© Libro No. 425. Real como la Economía misma. Roselló, Armando. Colección Emancipación Obrera. Junio
1 de 2013.
Título
original: © REAL
COMO LA ECONOMÍA MISMA. Armando Roselló
erocaestelles@yahoo.es
ISBN-13: 978-84-15774-57-0
Nº Registro: 201336916
Versión Original: © REAL COMO LA ECONOMÍA MISMA. Armando Roselló
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©
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Miranda
REAL COMO LA ECONOMÍA MISMA
Armando Roselló
erocaestelles@yahoo.esISBN-13: 978-84-15774-57-0
Nº Registro: 201336916
Sinopsis
Un desfile de historias y de
personajes. El cazador paleolítico, el agricultor neolítico, el rey sumerio, el
ciudadano romano, el abad medieval ... Además de una historia económica de la
humanidad, los comentarios intercalados a esas historias van mostrando
conceptos básicos de Economía y explicando su funcionamiento. Pero además de
los conceptos clásicos el autor propone su propia visión heterodoxa de muchos
problemas económicos.
Índice
Prólogo
Introducción
Capítulo 0
Una definición
preliminar
Por qué
Cómo
Producción
Reparto
Intercambio
Qué
Capítulo 1
Una larga gestación
Una tira de cuero
El trozo de carne
El montón de paja
Shemi y sus historias
Capítulo 2
La primera gran
Revolución
Malos tiempos
Asociación de ideas
Visitantes
Un muro
Desarraigados
Regreso
Capítulo 3
Ciudad, escritura,
mercancías...
Números
Mercado
Bronce
Barro y paja
Regates
Información
Capítulo 4
... y dinero
Sekels (pesos)
Un trato
La jarra
La taberna
La estatuilla
Capítulo 5
Todos los caminos
conducen a Roma
Ciudadano
El puente
Pleitos
Capítulo 6
Crisis
Razzia
Imperator
Germánicos
Valentia
Potentes
Amanuenses
La Caída
Crisis
Rius Altus
Banca
Capítulo 7
¿A cuánto el cuarto y
mitad?
Qurtuba
Tertulia
Despedida
Capítulo 8
Medioevo
Frontera del Duero
Varegos
Siete historias
Tesoro
Capítulo 9
La Fábrica
Abuelo
Padre
Hijo
Capítulo 10
Hoy. ¿Mañana...?
Germán
Uche Ikpeba
Años después
REAL COMO LA ECONOMÍA MISMA
Armando-Emilio Roselló Doménech -o, más
simplemente, Armando, como siempre lo llamamos quienes le conocimos y tratamos-
fue sin duda, además de un magnífico compañero de estudios, una de las personas
más inteligentes, competentes, admirables y, sobre todo, sensibles e íntegras
que he conocido. A lo largo de cinco años de carrera fuimos compañeros de
pupitre en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universitat
de València, dejando en mí, sin que él se apercibiera de ello, una profunda impronta
psicológica y un perenne sentimiento de estima y reconocimiento. Al terminar la
licenciatura que compartíamos, cuando nuestras respectivas sendas profesionales
tomaron rumbos distintos, siempre mantuvimos el contacto personal,
intensificado en los últimos meses de su vida, en los que me reveló que había
escrito la obra que aquí y ahora se prologa. Nunca llegué a imaginar entonces
que una persona de su juventud y con sus excelentes cualidades intelectuales,
humanas y morales me llamaría unos días antes de su fallecimiento -según
nuestros clásicos, los elegidos por los dioses mueren jóvenes- para hacerme
entrega, para su lectura, de una copia de su manuscrito a modo de legado
personal.
Real Como La Economía Misma, escrita en dos períodos diferentes
(1992-1994 y 2003) tal como el autor aclara, es una obra imaginativa,
divertida e irónica, y al mismo tiempo de denso contenido. Refleja, en forma de
relato histórico creativo y ameno que despierta un interés creciente a medida
que se avanza en su lectura, la visión filosófica y la concepción personales de
su autor sobre la economía y su evolución a lo largo del tiempo sobre la base
no sólo de las experiencias emocionales académicas y profesionales de Armando
sino de sus íntimas reflexiones y sólidos conocimientos antropológicos,
históricos, jurídicos, lingüísticos, etc. De manera progresiva, lógica y
natural, a lo largo de diez capítulos, se presentan personajes -Palb, Leru,
Tshak, Güeje, Bope, Buop, Uilt, Zem, Cío…, nombres que difícilmente pueden
presentar coincidencias con otros reales-; lugares ficticios y verdaderos
-Villacolina, Mesopotamia, Egipto, Líbano, Roma, Valentia, Saguntum, Edeta,
Tarraco, Venecia, Córdoba, Marsella…-, épocas -Paleolítico, Neolítico, Edad del
Bronce….-; situaciones -cómicas, dramáticas y trágicas, como la vida misma-; e
instituciones, hitos y conceptos económicos relevantes -necesidades humanas,
progreso tecnológico, revoluciones económicas, división de trabajo, valor,
utilidad marginal, precio, producción, distribución, excedente, intercambio,
comercio, marketing, oferta, demanda, mercado, impuestos, gasto público,
dinero, inflación, crédito, esclavitud, política, corrupción económica,
servidumbre de la gleba, banca, desarrollo, crisis, paro, finanzas…-.
No conviene cansar en este prólogo con el comentario detallado de las
singularidades presentes en el relato de Armando. Resulta preferible que sea el
propio lector quien, desde su perspectiva personal, las identifique y aprecie.
Así, por ejemplo, en la secuencia de instituciones económicas a las que se
refiere, se podrían destacar, entre otros:
- El excedente en la producción (objeto de atención especial
por parte de muchos autores tanto clásicos como modernos) como uno de los
conceptos recurrentes y centrales en esta obra de Armando, fenómeno cuya
aparición histórica habría de permitir el intercambio social
de bienes y servicios.
- La constatación personal y profesional por parte del autor de que la
actividad del comercio, contrariamente a su apariencia, es asimismo
una fuente de generación de dicho excedente.
- Las dos definiciones e interpretaciones de la economía como “…la actividad
humana tendente a la supervivencia mediante la generación, intercambio y
reparto del excedente” (página 98) y “la actividad humana tendente a alcanzar
una vida plena mediante la generación, intercambio y reparto del excedente”
(página 267).
- La naturaleza del dinero (“…promesa, expresada en términos cuantitativos, que
compromete a los individuos de la sociedad que lo emite y acepta, a satisfacer,
dentro de unos límites, determinadas necesidades de su poseedor”) (página 120).
- Las crisis como consecuencia de la concurrencia de errores humanos en
política económica y no de leyes naturales inexorables (páginas 167 y
siguientes).
Etc.
En cualquier caso es éste un libro que el estudioso de la economía, el
interesado en la historia del pensamiento económico y, en general, cualquier
persona culta e ilustrada deberían leer paulatina y sosegadamente, con la
convicción de que de tal manera el evidente interés intrínseco de la obra se ha
de ver acrecentado con el gratificante y fino sentido del humor de que en todo
momento hace gala el autor para la exposición y descripción de las en ocasiones
áridas cuestiones económicas que han sido y continúan siendo objeto de profundas
controversias y cuyo interés y relevancia, en momentos como los actuales de
transcendentes acontecimientos políticos y sociales a nivel local y mundial,
resultan manifiestos e innegables.
En el libro se plasma la formación recibida en aquella época en la Facultad de
Económicas de Valencia ,por lo que representa también un pilar
indispensable para la Historia de la Enseñanza de la Economía en Valencia,
todavía por escribir y que se echa en falta, ahora que por desgracia Bolonia se
ha cargado de un plumazo el pasado.
Muchos temas relacionados con los planteamientos de este libro han sido
tratados y desarrollados -y, sin duda, continuarán siéndolo- a lo largo del
tiempo de diversos modos y desde distintos enfoques, pero la contribución de la
obra de Armando nos permite, además de conocer la visión particular de un
excelente estudioso y un gran experto tanto en la teoría como en la práctica de
la economía en general, disfrutar, de una manera desenfadada, original y
brillante, del relato de la génesis, evolución y retos de la realidad histórica
que desemboca en nuestros días. Me permito, pues, recomendar la lectura atenta,
meditada e incluso ocasional u oportunamente recurrente de esta obra a quienes
de una forma u otra se interesan por los fenómenos económicos -que somos
muchos- y, de manera especial, a los estudiantes y estudiosos de las
especialidades académicas y profesionales que guardan relación con las
cuestiones aquí consideradas. Personalmente lamento profundamente no haber
tenido la ocasión, como hubiese deseado, de haber expresado a Armando mi
admiración por su originalidad, su magnífica estética literaria, su estilo
argumental huidizo de toda erudición y su innegable talento creativo,
cualidades todas ellas que el lector formado tendrá ocasión de apreciar en las
páginas que siguen. Tan sólo me resta agradecer aquí, en nombre propio y en el
de que aquellos que como yo apreciamos creaciones de esta naturaleza, la
manifiesta generosidad de su autor -y la de los miembros de su familia- al
poner esta obra incondicionalmente al alcance y disposición del público en
general.
Valencia, Abril de 2013.
Miguel Roig Alonso
Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales
Catedrático de Universidad de Economía Aplicada
Universitat de València
Un pequeño ser, obscuro y peludo,
acechaba a un animalillo que se había detenido a mordisquear un jugoso tallo.
Le lanzó una piedra que llevaba en la mano, pero falló y rebotando en el suelo,
fue a parar cerca de un gran peñasco que emergía de la tierra. Alertado el
animal, brincó y de dos saltos se perdió entre los matorrales.
Contrariado y furioso, el cazador se dirigió contoneándose hacia donde había
caído el guijarro, lo recogió y descargó su rabia arrojándolo contra la peña.
Saltaron esquirlas y se melló. Al tomarlo de nuevo, se hizo un amplio corte en
un dedo. Sin alarmarse, miró fascinado como manaba la sangre. Dentro de su
cerebro, ya preparado para ello, una serie de neuronas hicieron conexión.
INTRODUCCIÓN
¿Otro aburrido libro de Economía? ¿Va a
decir lo de siempre? ¿Va a plantear teorías económicas diferentes pero
descabelladas? ¿Va a haber alguien, aparte de unos pocos expertos, que lo
entienda?
La respuesta a todas estas preguntas es
no, o eso espero. Si bien el principio es algo duro ya que empieza con una
definición y un desarrollo al modo más tradicional de un manual, posteriormente
la estructura del libro es novelada, a la que se le van a ir intercalando
comentarios sobre aquellas partes con transcendencia económica.
Creo necesario advertir que no se trata
de un libro de Historia Económica, sino de un libro de Economía que utiliza la
Historia, y la utiliza novelándola con lo que es posible permitirse más de una
licencia. No tuvo que ocurrir necesariamente que el primer homínido se cortara
con una piedra mellada para darse cuenta de las posibilidades que tal cosa
encerraba. Pero, por qué no creérnoslo, si lo importante es descubrir lo que
ello implicó. Nuestra sociedad no existiría tal y como es hoy en día si no se hubiera
dado ese paso, y todos y cada uno de los siguientes.
La idea arrancó hace algunos años,
aunque de una manera algo diferente. Pensaba escribir dos libros en paralelo
que dijeran lo mismo: uno que fuera una novela en la que se narraran
acontecimientos de neto significado económico y otro, en el que se explicasen
tales hechos en el más puro estilo académico.
Mi intención era que, leyendo tanto el
primero como el segundo, se llegara a las mismas conclusiones, ya que pensaba,
y sigo haciéndolo, que lo importante no son las palabras que se empleen, sino
lo que dicen.
Pero recapitulando, me di cuenta de que
no había escrito un libro en mi vida y ya estaba pensando en escribir dos.
Opté, pues, por juntar ambos en un único volumen evitando, en la medida de lo
posible, las exposiciones farragosas y la utilización del lenguaje
obscurantista que nos caracteriza a los economistas.
Sin embargo, aparecerán partes que no
habré sabido exponer con la simplicidad y claridad necesarias y por las que, de
antemano, me disculpo. Les pido las lean con más atención, sin enfadarse
demasiado conmigo y que en todo caso, sigan con la lectura.
Quizá se extrañen de que no aparezca ni
una sola nota de pie de página. Está hecho a propósito, pues las he odiado toda
mi vida: me rompen el hilo de la lectura y la inmensa mayoría de las veces, la
dichosa nota no me dice nada. Al final del libro, eso sí, se proporciona una
relación de la bibliografía consultada.
Para finalizar esta introducción, será
conveniente dar una justificación al título: «Real como la Economía misma». La
Economía, por encima de su propia complejidad y a pesar de la imagen casi
mágica y reverencial que nos provoca, es muy substancial, tiene cuerpo, se
puede palpar, es un ente concreto.
Las miles de palabras dichas y
escritas, los miles de planteamientos y análisis efectuados, las miles de
declaraciones y aseveraciones escuchadas, más que ayudarnos a comprender su
propia complejidad, actúan como un velo que nos la ocultan. Ignoro si el lector
comparte conmigo esta sensación de que hay algo que se nos escapa. Ese algo
«real» es lo que pretendo exponer, y ésa es la razón de que me haya aventurado
a escribir este libro.
CAPÍTULO 0
UNA DEFINICIÓN PRELIMINAR
Por qué
Si existe una manera suicida de iniciar
un libro que pretende ser ameno, ésta es, sin duda, la de ponerse a dar
definiciones de entrada. Pero, aun sabiendo que estoy corriendo un riesgo,
considero más que necesario hacerlo así. Puede que una vez leídas las primeras
páginas, el lector tome la decisión de aparcarlo en su biblioteca, justo en la
sección de los de «ya lo leeré un día de éstos ».
Si, pese a ello, vamos a arrancar de un
modo tan clásico, es porque creo que, antes que nada, hemos de ponernos de
acuerdo sobre los aspectos fundamentales de lo que vamos a tratar. Por tal
razón, partiremos de lo que es la concepción de la Economía, que advierto, será
un tanto diferente de la habitual. Mi propósito es que podamos compartir desde
el principio lo que la actividad económica significa realmente. La Economía,
tengamos en cuenta, es una Ciencia joven. Si bien la Humanidad realizó
actividades económicas desde épocas muy remotas, el estudio científico de las
mismas no comenzó hasta hace 300 años y pico. Desde entonces, se han dado
diversas definiciones, que en mi opinión, no son plenamente satisfactorias,
porque ninguna de ellas expresa la razón última de porqué el
hombre realiza toda una serie de actividades económicas.
Quizá esta última afirmación no sea del
todo cierta, pues puede que algún autor sí que se haya preocupado por encontrar
dicha finalidad.
O quizá, esté implícita en las
definiciones hasta hoy propuestas. No importa, puesto que lo que realmente me
preocupa, es que esta apasionante Ciencia aún no tiene una visión clara ni
universalmente aceptada de su razón de ser.
Razón de ser, finalidad, razón última,
tres sinónimos que utilizo con el propósito de fijar en la mente de quien está
leyendo la misma imagen que existe en mi cabeza. Pero, sigamos.
¿Por qué trabajamos? O mejor, ¿por qué
tenemos que trabajar?
¿Por qué hemos de doblar el lomo sobre
un pedazo de tierra, o hemos de bajar a la mina para extraer carbón, o debemos
estar interminables horas ante una máquina produciendo tornillos o, para no
alargarnos indefinidamente, tenemos que pelearnos con abrumadores montones de
papeles en una oficina?
La respuesta es que hemos de trabajar
para vivir. Nadie va a discutir ese punto y, sin embargo, cuando estudiamos la
Ciencia Económica, ¡qué raras veces aparece esta conclusión tan evidente!
Siguiendo en esta línea, sabemos que
hay países donde la gente se muere de hambre porque no son capaces de producir
lo que necesitan para subsistir. Y aunque hoy apenas nos acordemos de ello, tal
situación también ha ocurrido en nuestras avanzadas sociedades. La historia de
Europa ha estado plagada de épocas hambrunas que nuestra memoria ha borrado
consciente o inconscientemente.
Sin embargo, hoy, la Economía se ocupa
de otras cosas más «elevadas»: Finanzas, Bolsa, P.N.B., Marketing, Inflación,
Paro,...
Pero descendamos de las alturas y
toquemos tierra. Seamos conscientes que desde siempre han existido comunidades
incapaces de alimentar a sus miembros en determinados momentos.
La Economía no es una ciencia mágica a
la que los modernos sacerdotes del siglo XXI deban recurrir, mediante sus
incomprensibles imprecaciones, para conseguir que los dioses o los hados (o la
coyuntura) nos sean propicios.
No, nada de eso. En la Economía hay
seres humanos, hombres y mujeres trabajando para ganarse el pan, luchando por
sobrevivir. Esa es la finalidad, o lo que es lo mismo, la
razón de ser, de la actividad económica: la lucha por la supervivencia, y
por consiguiente, la Economía, como Ciencia, debe arrancar de esta realidad.
—Pero, pero... —me preguntarán— ¿De
verdad piensa que altos ejecutivos, empresarios, políticos y resto de
responsables que se hallan en la cúspide de la sociedad, están trabajando para
sobrevivir?
—Pues sí. Por increíble que parezca,
sí. Están tratando de vivir su vida como ellos creen que deben vivirla.
Sobrevivir es la condición necesaria para vivir, y de lo que se trata es vivir
lo mejor posible. Además, ¿cuál es nivel mínimo de supervivencia? ¿Un poco de
comida y agua, ropa que nos proteja del frío y un sitio donde estar a cubierto?
¿Es sólo eso? ¿Serían las mismas cosas las que un trabajador del siglo XIX y
otro del XXI considerarían como indispensables? ¿A qué tipo de «bienes»
estaríamos nosotros dispuestos a renunciar?
Las condiciones mínimas de
supervivencia son, pues, relativas. Cada cual lucha por alejarse cuanto más
mejor de ese límite. Unos porque si caen por debajo de él, mueren y otros
porque su manera de entender la vida se vendría abajo. ¿Admitiría un millonario
tener que llevar la vida de uno de sus empleados? ¿Admitiríamos nosotros
convertirnos en siervos de cualquier señor feudal de los muchos que todavía
existen?
Que mis colegas me perdonen, pero si no
entendemos esto, si no conocemos la finalidad, la razón de
ser de la actividad económica, nosotros los economistas, difícilmente
seremos mejores que esos doctores que unos siglos atrás se dedicaban a tomar el
pulso, oler y observar los orines para acabar recetando sangrías y lavativas. A
veces acertaban.
No puedo resistirme a dejar de observar
la similitud entre el origen y desarrollo del tipo de Ciencias como la Medicina
y la Economía. Estamos empezando, y como hizo la Medicina en su día, aplicamos
nombres técnicos e incompresibles a las cosas comunes.
Cuando un físico del Renacimiento (un
médico, vamos) diagnosticaba a un paciente una hemiplejía facial, éste pagaba
más gustosamente (es un decir) por ese diagnóstico que si su vecino le dijera:
—Lo que a ti te pasa es que «te
s’h’agarrotao» media cara.
Sin embargo ambas expresiones son
idénticas. Hoy, empleamos frases como la siguiente:
«Las Estructuras Comerciales
deficitarias impiden el abastecimiento adecuado de nuestro Sector Secundario».
O sea, que las fábricas están a medio gas porque no existe un buen mercado para
poder comprar lo que necesitan.
Hubo un tiempo en el que se dijo de la
Medicina que era el arte de acompañar al paciente a la tumba con palabras
griegas. Es difícil resistirse a la tentación de parafrasear tan jocosa
definición. Así la Economía sería el arte de explicar con palabras anglosajonas,
porqué no debimos haber hecho lo que hicimos.
Esta crítica sólo tiene sentido si
sirve para comprender que al igual que las otras Ciencias evolucionaron a lo
largo de los siglos, así lo hará la Economía en cuanto encuentre toda una serie
de principios básicos que emanan de su palpable finalidad: la supervivencia.
A partir de ahí, podrá empezar a construir (y reconstruir) teorías y modelos
válidos.
Las operaciones aritméticas
elementales, los principios fundamentales de la Física, los elementos simples
de la Química, etc., constituyeron dichos principios básicos para todas estas
Ciencias, cosa que, desgraciadamente, aún no hemos encontrado en la nuestra.
Resulta realmente frustrante que, con
más de dos siglos de existencia, no tengamos clara la «Teoría del Valor», o lo
que es lo mismo, el porqué las cosas valen lo que valen. O, mejor, cuánto valen
las cosas. En honor a la verdad, desde Adam Smith a nuestros días, incluyendo a
Piero Sraffa, ha habido intentos serios, que si bien no han dado la solución al
problema, han permitido descubrir algunas de sus leyes.
Y esto en sí mismo también es un
problema, porque esas leyes, algunas de ellas controvertidas e incluso
rechazadas, han servido de base para modelos económicos e incluso para
planteamientos ideológicos, pero que al arrancar de unos principios cojos e incompletos,
han acabado finalmente derrumbándose, no sin antes haber provocado enormes
destrozos:
«Dejemos actuar al Mercado, que a
través del mecanismo de la búsqueda del bien individual, desencadenará el bien
colectivo.»
Vamos, el «Laissez faire» al servicio
de una ideología liberal que acabó derrumbándose tan estrepitosamente que dio
origen a su antítesis y a la antítesis de esta antítesis, el comunismo y el
fascismo. Pero eso es otra historia.
Nos engañamos a nosotros mismos,
convencidos de las maravillas del Sistema o al revés, de sus calamidades,
creyéndonos los planteamientos de unos cuantos economistas y políticos,
tomándolos como Ciencia, cuando en realidad no pasan de ser meras proposiciones
ideológicas o casi.
Se ocasiona, así, unos daños enormes a
nuestra Economía. De pronto aparecen épocas de vacas flacas que nadie se
espera. Luego épocas de pujanza, que vienen seguidas invariablemente por otras
desastrosas de nuevo. Grandes fortunas, modos de hacer negocios a lo grande por
«genios» de la Economía, y de repente, todo acaba por los suelos.
Crisis financiera, hot money,
paralización industrial, caída de la Bolsa, desempleo, inflación, etc., son
palabras que todos conocemos. ¿Ha sido capaz la Economía de prever con
antelación lo que se nos venía encima? ¿Se conocían los mecanismos que iban a
provocarlos? ¿Qué tratamiento eficaz habríamos de aplicar?
Despido libre, proteccionismo, subida
de los impuestos, reducción del crédito, freno del consumo, apretarse el
cinturón... En resumen, para unos médicos, sangrías, para otros, lavativas. Por
suerte la naturaleza humana es muy resistente.
Cómo
Es muy difícil contestar a estas
últimas preguntas sin tener las ideas muy claras de los principios que surgen
de la propia razón de ser de la Economía. Es imposible
comprender porqué un barco desaparece en el horizonte si no sabemos que la
tierra es redonda.
Pero si dijéramos que la Economía es el
Ciencia de la supervivencia, significaría quedarnos cortos; y lo
que es peor, pecaríamos de inexactos. La Medicina y las Artes Marciales,
pongamos por caso, entrarían también de pleno en esta definición. Por tanto,
para delimitarla correctamente, nos faltaría añadir algo más a lo que ya
sabemos. Precisamente, habríamos de agregar cómo nos lo
montamos para alcanzar esa meta de la supervivencia. Ese cómo es
el que la diferenciará de las Ciencias que mencionábamos más arriba. La
respuesta a tal pregunta no nos va a costar mucho esfuerzo descubrirla:
En primer lugar, conseguimos
sobrevivir, trabajando. Esto es, produciendo, extrayendo o recolectando bienes;
pero también, haciendo acopio de ellos o prestando servicios a terceros.
(Sabemos que hay gente que no le hace falta trabajar para vivir. No nos preocupemos
por ahora.)
En un segundo momento, tendremos que
repartirnos lo obtenido conforme a unas reglas preestablecidas. Y finalmente,
estaremos en disposición de intercambiar lo «producido», por lo realizado por
otros. Será posible, asimismo, intercambiarlo por otro servicio o destinarlo a
producir más bienes, mediante un proceso de acumulación de capital.
Producción
Pues bien, para que podamos decir que
una actividad es realmente económica, son precisos estos tres elementos: la
«producción », el reparto y el intercambio.
La mera producción y acumulación de
bienes por una persona aislada o por su familia carece de transcendencia ante
terceros, pues no va a hacer partícipes a estos últimos de los frutos de los
primeros, ni viceversa. Estaríamos, pues, hablando de unidades independientes.
Cuando un individuo produce, es capaz,
si lo hace adecuadamente, de generar algo que «vale» más de lo que le «cuesta»
producirlo. Esta diferencia es lo que denominaremosexcedente: lo que me
sobra después de descontar lo que he empleado para hacerlo y lo que voy a tener
que retirar para mi propio uso.
Las palabras «vale» y «cuesta» deben
ser tomadas, en este momento, con una amplitud bastante generosa. Lo contrario
sería perdernos en los enmarañados vericuetos de la Teoría del Valor. En
capítulos posteriores espero dejarlas definidas.
Ahora que hemos introducido el concepto
de excedente, podemos quitar las comillas al término producción y
emplear en adelante el mencionado de excedente.
Reparto
Podemos afirmar, de una manera
taxativa, que allí donde se genera un excedente, siempre se produce
un reparto del mismo.
Pongamos un ejemplo. Pensemos cuánta
gente se encuentra involucrada en la confección y venta de algo tan simple como
una barra de pan envasado: agricultores, molineros, transportistas, panaderos,
fabricantes de plástico, publicistas, repartidores, vendedores, merchandisers,
ejecutivos, accionistas,... y la cajera del supermercado que cobra su precio.
¡Cuánta gente viviendo de lo que se le «gana» a una simple barra de pan!
La pregunta inmediata es cuánto le toca
a cada uno de ellos del excedente producido por la barra. Si
se lo preguntáramos, obtendríamos de todos una increíble coincidencia en sus
respuestas: demasiado poco.
Además esta pregunta no es baladí, sino
absolutamente trascendente, ya que la generación del excedente no
es independiente de su reparto: dependiendo de a quién y en qué proporción vaya
a ir a parar, obtendremos un modelo u otro de organización económica. En
efecto, con la descripción del ejemplo del pan aparece claro que estamos
hablando de un tipo de sociedad con una Economía avanzada. Por contra, si
únicamente intervinieran el agricultor, el molinero y el panadero, la imagen
que nos vendría a la mente sería la de otra, con una Economía más atrasada y
primitiva. (¡Ojo! No estoy tratando de ensalzar las maravillas de la venta de
un pan envasado en comparación con la del horno tradicional. Es un simple
ejemplo.)
El asunto del reparto es, pues,
fundamental. Aunque no estuviéramos de acuerdo en lo expuesto en el anterior
párrafo, no podríamos dejar de pasar por alto el hecho de que desde siempre se
ha producido un permanente tira y afloja sobre la parte del botín que ha de
repartirse cada cual. Las discusiones sobre este tema, han distado de ser
desapasionadas y constructivas, llegando incluso a constituir un motivo por el
que un ser humano mate a otro ser humano. ¿Cuántos crímenes, guerras incluidas,
se han debido al deseo de acceder a una mayor parte de lo que le correspondía
en un principio? Demasiados, desgraciadamente.
Intercambio
Finalmente, para que podamos hablar de
actividad económica debe existir la posibilidad de intercambiarlo. (Pensemos
qué ocurriría si todo lo que les sobrara a los agricultores lo dejaran
desperdiciar.)
Ese excedente, cuando lo
intercambio con el de un tercero, o tengo la intención de hacerlo más adelante,
es cuando adquiere valor. El mecanismo que actúa es muy simple: si me sobra
algo de lo que yo produzco, subjetivamente le doy menos valor que a lo que le
sobra a un tercero y me falta a mí. Del mismo modo, pero a la inversa, a él le
ocurre lo mismo, con lo cual nos convendrá un intercambio:
Si tengo un exceso de dos capazos de
manzanas y mi vecino tiene un exceso de un par de puñados de sal, esa sal que a
él le sobra, me parece más valiosa para mí que mis manzanas, por consiguiente
el negocio me interesa. Estamos asomándonos a la Teoría de la Utilidad, que
explicaremos en el séptimo capítulo.
(Puede darse el caso de que por
cualquier razón, intercambiemos no sólo el excedente sino todo
el producto o incluso los elementos y medios necesarios para producirlo. Este
hecho es, en sí, una complicación del modelo, pero que puede obviarse, si
tenemos en cuenta que este último tipo de intercambio, está motivado por que,
al menos una de las partes piensa en una futura generación de excedente.
Nadie compra un campo a un campesino que necesita hacer frente a sus deudas, si
no cree que puede sacarle provecho en un futuro.)
Alto. Todo lo afirmado sobre la
necesidad de intercambio para que podamos hablar de que exista un excedente,
parece complicado, pero no lo es. Simplemente estoy diciendo que si dos seres
humanos truecan dos productos que les sobran, ambos tendrán dos necesidades
satisfechas en vez de una sola. Ahí precisamente, radica la importancia del
intercambio.
Una última cuestión que me he dejado
colgada al principio de este apartado. No todo aquél que genera excedente tiene
derecho al mismo. Ni todos los que se lo reparten han contribuido a crearlo.
Esclavos y rentistas acaudalados, podrían ser dos ejemplos. Una pregunta para
ver si vamos todos en la misma onda. ¿Cómo consideraríamos según lo expuesto a
los jubilados?
Los jubilados ya no generan excedente pues
no trabajan, pero sí entran en su reparto. El mecanismo que actúa podríamos
describirlo diciendo que en su época activa, guardaron en un fondo común una
parte del excedente al que tenían derecho y ahora lo van
retirando.
Qué
Pues bien, es precisamente la
existencia de esos tres elementos junto a la finalidad de
la supervivencia, lo que confiere el calificativo de económica al
substantivo actividad. Con ello, estamos en condiciones de dar respuesta al
título de este capítulo: «Una definición preliminar». La que aparece
seguidamente es larga y farragosa, así que léanla una sola vez y olvídenla. Por
eso, aparece en letra más pequeña.
La Economía es la actividad humana
tendente a la supervivencia del individuo, su familia o su sociedad, mediante
la producción, extracción, recolección o acaparación de bienes o la prestación
de servicios; de modo que, una vez establecido su reparto, lo generado
directamente por dicha actividad o lo ya existente previamente, se intercambie,
se guarde para intercambiar (o para generar más bienes), puesto que, en opinión
de las personas que acuerdan el trato, lo que se obtiene de la otra parte, les
va a proporcionar una mayor utilidad que aquello de lo que se van a tener que
desprender.
Es realmente un galimatías. Y si,
finalmente, me he decidido a incluirla, no es porque me haya costado una
barbaridad de tiempo escribirla, cosa cierta, ni tampoco porque cuando alguien
escribe algo verdaderamente incompresible exista la tendencia a considerarlo un
sabio, sino porque nos da idea de la propia complejidad de la Economía.
Después de releerla infinidad de veces,
creí conveniente resumirla de manera que, incluso, yo mismo pudiera entenderla
y recordarla:
La Economía es la actividad humana
tendente a la supervivencia mediante la generación, reparto e intercambio del
excedente.
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Estando, finalmente, de acuerdo sobre
lo que es la Economía y que ésta es un enmarañado embrollo, sólo me queda por
exponer antes de cerrar este capítulo, que el propósito de este libro, no es
otro que el de solucionar alguno de los aspectos básicos de esta enorme madeja
conceptual que supone nuestra actividad económica. Pero si damos una mirada al
guirigay que representa la Economía actual va a marearnos más que a aclararnos
las ideas. Por ello, será conveniente remontarse a los orígenes de nuestra Historia,
en los que las relaciones eran muy elementales (o así pensamos hoy en día) y
donde será fácil seguir el rastro e identificar los diferentes procesos
económicos. Empecemos, pues, por ir a una tribu prehistórica, totalmente
imaginaria, en la que realizaremos esa búsqueda de los principios básicos.
Asomémonos a su vida y vayamos descubriendo las cosas asombrosas que van a ser
capaces de lograr, por el simple hecho de hacerlas de una manera u otra.
Como comentamos en la Introducción,
debo recordar que no se trata de un libro de Historia Económica y que, por mi
parte, me he tomado alguna que otra libertad. Además será necesario añadir que
la mayoría de los personajes y situaciones son ficticios, aunque he procurado
que el marco histórico en el que se desenvuelven sea lo más fiel posible. Busco
mostrar la vida económica real mediante ejemplos situados en determinados
momentos y lugares. A partir de ahí, vuelvo a insistir, espero demostrar
su finalidad y poder sacar a la luz algunos de los principios
de esta estimulante Ciencia.
Soy consciente que buena parte de las
afirmaciones anteriores pueden quedar algo vagas y que se enumeran ideas que no
se profundizan. Pero no es este el momento de desarrollarlas, tenemos todo un
libro por delante para ir viéndolas.
CAPÍTULO 1
UNA LARGA GESTACIÓN
Una tira de cuero
Palb se despertó con la sensación de
bienestar que siempre sentía después de haber dormido de un tirón. Pero pronto
le abandonó cuando empezó a pensar en el día que se le venía encima. Todavía
sin querer levantarse, dejó que su mente y sus ojos vagaran por la cueva. Del
fuego sólo quedaban rescoldos. Leru, su compañera, yacía acurrucada junto a él
en su rincón de la caverna. Ronroneaba plácidamente bajo una de las pieles.
Palb, después de observarla durante un rato, pensó que no resultaba ni la mitad
de atractiva que durante el día. Al calor de lo que quedaba del fuego, sus
cuatro retoños dormían increíblemente silenciosos. Pronto abrirían los ojos y
ya no dejarían de hacer ruido ni de estarse quietos hasta que cayeran rendidos
al final del día. Se incorporó un poco y divisó los bultos que formaban los
cuerpos del resto del grupo. Ya alguno se desperezaba, otro, medio levantaba
los párpados. Aquella tranquilidad iba a cambiar en breves momentos.
Hoy irían a cazar al oso de las
cavernas. Lo habían divisado ayer mismo en la vaguada de la roca negra. Ese
pensamiento le produjo un aguijonazo en la boca del estómago.
«¡Por el gran dios Tshak! —pensó—. Si
ya de por sí es peligroso enfrentarse a uno de esos animalotes, con una boca
toda colmillos y con unas garras descomunales, todavía es peor que el cazurro
de Güeje esté al mando.»
«Va a ser un desastre otra vez. Más de
uno podrá acabar despanzurrado al atacar al animal (quiera el gran Tshak que no
sea yo). Pero el hambre empieza a apretar, las verduras, las raíces y las
frutas hace tiempo que han sido devoradas; ahora esquilmamos las bayas. Los
niños, las mujeres (y nuestras barrigas) ya empiezan a quejarse.»
Aún sin levantarse, y medio
reflexionando, se daba cuenta, al igual que todos los demás, que en pocos días
tendrían pocas fuerzas para cazar. Con el invierno asomándose, el grupo tendría
que emigrar, sin provisiones y expuestos a las inclemencias de unos fríos
atroces. Pronto empezarían a morir los niños y luego los adultos. Si ahora
había más hombres que los dedos de una mano y mujeres unas pocas más, para
cuando acabara el invierno, sobraría con los dedos de una mano para contarlos a
todos, si había suerte.
No se descubre ningún gran misterio. El
grupo iba realizar una actividad cazadora por una razón muy simple. Necesitaban
aprovisionarse para poder seguir viviendo. Se iban a trabajar a la búsqueda de
su sustento. ¿Esto constituye una actividad económica ya de por sí?
La respuesta es no. El aferrarse a una
tabla después de un naufragio constituye una actividad de supervivencia, que a
nadie se le ocurre calificarla de económica. Lo mismo ocurre con la acción de
cazar para alimentarse, o el propio hecho de alimentarse. Podemos hablar de
Economía cuando aparezcan otros elementos en el proceso.
Casi como por arte de magia, todos se
despertaron y se pusieron de pie. Las mujeres empezaron a atender a los niños y
a repartir las míseras bayas para engañar al estómago. Hubo un rifirrafe entre
dos críos por un trozo de carne que quedaba de alguna cena, quién sabe de
cuándo, que se saldó con un coscorrón al intervenir uno de los adultos,
quedándose como prenda el objeto en disputa. Lo confiscado pronto desapareció
en su barriga, antes de dar tiempo a nadie a apelar por el pedazo en cuestión.
Dos o tres miradas cargadas de malos propósitos, pero eso fue todo.
Como ya se había decidido la noche
anterior, los hombres cargaron con sus palos y hachas de piedra y salieron de
la cueva. El aire fresco de la mañana les saludó con un escalofrío que les
recorrió las espaldas. Nuestro amigo Palb, medio distraído, recogió una larga
tira de cuero con la que los niños jugaban a ver quien lanzaba más lejos una
piedra atada a uno de sus extremos.
En el camino, no dejaba de pensar en el
oso y en la tira de cuero. Palb sabía que no era el más valiente y que sus
gestas jamás serían contadas en las reuniones junto al fuego. En realidad no le
importaba en absoluto, le bastaba por el momento que el oso no le alcanzara con
sus zarpas, y para ello lo mejor era estar lejos. Pero el grupo no admitía
rácanos. Había que dar la cara, a menos que...
«Podría ser posible que le dé al oso
desde lejos —iba pensando ensimismado—. Simplemente he de usar este juguete
como lo hacen los niños, pero con una piedra más gorda.»
Durante el camino fue fijándose en el
suelo hasta que encontró una lo bastante grande y puntiaguda. Tenía el tamaño
de tres de puños. Dándole y dándole más vueltas al asunto, ató el cuero a la
piedra, mientras curiosamente experimentaba un afán, desconocido en él, de
encontrarse con el oso para poner en práctica su invento.
Ya con el sol muy alto lo vieron.
Enorme y terrorífico. Mientras empezaban a rodearlo, el oso los descubrió y
dándose la vuelta se dispuso a hacerles frente. Se levantó sobre sus patas
traseras, alzó sus brazos y mostrándoles sus garras, les lanzó un rugido
estremecedor.
Esto, desde luego no contribuía a
tranquilizarles en absoluto. Se detuvieron en seco inmovilizados por el miedo,
mientras que con ojos muy abiertos miraban una vez al oso, otra, a ellos
mismos. El jefe Güeje, desde luego el más bruto de ellos, soltó una o dos
palabrotas y se movió hacia adelante haciendo que los demás lo imitaran.
—¡Venga! ¡L...! ¡Moved el c...! Hacia
adelante —les ordenó con gritos y bruscos ademanes.
Después de uno o dos amagos de alguno
de ellos y alguna que otra piedra que rebotó sobre el cuerpo de la fiera
(enfureciéndolo más que otra cosa), Palb empezó a dar vueltas a su artefacto
como había visto hacer a los niños.
El peso era mucho. Estaba a unos siete
u ocho pasos de su presa. Cuando la piedra y cuero estaban a punto de salir,
trastabilló, con el resultado que el proyectil fallara por bastante. Pero lo
que había visto nuestro buen Palb, bastó. La piedra había salido tan fuerte que
si hubiera a alcanzado al oso, lo habría dejado sobradamente aturdido. Los
demás quedaron asombrados porque a todos les pareció que si el invento
funcionaba, se iban a ahorrar más de un arañazo.
El palurdo del jefe, no estaba tan de
acuerdo, si bien no sabía aún porqué. De todos modos, era cuestión de dedicarse
al oso y no a filosofar. Dos gritos más y el acoso continuó.
—¿Qué hacéis ahí plantados como
pasmarotes? ¡Os mováis, c...!
Palb no obedeció. Salió corriendo hacia
donde había caído su piedra y ya con ella de vuelta, realizó los mismos
movimientos para relanzarla.
Se inició por segunda vez el molinete.
Sus compañeros quedaron como suspendidos mientras miraban fascinados el giro de
la piedra. Sin solución de continuidad, salió de entre sus manos, y en un
suspiro, pasó cerca, muy cerca del oso.
Volvieron a mirarse unos a otros. Una
bombilla fue iluminándose en sus rostros al comprender lo que se proponía Palb.
Empezaron a hacerle el juego, incluido
el jefe que quiso saber en qué quedaba todo aquello. Así que se pusieron a
marear al oso y a hacerle fintas, mientras Palb iba a por su piedra. Ya de
vuelta, reinició por tercera vez el volteo del proyectil.
La piedra alcanzó pecho, cuello y parte
de la barbilla del oso, que vio miles de puntos luminosos dentro de su cabeza a
la vez que perdía su sentido del equilibrio, inclinándose hacia adelante y
hacia atrás, sin ver otra cosa que las hojas de los árboles dándole vueltas
como una noria alrededor de su cabeza.
El grupo vio el impacto, la sangre
saliendo de entre sus dientes y sus pasos de beodo, así que sin darle tiempo a
recuperar su aturdimiento, el jefe, Buop y Uilt atacaron clavando sus
puntiagudos palos de punta endurecida por el fuego, en la carne del oso, sin
preocuparse en lo más mínimo de la multiplicidad de agujeros que estaban
haciendo en tan hermosa piel.
Lo siguiente ya fue rutina. Le cortaron
la cabeza con un hacha y después de abrirle la panza con un cuchillo de piedra,
le vaciaron las tripas. Lo ataron sobre una pértiga para transportarlo y
comenzaron a andar el camino de regreso. Contentos y relajados, no paraban de
comentar el invento de nuestro Palb. Amplias sonrisas, palmadas y una no
disimulada admiración se reflejaban en sus rostros cuando, por turnos,
examinaban con profunda (experta, casi podríamos decir) atención el artefacto.
—Ya decía yo que este Palb llegaría
—decía Buop.
—Ya había pensado antes que lo de los
críos podía servir para esto —replicaba Uilt.
A decir verdad, no todos estaban
satisfechos. El jefe había comenzado a filosofar y decididamente pensaba que
aquello no le gustaba. Ahora tendría que haber sido él quién fuera objeto de la
adulación de los demás por su valor e inteligencia.
«Jefe, ¡eres el mejor! —haría la pelota
uno, al que el propio Güeje habría salvado durante el enfrentamiento.» «¡Güeje
es el más valiente! ¡Viva! —gritarían a coro ahora mismo todos ellos.»
Él, claro con su infinita modestia,
restaría importancia a los riesgos que había corrido. Así había sido siempre, y
así debería seguir siendo. Pero ahora, nadie le prestaba la más mínima
atención. Estaban todos alelados con el tonto de Palb. Un análisis más
profundo, le llevó a la conclusión de que aquello no estaba claro, que la cosa
era buena y a la vez mala (para él).
«¿Cómo podía ser esto posible?» —se
preguntó.
Tal contradicción lo sumió en una
profunda intranquilidad. Él también había descubierto algo, aunque no se daría
cuenta de ello en su vida. Se había topado con un dilema. Los dilemas funcionan
así, si hago una acción, malo, si hago la contraria, malo también. Si
felicitaba a Palb, malo, pues ya no sería el «más mejor» del grupo y si se
oponía al invento, podría acabar igual de descuartizado que el oso.
Siguiendo la misma línea que el
comentario anterior, hasta este momento no se ha producido ninguna acción de
tipo económico. Matar al oso más o menos bien, no implica actividad económica,
como tampoco recoger frutas y raíces del bosque. Tan sólo son actividades
básicas de supervivencia.
Para que se produzca una actividad
económica es preciso algo más que una cierta eficacia en la manera de hacer las
cosas. La producción masiva de globos aerostáticos en la luna difícilmente
constituirá una actividad económica desde el mismo momento que nadie va a
comprarlos por no servir en una atmósfera sin aire. Para que podamos juntar las
palabras económica y actividad, van a hacer falta más elementos. Producir por
producir, hacer por hacer es simplemente producir o hacer, pero nada más.
Volvamos a la historia de Palb y comprenderemos el porqué de ello.
Con una inmensa satisfacción entraron
en los aledaños del campamento. Más pronto que nunca y sin ningún rasguño,
portaban orgullosos su trofeo. El resto del grupo, mujeres, niños y el patoso
de Zem, notaron que algo extraño había pasado. Primero con una cierta aprensión
y luego de ver que estaban todos y bien, se fueron acercando a los cazadores
con la ansiedad de saber lo que había ocurrido.
No se hicieron de rogar mucho y con
pelos y señales explicaron los maravillosos acontecimientos que habían sido
capaces de llevar a cabo. Sacando pecho, comentaban los fulminantes efectos del
misil manual diseñado por Palb. Los oyentes, con la boca muy abierta y con los
ojos como platos, miraban ahora al oso, ahora al artefacto, que mostraba en uno
de sus cantos la mancha parda de la sangre seca del animal.
Güeje, el jefe, estaba más fastidiado
que nunca. Siempre había sido él el centro de la historia de cada caza, y era
muy duro ocupar un segundo plano. Así que con un par de bramidos, cortó por lo
sano y ordenó a las mujeres que se pusieran a trabajar en el oso.
—Las mujeres a lo vuestro. A preparar
el oso.
¡Alto! Aquí aparecen unos terceros que
van a realizar una actividad diferente: el hombre ha ido a cazar y la mujer va
a desollar y descuartizar el oso. Hay una especialización del trabajo basada en
el sexo. En teoría empieza a parecer un esbozo de actividad económica. No
obstante, por convención, cuando se trate de relaciones entre miembros de la
familia, no vamos a considerarlas como económicas. Al igual que hoy en día, el
trabajo del hogar que realiza uno de los cónyuges no se considera como «trabajo
remunerado »; en nuestra historia tampoco vamos a hacerlo. (En este mismo
sentido, y a fuer de ser purista, tendríamos que considerar que el conjunto de
los ancianos de la tribu, sí que hacían un trabajo diferenciado, e importante,
aunque no lo vamos a distinguir así, para simplificar.)
Antes de ser quemado en cualquier
hoguera, me veo en la obligación de aclarar que esta historia no se narra desde
una perspectiva machista. El que los hombres cazasen y las mujeres estuvieran
en la cocina, fue una realidad. Hoy en día ya somos muchos los que sabemos que
la mujer puede ser peor, igual o mejor cazadora que el hombre, y que éste en la
cocina puede hacer auténticos desastres o auténticas delicias. Dependerá de
cada cual, no de su sexo.
El trozo de carne
La cena fue apoteósica. Por
trigesimosegunda, o quizás trigesimotercera vez se contó la misma historia. El
contento era general, salvo por dos excepciones. Una ya la conocemos. La otra
era Zem. Se le había insinuado mediante indirectas, dos o tres empellones, un
coscorrón y un estacazo en la mano cuando la alargó a coger un pedazo del
muslo, que si no cazaba, no comía. Podría hartarse con todas las bayas y moras
que cogiera, pero del oso, nada.
Zem, se sentía incomprendido, y mucho.
Tendría que pensar algo. Eso de liarse a trompazos con el oso le parecía poco
culto y él estaba destinado a otras cosas más elevadas. Su premio, un puñado de
moras, que de todas formas habría de procurarse él mismo, no le parecía que le
hiciera justicia.
En el altercado, el pedazo de carne
había caído al suelo a escasa distancia del fuego sin que nadie lo notara. Al
cabo de un cierto tiempo, el trozo empezó a cambiar de color, de rojo vivo a
marrón obscuro, y en una parte a negro carbón. El tufo a socarrado llenó la
cueva, y, Cío, una de las mujeres lo cogió, se quemó y con un alarido, lo
arrojó a un rincón. Jurando en arameo, la buena mujer explicó que con la comida
no se tontea y que eso de desperdiciarla debería estar castigado por la ley.
Güeje, entre grandes risotadas como
todos los demás, en un inusual destello de ingenio, le dijo a Zem con bastante
mala idea:
—Si quieres oso, puedes comerte ese
pedazo, ya que al fin y al cabo tú has sido el causante.
Un sinfín sentimientos pasaron por la
mente de Zem. Su orgullo, su sentimiento de transcendencia propia, el ser
blanco de las ironías de los demás... Así que decidió, en un arranque de
gallardía, pasar olímpicamente de tan deshonesta propuesta. Pero ante las
apelaciones y protestas de su estómago y sin sentirse rebajado en lo más
mínimo, recogió con mucho cuidado el pedazo y se lo llevó a la boca.
Primero se quemó los labios y la
lengua, luego, la parte negra le amargó la boca, así que escupió tan
desagradable substancia en dirección a sus pies.
Las carcajadas fueron como el retumbar
del trueno. Hacía lunas que no se reían tan a gusto. Con la barriga medio
llena, con los próximos días asegurados y al calor del hogar, nada mejor que
una sesión de payasadas para sentirse bien.
Uilt, uno de los miembros más obtusos
del grupo, como quiera que se divertía mucho, no estaba dispuesto a que se
acabara tan pronto la juerga. Así que se levantó, recogió el famoso filete y se
dirigió hacia Zem. Blandiendo el puño como argumento de convicción, se empeñó
en que Zem le diera otro mordisco. Éste, que ante la fuerza de los argumentos
rara vez se resistía, le aplicó una ligera dentellada en la parte menos
caliente. Con una docena de pares de ojos mirándole expectantemente, Zem se
dispuso a repetir su actuación de escupirlo.
Pero, como un relámpago, pensó que era
eso precisamente lo que ellos querían. Si volvía a arrojarlo, volverían a reír
y a hacerle morder aquello. Por eso, con mucha dignidad, según él, y con una
regocijante cara de aprensión según los demás, fue masticándolo para
tragárselo. Cuando lo que esperaba era un fuerte amargor, lo que saboreó fue
una exquisita combinación de sabores y sensaciones que nunca había pensado
pudieran existir. No hizo falta que le invitaran a repetir la experiencia. Él
mismo, levantó la mano y dirigió a la boca el trozo de carne por la misma parte
que acababa de ser mordida. Esta vez, el bocado fue enorme, glotón. Las
expresiones de los demás cambiaron de las de burla a las de perplejidad y
finalmente a las de curiosidad.
Zem se tragaba con enorme satisfacción
el filete. Acababan de presenciar en directo el nacimiento del arte de cocinar.
Como quiera que a ninguno de ellos se
le ocurrió que les estaban tomando el pelo, Güeje, le arrancó de un tirón la
carne restante, la mordió y a mitad del proceso de masticado, emitió su
apreciación positiva al nuevo descubrimiento. El poder acababa de sancionar la
introducción de un nuevo sistema en la vida del grupo.
—Acercad la carne al fuego, pero ¡ojo!,
sin que se queme y luego probadla —les dijo Güeje actuando como un buen
político que sabe ver la oportunidad de aprovechar una situación.
En este momento se daba cuenta que iba
a recuperar su prestigio y de paso a arrinconar a Palb. Así lo hicieron, y como
todos aprobaron el resultado, alabaron la sabiduría del jefe, quien sintiéndose
generoso hizo dos cosas, una consciente y la otra que jamás llegaría a
descubrir.
—Zem, puedes comer tu parte del oso —le
dijo. Esa fue su acto consciente.
Con ello, segunda consecuencia, había
dado lugar al nacimiento de la Economía (¿Eh?)
Un tercero ajeno a la caza y propiedad
del oso, había tenido acceso a parte de lo que sobraba de él, al haber prestado
un servicio, digamos de asesoramiento, o de conejillo de Indias involuntario,
lo mismo da, por el que fue recompensado en justa contraprestación.
Este punto está deliberadamente
exagerado. Su único propósito es poner de manifiesto una disociación entre la
producción del «bien» y el disfrute del mismo.
Evidentemente, todos estos
descubrimientos no se produjeron en el mismo día, ni en el mismo grupo. Quizá
estuvieron separados por decenas de miles de años y de kilómetros. Importa poco
a efectos del objetivo perseguido en esta narración. Ya indicamos que íbamos a
permitirnos alguna que otra licencia. La leyenda que tanto aparece en las
películas, «Los personajes aparecidos en esta obra son ficticios y cualquier
parecido con acontecimientos reales, es pura coincidencia», es perfectamente
aplicable a este libro.
De todos modos, reflexionando un poco
más, no es improbable que, de entre las primeras transacciones, bastantes
fueran intercambios de bienes por servicios. Personas de la misma tribu, pero
no de la misma familia, que ofrecieran ayudas, curas, oraciones, etc. y que
recibieran en pago, algunas provisiones. Se trató, en todo caso, de situaciones
esporádicas. Todavía no de una actividad generalizada.
En cuanto a tomar los alimentos
«cocinados», la tribu abandonó esa moda a los pocos días. Quizá hubo una
discusión acerca de la vuelta a una alimentación más natural. Parece que no fue
hasta hace unos pocos miles de años que la Humanidad usó el fuego para preparar
los alimentos, aunque no exista sobre este extremo un acuerdo generalizado.
El día siguiente fue muy placentero
para el grupo. Como para sumarse a la celebración, el tiempo mejoró, llenando
el otoño de un azul deslumbrante que rivalizaba con el dorado majestuoso de las
copas de los árboles. El sol, por su parte, contribuía proporcionándoles un
cálido confort.
El grupo estaba fuera de la cueva
gozando del aire libre a sabiendas que los días de bonanza estaban dando sus
últimos coletazos. No parecía preocuparles mucho el futuro, tenían carne de
sobra, para más de cinco (|||||) días, casi toda una eternidad. En esos cinco
(|||||) días, con todas sus fuerzas al completo, podrían hacer muchas cosas.
Pero no hoy, hoy era el día después de la caza, o sea, festivo. Era una
tradición que venía de antiguo y que era seguida escrupulosamente.
La festividad consistía en que, a parte
de un breve acto de gratitud hacia Tshak, los niños podrían jugar (pero eso ya
lo hacían todos los días), los hombres dedicarían todo el día al difícil arte
de no hacer nada (a excepción de las siete necesidades fisiológicas básicas) y
las mujeres, por su parte, harían lo de todas las jornadas, además de aguantar
a sus hombres (y satisfacer algunas de dichas necesidades).
Dedicados como estaban a la vida
contemplativa, una voz chillona les arrancó de su ensimismamiento.
—Cuéntame otra vez cómo Palb mató al
oso —preguntó uno de los mocosos a Buop.
Buop se estaba convirtiendo en uno de
los admiradores más destacados de Palb; lo que desde luego no favorecía su
carrera política, puesto que Güeje estaba pensando seriamente apartarlo de sus
listas electorales.
Buop se dispuso a contar con toda clase
de gestos la hazaña, pero como estaba al aire libre, a pleno sol y fuera de la
cueva, de dos zancadas, pensado y hecho, se metió en la susodicha cueva para
salir al poco con el aparato en la mano, presto a hacer una demostración en
vivo.
Hete aquí la piedra dando vueltas, la
totalidad del grupo mirando el espectáculo y el artista de Buop en medio de
todo... Pero como las armas las carga el diablo, el cuero, finalmente, se
rasgó, de suerte que un pedazo quedó fuertemente agarrado a su mano y el otro
acompañó a la piedra en su recorrido. La cabeza del proyectil junto con su
cola, describieron un arco hacia arriba y hacia atrás, dirigiéndose, ya en
sentido descendente, hacia Cío, quien paralizada, no pudo hacer otra cosa que
observar fascinada su caída.
Casi como esperando el ruido sordo de
la piedra golpeando sobre la carne, se encogieron de hombros entrecerrando los
ojos.
Cuando todos los utensilios esparcidos
a los pies de Cío saltaron por los aires hechos añicos, ocurrieron varias cosas
simultáneamente. Cío, ametrallada por astillas y piedrecillas, brincó como
impulsada por un resorte, volvió a usar el arameo para maldecir a Buop, y el
grupo, al unísono, se levantó para socorrer a la accidentada.
El incidente no fue a mayores porque
sujetaron a Uilt, su compañero, y además porque Buop se comprometió a
entregarle su ajuar de algunos caparazones, palos, quijadas y huesos, como
compensación por el destrozo causado. Se acababa de producir el primer accidente
en pruebas experimentales de armas de caza.
Ya olvidado el incidente, dedicaron su
atención al arma y a la necesidad de repararla. No sólo eso, sino que alguien
propuso la idea de construir alguna que otra más.
Zem, bastante más habilidoso, se las
ingenió para hacer un duplicado más resistente al trenzar dos tiras de cuero
que ató a otra gran piedra.
Tener un juguete implica la necesidad
imperiosa de jugar con él. Así que todos y cada uno de ellos, se pasaron el
resto del día practicando con su artefacto, sin que a decir verdad lo hicieran
del todo mal.
Al caer la noche, el grupo se retiró a
la cueva, donde después de cenar, hubo reunión del consejo.
—Hemos de seguir viajando —fue la frase
de Cío que inició formalmente el asunto.
En realidad, no hacía falta que hubiera
dicho nada. Ya todos lo sabían. Había que seguir moviéndose ahora que podían,
sin que el hecho de abandonar esos parajes les representara ningún trauma. El
resto de la discusión se limitó a unas pocas instrucciones intranscendentes y
comentarios banales. Se levantó pronto la sesión y se fueron a dormir.
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La tribu había recalado en la zona
hacía unas cinco lunas. Venían de donde sale el Sol, e iban camino de donde se
pone. Normalmente, no habrían pasado tanto tiempo en el mismo sitio, pero
aquella área era perfecta. Una amplía caverna, cuyo dueño, un oso, sirvió como
cena y manta; la proximidad y abundancia de agua limpia y fresca, la profusión
de vegetación y árboles frutales, gracias a la influencia del río, y sobre
todo, la enorme sensación de seguridad y confort que sentían, hicieron que el
grupo permaneciera en la gruta más tiempo del debido.
Empezaron por ponerse morados a comer,
como nunca en su vida habían podido. Arramblaron con la fruta y tallos
silvestres. Y si bien no cazaron mucho, los ciervos y jabalíes acabaron por
abandonar el lugar, al darse cuenta de la presencia permanente del hombre.
Por otro lado, la zona frutal, que no
era tan grande como creían, al cabo de un cierto tiempo, fue perdiendo frutos
al madurar y caerse al suelo donde terminaban pudriéndose.
Nadie daba la voz de alarma, pues todos
estaban convencidos que un poco más allá habría comida. Y en efecto, así había
sido todos los días, excepto los dos últimos. Por lo tanto, decidieron hacer un
tercer intento y averiguar que había más abajo.
El resultado fue, que allá abajo, había
un pantano maloliente. La decisión estaba clara. Iban a tener que moverse.
Pero un auténtico aguacero otoñal cayó
aquella noche sobre ellos y sobre las montañas. La lluvia continuó todo el día
siguiente de un modo irregular, desde simples chispeos a colosales cortinas de
agua.
El río, fue creciendo e inundando los
parajes adyacentes, y si bien, no hubo, en ningún momento, peligro de que
alcanzase la cueva, el resultado fue que quedaron aislados durante cuatro días,
hasta que el agua se dignó volver a sus cauces.
Cuando pudieron salir, se encontraron
con que la tierra estaba impracticable debido al lodo. Además, el bosque estaba
prácticamente arrasado. De los árboles que quedaban en pie, nada les podría
servir para procurarse alimentos.
Totalmente hambrientos y
descorazonados, fueron arriba y abajo de la montaña, donde la tierra había
sufrido menos, con la esperanza de encontrar algo que comer.
No fue mucho, y en los tres días
siguientes, consiguieron dar caza a algunas pequeñas piezas y obtener algunos
vegetales comestibles.
Lo que conseguían no era suficiente
para pensar en levantar el campamento y vagar a la aventura. Ningún grupo lo
haría, a menos que estuviera tan desesperado que prefiriera arriesgarse, a
sabiendas que iba a perder a la mayoría de su gente.
Lo peor de todo, no era que lo que
obtenían fuese poco, sino que cada vez era menos.
O empezaban el camino bien alimentados
y pertrechados o llegarían muy pocos. No es lo mismo hacer el camino hambriento
y desesperado, a la búsqueda constante de comida, que limitarse a andar y
simplemente reponer lo consumido, en una parte al menos. Finalmente
encontrarían otra zona en la que asentarse por una temporada.
Así de negros estaban los nubarrones,
cuando el propio Palb, descubrió las huellas recientes de un oso que se
dirigían hacia una vaguada situada en dirección donde se pone el sol y a
bastante menos de media jornada de la caverna. Pero, esa parte de la historia
ya la conocemos.
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Muchas, muchas jornadas de viaje.
Lentamente se desplazaban por tierras yermas y con poca caza. Iban cargados con
las provisiones y sus pocos enseres (no es cosa ir vagando por el mundo
acarreando mucho peso). No obstante, no había una gran preocupación puesto que
las provisiones no disminuían alarmantemente.
Zem, ni nadie, podía dedicar mucho
tiempo a mejorar el artefacto ni a otras cosas que no fueran andar, comer,
andar, coger raíces y tallos, andar, cazar, andar, reproducirse y dormir.
Parecían ejecutivos modernos que están tan ocupados en trabajar que no tienen
tiempo ni para pensar.
De hecho, Zem se convirtió en un hábil
cazador (a distancia), en vez de un artesano diseñador y productor de armas.
Pero para que eso se produjera eran precisas unas condiciones que en aquellos
tiempos estaban muy lejos de alcanzarse. Uno no confecciona una cosa que no
pueda llevarse. Uno no produce esa cosa si tiene que estar dedicado
constantemente a procurarse alimento.
El caso de Palb, en nuestros días
habría sido más rentable, pues, por aquel entonces no existían derechos de
patente que le habrían dado acceso a una porción de cada pieza cobrada sin
tener que participar directamente en su caza. No estaba la situación como para
tales sutilezas. Una palmadita en la espalda, un «te recordaremos en todas las
leyendas de la tribu», pero ahora, como todos, a cazar. A Palb, claro, esto le
parecía correcto.
Un día, divisaron otro grupo que
acampaba en un páramo. Con las debidas precauciones por ambas partes se produjo
el proceso de acercamiento. Respetando el protocolo completamente, en la
distancia se avisaron, señal de que no pretendían atacarse, alzaron y mostraron
sus manos vacías, indicando que no pensaban usar las armas. Estando ya
establecido que se trataba de una visita de cortesía, las mujeres y los retoños
del grupo de Güeje, salieron de detrás de los hombres y se pusieron a su altura
a la vez que echaban a andar despacio. Algo parecido hicieron en la otra tribu.
Saliendo de sus escondites, se reunieron con sus adultos, y allí, esperaron a
los forasteros.
Cuando entraron en contacto, los
hombres, dejando sobre el suelo sus armas, procedieron a estrecharse ambas
manos, agarrándose por los antebrazos, símbolo universal de que no ocultaban
ninguna arma.
Continuaron durante un buen rato con
los saludos rituales y puesto que no había forma de entenderse (sólo algunas
pocas palabras parecían significar lo mismo), usaron el lenguaje de las manos
para comunicarse.
En medio de tanto formalismo, uno de
los miembros de la otra partida se percató del invento de Palb. Señalándolo con
el índice, encogiéndose de hombros, alzando las cejas y proyectando su barbilla
en dirección a la cosa, hizo la eterna pregunta:
—¿Qué es eso? —(Traducción literal).
La naturaleza humana es de tal forma
que le es casi imposible dejar de comunicar a terceros sus logros. Y ellos no
iban a ser la excepción. Con alegría, no exenta de precipitación, todos a la
vez se aturrullaron en explicarlo. Palabras, gestos, demostraciones y más
palabras, gestos y demostraciones. Primero, los de la otra tribu entendieron
más bien nada. Luego, poco a poco, se fue haciendo la luz. Quedó claro, que uno
de ellos, un tal Palb, había sido el inventor y que con ello se podía cazar
infaliblemente (incluso al terrible oso de las cavernas).
La cara de admiración y respeto de los
otros fue pago más que suficiente al orgullo de la tribu de Güeje ya que por
aquel entonces no estaba de moda pagar por información sobre alta tecnología,
(los consultores aún no existían).
Era el momento de narrar por centésimo
segunda vez (la primera, sin embargo, para los de la otra tribu) toda la
historia de la caza del oso. Ya habían anticipado trozos, pero estaban ansiosos
por contar con pelos y señales toda la hazaña.
Al finalizar, los del otro grupo no
podían dejar de disimular su admiración, cosa que hizo aumentar la satisfacción
de los de Güeje. Inevitablemente, en los anfitriones fue creciendo
progresivamente el deseo de poseer uno de los proyectiles. Señalando el primero
de ellos con el índice de nuevo, extendiendo, a continuación, la mano abierta
en amplio abanico sobre las posesiones de los anfitriones y con los puños
semi–cerrados a la altura del pecho moviéndose hacia adelante y hacia atrás,
lanzaron su proposición:
—Te lo cambio. Elige lo que te gustaría
—(Traducción fidedigna).
«Bueno —pensó Güeje—, esta es una nueva
moda que se está imponiendo en nuestros días. El trueque tan sólo llevará unos
pocos miles de años, y no es cosa que se diga que no estamos a la última.
También hay que pensar que no nos cuesta mucho fabricar uno de estos cacharros,
así que veamos que nos ofrecen». Se encogió de hombros y puso cara de póker.
—No sé —(Traducido). El resto, es el
extracto literal del acuerdo.
—Mira, tenemos muchas frutas. ¿No te
gustaría esa maza? ¿Carne de ciervo? ¿Te has fijado en estos cuchillos?
—ofreció el otro.
—No sé, ya tenemos... —respondía Güeje,
mientras el resto de la tribu asistía interesado al trato. Finalmente se
decidieron por la carne, las frutas, un par de cuchillos y un hacha de piedra.
Pararon de pedir cuando los otros empezaron a poner cara de mosqueo.
Durante aquellos tiempos el trueque no
estaba muy extendido, a las dificultades de comunicación existentes había que
añadir el hecho de que no había mucho que intercambiar. En nuestra definición
le dábamos al cambio una importancia fundamental, de hecho lo considerábamos
como una condición necesaria. No obstante, el cambio en sí, no es una condición
suficiente. En esa época, la práctica inexistencia en términos reales de
un excedente, impedía un gran desarrollo de la Economía.
Analizando lo sucedido, ¿qué
significaba el acuerdo alcanzado? Por un lado la tribu de Güeje, conseguía unas
provisiones que reponían sus existencias garantizando por unos pocos días más
su sustento. Por el otro, para la tribu que conseguía el artefacto y la
tecnología para reproducirlo, significaba una mejora en su manera de realizar
la caza. No está nada mal en principio. Pero eso no implicaba que el grupo de
Güeje dejara de depender de su propia caza, ni que los otros no tuvieran que
fabricarse en un futuro más artefactos. Ninguno de ellos generaba mucha
«riqueza» y ni mucho menos se producía una especialización del trabajo, en el
sentido que unos cazaran y otros produjeran armas, que luego podrían cambiar
por el excedente de caza de los primeros. Seguían todos
haciendo de todo. Se trató de los primeros pasitos, y por tanto hemos de
concederles la trascendencia que tuvieron como tales.
Después de proseguir su camino al día
siguiente, la rutina del viaje se volvió a imponer. Fueron pasando los días, y
el invierno fue alcanzando su pleno apogeo.
Un día sucedió. Zem hacía tiempo que
notaba la vista borrosa. Debía entornar los ojos si quería imágenes algo más
claras. Pero ese truco le servía de poco en las zonas de poca luz, como en la
penumbra de ese bosque donde estaban cazando. Vio tarde un bulto que se le
venía encima, precisamente el de un jabalí acorralado. Pateado, ensartado por
sus colmillos y mordido en mil partes, Zem quedó seriamente herido. Le
atendieron lo mejor que supieron, lamiéndole las heridas e invocando a Tshak
por su recuperación.
Permanecieron tres días a la espera de
la evolución de Zem, quien no mejoraba. Lo esperaron porque podían hacerlo,
tenían alimentos y aquella zona, aunque mala, podría proporcionarles algo. La
convicción, nunca expresada en voz alta, era que Zem no se sobrepondría. Los
desgarros en muslo y pantorrilla eran muy feos y le tenían inmovilizado.
Además, desde hacía poco, daba alaridos, sudaba y la pierna le olía de un modo
raro.
De nuevo la decisión estuvo clara. No
es que sintieran un especial afecto por nadie. Todos los miembros eran
necesarios para el grupo y por eso eran valiosos. Pero no podían permitirse
sentimentalismos. De hecho no los conocían. Zem iba a quedarse solo, abandonado
a su suerte. Habría un miembro menos.
Cuando levantaban el campamento, Zem se
dio cuenta. Con auténtico pánico, redobló sus gritos de que lo ayudaran, que lo
llevasen con ellos. Pero sabían que no podían quedarse a cuidarlo hasta que,
probablemente, se muriera, ni cargar con él arrastras todo el invierno. Aunque
no muriera, sería muy difícil que volviera a poder andar. Ese era un lujo que
tampoco podrían permitirse, todos tenían que contribuir a la tribu.
Alguien dejó a su lado un poco de agua
y de comida, y sin mirarlo, abandonaron el lugar.
—No me dejéis —suplicaba.
Los gritos aún se oyeron durante un
rato, cada vez más lejanos y lastimeros. Pero Zem había salido definitivamente
de su mundo. El resto del invierno fue muy duro. La buena suerte parecía
haberlos abandonado. Dos niños muy pequeños murieron después de enfermar. Era
lo normal. También era normal que murieran los jóvenes. Alocados e imprudentes,
se arriesgaban sin ton ni son. Los mayores aunque se lo advirtieran, no
conseguían meter en sus molleras la pizca de sentido común que precisaban.
Tres machos jóvenes murieron
estúpidamente a lo largo del invierno. Uno se perdió en la nieve (se les decía
que era traidora, que no se alejaran mucho si iban solos, que cuidado con las
tormentas). A otro lo cazó una manada de lobos (se les decía que convenía
alejarse de los lobeznos, que no jugaran con ellos). Y el tercero se las
compuso para partirse el cráneo al caer de un árbol (se les decía que no
practicaran deportes de alto riesgo).
Como consecuencia de estas muertes,
otro problema se les vino encima. Las tres jóvenes compañeras de los muertos
estaban preñadas. Sus hijos no iban a tener hombres que los sustentaran, lo
que, junto a la abundancia de niños y a los otros dos embarazos en curso, iba a
provocar una exceso de población a la que iba a ser muy difícil alimentar. La
ley era dura. Los niños sobrantes eran eliminados. Cuando Kiy, la primera
parturienta, acababa de expulsar el feto, Leru se lo arrebató y sin darle
tiempo a iniciar el llanto, le dobló el cuello. Se lo llevó y arrojó el cadáver
a un agujero que cubrió con tierra y piedras.
Kiy conocía lo que iba a pasar. Se lo
habían explicado. Pero el sentimiento de dolor que le sobrevino fue tan intenso
que le era imposible mitigarlo. La supervivencia del grupo era lo primero, por
encima de cada uno de ellos.
Muy poca actividad de la realizada por
este hombre de hace unos 200.000 años puede ser considerada como económica.
Estaba tan involucrado en conseguir sobrevivir todos los días que no podía
dedicar tiempo a otra cosa. Si bien era ya un hombre, dominaban en él los
rasgos del depredador. En unas condiciones de vida terribles bajo nuestra
perspectiva actual, fue abriéndose paso lentamente y lo que es más importante
fue abriendo el camino hacia lo que somos hoy en día.
Nuestra tribu sobrevivió aún miles de
años. Su ventaja a la hora de cazar, aún no le proporcionó un excedente que
le permitiera «garantizar» su vida, pero mejoró sus posibilidades de conseguir
subsistencias, al menos un poco. Y ese poco fue mucho; dice un proverbio que un
largo viaje empieza por un sólo paso.
En efecto, y aunque la historia de tan
dilatado período, no trajera una gran cantidad de novedades al sistema de vida
de este Homo sapiens, durante los siguientes ciento y pico mil
años, los neardenthales fueron aprendiendo nuevas técnicas que, gracias a los
intercambios con otras tribus, fueron expandiéndose. También empezaron a
organizarse mejor, a ser más solidarios con el grupo y a depender cada vez
menos del día a día. Hacia el final de su época, y coincidiendo con un periodo
glacial, ya eran capaces de conservar alimentos que les permitieran sobrevivir
en aquellos terribles inviernos. No obstante, eran una raza que ya no
evolucionaba. Habían alcanzado su zenit, cuando otro pueblo, venido del Este,
hizo aparición en escena. Probablemente fue el causante de la extinción de los
neardenthales. Su menor inteligencia y capacidad de adaptación, haría que
fueran siendo arrinconados hacia lugares cada vez más inhóspitos. Aunque, eso
es algo que no sabemos a ciencia cierta.
Demos, pues, un salto para encontrarnos
con ese otro grupo.
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Nos hallamos ahora, a finales del
invierno de hace unos 25.000 años (metro arriba, metro abajo), en una comarca
de características nada semejantes a las que hemos descrito anteriormente. Ante
nosotros, un panorama helado...
El montón de paja
Arropado hasta el cuello y encogido
todo lo que podía dentro de sus pieles, Palle avanzaba muy lentamente en medio
de la ventisca. Por la posición del sol y la distancia que le faltaba por
recorrer, se daba cuenta de que iba a tener muy difícil llegar a su campamento
antes de la caída de la noche. Aquella mañana había salido de exploración en
busca de huellas de animales que el grupo pudiera cazar. También de alguna zona
con raíces comestibles, que habría que desenterrar. Le llevó más tiempo del
previsto porque tuvo que dar varios rodeos motivados por las profundas grietas
en el hielo con que se encontró a lo largo de la ruta. Cuando los síntomas de
la ventisca aparecieron, Palle, se dio la vuelta hacia su campamento con el
corazón encogido. Apretando el paso y sin que el miedo le hiciera en ningún
momento cometer un error, siempre fatal en la nieve, fue recorriendo de regreso
el camino hacia la seguridad del grupo.
Ahora, en medio de la tormenta y con la
noche excesivamente próxima, era el momento de pensar qué hacer. La temperatura
ya estaba cayendo y en breve, sería de tal magnitud que ningún hombre podría
hacerle frente a la intemperie durante mucho tiempo y menos toda la noche.
La memoria colectiva de la tribu
marcaba qué hacer:
«Coge ramas con hojas, heno, musgo,
paja, todo lo que encuentres. Coge mucho, has de formar un montón que sea como
tú de largo y un trozo más, y de alto, poco menos. Ponlo a buen recaudo de los
vientos, detrás de una roca o medio entiérralo en la nieve. Luego trénzalo para
que no se vuele y por último cúbrelo con tus pieles, sujetándolo lo más fuerte
que puedas. Métete dentro y duerme.»
Así lo hizo, y moviéndose con celeridad
y habilidad fue amontonando debajo de un gran peñasco que hacía de parapeto
contra el viento, toda clase de materiales. Evitaba que se le volaran,
colocando encima algunas piedras de tamaño medio. Cuando consideró que tenía
suficiente, procedió a formar su refugio y lo remató con sus propias pieles que
sujetó a la parte superior del gran haz que había realizado, metiéndose de
inmediato dentro.
Mientras el sueño iba venciéndole, el
destello de una idea le rondó por la cabeza. Sin ser nada definido, sintió como
un cosquilleo en la boca del estómago, la ansiedad de algo importante pero cuyo
significado se le escapaba. Con esa sensación se durmió.
Al despertar, confuso, tardó unos
instantes en recordar donde estaba. Se encontraba calentito y perfectamente.
Sólo la ligera molestia de la hierba en la cara y en la boca, que
inmediatamente escupió. Se asomó y comprobó que el sol acababa de salir.
Bien, pensó, es hora de poner manos a
la obra. De repente y sin saber cómo, le volvió la inquietante sensación de la
noche anterior. Con la cabeza asomando, quedó quieto un buen rato dándole
vueltas y más vueltas, sin acertar a saber de qué se trataba.
«Sea lo que sea —se dijo—, volverá a
aparecer y si no, es que tampoco valía la pena. ¡Arriba holgazán!»
Se vistió rápidamente después de
deshacer su lecho, orinó largamente y emprendió el camino a casa.
Intermitentemente le volvía el pensamiento y de la misma manera se le iba. De
este modo fue todo el rato, hasta que finalmente llegó al campamento.
Salieron a recibirle con indudables
muestras de contento y de alivio, especialmente de Leto, su mujer. Palle que en
otras circunstancias, ante sus preguntas, habría relatado su incidente con
pelos y señales, dándose importancia y destacando su propia inteligencia y
sangre fría (pero eso sí, como sin darle importancia, con modestia), no se
sentía, ahora, muy comunicativo.
—Me atrasé y como vi que no podría
llegar a tiempo, me cubrí con ramajes y pasé la noche al abrigo de un peñasco
—fue toda su explicación.
—¡Ah! —le respondieron. Y como por su
cara no parecía fueran a poder sacarle mucho más, se dispersaron y cada uno se
largó a lo suyo, excepto Guefre.
—¿Encontraste rastros o alguna otra
cosa? —fue la pregunta, ya en plan profesional, del jefe.
—No, nada —fin de la conversación. Su
cabeza seguía en otro sitio.
El resto de la mañana lo pasó sentado,
muy quieto, mirando fijamente un pequeño montón de pieles que el mismo había
sacado de la cueva.
Leto, intrigada lo dejó estar un rato.
Después de Yirna, la mujer de Guefre, Leto era la más importante del grupo. No
sólo por su sabiduría sino también por su presencia física y carácter, dominaba
a todos sin necesidad de la autoridad que representaba ser la mujer de alguien.
De impresionantes dimensiones, sus caderas y pechos eran el ideal de fecundidad
y feminidad deseadas por todos los hombres. Había dado a luz muchos niños, la
mayoría de ellos sanos y robustos. Cinco sobrevivían y todavía tendría muchos
más. Algunas veces recordaba a Palle, antes de emparejarse definitivamente con
él, entregándole una hermosa estatuilla suya, que la representaba
encantadoramente. Palle siempre había sido ingenioso y habilidoso.
Cuando lo consideró oportuno se dirigió
a su pareja.
—¿En que estás pensando todo el tiempo?
—le espetó.
—No lo sé. Algo me ronda la cabeza
desde que me hice el refugio anoche —fue su respuesta.
—Cuéntame —le animó a seguir Leto.
Mientras lo escuchaba, una imagen se le
fue formando en su mente. Lo estaba viendo. La peña, el montón de paja y
hojarasca, todo tapado por las pieles, y a Palle dentro, al abrigo de los
elementos. Esa imagen era muy fuerte. ¿Por qué hemos de depender de las
cavernas para poder vivir en una zona? El refugio de Palle era la respuesta.
¡No harían falta las dichosas cavernas!
—Haz otro refugio —le indicó Leto. No
era momento de grandes explicaciones. Había entendido la preocupación de su
marido y sin teorizar en lo más mínimo, quiso ver aquello, palparlo y probarlo.
Palle, que conocía a su mujer y la
fuerza de su carácter obedeció. No habían sido infrecuentes las trifulcas,
hasta que paulatinamente fue comprendiendo que Leto mandaba en su reino, como
todas las madres de la tribu. Además, la idea le parecía excelente y se
preguntaba porqué no se le había ocurrido a él primero. «Si hasta he sacado yo
mismo las pieles», pensó.
Con su ímpetu habitual, Palle se puso a
la faena. Mandó le ayudaran sus dos hijos mayores, a los que envió a por
rastrojos. Los chavales, medio extrañados medio divertidos, comenzaron a
amontonar las brozas, yendo con cuidado de que no se les volara todo en un
repentino ramalazo de aire.
Cuando Palle consideró que las medidas
eran adecuadas, lo cubrió por encima, atando las pieles entre sí o ayudándose
con algunas hojas largas que había trenzado previamente. Al acabar retrocedió
varios pasos y contempló su obra. No estaba mal. No se parecía a nada de lo que
él conociera. Que supiera, no existía ningún animal todo barriga multicolor,
sin cabeza ni patas.
—Bueno, esto ya está. Llamad a vuestra
madre —ordenó a sus chicos.
Leto llegó, lo vio y se metió dentro.
Pasó un rato y salió. Dos conclusiones había sacado, se estaba bien (caliente y
cómodo) y que tanta paja era una lata. Ese era el refugio que ya conocían. Como
algo provisional resultaba pasable, pero no era lo que necesitaban para
solucionar sus problemas de vivienda.
Mientras tanto, los críos y restantes
curiosos se fueron alejando, pues allí parecía que no existía ya nada de
interés.
Leto se volvió a meter dentro del
refugio, donde se las ingenió para vaciar la parte de arriba, quedando una zona
libre entre la paja y las pieles. La razón por la cual no caían las pieles al
nuevo nivel de la paja era, evidentemente, la cabeza de Leto.
—Dame un palo —pidió a Palle, asomando
la cabeza. Este encontró una lanza de juguete de los críos y con ella en la
mano la alzó en la distancia en dirección de Leto.
—¿Te vale ésta? —gritó desde el otro
extremo del campamento.
Leto, ya con el palo dentro, consiguió
plantarlo a modo de mástil en el centro del refugio. Como quedaba corto, vació
más hierbas y logró mantener una cámara de aire. Poniéndose de rodillas, las
hierbas le llegaban a la altura de los hombros y las pieles se encontraban unos
pocos dedos por encima de su cabeza.
—Pasa, Palle —le pidió.
Este para entrar, apartó más paja. Una
vez dentro, dio una mirada circular a su interior y sintió la misma sensación
de bienestar y abrigo de la noche anterior. Era como cuando de pequeño, al
jugar al escondite, conseguía un sitio oculto y se tapaba con algunas ramas o
matorrales. Tenía ese sentimiento de estar mágicamente aislado y protegido.
Nadie le podía ver, nadie le podía atacar.
Por lo demás, allí dentro la
temperatura era muy agradable. El calor de los dos cuerpos calentó no sólo el
interior, sino que inflamó a Palle. De rodillas, como estaba, hizo que Leto se
inclinara hacia adelante y la tomó. Como la cosa más natural del mundo, nadie
prestó atención a los meneos de las pieles y a los gritos ahogados que surgían
de la tienda. Se quedaron, luego, adormecidos.
Al poco tiempo, los ruidos normales del
campamento les fueron llegando haciéndoles volver lentamente de la semi–
inconsciencia de la siesta.
Leto y Palle se pasaron los siguientes
días trabajando en aquel proyecto de tienda. Habían quitado casi toda la paja.
Sólo dejaron una poca a modo de alfombra. El mástil, ahora mas alto y robusto,
lo hincaron ligeramente en el suelo, y unieron las pieles con trenzas y
pequeños palos tapando los resquicios por los que pudiera entrar el aire frío
del exterior. Dejaron sin unir una pequeña rendija por la que poder entrar y
salir. Por la parte del suelo, sujetaron los bordes con piedras.
La tienda era pequeña, muy puntiaguda,
alta en el centro y con unos laterales que rápidamente descendían hacia al
suelo. El palo en medio, restaba movilidad en su interior. Más de una vez lo
habían tumbado de un empellón involuntario, cayendo las pieles suavemente sobre
el ocupante descuidado. Por ese motivo, lo acabaron clavando profundamente en
el suelo.
Una noche, no tan fría como las
anteriores, abrigados con más pieles que nunca, dijeron al resto de la tribu,
que iban a dormir en su tienda. Sentían ese impulso, algo desde dentro de ellos
les impelía a hacerlo. En verdad, era Leto quien tenía tal impulso y la que
había manifestado ese deseo. Palle, la siguió porque no pensaba dejarla sola.
El resto del grupo, al igual que se repetiría innumerables veces a lo largo de
la Historia, se burló de ellos y los tomó por tontos, sino por locos.
Pasaron la noche más despiertos que
dormidos. Excitados y temerosos, se preguntaban continuamente si se sentían
bien. Con el acuerdo expreso de que a la más mínima señal de frío o peligro
saldrían corriendo hacia la caverna. Sin fuego, pero muy bien aislados del frío
y de la nieve, pudieron aguantar la noche. Un par de veces oyeron los pasos de
Bope, su amigo, que vino a interesarse por ellos, no fuera que su aventura
acabara de mala manera. Le aseguraron que todo andaba bien, con lo que más
tranquilo, pero poco convencido, hicieron que se volviera a su lecho. El alba
les sorprendió abrazados. Las dos capas de pieles, las de la tienda y las que
actuaban como mantas, los mantuvo calentitos.
Leto y Palle, acababan de construir una
cabaña, la primera. Totalmente rudimentaria y poco funcional, si bien conseguía
su primer objetivo, resguardarlos del frío del exterior.
Esta cabaña, a la que habían dedicado
muchas horas de trabajo, en sí misma, no tenía nada de «valor». Ningún miembro
de la tribu, salvo nuestra pareja, sentía el más mínimo interés por ella, ni
tampoco les proporcionaba utilidad alguna porque la cueva les era más que
suficiente en amplitud, comodidad y seguridad.
Por tanto, lo que habían hecho Palle y
Leto no podía ser considerado como una actividad económica. Imaginemos dos
niños en la playa haciendo un castillo de arena.
Al explicar todo esto, imagino, estoy
creando confusión más que aclarando cosas. No nos preocupemos. Retengamos sólo
una cosa, nuestros amigos han construido algo, impulsados por una fuerza
interior que desconocen y cuya finalidad tan solo perfilan vagamente.
Yirna y Leto se llevaban a morir. La
una pensaba que la otra era una métome en todo, que de todo quería enterarse o
que de todo pretendía saber. Sin el más mínimo miramiento a su condición de la
mujer de Guefre, osaba contradecirla y criticarla. Yirna, según la costumbre,
debía ser objeto de respeto y con el paso de los años, de una auténtica
veneración, y Leto se empecinaba en llevarle la contra. No era de extrañar que
la tuviera atravesada como un hueso en la garganta.
La otra pensaba que Yirna era una
cabeza hueca integral, más preocupada en que las otras (y en que los otros) le
hicieran la pelota y le rindieran pleitesía, que en ocuparse de las tareas que
eran necesarias realmente al grupo. Charlatana y mandona, descuidada e
imprudente, se dedicaba a pasar el día yendo de aquí para allá, interrumpiendo,
molestando y exigiendo pequeñas atenciones que maldita falta hacían.
No era, pues, raro que las chispas
saltaran cuando ambas estaban cerca. Siempre que discutían, se diría que
temblaban las graníticas paredes de la caverna. Como la pelea continua, cansa y
desgasta, llevaban ya algún tiempo practicando sólo la guerra fría. Guerra que
se calentaba en cuanto una de las dos veía una buena oportunidad de zurrar a la
otra.
Yirna había visto la oportunidad.
Estuvo rumiando todo el día lo que «comentaría» acerca de la experiencia de
Palle y Leto dentro de aquella cosa toda la noche anterior. Después de la cena,
en la cueva y con todos reunidos a la luz del fuego, atacaría.
—¡Qué cosas! Pensaba que tantos días
dedicados a hacer una necedad semejante tendría algún propósito —empezó con
fuego graneado Yirna—. Parecía que alguien quería librarse de nosotros.
Leto calló y encajó. Los demás quedaron
mudos de repente. Olían la electricidad en el ambiente.
—Hacen algo, van a la suya, no oyen
nuestro consejo. ¿Y para qué? —continúo Yirna—. Ahora no dicen nada y vuelven.
¿Acaso no somos lo suficientemente buenos para ellos? ¿Es que quieren estar
lejos de nosotros?
Una risotada general retumbó en el
interior de la cueva. Las burlas y murmuraciones de los días anteriores se
materializaron alrededor del fuego con una fuerza que, se diría, hacía que las
llamas danzasen más trémulas que nunca.
—La que siempre me está criticando
porque no hago nunca nada de provecho... —continúo Yirna, ya cuesta abajo y sin
frenos.
—Mi querida Yirna —habló Leto con una
suavidad y delicadeza que habría sorprendido a quien no la conociera, sobre
todo después del varapalo recibido—, por mí puedes irte a...
—Gracias Leto, tu amabilidad me
conmueve —dijo con una sonrisa igual de candorosa que la de su oponente—; tú,
siempre, tan amable.
—Yirna, si fueras capaz de mirar más
allá de tus narices — empezó el contraataque Leto—, comprenderías que esa
«tontería », como tú la llamas, sí que puede sernos útil.
—¡Seguro! Ha servido para que nos dejes
una noche tranquilos. Confío que se repetirá.
Leto estuvo a punto de volver a
enviarla al mismo sitio y que si esperaba que volviera a dormir fuera, lo tenía
claro. Pero, se mordió la lengua a tiempo. Precisamente era lo que pretendía
Yirna. Que dijera que no dormiría en ella nunca más, con lo que implícitamente,
reconocería que habían estado trabajando en una tontería. La respuesta de Yirna
sería tan rápida y cortante que la dejaría malparada para el resto de la
discusión. Habría perdido. Y no sólo la discusión, sino que en el futuro, no
perdería ocasión para restregárselo por las narices a la más mínima. Eso era
algo que no estaba dispuesta a permitirse.
—¡Por supuesto que lo repetiremos! —fue
su finta—. Pero no creas que es para que tengas el placer de perdernos de
vista. Pensamos irnos dentro de unos días a pescar a los lagos negros, donde
estaremos todo el tiempo que queramos hartándonos de peces.
A la vez que improvisaba se volvió
hacia Palle, a quien con una mirada dejó sin opción a contradecirla.
—Quien quiera venirse con nosotros dos
y los niños, será bien recibido. Pensadlo, días y días comiendo sin parar
truchas, percas y cualquier pez que se ponga a mano.
Para consternación de Yirna, la
propuesta de Leto hizo mella en varios de ellos, la tentación de comer todo el
pescado que quisieran fue demasiado fuerte. Al hombre se le conquista por el
estómago, según se dice. Al final, se les unieron no sólo su amigo Bope y
familia, si no también los Dag, que eran de lo más majo, especialmente Shemi,
su primogénito.
Yirna, que veía perdida la batalla si
seguía, erre que erre, atacando a Leto, tuvo que buscar una salida airosa. Y
nada mejor que un reto camuflado dentro de una fórmula de cortesía.
—Estoy segura que nos traerás unos
cuantos peces a los que nos quedamos a cuidar el campamento —se zafó Yirna de
una manera que el guante seguía desafiante (¿Serás capaz de hacerlo?).
—Tenlo por descontado —fue la inmediata
respuesta.
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Los siguientes días, además de la
actividad habitual, el grupito se dedicó a preparar la excursión a los lagos
negros. Las pieles constituían un problema, pues era evidente que no serían
suficientes para elevar tres cabañas. Leto, obvió la cuestión, farfullando un
no sé qué acerca de críticas poco constructivas. Ya se las apañarían.
Por otro lado, los tres hombres se
dedicaron, con auténtico placer, a construir sus arpones. Usaban largos huesos
de animales que afilaban en uno de sus extremos a la par que los dentaban hacia
atrás para, una vez ensartado el pez, evitar que se escapara.
También pusieron a punto sus armas e
hicieron acopio de provisiones. Ya con todo preparado, iniciaron su marcha sin
muchas despedidas protocolarias. Jornada y media iba a costarles el camino.
Hicieron noche debajo del saliente de una roca que era sitio obligado siempre
que iban a los lagos. Al calor del fuego y bien envueltos en sus pieles
durmieron hasta que el sol salió. Evidentemente, aquel sitio carecía de las
comodidades de una buena cueva pero el sentimiento de aventura les compensó más
que de sobra (curiosamente hoy pasa lo mismo, nos encanta dejar por unos días
nuestro confortable hogar para pasarlos en contacto con la naturaleza y sus
bichos).
Llegaron con el sol muy alto, así que
no tuvieron tiempo de recrearse en el majestuoso panorama que se abría ante sus
ojos. Era de un contraste maravilloso, con una amplia variedad de colores, el
verde casi negro de los bosques, el blanco de las nieves sobre las montañas y
sobre buena parte de las tierras que circundaban las aguas, pero sobre todo el
azul obscuro de aquella laguna recientemente liberada de sus hielos.
Sin apenas detenerse a reponer fuerzas
y comer algo, se pusieron a montar su cabaña. Iba a ser demasiado pequeña. La
estructura de un único mástil y la escasez de pieles para montar más de una,
tuvo como resultado que pasaran la noche hacinados en su interior, sin poder
tumbarse. No fue extraño, pues, que el palo acabara siendo derribado y que las
pieles se vinieran sobre sus cabezas formando un bulto irregular, en vez de la
airosa tienda que se suponía tenía que ser.
Por la mañana, entumecidos por la mala
postura aunque no fríos, salieron de aquel desastre.
—Esto no está nada claro —comentó a
guisa de buenos días Dag— otra noche igual y me vuelvo «pa'l» pueblo.
El sentimiento era compartido por
todos, pero antes de volver con el rabo entre piernas al campamento, donde
serían objeto de las más corrosivas burlas de los demás, decidieron hacer otro
intento.
Fue el propio Dag quien tuvo la primera
inspiración. A no mucha distancia de los restos informes de la tienda, existía
una hoya redonda. Su largo era superior a dos hombres. De hondo, después de
haberlo comprobado apartando algo de nieve, llegaba hasta el pecho de Dag en el
centro y hasta los muslos, en los lados.
—¿Por qué no quitamos la nieve ahí
dentro, lo rellenamos con paja y montamos la tienda sobre ese agujero? —lanzó
su pregunta al grupo, pero mirando sobre todo a Leto.
Después de no pensárselo mucho, pues
era evidente que allí cabrían todos y necesitarían menos pieles gracias a que
parte de las paredes ya existían, se pusieron a la tarea.
Limpiar la hoya y llenarla de brozas
fue la parte fácil y rápida. Montar las pieles, era lo que no estaba claro; ni
si serían suficientes ni si aguantarían en pie. Después de dos intentos, se
hizo patente que sólo con el gran palo en medio, la tienda acababa por los
suelos, pues al estirar por una parte para que apenas alcanzara uno de los
bordes, dejaban al descubierto el lado opuesto y el mástil se vencía o se
partía.
Una vez más, alguien tuvo una idea. En
este caso, fue Wami la mujer de Dag. Wami, pequeña y delicada, era la que más
tirria le tenía al palo del medio. No en vano, lo había tenido incrustado en su
costado toda la noche. Ella fue la que, agarrotada por la falta de movimiento,
dio con palo y tienda por los suelos al intentar desentumecer sus músculos. A
más abundamiento, sólo ella fue herida en el incidente. Una larga astilla le
arañó la espalda. Un simple rasguño superficial, nada grave, pero que le escocía
irritantemente.
Lo primero que pensó fue plantar el
mástil sobre los bordes, en vez de en el centro, dejándolo inclinado de tal
manera que su parte superior estuviera, más o menos, sobre la perpendicular del
centro del agujero. Con el acuerdo de todos, se probó la alternativa.
Fue bien en principio, pero cuando
dejaron de sujetarlo después de colocar las pieles, se vino abajo de nuevo. Sin
desanimarse reemprendieron la tarea. Palle puso otro palo opuesto al primero,
inclinado como aquél y juntándose en el extremo superior, donde fueron atados
finalmente los dos.
Al volver a cargarlo con las pieles,
resistió, pero más que una cabaña parecía un pellejo secándose al sol. Al
estirarlo de uno de los lados para dejar espacio en el centro, la tienda se
inclinó peligrosamente en dirección de Bope que era quien estaba tirando. Si
aquello hacía un pequeño estirón, un vendaval se la llevaría sin ninguna clase
de resistencia.
Ya sin saber de quien eran las ideas,
pusieron otros cuatro palos más. Cuando lo tuvieron acabado, comprobaron que a
simple vista aquel armazón tenía un aspecto como de muy resistente.
Por tercera vez lo cubrieron de pieles,
sin que pudieran cubrirlo completamente; quedaba una franja de la altura de un
brazo entre el suelo y las pieles. La taparon con ramajes y broza, que ataron a
los postes y entre sí. Remataron la protección de la parte de abajo, colocando
sobre el borde grandes piedras que dieron al conjunto una presencia y acabado
realmente imponentes. Su contemplación proporcionó a sus almas el mismo
sentimiento de orgullo y complacencia que sintió el Hombre del Medioevo al ver
acabadas sus esbeltas catedrales góticas. Estas tres parejas habían puesto, de
hecho, la primera piedra de estas catedrales, y también de nuestros modernos
edificios.
Pasaron varios días en los lagos
negros, pescando, recolectando frutas y durmiendo confortablemente en su
«casa».
Estaban saciados de peces, que pescaban
introduciéndose en las aguas hasta no más allá de sus muslos, permanecían
quietos hasta que una trucha o una carpa pasaba cerca de ellos. Entonces, de un
rápido arponazo, la atravesaban y con ella ensartada, salían del agua demasiado
fría como para aguantar mucho tiempo en ella.
Leto, los dos últimos días, animó al
grupo a hacer un buen acopio de pescado, pues no había olvidado su promesa a
Yirna.
La última mañana, nada más despertarse,
desmontaron las pieles, cargaron con sus aparejos y provisiones y emprendieron
el camino de vuelta.
—Yirna, querida, ha sido maravilloso
—fue lo primero que dijo nada más verla—. Puedes comer todos los que quieras.
—Muchas gracias, Leto —respondió
resignada y hábilmente Yirna, quien sabiendo perdida esa batalla, inició la
retirada a la espera de otra oportunidad mejor.
Aquella noche, como era de rigor,
contaron otra vez la historia, repetían lo que los últimos en llegar no
conocían, añadían trozos que aún no habían narrado, e incidían con auténtico
deleite de todos, en las partes más interesantes y divertidas.
Y cuentan las crónicas que la tribu
pasó el verano en los lagos; que volvió al siguiente; que, algunas generaciones
después, se estableció definitivamente en ellos, pues no sólo había pesca y
frutos, sino también gran variedad de caza y que las cabañas que montaban en
verano y desmontaban en otoño, se hicieron casi permanentes...
...Y con ello sentaron los cimientos de
una de las actividades económicas más grandes de la Historia de la Humanidad,
el Negocio Inmobiliario.
El hombre había sido un depredador que
dormía a la intemperie en unas áreas muy limitadas: con caza y plantas o frutos
comestibles, con agua y con una temperatura soportable. En ese mismo sentido,
debía seguir a sus presas cuando éstas realizaban los movimientos migratorios
obligadas por el ciclo verano-invierno.
Posteriormente habitó en cuevas, lo que
le permitió permanecer en zonas que por su clima le sería imposible vivir sin
cobijo.
Con la construcción de tiendas, como
hemos visto, el hombre quebró una de las limitaciones que lo mantenían atado a
unos pocos lugares de la Tierra. De hecho, los primates no se han expandido más
allá de las áreas cálidas o templadas a las que están adaptados.
La importancia de este avance es
descomunal, el hombre podrá vivir en adelante en todos aquellos sitios
que necesite. Y empleo la palabra «necesite» con toda
intención. Ya que no sólo me refiero a zonas en la que no haya comida. Existen
muchos «poblados» en zonas sin apenas recursos alimenticios, pero que están
íntimamente ligados a la consecución de determinados «bienes» que cubren otro
tipo de necesidades. Si bien, en nuestra historia, la única necesidad que
satisfacen es alimenticia, ampliar su zona habitable de cara a obtener comida.
De esta manera, nuestra tribu va a ser
capaz de producir más excedente con menos esfuerzo. Le va a
costar menos tiempo desplazarse, podrá elegir mejores zonas, etc.
Al igual que el invento de Palb, el
misil manual, produjo una mayor productividad, algo semejante le ocurre a la
vivienda de Leto y Palle. Y también al igual que en el caso del proyectil, la
cabaña, no constituye de por sí una actividad de tipo económico. Aún le faltaba
algo. Iban a tener más excedente, que de tanto en tanto
intercambiarían, e iban a poder expandirse por todo el mundo, pero no
habían cambiado todavía su organización. Eran más eficaces cubriendo sus
necesidades, pero cada miembro de la tribu tenía que seguir
haciéndoselo todo él. Aunque fuese a cazar en grupo, aunque alguna de las
armas que utilizaba se las pidiera prestadas a otro, siempre, al final, para
comer tenía que ir a cazar y procurarse sus propias armas. Lo mismo es válido
para sus cabañas. Dependía de su propio trabajo y los frutos de su trabajo
revertían directamente en él o en su grupo. Para decirlo gráficamente, se comía
a sus presas con las manos todavía manchadas con la sangre del animal (o
recogía con sus propias manos las manzanas del árbol mismo). En cambio, hoy,
pongamos por caso, un analista de programación que trabaje en la ciudad de
Estocolmo, jamás habrá matado ninguno de los animales que se ha comido (incluso
le repugnaría la idea) y ni tan siquiera reconocería si los viera, los árboles
que le han proporcionado fruta tan sabrosa. Otros hombres se lo suministrarán.
Hombres a los que él, en contraprestación, no les entregará directamente su
propio trabajo, no existirá el intercambio filete por software.
Pero otro acontecimiento que sucedería
en la tribu, unos cinco veranos más adelante, podría ayudarnos a entender esta
cuestión...
Shemi y sus historias
Con el rostro desencajado por el miedo,
los ojos abiertos llenos de un vacío absoluto y con la mente colapsada, el
muchacho escapaba al encuentro de la bestia. Shemi, no sentía que sus piernas
le movían, no oía los gritos de aviso de sus compañeros ni notaba el hacha que
colgaba flácidamente en su mano.
Cuando vio al enorme mamut, Shemi dejó
de pensar. Su mente despavorida se bloqueó y sólo un reflejo le hizo salir
corriendo, sin que ninguno de sus sentidos le dijeran que estaba yendo en la
dirección equivocada. De pronto, todo se ralentizó, fue ganando la suficiente
consciencia como para ver al animal, en un movimiento eterno, levantar la
trompa hacia la derecha y luego, despacio, muy despacio, caer en su dirección.
Quiso gritar, correr, huir, todo al mismo tiempo, pero seguía agarrotado. En
milésimas de segundo, lo vio todo en tiempo real, la trompa, el suelo, su
derecha, su izquierda. Emprendió una única acción, saltó en escorzo hacia la
izquierda. Eso le salvó la vida. La enorme masa de carne le golpeó, si bien de
refilón, pero lo suficientemente fuerte como para lanzarlo a una distancia de
varios pasos de donde estaba. Aterrizó inconsciente.
El mamut tuvo que olvidarse de Shemi,
pues los otros cazadores empezaron a acosarlo.
Así acabó el rito de iniciación a la
caza de Shemi. Fue su primera partida y la última. Podríamos decir que era un
espíritu gemelo de Zem. Si bien, éste acabo cazando (y siendo cazado) como
mandan los cánones, Shemi se las ingenió para conseguir desde aquel día un
rebaje permanente.
De niño, las historias de las heroicas
partidas de caza del mamut y del oso de las cavernas, le aterrorizaban. A
medida que fue haciéndose mayor, la certeza de que pronto le tocaría a él, le
ponía enfermo. Por contra, los demás muchachos estaban ansiosos de unirse a sus
mayores y se burlaban ridiculizando a Shemi, de quien, se podía decir, eran
capaces de oler su miedo.
Condenado a ser un solitario, sus
momentos de goce los constituían sus largos e interminables paseos en los que
no perdía detalle de todo cuanto le rodeaba. Su mente hervía, entre tanto, en
abundantes imágenes, ideas y pensamientos que inevitablemente lo arrastraban a
su otra gran pasión, reproducir todas esas cosas hermosas. Como niño pudo
dedicar mucho de su tiempo a hacer lo que más le gustaba, desarrollando a
medida que iba creciendo, una especial habilidad para escaquearse de las clases
teóricas de caza y de las faenas que hacían acarrear a los muchachos. Aprendió
a hacer pequeños favores, a ser útil y a tener buenas relaciones con los
mayores, sobre todo con las señoras.
Sabía confeccionar adornos que las
volvían locas, moldeaba el barro con maestría y era tradición que sus agujas de
hueso fueran las mejores. En los cortejos fúnebres, pintaba en el cadáver los
signos que marcaba la costumbre. Escuchaba y aprendía deleitado todo lo
relacionado con las plantas mágicas; no sólo las conocía ya igual que Torz, la
mujer-medicina, sino que conocía dos o tres secretos más que ella.
El ostracismo al que estaba condenado
por el resto de los muchachos se veía compensado, en cierto modo, por la
simpatía que le profesaban las mujeres. Y es que en aquellas tribus, la fuerza
de las mujeres era una realidad. De hecho, gozaba de los mismos privilegios que
los demás niños, puesto que en más de una ocasión lo habían protegido de los
abusos de sus compañeros.
Sus pesadillas se vieron confirmadas un
día cuando su padre, Dag, le comunicó que tendría que acompañarles en la
próxima partida.
—Hijo, ya tienes edad de ser un cazador
—le dijo en forma solemne.
Cualquiera de los otros se habría
sentido orgulloso, mostrando en su rostro la ansiedad de todo adolescente por
demostrar su hombría. Shemi por el contrario, se limitó a asentir, puesto que
en su garganta se le puso tal obstáculo que fue incapaz, tan siquiera de emitir
un carraspeo.
La historia de aquella cacería ya lo
conocemos. Después de muerto el mamut, su padre recogió al muchacho y
echándoselo al hombro, lo cargó hasta el campamento. Su madre, Wami, y todas
sus amigas, incluida Leto, prorrumpieron en lamentaciones y se desvivieron por
atenderlo. Cuando recobró el conocimiento, se les hizo patente que no iba a
morirse del trompazo, lo que las tranquilizó enormemente.
—Pensábamos que te ibas a morir —le
dijo Leto.
—Qué susto nos has dado —medio balbuceó
su madre.
Shemi, abriendo sus grandes ojos,
reflejó en su rostro el infinito sufrimiento por el que estaba pasando. Aquello
fue demasiado. Con ese solo gesto logró despertar todo el sentimiento maternal
de las siete mujeres. De la mismísima Yirna, la que más. Su enchufe fue más
potente si cabe.
Su convalecencia fue lenta, en ningún
momento quiso arriesgarse a una recuperación demasiado rápida.
—Si me esfuerzo antes de tiempo, se me
puede reproducir la lesión —les explicaba cuando venían a interesarse por él.
Al cabo de varios días, la amabilidad
sufrió un ligero descenso. A la siguiente luna, se tornó en una patente
sospecha no exenta de una cierta animadversión. Decidió, pues finalmente,
adelantar su alta. Había dispuesto de toda una luna para pensar un buen plan.
—Mañana salimos de exploración, estate
preparado —le dijo Dag.
—De acuerdo, mañana ya podré salir con
vosotros —replicó.
Su primera medida era no oponerse
directamente a sus deberes, especialmente a los menos peligrosos.
Durante la marcha, se colocó
regularmente, en medio de todos. Iba con los sentidos alerta y el corazón
encogido.
Volvieron con alguna fruta y una cabra.
Este animal le resultó simpático, pues, en vez de hacerles frente, se echó a
correr (señal de que tenía más miedo que él mismo). Pero le sirvió de poco, dos
hombres del grupo esperaban al otro extremo. Cuando la cabra llegó a su altura,
la alcanzaron sin dificultad con sus lanzas.
La segunda medida que tomó fue hacerse
cargo del cuidado de las armas del grupo. Las cogió, las arregló y mejoró.
Posteriormente se dirigió hacia donde estaban las mujeres y les entregó algunas
chucherías que había encontrado en el camino: a Torz, hierbabuena, a Leto una
piedra negra, muy pulida y alargada, a Yirna unos huesecillos y a su madre,
unos granos amarillentos que se encontraban al final de unos largos tallos
(estaban muy duros, pero su sabor era bueno).
Por la noche, les contó una vieja
historia de la tribu que, aunque, la conocían bien, les gustaba oír
frecuentemente. Esta vez, era algo distinta, no en los hechos, sino en la forma
de contarla. Sus mentes se sumergieron en la narración, fuera de ella, no
parecía existir nada. Con la boca entreabierta y los ojos fijos en el infinito
fueron viendo las escenas que describía Shemi como si las tuvieran ante sí.
Sufrieron con los problemas de los protagonistas, quisieron estar con ellos
para matar a tan terrible fiera, saltaron de gozo cuando fue abatida,
asistieron llorosos al entierro de Hyfs, el héroe...
Cuando acabó, el mágico silencio que
reinaba en la cueva se mantuvo durante un tiempo, luego, casi sin atreverse a
levantar la voz, se dispusieron a dormir. Shemi, tuvo que repetir muchas noches
esa historia y otras que conocía.
El día que le fue anunciada la
siguiente partida de caza del mamut, Shemi, muy relajado tomó sus
disposiciones.
—Padre, no sabes cómo me gustaría, pero
le he prometido a Yirna llevarle las espigas que le regalé a madre —mintió
Shemi.
—¡Ah! Bueno —no más cuestiones. La
palabra Yirna fue suficiente. Nadie discute las órdenes de las alturas.
Shemi había puesto una excusa
cualquiera de entre las muchas que se le ocurrieron. Sólo mencionó una, en su
mente aparecía claro que dar más era signo de falsedad.
Mientras los otros estaban a lo suyo,
se dedicó a cumplir su autoencargo.
—Yirna, aquí tienes este grano que te
prometí —le dijo al ofrecérselo.
La mujer, complacida por el detalle,
apenas prestó atención a lo de «que te prometí». En ningún momento se planteó
si, efectivamente, había existido tal promesa. Pero Shemi acababa de completar
su montaje. Ante alguna improbable pregunta acerca del encargo, Yirna
corroboraría su coartada.
Esa noche, Shemi contó otra historia
inspirada en el precioso animal que habían cazado. El final de la misma se les
quedó grabada a fuego en sus mentes.
—El espíritu de aquel bravo bisonte
alcanzó la paz. Era feliz. Había defendido a su manada, quedándose a luchar en
lugar de huir. Ahora los hombres le rendían homenaje, ensalzando su valor al
dios de los bisontes. Su carne no moriría, pasaría a formar parte de ellos. En
prenda de su agradecimiento, el espíritu del bisonte les habló por boca de un
águila en la que se había convertido.
»Desde hoy se establecerá un compromiso
entre hombres y bisontes —oyeron decir al ave—. Os daremos nuestra carne cuando
la preciséis, pero respetaréis nuestro espíritu y descendencia.
»Como sello de este pacto, permanecerá
mi figura sobre la roca donde luché —concluyó.
»Así fue en efecto. Aquel dibujo estuvo
allí muchos, muchos veranos.
»Pero cuando los hombres dejaron de
respetar el acuerdo, matando por diversión y sin medida, el dibujo se fue
borrando.
»Un día, desapareció y simultáneamente
con él, la manada misma. Los hombres arrepentidos, imploraron perdón y
dibujaron otro bisonte. Pero el dibujo era humano y las lluvias lo borraban.
Aún no habían sido perdonados.
»Insistieron verano tras verano y cada
vez el dibujo perduraba más. Hasta que una mañana, volvieron a ver a la manada
en respuesta a su arrepentimiento.
»Nunca más volvieron a incumplir el
pacto.
Esta puede parecer una facilona
historia ecologista. Pero no van por ahí mis tiros. El hombre primitivo no
alteraba su entorno de esta forma. Shemi, lo único que pretendía era montar una
historia que aprovechando los temores supersticiosos del grupo, le permitiera
realizar una tarea que había planeado como parte de su proyecto de evitarse las
tareas más peligrosas.
Cuando se produjera la siguiente
expedición se quedaría a dibujar la figura del bisonte, les había dicho, para
que el espíritu de la manada les fuera propicio. Todos estuvieron de acuerdo.
Dedicó los siguientes días, aparte de
sus trabajillos normales, a preparar sus útiles de pintura. Rehizo sus
pinceles, como los que utilizaba para los actos fúnebres; cortó la cabeza de
varios huesos alargados e insertó muy apretadamente sobre el agujero central,
pelos de animales. Recogió tierras rojizas y hollín, que mezcló con agua y
grasa. Por último buscó en la cueva el mejor lugar donde plasmar su pintura.
Inevitablemente vino el día de caza. Se
encerró en la gruta y dio comienzo a su tarea.
Por puro azar, aquélla fue una partida
memorable. Habían obtenido un preciado trofeo, el bisonte más grande nunca
conseguido. Sin duda, el sucesor del que defendiera tan bravamente su manada.
Como aquél embistió, atacó y no retrocedió.
Shemi, al oír el júbilo de los
expedicionarios de vuelta, salió de la cueva, no sin antes dar una última
mirada a la figura terminada del animal.
—El espíritu del bisonte nos favorece
sin duda —les dijo al ver tamaña pieza—; mientras vosotros lo cazabais, se me
apareció y guió mi mano. Entrad.
Lo que vieron sobre la pared era
realmente mágico. La figura estilizada en negro tenía la mancha de sangre allí
donde ellos habían alcanzado a la res. Alucinados por lo que significaba y
embobados por la belleza de la pintura, dieron a Shemi el empleo perpetuo de
brujo de la tribu, con funciones, asimismo, de pintor, narrador,
hombre-medicina y artesano.
Shemi, definitivamente dejó de ir de
caza, exceptuándose apariciones esporádicas cuando suponía que no habría ningún
peligro. Con su sustento garantizado, tuvo tiempo de dedicarse a hacer otras
cosas. Y en verdad, por encima de sus marrullerías iniciales, la tribu salió
ganando.
Su Servicio de Sanidad era el mejor,
varias vidas se salvaron por sus conocimientos. Disfrutaban de las narraciones
a la luz del fuego, lo que contribuía a su felicidad. Cuando iban a los lagos
negros, sus arpones eran imprescindibles. Perfeccionaba constantemente sus
utensilios y su fama hizo que los contactos con otros grupos fueran de lo más
fructíferos.
Cuenta la leyenda, que ya de mayor, su
estrella entró en declive, pues, como brujo, fallaba una de cada dos
predicciones. Dado que nunca se podía saber de cuál de ambas se trataba,
empezaron a desconfiar de él. Pronto dejaron de interesarles sus historias y su
autoridad pasó de un «Lo ha dicho Shemi» a un «¡Bah! Lo ha dicho Shemi».
Finalmente, harto, tomó una decisión. Una mañana de verano, cargó sus
pertenencias y dijo adiós.
La vida ambulante no le fue nada mal.
Conocido y respetado por muchas tribus, era magníficamente agasajado. A cambio,
les proporcionaba historias, arreglaba sus artefactos, decoraba paredes y
curaba enfermos y heridos.
Murió ya viejo. En un atardecer
borrascoso, en el que no se podía saber de qué gris era el color del cielo,
caminaba lentamente, bien arropado por sus pieles, por el medio de un amplio
valle. De improviso, estalló una tormenta de luz y sonido como para anunciar el
fin del mundo. Una manada de bisontes que pastaba entre él y la tormenta, cobró
pánico y salió de estampida en su dirección...
Nunca sabremos como habría narrado el
propio Shemi la historia de su muerte. Por pura ironía, la mancha sanguinolenta
de lo que fue su cuerpo permaneció estampada durante bastante tiempo sobre la
roca en la que murió sin poder defenderse ni huir.
Shemi fue uno de los primeros «bichos
raros» que aparecieron en el mundo. Rompió con las reglas establecidas. Para
ello, tuvo que usar, al principio, de una cara dura como el cemento armado. No
es que vayamos a disculparlo, pero fijémonos en los resultados obtenidos. Shemi
para comer, ya no cazaba; la relación presa-comida se rompió, o dicho con
palabras más técnicas, se disoció.
Si uno del grupo ya no cazaba, pero
comía igual que los otros, el resto, debía hacerlo más frecuentemente, debía
«producir» algo más de lo que necesitaba para él (y para su familia, mujer,
niños y ancianos). Ese algo, el excedente, es el que iba a parar al
estómago de Shemi.
De esa manera, y con algo tan
aparentemente simple como que los unos se dediquen a hacer unas cosas y los
otros, otras con el fin de satisfacer recíprocamente sus necesidades, llegó a
buen término esa larga gestación, a la que hace referencia el título de este
capítulo.
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Un conjunto de hombres, producen por
encima de sus necesidades de subsistencia. Lo que les sobra, lo entregan a
cambio de otras «cosas» que diferentes hombres producen (o poseen, o...)
¿Por qué hacen eso? La razón es que con
lo que obtienen a cambio cubren otro tipo de necesidades que ellos mismos no
podrían (o no sabrían o no querrían) producirse.
En varias ocasiones a lo largo de estas
historias se han estado produciendo embriones de actividad económica. Embriones
que dieron a luz un hermoso bebé que luego se convertiría en el complejo
Sistema Económico de nuestros días.
Hemos de distinguir, necesariamente las
actividades meramente productivas, que no podemos calificarlas de económicas:
el tallado (accidental) de la primera piedra, el misil de Palb, la caza, la
recolección de frutos y la construcción de la cabaña, fueron en aquellas
ocasiones, simplemente «elementos» que contribuyeron a mejorar la vida de estos
grupos, su productividad y subsistencia. En ellas y bajo las circunstancias
expuestas, no se establecía el acceso al excedente en función
de una división del trabajo, salvedad hecha de la basada en el sexo (y en la
edad) que por conveniencia, dejamos de lado.
En cambio, en el episodio de Zem y la
cocción de la carne, en el intercambio entre las tribus y, especialmente, en el
montaje de Shemi, el elemento que califica a una actividad como económica se
halla, en efecto, presente.
Pero, ¿cómo se conjuga todo esto con el
tema de la supervivencia que dábamos en la definición? Cuando Shemi contaba sus
historias al resto del grupo, la necesidad que se satisfacía no era,
aparentemente, la de la supervivencia sino la de la diversión. Así era,
realmente, para el grupo. Pero no para Shemi que lograba su manutención a costa
los demás. Éstos lo sustentaban entregándole vituallas, porque estaban
dispuestos a trabajar más a cambio de «otras cosas». Este aspecto no es banal,
bajo ningún concepto. Pensemos que nuestros modernos cantantes, artistas,
deportistas y famosos en general, están disfrutando de una vida envidiable
porque masas ingentes de trabajadores están dispuestos a desprenderse de una
parte del excedente que generan a cambio de sus actuaciones o
de sus obras.
En un rápido resumen de este primer
capítulo, encontramos a un hombre primitivo cada vez más hábil en asegurarse su
subsistencia, que aprende a utilizar los objetos que la Naturaleza le brinda,
inclusive mejorándolos y creando otros nuevos.
Durante ese proceso de adaptación, es
cada vez más eficaz en la producción de bienes que satisfagan sus necesidades,
de modo que, finalmente, es capaz de producir unexcedente. Excedente que
de forma esporádica, genera una cierta actividad económica.
De lo expuesto, podemos afirmar que el
hombre primitivo no fue un homo oeconomicus, salvo en ocasiones
aisladas. Iba a hacer falta algo más. Entre Palle y nosotros tuvo que haberse
producido un acontecimiento que provocara la aparición de una Sociedad tan
enormemente estructurada como la actual.
¿Cómo es posible que las tribus de
indios norteamericanos estuvieran todavía en la Edad de Piedra cuando entraron
en contacto con los europeos? ¿Cómo es posible que en África pasara lo mismo en
muchas zonas, no hace mucho? ¿Y cómo es posible que aún existan seres humanos
viviendo igual que sus antecesores del Paleolítico?
¿Por qué unos evolucionaron y otros no?
¿Cuál fue el agente provocador de aquella primera gran Revolución? Revolución
cuya crónica me gustaría narrarles.
CAPÍTULO 2
LA PRIMERA GRAN REVOLUCIÓN
Malos tiempos
«Malos tiempos de nuevo —rezongaba
Paal—. Aunque si lo piensas bien, ¿cuándo no han sido malos? Desde que
recuerdo, siempre hemos tenido grandes problemas. De aquí para allá, total para
ser los últimos en llegar a las buenas zonas y tener que conformarnos con lo
que los otros nos dejan libre.»
Tenía razón para ser pesimista. Si en
aquellos tiempos hubiera existido algo parecido a una competición de tribus, la
suya sería la que más méritos habría hecho para ocupar la última posición. Se
podía decir que estaban abocados constantemente al borde de la desaparición.
Como cazadores eran horrorosos. Su
capacidad para seguir pistas era casi inexistente; tendían a confundir las
antiguas con las recientes, no siendo raro que después de perder varias
jornadas, se toparan con los restos de la captura ya cobrada por otros grupos.
Si se enfrentaban a un gran animal, invariablemente se cambiaban las tornas.
Ellos eran los que acababan desollados, mientras que su presa se largaba tan
campante.
El resultado era que su grupo constaba
de unos integrantes realmente escuálidos. Alimentados con frutos, vegetales y
pequeños animales (roedores, serpientes...), subsistían más mal que bien. Por
tanto no era ilógico que, una vez se establecían en una zona mínimamente
decente, permanecieran en ella todo el tiempo posible. La aventura de ponerse
en movimiento hacia no se sabe dónde, se les hacía cada vez más cuesta arriba.
—Escucha Grafeth —se dirigió al amago
de jefe que tenía enfrente—, deja de pavonearte con el bastón de mando y piensa
qué vamos a hacer.
Grafeth, que no era ningún prodigio de
sapiencia ni originalidad, se temía esta eterna pregunta desde hacía tiempo. Lo
que le preocupaba no era la pregunta en sí, sino su respuesta. Por mucho que
rebuscara dentro de su cabeza, no encontraría otra cosa que una vaciedad
apática que lo inmovilizaba. Su estómago le pesaría y el dolor vago, sordo y
continuo que padecía, se acrecentaría.
—Supongo que algo habrá que hacer
—respondió, más como cortesía que por que tuviera algo que responder.
—Hemos de irnos de aquí —se oyó decir a
Llirma. Fue como si una pesada losa hubiera caído en medio de aquel discontinuo
diálogo dejándolos completamente aplanados.
—¡Qué c...! —maldijo Bop, después de un
buen rato, rompiendo su ensimismamiento—. Si hemos de hacerlo, hagámoslo. Esta
zona es lo más parecido a una m... No vale ni el tiempo que perdemos
discutiendo.
Tenía razón, pero no era justo. Como
siempre se habían quedado todo el tiempo que podían, incluso más. A las demás
tribus, mucho antes, les entraba como un espíritu de rabo de lagartija, que les
hacía recoger sus bártulos y largarse. Unas volvían periódicamente, otras no,
cada vez se iban más y más lejos. De hecho, Paal y los demás tenían parientes
en América, aunque desde hacía unos 30.000 años no tenían noticias de ellos.
La maldición no produjo ninguna
reacción positiva. Tan sólo agudizó su concienciación de la realidad que tenían
que afrontar. Callados y anticipándose a todos los desastres que se les
vendrían encima durante su peregrinaje, empezaron los preparativos.
Recordaban la última vez que tuvieron
que hacerlo. Pasaron hambre y cansancio desde las primeras jornadas. Ninguno de
los niños menores sobrevivió; los mayores quedaron marcados con el estigma de
la desnutrición, que poco a poco los fue matando, incluso en estas tierras que
finalmente descubrieron y que, entonces, estaban provistas de recursos
suficientes.
Otros grupos fueron y vinieron, pero no
el de Paal, que permaneció en ellas estación tras estación.
Pero, el pasado, pasado está. Era
tiempo de afrontar un nuevo viaje. Se pusieron, pues, a desmantelar sus tiendas
de paja y a recoger los mínimos enseres imprescindibles. (Sus largas estancias,
a diferencia de los demás que necesitaban viajar ligeros de impedimenta, hacían
que acabaran con el campamento lleno de cacharros, trastos y un montón de cosas
que difícilmente podrían llevarse.)
Dieron comienzo a su odisea. El
principio fue tan calamitoso como habían previsto. La primera semana apenas
lograron nada y vivieron a costa de sus reservas. Pero un día, su suerte
cambió. Se toparon con un río descomunal. Su ribera constituía una frondosa
sinfonía de vegetación, árboles frutales, no todos conocidos, flores de todos
los colores, escurridizos animales, pero que no escapaban a su vista. El sitio
ideal, en suma, que estaban buscando.
—No vamos a quedarnos aquí ni a cruzar
este río. Vamos a seguir su curso hacia abajo —comunicó Grafeth a los demás.
Por puro azar, como ha sido una
constante a lo largo de toda la Historia de la Humanidad, alguien tomó una
decisión acertada que cambiaría la vida de mucha gente y de la propia Historia.
Soy un pelín escéptico sobre la hagiografía con que tendemos a adornar a
nuestros grandes hombres. Tal veneración, en muchísimas ocasiones, se debe que
una vez tuvieron que jugar una baza y ganaron. La Historia ensalza a los que
ganan, el cómo lo lograron es a menudo secundario. Por contra, apenas nos
acordamos de los que perdieron, aunque tuvieran razón. No pocos de ellos
murieron.
Comento todo esto, además de por pura
malicia, porque estoy plenamente convencido de que estamos donde estamos debido
no sólo nuestro esfuerzo, de eso no hay duda, sino también a una serie infinita
de acontecimientos aleatorios, decisiones, meteduras de pata, errores de
juicio, tonterías casi infantiles y caprichos.
Imagino tendré que probar esta
aseveración de alguna manera. Veamos algunos ejemplos: Colón quería ir a
conocer a los chinos y japoneses; Enrique VIII pasó de católico a protestante
porque se hartó de su mujer; la unidad de España se vio amenazada por el
nacimiento de un niño, hijo en segundas nupcias de Fernando el Católico (y Rey
de Aragón), niño que murió para disgusto de los nobles aragoneses y alivio de
los castellanos; Hitler estaba convencido que ni franceses ni ingleses iban a
luchar por Polonia (en eso acertó, lucharon por ellos mismos); Luis XVI no vio
hasta que fue tarde lo que se le venía encima; la II República Española no dio
ninguna importancia al pequeño incidente de la revuelta en Canarias y
Marruecos, y por último y como puro divertimento por mi parte, ¿saben Uds. cómo
nació la radio comercial? Pues, a un oficial de comunicaciones alemán, durante
la Guerra del 14, se le ocurrió que era muy aburrido oír por la radio sólo los
comunicados oficiales, así que puso música (el primer disck-jockey) y otros le
imitaron. Evidentemente el alto mando lo prohibió, porque era «una gran
bobada».
En lo que se lleva de este libro, ese
factor aleatorio ha estado muy presente. La casualidad es intencionada, porque
estoy convencido del gran papel que ha desempeñado en el desarrollo de la
Humanidad.
Grafeth tomó una decisión y el grupo la
siguió...
A medida que descendían paralelos al
cauce del río, la riqueza de la zona iba mejorando. Dejaron de tener problemas
de abastecimiento y si no se decidían a quedarse en un sitio era porque más
adelante veían otro más prometedor. (¿A que no sabemos dónde aparcar nuestro
coche cuando hay muchas plazas vacías?)
Siempre corriente abajo, vadearon
varios afluentes casi tan impresionantes como el que seguían. Una vez, tuvieron
que cruzar el gran río mismo para pasar a la parte Este, porque uno nuevo de
parecido caudal al primero les cerraba el paso en la confluencia. (Cruzar un
río ya no era ningún problema para ellos, se limitaban a buscar sitios por
donde veían vadearlo a los animales; de hecho muy pronto el hombre empezaría a
navegar por el mar y a poblar islas).
Fueron encontrando más y más grupos que
vivían, según les dijeron, desde hacía mucho por la contornada y que apenas
tenían necesidad de desplazarse largas distancias para solucionar su
manutención.
—Eso suena a música en mis oídos
—comentó Latu, la mujer de Paal, opinión que alcanzó un amplio consenso. (Más
que probablemente su música dejaría todavía mucho que desear, pero no tenían
otra)
Un día, para su asombro, el río se
acabó. O mejor, se hizo tan grande y azul que la vista era incapaz de
abarcarlo. Además había algo raro con su sabor. Era como el de la sangre de los
animales pero mucho más fuerte y desagradable.
La gente de por allí era amigable y de
espíritu afín al suyo, malos cazadores que odiaban vagabundear por el mundo.
Así que la información resultaba relativamente fácil de obtener. Salvedad hecha
de algunas palabras y del acento, el idioma resultaba idéntico o casi.
—A'sto lo yamamos le mar —les
explicó una amable mujer cuya tribu paraba no muy lejos—, yes le fin
d'le terra. Más anyá n'hay sinós agua.
Miraban fijamente a la mujer sin decir
palabra, quien viéndolos así, continuó su explicación. Hay preguntas que no
necesitan ser hechas. Los ojos mismos las formulan.
—Le mar es muy grande. Está yeno de
peces yde shpíritus. Además l'agua n'es bueno. N'se puede beber. Hay mucho
comida, peró hay que saber busquearle. Nunca s'os metáis en l'agua cando les
shpíritus s'enfadan. Eses días, le mar se arruga y se pone blanco. Ysobre todo
hay qu'huir d'les tuguex.
Todo un largo discurso. Ahora sólo les
quedaba saber cómo conseguir esa comida y cómo aplacar a los malos espíritus,
sin hablar de evitar a los tuguex, cuando supieran, claro está, lo que eran.
Aquel día se reunieron con la tribu de
la mujer, cuyo jefe los invitó a compartir su comida en un gran banquete al
aire libre.
—Les tuguex son como les
sombras —continuó su proceso de formación el jefe del otro
grupo—. Dioses d'le mar que se vengan d'les peces que tomamos. Son
grandes como tres hombres yno se ven hasta que te cogen yte yeban al fondo
d'l'agua. Sólo les podemos ver cando su cuerno, alto como le brazo d'le hombre,
asoma d'le mar.
Mientras, iban probando aquellos
alimentos que les ofrecían. A excepción de los niños más pequeños, que los
rechazaban por extraños, todos los demás disfrutaron con la comida. Almejas,
mejillones, erizos de mar, toda clase de peces y marisco constituían la mesa
que en su honor habían erigido.
—No, ansí non. Tenes que quitarle le
piel antes de morderle — exclamó entre una risotada uno de la otra
tribu al ver la cara que ponía Bop al morder directamente una langosta y
llenársele la boca con los desagradables trozos de su caparazón.
—¿Los espíritus se enfadan muy a
menudo? —preguntó Paal, a quien aquello preocupaba sobremanera.
—No, n'mucho. Peró eses días, les
d'le terra y d'le mar s'ajuntan ynos hemos de cobijar pues hacen mucho fuerza.
La conversación siguió bastante tiempo,
pues eran muchas las cosas que querían conocer de aquel mundo, cómo conseguir
lo que estaban comiendo, cuál podía ser una buena zona, qué otros peligros
podrían encontrar, etc. Finalmente se despidieron después de sellar unos lazos
de amistad eternos, según se juramentaron.
Erraron aún varios días hasta que
toparon con un emplazamiento más que aceptable y alejado de otras tribus, con
las que no querían interferir en sus zonas de abastecimiento. Situados cerca de
la costa, pasaron los primeros días arramblando con cuanto marisco y pescado
pudieron.
Pero, una tormenta estalló al fin. La
visión del mar embravecido, el rugido del viento, el estallar de las olas al
romperse y la sensación de que las aguas pudieran alcanzarles, los acobardó de
tal manera, que de nuevo liaron sus petates y se fueron tierra adentro, siempre
siguiendo el vergel de aquel gran río.
Se establecieron, ya definitivamente,
en un área algo alejada del cauce principal por la que discurría un arroyuelo.
Al Oeste del campamento una buena extensión de bosque y de frutales les
garantizaba carne y vegetales. Al Este, la tierra tenía muy poca vegetación,
algunos arbustos y rastrojos; en la lejanía, se divisaba la mastodóntica mole
de una cordillera.
Allí sentaron sus raíces. Por primera
vez conocieron lo que era engordar y disfrutar de una vida sin sobresaltos.
Fueron viendo crecer a sus hijos primero y luego a sus nietos. Allí fueron
muriendo, ellos, los mayores, pero no la tribu, que conoció una época de
bonanza sin precedentes. Viviendo en paz y en equilibrio con su entorno, su
tierra les proporcionó cuanto precisaron y ellos la respetaron. Crecieron en
número y construyeron un poblado permanente de casas circulares de piedra y
techumbre de paja.
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Durante todo ese tiempo, más y más
grupos, se establecieron en la región con lo que, paulatinamente, las cosas
fueron cambiando. Aquel periodo de bienestar, día a día fue menguando al
aumentar descontroladamente los asentamientos. La orondez de sus cuerpos se fue
reduciendo y se vieron obligados a ser cada vez menos exigentes con lo que
comían.
Empezaron a no hacerle ascos a un
cereal que crecía diseminado por aquí y por allí. Después de machacado con
piedras y humedecido, resultaba una pasta moderadamente comestible. Se lo
enseñó un grupo que provenía del Este, de las montañas. Les contó, asimismo,
que allí crecía bastante, aunque era casi lo único aprovechable en aquella
zona.
—Papá, voy a ir a la montaña en la que
crece el grano junto con Bop'hi y Degs'hi —le anunció Paal’hi a su padre—.
Mañana, a la salida del sol, partiremos nosotros tres —concluyó señalando a sus
dos compañeros.
Paal, un anciano ya de cuarenta años,
había sobrevivido a todos los adultos que habían establecido el poblado, al que
ya podemos denominar así. Todavía dedicaba parte de su tiempo a recoger algo de
verduras, pero su principal actividad era la de guiar y aconsejar al resto de
la tribu, pues su gran sabiduría y conocimientos eran de un valor incalculable
para todos ellos. Él no era el jefe, sino Grafeth'hi. Su papel era de
consejero. Por tanto, su hijo, de poco más de veinte años, no había ido a
pedirle permiso sino a comentárselo y de paso obtener alguna ayuda tipo
«asesoramiento ».
Paal, a modo y manera de rito,
dio comienzo a su charla disertando monótonamente sobre lo que una y otra vez
había dicho. Los tres hombres escuchaban con respeto. Conocían la letanía, pero
había que tenerla fresca. Muchos jóvenes habían muerto imprudentemente al no
hacer caso de tales consejos: «un hombre no llega a avanzada edad si hace lo
que no debe».
(No estoy pretendiendo afirmar, ni
mucho menos, que las consejas de abuelo deban ser seguidas a rajatabla por los
jóvenes. Una vez más, simplemente, estoy dejando constancia de la realidad de
una situación histórica trascendental. Para darnos cuenta de la importancia de
la experiencia de los mayores en aquel entonces baste decir que esa fue nuestra
primera escuela.)
Empezaron la marcha cuando el sol
otoñal apenas había asomado por el horizonte. Llegaron a mediodía del tercer
día, sólo para comprobar que la mayor parte del grano había ya emprendido su
vuelo para depositarse en cualquier pedazo de tierra en el que reiniciar su
ciclo. Desalentados, recorrieron, ese día y los siguientes, otros campos en los
que la situación que encontraron era la misma. Para no volver de vacío, cada
vez que divisaban un campo, lo rastreaban y siempre encontraban algunas espigas
que todavía no habían volado. A decir verdad, no muchas. Después de otros tres
días en las laderas de la cordillera, y con los sacos cargados no más de la
mitad de la mitad de su capacidad, decidieron volverse al poblado.
Uno de los sacos de Degs'hi estaba mal
cosido. Por una costura en el fondo asomaban una espiga tras otra, que el
movimiento de todas las demás empujaba, poco a poco, al suelo. En una de
aquéllas, el agujero se agrandó, vaciándose el saco en poco más de 20 pasos.
Cuando Degs'hi se dio cuenta, no quedaba dentro ni un puñado de cereal. Éramos
pocos y ...
Del resto de la tribu no recibieron
muchos parabienes. Tampoco es que se metieran con ellos. Habían traído un poco
que comer. Algo es algo.
—Hemos llegado demasiado tarde. El
grano ya no estaba — resumió Bop'hi.
—Debisteis haberos dado cuenta que si
el que hay por aquí se vuela, lo mismo le pasará al otro —les informó de su
error Grafeth'hi.
(¿Por qué será que me fastidian tanto
los que me comentan que ellos ya sabían que eso así no iba a salir bien? Les
quedaríamos muchísimo más agradecidos si lo dijeran antes de y no
después de. A decir verdad, aunque lo digan de antemano, raras veces se
hace caso, con lo cual el resultado final es de todas formas el mismo. Pero aún
así, resultan realmente cargantes los aires de suficiencia de los profetas a
toro pasado, ¿o no?)
Al otoño siguiente, se despabilaron y
cuando vieron que el grano que crecía por la comarca empezaba a estar a punto,
hicieron la segunda expedición. Cargaron más, pero lo que recolectaron no
estaba aún maduro.
Esta vez, hubo veladas quejas acerca de
la calidad del producto. Que si su sabor, que si no se podía casi aprovechar,
que si ...
Insatisfechos como estaban, tomaron la
decisión de volver dentro de unos pocos días cuando el cereal estuviera maduro.
Recogerían más si estaban más tiempo que el año anterior y sería del bueno.
Así lo hicieron. Estuvieron dos días
más de lo habitual, casi, casi agotando sus propias reservas alimenticias. Con
algo menos del doble que la anterior vez, reemprendieron la vuelta.
Quiso el destino que pasaran por el
mismo sitio donde a Degs'hi se le había roto el saco. Su sorpresa fue mayúscula
al comprobar cómo de la nada había crecido una gruesa fila de maravilloso
cereal que no se había volado. Arramblaron con él, pero como no habían traído
tantos sacos como anteriormente, una vez cortado, no pudieron cargarlo todo.
Buena parte se quedó allí mismo. Durante su regreso, el no muy perfecto acabado
de sus sacos hizo que perdieran otra parte de su cargamento, que
inevitablemente iba a parar al suelo.
—¡Vaya, vaya! ¡Venís cargados hasta los
topes! —exclamó llena de júbilo Tlau, la mujer de Paal'hi.
—¡No os lo podréis creer! —soltó
Bop'hi—. Los dioses nos han dejado un regalo en un sitio donde pasamos el otoño
pasado.
Como era uso, siguió la narración de
las venturas de su viaje y a más de uno le entraron ganas de acompañarlos la
próxima temporada.
Aquel año, una tontería de nada, un
resfriado común que luego derivó en pulmonía, se llevó a Paal. Lo enterraron,
con la consideración y cariño que merecía, junto con su hacha y lanza, que le
fue más útil como bastón que como arma. La vida de la tribu siguió.
Al año siguiente volvieron, uniéndose a
nuestros tres amigos, Zanme'hi, Wult'hi y el hijo mayor de Paal'hi, que ahora
respondía al nombre de Paal Paal'hi. El resultado de la expedición fue
excelente como preveían, sólo que algo mejor, pues, a lo largo de la ruta iban
apareciendo, como por ensalmo, brotes aislados de cereal.
Los siguientes años constituyeron un
calco. Más gente, más grano que no se volaba, en más partes y cada vez más
cerca del poblado.
Las semillas del trigo, en estado
salvaje, tienen la propiedad de volar al estar provistas de unos filamentos que
las habilitan para ello; con este sistema consiguen expandirse más allá de la
zona donde han crecido. Pero una porción de los granos tiene deficiencias
genéticas. Lo que Paal'hi y los suyos recogían era el trigo que no podía volar
por carecer de dichos filamentos. Parte de ese trigo en el proceso de
transporte, inevitablemente, caía al suelo, brotando en aquellos lugares donde
las condiciones eran favorables.
(Por necesidades del guión, la
proporción de trigo anormal que encontraron era bastante más reducida de lo
habitual, lo que les obligó a realizar un trabajo desproporcionado para
conseguir tan menguada cantidad de grano. Pero, no todo tiene que ser ponérselo
fácil.)
Generación tras generación, se repitió
el proceso. Otras tribus se sumaron a la recolección, pues, ya por aquel
entonces las noticias volaban. Los asentamientos eran cada vez más permanentes
y el trigo «domesticado» abundaba y germinaba más próximo. El siguiente paso se
le ocurrió, cómo no, a un descendiente de Zanme, a Qyar, una mujer que vivió
unas cuantas generaciones después que el fundador de su estirpe.
Asociación de ideas
Qyar, una mujer de 18 años, era un
prodigio de ingenio e inteligencia. Su cerebro casaba con facilidad ideas y
conceptos, que en principio, a nadie se le ocurría relacionar. Siendo pequeña
le fascinaban las historias de los viajes de sus mayores, de sus aventuras y de
los peligros que afrontaban.
Aterrorizada, se tapaba con sus manitas
los oídos cuando la narración recalaba en los pasajes donde las fieras atacaban
a los viajeros. Se los tapaba, pero sólo un poquito, porque asustada y todo, no
quería perderse ni una palabra del relato.
Algo que escuchaba en esas veladas no
se le acababa de quedar claro. Como si fuera un cabo suelto, su cerebro, daba
vueltas y más vueltas, buscando el otro cabo con que atarlo.
Ya casada, con un hijo y otro en
camino, aquel pensamiento le volvía obsesivamente. «¿Por qué el trigo crece
cada vez más cerca? »
(Sin estar del todo claro su
funcionamiento, parece que la mente de algunas personas tiene una especial
predilección por jugar con problemas irresolutos. A esta bendita afición, los
humanos debemos buena parte de nuestro desarrollo intelectual, técnico, social,
...)
La chispa que le encendió la luz, fue
una frase de su marido, Wult.
—¿Sabes ...? Creo que los dioses, en
muchos sitios donde nos detenemos, nos bendicen al año siguiente con un nuevo
brote de trigo —le dijo la noche que volvió de la recolección anual.
Qyar, era una mujer religiosa, creía
que después de su muerte, su espíritu iría a hacer compañía a los dioses. Todos
así lo pensaban. No porque hubieran llegado a ese convencimiento después de
agudas reflexiones intelectuales, sino porque dentro de ellos vivía esa idea,
sabiendo ver en las obras de la Naturaleza, la mano de un Dios allá arriba.
Lo que Qyar pensó era que los dioses no
les habían hecho tal regalo, sino otro más maravilloso, le habían dado la
capacidad de solucionar ese problema.
«Está más claro que el agua. Allí donde
descansan, inevitablemente, se queda esparcida una importante cantidad de grano
desprendida de sus costales. Ahí radica el misterio. Los dioses vuelven a dar
vida a ese grano» —fue su conclusión.
Una cosa es la teoría y otra la
práctica. Habiendo pasado toda la noche en vela, se levantó antes que nadie y
cogiendo varios puñados de trigo los esparció por detrás de la casa. Cubrió las
espigas con una ligera capa de tierra con objeto de que no las descubrieran y
tuviera que dar explicaciones engorrosas sobre qué era eso de ir tirando el
trigo por el suelo.
No olvidó el asunto, pero el paso de
los días hizo que se fuera difuminando su recuerdo. Al dar a luz a una preciosa
niña, sus aumentadas obligaciones, le dejaron poco tiempo para dedicarse a
otras cosas que no fuera su familia.
—¡No te quejes, niña! —le decían las
otras madres—. Dos críos no son nada. Ya verás cuando sean cinco o seis.
El fin del invierno llenó de flores la
región con ese estallido de color que, no por esperado, deja de ser
sorprendente. Aunque para sorpresa, la de Qyar, cuando vio en la trasera de su
casa los tallos germinados del trigo.
—¡Wult, ven por favor! —le llamó.
Cuando llegó, señalando el brote dijo:
—¡Mira eso! ¡Es trigo! ¿No es
maravilloso?
—Desde luego, es trigo, pero ahí no hay
para mucho — respondió su marido—. No entiendo a qué tanto alborozo.
—Deja que te lo explique. Cogí unos
puñados de trigo del que trajisteis el otoño pasado y los tiré ahí. Ahora están
creciendo.
—¿Ah? —abrió la boca Wult, en señal
inequívoca de que no entendía dónde quería ir a parar su mujer.
—¿Es que no lo ves, Wult? No tenemos
porqué ir año tras año a por el trigo. Podemos hacer que crezca aquí. Un
chispazo saltó dentro de Wult provocando que se le encendiera su rostro.
—¿Quieres decir que si lo dejamos por
el suelo, aquí y allí, crecerá? —Preguntó señalando la trasera de su hogar y el
territorio que se extendía ante sus ojos.
—¡Exacto! —respondió con su cara igual
de iluminada que la de su marido— ¡Llamemos a los demás!
En pequeños grupos fueron acercándose.
Repetían la historia, una y otra vez, a medida que los recién incorporados
exigían saber qué era aquel barullo.
Primero uno, luego otro, después
algunos más, los semblantes se les fueron encendiendo. Si hubiera sido de
noche, la luz que salía de sus ojos habría bastado para iluminarlos.
El lugar donde crecía el trigo que
plantó Qyar, se convirtió en sitio de peregrinaje. No faltó día que alguien lo
visitara y comprobara, embobado, durante mucho rato su estado de desarrollo.
Llegó la época de la recolección; más
que en ninguna ocasión anterior, salieron los hombres en busca del trigo.
Cuando dieron por terminada la recogida, y habiendo hecho no menos de cuatro
viajes al campamento para entregar lo que tenían y salir a por más, celebraron
una gran fiesta.
Extasiados por la comida, las danzas y
el contento general, en un delirio frenético se dedicaron, desde ancianos a
niños, a lanzar el trigo por doquier cuando oyeron el grito de señal:
—¡Arrojad, arrojad el trigo a la
tierra, que los dioses lo harán crecer!
Fue una fiesta fantástica. Cansados y
contentos se reunieron poco antes del anochecer.
—Bien, ahora hemos de guardar el resto
del trigo —pensó en voz alta Qyar.
Al unísono, y todavía con la sonrisa en
los labios, se dirigieron hacia un montón de sacos, sólo para comprobar que
estaban vacíos. Recorrieron el paraje a la búsqueda del resto, y únicamente
pudieron encontrar grano para llenar diez o doce costales.
—Debisteis haber guardado primero el
grano que necesitáramos y luego esparcir el resto —habló un «profeta»
—¡Mira que somos burros! —dijo Wult—,
pero no importa, mañana recogeremos del suelo lo que necesitemos.
Esa noche, un viento más fuerte del
habitual, echó por tierra sus planes. Cuando fueron a recogerlo, la inmensa
mayoría había volado, por lo que pudieron recoger muy poco. Ello obligó a
realizar una nueva expedición a las montañas, que no fue muy fructífera, ya que
entre ellos y los demás grupos habían esquilmado el cereal.
Hubo pocas ganas de repetir la
«siembra». Wult y Qyar cayeron en desgracia ese año.
—¡No me digas marisabionda! —le
espetaban cuando abría la boca, por poco que fuera, para exponer su opinión
sobre cualquier asunto—. Por tus grandes ideas, este invierno vamos pasar
hambre.
En realidad no pasaron tanta hambre.
Fue más bien el chasco de una esperanza frustrada que otra cosa.
Una noche, ya bien avanzada la
primavera, Bopse, que había salido a explorar esa misma mañana regresó
corriendo. Iba dando voces diciendo con gran excitación:
—¡Está lleno, está lleno! A media
jornada del campamento, está completamente lleno de trigo creciendo —dijo como
justificación a tan repentina vuelta.
Los vientos no se habían llevado,
después de todo, la mayor parte del trigo muy lejos. Les informó que las
colinas y vaguadas al norte del poblado estaban repletas de cereal verde. La
fuerza del viento no había sido tanta como para sobrepasar esos mínimos
obstáculos.
Una comisión investigadora fue
constituida. Fue invitado a unírsele el propio Wult, señal del principio de su
rehabilitación. Ni cortos ni perezosos, emprendieron el viaje a la mañana
siguiente. Volvieron gozosos por la noche.
—Es muy grande. Como el mar que
conocieron nuestros padres —explicó Grafd—, lo recogeremos este otoño y
tendremos grano en abundancia.
—Sí, muy bien —habló Qyar, a quien ya
se le miraba de una manera diferente—, y podremos hacer que crezca aquí.
Bastará cubrirlo con un poco de tierra para que no se vuele, como hice dos años
antes.
—¡Podrías haberlo pensado el año pasado
y nos habríamos ahorrado este susto! —No se calló el malasombra de turno.
—No todos somos tan listos como tú,
cariño, que sabes ver la solución de los problemas después que se hayan
producido —le respondió irónicamente sin dejar de sonreír.
El profeta, sintió el calor del
ridículo y calló por mucho tiempo (justo hasta el día siguiente).
Ni que decir tiene que los siguientes
años fueron de una prosperidad magnífica. Conocieron y mejoraron la técnica de
la siembra. Domaron la Naturaleza para que les sirviera a ellos y no tener que
depender de ella y sus caprichos.
Otros grupos les copiaron, extendiendo
el cultivo como una mancha de aceite. Sólo unas pocas generaciones más tarde,
la región entera se dedicaba a la siembra del trigo.
Esta historia no tenía porqué haber
transcurrido necesariamente a orillas del Tigris y del Eufrates. En realidad
fueron cuatro los focos donde nació la agricultura simultánea e
independientemente: Méjico, Perú, Sur de China y Mesopotamia. La fecha exacta
(millar de años arriba o abajo), hacia el 8.000 a de C.
En esta última, Mesopotamia, fue el
lugar donde se domesticó el trigo. En los otros emplazamientos se cultivó mijo,
maíz, alubias,...
Se había efectuado otra revolución
técnica, la tercera según mis cuentas (la caza mediante armas y la construcción
de chozas fueron las anteriores), pero aún no se había realizado la económica.
La tribu había pasado de nómada a
sedentaria, de tener problemas de subsistencia a disfrutar de un holgado
sustento. Sin embargo, seguían aún sin cambiar su estructura social. Ni
siquiera el brujo o el jefe se veían libres de la tarea de ir a cazar o a recoger
la cosecha. Nadie se escapaba de ninguna de esas dos tareas (excepto algún que
otro caradura como Shemi).
No obstante, nos encontramos ya muy
cerca de que fructificase ese cambio. Las condiciones se empezaban a dar, esas
tribus eran ya capaces de producir por encima de lo que necesitaban para
sobrevivir. Pero no queramos ir demasiado deprisa, pues, aún quedaban por
realizarse unas cuantas cosas para que podamos hablar de la gran Revolución.
Cambiando de tercio, un ¿método? de
aprendizaje consubstancial a la Humanidad es el aprender de nuestros errores.
Tendemos a hacer las cosas por impulso. Una primera idea, buenísima según
parece, es puesta en práctica sin una reflexión más amplia. Luego, los
resultados se empeñan en ser diferentes de los esperados, cuando no,
desastrosos.
Por consiguiente, ideas muy válidas
fallan porque no se tienen en cuenta todos los factores, lo que puede llevar a
descartarlas injustamente. En esas ocasiones, lo que sí es seguro es que los
padres de la criatura serán vilipendiados.
Eso les pasó a Wult y a Qyar, con el
resultado que la agricultura pudiera haber nacido en un lugar distinto. Sin
embargo, estos fallos se analizan y corrigen casi siempre. Afortunadamente,
como hemos dicho, tenemos la capacidad de aprender de nuestros errores.
Irónicamente, también, tenemos la facultad contraria, la de volver a tropezar
dos veces con la misma piedra.
El sistema de prueba y de error, bueno
en principio (pensemos en que todo lo conseguido se ha tenido que «probar»
antes de ser globalmente aceptado), ha llevado a la tumba a más de uno. Las
«pruebas» en vivo son muy peligrosas. Decisiones arriesgadas y no muy bien
meditadas, nos pueden llevar a callejones sin salida.
Considerando el ejemplo de nuestra
tribu, si no hubiera sido por la suerte, al sembrar todo el grano y no haber
guardado nada para consumir durante ese año, la situación podría haber sido más
que comprometida por la falta de alimentos.
Además, se da otro fenómeno curioso.
Las consecuencias de una determinada actuación puede que tarden en dejarse
sentir, con lo cual, la visión de la relación causa-efecto va a difuminarse, y
también es posible que se malinterprete.
Supongamos que un iluminado de nuestra
tribu juntara churras con merinas y que después de escuchar los relatos sobre
la misteriosa aparición del trigo en determinados sitios, llegara a la
conclusión que son los agujeros de los sacos los que provocan el nacimiento del
cereal. El ejemplo es exagerado, pero nos sirve para mostrar la dificultad de
relacionar los hechos con sus consecuencias y la facilidad de sacar
conclusiones equivocadas. Imaginemos el mal que causaría que la tribu se lo
creyera y se dedicara a romper sacos, no importa donde.
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Han pasado 1.500-2.000 años. Los
descendientes de nuestro grupo se han desplazado unos cuantos kilómetros y han
sentado sus reales sobre las lomas situadas al norte de la tribu primitiva.
Hasta este momento de la narración, las
cosas se han ido produciendo muy despacio y una tras otra. Pero en los últimos
tres o cuatro mil años del período neolítico, todavía inmersos en la
prehistoria, muchos acontecimientos van a ocurrir.
La primera gran Revolución está
empezando. Estos obscuros años van a ser cruciales; y para no seguir
perdiéndonos en personajes, lugares y fechas, voy a tomarme la libertad de
condensar esa etapa en una única historia. Como si de una cinta de vídeo se tratase,
contaré lo que sucedió apretando la tecla de avance rápido.
Seguimos en algún lugar imaginario de
Mesopotamia, entre los años 6.500 a 3.000 a de C.
Visitantes
La bucólica vida del campo no lo era
tanto. Más bien era pesada, dura y aburrida. Algunos jóvenes cogían sus armas y
emigraban en busca de una existencia más llena de aventuras (decían). No pocas
veces, la verdadera razón era que les disgustaba tener que deslomarse
trabajando la tierra y cuidando los animales. No hacía mucho, el hombre había
pensado que era más cómodo traer la caza a casa que ir a buscarla, dando así
otro avance. Acechaban y cercaban grupitos de cabras y ovejas, que al tener la
manía de seguir siempre al líder, eran fáciles de conducir a los rediles.
Sin embargo la vida en la aldea seguía
como siempre.
—Acércame la vasija para que ponga la
comida —dijo Lerud'x a su hijo pequeño.
Después de haber cocinado los alimentos
directamente sobre el fuego, los depositó en los cuencos y llamó a su marido,
Pald'z, para que acudiera a comer. Sobre la tierra blanqueada del suelo de la
choza se veían varios de estos recipientes con agua, aceites y pequeños frutos.
En varios nichos de la pared, lucida con barro y que nacía de un zócalo de
piedras, podía divisarse el resto de las vasijas. En un rincón, una tinaja
albergaba una buena cantidad de grano.
Precisamente Pald'z venía de trabajar
en la confección de unas cuantas vasijas.
«Es increíble la facilidad con que se
rompen estos cacharros» —pensaba, cuando escuchó la llamada de su mujer.»
Había pasado la mañana peleándose, otra
vez, con la arcilla. La técnica, aprendida hace algún tiempo mediante contactos
con otras tribus, en sí no era muy difícil, pero se necesitaba una cierta
gracia. Primero había mezclado la arcilla con arena, ya que eso evitaría que se
resquebrajase al secarse. Luego había añadido agua a la mezcla hasta que se
convirtió en barro, ni demasiado seco ni demasiado mojado. Hizo unas cuantas
bolas que alargó frotándolas con ambas manos sobre una piedra lisa hasta que
obtuvo una serie de barras alargadas que se asemejaban vagamente a serpientes.
Allanó totalmente otra bola, dándole forma circular. Uniendo las barras, fue
levantando una espiral que partía del borde la base redonda, para dejar en
medio del extremo superior el hueco de la boca de la futura vasija. Finalizó la
figura aplanando con los dedos la espiral de barro, cuidando que no se
produjeran fugas ni en las juntas de la base ni entre las uniones de las
antiguas barras, que ahora formaban una pared más o menos lisa. La igualó con
una piedra plana, para finalmente dibujar con un palito una serie de líneas que
formaron un hermoso trazado geométrico.
Después de comer, se dirigió a un
agujero en el suelo que llenó de leña, a la que prendió fuego. Al alcanzar las
brasas el nivel deseado, puso las vasijas. Cuando se cocieron, las sacó con
cuidado de no quemarse y las dejó enfriar.
Con este procedimiento, el hombre por
primera vez estaba transformando la materia. Lo que Pald'z introdujo fue una
mezcla de arcilla y arena que el fuego convirtió en cerámica. La Humanidad
seguía dando pasos hacia adelante. Y cada vez más deprisa, en un movimiento
acelerado.
Ruc-Fin-Dol era el jefe de la tribu de
Urg, la mejor y más fiera de todas. La leyenda de sus hazañas perduraría más
allá de su tiempo, si hacemos caso a lo que afirmaban de ellos mismos.
De una gran destreza en el uso de las
armas y una táctica de caza inigualable, los urgitas recorrían el mundo a sus
anchas. Si algún grupo disputaba con ellos derechos territoriales sobre la zona
donde llegaban, rápidamente se iniciaban negociaciones, en las que después de
abiertas varias cabezas de sus litigantes, conseguían amplias concesiones sobre
la explotación del área.
Eran fuertes y poderosos, les gustaba
su vida, despreciando todo lo que no fuera caza y armas. Sus tiendas eran
primitivas y fácilmente desmontables. No conocían la agricultura y no les
gustaban los cereales, sólo la fruta y eso cuando estaban de humor. Ni
cocinaban la carne ni maldita falta que les hacían las vasijas de cerámica.
No obstante, sus arcos, flechas y
lanzas alcanzaban un alto grado de precisión y acabado. Las puntas de flecha,
por ejemplo, eran auténticas miniaturas de piedra cuyo diseño hacía que, una
vez alcanzado el animal, el proyectil entrara profundamente en la carne
causándole una muerte muy rápida.
Un día, oyeron hablar de una región,
allá donde se pone el sol, en la que la gente tenía esto y lo otro, que vivían
muy bien con abundancia de caza en el mismo campamento ¿? y con los cereales al
lado mismo. Les entró la curiosidad y quisieron conocerlo.
En la región de los dos grandes ríos,
la gente todavía no tenía desarrollado el concepto de propiedad privada, si
bien no existía interferencia entre las zonas de una tribu y otra. De hecho,
las mínimas disputas se solucionaban amistosamente. Los coscorrones que se
producían, consecuencia de las fricciones, no dejaban de mantener un cierto
espíritu deportivo.
En lo que no estaban muy de acuerdo era
en las razzias que otros grupos «extranjeros» efectuaban de
vez en cuando sobre sus animales y reservas de alimentos. En esas ocasiones,
inevitablemente, había más que palabras, pues, por muy famélicos que les
parecieran los foráneos, si toleraban que se aprovecharan de sus reservas,
ellos mismos acabarían pasando hambre.
Hubo un tiempo en que sí los ayudaban,
pero aquello acabó por mosquearles. No sólo ponían en peligro sus existencias,
sino también experimentaban el sentimiento de que se aprovechaban de ellos:
«¡Qué morro tienen! Estamos trabajando
como burros para que otros se lo beneficien.»
La hospitalidad inicial se tornó en
animadversión, y ocasionalmente se produjeron enfrentamientos, cuando a los
otros no acababa de entrarles en la cabeza que no pudieran tomar parte de esa
comida, de la que, precisamente allí, había tanta.
Como medida de precaución ante sus
esporádicos ataques (siempre había grupos que el concepto «mío» no entraba en
su vocabulario, por lo que tenían que enseñárselo didácticamente), los poblados
se reubicaron, caso de permitirlo el terreno, en emplazamientos elevados y por
tanto de más difícil acceso. Si esto no era factible, construían barricadas y
empalizadas.
La tribu de Urg, fiel a su tradición,
no concebía el susodicho concepto de «mío»:
«Lo que hay en el mundo es de todos y
nos lo proporciona nuestro dios Zael» —era su filosofía.
Obviamente, los de la tribu de Pald'z
no estaban de acuerdo, en absoluto, con esta mentalidad. Lo que ellos hacían
era de ellos. Cuando los urgitas llegaron a la comarca, el choque «cultural»
fue inevitable. En una aldea, situada a cinco días de camino de la de Pald'z,
se produjo el primer contacto. Sin pedir permiso, ni ocurrírseles, tomaron lo
que precisaron.
Los campesinos, pidieron explicaciones,
con los palos en la mano, y las recibieron muy cumplidas, por cierto, sobre sus
lomos.
Vagando erráticamente por la comarca,
los urgitas camparon por sus respetos, siendo cada vez menor la resistencia que
se les ofrecía, pues las noticias sobre cómo las gastaban, se extendieron
velozmente.
En un par de años parasitaron una
amplia zona, cogiéndole tal afición a aquello que incluso acabó por gustarles
el trigo tal como se lo preparaban. Nada mejor que la comida y las comodidades
que les proporcionaban las aldeas que recorrían.
Los campesinos acabaron por resignarse
a su presencia y exigencias. Ya no era sólo la comida, sino que querían las
buenas casas, mujeres complacientes (las suyas eran casi tan salvajes como
ellos) y que los atendieran en sus caprichos cuando estaban de visita.
Los aldeanos, se justificaban diciendo
que podían soportar el coste de sus invitados, pues, en la comarca sobraba para
todos, era cuestión, únicamente, de trabajar un poco más.
En realidad, se trataba del hecho de
que no podían hacerles frente. (Con los anteriores visitantes no decían lo
mismo). Así que ajo y agua. Se echaron sobre sus espaldas esta carga y
siguieron como siempre.
Al año siguiente, estando,
precisamente, Ruc-Fin-Dol gozando de la hospitalidad de Pald'z, les llegó la
noticia que una tribu que venía del Norte, había arrasado una aldea y según
parecía, iba en camino de otra.
El instinto de Ruc le hizo saltar como
un resorte:
«¡Qué es eso de otra tribu haciéndonos
la competencia! ¡Hasta ahí podríamos llegar! Estos se van a comer lo nuestro.»
Nótese el poco tiempo que necesitó para
aprender lo de «mío» nuestro buen amigo. «Mío» que podía verse cuestionado por
unos arribistas. Así que reunió a los suyos, se subió sobre una gran piedra y
les habló:
—Han llegado a mis oídos noticias que
un grupo de malnacidos está atacando y robando a «nuestros» campesinos. Hemos
de defenderlos y protegerlos de esta agresión. Ellos son amables con nosotros y
comparten con nosotros sus alimentos. No podemos permitir que unos forajidos
pongan fin a tan buena convivencia.
No había que ser muy inteligente para
comprender el mensaje: «Ahí arriba, hay otros como nosotros que pretenden
acabar con nuestro chollo.»
—¡Defended conmigo la región! ¡Echemos
al invasor! —lanzó un bramido final.
—¡Sí, defendámosla! ¡Destrocemos a los
bandidos! — respondieron a coro los urgitas, encendidos con el fuego de la
justa indignación.
En ellos, nació una excitación muy
parecida a la que sentían cuando se acercaba el momento de la caza. No es que
en estos años se aburrieran, pero ya empezaban a echar de menos algo de
«marcha».
—Aprestad vuestra armas, coged algo de
comida y vámonos — fue su preparación logística.
Los alcanzaron tres días después, no
sin antes haber dado un par de rodeos, obligados por la anarquía de las
correrías de los intrusos.
A pesar de no haberse conservado ningún
documento del plan táctico de combate, se sabe que la victoria de los urgitas
fue total. El enemigo, que no se esperaba la acometida, fue diezmado
inmisericordemente huyendo maltrecho y dejando sobre el campo de batalla dos
muertos.
La primera batalla de la historia fue
ganada brillantemente por los «buenos» que celebraron gozosos su victoria... y
lo mismo hicieron los campesinos que, si en un primer pensamiento vieron la
oportunidad de deshacerse de los urgitas, en una más profunda meditación
llegaron a la conclusión de que más vale malo conocido que bueno por conocer.
Si no eran éstos serían otros. Así que resignados, sintieron por lo menos,
garantizada su seguridad.
Hasta ese día la Humanidad se había
visto libre de la guerra. Los enfrentamientos ocasionales que se pudieran haber
producido no habían sido llevados a cabo por soldados profesionales, ni su
estrategia había sido científica. Ahora sí. Se había dado otro paso (desde
luego no hacia adelante).
La imagen del guerrero no aparece hasta
este periodo neolítico, ensalzada en pinturas murales y con un manifiesto culto
a su figura. Así, los honores dispensados a los caídos en los funerales
incluían junto a los restos, sus armas cada vez más perfeccionadas.
La guerra nace asociada a la necesidad
de proteger lo producido por el hombre (o su territorio). Esta es la parte
positiva de la cara de la moneda. La otra, es que alguien ataca a sus
semejantes para arrebatárselo. El resultado final es la aparición de un estrato
social que no produce, sino que defiende lo producido, y que por ello tiene
acceso al excedente(y no a la peor parte).
¿Qué ocurría? ¿Los agricultores estaban
pagando gustosamente parte de su excedente a los soldados a
cambio de su seguridad?
Más bien no. Ni lo hacían contentos, ni
voluntariamente. Pensar lo contrario es ser un tanto ingenuo, cuando no, un
consumado demagogo. En realidad, los guerreros, como casta, imponían las
cláusulas. Quien servía a los otros era el campesinado, que para más inri,
era considerado inferior.
(Imagino que lo habrán adivinado, pero
debo decir que los urgitas no han existido en otro sitio que no fuera mi
mente.)
Un muro
No muchos días después de la batalla
entre los urgitas y los extranjeros, fueron apareciendo por la aldea de Pald'z
pobladores de los emplazamientos arrasados por los invasores.
Desmoralizados y asustados, acampaban
como buenamente podían por los alrededores. A quien quisiera oírles, les decían
que no pensaban dejar, bajo ningún concepto, la compañía de los guerreros.
Ruc-Fin-Dol habló con muchos de ellos.
Sintiéndose en parte generoso después de la victoria y en parte culpable de su
desgracia, los trató con amabilidad y los confortó.
—No tengas cuidado. Descansa y repónte.
Si te falta algo de comer habla con Sald-Bua, mi lugarteniente —iba diciendo a
cada cual con quien se detenía para interesarse por él.
La mayoría no tenían problemas de
subsistencia. Además, sería relativamente fácil reponer sus existencias, pues
poco se había perdido en los ataques. Lo que no habían podido traer consigo,
quedaba a buen resguardo en sus escondrijos originales. Muchos, aparecían con
sus animales y cargados hasta los topes de alimentos.
La primera idea que se había formado
Ruc-Fin-Dol estaba cambiando en su mente. No era, como pensaba en un principio,
cuestión de darles cobijo unos cuantos días y que luego regresaran a sus
propias aldeas.
—Si no venís con nosotros, no
volveremos. Hemos oído que más grupos andan no muy lejos —escuchaba una y otra
vez.
Esa respuesta le hacía poca gracia a
Ruc. No era plan ir perdiendo posesiones. Pero tampoco podía protegerlos
adecuadamente. Si más tribus rondaban por aquí, para defenderlos debería
dividir sus fuerzas. Y no se necesita mucho para comprender que un grupo de
cinco o seis hombres, sería fácilmente barrido por una partida de veinte.
Reunido con sus colaboradores más
allegados, celebró consejo de guerra. Empezó explicando la actitud de los
campesinos.
—Pues si no quieren volver a sus
tierras, les obligaremos — saltó Duan-Kell, quien no toleraba que por la
tontería del miedo a morir de los agricultores, él pudiera perder parte de sus
privilegios.
—Sí, Duan. Coges cuatro hombres, te
llevas a los campesinos y te quedas allí, no sea que quieran largarse o que
ataque otra cuadrilla —respondió burlón Ruc—. No creo que sea una buena idea ir
dividiéndonos —concluyó mirando divertidamente a Duan, ahora muy callado.
—¿Entonces...? —preguntó Sald.
—Quería saber vuestra opinión sobre de
la posibilidad de que se queden aquí. Hay tierras más que suficientes y
estaríamos todos nosotros juntos, con lo cual será más fácil hacer frente a
posibles ataques.
Ruc, como ya habrán comprobado, era un
consumado artista manipulando a la gente. Obtuvo de los suyos una aprobación
unánime a su idea. Como jefe no la necesitaba, pero sabía que era más fácil
conseguir que alguien hiciera algo, si lo convencía que si lo obligaba.
—He estado hablando con Grafd'z, el
jefe de campesinos de esta aldea —siguió hablando—, quien me ha sugerido algo
muy interesante. Dice que sería muy conveniente alzar un gran muro, pues las
noticias que le llegan son que cada vez hay más grupos merodeando y asaltando
poblados.
—Y no sólo son otras tribus, sino
grupos de muchachuelos de la región, poco inclinados a seguir el trabajo de sus
padres. Cuando no consiguen suficientes alimentos o tienen ganas de jarana,
irrumpen en una aldea y toman lo que quieren —acabó su exposición con esta
puntilla final.
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Con el paso de los días, la situación
fue tomando forma. Algunos campesinos se establecieron por los alrededores,
siempre muy cerca de la aldea. Otros se instalaron en ella. La población de la
comarca se vio incrementada no sólo por estos primeros inmigrantes, sino que
paulatinamente fueron llegando familias en busca de un lugar próspero y seguro
en el que vivir.
Los rumores de que Aldea-Colina pensaba
construir un muro, tuvieron como consecuencia la aparición de Tyi, el albañil.
Llegó un buen día, no muy tarde desde que se extendiera la noticia de la
construcción de la muralla. Venía acompañado de su familia.
Debía su apodo a su afición a construir
casas y cualquier obra que se presentase. En su poblado, no había cabaña en la
que no hubiera echado una mano. Su dedicación a la agricultura era más bien
escasa, su sustento, frecuentemente, lo conseguía de sus vecinos que encantados
por su colaboración le entregaban grano, carne, leche...
Tampoco era infrecuente que acudiera a
otros poblados de los que tuviera noticia que fuera a realizarse una
edificación. Sus contactos con otros albañiles lo tenían al corriente de las
técnicas modernas de construcción. Una, en especial, le entusiasmaba sobremanera,
las novedosas casas cuadradas de piedra cuyo diseño contrastaba con las
antiguas redondas de barro. En sus ratos de ocio, pasaba horas y horas
diseñando en su cabeza paredes, techos y puertas.
—¿Quién es el que manda aquí? —preguntó
a uno de los aldeanos.
«Buena pregunta» —se respondió este.
—Teóricamente, nuestro jefe es Grafd'z
—contestó ahora ya en voz alta—, pero según para lo que sea, tendrías que
hablar con el mandamás de los urgitas.
—Bueno, he escuchado que pretenden
construir un gran cerco alrededor del poblado. Soy albañil y quisiera conocer a
quien vaya a contratar la obra.
—Ni idea de que vaya a hacerse un muro.
Pero si es algo para protegernos de los ataques, vete a hablar con Ruc-Fin-Dol.
Tyi se dirigió hacia donde le indicó el
aldeano y tras presentarse a un urgita, pidió audiencia ante su jefe.
En aquel entonces los trámites
burocráticos, al no existir papeles, eran extraordinariamente rápidos. Ruc
apareció un instante después de ser informado que un albañil estaba a la
entrada.
—¿Sabrías construir un muro defensivo?
—preguntó sin preámbulos. (Es increíble lo veloces que marchan las cosas cuando
a los jefes les interesa algo).
—Conozco un poblado con uno. Hablé con
los que lo construyeron y, francamente, considero que lo podría hacer mejor.
—Perfecto. ¿Cuánto tiempo necesitarás
para hacerlo?
—¡Puf! —se le escapó un suspiro. Quedó
un tiempo sin decir nada y luego pausadamente fue dejando salir las palabras. —
Dependerá de lo alto, grueso y largo que lo quieras y de los hombres que puedan
ayudarme. En el poblado del que te hablé, estuvieron más de medio año los
veinte hombres trabajando en el muro, pero... no era muy grande.
Ruc, de nuevo, oía una respuesta que no
le gustaba. Tuvo la misma sensación que cualquiera de nosotros al pedir el
presupuesto, en tiempo y dinero, sobre cualquier pequeña reforma que
pretendamos hacer en nuestro hogar. Aquel hombre, desde luego, no se mojaba en
absoluto.
—¡Escúchame bien! Vamos a construir un
muro, contigo o sin ti. No me gustan las vaguedades. Te lo pregunto de nuevo,
si es que te interesa el asunto. ¿Cuánto tiempo necesitarás para acabar ese
muro?
Tyi, no era la primera vez que
escuchaba tales palabras, aunque nunca de un modo tan mal educado.
—Quiero hacer ese muro. Pero ni yo ni
nadie puede hacer de adivino. No he visto el terreno. No sé qué longitud
tendrá. Ignoro de dónde sacar las piedras y tierra; y tampoco hemos hablado de
lo que me corresponderá por hacer este trabajo.
Ruc estaba poco acostumbrado a
respuestas tan insolentes. «Pero, ¡qué carajo! este tío dice cosas con mucho
sentido común. Aunque ...»
—...¿qué es eso de qué te corresponderá
por hacer este trabajo? —finalizó su pensamiento en voz alta.
—¡Claro! Los míos y yo, tendremos que
comer mientras estemos construyendo el muro. Además precisaremos una cabaña,
cacharros y ropa.
Aquello representó un choque para Ruc.
Jamás había oído nada semejante. Permaneció bastante tiempo con la mirada fija
en el infinito. Por segunda vez en la misma conversación, la lógica de la
situación se le antojó aplastante. «Evidentemente, este hombre no va a estar
preocupado en conseguirse su comida o ropas o... y a la vez estar trabando en
el muro...»
—¿Te parece, Ruc-Fin, que vea el
terreno, calcule lo que precisaré y te diga lo que espero recibir en
contraprestación, digamos en dos o tres días?
Así lo acordaron. Ruc-Fin-Dol, se
volvió a su cabaña, donde continuó meditando por un tiempo. «¡La de cosas
nuevas que están ocurriendo estos días! ¡No sé dónde iremos a parar!»
El pobre Ruc estaba siendo sometido a
cambios muy profundos. No sólo había conocido lo de «mío» (definido como «no es
tuyo»), sino que alguien ponía en crisis su modo de vida habitual. Hasta
entonces las cosas eran muy sencillas: unos trabajan en el campo, con lo que se
alimentaban, incluyéndose los urgitas, ¡faltaría más! Es cierto que también
hacían otras cosas (como vasijas) y que más de un trueque se realizaba.
Lo que le causaba impacto a Ruc, era
que una persona que, primero, no iba a trabajar la tierra, y segundo, que no
era uno de sus soldados, fuera a acceder a una parte de los alimentos que se
produjeran.
Una nueva clase había aparecido
ante Ruc, quien supo ver, después de recuperarse del choque (las costumbres no
se cambian de la noche a la mañana), las ventajas que esta situación
produciría.
Otra cosa pensó Ruc. Tyi, no iba
recibir ni la más mínima porción de la parte que les correspondía a él y a los
suyos. Los aldeanos tendrían que producir más, o echar mano a sus reservas,
para pagar a Tyi.
Nuestra aldea va haciéndose más
compleja. Ya no todos hacen de todo: Los campesinos, quizá los menos
diversificados, trabajan en el campo y con los animales, construyen sus chozas,
curten sus pieles, hacen sus vasijas...
Los soldados defienden y no hacen nada
más... Aunque esto es inexacto. Alguien está empezando a actuar aportando a la
sociedad un elemento inmaterial, cuya influencia es simplemente
inconmensurable. Este alguien se llama Poder. El elemento que produce, se
llama, en plural, Decisiones. Y las Decisiones afectan a toda la sociedad en
todos sus ámbitos: político, social, cultural, etc. y por supuesto económico.
Por último, el albañil, que va a
realizar algo para la Comunidad y que en pago espera que la misma contribuya a
su manutención... y si es posible obtener algo más, mejor que mejor.
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Ahora sí, la primera gran Revolución
económica de la Humanidad está arrancando.
Por fin Bops'z se había casado. El
decano de los solteros había acabado por entrar en el Gran Club. Para ser
sinceros, tendríamos que decir que lo habían casado. Una jovenzuela urgita,
Etem, se había encaprichado de él desde el primer día que lo vio. A partir de
ese momento el cerco en torno a Bops'z se cerró. Su destino estaba fijado.
Etem, igual de seductora que una boa
constrictor aunque no tan delicada, no se anduvo con muchos rodeos con Bops'z y
le dijo a las claras lo que pretendía:
—Tú serás mi marido y ¡ojo con las
otras mujeres!
He intentado averiguar que es lo que
vio Etem en el pobre de Bops'z, pero un velo de silencio se extiende sobre la
historia. De todos modos, poco importa. Etem, una vez tomada la decisión, la
comunicó a los suyos, quienes, al igual que yo, no comprendieron las razones de
aquel enamoramiento.
No es que ya estuviera mal visto el
cruce entre dos miembros de castas diferentes (para que tal prejuicio estuviera
en vigor sería preciso una sociedad más civilizada), simplemente no les entraba
en la cabeza que se quisiera emparejar con un campesino, así que la dejaron que
hiciera su real voluntad.
Etem, que ni de lejos aspiraba a ser la
mujer de un sencillo agricultor, desde el día de su boda empujó a Bops'z a ser
más.
—Me han dicho que en un poblado del
Oeste existen unos artesanos que son una auténtica maravilla en el acabado de
la piedra. Quiero viajar y conocer lo que se hace por ahí fuera.
La ambición de Etem no era de riquezas,
se precisaría todavía una cosa para que ese concepto hiciera aparición en
nuestro mundo. Ella quería un cierto prestigio social del que el campesinado
estaba en aquellos momentos muy alejado.
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La misma mañana que emprendieron el
viaje de bodas, costumbre que posteriormente se pondría muy de moda, Tyi se
dirigía caminando lentamente hacia la cabaña de Ruc-Fin-Dol. En su cabeza
llevaba un montón de apreciaciones nada concretas y ningún cálculo. Cuando
concluyó de exponer a Ruc sus previsiones, tirando muy por encima de lo que
pensaba para no pillarse los dedos, éste cogió un buen cabreo.
—¿Cómo que por lo menos un año
trabajando la mitad de los hombres? —cortó rápido Ruc—. De eso nada. Si alguien
tiene la ocurrencia de atacarnos mientras, ¿les decimos que se esperen, que
todavía no podemos atenderles?
—Fíjate que el muro es muy largo y
tiene que ser grueso y fuerte —contestó con aplomo Tyi—; pero existe una
posibilidad. Podemos empezar a hacer un pequeño terraplén con su zanja en los
dos o tres lugares menos protegidos y luego ir ampliando el muro hasta hacerlo
inexpugnable.
Aquello calmó a Ruc. La idea era buena
y el tiempo en el que estarían emplazadas esas defensas mínimas, aceptable. En
cuanto a la cantidad de hombres que trabajarían con él en el muro, no se
especificó, pues ni el propio Ruc lo tenía claro. Por un lado con más hombres
se acabaría antes, pero se desatenderían las faenas normales de la aldea.
Llegaron a un compromiso flexible que dependería del número de «voluntarios»
que estuvieran libres en cada momento. Una vez resuelto esto pasaron,
finalmente, a hablar de las cuestiones económicas.
—Cinco (se quedaron en tres) sacos de
trigo por cada luna que trabaje, una cabra cada dos lunas (cada cuatro), una
medida de carne cada siete días (cada diez), un sitio, materiales y
«voluntarios » que me ayuden a levantar mi propia casa (concedido), tres (algo
menos)... —y con unas pocas cosas más quedó cerrado el trato.
Inmediatamente después, Ruc se reunió
con Grafd'z para explicarle las cláusulas del contrato que acababa de sellar:
—Me gustaría hablar contigo de tu
magnífica idea de construir un muro —empezó dorando la píldora Ruc—...
—... y además piensa que con los
tiempos que corren, en cualquier momento puede venir un grupo que arrase «tu»
aldea — concluyó su larga y florida explicación.
—De acuerdo —le respondió el débil
Grafd'z, quien pese a no ver claro que tuvieran que «pagar» ellos y encima
trabajar en la muralla, no se atrevió a contradecir a Ruc. Una vez más deberían
producir más cosas para un tercero. Lo que sí le parecía bien, incluso le
enorgullecía, era que su idea fuera a llevarse a cabo.
Grafd'z reunió a los suyos y les
trasladó su conversación con el jefe de los urgitas.
—De acuerdo, de acuerdo, de acuerdo...
—habían ido asintiendo complacidos a la exposición de su jefe (ellos ya habían
dicho que «se tendría» que hacer «algo»).
—...¿Cómo? ¿Cuánto me toca dar a
mí? —cambió su estado de ánimo en el justo momento que cobraron conciencia de
lo que tendrían que pagar cada uno de ellos.
El impuesto acababa de nacer. Desde el
principio, nuestro grupo decidía lo que había que hacer y ellos mismos lo
hacían. Posteriormente con la llegada de los urgitas, estos se limitaban, de
tiempo en tiempo, a tomar lo que precisaban. En aquella última reunión, por el
contrario, se había establecido un sistema de reparto de lo que cada uno
tendría que aportar para la construcción del muro.
Existía una necesidad común a todos
ellos y en común tendrían que soportar su carga. No sólo se requería su
trabajo, eso era lo habitual y no les causaba ningún problema, sino que se les
estaba pidiendo una parte de sus riquezas y del fruto de su esfuerzo.
Aquella parte era muy pequeña, ya
crecería luego, pero aún así les produjo un amargo dolor de corazón (el mismo
que siente Ud. cuando al rellenar su declaración de renta le sale «a pagar»).
Los impuestos van a llevarse un pedazo
considerable del excedente que produce una sociedad, con lo
que su influencia sobre el sistema económico va a ser enorme. Pero en este
pasaje sólo quiero explicar lo que son y lo que significan.
Existen necesidades generales a toda la
sociedad y toda la sociedad paga para que se cubran dichas necesidades. Hasta
ahí, perfecto. Una parte del excedente sale de quien lo ha
producido y llega a otro que se encargará de realizar una serie de tareas para
toda la comunidad.
Pero esto es la teoría. En realidad
existe un montón de cuestiones sin solucionar. ¿Cuánto debe aportar cada cual?
¿Quién lo decide? ¿Quién aprueba lo que se ha de hacer? ¿Qué realizar primero?
¿En qué zona empezar? ¿...?
La respuesta a estas preguntas sigue
discutiéndose año tras año.
Habían dado comienzo la obras de
construcción de la muralla. Las partes Este y Sur de la colina eran las de más
fácil acceso por lo que Tyi junto con su hijo mayor y cinco aldeanos, entre
ellos Pald'z y Wult'z, empezaron por la Sur a excavar una profunda zanja. Iban
amontonando la tierra que extraían sobre la parte posterior del foso, con el
objeto que los posibles atacantes tuvieran que sortear primero el agujero y
luego escalar la pared que iban formando.
El lado Norte y buena parte del Oeste,
disponían de unas defensas naturales que precisarían de muy pocos retoques. El
terreno era de pendiente muy inclinado que finalizaba en bastantes sitios en
rocas. Quedarían acabadas simplemente cubriendo los huecos entre roca y roca,
elevando con tierra aquellas más bajas y haciendo más verticales las cuestas
mediante el vaciado de las mismas.
Si se decidieron a construir por el Sur
era porque por el Este existía una amplia explanada casi libre de obstáculos
que permitía una amplia visión de la zona. No obstante esa parte debería ser
cubierta inmediatamente se finalizara la Sur.
Las condiciones del terreno no
constituían mayor problema. Sus dificultades provenían de sus instrumentos.
Varas y cuñas de madera, hachas de piedra que no servían mucho como azadas y
capazos para transportar la tierra extraída.
Después del primer día, la mayoría de
los útiles quedaron destrozados. Tyi habló con los «voluntarios» y decidieron
que Pald'z y Wult'z se dedicarían a reconstruir las herramientas mientras el
resto seguía en las obras. El propio Tyi les explicó cómo hacer alguno de los
instrumentos para la obra, arados, picas y cuñas de madera más resistentes, qué
tipo de piedra usar y cómo tallarla para usarla como azada, etc.
A continuación se dirigió a Grafd'z
para exponerle la conveniencia de que otro grupo se dedicara a recoger piedras
grandes y pequeñas con las que levantar algunas partes de la muralla que así lo
requerían (y para su casa también, aunque esto, claro, se lo calló)
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Etem y Bops'z viajaban de poblado en
poblado acompañados de un buey cargado de provisiones y piezas de cerámica.
Habían enviado un mensaje a un conocido suyo de otra aldea en el que decían que
le pensaban efectuar una visita. Asimismo, le rogaban que si tenía algún
conocido en otro emplazamiento, le pidiera, como favor, que le comunicara su
paso por aquella otra población y si fuera posible los atendiera.
Con este sencillo sistema de
comunicación eran maravillosamente recibidos por donde iban. La hospitalidad,
sobre todo si se tenían referencias de un conocido, funcionaba admirablemente.
Descansando en las casas de sus
anfitriones y agasajados exageradamente, cuando dejaban un poblado acababan con
el buey más cargado de provisiones que cuando salieron de Aldea-Colina.
—¡Venga! Llévate este saco con comida,
nunca se sabe lo que os hará falta —les ofrecían.
—No, de verdad. No nos cabe más en el
buey —era su respuesta.
Con el tiempo aprendieron a entregar
ellos mismos un obsequio, alguna pieza de cerámica o algo de comida que no
conocieran sus anfitriones. Con ello, no sólo aliviaban al pobre buey, sino que
estrechaban más si cabe, sus lazos de amistad.
Pasaban varios días en cada lugar y
conocían sus costumbres y maneras de hacer las cosas.
—¿Qué es eso? —preguntó Bops'z a su
huésped que estaba golpeando una especie de piedra con otra después de sacarla
del horno.
—Lo llamamos cobre —respondió—, y es
una piedra prodigiosa, pues cuando está caliente puedes hacerla cambiar de
forma, si sabes pegarle adecuadamen...
—¿Y para qué sirve? —continuó
preguntando atropelladamente.
—Con ella hacemos puntas de lanza y
hachas —volvió a responder—, aunque el uso las deforma y tenemos que volver
moldearlas. ¡Mira! ahí tienes varias.
¡Qué maravilla! —exclamó al acercarse
para verlas mejor—. Son auténticamente fantásticas. ¡L...! ¿Qué son esos
objetos amarillos de la esquina? ¡Me encantan!
—Son adornos de oro —siguió
respondiendo el hombre cada vez más complacido—. Se hacen de otra piedra
parecida aunque más blanda y por eso más fácil de trabajar. Para hacer armas no
son muy útiles, pero sí para adornos. A los hombres y mujeres les encanta.
Bops'z estaba impresionado. De todos
los lugares que habían visitado, incluyendo aquél en el que el labrado de la
piedra alcanzaba su perfección, éste último era el que más le fascinaba.
Etem fue fácilmente persuadida para que
se quedaran con el forjador todo el tiempo que fuera preciso. Allí aprendió a
reconocer las piedras, a calentarlas y moldearlas, siempre dirigido por un
maestro orgulloso de lo que era capaz de enseñar a su aprendiz.
Cuando Bops'z comprendió que su
formación había concluido, dejaron con lástima la aldea, pues el cariño era
recíproco. Antes, «tuvieron» que llevarse una buena cantidad de adornos y
útiles que el forjador, en prenda de tal afecto, les regaló.
Pese al grado de progreso alcanzado en
el tallado y esmerilado de la piedra de sílex («Millones de años de experiencia
avalan la calidad de nuestros productos», podría haber rezado su eslogan publicitario),
algo en el interior de Bops'z le decía que aquella antigua técnica había
quedado obsoleta.
Un día de viaje llevaban, cuando por la
senda por la que se desplazaban vieron venir un buey y detrás de él un hombre.
Habría sido algo de lo más corriente, de no ser porque el hombre no movía los
pies. Iba erguido, orgullosamente, sobre un artefacto que el buey arrastraba
sin dificultad.
—¡Hola buen hombre! —saludó Etem con
clara intención de hacerle detener y entablar conversación—. ¡Qué los dioses te
bendigan!
Juzemplabt no se dignó responder. Él,
primogénito del gran señor de Urry, no se entretenía con paletos. Pero las dos
inauditas hachas que vio al costado del otro buey le hicieron cambiar de idea.
—¿Quiénes sois? —preguntó sin desviar
la mirada del objeto de su interés.
—...dea-Colina —acertó a comprender. Su
mente seguía en otra dimensión.
—¿Qué es eso? —señaló con el dedo.
Etem, a quien los malos modos le
cargaban cantidad (a no ser que fueran los suyos), miró al joven un largo rato
sin responder. Aquel silencio hizo desviar la mirada a Juzemplabt hacia Etem.
Durante un prolongado lapso se exploraron midiéndose con los ojos.
—Son hachas, señor —respondió Bops'z.
Si Etem hubiera tenido a mano una de
las hachas la habría hincado en medio de la mollera de su marido. Pero como no
las tenía, simplemente lo fulminó con una instantánea pero intensa mirada.
Bops'z ya no abrió la boca. Habría sido incapaz. Sus cuerdas vocales se habían
pegado.
Juzemplabt descendió de su plataforma y
dirigiéndose a Etem con la mejor de sus sonrisas, dijo:
—Permitid que me presente, soy
Juzemplabt hijo del gran señor de Urry, el próximo pueblo que encontraréis —su
tono había cambiado. Iba a conseguir esas hachas como fuera. Empezó por las
buenas—. He quedado sorprendido al ver las hachas. ¿Podría tocarlas?
Etem, ya más relajada, cambió de
actitud asimismo. A ella también le interesaba estar a buenas.
—... ¿y qué es eso sobre lo que venías
montado? —preguntó en medio de sus explicaciones acerca de la bondad de las
hachas en cuestión.
—Es un carro que va montado sobre estas
dos cosas que llamamos ruedas y que el buey, o una persona, puede arrastrar sin
apenas esfuerzo. Además de llevar personas, puede ponérsele una carga.
Si decimos que en un abrir y cerrar de
ojos, cuando ambas partes comprendieron qué era lo que la otra quería, se cerró
el trato, no exageraríamos lo más mínimo. Los dos se alejaron rápidamente,
pensando que habían hecho el negocio de su vida y temiendo que la otra se
arrepintiera.
«¡Vaya, vaya! —se jactaba Juzemplabt
mientras seguía su camino sobre los lomos del buey—. En Urry puedo conseguir
todos los carros que quiera, pero estas hachas son magníficas.»
—¡Mira que hemos sido listos, Bops'z!
—se ufanaba por su parte Etem-. Tú puedes hacer todas las hachas que necesites
y este carro nos va a venir de perillas para cargarlo con todo lo que llevamos
encima.
Desarraigados
Les daban el nombre de desarraigados,
aunque su destierro había sido voluntario. Odiaban el trabajo de la tierra y la
sumisión que implicaba. Vivían en pequeños grupos dedicados a la caza y al
pillaje. Las cosas raramente les iban bien, pues frecuentemente salían
trasquilados cuando se enfrentaban a los habitantes de los poblados de la
comarca. Famélicos y desesperados, no daban a la vida humana, incluida la suya,
la menor importancia.
Así habría sido indefinidamente de no
mediar la aparición de Jigkesh. Alto, fuerte y de grandes ojos obscuros, que
imponían respeto cuando se clavaban fijamente en alguien. Había nacido para ser
líder y lo sabía. Los que lo seguían lo adoraban. No porque fuera un ser dulce
y comprensivo, sino porque era duro, despiadado y justo; les llevaba dónde él
quería que fuesen porque sabían que ese era el lugar donde debían llegar. No
había fallado nunca en ninguna de sus acciones.
—Es hora de dejar de vagabundear —había
dicho una noche a sus colaboradores más próximos—. Vamos a tomar posesión y
gobernar las tierras que precisemos. Y las mejores son las de Aldea- Colina.
Antes que acaben su muralla, hemos de echar a los urgitas.
—Dispersad a los hombres —siguió dando
órdenes—. Cada uno con su familia que tome caminos diferentes. Dentro siete
días, ni uno antes ni uno después, deberán haber llegado al lago de Tres- Ríos.
Al octavo, atacaremos.
A lo largo de ese séptimo día fueron
llegando los desarraigados. Lo primero que veían, nada más entrar en la zona
donde se cobijaban, era las cabezas separadas de los cuerpos de tres hombres.
Un poco más lejos, yacían los cadáveres
desnudos de sus mujeres e hijos.
—Jigkesh dijo siete días, ni uno más ni
uno menos —se encargaba un hombre de explicar a los recién llegados tan macabra
exhibición.
Al amanecer del octavo día, los reunió
y explicó su plan de ataque:
—Los urgitas son un desastre. Están
gordos y confiados. No montan ningún tipo de guardia. Antes de que acabe el día
habremos conquistado Aldea-Colina. Nos acercaremos por el Norte, pero haremos
la acometida por el Este. Allí no hay nadie, están todos en el Sur trabajando
en su muralla. Una cosa más, matad a los urgitas, pero dejad en paz a los
campesinos. No los toquéis si no os atacan, cosa que no creo que hagan. Deben
seguir labrando la tierra para nosotros. Hizo una breve pausa, pues había algo
que quería remarcar:
—Recordad mis instrucciones. No son
broma. Esas tres cabezas así lo atestiguan. No fue por mi capricho, pero nadie
no autorizado debía estar aquí antes de tiempo para no dar pie a que se
propagase la noticia de nuestra situación.
Ruc-Fin-Dol, en Aldea-Colina, ni estaba
gordo ni confiado. De hecho, le preocupaban sobremanera los desarraigados y en
sus frecuentes conversaciones con Sald-Bua, el tema salía a relucir. Si bien
sus hombres llevaban una vida cómoda y fácil, no era menos cierto que todos los
días les hacía realizar prácticas. El motivo por el que Jigkesh pensaba lo
contrario era culpa suya. Su engreimiento le llevó a esta conclusión el día que
haciéndose pasar por un viajero llegó a Aldea-Colina en calidad de espía.
Quiso la suerte que ese día hubiera
marcha. En plena jarana, los urgitas y otras mujeres no estaban dando un
espectáculo muy edificante. La razón de la fiesta está olvidado, tampoco
necesitaban ninguna gran excusa para montársela, pero lo que sí es cierto, es
que se montó una buena.
Jigkesh, sumó rápidamente dos y dos,
veintidós, sacando apresuradamente sus conclusiones. Como era el jefe, era el
que más sabía. La «verdad» era lo que él había visto y ya no necesitaba ningún
consejo: los urgitas eran un desastre.
Desastre fue el que se abatió sobre los
desarraigados. Ya no pasarían a la Historia. Un líder fuerte, con ideas claras
y con metas concretas, había llevado a los suyos a una hecatombe. No era la
primera vez, ni sería la última.
Los urgitas, que ya estaban algo
mosqueados por la desaparición de los desarraigados, dirigidos magistralmente
por Ruc y Sald-Bua, supieron reaccionar a tiempo ante las primeras voces de
alarma. Y como en toda película de acción que se precie, la batalla concluyó
con el combate singular entre el «bueno» y el «malo».
El que Ruc, más viejo y menos fuerte
que Jigkesh, se hiciera ayudar por un par de sus mejores hombres, fue borrado
de los anales de la batalla. No era cosa de sembrar la Historia con pequeñeces.
Sald-Bua se contó entre los que no lo
contaron. Sobre el campo de batalla quedaron los cuerpos de los bravos
guerreros (los nuestros) y las piltrafas de los del enemigo. Como no resultaban
muy estéticos, se pusieron a la tarea de dejarlo bien arregladito, con los
nuestros pulcramente guardados bajo tierra (con todos los honores). Estos
monumentos erigidos en honor a la barbarie humana es mejor presentarlos
idealizados.
Este enfrentamiento tuvo, asimismo, una
consecuencia novedosa. Los urgitas y el resto de la comunidad, empezaron a ver
a Ruc-Fin-Dol como algo más que un hombre: lo proclamaron Rey.
El título, en sí, dejaba frío a Ruc.
Tenía claro quien sería el Rey de haber perdido la contienda. Sin embargo, lo
aceptó porque tenía claras ventajas políticas. Sus decisiones serían, a partir
de ese momento, «reales» y por tanto casi, casi, divinas. (No faltaba mucho
para que los reyes «comprendieran» que ellos y sus descendientes estaban
emparentados directamente con las alturas).
La vida en Aldea-Colina siguió. Se
aceleró la construcción de la muralla y fueron llegando nuevos inmigrantes.
Regreso
Un buen día, Pald'z, salió
precipitadamente de su taller cuando entre un creciente ruido de algarabía,
atinó a descifrar que su amigo Bops'z estaba de regreso.
Posiblemente la expresión quedarse
alelado nació cuando Pald'z puso aquella cara de estupefacción al ver a la
pareja vestida con algo que no eran pieles, adornada con otra cosa que no eran
huesos, armada con lo que no era piedra y que venía caminando sin mover los
pies ni tocar el suelo.
Por toda la ciudad se corrió el rumor
de su entrada majestuosa. En otro tiempo se habría reunido la tribu al completo
alrededor del fuego y habría escuchado con un entusiasmo al borde del éxtasis,
la narración de las aventuras de su viaje. Como esto ya no era posible, la
reunión o mejor reuniones, se celebraron dentro del círculo íntimo de sus
amistades.
—... fue estupendo —seguía Etem
hablando y hablando a Lerud'x y resto de las mujeres—. Pero, además de las
joyas que son cosa aparte, la confección de los vestidos de lana...
—... utilísimo —hablaba simultáneamente
Bops'z a los hombres—, el carro es utilísimo. Puedes llevar toda la carga del
mundo o puedes ir subido en él sin cansarte,...
—... desde luego con estos trapitos
estamos monísimas —risitas contenidas de las mujeres—, vamos a hacer furor. Si
quieres una vara de tejido te la cambio por ... (Siento emplear esta trillada
frase, pero de verdad se dijo esto por primera vez en la Historia.)
—... las hachas —hizo Bops'z una pausa
significativa—, las hachas son poderosísimas. Voy a dedicarme a hacerlas.
Cuando tenga alguna, hablaremos, no por nada sois vosotros mis amigos y siempre
os trataré mejor que a nadie.
—...¿Os he contado? —y así siguió la
velada.
Bops'z y Etem habían hecho algo más que
un viaje de bodas. En realidad, ha sido una estupenda excusa para asomarnos, a
vuelapluma, a las portentosas mejoras que el hombre iba produciendo: la rueda,
el tejido, la forja de metales, que junto a los ya conocidos, agricultura,
cerámica, construcción, etc., configuraron el desarrollo de nuestra sociedad.
Pero nunca el desarrollo es meramente
técnico, se necesita en paralelo uno político y social. El primero, el
nacimiento de la realeza, implicaría un cambio revolucionario desde arriba...
La división del trabajo, revolucionaría
la organización social...
El día que murió, de viejo, Pald'z en
su modesta casa del centro de Aldea-Colina, reinaba Duan-Kell. Después de la
«gloriosa» muerte de Sald-Bua, lugarteniente y brazo derecho de Ruc-Fin- Dol,
éste había llamado a Duan para que ocupara el sitio del finado.
Sin ser consciente de su error,
pretendió ganarse a la oposición a su reinado mediante este acto. Pero
Duan-Kell no era como el callado y eficaz Sald-Bua, pretendía algo más,
especialmente ahora que su predecesor había desaparecido.
Si conocen la manera que el mar va
socavando la costa, no creo preciso extenderme como Duan minó el poder de Ruc,
sin que éste tuviera la más mínima idea de lo que pasaba a sus pies. Tampoco es
ejemplarizante, el modo en que fue derrocado, humillado y muerto. Tan sólo
decir que, cuando se levantó por la mañana tuvo la sensación que aquél iba a
ser otro día maravilloso. En medio del dolor, físico y moral, que padeció
durante su tortura, pensó amargamente en lo mucho que se había equivocado, y no
únicamente esa mañana.
El primer acto del Gran Rey Duan-Kell
fue el de mandar descuartizar a los hijos de Ruc, a sus familiares e íntimos.
Así se juega a este juego.
Lo segundo fue rodearse de sus más
allegados entre los que repartió honores, cargos y privilegios (a costa de los
que trabajaban, claro). Había nacido la aristocracia.
Las murallas de la ciudad, acabadas
largo tiempo, se estaban ampliando. Dos mil almas se hacinaban en la colina,
más de la mitad fuera del muro original.
Tyi, se encargó de supervisar la
construcción, aunque por su edad no le apetecía involucrarse demasiado en la
faena. En verdad, quien dirigía las obras, era su primogénito. Él prefería
vivir en su esplendorosa casa de dos pisos, la más imponente de entre las de
los plebeyos, en medio de la mejor barriada.
Aquel barrio, se enorgullecía Tyi, era
obra suya. Casas cuadradas, de piedra, con «puertas», a las que era fácil
adosar nuevas estancias, contrastaban con las de los suburbios, cada día más
sucias e insalubres.
Su vecina era la viuda Etem, rica
gracias a un nuevo modo de ganarse la vida mediante hábiles trueques con las
telas que se hacía importar. Sus hijos se dedicaban al trabajo de forjar los
metales.
El Rey, nobles, artesanos, ceramistas,
carpinteros, cesteros, tenderos, etcétera, etcétera, poblaban Aldea-Colina, que
ya no era una ciudad autosuficiente, pues precisaba del intercambio con los
agricultores y ganaderos.
Pongamos punto final a nuestra
particular visión de la Prehistoria. Muchas más cosas estaban ocurriendo o a
punto de aparecer. Por ahora, es suficiente que tengamos en mente los
inverosímiles cambios que se habían producido en esos cinco mil años (- 8.000 a
-3.000) y como la sociedad se hace inconcebiblemente compleja.
Hemos visto en este capítulo que parte
del género humano deja de ser nómada para convertirse en sedentario. Quizá este
cambio se debió a las favorables condiciones climáticas después de la última
glaciación. Pero, sobre todo, fue la existencia de unas amplias tierras
fértiles, lo que hizo que determinadas tribus pudieran vivir en ellas
permanentemente.
Esto trajo consigo una transformación
substancial: al dejar de vagar, las mejoras e innovaciones que el hombre creaba
no tenían que ser abandonadas cada vez que tenían que mudarse de lugar en pos
del alimento. Simultáneamente, podían permitirse el lujo de pensar en la
realización de cosas más consistentes: las casas se hacen de piedra, se
modifica el entorno para que le proporcione sustento, se confeccionan objetos
de cerámica, se trabajan los metales, se construyen poblados fortificados, se
organiza socialmente...
El nacimiento de la agricultura fue
inevitable. El que viera la luz en cuatro sitios independientes y casi
simultáneamente así lo demuestra. Aquella agricultura fue el primer gran
generador de excedente de la Humanidad. Los agricultores, como
hemos visto, producían por encima de lo que necesitaban y ese exceso iba a
parar al resto de los estamentos de su sociedad.
¡Cuidado con este punto! La agricultura
genera excedente, por supuesto, pero no es en absoluto el único
«agente» que lo produce. Los fisiócratas, una de las primeras corrientes de
pensamiento económico, pensaban de ese modo. Incluso hoy en día me ha
sorprendido leer algún artículo en ese mismo sentido.
Ese planteamiento es un error
mayúsculo. Allí dónde unos hombres cubren, mediante su trabajo o sus bienes,
una necesidad de otros hombres, se puede producir un excedente.
A los agricultores podremos, pues,
añadir los albañiles, los artesanos, los que prestaban servicios, los que
detentan el poder y como veremos, los nuevos estratos sociales con una
participación activa en la actividad económica. Todos ellos, repito, todos
ellos van a ser generadores de excedente.
Con los agricultores no existe
discusión. Plantan unos puñados de simiente y recogen kilos y kilos. Una parte
la destinarán a su consumo, otra como semilla para la próxima cosecha y la otra
constituirá un exceso. En este caso, dicho exceso es físico. Se puede ver,
tocar y medir.
¿Y los albañiles? Cada uno de ellos
hará, a lo largo de su vida, más viviendas que las que necesita para él. Está
produciendo también un exceso físico. Esto también parece evidente. De unos
materiales diversos, creará una cosa totalmente diferente que satisfará, a
otros miembros de la comunidad, la necesidad concreta de disponer de un
habitáculo en el que vivir.
Con los artesanos ocurre lo mismo. Pero
¿y con el Poder? ¿y con los servicios? Confío que los ejemplos de Ruc-Fin-Dol y
de Shemi en estos dos primeros capítulos, hayan aportado claridad al asunto. El
Poder produce Decisiones que afectan a la vida económica (y no sólo económica)
de la sociedad. La construcción de la muralla afectó irremisiblemente a
Aldea-Colina. Shemi, pudo vivir de lo que producían los demás a cambio de un
conjunto de habilidades que entretenían (que es una necesidad humana), curaban
(también), y digamos, confortaban espiritualmente (por supuesto).
He estado usando en este último
comentario dos palabras semejantes, exceso y excedente. La razón es
simple. Un albañil, aparte de construir su propia casa, necesita comida y
herramientas para poder seguir viviendo y trabajando. Por tanto, una parte de
su exceso lo tendrá que intercambiar por el de los otros. Para expresarlo en
números y cambiando de protagonista. Un alfarero habrá construido en un mes,
pongamos, 700 tinajas. Necesitará para él 2. Su exceso de producción será de
698. Pero habrá tenido que comer carne y verduras. Habrá intercambiado 350, por
alimentos. También habrá tenido que reponer parte de sus herramientas de
trabajo, digamos por 98 tinajas. En resumen, este alfarero habrá producido
un excedente de 250 tinajas.
Eso es lo que dirían los clásicos, y
así es si así os parece... si no fuera porque por esa vía vamos a encontrarnos
con un callejón sin salida. ¿Y los impuestos qué?, este alfarero habrá tenido
que pagarlos, ¿no?
Además estamos hablando de un excedente meramente
físico, muy facilón. Si nos preguntamos qué excedente genera una Compañía de
seguros o una entidad financiera o un peluquero, vamos a tener graves problemas
si lo queremos expresar en términos de unidades.
Asimismo, la distinción entre exceso y
excedente, tal y como la hemos descrito, no está totalmente clara. Muchos no
estarán de acuerdo con ella, quizá con razón. ¿Por qué el excedente debe ser de
250 tinajas y no de 698? En realidad el alfarero ha producido para la comunidad
esas 698, y los demás han realizado un exceso de herramientas, alimentos, etc.
Un lío, ¿no?
Pero no nos compliquemos demasiado la
vida. El excedente por difícil que sea de determinar, existe, es real (material
o inmaterialmente). Lo importante es que está destinado a cubrir las
necesidades de otros. Su definición exacta y su valoración no me preocupan
tanto como el conocer cómo funciona y qué consecuencias tiene para el propio
sistema económico.
Nos quedaba una pregunta del final del
capítulo anterior. ¿Por qué unas tribus habían evolucionado y otras no? La
respuesta se encuentra implícita a lo largo de este mismo capítulo. Unas tribus
se hicieron sedentarias, conocieron la agricultura y ganadería, desarrollaron
técnicas artesanales y comenzaron a trabajar los metales. Este conjunto fue el
agente provocador del cambio.
Se habla de revolución neolítica o de
revolución agrícola. Y en efecto fue una auténtica revolución. Pero no se trata
de la primera gran Revolución económica, sino de su primer paso.
La Revolución económica se produce
cuando la sociedad se diversifica en la generación y disfrute del excedente.
Cada uno satisface a los demás una parte de sus necesidades. Con este radical
cambio, la mejora de la productividad es enorme debido a la especialización. Se
puede producir más y mejor excedente, se pueden satisfacer más
necesidades diferentes y cada una de ellas de una manera más efectiva.
Me gustaría que este concepto quedara
lo suficientemente resaltado. Nuestra sociedad evolucionó, está evolucionando y
continuará evolucionando, porque ha cambiado su estructura inicial de una en la
que cada miembro hace de todo para subsistir a otra en la que cada cual sólo
realiza una parte y con ello el resultado final alcanzado es escandalosamente
mayor, siendo de modo que, progresiva y continuamente va aumentando.
Las tribus nómadas eran grupos muy
reducidos, de una a tres docenas de individuos. Los poblados del neolítico ya
podían alcanzar unas dos mil personas; pequeñas en comparación con nuestros
días, pero descomunales en comparación con los emplazamientos nómadas.
Gracias a la constante mejora en la
satisfacción de las necesidades mutuas de los miembros de la sociedad, ésta
podía crecer cuantitativamente. Con más personas, se podían atender más y mejor
las necesidades, y consecuentemente, podía permitirse constar de más
individuos. De este modo se estaba alimentando la espiral del crecimiento.
En suma, ese cambio social en la
producción del excedente, de modo que cada miembro sólo satisface
una necesidad del colectivo al que pertenece, pero eso sí, de una manera cada
vez más especializada, constituye la primera gran Revolución económica. Es el
motivo que nuestra sociedad haya alcanzado este grado exorbitante de desarrollo
y que cuente con varios miles de millones de personas.
Iba a decir «y que alimente a varios
miles de millones de personas », pero por desgracia esto no es cierto. Todavía.
Sin embargo, es más que factible. Y si alguna meta oculta tiene este libro, es
el poder abrir la sesera a más de uno para que comprenda que es posible esta
utopía.
CAPÍTULO 3
CIUDAD, ESCRITURA, MERCANCÍAS...
Números
Un sol sin compasión lanzaba plomo
fundido sobre la desértica plaza de Villacolina. Las pocas sombras, verticales,
daban al panorama de la ciudad una perspectiva casi plana. El reflejo sobre los
edificios doblaba la intensidad de la luz del mediodía. Calor y hedor, que se
combinaban formando entre ambos una substancia como dotada de cuerpo propio.
Bastaba que se asomara algún irresponsable, para ser golpeado
inmisericordemente por aquella mezcla. Sus pupilas, incapaces de ajustarse a
tiempo, lo dejarían momentáneamente cegado. Aunque cerrara los ojos, toda la
intensidad de la luz permanecería detrás de sus párpados.
En la plaza, los esqueletos del
andamiaje de unos toldos reinaban sobre las basuras esparcidas encima de una
tierra prensada por millones de pisadas. Sus montadores habían desertado de sus
obligaciones para tomarse un ligero almuerzo. Después, dormitarían su sopor «a
la fresca» mientras el Sol estuviera en lo alto haciendo gala de toda su
potencia.
Muy lentamente, el astro fue
abandonando su posición de privilegio, para que, al ir inclinándose hacia
Occidente, diera lugar a una larga y más benigna tarde. A la misma velocidad
fueron apareciendo los montadores que se pusieron cansinamente a erigir sus
tenderetes. Mañana mismo tendría lugar el gran mercado, como todos los meses.
Campesinos de la comarca que aportarían hortalizas y fruta; artesanos de la
ciudad con vasijas, útiles, vestidos de lana, pieles curtidas, piezas de
carpintería...; algún que otro saltimbanqui y contadores de historias que
darían un fugaz entretenimiento al público; y lo más atrayente, los grandes
comerciantes que expondrían exóticas mercancías de los más lejanos lugares.
Villacolina, era una ciudad enorme, un
auténtico emporio. Estaba habitada por sumerios, un pueblo originario de Asia
Central, aunque existía una buena mezcla con los pobladores originarios. Sus
treinta y tantos mil habitantes, la configuraban como una de las principales de
aquella comarca mesopotámica. No era extraño, pues, que su mercado gozara de un
gran prestigio y a él acudieran cada luna llena compradores y vendedores de
todo el mundo conocido y desconocido. Existía, por supuesto, otro mercado semanal
de carácter local, como en todas las ciudades. Pero el famoso, el que atraía a
la gente, era el que se iba a celebrar mañana.
Cigur, detrás de la ventana del segundo
piso de su palacete, miraba la ciudad. Su ciudad. Lo que veía, decididamente no
le gustaba. Hoy hacía dos meses que su padre había muerto, dejándole las
responsabilidades del trono sobre sus hombros. En esos sesenta días no había
tenido tiempo nada más que para ceremonias, puesta al día de los asuntos de
gobierno y solucionar los infinitos problemas urgentes que se presentaban a
cada instante. Sus días, horas, minutos y segundos se habían consumido sin
haber podido dedicar ni uno de ellos a la puesta en marcha de los importantes
proyectos que había soñado realizar siendo príncipe.
La suciedad, el mal estado de las
calles, la muralla que sólo cubría la parte primitiva de la ciudad, su palacete
y especialmente el ridículamente pequeño templo eran las cosas que más le
disgustaban y que estaba ansioso por cambiar.
—Mi señor —interrumpió el curso de sus
pensamientos Rismandés, su primer secretario—, ¿me has llamado?
—¿Eh? —tardó un instante en
desconectarse para volver la atención hacia su colaborador—. ¡Ah, sí! Toma
asiento. ¿Cómo estamos de fondos?
Aquella era una pregunta ritual.
Demasiado bien sabía que los gastos siempre se las apañaban para superar con
creces los ingresos.
Rismandés sacó una tablilla de arcilla,
no porque desconociera el dato, sino porque era una cuestión de prestigio
despachar ante su Rey-Dios, el Ensi, con números en la mano. No más
de sesenta personas en la ciudad sabían aplicar este conocimiento en toda la
amplitud de las cuatro reglas (+, -, x, :, ): los escribas de los sacerdotes,
algunos de los grandes comerciantes, la mayoría de los altos funcionarios y
tres o cuatro locos extravagantes, llamados matemáticos. Estos, que hablaban
entre ellos de un modo incomprensible, habían llegado más allá de la
multiplicación y la división. Decían no se sabe qué sobre la segunda y tercera
potencias y la raíz cuadrada.
«Será cuestión de enterarse —pensó
Rismandés—. Saber leer, escribir y calcular siempre me ha ayudado. Ni el Rey ni
los más altos cargos del Gobierno ni la mayoría de los ciudadanos más
importantes, se defienden muy bien. De hecho, sólo se apañan con las cifras y
algo de sumas y restas.»
—No muy bien, mi señor —respondió, por
fin, después de levantar sus ojos de las tablillas y fijarlos en los del Ensi.
—Es la misma respuesta de siempre,
Rismandés —hizo Cigur como si se enfadara; el juego que el primer secretario
conocía muy bien, iba a jugarse otra vez—. ¿Es que no eres capaz de darme los
fondos que necesito?
«Como ocurría con tu padre, aunque te
diera todo el oro y la plata del mundo —pensó pero no habló—, necesitarías más
y más para tus sueños.»
Los agricultores eran quienes
soportaban, casi en su totalidad, la carga impositiva. Ya lo vimos en el
capítulo anterior. En Mesopotamia, las tierras cultivadas se ampliaron gracias
a la creación de terrazas regadas artificialmente. Este aumento de cultivos, y
consecuentemente, de población dedicada a las tareas agrícolas tornó la
situación harto compleja. Se precisaba un sistema que permitiera controlar y
administrar los ingresos tributarios.
La escritura fue la herramienta que
hizo posible el desarrollo de dicho sistema. Para darnos idea de la importancia
de los garabatos que a lo largo de los siglos hemos puesto sobre piedras,
tablillas, maderas, papiros y papeles, bastaría pensar cómo sería nuestra
sociedad sin escritura: seguiría prácticamente igual que hace cinco mil años.
¿No? ¿No está de acuerdo? Pues
entonces, por ejemplo, explíqueme cómo podríamos apañarnos para contar por
encima de unas pocas decenas, o también, cómo sería posible conservar el acervo
de conocimientos de generación en generación. (Tendemos a no dar importancia a
las cosas fundamentales cuando nos tropezamos con ellas todos los días)
La escritura nació, casi
simultáneamente, en Egipto y en Sumeria para satisfacer una necesidad muy
concreta, la de dejar constancia de la administración de los templos, sus
ingresos y rendimientos.
Posteriormente, en Egipto, se produjo
una derivación hacia el registro de una serie de hechos relevantes de los que
se quería dejar constancia. Por contra, en Sumeria, se intensificó su carácter
contable: transacciones comerciales, contribuciones al templo y al Fisco. Esta
practicidad no impidió, sin embargo, que los sumerios nos dejaran por escrito
una gran obra, el poema épico de Gilgamesh.
Al margen de esto, no deja de
maravillarme, que ya en tan remotos tiempos, hubiera matemáticos que
desentrañaran los secretos de la potenciación y de la raíz cuadrada. Es
evidente que una parte de la población debió estar liberada de la actividad
productiva para poder dedicarse a las Matemáticas.
—Señor —habló volviendo a mirar hacia
sus tablillas y bajando el tono de la voz para aplacar ese amago de enfado de
su Rey—, los ingresos son cada vez mayores. Por ese lado no te puedes...
Perdón, por ese lado te puedes considerar satisfecho. Rismandés había estado a
punto de meter la mata. Iba a decir «no te puedes quejar».
«¡Cómo que no puedo quejarme!» —habría
sido el corte instantáneo que le habría dado Cigur. Fin del diálogo. Comienzo
de la bronca.
En vez de eso, había quitado la
partícula NO y había positivado la frase. Cigur sabía muy bien que año tras
año, los ingresos habían ido aumentando a costa de murmuraciones cuyo volumen
había crecido parejo al «vaciado de los bolsillos» de sus súbditos.
—Lo que precisamos ajustar, mi señor
—continuó—, son los gastos. ¿Podría hacerte una sugerencia?
—Adelante —le dio pie Cigur.
La habilidad del primer secretario era
increíble. Hasta el momento había podido encauzar la conversación hasta el
punto de que estaba en disposición de hacer una sugerencia. Cualquier otro
rumbo de la charla habría desembocado en el desastre. Cigur, habría aprovechado
cualquier desliz suyo para elevar la voz, cortarle e imponer desde su posición
de dominio todos sus puntos de vista (alucinaciones, si nos atenemos a las
opiniones, dichas en voz baja, de la mayoría de sus servidores, incluido el
propio Rismandés).
—Señor, como sabes, la cantidad de
fondos siempre es limitada. Aunque tuviésemos tres veces más, continuaría
teniendo fin. Incluso, con doce veces el de hoy, al ponernos a contarlo,
llegaría un momento en que se acabaría.
»La solución —siguió Rismandés—, no es
conseguir más y más recursos, sino emplear los que se tengan de la manera más
adecuada. Si gastamos más de los que tenemos, por mucho que estos sean,
acabaremos empobrecidos y arruinados.
»Por eso, cuando tengas en mente algún
proyecto, te recomiendo que nos consultes y de ese modo poder informarte si
tenemos lo suficiente para afrontarlo.
Cigur que no era tonto, había escuchado
atentamente aquella lección de Economía. Pero...
—Gracias Rismandés. Lo que has dicho me
ha hecho pensar y creo que tienes razón —Cigur observó, en ese punto, cómo el
rostro de su secretario se relajaba primero y luego se contraía al escuchar
otra partícula negativa que él mismo acababa de pronunciar—, pero...
»...pero, hay cosas que deben hacerse y
mi decisión es que se hagan. Os necesito a todos vosotros, no para que me
digáis lo que no podemos permitirnos hacer, sino para que me ayudéis a hacerlo.
»¡Ven aquí a la ventana y asómate
conmigo! —hizo levantar a su secretario y guiándolo con el brazo le mostró la
dirección que debía seguir—. ¿Qué ves?
»¡Un desastre! —se respondió Cigur—.
Suciedad, polvo, tierra prensada y cuarteada que las pocas lluvias convierten
en un barrizal. ¡No son una plaza ni unas calles de las que podamos
enorgullecernos!
»¿Dónde está nuestro templo? Allá
detrás de la casa de Wultsn, el más rico de la ciudad. ¡Nuestro templo es más
pequeño que su mansión!
»¿Y las murallas? Si nos atacan, ¡sólo
una tercera parte de la ciudad estará protegida!
»¡Y ese olor, y esa mierda ...!
»¡Qué lejos estamos de la ciudad que
nuestro Pueblo merece y nosotros, como gobernantes, hemos de procurarle!
Cigur que se había ido apasionando
mientras exponía su soliloquio, se calló bruscamente y cambiando radicalmente
de expresión, miró dulcemente a un casi hipnotizado Rismandés. La conclusión
iba a caer en tierra abonada.
—Todo eso hay que hacerlo por el bien
de la ciudad. Te necesito a ti y necesito la ayuda de todos vosotros para
lograrlo. En aquellos momentos, Rismandés, al que, poco a poco, le habían ido
haciendo mella las palabras del Ensi, ya no tuvo ningún pero
que oponerle. Más que eso, estaba firmemente decidido a seguir a su jefe.
—Escucha —continuó el Rey-Dios ahora en
un susurro—, anoche tuve una idea. Vamos a empezar por empedrar la plaza y la
calle que le da acceso desde la puerta de los leones. Los fondos no serán
problema. Has de hacer explicar a los comerciantes que eso va a representar una
mejora para ellos. Lo que pagan ahora no es nada, una cantidad simbólica. Si
quieren tener mejores condiciones para ellos y para sus clientes deben
«contribuir» a pagar los gastos.
—Redáctame el edicto —concluyó Cigur—,
y le pondré el sello real.
¿Quién tenía razón?
¿Un soñador Rey, cargado de ilusión por
las cosas que deseaba realizar?
¿Un prudente primer secretario que
simplemente pedía moderación en los gastos?
Confío poder dejar esclarecida la
solución al final de este capítulo.
En otro orden de cosas, el dinero como
tal, no existía todavía. El intercambio y el pago se hacían mediante toda una
serie de bienes aceptados por las dos partes. Los fondos y
recursos de los que hablaban Cigur y Rismandés era un conjunto heterogéneo de
bienes que constituían la Hacienda Real: oro, plata, cobre, trigo, ganado y
cualquier otro con el que se le pagara.
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Una acotación. Cuando Cigur está
hablando de lo que merece la grandeza de su Pueblo hay que entender lo que, en
el trasfondo, este lenguaje grandilocuente significa realmente. Se impone una
traducción.
Las aldeas, campos y ciudades que
pertenecían a un determinado Pueblo, de facto, pertenecían a su Soberano.
Grandeza del Pueblo y del propio Soberano se confundían. Cigur hablaba de su
propia grandeza, de la que uno de sus reflejos, lo constituiría la riqueza de
sus posesiones. El bienestar de su gente será algo secundario.
También él o cualquier otro de sus
colegas coronados, hablarán en su día, de las campañas gloriosas que su Pueblo
deberá acometer para mayor gloria y honor de ... (póngase cualquier palabra
esplendorosa que identifique a una comunidad). Pero en realidad, será su
aureola y reputación lo que entrará en juego. Quizás, para ellos, las riquezas
sólo sean algo secundario, un medio para alcanzar sus encumbradas metas. Pero
bueno, sabemos que no todos los que rodean a estos grandes líderes tienen esta
mentalidad. La gloria para él, pero para ellos, prebendas, privilegios y
engrosamiento de sus fortunas personales.
Mercado
—¡Creedme! No gano nada, sin embargo,
como me habéis caído simpáticos... —remataba la venta de unos cuchillos de
cobre un comerciante de rasgos marcadamente orientales, haciéndose oír por
encima de un fenomenal batiburrillo.
—Se ve que eres una persona de buen
gusto —preparaba el terreno otro mercader—, difícilmente encontrarás otras
vasijas decoradas con tanto detalle y perfección...
—¡Frutas! ¡Frutas frescas! ¡Los mejores
dátiles del desierto! — se oía de fondo el agudo reclamo de un nómada.
—¡Al ladrón! ¡Al ladrón! (En todo buen
mercado que se precie, tiene que haber un mocosuelo que sustraiga cualquier
cosa y acabe poniendo pies en polvorosa seguido por un indignado vendedor
vociferando este estribillo).
—¿Qué hago yo con sesenta veces sesenta
docenas de hogazas de pan? —se negaba un tratante de artículos de gran lujo, y
precio, a intercambiarlos por un hermoso brazalete de oro—. Si lo quieres,
tráeme algo que no se me vaya a estropear en pocos días...
—Te doy tres corderos, dos sacos de
avena y mi vestido por tu vaca —ofrecía esperanzado un calvo de orondas
mejillas a un escéptico ganadero—. Tres ovejas como las mías valen lo que las
cinco que me pides, además de eso, te estoy ofreciendo...
—¡Oíd la más fascinante historia de
cuantas hombre alguno haya podido escuchar! —empezaba un narrador el relato
sobre las aventuras del Rey Gilgamesh en su búsqueda de la inmortalidad.
Mientras, iba señalando con su vara unos dibujos sobre un cuero para facilitar
el seguimiento de su historia—. El valiente Enkidu, el más osado de entre los
suyos desafió y mató a Huwawa...
—Te doy tres veces sesenta sekels de
harina por esa copa — lanzaba su ultimátum un «experimentado» comprador que
había recorrido, junto a su mujer, varios puestos comparando precios y
calidades. Después de salir de discutir con el tratante de turno, del que no
pretendía comprar todavía, sino sólo información, se enzarzaba con su mujer en
una larga conversación. En ella, ambos se ufanaban de su sagacidad y de lo bien
que sabían comprar. Ahora que habían tomado su decisión, habían vuelto al
puesto que más les convenía
—Tres veces sesenta sekels,
ni uno más...
(Por cierto ¿valía la pena perder media
mañana para comprar al mejor precio una nimiedad así? Mi opinión es que sí.
Para ellos, no es tan importante la compra en sí, como el aspecto lúdico de la
misma.)
—¡Cómo que siete gallinas por una
brazada de tela! ¡Ladrón! En cualquier otro sitio me piden...—perdía los
estribos un campesino quien junto con su mujer se había encaprichado de una
tela, igual que las demás pero teñida de verde. Como si de un libro abierto se
tratara, el tratante leía en las facciones de su colérico cliente el ansia por
conseguirla. Así que, callaba y esperaba. Habitualmente le tocaba hacer una
labor de marketing premiosa y obsequiosa con cada uno de sus posibles
compradores. Tenía que convencerlos, alabarlos, bajar el precio artificialmente
inflado... Mas llevaba una temporada realmente fabulosa. Sus telas teñidas,
unas de verde y otras de rojo, se vendían solas. Bastaba ver el brillo de los
ojos de sus clientes...
—Como desees. Puedes comprar a quien
más te plazca. Pero mi precio son siete gallinas. —se mostró inflexible el
negociante, disfrutando para sus adentros—. Y si no te parece bien, lárgate que
debo atender a otros...
—Este anillo de oro pesa un sekel y
un cuarto y la mitad de un cuarto —decía un orfebre a su comprador, después de
haberlo pesado con precisión en su extraordinariamente sensible balanza de
brazo—. Yo mismo lo he hecho pensando en un cliente tan distinguido como tú. Es
una autentica obra de arte...
Un sekel equivalía a
180 granos de trigo, unos 8 gramos y pico. Era una medida de peso, no de
dinero. La no existencia de un dinero como tal y por tanto universalmente
aceptado, causaba todos esos trastornos que hemos visto. La solución consistía
en emplear como referencia un determinado peso de un cierto bien (oro, plata,
trigo...). En ese sentido, tal medida de referencia coexistía con otros tipos
de valoración tales como piezas de cerámica, cabezas de ganado, brazadas de
tela, etc.
Un barullo fue creciendo por el extremo
de la plaza que se comunicaba con la puerta de los leones. Asswé, el acróbata,
detuvo su actividad para ponerse al corriente de lo que ocurría. El rumor en
forma de un comerciante semita, no tardó en llegar a él.
—Los soldados están mostrando unas
tablillas con el sello de Cigur por el que se exige a todos los mercaderes el
equivalente a un cuarto de sekel de plata por cada brazada de
longitud de su tenderete —les decía al grupo que se había congregado entorno
suyo—. Parece que hay algo de gresca, pues, los muy brutos han dado algún que
otro estacazo a los que se negaban a pagar.
La idea que Cigur había trasladado a su
primer secretario, «los comerciantes debían contribuir a las mejoras de la
plaza del mercado », había llegado a los soldados de manera que, simplemente,
alcanzaron a entender que cada comerciante debía pagar un tanto. Tampoco
necesitaban, ni les importaba, conocer las razones. A los mercaderes les llegó
la orden monda y lironda:
—¡Paga ... —era la cortés solicitud de
aportación que se les hacía— ...y calla! —era la respuesta a la pregunta que
indefectiblemente hacían:
—Pero, ¿por qué?
No era, pues, de extrañar que la
indignación creciera entre el ánimo de los traficantes. A decir verdad, fue una
postura verbal y testimonial, que no una más activa. Los comerciantes
acomodados no suelen perder tiempo en el inmemorial deporte de dirimir sus
discrepancias a mamporro limpio. Únicamente un vendedor de aperos, novel en los
menesteres del Comercio, no acababa de entender aquello de que lo que cuenta,
al final, son los beneficios. Su furor por la injusticia no se vio menguado por
el rápido cálculo de pérdidas y ganancias al que estaban tan acostumbrados sus
colegas más veteranos. Con la sangre subiéndosele a la cabeza y encendiendo su
rostro con el rojo de la ira, sacó de debajo de su túnica una daga de un color
cobrizo y atacó al soldado que le había estado chuleando el pago de la tasa.
El soldado, más avezado en las artes de
la defensa personal que aquel descerebrado aprendiz de comerciante, esquivó la
primera embestida y lo derribó sin dificultad. Una vez en el suelo y sin el más
mínimo espíritu deportivo, le dio de patadas hasta que le dolió la pierna.
Inclinándose sobre la piltrafa resultante le dirigió una salva final de
improperios. Cortó, de súbito, el torrente de palabras cuando se fijó en la
daga con la que le habían atacado. Altamente atraído por la belleza casi
sensual del arma, la recogió del suelo. Inmediatamente, su mano se llenó con
una sensación voluptuosa de plenitud y potencia.
«¡Qué cacho de puñal tan c...! —pensó
para sus adentros. Al final de la ristra de tacos que constituía su lenguaje
habitual, su mente concluyó con un pensamiento exultante—. Con ella en la mano
no habrá hijo de mala madre que pueda vencerme.»
Se guardó el arma y ya se disponía a
irse cuando recordó el motivo que le había hecho dirigirse a aquel tenderete.
Se dio media vuelta y tomó del vendedor de aperos lo que consideró que debería
constituir su contribución al Fisco.
—En nombre del Ensi de
Villacolina tomo estas mercancías en pago a los impuestos establecidos —se
dirigió de esta manera formal al hombre inconsciente que yacía en el suelo al
que un par de personas estaban tratando de hacer que se restableciera.
La rapidez del forcejeo no había dado
lugar a ningún tumulto, pues apenas había habido tiempo para que alguien se
diera cuenta. El soldado, echando una mirada en rededor para comprobar que todo
estaba en orden, abandonó el lugar satisfecho.
Los funcionarios se encontraban no muy
lejos, escribiendo sobre unas tablillas de arcilla aquellos indescifrables
símbolos mágicos en forma de puntas de flecha. Llegó donde estaba un escriba y
solemnemente hizo relación de la contribución «voluntaria » del vendedor de
aperos. Considerando la daga como botín de guerra, no se le pasó por la cabeza
la más mínima intención de declararla. (Tampoco declaró un par de piedras de
plata que le «sobraron» de la liquidación. «¡No todo iba a tener que ser para
el amo!... Y ese vendedor se estará calladito»)
No obstante, decidió que sería
conveniente hacer desaparecer cuanto antes las piedras. Él sabía cómo hacerlo
en una sola noche.
El esparcimiento de los soldados es
bastante simple. Los ratos de ocio que dedican a su formación personal se
caracterizan por la realización de experiencias sobre los productos derivados
del alcohol, por la investigación con detenimiento de la naturaleza femenina y
por el análisis pormenorizado del comportamiento social de grupos en estado de
asueto.
No es de extrañar, pues, que después de
una noche como aquélla, le desaparecieran las piedras de plata, cosa que no
lamentó, y la daga, lo que le fastidió bastante. No recordaba en qué momento
preciso ocurrió, pero entre una nebulosa de imágenes, le parecía haberla
ofrecido al patrón del tugurio. Decidió ir a recuperarla. El puñal era suyo.
Algo en su cabeza le decía que le habían timado.
El patrón, ducho en el trato con
aquella gente, tenía previstas estas contingencias. Aquel soldado había
alardeado de las maravillas de su daga y cuando, borracho, se empeñó en
ofrecerla a cambio de más cerveza para todos sus camaradas, accedió de buen grado.
Con ella podría obtener substanciales rendimientos.
De buena mañana se dirigió a Bopsez, el
metalúrgico. Este, quedó impresionado por las cualidades de la pieza y quiso
adquirirla. Como nuestro artesano no era buen comerciante, el posadero obtuvo,
después de una rápida negociación, piezas de oro por un valor superior en diez
veces a la cerveza que entregó al grupo de juerguistas.
No muy entrada la tarde, el soldado
acudió a la taberna, farfullando algo acerca de que le habían estafado. El
propietario amablemente esgrimió tres argumentos: que el soldado se había
empeñado en cambiarla, que ya la había vendido y que le encantaría presentarle
a los hermanos Tuuins. Este último argumento era el que convencía a más gente.
Dos mozos, igualitos de «a más de cinco codos» de alto por uno y medio de ancho
atendían las reclamaciones de los consumidores insatisfechos. Así que, nuestro
soldado, se dio media vuelta y de él nunca más se supo.
Aparte de los elementos tópicos del
comercio, ha aparecido un nuevo tipo de actividad económica, la subterránea. El
soldado sisa, distrae o roba algo de plata y un objeto valioso. Esto tiene como
consecuencia que un legítimo propietario se vea privado de parte de sus bienes
y tenga que realizar un esfuerzo adicional para rehacerlos.
El ladrón dilapida el fruto de su
fechoría en alcohol, mujeres y juerga.
Distingamos, una cosa es la «marcha»,
que en principio no es negativa, incluso puede ser positiva, pues va a permitir
a otros sobrevivir (y a algunos, vivir muy bien). El cambio que se establecerá
es del tipo «el fruto de mi trabajo por una serie de servicios y bienes que me
satisfarán la necesidad de expansionarme». Es lo que en el capítulo anterior he
intentado demostrar con la historia de Shemi.
Otra cosa es el mundo subterráneo, en
el que se malgastan unos recursos de dudosa procedencia en unos servicios de
una no menos dudosa honorabilidad. Así pues, en esta historia, se establece una
diferencia sobre la que quiero incidir. La persona que disfruta de unos bienes
apropiados indebidamente, no ha hecho ninguna contribución a la creación de los
mismos. Accede a una parte de la riqueza mediante robo, extorsión, fraude, etc.
La resultante es que, una parte del excedente generado por la sociedad va a ser
desviado, en contra de la voluntad de sus propietarios hacia otro tipo de
actividad, que, además, permitirá la existencia de un mundo marginal.
La característica económica de este
mundo es que vive parasitariamente de lo producido por el resto de la
comunidad, sin contribuir, en la misma medida, a la producción del excedente
general.
No es de extrañar, por tanto, que se
persiga con ahínco a los que se apropian de estos bienes (y a los que se
aprovechan de ellos).
Maticemos. El problema, hemos dicho, no
reside en que haya alguien satisfaciendo la necesidad de esparcimiento de la
gente, sino que se forme un grupo aparte. Éste, va a vivir de la apropiación
ilícita de los bienes de otros; produciéndose, como por generación espontánea,
un tipo de sociedad, más o menos organizada, que va a delinquir, ayudarse
mutuamente y crear los medios de satisfacer necesidades, no del todo
confesables, de sus miembros, y por qué no, de los miembros «honrados» con
ganas de hacer cosas «no honradas».
No es de extrañar, pues, que no se
persiga con la misma intensidad a los que proporcionan actividades «no
honradas» a personas «honradas».
Finalmente, hemos visto cómo parte de
lo robado ha vuelto al circuito «legal». El artesano no pregunta en ningún
momento por la «honradez» de la procedencia de la cosa, pese a tener constancia
de la «no honradez» habitual del posadero. Al pagar una buena cantidad por la
daga, no sólo cierra el circuito entre ambos tipos de economía, sino que añade
fondos a la segunda, con lo que le permite seguir creciendo.
Algo más, nuestro soldado recaudó más
lo que debía y de lo que entregó a los escribas. Esto tiene un nombre muy feo
en nuestra lengua: corrupción, que también significa putrefacción, que es la
actividad principal a la que se dedican los cadáveres. La analogía se me antoja
ideal. ¿Qué le ocurre a una sociedad podrida?
Creo que todos conocemos la respuesta.
Es más, siguiendo con las analogías, el cuerpo humano sufre, en mayor o menor
medida, la acción de una innumerable serie de parásitos, virus, bacterias, etc.
En tanto en cuanto se mantengan dentro de unos límites razonables, el problema
no pasa a mayores, pero en cuanto empiezan, en plan infección, a extenderse.
Está claro, ¿no?
Ustedes pueden pensar que exagero, pero
desde siempre hasta hoy en día, países, regímenes e instituciones corruptos han
supuesto una pesada carga para la población:
Ayudas de alimentos o medicinas para
paliar los efectos de catástrofes que acaban en el mercado negro sin importar
que la gente muera.
Cargos de responsabilidad otorgados a
enchufados incapaces, en vez de a gente preparada, con lo que se impide que
mejoras necesarias sustituyan usanzas, sistemas obsoletos y privilegios
establecidos.
Fondos financieros distraídos hacia
paraísos fiscales que dejan en la ruina a ahorradores.
Sobornos para conseguir o impedir
determinados propósitos que están siempre lejos de ser la mejor opción para la
comunidad.
Especulación que hace subir
artificialmente el precio de las cosas.
Estraperlo (mercado negro
en la España de la postguerra) que obligaba a unos padres casi indigentes
debido a la destrucción de la lucha, a hacer desmedidos esfuerzos para poder
alimentar a sus hijos, sin importar a los estraperlistas los efectos de la
malnutrición sobre la infancia de la época. (Tengo primos mayores afectados
como consecuencia de tales carencias). Para mayor disgusto por mi parte, he de
comentarles que no sólo se conformaron con aprovecharse de las circunstancias,
sino que consiguieron, alargar tan rentable situación durante más de una
década.
Bronce
Bopsez había quedado prendado de
aquella daga. No sólo de su esbeltez. Su dureza, resistencia y afilados bordes,
dejaban a las de cobre completamente desfasadas. Deseaba conocer más acerca de
aquella maravilla. De qué material estaba hecha, dónde conseguirlo, cómo
moldearlo, a quién preguntar...
Su primera intención había sido
fundirla para averiguar todas las preguntas que se le agolpaban en la mente.
Pero un principio de prudencia le aconsejó frenar tan insensato impulso. Eso
había sido cosa de su juventud cuando destrozó más de cuatro cosas para verles
las tripas. El problema radicaba en que una vez satisfecha su curiosidad,
raramente comprendía lo que estaba viendo, ni era capaz de reconstruirlo de
manera que volviera a ser lo que era antes de despanzurrarlo.
«¡Claro! Hablaré con Paallis —se dijo—,
él siempre ha sido muy mañoso en su taller de alfarería y sabe construirse
todos los artefactos que precisa. Además, su mujer está muy bien informada de
todo lo que pasa en el mundo.»
No tardó ni dos minutos en salir de
casa. Por cierto, el horario por el que se regía la ciudad venía impuesto por
la lógica del sistema sexagesimal de los sumerios. Dos veces doce horas por
día. Horas de sesenta minutos y minutos de sesenta segundos. ¿Les suena? El
sistema tiene su encanto y no seré yo quien proponga su cambio después de,
aproximadamente, cinco mil años, aunque se pegue de bofetadas con el nuestro,
el decimal.
—Mi querido Paallis —dijo después de
haber saludado a su amigo que estaba trabajando en el torno de alfarero—, el
asunto que me trae a tu casa es que deseo mostrarte una maravilla que ha
llegado esta mañana a mis manos. No pienso insultarte pidiéndote que lo trates
con la mayor confidencialidad...
—¡Vaya! —se sonrió divertido Paallis
mientras se levantaba para limpiarse las manos—. Veamos qué cosa tan
extraordinaria tienes que mostrarme para que te andes con tanto misterio.
Puedes estar tranquilo que...
—¡Por supuesto, por supuesto! Pero mi
excitación cuando lo vi, me hace actuar así. Mira esta daga.
Y diciendo esto mostró el puñal a
Paallis. Este lo tomó, e inmediatamente comprendió a su amigo.
«¿Cuándo he oído algo acerca de un
nuevo metal?» —se preguntó.
—Me ronda en la cabeza un relato sobre
algo que quizá... pero mi mujer, Lerursin, lo recordará mejor...
—Hazla venir sin falta —se precipitó
Bopsez, quien, al ver la sonrisa irónica de Paallis, se enmendó—. Si lo crees
conveniente, ¡claro!
Bopsez, una vez hubo venido Lerursin,
le repitió toda la historia haciendo hincapié en la necesidad de
confidencialidad.
—Sí —dijo Lerursin después de una breve
pausa—, ¿recuerdas la última vez que nos visitó nuestro amigo Wultsn? No creo
que tarde mucho en volver de otro de sus viajes comerciales. Nos contó que le
habían hablado de un metal, que no era tal, sino la mezcla de otros dos, el
cobre y otro, que no recuerdo, pero que tenía la propiedad de hacerlo más
resistente.
En ese punto, la conversación derivó a
otros temas, pues estaba claro que deberían esperar a la llegada del
comerciante, a no muy tardar, para recabar más noticias del nuevo material.
La edad de bronce había comenzado. No
muy lejos de allí, en la propia Sumeria, unos metalúrgicos habían mezclado
cobre con un 5 a un 25 por ciento de estaño. Empleando un horno de fundición, a
unos 800-900° C., dieron lugar a una aleación, muy resistente a la corrosión,
ideal para moldear y para confeccionar armas. El bronce al fundirse, resulta
más fluido que el cobre, por lo que se acopla mejor a los moldes. De ese modo,
los artesanos sumerios, lograron realizar consumadas obras de arte. Sus
estatuillas, pongamos por caso, constituyeron una genuina delicia. En cuanto a
las armas, ya sabemos que al ser más resistentes y afiliadas, desplazaron a las
antiguas de cobre. El bronce, pues, había irrumpido y con la celeridad propia
de la época se iba extendiendo.
Bopsez, aguijoneado por aquella daga,
ya no dormiría a gusto hasta que fuera capaz de trabajar con aquel material,
produciendo cosas igual de hermosas.
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Sobre los surcos de la carretera que
recorría las ardientes tierras pedregosas del desierto cercanas a Villacolina,
una caravana de hombres y animales arrastrando carros, avanzaba lenta pero
decididamente. Al frente, un hombre alto de treinta años y de complexión
atlética, caminaba elásticamente sin mostrar el más leve asomo de fatiga.
Interminables jornadas de viaje habían endurecido sus piernas.
Wultsn, no muy lejos de su destino, iba
reflexionado sobre lo que obtendría a su llegada con la venta del cargamento de
madera que transportaba.
Villacolina, quizá como muchas ciudades
sumerias, carecía de maderas y metales en cantidades suficientes para responder
a la demanda de las mismas. Con la irrigación, se convirtieron en fértiles
amplias zonas de la comarca, produciendo un amplio excedente agrícola y,
consecuentemente, un aumento de la población, que se agrupó en ciudades.
Rápidamente se agotaban los escasos recursos naturales. Ello hacía que fuera
cada vez más difícil seguir ampliando las ciudades y dar satisfacción a las
necesidades crecientes de vigas, muebles, útiles y, por qué no, de adornos. Por
tanto el valor de intercambio de dichos bienes era muy elevado.
Aquello constituía un problema. Una
sociedad rica y culta, corría el riesgo de quedarse estancada por falta de esas
mercancías. (Es casi imposible resistirse a establecer un paralelismo entre tal
situación y los que nos ocurrió, o podía habernos ocurrido, con motivo de la
crisis del petróleo del año 1.973).
Los sumerios, conscientes de las
necesidades de abastecimiento, crearon una amplia red de carreteras con las que
facilitaron el intercambio entre los productos del campo y de la ciudad (y de
otras ciudades)
Wultsn, era nieto del primer mercader
nativo de Villacolina. Aquel pionero fue el quinto hijo de una familia
propietaria de extensos cultivos de trigo. De ella, se sabía que, más allá de
las brumas de los primeros anales de la ciudad, se había dedicado prósperamente
a la agricultura.
Un buen día, partió en compañía de unos
comerciantes occidentales y a lo largo de muchos viajes, entabló sólidas
relaciones comerciales con las tierras ricas en madera del Líbano. Su hijo
continuó el negocio. Y ahora, Wultsn, lo perfeccionó, pues en los viajes de
ida, exportaba cargamentos de grano, de productos de artesanía y piedras
preciosas talladas. Estos artículos tenían una buena acogida entre sus clientes
extranjeros. La fama, merecida, de los productos sumerios, le reportaba los
mismos beneficios que el tráfico de madera. De ese modo, su productividad por
viaje era el doble.
Era muy rico y por tanto muy envidiado.
Los sacerdotes, cuyo poder lograba eclipsar al del propio Rey, al que
paradójicamente, consideraban su Dios, eran los que más inquina le tenían.
Conocía a Cigur, con quien mantenía
vínculos dentro de los límites de la más absoluta normalidad. Lo había tratado
como príncipe e ignoraba todavía que había accedido al trono. Le había hecho
más de un exótico regalo (como acto de relaciones públicas) y algún que otro
favor.
Con los sacerdotes, su relación era
tensa. No porque hubiera especial animadversión por su parte, él pagaba
«religiosamente» sus tributos al templo, sino porque notaba la tensión que
producía la envidia en sus rostros. Sus palabras, siempre corteses, dejaban
entrever entre líneas una latente amenaza.
Wultsn era consciente del riesgo que
representaba tal envidia. En sus no demasiado largos días de existencia había
conocido situaciones en las que se habían producido enfrentamientos con los
sacerdotes. Desde los más poderosos a los menos, el resultado había sido, en su
mayoría, desastroso para los opositores. Por tal razón, había decidido
congraciarse con ellos. Afortunadamente, pensaba, conocía desde la infancia a
Zemtrep, un prometedor sacerdote.
Pero a eso le encontraría solución más
tarde, antes debía dedicarse a vender su mercancía. Lejos quedaban los días en
que se la quitaban de las manos. Más caravanas abastecían a la ciudad, con lo
que el déficit, se veía paliado en buena parte.
Una idea se le cruzó por la mente.
Tenía casi concertada con Tyel, el constructor, la venta de casi la mitad de
las vigas. Otra parte, entre uno y dos decimos, debería venderla a los
carpinteros, buenos clientes habituales a los que había que cuidar. Pero el
resto iba a dedicarlo a otra cosa.
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—Con lo que hemos obtenido
—despachaba un receloso Rismandés ante Cigur—, no cubrimos los costes del
empedrado de la plaza, pero desde luego en cinco meses, sí. En breve podremos
dar comienzo a las obras, que durarán entre dos y tres meses. Una parte la
iremos pagando con lo que vayamos cobrando y el resto mediante una garantía de
pago de la ciudad de Villacolina.
—Perfecto, Rismandés —aprobó Cigur que
ya veía empedrada toda la ciudad.
—Esto... mi señor, ¿podemos anunciar a
los comerciantes que dentro de cinco meses estarán sufragados los gastos y que
ya no les cobraremos el impuesto especial?
—¡Pero, pero, ...! —a Cigur casi le dio
un ataque—. ¿De qué lado estás tú? ¿Es que lo que te dije el otro día no te ha
hecho reflexionar? No sólo hay que seguir cobrándolos, sino que vas a tener que
seguir buscando fondos para dar comienzo a la ampliación de la muralla, y luego
—hizo una pausa—, vendrán más cosas que hay que hacer.
—Pero mi señor, los comerciantes se lo
tomaron muy a mal. Incluso, algunos amenazaron con no volver más por aquí.
—Seguro que se lo tomaron a mal. Eso
era de esperar. Pero ya verás como vuelven y ten por cierto que encontrarán la
manera de recuperar con creces el gravamen que les cobramos.
Cigur hacía mención a que los
comerciantes trasladarían el impuesto a sus compradores. Con ello, en
definitiva, iban a ser los consumidores que acudían a la plaza los que
sufragarían, sin ser conscientes, el coste del empedrado. Simplemente notarían
que ahora tendrían que pagar más por lo mismo. Consecuentemente, sería el
excedente en poder de los compradores el que serviría para la realización de la
obra. Paradójicamente, los que tendrían la sensación de estar pagándolo, y por
eso mismo, protestarían airadamente, serían los propios comerciantes:
«¡No hay derecho! —dirían repetidamente
hasta el fin de los tiempos—. Cada día tenemos que pagar más impuestos. Si
siguen así, no sé como podremos seguir con el negocio.»
Barro y paja
Rismandés era un hombre, además de
inteligente y preparado, fiel. Cigur así lo apreciaba. Por tal razón, lamentaba
las contadas ocasiones en las que se enfadaba con él. Dado su carácter
explosivo, tales enfados acababan en estallidos de berridos y frases poco
gratificantes para su primer secretario. Y era que la prudencia y
conservadurismo de Rismandés lo sacaban de quicio. A veces.
Ésta había sido una de tales ocasiones.
Era momento de dar marcha atrás.
—Rismandés —continuó Cigur apaciguando
su voz—, eres un gran hombre. Tu sabiduría sólo se ve superada por tu lealtad,
primero con mi padre y ahora conmigo. Te tengo en gran valía y estima, pero,
hay ocasiones en que mereces que se te ablanden las entendederas con una buena
tanda de estacazos.
A Rismandés le dio un ataque de risa.
Aquella risotada, franca y prolongada, relajó la reunión.
—A veces tengo la impresión —siguió el
monarca—, de que soy el único en esta ciudad al que se le ocurren ideas de
dónde sacar fondos.
»Como Rey tengo que velar por la
agricultura y la alimentación de nuestro Pueblo, ocuparme de la Administración
y de las leyes, de las construcciones y carreteras, de la tropa y de la
seguridad. De mis tierras, logramos un buen provecho, con el que atender parte
de los gastos.
»Como Dios, el templo y sus
rendimientos me pertenecen, aunque los sacerdotes me discuten, cada vez más,
cómo emplear esos bienes religiosos.
»Los campesinos libres pagan al templo
y a la ciudad su contribución. Pero, desgraciadamente, mis parientes, que cada
día que pasa son más ricos y poseen más tierras, están exentos de impuestos...
Rismandés había estado escuchando
al Ensi y, como en otras muchas ocasiones, se le ocurrió una
idea.
—Has descrito perfectamente bien la
situación —dio comienzo a su exposición Rismandés—. Y... fíjate en una cosa,
¿de dónde provienen principalmente nuestros ingresos?
»Te lo diré —continuó sin dar tiempo a
responder a Cigur, que ahora lo miraba intensamente.
»Del campo —se respondió sin solución
de continuidad.
»Y, ¿a dónde van destinados la mayoría
de nuestros esfuerzos?
»A la ciudad.
»Si descontamos nuestra aportación al
aplanamiento y escalonamiento de tierras cultivables, a las obras de regadío y
las carreteras, el resto va íntegro a la ciudad —recalcó—. Somos un pueblo
eminentemente agrícola. La mayor parte de nuestra riqueza la producen nuestros
campos, y... —haciendo una larga pausa—, creo, señor, que si la ciudad debe
mejorarse, la ciudad debe pagar por ello. Se puede decir que esta idea es tuya.
El principio en el que se basa es el mismo que en el caso del adoquinado de la
plaza. Si ha de ser en su provecho, que contribuyan.
»La muralla que ha de construirse, pues
por ahí has dicho que quieres continuar, debe ser sufragada por los ciudadanos.
»¿Cómo? Eso ya es cosa mía. Por cierto,
nos vendría francamente bien que volvieran a oírse rumores sobre las belicosas
tribus semitas.
Cigur se levantó y abrazó entusiasmado
a Rismandés.
—No habrías de morirte nunca —fue la
alabanza que atinó a decir—. Adelante. Tenme informado.
Ahí habría acabado la entrevista de no
ser porque ambos divisaron en la lejanía la inconfundible caravana de Wultsn
acercándose a la ciudad. Se quedaron mirándola unos instantes.
Dos días después Rismandés solicitó
audiencia ante Cigur. Venía cargado con varias tablillas de arcilla todavía
húmeda que tendió al Soberano.
Cigur las leyó despaciosamente una a
una. No decía una palabra, pero de tanto en tanto, asentía con la cabeza.
Cuando hubo finalizado, miró aprobatoriamente a Rismandés y tomado su cuño de
forma cilíndrica, lo hizo rodar presionando sobre la arcilla. Un dibujo regular
quedó impreso al final de cada tablilla.
Los edictos para la contribución a la
construcción de la muralla acababan de quedar sancionados.
Por un lado, cada ciudadano, que
tuviera una casa dentro de la ciudad pagaría una determinada cantidad según
ésta fuera grande o pequeña; eso sí, con las excepciones habituales para los
aristócratas.
Por otro, se gravaría la importación de
maderas, plomo, cobre, estaño, plata y oro. (Si Wultsn hubiera conocido cómo
acudió tal idea a la cabeza de Rismandés, habría escogido, por seguro, otro
momento menos inoportuno para efectuar su llegada a la ciudad).
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Desconocedor, por el momento, del
edicto de Cigur, Wultsn se encontraba en la magnífica casa de Tyel,
compartiendo su mesa.
Era una casa de dos pisos hecha con
ladrillos de barro.
En una de las pausas de su almuerzo de
trabajo, Wultsn se fijó en los ladrillos que formaban las paredes de aquella
habitación. No le era desconocido el uso de éstos en vallas, muros y viviendas
humildes, y claro, más pequeñas. Pero el barro, por su escasa resistencia, no
se le antojaba lo más adecuado para una edificación de aquellas proporciones.
Cuando llegó al nuevo domicilio de
Tyel, situado en las afueras de Villacolina, quedó admirado por la regularidad
de sus formas. Dos plantas se alzaban en medio de una parcela, ajardinada en la
parte frontal. En la de atrás, una pequeña valla medio ocultaba la fealdad de
una pequeña zona empleada como secadero, a la intemperie, de los materiales que
su dueño usaba en la construcción.
Al entrar en la casa, se dio cuenta de
la armonía de las habitaciones, todas ellas rectangulares, de su atrio y de la
escalera para subir al segundo piso, pero no cayó en la cuenta del material del
que estaban hechas.
Ahora sí, y como le picó la curiosidad,
preguntó siguiendo su impávida costumbre de dar un rodeo.
—Mi querido Tyel —puso la cuestión
sobre la mesa con el tacto de todo buen comerciante—, estoy maravillado de como
una casa tan esplendorosa haya podido ser hecha de ladrillos...
—Y te preguntarás —atajó rápidamente
Tyel—, si todo este barro, no va caer, de repente, sobre nuestras cabezas.
Puedes estar bien tranquilo que no va a ocurrir.
»Los ladrillos son de adobe. Yo mismo
he empezado a fabricarlos. Si lo deseas, luego podrás verlo. Tengo unos cuantos
para pruebas en la parte posterior de la casa —explicó con un cierto timbre de
orgullo en la voz—. El adobe es mucho más resistente que el barro.
»Mezclamos arcilla húmeda con paja, y
la metemos en moldes de madera. Cuando se han secado un tanto, sacamos los
ladrillos y los dejamos a sol. En dos o tres años estarán listos para ser
usados.
»Es algo sencillo y fácil. Se pueden
hacer muchos. Espacio, tenemos todo el que queramos. El único problema es que
se necesita mucho tiempo para que se forme el adobe. Por eso tendré que seguir
importándolos, como hice para levantar mi casa.
Muy brevemente. La mayor resistencia
del adobe, no se debe a que la paja dé una mayor consistencia al barro, sino a
la reacción química que se produce entre ambos.
Otra cosa más. Hasta ahora el proceso
de manufacturación se ha caracterizado por ser eminentemente artesanal. Con el
adobe ya podemos hablar de una auténtica producción en masa. Todo un anticipo
de la Revolución industrial.
Regates
Después de la explicación de Tyel reinó
el silencio. Sus rostros, hasta el momento relajados por el ambiente distendido
que habían dado a la comida, cambiaron ligeramente. Aunque la afabilidad no
había desaparecido de ellos, se dejaba entrever el principio de una tensión.
Había llegado el momento de hablar de negocios. El protocolo exigía que Tyel,
como anfitrión diera el primer paso. Habría sido una descortesía hacer que su
invitado se viera obligado a poner el tema sobre el tapete.
—Bueno, bueno... —dijo arrastrando las
palabras—. Confío que habrás tenido un provechoso viaje. Ningún contratiempo,
¿verdad?
—No, afortunadamente no hemos sufrido
contrariedad alguna —respondió calmadamente Wultsn—. Ha sido largo y duro, eso
sí, pero todos los que partimos hemos vuelto sin novedad.
»Y por lo que veo —dirigió cortésmente
la conversación al terreno propicio—, tus negocios marchan estupendamente. Me
han contado que estás construyendo muchas casas. Me alegro mucho por ti.
—Gracias —correspondió Tyel—. No puedo
quejarme.
—Con tanta actividad, me pregunto cómo
estarán tus existencias de maderas y vigas —tanteó Wultsn a su huésped de una
manera impersonal y desapasionada. No era el momento de ser directo.
—Bastante bien —mintió Tyel
calmosamente y sin pestañear—. Últimamente estamos teniendo un buen
aprovisionamiento de madera. Aunque eso no quita que esté dispuesto a escuchar
una buena oferta.
Wultsn no iba a la cita a ciegas.
Conocía las favorables expectativas. La ciudad se estaba ampliando y bastantes
de las casas antiguas de la mejor zona de Villacolina estaban a punto de
remodelarse. Tyel tenía trabajo más que sobrado. En otras ciudades de la
contornada ocurría lo mismo. Por contra, en el otro platillo de la balanza se
encontraba la creciente importación de madera y la dificultad, consiguiente, de
lograr rápidos negocios.
No tenía ninguna urgencia en vender su
mercancía, pero aunque la tuviese seguiría la norma de no demostrarlo. Su
abuelo había sido un maestro. Su padre y él mismo, habían recibido el mismo
don. Muy pocos habían sido capaces de descubrir, durante un trato, sus
intenciones y debilidades.
—Antes de mi partida, hablamos de la
posibilidad de que te quedaras con dos docenas de carros de vigas, siempre y
cuando hubiera buenas perspectivas para tu negocio y que llegáramos a un
acuerdo.
»No existe por tu parte, ningún
compromiso de compra. Pero, como te aseguré, eres el primero al que ofrezco mi
mercancía. Aunque nada hubiéramos hablado, mereces esta mínima atención por los
muchos años de franca relación y si me permites, de amistad.
Aquello tranquilizó, alarmó y halagó a
Tyel. Lo tranquilizó porque no iban a obligarle a hacer algo que no quisiera.
Lo alarmó porque su interlocutor le demostraba que tenía compradores
alternativos. Y le halagó, pues se le decía que él iba a tener preferencia por
la confianza y amistad que le tenía.
—Me adulas —respondió Tyel. Ahora iba a
ser su turno de poner los puntos sobre las íes—. Tu madera siempre ha sido de
la mejor calidad, y el trato de favor, con el que siempre me has honrado, es
algo que no puedo pasar por alto. Nada me gustaría más que poder llegar a un
acuerdo satisfactorio para ambas partes.
Wultsn sonrió ampliamente. Como buen
fajador, no dejó que su semblante mostrara la traducción que su mente había
hecho de las palabras de Tyel.
«¡Vale tío! Hasta hoy, todo fetén. Pero
no te lo tengas creído, si quieres que el negocio siga, ya sabes...»
—Estoy convencido de ello —respondió
Wultsn—. Siempre hemos cerrado tratos a conveniencia de ambos, ¿no?
»La propuesta que tengo que hacerte es
la mejor que voy a ofrecer a nadie —siguió—. Para ti será la misma que la de la
partida anterior. Cinco sacos y medio de grano por cada viga de tres brazadas.
Ocho y un cuarto por las de cuatro.
—No vamos a ponernos a discutir como
vulgares mercachifles —respondió un nada sorprendido Tyel—. Pero, como sin duda
sabrás, se están ofreciendo actualmente por cantidades más bajas.
—En efecto así es. Pero se trata de
vigas de dos brazadas y tres. Las de cuatro, incluso cuestan más. No hay
muchas. Mi trato es por el conjunto. Sales ganando ampliamente.
Siguieron un buen rato en plan
mercachifle para matar el gusanillo. Entre regateo y regateo, se aseguraban el
uno al otro que no es que fueran trajinantes, pero...
De todos modos la cosa ya estaba clara.
Al hacer la oferta dando un «precio» por el conjunto, Tyel obtenía un acuerdo
que le favorecía. No era nada fácil obtener las de cuatro brazadas. Aquel
diablo de Wultsn sabía lo que se traía entre manos.
—Eres un negociante duro, Tyel —aduló
finalmente Wultsn—, y como quiero que nuestra amistad prevalezca sobre el
negocio — empleó la retórica comercial al uso—, te dejo en cinco sacos las de
tres brazadas. Las de cuatro, ya hemos acordado en dejarlas en ocho y un
cuarto.
Tyel miró satisfecho a un Wultsn
sonriente. Le estrechó la mano diciendo:
—¡Trato hecho!
La sonrisa de Wultsn daba a su
expresión como una sensación de resignación. Pero sus ojos, acerados, lo
desmintieron durante un fugaz instante. Tyel tuvo la impresión, momentánea, de
que Wultsn se había salido con la suya.
«¡Bah! Imaginaciones mías —desechó tal
pensamiento con la misma rapidez con que le vino—. He conseguido un magnífico
trato.»
Desafío a que alguien me diga en cuánto
habría estado dispuesto Wultsn en dejar las vigas de tres brazadas. Porque,
para las de cuatro, tenía muy claro su «precio» (entre comillas otra vez).
Este trato, bastante igualado, parece
que haya tenido como ganador a Tyel. Al menos en una parte.
Todos los libros de Marketing dicen que
el cliente es el Rey.
Todos los libros de Marketing caen en
una simplicidad extrema al tratar este punto. Si bien, considero que en
determinadas situaciones tal afirmación es cierta, me gustaría que me
respondiesen varias preguntas: ¿Quién tiene la sartén por el mango en una compraventa?
¿Quién tiene más necesidad, el comprador de comprar o el vendedor de vender?
¿Quién sabe cuál es el precio mínimo al que el vendedor estaría dispuesto a
bajar? ¿Tiene el comprador alternativas de compra? ¿Quién conoce mejor la
situación del mercado? ¿Con cuántas armas cuenta el comprador y con cuántas, el
vendedor?
Contestar a estas preguntas no es fácil
y tampoco pretendo darles respuesta en estos momentos. Estoy más interesado en
que se comprenda previamente lo que es el Comercio. Así, creo, tales respuestas
se entenderán mucho mejor. Empecemos por recordar nuestra definición de
Economía:
Es la actividad humana tendente a la
supervivencia mediante la generación, intercambio y reparto del excedente.
En ella, nos aparece la palabra
intercambio en su sentido más amplio, bienes, servicios, trabajo... Este
intercambio, aunque pueda ser directo entre los excedentes de dos personas,
normalmente, necesita que entre ambos aparezca la figura de un tercero. Un
mediador, que se limita a comprar un género lo más barato posible y a venderlo,
lo más caro, quedándose en el camino una (buena) parte del excedente.
Pero, claro, esto ya lo sabemos y para
decir tal perogrullada no hace falta escribir gran parte de un capítulo...
«La verdad es que he hecho un buen
trato —pensaba Tyel. Acababa de despedir ceremoniosamente a Wultsn y sentado de
nuevo ante su mesa reflexionaba contento.»
«Le podría haber apretado más en la de
tres brazadas, pero necesito las de cuatro y son difíciles de conseguir.»
«El próximo tratante puede tardar en
llegar, o puede que pida más o que la madera sea mala, como la de hace tres
meses.»
«Además, ¡qué carajo!, no puedo
quedarme corto de vigas.»
Mientras Tyel se iba justificando ante
sí mismo, Wultsn caminaba hacia su casa. Iba pensando en el negocio que había
realizado. Estaba más que satisfecho, como casi siempre. Sabía lo que le habían
costado los maderos y el viaje. Su oponente lo ignoraba.
En unas lejanas tierras, unos
montañeses medio salvajes, a los que llamaban quibanitas, talaban y limpiaban
árboles a golpes de piedra y a mordiscos, si hacía falta. Recibían por cada
dos, un saco de trigo. De allí eran los mejores y mayores troncos.
«Lo divertido del caso —seguía
pensando—, es que están convencidos de que soy tonto y que me están tomando el
pelo.»
«Con la de árboles que hay por zona y
lo poco que cuesta cortarlos y pelarlos —se dirían— no nos entra en la cabeza
que nos los cambien por tal cantidad de trigo. ¡Están bobos estos comerciantes!
»
Al «precio» de origen, Wultsn añadía el
gasto del traslado. Gracias a una contabilidad minuciosa, que registraba todas
las entradas y salidas, podía conocer que se venía gastando entre un saco y un
cuarto y uno y medio por viga en cada viaje. Sumar, restar, multiplicar y
dividir eran herramientas poderosísimas para su negocio y nunca se arrepintió
de haberlas aprendido.
Pese a la diferencia entre lo que
ofrecía y recibía por su género, Wultsn no se sentía culpable. En absoluto.
Como todo hombre que triunfa en los
negocios, daba un sentido de trascendencia a su trabajo. Ya no se trataba de
ganar más y más,... únicamente. Pensaba que estaba haciendo algo por ayudar a
ambas partes. Por descontado, ni por asomo se le ocurría que tal sentido de
trascendencia debía llevarle a menguar sus beneficios.
«Estos quibanitas —se decía—, lo más
que conocen de la agricultura es el hecho fehaciente de que saben que el trigo
no crece en los árboles y, los sumerios si vieran un árbol, no lo reconocerían.
»
«Lo que yo hago, les favorece a los
dos. Sin mí o sin otros como yo, los unos no comerían pan y los otros tendrían
unas pequeñas casas de barro con confortables muebles de piedra.»
Y tenía razón. Completamente. A pesar
de los pesares, su oculta vanidad estaba justificada.
Wultsn, en efecto, compraba barato para
revender caro. Pero, en el proceso, tres partes habían quedado contentas. Y
las tres, habían acabado con más de lo que tenían al principio.
Repito, las tres partes (o las cuatro,
o las cinco...) acabaron con más de lo que tenían antes del intercambio.
Esto quiere decir que, en contra de la
doctrina generalmente aceptada, el comercio genera excedente por sí mismo,
puesto que al final de un intercambio, existirá un «valor» mayor (casi
siempre).
Este valor no es abstracto, sino real y
palpable: En nuestro ejemplo, trigo para los quibanitas, madera para los
sumerios y una parte del excedente para el que realizó el
trabajo de acercar a ambos. Recordemos que a los quibanitas, la madera les
sobraba. Para ellos, por tanto, su valor era escaso. Por el contrario, el trigo
constituía todo un lujo. Los sumerios, claro, suspiraban por la madera y en cuanto
al trigo, tenían más que sobrado pues su agricultura era excedentaria.
El intercambio, pues, no sólo es un
elemento necesario del sistema económico como veíamos en la definición. Al
igual que la propia producción (agrícola, industrial y de servicios), el
comercio es capaz de generar un excedente. Excedente que a la fin y a la postre
acabará revirtiendo en la sociedad.
Espero que nadie se haya rasgado las
vestiduras, pero comprendo que esta última afirmación provoque a más de un
purista, tentaciones de arrojar este libro por el balcón.
—¿Está Ud. pretendiendo afirmar que por
el simple hecho de comprar una manzana a un agricultor a 5 dineros y vendérmela
por 20, se habrá generado una riqueza que beneficiará a la comunidad? —me
podrán preguntar los mencionados puristas (si aún no han tirado el libro por el
balcón, claro).
—Sí —les respondería.
—Y si me voy al campo y le compro la
manzana por 10 dineros, ¿no resultará la sociedad más beneficiada al ganar más
el agricultor, a mí salirme más barato y desaparecer el intermediario, que no
hace nada?
—No, rotundamente no. Además Ud. es un
listo. Si lo que pretendía era repartirse con el agricultor el margen del
intermediario, el precio debía haber sido de 12 dineros y medio, no 10.
Y, ahora, en serio. Para demostrar que
en esta segunda situación, el intercambio directo de productor a consumidor, el
excedente generado sería mucho menor, vamos a emplear la reducción al absurdo.
Imaginemos que un colega de Cigur
hubiese tenido la brillante idea de prohibir por decreto el comercio. Los
tratos tendrían que ser sin intermediarios. Esa sería la ley.
Lo primero es que la comunidad debería
ser muy pequeña, puesto que habría de procurarse su sustento de los campos
limítrofes. Sería poco práctico tener que desplazarse durante varias jornadas
para hacerlo. Por tal motivo, la alimentación sería poco variada. Y de todos
modos requeriría muchas horas ir de campo en campo y de granja en granja,
buscando vegetales, carne, huevos, y si había un río o un mar cerca, pescado.
El agricultor o el ganadero, tendrían a
su vez que dedicar mucho tiempo a atender a todos y cada uno de los ciudadanos
que viniesen a comprarle un poco de esto y un poco de aquello.
En cuanto a la industria, al tener que
dedicarse sólo a la ciudad, también sería muy reducida. Si quisiera ampliar su
mercado, sería necesario dejar de producir para, liando el petate, perder
varios días en el viaje. O a la inversa, si una persona precisara comprar un
producto que se fabricara lejos, debería renunciar a realizar su actividad
normal durante el periodo del trayecto. ¿Nos imaginamos lo que sería tener que
ir desde Cádiz a Madrid para comprar una lavadora?
Las comunicaciones serían escasas, con
lo que las novedades e ideas tardarían una eternidad en extenderse. Y así,
sucesivamente.
Existiría una sociedad menor y más
pobre, incluso más atrasada que la de la edad de bronce, en la que gran parte
del tiempo la emplearíamos en el trueque y no en la producción de bienes y
servicios.
No, el resultado final no sería un
mayor beneficio para la sociedad. El comercio hace producir para intercambiar,
libera tiempo, permite disponer de bienes que sin él ni se conocerían,
proporciona un medio de vida a una parte considerable de la población... En
suma, crea riqueza.
Y si ni aún así, he conseguido
convencerle, le ruego me responda una pregunta: ¿valía lo mismo un saco de
trigo en manos quibanitas que en las de los sumerios?
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No obstante, se entiende la «justa»
indignación cuando un consumidor se entera a cómo pagó un comerciante la
mercancía que le revendió. Quizá por eso, tengan tanto éxito los
establecimientos cuya publicidad reza el anzuelo de «precios fábrica», aunque
tal mensaje sea falso.
¿De verdad nos creemos que vamos a
pagar lo mismo por un par de zapatos que un mayorista que compra miles? ¿De
verdad creemos que no nos cobran los diez minutos que el dependiente dedica a
atendernos? ¿De verdad pensamos que no estamos pagando la parte proporcional
del alquiler de local o de la amortización del mobiliario e instalaciones?
No, ¿verdad? El comercio dispone de una
estructura, de un sistema, para facilitar el intercambio. Cuenta con gente
preparada, ya sea por el conocimiento que proporciona la experiencia o ya sea
el estudio sistemático de técnicas de mercado. Conoce el producto mejor que el
comprador y a veces mejor que el propio fabricante. Conoce al cliente, sus
gustos y preferencias (incluso sus debilidades). Sabe cómo adaptar física y
psíquicamente lo que lleva entre manos a lo que el consumidor desea. Para ello
puede innovar o sugerir la innovación (fruto de lo que haya oído a sus
clientes). Puede, también, crear necesidades nuevas vía publicidad. Y
finalmente, es un experto en el arte de comprar y vender. A ello dedica la
mayor parte de su tiempo.
Un consumidor puede llegar a necesitar
miles de productos diferentes. Es imposible que sea un experto en todos, ni tan
siquiera en una mínima parte. Pero puede estar seguro que habrá un comerciante
que sí lo será.
Durante más de tres años fui comprador
profesional. Aprendí que aunque apretara, el vendedor siempre tenía la sartén
por el mango. Muchas veces, mi única arma era el no comprar y no siempre. Él
sabía de su producto mucho más que yo, que aunque, me considerara un
especialista en una serie de productos, él lo era sólo de uno o de unos pocos.
Y sobre todo, él era el que sabía hasta dónde conceder. Muchas veces nos
ufanábamos de las condiciones conseguidas en una negociación. Pero en las
contadas ocasiones, por casualidad o descuido, que tuvimos acceso a las
interioridades de nuestros vendedores, nos llevamos siempre desagradables
sorpresas. Aquel conjunto de aduladores profesionales, que nos juraban y
perjuraban que teníamos mejores condiciones que nadie porque éramos compradores
muy duros, buenos, experimentados, etc., nos habían llevado al huerto siempre
que habían querido.
Con esto último, creo que han podido
quedar contestadas las preguntas sobre quién tiene la sartén por el mango. El
comerciante, no ha sido nunca una hermanita de la Caridad. Ha intentado sacar
el máximo provecho en cada transacción. Su modus vivendi, o lo que
es igual su modo de ganarse la vida (lo que en este libro llamamos sobrevivir),
ha sido, es y será comprar y vender al mejor precio para él. Y este es un aviso
que quiero dejar colgado en una pica, no son raras las ocasiones que el
comercio abusa de su posición de privilegio, porque puede y porque sabe.
Quedémonos, finalmente, con que el
comercio genera excedente para las múltiples partes que intervienen en él y que
constituye un medio de supervivencia, pero no olvidemos el aviso.
Información
—¿Cómo tú por aquí? ¡Cuánto honor!
—exclamó un socarrón Zemtrep al toparse con su amigo Wultsn.
—¡Hola, Zemo! —le saludó utilizando el
cariñoso diminutivo con el que se le dirigía desde que eran niños—. Me gustaría
hablar contigo para hacerte una proposición deshonesta.
—Te escucho —dijo Zemtrep sin poder
evitar que se le escapara una sonrisa ante la humorada de Wultsn.
—Mira —empezó dejando una amplia
pausa—, sabes que mi religiosidad no se ha caracterizado por ser muy elevada.
Más bien, por lo contrario. Pero deseo cambiar. Los dioses me han favorecido
mucho y creo que es momento de que les corresponda.
Zemtrep permaneció callado ante la
nueva pausa de su amigo. Conociéndole como lo conocía, su cerebro no dejaba de
preguntarse qué estaría tramando.
—Deseo contribuir a la reconstrucción
del templo con una docena de carros cargados de madera —dijo de golpe.
¡Fiuh! —silbó Zemtrep—. Es, es...
A Zemtrep, cosa de lo más inaudita, le
fallaron las palabras.
—Necesito que me digas qué debo hacer o
con quién debo hablar.
—Descuida, yo me encargaré y me pondré
en contacto contigo en breve. A propósito...
La conversación siguió por otros
derroteros más banales. Zemtrep, comprendió que lo que buscaba Wultsn era
congraciarse con los sacerdotes, con los que existían unas relaciones de lo más
frías. Y Wultsn, vio claro que Zemtrep necesitaba ese plazo de tiempo para
maniobrar y apuntarse parte del mérito de la donación. ¡Vaya par de joyas!
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Aquella noche, Wultsn cenaba con sus
amigos Paallis y Bopsez. Por fin se sentía relajado y podía dejar que sus
palabras fluyeran libremente. No tenía necesidad de medirlas constantemente
para evitar que cualquier error descubriera sus intenciones reales y diera al
traste con un buen acuerdo. Además Paallis y Bopsez eran de confianza. Jamás
había descubierto en sus rostros la más leve señal de doblez. De vez en cuando,
sin embargo, se ponían en plan misterioso, ingenuamente enigmáticos. En esos
casos, a Wultsn le entraba un «cachondeo» interior que a duras penas podía
reprimir que se le convirtiera en una carcajada.
Por eso, cuando a mitad velada, Bopsez
cambió la cara poniéndola de conspirador aficionado, Wultsn se preparó para
pasar un buen rato. Aquellas dos inocentes almas se preparaban para descubrirle
otro de sus asuntos. ¿Qué rumor sin sentido iban a contarle? ¿Qué oculto
secreto iban a revelarle? ¿Qué obscuro negocio se llevaban entre manos?
—Esto, eh... —balbuceó Bopsez—. Tengo
una cosa que quisiera enseñarte.
Y diciendo esto, le enseñó la daga. En
su excitación, se había olvidado de decirle aquello de que confiaba en su
discreción.
—¡Un hermoso cuchillo! —exclamó
Wultsn—. ¿Y qué tiene de extraordinario para que me invites a cenar?
La ironía de Wultsn le pasó totalmente
desapercibida a Bopsez, él iba a lo suyo.
—Tócala y mírala bien. ¿Es que no la
notas diferente?
Wultsn que en su vida había visto el
bronce, sólo lo conocía de oídas, seguía sin atinar por dónde iban los tiros.
—Parece más dura de lo normal —dijo
después de manosearla un rato. Empezaba a estar intrigado.
—Creemos que está hecha de bronce.
Pero, ¡tú mismo nos hablaste de él la última vez que nos vimos! Precisamente
Lerursin nos lo recordó.
De súbito la luz se hizo dentro de
Wultsn. ¡Vaya si lo recordaba! Aquel material había sido una de tantas piezas
de información que se agolpaban en su cerebro. Como comerciante, tenía
oportunidad de entrar en contacto con mucha gente. De esos encuentros retenía,
además de lo importante para su negocio, cualquier curiosidad, novedad o
rareza. En un futuro, podrían servirle o no. Lo habitual era que no, que se
limitaran a ser simples temas de conversación con los que distender y amenizar
sus muchísimas horas dedicadas a hablar con sus clientes y amigos. Pero siempre
había alguno que, antes o después, le reportaba una utilidad concreta.
—Sí, ahora que lo mencionas me viene a
la cabeza una charla con un forjador. Quiso venderme... —se cortó—, pero no
estuve muy interesado. No era ese mi negocio y aquel hombre no me gustaba. Pero
habló y habló, contándome todo acerca...
Wultsn se interrumpió, empezaba a
pensar que se había equivocado. El que se estuviera justificando ante sí mismo,
así lo demostraba. Aquel hombre, poco fiable, había sido la causa. Había
juzgado a la persona y la conclusión la había aplicado al objeto que le
ofrecía.
—¿Y qué tiene de extraordinario?
—repitió la misma pregunta, pero con un tono muy diferente. De la ironía había
pasado a una atención interesada. Quería saber si sus sospechas de haberse
equivocado eran ciertas.
—Fíjate —le respondió un vehemente
Bopsez—. Como has dicho es más duro, pero también es mucho más afilado. He
hecho algunas pruebas con madera, se hunde más, la corta fácilmente y apenas se
deforma. Asimismo el mango tiene una mayor definición de dibujo. Es como si se
ajustara mejor al molde. Debe ser una maravilla de material.
—Dentro de seis días partiré hacia el
Líbano —dijo Wultsn—. Pero antes pasaré por la ciudad dónde hablé con aquel
hombre. Si lo deseas, puedes acompañarme. Creo que podremos hacer buenos
negocios.
»Sólo pongo una condición. Cuando
tratemos con el forjador, serás un comerciante con el que hago sociedad y te
estarás callado.
Wultsn había visto el negocio. Primero
hablaría con el hombre y le mostraría su intención de comprarle una partida de
hachuelas. En segundo lugar, junto con Bopsez, se interesarían por la
fabricación de la aleación. Luego le compraría dicha partida. Finalmente
Bopsez, que lo estaba deseando, podría establecer su propia fundición. Como
amigo, era lo menos que podía hacer por él. Pero, a la vez, él mismo iba a
salir beneficiado, pues, en un futuro podría tratar con su amigo en condiciones
ventajosas.
La partida que comprara pensaba
venderla a los quibanitas, que harían buen uso de ella en la tala de los
árboles. Si tenía éxito, cosa que no dudaba, se le abriría un buen mercado.
Anteriormente habíamos visto como el
hecho de confeccionar bienes y prestar servicios que satisfacen necesidades de
otros hombres generaba un excedente. Ahora, acabamos de incidir en un elemento,
del que ya habíamos apuntado algunas líneas, que va a hacer factible que dicho
excedente sea mayor. Se trata de un elemento inmaterial, pero
terriblemente real. Estamos hablando del conocimiento y la
información.
Escondido en algún rincón de la mente
de Wultsn se encontraba una pieza de información. Conscientemente las iba
coleccionando porque en cualquier momento le podían ser útiles.
El conocer en qué lugar del Líbano se
encontraban los mejores árboles le significaba una ventaja comparativa que
sabía aprovechar. La consecuencia de ello era una mayor rentabilidad para él (y
para el conjunto de la sociedad que podía construir mayores casas con mejores
maderas). La palabra rentabilidad podemos cambiarla por la de excedente.
El saber las buenas perspectivas de
construcción de la ciudad, también le generaron un mayor excedente. No es lo
mismo vender una partida de algo que se precisa que de algo que no. En este
supuesto la sociedad no se beneficia sino es indirectamente y no siempre. Un
«precio» mayor generará también un beneficio mayor para el comerciante. Será
preciso, pues, realizar un trabajo adicional para pagar el «sobreprecio». Este
excedente, por consiguiente, acabará por convertirse en un mayor capital en
manos del mercader. De cómo se emplee ese capital dependerá que la sociedad
salga beneficiada o no.
El conocer, por último, algo sobre la
existencia del bronce, le iba a permitir ampliar las perspectivas de su negocio
y también iba a beneficiar a la sociedad. En este caso, el comercio actúa de la
misma manera que los insectos con respecto a las flores, va a ser un agente
polinizador.
El conocimiento, la formación y la
información, por consiguiente, generan un excedente mayor. Los pueblos más
ricos son los que poseen un mayor conocimiento y están más preparados, lo cual
constituye la perogrullada número dos. Si lo digo es porque no deja de
maravillarme que a escala individual esto no siempre es cierto. Quien no
conozca a un auténtico tarugo pero que sepa ganar dinero a espuertas, que
levante el dedo.
Dejándonos de sarcasmos, una
determinada actividad económica puede realizarse de mil modos diferentes. Dada
la naturaleza humana, siempre habrá alguien que encuentre una manera más
eficaz. El conocerlo y transmitirlo, vía educación pongamos por caso, será uno
de los factores de desarrollo de la comunidad. Del mismo modo, conocer una
determinada información, va a poder proporcionar una mayor riqueza. Valgan como
ejemplo, perspectivas bursátiles, cambio de los gustos de los consumidores,
dónde se está innovando, etc.
El año estaba llegando a su final.
Cigur hacía balance de este su primer periodo como Rey. Se encontraba
satisfecho. Los síntomas de una floreciente prosperidad eran más que evidentes.
—Lo estamos consiguiendo, Rismandés —se
dirigió a su primer secretario—. Nuestra ciudad va a ser la más importante.
Necesitamos un empujón más y no habrá quién nos iguale.
—Sí, mi señor —respondió—. Las noticias
que nos llegan de todas partes son de lo más halagüeñas.
»Los trabajos de empedrado de toda la Villa y de la ampliación de la muralla
están atrayendo gente de todas partes —empezó resumiendo.
»Se necesitan más víveres y ya se empiezan a extender las zonas de
cultivo.
»Se están construyendo más casas.
»El mercado, tanto el semanal como el mensual, se ven cada vez más concurridos,
aunque eso sí, a «precios» más caros.
»Todo esto, significa unos mayores ingresos en los fondos de la ciudad, que
aunque cortos como siempre —estuvo a punto de que se le escapara un «para todo
lo que pretendes»—, no arrojan un déficit excesivamente alto.
El pasaje anterior da respuesta a las
preguntas que nos hacíamos en el segundo comentario de este capítulo. De hecho,
da la razón a ambos. Un soñador Rey que empuja ilusionadamente a su ciudad
hacia adelante y que sin él, las mejoras habrían sido mucho más lentas o no se
habrían realizado. Pero también, un prudente primer secretario que, aunque
arrastrado por el magnetismo de su señor, trabaja con los pies sobre la tierra
y lo modera. El trabajo conjunto de los dos es el que está dando ese resultado
tan prometedor. Pero no siempre es así de bonito.
Resumamos este tercer capítulo.
Villacolina gozaba ya de una economía de ciudad, mucho más rica que la
meramente agrícola. Trabajos más diversificados, artesanales y de servicios,
que permitían satisfacer más necesidades de la población, y a su vez, que ésta
fuera mayor.
El concepto de supervivencia no era tan
manifiestamente evidente. En ningún pasaje hemos visto a los personajes
preocupados por ella. Pero no nos engañemos. La supervivencia estaba ahí,
enterrada en alguna parte de sus mentes. A la mayor parte de ellos les habría
gustado estar tumbados a la bartola y no tener que trabajar. No obstante, una
necesidad perentoria les obligaba a hacerlo. Si no contribuían para con los
demás, los demás no lo harían para con ellos. Pero la contribución era ya
radicalmente distinta a la que se producía en las tribus primitivas ya que
era especializada y tendente a obtener un producto o un servicio para
luego intercambiarlo con los demás. Y esto era válido para todos: Cigur,
Rismandés, Wultsn, Paallis, Bopsez, el soldado, los comerciantes, etc...
Quizá no acabemos de ver la conexión
entre el trabajo de Wultsn y la supervivencia. Este hombre tenía riquezas más
que suficientes para vivir holgadamente y sin embargo seguía comerciando. En
realidad, no pocos ricos viven de rentas sin pegar ni golpe. Con un nivel de
vida asegurado, no ven la necesidad de doblar el lomo. Sin embargo, no pocos
también, siguen y siguen trabajando para aumentar sus riquezas. ¿Por qué?
Porque la supervivencia es algo más
compleja cuando rebasa los meros límites de alimentarse, cubrirse y
reproducirse. No estoy capacitado para dar una explicación de manual de
Psicología, pero es evidente que está muy entroncado con el concepto de «vivir
bien»: más y mejores bienes y servicios, prestigio, status, admiración de los
demás y una cierta preocupación por sus descendientes.
Aunque no está universalmente aceptada,
Abraham Maslow, ha desarrollado una teoría que explica los motivos de actuación
de los seres humanos. Según ella, lo primero que buscamos es satisfacer
nuestras necesidades básicas inmediatas, respirar, comer y beber. Una vez
satisfechas, nos preocupamos de nuestra seguridad, actual y en el futuro.
Seguidamente, y de manera progresiva, nos iremos interesando por las de nivel
más elevado, como el amor, el prestigio y el reconocimiento sociales, la
autorrealización y la curiosidad por conocer el mundo que nos rodea. Encaja
bastante con lo que venimos contando, ¿verdad? (Puedo darles mi palabra que no
fui conocedor de la teoría de Maslow, hasta después de haber acabado el
capítulo octavo de este libro. Ha sido en la revisión del texto, nueve años
después de escribirlo, cuando me he decidido a incluirla. De haberla conocido
antes, posiblemente me habría apoyado más en ella.)
Pero volviendo a la argumentación
anterior, además, ¿no tenemos todos grabado en nuestra mente, después de siglos
y siglos de haberlo visto, que los ricos viven más que los pobres? (Esto es
cierto, aunque a partir de determinados niveles más riqueza no supone más
longevidad, (calidad al margen). Para España, los países escandinavos, Estados
Unidos, Alemania, Francia e Italia, la esperanza de vida se sitúa sobre los 75
años. En Nigeria, la India, Sudáfrica e Indonesia, oscila entre los 50 y 55
años. A más a más, dicha esperanza de vida era tres o cuatro años superior en
la antigua Alemania Federal que en la República Democrática Alemana).
Hemos desarrollado, asimismo, lo que
significó la escritura como un elemento de desarrollo económico. Si bien no
tenía, ni tiene, exclusivamente ese fin, constituyó, y constituye, un medio
para el control y medida de la actividad económica. Pero también para la
conservación y transmisión del conocimiento. Sin ella, repitamos, seguiríamos
en la Edad de Piedra.
Relacionados con la mencionada
escritura, por su inmaterialidad, han aparecido el conocimiento, la formación y
la información. El conjunto de ellos producen como resultado una mejora
en la eficacia en la generación del excedente.
Hemos ampliado lo que significa de
positivo para la economía de una colectividad la entrada del Poder en la misma,
cuando se sabe lo que hacer y se hace bien.
Pero, sin duda, el aspecto más novedoso
y que más controversia puede causar, es de la discusión de cómo el comercio es
un generador de excedente per se para la sociedad.
Las ciudades sumerias y todas en
general, no son autosuficientes. El comercio permite, entre otras cosas, su
abastecimiento. Con ello se faculta la división del trabajo. Campo y ciudad,
podrán intercambiar sus bienes y servicios, y en ese intercambio se producirá
una mayor riqueza.
Y eso es tan cierto que, muy pronto, el
Poder estableció un sistema de gravamen sobre esta actividad. Ya no sería el
campesinado el único contribuyente mediante la entrega de una parte de su
producción, sino que también parte del excedente generado en cada transacción
iría a parar a las arcas del Fisco. (Por descontado que también muy pronto,
descubrirá otras fuentes sobre las que establecer impuestos, como, en nuestra
historia, el del pago según el tamaño de la vivienda de los ciudadanos).
También hemos tratado el tema de la
corrupción, y lo negativo que resulta para la sociedad. En los ejemplos
mencionados, siempre aparece el mismo esquema, unos cuantos indeseables se
aprovechan de lo generado por otros hasta límites desmedidos, llegando en no
pocas ocasiones no sólo a impedir el desarrollo normal de la población sino
incluso a causarle sufrimientos y muerte.
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Hasta este momento no ha aparecido en
la narración propiamente dicha, la palabra dinero, y debo confesar que he
tenido que hacer más de un equilibrismo para describir situaciones en las que
la mencionada palabra se hacía casi imprescindible. En el mismo sentido, la voz
«precio» ha ido siempre entrecomillada. La economía monetaria, aún no había
aparecido, pero no iba a tardar mucho en imponerse.
La vida en Villacolina, seguía. Diez
años habían transcurrido y como siempre, muchas cosas habían cambiado. El
dinero era una de ellas.
CAPÍTULO 4
... Y DINERO
Sekels (pesos)
El eterno sol mesopotámico rozaba con
sus rayos las tejas de los edificios que bordeaban la plaza principal de
Villacolina. Sobre el empedrado, la actividad comercial se intensificaba por
momentos. Dentro de poco, no cabría un alfiler. El ruido de las diez mil
personas vociferando, regateando o riendo se dejaba oír por toda la Ciudad.
Sobre su balcón, un Cigur del que
habían desaparecido los rasgos juveniles, contemplaba como lo hacía
habitualmente, aquel caótico maremagnum que se formaba cada
dos semanas.
Había sido idea de Rismandés, muerto
hacía cuatro años, convocar otro mercado durante la luna nueva. Al principio,
la afluencia era escasa, pero poco a poco, fue equiparándose al principal de la
luna llena. El motivo que expuso Rismandés, no era, como se podía pensar, el
que Villacolina necesitara un mayor aprovisionamiento de aquellas mercancías,
sino que con él se conseguiría aumentar la recaudación tributaria.
También se había cambiado el sistema de
pago de la contribución. Los soldados ya no iban parada por parada, sino que, a
medida que los comerciantes iban entrando a la ciudad, pagaban su cuota a los
guardianes que custodiaban la puerta de los leones. Unos escribas registraban y
se hacían cargo de las piezas de plata que éstos recogían.
«Las necesidades del Tesoro —le decía
constantemente a un Cigur, cada vez más endiosado—, son asfixiantes. Empiezo a
desesperar que no te moderes en el gasto. Tenemos que incrementar los ingresos
como sea. De momento, se me ocurre...»
Rismandés murió al mes siguiente sin
poder ver cómo se celebró el primer mercado de la luna nueva. Una mañana al ir
a despertarle, simplemente no respondió. Su mujer le zarandeó durante un buen
rato hasta que, poco a poco, fue tomando conciencia que ya nunca más volvería a
estar junto a ella.
Se celebraron unas grandes exequias
como correspondía a su rango. Toda la corte, con Cigur a la cabeza, asistió al
funeral. Se dijeron las pomposas palabras de siempre, se le dio el pésame a la
viuda, y se le olvidó. Rismandés no sería historia.
Cigur no lo echaba de menos. Durante
sus últimos años le había estado dando la tabarra actuando como un freno a sus
planes. Ahora sus consejeros se le amoldaban mejor. Mientras miraba a través
del balcón, debajo, la actividad comercial alcanzaba su clímax.
—¿Qué hago yo con sesenta veces sesenta
docenas de hogazas de pan? —se negaba un tratante de artículos de gran lujo, y
precio, a intercambiarlos por un hermoso brazalete de oro—. Si lo quieres,
tráeme tres docenas de sekels en plata.
—Te doy tres corderos, dos sacos de
avena y mi vestido por tu vaca —ofrecía esperanzado un calvo de orondas
mejillas a un escéptico ganadero—. Tres ovejas como las mías valen lo que las
cinco que me pides, además de eso, te estoy ofreciendo...
—No de eso nada —respondió el
ganadero—, mi vaca vale sesenta medidas de plata.
—Te doy dos sekels de plata por esa
copa —lanzaba su ultimátum un «experimentado» comprador.
—Dos sekels, ni uno más...
—¡Cómo que tres medidas de plata por
una brazada de tela! ¡Ladrón! En cualquier otro sitio me piden...—perdía los
estribos un campesino quien junto con su mujer se había encaprichado de una
tela.
—Este anillo de oro pesa un sekel y un
cuarto y la mitad de un cuarto —decía un orfebre a su comprador, después de
haberlo pesado con precisión en su extraordinariamente sensible balanza de
brazo—. Yo mismo lo he hecho pensando en un cliente tan distinguido como tú. Es
una auténtica obra de arte...
El sekel de plata no era una moneda.
Faltaban aproximadamente dos mil años para que se acuñaran. Sin embargo, el oro
y sobre todo la plata se utilizaban preferentemente como medios de pago que
debían ser pesados en cada transacción.
Con la aparición de la «moda» de
utilizar un medio indirecto de intercambio, que era aceptado por la generalidad
de la gente, las transacciones se facilitaron considerablemente. Basta comparar
los ejemplos de este capítulo con sus homólogos del anterior. De tener un
sistema en el que todas las mercancías debían valorarse con relación a todas
las demás, se pasó a otro en el que cada producto se valoraba en relación con
unos pocos, oro, plata, sal...
Al mismo tiempo, este último método era
más eficaz, porque en una venta, no siempre interesaba a una de las partes el
género que la otra le ofrecía. Por eso, hablamos de un medio indirecto, en el
que la mercancía o el servicio «A» se cambia por dinero que, en otro momento,
se podrá cambiar por la mercancía o el servicio «B».
Aunque no existían monedas, sí podemos
hablar, en realidad, de una economía casi monetaria. El dinero, con muchas de
las características que lo configuran como tal, ya había nacido. Entre una
medida de plata o de oro de entonces y una tarjeta de crédito de ahora, no
existen muchas diferencias.
El propio concepto de dinero es el
mismo en ambos casos. Evolucionan sus funciones, cambian las aplicaciones y el
«soporte » (oro, plata, papel moneda...), pero no su razón de ser.
Para demostrar que esta afirmación es
cierta, antes habrá que explicar lo que es el dinero, cosa que no es fácil. De
ningún modo. Si queremos conseguir que un economista nos odie, simplemente,
hágasele esta pregunta: ¿qué es el dinero?
Aunque aparentemente todos pensemos que
conocemos la contestación a tal pregunta, cuando intentemos explicarla vamos a
empezar a sufrir serios ataques de parálisis cerebral, pues lo abordemos por
donde lo abordemos, siempre se nos quedará algún aspecto en el aire o algo no
acabará de encajar. Le invito a que pruebe.
La mejor definición que he escuchado es
ésta: «El dinero, ¡c...!, es el dinero. Todo el mundo lo sabe.»
Y efectivamente, así es. Lo malo es que
no acaba de explicarnos gran cosa. Por eso, hemos de recurrir a una definición
que no es tal. Como con múltiples útiles (una cucharilla de café, un zapato, un
destornillador...), es más sencillo definirlos no por lo que son, sino en
relación para lo que se usan. Es decir sustituimos el concepto, por sus
funciones.
Pero ni aun así, las tres funciones que
se le atribuyen al dinero están claras del todo. Algún que otro cabo se nos
queda sin atar.
Conscientes de esta penuria conceptual
a la hora de dar una explicación coherente, los economistas hemos recurrido a
varias de esas frases ingeniosas que tanto nos gustan: «El dinero vale porque
se acepta» o «El dinero es cualquier cosa que hace de dinero».
Preciosas, ¿verdad? Además se entienden
perfectamente. Pero en el fondo no dejan de ser un cántico de sirena ante la
incapacidad de dar una respuesta válida a la pregunta que nos hacíamos varias
líneas antes.
Un trato
La extensa caravana de Wultsn se
dirigía a los montes de los quibanitas con los carros vacíos. Había vendido
todo el cargamento de trigo en una ciudad rica en plata, situada algo más al
Norte. Obtuvo un excelente precio por sus sacos tal y como sus fuentes de
información le habían manifestado. Por ese motivo decidió cambiar sus planes.
No se quedaría, como habitualmente hacía, con una parte del trigo para
intercambiarlo luego por la madera quibanita, sino que lo vendería todo,
cobrando en plata. Con una parte de ella pagaría las vigas a los montañeses.
Wultsn había sido uno de los
precursores en utilizar la plata prácticamente para todo lo que hacía relación
a sus negocios.
—Mi estimado Wultsn —le dijo un
desenfadado colega en uno de sus muchos viajes comerciales—, en esta Ciudad no
estás al loro. Aquí no nos enrollamos hablando de
sacos de trigo, de cabezas de ganado o, como en tu caso, de vigas de madera. Lo
reducimos todo a medidas de plata, con lo que la cosa resulta de lo más fácil,
cómoda y sencilla.
Desde entonces, se había convertido en
defensor y propagador del sistema monetario. Muchos como él hacían lo mismo.
Dadas sus ventajas, este dinero prehistórico no precisaba de un gran
ensalzamiento para imponerse rápidamente.
Si lo pensaba bien, el sistema era
soberbio.
«Mato tres pájaros de un flechazo:»
«El primero es que cobro y pago en
plata, con lo que me evito manejar una profusión de bienes diferentes, fruto de
cada intercambio. Si me ofrecían trigo y lo que quería eran ovejas, tenía que
aceptarlo para después volverlo a cambiar buscando a un tercero al que le
interesase el trigo. Si no, había que volver a buscar un cuarto o un quinto.
Prefiero, la plata, porque sé que todos la aceptan y de muy buen grado.» (a)
«El segundo es que es muchísimo más
sencillo aclararnos con los precios. Podemos saber cuánto vale cada cosa sin
necesidad de tener que hacer varios cálculos de lo que un cordero vale en
términos de sacos de trigo (que tuviese que haber cambiado por mis vigas de
madera). Además, llevar las cuentas se ha simplificado formidablemente. Al
expresar todo en medidas de plata, sé cuánto gano en una transacción y puedo
valorar todo lo que tengo con una sola cifra: tropecientos mil sekels de plata,
para ser precisos.» (b)
«El tercero es que la plata no se
estropea y puedo guardarla, bien sea para emplearla en otros negocios o bien,
para el caso de que las cosas me vayan mal y deba recurrir a mis ahorros.» (c)
Estas son, pues, las tres funciones del
dinero:
(a) MEDIO DE PAGO
(b) UNIDAD DE MEDIDA
(c) RESERVA DE VALOR
Son muy claras ¿no? Entonces ¿por qué
hemos dicho que se nos quedan cabos sin atar?
Muy sencillo, porque hay medios de
pago, unidades de medida (de valor) y reservas de valor que no son dinero.
Y también porque hay dinero que no es
medio de pago aceptado por todo el mundo, o no es una unidad de medida lo
suficientemente exacta, o no es reserva de valor.
Un saco de trigo, una gallina, un
anillo de oro, pueden ser medios de pago, como vimos en el capítulo tres, pero
estaremos de acuerdo en que no son dinero. Un sekel era una unidad de peso como
pueda ser hoy un gramo. Era útil para establecer valores en el intercambio de
bienes: 6 sekels (50 gramos) de harina equivalen a uno de levadura, por
ejemplo. Pero no era dinero, aunque nos parezca que esté muy próximo a él. 50
gramos de un determinado bien, harina, carne... no pueden ser considerados como
dinero. Esto es fácil de comprender, pero ¿a que tenemos dudas si decimos que
50 gramos de oro no son dinero? Es el oro el que puede ser considerado como
dinero, no los gramos.
Las acciones, obligaciones, bonos,
planes de pensión... son una reserva de valor, entre otras cosas, pero tampoco
son dinero.
Una tarjeta de crédito es dinero, eso
nadie lo discute hoy en día, pero tiene un campo de acción limitado. No se usa
para efectuar pagos de particular a particular. Por otro lado, no todas las
empresas que venden al público las aceptan.
El marco alemán de la Postguerra
europea del 14 y unas cuantas monedas sudamericanas actuales con elevadísimos
índices de inflación, no pueden ser consideradas como una eficaz unidad de
medida. En puridad, ninguna moneda podría ser considerada como unidad de medida
ya que todas sufren un proceso de encogimiento progresivo. Pero no tenemos
otro, y mientras la inflación se mantenga dentro de unos límites razonables, el
dinero se puede emplear como unidad de medida en el corto y, puede ser también,
en el medio plazo. A largo, causa un total desconcierto, cuando no una cierta
hilaridad. Mis hijos alucinan cuando les cuento que una entrada de cine me
podía costar unas diez pesetas (hoy rebasa las ochocientas). ¿Cómo se quedarían
si les dijera que mi padre me contaba que le costaba dos perras
chicas (10 céntimos de peseta)?
Por la misma causa, ese marco o esas
monedas sudamericanas, no constituyen una reserva de valor. No creo que nadie
discuta lo desagradable que resulta ver como se le reducen a uno los ahorros de
su vida a la mitad de la mitad cada año. A más abundamiento, históricamente se
ha dado el caso de la aparición de un dinero que se consumía y que no se
guardaba. No se guardaba porque con el tiempo acababa por estropearse y porque
surgió como algo provisional. Se trató de los cigarrillos. Tal situación se dio
en los campos de prisioneros aliados en Alemania durante la II Guerra Mundial y
en la propia Alemania después de dicha guerra. Simplemente los prisioneros y
los guardianes empezaron a entenderse en términos de cigarrillos ya que existía
una carencia casi absoluta de Marcos por parte de los prisioneros. En cuanto a
la Alemania de la Postguerra, la gente empleó cigarrillos ya que los Reichmarks
nazis valían exactamente lo que su peso en papel.
—Yo te saludo —se dirigió ritualmente
Wultsn al jefe de los quibanitas—. ¡Por siempre reine la amistad entre
nosotros!
—Y yo...—detuvo bruscamente Khenel su
también protocolaria salutación al ver, en la lejanía, los carros del mercader
completamente vacíos—. ¿Cómo es que no nos traes trigo? Los árboles ya están
cortados. Tu mensajero hace media luna nos vino con instrucciones para preparar
la cantidad de siempre...
—No te preocupes —dijo un sonriente
Wultsn que se había adelantado a la caravana para iniciar las conversaciones—.
El mensajero, efectivamente, te dio mi recado. No se va a deshacer el trato.
Voy a «comprarte» las vigas.
Khenel puso una cara expectativa, se
fiaba de aquel hombre pero algo no acaba de quedar claro. Wultsn vio llegado el
momento de enseñarle una pequeña cantidad de plata que llevaba consigo.
—Mira. Con esto vamos a cerrar el
trato.
Khenel vio las «piedras» en la mano de
Wultsn, le miró la cara y siguió sin comprender. Su rostro adquirió, entonces,
los rasgos de la perplejidad.
»¿Y...? —dijo con la vista sin mover
los labios.
Ahora fue el turno de Wultsn en no
comprender.
—¡Es plata! ¿Que no la conoces?
—Pues no. Bueno... algo sé. Es un
metal, más blando creo, que el que se usa en las hachas que cambiamos, ¿no?
¿Sirve también para hacerlas?
—La plata sirve para todo —dijo
rápidamente Wultsn que vio su oportunidad de explicarlo—. Con la plata puedes
hacer lo que quieras.
La cara Khenel cambió instantáneamente.
Como los demás de su tribu, daba una gran credibilidad a todo la mágico. Alargó
la mano y recogió las pepitas.
—¿Puedo invocar con ellas a los dioses
para que nos ayuden a dejar en su lugar a las tribus de los seticios?
Wultsn se quedó de una pieza por un
momento. «¿Mande?». Pero enseguida se dio cuenta de su metedura de pata. Él era
uno de los que había dejado de lado la magia y la había sustituido por el
razonamiento. Pero por todos lados, seguían muy arraigados los mitos y la
brujería.
—¡No, no! No tienen ningún poder. Me he
explicado fatal. A la plata la llamamos «dinero» y con ella puedes comprar todo
lo que se te antoje. Trigo, hachas, cerveza, mujeres, todo lo que un hombre
puede desear... —dijo esto último en un susurro.
Volvió a cambiar una vez más la
expresión de Khenel. El desencanto hizo que su mano quedara lacia. Las pepitas
que sostenía dejaron de tener interés para él. Con un gesto natural y sin
provocación, las devolvió a Wultsn.
—Toma. No me interesan —dijo.
—¡Pero si es plata!. Todo el mundo la
quiere. Con ella puedes, puedes ... —a Wultsn le faltaron las palabras y
repitió otra vez su explicación—, puedes hacer lo que quieras. Que quieres
trigo, lo compras. Que quieres hachas, las compras. Que quieres lo que sea, lo
tienes.
—Todo eso que dices ya lo tengo. Con la
madera y con nuestros animales podemos conseguir todo lo que necesitemos. ¿Para
qué queremos la plata?
»Menudo cachondeo se cogerían los
seticios si fuéramos a cambiarles sus gallinas por piedrecitas, aunque antes
les partiríamos la crisma —dijo esto último bajando la voz, como desechando la
más remota posibilidad que sus vecinos se les burlaran.
»Además, eso debe ser una moda de tu
tierra. ¿Qué pasa si el próximo año os da por pagar otra vez con comida? ¿Qué
hago? ¿Me como las piedras?
Ante esta rotunda negativa, Wultsn se
desalentó, porque lo peor del caso era que no encontraba argumentos con que
convencer a Khenel. Lo veía tan cerrado de mollera, que comprendió que
cualquier esfuerzo sería una pérdida de tiempo.
—Está bien —dijo resignadamente
Wultsn—. ¿Y ahora qué? No me queda ni un saco de trigo. Todo lo que traigo es
plata, y ya he visto lo mucho que te ha entusiasmado.
»Te propongo que te la quedes como
prenda. En mi próximo viaje te traeré dos cargamentos de trigo. Uno por esta
partida y el otro por la siguiente.
—No insultes nuestra inteligencia. Las
piedras de plata no nos sirven para nada...
Wultsn puso cara de póker al oír estas
palabras. Negros nubarrones pasaron por su mente. Iba a enviar a los quibanitas
a...
—..., puedes quedártelas. Llévate la
madera. No es precisa ninguna prenda. Sé que eres un hombre de palabra. El
próximo viaje ya nos la «pagarás», como tú dices.
«¡Jo...! Menos mal que me he estado
callado —pensó Wultsn—. A esto se llama ojo clínico. Me venden a crédito y por
poco no los envío a «esparragar».
Si bien hemos asistido a una de las
primeras ventas a crédito de la Historia, no es eso de lo que vamos a hablar.
Ahora ya conocemos algo más del dinero. Sabemos que no es algo mágico, aunque
con él se pueda conseguir todo lo que un hombre sea capaz de desear.
El siguiente pasaje acostumbraba a
contárnoslo nuestro padre. Está algo cambiado, pero no le importará ya que
confío servirá para aclarar el concepto de dinero.
La jarra
Yecad el semita, vagaba perdido por el
inmenso desierto. Tres días hacía que se había tenido que internar en él
huyendo de los suyos que le mal querían. Un vulgar asunto de faldas había sido
el culpable.
«Maldita y mentirosa mujer que me ha
puesto en esta situación.»
Bueno, él también había «presionado» lo
suyo, pero no había que contarlo todo...
Su tribu no era de las del desierto.
Por eso, cuando tenían que desplazarse próximos a él, tomaban rutas conocidas y
nunca se aventuraban en las mortales dunas de arena. La noche que huyó, no le
persiguieron más que para cubrir el expediente. Ahora, en el tercer día de su
huida, sin agua y sin alimentos, pensaba que habría sido mejor que le hubiesen
cogido.
Había divisado tres veces en este
último día, siempre en la lejanía, inmensos manantiales de agua que le
reavivaron la esperanza. En todas las ocasiones, al acercarse, se desvanecían
como por ensalmo.
Andando a trompicones, se caía
continuamente y cada vez le costaba más levantarse. Por eso cuando, al
levantarse de su centésima caída, vio no muy lejos de su errático camino, una
pequeña ánfora cerrada, no se quiso hacer ilusiones. Tenía miedo de que sus
sentidos le hubieran confundido de nuevo. No quería que la desesperación del
desengaño volviera a hacer mella en él.
Se fue acercando despacio. No
desaparecía. La esperanza, pese a que se negaba a reconocerlo, se fue
apoderando de él. A pocos pasos de la vasija, le siguió pareciendo totalmente
real. Sólo le faltaba tocarla y beber el contenido, que (ciertamente) tendría.
Cuando llegó a su altura, se desplomó
en el suelo y tomándola, la sostuvo entre sus manos un buen rato. Ya estaba
seguro de que no se trataba de ninguna jugarreta de sus ojos. Con dedos ávidos
y nerviosos, desprendió torpemente la tela que hacía de tapón y miró en su
interior.
—¡Nooo...! —lanzó un dilatado
chillido—. ¡Son pepitas de oro!
Había sido la gota que colmaba el vaso.
Incapaz de reaccionar, se quedó allí mismo. Ya no se movería. Entre los
tormentos de la sed y la angustia de la desesperanza, le laceraba la aguda
ironía de que con ese oro podría haber tenido suficiente para vivir
holgadamente el resto de sus días.
Mientras un grupo de mujeres lo
rodeaban mimándole y dándole de beber, su corazón se paró. Su cerebro, todavía
inmerso en un menguante delirio, repetía en un jubiloso estribillo: «Tengo
dinero, tengo dinero...». Finalmente se apagó.
Seguimos sabiendo más cosas con
respecto al dinero. No se bebe ni se come. Yecad habría preferido, incluso, no
haber visto nunca el ánfora. No le sirvió de nada. No, no estoy tomando el pelo
a nadie. Estoy siguiendo un camino tortuoso, cosa que reconozco, para poder dar
respuesta a la pregunta «qué es el dinero».
La taberna
Cuatro soldados de la guardia personal
del Ensi entraban en la taberna «Las tres hermanas». Aunque ya
no la regentaban aquellas tres «virtuosas» mujeres, el nombre continuaba como
un estandarte que rememoraba automáticamente jarana, desvergüenza y un pelín de
depravación. Oficialmente era una taberna. Extraoficialmente, también era una
casa de alterne que no le hacía muchos remilgos a convertirse en un ocasional
lupanar, previo pago, claro está.
En medio de un ambiente cargado por el
exceso de gente y la falta de ventilación, los soldados divisaron bastantes
mujeres a la espera. Su objetivo no corría peligro. Beberían la fuerte cerveza
del tabernero y magrearían a las muchachas mientras les contaban sus vidas y
milagros. Alardearían, darían berridos, dirían animaladas, contarían
obscenidades y estallarían en risotadas o en lloriqueos. Finalmente intentarían
llevárselas al catre, sólo para comprobar que no les quedaba más dinero.
—¡Vamos tía! Después de que me he
gastado todo mi dinero contigo ahora me dices que no...
Bueno el resto de la historia nos la
conocemos todos. La muchacha que hace una ligera seña y antes de que se monte
ningún tumulto, nuestro esquilmado juerguista se ve invitado a abandonar el
local. Lo único que podrá variar es si acabará aterrizando de morros o de
espalda.
—¡Venga chaval, nos lo vamos a pasar en
grande! —se dirigió uno de los soldados al más jovencito. Iba a ser su bautismo
de fuego. Los otros tres habían decidido ir a la taberna a pasar un rato y lo
habían medio arrastrado con ellos. El novato, al que no le iban esas cosas,
tampoco se atrevió a llevarles la contraria. Corría el riesgo de que se le
burlaran desde aquel día en adelante. Los soldados eran así.
—¡Ea! ¡Saca la pasta y elijamos el
ganado! No tuvieron tiempo.
El ganado les eligió a ellos.
—¡Hola macizos! ¿Nos invitáis?
Cada uno se emparejó con una muchacha.
Al chaval le tocó en turno una moza ni muy joven ni muy mayor. Quizá algo menos
vulgar que sus compañeras. Mientras los otros tres se dedicaban a beber, a reír
y a meterles mano, ellos dos empezaron una conversación tópica.
«¿Cómo te llamas? ¿Estudias o trabajas?
¿...?»
La charla, poco brillante e interesante
languidecía. El muchacho entrevía una notable apatía en la chica. No de la
conversación, que ella mantenía con una profesional sonrisa y amabilidad, sino
que la indolencia nacía de ella misma. Aquello le intrigó y empezó a dirigir
sus preguntas hacia su manera de vivir.
—¿Qué es lo que más te gusta hacer?
—No sé —respondió ella—. Quizá dormir y
descansar.
—¿Tienes alguna afición para tus ratos
libres?
—Sí, me gusta mucho oír las historias
sobre el mítico país de Egipto —contestó dándose aires de mujer culta—. Acudo a
la plaza todos los días de mercado a escuchar a los narradores. Me gusta lo que
dicen sobre esas gentes del gran río. ¿Sabes? Hay un rey muy rico que ha
ordenado la construcción de una gran tumba para él y para los suyos...
Siguieron hablando un poco más sobre
aquel país. El soldado se daba cuenta de que, debajo de lo que decía, no había
gran cosa. Su conocimiento sobre las tierras del Nilo era muy superficial.
Parecía, más bien, como si ese tema de moda fuera uno más de su repertorio con
el que rellenar las conversaciones.
No acababa de entender el alma de
aquella mujer. Una pregunta le venía a la cabeza una y otra vez y no encontraba
el momento oportuno de hacerla.
«¿Por qué te dedicas a esto?»
—¿Qué esperas de la vida? —preguntó
tontamente buscando dirigir el diálogo hacia el asunto que le interesaba.
—Sobrevivir.
El soldado se quedó de una pieza. El
nunca había pensado sobre sí mismo en esos términos. Le había contestado con
esa palabra no sólo a su pregunta, sino también todas las demás que llevaba en
mente. En aquel momento había comprendido a la muchacha.
Siguió un tiempo con ella, sin recordar
de qué hablaron, la invitó a un par de bebidas y cuando, confidencialmente el
dueño se acercó para dejarle caer si querían estar solos un rato, dijo que no,
se levantó y salió pensativo. Andando lentamente, cabizbajo, una completa
tristeza le acompañó durante el camino de regreso.
Al contrario de las historias que he
descrito, esta última ocurrió realmente. Con pequeños retoques y,
evidentemente, 5.000 años más tarde, pero me ocurrió.
Y la respuesta que me dio fue esa única
palabra: sobrevivir. El mocosuelo que era yo entonces, feliz, sin
problemas y con una preparación universitaria, tocó el suelo de una dura
realidad. Mi manera de entender la vida, expectativas, sueños, anhelos...
estaban terriblemente alejados de los de aquella mujer. ¡Con razón no la
entendía!
Pero ella me dio la respuesta al porqué
los hombres nos dedicamos a trabajar, incluso en algo que no nos gusta. Empecé,
pues, a ver la Economía no como una Ciencia abstracta, de libro, teórica...
sino como algo muy concreto, muy real.
Bien y aparte de esta explicación ¿a
qué viene esta anécdota en medio de una explicación de lo que es el dinero?
Pues a algo muy sencillo. El dinero no
compra «cosas», nunca lo ha hecho aunque así nos lo parezca a primera vista.
Pero no nos dejemos llevar por lo evidente, sino que ahondemos algo más: las
mujeres del club «las tres hermanas» ¿qué vendían a cambio de dinero?
La estatuilla
—¡Wultsn! ¡Qué alegría verte! —exclamó
sinceramente Zemtrep al ver a su amigo.
—¿Cómo te va? —saludó el mercader y
siguieron con el usual intercambio de novedades sobre sus amistades y cotilleos
particulares. Finalmente, entraron en materia.
—¿Alguna contrariedad? —preguntó Wultsn
a su amigo, convertido ahora en el segundo de a bordo del Templo. Nadie dudaba
que a la muerte de su superior, él se convertiría en el Sumo Sacerdote.
—En absoluto. Antes al contrario. Lo
tuyo marcha francamente bien, como siempre. Cada día tienes al viejo más en el
bolsillo.
»Sabes que desde que empezaste con la
donación de la madera para el templo, Omaz cambió de actitud con respecto a ti.
Antes no te podía ver y a la más mínima oportunidad te la habría jugado.
»Ahora, como bien conoces, te defiende
ante Cigur. Puedes estar tranquilo que con nosotros no existe ningún problema.
Y si aparece, veremos de solucionarlo.
Wultsn escuchó satisfecho. Iba a
entregar a gusto la bolsa con piedras de plata que llevaba al cinto. Era uno de
sus gastos más rentables. El valor de la amistad interesada no tenía precio.
Omaz, el Sumo Sacerdote, entre otras cosas, había intercedido ante Cigur para
que se le hiciera un trato de favor en el pago de los impuestos por la
importación de madera.
—Me alegra oírlo. A propósito me
gustaría que aceptaras esta humilde contribución ... —dijo con una marcada
ironía a la vez que le entregaba la bolsa. Zemtrep levantó las cejas,
disfrutaba con aquellas humoradas compartidas.
—Una cosa más —añadió Wultsn sacando de
entre sus ropas una estatuilla de bronce que representaba la figura de un
hombre con los ojos muy abiertos—, cuando yo no esté, desearía que esta efigie
me sustituyera en los actos del culto.
Zemtrep asintió con la cabeza y la
tomó. No pudo dejar de maravillarse de la belleza de la estatua. Aquella era
otras de las costumbres que empezaban a imponerse entre los sumerios. Cuando no
podían asistir a las celebraciones religiosas, dejaban en representación
imágenes suyas en actitud orante.
Y es que, a pesar de lo visto, Wultsn
era una persona creyente. Desde luego, no con el papanatismo de muchos. Era un
escéptico sobre la piedad de algunos sacerdotes, los más encumbrados, a los que
no dudaba en utilizar. Pero, los otros, los más humildes le producían una
genuina admiración. Los había visto sacrificando su vida al servicio del dios
de cada ciudad y a los de la Naturaleza, Anu, Enlil, En, Abu...
dioses del cielo, del aire, del agua y de la vegetación.
El propio Wultsn, tenía el suyo al que
solía dirigirse en ocasiones y aunque jamás lo decía a nadie, solía obtener
respuestas a sus preguntas, no para sus negocios, eso jamás lo hacía, pues
consideraba como algo infame cansarle con asuntos tan despreciables, sino para
encontrar el sentido de su propia vida.
La contradicción entre su piedad real y
el pago de sobornos para acercar voluntades, la pasaba por alto. Uno puede ser
religioso, pero el negocio es el negocio.
Ya sabemos algo más del dinero, también
sirve para comprar «voluntades».
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Resumiendo estas cuatro última
historias, el dinero...
... no es algo mágico, aunque con él se
pueda conseguir todo lo que un hombre sea capaz de desear.
... no se bebe ni se come... ni se
puede hacer absolutamente nada con él a menos que haya una persona, o mejor una
sociedad, que nos lo acepte y nos entregue de comer y de beber a cambio.
... no compra «cosas», nunca lo ha
hecho. ¿Qué vendían aquellas muchachas de alterne? ¿Su cuerpo? ¿Su compañía?
¿Su tiempo? ¿Un poco de ellas mismas? ¿...?
... también sirve para comprar
«voluntades», amigos, influencia...
Entonces ¿qué es el dinero? Desde luego
no es algo concreto, ni una mercancía, ni oro, ni plata, ni billetes de banco,
ni tarjetas de crédito, ni una anotación en la cuenta corriente de un banco.
Por el contrario, el dinero es algo inmaterial, una idea, un concepto, una
quimera, si se quiere, que se traduce en una palabra, «promesa».
El dinero es, pues, una promesa. Y como
tal, tiene su mismo valor. Dependerá de los que la emitan y de los que deban
hacer frente a ella.
Y es una promesa sobre el fruto
material, pasado, presente o futuro, del trabajo de otros hombres.
Y también sobre sus posesiones.
Y también sobre la disponibilidad de
los servicios de los demás.
Es, en suma, una gran
promesa de que los demás satisfarán «todas» sus necesidades. El
dinero, alcanza su significado en cuanto se le relaciona con hombres, no con
cosas.
En una transacción en la que intervenga
el dinero, se intercambia la satisfacción de unas necesidades por la promesa de
satisfacción de otras.
¡Ojo! Aquí, otra vez, no hablamos de
cosas que se intercambian sino de satisfacción de necesidades. Veamos la
diferencia.
En tanto en cuanto haya toda una serie
de personas que acepten mi dinero, puedo delegar mi supervivencia en
sus manos, en la confianza que me proporcionarán todos los «elementos» para
ella. Lo que consigo es cubrir mis necesidades (y, por qué no, también mis
caprichos).
¿Hemos dicho «todas»? Bueno en
principio sí, con tres condiciones. La primera es que la sociedad o la persona
sepa y sea capaz de satisfacer esa necesidad. La segunda es que quiera. Y la
tercera es que la cantidad de dinero que se tenga sea suficiente.
Todo el dinero del mundo es incapaz de
curar determinadas enfermedades. Ni ese mismo dinero conseguiría que yo
construyese un cohete espacial —del que, como imaginarán, no sabría por dónde
empezar—. Tampoco sería la primera vez que una persona se negara a vender sus
terrenos a una gran empresa dispuesta a destrozar su paradisíaco entorno
construyendo moles de apartamentos (¿a que les suena a película manida?). Se
podría decir, también, que no toda la gente está dispuesta a todo por dinero.
La tercera es también de Pero Grullo, pues con dos duros no me
puedo comprar el ordenador de mis sueños.
Bien, creo que estamos en disposición
de poder dar respuesta a la pregunta que nos hacíamos:
El dinero es una promesa, expresada en
términos cuantitativos, que compromete a los individuos de la sociedad que lo
emite y acepta, a satisfacer, dentro de unos límites, determinadas necesidades
de su poseedor.
¡Todo eso y nada más que eso! Si
sustituimos la palabra determinadas por las de «casi todas», pues en las
definiciones hay que ser riguroso, comprenderemos la importancia, trascendencia
e influencia que tiene el dinero. Desde luego sirve para pagar, para medir
otros bienes y como reserva, pero todo esto no acaba de explicar su razón de
ser. La luz se nos hace cuando comprendemos que con el dinero obtenemos casi
todo lo que queremos de los demás. De hecho, tenemos constancia de que siempre
habrá alguien dispuesto a ello.
Por consiguiente, el dinero no es
absolutamente nada si no lo ponemos en relación con otros hombres. En ese
sentido, hemos de afirmar que el dinero no constituye riqueza alguna.
—¿Cómo? Pues yo quiero ser «no rico»
con varios millones en mi cuenta corriente.
A veces desespero de ser capaz de
explicarme.
Veamos: La última Guerra Mundial acaba
de empezar y terminar. En 24 horas, la más perfecta organización al servicio de
la muerte ha cumplido eficazmente su cometido. El gremio al que servía estaría
contento si no fuera porque había dejado de existir.
Ingenios nucleares, armas químicas y
biológicas se han encargado de poner fin a la vida de miles de millones de
habitantes de la tierra. Sólo unos pocos han sido la excepción. Digamos 20 ó 30
por cada ciudad mediana.
Ud. ha sido un de los pocos
afortunados. Después del shock inicial se va encontrando con
éste y con aquél. Se dan cuenta de que tienen a su disposición todo lo que
existe en la ciudad y que van a poder vivir holgadamente en cuanto solucionen
unas cosillas. Tienen comida enlatada para varios años. Los campos podrán
producir «salvajemente» lo suficiente para todos sin necesidad de cultivarlos.
Los corderos, las perdices y alguna que otra especie más, han resultado inmunes
a los virus con los que les han atacado...
Así que Ud. se va a un Banco, lo abre y
saca todo el dinero para comprar lo que necesite.
Estúpido ¿no? (El comportamiento, no
Ud., claro). En este ejemplo, el dinero, cualquier dinero, carecería de
sentido. La riqueza estaría en todo el conjunto de bienes producido por la
difunta Civilización, no en el dinero. Además existiría otro tipo de «riqueza»
que sería el bagaje de conocimientos de los supervivientes. Pero eso es otro
tema.
¿Estamos, por fin, de acuerdo que el
dinero, en sí mismo, como «cosa», no es riqueza ni nada? Pero, eso sí, se
convierte en uno de los elementos fundamentales de todo sistema económico
evolucionado.
La tensión se podía cortar con el filo
de un cuchillo. El anciano Omaz escuchaba callado los improperios del Ensi cada
vez más salido de tono. A su lado Zemtrep, con el rostro grave, dirigía su
mirada a una de las esquinas de un ladrillo del suelo. Tanto Omaz como Zemtrep
compartían la indignación por lo que estaban oyendo (y por cómo lo estaban
oyendo), aunque se guardaban muy mucho de manifestarlo.
Habían dicho que no a la petición de
Cigur, cosa que no estaba muy de moda entre sus otros consejeros.
—¡No estoy dispuesto a que me digáis
que no! —continuó un encendido Cigur—. ¿Qué os habéis creído?
«No nos hemos creído nada —respondía
mentalmente un Zemtrep igual de cabreado que de asustado—. Pero no te vamos a
dar nuestro oro para que lo dilapides en tus genialidades.»
Ante su obstinado silencio, Cigur
siguió dando rienda suelta a su furor. Entre bronca y bronca...
—Las obras de la muralla están
paralizadas, lo mismo que las de alcantarillado y empedrado de la ciudad. He
tenido que retrasar el pago a mis soldados. ¡Ahí me gustaría ver vuestros dos
lustrosos culos! ¡Explicándoselo!
«No hemos sido nosotros los que lo
hemos gastado —siguió respondiéndole para sus adentros procurando no mover
ninguna facción de su rostro que le delatase—. Antes, ibas empleando tus
dineros poco a poco. Pero últimamente, todo de golpe. Tú decías esto, y los
capullos de tu corte perdían el culo en agachar la cabeza. ¿Qué les importaba?
Te tenían contento y ellos se llevaban todo lo que podían.»
—Mi palacio no ha pasado de los
cimientos. Y lo que es peor, algunos peones han abandonado la ciudad. Han
dejado de creer en más promesas. Otros, según mis noticias, lo harán pronto.
¡Pero eso sí, a vosotros os la suda!
«No, no nos la suda —dio para sí la
tercera respuesta notando que cada vez se le hacía más difícil no responder de
viva voz—, porque las aportaciones al Templo ya son menores. Unos se van y los
que se quedan tienen menos dinero. Y como, la mayor parte a los que has de
pagar, ya no confían en absoluto en ti, lo poco que tienen lo estiran al
máximo. No saben cuándo les llegará más.»
—Lo que entra en las arcas del Tesoro,
sale antes de darnos cuenta. Tendríais que verlas. Pero, ¿cómo no?, las obras
del Templo, de mi Templo, marchan francamente bien, y aún así
tenéis la poca vergüenza de decirme que no me vais a dar el dinero. ¡Sois unos
granujas!
El último insulto hizo romper el
mutismo de Omaz. Sin levantar la voz, pausadamente, con claridad y firmeza,
salieron de su garganta unas pocas palabras que cortaron las del Ensi.
—...debería hacer que os...
—Nada te autoriza a hablarnos de ese
modo —dijo el sacerdote.
Un prolongado silencio siguió. Durante
el intervalo, se sostuvieron las miradas. En un lado, el fulgor de la ira, en
el otro la entereza de una voluntad decidida.
—Tus insultos no van a asustarnos
—rompió el tenso silencio sin bajar la mirada—. El tesoro del Templo pertenece
a los dioses. No te lo daremos.
—¿Acaso no soy el Ensi,
vuestro Rey-Dios? Tomaré «mis» bienes cuando quiera. ¡Marchaos!—y con un brusco
ademán les indicó la puerta.
Zemtrep estuvo a punto de decir algo
pero una mirada de Omaz ahogó sus palabras. Ya fuera, en el corredor, una única
frase salió de los labios de Omaz.
—Creo que es momento que nuestro «dios»
se reúna con los suyos —lapidó.
Cigur murió poco después en medio de
grandes dolores. Su hijo, un niño todavía, fue un títere en manos de los
sacerdotes. Éstos, que se deshicieron fácilmente de los anteriores consejeros
de Cigur, con una administración más coherente, corrigieron los desaguisados
del muerto.
El resultado fue positivo para
Villacolina. Pero no nos engañemos, si tal cambio se produjo, no se debió a que
hubiera un genuino interés por solucionar los problemas que se le venían encima
a Villacolina, sino porque se atentó contra los intereses creados de una
poderosa clase.
Esta es una situación, como bien
sabemos, que ha venido repitiéndose a lo largo de la Historia. Unas veces
ganaron los unos y en otras ocasiones los otros. A nuestros efectos, poco
importa quién resultara vencedor. Lo importante es lo que se hiciera a continuación.
Pero bueno, eso nos llevaría a irnos por las ramas.
Si esta historia acaba así es para que
sirva de contrapunto al almibarado resultado del capítulo anterior. Cuando se
hacen las cosas despacio, con conocimiento y sentido común, la Humanidad puede
ir construyendo su futuro paso a paso. Y digo la Humanidad, porque los que
hacen prosperar a una sociedad son sus miembros. Los dirigentes, pueden
favorecer este desarrollo y mucho, pero en cuanto a crearlo por sí mismos,
tengo mis serias dudas. Sí, ya sé que decir esto no es muy científico, pero así
es como lo siento. Y ojo, que no estoy planteando cuestiones ideológicas sobre
el papel que el estado debe representar en la actividad económica. Nada tan
lejos de mí, como meterme en ese berenjenal. Es mucho más simple. Sólo digo que
un político, del signo que sea, cuando se pone a dirigir la «Economía», lo
suele hacer mal.
En cambio, lo que sí que pueden hacer,
y de hecho, han sabido hacerlo muy bien y muchas veces, es arruinarlo. Cigur
iba en camino de ello.
(Quizás la solución estribe tan solo,
en que sepan lo están haciendo)
Resumamos este capítulo. Hemos estado
hablando del dinero desde un punto de vista conceptual, intentando comprender
su naturaleza. Al rascar, tomamos conciencia, que debajo del dinero no hay otra
cosa que una promesa, pero nada tangible, corpóreo. El dinero, si no fuera
dinero, no valdría para nada.
Aprendí en el colegio que el dinero es
un activo fiduciario, o lo que es lo mismo, es un artículo de fe.
Sin embargo, aunque parezca que me haya
dedicado a echar por los suelos su condición, es todo lo contrario. Cualquiera
puede explicarnos la descomunal importancia del dinero. Al ser una promesa, muy
en firme, de que puedo acceder a los bienes y servicios de otros hombres para
que satisfagan mis necesidades, adquiere un valor real: es mi
billete para la supervivencia.
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Pongamos punto y final a las historias
de Villacolina. Ya ha cumplido su papel que, recordemos a fuer de hacernos
pesados, ha sido, simplemente, el de servirnos de marco de referencia para los
acontecimientos de carácter económico que hemos desarrollado. Villacolina pudo
haber sido Ur, Uruk, Lagash... o cualquiera de las primeras ciudades sumerias
del Sur de Mesopotamia.
Al igual que su nombre, el del Ensi Cigur,
el de su secretario Rismandés, el de los quibanitas y los del resto de
personajes que nos han acompañado, son totalmente imaginarios.
Continuando en esta línea aclaratoria,
se ha exagerado intencionadamente el uso de madera en las construcciones
sumerias, pero las necesidades del guión me permiten esta licencia. Sin embargo
el tráfico comercial de madera mediante caravanas de carros tirados por bueyes,
entre el Líbano y Sumeria, existió realmente.
También se ajustan a la realidad, en la
medida que haya sido capaz de describir, el trasfondo del resto de situaciones
que se narran.
Debemos añadir que se han condensado en
estos dos últimos capítulos acontecimientos que se produjeron a lo largo de
unos 300-400 años, allá por lo míticos 3.000 a. de C., en los que arrancó la
Historia simultáneamente en Egipto y en Mesopotamia.
Los sumerios eran un pueblo
primordialmente agrícola que supieron explotar notablemente las estrechas
franjas cultivables en torno al Eufrates y al Tigris. Fueron capaces de crear
un amplio excedente alimentario que hizo factible el
desarrollo de grandes ciudades. Para abastecerlas, fue preciso el
establecimiento de un sistema comercial que paliara la falta de autosuficiencia
que caracteriza a toda ciudad.
El comercio, pues, nació muy pronto, en
cuanto la economía dejó de ser exclusivamente agrícola. Esta es mi
justificación para situar las anteriores historias en la época sumeria en vez
de en la fenicia o en la griega, más importantes cuantitativamente si se
quiere, pero más atrasadas en el tiempo.
También vamos a abandonar a nuestros
amigos Pal, Buop, Uilt, Leru... Los habíamos conocido como hombres del Neardenthal,
luego del Cromañón, posteriormente como colonos neolíticos del
Creciente Fértil mesopotámico y en último lugar como sumerios. O para ser más
precisos, los descendientes de estos últimos, Paallis, Bopsez, Wultsn,
Lerursin... convivieron y se mezclaron con dicho pueblo asiático, que llegó no
se sabe cuándo a la zona pero que creó la primera gran Civilización de la
Historia (empatada en cuánto a tiempo, palmo arriba, palmo abajo, con la
egipcia).
Una Civilización que, convendrá
mencionar, influyó en los Pueblos de su entorno y en las Culturas que la
siguieron, incluida la nuestra.
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Una partida de hombres primitivos,
preocupados por su supervivencia, ha evolucionado hasta convertirse en una
sociedad harto compleja. De una comunidad en la que todos tenían que hacer de
todo, se ha pasado a otra, organizada y jerarquizada, en la que privaba la
división del trabajo, reyes, aristócratas, clero, funcionarios, artesanos,
comerciantes, soldados, campesinos y también, por desgracia, esclavos.
En el camino han ido apareciendo la
Agricultura, la Artesanía junto a la Construcción (aún no la Industria) y los
Servicios, en especial el Comercio, que unido a las innovaciones tecnológicas a
la escritura y la transmisión del conocimiento, generaron un excedente que
fue capaz de cubrir cada vez más eficazmente las necesidades de sus miembros; y
todo ello, facilitado por una herramienta mágica llamada dinero. Esta
civilización de hace 5.000 años, estaba muchísimo más cercana a la nuestra que
la de las diferentes tribus amazónicas de nuestra época.
CAPÍTULO 5
TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A ROMA
Ciudadano
Marco Tulio Léntulo era un ciudadano
romano grave y severo en el porte, muy serio y formal en el trato, callado y
juicioso en el coloquio, austero en su modo de vivir y exageradamente rígido
consigo mismo y con los suyos. Pero sobre todo era aburrido, mortalmente
aburrido. Fuera del ámbito de sus obligaciones, se diría que los caracoles eran
más jaraneros que él. Trabajador infatigable, labraba sus tierras próximas a
Roma tirando de buey. Su familia, descendiente de los primeros pobladores de la
ciudad, se dedicaba desde siempre al cultivo de la lenteja, de ahí el nombre de
Léntulo. Su primogénito, todavía en el vientre de su madre, seguiría la
tradición. Él, como paterfamilæ, lo disciplinaría para ello.
En sus cálculos no entraba la
posibilidad de que su mujer, pequeña y feúcha, fuera a darle una hija. Con la
superpoblación de mujeres que sufría Roma a causa de las guerras, quizá Léntulo
se viera obligado a abandonarla en cualquier rincón, donde moriría.
Su vida era muy monótona. De casa al
campo a trabajar, y del campo a casa a descansar. Se levantaba con las gallinas
y se acostaba con ellas (no sólo metafóricamente). Su vivienda, una choza de
barro de una sola puerta sin ventanas, se encontraba dentro de los límites de
la empalizada que rodeaba la ciudad. Allí estaba protegido de las correrías de
bandidos y de tribus belicosas que, de cuando en cuando, aparecían por la
comarca. Como quien dice, su único esparcimiento lo constituía el ancestral
deporte de guerrear. Armado con un puñal de hierro y un buen garrote, se
presentaba a la batalla sin otra protección que sus ropas de diario. Quedaba
aún muy lejos de la imagen del miles romano que conocemos:
casco con penacho, armadura, escudo, espada corta y sandalias.
Roma era ya una villa enorme de unos
treinta o cuarenta mil habitantes. Poco importa la cifra exacta, de todos modos
no había nadie que supiera contarlos (con los dedos de la mano es difícil
llegar a cifras muy altas). Estaba rodeada de fértiles huertas tenazmente
cultivadas por los campesinos romanos, y también de bosques cada vez más
exiguos por su empleo para leña. La mayoría de los romanos vivían del trabajo
del campo. Se exceptuaban los de origen etrusco, mucho más ricos y cultos, que
se dedicaban al comercio y a la floreciente artesanía, especialmente a la de
los metales. «Pasaban» de la agricultura y despreciaban a sus conciudadanos
sabinos y latinos, a los que consideraban unos completos tarugos. Por supuesto,
la simpatía era mutua. Quizá algún que otro etrusco fuera capaz de hacer el
censo de la ciudad, pero el amor de los romanos por esta civilización superior,
les hizo arrasarla hasta los cimientos, y poco nos ha llegado de su cultura.
Roma, en sus inicios era un poblado
como muchos otros de la zona. En él vivían campesinos sabinos y latinos, que
constituían el elemento indígena, y etruscos que emigraron de las ricas
ciudades del Norte para hacer negocios y allí se quedaron.
Ahora, Roma había crecido a costa de
las ciudades hermanas latinas y sabinas a las que derrotaba en constantes
refriegas. Pero seguía siendo una ciudad agrícola, en la que la mayoría de sus
habitantes vivían del campo y conservaban el poder político. El Rey era uno de
los suyos. Sin embargo, las riquezas y la cultura seguían ostentándolas los
etruscos. Para comprender el abismo que existía entre ambos se podría mencionar
el hecho de que los etruscos ya dominaban los cuidados bucales al extremo de
realizar prótesis dentales de hueso o de marfil con puentes de oro. Podríamos
añadir que estos «inmigrantes» sabían leer y escribir, incluidas sus mujeres.
Éstas estaban totalmente liberadas, eran hermosas, limpias y gustaban ir muy
arregladas. En comparación, los romanos eran analfabetos, sus mujeres les
estaban absolutamente subyugadas y usaban el agua con la misma falta de
asiduidad que los hombres.
Éste era el trasfondo en el que se
movía Léntulo. Mientras bajaba a sus tierras por las no pavimentadas calles de
Roma, no era consciente de la suciedad de la ciudad. Estaba acostumbrado.
Tampoco percibía el mal olor de basuras, orines y detritus que
se esparcían por doquier al no existir alcantarillas. Era lógico, pues, que
fuera incapaz de notar su propio mal olor ni el de sus congéneres. Su única
túnica, más o menos blanca, la había hecho su madre. Era una mala imitación de
lana de la toga etrusca. Rara vez la lavaba.
—Salve Léntulo —le saludó Severo
Antonio Fabio con el que por poco se topa de bruces—. A ti iba a buscarte.
—Salve Fabio —respondió parcamente a su
saludo—. Dime.
—Hoy al atardecer hay reunión en el
Foro. Tenemos problemas con los latinos de Alba Longa. Haz pasar la voz.
El Foro era una simple plaza donde se
reunían los romanos a deliberar sobre sus cosas. Todavía carecía de la
magnificencia que alcanzaría con posterioridad.
Aquella iba en camino de ser una
reunión más. Se empezó describiendo la afrenta que sus vecinos les habían hecho
(parece que fue más fingida o provocada que real). Siguieron encendidas
protestas contra los naturales de la ciudad limítrofe. El ambiente se fue
caldeando gracias a la habilidad de la minoría etrusca a la que la guerra
beneficiaba (venderían armas y si ganaban, extenderían sus zonas de
influencia). Hacia el final, ya pocos campesinos romanos, a los que no hacía
falta echar mucha leña para que prendiera su ardor guerrero, seguían con su
pacifismo inicial. Se decidió, por tanto, hacer la guerra. Esta contienda tuvo
como resultado arrasar la ciudad «hermana» de Alba Longa, de la que nunca más
se supo.
Reuniones como ésta había habido
muchas, y otras más habría en adelante. En una de ellas, y por qué no en la
presente, alguien, etrusco casi con seguridad, aprovechando el ambiente
eufórico, habló.
—¡Ciudadanos! —hizo una pausa y esperó
a que se fueran apagando los cientos de conversaciones simultáneas que se
producían a cada mínima interrupción—. ¡Ciudadanos! Hemos de congratularnos por
la medida que hemos tomado. ¡Vamos a darles una buena tunda...!
Una cerrada ovación cortó su arenga.
Desde luego, éste sí que sabía hablar, no como otros que apenas alcanzaban a
balbucear unas incoherentes palabras.
—Pero, ¿no creéis que es el momento de
que empecemos a mirarnos el ombligo? —Una pausa para que cada cual desconectara
sus pensamientos sobre el asunto anterior y se preguntara por dónde iban a ir
los tiros.
»¿Qué os parece nuestra ciudad? ¿Os
gusta?
»Sí, ¿verdad? A mí también. Pero, ¿qué
pensáis de la basura y la mierda que se amontona por doquier?
»Y, ¿qué opináis de lo que tenemos que
hacer cada vez que hemos de cruzar el Tíber?
»Para acabar y no cansaros. ¿No estáis
hartos de mosquitos y de pantanos? ¿No imagináis lo que podríamos hacer si los
desecáramos?
»¿No estáis conmigo en que tenemos que
ponernos a trabajar para dar solución a estos problemas? La respuesta fue
automática. ¿Qué otra podrían haber dado? Basándose en preguntas y sin hacer
otras afirmaciones que las obvias que nadie iba a discutir, había dirigido la
reunión hacia los fines que se había propuesto.
—¡Está acordado! —sancionó finalmente
Anco Marcio, Rey democrático de Roma—. En cuanto acabemos con Alba Longa, nos
pondremos manos a la obra.
Marco Tulio Léntulo se sintió contento.
Las propuestas eran buenas para la ciudad, y además el asunto de solucionar el
cruce del Tíber le beneficiaba, pues tenía algunas posesiones al otro lado del
río. Tener que mojarse la barriga o vadearlo millas arriba, era un auténtico
latazo.
¿Dónde hemos leído algo parecido?
Efectivamente, unas páginas atrás narrábamos la historia de Villacolina. Su
Rey, Cigur, se hacía preguntas parecidas a las de nuestro actual orador.
Si vuelvo otra vez sobre lo mismo, es
porque deseo resaltar el hecho de que Roma, en sus orígenes, estaba más
atrasada, en la mayoría de los aspectos, que la civilización Sumeria. Y habían
transcurrido unos dos mil años. En una cosa diferían. Las ciudades sumerias,
políticamente, eran gobernadas por una serie de monarcas teocráticos y
absolutistas. Roma, en cambio, era una monarquía parlamentaria y democrática (a
su manera).
Roma nos interesa por dos motivos. Uno
es netamente económico. Esa civilización alcanzó el máximo esplendor de la
Antigüedad. El otro, situado en el entorno de la actividad económica, fue toda
una aportación. No vamos a revelarlos todavía. Es pronto y a mí nunca me han
gustado las películas en las que se sabe el resultado nada más empezar.
Roma era, por aquel entonces, una
agresiva (y peligrosa) agrupación de campesinos, que no se lo pensaban dos
veces a la hora de atacar cuando sus intereses así lo reclamaban.
Subdesarrollada en comparación con las colindantes civilizaciones etrusca y griega,
iba a empezar a dar los primeros pasos para arreglarse su casa.
El puente
—De ninguna manera. Si los dioses
prohíben que empleemos hierro para construir nuestras casas, ¿cómo vamos a
utilizarlo para construir el puente? —zanjó la cuestión Anco Marcio con este
irrefutable argumento.
Así nació el proyecto del Pons
Sublicius sobre el Tíber, todo él de madera. El Rey, en ese momento
actuando como Pontífice, sacrificó un animal y evidenció que los augurios eran
favorables. Se podía empezar.
Un equipo de trabajo de lo más
heterogéneo, constituido en su mayoría por ciudadanos romanos contratados ex
profeso, se puso a la tarea de erigir el puente. Después de cada guerra y
entre cosecha y cosecha, quienes no poseían tierras (los no primogénitos y sus
descendientes), se dedicaban a realizar las más diversas labores. Se empleaban
en la pujante «industria» etrusca, en el comercio o realizaban las mil y una
tareas que toda ciudad lleva consigo. Eran la plebe, y su tipo de trabajo era
considerado poco digno por la «aristocracia» campesina. Recibieron el nombre de
proletarios, porque se suponía que su única contribución a Roma era la de
engendrar más romanos (la prole).
Asimismo, había campesinos echando una
mano en la construcción del puente, especialmente aquéllos que tenían alguna
que otra tierra al otro lado del río y que, por tanto, debían dar un rodeo de
varias millas romanas (exactamente mil pasos dobles), para cruzar el alejado
vado sobre el Tíber. Vadearlo por el Palatino, resultaba emocionante y
estimulante, pero poco práctico. Formando parte de este grupo se encontraba, en
numerosas ocasiones, Marco Tulio Léntulo, que como conocemos, poseía una parte
de su propiedad en el lado equivocado del río.
Finalmente, también trabajaba un
grupo de entusiastas voluntarios. Rara avis no ha mucho, ya
empezaban a hacerse notar. Las constantes victorias romanas habían hecho
aumentar el número de esclavos. Entonces, todavía eran tratados bien y casi,
casi, considerados como un miembro más de la familia. La continua convivencia y
el trabajo en común creaban inevitablemente ciertos lazos afectivos. De hecho,
la figura del liberto, esclavo al que se le otorgaba la libertad, no era en
absoluto una excepción. Con la llegada de más y más esclavos, su valor decreció
y el trato empeoró. Motivados y entusiasmados por las condiciones laborales y
las oportunidades de mejora, el trabajo del esclavo era... Pero no nos
adelantemos.
Este equipo lo «dirigía» el etrusco que
habló en la reunión del Foro. Después de que sus conciudadanos destrozaran Alba
Longa, no tuvo ninguna dificultad en hacerse con el encargo del proyecto.
Habían empezado talando el bosque. Alguien dijo:
—¡Vayamos a por los árboles!
Y a por los árboles que se fueron.
Aunque todos hablaban la misma lengua, no parecía que se entendieran mucho.
Acabaron trayendo troncos grandes, pequeños, con ramas, sin ramas,
retorcidos..., en fin, para todos los gustos y tamaños. Claro que la falta de
entendimiento no debe achacarse a la dificultad del latín (por extraño que
parezca, ellos eran capaces de entenderlo), sino a lo terriblemente
desorganizados que eran. Peleaban y se lo «montaban » de lo más
desordenadamente. Buena parte de sus detritus y basuras iban a
parar río arriba, siendo que luego bebían río abajo. Roma fue siempre un
auténtico caos urbanístico. Parece imposible que los propios romanos llegaran a
ser posteriormente el pueblo más organizado del mundo. Ignoro si eso fue
consecuencia del mal ejemplo de su ciudad, que decidieron no repetir el modelo:
diseñaban toda nueva villa que fundaban a partir de regla y cartabón.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó
alguien al orador que no hacía otra cosa que mirar al río y a los árboles, como
esperando que le dieran alguna idea de por dónde empezar. Una cosa es construir
frases mediante palabras, y otra, puentes.
Marco Tulio y Severo Antonio, hombres
poco teóricos pero con una clara inteligencia práctica, decidieron «pasar» del
retórico y ponerse a la faena.
—Vamos a aclararnos con los árboles
—habló Marco—. Dejemos a un lado los más gruesos y altos. Una vez bien podados,
los emplearemos como postes que anclaremos en el lecho del río lo más
profundamente posible.
Buena idea. Pero una cosa es pensarla y
otra hacerla. Varios días estuvieron batallando con resultados de lo más
desastroso. De no ser porque los romanos carecían de un fino sentido del humor,
se habrían reído mucho. Habían empezado por intentar «clavar» un poste en medio
del río. Pero claro, la madera flota, y si es muy grande, flota mucho. ¿Se los
imaginan en medio de la corriente intentando poner el tronco vertical, y luego
haciendo fuerza hacia abajo?
Estaban a punto de abandonar la
empresa, y dirigirse al Rey para que contratara a extranjeros que lo
construyeran, cuando Severo Antonio, enfurruñado, comentó en voz muy alta.
—Pues yo no me doy por vencido. A lo
mejor es que hemos sido muy brutos por empezar por el centro. Vamos a comenzar
por lados, donde será más fácil hincar los p... postes.
Más de uno pensó que aunque pusieran
los de los lados, al final tendrían que llegar al centro, donde habrían de
pasar por las mismas dificultades. Pero ellos eran romanos, y les habían dicho
que construyeran aquel condenado puente: iban a intentarlo todas las veces que
hiciera falta. Su orgullo les iba en ello.
Empezaron por un lugar en el que apenas
había un par de palmos de agua. Poner el tronco vertical en aquel lugar no les
supuso el más mínimo problema. Otra cosa bien distinta fue la de hacer el
agujero en el que insertar el palo. No sólo costaba un trabajo enorme cada
paletada de tierra extraída, sino que el agua se dedicaba a tomarles el pelo,
rellenándolo al poco. Lo que tenía que haber sido un cilindro hueco no era otra
cosa que un sombrero chino invertido que por mucho que cavaran permanecía
siempre de la misma profundidad.
—¡..., ya estoy hasta las narices!
—maldijo en latín Severo Antonio—. ¡Clavemos el poste a ver qué pasa!
Pasó lo que tenía que pasar. Una vez
plantado, los ojos de todo el mundo reflejaban una certidumbre más allá de toda
duda: aquello no iba a aguantar mucho. Y en efecto, no lo hizo. Inclinándose,
lentamente pero sin pausa, el tronco se derrumbó, chopando de agua y lodo sus
cabezas, troncos y extremidades.
—Un momento —dijo un romano anónimo—.
¿Y si quitamos el agua? Cavaríamos mucho mejor.
—¡Vale listo! —le respondió otro—.
¡Cogemos una escoba y la apartamos!
Una risotada general se elevó entre los
trabajadores a los que la pulla no dejó de hacerles gracia.
—¡No! ¡De verdad! —no se dio por
vencido el primero—. Podemos hacerlo. Montamos un cajón con troncos pequeños
alrededor de donde queramos cavar. Ha de ser como una empalizada para que no
entre agua. Luego, la que quede dentro la sacamos a paletadas. Así, creo,
podremos ahondar sin problemas.
Aquel hombre no había estudiado
ingeniería pero había dado en clavo. La expresión de burla de sus compañeros se
tornó en otra no exenta de un cierto respeto; pero sólo por breves momentos,
pues enseguida se pusieron a construir un cajón impermeable abierto por los
lados de arriba y de abajo.
Lo colocaron clavándolo ligeramente en
torno a lo que quedaba del agujero. Empezaron a sacar el agua y taparon
simultáneamente con cuñas y trapos desde el exterior y el interior, las grietas
por donde se filtraba ésta. Finalmente consiguieron la inversa de una piscina:
agua por fuera, pero seco por dentro.
El resto ya fue pan comido. Cavaron el
agujero profundamente y colocaron el poste en él. Repitieron la operación
varios pasos más al Sur, otra piscina, otro agujero y otro poste. Unieron ambos
mediante un par de gruesos travesaños atados con cuerdas y paralelos a la
superficie del agua. Aseguraron más la unión, cruzando en aspa otros dos
troncos.
Todo ello lo iban realizando a medida
que lo iban pensando, sin ningún plan preestablecido. Por lo que, en más de una
ocasión, tuvieron que deshacer parte de lo hecho al no cuadrarles muy bien el
siguiente paso con el anterior.
A continuación conectaron la orilla con
el travesaño horizontal. Emplearon un largo leño para ello. Y comprobaron con
desencanto cómo la pendiente estaba inclinada hacia abajo, en vez de estarlo
hacia arriba: la orilla estaba más alta que el travesaño.
—¡No pasa nada! —dijo Marco—. Pongamos
otro travesaño un poco más arriba. Así quedará más fuerte. ¡No hay mal que por
bien no venga!
Así lo hicieron. Finalmente la cosa
quedó bien. Dos largos troncos unían en suave pendiente hacia arriba, la orilla
con los dos postes. Reforzaron, una vez más, esta unión, clavando en tierra los
troncos longitudinales, y cruzando aspas entre ellos y el lecho del río. Una
serie contigua de tablones desde tierra hasta los dos postes constituía la
incipiente calzada.
En este punto pararon. Contemplaron su
obra y se sintieron satisfechos. Les estaba quedando imponente.
—Vamos a hacer lo mismo, pero por el
otro lado del río —pensó en voz alta Severo Antonio—.
—Buena idea —respondió Marco Tulio—.
Pero antes comprobemos bien la altura de la orilla y el lugar donde poner los
postes, no sea que no concuerden y nos toque rehacerlo.
Vieron todo lo que tenían que ver,
pensaron todo lo que tenían que pensar, apuntaron todos los pasos que tenían
que dar, y repasaron por último todos los puntos para que no se les quedara
ninguno cojo. Finalmente, se pusieron a trabajar en el otro lado del río.
Con esto llevaron a la práctica un acto
mágico. Claro que ellos no fueron conscientes de ello. Su magia iba por otros
derroteros. Estaban muy lejos de pensar que veintisiete siglos más tarde los
sacerdotes de la moderna diosa Economía se dedicarían a invocar una serie de
conjuros, usando incomprensibles palabras, como solución a los problemas que se
les presentaban:
«Planificación» es la palabra que
nombra lo que hicieron. Hay muchas más: «Gestión», «Motivación»,
«Productividad», «Eficacia », «Calidad»,... Mi preferida es esta última,
«Calidad». ¿Hay alguien que sea capaz de decirme qué es eso de calidad? Hago
esta pregunta porque una de mis preocupaciones como profesional, fue la de
intentar establecer un patrón aséptico de calidad para nuestros consumidores y
no hubo manera. Calidad se confundía con confianza, costumbre, presentación,
opinión de los demás..., pero no había forma de casar dicho concepto con
aspectos concretos del producto. Bueno, me temo que me he ido por las ramas
otra vez. Volvamos al comentario.
«Planificación es la solución». En
efecto. Pero, ¿qué es eso de planificar?
¿Un complicado ritual que sólo unos
pocos son capaces de realizar? Pues no. Nada de eso. Para planificar se
precisan únicamente dos cosas: papel y lápiz, y digo lápiz porque habrá que
borrar. Una pizca de sentido común tampoco vendrá del todo mal.
Pero no, no voy a dar la receta de cómo
planificar. Quizá porque no es única, y porque cada uno puede seguir el método
que considere más adecuado. Me conformaré con mencionar que simplemente hay que
anotar uno detrás de otro todos los aspectos a tener en cuenta, ordenarlos
según una secuencia lógica, acordarse de todo lo que salió mal la otra vez, y
por último y muy importante, entregar un borrador del plan a una o varias
personas que lo critiquen. Este paso final no tiene por objeto el obtener
alabanzas sobre lo bien pensado que está todo, sino abrir la mente y escuchar
las buenas aportaciones y agudas correcciones que, sin duda, se propondrán.
Acabaron el extremo de la otra orilla
del río más rápidamente y mejor. La experiencia les ahorró un sinfín de errores
y rectificaciones. Se adentraron más hacia el centro de la corriente, y
colocaron, si bien con más dificultad, otro par de postes verticales, usando la
misma técnica de la piscina inversa. Unieron, reforzaron y trenzaron estos
postes entre sí y con lo ya construido del puente. Con el armazón ya montado,
les fue fácil asentar la calzada. Pasaron al otro lado y repitieron el proceso.
Y así siguieron trabajando hasta que pudieron dar por acabado el puente
mediante la colación de la última tabla. Las dos orillas estaban unidas.
Hubo una fiesta y celebraron tan magno
acontecimiento. A partir de aquel día, cruzar el Tíber ya no significaba dar un
gran rodeo o mojarse emocionantemente la barriga, sino que era algo rápido y
simple.
Bueno, ¿y qué? Además, ¿acaso los
romanos no podían cruzar el río en barca?
Estoy convencido que éstos, aunque
siempre fueron malos marinos, algún tipo de barcaza o balsa tendrían, aunque no
he encontrado referencia alguna a ello en los libros que he consultado. No
importa; existiera o no, el hecho es que levantaron este primer puente de
madera, señal que el sistema anterior para cruzar el Tíber no les acababa de
convencer.
Los romanos, pues, habían construido un
puente. No es que fuera una maravilla, y desde nuestra perspectiva, un puente
es algo de lo más banal. Entonces, ¿a qué tanto «rollo» en la descripción, no
necesariamente muy fiel, de la construcción del Pons Sublicius?
Quienes cruzamos un puente varias veces
al día somos poco conscientes de la ventaja que supone hacerlo. Tendría que
ocurrir que dejara de ser transitable, para darnos cuenta de lo mucho que lo
echamos en falta. Veamos qué cosas podía haber supuesto para Roma aquel puente.
Cada día un pequeño porcentaje de
ciudadanos se veían obligados a desplazarse de la parte occidental del Tíber a
la oriental y viceversa. Asimismo, algún que otro cargamento de productos del
campo debía cruzarlo para entrar en la ciudad. Por contra, la abrumadora
mayoría de personas y mercancías no necesitaba mojarse los pies, iban de la
ciudad al campo, o al contrario, sin pasar por el Tíber.
Para los primeros, el rodeo era de
cuestión de horas entre la ida y la vuelta. Por poco tráfico relativo que
existiera, esto suponía que se debían dedicar bastantes miles de horas diarias
al «paseo».
Es muy fácil de calcular y a los
economistas este juego nos encanta: Pongamos que sólo un 5% de la población
(30.000 ó 40.000 habitantes en total) debiera atravesar diariamente el río y
que el rodeo fuera de dos o tres horas entre ir, atravesar y volver (4-6 Km. de
ida y otro tanto de vuelta). Con esos datos nada exagerados, y una calculadora,
nos saldrían cosas tan divertidas como que los romanos en un año dedicaban a
vadear el Tíber entre un millón y dos millones de horas: una cifra apabullante
¿no? Pues, como la carne es débil no puedo dejar de jugar con la magia de los
números; si decimos que ese «mogollón» de tiempo representaba alrededor de tan
sólo el 0'50% del total de horas posibles, obtenemos una información,
aparentemente, bastante diferente: aquel puente, según estos datos relativos,
parece que no significara mucho.
¡Cuidado con las cifras y con la manera
de presentarlas! De cómo nos las muestren, podemos llegar a inferir
conclusiones totalmente opuestas. Es la magia de los números. Un hábil
prestidigitador puede engañar nuestros sentidos muy sencillamente.
Regresando al planteamiento, cruzar
el Sublicius suponía invertir cinco minutos. El ahorro para la
sociedad romana fue, por consiguiente, considerable. Pero además, dado que las
personas y mercancías ya se podían desplazar de un lado al otro sin problemas,
el tráfico a través del Tíber se intensificó, y esto produjo una consecuencia
inmediata. Las tierras cultivadas del otro lado se extendieron, y su valor
aumentó. Marco Tulio Léntulo, su amigo Severo Antonio Fabio y unos cuantos más
con posesiones más allá del puente, se hicieron más ricos.
Treinta y cinco años habían
transcurrido. Marco Tulio era ahora un respetable hombre mayor. Muchas cosas se
habían hecho, y muchas otras habían cambiado en su ciudad, en su mayoría para
mejor. Lo único que le fastidiaba era el nuevo Rey, Tarquino.
«Un intrigante de primera —opinaba—. Se
había hecho con la corona a partir de mítines y de prometer el oro y el moro.»
Era cierto; Lucio Tarquino, medio
griego medio etrusco, consiguió hacerse elegir Rey apoyándose en la plebe (y
con el soporte moral y material de la minoría etrusca). Su pecado no fue
«manigociar » para hacerse con el trono, sino favorecer nepóticamente a los
industriales etruscos y enfrentarse a la aristocracia campesina que
representaba el Senado.
Léntulo, cegado por la tirria que le
tenía, no le atribuía, en absoluto, las múltiples mejoras que se habían
producido: Roma empezaba a tener casas y no chozas; algo parecido a un plan
urbanístico estaba arrancando; un segundo puente, ahora sí, de piedra, cruzaba
el Tíber (para ello habían unido las piedras mediante grandes grapas de hierro
una vez se hubo levantado la prohibición religiosa de emplear este material en
la construcción); se había desecado el pantano; la empalizada se había
convertido en muralla y la Cloaca Máxima se encargaba de
limpiar la ciudad de detritus y ensuciar el Tíber.
Para Léntulo, que Tarquino fuera una
persona que supiera no sólo leer y escribir, sino que también dominara las
Artes y las Ciencias, no significaba gran cosa. Para él y para los suyos, lo
importante eran el Sol, la lluvia, las tierras y las cosechas.
—Tarquino Prisco, el Rey —murmuraban
entre sí los miembros del Senado—, se ha construido un palacio, se ha sentado
en un trono, y se ha emperifollado para que los palurdos de la plebe crean que
es un dios venido a la tierra.
Y no les faltaba razón. Conocedor de lo
mucho que impresionaba a los plebeyos la pompa y el boato, supo utilizarla para
que con su admiración, éstos continuaran apoyándole ciegamente.
—¡Hace lo que le da la gana! —les
encendía los ánimos cada vez que lo expresaban en voz alta—. «Pasa»
olímpicamente del Senado. Guerrea, derrota a los latinos y sabinos, los somete,
entra en alianzas con las ciudades etruscas, construye y hace y hace... y...
«...y nosotros no tocamos bola —si se
me permite que acabe la frase con lo que realmente pensaban.»
Bien, esto es Política y la
consecuencia fue que dos reyes más tarde, los romanos acabaron con la
Monarquía. Una persistente campaña propagandística sobre los «males» de la
misma, hizo que durante los casi mil años que quedaban de la Roma antigua, ni
uno sólo de los dirigentes romanos se atreviera ni siquiera a pensar en
ostentar el título de Rex. Aquello fue un tema tabú; el propio Cayo Julio César
fue asesinado porque se dijo, infundadamente o no, que quería proclamarse Rey.
Bien, como decíamos, esto es Política.
Pero lo que nos interesa aquí, es que Roma comenzó a desarrollar una
vasta Infraestructura. Éste es uno de los dos elementos que
mencionaba antes.
A diferencia de los griegos, los
romanos, terriblemente prácticos, se pusieron a construir su Imperio cambiando
la configuración de su entorno y adaptándolo a sus necesidades, de una manera y
en una proporción jamás vista hasta entonces, y que tardaría en superarse.
«Todos los caminos conducen a Roma» fue
una verdad indiscutible. Empezaron por la vía Apia y llegaron
al último rincón de su mundo. Con enormes dificultades al principio, dada la
problemática de la orografía italiana, llegaron a construir 100.000 Km. de
carreteras bien pavimentadas con varias capas, que hacían posible una rápida
comunicación entre todos los lugares, y especialmente con Roma. Fue un nexo de
unión que permitió que hispanos, galos, británicos, italianos, dacios y un
interminable número de Pueblos más se sintieran realmente romanos y muy
próximos a la Metrópoli. Por supuesto hubo otros factores, tales como su
particular manera de entender lo de la Pax romana, y como el
proceso cultural de romanización e introducción del latín, que llevaron a cabo
en la parte occidental de su Imperio. Curiosamente, en la oriental no se
produjo tal romanización, sino que los griegos, una vez anexionados, los
«infectaron» con su cultura muy superior y siguieron hablando griego, un idioma
que daba «prestigio ». Pero tal unidad habría sido mucho más frágil, si no
imposible, con un sistema inadecuado de comunicaciones.
Si los caminos tenían que sortear un
río, construían un puente. De lo bien que lo hacían dan testimonio los que aún
hoy siguen en uso para admiración de propios y extraños, y la mía en
particular.
Si había que pasar una montaña, hacían
serpentear el camino, y si no había más remedio, perforaban un túnel.
Si en la ciudad tenían problemas con el
agua, por ejemplo, en la propia Roma donde la del Tíber estaba hecha una
porquería, construían un acueducto y traían agua fresca de los manantiales. (A
veces, pienso que si los romanos hubieran conocido antes la ley de los vasos
comunicantes, se habrían evitado las costosas obras de los acueductos, y con
ello nos habrían privado del placer de conocer tan augustas maravillas.
Posteriormente realizaron obras de conducción de agua mediante cancerígenas
tuberías de plomo).
Inventaron el cemento y eso dio a todas
sus edificaciones una mayor facilidad en su construcción y a la vez una mayor
robustez. Las enormes bóvedas romanas y los famosos arcos redondeados
adquirieron gracias a él, una gran estabilidad.
Sus casas, algunas de varias alturas,
albergaban varias familias por piso. De allí nos viene la costumbre de vivir en
edificios de varias plantas, cada una subdividida en apartamentos familiares.
Buscaban grandes espacios interiores en sus viviendas y diseñaban sus fachadas
en plan imponente. Si tenían frío, dotaban a sus mansiones de un sistema de
calefacción central.
Construyeron diques, como por ejemplo
en Holanda, ¿les suena? En suma, dotaron a su mundo del más completo sistema
de Infraestructuras de la Antigüedad. Con ellos la Humanidad
alcanzó el más alto grado de esplendor (material y en alguna medida,
intelectual) jamás conocido hasta entonces.
¿Qué significa esa palabreja? ¿Tiene
algo que ver con la de Estructura Económica?
Evidentemente. Empecemos por la última.
Una estructura es un sistema, y Estructura Económica es el
sistema, modo o manera que los seres humanos satisfacen mutuamente sus
necesidades de cara al objetivo básico de su supervivencia. O sea, cómo se lo
montan para seguir tirando. Para aclararlo un poco mejor, si la Economía es un
concepto general, laEstructura Económica lo es específico: quién,
cuándo, dónde, cómo, qué... La sociedad X produce tantos kilos de patatas
mediante el % de población, dos veces al año, en las tierras negras de...;
fabrica tantos coches de alta tecnología mediante obreros superespecializados y
robots mecánicos; ofrece tantos millones de recursos financieros generados por
un sistema bancario concentrado y se especializa en el Sector Turístico con una
oferta de X plazas hoteleras en la Costa principalmente, cubiertas en un %
medio a lo largo de todo el año.
Pero para que todo esto sea posible va
a hacer falta «algo». Los campos necesitarán un sistema de regadío, los coches
una serie de fábricas, los bancos, edificios y el Turismo, hoteles. Además será
preciso disponer de una red de comunicaciones, carreteras, trenes, líneas
marítimas y aéreas. También, las ciudades necesitarán un conjunto de
«elementos», alcantarillado, asfaltado de calles, edificios públicos (y
privados claro)...
Ese «algo» es la Infraestructura,
que es la palabra técnica para expresar lo que a la pata a la llana llamaríamos
«construcciones». Las construcciones permanecen durante largo tiempo, no se
consumen cuando se utilizan y aumentan considerablemente las posibilidades de
desarrollo de una sociedad.
La partícula infra nos
da ya una idea de su significado; es algo que está debajo, algo básico, los
cimientos, en suma, a partir de los cuales se desarrolla la propia actividad
económica. De ahí su descomunal importancia, que injustamente no se ve
reconocida en su adecuada medida por la Teoría Económica, quizá porque dicha
partícula tiene también una connotación negativa. Infra, es
asimismo inferior, que necesariamente no es lo mismo que peor, aunque así nos
lo parezca. ¡No la infravaloremos! En realidad una sociedad estará
más o menos avanzada, será más rica o menos, según sea el nivel de sus Infraestructuras.
Nuestros conocidos habían construido,
pues, un puente y allí iba a estar para «siempre». Ahora existía una cosa
«real» de la que iban a sacar provecho en adelante. Pero bueno, sigamos con
nuestra historia. Han pasado varias generaciones y, cómo no, Roma había
cambiado...
Pleitos
Julio Tulio Léntulo, distinguido
descendiente del Marco Tulio que conocemos, paseaba calmadamente por las
abarrotadas calles de Roma. Vestido con su túnica blanca de senador, se dirigía
a cumplir con sus obligaciones públicas para con la República. Se había
levantado temprano, con el sol, y desayunado frugalmente. Luego había recibido
a sus clientes (¡ojo!, cliente para los romanos no significa lo mismo que para
nosotros, sino que era una persona que dependía de otra y con la cual tenía
establecida una serie de obligaciones). Después de ver los asuntos del día con
su administrador, un inestimable esclavo griego, se había dirigido a su
«despacho oficial» en el centro.
La ciudad le entusiasmaba,
especialmente aquella parte, la del Foro, del Coliseo y del Circo Máximo. Un
millón de habitantes la poblaban. Por donde quiera que mirara, veía las manos
del hombre dando solución a los problemas que tal volumen de población traía
consigo: acueductos, calles adoquinadas, edificios de varias plantas,
alcantarillado, el puerto sobre el Tíber, puentes...
No toda la ciudad le causaba ese grado
de pasión. La parte vieja y los nuevos arrabales no eran precisamente nada de
lo que enorgullecerse. Pero aún así, el conjunto era imponente. Julio era un
político, aristócrata poseedor de extensas zonas de cultivo, pero en el fondo
su trabajo era la Política. Firme partidario de la participación directa de los
ciudadanos en el gobierno y en el ejército, pensaba que Roma era lo que era,
gracias a esa mentalidad y al hecho de que la organización social, política y religiosa
se asentara en una institución familiar de sólidas bases.
Como magistrado, aquel día debía actuar
como Pretor en la fase in iure, que significa «ante el magistrado»,
en la que tendría que decidir si admitía a trámite los pleitos que pretendían
entablarse. Tres casos se le presentaban. Dos de ellos eran de lo más corriente
(parecía como si a los romanos les encantase meterse en pleitos), pero el
tercero parecía complicarse más de lo habitual.
Mientras tomaba asiento hizo pasar a
los litigantes de su primer caso. Recordaba la primera vez que se presentaron
ante él. El demandante, Aurelio Claudio, había llevado a empellones y,
evidentemente por la fuerza, a Junio Craso, el demandado. A esto no había nada
que oponer. El único requisito que se exigía, era que Aurelio le hubiera dicho
a Junio que debía acudir junto a él ante un magistrado para exigirle el pago de
una cantidad en concepto de un perjuicio que le había causado. Si el demandado
se negaba a ir, el demandante podía usar la fuerza para obligarle.
Hoy la cosa estaba más tranquila. Los
dos habían acudido con sus procuradores. Les dio permiso para hablar y escuchó.
—Yo tenía una vaca —empezó su
exposición Aurelio—, grande, hermosa, que me daba una muy buena cantidad de
leche todos los días. Sin duda la mejor vaca de toda la comarca, y un buen día
ese pedazo de bruto de Junio Craso me la mató...
—Tu vaca me había destrozado mi huer...
—empezó a interrumpir Junio, pero Léntulo se lo impidió.
—No hables hasta que no te conceda la
palabra. Continúa Aurelio y te conmino a que no ofendas a tu contrincante.
—Poco más. Junio, con la mala idea de
perjudicarme mató mi vaca, y después se la comió, porque había entrado en sus
tierras. Por eso quiero que me pague el doble de su valor... —...Bueno —dijo
después de una breve pausa acordándose del consejo de su jurisconsulto—, por
supuesto, descontando los daños que mi vaca pudiera haber hecho.
«Bien dicho —pensó Léntulo—, si
reclamas más de lo a que tienes derecho, el juez debe absolver al demandado.»
—Habla Junio.
—Es mentira que yo matara su vaca para
perjudicarle, sino para que me compensara de los destrozos que el animal hizo
en mi huerto. Por eso no lo demandé en su día, ya que me creí compensado y, por
descontado, no estoy conforme que deba pagarle el valor de su vaca y mucho
menos el doble.
—La demanda queda admitida —dijo
solemnemente el magistrado— quedáis emplazados para la litis
contestatio donde se precisará lo que se demanda y se dará lectura
formal a la fórmula procesal.
—Que pasen los siguientes.
Entraron dos hombres con cara de
circunstancias.
Léntulo, nada más verlos, supo que iba
a tener muy fácil solucionar el problema. Dio la palabra al demandado.
—El que hace un año era mi amigo,
Tertuliano, me invitó a vivir en su casa de continuo. Así que con una gran
alegría por mi parte me trasladé allí con todos mis enseres. Hace menos de un
mes nos enfadamos, gran parte por mi culpa, y Tertuliano me echó de su casa.
Cuando le pedí que me dejara entrar a retirar mis propiedades, me dijo que él
no las había introducido y que en su casa no entraba nadie a llevarse nada. Yo
lo que quiero es que me devuelva mis cosas.
—Así es —dijo Tertuliano—. Mi amigo
Cornelio me ofendió y por eso le eché de casa. Sus cosas las trajo él y yo no
las he tocado. Pero se encuentran en mi propiedad y él no tiene derecho a
entrar en ella.
—Cornelio, no puedes reclamar que
Tertuliano te devuelva tus cosas —Léntulo se sintió obligado a hacer de hombre
bueno—, pero sí, exigir que te pague su valor y si demuestras su mala fe el
doble. A ti, Tertuliano, te digo lo mismo, aunque debo avisarte que puedes
acabar pagando bastante más de lo que valen sus cosas. ¿Puedo proponeros algo?
Ante su asentimiento continuó.
—¿Por qué no habláis con un amigo común
que solucione el problema? Él podría entrar en casa de Tertuliano, recoger sus
enseres y devolvérselos.
Aquellos dos eran algo más que amigos.
Léntulo lo comprendió enseguida. Estaban ansiosos de encontrar la más mínima
excusa para reconciliarse. Y desde luego, la que les proporcionó fue de lo más
tonto, pero funcionó.
«Caso resuelto amistosamente —pensó—,
pasemos al siguiente.»
El abogado de Valerio Licinio, el
demandante, pidió permiso para exponer el caso. Una vez recibido éste, dio
comienzo a la lectura de su pliego:
»Resulta que Mario Agerio y yo, Valerio
Licinio, recibimos la propiedad compartida de una casa en pago a una deuda que
Ticio Gayo, ya muerto, tenía con nosotros.
»Dado que tuve que ausentarme de Roma
por algunos años, Mario, obrando por su cuenta, alquiló la casa a Quinto
Publio, quien al cabo de algún tiempo hizo reformas en ella con el
consentimiento de Mario, extremo que niega éste. Del alquiler que ha cobrado
Mario, manifiesto que no he recibido cantidad alguna.
»Las reformas se han hecho de modo que
la casa reciba más ventilación en la parte que acordamos le pertenecería a
Mario. Se ha cambiado un par de ventanas de sitio y tapiado varias estancias
del interior. Para hacernos una composición de lugar sobre lo que a mí me
perjudica, convendrá explicar que la parte que a mí me corresponde, está siendo
utilizada como porqueriza.
»Además de la reforma, Quinto Publio,
otra vez con el consentimiento de Mario, se deshizo de la mayoría de los
muebles por considerarlos no de su gusto y los sustituyó por otros de inferior
calidad. Conozco fehacientemente que Quinto vendió esos muebles y que parte del
dinero de la compra fue pagada a Mario.
»Por todo ello solicito de Mario
Agerio, como máximo causante doloso de los perjuicios que he relatado me pague
el doble de la cantidad de trescientos mil sestercios.
Ahora era el turno de escuchar a la
otra parte. El abogado de Mario tomó la palabra sin apoyarse en ningún escrito.
—Las pretensiones de Valerio Licinio
son totalmente injustificadas. En cuanto a lo del alquiler sin conocimiento del
demandante, he de decir que, antes de su viaje, existió un acuerdo verbal entre
él y mi defendido, para alquilarla.
»Asimismo, hubo que adecentar la casa y
pagar los tributos durante todo estos años, y empleando la expresión misma de
Valerio, Mario Agerio, no recibió cantidad alguna del demandante para sufragar
su parte de los gastos. Es más, cuando se las solicitó, éste se negó en redondo
a pagarlas.
»Lo de los muebles de los que hubo que
deshacerse, afirmamos que la razón de ello es que estaban completamente roídos
por la carcoma y que ignoramos cómo puede decir Valerio que se obtuvo una
cantidad por su venta, siendo que acabaron como leña del hogar.
»Finalmente queda el asunto de la
reforma. En efecto se hizo, pero sin consentimiento de Mario, por lo que
Valerio deberá reclamar ante Quinto Publio y no ante mi defendido.
»Por todo ello, dado que no hubo bajo
ningún concepto mala fe por parte del demandado, solicitamos que este litigio
se dé por concluido en este punto, se establezca la cantidad que uno debe al
otro y que el deudor la liquide al acreedor.
Así estaban las cosas. Léntulo dio por
terminada la sesión y los emplazó al acto solemne de la litis
contestatio.
Dos faenas le quedaban por realizar al
magistrado: designar al juez y redactar la fórmula procesal.
Se ha descrito sumariamente la primera
parte de un proceso, la denominada in iure de la que la litis
contestatio era el momento culminante del mismo, y con ella se daba
fin a dicha fase. No creo conveniente ampliar todas las diferentes
posibilidades, vericuetos y circunstancias que podían concurrir en un litigio.
Si existe algún masoquista aficionado, le recomiendo se lea cualquier manual
sobre Derecho Romano. No quedará defraudado. Quedémonos con lo que nos
interesa.
En primer lugar, hablar de derecho
romano, es hablar de un derecho privado, de los ciudadanos para los ciudadanos.
Sorprende lo poco elaborado que estaba el puramente criminal en comparación con
el privado. El primero era primitivo y poco desarrollado. Se limitaba a
establecer una serie de castigos ejemplares para actos que atentaban contra la
vida comunitaria. Punto. Pero el segundo constituía un completísimo entramado
de «leyes» por el que se regían los ciudadanos.
En segundo lugar, la expresión de
«leyes» es incorrecta. Las leyes, excepto hacia el final del Imperio, fueron
poco importantes. El derecho romano se funda en la mos, la
costumbre, y no emana de la autoridad política (¡curioso!, ¿no?), sino de los
usos del Pueblo, de expertos jurisconsultos, que con sus escritos fueron
aportando sus opiniones ante temas concretos, y de la jurisprudencia, en la que
ante una situación planteada, el juez se preguntaba qué soluciones habían dado
anteriormente otros jueces para problemas similares.
En tercer lugar, el procedimiento
procesal era de lo más minucioso, puntilloso y estricto. Los pasos que había
que dar, estaban prefijados al detalle, al punto que la omisión, o la
incorrección, de uno de ellos podía dar al traste con el proceso.
Y finalmente, en lo que hasta aquí nos
concierne, el derecho romano era un derecho fundamentalmente económico. Se
centraba en los aspectos de propiedad, herencia, contratos, obligaciones,
préstamos,... Por consiguiente, las diferentes actividades económicas que se
establecían no eran independientes de ese marco jurídico y a través de él, de
la costumbre: la Economía se encontraba influenciada por un algo que no era
necesariamente de naturaleza económica (es el mismo caso que comentábamos sobre
la primitiva prohibición de utilizar hierro en las construcciones, ellos
sabrían porqué).
MARCELUS IUDEX ESTO SI PARET MARIUS
AGERIUS VALERIUS LICINIUS HS DC MILIA DARE OPORTERE
(...)
SI INTER MARIUS AGERIUS VALERIUS LICINIUS NON CONVENIT
(...)
IUDEX MARIUS AGERIUS VALERIUS LICINIUS HS DC MILIA CONDEMNATO SI NON
PARET ABSOLVITIO
[Sea juez Marcelo. Si resulta que Mario
Agerio debe dar a Valerio Licinio 600 mil sestercios por no haberle pagado la
mitad del alquiler cobrado a Quinto Publio y haberle perjudicado dolosamente en
su propiedad por reformas hechas por Quinto Publio y por destruir sus muebles,
a no ser que hubiera pacto entre Mario Agerio y Valerio Licinio y que Valerio
Licinio no hubiera pagado los tributos o que los muebles estuvieran carcomidos
o que Mario Agerio desconociera las intenciones de Quinto Publio de reformar la
casa, tú, juez, condena a Mario Agerio en favor de Valerio Licinio en 600 mil
sestercios, y si no resulta así, absuélvele.]
Este texto, no era la sentencia, sino
la orden bajo la fórmula procesal correcta, con la que Léntulo se dirigió a
Marcelo para que actuara de juez en este pleito.
Marcelo no era ningún jurista, sino un
ciudadano romano corriente, que tanto Mario como Valerio habían aceptado que
actuara como iudex. Una vez que había sido nombrado, Marcelo estaba
obligado a ejercer esta tarea de una manera gratuita. Como con él, ocurría con
todos los jueces de la República. Por descontado, Marcelo podía asesorarse de
expertos para dictar sentencia.
Con esta fórmula procesal había dado
comienzo la fase apud iudicem, «ante el juez», en la que lo único
que se pretendía era determinar quién tenía la «razón» y en consecuencia
condenar o absolver al demandado.
—Sí, es cierto que compré unos muebles
a Quinto Publio — declaró el testigo ante la pregunta del abogado de Valerio—.
Pagué por ellos VII MILIA (7.000) sestercios.
—¿Considera que ese era su precio
adecuado? —continuó su interrogatorio.
—Bueno... —tardó en contestar el
testigo, como comprador no iba a admitir que había pagado una cantidad ridícula
por ellos—, estaban algo usados y con algunos agujeros hechos por la carcoma.
—Repetiré la pregunta de otra forma,
¿cuánto obtuvo por la venta? (Lamento si les suena a Perry Mason)
—Cincuenta y cinco mil
sestercios —dijo en un hilillo de voz.
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—Tenemos la carta que Mario dirigió al
maestro de obras en la que le pedía que se pusiera en contacto con Quinto
Publio para iniciar las obras...
(No vamos a seguir con el proceso paso
a paso. Marcelo tenía sus conclusiones claras. Así que dictó sentencia
condenatoria contra Mario Agerio por 600.000 sestercios, descontando las deudas
que Valerio tuviera con él.)
Hemos asistido a la fase final de un
proceso romano, la apud iudicem, «ante el juez». En ella se
dictaba una sentencia que sólo podía ser o bien condenatoria o bien
absolutoria. Además si era condenatoria, tenía que ser forzosamente en los
términos de la fórmula procesal. El juez no podía salirse de ella. El
magistrado ordenaba al juez que decidiera si el demandado era culpable o
inocente, y en el primer caso, el condenado «sólo» venía obligado a pagar la
cantidad que el mencionado magistrado había establecido. Esa cantidad podía ser
fija, «tantos sestercios», o referida a una valoración aún no determinado de
una cosa, «el valor de una finca», por ejemplo, pero siempre expresada en
dinero.
El sistema no me disgusta en absoluto.
El pleito empezaba ante una especie de «juez de instrucción» que determinaba si
el proceso seguía adelante o no, y en caso de que fuera que sí, este magistrado
establecía exactamente lo que se reclamaba y lo que el demandado alegaba en su
defensa. Luego, dicho magistrado, que recordemos era un cargo político,
designaba a un ciudadano de a pie que, de acuerdo con ambas partes, actuaría de
juez.
Este juez leería la fórmula procesal,
se asesoraría, si lo creía conveniente, escucharía a los testigos y vería las
pruebas. Luego condenaría o absolvería.
Repitamos, la condena era
exclusivamente económica, y para ser más precisos, dineraria. No se decía que
se devolviera o reparara «la cosa», sino que se pagara su valor. Por
descontado, el demandado siempre podía llegar a un acuerdo, antes de la
sentencia, para restituirle el objeto en litigio (si fuese posible, claro).
—Bien, y ¿por qué —se podrá preguntar
el lector— esta película holiwoodiense de juicios en un libro de Economía?
Desde luego, mi intención no es dar una
completa descripción del mundo del derecho romano, sino que la razón es poder
dejar de manifiesto, mediante un ejemplo, que existen factores extraeconómicos
que están actuando en torno y sobre el mundo de la Economía. A ese conjunto de
factores, como la Costumbre, la Política, el Derecho, ..., los economistas le
hemos dado un nombre: Superestructura.
En cuanto a la historia de la vaca que
sirvió de chivo expiatorio a la inquina que Junio Craso le tenía a su vecino
Aurelio, hemos de concluir que le cayó también en suerte a Marcelo dictar
sentencia. No en vano Marcelo estaba en la lista de jueces privados del
Magistrado Léntulo.
A las pocas palabras de uno y otro, era
patente la animadversión mutua que se tenían. E igualmente era evidente que a
la primera oportunidad que disponían de chinchar al otro, lo hacían. Se tenían
entablados varios pleitos entre ellos, por lo que se conocían muy bien los
recovecos de los procesos.
No siempre las situaciones estaban
claras del todo, pero en este caso, Marcelo no tuvo duda alguna. Junio Craso
había obrado de mala fe con la intención de perjudicar a Aurelio, por lo que
fue condenado a pagar el doble del valor de la vaca (menos los destrozos que
ésta causó).
Superestructura, que es el otro
elemento que mencionaba anteriormente, es un marco de referencia, un conjunto
de reglas de juego, unos usos, manera y costumbres, y también un modo que una
sociedad tiene de entender la vida.
Las relaciones entre los ciudadanos,
incluyendo las económicas, dependerán de cómo sea ese marco de referencia: se
harán unas cosas y no otras, además siguiendo unas determinadas pautas, en
función de tales reglas y, por supuesto, se penalizará a los que se sitúen en
fuera de juego.
La Superestructura tiene
una influencia apabullante sobre la Economía: establece qué debe hacerse, cómo,
cuándo, quién, dónde..., en suma, condiciona determinantemente laInfraestructura y Estructura
Económicas.
Veamos algunos ejemplos. El primero
puede ser, de nuevo, el del puente de nuestra historia. La prohibición de
utilizar hierro en las construcciones trajo como consecuencia que elSublicius se
hiciera de madera (cómo).
Nuestras creencias religiosas nos
proporcionan una serie de días festivos para dedicarlos al culto y al descanso
laboral (cuándo).
Una ley puede restringir la
implantación de algunos tipos de industria en determinadas zonas (dónde).
La sociedad patriarcal que ha
predominado hasta no hace mucho en el mundo occidental, y de la que todavía
existen demasiados vestigios, ha impedido a la mitad de los seres más
inteligentes de la comunidad que aportasen su contribución al desarrollo de la
misma (quién).
Vayámonos por las ramas un tanto. La
mitad de los dirigentes, políticos y económicos, de los cuadros intermedios y
del personal de base, deberían ser, si no me fallan las cuentas, mujeres. No
cabe en cabeza lógica que la mitad de los más «tontos» tenga preferencia en
virtud de su sexo, sobre la mitad de las más listas (dicho sea lo de «tontos»
con cariño y sin ganas de menospreciar, sino sólo para exagerar y resaltar más
la contradicción existente). Si hombres y mujeres son igual de inteligentes,
cosa que no me voy a molestar en probar, podremos, en principio, formar dos
grupos, el de los «mejores» y el de los «peores». Cada uno de ellos, a su vez,
estará compuesto por una mitad de hombres y otra de mujeres. Bajo estas
premisas, lo más coherente sería que esa mitad compuesta por los hombres y
mujeres más listos, se repartiera la responsabilidad de contribución a la
satisfacción de las necesidades de la comunidad.
Pues bien, debido a la mentalidad
masculinista, las sociedades han apartado a priori de los puestos clave a
mujeres, lo que ha traído consigo una ralentización de su desarrollo. Estoy
convencido, por tanto, que las sociedades avanzadas, lo son gracias, entre
otras cosas, a la mayor participación de la mujer. No es demagogia barata, hay
todavía pocas mujeres «arriba», pero las que hay, son de lo mejor. No en balde
han tenido que luchar proporcionalmente más que sus compañeros del sexo
opuesto.
Pero existen aún muchos más ejemplos
sobre la influencia de la Superestructura sobre la Estructura.
La Política y la Ideología son dos de esos elementos que actúan sobre las
reglas del juego. Una Alemania comunista y otra
capitalista son fueron un vivo ejemplo.
Resumiendo este capítulo. Hemos visto
la descollante importancia que tanto la Infraestructura como
la Superestructura tienen sobre la realidad económica. A
menudo han sido infravaloradas, o no se han destacado suficientemente en los
tratados de Economía. Por tal motivo, he creído conveniente resaltarlas en su
justa medida.
Siempre he pensado que el grado de
desarrollo de un Pueblo podía catalogarse a simple vista, mediante una
observación directa de su Infraestructura, sus carreteras, sus
fábricas, su red eléctrica, sus edificios...
«Todos los caminos conducen a Roma».
Aquella civilización alcanzó el más alto grado de desarrollo de la Antigüedad.
Sus «obras», muchas de las cuales aún perduran para nuestro deleite, les
permitieron crear el más vasto Imperio hasta entonces conocido. Los griegos
habían aportado la Filosofía y la Teoría, pero Roma, tirando por el camino de
en medio, se puso a hacer cosas. Con una mezcla de admiración y condescendencia
para con Grecia, los romanos, prácticos donde los haya, se dejaron de historias
y arrimaron el hombro.
¿El resultado? Una civilización que
duró más de mil años y de la que, casi, casi, se puede decir que todavía hoy
«todos los caminos conducen a ella»: sus costumbres, lengua, literatura,
cultura, arte (estos dos últimos en menor medida), sentido de la organización
de lo político y de lo administrativo, mentalidad y sobre todo, su particular
visión del derecho privado, han llegado, al menos en parte, a nuestros días y
todavía los podemos reconocer entre nosotros. No sólo, pues, legaron sus Infraestructuras,
ya poco utilizables, sino que nos han transmitido su concepción de la vida. Por
eso, el título de este capítulo puede tomarse como una metáfora: el mundo
occidental sigue siendo un mundo «romano» y aunque durante los últimos siglos
se ha venido imponiendo la concepción anglosajona, no es menos cierto que en
Roma encontraremos el origen del camino de mucho de cuanto hacemos y pensamos.
Lo cerca que está de nosotros los
occidentales, nos lo demuestran cosas como nuestra lengua derivada de la latina
(de la cual la mismísima inglesa se haya infectada), nuestra mentalidad
patriarcal, nuestro modo de entender las relaciones entre las personas, y para
no extendernos, nuestra manera de enfocar las cuestiones económicas (propiedad,
herencia, contratos, obligaciones, préstamos...) y su correspondiente soporte
jurídico.
Podríamos añadir que, empezando por
Carlomagno y acabando por Napoleón, ha habido intentos de reinstaurar el
antiguo Imperio (el propio Emperador francés no está muy lejos de nosotros en
el tiempo). Si nos ponemos en este plan, no podemos olvidarnos del Sacro
Imperio Romano Germánico (por cierto, nuestro Rey Carlos I de España
fue nombrado Emperador de los romanos al heredarlo de su abuelo Maximiliano I
de Alemania).
Continuando con toda esta serie de
influencias, parece que los últimos césares han sido derrocados precisamente en
el siglo XX. El último, el Sha de Persia que junto al Zar de
Rusia y al Kaiser alemán, han sido los tres monarcas postreros
cuyo título provenía de la corrupción de la palabra latina Cæsar.
Los persas sasánidas experimentaron la
Política Exterior romana durante el siglo III, en la fase tardía del Imperio.
Anduvieron a la greña, y parece que la cosa quedó en tablas. El hecho es que
los sasánidas no se expandieron hacia Occidente, y sirvieron a Roma de tapón
contra las tribus de Oriente. Bien, pero lo que nos interesa es que su renovado
imperio sufrió la influencia romana primero y la bizantina posteriormente. Para
no alargarnos, en el siglo XVI (después de recibir como invitados a los árabes,
mongoles y turcos) volvieron a instaurar el imperio sasánida. Un nuevo monarca,
ostentó el título de Sha de Persia.
En el caso de Rusia, el contacto se
estableció a través de la segunda Roma, Bizancio. Como quien dice, los
primitivos rusos fueron bajando hacia el imperio bizantino del que quedaron
prendados. Y no sólo eso, convertidos a la fe ortodoxa, la Iglesia rusa
dependió de los patriarcas grecobizantinos. Cuando cayó Constantinopla, Ivan
III, casado con una princesa bizantina, se consideró heredero de su tradición.
Este sentimiento se vio reforzado, años más tarde, cuando derrotaron a los
mongoles y se deshicieron de ellos. La tercera Roma había nacido.
Católico, apostólico y romano. Así es
como nos definimos a nosotros mismos. Nuestra fe, universal, tiene esa impronta
romana. Lo lógico sería que hiciéramos referencia a algún lugar geográfico
palestino. Pues no, es a Roma a la que mencionamos. Los protestantes y
ortodoxos, por los que tengo el máximo respeto y aprecio, pueden creer que no
va con ellos tal influencia romana. Se equivocan. Estar en oposición a algo no
significa estar exento de su influencia. Si nos pusiéramos a hablar de lo que
nos une, descubriríamos que supera con creces a lo que nos separa, pero como lo
que nos apasiona es discutir, nos liamos a resaltar lo que nos enfrenta. Nos
encanta «convencer» a nuestro contrincante y en ello ponemos todo nuestro
entusiasmo. Habría que explicar a más de uno que la frase «abrir la mente» es
una metáfora, que no significa que para convencer a los recalcitrantes, haya
que usar la cachiporra.
Así pues, Roma marcó no sólo este
pequeño mundo latino, sino que influyó, aunque lógicamente en menor grado, en
el anglosajón, en el germánico, en el eslavo y en el persa, entre otros.
Somos, pues, herederos de su Superestructura,
y todavía existen aspectos que, en unos países más que en otros, están
influenciando en el cómo entendemos la Economía. De ahí, que no caigamos en el
error de pasar superficialmente por los elementos superestructurales.
Difícilmente entenderemos qué estamos haciendo si no
estudiamos porqué lo hacemos.
Otro tanto podríamos decir de la Infraestructura.
Eso que estamos haciendo, saldrá mejor o peor y será más o menos eficazmente
hecho, dependiendo de la «calidad» y cuantía de los cimientos de que
dispongamos.
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Por supuesto que en Roma no todo lo
relacionado con la Economía fue de color rosa. Hoy por hoy, difícilmente
admitiríamos una sociedad basada en el trabajo de los esclavos. Además, el
esclavismo trajo consigo una serie de conflictos a la economía romana. Ya no
sólo se trataba que los esclavos no fueran unos entusiastas trabajadores, como
habíamos esbozado anteriormente, sino que al ser una mano de obra casi
gratuita, desplazaron de sus puestos de trabajo a la plebe. El resultado fue
que los romanos tuvieron que dejar de trabajar, y vivieron del subsidio
público: «Pan y circo», era todo lo que pedían.
Otro de los problemas con el que
tuvieron que enfrentarse fue que la agricultura italiana acabó arruinada.
Agobiada por los impuestos para sufragar las guerras, los subsidios de
desempleo, y no pudiendo competir con las importaciones más baratas del resto
del Imperio, la península italiana se fue convirtiendo en un poco productivo
conjunto de latifundios. Curiosamente había empezado siendo una sociedad
agrícola (y guerrera; es no menos chocante que también hacia el final, se
hubiera prohibido a los italianos entrar en el ejército).
En este tramo final decayó la
magnificencia de su arte y sus obras de Infraestructura fueron
escasas. La única importante fue, ¡quién lo iba a decir!, que las ciudades
recibieron la orden de amurallarse. O sea, in illo tempore, no
parecía que las cosas les fuesen muy bien...
CAPÍTULO 6
CRISIS
Razzia
Hoy no había «función» en el Circo.
Sobre las calles y plazas de Roma, una masa amorfa de gente deambulaba sin otra
cosa que hacer que dejar pasar las horas.
Cada cual se lo montaba como podía. Si
uno tenía poder e influencias, hacerse más rico no era nada difícil.
Chanchullos había por doquier y era «natural» aprovecharlos. Quien no lo hacía,
era mirado con recelo y desconfianza.
Si papá era rico, entonces no había
problema. Todo consistía en pasárselo bien con lo que le daba, y esperar a que
se muriera para heredarlo. Si uno era pobre, tampoco pasaba gran cosa. El
Estado proporcionaba una colosal cantidad de subvenciones a los proletarios.
(Los proletarios romanos, recordemos, eran los que engendraban la prole, no los
trabajadores.)
Si había que complementar los ingresos,
siempre insuficientes, se podía recurrir al robo, al atraco, al timo o a la
prostitución.
Lo único importante era dar gusto a
este cuerpo serrano antes de que se lo comieran los gusanos: ¡Vivamos, que son
dos días!
«¿Trabajar? —pondría cara de
incomprensión cualquier persona a la que se le formulara esta pregunta tan
idiota—. ¿Para qué? ¿No están para eso los esclavos?»
Uno de estos ciudadanos, Aelio
Antonino, hijo de papá con posibles, se dirigía a reunirse con sus amigos. Con
ellos languidecería de puro aburrimiento, hasta que a alguno se le ocurriera
alguna barrabasada. En el camino, recordaba con placer el día de ayer. ¡Se lo
había pasado bomba!
Habían acudido al Circo donde se
representaba una batalla naval. Dos mini–ejércitos de gladiadores se
enfrentaban navegando en pequeños barcos sobre la inundada «cancha de juego».
El «juego» consistía en matar al otro para divertir al espectador.
«¡Qué gozada el color del agua
tiñéndose de rojo! —seguía pensando—. ¡Qué emocionante los gritos de los
heridos, el blandir de las espadas, el desgarro de las carnes...!»
Al tiempo que caminaba, no se fijó en
el cadáver de un recién nacido abandonado en la calle. Por habitual, a nadie
llamaba la atención. No existía mucho entusiasmo por encadenarse a una prole de
pesados mocosos. Ni siquiera las subvenciones para fomentar la descendencia,
otorgadas desde los tiempos del mítico César, conseguían enderezar la
situación.
—¿Qué hacemos hoy? —preguntó al llegar
a la plaza donde el grupo de veinte mozos estaba reunido.
Dos horas más tarde, después de no
hacer nada y hablar poco, a alguien se le ocurrió una genialidad.
—Conozco un lugar que puede ser
divertido —dijo el que tuvo la inspiración—. Está algo lejos, pero valdrá la
pena.
Se «agenciaron» unos caballos y
saliendo de la ciudad, se adentraron en la campiña italiana. Ya anochecía
cuando llegaron a la granja que constituía su destino. Ataron los caballos
lejos, y sin hacer ruido se fueron acercando.
La granja estaba pobremente iluminada y
cerrada a cal y canto. Pero esto no les detuvo. Saltando la empalizada,
irrumpieron en su interior, en el que sorprendieron a sus conmocionados
moradores. La resistencia fue débil. Sólo un defensor resultó muerto y un par
heridos. De haber estado la granja más cerca de Roma, los campesinos habrían
dispuesto de medidas defensivas más estrictas, con gente permanentemente armada
incluso, pues estaban hasta las narices de la «marcha» de los juerguistas
romanos. El ejército hacía tiempo que había desaparecido del campo, pues estaba
concentrado en las limes (la frontera) con los bárbaros. Así
que cada cual estaba abandonado a sus medios. En cuanto a la Justicia, ineficaz
y corrupta, simplemente vegetaba, y no iba a ocuparse de chiquilladas como
aquellas.
La «pandilla» se lo estaba pasando en
grande. Empezaron por destrozar todo lo que quisieron. Se zamparon y bebieron
media granja y por último, hicieron una ordenada cola para violar a las cuatro
mujeres que les resultaron apetecibles.
Era ya el alba, cuando satisfechos por
el deber cumplido, abandonaron el lugar para regresar a Roma. Mañana sería otro
día, y ya se les ocurriría algo que hacer.
Imperator
—¡Soy el Emperador! —dijo un general
romano con la espada todavía bañada con la sangre de su antecesor.
—¡Ave Imperator! —saludaron los
soldados de la guardia pretoriana del fenecido, convertidos automáticamente en
los defensores y guardaespaldas del nuevo.
Entre ellos, un joven oficial pensaba
lo fácil que le iba a ser, en pocos meses, deshacerse del flamante e imbécil
nuevo Emperador. Incluso más de lo que había supuesto hacerlo del de cuerpo
presente.
Ignorante del cambio «constitucional»
del poder acaecido en Roma, otro general, allá en las limes dálmatas,
llegaba a la conclusión de que él era el único que podía poner remedio a todos
los males que padecía Roma: él sería su «salvador». Así que en su cabeza empezó
a trazar un plan...
(Casi dos de cada tres emperadores
romanos acabaron sus vidas de muerte no natural).
Germánicos
Sunerico era un mocetón rubio de
veintiséis años, alto, musculoso, de largos cabellos y poblada barba. Tenía la
piel bronceada por el fuerte sol mediterráneo. Siempre al aire libre, la
blancura de su raza había ido obscureciéndose a medida que los rayos del sol,
cada vez más meridional, iban aumentando de potencia.
Venían con sus carros, auténticas casas
sobre ruedas, de las tierras del Norte. Desde hacía años el cambio climático
las había ido haciendo más frías. Esto, junto al aumento de la población, trajo
como consecuencia que fuera difícil encontrar los antaño abundantes árboles
frutales y los extensos pastos verdes para el rebaño que traían consigo.
Ganado, que constituía la fuente primordial de su dieta básica, carne y leche.
Si hemos de decirlo todo, no podemos
ocultar, que a estos movimientos migratorios, los hunos no fueron ajenos del
todo, ya que en su loca carrera hacia el Sur de Europa, fueron dando
empujoncitos a todo el mundo, incluidos los Pueblos germánicos.
Su tribu, de unas veinte mil personas,
pertenecía a la nación goda. Durante años se habían peleado con los romanos, y
éstos casi siempre les habían vencido, pero mediante guerras y negociaciones se
habían introducido en los confines del Imperio.
Ahora eran amigos y enemigos. Amigos de
conveniencia que habían pedido permiso a los romanos para asentarse en el Sur
de las Galias, y se lo habían concedido (a regañadientes). Enemigos, porque los
unos no se fiaban de los otros. Los godos preferían desplazarse, guerrear e
independizarse de los romanos. No iban a estarse mucho tiempo sin dar la vara.
Los romanos, que los veían como algo pasajero, se los quitarían con gusto de
encima a la menor oportunidad que tuvieran.
Pero Roma no podía. Necesitaba aliarse
con el diablo para vencer al diablo. Francos, vándalos, suevos, alamanes,
hunos,... asomándose a las fronteras del Imperio y rompiéndolas. Todos ellos
buscando tierras en las que vivir. Pero no cualquier tierra, sino las romanas,
las más ricas del Mundo, ahora que sus amos estaban débiles.
Si Sunerico fuera una persona dada al
pensamiento abstracto y a la ironía, no dejaría de llamarle la atención tal
estado de cosas. Bárbaros contra bárbaros para defender a los romanos.
¿Pero dónde estaban los romanos? Cuando
sus mayores relataban las gloriosas batallas contra ellos, el buen Sunerico no
podía comprender cómo decían que luchaban contra romanos, si en realidad él
nunca había visto ninguno en el ejercito enemigo. Germanos romanizados y
terriblemente leales para con el Imperio, se batían contra otros germanos no
romanizados.
«Bueno, si no lo entiendes, no te
preocupes, eso es Política —le habían explicado sus mayores para cortar un tema
que ni ellos mismos acababan de comprender.»
Pero la cabeza de Sunerico no estaba
para tales sutilezas. Lo suyo era defender a su tribu con la fuerza de su
brazo, no de su mente. No hablaba latín ni, mucho menos, sabía latines. Era
analfabeto sin remisión; los suyos carecían de abecedario.
«¿Para qué queremos todas esas
chorradas —se razonaba a sí mismo—, si los cuatro gatos que somos hacemos todo
lo que queremos de los romanos? ¿Para qué les sirve tanta sabiduría y tanta
cultura, si no son capaces de defenderse ellos mismos?»
Sunerico había entrado en Roma cuando
contaba veinte años y durante tres días había recorrido medio alelado sus
calles. Saquearon la ciudad, pero también fueron «saqueados» por una fauna
romana más ducha en el enfrentamiento barriobajero.
Desde entonces había perdido el respeto
casi supersticioso que la palabra Roma le inspiraba. Ahora, los despreciaba.
Como resultado del acuerdo entre su Rey Valia, y el Emperador Honorio, podrían
repartirse las tierras de los propios romanos a cambio de su ayuda contra los
otros bárbaros. Así que empezaron a mantener reuniones con lospotentes y
los pequeños propietarios de la comarca.
El resultado de tales reuniones era
siempre parecido: dos tercios de las tierras para los godos y el resto para el
antiguo propietario. Si la situación hubiera sido a la inversa, Sunerico no lo
habría consentido. Habría preferido morir con la espada defendiendo sus tierras
que acceder a un trato tan humillante. Por eso los despreciaba. Para él no
había medias tintas. Uno debía luchar y morir por lo suyo, aunque no tuviera la
más mínima oportunidad de ganar. (Curiosamente cualquier general romano de antaño
habría compartido esta idea).
Tampoco los entendía. No comprendía
para qué querían las monedas. Si uno quería una cosa de otro, se la cambiaba y
ya está. No hacía falta tanta chapa de metal ni tanta zarandaja. Además, ya ni
los propios romanos las querían, a menos que fueran de oro o de plata. (Si al
bueno de Sunerico le intentáramos explicar que en aquellos tiempos la inflación
alcanzaba unas cuotas inconmensurables, habríamos acabado por convencerle de la
locura de los romanos).
En cuanto a su manera de ser, ni en
sueños pensaba adoptar ninguna de las depravadas costumbres que habían
convertido a los romanos en fatuos y blandengues.
Estaba muy unido a los suyos, y todos
ellos tenían una idea muy clara: aunque eran muy pocos en comparación, iban a
reinar sobre aquellas tierras, sacarles el máximo provecho posible y «pasar»
totalmente de los romanos.
Una sociedad extraña, inculta, atrasada
y con una organización totalmente primitiva, iba a insertarse, o mejor,
superponerse, a la población del moribundo Imperio de Occidente; un pueblo que
no iba a aportar nada nuevo, sólo a aprovecharse de lo existente.
Valentia
La ciudad de Valentia languidecía
bajo el inestable clima otoñal. Los pocos viandantes, de tanto en tanto,
miraban hacia un cielo cubierto de enormes masas de nubes gris-obscuras. Pese a
ser mediodía, se diría que estaba anocheciendo. No tardaría en caer la
torrencial lluvia de cada otoño. Gotas como puños, en una sucesión
ininterrumpida, darían una sensación como de estar contemplando una cascada de
agua cayendo desde el cielo.
«¡Quieran los dioses —se decía Vicente—
que no volvamos a tener otra maldita inundación!»
Con más de sesenta años a sus espaldas,
la melancolía permanente de Vicente Severino Gemino se veía agravada por la
tristeza del día. A una edad tan avanzada, era normal que pocos de su
generación quedaran vivos. Ni su mujer ni sus amigos estaban ya con él. Esto
era ley de vida, y por muy amarga que fuera, uno acababa por aceptarla. Su
semilla, su gente, su Pueblo, seguirían adelante, y él podría gozar de los
últimos años de su vida contemplando todo aquello que había ayudado a
construir. Finalmente, moriría también, pero su vida habría tenido un sentido.
Pero tal idílica situación estaba muy
lejos de ser real. Los sueños eran eso, sueños. La dura verdad era otra.
Algo había cambiado en la hermosa
ciudad de su juventud, que no había sido muy grande, pero sí importante e
influyente en la región. De origen romano, Valentia, se había
establecido cerca de la desembocadura del río Tyrius. Fue situada
estratégicamente entre las poblaciones íberas de Saguntum y Edeta
(presumiblemente con la sana intención de vigilarlas y continuar su proceso de
romanización. No en balde fueron veteranos del ejército, a los que se les
repartió tierras, sus primeros pobladores).
Pero ahora, Valentia,
parecía un pueblucho medio vacío y sucio. Los más ricos la habían abandonado,
para irse a vivir a sus posesiones en el campo. Les siguieron, lógicamente sus
sirvientes y empleados. Los excesivos impuestos que había que pagar a la
Metrópoli, y la caída en picado del comercio con el resto del Imperio, hizo que
estos potentados, que empezaron a recibir precisamente el nombre de potentes,
abandonaran sus negocios ciudadanos y se refugiaran en sus haciendas. En un
mundo en el que el dinero no lo aceptaba nadie, los valores seguros eran los
bienes valiosos y fáciles de transportar, como el oro, la plata, las piedras
preciosas..., pero sobre todo, las tierras.
Los hijos de Vicente, al igual que
otros muchos jóvenes, habían acabado por irse. El primogénito se fue al campo
donde se hizo cargo de las pocas tierras que la familia tenía a unas cuantas
millas de la ciudad. Los demás, al no encontrar trabajo, se buscaron la vida
como «colonos» de un potente que tenía sus posesiones en las
inmediaciones deSaguntum.
«¡Colonos! —pensó con acritud— ¡Vaya
manera de poner palabras bonitas a cosas feas.»
En efecto, desde los tiempos de
Diocleciano, el campesinado había sido fijado a la tierra, de manera que ya no
podía abandonarla sin permiso de su señor. Con el paso de los años, la
situación para los colonos fue empeorando, pues acabaron convirtiéndose en
siervos, aunque en teoría eran hombres libres. De hecho, los potentes utilizaban
colonos y no esclavos, ya que estos últimos eran escasos fuera de Italia y no
eran tan «entusiastas» en el trabajo como los «hombres libres».
Con el abandono de la ciudad de toda
esta gente, la actividad industrial y comercial decayó más si cabe. Vicente,
que era un maestro vidriero, apenas vendía unos pocos frascos a la semana. Lo
mismo ocurría con el resto de artesanos, fabricantes de ladrillos, piezas
metálicas, cuerdas de esparto, pesas, alfareros, escultores... Quienes lograban
sobrevivir, era porque trabajando sin ayudantes, a los que habían ido
despidiendo poco a poco, producían y lograban vender lo justo para ir tirando.
Con el comercio con las Galias y África
desmantelado y con una población cada vez más escasa, el colapso económico de
la ciudad era desmoralizante. Únicamente los días de mercado se animaba la
mustia apatía de la villa. Campesinos y ganaderos acudían a Valentia a
intercambiar sus productos y de paso, compraban, o mejor dicho, trocaban con
los comerciantes y artesanos algunas de las cosas que necesitaban.
El dinero apenas se veía. El denario
era calderilla y nadie lo quería pues cada año valía mucho menos. Los que
disponían de monedas antiguas de oro o plata, las guardaban como oro en paño, y
no las utilizaban más que en caso extrema necesidad. Se pagaba en especie,
incluyendo sueldos e impuestos.
Vicente sabía leer y escribir. Por eso
habían intentado nombrarle magistrado, cosa a la que se había negado. Él no era
patricio y tampoco, tonto. Antiguamente, ostentar un cargo público significaba
estar en la cumbre, pero ahora representaba hacer el «primo». Debía recaudar la
cuota fija de impuestos que Roma marcaba, y si no lo lograba, tenía que
complementarlos de su bolsillo. Con los negocios por el suelo y los ricos en el
campo, haciéndose los sordos a la hora de pagar, el déficit era como para frenar
a cualquiera. Se comprende, pues, que no hubiera cola para hacerse con el
cargo. (Vicente, que no era ningún financiero, no acababa de comprender tal
estado de cosas. Ignoraba que los impuestos se fundían rápidamente para pagar,
por un lado, a un desmesurado ejército mercenario y, por otro, los elevados
subsidios de desempleo en Roma.)
Al llegar a ese punto de sus
pensamientos, cayó en la cuenta de que los maestros habían desaparecido
también. Ya nadie, prácticamente, enseñaba a los jóvenes a leer y a escribir,
ni se impartían lecciones de Artes ni de Ciencias. Pero no sólo eso, sino que
tampoco había aprendices para unos oficios a los que nadie veía futuro alguno.
Con un nudo en el estomago, pensó que
iban a perderse muchas cosas buenas. Entre ellas, la artesanía del vidrio.
Únicamente quedaban otro artífice y él. Cuando murieran, nadie más seguiría
fabricándolo.
—¡Maldita sea! —lanzó un juramento en
medio del tronar de la tormenta—. ¡Nos van a heredar unos ignorantes palurdos
que no sabrán hacer otra cosa que despanzurrar terrones!
—Sí, maldita tormenta —le contestó un
vecino que, como Vicente, no tenía otra cosa mejor que hacer que pasar el rato
contemplándola.
Vicente sonrió ante el error de su
vecino, asintió con la cabeza, y siguió ensimismado pensando en otras cosas que
se habían perdido. Ya no había funciones de teatro, ni se leían libros, ni se
producían discusiones cultas en el foro, ni se hacían mosaicos, ni había
ninguna figura reciente que fuera famosa por su sabiduría, inteligencia,
elegancia...
«¡Muertos! —fue lo último que pensó
mientras se dirigía a prepararse algo que comer—. ¡Por dentro estamos muertos!»
Potentes
Cneo Bruto Sejano era un potente.
Acababa de heredar el «título » de su padre, que a su vez lo heredó del suyo.
Su abuelo, según le contaron, se había
retirado a sus tierras huyendo de la asfixiante vida de Tarraco.
Las historias que su padre le narraba a menudo, sobre las maravillas de la vida
en aquella ciudad, no acababan de convencerle. Estaba seguro que eran las
chocheces de un viejo, repitiendo las vivencias de otro viejo, su abuelo. Estas
cosas, nunca pudieron ser tan esplendorosas como se las narraba. Primero,
porque el abuelo salió siendo muy joven de Tarraco. Segundo, porque
su padre jamás puso los pies en aquella ciudad. Y tercero, porque él sí que la
había visitado, y no le habían quedado ganas de volver.
«Además —se decía—, si tales cosas
existían, ¿cómo es que las han abandonado?»
«¡Lo único importante es la tierra!
¡Todo lo demás son historias de viejos!»
Siendo muy jovencito, su mente ya
albergaba estos pensamientos, prácticos y nada teóricos. Así que a nadie
extrañará, que no hubiera abierto un libro en su vida (tampoco sabría qué hacer
con él) y que hubiera dedicado su juventud a irse de correrías. En más de una
ocasión había tenido que empuñar las armas, junto a su inseparable grupo de
guerreros, para rechazar las partidas de bandidos que infestaban más y más la
comarca.
Mención aparte merecían los bagaudas,
campesinos que se habían sublevado contra sus duras condiciones de vida. Medio
aliados, en un principio, con los godos, se habían enfrentado con las tropas
imperiales (germánicas, claro). Ahora, dispersos y fugitivos, seguían causando
quebraderos de cabeza a los potentes de la región. Máxime,
cuando hacía años que por allí no aparecía un soldado romano.
Cneo estaba indignado con ellos, y
cuando capturaba alguno, jamás le otorgaba perdón. Constituían una amenaza para
él y era totalmente incapaz de comprender su angustia y desesperación.
La otra amenaza la constituía el edicto
imperial por el que tendría que repartir sus tierras con los bárbaros. No le
hacía gracia, pero no le encontraba alternativa posible. No es que pensara que
debía acatar la ley del Emperador, ya que estaba muy lejos de tener un poder
real con el que obligarle, sino que era consciente de que no podría hacer nada
frente a los godos. Cuando llegara el momento, ya vería. Mientras tanto, Cneo,
se había «librado» de pagar los pesados impuestos a Roma. En una movida reunión
que mantuvieron variospotentes, acordaron montar un sistema de
«escaqueo» impositivo. Sin negarse abiertamente, empezaron a aislarse de Tarraco,
que aún continuaba siendo un centro administrativo y un mercado comarcal.
Posteriormente, dejaron deteriorar (e
incluso destruyeron) los medios de comunicación que los enlazaban con el resto
del mundo. Las carreteras y el telégrafo de señales, fueron las víctimas de
esta decisión.
Luego, bajo la excusa de que los
caminos eran muy poco seguros, por la falta de protección militar, dejaron de
enviar su correspondiente aportación tributaria. A Cneo le empezaba a hacer
gracia eso de evadir su cantidad fija de cada año (que, en teoría, debía
remitir, fuera un buen o mal año).
«¡Que vengan a por ella! —se mofaba.»
No estaba dispuesto a seguir pagando
por algo que no le aportaba ninguna ventaja. Él tenía que defenderse de las
incursiones y quema de cosechas. Debía procurarse todo lo que precisaba. Ni la
ciudad ni Roma entera, estaban en condiciones de intercambiar su recolección
por las mercancías que le hacían falta. Por tanto, ¿para qué le servía el
Imperio?
Era el principio de la autarquía que
marcaría la organización socioeconómica de los próximos mil años. Cientos de
pequeños «señoríos», poderosos en comparación con el poder central, primero del
Imperio, y luego de los Monarcas, harían y desharían a su antojo dentro de sus
límites territoriales.
Cneo Bruto Sejano estaba dispuesto a
asumir la responsabilidad histórica que el destino le deparaba: un cacique
inculto y pendenciero, rodeado de hombres de armas, iba a dominar la ya casi
única fuente de riqueza de aquel mundo agonizante, la tierra. Un rico y
complejo sistema económico había cambiado a otro que ya sólo era capaz de
producir alimentos y vestidos. Sin comercio, sin minería, sin nuevas obras de
infraestructura, sin operaciones financieras, quien poseía agricultura y
ganadería, dominaba el mundo.
Por contra, millones de seres humanos,
procedentes de las decadentes ciudades o nacidos en el propio agro, iban a
permanecer de por vida, anclados como siervos, a la misma tierra. Sumidos en
unas condiciones de vida de mera subsistencia, pagarían los platos rotos del
hundimiento del Imperio Romano. Sin ningún derecho ni personalidad, trabajarían
el campo con la sola esperanza de seguir vivos mañana. Si tenían que vender su
libertad al potente de turno a cambio de una precaria
seguridad, lo harían y punto.
Los Cneos de aquel siglo obscuro iban a
ser los únicos grandes beneficiados. ¿Qué les importaba lo que estaba
ocurriendo si con unas buenas tierras y un buen ganado, podrían vivir a cuerpo
de rey por el resto de sus días? Preferían ser cabeza de ratón que cola de
león. La fragmentación del Imperio les interesaba, y en adelante, se opondrían
a todo intento de recomponerlo. Sus descendientes del futuro, barones, condes,
duques y marqueses, pondrían en un brete en más de una ocasión a los Reyes que
intentaran imponer su autoridad sobre aquellos díscolos nobles.
Amanuenses
Lejos del mundanal ruido, unos monjes
se dedicaban a reproducir los últimos best-sellers del
pensamiento cristiano. Jerónimo y Agustín eran los autores preferidos. Los dos
eran cultos, estudiosos y sabios. Estaban completamente en línea con el
pensamiento teológico cristiano. El primero había escrito De viris
illustribus, una exposición de la doctrina de los padres de la Iglesia, y
también había traducido al latín las Sagradas Escrituras. Pero sin duda, la
estrella de su «editorial» era De civitate dei, una obra poética,
en la que venía a decir que no era Roma la que le preocupaba, sino la otra
Ciudad, la divina, en la que habitan las almas de los justos sirviendo al
Señor.
En medio de un mundo progresivamente
más inculto, obtuso y corrompido, sólo unos pocos autores cristianos estaban en
condiciones de aportarle un renovado pensamiento filosófico (evidentemente de
un marcado cariz teológico). Su cultura, conocimientos, misticismo y honradez,
eran como un bálsamo para la lacerante podredumbre moral e intelectual de la
Humanidad de entonces.
Agustín, San Agustín, vamos, introduce
la Filosofía griega de un olvidado Platón en la doctrina cristiana: «La
sabiduría sólo se alcanza mediante la verdad».
Fue uno de los culpables, si no el
mayor, de que siguiera viva la concepción helenística del mundo y de que se
recuperaran y conservaran, hasta nuestros días, las obras del conocimiento
griego.
Para Occidente, monjes como estos
amanuenses, constituirían en los próximos siglos la fuente exclusiva de
cultura, y propagarían, además de su fe, el entonces considerado único bagaje
científico y filosófico válido: el de la Grecia clásica.
Aunque esto fue toda una bendición para
la Humanidad, también encerró un peligro. Dada la cerrazón intelectual que iba
a imperar en adelante, quienquiera que se atreviera a sostener ideas contrarias
a lo que decían Sócrates, Platón, Aristóteles,... corría el grave riesgo de ser
echado a los leones (por desgracia, en más de una ocasión no fue sólo una
simple metáfora).
Sin embargo, lo importante, es que los
monasterios conservaron y enseñaron, en exclusiva, una cultura grecorromana
que, de no haber sido por ellos, podía haberse perdido. Gracias a dicha
cultura, la Humanidad, pudo recuperarse más rápidamente cuando fue capaz de
salir de aquel calamitoso pozo que representó el Medioevo.
La Caída
—Augustito, has dejado de ser Emperador
—le anunció el general Odoacro a Rómulo Augusto, Augústulo como
lo llamaba la plebe con ese despectivo diminutivo—. Te vas a ir a vivir a
Nápoles con una pensión.
La Edad Media había comenzado
oficialmente. El Imperio Romano de Occidente había caído. Desde luego no fue
como en las películas. Nada de una heroica lucha final a vida o muerte entre
peludos bárbaros y romanos de impecable uniforme.
Fue algo simple y poco dramático. El
Imperio hacía tiempo que era una cosa nominal. Descompuesto desde dentro
paulatinamente durante los últimos 200-250 años, un simple soplido bastó para
apear del trono al último Emperador. (Lo siento, pero no puedo aguantarme las
ganas de comentar que precisamente tenía que llamarse como el fundador, Rómulo,
y como el primer Emperador, Augusto.)
Lo gracioso del caso es que Odoacro no
quería el Imperio para sí. Se sublevó por la falta de pago a sus soldados. Por
tanto, ofreció el título al emperador de Oriente, Zenón, quién lo aceptó y a
cambio reconoció a Odoacro como Rey de Italia. Luego, el bizantino, cambiaría
de opinión y conspiraría para destituir al germánico. No vamos a continuar,
porque lo que siguió fue muy largo. Mil años de obscuridad habían empezado.
Todas estas historias, no siguen un
orden cronológico y además, para no perder la costumbre, son imaginarias, salvo
la última que es rigurosamente cierta, o casi, y se encuentra bien colocada en
el tiempo.
He pretendido, sin embargo, dar una
visión panorámica, con un trasfondo lo más real posible, de los últimos ciento
y pico años del Imperio Romano de Occidente.
En cuanto a las causas que motivaron la
Caída de Roma, satisface comprobar cómo cada autor que he consultado aporta las
suyas propias. Es lógico, pues, si bien se mira, no existió un motivo único.
Existe la creencia generalizada de que fueron los bárbaros quienes dieron al
traste con el Imperio Romano. Es difícil de admitir tal cosa hoy en día. Desde
el principio, la Ciudad tuvo todos los enemigos que quiso. Los godos, vándalos,
francos, alanos, etc. no eran mejores guerreros ni más peligrosos que los etruscos,
samnitas, cartagineses, galos.... Evidentemente, es harto simplista dar este
motivo como exclusivo de aquella caída. De hecho, si meditamos un tanto, no nos
costará mucho llegar a la conclusión de que estos últimos bárbaros habrían sido
vencidos sin dificultad por cualquiera de las legiones romanas de unos
doscientos años antes.
Las causas, pues, no fueron
mayoritariamente externas al Imperio, sino que se encontraban dentro del mismo.
Eso es precisamente lo que he querido mostrar con las historias de este
capítulo. Hagamos una pequeña excursión hacia atrás para enumerarlas, al menos,
las más importantes.
- Roma, Caput
mundi, estaba podrida ética y económicamente. No producía y se
entregaba a malgastar lo que se generaba en el resto del Imperio.
- Los
ciudadanos romanos se dedicaban a «vivir». Lo que contaba era el placer
por encima de todo y de todos. Si era preciso, se robaba, sobornaba o
mataba.
- La
clase dirigente romana, fofa y embrutecida, carecía de fuerza real y moral
para enfrentarse a los bárbaros de dentro y de fuera. Éstos, incultos,
analfabetos y con desprecio a la cultura romana, iban a pasar a reinar
sobre los trozos restantes del Imperio. Sólo se salvarían de esta quema,
unos pocos romanos, en su mayoría, cristianos, que, entre otras cosas,
conservarían el legado de la Antigüedad.
- La
cultura iba a dar el más grande paso a atrás que jamás vieran los siglos.
(Se me cae el alma a los pies cuando comparo las realizaciones artísticas
y monumentales del siglo III y anteriores, con las del V y posteriores.)
- Igual
acaeció con las enseñanzas de Artes y Oficios. (Cuando las cosas se ponen
feas, esta «cosa» de enseñar es superflua). Iba a costar casi mil años
recuperar el terreno perdido.
- Las
arcas del Imperio estaban bajo mínimos. Los ingresos, menguantes año tras
año, no alcanzaban para pagar al ejército mercenario, a los funcionarios y
a la plebe desempleada de Roma. La solución de acuñar más y más moneda,
provocó una atolondrada inflación (cosa que era de cajón), con la
consecuencia de que el dinero acabó por perder todo su valor.
- El
poder estaba en manos de generales que, en el intermedio de sus campañas
con los bárbaros, continuaban guerreando entre sí. El premio en juego era
el título de Emperador. Además, a partir de Diocleciano, los Emperadores
abandonaron Roma, bastante peligrosa para su salud. Establecieron su sede
en cualquier otro lugar más sano.
- El
ejército ya no vigilaba los caminos. Entre los bandidos y revueltas
internas (especialmente de un mísero campesinado que se rebelaba a tener
que permanecer sujeta toda su vida al mismo lugar donde naciera), las vías
romanas dejaron de ser seguras.
- La
actividad económica, en general era un desastre. Con el dinero convertido
en «calderilla» y sin seguridad para el tráfico, el Comercio se vino
abajo, desapareció.
- En
las ciudades, con la caída del Comercio, la industria artesanal perdió
pujanza. Así que paulatinamente, los empleos fueron cayendo y
consecuentemente, la ciudad se fue despoblando: sin negocio para los ricos
ni trabajo para los pobres, poco porvenir existía en ellas. Además, a los
bárbaros les encantaba arrasarlas. Deporte que practicaron especialmente
con las situadas en los confines o que coincidían con sus rutas de
penetración al Imperio.
- El
Imperio empezó a fragmentarse. Al frente de cada trocito se encontraba un
cacique local, llamado potente. Provenientes en un principio
de las ciudades, se instalaron el campo, único valor real de aquel
entonces. Ellos fueron quienes lucharon para independizarse de Roma y no
pagarle más tributos.
- El
mundo se hizo autárquico, cada colectividad agrícola pasó a fabricarse
casi todo lo que necesitaba. Las ciudades, semivacías, sobrevivirían como
residencia invernal de potentados, centros religiosos, mercado local y
algunas, algo más adelante, como centros administrativos. Nunca
desaparecieron del todo. Incluso hubo florecimiento de las mismas durante
la época merovingia francesa.
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No dudemos, pues, que fueron muchas las
causas que provocaron tal desmoronamiento. Unas, las menos importantes,
externas. Es el caso de los bárbaros. Otras, internas; y dentro de éstas
podemos distinguir las económicas y las éticas. Últimamente se está insistiendo,
precisamente, en las económicas en contraposición a lo que nos enseñaron a los
estudiantes de mi época (y anteriores): la pérdida de la mítica virtus romana.
Sin embargo, es evidente que ambas
supusieron las dos caras de la misma moneda: es imposible separar la Economía
de los valores, ética y moral de una sociedad, (que recordemos forman una buena
parte de la Superestructura).
Ya comenté en el capítulo anterior cómo
la manera de entender la vida de una comunidad influye en su propia actividad
económica. Por tanto, los valores, principios y finalidad que se le den al
hombre dentro de dicha sociedad, determinarán su particular sistema económico.
En Roma donde, hacia el final, lo único importante era la riqueza y el placer
conseguidos a precio de lo que sea, y con el mínimo esfuerzo, se produjo una
fuerte crisis, que contribuyó enormemente a su definitiva caída. Un caos moral,
social, político y económico, dio al traste con tan magno Imperio. No era la
primera vez que pasaba, ni sería la última. Grandes imperios, podridos desde
dentro, empezando por su clase dirigente, se gastan barbaridades en defensa,
sus ciudadanos dejan de creer en sus propios valores, etc. ¿El resultado? Se
arruinan, se derrumban y acaban reducidos a una mínima expresión: «Érase una
vez un lejano conjunto de países llamado Unión Soviética...»
Ésta es una constante que ha venido
produciéndose a lo largo de la Historia. Y ya no estamos hablando de pequeñas
apuros, sino de batacazos al nivel de civilización.
Como remate a esta primera parte del
capítulo me gustaría mencionar que precisamente la Civilización Occidental más
longeva ha sido la egipcia, cuyos dos mil quinientos años no se debieron a su
poderío militar, político o económico, sino a que, en mi opinión, constituyeron
una sociedad justa, integrada y con elevado nivel ético.
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Hablemos ahora de otro tipo de
problemas, de las llamadas crisis económicas. Se convendrá conmigo que son un
juego de niños en comparación con las otras, las globales.
En realidad no creo que existan crisis
económicas puras ya que casi todas llevan mezcla de otros componentes. Podría
afirmarse que toda crisis económica es el anuncio de que en el seno de la
sociedad, algo no marcha: la economía, como efecto del estado de cosas en el
que se encuentra una comunidad, puede actuar como termómetro que indique tal
situación.
Esta última aseveración no sólo se
refiere a las situaciones de crisis coyunturales, sino principalmente a las
estructurales.
¡Un momento! Hemos introducido dos
conceptos que habrá que aclarar. Una situación coyuntural puede traducirse por
un estado de cosas pasajero. Así, cuando decimos que la coyuntura es
desfavorable, significamos que las cosas, momentáneamente, no marchan bien.
Claro que, casi treinta años oyendo la misma frase, puede inducirnos a pensar
que la coyuntura es algo permanentemente malo. Pero no, no es así. Si leemos
los periódicos de los últimos años, podremos comprobar cómo la Economía oscila
de tiempos malos a otros peores. Por tanto, no es la coyuntura la que está
saliéndonos rana. Hemos de empezar a pensar que nos encontramos ante una crisis
estructural. Si echamos un vistazo a lo que decíamos en el Capítulo 5 sobre lo
que es la Estructura Económica, podríamos definir la anterior, como
aquella crisis que se produce como consecuencia de lo mal montado que tenemos
organizado nuestro sistema económico.
Y, claro, cuando una cosa está mal
montada va a estar fallando permanentemente, que es todo lo opuesto a la idea
de ocasionalidad que la palabra coyuntura encierra. El concepto de la crisis
estructural es terriblemente importante, pues nos estamos jugando la
civilización, o cuanto menos va una buena parte de los pilares sobre los que se
asienta.
Pues bien, retomando la argumentación
anterior, resulta que en una crisis típicamente económica como la de la «Gran
Depresión » del 29, aparecen involucrados elementos ideológicos, políticos y
sociales, además de los económicos. Desarrollar tal afirmación nos llevaría
mucho tiempo. Por eso, les recomiendo que se lean el libro de Galbraith, «El
crack del 29» y comprobarán cómo van a ir apareciendo muchos de dichos
elementos: la ideología económica «clásica» del Laissez faire, que
propugnaba la no intervención del Estado; unos ricos muy ricos, que
prácticamente efectuaban todo el consumo, incluso en plan de despilfarro; unos
pobres muy pobres que apenas consumían por encima de su nivel de subsistencia;
un planteamiento que aseguraba que esto era lo mejor para la sociedad; mucho
arribista metido a empresario y a especulador, con resultados de unas quiebras
tanto por incompetencia como por fraude; pero sobre todo, existía el excesivo
afán de enriquecerse como sea.
Otro caso que podemos discutir es el de
la difunta Unión Soviética, que, de pasada, citábamos unas pocas líneas antes.
¿Cuáles fueron las causas de su fragmentación y desaparición?: ¿la guerra de
las Galaxias?; ¿la profunda crisis económica de una Nación que gastaba enormes
sumas en defensa?; ¿una cúpula dirigente desconectada de los problemas del país
y que se preocupaba primordialmente de sus prebendas y privilegios?; ¿el
escepticismo del Pueblo para con sus dirigentes, consignas e ideología?...
Volvemos a encontrar muchos de los
mismos patrones que veíamos para con la Caída del Imperio Romano. Entonces, la
pregunta es inmediata: ¿va a ocurrir lo mismo con nuestra sociedad? Paro,
inflación, drogas, violencia, escepticismo hacia el sistema, consumismo
desenfrenado, afán por la riqueza...
La respuesta no la conozco, ni creo que
nadie la sepa. Es más que seguro que dependerá de lo que hagamos en adelante.
Pero, recapitulemos y dejémonos de
andarnos por las ramas. Hemos empleado la palabra crisis en una doble
vertiente, la global y la económica. De la primera
nos hemos ocupado ya ampliamente. Nos queda, pues, desarrollar la otra. El
único problema radica en que las crisis económicas no existen.
¿Cómo?
Imagino que, en este momento, habré
vuelto a inducir a confusión a más de un lector. Con el fin de explicarme, he
transcrito la próxima historia. Un proveedor la remitió vía fax a un empleado
de nuestra empresa. A éste le gustó, la fotocopió y la distribuyó. Ignoro su
autor o si formaba parte de algún trabajo, libro o revista; en tal caso sirvan
mis disculpas por transcribirla.
La historia es corta pero muy
significativa. Después de haberla leído, creo, lograré hacerme explicar mejor.
Crisis
Érase una vez un ciudadano que vivía al
lado de una carretera donde vendía bocadillos. Era sordo y, por tanto, no
escuchaba la radio. No veía muy bien y, en consecuencia no leía los periódicos.
Pero eso sí, vendía buenos bocadillos.
Arrendó un trozo de terreno, levantó un
gran letrero en él y pregonaba su mercancía gritando a todo pulmón: «¡Compren
deliciosos bocadillos calientes!». Y la gente compraba. Aumentó sus
adquisiciones de pan y carne. Compró una parada mayor para poder ocuparse mejor
de su comercio, y tanto trabajo tenía que mandó recado a su hijo para que
regresara de la Universidad donde estudiaba ciencias mercantiles y le ayudara.
Pero entonces ocurrió algo importante.
Su hijo le dijo: «Papá, ¿no escuchas la radio ni lees los periódicos? Estamos
atravesando una gran crisis. La situación está francamente mal, no podría estar
peor...»
El padre pensó: «Mi hijo estudiaba en
la Universidad. Lee los periódicos y escucha la radio. Debe saber lo que se
habla.»
Así que compró menos pan y menos carne,
desmontó el letrero, dejó el arrendamiento del terreno para eliminar gastos, y
ya no pregonaba sus bocadillos. Y sus ventas disminuyeron de día en día.
—Tenías razón, hijo —le dijo al
muchacho—. Verdaderamente estamos atravesando una gran crisis.
Ignoro el nombre del autor de esta
historia, pero, desde luego, ha dado en el clavo. Cuando empecé a trabajar en
mi empresa, ¡cómo no!, eran tiempos difíciles. Varias firmas de nuestra
competencia estaban en una situación crítica y cerraron. Nosotros, en aquel
entonces, éramos pequeños y luchábamos por crecer. Rumores sobre nuestra firma,
lo mal que marchaba el sector y el futuro nada halagüeño del país, existían a
mansalva. De haberles hecho caso, habría significado nuestra desmoralización y
hundimiento. No había día en que algún proveedor no nos pusiera los pelos de
punta sobre las nefastas perspectivas que se venían sobre nuestras cabezas.
Pero nosotros apretábamos los dientes y
seguíamos peleando. Además, teníamos un lema: «La crisis no existe» «¡Prohibido
hablar de ella!».
Efectivamente, éramos conscientes de
que los tiempos eran malos, pero a lo que nos negábamos en redondo era a
admitir tal situación como una excusa que justificara nuestros errores cuando
las cosas no nos salían bien. Desde entonces, ha habido crisis casi todos los
días. El periódico, raramente se privaba de informárnoslo: en algún sitio, en
algún sector, en alguna parte del país... Pero nosotros seguíamos luchando por
salir adelante.
Y es que, crisis ha habido siempre: es
una constante, no es la excepción, es la regla. En cualquier momento y en
cualquier lugar siempre ha habido (hay y habrá, mientras no sepamos más sobre
la Economía), una serie de personas (y colectividades) con problemas
económicos. Serán muchas o muchísimas. Lo cierto, es que no serán pocas.
Recordemos que estamos en un mundo en el que, según se admite, las tres cuartas
partes de sus habitantes pasan hambre.
Entonces, si estoy admitiendo que
existe crisis, ¿cómo es que unos pocos párrafos atrás, lo negaba tan
rotundamente? Pues, porque lo que no tiene razón de ser es hablar de crisis en
el sentido en el que lo hacemos habitualmente: como algo que se produce de
tanto en tanto. No, la crisis es permanente. Cuando no es el Sector del Acero,
lo es la Agricultura, o el del Automóvil, o el del Pequeño Comercio, o el del
electrodoméstico, o el del Petróleo, o el del...
Sectores antes boyantes, de pronto caen
en picado. Unas veces porque se vuelven obsoletos. La evolución de la vida y la
tecnología los desplazan (las empresas de iluminación por gas, las de
manufacturación de carros y diligencias, etc.). Otras veces porque..., pero eso
lo veremos más adelante. Solemos hablar de crisis cuando nos toca de cerca, y
la olvidamos cuando ocurre en la otra parte del mundo. Además, y esto no deja
de irritarme un tanto, tendemos a hablar de ella de una manera bastante
alarmista. Como cuando alguien en un teatro grita ¡fuego! y el resultado de la
estampida es bastante más desastroso que el que habría provocado el propio
incendio.
La crisis económica, repito, no existe
en esa acepción. Lo que existe es una permanente lucha por la
supervivencia. El género humano nunca lo ha tenido fácil, excepto para unos
pocos. Angustia, agobios, temor ante el futuro,... han sido las constantes
económicas de la Humanidad. Nunca ha existido una vida regalada para la mayoría
de la gente. Lo más, si se me permite, ha sido que, en unas pocas sociedades
occidentales (y sólo durante los últimos años) una proporción, más o menos
elevada de la población ha accedido a unos niveles aceptables de vida. Nos
estamos refiriendo, cómo no, al aumento de la llamada clase media. Sin embargo,
para llegar allí, nadie les ha regalado nada. Ha sido fruto de su trabajo,
generación tras generación.
Hoy, ese nivel de vida no parece que
esté claro que se pueda mantener en el futuro. Por eso hablamos de crisis. Pero
es que el futuro, jamás ha sido seguro. De ahí, la necesidad de luchar por él,
día tras día. Si esperamos que los alimentos nos caigan directamente en la
boca, corremos el riesgo de morir de inanición.
Vuelvo a ser consciente de que estoy
planteando argumentos filosóficos más que económicos para exponer mi visión de
la crisis. Pero las raíces de la Economía y de sus crisis están ancladas dentro
del ser humano y de su sociedad. La historia del hombre que vendía bocadillos
nos abre los ojos. Mientras trabajaba bien, en medio de la crisis, no tenía
dificultades. Cuando le metieron el miedo en el cuerpo, fue cuando empezaron
sus problemas al tomar decisiones erróneas.
—¿Quiere eso decir que la solución a
todos los problemas económicos, es algo tan simple como cerrar los ojos ante
los malos augurios y los oídos ante los agoreros, y seguir trabajando?
—¡Ojalá fuera algo tan simple! Hay más
componentes: en efecto, la Historia nos enseña que siempre han existido épocas
de dificultades, de problemas inesperados, de catástrofes, de sequías, de
guerras, de epidemias y de hambrunas. A todo esto le podemos añadir que nuestra
Estructura Económica queda lejos de ser perfecta: tiene agujeros y lagunas...
pero de eso ya hemos dicho que hablaremos más adelante.
Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Existe o
no existe la crisis económica? La respuesta, y sintiéndolo mucho, debe seguir
siendo igual de tortuosa que todo lo expuesto hasta ahora: NO, tener problemas
es el estado natural de nuestra Economía (mientras no acabemos de entenderla).
Lo que sí que es cierto es que cuando
todo va mal y empieza a derrumbarse, existe una alternativa: o bien, no hacer
nada, desmoralizarse y dejarse arrastrar por la corriente de los
acontecimientos, o bien, apretar los dientes, pensar qué soluciones se pueden
tomar o qué caminos emprender, y apretando de nuevo los dientes, ponerse manos
a la obra. Siempre, siempre, hay personas que consiguen estar en una buena
situación, a pesar de los pesares.
Rius Altus
La familia de Valeriano, huyendo de
Rávena, hasta hacía poco sede del recientemente caído Imperio, había llegado a
un determinado lugar de la costa del Adriático. Delante de ellos se encontraba
una laguna en la que se alzaban más de un centenar de islotes que, como
Valeriano conocía, se hallaban habitados por «buena gente».
A lo largo de los últimos años,
exilados de las ciudades de Padua y Aquilea se habían refugiado en aquellos
parajes. Hunos, godos, lombardos, y demás hordas de cuya visita valía la pena
excusarse, habían aconsejado a los todavía ciudadanos romanos de la contornada
que buscasen refugio en aquellas inhóspitas lagunas (máxime si la más sana
diversión de los bárbaros consistía en destrozarle la casa a uno y de paso
arrasarle la ciudad).
Sin apenas agua potable ni comodidad
alguna, como puede suponerse, las condiciones de vida eran muy duras. Lograban
subsistir gracias a la pesca y al salazón que intercambiaban por los productos
agrícolas de tierra adentro. Los originarios habitantes de la laguna, escasos y
pobres, no sólo les habían dado cobijo, sino que les habían enseñado tales
artes para ganarse la vida. Los exiliados, por su parte, aportarían al lugar
algo no menos valioso: su bagaje de conocimientos.
Valeriano, por los azares de la vida,
supo de su existencia, y hacia allí se dirigió con los suyos. Una simple
noticia de las escasas que circulaban le bastó. Algo acerca de un sitio,
llamado Rius Altus, donde se estaba construyendo (¡!) una
ciudad resguardada de bandidos y bárbaros. Valeriano, uno de los pocos hombres
cultos y preparados que quedaban en Rávena, no acababa de creerse eso de
«resguardada». Habituado a una época de cambios constantes, todos a peor, si
había algo de lo que dudaba que todavía existiera, era que pudiera haber un
lugar seguro. Lo que le movió a la laguna, fue precisamente que estuvieran
levantando una ciudad, cosa de lo más insólita ahora que justamente las
ciudades estaban siendo destruidas o abandonadas. Aquel espíritu fue el que
llamó su atención.
No se equivocó. Cuando años más tarde,
los bizantinos conquistaron el sur de Italia, en su intento de reconstruir el
Imperio Romano, Rius Altus estableció unos estrechos lazos, y
no sólo comerciales, con Constantinopla. Dichos lazos constituyeron uno de los
elementos clave del desarrollo de la ciudad. Pero eso, Valeriano no podía
saberlo. Él se había dirigido hacia la laguna en busca de un algo valioso en lo
que aún creía, aunque sabía que era cada vez más escaso. Quizá su origen, una
rica familia provinciana cuyas tradiciones no se habían contaminado, le hacían
creer en unos valores pasados de moda, y entre ellos, la genuina concepción
romana de la organización social, económica y política. Esa concepción, esa
cultura, esa manera de entender la vida de la Antigua Roma, no iba a
desaparecer en aquel lugar.
En un mundo Occidental, más y más
embrutecido, una ciudad, que no pierde nunca la mentalidad romana (y que sigue
en contacto con el otro Imperio Romano de Oriente, el bizantino), comercia,
crece, sigue comerciando y creciendo, y día a día es más rica y poderosa. Una
isla de civilización en medio de un mar de incultura. Su nombre, Civitas
Venetiarum, Venecia.
Unas pocas líneas antes, dejábamos sin
desarrollar un segundo tipo de causas por las que se originan crisis
económicas. El primero, recordemos, se producía cuando la evolución de la vida
y de la tecnología dejaba atrás ciertas empresas o sectores. Pero, evidentemente,
ésta no es la causa única.
¿Por qué se produce la crisis del 29?
¿Cuáles fueron los componentes que hicieron posible la del petróleo? ¿Por qué
hemos estado en recesión en los 80, en los 90 a pocos años del fin del siglo
XX, y en los primeros del flamante tercer milenio?
Parece como si cada cierto tiempo
tuviéramos que afrontar períodos de vacas flacas. ¿Quiere esto decir que
cíclicamente debemos enfrentarnos al problema de la crisis?
Por lo visto, así es. Por consiguiente
surge una pregunta inmediata: ¿existen los ciclos económicos?
La respuesta a esta pregunta es
categórica: sí y no.
Que los ciclos económicos existen, es
algo tan evidente que no precisa discusión. Tenemos ciclos diarios, semanales,
mensuales, estacionales y anuales, amén de otros más o menos atípicos.
Simplemente con levantar los ojos un poco de los libros de texto y mirar la
realidad, nos bastaría para comprobarlo.
Diariamente existen unos horarios de
oficinas, de trabajo en fábricas, de asistencia al colegio y comerciales que
marcan pautas de comportamiento económico. Nadie se asombra de que a las tres
de la madrugada, las fábricas, las oficinas, los comercios y los colegios estén
en su mayoría en absoluta inactividad.
Prácticamente lo mismo podríamos decir
del ciclo semanal. El que el (póngase un porcentaje muy elevado) de la
población esté «parada» en domingo no es causa de alarma, ni lo es el cansino
ritmo de ventas del principio de semana de algún tipo de comercio (ya llegará
el viernes y el sábado).
Mensualmente, existe un fenómeno
curioso: bancos y oficinas, despliegan una actividad inusual como consecuencia
del cierre del mes. Además, en esos días, la gente acaba de cobrar, lo que
significa que los establecimientos comerciales sufrirán un empuje vertical y
hacia arriba en sus ventas. Las fábricas, harán un último esfuerzo por alcanzar
las cuotas y objetivos del mes...
Si en verano no se venden abrigos, o en
invierno, los bañadores están arrinconados, no es síntoma de que la cosa vaya
mal. Que los juguetes, o el cava, o el turrón, concentren sus ventas en la
época navideña y no mucho en el resto del año, es algo que está asumido. Al
igual ocurre con los paraguas y las velas, que se venden con cuentagotas hasta
el día que hay tormenta.
Por todo ello, es más que evidente que
los ciclos económicos, laborales, productivos, comerciales y muy especialmente
los agrícolas y turísticos, existen. De su conocimiento y aprovechamiento la
actividad económica podrá ser mucho mejor encauzada. Sirvan de ejemplo la
concentración de la fabricación en ciertas épocas, las campañas de Marketing en
otras, la previsión de puntas de ocupación, etc.
Lo que ya no está tan claro es que un
hada maligna cada cierto tiempo se empeñe en que las cosas se estropeen, o
mejor, no es cierto que inevitablemente por el mero transcurso de los años la
situación económica deba empeorar. (Sí que es cierto que por el mero transcurso
de los meses, vendrá el calor y con ello cambiarán ciertas actividades
productivas, agrícolas, comerciales, ...)
Hasta no hace mucho, la teoría de los
ciclos se limitaba a constatar que periódicamente la Economía entraba en crisis
sin llegar a explicar sus causas. Lo que yo opino, por contra, es que, en
efecto, para la inmensa mayoría de las actividades económicas existen ciclos
naturales cuya causa es el factor tiempo. Estos ciclos están ahí, no tienen
porqué ser considerados malos sino al contrario, puesto que pueden (y deben)
ser aprovechados.
Lo que ya no me creo es que la Economía
deba padecer inevitablemente crisis periódicamente. No caigamos en el error de
pensar que dos y dos son veintidós, por muy atractivo que el razonamiento nos
parezca. No es el tiempo el que provoca vacas flacas, aunque así ocurra cada
varios años. Entonces, ¿qué razón existe que los relacione? ¿Cada pocos años
nos volvemos más torpes, menos preparados o menos trabajadores? ¿Nuestra
tecnología o nuestra capacidad productiva sufren espasmos periódicamente? ¿No
serán determinadas conjunciones planetarias las culpables?
No, el causante es otro agente.
Banca
Un inmenso gentío se agolpaba
vociferante ante la puerta del banco. Las colas habían ido creciendo y
deformándose hasta convertirse en una masa informe de personas. En cuanto fuera
la hora de apertura, se precipitarían hacia el interior con la vana esperanza
de recuperar sus ahorros antes de que el banco se declarara en bancarrota. Los
guardias, impotentes ante la avalancha, se habían retirado a un lado. Eran
conscientes de que con sus armas, no podían controlar esa «cosa» llamada pánico
financiero.
En todos los bancos de todas las
ciudades del mundo era lo mismo. Industrias y comercios arruinados, suicidios
(aunque se trataba más de un rumor que de una realidad) y, especialmente,
miedo.
El Gobierno, firmemente decidido a
cortar un inflación demasiado elevada, había decidido de la noche a la mañana,
aplicar una política monetaria restrictiva. Desde entonces, la bola había ido
creciendo. Los endeudados no pudieron renovar sus créditos y la gente con
ahorros, ante la falta general de dinero, acudieron a retirarlo del banco... En
cuanto el rumor sobre las dificultades de algunos bancos se extendió a la voz
de «¡fuego!», la crisis estalló.
El Gobierno, un tiempo después, no tuvo
más remedio que echar marcha atrás y volver a poner en circulación la masa
monetaria que había retirado.
Aunque parezca lo contrario, esta
historia no es reciente. Tiene poco menos de dos mil años de antigüedad.
Tiberio, con el propósito de reducir la enorme inflación causada por el tesoro
que su antecesor, Octavio, se trajo de Egipto, tomó la decisión que hemos
visto.
Entonces, no fue nuestra hada maligna
la causante. Aquella crisis la desencadenó una buena metedura de pata.
Ese es el elemento causal que
buscábamos: los errores. Alguien (uno o muchos), en algún lugar, sobre un
sector más o menos importante de la Economía, comete un error, se empiezan a
desarrollar los acontecimientos y la crisis se desencadena.
Lo malo es que el desconocimiento
generalizado de la Economía por parte de los que la dirigen y ejecutan, impide
prever las consecuencias de las actuaciones que se lleven a cabo. Empezando por
los altos cargos político-económicos, siguiendo por los ejecutivos de las
empresas y llegando al resto de personas de la sociedad, todos van a tomar una
serie de decisiones y efectuar un conjunto de decisiones de tipo económico. Si
mayoritariamente son erróneas, llegará un momento en que la desconocida diosa
Economía, pasará factura. (Fijémonos que aquí hay dos de los elementos que
configuran la crisis: el no saber lo que llevamos entre manos e, íntimamente
relacionado, la posibilidad de realizar actuaciones erróneas sin que el sistema
encienda automáticamente toda una serie de lucecitas rojas que nos adviertan de
lo que se nos puede venir encima.)
Octavio trae un inmenso tesoro de
Egipto. La Economía se alegra y sube el intercambio comercial. Los capitostes
romanos y el pueblo empiezan a hacer negocios y a comprar, sin preocuparse de
endeudarse demasiado porque perciben que hay «mucho dinero » que se presta
fácilmente y a un interés cómodo. Al final, dada la abundancia de dinero y la
inflación subsiguiente, se llega a «creer» que existe una ley económica que
reza: «Quien no se endeude es que está tonto»: con la propia inflación se
pagaba más que sobradamente el interés. Tiberio toma medidas y ya sabemos lo
que pasó. Todo el mundo volvió a tomar decisiones sobre la base de otra
supuesta ley que dice: «El dinero segurito y en casa». Un gobierno decide jugar
con la masa monetaria alegremente, se dispara la inflación, se asusta y decide
restringirla. Aparece la recesión. Pero no nos equivoquemos, no es sólo el
gobierno quien comete el error, sino la gran mayoría de la sociedad, todos
ellos actuando en función de unos intereses, sin ser conscientes de las consecuencias.
(Si a los dos elementos anteriores, añadimos la natural tendencia a considerar
como leyes económicas válidas las que nos favorecen en el muy corto plazo,
habremos encontrado un tercer componente de crisis estructural.)
Hablemos de un problema más reciente.
La crisis del petróleo la causó la subida de los precios del mismo en el
momento en que todo el conjunto de decisiones de actuación económica, en una
parte del mundo, se basaban en unas fuentes energéticas abundantes y baratas.
Consecuentemente, aparte del despilfarro, se montó todo un sistema productivo y
una filosofía de consumo que partía de lo increíblemente bajo que resultaba el
petróleo, en particular, y las materias primas, en general. Las consecuencias
las conocemos todos. (Éste, más que un error de algunas personas, constituye un
arriesgado planteamiento económico, un error de bulto de la base sobre la que
se monta la estructura, que no tiene en cuenta el riesgo que supone depender de
un factor único, muy rentable a corto plazo, pero ¿y en el futuro?)
Podríamos seguir con más ejemplos de
manual. En los libros aparecen explicados todas las causas que motivaron cada
una de las crisis que hemos sufrido, por lo que no insistiré más por esa vía.
Pero sí me gustaría continuar con la historia del hombre que vendía buenos
bocadillos.
¿Conocen qué hizo a continuación para
combatir la crisis? Bajó la calidad de sus bocadillos. ¿Saben que ocurrió
luego? Que le volvieron a bajar las ventas. Y, ¿qué medida tomó? Redujo
plantilla. Buenos «bocadilleros» y vendedores se fueron a la calle, con lo que
al público se le atendió peor...
¿Quieren que continuemos?
Cuando decimos «error», está dando la
impresión de que éste sea único y de bulto. Pero generalmente no es así, sino
un conjunto infinito de pequeños errores en cadena que nacen de uno originario,
o mejor de una creencia originaria de cómo debe actuarse «correctamente»:
los potentes vivieron en una sociedad que pensaba que lo único
importante era la tierra; los romanos estaban convencidos que era más barato
importar los productos agrícolas que producirlos; ha existido siempre la
creencia de que cuando las cosas se tuercen es mejor deshacerse de los
empleados; se ha creído que...
Supongo que conocen la expresión: «Por
un clavo se perdió un reino». Hace referencia a que un pequeño hecho, nimio en
sí mismo, llega a tener enormes consecuencias: un clavo hiere la pata de un
caballo y su jinete no puede llegar a tiempo a entregar un importante mensaje
antes de la batalla, ésta se pierde y el Rey es derrocado. Esta expresión, en
Economía, es totalmente aplicable.
Por tanto, pifias y concepciones
«iluminadas», son las que producen las crisis meramente económicas. No es el
transcurso del tiempo, no es que la Economía lleve en sí misma la crisis que
deba aflorar de tanto en tanto. No, no se trata de agentes exógenos. (Habría
una excepción: en las sociedades menos evolucionadas económicamente, las
catástrofes naturales como terremotos, sequías, inundaciones, etc. al incidir
sobre su casi única fuente de recursos, dan lugar a períodos de gran carestía.
En cambio en las sociedades más evolucionadas, este tipo de situaciones son
mejor soportadas, y raramente provocan una crisis generalizada).
No se trata, pues, de elementos
externos aislados, ni mágicos, ni de leyes ocultas e inexorables. Se trata de
nosotros mismos, de nuestra falta de conocimientos, de nuestros errores y de
nuestras percepciones erróneas de cómo hacer las cosas.
Afortunadamente, el pensamiento
económico actual, parece ir en una línea parecida a la hasta aquí expuesta. Y
aunque, no se considera al «error» como el elemento primordial de toda crisis
económica, sí que se empieza a mirar las tripas del sistema. Se dice que las
causas pueden ser combinación de dos tipos de factores, externos, como guerras,
etc. e internos, como los malos mecanismos existentes en el sistema.
Curiosamente, un mecanismo externo que se cita es la propia Política. En
efecto, las decisiones políticas tomadas en función de intereses de lo más
variopinto, son determinantes. Creo haberlo demostrado convenientemente. Tal
vez, mi única discrepancia radique en el hecho de que no considero a la
Política como algo «externo» a la Economía, aunque con esto, tendríamos
discusión para rato.
De todos los capítulos que llevamos
hasta aquí, éste puede haber sido el más oscuro. Quizá porque la misma palabra
crisis se emplea para expresar diferentes ideas. Ignoro si he sido capaz de
explicar lo que pretendía. El resumen de lo expuesto se hace, pues, más
necesario si cabe, al objeto de clarificar dichas ideas.
Después de dar una rápida visión
panorámica a la situación que se vivía en los apasionantes años que precedieron
a la caída del Imperio Romano, concluimos cómo la existencia de una
crisis global fue la causante de la misma. (Primera idea,
la crisis provocada por una sociedad que ha perdido sus valores, su rumbo e
ideales: es, sin duda, la más grave.)
Habría sido pecado dejar pasar la
oportunidad de establecer un paralelismo entre aquella sociedad y la nuestra.
La pregunta que surgía era: ¿acabaremos nosotros igual que ellos? Y aunque las
respuestas no dejen de tener un fuerte componente ideológico o de adivinación,
no es menos cierto, que los peligros que encaramos, si no somos de capaces
enfrentar la crisis global de nuestra sociedad, acabarán con ella desde dentro,
que no desde fuera.
A continuación, desarrollábamos las
crisis meramente económicas y demostrábamos una de las conclusiones más
importantes, en mí opinión, de este capítulo: que no existen y que no tienen
porqué ocurrir.
No existen porque están prohibidas.
Pero, bromas a parte, es que estamos hablando de Economía, que recordemos se
trata de la constante lucha por la supervivencia y por afianzar un futuro que
nunca ha sido fácil. La crisis no se produce de tanto en tanto, siempre hay un
sector u otro afectado. Por tanto, no tiene sentido hablar de ella, y mucho
menos de la forma tan alarmista con que nos encanta hacerlo. (Segunda idea,
no podemos hablar de crisis cuando nos referimos a la permanente lucha que
nuestro empeño en sobrevivir nos plantea.)
Además, no tienen porqué ocurrir porque
sean parte de una de las leyes inexorables del Universo. Antes al contrario,
nosotros solitos nos bastamos para provocarlas. (Tercera idea, los
problemas, follones y angustias que nos ocurren, tienen su origen en nosotros
mismos: nuestro desconocimiento, nuestros errores, nuestra mala organización,
nuestras «decisiones» (incluidas las políticas), nuestra desmoralización,
nuestra pesimista percepción del futuro..., sin olvidar, para no ser injustos,
alguna que otra desgracia externa.)
—Y, ¿qué soluciones tomar?
Francamente, no lo sé con exactitud.
Aunque intuyo por dónde pueden ir los tiros. Puede que suene a perogrullada,
pero si el problema está en nosotros, nosotros somos los que podemos
solucionarlo.
—¿Cómo?
—¡Jo! ¡Qué manera de atacar! Pues sigo
sin saber la respuesta. Aunque sí que le podría decir que me gustaría tener
algo con lo que sueña cualquier economista, un instrumento conceptual que nos
permitiera conocer las futuras consecuencias de lo que estamos haciendo ahora,
o pensamos hacer próximamente.
Dicen que soñar no cuesta dinero. Si
aún no tenemos clara la base teórica de nuestra Ciencia, suena un poco a cuento
de hadas, pensar que podemos llegar a tener esa especie de bola de cristal.
(Aquí quedaría muy bien esa frase tan bonita de «era imposible, pero como nadie
se lo dijo, lo hicieron».)
Pero, si no queremos tener problemas
una y otra vez, aquí y allá, tenemos que empezar a ponernos a estudiar la
Economía en serio. Varios miles de millones de seres humanos están lanzados con
los ojos vendados pendiente abajo. Qué emocionante, ¿verdad? Yo, por mi parte,
prefiero el proverbio chino que dice: «Que los dioses nos libren de los tiempos
muy interesantes».
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El 23 de agosto del 476 el general
germano Odoacro hizo que el Imperio Romano de Occidente dejara de
existir. De facto lo había hecho doscientos y pico años antes.
Esa fecha oficial del inicio de la Edad Media es sólo eso, una fecha oficial,
un punto de referencia para poder decir hasta ahí, Roma; después, el caos.
No obstante hay que tener en cuenta
que, si bien el modo de vida había ido empeorando a partir del siglo III, hay
autores que consideran que la concepción del Mundo seguía siendo la misma que
la de la Antigüedad.
En efecto, los bárbaros por muy brutos
que nos parezcan hoy en día, no eran tontos. Su objetivo no era destruir Roma,
sino disfrutar de sus tierras. El que de paso arrasaran algunas pocas ciudades
no deja de ser más que una simple anécdota (excepto para los que les tocó la
china, claro). La civilización romana seguía presente, degradada y
degradándose, pero seguía. Además, fue empapando a los bárbaros en los aspectos
religioso, legal, de organización institucional y, muy importante, en el
idioma.
Asimismo, el Imperio de Oriente, pasado
algún tiempo, reconquistaría extensos territorios del Norte de África y del Sur
de Italia y de España. También podríamos agregar que el antiguo comercio
mediterráneo sufrió un proceso de recuperación durante los siglos V a VIII.
Marsella, Venecia, Constantinopla, Egipto y el Norte de África, volvieron a
intercambiar sus mercancías: papiro, especias, tejidos, vino y aceite.
La organización económica todavía
conservaba muchos de los rasgos romanos y aún no había cambiado hacia un
sistema plenamente feudal. El feudalismo, cuyo embrión lo constituyó la
fijación de los campesinos a la tierra en tiempos de Diocleciano y la aparición
de los potentes en el dominio de la tierra, no aparecería en
todo su «esplendor» hasta después de la caída del Imperio carolingio, allá por
el siglo IX. Tampoco lo haría en todas partes, ni tendría la misma intensidad.
El feudalismo fue un fenómeno del Occidente europeo, que no arraigó por igual
en España, Francia, Italia o en el Norte de Europa.
Como de costumbre nos hemos adelantado
demasiado. Antes de todo eso, iba a aparecer un nuevo pueblo que supondría la
definitiva muerte de la mencionada concepción del Mundo Antiguo. Un pueblo del
que, al igual que el chino, «Occidente» ha olvidado constantemente su
contribución a la Historia de la Humanidad. Quizá sea en España donde se le ha
dado su real importancia. No en vano los tuvimos de «invitados» durante casi
ochocientos años...
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Pero antes de seguir con algunos de los
acontecimientos que se desarrollaron en la llamada Alta Edad Media, déjenme
aclarar algo. Puedo haber dado la impresión de que pienso que el Imperio Romano
constituyó un sistema ideal para la Humanidad y que el Mundo habría sido mucho
mejor si éste hubiera continuado hasta nuestros días.
En primer lugar, los romanos no fueron
hermanitas de la Caridad, ni para con los pueblos vencidos, ni para con sus
esclavos ni para con ellos mismos. Al contrario, fueron duros y crueles, y en
ello no se diferenciaron mucho con ninguno de los Imperios que han existido. Lo
cierto es que fue una civilización superior que desapareció y que hasta casi
mil años después, la sociedad europea no alcanzó el nivel cultural y económico
de que gozaron aquéllos. De ahí la pena y el lamento que despierta su caída, a pesar
de ser una sociedad bastante injusta desde la perspectiva de nuestros días.
En segundo lugar, y sin olvidar que
algunos rasgos importantes de la Roma antigua han permanecido hasta nuestros
días, es imposible saber lo que habría supuesto para nosotros la permanencia
del Imperio. Por un lado, atrae pensar dónde estaríamos ahora si hubiera
continuado sin interrupción durante los mil años siguientes el proceso de
desarrollo cultural, científico y económico. Y aunque no pudiéramos decir que
hoy nos encontraríamos en el mismo estado de desarrollo que el que tendremos,
Dios mediante, en el año 3.000, no sería muy aventurado afirmar que éste sería
superior al que disfrutamos ahora. Pero por otro lado, de haberse anquilosado
el progreso, podríamos encontrarnos en un nivel inferior al que tuvo Roma en su
punto culminante. De sobra conocemos civilizaciones que alcanzaron uno alto
desarrollo y luego se estancaron. Lo que habría pasado, si no hubiera
desaparecido el Imperio, nunca lo sabremos.
CAPÍTULO 7
¿A CUÁNTO EL CUARTO Y MITAD?
Qurtuba
Qurtuba, Córdoba, se
extendía en la lejanía ante los ojos de Abú Bakr Musa ibn-Sili. Sabía que las
lágrimas no tardarían en salírsele. Siempre que volvía a ver su ciudad natal le
ocurría lo mismo. Uno podía admirar las maravillosas capitales de Bagdag,
Damasco, Alejandría e incluso, la infiel Constantinopla, pero ninguna tenía
parangón con la suya. Bueno, quizá sí, pero a Musa no le importaba no ser
objetivo. ¡Qué más daba! Cuando iba o venía de uno de sus largos viajes
comerciales, ninguna le producía ese nudo en el estómago ni hacía que se le
humedecieran los ojos.
A medida que el paisaje se le hacía más
familiar, su corazón se le había ido acelerando. Primero, grandes extensiones
dedicadas al cultivo del trigo y del olivo. Luego, próximos a las ciudades,
unos huertos cuyo regadío intensivo, permitía no sólo abastecerlas, sino
exportar. Como un árabe de su tiempo, Musa comprendía el inmenso valor que
suponía el ingente esfuerzo de su pueblo en la construcción de canales,
acequias y norias. Gracias a este trabajo, su agricultura había ido
evolucionando de la extensiva y de secano, a la intensiva y de regadío. Arroz,
azafrán, árboles frutales, como el manzano, el naranjo, el almendro y la
higuera. Y también la vid, pese a la prohibición religiosa de beber alcohol,
que al parecer, no era escrupulosamente observada. Todo aquello, que Musa
conocía tan bien, completaba el rico panorama agrícola de los alrededores de la
ciudad de Qurtuba, capital oriental de Occidente, en la que medio
millón de habientes, quizá un millón, podían alimentarse sin problemas.
«¡Qurtuba mía, cuánto te he
echado de menos!» —se decía—. «Esta es la última vez que te volveré a dejar.»
Y lo pensaba convencido. Seis veces, en
los veinte y pico de años que llevaba comerciando con sedas y joyas, había
salido de Córdoba en largas expediciones de negocios. Y en cinco de ellas había
jurado que no se volvería a marchar, que se establecería definitivamente en la
Capital del Al-Andalus. Pero después de disfrutar de su ciudad, amigos y
familia por unas pocas semanas, se sorprendía planeando un nuevo negocio que,
si bien conseguía apartar de su mente las primeras veces, poco a poco se le iba
convirtiendo en una obsesión. Los que le conocían, sabían que cuanto más fuerte
se empeñara en decir que no pensaba embarcarse en una nueva aventura, era que
ya la fiebre de otra se había apoderado de su voluntad.
—Es una ocasión que sería una pena
desperdiciar —empezaba a justificar su próximo viaje—. Después, podré retirarme
y permanecer para siempre con vosotros.
Y claro, sus amigos, mujeres e hijos,
asentían convencidos de que sus palabras eran una simple declaración de buenas
intenciones.
Musa, además de comerciante, era un
hombre ilustrado. Traficar con aquel tipo de mercancía significaba tratar con
la élite de la sociedad, y ésta difícilmente admitía patanes. No es que los
árabes, que constituían el escalón más alto del mundo musulmán, tuvieran una
muy buena opinión de los comerciantes y trataran con ellos habitualmente. Pero
Musa, era algo especial. No sólo había estudiado Derecho, la más popular de
todas las carreras, especialmente entre todos aquéllos que pretendían obtener
cargos públicos, sino también Medicina, Historia y Matemáticas.
Amante de la literatura, gustaba de
disfrutar releyendo siempre que podía, un delicioso libro de cuentos cortos,
publicado ya hacía unos cuantos años: «Las mil y una noches». Aventuras, fino
erotismo, héroes, villanos, magia y un sin fin más de elementos configuraban
las divertidas historias, cuyo relato Sherezade interrumpía intencionadamente
al ver la luz del amanecer con el fin de seguir viva un día más. Aladino,
Simbad, el ladrón de Bagdag y el mítico Califa de Bagdag, Harún Al-Rashid, eran
sus principales protagonistas. Este último fue un personaje totalmente real que
peleó con los bizantinos, estableció contacto con Carlomagno y, durante su
reinado, Bagdag alcanzó su más alto grado de prosperidad. Musa no podía saber
que tendrían que pasar nueve siglos antes de que el libro se «redescubriera» en
Occidente, donde llegaría a constituir todo un best-seller.
Si le hubieran dicho que aquellos
ignorantes, palurdos e infieles cristianos iban a ser capaces de apreciar tan
delicioso libro, Musa, no se lo habría creído. En efecto, nuestro amigo, los
conocía por las referencias de lo que se comentaba de ellos. Allá en el Norte,
unos semi–salvajes montañeses que malvivían de unas tierras poco fértiles, que
no se lavaban y que no sabían leer ni escribir, contrastaban fuertemente con la
desarrollada y culta sociedad musulmana del Sur.
En la vorágine de tan erráticos
pensamientos, la mente de Musa, que era un entusiasta aficionado a las
Matemáticas, empezó a «alucinar» cuando se le ocurrió pensar cómo podrían
aclararse sus vecinos, sin ayudarse de un ábaco, para hacer algo tan simple como
una suma de, pongamos por caso, CDLXIX más MCMXXXIX. Por supuesto, ni pensar
que con tal sistema, pudieran desarrollar algo semejante a los algoritmos, de
los cuales, Musa, se consideraba un experto. El sistema hindú, basado en nueve
dígitos era ideal, máxime ahora, que se había descubierto uno nuevo, tan simple
y tonto, que nadie se explicaba cómo no se había pensado en él antes. El cero
estaba solucionando más de un quebradero de cabeza matemático. (En un futuro no
muy lejano, la mal denominada numeración árabe iba a imponerse para toda la
Humanidad).
Pero de nuevo, los pensamientos de Musa
habían vuelto a cambiar. Había recordado las tardes del verano pasado, cuando
se puso a enseñar a sus hijos mayores los secretos de la Geometría. Por
centésima vez en la última hora, volvió a pensar en los suyos.
Brevemente. En las postrimerías del
primer milenio, la civilización árabe, y en especial el Al-Andalus, constituía
una sociedad superdesarrollada. Hasta ahora, además de hablar de su rentable
agricultura, hemos dado unas pinceladas del elevado nivel cultural, intelectual
y científico que la caracterizaba. En efecto, los árabes asimilaron, en un
principio el bagaje de conocimientos helénicos, y luego, lo superaron con
creces en ramas como la Alquimia, las Matemáticas y la Medicina. Estando en
contacto con Constantinopla y conquistando ciudades que pertenecían a su esfera
de influencia, como Alejandría, supieron atraer hacia ellos, buena parte de los
estudiosos y sabios bizantinos.
Para darnos cuenta de la diferencia con
la subdesarrollada Europa, podríamos hablar de muchas más cosas. Pero hay una
que es muy significativa: los cristianos no conocían todavía el papel, un
invento chino del siglo II de nuestra era. Se tiene constancia de que el primer
molino de papel funcionó en Bagdag hacia el 800 y que llegó a Al-Andalus, 100
años después. Este invento revolucionario, permitía que los libros árabes
fueran muchísimo más baratos que los de pergamino que se usaban en el resto del
mundo. El papel, aún tardaría unos trescientos años más en ser empleado por los
occidentales.
En esta línea argumental, la Biblioteca
de Qurtuba, contaba con 400.000 volúmenes, gracias a la labor de su
anterior Califa, el sabio Al-Hakam. En toda la cristiandad no había algo que se
le pareciera ni de lejos, si exceptuamos la cada vez más aislada Bizancio.
Estamos, pues, ante una sociedad culta
y desarrollada. De nuevo, ambos conceptos aparecen íntimamente ligados.
Partiendo de una buena base agrícola, junto a otros factores que ya conocemos
(su comercio, su cultura, etc.), los árabes alcanzan el máximo nivel de todas
las civilizaciones del momento.
Tertulia
—... y esta mañana, dando vueltas por
la ciudad, me lo he pasado en grande —dijo Musa a sus contertulios. La velada
acababa de comenzar.
Había invitado a cenar a varios de sus
amigos como siempre hacía a la vuelta de sus viajes. Hablar de los viejos
tiempos, cotillear sobre lo que se cocía en las altas esferas del califato
andalusí, narrar las peripecias del viaje, comentar las nuevas tendencias
literarias, ponerse al día de las novedades técnicas y culturales,...
constituían el menú de postres que prolongaría la reunión hasta altas horas de
la madrugada.
Musa no sabía qué era mejor, realizar
viajes llenos de aventuras, o ponerse a contarlos. La verdad era que aquellas
reuniones eran una auténtica delicia que ninguno de sus amigos, cultos,
poderosos, ricos e influyentes, querría perderse. Habría, por descontado, otras
en el futuro, siempre con Musa de anfitrión, y serían todas ellas muy
entretenidas, pero ninguna podría compararse con la primera después del
retorno: la alegría del reencuentro y la frescura de las noticias, elevaban el
ambiente de la velada a algo casi mágico.
—No puedo creer que hayas encontrado
algo interesante en nuestra provinciana ciudad —ironizó el cadí Yusuf—.
Con las maravillas que hay en Damasco, Bagdag, Alejandría y con la de cosas
fantásticas que siempre nos has contado, ¿cómo puedes haber encontrado «algo»
entretenido aquí?
El ataque dialéctico de Yusuf les hizo
gracia a todos.
—¡Ah bueno! —respondió de buen humor
Musa—. Hasta en un villorrio como éste es posible encontrar algo con que
entretenerse... Si se sabe buscar, claro. Lo que ya dudo es que tan ilustres
cordobeses como vosotros seáis capaces de disfrutar contemplando las cosas
sencillas de la vida.
—¿Quieres decir que te lo has pasado en
grande observando las vulgaridades de la vida? —contraatacó Abdala, un afamado
arquitecto—. Y lo que es peor, veo por tu expresión que piensas contárnoslo.
—No, lo peor —terció el poeta Abú
Yacub— es que como corteses huéspedes que somos, no tenemos otro remedio que
escucharte.
—Mi sentido de la hospitalidad
—contestó Musa—, jamás me permitiría infligir la más mínima aflicción a mis
invitados. Así que no os aburriré con las vivencias y pensamientos de un pobre
y viejo mercader.
Apenas se produjo un breve silencio.
Abenamar, médico y filósofo, aprovechó el resquicio para meter un poco más de
pulla.
—¡Esa sí que es buena! Lo de pobre se
hace más evidente a la vuelta de cada uno de tus viajes. Y lo de viejo, como
médico personal tuyo, puedo afirmar que tú, tan senil como evidentemente
demuestran tus palabras, acabarás enterrándonos a todos.
Las sonrisas se hicieron un poco más
amplias. Empezaban a sentirse a gusto. Las inevitables bromas eran parte del
ritual. En ello estaban, cuando otra persona hizo acto de presencia en la
estancia.
—Veo que os lo pasáis muy bien sin mí
—dijo Aixa al entrar. Copista de profesión, su pasión eran las tertulias
literarias, culturales o filosóficas. Era asistente regular a las más
importantes, donde se la recibía con gusto, pues se apreciaba su inteligencia y
preparación. No era la única mujer que participaba en aquel tipo de veladas. En
Córdoba eran varias las que estaban igual de preparadas, sino más, que los
hombres.
—Mi buena Aixa, ¡qué alegría verte!
—dijo Abdala—. Todo parece indicar que nuestro querido Musa se disponía a
contarnos una de las nimiedades de la vida...
—¡Bah! No les hagas caso —respondió el
anfitrión—. Merecerían que me callara.
Todos se pusieron a protestar
educadamente: «¡Oh! ¡Venga! ¡Vamos!...»
—Además —continuó—, creo que después de
pensar en ello, es una tontería. No merece la pena que perdamos el tiempo en
ello. Es mejor que os cuente otras cosas de mi viaje, muchísimo más
interesantes.
—De eso nada —dijo Yusuf, que no quería
ser el blanco de los ataques de los demás durante el resto de la velada por
haber impedido a Musa contar una de sus historias—, ya has conseguido intrigar
a todo el mundo y no vas a callarte...
—La verdad es que —resumió Musa con
intención de contar brevemente su vivencia matutina para así pasar a otro tema
más apasionante—, he estado media mañana recorriendo el zoco y los bazares,
especialmente la alcaicería. Lo único que he hecho ha sido
observar, desde un punto aséptico, cómo la gente compraba y vendía. Dudo que os
interese un asunto como éste. Es, simplemente, algo que me apasiona dada mi
profesión.
Musa vio en el rostro de los demás que
efectivamente el tema no les interesaba. Pero tampoco podía cortar en ese punto
la historia. Se creía en la obligación de justificar, al menos, el porqué había
sacado a relucir tan banal asunto.
—Si os he llamado la atención sobre
ello, ha sido porque un suceso en la propia alcaicería me ha
tenido reflexionando el resto de la mañana y ha hecho que me fijara, más si
cabe, en las compras y ventas que se estaban produciendo.
»Me gusta perderme en los zocos porque
uno siempre puede aprender algo, si es lo suficientemente humilde para
reconocer que otros pueden saber más que él. Y esta mañana no ha sido una
excepción. He visto un par de trucos nuevos.
»Sin embargo —Musa vio claramente en
sus amigos que esperaban que les contara los trucos, cosa que desde luego no
pensaba hacer—, el suceso del que os hablo no ha sido ninguno de esos dos.
»Un comerciante de sedas estaba
ofreciendo un paño, realmente hermoso, a un cliente. Soy experto en sedas, es
mi negocio, pero también lo soy en personas. Me bastó ver los ojos de ambos
para comprobar que la cosa estaba cantada. El cliente se moría de ganas por
comprar aquel paño y el comerciante, a pesar de su obsequiosa sonrisa, no me
ocultaba que iba a hacer presa sobre aquel incauto, desarmado y confiado
cliente.
»En efecto. Lo vi venir. Le pidió tres
dinares de oro, unas veinte veces más que su precio allá en Bagdag. Estas sedas
no son muy comunes todavía en esta parte del Islam, pero sí en Oriente, donde
están de moda últimamente. Por cierto, me he traído unas cuantas, y sin la más
mínima intención de hacer de vendedor, podría ofrecéroslas a un precio de
amigo. (Eso es falso doblemente: Musa no desaprovechaba nunca ninguna ocasión
de vender y lo «precio de amigo»... ¿para qué seguir? Les remito al capítulo
tercero de este libro.)
»Y claro, me preguntaréis, ¿qué tiene
de extraordinario todo eso que nos has contado? —O dicho de otro modo —completó
Abdala—, ¡tanta palabrería para esto! —Pues a eso voy. Ya había desistido de
contároslo. Pero vosotros mismos sois los que os habéis empeñado.
»El hecho es que el cliente aceptó, no
sin antes regatear, quedando el precio final en dos dinares de oro y seis
dirhams de plata. Desde entonces, una pregunta no cesa de rondarme por la
cabeza: ¿por qué pidió precisamente tres dinares?
»Y claro está, cuando intento
responderla, no puedo. Simplemente acuden a mi cabeza más y más preguntas.
¿Cuánto valía realmente ese paño? ¿En qué criterio se basaba el comerciante
para fijar ese precio? ¿Por qué...?
»En fin, preguntas que yo como
comerciante jamás me había hecho y lo que es más extraño, ignoro por qué no me
las he hecho hasta hoy. Para mí era una cuestión bastante clara. Aparentemente.
Se trata de sacar siempre el mejor precio, tanto comprando como vendiendo...
—Pues ahora que lo dices —comentó
Abenamar después que Musa suspendiera sus palabras. Todos estaban ensimismados
intentando encontrar las respuesta a las cuestiones del mercader—... Yo como
médico, desconozco los criterios que me llevan a fijar la minuta para con los
pacientes que trato. Quizás, lo único sea la costumbre de que tal tratamiento
vale tanto.
—Ni yo sé sobre la base de qué pauta
científica se establece lo que cobro por el diseño de un edificio —dijo
Abdala—, máxime cuando soy el más caro de entre los de mi profesión.
—Pues si a eso vamos, yo como cadí —dijo
Yusuf—, ignoro por qué mi salario es el que es, y porqué cuando se establece un
litigio, determino las cantidades en concepto de multas, indemnizaciones y
pagos. Salvo que así lo fije la ley, o la costumbre, lo único que me guía es
que la cantidad me parezca razonable. Pero incluso en el primer caso, ¿qué es
lo que guía a la ley a decir, en caso de que ocurra esto, páguese lo otro?
Abú Yacub, bastante falto de interés
por el rumbo de la reunión, no pudo menos que soltar en medio de una corta
risa:
—¡Ja! Pues ya me diréis cuánto vale una
de mis poesías.
—¡Vaya! —se apuntó Aixa—. Cuando cobro
por la copia de un libro, más o menos, el precio viene fijado por el tiempo que
vaya a costarme hacerlo. Pero eso no es del todo cierto. Si el libro ya lo he
leído, pido mucho más que si es nuevo para mí, con la esperanza de que no me lo
encarguen. Además, si me interesa mucho, pido un precio muy bajo, puesto que no
quiero perder la oportunidad de leerlo. Pero aun así, y para añadir más leña al
fuego, si tardo un par de meses en copiar un libro, ¿por qué no cobro lo mismo
que Abdala?, suponiendo, por supuesto, que éste tardara esos dos meses en
diseñar una casa.
—¡Bueno, bueno! —dijo Musa—, parece
que, después de todo, he abierto la caja de Pandora.
Estas misma preguntas, siglos después,
volverían a hacérselas los primeros economistas. Constituyen las cuestiones
básicas de la Teoría del Valor. Se estará de acuerdo conmigo que encontrar las
respuestas correctas a tales preguntas se hace indispensable a la hora de la
construcción de una correcta Teoría Económica.
Hasta ahora, sólo dar un aviso. Dada la
ignorancia de la Teoría Económica de nuestros contertulios, los términos
«Valor» y «Precio » los están empleando como sinónimos. Eso, desde un punto de
vista conceptual es bastante incorrecto.
«Valor», económicamente hablando, hace
referencia a algo intrínseco, inherente al artículo, invariable y que se mide
en unidades diversas. El «Precio», es externo, variable y se mide en dinero.
¿Queda claro? No, ¿verdad? Pues sigamos y no se preocupen demasiado si la cosa
empeora. Confíen, que al final se verá más claro.
La reunión había derivado a un punto
bastante infrecuente dentro de lo que son los temas comunes de discusión entre
los intelectuales y los círculos elitistas.
—Ya el mismísimo Aristóteles —dijo
sorprendentemente Abenamar—, se hacía preguntas como éstas. Parecía que no
acababa de entender cómo productos de una alta utilidad para la gente, como por
ejemplo, el pan, tenían precios bastante más bajos que otros de una utilidad
menor, como las joyas.
El que alguien cite a Aristóteles en
medio de una discusión intelectual, hace que se agudicen las mentes puesto que
nadie quiere demostrar que no está a «nivel». El reto, pues, estaba lanzado.
—La verdad es que Aristóteles no lo
tenía fácil —siguió Abenamar—. Si las cosas deben valorarse por su utilidad,
los médicos deberíamos ser los hombres más ricos del mundo ya que no hay cosa
más preciosa que la salud y la vida.
»De todos modos —continuó—, el griego
no estaba muy preocupado por este tema. Cuando hace referencia a este tipo de
asuntos, está más por la ética de la Economía que por lo otro...
—Veo que dominas a Aristóteles, pero no
nos vayamos por las ramas —cortó Abú Yacub—. Aunque poca poesía hay en lo que
discutimos, la verdad es que me ha picado la curiosidad.
—Por lo que decís —reflexionó Aixa—,
estamos hablando de dos cosas diferentes al parecer: la utilidad que nos
proporciona una cosa y su precio.
—Evidentemente —dijo Musa—. Y lo que se
trata es de ver qué relación existe entre ambas.
—¡Eh! Me niego a que llaméis «cosa» a
mis poesías.
Rieron de buena gana no bien hubo
acabado Abú Yacub de hacer patente su protesta. Pero así les quedó claro que no
sólo se trataba de hablar de «cosas» materiales.
—Reflexionemos —dijo Abdala, cuya mente
cartesiana no pudo resistir la tentación de desenredar aquella aparente
contradicción—. Por lo que parece, las «cosas», dicho sea entre comillas para
que Abú Yacub no me muerda, tienen un «Valor». Este valor, podemos decir que es
algo propio de la «cosa». En cambio, cuando la compramos o vendemos tiene un
precio, que no parece guardar relación con dicho «Valor».
»Además —continuó medio sonriendo —, no
conocemos qué es lo que determina que te pidan una exageración de dirhams, que
tu ofrezcas una cantidad ridículamente inferior y que al final se acuerde un
precio bastante diferente a lo que te propusieron y contrapropusiste.
—¡Muy bien! —exclamó Aixa—. Tenemos
tres cuestiones y desconocemos la respuesta a las tres.
—Quizás pueda serviros —dijo Musa—, que
os comente que, como cualquier comerciante sabe, cuanto más cantidad de un
artículo existe, menor es su precio, o mejor, menos se puede pedir, porque
menos van a estar dispuesto a ofrecerte por él.
—¡Ajá! —algo vio claro Yusuf—. Cuanto
más hay, menos valor tiene... Se inició un conato de abucheos contra el juez,
pues con lo que había dicho demostraba que no había entendido gran cosa.
»... ¡Eh! ¡Eh! No os pongáis nerviosos.
Ya sé que hemos distinguido entre el valor y el precio de un artículo. Lo que
iba a decir, si me hubierais dejado, es que cuanto más hay, menos valor
tiene... en la cabeza del comprador y del vendedor. O dicho de otro modo, menos
se aprecia...
—No —replicó Abenamar—. Te estás
liando. El «Valor» es algo intrínseco del producto, con independencia de que lo
apreciemos más o menos.
—Creo que estamos yendo por buen camino
—dijo Aixa—. Hay dos cosas que me vienen a la mente y quizá nos ayuden.
»La primera, es de una historia de «Las
mil y una noches». Le preguntaron a un emir cuánto estaría dispuesto a pagar
por un vaso de agua si estando en el desierto careciera de ella. La respuesta
del emir fue: «la mitad de mi reino». A continuación le preguntaron, cuánto
estaría, de nuevo, dispuesto a pagar a un médico, si ese agua quedara estancada
en su cuerpo y no pudiera volver a salir de una manera natural. Su respuesta
fue: «la otra mitad». La historia acaba con una moraleja sobre las respuestas
del emir, pero que no viene a cuento sobre lo que estamos discutiendo.
»La segunda, es una pregunta que os
hago a todos vosotros. ¿Cuánto pagaríais por uno de los libros que ya poseéis
y, se supone, habéis leído?
—¿Y bien? —la invitó Abdala a seguir.
—Pues que las cosas tienen, para una
misma persona, una utilidad diferente según qué circunstancias. ¡Elemental
querido Abdala!
Todos quedaron en silencio asimilando
una verdad tan evidente.
—Aun así —siguió Musa sus pensamientos
es voz alta—, no hemos acabado de determinar cuál es la relación entre
utilidad, «Valor» y precio.
—Pues yo creo que ya lo tengo claro
—dijo Abenamar—. Las cosas tienen un valor, y además éste es fijo e inmutable.
Aunque aún no hemos llegado a aclararnos cómo calcularlo. Otra cosa diferente
es que, según personas y circunstancias, esa cosa tenga una mayor o menor
utilidad, real o imaginaria. Y esa utilidad real o imaginaria, será mayor o
menor cuanta menor o mayor sea la cantidad disponible de ella.
—No he entendido nada de lo que has
dicho —dijo Abú Yacub— . Me lo repitas.
—¡Sí hombre! —se metió por medio
Yusuf—. ¡A ver si te lo explico con un ejemplo! Si estás muy hambriento y te
ofrecen la única manzana que queda de comida, podrías llegar a pagar por ella
un precio muy alto, porque muy alta sería la satisfacción que esa fruta te
proporcionaría.
»Pero aún sigues hambriento, y por
casualidad aparece una segunda manzana. Tu barriga sigue reclamando alimento,
aunque no con la misma furia que hace un momento. Si bien sigues dispuesto a
pagarla cara, te lo pensarás dos veces antes de decidirte a dar lo mismo que
antes, porque esa segunda manzana ya no te va a proporcionar la misma
satisfacción que la primera. Ya no la aprecias tanto. Así que la compras a un
precio más bajo, ya que te has puesto cabezón y el vendedor se da cuenta que no
va a poder sacarte lo mismo que antes.
»El hambre, menguada aunque no lo
suficiente, sigue reclamando. El granuja del vendedor saca una tercera manzana.
El precio, por supuesto será más bajo, porque la satisfacción que te
proporcionará esa tercera, será menor. Y así sucesivamente.»
—Con lo cual —dijo Abú Yacub para
demostrar que sí que lo había entendido—, si el vendedor hubiera mostrado todas
las manzanas a la vez, el comprador habría hecho una ponderación mental del
lote, y no una a una.
»Si hay abundancia de manzanas —siguió—
apenas les doy importancia, en cambio si no hay casi, las sobrevaloro. ¿Os dais
cuenta que siendo una manzana siempre una manzana, la voy a apreciar de una
manera diferente según circunstancias?
»Por lo que —concluyó el poeta, cuyas
musas le inspiraban aquella noche ideas muy diferentes a la poesía—, el
precio por unidad que estará dispuesto a pagar, dependerá de la utilidad que le
proporcione la última manzana que piense comprar.
—En resumen —siguió Aixa—, cuantas más
manzanas compres y te comas más satisfecho te vas a quedar en total, eso es
innegable, pero menos vas a valorar cada una ellas. Y como menos las valoras,
menos querrás pagar...
—Por tanto —remató Abú Yacub—, cuando
existe una cantidad determinada de manzanas a la venta, acaba resultando que el
precio lo determina la satisfacción que ofrece esa dichosa última unidad.
En realidad habían ido mucho más lejos
al resumir con esas frases la solución a la paradoja de la utilidad. A esta
conclusión, en verdad, se llegaría unos mil años después:
Se trata de la teoría de la Utilidad
Marginal Decreciente. Con el ejemplo de las manzanas fue como me la enseñaron
en la Facultad. Y con ese ejemplo, la entendí. Nada descubro hasta el momento,
de no ser el hecho que, con este planteamiento, damos cerrojazo a unos
doscientos años de darnos tortazos contra un muro para llegar a establecer una
teoría sobre el precio de las cosas, aunque no de su «Valor».
En ella lo que se establece es que,
para un individuo en particular, se equipara la utilidad de un producto con el
precio que está dispuesto a pagar por él. (Para ser purista debería haber
escrito utilidad marginal en la frase anterior, pero así como la he dejado
queda más clara).
Es así de simple y sencillo, pues, pago
según considero que va a serme de utilidad. Y la utilidad es muy subjetiva y
caprichosa:
Comprar productos exóticos, por
escasos, nos proporciona una gran satisfacción. Cuando dejan de ser raros,
«pues como que» dejan de llamarnos la atención. Si recuerdan, hace algunos
años, se introdujo en España el Kiwi, fruta importada de las antípodas. Fue un
éxito y alcanzó precios muy elevados. No era un postre para diario, por ello en
las pocas ocasiones en que aparecía en la mesa, constituía un motivo de fiesta.
Al cabo de unos años, se cultivó en nuestro país. Era posible, pues, tomarlo
con más frecuencia. ¿Lo seguimos apreciando igual, o más bien se ha convertido
en algo común? ¿Nos proporciona la misma ilusión, o más bien una cierta
indiferencia?
La teoría de la Utilidad Marginal,
pues, es algo ante lo cual cabe realmente quitarse el sombrero, pues es de lo
mejorcito y de ella emanan modernos planteamientos sobre la Oferta y la
Demanda, en los que no entraremos, pues son de manual. Expresada, de esta
manera, mi más profunda admiración por esta teoría, debo decir que, no
obstante, alguno de los aspectos de la misma no acaban de «encajar».
—No estoy de acuerdo con vosotros —dijo
Musa, una vez que todos alabaran la incidental aportación de Abú Yacub. Con la
cabeza algo baja, y el semblante pensativo, siguió un rato en silencio.
Yusuf creyó haber entendido la razón de
la disconformidad del mercader, por eso le dijo:
—Se ve a las claras que esta idea que
entre todos hemos ido sacando, tiene un problema de orden práctico. ¿Cómo nos
ponemos a medir la utilidad de esa última manzana para todos y cada uno de los
hombres que vayan a comprarla?
—No, no se trata de eso lo que me
preocupa, sino que hay algo que hemos pasado por alto. Y que conste que lo que
decís es bastante cierto. El problema está en otro lado y no caigo en cuál.
Ahora fue el turno de todos de no
comprender nada.
—¿En qué quedamos? ¿Estás de acuerdo
con nosotros o no lo estás? —le preguntaron.
—Las dos cosas.
—La más elemental de las leyes de la
lógica nos dice que una cosa no puede ser ella misma y su contraria. Así que te
rogamos que te expliques —pidió Abenamar.
—No intento burlarme de vosotros
—respondió Musa—. Pero es que todo lo que hemos dicho no cesa de darme vueltas
en la cabeza; es como si quedase un cabo suelto y eso impidiese que las ideas
se asentasen de una maldita vez.
»Vayamos por partes. No me preocupa que
nuestro planteamiento sea difícil de poner en práctica. Esa no es una razón que
invalide nuestra teoría. Las cosas son lo que son, independientemente de la
facilidad, simplicidad y capacidad de los instrumentos materiales e
intelectuales que dispongamos para comprenderlas, desarrollarlas o hacerlas.
»No, lo que no me cuadra son dos tipos
de cosas que habéis comentado. La primera, es eso de que, ante una cantidad
dada de producto, el precio se determina en función de la satisfacción que
produce la última unidad comprada.
»La segunda, es que seguimos sin
determinar el «Valor» fijo e inmutable de la cosa.
»Todos conocemos que, para determinados
productos, los dirigentes establecen precios políticos, pues así lo consideran
oportuno para el buen gobierno del Estado. Algo similar podríamos decir de los
gremios, que fijan «arbitrariamente» un precio para sus productos y servicios.
Este caso es el que me hace decir que ni estoy de acuerdo ni en desacuerdo con
vosotros.
—¡Claro! —se le hizo la luz Aixa—.
Según lo que hemos dicho, las personas están dispuestas a comprar una
determinada cantidad de manzanas hasta que la última les proporcione una
satisfacción que deberá ser, por lo menos igual, a la del dinero que deben entregar
por ella.
»Y esto significa —continuó Aixa—, que
el vendedor deberá subir o bajar su precio a un nivel en el que pueda vender
todas sus manzanas.
»Pero cuando se establece un precio
«político» o «fijado», ya no es la satisfacción del cliente junto a la cantidad
existente la que determina el precio, sino que es al revés, será dicho precio
el que determine cuanta cantidad estaremos dispuestos a comprar en función de
la satisfacción que vayamos a obtener por la última unidad —concluyó Musa que
acababa de caer en la cuenta de aquello que no le encajaba.
—Me he perdido —dijo Abdala, que
mientras hablaba Aixa, había dejado que su mente divagara con peras, naranjas y
manzanas—. ¿Puedes repetirlo?
—Mejor lo verás con un ejemplo
—intervino Musa.
»Imaginemos que ni gobernantes ni
gremios intervienen y se deja actuar libremente al mercado. Pues bien,
supongamos que en un determinado momento, hay, digamos, mil manzanas a la
venta, y como consecuencia de ello se establece un precio de un dirham por unidad.
»A este precio, para una cantidad
determinada, en ese momento y en ese lugar —repitamos una vez más—, la
satisfacción que proporciona la última unidad comprada por cada cliente se
equipara a la utilidad del dinero que está dispuesto a pagar por ellas.
»Pero, por descontado que no todos
pagarán una cifra idéntica, ni comprarán la misma cantidad de manzanas, ni
regatearán con la misma intensidad, ni les gustarán lo mismo... Pero al final
del día, podremos decir que se ha producido un precio promedio.
»Ahora bien, supongamos que el gremio
ha decidido que el precio por manzana sea de dos dirhams. En ese caso, no sólo
es que no lleguen a venderse las mil unidades, puesto que muchos pensarán: a un
dirham, a mí me convenía comprar seis manzanas, pero a dos dirhams, con cuatro
me planto, ya que así se equipara de mi dinero con la satisfacción que me
producen. (Si hacen la multiplicación, comprobarán que no les cuadra, pero es
que la utilidad es subjetiva, no aritmética)
—¿Realmente pensáis que alguien actúa
de ese modo cuando va de compras? —preguntó Abú Yacub.
—Conscientemente, no, desde luego
—respondió Musa—. Pero en el fondo de nuestra mente, actuamos de un modo no muy
diferente.
»Veamos el caso contrario. En él, lo
que se producirá será la situación inversa: si el Gobierno baja el precio de
las manzanas a medio dirham, se comprarán más manzanas, pues por la misma
cantidad de dinero, o incluso menos, vamos a obtener una mayor satisfacción. Si
antes a un dirham por manzana comprábamos seis, ahora a medio, podremos
comprar, digamos ocho, y por ellas tan sólo tendremos que pagar cuatro dirhams.
»Por tanto, cuando se fija «desde
arriba» el precio de un artículo, nuestra teoría de la utilidad menguante,
curiosamente, seguirá funcionando, aunque a la inversa de lo que decíamos, ya
que lo que ocurrirá es que, dado un precio, compraremos una cantidad u otra en
función de nuestra percepción de su utilidad.
»Incluso esta excepción tendría su
propia excepción. Y es que hay productos que se pongan al precio que se pongan,
dentro de unos límites, todo sea dicho, la gente los compra en la misma
cantidad, o casi, ya que no tienen otro remedio que hacerlo. Si doblamos el
precio del pan, el consumo del mismo apenas bajará a menos que se encuentre
otra cosa con el que substituirlo. (Nota: he puesto la palabra pan por lo que
significaba en aquel periodo. Es lo que ocurre hoy con la gasolina, que por
mucho que suba de precio, su consumo se resiste a bajar. Cuando ocurre esto,
decimos que el producto tiene una demanda inelástica con
respecto al precio. Si quisiéramos liarla más podríamos hablar de productos
cuya demanda sube cuando sube su precio, especialmente cuando se confía que
siga subiendo en un futuro. Me estoy refiriendo a los productos con los que se
puede «especular», cuyo ejemplo más representativo serían las acciones. También
podríamos citar que en algunos casos, el oro, la plata, los diamantes, los
terrenos, los inmuebles, etc., pueden comportarse de esta especial manera).
Quedaron unos momentos silenciosos,
asimilando la nueva vertiente que acababan de descubrir sobre «su» teoría.
–Nos queda la segunda causa de mi
disconformidad —dijo Musa cuando creyó oportuno romper con la línea de
pensamientos en la que los había enfrascado durante el último rato—. Aunque
después de lo que hemos estado diciendo ya no sé si estaba de acuerdo, en
desacuerdo o ni lo uno ni lo otro.
»Y es que con nuestro planteamiento
—siguió después de observar sus sonrisas—, no acertamos a definir algo que
antes nos ha comentado Abdala: el «Valor» cierto, fijo e inalterable de una
cosa.
—Es que —expuso Abú Yacub—, si fuerais
poetas en vez de hombres prácticos podríais entender mucho mejor el alma de
vuestros semejantes y lo que las cosas son, pero sobre todo, lo que representan
para ellos.
»Las cosas no tienen ningún valor por
sí mismas, ni tan siquiera se les puede atribuir una «tasación» universal con
la que todos estemos de acuerdo.
»Las cosas, entre ellas mis poesías,
tienen un «Valor» en función del hombre, no por ellas mismas. Tus sedas, Musa,
no valdrían nada si no hubiera hombres sobre la Tierra. Ni los libros, ni las
casas, ni mi poesía...
»Y si es el hombre la medida de las
cosas, permítase esta licencia poética, esta medida no puede por menos que ser
diferente. Que en un determinado tiempo y lugar, una comunidad de hombres
asigne un precio más o menos fijo a las cosas, no debe hacernos pensar que las
cosas «valen» algo por sí mismas, y ni mucho menos, que ese precio pueda ser
considerado como algo universal.
»Tú, Musa, como mercader nos has dicho
que viste el «Valor» de un paño de seda en los ojos de un cliente y cómo el
vendedor lo «leyó» en ellos. ¿Acaso crees que lo que había en esos ojos se
puede llegar a interpretar mediante algoritmos? ¿Por qué crees que ni
Aristóteles ni nadie ha conseguido esclarecer el misterio?
—Yo, Musa, mercader y amigo vuestro,
declaro que esta es la primera vez en mi vida, y la última, que voy a pensar en
este asunto. La verdad es que me lo he pasado francamente bien, aunque no
parece que hayamos llegado a ninguna parte...
—Ves Musa, cómo sí que hay algo
interesante en nuestra provinciana ciudad —se desdijo Yusuf—. Y antes al
contrario, yo que también me lo he pasado francamente bien, creo que sí que
hemos llegado a alguna parte...
—Bien, bien —cortó Aixa—, creo que
antes de volver a ponernos a discutir sobre lo mismo, me gustaría que nuestro
anfitrión nos contara las nuevas sobre Bagdag. ¿Es cierto que en palacio...?
Musa faltó a su palabra. Antes de su
próximo viaje volvieron a enzarzarse varias veces con el mismo asunto.
Es más que probable que reuniones sobre
esta cuestión tuvieran lugar en cualquier momento de la Historia. El mismísimo
Aristóteles ya se hacía preguntas sobre esta paradoja. Pero no será, en
realidad, hasta los relativamente recientes años en los que la Economía empieza
a tratarse como una Ciencia, que el misterio de la Teoría del Valor alcance a
verse elevado a la categoría de «materia económica a resolver científicamente».
No es casual que ése fuese uno de los
primeros temas al que intentaran dar explicación. Ni tampoco lo es, que hasta
hoy en día no haya estado claro.
Recuerdo que en mis tiempos de
estudiante, este asunto llegó a fascinarme, gracias a mi profesor, Ernest
Lluch, que tuvo la habilidad de sembrar en nosotros «la funesta manía de
pensar». Lamento profundamente su asesinato a manos de terroristas etarras. Su
amor por la verdad, calidez humana, actitud dialogante, principios democráticos
y honradez personal, de nada le sirvieron ante la barbarie. Si tan solo sus
asesinos hubieran asistido a unas pocas de sus clases, habrían sido incapaces
siquiera de tocarlo.
De él tengo grabado en mi mente que un
día en clase citó que dos economistas clásicos, y siento mucho no recordar sus
nombres, que eran buenos amigos pero que tenían profundas discrepancias
teóricas, llegado un momento en el que la discusión se hizo especialmente
tensa, uno le dijo al otro: «No estoy de acuerdo en absoluto con lo que Ud.
dice, pero defenderé con mi vida el derecho que tiene Ud. a decirlo». Ernest
Lluch, suscribía ese pensamiento como propio.
Recuerdo, asimismo, que el desencanto
que me produjo llegar a saber que aún no se le había dado solución, me llevó a
mirar con una cierta suspicacia y desconfianza algunos de los planteamientos
teóricos de esta, sigo opinando, apasionante Ciencia.
Confío que de mis palabras no se
infiera que pretendo situarme por encima de los conocimientos actuales de esta
Disciplina. Sería ridículo. De hecho no estaría aquí escribiendo todo esto, si
otros no se hubieran quemado el cerebro intentando dar soluciones.
Es el momento de expresar mi admiración
por Piero Sraffa. Consiguió hacer que «disfrutara», durante todo un curso,
debanándome los sesos, con un «librito» suyo, de sólo 120 páginas, llamado
«Producción de mercancías por medio de mercancías». Recuerdo haber escrito de
él, en el examen, que nuestro buen hombre había estado intentando descubrir la
«piedra filosofal» de la Teoría del Valor. Hoy en día sé que no pudo
encontrarla. Se pasó sesenta años para escribirlo (un compañero mío dijo que
eso era totalmente falso, que sólo empleó dos años en escribirlo, y que los
otros cincuenta y ocho, los dedicó a resumirlo). No voy a citarlo en mi
relación bibliográfica, pues me siento incapaz, hoy por hoy, de volver a
releerlo, estudiarlo y analizarlo. Si lo comento aquí es porque, fue la otra
persona que me sirvió de acicate para que continuara volviendo una y otra vez a
pensar en la «Teoría del Valor».
El fallo de las soluciones planteadas
al problema del «Valor», exceptuando la Teoría de la Utilidad Marginal, que
además no se centra en él sino en el precio, estaba, como creo haber demostrado
a lo largo de la tertulia de Musa, en ser demasiado cartesianos, en pensar
demasiado en la «cosa» y demasiado poco en el hombre.
Es como si la cuadriculada mente
occidental no pudiera admitir la incoherencia existente entre «Valor» y precio.
Las cosas, según esa forma de pensar, deben tener un orden, una medida fija y
universal: metros, kilos, litros, color, sabor, etc. y «Valor». Quizá una mente
más oriental pudiera encontrar una solución diferente a este enigma. Los
occidentales andamos preocupadísimos por el precio «real» de las cosas. Apenas
permitimos el regateo en nuestras transacciones cotidianas. El cliente compra o
no compra, en función del precio (y de otras variables) y punto. En cambio en
Oriente, o en otro tipo de sociedades no occidentales, el regateo se impone,
tal vez porque ellos mismos tienen claro que el precio no es más que un acuerdo
entre el comprador y vendedor expresado en dinero (que recordemos, tampoco
sabemos muy bien lo que vale). Cada uno tratará de obtener el mejor provecho de
la operación, y en ese momento lo que actuará será la «Ley de la Utilidad
Marginal Decreciente».
Por ese motivo he creído conveniente
situar tan irreal discusión en una tertulia árabe. Ellos amaban la Ciencia y
los desafíos intelectuales, pero también tenían una mentalidad oriental. Podría
haber sido una mezcla explosiva que, por qué no, hubiera permitido dar solución
a tan complicado asunto.
Despedida
Musa había vuelto a emprender un nuevo
viaje. No aguardó ni cuatro meses de inactividad. El rabo de lagartija que
llevaba en el cuerpo lo había impelido hacia más aventuras.
Dos noches atrás había celebrado una
cena de despedida con sus amigos. Inevitablemente el tema del precio de las
«cosas» había salido a colación.
En un momento de la velada, el propio
Musa había planteado una nueva objeción a lo que ellos llamaban utilidad
menguante (y que nosotros mucho más precisos, llamamos Utilidad Marginal
Decreciente. Lo de «marginal» es un adjetivo que colocamos los economistas para
indicar que es precisamente lo que «está en el margen», lo que determina el
precio).
—Imaginemos que durante un periodo,
existe, aproximadamente, la misma cantidad de bienes. Si nuestra proposición
sobre la utilidad menguante fuera completamente válida, los precios serían, más
o menos, estables.
—Más bien —terció Aixa—, lo que se
deduciría de nuestra teoría sería lo contrario, que con el curso de los años,
los productos tendrían que bajar puesto que producen cada vez menos gozo.
»Habría una excepción, claro, y es que
de repente la cantidad disponible del producto bajara dramáticamente o que se
produjera un cambio en la moda, o en los gustos, y aumentara nuestra
apreciación de éste; vamos, que nos pusiéramos a pedirlo como locos.
—Gran verdad hay en lo que en primer
lugar decías —aduló Abú Yacub utilizando su particular retórica—. A todos nos
pasa. Recuerdo que me hizo una gran ilusión comprar mi primer caballo. El
siguiente, menos. Y ahora, el último, apenas...
—Sí, y nos pasa con todas las cosas, o
casi —siguió Musa—. Y lo más seguro es que tuvieras que pagar más por ese
caballo que por el primero.
—Pues así ha sido, y en cambio, aquél
fue mejor que éste.
—Entonces, esto da al traste con
nuestra teoría —dijo Abenamar.
—No del todo, no del todo —respondió
Musa parodiando la retórica de Abu Yacub—. Hay mucha verdad en nuestro
planteamiento. Sólo que no toda. Hay otros componentes.
»Pensemos en lo que en realidad son los
precios. Según lo que hemos dicho, son el resultado de una negociación en la
que intervienen por un lado los factores «psicológicos» que hemos comentado,
pero además están, por el otro, la habilidad de cada una de las partes y la
fuerza que puedan llegar a tener.
»Si, como es evidente, los precios son
cada vez más elevados, eso quiere decir que, transacción a transacción, la
fuerza y habilidad de una parte se imponen a las de la otra.
—Y ya sabemos qué parte de las dos es
la que se va llevando el gato al agua. ¿No, Musa? —apuntilló Aixa.
Musa, aguantando el golpe, reflexionó
por unos instantes y se dispuso a responder...
Evidentemente, Musa, jamás empleó las
palabras «factores psicológicos», sino una expresión equivalente. Importa poco.
Una cosa es cierta: desde que el mundo
es mundo, los precios de las cosas, en general, han seguido una tendencia
creciente. ¡Ojo!, no en términos reales, sino monetarios. (Como los economistas
necesitábamos comparar los precios de las cosas en dos momentos diferentes,
tuvimos que inventarnos el concepto de precios constantes. Es
simplemente, quitarles los efectos de la inflación. Si nuestra manzana costaba
un dirham un año, y un dirham y medio diez años más tarde, pero el coste de la
vida — precios y salarios—, había subido un cincuenta por ciento durante ese
mismo periodo, podríamos decir que a precios constantes la
manzana seguía valiendo lo mismo, ya que ésta había subido lo mismo que el
coste de la vida.)
Pero volviendo a la cuestión anterior,
¿por qué suben los precios?
Creo que Musa nos lo ha explicado con
su última deducción. Con ella obtenemos otra causa por lo que la teoría de la
Utilidad Marginal Decreciente no acaba de explicarnos completamente la
realidad. Si lo hiciera al cien por cien, los precios serían estables, pues
tenderían al equilibrio (siempre y cuando no se produjeran los supuestos que
mencionaba Aixa: una cantidad disponible distinta o un cambio en los gustos).
Por supuesto sufrirían alteraciones
ocasionales o estacionales hacia arriba y hacia abajo, pero a largo plazo,
estas variaciones se compensarían. Más aún, dada la productividad creciente
actual, deberían tender a bajar. En cambio la verdad se muestra de manera muy
diferente: la inflación es una constante dentro de nuestra realidad económica.
Lo cual sólo se explica de un modo:
cada una de las partes intenta sacar la mayor tajada posible. Y en esa pugna
hay un ganador a los puntos..., al menos en apariencia.
Mi opinión acerca de las causas de la
inflación no se centra exclusivamente en el simple monetarismo, como en
capítulos anteriores pudiera haber parecido. El monetarismo es una teoría que
explica que cuando hay exceso de moneda —como cuando el Banco Emisor de un país
se dedica a fabricar billetes a troche y moche— se produce una inflación de
precios. Lo cual es cierto. Totalmente. A lo largo de la Historia, gobernantes
asfixiados por su incapacidad de hacer frente a los gastos producidos por sus
sueños megalómanos, o simplemente por su inutilidad para administrar
decentemente, se han dedicado a «quebrar» y desvalorizar la moneda.
(En un determinado momento, sirva de
ejemplo, las autoridades romanas, decidieron falsificar una de cada ocho
monedas, haciéndola de metal en vez de plata.)
Pero lo que ya no es cierto, es que el
exceso de dinero sea la causa única de la inflación. Sino que es más bien una
consecuencia de esa lucha, de ese regateo, que antes mencionábamos. Si la
expresión «mayor tajada», la cambiamos por excedente podremos
decir que la inflación es el resultado de la lucha por la apropiación
del excedente.
El que haya más dinero en circulación,
hará posible que suban los precios, pero no será la causa de su subida. La
causa estará en las peticiones de mayores precios por parte de los vendedores
(la Oferta). No confundamos las causas de un hecho, con las condiciones
necesarias para que éste se produzca.
Si admitimos este planteamiento, y
sobre todo el hecho de que hay un «ganador» que consigue precios más altos de
una manera progresiva, llegamos a otra conclusión. Se ha venido diciendo,
también, que la inflación la causa el exceso de Demanda. Esto choca de frente
con lo que estamos afirmando. La Demanda no provoca la inflación, salvo puntual
y aisladamente. Es la posición de dominio de la otra parte, la Oferta, la que
la ocasiona. Por tanto, se comprenderá que discrepe abiertamente de la Política
Económica tendente a reducir la subida de precios mediante actuaciones
restrictivas al consumo. ¿No les parece algo maquiavélico dedicarse a hacer la
vida imposible a los compradores para que así los vendedores no suban los
precios? Y además de maquiavélico, no es muy coherente.
Habíamos dejado la reunión el momento
que Aixa decía: «Y ya sabemos qué parte es la que se va llevando el gato al
agua. ¿No, Musa?»
—Casi te diría que tienes razón, Aixa
—respondió Musa—. Pero lo que ocurre es que yo veo que nuestra gente tiene cada
día más cosas. Es más rica. Aunque las cosas le cuesten más monedas que antes,
no por eso compran menos productos. ¡Claro!, porque también ellos tienen más
monedas.
—¡Oh no, por favor no! —exclamó Yusuf—.
En cuanto parece que tenemos algo claro, a alguien se le ocurre otra cosa para
amargarnos la existencia. ¿Os dais cuenta de lo que supone la última afirmación
de Musa?
»Si hay más monedas, la utilidad de la
última de ellas será menor que si hubiera menos. Por lo que nuestra teoría
inicial, sí que se cumple, ya que al tener más dinero lo apreciamos menos y por
tanto estamos dispuestos a pagar más por las cosas...
—Con lo que —intervino Musa ansioso de
quitarse la espina que Aixa había clavado sobre los de su profesión—, no queda
claro quién es el que acaba ganando, puesto que aunque la gente acabe pagando
más, también compra más, porque tiene más.
¿Se dan cuenta del berenjenal en el que
nos hemos metido?
Si recordamos el tercer capítulo en el
que hablábamos sobre el Comercio y todo lo que hemos dicho en éste, más de uno
llegará a pensar que no hago otra cosa que contradecirme. ¿No decíamos que el
vendedor siempre tiene la sartén por el mango? ¿No es él, quien por su
preparación se lleva la mejor tajada?
En efecto así es para la mayoría de las
transacciones. De hecho no podemos decir que al Comercio las cosas le hayan ido
mal a lo largo de su dilatada carrera. Ni mucho menos. Pero es que también, una
sociedad al ir evolucionando, se ha ido haciendo más rica, capaz de producir e
intercambiar más cosas, a precios progresivamente más altos. Aunque sólo
aparentemente, porque a precios constantes los artículos no
suelen ser más caros. Más bien es al contrario. En una sociedad poco rica, la
mayor parte del presupuesto familiar se dedica a la alimentación. Cuando va
desarrollándose una comunidad, los precios de la comida suben y mucho, pero sin
embargo, la proporción de dicho presupuesto familiar que se dedica a servir la
mesa es sensiblemente más bajo.
Expliquémoslo con monedas. En un
momento dado, nuestra familia ganaba 100 doblones al mes y dedicaba 75 a
comida, pues éramos muy pobres en un país muy pobre. Pero veinticinco años más
tarde, las cosas habían mejorado mucho. Ahora ganamos 1000 doblones, y nos
gastamos 450 en alimentos.
Analizar estas cantidades nos puede
llevar a conclusiones erróneas. Tan falso es pensar que ahora la comida es más
cara, como creer que los vendedores de alimentos son los que han salido
perjudicados.
Parece, pues, que nos encontramos ante
una cierta contradicción. Pero no nos preocupemos, ya que es sólo aparente. Lo
que puede provocarnos esta confusión es el hecho de que estemos acostumbrados a
pensar en términos de que unos ganan y otros pierden. Y esto no es así. Cuando
una sociedad evoluciona económicamente, todos ganan. Hay que
pensar en términos del «pastel» y de su tamaño creciente.
La inflación actúa como un velo que
dificulta hacernos una clara idea de cuánto iba antes a cada una de las partes
(no sólo compradores y vendedores) y cuánto va ahora.
Sigamos suponiendo cosas. En esos 25
años, no es descabellado pensar que la sociedad ha duplicado su nivel de
producción.
Nuestra familia podía adquirir antes
con esos 100 doblones, digamos, 400 porciones de excedente. Ahora con los 1000,
puede conseguir 800.
Por tanto, en nuestro ejemplo, al
principio, comprábamos 300 porciones de comida (=400 x 75 100) . Ahora son 360
(=800 x 450 1000 ).
En realidad ocurre así. A medida que
somos más ricos, comemos mejor. Y al ser éste un fenómeno generalizado, tanto
vendedores como compradores ganan pues hay más necesidades satisfechas.
Si con lo dicho he conseguido
explicarme, es el momento de seguir. Pues bien, en este contexto, ¿importa
mucho que los precios sean cada vez más altos? ¿Tiene mucho sentido la obsesión
por combatir la inflación al precio que sea?
Particularmente, no he considerado la
inflación como ese algo demoníaco que economistas y gobernantes se han empeñado
en combatir. Evidentemente es un problema, eso no lo niego, y si la inflación
es muy gorda el problema es muy gordo. Pero dentro de ciertos límites, pienso
que hacemos más mal que bien cuando la combatimos. Es como si quisiéramos matar
moscas a cañonazos, máxime cuando apuntamos el cañón hacia las moscas
consumidoras en vez de aplicar un inteligente insecticida sobre las moscas que
realmente la provocan. (Les recuerdo que, en mi opinión, la inflación provocada
por la Demanda sólo se produce puntual y esporádicamente.)
Cuando se realiza un planteamiento
herético como éste, se corre el riesgo de ser rechazado de un modo fulminante.
Pero, rogaría que nos desprendiéramos de los estereotipos al uso y que
pensáramos en los términos que venimos apuntando a lo largo del presente
capítulo.
Nuestra primera reacción puede ser
pensar: «¿Cómo es posible que no considere a la inflación como un problema
grave de nuestro sistema económico?».
La respuesta, a la gallega, es simple:
«¿Ud. qué prefiere, que hablemos de cuántas porciones de pastel le van a
corresponder, o que hablemos de cuántos doblones de más va a tener que pagar
por el mismo trozo de pastel que antes?» (Suponiendo, claro está, que la
inflación no pase de unos límites razonables.)
Llegados a este punto, podríamos
preguntarnos cuál es la forma de actuar de los que poseen la fuerza en el
mercado. Para explicarla, pensemos que sólo es una de las partes es
profesional: la que conoce el producto y la idiosincrasia de sus clientes. Ya no
se trata exclusivamente de una experiencia de 4.000 años (?), sino que se están
empezando a conocer y a desarrollar modernas técnicas de Psicología aplicada.
¿Recuerdan?
Lo primero que sabe el vendedor es que
el cliente ignora el «precio justo» de la mayoría de los productos (sólo conoce
unos pocos; de los demás simplemente tiene una idea aproximada, e incluso de
muchos otros, bastante equivocada).
Otro aspecto, es que muchos artículos
no son exactamente iguales entre sí, lo que dificulta realizar comparaciones
(no existen dos trozos de carne iguales, ni dos manzanas, ni son iguales dos
modelos similares de coche de fabricantes diferentes, ni dos pisos con los
mismos metros cuadrados ...)
Quien sí que conoce el precio de
mercado es el que ofrece el producto. Es su negocio y lo vive.
Realiza contactos con unos y otros, sabe esto y lo otro, se pone al día...
Bien pues, supongamos que los precios
de una determinada gama de productos llevan más o menos estables durante un
tiempo. Llegará un momento en el que la Oferta, cuando vea una oportunidad,
intentará conseguir algo más, simplemente pidiéndolo. Le podrá salir mal (como
en raras ocasiones ha ocurrido), así que no tendrá más remedio que plegar velas
y volver a la situación anterior, quedando a la espera de una nueva
oportunidad. Pero lo normal es que acierte.
Si el precio del producto es conocido,
y la subida no es exagerada, el tema se saldará con algunas cuantas protestas,
pero se le acabará aceptando el nuevo precio. (Por ejemplo, una barra de pan
que costaba 25 céntimos de maravedí, ahora se piden 27.)
En cambio, si el precio no se conoce
muy bien, el cliente, suele asesorarse o investigar por su cuenta. Luego
comprará o no, en función de que dicho precio le parezca «adecuado». (Sea el
caso de pedir por un piso 121.000 maravedíes ó 122.500).
En ambos casos, la Ley de la Utilidad
Marginal Decreciente no acaba de funcionar de un modo muy «fino» y ajustado al
milímetro. No tiene porqué hacerlo: la percepción de utilidad es subjetiva, y
la mente del comprador difícilmente percibe una diferencia significativa para
esos 2 céntimos o para esos 1.500 maravedíes. Y eso el vendedor (la Oferta, en
general), lo sabe. Esperará más o menos, pero al final verá su oportunidad, y
la aprovechará.
Así pues, los compradores irán
aceptando, poco a poco, esos nuevos precios como «normales». Al vendedor (la
Oferta), salvo necesidad imperiosa, no se le pasará por la mente bajar sus
precios a los niveles anteriores. Por consiguiente, una vez «aceptados », los
precios ya no bajarán más que en contadas ocasiones. (Esta verdad universal
tiene una excepción en los productos estacionales o de campaña. Sin embargo
pese a que oscilan, a largo plazo, mantienen una tendencia creciente.)
No existe, por contra, un mecanismo
permanente que contrarreste la posición de fuerza de los que imponen los
precios (a veces el Gobierno en algunos países para algunos productos de
primera necesidad, pero acaban siendo ineficaces). Y al no existir, los precios
suben, y se estabilizan en un nivel superior, que en un futuro volverá a ser
rebasado.
Si admitimos que el consumidor no
aprecia como significativos pequeños cambios en el precio, esto implica que
podríamos decir que todo producto es inelástico dentro de
ciertos límites: nadie deja de comprar un pan por 2 céntimos más.
Al ser los artículos inelásticos para
intervalos pequeños de precio y al «aceptar» el consumidor al cabo de un
tiempo, su nuevo nivel, lo que se produce, de hecho, es un desplazamiento: el
límite máximo que de lo que estaríamos dispuestos a pagar se ha convertido en
su nivel normal. En un futuro volverá a mostrar nuevas inelasticidades y por
tanto facultará nuevas subidas.
En los gráficos que vienen a
continuación se muestra lo anterior de un modo sencillo. La Demanda «oficial»
de los economistas ortodoxos se representa a la izquierda. A la derecha se
muestra mi particular visión de la misma.
La curva clásica de Demanda, izquierda,
nos muestra que para un precio determinado (6 reales de vellón) los clientes
van a pedir una cantidad concreta (200 poesías). En cambio, a 3 reales, las
poesías que demandarán serán 500. Por tanto la cantidad es inversamente
proporcional al precio; a medida que este último suba o baje, la Demanda le
llevará la contraria.
Pasemos a la figura de la derecha y
retomemos el ejemplo de las barras de pan: antes se vendían mil de manzanas a
25, pero cuando se pusieron a 27, se siguió vendiendo lo mismo porque esa
variación no influía en el comprador. Así pues, la curva de Demanda tendría una
forma de escalera, porque para que las cantidades demandadas varíen, son
precisos saltos significativos en los precios. El pan debería subir hasta los
28-29 céntimos para que se redujera a 900 la cantidad pedida.
Pero pasados algunos meses o años, 27
se considerará como el precio normal, así que cuando si se ponga a 29, volverá
a no dársele importancia y se seguirá vendiendo la misma cantidad de mil barras
de pan. Entonces, en cada una de estas subidas nuestra escalera cambiará: el
escalón de precios que suponía la venta de 1000 unidades ya no será el mismo
(25 a 27 céntimos), sino uno que estará por encima (27-29), y así una y otra
vez.
Antes he dicho que todos ganan
cuando una sociedad evoluciona; se podrá estar en desacuerdo, pues la realidad
demuestra que, incluso en las más desarrolladas, siempre hay pobres.
Desgraciadamente. Lo que ocurre es que los pobres de las sociedades ricas pasan
miserias y hambre, y los pobres de las sociedades pobres, se mueren de hambre.
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¿A cuánto el cuarto y mitad? ¿Por qué
este título? En los mercados españoles tradicionales existe la costumbre de dar
los precios por cuartos de kilo (quizá así resulten menos escandalosos). A mí
siempre me había hecho gracia eso de «póngame cuarta y mitad». Pensé que una
expresión muy de nuestro mercado, se adaptaba mucho mejor a lo que pretendía
desarrollar en lo tocante al «Valor» de las cosas.
A propósito, recuerdo a mi madre, que
cuando le indicaban el precio, decía automáticamente: «¡Venga! ¿Cuánto me
quitas?». Luego, el vendedor ponía cara de pena y respondía, «Bueno, pero sólo
por ser Ud...». Hoy, resultaría imposible que lo hiciera en un supermercado o
en un gran almacén.
Y sin embargo, estas grandes empresas
de venta masiva, no andan muy lejos del viejo sistema del regateo. Su política
de ofertas y promociones es, de alguna manera, una sofisticación moderna del
mismo. Por supuesto, tienen otras armas, Marketing, Merchandísing, Publicidad,
etc. En realidad, al actuar de ese modo rompen, de nuevo, el planteamiento de
la Utilidad Marginal Decreciente, (que no creo deba volver a repetir). Una
investigación, bajo el prisma de la Teoría Económica, de la influencia del
Marketing y la Publicidad sobre el comportamiento del consumidor y sus
consecuencias en la Oferta y la Demanda, así como sobre el precio resultante,
sería un desafío mas que conveniente:
Partiendo de la realidad de que las
cosas carecen de «Valor», de la Teoría de la Utilidad Marginal Decreciente, con
todas las alteraciones que hemos comentado y de los fenómenos de venta masiva
actuales, podríamos llegar a mejorar la comprensión sobre el comportamiento de
los precios.
Iniciemos, como es habitual, el resumen
del presente capítulo. La descripción del mundo árabe de la época de Musa,
además de ser una excusa para acercarnos a la «Teoría del Valor», nos lleva una
vez más a mostrar los pilares de una sociedad desarrollada. Y entre ellos, hay
uno del que no me canso de resaltar: la formación científica, técnica,
cultural...
La Economía de hecho, como ya va
haciéndose cada vez más patente, es algo humano. La calidad de ese elemento
humano determinará la «calidad» de la Economía de una sociedad.
En cuanto al problema de la
determinación del «Valor», ese auténtico quebradero de cabeza para los
economistas, sólo puede dársele una solución coherente si admitimos que no
existe como algo intrínseco, sino que es algo subjetivo y por consiguiente
diferente para cada persona. Por tanto no cabe hablar de «Valor» sino de
precio.
Y la mejor teoría que lo explica es la
de la Utilidad Marginal Decreciente: «Para una cantidad determinada de género,
el precio de un artículo lo determina la utilidad (o satisfacción) de la última
unidad comprada». No obstante, existen algunos conceptos que esta ley no
consigue abarcar o atinar:
1. Cuando los precios se fijan fuera de la actuación normal del mercado.
2. No explica el «Valor» de las cosas.
3. La existencia de inflación permanente pone en tela de juicio esta Teoría,
cuando lo lógico sería que los precios fueran estables.
4. Finalmente, al ser el dinero una mercancía más, con su propia carga de
utilidad subjetiva, hace que el modelo se complique.
Del primer punto decir que el hecho de
que se fijen fuera de la actuación normal del mercado, no constituye un gran
problema, ya que la ley sigue funcionando por el otro lado.
Del segundo, no nos preocupa que no
explique el «Valor» de las cosas desde el momento que admitimos que éste no
existe. Pero sí que depende de una estimación subjetiva de la utilidad de las
mismas. ¡Ojo, ojo! No estamos diciendo que depende de una evaluación subjetiva
del producto, sino de la satisfacción subjetiva que esperamos obtener de él. Y
éste, curiosamente es uno de los principios básicos del Marketing, que explota
la Publicidad tanto cuanto puede: «No se venden productos —peras, patatas,
electrodomésticos, coches, pisos, etc.— sino la satisfacción que esos productos
representan». Y la satisfacción que un producto puede llegar a proporcionar
cubre una amplísima gama de aspectos, en su inmensa mayoría de carácter
psicológico: desde el mero hecho de comprar el producto, de poseerlo, pasando
por la sonrisa amable y aduladora del vendedor y llegando al disfrute que su
uso o consumo nos va a proporcionar, sin olvidarnos de la envidia que vamos a
causar a los demás. ¡Qué poco intervienen los factores racionales en un acto de
compra y qué fácil lo tiene el Marketing simplemente asociando a un producto
las promesas de felicidad, salud, sexo, prestigio, etc..., que nos va a
otorgar!
Del tercer punto, lo lógico sería que
los precios fueran estables. Éste quizá es el principal fallo de la Teoría de
la Utilidad Marginal Decreciente, ya que no tiene en cuenta las relaciones de
fuerza dentro de la Oferta y la Demanda, y de cómo en su intento de llevarse el
gato al agua mediante el viejo truco de pedir más por lo mismo, se acaba
generando inflación. Y dentro de ese contexto, existe una de las partes, o
varias, que pugnan por obtener el mayor y mejor trozo de la tarta. Cosa que
provoca que pase lo que pasa con los precios. Así pues, la Teoría de la
Utilidad, habría que restringirla a periodos concretos de intercambio y decir
que, a largo plazo, el factor de la lucha por obtener el máximoexcedente genera
un proceso de aumento de precios. La explicación del mecanismo que la produce,
se encuentra en el hecho de que un consumidor no asigna un importe fijo e
inmutable a los productos, lo que permite que se produzcan pequeñas y
constantes subidas de precios por parte de la Oferta.
—¿Y los salarios? ¿Por qué no habla de
ellos como copartícipes de la inflación? —me preguntarán.
—En primer lugar —responderé— porque
estamos hablando de los precios y del «Valor» de las cosas, no de los salarios.
Y si con esta excusa no tragan, no me quedará otro remedio que decir, que pese
a la doctrina generalmente aceptada de nuestras doctas autoridades económicas,
la inflación no la genera el que paga lo que le piden por una cosa, sino el que
pide cada vez más por ella. Es una cuestión de lógica. Nadie pagaría más que
antes por una cosa de motu propio. Es por lo que decía que no
creo mucho en la inflación de Demanda. De todos modos, no queda otro remedio
que admitir que los aumentos salariales, al poner más dinero en circulación
acaban generado inflación. Pero no por los propios aumentos, sino debido al
mecanismo que explicábamos unas pocas líneas arriba, máxime cuando el que paga
lo que le piden, no tiene una percepción muy afinada de la utilidad y precio
normal de las cosas. Diferenciemos, de nuevo, causas de las cosas y condiciones
necesarias.
Y finalmente del cuarto punto, la
estimación subjetiva del dinero, complica las cosas. Cuando la cantidad de
dinero aumenta, lógicamente, tendemos a apreciar menos cada unidad monetaria
(lo que pensamos que vale el día de hoy, una Peseta, un Franco, una Libra, un
Dólar o un Euro difiere bastante de lo que pensábamos que valía años atrás).
Luego ya no sólo se trata de que la satisfacción que un producto nos
proporciona, se iguale con la del dinero que hemos de dar por él: también hemos
de asignar un valor (ahora ya sin comillas) al dinero que hemos de entregar. En
una palabra, tenemos una vara (unidad de medida) que es de goma, que con el
paso del tiempo se encoge, por lo que cuando queremos determinar qué trozo de
tela estamos dispuestos a conseguir hoy por la vara, necesitaremos reajustar
mentalmente nuestra particular valoración de la mencionada vara. Por
descontado, esto no invalida la Teoría de la Utilidad en sí misma, simplemente
la complica.
Y dónde nos lleva todo esto. Quizás a
un punto que no hace mucho hemos mencionado, el de plantearnos a la luz de la
Teoría Económica la problemática del «Valor» subjetivo de las cosas y de sus
precios, teniendo en muy en cuenta los factores psicológicos y de lucha por la
apropiación del excedente que intervienen, así como los trucos que se emplean
(y hoy más que nunca).
Cambiemos, pues, de enfoque y
pongámonos a estudiar qué pasa con los precios cuando una marca ha conseguido
hacerse un hueco en la mente de la gente (la C-cola la conoce todo el mundo,
pero casi nadie a la T-cola).
O cuando una campaña ha convencido a
sus clientes sobre la «diferencia» de su producto (los vaqueros L, hechos en
Sabadell, son los auténticos, esa es su diferencia sobre los tejanos J, también
hechos en Sabadell, en la misma fábrica, pero con otra etiqueta).
O lo que representan ciertos
distintivos adosados (por qué un restaurante consigue por la preparación de sus
platos cobrar cinco veces más por manjares igual de nutritivos que otro que no
tiene a la puerta los cinco tenedores).
O lo que ocurre cuando a un artículo le
ponemos una palabra mágica: «oferta» o «de rebajas» (aunque cueste
prácticamente lo mismo).
O los efectos del Merchandísing (que
dependiendo de cosas tan peregrinas como su diseño, color y situación dentro de
un establecimiento provocan, reacciones diferentes sobre el comprador en el
sentido de no hacer preciso bajar los precios para vender más).
Podríamos poner infinitos ejemplos más.
Pero creo que no son necesarios. Lo necesario es bajar a la arena y que nos
pongamos a reelaborar nuestra teoría analizando lo que en verdad está
ocurriendo en el mundo real. Esto constituye un campo de investigación enorme,
que ya lo están estudiando las propias empresas, por su propio provecho,
evidentemente.
Es preciso pues, corregir y ampliar los
supuestos en los que se desenvuelve esta Teoría, que es muy válida como punto
de partida. Excede, desgraciadamente, de las posibilidades de este libro,
puesto que habría que analizar cómo se percibe la utilidad que cada producto
proporciona, necesidad a necesidad y por grupos de compradores homogéneos...
Por lo tanto, opino que la Teoría
Económica no debe quedarse atrás estancada en la búsqueda de un valor
universal. La derivación hacia una Teoría del Precio, sería un buen comienzo.
Bien, punto y seguido. Un poco más al
Norte están ocurriendo otras cosas. Veámoslas.
CAPÍTULO 8
MEDIOEVO
Frontera del Duero
—¡Coged todo lo que podáis y largaos!
—iban avisando varios jinetes en su huida—. Almanzor está a menos de una
jornada.
—¡Ea Elvira, Date prisa! —gritaba un
asustado Lope por lo que se decía sobre las tropas del caudillo árabe— ¿No
sabes lo que le hacen los moros a las mujeres?
En realidad, su mujer no tenía nada que
temer en ese sentido. No muy vieja en años, el estado en ruinas de su cuerpo la
protegía, mejor que nada, del ancestral deporte de los soldados para con las
vencidas.
Aunque su alimentación había mejorado
un tanto desde que se habían establecido como repobladores en la ribera sur del
Duero, las carencias nutricionales de su juventud, la dureza de la vida que
llevaban y el apego a conservar durante el mayor tiempo posible la roña que sin
dificultad acumulaba, la habían ajado y avejentado prematuramente.
—Pero, pero... —sollozaba la buena de
Elvira—, después de lo que hemos tenido que sufrir, ahora que las cosas
empezaban a irnos bien, nos tenemos que largar porque el moro...
No pudo concluir. Se detuvo un
instante, y lanzando un suspiro continuó con los apresurados preparativos para
la marcha.
No ha muchos años, la familia de Lope,
de tres miembros en aquel entonces, se había apuntado voluntaria a repoblar
aquellas tierras recién conquistadas a los sarracenos.
Antes de seguir, sé que es
políticamente incorrecto usar la palabra «moro», queda mejor decir «mogrebí».
Pero la primera es la que coloquialmente empleamos. El problema no está en la
palabra sino en el tono con el que la usamos. Personalmente tengo un gran
respeto por los musulmanes, ¿lo han notado en el capítulo anterior?
Volviendo a la historia. La política de
los reyes astur-leoneses durante aquellos últimos ciento y pico años, había
sido la de favorecer mediante privilegios, la colonización de los territorios
arrebatados a los árabes, una vez que habían establecido un sistema de defensa
para dichas tierras. El principio en el que se basaban, era muy simple. Se
llamaba depresura. Según éste, las tierras que no eran de nadie,
pertenecían al Rey, que las asignaba en ventajosas condiciones a los colonos.
Muchos de éstos, pese a los riesgos que suponía tener que vivir en la frontera,
preferían desplazarse y así huir de una tierra muy dura y de unos amos, no
menos duros.
A Lope le importaba muy poco que el
otro gran beneficiario fuera la propia Monarquía. En efecto, el Reino
astur-leonés era pobre de solemnidad y además, su población era realmente
escasa. Encerrados y acorralados, al principio, en unas montañas poco fértiles,
su economía se basaba fundamentalmente en la ganadería.
Hacia la mitad del siglo VIII, el
primer Rey astur, Alfonso I, se había dedicado a realizar incursiones sobre las
tierras del valle del Duero que se encontraban pobladas por los bereberes. Su
propósito era defensivo: empujar a los musulmanes lo más lejos posible de su
frontera. Sólo tomó algunas plazas, las más fáciles de defender, dado que no
tenía ni recursos ni hombres para hacer otra cosa. Gracias a esta política y a
los follones internos de sus enemigos en aquella época, el Duero, quedó
despoblado.
Tuvieron que pasar unos cien años, para
que reyes como Ordoño II y Alfonso III, empezaran a repoblarlo. Con ello se
conseguían dos cosas: aumentar la riqueza del Reino, al ampliar y diversificar
su base económica y, asimismo, extender las tierras sobre las que el monarca
tenía una influencia directa.
La tarea no resultó fácil. Es imposible
que cuatro gatos rellenen rápidamente un territorio amplio. Máxime, cuando
problemas como sequía, plagas de langostas y enfermedades, incluyendo la peste,
hacían mella sobre un país «subdesarrollado» con una población mal alimentada.
Los árabes también padecieron los
mismos problemas, pero por contra, dado el grado de desarrollo de su sociedad,
los soportaron mucho mejor. Pudieron importar alimentos del resto del mundo y
en caso de plaga, los más ricos, emigrar a lugares no contaminados. Los
cristianos, para su desgracia, vieron cómo se les moría gran parte de la gente,
tanto en las zonas recién repobladas como en las más antiguas.
En capítulos anteriores ya hemos
hablado de la idea de que las catástrofes se soportan «mejor» en las sociedades
ricas que en las pobres. La Historia de este periodo, nos lo corrobora. Pero, y
más importante, este hecho consolida la correspondencia entre Economía y
supervivencia que dábamos en la definición. Es algo así como si dijéramos,
cuanta más riqueza, más posibilidades existen de supervivencia. Creo que esta
idea está bastante arraigada en nuestro subconsciente, lo cual, entre otros
componentes de orden psicológico o material, pueden explicar ese afán por la
búsqueda de la riqueza que ha caracterizado al género humano durante los
últimos siete u ocho mil años.
Ahora que conocemos parte del marco
histórico en el que se desenvolvía la familia Lope, sigamos con nuestra
historia allá en las postrimerías del primer milenio.
—¡Acaba de recoger y vámonos! —le
apremió Lope—. Ni que tuviéramos tantas cosas que llevarnos.
Mucho, mucho, que llevarse, no tenían.
Una escasa vajilla de cuencos, escudillas y tazones de madera o de barro
cocido, algunas ropas de abrigo de lana o de lino, unos pocos taburetes, los
pequeños útiles y aperos de labranza, los animales (un par de lechones, una
cabra y un buey), y todas las provisiones.
—¡El buey ya está atado al carro y he
escondido los aperos más grandes! ¡Venga mujer, vente ya!
La res constituía la más preciosa de
sus posesiones. Le había costado un dineral, pese a que era un buey viejo y de
segunda mano. Los cuatro sueldos que había tenido que pagar por él, lo habían
casi asfixiado en aquel último año. Y es que el dinero apenas se veía, por lo
que comprar y vender cosas, era algo complicado.
Sus apuros financieros no impedían al
bueno de Lope soñar con la compra de un caballo, modelo deportivo, o un mulo,
4x4, todo terreno. El que costaran entre treinta y cincuenta sueldos, le traía
sin cuidado. Cuando uno sueña, puede permitirse el lujo de pensar en lo mejor.
—¿Qué pasará ahora? —se preguntaba
Elvira subida en la frontal del carro, mientras echaban un último vistazo a sus
tierras.
—No te preocupes, el moro acabará por
irse —respondió para tranquilizarla su marido—. Ya verás cómo no tendremos que
estar mucho tiempo fuera.
—Yo no quiero volver a nuestro pueblo
—dijo lloriqueando la mujer.
Arriba, en su población natal, la vida
los había tratado bastante mal. Habían sido siervos. En una economía, cuya
agricultura proporcionaba manzanas, peras, castañas, higos y nueces, y en la
que el trigo era escaso, los miembros menos favorecidos del pueblo las pasaban
moradas para poder seguir adelante.
Elvira había tenido ya cinco hijos, que
había ido viendo morir de pura debilidad. Malnutrida la madre, malnutridos los
hijos, a la mínima que pillaban se les iban, sus defensas eran muy débiles para
hacer frente a las enfermedades.
La desvinculación del Rey para los
repobladores de las, entonces, recién conquistadas tierras, fue para la familia
de Lope como una puerta abierta a la esperanza. El niño con el que bajaron, el
único que había sobrevivido en el pueblo, iba haciéndose cada vez más robusto.
Además, ahora tenía un hermanito, realmente rollizo. Me gustaría poder decir
eso de «rollizo y sonrosado», pero es imposible hacerlo sin faltar gravemente a
la verdad. Su madre tenía grabada dos ideas fijas en la mente: que los niños (y
los adultos) debían comer todo lo que pudieran, y que el agua era seriamente
dañina para la salud de los críos (y de la de los mayores).
Una pequeña acotación. Nací dos años
después de que finalizaran en España los dieciséis años de racionamiento
consecuencia de la Guerra Civil de 1936. Digo esto, porque recuerdo que una de
las mayores obsesiones de mi madre durante mi infancia, y la de mis hermanos,
fue que comiéramos y mucho. Para ella, el mejor índice de salud, era que
estuviéramos «gorditos».
Cuarenta años después, aquella idea
constituye una auténtica herejía alimentaria, de la que ella misma abjura. Mis
padres siguen, de hecho, una dieta nutricional establecida por un médico. Pues
bien, cada día que pasa, estoy más agradecido a mi madre por su obsesión para
con la comida. Estoy firmemente convencido que los niños gordos viven más...
No es por llevar la contraria.
Generaciones y generaciones de madres, se han desvivido por alimentar todo lo
que pudieran a sus hijos, porque veían cómo morían los que no comían, y
sobrevivían, la mayoría de los que lo hacían. Esto es real. En un mundo en el
que la constante es el hambre, lo primero es comer todo lo que se pueda. En
esta situación, hablar de dieta equilibrada suena a chiste.
Por supuesto, estoy a favor de una
nutrición adecuada. Me encuentro en la edad típica de vigilar el colesterol y
quemar grasas haciendo el ridículo, vistiéndome de corto para dar patadas a un
balón o raquetazos a una bola.
Lo único que pretendo decir es que lo
más importante es lo primero, alimentarse. Luego vendrá hablar de la «calidad»
de esa alimentación. Para decirlo con números. Si comemos mucho y mal, podemos
llegar a los 40-50 años. Si nos cuidamos (no sólo nutricionalmente), a casi los
80. Pero si apenas comemos, tendremos grandes posibilidades de no pasar de la
infancia. Si usted fuera una madre africana de un país arrasado por la sequía y
la guerra, y que no supiera si mañana podrían seguir comiendo, ¿se preocuparía
por si la comida que les va a dar tiene exceso de grasas? Es por eso que digo
que estoy tremendamente agradecido a mi madre por su obsesión de alimentarme.
El hecho de que Elvira y Lope supieran
que al vivir en la frontera, en cualquier momento podía pasar lo que les estaba
sucediendo ahora, no consolaba en absoluto a la buena mujer. Odiaba su pueblo
natal, aunque en realidad, lo que odiaba era lo que éste le suponía: una vida
dura y gris, trabajando para un amo rodeado de bellos y lujosos artículos que
mandaba traer de muy lejos, mientras que ella apenas podía comprar en un
mercado, sólo abastecido de productos de los campos de la contornada. Era pura
utopía pensar en cosas como vestidos, chucherías o, cualquier otro producto
elaborado por esos maestros artesanos, de los que oía hablar, pero cuyas obras
jamás había visto.
Se decía que, en su día, el amo había
comprado un maravilloso artefacto llamado reloj que servía para medir el
tiempo, aunque las malas lenguas afirmaban que el dichoso aparato fallaba
bastante.
«¡No sé dónde vamos a ir a parar con
todas estas brujerías del demonio!» —había pensado Elvira. (El hombre llevaba
casi mil años intentando medir el tiempo mediante aparatos. Hacia el año 850,
un sacerdote inventó un reloj de pesas que sólo tenía un pequeño defecto: la
pesa, a medida que iba deslizándose hacia abajo, cobraba velocidad debido,
evidentemente, a la fuerza de la gravedad. Dada la tendencia de este reloj a
correr cada vez más aprisa, había que corregir periódicamente la hora. Este
pequeño inconveniente fue subsanado unos cuatrocientos y pico años después
dando paso a los relojes de tictac, en los que una pieza, llamada escape,
frenaba regularmente el avance.)
Elvira, con una sacudida de cabeza,
desechó aquellos pensamientos que tan poco venían al cuento.
—¡Vámonos Lope! ¡Que sea lo que Dios
quiera! —dijo, signo mitad de resignación y mitad de esperanza.
Para la familia de Lope, aquéllos iban
a ser cuatro de los peores meses de su vida. Como millones de seres humanos,
que huyendo de la batalla se arrastran por los caminos empujando sus
pertenencias, avanzaban hacia las tierras altas con el corazón encogido por el
miedo y la incertidumbre. Lo peor, lo que les pesaba como una losa, era que no
sabían cómo encontrarían sus tierras y su casa a la vuelta. Si volvían.
No voy a detenerme en narrar las
peripecias de tan angustioso viaje. Pienso que con el de Palb, Buop y resto
de neardenthales es suficiente. Sin embargo, hay un libro,
absolutamente bueno, que describe, hacia el principio del mismo, una situación
algo semejante. Una familia medieval inglesa debe peregrinar en pleno invierno
británico, durmiendo a la intemperie y con escasas provisiones, en busca de
algún trabajo con el que subsistir. Tom Builder, el padre de esta familia, es
un maestro albañil que debido a una serie de acontecimientos carece de los
fondos suficientes para pasar el invierno, que como todos, apenas hay actividad
en el ramo de la Construcción. Su meta es poder llegar a la primavera, en la
que la renaciente actividad, alejará sus problemas económicos (de
«supervivencia» bajo esas circunstancias).
Este libro es una novela corta, de unas
mil páginas, que disfruté una a una, y lamenté que se acabarán. Por encima de
aventuras, problemas situaciones límite, «buenos» y «malos», que constituyen la
salsa de todo best-seller que se precie, el libro nos
introduce en el medioevo inglés, haciéndonoslo vivir con los
propios personajes de la novela. Especialmente, me estoy refiriendo a la
primera parte del libro, en la que domina el mencionado aspecto de la
«supervivencia», a la que, precisamente, como estoy intentado demostrar desde
el principio, la Economía se encuentra íntimamente ligada.
Antes de rasgarnos las vestiduras al
leer el título del libro y el nombre del autor, pensemos que puede haber gente
mucho más próxima a la propia realidad del hombre y su vida, que nosotros,
encerrados en nuestros palacios de cristal y bibliotecas, dedicándonos al
estudio científico de un ente abstracto llamado Economía.
Creo, por contra, que la Economía es lo
menos parecido a algo abstracto: es algo muy real e íntimamente asociado con el
hombre.
Así que novelistas como Ken Follet, que
son capaces de entrar a describir la naturaleza del hombre, lo que pasa por su
mente y sus «buenas» o «malas» acciones e intenciones, pueden ser capaces de
recrear en una novela como «Los pilares de la tierra», aspectos de la Economía
que difícilmente vamos a encontrar en nuestros científicos, y por qué no
decirlo, plomizos libros.
Bien, bajando de nuevo de las ramas por
las que habitualmente me meto, cuatro meses habían pasado, y la familia de
Lope, más famélica que nunca, contemplaba horrorizada lo que la aceifa (expedición
guerrera contra las zonas cristianas) de Almanzor había supuesto para sus
tierras y su casa.
—¡Dios mío! —exclamó Elvira estallando
en sollozos a la vista de aquella desolación.
Los críos se unieron, por simpatía, al
llanto de su madre. Lope tampoco fue capaz de detener las lágrimas que hacía
tiempo pugnaban por salírsele de los ojos.
No iban a acabar ahí sus problemas. Aún
sin tiempo para reponerse de la conmoción, vieron venir un grupo de cinco
jinetes.
A llegar junto a ellos, el guerrero que
indudablemente ostentaba el mando, se les dirigió de no muy buenos modos.
—¿Quiénes sois? ¿Qué hacéis aquí en las
tierras del conde?
—¿Cómo...? —exclamaron perplejos los
Lope—. Debéis estar en un error, caballero. Éstas son nuestras tierras.
Aquellas palabras, las mismas que desde
hacía días oía el guerrero, no le inmutaron. Miró en silencio durante un tiempo
a los campesinos, y cuando respondió, no hubo emoción en su voz.
—Ya no. Recoged lo vuestro y seguidnos.
—Pero, pero... —la mirada del soldado
cortó en seco su intento de protesta. Más abatidos que nunca, se pusieron en
camino detrás de los cinco jinetes.
A la caída de la tarde llegaron a una
especie de campamento. Una vez allí, los acompañantes les hicieron señas para
que se detuvieran y aguardaran.
Desorientados y sin saber qué hacer ni
qué decir, esperaron largo rato hasta que un hombre de porte orgulloso se les
acercó. Se levantaron.
—Soy Pedro de Santyago, secretario del
señor conde D. Alfonso. Me dicen que estabais en las tierras de mi señor y que
afirmabais que eran vuestras.
—Así es, señor. Son nuestras porque el
Rey nos las dio —dijo Elvira, asintiendo enérgicamente con la cabeza a la vez
que le salían aquellas impulsivas palabras.
El secretario fulminó con la mirada a
Lope. Un secretario condal no dialogaba con campesinos, y mucho menos atendía
sus exigencias. Lo que ya se salía de castaño obscuro, era que una vulgar mujer
osara dirigirle la palabra. Así que, una vez que vio en los ojos de Lope el
efecto de temor deseado, le dijo con rudeza:
—Cuando se está ante un hombre de
alcurnia hay que respetarlo, y hablar sólo si pregunta. Enseña a los tuyos a
comportarse con mesura —hizo una nueva pausa en la que el temor se acrecentó en
el rostro de Lope e hizo que le cambiara la cara a Elvira. Ya seguro de su
sumisión, continuó.
»Estas tierras ya no son vuestras. Las
abandonasteis. El Rey se las ha dado para su defensa a nuestro conde.
El corazón de Lope (y el de Elvira),
latió más aprisa que nunca. Un nudo se le formó en el pecho produciéndole una
presión casi insoportable. De sus músculos se apoderó una especie de hormigueo
que hizo que sus piernas le fallaran. Medio tambaleándose, tuvo que apoyar una
de sus manos en un asidero del carro para evitar caerse.
Elvira, de una pieza, ya no se atrevía
al lanzar las miles de preguntas que se agolpaban en su cabeza.
—No obstante —continuó Pedro de
Santyago, completamente seguro del resultado de la entrevista—, la generosidad
del conde ha querido otorgar a los anteriores campesinos, el poder trabajar
para él la tierra, según los usos y fueros del reino.
Aceptaron. ¿Qué otra cosa podían hacer?
Aquí termina lo que vamos a contar
sobre Elvira y Lope. Salieron de la miseria de su vida en las montañas y
acabaron como «siervos» de un conde. Fue un hecho que a medida que la frontera
con los musulmanes iba bajando hacia el Sur, los «señores» se fueron apoderando
de las concesiones que el Rey había otorgado a los colonos.
Por supuesto, no fue ésta la única
manera de conseguir arrebatar territorios a sus anteriores propietarios, los
campesinos. Poco nos importa el método que utilizasen; pero el resultado fue
que, también en la España cristiana, se fue imponiendo el modelo feudal de
Economía, que en Europa, llevaba casi dos siglos de «moda».
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Vuelve a ser buen momento para
recapitular.
Si recordamos las páginas finales del
capítulo dedicado a la crisis, comentábamos el hecho de que los bárbaros en
realidad no acabaron con el modelo económico romano. De hecho, éste no
desapareció en Bizancio. En otros lugares, especialmente costeros, logró
renacer posteriormente gracias al restablecimiento del comercio marítimo.
Mencionábamos el caso de Venecia. Sin embargo, el más importante foco lo
constituyó la Francia merovingia, y especialmente su ciudad portuaria,
Marsella.
El Mediterráneo, de nuevo, volvía a ser
la autopista que unía el Mundo de aquel entonces. Incluso, hacia el final de
esta época, Carlomagno consiguió reinstaurar el Imperio Romano, siendo coronado
en la ciudad de Roma como Emperador por el Papa León III. Era el día de Navidad
del año 800 (nuestra historia de Elvira y Lope es casi unos doscientos años
posterior).
El Imperio Carolingio se empezó a
desmoronar apenas nacido. Después de la muerte del segundo Emperador, Ludovico
Pío, sus tres hijos se repartieron el Imperio de mutuo acuerdo, para luego
pelearse entre ellos (de mutuo desacuerdo). Pero lo que nos interesa es que con
la desaparición real, más que formal, de dicho Imperio, el modelo económico de
la Antigüedad se vino abajo definitivamente, siendo substituido por el
feudalismo como «nuevo » sistema político-económico-social.
No conviene caer en el error de pensar
que la pelea de gallos de estos tres, fue la que provocó el nacimiento de la
sociedad feudal en Europa; quizá fuera únicamente la gota que colmara el vaso.
Tendremos que remontarnos unos años atrás para descubrir que entre las causas
reales de la caída del Imperio carolingio, ¡qué curioso!, se encuentran las
económicas. Carlomagno fue un guerrero y un mecenas de las Artes y las
Ciencias, pero económicamente fue un desastre. No tenía dinero ni para pagar a
sus funcionarios, que poco a poco se lo fueron montando para quedarse con los
impuestos, que en buena ley, pertenecían al Estado.
Además, Carlomagno se encontró con un
problema heredado, y es que los árabes habían cerrado el Mediterráneo, con lo
que la renaciente actividad comercial del Sur de Francia, había caído en
barrena. Por tal motivo, la única fuente de riqueza que restaba era la
agricultura.
La situación fue deteriorándose
progresivamente durante los siguientes años, con lo que el panorama distó de
ser halagüeño. Desaparecido el poder del Estado, la vida en Europa se hizo muy
difícil e insegura. Amplios territorios casi despoblados en los que las
incursiones de rapiña de bandoleros y normandos, hacían que fueran asolados
continua y fácilmente. Mísera e incierta existencia.
Por segunda vez en la Historia, el caos
se había adueñado de aquella región. Así que, paulatinamente, los débiles
fueron pidiendo protección a los fuertes a cambio de su sumisión y vasallaje.
La sociedad feudal había nacido y se extendería de los siglos IX al XIII (palmo
arriba, palmo abajo). Modelo de sociedad que, repitiendo lo dicho el capítulo
quinto, no fue homogéneo para todos los países y regiones europeas.
De nuevo, la Historia sólo nos sirve de
marco de referencia. El feudalismo es, en el fondo, una repetición 500 años más
tarde, de lo ocurrido con la caída del Imperio Romano y la aparición de
los potentes: destrucción del poder central, imperio de la fuerza
bruta, señores con toda clase de privilegios y riquezas, campesinos fijados a
la tierra como siervos, pérdida de influencia de las ciudades, desaparición del
comercio (excepto el local), escasa circulación monetaria... En suma, un
duplicado exacto de lo ocurrido a partir del siglo III, esto es, una economía
doméstica sin mercados. ¡Todo un contraste con la rica sociedad musulmana del
Sur!
Pero es que el feudalismo es también la
historia de un fracaso de una parte de la Humanidad que, muy bien, podría no
haberse producido. Constituyó un fenómeno anormal, como Henri Pirenne afirma en
su obra «Las ciudades de la Edad Media». Para demostrarlo hace una comparación
entre dos sociedades que existieron en la misma época y que diferían bastante
entre sí.
Varegos
Los bizantinos le habían quemado los
bigotes, y no metafóricamente. Su labio superior había sido lamido por una
llamarada, de la que una sustancia pegajosa, se le adhirió justo debajo de la
nariz y allí siguió ardiendo, incluso después de que se arrojara al agua preso
de un agudo e intenso dolor. Había tenido suerte, fue uno de los mejor librados
de su barcaza.
«Maldito fuego griego —pensaba Oleg
cuando veía las cicatrices de su labio y nariz. Su bigote ya no existiría nunca
más. En su lugar sólo había una desagradable piel lampiña, arrugada y
multicolor. »
Ocurrió muchos años atrás, cuando Oleg,
era todavía un joven y valiente guerrero que se había embarcado en la flotilla
de Kiev, en el año 941. No recordaba muy bien las causas de aquella guerra.
Pero sí, la facilidad con la que los bizantinos les derrotaron una vez más.
Los varegos, pueblo original al que
pertenecía Oleg procedían de Escandinavia. Habían bajado navegando por los ríos
Dvina, Nieman y Vístula, sometiendo a los pueblos eslavos, formando colonias
(más bien plazas fortificadas llamadas gorods) para finalmente
fundirse con los indígenas. Fueron éstos últimos quienes les llamaron russ,
que significa remeros (otros piensan que proviene de la palabra griega rhos).
Luego, siguieron bajando por el Volga y el Dniéper, dónde se establecieron en
Kiev.
Fue inevitable que se toparan con los
bizantinos. E inevitable fue que desearan, una vez deslumbrados por su
esplendor, apoderarse de sus posesiones. La Historia se repetía por milésima
vez. Un pueblo «bárbaro» (en el sentido de incivilizado), acostumbrado a
guerrear y a conquistar, quiso hacerse por la fuerza con lo de otro. Pero esa
vez, allá en mitad de los años 800, le salió mal. Como mal les salió también
casi cien años después, en la expedición en la que participó Oleg. El Imperio
bizantino era un hueso duro de roer. Su capital, de un millón de habitantes,
era la más fuerte, culta y próspera de la cristiandad.
El resultado fue que los rusos acabaron
siendo dominados por los bizantinos, aunque no de la forma habitual, sino
cultural, artística, social, administrativa, económica y religiosamente. Las
palabras que mejor lo definirían serían las de plenamente influenciados.
Visto que no podían hacerse con ellos,
los rusos acabaron comerciando, que es otra manera de acceder a la riqueza de
los otros, sólo que mucho más civilizada. Y no pararon ahí, sino que
establecieron contactos comerciales con los mismos árabes.
Así pues, restañadas las heridas de la
última guerra (unos cuantos muertos no deben impedir que el negocio se
detenga), los rusos siguieron comerciando con pieles, miel (un producto de un
gran éxito) y esclavos (desgraciadamente, también).
Ahora Oleg, entraba frecuentemente para
realizar sus negocios en Constantinopla, en la que existía, digamos, todo un
barrio ruso. Y rusos había por doquier, incluido en el propio ejército.
Bizancio le apasionaba y mareaba. Gente
por todas partes, atareada en ir de aquí para allá, haciendo un millar de cosas
diferentes que apenas entendía. Artesanos, comerciantes, estudiantes,
profesionales,... viviendo y trabajando de una manera frenética. Una ciudad, en
suma, superproductiva en la que Oleg tenía su pequeño nicho.
Si existe una manera apropiada de
definir lo que pensaban los bizantinos de Oleg, al igual que de todos los
suyos, bastaría decir que los tachaban de nuevos ricos. Mucha «pasta», pero
bastante primitivos, de rudas maneras, y sin sentido de la buena compostura.
Además, existía la cuestión de las creencias religiosas. Aunque recién
convertidos o en camino de convertirse al cristianismo, su paganismo no había
desaparecido del todo. Finalmente, había entre ellos otro abismo, se
encontraban saliendo del analfabetismo (de hecho, tomaron una adaptación del
alfabeto griego, ya que ellos no disponían de ninguno; fue obra de San Cirilo,
evangelizador de los eslavos; de ahí la denominación de alfabeto cirílico).
Pero eso sí, eran ricos. Muy ricos. Eran los amos de buena parte de la Rusia y
Ucrania actuales. Y lo divertido del caso era que no estaban interesados en lo
más mínimo, en eso de «poseer» la tierra.
Oleg no «dirigía» sus tierras. Tan
siquiera era consciente de que fueran suyas. Simplemente quería sus productos.
Y con ellos se hacía rico. Era un guerrero que ocupaba un territorio; de él
obtenía sus frutos y los comercializaba. Esto hacía que Oleg se abriera al
mundo, en vez de permanecer encerrado en sus tierras como sus «iguales» los
señores feudales occidentales. Su vida era el intercambio, y la suya era una
sociedad comercial que no, una agrícola.
Kiev, Bizancio y Bagdag eran su segundo
hogar. El primero, el gorod en el que nació, era como los
muchos otros que existían por el país. Su nombre poco importa. Apenas vivía en
él.
De todas estas ciudades, Bizancio, la
ciudad que lo derrotó por las armas, ahora le abría los brazos. Porque le
interesaba, por descontado. Pero a Oleg le daba igual que lo miraran con aires
de superioridad. Su educación y modales, no eran lo suficientemente refinados
como para entender las sutilezas de la Jet-Set bizantina. Le
bastaba ser él mismo, como él quería ser y que le dejaran hacer negocios con
ellos. Y eso sí, sabía hacerlos.
De Oleg nada más diremos. Su breve
aparición en este libro es culpa del mencionado Henri Pirenne. A gente como
esta, deberían prohibirle escribir libros tan buenos como «Las ciudades de la
Edad Media». Cuando habla de que el feudalismo fue un fenómeno anormal lo hace
mediante contraste: un Occidente aislado, autárquico y agrícola, debido a la
desaparición del tráfico comercial (gracias a los árabes y a las otras
circunstancias que mencionábamos antes), frente a una naciente Rusia, abierta,
ciudadana y comercial.
Es tan cierto, que algún tiempo
después, cuando Rusia no pudo seguir comerciando con árabes y bizantinos debido
a la invasión de otro pueblo bárbaro, la sociedad rusa caminó hacia el
feudalismo.
Los patzinak o pechenegos, un pueblo
mongol nómada, se establecieron en el Norte del mar Negro, cortando las vías
comerciales rusas hacia Constantinopla y Bagdag.
La producción rusa, al no poder seguir
vendiéndose en el exterior, decayó y al igual que en Occidente, tan sólo tendió
a cubrir las necesidades indispensables del feudo.
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Una sociedad es más rica cuantas más
necesidades de sus miembros es capaz de satisfacer. El feudalismo, es pues a la
luz de este planteamiento, un fracaso. Algo que ocurrió no porque se deseara,
sino como consecuencia de factores externos e internos.
Cuando exponíamos nuestra teoría sobre
la crisis, apuntábamos cómo precisamente eran los factores internos los
principales causantes de la misma. Lo ocurrido con el feudalismo tanto en
Occidente como en Rusia, parece que nos lleve a pensar lo contrario (invasiones
árabes, normandas,...). Y en cierto modo es verdad. Pero sólo parcialmente, ya
que no podemos decir que ni la Europa carolingia ni Rusia, fueran un modelo de
Estado fuerte y cohesionado interiormente que proporcionara a sus miembros las
bases adecuadas para el desarrollo normal de la actividad económica. Las
circunstancias externas aceleraron su «evolución» hacia una sociedad localista
y encerrada en sí misma. En Bizancio y en el Islam, la situación era diferente:
en una misma época y en un mismo lugar (el Mediterráneo), ¿cómo es posible que
a unos les vaya tan bien y a otros tan mal?
Pues bien, dando la vuelta a la línea
argumental, curiosamente cuando Rusia se encontraba de camino hacia el
feudalismo, en el otro lado de Europa empezaron a ocurrir acontecimientos
magníficos. Las próximas siete historias cortas, pretenden que nos hagamos una
idea de ellos.
Siete historias
1ª
Asomado a las almenas de la muralla, el
obispo Adalbert contemplaba desde hacía rato, cómo el enemigo se retiraba
llevándose a los heridos. Se sentía aliviado. Su «ciudad», su sede episcopal,
se había salvado de aquellos malditos normandos.
«¡Que Dios me perdone —se dijo— por
pensar esto.»
—Manda llamar a fray Damien —ordenó a
un soldado.
Fray Damien, su secretario, no tardó
apenas en presentarse ante el obispo. La sede, situada cerca de la costa Norte
de Francia, tampoco era tan grande.
—¿Mandasteis llamar, Vuestra
Ilustrísima? —preguntó a la vez que se inclinaba para besarle el anillo. La
veneración que profesaba por aquel hombre se había convertido, gracias a la
victoria de hoy, en una agradecida admiración. No en balde, los normandos eran
el Terror con mayúsculas.
—Hemos tenido suerte esta vez, mi buen
Damien —empezó diciendo el obispo—. Dime cómo se encuentra nuestra gente.
—Yo no hablaría de suerte, Vuestra
Ilustrísima —contestó—. Las señales de alerta que ordenasteis, funcionaron muy
bien. Los campesinos de la diócesis pudieron refugiarse a tiempo dentro de la
sede; y las murallas, que no hace ni dos años, hicisteis reparar y fortalecer,
han resistido admirablemente.
—Irás al infierno por adulador —cortó
con una media sonrisa—. No se trata de que me hables de lo maravilloso que soy.
Eso atenta contra la virtud de la humildad. Y a fe mía que se me hacía difícil
evitar que el pecado de orgullo me invadiera a medida que te escuchaba. Te he
llamado para otra cosa, para que me informes cómo está la situación de los
nuestros y cuál es el estado de la sede en general.
—Por lo que he visto, la gente está muy
contenta y rayana a la euforia. Aunque, lamentablemente, hemos tenido varios
muertos, casi todos campesinos. Iban desprotegidos y no saben luchar como los
soldados. De éstos, creo que no ha muerto ninguno.
»La lucha ha sido muy desigual. Los
nuestros estaban prevenidos; arriba en la muralla y detrás de las almenas,
desde donde pudieron arrojar todo tipo de proyectiles a los normandos. Algunos
de éstos lograron situar varias escaleras en la muralla por donde empezaron a
trepar. Pero los nuestros consiguieron rechazarlos, echando abajo alguna de
ellas y matando a los pocos que entraron. Precisamente en esas refriegas es
donde más heridos y muertos hemos tenido. Por pocos que fueran los que
escalaron la muralla, nos hicieron daño, pues esos malditos peleaban como
demonios.
—Modera tu ardoroso lenguaje
—interrumpió aquella crónica guerrera—. Encárgate de que reciban sepultura,
tanto los unos como los otros. Preocúpate de los heridos y mira qué podemos
hacer por ellos. Y una última cosa, prepárame cuanto antes un informe de todos
los daños que ha sufrido la muralla y la propia sede. Hay que ponerse a
repararlos ya.
Bajando de la muralla, el obispo se
encontró con el capitán de sus soldados. Lo felicitó por el valor y la eficacia
que habían demostrado sus hombres. Bendijo a aquel bruto mocetón, que
emocionado se arrodillaba, y después de interesarse por el estado de los
heridos, en realidad, ya atendidos por los monjes que entendían de curas, se
dirigió a visitar su sede.
En los rostros de su gente, campesinos
refugiados, artesanos, estudiantes, servidores, soldados, clero..., se denotaba
el cariño que le profesaban. Vio alegría, vio alivio, vio admiración y vio el
afecto, y por qué no decirlo, el amor que le tenían. Algunos, también, lo
demostraban en voz alta dándole vivas. Su orgullo y humildad luchaban entre sí.
Y era evidente quién de los dos iba ganando. Pidió, otra vez, perdón al Señor
por ello y siguió caminando.
Se detenía a menudo para preguntar cómo
estaban. Lo mismo, cuando alguna cosa fuera de lo normal llamaba su atención.
Por tal motivo se detuvo al pie de la escalinata de entrada a la catedral,
donde varios heridos eran atendidos por sus familiares y por monjes. Allí vio a
un muchacho alto y fornido tendido en el suelo con la mitad de la cara abierta
por un hacha vikinga. Apenas respiraba. Una mujer mayor, su madre sin duda,
sollozaba espasmódicamente. El monje que lo atendía, al observar que el obispo
miraba al herido, hizo una señal con la cabeza, un imperceptible movimiento
horizontal de izquierda a derecha. Entonces el obispo lloró. Subió los
escalones y entró en la catedral para orar a solas.
Mientras los labios pronunciaban sus
oraciones, su mente daba gracias a Dios por lo de hoy y también por lo bien que
les iban las cosas. Buenas cosechas, favorecidas por las abundantes lluvias. Su
gente, y principalmente los campesinos ya no pasaban penurias. El mercado de
productos del campo estaba cada semana más animado, lo que, además,
proporcionaba buenos ingresos a la sede. Era consciente que en comparación con
lo que ocurría en otros lados, los suyos gozaban de una vida y de unos
privilegios muy elevados. ¡Qué así continuara!
Su sede no era una ciudad propiamente
dicha, apenas si existían entonces. Toda ella giraba en torno a una
organización que estaba encaminada a los servicios de la diócesis. Aunque en
caso de necesidad, como hemos visto, estas sedes actuaban como fortalezas.
Por lo general todas ellas, y la de
Adalbert en particular, gozaban de una administración benigna y beneficiosa
para sus miembros, desde el campesinado a los hombres libres que la habitaban,
tanto en la propia sede como en la diócesis. Adalbert no podía saber que con el
tiempo, sedes como aquellas llegarían a convertirse en auténticas ciudades. Y
para ello, ya no faltaba mucho tiempo.
2ª
Renaud des Champeaux era conde. Macizo
y fortachón, las cicatrices de su rostro denotaban las muchas lides que había
tenido que afrontar en su no muy dilatada existencia. Y la verdad es que estaba
más que harto. Harto de saqueadores —fueran piratas normandos, otros señores
vecinos o bandoleros—, harto de refriegas, harto de desórdenes en su condado,
harto de injusticias y harto de no tener nunca un duro. Así que había tomado
una decisión: iba a sentar la cabeza y poner un poco de orden en su vida y en sus
tierras.
Su ímpetu juvenil, que le exigió una
vida plena de aventuras, había ido cambiando hacia una personalidad más
reflexiva y responsable. Antes despreciaba a sus siervos de la gleba. Le
disgustaba su villanía, consideraba como una vileza sus exigencias de una mayor
seguridad y unas mejores condiciones de vida. Había ahorcado sin miramientos a
los cabecillas que osaron plantarle cara. Y no una única vez.
Pero ahora, algo había cambiado en su
interior. No es que se hubiera reblandecido. Volvería a aplicar las mismas
medidas si fuera necesario. Era algo en su interior. Había tomado conciencia de
su responsabilidad. Aquellas tierras, aquellos hombres, estaban íntimamente
ligadas a él. De él dependían y si él les fallaba... Y sin embargo, tampoco era
eso lo que le producía la desazón.
«Déjate de pensar tonterías y ponte a
hacer lo que tienes que hacer —se dijo cortando el rumbo de unos pensamientos
cuya solución se le escapaba.»
(Podríamos aclarárselo diciéndole que
su fuerte personalidad de líder había evolucionado de una juvenil «conquistemos
el mundo» a otra más madura de «construyamos nuestro mundo».)
Su vida había cambiado desde entonces.
Ya no fastidiaba a sus vecinos ni se peleaba con ellos por los eternos
problemas de lindes, competencias y derechos. Antes bien, los visitaba o los
invitaba a visitarle, negociaba y acababa consiguiendo un pacto satisfactorio
para ambas partes.
Recorría más a menudo sus tierras, veía
sus problemas y tomaba decisiones sobre el terreno. Mandaba construir una
pequeña presa aquí, un molino de agua allá. Dio orden de que se aplicara el
sistema de barbecho que había observado, y del que se había informado, en el
viaje que tuvo que hacer para renovar, ante el nuevo Rey, su vasallaje a la
Corona. Era una cuestión protocolaria más que nada, ya que los lazos de
vasallaje entre el Rey y los señores feudales eran bastante débiles.
Incluso se empeñó en aprender a leer y
a escribir, lo que causó una honda impresión (y preocupación) entre sus
guerreros más allegados. Renaud, que notó inmediatamente su recelo, montó una
justa «deportiva», en la que aporreó sin miramientos a sus hombres. Éstos,
baldados y magullados, se fueron felices a dormir después de comprobar que su
señor seguía igual de bruto que siempre.
Como el sistema de barbecho empezó a
funcionarle francamente bien, su interés por toda nueva técnica agrícola se
avivó. Viajó durante un tiempo y copió, en plan japonés, todo lo que le pareció
interesante.
«Por todos lados se están haciendo
cosas nuevas — reflexionaba—. No pienso quedarme atrás.»
Se trajo herreros y artesanos que
dedicó a confeccionar herraduras y arados con ruedas, colleras rígidas para el
tiro de los animales. Todo ello sin pagar ni un duro en royalties.
Sin embargo su mayor preocupación era
la defensa de sus tierras y el orden interno.
Mandó construir, a tal efecto,
nuevos burgos que eran castillos defensivos situados
estratégicamente. (Para hacernos una idea más exacta de lo que eran y el papel
que representaban habría que decir que eran lo mismo que los «fuertes» de las
películas del Oeste, una empalizada de madera o adobe en cuyo interior se
encontraba un destacamento militar. Quizá la única diferencia con los burgos fueran
sus muros de piedra y su castillo.)
Aquellos burgos, no eran
ciudades como no lo fueron los «fuertes », sino un puesto defensivo militar y
en el que, en caso de alarma, la población civil podía refugiarse (lo mismo que
en las películas). Renaud no podía saber que con el tiempo, burgos como
aquellos llegarían a convertirse en auténticas ciudades. Y para ello, ya no
faltaba mucho tiempo.
3ª
Las dos naves se habían embestido cual
dos carneros en celo. Incluso el «crashhh» que se oyó cuando entraron en
contacto sonó parecido. Garfios que volaban, lanzazos, flechazos, hombres
saltando al abordaje, cuchilladas, dentelladas, sangre, cuerpos arrojados por
la borda, patadas, puñetazos, hachazos, estocadas...
Finalmente unos se rindieron y fueron
hechos prisioneros, se podía obtener un buen rescate por ellos. Los otros,
contentos por la victoria, por seguir con vida y por el botín, se dedicaron a
saquear la nave veneciana.
El capitán del barco genovés les dejaba
hacer. Luego ya harían partes. Umberto, pues ése era su nombre, no era pirata,
sino capitán de un navío mercante. Tampoco la nave veneciana era pirata, sino
también mercante.
El que ambas fueran armadas hasta los
dientes no debe confundirnos. Pertenecían a dos honradas y pacíficas empresas
mercantiles que aplicaban modernas técnicas comerciales para hacerse con una
posición de predominio en el mercado.
Umberto había empezado como simple
marinero, cosa rara entre los de su condición. Poco menos que escapando de la
tutela de sus padres, se había alistado voluntario en la expedición que iba a
llevar provisiones y material a los cruzados que estaban a punto de asaltar
Jerusalén.
Pese a su juventud, sus padres no
pudieron evitar que se enrolara. Tampoco estaría bien visto. Así que,
encomendaron el cuidado de su hijo a su amigo Maese Rinaldo, uno de los
comerciantes que también se habían apuntado (con el fin de vigilar de cerca su
negocio, todo sea dicho).
Después de una travesía normal
arribaron a Jaffa (actualmente Tel-Aviv o Yafo —según quien la pronuncie—),
donde Umberto, emocionado ante la vista de los caballeros y sus estandartes
blasonados por la cruz, quiso unirse a la huestes de Godofredo de Bouillon.
Maese Rinaldo, que se lo olía, tuvo
unos razonamientos con Umberto. Las suaves, mesuradas y sensatas palabras de
Maese Rinaldo, difícilmente convencerían a ningún muchacho de abandonar sus
sueños de aventura y gloria. Pero sus ojos, sí.
Umberto apenas habló como no fuera para
asentir repetidamente: «Sí, sire. Sí, sire...». Su mirada no pudo despegarse de
la de Maese Rinaldo, ni su mente apartarse de sus cadenciosas palabras.
Umberto siguió de marinero y no pudo
entrar triunfante en la liberación de la Ciudad Santa. Y sin embargo Maese
Rinaldo no le dijo nada que no le hubieran dicho sus padres. Fue cuestión de
esa fuerte autoridad que emana de los hombres acostumbrados a mandar, y que el
propio Umberto adquirió para, luego, ir mejorándola y acrecentándola con el
paso de los años.
Por cierto, nunca supo si tomó la
decisión acertada: la gloria del triunfo en la lucha por unos ideales o la
riqueza del triunfo en los negocios. Honrado consigo mismo como era, jamás se
atrevió a darse una respuesta a esta pregunta.
Lo bien cierto es que a raíz de la
expedición genovesa a Jaffa y de la posterior veneciana, de ciento veinte
naves, con destino a Haifa, el Mediterráneo volvió a abrirse para la Europa
Meridional. Los musulmanes dejaron de dominarlo para siempre.
Y también es cierto que a partir de esa
primera cruzada, Venecia, Génova y Pisa rivalizarían entre sí, incluso por las
armas, para conseguir la mayor porción del comercio marítimo.
Pasarían los años y los reinos latinos
de Oriente, incluido el de Jerusalén, fueron cayendo y volviendo a manos
sarracenas. Los efectos políticos de las cruzadas acabaron por desvanecerse. En
cambio la reapertura del Mediterráneo tuvo una beneficiosa y perdurable
consecuencia para los cristianos. (No, desde luego que no, para los
musulmanes.)
4ª
¡Libre! Era un campesino libre.
Guillaume no lo habría dicho así, pues no entendía muy bien lo que quería
decir. Lo que sí que sabía era que iba a poder trabajar unas tierras que le
había encomendado su nuevo señor (o ¿ya no había que llamarle de ese modo?) y
que podría largarse de allí cuando quisiera. O sea, vamos... si las cosas no le
salían bien. Pero, ¿por qué iban a salir mal?
De todos modos, aunque no acabara de
encajar en sus esquemas mentales, la idea le gustaba. Su padre tendría que
vivir siempre en el mismo sitio. Era un siervo de la gleba. Si quisiera
marcharse tendría que atreverse a pedir permiso al señor marqués. ¡Bueno!,
mejor ni pensarlo. Aunque bien mirado, ¿para que iba a querer su padre
abandonar las tierras que cultivaba?
Desde pequeño, Guillaume recordaba que
la vida les había tratado bien. Algún que otro año apurado a causa de la mala
cosecha, pero en general, siempre fue buena y abundante. Por lo demás, su
padre, Médard, en vista de que vendía sin dificultad sus excedentes (lo que le
sobraba después de entregar al señor marqués lo pactado y apartar lo necesario
para la próxima siembra y para su sustento), había hablado con el amo con el
fin de pedirle permiso para roturar unas tierras que, llenas de rastrojos,
estaban situadas al pie de la colina que delimitaba su parcela. El marqués dio
el visto bueno encantado (le tocaba su cuota de lo que allí se produjera).
Guillaume rememoró el mucho tiempo que
costó a su familia preparar aquellas tierras para el cultivo. Pero aún así fue
hermoso. Es una sensación difícil de explicar para quien no sea campesino lo
que significa moldear nuevas tierras para cultivarlas.
Siete hermanos seguían vivos. Tan solo
dos murieron, un bebé que unas fiebres se llevaron y una pequeña que se ahogó.
Eran muchas bocas que alimentar y sin embargo sus padres lo lograron.
No obstante, Médard, que había estado
haciendo cálculos, los reunió un día y les habló. Cierto que fue de una forma
poco coherente. Médard no era un hombre de fácil palabra ni de largos
discursos, pero sí de firmes determinaciones. Así que no las reproduciremos,
contentémonos con saber que les comunicó que el mayoral y el segundo se
quedarían, pues habría tierra para ellos y para sus futuras familias. Las tres
chicas, también, pues ya había apalabrado su matrimonio. Pero los dos pequeños
tendrían que buscarse la vida por ellos mismos.
Guillaume, que se encontraba dentro de
esta última categoría, tuvo que recoger sus bártulos y las pocas monedas que su
padre le dio, y, junto con su hermano pequeño, abandonar el techo familiar. No
hubo problema por parte del señor marqués. Una vez asegurado que continuarían
los dos mayores, el que se le fueran los otros dos no pareció preocuparle,
puesto que la natalidad era abundante, la gente sana y si hiciera falta,
siempre podría recurrir a los muchos que aparecían constantemente preguntando
por algún trabajo que hacer. La verdad es que había brazos por doquier. Y
aunque tuviera que roturar nuevas tierras, la mano de obra no sería ningún
problema. Se volvió por tanto más liberal con el tema de la servidumbre y no le
hacía ascos a contratar a algún que otro campesino libre.
Quizá Guillaume hubiera podido
quedarse, pero ni se le ocurrió. Partió con su hermano y al cabo de seis meses
de recorrer mundo, y hacer pequeños trabajillos, encontraron un sitio que les
gustó. Fue en una pequeña ciudad. Él se enamoró de la tierra y de una muchacha
(quizá el orden sea el inverso), llamada Turenne. Su hermano lo hizo de la
milicia. Deslumbrado por los soldados y por las palabras llenas de promesas de
aventuras del reclutador, se alistó como hombre de armas.
Ahora era un campesino libre. Su futuro
sería feliz. Ocuparía un terreno que el señor del lugar le asignaría. Pediría
prestado algo de dinero, (que empezaba a circular con cierta alegría).
Cultivaría. Se construiría una casa en la ciudad, donde después de la boda con
Turenne, se instalaría a vivir con ella. Vendería bien sus cosechas y empezaría
a tener dinero y a manejarlo. Tendría muchos hijos. Y finalmente, un día
decidiría comprar la tierra que trabajaba.
Y no sería una excepción. Muchos otros
como él harían lo mismo. Liberada de la servidumbre y del hambre gracias a la
bonanza, la sociedad feudal empezaba a cambiar.
5ª
Marie (la) Posadera era
todavía una mujer atractiva. Figura garbosa, de proporciones abundantes, pero
en su justa medida, piernas largas, caderas amplias y redondeadas, cintura casi
plana y busto que llenaba su blusa blanca, rebasándola por arriba en cuanto se
movía o se agachaba (para delicia de sus parroquianos). Rubia, lo que
disimulaba las canas que sus cuarenta y pocos años le producían, de piel rojiza
y ojos azules. Conjunto que delataba sus orígenes nórdicos. Además era «fina».
Una mujer de armas tomar.
Se había quedado viuda antes de los
treinta. Su marido, Guy, murió a causa del vino. Pero no se equivoquen. Fue al
descargar tres enormes toneles que le vendieron. Al aflojar las cuerdas que los
sujetaban al carro, uno de los dos de abajo se deslizó hacia donde estaba Guy,
quien, en vez de saltar de lado tan rápido como pudiese, apoyó sus manos en el
tonel que se le venía encima, con vana la esperanza de evitar tan sensible
pérdida. El tonel ni se inmutó, y siguió deslizándose poquito a poquito hasta
que cayó al suelo, justo encima de las piernas del posadero. Pero no le mató.
Lo hizo el tercer tonel, el de arriba, que siguiendo el mismo derrotero que su
predecesor, aplastó su cabeza en un rebote, para seguir incontenible calle
abajo.
Marie tuvo, a partir de entonces, que
hacer tres cosas, acabar de criar a sus hijos, hacerse cargo de la posada y
cuidarse de sus clientes, lo que conseguía gracias a su buen tamaño, agilidad
en el verbo y rapidez de manos. Dos frases mordaces de ella cortaban cualquier
intento de aproximación de los incautos que no la conocían, a quienes su recién
descubierta viudez, les daba pie a pensar quién sabe qué cosas. Si el intento
de aproximación incluía expediciones manuales, entonces la respuesta pasaba de las
palabras a los hechos. Hubo una vez un bruto, de los que iban de aldea en aldea
vendiendo lo que pudieran, que había intentado alcanzar sus pechos justo en el
momento en que Marie se agachaba para servirle un estofado. Acabó con el
caldero como sombrero y con la cara escaldada. En otra ocasión, un apuesto y
gallardo petimetre, perdió varios dientes a consecuencia del golpe que la
posadera le propinó con la pierna de cordero que el irresistible galán había
pedido de cena.
Pero estos gajes del oficio no
perjudicaban la marcha de su negocio. Antes al contrario le daban una buena
imagen, no desprovista de un cierto morbo.
Marie tenía su posada en Bourg-Neuf que
estaba situado a un tiro de piedra del castillo (o burgo como se llamaba
entonces). Con él compartía el río que las bañaba. Desde tiempos inmemoriales
(ya los romanos estuvieron en aquel mismo sitio) había sido una zona de
tránsito. Por allí pasaban ejércitos invasores o defensores, bandidos y en
tiempos de paz, mercancías que se hacían acompañar de sus propietarios. No era
de extrañar que en un sitio tan frecuentado y de tan fácil acceso como aquella
comarca, se buscara un emplazamiento defensivo, fuera contra invasores o
bandidos. Pero también se necesitaba para los viajantes un lugar seguro de
descanso, donde permanecer reponiendo fuerzas por algún breve tiempo.
Y claro, el castillo era pequeño y
estaba ocupado (y no parece que sus moradores estuvieran dispuestos a hacer
sitio a los mercaderes). Así que, éstos construyeron, en el mismo lado del río
y un poco más abajo del burgo, una empalizada. En ella podían reposar, y dejar
su género, en una especie almacén provisional. Marie no conoció aquella valla,
pero sí había oído contar a su madre cómo ésta fue cambiada por una auténtica
muralla de piedra. Y es que el negocio marchaba. Mucha gente pasaba por allí,
de Norte a Sur y de Este a Oeste. Así que algunos, como los padres de Marie, se
quedaron en Bourg-Neuf y empezaron a atender a los
transeúntes: comida, posada, collas de carga y descarga, herrerías, talleres de
confección y reparación de ruedas y carros, ropas, etc. El almacenaje,
asimismo, tomó nuevas orientaciones. Ya no sólo era de paso, sino que algunos
locales sirvieron como punto de aprovisionamiento para la propia comarca.
A pesar de la proximidad del
castillo, Bourg-Neuf se había visto amenazada en varias
ocasiones por hordas de bandidos, para los que la empalizada era una mera
cuestión de trámite. Así que hubo que construir la muralla y con ella, Bourg-Neuf pudo
considerarse una verdadera ciudad. Así lo reclamó y así se le concedió (escudo
de armas incluido). Y es que los tiempos, todavía eran peligrosos.
Los clientes de Marie procedían de
todos lados. Conocía lombardos, flamencos, francos, germanos, normandos (en son
de paz)... Todos ellos con una característica en común: viajaban en grupos
fuertemente armados (las hermandades o compañías latinas,
o bien las hansas germánicas). A Marie le contaban cómo se
asociaban tanto en la compra del género como en su defensa durante el viaje,
para finalmente repartirse sus ganancias.
Las confidencias de cuánto llegaban a
ganar, escandalizaba a la buena mujer. Ella que era honrada y pedía por su
comida y posada precios justos, como así exigía la Iglesia, pensaba que
aquellos facinerosos irían todos al infierno. En una ocasión soltó toda una
serie de improperios cuando se enteró por un comerciante flamenco, cuánto
costaban en origen aquellos paños que días atrás, compró encaprichada a un
compatriota del confidente.
Y lo cierto era que, a pesar de los
peligros del viaje, las posibilidades de ganancia eran enormes. Cuanto más
lejos del lugar donde se producía el artículo, se pudiera vender, más precio se
podía obtener. A Marie, que estaba acostumbrada al dinero del más variopinto
origen, veneciano, carolingio, flamenco, árabe o bizantino (estas dos últimas
eran las monedas-patrón del mundo medieval) le habían llegado a pagar con
monedas rarísimas como las rusas. ¡La de vueltas que estaban dando hombres,
género y dinero! ¡Qué contraste con lo que ocurría en vida de sus padres y
abuelos! Unos aventureros (incluso algunos de ellos, como bien conocía Marie,
habían dado comienzo a su capital como desarraigados, proscritos y bandoleros)
estaban cambiando poco a poco, pero día a día, el mundo que conocía Marie:
su Bourg-Neuf, su ciudad. Pero también el Mundo con mayúsculas: sus
ciudades, sus campos, su concepción de los negocios y de cómo vivir la vida...
Pero ¿qué no podía esperarse de unos
tiempos como éstos? ¿Acaso no estaba viendo Marie, cómo sentados en la misma
mesa dos hombres, uno veneciano y otro flamenco, estaban charlando
animadamente? ¿Qué no estarían trajinando y discurriendo estos dos? ¿Y aquellos
otros cuatro del rincón, compartiendo sus experiencias y consejos?... Marie no
podía saber que con el tiempo, Bourg-Neuf acabaría por
engullir al viejo burgo, al castillo. Y para ello ya no faltaba mucho tiempo.
6ª
La comitiva de ciudadanos fue en
procesión, nunca mejor dicho, a la Catedral. Deseaban exponer a su pastor
espiritual la necesidad de construir una iglesia, pues con sólo un local de
culto, pequeño y alejado, los servicios no daban abasto para cubrir las
necesidades de toda la población.
En su presencia, insistieron en lo de
«toda» la población. Ellos no por vivir en la parte nueva, tenían menos derecho
que los que moraban en la vieja. Además, tenían dinero. Más que los otros.
El obispo se sorprendió de la
excitación y vehemencia con que hablaron, cuando en realidad, lo que venían a
pedir, le parecía magnífico. Así que los tranquilizó, y les dijo que se pondría
en ello.
En efecto, no mucho tiempo después, se
aprobaron los planos y dieron comienzo las obras. El dinero, aparte del que
suministró el obispo, fue aportado más que generosamente por la ciudadanía,
gracias a su fervor (y según se decía, al deseo de los comerciantes de hacerse
perdonar sus continuas transgresiones a la doctrina de la Iglesia sobre la
obligación de pedir un «precio justo»).
Así que fueron apareciendo canteros,
albañiles, carpinteros, herreros... Más gente significó más necesidades a
cubrir: tenían que comer, vivir en algún sitio (alquilado o hacerse la casa),
alguna ropa necesitarían... Hubo, pues, más actividad económica, lo que
benefició a la villa en su conjunto.
Acabada la iglesia, algunos de los que
allí aparecieron, allí se quedaron (siempre había otras obras que hacer en la
ciudad). Otros se marcharon (siempre había otros lugares donde construir
catedrales e iglesias).
Y poco a poco, en la Europa cristiana
occidental, fueron alzándose esas maravillas arquitectónicas; románicas
primero, y góticas acto seguido, que todavía hoy, nos dejan con la boca abierta
(a mí, por lo menos).
Bien, no voy a extenderme más en esta
mini-historia. Es muchísimo mejor que lean el citado libro de Ken Follet: «Los
pilares de la tierra», en el que se expone de una manera clara y amena lo que
va sucediendo, paso a paso, en una población que comienza a edificar su
catedral; y cómo contribuye dicha construcción a aumentar la riqueza de una
comunidad. Estoy más que convencido que, sumergidos en la vida y aventuras de
sus personajes, podremos entender mucho mejor alguno de los aspectos de la
«Economía Real», la que, día a día, se desenvuelve ante nuestros ojos. (Por
cierto, ése era el título original de este libro, pero familiares y amigos a
los que se lo comenté, coincidieron unánimemente en que era un plomo de título,
así que lo cambié por otro más marketiniano.)
Finalmente, puede que esta cortísima
historia les suene a algo ya leído. Efectivamente, hemos tocado el tema en el
capítulo «Ciudad, escritura y mercancías...». Si insisto, es porque quiero
resaltar una idea: unos hombres se ponen a «construir» (o a hacer, o ...) una
cosa y de repente, un algo que parece más bien un gasto, relanza la actividad
económica de una colectividad en conjunto.
7ª
Luca (el) Joven llevaba
tres meses en la Universidad de Bolonia y se sentía obnubilado (un poco antes
no se le habría ocurrido usar una expresión tan cursi, pero cuando uno se
encontraba en un ambiente selecto de por sí, debía emplear un vocabulario más
al uso). Bueno, decíamos que Luca después de su primer trimestre en Bolonia,
seguía alelado.
La riqueza intelectual, la profundidad
de los pensamientos, la cantidad de conocimientos, la abundancia de libros, la
elocuencia de los profesores, el nivel de las conversaciones..., deslumbraban a
un Luca que, si bien era amante del estudio y de los libros, jamás llegó a
pensar que una universidad fuera así.
Precisamente, fue ese amor el culpable
de que ahora estuviera en Bolonia. Siendo un mozuelo, los que más peso tenían
dentro de su villa decidieron que sería conveniente establecer un centro donde
enseñar a sus hijos a leer, a escribir y llevar cuentas. Pensaban imitar las
escuelas básicas que empezaban a ser habituales en muchas ciudades. (Aquellas
primeros centros laicos no proporcionaban ningún Master en Economía, ¡pero qué
papel desempeñaron!)
Entre los que más movieron el cotarro
para conseguir su establecimiento, estaba el propio padre de Luca, también
llamado Luca y por eso apodado el Viejo, quien consideraba que
tales enseñanzas básicas serían una poderosa arma en manos de su hijo cuando
tuviera que hacerse cargo de los negocios de la familia. (No estaba dispuesto a
que volviera a ocurrirle a su hijo Luca lo mismo que a él: perder más de una
buena oportunidad, salir timado o meterse en algún mal lío, por no saber
entender los cuatro garabatos que «el otro» le presentaba para que «firmara».)
El propio padre de Luca, en compañía un
par de representantes de los demás gremios de la comunidad, fue quien se
encargó de la contratación del maestro, un milanés de aspecto distante y seco.
Este hecho, junto al carácter laico de
la escuela próxima a inaugurar, trajo consigo una cierta tirantez con el deán,
que se arregló con una solución de compromiso: el maestro enseñaría las letras
y los números, pero los padres estarían encantados (¡de verdad!) que la Iglesia
proporcionara en la escuela, una formación religiosa a sus hijos.
Al cabo de un tiempo de iniciadas las
clases, Luca Joven tomó cariño al maestro, pues si bien con
los demás niños aplicaba la tradicional política dura de enseñanza, («la letra
con sangre entra »), con él se portaba siempre de un modo afable e incluso
lisonjero. El maestro, después de las primeras semanas, había visto que tenía
madera. En toda su vida nunca había conocido a un muchacho que aprendiera tanto
y tan rápido. Pronto se convirtió en el primero de la clase.
Un día se presentó en casa de
Luca Viejo.
—Vuestro hijo —le dijo después de los
saludos y plácemes de rigor— tiene muy buena cabeza para las letras y los
números. Todo lo que tenía que enseñarle, ya lo ha aprendido.
Ni que decir de la alegría y del
orgullo que estas palabras le causaron. Nada mejor para un padre que le hablen
bien de su hijo. Pero, «¿qué debía hacer? —se preguntó—. ¡Ya está! Hablaré con
el deán.»
Ni corto ni perezoso, se dirigió aquel
mismo día a la iglesia. El deán, escuchó con interés al padre de Luca.
—Estoy de acuerdo con el maestro
—respondió—. También yo me he dado cuenta. Había pensado hablar con los monjes
para que le dejaran leer alguno de los libros que poseen. Creo que será una
buena idea para el chico, y ya que venís a hablarme de las posibilidades de
vuestro hijo me ahorráis tener que ir a pediros permiso.
Así lo acordaron. El deán pensaba que
sería muy aconsejable «fichar» para la iglesia una buena cabeza. Al padre no le
disgustaba, en modo alguno, esta posibilidad. El único discrepante fue el
propio muchacho, que aunque piadoso, no le iba el sacerdocio.
No importó. El deán, empero, dialogó
con los monjes para que le permitieran tener acceso a libros que fueran
adecuados para Luca Joven. Éstos aceptaron de buena gana.
Simplemente pusieron un requisito, que trabajara como copista en la pequeña
biblioteca; no había muchos que supieran escribir. La condición era justa, y
las partes estuvieron de acuerdo.
Pasaron unos pocos años. Luca Joven fue
prosperando intelectualmente a pasos agigantados para deleite de cuantos tenían
la oportunidad de discutir con él sobre artes y filosofía. Llegó, pues, un
momento en el que hubo que decidir qué haría a continuación.
Padre, deán y obispo, su último mentor,
llegaron a la conclusión de que lo mejor sería enviarle a estudiar a la
universidad de Bolonia. Y aquí lo tenemos ahora, en una universidad que contaba
con facultades de Medicina, Filosofía (supeditada a la Teología), Derecho y
Artes. (Según se decía, había sido fundada por los míticos romanos poco antes
de la caída de su Imperio.)
Luca Joven escogió
Artes, que era un paso previo para Derecho y Medicina, aunque se apuntó también
a Filosofía para matar el gusanillo de su afición. Pronto comprobó con
desagrado, que era demasiado; y más para un novato. Por mucha cabeza que se
tuviera, nadie era capaz de adquirir todo el conocimiento humano. Aquella
sobrecarga instantánea que se le vino encima al llegar, fue otra de las causas
de su estado de desconcierto inicial.
Por descontado, fue adquiriendo
experiencia y acabó no sólo superándolo, sino que se adaptó a las mil
maravillas a aquel ambiente, logrando, en primer lugar, un hermoso diploma de
bachiller en Artes y, luego, de licenciado en Derecho. No hizo el «Master »
(magisterio) ni el doctorado. Llegó un día en que se dio cuenta que se había
pasado toda su vida entre libros y que ya estaba bien. Tenía que hacer muchas
otras cosas en su vida.
Ese fue el paso de Luca Joven por
una universidad, que casi cien años después llegaría a contar con ¡doce mil
alumnos! (Y eso que estamos hablando de un mundo en el que dominaba el
analfabetismo; de una cultura en la que imperaba la espada; en la que el
desarrollo matemático se veía seriamente obstaculizado por una absurdo sistema
numérico, aunque ya un loco se había empeñado en que todo el mundo usara la
numeración «arábiga»; y que, como quien dice, por no haber, no se había
inventado ni la pólvora. Miento, los chinos ya hacían sus pinitos desde
principios del siglo X. Causa una cierta desazón comprobar la rapidez con que
se extendió el uso de la misma, en comparación con lo que tardó en adoptarse la
numeración «árabe». De hecho, hoy en día, todos los países conocen el uso de la
pólvora, pero sigue sin existir un alfabeto universal).
Retomemos el hilo y no nos pongamos
pesimistas. En aquella brumosa era, había renacido la práctica del estudio. Muy
poquitos años faltaban para que surgieran las figuras de Alberto Magno y Tomás
de Aquino. Merecerá la pena que hablemos, al menos, del primero.
San Alberto Magno, elevado a los
altares en este siglo, fue una figura clave para el desarrollo de la
institución académica. Dominaba el latín, griego y árabe, sabía de astronomía,
teología, filosofía, física, mecánica y química (había estudiado libros prohibidos
de árabes y judíos). Se le llamaba, y no sin razón, doctor universalis,
que podríamos traducirlo por el que más sabe de todo. Su apodo,
Magno, significa grande: Alejandro Magno, Carlomagno y Alberto Magno. Está bien
variar por una vez, y dar el apodo de Grande a un sabio en vez de a un
conquistador.
Fue un aristotélico, (a la sazón
prohibido por entonces y recuperado gracias a él y a su discípulo, Tomás de
Aquino), que sentó las bases del estudio científico. Propugnó el empleo de la
razón y de la experimentación para explicar las causas naturales: ¡ya estaba
bien de tanto misterio, oscurantismo y mito! Representó, pues, una auténtica
innovación revolucionaria en el modo que debía seguir cualquier aproximación a
una realidad a estudiar.
No es de extrañar, pues, que levantara
más de una polvareda y más de una agria controversia al enfrentarse a los
sistemas «tradicionales » de conocimiento.
A partir de ambas figuras, Europa va a
comenzar a dar paso a la razón como medio de explicar las causas naturales.
Después de varios siglos en los que la sociedad occidental nada había aportado
al fondo de conocimientos de la Humanidad, incluso había perdido muchos, iba a
comenzar a recuperarlos y a ampliarlos; y así, hasta ahora.
Siete historias imaginarias que, como
es habitual, han intentado proporcionarnos una visión de lo que ocurría durante
el periodo en el que el feudalismo se encontraba en su punto culminante.
Precisamente, cuando peor era la situación, empiezan a aparecer toda una serie
de indicios que nos muestran cómo la recuperación había dado comienzo.
Si comparamos estas historias con las
del capítulo dedicado a la crisis, vemos cómo son exactamente las contrarias:
- Del
despoblamiento de las ciudades, pasamos a la creación de nuevos embriones
(burgos, sedes eclesiásticas y recintos comerciales), y al repoblamiento
de las antiguas.
- De
la inseguridad general, a una organización feudal, que eso sí, proporcionó
la protección necesaria para poder empezar de cero.
- De
una mentalidad de rapiña y conquista por parte de los poderosos, a un
asentamiento tendente a la organización interna y una mayor justicia para
con los siervos.
- De
la desaparición del comercio, excepto el agrícola de ámbito local, a su
vasta difusión: Flandes, Venecia, Génova, Pisa, Francia, Bizancio,
Rusia... (Mediterráneo incluido).
- De
un mundo encerrado en sí mismo, a uno de comunicación e intercambio de
ideas y técnicas.
- De
un dinero exiguo y de un sistema de trueque, a una creciente acuñación y a
una economía monetaria.
- De
una única fuente de riqueza, la tierra, a una mayor diversificación de la
misma con el florecimiento de la artesanía, los servicios y la industria.
Gracias al comercio se abandonó la autarquía, en la que cada comunidad se
producía lo mínimo necesario; se empezó a intercambiar lo producido en
diferentes y, muchas veces, alejadas zonas.
- De
una población escasa y de unas tierras de cultivo que jamás se ampliaban,
a un crecimiento inusitado de la natalidad y, como consecuencia, un
aumento de la demanda de alimentos, lo que implicó una expansión de los
cultivos y una mejora de los sistemas tradicionales de laboreo.
- De
una división social de señores, clérigos y siervos, a la aparición unos
pocos, al principio, hombres libres: agricultores establecidos en las
nuevas ciudades y burgueses, comerciantes o artesanos.
- De
una época en la que erigir cualquier construcción era raro y de un aspecto
más bien burdo, a una en que hubo urgencia por edificar de todo, y en
especial esas portentosas catedrales románicas y góticas.
- �� Del abandono y olvido de la
aplicación de las ciencias, conocimientos y técnicas, a su recuperación,
creación e implantación.
- Finalmente,
y más importante, de una sociedad que no sabía leer ni escribir, salvo el
clero, a otra en que se empiezan a dar clases elementales y acaban por
nacer las primeras universidades «modernas».
Ignoro si ustedes comparten conmigo mi
manía por la cuestión de saber leer y escribir. Quizá, al ser tan «normal»
entre nosotros, nos lleve a quitarle toda su importancia. Me gustaría ser capaz
de transmitirles cómo lo entiendo. Saber leer es poseer una llave. La llave del
cofre del Tesoro más grande jamás reunido: la totalidad de los conocimientos
acumulados de la Humanidad. Poseer dicha llave nos permite tener acceso a todos
ellos. Saber escribir, no menos importante, nos pone en disposición de acrecentar
esa bolsa de sabiduría.
Tesoro
Guillaume se moría. Su vida, larga y
provechosa, tocaba a su fin. Pero aún le quedaba una cosa por hacer. Mandó
reunir en torno a su lecho a su mujer Turenne y a sus numerosos hijos.
—Escuchadme —dijo con una débil voz—.
En nuestras tierras hay escondido un tesoro. Dentro de poco, cuando me haya
ido, será vuestro. Encontradlo.
Ni que decir tiene que después del
funeral, sus hijos se pusieron como locos a buscarlo. Ni un palmo de tierra
quedó sin remover.
—No os preocupéis. Ya aparecerá —les
decía siempre Turenne cuando, desmoralizados por una búsqueda infructuosa, le
hacían la misma pregunta: «¿Dónde está?»
La cosecha siguiente fue la más grande
que las tierras de la familia de Guillaume produjera nunca. Una mañana,
Turenne, haciéndose seguir de los suyos, salió de la casa y con paso vacilante
se dirigió hacia los campos.
—Ahí tenéis vuestro tesoro —les dijo
señalando la cosecha con la mano—. A eso se refería vuestro padre. Ni a oro, ni
a joyas. El verdadero tesoro, estaba escondido dentro de la tierra. Con
trabajarlo como lo habéis hecho, aunque esperabais obtener otra cosa diferente,
tendréis asegurado vuestro futuro.
La moraleja de esta conocida fábula es
evidente: unos hombres, azuzados por el señuelo de un tesoro, se ponen a
trabajar duramente, y aunque no lo hallan, obtienen el verdadero premio, el
fruto de su trabajo.
Es imposible evitar establecer un
paralelismo entre el Tesoro de la Sabiduría y esta fábula. El Tesoro existe,
está escrito. Para encontrarlo sólo se precisan dos cosas: saber leer y
la voluntad de ponerse frente a un libro.
Después de este nuevo paréntesis, que
hace referencia a mi obsesión por uno de los factores clave del Desarrollo y
del que se habla con la boca pequeña en los libros de Economía, continuemos.
Estábamos diciendo que, de unos tiempos
amargos y difíciles, pasábamos a unos prósperos, en los que incluso la
meteorología pareció estar de lado de la Humanidad. (Por descontado, hubo
también desastres, tales como malas rachas con las cosechas, pestes y guerras.
Pero ya nunca volverían a provocar un estado de cosas tan crítico como el que
dio paso al nacimiento del feudalismo.)
Y claro, la pregunta que nos surge de
inmediato es ¿por qué?, ¿por qué de repente, la situación empieza a mejorar?
Cuando peor estábamos y más negro se nos hacía el panorama, aparecen los
primeros síntomas de un cambio esperanzador.
Hasta ahora hemos dado una descripción
de lo que ocurría, de algunos hechos, de sus causas, de sus efectos y de sus
consecuencias inmediatas. Pero no de sus causas primarias, no del motivo
fundamental que provocó tal recuperación.
Hay una cuestión clave que, si somos
capaces de interpretarla correctamente, puede darnos una pista. Se trata del
hecho de que, de súbito, comienza a verse gente por todos lados. Ese
acontecimiento me ha dado mucho que pensar, obligándome a releer mis libros de
consulta en busca de una explicación. Pretendía comprobar si coincidían con la
única razón que, según mi punto de vista, lo podía aclarar. Desgraciadamente,
en ellos se proporciona una visión muy descriptiva y de causas inmediatas, pero
no de lo que se barruntaba dentro de aquellas mentes que constituían la
sociedad feudal del siglo XI y siguientes.
Antes de dar la respuesta, creo que
tendremos que volver a repasar lo que es la Economía, que recordemos, es una
forma particular de afrontar la supervivencia.
Cuando se piensa que ésta se encuentra
en juego, se recurre a sus niveles más básicos, eliminando lo «superfluo» y
aplicando la política del «sálvese quien pueda». Dejamos de comprar, dejamos de
recibir servicios, guardamos el dinero, abandonamos nuestro hogar, arrinconamos
la enseñanza..., en fin todo lo que ya hemos visto hasta la saciedad. Cada cual
se encierra en su guarida o huye, e intenta afrontar los malos momentos,
procurando, cuanto menos, seguir vivo (y junto a él, los suyos).
Pero cuando se opina que, aunque
estemos mal, el futuro va a ser algo mejor, se sube un escalón (un nivel), en
lo que consideramos debe ser nuestra vida (que en nuestro libro,
denominamos supervivencia). De esa manera, salimos de nuestra
madriguera, dejamos de huir como locos, y nos ponemos a construir nuestro
futuro, haciendo más y más cosas.
La explicación que se da a la abundante
natalidad del siglo XI, es la mejora de las cosechas producidas por el buen
tiempo. Pero ésta es una justificación banal puesto que, ¿qué es lo que provocó
que hubiera más cosechas? ¿Los hados? Volvemos a liarnos con causas y efectos,
condiciones necesarias y suficientes.
Hubo más cosechas gracias a que la
Humanidad creyó que el futuro sería mejor a poco que se pusiera a trabajar para
alcanzar unas mejores condiciones de vida. Para ello fueron precisas unas
condiciones mínimas, que hemos visto, que proporcionaran ese rayo de esperanza.
Pero es que no sólo hubo más cosechas,
hubo una mayor actividad económica en general, debida a la misma causa. El
resultado fue una sociedad que produjo más, que intercambió más y que satisfizo
recíprocamente más necesidades.
El aumento de población, de cosechas y
de actividad económica, no aconteció de un día para otro, aunque desde la
perspectiva de casi mil años después, así nos lo parezca. Empezó como un
pequeño grano de arena, que apenas se distinguía. Al año siguiente, se hizo más
grande, pero sólo un poquito más. Esto animó a la gente. Por consiguiente, se
estuvo más optimista, y como el grano, cada año, siguió creciendo un tanto,
llegó un momento en el que se vivió una auténtica euforia.
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Esta es mi particular visión del Desarrollo
Económico: hombres y mujeres que, día a día, labran trabajando duramente,
un futuro siempre incierto, pero que por lo menos presenta expectativas de
mejora; hombres que llegado un momento, son capaces de producir para los demás
y de ese modo satisfacer más necesidades del conjunto; y hombres que,
finalmente, son más cultos y preparados, lo que les permite mejorar
continuamente sus procesos económicos, y no menos importante, llevar un mejor
modo de vida. Pero eso sí, paso a paso, poco a poco. Por eso es tan difícil de
detectar esa causa primaria, porque no es única ni es espectacular, sino que es
la suma casi infinita de muchos pequeños aciertos. Es lo mismo que decíamos de
la crisis, pero todo al contrario. Nada de grandes ideas, nada de grandes
soluciones.
Hemos visto demasiados fracasos durante
este siglo, cuando se han intentado planes de desarrollo a lo «grande» o desde
«arriba », como para no darnos cuenta que el Desarrollo es una cuestión
de hombres y mujeres, de sus expectativas, de sus ganas, de su voluntad y de su
preparación que, poco a poco, y con grandes y pequeños aciertos, también
fracasos, ponen la siguiente piedra en el edificio que está levantando la
Humanidad. Lo acaecido a partir del año mil, parece que así lo demuestra.
(Crisis, por contra, consiste en el lento deterioro de dicho edificio por
abulia, desgana, desconocimiento, rapiña, descontrol, corrupción... Cuando
llega el mazo, parece que la edificación, que tanto costó levantar, se cae de
repente. Pues no, ninguna obra sólida cae al primer golpe, a menos que ya esté
corroída.)
Olvidémonos, pues, de una planificación
estructurada de sectores productivos, o de la implantación de mega polos de
desarrollo, o de una potenciación estratégica..., como la solución a la salida
del subdesarrollo en el Tercer Mundo.
Si de verdad estamos comprometidos con
la idea de la desaparición de la eterna plaga del hambre y de que la Humanidad
en conjunto adquiera un nivel de subsistencia digno, pensemos en qué nos hemos
equivocado hasta ahora, y reflexionemos cuál es la única salida que queda.
Nuestro error, con toda la buena
intención que se quiera, ha sido pensar que el Primer Mundo puede ayudar al
Tercero. No, eso no ha ocurrido, ni ocurrirá. La Historia no funciona así. Si
los países subdesarrollados quieren prosperar, deben pensar en qué pueden
ayudarse a ellos mismos y a nosotros. No estoy jugando otra vez con las
palabras, ni estoy haciendo gala de ninguna clase de cinismo. Lo digo muy
convencido. La clave de la salida del pozo en el que se encuentran, se halla en
ellos mismos. En su gente.
Y, en ese punto, sí que hay algo en lo
que podemos ayudarles. Nosotros disponemos de los conocimientos necesarios. Es
el arma más poderosa del Mundo y, lo curioso del caso es que no nos hemos
negado nunca a compartirlos. Simplemente no pueden acceder a ellos, porque los
símbolos, que la revelan son incomprensibles para la mayoría de ellos. Bastaría
dar unos pocos pasos. El primero sería enseñarles a leer. El segundo, a
estudiar lo básico. El tercero, seguir enseñándoles...
Salvo excepciones provocadas por
situaciones atípicas, no existen comunidades prosperas en el que el conjunto de
su población sea ignorante de solemnidad, ni lo contrario, una comunidad pobre
con gente superpreparada. En el fondo no es más que una escalera en la que cada
sociedad ocupa un peldaño, arriba, en medio o abajo, según el grado de
preparación de su población.
Pues bien, a medida que los países
pobres se encuentren más formados, empezarán a pensar, y a dar sus propias
soluciones a sus propios problemas (sus soluciones, no las nuestras). Llegará
inevitablemente un momento en el futuro en el que serán capaces de satisfacer
algunas de nuestras propias necesidades mejor que nosotros mismos, con lo cual,
las podremos intercambiar por aquéllas en las que nosotros seamos más eficaces.
De ese modo, todos seremos más ricos.
¿Y seremos felices y comeremos
perdices? Sé que suena a final de cuento de hadas y efectivamente, saber leer y
escribir, repito, no es más que el primer paso. Un paso que acelerará su
proceso de Desarrollo.
Por lo que respecta a que los terceros
países nos ayuden a nosotros como vía de ayudarse a ellos mismos, diría a los
escépticos que esto ya ha ocurrido o está ocurriendo, o al menos en una parte.
Hubo una vez un país feudal llamado
Japón, hoy en día nuevo rico gracias a que ha sido capaz de producir para
Occidente (y desde luego, para él mismo) toda clase de artefactos de una manera
tan eficaz que sus clientes occidentales han podido ver cubiertas una serie
insospechada de necesidades que sin ellos habría sido terriblemente más costoso
poder cubrir. Pasos muy parecidos están dando países vecinos suyos. (O mucho
más cerca, qué me dicen de lo que representó el turismo para el caso español.)
Si esos países no hubieran desarrollado
tan eficazmente sectores como la electrónica o la automoción, ¿creen ustedes
que los occidentales podríamos llegar a tener tan cubiertas ese tipo de
necesidades? Estoy más que seguro que no. Hoy, una radio de mediana calidad,
puede llegar a costar el equivalente a dos o tres días de trabajo. ¿Cuánto
costaría si nos lo produjéramos nosotros? ¿Y un televisor, y un ordenador
personal, y...?
Pues bien, ¿recuerdan lo que hicieron
los japoneses? Vinieron a aprender de nosotros.
Ahora ambas partes estamos mejor. Y
podría ser incluso más bonito, si Japón no se empeñara en negarse a aceptar lo
que nosotros podemos ofrecerle. Pero ya llegará el día.
De nuevo veo caras de incredulidad.
¿Acaso Japón, y el resto de países orientales, no están haciendo que Occidente
sea más pobre ya que están quitándonos puestos de trabajo?
Desgraciadamente, pensar así está de
moda hoy en día. Creemos que la riqueza la generan los puestos de trabajo.
Cerremos pues, nuestras fronteras. Hagámonos nosotros mismos todo lo que
necesitemos. Es más, si una máquina, resta puestos de trabajo, destruyámosla.
No estudiemos, porque esto hace que la gente adquiera la funesta manía de
pensar y con ello seremos más productivos y tendremos menos trabajo.
Una vez leí un anuncio en el que se
veía una retroescavadora haciendo un agujero para la cimentación de un
edificio. Uno de los espectadores decía:
«Cuando veo esas máquinas no puedo
dejar de pensar en a cuántos hombres, con picos y palas, ha quitado el
trabajo.»
Un segundo espectador respondía:
«Ni yo, en cuántos hombres podrían
trabajar con las manos, si no hubiera picos ni palas.»
No ¿verdad? Por ahí no van los tiros.
Con una Edad Media tenemos bastante. Occidente para dar respuesta a la mayor
productividad oriental de unos sectores específicos, debe pensar en lo que
puede llegar a generar más rentablemente que ellos, para intercambiarlo.
Intercambiar la satisfacción de más necesidades, no de menos.
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Quedaría un punto a tener en cuenta.
Asistí, de estudiante, a un conferencia de un científico español que trabajaba
en la mejora de técnicas agrícolas. Habló entusiasmado de sus progresos, y de
cómo con la aplicación de lo que ya se sabía, podía darse solución al Hambre
del Mundo. Concluyó con una frase que se me quedó grabada a sangre y fuego:
«... porque la solución al Hambre se
encuentra en la Ciencia, no en los políticos, que ya han demostrado su
incapacidad para lograrlo. »
Aquel conferenciante se equivocaba. Mas
de treinta años después, las cosas siguen igual y la Ciencia no ha dado de
comer a los hambrientos. Pero ojo, no porque no sepa, no porque todavía seamos
incapaces de hacerlo (en Europa sobran alimentos por un tubo). No, si no lo
hemos arreglado aún es por dos motivos:
- No
existe la voluntad real de darle solución (ahí doy la razón al
conferenciante cuando hablaba de la Política. En Economía, a cualquier
nivel, los intereses propios son lo primero, aunque con ello, acabemos
perjudicados).
- Teniendo
los medios y los conocimientos, somos incapaces de ver la solución que
tenemos ante nuestras narices: «No le des un pescado a un hambriento,
enséñale a pescar». Es lo que dice un proverbio archiconocido (y no
aplicado), al que yo añadiría: «Y enséñale a hacerse la caña de pescar, y
cómo encontrar los mejores sitios de pesca, y a leer los libros que tratan
de la manera mejorar las técnicas de pesca, y dile que si saca buenos
peces se los cambiarás por buenos filetes de carne...»
Es, por consiguiente, una cuestión de
querer hacerlo. Los pobres pasan hambre, no porque no quede otro remedio, no
porque, como así han sido siempre las cosas, así deben seguir. No porque
carezcamos de capacidad. En absoluto. Existe una solución fácil y que no
implica ningún gran sacrificio por nuestra parte, aunque sea todo lo lenta que
se quiera.
Resumamos, como es de ley, el presente
capítulo. Empezábamos con la descripción de una particular forma de camino
hacia el feudalismo, la española, quizá bastante atípica con lo ocurrido en el
resto de Europa.
El sistema económico feudal se
caracterizó por estar bajo mínimos, en plan supervivencia, que
contrastaba fuertemente con la opulencia y actividad de otros pueblos de la
misma época. En especial con lo que ocurría en el mundo árabe.
Lo expuesto sobre este particular
régimen, no aporta conceptos nuevos a los que ya hemos ido introduciendo en
nuestro libro. Simplemente reafirma algunas conclusiones a las que llegábamos
en capítulos anteriores. De ellas, la que se nos hace más evidente, es el hecho
de que una sociedad en la que el origen de la riqueza es único, o casi único,
es más pobre que otra en la que las riquezas fluyen desde múltiples fuentes.
Eso, dicho así, es otra perogrullada, pero nos sirve de base argumental para
reafirmar el principio de que cuantas menos necesidades seamos capaces de
satisfacer, menos posibilidades de supervivencia habrá, y para menos gente.
En este sentido, la sociedad medieval
constituye la historia de un fracaso de la Humanidad, que no tuvo porqué
ocurrir necesariamente. Y, si hacemos tal afirmación es porque en otras
sociedades del momento la organización era totalmente diferente, árabes, rusos,
bizantinos...
Pero tampoco tuvo porqué ocurrir,
puesto que no era una situación deseada. La prueba es que cuando mejoraron las
condiciones dentro de la propia sociedad feudal, surgieron los agentes que la
desmantelarían, para ir hacia un modo de vida más libre y próspero.
Los agentes surgidos, fueron dos:
Hombre y Mujer. Ambos causa y ambos efecto de la actividad económica. De ellos
nace y ellos reciben sus frutos. De ellos depende la cantidad y calidad de lo
que nazca y reciban.
El resultado fue un paulatino salir del
subdesarrollo, siguiendo un modelo clásico que ya nos conocemos muy bien:
ampliación de la producción agrícola, crecimiento de las ciudades, intercambio
comercial, etc., etc., etc. y mayor grado de conocimientos.
Pues bien, ya conocido el camino del
desarrollo, los pasos que hay que dar, y los efectos y consecuencias que
provocará cada uno de ellos, sólo nos queda contestar una pregunta ¿por qué?,
¿por qué un pueblo evoluciona y sale del subdesarrollo?
Vemos cómo la respuesta no es única,
sino como diría un castizo, es un «mogollón» de acontecimientos encaminados a
conseguir la supervivencia; no mediante un «sálvese quien pueda» o
un «yo me lo guiso, yo me lo como», sino mediante un intercambio recíproco de
la satisfacción de necesidades. Con este planteamiento, hemos vuelto a las
conclusiones que obteníamos en el capítulo segundo. La Historia nos demuestra
que siempre que sucede igual, ocurre lo mismo.
Con lo que corroboramos como el Desarrollo es
lento, acumulativo, al que cada sociedad impone su ritmo. O mejor, según la
moral, la capacidad y la voluntad de los miembros de esa sociedad, dicho ritmo
será más o menos vivo.
Sin haber pretendido dar un tratado
sobre el Desarrollo de los pueblos, he intentado mostrar, al
menos, cuál es la vía que creo más adecuada para empezar a caminar, evitando
volver caer en los mismos errores.
¿Y con ello habremos solucionado el
problema del Hambre y del Subdesarrollo?
Mañana no, por descontado. Pasado
tampoco. Al tercer día, puede que la cosa empiece a ser algo mejor...
Recordemos que ya hay pueblos que están viviendo su tercer, cuarto, quinto
día...
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Se acabaría el mundo medieval,
aparecería el Renacimiento y a la vez que éste, vería la luz una nueva forma de
entender la Economía: el Mercantilismo. Pero tranquilos, no pienso dedicarle el
próximo capítulo. Ya hemos hablado demasiado del Comercio. Aunque muchos
tratados sobre la Historia Económica suelen arrancar de ese momento histórico,
su estudio no aportaría mucho más a lo que pretendo desarrollar en este libro.
No digo que los siglos XV a XVIII no fueran una época interesante desde el
punto de vista económico. Lo fueron (en medio de ellos tuvo lugar el pequeño
suceso de América y la importación a Europa de metales preciosos donde produjo
todo un desmadre en precios). Y además, en ese periodo, asimismo, empezaría a
desarrollarse un incipiente Pensamiento Económico, embrión de nuestra Ciencia
actual.
Pues bien, como el Mercantilismo no fue
sino un modo particular de entender el Comercio, tendente a asegurar sus
mercados al precio que fuera, y como existe una abundante literatura de aquella
época, opino que hemos de dar un salto, e irnos precisamente al tiempo en el
que se considera que el Mercantilismo fenece (¿?). Una segunda revolución se
huele en el ambiente.
CAPÍTULO 9
LA FÁBRICA
Abuelo
Se llamaba Jack, su nombre no podía ser
otro. Había disfrutado de la vida todo lo que un hombre de su condición podía
saborear. Primogénito de una familia de siete, de los cuales todos menos el
tercero habían llegado a la madurez.
Su abuelo y su padre, también se habían
llamado Jack. Su hijo y su nieto, de igual forma habían seguido la tradición.
Jack, el abuelo, había tenido unas
pocas tierras repartidas entre varias parcelas separadas. Así les ocurría al
resto de pequeños propietarios de aquella aldea situada en Suffolk, al Este de
Inglaterra. Desde el principio las cosas empezaron a irle bien (lo mismo
podíamos decir de sus vecinos). Una afortunada racha de buenas cosechas, que
por demás fueron bien vendidas hicieron que la familia de Jack viviera si no
con lujos, sí con holgura.
No muy lejos de allí, al norte, en
Norfolk, un atípico Lord llevaba ya algún tiempo experimentando en sus
posesiones nuevas técnicas, como la rotación de cultivos, el drenaje y abono de
los campos y el empleo de útiles de labranza mejorados. Las novedades no
tardaron en ser copiadas y el abuelo Jack no escapó a esta boga.
La verdad es que empezaban a ser buenos
tiempos. Escocia e Inglaterra se habían unido a principios de siglo, la armada
británica dominaba los mares desplazando la preeminencia holandesa, allanando,
así, el camino para su marina mercante. Tampoco eran infrecuentes las noticias
del apresamiento de algún galeón español que contribuía estupendamente al
tesoro británico, y por supuesto a los propios corsarios ingleses, quienes
recibidos «con todos los honores» por las autoridades, percibirían su parte del
botín.
El abuelo Jack no tenía todas esas
cosas en la cabeza, pero experimentaba su influencia benefactora.
—¡Vamos viejo Jack! —le decía un
parroquiano pesimista en la taberna donde habitualmente se reunían—, la cosa no
tiene sentido. Cada vez cosechamos más y más. ¿Cuándo empezarán los precios a
irse por los suelos?
Jack quedó un momento en silencio. La
pregunta le produjo una cierta desazón, pero sólo momentáneamente.
—No te preocupes viejo amigo
—respondió—. Las cosas están yendo demasiado bien como para ir pensando en
malos augurios. Mi mujer está esperando nuestro quinto hijo, y al igual que me
pasa a mí, en todos lados están naciendo niños y niños.
»No es como en tiempos de nuestros
padres —continuó—, ni como nos los contaban. La gente ahora es más optimista,
está más contenta. Nacen más niños. Se come más.
»¡Deja de ser agorero! Abre los ojos y
mira lo que está pasando a tu alrededor.
En efecto estamos metidos en la Gran
Bretaña de la Revolución Industrial. Bueno un poquito antes, y como ven estamos
hablando de Agricultura. ¡Lógico! Hemos vuelto a dar un salto grande en el
tiempo como advertíamos al final del capítulo anterior, y nos encontramos en
una situación tal que la población inglesa empieza a crecer: nacen más niños,
que como estaban mejor alimentados morían menos. Por cierto, y haciéndonos de
nuevo la perpetua pregunta, ¿qué fue antes el huevo o la gallina?: ¿había más
gente porque las cosas —la Economía—, iban bien?, o ¿las cosas iban bien porque
había más gente? Un pensador económico británico, Malthus, escribió a finales
del XVIII un ensayo sobre el crecimiento de la población y los alimentos. Venía
a decir que existe una tendencia a que el número de personas aumente más
deprisa que la producción de alimentos necesarios para alimentarlas.
Independientemente de que estemos o no de acuerdo con él, si lo cito es porque
nos da una pista de lo que estaba pasando por aquel entonces en cuanto a la
demografía.
Pero bien, sigamos. Esta historia les
habrá sonado familiar, con otros personajes y en otras épocas, pero es la misma
que la aparecida en otros capítulos. Fíjense que como ya comentábamos en ellos,
ya no sólo se trataba que las cosas les fueran bien, sino que había
perspectivas de que continuaría la racha. Y es que en Economía las expectativas
juegan un papel primordial.
Quedémonos por ahora, simplemente, con
la idea de la interrelación entre población y desarrollo agrícola.
Padre
Jack padre, fue atípicamente el quinto
vástago. El porqué había recibido el nombre de Jack nos lo explica el hecho de
que su hermano mayor había muerto de unas fiebres traicioneras siendo un bebé.
El abuelo Jack, quiso que su nombre permaneciera en uno de sus hijos, así que
una vez pasado un tiempo prudencial, volvieron a poner el nombre de Jack a un
hermoso bebé, venido al mundo once años después del primero.
No tenía derecho a heredar las tierras.
Por cierto, Jack oía rumores de que en otras partes de Inglaterra se estaban
aprobando unas leyes de cercamiento de terrenos que tenían muy preocupados y
enfadados a muchos del pueblo.
Jack no entendía lo de las «vallas».
Tampoco le preocupaba. Lo suyo no iba a ser el campo, ni por derecho, ni porque
le gustara.
Un buen día, oyó conversar a un hombre
en una taberna. Se jactaba, a viva voz, ante un grupo de parroquianos de lo
mucho que ganaba haciendo que unas mujeres, allá en su pueblo, hilaran y
tejieran telas.
Jack no quiso dejar escapar la
oportunidad. Dotado de un agudo instinto, supo relacionar el hecho de que cada
vez había más gente, lo había oído a más de un agorero muy influenciado por las
ideas al uso, y también era consciente de que la gente vestía mejor. Bastaba
ver y oír a los viejos y compararlo con lo que decían y hacían los más jóvenes.
No compartía el pesimismo de algunos pocos hacia el futuro. Más bien pensaba
que era una oportunidad.
Así que sin dudarlo se puso en camino
hacia el pueblo que había mencionado aquel hombre. «¡Bendito fuera!». Allí, con
ojos y oídos muy abiertos fue descubriendo secretillos y más lugares donde se
estaba haciendo lo mismo. No dudó, pues, peregrinar de sitio en sitio, haciendo
pequeños trabajos para poder pagarse la estancia y a la vez aprender más cosas
de aquel negocio.
Una cosa se le resistía, averiguar
quién compraba las telas y dónde. Fue cuestión de tiempo y suerte.
¡Eureka!, volvió a ver a su hombre.
Apareció dispuesto, según anunció sin necesidad de megafonía alguna, a hacer
noche en la posada donde Jack se alojaba. En ella, solía pasar la velada
escuchando por si se mencionaba algo que pudiera interesarle.
No bien Jack hubo escuchado aquello,
tomó una rápida decisión, se levantó y se dirigió a la barra.
—Prepáreme la cuenta —dijo Jack al
posadero—, pues mañana temprano debo partir a mi pueblo.
Desde luego, no tenía tal intención,
sino que levantándose antes que nadie se las ingenió para seguir a su «reclamo»
y averiguar quiénes eran sus contactos.
Una vez descubierto uno de ellos en una
ciudad no muy lejana, el resto fue fácil. Ya sabía qué, quién y dónde. Sólo
precisaba establecer contacto. Esperó discretamente a unos metros de la puerta
del almacén por donde había entrado el sujeto y dejó pasar el tiempo hasta que
lo vio salir. Seguidamente se coló en el local y preguntó por el propietario.
El intermediario de las telas lo recibió bien al enterarse de su propósito y le
comentó que cualquier partida de buena calidad, insistió, le sería bien aceptada.
—Precios a convenir según calidad, ¡por
supuesto!
No obstante, los precios aproximados
que le propuso, no acabaron de cuadrarle con lo que había oído comentar. Dejó
una señal de alerta en su mente para la próxima vez que hablara con él. Novato
como era, no sabía si es que la gente cuando hablaba de lo que le pagaban por
sus telas exageraba, o si el intermediario quería timarle.
«Posiblemente ambas cosas —pensó.»
Volvió a su pueblo y convenció a su
madre, algunas tías y conocidas para que le hicieran algunas piezas. Con las
telas a cuestas, muy oportunamente, se enteró por el camino que había otro
intermediario en otra ciudad.
Sin dudarlo se puso también en contacto
con él, y se decidió por el primero, puesto que le mereció menos desconfianza.
Aún así se fue algo mosqueado por lo que cobró porque las telas que le vendió
eran francamente de primera.
—Sí, ¡hijo! —le dijeron, —pero el color
no es el que más gusta en estos momentos.
Ya en su pueblo, pagó la parte acordada
a las mujeres, que se lo comieron a besos y abrazos y volvió a pedirles que
hicieran más, aunque con otras tonalidades.
Es un hecho cierto que durante un
tiempo, en algunas zonas, una parte del campesinado se dedicó de una manera
artesanal a hilar o tejer lana, algodón o lino.
En un principio, como un complemento a
los ingresos del campo. Pero después, se invirtieron los términos. En algunos
pueblos, la mayoría de la gente se dedicaba a las telas.
Sigue siendo curioso que la llamada
Revolución Industrial, uno de cuyos sectores principales fue el textil,
arrancara de un modo artesanal.
Por cierto, recuerdo que en la España
de los años 60-70, se pusieron de moda las «tricotosas», pensadas para que
desde el hogar se hicieran prendas.
El negocio de Jack padre, no pudo pasar
a Jack hijo a pesar de su primogenitura. No es que se peleara con su padre,
simplemente fue que los tiempos estaban cambiando. Y el negocio familiar había
estado yendo de mal en peor.
Todo empezó cuando a alguien se le
ocurrió inventar una máquina manual que tejía más rápido. Jack padre no se dio
por aludido y decidió que su negocio iba a seguir igual que desde siempre.
Pero claro, toda solución crea sus
propios problemas. Como hemos dicho, al tejerse más rápido, hizo falta más
hilo, con la consecuencia que hubo escasez del mismo. A Jack padre esto le
sentó fatal, pues los precios del hilo subían y él no se decidía a compensarlos
con la mayor productividad que significaría emplear las máquinas tejedoras.
Había, pues, que dar una solución al
problema que produjo la primera solución. Así, se inventaron las mulas automáticas
que permitieron hilar muchísimo más rápido. Con lo que los problemas
aparecieron del lado de los tejidos, incapaces de absorber tanto hilo.
Aquello supuso un alivio momentáneo
para Jack padre. Los precios del hilo bajaron, y con ello sus costes, pero por
contra ya no se vendía tan rentablemente como antes ya que los precios no eran
como al principio.
Pero los inventos no podían quedarse
quietos. Hubo que dar una solución al problema suscitado por la segunda
solución que daba respuesta al primer problema. Así pues, se hacía necesaria
una tejedora automática y, por supuesto, se inventó.
El padre de Jack no supo ver que el
futuro se decantaba por la mecanización. Otros sí. Invirtiendo en costosas
instalaciones e equipamientos. Atrajeron hacia sí trabajadores contratados,
capaces de producir a precios más ventajosos.
Si mal no recuerdo, cuando estudiaba la
Revolución Industrial, daba la sensación que los inventos en la industria
textil produjeron el desarrollo inglés de aquella época. Pero a mí me da la
impresión que era al revés. El progreso británico generó una mayor necesidad de
prendas lo que incentivó y promovió mejorar la fabricación de las mismas. Con
posterioridad, efectivamente, esas mejoras revertieron en el propio desarrollo,
pero no fueron su causa.
Para verlo de una manera más sencilla
podemos dar un ejemplo por el método de la reducción al absurdo.
Imaginemos una barbaridad. Sea el caso
de que a los ingleses in illo tempore les diera por ponerse a
fabricar menhires, y no contentos con ello, se empeñaran en mejorar
constantemente su proceso de elaboración. Pues bien, coincidirán conmigo que ni
esa producción ni esa mejora en la productividad, habrían significado algo en
el desarrollo del que estamos comentando.
A lo largo de este capítulo lo
desarrollaré algo mejor. (Supongo que si han podido soportarme a lo largo de
todas las páginas que llevan leídas ya se habrán acostumbrado a mi forma
anárquica de escribir.)
Hijo
Viendo Jack hijo, pues, lo que se
avecindaba, decidió independizarse. No en vano desde niño ayudaba a su padre y
fue dándose cuenta del poco futuro que tenían a menos que compraran las
carísimas máquinas infernales y contrataran gente. Su padre siempre había
echado pestes ante tal posibilidad, con lo que ni se le ocurrió mencionarlo.
Se despidió, pues, de los suyos siendo
aún adolescente, recogió sus pertenencias y algo de dinero y se dirigió a la
ciudad, donde se embarcó como grumete en un barco mercante. (No vamos a contar
cómo lo engancharon, perdón enrolaron, pero la verdad es que el primer día de
su llegada a la población lograron engatusarlo con las maravillosas aventuras y
amores que disfruta el marinero.)
Amores sí hubo, pero en las lúgubres
tabernas de los puertos donde fondeaban. Aventuras, menos, como no sea la
monótona y pesada tarea a bordo y el pasarlas moradas en cada temporal.
—¡No te preocupes, hijo! —le
vociferaron los marineros más curtidos durante su primer temporal—. El barco
está asegurado por Lloyd's.
Estuvo «lenteja» para pillar la guasa.
La verdad fue que cuando se lo dijeron, se tranquilizó estúpidamente. Luego fue
dándole vueltas a cómo era posible asegurar que un barco no se hundiera. Hasta
que oyendo esto de aquí y de allá acabó comprendiendo lo fácilmente que le
habían tomado el pelo.
La verdad es que aprendió bien la
lección. En adelante mantuvo los sentidos en alerta, se fue enterando de cosas,
a la par que llegaba a la convicción de que aquella vida no le iba en absoluto.
Decidió que al término de su enganche se escaparía tierra adentro, no sea que
lo volvieran «convencer» como a otros muchos de la tripulación.
De las cosas que Jack se enteraba
estaba el hecho de que los ingleses estaban traficando en casi todo el mundo
gracias a su habilidad comercial, naval y militar. (El orden posiblemente fuera
al revés).
«Así que —descubrió—, estamos vendiendo
ropa en todos lados.»
Lo que Jack no llegó nunca a enterarse
era que la Lloyd’s había tejido también una red de espías, o mejor informantes,
que hacían llegar a la central de Londres toda clase de reseñas. Gracias ellas,
la aseguradora podía establecer mejor que nadie los riesgos de cada ruta, y en
consecuencia, ofrecer las mejores primas.
Jack tampoco supo descubrir la relación
entre las ropas, los mercados donde las servían, la marina de guerra que velaba
por ellos y la Lloyd’s que hacía que los riesgos no los sufriera el capital,
sino solamente los marineros. (Perdón por este ápice demagogo, pero tengo una
duda, ¿estaban también asegurados los marineros para que en caso de naufragio
sus familiares recibieran alguna compensación?)
Abandonada que fue su vida de marinero,
encontró trabajo en la construcción de un canal. Más bien fue al contrario, ya
que el trabajo lo buscó a él. De nuevo fue reclutado, pues por entonces se
estaban abriendo canales por todas partes.
—No deja de tener su gracia —pensó—,
voy a andar siempre metido en el negocio de la navegación.
Aquel trabajo no contribuyó mucho a
desarrollar su intelecto, más bien sus músculos. Si bien al principio sintió
una cierta curiosidad de saber porqué se construía, al poco, el tedio y el
cansancio acabaron con sus ganas de investigar.
Sólo esperaba la llegada del día de la
paga, y pasar luego el mejor rato posible. Y de verdad que disfrutaba a lo
grande. Su juventud, fuerza y el dinero del sueldo lo hacían irresistible. El
lunes siguiente, ya casi sin ningún penique, volvía a la rutina diaria.
Pasó el tiempo, y el canal se acabó, y
con él, el trabajo. No obstante no le habría dado siquiera tiempo de
inscribirse en la oficina del paro (perdón, de empleo).
Volvieron a contratarlo de nuevo para
un trabajo intelectual. Había que construir una carretera por cuenta del
Gobierno.
—¡Bueno! ¡Lo que haga falta!
El trabajo era igual que el otro al
aire libre, aunque no había que cavar tan hondo. Ni que decir tiene que su
rutina de vida no cambió. Bueno, no cambió hasta el día en que se pasó. Todos
sabemos lo perjudicial para la salud que puede ser liarse con la mujer de un
compañero, y en medio de una borrachera proclamarlo a lo cuatro vientos.
Así que decidió dejar Inglaterra y
emigrar a Gales.
«Buena gente estos galeses, a pesar de
su modo infernal de hablar el inglés —se decía.»
El trabajo volvió a encontrarlo a él
rápidamente. Le metieron en una mina de carbón.
A los dos días ya había decidido que
esperaría hasta la primera paga, y se largaría enseguida de allí. Aunque no fue
eso lo que le ocurrió. Con más de treinta «tacos», se quedó de piedra por
primera vez en su vida al ver a una muchacha, menuda, pálida, de ojos verdes y
pelo castaño, que cuando le sonrió hizo que un ataque de parálisis se adueñara
de su cuerpo, afectándole especialmente en el habla.
Apuesto que conocen el resto de la
historia. En efecto, se quedó, la cortejó, se casaron, él sentó la cabeza y
ella se quedó embarazada.
Sin embargo no hubo suerte con ese
embarazo ni con los siguientes. Por fin, uno pareció que llegaría a buen
término. Pero la madre no logró sobrevivir al parto.
Jack cuidó del niño unos años, hasta
que siendo lo suficientemente mayor, pudo dejarlo con la familia de su mujer.
Con cerca de cuarenta años, liberado de la carga familiar, estaba decidido a
volver a su vida de trotamundos y abandonar por fin el infernal trabajo de las
minas.
Jack, en sus múltiples faenas como
peón, siguió sin ser consciente de la importancia que su trabajo significaba de
cara al desarrollo de su país. Es habitual. Estando como estamos inmersos en el
día a día, no solemos echar la vista atrás para comparar cómo estábamos antes y
ahora. Si tiene la fortuna de vivir en un país del Primer Mundo, dé una mirada
retrospectiva a cómo era el nivel de vida de hace unos 25 años, y al de ahora.
Quizá viendo un telefilm de los años 70-80, se asombre de lo mucho que ha evolucionado
el nivel de vida.
Al igual que la Roma de las
infraestructuras, los canales y carreteras inglesas significaron un gran paso
adelante para la movilidad de personas y ejércitos, pero especialmente de
mercancías. Fíjense qué casualidad, tanto romanos como ingleses construyeron
sus carreteras con fines militares y como elemento de unión rápida entre las
diversas partes de su territorio.
El resultado fue que el transporte se
hizo más rápido y se abarató. Telas, hilo, carbón, hierro y resto de productos
se movían por las redes de comunicación acercando materias primas y materiales
a las fábricas, y productos finales a los compradores.
Eso es obvio. Pero a veces es preciso
resaltar lo obvio: con el sistema de comunicaciones de la Inglaterra de la
primera mitad del siglo XVIII, habría sido prácticamente imposible un
desarrollo tan acelerado.
Jack, volvió a vagar de un empleo a
otro. No era difícil encontrarlos. Un día le ofrecieron la oportunidad de
trabajar en una pequeña fábrica de hierro.
No sabemos muy bien por qué Jack
aceptó, pero el hecho es que lo hizo. Más extraño aún fue que le gustara
aquello.
El patrón era una buena persona que
pagaba según la costumbre, trataba bien a su gente e incluso se preocupaba por
ella. Jack sintió una fuerte simpatía por aquel hombre. Pensaba que el trato
que les dispensaba no se debía única y exclusivamente a que no era fácil
encontrar mano de obra, sino que lo hacía por ser de un natural bondadoso.
«¡Pero bueno, Jack! —se decía—, tú que
siempre has presumido de tu independencia y libertad, ¿te encierras entre estas
cuatro paredes?»
No pasó mucho tiempo sin que el patrón
se fijara en él. Hablaron y el patrón escuchó admirado las múltiples aventuras
de Jack. Decididamente le gustaba aquel hombre.
Poco después, le ofreció desempeñar
pequeñas tareas de responsabilidad mandando grupitos de peones. Jack no le
defraudó, pues sabiendo mucho de lo que pasaba por la mente de sus compañeros,
supo dirigirlos bien. Mientras la fábrica iba prosperando.
Les prometo que no estoy escribiendo
esta historia bajo el influjo de ningún alucinógeno. Es cierto que esto pasaba
del modo que lo estoy contando (más o menos). En la segunda mitad del siglo
XVIII, Inglaterra seguía siendo un país predominantemente agrícola. Los
trabajadores de las otras ramas eran ocasionales y no permanecían mucho en una
misma ocupación. Los patronos solían tratar bien a su gente, e incluso se
preocupaban por ellos. La situación laboral de la época, todavía no se había
convertido en lo que sería más adelante. Pero, no corramos tanto.
Cuando mejor le iban las cosas a Jack,
el patrón sufrió de repente un ataque que le imposibilitó seguir dirigiendo la
fábrica, pues quedó con medio cuerpo paralizado y un habla apenas entendible.
Su hijo, más seco que un palo y con
aire de superioridad muy británica, se hizo cargo del negocio, con grave
disgusto de Jack y de todos los demás operarios.
Y las cosas empezaron a cambiar para
mal. El nuevo patrón había estudiado en la ciudad y seguido con un interés
creciente los debates suscitados a raíz del nuevo pensamiento económico. Ni
decir tiene que abrazó con entusiasmo la naciente teoría liberal:
«Por el bien de Inglaterra —se decía
absolutamente convencido—, nosotros los elegidos, hemos de tener la facultad de
conducir nuestros negocios con entera libertad. De esa manera el país
prosperará. ¡Hay que dejar que la «mano invisible» que dirige la Economía
actúe!»
Imbuido en esa mentalidad patriótica,
con la superioridad que su fortuna y educación le proporcionaba, y más que
nada, con la seguridad de tener razón, se dispuso a dirigir la fábrica.
Desmontó las obsoletas técnicas de
fabricación de su padre, construyendo un alto horno en el que se empleaba
coque, instaló máquinas de vapor que aceleraron la corriente de aire necesaria
y, por descontado, empezó a apretar a los trabajadores «reajustando » los
salarios a su nivel «natural» y aumentando la jornada de trabajo.
Estaba claro que los trabajadores, esa
chusma, eran simples manos y músculos, perfectamente sacrificables en aras de
la mayor riqueza del país.
Sin embargo, el nuevo amo, mantuvo un
trato deferente con Jack, pues, no se sabe por qué razón, le tenía una cierta
simpatía. El sentimiento no era recíproco pues Jack pensaba que aquel joven era
un auténtico c...
No obstante, no quería renunciar al
trato de favor y la posibilidad de seguir manteniendo su buena vida, aunque
desde que llegó el nuevo patrono se hubiera venido reduciendo el tiempo que
podía disfrutar de su libertad fuera de la fábrica.
No fue de extrañar que Jack fuera
cambiando de un líder nato, respetado y apreciado por su gente, a un capataz,
mera caja de resonancia de la voz de su amo.
Los trabajadores comenzaron a mirarlo
mal, y él en justa contraposición los trató con mano dura, acercándose de esa
manera al modo de pensar del Jefe.
—¡Pandilla de vagos! —Les apostrofaba.
Quedaban lejos los días en los que él
era uno más de ellos. Además acabó por perderles el respeto, al ver la
facilidad con que «tragaban» lo que les hacían pasar.
Fueron transcurriendo los años, y
mientras la situación de los obreros se deterioraba en todas partes, su
particular nivel de vida no se resentía, a no ser por los achaques de la edad
que día a día se empeñaban en mermar su capacidad de dedicarse a los excesos
habituales.
Habíamos empezado la historia de Jack
diciendo: «Había disfrutado de la vida todo lo que un hombre de su condición
podía saborear», y así lo recordaba él. Echaba la vista atrás con agrado, y no
se preocupaba del futuro. ¡Ya reventaría cuando le tocara!
De su hijo poco sabía. Algunas escasas
cartas que raramente contestaba. Supo que había entrado a trabajar en la mina
algo después de cumplir los once años.
»Ya es todo un hombre —se dijo cuando
se enteró. Ahora mientras se cambiaba las ropas del trabajo, volvió a recordar
a su hijo, pero sólo por breves instantes. Su mente, ajena totalmente al drama
de la explotación que sufrirían su hijo, su nieto y las siguientes generaciones
de trabajadores, se relamió ante la pinta de sidra con la que iba a dar
comienzo su noche de asueto.
La industria del hierro fue otro de los
grandes motores del desarrollo inglés. Impulsados por la necesidad de competir
con el hierro escandinavo, los ingleses consiguieron mejorar el proceso
haciéndolo sensiblemente más barato, con lo que lograron otro efecto de bola de
nieve. Por su precio, no sólo lo exportaban con más facilidad, sino que también
se fue empleando como substituto de otros materiales como la madera y en la
construcción. Esa mayor producción redundaba en unos mejores precios y
consecuentemente en una mayor demanda.
Hay otro aspecto a destacar, pues
jugaría un papel fundamental en los acontecimientos futuros. Me refiero a un
elemento superestructural: a la nueva línea de pensamiento
económico liberal.
Ya hemos visto en el capítulo de Roma
cómo la ideología de una sociedad, condiciona su vida económica. Pues bien,
este efecto se acentuó con el liberalismo. Sus seguidores estaban firmemente
convencidos de sus teorías y que seguirlas era lo mejor para la nación.
No será una sorpresa si menciono que el
liberalismo pretendía que existiera una total libertad de actuación y decisión
para los agentes económicos: «Laissez faire, laissez passer» (Dejad
hacer, dejad pasar): si se deja que cada individuo busque maximizar su
ganancia, sin que se le pongan impedimentos, se logrará el máximo beneficio
para el conjunto de la sociedad. De ese modo, la Economía guiada como por una
«mano invisible» funcionará óptimamente.
Lo que sí puede sorprender, es si digo
que tal postura era progresista en aquel entonces, especialmente si la vemos
como una reacción ante las rigideces económicas, gremiales, privilegios y
corrupción de las eras medieval y absolutista. Pero también es cierto que la
libertad que buscaban favorecía especialmente a los de su clase social.
La jugada les salió bien y durante
bastante tiempo. Así pues, no era de extrañar que paulatinamente estuvieran más
convencidos de tener razón y fueran incapaces no sólo de ver dónde estaba el
fallo, sino siquiera de pensar que pudiera haberlo.
Si, de pronto, notaron una racha
extraordinariamente favorable, fue muy fácil caer en la creencia de que era
consecuencia del modo como se estaban haciendo las cosas. Por tanto cuando se
elaboró una teoría que explicara los porqués y los cómos, se tendió
inevitablemente a ejemplarizar aquel modo liberal de actuación.
Pero es que en la Economía inglesa de
aquel período se daban unas circunstancias muy especiales: aquélla era una
Economía que estaba muy ligada a su naciente Imperio y que gozaba de la
supremacía tecnológica, militar y comercial. Con las espaldas bien cubiertas,
sus redes bien extendidas y con todo el género vendido —y más si lo hubiera—,
el rápido desarrollo de que disfrutaban estaba más que asegurado. Digamos, en
suma, que jugaban con ventaja.
Hagamos un alto y reflexionemos. Veamos
si soy capaz de hacerles ver donde está el dichoso fallo. La Economía no es la
Ciencia para hacer buenos negocios mediante el sabio aprovechamiento de las
oportunidades. Al contrario, es debería ser la Ciencia para que los seres
humanos logren satisfacer sus necesidades mediante... (no me hagan repetir la
definición)
Así pues, el pensamiento de la época se
basaba en una situación muy particular, que de ningún modo es extensible a
otros períodos y sociedades.
Pero claro, si se cree que lo que hay
que buscar es la riqueza de la nación —«su» nación—, y que tal riqueza es
precisamente la que disfruta su clase dirigente, indudablemente esta filosofía
económica les iba como anillo al dedo. Incluso más, pues era precisamente la
justificación teórica que les daría la coartada para el cambio de la clase
aristocrática por la capitalista. (De hecho, y con toda la razón del mundo,
acusaban a los nobles de su no contribución al crecimiento de la riqueza. Sus
gastos suntuarios eran vistos, con aquella mentalidad puritana y capitalista,
como un despilfarro intolerable.)
Si me lo permiten, casi me atrevería a
decirles que dentro de lo contradictorio que puede ser el género humano,
aquellos duros y puritanos empresarios, estaban seguros de que hacían el bien.
Más que su lucro personal, iban en pos de una meta más elevada: el crecimiento
de sus empresas que sería la contribución que aportarían a sus conciudadanos y,
posteriormente, les legarían. Su objetivo no era el de una vida regalada, sino
el de la prosperidad de su nación.
Fíjense que, por tanto, las claves de
su pensamiento estaban en el modelo de sociedad que pretendían (bastante
alejado del que propongo en este libro).
Con este modelo en la cabeza, opinaban
que se debía pagar a los trabajadores los salarios que marcara la ley de la
oferta y la demanda, pues era lo «natural». Les importaba más bien nada, que
con la abundancia de mano de obra, los jornales bajaran al nivel de mera
subsistencia.
Para establecer las cosas en su justa
medida hay que decir que esta insensibilidad no fue algo que inventara el
pensamiento liberal. Por desgracia, desde siempre el trabajo «duro» lo habían
realizado gente de la llamada baja condición: esclavos, siervos de la gleba,
parias... Es pues, una constante del género humano actuar con esa crueldad.
(No se escandalicen, pues nosotros
mismos nos comportamos con esa misma insensibilidad, ya que sin preocuparnos
demasiado o haciéndonos los locos, estamos adquiriendo productos fabricados en
el Tercer Mundo por niños o por trabajadores pagados con salarios de hambre. No
digan que no lo saben.)
Pero pagar salarios de hambre es un mal
negocio.
—Pues , según lo que se ha explicado,
parece que es exactamente lo contrario—me enmendarán.
—En efecto, lo parece. Y así sería si
lo que buscamos es una colectividad en la que sólo unos cuantos privilegiados
posean la mayor parte de los recursos económicos. Y éste era precisamente el
fallo que no vieron en aquel tiempo.
Una sociedad es más avanzada cuanto más
necesidades de sus ciudadanos es capaz de satisfacer. Dense cuenta de la
importancia de esta afirmación, puesto que, por si no habían caído en ello, las
necesidades del ser humano son infinitas.
Modelos de sociedad en la que la
mayoría de sus individuos se encuentran al nivel de subsistencia, además de
engendrar en su seno un potencial explosivo, producen poco excedente, y además
con sus habituales reglas de reparto desequilibrado, se favorece poco el
crecimiento del mismo.
Para comprender esta última afirmación,
volvamos a utilizar el viejo truco de plantear una situación extrema. Si no se
pagara al trabajador más que el mínimo imprescindible para no morir, el mercado
interior existente sería exiguo. Conocemos que hay países donde un obrero puede
llegar a cobrar perfectamente la centésima parte del sueldo de uno de un país
desarrollado. Imagínese a Ud. en su lugar. ¿Qué necesidades podría Ud.
satisfacerse con esa cantidad? No sé si les habrá ocurrido, pero a mí me entra
una desazón amarga, cuando veo documentales sobre otros países en los que se
nos muestra su nivel de vida, sus mercados o sus posesiones. Esa población, que
tan siquiera es capaz de satisfacer sus necesidades básicas, ¿cómo va a poder
satisfacer las de los demás? Sin recursos, ¿qué bienes y servicios van a
demandar al mercado? Y sin mercado, ¿quién se va a poner a producirlos?
Volviendo a la época de la Inglaterra
de estas historias. A los capitalistas ingleses no les preocupaba tal situación
pues, como ya hemos comentado, habían conquistado los mercados de ultramar.
Quizá una pregunta nos lo esclarezca
definitivamente: ¿No creen ustedes que el desarrollo inglés habría sido mejor y
más rápido si los trabajadores ingleses hubieran tenido algo más de «dinerito»
en el bolsillo?
Es posible que si hubieran tratado a
sus trabajadores como personas, tal y como empezaron a hacer al principio
(recuerden las historias absolutamente inventadas que les he contado), no sólo
habrían vivido todos mejor, sino que habrían llegado más lejos.
Siempre he creído que si se trata a un
trabajador como a una cosa, éste contribuirá a la «causa» empresarial con el
mismo entusiasmo con el que cooperan un pico o una pala.
En los inicios de la Revolución
Industrial, los trabajadores ingleses, salvo la oposición a la introducción de
maquinaria que suponía, según creían, pérdida de puestos de trabajo, no se
revelaron más que ocasionalmente contra este abuso. Tengamos en cuenta que al
principio iban de trabajo en trabajo sin grandes problemas. Pero luego las
cosas cambiaron. Con la gradual abundancia de mano de obra, su preocupación y
su miedo eran quedarse sin trabajo, que no ponerse a pedir aumentos de sueldo.
Tuvo que llegar la mitad del siglo XIX
para que se abrieran paso planteamientos alternativos. Afortunadamente.
La aparición de la lucha sindical (y me
niego a entrar en otros planteamientos de tipo político), iba a suponer para
los obreros, además de unas condiciones de trabajo más humanas, entrar en
posesión de una mayor parte del excedente. Ese excedente, por poco que fuera al
principio, se fue poniendo, en su forma dineraria, a disposición del mercado,
demandando la satisfacción de unas pocas más necesidades o mejorando las ya
satisfechas. Consecuentemente, el mercado fue creciendo, y por tanto, se hacía
preciso que más trabajadores produjeran ese aumento de la demanda. Esos nuevos
obreros, fueron obteniendo asimismo su pequeño excedente, que iba a parar a
disposición del mercado... ¿Me siguen?
Iba a concluir diciendo que al actuar
de esa forma, el sindicalismo lo que conseguía era mejorar el sistema
capitalista. Pero es falso por ser incompleto. Lo que se mejora, y además
exponencialmente, es la propia sociedad. Porque además de lo explicado en el
párrafo de arriba, se producía el fenómeno de que el trabajador reclamara
gradualmente una mayor proporción del pastel. Costumbre ésta, que sigue hoy.
Hagamos una pequeña acotación
relacionada con este tema del reparto. Según hemos dicho, las sociedades más
avanzadas son las que sus ciudadanos gozan de una mayor poder adquisitivo.
Entonces, en nuestro tiempo, cuando Gobierno y Patronal se empeñan en moderar
el crecimiento salarial, ¿están haciendo un flaco servicio al país?
La respuesta, y siempre en mi opinión,
dependerá de otras circunstancias.
En primer lugar hay que tener en cuenta
la inflación. Si los salarios crecen por debajo de ésta, se pierde poder
adquisitivo y el mercado interior se resiente, como ya hemos comentado.
En segundo, hay que contemplar el hecho
de que los incrementos salariales pueden quedar convertidos en agua de borrajas
al no verse respaldados por un crecimiento real de la Economía. Aparecerá más
dinero en circulación, produciéndose, de ese modo, un efecto de ilusión
monetaria. Ciertamente los trabajadores cobrarán más, pero no serán más ricos.
Y en tercer lugar, hay que pensar en
términos de generación del excedente. Es evidente que si éste
crece, los aumentos de salarios son más que benéficos para el conjunto de la
sociedad.
Teniendo claro que lo importante es que
la tarta sea cada vez mayor y que cada uno de los agentes económicos debe
obtener pedazos más grandes, entonces, ¿cuánto deben crecer los salarios? Ahí
está la gracia del asunto. La solución no es matemática, pero no es muy
descabellado afirmar que el crecimiento de los salarios debe ser parejo al de
la tarta más que al de la inflación, como es costumbre en nuestros días.
Quizá, si estos mismos agentes
económicos conocieran y tuvieran en mente a la hora de la negociación las
implicaciones que mencionábamos líneas arriba, el acuerdo sería más sencillo y
provechoso para el conjunto de la sociedad.
Han pasado casi nueve años desde que
escribí las tres primeras líneas de este capítulo. Ha tenido que pasar ese
tiempo para que mi conciencia lograra hacerme seguir.
Se puede decir que he tenido una excusa
inteligente con la que he logrado justificarme durante tantos años: no tenía
claro qué era eso de la Revolución Industrial.
No lo entendí en mis tiempos de
estudiante y seguía sin entenderlo cuando le daba vueltas a la cabeza para ver
cómo tenía que acabar este libro.
No dejen que les engañe. Si había algo
que tenía permanentemente claro era lo que quería, y sigo queriendo, decir con
mi libro. Pero la Revolución Industrial ha conseguido frenarme.
La cosa empezó en la Facultad cuando
nos explicaron la Revolución Industrial inglesa, poniéndola a caldo, por
supuesto, e incidiendo machaconamente en sus aspectos negativos. Ahora, eso sí,
todo el mundo daba por sentado que haberla, húbola.
La verdad es que me quedé un tanto
despagado y desorientado. Confieso que me limité a estudiar esa parte según
mandan los cánones del estudiante que se enfrenta algo que no entiende: se
«empolla» y ya está.
Pues bien, me pasé esos años, pero a
ratos y además muy espaciados, leyendo mis manuales de la Facultad y
argumentando conmigo mismo planteamientos a favor y en contra. De todos modos
el balance era abrumadoramente en contra.
—¿A favor y en contra de qué?—, me
preguntarán.
—Pues no tanto de si existió, como si
de en realidad fue una auténtica Revolución.
—¿Sabe que tiene una especial habilidad
para ser obscuro cuando quiere decir algo?—, me espetarán
—La verdad es que sí. En realidad es
algo bastante menos complicado.
»Fíjense que hay un capítulo denominado
la primera gran Revolución. Es evidente que la Revolución Industrial iba ser
una parte más dentro del libro y que iba a ser titulada como la segunda gran
Revolución. De hecho, al final del capítulo anterior dejo entreverlo.
»¡Lógico! ¿No?
Ahora lo tengo más claro. Esa segunda
revolución está todavía por venir. Será, o más bien, deberá ser la revolución
del conocimiento, y en el próximo y último capítulo espero dejarla expuesta.
Pero no nos adelantemos.
Pues bien, ¿por qué no considero que el
desarrollo industrial de la Inglaterra de aquella época fuera una revolución
económica?
La respuesta les parecerá obscura, pero
es importante que logre explicarme: Hubo, en efecto un desarrollo económico,
que se sustentó en muchos pilares y no en uno sólo. Fue como una pequeña bola
de nieve que rodaba pendiente abajo y que a medida que bajaba, iba engordando
más y más. Y no sólo de nieve sino de todo lo que iba encontrando a su paso.
Fue un desarrollo agrícola, demográfico, social, comercial, financiero,
cultural, militar, de los transportes, de los seguros y por supuesto, también
industrial.
En una palabra estaban implicados todos
factores que constituyen lo que es la Economía: generación, reparto e
intercambio del excedente.
Tengan en cuenta que una sociedad que
crezca a un ritmo cercano al 3% anual, cada 25 años doblará su nivel de
riqueza. La Inglaterra de la segunda mitad del siglo XVIII estuvo creciendo a
un ritmo del 3’5% primero y al 7% después. Y ese aumento de riqueza afectó a
todos los sectores, aunque no de una manera igualitaria.
Pensar que un único elemento, como el
industrial, es el que va a provocar por sí el desarrollo es un error. Un error
que se ha cometido muchas veces al intentar exportar al Tercer Mundo las
soluciones industrializadoras del Primer Mundo. Es lo que he intentado
demostrar, de la manera más ácida posible, con el ejemplo de los menhires.
Recuerden que cuando hablábamos de la primera gran Revolución, ya se habían
producido con anterioridad mejoras técnicas, desde el hacha de sílex hasta la
rueda.
No obstante, el desarrollo industrial
de la última parte del siglo XX en el Extremo Oriente puede parecer que se
empeñe en contradecir lo que acabo de decir.
Pero piensen un momento. ¿Sólo ha
habido industrialización? ¿No han cambiado más cosas? ¿No podemos decir cosas
parecidas a lo que comentábamos de Inglaterra?
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Para finalizar, si me acusan Uds., que
he sido muy simplista con la explicación de la Revolución Industrial inglesa y
que se me quedan muchas cosas en el tintero, les diré que tienen razón, pero
está hecho con toda intención.
No habría sido difícil llenar páginas y
páginas hablando de dicha Revolución, pues existe una profusa documentación.
No iban por ahí mis propósitos, ya que
mi preocupación era la de aclararme yo mismo en primer lugar, y luego intentar
explicar si la llamada Revolución Industrial era un modelo eficaz para el
desarrollo de una sociedad. ¿Es válida la receta de hagamos fábricas y paguemos
sueldos bajos? ¿Con esa fórmula magistral garantizamos el progreso del país?
Pues, parece ser que no. (La Unión
Soviética apostó por esta vía, en cambio Suiza no.)
No sé si se habrán dado cuenta que mi
intención es desmitificar la Revolución Industrial. De hecho vuelvo a dar una
vuelta más de tornillo a los razonamientos con los que les he venido machacando
a lo largo del libro: nunca se trata de factores únicos, por importantes o
espectaculares que parezcan.
Por eso me he empeñado en incidir en
los otros aspectos relevantes que se produjeron simultáneamente a la
industrialización. Fue, al principio, un desarrollo compuesto de múltiples
elementos, favorecido, también hay que decirlo, por la posición de dominio que
gozaba Inglaterra.
Y como los dioses deslumbran a los que
quieren perder, los ofuscaron con las maravillas que los hombres habían creado,
impidiéndoles, así ver, que había defectos importantes.
En resumidas cuentas, y para que puedan
acusarme con toda razón de simplificar las cosas, hubo una vez un país al que
los asuntos empezaron a irle de perlas. Tan bien les iban, que se pusieron a
pensar y llegaron a la conclusión que la libertad para el capital era lo mejor
para la nación. Y así se lo dijeron a todo el mundo. Pero empezaron a tener
problemas, aparecían crisis periódicamente, y los trabajadores se empeñaron en
no comprender que debían trabajar, engendrar y cobrar lo justo, para que la «mano
invisible» favoreciera a toda al sociedad. (Entiéndase justo como mínimo, no
como equitativo).
Por cierto, modernas investigaciones
han demostrado que la «mano invisible» que dirige la Economía tiene Parkinson.
CAPÍTULO 10
HOY. ¿MAÑANA...?
Germán
«Bzzz.»
Una mano, saliendo de entre las
sábanas, tanteó la mesilla hasta que encontró el aparato que buscaba.
Deslizándose hacia arriba, pulsó un enorme botón. El sonido cesó. Desplazándose
ligeramente, volvió a pulsar otro botón bastante más pequeño. Alguien empezó a
hablar. La mano se retiró velozmente para volverse a colocar dentro del calor
de las sábanas.
La conciencia de Germán se puso en modo
de «espera». Estaba programada para no atender los anuncios, las malas noticias
de todos los días ni las viejas noticias habituales. Sólo salía de este estado
de semi–hibernación cuando algo gordo ocurría.
Fueron pasando los minutos y Germán
cada vez más consciente, se aferraba a los momentos finales de deleite dentro
de la cama. Le encantaba haraganear hasta el último instante.
«... y ahora la actualidad deportiva
por...»
Esa era la señal. Lentamente empezó a
levantarse, mientras escuchaba. Al notar el primer ramalazo de frío, se puso
rápidamente el albornoz y se dirigió al cuarto de baño contiguo, dejando la
puerta entreabierta para seguir escuchando la radio. La parte izquierda de la
cama, hacía rato que estaba vacía. Su mujer saltaba al primer sonido del
despertador, del de ella.
«Es curioso —pensó Germán mientras se
enjabonaba la cara—, nunca oigo su despertador, ni tampoco el mío durante los
fines de semana». Curioso en efecto. Su programación interior para despertarse
se había ido perfeccionando con el paso de los años.
No había acabado de afeitarse cuando
terminó el mini–espacio deportivo dando paso a la interminable serie de
anuncios acostumbrada. Al fin, cuando ya casi Germán estaba dispuesto a
abandonar el aseo, volvió a empezar el noticiario: «Siempre que pasa igual,
sucede lo mismo», pensó que se podría haber subtitulado el habitual resumen.
«La espectacular baja de la Bolsa de
Tokio va a suponer...
»El acuerdo patronal sindicatos se
encuentra lejos de cuajar. La amenaza de huelga, pues, planea sobre el
sector...
»El Gobierno se plantea atrasar la edad
de jubilación, como paliativo a la negra perspectiva de la insuficiencia de
fondos.
»El Sr. Xson, experto en cuestiones
económico-financieras, vaticina una fuerte alza de los tipos de interés a corto
plazo.
»El Sr. Zson, experto asimismo ...,
pronostica que la Economía Nacional no se recuperará en tanto no se flexibilice
la política de contratación y se frenen los salarios.
»El déficit público, ha sobrepasado con
creces los límites razonables.
»Cinco muertos en accidente de tráfico.
Un joven conductor adelantó en un cambio de rasante, provocando...
»Las tropas rebeldes han rodeado el
palacio...
»Se sigue sin noticias sobre la niña
... secuestrada hace ahora dos semanas.
»La Unión Europea presiona a nuestro
país para que amplíe las cuotas de importación. Por otro lado, los estados
miembros escandinavos pretenden reducir las capturas de pescado del resto de la
Comunidad.
»La caída en picado de las ventas de
automóviles, va a suponer un reajuste de plantillas de la industria. Los
sindicatos...
Germán había acabado de vestirse.
Estaba de un humor de perros. Todos los días lo mismo. Ya de por sí se
levantaba de mal aire, y desde luego en nada contribuía a mejorarlo la
insidiosa voz del locutor. Éste era un especialista en hurgar en las llagas, y
Germán empezaba a no tragarle.
La misma mano volvió a pulsar otro
botón del aparato y la voz quedó cortada en medio de una de sus tradicionales
filípicas. Abrió la puerta del cuarto y se dirigió a la cocina donde le
aguardaba el café con leche que constituía su desayuno. Pasó por el comedor
donde se produjo el acostumbrando intercambio de gruñidos matutinos con sus
hijos, que siguieron absortos en la contemplación de los dibujos de la tele.
—Buenos días. Es tarde. Que se preparen
los niños. Acuérdate de...— se dirigió a su mujer y sin acabar la frase se puso
a beber su vaso, que caliente como estaba, le tocó cambiar de recipiente. Aún
así, tuvo que beberlo desastrosamente lento en comparación con su plusmarca
mundial de «beberse el desayuno».
Su mujer que había salido un instante a
urgir a los niños, volvió y dijo algo así como: «Ya están listos». A
continuación enchufó la radio de la cocina...
«Después del récord de visitantes del
año pasado, la cifra prevista de turistas para este año es francamente
inmejorable.
»La recuperación económica es un hecho
según afirmó Yson, que explicó que la cifra de parados había disminuido por
tercera vez consecutiva...
»Los beneficios del sector de la... han
crecido en un 7’5% sobre el ejercicio anterior, incluyéndose las empresas
nacionalizadas del mismo, que han conseguido eliminar prácticamente sus
pérdidas...
»Se prevé que en las próximas horas las
temperaturas...
—¡Vamos!, ¡vamos! —dijo mientras
pensaba: «Con cambiar de emisora parece que vivamos en un país diferente.»
Se metieron en el ascensor y
permanecieron en silencio, con la vista dirigida a ninguna parte, hasta que
llegaron al sótano, destinado a garaje. Subieron al coche, y lo primero que
hizo Germán, fue encender la radio. La filípica apocalíptica continuaba, quizá
un poco más vehemente de lo habitual, pues, un par de expertos acababan de
machacar una futura medida económica. Durante todo el trayecto al «cole», el
locutor siguió dale que te pego.
Al mirar por el retrovisor, antes de
efectuar una maniobra, vio a los niños que permanecían atrás callados, sin
muchas ganas de pelearse entre ellos. Le vino de repente una pregunta sobre lo
que podrían estar pensando de lo que estaban oyendo. Pero en sus caras no
aparecía el menor atisbo de preocupación ni de interés. Pasaban bastante.
«Mejor así —pensó—, porque ya me estoy
poniendo de los nervios. Oyendo a esta gente, uno acaba convencido de que el
país se va a la porra, si es que no lo está ya.»
Llegaron a las inmediaciones del
«cole», y detuvo el coche en el lugar habitual, se abrió la puerta de la
derecha y los niños bajaron, gruñendo una especie de adiós, que fue contestado
por otro sonido de la misma especie, al que añadió un «tened cuidado al
cruzar... »
En el momento que arrancaba, el locutor
se puso a rematar la faena, pero Germán no le dejó. Pulsó un botón y una
melódica música de los años 60 inundó el interior del automóvil.
—No tienen ni idea —medio chilló—, ni
los unos, ni los otros.
«¡Ni estamos tan mal, ni tan bien, sino
todo lo contrario! — siguió pensando a grito pelado para sus adentros—. ¡Ojalá,
por lo menos supieran de qué están hablando!»
Luego, ya más relajado, se puso a
pensar en lo que tendría que hacer una vez que llegara al despacho. Le quedaba
por perfilar los últimos flecos al proyecto que llevaba entre manos desde hacía
un par de meses. Antes de una semana, dentro del plazo señalado, podría
presentarlo. Estaba convencido de que iba a causar sensación. Aceleró el
vehículo, pues le entraron ganas de llegar cuanto antes para ponerse manos a la
obra.
Los agoreros de cada mañana habían
vaticinado todos los males que se les venían encima, pero, ahora, Germán no
estaba dispuesto a que le amargaran el día. ¡Qué narices! ¿Qué iba a hacer si
no? ¿Meterse entre las sábanas y no salir de la cama? ¿Vivir permanentemente
con la angustia de la certidumbre de lo inevitable?
No, él no era de ésos. No bajaba los
brazos en señal de rendición de buenas a primeras. «Entonces —reflexionó—, ¿por
qué presto oídos a toda esa retahíla cada día?»
De lo que hemos expuesto a lo largo del
presente libro, poco va a poder aplicarse para solucionar los males que nuestro
buen Germán escucha cada mañana.
Supongo que Uds. ya se lo iban
recelando, pues, ninguna receta mágica, infalible y universal he descubierto en
estas páginas. Porque, y de ello estoy seguro, no la hay.
Y a poco que reflexionen, Uds. mismos
caerán en la cuenta de que así es. Si alguien les asegura un futuro maravilloso
en el que su supervivencia económica estará garantizada, no le crean. Estamos,
aún, muy lejos de ello.
De esta última afirmación, se desprende
implícitamente que creo que tal posibilidad, si bien lejana, es factible. Sin
embargo, la búsqueda de nuestra piedra filosofal debe ir en dirección opuesta
al modo de pensar contenido en las noticias económicas que Germán oye en la
radio, lee en los periódicos o ve en la tele.
De hecho, está un poco harto, ya que él
no lo ve como se lo pintan. Ni los problemas ni sus soluciones están en las
fluctuaciones de la bolsa, ni en la subida de los precios o de los tipos de
interés, ni que existan sectores en apuros. Ni tan siquiera en la tasa de paro.
Tampoco piensa que la situación esté como para tirar cohetes, porque aunque en
su pequeño mundo las cosas le ruedan bien, es consciente de que penden de un
hilo. (Más adelante, espero, comprenderemos mejor las inquietudes de nuestro
personaje.)
Germán, pues, se cabrea porque piensa
que lo intentan manipular. Según qué medio, las noticias tendrán un color u
otro en función de a quién puedan beneficiar, y quizá más destacable, a quién
puedan perjudicar.
Pero, por encima de todo, lo que le
irrita especialmente, es la «alegría» y poco rigor con el que se enfocan
problemas, análisis, opiniones y soluciones. Está firmemente convencido de la
ignorancia de estos «expertos». A él no le convencen con sus voces seguras, sus
argumentos elaborados ni su porte y presencia ante las cámaras.
Uche Ikpeba
Uche aguardaba en la acera, junto con
tres de sus compatriotas, a que llegara la furgoneta que pasaría a recogerles.
Mientras esperaba, miró distraídamente el coche que había parado cerca de él.
Bajaron dos niñas y un niño, que rápidamente se dirigieron hacia los portalones
de un colegio. Sus ojos se fijaron en el edificio, desviándose del coche de
Germán, que ahora arrancaba al cambiar el semáforo. Permaneció mirándolo
durante un tiempo, hasta que el sonido de unos neumáticos al parar le sacaron
de su ensimismamiento.
—¡Pepe y los demás, venga,
subid!— les llamaron desde la desvencijada furgoneta antes que ésta se
detuviera. Y es que cuando uno se llama Uche Ikpeba rebautizarse comoPepe era
obligado en un país como éste. Fue cuestión de su capataz, quien cortando por
lo sano cuando los nombres se le atravesaban, asignaba pepes, juanes, pacos o
similares con graciosa generosidad.
Ya subidos en el vehículo, Uche cayó en
la cuenta de que hoy precisamente hacía tres años que había llegado a esta
chocante ciudad habitada por gente desconcertante.
Allá en su tierra, también había una
ciudad como ésta. Bueno, para no decir mentiras, sólo una pequeña parte del
centro, se le parecía. Del resto, mejor no hablar. Chabolas y chamizos, algunas
construcciones de adobe, calles sin asfaltar, sin alcantarillas ni agua
corriente, y ni mucho menos electricidad. Las más humildes casas de aquí eran
palacios comparados con las de allí. Es verdad que Pepe había
visto también chabolas aquí, y eso le desconcertaba profundamente. ¿Cómo era
posible?
Uche no entendía en absoluto que las
hubiera en aquella ciudad, máxime cuando él mismo disfrutaba, junto con sus
otros tres paisanos, de un piso que, destartalado y todo, era infinitamente
mejor que cualquiera de las viviendas en las que nunca había habitado.
Y es que precisamente la certeza de que
aquella gente blanca del Norte era muy rica —según se decía en su tierra comían
tres veces al día—, le había impulsado a emigrar desde su país del África Negra
a la búsqueda de unas mejores condiciones de vida.
Bueno, eso es lo que todos pensaban y
decían. Aunque él esperaba encontrar algo más. En ello estaba meditando cuando
llegaron a su destino, una obra de ampliación de una carretera comarcal no muy
lejana de la ciudad, y por tanto muy concurrida.
—Hoy te toca la parte norte de la
carretera —le dijo el capataz. La verdad es que a Pepe no le
importaba la pinta que hacía con su chaquetilla amarillo-fosforito, debajo de
un casco verde-marchito y la señal de STOP en rojo que portaba en la mano. A
esto habría que añadir su rostro definitivamente negro.
Tampoco le importaba su trabajo de
levantar todo el día la dichosa señal y darle la vuelta coordinadamente con su
compañero de la parte sur.
—¡Hala vete «pa’llá» y no olvides
ponerte crema para el sol! — le bromeó el capataz con una amable sonrisa.
(¡Otra frase políticamente incorrecta! Pero lo que Uds. no saben es que aquel
capataz era «buena gente». Nunca ofendía a sus trabajadores pese a las
animaladas que era capaz de decirles.)
La jornada era larga y el trabajo
monótono, pero tenía la ventaja de que le dejaba tiempo para recordar y
meditar. Y ahora era el turno de cavilar sobre su otro trabajo, al que se
dedicaba durante los fines de semana. Cargado con un par de enormes bolsas y
una mochila, recorría la zona de la ciudad que tenía asignada, y disfrutaba de
lo lindo vendiendo, charlando, regateando, haciendo clientes y conociendo
gente. Top-manta, gafas y relojes de «marca », ropa pija con logos de pega y
baratijas eran el género de mayor demanda. Y por supuesto, admitía pedidos para
la próxima semana, tomando nota en un libretilla, en la que con mucha
dificultad anotaba, más mal que bien, lo que le pedían. Con los caracteres que
había aprendido en su infancia hacía lo que podía. El resto lo fiaba a la
memoria.
Hacía pocos meses que había encontrado
el trabajo en la obra. Y había sido una suerte, pues la empresa falta de mano
de obra, le había facilitado la tramitación de los tan deseados «papeles». El
cambio de trabajo supuso una bendición. La faena a destajo en el campo y el
miedo a que le pillaran sin documentos, quedaron atrás. Incluso tenía buena
parte de las tardes libres. Pero esto acabó cuando se enteró de que en la
parroquia de su barrio, el cura junto a un grupo de jóvenes voluntarios, había
montado unas clases para inmigrantes.
El sacerdote le cayó bien. Hablaron y
se enteró que había estado unos años en Sudamérica donde, siempre dentro de sus
creencias, había tomado conciencia de las injusticias que veía. Ahora de
vuelta, en un barrio obrero cada día más poblado de inmigrantes, seguía su
labor pastoral y no dudaba en denunciar cuanto abuso se cometía. Explicaba a
sus feligreses lo que sabía de las mafias que exprimían a los que introducían
en el país, el cicatero pago por el trabajo de los ilegales, o las ocasiones en
que incluso se negaban a pagarles. Y aquello iba calando entre los que lo
escuchaban. También procuraba integrar a los extranjeros dentro de la comunidad
parroquial, y no sólo en las celebraciones religiosas. En verdad era
reconfortante verlos reunidos junto a los nativos en torno a una mesa, sea
compartiendo la tradicional cena de «sobaquillo », sea hablando de cualquier
tema o proyecto.
Uche también le contó su vida. Había
nacido en un poblado, que de muy joven tuvo que abandonar, junto a su familia,
porque guerrilleros y soldados se dejaban caer con regular alternancia.
Mediante amenazas y cuando no surtían efecto, brutalidades, les esquilmaban lo
poco que poseían, no siendo raro tampoco que desfogaran sus ánimos encendidos
con las mujeres.
Si la vida en la aldea era dura, en la
ciudad donde llegaron, no fue mejor. Había caciques para casi cada cosa, y era
de rigor mostrarse respetuoso con ellos a la par que contribuir con las
«propinas » establecidas por la casucha, por los trabajos que su padre podía
conseguir, por el puesto de venta de tubérculos de su madre, por la fuente de
agua… Aquellos vampiros los sangraban gota a gota, día a día. ¡Ay de aquél que
se negara a ser su cliente! En el negocio de extorsión y expoliación, toda la
clientela es forzosa.
Afortunadamente, la escuela a la que
iba era gratis. Aunque decir escuela era mucho suponer. Una O.N.G. enviaba
jóvenes idealistas, a quienes dotaba con un billete de ida, otro de vuelta y
unos pocos dólares, para que permanecieran durante seis meses enseñando en un
antiguo almacén a los niños de aquel barrio.
Y a fe mía que no lo tenían fácil: la
pertinaz falta de medios, las dificultades con el idioma y dialectos, las
distintas edades y conocimientos y la falta de continuidad en la asistencia a
las lecciones, dificultaban un aprovechamiento adecuado de las clases.
Éste fue el caso de Uche, quien pese a
estar dotado de una aguda inteligencia, no pudo sacar todo el provecho a los
casi dos años y medio en los que logró asistir a la escuela. Uno de sus
maestros, barbudo, melenudo y con gafas redondas —o sea, la viva imagen del
«progre»— no se cansaba de machacarles con una frase que le caló hondo:
—Se es más hombre por saber más, no por
tener más músculos —deduzcan Uds. que muchas niñas no iban a aquellas aulas.
Abandonó con pena sus estudios, pues
tuvo que ponerse a trabajar para ayudar a su familia. Pero permaneció en él un
gusanillo, que se fue convirtiendo en sana obsesión por aprender. Su natural
optimismo desde siempre, le decía que él también estudiaría algún día. Y ahora,
ese día ya había llegado.
«Bueno, he dado el primer paso. Yo
también iré a un colegio como el de esta mañana —se dijo mientras daba la
vuelta a la señal de STOP—. ¿En qué estaba pensando? ¡Ah, sí!, le contaba mi
vida al cura.»
El resto de su infancia fue dura y no
tuvo que detallarla, porque el sacerdote ya la conocía. Era la misma asquerosa
y vieja historia de la explotación infantil de siempre.
Ya hecho un mozo, tomó la decisión de
salir de allí como lo estaban haciendo un buen número de sus conocidos. Cuando
se reunían entre ellos no había otro tema de conversación: de la difícilmente
asequible tierra del Norte, de las conversaciones telefónicas con los
afortunados que habían logrado alcanzarlas, de los que no lo habían conseguido,
de los peligros, de lo que había que hacer y con quien hablar para llegar… Y
así un día tras otro.
Un buen día, pues, se vio atravesando
el desierto, metido en un camión descubierto, repleto de hombres jóvenes como
él y con sus bultos y garrafas de agua colgando de los laterales del vehículo.
Lo que había tenido que pagar, una barbaridad que toda su familia había ido
reuniendo, era la mitad. El resto ya lo pagaría en no muy cómodos plazos cuando
llegara a la tierra de promisión.
Pepe no sabría decir
cuándo pasó más miedo, si en aquel camión estropeándose cada dos por tres en
medio de la nada o en la oscuridad de la noche en el mar mientras la patera
avanzaba a duras penas ola arriba, ola abajo.
Poco más le quedaba que contar al cura
como no fuera sus dos largos años trabajando en el campo, en los que una buena
parte de sus ganancias iban a parar a manos del contacto encargado cobrar su
deuda. Otro poco lo enviaba a los suyos, allá en África, quienes empezaron a
tener la vida algo más fácil, no mucho, pero sí que les reportaba un cierto
respiro.
«Por cierto —se acordó—, esta noche
tengo que llamarles desde el locutorio. Mi hermano tiene prisas por venirse,
pero voy a seguir intentando convencerlo de que espere un poco, pues estoy
viendo la posibilidad de traerlo más o menos legalmente. Espero que no tenga
que pasar lo que yo.»
»No quiero ni pensar que sus huesos
puedan quedarse tirados en el desierto o que se ahogue en el mar. Con uno de
los dos que se juegue la piel es suficiente. Quizá el otro no tenga tanta
suerte.
Pepe es la típica persona
que cae bien a todo el mundo, racistas al margen: jovial, optimista, buena
gente, currante… que desde unas condiciones de vida de escaso porvenir, se lo
juega todo a una carta.
Muchos como Pepe se
han arriesgado, y los vemos cómo poco a poco van ganando terreno. Otros se han
dejado la vida por el camino. Imagínense en qué condiciones deben estar
viviendo como para exponerse de ese modo, incluso vendiéndose a mafias para que
les fíen los dineros de un pasaje.
Como es habitual, la historia de Uche
está inventada, aunque no es falsa en absoluto, a partir de rasgos simples que
buscan mostrar la constante de la supervivencia una vez más.
Pero, junto con la narración de Germán, pretendo dar pie a la última conclusión
de este libro. Para ello, cambiaremos el método un tanto: vamos a imaginar la
vida de Pepe dentro de unos años. Confío en no caer en el
error de hacer Economía-Ficción. Sigamos, pues, adelante.
Años después
Uche cumplía años. Cuarenta. Ninguno de
sus abuelos los había alcanzado, aunque aquello empezaba a cambiar. Su padre de
casi sesenta, seguía vivo, algo achacoso, pero muy vivo.
Sentado a la mesa de su despacho,
consultaba la agenda del día, más por placer que porque necesitara recordar las
principales tareas de la jornada. A lápiz y en rojo, destacando del resto de
anotaciones de grafito, había dos apuntes sobre el papel autorecicable: Cumpleaños
y Recoger Licenciatura de Económicas.
Aquella hoja, no pensaba reciclarla.
Iba a plastificarla y conservarla. La separó de la agenda y la guardó en un
sobre. Luego, mecánicamente, como hacía cada mañana, cogió la página del día de
ayer y la pasó por la ranura borradora del ordenador. Así, quedaría limpia para
volver a imprimir otro día o escribir a lápiz las notas y citas imprevistas.
Por el visor de teleconf,
su secretaria le pasó aviso que tenía un solicita desde el
extranjero. Era de sus padres. Sonriendo y lleno de gozo, pulsó la tecla verde
de imagen y sonido.
—Hola papá. Hola mamá —dijo al verlos—.
¿Cómo vais?
—Vetustos, arcaicos y caducos, pero
aguantando —le contestaron de buen humor.
Uche se quedó un instante
desconcertado. Siempre le ocurría cuando sus padres le hablaban utilizando un
lenguaje tan diferente al que él conocía de su infancia. Pero es que ellos
también habían progresado. A poco que, gracias a las aportaciones de sus hijos,
las cosas les fueron yendo bien, se propusieron estar a la altura de Uche y sus
hermanos. Con grandes esfuerzos se pusieron a aprender. En vez de dedicar sus
ratos de descanso a holgazanear, se conjuraron para estudiar, leer libros y
seguir todos los días, al menos durante una hora el canal internacional de
«Aburrida Enseñanza ».
«Es increíble el éxito del canal pese
al nombre que le endilgó el chungón de su ---- y aún es peor el de sus
programas de más audiencia: «La letra con sangre entra», «Matemáticas
diabólicas», «Idioma para masoquistas»…
—…mos felicitarte por tu cumpleaños,
hijo —oyó decir a sus padres, cortando sus erráticos pensamientos justo en el
momento en el que cavilaba que aquellos programas debían ser realmente un
disfrute para enganchar así a tanta gente—. También nos hemos enterado que te
dan hoy el diploma de tu licenciatura. No sabes lo orgullosos que nos sentimos.
—Gracias, es una alegría escucharos.
Supongo que mi secretaria es el pajarito que os ha contado lo del diploma.
Tengo ganas de poder enseñároslo. Os enviaré una digimagenen cuanto
lo tenga. Os lo merecéis pues sois casi tan culpables como yo de que me vayan
endilgar ese trozo de papiro.
»Y… ¿Cómo os van las cosas por ahí?
—preguntó como de un modo casual haciendo una significativa pausa. La pregunta
no era inocente en absoluto: había acordado con sus padres un sistema de claves
basadas en metáforas y mucha imaginación, con las que se enteraría de la salud
pormenorizada de sus progenitores, lo que habían hecho o dicho sus vecinos, las
trastadas del perro, recuerdos de un amigo… Uche las iría traduciendo
mentalmente. Luego, grabada la conversación las repasaría.
Habían preferido este sistema, pues
pese a que existía la posibilidad de blindar la transmisión, esto habría
mosqueado a los escuchas del Gobierno, quienes habrían ido a husmear a casa de
sus padres por si pudiera estar cociéndose algo por allí. Y es que Uche había
empezado a juguetear discretamente con paisanos suyos que hacían política de
oposición en el exilio.
Así pues, era mucho mejor que sus
comunicaciones fueran aburridamente iguales a las miles que se producían entre
los emigrantes y sus familias.
No vamos a transcribir las palabras
textuales, sino únicamente el texto descodificado de los que le dijeron sus
padres: «Poco a poco las cosas van mejorando, aunque no con la rapidez que nos
gustaría. El Gobierno cada día que pasa tiene que transigir y hacer pequeñas
concesiones para cambiar su imagen ante el mundo.»
»Si este Gobierno tiene miedo a alguien
es, precisamente, a estas O.N.G. que luego influyen en la opinión mundial. No
es que una dictadura sea muy popular entre estas organizaciones, pero lo que
les resulta intolerable es que se salten a la torera los principales derechos
humanos.
»Y es que, si se monta algo gordo, los
países importantes y los grandes grupos de interés que apoyan discretamente a
estos gobiernos antidemocráticos, los muy hipócritas, dejan de respaldarlos, al
menos durante un tiempo hasta que se calman las aguas y se corrigen los
desmanes.
»Nos dejamos para el final la mejor
noticia: Nduka Embe ha vuelto al país con una autorización gubernamental que la
«Organización Libertad de Expresión» consiguió arrancarles después de duras
presiones. Si consintieron fue, quizás, porque Nduka es uno de los menos
famosos opositores, pero lo que no saben es que es el más preparado de ellos.
»Desde luego, no está confirmada
oficialmente su presencia, ni mucho menos han dicho nada sobre su llegada, pero
está en boca de todo el mundo y muchos ya lo han visto. Aunque aparenta no
hablar con nadie, corren rumores que en unas pocas ocasiones ha logrado engañar
a los polis y mantener conversaciones secretas con algunas
personas. No se ha filtrado ni quiénes son ni de qué hablan.
Después de aquella última nueva,
empezaron a despedirse. Proceso que les llevó varios minutos como era de rigor
entre su gente. Una vez se hubo apagado el monitor, Uche meditó sobre lo que
habían hablado.
Desde luego, conocía el objetivo que
buscaban aquellas conversaciones, y aunque no le habían facilitado por razones
obvias el nombre de las personas con las que Nduka se entrevistaba, no había
que ser muy liso para adivinarlas.
Nduka había ido a tender los primeros
hilos de la telaraña de la oposición dentro del país. Buscaba afiliar e iniciar
a los cabecillas que mandarían la futura quinta columna. Ésta tendría un
planteamiento alejado de toda violencia, centrado sobre todo en crear círculos
de poder y situar poquito a poco, a las personas adecuadas en puntos cada vez
más influyentes.
Lógicamente al Gobierno no se le había
dicho nada de esto, sino que al señor Embe, además de visitar a sus padres
después de una ausencia de casi seis años, le gustaría hablar extraoficialmente
con el Ministro de Educación para trasmitirle una serie de propuestas de varias
organizaciones en las que se «sugería» la conveniencia de cambiar algunos
textos en los manuales de Enseñanza Infantil. Lo de hablar extraoficialmente
era un eufemismo cortés y lo de «sugerir» cambios en los manuales de texto, nos
da idea del peso de tales organizaciones.
La petición era lo suficientemente
molesta y humillante para el Gobierno como para pensar que hubiera, además,
otras intenciones. Así pues, la vigilancia era discreta, no todo lo obsesiva
que podría haber sido de esgrimir otros motivos.
«La partida de ajedrez ha empezado con
una sutil jugada que a medio plazo —se admiró Uche—, le va a hacer mucho daño
al Gobierno.»
Hizo una breve pausa y se puso
seguidamente a atacar la pila de papeles de su derecha, mientras empezaban a
entrarle las llamadas, telefónicas normales o de teleconf.
Comenzaba habitualmente la jornada despachando las tareas corrientes de aquella
empresa dedicada a comercializar «Productos de alta calidad a precios más que
atractivos», como rezaba la frase en letras de oro debajo del logo, también en
oro, de la compañía. Quedaban lejos los tiempos de las baratijas de baja
calidad y el pirateo. Lo que sí que continuaba era la política de precios
económicos, que, a medida que la clientela fue haciéndose más consciente de que
la calidad no tenía nada que ver con la tontería del «pijismo», fue ganando
terreno a la prepotencia de las marcas.
Hábiles campañas de empresas similares
a aquélla en la que trabajaba Uche, utilizaban el llamado marketing
barato destinado a demostrar que no se derrochaba en lujos superfluos
y explicaban la filosofía de este tipo de productos. La más famosa era:
«No vendemos apariencia al precio más
alto que Ud. pueda pagar, sino firme calidad al más bajo que somos capaces de
dar.»
Aquella campaña iba justo por debajo de
la línea de flotación de la política comercial de las marcas más encumbradas.
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Varios días después de su cumpleaños,
Uche recibía una llamada anónima en su móvil particular. Extrañado pulsó el
botón de descolgar.
—¿Diga?
—¡Hola Uche! Soy Nduka, ¿cómo te va?
—escuchó desconcertado. Y como quiera que tardase unos instantes en responder,
la voz al otro lado del teléfono continuó—. No te extrañes, ya he vuelto. Tu
número me lo ha facilitado un amigo común.
—¿? —Emitió Uche como aclarándose la
garganta—. Perdona, me has sorprendido. ¿Cómo te va?
—¡Bien, gracias! Oye, te llamaba porque
me gustaría invitarte a comer o a cenar y hablar de los viejos tiempos. ¿Cómo
tienes tu agenda?
—Este jueves por la noche me iría bien
—respondió mientras comprobaba sus citas.
—¡Perfecto! ¿Qué te parece si vamos al
Aleixandre? ¿A las ocho y media?—, propuso, enzarzándose a continuación a una
corta despedida protocoloria.
Uche no salía de su asombro. Si bien
conocía personalmente a Nduka, apenas había habido relación entre ellos.
Aquella familiaridad con la que se le dirigió yendo directamente al grano, sin
los habituales rodeos y sin una explicación más amplia de los motivos de la
reunión, le intrigaron. Era verdad que el teléfono no era lo más adecuado para
explayarse, y el modo campechano de hablarle tendía a indicar que se trataba de
una cena de viejos amigos. Lo de «los viejos tiempos», era evidentemente para
desorientar. Pero, ¿a quién?, y además, ¿qué sentido tenía ponerse a despistar
en este país?
«Bien —se dijo—, veremos que nos depara
la cena.»
Uche llegó al Aleixandre unos minutos
antes de la hora y se pidió una cerveza para hacer tiempo mientras esperaba. No
tuvo que aguardar mucho, apenas había acabado de dar el segundo trago cuando lo
vio llegar.
—¡Hola Uche! Perdona el tono tan
informal del otro día — empezó a decir con una cálida sonrisa mientras le
estrechaba la mano con energía—, pero hay que ser un poco neurótico para
establecer contacto con la gente. Aunque es escasamente probable que alguien
nos «copie» por el móvil.
»Al final —continuó—, no he conseguido
mesa aquí. Tengo el coche aparcado cerca. Vamos a otro restaurante.
—De acuerdo —le dijo Uche mirándole a
los ojos. El local estaba bastante vacío como era habitual durante los días de
entre semana. La manía por la seguridad seguía, y Uche empezó a sentir un
cosquilleo de preocupación.
—Sé lo que piensas, pero no tienes
motivo para asustarte. Es mi modo normal de hacer las cosas —se anticipó a sus
objeciones, aunque sabía que la aprensión por todo este secretismo no le iba a
desaparecer.
»Por tu cara veo que no acabas de
creerte que no haya peligro alguno —le dijo una vez en el coche—. Pero es
cierto, llevo moviéndome así desde hace años. De ese modo consigo que tan
siquiera sospechen de mí.
»De hecho, el Gobierno de nuestro país
me tiene catalogado como no activista. Por eso, cuando la «Organización
Libertad de Expresión» fue proponiéndoles nombres para hacer de interlocutor,
las fueron rechazando, hasta que obviamente, al dejar caer el mío, aceptaron no
sin cierto alivio. Se habían tragado el anzuelo.
Callaron un tanto mientras Uche se
quedaba a la expectativa meditando sobre lo que le había dicho Nduka. «Bien,
veremos qué pretende —concluyó.»
Llegaron, al fin, a un discreto
restaurante que Uche no conocía. Allí en un rincón reservado se sentaron para
cenar. Nduka no esperó a que les sirvieran los entrantes para empezar a
disparar.
—Supongo que te preguntarás por qué te
he pedido que nos reuniéramos. No tardarás en saberlo. Por cierto, estuvo muy
bien que me siguieras la corriente al teléfono y no me preguntaras nada al
respecto.
—Me quedé tan sorprendido que apenas
reaccioné —se justificó Uche sonriendo ante el halago—. De todos modos, la
manera que tuviste de pedirlo tampoco me dio mucho pie.
—Bien —continuó Nduka—, pero antes te
lo contaré todo desde el principio. Una parte ya la conoces, o al menos la
sospechas. Fuimos nosotros los que provocamos que los de la «Organización
Libertad de Expresión» hicieran la petición sobre la modificación de los
textos. Ellos accedieron encantados. Buscábamos una excusa, como ya imaginas,
para establecer contacto con personas afines en el interior, que actuaran como
avanzadilla…
—En efecto. Lo sé —le interrumpió Uche
sin ánimo de cortarle, sino para abreviar trámites y que se dirigiera a la
parte interesante que desconocía.
—Pues bien —sonrió Nduka—,
efectivamente ése era nuestro objetivo principal. Pero también teníamos
esperanza de hablar de tapadillo con algunos otros miembros del Gobierno:
queríamos saber qué pensaban ellos de lo que iba a ocurrir en el futuro.
»Allí me tienes, pues, ante el Sr.
Ministro de Educación, que me había hecho esperar todo lo que quiso y más,
esforzándome en darle una imagen de ser un simple mandado, hablándole con
humildad y respeto, exponiéndole algunas cosas que me habían pedido le
transmitiera, haciéndole preguntas inocentes y poco comprometedoras. En suma,
la viva imagen del buen chico para ganarme su confianza como interlocutor.
»En la segunda entrevista, ya no me
hizo esperar tanto. Después de negociar algunos términos oficialmente
extraoficiales sobre los textos, el Sr. Ministro, fue dando rodeos para hacerme
preguntas del tipo: ¿cómo nos ven en el extranjero?, ¿qué política iban a
seguir las organizaciones progresistas en el futuro?, ¿qué puntos tendremos que
readaptar en el país para ajustarnos al cambio de los tiempos?…
»Fíjate que sus preguntas se centraban
curiosamente en el mismo tema que pretendíamos averiguar nosotros: qué pensaba
nuestro oponente que iba a ocurrir en el futuro.
»Fui respondiendo con toda la honradez
del mundo, con educación, sin exagerar, dándoles hechos que ya conocían, y
cuando podía intercalaba opiniones suaves de futuro.
»Mi sorpresa fue que cuando me disponía
a dirigirme hacia mi tercera entrevista, me preguntaron si tendría
inconveniente en mantener una reunión con el Sr. Presidente.
—¡C…! —se le escapó el taco a Uche.
—Sí, ¿verdad? Pues así me lo pidieron,
con toda la educación del mundo. Creo que puse cara de «panoli», pues al
funcionario le faltó poco para soltar una risotada. No sé qué farfullé
aceptando y, seguidamente nos dirigimos al Palacio Presidencial.
»Mi entrevista con el Gran Hombre y
Héroe del Pueblo fue de lo más suave por fuera y tensa por dentro. Te lo
resumiré en una frase. El viejo zorro buscaba que le dijera qué cosas habría
que cambiar para que nada cambie. ¿Te suena? —Entonces no se trataba de un
zorro sino de un gatopardo
—no pudo evitar Uche soltar un fácil
juego de palabras.
—Le respondí —continuó Nduka sin hacer
caso—, que podría darle mi opinión personal, pero que no tendría el más mínimo
peso, además de que no dominaba todos los aspectos que habría que contemplar y
que lo mejor sería transmitir esa pregunta a quienes tuvieran más importancia
que yo.
»La respuesta pareció que fue la
correcta, pues el Gran Señor no esperaba otra. Nos despedimos luego, y quedamos
emplazados para una nueva cita dentro de unos seis o siete meses.
»Pues bien, aquí es donde entras tú, o
al menos en una parte de la contestación —Nduka hizo en ese momento un alto,
miró directamente a los ojos de Uche y continuó—. Como brillante economista y
conocedor de tu Pueblo, ¿cómo plantearías las soluciones económicas necesarias?
—¿Quieres decir que debo indicar
—repuso Uche escandalizándose—, qué cosas se deberían hacer desde el punto de
vista económico para que el actual gobierno perdure?
—Has estado muy agudo —rió Nduka
ampliamente—. Pues sí Uche, de eso se trata. Pensamos responder a todos los
aspectos políticos, sociales, legales y por supuesto económicos, de la misma
manera. No me disgusta que se planteen cambios desde arriba. Recuerda que no
existe eso de «un poquito de libertad». Desde el momento que empieza a rodar la
bola, ya no se puede parar.
Hagamos un pequeño alto para explicar
por qué planteo así ese hipotético futuro. Pero antes, debo observar que no
importa en absoluto si mis facultades de adivinación resultan desastrosas. Como
ya saben, todas las historias anteriores son absolutamente falsas aunque dentro
de un contexto todo lo aproximado a realidad que yo haya sido capaz de
alcanzar. En la segunda parte de la de Uche, en cambio, hasta el trasfondo es
imaginario. Las historias, pues, son fábulas, que actúan a modo de muletas para
facilitar la comprensión de lo que pretendo exponer. Por eso mismo, repito, no
me preocupa lo más mínimo que mis vaticinios fallen (cosa más que probable).
Y sin embargo, la proyección que he
desarrollado no es descabellada. Se basa en hechos que están ocurriendo ante
nuestros ojos: la lucha contra el Apartheid, la ayuda del 0’7% del
Producto Interior Bruto de los países ricos, las manifestaciones anti-
globalización, las denuncias contra la violación de Derechos Humanos, las
campañas contra la pena de muerte, las batallas contra la lapidación de mujeres
acusadas de adulterio, las ayudas humanitarias, la labor del voluntariado
internacional, etc.
Todo esto va calando en nuestra
conciencia. Lo único que he hecho ha sido suponer que se acentuará esta
corriente y que de alguna manera gobiernos, sean los de los ricos o de los
pobres, así como grandes empresas empezarán a tener en cuenta esta tendencia.
(Si bien, sospecho que será más una cuestión de imagen hacia el exterior que de
un cambio real de actitud. En otras palabras, los que detentan el poder
seguirán más o menos igual pero procurando que no se note. Luego, si una
determinada situación se volviera insostenible, no dudarían en cambiarse de
chaqueta rápidamente.)
Nos habíamos detenido ante la pregunta
que le hace Nduka a Uche. Recuerden que no me propongo dar recetas mágicas.
Los días siguientes a la cena, Uche se
los pasó cavilando. Su cerebro iba a más megahercios que el más potente de los
ordenadores. Empezaría por confeccionar una lista de puntos a tratar y de
libros a consultar, miraría en Internet las novedades al respecto y hablaría
con sus antiguos profesores y compañeros de más confianza, diciéndoles para
disimular, que estaba buscando temas para su tesis doctoral.
En una de aquéllas, en una tarde de
domingo, estando en el despacho de su casa, cansado de tanto darle vueltas al
asunto, se levantó y se fue a la cocina donde cogió una cerveza. Se fue a su
sillón del salón-comedor y se puso música dando la orden con la voz. Se la
bebió pausadamente y se quedó adormilado pensando en las musarañas.
Media hora más tarde, salió de esa
especie de duerme-vela que es la siesta, completamente descansado y relajado.
Aunque le duró poco.
«¡Y todo ello en menos de seis meses!
¡Con mi poco tiempo libre! —se abrumó una vez más—. Si me pongo a desarrollar
los puntos de la lista se va a convertir un «tocho» monumental.»
»Además, ¿quién c... lo va leer? ¡No se
trata de que escribas el modelo de desarrollo económico de tu país! ¡Libros y
manuales hay todos los que quieras!
»¡Pues claro! —se le iluminó una
pequeña vela en su cabeza—. ¡Es mucho más sencillo que eso!
Se levantó del sillón con una idea
medio formada en la cabeza y llegando al escritorio se puso a redactarla con su
bolígrafo amuleto de la facultad (el que había usado para todos sus exámenes).
Tres folios más tarde, llenos de enmiendas, tachaduras, flechas y anotaciones,
encendió el ordenador y los pasó a limpio. Al acabar, imprimió el texto, lo
leyó varias veces e hizo más correcciones. Apagó el ordenador, salió a cenar y
se fue al cine.
Cada uno de los días siguientes retocó
y simplificó el escrito. Hasta que después de la siesta del domingo siguiente,
ya fue incapaz de mejorarlo. Marcó el móvil de Nduka.
—¿Qué hay Uche? ¿Dime? —oyó por el
auricular.
—¡Hola Nduka! Me gustaría devolverte la
invitación para cenar y así, de paso, te dejaré el disco que me pediste con las
canciones de nuestra tierra —no pudo resistirse a parodiar la manera de
conspirar de Nduka.
—¡Muy bien! —entendió inmediatamente el
mensaje sin dejar de captar la ironía de su compatriota—. Lo has conseguido
mucho antes de lo que esperaba. ¿Te iría bien mañana a la misma hora en el
Aleixandre?
Quedaron emplazados, pues, y al día
siguiente después de repetir la excusa de la falta de reserva, cambiaron de
restaurante. Una vez se hubieron sentado en el mismo reservado, Uche, sonriendo
ampliamente, se dispuso a desconcertar a su paisano.
—Creo que empiezo a conocerte, Nduka.
Te veo receloso. No has parado de mirarme con desconfianza desde el Aleixandre,
pues no encuentras por ningún lado dónde puede estar el dossier que esperas que
te entregue.
»No hay ningún dossier. Y a fe mía que
he estado a punto de escribirlo. Y, ten por seguro que habría acabado al final
en la basura. Quizá con suerte, hubierais entresacado algún párrafo de aquí y
otro de allí. Pero lo normal es que lo hubierais desechado. Y aún en la remota
posibilidad que hubierais decido entregarlo al Presidente, tal cual o con
retoques, ni vosotros mismos os creéis que fuera a hacerle mucho caso. Lo más
normal es que os dijera, aunque quizá con palabras más corteses, algo parecido
a:
«Basura teórica. Las soluciones que
planteáis no sirven un c… para nuestro país.»
—El contrasentido es que tiene toda la
razón —Uche, calló unos instantes esperando la reacción de Nduka, que ahora lo
miraba fijamente sin abrir la boca. Aquello era una invitación a que
continuara.
»Pues bien, he estado reflexionado, y
no sólo sobre la respuesta que me pediste, sino sobre cuál va a ser el
planteamiento que tenéis pensado presentar al Presidente. Y creo que habéis
planeado mostrarle un amplio abanico de propuestas con la esperanza de que
admita unas pocas, especialmente las de tipo político.
—¡Hum! —se le escapó a un Nduka cada
vez más pendiente de lo decía Uche—. Tengo que admitir que has captado nuestra
estrategia general. Quizá no debería haber sido tan explícito en la anterior
reunión. Aunque, si bien se piensa, es mejor así, porque imagino que lo que vas
proponerme va a ir en esa línea.
—En efecto, y pierde cuidado porque no
voy a ir por ahí contando vuestra maniobra. Soy tan patriota como vosotros.
»Empecemos pues —continuó Uche después
de una breve risa que no pudo evitar cuando miró directamente a los ojos de
Nduka buscando en ellos el efecto de su última afirmación. Pero éste debía ser
un jugador de póker fenomenal—. Lo que he estado meditando también podría
beneficiarme, así que deja de lado tu habitual suspicacia.
»Todo gira en torno a algo que me
dijiste en la anterior cena, que una vez que la bola se echa a rodar pendiente
abajo, ya no se puede parar. Por tanto sólo se trata de que seamos capaces de
hacer que empiece a vencer su inercia y moverse, por despacio que sea al
principio. Y eso en nuestro país va a ser difícil puesto que hay demasiada
gente en el poder, o en línea directa con éste, chupando del bote. A ellos no
les interesa que cambien sus prebendas.
»Y evidentemente, las corrupciones,
corruptelas, burocracia e ineficacia estatal, abusos de poder y sangrías que
practican, son las piedras que impedirán que la bola se mueva. Esto ya ha
pasado muchas veces. Es como una infección de parásitos. Mientras no los
venzas, el cuerpo no puede mejorar. Y además no podemos enfrentamos
directamente con ellos si queremos evitar un derramamiento de sangre inocente.
»Por tanto hay que proponer una
alternativa viable. Algo que no ataque sus intereses, pero a lo que no puedan
meter mano. Ese sería el primer movimiento de la bola, todo lo minúsculo que
quieras, pero que sirva de embrión a un nuevo modelo económico, que con el
tiempo acabe por desplazar totalmente al actual.
»El primer paso sería explicar a
nuestro Presidente que las O.N.G. estarían terriblemente interesadas en que en
nuestro país se desarrollara una nueva actividad de tipo económico, que según
los cánones occidentales fuera «limpia». Esto supondría para dichas
organizaciones todo un logro, a la par que un aumento de su prestigio e
influencia. Y así habría que demostrárselo al mundo. Por lo tanto insistirían
en supervisar el juego limpio en dicha actividad. De los beneficios que se
generaran, por descontado, el Estado recibiría su parte mediante unos impuestos
equitativos. En resumen, y muy importante, sin trampas por parte de nadie.
A Nduka le cambió la mirada. Estaba
cada vez más absorto en la exposición. La idea tenía grandes visos de ser
factible. Podrían meter una cuña blindada en las estructuras de su país. Uche,
por su parte, saboreaba el momento. Dejó que Nduka, asimilara lo que le había
dicho y se dispuso a darle el siguiente puyazo.
—Luego habría que dar el segundo paso:
una vez establecida la actividad a desarrollar, habría que planear su
distribución concertándola con la empresa para la que trabajo. En un futuro, si
la cosa cuaja, cabría la posibilidad de plantearse aumentar la concesión a más
empresas.
Nduka se dio cuenta que su interlocutor
estaba matando varios pájaros de un solo tiro. Era una muy buena idea utilizar
la empresa de Uche ya que contaba con una amplia y eficaz red comercial. Si
bien esto ayudaría a Uche en su carrera dentro de la compañía, no creía que
esta fuera su intención. Nduka estaba convenido que Uche no buscaba medrar ni
aprovecharse de las circunstancias. Entonces, como si Uche hubiera estado
leyendo sus pensamientos, le oyó decir:
—Es una solución que va a favorecer a
muchos, yo mismo incluido. Y éste es un motor básico de toda actividad
económica. Es un egoísmo altruista o un altruismo egoísta, eso no lo tengo
claro. Pero lo que sí que sé es que el mero altruismo no basta. La caridad no
ha sido el remedio para sacarnos de la miseria, porque… bueno, no me hagas
repetir lo del pescado y la caña de pescar. El pescado te soluciona un día. Y
ahí es donde voy, lo que vayamos a montar debe ayudar, gustar o facilitar la
vida al resto del mundo. No al contrario. Les venderemos porque lo nuestro será
bueno, bonito y barato, no porque nos tengan lástima.
»Soy consciente que he ido muy deprisa
y mezclando conceptos en el fragor de la charla-conferencia que te estoy
endilgando. Pero creo estoy haciéndome entender…
—Sí, perfectamente —asintió Nduka—.
Además tiene sentido lo que dices.
—Perfecto, pues. Ataquemos el tercer
paso. Sin él, el proyecto se quedaría en agua de borrajas. Hemos de solucionar
el último detalle, precisamente el de elegir qué vamos a ofrecer, cuál será el
producto por el que vamos a apostar. Bueno esto es incorrecto, hemos de apostar
por una idea.
»Imagino que no conoces la diferencia
en el matiz: no se venden productos sino la satisfacción que dichos productos
producen. Lo que cuenta de la cerveza que nos estamos tomando no radica en que
sea cerveza, sino que con ella apagamos nuestra sed, y si vamos más allá, ni
siquiera eso, sino que es un medio que hace que nos sintamos cómodos mientras
conversamos esperando la cena.
»Por ese mismo motivo, además de bueno,
lo que vayamos a lanzar debe estar arropado con toda una serie de condiciones,
adornos, atavíos y perifollos si quieres.
»Tengo la solución, o eso creo. He
pensado en una línea de productos que dejaron de fabricarse hace casi sesenta
años. Tendrán una carga de connaturalidad y nostalgia, no exenta de encanto:
serán un bálsamo a la recargada y vulgar artificialidad que impera en la moda
actual del producto.
»Estoy pensando en niños, en cómo
juegan, y especialmente, con qué lo hacen. Juguetes, pues. Estoy hablando de
juguetes. Podríamos fabricarlos a la antigua, con materiales nobles, de una
manera artesanal. ¡Piensa! Coches, aviones, barcos, muñecos… de madera, cuero y
bronce de nuestro país. Sin sofisticación, para potenciar la creatividad de los
críos. Fiables, aplicando la normativa internacional sobre seguridad infantil.
Bonitos, usando pinturas naturales absolutamente inocuas. Pero sobre todo,
niños jugando con la imaginación con juguetes tradicionales. Fíjate que no
estoy incidiendo demasiado en los trozos de madera que vayamos a producir…
—… sino en lo que van a representar
para quienes lo compren —concluyó Nduka demostrando así que había comprendido
plenamente la explicación de Uche—. Voy a necesitar un tiempo para que me baje
el aceite y asimilar todo lo que me has dicho. Pero te puedo asegurar que me
has dejado de plástico...
»Voy a meditármelo —dijo después de una
breve pausa—. Pero es más que evidente que es una buena propuesta...
»¡Vamos a hacer una cosa! —cambió de
idea animándose Nduka, después de hacer una segunda pausa, esta vez algo más
larga—. Voy a proponer una mini–reunión de nuestro consejo ejecutivo para
presentarles tu proyecto. Si prospera, te llamaré para que hagas de ponente.
Conque estés la mitad de convincente que has estado hoy conmigo, la aprobarán
de carrerilla. A la salida de restaurante, mientras se despedían, Nduka pensó
que debería integrar a Uche como un miembro de su equipo.
Además, si el proyecto tenía éxito, su
paisano desempeñaría un cargo de responsabilidad en el país que estaban
construyendo para el futuro. Definitivamente le gustaba esta persona.
Uche por su lado, mientras se alejaba,
se sentía radiante, al borde de la euforia. «No tenía ni idea —se dijo— que yo
pudiera llegar a ser tan maquiavélico vendiendo ideas. Pero la verdad es que
puede funcionar.»
Lamentablemente, y en mi línea de no
dar fórmulas magistrales, nos vamos a quedar sin conocer si el montaje de Uche
logrará llegar a buen término. A pesar de que no importa a efectos de este
libro, personalmente apuesto a que sí.
Por increíble que parezca, me
encontraba acabando de escribir la historia de Uche cuando llegó mi turno de
quedarme a cuadros. Estaba dándole los últimos retoques, cuando escuché en la
tele la noticia que un grupo de diseñadores de moda africanos habían expuesto
sus colecciones en Europa patrocinados por una O.N.G.
Oportunas casualidades al margen, la de
Uche es la historia de una transición. Hoy, ante nuestros ojos, millones de
seres humanos del Tercer Mundo están escapando de un presente caracterizado por
el hambre, la ignorancia, la corrupción, la injusticia, los intereses creados,
pero más que nada, por la falta de futuro. Eso es lo que he pretendido reflejar
con la primera parte del relato de Uche.
Esta situación es inestable, como la
nitroglicerina, y acabará por cambiar. Puede que estalle de un modo traumático.
La sangre de los desventurados es barata, y desgraciadamente ya está corriendo
en su mundo desde hace mucho tiempo. Junto a lo anterior, los más de dos
tercios de la Humanidad que pasan hambre empiezan a conocer que al otro tercio
les sobra comida y la tiran. Su cabreo va ser progresivo y van exigir cuentas.
Y que conste que no estoy enarbolando ninguna bandera revolucionaria, aunque lo
parezca. Simplemente estoy señalando un peligro. Máxime cuando pienso existen
soluciones.
La segunda parte de Uche, muy de
Economía-Ficción, pretende precisamente aventurar la posibilidad de otra forma
de transición. Y aunque sea todo lo imaginaria que se quiera, en realidad se
han dado casos. España sin ir más lejos. Hace cuarenta años exportábamos mano
de obra al resto de Europa y ahora la importamos de Sudamérica y África.
Con toda honradez, he de decir que no
he pormenorizado los detalles que deberían constituir el cambio. Cada país
tendrá su propia problemática, que desconozco. Las recetas que podría dar,
serían terriblemente teóricas y de laboratorio. Además, estoy convencido que
los que deben diseñar su futuro, deben ser los mismos ciudadanos de esos
países. Me conformo, pues, con apuntar que existe una alternativa de
desarrollo.
Por otro lado, en la primera narración,
Germán, pese a los oropeles de su próspero mundo, tiene la vaga sensación de
que la estructura del edificio económico en el que vive, se asienta sobre un
suelo arenoso. De ahí los desconchados en la fachada, las vibraciones en el
ascensor y los males olores en la escalera.
Ambos, Germán y Pepe (el
de la primera parte), están padeciendo los males de unas Economías mal
diseñadas. Por supuesto, cada uno de ellos los sufre con un grado muy diferente
de intensidad —para sí quisiera Pepe los problemas de Germán—,
pero la raíz es la misma. Se llama desconocimiento.
Desconocimiento que nos lleva a cometer
errores de diseño, actitudes ventajistas y conductas codiciosas.
Uche hablaba de egoísmo altruista o
altruismo egoísta, es decir, de una solidaridad interesada, que se oponía tanto
a la mera caridad como a las actitudes y comportamientos puramente egoístas del
párrafo anterior.
Se trata, pues, de satisfacer
recíprocamente cuantas más necesidades mejor, y no de ser más «ricos».
Capítulos antes ya lo mencionábamos. Es momento de recalcarlo: la persona más
rica del reino más poderoso de la Baja Edad Media no podía tener cubiertas ni
la décima parte de las necesidades que tiene hoy satisfechas un trabajador
especializado.
Imaginemos una vez más una hipótesis
absurda. Si nos dieran la oportunidad de ser Rey durante esa época, pocos de
nosotros la rechazaríamos, lo que demuestra lo contradictorios e incoherentes
que llegamos a ser. Para demostrarlo, basta pensar que estando en tal situación
y con cientos de cofres en nuestro poder repletos de monedas de oro, sufrimos
un buen dolor de muelas o, algo más prosaico, que nos apetezca cualquiera de
los caprichos con los que nos gusta recrearnos. Supongo que no tardaríamos
mucho en cambiar de opinión.
Pero no. Preferimos ser cabeza de ratón
que cola de león, ¿verdad? Anteponemos, pues, mantener nuestros privilegios,
fortuna y nivel de vida, defendiéndolos con uñas y dientes, pese a que con otra
mentalidad podríamos estar mejor. Todos.
No estoy elucubrando sobre la Utopía.
En absoluto. Se trata de algo muy real, como el título de este libro. Es tan de
cajón, que pasa desapercibido, quizá porque no nos hagamos la pregunta
correcta. Personal y profesionalmente, me he encontrado muchas veces ante
situaciones en las que gentes con una determinada necesidad o problemática
acudían a mí para que les desarrollara o elaborara la solución que habían
pensado de antemano —es como ir al médico para que te recete las pastillas
azules que te han comentado que son ideales—. Esto me llevó muchas veces a
callejones sin salida, así que cambié de táctica. Les preguntaba, antes que
nada, cuál era su problema, que luego ya buscaríamos la mejor solución.
Como homo oeconomicus nos
pasa igual. Buscamos la riqueza y el poder porque creemos que esa es la
solución a nuestros problemas. Pero si hacemos una pregunta tan simple como:
¿Ud. dónde preferiría vivir?
- En
un pueblo sin gente especializada, sin mucho suministro en las tiendas,
sin alcantarillado ni agua corriente, con un alcalde vago y corrupto, pero
donde Ud. fuera el más rico, poderoso y guapo.
- En
el pueblo de al lado, con un nivel apropiado de ingresos, pero con un buen
médico, fontanero, peluquero, alcalde eficaz y honrado, un mercado bien
surtido y buen «rollito» entre los vecinos.
Entonces, la respuesta sería evidente.
Nos interesa que haya mucha gente preparada a nuestro alrededor que pueda
echarnos una mano en cuanto nos haga falta. Y esto es válido tanto a escala
individual como mundial. Y si seguimos en desacuerdo, veamos un ejemplo real, y
además, otra vez, oportunamente reciente:
Este principio de milenio no está
siendo especialmente bueno para una de las naciones más poderosas del mundo,
Alemania. Pues bien, y también es casualidad, el canciller alemán se ha quejado
de que España esté creciendo gracias a las ayudas comunitarias que ellos
financian en buena parte. La respuesta española — comentaristas de prensa, nada
oficial por supuesto— ha sido que con esos fondos, estamos comprando maquinaria
alemana.
De nuevo hemos de hacernos una pregunta
clave: ¿Estaría Alemania dónde está, si no hubiera ayudado, generosamente
además, a los países menos privilegiados de la Unión Europea?
¿Comprenden a dónde quiero ir a parar?
Luis Racionero, escribió «Del paro al ocio», un libro bastante más heterodoxo
que el mío. Permítanme, precisamente ahora que está acabándose este ejemplar,
que rompa una costumbre. Voy a citar textualmente dos párrafos de su volumen:
«En vez de suponer que el hombre es
egoísta e individualista, como supone el actual sistema económico, se puede
suponer que el hombre es altruista y cooperativo, y montar la economía en la
cooperación en vez de la competencia... En vez de suponer que los demás países
son un grupo de seres peligrosos, perpetuamente al acecho de la oportunidad
para invadir y arrebatar lo ajeno, o, si son pobres, verlos como presa
apetecible a la que despojar en provecho propio; en vez de eso, se puede ver a
los otros países como miembros de igual clase en la astronave espacial Tierra;
gentes con las que hay que cooperar y a las que se debe ayudar.»
«... volvemos a encontrarnos con un
defecto básico de la microeconomía: el suponer que las funciones de utilidad de
las personas son independientes unas de otras.»
La única discrepancia radica en que yo
abogo por un amor interesado —comparen mi altruismo egoísta, o viceversa, con
su visión del ser humano altruista y cooperativo—. Pero ambos planteamos la
misma idea: el error que supone un sistema económico que predica que el bien
común se alcanza mediante la codicia, el interés y la avidez de los seres
humanos.
Luis Racionero, cuyo libro leí hace ya
bastante tiempo, hizo una proposición que me causó un cierto impacto. No puedo
resistirme a mencionarla porque pone de manifiesto que existen alternativas al
modo de enfocar la vida económica. Una de las preocupaciones mayores de
nuestros gobernantes, y también de nosotros mismos, lo constituye el paro. La
tasa de paro es una de las espadas de Damocles que pende sobre nuestras
cabezas. En cambio, él opina que en una Sociedad superdesarrollada, en la que
el trabajo está enormemente automatizado, el indicador debe verse al revés:
cuanto más trabajo sea necesario para satisfacer las necesidades de una
colectividad, peor.
Parte de la concepción humanística
griega, en la que el hombre es la medida de todas las cosas. Los romanos,
mediterráneos como ellos, y en cierta medida herederos suyos, nos proporcionan
las palabras trabajo y negocio, de un claro matiz peyorativo. La primera
proviene de tripalium, «instrumento de tortura —cito textualmente—
utilizado para obligar a los esclavos». La segunda de nec-otium,
no-ocio. (Por el contrario, los anglosajones utilizan la palabra business,
que viene de busy, ocupado, atareado. ¡Existe una buena diferencia
de matiz! ¿No?)
Así pues, Luis Racionero, propone un
cambio de mentalidad, desde la stajanovista, maniática del trabajo
y de la producción, por otra en la que el ser humano pueda dedicarse a otros
valores, y en especial al disfrute del ocio. Trabajar lo imprescindible, y cada
vez menos, para producir lo necesario.
Estoy en buena parte de acuerdo con él.
Creo que hemos de trabajar para vivir que no vivir para trabajar, o lo que es
lo mismo y parafraseando las Escrituras: «No se hizo el Hombre para la
Economía, sino la Economía para el Hombre». Discrepo en que pienso que no
estamos ni de lejos cerca de esa Economía Mundial del Bienestar. Eso que es
evidente si pensamos en la gente subdesarrollada, es igualmente aplicable al
Primer Mundo en dos puntos: es un sistema imperfecto, con Parkinson
—recuerdan—, y además no tenemos ni idea de cuál puede ser en el futuro el
grado de necesidades que podemos tener cubiertas si toda la Humanidad se pone a
satisfacerlas eficaz y recíprocamente. Y no estoy pensando en un mundo lleno de
fábricas y de cachivaches, con sucorrespondiente polución. El negocio del ocio,
perdonen el juego de palabras, abre enormes perspectivas, así como el de
educación —aprender por el placer de aprender—, el del turismo —aunque muy
diferente del vacuo y disparatado de nuestros días— y el de otros muchos que sin
duda, si dejan volar su imaginación se les ocurrirán.
Con estas premisas, es de cajón que el
modelo de desarrollo del Tercer Mundo no tiene porqué copiar los errores del
nuestro. Y, de igual modo, el nuestro debería evolucionar —si es que no lo está
haciendo ya sin que nos demos cuenta—, hacia otro más humanista y estable.
Pienso que puede estar cambiando porque
basta abrir un poco los ojos y mirar a la gente para encontrarnos con
colectivos que están valorando apreciablemente su tiempo de ocio. (También es
cierto su contrario, adictos al trabajo y gente obligada a bregar mientras
otros disfrutan). La demostración de esta última afirmación es fácil: intente
llamar a su fontanero un sábado o dése una vuelta ese mismo fin de semana por
las carreteras más pintorescas próximas a su ciudad. Podrá ver ciclistas a
cientos disfrutando de su potro de tortura particular. Puede citar todos los
ejemplos que le parezcan. (No vale hacer mención a las horas dedicadas a ver
programas alienantes ante el televisor).
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Pese a la importancia que le estoy
dando al tema del ocio, no es ése el objeto de este capítulo. Lo he mencionado
como un ejemplo de alternativa, indudablemente muy deseable. Pero antes hemos
de dar solución a ese edificio, que decíamos, está construido sobre arena.
Una de las palabras que más he repetido
en este libro es la de «conocimiento», siempre ligada al progreso de las
actividades humanas, sean o no económicas. Es innegable que cuanto mejor
conocemos lo que son y cómo funcionan las cosas, más competentes somos en su
manejo y se nos ocurren más y mejores ideas para de perfeccionarlas.
Esto es completamente válido para la
Economía. De igual modo, la ignorancia, el conocimiento equivocado y parcial,
nos aboca a situaciones contrarias e indeseables. Por tanto y conectando con el
capítulo anterior en el que mencionaba la revolución del conocimiento, estoy
firmemente convencido que un mejor futuro pasa por que exista mucha gente muy
preparada y con fundamentos más sólidos.
Revolución del Conocimiento, ahora con
mayúsculas, en el que la Economía se vea como la Ciencia que posibilite la vida
al género humano, satisfaciéndose reciproca e interesadamente, las necesidades
que éste tenga o pueda llegar a tener.
Nos alejamos de esa forma de los
conceptos de riqueza (y pobreza) como motores del pensamiento económico.
¡No puedo creerme que esté acabando el
libro! Más de once años me ha llevado escribirlo, si bien con nueve sabáticos
por medio.
Si algo me gustaría destacar, es que en
él he procurado mostrar a gente viviendo. No he partido de modelos abstractos y
teóricos, sino que he intentado pintar a gente muy real —por muy ficticios que
sean los personajes—, subsistiendo o dándose una buena vida, padeciendo o
gozando, deprimiéndose o siendo optimista, haciendo trampas o actuando
honradamente, en suma, bajo muchas de las circunstancias que nos puede haber
tocado vivir. Luego, he tratado de explicar los porqués y los cómos, es decir,
la teoría. Y debo confesar que, en algunos puntos, es bastante heterodoxa, pues
está separada de la doctrina tradicional. (Ojo con exponerla en algún examen,
se corre el riesgo de ser suspendido inflexiblemente.)
Sin embargo la definición que dábamos
en el Capítulo O, no ha seguido este modelo, por eso quizá haya que mejorarla.
Pero antes, debo decir dos cosas. La primera es insistir en que no busco ningún
tipo de revolución fundamentalista, creando un sistema cerrado en el que todo
tenga su explicación y en el que los seres humanos deban seguir el modelo de
comportamiento prediseñado para alcanzar los nobles fines que el ideario
oficial proclama. Es más, no quiero ninguna revolución.
Creo, por contra, en un sistema abierto
y cambiante en concordancia con nuestro avance en el grado de conocimiento de
la Economía Real, en unas leyes y normas justas emanadas de ese conocimiento,
en la detección eficaz de los tramposos que se aprovechan de sus semejantes
impidiéndoles crecer, pero sobre todas las cosas, creo en gente trabajando —por
lo de satisfacer mutuamente necesidades— y progresando poco a poco, pero día a
día, tanto exterior como interiormente. Espero que este libro ayude a conseguirlo.
Habría, pues, que modificar la
definición de Economía para que se adaptara mejor a este objetivo final:
La Economía es la actividad humana
tendente a la supervivenciaalcanzar una
vida plena mediante la generación, reparto e intercambio del excedente.
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No me gustaría dar la sensación de
final feliz de cuento de hadas que, por demás, es muy light (perdón
por el barbarismo, se puede traducir por simplón). Y es que, al explicar lo que
creemos que es, o debe ser, la Economía, es muy fácil caer en muchos errores.
No sé a cuál peor, ser fundamentalista, ideólogo, pesimista, optimista o, en
fin, pongan el adjetivo que quieran.
Cualquiera de estas actitudes actúan
como un velo puesto delante de nuestros ojos que distorsiona la realidad. En la
medida de lo posible he pretendido evitarlo —sé que es materialmente imposible
ser aséptico al cien por cien—, de ahí ese modo atípico de escribir el libro,
partiendo del ser humano y su evolución. Porque, si bien la Economía es algo
muy real, no deja de ser un invento humano, y como tal, mejorable. Mejoras que
se han venido produciendo ciertamente. Las repasaremos rápidamente, capítulo por
capítulo. Les recomendaría que fueran haciendo el ejercicio de imaginar de un
modo visual, y desde la perspectiva de la generación, reparto e intercambio, lo
que suponía en la vida de aquellas personas cada uno de los cambios que se iban
produciendo. Incluso pueden ir más allá, e imaginar dónde estaríamos si no
hubiesen ocurrido.
Con esa idea en mente, empezaba
exponiendo la definición «dura» de lo que es la Economía con el fin de tener un
punto de arranque común.
Veíamos seguidamente como el hombre
prehistórico, realizando tareas de cazador y recolector, no conocía la
Economía, aunque sí desarrollaba algunas actividades que podían ser
consideradas como embriones de la misma: fabricación de armas y utensilios, construcción
de chozas y una pequeñísima división del trabajo. Aprovechándome de ellas, me
he permitido la licencia de situar el nacimiento de la Economía en esa época,
meramente con fines didácticos.
Luego, el ser humano, descubría que es
posible dominar el cultivo de algunas plantas y animales, dando paso a la Gran
Revolución, en la que una persona era capaz de producir por encima de lo que
necesitaba para ella misma. Ahí es donde nace efectivamente la Economía, puesto
que se liberaba a gente de la producción directa de alimentos, permitiendo
desarrollar otras actividades.
Inevitablemente, las pequeñas aldeas
situadas en zonas cultivables, crecieron convirtiéndose en ciudades donde se
produjo una mayor diversificación y especialización de la actividad: más y
mejores productos, materiales e inmateriales; más intercambio (de necesidades).
Nace la escritura que, a efectos prácticos, hace posible la administración de
los negocios, pero que, sobre todo, permite la conservación y transmisión del
conocimiento.
Una cosa lleva a la otra, y la
dificultad de aclararse con el intercambio de mercancías nos llevó al invento
del dinero. Un buen invento, si se piensa que el dinero no es otra cosa que un
instrumento conceptual, que todos aceptamos para movernos por el mundo real.
Dinero, promesas en metal, papel o plástico haciéndonos correr detrás de él.
¿No les sugiere nada? Piénsenlo unos momentos y seguimos.
Los siguientes temas que pulsábamos,
nos llevaban a los principios de la Roma monárquica y republicana. La
construcción de una cosa tan simple como un puente trajo beneficios
considerables a la colectividad. Nos ha servido de muestra para comprender lo que
significaron las infraestructuras romanas, un hito difícil de
superar que contribuyeron a su alto grado de prosperidad e hicieron posible un
mundo más amplio. El otro punto era de orden inmaterial —lo calificábamos
de superestructural—: el Derecho Romano, ciertamente de carácter
económico por entero. De nuevo, un factor intangible influyendo en el modo de
actuar de la gente y su estructura. Pero no por intangible menos
«real», entre comillas, que el propio puente. ¿Se va perfilando la respuesta a
la pregunta del párrafo anterior?
Con el transcurso de los años, aquel
imperio, se fue viniendo abajo y no precisamente por culpa de los hados, sino
por la suya. Tampoco era inevitable que ocurriera. Fíjense, porque las dos
preguntas anteriores casi se contestan solas. De la escritura, el conocimiento,
los espacios urbanos y comerciales, la confianza, la honradez, el optimismo, el
derecho y el ancho mundo (w.w.w. world-wide, aún sin la telaraña,
la web), se pasa a su contrario. Con ello puentes y carreteras se
destruyen, las ciudades se vacían, aparece el hambre y la gente acaba por
morirse con más facilidad.
En medio del caos, otro pueblo, el
árabe, recupera lo mejor del pensamiento y conocimiento de la Antigüedad,
erigiéndose en primera potencia mundial. He situado en ese contexto una
inverosímil tertulia en la que se debatía la cuestión de lo que valen las
cosas. Para sorpresa nuestra, descubrimos que en sí mismas, no tienen ningún
valor. Es el propio ser humano el que se lo proporciona de un modo subjetivo y,
además, muy aproximado e impreciso. Esto lo aprovecha una de las partes para ir
subiendo los precios, con lo que se genera la inflación, que no es otra cosa
que la lucha por la apropiación del excedente, abusando de la falta de claridad
de ideas de la otra parte.
La Edad Media constituye un ejemplo
vivo de una situación no deseada y para más inri perfectamente
evitable. Otros pueblos de la época no la padecieron. En ella se comprueba
palpablemente que cuantas menos necesidades se satisfacen, menor es la
esperanza de sobrevivir —funciona igual que una espiral—. Es también un ejemplo
de fe, pero sin dejar de arrimar el hombro, en la reconstrucción de un mundo.
Lentamente al principio, y con recaídas, pero cada vez más firmemente. Este
capítulo es la continuación, pero con el signo cambiado, al de la crisis. Y una
pequeñita aclaración, no siempre después de una crisis viene la recuperación.
La Historia está plagada de sociedades que nunca se recuperaron o simplemente
desaparecieron. Por eso, quizá, tenga más mérito lo que hizo aquella gente,
aunque le costara mil años.
Y dando un salto, llegamos a la época
del Parkinson. Los ingleses alcanzaron ser el número uno mundial gracias a toda
una serie de factores, y entre ellos su industrialización. Se pusieron a pensar
que la Economía era así, una ciencia exacta que funcionaba fielmente como ellos
la tenían. E hicieron correr la voz por todo el mundo, que les creyó. Aún
estamos sufriendo las secuelas de un pensamiento equivocado que no tenía en
cuenta para nada al hombre.
Germán lo notaba, y Uche se las
ingeniaba para salir adelante. Ambos tenían claro que la solución para el
futuro pasaba, además de por el trabajo, en un cambio de mentalidad que tuviera
en cuenta un conocimiento más profundo de lo que el ser humano precisa. Sería,
así, más sencillo dar con las respuestas correctas.
El futuro, indudablemente está en
nuestras manos, pero previamente debe pasar por nuestras cabezas.
Valencia, de octubre de 1.992 a
septiembre de 2.003


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