© Libro No. 424. Hombres y Engranajes. Sábato, Ernesto. Colección Emancipación Obrera.
Mayo 25 de 2013.
Título
original: © Hombres
y Engranajes. Sábato, Ernesto
Versión Original: © Hombres y Engranajes. Sabato, Ernesto
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©
Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Ernesto Sabato
Hombres
Y
Engranajes
Ernesto Sabato
Hombres Y Engranajes
(1951)
A la memoria de mi
padre
Indice
JUSTIFICACION 4
INTRODUCCIÓN 7
I LA ESENCIA DEL RENACIMIENTO 10
II EL UNIVERSO ABSTRACTO 21
III LA REBELIÓN DEL
HOMBRE 37
IV LAS ARTES Y LAS
LETRAS EN LA CRISIS 45
Me sería muy difícil
relatar cómo se han transfor¬mado mis convicciones, más aún no siendo ello,
probablemente, muy interesante.
DOSTOIEVSKY, El
diario de un escritor
¡La historia de la
transformación de las conviccio¬nes! ¿Existe, acaso, en todo el dominio de la
litera¬tura, historia alguna de interés más palpitante?
CHESTOV, La filosofía
de la tragedia
Justificación
Uno se embarca hacia
tierras lejanas, indaga la naturaleza, ansia el conocimiento de los hombres,
inventa seres de ficción, busca a Dios. Des¬pués se comprende que el fantasma
que se perseguía era Uno-Mismo.
Reflexioné mucho
sobre el título y la calificación que deberían llevar estas páginas. No creo
que sea muy desacertado tomarlas como autobiografía espiritual, como diario de
una crisis, a la vez personal y universal, como un simple reflejo del derrumbe
de la civilización occidental en un hombre de nuestro tiempo. Este derrumbe que
los comunistas imaginan un mero derrum¬be del sistema capitalista, sin advertir
que es la crisis de toda la civiliza¬ción basada en la razón y la máquina,
civilización de la que ellos mismos y su sistema forman parte.
Estas reflexiones no
forman un cuerpo sistemático ni pretenden satis¬facer las exigencias de la
forma literaria: no soy un filósofo y Dios me libre de ser un literato; son la
expresión irregular de un hombre de nuestro tiem¬po que se ha visto obligado a reflexionar
sobre el caos que lo rodea. Y si las refutaciones de teorías y personas son
muchas veces violentas y ásperas, tén¬gase presente que esa violencia se ejerce
por igual contra antiguas ilusiones mías, que sobreviven en letra muerta, en
algún libro, a su muerte en mi pro¬pio espíritu; en ocasiones, a su añorada
muerte. Porque también podemos añorar nuestras equivocaciones.
En 1934, cuando era
un estudiante, fui enviado a un congreso comu¬nista en Bruselas. Iba a Europa
imaginando que los males del movimiento podían ser exclusivamente argentinos;
todavía conservaba muchas ingenui¬dades, todavía me resistía a aceptar el movimiento
stalinista como un siste¬ma de vasos comunicantes.
El universo burgués
me había asqueado, como a tantos adolescentes, y me sentí impulsado hacia la
revolución. Pero de pronto, ese movimiento revo¬lucionario se me hundía bajo
los pies, repentinamente me encontré en un vasto caos de seres y cosas. La
existencia, como al personaje de La náusea, se me aparecía como un insensato,
gigantesco y gelatinoso laberinto; y como él, sen¬tí la ansiedad de un orden
puro, de una estructura de acero pulido, nítida y fuerte. Así lo había sentido
ya en mi adolescencia, cuando me precipité ba¬da la matemática, y ahora se
volvía a repetir el fenómeno, aunque con más fuerza y desesperación. De ese
modo, retorné a ese universo no carnal, a esa especie de refugio de alta
montaña al que no llegan los ruidos de los hombres ni sus confusas contiendas.
Durante algunos años estudié, con frenesí, casi con furor, las cosas
abstractas, me di inyecciones de trasparente opio, viví en el paraíso
artificial de los objetos ideales.
Pero en cuanto
levantaba la cabeza de los logaritmos y sinusoides, en¬contraba el rostro de
los hombres. En 1938 trabajaba en el Laboratorio Cu¬rie, de París. Me da risa y
asco contra mí mismo cuando me recuerdo entre electrómetros, soportando todavía
la estrechez espiritual y la vanidad de aquellos dentistas, vanidad tanto más
despreciable porque se revestía siem¬pre de frases sobre la Humanidad, el
Progreso y otros fetiches abstractos por el estilo; mientras se aproximaba la
guerra, en la que esa Ciencia, que se¬gún esos señores había venido para
liberar al hombre de todos sus males fí¬sicos y metafísicas, iba a ser el
instrumento de la matanza mecanizada.
Allí, en 1938, supe
que mi fugaz paso por la ciencia había conclui¬do. ¡Cómo comprendí entonces el
valor moral del surrealismo, su fuerza des¬tructiva contra los mitos de una
civilización terminada, su fuego purificador, aun a pesar de todos los farsantes
que aprovechaban de su nombre!
De Francia pasé a los
Estados Unidos, donde pude ver el Capitalis¬mo Maquinista en su más vasta
perfección. Volví a mi patria y empecé a es¬cribir un primer balance, que
publiqué en 1945 bajo el titulo de Uno y el Universo. En el prólogo, escribí:
"La ciencia ha sido un compañero de via¬je, durante un trecho, pero ya ha
quedado atrás. Todavía cuando nostálgi¬camente vuelvo la cabeza, puedo ver
algunas de las altas torres que divisé en mi adolescencia y me atrajeron con su
belleza desposeída de los vicios carna¬les. Pronto desaparecerán de mi
horizonte y sólo quedará el recuerdo. Mu¬chos pensarán que ésta es una traición
a la amistad, cuando es fidelidad a mi condición humana. De todos modos,
reivindico el mérito de abandonar esa clara dudad de las torres —donde reinan
la seguridad y el orden— en bus¬ca de un continente lleno de peligros, donde
domina la conjetura".
Durante cinco años me
he movido en este continente conjetural. Sé mu¬cho menos que antes, pero al
menos ahora sé que no sé y sonrío melancólica¬mente al releer algunos capítulos
de aquel primer balance, todavía habita¬do de tantos fantasmas, todavía candoroso
creyente en ciertos cadáveres del mundo que fue. No incurrir en la nueva
ingenuidad de imaginar que ahora me he desembarazado de cadáveres y fantasmas.
Pero sí tengo la convic¬ción de entrever ya con mayor crueldad los contornos de
Uno-Mismo en me¬dio de la confusión del Universo.
E.S. Santos Lugares,
marzo de 1951.
INTRODUCCIÓN
Dice Martin Buber que
la problemática del hombre se replan¬tea cada vez que parece rescindirse el
pacto primero entre el mundo y el ser humano en tiempos en que el ser humano
parece encontrar¬se en el mundo como un extranjero solitario y desamparado. Son
tiempos en que se ha borrado una imagen del Universo, desapare¬ciendo con ella
la sensación de seguridad que se tiene ante lo fami¬liar: el hombre se siente a
la intemperie, sin hogar. Entonces, se pre¬gunta nuevamente sobre sí mismo.
Así es nuestro
tiempo. El mundo cruje y amenaza derrumbar¬se, ese mundo que, para mayor
ironía, es el producto de nuestra vo¬luntad, de nuestro prometeico intento de
dominación. Es una quie¬bra total. Dos guerras mundiales, las dictaduras
totalitarias y los campos de concentración nos han abierto por fin los ojos,
para reve¬larnos con crudeza la clase de monstruo que habíamos engendrado y
criado orgullosamente.
Ha llegado el momento
de decir adiós al siglo XIX, a ese ma¬ravilloso siglo XIX, con Stephenson y su
máquina de vapor, su elec¬tricidad, su pujante economía capitalista, su
optimismo cósmico. Ese siglo en que todos los males de la humanidad iban ser
resueltos mediante la Ciencia y el Progreso de las Ideas; en que se ponía a los
hijos nombres como Luz y Libertad, y en que se constituían biblio¬tecas de
barrio llamadas Músculo y Cerebro.
No me río de algo tan
entrañablemente unido a mi infancia y adolescencia: más bien me sonrío con esa
irónica ternura con que miramos las viejas fotografías de nuestros abuelos.
Todavía recuerdo los días de mi niñez en un pueblo pampeano, con sus socialistas
de corbata voladora y grandes sombreros negros. Y aquellas bibliotecas en que
se acumulaban libros de tapas blancas, con el retrato del au¬tor en un óvalo:
Reclus, Spencer, Zola o Darwin, ya que hasta la teo¬ría de la evolución parecía
subversiva y un extraño vínculo unía la historia de los peces y marsupiales con
el Triunfo de los Nuevos Ideales. Y tampoco faltaba la Energética, de Ostwald,
esa especie de biblia termodinámica, en que Dios aparecía sustituido por un
ente laico pero también enigmático, llamado Energía, que, como su pre¬decesor,
lo explicaba y lo podía todo, con la ventaja de estar relacio¬nado con la
Locomotora.
El siglo XX esperaba
agazapado como un asaltante nocturno a una pareja de enamorados un poco cursis.
Esperaba con sus carnice¬rías mecanizadas, el asesinato en masa de los judíos,
la quiebra del sistema parlamentario, el fin del liberalismo económico, la
desespe¬ranza y el miedo. En cuanto a la Ciencia, que iba a dar solución a
to¬dos los problemas del cielo y de la tierra, había servido para facilitar la
concentración estatal y mientras por un lado la crisis epistemoló¬gica atenuaba
su arrogancia, por el otro se mostraba al servicio de la destrucción y de la
muerte. Y así aprendimos brutalmente una ver¬dad que debíamos haber previsto,
dada la esencia amoral del conoci¬miento científico: que la ciencia no es por
sí misma garantía de na¬da, porque a sus realizaciones les son ajenas las
preocupaciones éticas.
Frente al caos
capitalista, surgió el movimiento socialista, pe¬ro pronto adquirió los
atributos del siglo que quería combatir: la Ciencia y la Máquina se
convirtieron en sus dioses tutelares, y al so¬cialismo "utópico" de
Owen, Fourier y Saint-Simon sucedió el socia-lismo "científico" de
Marx. Y de este modo, la concentración del po¬der estatal mediante la ciencia y
la economía condujo a los superestados basados en la máquina y en la
totalización.
Esta crisis no es
sólo la crisis del sistema capitalista: es el fin de toda esa concepción de la
vida y del hombre, que surgió en Oc¬cidente con el Renacimiento. De tal modo
que es imposible enten¬der este derrumbe si no se examina la esencia de esa
civilización re-nacentista.
Tal como Berdiaeff
advirtió, el Renacimiento se produjo me¬diante tres paradojas:
1a Fue un movimiento
individualista que terminó en la ma-sificación.
2a Fue un movimiento
naturalista que terminó en la máqui¬na.
3a Fue un movimiento
humanista que terminó en la deshu¬manización.
Que no son sino
aspectos de una sola y gigantesca paradoja: la deshumanización de la humanidad.
Esta paradoja, cuyas
últimas y más trágicas consecuencias pa¬decemos en la actualidad, fue el
resultado de dos fuerzas dinámicas y amorales: el dinero y la razón. Con ellas,
el hombre conquista el po¬der secular. Pero —y ahí está la raíz de la paradoja—
esa conquista se hace mediante la abstracción: desde el lingote de oro hasta el
clearing, desde la palanca hasta el logaritmo, la historia del creciente
do¬minio del hombre sobre el universo ha sido también la historia de las
sucesivas abstracciones. El capitalismo moderno y la ciencia po¬sitiva son las
dos caras de una misma realidad desposeída de atribu¬tos concretos, de una
abstracta fantasmagoría de la que también for¬ma parte el hombre, pero no ya el
hombre concreto e individual si¬no el hombre-masa, ese extraño ser todavía con
aspecto humano, con ojos y llanto, voz y emociones, pero en verdad engranaje de
una gi¬gantesca maquinaria anónima. Este es el destino contradictorio de aquel
semidiós renacentista que reivindicó su individualidad, pro¬clamando su voluntad
de dominio y transformación de las cosas. Ig¬noraba que también él llegaría a
transformarse en cosa.
Hombres como Pascal,
William Blake, Dostoievsky, Baudelaire, Lautréamont, Kierkegaard y Nietzsche
intuyeron que algo trá¬gico se estaba gestando en medio del optimismo. Pero la
Gran Ma¬quinaria siguió adelante. Desolado, el hombre se sintió por fin en un
universo incomprensible, cuyos objetivos desconocía y cuyos Amos, invisibles y
crueles, lo llenaban de pavor. Mejor que nadie, Franz Kafka expresó la
sensación de desamparo del hombre de nuestro tiempo. Y aunque la soledad del
hombre es perenne, no sociológica sino metafísica, únicamente una sociedad como
ésta podía revelarla en toda su magnitud. Así como ciertos monstruos sólo
pueden ser entrevistos en las tinieblas nocturnas, la soledad de la criatura
hu¬mana se tenía que revelar en toda su aterradora figura en este cre¬púsculo
de la civilización maquinista.
I
LA ESENCIA DEL
RENACIMIENTO
EL DESPERTAR DEL
HOMBRE LAICO
Cuando por primera
vez estudié la historia mundial, en el co¬legio secundario, fui sorprendido por
las extrañas virtudes del ejér¬cito turco, que más o menos se sintetizaban así:
en 1453 tomaba Constantinopla y ponía fin, de tal manera, a la Edad Media; inme-diatamente,
una cantidad de señores se ponían a refutar a Aristóte¬les con pesas que caían
de una torre y planos inclinados, o mirando a través del tubo de un telescopio.
Esta doctrina sobre
las propiedades del ejército turco es bas¬tante popular y, aunque no sea con
tal nitidez, figura en muchos tex¬tos escolares. Y hasta tal punto domina en la
enseñanza que al do¬blar el cabo del año 1453 se pasa a otro volumen y a otro
año de es-tudios.
Cuando ya de grande
me interesé por la historia de la ciencia, encontré que en aquella época
tenebrosa que antecedió a la caída de Constantinopla los europeos habían
inventado o reinventado la pólvo¬ra, la imprenta, las armas de fuego, la
brújula, la pintura al óleo, las catedrales, el molino de viento, el molino de
agua, las lentes, el timón, la exclusa, la forja de fuelle, la medicina y la
cirugía, el reloj mecáni¬co, los fundamentos de la ciencia experimental, los
vitrales, los esmal¬tes, los mapas matemáticos, la navegación de altura, la
industria de los tejidos y del vidrio. ¿Quiénes habían elaborado todo eso?
En general, es
peligroso cortar la historia en pedazos. Pero, si debemos buscar el viraje que
originó nuestra civilización, hay que buscarlo en la época de las Cruzadas. Es
ahí, en las comunas burgue¬sas, donde verdaderamente se inician los Tiempos
Modernos, con una nueva concepción del hombre y su destino.
Entre el derrumbe del
Imperio Romano y el despertar del si¬glo XII el mundo occidental se sume en lo
que propiamente debería llamarse "edad media". El hombre se sumerge
en los valores es¬pirituales y sólo vive para Dios: el dinero y la razón emigran
hacia mejores territorios, refugiándose en Bizancio, en el imperio musul¬mán,
entre los judíos. Bajo la doble presión de la ética cristiana y del aislamiento
militar, el hombre de Occidente renunció durante seis siglos a las dos
potencias que mejor parecen representar los ha¬lagos de la materia y del
pensamiento, la tentación del espíritu mundano. Es difícil precisar por qué
despierta Occidente. Lo que sucede es el resultado de infinitos factores, desde
una ética hasta la belleza de una mujer, desde una estructura económica hasta
el po¬der de convicción de un fanático a caballo. Es muy difícil, y a me¬nudo
muy bizantino, establecer las causas últimas de un acontecer histórico; parece
mejor tomar el hecho en su totalidad, como una estructura cerrada.
Hacia la época de las
Cruzadas comienza el despertar de Oc¬cidente, gracias a un conjunto de factores
concomitantes: el debili¬tamiento del poder musulmán, la relativa tranquilidad
de las ciuda¬des después de tantos siglos de lucha y destrucción, la pérdida de
las esperanzas en el advenimiento del reino de Dios sobre la tierra, la
reapertura del comercio mediterráneo. ¿Cuál de todos ellos es el fac¬tor
último? No es fácil discriminarlo, Pero en cambio es fácil adver¬tir que debajo
de todos ellos actúan dos fuerzas fundamentales: la ra¬zón y el dinero.
El levantamiento de
la razón comienza en el seno de la teolo¬gía hacia el siglo XI, con Berengario
de Tours. San Pedro Damián combate esta tentativa, manifestando su desconfianza
por la ciencia y la filosofía, poniendo en duda la validez de las leyes del
pensa¬miento y, en particular, la validez absoluta del principio de
contra¬dicción, que aunque rige en el mundo de lo finito —afirma— no ri¬ge para
el ser divino.
La polémica se
agudiza con Abelardo, quien sostiene que no se debe creer sin pruebas: sólo la
razón debe decidir en pro o en con¬tra. Es silenciado por San Bernardo, pero
representa, en pleno siglo XII, el heraldo de los tiempos nuevos, en que la
inteligencia, ya de¬senfrenada, no reconocerá otra soberanía que la de la
razón. "¡Oh, Jesús! —exclamará un teólogo en estado de embriaguez
racionalis¬ta—. ¡Cuánto he reforzado y ensalzado Tu doctrina! En verdad, si
fuera Tu enemigo, podría invalidarla y refutarla con argumentos to-davía más
poderosos."
Pero para que esa
soberanía de la razón se estableciera, era menester el afianzamiento de su
aliado el dinero. Entonces, toda la gi¬gantesca estructura de la Iglesia y de
la Feudalidad se vendrá abajo.
El dinero había
aumentado silenciosamente su poderío en las comunas italianas desde las
Cruzadas. La Primera Cruzada, la Cru¬zada por antonomasia, fue la obra de la fe
cristiana y del espíritu de aventura de un mundo caballeresco, algo grande y
romántico, ajeno a la idea de lucro. Pero la historia es tortuosa y era el
destino de es¬te ejército señorial servir casi exclusivamente al resurgimiento
mer¬cantil de Europa: no se conservaron ni el Santo Sepulcro ni Constantinopla,
pero se reanudaron las rutas comerciales con Oriente. Las Cruzadas promovieron
el lujo y la riqueza y, con ellos, el ocio propi¬cio a la meditación profana,
el humanismo, la admiración por las ciudades de la antigüedad.
Así comenzó el
poderío de las comunas italianas y de la clase burguesa. Durante los siglos XII
y XIII, esta clase triunfa por todos lados. Sus luchas y su ascenso provocaron
transformaciones de tan largo alcance que hoy sentimos sus últimas
consecuencias. Ya que nuestra crisis es la reducción al absurdo de aquella
irrupción de la clase mercantil.
DEL NATURALISMO A LA
MÁQUINA
Al despertar del
largo ensueño del Medioevo, el hombre re¬descubre el mundo natural y al hombre
natural, el paisaje y su pro¬pio cuerpo.
Su realidad será
ahora secular y profana, o tenderá a serlo ca¬da vez más, pues una visión del
mundo no cambia instantáneamen¬te. Pero lo que importa es ver las líneas de
fuerza que ocultamente empiezan a dirigir la orientación de una sociedad, la
inquietud de sus hombres, la dirección de sus miradas; sólo así puede saberse
lo que va a acontecer visiblemente varios siglos después. La profanidad de
Rafael no se explica sin esa oculta tensión de las líneas de fuerza que
empiezan a actuar ya en el siglo XII. Entre un Giotto y un Ra¬fael —comienzo y
fin de un proceso— hay toda la distancia que me¬dia entre un pequeñoburgués
profundamente cristiano, todavía su¬mergido hasta la cintura en la Edad Media,
y un artista mundano, emancipado de toda religiosidad.
La vuelta a la
naturaleza es un rasgo esencial de los comienzos renacentistas y se manifiesta
tanto en el lenguaje popular como en las artes plásticas, en la literatura
satírica como en la ciencia experi¬mental. Los pintores y escultores descubren
el paisaje y el desnudo.
Y en el
redescubrimiento del desnudo no sólo influye la tendencia general hacia la
naturaleza, sino el auge de los estudios anatómicos y el espíritu igualitario
de la pequeña burguesía: porque el desnudo, como la muerte, es democrático.
La primera actitud
del hombre hacia la naturaleza fue de can¬doroso amor, como en San Francisco.
Pero dice Max Scheler que amar y dominar son dos actitudes complementarias, y a
ese amor de¬sinteresado y panteístico siguió el deseo de dominación, que habría
de caracterizar al hombre moderno. De este deseo nace la ciencia po¬sitiva, que
no es ya mero conocimiento contemplativo, sino el ins¬trumento para la
dominación del universo. Actitud arrogante que termina con la hegemonía
teológica, libera a la filosofía y enfrenta a la ciencia con el libro sagrado.
El hombre
secularizado —animal instrumentificum— lanza fi¬nalmente la máquina contra la
naturaleza, para conquistarla. Pero dialécticamente ella terminará dominando a
su creador.
EL DIABLO REEMPLAZA A
LA METAFÍSICA
El fundamento del
mundo feudal era la tierra; como conse¬cuencia, esta sociedad es estática,
conservadora y espacial.
En cambio, el
fundamento del mundo moderno es la ciudad; la sociedad resultante es dinámica,
liberal y temporal. En este nue¬vo orden prevalece el tiempo sobre el espacio,
porque la ciudad está dominada por el dinero y la razón, fuerzas móviles por
excelencia. La dinámica es una rama moderna de la física, contemporánea de la
in¬dustria y de la balística del Renacimiento; los antiguos sólo habían
desarrollado la estática.
La característica de
la nueva sociedad es la cantidad. El mun¬do feudal era un mundo cualitativo: el
tiempo no se medía, se vivía en términos de eternidad y el tiempo era el
natural de los pastores, del despertar y del descanso, del hambre y del comer,
y del amor y del crecimiento de los hijos, el pulso de la eternidad; era un
tiempo cualitativo, el que corresponde a una comunidad que no conoce el dinero.
Tampoco se medía el
espacio, y las dimensiones de las figuras en una ilustración no correspondían a
las distancias ni a la perspec¬tiva: eran expresión de la jerarquía.
Pero cuando irrumpe
la mentalidad utilitaria, todo se cuantifica. En una sociedad en que el simple
transcurso del tiempo multi¬plica los ducados, en que "el tiempo es
oro", es natural que se lo mida, y que se lo mida minuciosamente. Desde el
siglo XV los relojes mecánicos invaden Europa y el tiempo se convierte en una
entidad abstracta y objetiva, numéricamente divisible. Habrá que llegar has¬ta
la novela actual para que el viejo tiempo intuitivo sea recuperado por el
hombre.
El espacio también se
cuantifica. La empresa que fleta un bar¬co cargado de valiosas mercancías no va
a confiar en esos dibujos de una ecumene rodeada de grifos y sirenas: necesita
cartógrafos, no poe¬tas. El artillero que debe atacar una plaza fuerte necesita
que el ma¬temático le calcule el ángulo de tiro. El ingeniero civil que
constru¬ye canales y diques, máquinas de hilar y de tejer, bombas para minas;
el constructor de barcos, el cambista, el ingeniero militar, todos ellos tienen
necesidad de matemática y de un espacio cuadriculado.
El artista de aquel
tiempo surge del artesano —en realidad de la misma persona— y es lógico que
lleve al arte sus preocupaciones técnicas. Piero della Francesca, creador de la
geometría descriptiva, introduce la perspectiva en la pintura. Entusiasmados con
la nove-dad, los pintores italianos comienzan a emplear una perspectiva
abundante y muy visible, como nuevos ricos de este arte geométri¬co. El viejo
Uccello se extasía tanto ante el invento, que su mujer tiene que reclamarlo
repetidas veces para la comida. Leonardo escri¬be en su Tratado: "Dispon
luego las figuras de hombres vestidos o desnudos de la manera que te has
propuesto hacer efectiva, some¬tiendo a la perspectiva las magnitudes y
medidas, para que ningún detalle de tu trabajo resulte contrario a lo que
aconsejan la razón y los efectos naturales". Y en otro aforismo agrega:
"La perspectiva, por consiguiente, debe ocupar el primer puesto entre
todos los dis¬cursos y disciplinas del hombre. En su dominio, la línea luminosa
se combina con las variedades de la demostración y se adorna gloriosa¬mente con
las flores de las matemáticas y más aún con las de la física".
Según Alberti, el
artista es ante todo un matemático, un técnico, un investigador de la
naturaleza.
Y así, también,
irrumpe la proporción. El intercambio comer¬cial de las ciudades italianas con
Oriente facilitó el retorno de las ideas pitagóricas, que habían sido
corrientes en la arquitectura ro¬mana. Pero es con la emigración de los
eruditos griegos de Constantinopla cuando en Italia comienza el real
resurgimiento de Platón y, a través de él, de Pitágoras. Cosimo recoge a los
sabios y él mismo sigue sus enseñanzas en la Academia de Florencia. De este
modo, el misticismo numerológico de Pitágoras celebra matrimonio con el de
los florines, ya que
la aritmética regía por igual el mundo de los po¬liedros y el de los negocios.
Con razón sostiene Simmel que los ne¬gocios introdujeron en Occidente el
concepto de exactitud numéri¬ca, que será la condición del desarrollo
científico. El viejo tirano de¬jaba sus múltiples preocupaciones para asistir,
embelesado, a las dis¬cusiones académicas; y, por un complicado mecanismo,
Sócrates lo aliviaba del último envenenado. Lo mismo, más tarde, su nieto
Lo¬renzo: "Sin Platón, me sentina incapaz de ser buen ciudadano y buen
cristiano", aforismo paradójico que no le impedía degollar o ahorcar a sus
enemigos políticos.
Nada muestra mejor el
espíritu del tiempo que las obras de Luca Pacioli, especie de almacén en que se
encuentran desde los ine¬vitables elogios al duque hasta las proporciones del
cuerpo humano, desde contabilidad por partida doble hasta la trascendencia
metafí¬sica de la Divina Proporción: "Esta nuestra proporción, oh excelso
Duque, es tan digna de prerrogativa y excelencia como la que más, con respecto
a su infinita potencia, puesto que sin su conocimiento muchísimas cosas muy
dignas de admiración, ni en filosofía ni en otra ciencia alguna, podrían venir
a luz". Sucesivamente la califica de divina, exquisita, inefable,
singular, esencial, admirable, innomi¬nable, inestimable, excelsa, suprema,
excelentísima, incomprensible y dignísima. Parece como si hablara del propio
Duque de Milán.
Este concepto
pitagórico tuvo influencia en casi todos los ar¬tistas del Renacimiento
italiano, así como en Durero. Pero también se extendió al campo de las
ciencias, como puede observarse en los trabajos de Cardano, Tartaglia y Stevin.
Finalmente, reaparece en la mística de la armonía kepleriana y en las hipótesis
estético-metafísicas que sirvieron de base a las investigaciones de Galileo.
Porque los que piensan que los hombres de ciencia investigan sin prejuicios
estético-metafísicos tienen una idea bastante singular de lo que es la
investigación científica.
Este es el hombre
moderno. Conoce las fuerzas que gobiernan el mundo, las tiene a su servicio, es
el dios de la tierra: es el diablo. Su lema es: todo puede hacerse. Sus armas
son el oro y la inteligencia. Su procedimiento es el cálculo.
Jacobo Loredano
asienta en su Libro Mayor: "Al Dux Foscari, por la muerte de mi hijo y de
mi tío". Después de haber eliminado a Foscari y a su hijo, agrega:
"Pagado". Gianozzo Manetti ve en Dios algo así como el maestro duno
traffico. Villani considera que las dona¬ciones y limosnas son una forma
contractual de asegurarse la ayuda
divina. Inocencio
VIII instaura un banco de indulgencias, en donde se venden absoluciones por
asesinatos. Esta mentalidad calculadora de los mercaderes se extiende en todas
direcciones. Empieza por do¬minar la navegación, la arquitectura y la
industria. Con las armas de fuego invade el arte de la guerra, a través de la
balística y la fortifi¬cación. Se desvalorizan la lanza y la espada del
caballero, a la bravu¬ra individual del señor a caballo sucede la eficacia del
ejército mer¬cenario.
A estos ingenieros no
les interesa la Causa Primera. El saber técnico toma el lugar de la
preocupación metafísica, la eficacia y la precisión reemplazan a la angustia
religiosa. Para juzgar hasta qué punto esto es la esencia del espíritu burgués,
véase la crítica que Valéry hace a la metafísica en Leonardo y los filósofos:
aunque falaz, es la misma que hace Leonardo, la misma que hacen los
pragmatistas y positivistas, esos ingenieros de la filosofía.
La mentalidad
calculadora invade finalmente la política: Maquiavelo es el ingeniero del poder
estatal. Se impone una concepción dinámica e inescrupulosa. Que no reconoce
honor, ni derechos de sangre, ni tradición. ¡Qué lejos estamos de aquella
cristiandad uni¬da en su fe contra los infieles! El Papa Alejandro VI intenta
la alian¬za de los turcos contra los venecianos. Las dinastías se levantan y se
liquidan mediante el puñal de asesinos a sueldo, a tantos ducados por cabeza.
El poder es el ídolo máximo y no hay fuerzas que pue¬dan impedir el desarrollo
de los planes humanos. Leonardo, en sus laboriosas noches del hospital Santa
María, inclinado sobre el pecho abierto de los cadáveres, busca el secreto de
la vida y de la muerte, quiere ver cómo Dios crea seres vivos, ansia
suplantarlo, exclama: "Voglio fare miracoli!".
COMPLEJIDAD Y DRAMA
DEL HOMBRE RENACENTISTA
Estamos hablando de
las fuerzas dominantes, pero es necesario que ahora consideremos las
contrafuerzas. El Renacimiento, como cualquier época, sólo puede ser
profundamente juzgado si se lo pien¬sa como la lucha y la síntesis de fuerzas
encontradas. La afirmación (provisoria y parcial ) de que el Renacimiento es un
proceso de se-cularización no implica negar el misticismo de Savonarola o de
Mi¬guel Ángel. Bastaría sentir por un instante, en el Palazzo del Bargello, la
tierna y estremecida actitud del San Giovannino, de Donatello, para comprender
hasta qué punto es trivial aquella creencia so-bre la mera profanidad del
Renacimiento.
Una doctrina no
traduce unívocamente una época, sino se for¬ma de manera compleja; en parte por
el desarrollo autónomo y pu¬ramente intelectual de las ideas anteriores —por o
en contra de esas ideas—, en parte como manifestación del espíritu de su tiempo.
Y también esto de manera polémica: al espíritu religioso de la Edad Media
sucede el espíritu profano de la burguesía; pero, al asumir és¬te sus formas
más groseras, suscita la reacción mística de Savonarola. Artistas como Miguel
Ángel y Botticelli fueron intensamente conmovidos por esta reacción, y no sólo
no contradicen la profani¬dad del Renacimiento, sino que son su consecuencia.
Por eso es falso
afirmar que "el Renacimiento es una vuelta a la antigüedad". La
historia no retorna jamás. Lo que hay es un retor¬no de ciertas características
del espíritu grecolatino, en la medida en que también había sido un espíritu
ciudadano, el producto de una cultura de ciudades, una civilización.
Mas las ciudades
renacentistas eran ciudades distintas de las antiguas y bastaría la sola
existencia del cristianismo para diferen¬ciar radicalmente esta nueva
civilización de la antigua. ¿Cómo sería posible comparar el realismo de un
espíritu cristiano como Donatello con el realismo de un escultor griego?
La importancia del
cristianismo se revela hasta en aquella ac¬tividad del espíritu que, por su
naturaleza, parece más alejada: la ciencia positiva. Mucho se sorprenderían los
anticlericales de barrio si se les dijese que la ciencia occidental nació gracias
a la Iglesia, y no obstante es así. Creo posible explicar aquel proceso de la
siguien¬te manera:
Durante la Edad
Media, la Iglesia está caracterizada por dos temas: el dogma y la abstracción.
La burguesía aparece caracterizada por los dos temas contrapuestos: la libertad
y el realismo. Entre los clérigos y los burgueses están los humanistas. El sentido
naturalis¬ta, concreto, vivo del humanismo, frente a la aridez escolástica, lo
hace un aliado de la burguesía: con su paganismo, conmueve los fun¬damentos de
la Iglesia, es revolucionario, ayuda al ascenso de la nue¬va clase; los dos
temas de la burguesía —libertad y realismo— son los suyos propios; y no es
extraño, en consecuencia, que la mayor parte de los humanistas proviniesen de
la clase mercantil. Al otor¬gar a los escritos de los antiguos tanto valor como
a la Biblia, el cris¬tianismo se hizo irreconocible en estos hombres; la
yuxtaposición de ambos cultos tenía que conducir a la indiferencia y finalmente
al ataque de la moral cristiana y de las instituciones eclesiásticas, paso
que dio Lorenzo
Valla, esa especie de protestante avant la lettre. Pe¬ro en el momento en que
el humanismo se extasía con la antigüe¬dad, en el momento en que hace de su
culto un juego cortesano y exquisito, se vuelve conservador y reaccionario:
técnicos como Leo¬nardo, los hombres que mejor representan el espíritu de la
moder¬nidad, mirarán como a charlatanes a los señores que se pasaban el día
discutiendo en la Academia, a esos pedantes que habían vuelto la es¬palda al
lenguaje popular para entregarse a la vana resurrección del latín, a esos
presuntuosos que habían dejado de llamarse Fortiguerra o Wolfgang Schenk para
convertirse, grandiosamente, en Cartero-machus y Lupambulus Ganimedes. De esta
manera, el humanismo pasa del tema de la libertad al tema del dogma, al dogma
de la an-tigüedad. Y de la revolución pasa a la reacción.
En cuanto al burgués,
había insurgido como realista, preocu¬pándose solamente por lo que tenía
delante de las narices, descon¬fiando de toda suerte de abstracciones. Pero con
palancas y ruedas no se hace la ciencia moderna: es necesario unir los hechos en
un es¬quema racional y abstracto. Por eso, paradójicamente, la ciencia
po¬sitiva no pudo surgir sin la ayuda de la Iglesia, pues mientras su faz
técnica y utilitaria proviene de la burguesía, su lado teórico, la idea de una
racionalidad del Universo (sin la cual ninguna ciencia es po-sible), proviene
de la escolástica. De este modo, apenas la burgue¬sía ha llegado a la etapa de
la ciencia, hace suyo el tema de la abs¬tracción, que caracterizaba a la
escolástica, pero lo instrumenta a su modo, uniéndolo al saber concreto y
utilitario, entrelazándolo a los poderes temporales de la máquina y el
capitalismo y, a través del número, al tema de la belleza en la proporción, que
era típico del humanismo. Y así, en este fugaz reinado pitagórico, oímos la
últi¬ma parte de una compleja partitura, en que todos los temas inicia¬les
aparecen complicados y entrelazados de tal manera que apenas puede distinguirse
a Platón de Aristóteles, a las preocupaciones prácticas de las metafísicas, a
la aridez escolástica de la intuición concreta.
Pero esto no es todo.
Además del cristianismo, hay dos fuer¬zas que complican aun más el proceso
renacentista.
Como dice Jung, el
proceso cultural consiste en una domina¬ción progresiva de lo animal en el
hombre, un proceso de domesti¬cación que no puede llevarse a cabo sin rebeldía
por parte de la na¬turaleza animal, ansiosa de libertad. De tiempo en tiempo,
una especie de embriaguez acomete a la humanidad, que ha ido entrando por las
vías de la cultura. La antigüedad experimentó esa embria¬guez en las orgías
dionisíacas, desbordadas de Oriente, y que cons¬tituyeron un elemento esencial
y característico de la cultura clásica. Según la ley ya establecida por
Heráclito de la enantiodromía, o con¬tracorriente, todo marcha hacia su
contrario, y a la orgía dionisíaca tenía que seguir, fatalmente, el ideal
estoico y luego el ascetismo de Mitra y de Cristo; hasta que, con el
Renacimiento, un nuevo, tu¬multuoso y adolescente entusiasmo intenta el dominio
del espíritu humano.
Este espíritu
dionisíaco explica la duplicidad de muchos gran¬des hombres del Renacimiento,
que en ciertos casos llevará hasta la neurosis. Un ejemplo sencillo lo tenemos
en la ciencia: ni Leonardo ni ninguno de los precursores tuvieron una idea
sistemática de la ra¬cionalidad.
En todo el
Renacimiento se asiste a una lucha entre la magia y la ciencia, entre el deseo
de violar el orden natural —¡y qué sexual es hasta la misma expresión!— y la
convicción de que el poder sólo puede adquirirse en el respeto de ese orden. En
uno de sus aforismos, dice Leonardo: "La naturaleza no quebranta jamás sus
leyes"; pero en uno de sus arrebatos demiúrgicos, exclama con soberbia:
"¡Quiero hacer milagros!". Es probable que su conciencia pensara en
ese ins¬tante en milagros "científicos", pero es seguro que su
inconsciencia soñaba con milagros genuinos. El Renacimiento está saturado de
brujerías. La obra de los alquimistas y astrólogos es eminentemente
renacentista, y no poco de la química y de la astrología de nuestro tiempo
tiene origen en aquellas desaforadas investigaciones. El Re¬nacimiento es
demoníaco, por lo mismo que busca el dominio de la tierra.
Roger Bacon, el
doctor mirabilis, padre de nuestra ciencia ex¬perimental, era tenido por un
poderoso mago: condensando el aire, había construido un puente de treinta
millas entre Inglaterra y el continente, y por él había pasado con toda su
comitiva, desvanecién-dolo detrás de sí.
Con el arte pasan
cosas similares: la duplicidad del espíritu re¬nacentista nos explica esa
especie de insatisfacción neurótica que nos parece intuir en la obra de tantos
artistas renacentistas, y quizá en los más grandes: ya en la angustiosa y
romántica escultura de Mi-guel Ángel, como en la melancólica pintura de
Botticelli. Como ha señalado Berdiaeff, el hombre occidental ya no podía volver
ingenuamente a la naturaleza, en el estado de ánimo del griego, porque de por
medio estaba el cristianismo y así, mientras los antiguos lo¬graron la
perfección en el arte, el Renacimiento sufrió siempre los efectos de ese
radical desdoblamiento del espíritu: ímpetu profano, herencia cristiana. En los
hombres del cuatrocientos se siente la año¬ranza por la perfección clásica, que
ya nunca más será alcanzable: la disociación que la conciencia cristiana ha
establecido entre la vida divina y la terrena, entre lo eterno y lo perecedero,
no podrá ser su¬perada más en el curso de nuestra historia.
Esa disociación es
más intensa en los países germánicos que en Italia, porque éste era un país
antiguo, y no es asombroso que en ella hasta los mismos papas hayan sucumbido a
la actitud profana. La irrupción gótica es la otra y potente fuerza de la modernidad,
fuerza que ya oculta, ya aparente, hará que el conflicto básico de nuestra
ci¬vilización sea más dramático, hasta terminar primero con la rebelión
protestante y más tarde con la rebelión romántica y existencial. En la
arquitectura gótica, angustiosamente estirada hacia arriba, incapaz de la
medida y de la perfección grecolatinas, ve Berdiaeff la materia¬lización de ese
conflicto del alma europea, de ese carácter de imposi¬ble que es el rasgo
característico de toda la cultura cristiana.
En suma, si por
Renacimiento consideramos no el mero, es¬trecho y falso concepto de los
humanistas, sino el comienzo de los tiempos modernos, hay que tomarlo como el
despertar del hombre pro¬fano, pero en un mundo profundamente transformado por
lo gótico y lo cris-tiano. Como una civilización que simultáneamente produce
palacios en estilo antiguo y catedrales góticas, pequeños burgueses
anticleri¬cales como Valla y espíritus religiosos como Miguel Ángel,
literatu¬ra realista y satírica como Boccaccio y un vasto drama cristiano co¬mo
La Divina Comedia. Olvidemos de una vez por todas las viejas fórmulas de los
humanistas, para quienes el Renacimiento no era si¬no una vuelta a la
antigüedad, como si jamás semejante milagro se hubiera producido; olvidemos sus
teorías sobre la aberración del ar¬te gótico y pensemos que justamente fueron
las catedrales góticas el corazón de muchísimas comunas burguesas que se
desarrollaron a partir de la Primera Cruzada. Sólo podremos entender la
compleji¬dad del Renacimiento y el dramático dualismo de nuestro tiempo si
admitimos que ese tiempo nuestro nació como interacción de los pueblos de
distinta raza y tradición. Italia nunca perdió del todo la noción de ser un
pueblo antiguo, ni olvidó jamás el esplendor grecolatino, que perduraba en las
ruinas de sus foros, en sus acueductos
y estatuas
semiderruidas; y así como muchos soñamos con los irre¬cuperables instantes de
la infancia, así los italianos imaginaban que de ese melancólico universo de
ruinas podía realmente resurgir el portentoso pasado. En tanto que en aquellas
ciudades nórdicas, for-madas en torno de las fortalezas feudales, el
surgimiento de la nue¬va civilización se iba a realizar con atributos más
bárbaros y moder¬nos, en ciudades esencialmente mercantiles, con las más
típicas ca¬racterísticas del capitalismo moderno. Pero, al mismo tiempo
para-dójicamente en apariencia, serían la cuna de las reacciones más vio¬lentas
contra la nueva civilización: el romanticismo y el existencialismo.
II
EL UNIVERSO ABSTRACTO
EL GIGANTESCO VÓRTICE
A partir del
descubrimiento de América, la acción combinada del capitalismo y la ciencia
empieza a abarcar el mundo entero. Con velocidad creciente, al cabo de cuatro
siglos se convertirá en un gi¬gantesco vórtice que arrastrará a los seres
humanos.
El oro preside el
descubrimiento: "Ondas de mar con un con¬tinente y veintinueve islas de
oro, sobre un fondo azul cinco anclas de oro, la punta del escudo empalmada en
oro". Estas son las armas que el Almirante se hizo atribuir y parecen no
dejar lugar a duda so¬bre su preocupación esencial. Pero, por si quedara
alguna, afirma que con el oro "hasta se pueden encaminar las almas al
Paraíso".
Su contemporáneo
Leonardo escribe: "¡Oh, miseria humana, a cuántas cosas te sometes por
dinero!". Y en sus sombrías profecías agrega: "Saldrá, de oscuras y
tenebrosas cavernas, algo que acarreará a toda la especie humana grandes afanes
y peligros y aun la muerte. A sus secuaces, tras muchas fatigas, les procurará
contento; pero el que no sea su partidario morirá abatido por la calamidad...
Causará infinitas traiciones; se impondrá a los hombres, persuadiéndoles de que
les conviene cometer asesinatos, latrocinios y perfidias; esto ha¬rá finalmente
sospechosos a sus partidarios; esclavizará a las ciuda¬des libres; privará a
muchos de la vida; afligirá a los hombres con sus arterías, engaños y
traiciones".
La afluencia de las
riquezas de Indias aceleró el proceso capi¬talista en Europa y la
centralización de las monarquías. Durante la Guerra de los Cien Años, las
fortalezas feudales se habían converti¬do en nidos de ladrones y aventureros,
en el último reducto de una clase antaño caballeresca, pero ahora empobrecida y
rabiosa. La aris¬tocracia feudal sucumbió ante el poder monárquico-capitalista.
Los grandes poderes centrales necesitaban grandes sumas de dinero para sus
burocracias y ejércitos, y esas sumas sólo podían dárselas los
grandes señores de
las finanzas: la centralización del poder político resultó así la contrafigura
de la centralización financiera.
Ahí está Jacques
Coeur —¡hermoso nombre para un usure¬ro!—, individuo que sin un centavo se
asocia a un mercader arrui¬nado para acuñar monedas destinadas a Carlos VII, a
cambio de conce¬siones mineras. Exporta plata a Oriente, importa oro, acumula
bene¬ficios fantásticos, toma en arriendo las minas de la corona, hace
em¬préstitos al cincuenta por ciento, financia guerras y las aprovecha en su
beneficio particular.
Ahí está Jacobo
Fuccar. Los señores necesitan dinero. ¿Qué ofrecen como garantía? Sus tierras,
lo único que poseen. Pero esas tierras poseen valiosos metales, completamente
inútiles para los se¬ñores, que no disponen de capitales para explotarlos.
Fuccar se en¬cargará de ello, él financiará a los príncipes de Habsburgo y
cuando Maximiliano I toma la corona imperial, la familia de los Fuccar que¬dará
unida indisolublemente al poderío ascendente de su familia. Hasta que en 1519
Fuccar paga mejor que nadie a los electores y de¬cide la elección en contra de
Francisco I y en favor de Carlos V. No por simpatía: por el interés de sus
minas.
El descubrimiento de
América y la Reforma aceleran el ritmo, mayores riquezas, gigantescos mercados
y fuentes de materias pri¬mas y la ética calvinista: la riqueza no es nada
sospechoso, sino el signo de la bendición divina.
Italia ha quedado
atrás, es católica y no tiene minas de hierro y carbón. Y la civilización de
ahora en adelante va a ser la civiliza¬ción del acero y del vapor.
Al desarrollo del
capitalismo correspondió un paralelo desa¬rrollo de la industria. Y el avance
del conocimiento científico fue la contraparte de este proceso, en un complejo
movimiento recíproco: las necesidades técnicas forzaban los avances de la ciencia
pura y és-tos traían nuevas posibilidades a la técnica.
HACIA EL PODER
MEDIANTE LA ABSTRACCIÓN
El dinero y la razón
otorgaron el poder secular al hombre, no a pesar de la abstracción, sino
gracias a ella.
La idea de que el
poder está unido a la fuerza física y a la ma¬teria es la creencia de las
personas sin imaginación. Para ellos, una cachiporra es más eficaz que un
logaritmo, un lingote de oro es más valioso que una letra de cambio. Pero la
verdad es que el imperio del hombre se multiplicó desde el momento en que
comenzó a reemplazar las cachiporras por logaritmos y los lingotes de oro por
letras de cambio.
Una ley científica
aumenta su dominio al abarcar más hechos, al generalizarse. Pero al
generalizarse se hace más abstracta, porque lo concreto se pierde con lo
particular. La teoría de Einstein es más pode¬rosa que la de Newton, porque
rige sobre un territorio más vasto, pe¬ro por eso mismo es más abstracta. Sobre
el hallazgo de Newton toda¬vía se pueden referir anécdotas con manzanas, aunque
sean apócrifas; sobre el de Einstein, nada puede decir el pueblo, pues sus
tensores y geodésicas ya están demasiado lejos de sus intuiciones concretas:
ape¬nas puede ocuparse del violín de su autor, o de su melena.
Lo mismo con la
economía: a medida que el capitalismo se de¬sarrolla sus instrumentos se hacen
más pujantes, pero más abstrac¬tos: la potencia de un bolsista que especula con
un cereal que jamás ha visto es infinitamente más grande que la del campesino que
lo cosechó.
No debe sorprendernos
que el capitalismo esté vinculado con la abstracción, porque no nace de la
industria, sino del comercio; no del artesano, que es rutinario, realista y
estático, sino del mercader aventurero, que es imaginativo y dinámico. La
industria produce co¬sas concretas, pero el comercio intercambia esas cosas, y
el intercam¬bio tiene siempre en germen la abstracción, ya que es una especie
de ejercicio metafórico que tiende a la identificación de entes distintos
mediante el despojo de sus atributos concretos. El hombre que cam¬bia una oveja
por un saco de harina realiza un ejercicio sumamente abstracto; no importa que
las necesidades físicas que lo llevan a ejer¬cer ese intercambio sean concretas
—como el hambre, la sed o la ne¬cesidad de procrear—; lo decisivo es que ese
intercambio sólo es po¬sible merced a un acto de abstracción, a una especie de
igualación matemática entre una oveja y un saco de harina; y ambos objetos se
intercambian, no a pesar de sus diferencias, sino a causa de ellas.
Los logaritmos, en
fin, terminan por imponerse sobre la cachi¬porra, lo abstracto concluye por
dominar lo concreto. No fueron las máquinas quienes desencadenaron el poder
capitalista, sino el capi¬talismo financiero quien sometió la industria a su
poderío.
EL FANTASMA
MATEMÁTICO
Frente a la infinita
riqueza del mundo material, los fundado¬res de la ciencia positiva
seleccionaron los atributos cuantificables: la masa, el peso, la forma
geométrica, la posición, la velocidad. Y llegaron al convencimiento de que
"la naturaleza está escrita en carac¬teres matemáticos", cuando lo
que estaba escrito en caracteres mate¬máticos no era la naturaleza, sino... la
estructura matemática de la naturaleza. Perogrullada tan ingeniosa como la de
afirmar que el es¬queleto de los animales tiene siempre caracteres
esqueléticos.
No era pues, la
infinitamente rica naturaleza la que expresa¬ban esos cientistas con el
lenguaje matemático, sino apenas su fan¬tasma pitagórico. Lo que conocíamos así
de la realidad era más o me¬nos como lo que un habitante de París puede llegar
a conocer de Buenos Aires examinando su guía, su cartografía y su guía
telefóni¬ca; o, más exactamente, lo que un sordo de nacimiento puede intuir de
una sonata examinando su partitura.
La raíz de esta
falacia reside en que nuestra civilización está dominada por la cantidad y ha
terminado por parecemos que lo úni¬co real es lo cuantificable, siendo lo demás
pura y engañosa ilusión de nuestros sentidos.
Un ejemplo típico de
este proceso mental lo constituye el Principio de Inercia, intuido por Leonardo
y descubierto —¿o in¬ventado?— por Galileo. Si se arroja una bolita sobre una
mesa hori¬zontal, con cierto impulso, la bolita se mueve durante cierto tiem¬po,
hasta detenerse a causa del roce. Galileo concluye: en una mesa infinitamente
extensa y pulida, desprovista de roce, el movimiento perduraría por toda la
eternidad.
Esta es una muestra
de cómo los cientistas son capaces de en¬tregarse a la imaginación más
desenfrenada en lugar de atenerse, co¬mo pretenden, a los hechos. Los hechos
indican, modestamente, que el movimiento de la esferita cesa, tarde o temprano.
Pero el dentis¬ta no se arredra y declara que esta detención se debe a la
desagrada¬ble tendencia de la naturaleza a no ser platónica.
Pero como la ley
matemática confiere poder, y como el hom¬bre tiende a confundir la verdad con
el poder, todos creyeron que los matemáticos tenían la clave de la realidad.
Y los adoraron. Tanto
más cuanto menos los entendieron.
El poeta nos dice:
El aire el huerto
orea
y ofrece mil olores
al sentido;
los árboles menea
con un manso ruido
que del oro y del
cetro pone olvido.
Pero el Análisis
Científico es deprimente: como los hombres que ingresan en una penitenciaría,
las sensaciones se convierten en números: el verde de los árboles ocupa una
banda del espectro lumi¬noso en torno de las cinco mil unidades Angström; el
manso ruido es captado por micrófonos y descompuesto en un conjunto de ondas
caracterizadas por un número; en cuanto al olvido del oro y del ce¬tro, queda
fuera de la jurisdicción de la ciencia, porque no es suscep¬tible de
convertirse en números. El mundo de la ciencia ignora los valores. Un geómetra
que rechazara el teorema de Pitágoras por con¬siderarlo perverso tendría más
probabilidades de ser admitido en un manicomio que en un congreso de
matemáticos. Tampoco tiene sen¬tido científico un frase como: "Tengo fe en
el principio de conserva¬ción de la energía". Muchos cientistas hacen
afirmaciones de este gé¬nero, pero se debe a que construyen la ciencia como
simples hom¬bres, con sus sentimientos y pasiones, no como cientistas puros.
En la elaboración de
la ciencia el hombre opera con esa intrin¬cada mezcla de ideas puras,
sentimientos y prejuicios que caracteri¬za su condición; investiga acicateado
por manías de grandeza, por preconceptos éticos o estéticos, por empecinamiento
o por ese vani¬doso amor a sí mismo que suele llamarse Amor a la Humanidad.
Pe¬ro aunque los sentimientos o los juicios de valor intervengan en la
elaboración de la ciencia, nada tienen que hacer con la ciencia hecha. Giordano
Bruno fue quemado por emitir exaltadas frases en favor de la infinitud del
Universo, y es explicable que haya sufrido el supli¬cio en tanto que poeta;
sería penoso que haya creído sufrirlo en su condición de hombre de ciencia,
porque en tal caso habría muerto por una frase fuera de lugar. La muerte de
Bruno pertenece a la His¬toria de las Persecuciones y hasta a la Historia de la
Ciencia; jamás a la ciencia misma.
De este modo el mundo
de los árboles, de las bestias y las flo¬res, de los hombres y sus pasiones, se
fue convirtiendo en un helado conjunto de sinusoides, logaritmos, letras
griegas, triángulos y on¬das de probabilidad. Y lo que es peor: nada más que en
eso. Cualquier cientista consecuente se negará a hacer consideraciones sobre lo
que podría haber más allá de la estructura matemática: si lo hace, deja de ser
hombre de ciencia en ese mismo instante, para convertirse en religioso,
metafísico o poeta. La ciencia estricta —la ciencia matematizable— es ajena a
todo lo que es más valioso para el ser huma-
no: sus emociones,
sus sentimientos, sus vivencias de arte o de jus¬ticia, sus angustias
metafísicas. Si el mundo matematizable fuera el único verdadero, no sólo sería
ilusorio un castillo soñado, con sus da¬mas y juglares: también lo serían los
paisajes de la vigilia, la belle¬za de un lied de Schubert, el amor. O por lo
menos sería ilusorio lo que en ellos nos emociona.
EL HOMBRE TÍTERE
El universo real,
despojado de sus atributos "secundarios" quedaba reducido a materia y
movimiento. Y todo movimiento era el resultado de una configuración anterior de
las Partículas Univer¬sales, que, eterna y ciegamente, se mueven en un proceso
sin fin. Era la causalidad sin ojos, el determinismo absoluto.
El marqués de Laplace
expresó esta idea en su forma clásica: "Deberíamos, pues, considerar el
estado actual del Universo como el efecto de su estado precedente, y como la
causa del estado que le ha de seguir. Una inteligencia que durante un instante
dado conociese todas las fuerzas que animan a la naturaleza y las diversas
posiciones de las entidades que la componen —si además su intelecto fuese lo
bastante vasto como para someter esos datos al análisis (matemáti¬co)— podría
incluir en la misma fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del
Universo y los del átomo más leve. Nada sería incierto para ella. Ante sus ojos
estaría presente el futuro no menos que el pasado".
Esta doctrina no
implica el abandono de la idea de Dios, aun¬que muchos mecanicistas —más
entusiastas que lógicos— se hicie¬ran ateos. Creo que fue el mismo Laplace
quien, interrogado por Na¬poleón sobre el lugar de Dios en su sistema,
respondió: "Sire: esa hi¬pótesis me es innecesaria".
Sin embargo ni Kepler
ni Galileo ni Newton ni Maupertuis dejaron de creer en esa Hipótesis. Antes,
por el contrario, conside¬raron que ese admirable orden matemático implicaba la
existencia de un Ser Supremo que lo hubiese impuesto, de un Sublime Inge-niero
que hubiese organizado y puesto en marcha la formidable Má¬quina.
El éxito de la
concepción mecánico-matemática de la naturale¬za llevó insensiblemente a su
generalización. Ya Leonardo quiso reemplazar los seres vivos por mecanismos.
Después vinieron los in¬tentos de Descartes, el auge de los autómatas y el
proyecto de loca-lizar el alma en alguna glándula. Para Descartes, estaba en la
glándula pineal y los nervios tiraban de ella como un cordón de una
cam¬panilla: el alma se enteraba de los estímulos externos como el due¬ño de la
casa de la llegada de visitantes.
Toda la filosofía de
Descartes es la expresión de una mentali¬dad físico-matemática. Para él, el
conocimiento consiste en conver¬tir lo oscuro y confuso en claro y distinto.
Pero ¿qué es lo claro y dis¬tinto para este filosofo? Lo cuantitativo, lo
mensurable. No es extra–o, pues, que al enfrentar el problema de la vida lo
vuelva claro y distinto mecanizándolo, metiendo el alma en una campanilla. En
cuanto a los sentimientos y pasiones, a todo lo que no es el pensa¬miento
racional, los elimina, calificándolos de ideas oscuras y confu¬sas:
analizándolas, el hombre verdaderamente pensante podrá vivir tranquilo, exento
de emociones, bajo el solo impulso del intelecto. ¡Hermoso proyecto para el
hombre futuro!
De una manera u otra,
el determinismo mecánico se extendió desde su ámbito apropiado hasta el
territorio del alma humana des¬cartando el libre albedrío: la libertad y la
voluntad no eran más que simples ilusiones, debidas a nuestra ignorancia de las
infinitas cau¬sas que rigen el movimiento del Reloj Universal. Y, como un
pen¬sador ha dicho, no sólo mis huesos y mi carne, mi crecimiento y mi muerte
física sino todo el conjunto de mis deseos, esperanzas, temo¬res y emociones
sería el resultado último de cierta disposición de las partículas universales:
ciegas, eternas y fatales. Todo el trabajo de las edades, toda la devoción e
inspiración, todo el brillo del genio hu¬mano, están destinados a la extinción
en la vasta muerte del univer¬so físico. Y entero el templo de la creación
humana será inevitable¬mente enterrado junto a los restos del Universo en
Ruinas.
Ya el poeta persa lo
había expresado:
Con la primera
arcilla de la tierra se hizo la carne del último mortal, y luego, de la última
cosecha se arrojó la simiente: sí, lo escrito por la primera aurora de la vida
la postrer noche de expiación leerá.
EL NUEVO FETICHISMO
A lo largo de los
siglos XVIII y XIX se propagó, finalmente, una verdadera superstición de la
ciencia, lo que equivale a decir que se desencadenó la superstición de que no
se debe ser supersticioso.
Era inevitable: la
ciencia se había convertido en una nueva magia y el hombre de la calle creía
tanto más en ella cuanto menos iba com¬prendiéndola.
La reducción del
Universo a Materia-en-Movimiento dio ori¬gen a las doctrinas más peregrinas.
Primero fue la tentativa de loca¬lizar el alma en una glándula. Luego, la
investigación del alma en amperímetros y compases; mientras algunos se
dedicaban a medir con tales aparatos la inteligencia y la sensibilidad, otros,
como Fechner, organizaban desfiles de señores delante de diversos rectángulos,
para decidir estadísticamente la esencia de la belleza; y otros, en fin,
exponían bruscamente una lámina a la mirada de un sujeto, anotan¬do el tiempo
de reacción tomado con un cronómetro. Al mismo tiempo, Gall y Lavater
perpetraban su frenología y su fisiognómica —¡oh, espíritu de Balzac!—. Y al
llegar el siglo XX, Pavlov midió la salivación de un perro ante un trozo de
carne, con y sin tortura.
Lo que se quiere
destacar aquí es cómo llegó a dominar la mentalidad de la ciencia y cómo cayó
en los extremos más grotescos cuando se aplicó en las regiones alejadas de la
materia bruta. Y la curiosa pero explicable paradoja de que sus más fanáticos
defensores sean los hombres que menos la conocen. Al fin y al cabo, los
prime¬ros que en el siglo XX comenzaron a dudar de la ciencia fueron los
matemáticos y físicos, de modo que cuando todo el mundo empeza¬ba a tener ciega
fe en el conocimiento científico, sus más avanzados pioneers empezaban a dudar
de él. Compárese la cautela de físicos co¬mo Eddington con la certeza de un
médico, que usa toda clase de ondas y rayos con la impávida tranquilidad que da
su total descono¬cimiento. Detrás de esos aparatos, cuyo funcionamiento es para
él un profundo misterio, acusa de curanderismo al pobre diablo que sigue
curando de acuerdo con viejas supersticiones, sin advertir que la ma¬yor parte
de la terapéutica contemporánea consiste en supersticiones que recibieron nombre
griego. Si en 1900 un curandero curaba por sugestión, los médicos se echaban a
reír, porque en aquel tiempo só¬lo creían en cosas materiales, como un músculo
o un hueso; hoy practican esa misma superstición con el nombre de
"medicina psicosomática". Pero subsiste en ellos el fetichismo por la
máquina, la razón y la materia, y se enorgullecen de los grandes triunfos de su
ciencia, por el solo hecho de haber reemplazado el auge de la virue¬la por el
del cáncer.
La falla central de
toda la medicina actual proviene de esa fal¬sa base filosófica de los tres
siglos pasados, de la ingenua separación
entre alma y cuerpo,
del candido materialismo que conducía a bus¬car toda enfermedad en lo somático.
El hombre no es un simple ob¬jeto físico, desprovisto de alma; ni siquiera un
simple animal: es un animal que no sólo tiene alma sino espíritu, y el primero
de los ani¬males que ha modificado su propio medio por obra de la cultura. Como
tal, es un equilibrio —inestable— entre su propio soma y su medio físico y
cultural. Una enfermedad es quizá la ruptura de ese equilibrio, que a veces
puede ser provocada por un impulso somáti¬co y otras por un impulso anímico,
espiritual o social. No es nada difícil que enfermedades modernas como el
cáncer sean esencial¬mente debidas al desequilibrio que la técnica y la
sociedad moderna han producido entre el hombre y su medio. Cambios mesológicos
provocaron la desaparición de especies enteras, y así como los gran¬des
reptiles no pudieron sobrevivir a las transformaciones que ocu¬rrieron al final
del periodo mesozoico, podría suceder que la especie humana fuese incapaz de soportar
los catastróficos cambios del mun¬do contemporáneo. Pues estos cambios son tan
terribles, tan profun¬dos y sobre todo tan vertiginosos, que aquellos que
provocaron la desaparición de los reptiles resultan insignificantes. El hombre
no ha tenido tiempo para adaptarse a las bruscas y potentes transforma¬ciones
que su técnica y su sociedad han producido a su alrededor y no es arriesgado
afirmar que buena parte de las enfermedades mo¬dernas sean los medios de que se
está valiendo el cosmos para elimi¬nar a esta orgullosa especie humana.
El hombre es el
primer animal que ha creado su propio me¬dio. Pero —irónicamente— es el primer
animal que de esa manera se está destruyendo a sí mismo.
Vista así, la
mecanización de Occidente es la más vasta, espec¬tacular y siniestra tentativa
de exterminio de la raza humana. Con el agregado de que esa tentativa es obra
de los mismos seres humanos.
LA GRAN ILUSIÓN DEL
PROGRESO
El avance de la
técnica hizo nacer el dogma del Progreso Ge¬neral e Ilimitado, la doctrina del
better-and-bigger. Todo lo que era ti¬nieblas, desde el miedo hasta la peste,
iba a ser iluminado por la Ciencia. No importaba que algunas zonas de la
realidad, como la so-cial, presentara todavía aspectos desagradables: la Razón
y los Inven¬tos encontrarían la forma de resolver esas dificultades, ya se
domi¬narían las fuerzas de la sociedad como se habían dominado las de la
naturaleza.
En el siglo XIX el
entusiasmo llegó al colmo: por un lado la electricidad y la máquina de vapor
manifestaban el ilimitado poder del hombre; por el otro, la doctrina de Darwin
venía a confirmar la idea general del progreso. ¿No éramos superiores al mono? Al
Hom¬bre Futuro le esperaba, pues, un porvenir aun más brillante. La teo¬ría
parecía ser un decisivo ataque a la ortodoxia cristiana y a la fábu¬la de la
creación en seis días, inadvirtiendo que a Dios tanto le cos¬taba crear al
mundo con fósiles como sin fósiles. ¿No habría desea¬do poner a prueba la fe de
los hombres distribuyendo aquí y allá es¬queletos de megaterios?
El auge de la
doctrina fue tan violento que amenazó la hege¬monía de su hermano mayor, el
mecanicismo: ahora hasta la histo¬ria y la filosofía sufrían la influencia del
biologismo. Los pueblos na¬cían, se desarrollaban y morían. Las lenguas tenían
relaciones filia¬les o fraternales. Las palabras luchaban por la vida y
sobrevivían las más aptas. Durante bastante tiempo, los lingüistas, perplejos y
an¬siosos, vacilaron entre los fonógrafos y los monos.
El último efecto de
esta doctrina en la mentalidad de los hom¬bres fue el racismo de Hitler. Pero
esta implicación no fue prevista por aquellos liberales.
El dogma del Progreso
fue la fase final del largo proceso de se¬cularización iniciado en Occidente a
partir de las Cruzadas: la secu¬larización del propio sentimiento religioso.
Porque esto fue una es¬pecie de religión laica, hecha sobre la base de moralidad
burguesa, de culto para la Razón y la Fraternidad, de creencia en una Humanidad
Mejor. De aquel tiempo proviene ese tipo de cientista que cree en la
unificación de los hombres mediante la Ciencia, aunque hasta hoy no haya
servido más que para mutua destrucción. Esa clase de cientistas que,
horrorizados ante los efectos de la bomba atómica —que al fin de cuentas ha
sido inventada por ellos— preconizan la unión de los pueblos sobre la base de
la tolerancia y el bienestar colectivo. Pero es¬tos cándidos sabios son más
eficaces en la fabricación de la bomba que en la realización de esa utopía
donde al parecer el lobo estaría al lado del cordero escuchando una clase de
Electrónica. Estos sabios son los últimos ejemplares de esa paradójica religión
mundana, que también ha tenido su fariseísmo y su clericalismo.
No obstante, lo más
sorprendente es que durante tanto tiem¬po se haya podido creer en esta
religión. Es fácil, en efecto, probar la superioridad del avión sobre la
carreta, pero ¿cómo demostrar el progreso moral o político? Comte y Spencer
expresaron la doctrina
en forma bastante
abstracta, pero, en el fondo, como observa Aldous Huxley, se reducían a suponer
que las personas con sombrero de co¬pa que viajan en ferrocarril son incapaces
de perpetrar las cosas que los turcos hicieron a los armenios en los tenebrosos
tiempos que pre-cedieron al descubrimiento de la Máquina de Vapor.
Comte fue el inventor
de la palabra altruismo, e imaginó que las guerras se harían más raras con el
avance de la ciencia y que la industria aseguraría la paz y la felicidad
universales.
En cuanto al
ingeniero Spencer, fue el filósofo de la evolución y del liberalismo: su
sistema parte de la nebulosa primitiva y termi¬na en las instituciones sociales
más perfeccionadas.
EL PARAÍSO MECANIZADO
Los Estados Unidos
son el resultado directo y puro de la ex¬pansión europea, que pudo realizarse
sin trabas espaciales ni tradi¬cionales en el vasto territorio virgen de la
América septentrional. Allí surgieron de la nada ciudades, que desde su mismo
origen tu-vieron el sello de la cantidad y del funcionalismo. Así se convirtió
en el país de las fabricaciones en serie, de las diversiones en serie, de los
asesinatos en serie: hasta las románticas bandas de forajidos sici¬lianos se
convertían en sindicatos capitalistas.
Hombres que habitaban
en "máquinas de vivir" construidas en ciudades dominadas por los
tubos electrónicos han inventado esa extraña ciencia que se llama cibernética,
que rige la fisiología de los "cerebros electrónicos" y que, en días
próximos, servirá para contro-lar los ejércitos de robots. En ese país no sólo
se ha llegado a medir los colores y olores sino los sentimientos y emociones. Y
esas medi¬das, convenientemente tabuladas, han sido puestas al servicio de las
empresas mercantiles. En un libro titulado Cómo anunciar para ven¬der, de W. B.
Dygert, aparece una tabla en que se clasifica entre O y 10 el poder de
atracción de los anuncios, según los sentimientos que utilizan:
Hambre: 9,2 Amor a
los hijos: 9,1 Atracción sexual: 8,9 Afecto a los padres: 8,9 Respeto a Dios:
7,1 Cordialidad: 6,5 Temor: 6,2
Los medios se
transforman en fines. El reloj, que surgió para ayudar al hombre, se ha
convertido hoy en un instrumento para tor¬turarlo.
Antes, cuando se
sentía hambre se echaba una mirada al reloj para ver qué hora era; ahora se lo
consulta para saber si tenemos hambre.
La velocidad de
nuestra comunicaciones ha valorizado hasta las fracciones de minuto y ha
convertido al hombre en un enloque¬cido muñeco que depende de la marcha del
segundero.
Los teóricos del
maquinismo sostuvieron que la máquina, al liberar al hombre de las tareas
manuales, dejaría más tiempo libre para las actividades del espíritu. En la
práctica las cosas resultaron al revés y cada día disponemos de menos tiempo.
Los patronos, o el
Estado Patrono, buscaron la forma de au¬mentar el rendimiento mediante la
densificación de la labor huma¬na: cada segundo, cada movimiento del operario,
fue aprovechado al máximo, y el hombre quedó finalmente convertido en un
engranaje más de la gran maquinaria.
No nos engañemos
sobre la posibilidad de escapar a este des¬tino, mientras subsista la
mentalidad maquinista. Si en muchas re¬giones no se llegó aún a estos extremos
es, simplemente, porque no hubo el tiempo suficiente. Este es el caso de la
India, la China y al-gunos países de Sud América, en que el tiempo sigue
corriendo "na¬turalmente", porque esa mentalidad no ha llegado a
dominar toda¬vía en forma total. Aquí mismo en nuestra campaña, en algunas
pro¬vincias andinas o serranas, impera aún ese sentido feudal del tiempo y del
ocio, en que los hombres se rigen por el ritmo natural de los astros y
estaciones:
y somos desganados y
criollos en el espejo y el mate compartido mide horas vanas,
dice Borges. Yo mismo
todavía recuerdo lo que era la pampa de mi niñez, la diferencia entre nosotros
los europeos y los "hijos del país", para quienes el tiempo no
existía sino para "matarlo", para vivir tranquilo y despreocupado,
para maldecirnos a los gringos que ha-bíamos venido con nuestras fábricas y
relojes.
Pero todo esto son
restos menguantes de una época condena¬da. Los versos de Borges son más la
expresión de su romántica añoranza que de su realidad, porque él mismo vive en
la enloquecida Buenos Aires y toma té. En nuestras grandes ciudades desapareció
ya esa sensación del tiempo cósmico: nuestros altos edificios nos im¬piden
seguir el crecimiento y el decrecimiento de la luna, la marcha de las
constelaciones, la salida y la puesta del sol.
HACIA LA IGNORANCIA
POR LA CIENCIA
Los doctrinarios del
Progreso habían imaginado que la huma¬nidad avanzaría, de la Oscuridad hacia la
Luz, de la Ignorancia hacia el Conocimiento.
La realidad ha
resultado mucho más complicada, y si esa pre¬visión ha resultado cierta para la
humanidad como un todo, ha re¬sultado diametralmente equivocada para el hombre
individual. A medida que la ciencia ha avanzado hacia la universalidad, y por
lo tanto hacia la abstracción, se ha alejado del hombre medio, de sus
intuiciones, de su capacidad de comprensión. A un hombre media¬namente culto se
le podía dar una explicación comprensible de la teoría de Newton. Pero cada vez
que ese mismo hombre empieza a leer una explicación sobre la teoría de
Einstein, cesa de entender en el preciso instante en que se comienza a decir
algo de importancia; mientras se le habla de trenes, silbatos y jefes de
estación, mientras estamos todavía en el reino de las cosas cotidianas, el
hombre toda¬vía cree entender algo; pero no entiende ya nada cuando se empieza
con las ideas que propiamente constituyen la nueva teoría. Y no hay que
ilusionarse con la creencia de que por fin se ha entendido la doc¬trina de
Einstein porque el periodista X la ha explicado en el suple¬mento dominical en
términos sencillos: lo que se ha entendido es otra cosa. Cuando es correcta no
es entendida por ningún hombre co¬rriente y es apócrifa cuando por fin está a
su alcance.
Buena parte de los
malentendidos que han suscitado estas teo¬rías hasta en el campo de la
filosofía se debe a esa desgraciada con¬dición. Nuestro lenguaje cotidiano se
ha formado bajo la presión del mundo cotidiano: seres humanos, muebles,
vehículos de transporte, emociones, libros, enfermedades. Pero cuando la
ciencia avanzó ha¬cia lo infinitamente grande y hacia lo infinitamente pequeño
ningu¬na de estas palabras resultó ya apta para designar los nuevos entes. Y el
empeño en querer expresar el contenido de la teoría de Einstein con el solo uso
de palabras como "tren" y "jefe de estación" es tan
grotesco como el empeño en querer arreglar un aparato de radio con el solo uso
de martillo y tenaza.
Y cuando decimos que
la teoría de la relatividad no está más al alcance del hombre medio, con
"hombre medio" no nos referimos al ciudadano de la calle. En esta
situación están desde los médicos hasta los historiadores, desde los humanistas
que pueden leer a Pla¬tón en griego hasta los filósofos normales. En otros
tiempos, un hombre culto era aquel que conocía la cosmogonía de los
presocráticos. Hoy, el hombre culto es generalmente el que sigue conocien¬do la
cosmogonía de los presocráticos pero ignora la de Einstein.
Esta es la cruel y
paradójica conclusión del avance científico. A los hombres de espíritu
universal sólo les queda la melancólica añoranza de aquellos tiempos en que
todavía era posible l'uomo universale.
La razón —motor de la
ciencia— ha desencadenado nueva fe irracional, pues el hombre medio, incapaz de
comprender el mudo e imponente desfile de los símbolos abstractos, ha
suplantado la com¬prensión por la admiración y el fetichismo de la nueva magia.
Por¬que sus iniciados tienen además el Poder y un poder que es tanto más
temible cuanto menos se lo comprende: de las esotéricas ecua¬ciones, el
especialista desciende hasta las armas más terribles de la guerra moderna:
ondas ultrasonoras para localizar submarinos, telé¬metros para la artillería,
ondas ultracortas para guiar proyectiles, on¬das infrarrojas para ver en la
oscuridad, cohetes de propulsión a cho¬rro, bombarderos y tanques, explosivos
atómicos.
De este modo, el
hombre común vive subyugado y en la ado¬ración de los nuevos ritos. De este
modo ha retornado a la ignoran¬cia, después de un breve tránsito por el siglo
de las luces. Pero a una ignorancia infinitamente más rica y más vasta, porque
no es el ne-gativo de la ciencia de un Aristóteles, sino de la ciencia reunida
de Einstein, Pavlov, Freud, Russell, Carnap, Poincaré, Husserl, Heidegger y
Whitehead.
Y mientras más
imponente es la torre del conocimiento y más temible el poder allí encerrado,
más insignificante es el hombre de la calle, más incierta su soledad.
EL SUPERESTADO
En el siglo XX, el
mundo está llegando a las últimas conse¬cuencias de una civilización
tecnolátrica. El capitalismo acumuló ca¬pitales crecientes, esto provocó la
concentración industrial, la que a su vez fue causa de una monstruosa expansión
de las ciudades. Los últimos pasos —ya realizados en varios países— serán la
estatización
de la banca, de la
industria, del transporte, de las comunicaciones y de la información. El Estado
se habrá convertido, finalmente, en un gigantesco patrono que dispone de la
suma del poder público y to¬dos los medios de coerción y de persuasión.
Ya vimos que la
unificación es abstrayente. Y así como con¬dujo al fantasma matemático de la
realidad, llevó a una sociedad fan¬tasmal, compuesta de hombres-cosas,
despojados de sus elementos concretos, de todos los atributos individuales que
puedan perjudicar el funcionamiento de la Gran Maquinaria.
Esta unificación se
hace por las buenas o por las malas, gene¬ralmente en virtud de una combinación
de ambos métodos, de una adecuada mezcla de premios, sanciones legales, hambre,
cárcel, cam¬pos de concentración, fe, deportes, radio, cine y periodismo.
La ciencia da al
Estado enormes recursos para la tarea: desde los gases lacrimógenos hasta la
radiotelefonía. James Mill, en el buen tiempo viejo, imaginaba que cuando todos
supieran leer y es¬cribir estaría asegurado para siempre el reinado de la Razón
y de la Democracia. ¡Pobre hombre! Abrir escuelas, "educar al
soberano", etc. Pero, ¿para enseñar qué? Bastaría recordar que el pueblo
más instruido del mundo fue el alemán. Es extraño que todavía haya gente que
siga creyendo en ese mito. Es extraño, también, que siga teniendo fe en la
Opinión Pública, como si ese fetiche no pudiera crearse a voluntad mediante la
Propaganda. La Opinión Pública si¬gue siendo quien impone gobiernos, pero
resulta que estos gobier¬nos son los que crean la Opinión Pública. Creo que
nunca se ha con-fesado esta verdad con más cínico candor que en el Moskowsky
Bolchevik (número 4, año 1947): "El Estado soviético determina la
con¬ducta y la actividad de los ciudadanos soviéticos de varias maneras. Educa
al pueblo ruso en el espíritu de la moral comunista, de acuer¬do con un sistema
que establece una serie de normas legales que re¬glamentan la vida de la
población, imponen prohibiciones, prevén premios y castigos. El Estado
soviético, con todo su poder, vigila el cumplimiento de estas normas. La
conducta y la actividad del pue-blo soviético se determinan también por la
fuerza que dimana de una opinión pública, creada por la actividad de numerosas
organiza¬ciones públicas. El Partido Comunista y el Estado soviético desempeñan
el papel principal en la formación de esta opinión pública por diversos
me¬dios, con los cuales se consigue formar el ambiente y educar a los
trabajadores en un espíritu acorde con la conciencia socialista".
El demagogo Anito no
disponía de otro recurso de difusión
que su propia voz, y
con todo logró convencer a la masa de que Só¬crates debía beber la cicuta. Y la
masa, que algunos creen fuente de toda razón y justicia, hizo beber la cicuta
al hombre más grande de Grecia. Calcúlese lo que pueden hacer los demagogos
contemporá-neos con la radio y la prensa en sus manos.
Del mismo modo como
la ciencia termina por considerar me¬ras ilusiones a las cualidades
"secundarias", en el Superestado los ras¬gos individuales se
convierten en desdeñables superficialidades. Es¬ta actitud favoreció la
esclavitud de clases y razas enteras, la tortura en masa, la matanza
científica. En la antigüedad se sacaba los ojos a los prisioneros o se los
aserraba vivos; pero aquello era humano, por¬que se lo hacía en medio de una
lucha salvaje y personal. En Alema¬nia, los horrores se cometían en verdaderas
fábricas de la muerte, mecanizadas e impersonales.
LA TUMBA DEL
HOMBRE-COSA
La masificación
suprime los deseos individuales, porque el Su¬perestado necesita hombres-cosas
intercambiables, como repuestos de una maquinaria. Y, en el mejor de los casos,
permitirá los deseos colectivizados, la masificación de los instintos: construirá
gigantes¬cos estadios y hará volcar semanalmente los instintos de la masa en un
solo haz, con sincrónica regularidad. Mediante el periodismo, la radio, el cine
y los deportes colectivos, el pueblo embotado por la ru¬tina podrá dar salida a
una suerte de panonirismo, a la realización colectiva de un Gran Sueño. De modo
que al huir de las fábricas en que son esclavos de la máquina, entrarán en el
reino ilusorio creado por otras máquinas: por rotativas, radios y proyectores.
He ahí el fin del
hombre renacentista. La máquina y la cien¬cia que había lanzado sobre el mundo
exterior, para dominarlo y conquistarlo, ahora se vuelven contra él,
dominándolo y conquistán¬dolo como a un objeto más. Ciencia y máquina se fueron
alejando hacia un olimpo matemático, dejando solo y desamparado al hom¬bre que
les había dado vida. Triángulos y acero, logaritmos y elec¬tricidad, sinusoides
y energía atómica, unidos a las formas más mis¬teriosas y demoníacas del
dinero, constituyeron finalmente el Gran Engranaje, del que los seres humanos
acabaron por ser oscuras e im¬potentes piezas.
Hasta que estalla la
guerra, que el hombre-cosa espera con an¬siedad, porque imagina la gran
liberación de la rutina. Pero una vez más serán juguetes de una horrenda
paradoja, porque la guerra moderna es otra empresa mecanizada. Desde la fábrica
en que ejecuta un movimiento-tipo, o desde su anónimo puesto de burócrata en
que maneja expedientes, o desde el fondo de un laboratorio en que como modesto
empleado kafkiano pasa la vida midiendo placas espectrográficas y apilando
millares de números indiferentes, el hombre-cosa es incorporado con un número a
un escuadrón, una compa¬ñía, un regimiento, una división y un ejército también
numerados. Y en el que un Estado Mayor, tan invisible como el Tribunal del
proceso kafkiano, mueve las piezas de un monstruoso ajedrez, me¬diante la ayuda
de mapas matemáticos, telémetros y relieves aerofotogramétricos.
Guiado por teléfonos
y radios, el hombre-cosa avanzará hacia posiciones marcadas con letras y
números. Y cuando muere por obra de una bala anónima es enterrado en un
cementerio geométrico. Uno de entre todos es llevado a una tumba simbólica que
recibe el significativo nombre de Tumba del Soldado Desconocido.
Que es como decir:
Tumba del Hombre-Cosa.
III
LA REBELIÓN DEL
HOMBRE
LA DIALÉCTICA DE LA
CRISIS
Si la historia no
constituyera un proceso de fuerzas contra¬puestas en constante interacción
podría establecerse la siguiente se¬rie de antinomias:
RENACIMIENTO ITALIANO — RENACIMIENTO
GERMÁNICO
clásico — romántico
lógica — vida
racionalismo — irracionalismo
limitación — ilimitación
finito — infinito
estático — dinámico
claridad — oscuridad
día — noche
esencia — existencia
Pero en la realidad
estas antinomias no permanecen como tales, sino que se generan y fecundan en un
juego recíproco e incesante. Ni la Italia del Renacimiento estaba exenta de
atributos góticos, ni los paí¬ses germánicos eran ajenos al prestigio de la antigüedad.
La moderni¬dad ha resultado, más bien, como la síntesis dialéctica de esos
concep¬tos, tal como lo muestra un simple examen de la burguesía, esencia de
los tiempos modernos: precozmente formada en Italia, pasa a ser luego el
elemento decisivo de los pueblos germánicos y anglosajones; imbui¬da de
racionalismo, tiene que desembocar a través de su ilimitación y su dinamismo en
el concepto contrario. Como se ve, este elemento de la modernidad recorre
alternativamente las dos columnas de las anti¬nomias. Así, como ya se ha dicho,
el naturalismo terminó en la máqui¬na, que es su antagónico; el vitalismo, en
la abstracción, y el espíritu individualista, en la masificación de nuestro
tiempo.
Desde el mismo
comienzo del proceso fueron creciendo las fuer¬zas de la reacción, hasta que en
los dos últimos siglos surgen con ple¬na conciencia los espíritus que
reivindican un nuevo naturalismo, un nuevo vitalismo y un nuevo individualismo.
Es cierto que Italia tenía un fundamento antiguo y, como tal, el Renacimiento
italiano perte¬nece más bien a la izquierda de nuestras antinomias. Pero nunca
ha¬bría nacido el capitalismo italiano con la simple resurrección de la
an¬tigüedad grecolatina. Los griegos profesaban una concepción estática y
finita de la realidad, y buena parte del Renacimiento italiano sufrió su
influencia; pero, como vimos, el problema se complicó por la apa¬rición del
cristianismo y del ingrediente gótico. La religión cristiana es el sincretismo
de la filosofía griega con los elementos dinámicos de los judíos y maniqueos; y
así, desde sus mismos orígenes, contendrá en su seno dos fuerzas contrapuestas:
según las épocas, los pueblos y los hombres que la adoptaron, el cristianismo
desplazó su acento en¬tre la contemplación y la acción, entre la esencia y la
existencia; a ve¬ces este conflicto puede observarse en un mismo hombre, como
en el caso de Pascal, que comienza como geómetra y termina como místi¬co; y en
esta latitud espiritual reside la más grande fuerza de esta re¬ligión, pues
cada vez que parece a punto de derrumbarse, un nuevo impulso existencial
renueva su estructura.
El espíritu dinámico
y existencial del cristianismo prendió con máxima fuerza en los pueblos
góticos, creando de esa manera la contraparte germánica del mundo moderno, sin
la cual sería impo¬sible comprender los problemas de nuestra crisis. Sin la
tradición cultural de Italia, esos pueblos irrumpieron a la civilización con
ca¬racteres más bárbaros y modernos, en un impulso mercantil puro e imbuidos de
un cristianismo dinámico y semijudaico que facilitó su poderoso desarrollo.
Y ese elemento
dinámico e irracionalista alentará también en los espíritus germánicos que se
levantarán contra la sociedad moder¬na que los engendró: en los románticos y
los existencialistas.
LA REBELIÓN DE LOS
ROMÁNTICOS
El romanticismo es
una rebelión contra la ciencia y el capita¬lismo: opone el individuo a la masa,
el pasado al futuro, el campo a la ciudad, la naturaleza a la máquina. En su
culto del individuo es, pues, un retorno a los ideales del Renacimiento. Pero en
su alza¬miento contra la ciencia y el capitalismo, se entronca con el espíri¬tu
medieval.
Lewis Mumford muestra
cómo esa tentativa tenía que resultar históricamente un fracaso. Sus
representantes fueron tenidos por lo¬cos o cubiertos de ridículo, fueron
empujados al alcohol o hacia las remotas islas del Pacífico. Sus mensajes
flotaron en el vasto océano del siglo XIX hasta que pudieron ser hallados y
justicieramente in¬terpretados. Porque iba a llegar el momento en que esa
arrogante ci¬vilización iba a crujir ante la perplejidad de sus propios
conducto¬res y, por primera vez, aquellos irrisorios profetas tendrían la
posibi¬lidad de ser escuchados.
La revuelta contra la
máquina empezó en el siglo XVIII, cuando ésta alcanzaba sus triunfos más
resonantes. Empezó a soñar¬se con la humanidad premaquinista, se volvió la
mirada hacia las sel¬vas africanas o hacia los mares del Sur, se comenzó el
descenso al ar¬te popular, al arte primitivo, a las creaciones de los niños y
de los lo¬cos. La añoranza de otras tierras y otros tiempos se echa de ver en
la obra de Schiller, Goethe, Walter Scott, Hoffmann, Stendhal, Lamar¬tine,
Chateaubriand, Mérimée. Muchos artistas se alzan contra el clasicismo y el
dogma. En 1819, fecha en muchos sentidos históri¬ca para el arte, Géricault
expone La balsa de la Medusa, que escanda¬liza al público francés acostumbrado
a la fría y académica pintura de David. Géricault, ardiente y patético,
representaba la revuelta del yo, la proclamación de los "derechos del
corazón". De Géricault sur¬ge en seguida Delacroix, el hombre que anuncia
la pintura de nues¬tro tiempo, escarnecido, insultado por la Academia, el
romántico por antonomasia.
En cuanto a Nerval,
precursor del movimiento surrealista, as¬pira a internarse en el continente de
los sueños, para encontrar la re¬gión en que la realidad y el ensueño se
confunden. El sueño, la lo¬cura y la videncia —este retirado tema de los
románticos alema-nes— eran los medios de que quería valerse para ese
"descendimien¬to a los infiernos", que luego será también invocado
por Rimbaud y los surrealistas.
EL MARXISMO
El mundo de la
máquina aparecía solidarizado con el mundo del dinero, y el ataque contra el
maquinismo asumió el carácter de un simultáneo ataque contra el capitalismo:
muchos románticos, as¬queados de la brutalidad mecánica, se entregaron al
socialismo. De este modo, mientras algunos huían a islas lejanas o a épocas
pretéri¬tas, otros ensayaban nuevas utopías sociales.
Pero la ciencia
estaba tan consustanciada con el hombre del novecientos que pronto esas utopías
se hicieron en nombre de aqué¬lla, y al socialismo utópico de Fourier y
Saint-Simon sucedió el so¬cialismo "científico" de Karl Marx.
En ese genio se
aunaron un profundo romanticismo y una po¬derosa penetración racional, y quizá
buena parte de su éxito se debió más a su calidad humana —que lo hacía admirar
a Shakespeare— que a sus monumentales tomos de El capital. Porque si el
análisis de la economía política daba a su doctrina un sabor científico, su
violen¬to desprecio por el espíritu burgués, su pasión por la justicia, su amor
por los desheredados fueron en realidad las fuerzas que arrastraron a las masas
obreras tras sus banderas. Y no sólo a las masas obreras, si¬no a todos los
espíritus de la nobleza y de la burguesía que sentían repugnancia por una
sociedad mercantilizada. Y que fueron sobre to¬do estos sentimientos los que
crearon el prodigioso movimiento revo¬lucionario lo prueba el hecho de que la
enorme mayoría de sus mili¬tantes no leyó jamás las grandes obras de Marx.
Cuando yo era estu-diante, mi inclinación hacia el marxismo no se debió a la
reposada lectura de El capital, sino a la apasionada intuición de que la verdad
estaba en ese movimiento. Más tarde, leí las obras de Marx, Engels y Lenin,
confirmando —naturalmente—mi intuición original, ya que en todos los
movimientos religiosos hay que creer para ver, y no se ha dado quizá un solo
caso de alejamiento motivado por causas exclusi¬vamente intelectuales.
Sea como fuere, el
marxismo apareció y se desenvolvió bajo el signo de la ciencia y de la técnica.
Paradójicamente fue, también, un producto del dinero y la razón. Y su
levantamiento —y esto es muy significativo— no fue en contra de la máquina,
sino contra el uso ca¬pitalista de la máquina. Fue un intento de quebrar la
temible alian¬za del dinero y la razón, liberando la razón y proponiéndola al
servi¬cio del hombre, humanizándola.
El mismo Lewis
Mumford cree en esa posibilidad, y afirma que no debe confundirse capitalismo
con maquinismo: en la anti¬güedad hubo capitalismo sin máquinas y también puede
concebirse la existencia de máquinas sin capital; es falso atribuir a la
máquina, que es amoral, los pecados del régimen capitalista; como es sofísti¬co
atribuir al capitalismo los méritos de la máquina.
Durante mucho tiempo
yo también estuve convencido de esa verdad, pero ahora comienzo a creer que la
máquina tiene males in¬herentes a su misma naturaleza. Es indudable que ha
traído ventajas al hombre, pero creo que, enceguecidos por ellas, no hemos ad¬vertido
los peligros que venían aparejados. Es cierto que al inventar ingeniosos
mecanismos y al montar sus admirables aparatos el hom¬bre elevó el juego
infantil hasta una jerarquía casi divina. Es cierto que la conquista de las
fuerzas naturales tiene una grandeza que ele¬va esa tarea por encima de los
burdos deseos utilitarios, y que la con¬quista de los continentes desconocidos,
del mar y del aire, tuvo a menudo la grandeza de las epopeyas. Mas no es menos
cierto que grandes y temibles fuerzas se fueron engendrando por debajo de es¬ta
arrogante civilización, oscuras fuerzas que no pertenecen a la esen¬cia del
capitalismo, sino a la del maquinismo: no la desocupación, la miseria, la
taylorización industrial, que son atributos de una socie¬dad basada en el dinero,
sino la mecanización de la vida entera, la taylorización general y profunda de
los seres humanos, dominados cada día más por ese engendro infernal que se ha
escapado de sus manos y que desde algún tenebroso olimpo planea la destrucción
to¬tal de la humanidad entre sus tentáculos de acero y matemáticas.
Era, pues, previsible
que la doctrina llevase a una sociedad se¬mejante a la capitalista, aunque de
signo cambiado. Ya que entre la fábrica dirigida por un abstracto consorcio y
la dirigida por un abs¬tracto comisariado la diferencia es casi lingüística: en
ambos casos asistimos al triunfo de una mentalidad racionalizadora y abstracta;
en ambos casos estamos ante una civilización que tiene a la Máqui¬na y a la
Ciencia por dioses tutelares. No es por azar que Aldous Huxley haya podido
hacer en Brave New World la sátira de la socie¬dad futura mezclando los
caracteres de Rusia con los de Estados Unidos.
Pero, ¿para qué
recurrir a la sátira cuando tenemos la reali¬dad? Dejemos de lado la
organización industrial rusa, el poder de su técnica y de su ciencia, y
admitamos de buen grado que en todos esos aspectos ha alcanzado un nivel
comparable al de los Estados Unidos: no es ofreciéndome una imitación
industrial de Norteamé¬rica como me harán pronunciar por el paraíso soviético.
Bueno fue¬ra que para ensalzarlo me mostrasen automóviles tan buenos como los
norteamericanos. Las ventajas habría que ofrecerlas en su concep¬to del hombre,
en la exaltación de su espíritu, en el enaltecimiento de su condición humana.
Pero cuando preguntamos por estos valo¬res nos muestran un pueblo integrado por
números, una especie de ejército anónimo y cuadriculado, que piensa, desea,
ama, habla y vi¬ve uniformemente, como en un inmenso hormiguero.
LA REACCIÓN
EXISTENCIAL
Las doctrinas no
aparecen al azar: por un lado prolongan y ahondan el diálogo que se realiza a
través de las edades, por otro la¬do son la expresión de la época en que se
enuncian: así como la filo¬sofía estoica nace en el despotismo, así como el
marxismo expresa bien el espíritu de una sociedad industrial, el
existencialismo tradu¬ce el Zeitgeist de los hombres que viven el derrumbe de
una civiliza¬ción tecnolátrica.
Esto no quiere decir
que lo traduzca unívoca y literalmente, pues una doctrina se constituye de
manera harto compleja y siempre polémica. Así, mientras el racionalismo fue el
tema dominante a partir del Renacimiento, el irracionalismo irrumpió una y otra
vez, con creciente violencia, hasta empezar a ser el tema dominante de nuestro
tiempo.
Paul Valéry escribió
tres ensayos sobre Leonardo, lo que es bien significativo sobre su estructura
espiritual. En él, como en aquel ingeniero del Renacimiento, hay la misma
condenación de la metafísica, la misma exaltación de la eficacia y de la
precisión técni¬ca que constituye lo mejor del espíritu burgués: la geometría y
la balística no están tan lejos de la poética de Valéry como podría su¬ponerse.
No hay que confundir la aristocracia de un artista con su estructura mental:
por sus maneras, por su refinamiento, Valéry, co¬mo Leonardo, era un
aristócrata; pero sociológicamente era un bur¬gués. Bastaría examinar el ensayo
titulado Leonardo y los filósofos pa¬ra convencerse: toda su crítica a la
metafísica es la de los positivistas y asume ante ella la típica actitud del
ingeniero o del físico.
Pero si no bastara
ese análisis, habría que recordar su amor por las matemáticas, ese amor que
como tantos amores no correspondi¬dos no dejó hijos pero se prolongó tenazmente
a lo largo de su vida, en forma casi obsesiva y neurótica, hasta el punto de contaminar
su lenguaje. Esa pasión lo hizo odiar, con todas las fuerzas con que Monsieur
Teste podía odiar, a Pascal, que muy precozmente había poseído y despreciado a
la misma mujer que Valéry tuvo siempre por una diosa inaccesible.
En este contraste
Valéry-Pascal está encarnado para mí el conflicto entre la esencia y la
existencia, entre la abstracción y el hombre, entre la física y la metafísica.
¡Qué fácil de comprender para quien haya realmente vivido el universo
matemático en ese hastío y ese desprecio de Pascal por un mundo deshumanizado
de
meras sombras, cuando
se está frente al problema del destino del hombre!
Desde el
Renacimiento, la ciencia y la filosofía se habían lan¬zado a la conquista del
mundo objetivo. Aspiraban a develar las le¬yes que rigen el funcionamiento del
Universo, para ponerlas al ser¬vicio del hombre. Pero para ello había que
prescindir del yo, había que investigar el orden universal tal como es, de
manera que sus leyes, una vez encontradas, iban a tener la implacable validez
de los he¬chos, que no dependen de nuestra voluntad ni de nuestros deseos. Para
lograr ese conocimiento objetivo, el hombre se valió de la ra¬zón —cuyas leyes
son independientes de los deseos humanos— y de la observación del mundo
externo.
El resultado ya lo
conocemos: fue la conquista del universo objetivo, pero al precio de un total
sacrificio del yo, de la humilla¬ción de los valores verdaderamente humanos.
Al adolescente
entusiasmo de los técnicos sucedió el temor ante el monstruo mecánico y la
intuición de que podía ser fatal pa¬ra el hombre. Los artistas románticos lo
sospecharon tempranamen¬te. Kierkegaard dio forma cabal a esa sospecha.
Así pasó siempre: es
curioso que el hombre empiece por inte¬rrogar el vasto Universo antes de
interrogar a su propio yo. Antes que Sócrates se preguntara sobre el bien y el
mal, sobre nuestra al¬ma y nuestra muerte, sobre nuestra angustia y nuestro
pecado, los filósofos-adolescentes de Jonia habían buscado el secreto del
Cos¬mos, la misión del agua y del fuego, el enigma de los astros.
Frente al marmóreo
museo de los símbolos matemáticos, es¬taba el hombre individual, que al fin y
al cabo tenía derecho a pre¬guntarse para qué servía todo ese aparato de
dominio del mundo si no servía para resolver su angustia ante los eternos
enigmas de la vi¬da y de la muerte. Frente al problema de la esencia de las
cosas se erigió el de la existencia del hombre. ¿Tiene algún sentido la vida?
¿Qué significa la muerte? ¿Somos un alma eterna o meramente un conglomerado de
moléculas de sal y tierra? ¿Hay Dios o no? Estos sí que son problemas
importantes. Todo lo demás, como bien dice Camus, es en el fondo un juego de
niños: la ley de gravitación, la máquina de vapor, los satélites de Júpiter y
hasta el señor Kant con sus famosas categorías. ¡Al diablo con el razonamiento
puro y la uni¬versalidad de sus leyes! ¿Acaso el que razona es un Filósofo
Abstrac¬to o yo mismo, transitorio y mísero individuo? ¿Qué importa que la
Razón Pura sea universal y abstracta si El-que-razona no es un dios
desprovisto de
pasiones y sentimientos, sino un pobre ser que sabe que ha de morir y que de
esa muerte carnal y suya no lo podrá sal¬var Kant con todas sus categorías?
¿Qué célebre conocimiento es ese que nos deja solos frente a la muerte? En su
furia matemática, Des-cartes aspiraba a meter el alma en una campanilla y a
eliminar los sentimientos y las emociones mediante el pensamiento frío. Pero
pa¬ra qué valdría la pena vivir si ese proyecto cartesiano —además de
despreciable— no fuese utópico. ¿Qué sentido podría tener una So¬ciedad Futura
donde se hubiese logrado descartar los sentimientos y las emociones? Es falso
que el hombre desee ese pensamiento obje¬tivo y desinteresado: quiere el
conocimiento trágico, que se amasa no sólo con la razón sino con la pasión de
la vida. El hombre se re¬bela contra lo general y lo abstracto, contra el
principio de contra¬dicción; porque el hombre de carne y hueso es justamente la
contra¬dicción: es y no es, es santo y es demonio, ama y odia, es pequeño y a
la vez es capaz de portentosas hazañas.
Se ha necesitado una
crisis general de la sociedad para que es¬tas sencillas pero humanas verdades
resurgieran con todo su vigor. Que los adoradores de la Abstracción se queden
arrodillados ante ella. Mientras llegan sus ángeles de exterminio, en la forma
de los aviones atómicos, que sigan arrodillados ante esa divinidad laica, an¬te
ese ente cuyo culto suele calificarse de Amor a la Humanidad, pe¬ro que a la
larga viene unido al odio más desenfrenado por el hom¬bre con minúscula. ¿Y qué
hay sino hombres con minúscula? Dios nos salve de la guillotina o de los campos
de concentración de estos adoradores de la Humanidad.
En cuanto a Valéry,
murió a tiempo, añorando la geometría griega y la estática y luminosa
arquitectura de sus templos. Ese mundo estaba crujiendo en sus cimientos y de
pronto de él no que¬darán sino ruinas.
IV
LAS ARTES Y LAS
LETRAS EN LA CRISIS
LA LITERATURA DEL YO
Dada la
reivindicación del individuo, de su experiencia con¬creta e intransferible, es
lógico que los representantes de la revuelta contemporánea hayan recurrido a la
literatura para expresarse, ya que sólo en la novela y en el drama puede darse
esa realidad vivien¬te. Pero no a esa literatura que se solazaba en la
descripción del pai¬saje externo o de las costumbres burguesas, sino a la
literatura de lo único, de lo personal.
En su notable Ensayo
sobre el destino actual de las letras y las ar¬tes, W. Weidlé sostiene que
asistimos al ocaso de la novela y del dra¬ma porque el artista de hoy "es
impotente para entregarse entera¬mente a la imaginación creadora", obsesionado
por su propio yo; frente a los grandes novelistas del siglo XIX, a esos
escritores que, como Balzac, creaban un mundo y mostraban criaturas vivientes
desde fuera, a esos novelistas que, como Tolstoi, daban la impresión de ser el
mismo Dios, los escritores del siglo XX son incapaces de trascender el propio
yo, hipnotizados por sus propias desventuras y ansiedades, eternamente
monologando en un mundo de fantasmas.
Muchos críticos
afirman, de una manera o de otra, que el siglo XIX es el gran siglo de la
novela. Por mi parte, estoy dispuesto a acep¬tar que el siglo XIX es el gran
siglo de la novela... novecentista.
La palabra novela
representa hoy algo bastante diverso a lo que representaba en la pasada
centuria. Y no es tanto que el escritor no pueda trascender su propio yo, para
realizar una descripción objeti¬va de la realidad: es que no le interesa más.
O, por lo menos, no le in¬teresaba hasta hace muy poco tiempo, en que ha
comenzado a surgir una nueva síntesis de lo subjetivo y de lo objetivo,
precursora de la vasta síntesis espiritual a que asistiremos como superación de
la cri¬sis contemporánea (si es que las tremendas fuerzas materiales en jue¬go
nos lo permiten).
En las Notas desde el
subterráneo, el héroe nos dice: "¿De qué puede hablar con máximo placer un
hombre honrado? Respuesta: de sí mismo. Voy a hablar, pues, de mí. Y en toda su
obra, Dostoievsky hablará de sí mismo, ya se disfrace de Savroguin, de Iván o
de Dimitri Karamázov, de Raskólnikov y hasta de generala o gobernadora.
En toda la gran
literatura contemporánea se observa este des¬plazamiento hacia el sujeto: la
obra de Marcel Proust es un vasto ejercicio solipsista; Virginia Woolf, Franz
Kafka, Joyce con su mo¬nólogo interior, William Faulkner, todos ellos tienen la
tendencia a mostrar la realidad desde el sujeto. Dice el personaje de Julien
Green: "Escribir una novela es en sí mismo una novela, de la que el autor
es el héroe. Él cuenta su propia historia y si se representa a sí mismo la
farsa de la objetividad es que es bien novicio o bien tonto, puesto que no
alcanzamos a salir nunca de nosotros mismos".
Ya en Dostoievsky,
que en tantos aspectos es la compuerta de la literatura actual, se observa ese
desentendimiento hacia el mundo externo: nunca sabemos del todo si sus
personajes, tan absortos en sí mismos, habitan en una hermosa mansión o en un
detestable lugar, pocas veces nos dicen si llueve o hay sol, y cuando lo
sabemos es ape¬nas por una frase o dos y, además, porque esa lluvia o ese sol
forman parte —¡y de qué manera!— de la angustia o de los sentimientos que en
ese instante embargan al personaje. El paisaje es un estado del alma.
Siempre ha sido una
tarea más bien destinada al fracaso la cla¬sificación de la producción
literaria en géneros. En lo que a la nove¬la se refiere, ha sufrido todas las
violaciones y, como dijo Valéry con evidente asco, "tous les écarts lui
appartiennent" o algo por el estilo. Nuestra época ha sido una nueva
exaltación del yo. Una novela de Faulkner se llama Mientras yo agonizo. Otra,
El ruido y el furor, pues ya no parecía necesario, ni siquiera conveniente, que
el mundo fue¬se relatado por un novelista omnisciente y omnipotente. La novela
podía ser, como dice Shakespeare que es la vida:
...a tale
Told by an idiot,
full of sound and fury.
DE LA REALIDAD A LA
SUPERREALIDAD
La crítica de Weidlé
coincide, en buena parte, con la que Or¬tega y Gasset hace del arte nuevo en
general, al acusarlo de "deshu¬manizado". ¿Por qué la mayor parte del
público se encoge de hombros o se sonríe ante sus expresiones? ¿Tiene razón el
filósofo espa¬ñol cuando afirma que esa actitud está indicando la
deshumaniza¬ción del arte? ¿Ha volado el artista todos los puentes que lo unían
al continente de los seres humanos para refugiarse en la isla de la locu¬ra?
¿Significa todo eso una crisis de muerte de las letras y las artes?
Lo que está en crisis
no es el arte, sino el concepto de realidad que dominó en Occidente desde el
Renacimiento. Para ese concep¬to, "la" realidad es la mera realidad
del mundo externo, la ingenua realidad de las cosas tal como sienten nuestros
sentidos y la concibe nuestra razón. Desde el naturalismo de los pintores y
escultores ita¬lianos hasta el impresionismo francés, casi todo el arte
occidental responde a esta concepción. No hay que engañarse con la mera
libe¬ración técnica que supone el impresionismo: en el fondo es la culmi¬nación
de todo ese afán de objetividad y de naturalismo; es el fin y no el comienzo de
un nuevo concepto de la realidad artística. La nueva pintura surge de su seno,
pero es negando su esencia misma, en las personas de Van Gogh y Gauguin. Ambos
huyen asqueados de la civilización. "Si nuestra vida está enferma —escribe
Gauguin a Strindberg—también ha de estarlo nuestro arte; y sólo podemos
devolverle la salud empezando de nuevo, como niños o como salva¬jes... Vuestra
civilización es vuestra enfermedad; mi barbarie es mi restablecimiento."
Toda la joven
generación de 1900, esas fieras que van a escan¬dalizar los salones
parisienses, proviene de esos dos pintores revolu¬cionarios, sobre todo del
torturado espíritu de Van Gogh. Y son dis¬cípulos de ese Gustave Moreau que
decía: "¿Qué importa la natura-leza en sí? El arte es la persecución
encarnizada, por la plástica úni¬camente, de la expresión, del sentimiento
interior", frase emparen¬tada a la de Van Gogh: "En vez de reproducir
exactamente lo que tengo ante los ojos, empleo el color más arbitrariamente,
para expre-sarme con mayor fuerza".
Matisse, Rouault,
Vlaminck, Dufy, Van Dongen, Friesz, De¬rain, se lanzan contra las convenciones
de la pintura burguesa, echan abajo los cánones de la Academia, insultan sus
relamidas tradicio¬nes; son líricos y poetas, expresan violentamente sus
emociones y sentimientos, deforman y exageran las proporciones de la
naturale¬za, meten el yo en el seno del objeto como un monstruoso resorte,
vuelven, en fin, las espaldas al propio Cézanne, para llevar adelante la
lección de Van Gogh. Porque Cézanne representa, al fin de cuen¬tas, la reacción
constructiva frente a la disolución impresionista, significa en muchos sentidos
un retorno a lo clásico y geométrico, a lo que es más esencial de esta
civilización.
El movimiento fauve
tenía que extenderse en los países más avanzados, en aquellos países en que la
civilización había alcanzado sus extremos más abstractos con la máquina y la
razón: en ellos los artistas tenían que sentir con mayor ímpetu que en otras partes
la añoranza de la vida y de lo irracional. Este movimiento triunfa en las
ciudades ul-trarrefinadas de Francia, Alemania e Italia. En los países
germánicos surge el expresionismo, con Kandinsky y Kokoschka: retomando la
tradición gótica, sin el freno del racionalismo francés, sintiendo por
añadidura la influencia de los países eslavos, el expresionismo llevó la
lección del nuevo arte hasta sus últimas fronteras.
Me parece equivocado,
pues, juzgar un cuadro de Van Gogh o una novela de Kafka a la luz de un caduco
concepto de la realidad. Naturalmente, cuando a pesar de todo se lo hace —¡y
con qué fre¬cuencia!—, se concluye que describen una especie de "irrealidad",
los seres y las cosas del descabellado territorio del hombre enloque¬cido en su
soledad. El artista parece haber abandonado así el mundo de lo real para
internarse en la esquizofrenia.
Esto es lo que mucha
gente piensa del arte contemporáneo.
Pero esta actitud es
muy semejante a la de los realistas ingenuos de la filosofía, para los cuales
es locura negar la realidad de una mesa tal como la ven nuestros ojos y la
concibe nuestra cotidiana razón.
El arte de cada época
trasunta una visión del mundo, la visión del mundo que tienen los hombres de
esa época y, en particular, el concepto que esa época tiene de lo que es la
realidad. La civilización burguesa tiene también su concepto: es el de una realidad
externa y racional. Esto sí que significa una deshumanización, porque la
genuina realidad incluye al hombre, ¿y desde cuándo el ser humano es¬tá
desprovisto de interioridad y cómo es posible suponer que el hombre sea
solamente racional?
A cada tipo de
cultura ha correspondido una diferente concep¬ción de la realidad y en
definitiva esa concepción está asentada en una metafísica y hasta en un ethos
diferentes. Para los egipcios, preo¬cupados por la vida eterna, este universo
fluyente y transitorio no podía constituir lo verdaderamente real: de ahí el
hieratismo de sus grandes estatuas de dioses y faraones, el geometrismo
abstracto que es como un indicio de eternidad. Hieratismo que no es, pues,
con¬secuencia de una incapacidad para expresar la naturaleza, como lo prueba el
minucioso naturalismo con que pintaban a los esclavos y
seres sin
importancia. Cuando se pasa a una civilización mundana co¬mo la helénica de la
gran época, las artes plásticas se vuelven natu¬ralistas y hasta los mismos
dioses son representados en forma "rea¬lista". Al aparecer el
cristianismo, desaparece esta concepción terre¬nal del arte y nuevamente
asistimos al nacimiento de un arte hierático, ajeno al espacio y al tiempo. Y
cuando sobreviene una nueva ci¬vilización del tipo temporal, con la burguesía y
su ansia por la con¬quista del mundo, el arte deja de ser divino para volver a
lo huma¬no, pero humano en el sentido más naturalista y corporal: de ahí la
admiración por el arte de la antigüedad grecolatina; de ahí la apari¬ción de la
perspectiva y la proporción, que manifiestan la importan¬cia del espacio físico.
Por eso creo
peligroso hablar del progreso en el arte. ¿Es un progreso la aparición de la
perspectiva o es, simplemente, una dife¬rente manera de ver el mundo? ¿Es acaso
superior la escultura griega a la egipcia? Tal vez sólo tenga algún sentido
hablar de perfecciona-miento dentro de un ámbito cultural, dentro de ciertos
cánones de belleza: seguramente Donatello fue superior a alguno de sus
discí¬pulos o contemporáneos ignorados; pero no tendría sentido alguno hablar
de la superioridad de este artista con respecto a un escultor que en Egipto
creaba obedeciendo a otra visión del mundo, a otra metafísica.
No obstante, cuando
decimos que el arte trasunta el concepto de realidad que tiene una época o una
cultura, no queremos decir que siempre exprese lo que está en el ánimo de
todos. Quizá eso su¬ceda en ciertos momentos felices y culminantes de una
civilización. Pero cuando una época se acerca a su crisis, son los artistas los
que, gracias a su hipersensibilidad, anuncian los tiempos por venir, los
tiempos que, como corrientes secretas y subterráneas, ya fluyen de¬bajo de la
época, prontos a convertirse en poderosos torrentes visi¬bles que arrastrarán
los viejos conceptos como animales muertos o troncos caducos.
El arte de hoy es la
reacción violenta contra la civilización bur¬guesa y su Weltanschauung. Es por
lo tanto cierto que se desentiende de su realidad y que a menudo la hace
trizas. Pero aun cuando esta acti¬tud haya sido a veces meramente iconoclasta,
aun cuando en ocasiones haya lindado con la simple locura, siempre ha
demostrado que estaba haciendo crisis un anquilosado concepto de la realidad,
un concepto que no representa ya nuestra más profundas angustias.
El ideal naturalista
de la novela del siglo XIX es una de las tantas manifestaciones del espíritu
burgués. Zola, que hizo la reduc¬ción al absurdo de esta actitud, llegaba hasta
a levantar prontuarios de sus personajes, en los que anotaba desde el color de
sus ojos has¬ta la forma de vestir según las estaciones o el estado del tiempo.
Gorki malogró buena parte de sus excelentes dotes por el acatamien¬to a una
falsa estética, derivada de este cientificismo que estaba en el aire de la
época; afirmaba que para describir un almacenero era menester tomar cien de
ellos y buscar los rasgos comunes. Eviden¬temente, éste es el modus operandi de
la ciencia, que busca lo univer¬sal abstrayendo lo particular. Pero ése es el
camino de lo muerto y de la esencia, no el de la existencia viva. Así sucede
que los persona¬jes de Gorki nos parecen a menudo muñecos mecanizados; y cuando
no es así es porque, felizmente, el talento narrativo de Gorki es su¬perior a
su dogmatismo.
Este tipo de arte en
que predomina el documento objetivo, la vista y el movimiento externo, será
suplantado por el cinematógra¬fo. No veo inconveniente para que novelistas como
Dickens o Zola sean íntegramente trasladados al cine, del mismo modo que cierta
pin¬tura realista fue reemplazada por la fotografía. Los burgueses de Flandes
que se hacían retratar no pedían una obra de arte, sino un documento; buscaban
el mismo fin práctico que hoy se busca al acu¬dir a una casa de fotografías. Si
a pesar de todo muchos de esos re¬tratos eran, además, una obra de arte es
porque esos pintores no só¬lo eran honrados artesanos que trabajaban a pedido,
sino excelentes artistas.
El cine, la radio, el
teatro y las historietas del mundo mecani¬zado han llevado hasta sus últimos
extremos los caracteres de este realismo burgués que en sus formas más altas se
produjo en un Dic¬kens o en un Zola. ¿A qué pedir a los artistas de hoy productos
que ya realizan a la perfección esos instrumentos?
Buena parte de la
novela del siglo pasado fue una novela de lo externo, de las cosas, del tiempo
y del espacio físico. Ya fueran na¬turalistas o impresionistas, los pintores y
escritores se ocupaban del mundo externo. No importa que los pintores del impresionismo
tra¬taran de dar la sensación de lo real mediante un atomizado conjun¬to de
manchas: en el fondo respondían siempre —aunque de otra manera, por otro
camino— a la ansiedad que toda la civilización burguesa ha tenido por la
captación del universo exterior. En este ca¬so lo captaba por la pura sensación
—o al menos así se lo creía—, y
en esto respondía a
un movimiento espiritual paralelo al del positi¬vismo en la filosofía, doctrina
esencialmente vinculada al pragmatis¬mo burgués y al espíritu científico.
El artista
contemporáneo ha abandonado esta estética. No es que haya dejado de ser
realista, sino que ahora, para él, lo real signi¬fica algo más complejo, algo
que sin dejar de lado lo externo se hunde profundamente en el yo. De esta
compleja actitud ha nacido la ne-cesidad de recursos técnicos que fueron
desconocidos para la novela del siglo XIX, como el simultaneísmo de John Dos
Passos, el mo¬nólogo interior de Joyce, la intersubjetividad de Faulkner, el
contra¬punto de Huxley. El siglo XX resulta así el siglo de las grandes
in-novaciones técnicas, como ha pasado siempre en los grandes virajes de la
historia, cuando se ha necesitado expresar una nueva realidad, que no puede ser
expresada ya en los moldes que caducan.
Al sumergirse en el
yo, el escritor se encontró con un tiempo que no es el de los relojes ni el de
la cronología histórica, sino un tiempo subjetivo, el tiempo del yo viviente,
muchas veces, como di¬jo Virginia Woolf, en "maravilloso desacuerdo"
con el tiempo de los relojes. Ya en Dostoievsky empieza a prevalecer, hasta
llegar a cons¬truir la esencia misma de novelas como Mrs. Dalloway, fieles
regis¬tros del tiempo anímico, de su fugaz paso por las criaturas humanas. Y
ese flujo temporal ha impuesto el monólogo interior y a veces el lenguaje
asintáctico e ilógico que domina en buena parte de la lite¬ratura
contemporánea.
La sumersión en lo
más profundo del hombre suele dar a las crea¬ciones literarias y artísticas de
nuestro tiempo esa atmósfera fantasmal y nocturna que sólo se conocía en los
sueños. Tanto los escritores como Kafka, Julien Green, Faulkner o Dostoievsky, como
en pintores como Chagall, Chirico y Rouault se siente esa nocturnidad. Es que
se ha des-cendido por debajo de la razón y de la conciencia, hasta los oscuros
te¬rritorios que antes sólo habían sido frecuentados en estado de sueño o de
demencia. ¿Cómo ha de llamarnos la atención que estos artistas nos den a menudo
un mundo de fantasmas en lugar de aquellas figuras "reales", bien
delineadas, táctiles y diurnas del arte burgués?
Y a este descenso
corresponde un nuevo tipo de universalidad, que es el del subsuelo, de esa
especie de tierra de nadie en que casi no cuentan los rasgos diferenciales del
mundo externo. Cuando ba¬jamos a los problemas básicos del hombre, poco importa
que este¬mos rodeados por las colinas de Florencia o en medio de las vastas
llanuras de la pampa.
Pero no hay que
confundir esta universalidad con aquella otra que había dado la ciencia: la de
la razón y de los entes abstractos de la matemática. Esta otra universalidad es
la que se obtiene, como quería Kierkegaard, mediante lo concreto e individual. No
es la uni¬versalidad de la razón, sino la de la sinrazón.
El alzamiento del
hombre contemporáneo contra la tiranía ra¬cionalista comienza en las Notas
desde el subterráneo. Su héroe, detrás del cual se oculta muy visiblemente el
autor, nos dice: "La razón, caballe¬ros, es una buena cosa, eso es
indiscutible; pero la razón no es más que la razón y sólo satisface a la
capacidad humana de razonar, en tanto que el deseo es la manifestación de la
vida entera, es decir, de toda la vida humana, incluyendo la razón y todas las
comezones posibles... Que el hombre tiende a edificar y a trazar caminos, es
indiscutible. Pero, ¿por qué se muere también hasta la locura por la
destrucción y por el caos?... Reconozco que dos y dos son cuatro, es una buena
cosa, pero de eso a ponerlo por las nubes... ¿Cuánto mejor no es esto de dos y
dos son cinco?".
La lógica vale para
los entes estáticos, a los que se puede apli¬car el principio de identidad; no
para la vida, que es una constante transformación y, por lo tanto, una
constante negación. Borges se queja de que en las novelas llamadas psicológicas
la libertad se con¬vierta en absoluta arbitrariedad: asesinos que matan por
piedad, ena¬morados que se separan por amor; y arguye que, paradójicamente,
sólo en las novelas llamadas de aventura existe el rigor. Esto parece una
crítica, pero apenas es una definición.
Los seres humanos no
son piezas de ajedrez: si un alfil es de pronto movido como una torre, tenemos
derecho a reprochar falta de coherencia al jugador. Pero un ser humano es algo
infinitamente más complejo para obedecer a normas meramente lógicas. Frente a
ese tipo de rigor existe, en cambio, el rigor psicológico, y es con res¬pecto a
él que cabrá juzgar el comportamiento de un personaje. ¿Quién puede afirmar que
Raskólnikov procede sin rigor, a pesar de que repetidas veces realiza cosas
absurdas, si se las juzga desde el punto de vista silogístico? Pues en la vida
y en la literatura lo que lógicamente es absurdo, psicológicamente es riguroso
y real: "creo porque es absurdo".
La coherencia a que
se refiere Borges sólo se concibe en las no¬velas paradójicamente llamadas de
aventuras, en los folletines y, so¬bre todo, en las narraciones policiales de
tipo científico. En ellos im¬pera ese rigor que se puede instaurar mediante un
sistema de con-
venciones simples y
cartesianas, como en una geometría o una diná¬mica; pero ese rigor implica la
supresión de los atributos verdadera¬mente humanos: si en la realidad hay una
Trama o Ley, debe de ser de una infinita complejidad para nuestros ojos humanos,
aunque en teoría pueda suponerse que una mónada divina la vea con nítida
ra¬cionalidad.
ORTEGA Y LA
DESHUMANIZACIÓN DEL ARTE
La prueba de la
deshumanización del arte está, para Ortega y Gasset, en el divorcio que existe
entre el artista y el público.
Ignoro por qué razón
al filósofo español no se le ocurrió que las cosas podían ser exactamente al
revés: que fuera el público el que está deshumanizado.
Tal vez descartó esta
alternativa porque parece lógico suponer que el público es "la
humanidad". Pero éste es el gran sofisma de nuestro tiempo, porque una
cosa es la humanidad y otra la masa, es decir, ese conjunto de seres que han
dejado de ser criaturas humanas para convertirse o para ser convertidos en
objetos numerados, fabri¬cados en serie, moldeados por una educación
estandarizada, embuti¬dos en oficinas y fábricas, sacudidos diariamente al
unísono por las noticias lanzadas desde una Central Desconocida. Mientras que
el artista es el Único por excelencia, es el loco que gracias a su demen¬cia, a
su incapacidad de adaptación, a su rebeldía, ha conservado los atributos más
preciosos del ser humano. ¡Qué importa que a veces se exagere y se corte una oreja!
Aun así, estará más cerca de lo que es el hombre, en el manicomio, que un
escribiente en el fondo de un ministerio. Es cierto que el artista, desesperado
por el proceso de gi¬gantesca deshumanización de la humanidad entera, huye al
África, a las islas del Pacífico, a las selvas de Misiones, a los paraísos del
al¬cohol o de la morfina, o a la propia muerte. ¿Indica eso, acaso, que es el
artista el que está deshumanizado?
El otro lado del
sofisma de Ortega y Gasset es el poner en un solo saco todo el arte
contemporáneo, siendo que está formado no só¬lo por elementos diferentes, sino
antagónicos.
El Renacimiento
condujo a la abstracción, ya lo hemos visto. Es posible jalonar este proceso en
las artes plásticas con la propor¬ción y la perspectiva hacia la época de Piero
Della Francesca, con los cubos y cilindros preconizados por Cézanne, y, finalmente,
con el cubismo.
Este arte sí tiende a
ser un arte deshumanizado.
Y digo tiende porque:
1°) el hombre no es un mero animal, si¬no también espíritu, y la geometría
forma parte de su espíritu, no pudiendo ser, por lo tanto, nunca algo
totalmente inhumano; y 2°) porque no todos los representantes de esta tendencia
han pretendi¬do que su arte fuera el arte.
Debajo de muchos
cuadros del Renacimiento había triángu¬los, pentágonos y proporciones. Pero
esas figuras eran apenas el es¬queleto geométrico de un palpitante cuerpo
carnal. Mas, a medida que la civilización matemática avanzó, esos triángulos y
pentágonos fueron prevaleciendo sobre la carne, hasta llegar el instante en que
se creyó posible proclamar que el arte es geometría.
Pero cualquier
pretensión de reducir el arte a la abstracción debe ser considerada como una
actitud deshumanizadora, no porque lo abstracto no sea también humano, sino
porque lo humano es algo más que eso: es lo abstracto y lo concreto, lo
racional y lo irracional, la máquina y la naturaleza, la ciencia y el arte.
En cuanto a la
psicología del arte abstracto, es contradictoria: creo que en primer lugar el
artista es impulsado por el fetichismo científico, pero también por un
inconsciente deseo de orden y de se¬guridad en medio de un universo confuso y
tambaleante: así como algunos huyen a las islas del Pacífico, otros se refugian
en los labe¬rintos matemáticos, también, y finalmente, es el producto de un
le¬gítimo desprecio hacia el sentimentalismo burgués, de una suerte de
ascetismo de la belleza.
Pero sea cual fuere
su origen psicológico, desde el punto de vista de su esencia el arte abstracto
es hoy la expresión de la menta¬lidad científica de nuestro tiempo. Y, como
tal, lejos de representar un arte revolucionario, caracteriza a una cultura que
declina.
UNA LITERATURA
TRÁGICA
Si es un sofisma
hablar de la deshumanización del arte con¬temporáneo en bloque, exigiría la
revisión del significado de todas las palabras la extensión de ese juicio a la
literatura de hoy.
Es ésta una
literatura verdadera, difícil y trágica, con una du¬reza que desconoció el
siglo XIX, excepto en aquellos escritores que intuyeron el derrumbe. Lejos de
decaer, la novela y el drama han profundizado los grandes enigmas éticos y
religiosos: desde Dostoievsky hasta Graham Greene, pasando por Kafka, la gran
literatu¬ra de nuestro tiempo es eminentemente metafísica y sus problemas son
los problemas esenciales del hombre y su destino.
Es ésta una
literatura ascética y el amor aparece en ella como el reiterado espectro de la
soledad y de la muerte. Nunca como hoy el amor carnal ha sido descrito con
tanta crudeza. Y sin embargo ad¬quiere un sentido metafísico, porque a través
de él, en sus intensos pero fugaces éxtasis, el hombre se enfrenta con el
trágico problema de la comunicación y del sentido de la vida.
Decía Hölderlin que
si no nos ocupamos del infinito no vale la pena que nos ocupemos de nada. El
problema es ser o no ser. El problema es la transitoriedad de todo lo terrenal:
la frágil felicidad del amor, las ilusiones de la adolescencia, los instantes
de comunica¬ción con el semejante. Todo marcha, inexorable y angustiosamente,
hacia la muerte.
Sobre casi toda la
gran literatura de hoy pesa el problema de la muerte, problema que se agudiza
cuando el plazo es conocido. Desde El idiota hasta El extranjero. Es que la
muerte a plazo fijo, la muerte sabida y esperada minuto a minuto, plantea
perentoriamen¬te los enigmas que la muerte natural deja como olvidados: en la
vi¬da de todos los días procedemos como si fuésemos eternos; trabaja¬mos,
luchamos por el porvenir, sufrimos con nadas, como si hubié¬ramos de vivir
eternamente.
El escritor del siglo
XIX aún vivía en la euforia de una civili¬zación arrogante. Los triunfos
seculares del hombre, la seguridad en el porvenir, lo incitaban a una
literatura optimista y fácil y, en otros casos, a su esteticismo preciosista.
Pero el derrumbe de todos los mi¬tos burgueses nos enfrentó a una realidad
dramática que exigió del escritor una actitud menos frivola y mundana, una
voluntad de pu¬rificación metafísica más que de simple belleza.
Nuestros dioses no
son más los dioses luminosos del Olimpo, que alumbraron al artista occidental
desde el Renacimiento: son los dioses oscuros y crueles que presiden el
derrumbe de una civilización.
El acento, que en la
literatura novecentista a menudo estaba cargado sobre lo estético o lo
costumbrista, o lo social, ahora se car¬ga sobre lo metafísico y lo ético. Esta
revolución en el contenido se ha realizado con una obligada transmutación de
forma, y ésta es la razón de que fracasen todos los intentos de juzgar el nuevo
arte y la nueva literatura desde el punto de vista de la pura forma. El asco de
hoy por la grandilocuencia, en efecto, es más ético que estético, obe¬dece más
a una cuestión de contenido que de forma: es parte de la vocación de
autenticidad que posee el artista contemporáneo, a ve¬ces frenéticamente, de su
voluntad de rechazar todo lo que suene a
falso, a
convencional, a meramente "literario". Nunca como hoy la palabra
"literatura" ha despertado tanta desconfianza entre los pro¬pios
escritores. Se huye del ornamento y de la retórica, que caracte¬rizan a las
épocas fáciles y ociosas; se está más cerca de San Agustín y de Pascal que de
Osear Wilde o Gabriel D'Annunzio. Como en to¬das las grandes épocas —y este
solo indicio probaría que nuestra época es literariamente grande—, únicamente
hablan los hechos: son los hechos los que son poéticos o trágicos, no las
palabras que, humildes y transparentes, no se interponen entre el lector y las
co¬sas que se dicen. La fuerza de los mejores escritores contemporáneos se
acentúa por esa neutralidad del lenguaje que emplean: el horror de la tragedia
es llevado al máximo al ser expresado con sencilla pre-cisión.
La literatura de hoy
no se propone la belleza como fin —que además la logre es otra cosa—. Es más
bien un intento de profundi¬zar el sentido de la existencia, una encarnizada
tentativa de llegar hasta el fondo del problema. Este deseo de autenticidad que
en al¬gunos hombres como Antonin Artaud llegó hasta la ferocidad y la locura,
es el que echa abajo el sentimentalismo convencional y falso que plagaba la
literatura anterior a Dostoievsky, esa literatura en que los hombres eran
buenos o malos, héroes o cobardes, nobles o vi¬llanos. Desde Dostoievsky nos
fuimos acostumbrando a la contra¬dicción y a la impureza, que caracterizan a la
condición humana: sa¬bemos ya que detrás de las más nobles apariencias pueden
ocultarse las más villanas pasiones, que el héroe y el cobarde son a menudo la
misma persona, como asimismo el santo y el pecador. Por primera vez, los niños
pueden tener malos instintos y sentimientos tortuo¬sos. ¡Qué lejos Dimitri
Karamázov del villano o del héroe de un fil¬me del lejano Oeste! ¡Y qué lejos,
también, de Monsieur Teste, esa especie de autómata cartesiano!
Y cada palabra está
respaldada por el escritor-hombre, nada está dicho en vano, por mero juego, por
pura habilidad lingüística. Y cuando lo está, como muchas veces en Joyce,
constituye un defec¬to y no una virtud. Pocas veces en la historia se ha dado
ese tipo de escritor que, como T. E. Lawrence, André Malraux o Saint-Exupéry,
forma un solo e inseparable ser con el hombre de carne y hueso que lo respalda.
Nunca, como hoy, se ha tenido tanto desprecio por las meras palabras.
Dice San Agustín en
sus Confesiones: "...porque entonces me pareció que no merecía compararse
la Escritura con la dignidad y excelencia de los escritos de Cicerón. Porque mi
hinchazón y vanidad rehusaba acomodarse a la sencillez de aquel estilo...".
Por algo nos resulta tan moderno San Agustín.
La literatura ha
dejado de pertenecer a las Bellas Artes, para ingresar en la metafísica.
TRASCENDENCIA Y
LIMITACIÓN DEL SURREALISMO
En 1916, en esa Suiza
que parece la quintaesencia del espíri¬tu burgués, del jardincito racionalista
y respetuoso, Tristán Tzara inició el movimiento Dadá, rebelión destructiva y
nihilista contra una sociedad caduca. Con verdadera furia, estos espíritus moraliza-dores
se echaron contra los lugares comunes y las hipocresías de la burguesía. Porque
no debemos engañarnos: todo el insurgimiento del espíritu contemporáneo —desde
Van Gogh hasta los existencia-listas— tiene un profundo sentido ético.
La razón burguesa
aparecía como el enemigo principal y con¬tra ella lanzaron los dadaístas, como
luego los surrealistas, sus ata¬ques más feroces. Con más consecuencia que el
racionalizado Bretón de los manifiestos, Dadá combatió la razón con la sinrazón
lisa y lla¬na con sus insultos y sus espectáculos provocativos.
Prolongado luego en
el surrealismo, la gran época de este mo¬vimiento se extiende hasta la
aparición, en 1930, del segundo ma¬nifiesto. Allí se inicia el paulatino
debilitamiento, en parte porque el fervor inicial había ido desapareciendo y
además porque en el mundo entero comienza la gran crisis social y política que
produci¬rá el nazismo y la Segunda Guerra Mundial.
Planteado desde un
comienzo como un movimiento revolu¬cionario, es natural que en algún momento el
surrealismo intente su acercamiento al comunismo. Y sin embargo, en muchos
sentidos, este acercamiento era un absurdo. El surrealismo es mucho menos pero
también mucho más que una mera actitud político-social: sig¬nifica una revuelta
contra todo el espíritu de la sociedad occidental. Como genuino movimiento
romántico, es una defensa del hombre concreto y vital y, por lo tanto,
radicalmente opuesto a toda concep¬ción racionalizadora del mundo. Me parece
que por todo eso es equi¬vocado vincularlo con otros movimientos contemporáneos
como el futurismo, el vorticismo, el simultaneísmo y hasta el cubismo. Aparte
del hecho fundamental de que el surrealismo es un movi¬miento colocado más allá
del arte, una actitud general del hombre frente a la realidad, estos
movimientos puramente artísticos son la
expresión última de
una sociedad dominada por el cálculo y la abs¬tracción.
En cuanto al
marxismo, que también es una concepción total del mundo y del hombre, es la
culminación del ultrarracionalismo de Hegel. Una actitud espiritual que
reivindique, tal como hacen los surrealistas, el instinto contra la razón, la
naturaleza contra la máquina, el sueño contra la vigilia, la rebelión contra el
orden, será tachada enérgicamente por los marxistas como reaccionaria y
anti¬histórica.
Hay que atribuir a la
ingenuidad teórica de Bretón y a las con¬tingencias históricas esa extraña
fusión de Nerval y Marx a que se asiste en sus manifiestos, a esa singular
mescolanza de materialismo dialéctico y Lautréamont, de cuarta dimensión y
videncia, de mani¬comio y proletariado.
Todo esto es una
locura y en el mejor de los casos deberíamos tomar los manifiestos de Bretón
como un documento automático y poético más, como la expresión cabal del
subconsciente de un hom¬bre de nuestro tiempo que se rebela contra la razón y
la ciencia pe-ro que, inconscientemente, les rinde tributo a cada instante.
Desde este punto de vista, nada tendría que decir contra Bretón. Lo malo es que
la intención de este poeta es realmente lograr un documento teórico, un
fundamento serio para el surrealismo, no una expresión más de su temperamento
poético. Bretón se levantaría indignado contra cualquier intento de tomar sus
escritos como algo menos que una fundamentación teórica.
Pero todo esto es un
contrasentido. En cierto modo, la única actitud consecuente de los surrealistas
desde el punto de vista teóri¬co eran los espectáculos sobre la base de
alaridos y tambores. Y, pa¬ra mí, lo más valioso que han producido: un estilo
de vida.
No obstante,
históricamente, era inevitable que los surrealis¬tas terminaran apoyando la
Revolución Rusa y su filosofía. En mu¬chos sentidos esta Revolución significaba
la revuelta contra ese mundo burgués que tanto detestaban; era también la
barbarie asiá¬tica que muchos de ellos habían invocado contra el Occidente
pu¬trefacto; era el alzamiento de los negados, los desposeídos; era la
li¬quidación de la patria, el nacionalismo, la riqueza, el acomodo bur¬gués, la
beatería.
¡Cómo no vamos a
entender este acercamiento de los surrea¬listas a Rusia si fue el mismo impulso
que nos empujó a tantos estudiantes en 1930 hacia el comunismo! A Bretón y a
sus amigos les pasó lo que nos pasó a nosotros: que confundimos el alien¬to
romántico de toda gran revolución con la esencia filosófica del marxismo.
Creíamos que estábamos descubriendo el secreto del mundo con la dialéctica y la
plusvalía, y lo que estábamos descu¬briendo era nuestra ansiedad por echar
abajo esta sociedad hipó¬crita y podrida.
Los románticos habían
ya opuesto la Poesía a la Razón, como se opone la Noche al Día, el Sueño a la
Vigilia. Los surrealistas, úl¬timos vastagos del romanticismo, llevan esta
actitud hasta sus extre¬mos. Para Bretón, la imagen vale tanto más cuanto más absurda:
de ahí la invocación al automatismo, a la imaginación liberada de to¬das las
trabas racionales, su desdén por las normas y los clásicos, por la belleza en
el sentido tradicional y las bibliotecas. El surrealismo se había puesto fuera
de la estética y del arte: era más bien una acti¬tud general ante la vida y el
mundo, una indagación del hombre profundo, por debajo de las convenciones
sociales. De ahí su fervor por Freud y por Sade, por los primitivos y los
salvajes.
Pero,
paradójicamente, se convirtió así en un instrumento pa¬ra la obtención de un
nuevo género de belleza, una especie de belle¬za al estado salvaje, convulsiva
y violenta. Así como de una nueva moral, una moral básica, la que queda cuando
se arrancan todas las caretas impuestas por una sociedad temerosa de los
instintos profun¬dos del ser humano: una moral de los instintos y del sueño.
Pero al cristalizarse
en manifiestos y recetas, comienza la de¬cadencia del movimiento. Y ya se sabe
que no hay peor conservatismo que el de los revolucionarios triunfantes. De la
búsqueda de la sinceridad, de la autenticidad, se desembocó en un nuevo academi¬cismo,
cuyo paradigma es Salvador Dalí, ese farsante que después de todo también
pertenece al surrealismo y que está mostrando, en for¬ma ejemplar, sus peores
atributos.
Cuando se ataca al
surrealismo en figuras como Dalí, los me¬jores herederos del movimiento se
sublevan. Y sin embargo, aunque Dalí no pertenezca oficialmente más a la
iglesia surrealista, sigue siendo un pintor surrealista para el mundo entero:
para los profanos, para los periodistas, para los críticos de arte. Por otra
parte gozó del beneplácito de Bretón durante mucho tiempo, con características
exactamente iguales a las que presenta hoy.
No parecería lícito
juzgar al movimiento surrealista —como lo hacen algunos— exclusivamente por
representantes como Dalí.
Pero tampoco creo
lícita la pretensión de ciertos surrealistas que pretenden ser juzgados con su
exclusión.
No es por azar que un
hombre como Dalí sea surrealista.
Tampoco es casual la
grandilocuencia que frecuentemente ca¬racteriza a los surrealistas: la
falsificación de fondo viene siempre acompañada de ampulosidad de forma. Esa
retórica que fue uno de los peores atributos del movimiento romántico
reapareció en el su¬rrealismo para espantar a los buenos burgueses con sus
grandes pa¬labras.
Tampoco puede ser
admitido como una desgraciada coinci¬dencia el hecho de que el surrealismo
—como otros movimientos modernos— haya sido el refugio de los más groseros
impostores, de poetas fraudulentos, de simuladores descarados.
Hace unos años
escribí contra el surrealismo. Ahora compren¬do que fui injusto y excesivo;
pero nunca pretendí ser justo en los problemas que tocan de cerca mi vida. Y el
surrealismo fue para mí una violenta experiencia, una fuerte liberación de mi
espíritu, una ansiosa búsqueda de mí mismo. ¿Qué puede tener de extraño mi
re¬pulsa posterior ante sus fraudes? Aparte de que nadie se levanta
vio¬lentamente contra nada que de algún modo no siga constituyendo su amor. No
he renegado ni reniego de lo que en lo más hondo de mi yo pueda haber de
surrealista o de marxista. Estoy muy lejos ya de creer que los hombres, y menos
el corazón de los hombres, pue¬dan ser catalogados como minerales o fósiles. El
corazón del hombre es vivo y contradictorio como la vida misma, de la que es su
esencia.
Indudablemente, hay
algo vivo, algo que sigue teniendo vali¬dez en el movimiento surrealista y que,
en cierto modo, se prolonga y se ahonda en todo el movimiento existencialista:
la convicción de que ha terminado el dominio de la literatura y del arte, de
que ha llegado el momento en que el hombre se coloque más allá de las me¬ras
preocupaciones estéticas para entrar en la región en que se deba¬ten los
problemas del destino del hombre. La vasta empresa de libe¬ración iniciada por
el surrealismo contra una sociedad falsa y termi¬nada era la condición previa
de cualquier replanteo del problema humano. Era necesario el terrorismo
surrealista para emprender lue¬go cualquier empresa de reconstrucción; era
necesario minar, echar abajo las posiciones de la burguesía y de su arte caduco
para exami¬nar las raíces mismas de nuestro destino. Había que acabar de una
vez con los pequeños dioses de la sociedad burguesa, con su falsa moral, con su
filisteísmo, con su acomodo y su progreso y su optimismo, para abrir las puertas
del hombre. Nuestro tiempo es el de la desesperación y de la angustia, pero
paradójicamente sólo así pue¬de abrirse la puerta de una nueva y auténtica
esperanza.
El error del
surrealismo consistió en creer que basta con la re¬vuelta y la destrucción, que
basta con la libertad total. No, no bas¬ta con la libertad. Porque una vez la
libertad en nuestras manos te¬nemos que saber qué hacemos con nuestra libertad.
Mientras sólo haya que destruir, todo marcha muy bien y hasta experimentamos
una cierta alegría: siempre recuerdo la euforia que sentíamos en Pa¬rís cuando
insultábamos a un burgués o hacíamos algo para minar su tranquilidad, su
digestión tranquila, la firmeza de sus conviccio¬nes. Pero, ¿y después? Por eso
el surrealismo ha sido importante mientras estuvo dedicado a la tarea nihilista
o, en el mejor de los ca¬sos, de investigación de las regiones desconocidas del
alma. Pero luego vino el instante de la construcción y ahí el surrealismo se
ma¬nifestó incapaz de seguir adelante.
Por eso el fin lógico
de un surrealista consecuente es el suici¬dio o el manicomio y en esto debemos
rendir homenaje a los hom¬bres que como Nerval o Artaud fueron consecuentes
hasta el fin. Mas ni la locura ni el suicidio pueden ser la solución genuina para
el hombre. Y aquí es donde debemos apartarnos del surrealismo.
La Segunda Guerra
Mundial concluyó con el movimiento, que por otra parte ya estaba casi muerto.
Cuando en 1938 estuve con los surrealistas, se vivía ya de recuerdos y el
academismo surrealista ha¬bía reemplazado el impulso anarquista de los primeros
tiempos.
La segunda guerra era
muy distinta de la primera, que había da¬do origen al movimiento. Al terminar
la primera había que destruir muchos mitos de la sociedad burguesa. Pero ahora
esos mitos estaban destruidos. Los hombres de hoy han visto demasiadas catástrofes
y rui¬nas para que sigan creyendo en la necesidad de echar abajo. Ya hay
bas¬tante desolación como para poder ver, a través de las grietas de una
so¬ciedad devastada, cuáles son los deberes del hombre.
No nos basta ahora
con destruir: tenemos que comprender. No basta con volver a los fetiches del
África Central: tenemos que averiguar, por entre las grietas de una Iglesia a
menudo nefasta, cuál es el misterio judeo-cristiano que ha dominado toda la
civilización de Occidente y ha impuesto una nueva forma del espíritu humano. No
basta con emitir alaridos y asustar a los burgueses, no basta con divertirse ni
aun con volverse loco: hay que acometer la tarea dura de una nueva
construcción, aunque sea en medio de la desesperanza.
No basta con
reivindicar lo irracional. Ni siquiera es indicio siem¬pre favorable, ya que
también los nazis lo han hecho ¡y en qué esca¬la! Es necesario comprender que
el hombre no es sólo irracionalidad, sino también racionalidad; que no
solamente es instinto, sino tam¬bién espíritu. ¿O vamos a renunciar a los más
grandes atributos de la raza humana justamente en nombre de su regeneración?
Vivimos el momento en
que es necesaria una nueva síntesis. El que no comprenda esta necesidad no
podrá comprender a fondo los problemas del hombre de nuestra época.
¿Y ENTONCES QUÉ?
Para Berdiaeff, la
Historia no tiene ningún sentido en sí mis¬ma: no es más que una serie de
desastres y de intentos fracasados. Pe¬ro todo ese cúmulo de frustraciones está
destinado a probar, precisa¬mente, que el hombre no debe buscar el sentido de
su vida en la his¬toria, en el tiempo, sino fuera de la historia, en la
eternidad. El fin de la historia no es inmanente: es trascendente.
Así, para Berdiaeff,
ese conjunto de calamidades que denun¬cia Iván Karamázov es, paradójicamente,
un motivo de optimismo, pues constituye la prueba de la imposibilidad de toda
solución te¬rrenal.
Ahora bien: es muy
difícil no caer en la desesperanza pura si a este existencialismo le quitamos
la creencia en Dios, pues queda¬mos abandonados en un mundo sin sentido, que
termina en una muerte definitiva. Es un poco la concepción del Verjovensky, en
Los endemoniados y, por lo tanto, una parte o un momento en las perple¬jidades
de Dostoievsky. Pero Dostoievsky se salva de la desespera¬ción total, como se
salva Kierkegaard, porque cree finalmente en Dios. También se salvan aquéllos
que como Nietzsche o Rimbaud —o muchos enérgicos ateos— tienen a Dios como
enemigo, ya que para que exista como enemigo tiene en primer término que
existir. Pero para un existencialista ateo como Sartre, pareciera que no que¬da
otra salida que la pura desesperación.
Ya los románticos
dijeron que nadie puede descargar a otro de su propia muerte. Pero para ellos,
la muerte era la perfección de la vida, su justificación. Para Sartre, en
cambio, es un puro absurdo: la imposibilidad de todas las posibilidades, la
imposibilidad pura, la "revelación del absurdo de toda espera, aun el de
su espera". Y el pa¬sado, que aspiraba a justificarse en el futuro, ese
futuro que había de conferirle un sentido, se queda al fin de un callejón
cerrado, ante la
nada total. La muerte
no tiene sentido y tampoco o ni siquiera es ho¬rrible, ya que la misma palabra
horrible pierde sentido cuando se ha muerto: si la seguimos aplicando es porque
juzgamos la muerte des¬de nuestro punto de vista de hombres todavía vivos; pero
es eviden-te que nada significa para el propio muerto, que no puede verse
des¬de fuera, que no puede contemplar su propio cadáver.
Este ateísmo
consecuente tiene que desembocar —parece— en una total desilusión sobre los
valores de la vida, ya que esos valo¬res de la vida quedan ipso facto
aniquilados por la muerte, y la muer¬te llega, tarde o temprano. "Todo es
lo mismo cuando se ha perdido la ilusión de ser eterno."
Esta concepción
trágica de la existencia alienta en buena parte de la literatura actual y
explica que sus temas centrales sean a menudo la angustia, la soledad, la
incomunicación, la locura y el suicidio.
El Universo, visto
así, es un universo infernal, porque vivir sin creer en Algo es como ejecutar
el acto sexual sin amor.
Nos podemos
preguntar, sin embargo, si frente al dilema Berdiaeff-Sartre no hay otra
salida.
Si forzosamente hay
que pronunciarse por Dios o por la deses¬peración.
No es extraño, pues,
que ahora nos preguntemos qué es el hombre. Como dice Max Scheler, ésta es la
primera vez en que el hombre se ha hecho completamente problemático, ya que
además de no saber lo que es, también sabe que no sabe.
¿Qué nos lleva a
luchar, a escribir, a pintar, a discutir a los que no creemos en Dios, si es
que, en efecto hay que elegir entre Dios y la nada, entre el sentido de
nuestras vidas y el absurdo? ¿Es que en¬tonces somos —sin saberlo— creyentes en
Dios los que escribimos o construimos puentes?
Creo que el enigma
empieza a ser menos enigmático si inver¬timos la cuestión: no preguntar cómo es
posible que se luche cuan¬do el mundo parece no tener sentido y cuando la
muerte parece ser el fin total de la vida; sino, al revés, sospechar que el
mundo debe de tener un sentido, puesto que luchamos, puesto que a pesar de toda
la sinrazón seguimos actuando y viviendo, construyendo puentes y obras de arte,
organizando tareas para muchas generaciones posterio¬res a nuestra muerte,
meramente viviendo. Pues, ¿no será acaso que nuestro instinto es más penetrante
que nuestra razón, esa razón que nos descorazona constantemente y que tiende a
volvernos escépticos? Los escépticos no luchan y en rigor deberían matarse o
dejarse
morir en medio de una
absoluta indiferencia. Y sin embargo la enor¬me mayoría de los seres humanos no
se dejan morir ni se matan y si¬guen trabajando enérgicamente como hormigas que
por delante tu¬vieran la eternidad.
Eso sí que es grande.
¿Qué valor tendría que trabajásemos y viviéramos entusiasmados si supiéramos
que nos espera la eternidad? Lo maravilloso es que lo hagamos a pesar de que
nuestra razón nos desilusione permanentemente. Como es digno de maravilla que las
sinfonías y los cuadros y las teorías no estén hechos por hombres per¬fectos
sino por pobres seres de carne y hueso.
Un atardecer de 1947,
mientras iba caminando de una aldea de Italia a otra, vi a un hombrecito
inclinado sobre su tierra, traba¬jando todavía afanosamente, casi sin luz. Su
tierra labrada renacía a la vida. Al borde del camino se veía todavía un tanque
retorcido y arrumbado. Pensé qué admirable es a pesar de todo el hombre, esa
cosa tan pequeña y transitoria, tan reiteradamente aplastada por te¬rremotos y
guerras, tan cruelmente puesta a prueba por los incen¬dios y naufragios y
pestes y muertes de hijos y padres.
Dice Gabriel Marcel:
"El alma no es más que por la esperan¬za; la esperanza es, tal vez, la
tela misma de que nuestra alma está formada".
¿A qué pensar sobre
la inutilidad de nuestra vida, por qué em¬peñarnos en racionalizar también eso,
lo más peligrosamente dramá¬tico de nuestra existencia? ¿Por qué no limitarnos
humildemente a seguir nuestro instinto, que nos induce a vivir y trabajar, a
tener hi¬jos y criarlos, a ayudar a nuestro semejante?
Precaria y modesta,
esta convicción implica una posición an¬te el mundo. Porque si vivimos, vivimos
en un mundo concreto y no podemos desentendernos de lo que sucede a nuestro
alrededor.
Y a nuestro alrededor
o hay ingenuos que siguen creyendo en el Progreso Incesante de la Humanidad
mediante la Ciencia y los In¬ventos, o monstruos enloquecidos que sueñan con la
esclavitud o la destrucción de razas y naciones enteras.
Ni dos guerras
mundiales ni la barbarie mecanizada de los campos de concentración han hecho
vacilar la fe de esos adeptos al Progreso Científico. Ni siquiera los ha hecho
meditar el que los peo¬res excesos sucedieran en el país que más lejos había
ido en el per-feccionamiento científico. El dogma sigue en pie. No importan las
torturas, las Gestapos y Chekas. Todo eso no tiene importancia por¬que es
transitorio: a la Humanidad le espera una Edad de Oro, en
que todos seremos
iguales y en que la felicidad reinará para siempre. Mientras tanto, hay que
perseguir o aniquilar a los que ponen en du¬da ese Brillante Futuro, hay que
quemar sus libros y proscribir sus doctrinas, hay que denunciarlos como
decadentes contrarrevolucio-narios y vendidos .
¿Habrá entonces que
arrojar bombas anarquistas frente al om¬nipotente poder de los superestados?
¿Habrá que huir a una isla de¬sierta? ¿O habrá que encerrarse en una torre para
escribir charadas policiales?
El poder físico de
los Estados es hoy tan tremendo que parece inútil plantearse soluciones
teóricas al problema del hombre. Sin embargo es lo primero que debemos hacer,
cualquiera sea la posibi¬lidad de su realización.
El Renacimiento
comenzó siendo individualista para condu¬cir a la masificación, comenzó
volviéndose hacia la naturaleza para terminar en la máquina, comenzó
reivindicando al hombre concre¬to para concluir en la abstracción de la
ciencia. El hombre debe lu¬char hoy por una nueva síntesis: no una mera
resurrección de indi¬vidualismo, sino la conciliación del individuo con la
comunidad; no el destierro de la razón y de la máquina, sino su relegamiento a
los estrictos territorios que le corresponden.
Porque no todo fue
malo en el proceso de nuestra civilización moderna. El dominio de la naturaleza
dio un nuevo temple al hom¬bre, y las fuerzas desencadenadas por su razón
tuvieron cierto géne¬ro de grandeza. La exploración y la conquista del planeta,
las gigan-tescas empresas llevada a cabo en América por los pioneers del
capi¬talismo individual son comparables a epopeyas de otros tiempos. Mientras
la máquina se mantuvo en la escala humana y bajo el domi¬nio de su creador,
representó un triunfo del hombre, una expresión de su capacidad para trascender
sus fronteras biológicas. Porque, a diferencia de los otros animales, el hombre
se caracteriza por su ca¬pacidad para rebasar los límites de su cuerpo físico:
desde el momen¬to en que empuña un hacha o lanza una jabalina, ya este extraño
ani-mal comienza a sobrepasar su estructura carnal y ósea para alargar su brazo
primero, para multiplicar luego su fuerza mediante la palan¬ca, y su rapidez
mediante el carro y la nave. Poco a poco, en siglos de maduración, siguió
extendiendo la potencia de sus órganos, me-diante aparatos de creciente
complejidad, hasta que sus sentidos se extendieron en todas las direcciones del
espacio y del tiempo, bas¬tando el más leve esfuerzo de sus dedos para que
potentes máquinas
obedezcan a su
demiúrgica voluntad. En tierra, en aire o en agua, el hombre experimentó la
embriaguez del infinito dominio y le pare¬ció que todo había de rendirse ante
sus deseos.
El hombre, orgulloso
de su creación, cantó exaltadamente a la máquina. Y así Walt Whitman a la
Locomotora:
¡Tú serás el motivo
de mi canto!
¡Tú, como te
presentas en este instante,
entre la borrasca que
avanza,
la nieve que cae y el
día de invierno que declina!
Saint-Exupéry
describió esa hermosa sensación del piloto que está entrañablemente unido a su
máquina, a su dócil criatura mecá¬nica, a su hijo o hermano de acero y
electricidad. Porque esos sue¬ños de poderío, que según Freud nos hacen volar
en las alturas, se realizan ahora de verdad en estos grandes pájaros que añoró
Leonar¬do y que el hombre del siglo XX pudo por fin construir y manejar.
Y cuando conocí el
capítulo de The Mint, en que T. E. Lawrence habla con ternura de los motores
que solícitamente eran en¬grasados, pulidos, amaestrados por los mecánicos de
la RAF, recor¬dé mis días de infancia, en la sala de motores de nuestro molino,
en que los chicos asistíamos al culto dominical de nuestro mecánico, que
desarmaba los cilindros y limpiaba las válvulas de nuestro mo¬tor grande, aquel
motor a gas de la Primera Guerra, con su volante de tres metros de diámetro que
juzgábamos más fuerte, más traba¬jador, más hermoso, más fiel que el horrible
motor de los Cabodi. Porque mientras la máquina está a nuestro servicio,
mientras está a nuestra escala y podemos revisar sus entrañas, montar y
desmontar sus piezas, conocer sus secretos y participar de sus angustias y
fallas, mientras podemos ayudarla a vivir, a trabajar de nuevo como un fiel
criado de la casa, a ahorrarle calentamientos y fricciones, mientras podemos
evitar sus sufrimientos de monstruo desvalido por sí mis¬mo, mientras nos
sentimos padre y madre de ella, hermano de san¬gre y hueso, hermano mayor, más
comprensivo y más capaz, mien¬tras todo eso sucede, la máquina no es jamás
nuestro enemigo sino nuestra prolongación querida y a veces admirada, como son
admira¬das las hazañas de nuestros hijos o hermanos menores. Y ese senti¬miento
es más fuerte en los que se juegan la vida con su máquina, en los que tienen
que confiar y confían en la fidelidad fraternal de su motor, en los aviadores.
Porque así como en el peligro se forma
entre los hombres esa
hermandad del miedo, esa fraternidad de la pobreza de la condición humana, así
también, y tal vez con mayor ternura, se forma y se fortalece entre el hombre y
su máquina, has¬ta formar un solo cuerpo y espíritu, como únicamente puede
acon¬tecer entre los amantes.
Algo semejante pasó
también con la ciencia pura, pues mien¬tras el hombre investigó las cosas
vinculadas a su vida terrenal, a sus sentimientos y emociones, mientras el
lenguaje de la ciencia fue el mismo de la vida y de la literatura, mientras se
pudo hablar de "bra¬zos" de palanca y de "fuerza viva", la
ciencia era la prolongación fan¬tástica y aventurera de lo humano, tenía todos
los atributos de la vi¬da y además el prestigio de la fantasía, de la aventura
en tierras le¬janas. En sus audaces exploraciones de los territorios no
euclideanos, en las vastas construcciones teóricas de la relatividad, el hombre
se exaltaba con el poder de su imaginación, con su ilimitada capacidad para
trascender los límites de sus intuiciones cotidianas, con su sen¬tido para la
belleza pura del intelecto.
La ciencia y la
máquina, en fin, descubrieron nuevos horizon¬tes estéticos: buena parte del
arte contemporáneo, todo el movi¬miento abstracto y constructivista, es el
resultado de la nueva men¬talidad. La misma máquina llegó a formar un hermoso
universo de formas funcionales. La arquitectura dio sus máquinas de vivir y sus
imponentes estructuras abstractas del rascacielos.
Pero así como la
máquina empezó a liberarse del hombre y a en¬frentarse a él, convirtiéndose en
un monstruo anónimo y ajeno al alma humana, la ciencia se fue convirtiendo en
un frígido y deshumanizado laberinto de símbolos. Ciencia y máquina fueron
alejándose hacia un olimpo matemático, dejando solo y desamparado al hombre que
les ha¬bía dado vida. Triángulos de acero, logaritmos y electricidad,
sinusoi¬des y energía atómica, extrañamente unidos a las formas más
misterio¬sas y demoníacas del dinero, constituyeron finalmente el Gran
Engra¬naje del que los seres humanos acabaron por ser oscuras e impotentes
piezas. Y mientras los especialistas científicos pasan su vida en el fon-do de
un laboratorio, midiendo placas espectrográficas y apilando mi¬llares de números
indiferentes, los últimos individuos de la era mecáni¬ca, los aviadores que aún
eran como los caballeros andantes del aire, van ingresando en la cohorte
anónima de las grandes masas de aparatos vo¬ladores, geométricamente formadas,
dirigidas a ciegas por radio y por goniómetros, hacia mapas cuadriculados y
abstractos para bombardear puntos definidos por coordenadas cartesianas.
Será menester, ahora,
recuperar aquel sentido humano de la técnica y la ciencia, fijar sus límites,
concluir con su religión. Pero sería necio prescindir de ellas en nombre del
ser humano, porque al fin de cuentas son también producto de su espíritu. Como
sería ab¬surdo prescindir de la razón, por el solo hecho de que nuestros
inge¬nuos predecesores la hayan elevado a la categoría de mito.
Si no somos
destruidos por las fuerza atómicas, será necesario acometer una vasta síntesis
de elementos contrarios. Ya la filosofía existencial-fenomenológica intenta una
conciliación de lo objetivo y lo subjetivo, de la esencia y la existencia, de
lo absoluto y lo relati¬vo, de lo intemporal y lo histórico.
A esta actitud
filosófica debería corresponder una síntesis so¬cial del hombre y la comunidad.
Ni el individualismo ni el colecti¬vismo son soluciones humanas: como dice
Martin Buber, el prime¬ro no ve a la sociedad y el segundo se niega a ver al
hombre. Esas dos reacciones del hombre contemporáneo son el anverso y el
reverso de esa situación inhóspita, de esa soledad cósmica y social en que se
de¬bate: refugiarse dentro de sí o refugiarse en la colectividad.
Pero la verdadera
posición no es ni una ni otra sino el recono¬cimiento del otro, del
interlocutor, del semejante. Tanto el indivi¬duo aislado como la colectividad
son abstracciones, ya que la reali¬dad concreta es un diálogo, puesto que la
existencia es un entrar en contacto del ser humano con las cosas y con sus
iguales. El hecho fundamental es el hombre con el hombre. El reino del hombre
no es el estrecho y angustioso territorio de su propio yo, ni el abstracto
do¬minio de la colectividad, sino esa tierra intermedia en que suelen acontecer
el amor, la amistad, la comprensión, la piedad. Sólo el re¬conocimiento de este
principio nos permitirá fundar comunidades auténticas, no máquinas sociales.
Contra esta clase de
argumentos se suele responder que es inútil ofrecer utopías cuando la realidad
está representada por dos Estados co¬losales que de un momento a otro
desencadenarán la lucha atómica.
A este argumento se
puede contestar: primero, que si los superestados están prontos a desencadenar
la lucha atómica, nada más utópico que esperar algo de ellos, porque lo más
probable es que su¬cumba toda nuestra civilización y desaparezcan del ras de la
tierra los seres humanos y los monumentos de su pasada grandeza; y se¬gundo,
que el poder meramente físico no puede ser un argumento para resolver los
grandes enigmas del espíritu humano: podrá ani¬quilarlos, no resolverlos.
La lucha por imponer
pequeñas comunidades socialistas pue¬de parecer desproporcionada y absurda, en
medio de esta pugna gi¬gantesca entre Estados monstruosos. Pero muchas grandes
etapas de la historia del hombre han sido precedidas por actitudes despropor¬cionadas
y absurdas. Además, ¿qué sabemos de lo que hay más allá del absurdo? ¿Por qué
una lucha ha de parecer razonable? Ignora¬mos, al menos yo lo ignoro, si los
males y perversidades de la reali¬dad tienen algún sentido oculto que escapa a
nuestra torpe visión humana. Pero nuestro instinto de vida nos incita a luchar
a pesar de todo, y esto es bastante, por lo menos para mí. No estamos
completa¬mente aislados. Los fugaces instantes de comunidad ante la belleza que
experimentamos alguna vez al lado de otros hombres, los mo¬mentos de
solidaridad ante el dolor, son como frágiles y transitorios puentes que
comunican a los hombres por sobre el abismo sin fon¬do de la soledad. Frágiles
y transitorios, esos puentes sin embargo existen y aunque se pusiese en duda
todo lo demás, eso debería bas¬tarnos para saber que hay algo fuera de nuestra
cárcel y que ese algo es valioso y da sentido a nuestra vida, y tal vez hasta
un sentido ab¬soluto. ¿Por qué ha de alcanzarse lo absoluto, como pretenden los
fi¬lósofos, mediante el conocimiento racional de todas las experiencias, y no
por algún éxtasis repentino e instantáneo que ilumine de pron¬to los vastos
dominios de lo absoluto? Dostoievsky dice por boca de Kiriloff: "Creo en
la vida-eterna en este mundo. Hay momentos en que el tiempo se detiene de
repente para dar lugar a la eternidad". ¿Por qué buscar lo absoluto fuera
del tiempo y no en esos instantes fugaces pero poderosos en que, al escuchar
algunas notas musicales o al oír la voz de un semejante, sentimos que la vida
tiene un senti¬do absoluto?
Ese es el sentido de
la esperanza para mí y lo que, a pesar de mi sombría visión de la realidad, me
levanta una y otra vez para lu¬char.
Todo el horror de los
siglos pasados y presentes en la larga y difícil historia del hombre es
inexistente además para cada niño que nace y para cada joven que comienza a
creer. Cada esperanza de ca¬da joven es nueva —felizmente—, porque el dolor no
se sufre sino en carne propia. Esa cándida esperanza se va manchando, es
cierto, deteriorando míseramente, convirtiéndose las más de las veces en un
trapo sucio, que finalmente se arroja con asco. Pero lo admirable es que el
hombre siga luchando a pesar de todo y que, desilusionado o triste, cansado o
enfermo, siga trazando caminos, arando la tierra,
luchando contra los
elementos y hasta creando obras de belleza en medio de un mundo bárbaro y
hostil. Esto debería bastar para pro¬barnos que el mundo tiene algún misterioso
sentido y para conven¬cernos de que, aunque mortales y perversos, los hombres
podemos alcanzar de algún modo la grandeza y la eternidad. Y que, si es cier¬to
que Satanás es el amo de la tierra, en alguna parte del cielo o en algún rincón
de nuestro ser reside un Espíritu Divino que incesan¬temente lucha contra él,
para levantarnos una y otra vez sobre el ba¬rro de nuestra desesperación.


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