
lamentaba doña Flor, trancando puertas y ventanas, mientras doña Norma le
aconsejaba que no obrase con precipitación. Ella, doña Norma, no simpatizaba
con el citado elemento, es cierto, pareciéndole sospechosa su lívida lindeza,
su cara de niño y cierto aire de ladino. Pero ¿quién garantizaba que no
estuviesen equivocadas las dos y los propósitos del tipo fuesen
los mejores y más puros, y que se
tratase de un hombre de bien, correcto, merecedor del aprecio y hasta de la
mano y del cariño de doña Flor?
Merecedor o no, la viuda estaba
contenta con su vida y no tenía intenciones de casarse de nuevo, y mucho menos estaba
dispuesta a mantener un aspirante frente
a sus ventanas, y a dejarse cortejar
como si fuese una de esas viudas livianas que cubrían de vergüenza la sepultura
del marido, desprendiéndose del luto en los
cuartos de los hoteles.
Doña Norma procuraba calmarla. ¿Por
qué esa reacción violenta, ese rencor contra un joven que por lo menos hasta
ahora era respetuoso, y no salía de los límites de las miradas y del
seguimiento a distancia? Al fin y al cabo doña Flor no era una niña ingenua, no
podía imaginarse que estaba al margen de los galanteos, de los deseos, de los
designios, decentes o deshonestos, de los hombres. Joven, bonita, sólita, ¿por
qué no habían de desearla e intentar obtener sus favores? En cierto modo era un
homenaje a su hermosura, una prueba de sus dotes y de sus encantos. Pero doña
Flor era irreductible en su decisión de mantenerse viuda. Muy bien; pero doña
Norma no estaba de acuerdo con semejante idiotez, aunque no iba a discutirla
ahora. Mas ¿qué motivo tenía para maltratar a quien se acercaba a ella con
respetables propósitos de matrimonio? ¿Por qué no rechazarlo gentilmente?:
«Me siento muy honrada, pero soy una
cretina, mi cuerpo ya no funciona, sólo sirve para hacer pipí, no quiero saber
nada de casamiento.»
Se reía doña Flor de la lengua
desatada de su amiga, pero al principio, llevada por su indignación, al
regresar de las compras, siempre con el suplicante detrás, le
cerró las ventanas violentamente en
la cara. Humillado y desconsolado, luego de unos momentos de indecisión mirando
para uno y otro lado, el muchacho emprendió la retirada.
Apostadas tras las rendijas de sus
ventanas, las comadres presenciaban la escena, todas en desacuerdo con el gesto
de doña Flor. Incluso doña Gisa, testigo de lo
acontecido; doña Gisa, tan sabida,
por la lectura de los libros y el estudio de los textos, y tan ingenua y hasta
tonta en cuanto se trataba de personas. «¡Oh!»,
murmuró retándola, al ver cómo las
manos de doña Flor realizaban un acto tan enérgico, y su exclamación era como
un bálsamo destinado al injuriado don Juan.
«Pobre mozo, víctima del hábito
feudal, del prejuicio y del atraso.»
El pobre mozo no deseaba otra cosa;
allí mismo, en la calle, en lacrimosa y vehemente confidencia, abrió su corazón
a la gringa y depositó en manos de ella sus honestas pretensiones, su
arrebatado amor y su terrible pena. Se presentó:
Otoniel López, su servidor, a sus
órdenes, comerciante en Itabuna, con negocio de
haciendas y crédito en los bancos,
teniendo en plantación, como complemento, unas tierras destinadas a cacao.
Soltero pero ansiando casarse, pues, en fin, ya había llegado a los treinta
años. En visita a la capital, más de paseo que de nego- cios, vio por
casualidad a doña Flor y desde entonces su espíritu ya no volvió a tener paz ni
descanso; andaba como loco, desvariaba, estaba tan apasionado que la vida le
parecía inútil si ella no escuchaba sus súplicas. Sabía que era viuda y seria,
con eso le bastaba: lo demás no tenía importancia. Si fuese pobre, mejor
todavía: los bienes de él, Otoniel, alcanzaban y sobraban para que los dos
pudieran vivir confortablemente.
Doña Gisa se embarcó encantada en el
cuento del tío. El «Príncipe» era mañoso, estaba lleno de tretas y fue
sonsacándola hasta que doña Gisa agotó sus informaciones. Doña Flor era pobre,
es un modo de decirlo; no era ninguna millonaria pero tampoco una miserable
mendiga. Con la escuela y sin el marido, que antes le sacaba las ganancias,
tenía su alcancía, algún dinero ahorrado que ella, como sucedía con tantas
hormiguitas, prefería guardar en casa en vez de invertirlo o de ponerlo a
interés en el banco. Gente de mentalidad atrasada, sentenció doña Gisa, incapaz
de esconder su pensamiento y contener su crítica ante los errores y los
disparates. «Un día algún ladrón se enterará de la existencia de ese dinero y
va a venir a robárselo, y hará muy bien.» Sólo un canalla repugnante pensaría
en robarle a doña Flor, respondió el «Príncipe», expresando que el modo de
obrar de la viuda era una prueba de su buen carácter, de su desinterés por los
bienes materiales, de su falta de
ambición. El buscaba para esposa y compañera exactamente una mujer así, recta y
sencilla. Poco a poco, en el regusto de la conversación, doña Gisa le fue dando
al cuentero la ficha completa de doña Flor, mencionando inclusive su pequeño
ajuar; el collar de turquesas europeas; los pendientes de oro con brillantes
verdaderos, una pieza antigua, el único bien que había poseído doña Lita,
además de los gatos, del jardín y de las acuarelas del marido. Como jamás se
los ponía y pensaba dejarlos de herencia a la sobrina, los puso en sus manos
pidiéndole que los guardase, así doña Flor los podía usar cuando quisiera. No
se los regalaba ya, por ser esos pendientes la única prenda de garantía que
tenían los dos viejos para un caso de necesidad, tal como una en- fermedad
prolongada, con hospital y cirugía, o el incendio de la casa, en fin, algún
desastre, pues ¿quién está libre en el mundo de una necesidad inesperada?
Doña Gisa terminó por ser procuradora
y abogada del farsante. Ella iba a poner todo su empeño en que doña Flor
recibiese y escuchase al seudoitabunense,
aunque sólo lo hiciera para dar una
rotunda negativa a sus proposiciones de
noviazgo y matrimonio. El «Príncipe»
sólo pedía ser recibido: en su soberbia se tenía una total confianza; estaba
seguro de su experiencia en lisonjas y del gran estilo de sus intrigas; jamás
le habían fallado. Si conseguía hacerse oír, podía considerar que era pájaro en
mano el noviazgo y suyo el dinero de la viuda, pues hasta ahora ninguna pudo
resistir su elocuencia.
Al llegar la noche, después de las
clases, Marilda encendió la luz de la sala de recibo en casa de doña Flor, puso
la radio y abrió la ventana, pero no vio junto a la columna del alumbrado al
infaltable galán. Entonces llamó a su amiga: el paisaje estaba libre de
pretendientes.
Doña Flor le contó los últimos
sucesos: el tipo se había ido expulsado, ella le cerró la ventana en las
narices. Mientras hablaba, doña Flor miraba subrepticiamente hacia la calle. Un
tanto desilusionada: bien frágil el interés del muchacho, viniéndose abajo al
primer obstáculo. Cosas mucho peores le hizo doña Flor a Pedro Borges, en sus
tiempos de soltera. El paraense había sufrido en sus manos: cartas devueltas,
obsequios rechazados, verdaderas insolencias, y él, firme con la alianza en el
bolsillo. Aquello sí que era una pasión verdadera. Este de ahora se iba con un
simple ventanazo... A medida que pasaba el tiempo y como quien no quiere la
cosa, doña Flor se acercó a la ventana unas tres o cuatro veces, constatando la
eficacia de su gesto: el individuo había desaparecido para siempre.
Al acostarse, doña Flor se encogió de
hombros, en señal de indiferencia: mejor así. Si realmente no deseaba casarse
de nuevo, ¿por qué, entonces, se preocupaba por la frágil condición del tipo,
por la debilidad de sus sentimientos? Era una vanidad impropia de su estado de
viudez. Por vez primera en todos esos meses no se durmió de inmediato, no cayó
en un sueño reparador. Se quedó pensando, con los ojos abiertos. ¿Sería en
verdad tan firme como se imaginó su decisión de no volver a casarse, de vivir
su vida en paz, sin emprender una nueva aventura matrimonial? Lo decidió y
basta: se acabó. Ni siquiera quiso prolongar aquella discusión consigo misma,
ya que por lo demás no tenía ninguna duda o divergencia que aclarar. Es- taba
tan dispuesta a cumplir su resolución que se reía libremente con las amigas y
bromeaba con las comadres cuando unas y otras le proponían candidatos, o cuando
doña Dinorá trazaba la silueta del «soberbio cuarentón». ¿Cómo, entonces,
perdía el sueño a causa de la simple presencia de un tonto de esquina?
Al día siguiente, siendo aún muy
temprano, entró doña Gisa en la casa, llena de novedades, relatando con
detalles y entusiasmo su conversación con el seudocomerciante grapiúna. No
había podido venir el día anterior, como era su deseo, ya que también por la
noche tenía alumnos de inglés, tres veces por semana, en un curso intensivo,
matador.
Doliéndole la cabeza, por haber
dormido mal, doña Flor escuchó el relato. ¿Recibirlo y oír sus proposiciones?
Pero eso no tenía sentido: si estaba resuelta a no casarse
¿para qué perder tiempo con
pretendientes? Doña Gisa se deshizo en argumentos y alegatos, obteniendo por
fin que aplazase la negativa. En atención a la amiga, doña
Flor prometió reflexionar sobre la
respuesta, y no despachar al individuo con un
mensaje brusco. Al final de la
conversación llegó doña Norma en busca de levadura para una torta y entró de
lleno en la conspiración. ¿Comerciante próspero en Itabuna? Miren cómo se engaña
una... Doña Norma no hubiera dado nada por ese amarillento tipo que ahora
resultaba ser serio y establecido, bien provisto, un partido de primera. ¡Quién
lo hubiera dicho! También, con aquella cara color de mierda...
- Disculpe, Flor, si la ofendí...
Pero ¿no le parece? Mierda de niño chiquito...
Por la tarde el «Príncipe» volvió a
ocupar, firme, su puesto de vigía, sonriente, mirando hacia las ventanas. Una,
dos o tres veces avistó a doña Flor, con un lazo coqueto en el pelo, una buena
señal. Ese día las alumnas encontraron extraña cierta nerviosidad de la
profesora, habitualmente risueña y serena. Había pasado una noche pésima, con
insomnio, dolor de cabeza, palpitaciones, una jaqueca de las peores. Doña
Dagmar, una alumna bonita y revoltosa, sin pelos en la lengua, deslenguada,
comentó con malicia:
- Querida la jaquecas de las viudas
se deben a que necesitan un hombre a la hora de dormir. Tiene fácil remedio, se
compra con el casamiento...
- ¿Casamiento? Dios me libre y
guarde...
- Tampoco es obligatorio..., puede
tomar el remedio sin casarse. Lo que menos falta por ahí son hombres, querida.
Y se reía, la tonta. Se reía también
toda la clase. Doña Flor sintió que se le subía a
la cara el mismo rubor de la víspera,
como si fuera una ladrona pescada en flagrante o una mentirosa a quien acaban
de desenmascarar. ¿Será que, mientras creía conducirse con la decencia y el
recato de una viuda, mostraba en realidad tener deseos de hombre, apuro por
conseguir un novio, como una mujer de la calle, una buscona de las que andan
ofreciéndose por ahí? ¿Acaso porque bromeaba, riéndose con las comadres,
burlándose de los candidatos, de las adivinaciones, de los chismes, imaginaban
que estaba loca por meterse en la cama con un marido o con un amante? ¡Qué
injusticia!... Ninguna viuda era más honesta, más totalmente exenta de culpa
que ella.
Pasó un día inquieto, evitando
aproximarse a las ventanas, a las que ya no se asomaba espontáneamente para dar
un grito, llamando a doña Norma o a Manida, pues ahora sabía que era ella misma
el motivo de la presencia del sujeto, y además porque nunca se había sentido
tan atraída por las ventanas, como si de repente la calle estuviese llena de
novedades excitantes. ¡Qué confusión!
De modo que cuando doña Amelia vino a
invitarla para que fuese con ella y con don Ruas a ver una película francesa
muy picante y realista, y por eso mismo de gran éxito polémico, aceptó
alborozada, temerosa de pasar otra larga noche de insomnio. Siempre que volvía
del cine se caía rendida de sueño, ya venía adormeciéndose en el tranvía. Los
buenos vecinos no podían haber elegido una ocasión mejor para la invitación,
sin hablar de la película, que era objeto de controversias y comentarios en los
diarios y en la vecindad. A doña Emina le parecía adorable, al doctor Ives
detestable..., ¡pura pornografía! Doña Norma daba chasquidos con la lengua al
recordar algunas partes:, «... hay unas escenas, nena, junto al lago, en que él
le arranca el vestido a ella y deja a la vista los senos de la bichita y los
dos se agarran y hacen de todo, por así decir, a la vista de la gente. Ahí
estaban ellos, enroscados, ella sin ropa, mostrando las tetitas duras y la
muchachada gritando cada cosa...». Marilda, rabiosa porque la censura no le
permitía (ni tampoco doña María del Carmen) ver la película, prohibida para
menores de dieciocho años. Era una medida fascista contra la juventud.
Como sucedía siempre que iban a
cualquier parte con don Ruas, llegaron muy retrasados. Ya se estaba dando el
noticiero y la sala estaba repleta. Consiguieron sitio con mucha dificultad,
sentándose los tres en filas diferentes y distantes. Doña Flor muy al fondo de
la sala en una butaca del extremo, al lado de una pareja, probablemente novios,
pues tenían las manos entrelazadas y las cabezas juntas. El griterío de los
estudiantes comenzó de inmediato, con las primeras escenas de la película
francesa, cuya acción transcurría en un cabaret de Pigalle, lleno de mujeres
semidesnudas. Doña Flor, intentando no hacer caso de los besos, los suspiros y
las
caricias de la pareja vecina, se
esforzaba por seguir la compleja trama de la película. De repente sintió en el
cuello el calor de un aliento de hombre, y una voz que era toda delicadeza, que
se imponía sobre los gritos como un dulce susurro junto a su oído, le decía
frases como versos, unas declaraciones de amor como nunca le habían hecho
cuando estuviera enamorada, con loas a sus ojos, a sus cabellos, a su
hermosura. No necesitó darse la vuelta para saber a quién pertenecía esa voz
acariciadora y esos lindos piropos. La respiración del hombre, su tibio
aliento, le hacían cosquillas en la nuca. Aquella voz con sus alabanzas y
súplicas era como un tierno arrullo junto a sus oídos.
Doña Flor se echó hacia adelante en
su butaca, para poner distancia entre ella y la fila en que el «Príncipe» había
conseguido asiento; sólo logró perturbar a los enamorados: el tipo avanzó
también su busto, insistiendo en su ardiente declaración. Doña Flor no lo
quería oír, ni tampoco quería ver el lascivo espectáculo de la pareja,
indiferente al público que la rodeaba; sólo ansiaba seguir el desarrollo de la
película y entender el argumento, una difícil trama de sexo y violencia.
El público gritaba cada vez más, pues
comenzaba la excitante escena del lago: la estrella, sensual y casi desnuda,
con los senos a la vista, y el actor, un gigante con cara de tarado, echado
sobre ella como un furioso macho cabrío; una desvergüenza casi tan grande como
la de la pareja vecina. Doña Flor nunca había visto otra con menos vergüenza y
decencia.
Y la voz del tipo atrás, hablándole
de amor, proponiéndole el noviazgo, suplicándole la limosna de una sola visita
para informarla sobre su posición, sus cualidades, sus propósitos, y poniendo a
sus pies, pequeños y adorados, la surtida tienda itabunense y un corazón fiel
que se consumía en el fuego de la pasión.
El suave aliento del hombre en su
nuca, el rumor de su voz, las frases que parecían estrofas de un poema, las
palabras que eran como caricias... ¡Ah!, ¡qué espectáculo imposible! El público
a los gritos, los artistas unos desvergonzados, esa descarada y gozosa pareja
que se estaba abrazando, y la invisible presencia perturbadora a sus espaldas:
doña Flor se sentía cercada, mareada, sin salida. ¡Ay!, ella era una viuda
honesta y recatada.
Apenas si lo entrevió a la salida, en
la puerta, acechándola, suplicante. Con la cabeza baja,
doña Flor salió
en compañía de los
Ruas. Doña Amelia
estaba
indignada con la película y el marido
apoyaba sus objeciones, pero sin convicción;
sólo lo habían indignado las
chiquilladas de los jóvenes estudiantes, unos me- quetrefes. ¿Qué opinaba doña
Flor? Ojalá no hubiese venido, todos esos gritos y risotadas la habían
atontado, dejándola casi enferma; apenas si pudo seguir el hilo de la película,
y, además, esos dos sinvergüenzas sentados a su lado - una mujer madura y un
muchachito, los vio al encenderse la luz comportándose como unos
desvergonzados...Llegó cansada del cine - y de la noche anterior sin dormir,
larga e insomne- y tomó un sedante para adormecerse. Pero ni en sueños logró
verse libre del galán, de su aliento, de su voz y sus insinuaciones, así como
de los problemas relacionados con los hombres y con el casamiento, soñando con
ese tema toda la noche. ¡Sueño más disparatado, sin pies ni cabeza!
5
Se veía doña Flor en una plaza, en el
centro de una ronda como la del juego infantil; pero la rueda estaba formada
por adultos, por los múltiples candidatos a su mano, sugeridos por las
amigas y las comadres. Estaban todos:
desde el sudoroso y castizo profesor Epaminondas Souza Pinto hasta Mamede, el
árabe de las antigüedades; desde el santero Raimundo Oliveira hasta el
picapleitos Aluisio, cuñado de doña Enaide -
éste, con dos caras: en un momento la
de un tipazo bien entrazado, y al siguiente
la de un torpe paleto. En primer
plano estaba el citado comerciante de Itabuna, el bien provisto Otoniel López,
o sea, nuestro querido «Príncipe de Tal», «Eduardo de las Viudas», que iba
abriéndose infatigablemente, como se ve, un camino hacia el
solitario corazón de doña Flor y
hacia el toco de dinero (él lo entreveía abultado y recubierto de joyas); un
dinero que ella, en buena hora, inspirada por loable prudencia, prefería
guardar en la seguridad de la casa en vez de tenerlo, peligrosamente, rindiendo
intereses en alguna empresa o banco.
Todo transcurría dentro de una
gigantesca bola de cristal; del lado de afuera estaba doña Dinorá, mostrando su
dentadura y sus anteojos, observando la escena y dirigiendo el espectáculo. La
ronda giraba lentamente y los propios pretendientes marcaban el ritmo, cantando
y danzando en torno a doña Flor:
Ay Florcita, ay, Florcita, entrarás
en la rueda
y quedarás sólita...
Desde el Centro de la ronda,
examinando a los pretendientes uno por uno, doña
Flor respondía:
Sola no me quedo
ni me he de quedar,
pues ya tengo el profesor que será mi
par...
Con un fuerte ombligazo eligió al
profesor Epaminondas Souza Pinto como un compañero y él, intempestivamente,
salió a danzar frente a ella, desarticulado, cantando torpemente:
Yo fui al Tororó
a beber agua y no la hallé, hallé una
bella morena
que en el Tororó dejé.
Le ofrecía en dote sus bienes: una
gramática expositiva, un ejemplar de Los Lusíadas con anotaciones hechas a
lápiz, el Dois de Julho y la Batalla del Riachuelo. A más de eso todavía poseía
de reserva algunos feriados nacionales, un general en buen uso y un barco
dentro de una botella («En él saldremos a navegar, señora doña Flor»). Pero se
enredó en sus propias polainas color hielo y allá se fueron su elegancia de
bailarín y su paraguas, mientras doña Flor se hacía pis de tanto reír al verlo
trastabillar. Y es que resultaba ridículo por demás: verdaderamente, sólo la
gringa, que no tenía el menor tacto, ni el respeto debido al grave y solemne
profesor, era capaz de proponerlo como candidato.
En cuanto a doña Flor, no parecía la
misma; se reía sin control ni piedad por el viejo farsante que andaba a
tropezones en la ronda, intentando robarle a la novia el
velo y las virginales flores de
naranjo. Como una hermosa morena en medio del
mayor libertinaje, le dio otro
barrigazo, terminando de una vez y para siempre con las pretensiones del
profesor a su virgo. Pues había recuperado su virginidad, al tiempo que perdía
el recato y el pudor. Toda de blanco, llena de encajes, tules y terciopelos,
con la pureza del velo y la guirnalda, ella, con la larga cola del flotante
vestido nupcial envolvía a toda la ronda, haciendo que los candidatos quedasen
prendidos en su rastro de mujer que se ofrece, en el olor de su doncellez.
Con ansiedad y premura les proponía
casamiento a todos y a cada uno de ellos, exhibiéndose como si fuera una
doncellona en las convulsiones de la ansiedad, sin
esperanza de casorio. Iba de un
talludo en otro, invitándoles a danzar con ella en la
rueda de la zaranda, zarandeándose a
su vez, en desafío y reto:
A ver, ¿cuál de ellos era capaz de
arrebatarle las flores de naranjo y la virginidad, deshojando a
la guirnalda y
a doña Flor?
Con certificado matrimonial, naturalmente: una joven doncella
no anda por ahí dando así como así su tesoro.
Los desafiaba a la vez con su canción
de oferta y con su danza de meretriz, meneando las caderas, las nalgas y el
busto con lascivos contoneos de ramera, y
los traía con sus ombligazos, uno por
uno, al centro de la rueda, como la más incitadora de las mujeres fáciles. Una
cínica, una libertina, ofreciéndose como una puta que de tanto insistir causa
enfado y pena.
Ella restregaba contra la panza de
Mamede ya su ombligo, ya su trasero y se lo llevaba como pareja y caballero, y
él bailaba, zarandeándose en pleno disloque,
algo inesperado en un señor tan
serio. Llevaba en una de las manos un viejo
candelabro y en la otra un orinal de
porcelana de Macao, con un paisaje inglés en azul y una casi invisible
rajadura, una pieza perfecta (y el candelabro era de plata verdadera). Ofrecía
las dos a cambio de la virginidad en venta, reclamando tan sólo un pequeño
vuelto, algunos mil- réis, unos cuatrocientos cincuenta. ¿Pero cómo podría
tomar las flores si tenía las manos ocupadas con sus anteriores posesiones?
Doña Flor danzaba a su alrededor, arrimándosele, rozando su barriga de
anticuario, sacudiéndole el polvo secular..., una doña Flor entregada a la risa
y a la burla.
Don Raimundo de Oliveira también
tenía habilidad y gracia para bailar. La dote que aportaba era: un cortejo de
profetas, la Biblia, santos viejos y modernos, además de los animales sagrados,
el jumento y los peces, y, a modo de bonificación las once mil vírgenes; pero
en eso había cierto desfalco: faltaban unas tres o cuatro que había regalado a
don Alfredo, santero en el Cabeca y patrón suyo. Don Raimundo no quiso vender
las otras, todas intactas y perfectas, a pesar de las altas ofertas en metal
contante y sonante, que le hicieran Mario Cravio, el arquitecto Lev y el
ingeniero Adauto Lima, todos ellos en busca de buenas secretarias. Si don
Raimundo poseía tantas vírgenes, ¿por qué diablos quería otra más? ¿Era un
apetito desmedido o lo movía un oculto interés? ¿Era tan grande su garfonniére
y con tanta clientela?
«Mi garfonniére es el cielo, ¡oh doña
Flor!, y yo sólo quiero depositar un ósculo en su boca de pitanga: soy un
pecador antiguo, vengo del Antiguo Testamento y voy derecho al Apocalipsis.»
Pues vaya corriendo, contestó ella.
Vino luego don Aluisio, un bien
trajeado rústico del interior, hombre honrado del sertón, muy correcto en su
modo de bailar y en su elocuencia; un cazurro que pedía su mano con buenos
modos, que casi se apodera de la guirnalda, y que casi toma la flor agreste de
doña Flor. Pero doña Flor, que no era tonta, que, muy al contrario, era una
expertísima malandra, no se dejaba atrapar y marear por la conversación del
notario picapleitos, una conversación graciosa y comedida.
- Señora mía, vamos a la iglesia, ya
he preparado todo: las amonestaciones y la bendición episcopal, y hasta me
confesé y fui absuelto de mis pecados.
- Señor mío, no me enrede, si quiere
gozar la peladita venga con el juez y el
sacerdote.
- ¿No bastará sólo con el sacerdote,
con la bendición de Dios y de la religión? ¿De qué sirve la ley de los hombres
cuando está Dios a nuestro alcance?
- Señor doctor, guárdese su
bendición, su sacerdote y su confesión. Sin la licencia
del juez, discúlpeme su señoría, no
gozará mi peladita, no deshojará la flor de la viudita.
«Viudita mía, viudita mía», susurraba
galantemente, pasando al centro de la ronda, el muchacho lindo, pálido y
delgado, lánguido y suplicante, envolviéndola en su
aliento suave, adormeciéndola con su
canción de amor:
Retira tu pie chiquito
y ponlo aquí, junto al mío, y no me
digas después
que te has arrepentido.
Y bailaba que ni un artista de
cabaret; era un baile conocido, ¿cuál sería? Girando en torno a doña Flor,
decía con su voz seductora:
Aprovecha bella viuda
que una noche no es nada que si no
duermes
ahora dormirás de madrugada.
De madrugada, virgen o viuda.
Súbitamente, he aquí que doña Flor está sin velo de novia, sin el blanco
vestido de doncella casta y casadera, sin las flores virginales de naranjo.
Ahora viste de viuda, de luto cerrado; sólo las medias son de color humo, el
resto todo negro, el velo cubriéndole el rostro, la mantilla en la cabeza:
tristeza y cenizas. Llevaba sólo una flor, una rosa tan roja que era casi
negra.
Tan encariñada como estaba con su
vestido blanco, su traje de novia; no lo pudo usar a su debido tiempo, pues
cuando firmó el acta matrimonial ya había perdido el virgo, flor deshojada en
la brisa de Itapoá. Con los candidatos de las amigas y las comadres, con las
adivinanzas de doña Dinorá, podía jugar, bromear, presentándose como virgen sin
mácula, sin deterioro, sin marca, sin señal de hombre, pues todo eso no pasaba
de ser chirigota para divertirse. Pero no sucedía lo mismo con el galante joven
de la esquina, un Príncipe, un hidalgo, que parecía tan mocito y era ya tan
rico, y que a pesar de que había tantas muchachas gimiendo y suspirando por él,
sin embargo gemía y suspiraba por doña Flor, viuda y pobre. Del próspero
comerciante de Itabuna, buen partido para cualquier doncella, cuanto más para
una viuda, no era posible mofarse, burlarse: su respiración ardiente le había
penetrado en la carne, y su calor había desterrado su indiferencia, disuelto su
hielo, resucitándola cuando ya se creía muerta para siempre con respecto a
tales cosas. Su aliento había reverdecido su deseo marchite y seco, perdiendo
doña Flor su paz. De él no se podía reír, ni podía ignorar su presencia: no era
un candidato en broma, como los demás, ficción de sus amigas, intriga de comadres,
sino una realidad clavada al pie del farol, entrando en su sala con los ojos:
bastaba un paso más para instalarse en la casa de la viuda y en sus brazos. La
seguía por la calle, la encendía con su aliento y sus palabras en el cine,
firme en su resolución de avivar en ella la brasa del deseo. Ahora sabe doña
Flor por qué a pesar de tanta agitación, tanto trabajo y pasatiempo, se siente
inútil y vacía, deprimida. El pretendiente danza a su alrededor..., «dormirás
de madrugada». Es una danza que ella conoce bien, una danza de bailongo y
cabaret, y no de ronda ingenua. Pero, Dios santo, ¿qué danza es ésa, de dónde
la conoce doña Flor? No importa cuál sea la música ni la danza, la hora ni el
lugar: doña Flor se arranca el velo de un tirón, extiende su mano al novio y se
rompe la bola de cristal: «Soy una morena hermosa, no seguiré sola, ven, joven
pálido, casémonos pronto, pronto, hidalgo mío, mi Príncipe encantado.»
Y de repente se acuerda, sí, ya sabe:
esa música es la del tango arrabalero que ella bailó de jovencita en casa del
mayor y siete años después en el Pálace Hotel, y el
que está delante de ella no es un
muchacho pálido, suplicante, un pretendiente. Ése
se desvaneció en el aire, desapareció
junto con la bola de cristal y con doña Dinorá. Quien está delante de ella es
el finado, cuya memoria no está siendo honrada por ella. Ante ella, de pie, su
marido: alza la mano, indignado, y la abofetea. Doña Flor cae sobre el lecho de
hierro y él le arranca sus ropas de viuda y le deshoja la guirnalda y el velo
de novia; él, el finado de su marido. Él la quiere desnuda, en pelo, la
peladita. «¿En dónde se vio yogar sin desvestirse?» ¡Ah! ¡Qué déspota!
¡Qué déspota sin remedio!
Desesperada, doña Flor hace un esfuerzo y logra despertar, rodeada por la
noche, llena de pánico. (Maullidos de gato en celo por los
techos y las quintas.) ¡Ay! ¡Sueño
sin pies ni cabeza! ¡Ay, su paz perdida!
6
Toda la noche pensando: pesas y
medidas, soledad y risas, la cumbre del deseo y una lágrima al nacer el día.
Muy temprano todavía, con la aurora rompiendo los contrafuertes de su duda,
doña Flor se sentó ante el espejo para vestirse y peinarse. Fue a buscar los
perfumes, trajo los pendientes de tía Lita y se los puso,
probándose adornos, blusas y faldas,
otra vez coqueta como en los tiempos de la Ladeira do Alvo, cuando salía con
pilchas de ricacha. De mañanita y ya acicalada, la coqueta: más de una vez
había sucedido que el pálido muchacho apareciese antes del almuerzo. Además era
domingo, día de misa con sermón de don Clemente. El que apareció antes del
almuerzo y se quedó a comer, visita poco frecuente, fue Mirandáo, con la esposa
y los hijos, uno de los cuales, el ahijado de doña Flor, le ofrecía zapotes y
cajas, además de una gargantilla de croché, fino trabajo de la comadre. ¿A qué
venía todo esto, por qué tantos regalos? Pero, comadre, piense,
¡no va a decirnos que no se acuerda!
¿No es acaso el diecinueve de diciembre, día de
su cumpleaños? Pero, compadres, ¡cuánta bondad y amabilidad! Se había
olvidado de la fecha, ya había dejado
de pensar en los aniversarios. La esposa de
Mirandáo no lo podía creer:
- ¿No se acordaba? Pero, entonces,
¿por qué está la comadre tan chic, vestida de fiesta desde la mañana...?
Mirandáo recordaba, con un toque de nostalgia:
- ¿Se acuerda, comadre? Hoy hace un
año de aquella noche en el Pálace, no me
voy a olvidar nunca de la fecha de su
cumpleaños...
Hacía un año, justo un año. Y allí
estaba doña Flor, muy elegante, peinada, un lazo en el pelo, pendientes de
diamantes en las orejas y un perfume de aroma intenso en el pecho, sin que al
menos pudiera atribuir tanto capricho al cumpleaños, pues lo había olvidado.
Pero no lo olvidaron los tíos, ni tampoco doña Norma, doña Gisa, doña Amelia,
doña Emina, doña Jacy, doña María del Carmen; fueron llegando todos con
presentes, cajas de jabón, frasquitos de agua de colonia, sandalias, un corte
de tela.
- Flor, estás hecha una hermosura...
¡Qué elegante! - comentó doña Amelia.
- El año pasado sí que estaba
linda... - dijo doña Norma, recordando ella también la ida al Pálace- . Incluso
se ganó un regalo...
- Este año también se está ganando un
buen regalo... - se oyó decir a la chismosa
de doña María del Carmen.
- ¿Qué regalo? - preguntó la esposa
de Mirandáo. Entre risas, doña Emina y doña
Amelia le bisbisearon el secreto.
- No me diga...
- Un hombre recto - sentenció doña
Gisa- , un hombre de bien.
Mirandáo había ido hasta el bar de
Cabeca, en donde se formaba una rueda dominical de ilhenses ricos, que bebían
whisky bajo el comando del hacendado Moysés Alves. En la sala, las amigas
hacían comentarios y se reían, mientras doña
Flor vigilaba el almuerzo en la
cocina, con un delantal que protegía su elegancia,
ayudada por Marilda. El «Príncipe» no
vino hasta el atardecer a recoger el fruto de la amplia siembra de la víspera:
la intervención de doña Gisa y la declaración en la oscuridad del cine. Era un
esplendor de vestimenta y de palidez, de pasión incontenible y de impaciente
esperanza. Nunca fuera tan semejante en el martirio al Señor del Calvario.
La noche pasada le decía a Lu, un
enamoramiento reciente en cuya compañía loca y divertida gastó los últimos
centavos de la viuda anterior, doña Ambrosina Aruda, un histérico mastodonte:
- Mimosa, hoy asalto la fortaleza,
entro en la sala y no paro hasta estar en la cama
con la viuda.
Lu acomodó su cabeza sobre el tísico
pecho del «Señor del «Calvario»:
- ¿Es tan fea como la otra?.. ¿O es
bonita?
Celosa, no comprendía el rígido
código, la ética del «Príncipe»; no estaba a la altura necesaria para convivir
con un profesional tan competente y
estricto en sus
principios.
- Fea o linda, ya te lo dije, tonta,
es lo mismo. ¿No ves que es un negocio, una operación financiera y nada más? Lo
que me interesa no es el rabo de la viuda, burrita mía, es que ella tiene algún
dinero y algunos abalorios...
Fue doña Emina quien lo vio primero,
al pie de la columna. Y corrió a avisar a los demás, ahogada por la risa:
- Ya llegó...
Tanto ruido, tanta excitación y
movimiento de las mujeres, perturbaron la feliz modorra de Mirandáo, después de
un almuerzo abundante, con fritangas y gallina de parturienta. Despertándose,
se dirigió también a las ventanas, en donde las vecinas se sucedían en un va y
viene. Y entonces vio en la acera de enfrente, en su puesto de guardia, al otro
lado de la calle, en la vereda de don Bernabó, con su lánguida apostura, al
bellaco Eduardo de Tal, el «Príncipe», que se limpiaba las uñas con un palito
de fósforo y sonreía muy galante.
- ¿Qué es lo que el «Señor del
Calvario» anda haciendo por aquí?
- ¿Quién es el «Señor del Calvario?»
- preguntó curiosa doña Norma.
- ^Quiero decir el «Príncipe»,
conocido estafador, un ladrón de siete suelas...
Iba a agregar: «El rey de las
viudas», pero observando el pesado silencio de las comadres, lo comprendió
todo. Sin embargo, como si no se hubiera dado cuenta de
nada, prosiguió risueñamente, con
aquella delicadeza suya de bahiano:
- Ese embaucador es un cuentista del
tío, vive de engañar a los bobos con el cuento del billete premiado, del dinero
para entregar a un hospital, en fin, todas esas estafas que se publican en los
diarios...
- Ese sujeto no me engañó nunca...,
me bastó verle la cara... - dijo doña Norma.
- Debe tener el propósito de robar a
alguien de por aquí, quizá al argentino u otro cualquiera - concluyó Mirandao.
- Seguramente al argentino, yo los vi
a los dos conversando... - mintió con fervor
doña Norma, tan bahiana ella también,
con la mayor finura para todo lo que requiere comprensión y sentimiento.
Dejándolas que siguieran mascullando
en torno a las desilusiones de la vida, doña Flor se sumió en el silencio,
escondiendo una lágrima, una sola, más no valía esa humillación, aquella
porquería. Mirandao, como quien no quiere la cosa, cruzó la calle en dirección
al cuentero. Desde las rendijas de las ventanas cerradas con
violencia, las comadres lo vieron
hablar con el embaucador. El «Príncipe» no dejó
de sonreír en ningún momento, ni
siquiera cuando se perdió en confusas explica- ciones.
Mirandao, con un gesto enérgico,
señaló la pendiente de la ladera, que descendía hacia la ciudad baja. Las
comadres vieron desde los resquicios de la ventana una
escena de cine mudo. El «Príncipe»
sabía aceptar una derrota, no era hombre de perder la cabeza y de insistir como
un cretino ante el riesgo de la cárcel o de una
paliza. ¡Qué mala suerte de todos los
diablos!: había ido a meterse con la comadre del maestro Mirandao, y se sintió
feliz de poder escabullirse con los huesos ínte-
gros, incólume. Era sincero cuando
afirmó su ignorancia: si él lo hubiera sabido,
incluso habría evitado pasar por la
calle, y mucho menos...
Y se encaminó hacia el mar, sin
siquiera alzar los ojos hacia la casa de doña Flor, descendiendo a prisa por la
Ladera de la Pereza. Aún no llegara a la Ciudad Baja
cuando divisó a lo lejos una viuda,
caminando devotamente hacia la iglesia de la
Conceicáo da Praia, toda de negro y
envuelta en velos. Aceleró en seguida el paso rumbo al cercano puerto nuevo,
lánguida la sonrisa, suplicante la mirada..., el
«Príncipe de Tal» se disponía a
seguir ejerciendo su laborioso oficio.
7
Junto con el «Príncipe», al que nunca
se volvió a ver por aquellos lados, se fueron también los comentarios, los
rumores, las risotadas, los candidatos de la videncia y del chismorreo, de la
broma y la burla en torno a las nuevas bodas de doña Flor. Si antes se había
reído de todo eso, que la divertía y alegraba, ahora rehusaba cualquier
conversación sobre el asunto, sin esconder su disgusto y desagrado cuando oía
la más ligera referencia a la viudez y a su casamiento, tomándolo como insulto
y grosería. Durante cierto tiempo no se volvió a tocar ese tema, como si las
amigas y las comadres hubiesen firmado un tácito protocolo, pareciendo estar
todos de acuerdo con la viuda en su terminante veto al novio y al matrimonio.
Cuando alguna de las viejas más
chismosas sentía que le cosquilleaba la lengua con las ganas de discutir el
gran tema, bastaba el recuerdo de la imagen del «Príncipe» al pie del poste
para que su boca se cerrase como con candado: como si el cuentero siguiese ahí,
riéndose de toda la calle. Sin hablar de la violenta prohibición impuesta por
doña Norma, presidente vitalicia del barrio, quien en general ejercía un
gobierno liberal y democrático, pero cuando era necesario imponía una dictadura
sin entrañas. Las semanas que siguieron a aquel confuso aniversario fueron
quizá las más agitadas de su existencia: doña Flor no tuvo en ellas ni un
segundo de descanso. Sucedíanse las invitaciones, y todos querían distraerla y
mostrarse amables con ella. Vio una serie de películas seguidas, una tras otra;
hizo visitas a medio mundo, y recorrió las tiendas de compras con las amigas.
Por la tarde, finalizado su horario de clases, ella misma se buscaba un
compromiso:
- Normita, mi negra, ¿por qué se
vistió así, tan paqueta? ¿Por qué se va así tan calladita, sin decir nada?
- Un entierrito inesperado, mi santa.
Acaba de llegar el aviso, con un atraso
tremendo. Estiró la pata don Lucas de
Almeida, un conocido que incluso es algo pariente de Sampaio, de un ataque al
corazón. Sampaio no va, tú sabes, es una vergüenza. No te llamé porque no
conocías al muerto. Pero si quieres, vale la pena ir, va a ser flor de
entierro, de los buenos...
Fue con doña Norma a velar muertos, y
la acompañó a cumpleaños y bautismos. Tanto en la tristeza como en la alegría,
la amiga tenía siempre la misma eficacia,
los
mismos ánimos, asegurando el
éxito de cualquier fiesta o
funeral a que
asistiera. Se apoderaba del timón,
trazaba la ruta, era comandante de las risas y de las lágrimas: consolando,
ayudando, conversando, comiendo con ganas, bebiendo con gusto (y con mesura),
riendo casi siempre, llorando si era necesario. Nadie era igual a doña Norma,
nadie tan ecléctica y tan dispuesta para reuniones de cualquier tipo, incluso
para los latazos de las conferencias. «Es un coloso», decía de ella doña
Enaide; «Un monumento», según Mirandao, admirador suyo; «Una santa», en opinión
de doña Amelia; «La mejor amiga», para doña Emina y para muchas otras.
- Un huracán... - gemía Zé Sampaio,
contrario a tanto movimiento.
- Usted se casó con la mejor mujer
del mundo, don Sampaio; Normita es la madre del barrio... - replicaba doña
Flor.
- Pero es que yo no aguanto a tanto
hijo, doña Flor, y tantas molestias... - decía
con pesimismo don Sampaio. Escoltando
a doña Gisa, fue con frecuencia al Templo Presbiteriano en Campo Grande - donde
la gringa cantaba himnos en inglés con la misma enfática convicción con que
leía a Freud y a Adler, discutía los problemas socioeconómicos o danzaba la
samba, lo cual le valió una reprimenda de don Clemente, una afectuosa
reconvención:
- Me dijeron que usted cambió de
creencia, Flor, ¿es verdad?
- ¿Cambiar? ¡Qué absurdo! No hice más
que acompañar a la amiga dos o tres veces, por simple curiosidad y para matar
el tiempo; es tan largo y vacío el tiempo
de las viudas, capellán.
Se fue de excursión con los Ruas en
un divertido viaje por tren, pasando un fin de semana en Alagoinhas, de donde
provenían los vecinos. Asistió con doña Dagmar a una clase de yoga dada por una
graciosa mujercita, un frágil bibelot que contorsionaba su cuerpo como si fuese
la mujer- rana del circo. Como el horario coincidía con el de la Escuela de
Cocina, doña Flor no pudo, a pesar de lo mucho que le hubiera gustado,
inscribirse en el curso y aprender los difíciles ejercicios que según la
seductora propaganda impresa mantenían el «cuerpo ágil y esbelto y la mente
limpia y sana», proporcionando un «exacto equilibrio físico y mental, un
perfecto acuerdo entre la materia y el espíritu». Equilibrio y acuerdo sin los
cuales la vida no pasaba de ser un «repugnante pozo de excrementos», según
decía la literatura del folleto y tal como últimamente venía constatando doña
Flor: cuando luchan el espíritu y la materia, la vida se convierte «en un
infierno dantesco».
Junto con doña María del Carmen
acompañó a Marilda cuando se inscribió en secreto como concursante en el
programa para aspirantes «Se Buscan Nuevos Talentos», en el que
los domingos, durante
tres meses, los
muchachos y
muchachas podían participar en el
concurso por el título: «Revelación de Radio Sociedad», con opción a un
contrato. La bella normalista cantó con mucho sentimiento y mala pronunciación
una guarania paraguaya, saliendo, por lo demás, bastante bien, con un segundo
puesto consolador y prometedor. Tenía la ambición de hacer un programa propio y
ver su retrato en las revistas. Lo malo era la oposición de doña María del
Carmen, que no veía con buena cara tales proyectos ni tampoco los estudios y
auditorios radiales. Sólo después de mucho insistir y mucho rogar consintió en
que participase aquella vez, y eso porque conocía al doctor Clau- dio Tuiuti,
jefe de la emisora. No había sido fácil convencerla, derrotar sus arraigados
prejuicios, contra los cuales de nada valían los argumentos lógicos de doña
Gisa ni las razones sentimentales de doña Flor. Sin embargo, al ver a su hija
ante el micrófono, tan graciosa, con su voz en el aire, sobre la ciudad, se le
cayeron las lágrimas de orgullo y emoción. Le indignó la decisión del jurado, y
casi llegó a agredir al animador del popular programa, el locutor Silvio
Lamenha - o simplemente Silvito- , pues a juicio suyo Marilda había merecido el
primer premio, que perdió sólo por la protección injusta de que disfrutaba un
tal Joáo Gilberto, un desafinado sin ninguna categoría.
Doña Flor se puso de acuerdo con su
comadre Dionisia para asistir a la fiesta de
Oxóssi, en el candomblé del Axé Opó
Afonjá, y llevar consigo a doña Norma y a la gringa (llena de curiosidad), pero
no pudo ir a causa de un fuerte resfriado y de cierto recelo; recelo que
transformó el resfriado en peligrosa gripe. En estos misterios de la macumba y
del candomblé lo mejor es no moverse, pues las calles están llenas de hechizos
y despachos, evós de mucha potencia, mandingas peligrosos, como es sabido; el
que quiera creer que crea, el que no quiera que no crea..., doña Flor prefería
no intervenir. Dionisia le dijo un día:
- Comadre, su ángel de la guarda es
Oxum.
- ¿Y cómo es Oxum, comadre Dionisia?
- Pues le diré que es el orixá de los
ríos; es una señora de semblante muy sereno y vive en una casa muy lejana; en
apariencia es la misma mansedumbre. Pero hay que tener cuidado, es una
casquivana llena de dengues y de melindres; por fuera es agua remansada, por
dentro un remolino. Bastará que le diga, comadre, que esa hipócrita estuvo ya
casada con Oxóssi y con Xangó, y que, aunque su ámbito es el agua, vive
consumida por el fuego.
Tanto corretear, tanto movimiento...
Todo se debía a que con el «Príncipe» se había ido también su paz, su
tranquilidad, aquella vida amena y sin problemas, aquel dormir sin pesadillas
todas las noches, de un tirón, con un sueño reparador. Desde el absurdo sueño
de la ronda, no volvió a tener sosiego. Poco a poco, día a día, la inquietud de
doña Flor fue en aumento, hasta convertirse en una ansiedad permanente que iba
creciendo a medida que transcurría su tiempo de viudez. Nunca más, a partir de
aquella noche en el cine y de ese sueño, volvió del todo a la tranquila
indiferencia de antes, a la plena sensación de vida. Tal vez vacía, pero
plácida. Nunca más a los días en que doña Flor se sentía llena de paz en un
rincón, en su trabajo. Aunque su vida era en apariencia reposada y agradable -
un agua quieta- , ya no volvió a tener un día entero de descanso: el fuego
consumía su pecho.
Era una viuda honesta, pero ahora
tenía que esforzarse para defender su recato. No contra la
insolencia de una
propuesta indecorosa; ¿quién,
conociéndola, se atrevería
siquiera a un piropo? En cuanto a los desconocidos, a los osados postulantes, a
los galanes de esquina, ésos, en general, enmudecían al verla tan discreta y
seria. Pero si aun así arriesgaban alguna frase al verla pasar, con elogios a
su modo de caminar («¡Qué contoneo de nalgas!»), y a detalles de su cuerpo
(«¡Ay, qué tetitas tan duras!»), o le hacían descaradas invitaciones («¿Vamos a
hacer un nene, preciosa?»), perdían su inspiración, su gracia o su indecencia,
así como su tiempo: doña Flor seguía adelante como si fuera ciega, sorda y
muda, con su modestia y su orgullo, obligada a defender su recato contra sí
misma, contra los errantes pensamientos, los viles sueños, contra el vivo y
ardiente deseo de su carne aguijoneada.
Había perdido el
«perfecto equilibrio entre
la mente y el cuerpo» necesario a toda vida sana, según
la erudita expresión del folleto de yoga,
«la justa armonía entre el espíritu y
la materia». Y en ella la materia y el espíritu estaban en guerra sin cuartel:
por fuera, viuda ejemplar y honrada; por dentro,
toda fuego, ardiendo y consumiéndose.
Al principio, sólo de cuando en
cuando, y nada más que de noche, soñaba con imágenes lascivas; eran sueños que
la conducían a un mundo prohibido a las vírgenes y las viudas, y que hacía
temblar sus cimientos de mujer, avivando sus instintos y su ansiedad. Se
esforzaba por despertarse hasta conseguirlo, la mano en el pecho, seca la boca.
Tenía miedo a dormir.
Durante el día se distraía con tantas
ocupaciones, con las tareas de la escuela, la lectura de novelas y la radio, y
era más o menos fácil apartar los malos pensamientos, ahogar los latidos de su
pecho. Pero ¿cómo contenerse y refrenarse en las noches, cuando quedaba
indefensa, sujeta a la voluntad de los sueños incontrolables?
Con el correr del tiempo comenzó doña
Flor, también durante el día, a entregarse a extrañas fantasías, viéndosela
pensativa y melancólica, suspirando desconsoladamente. Lo más peligroso era
cuando se quedaba sola: de inmediato la
invadía una cohorte de recuerdos, e
incluso los más líricos e inocentes parecían
empujarla hacia la cama de hierro y
fuego, ansiosa por ofrecerse. ¿Y su pudor de viuda?
Últimamente se había dado a imaginar
escenas enteras, mezclando fragmentos de novelas con sucesos leídos en los
periódicos o con las historias de las comadres y
los recuerdos de su vida de casada.
Desde que sintió el aliento del «Príncipe» en el cine, como un hálito abrasador
sobre su cuello, le entró en el cuerpo el soplo del deseo; se le había metido
en la sangre y la exponía a la tortura de ansiar lo imposible, mucho peor que
la del «infierno dantesco» de la literatura yoga.
A partir de cierta época tuvo que
abandonar, por excitante, la lectura de todas las
novelas para muchachas, alimento
espiritual de la joven Marilda, que suspiraba con las condesas y los duques en
la languidez tropical de la hamaca. Pues bien, doña Flor descubría malicias en
las páginas más ingenuas, y veía el impulso sexual en ese barato y bajo
sentimentalismo, dándole una nueva dimensión a tan sosas, a tan insípidas
naderías.
Pervertía el argumento, transformando
dramones y personajes, transformando a las vírgenes pastoras en lúbricas
cortesanas; a su vez, los afeminados mancebos, casi eunucos, se convertían en
brutales garañones. Y en vez de la «Colección para
Niñas
y Jóvenes», lectura
para adolescentes, surgían
novelas pornográficas,
literatura de alcoba.
Lo mismo ocurría con la excitante
crónica de la ciudad, ya fuese en el comentario de las comadres o en las
páginas de los diarios. Sentadas a la puerta de calle, en la
tertulia nocturna, las amigas
relataban y discutían el último crimen pasional, el de
la mucamita desflorada por el patrón;
ella de quince años y con once hermanos, él de cincuenta y tres y con cinco
hijos, dos doctores y tres jóvenes ya casadas, para no hablar de la esposa y de
varios nietos. El padre, carpintero, empuñando un arma para vengar su honra:
tres tiros en el corazón del baluarte de la sociedad, del puntal del civismo y
de la moral, del líder de los conservadores; una herida de muerte, el criminal
preso, metido en la gayola, después de una paliza para calmarle los nervios; la
honra quedó lavada con sangre, y el pueblo exigía justicia, la libertad del
vengador. Todas, amigas y comadres, daban razón al padre, que se encegueció al
ver a la hija embarazada y su honra perdida entre copas de champán. Todas menos
doña Dinorá, siempre a favor de los ricos: «esas negritas se meten en la cama
de los patrones para después chantajear». Pero doña Flor sólo conservaba en la
memoria los detalles escabrosos, sólo retenía en su pecho y en su degradado
pensamiento la visión de la muchachita en los brazos del infame, gimiendo de
gozo, satisfecha. El resto, el amplio panorama de los horrores, en el fondo le
era indiferente por más que se declarase solidaria con la cólera de las
comadres.
De este modo cada día eran menos las
horas en que su recato íntimo se mantenía incontaminado. Mientras tanto, quien
la viese moviéndose en las clases, en el fogón
o con las amigas, andando de un lado
para otro, de compras, de visitas (pero sin ir jamás a las fiestas, que le
estaban prohibidas por su condición de viuda), no podría imaginar la batalla
que tenía lugar en su intimidad, la loca bacanal en que se consumía por la
noche. Porque nadie parecía más respetable y honesta, y sus labios jamás
pronunciaban el nombre de un hombre con interés, ni siquiera al hacer
referencia casual a sus atributos y virtudes. Si antes se había burlado de los
supuestos candidatos, bromeando con las comadres, ahora no toleraba que se
pronunciaran sus nombres, como si de verdad hubiera muerto en ella la
posibilidad de realizar un nuevo matrimonio. Viuda como ella, discreta y
recatada, no la había ni en su barrio ni en toda la ciudad, y si en el mundo
hubiese alguna no sería más discreta y honesta que ella. Modelo de viudas, doña
Flor. Por fuera, era el recato en persona. Su rostro sereno y distante parecía
la misma mansedumbre; por dentro, ardía en deseos, «consumida por el fuego».
Como Oxum, su orixá. ¡Ah, Dionisia, si supieses cómo el fuego de Oxum abrasa
las noches de tu comadre, su cuerpo moreno, su vientre pelado, le harías darse
un baño de hierbas o le traerías un marido! Doña Flor estaba cada vez más
inquieta en sus noches de sueño y de soledad. Cuando conseguía dormir tranquila
una noche entera, ¡ah, eso era una bendición de Dios! Su reposo casi nunca iba
más allá de un principio de sueño apacible: pronto surgían las pesadillas, con
sus degradantes obscenidades, y doña Flor pasaba la noche dando vueltas en el
colchón, el pecho oprimido, dolorido el sexo. Cada vez era menos el tiempo en
que lograba dormir y descansar, aumentando cada noche el de los sueños y el
deseo, el tiempo de crujir de dientes.
«Es la materia, que está predominando
sobre el espíritu», según le informaba la culta propaganda yoga.
Impúdica, licenciosa, ¿dónde estaba
en los sueños su recato de viuda? Nunca le había sucedido eso: incluso de
casada y en la cama con el marido, jamás se
entregara fácilmente, viéndose él
obligado a vencer su pudor cada vez, a quebrar
cada vez el decoro de su casta
idiosincrasia. Pues bien, ahora, en los sueños, ella salía a la calle a
ofrecerse a unos y otros, y a veces ni siquiera era una viuda, sino una mujer
de la vida que se vendía por dinero. ¡Ay!, ¡qué vergüenza! Ya le había sucedido
despertarse en mitad de la noche y deshacerse en lágrimas sobre las ruinas de
su antiguo ser, de aquella doña Flor púdica, envuelta en su pudor, cubriéndose
con la sábana incluso en las noches de amor con el marido. Y ahora, llena de
lujuria, en la desfachatez de sus sueños, era una voraz y cínica ramera, una
loba ululante, gata en celo, puta. A veces, de tan cansada del trajín del día
se quedaba dormida en el cine o cabeceaba mientras hablaban las amigas, muerta
de sueño. Pero le bastaba ponerse el camisón para perder todas las ganas de
dormir: se le iba el sueño y su pensamiento errabundo ya no podía contenerse en
los límites de la decencia y de lo cotidiano, en, por ejemplo, los detalles de
las clases, una compra, un paseo, la enfermedad del vecino o el conocido, o el
asma de tía Lita, que le causaba tantas molestias. La pobre vieja pasaba, como
ella, las noches sin cerrar un ojo, amenazada de asfixia por la implacable
enfermedad. Doña Flor también se ahogaba, carcomida por el deseo. Su mente ya
no le obedecía: cuando quería pensar en los problemas de Marilda y en su
obstinación por cantar en la radio, con sus invencibles obstáculos..., de
pronto veía ante sí al lívido «Príncipe», repitiéndole aquellas frases sonoras
como versos, aquellas palabras de amor en la oscuridad del cine. ¿Dónde estaban
Marilda y su problema, su canto prohibido, su voz de pajarito?
La fama que tenía el galán entre las
prostitutas había llegado a doña Flor. Dionisia, que nada sabía de la ridícula
aventura, creyendo que su comadre conocía al
cuentero a través de las noticias de
los diarios, se divertía contándole anécdotas del
lánguido «Señor del Calvario». Cuando
Dionisia se inició como ramera, el estafador gozaba de un gran prestigio entre
las mujeres de la vida. Por su lindeza pálida, su voz romántica, su mirada
lánguida y su notable actuación en la cama. Un cachondo de verdad, un mico
rijoso, al decir de las expertas. Había despertado dramáticas pasiones y cierta
vez dos fulanas se trenzaron por su culpa a los golpes y a los mordiscos, yendo
una a parar al hospital, herida por un navajazo, y la otra a la
cárcel como autora de heridas leves.
En el sueño, doña Flor era la
segunda, borracha y agresiva, alzada la navaja contra
Dionisia, entre groseros insultos:
«Ven si eres mujer, inmunda, que te voy a rajar la cara y la concha.» Pero
Dionisia se dislocaba de risa y todas las rameras se reían de doña Flor, de la
viuda loca. ¿No le habían dicho ya que el hermoso mozo, el
«Príncipe de las Viudas», sólo quería
de ellas el dinero y las joyas? Ni casamiento, ni desvergüenzas en la cama.
Sabiéndolo, ¿por qué venía doña Flor hecha una furia desmandada, desenfrenada,
a ofrecerle desnuda
su cuerpo pelado?
Era una
vergüenza, ¿dónde había dejado su
pudor de viuda?
Recurrió a las píldoras soporíferas,
que prometían hacerla dormir toda la noche. En la Droguería Científica, en la
esquina de Cabeca, consultó al farmacéutico, el doctor Teodoro Madureira. El
doctor Teodoro, aunque era sólo farmacéutico, podía dar más de una lección -
según decía doña Amelia con la aprobación general- a muchos médicos; competente en su
profesión, nadie mejor que él para achaques corrientes: sus recetas daban
siempre en el blanco, eran garantía de curación.
¿Insomnio, nerviosidad, sueño
agitado? Seguro que se debía a un exceso de preocupaciones: nada grave;
diagnosticó el amable boticario, aconsejándole que tomase ciertas grageas,
inmejorables para combatir los efectos de la fatiga; hacían descansar el
cerebro, equilibraban los
nervios y proporcionaban un
dormir tranquilo. Doña Flor podía tomarlas sin temor; no le iban a hacer
mal, no contenían estupefacientes ni excitantes como algunas drogas caras y
modernas, muy de moda. «Peligrosísimas, señora mía, tanto como la morfina y la
cocaína, si no más.» Era una enciclopedia el farmacéutico, y atento, un tanto
ceremonioso, con muchas zalamerías al despedirse. Sobre todo, que no se
olvidase doña Flor de comunicarle el resultado.
Ningún resultado, doctor Teodoro.
Durmió de un tirón toda la noche, es cierto, despertándose sólo cuando la
criada, asustada, llamó a la puerta, casi a la hora de comenzar las clases del
turno matutino. Un largo sueño, sí, pero igual que los otros: la misma
obsesión, el delirio sensual, la fiebre nocturna, la orgía desenfrenada; era
peor que antes, pues no podía despertarse e interrumpir la pesadilla,
crucificándose en ella la noche entera, en un sueño sin fin con el sexo
atormentado por el hambre y la sed, como una herida dolorosa, una llaga
abierta. Por la mañana se caía a pedazos, de cansancio. Con píldoras o sin
píldoras el sueño encendía en ella la hoguera del deseo. Estaba obsesionada.
Alucinada. Alucinada, debatiéndose en la locura. Durante el día, con todo el
tiempo ocupado, era ciega y sorda al llamado del sexo que andaba suelto por la
ciudad: a las palabras, a las miradas cargadas de deseo, a las frases galantes
o indecentes, al libidinoso deseo del macho que la desnudaba, que se la comía
con los ojos en un suspiro al cruzar la calle. Viuda honesta, ejemplo de viudas
en el trabajo, en el paseo, en el teatro. Pero durante la noche se arrastraba
por el suelo y la basura buscando la voz de los hombres, la mirada posesiva, el
suspiro cínico, el indecoroso susurro, el silbido soez, la palabrota grosera,
la invitación a la cama. Cuando no era ella la que invitaba, la que se ofrecía
impúdicamente a los machos, vagando por la zona de las mujeres de la vida y
siendo ella la más puta, la más barata y fácil. Un sucio pozo de excrementos.
Sin embargo, ningún macho la alcanzó ni la poseyó. Cuando estaba a punto de
poseerla, ya en las orillas de su sexo abrasado, entonces doña Flor lo
rechazaba, despertando súbitamente, llena de ansiedad y desesperación.
Nadie se daba cuenta de la maldita
confusión en que vivía. Todos creían que su vida transcurría en calma, sin
problemas, llena de atractivos, incluso alegre. Antes había sufrido mucho con
el marido, un mal sujeto, un jugador. Ahora era una viuda conforme con su
estado, contenta con su vida, y que sentía la mayor indiferencia hacia todo
posible nuevo matrimonio, y el mayor desprecio por los hombres. Tan poco
inquieta que causaba admiración y provocaba comentarios. Cuando aparecía por la
calle Cabeca, altiva y seria, los parroquianos del bar discutían sobre ella:
- Ésa sí que es una viuda derecha. A
pesar de ser joven y bonita, nunca mira a un hombre...
- Honesta por demás. Tal vez no lo
sea por virtud...
- ¿Entonces por qué?
- Honesta por naturaleza, por ser de
naturaleza fría. Fría como el hielo, inmune al deseo. Hay mujeres así, que son
como bellas estatuas, para ellas no existe el
deseo. En su castidad, no hay virtud,
sino frialdad. Son icebergs. Ella es una de
ésas, seguramente.
- ¿Será o no, quién sabe? De
cualquier modo, por virtud o por lo que sea, es la viuda más recta de la
ciudad...
El otro insistía, escéptico y
declamatorio, un pseudoliterato atroz:
- Fría como un témpano, puede estar
seguro. Marmórea. Álgida. Glacial.
Y doña Flor seguía con paso prudente,
vestida con elegancia y discreción, con su sencilla y modesta hermosura, sin
desviar la mirada hacia los lados, respondiendo al alegre saludo del santero
Alfredo, a las sonoras buenas tardes de Méndez, el español; al respetuoso
saludo del farmacéutico, a la sonrisa acogedora de la negra Vitorina desde su
puesto de abarás y acarajés. Le costaba mucho esfuerzo esa decencia tranquila,
ese ambiente sereno, estando como estaba nerviosa, cansada de haber dormido mal
durante la noche y de la lucha sin gloria contra el deseo que la abrasaba Por
fuera agua remansada, por dentro una hoguera encendida.
8
- Fuiste demasiado ruda... Fue una
grosería... - le dijo doña Norma, con sinceridad-
. Enaide está enojada y con razón...
En la mañana soleada y perezosa del
domingo que siguió a aquella tumultuosa y festiva noche del sábado en que se
celebró el cumpleaños de Zé Sampaio, las amigas rodeaban a doña Flor, que
todavía mostraba restos de irritación.
- No tolero atrevimientos...
- Él bromeaba nada más..., tú lo
tomaste a mal...Doña Amelia no vio nada malo en el comportamiento del doctor
Aluisio.
- Una broma de mal gusto..
Con energía, doña Norma expresó el
pensamiento de las amigas:
- Disculpa, Flor, que te lo diga,
pero estás hecha una no- me- toques. Por cualquier cosa te enfadas, te sientes
herida..., tú nunca fuiste así, tan engreída... Yo no estaba presente, pero
incluso aunque él haya exagerado un poco, era jugando, no
tenías que exaltarte por eso...
Doña Gisa desarrolló toda una tesis
científica para explicar la personalidad y las actitudes del notario de Piláo
Arcado:
- Don Aluisio es un típico hombre del
sertón, patriarcal, acostumbrado a tratar a las mujeres como si fuesen
propiedad suya, como una cosa, un animal, una vaca...
- Eso es... - interrumpía doña Flor-
. Una vaca.. Para él todas las mujeres no son más que eso..., y él es un
caballo...
-
Usted, Flor, no
me entiende y
tampoco entiende a
don Aluisio. Hay
que comprenderlo en función del medio en que vive. Un medio
agropecuario... Es un
señor feudal...
- Es un descarado, eso es lo que
es..., un mal educado..., toma confianza con una y abusa de ella...
- Norma tiene razón, Flor, usted está
muy quisquillosa...
- El doctor Aluisio lo único que hizo
es tomarle la mano... - opinó doña Jacy.
- Para leer su destino... -
confirmaba doña María del Carmen- . ¿Por qué será que todos los tipos malandras
vienen con esa historia de leer la mano?
- ¿A usted también le parece que él
es un sinvergüenza?
- ¿Ese tal de..., de... doctor
Aluisio? Vaya si lo es... - Y planteando otro problema:
- En fin, ¿es o no doctor?
¿Don Aluisio o doctor Aluisio? Doña
María del Carmen planteaba sin querer un grave problema de tratamiento y
protocolo.
En la región del Sao Francisco, desde
Juazeiro a Junuaria, de Lapa hasta Remanso y
Sentó Sé - zona en donde había
ejercido la abogacía con retórica oratoria, en calidad de rábula autorizado-
era doctor a todos los efectos. Pero en la capital, por carecer de diploma
universitario, le sustraían el impropio título. En el deseo de que este relato
sea equidistante entre la ciudad y el sertón, usaremos indistintamente los dos
tratamientos, teniendo así en cuenta a los rígidos formalistas y a los
indiferentes liberales. En cuanto a las amigas reunidas en la sala de doña
Flor, a ninguna le interesaba el problema:
- Doctor o no doctor, es un pico de
oro, sabe hablar, tiene miel en la lengua..., es astuto... - resumía doña
Emina, que había permanecido callada.
Estaban comentando los
acontecimientos - casi un pequeño escándalo-
ocurridos en la noche del cumpleaños de don Sampaio. Como el dueño de la
zapatería era
opuesto a toda fiesta y
conmemoración, doña Norma se limitó, contra su voluntad, a preparar una comida
abundante e invitar a los amigos y vecinos. Don Sampaio,
que aunque parsimonioso era glotón,
discutió la idea (como lo hacía todos los años)
proponiendo a la esposa que no
hiciera nada en casa, y que en cambio salieran a comer, los dos y el hijo, a un
restaurante. Comerían bien, sin mucho gasto y sin barullo ni confusión. Y, como
sucedía también todos los años, desde el casamiento,
doña Norma reaccionó frente a tan
prudente y parca sugestión: lo menos que
podían hacer sin desdoro era ofrecer
una comida americana «al vasto círculo de sus amistades». Desde la cama, con el
dedo gordo metido en la boca, don Zé Sampaio agotó los últimos argumentos,
haciendo un alegato que a su juicio era indiscutible:
- Estoy en contra por varias razones,
todas ellas válidas.
- Vengan esas razones, pero no me
salgas con la vieja historia de que están bajando las ventas de zapatos, porque
yo vi las estadísticas...
- No se trata de eso..., escucha sin
interrumpir. Primero que no me gusta ese asunto de la comida americana, con
todo el mundo de pie. Me gusta comer sentado
a la mesa. Con ese intríngulis
americano que ustedes inventaron ahora, todo el
mundo se queda alrededor de la mesa,
y yo, como soy tímido, acabo comiendo las sobras; cuando me voy a servir ya
acabaron con todos los fritos, ya no hay más pechuga de pavo, sólo quedan las
alas. Tercero: esto peor por ser mi casa; como dueño de casa tengo que servirme
el último, y cuando lo hago no encuentro nada, me quedo con las manos vacías,
como poco y mal... Cuarto: en el restaurante no sucede eso; uno se sienta,
elige los platos... Y como se celebra el cumpleaños, cada uno puede elegir
dos...
Esos dos platos eran su conmovedora
concesión a la familia y a la gula. A doña
Norma le costaba aguantar hasta que
terminara su razonamiento:
- Sampaio, hazme el favor, no seas
ridículo. Primero: todos nos invitan a las fiestas de sus cumpleaños...
- Pero yo nunca voy...
- Algunas veces vas... y cuando vas
comes por cinco... Segundo: no me vengas con eso de que en la comida americana
te sirves poco y de que eres tímido. En el
cumpleaños de don Bernabó», al que
fuiste sólo porque el hombre es extranjero, te
serviste en el plato casi la mitad
del soufflé de langostinos, sin hablar de las empanadas..., un atracón...
- ¡Ah! - suspiró don Sampaio- , la
comida de doña Nancy es una maravilla...
- La mía también..., no tiene nada
que envidiarle. Tercero: aquí en casa nunca te sirves el último, eres el
primero en servirte, un mal educado, nunca vi otro igual. Una grosería..., el
dueño de casa... Cuarto: en una cena mía nunca falta comida, alabado sea Dios.
Quinto: la comida de restaurante...
- Basta... - suplicó el comerciante
cubriéndose totalmente con las sábanas- . No puedo discutir, tengo la presión
alta...
Una comida de doña Norma era un
banquete; si tenía veinte invitados, hacía comida para cincuenta; con razón,
pues todos los pobres de los alrededores venían
a limpiar los sobrantes de las
bandejas y a beber lo que quedaba en las botellas. En
esa ocasión, para el cumpleaños de
don Sampaio, trajo toda la vecindad a su casa, incluso a los Bernabós (doña
Nancy procurando engranar en la rueda de las amigas y don Héctor hablando de
negocios y haciendo alardes sobre el progreso de la
Argentina). Era un terrible patriota
porteño este señor Bernabó, que estaba permanentemente haciendo comparaciones
entre la Argentina y el Brasil, y siempre, claro, con ventaja para su patria,
destacando en las conversaciones y las discusiones el desarrollo argentino, las
riquezas, el clima - con las cuatro estaciones bien definidas, y no este
calorazo que hay aquí todo el año- , con ferrocarriles ejemplares, y no este
embrollo de aquí con trenes sin horario; con frutas finas, europeas, vinos, pan
de trigo puro y carne abundante y jugosa, de ganado de raza. Doña Nancy, que se
alarmaba cuando el marido se desbocaba en argumentos cívicos, rompió su
silencio para contenerlo:
- Pero, Bobó, acá también hay cosas
buenas..., mirá los ananases, por ejemplo..., buenísimos 2 -le volvía loca el
ananá y además temía ver al marido en un conflicto, andando a los sopapos con
algún patriota brasileño de los bravos, algún militante del «orgullosismo»
nacional, cosa que por otra parte ocurrió más de una vez. En cierta ocasión,
en uno de
esos debates geo-económicos, don Chalub,
el del mercado (hijo de sirios,
brasileño de primera generación y por eso mismo un chauvinista exaltado), perdió
los estribos:
- Si la industria de ustedes es mucho
mejor, si allí la vida es tan formidable, ¿por qué entonces vino usted a montar
aquí su horno de ladrillos? - De esta manera, el brasileño rebajaba de
categoría la fábrica de cerámica del argentino.
También el pintor Carybé (el que hizo
el retrato de Dionisia de Oxóssi vestida de reina, empuñando el ofá y el
erukeré), una vez que fue a consultar con el argentino
la posibilidad de cocer en su horno
unas piezas folklóricas, se vio envuelto con él en
una polémica en torno al tango y la
samba, y acabó por explotar:
- Nada..., una tierra en donde no hay
mulatas, en donde no hay más que puras blancuchas, es un lugar en donde no se
puede vivir... ¡Hágame el favor!
En el cumpleaños de don Sampaio, el
temerario defensor de la grandeza argentina estuvo cordialísimo. Si bien
es cierto que
exaltó a su
tierra, no lo
hizo en
detrimento de las cosas brasileñas.
Por el contrario, tejió un verdadero himno al pueblo de Bahía, a su modo de
ser, su amabilidad, su bondad. Así que la fiesta del
tendero fue un éxito social, sólo
empañado por el incidente entre doña Flor y don
Aluisio (cuya repercusión, por otra
parte, quedó limitada al círculo de las amigas y las comadres).
Doña Flor tuvo sus dudas acerca de si
podía o no asistir a la celebración de su
cumpleaños. Tratándose de una comida
con tantos invitados, ¿no adquiría carácter de fiesta, algo incompatible con su
luto? Todavía no había pasado un año de la muerte del marido. En realidad
faltaban sólo unos días, pero una viuda debe ser rígida en sus principios, ya
que la ideología de la viudez es sectaria y dogmática, y al menor desvarío, la
jauría de las comadres se abalanza sobre la transgresora, condenándola y
vituperándola.
Doña Norma se rió de sus escrúpulos:
¿desde cuando una cena, una simple cena de cumpleaños, era algo prohibido a las
viudas? No se trataba de un baile, ni siquiera
de
«un asalto»; y
aunque Artur y
sus amigos, muchachos
y muchachas
estudiantes, pusieran algún disco y
bailasen una samba, eso no pasaría de ser diversión de jóvenes, un inocente
pasatiempo que no estaba en contra del rigor de los plazos en la etiqueta del
luto, en el ceremonial de la viudez, y que no iba a escandalizar al difunto en
su fosa. Por lo demás, doña Flor pasó el día prácticamen- te dedicada al
aniversario de don Sampaio. En su cocina, y con la ayuda de Marilda, hizo el
vatapá - una caldera- y la mokeka de
pescado, una delicia, mientras doña Norma preparaba los otros manjares.
Convencida, doña Flor asistió a la reunión. Ojalá no hubiera ido, se habría
evitado el disgusto. Cuando estaba ya la casa llena de gente y se estaba
sirviendo la mesa, llegó doña Enaide desde el Xame- Xame, trayendo en una
bandeja de quindins, una
corbata para don
Sampaio y las disculpas del
marido, que los sábados por la noche era un infalible asistente a una rueda de
póker, y siempre rechazaba ese día cualquier otro compromiso. En compensación
trajo con ella a don Aluisio, para muchos el doctor Aluisio, el ya
citado rábula y notario de las
márgenes del río Sao Francisco, aquel que era soltero a medias y al que su
parienta proponía como candidato a la mano de doña Flor. Llegó enfundado en un
traje flamante, de tono oscuro y cálido, pimpante, con su nariz ganchuda y
fuerte, la calva reluciente, los ojos vivaces y escrutadores, y saturado de
agua de colonia y talco. Un maniquí. Doña Enaide puso énfasis en las
presentaciones, orgullosa del cuñado influyente en el sertón:
- Aluisio, quiero presentarte a doña
Flor Guimaráes, la viuda más bonita de Bahía...
- Enaide, no haga bromas...
El doctor Aluisio se inclinó para
besarle la mano y una ola de perfume quedó en el aire cubriendo a doña Flor:
- Señora mía, éste es un momento
emocionante de mi vida. Mi cuñada me escribió
sobre usted, contando maravillas...,
pero veo que se quedó corta; sólo un poeta podría describirla, señora...
Al mismo tiempo desnudaba a Flor con
una mirada lenta y ávida, arrancándole el vestido y la combinación, el corpiño
y la bombacha. Doña Flor nunca se sintió tan
desnuda; aquella mirada le medía las
curvas de las nalgas, la dureza de los senos, la rosa
del vientre. Su mirada
fue transformándose y pasó
del análisis a la
aprobación, y la sonrisa amable y
cortés se desplegó en una risa de satisfacción.
Todo ello sin soltar su mano,
aprisionándola en la suya mientras la desvestía y la juzgaba; la juzgaba, sí:
iba valorando a un tiempo su cuerpo y su espíritu, concluyendo que estaba ante
una presa fácil y segura. Con su experiencia de Don Juan del interior, calificó
a doña Flor como una mujer que fingía, y mucho. Él conocía esas mujeres de
apariencia tranquila: casi todas unas impostoras, unas hipócritas que en la
cama eran un demonio suelto, unas desenfrenadas.
En las pequeñas ciudades del Sertón,
donde las mujeres carecían de derechos y eran siervas dependientes de la
voluntad del marido, su señor, y su vida estaba limitada por las fronteras del
hogar, don Aluisio había sorprendido más de una vez en el fondo de unos ojos
humildes y detrás de un discreto comportamiento la ardiente respuesta a su
impúdica invitación.
¡Ah!, estas aguas mansas esconden
tempestades; bajo el aparente decoro y la reserva del luto, ¿en qué tormenta
interna no se estaría debatiendo doña Flor, mujer joven y sana? El doctor
Aluisio recordaba otras que tenían la misma modesta apariencia, sumidas en la
oscuridad de sus casas, encadenadas por un código de honor medieval, pero que
en cuanto surgía una ocasión propicia dejaban a un lado, con incomparable
ingenio, las objeciones y los temores, revelándose verdaderas expertas en la
tarea de ponerles cuernos a los terribles guardianes. Y de cuando en cuando
algún esposo traicionado debía imponer su ley con unos tiros o unas puñaladas.
En sus horas de ocio - la mayor parte
del tiempo, pues el escritorio le daba poco trabajo- el notario se dedicaba a
las mujeres, a su estudio y conocimiento «cuando era posible, íntimo», hasta el
punto de que el juez de Piláo Arcado, el doctor Vival Pitongo, lo clasificó
como «sicólogo emérito, sutil confidente del alma femenina y erudito lector de
los clásicos». Las lecturas clásicas de Aluisio se reducían a traducciones
nacionales o portuguesas de la mitología griega y a aspectos, en general
licenciosos, de la vida en el Imperio Romano. Con referencia a las mujeres,
tenía un ojo clínico, lo que le había facilitado algunas aventuras y una amplia
fama de seductor irresistible, terror de los maridos. A pesar de la calva y de
la narizota, algunas mujeres enfrentaron por él el pecado, el código feudal,
las leyes de la venganza.
Pues bien, esa mirada de lince del
Casanova del Río Sao Francisco captó de entrada lo más mínimo de doña Flor, el
contenido de sus pensamientos, apoderándose de sus secretos después de haberla
desvestido de ropas y adornos. Su descarado modo de mirar no tenía otro
sentido: don Aluisio la desnudaba por fuera y por dentro, y acabó por concluir
que le gustaba, que la encontraba conquistable e incluso fácil.
Para él doña Flor no era la viuda más
recta y honesta de Bahía, título concedido por los bebedores del bar de Cabeca,
aquélla por la cual hasta las más malignas de las
comadres ponían la mano en el fuego
en la seguridad de que podían retirarla sin quemarse.
Y hablando de mano, el rábula seguía
reteniendo en la suya la de doña Flor, apretándola suavemente, en una caricia
casi imperceptible. Doña Flor se dio cuenta
a la vez de cómo el tipo la
desvestía, del concepto que le merecía y de la mano tomada como un anticipo de
posesión. Palurdo atrevido, lleno de petulancia y
seguro de sí mismo: si ella no
reaccionaba de inmediato, si no le cortaba en seguida las
alas, más adelante
sería capaz de
cualquier intolerable osadía.
Bruscamente, poniéndose ceñuda, le
retiró la mano. No se dio por avisado el
seductor de Catundas:
- Permítame una confesión, estimada
amiga..., aunque tengo que resolver unos asuntos en la capital - de la
repartición que dirijo- , y parientes a quienes visitar,
antes que todo fue el deseo de
conocerla lo que me trajo a Salvador... Enaide, en
sus cartas...
Pero doña Flor, viendo entrar en la
sala a doña Dagmar, alumna suya y amiga de los Sampaios, dejó plantado al
maestro Aluisio:
- Con su permiso..., tengo que hablar
con aquella amiga... Doña Dagmar, una desbocada sin inhibiciones, le preguntó
de inmediato:
- ¿Quién es ese papagayo pelado? ¿Un
pretendiente?. .
- Déjeme en paz, mujer..., es el
cuñado de Enaide, un doctor Aluisio, jefe político de no sé dónde...
-
¡Ah!..., es ése... Oí hablar de él... Dicen que es un mandamás en el Sao
Francisco..., nena, déjame comer
algo...
En el comedor, los invitados
asaltaban las mesas en medio del estrépito de platos, cubiertos y bandejas,
antes repletas de comida, que volvían vacías a la cocina.
La cena de cumpleaños de don Sampaio
fue todo un éxito. La casa abarrotada por gente del comercio, colegas del Clube
dos Lojistas, parientes, vecinos y amigos de
doña Norma, formando grupos en las
salas y en el balcón; también la cocina estaba llena de los ahijados y comadres
de doña Norma y los pobres del alrededor. En un
rincón de la sala, junto a la mesa
principal, el festejado, don Zé Sampaio, comía con avidez y a prisa, lanzando
miradas de reojo a la mesa con el absurdo temor de
que se acabara la comida antes de que
él pudiera repetir el plato. Medio escondido, para que no viniesen a trabar
conversación con él, perturbándolo. Pero el argentino
Bernabó, con los labios amarillos por
el dendé, eructando de puro harto, felicitaba al dueño de casa:
- Macanudo, amigo. La comida,
deliciosa... 3
Durante un rato, doña Flor estuvo
ayudando a doña Norma y a las empleadas (todas las de la vecindad), pero, al
disminuir el movimiento, consiguió una silla en un rincón del balcón, desde
donde observaba las peripecias de la cena: don Vivaldo, el de la funeraria, ya
iba por el cuarto plato; el doctor Ives se atragantaba de postres, don Aluisio,
con un palillo de dientes en la boca, se fue acercando como quien no quiere la
cosa hasta apoyarse en la balaustrada del balcón junto a doña Flor:
- Un festín romano... - sentenció.
Doña Flor, por un instante, estuvo a
punto de no responder, pero finalmente lo hizo; no tenía motivos para ser
desconsiderada.
- Cuando Normita da una cena no
escatima la comida...
Don Aluisio miraba hacia los lados
interrumpiendo la conversación, dejándola languidecer. Doña Flor se volvió para
observar el movimiento de la sala. Fue entonces cuando oyó la susurrante voz
del notario que le decía, en un murmullo:
- Dígame una cosa, preciosa...
- ¿Cómo? - dijo ella sobresaltada.
- ¿Qué le parece si salimos de aquí y
vamos a ver la luna en la Lagoa de Abaeté? Usted va saliendo y me espera en el
Largo...
Pero doña Flor ya estaba de pie, con
un nudo en la garganta:
- ¿Por quién me toma?
El doctor Aluisio sonrió
tranquilamente, como si él supiese muy bien lo poco que significaba esa
indignación; estaba acostumbrado
a esas primeras
y bruscas
reacciones.
- Un paseo, nada más...
Doña Flor ni siquiera pudo responder;
la angustia le hacía arder el rostro, le oprimía el pecho. ¿Estaba tan a la
vista su necesidad de un hombre, su desatinado deseo? Casi corriendo, entró en
la sala.
- ¿Qué te pasa, Flor? - le preguntó
Marilda, al verla tan nerviosa, con las manos
temblando.
- No sé, tengo palpitaciones... No es
nada...
- Siéntate aquí..., voy a buscarte un
vaso de agua...
- No es necesario..., voy a conversar
con tu madre...
En el círculo de las amigas, oyendo
burlas y comentarios sobre la gula de algunos invitados, doña Flor se fue
reponiendo del lance, olvidando la sonrisa cazurra y las palabras ofensivas del
atrevido. Un cínico... ¡Invitarla a ver la luna en una noche cerrada como
aquélla, que parecía de alquitrán! Al rato comenzó a participar en la
conversación, divirtiéndose con las observaciones que hacían doña Amelia y doña
Emina. Doña María del Carmen nunca había visto antes a don Sampaio en plena
acción, durante un almuerzo o una cena: estaba apabullada. En un momento dado,
cuando la conversación era más ruidosa y alegre, he aquí que el insistente
galán sanfranciscano, del brazo de su cuñada doña Enaide, se entremetía
preguntando:
- ¿No hay lugar para dos? ¿O se habla
de algo prohibido para hombres?
- Siéntese...
Doña Flor no se dio por enterada de
la presencia del notario, el cual, poco después, ya estaba leyéndole la mano a
doña Amelia, haciéndola reír con sus picardías. El tipo era ingenioso, la misma
doña Flor se rió una o dos veces con sus dichos. Le anunció a doña Amelia
viajes y riquezas. Después le tocó el turno a doña Emina. Muy serio, le anunció
un hijo más, para muy pronto.
- Renegado sea el diablo..., ¿no
basta con Anita, que llegó tan fuera de tiempo?...
¿Otra vez la mala suerte?...
- Esta vez va a ser un chico..., no
fallo nunca...
Después de leerle la mano a doña
Emina miró a doña Flor como si antes no hubiera pasado nada entre ellos; sus
ojos la desvestían de nuevo, mientras se pasaba la lengua por los labios, en un
gesto tan descarado que ella sintió que el corazón
dejaba de latirle; ¿hasta dónde
pensaba llegar ese tipo? Felizmente, las otras no se
dieron cuenta. Extendiendo la mano
para tomar la de doña Flor, dijo:
- Le llegó su turno...
- No quiero saber nada con eso. Puras
tonteras...
Pero las otras lo exigieron entre
carcajadas. ¿Qué iban a pensar ellas si se seguía negando? Sería peor. Y sin más
aceptó. El doctor Aluisio se sonrió, victorioso; el
especialista en almas femeninas no se
equivocaba nunca.
Puso sobre su mano la mano izquierda
de doña Flor con la palma hacia arriba. Con uno de los muy cuidados dedos suyos
iba marcando las líneas reveladoras, con un roce muy suave y sutil. Doña Flor
estaba rígida y tensa.
- Tiene una excelente línea de la
vida..., va a vivir más de ochenta años... - se quedó callado un instante, como
examinando atentamente la mano de la viuda- . Veo grandes novedades...
- ¿Novedades? ¿Cuáles? - preguntaron,
excitadas, las amigas.
- En la línea del amor... veo un
nuevo amor..., un caso, toda una pasión...
- Disculpe... - dijo doña Flor,
queriendo apartar su mano. Pero don Aluisio la retuvo entre las suyas:
- Espere..., todavía no acabé...,
oiga lo que falta.., un señor del interior... Bruscamente, doña Flor se
levantó, arrancando violentamente su mano de entre las
del rábula.
- Yo no le di motivos para su
atrevimiento... Y salió de la sala como una tromba, dejando a las amigas
aterradas y a doña Enaide sumamente ofendida:
- Qué manteca derretida... Díganme,
¿acaso Aluisio se propasó? ¿Estuvo grosero? Si era sólo una broma para
divertirse..., yo no tolero esa clase de gente, que hace esas estupideces.
Porque, en fin, ¿quién se cree que es?, ¿una princesa?
Sólo el notario conservaba la calma,
disculpando a doña Flor:
- Pobre..., lo comprendo, está tan
nerviosa..., es una enfermedad que yo conozco: la que afecta a todas las viudas
jóvenes que no se han vuelto a casar. Es el camino hacia la histeria..., las
ciudades chicas están llenas de casos así..., solteronas y viu- das que se
ofenden por cualquier cosa, que lloran, que viven entre desmayos y arrebatos.
Cuando llegan a viejas se convierten en locas, pero no peligrosas...
Doña María del Carmen lo interrumpió:
- Mire que yo también soy viuda,
doctor, y me voy a ofender...
El rábula la estudió con ojos de
entendido: era una mulata con los cascos aún en buen estado, bien conformada,
compacta, que podía aguantar unos trotes. El doctor Aluisio no era hombre que
perdiese el tiempo; borrando a doña Flor, le dijo:
- Muéstreme su mano izquierda, por
favor, quiero aclarar algo...
Tomó la mano de doña María del Carmen
entre las suyas, la miró en los ojos, con aquella su mirada de pícaro rústico y
le preguntó:
- ¿Puedo decirle la verdad o prefiere
que le mienta?
Doña Flor se había ido, y Marilda y
doña Norma fueron a verla a la casa; allí estaba, bañada en llanto, en un
estado tal de nerviosidad que doña Norma le dijo, repitiendo al maestro
Aluisio, de Piláo Arcado:
- ¿Qué es eso, Flor, te estás
volviendo histérica?
9
Llamado de doña Flor, en clase y
divagando
Déjenme en paz con mi luto y mi
soledad. No me hablen de esas cosas, respeten mi condición de viuda. Vamos al
fogón: el batapá de pescado (o de gallina) es un
plato delicado, fino, el más famoso
de toda la cocina de Bahía. No me digan que
soy joven; soy viuda; estoy muerta
para esas cosas. Batapá para servir a diez personas. (Y para que sobre, como es
debido.)
Traigan dos cabezas de garoupa
fresca; puede ser también de otro pescado, pero no sale tan bien. Tomen sal,
cilantro, ajo, cebolla, algunos tomates y el jugo de un
limón. Cuatro cucharadas soperas del
mejor aceite suave, tanto sirve el portugués
como el español; oí decir que el
gallego es todavía mejor, pero no lo sé. Nunca lo usé porque no lo he visto en
los comercios. Y si encontrase un novio, ¿qué haré?
¿Si viene alguien que avive de nuevo
mi muerto deseo, enterrado con la pesadumbre del difunto? ¿Qué saben ustedes,
nenas, de la intimidad de las viudas?
Deseo de viuda es deseo de
libertinaje y de pecado; la viuda que es seria no habla de esas cosas, no
piensa en esas cosas, no conversa sobre esas cosas. Déjenme en
paz, en mi fogón. Rehoguen el pescado
con todos esos condimentos y pónganlo a hervir con muy poca agua, sólo un
poquito, casi nada. Después, se filtra y se lo
deja aparte. Y continuamos.
Aunque mi lecho sea sólo una triste
cama para dormir, sin otra utilidad, ¿qué importa? Todo en el mundo tiene sus
compensaciones. Nada mejor que vivir tranquila, sin sueños, sin
deseos, sin consumirse en llamaradas, con el sexo abrasado por el fuego. No puede haber
vida mejor que la de la viuda seria y recatada, una vida pacata, libre de
ambiciones y deseos. Pero ¿y si mi lecho no fuera sólo una cama para dormir,
sino un desierto sin salida, al que hay que cruzar sobre las ardientes arenas
del deseo? ¿Qué saben ustedes de la intimidad de las viudas, de su cama
solitaria, de la pesadumbre dejada por el difunto? Aquí vinieron a aprender a
cocinar, no a saber el precio de la renuncia, el precio que se paga, en ansia y
soledad, para ser una viuda honesta y recatada. Continuemos la lección. Tomen
el rallador, elijan los cocos y rállenlos. Rallen con ganas, vamos, rallen, a
nadie le hizo nunca mal un poco de ejercicio (dicen que el ejercicio aparta los
malos
pensamientos, no lo creo). Junten la
masa blanca bien rallada y caliéntenla antes de exprimirla: así la leche será
más gorda, leche pura de coco sin ninguna mezcla. Déjenla aparte.
Una vez conseguida esa leche primera,
la gorda, no tiren la masa, no sean despilfarradoras, que los tiempos no están
para derrochar. Tomen la misma masa y
denle un hervor en un litro de agua.
Después exprímanla para obtener la leche
floja. Ahora sí, tiren la masa
sobrante, pues ya es sólo bagazo.
La viuda es sólo bagazo, limitación e
hipocresía. ¿En qué país entierran a la viuda junto con el marido? ¿En qué país
queman su cuerpo junto con el cuerpo del difunto? Es
mejor así, ser
quemada de una
vez, reducida a
cenizas, y no consumirse en fuego lento y prohibido,
quemarse por dentro en la ansiedad y el deseo: por fuera hipocresía, el recato
de las ropas negras, los velos que cubren una penosa geografía de miedo y de
pecado. La viuda es sólo bagazo y pena. Descortecen ese pan duro y una vez
descortezado pónganlo a ablandar en la leche. En la máquina de picar carne
(bien lavada), pongan a picar el pan así ablandado en coco, picando también
almendras, langostinos secos, castañas de cajú, jengibre, y no olviden la
pimienta rabiosa a gusto del paladar (a unos íes gusta un batapá cargado de
pimienta, otros lo prefieren con sólo una pizca, una sombra de picante). Una
vez molidos y mezclados estos condimentos, pónganlos con el ya hervido jugo de
garoupa, uniendo condimento con condimento, el jengibre con el coco, la sal con
la pimienta, el ajo con la castaña, y pongan todo al fuego hasta que se espese
el caldo.
¿No influirá el batapá sobre la
gente? La fuerza del jengibre, la pimienta, las almendras, el poder de estos
lascivos condimentos ¿no dará calor a sus sueños?
¿Qué sé yo de tales necesidades?
Jamás necesité ni jengibre ni almendras: eran su mano, su lengua, su palabra,
sus labios, su perfil, su gracia..., ¡era él quien me
descubría apartando las sábanas,
apartando el pudor, para dar lugar a la loca
astronomía de sus besos, para
encenderme en estrellas, en su miel nocturna!
¿Quién me desvestirá ahora, apartando
los velos del pudor, en mis sueños de viuda solitaria en la cama? ¿De dónde me
viene este deseo que me quema el pecho y el
vientre si faltan su mano, sus
labios, su perfil de luna, su risa agreste, si falta él?
¿Por qué este deseo que nace dentro
de mí? ¿Por qué tanta pregunta, por qué este interés por saber lo que pasa en
lo más íntimo de una viuda? ¿Por qué no dejan que los negros velos del luto
cubran mi rostro; velos de prejuicio, que ocultan mi faz, mi vida dividida
entre el pudor y el deseo? Soy una viuda, y no está bien que hable de tales
cosas; ni siquiera hablar de ellas condice con mi estado. Una viuda cocinando
en el fogón al batapá, midiendo el jengibre, las almendras, la pimienta. Y sólo
eso.
A continuación agreguen leche de
coco, de la gruesa y de la floja, y finalmente el aceite de palma, dos tazas
bien medidas: flor de aceite de dendé, color oro viejo, el color del batapá.
Dejen cocer todo bastante tiempo, a fuego lento, y revuélvanlo constantemente
con una cuchara de madera, siempre hacia el mismo lado; no dejen de remover
porque si no el batapá se agruma. Muevan, remuevan, vamos, sin parar, hasta
llegar exactamente al punto justo.
Mis sueños me consumen a fuego lento;
no tengo culpa, soy sólo una viuda partida por la mitad: por un lado una viuda
honesta y recatada, por el otro una viuda
lasciva, casi histérica, que se
deshace entre desmayos y arrebatos. Este manto de
pudor me asfixia, y de noche recorro
las calles en busca de marido, de un marido a quien servir el batapá dorado de
mi cuerpo cobrizo, de jengibre y miel.
Ya está a punto el batapá. ¡Vean qué
belleza! Para servirlo sólo falta verter un poco de aceite de dendé en la cima,
crudo. Sírvanlo acompañado de acaca y los maridos
y los novios se chuparán los dedos.
Y hablando de novio, avisen a todos,
para que todos lo sepan: hay una viuda joven, con cierta gracia suave y cierta
hermosura, la piel de color mate, hecha de oro y cobre, gran cocinera, tan
trabajadora, honesta y bien hablada como no hay otra igual en toda la ciudad y
en el Recóncavo, una viuda de primera con una cama de hierro, un pudor de
virgen y un fuego que le abrasa el vientre.
Si supieran de alguien interesado,
mándenselo corriendo, a cualquier hora, de mañana, de tarde, a medianoche, por
la madrugada, con sol o con lluvia, pero mándenlo con el juez y el cura, con
papeles de matrimonio. Mándenlo con urgencia, con la máxima urgencia.
Lanzo este llamado a los cuatro
vientos, al capricho de las corrientes submarinas, de las fases de la luna y la
marea, en la estela de cualquier navegación de altura o de cabotaje, pues soy
un puerto difícil de descubrir, un golfo recóndito, un fondeadero de
naufragios. Quienes sepan de un soltero en busca de viuda para casarse, díganle
que aquí está doña Flor al fogón, junto al batapá de pescado, consumida en el
fuego y la maldición.
10
Un día no pudo más y se desahogó con
doña Norma: «Por fuera honesta continencia, por dentro un pozo de excrementos.»
El deseo nacía de ella, de su pecho, del silencio, de la divagación, de la
soledad, del sueño. Sin motivo, sin punto de partida, sin semilla ni raíz.
Nacía de ella - «de mi misma maldad, Normita»- , de su cuerpo afiebrado,
creciendo en aquella carne abonada de ausencia, de penuria, de maldiciones; un
ansia plantada en el estiércol de su condenación:
- Estoy condenada, Normita; no quiero
pensar en eso, y pienso; no quiero ver y veo; no quiero soñar y sueño toda la
noche. Todo en contra de mi voluntad, todo
sin querer. Mi cuerpo, el maldito no
me obedece, Normita.
El folleto de yoga, leído y releído,
le había informado que se trataba de la «batalla crucial entre la inmunda
materia y el espíritu puro», que luchaban en su intimidad, cosa temible. La
aborrecible materia de su cuerpo abalanzándose con una furia maldita contra el
pudor de su espíritu, quebrando la placidez de su vida, de su equilibrio. Ya no
había ninguna clase de armonía entre su voluntad y sus instintos. Todo era
confuso: de un lado una viuda que era ejemplo de dignidad, del otro lado una
hembra joven y necesitada. Caso grave, que exigía, de acuerdo a la receta del
folleto, «una fuerte concentración de pensamiento y ejercicios diarios».
Ningún resultado le dieron ni la
mística literatura ni los penosos ejercicios; todavía más penosos para doña
Flor, que era gordita y aun algo rechoncha. Para ver si lograba el elegiaco
equilibrio prometido, realizó durante unas dos semanas las
contorsiones más absurdas. Doña
Dagmar, a pedido suyo, dio algunas lecciones y
doña Flor se sometió a sus
instrucciones llena de paciencia y esperanza. Doña Dagmar no
regateaba elogios a
los métodos yogas,
¡formidables!, ella logró adelgazar
cuatro kilos. Pero con doña Flor fue un fracaso total: ni siquiera adelgazó. En
vez de calma y equilibrio, lo único que consiguió fue cansarse, quedar con el
cuerpo dolorido y no por eso menos ávido y audaz, menos urgido por su
necesidad. Tampoco quedó satisfecha con los
brillantes análisis científicos de
doña Gisa, abarrotada de nombres ininteligibles, un embrollo para
doctores: complejos, libido, subconsciente, represiones, tabúes.
- Para usted, Flor, viuda llena de
represiones y complejos, el sexo es tabú.
Tabú o no tabú, consciente,
inconsciente o subconsciente, a causa de la represión y del complejo o por
simple deseo de mujer, lo cierto es que esto era una desesperación que duraba
la noche entera, con sueños eróticos que la arrastraban a la bacanal, y la
conversación de la gringa no le servía para nada. Pues si resolviera seguir las
indicaciones que expresaban sus latines, lo que debería hacer es salir por las
calles a fornicar con el primer macho que encontrase, destruyendo sin más toda
clase de represiones y complejos, estrangulando en la cama de hierro al
miserable tabú, deshonrándose ella y deshonrando la memoria del difunto para
siempre.
Doña Norma, en cambio, tenía la buena
sabiduría popular, la experiencia viva, la comprensión humana. Fue directamente
al asunto:
- Eso quiere decir que necesitas un
hombre, mi santa. Eres joven, no tienes
ninguna enfermedad grave, y que yo
sepa no estás castrada, ¿qué quieres? Hasta las monjas se casan para poder
soportar la castidad - se casan con Cristo-
y aun así hay algunas que le ponen cuernos a Jesús - y, sonriendo al
acordarse- :
¿Recuerdas aquella monja del Desterro
que quedó embarazada del panadero y terminó siendo artista de teatro? Hace
tiempo, ¿te acuerdas? No se hablaba de otra
cosa...
Ni siquiera la imagen de la monja en
un escenario de teatro divertía a doña Flor, que, dramáticamente obsesionada
por su problema, no prestaba atención a las digresiones de su amiga:
- Pero, Normita, yo soy una viuda...
- ¿Y eso qué? ¿O tú crees que las
viudas no son mujeres? Una viuda, que yo sepa, también piensa en los hombres,
sueña con los hombres, mira a los hombres..., por
ejemplo ésa...
- Bien sabes que yo no soy de esas
que viven empeñadas en casarse. Una vez hasta me criticaste, calificándome de
grosera...
- Así fue. Sé que tú no eres ninguna
casquivana..., pero te voy a hablar claro: tú eres una viuda calentona y te
estás poniendo insoportable. Ya has cumplido un año
de viuda y en vez de mejorar estás
empeorando, como si hubieras enviudado ayer.
Antes todavía te reías si uno te
hablaba de noviazgo y casamiento. Pero desde hace un tiempo no quieres ni
escuchar una broma, te da por enojarte...
- Tú sabes bien por qué... Hasta que
apareció el timador...
- ¿Y sólo porque el tal «Duque» -
«Duque» o «Príncipe»- anduvo rondando
por aquí te volviste peor que una monja? Si a él le dio por buscarte es porque
le pareciste un buen bocado. Ahora bien, sólo porque don Aluisio te haya hecho
un avance, un tanteo, te trancas en casa, casi no sales, no enfrentas a ningún
hombre, como si los hombres fuesen animales feroces... Después de todo, don
Aluisio sólo
quería...
- Yo sé lo que él quería...
- Quería dormir contigo, querida...
Está claro... Son muchos los que quisieran, los que andan por ahí probando
cualquier cosa... Tú eres una viuda despampanante...
y hay muchos gavilanes en acecho...
- Será que yo tengo cara de
sinvergüenza para que esos atrevidos se animen a...
- ¿Y quién dice que ellos necesiten
que una mujer sea descarada para querer acostarse con ella? A pesar de tu cara
de verdugo...
- Pero, Normita, ¿qué puedo hacer yo?
- Mujer, tú necesitas apagar ese
fuego... Si no duermes bien, si no descansas, si no tienes sosiego, es porque
te está ardiendo el rabo en un fuego infernal...
- Cálmate, Normita, renegado sea el
diablo...
- Pero ¿no es eso mismo? ¿No es
verdad?
- ¿Y qué quieres que haga? ¿Que me
desgracie y me convierta en una indecente? No soy ninguna desvergonzada, no
nací para tener amante. Para mí esas cosas sólo
con mi marido..., sólo porque sueño
con esas tonterías ya me dan ganas de morir...
Debo parecer una mujer de la vida,
para que tú me digas eso...
- No seas tonta, ¿qué te dije yo para
que te ofendas?...
- ¿Tú no dijiste...?
- Dije y repito que te está ardiendo
el rabo, o, como le decía una hija de una amiga a la madre: «Mamá, mi cosa se
convirtió en una hoguera, está ardiendo.» Tú estás más o menos así. Pero eso no
quiere decir que no seas seria..., al contrario..., eres seria y mucho, si no,
con todo ese fuego, ya habrías abierto las piernas... Eres seria y hasta
demasiado, pareces una fiera..., no te das cuenta de la cara que pones cuando
un hombre te mira...
- ¿Debo sonreír y decir: «Venga a
dormir conmigo...»? Prefiero morirme. Sólo fui a la cama con mi marido...
- Y sólo debes ir con tu marido...
- Mi marido murió...
- Murió el primero... Nada impide que
tengas otro. Eres joven, Flor, no llegaste a los treinta...
- Los voy a cumplir a fin de año...
- Una chica todavía... Hija mía, para
lo que tú tienes, que no es enfermedad ni locura, sólo hay dos remedios: o el
casamiento o la desvergüenza. O si no entrar de
monja en un convento. En ese caso hay
que tener cuidado con los panaderos, los
lecheros, los jardineros y los curas,
para no ponerle los cuernos a Dios Nuestro
Señor.
- No bromees, Normita.
- No estoy bromeando, Flor. Si fueras
una descarada podías continuar viuda, vestida de luto, yendo por ahí, de uno en
otro, divirtiéndote, desahogándote. Pero como no eres nada de eso, como eres
realmente seria, entonces tienes que casarte, no puedes hacer otra cosa...
- El deseo de una viuda, Normita, se
entierra con el difunto; la viuda no tiene derecho ni siquiera a los recuerdos
cameros, a recordar las noches en que yogaban, cuanto más las ilusiones de
noviazgo y casamiento, de otro marido. Todo eso no pasa de ser un insulto a la
memoria y a la honra del finado.
El deseo de una viuda es tan vivo
como el de una doncella o el de una casada si no más, loca; de este modo le
respondía, enérgicamente, doña Norma. Casarse de nuevo no es ningún insulto a
la honra del difunto; cualquier mujer puede reveren- ciar la memoria del marido
muerto y al mismo tiempo ser feliz en compañía de un segundo esposo. Sobre todo
ella, doña Flor, cuyo primer casamiento había sido tan inusitado y no siempre
alegre, para no decir lo peor.
Fue una conversación larga y
beneficiosa, a solas las dos amigas, con esa intimidad que sólo es posible
cuando hay verdadera estimación. Dos hermanas no se entenderían tan bien. Y
doña Flor quedó finalmente convencida. Quizá ya lo estuviese antes, tras el
cruel debate consigo misma. Pero no lo hubiera confesado jamás, sin embargo, si
doña Norma no le arrancase los velos del prejuicio, de un
falso luto podrido de deseo...
- Pero, Normita, ¿qué adelanto con
estar de acuerdo? ¿Quién me va a querer de novia? Nadie quiere ser el que come
las sobras del muerto, y yo no voy a salir a ofrecerme..., me voy a morir
consumiéndome...
- Quítate el cartel y apuesto a que
antes de seis meses...
- ¿Qué cartel?
- Ese que llevas en la cara: «Soy
viuda para siempre, no existo para la vida y para el casamiento.» Decídete,
vuelve a reír, a ser igual a todo el mundo y te juro que en menos de seis
meses...
Esta conversación tuvo lugar unos
días después del carnaval, que aquel año cayó
muy tarde, siendo ya marzo, más o
menos un mes después del primer aniversario de viuda de doña Flor.
En la mañana de aquel fúnebre
aniversario, doña Flor estuvo en el cementerio con lágrimas y
flores, demorándose junto
al túmulo largo
tiempo, como si
allí
encontrase alivio y calma. Fue uno de
los días más tranquilos entre todos los de su confusa época de viuda; sólo se
sentía triste por el recuerdo del difunto, con una
nostalgia profunda y sedante. Los
días de carnaval le resultaron más penosos. La música y
las canciones, muchas de las
cuales eran las mismas del
carnaval
anterior, le traían recuerdos de
aquel terrible domingo. Al acodarse en la ventana
para presenciar el paso de una
comparsa, una murga, un conjunto, una agrupación, recordaba a Va- dinho, muerto
en el suelo del Largo Dois de Julho, entre ser- pentinas y confetis, vestido de
bahiana. Cuando el Afoxé de los Hijos del Mar, desfilando en todo su esplendor,
se detuvo frente a la Escuela de Cocina: Sabor y Arte, obedeciendo al silbato
de Camafeu, y la negra Andreza de Oxum alzó el estandarte de la reina de las
aguas y danzó un paso deslumbrante - las ventanas llenas de gente, la calle
abarrotada, los aplausos entusiastas- , doña Flor se deshizo en llanto, y todo
el dolor, toda la ausencia se derribaron de golpe sobre ella. Hacía un año, con
el cuerpo del finado extendido sobre la cama de hierro, todavía tuvo ánimos
para espiar el paso del Afoxé sobre los hombros de doña Norma y doña Gisa, con
el pecho lleno de vida y de muerte a la vez.
Tan brusca y reciente fuera la muerte
que aún contenía cierta ilusión de vida. Sólo
con el correr del tiempo habría de
darse cuenta doña Flor, definitivamente, del vacío irremediable, de la ausencia
definitiva.
En el carnaval anterior, con el
muerto allí, pudo, sin embargo, ver el Afoxé por lo menos subrepticiamente.
Pero en este carnaval no podía
soportar la gloriosa visión de los Hijos del Mar, marchando al ritmo de los
atabales. Aun ignorando que esa detención del conjunto
frente a su casa, esa interrupción
del desfile, y la danza, las ondulaciones de Andre- za cual un barco sobre las
olas, eran el homenaje del Afoxé al siempre recordado
socio y amigo, fallecido hacía un
año, aun así, doña Flor no pudo contenerse: sólo
veía su cuerpo desnudo y exangüe,
muerto para siempre.
Le resultó difícil aquel carnaval,
toda su vida era cada vez más difícil. Era como si el difunto aprovechase esa
estruendosa alegría para mezclarse con la angustia de su
deseo insatisfecho; y su sufrimiento
fue aumentando hasta ser tanto y tan grande
que doña Flor ya no pudo soportarlo
más en silencio y soledad. No le fue posible seguir guardando su secreto por
más tiempo, el pecho desgarrado, la cabeza embotada, exhausta. Doña Flor era un
desecho. Y fue entonces cuando se confió a doña Norma.
Doña Norma le garantizó noviazgo y
casamiento a breve plazo si de verdad estaba dispuesta a ello, sin máscara ni
tapujos. Buscaron la aquiescencia de doña Gisa,
pero la gringa le daba muy poca
importancia al noviazgo y al casamiento, ridículas
exigencias legales e inhumanas; había
estado leyendo al príncipe Kropotkine y terminó mezclando el anarquismo con el
psicoanálisis.
Con matrimonio o sin matrimonio, en
opinión de la profesora de inglés, doña Flor tenía un «complejo de culpa» que
la estaba torturando, y del cual se liberaría sólo cuando rompiese los tabús,
«realizándose de cualquier modo». ¡Qué consejo más absurdo!: practicar
el amor libre,
arrimarse, tener un
enamoramiento, una
aventura, en fin, pero inmediata. Ni
que doña Flor fuese una loca de atar o la más
cínica y deschavetada de todas las
viudas.
Doña Norma sí servía de ayuda y de
consuelo: que doña Flor dejara de confundir el recato con el odio al mundo, la
honestidad con el prejuicio, y doña Norma era capaz
de apostar dinero a que en menos de
seis meses verían a la viuda con un nuevo
anillo en el dedo, por lo menos de
novia.
Doña Gisa no apostaba: ¿por qué tenía
doña Flor que esperar seis meses, soportando horrores? ¿Para qué esa tontería
habiendo tanto hombre suelto por el mundo? Pero, de haber apostado, hubiese
perdido: casi siempre, entre la sabiduría
de los libros y la sabiduría de la
vida, quien acierta es la vida.
Ya fuese que doña Flor se humanizó,
yendo más allá de la seca urbanidad en su trato cortés, volviendo a sonreír y a
conversar con uno y otro, gentil y atenta aunque siempre discreta, o fuese por
simple casualidad (como es más probable), un mes después de su conversación con
doña Norma y de la discusión con doña Gisa, se hicieron evidentes, y
constituyeron un motivo de público debate, la proba inclinación y las honestas
intenciones que ella despertó en el doctor Teodoro Madureira, socio de la
Droguería Científica, de la esquina de Cabeca. Vibrante y victoriosa, doña
Dinorá exigía reconocimiento:
- Lo adiviné hace muchos meses, lo vi
en la bola de cristal y se lo dije a todo el mundo: un señor distinguido,
hombre de bien, doctor y con dinero. ¿No salió
verdad? ¡Mis albricias, señora doña
Flor!
- Un gran partido, ¡qué suerte la
tuya! - sentenció unánimemente el coro de amigas y comadres en medio de un
delirio de bisbiseos.
11
Nadie sabe en qué momento comenzó a
interesarse el farmacéutico. No es fácil determinar la hora y el minuto exactos
en que comienza el amor, sobre todo ése que es el definitivo amor de un hombre,
el amor de su vida, lacerante y fatal, inde-
pendiente del reloj y del almanaque.
Tiempo después, en un instante de mutuas confidencias, el doctor Teodoro le
confesó a doña Flor, con cierto risueño estiramiento, que la venía mirando
hacía mucho, desde antes que enviudara. Desde el pequeño laboratorio situado en
los fondos de la farmacia la veía cruzar el Largo, siguiendo sus pasos por
Cabeca, contemplándola absorto. «Si alguna vez decidiera casarme lo haría con
una mujer así, bonita y seria», monologaba junto a los tubos de ensayo, junto a
los frascos de drogas. Un sentimiento puro y platónico, naturalmente, no era
hombre de inquietarse por una mujer casada y dedicarle otros pensamientos menos
nobles, poniéndole ojos golosos, o, mejor dicho (para repetir la misma
expresión utilizada por el farmacéutico, exacta y elegante, adornando con sus
galas estas letras vulgares y populacheras), con «los culpables ojos de la
concupiscencia».
La que primero notó la inclinación
del farmacéutico fue doña Emina, señora que por lo demás se preocupaba poco por
la vida ajena: estaba enterada estrictamente de
los chismes necesarios para no quedar
atrasada con respecto a los sucesos que
ocurrían a su alrededor. Al lado de
las otras, ávidas por cualquier rumor, doña
Emina era discreta y timorata.
Ocurrió el día del «trote», en que
los principiantes de las facultades, a comienzos de abril, se desbandan por las
calles y avenidas conmemorando la iniciación del
curso lectivo. En larga procesión,
bajo la batuta de los veteranos, los novatos - con
la cabeza afeitada a navaja,
envueltos en sábanas, amarrados unos a otros por una cuerda, como una hilera de
esclavos- llevaban pancartas criticando al Gobierno y a la Administración, con
ironías sobre la carestía de la vida y la incapacidad de los políticos.
Procedente de la Facultad de
Medicina, en el Terreiro de Jesús, el desfile cruzó la ciudad en dirección a la
Barra, deteniéndose en ciertos lugares, tales como la plaza Castro Alvés, Sao
Pedro y Campo Grande. En esos puntos de máxima concentración de curiosos, los
veteranos hacían la delicia de los asistentes con disparatados discursos,
pronunciados desde el lomo de los burros.
Los moradores de las adyacencias del
Largo Dois de Julho y de Cabeca, en cuanto oyeron las cornetas y los clarines
anunciadores, que sonaban por la Ladeira de Sao Bento, se encaminaron a Sao
Pedro. Iban juntas en alegre grupo doña Norma, doña Amelia, doña María del
Carmen, doña Gisela, doña Emina, doña Flor.
Según la información de doña Emina,
precisa y concreta, el doctor Teodoro estaba muy en lo suyo, junto al mostrador
de la farmacia (indiferente a los clarines y al trote de los asnos, vestidos de
profesores y de hombres públicos), conversando con el empleado y la muchacha de
la caja, cuando las avistó. Se puso tan nervioso que doña Emina, pareciéndole
raros los visajes del doctor, estuvo observándolo, pudiendo seguir paso a paso
sus sospechosas andanzas. El farmacéutico, un señor de ánimo pacato y maneras comedidas,
apenas vio a las amigas abandonó aprisa la cómoda postura, la actitud
pachorrienta en que estaba, y se apartó del mostrador poniéndose casi rígido
para saludarlas, con un buenos días sonoro y cordial. Un detalle importante:
extrajo un peine del bolsillo del chaleco y lo pasó por sus negros cabellos,
por otra parte sin necesidad, pues el peinado resplandecía inalterable bajo
capas de brillantina. Desapareciendo su cortedad, el boticario comenzó a
agitarse como un adolescente. «Pensé que se iba a poner la chaqueta sólo para
saludarnos», dijo doña Emina, preguntándose por la causa de tanto afán y tanto
celo.
De inmaculada camisa blanca y chaleco
ceniza; con gruesa cadena de oro formando una curva pronunciada desde un
bolsillo al otro, de la que pendía un sólido patacón
también de oro, herencia paterna;
perfecta la raya del pantalón, los zapatos en el
colmo del brillo, el anillo de
graduado: todo un tipazo, alto y simpático. Se inclinó, saludando al grupo.
Las
amigas respondieron amablemente;
el farmacéutico era una
personalidad
notable en los alrededores, bien
visto y estimado. Siempre según el testimonio de doña Emina - rico en minucias,
como se ve- , los ojos del doctor Teodoro sólo miraban a doña Flor,
ciego para las
otras; una mirada
que si no
era de
concupiscencia, por lo menos era de
codicia. «Te comía, te devoraba con los ojos», así es como la hábil observadora
le describía a doña Flor la exacta expresión de aquella mirada.
Cuando ya no las podía ver desde
atrás del mostrador, se puso delante; después fue a la vereda del
establecimiento, y finalmente, luego de una breve indecisión y
haciendo una advertencia a los
empleados, salió calle adelante tras el alegre grupo.
Se situó cerca de las amigas, en las
inmediaciones del gran reloj de Sao Pedro, disimuladamente. Tomando la cadena
de oro, sacó el reloj y se sonrió, satisfecho de la precisión suiza de su
cronómetro. Doña Norma y doña Amelia, para no perder detalle del «trote», se
subieron a un banco del pequeño jardín; las otras se situaron alrededor de
ellas, alzándose sobre la punta de los pies. Desde donde estaba, medio
escondido por la base del reloj, el doctor Teodoro seguía con devoción cada
movimiento de doña Flor. Dona Emina, que lo controlaba, manifestó que el
farmacéutico no había visto nada del divertido «trote»: los novatos, pintados
de anaranjado, bailando una danza macabra; los veteranos reclamando cerveza y
gaseosas en los bares y almacenes. Si el doctor Teodoro se sonreía, era
acompañando la sonrisa de doña Flor, y sus aplausos eran copia de los de la
viuda, mirándola embobado. Doña Emina le tiró de la falda a doña Norma que
estaba aplaudiendo, de pie en el banco, los disparates que decía un estudiante
montado en un burro (el animal aprovechaba la parada para mordisquear restos de
basura entre la suciedad de la calle). Al principio doña Norma no comprendía el
palpitante mensaje que le enviaba su amiga con los ojos y los dedos. Pero
finalmente, localizando al farmacéutico
en mangas de
camisa y en
éxtasis, compartió, pasmada, su
alborozo.
- Chica... - le dijo- . ¡Qué cosa...!
Doña Amelia y doña María del Carmen
fueron advertidas de inmediato acerca de la sorprendente actitud del doctor
Teodoro: medio escondido detrás del reloj, con la mirada prendida en doña Flor.
Sólo doña Gisa se mantenía distante, entregada a la lectura de los carteles
estudiantiles; según ella, las manifestaciones de los estudiantes contenían un
precioso material para el estudio del alma colectiva. Doña Gisa no perdía
ocasión de estudiar, había nacido con el destino de saberlo y explicarlo todo
(a través de la ciencia más moderna). Pero para las otras el material más
precioso e ilustrativo era el extraño comportamiento del boticario.
- Chicas..., hay que ver para
creer...
El desfile continuó hacia la Piedade
y ellas lo siguieron. Pero doña Norma, pretextando tener que transmitir un
recado, se quedó atrás, dando una vuelta a la manzana: «Vamos a poner esto en
limpio y ahora mismo.» Por un instante el doctor Teodoro permaneció indeciso, a
los pies del monumental reloj, pero terminó por irse tras ellas, caminando
despreocupadamente como quien va sin prisa y al azar, por placer.
Doña Norma y las demás amigas,
excepto doña Flor - totalmente ajena a lo que sucedía- , y doña Gisa, que
divagaba sobre la «vocación de los jóvenes para la causa pública», estaban
tentadas por la risa. De pronto detuvieron su marcha, y doña Norma fue a dar el
mencionado recado, a la puerta de una casa particular. Tomado de sorpresa, a
pocos metros de distancia, el doctor Teodoro se vio obligado a proseguir. Pasó
junto a las amigas evitando mirarlas, fingiendo que no las veía, pero tenía tan
poca experiencia en esas cosas que daba pena: estaba sobresaltado, imaginaba
ser objeto de risa y miradas de burla, sin saber dónde meter las manos, un
desastre. Hasta que perdió la cabeza y se lanzó hacia la primera esquina, que
dobló casi corriendo. A su paso, doña María del Carmen no se contuvo y dejó
escapar una risa apagada.
- ¡Chiss...! - indicó doña Norma.
- ¿Adonde va con tanta prisa el
doctor Teodoro? - preguntó doña Flor, al verlo desaparecer por la callejuela.
- ¿Quiere decir que no se enteró,
tontita? ¿Qué es lo que pasa? ¿Lo va a mantener en secreto o lo va a contar a
sus amigas? ¿O es que no tiene confianza?
- ¿De qué se trata, mujer? Ustedes
viven inventando cosas... ¿Qué es esta vez?
- No me diga que aún no se dio
cuenta...
- ¿De qué, por el amor de Dios?
- De que el doctor Teodoro está
chocho por usted...
- ¿Quién? ¿El farmacéutico? Ustedes
tienen el meollo reblandecido, son una banda de
locas..., dónde se
habrá visto..., el
doctor Teodoro, el
hombre más
ceremonioso..., es un disparate...
- ¿Disparate? Ya perdió todas sus
ceremonias, querida, anda deschavetado... Continuaron tras el desfile, broma
tras broma, mofándose, riéndose, y la pobre doña Flor sintiéndose en el potro
del tormento. Pero cuando regresaron, doña Norma se encontró a solas con ella
en la casa de la viuda y le habló en serio. Había estado observando el
comportamiento del farmacéutico, una persona que, como decía con razón doña
Flor, estaba llena de etiqueta y de formalidades: nunca se oyera decir que
mirase intencionadamente a las dientas y mucho menos que hubiese seguido a
alguna por la calle, en mangas de camisa, pasándose antes el peine y
escabulléndose detrás del reloj público como un turbado adolescente. No apartó
los ojos de doña Flor, no la perdió de vista un momento. Y esto no eran
charlas de comadres ni
invenciones; doña Norma incluso
se había negado a participar en las chanzas,
pues, tratándose de un hombre
de bien y tan
circunspecto, no se debía tomar a la ligera un asunto tan serio, entre burlas y
mofas. Un partido así, hija mía, se encuentra muy raramente: un ciudadano maduro,
en buena edad para doña Flor, licenciado, un doctor con título y anillo, dueño
de una farmacia, rebosante de salud, no lo harían mejor si lo inventasen.
- ¿Tú crees, Normita, que él tiene
algún interés? Yo no creo de ningún modo que esté interesado: ¿quién va a
querer comer pan de ayer, carne masticada, sobras de difunto? Nadie quiere
eso...
Doña Norma la miró de arriba abajo:
- Dios te bendiga... - dijo con una
mueca de aprobación.
En aquel momento, doña Flor, un tanto
excitada por la novedad, entre curiosa y azorada, lo que menos parecía era pan
viejo, pan de la víspera con gusto ácido, y menos aún carne con aspecto de
podrida; muy por el contrario: una tez suave de cabo verde, de un cobre antiguo
y perfecto, sobre una faz lozana y fresca; carne perfumada y joven, con aroma
de pitanga, un espléndido pedazo de mujer. Usada, sin duda; tuvo marido, se
acostó y yogó con él en la cama de hierro; sin embargo, era más apetecible que
muchas doncellas de alfeñique, pues el virgo no lo es todo, ni mucho menos,
aunque goce de tanta estimación y tanta fama. En el fondo no es casi nada, una
frágil película, una gota de sangre, un ¡ay!, y sobre todo un viejo prejuicio;
si alcanza un valor tan alto es porque se beneficia con una publicidad
milenaria y cuenta con el ejército y el clero, la policía y la prostitución,
todos dedicados a convertir el tapón de la mujer en el rey del mundo. Pero ¿qué
es una doncella, con su deseo bobo, ignorante, comparada con una viuda, cuya
ansiedad está formada por el conocimiento y la ausencia, la contención y la
penuria, el hambre y el ayuno, lúcida y atrevida en su deseo? «Déjame
decírtelo, Flor: por sobras así no sólo suspira el doctor Teodoro, sino,
ciertamente, además de él, muchos otros que no sabemos.» Lo que doña Norma
quería saber era otra cosa:
- ¿Y tú qué dices? ¿Qué te parece?
¿Serás capaz de amarlo?
Al principio ni siquiera quiso
considerar el problema de sus sentimientos antes de tener la certeza de que por
parte del farmacéutico existía tal inclinación, y de que todo aquello no era
más que una burla o un equívoco, pues no estaba dispuesta a cometer errores
otra vez y a ser humillada nuevamente, como sucedió antes con el asunto del
«Príncipe» y con la actitud de don Aluisio. Pero ante la presión de doña Norma,
que le exigía con amable impertinencia una rápida respuesta, doña Flor confesó
que no le disgustaba el boticario. Caballero de finos modales, un primor de
distinción, y hombre de buen ver, que daba gusto mirarlo, le recordaba a un
artista de cine muy en boga; era un parecido ligero pero lo suficiente para que
le resultara simpático. En fin, si realmente fuera verdad todo eso, era
posible, e incluso probable, que doña Flor llegara a sentir por él... ¿lo que
había sentido por el finado? Eso no, era distinto..., ella era otra, no era la
misma de ocho años antes, casi
nueve, cuando conoció al tarambana en
la fiesta del mayor y repentinamente, sin sopesarlo ni reflexionar, le dio su
corazón. (Y de inmediato, alegremente, su senos y sus muslos, en el fragor del
Largo y en la oscuridad de la playa.) Loca por él, perdida hasta el punto de
entregarse, de darse por entero y sin garantía cuando él lo pidió, refregando
en la cara de doña Rozilda, que se había convertido en enemiga del
enamoramiento y prohibido el matrimonio, la perdida virginidad.
Ahora era una viuda reposada y
reflexiva, incapaz de desenfrenos, de sentimientos y acciones precipitados,
perdonables en una jovencita que está en edad de noviar, pero inadmisibles en
una señora que anda por los treinta y lleva velos de luto (aun- que por dentro
la está quemando una hoguera). Si algo de todo eso fuese cierto, ya verían cómo
con el tiempo brotaría en ella un sentimiento amoroso, con la tranquila mesura
de la ternura y la comprensión, sin las violencias juveniles del delirio en los
rincones oscuros o en el pasillo de la escalera. Quizá llegara a surgir un
sentimiento así, un amor maduro y apacible, a partir de un idilio discreto. A
doña Flor incluso le parecía posible que así fuese, pues, como ya había dicho,
el doctor Teodoro no era antipático ni feo, y no le tenía aversión,
pareciéndole atrayente, cosa que ahora percibía. Y hete a doña Norma viendo ya
el noviazgo y el casamiento, previendo una doña Flor feliz, como siempre había
merecido y nunca fuera.
- ¡Ah, mi santa, qué lindo va a ser!
Ahora no seas estúpida, no te atranques en la casa, no frunzas el ceño...
Pues doña Flor, si bien confesaba su
interés por el boticario, en seguida agregaba su decisión de no salir a
demostrarlo, a ofrecerse, a contonearse frente a la
droguería, exhibiendo sus
necesidades, sus ojeras de cuaresma, de dura abstinencia, de ayuno forzoso. Eso
jamás, Normita.
- Pues yo no voy a admitir que
pierdas una ocasión así...
Mucho tiempo le costó a doña Norma
persuadir a la viuda: que no fuese tonta ni se las diera de indiferente. Quien,
como doña Flor, estaba ardiendo en brasas vivas, con necesidad de casarse, y
casarse pronto para no terminar histérica o loca, o para no salir por ahí y
entregarse a cualquiera, haciendo vida de burdel, de viuda a quien le costaba
poco llenar de cuernos la calavera del difunto, poniendo una selvática y
viciosa plantación de guampas en su honrada sepultura. ¡Ah!, estando como
estaba tan declaradamente ansiosa por el calor de un hombre, de un meneo de
cama, no podía presumir de viuda fiel hasta la muerte, con luto eterno y
amurada hendija, con la concha enterrada con el vínculo del fallecido, como una
mustia flor a los pies del muerto, inútil y marchita:
- Sirviendo sólo para hacer pipí...
Era mejor resolverse de una vez a
aceptar un nuevo marido y vivir con él una vida decente y honesta, renovada por
el amor y la alegría, manteniendo honrada, limpia y tranquila la tumba, la
memoria y el esperpento del primero. Sin hablar mucho de él, para no ofender al
sucesor. Además, en los últimos meses doña Flor parecía haber olvidado el
nombre y el apellido del finado. Antes, por llevarles la contraria a las
comadres, que maldecían y cubrían de insultos su recuerdo, doña Flor andaba con
él en los labios el día entero. Después lo encerró dentro de sí, como una joya
preciosa y rara, cuando las amigas y las vecinas lo dejaron en paz en su
sepultura (si se acordaban de él no lo decían). Entonces, sólo se trataba de
continuar así, retirando de la sala, de un modo natural, el retrato del
granuja, con su sonrisa de cínica desfachatez (y también, ¿a qué negarlo?, con
su gracia irresistible), y guardarlo en el fondo de un baúl y en el corazón. En
la pared de la sala (y en el sexo) la presencia del segundo... ¡Y qué segundo,
hija mía!, una belleza de hombre en la fuerza de la edad y ¡qué distinguido!
Casarse pronto, tener marido, vivir
con él una vida decente y honesta como era propio de su carácter y como era su
obligación, en vez de quemarse en sueños solitarios, mordiéndose los labios,
crujiendo los dientes, conteniéndose solamente
por miedo y prejuicio. Ella, doña
Norma, no permitiría que doña Flor perdiese tan
magnífica oportunidad; una
oportunidad única, imposible otra mejor, ¡y que la perdiese por falso recato,
por tontería, por estupidez! ¡No, tres veces no!
Así pues, al terminar la clase
vespertina, durante la cual doña Flor enseñó a las
alumnas la receta de un dulce de
gelatina y coco llamado «Crema del Hombre» (nombre que provocaba chistes -
«¡Ay!, ¡qué crema tan sabrosa!»), doña Norma vino a buscarla y la arrastró al
Cabeca, con el pretexto de ir a comprar más flores. Una compra bien difícil:
una docena de angélicas de «dificultosa» elección. Doña Norma no se apuraba a
componer el ramo, siempre insatisfecha - ante el asombro del vendedor, el viejo
negro Cosme de Omulu- ; demora que se debía al doctor Teodoro, pues éste,
sumido en las profundidades de la farmacia, no se hacía visible. A las flores
siguieron los acarajés de Vitorina... y nada..., el farmacéutico no aparecía en
el mostrador. Pero doña Norma no era de las que se dan por vencidas: entró
embistiendo farmacia adentro, arrastrando a una doña Flor desconcertada, y
pidió al empleado un paquete de algodón. Doña Norma le preguntaba casi a los
gritos, furiosa, si es que quería meterse bajo tierra. «¿En dónde se vieron
tantos escrúpulos?»
En el pequeño laboratorio del fondo,
por detrás de los grandes frascos azules y rojos, como en un grabado de libro
de alquimia, vieron al doctor Teodoro moliendo sales y venenos en un mortero de
piedra; llevaba puestos los lentes y pesaba con mucha atención lo ya molido -
cantidades mínimas de polvos y sales- en
una pequeña balanza de juguete. Concentrado en el misterio de la preparación de
la receta no se dio cuenta de la presencia de las señoras en el establecimiento,
como si no llegara hasta él la voz de doña Norma contando un suceso publicado
en los diarios.
Dejando la balanza, el boticario puso
en un tubo de ensayo el polvo de los minerales molidos, en ínfimas porciones,
agregándole veinte gotas exactas de un líquido incoloro, después de lo cual
todo quedó envuelto en una humareda anaranjada que circundaba de ciencia y de
magia la cabeza morena y fuerte del doctor.
Doña Norma no perdió la oportunidad y
su voz resonó, aduladora:
- Fíjate, Flor, querida, si el doctor
Teodoro no parece un brujo, todo rodeado de azufre..., ¡renegado sea el diablo!
Estremecióse el doctor al oír el
nombre, no el suyo, el de doña Flor: mirando por encima de los lentes (útiles
tan sólo para distinguir algo de cerca), constató la
presencia de la poesía entre los
remedios y sintió conmoverse sus cimientos más profundos, con un escalofrío en
el bajo vientre. Quiso levantarse, pero estaba tan
atolondrado y entontecido que hizo un
mal movimiento y fue a parar al suelo, partiéndose el tubo de ensayo en mil
pedazos. Y el remedio casi terminado (una
medicina para calmar la tos de doña
Zezé Pedreira, una viejita de cristal, de la calle
de la Forca) se convirtió en una
mancha oscura extendida por el suelo, mientras la humareda color sangre
persistía en tomo al austero rostro del doctor.
- ¡Ay!, Dios mío... - exclamó doña
Flor.
Y nada más sucedió ni se dijo una
palabra más. Doña Norma pagó la cuenta del algodón, riéndose,
pues la figura
del droguista no
podía ser más
cómica,
semierguido en la silla, la mano en
el aire como si todavía sostuviese el tubo de
vidrio, los anteojos resbalándole por
la nariz, mudo y estupefacto.
Toda confundida, muerta de vergüenza,
salió doña Flor puerta afuera mientras doña Norma lanzaba una mirada de
complicidad al romántico boticario, como quien echa una cuerda a un náufrago.
El doctor Teodoro intentó articular una palabra, pero no pudo.
Doña Norma alcanzó a doña Flor en la
esquina: ¿le quedaba todavía alguna duda sobre el estado de ánimo del
farmacéutico? ¿O acaso quería - exigencia absurda en una viuda carcomida por el
deseo, gimiendo en la cárcel del luto-
un candidato de mejor estirpe, clase y complexión? Imposible un partido
mejor, mi santa: doctor con diploma y con anillo de amatista verdadera,
propietario establecido, buen mozote, muy compuesto con su chaleco y su oro, de
salud robusta, de hábitos morigerados, un señor de bien, un soberbio cuarentón.
12
Un soberbio cuarentón: iba saliendo
punto por punto, sin faltar detalle, todo cuanto la bola de cristal y las
grasientas cartas le revelaran a doña Dinorá aquella tarde la profecía; así
hubieron de reconocerlo las amigas y comadres en la figura del doctor Teodoro.
El dinero y el título universitario, la complexión y el talle, la silueta, el
porte digno, los buenos modales, todo; y sin embargo, cuando en su momento
buscaron por las calles y las plazas, entre afanosas carcajadas, un rostro que
co- rrespondiese a la descripción de la vidente, nadie pensó en el
farmacéutico. ¿Cómo explicar semejante absurdo, si estaba a la vista, si
bastaba mirar para verlo?
¿Ceguera de las comadres y amigas o
simulación de este pormenorizado relato, error fatal para más jolgorio de la
crítica adversa? Ni error ni engaño; sí, en cambio, una especie de obcecamiento
colectivo que impidió a las comadres y amigas descubrirlo en los discretos
fondos de la farmacia, las lentes sobre la nariz, la cadena de oro, inclinado
sobre las drogas, mezclando venenos para transformarlos en remedios, y
distribuir salud a domicilio y a precios módicos.
El cronista de los casamientos de
doña Flor, de sus penas y alegrías no hizo más que ser
fiel a la
verdad al no
incluir al doctor
Teodoro en la
lista de los
pretendientes cuyas candidaturas
proponían las comadres, pues ninguna de ellas se
acordó del boticario, no apareciendo
su nombre en el baile, al son de las sabrosas habladurías en torno a la viudez
de doña Flor, cuando todas querían distraerla. Por lo demás, poco perdió el
doctor con tal olvido; en el mejor de los casos sólo habría logrado participar
en aquel sueño de doña Flor cuando ella se vio en la ronda, rodeada de palurdos
que aspiraban a su mano. Mejor para él: ni en sueños le tocó hacer un papel
ridículo, y de este modo no se desgastó en la estimación de la viuda.
Pero ¿por qué tal ceguera, por qué lo
olvidaron, por qué no lo descubrieron en el mostrador de la farmacia, junto a
los vidrios azules y rojos, envuelto en olor a medicinas, con la aguja de la
inyección pronta para pinchar los brazos y las nalgas de todas las vejanconas
dientas suyas? Viéndolo y tratándolo tanto, ¿por qué no se habían fijado en él?
Por considerarlo irremediablemente
opuesto al casamiento. Por esa razón, al hacer la lista de los solteros de la
calle no pusieron en la cuenta al boticario, como si fuera casado,
con mujer e
hijos. Ni siquiera
doña Norma, en
su meticulosa
búsqueda de novio para la desvaída
María, su vecina y ahijada, se acordó de él en
ningún momento. ¿El doctor Teodoro?
Ese no se casó ni se casará, no vale la pena fijarse en él, es perder el
tiempo, aunque quisiera construir un hogar, no podría,
¡qué lástima, pobre!
Y como se trataba de una verdad tan
sabida y aceptada, se explica que no haya sido blanco de las burlas y los
chismes, como lo fueron los otros célibes conocidos,
en toda esta historia de la viudez de
doña Flor.
Doña Dinorá, emperatriz de las
intrigantes y adivinas, pasaba diariamente frente a la Droguería Científica, y
dos veces por semana mostraba allí su fláccido trasero.
¡Ah!, ¡qué fugaces son las vanidades
y las grandezas humanas!: ese mismo trasero
ahora flojo había sido loado por los
versos de rimas satánicas de Mestre Robato, cuando era un adolescente vate de
la escuela demoníaca; por entonces, verlo y tocarlo costaba cheques y fajos de
billetes a los ricos señores del comercio; hoy lo descubría ante el
farmacéutico para que le pusiera la dolorosa inyección contra el reuma. Pero ni
así fueron sus ojos de vidente capaces de prever el futuro, de adivinar que el
moreno señor que agarraba su piel fláccida era el soberbio cuarentón de la
profecía. Porque ella sabía, y mejor que nadie, hasta qué punto le era
imposible tomar esposa.
No por afeminado, por impotente o por
doncel a quien repugnasen las mujeres. Por Dios, ni pensar que pueda surgir una
sospecha de esa especie, pues el doctor Teodoro, hombre pacífico, amable, de
buen vivir, sería muy capaz de salirse de su habitual comedimiento y dar
sobradas pruebas de su masculinidad rompiéndole las narices al canalla que lo
injuriase al poner en duda su condición de hombre entero.
De hombre con mucho servicio de
macho, aunque discreto. Si alguien exigiera sobre este asunto un testimonio
preciso e indiscutible bastaría entrevistar en el Beco do Sapoti a la pujante y
pulcra pardusca Otaviana das Dores (o Tavita Languidez) y romper con unas
monedas la reserva debida a su selecta clientela: dos magistrados de segunda
instancia, tres comerciantes de la Cidade Baixa, un padre secular, un profesor
de medicina y nuestro excelente farmacéutico.
Por sus manifiestas cualidades de
limpieza, de discreción y de seriedad - parecía más bien una señora que recibía
acogedoramente a sus amistades en su casa- , Otaviana mereció ser elegida y
frecuentada por el doctor Teodoro, infaltable los jueves después de la cena.
Los clientes de Tavita, una élite preclara y sigilosa, tenían día fijo (o noche
marcada), cada uno con sus hábitos y gustos distintos, con sus preferencias - a
veces muy exquisitas, como las del magistrado Lameira, casi coprófilo- , y ella
los atendía a todos con competencia y soltura, dándoles total satisfacción. A
unos y a otros, a los varones normales y sin problemas, como el doctor Teodoro,
y a los viejos sátiros reblandecidos, come- boñigas y chupa- ombligos, dejando
a todos contentos y regalados.
A las veinte horas en punto, todos
los jueves, el doctor Teodoro cruzaba el umbral de la puerta, siendo recibido
con especial estimación y cortesía. Instalado en una mecedora, frente a
Otaviana, que tejía escarpines de nene, bebiendo algún licor de fruta, una
especialidad de las hermanitas del convento de Lapa, el doctor Teodoro y la
mundana mantenían un provechoso diálogo, pasando revista a los acontecimientos
de la
semana, a las noticias de
los diarios. Acostumbrada a
convivir con señores ilustrados, Tavita había adquirido cierto barniz de
erudición, era de agradable conversación, toda una intelectual, y en el Beco do
Sapoti la consultaban con cualquier motivo. Además era muy moralista, criticaba
las costumbres actuales, esos disparates que se ven por el mundo, esa juventud
incrédula y desenfrenada.
Así pasaba el farmacéutico la hora de
la digestión, escuchando y compartiendo los edificantes conceptos de la
mulata... «Este mundo está perdido, señor doctor, no hay santo que lo arregle.»
Iban después al dormitorio, oloroso a hojas aromáticas, y el doctor Teodoro
entraba con Otaviana - en una cama de sábanas blanquísimas- con derecho a bis.
¿Y cómo seguir dudando de su machismo si sabemos que él hacía casi siempre uso
de tal derecho y repetía gallardamente el buen jolgorio?
Sin aumento de precio, digámoslo,
pues Tavita Languidez no cobraba por vez sino por noches; por la noche entera,
incluso cuando el cliente, limitado en su libertad por el control familiar,
salía apurado, utilizando sólo el breve margen de tiempo que puede justificarse
con una mentira cualquiera. Precio salado, tarifa alta, placer caro; pero el
refinamiento en el trato y tanta gentileza y competencia valían el derroche.
El doctor Teodoro permanecía algunas
veces hasta la medianoche, echando de cuando en cuando un sueñecito en aquella
cama con colchón de parturienta, blando
y cálido, mientras la gentil Otaviana
velaba su reposo. Antes de irse todavía le
ofrecía un mungunzá, o un dulce de
arroz, o maíz tostado, o una nueva copa de licor para «restaurar las fuerzas»,
como le decía susurrando, con una sonrisa mimosa, la parda y digna fulana.
Las comadres no lo inscribieron en
sus listas ni lo tuvieron en cuenta en sus bromas matrimoniales porque sabían
que sólo se dedicaba a la madre, una anciana paralítica para quien el hijo lo
era todo. La anciana había tenido un derrame, y en esa circunstancia el doctor
Teodoro, recién licenciado, le prometió mantenerse soltero mientras ella
viviese. Era lo menos que podía hacer para probarle su gratitud. Perdió el
padre cuando tenía dieciocho años y se preparaba para el examen preliminar en
la Facultad de Medicina.
Quiso interrumpir los estudios y
residir para siempre en la ciudad de Jequié, donde vivía, y hacerse cargo del
pequeño negocio de haciendas, único bien legado por el padre además de montones
de deudas y una amplia fama de hombre bueno. Pero la viuda, mujer resuelta,
aunque de frágil apariencia, no admitió el sacrificio: la única ambición que
tuvo el finado era que el hijo se licenciase, y el joven Teodoro
demostraba ser un óptimo estudiante
al que los profesores pronosticaban grandes éxitos. Que se presentara a los
exámenes y siguiese la carrera, que ya la madre se encargaría del negocito.
Sólo hubo un cambio: en lugar de medicina siguió farmacia, que duraba tres años
menos.
Sólita, trabajando noche y día,
permanentemente fatigada, la viuda administró la casa y el negocio, pagando las
deudas y garantizando la mensualidad al hijo universitario. Más de una vez
intentó él emplearse, pero la madre se opuso: su tiempo para los estudios era
sagrado, tenía que dejar el trabajo para después de licenciarse.
Cuando lo vio hecho un doctor, de
anillo y diploma, envuelto en la toga negra y en la solemnidad de la colación
de grados, no soportó tanta alegría: esa misma noche, de regreso al hotel, tuvo
el derrame. Se salvó por milagro, pero quedó paralítica para siempre.
El joven farmacéutico, viéndola al
borde de la muerte, en un gesto de héroe de dramón, aunque sincero, le juró que
estaría siempre a su lado y que seguiría soltero mientras ella viviese. Al día
siguiente lo primero que hizo fue romper su compromiso con Violeta Sá y no
volvió a tener otra novia. Como única alegría y diversión le quedó el fagot,
instrumento que aprendió a tocar cuando todavía era un alumno de secundaria, en
la Lira Municipal.
Al licenciarse, vendió el negocio de
Jequié, y adquirió, en sociedad con otros, una parte de una decadente farmacia
de Itapajipe, propiedad de un médico que tuvo
triste fin: víctima de una celebridad
prematura cometió los mayores desatinos, obli-
gando a la familia a internarlo. El
doctor Teodoro alquiló casa cerca de allí y vivió exclusivamente dedicado al
trabajo y a la madre tullida, inmovilizada en una silla de ruedas, la mirada
perdida, la voz ronca y dificultosa, celosa del hijo. Por las noches se sentaba
junto a ella y ensayaba solos de fagot para aliviar la terrible soledad de la
enferma. Así permaneció durante años y años, saliendo muy poco del barrio, en
el que era popular y estimado. Cuando conoció al músico Agenor Gómez, ingresó
con su fagot en la orquesta de aficionados que reunía, en torno al competente
maestro, a unos cuantos médicos, ingenieros, abogados, un juez, un dependiente
y dos comerciantes. Todos los domingos se juntaban para tocar en casa de uno de
ellos, felices con sus instrumentos y sus composiciones. Bajo la dirección del
joven titular, la farmacia volvió a su antigua prosperidad y la fama del doctor
Teodoro, como hombre recto y bueno, fue imponiéndose y creciendo con el tiempo.
Fueron muchas las pretensiones que surgieron en torno al fagot del joven
farmacéutico, pero éste, serio e incapaz de hacerle perder el tiempo a una
joven casadera, no entretuvo ni dio esperanzas a ninguna. Todas las finezas
propias del noviazgo las reservó para la paralítica: flores, cajas de bombones,
delicados regalos y hasta una sonata compuesta por el maestro en homenaje a esa
devoción filial, titulada «Tardes de Itapajipe con el amor materno». El médico
trastornado se murió y el doctor Teodoro atendió los problemas de la sucesión,
resolviéndolos como si se tratara de los bienes de su familia. Tal vez por eso
la viuda concibió la idea de casarlo con la hija más joven, una atorranta que
daba miedo. Por suerte para el doctor Teodoro la promesa no se lo permitía,
porque de lo contrario podría haberse visto de pronto casado con la pelandusca
(hasta tal punto era dominadora la viuda, que ya había llegado a tratarlo como
si fuera su suegra, disponiendo de su vida). Alarmado, el doctor Teodoro sólo
tuvo un recurso: traspasar su parte de la sociedad, retirándose de la farmacia
y de la amenaza de noviazgo.
Cuando estaba preguntándose qué hacer
con el dinero recibido se encontró con un conocido suyo (suyo y nuestro, pues
ya lo hemos visto en otra ocasión, al volante
de su auto en la calle Chile, casi
atropellando a doña Rozilda, y encima soltándole
regios exabruptos), el experto
representante de productos farmacéuticos Rosalvo Medeiros, quien le dio un dato
de primera: un próspero establecimiento, la Droguería Científica, situado en un
punto formidable, era causa de una de esas sórdidas luchas entre herederos de
una sucesión en litigio, una torpe pelea familiar. Excelente oportunidad para
quien tuviese dinero; podía hacer una compra estupenda.
Y así lo hizo el doctor Teodoro,
adquiriendo las partes de dos de los cinco herederos, abonando algo al contado
y el resto a plazos. Emprendía de este modo algo grande, adquiría un
patrimonio. En los comienzos pasó momentos de apuro, rescatando documentos que
pagaban elevados intereses. En aquellos primeros tiempos le fue muy útil su
relación con el banquero Celestino, a quien lo recomendara otro miembro de la
orquesta de aficionados, el doctor Venceslau Pires da Veiga, que era casi tan
buen violín como famoso bisturí. El portugués percibió en seguida que se
trataba de un hombre serio: tenía vista y olfato, no se engañaba nunca. Y le
facilitó la renovación de los pagarés, aliviando así su situación.
Hombre de pocos gastos (sus lujos se
reducían a una enfermera competente para la madre, el fagot y la visita semanal
a Tavita Languidez), el farmacéutico, gracias al apoyo del banquero, cruzó sin
mayores riesgos aquellos primeros tiempos en Cabeca, cuando aún estaba
endeudado. Un año antes de sentirse atraído por doña Flor había pagado, con un
suspiro de alivio, el último vencimiento.
Ahora ya no era más el socio de una
pequeña farmacia en Itapajipe, sino de una droguería en el centro de la ciudad.
Y, aunque socio menor, poseía las dos quintas partes del capital y hacía y
deshacía en el negocio, pues los tres hermanos no se
entendían y era muy raro que pusieran
los pies en la Científica (a no ser para pedir
un adelanto a cuenta de los
dividendos).
Además, como farmacéutico titular del
establecimiento y por la atención diaria del mismo, le correspondía una
participación mayor en las ganancias. Esperando que
más pronto o más tarde podría comprar
las otras partes, cuando los hermanos, una
caterva de inútiles haraganes,
acabasen por tirar en la buena vida el resto de la herencia, el doctor Teodoro
fue ganando paulatinamente el respeto y la estimación del barrio; incluso de
las comadres.
Cuando llegó a Cabeca, irreprochable
en su traje oscuro, serio y competente, un solterón rondando
los cuarenta, las
comadres, apenas verlo,
se pusieron en
campaña. Escudriñaron su vida íntima,
evaluaron su ciencia - «qué mano más delicada para las inyecciones», «receta
mejor que muchos médicos»- , pasaron por
un peine fino los menores detalles de
su biografía, desde los estudios costeados con el trabajo de la madre, al
frente del negocito de Jequié, hasta los solos de fagot -
arte y placer del célibe- y las lágrimas del capítulo dramático del
derrame, cuando el doctor Teodoro jurara
no amar a ninguna mujer para atender
mejor a la
paralítica.
Doña Dinorá, escrupulosa y exacta,
obstinada en la averiguación de los menores detalles, amplió su campo de
investigaciones hasta Itapajipe, en donde entrevistó a la enfermera que había
cuidado a la viejecita en su sillón de lisiada. Su dedicación de hijo merecedor
de una sonata - melodía y poema- se
impuso a la maledicencia de las comadres, quienes dejaron al boticario en paz
con sus austeros hábitos y su madre enferma.
Estaban tan acostumbradas a verlo a
través de su solemne compromiso filial que ni se dieron cuenta del profundo
cambio cualitativo ocurrido meses antes, cuando la madre del doctor Teodoro
murió en su sillón de ruedas, en el que había vivido durante más de veinte
años, quedando el hijo libre de su fatal promesa. Libre para casarse. Pero es
que para las comadres el farmacéutico no existía como tema de chismes y
rumores. Chismorreaban sobre todo el mundo menos sobre él, «el doctor Teodoro
es un hombre recto».
Cuál no sería su asombro, pues, cuál
no sería su estupefacción - el fin del mundo- cuando estalló la noticia del
interés que tenía el droguista por la profesora de cocina. ¡Ah, traidor! Las
comadres, en formación de combate, ocuparon todas las posiciones estratégicas
entre la Droguería Científica y la Escuela de Cocina: Sabor y Arte. El doctor
Teodoro tenía que cruzar, con su paso mesurado, su saco gris- ceniza o azul, y
su austera compostura, por entre las miradas y las sonrisas de las vecinas,
cuando pasaba ante la ventana desde la que doña Flor respondía con una sonrisa
breve y amable al respetuoso pero apasionado saludo del pretendiente. ¡Ah,
traidor!, ¡cazurro!, ¡simulador...! - se decían con las miradas y los gestos
las intrigantes- . Continuaba viviendo en la misma lejana casa de Itapajipe,
pero ya no
se apresuraba a tomar el tranvía
primero y el elevador luego apenas cerraba las puertas de la Droguería: ya no
lo esperaba más, con nerviosa impaciencia, la madre entenada. Tomó la costumbre
de almorzar y cenar en el restaurante del portugués Moreira, y rondaba por
Cabeca, Maciel, Sodré, como si no pudiera abandonar las cercanías de la viuda.
La cortejaba de lejos, discreto, sin imponerle su presencia. Pero ¿cómo actuar
con discreción, en los límites de la reserva, con tanto comadrerío en torno,
tropezando a cada paso con una de las beatas, escuchando las insinuaciones de
doña Dinorá?
El doctor Teodoro, hombre de
actitudes francas, enemigo de fraudes y embaucamientos, se sentía incómodo. La
situación se le fue haciendo insoportable.
Doña Norma se dio cuenta:
- Me da pena...
Doña Flor se sonreía con simpatía:
- Pobrecito...
- Esto no puede continuar así..., voy
a dar un paso...
Doña Norma decidió tener una sincera
conversación con el apasionado farmacéutico para resolver aquello de una vez.
La misma doña Flor tampoco podía ya ocultar que también estaba interesada,
refiriéndose a él con afecto, firme en la ventana a la hora en que el doctor
pasaba por la calle.
- Voy a hablar con él...
- ¿Estás loca, criatura? Va a pensar
que yo te mandé, que soy una perdida, una que se anda ofreciendo por ahí...
- No seas tonta..., déjame a mí...
Pero doña Norma no llegó a tomar la
iniciativa, pues aquella misma tarde doña Flor se presentó en la casa de ella
casi sin aliento, llevando en la mano las hojas y el sobre de una carta. Papel
azul con orlas de oro y perfume de sándalo, un primor. Declaración en regla,
frases de galanteo en selecto portugués, relación de bienes y de cualidades,
puestos unos y otros a los pies de la dama; honestas intenciones, nobles
palabras y el soplo de una pasión verdadera que trasponía los rectilíneos
límites de la reserva dándole a ese documento - en el que se revelaba todo un
carácter- el tono de un alegato de amor,
tembloroso y vivo. - ¡Fabuloso...! - dijo doña Norma, leyendo con avidez y
entusiasmo- . ¡Es un coloso!
13
Así como el primer casamiento de doña
Flor hubo de realizarse a toda prisa, en rápida y restringida ceremonia, en el segundo
todo sucedió como debe ser, muy ordenadamente y hasta con cierto brillo. El
primero no fue precedido por el noviazgo, yéndose derechamente desde el cortejo
(impúdico) al matrimonio, pasando por la cama (antes de hora). Porque se había
celebrado en aquella desagradable y embarazosa situación de urgencia debido a
la necesidad de cubrir con el aval del Estado y de la Iglesia el virgo
destapado anticipadamente por el festejante, y de este modo restaurar, si no el
preciado pellejo, por lo menos el buen nombre de la familia.
Esta vez el casamiento se hizo con
participaciones e invitaciones impresas, con noticia en la columna de
«Sociales» de A Tarde - con una elogiosa referencia al
doctor Teodoro, «nuestro estimado
y conspicuo suscriptor»- , música, y
gran
iluminación, y gente, mucha gente en
la iglesia de Sao Bento, donde el celebrante, don Jerónimo, pronunció uno de
sus más elocuentes sermones; a su vez, en la ceremonia civil, el juez, doctor
Pinho Pedreira, con los elegantes conceptos que lo caracterizan, vaticinó a la
nueva pareja, en un breve y amable discurso, una vida de paz y armonía «bajo el
signo de la música, voz de los dioses». El enjuto y preclaro juez era colega
del novio en la orquesta de aficionados reunida bajo la batuta del maestro
Agenor Gómez, siendo distinguido clarinete de la misma.
Tuvo así el segundo casamiento de
doña Flor cuanto le faltó al primero. Organizado
con escrupulosa eficacia por doña
Norma a pedido de los novios, cada cosa estuvo en su lugar a la hora prevista,
todo de muy buena calidad y a precio accesible, ha- biendo contribuido al éxito
la ayuda entusiasta de toda la vecindad.
¿Qué es lo que no podía conseguir
doña Norma? Incluso logró la presencia de doña
Rozilda y su total reconciliación con
la hija. Vinieron también, de Nazareth, el hermano y la cuñada de doña Flor,
registrándose sólo la ausencia de Rosalía y Antonio Moráis, pues el mecánico
mantuvo su resolución de no volver a Bahía hasta que la suegra se hubiese ido a
tomar «vacaciones permanentes en el infierno».
Esta vez doña Rozilda no encontró
nada que criticar: era un casamiento a su gusto, tanto la ceremonia como el
yerno. Al fin un yerno que se acercaba al modelo
soñado en los lejanos días de la
Ladeira do Alvo; no del todo, naturalmente, no era
el príncipe perfecto, el ideal casi
alcanzado con el estudiante Pedro Borges. Pero, en fin, era un doctor, con
recursos, socio de una farmacia bien surtida y situada. Hombre probo y de
mundo, alguien en la vida, no un pobre diablo que ganaba el pan rastreando bajo
los automóviles de los otros, lleno de grasa, como el marido de Rosalía; y
mucho menos un vago atorrante, un charlatán como el primer esposo de
Florípedes. A este doctor Teodoro ella podía exhibirlo sin menoscabo ante sus
relaciones de élite, era un hombre de pro, un yerno con solidez, con recursos.
En el segundo casamiento lo único que
faltó fue el período de festejo, y con razón, pues no queda bien que una viuda
se deje cortejar en una esquina o en el escondido rincón de un portal, con
abrazos y desenfrenos: besitos, apreturas, toca- aquí- toca- allá, las manos de
él en sus pechos o recorriendo sus muslos. Descaros y desvergüenzas tolerables
en el noviazgo de una doncella siempre que sean serias las instituciones del
cortejante, lo cual le da derecho a algunos anticipos, pero insoportables e
inmorales cuando se trata de una viuda.
He ahí por qué al declararse el
doctor Teodoro a través de tan noble epístola, se resolvió entre las partes -
con el consejo y la aprobación de parientes y amigos- un respetuoso y breve
período de compromiso durante el cual podrían doña Flor y el doctor Teodoro
conocerse mejor y apreciar mutuamente sus cualidades y defectos, para decidir o
no casarse. La amarga experiencia de doña Flor - al decir de Sampio, embajador
plenipotenciario- no le permitía dar un
paso tan serio sin amplias ga- rantías de éxito.
Un paso tan serio: ni siquiera doña
Norma, con toda su buena voluntad y su no menor capacidad, se animó a dar por
su cuenta un consejo a la amiga sobre el tenor de la respuesta a las hojas azul
y oro que trascendían a perfume de sándalo y
a pasión. Para ella, íntima y
fraternal amiga de doña Flor, al tanto de sus secretos,
de su necesitada situación de joven
hembra presa en las redes de la viudez, no cabía duda que ese casamiento era la
solución perfecta para todos los problemas de la amiga. Pero la respuesta a la
ardiente y cortés declaración no podía reducirse a una palabra: «Acepto.» ¿Y
después?
Era necesario aprovechar la ocasión
para poner todo en su lugar, precisando actitudes, condiciones y plazos, de
forma que doña Flor no fuese víctima de la condenación de las gentes, ni
tampoco se prolongase demasiado la ridícula imagen que ofrecía ahora el
inexperto farmacéutico, hombre bien considerado y de respeto, que de repente se
veía convertido en payaso y en motivo de burlas por parte de las comadres que
espiaban su paso por la calle y describían sus miradas y suspiros,
divirtiéndose a costa suya. He ahí por qué doña Norma no sólo convocó a su
entrañable amiga doña Gisa, letrada y sabionda, sino que también quiso oír a
don Sampaio y apoyarse en él. Al principio pensó en Nazareth das Farinhas o en
Río, en la madre y en los otros parientes de doña Flor.
Pero tanto ella como la viuda
concordaron en que era inútil la presencia de los bondadosos viejos en los
debates preliminares del caso. Si llegase el momento solemne del compromiso,
entonces sí, harían salir de su jardín a la tía Lita y al tío
Porto de sus coloridos paisajes para
recibir la petición del pretendiente y comprobar
sus intenciones.
Aquélla fue una noche complicada para
doña Norma, que tuvo que pedirle a doña
Amelia que la sustituyera en la
cabecera de una prima suya, en quinto o sexto
grado, que recién acababa de dar a
luz:
- Esta Normita no tenía por qué
haberse ofrecido a acompañarla, la joven está llena de parientes,.., se ofreció
de puro entrometida, ¡qué mujer más atolondrada...! -
protestaba doña Amelia, camino del
hospital contra su voluntad.
También doña Gisa hubo de deshacer un
compromiso: una reunión musical en casa de unos amigos alemanes, donde, a media
luz, se oían discos de Beethoven en devoto silencio, sorbiendo alguna copita.
En cuanto a don Sampaio, fue de mala gana, a la fuerza: no estaba en sus
costumbres meterse en la vida ajena y mucho menos entrar en el terreno de los
palpitos a propósito de un asunto tan personal como el casamiento. Pero
tratándose de doña Flor, criatura a quien realmente estimaba, viuda honesta ¡y
qué churro, qué postre! (don Sampaio no podía reprimir sus malos pensamientos),
se decidió a salir, resolviendo dejar sus ocios y sus principios para atender
el pedido.
Tras una nueva lectura de la carta,
hecha en voz alta y con comentarios, don Sampaio comenzó aquella histórica
conferencia en la cumbre (como diría la prensa de hoy):
- Me gusta, es un hombre de elevados
sentimientos - opinó el dueño de la zapatería.
Se oyó a continuación el tímido
asentimiento de doña Flor:
- Sí, pienso que sí... ¿Por qué no?
Me parece simpático...
- ¿Simpático? Es un pedazo de hombre,
un zorro - protestó doña Gisa, dispuesta a usar la jerga bahiana en su media
lengua de gringa.
Finalmente, por sugestión de doña
Norma, resolvieron darle plenos poderes a don Zé Sampaio para que en nombre de
la viuda hablase con el farmacéutico sobre los trámites necesarios, dándole el
sí pero no sin condiciones. Debían terminar de in- mediato las
demostraciones, e iniciar un
noviazgo discreto, precedido
de un
encuentro con los tíos de doña Flor
en el que se oficializaría el compromiso.
Hecho esto, el doctor Teodoro podría
frecuentar la casa de la prometida tres veces por semana, los miércoles,
sábados y domingos. Los miércoles y los sábados debía llegar después de la
cena, permaneciendo hasta las diez de la noche; todos los en- cuentros, como es
natural, debían suceder en presencia de terceros, para no dar lugar al más
mínimo rumor sobre la responsabilidad de la viuda. El régimen era más suave los
domingos, que debían comenzar con un almuerzo en Río Vermelho, en casa de los
tíos, y terminar con una función de cine en compañía de los Sampaios o de los
Ruas. No es posible cerrar el acta de aquella memorable reunión sin hacer
constar en ella el descontento y el desacuerdo de doña Gisa con tales
limitaciones. Se había opuesto con énfasis a la mayoría de tan ridículas y
tontas exigencias, normas retrógradas que en su opinión no eran más que restos
de la Edad Media, feudales y penosos. Pero el mismo Zé Sampaio, hombre de
experiencia, las consideraba necesarias para preservar sin mancha el buen nombre
de la vecina.
Todo indicaba que el doctor Teodoro
era un hombre de bien - como sugerían su comportamiento anterior y los elevados
conceptos de su carta- , pero aun así debía protegerse a la viuda contra
cualquier abuso, no fuese que el boticario, después de
estar día y noche en casa de la
indefensa doña Flor, después de pasearla de un lado
para otro en giras y excursiones,
quizá a lugares distantes, nadie sabe dónde, los dos solos, saliera luego el
bribón escapándose de repente, como tantas veces había sucedido en semejantes
casos. ¿Dónde irían a parar entonces la honra y el límpido buen nombre de la
vecina? Si sucediera eso, doña Flor pasaría, de ser considerada como una viuda
ejemplar por su seriedad y comportamiento, a ser vista como orinal de difunto,
en el que cualquiera hace pis y se marcha. Doña Gisa, con su sapiencia, podía
reírse de esas costumbres, pero él, José Sampaio, celoso de la salud moral de
doña Flor, opinaba que...
¡Edad Media, feudalismo, Santa
Inquisición...! ¿Dónde se vio que una mujer de treinta años, viuda, dueña de
hacer su gusto, dueña de su dinero, ganado con su
trabajo idóneo, necesitase testigos
para recibir la visita del novio, un caballero que
pasaba los cuarenta? Sólo en el
Brasil era posible semejante atraso..., en los
Estados Unidos todo el mundo se
reiría...
Don Sampaio escuchaba en silencio a
la gringa, observándola, dándole la razón en lo más recóndito de su
pensamiento: todas esas precauciones, esos testigos, eran
una gran tontería, ya que finalmente
quien da lo que es suyo se lo da a quien
quiere y cuando mejor le parece... ¡Y
qué bueno sería si la gringa, con tanta chachara y tanto futurismo, resolviese
darle a él algo para poner en práctica sus teorías, su desprecio por los
convencionalismos, por esas chiquillerías...! ¡Pero nada! Tanta palabra, tanta
indignación, tanta ciencia y tantas letras, y después era una roca. Por lo
menos hasta que hubiera pruebas en contra. Si se entregaba era en secreto. ¡Y
qué secreto más absoluto! Nadie, ni siquiera doña Dinorá, tuvo jamás la menor
sospecha, ni un solo gesto; ni siquiera se le conocía un pretendiente. Muchas
habladurías, sí, pero todo en vano, todo concluía desvane- ciéndose en la nada.
Y la gringa se reía, feliz de la vida, con todos los síntomas físicos y morales
del sexo satisfecho, bien servido, mientras las comadres seguían despistadas,
sin descubrir una paja por más que escarbasen.
Vaya usted a saber, a lo mejor no se
daba y era seria de verdad..., lo cual, finalmente, era consuelo, reflexionaba
melancólicamente don Sampaio, mientras daba por finalizada la conferencia. Al
día siguiente, contrariando una vez más sus hábitos, don Sampaio tardó en salir
camino de su zapatería: estaba esperando la hora de la cita con el doctor
Teodoro en la Droguería, deseando desembarazarse pronto del encargo.
Fue una conversación cordial, aunque
al principio un tanto difícil, hilvanada con azoramientos y reticencias. Don
Sampaio no sabía cómo abordar el tema y el doctor Teodoro se estrenaba en tan
delicada faena. Sin embargo, llegaron a entenderse gracias a su mutua buena
voluntad: el tendero lleno de simpatía por la causa, el farmacéutico dispuesto
a cualquier acuerdo siempre que en él se incluye
el casamiento con la viuda, guiado
por su pasión definitiva de hombre maduro. El
encuentro tuvo lugar en el
laboratorio, en los fondos de la botica, que en apariencia estaban al abrigo de
las miradas y de los oídos indiscretos. Nada más que en apariencia, pues
en esa hora
matinal, doña Dinorá,
en guardia permanente, observó el cauteloso abordaje de
don Sampaio, su sospechosa demora en el retiro del laboratorio (ni un
tratamiento de sífilis tardaba tanto), y decidió asomar la cara por allí con el
pretexto de su inyección contra el reumatismo (cuando la verdad no tenía que
dársela hasta el día siguiente y por la tarde).
El susto de los conspiradores al ver
el rostro de la entrometida equivalía por sí solo a una confesión; pero además
ella ya había escuchado un fragmento de la conversación, una reveladora
afirmación de comerciante de calzados:
- Siendo así, mi querido doctor, mis
felicitaciones a las dos partes, a usted y a ella..., ambos merecedores...
La noticia corrió rápidamente de boca
en boca, circulando por todas las calles de los
alrededores, y doña Flor comenzó a
recibir felicitaciones incluso antes de conocer el éxito de la misión tan
brillantemente llevada a cabo por don Zé Sampaio (que además fue nombrado
padrino del acto religioso, en agradecimiento).
El sábado por la noche, a la espera
del encuentro del pretendiente con la viuda, se hizo una pequeña y animada
velada frente a la casa de doña Flor: las comadres se apostaron sin la menor
vergüenza en la acera del argentino, espiando desde allí la sala de recibo de
la Escuela de Cocina. Dona Flor aguardaba, sonriente y apacible, la excitante
visita; la rodeaban, como es de rigor, sus parientes próximos, en este caso,
sus tíos y sus amigos más íntimos (incluso dona Dinorá, que amenazó con
declarar una guerra sin cuartel si no se la invitaba), tres o cuatro parejas,
doña María del Carmen y la joven Marilda (tan nerviosa como si se tratara de la
petición de su mano), y, en el mejor sillón, el doctor Luis Henrique,
personalidad de la Administración Pública y de las letras patrias y amigo de la
familia, una especie de pariente rico. Afuera, los no invitados aumentaban en
cantidad e importancia.
El doctor Teodoro llegó a la hora
exacta, con la precisión de su cronómetro suizo, con una elegancia que había
que verlo: de flor en el ojal, un espléndido personajón que estremeció a todas
las comadres. Ceremoniosamente recibido por tía Lita,
luego de saludar a todos los
presentes se dirigió al lugar que se le había designado de acuerdo a un
riguroso protocolo: en el sofá, al lado de doña Flor.
Doña Flor estaba resplandeciente con
su nuevo vestido, hermosa y simple en su rubor y su recato, toda cobre y oro.
Nadie podría adivinar, viéndola tan tranquila,
de ánimo tan firme, hasta qué punto
estaba por dentro muerta de angustia, oprimida y afligida, hasta qué punto
creciera su ansiedad en esos días de esperanza
y de duda. Al fin iban a pasar los
tiempos duros, las negras noches, el desierto de luto y soledad: iba a
emprender de nuevo la cabalgata del placer, iba a gozar del
amor.
Sentóse el doctor Teodoro en el borde
del sofá y todo fue silencio y espera, un minuto solemne, inolvidable y muy
incómodo. El farmacéutico recorrió con los ojos la sala llena, encontrándose
con la animadora sonrisa de doña Norma. Entonces, volviendo a ponerse de pie,
se dirigió a doña Flor y a los tíos y dijo cuán feliz sería
«si ella quisiera hacerle la merced
de aceptarlo como novio y futuro esposo en breve plazo, resolviendo ser su
compañera en el sendero de la vida, ruta pedregosa, llena de obstáculos y
tropiezos que se transformaría en un paraíso si él contara con su apoyo y su
bálsamo...».
Una arenga de orador, era una
retórica digna de un bachiller o de un político, toda una faceta inédita del
doctor Teodoro. «¡Cuántas virtudes tiene este hombre!»,
pensó doña María del Carmen, que de
todos los presentes era la que menos trato
tuviera con el pretendiente.
Prosiguió su discurso afirmando que ya se sentía en los umbrales del paraíso
por el hecho de estar allí, entre los tíos y los amigos más dilectos de la que
era el motivo de su vida; era una pena que no estuvieran presentes también la
hermana y el hermano, la cuñada y el cuñado, y, sobre todo, la venerable
anciana, la santa madre de doña Flor...
Tan imprevista mención a doña Rozilda
casi hace atragantarse a doña Amelia, a quien se le atravesó una carcajada en
la garganta: «Espera a conocerla y ya verás qué santa es la viejita», se dijo,
tapándose la boca y desviando los ojos para intercambiar una mirada con doña
Norma o doña Emina. En resumen, el doctor Teodoro deseaba solicitar la mano de
doña Flor, su mano de esposa, en presencia de tantos valiosos testigos. Tan
lindamente habló que doña Norma no se contuvo y aplaudió, con gran indignación
de don Sampaio: «¿Dónde se vio aplaudir en momentos así, cuando se impone los
más discretos modales?» Pero doña Flor restableció el orden y la armonía
poniéndose de pie también y tendiendo su mano hacia el pretendiente:
- Yo también deseo casarme con
usted...
El doctor rozó apenas la mejilla de
la novia con un beso y luego hubo una confusión general de abrazos,
felicitaciones, parabienes y besos de las mujeres, mientras los invitados, que
habían permanecido afuera, penetraron en la casa, regañando al doctor Teodoro:
- Don simulador, santo falso...
Una mesa cubierta de dulces y
saladitos atrajo a las indómitas comadres. Marilda y la criada servían licores
caseros: de huevo, de violeta, de grosella, de umbú y de araca, cuyo paladeo
fue causa de que el farmacéutico cometiera una risueña
equivocación:
- ¡Ah!, estos licores son
excelentes... Los hacen las hermanas del convento de
Lapa, ¿no?
Y es que el sabor le había resultado
conocido, idéntico al de otros licores gustados en alguna otra casa también
acogedora, también de una agradable calidez humana. Los demás se rieron de su
afirmación, pero no quisieron aceptarla ni siquiera como hipótesis,
considerándolo casi un insulto: ¿acaso no tenía él noticia de las dotes de doña
Flor? No sólo era una cocinera insuperable y una repostera sin rival, sino
también una maestra en licores; los de las hermanitas de Lapa, del Destierro o
de los Perdones son mejunjes, jarabes de farmacia, señor doctor, no se pueden
comparar con los de su novia ni de lejos...
No, no tenía noticia de su don para
los licores; confundido, en actitud de autocrítica y penitencia, ofrecía su
mano para recibir el castigo. Hasta él había llegado, eso sí,
la fama de su regia cocina, que
aseguraba que doña Flor no era profesora de condi- mentos por azar sino por
competencia, por ser una verdadera artista. Nunca tuviera antes ocasión,
desdichadamente, de probar esas delicias; pero le había llegado la hora del
desquite. Con toda seguridad iba a engordar mucho.
Y así pasó la alegre fiesta del
compromiso. En una de esas vueltas que da el mundo, el doctor fue a parar a la
antesala del lecho de doña Flor, en la orilla de su esperanza. Se sentía torpe,
pues no tenía experiencia en noviazgos y conquistas, ya que su trato más íntimo
con una mujer se reducía al encuentro semanal con Otaviana. Si alguna vez el
farmacéutico había percibido, tras la hetaira, la sutileza de Tavita Languidez,
y le ofreció, además de las monedas contantes y sonantes, la gentileza de una
palabra suave, con el correr del tiempo ese tráfico de sentimientos se redujo a
las habituales cordialidades y amabilidades, las corteses atenciones, con
dulces y licores y conversación en la cama, todo libre de galanteos y ternuras
de noviazgo o de enamoramiento.
Cuando él se despidió, doña Flor le
ofreció nuevamente la mejilla para el casto ósculo que, entre temeroso y
tímido, pero sobre todo tieso, le dio el comprometido novio. Doña Flor alcanzó
a sentir el temblor de su mano al rozar sus dedos húme-
dos. Y pensó que el doctor Teodoro
también ardía por dentro, lo mismito que ella.
Esa noche doña Flor soñó con él y
sólo con él, viéndolo como un gigante moreno, fuerte, invencible, de amplio
pecho («una mosca blanca», como decía doña Gisa chasqueando la lengua), que
venía y la raptaba.
Así fueron los esponsales de doña
Flor. En las calles de los alrededores no se comentaba otra cosa. Por lo demás,
sin discusiones ni habladurías, con unánime aprobación. No surgió una sola voz
que discordase: todos simpatizaban con el noviazgo del boticario y la viuda,
los cuales, en la opinión general, estaban hechos el uno para el otro.
Primero doña Flor estableció un plazo
de por lo menos medio año para la fecha de
casamiento. Ésa fue una de las pocas
cláusulas que el novio discutió. ¿Por qué tanto tiempo, preguntó el doctor
Teodoro, si no tenían que preparar el ajuar ni pro- blemas que resolver? Las
amigas y las comadres estaban de acuerdo con él, y la misma doña Flor acabó por
darle la razón, reduciendo a tres meses aquella etapa pudorosa, de sofrenado
deseo.
Fueron tres meses de bonanza, una vez
que se acostumbraron (fácilmente) el uno al otro y vieron que se llevaban bien,
cada día mejor. Durante ese período, en las veladas de prolongadas
conversaciones, con la participación de doña Norma o de
alguna otra amiga, decidieron todos
los detalles de su próxima vida en común.
Acordaron residir en casa de doña
Flor no sólo porque era más cómoda para el doctor Teodoro - quedaba cerca de la
Droguería- , sino porque doña Flor se había negado terminantemente a clausurar
las actividades de la Escuela, como él proponía. La farmacia le daba lo
bastante como para que pudieran vivir bien, con un modesto pasar - argumentó el
doctor Teodoro- ; ¿para qué quería continuar con su fatigosa labor? Pero doña
Flor se había acostumbrado a ella y en verdad no sabría vivir sin sus alumnas,
sin los revoltosos grupos, las risotadas, los diplomas, la disertación y las
lágrimas de fin de curso con la entrega de títulos, y algún dinero propio. De
ninguna manera, ni hablar de eso.
En todo lo demás, de acuerdo: ni
siquiera fue motivo de discusión la cama de hierro, por la que ella sentía
secreto apego, pues le agradaba su forma antigua. La novia había temido por su
suerte, pensando que quizá el doctor no quisiera dormir en ella, donde el
primer esposo la poseyera tantas veces. Cuando hicieron el inventario de lo que
debían comprar para arreglar la casa a su satisfacción (por ejemplo, un
escritorio en el que el farmacéutico pudiera tomar sus notas y guardar sus
papeles), recorrieron pieza por pieza, examinando las cosas y tomando de-
cisiones; al llegar al dormitorio él propuso que se comprara un nuevo colchón,
ya que el viejo estaba lleno de montículos, de altos y bajos. Había unos
colchones de elásticos, una novedad reciente, magníficos. Él mismo tenía uno,
pero de una plaza. En cuanto a la cama, ¿no sería mejor pintarla, ya que iba a
hacer pintar la casa y algunos muebles? Y eso fue todo.
Se iban acostumbrando el uno al otro
y doña Flor ya sentía ternura por aquel hombre tranquilo y bueno, un tanto
solemne y sistemático, que exigía que todo estuviese en su lugar y a la hora
exacta, pero incapaz de una indelicadeza, lleno de atenciones y, sin duda,
muerto de amor por ella. Ahora, tanto al llegar como al despedirse (y venía
diariamente, pues acabaron con aquella bobería, tan criticada por doña Gisa, de
visitarla sólo tres veces a la semana), ya la besaba ligeramente en los labios.
Con su fuerte boca apenas tocaba los labios de la viuda. Ella sentía ganas de
morderlo, dándole un beso de verdad.
Cierta noche en que fueron al cine
llegaron tarde, como sucedía cada vez que salían con los
Ruas, y ya
había comenzado la
función; en la
sala, casi llena,
no
encontraron lugar para sentarse
juntos los cuatro en la misma fila, quedando doña
Flor y el doctor Teodoro allá
delante, incómodos. Incómodos para ver la película porque la pantalla estaba
muy cerca, pero solitos en la fila y con las manos entrelazadas. En un momento
dado él le rozó suavemente los labios, pero ella abrió los suyos y lo besó
profundamente. Ése fue el primer beso cambiado entre ellos, en una caricia de
hombre y mujer, pues los anteriores fueron ósculos y no besos. Faltaba una
semana para que se acabasen los esponsales, para presentarse ante el juez y el
cura. Ese beso era como la inauguración de su intimidad, destruía el pudor y la
vergüenza que convirtiera sus relaciones en el más ceremonioso de los
noviazgos.
Doña Flor soñaba todas las noches con
ese beso de verdad, y en sus vigilias le daba razón a doña Gisa: puesto que
iban a casarse dentro de unos días, ¿por qué diablos no matar de una vez el
hambre y la sed que los devoraba? No lo hicieron, claro, ni hablaron jamás de
eso, y ni siquiera lo insinuaron. De ese beso, sin embargo, nacieron otros, y
las manos permanecieron apretadas y las cabezas juntas en la oscuridad del
cine. Esa noche doña Flor durmió sin sobresaltos; descansando, al fin, después
de muchos meses de pesadillas.
Y así llegó doña Flor, honrada y en
calma, al día de su segundo casamiento. La casa lucía hermosa, parecía nueva,
pintada al aceite, con un chispeante rebrillar de colgajos y la placa de la
escuela reluciendo. Los antiguos muebles estaban dispuestos de otro modo,
completándose con los recién adquiridos, como el escritorio y su
correspondiente sillón giratorio; en la cama de hierro (ahora azul) ya se había
puesto el colchón de elástico - exquisitez de exquisiteces- , un xispeteó. En
la pared de la sala ya no colgaban los retratos en color de doña Flor y del
primer esposo. En su lugar, en la víspera del casamiento, se puso la fotografía
del grupo que se licenció junto con el farmacéutico, en la cual, en medio de
sus colegas, estaba él, sonriente, con la toga negra y vestimenta de doctor.
No hubiese quedado bien que el finado
continuara presidiendo la casa, le susurró doña Norma a doña Flor. Tenía razón,
pero doña Flor no quiso que en la pared
estuviera sólo su retrato: un retrato
de cuando era jovencita, de la muchachita que
ella fuera. Sin juicio, una tonta,
tristona chiquilla en la edad de sufrir: la mujer del jugador, no la doña Flor
de ahora, un poco más gordita y más reposada, la esposa del doctor, madura para
la conquista de la felicidad.
Lo decían todos sin excepción - el
mundo de invitados que llenaba la iglesia- , incluido el banquero Celestino,
que, siempre tan ocupado, llegó con retraso, como ocurrió en el primer
casamiento; lo decían todos al concluir la ceremonia en la iglesia de Sao
Bento. En el principio de aquella noche de luna, cuando ya los novios iban a
entrar al taxi que los conduciría fuera de la ciudad para celebrar las nupcias
en la quietud de Sao Tomé de Paripé, en el golfo verde azul de la Bahía de
todos los Santos, con innumerables estrellas, música de grillos y coro de
sapos..., todos lo decían, incluso doña Rozilda:
- Esta vez sí que acertó; va a ser
feliz.
Esta vez sí: lo decían todos, sin
excepción.
IV. De
la vida de doña Flor, en orden y en paz, sin sobresaltos
ni disgustos, con su segundo y buen
marido, en el mundo
de la farmacología y de la música de
aficionados, brillando
en los salones mientras el coro
de los vecinos proclamaba su
felicidad
(con el doctor Teodoro Madureira en
un solo de fagot)
LA ORQUESTA DE AFICIONADOS «HIJOS DE
ORFEO»
tiene el alto honor de invitar a Su
Excelencia y a Su Excelentísima Familia al concierto conmemorativo del sexto
aniversario de su fundación, a realizarse en los jardines del palacio de los
esposos Taveira Pires, en el Largo de Graca, número 5, el próximo domingo a las
20,30 horas.
PROGRAMA
Primera Parte
1.
BERGER. Amoureuse. Vals.
2.
FRANZ SCHUBERT. Marche Militaire.
3.
E. GILET. Loin du Bal. Vals.
4.
FRANZ DRDLA. Souvenir. Solo de violín con acompañamiento de piano.
Solista, doctor Venceslau Veiga. Al piano: señor Helio Basto.
5.
ÓSCAR STRAUSS. El sueño de un Vals. Potpurri.
Segunda Parte
1.
FRANCIS THOME. Simple Aveu.
2.
OTHELO ARAUJO. Solo de violoncelo con acompañamiento de orquesta.
Solista:
señor Comendador Adriano Pires.
3.
GRAZIANO- WALTER. Gemito Appasionato.
4.
AGENOR GÓMEZ. Arrullos
de Florípedes. Romanza
con solo de
fagot y acompañamiento de
orquesta. Solista: Dr. Teodoro Madureira.
5.
FRANZ LEHAR. Viuda alegre. Potpurri.
Dirección y piano: MAESTRO AGENOR
GÓMEZ.
1
Habiendo comprobado una vez más el
orden absoluto y el irreprochable aseo que reinaba en el lugar, doña Filó fue
saliendo despacito, con sus lerdos pasos de obesa:
- No se molesten, angelitos... No
necesito decirles que les deseo que tengan una buena noche...
Hasta cuando se proponía ser
maliciosa era solamente bonachona y maternal. Había conocido al doctor Teodoro
cuando éste era todavía un estudiante, compañero y contemporáneo de su hijo, el
médico Joáo Batista.
- Contándolos a ustedes, ¿saben
cuántas parejas pasaron la luna de miel en esta habitación, desde que estamos
aquí en Sao Tomé? Diecisiete... ¿o dieciocho? Ya ni
lo sé, tendría que volver a hacer la
cuenta...
Una caricia en la mejilla de doña
Flor, una guiñada al farmacéutico:
- Que duerman de un tirón toda la
noche, apaciblemente... - Su risa franca, que le hacía temblar los mofletes,
resonó por toda la casa; en respuesta, se oyó el comentario que en el cuarto de
enfrente hacía el doctor Pimenta, con tono de reproche: («Ahí está Filó,
jorobando a los huéspedes.»)
- Ven a dormir, mujer..., déjalos en
paz...
- Sólo vine a ver si falta algo... -
y, echando una última mirada a la puerta- : Pichoncitos...
Doña Flor y el doctor Teodoro
quedaron frente a frente en el enorme cuarto,
turbados, inhibidos. La inhibición se
había ido acumulando durante el día con las bromas de las comadres, las salidas
de las alumnas, los chistes idiotas, las chanzas de los vecinos. Tanto en el
acto civil como en la iglesia, cada invitado procuraba ser más ingenioso e
insistente en su malicia que los demás. El banquero Celestino dijo cada cosa
que daba miedo, ese portugués boca sucia; el taxi ya estaba en marcha y él
todavía continuaba la orgía de burlas. Así son siempre las bodas de las viudas,
sazonadas con los comentarios torpes, con la sal de los dichos ordinarios. Pero
si hasta doña Filó, la persona más buena y más acogedora, hasta ella misma
perdía su seriedad y bromeaba, recomendándole prudencia al boticario. Muertos
de vergüenza, ellos permanecían mudos sin mirarse, como dos aldeanos.
El doctor Teodoro se acercó a los
grandes ventanales que daban sobre el jardín, con la visible intención de
cerrarlos. A través de ellos la noche entraba entera en el cuarto; la luna, las
estrellas, el croar de los sapos, el rumor de los cangrejos y los aratus, el
brillo de los peces como una lámina de acero en la oscuridad del mar, y la
mariposa azul marino con manchas de oro, obstinada en torno a la araña de la
luz. La brisa venía por entre los cocoteros y las mangueiras y se oía el golpe
sordo de los zapotes que los murciélagos hacían caer al chocar con ellos en un
vuelo rasante de sombras y fantasmas sobre el charco poblado de grillos y
ranas.
Doña Flor, en un impulso repentino -
era preciso saltar esa barrera que los separaba, esa paralización inicial y
tonta- , se acercó al marido poniéndose de bruces sobre el pretil de la
ventana. El doctor Teodoro, venciendo su timidez, la abrazó contra su pecho;
con la mano libre señaló la noche de luna, apuntando a la lejanía.
- ¿Ves, querida? - decía «querida»
todavía con timidez, costándole- . Allá, en lo alto... Es la Cruz del Sur...
Y ella, que siempre había deseado
reconocerla, desde niña.
- ¿Dónde? ¿Dime dónde, querido
mío...? Alzó la voz para decir «querido mío...». La cara del doctor Teodoro se
iluminó:
- Allí..., fíjate..., mi querida...
¿Por qué, querido, ese miedo, ese
temor? ¿Por qué no me tomas en tus brazos, no me besas en la boca, no me llevas
a la cama? ¿No ves con qué impaciencia espero,
no adviertes el hambre en mi cara, no
oyes los sobresaltos de mi corazón, no adivi-
nas mi ansia? También eran para doña
Flor una revelación las estrellas de su íntimo cielo nocturno, de su secreta
astronomía.
En la ventana, junto a ella,
teniéndola contra su pecho, el doctor Teodoro reflexionaba sobre el modo de
actuar para no lastimarla, para no herir su pudor
como un sinvergüenza o un descarado
cualquiera. Cuidado, Teodoro, no seas atropellado, no te apresures, eres capaz
de echarlo todo a perder por falta de tacto;
a esta criatura tan recta puedes
darle una impresión de la que jamás se repondría.
En la cama, no vayas a confundir a tu
esposa con una mujer de la vida, con una impúdica fulana, con una meretriz que
cobra para satisfacer al hombre, entregada al vicio, y de la cual se abusa y
con la que se puede obrar sin tener en cuenta la
compostura y el pundonor. Para la
lujuria están las mujerzuelas, con su triste oficio. Las esposas están
reservadas para el amor. Y el amor, tú lo sabes, Teodoro, está hecho de mil
cosas diferentes e importantes. Entre ellas el deseo que corresponde tanto al
espíritu como a la materia: cuidado con no convertirlo en sórdido y obsceno. La
esposa merece prudencia, sobre todo en relación con cosas tan delicadas, y la
noche de bodas es siempre el punto de partida decisivo para una vida feliz o
infeliz. Y más aún cuando la esposa pasó por la amarga experiencia de un primer
matrimonio desastroso. De acuerdo con lo que te contaron, su primera
experiencia no sólo fue amarga sino dolorosa, cruel, llena de sufrimientos y
humillaciones.
Por eso mismo, Teodoro, tienes que
ser un marido tan delicado y tierno que consigas arrancar del lacerado corazón
de la esposa hasta el último recuerdo de
toda villanía o falta de respeto
padecidos. Sí, él le proporcionaría cuanto le había
faltado, sin darle jamás motivo para
sufrir o sentirse humillada.
En esa hora de contenida ansiedad en
la que ambos buscaban mutua comprensión y ternura, cada uno con sus errores,
atrapados en una red de equívocos de la que procuraban encontrar a tientas una
salida, se lanzaron al cielo azul temerarios
astronautas y de esta forma pudieron
encontrar en la órbita de las estrellas la
serenidad necesaria y cierta
intimidad.
El doctor Teodoro estaba
familiarizado con la carta del cielo, con el mapa del universo; conocía los
nombres de las constelaciones, satélites y cometas, el número
y el tamaño de los astros en las
galaxias. Le mostraba con el dedo, en los rincones
del infinito, la estrella más pura, y
luego la acercaba, como si con su saber y su mano grande la trajera hacia allí
para depositarla en el borde de la ventana, sobre la pequeña mano de la esposa.
En la noche nupcial él le dio lo que
jamás puede ofrecer un amante a su amante:
un collar de astros con su luz
divina, y con los volúmenes, pesos y medidas, posición en el espacio, elipses y
distancias exactas. Su dedo doctoral los iba
eligiendo en el cielo ordenadamente,
de acuerdo a su tamaño. Y los astros trans-
lúcidos refulgían en el regazo de
doña Flor.
Aquella estrella grande para tus
cabellos, esa otra casi azul, en la línea del horizonte, la que más brilla, la
mayor de todas, ¡ah!, mi querida, es el planeta
Venus, impropiamente llamado estrella
de la tarde o vespertina cuando se enciende
con el crepúsculo y la noche, y
estrella de la mañana o matutina, o estrella del alba, cuando irrumpe con la
aurora sobre el mar. En latín, ¡oh! mi amor, se dice stella- maris: estrella
que guía a los navegantes...
No era una lección de cosmografía,
pedante e ingenua, no, era un galanteo ardiente, era su modo de vencer la
timidez y ofrecerle la magia de la noche y su amor. Doña Flor, toda envuelta en
estrellas y ciencia, la cabeza reclinada en el pecho del doctor, estaba ahora
más sosegada. Saboreando el placer que le proporcionaban tales conocimientos,
preguntó:
- ¿No es Venus también la diosa del
amor? ¿Una que no tiene brazos?...
Era algo muy distinto lo que hubiera
querido decirle: «Su luz refulge sobre nuestro lecho, es nuestra buena
estrella; no tengas miedo, mi querido, no me ofendería si me tomaras, lleno de
ardor, si en un arrebato arrancaras ansiosamente este vestido que Rosalía me
mandó de Río, si me dejaras desnuda, sólo cubierta por las estrellas, y si
cabalgaras sobre mí para irnos, yegua y garañón, por esos campos de mangueiras
y cajús, por ese mar de canoas y saveiros.
Pero ¿cómo juntar coraje para
decírselo?
Sonriente, el doctor, en osado gesto,
le apretó la mano; la suya temblaba. «Sí, era la diosa del Amor en la mitología
griega, y la célebre escultura era una creación del genio clásico...»
Doña Flor comprobó de nuevo que
también a él le faltaba intrepidez para ser violento y loco, para derribar el
muro que los separaba. Semejante hombre con semejante sabiduría y no sabía cómo
tomarla y poseerla. En cuanto a ella, ¡ah Teodoro!, por más que lo deseara, no
le correspondía tomar la menor iniciativa. Ya casi había sobrepasado los
límites de lo correcto, pues la esposa no tiene el deber
de ofrecerse a la excitación de su
esposo sin parecer una desvergonzada que compite con las mujeres de la vida,
una descocada. Eso compete al marido, Teodo- ro mío.
Él iba a trancas y barrancas,
esforzándose. Habiéndole dado antes por adorno un collar de astros, le ofrecía
ahora la riqueza de los monopolios de este mundo y, de
yapa, la lucha de los pueblos contra
los trusts:
- Dicen que por aquí hay una capa
subterránea de petróleo inmensa, una riqueza tal que bastaría para que el
nuestro fuese un pueblo poderoso...
Ríos de petróleo, torres,
perforaciones, pozos, todo a los pies de doña Flor. ¿Qué no
le daría él esa noche de bodas?
- Ya me lo habían dicho..., fue tío
Porto, que solía andar por aquí...
Doña Flor volvió a reclinar la cabeza
en el pecho del marido. Afuera la noche seguía perfumada de jazmín, esa misma
noche que los acompañó en el taxi, camino de la casona del doctor Pimenta y de
doña Filó, en las lejanías de Sao Tomé de Paripé. Noche de luna en un cielo
bajo y fulgurante en el que las estrellas parecían nacer las unas de las otras,
anónimamente, pero eran inmediatamente clasificadas por la polimórfica
erudición del farmacéutico («Sólo doña Gisa podría hacer pareja con él en
cuanto a sabiduría») - ...justo ahí arriba, sobre la genipa, las Tres Marías...
La luna llena se hundía en la oscura
y densa agua del mar - una negrura de petróleo- , un mar de golfo en tranquila
mansedumbre. Los faroles de los saveiros, cometas errantes y rojos, pasaban
rumbo a las plantaciones de caña y de tabaco, en las márgenes del río
Paraguacu, donde agonizan ciudades y villas de la Antigüedad.
Un mar interior, de dulce bonanza,
tibio y quieto. Una brisa suave circulaba entre la jaqueira y el árbol del pan.
Doña Flor contempla la belleza de la luna sobre las aguas, las arenas, las
canoas, los saveiros. Un mar de calma y paz.
No
el mar océano,
barra afuera, feroz
y peligroso, con
oleaje, corrientes
submarinas y traidoras mareas, libre
mar de vientos desencadenados, de tremendos temporales, mar de tempestades,
desplegándose en dirección a las casitas reservadas de Itapoá, donde el amor
irrumpe en aleluyas. Un mar de violencia desatada; no con este dulce perfume de
jazmín, sino con el olor de la marejada, el ardiente olor de los sargazos, las
algas y las ostras, con gusto a sal.
¿Para qué recordar?
¿Para qué recordar si la noche de
Paripé era tan amena, con las estrellas, la luna llena, el mar negro y
tranquilo, y la paz del mundo sobre los turbados esposos?... Teodoro, muéstrame
en seguida más estrellas, aplasta con tu voz y tu sabiduría los recuerdos de un
tiempo oscuro, muerto y enterrado. Traza en tu luminosa constelación nuestro
largo y apacible camino, ese río en calma, ese remanso, esa vida de la bahía,
la vida feliz que hoy inauguramos lentamente. Doña Flor se estremece, sus ojos
se humedecen.
- Tienes frío, estás temblando, mi
amor. Qué locura exponerte así, al sereno; es peligroso, puedes engriparte,
resfriarte. Entremos, cerremos el ventanal. - Y el doctor Teodoro sonreía, con
su sonrisa llena de bondad, al preguntarle, un tanto indeciso- : ¿No te parece
que ya es hora, querida?
Ella también se sonrió, medio
escondida tras él, jugando, entre maliciosa y recatada: «Eres tú quien mandas,
mi señor.» Era tan simpático y gentil, un gigante
bondadoso; ella sentía su apoyo, su
protección. Le dio el brazo, era su esposo: un
hombre de bien, fuerte y tranquilo,
como ella necesitaba. Un marido de verdad, sin vueltas.
Como este mar de golfo, sin
violencia, sin rompientes, pero ¿quién sabe?, quizá con ocultas estrellas, con
insospechadas, imprevistas riquezas.
Entre los dos pusieron las trancas de
madera en la ventana.
En el cuarto, la noche se hizo
pequeña e íntima, recogida, a la medida de la timidez de los dos esposos. ¿Qué
pasará ahora, Dios mío? - se preguntó ella cuando terminaron.
Por hacer algo, doña Flor fue
poniendo su ropa y la de él en los armarios. A los pies de la cama los dos
pares de pantuflas; sobre la colcha el vistoso pijama amarillo del
doctor y el camisón de encaje y
volados, regalo de doña Enaide a la novia, una obra maestra de bordado. Doña
Enaide era una artista y con esa finísima labor había hecho las paces con la
amiga, poniendo en la cuenta del olvido aquel asunto con el doctor Aluisio,
rábula y zafado, un doctor de pacotilla.
El doctor Teodoro - ¡ah!, ése sí que
era un doctor de verdad, de canudo y anillo- observaba su ir y venir. Ella le
mostró el camisón, tomándolo por los hombros.
«Bonito, ¿no te parece?», y él, al
mirarlo y aprobarlo, sintió un escalofrío en la nuca. «Cuidado, amigo mío, no
vayas a echarlo todo a perder con un gesto brusco,
una palabra fuerte...», se recomendó el
novio una vez más. Era preciso ser
prudente, tener tacto, durante los
siete días de luna de miel que iban a pasar en el paraíso de Sao Tomé, en las
lejanías de Paripé, en casa de los Pimenta. Sólo siete días de mar y jardín, de
pereza y voluptuosidad; pero la luna de miel iba a durar toda la vida.
Tenía ganas de decirle a doña Flor:
«Nuestra luna de miel va a durar toda la vida.»
¿Por qué tan tímidos e inhibidos? Era
como si de repente hubieran gastado toda la intimidad que a duras penas
conquistaran en el noviazgo. Sin embargo estaban casados, con la bendición del
monje de Sao Bento y las felicitaciones del juez
enjuto y músico, y antes del
casamiento habían intercambiado algunos besos,
ávidos y temblorosos, en el cine y en
casa, y sentido la ansiedad y la fiebre, arrebatados por un deseo sin
disimulos. ¿Por qué entonces esta turbación; por qué se quedaban así, inmóviles
y enmudecidos, como dos palurdos, cuando por fin estaban a solas en la hora de
ser totalmente marido y mujer? Él hubiera querido decirle a su amor: «Nuestra
luna de miel va a durar toda la vida», pero sólo dijo, con la intención de
desatar aquel nudo de angustia y de silencio:
- Mientras tú te cambias, yo voy a
entrar...
Y entró al cuarto de baño llevando el
pijama y las pantuflas, casi huyendo.
Doña Flor se cambió rápidamente ante
el espejo mientras oía correr el agua en el baño, perfumándose con agua de
colonia y aroma de heliotropo (doña Dagmar le
había dicho que era el más indicado
para su color). Sobre el cuerpo desnudo, sobre
el vientre pelado, sólo el perfume y
el encaje del transparente camisón bordado. Cierto brillo de deseo casi
impúdico pugnaba por imponerse sobre su honesto pudor, haciéndole bajar los
ojos, trémula y medrosa. Cubrió a la vez el deseo y la hermosura, los encajes y
los volados transparentes, con la casta sábana en que el espliego dejara su
olor familiar e inocente.
El doctor Teodoro regresó, de
amarillo, fascinante; con el pijama, parecía haber crecido. Doña Flor pensó:
«¡Qué enorme es!» Una vez que colgó el traje nuevo, de casamiento, pantalón a
rayas y saco de mezcla, apagó las luces de la araña de cristal, dejando sólo el
vacilante e íntimo brillo de la lamparita de aceite ante los santos, en el
oratorio secular.
«No me va a ver cuando me quite el
camisón.» No iba a ver su cuerpo joven, igual al de una joven virgen, sus senos
de doncella - pues no habían amamantado- , su
vientre sin las deformaciones de la
gravidez, sin la marca del parto, y su rosa de
cobre y de terciopelo.
Pero ¿qué importa? Ya vería él su
cuerpo cuando terminase la cabalgata, al despuntar de la aurora, en la velada
claridad matinal. Ahora lo único que tenía importancia es que lo sintiera joven
y ardiente y suyo para siempre. Adivinando su proximidad, doña Flor cerró los
ojos, con el corazón sobresaltado.
Al mismo tiempo imaginaba cómo sería,
pues ya había estado casada, e incluso antes de estarlo había ido a yogar en un
lecho que trascendía a mar y tempestad. Sabía con certidumbre cómo iba a ser,
guardaba un recuerdo fiel, exacto, tanto en su mente como en cada rincón de su
cuerpo. Un instante más y él, su nuevo marido, cruzando las fronteras de la
esmerada educación y del pudor, apartaría la sábana y el camisón, en un tropel
de caricias y palabras, y en medio de un desenfreno, de un vendaval de hambrientas
bocas y sabias manos, la rescataría de la pudibundez y la vergüenza, llegando
al territorio de su húmeda verdad. Sintió el cuerpo del marido junto al suyo,
en la cama. Siempre fue necesario conquistarla de nuevo cada vez. Se encogía,
se parapetaba tras un manto de vergüenza que re-
cubría de nudosa corteza la pulpa del
deseo. Era necesario trasponer esa barrera, sacando a la superficie su avidez
de hembra, su recóndito deseo. Ahora, sin embargo, después de tantos meses de
viuda honesta (¡ah!, joven y necesitada), meses que fueron una permanente noche
interminable y en vela, cuando no llena de sueños desgarradores que la llevaban
a una calle de busconas; una noche angustiosa, una vigilia mortal; ahora,
después de todo eso, la dura corteza de pudor se había transformado en frágil y
delgada superficie, incapaz de resistir al menor llamado.
Con el corazón sobresaltado, cerrados
los ojos, espera el gesto brusco del marido, arrancándole la sábana y el
camisón, descubriéndola por entero. Pues, según había
aprendido a costa de su perdido
pudor, ¿dónde se vio yogar en camisón, con el
cuerpo vestido o incluso sólo
cubierto por el más leve encaje transparente? ¿Dónde se ha visto tal absurdo?
Mas no tardó en verlo, no como algo
absurdo, sino diferente. En vez de descubrirla, se cubrió él también, y, bajo
las sábanas, la envolvió en sus brazos. Atrajo hacia él
su cabeza (la cabellera, de tan
negra, casi azul), y la puso sobre su pecho amplio como el muelle de un puerto,
besándole la cara, primero con ternura y después, al
fin, la boca, en un beso como el que
doña Flor había presentido y esperado.
Tomada de sorpresa, se abandonó y con
ese beso se quebró la frágil y delgada corteza de su vergüenza. La mano de
esposo descendió de la cadera a la pierna, por encima del camisón, llegó a los
bordes del encaje, y, sin dar tiempo a que doña Flor se desinhibiese del todo y
se liberara de su recato, le alzó los bordados y los volados. Sin perder tiempo
en desvestirla y en desvertirse, o en lujuriosas caricias de cama de burdel,
siempre bajo las sábanas, se puso sobre ella y la poseyó con voluntad, fuerza y
gozo. Todo fue muy rápido y pudoroso, por así decir; muy diferente a lo que
antes conociera doña Flor, y por eso mismo se perdió, no logrando alcanzarlo en
tan silenciosa y casi austera posesión. Apenas comenzaba a andar suelta por el
pasto del deseo cuando oyó el canto victorioso del marido en el otro extremo de
la campiña. Doña Flor quedó desorientada, el corazón oprimido, con ganas de
llorar.
En ocasión de tanto desencuentro pudo
medir, con el metro de la pena y la ansiedad, toda la gama de sentimientos,
toda la delicadeza del doctor Teodoro.
Como es sabido, era soltero y no
tenía ninguna experiencia en la vida de cama con
una
esposa, y casi
ninguna con una
amante o un
flirt, ya que
sólo había frecuentado mujeres de
la vida para no arriesgarse a un compromiso capaz de hacerle romper su promesa.
Ni siquiera la parda y limpia Otaviana, durante largo tiempo la única puerta
abierta a su deseo, el pozo en que cada semana depositaba su virtud de hombre,
ni siquiera ella significó jamás una ligazón tierna, o un ardiente capricho,
sino tan sólo una amable respuesta a su necesidad, un hábito agradable a la
naturaleza monógama del doctor.
Por lo demás, debe decirse también
que debido a sus firmes principios y convicciones ideológicas el farmacéutico
rezaba según un catecismo, hoy superado (¡Deo gratias!), que presentaba a la
esposa como una flor sensitiva, hecha de castidad e inocencia, merecedora del
máximo respeto; para la desvergüenza, para el gozo desenfrenado, para el placer
del cuerpo, están las putas y para eso cobran. Con ellas sí, pagándoles, se
pueden liberar los frenos de la lujuria sin causarles ofensa o pena, pues son
tierras yermas, áridas para el sembradío. Con la esposa nunca, con ella la
discreción, el amor puro, bello y digno (y un tanto soso): la esposa, según ese
catecismo, es sólo la madre de nuestros hijos.
Pero aun así, atrapado en esos dogmas
ya absolutos, a pesar de tantas limitaciones, de tanta ignorancia, se dio
cuenta de que había dejado a doña Flor insatisfecha y tensa. Mas, como se ha
dicho anteriormente, en la visita semanal a Otaviana el doctor repetía con
frecuencia el acto alegremente. Lo mismo hizo con doña Flor en el monumental
lecho de Jacaranda, macizo y con olor a espliego, durante la noche de bodas en
la casa de los Pi- mentas; debe agregarse, por otra parte, que lo repitió con
el mayor gusto, no por obligación, sino contento por tener la oportunidad de un
bis. Pero ahora atento y responsable, para no dejarla de
nuevo al borde del placer. Y lo
consiguió. Lo consiguió a pesar de ser tan poca su experiencia en esos
sutilísimos cálculos y medidas, pues jamás le había interesado saber si
Otaviana u otra cualquiera quedaba satisfecha al mismo tiempo que lo satisfacía
a él con pericia, ya que buscaba y pagaba su placer y no el placer de la
mujerzuela.
Supo seguir el ritmo con que se
entregaba doña Flor, causándole el juego un goce extremado, un placer como
jamás había sentido, ni siquiera cuando - más para satisfacer el capricho de
Tavita en noches de malicia que por propia iniciativa- se
había entregado a ciertas prácticas
licenciosas, de ésas que un hombre puede
permitirse con una mundana o una
prostituta, pero jamás con la esposa. Con la esposa es diferente, para ella se
reserva una amor hecho de materias limpias, una posesión serena, casi secreta,
digamos pura, recatada. Pero no por eso menos placentera, como comprobó el
doctor Teodoro al oír a doña Flor, suspirando de agradecimiento, pronunciar su
nombre:
- Teodoro, amor mío...
Él se apresuró para alcanzarla,
llegando a tiempo, pues al terminar se encontraron unidos en un estrecho abrazo
y en un beso hondo. Envueltos en ayes y suspiros, en languidez y en frío, ya
que la sábana, en el ardor de la lucha, había resbalado de la cama, dejando a
los esposos destapados: doña Flor como brotando de la miel, mostrando las
vergüenzas. ¡Y qué preciosura de vergüenzas!, observó, atisbando con timidez de
reojo, el doctor Teodoro.
Agradecido a tantos bienes y goces la
besó en la cara afiebradamente y abrigó su cuerpo con una púdica y una cálida
colcha. Y por fin pudo el feliz esposo decirle todo cuanto la quería, con toda
la fuerza de su alma:
- Nuestra luna de miel va a durar un
tiempo infinito... Toda mi vida te seré fiel, querida mía, jamás miraré a otra
mujer, te amaré hasta la hora de la muerte.
- ¡Amén! - respondieron a una los
sapos y las ranas en la noche de luna y bodas de
Paripé- . ¡Amén! ¡Amén! - como en un
solo de fagot.
- Yo también, toda la vida - afirmó
ella, convencida de su afirmación, satisfecha, liberada de su ansiedad mas no
cansada; muy por el contrario, capaz de emprender
nuevas correrías, si él quisiera
espolearla.
Pero el doctor Teodoro se vestía ya,
bajo la sábana y la colcha, comentando:
- Gracioso..., cuando doña Filó hace
poco nos quería obligar a comer, no tenía hambre. Y ahora sería capaz de probar
un dulce, qué tontería...
- Si quieres voy a buscarte alguna
cosa. Tiene tantos dulces y tanta fruta..., voy...
- De ningún modo..., ni lo pienses...
Acababa de darse cuenta: no era
hambre, era que estaba acostumbrado al plato con golosinas que le ofrecía
Tavita antes de despedirse, al finalizar la noche, y el estómago, por puro
vicio, lo reclamaba. Pero ¿cómo profanar las relaciones con la esposa conservando
un hábito adquirido en una casa pública, de mujer de la vida? Dios me libre y
guarde. Con un último (y casto) beso se despidió:
- Duérmete, querida, debes estar
muerta de cansancio, con un día tan fatigoso... Casi le
dijo: «... con
una noche tan
fatigosa...», pero, todavía temeroso de ofenderla, guardó para sí la
malicia, se acomodó y en seguida quedó dormido.
Doña Flor tardó en conciliar el
sueño; en realidad había contado con pasar la noche
en claro, hasta la madrugada, entre
las hogueras del campamento, y recorriendo kilómetros de lecho en la montería
de su cuerpo. Junto a ella resonaba la densa respiración, el potente resoplido
del doctor Teodoro. Ese ronquido completaba su condición de hombre; fuerte,
noble y hermoso hombre, su esposo.
Rozó con su mano el ancho pecho y el
rostro plácido, con una caricia leve, para no despertarlo. Tenía ganas de
envolverse en él, de dormir entre sus brazos, presa entre sus piernas. No se
atrevió. Cada hombre era distinto, no había dos iguales: se lo aseguraron
ciertas alumnas de vasta experiencia, como la licenciosa María Antonia, que
proclamaba:
- No hay dos hombres que sean iguales
en la cama, cada uno tiene su manera, su preferencia, su prepotencia; unos son
experimentados y otros no. Pero si una los sabe aprovechar, ¡ah!, todos son
buenos, y con cualquiera, tonto o sabio, bruto o
delicado, se mata la pulga y se riega
la flor...
Éste era otro hombre, diferente,
opuesto al anterior. Lleno de tacto y comprensión, tan afectuoso, ¡qué
delicadeza! Correspondía a la esposa adaptarse a los modos y a
la voluntad del marido. Atenerse a él
exacta y enteramente. Mucho más difícil fue la
otra vez, con el otro, y sin embargo,
ella lo consiguió. ¿Por qué no ahora, que era tanto más fácil? Ambos tenían,
tanto el doctor Teodoro como doña Flor, todo cuanto se necesita para la más
dulce y más feliz de las vidas. No sólo lo decían todos, unánimemente: doña
Flor también lo sentía así.
El perfume del jardín entraba por las
rendijas del ventanal. Fuera, la noche serena del golfo, sin los rudos vientos,
sin las imprevistas tempestades, sin el tumulto, sin
lo insólito; un golfo de bonanza. Una
vida feliz, de equilibrio y seguridad, sin nece-
sidades ni padecimientos. Por fin,
después de tantas vueltas y andanzas, doña Flor va a conocer el sabor de la
dicha.
- Teodoro... - murmuró, con el
corazón alegre y confiado- . Va a ser verdad, va a ser cierto, muy cierto...
El concierto de los sapos en los
fagots brujos, concordaba repitiendo:
- ¡Amén! ¡Amén!
Era la noche de Paripé, con estrellas
y faroles de saveiros.
Doña Flor fue siempre considerada, y
ella misma se consideraba así, una buena dueña de casa, ordenada, puntual,
cuidadosa. Buena dueña de casa y buena directora de su Escuela de Cocina, en la
que acumulaba todos los cargos, contando sólo con la ayuda de la palurda y
floja empleada y la asistencia amistosa de la pequeña Marilda, con su
curiosidad por las recetas y los condimentos. Nunca le ocurrió que una alumna
presentara una reclamación, incidente que empañaría el sosiego de las aulas. A
no ser, claro está, lo sucedido cuando vivía el primer esposo, pues el finado,
como estamos hartos de saber, no tenía el menor respeto por el horario, por el
trabajo ajeno o por melindres de alfeñique; sus audacias con las alumnas, más
de una vez le habían creado dificultades y problemas a doña Flor, causándole
dolores de cabeza, cuando no se le ponía en ella adornos de dura cornamenta.
¡Ah!, en verdad, ella, doña Flor, no
tenía noción de lo que son reglas y métodos, había estado lejos de tener en
orden la casa y la escuela, y ni siquiera su misma
existencia - medida y pauta de
todo- como debiera. Fue necesario que
viviera con
el doctor Teodoro para darse cuenta
de que su orden era anarquía, sus cuidados pobres e insuficientes, y que todo
andaba más o menos a la buena de Dios, al azar, sin ley ni control.
El doctor Teodoro no se apresuró a
decretar ninguna ley, a ejercer ningún severo control; ni siquiera habló de
ello. Tratándose de un hombre tranquilo y suspicaz, de esmerada educación, no
sabía imponerse y no se imponía; pero lo obtenía todo sin alboroto, sin que los
demás se sintieran forzados; era un «jodemansito» nuestro caro farmacéutico.
¡Había que ver la casa un mes y medio
después de la luna de miel! ¡Qué diferencia! También doña Flor era diferente,
procurando adaptarse a su marido, su señor, y dar con justeza y precisión la
medida que se requería de ella. Si en ella el cambio
había sucedido por dentro, y era más
sutil, menos visible, en la casa se hacía
evidente, bastaba con mirar.
Comenzó por la empleada. Doña Flor la
tomó como mucama, apenas quedó viuda, por insistente consejo de los vecinos:
«¿Desde cuándo una viuda joven y seria vive
sólita en una casa, sin nadie que la
acompañe, indefensa contra un ratero o un va-
gabundo?» No fue feliz en la elección
cuando tomó, a pedido de doña Jacy, a esa Sofía, de obtusa apariencia, en el
fondo una resabiada, una relajada que tomaba en broma el trabajo, con la total
despreocupación de quien se siente seguro: sabía que doña Flor era incapaz de
despedir a nadie, cuanto más a alguien recomendado por una vecina y amiga. A
pesar de estar descontenta con su haragana, doña Flor se iba arreglando con
ella, por compasión hacia la infeliz. Era una inútil, es cierto, pero no era
mala de corazón.
Así las cosas, al quinto día de haber
regresado de su luna de miel en las soledades
de Paripé - aquella semana de tierna
convivencia- , tuvo que salir doña Flor toda apurada para Río Vermelho, pues
doña Lita tenía un ataque de asma. Esa noche el doctor Teodoro la llevó y de
paso visitó a la enferma. Pero como la tía estaba muy enferma y era sábado (los
sábados no había clase), doña Flor decidió quedarse para cuidar a los viejos.
No regresó hasta el domingo por la tarde, cuando la crisis había cedido y la
tía Lita retornó a su jardín.
La ausencia de doña Flor duró menos
de tres días y en ese breve tiempo la casa se transformó hasta parecer otra.
Comenzando por la criada, que realmente era otra. En vez de Sofía, sucia y
pardusca; con su aire triste de idiota, ocupaba el puesto una oscura Magdalena,
mujer de cierta edad, limpia y fuerte. Si no fuese por el subido negro de la
piel y el pelo ensortijado, pasaría por parienta del doctor, pues era alta y
bien conformada como él, y como él cortés en el trato y firme en el trabajo.
El doctor Teodoro le explicó, con su
voz firme pero amable, que se había visto obligado a despedir a Sofía: además
de ser una pésima empleada no le había obedecido, respondiendo con gestos de no
importarle y con insolentes rezongos a sus órdenes categóricas para que hiciese
una limpieza seria de la casa, que siempre estaba mal barrida. No había
consultado a doña Flor para no importunarla con esa tontería, cuando ella se
consumía de pena al pie de la tía enferma; se vio en la necesidad de expulsar
en el acto a la desagradecida por no poder soportar más las torpezas y las
groserías de la doméstica. Cuando le dio la orden de barrer la casa, la muy
puerca salió por el pasillo murmurando y llamándole Doctor Purgante.
Doña Flor se sintió desconcertada,
jamás le había pasado por la cabeza la idea de echar a Sofía, a pesar de su
negligencia y de sus desplantes.
- Pobrecita...
Le daba pena y además ¿cómo
despedirla, sin darle explicaciones a doña Jacy que se la recomendó? Al mismo
tiempo, ¿cómo no reconocer que el doctor Teodoro tenía razón a carradas? No era
posible que el marido, hombre respetable y de po- sición, tolerase ciertas
groserías de la criada, que ella, doña Flor, con más paciencia por ser mujer,
podía pasar por alto.
- ¿Pobrecita? - exclamó el doctor
Teodoro- . Es una atrevida, indigna de tu bondad, amor mío...
A veces, Flor,
una persona acaba
siendo tonta por
querer ser
bondadosa... ¿Doña Jacy? Si alguien
debía disculparse era doña Jacy, por haber
tenido la desfachatez de pedir
trabajo para una tipa como ésa, que no contenta con abusar de la bondad de la
patrona quiso poner en ridículo al patrón.
Doña Flor comprendió que el doctor no
hablaba del tema con la intención de
discutirlo; no hacía más que
informarla de cómo resolvió el asunto: en la casa había un hombre, dueño y
señor, pensó. Se sonrió: «Mi marido, mi señor.» Hizo bien, ella tampoco estaba
dispuesta a admitir ninguna falta de respeto a su marido. «Doctor Purgante»:
¿dónde se ha visto tal grosería?
Por otra parte había un punto sobre
el cual no se podía discutir: la nueva sirvienta era un portento. El doctor
Teodoro no la tomó a pedido de ninguna vecina; exigió buenas referencias, por
escrito, y las controló por teléfono. Eso sí que era orden y eficacia.
No sólo se observaba una limpieza
ejemplar, obra de la nueva empleada; también estaba cada cosa en su lugar, pero
realmente en su lugar definitivo, no hoy aquí y
mañana allá sin que nunca se supiera
dónde encontrar los objetos de uso más
frecuente, en cuya búsqueda se
enredaba doña Flor durante las clases:
- Marilda, hijita, ¿viste el libro de
recetas? Sofía no sabe dónde lo puso, no lo encuentra. Preparando la salsa,
reclamaba:
- Sofía, ¿en dónde pusiste la
batidora? Dios mío, en esta casa desaparece todo...
El doctor eligió un lugar para cada
cosa, con rara competencia y buen gusto, y dio órdenes precisas a la criada: al
finalizar las clases, después de la limpieza de la cocina, quería que cada
objeto fuese puesto en su sitio, marcado por él con un rótulo en el que
escribió con historiados caracteres tipográficos: «Cuchillo de pan»,
«Cortador de huevo», «Rallador»,
«Mortero», etc.; pero no sólo ordenó los objetos de la escuela, sino también
los de la casa, con cartelitos indicadores de los lugares
en que debían ponerse: «Radio»,
«Florero», «Licoreras», «Cajón de las camisas del doctor Teodoro», «Cajón de la
ropa íntima de la señora».
- ¡Dios mío! - exclamó doña Flor ante
tanta eficiencia- , y yo que pensaba ordenar la casa..., era un lío, un
desbarajuste. Teodoro, querido, hiciste un milagro...
- No hay tal milagro, querida, sólo
se necesitaba un poco de método. Sucede que como mi madre quedó paralítica tuve
que tomar las riendas de la casa y me
acostumbré al orden. Y en nuestra
casa es más necesario ser metódico, por ser vivienda familiar y escuela al
mismo tiempo..., puesto que te empeñas en seguir
con la escuela. Por mí, ya te lo
dije, se terminaría con esa esclavitud... Tú no lo
necesitas, yo gano lo suficiente
para...
- Ya lo hemos discutido, Teodoro, y
resolvimos no volver a hablar del asunto. ¿Para qué volver a discutirlo?
- Tienes razón, Flor, disculpa por
insistir..., no volveré a tocar ese tema a no ser
que
tú me lo
pidas. Quédate tranquila,
querida, y perdóname,
no quise molestarte... - Era un
constante «querido» y continuo «querida» con afecto y urbanidad, pues el doctor
Teodoro opinaba que el trato gentil y la cortesía son com- plementos
imprescindibles del amor. Jamás se dirigía a la esposa sin hacerlo atenta y
afectuosamente, esperando de ella la misma afable delicadeza de trato. En esa
circunstancia, concluyendo la escena, le dio un beso en la mejilla, pidiéndole
perdón por haber traído a colación el desagradable tema.
Siendo novios todavía, le propuso a
doña Flor - como ya se ha contado al pasar- , el cierre de la escuela, dejando
clases y alumnas, diplomas y recetas, los turnos de la mañana y de la tarde.
Con un detallado balance de sus haberes y de su situación en la firma de drogas
y medicinas, el doctor Teodoro le demostró, como dos y dos son cuatro, la
inutilidad de conservar la escuela; pues doña Flor ya no necesitaría obtener
dinero para sus gastos y caprichos; felizmente él estaba en condiciones de
garantizarle lo indispensable y lo superfluo, y hasta cierto lujo honesto, sin
larguezas de derrochador, pero sin aprietos de tacaño. Ella no necesitaba
trabajar: el boticario, al pedirle la mano, estaba resuelto a sustentarla y a
cubrir todos sus gastos. Lo que por lo demás era bien fácil, pues no se trataba
de una mujer dada al derroche y la disipación.
Pero doña Flor no aceptó. Se mantuvo
en sus trece y conservó la escuela, suspendiendo las clases solamente durante
los breves días de la luna de miel en Sao Tomé. Aprovechemos la ocasión para
señalar que al regreso de la pareja las burlonas alumnas pusieron a la
profesora en la picota, con un continuo chacoteo de risas y chistes a veces
maliciosos, a veces pícaros, y en el caso de María Antonia desagradables, pues
la descomedida preguntó cuál de los dos maridos poseía
«mejor chirimbolo, o instrumento más
poderoso y suave».
Pero volvamos a la conversación con
el doctor en la época del noviazgo. En aquel entonces doña Flor dio por
terminada la cuestión: prefería continuar viuda a cerrar la escuela.
Acostumbrada a trabajar desde chica, adquirió desde muy temprano el hábito de
disponer de dinero propio. Si no fuese por eso, ¿cómo se habría arreglado
durante el primer casamiento, y después, durante la viudez?
Cuando se fue de su casa tenía
algunos ahorros y fue con ellos con lo que pagó los muebles, los trámites del
casamiento, el contrato de alquiler y los gastos de los primeros días. Y si no
fuera por la escuela, ¿qué habría hecho cuando enviudó de repente? El finado no
dejó más que deudas: no había una sola sucursal de banco en Salvador en la que
no hubiera «un muerto que levantar» con su garbosa firma al pie, ni tampoco un
amigo o conocido al que el pájaro no hubiese sableado. Además, desapareció en
pleno carnaval, época de grandes y fatales gastos.
A no ser por la escuela doña Flor
hubiera quedado en blanco, sin un centavo para el entierro y para todo lo
demás. Era la causa de que le diese tanta importancia a su trabajo, a sus
ahorros, a las monedas que guardaba en secretos escondites. Nada
de cerrar la escuela, querido, si me
quieres es con la Sabor y Arte funcionando; ten
paciencia, santa paciencia, no puedo
darte ese gusto, pide otra cosa cualquiera, te doy mil besos, me echo en tus
brazos, pero no te doy la escuela como dote: es mi seguridad. ¿Comprendes,
Teodoro?
El trabajo no era tanto como para
matar a nadie. Al contrario, era un placer, un entretenimiento que la ayudó a
soportar el tiempo vacío de la viudez, así como antes, ¡ah!, antes, en los años
del primer matrimonio, la salvó de la desesperación. En las clases y en las
alumnas encontró consuelo para sobrellevar aquellos días negros y confusos.
¿Cuántas excelentes amigas no hiciera junto al fogón y el libro de recetas,
amistades más valiosas aún que el dinero? No, no soltaba la escuela, sus únicos
ingresos, su honesto pasatiempo.
Mientras el doctor permanecía en la
farmacia (salía antes de las ocho, volvía para el almuerzo y la siesta y luego
se iba nuevamente, quedándose allá hasta después de las seis de la tarde), la
escuela era una agradable y lucrativa ocupación. Sin las cla- ses de cocina,
dígame, señor doctor, ¿en qué iba a emplear el tiempo libre? ¿En chismes y
rumores con las comadres, bajo las órdenes de doña Dinorá, en el torpe oficio
de Juez del Mundo, de entrometida en la vida ajena? ¿O acodada en la ventana,
como un maniquí en una vitrina, para recreo de los que pasaban, oyendo
tonteras, conversando con unos y otros, y al poco tiempo andar en boca de
todos, con fama de alcahueta? Hay gente a la que le gusta ese ostentoso oficio,
ese modo de destacarse. En esta misma calle, justo en la esquina, pasaba su
tiempo doña Magnolia enmarcada por la ventana. Era una mulata metida a rubia a
costa de tintura, con una sonrisa inmóvil de bebé de celuloide, un lunar en la
mejilla izquierda y ojos de cabra muerta. Allí estaba todo el día, en
exhibición, pendiente del engatusamiento y de la calentura silenciosa de los
que pasaban. Era una vecina reciente, hacía poco que llegara al barrio con su
marido, un agente secreto de la policía, que lucía su jactancia y sus hermosos
cuernos. Según doña Dinorá y otras comadres de olfato fino e información
exacta, el detective era su amante y no su marido: habría heredado a la oscura
rubia Magnolia de una línea de antecesores de diversa posición y diversa
calidad, pero todos ellos, sin excepción, igualmente cornudos, con una
constancia y coherencia digna de todas las alabanzas.
Así pues, si doña Flor no podía nunca
ser ventanera ni intrigante, ¿en qué emplear su tiempo, doctor mío? ¿Qué
prefería él? ¿Que estuviera con las alumnas en la escuela o que fuera a
mostrarse por la calle Chile, camino seguro, corto atajo para los burdeles
cercanos, en las transversales de la calle Ajuda? Que guardase sus argumentos,
que no volviera a hacer semejante propuesta; doña Flor estaba orgullosa de su
escuela, de su fama, de su buen concepto. Ese renombre le costó esfuerzo y
perseverancia, todo un capital.
Hubo de conformarse el doctor, pero
dejando, desde luego, claramente establecido y aprobado que a él, y sólo a él,
le correspondían todos los gastos de la casa y los personales de doña Flor. Las
ganancias de la escuela eran exclusivamente de ella y él no admitía que se
emplearan en las necesidades de la pareja. Además, el doctor tomó otras medidas
con respecto a ese dinero. Era absurdo tenerlo en casa, una invitación a los
ladrones; ponerlo ahí, entre las válvulas de la radio o metido en una vieja
caja de zapatos o por detrás del espejo del peinador o bajo el colchón, era
hacer como los gitanos, tener costumbres de gente pobre. Sobre todo ahora,
cuando ese dinero al que no se tocaba crecía mensualmente, siendo una cantidad
respetable. El doctor Teodoro llevó a doña Flor a la Caja de Ahorro y abrió
allí una cuenta a nombre de su esposa, en la que ella fue depositando sus
economías.
- De este modo te rinde intereses,
querida, el tres por ciento, siempre es algo. Y en la caja tu dinero está
seguro, sin peligro de que te lo roben.
¿Qué hacer con ese dinero guardado en
el banco, por amor de Dios? De pronto doña Flor sintió que el dinero era una
cosa inútil, pues ahora no lo tenía a mano, no
podía sacarlo de detrás de la radio
para hacer una compra, dar una limosna o efec- tuar un pago. Pero doña Norma,
experta en esas cosas, se rió del prejuicio bancario
de la vecina. Su dinero en la caja
iría acumulándose; en cuanto a los gastos, que corriesen por cuenta del marido.
Mientras poseyera su libreta y el talonario de
cheques no dependería del doctor cada
vez que quisiera comprar un alfiler, o
cuando se encaprichase con un
vestido, o quisiera hacer un derroche adquiriendo un sombrero. No tendría que
vivir persiguiendo al esposo, inventando argucias para sacarle algunas monedas
destinadas a esos pequeños y múltiples gastos; el dinero
obtenido así, con súplicas, tiene un
humillante sabor a dádiva.
Doña Norma conocía ese gusto amargo,
ya que Zé Sampaio era bastante rezongón y algo mezquino. Por eso mismo,
mediante una gimnasia presupuestaria digna de
un brillante financiero, con
aprietos, pichinchas, cálculos, economías, diversas tre-
tas, alteraciones de las cuentas, de
las sumas y restas de los totales, veinte mil- réis por aquí, cincuenta por
allá, cien por el otro lado, y, si era preciso, la mano nocturna en el bolsillo
del marido, doña Norma también era poseedora de una robusta alcancía, que le
permitía ciertos refinamientos elegantes, así como atender a su enorme
clientela de compadres y ahijados, viejos desvalidos, enfermos, obreros sin
trabajo, borrachitos y vagos, así como decenas de chicos, sus preferidos.
- Por ejemplo, mi santa: el doctor
cumple años y tú no tienes ni medio centavo partido por la mitad. ¿Le vas a
pedir dinero a él para comprarle un regalo? Imagínate: «Teodoro, hijito, ¿me
das algo para comprarte unos calzoncillos como regalo de cumpleaños?» Yo, mi
linda, no me atrevo a tanto con Zé Sampaio.
Doña Flor estaba de acuerdo, claro;
lo que no la conformaba es que el dinero estuviese en el banco, que fuese una
cifra inscrita en una libreta, y no moneda contante y sonante, al alcance de su
mano. De pronto la media de los ahorros desaparecía de su vista; ¿cómo
manejarlo en esa fría libreta, en ese depósito a interés? Sin embargo, debía
cambiar sus costumbres, pues al decir de la amiga sus antiguos hábitos eran de
pobretona, de mujer de un mísero funcionario que encima era jugador y le
derrochaba las entradas de la escuela, viviendo en la práctica a costa suya,
siendo más su gigoló que su marido. Eran costumbres de viuda sin ningún apoyo,
que se mantenía con el dinero que le producía su trabajo, sacando de él para
comer, vestir y hacer frente al alquiler de la casa y a los otros gastos.
Costumbre gitana, de gente pobre, como dijera el doctor; costumbres de la
pobreza, cuando no hay dinero para llevar al banco, con sus intereses y su
talonario de cheques, confirmaba doña Norma.
Pero ahora la posición social y la
fortuna de doña Flor eran distintas. Si no era rica como para desperdiciar,
tampoco era la pobretona de antes; por lo menos, y siendo
muy modesto, tenía un pasar, y un
buen pasar. Había subido de golpe varios
peldaños, desde el suelo de los
pobres a las alturas vecinas, a los escalones más altos: los argentinos de la
cerámica, el doctor Ives con su consultorio médico y su empleo público, los
Sampaios con su buena tienda de zapatos, los Ruas con sus envidiables
representaciones, estando, en fin, al par con la aristocracia de los
alrededores, para regodeo de doña Rozilda, que al fin tenía un yerno de acuerdo
a sus ambiciones. Según don Vivildo, el de la funeraria, un informante
respetable, siempre curioso de la situación financiera de los amigos, el doctor
Teodoro, equilibrado, serio y trabajador, llegaría lejos:
- No va a tardar en tragarse la
farmacia entera...
Así fue como se abrió la cuenta de
doña Flor en la Caja de Ahorro, aumentando todos los meses, y así dio comienzo
a una segura ordenación de principios en su vida.
Como muy bien decía el farmacéutico,
la irregularidad, el barullo, los hábitos desordenados, provocan discusiones y
desacuerdos en las parejas, y constituyen el primer paso hacia la desarmonía
conyugal, hacia los roces y el distanciamiento entre los esposos. Doña Norma lo
consideraba un poco sistemático y metódico por demás, cuando exigía que cada
cosa estuviera en su lugar y sucediera exactamente en el día marcado, cuando
rechazaba la improvisación y la sorpresa, único «pero» («pero», según la
opinión de doña Norma) en un hombre de tantas cualidades, recto, bueno, de
esmerada educación, y que tenía a su mujercita como a una reina. Mejor que
fuera así, sin embargo, rígidamente sistemático, que dislocado como doña Norma,
siempre atrasada, al margen de las agujas del reloj, una madre del desorden.
Doña Flor se reía oyendo a la amiga
elogiar, en medio de su constante agitación sin medida ni horario, el
equilibrio y el orden del doctor: «Un marido como ése, felizota, no anda dando
ventajas por ahí; cae del cielo.» Incluso doña Gisa, cruda
verdad científica ilustradora del
barrio cuando lo acusaba de feudal, reconocía sus cualidades:
- Para ti, Florcita, que buscas antes
que todo seguridad, no hay nada mejor. Realmente, viviendo en un orden que daba
gusto, bajo la dirección y el amparo de
su buen marido, con todos los puntos
puestos sobre las íes, un día para cada cosa y con puntualidad, doña Flor se
imponía como un modelo a toda la vecindad.
Su vida transcurría en calma y sin
imprevistos, serena y suave; una vida sin vacíos, con el tiempo cuidadosamente
planificado: un perfecto organigrama. Una vez por
semana, los martes, iban al cine, a
la función de las veinte horas. Si se daba otra
película que causase furor en la
opinión general y en la de A Tarde, iban dos veces, pero muy raramente, y jamás
a las funciones vespertinas, pues el doctor no soportaba el alboroto que
armaban las muchachas y los muchachos, la ruidosa juventud.
Dos veces por semana, por lo menos,
después de la cena, él ensayaba con su fagot, preparándose para la tarde de los
sábados - sagrada- , cuando se reunía la orquesta en casa de alguno de los
músicos. Eran unas reuniones de lo más alegres y cordiales, en torno a la
abarrotada mesa de la merienda - la dueña de casa siempre desviviéndose por
atender a los aficionados- , con refrigerios y jugos de fruta para las damas,
abundante cerveza para los caballeros, y a veces una cacharía, si el tiempo era
frío o si era caluroso. Sentábanse los invitados, admiradores del compositor o
de los intérpretes, una «selecta asistencia» de amigos que acudían a
oír sonatas y gavotas, valses y romanzas, a sentir la emoción de las fugas y de
los pizzicatos, de los graves y de los agudos, de los estudiados solos. Una
excelsa hora de arte.
En las noches libres restantes hacían
visitas o las recibían. En su primer matrimonio, doña Flor había abandonado sus
relaciones, pero ahora, en cambio, las cultivaba con absoluta regularidad. Por
ejemplo, dos veces por mes, en un día predeterminado, era infalible la
presencia de la pareja en la casa del doctor Luis Henrique, llevándoles doña
Flor a los chicos un páo- de lo, un manué de milho, un plato con cocadas
brancas o quindins, cualquier cosa, una golosina.
Hinchado de orgullo, el doctor
Teodoro se incorporaba a la eminente tertulia que se reunía en la sala del
ilustre amigo, formada por gente de la más alta distinción,
como el doctor Jorge Calmon, ex
secretario de Estado; el doctor Jayme Baleeiro,
abogado de la Asociación Comercial;
el historiador José Calazans, de la Academia y del Instituto; el doctor Zezé
Catarino (basta con citar su nombre), el doctor Ruy Santos, político, profesor
y literato, y otros prohombres de la Administración, del Instituto Histórico,
de la Academia de Letras del Estado.
Para el doctor Teodoro eran gratas
aquellas noches de placer espiritual en que podía conversar
con «figuras representativas», oyéndolas
respetuosamente y
participando a su vez con prudencia
en la erudita conversación sobre los profundos
temas que se debatían. Según él, «en
esos torneos de sublime elevación, en ese diálogo de privilegiados intelectos,
las ideas refulgen en el esplendor de las frases centelleantes». Mientras
tanto, doña Flor, en el círculo de las esposas, discurría sobre temas de
costura o cocina, o comentaba los últimos crímenes de que daban cuenta los
diarios.
Para el doctor Teodoro, las visitas
al doctor Luis Henrique eran el summum, mientras que las preferencias de doña
Flor se inclinaban por las noches en el palacete del García, el bungalow de
doña Magá Paternostro, la ricacha, figura por excelencia de la élite y ex
alumna suya. Allí se encontraba doña Flor en medio del trato y el refinamiento
de las señoras más empingorotadas, discutiendo sobre modas, protocolos y
acontecimientos sociales, con agradables incursiones en la vida ajena. Pero no
la vida de cualquier vecina, sino la de los figurones de la élite, de la
hidalguía y del señorío: contándose cada historia, cada porquería ¡que no te
puedo decir! Era una podredumbre de primera calidad en todas sus partes, sin
excepción. De los hábitos antiguos, procedentes del primer casamiento, el único que se conservó fue el del almuerzo
dominical en Río Vermelho con los tíos (claro que en los tiempos del primer
casamiento casi no tenían hábitos, todo era una barahúnda,
todo era imprevisible).
Con
las nuevas costumbres, la vida
no sólo fue
adquiriendo animación, sino también estabilidad, haciéndose plácida y
entretenida. Una vida feliz, según la
opinión general de la vecindad y de
acuerdo a la sonrisa de doña Flor. Los miércoles
y los sábados a las diez de la noche,
minuto más, minuto menos, el doctor Teodoro poseía a su esposa con honesto
ardor e invariable placer, siendo seguro el bis los sábados y optativo los
miércoles.
Doña Flor, recordando el desorden de
ciertos hábitos anteriores, al principio le chocaba, extrañaba la discreción
que circundaba y regía la porfía de amor que se celebraba en la cama de hierro
sobre el nuevo (y espectacular) colchón de elástico. Pero pronto su pudor
congénito y el propio recato de su carácter fueron ajustando sus necesidades de
hembra, sus ansias de mujer, a la manera conveniente y puntual, casi podría
decirse respetuosa y distinguida, con que el doctor la cubría, al abrigo de las
sábanas, pero con firme deseo y lanza en ristre.
En la cama de un matrimonio (en
opinión del doctor Teodoro), el deseo no impide el pudor, el amor no se opone
al recato, pues el deseo y el amor de los esposos están hechos de materias
puras, aun en la secreta intimidad conyugal.
Los miércoles y los sábados, sin
falta, a la misma hora, doña Flor vislumbraba los
discretos y repetidos movimientos del
esposo en la oscuridad. Así, semierguido para ponerse sobre ella, la sábana
sobre los hombros y los brazos abiertos, le parecía un paraguas blanco y enorme
que protegía su vergüenza de mujer, que la amparaba incluso en aquel supremo
instante de abandono. Un paraguas, ¡qué visión más sin gracia, qué imagen
inhibidora, qué chasco!
Cerrando los ojos para no mirar, doña
Flor imaginaba a su Teodoro como a un pájaro de alas inmensas y potentes
garras, águila o cóndor en vuelo rasante sobre ella, que la tomaba, la alzaba
por los aires y la poseía. Abríase doña Flor para que en ella se posara el ave
de rapiña. Al sentirse penetrada, con una garra desmedida en sus entrañas
jugosas, presa y liberada a la vez, se alzaba con ella hacia un cielo de
bronce, en un goce compartido.
Aunque no era un goce totalmente
casto, pues doña Flor, al desatarse, soltaba también su pensamiento y allá se
iba.
Así eran las noches de amor de estos
buenos esposos, con un bis seguro los sábados y optativo los miércoles...
3
Doña Rozilda, al regresar a Nazareth
das Farinhas después de larga permanencia en Bahía, dio testimonio minucioso de
los primeros tiempos de la nueva vida matrimonial de doña Flor, habiendo antes
confiado a doña Norma sus preocupaciones e incertidumbres.
El doctor Teodoro era un yerno
estupendo bajo todos los aspectos. Sobre eso no le cabía ninguna duda. Pero
¿estaría doña Flor a la altura de un consorte de tantas cualidades? ¿Por qué
no? - preguntó suspicazmente doña Norma, leal amiga que no admitía la más leve
crítica. En su opinión, doña Flor era digna del marido más perfecto, del más
hermoso y rico.
Pero en doña Rozilda no se encendía
la llama del mismo ardiente entusiasmo. A pesar de ser la madre, y por lo tanto
inclinada a disculpar y a favorecer a la hija, no veía en ella el impulso
necesario para la escalada, posible al fin; no la sentía ávida de influencia
social, capaz de aprovecharse de la posición del marido, de su prestigio, de su
responsabilidad, de sus relaciones. Si hubiera salido a doña Rozilda, ahora,
apoyada en el brazo del doctor, treparía fácilmente hacia las salas, los
jardines, la intimidad de los palacetes de la Graca y de la Barra, conviviendo
con la mejor gente de Bahía, la élite, un sueño de la vieja señora. ¿No había
sido ya doña Flor presentada a los Taveiras Pires? ¿No le había besado la mano
el millonario Adriano, comúnmente denominado Caballo Pampa? ¿No la había
distinguido con
una asquerosa y complaciente sonrisa
doña Inmaculada, la primerísima dama de la sociedad, dictadora de la elegancia?
¿Qué hacía, sin embargo, doña Flor
para corresponder a esas oportunidades que debía al título del doctor, a la
floreciente droguería, al delicado fagot?
Nada, tres veces nada. Al contrario,
continuaba dando clases de cocina como una pobretona cualquiera, a pesar de que
su actividad repercutía negativamente sobre
el prestigio social del marido (un
marido cuya mujer trabaja, o le va mal en la vida o es un sórdido avaro, rezaba
la cartilla de doña Rozilda); y la hija continuaba en
aquella casita, cuando podían tener
un domicilio mucho más amplio y en una calle
distinguida.
Que doña Norma la disculpase, pues
ella no decía esto con intención de humillar a nadie, pero las calles de la
vecindad, si alguna vez fueron elegantes, en otros
tiempos incluso aristocráticas, en la
actualidad eran arterias de gente de medio
pelo, con unas pocas excepciones. En
esas callejuelas podían contarse con los dedos - manifestaba venenosamente la
intrigante- las señoras representativas y de sociedad. La mujer del argentino,
doña Nancy, era realmente de clase y de buena raza, pero ¿quién más? -
preguntaba, mirando provocativamente a la amiga de doña Flor- . El resto... es
chusma...
Mas, volviendo al guisado, ¿cuál era
la situación de la nueva pareja? El doctor Teodoro andaba loco por mudar de
casa, y ella, doña Flor, la idiota, obstinada en seguir allí, firme en aquel
agujero. Doña Rozilda meneaba la cabeza:
- El que nace para diez centavos no
llega nunca al peso...
Por lo demás, a ese asunto del cambio
de domicilio se debió el súbito regreso de doña Rozilda a Nazareth. Cierta
mañana, doña Flor la interpeló:
- Mamá, ¿qué idea es ésa de ir a
decirle a Teodoro que yo quiero mudarme? Sepa de una vez por todas que tanto él
como yo estamos muy satisfechos con nuestra
casa y no nos vamos a mudar.
Doña Rozilda, olvidándose de sus
maneras de gran dama, escupió hacia un lado con gesto arrabalero.
- ¿Qué me importa? Cada puerco en su
chiquero... Doña Flor hizo un esfuerzo para contenerse:
- Oiga, mamá. Yo sé de dónde viene
esa historia de una casa más grande. Usted quiere meterse para siempre, pero
puede quitárselo de la cabeza. Yo no estoy de
acuerdo. Puede venir cuando quiera a
pasar unos días. Pero vivir con nosotros, eso no. Le hablo con franqueza:
usted, mamá, nació para vivir solita..., le voy a decir...
Doña Rozilda salió hecha un
estampido, sin querer oír el resto, que por lo demás
era la parte agradable del discurso,
pues doña Flor, para compensar a la madre de tan ruda franqueza, había decidido
darle una pequeña suma mensual. «Dinero para sus alfileres, mamá, para las
obras de caridad», como finalmente pudo comunicarle cuando la acompañó hasta el
muelle de la Bahiana, días después.
Una vez más le fallaron a doña
Rozilda los planes de establecerse con su hija; antes, de viuda, no la quiso
con ella, y tampoco la quería ahora de recién casada. Si la primera vez doña
Rozilda se mostró ofendida, rompiendo prácticamente su trato con doña Flor,
ahora se tragó la afrenta, pues la tentación de estar ligada de algún modo a la
nueva vida de la hija, con sus brillantes relaciones y saraos, era demasiado
poderosa. Es cierto que se volvió a Nazareth, pero sus visitas a la capital
menudearon. Cuando lo hacía se hospedaba en aquel «culo del mundo» de Río
Vermelho, pero venía muy temprano, antes del almuerzo, a casa de la hija, y a
chismear por los alrededores, asumiendo la jefatura de la banda de intrigantes.
Se quedaba en Río Vermelho unos ocho o diez días, tiempo que bastaba para
hacerse insoportable y reñir con la hermana. Y allá se iba de nuevo a convertir
en un infierno la vida del hijo y la nuera, en el Recóncavo. En Nazareth, a sus
diversas ocupaciones, se añadía la de describir el fausto social que rodeaba a
doña Flor («vive entre banquetes y fiestas, es íntima de doña Inmaculada
Taveira Pires»), cantando loas al yerno doctor y a todo lo referido a él, desde
las dotes de su inteligencia al envidiable estado de sus finanzas, desde la
dignidad de sus modales hasta el inusitado fagot. Y narraba detalladamente los
ensayos semanales de la or-
questa de aficionados, derritiéndose
en sonrisas, cayéndosele la baba al recordarlo:
- Eso sí que es música...
Lo decía en alabanza de las arias,
las romanzas, los conciertos de exquisito repertorio en los que Haendel, Lehar,
Strauss, coexistían con Othelo Araújo y el maestro Agenor Gómez, compositores
locales menos conocidos por esos mundos, pero no por eso menos inspirados. Lo
decía también como una demostración de desprecio a la otra música, la de las
sambas y canciones, las modinhas, la de la chusma - aquí una escupida de
desprecio- , y a la gentuza de los violines y las guitarras, las gaitas y los
tamboriles, una caterva de atorrantes. Al hablar así esta- blecía una
distancia, señalaba una diferencia entre la orquesta de aficionados, a la que
pertenecía el doctor Venceslau Pires de Veiga, eminente cirujano; el doctor
Pinho Pedreira, juez de la capital, y el millonario y comendador del Papa,
Adriano Pires, «El Caballo Pampa», dueño de una firma mayorista, con palacete
en la Graca, automóvil con chófer, marido de la noble Inmaculada, «la que está
antes que la primera, la primerísima, la cúspide opalescente» (según la feliz
expresión de Silvinho Lamenha, locutor de radio y redactor de «Sociales» en el
diario del temido Odorico Tavares): doña Inmaculada Taveira Pires, con su cara
de caballo viejo y sus impertinentes de gobernanta suiza. Y así quedaba marcada
la diferencia con los vagos que andaban dando serenatas y provocando
desórdenes, unos borrachos, gente de mal vivir. En los tiempos del primer
casamiento de su hija (si es que aquello se podía llamar casamiento) tuvo que
soportar la cachaca y las necesidades de esos «valdevinos», pura canalla,
imagen de la depravación y de la orgía: Jenner Augusto, Carlinhos Mas-
carenhas, Dorival Caymmi. De vez en cuando, algún universitario de buena
familia se juntaba con esa caterva y en seguida se volvía el peor de todos,
como aquel doctor Walter da Silveira, cuyo rostro regordete doña Rozilda
recordaba con odio. En Nazareth había oído elogiar los conocimientos jurídicos
del tal Silveira: una eminencia en derecho, e incorruptible. Que lo creyera
quien quisiese, no ella, doña Rozilda, que lo vio tocar en la gaita el paso del
Siri- Bocéta. ¡El infame!
Debido a esa escoria de la sociedad
se volvió tan antimusical que reaccionó violentamente cuando por primera vez le
hablaron de las dotes del yerno. «Un sujeto que no tiene arreglo, un tocador de
birimbao.» Una vez más, seguramente, la idiota de la hija, sin tono y sin
vergüenza, se iba a atar a algún malandrín al que tendría que mantener y llevar
a cuestas, financiándole los vicios y las amantes con su sudor, con el dinerito
de la escuela. Recordaba con tanta rabia las serenatas y las canciones que ni siquiera
el título de doctor en torno al cual doña Norma, conocedora de sus debilidades
y preferencias, había armado gran estruendo en la carta que le comunicara el
noviazgo de la viuda, ni siquiera el anillo universitario, la había conmovido.
«Un doctor de reconocida sabiduría», decía en su misiva la vecina, pero doña
Rozilda no se entusiasmó:
- Otro borracho de ésos..., toda la
noche por las calles en plena juerga y desvergüenza con el dinero de la
tonta... Todavía va a resultar que también es jugador. Lo que quiere es vivir
con la tripa llena..., ella en el trabajo y él en el vicio.
- En cuanto al título de doctor,
tenía sus reservas:
- Farmacéutico... ¡Bah!... Un doctor
a medias...
Establecía diferencias entre las diversas
jerarquías universitarias. No todas poseían, a su modo de ver, la misma clase y
categoría:
Doctores de verdad, de primera, son
los médicos, los abogados, los ingenieros civiles. Pero los dentistas y los
farmacéuticos, los agrónomos y los veterinarios,
todos ésos son doctores de segunda,
poca cosa, unos doctorcitos..., gente que no tuvo cabeza ni aptitud para
estudiar hasta el final...
Toda esa mala voluntad para el futuro
yerno a quien todavía no conocía personalmente y, sin embargo, criticaba tanto,
procedía de saber que era un
músico aficionado.
Sólo después, en
Bahía, al comprobar
la buena situación
financiera del farmacéutico, socio de
un establecimiento tan sólido como la Científica, en la esquina de la calle
Carlos Gómez y Cabeca (ya el lugar valía una fortuna), su respetabilidad, sus
modales y aptitudes, el espléndido y vasto círculo
de sus relaciones, se desvaneció su
falsa impresión inicial, dejando así de confundir al erudito fagot con el
vulgar birimbao de capoeira y la Orquesta de Aficionados con la serenata al
claro de luna.
Entonces el yerno ascendió mucho y
rápido en su opinión. No era el perfecto
Príncipe Encantado, entrevisto un día
en Pedro Borges, el estudiante paraense, con sus ríos, islas y cauchales, con
su riqueza de las mil y una noches. ¿Qué más podía pedir, sin embargo, una
viuda pobre, a los treinta años de edad? Doña Rozilda, satisfecha más allá de
toda expectativa, le confesaba a doña Norma:
- Con éste hasta yo me casaba... Un
ciudadano respetable...
¡Y qué modales! Esta vez acertó.
También..., ya era tiempo... ¡Es un señor muy educado!
Una educación finísima: el doctor
Teodoro, cordial y respetuoso, se dirigía a ella tratándola de «mi querida
suegra», y preguntando a cada momento si precisaba
algo. Le traía pastillas para la tos
y un jarabe para el catarro crónico, y le regaló un paraguas nuevo cuando la
oyó lamentarse de haber perdido el suyo - viejo, del
tiempo de don Gil- en la confusión
que se produjo al desembarcar en el puerto. Doña Rozilda venía para asistir al
casamiento y quedarse por unos días. Pero al
comprobar las cualidades del yerno se
dio cuenta de las perspectivas que le
brindaría la vida en compañía de la
pareja, decidiendo instalarse allí definitivamente, abandonando Nazareth das
Farinhas, las obras piadosas del reverendo Walfrido Moraes, el club, la iglesia
y la presidencia del sabroso y cruel chismerío del municipio.
En la pequeña ciudad, como ya se
dijo, se sentía a sus anchas. Allí era alguien, un personaje influyente, podía
intrigar libremente e imponer sus caprichos y enojos a la nuera, que ya había
llegado al límite de la paciencia y perdido las esperanzas en los milagros de
los santos: Nuestra Señora de los Dolores permaneció ciega y sorda a sus ruegos
y promesas, sólo la muerte podía ya liberarla. Entiéndase: la muerte de la
suegra. A veces, la buena de Celeste se ponía a pensar en tan jubiloso
acontecimiento, ¡ah!, ¡qué velorio más impacientemente esperado! Sería la
velada más alegre de Nazareth. Se hablaría del cuidado del cuerpo y los
responsos y misas por el alma de la anciana señora en todo el Recóncavo, y los
ecos llegarían hasta la capital. Celeste estaba dispuesta a no escatimar gastos
ni molestias.
En Nazareth se encontraba bien, pero,
con este nuevo yerno, prefería Salvador, y para quedarse en él trazó doña
Rozilda todo un plan de acción. Fue adulona e insinuante, servicial y
bondadosa, devota del farmacéutico. Al principio el doctor
Teodoro se conmovió. Hablando con su
amigo Rosalvo Medeiros, el representante
de los laboratorios, le confesó haber
ganado con el casamiento no sólo la más perfecta de las esposas, sino también
una segunda madre, su suegra, aquella santa viejecita.
- ¿Quién? - el próspero Rosalvo no
podía creer a sus oídos- . ¿Quién es la santa viejecita? ¿Doña Rozilda? -
preguntó, y se echó a reír, como doña Amelia el día del
noviazgo. Se oía cada cosa..., ¡doña
Rozilda una santa criatura!... Pobre Teodoro,
con su ingenuidad...
Pero ni el mismo doctor Teodoro se
engañó por mucho tiempo: la costumbre de meter en todo la cuchara, la capacidad
de intriga y la permanente irritabilidad de doña Rozilda pronto relegaron a
segundo lugar sus sonrisas melosas y sus cautivantes palabras, y el yerno
comenzó a comprender el porqué de la risa incontenible y divertida de doña
Amelia y de Rosalvo. Fue entonces cuando doña Rozilda le habló, con muchas
vueltas, de los inconvenientes que tenía una casa pequeña, con tan poca
comodidad. ¿Por qué no alquilar una residencia más a tono con sus posibilidades
y relaciones? ¿Más amplia, con mayor número de habitaciones?
Con mucha habilidad sugirió que doña
Flor no estaba satisfecha con aquella casa tan poco confortable, llena de malos
recuerdos. Y que solamente por no importunar al marido callaba su disgusto.
El doctor Teodoro encontró extraña la
sugestión fabricada por la suegra y todavía más extraño el pretendido disgusto
de la esposa. ¿Acaso no fue doña Flor la
primera en destacar las conveniencias
y ventajas de residir allí? Un alquiler bajo, el mismo desde hacía ocho años,
la buena situación de la casa, a dos pasos de la droguería, además de ser la
dirección conocida de la Escuela de Cocina: Sabor y Arte, con una cocina
adaptada a la enseñanza, con horno de gas y fogón de leña...
¿Para qué una casa mayor si eran
ellos dos solos? ¿Para qué más trabajo y gastos si allí estaban contentos ella
y el marido, si tenía espacio suficiente para que se cumplieran sus deseos de
felicidad? Estos habían sido los argumentos de doña Flor, modestos y sensatos,
cuando aún era novia.
¿Por qué entonces este cambio
repentino? ¿Por qué irse de allí a un innecesario caserón, que daría más
trabajo cuidarlo y sería costoso? ¿Para qué esos lujo que
estaban más allá de sus
posibilidades? ¿Sólo por vanidad?
Doña Rozilda, en su confuso alegato,
había mencionado el prestigio y el «buen tono». Al doctor Teodoro le afectó el
argumento, siendo como era celoso del prestigio y de la consideración de los
demás, pues temía las críticas de la sociedad. Pero a doña Flor no le
preocupaban esas cosas, argumentando - cuando discutieron sobre la
escuela- que el valor de un hombre no se
mide por la figuración, por sus apariencias, sino por lo que él es realmente,
por lo que vale.
Si era así, ¿por qué se mostraba
contrariada ahora, por qué esas quejas y reivindicaciones? El doctor Teodoro
escuchó con atención las ñoñeces de la suegra,
pero no quiso discutir el asunto:
- No sabía, cara suegra, que mi
querida esposa tuviera esa idea y no deseo discutirla. Pero puedo adelantarle
que todo será resuelto a satisfacción de Flor.
Y dejando a doña Rozilda llena de
optimismo se retiró, taciturno, camino de la droguería. Si el cambio de opinión
de doña Flor fue para el doctor Teodoro una sorpresa, su procedimiento lo
disgustaba. ¿Por qué no le habló ella misma, con lealtad y
franqueza? ¿Por qué
mandar en lugar
suyo a doña
Rozilda? El
farmacéutico no quería que hubiese
ninguna duda, ningún malentendido, por más
mínimo que fuera, entre él y la
esposa. Estaba dispuesto a darle todo cuanto estuviera a su alcance, a
satisfacer sus deseos aun cuando le pareciesen caprichosos, dentro de los
límites de sus posibilidades e incluso con algún sacrificio. Pero exigía sinceridad,
llaneza, confianza. ¿Por qué tenía que haber terceros, intermediarios, entre
ellos, si eran marido y mujer? El doctor Teodoro, en los fondos de la farmacia,
manejando la espátula y triturando sustancias, pesando cantidades ínfimas en la
balanza de precisión, se sentía apenado, triste. ¿Por qué esta falta de
confianza? Entre marido y mujer no debe haber secretos, ni nadie que medie en
sus relaciones. Subnitrato de bismuto, aspirina, azul de metileno, nuez
moscada, las cantidades exactas, ni un grano de más ni uno de menos. Así debe
ser el casamiento. Y resolvió poner en claro la cuestión cuanto antes.
Por la noche, ya en el cuarto, a
solas con la esposa mientras se cambiaba tras la cabecera de la cama de hierro,
le dijo:
- Querida, deseaba pedirte una
cosa... Doña Flor ya estaba acostada, esperando el beso del marido para cerrar
los ojos y dormir:
- ¿Qué, Teodoro?
- Me gustaría que tú, cuando tengas
que decirme algo, me hables personalmente, sin mandar a nadie en tu lugar...
En la voz del doctor no se observaba
enojo, su acento era más bien melancólico. Doña Flor se incorporó, sorprendida.
Apoyándose en el codo, volvióse hacia el
marido, que estaba poniéndose los
pantalones del pijama:
- ¿Qué es esa historia?, ¿cuándo
mandé yo...?
- Yo pienso que el marido y la mujer
deben ser francos el uno con el otro, que no necesitan correveidiles...
- Teodoro, querido, por favor, dime
pronto de qué se trata, no entiendo nada... Ya vestido con su pijama a rayas,
él se acercó a la cama, sentándose en ella:
- Si quieres cambiar de casa, ¿por
qué no me lo dices tú misma?
- ¿Cambiar de casa? ¿Yo? ¿Quién te
dijo eso?
- Pues tu madre, doña Rozilda. Me
dijo que tú andabas quejándote, descontenta con la casa, disgustada...
Doña Flor se quedó mirando fijamente
al marido, sentado en el borde de la cama, muy
serio, con un asomo de
tristeza en los
ojos. Le dieron
ganas de reír:
«Semejante hombrón y tan sin
malicia.»
- ¿Mamá? ¿Y tú pensaste que yo la
había mandado? Tú no conoces todavía a mamá, Teodoro. Yo sé lo que ella anda
buscando... ¿Para qué iba a querer yo una
casa más grande? Quien la quiere es
ella, con un cuarto en el que instalarse de una
vez por todas, ¡Dios me libre y
guarde!
- Pero si es eso, querida, si se
trata de hospedar a tu madre, tal vez pueda... - doña Flor continuó riéndose y
miró al marido bien de frente:
- Debemos ser francos el uno con el
otro, acabas de decir tú, Teodoro. Dime, pero dime la verdad, no mientas: ¿a ti
te gustaría que la vieja viviera con nosotros para
siempre?
No era el doctor Teodoro hombre capaz
de mentir, pero tampoco de ofender a los demás y menos todavía a la madre de
doña Flor:
- Es tu madre, es mi suegra, y si
ella quiere y tú estás de acuerdo...
- Pues has de saber, querido, que yo
no quiero ni estoy de acuerdo. Es mi madre, le tengo cariño, pero tenerla aquí,
viviendo con nosotros, ni por todo el oro del mundo. No hay quien la aguante,
Teodoro, tú todavía no la conoces bien.
Tomó la mano del esposo:
- En esta casa, querido, sólo tú y
yo, nadie más. De aquí sólo saldríamos para nuestra casa propia. Además, cuando
podamos, lo mejor es comprar esta misma...
El farmacéutico respiró con alivio.
Por doña Flor hubiera sido capaz de cualquier
sacrificio, hasta de aguantar a doña
Rozilda con sus tramoyas. Felizmente, todo quedó claro. Doña Flor no había
cambiado, seguía siendo modesta en sus ambiciones, prudente en los gastos,
sensata. Pero su opinión en cuanto a doña Rozilda evolucionó definitivamente y
la santa viejecita convirtióse en ponzoña. No en vano su cuñado, el tal Moráis,
no se movía de Río, estando dispuesto a volver a Bahía sólo cuando la vieja
estirase la pata (otro más cuya única esperanza residía en la muerte, pues en
el caso de doña Rozilda, en su opinión, no cabía otra alternativa). Aun así, el
doctor Teodoro, con menos experiencia en el trato de la suegra y siendo mucho
más afable y de esmerada educación, todavía dijo con una última amabilidad:
- Cosas de vieja, pobre..., a su
edad... Ella acarició mimosamente la mano del marido, ese hombre tan bueno:
- No se trata de la edad, querido...,
fue siempre así..., es mi madre, no debo hablar mal de ella, una hija no
puede..., pero siempre tuvo el mismo carácter, desde
jovencita... Ni mi padre la
soportaba, y era un santo. Si ella se metiera aquí, Teodoro, terminaríamos
peleándonos.
- ¿Nosotros? Nunca, querida mía,
jamás... Y la miró casi conmovido, lleno de ternura:
- Nunca reñiremos..., ni tendremos
secretos el uno para el otro, sea el que fuere. Nos contaremos todo, todo... El
la besó en los labios, suavemente.
- Todo... - repitió doña Flor en un
susurro.
El doctor Teodoro sonrió, totalmente
satisfecho, se levantó y fue a apagar la luz.
«¿Todo, Teodoro? ¿Crees que es
posible? ¿Incluso los pensamientos más recónditos, incluso aquellos que uno se
oculta a sí mismo, Teodoro?» Doña Flor
contemplaba el torso fuerte del
esposo bajo el pijama, los amplios omoplatos, el
recio cuello, los músculos del brazo.
Mordiéndose los labios trató de apartar sus pensamientos, pues, como era lunes,
no correspondían esas cosas... El doctor, hombre sistemático, mantenía con
respecto a eso, igual que para todo, el más perfecto orden. Pero era tan bueno
y generoso, tan delicado y atento, estaba tan rendido por ella, hasta el punto
de disponerse a soportar a doña Rozilda... Tanta devoción compensaba su
sistematización, su rigor para los horarios, las reglas y las etiquetas.
«Todo no, Teodoro, tú no sabes qué
oscuro pozo es el corazón de uno.»
4
Del
brazo de su
marido, doña Flor
descubrió mundos desconocidos e insospechados, en
los que penetró
con él, llegando
a ser figura
destacada,
«gracioso ornamento», como escribiera
sobre ella, justo y gentil, reseñando la fiesta de los Taveiras Pires, nuestro
exigente Silvinho, a quien hay que referirse
siempre inevitablemente. Nunca se
le había ocurrido
a ella que
existiese un
universo constituido solamente por
farmacéuticos, hermético y fascinante: con sus propios problemas, su peculiar
visión de la vida, su lenguaje de casta, su atmósfera de nitratos y
calomelanos. El universo cuya capital y cumbre era la Sociedad Bahiana de
Farmacia, con sede propia, un piso entero, limitando con otros mundos más o
menos importantes como el de los médicos, una casta suficiente y poderosa que
se beneficiaba del trabajo de los demás. Sí, ¿para qué servirían los médicos -
se preguntaban los líderes de la farmacología-
si no existiesen los farmacéuticos?
¿Por qué entonces esa altivez, esa
arrogancia? Eran igualmente presuntuosos los representantes de los
laboratorios; a la hora de vender eran corteses y hasta humildes con los
grandes, pero desatentos con los pequeños, y a veces groseros a la hora de cobrar
una cuenta atrasada. Más simpáticos eran los representantes viajeros, con sus
valijas llenas de remedios y las últimas anécdotas del interior. Toda esa
gente, la de la universidad y la del comercio, con sus títulos, su dinero, su
orgullo, se alzaba sobre una amplia capa de profesionales y despachantes de
farmacia con míseros sueldos.
Al pasar frente a la Droguería
Científica, al cruzar su umbral, al adquirir un tubo de pasta dentífrica o un
jaboncillo, nunca había percibido antes doña Flor el fuerte hálito de aquel
mundo de las drogas, nunca lo había respirado.
Un mundo en el que moraba su marido,
apoyado en el canudo de doctor (y más todavía en los conocimientos resultantes
de la larga práctica en los laboratorios y mostradores), en su capacidad de
trabajo y en su honradez, y en el que procuraba asegurarse una situación
financiera y cierto renombre científico. Tenía en ese mundo una situación
modesta, un modesto renombre, lo suficiente como para que se le abriesen a doña
Flor las puertas de aquel territorio de yodo y sulfatos; para que se
beneficiase con los programas culturales y recreativos de la Sociedad Bahiana
de Farmacia: las asambleas que se realizaban en su sede propia, la lectura y
debate de tesis y trabajos sobre temas científicos o profesionales; las
comidas, en días festivos, toma de posesión del nuevo directorio, el Día del
Farmacéutico...; comilonas en torno a las cuales se juntaban directores y
socios (con sus familias), en ruidosa «confraternización de profesionales»,
como decía siempre el doctor Ferreira en su infaltable discurso. Sin olvidar el
baile de fin de año, en diciembre, antes de Navidad. Doña Flor frecuentaba con
cierta asiduidad, aunque sin exa- geración, las tesis y las comidas. Se
relacionó con las esposas de los colegas del marido visitando a algunas de
ellas y siendo visitada por ellas a su vez, trueque de cortesías que le dejó
como saldo tres o cuatro amigas y sólo una alumna.
Eran esas señoras, doña Sebastiana,
esposa y brazo derecho del doctor Silvio
Ferreira, secretario general de la
sociedad y su principal animador: mujerona alegre que tenía una voz de tromba y
una risa contagiosa; doña Rita, señora del doctor Tancredo Vinhas, de la
Farmacia Santa Rita, constituía con su marido una pareja flaca y agradable, él
fumando cigarrillo tras cigarrillo y ella con una tosecita de tisis aguda; doña
Neusa, la rubia Neusoca de los ojos alegres, era la mujer de R. Macedo &
Cía.: la compañía estaba formada por los vendedores, y a doña Neusa le atraía
siempre el nuevo empleadito: los coleccionaba, los iba bautizando con los
nombres de los remedios más en boga (hubo un elixir de Ñame, un oscuro mulato;
un Bromil que parecía un niño de tan jovencito y frágil, todavía imberbe e
inocente, joya preciosa para la más rara colección; hubo un lindo muchacho,
llamado Emulsión de Scott, campesino recién llegado de las tierras de Galicia,
con su cara de manzana; el
pequeño Freasa fue
llamado Salud de
la Mujer, tocándole
acompañarla cuando ella estaba
convaleciendo de una hepatitis; asimismo hubo el Regulador Gesteira, el Jabón
Indígena, un negrito casi azul, ¡ay, Virgen Santa!; un ímpetu Seguro y un Cura
Milagrosa, este último significaba una traición de doña Neusa a la activa clase
de los vendedores de farmacias, a la cual se había dedicado hasta entonces en
exclusividad, pues se trataba de un galante seminarista que estaba de
vacaciones en la vecindad, y que para la ávida Neusoca tenía el doble sabor del
pecado contra la ley de los hombres y contra la Ley de Dios).
Doña Paula, esposa del doctor Angelo
Costa, de la Farmacia Goiás, vino a estudiar culinaria en la Sabor y Arte,
mostrando bastante vocación. Era la única alumna que provenía de las huestes de
la farmacia. Hubo otra, doña Berenice, que inició el curso, pero desistió
pronto debido a que era incapaz de distinguir un filete de un pernil de buey.
Con doña Gertrudes Becker, esposa del
doctor Frederico Becker, propietario de la red de Droguerías Hamburgo - cuatro
en la ciudad alta, una en la ciudad baja, otra
en Itapajipe- , representante de
grandes laboratorios extranjeros, presidente más o
menos perpetuo de la Sociedad, y rey
de la magnesia y de la urotropina, doña Flor no intercambió visitas. Doña
Gertrudes sólo descendía de su trono una vez al año, con motivo del baile de
diciembre, cuando hacía la concesión de rozar con la punta de los dedos las
manos de la pequeña burguesía laboriosa y sufridora con la que su marido tenía
en común apenas los negocios. En cuanto al doctor Frederico, si bien no asistía
a los almuerzos con vino y gaseosas de Río Grande, no faltaba a las reuniones
de la Sociedad que él presidía y en las que decía la última palabra sobre
cualquier tema.
Era un alemán más bien bajo, de ojos
azules y suaves, y áspero acento. Corrían rumores con respecto a su forma y a
su título de farmacéutico, otorgado por una lejana facultad alemana cuando él
era ya dueño de tres farmacias. Adoraba a los niños y se paraba en las calles
para darles bombones, que sacaba de sus bolsillos siempre provistos.
Hacía sólo dos meses que doña Flor se
había casado cuando subió por primera vez las escaleras que conducían a los
salones de la Sociedad Bahiana de Farmacia, en el
segundo piso de un edificio colonial
del Terreiro de Jesús. En el piso de abajo fun-
cionaba el Centro Espiritista Fe,
Esperanza y Caridad, en feroz competencia con los farmacéuticos, pues los
médium y la hermandad astral obtenían curas radicales para todas las
enfermedades a base de recetas metafísicas, prescindiendo de medicinas, drogas
e inyecciones.
Así tuvo doña Flor la oportunidad
única de ser testigo del sensacional debate que se iba a entablar esa noche en
la reunión de la Sociedad Bahiana de Farmacia, en
torno al trabajo que presentaría el
doctor Djalma Noronha, tesorero del gremio,
titulado: «De la creciente aplicación
por la clase médica de productos manufacturados, con la consiguiente
declinación de las recetas a preparar y de las imprevisibles consecuencias
resultantes».
El gremio de los boticarios se
hallaba dividido. Unos eran partidarios entusiastas de los remedios fabricados
y envasados en los laboratorios del Sur y otros de las medicinas tradicionales,
pacientemente dosificadas en los fondos de las farmacias,
con las fórmulas escritas y pegadas a
los frascos y cajas, todas ellas productos
garantizados por el farmacéutico con
el aval de su firma.
El doctor Teodoro no habló de otra
cosa durante toda la semana, ya que él mismo era uno
de los campeones
de la escuela
tradicional. «¿Para qué
servirá el
farmacéutico cuando sólo existan
productos manufacturados? No pasará de ser un
vendedor, un simple despachante en su
farmacia», declaró patéticamente en la reunión.
En el campo opuesto, defendiendo la
industrialización de los remedios (e incluso su nacionalización) de acuerdo con
los tiempos modernos y la técnica avanzada, doña
Flor tuvo ocasión de oír al doctor
Sinval Costa Lima - cuyos descubrimientos en re-
lación con las propiedades
medicinales de la jurubeba le habían dado amplio renombre- , así como la
palabra fluida y arrebatada del célebre Emilio Diniz. Aunque adversario suyo en
este debate, no negaba el íntegro doctor Teodoro el
talento fulgurante del profesor
Diniz:
- ¡Es un Demóstenes! ¡Un Prado
Valadares!
También era fuerte en intelectos el
partido en cuyas combativas filas científicas se alineaba nuestro caro
Madureira; para demostrarlo bastará citar el nombre del doctor Antiógenes Dias,
ex decano de la Facultad y autor de varios libros, un viejecito de ochenta y
ocho años que todavía tenía fuerzas para afirmar:
- En mi farmacia no entra un remedio
hecho a máquina...
Pero él no tenía que ver nada con su
farmacia. Hacía más de veinte años que los hijos no sólo compraban y vendían
remedios manufacturados, sino que además eran representantes en Bahía de
poderosos laboratorios paulistas. «El viejo está ca- duco», decían.
Quizá tuviesen razón los ingratos,
pues el viejo estaba un tanto lelo, se reía solo. En cambio, eran lúcidos y
competentes los doctores Arlindo Pessoa y Melo Nobre -
¡dos cabezas de primera!- , y el
propio doctor Teodoro, cuyo nombre no debe ol- vidarse injustamente, sólo
porque sea el preclaro héroe de esta modesta crónica de
costumbres. Sobre todo si se tiene en
cuenta que él confesó a la esposa que poseía un total dominio de la materia en
discusión, haciendo resaltar una vez más la
importancia de la asamblea: doña Flor
debía considerarse felicísima por tener
ocasión de presenciar el histórico
debate.
Histórico y puramente académico, pues
como el propio doctor Teodoro decía a su mujer, ni él ni ninguno de los más
ardientes defensores de las recetas a elaborar
dejaban de adquirir para sus
farmacias los productos de los laboratorios. ¿Cómo
hacer frente a la competencia si sus
establecimientos quedaran desprovistos de esas malditas drogas tan de moda? De
ahí que su posición en el debate fuese estrictamente teórica, gratuita,
técnica, sin nada que ver con las exigencias prácticas del comercio, «pues no
siempre, mi querida Flor, es posible conciliar la teoría con la práctica, ya
que la vida tiene sus aspectos sórdidos».
No quiso doña Flor ahondar en esa
contradicción entre la teoría y la práctica, aceptando sin más la afirmación
del doctor: «Exactamente por eso es todavía más de elogiar la posición de los
que defienden las recetas tradicionales.» Tocante a ella, era persona de pocos
remedios y mucha salud, sin recordar la última vez que estuviera enferma (a no
ser su insomnio de viuda).
Fue aquélla, realmente, una noche
memorable, como dijo el doctor Teodoro y registró el diario. Una crónica
abreviada, sintética - se quejó nuestro doctor, al ver sus decisivas
intervenciones, igual que todas las otras, reducidas a una frase
incolora, y con los nombres
incompletos- : «Intervienen en la discusión, entre
otros, los doctores Carvalho, Costa
Lima, E. Diniz, Madureira, Pessoa, Nobre, Trigueiros.» Sólo destacaba el
discurso del doctor Frederico Becker, con elogios a su «claridad expositiva,
sus valiosos conocimientos y la lógica de su razonamiento».
¿Por qué tanto desprecio de la prensa
hacia la cultura, por qué semejante economía de espacio - protestaba el doctor
Teodoro- , cuando sobraban páginas para los
crímenes más repugnantes y para los
escándalos nudísticos de las estrellas de cine,
con sus divorcios absurdos y su
pésimo ejemplo para nuestras jovencitas?
En cambio, se publicó una amplia
información y un extenso análisis del debate en la
Revista Brasileña de Farmacia, de Sao
Paulo (Año XII, volumen 4, páginas 179 a
181). Financiada por los grandes
laboratorios, la Revista no ocultaba su posición en favor de los productos
manufacturados. No dejó, sin embargo, de destacar con justicia «las brillantes
intervenciones del doctor Madureira, intransigente y docto adversario a quien
rendimos nuestro homenaje». «Intransigente y docto»: lo dice, con toda
autoridad, la Revista Brasileña de Farmacia, y no nosotros que somos
incondicionales del doctor.
Mucho se esforzó doña Flor por seguir
y entender el impetuoso debate, pero, en honor a la verdad, debe decirse que no
le fue posible. Por amor al esposo y por amor propio le hubiera gustado
mantener su atención concentrada en los oradores, pero, como desconocía tesis y
fórmulas y le resultaban pesadas aquellas palabras y frases en lenguas muertas,
no consiguió comprender los discursos.
Su pensamiento divagaba, perdiéndose
en temas menos filosóficos, pasando de los
problemas de la escuela a los chismes
de María Antonia, tan divertidos (sonrió al recordarlos, en medio de los recios
argumentos del doctor Sinval Costa Lima, el de la jurubeba); además estaba
inquieta por Marilda, cada vez más obstinada e impaciente en su decisión de
actuar ante el micrófono, un ejemplo - según el doctor Teodoro- de la pésima influencia de las actrices del
cinematógrafo sobre la juventud. Se había vuelto respondona y desobediente,
entrando en relaciones con un sujeto del ambiente radial, Oswaldinho Mendonca,
festejante que la embaucaba hablándole de programas y cachets. Doña María del
Carmen, a su vez, ejercía un control total sobre cada paso y gesto de la
estudiante, castigándola, prohibiéndole salir de la casa.
Cuando menos lo esperaba doña Flor,
quien estaba ante el micrófono no era
Marilda, sino el doctor Teodoro.
Intentó seguir su dialéctica y comprender los argumentos con que él confundía a
los adversarios. El rostro grave, el semblante circunspecto, los gestos
corteses aunque fogosos, todo en él correspondía a la imagen de un hombre
digno, del íntegro ciudadano que estaba cumpliendo con su deber; en este caso
su deber de farmacéutico, honrando su diploma de doctor (aunque fuese contra
sus intereses comerciales).
Siempre cumplía con su deber, siempre
era un ciudadano íntegro. En la víspera, por la noche, había cumplido en la
cama, con la misma competencia y sesudez, su
deber de marido. Como estaba
nerviosa, con la sensibilidad a flor de piel a causa de
Marilda, que se había presentado en
casa de doña Flor, dominada por una crisis de lágrimas y sollozos, hablando de
suicidarse - «o cantar en la radio o morir», era su fanático lema- , le insinuó
al marido, entre dengues e incitaciones, su deseo del bis, dado que era una
noche optativa, por tratarse de un miércoles.
Sintió por un instante la vacilación
del doctor, pero como ella ya había roto la timidez y la pacatería, hizo
demostraciones de su deseo, insistiendo. Sin dudarlo más, el doctor atendió su
pedido y cumplió gustosamente su deber por segunda vez.
Ahora comprendía doña Flor, en el
salón de debates, la causa de la indecisión del esposo: había querido evitar la
fatiga, mantener el cuerpo y el cerebro descansados
para el acto de la noche siguiente en
la Sociedad. Él dividía su tiempo y su esfuerzo
entre sus diferentes deberes.
Pero el bis de la víspera no lo había
fatigado, pues allí estaba, firme en la tribuna, soltando latinajos (¿o sería
francés ese idioma?): «la natablucósida C igual a etanoico más glucosa más 3
digitoxosía más digoxigenólida», fórmulas que suenan
al oído como versos bárbaros.
Viéndolo tan solemne y grave, con su
griego y su latín, el dedo en alto, mientras los colegas lo escuchaban con
atención y deferencia, doña Flor se daba cuenta de la importancia de su esposo.
No es un cualquiera, como bien decían doña Rozilda y los vecinos, y
con razón. Debía
estar orgullosa de
él, dar gracias
a la Divina Providencia que le había otorgado un
marido tan bueno, un regalo del cielo. Además, llegó a tiempo, cuando ya no
podía soportar más su condición de viuda, y estaba a punto de dar cuerda y
ánimo a cualquier audaz, a punto de abrir las puertas de la casa y los muslos
al primer atorrante pálido y suplicante, como el Príncipe Eduardo de las
Viudas. ¡Válganos Dios, de lo que se había salvado!
Si el farmacéutico no hubiese
aparecido en el mostrador de la Droguería Científica el día del «Trote de los
Novatos», ella, doña Flor, en vez de estar allí, rodeada de consideración, en
aquel salón en que los ilustres doctores discutían eruditos temas, probablemente
hubiera rodado de mano en mano por los hoteles, sumida en el libertinaje y la
depravación, habiendo perdido la honra, las amigas y las alumnas, terminando
quién sabe dónde... Se estremecía ante el horror que le causaba el sólo
pensarlo. Su aplauso, al finalizar el discurso del doctor Teodoro, no
significaba apenas entusiasmo, sino también gratitud. Era su salvador, y un
hombre respetable. Debía estar orgullosa del marido.
Desde la mesa presidencial a la que
había vuelto el doctor Teodoro buscaba con los ojos a la esposa y recibía de
ella el estímulo de una sonrisa, verdadero premio mayor para su esfuerzo y
brillantez. Proseguía la discusión: ocupaba ahora la tri-
buna el doctor Nobre, cabeza de mucho
meollo, sin duda, pero con una voz monótona y neutral, en tono menor, que
invitaba irresistiblemente a dormir.
Doña Flor quería reaccionar, pero sus
párpados le pesaban cada vez más. Su última esperanza fue puesta en el doctor
Diniz, tribuno famoso desde los tiempos de
estudiante, profesor notable, autor
de Galénica Digitalis - communia & stabilisata,
un tratado definitivo- . Pero ni él
ni los otros que le sucedieron en el debate consiguieron evitar los cabeceos de
doña Flor. Y no sólo de doña Flor. Doña Sebastiana dormía profundamente: su
busto imponente subía y bajaba, y el aire
salía de su boca en un silbido. Doña
Rita tenía los ojos cerrados y de cuando en
cuando alzaba un párpado,
despertándose sobresaltada. Doña Paula resistió cierto tiempo, pero después se
entregó, reclinando su cabeza en el hombro del marido. Sólo doña Neusa, con sus
profundas ojeras, estaba fresca y campante. Ella era la única que no sentía la
modorra ni la monotonía de las fórmulas y de los conceptos, como si toda
aquella ciencia le fuese familiar. Sus ojos seguían los vaivenes del muchachote
empleado de la Sociedad, que estaba llenando una copa de agua en la tribuna
para los oradores. Ya le había puesto un sobrenombre: 914, una inyección de
mucha fama, que había dado en el blanco contra la sífilis.
Doña Flor cabeceaba, el sueño le
subía por la nuca. Le parecía oír, muy a lo lejos, la voz del marido. Hizo un
esfuerzo para prestar atención y sí, allí estaba el doctor
Teodoro discurseando por segunda vez.
No entiendo nada de todo eso, querido
mío,
fórmulas de química y
botánica, sesudos argumentos. Perdóname
si no consigo resistir el sueño, soy una
vulgar ama de casa, una burra, demasiado ignorante, no estoy hecha para estas
alturas.
La despertaron los aplausos, y
también ella aplaudió, sonriéndole al marido y enviándole un beso con la punta
de los dedos.
La sesión duró poco tiempo más y
después las mujeres, liberadas, se reunieron formando un sonriente grupo
mientras se despedían.
- El doctor Teodoro estuvo
magnífico... - comentó doña Sebastiana. (¿Cómo lo sabe, si durmió todo el
tiempo?)
- ¡Qué portento el doctor Emilio! -
dijo doña Paula, repitiendo conceptos oídos en anteriores reuniones- . Y el
doctor Teodoro, ¡qué cabezota!
Al descender por la escalera, del
brazo del marido, doña Flor le dijo:
- Todo el mundo te elogió, Teodoro.
Te cubrieron de alabanzas. Gustaste a todos y dijeron que estuviste muy bien...
Él sonrió con modestia:.
- Es una amabilidad de los
colegas..., pero es probable que haya dicho alguna cosa útil... Y a ti, ¿qué te
pareció?
Doña Flor apretó la mano grande,
honrada del marido, atrayéndolo hacia sí:
- Un amor. No entendí mucho, pero me
pareció adorable. Y me hincho toda cuando te elogian...
Casi le dijo: «No te merezco,
Teodoro»; pero quizá él, con todo su griego y su latín, no lo hubiese
entendido.
5
Si el mundo de los farmacéuticos era
un imprevisible descubrimiento, cabe imaginarse lo que sería el secreto y casi
cabalístico universo musical de la orquesta de aficionados en el que doña Flor
ingresó por la puerta estrecha del fagot.
Aquellos graves y respetables
señores, todos ellos bien asentados en la vida, con títulos universitarios o
con comercios, empresas, escritorios - todos menos Urbano Pobre Hombre,
melodioso violín, simple
empleado de la
Tienda Beirute- ,
constituían una
especie de comunidad
cerrada, con características de
secta
religiosa. («La sublime religión de
la música, el misticismo de los sonidos, con sus dioses, sus templos, sus
fieles y su profeta, el inspirado compositor y maestro
Agenor Gómez»), según decía el
reportaje de Flavio Costa, joven periodista que hacía gratuitamente su
aprendizaje en las páginas de El Comerciante Moderno, del generoso Nacife (no
le cobraba nada al novato por el aprendizaje). El reportaje sobre los
aficionados ocupaba toda la última página del Tendero, con un cliché en el
centro, a tres columnas, de la orquesta completa, de smoking, en los jardines
del palacete del comendador Adriano Pires. Éste, por otra parte, recibió al día
siguiente la simpática visita de su director, que iba a hablarle sobre las
innumerables dificultades que debía enfrentar un diario serio como el suyo. Era
imposible sobrevivir si no se contaba con la comprensión de hombres como el del
título del Vaticano, de corazón y cartera sensibles a esos dramas de la prensa.
Mostraba el pasquín con el reportaje. («Un muchacho inteligente el redactor, un
talento, pero es uno de esos chicos, comendador, que hoy en día cobran una
fortuna por mes»); y el millonario abría la bolsa, enternecido al verse con su
violoncelo en medio de sus hermanos de la secta. Una secta que tenía sus
obligaciones, sus hábitos, un ritual estricto y una alegría semanal de pájaros:
el ensayo en las tardes de los sábados. Viniendo de las alquitaras, los
morteros, los pildoreros, los potes de porcelana con óxidos y venenos, con
mercurio y yodo, doña Flor ingresaba en los trinos, pizzicatos, pavanas y
gavotas, solos y suavísimos, en la estela del violoncelo y el oboe, de los
violines y del clarinete, de la flauta y de la trompeta, de la batería, del
fagot del marido, obedeciendo todos al piano conductor del maestro Agenor
Gómez.
«¡Qué persona más simpática!» Pasaba
así de doña Sebastiana, doña Paula, doña Rita y la voraz Neusoca, llena de
avidez por los empleados, a la convivencia todavía más elegante con las damas
de la flor y nata, las esposas de estos señores. A propósito de ellos,
acostumbraba a decir el banquero Celestino, cuando se veía obligado a oír un
concierto suyo (¡ah!, la vida de un banquero..., hay gente que supone que es un
constante disfrutar de delicias, sin imaginar los aburrimientos, los
latazos...):
- Cada desafinación de uno de esos
maniáticos vale millones...
Esos grandes señores, los sábados por
la tarde, se transformaban en alegres y despreocupadas criaturas, libres de
compromisos y obligaciones, de clientes y
negocios, del dinero a conquistar con
prisa y apetito. Ponían a un lado las distancias
sociales, confraternizando el
mayorista con el ingeniero de la prefectura, de bajo salario, el famoso
cirujano con el modesto farmacéutico, el honorabilísimo juez o el dueño de los
Emporios Nortistas - ocho tiendas en la ciudad- , con el empleado del pequeño
negocio.
Asimismo, esas señoras de tanta
alcurnia y distinción abrían la intimidad de sus casas a las esposas de los
otros músicos, sin medir su fortuna y origen social,
recibiéndolas a todas con la misma
afabilidad, incluso a ña Maricota. (¿Por qué ña y
no doña? Porque ella misma alardeaba:
«yo no soy doña, soy solamente ña
Maricota y gracias».)
Por lo demás, ña Maricota casi nunca
aparecía, pues no tenía los vestidos apropiados ni su conversación estaba a la
altura de aquellas «hidalgas de mierda», como explicaba a los vecinos en una
esquina de la calle, donde se juntaban Lapinha y Liberdade:
- ¿Qué voy a hacer yo allí? Sólo se
habla de fiestas, de recepciones, de almuerzos y cenas, todo es una comilonería
que hasta la angustia a una. Y sin hablar de los
chicos que dejamos en casa y que no
pueden comer lo que debieran, lo que se
llama comer... Cuando no hablan de
comida y bebida, se conversa sobre porquerías: que la mujer de Fulano está
metida con Zutano, que la otra se entrega a Dios y al diablo, que Fulanita fue
vista entrando en un hotel. Al parecer esas señoras sólo saben comer y moverse
en la cama. Nunca he visto...
En medio de su ira, doña Maricota.
(«Yo no soy dueña de nada, cuando mucho llámeme ña Maricota como a cualquier
criada, que no soy más»), o sea, ña Maricota no medía las palabras, dando rienda suelta a su lenguaje áspero y realista:
- Todos son lujos, sedas,
paquetería... Que se queden ahí, en lo alto de su mierda, con sus cacareos, que
yo no las necesito... Urbano va porque no puede vivir sin el
ensayo... Si por mí fuese, él no
pisaría la casa de ningún ricacho, tocaba aquí mismo, en la taberna de don Bié,
con Bobo Sapo y don Bebe- Y- Escupe - decía, abriendo los brazos con gesto de
impotencia- . Pero ¿qué le voy a hacer...? Es un pobre hombre...
De tanto repetir ella la
despreciativa calificación, don Urbano fue finalmente conocido como Pobre
Hombre. El apodo humillante procedía de ella. En cuanto a Bobo Sapo, era un
maestro gaitero, y Bebe- Y- Escupe poseía una vieja zanfona: los domingos, ambos
tocaban sus «modas» y tragaban su cachaca en el boliche de don Bié, punto de
cita de la más elegante sociedad de aquellos rincones. Don Urbano también
aparecía por allí y algunas veces se hacía aplaudir tocando el violín, si bien
aquel público daba clara preferencia a la gaita de Bobo Sapo y a la zanfona de
Bebe- Y- Escupe. Ña Maricota, que no entendía nada de música, rezongaba por
tener que planchar, para los ensayos, el único y viejo traje azul del marido
(los pantalones ya comenzaban a ser transparentes en las asentaderas):
- Si no pueden ensayar sin él, por lo
menos debieran pagar el almidón... Esa
Orquesta de Tal sólo causa gastos, no
veo que el pobre hombre gane nada con ella.
.
Sí, ganaba. Ganaba la paz del espíritu: en la música se desvanecía la agria
Maricota, con su olor a ajo, sus
verrugas y su cháchara. Los sábados, en el ensayo, repitiendo las mismas
partituras de siempre, iniciando el estudio de alguna que otra melodía nueva
para ampliar el selecto repertorio, Urbano Pobre Hombre olvidaba la mezquindad
de la vida, lo mismo que todos los otros señores de la orquesta, los copetudos,
los hombres ricos. Unos con sus graves modales, otros desprendiéndose de toda
solemnidad al ponerse en mangas de camisa para el ensayo, todos, al tomar los
instrumentos, revelaban la misma alegría interior y una inspiración pura
borraba de su pensamiento las miserias y pobreterías cotidianas.
El doctor Venceslau Veiga, el egregio
cirujano, después de los primeros acordes y el primer vaso de cerveza, se
sonreía contento con la vida y con la humanidad. Toda
la fatiga de la semana en la sala de
operaciones, abriendo pechos y barrigas, aten-
diendo enfermos, inclinado sobre la
muerte en una lucha incesante, cruel y vana, todo ese cansancio acumulado
desaparecía con los primeros acordes, apenas vibraba el arco del violín. El
doctor Pinho Pedreira rompía las cadenas de su soledad de soltero misántropo,
volviendo a encontrar en su flauta el recuerdo de un amor de adolescente, de
unos ojos glaucos y simuladores. Adriano Pires, el Caballo Pampa - manchas
blancas de vitíligo pintarrajeaban sus manos y su cara- , el millonario, el
gran mayorista, el socio de bancos, el director de empresas e indus-
trias, el comendador
del Papa, estaba
allí humildemente con su poderoso violoncelo, compensando así una
semana de ambiciones feroces y feroces golpes, de pleitos con los clientes, los
competidores, los empleados - ¡todos ellos unos ladrones!- , con el afán de
ganar cada vez más, con miedo a ser robado, con las angustias del poco tiempo
que tenía para tanta ansia de dinero y de poder, y también con la obligatoria
convivencia junto a doña Inmaculada Taveira Pires, una catástrofe. Allí estaba
no sólo humilde, sino también generoso y humano, sonriéndole al paupérrimo
empleado que estaba junto a él: el uno libre de la exce- lentísima doña
Inmaculada, el otro liberado de ña Maneota.
Al igual que ña Maricota, la
comendadora raramente iba a los ensayos. No por falta de vestidos y
conversación, claro; por falta de tiempo, ya que tenía ocupadas sus horas por
mil compromisos, pues era la primera en importancia entre las damas de la alta sociedad,
y también porque no le hacían gracia esos ensayos, infinitamente monótonos, una
eterna repetición de acordes, siempre las mismas partituras durante meses,
¡insoportable!
Era mejor que no estuviese presente,
así no tenían que contemplar su máscara angulosa, recubierta de cremas, el
busto lleno de joyas y pellejos y sus infectos impertinentes. Así le era más
fácil a don Adriano borrarla de los ojos y de la memoria. A ella, a las hijas y
a los yernos. Las hijas, unos fracasos: dos pobres infelices para quienes la
vida se reducía a los vestidos y los bailes. Los yernos, dos gigolós, a cual
más inútil y zafado, uno derrochando en Río, el otro tirando en Bahía
el dinero de don Adriano, su sudor,
su sangre, su vida. Allí, con la orquesta, el mayorista olvidaba todo eso,
descansando de los afanes que le causaban los millones acumulados, y la gente
que se presentaba en busca de un acuerdo porque no podían pagar, o los que se
declaraban en quiebra, así como del vacío, el egoísmo, la tristeza de su gente.
Allí descansaba con su violoncelo. Al lado de don Urbano, iguales los dos, como
iguales eran, en su íntima verdad, la excelsa doña Inmaculada y la andrajosa ña
Maricota, las dos unos horribles adefesios.
Estos conspicuos caballeros se
reunían sin falta todos los sábados, entregándose a la música y a la cerveza,
despreocupados y risueños, cada sábado en un domicilio distinto, y la dueña de
casa les ofrecía una nutrida merienda, una mesa bien puesta a media tarde.
Siempre venían dos o tres esposas de los músicos, algunos amigos y otros tantos
admiradores, pues «hay gustos para todo» (como murmuró Zé Sampaio, al regresar
de una de esas tenidas sabáticas a la que asistiera para corresponder a las
musicales invitaciones del farmacéutico). Doña Flor, que en los primeros
tiempos era infatigable, fue acogida con amable cordialidad, brillando por su
dulzura y afabilidad.
En el selecto mundo de la música
erudita - y usamos este adjetivo cualquiera que sea el valor que se le quiera
dar: doña Gisa no lo aprobaba, como más adelante se verá- ; en ese ambiente
impregnado de insignes sentimientos, no tenían lugar ni ocasión las
desigualdades de dinero y origen social; allí se diluían las diferencias de
clase y de fortuna, formándose la super- casta de los Hijos de Orfeo, hermanos
en el arte. Todos se trataban con fraternal intimidad - incluso Pobre Hombre,
que allí era Violín Genial- , por los nombres y apodos: Lalau, Pinhozinho,
Azinhavre, Raúl das Meninas, Caballo Pampa, y casi lo mismo ocurría con las
señoras. Se trataban de Elenita, Gildoca, Sussuca, Toquinha, y le decían «mi
santa, morena linda, preciosita», a doña Flor, pidiéndole consejos culinarios.
Ellas no tenían culpa si algunas veces doña Flor quedaba al margen de la
conversación, por desconocer ciertos temas gratos y constantes en ese medio. En
fin, no sabía jugar al bridge, no era socia de los clubes, ni su presencia en
sociedad era obligada. Cuando se producían esas lagunas de silencio, los ojos
de doña Flor buscaban al marido, que seguía soplando en su fagot, con semblante
plácido y feliz. Y entonces sonreía, importándole poco la conversación de las
señoras, dejando de sentir el peso del aislamiento.
Cuando el doctor Teodoro le anunció
que habían elegido su casa para el próximo ensayo, puso manos a la obra: no iba
a ser menos que ninguna. Cuando el marido se dio cuenta ya había invitado a
Dios y al diablo, dispuesta a gastar incluso sus economías en un derroche de
comida y de bebida. Le costó trabajo contenerla: quería demostrar a aquellas
ricachas que también en la casa de los pobres se sabe recibir.
El doctor Teodoro intentó reducir la
comilona: que sirviese como máximo dulces y saladitos, además de la cerveza de
rigor. Si quería ser gentil y atenta con el
maestro, podía preparar un sabroso
mungunzá, un plato por el que sentía especial
predilección don Agenor:
- Además se lo merece..., tiene una
sorpresa para ti... ¿Y qué sorpresa!
Aun así, a pesar de las advertencias
del marido, doña Flor sirvió un lunch opíparo en la casa abarrotada de
invitados. La mesa soberbia: acarajés, abarás, moquecas
de aratu en hojas de banano, cocadas,
acacas, pés- de- moleque, bolinhos de
bacalhau, queijadinhas, y no se sabe
cuántas más cosas; iguarias y pitéus a elegir. Además del caldero de mungunzá
de maíz blanco (¡un espectáculo!). Los cajones de cerveza se pidieron al bar de
Méndez, así como las gaseosas de limón y de fresa y guaraná. El ensayo fue un
éxito. Aunque sólo asistieron dos de las esposas de los aficionados, doña
Helena y doña Gilda, la casa se llenó de gente: los vecinos con mucha
vergüenza, nerviosas las alumnas y delirantes las comadres. (Doña Dinorá,
después, casi se muere de la indigestión.)
La orquesta se instaló en el aula, en
la que además de los músicos se sentaron sólo algunas personas de elevada
condición: don Clemente, doña Gisa, doña Norma, los argentinos (doña Nancy se
vistió de gala, con una elegancia que había que verla),
el doctor Ives, muy fantasioso y como
siempre queriendo saberlo todo, cagando reglas musicales, citando óperas,
mencionando a Caruso: «ésa sí que era voz». Hubo un instante de suspenso:
cuando el maestro Agenor Gómez, batuta en mano, dijo que tenía algo que
comunicar, una sorpresa para la dueña de casa, una dedicatoria. Esa tarde, por
vez primera ensayarían una composición de la que era autor, una romanza inédita
y reciente, especialmente creada «en homenaje a doña Florípides Paiva
Madureira, adorable esposa de nuestro hermano en Orfeo, el doctor Teodoro
Madureira». Todos los asistentes sintieron un escalofrío y se hizo un silen-
cio total en la sala hasta entonces irrespetuosamente alborotada por las risas
y las conversaciones.
Sonrióse para sí el buen maestro:
esos músicos aficionados eran como una prolongación de
su familia; con
pavanas y gavotas,
valses y romanzas,
conmemoraban los faustos de sus
vidas, las grandes alegrías, las hondas tristezas.
Si moría el padre o la madre de uno
de ellos, si les nacían hijos, si alguien tomaba esposa, como sucedió con el
farmacéutico, el maestro dejaba libre su inspiración y componía una solidaria
página musical para el amigo dichoso o apenado.
- Arrullos de Florípides - anunció el
maestro- , con el doctor Madureira en un solo de fagot.
Verdaderamente, una maravilla. Pero
un ensayo es un ensayo, no es un concierto, ni
siquiera un espectáculo.
Hasta tratándose de
piezas para las
cuales se
consideraba que la orquesta estaba ya
a punto, el maestro, aun en esos casos, interrumpía ora a uno, ora a otro; pero
en esta obra inédita todo fue desa-
rrollándose paso a paso, o, mejor
dicho, nota a nota, incluida la parte del doctor Teodoro, solfeando en su
fagot. No era fácil seguir la melodía, sentir su gracia, su belleza suave como
la de la homenajeada, tierna y apacible. A pesar de eso, doña Flor se conmovió:
con el gesto del maestro y con la devoción del farmacéutico, casi
temblando en la búsqueda de la escala
perfecta para brindarla a la esposa. Con la
partitura por delante, él estaba en
plena tensión nerviosa, casi rígido, la cabeza bañada en sudor, las manos
frías, pero dispuesto a expresar en los sonidos graves del fagot su alegría de
hombre triunfante, de vida plena y realizada: con su dinero, su farmacia, su
saber, su oratoria, su paz, su orden, su música, su esposa bonita y honesta, y
el respeto general. Buscaba ese acorde, tenía que lograrlo. Doña Flor bajó la
cabeza, sintiéndose confusa y perturbada por tanta honra.
Felizmente llegó
la hora del
intervalo, el maestro
se regaló con
la comida, repitiendo el
mungunzá, y los demás se dieron un hartazgo con aquellas sabrosuras, además de
cerveza, gaseosas y jugos. Todo perfecto.
6
Rondó de las melodías
Doña Flor se deslizaba, serena y
cortés, por los mundos de la farmacia y de la música de aficionados, otra vez
paqueta, extremadamente elegante, para no quedar mal ni pasar vergüenza en los
ambientes que su nueva situación la obligaba a frecuentar. Cuando joven, antes
de su primer matrimonio, como invitada pobre a casas ricas, a los palacetes de
los copetudos, había sido la mejor vestida de las muchachas, con caprichoso
buen gusto, y sólo Rosalía, su hermana, se le podía comparar. Ninguna otra, por
más rica y fantasiosa que fuera.
Ahora eran otros ambientes, otros
problemas y conversaciones, relaciones nuevas. Tenía exigencias, compromisos,
de vez en cuando un obligado té, una visita, un ensayo. En la residencia de un
dirigente de la Sociedad de Farmacia o de un hidalgo
de la orquesta de aficionados. Y allá
iba doña Flor, entre las exclamaciones del
vecindario, soberbia en su
acicalamiento, con soltura en su donaire, una locura de mujer. Había engordado
un poco y a los treinta años, lozana y chic, era un pedazo de morena, que daban
ganas de comérsela:
- Una jamona... - musitaba entre
dientes don Vivaldo, el de la funeraria- . Las carnes se le afirmaron, la popa
se le redondeó..., es un postre... Ese doctor Jarabe está comiendo un manjar de
rey...
- La trata como a una reina, le da de
todo, la tiene como a una princesa - decía doña Dinorá, que había anunciado al
previsto doctor Teodoro en la bola de cristal y
le era fiel sin desvíos- . ¡Y qué
estampa de hombre...!
La vecina reciente, doña Magnolia,
ventanera acérrima y perita en cálculos sobre la capacidad de los transeúntes,
advertía:
- Oí decir que todo es grande en él,
tiene una pata- de- mesa...
¿Quién se lo había dicho? Nadie: ella
echaba el ojo y de inmediato sabía las proporciones, como resultado de una
práctica constante y efectiva.
- Pues ambos están parejos, tanto en
la figura como en la bondad - se oía decir a doña Amelia- . ¿Dónde se vio un
casamiento más acertado? Estaban hechos el uno
para el otro y, sin embargo, tardaron
tanto tiempo en encontrarse...
Pero doña Flor no quería medir ni
comparar nada, quería vivir su vida, al fin una vida decorosa y regalada, que
el buen trato hacía placentera. ¿Por qué no la dejaban en
paz? Antes venían
a aumentar su
pena, entre quejas
y
conmiseraciones, compadeciéndose de
su suerte. Ahora todo eran loas y encomios
al acierto, a la admirable solución
que significaba ese casamiento, a la felicidad de los esposos ejemplares.
Toda la calle seguía de cerca los
pasos de doña Flor: sus vestidos, sus relaciones con la alta sociedad, el nuevo
orden de su vida, las visitas, los paseos y funciones
de cine y el próximo pleito electoral
en la Sociedad de Farmacia. Pero, sobre todo, la vecindad se conmovió con la
música, tema palpitante por los opulentos ensayos de la orquesta de aficionados
y por Marilda, la estudiante de pedagogía, cuestiones que entraron al baile
casi a un tiempo. Al principio la polémica se limitó a la
expresión de conceptos académicos y
pretenciosos, en medio de una discusión
apasionada y violenta surgida entre
el doctor Ives, fanático de las óperas, y la exigente doña Gisa, dos cumbres de
barrio. Contribuyó a hacerla más animada, desbocada y agria doña Rozilda, que
llegó entonces en una de sus visitas. Pero quien puso en el debate la nota
dramática y emocionante fue la joven Marilda, sacándola del plano puramente
intelectual a la realidad del choque entre generaciones, entre padres e hijos,
entre lo viejo y lo nuevo (como diría un filósofo de la generación más joven).
Mientras doña Gisa, después del
ensayo de la orquesta de aficionados, rechazaba la calificación de «música
erudita» (tan grata a los prejuicios antiguos de doña Rozilda), empleada por el
doctor Ives para referirse a los valses, las marchas militares y las romanzas,
la joven Marilda se encontraba clandestinamente - conspirando contra la paz de
la familia y el sosiego de la calle-
con el tal Oswaldinho y con un señor Mario Augusto, director de la Radio
Amaralina, recién inaugurada, en busca de talentos a bajo precio.
Para doña Gisa sólo merecía llamarse
erudita la gran música inmortal de Beethoven y Bach, de Brahms, de Chopin, de
algunos raros y sublimes compositores: las sinfonías, las sonatas, la
música para oír
en silencio y
recogimiento, la que
interpretan las grandes orquestas,
los famosos directores, los intérpretes de clase
internacional. Una música para los
espectadores capaces de oír y entender. Ella se había iniciado en esa música,
y, para su sectario fanatismo, para su extremado formalismo, todo lo demás era
una porquería apta «para quien no posee educación musical».
Por lo demás, debe entenderse que en
esa definición violenta - «todo lo demás es una porquería»- no incluía doña Gisa a la llamada música
popular, a la expresión ardiente y pura del pueblo. Las sambas y las modinhas,
los spirituals, los cocos y las rumbas, merecían su respeto y estimación y era
frecuente oírla asesinar con su terrible acento la letra de la última samba de
moda. Eso sí, no toleraba la fatuidad de esa otra música sin fuerza ni carácter
que estaba hecha, en su opinión, para el mal gusto de la clase media, incapaz
de sentir la belleza y conmoverse con los grandes maestros. Doña Gisa se
conmovía al oírlos en grabaciones de calidad, a
media luz, en casa de los amigos
alemanes, en aquellas noches de tanto gozo espiritual (y, de yapa, un buen
trago y algunas anécdotas).
El doctor Ives abría la boca,
alarmado: ¡Qué pedantería qué gringa de porquería!
¿Dónde ponía las óperas - dígame,
profesora- : El Rigoletto, El barbero de Sevilla, El payaso, El guaraní, de
nuestro inmortal Carlos Gómez - oiga, doña Gisa, nuestro,
brasileño, nació en Campiñas- , que
llevó el nombre de la patria amada a los
escenarios del extranjero, entre
ovaciones? ¿En dónde poner esas maravillas, con sus arias, sus dúos, sus
barítonos y sus bajos, sus prima donnas? Si eso no era música erudita, entonces
¿cuál era?, ¿acaso las sambas y las rumbas, las modinhas y los tangos?
Así que, señora Gisa, váyase
calmando, porque en esa materia, «como en cualquier otra», el doctor Ives es
una autoridad. Alzando la voz, le preguntaba con ademán
victorioso: ¿Dónde encontró ella algo
más refinado que una buena opereta, como
La viuda alegre, La Princesa del
Dólar o El Conde de Luxemburgo ?
De modo concreto, la cultura musical
del clínico era resultado de un conocimiento vivo de la materia, pues en su
época de estudiante había ido a Río con una excursión y asistido, desde el
gallinero del Teatro Municipal, con entradas gratuitas,
a
algunas óperas montadas
y cantadas por
la Gran Compañía
«Musicale Di
Nappoli». Y quedó deslumbrado con los
espectáculos, las melodías, las voces de los barítonos y las sopranos, los
tenores y las contraltos. Él no los había oído a través de los discos, sino en
persona, viendo brillar sobre el escenario, en el esplendor de su genio, a
Tito- Schippa, a la Galli- Cursi, a Jesús Gaviria, a la Bezanzonni, cantando La
Traviata, Tosca, Madame Butterfly, II Schiavo (también de nuestro Carlos Gómez,
cara mía). Además había visto todas las maravillosas películas, sin perder una
sola, sobre las mejores operetas, interpretadas por Jan Kepura y Marta Egerth,
con Nelson Eddy y Jeanette MacDonald. ¿Acaso los había visto doña Gisa?
¿Todos, sin perder ninguno?
Lleno de entusiasmo, el doctor Ives
tartamudeaba fragmentos de las arias más conocidas y hasta llegó a ensayar un
paso de ballet. Con él no se jugaba, había que saber en firme, que no le
viniesen con discos y con tonteras, pues en cuanto a cul- tura musical no le
iba en zaga a nadie...
- ¡Le llaman cultura a eso! -
exclamaba doña Gisa alzando las manos al cielo, ofendida en sus más legítimas
opiniones, pero no en sus bríos- . La cultura es otra cosa, señor doctor, algo
más serio..., y también lo es la música, la verdadera, la grande..., una cosa
muy diferente.
Doña Norma, designada arbitro, se
mantuvo neutral, confesando:
- Yo no entiendo nada..., a mí no me
saquen de la samba, la marcha, la música de carnaval, ésas sí que las sé
todas.. Si me sacan de ahí, soy un cero a la izquierda... Vi una ópera, cuando
pasó por aquí en busca de unas monedas la Compañía Billoro- Cavallaro, ya casi
sin figuras, daba pena. Ni siquiera daba una ópera entera, sólo unos fragmentos
de Aída.
- También yo fui... - comentó el
doctor Ives, para apuntarse otro tanto.
- No entiendo nada, pero lo oigo
todo, porque cualquier cosa me divierte. Hasta me parece lindo el toque de
difunto de una campana. Soy muy dada para todo: conciertos, óperas, no digamos
las operetas, y me enloquece cualquier programa musical de la radio. Sin
embargo, estoy segura de que no hay nada igual, nada que pueda compararse con
una modinha de Caymmi. Pero para mí sirve todo, todo me divierte y me hace
pasar el tiempo, incluso los ensayos del doctor Teodoro..., con tal de que una
no preste mucha atención...
Para Rozilda era una blasfemia que se
comparase la música de la orquesta de aficionados, manjar selecto para oídos
delicados, con ese bochinche de mocosos con guitarra. Doña Norma es buena
persona, sí, bien casada y rica, pero sus gustos son de gentuza... En cuanto a
la profesora, sólo por el hecho de ser norteamericana se metía a catedrática.
Puede ser que doña Gisa hubiese conocido allá en su país algo mejor, más
erudito, superior a los Hijos de Orfeo. Ella, doña Rozilda, no lo sabía, pero
lo dudaba. A su juicio, ellos eran el non- plus- ultra, hasta que se demostrara
lo contrario. ¡Unos señores como ésos, de la más alta distinción...!
Sonriente y silenciosa, doña Flor
seguía el hilo del debate, abriendo la boca sólo para defender los ensayos de
la orquesta de aficionados, considerados por doña Gisa como «la cumbre del
aburrimiento».
- No sea exagerada...
- ¿Y no es así? Y así tiene que ser,
pues se trata de un ensayo. ¿Dónde se vio invitar a la gente para oír un
ensayo?
- Ellos no tienen la culpa, la
culpable soy yo por haber invitado... Cuando ensayan asiste el que
quiere, los amigos, las personas
de la
familia. Cuando den un
concierto la voy a invitar y ya va a
ver usted...
Doña Gisa seguía pesimista:
- En un concierto... puede ser. Pero
aun así pienso que estos aficionados, con su perdón, Flor, no valen gran
cosa...
Pero valían, y mucho, si ha de
creerse a los redactores de los diarios y a los críticos
musicales, que, en fin, están
obligados a saber del tema. Éstos, en cada presentación de la orquesta - en una
estación de radio o en el auditorio de la Escuela de Música- , se deshacían en
elogios. Uno de los críticos, un tal Finerkaes, nacido, por así decirlo, en la
cuna de la música, pues era de procedencia alemana, en un arrebato de
entusiasmo comparó a los Hijos de Orfeo con las «mejores orquestas del género
en Europa, a las cuales nada tienen que envidiarle, muy por el contrario».
Cuando llegó de Munich, el tal
Finerkaes era bastante sobrio en sus opiniones; pero el trópico lo conquistó
totalmente, perdió la continencia y nunca más regresó a su helado invierno.
El doctor Teodoro tenía un álbum en
el que coleccionaba los programas de los conciertos, las noticias y elogios,
los artículos, todo cuanto se publicara sobre la orquesta, un montón de tinta
impresa. Después del casamiento era doña Flor quien cuidaba el archivo de los
acontecimientos, los comprobantes de la pequeña gloria del marido. La última de
las noticias allí pegada anunciaba que el maestro Agenor había compuesto una
romanza en homenaje al matrimonio Madureira, su obra maestra, actualmente en
ensayo. Los Hijos de Orfeo proyectaban estrenarla. «A propósito de los Hijos de
Orfeo, cabe preguntar cuándo nos regalará esta excelente orquesta con un
concierto que insistentemente reclaman los amantes de la buena música en
Bahía», interrogaba el periodista. Como se ve, los aficionados tenían amigos
fieles, numerosos y fanáticos.
Atenta a la polémica en torno a la
orquesta, doña Flor descuidó los problemas de Marilda, también relacionados con
la música y el canto y las prohibidas melodías. Supo la última novedad sobre el
conflicto entre madre e hija por la boca de la misma joven. Había ocurrido un
hecho de cierta significación:
Marilda, por intermedio de
Oswaldinho, conoció a un tal Mario, de la emisora benjamina, la Amaralina, y el
citado fulano le prometió oírla cantar, y, si le agradaba la voz, contratarla
para un programa semanal. Oswaldinho, desdichadamente, no podía conseguirle
nada en Radio Sociedade.
Doña Flor no se enteró de los sucesos
posteriores. Esos días estuvo muy ocupada y no pudo prestarle a Marilda la
debida atención. Por lo tanto, sólo después del drama supo del éxito de la
adolescente en su prueba ante el micrófono. Mario Augusto se quedó embobado con
la voz y (más todavía) con la belleza de la joven, y se decidió a contratarla
para un programa de categoría, en buen horario, los sábados a la noche. El
cachet era bajo, pero ¿qué más podía esperar una principiante? Con el borrador
del contrato en la cartera, Marilda fue corriendo a su casa, embargada por la
emoción.
Doña María del Carmen rompió el
papelucho: «Yo te eduqué para que fueras una mujer honesta, para que te
casaras. Mientras yo esté viva...»
- Pero, mamá, usted me prometió... -
Marilda recordaba la promesa hecha por la viuda el día en que la vio cantar en
un programa de aficionados - . Usted me dijo
que cuando yo tuviera dieciocho
años...
- Todavía no los cumpliste...
- Faltan sólo tres meses...
- No te dejaré nunca, mientras vivas
bajo este techo. Nunca.
- ¿Bajo su techo? Pues ya verá.
- ¿Ver qué? Vamos, dime.
- Nada.
Y se fue en busca de doña Flor,
cálido pecho amigo, en busca de consejo y consuelo. Pero la vecina había salido
al terminar la clase de la tarde y Marilda estaba apurada, pues estaba llegando
la noche y la tiranía materna se le hacía ya insoportable. Y se escapó de la
casa. Reunió algunos trapitos, unos pares de zapatos, la colección de la
Revista de Modinhas, los retratos de Francisco Alves y Silvio Caldas, lo puso
todo en una valija y se fue a tomar el tranvía aprovechando que la madre estaba
en el baño. Fue directamente a Radio Amaralina. Cuando Mario Augusto se enteró
que había abandonado a la familia y la vio llorando, sabiendo que era menor de
edad, pensó en su responsabilidad y se alarmó, y ni siquiera le permitió seguir
en el edificio de la emisora: que se marchara cuanto antes, no
deseaba dolores de
cabeza. Salió Marilda
calle adelante y
anduvo vagando en busca de Oswaldinho. Fue de una dirección a otra, de
Radio Sociedade al escritorio de una firma comercial en donde él tenía cita con
unos patrocinadores, los poderosos Magalháes. ¿Oswaldinho? ¿El de la radio? Ya
se había retirado, probablemente se dirigió a los estudios. ¿Sabía la
dirección? Allá se fue nuevamen- te a Radio Sociedade, en la calle Carlos
Gómez. Subió en el Elevador La Cerda, caminó por la calle Chile, y, atravesando
la plaza Castro Alves, se detuvo por fin, transpirada y mareada, ante la puerta
de la radio. Oswaldinho no estaba, pero el portero la dejó esperar allí y hasta
le ofreció una silla. Cansada y con cierto miedo, pero todavía llena de rabia y
dispuesta a todo, permaneció allí horas sin moverse, viendo pasar ante ella
artistas conocidos y cantores famosos, entre ellos Silvinho Lamenha, con una
flor en el ojal y un inmenso anillo en el dedo chico. Algunos la miraban,
¿quién sería esa chica tan linda? El portero, de cuando en cuando, le sonreía
(quizá con el propósito de confortarla, condolido por su tristeza y su
juventud):
- Todavía no llegó, pero no puede
tardar. Ya es su hora de llegar...
Alrededor de las ocho, ya de noche,
sintiendo que le ardían los ojos y muy asustada, le preguntó al portero dónde
se podría tomar un café y comer un
sandwich. Que entrase al bufet de la
misma radio. Allí, viendo y oyendo a los
cantores y a las actrices, sus
ídolos, recobró fuerzas, decidiéndose a esperar toda la vida si era necesario
para cumplir su destino de estrella. De nuevo en la portería, reflexionó: «a
estas horas mamá, la pobre, ya debe estar muriéndose de preocupación»,
mezclando en su pensamiento la rabia y la intrepidez con los remordimientos.
Poco después el portero de la tarde se despidió y el sustituto le dijo a
Marilda que no creía que Oswaldinho volviera:
- ¿A esta hora? Ya no viene...
Eran casi las nueve y media, y cuando
ya a duras penas podía contener el llanto, llegó un sujeto desdentado que se
apoyó en el mostrador de la portería y, después de mirarla con insistencia, se
puso a conversar y a reír con el portero, contándole anécdotas de juego
ocurridas allí cerca, en el Tabaris. De pronto Marilda oyó que el sujeto
mencionaba a Oswaldinho y supo que su amigo estaba jugando desde las últimas
horas de la tarde en la ruleta. Muy contento según decía el desdentado.
- ¿Tabaris? ¿Dónde queda eso?
El tipo se rió mientras la
escudriñaba golosamente, con descaro:
- Aquí cerquita... Si quiere la
acompaño...
Estaba dispuesto a acompañarla,
muerto de curiosidad por presenciar el escándalo, por darse el gusto de ser
testigo de las lágrimas y las recriminaciones que imaginaba, pues Oswaldinho
era la perdición de las muchachas.
Cruzaron la plaza mientras el
desdentado le iba dando conversación, procurando saber si Marilda era la
esposa, la novia o una enamorada... A la puerta del cabaret tropezaron con
Mirandao, que se retiraba camino del Pálace. Al pasar miró a Marilda de reojo y
siguió andando. Pero súbitamente la identificó y se dio vuelta con rapidez:
- ¡Marilda! ¿Qué diablos estás
haciendo aquí...?
-
¡Ah!, señor Mirandao. ¿Cómo está usted? Mirandao conocía de sobra al
desdentado:
- Aliento- de- Onza, ¿qué estás
haciendo con esta muchacha?
- ¿Yo? Nada... Ella me pidió... -
¿Que la trajeras aquí? Mentira... - respondió, con ira, Mi-
Marilda intercedió, disculpando al
otro: sí, ella se lo pidió.
- ¿Que te trajera aquí, al Tabaris?
¿Y para qué? Dime.
Ella le contó todo, finalmente, y él
la llevó de vuelta a su casa, que no quedaba tan lejos. Doña María del Carmen
estaba como loca, dando alaridos, deshecha en
llanto, tirada en la cama, clamando
por la hija. Y a su lado, doña Flor, el doctor
Teodoro, doña Amelia. A su vez doña
Norma había asumido el comando del grupo de exploración y salvamento, asistida
por doña Gisa. Habían arrancado a Zé Sampaio de la cama (rabioso) y partieron
rumbo a la Asistencia Pública, la Policía, la Morgue. Al ver a la hija, doña
María del Carmen se echó en sus brazos, acariciándola, en medio de un llanto
convulsivo. Lloraban las dos, dándose besos y haciéndose mutuos pedidos de
perdón. Furioso, el doctor Teodoro se retiró casi con brusquedad, pues, aun
contrariando a doña Flor, estuvo de acuerdo con doña María del Carmen en su
primera e implacable resolución de darle a la
fugitiva una paliza de esas que
levantan roncha. En cambio, doña Flor intentó convencerla, ganarla para
la causa de
Marilda; ella también había toma
esa
medicina cuando era jovencita, y de
nada le sirvió el tratamiento. ¿Por qué se
obstinaba doña María del Carmen en
contrariar la vocación de su hija?
«¡Qué vocación ni qué vocación!»,
exclamaba el doctor Teodoro, poniéndose de parte de la viuda; la chica lo que
necesitaba era una lección que le devolviese el juicio y enseñara a obedecer.
El marido y la mujer casi llegaron a exaltarse por su mutua intransigencia:
doña Flor en defensa de Marilda, ¡pobrecita!, y el doctor Teodoro en defensa de
los principios, de los deberes de los hijos para con los padres - causa
sagrada- , pero no prosiguieron la discusión, pues el doctor no tardó en
controlarse y decir:
- Querida, tú tienes tu opinión sobre
el asunto aunque yo no comulgue con ella. Yo tengo la mía, fui educado así y es
la que me cuadra; sigamos cada uno con nuestra
opinión. Pero no debemos discutir por
eso, pues no tenemos hijos. «Y no los ten-
dremos», hubiera podido agregar,
ya que siendo todavía novios doña Flor
le confesó su condición de mujer estéril.
No quedó entre ellos el menor rastro
de acritud, inclinándose ambos ante el dolor
de la viuda, que quería morirse si la
hija no llegaba pronto.
Llegó Marilda y ocurrió lo que ya se
dijo. El doctor Teodoro, vencido, se retiró. También se fueron Mirandao, doña
Amelia y doña Emina, quedándose doña Flor, en
compañía de la madre y de la hija, y
resolviéndose el caso de una vez por todas:
Marilda conquistó su derecho al
micrófono. Doña Flor se quedó apenas un minuto en el cuarto, lo suficiente para
garantizar el acuerdo y la bendición materna a los proyectos de la futura
estrella, y después fue a encontrarse en la sala de recibo con su compadre
Mirandao.
- Compadre, ¿por qué desapareció?
Nunca más se le volvió a ver por aquí. Ni a usted, ni a la comadre con el
chico. ¿Qué le hice yo para ofenderlo tanto? Quiero
preguntárselo incluso antes de
agradecerle el favor que les hizo a María del Carmen
y a Marilda. ¿Por qué está enojado
conmigo?
- No estoy enojado, ¿por qué había de
estarlo, comadre? Si no vine es porque estuve en ocupaciones...
- ¿Sólo por eso, por sus ocupaciones?
Discúlpeme, compadre, pero no le creo.
Mirandao contempló la noche
transparente, el cielo lejano:
- La comadre sabe: entre marido y
mujer nadie debe meterse; hasta una sombra, hasta un recuerdo puede ser malo.
Yo sé que mi comadre vive contenta, que todo marcha bien. Eso es lo único que
deseo. Bien merece todo eso y mucho más. No porque yo no aparezca por aquí será
menor nuestra amistad.
Tenía razón, y doña Flor,
sonriéndose, se acercó al compadre:
- Hay una cosa que deseo pedirle...
- Mande, no pida, comadre...
- Pronto será el día del carurú de
Cosme y Damián, fecha de aquella promesa...
- Yo también me acordé y todavía el
otro día le preguntaba a la patrona: «¿Habrá este año carurú en casa de la
comadre?»
- ¿Qué opina usted, compadre? ¿Qué
piensa?
- Pues le diré, comadre, que nadie
puede andar por dos caminos al mismo tiempo, uno de ida y otro de vuelta. La
obligación no era suya, sino del compadre, y quedó enterrada con él; los ibejes
se darán por satisfechos...
Luego hizo una pausa y prosiguió:
- Si usted opina lo mismo, comadre,
entonces quédese tranquila que no está obrando mal con los santos ni dejando de
cumplir el precepto...
Doña Flor lo escuchaba pensativa,
absorta como si estuviera sopesando elementos
vivos:
- Tiene razón, compadre, pero no es
únicamente con los santos con quien una tiene cuentas que arreglar. Yo estoy
resuelta a mantener la obligación - su compadre miraba con mucha seriedad el
mandato, hay cosas que la gente no puede borrar.
- ¿Y entonces, comadre?
- Pues pensé que podría hacer el
carurú en la casa del compadre. Yo iría allá ese día a ver al chico, llevo lo
que sea necesario, hago el carurú y comemos. Invito a doña Norma y a nadie más.
- Pues que sea así, comadre, como
usted quiera. La casa es suya, ordene. Si yo estuviera seguro de tener dinero
para esa fecha, le diría que no llevase ningún condimento. Pero ¿quién puede adivinar
qué noche se gana y qué noche se pierde? Si lo supiera, estaría rico. Lleve
entonces su cesta, es más seguro.
Ya serenado, apareció el doctor
Teodoro. Conocía a Mirandáo de nombre y tenía noticias de su fama y de sus
hechos. Se saludaron cortésmente.
- Es mi compadre, Teodoro, un buen
amigo.
- Tiene que venir más a menudo...
Pero las palabras del doctor no eran
una invitación, no pasaban de ser una frase amable: si llegaba de visita,
paciencia. Y Mirandáo regresó de nuevo a su vida airada mientras Manida
concertaba con la padre la visita de
Mario Augusto, al día siguiente, para discutir juntos las condiciones del
contrato y la fecha de la presentación.
- Vamos, querida mía... - dijo el
farmacéutico.
Se había hecho tarde, no obstante lo
cual, para olvidarse de tantas emociones y disgustos, el doctor Teodoro fue a
buscar el fagot y la partitura. Doña Flor tomó
asiento en una silla y se dedicó a
arreglar los puños y cuellos de las camisas del
doctor, que todos los días mudaba su
ropa blanca.
En la sala quieta y tibia el doctor
Teodoro ensayaba el solo de la romanza compuesta en homenaje a doña Flor.
Inclinada sobre la costura ella escuchaba, un
tanto distraída, intentando poner en
orden sus confusos pensamientos. Estaba
abstraída, con la mente lejos de
allí, en otra música.
Procurando dominar en el instrumento
las notas en fuga, captar el sonido más puro y ardiente, vencer las escalas de
la difícil melodía, ya totalmente calmado, el doctor Teodoro sonríe:
finalmente, ¿qué le importaba la forma, correcta o equivocada, en que doña
María del Carmen educase a su desobediente hija? Él no era el látigo del mundo
y sería idiota enojarse con su mujercita, tan hermosa y buena, por locas
razones ajenas. Entonces vuela el acorde justo, late en el aire, solo,
armonioso y puro.
Mas doña Flor venía de otra música,
no de las altas notas clásicas de Bach y Beethoven, de las sinfonías y sonatas,
como doña Gisa, en la refinada media luz del alemán. Ella venía de las melodías
populares, de las guitarras de las serenatas, de
los guitarrillos bohemios, de las
gaitas de risa cristalina. Ahora debía habituarse a la
orquesta de aficionados, a la grave
melodía de los oboes, de las trompetas, los violoncelos y los conspicuos
acordes del fagot. Debía apartar de la memoria esa otra música que distraía su
atención, que la hacía perderse en oscuros caminos, en
el misterio de las encrucijadas. En
los ensayos del fagot, en las escalas de la orquesta, debía sepultar los
recuerdos de las melodías muertas, de un tiempo ya extinguido, de lo que había
sido y ya no era. Sobre las camisas del doctor vibraba el son del fagot.
7
Asuntos con mujeres, solamente dos.
Por lo menos ésos son los que llegaron a oídos de doña Flor. Pero ella ponía
las manos en el fuego por su marido, no creía en la existencia de otro asunto
de faldas en la vida del doctor. Y uno de esos dos, por lo demás, el referido a
Mirles Rocha de Araújo, no llegó a nada. No pasó de ser un equívoco y una
decepción. Una decepción muy efímera, pues la atrevida no era de las que
pierden el tiempo en lamentaciones. Se sacudió los hombros y siguió adelante.
Casada con un funcionario de banco al
que trasladaban a Bahía, con más sueldo y mejor cargo, Mirtes se lamentó a sus
amigas íntimas, se sentía desdichada - dijo-
por ese exilio a una ciudad carente
de atracciones masculinas y sin la libertad de
Río de Janeiro, en donde conquistara
cierta reputación en el ejercicio del adulterio. Sin nada en qué ocupar sus
horas libres, sin hijos ni quehaceres, dedicaba su tiempo y su natural
predisposición a tan agradable diversión. Eran tardes placenteras, en compañía
de benévolos muchachos, muy capaces y de cautivante físico, sin correr peligro
alguno, todo dentro de la más amable discreción.
En cambio en Bahía, ¿en dónde
encontrar la misma cualidad masculina de un Serginho, por ejemplo, «un sueño»,
y la confortable seguridad del rendez- vous de doña Fausta?
Una de las amigas, Inés Vasques dos
Santos, bahiana orgullosa del progreso de su tierra, se sintió ofendida ante
tanto desprecio, viendo su ciudad relegada a la
condición de lugarejo en que ni
siquiera había alguien con quien traicionar al
marido ni en dónde hacerlo con
seguridad. ¿Por qué insultaba Mirtes a Bahía sin conocerla? Después de todo,
Salvador no era una minúscula aldea, ni estaba tan atrasada...
En ella inicia Inés su siembra de
cuernos y podía afirmar, con pleno conocimiento de causa, que existían
condiciones propicias para el ejercicio de la buena labranza, con garantía
segura de cosecha abundante. Discretísimas casas de citas, bungalows ocultos
entre los cocoteros, en las playas salvajes, y la brisa del mar..., ¡una
divinidad! En cuanto a muchachos..., ¡había cada uno!
La mirada perdida, mordiéndose los
labios con sus pequeños dientes, Inés Vasques dos Santos se sumía en los
recuerdos..., ¡cuánta nostalgia! Sobre todo recordaba
cierto granuja petulante, un perdido,
un jugador; pero ¡qué espectáculo a la hora
del combate, qué andante caballero!
Inés, corazón voluble pero eficiente, había conocido, en desnuda intimidad,
muchachos a granel. «Pues te digo, chiquita, que no encontré hasta hoy ninguno
igual a él; todavía conservo el gusto de su piel y aún siento detrás de la
oreja la punta de su lengua y oigo su risa al recibir mi dinero.»
- ¿Recibir dinero?
Mirtes siempre
quiso conocer a un gigoló.
Inés, magnánima, le dio las informaciones del caso y la dirección:
Escuela de Cocina: Sabor y Arte, entre
Cabeca y el Largo Dois de Julho. La
profesora, su mujer, no era fea, era una buena
moza, con sus cabellos lisos y su
color de cobre. Todo lo que tenía que hacer Mirtes era entrar como alumna - las
clases, además, ayudaban a matar el tiempo- , y el rijoso no tardaría en
echarle el ojo, la mano y, ¡ay!, su canto de sirena.
Y que no se olvidara después de
escribirle, contándole y agradeciéndole. Inés no tenía dudas sobre las
deleitosas consecuencias del connubio, por lo demás útil a todas las partes,
incluso al marido, que no dejaría de recibir su premio: con su
diploma de doctora en culinaria,
Mirtes estaría capacitada para servirle los más sabrosos manjares bahianos. La
profesora era de primera, una maestra en su arte, tenía manos de hada.
Doña Flor no sospechó nunca, ni antes
ni ahora, que hubiese habido una aventura entre el finado y esa Inés, que por
entonces era una flacucha enjuta, muy atenta a
los condimentos. A no ser por la
posterior indiscreción de la furiosa Mirtes, nunca
hubiera llegado a conocer esta otra
tropelía del difunto. Una más o una menos..., habían sido tantas..., y ahora
doña Flor estaba casada con un hombre de otra índole, con otras normas de
conducta intachable.
En cuanto a Mirtes, apenas instalada
en Bahía buscó la escuela para inscribirse. Doña Flor procuró convencerla de
que esperase la iniciación del nuevo curso, pues el actual iba ya por el
carurú, habiéndose dado el efó y el vatapá, para no hablar de algunos postres
como el dulce de coco, el beiju y la ambrosía.
Pero Mirtes estaba apurada, le era
imposible esperar. Inventó un próximo regreso a Río, iba a estar poco tiempo en
Salvador y no tendría otra oportunidad para aprender por lo menos algunos
platos, su marido se volvía loco por la comida de dendé. Y la boba de doña Flor
hasta le prometió enseñarle en los descansos, por lo menos el vatapá, el xinxim
y el apelé.
No llegó a enseñarle ni eso ni otros
manjares, tan breve fue el paso de Mirtes por la escuela. No habiendo visto al
marido de la profesora durante los primeros días, al tercero preguntó por él a
una condiscípula, quien le dijo que era difícil ver al doctor en las
horas de clase, pues debía
atender la farmacia en el mismo horario.
«¿Doctor? ¿En la farmacia?» No sabía
que era farmacéutico, la loca de Inés sólo le habló de las cualidades
deportivas del bahiano, nada le dijo acerca de su trabajo fuera de la cama.
Incluso se había hecho ilusiones: por fin iba a conocer a un verdadero gigoló.
Por casualidad, ese mismo día el
doctor Teodoro necesitó un documento y fue a la
casa a buscarlo. Pidiendo miles de
disculpas, muy solemne y atropellado, pasó entre las alumnas.
- ¿Quién es? - preguntó Mirtes.
- El doctor Teodoro, el marido. Yo
diciéndole lo difícil que era verlo aparecer... ¿y quién llega?.. Él en
persona...
- ¿El marido de ella? ¿De la
profesora? ¿Ése?
- ¿Y de quién si no...?
Todavía disculpándose, con el papel
buscado en la mano, el importuno salió hacia la Droguería. Mirtes meneó la
cabeza, con sus cabellos sueltos «rubio- platino» (a la última moda): o Inés
estaba loca de atar o algo había pasado. Seguramente la profesora se cansó de
las trapisondas del gigoló y le dio el pasaporte, o era él quien se había ido
con otra. Fuera como fuese, doña Flor cambió sus preferencias por el tipo
opuesto, el del hombre serio y respetable, en opinión de Mirtes un sujeto
inútil e imposible, un individuo que daba vómitos; el calzonazos ni se fijó en
el fulgor de sus cabellos, pasó a su lado sin mirarla siquiera. Claro que mejor
así... El idiota no le servía ni para marido, era capaz de ser un cornudo sin
clase, sin fair play, de esos que vengan la honra a tiros y cuchilladas,
obsoletos y melodramáticos.
No volvió más a la escuela ni creyó
necesario darle explicaciones a la profesora. Además ella era de las que pican,
de las de poco comer (para mantenerse delgada,
en forma, en su tipo de Vamp) Poco después, le bastó mover un dedo para
enterarse de la muerte del fogoso
garañón de Inés y del nuevo casamiento de la viuda con ese tipo cegato. Ciego,
sí señora, y de la peor ceguera, la del que cierra los ojos a la vida, incapaz
de distinguir la luz del sol y unos cabellos color plata.
Doña Flor vino a saber los detalles
de aquella farsa por su amiga Enaide, a su vez amiga de Inés Vasques dos Santos
desde los tiempos de estudiante, y, por ese motivo, confidente de los equívocos
bahianos de Mirtes Rocha de Araújo, la cual
resumía su decepción en una frase
casi literaria:
- Es mi aventura con un difunto...,
algo que me faltaba en la lista.
Frase que al mismo tiempo era una
queja: para conocer al doctor Teodoro, «¡esa insipidez de hombre, ese
pasmado!», tuvo que quemarse los dedos en el horno de
doña Flor, aprendiendo a cocinar la
fritada de aratu. ¡Qué ridiculez!
Pero para doña Magnolia, siempre
ventaneando en su ventana, ¡oh, qué ventanera más intrépida!, el hecho de ser
serio y responsable no le restaba interés al doctor,
dándole incluso cierto sabor picante,
cierto no sé qué. En su siembra de cuernos,
siendo una labradora tan eficiente
como la pedante carioca, la putuela del policía secreto había aprendido a
variar sus enamoramientos - cambiando de color, de aspecto, de edad- , por asco
a la monotonía. Mientras Mirtes, secretaria, sólo pensaba en jóvenes sin
juicio, Magnolia, la antidogmática, no se limitaba a una fórmula, a un molde.
Hoy un moreno, mañana un rubio, después uno oscurito y tras un inquieto
adolescente un cincuentón ceniciento. ¿A qué repetir platos que tenían el mismo
condimento, por qué atenerse a una sola receta? Doña Magnolia era ecléctica.
Por lo menos cuatro veces al día, al
ir y venir de la casa a la farmacia y viceversa, el «soberbio cuarentón» (según
la bola de cristal de doña Dinorá) pasaba ante su
ventana, en
la que doña
Magnolia, en descotado
batón, apoyaba sus
senos
insolentes, que mostraba en todo su
tamaño y redondez. Los muchachos del Instituto Ipiranga, situado en una calle
próxima, habían cambiado sus itinerarios para desfilar, unánime y
reverentemente, junto a la ventana donde crecían aquellos senos capaces de
amamantarlos a todos juntos. Doña Magnolia se enternecía: tan lindos, con sus
uniformes de colegiales, los más chicos alzándose en puntas de pie para
alcanzar la alegría de ver, el sueño de palpar. «Deja que sufran para que
aprendan», reflexionaba, pedagógica, doña Magnolia, acomodándose para exhibir
todavía más los senos y el busto (que lo demás, desdichadamente, no estaba per-
mitido mostrarlo en la ventana).
Los chicos del colegio sufrían,
gemían los artesanos de las cercanías, los repartidores que transportaban
compras, los jóvenes como Roque, el de las molduras y los viejos como Alfredo,
a vueltas con sus santos. Venían de lejos, de Sé, de Jiquitáia, de Itapagipe,
de Tororó, de Matatu, en peregrinación, sólo para ver aquellas mentadas
maravillas. A las tres en punto de la tarde, bajo el sol, el pordiosero
atravesaba la calle:
- Una limosna para un pobre ciego de
los dos ojos...
La mejor limosna era la divina visión
de la ventana: incluso corriendo el peligro de ser desenmascarado, se sacaba
los anteojos negros, y, con los ojos como dos tentáculos, se regalaba con
aquellos dones de Dios, propiedad del policía. Aunque el policía lo persiguiera
y lo metiese en el calabozo, acusado de impostor, de falso mendigo, aun así, se
daría el cieguito por recompensado.
Sólo el doctor Teodoro, encorbatado,
con su pomposo traje blanco, pasaba sin siquiera alzar los ojos al cielo que se
exponía en la ventana. Inclinando la cabeza, cumpliendo con las buenas maneras,
alzaba el sombrero para dar los buenos días o las buenas tardes, indiferente al
plantío de senos que doña Magnolia rodeaba de encajes para obtener mayor
efecto, para sacudir a aquel hombre de mármol, para destruir aquella
insultante fidelidad. Sólo
él, el morenazo,
el guapetón, seguramente un pé-
de- mesa, sólo él pasaba sin mostrar señales del impacto, de la alegría, del
éxtasis: sin ver, sin mirar siquiera aquel mar de senos. ¡Ah!, era demasiado,
un ultraje intolerable, un insoportable desafío.
«Monógamo», sentenciaba doña Dinorá,
conocedora de todos los detalles de la vida del doctor. Ése no era de los que
traicionaban a la mujer; ni siquiera lo había hecho con Tavinha Manemoléncia,
mujer pública aunque de clientela limitada. Sin em- bargo, doña Magnolia tenía
confianza en sus encantos: «Mi querida cartomántica, tome nota, escriba lo que
le digo: no hay hombres monógamos, nosotras lo sabemos, usted y yo. Mire bien
en la bola de cristal, que si es de fiar le mostrará al doctor en la cama de un
hotelito - el de Sobrinha, para mayor exactitud- , teniendo a su lado, muy
pimpante, a ésta su servidora, Magnolia Fátima das Neves.»
¿Que el doctor no se conmovía ante
los desmayados ojos de la vecina, ante la voz insinuante con que respondía sus
saludos, con los senos plantados en la ventana,
creciendo a la sombra y al sol con el
deseo de los chiquillos y con el gemir de los
viejos? Doña Magnolia se reía de eso,
ella tenía otras armas y las iba a usar,
pasando de inmediato a la ofensiva.
Así, cierta tarde de bochorno, con un
tiempo pesado, que pedía brisa y cafuné,
caricias de cama y canciones de cuna,
doña Magnolia traspuso los umbrales de la farmacia llevando en la mano una caja
de inyecciones, para tentar de nuevo a San Antonio. Con ropas de verano - un
vestido de tela ligera- , iba mostrando al pasar todas sus riquezas, en un
verdadero derroche.
- ¿Me puede poner una inyección,
doctor?
El doctor Teodoro estaba pesando
nitratos en el laboratorio; la bata almidonada le hacía aún más alto, dándole
cierta dignidad científica. Sonriéndole, ella le tendió la caja de inyecciones.
Él la tomó, depositándola sobre la mesa, y diciendo:
- Un momento...
Doña Magnolia permaneció de pie,
contemplándolo. Cada vez le gustaba más. Un tipazo, en la edad mejor, la de la
fuerza y la valentía. Suspiró, y él, dejando los polvos y la fórmula, alzó los
ojos hacia la ventana.
- ¿Algún dolor?
- ¡Ay, doctor...! - y sonrió como
queriendo darle a entender que sufría de angustias y que él era el causante.
- ¿Inyección? - preguntó, examinando
la ampolla- . Hum... Complejo vitamínico...
Para mantener el equilibrio... Estos
remedios nuevos... ¿Qué equilibrio, señora mía? Y le sonreía amablemente, como
si le pareciese una pérdida de tiempo y de dinero ese tratamiento de
inyecciones.
- De los nervios, doctor. Soy tan
sensible, usted ni se imagina.
Tomaba él las agujas con una pinza,
retirándolas del agua caliente, atento al paso del líquido a la jeringa,
sereno, sin prisa, cada cosa a su vez y en su lugar. Sobre la mesa de trabajo
colgaba un díptico que era una declaración de principios claramen- te
expresada: «Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar.» Lo leyó doña
Magnolia, que sabía de una cosa y de un lugar, y observó con malicia la cara
del doctor..., ¡qué hombre más seguro de sí mismo, todo un figurón!
Luego de empapar en alcohol un pedazo
de algodón, suspendió en el aire la jeringa:
- Retire la manga...
Doña Magnolia aclaró, con voz mimosa,
maliciosa:
- No es en el brazo, no, doctor...
Él bajó la cortina y ella se levantó
la falda, mostrando ante los ojos del doctor una riqueza mucho mayor aún que la
otra exhibida diariamente en la ventana. Era un culo y pico, de museo.
Ni sintió el pinchazo. El doctor
Teodoro tenía la mano suave y segura. El algodón apretado contra su piel por el
dedo del doctor le dio una agradable sensación de frío. Una gota de alcohol le
corrió por los muslos y ella suspiró nuevamente.
Y una vez más el doctor Teodoro se
equivocó al interpretar el suave gemido:
- ¿Dónde le duele?
Todavía sosteniendo el borde del
vestido, ostentando las caderas que hasta entonces demostraran ser
irresistibles, doña Magnolia lo miró de lleno en los ojos:
- ¿Será que no entiende, que no
entiende en absoluto? Desde luego, no entendía:
- ¿Qué cosa?
Llena de rabia, soltó el borde del
vestido cubriéndose las despreciadas ancas y diciendo entre dientes:
- ¿Será verdaderamente tan ciego que
no puede verlo?
La boca entreabierta, la cara
inmóvil, fijos los ojos, el doctor se preguntaba si no se habría vuelto
loca. Doña Magnolia,
ante semejante monumento de
estulticia,
terminó su pregunta:
- ¿O es rematadamente lelo?
- Señora mía...
Ella alargó la mano, tocó el rostro
de la luminaria de la farmacología, y, con voz nuevamente desmayada y
melindrosa, lo soltó todo:
- ¿No ve, tonto, que estoy perdida
por usted, babosa, loquita? ¿No lo ve?
Y se le fue acercando, proponiéndose
atrapar allí mismo al cauteloso, por lo menos
para los preliminares; ni una
criatura se engañaría al verla ofreciendo los labios, lánguida la mirada.
- ¡Apártese! - exclamó el doctor en
voz baja pero con acento terminante.
- ¡Mi mulato lindo! - dijo ella
arrimándose.
- ¡Salga! - El doctor rechazaba
aquellos brazos ávidos, aquella boca voraz, plantado en sus principios, en sus
convicciones inconmovibles- . ¡Fuera de aquí!
Majestuoso en su inflexible virtud,
con la jeringa y la bata blanca, si el doctor hubiera estado sobre un pedestal sería el monumento perfecto, la fulgurante
estatua de la moral victoriosa sobre
el vicio. Pero el vicio, o sea, la descompuesta y
humillada doña Magnolia, no
contemplaba al impoluto héroe con ojos de remordimiento y contricción, sino con
enojo, con ira, con furia:
- ¡Bruto! ¡Capado! ¡Me las vas a
pagar! ¡Impotente! ¡Viejo cabrón! - y salió, comenzando ya a maquinar intrigas.
Pobre doña Magnolia, víctima del
desprecio y de la mala suerte, realmente hundida en un mar de yeta, pues no
pudieron ser más imprevistos los resultados que tuvo
su intriga, haciendo fracasar sus
planes de venganza. Ofendida (en su pudor, en su honra de manceba seria), se
quejó enfáticamente al policía de la «persecución de
ese chivo inmundo, el farmacéutico»,
un desvergonzado que le hacía proposiciones,
insistiendo con sus piropos,
invitándola a ir con él a contemplar la luna en las arenas de Abaeté. El
canalla merecía que le diesen una lección, unos sopapos oportunos, tal vez una
temporadita en gayola, con postre de látigo para que aprendiera a respetar a
las mujeres ajenas.
Nunca había dicho nada hasta ahora
para evitar el escándalo y para no causar un disgusto a su mujer, tan buenita.
Pero ese día el tipo había exagerado... Cuando fue a la farmacia a ponerse una
inyección, el zafado intentó ponerle la mano en los pechos y tuvo que salir
corriendo... El policía oyó el relato en silencio y doña Magnolia, que lo
conocía bien, notaba cómo iba creciendo la ira en el rostro de su hombre: el
doctor le pagaría cara la ofensa, por lo menos una noche de calabozo. Pero esa
misma tarde el policía había reñido con un colega como consecuencia de errores
de cálculos en un asunto de unos mil- réis coimeados a los quinieleros. En el
diálogo un tanto áspero que precedió a las bofetadas y los golpes, habiéndole
el amante de doña Magnolia llamado ratero al colega, éste le hizo asombrosas
revelaciones: «Prefiero ser ladrón - le respondió- a ser cornudo consentido como tú, caro
amigo.» Y a continuación dio como prueba los detalles de ciertas peripecias
recientes de doña Magnolia. En síntesis le informó que, sólo entre los colegas
de la policía, sumaban cinco los que se relevaban en la tarea de decorar la
testa del distinguido amigo. Para no hablar del inspector de Moralidad Pública.
Si le pusieran una lámpara en cada guampa podría iluminar media ciudad, desde
el Largo da Sé hasta Campo Grande. No sería ladrón, pero era la vergüenza de la
policía. Y se fueron a los sopapos. Lavada la honra en la pelea, hizo las paces
con el cofrade y escuchó de los labios de los otros informaciones tremendas;
¿oyera hablar de una tal Mesalina? No, no era de la zona, pertenecía a la
Historia, y fue una tal. Pues al lado de doña Magnolia era una pura doncella...
Agobiado, avergonzado, el policía
juró venganza, como si plagiara, por otra parte, la amenaza de doña Magnolia al
farmacéutico:
- ¡Zorra! ¡Me las vas a pagar!
Por lo tanto, oyó con escepticismo
todo aquel bla- bla sobre el boticario, y, apenas acabó doña
Magnolia de mencionar
sus propios senos,
defendidos con tanta
dignidad de las presuntas audacias
del doctor, el detective le dio una bofetada y le
exigió una confesión completa.
Fue una paliza dada por un perito,
por alguien que obraba con experiencia y gusto. Doña Magnolia terminó contando
lo que hizo y lo que no hizo, incluso casos antiguos, sin relación ninguna con
el policía, y, de yapa, la verdad íntegra sobre sus
relaciones con el doctor Teodoro,
íntegra hasta cierto punto, pues, para restarle
gravedad, no dejó de opinar sobre el
doctor: impotente, con mucha pinta pero no servía para nada, pues a ella nadie
le había hecho jamás la injuria de resistirse a su trasero levantado en guerra.
El alboroto ganó la calle, fue todo
un jaleo. Los golpes, los gritos, las palabrotas, atrajeron hacia el frente de
la casa del policía a una curiosa y excitada banda de vecinos, comadres y
alumnos del instituto. Las comadres, y en general la vecindad, aplaudían la
paliza, bien merecida y bien aplicada. No reprochaban más que una cosa: que
hubiese tardado tanto. Los muchachos del colegio sentían cada bofetada, cada
sacudón, como si fuera en carne propia, por ser aplicados sobre aquella carne
tierna y mimosa, poseída por todos ellos en sus solitarios lechos de
adolescentes. Hubo noches en
que ella durmió,
hembra ubicua, omnipotente
pastora de chiquillos, maestra de
amor, en más de cuarenta camas juveniles a un mismo tiempo, en un mismo sueño,
en un mismo arrebol...
Pero en la casa del policía sólo
entraron doña Flor y doña Norma, contentándose los demás con aplaudir o
criticar, pues nadie quería reñir con el esbirro de la policía.
- Señor Tiago, ¿qué hace? ¿Quiere
matar a la desdichada? Vamos, déjela... - gritó
doña Norma.
- Bien merecía que yo acabase con
ella, esta zorra... - respondió el deportista, dándole unos últimos golpes.
- Pobrecita... Usted es un
monstruo... - dijo doña Flor, inclinándose sobre la molida víctima del
destino...
- ¿Pobrecita? - el «tira» no podía
aguantar tamaña injusticia- ¿Sabe lo que esta pobrecita inventó sobre su
marido?
- ¿Sobre mi marido?
- Pues vino a contarme que el doctor
anda tras ella y que hoy quiso poseerla en la farmacia, a la fuerza. Cuando yo
la apreté confesó que todo era mentira, que había armado esa patraña para que
yo riñera con él, y que fue ella quien se le echó enci- ma, pero él la rechazó.
Eso para no hablar del resto.
Y con voz dolorida preguntó:
- ¿Sabe usted cómo me llamaban?: «La
vergüenza de la policía».
Esa noche, mientras se preparaban
para ir al cine, doña Flor, poniéndose polvos de arroz ante el espejo, le dijo
sonriendo al doctor Teodoro:
- Así que el doctor anda intentando
meterle mano a las dientas que van a la farmacia a ponerse una inyección...,
quiso agarrar a doña Magnolia...
Él la observó y se dio cuenta de la
broma: doña Flor no hablaba en serio, considerando que todo el asunto era más
bien cómico. Por más que quisiera
enternecerse con la lealtad del
marido, no conseguía apartar las imágenes del doctor Teodoro, jeringa en mano,
y la tetuda Magnolia, la muy descocada, inten-
tando besarlo. Ése era un marido
recto, correcto de toda corrección. Pero ¿qué le
iba a hacer si la historia se le
antojaba divertida, más ridícula que heroica?
- Chiflada... ¿Con qué derecho se le
ocurrió que yo iba a profanar mi laboratorio, abusar de una dienta?
- En este caso no era abuso, querido,
ella misma se ofrecía. Él bajó la voz (nunca
perdió del todo la timidez frente a
su esposa en asuntos como ése):
- ¿Cómo podría yo mirar a otra mujer
teniéndote a ti, querida?
Ningún homenaje podía ser más leal y
correcto, y doña Flor le ofreció los labios, besándola él levemente.
- Gracias, Teodoro, yo pienso lo
mismo con respecto a ti.
En la calle, en las esquinas, a la
hora del aperitivo en el bar de Méndez, los hombres comentaban la zurra, sus
causas y efectos. Doña Magnolia fue recogida en casa de unos parientes: la
tenían en salmuera, el secretario le había hinchado la cara a golpes.
Don Vivaldo, el de la funeraria,
planteó la cuestión: ¿Era o no impotente el doctor Teodoro? No sólo lo afirmó
la fulana en voz alta (a los gritos), sino que además - convengámoslo- ,
únicamente un eunuco sería capaz de rechazar, como lo hizo él, a la tentadora
Magnolia y sus opulencias. Era como para dudar de su hombría, desde luego.
Moysés Alves, el hacendado del cacao, se exaltaba en defensa del boticario:
- ¿Flojo? Es una mentira de esa
desvergonzada. Es que es un hombre serio, con responsabilidad... ¿Usted quería
que se revolcase
con la pecadora
sobre los
remedios?
Aun así, don Vivaldo no podía
comprender:
- Desperdiciar semejante bocado... En
la farmacia, o en donde fuese... Si ella se presentase allá, en «El Paraíso de
la Flor», con ganas de entregárseme, allí mismo le daba, en un ataúd.
Estuvieron de acuerdo en un detalle:
fuese por impotente o por austero, el doctor
Teodoro se había portado mal al
expulsarla sin darle una cita:
- Dios da pan a quien no tiene
dientes...
Los ecos de estas discusiones,
recorriendo esquinas y bares, avivadas por la cerveza y la cachaca, así como
los elogios unánimes de las amigas y las vecinas,
llegaron a oídos de doña Flor:
- Si todos los maridos fuesen así,
valía la pena...
La calumnia contra su marido la
indignaba, y le dijo a María Antonia, una ex alumna suya desparramadora de
alcahueterías, que fue a visitarla y a chismear:
- Si alguien quiere saber si él es
verdaderamente hombre que venga aquí, que yo le
mando a él que le muestre...
- ¿Se lo mandaría de verdad? - se rió
María Antonia, jaraneando, en chacota.
Doña Flor se irritó también. A pesar
de lo que la irritaban los chismes, no pudo contener la risa imaginando lo
grotesco de la situación.
Cierta mañana, un tiempo después,
apareció Dionisia de Oxóssi con su nene -
gordita la criatura- , al que traía
para que lo bendijese la madrina. Últimamente venía poco, muy de cuando en
cuando. Le contó el disgusto que había tenido al descubrir un asunto de faldas
en la vida del marido: andando por esos caminos con su camión, parando en un
sitio y en otro, se había metido con una tipa en Joazeiro. Dionisia encontró
una carta de la perversa e hizo un escándalo, amenazando con dejar al traidor.
Era sólo una amenaza, mi comadre, pues ¿qué hombre no tiene sus líos con
mujeres, qué hombre no le pone guampas a la esposa? Pero lo sintió mucho, hasta
había enflaquecido; ahora comenzaba a sentirse mejor, pues el marido no sólo
cortó con la tipa, sino que ya no dormía más en Joazeiro.
Doña Flor la consolaba: ¿quién no
sufre esas contrariedades? Ella, doña Flor, todavía no hace mucho, también hizo
un desagradable descubrimiento que la había herido, que le causó dolor.
- ¡Cómo...! ¿También el doctor anda
prevaricando? ¿Hasta él? Bien le dije que ningún hombre está libre de un
tropezón con una mujer...
- ¿Quién? ¿Teodoro? No, mi disgusto
fue por algo distinto. Comadre Dionisia, Teodoro es la excepción que confirma
la regla... Es un hombre serio, por él pongo
las manos en el fuego...
Diose cuenta de pronto doña Flor, y
casi se lo había confesado a Dionisia, que, de las dos historias femeninas
relacionadas con el doctor Teodoro, la única concreta,
con principio y fin, y la única que
la hería y le dolía profundamente, no había
ocurrido con el segundo, sino con el
primer esposo: ese viejo asunto, que no supo hasta ahora, entre Inés Vasques
dos Santos y el difunto. Tan pronto como doña Flor se acordaba de Magnolia o de
Mirtes, en seguida la flaca y la sonsa Inés se er- guía ante ella, ¡perra
hipócrita, buscona!
8
Los ensayos de la romanza duraron
cerca de seis meses, hasta que el exigente maestro consideró que estaba en
perfectas condiciones de ejecución. El maestro fue más exigente aún en aquel
caso, pues era autor de la obra y ésta estaba dedicada a la gracia y a la
bondad de doña Flor, siendo los Arrullos de Florípedes la niña de sus ojos.
Todos los sábados por la tarde, con
sol o con lluvia, en una casa o en otra, allá se reunían ellos repitiendo
acordes para el próximo concierto, que ya tenía fecha y
local: dentro de una semana, en la
residencia de los Taveira Pires.
Esos meses transcurrieron en la paz
del Señor, sin incidentes notables y dignos de ser especialmente registrados,
con excepción, tal vez, de la presentación de Marilda
«en los micrófonos del pueblo, los de
Radio Amaralina, la estación sanjuanina, la
más joven y la más escuchada»,
acontecimiento que alborotó a la vecindad y causó conmoción en los alrededores.
Era como si todas aquellas calles y callejuelas hicieran también su debut, a
través de la moza, en los aires de la ciudad. Tal era la agitación y el
nerviosismo.
Doña Norma era la capitana que
comandaba la banda de la hinchada, una ruidosa delegación que se hizo presente
en la emisora el día de la fiesta. En una colecta
realizada entre los vecinos se había
logrado juntar un paco apreciable, destinado a
la compra de un recuerdo; en las
manos de don Samuel das Jóias - vendía joyas y cuanta cosa hubiera en este
mundo: casimires, tropicales, telas, muebles, perfumes, todo de contrabando y
todo barato- se transformó en un reloj
de muñeca que era un amor, moderno y original, con seis meses de garantía.
«Suizo, diecisiete rubíes, una ganga», afirmaba el señor Samuel, dando la
impresión de venderlo apenas para hacer un favor a su buena clienta doña Norma.
Por la noche, don Sampaio, a quien le
mostraron la excepcional compra, constató que la esposa había sido estafada
otra vez por el viejo chamarilero, cosa que venía
sucediendo desde hacía veinte años y
seguiría sucediendo hasta que uno de los
dos, ella o don Samuel, estirara la
pata:
- Y si fuera ella quien muriese
primero, el viejo Samuel es capaz de venderle, cuando esté en la agonía, una
extremaunción de contrabando...
Ni era suizo ni estaba tan abarrotado
de rubíes: fabricado en San Pablo, mas no por eso era un reloj malo: «Hay que
acabar con esa manía de hablar mal de la industria brasileña, tan buena como
cualquier otra», sentenciaba don Zé Sampaio.
El día de la presentación, como es
natural y comprensible, a doña María del Carmen
le dio una llantina al ver a su hija
frente al micrófono mientras el locutor anunciaba sus cualidades, su «voz
canora de pájaro tropical». También enjugó unas lágrimas doña Flor: sentía por
Marilda una ternura de madre, habiendo luchando para verla ahí, y en cierta
ocasión incluso se había enojado con el doctor Teodoro por su causa. Si bien la
victoria de Marilda pertenecía a toda la vecindad, era principalmente un
triunfo de doña Flor. Para celebrarlo, hizo los dulces destinados a la mesa
servida en casa de la moza, en donde aquella noche hasta abrieron una botella
de champán (regalo de Oswaldinho).
Al estreno de la joven cantora,
saludada con simpatía por la crítica de radio y por el público, se juntó el
repentino viaje de doña Gisa a los Estados Unidos, que dio lugar
a abundantes comentarios. Ni siquiera
doña Dinorá, con su olfato para adivinarlos
entretelones de todos - ni siquiera
ella- , pudo imaginar jamás esa noticia: había fallecido en Nueva York cierto
Mister Shelby dejándole en herencia sus bienes a doña Gisa. ¿Quién era ese
Mister y por qué legaba sus riquezas a la profesora de inglés que hacía tantos
años estaba radicada en Brasil? No se lo pudieron preguntar a doña Gisa, pues
se había embarcado de la noche a la mañana, sin previo aviso y sin el protocolo
de las despedidas.
Surgieron los rumores más
extravagantes sobre el muerto y su fortuna. Lo designaron marido, divorciado o
no, una antigua pasión, un caso de amor; las
versiones eran múltiples, honestas o
indecentes. En una cosa coincidían: doña Gisa
apañaba su fortuna colosal, heredaba
a un millonario, pero un millonario nor- teamericano, rico en dólares, no en
mil- réis.
El chismerío se desmoronó cuando el
cartero le trajo una carta por vía aérea a doña
Norma, quien antes de abrirla examinó
largamente aquellos sellos de extranjía y la letra, tan familiar, de doña Gisa,
fuerte y enrevesada como caligrafía de médico. Escribía desde Nueva York y
anunciaba su próximo regreso: había arreglado sus
asuntos y llevado flores al túmulo
del primo, «¿primo?, que cada cual crea lo que
quiera... Era el marido, si no era
otra cosa», cuchicheaban en las esquinas y en los bares las comadres y los
ociosos.
Realmente, había heredado - era la
única parienta- , pero la herencia se reducía a
un automóvil usado, algunos objetos
de uso personal y de la casa, unas pocas acciones de compañías petroleras del
Medio Oriente (convulsionado, las acciones en peligro). Vendió todo y lo que
sacó apenas le alcanzó para pagar los gastos del viaje. Como herencia verdadera
del dudoso primo sólo le quedaba Monseigneur, un basset de pura raza, que
pronto estaría en las calles de Bahía, pues doña Gisa ya estaba haciendo los
trámites para traerlo.
Eso es todo cuanto sucedió durante
aquellos meses, que pueda considerarse asunto de esta crónica de doña Flor y
sus dos maridos. Aparte de eso, estaban los ensayos, las sesiones de la
Sociedad de Farmacéuticos, las clases de la escuela, las visitas a parientes y
amigos, las salidas al cine, el amor los miércoles y los sábados. Doña Flor ya
no asistía a los ensayos con la misma asiduidad que al principio, sin que por
ello los considerara pesados y latosos, como algunas de las esposas de los
miembros de la orquesta, cuya opinión era pública y notoria. Por más amiga que
fuese del marido, y solidaria con sus obligaciones y sus gustos, de vez en
cuando escabullía el bulto al ensayo y hacía la rabona. Porque realmente, en
verdad, sólo ellos, apasionados por la música, tenían la aptitud necesaria para
extraer de aquella monótona repetición de melodías tanta paz interior e
infinito placer.
Tampoco era infaltable su presencia
en las doctas reuniones de la Sociedad de
Farmacéuticos con sus tesis y
debates. ¿Para qué forzarse a ir? ¿Para estar toda la noche luchando contra el
sueño traidor y fatal, procurando prestar atención, y finalmente tener que
rendirse y caer en la vergüenza del cabeceo? No pudo aguantar una sesión entera
ni siquiera cuando el doctor Teodoro presentó su discutida tesis sobre los
barbitúricos: «De la sustitución de las infusiones por productos orgánicos en
el tratamiento del insomnio.» Y sin embargo, aquélla fue una noche apasionante,
de violentos debates, en la que se puso en juego la reputación científica del
doctor. Claro que la discusión duró hasta la madrugada y cuando el esposo,
trémulo y feliz, le ofreció el brazo, ella, despertada por los aplausos, casi
le pidió disculpas por haber dormido a pierna suelta, como si hubiera ingerido
dosis de infusiones y barbitúricos como para un caballo. Alcanzó a decir:
- ¡Querido mío...!
Pero él, de tan eufórico, ni percibía
sus ojos enrojecidos, su cara abotargada.
- Gracias, querida. ¡Qué gran
victoria!
Había arrasado, de una vez para
siempre, con los barbitúricos, cumpliendo su deber de ciudadano y de
farmacéutico. En la droguería tenía que vender esos peligrosos tóxicos,
obteniendo con ellos pingües ganancias, pues estaban de moda, hacían
furor. Sin embargo, siendo un
farmacéutico erudito y estudioso y al mismo tiempo
un propietario de farmacia capaz y
próspero, al doctor no le perturbaba, ni veía duplicidad en la posible
contradicción de su conducta al observar con la misma conciencia inflexible la
noble moral del científico y la no menos digna moral del comerciante.
El concierto de la orquesta de
aficionados Hijos de Orfeo en la fiesta celebrada en el palacete del comendador
del Papa y virtuoso del violoncelo fue todo un acontecimiento que tuvo
repercusión en las columnas de los diarios. Fue también comentado en los altos
círculos, conmoviendo a las casas de costura, tiendas de modas y sastres, y su
registro se hace aquí obligatorio (en una de esas vueltas que da el mundo,
¿quién sabe si un día no tendremos que recurrir al comendador Adriano Pires,
dueño del dinero?).
Describir aquella nochaza de arte con
todo su esplendor nos parece tarea imposible, por encima de nuestras fuerzas y
de este pobre estilo. Si alguien quiere tener noticia, por ejemplo, de los
vestidos de las señoras, de su belleza y de sus chic incomparable, lo remitimos
a la colección del itinerario del poeta Tavares, en donde podrá leer la crónica
hecha por el siempre brillante Silvinho Lamenha, arbitro en tan delicada
materia. En cuanto al concierto propiamente dicho, los interesados pueden
consultar las opiniones expresadas en los diarios por los críticos Finerkes y
José Pedreira, además de la crónica de Helio Basto, hombre orquesta, ya que
además de ser pianista se dedicaba a las letras y a las bellas artes. Doña
Rozilda coleccionó en Nazareth
todos los recortes,
pues en general
se referían con
alabanzas al doctor Teodoro y a «su
primorosa interpretación en el difícil solo de fagot de la Romanza de Agenor
Gómez, uno de los puntos altos del concierto» (Coqueijo, «Pizzicatos de un
concierto», en Gazeta de Bahía).
Esa noche doña Flor ascendió a la
cima, llegando al más alto grado de la escala social, siendo destacada por los
comentarios: «gracioso ornamento..., ¿qué modisto
parisiense firma su vestido de moiré
fauve, de escote drapeado, que dejó chiquitas
a tantas figuras importantes?», como
escribió Silvinho, el «Niño Jesús» de la sociedad. Estaba presente toda la flor
y nata del gran mundo, la gente más importante de Bahía, los personajes de la
política, del dinero, de la intelectualidad, desde el arzobispo primado al jefe
de policía; y entre ellos, esnobs y aburridos, algunos cuenteros que habían
aplicado con éxito el timo del baúl, comenzando por los yernos del comendador.
De las inmediaciones del Largo Dois
de Julho, además del doctor Teodoro, sólo recibió invitación don Sampaio,
colega de Caballo Pampa en el Club dos Lojistas y
antiguo compañero suyo de colegio.
Pero se negó a ir:
- ¡No! Por Dios... Déjenme en paz,
ando mal del brazo, necesito reposo... Ve tú sola, Norma, si quieres...
Naturalmente, doña Norma fue, pero no
sola, sino con doña Flor y el doctor.
(¿Cómo despreciar una invitación que
era un privilegio? Sólo podía hacerlo su marido, obcecado y antisocial, un
animal salvaje.)
El comendador le había dicho a doña
Inmaculada:
- Quiero que todo sea lo mejor de lo
mejor...
Y así fue, doña Inmaculada podía ser
una prueba cruel para un hombre, pero hay que hacerla justicia, sabía recibir.
Contrataron, a peso de oro, los servicios del arquitecto Filberbet Chaves para
la decoración de los jardines en donde iba a tocar la orquesta.
- No mida los gastos, joven, quiero
algo bueno, con escenario y todo. Gaste lo que
sea necesario...El comendador, avaro
con la gente de servicio y los gastos menudos, abría los cordones de la bolsa,
empuñaba talonario de cheques. Al maestro Chaves sus palabras le supieron a
miel: eso de no medir los gastos era propio para él. Gastó una fortuna, pero
¡qué maravilla! El jardín parecía un jardín de cuento de hadas, y el pequeño
teatro era de una audacia arquitectónica nunca vista en Bahía. «Gilberbet -
aprendan el nombre tal como es: Gilberbet y no Gilberto o Gilbert, como
pronuncian ciertos rastracueros- reveló
su genio ultramoderno» (Silvinho, una vez más, y con seguridad no será la
última).
Doña Flor, al entrar, se quedó con la
boca abierta, admirada, pasmada. Doña
Norma sólo pudo articular una
palabra:
- ¡Diablos...!
Doña Inmaculada y el comendador
recibieron a los invitados: ella emperifollada con sus trapos de procedencia
europea, empuñando sus impertinentes; él, desgarbado a pesar del smoking y de
la camisa con pechera almidonada, con cuello de pa- lomita. Al ver al doctor
Teodoro con el fagot bajo el brazo, en su rostro cruzado de manchas blancas se
desplegó una sonrisa:
- ¡Mi querido Teodoro! Hoy vamos a
dar la nota... - saludó al boticario, feliz con el retruécano y con el
concierto.
Muy tiesa, doña Inmaculada ofrecía la
punta de los dedos al beso de los hombres y a la inclinación de las mujeres,
como si unos y otras viniesen a pedirle la bendición.
- ¡Qué palo de escoba...! - comentó
doña Norma en cuanto se alejaron de los impertinentes de la comendadora.
- Sin embargo, es muy caritativa...
Es presidenta de la Sociedad de Ayuda a los
Gentiles de África y Asia... Incluso
me escribió a propósito de eso.
El doctor Teodoro había recibido
hacía mucho tiempo una circular firmada por la comendadora en la que se le
pedía ayuda para las misiones católicas en aquellos continentes.
En eso vieron a Urbano Pobre Hombre,
reluciente con su smoking recién salido del sastre (pagado por el comendador al
enterarse de que el violinista no podía ir al concierto por falta de traje
adecuado), con su violín al brazo. (Salió de su casa en
medio de las burlas de su mujer y
ahora procuraba esconderse entre los árboles y pasar desapercibido.) El doctor
Teodoro lo arrastró al anfiteatro, donde dejaron sus instrumentos. Aunque
estaba anunciado para las ocho y treinta, el concierto no comenzó hasta pasadas
las nueve, cuando el maestro Agenor Gómez consiguió reunir a sus músicos.
Los invitados, de copeo en las salas
o en el jardín, no parecían tener prisa. Fue necesario que el propio comendador
tomara el micrófono y gritara enojado, la voz cortante:
- Va a comenzar el concierto, ocupe
cada uno su sitio..., vamos..., vamos...
¿Quién dejaría de obedecer aquel
llamamiento, que era una orden, no una invitación? Fueron cesando los ruidos y
los caballeros y las damas ocuparon las sillas, permaneciendo de pie muchos
hombres con la esperanza de poder escabullirse. Un verdadero desfile de
elegancia: las mujeres exhibían sus joyas va- liosas, sus escotes audaces;
todos los caballeros estaban de etiqueta y el maestro lucía su frac. En primera
fila, próximas a doña Inmaculada, estaban sentadas doña Flor, doña Norma y el
arzobispo primado, en vísperas, según decían todos, del cardenalato.
El maestro Agenor Gómez, emocionado
de la cabeza a los pies («ya debía tener el cuero curtido, pero en cada nuevo
concierto no sabía dónde poner los pies, como si
fuese la primera vez»), alzó la
batuta.
La primera parte fue oída con
atención y aplaudida. La marcha de Schubert interpretada con énfasis y justeza,
y después el primoroso violín del doctor Venceslau Veiga en la melodía de
Drdla, arrancaron palmas, y hasta bravos, de ciertos aficionados y entendidos,
como el doctor Itazil Benicio, «double de médico y de artista» (Silvinho).
Sudaba, feliz, el maestro Gómez.
En el intervalo, los convidados, como
bárbaros hambrientos que no hubiesen comido desde hacía meses, se abalanzaron
sobre el regio bufet, donde, por primera vez en sus vidas, doña Flor y doña
Norma vieron y probaron el caviar.
A doña Flor, con su paladar de
maestra de cocina, el tan mentado caviar - cada gramo una fortuna- le supo bien: «Es raro..., pero me gusta.»
Doña Norma no
pensaba lo mismo y, haciendo una
morisqueta, le dijo a la amiga, entre risas (lo
que sí le gustaba era el champán, y
ya había bebido dos copas):
- Esta cosa tiene un dejo..., no sé
de qué...
También se rió doña Flor, y como el
doctor Teodoro se apartara para ir en busca de Urbano Pobre Hombre y obligarlo
a servirse, recordó un dicho de su finado primer esposo, al regresar de Río. En
el curso del viaje, doña Flor no recordaba dónde, se dio un hartazgo del tal
caviar, y cuando ella le preguntó qué gusto le encontró, él le respondió:
- Tiene gusto a vulva... ¡Es muy
bueno!
Doña Norma, un poco atontada por el
champán, se desternilló de risa: qué loco era el finado, una boca sucia que no
tenía arreglo, pero tan alegre, ¡inolvidable! «Chica,
el difunto tenía gracia y era un
entendido en esos sabores...»
Ya volvía el doctor Teodoro trayendo
del brazo a Pobre Hombre y doña Flor se apresuró a prepararle un plato, sin
olvidar una porción de caviar.
Fue un tanto difícil volver a juntar
a los invitados frente al estrado para la segunda
parte del concierto. Los amantes de
la música ocuparon pronto sus lugares, pero eran minoría entre aquella masa de
gente que no tenía más que riqueza, y que se dedicaba a comer y a beber. Pero
el comendador dio órdenes enérgicas a los empleados y finalmente el maestro y
la orquesta atacaron el Simple Aveu.
Después de la música de Francis Thomé
llegó el momento culminante del concierto: el solo de violoncelo ejecutado por
el comendador Adriano Pires, el Caballo Pampa. Ése sí que fue un silencio de
verdad: incluso cesaron de trabajar en la despensa y en la cocina, y los mozos
dejaron de servir bebidas hasta que terminó el número. Doña Inmaculada había
dado personalmente órdenes para que hubiera el más estricto silencio.
Olvidado de todo, del mundo y de sus
habitantes, el comendador del Papa, el seco millonario, en ese momento, con el
violoncelo, se consustanciaba con la alegría y la
bondad y, súbitamente, era un ser
humano.
Al concluir, hubo aplausos
interminables. De pie en el anfiteatro, señalando al maestro y los colegas de
la orquesta, don Adriano agradecía. Gritaban «bravos» y
«bis» no sólo los entendidos, los de
la chochera por la música. Gritaban todos,
destacándose, por la fuerza con que
batía palmas y gritaba los «bravos», el usurero Alirio de Almeida, que no
entendía jota de música: sus negocios dependían de una palabra de Caballo
Pampa.
Como dijo después Pobre Hombre, el
número del comendador debiera haber sido el último del programa, ya que después
muchos convidados abandonaron a la orquesta en el jardín y se fueron a las
salas a beber y a conversar. Los que estaban sentados no se atrevieron a irse,
oyendo el resto del concierto sin prestar atención, y varios, incluso, daban
muestras de impaciencia. De vez en cuando alguno se llenaba de coraje y se
largaba pidiendo disculpas a los vecinos, encaminándose al interior del
palacete para regalarse.
Los Hijos de Orfeo, sin embargo, ni
siquiera percibían las deserciones, sosteniendo la misma afinación, la misma
calidad. Los devotos de la música sí que se incomodaban con el movimiento y el
creciente cuchicheo. Doña Norma chistó
imperiosamente, dándose vuelta hacia
los de atrás, cuando el doctor Teodoro inició
su solo de fagot (con los ojos
mirando a doña Flor); doña Inmaculada, atenta anfitriona, se volvió también,
con los impertinentes dirigidos a los inquietos. Bastó con eso: se hizo el
silencio y ya nadie tuvo la osadía de levantarse. El son del fagot se expandía
en el aire, sobrevolaba el jardín, iba a tejer un halo en torno a los cabellos
de doña Flor, azules de tan negros. Ella, con los ojos entrecerrados, oía y
reconocía, a través de aquel solo de Romanza, cuánto le había dado él, su buen
marido. Allí estaba ella, donde nunca se imaginara, sentada en los jardines de
la casa más aristocrática de Bahía, mientras, a su lado, escuchaba a su marido
con complacencia Su Eminencia el Señor Arzobispo Primado, con su púrpura y su
armiño. ¡Tanto le había dado, tanto!:
paz y
seguridad, tranquilidad, orden y confort, representación, cuanto ella
pudo desear y él adivinar. Y ni un sobresalto. Ahora iba a buscar en el delgado
vientre del fagot la grave nota de su amor, de su devoción. No se podía pedir
marido mejor.
Cuando se iniciaron los aplausos,
doña Norma miró a la amiga: por el rostro de doña Flor corría una lágrima.
«Llora de felicidad», pensó sonriendo la bondadosa vecina, contenta ella
también con el éxito del doctor:
- El doctor Teodoro tocó
divinamente...
La misma doña Inmaculada, desde la
silla próxima, se dignó hacer el elogio. Su marido estuvo muy bien.
En la gran sala de recepciones las
danzas comenzaron apenas terminaron los
acordes finales de la orquesta, del
pot- pourri de La viuda alegre, último número. En el jardín, los oyentes, el
primado al frente, felicitaban al maestro y a los músicos, rodeando al comendador.
Doña Flor no había enjugado todavía las lá- grimas y el doctor, al verla
emocionada, se sintió recompensado por los seis meses de ensayo.
De la sala vinieron a buscar a Helio
Basto para que desgranase al piano sambas y fox, tangos y boleros, improvisando
un bailecito. El doctor Teodoro, fagot al brazo, propuso la retirada: pasaba de
la medianoche... Pero doña Norma pidió cinco minutos más para vaciar otra copa
de champán: «¡Lo adoro...!»
Bebió dos copas, y en el taxi se reía
sin saber por qué, contenta de la vida. Doña Flor tomó entre sus manos las de
su marido, su buen marido. Hicieron comentarios sobre el concierto y la fiesta,
magníficos ambos. Tanta comida, tanta bebida, todo de lo mejor, el comendador
había gastado un dineral.
- Una exageración... - decía el
doctor- , hasta caviar... del verdadero, ruso...
Doña Norma, con la euforia del
champán, le guiñó un ojo a doña Flor y se dirigió al doctor Teodoro con una
malicia que sólo ellas dos podían comprender:
- ¿Y el caviar le gusta, doctor?
- Sé que es un bocado de dioses; hoy
lo probé, porque no se debe perder una ocasión como ésa cuando se puede comer
tan caro manjar. Pero le voy a confesar,
doña Norma, que mi paladar no se
puede acostumbrar a su gusto...
- ¿Y qué gusto le encuentra usted al
caviar?
Doña Norma se sonrió con picardía,
llena de euforia. Doña Flor bajó la cabeza, no se sabe si para ocultar una
sonrisa burlona. El doctor Teodoro buscaba con qué comparar el sabor todavía
reciente de la golosina, no encontrando nada adecuado:
- Para ser franco, no recuerdo nada
que tenga el mismo gusto. Aquí entre nosotros, que nadie nos oiga..., ¡qué
gusto más feo!
- ¿Feo? - doña Norma se desternillaba
de risa- . Yo pienso lo mismo... Pero hay quien lo encuentra bueno... ¿No es
cierto, Flor?
Pero doña Flor no se reía. Su rostro
seguía circunspecto, en la sombra, ¿quién sabe si triste o solamente conmovida?
Contemplaba la noche, como si no oyera la risa de
la amiga. Apretando la mano del
marido, le dijo a media voz:
- Preciosa la música y tu
interpretación, Teodoro.
- No lo sé hacer mejor... Soy un
aficionado nada más.
¿Para qué mejor? ¿Quién soy yo para
exigirte nada, querido mío? ¿Qué te traje yo, qué bienes puse en mi plato de la
balanza conyugal que pueda compensar el tuyo, tan lleno: desde el dinero a la
Romanza en el fagot, desde la sabiduría a la educa-
ción esmerada, y esa limpidez, esa
decencia? Nada te traje, en nada te enriquecí, y
yo no soy transparente y constante,
no tengo esa meridiana luz tuya, estoy hecha también de sombras, de materia
oscura y pasajera. Soy tan pequeña para tu altura, Teodoro.
Bajo el toldillo de la pared de
tranvía, esperando un medio de transporte, Urbano Pobre Hombre los vio pasar.
Llevaba en sus manos el violín enfundado y un paquete con dulces y salados para
ña Maricota.
9
El profesor Epaminondas Souza Pinto,
circunspecto y carcamal, amaba los proverbios y las frases hechas, viendo en
esos dichos un resumen de la sabiduría de los siglos, la expresión de las
verdades eternas. «La felicidad es inenarrable, con una vida feliz no se hace
una novela», respondió cuando Chimbo, aquel pariente importante del finado, le
preguntó por doña Flor, a la que no veía hacía años, desde el absurdo carnaval
(«¿cuántos años hace, dos o tres?») del entierro del calavera.
- Pues volvió a casarse y es feliz...
Hace un año, más o menos, que unió su suerte a la del doctor Teodoro
Madureira...
- ¿Se sabe algo más de ella?
- No tuve más noticias... - y, para
no darle ocasión, colocó el adagio- : Como bien dice el pueblo, la felicidad es
algo inenarrable.
Chimbo, hombre de experiencia, estaba
de acuerdo:
- Así es. Cuando pasa algo es casi
siempre para causarle preocupaciones a uno... Si le contara... Escuche...
Y abrió su pecho al amigo: a su edad
provecta, ¡profesor!, se había ido a meter con una joven de diecinueve años..., no, no una doncella, pero
casi. Un canalla,
haciéndole el cuento del casamiento,
la había desflorado, pero torpemente, con apuro, dejando unos restos de pellejo
que Chimbo, en trance de consolarla y
protegerla, hizo desaparecer...
Resultado, mi pobre profesor: la moza quedó gruesa y él con esa
responsabilidad...
El profesor Epaminondas Souza Pinto,
de vida inmaculada, no podía dar consejo ni consuelo para la inquietud del
ilustre hombre público, y, a falta de palabras más
oportunas, lo felicitó por la
«auspiciosa gravidez».
Tampoco nosotros tenemos consuelo o
prudente consejo que dar al caballero Chimbo, y hasta nos falta tiempo y
espacio para ello; así que de todo el incidente sólo utilizaremos la verdad
contenida en el refrán: en efecto, en la feliz existencia de doña Flor y del
doctor Teodoro nada ocurrió que merezca destacarse, no siendo nuestro propósito
alargar esta crónica, ya extensa, con el relato de su diaria
placidez, monótona e insípida materia
antiliteraria.
La misma doña Flor, que daba noticia
de todas las peripecias en su correspondencia familiar, en una carta a su
hermana Rosalía, en vísperas del primer aniversario de
su matrimonio con el farmacéutico, le
decía que nada importante tenía que con-
tarle.
Llenó la carta con noticias de los
parientes y vecinos (durante esos años Rosalía había ido conociéndolos a todos
a través del epistolario de la hermana). Le hablaba de tía Lita y sus achaques,
tío Porto no envejecía; doña Rozilda seguía siempre en
Nazaret, ¡pobre Celeste!; Marilda iba
de éxito en éxito, ahora en Radio Sociedade y
con la promesa de grabar un disco. De
doña Norma contaba una historia divertidísima (tienes que conocer a doña Norma
personalmente, vale la pena): un martes doña Flor la invitó a ir a un bautismo
el sábado siguiente y se disculpó de no poder ir «debido a que el sábado ya
estoy comprometida para ir a un entierro».
«¿Cómo puedes saber el martes que el
sábado hay un entierro, Normita?» Verás cómo... Resulta que un conocido suyo
estaba a punto de estirar la pata y... seguramente lo haría en la noche del
viernes al sábado para así aprovechar la semana inglesa y tener un
entierrazo...
Doña Gisa, de regreso, trajo de Nueva
York un cachorrito, de esos «que son exactamente una longaniza», y un lindo
regalo para doña Flor, un broche. Pero
«imagínate, Rosalía, lo que la
chiflada de la gringa trajo para Teodoro: una camisa
toda estampada con mujeres desnudas.
¿Te das cuenta lo que parecería el doctor poniéndose un chirimbolo de ésos?
Como es tan educado no dijo nada e incluso le dio las gracias sin dar muestras
de enojo, pero yo guardé la camisa en el fondo de mi ropero, para que él no
estuviera viéndola a cada rato y le tomara rabia a Gisa, que es así, pero muy
buena». Quien está enferma, sin poder salir de casa, es doña Dinorá: «Imagínate
cuánto sufre, le duelen las articulaciones, un reumatismo bravo, y encima teniendo que
enterarse de las cosas por terceros.» Lo único que podía hacer era echarles las
cartas a las visitas y prever desgracias para todos, furiosa. Incluso amenazó a
doña Flor, después de consultar los naipes: «Me dijo que tuviera cuidado, pues
no hay bien que dure cien años... Nunca vi boca tan sucia, te juro.»
Aparte de esas cosas de rutina nada
tenía para contar: «no sucede nada, siempre es la misma vidurria sin ninguna
novedad». El doctor estuvo a punto de comprar la casa en que vivían, pero uno
de los herederos de la droguería decidió vender su parte para irse a vivir a
Río, y el marido le preguntó a doña Flor: «¿Qué me parecía mejor y más
razonable: adquirir la casa o la parte de la farmacia?» Al mismo tiempo le daba
su opinión: con esa parte adquiría el control de la firma, se convertía en
socio mayoritario; con respecto a la casa, en cuanto pudieran, más adelante, la
comprarían. El propietario no tenía otra salida que la de vender, pues la renta
que le daba el alquiler era una ridiculez. En realidad, el doctor ya había
formado su opinión y decidió qué era lo mejor, y si le pedía consejo a doña
Flor lo hacía por gentileza y buena educación: «El tiempo no hace cambiar al
doctor: la misma delicadeza, el mismo sistema, el mismo trato, siempre igual,
un día tras otro. Puedo decir lo que va a suceder a cada instante, según las
horas, y hasta sé por anticipado cada palabra, porque hoy es lo mismo que
ayer.» Así transcurría la vida, suave y tranquila, con lento e invariable
ritmo. ¿Cómo temer una mudanza, cómo tomar en serio las previsiones de la
cartomántica, de tres al cuarto y paralizada, más entregada a sus barajas y
adivinanzas que el comendador Adriano Pires al violoncelo?
En cuanto a ella, doña Flor, incluso
no le parecería mal que sucediera algo, cualquier imprevisto que rompiera la
monotonía de los días, invariablemente felices y sosegados. «Hasta es un
pecado, hermana, hablar así cuando se tiene la vida que yo tengo, después de
pasar las del purgatorio, pero la misma cosa todos los días es algo que cansa,
incluso cuando es lo bueno, lo mejor. Aquí, entre nosotras, te digo, hermanita,
que a pesar de esa vida tan feliz, envidiada por los otros, a veces me entra
una angustia tan sin pie ni cabeza que no puedo explicármela.., un no sé qué...
Es la mala índole de esta tu hermana que no sabe apreciar como es debido
cuanto recibió del cielo sin haberlo merecido:
una vida tan tranquila y un buen marido.»
Por aquel entonces, un domingo que
fue a misa en la iglesia de Santa Tereza, con sermón de don Clemente («¿Por
qué, Señor, la paz no habita el corazón de los
hombres?»), después del oficio, se
dirigió a la sacristía con la intención de invitar al sacerdote a la fiesta del
primer aniversario de su casamiento. No iba a ser una
fiesta propiamente dicha, sólo una
reunión con los amigos íntimos en torno a una copa de licor y unos dulces,
conmemorando, al mismo tiempo, la elección del
boticario como segundo tesorero de la
recién designada junta directiva de la So-
ciedad Bahiana de Farmacia.
- Allí estaré, con mucho placer, para
felicitaros por este año de armonía conyugal, un ejemplo de unión bendecida por
Dios...
Despidióse doña Flor, y el marfileño
padre, reprochándose su sermón un tanto
pesimista, sonrió alegre: he ahí
alguien, doña Flor, en cuyo corazón moraba la paz, he ahí un ser humano
satisfecho y feliz con su vida, desmintiendo su sermón, lleno de sombras y
dudas.
Hacia la mitad del corredor, doña
Flor se detuvo frente al extravagante grupo formado por la imagen barroca de
Santa Clara y por la antigua talla popular en que estaba esculpido aquel ángel
cínico y candoroso, tan igual al finado, con la misma insolencia y la misma
gracia irresponsable.
Pobrecita, la santa: su santidad, por
mayor que fuera, por más defendida que estuviese, por más fuerte que fuera su
virtud, no podría resistir la mirada picara del tinoso: la pobre bienaventurada
tenía que rendírsele, entregarle su pudor y su vida, perdiendo por él su ya
ganada salvación, porque sin él ¿para qué le servirían el paraíso o la vida?
Allí, ante el insólito grupo
escultórico de madera y de chulería, doña Flor se detuvo largo tiempo. Y la
nave de piedra y cal, como un barco inmenso, levantó el ancla y partió,
singlando los aires en un mar azul, entre nubes, cielo adentro.
10
Tanto se esmeró doña Flor que la
fiestita fue de la más notables, un éxito completo que vino a coronar el primer
aniversario del «feliz connubio de dos almas gemelas», como dijo con acertado
estilo el doctor Silvio Ferreira, secretario general (reelecto) de la Sociedad
Bahiana de Farmacia, levantando su copa para brindar por los esposos, «por
nuestro estimadísimo segundo tesorero y por su digna consorte, dona Flor,
ejemplo de prendas y de virtudes».
Doña Flor había anunciado a don
Clemente que sólo estarían «algunos de los amigos más cercanos», pero al
franquear la puerta, el padre se encontró con la casa llena, y no sólo con los
vecinos. El prestigio del doctor Teodoro y la simpatía de doña Flor atrajo a la
fiesta íntima a un número considerable de personas: dirigentes del gremio de
los farmacéuticos, colegas de la orquesta de aficionados, representantes
comerciales, alumnas y ex alumnas de la Escuela: Sabor y Arte, además de viejos
amigos, algunos de ellos importantes, como doña Magá Paternostro, la ricacha, y
el doctor Luis Henrique, el «cabecita de oro». Don Clemente, antes incluso de
felicitar a la pareja, abrazó al «celebrado hombre de letras»: su
Historia de Bahía
acababa de obtener
un premio del
Instituto,
«codiaciado lauro consagratorio de un
valor auténtico» (vide Junot Silveira, «Libros
& Autores», en A Tarde).
En materia de cultura, además del
discurso del doctor Ferreira, rico en figuras de retórica, hubo algo de música.
El doctor Venceslau Veiga ejecutó dos arias en su violín, siendo aplaudido.
Hubo también aplausos, y muchos, para la joven cantante Marilda Ramosandrade,
«la voz hechicera de los trópicos», a pesar de no tener más acompañamiento que
el ritmo de un pandero, marcado por Oswaldinho.
En la improvisada hora de arte, el
doctor Teodoro se apuntó un tanto con un número que causó verdadera sensación:
tocó, en el fagot, todo el himno nacional, siendo ovacionado al terminar.
Aparte de eso, comieron y bebieron, se rieron y conversaron. Los hombres se
plantaron en la sala de recibo y en la otra sala se instalaron las mujeres, a
pesar de las protestas de doña Gisa, para la cual esa separación de sexo era un
absurdo «feudal y mahometano». Sólo ella y otras dos o tres señoras se
arriesgaron a participar en la rueda masculina, en la que corría la cerveza y
se sucedían las anécdotas, sujetas a la censura de doña Dinorá, todavía
maltrecha y dolorida, pero impertérrita:
- Esa María Antonia es una
desvergonzada... Se queda en medio de los hombres escuchando groserías... y
encima arrastra con ella a doña Alice y a doña Misete... En cuanto a la gringa,
ésa es la peor de todas..., miren cómo alarga el pescuezo para oír...
En compensación, miren a doña Neusa
Macedo (& Cía.), ejemplo de buen comportamiento, en la rueda de las
mujeres, ponderada y discreta, escuchando a Ramiro, un mocito de diecisiete o
dieciocho años, hijo de los argentinos de la cerámica. Si no fuese por ella, el
adolescente no tendría con quién entretenerse, pues los otros jóvenes cercan a
Marilda y le piden sambas, valses, tangos y rancheras, mientras que él sólo
desea hablar de pesca: «Atrapé un vermelho...,
¡tenía cinco kilos!»
- ¡Oh! - exclamaba ella en éxtasis- .
¿Cinco kilos?, ¡qué coloso! ¿Y qué más pescó? (¿Qué apodo ponerle a un pescador
audaz? «Aceite de hígado de bacalao» le iría bien..., y los ojos de Neusoca se
iluminan.)
El argentino, al llegar con la esposa
y el hijo, se encontró en la puerta con don Vivaldo, el de la funeraria
«Paraíso en Flor». Juntos fueron a felicitar a los dueños de casa, y, de
regreso a la sala de los hombres, el porteño Bernabó, con su franqueza un tanto
incivil, comentó la elegancia de doña Flor, cuyo vestido hacía morir de envidia
a las mujeres presentes; y de yapa el inquieto Miltinho, un mariquita que hacía
las veces de ayudante - por lo demás excelente-
en casa de doña Jacy, que lo había prestado para la fiesta, agregó:
«Doña Flor hoy se superó, está de rechupete.»
- El dinero es lo que hace bonita una
mujer... - dijo don Héctor Bernabó- ; mire la elegancia de doña Flor y qué
hermosa está...
Don Vivaldo se fijó; por lo demás, le
gustaba observar a las mujeres, medir los contornos, las curvas, las
concavidades.
- A decir verdad, siempre fue
elegante y graciosa, aunque no tan bonita, es cierto.
Ahora es más mujer, una jamona, pero
no creo que sea el dinero... Es la edad, querido, ella está en el punto exacto.
Son chiflados los que prefieren las chiquilinas: ni diez juntas se pueden
comparar con una señora en la fuerza de la edad, de las que hacen estallar el
vestido...
- Miré qué ojos... - comentó el
argentino, por lo visto también él un experto.
Ojos desmayados, perdidos en la
distancia, como entregados a voluptuosos pensamientos. Don Vivaldo se
preguntaba por qué inspiraba el farmacéutico pensamientos tan tiernos como para
darle a su mujer un aire tan soñador mientras
iba de una sala a otra, atendiendo a
sus invitados, gentil y placentera, una perfecta
dueña de casa. Pero eso lo hacía
mecánicamente.
Don Vivaldo tomó del brazo al
argentino: no es el dinero lo que hace bonita a una mujer, don Bernabó, es el
buen trato, es la paz del espíritu, la felicidad. Esos ojos
desmayados y esas caderas que se
balancean se deben a la alegre serenidad de su
vida.
Curiosa la expresión de su mirada...
¿Cuándo la había visto antes con aquella misma mirada perdida, como si mirase a
su propio corazón? Don Vivaldo buscó en su memoria hasta recordar: era la misma
mirada que tenía durante el velorio del fi-
nado. Con la misma expresión distante
con que hoy recibía las felicitaciones, había
recibido entonces los pésames con los
ojos fijos más allá del tiempo, como si en torno a ellos no hubiese lágrimas de
luto ni risas de fiesta, soledad. Su belleza, percibió don Vivaldo, también le
venía de adentro, en una proporción imprecisable.
En la sala en que estaban las mujeres
el tema de la actual vida feliz de doña Flor se impuso una vez más. Algunas
señoras presentes, las de la orquesta y las de la farmacopea, poco sabían de
aquel primer desastroso casamiento y del vil marido.
No deseaban otra cosa las vecinas y
las chismosas sino contar y comparar: y contaron y compararon a placer. Para
ellas ninguna diversión era mejor: ni las
anécdotas picantes que narraban los
hombres (y las sinvergüenzas como María
Antonia) y que los hacían reír a
carcajadas, en la otra sala, ni rodear a Marilda y pedirle en hora dedicada a
la nostalgia viejas sambas y antiguos valses, como hacían doña Norma, doña
María del Carmen, doña Amelia y los jovencitos (todos locos por Marilda): nada
se podía comparar con el placer del parloteo. El primer casamiento, sépanlo,
queridas amigas, fue un infierno de vida.
Esta felicidad del segundo matrimonio
se hace aún mayor y más preciosa, tiene más valor, por comparación y por
contraste con el error del primero, una prueba a la que la sometió Dios, un
desastre, ¡una desgracia! Cuánto sufrió la pobre mártir en las manos de aquel
monstruo plagado de vicios y maldades, un satanás: hasta llegó a pegarle.
- ¡Dios mío! - dijo doña Sebastiana,
afligida, llevándose la mano al amplio pecho.
¡Cómo había sufrido! Todo lo que
puede sufrir una esposa delicada, humillada, en un calvario de amarguras,
trabajando para mantener la casa y además las juergas
del desenfrenado, siendo que el
juego, como es público y notorio, es el peor de
todos los vicios y el más caro. Si
ahora es feliz..., ¡qué desdichada fue antes!
Doña Flor escuchaba esos recuerdos de
su vida como desde las nubes, los ojos perdidos en una bruma distante. Estando
doña Gisa en el círculo de las anécdotas y doña Norma en la rueda de las
cotorras, nadie se encontraba allí que pudiese abrir la boca para defender al
difunto.
A eso de la medianoche se despidieron
los últimos invitados. Doña Sebastiana, todavía emocionada por el relato de
aquel martirologio que había durado siete
años, ¿cómo pudo soportarlo,
pobrecita?, dijo acariciando cariñosamente el rostro de doña Flor:
- Qué bueno que haya cambiado todo y
que usted tenga al fin lo que merece... Marilda, ofuscando con su luz de
estrella a los jóvenes estudiantes, se lanzó a
entonar un tango- canción, de
serenata, ése que dice: «Noche alta, cielo risueño, la quietud es casi un
sueño...», ...el tango de doña Flor, enterrado en el mundo del
difunto.
El doctor Teodoro, con una sonrisa de
satisfacción, acompañaba hasta la puerta a los últimos convidados, un grupo
ruidoso, enzarzado en una discusión inacabable sobre los efectos de la música
en el tratamiento de ciertas enfermedades. El doctor Venceslau Veiga y el
doctor Silvio Ferreira disentían. Para no perderse el final de la polémica, el
dueño de casa acompañó a los amigos hasta el tranvía. Ya no se oía el canto de
Marilda.
Doña Flor, a solas, dio espaldas a
todo aquello: los dulces, las botellas, el desarreglo de las salas, los ecos de
las conversaciones en la acera, el fagot mudo y grave, en un rincón. Fue hacia
el dormitorio, abrió la puerta y encendió la luz.
- ¿Tú? - dijo con voz cálida, pero
sin ninguna sorpresa, como si lo hubiese estado esperando.
En la cama de hierro, desnudo, tal
como doña Flor lo viera en la tarde de aquel domingo de carnaval, cuando los
hombres de la Morgue trajeron el cuerpo, allí
estaba Vadinho, acostado, a sus
anchas; sonriendo, le hizo señas con la mano. Respondió doña Flor, sonriendo
también, ¿quién podía resistir la gracia del perdido,
aquella expresión de inocencia y de
cinismo, esa mirada lasciva? Ni una santa de la
Iglesia pero cuanto más ella, doña
Flor, una simple criatura.
- Bien mío... - dijo con su voz
querida, perezosa, lenta.
- ¿Por qué viniste justamente hoy?
- Porque me llamaste..., y hoy me
llamaste tanto y tanto que vine... - como si dijera que sus llamadas habían
sido tan insistentes e intensas que llegaron a borrar
los límites de lo posible y lo
imposible- . Pues aquí estoy, mi bien, llegué ahora
mismito... - y, semiincorporándose,
le tomó la mano.
Atrayéndola hacia sí, la besó. En la
mejilla, porque ella apartó la boca:
- En la boca, no. No se puede,
loquito.
- ¿Y por qué no?
Sentóse doña Flor en el borde del
lecho y Vadinho de nuevo se tendió con libertad, entreabriendo las
piernas y mostrándolo
todo, todas aquellas
prohibidas (y
hermosas) indecencias. Doña Flor se
enternecía con cada detalle de ese cuerpo: no
lo había visto desde hacía tres años,
pero estaba igual, como si no hubiera pasado el tiempo.
- Estás igual, no cambiaste ni un
poquito. Yo engordé.
- Tú estás bien..., ni te lo
imaginas... Pareces una cebolla carnosa, jugosa, de ésas que da gusto morder...
El que tiene razón es el zafado Vivaldo... Le echa cada mirada a tu pandero,
ese crápula...
- Saca de ahí la mano, Vadinho, y
déjate de mentir... Don Vivaldo nunca me miró así, siempre fue respetuoso...
Vamos, saca la mano...
- ¿Por qué, mi bien...? ¿Sacar la
mano... por qué?
- ¿Tú te olvidas, Vadinho, que soy
una mujer casada y seria? Sólo me puede meter mano mi marido... Vadinho le
guiñó un ojo, insinuante:
- ¿Y yo qué soy, mi bien? Soy tu
marido..., ¿ya te olvidaste? Yo soy el primero,
tengo prioridad...
Ése era un problema nuevo. Doña Flor
no había pensado en él y no supo qué contestar:
- Tú inventas cada cosa... No das pie
para que una razone...
En la calle, de vuelta, resonaban los
pasos firmes del doctor Teodoro.
- Allí está él, Vadinho, vete ya...
Me alegra, no sabes cuánto me alegra haberte visto... Fue más que bueno...
Vadinho, muy tranquilo, siguió a sus anchas.
- Vete ya, loco, que él está
entrando, va a cerrar la puerta.
- ¿Y por qué voy a irme, dime?
- Va a aparecer él y verte aquí, y
¿qué le voy a decir?
- Tonta... Él no me va a ver..., sólo
puedes verme tú, flor de mi perdición...
- Pero él se va a acostar en la
cama...
Vadinho hizo un ademán de pena e
impotencia:
- No lo puedo impedir, pero,
apretándonos un poco, cabemos los tres... Esta vez ella se enojó realmente:
- ¿Qué es lo que piensas de mí? ¿O ya
olvidaste cómo soy? ¿Por qué me tratas como si fuera una mujer de la vida, una
meretriz? ¿Cómo te atreves? ¿Ya no me
respetas? Tú sabes bien que soy una
mujer honesta...
- No te enojes, mi bien... Fuiste tú
quien me llamó...
- Sólo quería verte y conversar
contigo...
- Pero si aún no hemos hablado...
- Vuelve mañana y entonces
conversaremos...
- No puedo estar yendo y viniendo...
¿O piensas que es un viaje de juguete como ir de aquí a Santo Amaro o a la
Feira de Sant'Ana? ¿Crees que basta con decir «voy a tal parte, ahora vuelvo»?
Mi bien, ya que vine, me instalo de una vez...
- Pero no aquí, en el dormitorio, en
la cama, por el amor de Dios. Mira, Vadinho, incluso aunque él no te vea, yo me
quedo como muerta, sin saber qué hacer. No tengo cara para eso - dijo con voz
entrecortada... (él nunca quiso verla llorar).
- Está bien, voy a dormir en la sala,
mañana resolveremos eso. Pero antes quiero un beso.
Él doctor ya estaba lavándose en el
cuarto de baño, se oía correr el agua. Ella
ofreció la mejilla, pudorosa.
- No, mi bien... En la boca, si
quieres que me vaya...
El doctor aparecería de un momento a
otro... ¿Qué otra cosa podía hacer sino satisfacer la exigencia del tirano,
ofrecerle los labios?
- ¡Ay, Vadinho, ay...! - Y no dijo
nada más, labios, lengua y lágrimas - ¿de
vergüenza o de alegría?- , enjugados
por aquella boca voraz y sabia. ¡Ah, ése sí que era un beso!
Él se fue totalmente desnudo como
estaba, ¡tan bello y tan viril! El dorado vello le
cubría brazos y piernas, una mata de
pelos rubios en el pecho, la cicatriz del navajazo en el hombro izquierdo, el
bigote insolente y la mirada de chulo. Salió dejándole el beso, que le quemaba
en la boca (y en las entrañas).
Trasponiendo la puerta, el doctor
Teodoro le hizo los debidos elogios:
- Una fiesta de primera, querida.
Todo en orden, no faltó nada, todo perfecto. Así es como me gusta, sin un error
- dijo. Y fue a cambiarse tras el respaldo de la cama, mientras ella se ponía
el camisón.
- Felizmente, todo salió bien,
Teodoro.
Para celebrar el aniversario se puso
el camisón de encajes y volantes de la noche de bodas en Paripé, obra de doña
Enaide, guardado desde entonces. Se contempló
en el espejo, sintiéndose bonita y
deseable. Y tuvo ganas de que la viese Vadinho,
aunque fuera sólo una ojeada.
- Voy adentro a beber un vaso de
agua, vuelvo en un minuto, Teodoro.
Era posible que el otro se hubiera
quedado dormido, fatigado por el largo viaje. Para no despertarlo, entró al
corredor caminando de puntillas. Sólo quería verlo un instante, acariciar su
rostro si estaba dormido y mostrarle (de lejos), si estaba des- pierto, el
camisón.
Llegó justo a tiempo para verlo salir
a través de la puerta, desnudo y apurado. Se quedó inmóvil, helada, sintiendo
que le dolía el corazón; ¿se habría ofendido
decidiendo irse de vuelta y dejándola
sola para siempre? Nunca más vería su rostro
delicado para posar en él sus labios,
nunca más se podría exhibir en camisón ante él (para que él extendiese la mano
y se lo sacase, riéndose). Nunca más. Se había ido ofendido.
Mejor así, quizá. Seguramente mejor
así. Era una mujer recta..., ¿cómo mirar a otro hombre, aun a ése, cuando su
marido la esperaba en la cama, con el pijama nuevo (regalo de aniversario del
casamiento)? Mejor así, mejor que Vadinho se hu- biera ido para siempre. Ya lo
había visto, ya lo había besado, no deseaba nada más. Mejor así, repetía, mejor
así.
Pudo marcharse de allí e irse al
dormitorio. ¿Por qué partiría él de regreso tan pronto? ¿Por qué se fue tan de
repente si para venir hubo que atravesar el espacio
y el tiempo? Quién sabe..., a lo
mejor no se fue para siempre.
Quién sabe, quizá salió a pasear,
echar una ojeada a la noche de Bahía, ver cómo andaba el juego, cómo lo habían
cultivado en su ausencia..., habría salido sólo a inspeccionar, de ronda, del
Pálace al carteado de Tres Duques, del Abaixadinho a la casa de Zé da
Meningite, del Tabaris al antro de Paranaguá Ventura.
V.
De la terrible batalla entre el espíritu y la materia, con singulares
acontecimientos
y pasmosas circunstancias, que sólo
podían ocurrir en la ciudad
de Bahía, y crea lo que aquí se
cuenta quien quisiere
(con un coro de atabaques y agogós y
con Exu lanzando una cantiga picaresca: Ya cerré la puerta,
ya la mandé abrir).
ESCUELA DE COCINA
«SABOR Y ARTE»
Lo que les gusta a los orixás
y lo que les repugna
(Información suministrada por
Dionisia de Oxóssi)
Todos los miércoles Xangó come amala,
y en los días de respeto come tortuga o carnero (ajapá o agutan). A Ewa, orixá
de las fuentes, le repugnan la cachaca y la
gallina. lyá Massé come conquém. Para
Ogun, reservar el chivo y el akikó, que así
se llama al gallo en lenguaje de
iniciado. Omolu no soporta el cangrejo.
De espejo y abanico, de melindre y
mimo, a Oxun le gusta el acara y el ipeté hecho con ñame, cebolla y camarones.
Para acompañar a la carne de cabra, su carne predilecta, servirle al mismo
tiempo: harina de maíz con aceite de palma y miel de
abejas.
Oxóssi, a quien le encanta ser muy
respetado, rey del Ketu, cazador, está lleno de repugnancias. En la selva
enfrenta al jabalí, pero no come pescado si éste tiene piel, no tolera el ñame
ni el frijol blanco y no quiere ventanas en su casa; su ventana es la selva.
A la guerrera que no teme a la muerte
ni a los eguns, a Yansá, no le ofrezcan calabaza, ni le den lechuga o zapote,
ella come acarajé. Frijoles con maíz para Oxumaré, y para Nanan carurú bien
sazonado. (El doctor Teodoro es de Oxalá, se le ve en seguida por su seriedad y
compostura. Cuando luce temo blanco y lleva su fagot, es igual a un paxoró,
parece Oxolufan, Oxalá viejo, el mayor de los orixás, el padre de todos.) Las
comidas de Oxalá son ojojó de ñame, despacho de maíz blanco, girasol y acaca. A
Oxalá no le gustan los condimentos, no usa sal ni tolera el aceite.
(Dicen que fue el Asobá Didi quien
hizo los conjuros para el finado y los búzios los confirmaron tres veces: el
santo de Vadinho era Exu y no otro. ¿Será Exu el diablo, como se afirma por
ahí? Quizá sea Lucifer, el ángel caído, el rebelde que enfrentó a la ley y se
vistió de fuego.)
Es comida para Exu todo cuanto la
boca prueba y come, pero bebida es una sola, la
cachaca pura. Exu espera las
encrucijadas, sentado en la noche, para tomar el camino más difícil, el más
estrecho y complicado; según dicen todos, el mal camino, pues Exu sólo acepta
el reinado. ¡Qué Exu más reinador el de Vadinho!
1
No tardaría el croupier en anunciar
la última bola: habían llegado la madrugada y el cansancio. Desesperada, Madame
Claudette iba de jugador en jugador, extendiendo su mano pedigüeña de uno en
otro. Ya ni siquiera conseguía dar a los ojos y a la voz el tono de convite, el
toque de malicia, la promesa de un dulce pago. Ya no le quedaba ni un resquicio
de amor propio, sólo miedo al hambre, a morir de hambre. Ya no decía, con su
puro acento parisiense: «mon chéri», «mon petit coco», «mon chou»; sólo
suplicaba - la voz saliéndole de entre los dientes podridos- una ficha, al menos una de las más chicas, de
cinco mil- réis. No para jugar, sino para cambiarla, asegurándose así la comida
del día siguiente.
Si la hubiesen atendido cuando entró,
burlando la vigilancia del portero, o conmoviéndolo (había orden de no dejarla
pasar), hubiera puesto la ficha en la ruleta para que se multiplicase - con
toda seguridad- , obteniendo así dinero para el alquiler, vencido, de la
pocilga en el conventillo de Pelourinho, donde vivía junto a los ratones y las
cucarachas (unas cucarachas negras y cascarudas, que se subían a la cama, un
asco). Cada mañana la despertaban los gritos y carraspeos, las amenazas de
desalojo inmediato de Pestilente, cobrador de la señora doña Inmaculada Taveira
Pires, propietaria de aquel y de otros muchos tugurios, cuya renta íntegra le
había dejado el comendador para sus caridades.
En cuanto al alquiler..., ¿quién
sabe?, tal vez pudiese conseguir otro plazo, por un día o dos, si el Pestilente
se sintiera dispuesto a «aliviar la materia», como él decía, y ella
satisfaciera sus necesidades. Precio terrible, al decir de quienes conocían a
Pestilente (aun conociendo también a Madame Claudette y su extremada
decadencia: comparada con él, ella era perfume y flor).
Cercana a los setenta - si no los
tenía ya- , casi calva, apenas con unos pocos pelos, le quedaban restos de los
dientes, y tenía cataratas en los ojos. Ya no estaba en condiciones de ejercer
el honrado oficio en el que un día fuera excelsa majestad, cuando los clientes
hacían cola en la sala de la pensión- de- mujeres en donde lo cumplía con
refinamiento. Había desembarcado en San Salvador cuando poseía toda la fuerza y
el encanto de los cuarenta años, pareciendo de veinticinco - vía Buenos Aires,
Montevideo, San Pablo, Río- , «sensación de París» y del alto meretricio de
Bahía. Hacía tanto tiempo, que Madame Claudette no guardaba de él sino un débil
recuerdo, de modo que la remembranza de todo aquel fausto ni siquiera le servía
como fuente de alegría.
Fue descendiendo poco a poco, calle a
calle, desde la Pensión Europa, en la Praga do Teatro, cumbre suprema de lo
chic, donde los coroneles del cacao tiraban
billetes de quinientos y aprendían,
en cursos intensivos, las gálicas finuras del
placer; de allí fue bajando de
jerarquía y de precio hasta llegar, tras un viaje de años y años,
implacablemente, a la última inmundicia en la falda de las laderas, el arroyo
de Juliáo, al del Pilar, el callejón de la Carne Podrida. Y por último, ni tampoco
eso. Desde entonces fue aguantando su hambre amarga en los cuartos más
miserables. Trotadera a escondidas, se ofrecía por dos gordas en las esquinas
más lúgubres, «miché de París, mon coco». Cierta vez, un negro que andaba en
los comienzos de la borrachera, le dijo, casi afectuosamente, dándole una
moneda:
- Vaya a criar a sus nietos,
abuelita, usted ya no sirve para puta.
No tenía nietos, ni un pariente, ni
un amigo, ni nada. Tampoco le quedaban vestidos
elegantes para ponerse, y sus
últimos trapitos eran
una mezcla de
remiendos y suciedad. Había vendido,
pieza por pieza, todo cuanto poseyera. De la
última joya, la que conservara por
más tiempo (herencia de la familia), se había desprendido cierta madrugada,
hacía unos diez años (más o menos, pues Madame Claudette hace mucho que dejó de
contar meses y años), cuando, ya en la decadencia, ejercía en la calle San
Miguel miché barato. Vadinho, cofrade insensato pero galante, le había ofrecido
montones de dinero y se llevó el collar azul- turquesa.
En ese instante, allí, ante la mesa
de la ruleta, en el momento exacto de hacer juego, al girar la última bola,
Madame Claudette, sin fichas, sin un vintén, y sin esperanzas, se acordó de
Vadinho. Con ganancias o pérdidas, en noche de suerte o de mala sombra, jamás
dejara él de ofrecerle por lo menos una ficha de diez tostóes y un palpito. En
una ocasión él casi hizo saltar la banca en el Casino Tabaris, saliendo con los
bolsillos abarrotados de dinero y yendo a festejarlo con una panda de amigos,
en un itinerario de copas, de lugar en lugar. En cada uno de ellos, al llegar,
distribuía, como un rey de cuentos de hadas, billetes de cinco y diez mil-
réis, y algunos de veinte y cincuenta. Fue un delirio, las atorrantas lo
llevaban en andas.
Si Vadinho viviese, si estuviera
allí, al menos le daría una ficha, asegurándole el bife con frijoles y el
paquete de cigarrillos, y además lo haría con aquella traviesa
sonrisa suya, con su insolente
gracia, mientras decía: «A su disposición, Madame, a
su servicio.» Madame respondía:
«Merci, mon chou», y se iba a jugar. Pero, ¡ah!, había muerto joven, en un
carnaval, si no le fallaba su borrosa memoria.
Sucedió exactamente en el momento en
que lo recordaba, justamente entonces: Chastinet, el croupier perfecto, iba a
recoger y pagar la última bola, con las manos
llenas de fichas - de cien, de
doscientos, de quinientos: las de quinientos eran
grandes, de madreperla, una belleza-
, cuando sintió algo, una angustia, como si le atravesaran el cuerpo. Soltó un
grito ronco y breve, le cayeron los brazos abriéndosele las manos y las fichas
rodaron por la alfombra.
Los malandras se precipitaron
rápidamente y hubo una confusión de hombres y mujeres agachándose y disputando.
Sólo Madame Claudette, de puro confundida y desesperada, no tuvo fuerzas para
entrar en el remolino y se quedó quieta hasta que Chastinet, ya repuesto, se
arrodilló para recoger lo que quedaba. También Granuzo, jefe de sala, venía
corriendo para salvar lo que se pudiese. Sobraron
fichas para todos menos para ella,
atónita.
De pronto, Madame Claudette sintió
que una mano le ponía en el fláccido pecho una de las grandes, de las de
quinientos, de las de madreperla, dinero de sobra para pagar el cuarto y
garantizarle una quincena de almuerzos.
«A su disposición, Madame, a su
servicio», le pareció que decía una voz como aquella otra,
llena de astucia
y picardía. «Merci, mon
chou», respondió ella,
siguiendo la antigua costumbre. Tomó
el camino de la caja para realizar su fortuna,
pues era demasiado vieja y curtida
para buscar una explicación al misterio. Probablemente alguno de los jugadores,
con generosidad y rapidez, le había puesto en el escote una de aquellas fichas
robadas. «Merci, mon vieux...», fuera quien fuese.
2
Doña Flor despertó sobresaltada. El
doctor Teodoro ya se había bañado y afeitado y comenzaba a vestirse.
- Dormí demasiado...
- Es natural, querida, debes estar
muerta de cansancio. No es un juego preparar una francachela como la de anoche
y además recibir y atender a la gente... Necesitas descansar. ¿Por qué no te
quedas en cama? La empleada preparará todo...
- ¿En cama? Si no estoy enferma...
Y se levantó, arreglándose a toda
prisa: todas las mañanas desayunaban juntos, y a toda costa quería ser ella
quien pusiese el cuscuz a calentar; sólo ella sabía preparar la masa al gusto
del marido, leve y esponjosa. Para conseguirlo le ponía
una pizca de tapioca en polvo.
Estaba cansada, sí, pero no por la
fiesta; tenía el cansancio de una noche de insomnio, el oído alerta, como en
otros tiempos, esperando los pasos conocidos en la calle, a altas horas. Además
de otra inquietud: ¿había notado Teodoro, por
casualidad, alguna diferencia en ella
cuando se celebró el festejo principal con que cerraron las brillantes
conmemoraciones del aniversario? No era miércoles ni sábado, pero doña Flor
tenía puesto el camisón nupcial y el doctor dijo:
- ¡Qué recuerdo más gentil, querida!
Hay ocasiones que se imponen, perdóname si hoy abuso sin hacer caso al
calendario...
Él era siempre así, tan prudente y
delicado, ¿qué mujer no quedaría cautiva de su
educación? Aceptó doña Flor, pero con
los sentimientos en desorden. Sus labios dolidos, la boca hecha una brasa, la
lengua un fuego, conservaban el gusto picante de Vadinho, su ardiente sabor; y
el beso con que el doctor, invariablemente, daba principio a sus transportes,
le supo a fofo e insípido.
Llena de confusión, se perdió en el
camino, rompiéndose la coordinación justa y perfecta que los unía en el placer,
casto pero impetuoso. En su turbación, no pudo
acompañar al marido paso a paso como
de costumbre, y allá se fue él primero,
mientras que doña Flor, en el bis
(pues hubo bis), consiguió liberarse de la prisión de sus tensos nervios. Jamás
se había dado así, con tanto desacierto, casi repitiendo los errores de la
noche de Paripé. Por suerte, aunque él la hubiese notado extraña y esquiva,
seguramente atribuyó el desencuentro y el comporta- miento a la fatiga, al
ajetreo de la fiesta de cumpleaños.
De mañanita, cuando la primera luz,
todavía confundida con la noche, comenzaba a extenderse por las paredes, doña
Flor oyó unos pasos a lo lejos, y sólo entonces se quedó dormida, con un sueño
pesado, como si hubiera tomado estupefacientes. Ahora se ponía las chinelas, la
bata floreada sobre el camisón, se pasaba el peine por el pelo y se encaminaba
a la cocina. Pero al llegar a la sala descubrió al perverso, tendido
sobre el diván,
en toda su
impúdica desnudez. Tenía
que despertarlo sin falta antes de condimentar el cuscuz (desde la
cocina llegaba el suave aroma del café, que el ama estaba colando). Doña Flor
tocó el hombro de Vadinho y él abrió un ojo, rezongando:
- Déjame dormir, acabo de llegar...
- No puedes dormir aquí, en la
sala...
- ¿Qué tiene de particular?
- Ya te dije, me turbas...
Él hizo un gesto de impaciencia:
- ¿Y yo qué tengo que ver...? Déjame
en paz. .
- Ya comienzas con tus modales de
bruto... Por favor, Vadinho... Él volvió a abrir los ojos y sonrió
perezosamente:
- Está bien, boba. Voy al
dormitorio... ¿Ya salió mi colega?
- ¿Colega?
- Tu doctor... ¿No nos hemos casado
contigo los dos, no somos tus maridos? Colegas de concha, mi bien... - Y la
miraba con complicidad e impudor.
- ¡Vadinho! No te admito esas
groserías...
Había alzado la voz, y de la cocina
se oyó a la empleada:
- ¿Me hablaba, doña Flor?
- Decía que ya voy a hacer el
cuscuz...
- No se enfurruñe, mi bien... - dijo
Vadinho levantándose. Tendió la mano para agarrarla..., ¡oh, qué desnudez más
indecente!..., pero ella huyó.
- No tienes juicio...
Los dos hombres se cruzaron en el
comedor, y, viéndolos pasar, uno que salía, otro que entraba, doña Flor sintió
ternura por ellos, tan diferentes, pero ambos maridos
suyos ante la iglesia y el juez. «Los
dos colegas», se acordó riéndose de la graciosa
picardía. En seguida se contuvo:
«Dios mío, me estoy volviendo de un cinismo que ni Vadinho.» Además, el cínico
le estaba haciendo una guiñada de entendimiento mientras sacaba la lengua en
dirección al doctor, haciendo con la mano un gesto pornográfico. Doña Flor se
disgustó.
No, eso no estaba bien, y ella no
podía tolerar esas indecencias, esas bromas sucias, esas maneras de granuja,
esas groserías y abusos. Ya era tiempo de que
Vadinho aprendiese a comportarse en
una casa respetable.
El doctor, afeitado al ras, de
chaleco y chaqueta, reluciente, le decía:
- Hoy estamos un tanto atrasados,
querida...
- Dios mío, el cuscuz - exclamó doña
Flor corriendo hacia la cocina.
3
Al finalizar la clase del turno de la
mañana, cuando las alumnas estaban echando a suertes para ver quién se llevaría
la compotera de baba- de- moca para su casa, doña Flor sintió su presencia ya
antes de verlo.
Aún no se había acostumbrado al hecho
de que sólo era visible para ella, y, al encontrarlo junto a la mesa,
exhibiéndose completamente desnudo, se estremeció. Pero como las alumnas no
reaccionaban ante el escándalo, recordó su privilegio: para los demás, su
primer marido era invisible. Mejor así.
Las alumnas continuaron riendo y
bromeando como si entre ellas no estuviese un hombre desnudo en pelo, que las
estudiaba de arriba abajo con ojo clínico, demorándose en las más bonitas, el
abusador. Ahí estaba otra vez perturbando las clases, metiéndose con las
alumnas igual que antes. A propósito, Vadinho le debía ciertas explicaciones, la rendición de
algunas viejas cuentas atrasadas: lo
de aquella pérfida Inés Vasques dos Santos, la esquelética.
Muy suelto de cuerpo, a sus anchas,
con paso ligero, casi un paso de danza, dio tres vueltas en torno a la
exuberante Zulmira Simóes Fagundes, criolla augusta, de
opíparas caderas, de sueltos,
independientes senos de bronce (por lo menos lo
parecían), secretaria privada del
poderoso magnate señor Pelancchi Moulas, muy privada al decir de la gente.
Habiendo aprobado sus ancas con
preferencia y alabanza, Vadinho quiso poner en
claro de una vez por todas el enigma
de los senos: ¿serían realmente de bronce o solamente de una extraordinaria
firmeza? Para salir de dudas se elevó en el aire, los pies hacia arriba, la
cabeza hacia abajo y escudriñó en el descote de la princesa de la nación nagó.
Doña Flor se quedó muda, aterrada:
todavía no lo había visto nunca en vilo, tan a su arbitrio en el aire como en
tierra firme, manteniéndose en él del modo que mejor le conviniese: vertical o
extendido horizontalmente, inclinado o de cabeza para abajo, como en aquel
momento estaba, espiando los pechos de la soberbia moza.
A las alumnas no les era dado verlo,
es cierto, pero algo debían sentir en la atmósfera, pues estaban nerviosas en
demasía, riéndose y hablando sin ton ni son, con una especie de presentimiento.
Doña Flor se fue poniendo furiosa, Vadinho estaba sobrepasando todos los
límites.
Y realmente los sobrepasó cuando, no
satisfecho con escudriñar, metió la mano escote abajo para averiguar,
definitivamente, de qué materia prima estaban hechas aquellas divinas
creaciones: ¿eran de carne y sangre, o eran un milagro?
- ¡Ay! - gimió Zulmira- , me están
tocando... Doña Flor perdió la cabeza ante tanta canallada y explotó, gritando:
- ¡Vadinho!
- ¿Quien? ¿Qué ¿Cómo? ¿Qué le pasa?
¿Qué fue? - Atontadas, excitadas, las alumnas rodeaban a la compañera y a la
profesora- . ¿Qué fue lo que dijo, doña
Flor? ¿Y usted, Zulmira?
Zulmira explicó, suspirando
mimosamente:
- Sentí que algo me tocaba y palpaba
el seno..
- ¿Le duele?
- No... Fue más bien agradable...
Doña Flor se repuso con esfuerzo...
Vadinho había desaparecido al oír su indignada exclamación.
4
Al atardecer, Vadinho le insistió dos
o tres veces, con tono zumbón, sonriendo burlonamente:
- Vamos a ver quién puede más, mi
santa... Tú con tu doctor y tu orgullo, o yo...
- ¿Tú con qué?
- Yo, con mi amor...
Era un desafío, y doña Flor,
fortalecida por la promesa que él le hiciera poco antes (no la tomaría por la
fuerza, sólo a las buenas, con su consentimiento), se apuró a aceptarlo,
dispuesta a correr el riesgo, pues para eso poseía un carácter íntegro y un
ánimo valeroso. «Quien atravesó, arrogante mío, sin quemarse el infierno de la
viudez, no le tiene miedo a fantasmas
ni a seductores»:
- Pongo mi honestidad por encima de
todo... Vadinho se echó a reír:
- Estás hablando lo mismito que el
doctor, mi bien. De un modo estrambótico, muy engolada, pareces un profesor...
Ahora le tocó a ella reír:
- Soy profesora, ya lo era antes de
conocerlo a él y de conocerte a ti. Y por más señas una profesora muy
cotizada...
- Profesora de manjares y de
presunción...
- ¿Crees de verdad que me volví
presuntuosa? ¿Que cambié?
- Tú nunca vas a cambiar, mi bien. Tu
única presunción es tu honra. Pero ya la gocé una vez y la voy a gozar otra...
Por más profesora que seas, mi bien, en el yogar eres mi alumna. Y yo vine aquí
para acabar de formarte...
Siguiendo el juego, entre risas y
bromas, tiernamente, se quedaron conversando hasta la hora del almuerzo. Doña
Flor, llena de aires y de jactancia: jamás lograría doblar Vadinho su voluntad
de mujer honesta y vencer su virtud de casada. La otra
vez era una adolescente cohibida, no
supo regular las emociones del primer amor y
allá se le fue la honra, en la brisa
del Itapoá. Pero ahora era una mujer experimentada en el dolor y en la alegría
y conocía el precio y el significado de cada cosa. Vadinho se iba a cansar de
esperar.
Mas él no creía que la resistencia de
ella fuese invencible:
- Vas a entregárteme cuando menos lo
esperes... Como la otra vez..., ¿y sabes por qué?
- ¿Por qué?
Arrogante, insolente, él contestó:
- Porque te gusto y porque en el
fondo, allá muy en el fondo, donde ni tú misma puedes ver, estás loquita de
ganas de entregarte a mí...
Vadinho estaba lleno de ardides y de
compadradas. Doña Flor, firme en su decencia
fundamental, le respondió:
- Esta vez vas a perder... el tiempo
y la serenata...
Fue un atardecer sereno y lleno de
encanto, a pesar de sus comienzos difíciles y desagradables. Cuando, después de
las clases vespertinas, doña Flor salió del baño y se estaba perfumando y
peinando ante el espejo, semidesnuda, con sólo el sostén y la bombacha, sintió
un murmullo de aprobación que procedía de alguna parte del aposento. Sin
embargo, antes de entrar y de salir del baño, había revisado el cuarto,
comprobando la ausencia de cualquiera de sus dos maridos: el doctor estaba
todavía en la farmacia y Vadinho no volvió a aparecer desde el escándalo del
primer turno. Pues bien: allí estaba el tinoso, sobre el ropero, balanceando
las piernas. Borroso en la penumbra, parecía hecho de la misma madera que el
ángel colocado en el corredor de la iglesia de Santa Tereza. Su mirada caía
sobre los hombros de doña Flor, tan libidinosamente, que su gula parecía que
iba a resbalar como un aceite sobre ella, sobre su cuerpo húmedo. ¡Dios mío!,
exclamó doña Flor, tomando la bata para vestirse a todo lo que daba.
- ¿Y eso por qué, mi bien? ¿Es que yo
no te conozco, toda, todita entera? ¿Hay alguna parte que no te haya besado?
¿Qué tontera es ésa?.., ¡qué estupidez...!
Con un salto de bailarín - ¡qué
ligereza de movimientos!- su cuerpo
desnudo
atravesó la luz y la sombra y vino a
aterrizar con elegancia sobre la cama de hierro,
sobre el nuevo colchón de resorte:
- Hijita, este nuevo colchón es una
nube, es más que bueno... Mi enhorabuena...
Y se estiró con indolencia. Un rayo
de luz destacaba la sonrisa satisfecha en su rostro sensual y tentador. Doña
Flor, en la sombra, lo contemplaba.
- Ven aquí, Flor, ven a acostarte
conmigo, vamos a yogar un poquito. Acuéstate aquí, vamos a rodar en este
colchón fabuloso...
Todavía con rabia por lo acontecido
con las alumnas - por aquel despropósito de
Vadinho metiéndole mano a los senos
de Zulmira, y a la apestada le gustó, pues aun sin percibir al sinvergüenza, se
derretía toda, en desmayado ademán- , doña Flor reaccionó con brusquedad:
- ¿Te parece poco lo que hiciste? Y
no contento con eso ¿todavía vienes a esconderte para espiarme? En todo este
tiempo no has mejorado tu modo de
conducirte, podías haber
aprovechado...
- No te pongas así, mi bien...
Acuéstate aquí, juntito a mí.
- ¿Aún tienes coraje para pedirme que
me acueste contigo? ¿Qué es lo que piensas de mí? ¿Que no tengo honra ni
carácter? Vadinho no quería discutir:
- Mi bien, ¿por qué ese enojo? No
hice nada exagerado... Sólo dejé que los ojos se regalaran en la anatomía de la
moza... Nada más que por curiosidad, para saber
cómo están hechos esos caprichos de
Pleancchi Moulas. Dicen que él mama en esos pechos... - Se rió y después dijo
en voz baja- : Venga, mi bien, siéntese aquí junto
a su maridito, ya que no quiere
acostarse, ya que tiene miedo. Siéntese, para hablar dos palabras..., ¿no
fuiste tú misma quien dijo que necesitabas hablar?
- Si me siento vas a querer tomarme
por la fuerza...
- ¡Ah, si yo pudiese!..., ¿así que
crees que si yo pudiera tomarte por la fuerza, sin tu consentimiento, estaría
aquí adulándote, perdiendo el tiempo? Por la fuerza, mi bien, jamás te voy a
poseer: toma nota de eso, que es palabra de Vadinho...
- ¿Tienes prohibido forzarme?
- ¿Prohibido? ¿Y por quién? No hay
Dios ni diablo que me prohiba nada. ¿No lo sabes tú? ¿Acaso no has vivido
conmigo siete años?.. ¿Y todavía no me conoces?
- ¿Y por qué, entonces?
- ¿Alguna vez te tomé a la fuerza?
Dime.. una sola...
- Nunca...
- ¿Y entonces? Yo mismo me lo
prohibí, nunca necesité forzar a una mujer, y una vez que Mirandáo quiso
apoderarse de una negrita por las malas, en el arsenal de la Uniáo, yo no lo
dejé... Este fulano, querida, sólo toma lo que le dan y cuando se
lo dan de buen grado, de corazón... A
la fuerza, ¿qué gusto puede haber que no sea
malo?
La contempló largamente, volviendo a
sonreír.
-
Tú vas a dárteme, Florcita linda, y yo estoy loco porque llegue pronto
la hora de gozar tu peladita... Pero eres tú misma quien te me vas a dar, quien
va a abrir las piernas, pues yo sólo quiero cuando tú también quieres. No te
quiero con gusto a odio, mi bien.
Ella sabía que ésa era la pura
verdad: el orgullo crecía en el pecho del (primer) marido como una aureola,
como un resplandor. No precisamente de santo, sino de hombre, de hombre macho y
derecho. Entonces doña Flor se sentó al borde del lecho; Vadinho, tendido junto
a ella, la miraba. Sintió relajarse sus nervios y se abandonó, desarmada frente
a él. Apenas se sentó y ya la mano del bandido le descendía por la cintura al
ánfora del vientre. Se levantó indignada:
- Verdaderamente, no tienes
arreglo... Me hiciste creer que hablabas de corazón, que eras un hombre de
palabra. Pero en seguida te desmientes, y comienzas a
meter mano...
- ¿Y acaso te estoy obligando,
tomándote a la fuerza? ¿Sólo porque puse la mano en tu ombligo? Siéntate aquí y
escucha, mi bien: no te voy a forzar, pero eso no quiere decir que no haga
todo, todo, que no use todos los recursos para que tú te me des por tu propia
voluntad. Siempre que te pueda tocar te voy a tocar, cuando pueda darte un beso
te lo voy a dar. No te engaño, Flor mía, voy a hacer todo, todo, y a prisa,
porque estoy loco por comerte todita, vine muerto de hambre.
Era un reto: su honra de mujer
honesta contra la fascinación de Vadinho y su labia, su jactancia y su
picardía.
- No te engaño, Flor, te voy a
envolver, y cuando ese doctor tuyo menos se lo piense tendrá una corona de
cuernos en la cabeza. Además, mi bien, con esa
cabezota y alto como es, va a quedar
lindo, va a ser un pedestal de la mejor calidad para la cornamenta.
¿La desafiaba? Pues muy bien, mi
señor primer marido y garañón de fama en las casas de cita y en la zona, sutil
seductor de solteras y casadas, el menda, el
bigardo: por más astuto que seas no
vas a gozar otra vez mi peladita. Con toda tu
astucia, con toda tu labia, con tu
prosopopeya entera, mi bigardo, no me dejaré vencer ni burlar: soy una mujer
honesta, no voy a manchar mi nombre ni el de mi marido. Acepto el desafio.
Luego de reflexionar de ese modo,
tomó una decisión y volvió a sentarse al borde del colchón:
- No hables así, Vadinho, es feo...
Respeta a mi marido..., no digas esas palabras,
vamos a hablar de cosas serias. Si yo
te llamé, como tú dices, fue para conversar contigo. No era con mala intención.
¿Por qué tienes una idea tan baja de mí?
- ¿Yo? ¿Cuándo pensé mal de ti?
- Fui tu mujer durante siete años...,
tú andabas suelto por la calle... y no sólo en el juego. Vivías en la cama de
todas las mujeres perdidas de Bahía, te metiste con muchachas y con mujeres
casadas, unas tipas todavía peores que las de la vida... Y ya que hablamos de
esas estúpidas, acabo de descubrir que anduviste liado con Inés, una tísica que
iba a la escuela hace ya mucho tiempo...
- ¿Inés? ¿Flacucha? - Buscó el nombre
y la figura en su memoria excelente, de sablista, y allí encontró a la esbelta
Inés Vas- ques dos Santos, con su hocico y su apetito voraz- . ¿Eso? Puros
huesos y pellejo. Nada importante, no te preocupes por eso, mi bien. Un
pasatiempo y de los peores. Además, hace tanto que sucedió..., ¿por qué sacas a
relucir eso, un asunto tan viejo, algo ya pasado?
- Asunto viejo, algo ya pasado, pero
yo no lo supe hasta el otro día... ¿Te imaginas qué vergüenza, Vadinho? Tú
muerto y enterrado, yo casada de nuevo, y tus
fechorías persiguiéndote todavía...
Por eso y por otras cosas iguales es por lo que
te llamé, porque todavía tenemos
cuentas que ajustar. No te llamé para lo que tú piensas...
- Pero, mi bien, fuera para lo que
fuese me llamaste, y ya que estoy aquí, ¿qué mal hay en que yoguemos un
minutito? Aprovechemos y démosle gusto al cuerpo. Tú
andas algo necesitada; yo, ni
digamos...
- Tú debías conocerme, saber que no
soy mujer capaz de engañar a su marido. Durante siete años me hiciste toda
clase de diabluras, me engañaste de todas las maneras. Todo el mundo lo sabe y
se comenta hasta en la calle...
- ¿Y tú haces caso a esa porquería de
alcahuetas?
- Tú me engañaste y no poco, fue algo
serio... Si yo fuese otra te hubiera largado, o te hubiera llenado de cuernos y
de vergüenza. ¿Hice eso? No, aguanté firme porque soy una mujer recta, Vadinho,
gracias a Dios. Nunca miré a ningún hombre mientras tú vivías...
- Lo sé, mi bien...
- Y sabiéndolo, ¿cómo quieres que
engañe a Teodoro, que es tan marido mío como tú, y un hombre serio que nunca me
traicionó con otra? Nunca, Vadinho, nunca. Una vez, hasta... - Pero se contuvo.
- ¿Hasta qué, mi bien? - le pidió él
con voz muy suave- , cuenta el resto...
- Pues hubo muchas mujeres que
andaban tras él, y él ni medio...
- ¿Fueron verdaderamente tantas? No
exageres, mi bien, sólo una, y era Magnolia, la zorra mayor de Bahía, y él hizo
un papelón. En dónde se vio que un nombre grande, doctor y todo, se portase
como un chico virgen, sintiera miedo de una
mujer..., sólo le faltó pedir
socorro. Una vergüenza..., ¿sabes cómo le llaman
después de ese fiasco? Doctor
Lavativa, mi bien...
- Vadinho, no sigas... Si quieres
conversar seriamente, muy bien, pero venir aquí para burlarte de mi marido, eso
no... Has de saber que me gusta mucho, que sé
apreciar el trato que me da y nunca
voy a manchar su nombre...
- Fuiste tú quien sacó la
conversación, palomita mía. Pero
di la verdad..., ¿quién te gusta más?
No mientas... ¿Yo o él?...
Puso
la cabeza en
el regazo de
doña Flor y
ella le acarició
los cabellos. Meditabunda, no
respondió a la comprometedora pregunta.
- Nunca lo voy a engañar, Vadinho, él
no lo merece...
Vadinho respondió aliviado, sonriendo
inocentemente, como una criatura. Ella le acariciaba el pelo, una mata de pelos
rubios, una dulce tibieza. Lo que él le decía ahora no era ya una pregunta, era
una afirmación:
- A ti te gusto más yo, mi bien...
Estoy seguro.
- Él sólo merece que le dé amor...
La mano de doña Flor se detuvo en la
cicatriz del navajazo: le gustaba sentir el recuerdo de esa pelea, ocurrida
antes de haberse conocido, el tajo ancho y hondo, ganado en una riña de
adolescentes, inmediatamente después de haberse fugado del colegio. ¡Qué
Vadinho más fanfarrón y granuja! ¡Y tan buen mozo!
La dulzura de la tarde entraba en el
cuarto en penumbra, con una brisa imperceptible.
- Mi bien - dijo él- , yo tenía una
nostalgia tan loca de ti, tan grande, que pesaba en
mi pecho como una tonelada de tierra.
Hace tiempo que quería venir, desde que me llamaste por primera vez. Pero tú me
habías atado con el mokan que te dio Didí y hasta ahora no pude librarme de él
y venir... Porque sólo ahora me llamaste de veras, con ganas, necesitándome
verdaderamente...
- Yo también tuve nostalgia todo el
tiempo... De nada sirvió que tú fueras malo, Vadinho, casi me muero cuando tú
falleciste...
Doña Flor sentía dentro de ella algo
así como ganas de reír, o de llorar, da lo mismo, pero en sordina, muy bajito.
Era tan suave la caricia de la mano de Vadinho
en su brazo, en su cuello, en su
cara, mientras la cabeza de él descansaba en su
regazo, moviéndose en busca de una
posición más cómoda, sintiendo en los muslos su peso y su calor,
adormeciéndola. Linda cabeza de cabellos rubios. Doña Flor fue bajando el
rostro poco a poco. Vadinho alzó el suyo, y, de repente, le dio un beso y no
por la fuerza.
Desprendióse doña Flor del beso y de
los brazos en los que ya se sentía desfallecer.
- ¡Dios mío! ¡Ay! ¡Dios mío!...
No era un desafio cualquiera. No
podía permitirse un solo minuto de abandono, ni el menor descuido, si no quería
que el tinoso la embaucase.
Silbando, muy campante, con una
sonrisa burlona, Vadinho se levantó y comenzó a
revolver los cajones del armario.
Acaso de puro curioso, o, ¿quién sabe?, para dejar que doña Flor buscara por el
cuarto, sin sentirse coartada, los restos de su fuerza de voluntad, de su
proclamada resolución.
5
Cuando llegó el doctor a la hora de
la cena, doña Flor ya se había reintegrado totalmente a su innata decencia,
fortaleciendo aún más su decisión de conservarse digna del marido, preservando
su limpio nombre y su fama, y defendiendo la limpidez de su frente, en la que refulgían
las ideas y bullían los conocimientos.
«Jamás deshonraré el nombre que me
ofreciste, ni pondré cuernos en tu testa, Teodoro: antes prefiero morir.»
Lo importante era no facilitarle las
cosas, no darle oportunidades, no permitir que el
muy astuto conmoviera sus sentidos,
obteniendo la complicidad de la materia vil y despreciable, materia capaz -
como le enseñara la propaganda de yoga en los tiempos hambrientos de la
viudez- de traicionar sus sentimientos
impolutos y comprometer su honor. Si Vadinho pretendía seguir viéndola tenía
que contenerse en los límites del decoro, de las relaciones platónicas, pues no
podía haber otras entre ella y su anterior marido.
No ocultaba doña Flor - ni siquiera
intentaba hacerlo- su ternura por el ex
finado, su primero y gran amor. Él fue quien la despertó a la vida,
convirtiendo a la mocita alocada de la Ladeira do Alvo en una hoguera de altas
llamaradas, y enseñándole la alegría y el sufrimiento. Sentía por él una honda
ternura, una emoción, un no sé qué, una mezcla de lo bueno y lo malo, era un
sentimiento difícil de precisar y ella misma no podía explicarlo.
Estaba contenta, feliz de ver al
malvado, de hablar con él, celebrar sus salidas, y reírse con sus locuras;
feliz, incluso, con los ayes de su corazón, nuevamente esperándolo ansiosamente
en la noche inacabable, atenta a sus pasos en el silencio de la calle, insomne;
con él en las buenas y en las malas, como antes. Pero ahora, todo eso no iba
más allá de una amistad amorosa, sin otras implicaciones, sin mayores
compromisos, sin indecencias de cama. La cama, ¡ah!, ¡he ahí el peligro! Suelo
lleno de trampas, territorio de derrotas.
Ahora, casada de nuevo, feliz con el
segundo esposo, sólo podía mantener con el primero relaciones castas, como si
aquella impúdica y desmedida pasión de su mocedad se hubiera convertido, con la
muerte de Vadinho, en una púdica turbación de románticos enamorados, despojada
de la violencia de la carne para ser puro espíritu inmaterial (lo que además se
imponía por ésas y por todas las otras razones). La cama y el gozo del cuerpo,
sólo con el segundo, con el doctor Teodoro, los miércoles y los sábados, con bis
y dulce afecto. A Vadinho bastaba con darle el tiempo que debía dedicar a
dormir, único tiempo vacío en medio de tanta felicidad, o quizá, de tanta
felicidad sobrante... Si Vadinho estuviera de acuerdo en encarar así la
situación, y respetara el convenio, muy bien: ese platónico sentimiento lleno
de dulzura y la presencia discreta y alegre del muchacho serían la gracia y el
perfume en la vida de doña Flor, tan ordenadamente dispuesta, compensando
cierta monotonía insulsa que al parecer es parte integrante de la felicidad.
Mirandáo, filósofo y moralista (como hartamente se comprobó aquí), manifestó
cierta vez en su castizo dialecto bahiano:
- La felicidad es bastante jodida,
aplastadora: en resumen, un aburrimiento...
Pero si Vadinho no quería mantenerse
en esos límites, doña Flor no lo vería más, rompiendo de una vez por todas esas
relaciones, borrando esos sentimientos, incluso ese afecto espiritual tan
inocente que no llegaba a ser pecado, ni tampoco una desconsideración, una
amenaza a la relumbrante testa de su íntegro y respetado esposo.
Tranquilizada con estas meditaciones,
fuerte el ánimo y habiendo saboreado una pastilla de menta para quitarse de la
boca el gusto a pimienta y miel que le dejara aquel beso impúdico, doña Flor
recibió al doctor Teodoro con la misma afectuosa mansedumbre, con el mismo
tierno ósculo de todas las tardes, haciéndose cargo de la chaqueta y el chaleco
y trayéndole el fresco saco del pijama. El doctor, para cenar, para sus
estudios en el escritorio y para sus ensayos de fagot, vestía el saco del
pijama sobre la camisa y la corbata, poniéndose cómodo.
Durante la comida, doña Flor notó en
la voz y en los modales del esposo una gravedad mayor de la acostumbrada, al
borde de la solemnidad. El boticario, como se sabe, ya era muy formal de suyo.
Pero esa tarde, su rostro impenetrable, su
silencio, su modo
de comer sin
prestarle atención, revelaban preocupación e
inquietud. Doña Flor observó al
marido mientras le pasaba la fuente del arroz y le servía el lomo relleno (con
farofa de huevos, longaniza y pimentón). El doctor debía tener algún problema
serio, sin duda, y doña Flor, esposa buena y solidaria, se inquietó de
inmediato ella también.
Cuando llegó el café (acompañado de
bollos de tapioca, un maná del cielo), el doctor Teodoro dijo al fin, y eso con
cierta reticencia:
- Querida, deseo conversar contigo
sobre un asunto muy importante, de interés para los dos...
- Dilo pronto, querido...
Pero él tardaba, cohibido, buscando
las palabras. ¿Qué asunto sería ése, se preguntaba doña Flor, tan difícil que
hacia que el doctor se sintiera tan inseguro? Preocupada por la inquietud del
marido, se había olvidado totalmente de sus
propios problemas, los de su doble
matrimonio.
- ¿Qué es, Teodoro?
Él se quedó mirándola, tosió y le
dijo:
- Deseo que hagas lo que quieras, que
decidas lo que mejor te parezca, lo que creas más conveniente...
- Pero ¿qué es, Dios mío? Habla de
una vez, Teodoro...
- Se trata de la casa... Está en
venta...
- ¿Qué casa? ¿Esta en que vivimos?
- Sí. Tú sabes que yo había juntado
dinero para comprarla, como era tu deseo. Pero cuando ya íbamos a cerrar el
negocio, cuando todo estaba arreglado...
- Ya sé, la farmacia...
- ...surgió la oportunidad de
adquirir una parte más de la farmacia, exactamente la que me daba la mayoría,
garantizándome la propiedad de la Científica... Yo no podía dudarlo...
- Hiciste muy bien, obraste con
acierto... ¿Qué te dije entonces? «La casa queda para después.» ¿No fue así?
- Lo que ahora sucede, querida mía,
es que la casa está en venta y por una suma ridícula. .
- ¿En venta? Pero si teníamos la
opción...
- Sí, teníamos...
Dio
detalles del asunto:
el propietario se metió
a explotar una
hacienda en
Conquista y comenzó a criar ganado,
enterrando cantidades de dinero en el cebú.
¿Sabía doña Flor lo que era «la
carrera del cebú»? ¿Había oído hablar? Pues bien, en esa carrera se había ido
también la soñada casa propia. El propietario la ponía en venta por una ínfima
cantidad. En cuanto a la opción, según él, debiera corresponderle a la antigua
inquilina, pero doña Flor había perdido todo derecho a invocarla cuando
desistió de comprarla después de estar casi cerrado el trato, en la fase de los
documentos. El dueño no podía quedarse a esperar a que el doctor Teodoro
terminase de apoderarse de todas las cuotas de los herederos de la farmacia,
antes de decidirse a comprar la casa. Tenía la intención de venderla de
inmediato. ¿Para qué servía un inmueble alquilado por una cantidad ridícula en
el que los Madureiras vivían gratis? El buen negocio era criar el fuerte ganado
cebú, por cuyo kilo de carne daban un dineral. No pudiendo abandonar la
hacienda, encargó la venta de la casa al Departamento Inmobiliario del banco
del amigo Celestino. Y con seguridad no faltarían candidatos, ante el estimulante
precio fijado.
¿Cómo sabía el doctor Teodoro todo
aquello? Muy simple: Celestino se lo había dicho, en su despacho, en la casa
central del banco. Citó al farmacéutico por
teléfono: «deje esas drogas y venga
aquí, urgente»; le expuso la situación y luego
le preguntó: ¿por qué no hacía un
esfuerzo y compraba la casa? Era un negocio redondo, imposible
una transacción mejor,
el loco ofrecía
el inmueble prácticamente por
nada - lo necesario para un lote de terneros- , embarcado como estaba en la
aventura del cebú.
- Cuando el cebú deje de correr en el
mercado, maestro Teodoro, se va a fundir mucha gente buena... De aquí del banco
no sale ni un vintén para esa especulación... Compre la casa, caro mío, no
discuta.
Tenía razón el portugués en lo que
decía sobre la casa y el cebú..., también el doctor desconfiaba de aquella
locura por los terneros, vacas y toros. Pero ¿de dónde iba a sacar el capital
si todavía hacía poco que pusiera todos sus ahorros en la adquisición de la
cuota de la farmacia, más dinero pedido al banco, que le prestara el mismo
Celestino, con documentos de vencimiento riguroso?
El banquero observaba al boticario,
un tipo honesto, lleno de escrúpulos, incapaz de estafar a nadie. No era hombre
que corriese el riesgo de una operación bancaria sin la absoluta certeza de que
podía responder... El doctor Teodoro no jugaba nunca.
Celestino se sonrió: ¡qué
sorprendente era la vida! La apacible doña Flor, con su
tímida presencia y sus insuperables
condimentos, se había casado con los dos hombres más opuestos, el uno lo
contrario del otro. Se imaginó a sí mismo ofre- ciendo dinero prestado a
Vadinho como ahora lo hacía al boticario. Las nerviosas
manos del muchacho hubieran tomado la
pluma y firmado cuanto papel se le pusiera delante con tal de que las firmas le
dieran unos cuantos mil- réis para la ru- leta.
- Reúna algún dinero y yo le consigo
el resto sobre una hipoteca de la misma casa. Vea...
Tomó el lápiz e hizo cuentas. Si el
doctor conseguía unos pocos contos, no tenía
que preocuparse por el resto: la
hipoteca sería a largo plazo, a bajo interés, con todas las facilidades. Lo que
el portugués le proponía era un negocio como se hacen entre padre e hijo:
Celestino conocía a doña Flor desde su primer casamiento, había comido en su
casa, le tenía estimación. Igualmente estimaba al doctor Teodoro, hombre de
bien, de carácter recto. En su alocución se cuidó de citar a Vadinho, en
deferencia al segundo esposo y porque el granuja estaba muerto. Pero en ese
instante recordaba su perfil y su picardía, y el recuerdo lo hacía sonreír con
complacencia y dilatar otros seis meses los plazos de la hipoteca.
- Le agradezco su oferta. No olvidaré
su generosidad, mi noble amigo, pero en este momento no dispongo en absoluto
del dinero necesario para completar el capital. Ni tengo tampoco a quién
pedírselo. Es una gran pena, porque Florípides tenía muchas
ganas de adquirir la casa. Pero no
hay forma...
- Florípides... - murmuró Celestino
para sí mismo, «nombre absurdo»- . Dígame una cosa, doctor Teodoro, usted, en
su casa, ¿la llama Florípides?
- En la intimidad, no. La llamo Flor,
como todos, por lo demás.
- ¡Ah, bueno.. ! - Frenó con un
ademán las explicaciones que iba a darle el doctor; su tiempo era un tiempo
precioso, de banquero- . Pues, caro mío, según me informaron, doña Flor o doña
Florípides, como usted quiera, tiene unos ahorros bastante abultados en la Caja
Económica... Más que suficientes para completar, con la hipoteca, lo necesario
para la compra de la casa...
El doctor ni se había acordado del
dinero de la esposa:
- Pero ese dinero es de ella, jamás
lo tocaré, es un dinero sagrado...
Una vez más volvió el banquero a
medir de arriba abajo al farmacéutico sentado frente a él: Vadinho le sacaba
las monedas a la mujer para ir a jugar, y a veces se
las arrancaba a la fuerza,
brutalmente. Hasta la pegaba, según le dijeran.
- Hermosos sentimientos, mi doctor,
dignos de la cabalgadura que es vuesa merced... - Él portugués pasaba de la
mayor finura a la grosería total- . Lo que es usted es un burro, un burro como
un compatriota de esos que cargan con un piano y parten piedras en la calle...
¿Quiere decirme para qué sirve el dinero de doña Flor puesto en una libreta en
la Caja? Ella deseando tener casa propia y aquí el caballero, por unos
escrúpulos de mierda - de mierda, sí señor- , deja pasar una ocasión única. ¿No
están casados con comunidad de bienes?
El doctor Teodoro se tragó en seco lo
de la cabalgadura, el burro y la mierda. Conocía bien al portugués y le debía
demasiados favores.
- No sé cómo hablarle a ella del
asunto...
- ¿Qué es lo que no sabe? Pues
aproveche la hora de la cama, que es la mejor para discutir negocios con la
esposa, caro mío. Yo sólo discuto estos asuntos con la patrona cuando ya
estamos los dos acostados y siempre me dio buen resultado.
Escuche: le doy veinticuatro horas de
plazo. Si mañana a esta misma hora usted no
aparece, mando vender la casa a quien
dé más... Y ahora, déjeme trabajar...
- Por mi gusto, tú no tocabas ese
dinero de la Caja, Flor...
- ¿Y de qué me sirve?
- Para tus gastos... personales...
- ¿Qué gastos, Teodoro, si tú no me
dejas pagar nada? Ni siquiera la mesada de mi madre... Tú pagas todo y hasta te
enojas cuando yo protesto. En todo este tiempo no hice más que poner dinero en
la libreta; sólo hice dos retiros, un poco cada vez, para comprarte dos
chucherías. ¿Para qué guardar ese dinero que no es de ninguna utilidad?
Únicamente para mi cajón, cuando me muera...
- No digas bobadas, querida... La
verdad es que a mí, como marido, me cabe la obligación...
- ¿Y por qué no voy a tener yo
derecho a contribuir a la compra de nuestra casa?
¿O es que tú no me consideras tu
compañera para todo? ¿Es que sólo sirvo para arreglar la casa, cuidarte la
ropa, hacer la comida e ir contigo a la cama? - doña Flor se excitaba- . ¿Una
criada y una mantenida?
Ante tan inesperada explosión el
doctor Teodoro se quedó sin palabras, sintiendo como si tuviera una piedra en
el pecho, manteniendo en alto el tenedor con el trozo
de bollo. Doña Flor, ahora, bajaba la
voz, como quejándose:
- A no ser que no me ames, que me
desprecies tanto que ni quieras que te ayude a comprar nuestra casa...
Quizá el doctor Teodoro, en todo el
tiempo que llevaba casado, no se haya nunca
conmovido tanto como en aquella cena.
En un repente de tímido, exclamó:
- Tú sabes que te amo, Flor, que tú
eres mi vida. ¿Cómo lo dudas? No seas injusta. Ella, todavía exaltada,
proseguía:
- ¿No soy tu mujer, tu esposa? Pues
bien, mañana tú no vas al banco, soy yo quien
va a ir y cierro el negocio con el
señor Celestino...
El doctor Teodoro se levantó, se
arrimó a ella y la abrazó estrechamente, apasionadamente. Se sentaron en el
sofá, doña Flor sobre sus rodillas, las caras juntas, con una ternura casi
sensual.
- Tú eres la más recta, la más seria
y la más bonita de las esposas...
- La más bonita, no, Teodoro mío...
Lo miró en sus ojos bondadosos,
bañados de felicidad.
- Bonita no... Pero te aseguro, eso
sí que te lo aseguro, que soy seria, que soy una mujer recta.
Y habiendo dicho esto buscó con los
labios la boca del doctor y la cubrió con la suya en un beso de amor: su buen
marido, el único que merecía su ternura y el goce de su cuerpo. La noche entró
entera en la sala. En la oscuridad, Vadinho, que contemplaba con inquietud la
escena, se pasó la mano por la cabeza, se dio la
vuelta y salió a la calle,
descontento.
6
A partir de esa conversación entre
doña Flor y el doctor Teodoro, los acontecimientos comenzaron a precipitarse
con un ritmo cada vez más acelerado y confuso.
Sucedieron entonces en la ciudad
cosas tales que podían asombrar (y asombraron)
hasta a las criaturas más
familiarizadas con el prodigio y la magia (como la vidente Aspasia, que todas
las mañanas - acababa de llegar de Oriente, su verdadero habitat- , a las
Portas do Carmo, en donde era «la única que empleaba el sistema de la ciencia
espiritual en movimientos»; como el célebre médium Josete Marcos («fenómenos de
levitación y de ectoplasma»), cuya intimidad con el más allá es de sobra
conocida; como el Arcángel Sao Miguel de Carvalho, con su tienda de milagros en
el Beco do Calafate; como la doctora Nair Sacá, «diplomada por la Universidad
de Júpiter», que curaba cualquier enfermedad con pases magnéticos en la calle
de los Quince Misterios; como Madame Deborah, del Mirador de los Afligidos, que
detentaba los secretos de los monjes del Tíbet, y estaba en permanente gravidez
como resultado del coito espiritual con el Buda Viviente, siendo ella misma una
«revelación suprema del futuro», y capaz, con sus dones de adivina, de «prever
y garantizar casamientos de fortuna a corto plazo y revelar los números que
saldrían premiados en la lotería»; sin hablar de Teobaldo, Príncipe de Bagdad,
ya un tanto caduco. Y no sólo se asombraron estas autoridades. El asombro
alcanzó incluso a los que más íntimamente tenían tratos con el misterio de
Bahía, a aquellos que lo crean, lo preservan y son sus depositarios a través
del tiempo: madre y padres- de- santo, yalorixás y babalorixás, babalaós y
iakarés, obás y ogás. Ni la misma Mae Senhora, sentada en su trono en el Axé do
Opó; ni Menininha do Gantois, con su corte en el Axé lamassé; ni la tía Massi
de la Casa Blanca, del venerado Axé la Nassó, ni siquiera ella, con la
sabiduría de sus ciento
tres años de edad; ni Olga de Yansá,
danzando, soberbia y arrogante en su terreiro del Alaketu; ni Nézinho de Ewá;
ni Simplicia de Oxumaré; ni Sinhá de Oxóssi, hija- de- santo del fallecido
padre Procopio del Ilé Ogunjá; ni Joáozinho do Caboclo Pedra Preta; ni Emiliano
de Bogum; ni Marieta de Tempo; ni el indio Neive Branco en la Aldeia du Zumino
Reanzarro Gangajti, ni Luis de Muricoca: ninguno de ellos pudo controlar la
situación y explicarla satisfactoriamente.
Ellos vieron estallar la guerra de
los santos en las encrucijadas de los caminos, en las noches de macumba, en los
terreiros y en la vastedad de los cielos, en ebós sin precedentes, despachos
nunca vistos, hechizos cargados de muerte, conjuros y brujerías de todas las
esquinas. Los orixás, hechos una furia, se unieron todos en un solo bando, con
todas sus especies y naciones; en el otro bando estaba Exu, sólito, amparando
al egun rebelde, ya que nadie había ofrecido ropas coloridas, ni la sangre de
gallos y ovejas, ni un cabrito entero, ni siquiera una conquém de Angola. Exu
estaba revestido con los ropajes del deseo, con los oropeles de la pasión que
no muere, y como único sacrificio en su homenaje pedía la risa y la miel de
doña Flor. Ni siquiera Yansá (¡epa hei!), la que expulsa las almas, la que no
teme a los eguns y los enfrenta, la que manda en los muertos, la guerrera cuyo
grito hace madurar las frutas y destruye los ejércitos, ni siquiera ella, la
autoritaria, la temeraria, consiguió imponerse, pues ese babá de Exu le
arrebató el alfanje y el eruexim. Todo estaba revirado, todo al revés, era el
tiempo de lo contrario, el mediodía durante la noche, el sol entero a la
madrugada.
Prosternados, a la hora del padé, las
yalorixás y los babalorixás, a partir de cierto momento ya no quisieron
intervenir más: correspondía a los encantados llegar a una decisión en el ardor
de la batalla. Sólo intervino el babalaó Didi, porque era Asobá de Omolu, mago
de Ifá, guardián de la casa de Ossain, y sobre todo, porque debido a su puesto
de Korikoé Ulukótum en el terreiro de los eguns, en la Amoreira,
hubo de intentar otra vez atar con
las pajas del mokan el egun despertado de su
sueño por el amor. Lo hizo a pedido
de Dionisia de Oxóssi, pero fue en vano, como se verá más adelante. Sin
embargo, no puede decirse que Cardoso y S.a
se haya asombrado; no es él un ciudadano capaz de asombrarse, ni tampoco
de asustarse y espantarse fácilmente. Pero sufrió un sacudón, ¡ah, sí que lo
sufrió!, no se puede ocultar la verdad... y al decir que Cardoso y S.a se
sorprendió, está definitivamente dicho todo y queda dada la medida del
insólito, del absurdo clima de la ciudad. Fue por aquellos días cuando la
gente, con rabia y lucidez, atacó la sede del monopolio extranjero de la
energía eléctrica, exigió la nacionalización de las minas y del petróleo, puso
en fuga a la policía y cantó la Marsellesa sin saber francés. Todo comenzó en
aquella ocasión. Al principio doña Flor no se dio cuenta de la situación, al
contrario de Pelancchi Moulas, cuya sangre calabresa intuyó primero y luego
indicó el sentido y dirección de los sucesos la misma noche del lasquiné. Unos
pocos días bastaron para convencer a Pelancchi.
Aterrado - sí, aterrado, ese hombre sin
miedo y sin entrañas, ese bandido de la Calabria, ese gángster moder- no a la
manera de Chicago, ese duro jugador- , mandó a Aurelio, su chófer y hombre de
toda su confianza, al terreiro de la madre Otávia Kissimbi yalorixá de la
nación congo, y él mismo fue en busca del filósofo y místico astrólogo Cardoso
y S.a, únicos seres capaces de socorrerlo en tan terrible emergencia, de salvar
su reino y su cetro. Sí, reino y cetro, pues Pelancchi Moulas era soberano del
más poderoso trust de Bahía: rey del juego y del delito, bancaba legalmente la
ruleta, la liebre francesa, el bacará, el lasquiné, en el Pálace, el Tabaris,
el Abaizandinho; en las casas grandes y en las chicas, en las que sus agentes
vigilaban con atención los dados y las barajas, los croupiers y jefes de sala,
y le traían la diaria y gruesa recaudación de la ronda, el veintiuno y el
siete- y- medio. Muy raras casas escapaban a su control, sólo alguna que otra:
la de Tres Duques, la de Meningite y el antro de Paranaguá Ventura. Sobre todas
las otras extendía sus garras ávidas y ganchudas (y bien tratadas, por una
manicura exclusiva, una mulatita procreada por Barreiro - el padre de Tiburcio,
el abogado- , un especialista: había modelado treinta y siete mulatas en
diferentes madres, cada cual más gallarda y fabulosa).
¿Y
qué decir del
inmenso imperio ilegal (en
apariencia) de la quiniela? Sólo
Pelancchi podía bancar en ella con
permiso policial, y, si algún inconsciente se atrevía a hacerle la competencia,
las celosas autoridades en seguida aplicaban al infame contraventor el máximo
rigor de la dura lex, sed lex.
No existía en todo el estado de Bahía
hombre de más poder, civil o militar, obispo o
padre- de- santo. Pelancchi Moulas
hacía y deshacía a su antojo.
Administrador, gobernante del más
complejo y rico de los imperios, el del juego, al frente de un ejército de
subordinados, de maestros de sala, croupiers, fiscales, banqueros, soplones,
proxenetas, espías, policías y guardaespaldas, era el Papa de
una secta con millares de creyentes
sumisos, fanáticos y esclavos. Con sus dádivas
sustentaba y enriquecía a ilustres
figuras de su administración, la intelectualidad y el orden público, comenzando
por el propio jefe de policía. También contribuía para la realización de obras
pías y la construcción de iglesias.
A su lado, ¿qué eran el gobernador y
el alcalde, los comandantes de tierra y mar - o de submarinos- , el arzobispo
con su mitra y su anillo? Ningún poder en la tierra
podía amedrentar a Pelancchi Moulas,
viejo italiano de cabellos blancos, de risa
afable y ojos duros, casi crueles,
siempre fumando un eterno cigarrillo en boquilla de marfil y leyendo a Virgilio
y a Dante, pues, aparte del juego, sólo le gustaban de verdad la poesía y las
mulatas.
El negro Arigof andaba abatido: tanta
mala suerte era demasiado. Hacía casi un mes que le había caído encima: desde
que tropezó con el paquete del ebó al descender desprevenido por la escalera
del altillo en que tenía su cuarto de soltero. Mandinga fuerte, hechizo puesto
en su camino para arruinarle la vida. El papel se rompió y se desparramaron el
engrudo amarillo, las plumas negras de gallina, las hojas rituales, dos monedas
de cobre y pedazos de una corbata suya de punto, todavía en buen uso. La corbata
le dio la pista segura: era una venganza de Zaíra,
¡aba sin corazón, incapaz de sufrir
un insulto sin dar en seguida la respuesta.
Cierta noche en que perdió su calma y
su elegancia de hidalgo, le dio un par de bofetadas en pleno Tabaris, para
enseñarle modales de persona y para que no le jorobara más la paciencia. Zaíra
era de la nación de los mucurumim, pero seguía los ritos caboclo y angola y
tenía poderes ante los inkices.
Era un hechizo de los más fuertes, un
bozó tremendo, ¿quién le prepararía a Zaíra un despacho tan fatal? Con
seguridad algún entendido en lo que está escrito, bueno en las hojas y poderoso
en la maldad. No hubo conjuro contra él que diese resultado, el ebó prendió la
suerte del negro en el fondo de un pozo y él se arrastraba como un mendigo por
las casas de juego, perdiendo en todas ellas. Ya había pignorado sus mejores
prendas: el anillo de plata verdadera, la cadena de oro con higas de guiñé y un
pequeño cuerno de marfil, el reloj comprado a un marinero rubio, tal vez robado
en el camarote de algún millonario: tan bonito y señorón que el español Do
Sete, con todo lo que sabía de joyas, silbó de emoción al verlo, ofreciéndole
al negro quinientos mil- réis más si quería vendérselo en lugar de empeñarlo.
Zaíra, criolla mandinguera, nacida en
la hechicería, le había secado la suerte. Preocupado, Arigof se preguntaba
dónde andaría el resto de su corbata de punto.
Seguramente atada a los pies de un
caboclo o de un inkice, junto con su retrato,
una fotografía chiquita, sacada para
la cédula de identidad: el negro, sonriente, mostrando su diente de oro. Arigof
se lo dio a esa iaba sin corazón en prueba de amor, y ahora imaginaba su rostro
acribillado de alfileres en la hornacina del santo, para que el «despacho» se
rehiciera cada mañana, apagándole de un golpe y para siempre su buena estrella.
Ya había tomado un baño de hojas, y
Epifania de Ogun rezó por él. La iyá moró tuvo que renovar por tres veces el
atado de hojas, pues se marchitaban apenas tocaban su cuerpo, tan grande era el
peso del maleficio sobre la cerviz de Arigof. Decaído a
causa de semejante
mala suerte iba
el negro por la calle
Chile reflexionando sobre las
amarguras de la
vida. Venía del
restaurante y se
encaminaba a la casa de Teresa.
Waldomiro Lins lo había invitado a cenar, después de una tarde desastrosa en la
cueva de Zezé da Meningite, donde el negro perdió los últimos níqueles. Arigof,
de rabia, comió tanto que aquello parecía a la vez almuerzo, merienda y cena.
- Estás muerto de hambre, Arigof...,
¿qué te pasa? - preguntó el otro al ver tan exagerado apetito.
El negro respondió, definitivamente
pesimista:
- No sé si voy a volver a comer otra
vez...
- ¿Enfermo?
- De mala suerte, hermanito. Me
ataron la suerte a los pies de un encantado, de un caboclo, si no es de un
orixá de Angola, que esta peste debe proceder de gente de los inkices. Estoy en
las últimas, hermano.
Le habló de su mala racha, de cómo se
desvanecían los pálpitos más infalibles y no acertaba una. Perdía siempre, a
los dados, a las cartas, en la mesa de la ruleta. Los
parroquianos ya lo miraban de reojo,
como si él contagiase la mala suerte:
- Mi mala suerte se pega,
hermanito...
Le hizo un relato lleno de
pormenores, en la esperanza de que Waldomiro Lins, joven de posibles y alegre
compañero, lo ayudase en el apuro, prestándole unos billetes para el juego
nocturno. Le falló el golpe, pues el amigo en vez del dinero le dio unos consejos.
Sólo hay un modo de rehuir la mala suerte; escaparle al juego por un tiempo.
Que no fuese loco; debía dejar que se retirase la marea de la mala suerte, que
se extinguiera la fuerza del ebó. Si seguía porfiando iba a terminar desnudo,
con los calzoncillos empeñados. Él, Waldomiro Lins, aprendió a respetar la mala
suerte y el azar, y una vez pasó más de tres meses sin ver una baraja, un dado
o una mesa de ruleta.
Subiendo por la calle Chile, Arigof
daba la razón al amigo: su terquedad no pasaba de ser pura estupidez,
obstinación de tarado. Lo mejor era ir a visitar a Teresa de la Geografía, una
blanca que tenía calentura por los negros fuertes y que fuera el motivo de
aquellas bofetadas a Zaíra. En la casa de Teresa, tendido en la cama junto a la
blanca, sorbiendo una cachaca con limón, se olvidaría de tantas derrotas y
descansaría de su mala suerte en el tapete. Sí, esta vez el negro Arigof estaba
vencido, no le quedaba otro remedio que retirarse vergonzosamente. Tenía razón
Waldomiro Lins, hombre de experiencia, buen consejero.
Aunque dispuesto a tomar el rumbo de
la licenciosa geografía de la Teresa - la negrista- , no iba, sin embargo, muy
satisfecho. No era su costumbre ni le causaba placer rehuir una batalla,
incluso cuando como ahora, en plena desesperación, se daba por derrotado
anticipadamente. Se acordó de otro Waldomiro, su amigo ejemplar e
insustituible: Vadinho, desgraciadamente muerto. Era competente y audaz,
inigualable en materia de juego y en general. Él sí que podría ayudarle si
estuviera vivo.
Una noche, hacía muchos años, después
de semanas y semanas de mala suerte absurda, cuando ya no le quedaba un vintén
ni tenía a quién pedírselo, Arigof entró al Tabaris, tropezando con Vadinho,
que estaba lleno de altivez y de fichas, y apos- taba alto. Le dio al negro una
ficha y su ejemplo victorioso: y Arigof ganó noventa y seis contos en unos
minutos, nunca se había visto cosa igual. Fue una noche alucinante: Arigof
ordenó la hechura de media docena de temos de una vez, tirándole en la cara al
sastre los billetes de quinientos. Noche de descomunal orgía en el burdel de
Carla, pagando él todos los gastos. Noche legendaria en las memorias del juego
de Bahía.
¡Qué curioso!: mientras recordaba a
Vadinho y su arrogancia, ¿no le parecía estar oyendo claramente su voz
insolente?
- Y, negro cobarde, ¿en dónde está tu
valentía? ¿En el culo de la blanca? El que no persigue a la suerte no merece
ganar, tú lo sabes. ¿Desde cuándo eres discípulo de
Waldomiro Lins? ¿Tú no eras ya
profesor cuando él jugó por vez primera?
Arigof se quedó inmóvil en medio de
la calle Chile, como un atontado, tan viva y próxima le parecía la voz de
Vadiho en su oído. Surgiendo del mar, la luna comenzaba a cubrir de oro y plata
la ciudad de Bahía.
- Deja la anatomía de la blanca para
después, negro asustado, lo que tienes es miedo del hechizo, pero ¿acaso tú no
eres hijo de Xangó? Deja la blanca para después de haber partido la mala suerte
por la mitad, que esta noche la vas a celebrar.
Ese Vadinho atolondrado... tenía unos
pálpitos tan absurdos, y era siempre el mismo, en la buena y en la mala suerte,
siempre con la misma sonrisa maliciosa y desafiante. ¿Quién sabe?, pensó
Arigof. Vadinho, desde lo alto de la luna, lo estaría viendo con su mala suerte
a cuestas, sin su cadena de oro, sin el anillo de plata, sin el reloj codiciado
por el español Do Sete...
- ¿Dónde está tu coraje, negro?
¿Dónde el negro Arigof, tres veces macho? Waldomiro Lins, prudente y sutil
jugador, le había aconsejado que no insistiera contra la mala suerte, que se
achicara, escondido en el lecho de la amante, tan alba y tan resabida: Teresa
recitaba de memoria los ríos de China, los volcanes de los Andes, los picos de
las montañas. Cuando veía al negro Arigof, enorme y desnudo, ella, muy
melindrosa, saludaba al mismo tiempo el pico del Himalaya y el eje de la
tierra: ¡esa desvergonzada de Teresa! Con tanta maldición encima mientras
Teresa lo esperaba, realmente sólo un loco volvería esa noche a los naipes.
- Anda, que yo te lo garantizo, negro
flojo... - le repetía la voz de Vadinho al oído. Arigof miró en torno suyo,
para ver si estaba por allí, pues hasta creía sentir el
vaho de su aliento. Era como si su
amigo del pasado lo tomase de la mano y lo
condujera por los peldaños del
Abaixadinho, cerca de allí.
- Nunca me dieron miedo las cartas...
- dijo el negro.
Teresa lo esperaría comiendo
chocolates, enredada en los lagos canadienses, en los afluentes del Amazonas.
Sin un cobre en el bolsillo, Arigof entró en el Abaixadinho y se fue a las mesa
del lasquiné.
Antonio Dedinho, el croupier,
preparaba el cahier de seis barajas para volver a dar juego. A su alrededor,
todas las caras eran de perdedores, ninguna reflejaba
entusiasmo, la suerte era íntegra de
la casa. Arigof no vio un amigo al que pudiese pedir una ficha o dinero.
Antonio Dedinho anunció una banca de cien contos y puso
boca arriba dos cartas sobre la mesa:
la dama y el rey.
- En la dama... - oyó Arigof que
ordenaba Vadinho.
¡Y nadie que le prestara por lo menos
cinco mil réis! Se fijó en un hombre bien vestido, trajeado con un terno
blanco, con unas fichas en la mano y aire de habitué, pero desconocido, quizá
del interior. Arigof se sacó de la corbata el vistoso alfiler, una llave
atravesando un corazón, regalo de Teresa. Pero el oro era metal dorado y los
brillantes de vidrio sin valor, según le dijera desmoralizadoramente el español
Do Sete, negándose a recibirlo de prenda. Mostrándoselo, Arigof se dirigió al
ricacho de terno blanco:
- Estimado señor, présteme una ficha,
una cualquiera, y quédese con esta joya en garantía. Ya le pagaré, mi nombre es
Arigof, aquí me conocen todos.
El viva la Virgen le dio una ficha de
cien:
- Guarde su alfiler, si gana me
paga... y le deseo suerte. Puesta la ficha sobre la mesa, Arigof esperó sólito,
pues nadie de la rueda quiso arriesgarse, era un desatino. Tampoco se atrevió
el hombre de blanco, que prefirió mirar el juego.
Antonio Dedinho dio vuelta a la
primera carta, que resultó ser la dama. Arigof
recogió las fichas y Dedinho echó de
nuevo las cartas, que, por casualidad, volvieron a ser la dama y el rey. De
nuevo Arigof puso su dinero en manos de la dama.
Antonio Dedinho sacó una carta del
cahier y, más casualidad todavía, esa primera carta fue de nuevo la dama. Otra
vez cartas y la casualidad fue aún mayor, pues
ahora ya era algo notable: por
tercera vez se vio en la mesa a la dama y al rey.
Arigof se mantuvo firme en la dama y
el hombre de blanco apostó junto con él. Llegaron los primeros curiosos.
Antonio Dedinho sacó el naipe del cahier, y, por más increíble que parezca, la
primera carta, por tercera vez, era la dama. Para más era de oros, recordando a
la rubia Teresa. «Dios mío», exclamó una fulana, nerviosa.
No sólo nerviosa por el hecho de
haberse dado tres veces la dama, sino porque
seguía siendo la primera carta,
además de haber aparecido tres veces seguidas sobre la mesa de juego las mismas
cartas: la dama y el rey.
No sólo tres, sino doce veces cayeron
sobre la mesa la dama y el rey, y por doce veces consecutivas acudió la dama a
la llamada de Arigof, siendo siempre la
primera carta que se daba la vuelta.
Ahora no sólo apostaba el hombre de blanco, también otros apostaban siguiendo
el palpito del negro, que ponía tres contos en
todas las paradas, lo máximo
permitido.
Mortalmente pálido, con el corazón
encogido, Antonio Dedinho preparó un nuevo cahier. Lulu, el fiscal de sala,
estaba ahora al lado de Dedinho y seguía con atención el barajar de los naipes.
En torno a la mesa, el inquieto grupo veía aumentar sus filas. Venía gente del
bacará y de la ruleta.
Antonio Dedinho mostró el cahier a
los jugadores, retirando de él dos cartas: su palidez se hizo aún mayor y sus
manos temblaron, pues las cartas eran la dama y el rey. Arigof sonrió: había
quebrado la mala suerte, había roto el ebó cuando fue en busca de la buena
suerte con manos y dientes. Y con el recuerdo de Vadinho. Si había otro mundo,
si los muertos andaban por ahí en el más allá, como decían ciertos
especialistas en el asunto, entonces tal vez Vadinho lo estuviera viendo desde
lo alto de la luna que se derramaba en oro y plata sobre el mar y el caserío.
Con seguridad estaría orgulloso de la valentía de su amigo Arigof, negro macho,
vencedor de malas suertes y hechizos.
Pero la cosa es que Vadinho estaba
verdaderamente allí, en la sala, muy arrimado a Arigof y muy furioso, ya que el
negro decidió, después de profundos cálculos cabalísticos, cambiar de carta y
cargarle al rey (era imposible que la dama volviera a repetirse, totalmente
imposible). En eso oyó la voz severa del amigo, que le daba con dureza una
orden:
- En la dama, negro- hijo- de- puta.
Y la mano de Arigof,
independientemente de su voluntad, como si obedeciese a una fuerza superior,
puso las fichas a la dama.
Apretando los dientes, con pánico en
los ojos, Antonio Dedinho retiró la primera
carta: dama. Conmoción general,
exclamaciones, risas nerviosas, y cada vez más gente que venía a ver lo
imposible.
Gilberto Cachorráo, el gerente del
garito, con su aire desconfiado de perro ovejero, se apostó al lado de Lulu,
dispuesto a descubrir la tramoya (¿qué otra cosa podía
ser sino una fullería, y gorda?). En
sus mismos hocicos se repitió el absurdo varias veces y la banca de cien contos
estalló. Alborozada y alegre, la dama era siempre
primera carta. ¿En dónde estaba la
trampa, gorda o flaca, Cachorráo?
Antonio Dedinho, vencido, se volvió
hacia el gerente esperando órdenes, pero éste no dijo nada, limitándose a
mirarlo con desconfianza. El croupier preparó nuevos naipes, pausadamente, a la
vista de todos y con el mayor esmero:
- Banca de cien contos...
Dio vuelta a dos cartas: dama y rey.
Un silencio de muerte. Ahora todos querían apostar a la dama. Venía gente hasta
de la calle y del Tabaris, adonde ya había llegado la sensacional noticia.
Tampoco duró la nueva banca.
Ante una orden de Gilberto Cachorráo,
Lulu salió disparado hacia el teléfono. En la sala lo imposible, era algo que
ya aburría: la dama salía siempre y siempre era la primera carta. El hombre de
blanco dijo en voz alta:
- Me voy ya porque siento que me pasa
algo..., mi corazón no aguanta... Hace más de diez años que juego en Ilhéus y
en Itabuna, en Pirangi y en Agua Preta. He visto
mucha trapacería, fraudes de todos
los tipos, pero nunca uno igual a éste. Y digo
más: lo veo y no lo creo.
Arigof quiso devolverle la ficha e
invitarlo a la cena en casa de Teresa, pero el hombre no aceptó:
- Dios me libre y guarde. Tengo miedo
que todo sea un encantamiento, ya que esto es cosa de hechicería. Quédese con
la ficha, que yo voy a cambiar las mías antes
de que se desvanezcan o se deshagan.
Lulu volvió, no tardando en unirse a
él y a Cachorráo la figura circunspecta de un criollo viejo, de anteojos, con
mucha calma: el profesor Máximo Sales, principal
testaferro de Pelancchi Moulas, su
hombre de confianza.
Cuando Lulu le telefoneó, el magnate
no podía creer esa historia sin pies ni cabeza. Con seguridad Lulu había vuelto
a beber, y esta vez en horas de trabajo, un abuso
imperdonable. Con la cabeza canosa
reposando en la tibieza de los senos de
Zulmira Cimóes Fagundes, en dulce
intimidad, Pelancchi mandó a Máximo Sales para que pusiera en claro esa patraña
pluscuamperfecta. Lo más probable es que todo eso no pasara de ser otro
desmadre de Lulu:
- Si está borracho, profesor, no
vacile, por favor, despídalo inmediatamente. Y
telefonéeme el resultado...
Mal tuvo tiempo el testaferro de
informarse sobre el fenómeno y comprobar la sobriedad de Lulu, cuando allá se
fue por los aires la banca de cien contos, en los dedos de Arigof.
Antonio Dedinho, enjugándose el sudor
de su frente exangüe, miró al trío que estaba frente a él. Tenía hijos por
criar y no servía para otro empleo, ¡ay!, ¡Dios
mío! Los tres lo miraban de reojo; el
profesor Máximo susurró: «prosiga». Con su
traje azul, sus anteojos sin aro, su
anillo de rubí, Máximo Sales parecía un respetable catedrático de ensortijada
pelambre blanqueada en el estudio y en las vigilias científicas. Era tan
formal, tan digno, que todos lo trataban de profesor, incluso Pelancchi, aunque
sólo se había licenciado en contravenciones, fichas y barajas. Y en esa materia
era realmente una autoridad, de gran competencia, de notorio saber, un doctor
angélicus.
Antonio Dedinho, víctima del destino,
preparó otro cahier y todo volvió a repetirse, como en una pesadilla. Como dijo
Amesina (su lindo sobrenombre estaba formado por Ame de Américo, su padre, y
Sina de Rosina, su madre), meretriz dada a la lectura del Almanaque del
Pensamiento y de otras fuentes esotéricas, aquello era
«la esperada señal del fin del
mundo». Máximo Sales hizo algunas preguntas a
Cachorráo y a Lulu (cuyo aliento
inocente comprobó), y, dejando aquel diluvio de damas, se dirigió al teléfono.
De ahí que apareciese en la sala
Pelancchi Moulas, con Zulmira tras él. El grupo le
abrió paso para que así pudiese ver
bien de cerca cómo se diluía su dinero en el
lasquiné. La banca de cien contos
estalló en su cara.
Con un gesto de rey, Pelancchi Moulas
apartó a Antonio Dedinho y a la vista de todos los presentes echó una ojeada al
cahier: los doce reyes aparecieron acumulados en el fondo de la baraja: eran
las últimas cartas. Los tres empleados, Máximo, con su pose doctoral, el
ovejero Gilberto y Lulu, fiscal de sala, cambiaron una mirada de expertos.
Antonio Dedinho se vio a un tiempo condenado e inocente. Pelancchi Moulas,
fríos los ojos, azules de crueldad, miró primero al croupier y a los tres
funcionarios, y después a la muchedumbre en torno: rostros ávidos y tensos,
jugadores en los límites finales del absurdo. Al frente de todos, el negro
Arigof: montaña del Himalaya, altura inmensa, eje del mundo, al decir entendido
de Teresa, geógrafa y negrista. Arigof sonreía, cubierto de sudor y de fichas.
También sonrió Pelancchi Moulas (a
Zalmira, volviéndose para mirarla), y luego preparó él mismo un nuevo cahier,
anunciando la banca como si declamase un verso:
- Banca de doscientos contos.
Mas no por ser él Pelancchi Moulas,
señor del juego, de horca y cuchillo, majestad y todo lo otro que ya se sabe y
no vale la pena repetir, no por eso cambió la suerte, que ya no era suerte sino
prodigio: ahí venían rey y dama, saliendo dama la primera carta. Cuando estalló
la banca antes de llegar a mitad del cahier, Pelancchi Moulas examinó la caja
con el resto de los
naipes: allá al final («el fin
del mundo...», repetía Amesina la profetisa), estaban juntos los doce reyes
inútiles. Largando las cartas, Pelancchi Moulas susurró algo y Gilberto
Cachorráo tradujo en voz alta:
- Se suspendió el juego por hoy...
Arigof se retiró entre muestras de
simpatía, seguido por los admiradores y las ardientes damas, que se pegaban a
él. Cambió las fichas, compró champán y rumbeó para la casa de Teresa, aquella
blanca que le daba por los negros, una
autoridad en geografía y en juegos de
cama. El negro se fue lleno de aires y de orgullo: con él no podían ni la mala
suerte ni el hechizo, ni la cólera de la iaba bucurumim.
Pelancchi Moulas se quedó
reflexionando. Lulu no sabía qué hacer con las manos; Gilberto Cachorráo no
podía explicárselo, pero concordaba con Máximo Sales: allí
había trampa, suciedad, una audacia
de las grandes. Náufrago en medio de un mar
de damas, Antonio Dedinho esperaba la
sentencia. Hay que poner todo en claro, decía el solemne profesor. Pelancchi
Moulas se encogió de hombros: que hicieran lo que quisiesen, interrogatorios o
investigaciones, que llamaran a la policía si era necesario. En cuanto a él,
tenía una idea, su sangre calabresa era sensible al misterio, a las emanaciones
del más allá.
También lo eran los senos de Zulmira
Simóes Fagundes, bronce y terciopelo. De repente, la primera- secretaria, la
prima donna, la favorita de Pelancchi Moulas, comenzó a reírse mimosamente al
tiempo que se contorsionaba:
- Siento algo aquí, en los pechos,
Pequito, hay algo que me hace cosquillas, ¡ay!,
¡qué cosa más loca...! Hasta parece
algo del otro mundo... Pelancchi Moulas hizo la señal de la cruz.
8
Fueron aquéllos unos días confusos,
de trajín y cansancio, de emociones. El doctor Teodoro y doña Flor tuvieron un
ajetreo permanente, yendo de un lado a otro, del banco a la escribanía, de la
escribanía a las diferentes oficinas municipales. Ella se vio obligada a
suspender las clases hasta el fin de la semana, y él casi no apareció por la
farmacia. Celestino, con su habitual franqueza lusitana, aconsejó a doña Flor:
- Si verdaderamente quiere comprar la
casa, largue por unos días esa porquería de clases. Si no, adiós...
Había aparecido otro candidato y si
no fuese por la buena voluntad del banquero habrían perdido una vez más la
oportunidad de realizar el negocio. Otra vez volvía
a estar todo prácticamente concluido,
faltando apenas firmar la escritura definitiva:
la escribanía tardaría unos días en
tenerla lista. Pero ya estaba pagada la seña al antiguo dueño, para lo cual
emplearon el dinero de la libreta de la Caja Económica, los ahorros de doña
Flor.
Del brazo del marido, apoyada en su
fuerza y en su saber, aquel fin de semana, doña Flor recorrió medio Bahía. No
paró un minuto en casa, apenas el tiempo necesario para comer y dormir, sin
tener un solo momento para descansar. ¿Cómo hacerlo con Vadinho allí,
apostándose a su lado apenas ella aparecía, y cada vez con mayores
atrevimientos, dispuesto a llevarla a la deshonra, al adulterio?
¿Adulterio?.. ¿Cómo
adulterio...?, preguntaba el malvado,
¿si soy tu
marido?
¿Dónde se vio que una mujer fuese
adúltera por entregarse al marido legítimo? ¿No le había jurado ella obediencia
ante el juez y el sacerdote? ¿Dónde se vio, mi flor de pasionaria, un
casamiento platónico? Era absurdo...
El maldito tenía frases azucaradas,
labia fina, lógica y retórica; sabía cómo confundirla con sus argumentos... y
su voz era un arrullo:
- Mi bien, ¿no fue para dormir juntos
para lo que nos hemos casado? ¿Entonces?
Dona Flor aun sentía en el suyo el
peso del brazo del doctor, aún sentía el olor de su transpiración en las
cuestas cuando iban en busca de la burocracia. Mas la voz de Vadinho la
perturbaba..., ¿cómo descansar si tenía que estar atenta, si no podía abandonarse
ni un segundo sin correr peligro? Peligro de dejarse arrastrar por la música de
su voz, embobada por sus palabras, por las caricias de sus manos traicioneras,
por sus labios. Cuando quería acordarse, ya la habían aprisionado sus brazos,
teniendo que desprenderse de ellos con violencia. Pero no se había entregado y
no se entregaría nunca.
No se entregó, o, por lo menos, no se
dio del todo, pues algunas cosas le permitió en esos días fatigosos: algunas
leves e inocentes caricias. ¿Serían realmente así, tan leves, tan inocentes?
Una tarde, por ejemplo, en que
llegara deshecha de andar por las oficinas y la escribanía (pues el doctor tuvo
que ir a la farmacia a preparar recetas), doña Flor
se quitó el vestido, se sacó los
zapatos y las medias y se tendió en la cama, así
como estaba, sólo con el corpiño y la
combinación. Había silencio y brisa en la casa vacía y doña Flor suspiró.
- ¿Cansada, mi bien? - Era Vadinho, a
su lado. ¿De dónde venía, dónde estaba
escondido que doña Flor no lo había
visto?
- Tan cansada... Nunca pensé que para
encontrar un papel en una oficina hubiera que perder una tarde... Vadinho
acariciaba su rostro:
- Pero tú estás contenta, mi bien...
- Siempre quise que la casa fuera
mía...
- Yo siempre quise darte esta casa...
- ¿Tú?
- ¿No lo crees? Es natural... Pues
has de saber que la cosa que más he deseado fue poder algún día darte esta
casa. Alguna vez habría de ganar tanto dinero al diecisiete que podría
comprarla... Iba a llegar con la escritura, sin decirte nada antes... Pero no
hubo tiempo... Si no... ¿Tú no lo crees, no?
Doña Flor sonrió:
- ¿Por qué no te voy a creer?
Sentía la boca de Vadinho a la altura
de su rostro y quiso liberarse de sus brazos envolventes:
- Déjame...
Pero él le rogó tanto que le
permitiera dejar su rubia cabeza junto a la suya que consintió en descansar
apoyada en su pecho. Inocentemente, claro.
- Jura que no vas a intentar...
- Lo juro...
Fue un momento lleno de dulzura. Doña
Flor sentía en su cuello el aliento de Vadinho y las manos de él protegían su
descanso: con una le acariciaba la cara, le recorría el cabello, mitigando su
fatiga. De tan cansada, se quedó dormida.
Cuando despertó ya habían llegado las
sombras de la noche y también el doctor
Teodoro.
- ¿Dormiste, querida mía? Debes estar
muerta, pobre... Además de gastar tus ahorros, todo este trajín...
- No digas sonseras, Teodoro... - y
púdicamente se cubrió con la sábana.
En
la penumbra del
cuarto, sus ojos
buscaron a Vadinho,
pero no lo
vio. Seguramente se fue al sentir los pasos del doctor, ¿tendría celos
de Teodoro?,
preguntóse doña Flor sonriendo.
Vadinho lo negaba, naturalmente, pero ella tenía
sus dudas.
El doctor Teodoro se puso el saco del
pijama y doña Flor la bata, levantándose. Él tomó sus manos:
- ¿Qué apurón, eh, querida? Pero vale
la pena, ahora tenemos casa propia. Aunque no voy a descansar hasta pagar la
hipoteca y depositar en la Caja todo el dinero
que pusiste en la transacción.
Juntos, casi abrazados, la mano del
farmacéutico en la cintura de ella, salieron del dormitorio para el comedor.
Allí encontraron a doña Norma, deseosa de saber
novedades sobre la compra de la casa.
- Parecen dos tortolitos... - dijo la
vecina al verlos así, tan enamorados, y el doctor se separó en seguida,
apartándose de la esposa.
Al día siguiente, por la mañana, doña
Norma volvió para hablar con doña Flor sobre cosas de costura. Apuntándole al
cuello desnudo, bromeó:
- Esos amores con tu marido se están
volviendo escandalosos...
- ¿Eh? ¿Qué es eso?
- ¿Acaso no los vi yo ayer, a ti y al
doctor, en pleno idilio, viniendo del dormitorio muy agarraditos?
- ¿Tú estás hablando de mí y de
Teodoro? - preguntó, todavía asustada.
- ¿Y de quién había de ser? ¿Te estás
volviendo lela? El doctor está perdiendo su seriedad... Y antes de cenar...
¿eh? ¿Continuó después la función? Claro, tenían que
festejar la compra de la casa...
- ¡Qué conversación, Normita...! No
hubo ninguna función...
- ¡Ah, mi santa, eso no! Tú con todas
esas marcas de chupones en el cuello, a cada cual más linda..., y diciéndome
que no pasó nada... Yo no sabía que el doctor era del tipo sanguijuela...
Doña Flor se pasó la mano por el
cuello y corrió a mirarse en el espejo del cuarto.
Unas marcas rosadas que tendían a
enrojecer se extendían por todo un lado del cuello. Escandaloso...
¡Ah, Vadinho...! ¡Qué traidor, qué
loco, qué malvado...! Ella había protestado al sentir el roce de los labios,
pero él le preguntó qué mal había en que le acariciara el
cuello, si eso ni siquiera era un
beso, apenas si le tocaba la piel con la boca. Mien- tras la acariciaba, doña
Flor se quedó dormida... ¡Ah, qué Va- dinho, no tenía
arreglo!
Se apartó del espejo y se puso una
blusa de cuello alto para esconder las marcas acusadoras. ¿Qué diría el doctor
si viese esas rosadas señales dejadas por unos labios que no eran los suyos,
por lo demás incapaces de tales obscenidades y depravaciones? Y regresó a la
sala:
- Normita, hija mía, por el amor de
Dios, no vayas a hacer bromas con Teodoro sobre estas cosas... Tú sabes cómo es
él de vergonzoso... Es tan tímido...
- Claro que no voy a gastarle pullas
al doctor, pero, Florcita, es un hecho que está dejando de ser un hombre
grave... Tímido lo fue en otros tiempos, mi santa, ahora se soltó... Hasta se
va pareciendo a Vadinho, que sólo le faltaba hacer las cosas a la vista de los
vecinos...
Doña Flor sintió que alguien se reía,
sintió su presencia. Felizmente, doña Norma no
podía percibirlo: el malvado apareció
suspendido en el aire y para colmo vistiendo aquella camisa que mostraba
mujeres desnudas y que doña Gisa trajera de Norteamérica, de regalo para el
doctor. La camisa sólo le cubría el tórax, todo el resto quedaba a la vista.
Más indecente todavía.
9
- ¿Qué hay de malo en eso, mi bien?
¿Qué es lo que tiene de malo? Deja que mi mano esté ahí, no te voy a sacar un
pedazo, ni a acariciarte; la mano está quieta...
¿qué tiene eso de malo? Y mantenía,
discretamente, la mano sobre las redondas
caderas; pero, en cuanto obtuvo su
mudo consentimiento, la mano no se contuvo más, yendo y viniendo de las ancas a
los muslos..., vasto territorio poco a poco conquistado.
Así, con las manos, el aliento, los
labios, las palabras suaves, la mirada, la risa, la invención, la gracia; con
lamentos, riñas, mimos, Vadinho iba cercando la fortaleza, calificada de
irreductible por doña Flor, y echando abajo las murallas de la dignidad y del
pudor. Su avance continuo y firme, su obstinado asedio, reducía a cada instante
el campo de batalla.
En cada encuentro tomaba una nueva
posición, y los bastiones iban cayendo uno tras otro, rendidos por la fuerza o
por la astucia: la mano sabia o la palabra con mil
promesas, todas en vano: «sólo un
beso, mi bien, sólo uno...». Así fueron tomados
los senos, los muslos, el regazo, las
caderas, las nalgas de satén. Ahora todo eso le pertenecía, era un terreno en
que su mano se movía libremente, sin censuras, y lo mismo sucedía con sus
labios y caricias. Cuando doña Flor se dio cuenta, tanto su honestidad como la
honra del doctor se encontraban acorraladas en un último reducto, que era
cuanto le quedaba incólume. Para más, él se había apoderado del ardiente campo
de batalla sin
que ella se
diera cuenta. Doña
Flor intentó
recriminarlo por las manchas rojas en
el cuello, señales obscenas, horribles; estaba resuelta a prohibir más
intimidades, pero él la envolvió en un abrazo, disculpándose entre susurros o
burlándose de su pudor y de su seriedad, y al rato ya le estaba dando mordiscos
en la oreja y acariciándola hasta hacerle sentir escalofríos. Se hacía urgente
e imprescindible poner coto de una vez por todas a esas relaciones equívocas,
que ya se habían distanciado tanto del afecto tierno, de la inocente amistad
amorosa, del platónico sentimiento que doña Flor imaginara posible cuando
Vadinho regresó. Viéndose en creciente peligro, la virtuosa esposa se llenó a
la vez de miedo y de bríos, disponiéndose a poner término a aquella absurda
situación.
¿En dónde se vio una mujer con dos
maridos? Sentada en el sofá, reflexionaba doña Flor sobre asunto tan delicado -
tenía que llevar la conversación con mucha habilidad para no lastimarlo, para
no ofenderlo, ya que al fin y a la postre él vino en respuesta a su llamada- ,
cuando el tinoso apareció y la tomó en sus brazos. Mientras doña Flor buscaba
el modo de iniciar la conversación, Vadinho metió la mano por debajo de su
falda, procurando alcanzar el último reducto, todavía incólu- me, el cofre
fuerte que guardaba su dignidad de mujer y la honra del doctor.
- ¡Vadinho!
- Déjame ver tu peladita, mi bien...
Me muero de nostalgias de tu papaya... Y ella se muere por mí...
Levantóse doña Flor en un acceso de
cólera, con violencia y furia. Vadinho también
se enojó y el diálogo fue áspero y
desagradable. Tal vez él no esperase una reacción tan brusca por parte de doña
Flor, creyendo que ya estaba totalmente conquistada.
- Sácame la mano de encima, no me
toques más... Si aún quieres verme y hablar conmigo ha de ser de lejos, como
conocidos y nada más..., ya te advertí que soy una mujer honesta y que me
siento muy feliz con mi marido...
Él le respondió, con sorna:
- ¡Tu marido! Ese espantajo, ese
tarado... Lo único que tiene es estatura... ¿Qué sabe de estas cosas ese
flojera...?
- Teodoro no es un ignorante como tú,
no es un fanfarrón, es un hombre de mucho saber...
- Mucho saber... Puede ser que para
preparar un jarabe sea un talento... Pero para lo que tiene valor, para yogar,
debe ser el ganso mayor del mundo... Basta verlo...,
es un capón...
Doña Flor enfrentó entonces a Vadinho
resueltamente, nunca la había visto él tan indignada:
- Pues has de saber que estás muy
equivocado... ¿quién puede conocer su capacidad mejor que yo? Y estoy más que
satisfecha... No conozco un hombre
mejor que él. En todo, y en eso
también... Tú no le llegas ni a los pies...
- ¡Puf! - soltó Vadinho, haciendo un
ruido irrespetuoso y vulgar.
- Déjame en paz, no te necesito para
nada... Y no vuelvas a tocarme nunca más... Esta vez estaba decidida: no le
permitiría más intimidades, ni abrazos, ni los tales besos inocentes, ni que se
echase junto a ella «para conversar mejor». Ella era una mujer honesta, una
esposa seria.
- Si estabas tan satisfecha, ¿para
qué me llamaste?
- Ya te dije que no fue para eso... Y
ya me arrepentí de haberte llamado...
Más tarde, a solas, se preguntaba si
no había sido demasiado grosera y violenta. Vadinho se quedó furioso, ofendido,
humillado. Se marchó y no lo volvió a ver
durante el resto del día. Cuando
regrese, a la hora del crepúsculo, ella le explicaría
sus razones con buenas palabras.
Aunque cínico e insolente, Vadinho tenía a veces reacciones inesperadas y era
capaz de comprender los escrúpulos de doña Flor de circunscribir sus relaciones
a los límites impuestos por el decoro y la honra. Todas las tardes doña Flor,
terminadas las tareas cotidianas, después del baño, envuelta en perfume y
talco, se echaba unos minutos para reposar. Entonces, invariablemente, Vadinho
se tendía junto a ella y conversaban sobre las cosas más disímiles (y mientras
hablaban iba él derribando bastiones, estrechándola contra su pecho, quebrando
su voluntad). Cuando se disponía a protestar, él la distraía
hablando de los lugares de donde
regresó, y doña Flor, llena de curiosidad y de preguntas, no tenía fuerzas para
prohibirle nada:
- Y la tierra, vista desde allá,
¿cómo es, Vadinho?
- Es toda azul, mi bien.
Y el tentador descendía su mano por
la cadera o la alzaba hasta el seno, mientras ella preguntaba:
- ¿Y cómo es Dios?
- Dios es gordo.
- Quita la mano de ahí, te estás
riendo de mí...
Vadinho se reía, la mano siempre
puesta en el túrgido seno, los labios buscando la boca de doña Flor... ¿Cómo
saber si sus respuestas eran serias o si eran mentiras? Su aliento abrasaba,
era un hálito ardiente como la pimienta, una brisa dulce, suave viento del
mar..., ¡ay! Vadinho mentiroso y sinvergüenza... Así la iba él tomando poco a
poco, sólo le quedaba el último reducto, su recato final. Pero ese día lo
esperó en vano, no vino. Doña Flor, inquieta, se removía en el lecho,
debatiéndose entre ansias y dudas. ¿Se habría ido sin más, de vuelta, herido en
su orgullo, ofendido? ¿Se habría ido para siempre? Doña Flor se estremeció ante
la idea. ¿Cómo vivir nuevamente sin su presencia? ¿Sin su locura, sin su
gracia, sin su tentación?
Fuera como fuese, sin embargo, debía
pasarse sin él, si es que quería seguir siendo una mujer honesta, recta. Ésa
era la única solución viable, no encontraba otra
salida para ese atolladero. Terrible
determinación, prueba descomunal, pero ¿qué
hacer si no? Se imponía una drástica
ruptura: si Vadinho continuaba allí, ni su voluntad de ser honesta ni la
decisión de ser virtuosa serían capaces de impedir lo irremediable. Ella no se
engañaba: ¿qué eran las conversaciones sino un pretexto para las caricias, para
esa lucha tan terrible y deliciosa?
¿Cómo resistir la labia de Vadinho?
¿No procuró él convencerla, y doña Flor se dejó
convencer, de que a excepción de la
posesión total todo lo demás no era más que un juego sin la menor maldad, un
juego de primos, que no implicaba deshonra, ni siquiera indecencia? No habiendo
posesión, no había deshonra..., y se mantenían intactas tanto su dignidad como
la insigne testa del doctor.
Vadinho lograba por segunda vez
adormecer sus escrúpulos con la misma canción de cuna, la misma modinha con que
la había mareado en los días lejanos cuando él la cortejaba en Río Vermelho y
la Ladeira do Alvo. Ella se había abandonado al arrullo y cuando abrió los ojos
él ya se había comido la breva y la honra de su doncellez junto al mar de
Itapoá.
Otra vez estaba Vadinho llegando al
muelle de su último puerto, a la fibra más recóndita de su ser. Al menor
descuido de ella, en un instante cualquiera de deseo incontenible; ahora él ya
no comería solamente su breva de doncella, sino la honra de un marido y la
decencia de una esposa.
De una esposa modelo, de un marido
que era ejemplo de buenos maridos. Cuando el pobre menos lo pensase, su testa
aparecería florecida de cuernos, y ésa sería la mayor de las injusticias. La
semilla de tan injustos cuernos ya estaba plantada por las manos de Vadinho,
por los besos de su boca, por su calor de hombre que encendía en doña Flor la
gula y el pecado.
Sí, sólo cabía una solución, única y
segura; que él se fuera por donde vino; sólo así estarían garantizadas la
honestidad de la esposa y la testa del droguista. A doña Flor se le iba a
romper el corazón, iba a sufrir mucho, pero ¿qué otro camino había, qué otra
salida? Ella le explicaría amablemente sus razones: «Perdona, amor, es
imposible continuar así. Todo fue culpa mía, adiós, déjame en paz...»
¿En paz? ¿O en la desesperación? Como
quiera que fuese, por lo menos se mantendría honesta, recta, fiel a su marido.
Vadinho no apareció. Ni en el
dormitorio a la hora del crepúsculo, ni después en la sala a la hora de la
merienda. Contra su costumbre de venir a hacerle carantoñas,
obligando a doña Flor a morderse los
labios para no echarse a reír cuando, metido en una camisa transparente, salía
bailando y exhibiéndose, o a no irritarse al verlo
por detrás de la silla del doctor,
poniéndole cuernos en la testa, ¡el pervertido!
Cuernos inexistentes, pues ella no se
había entregado, había mantenido indemne el reducto en que se guarda la
verdadera honra (el resto eran sonseras, como le decía Vadinho y como saben
cuantos conocen esas cosas).
Esperó hasta la hora de dormir, pero
él no vino. Vadinho se había ido, seguramente ofendido. Era orgulloso y duro,
capaz de enfrentar con la cabeza erguida la prueba
más recia. Quién sabe si no habrá
partido para siempre. ¡Ay, Dios mío, ni siquiera
se despidió!
10
La desaparición de Vadinho ocurrió un
miércoles por la mañana y doña Flor estuvo todo el día desmadejada, afligida
por su ausencia, temiendo haberlo perdido de nuevo, y con el contradictorio
deseo de que así fuese, pues, como ella sabía, sólo su partida definitiva, para
siempre jamás, podía salvar la felicidad de su hogar. Ahora bien, los miércoles
por la noche, así como los sábados, tal como ya se dijo repetidamente, el
metódico doctor honraba a su esposa y hacía uso de ella, cumpliendo, gozoso, la
grata tarea de sus obligaciones matrimoniales. Con bis los sábados (no lo
olvidemos), y con el mismo ritual de siempre, en el cual el placer no excluía
el respeto, un placer envuelto en pudor, cubierto por el recato (y por la
sábana).
Tras el desacierto de la noche del
aniversario de casados, la noche del retorno de Vadinho, las relaciones de cama
entre doña Flor y el doctor Teodoro volvieron a ser normales, doña Flor dándose
al esposo con modestia y con ternura y recibiendo de
él plena y total satisfacción, que
los sábados era doble.
Por lo demás, doña Flor nunca estuvo
tan animada en el placer con el bravo farmacéutico como en los últimos tiempos:
a decir verdad, ahora se entregaba con más ternura que modestia, y el doctor la
sentía ansiosa y apasionada, perdiendo a veces su discreta contención, gimiendo
y suspirando exacerbadamente. Alegrábase el doctor con tales pruebas de amor y
satisfacción: el amor de su esposa aumentaba con el correr del tiempo y también
él la amaba todavía más, si era posible.
Incluso hubo una noche de placer
extra, fuera de la estricta agenda: la del día en que se terminaron los
trámites de la compra de la casa en el banco de Celestino y en la escribanía de
Marback. El doctor fue feliz cumpliendo esa celebración del acontecimiento,
pareciéndole justo romper, con tal motivo, el orden sistemático de la vida
nocturna de la pareja.
Esa tarde, al salir del dormitorio
para la sala, el brazo en la cintura de doña Flor, la cabeza de la esposa
reclinada en su hombro, al percibir la maliciosa sonrisa de
doña Norma, él mismo sintió la
llamada del amor, que flotaba en el ambiente,
procedente de doña Flor, y se
conmovió. Ya había él mismo pensado en celebrar la fecha, considerando que «una
extravagancia de Pascuas a Ramos no constituye un exceso ni amenaza la salud
física y moral de los cónyuges (siempre que no se convierta en hábito,
evidentemente)».
Doña Flor no sabía si fue la compra
de la casa lo que influyó sobre ella induciéndola a provocar al esposo y a
obtener su aquiescencia y colaboración de la citada extra.
Porque el fuego que la quemaba no fue
encendido por los trámites bancarios, la
hipoteca, los recibos, la escritura.
La compra de la casa la unía más aún al doctor y sin duda fortalecía su afecto.
Pero lo que la llevaba a exigir el placer y la posesión extemporánea era la
hoguera levantada por Vadinho con sus caricias, los mimos de sus manos, los
besos de su boca, aquella desvergüenza suya cuando en el crepúsculo le dejó las
rojas marcas en el cuello. Ahora, cuando el doctor, encima de ella, la
desbordaba, envuelto en la sábana, doña Flor, al cerrar los ojos, ya no veía un
pájaro gigantesco: veía a Vadinho, que finalmente la poseía, haciéndola gemir y
suspirar. Una confusión de todos los diablos.
Cuidóse doña Flor de no analizar esta
nueva complicación, ya le sobraban motivos para mortificarse. El doctor, por su
parte, decidió, con toda seriedad, incluir en sus planes una extra cada quince
días.
La noche de aquel miércoles, de la
discusión con Vadinho, doña Flor se sintió perpleja y agitada, con
mucha necesidad de calmar
los nervios. Pensaba en
Vadinho, que tal vez se había ido
para siempre. Era el retorno a una existencia
tranquila, el fin del tenso período
en que se había encontrado entre dos maridos, ambos con derecho a su amor, y
ella sin saber qué hacer, llegando en ciertos momentos a mezclarlos y a
confundirlos, en la mayor de las tribulaciones. ¿Podría ahora quizá retornar a
la apacible rutina de antes de la vuelta de Vadinho, cuando su cuerpo sólo se
despertaba los miércoles y los sábados?
Así, ese miércoles a la noche,
escondiendo bajo las sábanas las marcas de los besos de Vadinho en su cuello, y
encerrando en su corazón el temor a la ausencia, doña Flor acogió a su esposo
Teodoro, iniciando con él el discreto y dulce ritual. Pero apenas el doctor se
había tendido sobre ella, cual confortable paraguas, cuando la risa de Vadinho
resonó en los oídos de doña Flor hasta hacerla estremecer.
Primero fue la alegría de verlo allí,
en equilibrio sobre los barrotes del pie de la cama. No había partido para
siempre, como doña Flor temiera. Después la alegría se convirtió en rabia, al
percibir su risa libertina y la expresión compasiva, burlona, zumbona, de su
rostro.
El miserable se divertía mientras
alzaba la punta de la sábana para ver y mofarse mejor. Doña Flor escuchaba su
voz dentro de sí, su risa libertina, de escarnio y burla:
- ¿Y a eso es a lo que llamas tú
yogar? ¿Y ése es el doctor Sabelotodo, el maestro de las putas y el rey del
relajo? ¿Esa basura, mi bien? Nunca vi algo más insípido... En tu lugar yo le
pediría que en vez de eso me diera un frasco de jarabe: cura la tos y es más
sabroso... Porque lo que él está haciendo, mi bien, es la cosa más triste que
he visto...
Ella estuvo a punto de decir: «pues a
mí me gusta y mucho», pero no pudo. El doctor llegaba al fin y ella se había
perdido entre las risas de Vadinho, muerta de
vergüenza (y de deseo).
11
Quedaba doña Flor sumida en la
aflicción, enloquecida, temiendo por su honra y por la felicidad de su hogar,
ambos en peligro. Pero ¿y qué decir entonces de Pelancchi Moulas? Su imperio se
derrumbaba como bajo un terremoto o una revolución.
Nunca se viera nada igual desde el
comienzo del mundo y de las apuestas. Se sabía de golpes de suerte
extraordinarios, y malas suertes descomunales, y más de una
vez algún jugador hizo saltar la
banca de un casino. Mas estos acontecimientos
eran raros y siempre limitados.
Aparte de eso, está la martingala. Pero la trapacería no tarda en descubrirse
sobre todo si es persistente, si se repite. En ese mundo de incertidumbres,
nada era, sin embargo, más seguro que la fórmula, que las ganancias de los
concesionarios de los casinos, de la quiniela, de la timba: ganan a muchos,
pierden con unos pocos, son unos grandes señores, viven a sus anchas. Mejor
negocio, ubre más rendidora, solamente la Presidencia de la República.
Y sin embargo, las barajas, los
dados, las ruletas, se habían sublevado contra
Pelancchi Moulas. Nada de lo que
ocurría era explicable. Era absurdo, increíble, imposible; era necesario verlo
para creerlo, y aun así, mirando con estos ojos que la tierra ha de comer,
mucha gente repetía las palabras de aquel hombre de Ilhéus, cuando presenció el
torneo de las damas de Arigof: «Lo estoy viendo y no lo creo.» En materia de
juego, el profesor Máximo Sales había visto en su vida todo lo que hay que ver,
incluso un hombre que murió del corazón al acertar un pleno en la ruleta y otro
que se mató tragando una píldora de veneno, una muerte horrible. Pero nunca pensó
que se iba a encontrar con lo inexplicable; era un escéptico, tenía
los pies en la tierra y la cabeza
fría. De adolescente había vendido quinielas en Porto Alegre; fue gerente en
Manaus de un tugurio clandestino, croupier en Río, cuentero en Recife, banquero
en Maceió; vivió del póker en los garitos, conocía los secretos, todas las
trampas.
- Entonces, profesor, ¿qué me dice?
¿Cuáles son los resultados de su investigación? En concreto, ¿qué hay? - la voz
de Pelancchi, sus ojos malignos y el miedo.
En concreto, nada..., y Máximo Sales
ponía la mano para la palmatoria. Los dados y las barajas fueron objeto de los
exámenes más minuciosos, así como las mesas y
las cajas..., ningún indicio. Vino la
policía, un oficial con fama de muy competente,
y varios detectives. Interrogaron a
los empleados, bajo la dirección de Máximo. Exhaustivamente, sin tener en
cuenta el cargo, la edad, o por lo menos sus relaciones íntimas con el patrón.
Ni siquiera se hizo excepción con Domingos Propálato, hermano de leche de
Pelancchi. Sólo Zulmira se salvó de semejante humillación; pero no por ser
quien era estaba libre de la desconfianza del profesor:
- Vaya uno a saber si esa tipa no es
de la banda...
Para Máximo sólo una banda, y de las
mejores organizadas, podría haber montado aquella martingala extraordinaria.
Una banda internacional, pues los tahúres locales no eran competentes para una
faena como ésa. Y tampoco los de Río o San Pablo. Sólo especialistas europeos o
americanos, de Montecarlo o de Las Vegas, serían capaces de una hazaña como la
del bacará: durante dos noches seguidas, en la misma mesa de bacará, en el
Tabaris, se dio punto todas las veces y ni una sola banca, ganando el viejo
Anacreón una fortuna. El y todos los demás, pues una verdadera multitud
acompañó el juego del suertudo. ¿Suertudo? Para Máximo, Anacreón era sólo un
cómplice de los bandidos.
En nombre de la casa estaba al frente
de la banca el mejor banquero de bacará de la ciudad, y quizá del norte del
Brasil, Domingos Propalato. No era un empleado cualquiera, sino el cofrade, el
compadre, el hermano de leche de Pelancchi Moulas. Nacidos en la misma aldea,
con diferencia de días, la madre de Domingos había amamantado en su abundante
seno al futuro millonario. Hombre capaz de matar o morir por su fraterno
Pelancchi, Propalato estaba
por encima de
cualquier sospecha. Y frente a él, el viejo Anacreón, más que
sospechoso.
¿De dónde había sacado el palpito y
el dinero para el juego? Todos conocían la mísera situación a que llegara el
viejo: tan abajo que se veía obligado a vender quiniela en el café de Raimundo
Pita Lima.
Además - sumaba Máximo con los dedos-
, el viejo tenía audacia y experiencia. Mucho
antes de que Pelancchi Moulas
estableciera su imperio
en Bahía, ya Anacreón era figura popular en las ruedas
del juego clandestino, siendo perseguido y además robado. Era tan hábil
tallador de naipes como echador de dados, ¿qué otro tenía más antigüedad y
constancia que él en la mesa de la ruleta, frente al bacará o en la suerte de
la ronda, el veinte y uno, el siete y medio? Era todo un patriarca.
Pasaban los años, surgían y
desaparecían generaciones y sólo el viejo Anacreón se mantenía igual, claro que
con sus altos y sus bajos, sus buenas y malas rachas, sin que jamás hubiera
ejercido otro oficio que el del juego.
Muchos jóvenes que se hicieron a su
sombra ya no jugaban, estaban convertidos en
personas serias y respetables, como
Zé- quito Mirabeau, Guerreiro, Nelito Castro, Edgard Cúrvelo, y hasta Giovanni
Guimaráes. Uno de sus primeros camaradas, Bittencourt, ingeniero competente,
llegó rápidamente a director de Aguas Corrientes, pero no se olvidó del amigo y
le ofreció un empleo seguro, garantía para los días de su vejez. Conmovido,
Anacreón lloró al abrazar a Bittencourt, pero nunca fue a firmar el contrato ni
a ocupar el cargo:
- Sólo sirvo para jugar, para nada
más...
Algunos (felizmente pocos) ocupaban
cargos importantes o estaban casados con mujeres ricas y no se atrevían ni
siquiera a recordar aquellos tiempos de juventud y bohemia. Otros murieron en
plena adolescencia y Anacreón vivía recordando sus nombres y sus hechos: el
alegre Ju, príncipe del chiste, del gracejo, de la picardía sutil; el
bello Divaldo Miranda,
rico y elegante
mestizo; el gordo
Rossi, de
extremada simpatía, loco por la samba
y la cachaca: una vez, borracho, orinó en pleno salón del Pálace, a la vista de
las señoras, y si no lo lincharon fue sólo porque Anacreón sacó la navaja y
hecho una fiera le aseguró la retirada; Vadinho, el inolvidable, su amigo más
dilecto, el más loco y divertido, el mejor, el más osado, un tipo macanudo.
Macanudo, sí, ¡el más macanudo! Incluso muerto y enterrado, haría sus buenos
tres años, no pudo tolerar que el viejo Anacreón estuviese anotando jugadas de
quiniela en el fondo del café, en la miseria, con la moral por el suelo.
Apareciéndosele en sueños - un sueño que más parecía una realidad, pues
Anacreón ni siquiera estaba dormido, apenas era un cabeceo después del magro
almuerzo- , Vadinho le aconsejó que fuese sin falta al Tabaris, tanto ese día
como al siguiente, y que en la mesa de Domingos Propalato apostase al punto, y
sólo al punto, toda la noche. Siempre al punto, jamás a la banca. ¿Cómo
encontrar dinero? Tomó prestado algún dinero de la caja de Raimundo, sin que él
lo supiera; el dueño del café era un buen tipo, no iba a preocuparse por unos
mil- réis. Además, al día siguiente, Anacreón, lleno de oro y nuevamente
cliente de la quiniela, y no empleado de quinielero, repondría con intereses
los centavos del préstamo sacados del fondo de las apuestas en el café de
Raimundo.
Anacreón, jugador antiguo y
experimentado, respetaba los sueños y daba justo valor a un buen palpito, y
todavía más si estaba proporcionado por un amigo tan
leal como Vadinho. Dio el golpe final
de la tarde, al rendir cuentas, haciendo
desaparecer unos billetes, y el bueno
de Raimundo no dijo nada.
Después ocurrió lo que sabemos, para
asombro y comentario de la ciudad: la sensacional racha en el bacará, al
repetirse el punto sin parar durante dos noches, haciéndole perder la calma a
Domingos Propalato, por primera vez en sus largos años de oficio, y obligando a
Máximo Sales, con aire de pasmado, a salir corriendo en busca de Pelancchi
Moulas.
El mismo Anacreón, con toda su
gloriosa crónica de contraventor, nunca viera nada
comparable a esa suerte suya y a la
mala suerte de la banca. Pero no le competía a él discutir lo que ocurría: el
palpito de Vadinho era para que se lo honrase y no para desperdiciarlo en locas
discusiones. Hombre de amplios horizontes, Anacreón creía en el destino y en su
buena estrella, y para él, en tratándose de fichas y naipes, no existía lo
imposible.
Apenas Pelancchi Moulas entró en la
sala, vio el pánico en los ojos perplejos de Domingos Propalato. Yendo a
colocarse junto al hermano de leche, le oyó decir en un susurro, con
desesperación, algo que era como si oyese su sentencia de muerte:
- ¡Dio cane, Pecchiccio! ¡Siamo
fututi!
Simple muñeco de la fatalidad,
Propalato dio vuelta a la carta y salió punto.
12
«¡Sono fregato,
sono fututo!», repitió
Pelancchi Moulas cuando
después de
Anacreón le llegó el turno a
Mirandáo.
De todos los muchachos de su
generación, Mirandáo era el único que seguía siendo el mismo jovial bohemio,
como si el tiempo no corriera para él, pasando las noches
entregado a las emociones del juego.
Un domingo por la mañana, cuando
estaba en casa cuidando los pájaros, Mirandáo oyó con toda claridad el mensaje
de Vadinho: esa noche, en la ruleta, el 17. Mirandáo no
tuvo un amigo
mejor: él y
Vadinho fueron como
gemelos, inseparables. Tanto era así que el nombre de Vadinho no dejaba
de estar en sus labios, ni el recuerdo en su memoria. ¿Cómo lo iba a olvidar si
no hubo amigo igual a ése?
Pero aquel día se trataba de algo
distinto. El recuerdo de Vadinho adquiría la solidez de una presencia, como si
él estuviera allí, ayudando a Mirandáo, junto a las jaulas,
imitando con su silbido el canto del
canario y del curió.
La negra Andreza había invitado a
Mirandáo a almorzar, a comer un sarapatel en su
casa. Mientras iba hacia allá, la voz
le repitió el palpito, y también lo hizo cuando estaba a la mesa, de mantel
blanco e invadida por el perfume del sarrabulho y de la salsa de pimienta. El
17 era el número de suerte para Vadinho, pero nunca había favorecido a
Mirandáo.
Sólo que ese domingo no tenía un
cobre, y entre los invitados de Andreza - el carpintero Waldemar, Zuca, un
empleado de servicio rural que no había cobrado aún los sueldos atrasados, el
albañil Rufino, el maestro Pastinha... sólo Robato Filho podría quizá disponer
de algún dinero para prestarle. El nombre de Vadinho vino al caso y Robato,
alzando la copa de cerveza, declamó la oda del poeta Godofredo; pero, en cuanto
a dinero, estaba pelado, sin un vintén.
Con el buche lleno y el alma
aligerada (nada como un buen sarapatel para aliviar el alma en un domingo),
Mirandáo se desesperó recorriendo inútilmente las calles en
busca de unos pesos. Si encontrase
dinero suficiente podría perder algo al 17. Su
número era el 3, aunque también lo
atraía el 32. Jugar al 17 era tirar el dinero, pero él lo hacía como si
depositara flores en la tumba del amigo.
Mas ¿dónde obtener el dinero en
domingo? Todo el mundo estaba en el fútbol o en el cine, no había nadie en la
calle. Los dos o tres amigos que encontró se negaron a
financiarle la suerte, los
pesimistas.
Cuando ya iba perdiendo las
esperanzas se acordó de doña Flor, su comadre. Nunca había recurrido a ella
para sus necesidades de juego, sólo le pidió ayuda alguna vez por enfermedades
de los chicos y en una ocasión para arreglar las tejas del techo, pues el dueño
se negaba a cumplir las obligaciones de propietario, mostrándose mezquino y
desalmado:
- ¿Llueve dentro de la casa? ¿Encima
de los chicos? Por mí, señor Mirandáo, puede llover sobre cualquiera; pueden
caer las paredes, el tejado, la cumbrera, ¿qué me importa? ¿Es mía la casa? Más
bien parece que la casa es de su señoría, mi caro amigo. Ya va para más de seis
años que yo no veo el color de su dinero...
¿Y si estuviese el doctor Teodoro?
Desde el nuevo casamiento de la comadre, Mirandáo la visitó sólo una vez, no
queriendo imponer su presencia al farmacéutico, quien ciertamente no tendría
gusto en verlo, pues él se parecía tanto a Vadinho que podía ser su copia o su
retrato; no en lo físico, ya que uno era rubio y el otro mulato, sino en lo
moral, o, como dirían algunos, en la falta de moral.
Pero aquella tarde Mirandáo no tenía
otro recurso: o molestar a la comadre o renunciar a jugar.
- Mire quién está ahí... - dijo doña
Gisa a doña Flor, las dos sentadas a la puerta de calle.
- ¡Dios mío!, también se le apareció
a Mirandao... - pensó doña Flor, asustada, pues al lado del compadre venía el
ex finado, muy campante y desnudo (no llevaba
puesta aquella camisa de mujeres
provocadoras).
No, Mirandao no lo percibía. Menos
mal. Saludando a doña Flor y a doña Gisa, el compadre preguntó cómo estaba el
doctor.
- Está muy bien. Fue a una reunión en
la Sociedad de Farmacia.
- Y yo sin saber que tú estabas aquí
sólita... - dijo Vadinho, aunque sólo doña Flor lo oyó, sin hacerle caso.
Doña Gisa se quedó conversando un
poco más y después se fue con el pretexto de
que tenía que corregir los deberes de
inglés. Mirandao se sentó en la silla que ella dejó libre:
- Discúlpeme, comadre, vine a
molestarla porque estoy en un apuro tremendo...
- ¿Alguien enfermo en casa, compadre?
Casi inventa una enfermedad, un hijo
con fiebre, la necesidad de comprar remedios o ir al médico... Pero ¿para qué
apenar a la comadre, además de birlarle los cobres?
- No, comadre, no se trata de una
enfermedad... En realidad, es un asunto de juego...
- Mejor así, compadre.
Y Mirandao se encontró de repente
contándole todo con detalles:
- ...La voz de él, igualita, comadre,
ordenándome que fuera a jugar hoy, sin falta.
Que no dejara de ir...
Doña Flor lo estaba viendo ahí
sentado en el borde de la ventana, bajo la luz de la tarde, Vadinho la miraba
con ojos de calavera Ella hacía lo posible por no mirarlo,
pero, aun sin quererlo, su vista se
desviaba hacia la desnudez del mozo, la piel
blanca y tersa, la pelusa de oro, la
cicatriz del navajazo, la boca insinuante.
- ¿Cuánto necesita, compadre?
- Poca cosa...
Fue a buscar el dinero, y Vadinho la
acompañó; al llegar al dormitorio la abrazó y le dio un beso. La pobre doña
Flor ni gritar podía, con el compadre esperando en la puerta. Su resistencia se
desvaneció en el beso.
- ¡Ay, Vadinho...! - gimió
finalmente, y ella misma le ofreció entonces los labios, ya perdidos el pudor y
la razón.
Vadinho la fue llevando hacia la
cama, al tiempo que intentaba desnudarla. De no
haber oído los pasos del compadre
dentro de la casa, quizá doña Flor hubiese perdido en aquel momento su honor de
mujer casada, de esposa honesta. En el último momento volvió en sí, apretó las
piernas, se liberó del beso y del vértigo, salió de debajo de Vadinho:
- ¡Qué locura...! Con el compadre
ahí...
- Está afuera...
- Está en la sala..., déjame..., ¡qué
vergüenza!
Se arregló el pelo con los dedos, y
compuso sus ropas, yendo al comedor, donde Mirandao estaba tomando agua. Le dio
el billete, empapado por el sudor de su mano.
- Gracias, comadre, no sé cómo
agradecérselo. Si no gano hoy ya no ganaré nunca. Es algo seguro, es como si el
compadre estuviera junto a mí dándome suerte.
Ya en la puerta de calle, Mirandao se
rió y reveló su plan.
- Claro que él está empeñado en que
yo juegue al diecisiete, pero voy a jugar al tres y al treinta y dos, porque no
estoy loco. Una vez, comadre, acerté cuatro
plenos seguidos al treinta y dos. Fue
sensacional.
- «¡Idiota!»
- ¿Oyó, comadre? ¿Lo oyó hablar? Era
la voz de él, ¿no? Dígame...
Doña Flor, sintiéndose desfallecer,
el corazón sobresaltado, la boca ardida y seca, habló bajito:
- No haga caso, compadre, a veces
también me tienta a mí...
Mirandao no entendió. Ese día, por lo
demás, todo estaba embarullado, nada tenía explicación ni sentido. Lo mismo
ocurría con la noche, que estaba llegando de repente, súbitamente, del lado del
poniente, adelantada la hora, sin esperar los rojos colores del crepúsculo, una
noche totalmente azul. El reloj de Mirandao marcó la hora del juego: no debía
perder una sola puesta, ni una bola siquiera.
- Adiós, comadre, mañana vengo a
pagarle...
- No es necesario, compadre. Si gana,
compra de mi parte unos bombones para los chicos... - Hizo una pausa y
concluyó, bajando la voz- : ...y de parte de su compadre...
El beso de Vadinho le acarició el
rostro como si fuera la brisa de aquella noche azul.
- Hasta luego, mi bien... De noche
voy a venir a sacarte de la cama... Espérame... Sin falta, espérame...
13
Noche de domingo. Salones
abarrotados, la orquesta atacó un fox y las parejas salieron a la pista de
baile; entre ellas, Mi- randáo reconoció al argentino Bernabó y a doña Nancy.
Cambió por fichas en la caja los cien mil- réis de doña Flor. Puso dos de las
más chicas en el bolsillo: «Éstas son para el 17 de Vadinho, más tarde.»
Dividió las otras en dos grupos iguales: mitad para el 3, mitad para el 32. En
la
mesa de ruleta saludó con una sonrisa
a Lorenzo Mano- de- Vaca, el croupier, viejo conocido suyo. Con mano certera
sacó una ficha para el 3 y otra para el 32. Y he aquí que las dos giraron en el
aire y fueron a caer juntas sobre el 17, en el mismo momento en que Lorenzo
cantaba el juego. Salió, naturalmente, el 17. Y nunca más dejaría de salir
siempre y con seguridad, si no fuera porque un poco después de medianoche
Pelancchi Moulas ordenó la suspensión del juego con el pretexto de un
desperfecto en la taza de la ruleta.
14
En el departamento de Zulmira, en el
regazo de la mestiza, en la bienaventuranza de
sus abundantes senos,
Pelancchi Moulas escuchaba
el relato del
profesor Máximo Sales: la taza y la mesa de la ruleta, desmontadas pieza
por pieza y sometidas a todas las pruebas, no revelaron ninguna inclinación o
defecto, ninguna señal de marrullería.
- Yo ya lo sabía... Es inútil... -
gimió el pobre rey.
Allí, en esa dirección que sólo unos
pocos conocían, se escondía el gran hombre, el dueño de la ciudad, el jefe del
gobernador, huyendo de los cargosos y de las
preocupaciones. En su escritorio
(«Pelancchi Moulas, empresario») había un desfile
permanente, de la mañana a la noche:
individuos de la más variada especie, comisiones de todo tipo, cada cual con su
lista, su carta, su pedido, su problema, su mutilación, su cuento. Todos venían
en busca de dinero.
Dinero para construir iglesias,
comprar campanas, contribuciones para hospitales y obras de caridad, para
asilos de ancianos y reformatorios infantiles, ayuda para excursiones de
estudiantes al sur y al norte del país. Periodistas y políticos, ávidos, insaciables,
necesitando todos ellos algún dinerito para salvar a la patria, a la moral
cristiana, a la civilización y al régimen de la tenebrosa y fatal amenaza de la
subversión y del ateísmo. Literatos con proyectos de revistas y originales de
libros:
«Usted es amigo de la cultura, de las
letras y de las artes, de la poesía; es el mismo Mecenas resucitado.»
(Pelancchi tenía ganas de responder: «Mecenas es la puta que los parió», en vez
de eso soltaba un billete de veinte o de cincuenta, según que el sablista fuera
un joven genio o un viejo sonetista.) Reformadores, moralistas, católicos,
protestantes, ocultistas, todos los que combatían las malas costumbres y la
anarquía, el peligro comunista y el amor libre, el inicuo abandono de las
reglas de la gramática portuguesa (el pronombre indeterminado al iniciar las
frases), y el escandaloso escote de las mallas en las playas (exhibiendo todo,
hasta las vísceras). La Asociación de Madres de Familia en Permanente Vigilia
contra el alcohol, la prostitución y
el juego («madres
de familia» quería
decir, principalmente, Antonio Chinelinha, que entonces estaba en los
comienzos de su prometedora carrera); la Sociedad Protectora de las Misiones en
Oceanía; la Campaña Contra el Analfabetismo, del mayor Cosme de Faría; la
Devoción de San Genaro, y el Club Carnavalesco de las Alegres Morenas de
Cabula; enfermos de todas las enfermedades, desde la lepra al cáncer, desde la
bubónica al beriberi, desde el mal de Chagas al de San Vito, y los batallones
de ciegos, de cojos, de mancos, para no hablar de los locos y de los que,
simplemente, iban a pedir dinero sin ningún pretexto, con la cara más fresca de
este mundo.
De todo eso descansaba Pelancchi en
el departamento y en los senos de Zulmira, preciosos refugios, ahora más que
nunca: sólo en ellos podía hundir el miedo pánico que lo asaltaba, que lo
dominaba. Allí oía a sus auxiliares: unos pesados, unos babosos.
Sin darse por vencido, Máximo Sales
exponía un plan audaz y simple: ¿Por qué no aprovechar la ruleta desmontada y
poner todo en claro? ¿Cómo? He aquí cómo...
Alabeando el plato de la ruleta hasta
hacer imposible que la bolita caiga en el sector
del 17. Un truco tan viejo como el
mismo juego de la ruleta. Sin duda era peligroso y desde luego deshonesto;
pero, no siendo así, ¿cómo obtener la última prueba? Máximo mantenía su
posición inicial: todos esos presuntos absurdos, en los que Pelancchi veía la
mano del destino, no pasaban de ser un truco monstruoso, obra de una banda -
¡extranjera!- de acuerdo con
fiscales y croupiers, y con Arigof, Anacreón y Mirandáo.
«Qué banda ni qué extranjeros...,
¡sono /regato, sono fatuto!»
Para Pelancchi Moulas toda esa charla
de Máximo Sales era pura pérdida de tiempo, nada más. Ni banda ni martingala.
Era mucho peor: sus enemigos, para arruinarlo, echaban mano a las fuerzas
sobrenaturales, incontrolables, extraterrenas.
En el curso de su vida, no siempre
fácil, Pelancchi había sembrado odios profundos, mortales enemistades. Cuando
se hizo necesario, su mano fue pesada y dura,
dejando a su paso un rastro de
maldiciones y de juramentos de venganza. Ahora se
veía acorralado, entre el hechizo y
la brujería.
Pelancchi no temía luchar con los
hombres, era un recio adversario. Pero este gángster moderno, este hijo del
siglo de las luces y de la técnica, se metía debajo de la cama al primer
ronquido del trueno, se moría de miedo ante la fulgurante luz
de los relámpagos, y en esos casos se
convertía de nuevo en una criatura de
Calabria, en un chico campesino, hijo
de la superstición y de la miseria.
- ¡Maledetto, sono stregato!
- Pues muy bien - dijo Máximo Sales,
que sólo temía a los hombres y no creía en las almas del otro mundo; era
librepensador y escéptico, y procuraba encontrar una explicación racional y
lógica para todo tipo de fenómeno- ; pues muy bien, pongámoslo en claro.
Combemos la ruleta y veamos qué pasa. Está prohibido y es deshonesto, y a usted
no le gusta este recurso ni a mí tampoco. Pero se trata de un recurso extremo,
y más deshonesto es lo que le está pasando a usted, ¿no le parece? Si una vez
alabeada la ruleta todavía se diera el diecisiete - y bien sabe que es
imposible que se dé- , yo estaré de acuerdo con usted: entonces es cosa del
diablo y confiaremos la solución a los macumbeiros.
Pelancchi Moulas se encogió de
hombros: si era para realizar la prueba, y sólo para eso, que Máximo hiciera lo
que mejor le pareciese, que alterase la ruleta, pero con el máximo cuidado y
discreción.
- Yo mismo me encargo del trabajo,
quédese tranquilo.
- Y sólo por una noche.
- De acuerdo, sólo por esta noche.
Restregándose las manos, Máximo fue a
realizar su delicada tarea. A Pelancchi
Moulas todo eso le parecía inútil.
Era tiempo de poner su fortuna y su destino en manos más competentes que las de
Máximo y las de la policía. Si había alguien capaz de descubrir la explicación
del enigma, ese alguien era Cardoso y S.a, el carismático filósofo cuya mente
sublime se proyectaba en el más allá, en los páramos del infinito: un destello
en el espacio cósmico que revelaba el pasado y el futuro, pues él vivía al
mismo tiempo en el ayer, en el hoy y en el mañana, en las luminosas cumbres y
en los negros abismos.
Zulmira tampoco tenía dudas: era
brujería, era el demonio suelto. Ella no se lo había dicho antes para no
aumentar sus preocupaciones, pues ya tenía Pequito bastantes motivos de
inquietud: en el Pálace, en la víspera, cuando se suspendió el juego, tal como
ya le había sucedido anteriormente, un fantasma le palpó los pechos y le hizo
cosquillas. Y no contento con eso - ¡qué horror, Dios mío!- se metió bajo sus faldas y le pellizcó las
nalgas:
- Mira, Pequito... Fíjate...
Levantó la bata. Por debajo relucía
la piel color cobre, en la que él observó las marcas rojiazules de los dedos de
Vadinho, definitiva prueba de la intervención de lo ignoto.
- ¡Accidente! - exclamó el calabrés,
y sacando fuerzas de flaqueza, se hundió en
ese oscuro misterio.
15
¡Insensato e insolente!... Vadinho
siempre fue así y no había cambiado en los años de ausencia:
- De noche vuelvo para sacarte de la
cama... Espérame...
Como si doña Flor fuese la última de
las perdidas, tan disoluta como para entregarse al libertinaje mientras el
esposo dormía a su lado. En la cama de hierro, el doctor Teodoro duerme el
famoso sueño de los justos, su noble figura en plácido reposo, la respiración
uniforme, como si roncase al ritmo del fagot.
Doña Flor contempla el honrado rostro
del marido y la embarga una ola de ternura: no existe un hombre mejor, un
esposo tan perfecto. Ánimo fuerte, carácter impoluto - también llamado
diamantino...- ; doña Flor decide liberarse de una vez para siempre de aquel
enredo turbio e insoportable, indigno de su condición y de su honestidad.
Sería mejor esperarlo en la sala,
pasar allí la velada. Al mismo tiempo sería más seguro: no corría el riesgo de
verse en los brazos de Vadinho en el mismo cuarto en que dormía el otro esposo
(el bueno, el probo). Porque ella, esclava de los sentidos, del cuerpo vicioso,
de la vil materia, teme entregarse imprevistamente. Su voluntad ya no le
obedece, sus fuerzas se desvanecen apenas surge Vadinho, y, cuando él se
arrima, le da un vértigo y queda a merced del seductor. Ya no era dueña de su
cuerpo, la indócil materia no obedecía más a su espíritu, sino al deseo de
Vadinho. Aún no se había entregado, es verdad, pero quizá fuese porque Vadinho
casi no se dejó ver en los últimos días, de nuevo entregado a la timba, a la
vida airada, desaparecido.
Así que ésta era la noche. Fue tan
categórico, tan incisivo: «Espérame, espérame sin falta, que esta noche te
vengo a buscar a la cama.» Ni siquiera tenía para con ella la menor
consideración: hizo la promesa de venir y allá se quedaba demorán- dose en el
juego. Si es que no estaba en algún prostíbulo. Doña Flor camina por la sala,
abre la ventana, escudriña la calle, cuenta los minutos.
Tantos juramentos de amor, tanta
declarada pasión, todo mentira. Allí estaba ella, sólita, esperándolo, y él no
era capaz de sacrificarle una sola jugada. Hasta puede
que venga después de la última bola.
Sin embargo, el juego ya había
terminado. Doña Flor conoce bien los horarios, está familiarizada con todos los
detalles. Esta vigilia esperando a Vadinho tuvo sus comienzos hacía ya muchos
años. ¿Dónde andará ahora, qué fiesta lo retendrá, por quién habrá cambiado la
promesa hecha a doña Flor? Vadinho, ¿por qué abusas así de mis sentimientos,
por qué no vienes si hiciste la promesa de venir y yo te espero sumida en el
desprecio a mí misma? ¿Qué me importa la honra, la decencia, el hogar feliz, el
noble marido? Sólo me importa tu presencia. ¿Por qué se la anunciaste a mi
deseo?
Por la mañana, en la clase de cocina,
doña Flor, nerviosa y abstraída, casi pierde el punto del arroz de haussá. En
el fondo de la casa se oía a Zulmira Simóes Fagundes, que contaba algo, muy
excitada:
- Chicas, es cosa de sortilegio, ando
con un miedo... ¿Ustedes no se acuerdan que
el otro día, aquí, en la clase, sentí
que algo me palpaba el seno? ¿Pues saben que la cosa continúa...?
Las alumnas no salían de su asombro:
- ¿Qué? ¿Cómo? Cuenta...
- Ayer por la noche yo estaba en el
Pálace...
- Tú no pierdes una soirée en el
Pálace...
- Forma parte de mi trabajo...
- Un trabajo así es lo que yo
querría...
- Cuenta, Zulmira...
- Pues ayer a la noche yo estaba en
el Pálace con mi patrón y a la ruleta le pasó algo..., sólo se daba el
diecisiete... Doña Flor escuchaba, pensativa.
- En el momento de mayor confusión,
sentí que la misma cosa invisible me tocaba
los senos y después... - bajó la voz-
...me dio un pellizco en las nalgas...
- ¿Pellizco de algo invisible? No me
diga... - dijo dudando una señora poco afecta a los misterios y de trasero
inocuo.
- ¿No lo cree? Pues todavía tengo la
marca.
Como no estaba dispuesta a pasar por
mentirosa, Zulmira levantó la pollera y exhibió un anca que podía causar
envidia incluso a las colegas más bien servidas en materia de cuadriles. Un
tanto borrosa, allí estaba la marca de los dedos de Vadinho. Silenciosamente,
doña Flor salió de la sala. Lo esperó durante todo el día, con tristeza.
Vadinho no vino. Tampoco en la segunda noche. Toda su pasión era mentira, su
delirante amor sólo era falsedad e hipocresía. Ella en vela, esperándolo, y el
trasto tan tranquilo en el juego o bajo las polleras de Zulmira pellizcándole
las nalgas. Vadinho, cínico e irresponsable, falsario y desleal, sin corazón...
Y doña Flor se sentía libre de toda contradicción, libre a un tiempo del pudor
y del deseo. Pero triste.
16
Al llegar la hora de la victoria, el
profesor Máximo Sales no se llenó de soberbia; por el contrario, modestamente,
atribuyó el éxito al antiguo proverbio, a la probada fórmula: «a ladrón, ladrón
y medio». Era erudito sin soberbia, un verdadero humanista. Pero que no le
viniesen con historias de espíritus- del- otro- mundo, ni charlatanerías sobre
embrujados y hechizos. Bastó con desnivelar la ruleta para que toda la brujería
se disolviese, indicando la existencia de la trampa; ahora faltaba solamente descubrir
al responsable, al jefe, al cabecilla de la banda, y ajustarle las cuentas.
Ignorante del complot, Lorenzo Mano- de- Vaca echaba la bolita en el plato de
la ruleta: en la víspera sólo se dio el 17, y hoy no había salido una sola vez
en toda la noche. El rostro de Pelancchi Moulas estaba menos tenso. Él le temía
a lo sobrenatural y a nada más. Pero ¿cómo iba a ser ésa una fuerza cabalística
si era incapaz de superar el arreglo de la ruleta? Máximo le había quitado a la
martingala su máscara de misterio, y Pelancchi, con su brazo largo e
insuficiente, alcanzaría al responsable y le haría pagar con intereses el
dinero ajeno, la audacia, la insolencia, y sobre todo las horas de
pusilanimidad, el miedo declarado, el pánico que le había roído el corazón. Entre
Zulmira y Domingos Propalato, de nuevo en paz con el mundo, Pelancchi sonreía a
los jugadores: no podía haber una sonrisa más cordial y afable. Mientras tanto,
Mirandáo, desertor y borracho, dormía en el burdel de Carla, en el hermoso y
discreto boudoir rosa. La noche anterior, cuando Pelancchi Moulas, visiblemente
descontrolado, ordenara la suspensión del juego, Lorenzo Mano- de- Vaca, el
croupier, y Domingo Propalatos, allí presentes, no fueron los únicos que al fin
se vieron liberados de aquella indescifrable pesadilla. No se sintió menos
aliviado Mirandáo, en medio de un mar de cifras, tan absurdo y tremendo era el
asunto. Mientras en la ruleta se cantaba el
17, Mirandáo se mantuvo entre la
euforia y el terror. Euforia debido a su descomunal suerte, terror ante lo
ilimitado de esa diabólica suerte suya. Aquella
noche se rompieron los diques de la
fortuna y todas las fichas de los casinos
obedecían a Mirandáo. Pero esa suerte
¿le pertenecía realmente a él? Todo era sospechoso y extraño por demás: oyendo
la voz de Vadinho, a partir de la mañana, junto a las jaulas, luego a la hora
del sarapatel y después por la calle. Más tarde la visita a doña Flor, sus
extrañas palabras, sus frases oscuras, y el insulto del finado, que él oyera
como si además de Mirandáo y la comadre, también Vadinho tomase parte en la
conversación. Y después, el comportamiento mágico de las fichas, yendo a caer
en el 17 cuando él las echaba al 3 y 32. A medianoche, Mirandáo quiso hacer una
prueba temeraria, apostando de nuevo a sus números predilectos, cargándolos de
fichas. Pero todas ellas, por su cuenta y nadie sabe cómo, aparecieron en el
17. Finalmente, ¿qué era Mirandáo? ¿Un jugador o un juguete del
destino? Cuando salió del Pálace,
convertido en un arrogante millonario, pero con el corazón afligido, se
encaminó al burdel de Carla, lugar apropiado para las conmemoraciones de los
hechos grandiosos como aquél, y un lugar acogedor en las horas de angustia.
Confió su dineral a la gorda italiana, señora de mucha integridad y escrúpulos
(autorizándola, claro es, a gastar en la fiesta lo necesario, sin mezquindad).
De este modo se precavía del exceso de cariño de las mujeres o del súbito
afecto de los múltiples amigos cuando quedase borracho. Porque esa noche
Mirandáo se disponía a tomar la tranca de su vida, ahogando en ella los
términos del enigma, los fragmentos de tanto desvarío.
La fiesta, regida por la gorda Carla,
duró hasta el día siguiente y los más resistentes, como los literatos Robato
Filho y Áureo Contreiras (siempre con una flor en la solapa) y el periodista
Joáo Balisla, se quedaron a almorzar en el burdel... una feijoada genial y
arrasadora, con cachaca y vino seco. Sólo después de semejante maratón cayó
Mirandáo desplomado, llevándoselo en andas las chicas, como si fuese un muerto.
Lo desvistieron y le dieron un baño libio, de inmersión, envolviéndolo luego en
perfume y talco y tendiéndolo, dormido por fin, en una cama de colchón de
barriguda, en el boudoir reservado a los huéspedes de honor, todo en satín
rosa.
Mirandáo y algunos otros invitados
sensibles, como la ya citada Amesina (Ame de Américo, su padre, y Sina de
Rosina, su madre), sintieron en el ambiente la presencia de una fuerza
irreprimible que dirigía la fiesta. ¿Cómo explicar, si no es así, el número de
la gorda Carla bailando la danza de los siete velos, espectáculo sublime y
monstruoso?
Máximo Sales,
aunque escéptico, realista
y librepensador, también
tuvo la impresión de que lo
observaban, cuando, aquella larde, en la sala de juego (con la sola ayuda de
Domingos Propálalo, hermano de leche de Pelancchi), realizaba, con pericia y
concienzudamente, con la perfección de un artista, la difícil tarea de examinar
la ruleta. Por momentos, la sensación era tan fuerte y extraña que suspendió el
trabajo y recorrió la sala con la mirada en busca del invisible testigo.
Alrededor de medianoche, en momentos en que el juego alcanzaba la mayor
animación, Mirandáo, desde el fondo de su sueño de piedra, bajo el peso del
cansancio y el alcohol, volvió a oír
la misma voz de
la víspera. Al principio vagamente, luego con claridad; era
igual a la de Vadinho y le ordenaba volver a la mesa de ruleta con urgencia: al
Pálace, rápido, a jugarle al diecisiete y sólo al diecisiete. ¡Vamos! Al abrir
los ojos, Mirandáo se encontró a solas con las sombras de la noche y aquella
voz. Encogido bajo las sábanas, muerto de miedo, se tapó los oídos con la
almohada. No quería oír. La víspera, en plena fiesta, Anacreón le preguntó:
«¿Tú también oíste la voz de Vadinho susurrándole al oído? No hay otro amigo
como él. Ni después de muerto se olvida de uno.» Mirandáo no quería oír, pero
no podía dejar de hacerlo, oía con toda claridad, estaba poseído, embrujado,
con un egun mon- lado en su cuello. Necesitaba ir cuanto antes al candomblé de
la Madre Senhora para rezar o corpo y ofrecer un gallo a los orixés, o quizá un
cabrito.
A
través de la
almohada, intimidante, proseguía
la voz, casi
amenazadora. Mirandáo no encontró una salida más digna, menos humillante
que gritar a lodo pulmón, clamando socorro y alarmando al burdel. Pidiendo
disculpas al meritísimo magistrado, cliente ilustre y lento, que eslava
entregado a su competencia, la buena Carla fue a atender al aterrado huésped.
Cuando lo tomó en sus brazos y lo escondió en su seno, Mirandáo le juró por el
alma de su madre y por la felicidad de sus hijos que jamás volvería a jugar.
Jamás en su vida. No habría fuerza humana (o sobrehumana) capaz de hacerle
tocar otra vez una ficha.
17
Cuando sonó el teléfono hacía ya dos
horas que Giovanni Guimaráes dormía. Después de casado se acostumbró a
acostarse y levantarse temprano, hábitos éstos, en opinión de la esposa,
extremadamente saludables. Nada tan útil y necesario para gozar de buena salud
y tener éxito en la carrera, sobre todo para quien había perdido antes tantas
noches, llevando una vida extravagante y censurable. He ahí un hombre - el
conocido periodista Giovanni Guimaráes-
cuya vida se transformó por completo y en poco tiempo. De un día para
otro, como se dice. Una prueba de las excelencias del matrimonio con una mujer
dedicada y enérgica, poco dispuesta a aprobar excesos y relajos. Giovanni
conservaba su alegría fácil, su risa espontánea, sus mentiras, sus
exageraciones. En apariencia era el mismo, el buen conversador, el que conocía
todos los pormenores de la vida de la ciudad: políticos, financieros,
adulterinos, todos. Pero sólo en apariencia. Porque el bohemio incorregible, el
trasnochador, el jugador, ya no existían más, para asombro de muchos.
Cierta vez, cuando era soltero, la
familia, alarmada con las noticias que llegaban al latifundio de Urandi, mandó
a Bahía a un primo recaudador, con fama de carcamal, para que observara el
comportamiento del hijo pródigo. El carcamal se hospedó con
Giovanni en el apartamento del
célibe, en la Piedade, y, para cumplir mejor su
delicada misión, lo acompañó en sus
andanzas durante una semana inolvidable. Al volver, resumió su diagnóstico en
una sola palabra: «¡Irrecuperable!»
Al menos, eso parecía: despilfarrando
lo que ganaba, así como la renta de la herencia, en los antros de juego y por
ahí, Giovanni había cambiado el día por la
noche, apareciendo por la repartición
sólo para cobrar el sueldo. Acribillado de deudas y simpatizante de ideas
sospechosas, ¿de qué le servían su prestigio de periodista, el brillo de su
inteligencia, la irradiante simpatía que le ganaba la amistad de todos?
Ya reintegrado a sus recaudaciones,
en el seno de la religión y la familia, el pariente
consideraba extremadamente improbable
la regeneración de Giovanni; tendría que ser un imbécil rematado para abandonar
esas delicias, y sobre todo una de ellas, gracioso ornamento de la casa de
Zazá, llamada Jucundina, más conocida por Cosita Dulce. Cayéndosele la baba, el
recaudador comunicaba a la llorosa familia:
- Pierdan las esperanzas... Es un
disoluto... No tiene arreglo...
Sin
embargo, lo tuvo.
Cuando ya se
le consideraba un
caso perdido, un incorregible, llegó el amor y en dos meses
lo llevó al casamiento. Hubo quienes compadecieron a la novia: «Pobre, va a
maldecir el día en que se casó, ese
Giovanni es un loco.»
Decían esto porque no conocían a la
joven, engañados por su tranquila apariencia, por sus moldes casi tímidos. Seis
meses después del casamiento, el carcamal del sertón, otra vez en la capital,
dijo meneando la cabeza: «¡Pobre Giovanni!», y salió a toda prisa hacia la casa
de Zazá... quizá Cosita Dulce estuviese todavía disponible y le gustase ir a
conocer el campo y la vida rural.
Era otro Giovanni: nadie lo vio más
en la mesa de juego o en una farra de cualquier clase. Una vez cada dos meses
arriesgaba diez tostones a la quiniela, y eso era todo. Ella era una hermosura
de mujer, de esas de película... Además, ahora era
también un señor muy respetable, un
perfecto funcionario; un padre de familia
como es debido, dándole el brazo a la
esposa cuando iba por la calle, y el otro a su hija Ludmila, un trem- de-
rísco. ¡Un cuadro conmovedor!
Le había salido un principio de
calvicie, tenía ideas conservadoras, hábitos principescos y
ambición de tierras
y bovinos: como
se ve, era
un hombre
totalmente recuperado para la
sociedad, la familia y el latifundio.
Ya hacía, pues, más de dos horas que
estaba durmiendo Giovanni cuando sonó el teléfono. ¿Quién sería?
- ¿Es Giovanni? - preguntaron.
- Sí. ¿Quién habla?
- Habla Vadinho, Giovanni. Vente
corriendo al Pálace y juega al diecisiete, juega sin miedo, que va a darse, te
lo garantizo yo. Pero vente rápido, corriendo...
- Voy ahora mismo.
Se vistió a prisa, procurando no
hacer ruido. Mejor que la esposa no se despertara, no tenía tiempo para
explicaciones. Con tanto apuro por salir se olvidó las llaves, los documentos y
la cartera con el dinero. Por la esquina pasaba un taxi y lo tomó, y sólo
cuando iba a pagar se dio cuenta de que le faltaba la cartera.
- Me olvidé la cartera...
- No es nada, doctor... Después voy
por el diario a cobrar... - Giovanni reconoció al chófer, Cígano, siempre en su
puesto a la madrugada.
Reconoció al chófer, pero no se
reconoció a sí mismo, Giovanni Guimaráes. ¿Qué diablos estaba haciendo ahí
frente a la puerta del Pálace, a la una de la mañana?
Fue despertado por una llamada
telefónica. Era Vadinho, recomendándole el diecisiete. Pero Vadinho había
muerto hacía unos cuantos años, antes de que él,
Giovanni, se casara. Seguramente se
trataba de un sueño, de una alucinación. Pero, sueño o pesadilla, ya que se
encontraba allí y el mal estaba hecho - saliendo
de su casa por la noche y a
escondidas, ¡ay!, imposible evitar las consecuencias- , lo mejor que podía
hacer era aprovechar el palpito. Lo envolvía el aire de la noche y
de la libertad, y, al subir las
escaleras hacia el juego, Giovanni se sintió casi un héroe.
A pesar de la hora tardía había mucho
movimiento en el salón, sobre todo en la
mesa de ruleta, y fue recibido con
saludos cálidos:
- Felices los ojos que lo ven...
- ¿A qué se debe el milagro?
Acercándose a Pelancchi, el
periodista consultó:
- ¿Puedo hacer un vale? Salí con
tanto apuro que me olvidé la cartera y el talonario de cheques...
- Lo que quiera... La caja es suya...
- Sólo lo necesario para probar un
palpito... Soñé con el diecisiete...
- ¿El diecisiete?
La sonrisa de Máximo Sales se
acentuó, pero Pelancchi Moulas sintió una corazonada, un presentimiento.
Giovanni hizo el vale y tomó las fichas poniendo dos sobre el 17.
- Hoy no se dio una sola vez -
comentó alguien.
- No va más... - se oyó la voz de
Lorenzo Mano- de- Vaca.
La bolita giró en la bandeja alabeada
de la ruleta... imposible que se diese el 17. La cara de Máximo Sales,
bienaventurada como la de un santo; la de Pelancchi Moulas, tensa.
- Negro. Diecisiete - anunció Lorenzo
Mano- de- Vaca.
18
Tarde de sábado, de melancolía y
lluvia. Se le hacía tan difícil estar a solas con su tristeza. Ni eso conseguía
doña Flor. Con paraguas y capa, allá se había ido el doctor Teodoro al ensayo
en casa del doctor Venceslau. Doña Flor se disculpó: tenía jaqueca y pocas
ganas de hablar sobre figurines y recepciones y sobre la vida ajena. Tampoco la
atraía la monotonía del ensayo. Eso no se lo dijo, está claro; por el
contrario, se lamentó de no poder oír, una vez más, la nueva composición del
maestro Agenor Gómez, tan de su gusto, un lánguido vals en homenaje a doña
Gisa, de quien el músico se hiciera amigo: Suspiros en una noche de luna en el
Mississippi. Además, hacía un rato que doña Gisa la invitara a una demostración
de capoeira, en unos baldíos que quedaban por el lado de Amaralina: esa gringa
pizpireta siempre con novedades. Pero ¿cómo aceptar, si ni siquiera accedió ir
al ensayo, caída físicamente como estaba y con el ánimo por los suelos? Lo
mismo les dijo al doctor Ives y a doña Emina, fieles a las matinées de los
sábados, yendo casi siempre al mismo cinematógrafo. También doña Norma le había
hecho una invitación:
- Ven a fisgar la brisca, el juego no
impide que se converse.
- Gracias, Normita. Si tuviera ánimos
habría acompañado a Teodoro. Lo dejé ir sólito... Doña Norma aprobaba:
- Lo vi cuando pasó hacia el tranvía.
Iba desolado, con cara de muerto. Ese marido
tuyo te adora, Flor.
Era una injusticia no haberlo
acompañado al ensayo: el marido le pedía tan poco a cambio de tanto amor y
devoción. Mientras que el otro... No quería pensar en el granuja, en el
malvado. ¿Por qué será tan contradictorio el corazón de uno? ¿Por
qué deseaba ella, finalmente, estar a
solas? La alegría más grande del doctor
Teodoro era tocar el fagot en los
ensayos cuando asistía doña Flor, oyéndolo y animándolo. Y ella no quiso ir...
¿Por qué, si no es por la esperanza de que el otro viniese, aunque fuera
haciendo una escapada de su eterna noche de juego?
Quizá era eso, sí, pero para decirle
toda la verdad, para echarlo, para romper toda relación con él. ¿Sería así,
verdaderamente? ¿Para decirle esa verdad o la otra?
¿Cuál de las dos verdades le diría?:
«Tómame, Vadinho, tómame entera, ya no
puedo aguantar más.» ¿Cuál de las dos
verdades le diría? ¡Ay!, en la batalla entre el espíritu y la materia, ella era
nada más que un pobre ser desesperado. De la casa de al lado llega la voz de
Marilda, en un canto de amor. La estudiante de pedagogía era ya casi novia; la
joven estrella de la radiodifusión todavía no estaba comprometida oficialmente,
porque el pretendiente, con abundancia de cacao y de prejuicios, le exigía que
abandonara la radio. Que cantara sólo para él y para nadie más. Mucho le había costado
a Marilda llegar ante los micrófonos y cubrir la ciudad con su pequeña voz
melodiosa. ¿Por qué pagar por el novio un precio tan elevado? Con toda
confianza, le pedía consejo a doña Flor. Pero doña Flor ya no sabía aconsejar a
nadie, ni a sí misma, tan perdida estaba en su propia confusión. Ya no era más
una única persona, siempre igual, entera e íntegra: estaba dividida en dos, la
casta y la lasciva, por un lado su recto espíritu y por el otro las ansias de
la materia. Todo un
desacuerdo. El doctor
Teodoro había salido
bajo la lluvia, protegiendo el fagot con la capa,
pues para él sólo dos cosas eran sagradas en este mundo: doña Flor y la música.
Por la esposa y por el son del fagot, si fuera preciso, sacrificaría la
farmacia y las ganancias, las tesis científicas y su situación social. Un
hombre recto, ejemplo de maridos. El otro era un tarambana, un vago y nada más.
A pesar de haber resuelto deshonrarla por segunda vez, no era capaz de
sacrificar nada para conseguirla, ni siquiera un minuto de sus horas de jarana.
Lo mismo sucedió la primera vez: no le había dado nada, nada le había
concedido... Para doña Flor, nada más que las sobras del libertinaje.
«Espérame, voy hasta ahí, ya vuelvo», y no volvía. Era un Belcebú de las
trampas y la conversación engañosa. Manida se arrodilló a los pies de doña
Flor:
- Florcita, dime, ¿qué hago? El canto
es mi vida, pero mamá dice que mi vida es el casamiento, es tener un hogar,
marido e hijos; que el resto son caprichos de chiquilla. ¿Tú qué me dices?
¿Qué podía decir doña Flor? «Vete ya,
maldito, déjame ser honrada y feliz con mi esposo», o si no «tómame en tus
brazos, penetra en mi última fortaleza, tu beso vale por cualquier
felicidad»... ¿Qué decirle? ¿Por qué cada criatura se escinde en
dos? ¿Por qué es necesario siempre
desgarrarse entre dos amores? ¿Por qué el
corazón contiene a un tiempo dos
sentimientos en guerra, opuestos?
- Tienes que decidirte por una cosa o
por otra: la carrera o el casamiento.
- ¿Y por qué tengo que elegir, por
qué no puedo casarme y continuar cantando, si él me gusta y también me gusta
cantar? ¿Por qué escoger si las dos cosas me gustan? ¿Por qué, dime?
¿Por qué, doña Flor? A través de la
ventana abierta llega la voz del enamorado en busca de Marilda y a la moza se
le ilumina el rostro que ostenta su hermosura de medalla- y sale corriendo. Doña Flor la sigue con la
mirada: no era el viento lo que
le alborotaba los cabellos y le
rodeaba las piernas, era Vadinho...
- ¡Vadinho! Con Marilda, no... ¡No te
lo permito!
Riéndose, él se acurruca a los pies
de doña Flor, en el sitio dejado por Marilda, y le abraza las piernas, posando
su cabeza sobre las rodillas.
- Déjame en paz... - dijo doña Flor
enojada.
- ¿Por qué eres así conmigo, mi bien?
Siempre enfadada... El muy cínico todavía pregunta por qué. Como si no le
hubiese dicho: «en seguida vengo, espérame sin
falta». Noches de insomnio, días de
amargura, de acongojada espera. La única no-
ticia que tuviera de él, de ese
cabeza loca, le llegó escrita en las nalgas de Zulmira. Sí, señor, asimismo. Y
todavía pregunta.
- Pero si tú me dijiste que no
querías verme más, que me fuera para siempre, ¿no fue exactamente así? Entonces
fui a divertirme un poco con Pelancchi, un relajo,
casi me muero de risa...
- ¿Con Pelancchi o con su secretaria?
- ¿Estás celosa, mi negra? Hice bien
en pensar que si desaparecería por unos días ibas a pedirle a Dios que
volviese. Me dije: está loquita por dárseme, no resiste
más...
- ¿Quién te dijo? Pues es mentira.
Soy una mujer honrada, quita de ahí la mano. Mano y labios le quemaban la piel,
los labios sobre su boca, la mano oculta en su vientre, en su último reducto.
Se le hace insoportable la languidez del cuerpo, se le quiebran las últimas
resistencias. Al mismo tiempo que se declara honrada e indoblegable, le entrega
su boca sin siquiera cobrarle su ausencia y los suspiros de Zulmira. El vértigo
la dominaba y no tenía fuerzas para oponerse a sus avances, para defender el límite
final de su honra. ¡Ah! ¡Si al menos tuviera a quién pedir socorro! Vadinho
está apurado, tiene que volver al juego, vino con prisa: «Vamos a yogar en la
cama, mi amor.» Ella se puso de pie, en los brazos de él..., ya no le
resiste..., ¿qué le importan marido y honra? «Donde quieras, mi amor.»
Pero en ese momento Dionisia de
Oxóssi cruzaba la puerta y decía:
- ¿Qué le pasa, comadre? Qué pálida
está... Sentándose de nuevo, salvada por milagro, doña Flor murmura:
- Dios la mandó, comadre Dionisia.
Sólo usted puede ayudarme. Siéntese junto a
mí.
- Pero ¿qué es lo que tiene usted,
comadre? Está toda temblando... Doña Flor tomó entre las suyas las manos de la
iawó de Oxóssi:
- Comadre, necesito que alguien
encuentre el modo de librarme de Vadinho, que le
ordene irse para siempre y que no lo
deje perturbarme. Hace tiempo que me está perturbando, y yo ya no soy yo, ni sé
lo que hago, se me acabó la voluntad.
- ¿Mi compadre, el finado?
- Haga que él vuelva a su paz, porque
si no, comadre, no sé lo que va a pasar... Ni se lo puede contar... A toda hora
quiere que vaya con él; ahora mismo quería que fuese, cuando usted llegó, y me
dio una flojera que casi voy... Si esto continúa, acabará llevándome...
Dionisia se tapó la boca con la mano
para no gritar:
- ¡Ay, comadre! Tenemos que
apurarnos, hay que hacer pronto algo. Ahora mismo voy a hablar con el padre
Didí. Por suerte sé dónde está, cumpliendo su mandato.
Estas cosas de egun no son para
cualquiera. Sólo para los que tienen bastón de ojé.
¡Ay Dios mío, comadre...!
- ¿Didí? - Y doña Flor se acordó de
repente de aquel negro flaco del mercado de las flores que le dio el mokan para
la tumba de Vadinho- . Vaya, comadre, vaya aprisa. Si hay alguien que pueda
salvarme, es él. Si no, comadre, estoy perdida, va a ocu- rrir una desgracia
irremediable.
- Ahorita mismo...
Y Dionisia se marchó, protegida por
su collar de Oxóssi, toda encogida de miedo a los egun, pero con el firme deseo
de salvar la vida de la comadre: «una desgracia
irremediable», ¿qué otra cosa podía
ser sino la muerte? Aprisa, Dionisia, más aprisa
por los ocultos y estrechos caminos
del reino de Ifá: en su encrucijada encontrarás al babalaó y sus poderes.
- Mi padre - dijo la iawó al besarle
la mano- . El finado quiere llevarse a mi
comadre, sálvela, amarre al egun en
su muerte. - Y le contó la historia, la parte de la historia que ella conocía.
En ese mismo instante, empapado,
regresaba el doctor Teodoro. A causa de la
lluvia no hubo ensayo. Bebió un sorbo
de licor, precaución contra la gripe, se puso el saco del pijama y tomando el
fagot ejecutó para doña Flor fragmentos escogidos de su selecto repertorio.
Mientras lo oía, ella se fue recuperando del susto y de la tristeza, de la
rabia contra sí misma por ser una casada de frágil virtud. Ya no tienes nada
que temer, Teodoro, yo te amo y soy tuya y solamente tuya; este sábado, con
derecho a bis, y mañana y para siempre. Ningún corazón debe tener dos amantes a
un mismo tiempo; mandé que me arrancasen la mitad de mi ser, y aquí estoy, de
nuevo entera, íntegra, oyendo tu música en el fagot; aquí está, Teodoro, tu
honrada esposa.
Al otro lado de la noche de Bahía se
encendió un relámpago y dentro de él el babalaó hizo el jogo dos búzios con el
ruego de Dionisia, hija de Oxóssi. Entonces la lluvia se convirtió en
tempestad, rugió el trueno, se alzó furioso el mar, y las orixás, cabalgando
rayos y relámpagos acudieron, uno a uno, en obediencia a la llamada del Asobá.
Todos dijeron sí, menos Exu que dijo
no.
19
El mensaje de Pelancchi Maulas le
llegó al místico Cardoso y S.a cuando estaba en la Iglesia do Passo visitando
su propia tumba, como lo hacía en cada aniversario de su muerte. De esa muerte
suya ocurrida cuando se llamaba Joaquim Pereira, un potentado bahiano fallecido
en su solar de Corredor da Vitoria, allá por 1886. Fue aquél un velorio
rumboso, un entierro con gran acompañamiento de hermanos masones y de colegas
del comercio al por mayor, con asistencia del gobernador de la provincia, y con
plañideras y misa de cuerpo presente.
Eran múltiples las tumbas de Cardoso
y S.a; múltiples y esparcidas por el mundo adelante: una monja descubierta en
la Gran Pirámide; una verdadera pieza de
museo, enterrada en las nieves
eternas de los Alpes, cuando él los cruzara en la
vanguardia de los ejércitos de
Aníbal; otra en las arenas del desierto árabe, siendo él por entonces Zalomar,
en su caballo zaino. En Francia murió por lo menos dos veces, y otras tantas en
Italia; murió asimismo bajo las torturas de la Inquisición en España, por
alquimista y herético; fue rico y pobre, mendigo y cardenal; vendió dátiles en
Egipto, a la puerta del mercado, en las márgenes del Nilo, en los tiempos de
Ramsés II; contempló las estrellas del hemisferio oriental cuando era un hebreo
de barbas de algodón; fue el célebre sabio matemático Allhy Fouché, nacido y
muerto antes de Cristo.
En Bahía, además del nicho perpetuo
en la iglesia negra del Passo, reposaba también en la iglesia do Baiacu, en la
isla de Itaparica, donde murió en 1638
guerreando contra los holandeses, a
los treinta años de edad, cuando encarnaba al
bello, fuerte y libertino servidor
del rey de Portugal, don Francisco Nunes Marinho d'Eca, primer Capitán- Mayor
de la Costa, perito en indias.
Toda esa inmensa experiencia - y
mucha más, pues harían falta varios tomos para
narrar la multiplicidad de sus vidas,
todas ellas plenas de hechos y amores-
se acumulaba ahora en el frágil esqueleto de Antonio Melchíades Cardoso
e Silva (Cardoso y S.a para los elegidos), modesto funcionario de los archivos
municipales, maestro de ciencias ocultas, heredero de la Llave de Salomón,
filósofo universal e indostánico y capitán del cosmos.
- Vamos, don Cardoso, que el patrón
me dijo que lo llevara a toda costa. El hombre está hecho un ascua... - dijo
Aurelio, chófer de Pelancchi.
- Vamos, yo ya lo estaba esperando...
¿Usted sabía que yo iba a venir?
El sabio se rió de la pregunta, con
una risotada clara y desembarazada; no podía haber nadie más satisfecho y
alegre, tan plenamente feliz:
- ¿Qué habrá que yo no sepa, Aurelio?
Sé lo negativo y sé
lo adjunto.
Por su parte, Aurelio no pensaba
discutir ni sobre lo negativo ni sobre lo adjunto, pues la simple presencia de
Cardoso y S.a ya lo ponía nervioso.
Durante el viaje, junto al chófer, el capitán del cosmos iba saludando a los
invisibles.
- Buenas tardes, brigadier...
¿Dónde está el brigadier? ¿Allí,
sentado frente al mar, tomando el fresco de la tarde? ¿Dónde, señor Cardoso?
Aurelio no consigue ver ningún señor, ni de uniforme ni de civil. No a todos
les es dado ver, querido, sólo a algunos.
- Mis respetos, señora mía, a sus
pies.
¿Tampoco la ves? Ésa tan elegante, de
sombrero de plumas y vestido de cola; fue la más hermosa de su época, en otros
tiempos. Por ella se mataron dos jóvenes en la flor de la edad. Ahora van los
tres juntos por la orilla, del brazo, entre risas y galanterías. Tus ojos están
ciegos, míseros ojos materiales, pues ni siquiera alcanzas a verla a ella, en
el esplendor de su realeza.
- Dios me libre y guarde, don
Cardoso...
Suelta el maestro una carcajada, la
calle se puebla de espectros; al chófer, tenso al volante, no le agrada
conducir tanto misterio.
- ¿Así que las cosas no andan bien en
el juego? - pregunta
Cardoso de repente.
- ¿Usted lo sabía?
¿Será que verdaderamente lo sabe
todo? Pero he aquí que Cardoso oculta el rostro y se esconde. ¿De quién? ¿De
esa moza rubia y deportiva que va camino de la playa? De ella misma, querido.
¿Sabes quién es? Es Juana de Arco. ¿Y sabes quién es Cardoso y S.a? Pues no es
otro que el cardenal francés Pierre Cauchon, legado del Papa, cuya mano
pusilánime firmó la sentencia de muerte de la Doncella. Él la ve en todos sus
detalles, con sus ojos inocentes y su rubio perfil, durante el sacrificio.
- Yo era desconfiado, frívolo,
inmoral, cobarde... En el apartamento de Zulmira, Pelancchi espera impaciente
al mago del Hindostán, el único capaz de descifrar lo imposible.
- Tardó, señor Cardoso...
- Nunca llego ni antes ni después,
siempre en la hora justa.
Saludó a Zulmira, envuelta en
flotantes gasas; Cardoso la conoce bien de otras épocas, cuando al frente de
las Amazonas ella cruzaba el valle en fogosa cacería, al aire el único,
opulento seno. Que todavía sigue siendo opulento (lo mismo que el
otro), pero no lo muestra; es una
lástima, piensa el maestro Cardoso, casi puro
espíritu, decantado por tantas
encarnaciones, pero que, sin embargo, todavía no había llegado al punto de ser
insensible a ciertas exigencias de la puerca vida material en que se cumple la
pena.
- Hace dos días que lo busco...
- ¿De qué tiene necesidad? ¿De prisa
o de solución?
Los ojos inmóviles, fijos en el más
allá, el sudor recubriéndole la amplia frente, los fluidos en derredor suyo. Intenta
concentración:
- Se reviró la ruleta, ¿no?
Pelancchi miró a Zulmira, como
diciéndole: «Ves, lo adivina todo.» Incluso a la tienda espiritual en que
Cardoso habita con su pobreza y sus cinco hijos (jamás
cobró un real por hacer el bien),
llegaban los rumores de la ciudad, y por aquellos
días no se hablaba en ella de otra
cosa que de lo acontecido en el Pálace, en el Tabaris, en el Abaixandinho, en
las mesas de ruleta y bacará, de lasquiné. Misterio o martingala, trampa o
milagro, nunca hubo noticia de una mala suerte tan grande como la de Pelancchi
Moulas. Los comentarios, a decir verdad, habían llegado a oídos del maestro.
Pero, si no los hubiera escuchado, ¿acaso eso le impediría saberlo?
- Hoy de mañana, cuando hablé conmigo
mismo, antes de salir de casa, me dije: Pelancchi va a mandar llamarme, está en
las tinieblas, necesitando un poco de luz.
- ¿Un poco? No, mucha luz... Me dan
ganas de acabar conmigo, de liquidarme de
una vez...
Le contó los increíbles sucesos;
sentado frente a él, impávido, Cardoso y S.a oía la relación de los asombrosos
acontecimientos. Y meneaba la cabeza, tal vez para confirmar alguna idea o
prever una certidumbre. Por entre las finas gasas del peignoir, a través de una
discreta mirada de reojo, Cardoso y S.a miraba conmovido un palmo de muslo de
Zulmira, atenta a la dramática narración del rey del juego. Semejante visión
camal no perturbaba a S.a, pues la belleza no perturba al sabio, que no es
inmoral ni se opone al espíritu. Además, hace descansar la vista.
Vista cansada: sus ojos inmateriales
veían a través del espacio, atravesaban el tiempo, fijos en lo que queda
detrás, en lo que viene delante. Cuando Pelancchi terminó de contarle sus
innumerables golpes de mala suerte, para Cardoso y S.a ya estaba todo claro,
tanto los términos del problema como su incógnita, y ya tenía la respuesta y la
solución:
- Son los marcianos... - dijo
categóricamente.
Y echó una de sus colosales
carcajadas, como si todo aquello no pasara de ser una broma divertida, como si
no le estuviese costando una fortuna diaria a los cofres de Pelancchi.
- ¿Marcianos? ¿Qué marcianos?.. Don
Cardoso, no me venga con memeces... Confío en usted, no me deje con las manos
vacías. ¿Qué tienen que ver los marcianos con esto? Es obra de mis enemigos,
eso sí. Es brujería. ¿Quién es el que vio a un marciano? Nadie sabe si existen
siquiera. Pero el hechizo existe, y los malos espíritus y el mal de ojo...
- Usted nunca los vio porque es un
montón de carne... Son los marcianos, como le dije... Ni enemigos ni brujería.
Los marcianos son muy curiosos, en cuanto ven una máquina se ponen a
estudiarla, quieren entenderlo todo, y para ellos, mentalidades superiores, no
existen la mala suerte ni el azar...
- ¿Marcianos? - preguntó Zulmira,
siempre ávida de aprender- . ¿En la tierra?
¿Desde cuándo?
Mas no confundamos ni comparemos a
Cardoso y S.a con esos cartománticos u
ocultistas que andan por ahí, a salto de mata, inclinados sobre las bolas de
cristal o
con los videntes de óptica reducida,
o con las adivinas de pacotilla y los quirománticos de tres al cuarto. Cardoso
y S.a era profesor de misterios, un
sabio
de lo oscuro, un científico que ya
estaba mucho más allá de la astrofísica y de la relatividad.
- Hace mucho tiempo que los primeros
marcianos desembarcaron en la tierra. Sólo tres seres humanos asistieron al
desembarco...
- ¿Y usted era uno de ellos? Sonrió
con modestia, y continuó:
- Un día de éstos se van a mostrar, y
entonces la humanidad va a recibir un sacudón... - Y echó otra carcajada,
encontrando infinitamente gracioso el susto que se iba a llevar la humanidad- .
Por ahora son invisibles... Sólo algunos elegidos... Zulmira, con afán de
saber, preguntó:
- Usted, que los puede ver, dígame,
¿cómo son? ¿Son hermosos?
- Al lado de ellos, nosotros somos
unos bicharracos hediondos. Quedóse la mulatita absorta, meditabunda,
divagando:
- ¿Quiere decir, señor Cardoso, que
fueron los marcianos quienes me metieron mano y me pellizcaron? ¡Ay! ¿Ellos
también son así?
- ¿Así? ¿Cómo? - Solícito, Cardoso
pidió detalles- . ¿Qué mano, qué pellizcos, en qué parte de su anatomía?
Zulmira le contó lo sucedido, todavía
alarmada, inocente víctima del libertinaje interplanetario, del toqueteo de los
ectoplasmas.
- Se las mostré a Pequito, él vio las
marcas. También se las mostré a las compañeras de la clase de cocina, en la
escuela de doña Flor. Doña Flor se
impresionó tanto que casi se desmaya.
Las mostró a todo el mundo; sólo a
él, Cardoso y S.a, no se las mostró, ¿por qué esa prevención para con
él? Sin un
examen in loco (como diría
el cardenal
Couchon) era imposible definir el
fenómeno. Un tanto contrariado, Cardoso y S.a le respondió:
- ¿Los marcianos? No creo... Ellos
sólo transmiten el pensamiento.
¿Sólo transmisión de pensamiento?
¡Qué locos..., pensó Zulmira, y prosiguió haciéndose las uñas. Pero Pelancchi
aún tenía dudas:
- ¿Marcianos? ¿Y si no fuera eso?
- Déjelo de mi cuenta, que yo lo
resuelvo...
Pelancchi confiaba
en Cardoso y S.a. Había
tenido ocasión de
comprobar la grandeza universal
de su saber. Pero, para un asunto tan complejo, quizá valiera la
pena no limitarse al místico del
Indostán; quizá conviniese consultar otros poderes mágicos, a la madre Octavia,
por ejemplo.
Cardoso y S.a renovó el tabaco de la pipa con la mirada
puesta más allá de la
ventana y del horizonte, parecía
haberse ido siguiendo el rayo de luz. Su voz llegaba de lejos:
- Tengo mucho crédito entre los
marcianos..., todavía no hace cuatro días que fui con ellos a Marte. Recorrí
todo el planeta. Tienen una ciudad toda de plata y otra
toda de oro... Allá los peces vuelan
y el mar es un jardín de flores...
Ahora ya ni siquiera contemplaba las
piernas de Zulmira, ni su opulento seno entre los encajes del escote. Había
llegado a Marte en un barco de luz. «Está en trance», susurró Pelancchi
respetuosamente, y Zulmira puso en orden el peignoir de encaje.
20
Las puertas del infierno se abrieron,
y el ángel rebelde traspuso la puerta del dormitorio (y del amor) de doña Flor,
encendida su mirada lasciva, incitantes los labios y enteramente desnudo. Si ni
siquiera una santa pudo resistir la atracción de esa sonrisa, de ese pecho
descubierto, ¿cómo podría hacerlo doña Flor? ¿Dónde estás, comadre Dionisia,
con tu collar de Oxóssi, y con el ebó compuesto por el ojé? Apúrate, Dionisia,
apúrate con el bacalao y con el mokan para amarrar al tinoso en la noche de su sueño.
Si él sigue entre los vivos, doña Flor no puede responder por su honra y por la
testa del doctor. Toda una vida honesta, de comportamiento ejemplar, de
decencia, de respetabilidad, y he aquí que todo ese envidiable capital está en
peligro; mañana, el buen nombre de doña Flor, símbolo de virtudes, va a estar
en boca de todos, enlodado, despreciado. Mañana será ya otra mujer, a la que
señalarán con el dedo, llena de remordimiento y de vergüenza. Doña Flor acoge
la mirada del cachondo en el centro de su ser, encelada; gozosamente, responde
al convite, ofreciéndose. Es al mismo tiempo una doña Flor alerta y valiente
ante el peligro, honrada y austera, intransigente, y una doña Flor apurada por
darse, antes de que sea tarde. ¿Cuál de las dos es la verdadera doña Flor? ¿La
que cierra la puerta con estruendo, o la que abre en silencio, un resquicio
tras otro, la puerta de su cuerpo? Se oye la lluvia sobre el tejado.
Es la noche del sábado, después de la
tarde con jaqueca, el vértigo, la visita de Dionisia, el concierto de fagot:
¡todo eso parece tan lejano! El tiempo de doña Flor es un tiempo de batalla, ya
no se mide por horas y minutos; es un tiempo de
rechazo y de deseo, largo y sufrido.
Noche de sábado, noche del doctor, con bis: él
se prepara en el baño para la
discreta y deleitosa fiesta de los sentidos. Doña Flor lo espera descansando,
sumisa y apacible. Pero, ¡ah!, en ese instante aparece el pérfido, acomodándose
a los pies de la cama y ordenándole, dedo en ristre:
- Tú no vas a dormir con ese bosta,
no te voy a dejar ni aunque tenga que hacer un bochinche de órdago.
Era absurdo, un abuso, un
despropósito, pero vaya uno a entender el corazón
humano..., doña Flor se sintió
contenta y a punto de reír y de preguntarle (en vez de expulsarlo, ofendida e
indignada):
- Estás celoso de él, ¿eh?.. Hay que
ver... ¡Este punto tiene celos!...
- Lo que tengo es ganas de ti, mi
bien - respondió con la mayor tranquilidad del mundo, tendiéndose en la cama a
sus anchas- . Ya esperé demasiado... ¿Dónde se vio tener que conquistar a mi
legítima, con la que dormí durante siete años? Se
acabó, no espero más. ¿Cómo voy a
tener celos de tu doctor de fórmulas, si no estoy en guerra, en competencia con
él? Se casó contigo, es tu marido, y, excepto en el yogar, para lo que no le da
el cuero, en lo demás, lo reconozco, incluso es un buen marido. No le niego su
derecho. Sólo que hoy tendrá que disculparme: se va a quedar al sereno, el que
va a yogar es este punto, que es el que sabe cómo se hace la mazmorra...
- Ya puedes ir esperando, vas a tener
que esperar mucho...
Totalmente desnudo, ardientes los
labios, la mirada cachonda y la mano siguiendo su curso, él la domina: doña
Flor ya es una esclava de Vadinho, sólo es libre de palabra, pura
fanfarronería. ¿No había sido siempre así? Su orgullo y su pudor se desvanecían
en las manos de él, quedando doña Flor a las órdenes de su marido y dueño.
Orgullo, pudor, decencia, moral, dignidad, ¿de qué vale todo eso si él la desea
y vino por ella? (bien sabéis de dónde: de donde no se vuelve).
- Yo estaba preso en los abismos,
atado de pies y manos; me dio harto trabajo desatarme para venir a verte, mi
bien. Pero tú me llamabas y vine, atravesando el fuego y el frío, la nada y lo
que no es, y llego aquí y tú me niegas el pan y el agua..., ¿por qué?
- ¡Ay, Vadinho!...
- ¿Por qué me tratas así, como a un
perro? Se acabó, mi bien. O hoy o nunca más. Cuando aparezca esa cucaracha
tonta le dices que no te sientes bien, que hoy no puedes. Después este punto te
va a arar la peladita.
- ¡Ah, eso no!... Soy una mujer seria
y honrada, no voy a traicionar a mi marido,
¿cuántas veces te lo dije?
El doctor, saliendo del baño, de
pijama limpio, trasciende a jabón de olor. Su aspecto es apacible, sincera su
sonrisa, honesta su mirada. Vadinho toma en su mano la rosa azul de doña Flor.
¡Ah, doña Flor!..., ¿cómo puedes ser tan despreciable?
- Teodoro, querido, perdóname, hoy no
me siento bien, estoy indispuesta. Lo dejamos para mañana si no te enojas.
¿Enferma? El doctor se inquieta. Ya
se había quejado a la tarde. ¿No sería algo más que una
simple indisposición? ¿Dónde está
el termómetro? ¿Y el
jarabe, las
píldoras, la caja de los
medicamentos? No necesito nada de eso, mi querido, no te aflijas, duerme,
mañana estaré bien, estaré bien del todo...
- ...y a tu disposición - dijo,
prometedora, doña Flor.
¿Cómo puedo ser, así de pronto, tan
carente de sentimientos, tan sin orgullo, sin decencia, sin moral? - se
interroga doña Flor, sintiendo por el alarmado esposo una suave ternura al
mismo tiempo que cierto gusto por la farsa. Le dio un beso en la mejilla. Pero
el doctor Teodoro no se conforma: debe tomar un sello, unas gotas, algún
sedante para dormir de un tirón toda la noche y despertar tranquila y
descansada. Va a buscar el remedio y el agua. Apenas sale, doña Flor se siente
apresada en los brazos de Vadinho.
- ¡Loco! Suéltame, que ya está
volviendo... Vadinho, objetivo e imparcial, reflexiona:
- No es mal sujeto, tu segundo... Muy
al contrario, ¿sabes, mi bien?, cada vez me es más simpático... Aquí entre
nosotros, tú estás muy servida. Él para atenderte y
cuidarte, yo para yogar... El doctor
trajo el porrón de agua fresca, dos vasos y una pequeña ampolla con un líquido
incoloro:
- Tintura de valeriana, veinte gotas
en media copa de agua. Con esto vas a poder dormir y descansar, querida.
Alzó el cuentagotas y con calma y
atención mezcló el sedante con el agua. ¿Cambió alguien los vasos en cuanto el
doctor se dio vuelta por un segundo? ¿Quién?
¿Vadinho o doña Flor? Pero si así
fuera, ¿cómo el doctor, un farmacéutico com- petente, no reconoció el gusto
fuerte de la valeriana? ¿Ocurrió un milagro? Si
ocurrió, a esta altura de los
acontecimientos, un milagro más o un milagro menos
ya no impresiona a nadie ni le causa
sorpresa. También puede ocurrir que no hubiese habido cambio, que doña Flor no
bebiese el sedante y que el profundo sueño del doctor se debiera solamente a la
lluvia en el tejado y a su conciencia
tranquila. Apenas tuvo tiempo de
darle un beso a la esposa.
- Se quedó corneado... - dijo
Vadinho, empleando el término justo- . Ahora nosotros, mi bien...
- Aquí no... - pidió doña Flor,
gastando las últimas briznas de pudor y de respeto
por el segundo esposo- . Vamos a la
sala...
Y en la sala se abrieron las puertas
del cielo e irrumpió el canto de aleluya.
«¿Dónde se vio yogar en camisón?»
Doña Flor quedó tan desnuda como él, vistiéndose y completándose el uno con la
desnudez del otro. Una lanza de fuego la traspasó y Vadinho la deshonró por
segunda vez: una antes, cuando era doncella, otra ahora, de casada (y si
tuviera otras honras también se las quitaría). Y allá se fueron los dos por las
praderas de la noche, hasta las orillas de la mañana.
Nunca se entregaba de ese modo, tan
suelta, tan fogosa, con tan ardiente voracidad, con tanto delirio. ¡Ah,
Vadinho!, si tú tenías hambre y sed, ¿qué decir de mí, sostenida con un régimen
escaso y soso, sin sal y sin azúcar, casta esposa de un marido respetador y
sobrio? ¿Qué me importa lo que digan la calle y la ciudad; mi nombre digno, mi
honra de casada?, ¿qué me importan? Toma todo eso en tu boca ardiente de
cebolla cruda y quema en tu fuego mi decencia innata, rasga con tus espuelas mi
antiguo pudor, soy tu perra, tu yegua, tu puta.
Fueron y vinieron, partieron y
llegaron, y, apenas volvían, ya partían de nuevo, siempre de llegada, siempre
de regreso. Tantas nostalgias y tantas metas a cumplir todas alcanzadas,
algunas repetidas.
Insolente y bienamada, sucia y linda,
la boca de Vadinho le decía tantas indecencias, le recordaba las dulzuras de
otro tiempo.
- ¿Recuerdas la primera vez que te
sentí? La gente paseaba en la plaza, tú te arrimaste a mí...
- Fuiste tú quien me abrazó, y me
metiste la mano.. Él le metió la mano y la exploró:
- Tu rabo de sirena, tu barriga color
de cazuela, de barro esmaltado, tus pechos de aguacate. Creciste, Flor, estás
más opulenta, estás sabrosa de la cabeza a los pies.
Te voy a decir una cosa: he comido
muchas brevas en mi vida, una buena cosecha:
ninguna como tu peladita, te lo juro,
mi Flor...
- ¿Qué gusto tiene? - preguntó doña
Flor con impudor y cinismo.
- Tiene gusto a miel y a pimienta, y
a jengibre...
Él hablaba y doña Flor se deshacía en
ayes: qué Vadinho más loco, más perverso, fuego y brisa a la vez. No te vayas
más, nunca más. Si te fueras otra vez me moriría de pena. Aunque yo te lo pida
y te lo niegue, no te vayas; aunque yo te lo mande y te lo ordene, no me
dejes...
21
El domingo era día de levantarse más
tarde, y cuando doña Flor se despertó, en aquella mañana de domingo todavía
lluviosa, vio el rostro del doctor inclinado sobre el suyo, contemplándola con
devoción, la mano puesta sobre la mejilla de ella:
- ¿Dormiste bien, querida? Fiebre no
tienes...
Sonrió doña Flor desperezándose,
contenta de tener tan buen marido, de sentirse objeto de tantos cuidados; le
pasó los brazos por el cuello y le dio un beso de agradecimiento:
- Ya no siento nada, Teodoro... Fue
una tontera...
Sentía una modorra..., sentía el
placer del ocio, ganas de estar en cama, de seguir disfrutando aquel calorcito
y la dedicación del farmacéutico. Mañana sin compromisos, colchón de espuma, la
lluvia en el tejado, la devoción del marido, santo esposo. Se recogió en el
mimo de sus brazos:
- Qué pereza, querido...
- ¿Y por qué no te quedas
descansando? Ayer no estabas bien, descansa hoy hasta
más tarde. Si quieres traigo el café
aquí. Tan bueno, tan encantador:
- Sólo me quedaré si tú también te
quedas, querido. Sólo me quedaré si es junto a ti.
El doctor Teodoro, sin malicia, un
bebón, a pesar de la situación social, del saber,
de la edad:
- Es que... - se rió,
torpemente- ...si me acuesto junto a ti,
no asumo ninguna responsabilidad si... Doña Flor, con voz mimosa:
- Corre el riesgo, Teodoro... - y
escondió la cara en la almohada.
Estaba un tanto alterada, un seno se
agitaba junto al pecho del doctor, la curva del anca resaltaba entre las
sábanas, con su color de cerámica antigua. La mirada del
doctor, tímida y voraz, la mano
contenida.
- Tú te diste algunos golpes en la
cama, querida, mira la marca... Más de una... Tuviste un mal sueño.
Ella se encogió, sintiendo que se le
paraba el corazón:
- ¿Dónde?
- Aquí... Pobre mi querida... - la
mano aprovechadora subía por el muslo y más arriba.
Doña Flor ocultó entre las piernas
del marido las huellas del mal o bien dormir (o de
no dormir). Sus bocas se encontraron
y ella se estremeció: el sabor del beso puro, pero ardiente, el inesperado
placer de aquel abrazo, la lluvia en el tejado, el calor de la cama, la timidez
del doctor Teodoro, la mano sin experiencia y por eso tal vez más deleitosa, el
deseo en los ojos entrecerrados del marido, con el pecho jadeante; y todo a
plena luz, ¡oh!, ¡qué vergüenza!... Doña Flor se estremeció de nuevo: una
delicia. «Para los trabajos y los cuidados, tu buen marido.» ¿Sólo para eso?
«Cada hombre tiene su gusto propio - decía María Antonia, su ex alumna, una
experta en machos y cama- , cada uno tiene su característica, unos sabios, otro
no. Pero si una sabe aprovechar, ¡ah!, todos son buenos...» Doña Flor se siente
anegada por el deseo, un deseo diferente, nacido de la pereza, de la timidez de
Teodoro, de su contención.
- Estás en deuda conmigo, querido...
-
¿Yo? ¿Qué?., -
preguntó el doctor,
sonriendo con inocencia...
¿No era verdaderamente un niño
grande y tonto?
Frente amplia, de intelectual, frente
de insignes pensamientos, ¡y qué hombre tan
bobo! Doña Flor pasó la mano,
curiosa, por su frente, y se rió levemente: nunca había sido tan suave y
mimosa:
- Pues sí, señor, ayer me falló...
- No seas injusta, quien falló...
- Si soy yo la que está en deuda,
entonces páguese, que a mí no me gusta deber - dijo ocultando la cara entre las
manos, toda llena de malicia.
¿Qué más podía desear el noble
farmacéutico? Contestó con toda seriedad:
- Pues voy a cobrar con intereses...
Hombre metódico, cumplidor de leyes y
ritos, el doctor se dispuso a tomar su posición habitual, y se echó la sábana
por encima para cubrir el amor con el recato y el pudor que se deben entre
esposos. Pero doña Flor no le dio tiempo: de re-
pente, tiró la sábana fuera de la
cama y con ella el recato y el respeto, y el doctor
se encontró en los brazos de ella.
Nunca se iba a olvidar de esa mañana de lluvia, ese domingo bendito, ese día
santo y feriado, esa extra sin igual, extra y super para decirlo y definirlo
todo con exactitud.
Después, doña Flor se hizo un ovillo,
adormeciéndose al compás de la lluvia con una sonrisa en los labios, y
durmiendo profundamente, tan sosegada y satisfecha
que había que verla.
22
Nada había cambiado, no se observaba
ninguna novedad, ése era un domingo como todos los otros y doña Flor seguía
siendo la misma de siempre. Igualita. ¡Y ella había pasado las del infierno,
llegando a creer que aquello era el fin del mundo!: uno tiene cada sorpresa en
esta vida... Sin embargo, como la Droguería Científica estaba de turno, ese
domingo era algo distinto, pues el doctor debía atender la numerosa clientela -
una sola farmacia abierta para una población tan grande. Cuando salió del
dormitorio, el marido ya no estaba. A pesar de eso, tuvo una de las mañanas más
agitadas. Primero llegó Marilda con su noviazgo, en crisis, mientras doña María
del Carmen casi estaba en el paroxismo: ¿debía seguir can- tando o debía
casarse? La opinión de las mujeres de la vecindad era unánime, con excepción de
doña Gisa. Pero la norteamericana era conocida por sus ideas estrambóticas, tal
vez buenas para los Estados Unidos, pero extravagantes, cuando no peligrosas,
para el Brasil. No sólo defendía el divorcio, sino que llegó al absurdo de
declarar, en voz bien alta, que la virginidad no pasaba de ser algo obsoleto y
hasta perjudicial para la salud: los manicomios, según la gringa, estaban
llenos de vírgenes. ¡Imagínense! Las demás repetían, moralmente convencidas,
que el casa- miento era el único objetivo de la mujer, destinada por Dios a
cuidar de la casa, atender al marido, procrear y criar hijos, contenta y
conforme. Estaba al frente de este bravo ejército
doña María del
Carmen, con el
deseo de ver
a su hija establecida en la vida, como ella misma
decía:
- Es preciso que esa chica se
establezca, que constituya su hogar. La radio no ofrece garantías y es un
peligro.
¿Un peligro? El grupo se exaltaba: no
uno, sino múltiples peligros rodean a las cantantes, a las artistas, una raza
que ya de por sí es un tanto equívoca y de conducta sospechosa, en opinión de
doña Dinorá, una persona, como sabemos, de moral severa y rígida, cada vez más
intransigente en la lucha contra la indecencia y
el libertinaje. Se echaba para atrás
apenas oía hablar de artistas, escenarios o
radio. En cuanto a los directores, a
los cantores, a los músicos, eran todos unos perdularios, unos gavilanes que
echaban el ojo a los infelices, con las garras afi- ladas.
Todavía hacía poco que una joven
cantante, una joven de excelente familia - con la que estaba relacionada doña
Enaide, «gente distinguidísima»- , fuera internada en
el hospital, apresuradamente, porque
se iba en sangre, y, cuando el médico averi-
guó la causa de la hemorragia,
comprobó que era un aborto muy mal hecho por una aficionada cualquiera. Si la
joven no murió fue gracias a los cuidados del doctor Zezito Magalháes, cuya
competencia es de todos conocida. No se murió, el médico le devolvió la vida,
pero lo que es el virgo, eso ni el buen doctor Zezito, con toda su competencia,
puede devolvérselo. Ni él ni nadie, pues, como decía doña Dinorá:
«todavía no se inventó una virginidad
de repuesto».
- Pero - comentó doña Norma- el que la invente se hace rico. ¿Se imaginan?
Bastaría ir a la farmacia, la Científica para no ir más lejos, y pedir: «Déme
dos
cachuchas nuevas, una para mí y otra
para mi hermana... Y una más barata para la
criada...»
Todas se rieron, si bien nada de eso
tenía que ver con Marilda, que era una joven honesta, según la opinión general
de las vecinas. Por eso mismo, no podía dudar entre el casamiento con el
hacendado y el magro cachet de la radio. En consecuencia, grande fue el asombro
cuando ese domingo doña Flor, al ser abordada una vez más por Marilda, le
aconsejó que mandase a comer alpiste a ese novio retrógrado y prepotente y que
continuara en la radio, en donde no tardarían en ofrecerle mejor salario. Doña
María del Carmen, viendo que su hija, fortalecida por tan inesperado apoyo, se
inclinaba a romper el noviazgo, fue a pedir explicaciones a doña Flor y casi
riñe con ella:
- Si fuera su hija, dudo...
La discusión fue encendiéndose - con
participación de las vecinas- , pero doña Flor mantuvo sus puntos de vista:
- Eso es pura carcamalería...
Las dos acabaron llorando y doña
María del Carmen quedó vacilando entre el éxito
radial de la hija y la seguridad del
casamiento. Doña Flor había logrado conquistar la opinión de la mayoría. Doña
Norma resumió:
- Que se vaya al infierno a ser el
amo. Se acabó el tiempo de la esclavitud.
Doña Flor fue a la cocina a preparar
el almuerzo - los domingos en que estaba de turno la farmacia no iba a la casa
de los tíos en Río Vermelho- , y allí la encontró
Dionisia de Oxóssi.
- Permiso, comadre...
Venía a buscar dinero y traía prisa:
el ebó estaba en marcha y la rueda de las iawós la esperaba para danzar desde
el atardecer hasta bien entrada la noche. Y antes de eso tenía mucho que hacer,
pues el mandato era de los grandes y complicados preceptos. El Babalaó había
echado las conchillas y los orixás respondieron. Para garantizar su
tranquilidad, librarla de mal de ojo y de cualquier otra enfermedad, así como
de las amenazas del egun descontento, que quería atraerla hacia su muerte, doña
Flor debía ordenar un sacrificio importante. No bastaba con un simple
«despacho», o con un ebó cualquiera.
Exu, protector del finado, se alzó en rebelión, en pie de guerra. Dionisia le
había dicho al ojé que no reparara en gastos. Tratándose de un caso de vida o
muerte, y con Exu en armas, oblicuamente y del
otro lado, era preciso gastar lo que
fuese necesario y proceder aprisa: su comadre
doña Flor apenas si podía tenerse de
pie. En vista de todo esto, el propio Asobá adelantó dinero suyo para los
gastos más urgentes: un carnero, dos cabras, doce gallos, seis conquerís, doce
metros de paño. Para no hablar del resto, una extensa relación escrita a lápiz
en marrón, de envolver, en la que figuraba cada compra con su precio, y veinte
mil- réis más destinados al peji de Ossain para que abriese los caminos de la
selva, donde se esconde Exu.
Pero cuando Dionisia llegó se
encontró con una doña Flor tan bien dispuesta, tan contenta de sí misma, que ni
siquiera se parecía a la de ayer por la tarde. ¿Habría hecho mal en autorizar
tantos gastos?
Había hecho bien, pues en la víspera
la misma doña Flor, asustada, le pidió que hiciera esas gestiones.
- Gracias, comadre, por tanto trabajo
como le di. Ahora, sin embargo, ya nada importa. Para bien o para mal, todo
está resuelto.
- ¿El finado dejó de molestarla?
Doña Flor se sonrió nerviosamente y
dijo:
- O yo dejé de asustarme. Ya no
necesito nada.
¿Y ahora? Era imposible suspender lo
que se había puesto en marcha. Durante la noche anterior y esa madrugada se
hizo el sacrificio de los animales, y al primer claror del sol pusieron ante
cada orixá la primera cuenca con su comida ritual. Todo el domingo, por la
tarde y por la noche, los preceptos continuarían cumpliéndose con los oríxás
presentes en el íerreiro, Suspender el mandato, detenerlo en la mitad, no
proseguir, dar lo hecho por no hecho, es imposible, comadre, en un ebó de tanto
axé. Deshacer lo hecho tendría consecuencias fatales e imprevisibles. ¿Y quién
podría escapar con vida al castigo cruel de los encantados? Ni ella misma,
Dionisia, a pesar de ser una simple intermediaria.
Ahora no quedaba más remedio que ir
hasta el fin. Aunque la comadre se considerase libre de amenazas, el ebó era
una garantía más para su tranquilidad. El dinero ya estaba gastado; los oríxás
ya bebieron la sangre caliente de los animales durante la matanza, aceptando,
al llegar el alba, los pedazos de carne preferidos. Todos ellos se presentaron
cubiertos con sus armas y sus emblemas. El grito de Yansá ya había resonado en
la selva. Eso le daba a doña Flor la seguridad de que jamás volvería a
molestarla el finado, ahora amarrado para siempre a su muerte. Doña Flor le
entregó el dinero de la cuenta y algo más, y le dio las gracias a Dionisia
nuevamente por tantas molestias como se tomó. Quiso retenerla para el almuerzo:
gallina en salsa oscura, lomo de cerdo al coñac y tarta de mandioca; de postre,
mangos y zapote. Pero Dionisia tenía prisa por volver al terreiro, donde al son
de los timbales Oxóssi reclamaba su caballo preferido. Los domingos de guardia,
después de almorzar (el doctor comía a las apuradas, sin siquiera notar el
gusto de los manjares con la preocupación de volver pronto a la farmacia, que
quedaba al cuidado del negro de los
mandados), doña Flor se cambiaba de ropa, y, sin hacer caso a las protestas del
esposo, lo acompañaba para hacerle menos pesada la obligación de trabajar en un
día de descanso. Se ponía a su lado en el mostrador ayudándolo a despachar, muy
paqueta, con un aire y unas maneras de tanta exquisitez como si estuviera
visitando a doña Magá Paternostro, la millonaria, o de fiesta en casa de la
comendadora Inmaculada Taveira Pires. Tanta elegancia y lindeza estaban
dedicadas a él, y el doctor Teodoro se sentía recompensado y más que
recompensado. Así sucedió ese domingo: doña Flor, toda donaire y hermosura,
hechizo y melindre, ostentaba el antiguo collar de turquesa, regalo de Vadinho.
Nada había cambiado, era un domingo igual a tantos otros en tarde de guardia.
Todo igual: la calle, la gente, el doctor y ella. Nadie la señalaba con el
dedo, nadie se había dado cuenta de
nada, nadie la acusaba de adúltera y culpable, ni siquiera doña Dinorá, metida
a adivina y ponzoñosa. El mismo sol de antes, la misma lluvia (ahora fina
llovizna), las mismas conversaciones y las mismas risas, la misma consideración
hacia ella, sin cambio alguno. Ella había pensado que iba a ser el fin del
mundo, tanto en la calle como dentro de sí: que iba a romperse su corazón, era
preferible la muerte. En lugar de eso, todo seguía igual: cómo se engaña uno en
esta vida. Desde el mostrador, mientras atiende a una dienta, el doctor Teodoro
le sonríe, muy embobado y orgulloso al verla tan hermosa. Ella le sonríe también
y, de reojo, observa su frente: ni rastro de cuernos. Qué tontería, doña Flor,
¿que significa esa repentina afición a la farsa? Nada había cambiado tampoco
entre ella y el doctor. Sólo que persistía el recuerdo de esa mañana en la
cama, haciendo más íntima la tarde de guardia. En su memoria persiste también
el recuerdo de la noche en el sofá, la impúdica cabalgata bajo la lluvia,
aleluya de Vadinho. En la tarde serena, en la paz tranquila del domingo, el
aguijón del deseo se clava en su cuerpo.
¿Cuándo vendrá de nuevo el
tarambana, el tirano, el malvado,
el tinoso, su
«primer»? A la noche con seguridad,
cuando el doctor, cansado del trabajo, duerma el sueño de los justos y felices.
En medio de esa dulce paz, la buena esposa,
solidaria con el segundo marido,
cumpliendo con su deber de ayudarle en la
guardia, espera la llegada de la
noche libertina con el primero. Súbitamente la inquieta una idea. La comadre
Dionisia dijo que jamás volvería Vadinho a molestarla: quedaría amarrado para
siempre en las cuerdas del despacho. Dios mío, ¿y si fuese así?
23
La madre Otavia Kisimbi «rezó por el
cuerpo» de Pelancchi y tanto él como Zulmira tomaron un baño de hojas con jabón
de coco. Las plumas de los gallos sacrificados fueron puestas en las
encrucijadas de los caminos. La madre Otavia defendía a Pe- lancchi por los
cuatro rincones y por las siete puertas y le dijo que esperase los resultados.
Pero el rey de la quiniela tenía apuro y fue a llamar a las puertas de otros
cultos. La vidente Aspasia acababa de llegar de Oriente, traída por las auras
de la mañana y casi no había terminado de vestir su uniforme de adivina (un
tanto gastado) cuando recibió la visita de Pelancchi, dinero en grande por
delante. Si bien la pitonisa no era sensible al tintineo del oro - vivía de la
gracia de los cielos y en total ayuno de las cosas de este mundo- , ¿cómo
rechazar unos billetes, cuando además se le exigía un trabajo tan difícil?
Echando mano del «sistema de la ciencia espiritual en movimiento», patente
suya, exclusiva, partió hacia el más allá y gimió unas palabras con voz enronquecida,
debatiéndose como si intentaran estrangularla. No era un espectáculo de los más
agradables, y el profesor Máximo Sales, de naturaleza escéptica, un cabeza
dura, tuvo deseos de marcharse. Pero Pelancchi se mantenía firme, con tensa
atención, apretando la mano trémula de Zulmira, a quien lo sobrenatural
afectaba enormemente desde que los invisibles habían demostrado interés por sus
cuadriles (y, ¿quién sabe?, por lo otro). Zulmira, secretaria y confidente,
leal, junto al patrón, era consuelo de los afligidos, ¡y qué
consuelo! Babeándose toda, con los
ojos desencajados, la sacerdotisa del Oriente retornó de las esferas siderales
y, al ver a Pelancchi, su cuerpo se contorsionó y de su pecho esquelético - una
tabla rasa que daba tristeza ver- partió un grito. Y pidió más dinero, ¡ah!,
era un trabajo extenuante, en los círculos del más allá todo estaba oscuro como
alquitrán, ¡tan negra era la suerte de Pelancchi! Un dinerito para verlas.
Quizá ese refuerzo de la iluminación bastase para que ella pudiera aclarar toda
la intriga. Guardó los billetes en la gaveta, encendió las velas simbólicas, y,
a la luz de ellas, sus ojos de vidente reconocieron a los enemigos de
Pelancchi:
- Veo tres hombres a la vera de un
camino y los tres le quieren mal...
-
¡Ah! - gimió
Pelancchi- . Dígame
cómo son, señora...
Ella se concentró, esforzándose por ver claro. Pero
Pelancchi tenía prisa:
- Fíjese si uno es calvo y otro
gordo. El tercero...
- Deje que ella misma describa al
tercero... - sugirió Máximo Sales, un entrometido de la peor especie- . Si no,
¿qué es lo que le deja para adivinar?
La pitonisa, a pesar de estar en
trance, fulminó con la mirada al canalla que le hacía más difícil la limosna:
¿quién dijo que ganaba fácilmente su dinero?
Gruñó, se mordió las muñecas, se dio
golpes en la cabeza: ¿era fácil, acaso, sacarle
ese dinero a Pelancchi? Difícil y
arriesgado:
- El primero de los tres - anunció
con voz de ultratumba- es un hombre calvo.
- Gran novedad... - masculló Máximo,
el muy crápula.
- El segundo es un señor gordo, muy
gordo...
- ¿Y cómo es el tercero? - exigió el
tal por cual de Máximo.
- Al tercero no lo veo bien todavía,
está en las tinieblas... Pelancchi no podía contenerse:
- Eso es, siempre escondiéndose, ¡el
maldito! Mire si tiene bigotes y la nariz partida...
La pitonisa parecía no escuchar,
estaba en la lejanía, en el más allá, procurando ver:
- Ahora lo veo: tiene bigotes...,
tiene la nariz rota...
- Son los Strambi, no cabe duda -
dijo Pelancchi, y preguntó qué se podía hacer para apartar de su camino a los
implacables Strambi.
Para expulsarlos de Bahía,
inculcarles los nobles sentimientos del perdón y llevarlos
al más lejano Levante, Aspásia,
extenuada, exigió una cantidad un tanto fuerte. Pelancchi ya estaba sacando la
cartera, pero Máximo Sales, ese traste inmundo, otra vez se metió donde no lo
llamaban y obtuvo una rebaja sustancial.
Los Strambi se fueron de la mano de
Aspásia, pero no se fue la mala suerte en el juego. Y Pelancchi siguió su vía
crucis, su peregrinación entre adivinas y ocultistas. Por lo menos Josete
Marcos, comprobó Máximo Sales, era bonita y joven: una excepción en la
cofradía, que, en general, estaba formada por los pellejos más repelentes. ¿Por
qué - se preguntaba el profesor de contravenciones- el otro mundo utilizaba semejantes espantajos? ¿Por qué
eran tan sucias las salas de consulta, los templos de las revelaciones? ¿Por
qué tan fuerte el hedor del misterio, el tufo de las almas? El escéptico Máximo
concluyó que el más allá era un tanto fétido y sucio. ¡Salve Josete Marcos,
esbelta, rubia, limpia! En la salita en que los recibió había un jarro con
flores y varias salivaderas. Luego de oírlos, los dejó en compañía de su marido
y ayudante y se fue a orar en la sala de levitación y videncia. El marido,
Mister Marcos, también joven, con un simpático aire de malan- drín diplomado,
explicó que Josete no cobraba nada por los beneficios que se distribuían entre
la gente, por intermedio de sus facultades de médium. Todo lo hacía gratis,
pues los espíritus
no aceptaban nada y Josete
recibía sólo lo estrictamente necesario para las
inyecciones y los remedios (todo es tan caro hoy en día, todo sube de tal modo)
destinados a rehacer su salud, que quedaba resentida después
de cada sesión;
al producir ectoplasma -
y ella no
hacía economías, como los señores constatarían personalmente- , su
organismo, ya de suyo frágil, llegaba a la debilidad más extrema, poniendo en
peligro su vida. Pelancchi, lleno de compasión y esperanza, fue generoso, y
Mister Marcos embolsó.
En la otra sala, la de los fenómenos,
tapizada de paño rojo, la oscuridad era casi total. De bata blanca, tendida en
un diván, allí estaba Josete con sus fluidos, y el marido ordenó a los cuatro -
Pelancchi, Zulmira, Domingos Propalato y Máximo- que se dieran las manos para
establecer la corriente del pensamiento. Una vez que lo hicieron, se apagó la
única luz de la sala, una pequeña lamparita.
En seguida comenzaron a tintinear
campanitas, se oyeron unos chillidos, una especie de maullidos, y se vio una
luz que se movía en el aire, alrededor de la cortina, arrancando un grito
histérico de Zulmira. En cuanto a Pelancchi, ni gritar
podía, y
Propalato, trémulo, sudaba,
apretando los dientes.
Esa luz y ese
cascabeleo eran el hermano Li U en
persona, sabio chino de la dinastía Ming, absolutamente auténtico. Según Máximo
Sales - incorregible- , en vez del sabio Li U, la luz y el sonido eran obra de
la sabiduría de Marcos, un vivo que gozaba de la buena vida a costa del lindo
ectoplasma de su mujer. Pero como Máximo Sales era un deslenguado y un
incrédulo, sus opiniones no tienen ningún valor y no merecen mayor crédito, y
si las incluimos aquí es para mantener la precisión del relato.
Quien merece crédito y confianza es
Josete, transformada en ectoplasma y hablando en un extraño idioma, como de
niños, quizá el chino antiguo o el portugués de Macao, pues era necesario
cierto esfuerzo para entenderlo. Según el sabio Li U, la causa de toda la
confusión era una señora, itálica y rencorosa, a la que Pelancchi había
engañado.
- ¿Rubia o morena? - preguntó el
calabrés.
- Morena y bonita, de unos
veinticinco años...
- ¿Veinticinco? Casi cuarenta, y era
una víbora. Yo no tuve la culpa, por favor, cara mía, dígale al chino que yo no
tuve la culpa...
Se llamaba Anunciata y parecía una
signorina ingenua y perseguida en busca de protección: ¡Oh! ¡Qué putaña más
putaña! El, Pelancchi, sí que era entonces un
ragazzo, povero ragazzo de diecisiete
años...
Con la impetuosidad de sus
desengañados diecisiete años, le había tajeado a la traidora una flor de sangre
en la cara, agregando algunos cortes en el mentón, ya por pura saña y maldad.
Como Pelancchi era un menor se libró de la cárcel, mientras Anunciata, en el
hospital, juraba que se vengaría, muerta o viva. Ahora, después de tantos años,
venía a cumplir su promesa de odio en este dramón italiano. Anunciata, su
primer amor, ¡tan carina, tan putaña!
Pelancchi, todavía hoy, no se
arrepentía. Una mujer suya no es para compartirla con otro, es suya y de nadie
más. Zulmira, en la oscuridad, se encoge..., ¡hay cada peligro en este mundo!
El sabio chino, por unas cajas más de
inyecciones, libró a Pelancchi del recuerdo de Anunciata y de su odio. Los
detalles materiales, tales como el precio y el pago, se arreglaron por
intermedio de Mister Marcos, mediador de las almas y gerente es- piritual de
aquella tienda. Y la Anunciata se fue con su flor de sangre y sus cortes en el
mentón. Pero no se fue la mala racha.
El arcángel Sao Miguel de Carvalho,
envuelto en una especie de sábana, con un turbante en la cabeza, no describió
fisonomías ni citó nombres, pero fue positivo y rápido. Tomando las manos de
Pelancchi, lo miró en los ojos: en el espacio sideral
lo perseguía un enemigo cruel, un
hombre al que el calabrés ofendiera gravemente,
y que había desencarnado hacía poco.
El arcángel lo localizó en seguida, con su linterna angélica:
- Está de pie aquí, junto a usted.
Hubo un principio de retirada general
y el mismo Máximo Sales, por las dudas, se colocó junto a la puerta.
- ¿Hace poco que murió?
- Sí. Y la riña fue a causa de una
mujer., - prosiguió el arcángel, habiendo respirado a fondo sus mágicos
poderes.
Pelancchi identificó a Diógenes
Ribas. Le había quitado la esposa, una mulata
pretenciosa, una catástrofe de
bonita, una manceba espléndida y matrera. Diógenes, propietario perjudicado y
disconforme, anduvo por ahí con un cuchillo, profiriendo amenazas. Pelancchi,
que ya era un poderoso señor de la timba, para
hacerle callar la boca, y a pedido de
la mulata - a la que Diógenes perseguía con insultos y calumnias- , mandó que
le diesen una zurra, encargando el trabajo a un equipo de especialistas. Cuando
salió de las manos de los médicos, Diógenes Ribas desapareció para siempre.
Sólo por casualidad vino Pelancchi a saber de su reciente y triste muerte, en
la miseria. En cuanto a la mulata, eje del drama, Pelancchi se la cambió a un
suizo por una gruesa de barajas.
El arcángel, con su flamígera espada,
barrió a Diógenes..., muchas palabras y pocos hechos, un espíritu pobre, de
tercera, un cornudo. No cobró mucho, pues no era un explotador de creyentes,
sino un benefactor de la humanidad, como les dijo. El cornudo se retiró con sus
guampas, pero la mala suerte siguió, cada vez mayor. La doctora Nair Sabá,
médica - clínica y cirujana- , diplomada con distinciones y honores por la
Universidad de Júpiter, una cuarentona fea como la desgracia, curaba enfermos
con pases magnéticos. Por una módica cantidad, descubrió en la conjunción de los astros por lo menos a seis enemigos de Pelancchi, inmediatamente identificados
por éste sin la más mínima posibilidad de error. La doctora de Júpiter liquidó
a los seis en un plazo récord y de propina curó a Pelancchi de una úlcera al
duodeno y a Propalato de un reumatismo pertinaz. A lo único que no pudo vencer
fue a la mala suerte en el juego.
Madame Deborah era sesentona y a
juicio de Máximo no valía lo que cobraba ni siquiera como espectáculo: poco
afirmativa, se quejaba de dolores en el vientre (hacía más de treinta años que
estaba grávida, pues había concebido iba a parir el Apocalipsis), despedía un
vaho que denunciaba la cachaca, tenía un catarro crónico y estaba metida en
unas ropas de gitana. Sólo hizo referencia a una tal Carmosina, antiguo amor de
Pelancchi, abandonada por él sin dolor ni piedad, pues el rey del juego no
mantenía clavos. Madame Deborah tuvo dificultades para despachar a la fulana,
pero por fin lo consiguió, ayudada por unos tragos de caña que tomó de un
frasco de jarabe para la tos. Después quiso venderle a Pelancchi palpitos
infalibles para la quiniela. Naturalmente, la mala suerte continuó.
El único que no cobró nada fue
Teobaldo, Príncipe de Bagdad, un viejito esmirriado, todo de blanco, los ojos
azules y finos, la faz bondadosa, la boca enigmática. No
quiso dinero ni contribución de
ninguna especie, ni tampoco reveló a un enemigo
visible o invisible, macho o hembra.
Con ojos lacrimosos, tocando el hombro de
Pelancchi, dijo tan sólo:
- Únicamente el Maestro del Absurdo
lo puede salvar. Sólo él, nadie más...
- ¿Y dónde puedo encontrar a ese
caballero?
Anciano con más de ochenta años, y
desde los veinte anunciando el fin del mundo, resistiendo a la incredulidad y a
la persecución, a la cárcel y al manicomio, jamás
vencido, implacable profeta del Viejo
Testamento, Teobaldo, Príncipe de Bagdad,
informó:
- Donde menos se espera es donde se
lo encuentra... - dicho lo cual cerró los ojos y se durmió.
En el apartamento de Zulmira, en la
soledad propicia al pensador, Cardoso ponía en
orden los últimos detalles de su plan
de campaña: había logrado una cita con los marcianos, entre los cuales tenía
amigos.
- ¿Cómo le fue? - le preguntó a
Pelancchi.
Cansado y pesimista, el rey del juego
alzó los hombros:
- ¿Usted sabe por casualidad dónde
puedo encontrar a un tal Maestro del Absurdo?
¿Oyó hablar de él?
- ¿El Maestro del Absurdo? ¿Quiere
encontrarse con él? - y la carcajada del místico sacudió la sala.
- Con urgencia.
- Pues aquí lo tiene, frente a usted.
Yo soy el Maestro del Absurdo.
En el bacará, en el lasquiné, en el
grande o pequeño, en la ruleta, Arigof, Anacreón, Giovanni Guimaráes y una
multitud que había seguido sus palpitos hacían estallar una banca tras otra y
jamás perdían. Ni una vez sola.
- ¿Usted? Pues apúrese. Si esto dura
otra semana, quiebro.
- Aprisa, Cardosito - suplicó también
Zulmira. El Maestro del Absurdo sonrió ante el
tratamiento íntimo de la leal
secretaria: - Váyanse tranquilos, que ya empiezo.
«Mirada de águila, irresistible»,
pensó Zulmira.
24
Doña Flor y el doctor Teodoro, del
brazo, llegaban de la farmacia a la hora de cenar. Él, tras un breve descanso,
debía volver al trabajo, pues la guardia se prolongaba hasta las diez de la
noche, un latazo.
- Pobre mi querido... - dijo doña
Flor.
- Tú hoy vas a dormir temprano,
querida, ayer estabas febril - le recomendó el marido.
Y doña Flor tan satisfecha: de
repente se sentía entera, unida; no más contradicciones, no más estar partida
por la mitad, su espíritu en lucha contra su
materia. Sólo un temor: ¿Y si él no
volviera, su primero? ¿Si ya no lo viese más? Pero él vino en cuanto el doctor
se fue a la farmacia (de capa y paraguas, ya que
de nuevo arreciaba el aguacero). Y he
aquí a doña Flor y a Vadinho yogando en la
cama de hierro, en el colchón de
espuma.
- Estás pálido y cansado, te veo
flaco. Es que no duermes, llevas una vida de juego y de orgía. Necesitas
descansar, mi amor.
Se lo dijo en un intervalo de lentas
caricias, después del embate de fuego y
tempestad. Vadinho, pálido, como si
se le hubiera ido la sangre, pero sonriente:
- ¿Cansado? Sólo un poco. Un poquito
nada más. Pero tú no te imaginas cómo me reí a costa de Pelancchi. Dentro de un
rato...
- ¿Dentro de un rato? ¿Es que vas a
jugar? ¿No vas a quedarte conmigo toda la noche?
- La noche nuestra es ahora. Después,
mi bien, es el turno de mi colega, tu marido. Doña Flor se llenó de bríos,
volviendo a formular dramáticas decisiones:
- Con él, nunca más... ¿Cómo podría?
Nunca más, Vadinho. Ahora somos sólo nosotros dos..., ¿no lo ves acaso?
Él sonrió plácidamente, estirado en
la cama a sus anchas:
- Mi bien, no digas eso... Tú adoras
ser fiel y seria, ya lo sé. Pero eso se acabó,
¿para qué engañarse? Ni sólo conmigo,
ni sólo con él, con nosotros dos, mi Flor engañadora. Él también es tu marido y
tiene tanto derecho como yo. Un buen tipo ese tu segundo, cada vez me gusta
más... Por lo demás, cuando llegué, te avisé que nos íbamos a llevar bien los
tres...
- ¡Vadinho!
- ¿Qué pasa, mi bien?
- ¿A ti no te importa que yo te ponga
los cuernos con Teodoro?
- ¿Cuernos? - dijo pasándose la mano
por la lívida frente- . No, no hay motivo para que aparezcan cuernos. Él y yo
estamos a la par, mi bien, los dos tenemos derecho, ambos nos casamos por el
juez y por la iglesia, ¿no es así? Sólo que él te gusta poco, es bobo. Si así
lo prefieres, mi bien, el nuestro puede ser un amor perjuro, para que nos
parezca más picante, pero es legal como el de él, con certificados y testigos,
¿no es cierto? Y si ambos somos maridos tuyos y con iguales derechos,
¿quién engaña a quién? Sólo tú, Flor,
nos engañas a los dos, porque a ti misma ya no te engañas más.
- ¿Que los engaño a los dos? ¿Y a mí
no me engaño más?
- Te quiero tanto, ¡oh! - la voz de
celestes acentos resonando dentro de ella- , con tal amor para verte y tomarte
en mis brazos rompí lo que no es y otra vez soy yo. Pero no exijas que yo sea
al mismo tiempo Vadinho y Teodoro, pues no puedo. Sólo puedo ser Vadinho y sólo
te puedo dar amor, el resto de todo lo que necesitas es él quien te lo da: la
casa propia, la fidelidad conyugal, el respeto, el orden, la consideración y la
seguridad. Quien te da eso es él, pues su amor está hecho de cosas nobles (y aburridas),
y todas te son necesarias para ser feliz. También de mi amor necesitas para ser
feliz, este amor hecho de impurezas, equívoco y tortuoso,
lascivo y ardiente, que te hace
sufrir. Un amor tan grande que resiste a mi vida desastrosa, tan grande que
después de no ser volví a ser y aquí estoy. Estoy aquí para darte alegría,
sufrimiento y gozo. Pero no para estar siempre contigo, para ser tu compañero,
tu atento esposo, para guardarte constancia, para llevarte de visita, para
tener día fijo de cine y hora exacta para dormir..., para eso no, mi bien. Eso
es cosa de mi noble colega de concha, y no podrás encontrar otro mejor. Yo soy
el marido de la pobre doña Flor, el que va a despertar tus ansias y mover tu
deseo, escondidos en el fondo de tu ser, de tu recato. Él es el marido de la
señora doña Flor, cuida de tu virtud, de tu honra, de tu respeto humano. El es
tu rostro matinal, yo soy tu noche, el amante frente al cual no tienes freno ni
resistencia. Somos tus dos maridos, tus dos faces, tu sí y tu no. Para ser
feliz nos necesitas a los dos. Cuando era yo solo, tenías mi amor y te faltaba
todo, ¡cómo sufrías! Cuando era él solo, lo tenías todo, nada te faltaba, y
todavía sufrías más. Ahora sí que estás entera, como debes ser.
Crecían las caricias, los cuerpos se
quemaban en llamaradas:
- A prisa, mi bien, que nuestra noche
es corta. Vamos a yogar rápido, que dentro de poco partiré para la perdición,
que es mi destino, y habrá llegado la hora de mi colega en ti, mi socio, mi
hermano. Para mí tu ansiedad, tu deseo secreto, tu base de impudor, tu grito
enronquecido. Para él el resto, los gastos y la custodia, tu agradecido
respeto, el lado noble. Y todo perfecto, mi bien, yo, tú y él, ¿qué más deseas?
Lo demás es engaño e hipocresía, ¿a qué seguirte engañando?
- Crees que vine a deshonrarte y, sin
embargo, vine a salvar tu honra. Si yo no hubiese venido, yo, tu marido, con
derechos legales, dime, Flor mía, di la verdad, no te engañes: ¿qué iría a
pasar si yo no viniera? Vine a impedir que tomases un amante y arrastrases tu
nombre y tu honra por el barro.
»¿Ni siquiera pensaste alguna vez,
jamás admitiste siquiera alguna vez la idea de un amante, mujer íntegra, viuda
honesta, esposa honrada, fiel a sus maridos? ¿Y
qué me dices del «Príncipe de las
Viudas», «Eduardo de Tal», también conocido por el «Señor del Calvario»? ¿Ya no
te acuerdas de él, parado junto a un poste? Te
quedabas en el rincón de la ventana
para verlo, y si yo no envío a Mirandáo rápidamente, le hubieras entregado la
peladita sobre mi luto, poniendo un jardín de
cuernos en mi tumba. Su voz celeste,
su sabor, su gusto ardiente, de jengibre, de pimienta, de cebolla cruda, gusto
a la sal de la vida (y a la verdad verdadera).
Ahora olvídate de todo, mi bien, es
tiempo de yogar, y yogar es cosa santa, cosa de
Dios, vamos, mi bien. Qué Vadinho más
embrollador, más hereje, más tirano..., vamos. Vadinho, apúrate.
25
Con la cabeza reclinada en los senos
de terciopelo y bronce de Zulmira Simóes Fagundes, el místico Cardoso y S.a...
¿Cardoso y S.a? Sí, no se trata de engaño o de un error, de un cambio de
nombres, sino de una real (lamentablemente) y momentánea sustitución de
personas físicas. No era Pelancchi Moulas, el rey del juego, el emperador de la
quiniela, el patrón del Gobierno y de Zulmira el que se reclinaba, en uso de sus
derechos exclusivos, sobre los
senos de la mulata, gozando del calor y del consuelo de
tales prendas. Quien lo hacía, y además con una sorprendente desenvoltura, era
nuestro siempre insólito Maestro del Absurdo, el intrépido Capitán del Cosmos,
ese casi puro espíritu inmaterial. ¿Cómo llegó Cardoso y S.a a esas alturas y
grandezas? Pues rogando. Mientras se empeñaba en solucionar los problemas de
Pelancchi, frecuentando sus salones de juego en conferencias sucesivas con los
jefes marcianos (entrevistó incluso al Guía Genial, el tenebroso y benemérito
dictador de Marte, hasta entonces inaccesible a cualquier ser humano), le
rogaba a Zulmira, le pedía con insistencia y la adulaba, y la antigua fórmula
demostró una vez más su eficacia.
Al principio solicitó - sólo por mera
curiosidad científica- ver las marcas
dejadas
por los invisibles en «sus magnas
caderas de amazona». Las marcas ya se borraron, respondió ella, sólo quedaba el
recuerdo. Aun así quiso Cardoso y S.a ver el lugar (estudiar el fenómeno in
loco), sin lo cual era imposible hacer un diagnóstico perfecto. La ciencia es
exacta.
Le fue mostrado entonces el ampuloso
lugar y él se demoró (la prisa es enemiga de la ciencia), estudiándolo: el
color, la solidez, la arquitectura: todo era, en verdad, de primera. Zulmira lo
dejaba, entre risueña y avergonzada, pues ¿no era Cardosito casi un puro
espíritu, liberado de la vileza de la materia? Casi.
- Es igual a las montañas de Marte,
en la conformación y en los abismos - reveló el
Geógrado de los Planetas.
Habiendo saciado (en parte) su
curiosidad por dicho territorio y recordando los detalles de lo sucedido con
los senos, le rogó que le mostrase tales maravillas, sus
vertientes y cumbres, invocando para
tan importante pedido razones estéticas,
además de las científicas. Habiéndola
habituado Pelancchi al culto de lo bello y de la poesía, ¿cómo negarse a una
súplica tan insistente como cortés, desprovista de cualquier brizna de lascivia
y que provenía de persona tan correcta? - se preguntaba Zulmira... y consintió.
El Maestro Cardoso y S.a, artista
respetuoso, pidió contemplar nada más que por un instante aquellas «obras
maestras del Supremo Artífice del Universo», pero, al
verlas sueltas, fue tan grande el
deleite estético que perdió por completo la cabeza.
Si él, que era casi un puro espíritu
inmaterial, se entregó a las intemperancias de la materia, ¿cómo exigir de
Zulmira, frágil mortal, más rígida conducta?, y así fue como sucedió, entre
pedir y dar.
Por lo demás, si Pelancchi Moulas
fuese realmente generoso y quisiera premiar como es debido el esfuerzo
descomunal del astrólogo y alquimista en favor suyo, tendría que darle Zulmira
de regalo a Cardoso y S.a, liberándola de cualquier obligación o compromiso con
relación al juego y su señor, tanto en la mecanografía como en la recreación,
reservando para sí tan sólo los gastos (elevados) de la opulenta. Porque el
Gran Capitán, cumpliendo su palabra, había salvado la fortuna del calabrés,
librándolo de la mala suerte y de la confusión de los marcianos. Algo, al
menos, es cierto e indiscutible: por aquellos días ocurrió la deserción de
Giovanni Guimaráes, el último en retirarse. El primero fue Anacreón. El viejo
patriarca, educador de generaciones, hombre respetable y de canas, dirigió
cierta noche sus pasos hacia el cubil de Paranaguá Ventura y en aquel centro de
fullería, en el que todas las cartas estaban marcadas, se sintió de nuevo
jugador. Porque ganar permanentemente no era jugar, no era una disputa entre él
y la suerte, una batalla contra el banquero y la bola de la ruleta, contra la
carta y el dado. Y no así, tomar una ficha, ponerla en la carta o en el número
y recoger las ganancias. ¿Qué gusto podía tener eso? Sin duda era cosa de
magia, pero no tenía gracia. ¿Qué había hecho él, Anacreón, el perfecto
jugador, el pedagogo de la ruleta, para merecer el castigo de esta suerte
infalible? Eso era ganar, no era jugar. La emoción del juego consiste en no
saber, en el riesgo, en la rabia de perder, en la alegría de acertar, en la
ganancia y en la pérdida. Es seguir la bola en la fuente de la ruleta, en su
girar loco y en el imprevisible número en que caerá, distinto cada vez. Cuando
por casualidad se repetía, ¡qué emoción! Ahora Anacreón ya ni miraba la bola
que, obediente, iba a caer en el número sobre el que él había puesto las
fichas. Y lo mismo en las cartas y en los dados. ¿Qué crimen cometiera él para
merecer ese castigo? El viejo Anacreón era hombre de una sola pieza, honesto,
decente, jugador por el placer del juego, el placer del no saber, de
arriesgarse. Y ahora no corría riesgo, sabiendo el resultado antes incluso de
comenzar. Una vergüenza.
Juntó las fáciles ganancias y allá se
fue al encuentro de Paranaguá Ventura:
- Esto no es el casino de Pelancchi -
le dijo el negro- , no me venga con martingalas.
Ambos se echaron a reír; allí se
necesitaba más que suerte, había que tener coraje
y una mirada alerta para no ser
robado. Pero a Anacreón esa noche no le importaba perder, fuese contra el azar
o contra los fulleros. Lo único que no quería era tener aquella suerte
milagrosa, obtener lucro
sin gracia, sin
lucha, sin placer.
La
naturaleza humana es así.
Arigof, que había comenzado antes que
los otros, todavía tardó unos días en ir al antro de Tres Duques, al garito de
Zezé da Meningite, lugares en donde el juego
era juego de verdad. ¿Por qué esa
tardanza? No lo ocultemos: las ganancias fáciles
estuvieron a punto de corromper el
íntegro carácter de Arigof. Le dio la manía de mantener mujer, de gastar con la
amante, cosa que era una inversión total de las buenas costumbres. Llenaba a
Teresa de regalos, habiéndole comprado un globo terráqueo en relieve y un
pájaro cantor para que se durmiera al son de su tonada. Quiso a todo trance
hacerse cargo de los gastos del alquiler, del almacén, y de todos los otros.
La geógrafa, frustrada y ofendida, le
hizo ver lo absurdo y lo
ridículo de la situación: era a ella, Teresa Negritud, a quien
correspondía mantener la casa y al
negro macho, pues ella tenía que
defender su orgullo y su honra. Uno que otro
regalo, pase. El pájaro la conmovió,
pero de ahí a querer pagar el alquiler, ¡ah!, era un desatino.
Arigof, gracias a Teresa, vio a
tiempo el abismo que se abría ante sus pies: ya no iba al casino por el juego,
sino por el dinero. ¿Dónde estaba su entereza de hombre
y su placer de jugador? Finalmente
volvió a encontrarlas en el tugurio de Tres
Duques y en el antro de Zezé de
Meningite. Y Teresa le abrió de nuevo su mar de espumas, su blanca extensión.
En cuanto a Mirandáo, ya se sabe lo
que le pasó, ya se conoce la promesa que hizo en un instante de pánico. Siguió
siendo bohemio, poblando la noche con sus
historias, su risa y sus largas horas
de cachaca, pero nunca más jugó. No quiso sentir de nuevo, tan próxima, la
presencia de lo sobrenatural. Cuando Giovanni Guimaráes volvió a los salones
del Pálace, ya no era más el antiguo jugador: estaba convertido en alto
funcionario y en hacendado. Por lo tanto, si fuese por su gusto,
se pasaría el resto de su vida
ganando al 17 e invirtiendo en tierras y bueyes el
dinero de Pelancchi. Pero su esposa y
la sociedad censuraron su vuelta al juego, y el simpático periodista, miembro
reciente de las clases conservadoras, se inclinó ante el lar y el crédito
bancario, volviendo a acostarse temprano. No salió del Pálace para ir al antro
de Tres Duques o de Zezé, o al cubil de Paranaguá Ventura. Se fue a su lecho de
casado, a su respetabilidad. Lo movieron a ello, sin duda, razones excelentes,
pero no del mismo tenor moral que las de Anacreón y Arigof.
Así pues, las tres acciones corrieron
paralelas y llegaron juntas a su destino: el acuerdo interplanetario del
Capitán del Cosmos con los marcianos, el juego de pedir y dar, inocente
entretenimiento con el que se divertían el místico y la amazona para pasar el
tiempo, y el hastío de los amigos de Vadinho.
La victoria de Cardoso y S.a no melló las convicciones materialistas del
profesor
Máximo Sales, renuente y cabeza dura.
Todo estaba claro para él: ese Cardoso, con su aparente extravagancia y sus
palabras en las nubes, tenía que ser el jefe de la banda, y Zulmira su
cómplice. Sin duda, los dos se conocían hacía mucho y eran amantes, sólo
Pelancchi, viejo cornamenta, podía no darse cuenta. De no ser así,
¿cómo explicar entonces lo sucedido?
¡El sorprendente, el insólito Cardoso y S.a, Cardo- sito para los íntimos como
Zulmira! ¿Quién lo diría tan familiarizado con las
cosas del amor? No sólo del amor en
nuestro mísero y minúsculo astro, sino
también en los planetas más
progresistas, en las galaxias más nutridas. Era todo un catedrático en la dulce
disciplina que enseñaba a la atenta alumna. Atenta y preguntona:
- ¿Y cómo es en Saturno, dime,
Cardosito? ¿Cómo besan si no tienen boca, como tocan si no tienen manos?..
Antes de oírse la respuesta, resonaba
la carcajada del Maestro del Absurdo:
- Ahora mismo te voy a mostrar
cómo...
Zulmira tenía miedo que Pelancchi
descubriera ese afecto espiritual, esa mística ligazón de almas hermanas,
viendo maldad y vicio donde sólo había curiosidad científica y deleite
estético.
- ¿Y si Pequito entrase ahora y nos
viera así? Es capaz de matarnos. Una vez juró... El Gran Iluminado la
tranquilizó:
- Hago así con las manos y nos
volvemos invisibles. Hizo así con la mano y le enseñó ciertas costumbres de los
habitantes de Neptuno..., ¡cada cosa!
26
Cada día estaba más pálido, más
abatido con doña Flor, inclinada sobre su rostro, y preguntándole:
- ¿Qué te pasa, Vadinho?
- Siento un cansancio...
La voz ronca, los ojos desencajados,
las manos descarnadas... Para doña Flor era consecuencia de aquella vida sin
orden, sin horario. No hay organismo que pueda
soportar un desgaste tan grande y tan
constante.
La vez anterior sucedió de repente:
cuando todos lo creían fuerte y sano, lleno de bríos, de vigor y de energía,
Vadinho se desplomó entre las máscaras, en medio del carnaval, con su disfraz
de bahiana y en plena animación. Tan joven todavía, joven y hermoso,
jactancioso y fanfarrón, y sin embargo tenía el corazón hecho pedazos, estaba
totalmente gastado por dentro. Doña Flor había ido hasta allí haciéndose camino
entre las máscaras y los conjuntos, apoyándose en doña Norma y doña Gisa.
Cuando llegó, lo vio muerto, sonriéndole a la muerte. Junto a él estaba
Carlitos Mascarenhas, vestido de gitano, callado el sublime guitarrillo. El
luto de la plaza era de cascabeles, lentejuelas y colores vivos.
Pero esta vez la muerte llegaba paso
a paso; la muerte o lo que sea. Primero, pálido y descarnado; luego, lívido y
fluido. Si fluido y casi transparente. No era la flacura de los enfermos,
tampoco tenía dolores ni fiebre. Iba perdiendo densidad, se volvía incorpóreo,
iba desvaneciéndose.
Al principio, doña Flor no le dio
importancia a la cosa. Como Vadinho era tan chacotero y dado a las bromas, todo
un comediante, creyó que era una farsa
tramada por él para reírse de su
preocupación y burlarse de sus temores. Desde
luego que Vadinho no perdió los
viejos hábitos, volvió hecho el mismo tramoyista de antes, riéndose de todo y divirtiéndose
a costa de los demás. Y si no que lo dijera doña Rozilda, empavorecida: era un
chacotero.
La vieja se presentó de improviso con
sus grandes maletas, que anunciaban una estancia prolongada. El doctor Teodoro
se tragó la sorpresa, y, de acuerdo con sus buenas maneras, acogió con
hidalguía a la suegra, «siempre bienvenida a esta casa». Con el correr de los
años la maldad de doña Rozilda se había agudizado y era un pozo de veneno.
Apenas llegó y ya la ponzoña coma por la casa y por la calle:
- Tu hermano es un calzonazos, un
pocacosa, tiene sangre de cucaracha. La mujer lo domina a ese legañoso. Vine
para quedarme.
«Dios mío, dame paciencia», rogó doña
Flor, y el doctor Teodoro perdió todas las esperanzas. Ante
aquella monstruosa amenaza
sólo veía dos
soluciones: o
envenenar a la apestosa, y no tenía
coraje para tanto, o que ocurriera un milagro, y
ya no estamos en tiempos milagrosos.
Se equivocaba el doctor, como bien sabemos nosotros y pronto lo comprobó.
Menos de veinticuatro horas después
de su desembarco, doña Rozilda regresaba a
Nazareth, corriendo hacia el vapor,
como si el infierno entero le estuviera mordiendo los talones. No sería todo el
infierno, pero sí Satanás, o Lucifer, o
Belcebú, el Can, el Repugnante, no
importa el nombre o el título: el demonio, el
peor de ellos, aquel que en otro
tiempo fuera su yerno para desgracia suya y de su hija. Le tiraba de los pelos
y una vez incluso la derribó. Se pasaba el día diciéndole cosas horribles,
lanzándole obscenos insultos, amenazándola con darle bofetadas o puntapiés en
el culo y proponiéndole porquerías.
- Esta casa está maldecida, ¡válgame
Dios! No vuelvo a poner los pies aquí... - exclamó finalmente, juntando las
maletas.
Pues sucedió un milagro - aunque no
es tiempo de ellos- , pensó el doctor con humildad, no creyéndose merecedor de
tanta gracia, de semejante merced.
- El maldito anda suelto, quiso
matarme... - y dichas estas palabras doña Rozilda se fue a toda prisa, calle
adelante.
- Está caduca... - diagnosticó el
doctor Teodoro, con tanto alivio como competencia. Doña Flor se sonrió, en
señal de acuerdo con la opinión del doctor, solidaria con su
desahogo, y al mismo tiempo en
respuesta a la guiñada de ojo de Vadinho. En la puerta, el tinoso se reía a
carcajadas, aunque ya un tanto inmaterial y fluido.
Siguió acentuándosele aquella palidez
suya, y cada
vez era menos
material,
volviéndose casi gaseoso y
transparente, y en cierto momento doña Flor llegó a ver a través de su cuerpo.
- ¡Ay, amor! Te estás desvaneciendo
en la nada...
Era la primera vez que doña Flor veía
a Vadinho sin fuerzas para reaccionar, desorientado, perdido. ¿Qué se había
hecho de su ardor, de su arrogancia, de su
picardía?
- No sé, mi bien... Siento que me
están llevando... a pesar mío. ¿Será que tú ya no me deseas? Porque sólo tú
puedes echarme. Mientras me quieras y me desees, mientras pienses en mí,
seguiré vivo y aquí. ¿Qué hiciste, Flor?
Ella se acordó entonces del ebó. Ya
se lo advirtiera su comadre Dionisia. Ella, doña Flor, tenía toda la culpa por
haber recurrido a los orixás y suplicado que se llevasen a Vadinho de vuelta a
la muerte.
- Es el hechizo...
- ¿Hechizo? Su voz era como de agua,
se deshacía en un susurro.
Le contó lo ocurrido cuando el sábado
por la tarde, estando ya en los brazos de Vadinho, su honra se salvó gracias a
Dionisia de Oxóssi; desesperada, le encargó el despacho. Se hizo cargo del
trabajo el Babalaó Didí, él, que era pai- pequeno de Vadinho, cuya mano
defendía su destino. ¿Qué hiciste, Flor, mi Flor perdida, y para qué?
- Para salvar mi honra...
De nada le había servido, igual
sucedió lo que tenía que suceder. Más veloz que el despacho había sido la
fuerza del deseo que las palabras de Vadinho desataran. Después de lo ocurrido,
ella intentó suspender el encargo, pero era tarde, ya se había derramado la
sangre de los sacrificios.
- ¡Ah! Tú me echaste, me mandaste de
vuelta, no tengo más remedio que partir. Porque mi fuerza es tu deseo, mi vida
es tu querer y si no me quieres no existo. Adiós, Flor, ya me voy, me están
amarrando con un mokan, todo se acabó.
Y fue desapareciendo ante su vista
hasta disolverse en la nada.
27
Y allá se fue Vadinho, convertido en
campo de batalla en la guerra de los santos,
presa de los orixás, egun sin
cementerio.
¿Por qué no aprovechas, doña Flor? Es
tu última ocasión, tu oportunidad final para salvar la honra, la decencia, el
recato, la virtud, las leyes morales de tu calle, de tu gente, de tu clase.
Todavía te queda esa salida: el ebó encargado por Dionisia y realizado por
Didí, el asobá. Por mucho que nos cueste confiar en hechizos y orixás
engatusadores del pueblo, ¿qué otro modo hay para salvar la moral en peligro,
la virtud y los preceptos de la sociedad, de la civilización, en fin? Lo
importante, doña Flor, es rescatarte ante Dios y tu conciencia, oveja de
regreso al redil, purificada. Ante los hombres no es necesario, pues ellos
(felizmente) ignoran tu mal paso.
Si ahora dejas partir a Vadinho, será
fácil olvidar esas pocas noches de desvergüenza, la loca cabalgata, los ayes de
amor. Todo eso puede haber sido
únicamente un sueño, un delirio
febril, una alucinación o tan sólo
unos simples y locos pensamientos surgidos en momentos insustanciales de una
vida decente y feliz en su totalidad. Nada tendrás que pagar, no tendrás
remordimientos, vivirás en paz con tu esposo y con tu con- ciencia. Doña Flor,
ésta es tu última oportunidad de ser virtuosa, de volver a ser un pilar de la
moral, de las buenas costumbres. Deja que Vadinho regrese a la paz de su
muerte, ¿eres o no una mujer honesta?
¿Dónde vas, doña Flor, y con qué
fuerzas? ¿Para qué libertarlo del no ser?
No podía vivir sin amor, sin su amor.
Mejor es morir con él. Si no lo tuviera a mi lado tendría que salir desesperada
a buscarlo en cuanto hombre pasara frente a mí; a buscar su gusto en cada boca,
echándome a correr por las calles ululando como una loba hambrienta. Él es mi
virtud.
28
En la guerra de los santos la ciudad
se elevó por los aires, y los relojes señalaron a la vez el mediodía y la
medianoche: todos los orixás se habían unido para enterrar a Vadinho, egun
rebelde, y su vínculo de amor. Sólo Exu estaba a su lado. El rayo, el trueno,
la tempestad, acero contra acero y una cantidad de sangre de todos los diablos.
El encuentro sucedió en la encrucijada del último camino, en los límites de la
nada.
En la cresta del océano, Yemanjá,
toda vestida de azul, larga cabellera de espuma y cangrejos. En la cola de
plata tenía tres sexos, uno blanco de algas, otro verde de limo, el tercero de
polvos negros. Con su abanico de metal, el abebé esparcía vientos de muerte.
Comandaba una flota de cascos de navío y un ejército de peces la saludaba en su
mudo idioma, iodóia!
Las selvas se inclinaron ante Oxóssi,
el cazador, el rey de Ketu. En esa guerra él montó tres cabalgaduras. En la
arremetida de la mañana, un jabalí; el caballo blanco en el arco del menguante,
y por la madrugada su caballo fue Dionisia, la más bella de sus hijas, la
predilecta. Por donde él pasaba con el ofá y el erukeré, en guerra sin cuartel,
morían los animales y todo cuanto existía. Oxumaré, cobra inmensa, venía en los
colores del arco iris, a un tiempo macho y hembra. Cubierto de serpientes - la
cascabel y la yarará, la coral y la víbora- , y seguido por cinco batallones de
hermafroditas. Empujaron a Vadinho por una punta del arco iris; cuando entró
era un macho desafiante, cuando salió era una mañosa adolescente, una doncella
derretida. Exu, con su tridente, deshizo el arco iris. Oxumaré metió el rabo
por la boca, anillo y enigma. Ogun batió el hierro y templó el acero de las
espadas. Euá con sus fuentes, Naná con su vejez. Rey de la guerra, Xangó,
rodeado de obás y de ogans, del esplendor de su corte, arrojaba rayos y
centellas. A su lado, Oxun, muy zalamera, deshaciéndose en arrumacos. Omolu,
con su terrible ejército, comandaba la viruela negra y la lepra milenaria, el
esputo putrefacto y el pus, las enfermedades todas. Vadinho, tísico y
pestilente, ciego y sordo. Exu, curandero de tribus africanas, masticó las
enfermedades, una a una.
Empuñando el paxoró de plata, lanza
invencible, Oxalá era dos a la vez: el joven
Oxoguiá y el viejo Oxolufá. Ante su
paso de danza todos se inclinaban. Lo precedía Yansá, la que gobierna a los
muertos, madre de la guerra. Su grito enmudeció a la gente, y se hundió como un
puñal en el corazón visible de Vadinho.
Venían juntos en formación cerrada,
con sus armas, sus herramientas, su ley antigua. Viendo que aun siendo tantos
eran pocos, llamaron a los orixás de la
nación gruña y a los de Angola, a los
inkices congoleses y a los caboclos. Todas las
naciones, de norte a sur, contra Exu
y su egun. Y se aprestaron a la batalla final. Entonces, las doncellas de la
ciudad se desnudaron y salieron a ofrecerse por las calles y plazas. Y de
inmediato nacían los hijos, a millares. Todos iguales, pues eran todos hijos de
Vadinho, todos ellos zurdos y de pelo ensortijado. Por el mar na- vegaban casas
y caseríos, el farol de la Barra y el solar del Unháo; el Fuerte del Mar se
trasladó al Terreiro de Jesús, y brotaban peces en los jardines, y maduraban
estrellas en los árboles. El reloj
del Palacio marcó la hora del espanto, en un cielo carmesí con manchas
amarillas. Vióse entonces nacer una aurora de cometas sobre los prostíbulos y
cada mujer de la vida tuvo marido e hijos. La luna cayó en Itaparica, sobre los
mangos; los enamorados la recogieron y en su espejo se reflejaban el beso y el
desmayo. De un lado la ley, los ejércitos del prejuicio y del atraso, bajo el
comando de doña Dinorá y de Pelancchi Moulas. De otro lado, el amor y la
poesía, la osadía de Cardoso y S.a, teniente coronel del ensueño, riéndose
entre los senos de Zulmira. Venía la gente corriendo por las laderas, con
hachas encendidas y una agenda de huelgas y revueltas. Al llegar a la plaza
quemó a la dictadura como un papel sucio y encendió la libertad en cada
esquina.
Fue jefe de la rebelión el Can, y a
las veintidós horas y treinta y seis minutos derribaron el orden y la tradición
feudal. De la moral vigente quedaron sólo los
restos, que fueron de inmediato
guardados en el museo.
Pero el grito de Yansá mantuvo a los
hombres en el temor de la muerte. De Vadinho, sin manos, sin pies, sin
estructura, quedaba muy poco: una humareda sucia, cenizas esparcidas, el
corazón roto en la batalla. Era el fin de Vadinho y de su vínculo de deseo. ¿En
dónde se vio que un finado exista de nuevo, yogando en cama de hierro? ¿En
dónde?
Pero la suerte de la batalla se dio
vuelta cuando a Exu no le quedaban ya fuerzas y estaba cercado por los siete
costados, sin salida, cuando el egun ya estaba, en su cajón barato, en su
sepultura arrasada, y ya podía decírsele: adiós, Vadinho, adiós, hasta nunca.
Fue entonces cuando atravesó los
aires una figura que penetró en los más cerrados caminos y venció a la
distancia y a la hipocresía, con su pensamiento libre de cualquier traba: era
doña Flor, desnuda, en pelo. Su gemido de amor cubrió el grito de muerte de
Yansá. A última hora, cuando Exu ya rodaba por el monte y un poeta comenzaba a
escribir el epitafio de Vadinho.
Fue entonces cuando una hoguera se
encendió en la tierra y la gente quemó el tiempo de la mentira.
29
En la mañana clara y leve de un
domingo los habitúes del bar de Méndez, en Cabeca, vieron pasar a doña Flor,
muy elegante, del brazo de su marido, el doctor Teodoro. La pareja iba a Río
Vermelho, en donde la tía Lita y el tío Porto los espera- ban a almorzar.
Animada la cara, pero baja la mirada, discreta y seria como corresponde a una
mujer casada y decente, doña Flor respondía a los buenos días respetuosos.
- Nunca creí que ese doctor Jarabe
fuera capaz de tanto. No lo parece y sin embargo vea...
- ¿No parece qué? Es farmacéutico,
pero es mejor que muchos médicos... - le interrumpió el santero Alfredo.
- Fíjense en ella... ¡Qué hermosura,
qué belleza de mujer! Una pera de agua..., y se ve que está satisfecha, que no
le falta nada en la mesa ni en la cama. Hasta parece
una mujer que tuviese un nuevo
amante, poniéndole los cuernos al marido...
- ¡No diga eso! - protestó Moysés
Alves, el perdulario del cacao- . Si hay una mujer decente en Bahía, es doña
Flor.
- Estoy de acuerdo, ¿quién no sabe
que es honesta? Lo que quiero decir es que ese
doctor con cara de bobo es un tipo
que se las trae. Me quito el sombrero ante él, nunca pensé que fuera capaz de
dar cuenta del recado. Para un pedazo de mujer como ésa, tan cachonda, se
necesita ser muy competente.
Y con los ojos encendidos concluyó:
- Miren cómo se menea. La cara seria,
pero las caderas - ¡miren ahora!- de lo
más sueltas, hasta parece que alguien se las está palpando... Un felizote, ese
doctor...
Del brazo del marido, sonreía
mansamente doña Flor: ¡ah!, esa manía de Vadinho, de ir por la calle tocándole
los pechos y los cuadriles, revoloteando en torno a ella como si fuese la brisa
de la mañana. De esta limpia mañana de domingo, en la que doña Flor va de
paseo, feliz de la vida, satisfecha con sus dos amores.
Y aquí se da por terminada la
historia de doña Flor y sus dos maridos, narrada en todos sus pormenores y con
todos sus misterios, clara y oscura como la vida. Todo esto sucedió realmente,
créalo quien quisiere. Pasó en Bahía, donde estas y otras cosas mágicas suceden
sin que nadie se asombre. Si lo dudan, pregúntenle a Cardoso y S.a y él les
dirá si es o no verdad. Pueden encontrarlo en el planeta Marte o en cualquier
esquina pobre de la ciudad.
Salvador, abril de 1966.


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