© Libro No. 423. La Isla del día de antes. Eco, Umberto. Colección Emancipación Obrera. Mayo
25 de 2013 .
Título
original: © La
Isla del día de antes. Eco, Umberto
Versión Original: © La Isla del día de antes. Eco, Umberto
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Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Umberto Eco
La
Isla Del Día De Antes
Umberto Eco
La Isla Del
Día De Antes
Traducción de Helena Lozano M¡ralles
Título
original: L'isola del giorno prima
Is the
Pacifique Sea my Home?
John Donne, «Hymne to God my
God»
Stolto! a
cui parlo? Misero! Che tento?
Racconto
il dolor mió
a
¡'insensata riva
a la
mutola selce, al sordo vento...
Ahi, ch'altro non risponde
che il mormorar de l'onde!
Giovan Battista Marino,
«Eco», La Lira, XIX
Umberto Eco La
Isla Del Día De Antes
1 DAPHNE
Y con todo
eso, me envanezco de mi humillación, y pues a tal privilegio estoy condenado,
casi gozo de aborrecida salvación: soy, creo, a memoria de hombre, el único ser
de nuestra especie que ha hecho naufragio en una nave desierta.
De tal
suerte, con impenitente conceptuosidad, Roberto de la Grive, presumiblemente
entre julio y agosto de 1643.
¿Cuántos
días llevaba vagando sobre las ondas, atado a una tabla, boca abajo de día para
que el sol no le cegara, el cuello innaturalmente tendido para evitar beber,
requemado por la espuma, ciertamente febricitante? Las cartas no lo dicen y
dejan pensar en una eternidad, pero debe de haberse tratado de dos jornadas a
lo más, si no, no habría sobrevivido bajo el azote de Febo (como
figurativamente lamenta), él, tan enfermizo como se describe, animal noctívago
por natural defecto.
No se
hallaba en condiciones de llevar la cuenta del tiempo, mas me figuro que el mar
habíase sosegado inmediatamente después de la borrasca que lo había arrojado
del Amarilis y esa suerte de balsa que el marinero le había delineado a
la medida habíale conducido, empujada por los alisios en un piélago sereno,
durante una estación en la que al sur del ecuador hay un invierno de mucha
templanza, a obra de algunas millas, hasta que las corrientes le habían
allegado a la bahía.
Era de
noche, se había adormecido, y no había dado en la cuenta de que se estaba
acercando al navío hasta que, con un sobresalto, la tabla había chocado contra
la proa del Daphne.
Y como —a
la luz del plenilunio— había dado en la cuenta de que estaba flotando bajo un
bauprés, al hilo de un castillo de proa del que colgaba una escala de cordel,
no lejos del cable del ancla (¡la escala de Jacob, la habría llamado el padre
Caspar!), habíanle vuelto en un instante todos los espíritus. Debe de haber
sido la fuerza de la desesperación: calculó si tenía más aliento para gritar
(pero la garganta era un fuego seco), o para desceñirse de las cuerdas
que le habían rayado surcos lívidos, e intentar la ascensión. Creo que en esos
instantes un moribundo se convierte en un Hércules que estrangula las
serpientes en la cuna. Roberto se muestra confuso a la hora de registrar el
acontecimiento, pero se ha de aceptar la idea, si al final estaba en el castillo
de proa, que de alguna manera a aquella escala se había aferrado. Quizá subió
poco a poco, exhausto a cada trecho, tiróse allende la batayola, arrastróse
sobre las jarcias, encontró abierta la puerta del castillo... Y el instinto
debe de haberle hecho tocar ese barril, a cuyo borde se izó para encontrar una
taza atada a una cadenilla. Y bebió todo lo que pudo, derrumbándose luego
harto, quizá en sentido pleno del término, pues esa agua debía de retener
tantos insectos anegados que le era alimento y bebida juntos.
Debería de
haber dormido veinte y cuatro horas; es un cálculo apropiado si es que se
despertó de noche, pero como renacido. Con que, era de nuevo noche, y no
todavía.
Él pensó
que todavía era de noche, si no, a cabo de un día, alguien habría debido
encontrarlo. La luz de la luna, penetrando desde la cubierta, iluminaba aquel
lugar, que se daba a conocer como la cocinilla de a bordo, con su caldera
péndula sobre el fogón.
El paraje
tenía dos puertas, una hacia el bauprés, la otra a la puente. Y a la segunda
habíase asomado, divisando como si fuera de día las amarras bien acomodadas, el
cabestrante, los palos con las velas recogidas, pocos cañones en las portas y
el contorno del alcázar. Había hecho ruido, pero no respondía alma viva.
Se había asomado a las amuradas y a la derecha había divisado, a eso de una
milla, el perfil de la Isla, con las palmas de la ribera agitadas por la brisa.
La tierra
formaba como un seno orlado de arena que blanqueaba en la pálida oscuridad
pero, como le acontece a todo náufrago, Roberto no podía decir si era isla o
continente.
Había dado
traspiés hasta la otra borda y había entrevisto —pero esta vez a lo lejos, casi
al filo del horizonte— los picos de otro perfil, también él delimitado por dos
promontorios. El resto, mar, como para hacer la impresión de que el navío
hubiera dado fondo en una rada a la que habíase llegado pasando por un amplio
canal que separaba las dos tierras. Roberto había decidido que, si no se
trataba de dos islas, sin duda tratábase de una isla que miraba a una tierra
más vasta. No creo que intentara otras hipótesis, visto que nunca había sabido
de bahías tan amplias que hicieran la impresión en quien se encontrara en medio
de estar ante dos tierras gemelas. Así, por ignorancia de continentes
desmedidos, había dado en el blanco.
Un hermoso
caso para un náufrago: con los pies en lugar sólido y tierra firme al alcance
del brazo. Pero Roberto no sabía nadar, ahí a poco habría descubierto que a
bordo no había ningún esquife, y la corriente, entre tanto, había alejado la
tabla con la que había llegado. Por lo cual, al alivio por la muerte evitada se
acompañaba ahora la desazón por aquella triple soledad: del mar, de la Isla
vecina y del navío. Ah de la nave, debe de haber intentado gritar, en todas las
lenguas que conocía, descubriéndose débilísimo. Silencio. Como si a bordo
estuvieran todos muertos. Y jamás se había expresado —él, tan generoso de
símiles— tan a la letra. O casi. Y es de este casi de lo que quisiera decir, y
no sé por dónde empezar.
Con todo,
he empezado ya. Un hombre vaga, agotado, por el mar océano, y las aguas
indulgentes lo arrojan a un navío que parece desierto. Desierto como si el
marinaje lo acabara de abandonar, porque Roberto vuelve con esfuerzo a la
cocina y encuentra una lámpara y un eslabón, como si lo hubiera posado el
cocinero antes de acostarse. Junto al fogón hay dos catres superpuestos,
vacíos. Roberto enciende la lámpara, mira en derredor, y encuentra una gran
cantidad de comida: pescado seco, y bizcocho, apenas azulado por la humedad,
que basta rasparlo con el cuchillo. Saladísimo, el pescado, pero hay agua a
toda voluntad.
Debe de
haber recobrado pronto las fuerzas, o las tenía consigo cuando escribía, porque
se explaya, literatísimo, sobre las delicias de su festín, jamás tuvo el Olimpo
par en sus convites, suave ambrosía a mí desde el hondo ponto, monstruo cuya
muerte ahora me es vida... Pero éstas son las cosas que Roberto escribe a la
Señora de su corazón:
Sol de mi
sombra, luz de mi noche:
¿Por qué
no me humilló el cielo en aquesa tempestad que tan fieramente había excitado?
¿Por qué sustraer al mar voraz este cuerpo mío, si luego en esta avara soledad
aún más desafortunada, hórridamente naufragar debía mi alma?
Si el
cielo piadoso no me envía por ventura socorro, vos no leeréis nunca la carta
que agora os escribo, y abrasado cual hacha por la luz de estos mares habréme
de volver yo oscuro a vuestros ojos, Selene que, habiendo aymé demasiado gozado
de la luz de su Sol, en tanto cumple su viaje allende el arco,extremo de
nuestro planeta, despojada del auxilio de los rayos del astro suyo soberano,
primeramente mengua a imagen de la hoz que le corta la vida, luego, lánguida
linterna, vase disolviendo en ese espacioso cerúleo escudo donde la ingeniosa
naturaleza forma heroicas empresas y misteriosos emblemas de sus secretos.
Privado de vuestra mirada soy ciego pues no me veis, mudo pues no me habláis,
desmemoriado pues de mí no os acordáis.
Y sólo
vivo, ardiente oscuridad y tenebrosa llama, vago fantasma que mi mente,
configurando siempre igual en esta adversa pugna de contrarios, prestar querría
a la vuestra. Salva la vida en esta ¡ígnea roca, en este fluctuante baluarte,
prisionero del mar que del mar me defiende, castigado por la clemencia del
cielo, escondido en este hondo sarcófago abierto a todos los soles, en este
aéreo subterráneo, en esta cárcel inexpugnable que me ofrece la fuga por
doquier, desespero yo de veros un día.
Señora, yo
os escribo con la ofrenda, indigno homenaje, de la rosa ajada de mi
desconsuelo, y con todo eso, me envanezco de mi humillación y, pues a tal
privilegio estoy condenado, casi gozo de aborrecida salvación: soy, creo, a
memoria de hombre, el único ser de nuestra especie que ha hecho naufragio en
una nave desierta.
¿Acaso es
posible? A juzgar por la fecha de esta primera carta, Roberto se pone a
escribir inmediatamente después de su llegada, en cuanto encuentra papel y
lápiz en el camarote del capitán, antes de explorar el resto del navío. Así y
todo, habrá debido de emplear algún tiempo y reponerse de fuerzas, pues estaba
en estado de animal herido. O quizá sea pequeña astucia amorosa, ante todo
intenta dar en la cuenta de dónde ha ido a parar, luego escribe, y finge que
era antes. ¿A qué pro, visto que sabe, supone, teme, que estas cartas no
llegarán jamás y las escribe sólo para su aflicción (afligido consuelo, diría
él; pero intentemos no tomarle gusto)? Ya es difícil reconstruir gestos y
sentimientos de un personaje que sin duda arde de amor verdadero, aunque no se
sabe nunca si expresa lo que siente o lo que las reglas del discurso amoroso le
prescriben. Y, por otra parte, ¿qué sabemos nosotros de la diferencia entre
pasión sentida y pasión expresada, y cuál precede a la otra? En ese momento,
estaba escribiendo para sí mismo, no era literatura, estaba de verdad allí,
escribiendo como un adolescente que persigue un sueño imposible, surcando la
página de llanto no por la ausencia de la amada, ya pura imagen incluso cuando
estaba presente, sino por ternura de sí, enamorado del amor...
Habría
material para sacar una novela pero, una vez más, ¿por dónde empezar?.
Yo digo
que esta primera carta la escribió después, y antes miró en derredor; y lo que
vio lo dirá en las cartas siguientes. Pero también aquí, ¿cómo traducir el
diario de alguien que quiere hacer visible mediante metáforas perspicaces lo
que ve mal, mientras va de noche con los ojos enfermos?
Roberto
dirá que de los ojos padecía desde los tiempos de aquella bala que le había
rozado la sien en el asedio de Casal. Y puede que así sea, pero en otras partes
sugiere que se le habían debilitado a causa de la peste. Roberto era, sin duda,
de complexión grácil, por lo que intuyo, también hipocondríaco, aunque con
juicio; mitad de su fotofobia debía de deberse a bilis negra, y mitad a alguna
forma de irritación, acaso agudizada por los preparados del señor D'Igby.
Parece
seguro que el viaje en el Amarilis lo había realizado estando siempre
bajo la cubierta, visto que el del fotófobo era, si no su natural, por lo menos
el papel que tenía que desempeñar para poder controlar los tráfagos en la
bodega. Algunos meses, todos en la oscuridad o con la luz del pábilo; y luego
el tiempo en el despojo de naufragio, cegado por el sol ecuatorial o tropical
que fuere. Cuando arriba al Daphne, por lo tanto, enfermo o no, odia la
luz, pasa la primera noche en la cocina, se reanima e intenta una primera
inspección la segunda noche, y luego las cosas van casi de su cuenta. El día le
da miedo, no sólo los ojos no lo soportan, tampoco las quemaduras que debía de
tener en la espalda, y se amadriga. La bella luna que describe aquellas noches
le reanima, de día el cielo es como por doquier, de noche descubre nuevas
constelaciones (heroicas empresas y misteriosos emblemas precisamente), es como
encontrarse en un teatro: se convence de que aquélla será su vida durante largo
tiempo y quizá hasta la muerte, recrea a su Señora sobre el papel para no
perderla, y sabe que no ha perdido mucho más de lo que ya no tuviere.
En ese
punto, se refugia en sus velas nocturnas como en un útero materno, y con mayor
razón decide rehuir el sol. Quizá había leído de aquellos Resurgentes de
Hungría, de Livonia o de Valaquia, que huronean inquietos entre el ocaso y el
alba, para esconderse luego en sus sepulturas al canto del gallo: el papel
podía seducirle...
Roberto
debería de haber empezado su censo la segunda noche. Ya había gritado bastante
como para estar seguro de que no había nadie a bordo. Pero, y le causaba temor,
habría podido encontrar cadáveres, alguna señal que justificara aquella
ausencia. Habíase movido con circunspección, y por las cartas es difícil decir
en qué dirección: nombra de manera imprecisa el navío, sus partes y los objetos
de a bordo. Algunos le son familiares y se los ha oído mencionar a los
marineros, otros desconocidos, y los describe por lo que se le representan.
Ahora que también los objetos conocidos, y signo de que en el Amarilis la
chusma debía de estar compuesta por bellacos de los siete mares, debía de
habérselos oído indicar en francés al uno, al otro en holandés, a otro más en
inglés. Así, dice a veces staffe —como debía de haberle enseñado el
doctor Byrd— para referirse a la ballestilla; es trabajoso entender cómo estaba
una vez, propiamente, en el alcázar, y otra en el gagliardo de atrás,
que es galicismo para decir la misma cosa; usa baterías en lugar de portas y se
lo concedo de buen grado porque me recuerda ciertos libros de marinería para
niños; habla de parrocchetto, que para los italianos es el velacho de
trinquete, pero como para los franceses perruche es la vela de
sobre—mesana, en el árbol de mesana, no se sabe a qué se refiere cuando dice
que estaba debajo de la parrucchetta, sin contar con que en español el
perroquete es un mastelero de juanete. A veces llama al árbol de mesana artimone,
sin duda a la francesa, pues para un marino español es una vela de galera,
pero entonces ¿qué querrá decir cuando escribe misena o mizzana que
para los franceses es el trinquete (pero, pobres de nosotros, no para los
ingleses, para los cuales el mizzenmast es la mesana, como Dios manda)?
Y cuando habla de gronda probablemente está refiriéndose a un imbornal.
Tanto que he tomado una decisión: intentaré descifrar sus intenciones y luego
traduciré usando los términos que me resultan más familiares, pues me ha
parecido pasar estas y otras menudencias, porque no venían bien con el
propósito principal de la historia, la cual más tiene su fuerza en la verdad
que en las frías digresiones.
Dicho
esto, establezcamos que aquella segunda noche, después de haber encontrado una
reserva de comida en la cocina, Roberto procedió de alguna manera, bajo la
luna, a la travesía de la cubierta.
Recordando
la proa y la anchura del buque, vagamente vislumbrados la noche de antes, a
juzgar por la cubierta ligera y por la forma del gallardo, perdón, el alcázar,
y por la popa estrecha y redonda, y comparando con el Amarilis, Roberto
concluyó que también el Daphne era un fluyt, o pingue holandés, o
urca, o flüte, o fluste, o flyboat, o fliebote, como variamente
se llamaban aquellos galeones de comercio y de medio arqueaje, por lo normal
armados con una decena de cañones, a descargo de conciencia en caso de ataque
de piratas y que, con aquellas dimensiones, podían gobernarse con una docena de
marineros, y embarcar muchos pasajeros más, si se renunciaba a las comodidades
(ya escasas), arrumando jergones hasta tropezar con ellos. Y ea, causa de
miasmas de todo tipo por si no había bubones a suficiencia. Un pingue, por
tanto, pero mayor que el Amarilis, con la puente reducida, casi, a una
escotilla única, como si el capitán ansiara embarcar agua a cada embate de mar
demasiado vivaz.
En
cualquier caso, que el Daphne fuera un pingue era una ventaja, Roberto
podía moverse con cierto conocimiento de la disposición de los lugares. Por
ejemplo, habría debido estar, en el centro de la cubierta, el esquife, capaz de
contener el marinaje al completo: y el que no estuviera dejaba creer que el
marinaje estaba en otro lugar. Pero esto no tranquilizaba a Roberto: un
marinaje no deja jamás el navío sin custodia y a la merced de la mar, aun
anclado con las velas recogidas en una bahía tranquila.
Aquella
noche había apuntado inmediatamente más allá de la plaza de armas, había
abierto la puerta del alcázar con recato, como si tuviera que pedirle permiso a
alguien... Junto a la rueda del timón, la aguja de marear le dijo que el canal
entre las dos tierras se extendía de sur a norte. Luego, había dado en la que
hoy llamaríamos la cámara de oficiales, una sala en forma de L, y otra puerta
lo había admitido en la cámara del capitán, con su amplio ventanal sobre el
timón y los accesos laterales a la galería. En el Amarilis la estancia
de mando no formaba un todo con aquella donde dormía el capitán, mientras que
aquí parecía que se hubiera intentado ahorrar espacio para hacer lugar a algo
más. Y, en efecto, mientras a la izquierda de la cámara se abrían dos camarotes
para sendos oficiales, a la derecha se había obtenido otro paraje, casi más
amplio que el del capitán, con un catre modesto en el fondo, pero dispuesto
como un lugar de trabajo.
La mesa
estaba llena de mapas, que le parecieron a Roberto más de los que un navío usa
para la navegación. Parecía aquél el gabinete de un estudioso: con las cartas
de navegar estaban dispuestos de diferente manera anteojos de larga vista, un
hermoso nocturlabio de cobre que emanaba reflejos leonados como si fuera en sí
mismo un manantial de luz, una esfera armilar fijada al plano de la mesa, otros
pliegos recubiertos de cálculos, y un pergamino con dibujos circulares en negro
y en rojo, que reconoció, por haber visto algunas copias en el Amarilis (si
bien de hechura más vil), como una reproducción de los eclipses lunares del
Regiomontano.
Había
vuelto a la cámara alta: saliendo a la galería se podía ver la Isla, se podía
—escribía Roberto— fijar con linces ojos su silencio. En definitiva, la Isla
estaba allí, como antes.
Debía de
haber llegado al galeón casi desnudo: creo que, en primer lugar, sucio como
estaba por la espuma marina, se lavó en la cocina, sin preguntarse si esa agua
era la única a bordo, y luego encontró en un cofre un buen vestido del capitán,
el que había de conservarse para el desembarco final. Quizá hasta se pavoneara
en su uniforme de mando; y calzar botas debe de haber sido una manera de
sentirse nuevamente en su elemento. Sólo en ese punto un hombre de bien,
propiamente vestido —y no un náufrago menoscabado— puede tomar oficialmente
posesión de un navío abandonado, y no advertir ya como violación, sino como
derecho, el gesto que hizo Roberto: buscó en la mesa y descubrió, abierto y
como dejado interrumpido, junto a la pluma de oca y al tintero, el cuaderno de
bitácora. Por la primera hoja supo inmediatamente el nombre del navío, pero por
lo demás era una secuencia incomprensible de anker, passer, sterre—kyker,
roer, y poco útil le fue saber que el capitán era flamenco. Sin embargo, la
última línea llevaba la fecha de algunas semanas antes, y a cabo de pocas
palabras incomprensibles campeaba bien rayada una expresión en latín: pestis,
quae dicitur bubonica.
He aquí
una huella, un anuncio de explicación. A bordo del navío habíase declarado una
epidemia. Esta noticia no inquietó a Roberto: su peste habíala pasado trece
años antes, y todos saben que quien ha sufrido el morbo ha adquirido una suerte
de gracia, como si esa sierpe no osare introducirse por segunda vez en el
espinazo de quien habíala domado una primera.
Por otra
parte, aquella alusión no explicaba mucho, y dejaba espacio a otras
inquietudes. Así sea, eran todos muertos. Pero entonces habríanse debido
encontrar, diseminados descompuestamente sobre la puente, los cadáveres de los
últimos, admitiendo que éstos hubieran dado piadosa sepultura en el mar a los
primeros.
Estaba la
ausencia del esquife: los últimos, o todos, habíanse alejado del navío. ¿Qué es
lo que convierte un bajel de apestados en un paraje de invencible amenaza?
¿Ratones, por ventura? Parecióle a Roberto interpretar en la escritura
ostrogoda del capitán, una palabra como rottenest (¿ratas, ratones de
albañar?): e inmediatamente se había dado la vuelta levantando el candil,
dispuesto a divisar algo deslizándose a lo largo de las paredes y a oír el
chillido que habíale helado la sangre en el Amarilis. Con un escalofrío
recordó una noche en que un ser peludo habíale rozado el rostro mientras estaba
durmiéndose, y su grito de terror había hecho acorrer al doctor Byrd.
Todos,
luego, habíanse reído dél: incluso sin la peste, en un bajel hay tantas ratas
como pájaros en un bosque, y con las ratas hase de tener costumbre si se quiere
correr los mares.
Pero, por
lo menos en el alcázar, de ratas ningún aviso. Quizá habíanse reunido en la
sentina, con sus ojos rojeantes en la oscuridad, en espera de carne fresca.
Roberto se dijo que, si las había, era menester saberlo al punto. Si eran
ratones normales y un número normal, podíase convivir. ¿Y qué otra cosa podían
ser, si no? Se lo preguntó, y no quiso darse una respuesta.
Roberto
encontró una escopeta, un espadón y un cuchillejo. Había sido soldado: la
escopeta era uno de aquellos caliver, como decían los ingleses, que
podía apuntarse sin horquilla; se aseguró de que todo estuviera en orden, más
para sentir confianza que por proyecto de desbaratar una turba de ratones con
el plomo, y, de hecho, se había ceñido a la cintura el cuchillo, que con los
ratones sirve para poco.
Había
decidido explorar el casco de proa a popa. Vuelto a la cocina, por una
escalerilla que bajaba arrimada a la carlinga del bauprés, había penetrado en
el pañol (o despensa, creo), donde habían sido amasadas provisiones para una
larga navegación. Y puesto que no podían haberse conservado por transcurso de
todo el viaje, el marinaje acababa de hacer bastimento en una tierra
hospitalaria.
Había
cestas de pescado, ahumado desde no había mucho, y pirámides de cocos, y
barriles de raíces de forma desconocida pero con aspecto de poderse comer sin
perjuicio, y visiblemente capaces de soportar una larga conservación. Y luego
frutos, como los que Roberto había visto aparecer a bordo del Amarilis después
de las primeras arribadas en tierras tropicales, también ellos resistentes al
paso de las estaciones, erizados de espinas y escamas, empero con un perfume
agudo que prometía carnosidades bien defendidas, humores azucarados escondidos.
Y de algún producto de las islas debían de haberse extraído aquellos costales
de harina gris, con olor a tufo, y con ésta probablemente habíanse cocido
también unos panes que, al probarlos, recordaban a aquellas excrecencias
insípidas que los indios del Nuevo Mundo llamaban batatas.
En el
fondo había también una decena de cubetas con su espita. Extrajo de la primera,
y era agua aún no podrida, antes bien, recogida recientemente y tratada con
azufre para conservarla más tiempo. No era mucha, pero calculando que también
las frutas habríanle calmado la sed, habría podido permanecer mucho tiempo en
el navío. Y con todo eso, estos descubrimientos, que debían dejarle entender
que en la nave no habría muerto de inedia, le inquietaban aún más. Como por lo
demás les acaece a los espíritus melancólicos, para los cuales cualquier aviso
de fortuna es promesa de infaustas consecuencias.
Naufragar
en una nave desierta es ya un caso innatural, pero si por lo menos la nave
hubiere sido abandonada de los hombres y de Dios como despojo impracticable,
sin objetos de naturaleza o de arte que la hicieran apetecible albergue, esto
habría estado en el orden de las cosas, y de las crónicas de los navegantes;
pero encontrarla así, aparejada como para un huésped deseado y esperado, como
un ofrecimiento insinuante, empezaba a saber a azufre, mucho más que el agua. A
Roberto le vinieron a las mientes varias consejas que le contaba la abuela, y
otras con mejor prosa que se leían en los salones parisinos, donde princesas
perdidas en el bosque entran en una roca y encuentran cámaras decoradas
suntuosamente con lechos y baldaquines, y armarios llenos de vestidos lujosos,
o incluso mesas aderezadas... Y ya se sabe, la última sala habría reservado la
revelación sulfúrea de la mente maligna que había tendido el lazo.
Había
tocado un coco en la base del cúmulo, había turbado el equilibrio del conjunto,
y aquellas formas cerdosas se habían precipitado en alud, como ratas que
hubieran esperado tácitas en el suelo (o como los murciélagos se cuelgan
invertidos de las vigas de un techo), dispuestas ahora a subirle por el cuerpo
y a oliscarle el rostro salado de sudor.
Era
menester asegurarse de que no se trataba de sortilegio: Roberto había aprendido
durante el viaje qué se hace con los frutos de ultramar. Usando el cuchillo
como un hacha, abrió de un solo golpe un coco, y desmenuzó en mil pedazos la
cáscara, y royó el maná que se ocultaba bajo la corteza. Era todo tan
suavemente delicioso que la impresión de la insidia se acrecentó. Quizá, se
dijo, estaba ya en manos de la ilusión, se saboreaba con cocos e hincaba el
diente en roedores, absorbía ya su quididad, a cabo de poco sus manos habríanse
vuelto finas, uñosas y corvas, su cuerpo habríase recubierto de un bozo agrio,
su espalda habríase arqueado, y habría sido acogido en la siniestra apoteosis
de los hirsutos habitantes de aquella barca del Aqueronte.
Empero, y
para acabar con la primera noche, otro aviso de horror había de sorprender al
explorador. Como si el derrumbamiento de los cocos hubiera despertado a
criaturas durmientes, oyó venir, más allá del mamparo que separaba la despensa
del resto de la entrecubiertas, si no un chillido, un piar, un cuchichear, un
escarbar de patas. Luego la insidia existía, seres de la noche se daban cita en
algún cubil.
Roberto se
preguntó si, escopeta en ristre, debía encarar enseguida aquel Armagedón. El
corazón le temblaba, se acusó de cobardía, se dijo que o aquella noche u otra,
antes o después, habría tenido que hacer frente a Esotros. Perdió tiempo,
volvió a subir a la cubierta, y por fortuna divisó el alba que acariciaba con
sus manos de marfil el metal de los cañones, hasta entonces regalado por los
reflejos lunares. Estaba surgiendo el día, se dijo con alivio, y era deber suyo
huir su luz.
Como un
Resurgente de Hungría atravesó corriendo la cubierta para volver al alcázar,
entró en el camarote ya suyo, se atrincheró, cerró las salidas a la galería,
colocó las armas al alcance de la mano, y se dispuso a dormir para no ver el
Sol, verdugo que corta con el hacha de sus rayos el cuello de las sombras.
Agitado,
soñó su naufragio, y lo soñó como hombre de ingenio, por lo que incluso en
sueños, y sobre todo en ellos, ha de hacerse de suerte que las proposiciones
hermoseen el concepto, que los reparos lo aviven, las conexiones misteriosas lo
hagan preñado, profundo las ponderaciones, salido los encarecimientos,
disimulado las alusiones, y las transmutaciones sutil.
Me imagino
que en aquellos tiempos, y en aquellos mares, eran más los bajeles que
naufragaban que los que volvían al puerto; pero a quien le acontecía por vez
primera, la experiencia debía de ser fuente de pesadillas recurrentes, que la
costumbre a bien concebir debía hacer pintorescas como un Juicio Universal.
Desde la
tarde de antes, el aire se había como enfermado de catarro, y parecía que el
ojo del cielo, grávido de lágrimas, no consiguiera ya seguir sosteniendo la
vista de la extensión de las ondas, el pincel de la naturaleza descoloraba la
línea del horizonte y esbozaba lejanías de provincias indistintas.
Roberto,
cuyas vísceras ya vaticinaban el inminente terremoto, se tira en el catre,
acunado por una nodriza de cíclopes, se adormece entre sueños intranquilos que
sueña en el sueño del que nos habla, y cosmopea de estupores acoge en su
regazo. Se despierta con la bacanal de los truenos y los gritos de los
marineros, luego embates de agua le invaden el jergón, el doctor Byrd se asoma
corriendo y le grita que suba a la puente, y que se mantenga bien agarrado a
cualquier cosa que esté un poco más firme que él.
En la
cubierta, confusión, lamentos y cuerpos, levantados como por la mano divina,
arrojados al mar. Por un poco Roberto se ase a la vela de mesana (creo
entender), hasta que ésta se lacera, vulnerada por saetas, la entena da en
emular la curva carrera de las estrellas y Roberto es impelido a los pies del
palo mayor. Aquí un marinero de buen corazón, que se había atado a él, no
pudiendo hacerle sitio, le lanza un cabo y le grita que se ate a una puerta,
desquiciada hasta allí desde el alcázar, y bueno fue para Roberto que la
puerta, con él parásito, se deslizara luego contra el pasamanos porque, entre
tanto, el árbol se parte por la mitad, y un mastelero se precipita a abrirle la
cabeza al adjutor.
Por una
brecha del costado del navío, Roberto ve, o sueña haber visto, abrirse una
enorme boca y entre el bostezo horrendo, su lengua esgrime rayo, vibra espada,
cola escamosa despierta el estruendo, que confunde la bóveda estrellada, lo que
me parece un consentir demasiado al gusto de la cita preciosa. Mas en fin, el Amarilis
se inclina de la parte del náufrago dispuesto al naufragio, y Roberto con
su tabla se desliza en un abismo encima del cual divisa, descendiendo, el
Océano que libre asciende a simular precipicios, en deliquio de crestas ve
surgir Pirámides caídas, es acuóreo cometa que huye en la órbita de ese
torbellino de húmedos cielos. Mientras cada ola relampaguea con lúcida
inconstancia, aquí se curva un vapor, aquí un vórtice hace borborigmos y abre
un hontanar. Haces de meteoritos enloquecidos hacen el contracanto al aire
sedicioso y roto en truenos, el cielo es un alternarse de luces remotísimas y
aguaceros de tinieblas, y Roberto dice haber visto Alpes espumosos dentro de
lúbricos sulcos con mieses si no espumas, y a Ceres florecida entre zafiros
reflejados, y más tarde, un precipitar de relucientes ópalos, cual si la
telúrica hija Proserpina hubiera tomado el mando exiliando a la frugífera
madre.
Y en el
horror nocturno que brama airado, mientras sufre la ira del ponto procelosa,
Roberto, de repente, cesa de admirar el espectáculo, del cual se convierte en
insensible actor, se desmaya y nada sabe ya de sí. Sólo después, supondrá,
soñando, que la tabla, por piadoso decreto, o por instinto de cosa natante, se
adecúe a esa jiga y como hubiere bajado, naturalmente torne a subir,
sosegándose en una lenta zarabanda —en la cólera de los elementos también se
subvierten las reglas de toda urbana secuencia de danzas— y siempre con más
amplias perífrasis lo aleje del ombligo de la justa, donde, en cambio, se
hunde, peonza astuta en las manos de los hijos de Eolo, el desventurado Amarilis,
bauprés al cielo. Y con él toda ánima viva en su bodega, y el judío
destinado a encontrar en la Jerusalén Celestial la Jerusalén terrena que ya no
habría alcanzado jamás, y el caballero maltes separado para siempre de la
ínsula Escondida, y el doctor Byrd con sus secuaces y —al fin sustraído por la
naturaleza benigna a los consuelos del arte médica— aquel pobre perro
infinitamente ulcerado, del cual por lo demás no he tenido modo de hablar
porque Roberto escribirá sobre él sólo más tarde.
En fin,
presumo que el sueño y la tempestad habían hecho el reposo de Roberto lo
bastante susceptible como para limitarlo a un tiempo brevísimo, al que había de
seguir una vigilia belicosa. En efecto, él, al aceptar la idea de que afuera
era de día, reconfortado por el hecho de que poca luz penetrara por los
ventanales opacos del alcázar, y confiando en poder descender a la entrepuentes
por alguna escalerilla interna, se dio ánimos, volvió a ceñirse las armas, y
marchó con temerario temor a descubrir el origen de aquellos sonidos nocturnos.
O mejor,
no va enseguida. Pido la venia, pero es Roberto quien al contárselo a la Señora
se contradice: signo de que no cuenta cabalmente lo que le ha pasado, sino que
intenta construir la carta como una narración, mejor aún, como un borrador de
lo que podría llegar a ser carta y narración, y escribe sin decidir qué elegirá
luego, diseña por así decir las piezas de su ajedrez sin establecer en seguida
cuáles mover y cómo disponerlas.
En una
carta dice haber salido para aventurarse bajo cubierta. Pero en otra escribe
que, recién despertado por la claridad matinal, fue sorprendido por un lejano
concierto. Eran sonidos que procedían ciertamente de la Isla. Al principio,
Roberto tuvo, la imagen de una turba de indígenas apiñándose en largas canoas
para abordar la nave, y apretó la escopeta, luego el concierto le pareció menos
batallador.
Rayaba el
alba, el sol no hería todavía los cristales: fue a la galería, advirtió el olor
del mar, entreabrió el postigo de la ventana, y con los ojos entrecerrados
intentó fijar la ribera.
En el Amarilis,
donde de día no salía a la puente, Roberto había oído a los pasajeros
contar de auroras encendidas como si el sol estuviera impaciente por traspasar
el mundo con sus saetas, mientras ahora veía, sin lagrimear, colores tenues: un
cielo espumoso de nubes oscuras apenas hiladas de madreperla, mientras un
matiz, un recuerdo de rosa, estaba ascendiendo detrás, de la Isla, que parecía
coloreada de turquí en un papel grueso.
Pero
aquella paleta casi nórdica le bastaba para entender que ese perfil, que le
había parecido homogéneo de noche, era la resultante de los contornos de una
colina boscosa que se detenía con rápido declivio en una franja del litoral
recubierta por árboles de alto fuste, hasta las palmas, que hacían de corona a
la playa blanca.
Lentamente,
la arena se hacía más luminosa, y a lo largo de los bordes se divisaban, a los
lados, unas grandes arañas embalsamadas mientras movían sus extremidades
esqueléticas en el agua. Roberto quiso verlas de lejos como «vegetales
ambulantes», pero en aquel momento el reflejo ya demasiado vivo de la arena
hizo que se retrajera.
Descubrió
que, allí donde los ojos le traicionaban, el oído no podía, y al oído se
encomendó, entornando casi del todo el postigo y dando oreja a los rumores que
venían de tierra.
Aunque
acostumbrado a las albas de su colina, comprendió que, por primera vez en su
vida, oía cantar de verdad a los pájaros, y en cualquier caso, jamás tantos y
tan variados había oído.
Millares
saludaban el levantarse del sol: le pareció reconocer, entre gritos de
papagayos, al ruiseñor, al mirlo, a la calandria, a un número infinito de
golondrinas, e incluso la voz aguda de la cigarra y del grillo, preguntándose
si de verdad podía oír animales de aquella especie, y no algún hermano de las
antípodas... La Isla estaba lejos, y con todo hízose la impresión de que
aquellos sonidos arrastraban una fragancia de flores de azahar y de albahaca,
como si el aire por toda la bahía estuviera impregnado de perfume; y por otra
parte, el señor D'Igby le había contado cómo, en el curso de uno de sus viajes,
había reconocido la cercanía de la tierra por un revuelo de átomos olorosos
transportados por los vientos...
Mientras
oliscando tendía el oído a aquella multitud invisible, como si desde las
almenas de un castillo o desde las troneras de un baluarte mirase un ejército
que vociferando se disponía en arco entre el degradar de la colina, la llanura
frontera, y el río que protegía las murallas, hízose la impresión de haber
visto ya lo que oyendo imaginaba, y ante la inmensidad que le ponía cerco, se
sintió cercado, y casi le vino el instinto de apuntar la escopeta. Estaba en
Casal, y ante él se extendía el ejército español, con su ruido de carruajes, el
chocar de las armas, las voces tenoriles de los castellanos, la vocinglería de
los napolitanos, el áspero gruñido de los lansquenetes y, en el fondo, algún
sonido de clarín que llegaba acolchado, y el sonido ligero de algún tiro de
arcabuz, cloc, paf, pum, como los morteretes de una fiesta patronal.
Casi como
si su vida se hubiera desarrollado entre dos asedios, el uno imagen del otro,
con la única diferencia de que ahora, al cerrarse ese círculo de dos lustros
abundantes, ya también el río era demasiado ancho y circular (lo cual hacía
imposible cualquier salida), Roberto revivió los días de Casal.
2 DE LAS COSAS DE LA GUERRA EN EL MONFERRATO
Roberto
deja entender bastante poco de sus dieciséis años de vida antes de aquel verano
de 1630. Cita episodios del pasado sólo cuando le parecen exhibir alguna
conexión con su presente en el Daphne, y el cronista de su crónica
porfiada debe espiar entre los pliegues del discurso. Si siguiéramos sus
resabios, parecería como un autor que, para diferir el descubrimiento del
homicida, le concede al lector sólo escasos indicios. Y así robo alusiones, como
un delator.
Los Pozzo
de San Patricio eran una familia de la pequeña nobleza que poseía la extensa
propiedad de la Griva en los confines del territorio alejandrino (en aquellos
tiempos, parte del ducado de Milán y, por tanto, dominio español), pero que por
geografía política o disposición de ánimo se consideraba vasalla del marqués
del Monferrato. El padre —que hablaba en francés con la esposa, en dialecto con
los campesinos, y en italiano con los extranjeros— con Roberto se expresaba de
diferentes guisas según le enseñara una estocada, o lo llevara a cabalgar por
los campos, soltando reniegos por los pájaros que le echaban a perder la
cosecha. Por lo demás, el muchacho pasaba su tiempo sin amigos, fantaseando
entre sí tierras lejanas cuando vagaba aburrido por las viñas, cetrería cuando
cazaba vencejos, y combates con dragones cuando jugaba con los perros; y
tesoros escondidos mientras exploraba los aposentos de su castillejo o
castilluelo que fuere. Le encendían estos vagamundeos de la mente los libros y
los poemas de caballerías que encontraba llenos de polvo en la torre
meridional.
Así pues,
no cultivado no era, y tenía incluso un preceptor, aunque fuera temporario. Un
carmelita —que se decía había viajado a Oriente donde, murmuraba santiguándose
la madre, insinuaban que se había hecho moro— llegaba una vez al año a la
hacienda con un siervo y cuatro machillos cargados de libros y otros
cartapacios, y se le brindaba hospitalidad durante tres meses. Qué enseñara al
alumno no lo sé, pero cuando llegó a París, Roberto hacía figura, y de todas
maneras aprendía rápidamente lo que oía.
De este
carmelita se sabe una cosa sola, y no es una casualidad que Roberto la
mencione. Un día, el viejo Pozzo habíase cortado, limpiando una espada, y ya
fuere porque el arma estaba herrumbrosa, ya fuere que se había dañado una parte
sensible de la mano o de los dedos, la herida le procuraba fuertes dolores.
Entonces el carmelita había cogido el acero, lo había rociado con unos polvos
que tenía en una cajilla, e inmediatamente Pozzo juró que experimentaba alivio.
El caso es que al día siguiente ya la llaga estaba cicatrizándose.
El
carmelita habíase complacido del estupor de todos, y dijo que el secreto de
aquella substancia habíale sido revelado por un moro, y se trataba de un
medicamento mucho más poderoso que aquel que los espagíricos cristianos
llamaban unguentum armarium. Cuando le preguntaron cómo era que los
polvos no se colocaban sobre la herida sino sobre la hoja que la había
producido, respondió que así actúa la naturaleza, entre cuyas fuerzas más
fuertes está la simpatía universal, que gobierna las acciones a distancia, y
añadió, que si la cosa podía resultar difícil de creer, no había sino que
pensar en la imán, la cual es una piedra que atrae hacia sí la limadura de
metal, o en las grandes montañas de hierro, que cubren el norte de nuestro
planeta, las cuales atraen la aguja de marear. Y así el ungüento armario,
firmemente adhiriendo a la espada, atraía aquellas virtudes del hierro que la
espada había dejado en la herida y que impedían su curación.
Cualquier
criatura que en su propia infancia haya sido testigo de tanto, no puede sino
quedar marcada para toda la vida, y veremos pronto cómo el destino de Roberto
fue decidido por su atracción hacia el poder atractivo de polvos y ungüentos.
Por otra
parte, no es éste el episodio que marcó mayormente la infancia de Roberto. Hay
otro, y si habláramos con propiedad, no lo llamaríamos episodio, sino una
especie de estribillo del cual el muchacho había conservado recelosa memoria.
Así pues, parece ser que el padre, que a buen seguro estaba encariñado con
aquel hijo, aunque lo tratara con la aspereza taciturna propia de los hombres
de aquellas tierras, a veces, y precisamente en sus primeros cinco años de
vida, lo levantaba del suelo y le gritaba con orgullo: «¡Tú eres mi
primogénito!» Nada extraño, en verdad, excepto un venial pecado de redundancia,
visto que Roberto era hijo único. Si no fuera que, creciendo, Roberto había
empezado a recordar (o se había convencido de recordar) que, ante aquellas
manifestaciones de contento paterno, el semblante de la madre daba en una
expresión entremezclada de turbación y leticia, como si el padre hiciera bien
en decir aquella frase, pero al oírla repetir se le despertara un ansia ya
sosegada. La imaginación de Roberto había traveseado durante mucho tiempo en
torno al tono de aquella exclamación, concluyendo que el padre no la
pronunciaba como si fuera un aserto obvio, sino una inédita investidura,
enfatizando aquel «tú» como si quisiera decir «tú, y no otro, tú eres mi hijo
primogénito».
¿No otro o
no esotro? En las cartas de Roberto aparece siempre alguna referencia a cierto
Otro que lo obsesiona y la idea parece haberle nacido precisamente entonces,
cuando él se había convencido (¿y qué podía cavilar un niño perdido entre
torreones llenos de murciélagos y viñas, lagartijas y caballos, cohibido al
tratar con los rústicos que le eran impares coetáneos, y que si no escuchaba
algunas consejas de la abuela escuchaba las del carmelita?) de que por algún
lugar de esos mundos iba otro no reconocido hermano, el cual debía de ser de
índole aviesa, si el padre lo había repudiado. Roberto era primero demasiado
pequeño, y después demasiado recatado, para preguntarse si este hermano le era
tal por parte de padre o por parte de madre (y en ambos casos sobre uno de los
padres habríase extendido la sombra de un yerro antiguo e imperdonable): era un
hermano, era sin duda culpable de algún modo (quizá sobrenatural) de la repulsa
que había sufrido, y por esto sin duda lo odiaba, a él, a Roberto, al predilecto.
La sombra
de este hermano enemigo (que, con todo, habría querido conocer para amarlo y
hacerse amar) había turbado sus noches de niño; más tarde, adolescente, hojeaba
en la biblioteca viejos volúmenes para encontrar escondido en ellos, qué sé yo,
un retrato, un auto del párroco, una confesión reveladora. Vagaba por las
buhardillas abriendo viejos baúles llenos de ropa de los bisabuelos, oxidadas
medallas o un puñal moruno, y se demoraba en interrogar con los dedos perplejas
camisolas bordadas que sin duda habían arropado a un infante, pero quién sabe
si años o siglos antes.
Poco a
poco, a este hermano perdido habíale dado también un nombre, Ferrante, y había
dado en atribuirle pequeños crímenes de los que se le acusaba sin razón, como
el robo de una golosina o la indebida liberación de un perro de su cadena.
Ferrante, favorecido por su cancelación, actuaba a sus espaldas, y él se cubría
detrás de Ferrante. Es más, poco a poco, la costumbre de acusar al hermano
inexistente de lo que él, Roberto, no podía haber hecho, habíase transformado
en la costumbre de cargarle también lo que Roberto de verdad había hecho, y de
lo que se arrepentía.
No es que
Roberto les dijera a los demás una mentira: es que, llevándose en silencio, y
con un nudo en la garganta, el castigo por las propias sinrazones, conseguía
convencerse de la propia inocencia y sentirse víctima de un atropellamiento.
Una vez,
por ejemplo, Roberto, para probar un hacha nueva que el herrero acababa de
entregar, en parte también por despecho de no sé qué injusticia que consideraba
haber padecido, abatió un arbolillo frutal que el padre había plantado no hacía
mucho con grandes esperanzas para las estaciones por venir. Cuando dio en la
cuenta de la gravedad de su tontería, Roberto configuró consecuencias
tremendas, como mínimo una venta al Turco, quien le haría remar de por vida en
sus galeras, e iba disponiéndose a intentar la fuga y a concluir su vida como
forajido en las colinas. En busca de una justificación, se convenció, en poco
tiempo, de que el que había cortado el árbol, con toda seguridad, había sido
Ferrante.
Pero el
padre, descubierto el delito, había congregado a todos los muchachos de la
hacienda y habíales dicho que, para evitar su ira indistinta, el culpable
habría hecho mejor en confesar. Roberto se sintió piadosamente generoso: si
hubiera culpado a Ferrante, el pobrecillo habría padecido una nueva repulsa; en
el fondo, el infeliz hacía el mal para colmar su abandono de huérfano, ofendido
por el espectáculo de sus padres que colmaban a otro de caricias... Dio un paso
al frente y, temblando de miedo y de braveza, dijo que no quería que nadie
fuera culpado en su lugar. La afirmación, puesto que no lo era, había sido
tomada por una confesión. El padre, torciéndose los bigotes y mirando a la
madre, había dicho con hurañas carrasperas que claramente el crimen era
gravísimo, y la punición inevitable, pero no podía no apreciar que el joven
«señor de la Griva» hiciere honor a las tradiciones de la familia, y que
siempre débese portar ansí un hidalgo, aun teniendo sólo ocho años. Luego,
sentenció que Roberto no participaría a la visita de mediados de agosto a los
primos de San Salvador, que era en verdad castigo penoso (en San Salvador
hallábase Quirino, un viñador que sabía izar a Roberto sobre una higuera de
altura vertiginosa), pero sin duda menos que las galeras del Soldán.
A nosotros
la historia nos parece simple: el padre está orgulloso de tener un vastago que
no miente, mira a la madre con mal celada satisfacción, y castiga sin rigor,
así, para salvar las apariencias. Pero Roberto a este acontecimiento debió de
echarle ribetes durante mucho tiempo, llegando a la conclusión de que el padre
y la madre, a buen seguro, habían intuido que el culpable era Ferrante,
habían apreciado el fraterno heroísmo
del hijo predilecto y habíanse sentido aliviados de no tener que poner al desnudo
el secreto de la familia.
Quizá sea
yo el que les echa ribetes a escasos indicios, pero es que esta presencia del
hermano ausente tendrá un peso en esta historia. De ese juego pueril hallaremos
rastros en el proceder de Roberto adulto, o por lo menos de Roberto en el
momento en el que lo encontramos en el Daphne, en una situación que,
para ser sinceros, habría abrumado a cualquiera.
En
cualquier caso, son digresiones de poco fruto; todavía tenemos que establecer
cómo llegó Roberto al asedio del Casal. Y aquí conviene dar rienda suelta a la
fantasía e imaginar cómo pudo haber sucedido.
A la Griva
las noticias no llegaban con mucha tempestividad, empero desde hacía por lo
menos dos años se sabía que la sucesión al ducado de Mantua estaba provocándole
muchos problemas al Monferrato, y un medio asedio lo había habido ya.
Brevemente —y es una historia que otros ya han contado, aunque de manera más
fragmentaria que la mía— en diciembre de 1627 moría el duque Vicente II de
Mantua y, en torno al lecho de muerte de este disoluto que no había sabido
hacer hijos, se representaba un sainete con cuatro pretendientes, con sus
agentes y con sus protectores. Se lleva la palma el marqués de Saint—Charmont
que consigue convencer a Vicente de que la herencia le corresponde a un primo
de rama francesa, Carlos de Gonzaga, duque de Nevers. El viejo Vicente, entre
un estertor y otro, hace o deja que el de Nevers sé case a toda prisa con su
sobrina María Gonzaga, y expira dejándole el ducado.
Ahora
bien, el Nevers era francés, y el ducado que heredaba comprendía también el
marquesado del Monferrato con su capital, Casal, la fortaleza más importante de
Italia del Norte. Situado como estaba entre el Milanesado español, y las
tierras de los Saboya, el Monferrato permitía el control del curso superior del
Po, de los tránsitos entre los Alpes y el sur, del camino entre Milán y Génova,
y se entraba como una almohadilla entre Francia y España, ninguna de las dos
potencias pudiendo fiarse de esa otra almohadilla que era el ducado de Saboya,
donde Carlos Manuel I estaba haciendo un juego que sería magnánimo definir
doble. Si el Monferrato iba al de Nevers era como si fuera a Richelieu y era,
por tanto, obvio que España prefiriera que fuera a cualquier otro, digamos al
duque de Guastalla. Aparte del hecho de que tenía algún título a la sucesión
también el duque de Saboya. Mas como un testamento existía, y designaba al de
Nevers, a los demás pretendientes les quedaba sólo esperar que el Sagrado y
Romano Emperador Germánico, de quien el duque de Mantua era formalmente
feudatario, no ratificara la sucesión.
Los
españoles, sin embargo, estaban impacientes y, a la espera de que el Emperador
tomara una decisión, Casal ya había sido cercado una primera vez por Gonzalo de
Córdoba y ahora, por segunda vez, por un imponente ejército de españoles e
imperiales bajo el mando del Espínola. La guarnición francesa disponíase a
resistir, a la espera de una armada francesa de refuerzo, todavía ocupada en el
norte, que Dios sabe si habría llegado a tiempo.
Los
acontecimientos estaban más o menos en este punto, cuando el viejo Pozzo, a
mediados de abril, reunió ante el castillo a los más mozos entre sus criados y
familiares y a los más despabilados de sus campesinos, distribuyó todas las
armas que había en la hacienda, llamó a Roberto, y les hizo a todos este
discurso, que debía de haberse preparado durante la noche:
—Gentes,
aguzad el oído. Esta nuestra tierra de la Griva siempre ha pagado tributo al
Marqués del Monferrato que desde ha poco es como si fuere el Duque de Mantua,
el cual hase convertido en el Señor de Nevers, y a quien viniere a decirme que
el Nevers no es ni mantuano ni monferrín le atizo una patada en
salvasealaparte, porque sois unos tarlocos que veis el cielo por un embudo, y
para estas cosas tenéis menos entendederas que las gallinas, y por tanto, es
mejor que guardéis la boca y dejéis hacer a vuestro amo que al menos él está al
cabo de lo que es el honor. Pero como vosotros el honor os lo pasáis por ese
sitio, habéis de saber que si los imperiales entran en Casal, esa es gente que
no se anda con melindres, vuestras viñas os las meten a barato y de vuestras
mujeres mejor no hablar. Conque partimos para defender Casal. Yo no obligo a
nadie. Si hay algún haragán trashoguero que quiere salirse por peteneras, que
lo diga enseguida y lo cuelgo de aquella encina.
Ninguno de
los presentes podía haber visto todavía los aguafuertes de Callot con racimos
de gente como ellos colgando de otras encinas, pero algo debía de haber en el
aire: todos levantaron, quienes los mosquetes, quienes las picas, quienes unos
bastones con el hocino atado en la punta y gritaron viva Casal, abajo los
imperiales. Como un solo hombre.
—Hijo mío
—dijo el Pozzo a Roberto mientras cabalgaban por las colinas, con su pequeño
ejército que seguía a pie—, ese Nevers no vale uno de mis cojones, y a Vicente
cuando le pasó el ducado, además del pito, no le tiraba ni siquiera el cerebro,
que ni siquiera antes le tiraba. Pero se lo pasó a él y no a ese badulaque del
Guastalla, y los Pozzo son vasallos de los señores legítimos del Monferrato
desde los tiempos de Maricastaña. Por tanto, se va a Casal y si es menester,
nos hacemos matar porque, cuerpo de Dios, no puedes estar con uno mientras las
cosas van como miel sobre hojuelas y luego dejarle tirado cuando está con la
mierda en el gollete. Pero si no nos matan es mejor; así pues, ojo.
El viaje
de aquellos voluntarios, desde los confines del Alejandrino a Casal, fue sin
duda uno entre los más largos que la historia recuerde. El viejo Pozzo había
hecho un razonamiento en sí ejemplar:
—Yo
conozco a los españoles —había dicho—, y a fe mía que es gente a la que le
gusta tomársela con calma. Entonces, se dirigirán a Casal atravesando la
llanura que está en el sur, que por ella pasan mejor los carruajes, cañones y
demás pertrechos. Así, si nosotros, justo antes de Mirabello, nos dirigimos
hacia occidente y tomamos el camino de las colinas, echamos en remojo un día o
dos, pero llegamos sin encontrar un qué cosa es cosa, y antes de que lleguen
ellos.
Desafortunadamente,
el Espínola tenía ideas más tortuosas sobre cómo debía prepararse un asedio y,
mientras al sureste de Casal empezaba a hacer ocupar Valencia del Po y Ucimián,
desde hacía algunas semanas había enviado al oeste de la ciudad al duque de
Lerma, a Ottavio Sforza y al conde de Gemburg, con unos siete mil infantes, a
intentar tomar inmediatamente los castillos de Rosiñán, Pontestura y San Jorge,
para bloquear toda posible ayuda que llegara de la armada francesa, mientras
como una tenaza, desde el norte, atravesaba el Po, hacia el sur, el gobernador
de Alejandría, don Gerónimo Agustín, con otros cinco mil hombres. Y todos
habíanse dispuesto a lo largo del recorrido que Pozzo creía fecundamente
desierto. Ni, cuando nuestro hidalgo lo supo por algunos campesinos, pudo
cambiar rumbo, porque en el este había ya más imperiales que en el oeste.
Pozzo dijo
simplemente:
—A
nosotros no nos da ni frío ni calentura. Servidor conoce estas partes mejor que
ellos, y pasamos por en medio como garduñas.
Lo que
implicaba, recodos o curvas, hacer muchísimos. Tanto que se encontraron incluso
con los franceses de Pontestura, que en el ínterin habíanse rendido, y con tal
de que no volvieran a entrar en Casal, habíales sido concedido que bajaran
hacia el Final, donde habrían podido llegarse a Francia por vía marina. Los de
la Griva se los encontraron por los parajes de Otteglia, corrieron el riesgo de
dispararse unos a otros, cada uno creyendo que los otros eran enemigos, y Pozzo
vino a saber por su comandante que, entre los conciertos de capitulación,
habíase establecido también que el trigo de Pontestura habían de vendérselo a
los españoles, y éstos habrían dado el dinero a los casaleses.
—Los
españoles son unos señores, hijo mío —dijo Pozzo—, y es gente contra la que da
gusto combatir. Por suerte, ya no estamos en los tiempos de Carlomagno contra
los Moros, que las guerras eran todo un mata tú que te mato yo. ¡Éstas son
guerras entre cristianos, vive Dios! Agora ésos están ocupados en Rosiñán,
nosotros les pasamos por detrás, nos enfilamos entre Rosiñán y Pontestura, y
estamos en Casal en tres días.
Dichas
estas palabras a finales de abril, Pozzo llegó con los suyos a la vista de
Casal el 24 de mayo. Hicieron, por lo menos en los recuerdos de Roberto, un
gran caminar, siempre abandonando caminos y trochas de arriero y cortando por
los campos; total, decía el Pozzo, cuando hay una guerra todo va enhoramala, y
si a las cosechas no les damos cabo nosotros, son ellos los que no dejan verde.
Para sobrevivir diéronse un alegrón entre viñas, frutales y corrales: total,
decía el Pozzo, aquella era tierra monferrina y tenía que alimentar a sus
defensores. A un campesino de Mombello que protestaba hizo que le dieran
treinta azotes, diciéndole que si no hay un poco de disciplina las guerras las
ganan los demás.
A Roberto
la guerra empezaba a parecerle una experiencia hermosísima; venía a saber por
los viandantes edificantes historias, como la del caballero francés malherido y
capturado en San Jorge, que se había quejado de que habíale robado un soldado
un retrato que tenía en mucha estima; y el duque de Lerma, habiendo oído la
noticia, mandó que se lo volviesen y después de muy bien curado le dio un
caballo y le envió a Casal. Y por otra parte, aun con desviaciones en espiral,
que se perdía todo sentido de la orientación, el viejo Pozzo había conseguido
hacer que la guerra guerreada su banda todavía no la hubiera visto.
Fue, así
pues, con gran alivio, pero con la impaciencia de quien quiere tomar parte en
una fiesta esperada durante mucho tiempo, cuando un buen día, desde lo alto de
una colina, vieron a sus pies, y ante sus ojos, la ciudad, bloqueada al
septentrión, que les quedaba a la izquierda, por la gran cinta del Po, que
justo delante del castillo recortaba dos grandes islotes en medio del río, y
hacia poniente, el lugar formaba casi una punta, con la masa en forma de
estrella de la ciudadela. Gozosa de torres y campanarios por dentro, por fuera
parecía verdaderamente inexpugnable, toda hirsuta como era de torreones en
diente de sierra, que parecía uno de aquellos dragones que se ven en los
libros.
Era de
verdad un gran espectáculo. Todo en derredor de la ciudad, soldados con ropas
abigarradas arrastraban máquinas obsidionales, entre grupos de tiendas
hermoseadas por estandartes y caballeros con sombreros harto emplumados. De vez
en cuando, llegaba de entre el verde de los bosques o el amarillo de los campos
un deslumbramiento no prevenido que hería el ojo y se trataba de
gentiles—hombres con corazas de plata que hacían donaires con el sol, y tampoco
se entendía hacia qué parte iban, y a lo mejor cabrioleaban por dar escena.
Bello para
todos, el espectáculo le pareció menos ameno al Pozzo que dijo:
—Gentes,
esta vez estamos chulados de verdad.
Y a
Roberto que le preguntaba cómo podía ser, dándole un pescozón en la nuca:
—No me
seas babeo, aquellos son los imperiales, no irás a creerte que los casaleses
son tantos de esos, y paseándose fuera de las murallas. Los casaleses y los
franceses están dentro amontonando bálagos de paja, y cáganse de miedo porque
no son ni siquiera dos mil, mientras aquellos de allá abajo son cien mil, poco
más o menos; mira también en aquellas colinas allá adelante.
Exageraba,
el ejército de Espínola contaba sólo con dieciocho mil infantes y seis mil
caballos, pero bastaban y sobraban.
—¿Qué
hacemos, padre mío? —preguntó Roberto.
—Hacemos
—dijo el padre—, que andamos con la barba sobre el hombro: ¿dónde están los
luteranos? y por ahí no se pasa, que no sé qué no se hiciera entre ellos: in
primis, no se entiende una hostia de lo que dicen, in secundis, primero te
matan y luego te preguntan quién eres. Mirad bien por dónde parecen españoles:
ya habéis oído que esa es gente con la que se puede tratar. Y que sean
españoles de buena crianza. En estas cosas lo que es el todo es la educación.
Hallaron
un paso a lo largo de un campamento con las divisas de sus majestades
cristianísimas, donde centelleaban más corazas que en otros lugares, y bajaron
encomendándose a Dios. En la confusión, pudieron proceder durante un largo
trecho en medio del enemigo, pues en aquellos tiempos el uniforme lo tenían
sólo algunos cuerpos elegidos como los mosqueteros, y para el resto no
entendías nunca quién era de los tuyos. Pero a un cierto punto, y justo cuando
no quedaba sino cruzar una tierra de nadie, se toparon con un puesto avanzado y
fueron detenidos por un oficial que preguntó urbanamente quiénes eran y a dónde
iban, mientras a sus espaldas una escuadra de soldados estaba en el quién vive.
—Señor
—dijo el Pozzo—, háganos la gracia de darnos camino, pues que es cosa que
tenemos que ir a colocarnos en el lugar adecuado para disparar contra Vuestra
Merced.
El oficial
se quitó el sombrero, hizo una reverencia y un saludo como para barrer el polvo
dos metros por delante de sí, y dijo en su lengua:
—Señor, no
es menor gloria vencer al enemigo con la cortesía en la paz, que con las armas
en la guerra. —Y luego, en un buen italiano—: Pase, Señor, si un cuarto de los
nuestros tiene la mitad de su intrepidez, venceremos. Que el cielo me conceda
el placer de volver a encontrarle en el campo, y el honor de matarle.
—Fisti orb
d'an fisti secc —murmuró entre dientes el Pozzo, que en la lengua de sus
tierras sigue siendo hoy en día una expresión optativa con la cual se hacen
votos, más o menos, de que el interlocutor sea primeramente privado de la vista
y que inmediatamente después sea aquejado por una perlesía. Pero en voz alta,
apelando a todos sus recursos lingüísticos y a su sabiduría retórica, dijo en
un buen romance:
—¡Yo
también!
Saludó con
el sombrero, dio una ligera espolada, aunque no tanto como la teatralidad del
momento exigía, pues debía dar tiempo a los suyos de seguirle a pie, y
dirigióse hacia las murallas.
—Dirás lo
que quieras, pero son gentileshombres —dijo dirigiéndose al hijo, y bien hizo
en volver la cabeza: evitó una arcabuzada que le habían disparado desde los
baluartes—. Ne tirez pas, conichons, on est des amis, Nevers, Nevers —gritó
levantando las manos, y luego a Roberto—: Lo ves, es gente sin gratitud. No
hablo por hablar, pero son mejores los españoles.
Entraron
en la ciudad. Alguien debía de haber señalado inmediatamente aquella llegada al
comandante de la guarnición, el señor de Toiras, antiguo hermano de armas del
Pozzo mayor. Grandes abrazos, y un primer paseo sobre los bastiones.
—Querido
amigo —decía Toiras—, a los registros de París les resulta que yo tengo en la
mano cinco regimientos de infantería de diez compañías cada uno, por un total
de diez mil infantes. Pues el señor de la Grange tiene sólo quinientos hombres,
Monchat doscientos y cincuenta, y, todos juntos, puedo contar con mil y
setecientos hombres a pie. Además tengo seis compañías de caballeros,
cuatrocientos hombres en total, aunque bien equipados. El Cardenal sabe que
tengo menos hombres de los debidos, pero sostiene que tengo tres mil y
ochocientos. Yo le escribo dándole pruebas de lo contrario y Su Eminencia
simula no entender. He tenido que reclutar un regimiento de italianos a la
buena de Dios, corsos y monferrines, y con el permiso de Vuestra Merced, son
malos soldados, tanto que he tenido que mandar a los oficiales que levantaran
un tercio aparte con sus lacayos. Los hombres de la Grive se asociarán al
regimiento italiano, a las órdenes del capitán Bassiani, que es un buen
soldado. Mandaremos también al joven Roberto, que vaya al fuego comprendiendo
bien las órdenes. En cuanto a Vuestra Merced, querido amigo, se unirá a un
grupo de esforzados gentileshombres que hanse llegado con nosotros de su
voluntad, al igual que Vuestra Merced, y que están en mi séquito. Vuestra
Merced conoce el país y podrá darme buenos consejos.
Juan del
Caylar de Saint—Bonnet, señor de Toiras, era alto, moreno con los ojos azules,
en la plena madurez de sus cuarenta y cinco años, colérico pero generoso y
propenso a la reconciliación, brusco de modos pero, al fin y al cabo, afable
también con los soldados. Habíase distinguido como defensor de la isla de Ré en
la guerra contra los ingleses, pero a Richelieu y a la Corte no les resultaba
simpático, según parece. Los amigos murmuraban acerca de un diálogo suyo con el
canciller de Marillac, que habíale dicho desdeñosamente que habríanse podido
encontrar dos mil gentileshombres en Francia capaces de llevar igualmente bien
el asunto de la isla de Ré, y él había replicado que habría sido posible
encontrar cuatro mil capaces de tener los sellos mejor que Marillac. Sus
oficiales atribuíanle también otro buen lema (que según otros era, sin embargo,
de un capitán escocés): en un consejo de guerra en la Rochela, el padre José,
que era en definitiva la famosa eminencia gris, y se picaba de estrategia,
había puesto el dedo sobre un mapa diciendo «cruzaremos por aquí» y Toiras
había objetado con frialdad: «Reverendo Padre, desgraciadamente su dedo no es
una puente».
—He aquí
la situación, cher ami —seguía diciendo Toiras, recorriendo las murallas e
indicando el paisaje—. El teatro es espléndido y los actores son lo mejor de
dos imperios y de muchas señorías: tenemos de cara incluso un regimiento
florentino, y mandado por un Médicis. Nosotros podemos confiar en Casal,
entendida como ciudad: el castillo, desde el que controlamos la parte del río,
es una hermosa bastilla, defendido por un buen foso, y sobre las murallas hemos
dispuesto un terraplén que permitirá a los defensores trabajar bien. La
ciudadela tiene sesenta cañones y baluartes a regla de arte. Son débiles en
algún punto, pero los he reforzado con medias lunas y baterías. Todo esto es
óptimo para resistir un asalto frontal; claro que Espínola no es un novicio:
observe Vuestra Merced esos movimientos de allá, están aprestando unas minas, y
cuando lleguen aquí abajo será como si hubiéramos abierto las puertas. Para
detener los trabajos será menester descender a campo abierto, pero ahí somos
más débiles. Y en cuanto el enemigo haya adelantado aquellos cañones, empezará
a batir la ciudad y entonces entra en juego el humor de los burgueses de Casal,
en los que fío poquísimo. Por otra parte, los entiendo: a ellos interésales más
la salvación de su ciudad que al señor de Nevers y todavía no se han convencido
de que es un bien morir por los lises de Francia. Se tratará de hacerles
entender que con el de Saboya, o con los españoles, perderían sus libertades y
Casal ya no sería una capital sino una fortaleza cualquiera como Susa, que el
de Saboya está dispuesto a vender por un puñado de maravedís. Por lo demás, se
improvisa; si no, no sería una comedia italiana. Ayer salí con cuatrocientos
hombres hacia Fregene, donde estaban concentrándose unos imperiales, y
retiráronse. Mientras estaba ocupado allá abajo, unos napolitanos instaláronse
sobre aquella colina, justo por el lado opuesto. Ordené que la artillería la
batiera durante unas cuantas horas y creo haber hecho una buena carnicería,
pero no se han ido. ¿De quién ha sido la jornada? Juro sobre Nuestro Señor que
no lo sé y no lo sabe ni siquiera Espínola. En cambio, sé qué haremos mañana.
¿Ve Vuestra Merced aquellas casucas en la llanura? Si las controláramos
tendríamos bajo tiro muchos puestos enemigos. Una espía me ha dicho que están
desiertas, y esta es una buena razón para temer que haya alguien escondido. Mi
joven señor Roberto, no ponga esa cara desdeñada y aprenda, primer teorema, que
un buen comandante gana una batalla usando bien a las espías y, segundo
teorema, que una espía, pues que es un traidor, no tarda nada en traicionar a
quien le paga para que traicione a los suyos. En cualquier caso, mañana la
infantería irá a ocupar aquellas casas. Antes que tener a las tropas a que se
pudran dentro de las murallas, mejor exponerlas al fuego, que es un buen
ejercicio. No patalee, señor Roberto, todavía no será su jornada: pasado mañana
el tercio de Bassiani tendrá que cruzar el Po. ¿Ve Vuestra Merced aquellos
muros allá abajo? Son parte de un fuerte que habíamos empezado a construir
antes de que aquéllos llegaran.
Mis
oficiales no están de acuerdo, pero creo que está bien retomárnoslo antes de
que lo ocupen los imperiales. Se trata de mantenerlos bajo tiro en la llanura,
de suerte que se les estorbe y se retrase la construcción de las minas. En
resumidas cuentas, habrá gloria para todos. De momento, vayamos a cenar. El
asedio está empezando y todavía no escasean las provisiones. Que ya más tarde
nos comeremos los ratones.
3 EL
SERRALLO DE LOS ESTUPORES
Librarse
del asedio de Casal, donde los ratones al final, por lo menos, no había tenido
que comérselos, para arribar al Daphne donde quizá los ratones
habríanselo comido a él. Meditando temeroso sobre este hermoso contraste,
Roberto por fin habíase dispuesto a explorar aquellos lugares de los que la
noche antes había oído llegar aquellos inciertos ruidos.
Había
decidido bajar desde el alcázar y, si todo hubiera sido como en el Amarilis,
sabía que habría debido encontrar una docena de cañones a ambos lados, y
los jergones de paja o las hamacas de los marineros. Había penetrado por la
timonera en el rancho de Santa Bárbara, atravesado por la caña que oscilaba con
lento chirrío, y habría podido salir enseguida por la puerta que daba a la
entrepuentes. Mas casi para tomar confianza con aquellos parajes profundos
antes de encararse con su incógnito enemigo, por una escotilla habíase
descolgado aún más abajo, donde por lo normal habría debido haber otros
bastimentos. Y, en cambio, allí había encontrado, organizados con gran economía
de espacio, catres para una docena de hombres. Así pues, la mayor parte de la
chusma dormía allá abajo, como si el resto se reservara a otras funciones. Los
catres estaban en perfecto orden. Si epidemia había habido, entonces, a medida
que alguien moría, los supervivientes habíanlos aderezado con sumo arte, para
decir a los demás que nada había acontecido... Pero en fin, ¿quién había dicho
que los marineros hubieran muerto, y todos? Y, una vez más, ese pensamiento no
lo había tranquilizado: la peste, que mata al marinaje completo, es un hecho
natural, según algunos teólogos a veces providencial; pero un acontecimiento
que hacía huir a ese mismo marinaje, y dejando el navío en aquel orden suyo
innatural, podía ser mucho más preocupante.
Quizá la
explicación se encontraba en la segunda cubierta, era preciso darse ánimos.
Roberto volvió a subir y abrió la puerta que daba al lugar temido.
Comprendió
entonces la función de aquellos vastos ajedreces que horadaban la puente. Con
ese recurso, la entrecubiertas había sido transformada en una especie de nave,
iluminada a través de las rejillas por la luz del día, ya pleno, que caía
oblicua, cruzándose con la que llegaba de las portas, coloreándose con el
reflejo, ahora ambarino, de los cañones.
Primeramente,
Roberto no divisó nada más que aceros de sol en los que se veían agitarse
infinitos corpúsculos, y como los vio, no pudo sino recordar (y cuánto se
difunde en jugar de eruditas memorias, para asombrar a su Señora, en vez de
limitarse a decir) las palabras con las cuales el Canónigo de Digne lo invitaba
a observar las cascadas de luz que se derramaban en la oscuridad de una
catedral, animándose, en su proprio interior, de una multitud de mónadas,
semillas, naturalezas indisolubles, gotas de incienso macho que estallaban
espontáneamente, átomos primordiales empeñados en lides, batallas, escaramuzas
con escuadrones, entre un sinnúmero de encuentros y separaciones. Prueba
evidente de la composición misma de este nuestro universo, por otra cosa no
compuesto que por cuerpos primeros hormigueantes en el vacío.
Inmediatamente
después, casi como confirmación de que lo creado no es sino obra de aquesa
danza de átomos, hízose la impresión de encontrarse en un jardín y dio en la
cuenta de que, desde que había entrado allá abajo, había sido asaltado por un
tropel de perfumes, mucho más fuertes que los que le habían llegado antes desde
la ribera.
Un jardín,
un vergel cubierto: eso era lo que los hombres desaparecidos del Daphne habían
creado en aquel paraje, para conducir a la patria flores y plantas de las islas
que estaban explorando, permitiendo que el sol, los vientos y las lluvias les
concedieran sobrevivir. Que el bajel pudiera conservar posteriormente, durante
meses de viaje, aquel botín silvestre, que la primera tempestad no lo
envenenara de sal, Roberto no sabía decirlo, pero a buen seguro el que aquella
naturaleza estuviera aún en vida confirmaba que, como para la comida, la
reserva habíase hecho recientemente.
Flores,
arbustos, arbolillos habíanse transportado con sus raíces y sus terrones, y
alojados en banastos y cajas de improvisada hechura. Muchos de los receptáculos
se habían podrido, la tierra se había derramado formando entre los unos y los
otros una capa de limo húmedo en el que ya estaban hincándose los mugrones de
algunas plantas, tal que parecía estar en un Edén que germinase de las tablas
mismas del Daphne.
El sol no
era tan fuerte que ofendiera los ojos de Roberto, pero sí lo suficiente para
hacer descollar los colores del follaje y hacer que se abrieran las primeras
flores. La mirada de Roberto se posaba sobre dos hojas que antes le habían
parecido la cola de un camarón, del cual brotaban flores blancas, luego sobre
otra hoja verde tierno en la que nacía una especie de media flor de una macolla
de azufaifas ebúrneas. Una vaharada repugnante lo atraía hacia una oreja
amarilla en la que parecía hubieran enjaretado una panocha, a su lado
descendían festones de conchas de porcelana, cándidas con la punta rosada, y de
otro racimo pendían unas trompetas o campanillas invertidas, con una ligera
sospecha de musgo. Vio una flor color limón de la cual, en el curso de los
días, iba a descubrir la volubilidad, porque habríase vuelto albaricoque a la
tarde y rojo oscuro a la puesta del sol, y vio otras, azarcón en el centro, que
se difuminaban en un albor lilial. Descubrió unos frutos ásperos que no habría
osado tocar, si uno de ellos, caído al suelo y abiértose por fuerza de sazón,
no hubiera revelado un interior de granada. Osó catar otros, y los juzgó más a
través de la lengua con la que se habla que con la que se gusta, visto que
define uno como una bolsa de miel, maná congelado en la fecundidad de su tallo,
alhaja de esmeraldas repleta de diminutos rubíes. Que luego, leyendo a
contraluz, osaría decir que había descubierto algo muy parecido a un higo.
Ninguna de
aquellas flores o de aquellos frutos le resultaba conocido, cada uno parecía
nacido de la fantasía de un pintor que hubiera querido violar las leyes de la
naturaleza para inventar inverosimilitudes convincentes, laceradas delicias y
sabrosas mentiras: como aquella corola cubierta por una pelusa blancuzca que se
pululaba en un copete de plumas violeta, o no, una bellorita descolorida que
expulsara un apéndice obsceno, o una máscara que encubriera un rostro canoso de
barbas cabrunas. ¿Quién podía haber ideado ese arbusto con hojas por un lado
verde oscuro con decoraciones silvestres rojiamarillas, y por el otro
llameantes, rodeadas de otras hojas de un más tierno verde guisante, con
substancia carnosa contorcida en guisa de cuenco, que podía contener aún el
agua de la última lluvia?
Embargado
por la sugestión del lugar, Roberto no se preguntaba de qué lluvia contenían
las hojas los restos, visto que, desde hacía por lo menos tres días,
seguramente no llovía. Los aromas que lo aturdían disponíanlo a juzgar natural
cualquier sortilegio.
Le parecía
natural que un fruto flojo y cadente oliera a queso fermentado, y que una
suerte de granada violácea, con un agujero en el fondo, al sacudirla hiciera
oír en su propio interior una que otra semilla danzante, como si no de flor se
tratara, sino de juguete, y tampoco se extrañaba por una flor en forma de
cúspide, con el fondo duro y redondeado. Roberto no había visto jamás una
palmera llorona, como si fuere sauce, y la tenía ante sí, pateante de raíces
múltiples sobre las que se injertaba un tronco que salía de una única mata,
mientras sus frondas de planta nacida al llanto doblegábanse extenuadas por su
misma lozanía; Roberto no había visto todavía otra zarza que generara hojas
largas y pulposas, entumecidas por un vergajo central cual hierro, listas para
ser usadas como platos y bandejas, mientras junto a ellas crecían otras hojas
más, a guisa de cedientes cucharas.
Incierto
de si vagaba en una floresta mecánica o en un paraíso terrenal escondido en lo
íntimo de la tierra, Roberto erraba en aquel Edén que lo instigaba a fragrantes
delirios.
Cuando más
tarde se lo relate a la Señora, hablará de rústicos frenesís, caprichos de los
jardines, ricos Proteos de frondas, cedros (¿cedros?) enloquecidos de ameno
furor... O lo revivirá como un antro flotante rico de engañosos títeres donde,
ceñidas por sogas horriblemente contorcidas, surgían fanáticas capuchinas,
impíos serpollos de bárbara espesura... Escribirá sobre el opio de los
sentidos, de una ronda de pútridos elementos que, precipitando en impuros
extractos, habíanlo conducido a las antípodas de la cordura.
Al
principio, había atribuido al canto que le llegaba de la isla, la impresión de
que voces plumadas se manifestaran entre las flores y las plantas: mas de golpe
se le erizaron los pelos por el paso de un murciélago que casi le rozó la cara,
e inmediatamente después tuvo que apartarse para esquivar un halcón, que se
había arrojado sobre su presa derribándola con un golpe de rostro.
Penetrado
en la entrepuentes, oyendo todavía a lo lejos a los pájaros de la Isla, y
convencido de percibirlos todavía a través de las lumbres de la sentina,
Roberto oía ahora aquellos sonidos harto más próximos. No podían venir de la
ribera: otros pájaros, por tanto, y no lejanos, estaban cantando allende las
plantas, hacia la proa, en dirección de aquel pañol en el que la noche de antes
había oído los ruidos.
Le
pareció, avanzando, que el vergel terminaba a los pies de un tronco de alto
tallo que perforaba la puente superior, luego entendió que había llegado más o
menos al centro del navío, donde el árbol mayor se entrevenaba hasta la ínfima
carena. En aquel punto, artificio y naturaleza estábanse confundiendo tanto que
podemos justificar la confusión de nuestro héroe. También porque, precisamente
en ese punto, su nariz empezó a advertir una mezcla de aromas, calumbres
terrosas y hedor animal, como si lentamente estuviera pasando de un huerto a un
redil.
Y fue al
caminar allende el tronco del árbol mayor, hacia la proa, cuando vio la
pajarera.
No supo
definir de otra forma ese conjunto de jaulas de caña, atravesadas por sólidas
ramas que éranles percha, habitadas por animales voladores, dedicados a
adivinar esa aurora de la que recibían sólo una limosna de luz, y a responder
con voces discordes al reclamo de sus semejantes que cantaban libres en la
Isla. Apoyadas en el suelo o péndulas de las rejillas de la puente, las jaulas
se disponían a lo largo de aquel otro crucero como estalactitas y estalagmitas,
dando vida a otra espelunca de las maravillas, donde los animales revoloteando
hacían oscilar las jaulas, y éstas se cruzaban con los rayos del sol, y ellos
creaban un mariposeo de colores, una nevasca de arco iris.
Si hasta
aquel día jamás había oído cantar de verdad a los pájaros, tampoco podía decir
Roberto que los hubiera visto, por lo menos con tantas hechuras, a tal punto
que se preguntó si estaban en estado de naturaleza o si no los habría pintado
la mano de un artista y aderezado para alguna farsa, o para simular un ejército
en revista, cada infante y cada caballero envuelto en su propio estandarte.
Cohibidísimo
Adán, no tenía nombres para aquellas cosas, sino los de los pájaros de su
hemisferio; he aquí una garza, se decía, una grulla, una codorniz... mas era
como tratar de oca a un cisne.
Aquí,
prelados con la amplia cola cardenalicia y el pico en forma de alquitara
desplegaban alas de hierba, inflando una garganta purpurina y descubriendo un
pecho azul salmodiaban casi humanos; allá, múltiples escuadras se exhibían en
gran justa intentando asaltos a las deprimidas cúpulas que circunscribían su
arena, entre relámpagos de tórtola y estocadas rojas y amarillas, como
oriflamas que un alférez estuviera lanzando y recogiendo al vuelo. Enojados
jinetes, con largas patas nerviosas en un espacio demasiado angosto,
relinchaban airados era era era, a veces vacilando sobre un pie solo y
mirándose recelosos en derredor, vibrando los copetes sobre la cabeza
tendida... Solo, en una jaula construida a su medida, un gran capitán, con el
manto azulino, el justillo bermejo como el ojo, y el penacho de lirios sobre la
cimera, exhalaba un gemido de paloma. En una jaulilla junto a ésta, tres peones
permanecían en el suelo, faltos de alas, brincantes ovillos de lana encenagada,
el hociquito de ratón, bigotudo en la raíz de un largo pico recorvo dotado de
aletas con las cuales los pequeños monstruos husmeaban, picoteando las
lombrices que encontraban por el camino... En una jaula que se desanudaba como
un intestino, una pequeña cigüeña con las patas de zanahoria, el pecho
aguamarina, las alas negras y el pico morado, se movía titubeante, seguida por
algunos pequeños en fila india y, al detenerse aquella senda suya, despechada
graznaba, primero obstinándose en romper lo que creía una maraña de sarmientos,
luego reculando e invirtiendo el camino, y sin saber sus criaturas si caminarle
delante o detrás.
Roberto
estaba dividido entre la excitación del descubrimiento, la piedad por aquellos
prisioneros, el deseo de abrir las jaulas y ver su catedral invadida por
aquellos heraldos de un ejército de los aires, para substraerlos al asedio al
cual el Daphne, a su vez asediado por sus otros semejantes allá afuera,
los obligaba. Pensó que estarían hambrientos, y vio que en las jaulas aparecían
sólo migajas de comida, y que las vasijas y las escudillas que habían de
contener el agua estaban vacías. Pero descubrió, junto a las jaulas, sacos de
simientes y jirones de pescado seco, preparados por quien quería conducir aquel
botín a Europa, pues una nave no va por los mares del opuesto sur sin traer a
las cortes o a las academias testimonios de esos mundos.
Siguiendo
adelante encontró también un recinto hecho con tablas, con una docena de
animales que adscribió a la especie gallinácea, aunque en su casa no había
visto semejante plumaje. También ellos parecían hambrientos, aunque las
gallinas habían puesto (y celebraban el acontecimiento como sus socias de todo
el mundo) seis huevos.
Roberto
cogió inmediatamente uno, lo agujereó con la punta del cuchillo y lo bebió como
acostumbraba de niño. Luego se metió los demás en la camisa, y para compensar a
las madres, y a los fecundísimos padres que lo fijaban ceñudos meneando las
barbas, distribuyó agua y comida; y así hizo jaula por jaula, preguntándose qué
providencia habíale allegado al Daphne precisamente mientras los
animales estaban extremados. Hacía, en efecto, ya dos noches que Roberto estaba
en el navío y alguien había cuidado de las jaulas a lo sumo el día anterior a
su llegada. Sentíase como un invitado que llega, sí, con retraso a una fiesta,
pero justamente apenas hanse ido los últimos huéspedes y las mesas aún no se
han recogido.
Por lo
demás, se dijo, que aquí antes había alguien y agora ya no lo hay, está claro.
Que estuviere uno, o diez días antes de mi llegada, no cambia para nada mi
hado, a lo sumo lo hace más burlón:
naufragando
un día antes, habría podido unirme a los marineros del Daphne, donde
quiera que hayan ido. O acaso no, habría podido morir con ellos, si murieron.
Lanzó un suspiro (por lo menos no era un asunto de ratones) y concluyó que
tenía a disposición también unos pollos. Pensó otra vez en su propósito de
rendirles la libertad a los bípedos de más noble linaje, y convino en que, si
el exilio suyo había de durar mucho, también aquestos habrían podido resultar
de buen yantar. Eran bellos y abigarrados también los hidalgos ante Casal,
pensó, y con todo, les disparábamos, y si el asedio hubiera durado, nos los
habríamos incluso comido. Quien ha sido soldado en la guerra de los treinta
años (digo yo, pero quien la estaba viviendo entonces no la llamaba así, y
quizá no había ni entendido que se trataba de una larga y única guerra en la
cual, de vez en cuando, alguien firmaba una paz) ha aprendido a ser duro de
corazón.
4 LA
FORTIFICACIÓN DEMONSTRADA
¿Por qué
Roberto evoca Casal para describir sus primeros días en el navío? Desde luego,
existe el gusto del símil: cercado una vez y cercado la otra, aunque a un
hombre de su siglo le pediríamos algo mejor. En todo caso, de la semejanza
debían fascinarle las diferencias, fecundas, de elaboradas antítesis: en Casal
había entrado por su elección, para que los otros no entraran, y al Daphne había
sido arrojado, y anhelaba sólo salir. Yo diría, más bien, que mientras vivía
una historia de penumbras, recorría con el pensamiento una sucesión de acciones
convulsivas vividas a pleno sol, de suerte que las rutilantes jornadas del
sitio, que la memoria le devolvía, lo compensaran de ese su pálido vagamundear.
Y quizá haya más. En la primera parte de su vida, Roberto había tenido sólo dos
períodos en los cuales había aprendido algo del mundo y de los modos de
habitarlo, me refiero a los pocos meses del asedio y a los últimos años en
París: ahora estaba viviendo su tercera edad de formación, quizá la postrera,
al final de la cual la madurez habría coincidido con la disolución, y estaba
intentando conjeturar su secreto mensaje viendo el pasado como figura del
presente.
Casal
había sido, al principio, una historia de salidas. Roberto se la cuenta a la
Señora, transfigurando, como para decirle que, incapaz como había sido de
expugnar la tan guardada fortaleza de su nieve intacta, herida pero no
encendida por la llama de sus dos soles, a la viva llama de otro sol había
sido, en cambio, capaz de confrontarse con quien ponía cerco a su ciudadela
monferrina.
La mañana
siguiente a la llegada de los de la Griva, Toiras había enviado unos oficiales
aislados, carabina al hombro, a observar qué estaban instalando los napolitanos
sobre la colina conquistada el día de antes. Los oficiales habíanse acercado
demasiado, había seguido un intercambio de disparos, y un joven lugarteniente
del regimiento Pompadour había sido muerto. Sus compañeros lo trajeron dentro
de las murallas, y Roberto vio el primer muerto matado de su vida.
Toiras
decidió hacer ocupar las casas a las que aludiera el día de antes.
Podía
seguirse bien, desde los baluartes, la avanzada de diez mosqueteros, que a un
cierto punto habíanse dividido para ensayar una tenaza sobre la primera casa.
De las murallas salió un cañonazo que pasó sobre sus cabezas y fue a destechar
la casa: como una bandada de insectos, salieron algunos españoles que se dieron
a la fuga. Dejáronlos escapar los mosqueteros, apoderáronse de la casa,
atrincheráronse en ella, y abrieron un fuego de estorbo hacia la colina.
Era
oportuno que la operación se repitiera sobre otras casas: incluso desde los
baluartes podía verse ahora que los napolitanos habían empezado a excavar
trincheras ribeteándolas con vigas y gaviones. Pero éstas no circunscribían la
colina, se adelantaban hacia la llanura. Roberto vino a saber que así se
empezaban a construir las minas. Una vez llegadas a las murallas, habrían sido
estibadas, en el ultimísimo trecho, con pipas de pólvora. Era preciso impedir
continuamente que los trabajos de excavación alcanzaran un nivel suficiente
para proceder bajo tierra, si no, a partir de aquel punto los enemigos habrían
trabajado bien amparados. El juego estaba todo allí, prevenir desde fuera y al
descubierto la construcción de las galerías, y excavar galerías de contramina
mientras no llegara la armada de socorro, y mientras hubieran durado las
vituallas y municiones. En un asedio no hay nada más que hacer: estorbar a los
demás, y esperar.
La mañana
después, como prometido, fue el turno del fuerte. Roberto se encontró
embrazando su escopeta en medio de un ayuntamiento indisciplinado de gente que
en Lù, en Coccaro, o en Odalengo, no tenía ganas de trabajar, y de corsos
taciturnos, abarrotados en barcazas para cruzar el Po, después de que dos
compañías francesas hubieran tocado ya la otra ribera. Toiras con su séquito
observaba desde la ribera derecha, y el viejo Pozzo le hizo al hijo un gesto de
saludo, primero indicando un «anda, anda» con la mano, luego llevando el índice
a que estirara el pómulo, para decir «ojo».
Las tres
compañías acampáronse en el fuerte. La construcción no había sido completada, y
parte del trabajo ya hecho habíase caído en pedazos. La tropa pasó la jornada
atrincherando los huecos en las murallas, pero el fuerte estaba bien protegido
por un foso, allende el cual fueron enviadas algunas centinelas. Al caer la
noche, el cielo era tan claro que las centinelas dormitaban, y ni siquiera los
oficiales juzgaban probable un ataque. Y en cambio, de repente, oyóse tocar a
la carga y vieron aparecer a la caballería española.
Roberto,
colocado por el capitán Bassiani detrás de algunas balas de paja que colmaban
un trecho derrumbado del recinto, no tuvo tiempo de entender lo que sucedía:
cada caballero llevaba tras de sí un mosquetero y, como llegaron junto al foso,
los caballos empezaron a costearlo en círculo, mientras los mosqueteros
disparaban eliminando a las pocas centinelas, luego todos los mosqueteros
habían saltado de la grupa, rodando en el foso. Mientras los jinetes se
disponían en hemiciclo ante la entrada, obligando a los defensores a cubrirse
con un fuego nutrido, los mosqueteros ganaban incólumes la puerta y las brechas
menos defendidas.
La
compañía italiana, que estaba de guardia, había descargado las armas y habíase
dispersado presa del pánico, y por esto habría de llevarse gran escarnio, mas
tampoco las compañías francesas supieron comportarse mejor. Entre el principio
del ataque y la escalada de las murallas habían pasado pocos minutos, y los
hombres fueron sorprendidos por los atacantes, ya dentro del cerco, cuando
todavía no se habían armado.
Los
enemigos, aprovechando la interpresa, estaban haciendo una matanza de la
guarnición, y eran tan numerosos que mientras algunos se empeñaban en derribar
a los defensores aún de pie, otros lanzábanse ya a despojar a los caídos.
Roberto, después de haber disparado sobre los mosqueteros, mientras recargaba
con fatiga, por el hombro aturdido a causa de la coz de la escopeta, había sido
sorprendido por la carga de los caballos, y los cascos de un animal que le
pasaba por encima de la cabeza, a través de la brecha, habíanle sepultado bajo
el desmoronamiento de la barricada. Fue una fortuna: protegido por la paja
caída, habíase librado del primer y mortal impacto, y ahora, escudriñando desde
su pajar, veía con horror a los enemigos rematar a los heridos, cortar un dedo
para llevarse un anillo, una mano por un brazal.
El capitán
Bassiani, para reparar la mancilla de sus hombres en fuga, todavía estaba
batiéndose animosamente, pero fue rodeado y hubo de rendirse. Desde el río
habían dado en la cuenta de que la situación era crítica, y el coronel la
Grange, que acababa de abandonar el fuerte después de una inspección para
volver a Casal, intentaba lanzarse en socorro de los defensores, refrenado por
sus oficiales, que aconsejaban, en cambio, pedir refuerzos en la ciudad. De la
ribera derecha salieron otras barcas, mientras, despertado de sobresalto,
llegaba al galope Toiras. Se comprendió en poco tiempo que los franceses
estaban en fuga, y lo único era ayudar con tiros de cobertura a los que se
habían salvado para que alcanzaran el río.
En esta
confusión, viose al viejo Pozzo que, en ascuas, iba y venía cual lanzadera
entre el estado mayor y el amarradero de las barcas, buscando a Roberto entre
los que se habían librado. Cuando estuvo casi seguro de que ya no había más
barcas por llegar, oyósele emitir un: «¡Oh, críspolis!» Luego, como hombre que
conocía los caprichos del río, y haciendo pasar por mentecatos a los que hasta
entonces habíanse afanado remando, había elegido un punto delante de los
islotes y había empujado el caballo al agua, espolándolo. Atravesando un bajío
estuvo en la otra ribera sin que tuviera el caballo ni siquiera que nadar, y
arrojóse como un loco, la espada alzada, hacia el fuerte.
Un grupo
de mosqueteros enemigos le salió al encuentro, mientras ya el cielo se
aclaraba, y sin entender quién era aquel solitario: el solitario los atravesó,
eliminando por lo menos a cinco con fendientes seguros, topó con dos
caballeros, hizo que el caballo se empinara, inclinóse de lado evitando un
golpe y de golpe irguióse haciendo con el acero un círculo en el aire: el
primer adversario abandonóse sobre la silla con los intestinos colgantes a lo
largo de las botas mientras el caballo huía, el segundo quedóse con los ojos
abiertos de par en par, buscándose con los dedos una oreja que, unida a la
mejilla, colgábale por debajo de la barbilla.
Pozzo
llegó bajo el fuerte, y los invasores, ocupados en despojar a los últimos
fugitivos heridos por la espalda, no entendieron ni siquiera de dónde venía.
Entró en el recinto llamando en voz alta al hijo, arrolló a otras cuatro
personas mientras llevaba a cabo una especie de torneo blandiendo la espada
hacia todos los puntos cardinales; Roberto, asomando de repente de entre la
paja, lo vio de lejos, y antes que al padre reconoció a Pañufli, el caballo
paterno con el que jugaba desde hacía años. Metióse dos dedos en la boca y
emitió un silbido que el animal conocía bien, y, en efecto, habíase encabritado
ya, irguiendo las orejas, y estaba arrastrando al padre hacia la brecha. Pozzo
vio a Roberto y gritó:
—¿Pero
será sitio donde meterse? ¡Monta, insensato!
Y mientras
Roberto saltaba sobre la grupa, aferrándose a su cintura, dijo:
—Miseria,
a ti nunca se te encuentra donde has de estar.
Luego,
incitando a Pañufli, se echó al galope hacia el río.
En ese
punto algunos de los saqueadores cayeron en la cuenta de que aquel hombre en
aquel lugar estaba fuera de lugar, y lo señalaron gritando. Un oficial, con la
coraza abollada, seguido por tres soldados, intentó cortarle el paso. Pozzo lo
vio, hizo como si se desviara, luego tiró las riendas y exclamó:
—¡Lo que se dice el destino!
Roberto
miró hacia adelante y reparó en que era el español que les había dejado pasar
dos días antes, También él había reconocido a su presa, y con los ojos
brillantes avanzaba con la espada levantada.
El viejo
Pozzo pasó rápidamente la espada a la izquierda, extrajo la pistola del
cinturón, y extendió el brazo, todo de una manera tan rápida que sorprendió al
español, que arrastrado por el ímpetu estaba casi a su altura. Pero no disparó
enseguida. Tomóse el tiempo de decir:
—Me
perdonará la pistola, pero si Vuesa Merced lleva la coraza, bien tendré
derecho...
Apretó el
gatillo y lo dejó tendido con una bala en la boca. Los soldados, viendo caer al
jefe, diéronse a la fuga, y Pozzo repuso la pistola diciendo:
—Mejor
será que nos vayamos, antes de que pierdan la paciencia... ¡Arre, Pañufli!
En un gran
polvorín atravesaron la explanada y, entre violentas salpicaduras, el río,
mientras alguien desde lejos aún estaba descargando las armas a sus espaldas.
Llegaron
entre aplausos a la ribera derecha. Toiras dijo:
—Très bien
fait, mon cher ami —luego a Roberto—: La Grive, hoy todos han escapado y sólo
Vuestra Merced hase quedado. De casta le viene al toro. Está desperdiciado en
esa compañía de cobardes. Pasará a mi séquito.
Roberto
dio las gracias y luego, apeándose de la silla, tendió la mano al padre, para
darle las gracias también a él. Pozzo se la estrechó distraídamente diciendo:
—Lo siento
por ese gentilhombre español, que era de verdad una buena persona. Vaya, la
guerra es una gran mala bestia. Por otra parte, acuérdate siempre, hijo mío:
buenos sí, pero si alguien te sale al encuentro para matarte es él el que no
tiene razón. ¿O no?
Se
recogieron en la ciudad, y Roberto oyó que su padre farfullaba aún, consigo
mismo:
—Yo no lo
he buscado...
5 EL
LABERINTO DEL MUNDO
Parece ser
que Roberto evoca ese episodio embargado por un momento de filial piedad,
fantaseando un tiempo feliz en el que una figura protectora podía substraerlo
al extravío de un asedio, pero no puede evitar recordar lo que sucedió a
continuación. Y no lo juzgo un simple accidente de la memoria. Ya he dicho que
considero que Roberto hace colidir aquellos acontecimientos lejanos con su
experiencia en el Daphne para encontrar nexos, razones, signos del
destino. Ahora diría que el recorrer con el pensamiento los días de Casal le
sirve, en el navío, para rastrear las fases por las cuales, mancebo, estaba
aprendiendo lentamente que el mundo se articulaba por enajenadas arquitecturas.
Como decir
que, por una parte, el encontrarse ahora suspendido entre cielo y mar podía
parecerle sólo el desarrollo más consecuente de aquellos tres lustros suyos de
peregrinaciones en un territorio hecho de atajos ahorquillados; y por otra
parte, creo, precisamente al reconstruir la historia de sus desasosiegos,
intentaba encontrar confortación para su estado presente, como si el naufragio
lo hubiera devuelto a aquel paraíso terrenal que había conocido en la Griva, y
del que habíase alejado llegándose entre las murallas de la ciudad asediada.
Ahora
Roberto ya no estaba a despiojarse en los reales de los soldados, sino en la
mesa de Toiras, en medio de gentileshombres que venían de París, y los
escuchaba, sus fanfarronadas, las evocaciones de otras campañas, los discursos
fatuos y brillantes. De estas conversaciones —y desde la primera noche— había
sacado razón de creer que el asedio de Casal no era la empresa a la cual había
creído aprestarse.
Había ido
allí para dar vida a sus sueños caballerescos, alimentados por los libros que
había leído en la Griva: ser hidalgo y llevar, por fin, una espada en el cinto
significaba para él convertirse en un paladín que desharía agravios y
entuertos, o se pondría en toda suerte de ocasiones y peligros por una palabra
de su rey, o por la salvación de una dama. Después de la llegada, las santas
tropas a las que se había unido habíanse revelado un tropel de pueblerinos
desganados, dispuestos a volver la espalda al primer choque.
Ahora
había sido admitido en una concurrencia de valientes que lo acogían como par
suyo. Mas él sabía que su hazaña era efecto de un equívoco, y que no había
huido porque estaba aún más atemorizado que los fugitivos. Y lo que es peor es
que, mientras los presentes, después que el señor de Toiras habíase alejado, se
quedaban hasta noche cerrada y daban rienda suelta a las charlas, él estaba
dando en la cuenta de que el asedio mismo no era sino un capítulo de una
historia sin sentido.
Así pues,
don Vicente de Mantua había muerto dejándole el ducado a Nevers, pero habría
bastado con que cualquier otro hubiera conseguido ser el último en verle, y
toda aquella historia habría sido diferente. Por ejemplo, también Carlos Manuel
preciábase de algún derecho sobre el Monferrato por causa de una sobrina (se
desposaban todos entre ellos) y quería, desde hacía tiempo, adjudicarse aquel
marquesado que era como una espina en el flanco de su ducado, donde penetraba
como una cuña hasta pocas decenas de millas de Turín. Por eso, inmediatamente
después de la designación de Nevers, Gonzalo de Córdoba, aprovechando de las
ambiciones del duque saboyano para defraudar las de los franceses, habíale
sugerido que se uniera a los españoles para tomar con ellos al Monferrato, y
luego partírselo a medias. El emperador, que tenía ya demasiados problemas con
el resto de Europa, no había dado su consentimiento a la invasión pero ni
siquiera habíase pronunciado contra Nevers. Gonzalo y Carlos Manuel habíanse
resuelto, y uno de los dos había empezado a apoderarse de Alba, Trino y
Moncalvo. Bueno sí, estúpido no, el emperador había puesto Mantua bajo
secuestro, encomendándosela a un comisario imperial.
El compás
de espera había de valer para todos los pretendientes, aunque Richelieu habíalo
tomado como un desaire para Francia. O le resultaba cómodo tomárselo así, pero
no se movía porque todavía estaba asediando a los protestantes de la Rochela.
España veía con favor aquella matanza de un puñado de herejes, pero dejaba que
Gonzalo sacara provecho de ello para sitiar con ocho mil hombres Casal,
defendida por poco más de doscientos soldados. Y aquél había sido el primer
asedio del Casal.
Mas como
el emperador daba la impresión de no ceder, Carlos Manuel habíase olido el mal
quite y, mientras seguía colaborando con los españoles, ya tomaba contactos
secretos con Richelieu. Entre tanto, la Rochela caía, Richelieu recibía los
parabienes de la corte de Madrid por esa bella victoria de la fe, daba las
gracias, volvía a reunir su ejército y, con Luis XIII a la cabeza, hacíale
atravesar el Monginebra en febrero del año 29, y abocábalo ante Susa. Carlos
Manuel reparaba en que, jugando en dos mesas, corría el riesgo de perder no
sólo el Monferrato sino también Susa e, intentando vender lo que le estaban
quitando, ofrecía Susa a cambio de una ciudad francesa.
Un
comensal de Roberto recordaba en tono divertido la historia. Richelieu con un
gran sarcasmo había hecho que le preguntaran al duque si prefería Orléans o
Poitiers, y entre tanto un oficial francés se presentaba en la guarnición de
Susa y pedía albergue para el rey de Francia. El comandante saboyano, que era
hombre de ingenio, había contestado que probablemente su alteza el duque
habríase sentido honradísimo de brindar hospedaje a su majestad, empero, pues
que su majestad había venido con una compañía de tal amplitud, era menester que
se le permitiera avisar antes a su alteza. Con la misma elegancia, el mariscal
de Bassompierre caracoleando sobre la nieve habíase descubierto ante su rey y,
advirtiéndole que los violines habían entrado y los comediantes estaban en la
puerta, pedíale el permiso para dar principio a la representación. Richelieu
celebraba la misa de campo, la infantería francesa atacaba, y Susa era
conquistada.
Estando
así las cosas, Carlos Manuel decidía que Luis XIII era huésped suyo gratísimo,
iba a darle la bienvenida, y pedíale sólo que no perdiera tiempo en Casal, que
ya estaba ocupándose él dello, y que lo ayudara, en cambio, a conquistar
Génova. Invitábasele cortésmente a que no dijera desatinos y poníasele en la
mano una bella pluma de oca para firmar un tratado en el que permitía a los
franceses que hicieran sus comodidades en el Piamonte: como propina obtenía que
le dejaran Trino y que se le impusiera al duque de Mantua que le pagara un
alquiler anual por el Monferrato:
—Ansí
Nevers —decía el comensal—, para haber lo suyo ¡pagaba el alquiler a quien
jamás lo había poseído!
—¡Y pagó!
—reíase otro—. Quel con!
—Nevers
siempre ha pagado por sus locuras —había dicho un abate, que a Roberto habíale
sido presentado como el confesor de Toiras—. Nevers es un loco de Dios que cree
ser San Bernardo. Ha pensado siempre y únicamente en reunir a los príncipes
cristianos en una nueva cruzada. Son tiempos en que los cristianos se matan
entre ellos, figurémonos quién se ocupa ya de los infieles. ¡Señores de Casal,
si de esta amable ciudad queda alguna piedra, Vuestras Mercedes deberán
esperarse que el nuevo señor les invite a todos a Jerusalén!
El abate
sonreía divertido, aderezándose los bigotes rubios y bien cuidados, y Roberto
pensaba: eso es, esta mañana iba a morir por un loco, y a este loco le dicen
loco porque sueña, como yo soñaba, con los tiempos de la bella Melisenda y del
Rey Leproso.
Ni tampoco
los acontecimientos sucesivos permitían a Roberto desembrollarse entre las
razones de aquella historia. Traicionado por Carlos Manuel, Gonzalo de Córdoba
entendía que había perdido la campaña, reconocía el acuerdo de Susa, y recogía
a sus ocho mil hombres en el Milanesado. Una guarnición francesa se instalaba
en Casal, otra en Susa, el resto del ejército de Luis XIII volvía a pasar los
Alpes para ir a liquidarse a los últimos hugonotes en el Languedoc y en el
valle del Ródano.
Pero nadie
entre aquellos gentileshombres tema intención de mantener fe a los pactos, y
los comensales lo contaban como si fuera algo completamente natural, antes,
algunos asentían observando que «la Raison d'Estat, ah, la Raison d'Estat». Por
razones de estado, Olivares —Roberto entendía que era algo así como un
Richelieu español, aunque menos sonreído por la fortuna— daba en la cuenta de
la reputación que había perdido, despachaba de mala manera a Gonzalo, ponía en
su lugar a Ambrosio Espínola y mandaba decir que la ofensa hecha a España iba
en detrimento de la Iglesia.
—Historias
—observaba el abate—, Urbano VIII había favorecido la sucesión de Nevers.
Y Roberto
a preguntarse qué tenía que ver el Papa con asuntos que no tenían ninguna
pertinencia con cuestiones de fe.
Entre
tanto el emperador, y quién sabe lo que Olivares lo apremiaría, y de qué mil
maneras, acordábase de que Mantua estaba aún bajo comisariato, y que Nevers no
podía ni pagar ni no pagar por algo que todavía no le correspondía; perdía la
paciencia y mandaba veinte mil hombres a sitiar la ciudad. El Papa, al ver que
mercenarios protestantes hacían correrías por Italia, pensaba inmediatamente en
otro saco de Roma, y enviaba tropas a la frontera del Mantuano. El Espínola,
más ambicioso y resuelto que Gonzalo, decidía volver a sitiar Casal, pero esta
vez en serio. En definitiva, concluía Roberto, para evitar las guerras no
habría que hacer jamás tratados de paz.
En
diciembre del año 29, los franceses volvían a franquear los Alpes. Carlos
Manuel, según los pactos, habría debido dejarlos pasar, pero así, para dar
prueba de lealtad, volvía a proponer sus pretensiones sobre el Monferrato y
solicitaba seis mil soldados franceses para sitiar Génova, que desde luego era
su idea fija. Richelieu, que lo consideraba una serpiente, no decía ni que sí
ni que no. Un capitán, que vestía en Casal como si estuviera en la corte,
evocaba una jornada del pasado febrero:
—Una gran
fiesta, amigos míos, faltaban los músicos del palacio real, ¡mas había cajas y
clarines! ¡Su Majestad, seguido por el ejército, cabalgaba ante Turín con un
traje negro bordado de oro, una pluma en el sombrero y la coraza bien
reluciente!
Roberto se
esperaba el relato de un gran asalto, pero no, también aquello había sido sólo
un desfile; el rey no atacaba, hacía por sorpresa una desviación hacia Pinarolo
y apropiábase della, o volvíase a apropiar, visto que algún centenar de años
antes había sido ciudad francesa. Roberto tenía una vaga idea de dónde estaba
Pina—rolo, y no entendía por qué razón había que tomar a ésta para liberar
Casal.
—¿Acaso
nosotros estamos sitiados en Pinarolo? —preguntábase.
El Papa,
preocupado por los visos que estaban tomando las cosas, mandaba un
representante suyo a Richelieu para recomendarle que devolviera la ciudad a los
Saboya. Los comensales habíanse prodigado en chismes sobre aquel enviado, un
tal Julio Mazzarini: un siciliano, un plebeyo romano, qué va, encarecía las
cosas el abate, el hijo natural de uno de la Ciociaria de oscura cuna,
convertido en capitán no se sabe cómo, que servía al Papa pero que estaba
haciendo toda suerte de cosas para ganarse la confianza de Richelieu, que a
aquesas alturas desvivíase por él. Y era menester no perderlo de vista, ya que
en aquel momento estaba, o iba a salir en dirección de Ratisbona, que está en
los quintos infiernos, y era allá donde decidíanse los destinos de Casal, no con
una que otra mina o contramina.
Entre
tanto, como Carlos Manuel intentaba cortarles las comunicaciones a las tropas
francesas, Richelieu apoderábase también de Annecy y Chambery, y saboyanos y
franceses chocaban en Avigliana. En esta lenta partida, los imperiales
amenazaban Francia entrando en Lorena, Wallenstein estaba moviéndose en ayuda
de los Saboya, y en julio, un puñado de imperiales transportados sobre barcazas
había capturado por sorpresa una esclusa en Mantua, el ejército al completo
había entrado en la ciudad, la había saqueado durante setenta horas, vaciando
el palacio ducal de cabo a cabo y, así, para tranquilizar al Papa, los
luteranos de la armada imperial habían despojado todas las iglesias de la
ciudad. Sí, precisamente aquellos lansquenetes que Roberto había visto, llegados
para ayudar a Espínola.
El
ejército francés todavía estaba ocupado en el norte y nadie sabía decir si
habría llegado a tiempo antes de que Casal cayera. No quedaba sino esperar en
Dios, había dicho el abate:
—Señores,
es virtud política saber que hanse de procurar los medios humanos como si no
hubiese divinos y los divinos como si no hubiese humanos.
—Esperemos
pues en los medios divinos —había exclamado un gentilhombre, pero con tono
poquísimo compungido, y agitando el cáliz tanto que hizo caer el vino sobre la
casaca del abate.
—Vuestra
Merced me ha manchado de vino —había gritado el abate descaeciendo su color
natural, que era la manera en la que se airaban en aquella época.
—Haga
—había respondido el otro—, como si le hubiera sucedido durante la
consagración. Vino aquél, vino éste.
—Señor de
Saint—Savin —había gritado el abate levantándose y llevando la mano a la
espada—, ¡no es la primera vez que Vuestra Merced deshonra su nombre
blasfemando sobre el de Nuestro Señor! ¡Habría hecho mejor, Dios me perdone,
quedándose en París a infamar damas, como es costumbre de Vuestras Mercedes los
pirronianos!
—Vamos
—había contestado Saint—Savin, evidentemente borracho—, nosotros, los
pirronianos, de noche íbamos a bailarles la música a las damas, y los hombres
ahigadados que querían jugar alguna mala pasada uníanse a nosotros. Mas, cuando
la dama no se asomaba, bien sabíamos que no lo hacía por no dejar el lecho que
le estaba calentando el eclesiástico de familia.
Los demás
oficiales habíanse levantado y refrenaban al abate que quería desenvainar la
espada. El señor de Saint—Savin está alterado por el vino, decíanle, había que
concederle algo a un hombre que aquellos días habíase batido bien, y un poco de
respeto por los compañeros muertos había poco.
—Pues sea
—había concluido el abate abandonando la sala—, señor de Saint—Savin, invito a
Vuestra Merced a que termine la noche recitando un De Profundis por nuestros
amigos que han entregado el alma, y me consideraré satisfecho.
El abate
había salido, y Saint—Savin, sentado justo al lado de Roberto, habíase apoyado
sobre su hombro y había comentado:
—Los
perros y los pájaros de río no hacen más ruido que el que hacemos nosotros
aullando un De Profundis. ¿Por qué tantos retoques y tantas misas para
resucitar a los muertos?
Había
vaciado de golpe la copa, había amonestado a Roberto con el dedo levantado,
como para educarlo a una vida recta y a los sumos misterios de nuestra santa
religión:
—Que
Vuestra Merced esté orgulloso: hoy ha acariciado una bella muerte, y condúzcase
en el futuro con la misma negligencia, sabiendo que el alma muere con el
cuerpo. Y vaya, pues, Vuestra Merced a la muerte después de haber gozado la
vida. Somos animales entre los animales, hijos todos de la materia, salvo que
estamos más inermes. Mas ya que, a diferencia de las fieras, sabemos que
debemos morir, preparémonos a ese momento gozando de la vida que nos ha sido
dada por el azar y por azar. Que la sabiduría nos enseñe a emplear nuestros
días para beber y conversar amablemente, como conviene a los gentileshombres,
despreciando las almas ruines. ¡Camaradas, la vida está en deuda con nosotros!
Estamos pudriéndonos en Casal, y hemos nacido demasiado tarde para disfrutar de
los tiempos del buen rey Enrique, cuando en el Louvre te encontrabas con
bastardos, monos, locos y bufones de corte, con enanos y cul—de—jatte, con
músicos y poetas, y el Rey divertíase con ellos. Ahora, jesuítas lascivos como
machos cabríos truenan contra quien lee a Rabelais y a los poetas latinos, y
querríannos a todos virtuosos para matar a los hugonotes. Señor Dios, la guerra
es bella, pero quiero batirme por mi placer y no porque mi rival coma carne el
viernes. Los paganos eran más cuerdos que nosotros. También ellos tenían tres
dioses, pero por lo menos, su madre Cibeles no pretendía haberlos parido
quedándose virgen.
—Señor
—había protestado Roberto, mientras que los demás reían.
—Señor
—había contestado Saint—Savin—, la primera prenda de un hombre de bien es el
desprecio de la religión, que nos quiere temerosos de la cosa más natural del
mundo, que es la muerte, aborrecedores de lo único bello que el destino nos ha
dado, que es la vida, y aspirantes a un cielo donde de eterna beatitud viven
sólo los planetas, que no gozan ni de premios ni de condenas, sino de su eterno
movimiento, en brazos del vacío. Que Vuestra Merced sea fuerte como los sabios
de la antigua Grecia y mire a la muerte con ojo firme y sin miedo. Jesús sudó
demasiado esperándola. ¿Qué tenía que temer, por otra parte, pues habría
resucitado?
—Ya basta,
señor de Saint—Savin —habíale casi prevenido un oficial tomándolo por el
brazo—. No dé mal ejemplo a este nuestro joven amigo, que todavía no sabe que
en París hoy día la impiedad es la forma más exquisita del bon ton, y
podría tomarle demasiado en serio. Y váyase a dormir también Vuestra Merced,
señor de la Grive. Sepa que el buen Dios es tan socorredor que perdonará
también al señor de Saint—Savin. Como decía aquel teólogo, fuerte es un rey que
todo lo acaba, más fuerte una mujer que todo lo recaba, pero aún más fuerte el
vino que ahoga la razón.
—Cita a
medias, señor —había farfullado Saint—Savin mientras dos de sus camaradas lo
arrastraban fuera casi en volandas—, esta frase atribúyesele a la Lengua, que
había añadido: aún más fuerte es, con todo y eso, la verdad y yo que la
mantengo. Y mi lengua, aunque la mueva ya con esfuerzo, no callará. El sabio no
debe atacar la mentira sólo a golpes de espada sino también a golpes de lengua.
Amigos, ¿cómo podéis llamar socorredora a una divinidad que quiere nuestra
infelicidad eterna sólo para calmar su cólera de un instante? ¿Nosotros hemos
de perdonar a nuestro prójimo y él no? ¿Y deberíamos amar a un ser tan cruel?
El abate me ha llamado pirroniano, pero nosotros los pirronianos, si así él
quiere, nos preocupamos de consolar a las víctimas de la impostura. Una vez,
con tres compadres, repartimos entre las damas unos rosarios con medalli—tas
obscenas. ¡Si supierais lo devotas que se volvieron desde aquel día!
Había
salido, acompañado por las risotadas de toda la brigada, y el oficial había
comentado:
—Si no
Dios, por lo menos nosotros le perdonamos su lengua, visto que tiene una tan
bella espada. —Luego a Roberto—: Téngalo Vuestra Merced por amigo, y no lo
contraríe más de lo debido. Ha dejado en el sitio a más franceses él, en París,
por un punto de teología, que los españoles que mi compañía ha pasado por las
armas en estos días. No quisiera tenerlo junto a mí en misa, pero me
consideraría afortunado de tenerlo a mi lado en el campo.
Educado
así a las primeras dudas, otras debía conocer Roberto el día después. Había
vuelto a esa ala del castillo donde había dormido las primeras dos noches con
sus monferrines, para coger su saco, pero le costaba trabajo orientarse entre
patios y pasillos. Por uno de éstos procedía, reparando en que había equivocado
el camino, cuando vio en el fondo un espejo plúmbeo de suciedad, en el cual se
divisó a sí mismo. Acercándose dio en la cuenta de que aquel sí mismo tenía,
sí, su rostro, pero vistosos vestidos a la española, y llevaba los cabellos
recogidos en una cofia de red. No sólo, sino que aquel sí mismo, a un cierto
punto, ya no estaba de frente, sino que desaparecía de lado.
No se
trataba, por tanto, de un espejo. Reparó, en efecto, en que era un ventanal,
con los cristales empolvados, que asomaba a una explanada exterior, de donde se
descendía por una escalera hacia el patio. Así pues, no se había visto a sí
mismo sino a alguien más, muy parecido a él, de quien ahora había perdido el
rastro. Naturalmente, pensó inmediatamente en Ferrante. Ferrante lo había
seguido, o precedido a Casal, quizá estaba en otra compañía del mismo
regimiento, o en uno de los regimientos franceses y, mientras él arriesgaba su
vida en el fuerte, aquél obtenía de la guerra quién sabe cuáles ventajas.
En esa
edad, Roberto inclinábase ya a sonreír de sus fantasías pueriles sobre
Ferrante, y reflexionando sobre su visión convencióse bien pronto de que había
visto sólo a alguien que podía vagamente asemejársele.
Quiso
olvidar lo acaecido. Durante años había rumiado acerca de un hermano invisible,
aquella noche había creído verlo pero, precisamente (se dijo intentando con la
razón contradecir a su corazón), si alguien había visto, no era figmento, y
puesto que Ferrante era figmento, aquél que había visto no podía ser Ferrante.
Un maestro
de lógica habría objetado a aquel paralogismo, pero por el momento a Roberto
podía bastarle.
6 GRAN
ARTE DE LA LUZ Y DE LA SOMBRA
Después de
haber dedicado su carta a los primeros recuerdos del asedio, Roberto había
encontrado algunas botellas de vino de España en el camarote del capitán. No
podemos reconvenirle si, encendido el fuego y preparada una sartén de huevos
con migajas de pescado ahumado, descorchara una botella y se concediera una
cena opípara en una mesa casi aderezada con arte. Si náufrago debía permanecer
durante mucho tiempo, para no embrutecerse habría debido atenerse a las buenas
costumbres. Acordábase de que en Casal, cuando las heridas y las enfermedades
estaban induciendo ya a los mismos oficiales a comportarse como náufragos, el
señor de Toiras había pedido que, por lo menos en la mesa, cada uno recordara
lo que había aprendido en París:
—Presentarse
con la ropa limpia, y no beber después de cada bocado, y limpiarse antes los
mostachos y la barba, y no relamerse los dedos, y no escupir en el plato, y no
sonarse la nariz con el mantel. ¡No somos imperiales, Señores!
Habíase
despertado la mañana después con el canto del gallo, pero había holgazaneado
durante mucho tiempo. Cuando, en la galería, había vuelto a entreabrir la
ventana, entendió que habíase levantado con retraso respecto del día de antes,
y el alba estaba ya cediendo a la aurora: detrás de las colinas se acentuaba
ahora lo róseo del cielo entre un desvanecerse de nubes.
Como
pronto los primeros rayos habrían iluminado la playa volviéndola insoportable
para la vista, Roberto había pensado en mirar allá donde el sol todavía no
dominaba, y a lo largo de la galería habíase llegado al otro bordo del Daphne,
hacia la tierra occidental. Se le presentó inmediatamente como un quebrado
perfil turquesa que, con el pasar de pocos minutos, estábase dividiendo ya en
dos franjas horizontales: un cepillo de espesura y palmeras claras fulguraba
bajo la mancha lóbrega de las montañas, sobre la cual dominaban aún obstinadas
las nubes de la noche. Lentamente éstas, negrísimas todavía en el centro,
estaban disgregándose en los bordes en una mixtura blanca y rosa.
Era como
si el sol, en vez de herirlas de frente, estuviera industriándose en nacer
desde su interior, y ellas, aun desmayándose de luz en las márgenes,
hinchiéranse turgentes de calina, rebelándose a licuarse en el cielo para
transformarlo en espejo fiel del mar, ahora prodigiosamente claro, deslumbrado
por manchas centelleantes, como si por él bancos de peces dotados de interna
lámpara transitaran. En breve, sin embargo, las nubes habían cedido a la
invitación de la luz, y habíanse alumbrado a sí mismas, abandonándose sobre las
cumbres, y por un extremo, se adherían a las laderas condensándose y
depositándose como nata, esponjosa allá donde rebosaba hacia abajo, más
compacta en la cima, en la que formaban un ventisquero; y por el otro, al
transformarse su nevado vértice en una lava sola de hielo, estallaban en el
aire cual setas, exquisitas erupciones en un país de Jauja.
Lo que
veía podía bastar, quizá, para justificar su naufragio: no tanto por el placer
que esa móvil actitud de la naturaleza le provocaba, sino por la luz que
aquella luz arrojaba sobre palabras que había oído al Canónigo de Digne.
Hasta
entonces, en efecto, habíase preguntado a menudo si no estaba soñando. Lo que
le estaba acaeciendo no solía sucederles a los humanos, o podía a lo sumo
recordarle los libros de la infancia: cual criatura de sueño eran tanto el
navío como los seres que en él había encontrado. De la misma substancia de la
que están hechos los sueños parecían las sombras que desde hacía tres días lo
envolvían y, con el entendimiento frío, daba en la cuenta de que incluso los
colores que había admirado en el vergel y en la pajarera habíanle resultado
brillantes sólo a sus ojos asombrados, cuando en realidad se manifestaban sólo
a través de aquel lustre de viejo laúd que recubría todos los objetos del
navío, en una luz que ya había acariciado baos y cuadernas de maderas curadas,
encostradas de aceites, barnices y breas... ¿No habría podido ser, por tanto,
un sueño también el gran teatro de celestes artificios que él creía ver ahora
en el horizonte?
No, se
dijo Roberto, el dolor que esta luz procura agora a mis ojos me dice que no
sueño, sino que veo. Las niñas de mis ojos sufren por la tempestad de átomos
que, como desde un gran bajel de guerra, me bombardean desde aquella ribera, y
no es la visión sino este encuentro del ojo con el polvorear de la materia que
lo golpea. Es verdad, habíale dicho el Canónigo, que no es que los objetos
desde lejos te envíen, como quería Epicuro, unos simulacros perfectos que
manifiestan la forma externa y la naturaleza oculta. Tú obtienes sólo
signáculos, indicios, para obtener la conjetura que llamamos visión. Pero el
hecho mismo de que él, poco antes, hubiera nombrado mediante varios tropos lo
que creía ver, creando en forma de palabras lo que aquese algo aún informe
sugeríale, le confirmaba que, precisamente, estaba viendo. Y entre las muchas
certidumbres cuya ausencia lamentamos, una sola está presente, y es que todas
las cosas se nos aparecen como se nos aparecen, y no es posible que no sea
absolutamente verdadero que se nos aparecen precisamente así.
Viendo y
estando seguro de ver, Roberto tenía la única seguridad sobre la cual los
sentidos y la razón podían contar, esto es, la certeza de que él veía algo: y
ese algo era la única forma de ser de la que podía hablar, no siendo el ser
sino el gran teatro de lo visible dispuesto en la cuenca del Espacio. Lo cual
mucho nos declara sobre aquel siglo singular.
Él estaba
vivo, en estado de vigilia, y allá al fondo, isla o continente que fuere, había
una cosa. Qué podía ser, no lo sabía: así como los colores dependen tanto del
objeto del cual reciben la impresión, por la luz que de ellos se refleja, como
del ojo que los fija, así la tierra más lejana se le aparecía como verdadera en
su ocasional y transitorio connubio de la luz, de los vientos, de las nubes, de
sus ojos exaltados y afligidos. Quizá mañana, o dentro de pocas horas, aquella
tierra habría sido diferente.
Lo que él
veía no era sólo el mensaje que el cielo le enviaba, sino el resultado de una
amistad entre el cielo, la tierra y la posición (y la hora, y la estación, y el
ángulo) desde la cual él miraba. A buen seguro, si el navío hubiera echado
anclas a lo largo de otra diagonal de la rosa de los vientos, el espectáculo
habría sido diferente, el sol, la aurora, el mar y la tierra habrían sido otro
sol, otra aurora, un mar y una tierra gemelos pero disformes. Aquella infinidad
de los mundos de la que le hablaba Saint—Savin no había que buscarla solamente
allende las constelaciones, sino en el centro mismo de aquella burbuja del
espacio de la cual él, puro ojo, era ahora origen de infinitas paralajes.
Le
concederemos a Roberto, entre tantos trabajos, no haber conducido más allá de
tal signo sus especulaciones fueren de metafísica, fueren de física de los
cuerpos; también porque veremos que lo hará más tarde y más de lo debido;
aunque ya en este punto nos lo encontramos meditando que, si podía existir un
solo mundo en el que aparecieran islas diferentes (muchas en ese momento para
muchos robertos que miraran desde muchos navíos dispuestos en diferentes grados
de meridiano), entonces en este solo mundo podían aparecer y mezclarse muchos
robertos y muchos ferrantes. Quizá aquel día en el castillo habíase movido, sin
advertirlo, pocas brazas respecto del monte más alto de la Isla del Hierro, y
había visto el universo habitado por otro Roberto, no condenado a la conquista
del fuerte de extramuros, o salvado por otro padre que no había matado al
español gentil.
Pero ante
estas consideraciones, Roberto, sin duda, se retiraba para no confesar que
aquel cuerpo lejano, que se hacía y deshacía en metamorfosis voluptuosas,
habíase convertido para él en anagrama de otro cuerpo, que habría querido
poseer; y, puesto que la tierra le sonreía lánguida, habría querido alcanzarla
y confundirse con ella, pigmeo dichoso en los senos de aquella airosa giganta.
No creo,
sin embargo, que fuera el pudor, sino el miedo de la luz en demasía el que le
indujo a recogerse. Y quizá otro señuelo. En efecto, había oído a las gallinas
anunciar nueva provisión de huevos, y ocurriósele la idea de concederse para la
noche también un pollastro asado. Empero tomóse su tiempo para aderezarse, con
las tijeras del capitán, bigotes, barba y cabellos, todavía de náufrago. Había
decidido vivir su naufragio como un retiro en la quinta del campo, que
ofrecíale una reposada suite de albas, auroras, y (de antemano saboreaba)
ocasos.
Bajó,
entonces, menos de una hora después que las gallinas hubieran cantado, y reparó
inmediatamente en que, si habían puesto huevos (y no podían haber mentido
cantando), de huevos él no veía ni rastro. No sólo, sino que todos los pájaros
tenían nuevos granos, bien repartidos, como si todavía no hubieran escarbado en
ellos.
Embargado
por una sospecha, había vuelto al vergel, para descubrir que, como el día de
antes y aún más que el día de antes, las hojas estaban lustrosas de rocío, las
campánulas recogían agua límpida, la tierra en las raíces estaba húmeda, el
lodo aún más fangoso: señal pues de que alguien en el curso de la noche había
ido a regar las plantas.
Caso
curioso, su primer movimiento fue de celos: alguien tenía señorío de su mismo
navío y le escamoteaba esos cuidados y esas ventajas a las que tenía derecho.
Perder el mundo para conquistar un navío abandonado, y después dar en la cuenta
de que alguien más lo habitaba, le sonaba tan insoportable como temer que su
Señora, inaccesible término de su deseo, pudiera convertirse en presa del deseo
ajeno.
Luego
sobrevino una más razonada perturbación. Así como el mundo de su infancia
estaba habitado por Otro que lo precedía y lo seguía, evidentemente el Daphne
tenía dobles fondos y repositorios que él no conocía todavía, y en los que
vivía un huésped escondido, que recorría sus mismas sendas en cuanto él habíase
alejado, o un instante antes de que él las recorriera.
Corrió a
esconderse él, en sus aposentos, como el avestruz africano, que ocultando la
cabeza cree borrar el mundo.
Para
alcanzar el alcázar había pasado ante el umbral de una escalera que conducía a
la bodega: ¿qué se celaba allá abajo, si en la entrepuentes había encontrado
una isla en miniatura? ¿Era aquél el reino del Intruso? Nótese que estaba
portándose ya con el navío como con un objeto de amor que, en cuanto se lo
descubre y se descubre quererlo, todos aquellos que antes lo hubieran tenido se
convierten en usurpadores. Y es entonces cuando Roberto confiesa, escribiéndole
a la Señora, que la primera vez que él la había visto, y la había visto
precisamente siguiendo la mirada de otro que se posaba en ella, había
experimentado el estremecimiento de quien vislumbra un gusano en una rosa.
Darían
ganas de sonreír ante tal acceso de celos por un buque con olor a pescado, humo
y heces, pero Roberto estaba perdiéndose ya en un inestable laberinto donde
cada bifurcación lo llevaba de nuevo y siempre a una sola imagen. Sufría tanto
por la Isla que no tenía como por la nave que lo tenía —inabordables ambas, la
una por su distancia, la otra por su enigma— ambas ocupando el lugar de una
amada que lo eludía alentándolo con promesas que él se hacía solo. Y yo no
sabría explicar, si no, esta carta en la que Roberto se difunde en quejumbrosos
ornamentos sólo para decir, a fin de cuentas, que Alguien lo había privado de
la comida matutina.
Señora:
¿Cómo
puedo esperar merced de quien en vivo fuego de amor me abrasa? ¿Mas a quién
sino a Vos puedo poner a parte de mi pena, buscando alivio, si no en vuestro
oído, por lo menos en estas mis sin fruto mensajeras? Mirad que si amor es una
medicina que a todos ¡os dolores remedia con un dolor aún mayor, ¿no podré
entenderlo acaso como pena que por rigor mata toda otra pena, y de todas las
penas se convierte en fármaco, salvo de sí misma? Ya que si alguna vez vi
belleza, y deséela, no fue sino sueño de la Vuestra, ¿por qué habría de dolerme
de que otra belleza séame igualmente sueño? Peor sería si aquélla hiciere mía,
y me llenare de satisfacción, dejando de padecer con vuestra imagen: que de
bien escasa medicina habría gozado, y el mal hallaríase acrecentado por el
remordimiento de tamaña infidelidad. Mejor fiar en vuestra imagen, más aún
agora que he entrevisto, una vez más, un enemigo cuyos rasgos no conozco y
quisiere quizá no conocer jamás. Para ignorar ese espectro odiado, me ampare
vuestro amado fantasma. Que de mí haga amor fragmento insensible, mandrágora,
manantial de piedra que lave llorando toda congoja...
Pero,
atormentándose como se atormenta, Roberto no se convierte en manantial de
piedra, e inmediatamente conduce la congoja que advierte a la otra congoja
experimentada en Casal, y con unos efectos, como veremos, mucho más aciagos.
7 PAVANE
LACHRYME
La
historia es tan límpida como oscura. Mientras se sucedían pequeñas escaramuzas,
que tenían la misma función que puede desempeñar, en el juego del ajedrez, no
la jugada, sino la mirada que comenta el indicio de movimiento por parte del
adversario, para hacerle desistir de una apuesta ganadora, Toiras había
decidido que se debía intentar una salida más substanciosa. Estaba claro que el
juego se hacía entre espías y contraespías: en Casal habíase corrido la voz de
que la armada de socorro estaba aproximándose, guiada por el rey en persona,
con el señor de Montmorency que llegaba de Asti y con los mariscales de Créqui
y de la Forcé desde Ivrea. Falso, como Roberto aprendía por las iras de Toiras
cuando recibía un correo desde el norte: en este intercambio de mensajes,
Toiras hacía saber a Richelieu que ya no le quedaban vituallas y el cardenal
respondíale que el señor Agencourt había inspeccionado en su momento los
almacenes y decidido que Casal habría podido resistir óptimamente durante todo
el verano. La armada se habría movido en agosto, aprovechando en su camino las
cosechas recién concluidas.
Roberto se
asombró de que Toiras instruyera a unos corsos para que desertaran y fueran a
referir a Espínola que la armada era esperada sólo hacia septiembre. Pero le
oyó explicar a su estado mayor:
—Si el
Espínola cree tener tiempo, tiempo se tomará para construir sus minas, y
nosotros lo tendremos para construir contraminas. Si, en cambio, piensa que la
llegada de los socorros es inminente, ¿qué le queda? No, desde luego, dirigirse
contra la armada francesa, porque sabe que no tiene fuerzas suficientes;
tampoco esperarla, porque luego sería sitiado a su vez; tampoco hacer retorno a
Milán y preparar una defensa del Milanesado, porque el honor le impide
retirarse. No le quedaría entonces sino conquistar inmediatamente Casal. Mas
como no puede hacerlo con un ataque frontal, deberá gastar una fortuna
solicitando traiciones. Y desde ese momento, todo amigo se convertiría para
nosotros en enemigo. Mandemos pues espías al Espínola para convencerle del retraso
de los refuerzos, permitámosle construir minas allá donde no nos estorben
demasiado, destruyámosle las que de verdad nos amenazan, y dejemos que se agote
en este juego. Señor Pozzo, Vuestra Merced conoce el terreno: ¿dónde debemos
concederle tregua y dónde tenemos que bloquearlo a toda costa?
El viejo
Pozzo, sin mirar los mapas (que le parecían demasiado engalanados para ser
verdaderos) e indicando con la mano desde la ventana, explicó cómo en ciertos
parajes el terreno era notoriamente desmoronadizo, infiltrado por las aguas del
río, y ahí Espínola podría excavar todo lo que quisiere que sus minadores
habríanse sofocado engullendo babosas. Mientras, en otros parajes, excavar
galerías era un placer, y allí era preciso batir con la artillería y hacer
salidas.
—Está bien
—dijo Toiras—, mañana, por tanto, les obligaremos a moverse para defender sus
posiciones fuera del baluarte San Carlos, y luego los cogeremos por sorpresa
fuera del baluarte San Jorge.
Preparóse
bien el juego, con instrucciones precisas a todas las compañías. Y como Roberto
había demostrado tener bella escritura, Toiras lo mantuvo ocupado desde las
seis de la tarde hasta las dos de la madrugada dictándole mensajes, luego
pidióle que durmiera vestido en un arquibanco delante de su aposento, para
recibir y controlar las respuestas, y despertarle si surgía algún percance. Lo
cual sucedió más de una vez desde las dos hasta el alba.
La mañana
siguiente, las tropas estaban a la espera en las estradas en cubierta de la
contraescarpa y dentro de las murallas. A un gesto de Toiras, que controlaba la
empresa desde la ciudadela, un primer contingente, harto numeroso, movióse en
la dirección engañosa: primero, una vanguardia de alabarderos y mosqueteros,
con una reserva de cincuenta mosquetones que seguíanlos a poca distancia,
luego, de manera descarada, un cuerpo de infantería de quinientos hombres y dos
compañías de caballería. Era un gran desfile, y con la clarividencia de lo que
fue, se entendió que los españoles habíanlo tomado por tal.
Roberto
vio a treinta y cinco hombres que bajo el mando del capitán Columbat lanzábanse
en concierto desordenado contra una trinchera, y al capitán español que asomaba
de la barricada y hacíales un gran saludo. Columbat y los suyos, por educación,
habíanse detenido y habían respondido con igual cortesía. Después de lo cual
los españoles daban signos de retirarse y los franceses marcaban el paso;
Toiras hizo expedir un cañonazo desde las murallas sobre la trinchera, Columbat
entendió la invitación, ordenó el asalto, la caballería siguió atacando la
trinchera desde sendos flancos, los españoles de mala gana volviéronse a
colocar en posición y fueron arrollados. Los franceses estaban como
enloquecidos y algunos, mientras daban heridas, gritaban los nombres de los
amigos muertos en las salidas precedentes, «¡esto por Bessiéres, esto por la
casina del Bricchetto!» La excitación era tal que, cuando Columbat quiso
agrupar el escuadrón no lo consiguió, y los hombres estaban ensañándose aún
sobre los caídos, mostrando en dirección de la ciudad sus trofeos, aretes,
cinturones, asadores de sombreros agitando las picas.
No se
produjo enseguida el contraataque, y Toiras cometió el error de juzgarlo un
error, mientras tratábase de un cálculo. Considerando que los imperiales
estarían ocupados enviando otras tropas para contener aquel asalto, invitábalos
con otros cañonazos, pero aquéllos se limitaron a tirar contra la ciudad y una
bala arruinó la iglesia de San Antonio, justo al lado del cuartel general.
Toiras
consideróse satisfecho, y dio orden al otro grupo de que se moviera desde el
baluarte San Jorge. Pocas compañías, pero bajo el mando del señor de la Grange,
vigoroso como un adolescente a pesar de sus cincuenta y cinco años. Y, espada
en ristre, la Grange había comandado la carga contra una capilla abandonada, a
lo largo de la cual corrían los trabajos de una trinchera ya avanzada, cuando,
de improviso, detrás de un refosero había asomado el grueso de la armada
enemiga, que desde hacía horas esperaba esa cita.
—Traición
—había gritado Toiras bajando a la puerta, y había mandado a la Grange que se
retirara.
Poco
después, un abanderado del regimiento Pompadour habíale conducido, atado con
una cuerda por las muñecas, un mancebo casales, que había sido sorprendido en
una pequeña torre cerca del castillo mientras con un trapo blanco hacía señales
a los sitiadores. Toiras había hecho que se tumbara en el suelo, habíale
introducido el pulgar de la mano derecha bajo el gatillo levantado de su
pistola, había apuntado el cañón hacia su mano izquierda, había puesto el dedo
en la llave y habíale preguntado:
—Et alors?
El
muchacho había entendido al vuelo el mal quite y había empezado a hablar: la
noche de antes, hacia la media noche, delante de la iglesia de Santo Domingo,
un cierto capitán Gambero habíale prometido seis pistolas de oro, dándole tres
de adelanto, si hacía lo que luego había hecho, en el momento en que las tropas
francesas se movían desde el baluarte San Jorge. Es más, el mancebo tenía el
aspecto de pretender las pistolas restantes, sin entender bien el arte militar,
como si Toiras tuviera que complacerse con su servicio. Y a un cierto punto,
había reparado en Roberto y habíase puesto a gritar que el mal afamado Gambero
era él.
Roberto
estaba atónito, el padre Pozzo habíase abalanzado sobre el vil calumniador y
habríalo ahogado si algunos gentileshombres del séquito no lo hubieran
contenido. Toiras había recordado inmediatamente que Roberto había estado toda
la noche a su lado y que, aunque de buena catadura, nadie habría podido tomarlo
por un capitán. Entre tanto, otros habían apurado que un capitán Gambero
existía de verdad, en el regimiento Bassiani, y lo habían llevado a empellones
y espaldarazos ante Toiras. Gambero pregonaba su inocencia y, en efecto, el
muchacho prisionero no lo reconocía, pero por prudencia, Toiras hizo que lo
encerraran. Como último elemento de desorden, alguien había ido a referir que,
mientras las tropas de la Grange se retiraban, desde el baluarte San Jorge
alguien habíase dado a la fuga, alcanzando las líneas españolas, acogido por
manifestaciones de júbilo. No se sabía decir mucho, salvo que era mozo, y
vestido a la española con una cofia de red en el cabello. Roberto pensó
inmediatamente en Ferrante. Pero lo que más le impresionó fue el aire de recelo
con que los comandantes franceses miraban a los italianos en el séquito de
Toiras.
—¿Basta
una canalla para detener a un ejército? —oyó que su padre preguntaba, mientras
señalaba a los franceses que se retiraban.
—Perdóneme
querido amigo —dijo Pozzo hacia Toiras—, es que aquí se les está viniendo a las
mientes que nosotros los de estas partes somos todos un poco como ese
calandrajo de Gambero, ¿o voy descaminado? —Y mientras Toiras profesábale
aprecio y amistad, pero con aire distraído, dijo—: Ya es suficiente. Se me hace
que están todos cagados y a mí esta historia se me ataruga. Estoy hasta la
coronilla de esos españoles de mierda y si me lo permiten me cargo a dos o
tres, así, para hacer ver que nosotros sabemos bailar la chacona cuando es
menester, y cuando nos da, no miramos a nadie a la cara. Mordioux!
Había
salido por la puerta y cabalgaba como una furia, la espada en ristre, contra
las formaciones enemigas. No quería, evidentemente, ponerlas en fuga, pero
habíale parecido oportuno actuar por su cuenta, para hacérselo ver a los demás.
Como
prueba de intrepidez fue buena, como empresa militar pésima. Una bala le dio en
la frente y lo abatió sobre la grupa de su Pañufli. Una segunda descarga se
alzó contra la contraescarpa, y Roberto sintió un golpe violento en la sien,
como una piedra, y vaciló. Le habían dado de refilón, pero se liberó de los
brazos de quien lo estaba sosteniendo. Gritando el nombre de su padre habíase
erguido, y había divisado a Pañufli que, incierto, galopaba con el cuerpo del
amo, exánime, en una tierra de nadie.
Se llevó,
una vez más, los dedos a la boca y emitió su silbido. Pañufli oyó y volvió
hacia las murallas, pero despacio, con un pequeño trote solemne, para no apear
de la silla a su caballero que ya no le apretaba imperiosamente los ijares.
Había retornado relinchando su pavana por el señor difunto, devolviéndole el
cuerpo a Roberto, que había cerrado aquellos ojos aún abiertos y limpiado aquel
rostro rociado de sangre ya coagulada, mientras a él la sangre aún viva le
surcaba la mejilla.
Quién sabe
si el tiro no le tocó un nervio: el día después, recién salido de la catedral
de San Evasio en la que Toiras había querido exequias solemnes para el señor
Pozzo de San Patricio de la Griva, costábale trabajo soportar la luz del día.
Quizá los ojos estaban enrojecidos por las lágrimas, el hecho es que desde
aquel momento, empezaron a dolerle. Hoy en día los estudiosos de la psiquis
dirían que, habiendo entrado su padre en la sombra, en la sombra quería entrar
también él. Roberto poco sabía de la psiquis, pero esta figura de discurso
podría haberle atraído, al menos a la luz, o a la sombra, de lo que acaeció a
continuación.
Considero
que Pozzo murió por un punto de honor, lo que me parece soberbio, pero Roberto
no conseguía apreciarlo. Todos le elogiaban el heroísmo del padre, él hubiera
debido soportar el luto con braveza, y sollozaba. Recordando que el padre le
decía que un hidalgo debe acostumbrarse a soportar con ojo seco los golpes de
la adversa fortuna, disculpábase por su debilidad (ante el padre que ya no
podía pedirle razón), repitiéndose que era la primera vez que se convertía en
huérfano. Creía tener que acostumbrarse a la idea, y todavía no había entendido
que a la pérdida de un padre es inútil acostumbrarse, porque no sucederá una
segunda vez: tanto vale dejar la herida abierta.
Empero,
para dar un sentido a lo que había sucedido, no pudo sino recurrir una vez más
a Ferrante. Ferrante, siguiéndole de cerca, había vendido al enemigo los
secretos de los que él estaba en conocimiento, y luego desvergonzadamente había
alcanzado las filas adversarias para regodearse con el merecido galardón: el
padre, que había entendido, había querido lavar de aquella manera el honor
mancillado de la familia, y reverberar sobre Roberto el lustre de su propia
valentía, para purificarlo de aquella media tinta de recelo que acababa de
difundirse sobre él, inculpado. Para no hacer inútil su muerte, Roberto le
debía la conducta que todos en Casal se esperaban del hijo del héroe.
No podía
hacer de otra forma: era ya el señor legítimo de la Griva, heredero del nombre
y de los bienes de familia, y Toiras no osó emplearlo en pequeñas tareas; ni
podía llamarlo a las grandes. Así, habiéndose quedado solo, para poder sostener
su nuevo papel de huérfano ilustre, encontróse que estaba aún más solo, sin ni
siquiera el apoyo de la acción: en lo más vivo de un cerco, aliviado de todo
compromiso, preguntábase cómo emplear sus días de cercado.
8 LA
DOCTRINA CURIOSA DE LOS INGENIOS DE AQUEL TIEMPO
Suspendiendo
un instante la onda de los recuerdos, Roberto había dado en la cuenta de que
había evocado la muerte del padre no con el designio piadoso de mantener
abierta aquella llaga de Filoctetes, sino por puro accidente, mientras
desenterraba el espectro de Ferrante, despertado por el espectro del Intruso
del Daphne. Los dos le parecían ya tan de puro gemelos que decidió
eliminar al más débil para tener razón sobre el más fuerte.
En
definitiva, se dijo, ¿diose en aquellos días de sitio que yo tuviera aún
indicios de Ferrante? No. Antes bien, ¿qué aconteció? Que de su inexistencia me
convenció Saint—Savin.
En efecto,
Roberto había trabado amistad con el señor de Saint—Savin. Habíale vuelto a ver
en el funeral, y había recibido una manifestación de afecto de su parte. Ya no
embargado por el vino, Saint—Savin era un caballero cabal. Pequeño de estatura,
nervioso, pronto, con la cara marcada, quizá por los desenfrenos parisinos que
relataba, no debía de tener aún treinta años.
Habíase
disculpado por sus intemperancias en aquella cena, no de lo que había dicho,
sino de sus maneras descorteses al decirlo. Y se había hecho narrar casos del
señor Pozzo, y Roberto le fue grato de que, por lo menos, simulara tanto
interés. Le contó cómo el padre le había enseñado lo que sabía de esgrima,
Saint—Savin hizo varias preguntas, se apasionó ante la mención de cierta treta,
desenvainó la espada, allá en medio de una plaza, y quiso que Roberto le
enseñara el lance. O lo conocía ya o era harto veloz, porque lo paró con
destreza, mas reconoció que era astucia de alta escuela.
Para dar
las gracias, indicó sólo una treta suya a Roberto. Hízole ponerse en guardia,
se intercambiaron algunas fintas, esperó al primer asalto, de repente, pareció
resbalar al suelo y, mientras Roberto suspenso se descubría, ya se había
levantado como de milagro y habíale hecho saltar un botón de la casaca, como
prueba de que habría podido herirle si hubiera empujado más a fondo.
—¿Os
gusta, amigo mío? —dijo mientras Roberto saludaba dándose por vencido—. Es el
Coup de la Mouette, o de la Gaviota, como decís vosotros. Si un día vais por
mar veréis que estos pájaros bajan derechamente como si cayeran, pero en cuanto
están a ras del agua vuelven a levantarse con alguna presa en el pico. Es una
treta que requiere largo ejercicio, y no siempre sale. No le salió, conmigo, al
matasiete que la había inventado. Y así me regaló la vida y su secreto. Creo
que sintió más perder el segundo que la primera.
Habrían
continuado durante mucho tiempo si no se hubiera congregado una pequeña
multitud de burgueses.
—Detengámonos
—dijo Roberto—, no quisiera que alguien observara que he olvidado mi luto.
—Estáis
honrando mejor agora a vuestro padre —dijo Saint—Savin—, recordando sus
enseñanzas, que antes cuando escuchabais un mal latín en la iglesia.
—Señor de
Saint—Savin —habíale dicho Roberto—, ¿no teméis acabar en la hoguera?
Saint—Savin
púsose sombrío por un instante.
—Cuando
tenía más o menos vuestra edad admiraba al que fue—me hermano mayor. Como a un
filósofo antiguo llamábale Lucrecio, y era filósofo también él, y religioso por
añadidura. Acabó en la hoguera en Tolosa, pero antes arrancáronle la lengua y
lo ahogaron. Así pues, ved que si nosotros los filósofos somos raudos de lengua
no es sólo, como decía aquel señor la otra noche, para darnos bon ton. Es
para sacarle su partido antes de que nos la arranquen. Es decir, dejadas las
burlas, para romper con los prejuicios y descubrir la razón natural de las
cosas.
—¿Entonces
vos de verdad no creéis en Dios?
—No
encuentro motivos para ello en la naturaleza. Ni soy el único. Estrabón nos
dice que los galicianos no tenían noción alguna de un ser superior. Cuando los
misionarios tuvieron que hablar de Dios a los indígenas de la Indias
Occidentales, cuéntanos Acosta (que bien era jesuíta), tuvieron que usar la
palabra española Dios. No lo creeréis, mas en su idioma no existía ningún
término adecuado. Si la idea de Dios no es conocida en estado de naturaleza,
debe de tratarse, pues, de una invención humana... Pero no me miréis como si no
tuviera sanos principios y no fuera un fiel servidor de mi rey. Un verdadero
filósofo no demanda en absoluto subvertir el orden de las cosas. Lo acepta.
Pide sólo que le sea permitido cultivar los pensamientos que consuelan a un ánimo
fuerte. Para los demás, suerte que haya papas y obispos que refrenan a las
muchedumbres de la rebelión y del delito. El orden del Estado exige una
uniformidad de la conducta, la religión es necesaria al pueblo y el sabio debe
sacrificar parte de su independencia para que la sociedad se mantenga firme.
Por lo que a mí respecta, creo ser un hombre probo: soy fiel a los amigos, no
miento, sino cuando hago una declaración de amor, amo la sabiduría y hago, por
lo que dicen, buenos versos. Por esto las damas me juzgan galante. Quisiera
escribir novelas, que están muy de moda, mas pienso en muchas, y no me apresto
a escribir ninguna...
—¿En qué
novelas pensáis?
—A veces
miro la Luna, e imagino que aquellas manchas son cavernas, ciudades, ínsulas, y
los lugares que resplandecen son aquellos donde el mar recibe la luz del sol
como el cristal de un espejo. Quisiera contar la historia de su rey, de sus
guerras y de sus revoluciones, o de la infelicidad de los amantes de allá
arriba, que en el curso de sus noches suspiran mirando nuestra Tierra. Me
gustaría contar de la guerra y de la amistad entre las varias partes del
cuerpo, los brazos que dan batalla a los pies, y las venas que hacen el amor
con las arterias, o los huesos con la médula. Todas las novelas que quisiera
hacer me persiguen. Cuando estoy en mi aposento me parece que están todas en
derredor mío, como unos Diablillos, y que una me tira de una oreja, la otra de
la nariz, y que cada una me dice «señor, hágame, soy bellísima». Luego doy en
la cuenta de que puede contarse una historia igualmente bella inventando un
duelo original: por ejemplo, batirse, y convencer al rival de que reniegue de
Dios, y entonces traspasarle el pecho de suerte que muera réprobo. Alto, señor
de la Grive, fuera la espada una vez más, así, parad. ¡Aja! Ponéis los talones
en la misma línea: está mal, se pierde la firmeza de la pierna. La cabeza no
hay que mantenerla derecha, porque la distancia entre el hombro y la cabeza
ofrece una superficie exagerada a los acometimientos del adversario...
—Es que yo
cubro la cabeza con una treta de segunda intención.
—Error, en
esa posición se pierde fuerza. Y luego, yo he abierto con un asalto a la
tudesca, y vos os habéis puesto en guardia a la italiana. Mal. Cuando hay una
levada que combatir es menester imitarla lo más posible. Pero no me habéis
dicho de vos, y de vuestras peripecias antes de venir a parar a este valle de
polvo.
No hay
nada como un adulto capaz de brillar por perversas paradojas que pueda fascinar
a un joven, el cual al punto quisiera emularlo. Roberto abrióle su corazón a
Saint—Savin, y para hacerse interesante, visto que sus primeros diez y seis
años de vida ofrecíanle bien pocas ocasiones, contóle de su obsesión por el
hermano ignoto.
—Habéis
leído demasiadas novelas —dijóle Saint—Savin—, e intentáis vivir una, porque la
tarea de una novela es enseñar deleitando, y lo que enseña es a reconocer las
insidias del mundo.
—¿Y qué me
enseñaría la que vos llamáis la novela de Ferrante?
—La Novela
—explicóle Saint—Savin— debe tener siempre por fundamento un equívoco, o de una
persona, o de una acción, o lugar, o tiempo, o de una circunstancia, y de estos
equívocos fundamentales deben nacer otros muchos equívocos, episodios, enredos,
y acontecimientos, y finalmente no esperados y agradables conocimientos. Digo
equívocos como la muerte no verdadera de un personaje, o cuando una persona es
muerta en lugar de otra, o los equívocos de cantidad, como cuando una mujer
cree muerto al propio amante y se casa con otro, o de cualidad, cuando yerra el
juicio de los sentidos, o como cuando se da sepultura a alguien que parece
muerto, y está, en cambio, bajo el imperio de una poción somnífera; o aún,
equívocos de relación, como cuando al uno se le presume injustamente matador
del otro; o de instrumento, como cuando se finge degollar a alguien usando un
arma tal que, al tiempo de herir, la punta no entre en la garganta, antes sí se
retire dentro del mango y apretando una esponja empapada de sangre haga parecer
una herida mortal... Por no hablar de las falsas misivas, de las fingidas
voces, de las cartas no recaudadas en tiempo y lugar, o recibidas la una por la
otra, o uno por otro. Y de estas estratagemas, la más celebrada, pero demasiado
común, es la que lleva a tomar una persona por otra, y dar razón del
trastrueque mediante el Sosia... El Sosia es un reflejo que el personaje
arrastra a sus espaldas o que le precede en toda circunstancia. Grande y bella
maquinación, por la cual el lector se identifica con el personaje cuyo obscuro
temor de un Hermano Enemigo comparte. Mas ved cómo también el hombre es
máquina, y es suficiente activar una rueda en la superficie para hacer girar
otras ruedas en el interior: el Hermano y la animadversión no son sino el reflejo
del temor que cada uno tiene de sí, y de los recesos del propio ánimo, donde
anidan deseos inconfesados, o como se está diciendo en París, conceptos sordos
y no expresados. Pues que hase demostrado que existen pensamientos
imperceptibles, que impresionan el ánimo sin que el ánimo dé en la cuenta,
pensamientos clandestinos cuya existencia está demostrada por el hecho de que,
por poco que cada uno se examine a sí mismo, no dejará de reparar que está
llevando en el corazón amor y odio, o gozo o congoja, sin que pueda recordar
netamente ninguno de los pensamientos que los hicieron nacer.
—Por
tanto, Ferrante... —aventuró Roberto. Y Saint—Savin concluyó:
—Por
tanto, Ferrante está en lugar de vuestros miedos y de vuestras vergüenzas. A
menudo, los hombres, para no decirse a sí mismos que son los autores de su
destino, ven ese destino como una novela, animada por un autor caprichoso y
truhán.
—¿Mas qué
debería significarme esta parábola que me habría construido sin saberlo?
—¿Quién lo
sabe? Quizá no amabais a vuestro padre tanto como creéis, temíais su rigor, con
el que os quería virtuoso, y le habéis atribuido una culpa, para luego
castigarlo no con las vuestras, sino con las culpas de otros.
—¡Señor,
estáis hablando con un hijo que todavía está llorando al propio padre
amadísimo! ¡Creo que es mayor pecado enseñar el desprecio de los padres que el
de Nuestro Señor!
—¡Vamos,
vamos, querido la Grive! El filósofo tiene que tener el valor de criticar todas
las enseñanzas fementidas que hánsenos inculcado, y entre éstas está el absurdo
respeto por la vejez, como si la mocedad no fuera el supremo entre los bienes y
las virtudes. En conciencia, cuando un hombre mozo es capaz de concebir, juzgar
y actuar, ¿no es acaso más hábil en gobernar una familia que no un sexagenario
lelo, a quien la nieve de la cabeza ha helado la fantasía? La que nosotros
honramos como prudencia en nuestros mayores, no es sino temor cerval de la
acción. ¿Querréis someteros a estotro cuando la pereza ha debilitado sus
músculos, endurecido sus arterias, evaporado sus espíritus y chupado la médula
de sus huesos? Si vos adoráis a una mujer ¿no es quizá a causa de su belleza?
¿Seguís acaso con vuestras genuflexiones después de que la vejez ha hecho de
ese cuerpo un espectro, capaz sólo de recordaros la inminencia de la muerte? Y
si así os comportáis con vuestras amantes, ¿por qué no deberíais hacer lo mismo
con vuestros venerables ancianos? Me diréis que ese venerable anciano es
vuestro padre y que el Cielo os promete larga vida si lo honráis. ¿Quién lo ha
dicho? Unos ancianos judíos que entendían que podían sobrevivir al desierto
sólo aprovechando el fruto de sus lomos. Si creéis que el Cielo os va a dar un
solo día de vida más porque habéis sido la oveja de vuestro padre, os engañáis.
¿Creéis acaso que un reverente saludo que haga que la pluma de vuestro sombrero
se arrastre a los pies del progenitor puede curaros de un absceso maligno, o
cicatrizaros la señal de una estocada, o libraros de una piedra en la vejiga?
Si así fuera, los médicos no prescribirían esas inmundas pociones suyas, mas
para libraros del mal italiano os recomendarían cuatro reverencias antes de
cenar a vuestro señor padre, y un beso a vuestra señora madre antes de
acostaros. Me diréis que sin ese padre vos no habríais nacido, ni él sin el
suyo, y así en adelante hasta Melquisedec. Pues es él quien os debe algo a vos,
no vos a él: vos pagáis con muchos años de lágrimas un momento suyo de
placentero solaz.
—Vos no
creéis en lo que decís.
—Pues
bien, no. Casi nunca. Pero el filósofo es como el poeta. Este último compone
cartas ideales para una ninfa ideal, sólo para sondear gracias a la palabra los
recesos de la pasión. El filósofo pone a prueba la frialdad de su mirada, para
ver hasta qué punto se puede mellar la rocafuerte de la mojigatería. No quiero
que mengüe el respeto hacia vuestro padre, ya que vos me decís que os ha dado
buenas enseñanzas. Pero no os entristezcáis sobre vuestro recuerdo. Os veo
echar lágrimas...
—Oh, esto
no es el dolor. Debe de ser la herida en la cabeza, que me ha debilitado los
ojos...
—Bebed
café.
—¿Café?
—Juro que
dentro de poco estará de moda. Es una panacea. Os lo procuraré. Deseca los
humores fríos, destruye las ventosidades, corrobora el hígado, es compostura
soberana contra la hidropesía y la sarna, refresca el corazón, quita los
dolores de estómago. Indícase su vapor precisamente contra las fluxiones de los
ojos, el zumbido de las orejas, el romadizo, o resfriado, o pesadez de la
nariz, como lo queráis llamar. Y, además, enterrad con vuestro padre al
incómodo hermano que os habíais creado. Y, sobre todo, encontraos un amante.
—¿Una
amante?
—Será
mejor que el café. Sufriendo por una criatura viva, mitigaréis las congojas por
una criatura muerta.
—Jamás he
amado a una mujer —confesó Roberto, encendiéndosele el rostro.
—No he
dicho una mujer. Podría ser un hombre.
—¡Señor de
Saint—Savin! —gritó Roberto.
—Se ve que
venís del campo.
En el
colmo de la turbación, Roberto habíase disculpado, diciendo que dolíanle ya
demasiado los ojos; y había puesto fin a ese encuentro.
Para
hacerse una razón de todo lo que había oído, se dijo que Saint—Savin habíase
tomado juego del: como en un duelo, había querido mostrarle cuántas tretas se
conocían en París. Y Roberto había quedado como un provinciano. No sólo, sino
que tomando en serio aquellos discursos había pecado, lo que no habría sucedido
si hubiéralos echado en burlas. Estilaba la lista de los delitos que había
cometido escuchando aquellos muchos propósitos contra la fe, las usanzas, el
estado, el respeto debido a la familia. Y al pensar en su yerro embargóle otra
angustia: habíase acordado de que el padre suyo había muerto pronunciando una
blasfemia.
9 EL
ANTEOJO DE LARGA VISTA ARISTOTÉLICO
Al día
siguiente había vuelto a rezar en la catedral de San Evasio. Lo había hecho
para encontrar refrigerio: aquella tarde de primeros de junio el sol pegaba
sobre las calles semidesiertas; tal y como en aquel momento en el Daphne, él
advertía el calor que estaba difundiéndose en la bahía, y que los costados del
navío no conseguían contener, como si la madera estuviera incandescente. Y
había sentido también la necesidad de confesar tanto su pecado como el paterno.
Había parado a un eclesiástico en la nave y éste habíale dicho primeramente que
no pertenecía a la parroquia, pero luego, ante la mirada del mancebo, había
consentido, y habíase sentado en un confesionario, acogiéndole penitente.
El padre
Emanuel no debía de ser muy anciano, quizá estaba en los cuarenta y era, en
palabras de Roberto «jugoso y rosado en el semblante majestuoso y afable», y
Roberto sintióse alentado a confiarle todas sus penas. Le dijo, ante todo, de
la blasfemia paterna. ¿Era ésta razón suficiente por la cual su padre no
reposara ahora entre los brazos del Padre, sino que estuviera gimiendo en el
fondo del Infierno? El confesor hízole algunas preguntas e indujo a Roberto a
que admitiera que, en cualquier momento en el que el viejo Pozzo hubiera
muerto, había buenas posibilidades de que el caso aconteciera mientras él
nombraba el nombre de Dios en vano: blasfemar era una mala costumbre que se
toma de los campesinos, y los hidalgos de la campiña monferrina consideraban
signo de descuido hablar, en presencia de sus propios pares, como sus villanos.
—Ves,
muchacho —había concluido el confesor—, tu padre murió mientras cumplía una de
aquellas grandes & nobles Facciones por las quales dizque éntrase en el
Paraíso de los Héroes. Ahora bien, como no creo que un tal Paraíso exista, y
considero que en el Reino de los Cielos conviven en santa harmonía Menesterosos
& Soberanos, Héroes & Cobardes, sin duda, el buen Dios no habrále
negado su Reino al padre tuyo sólo porque deslizósele un poco la Lengua en una
ocasión en la que tenía una gran Empresa en que pensar, et me aventuraría a
decir que, en tales momentos, incluso una tal Exclamación puede ser una suerte
de llamar a Dios como Testigo & Juez de la propia bella Facción. Si con
todo, aún te atormentas, reza por el Alma de tu Progenitor & haz que digan
por él alguna Missa, no tanto para mover al Señor a mudar sus Sentencias, que
no es una Veleta que voltee según soplen las beatas, sino para hazer el bien al
Alma tuya.
Roberto
díjole entonces de los discursos sediciosos que había escuchado de un amigo
suyo, y el padre abrióse de brazos desconsolado:
—Hijo mío,
poco sé de París, mas lo que oigo decir hame puesto en el hecho de todos los
Descabellados, Ambiciosos, Renegados, Espías, Honbres de Intriga que existen en
aquessa nueva Sodoma. Entre ellos hay Falsos Testigos, Ladrones de Sagrarios,
Holladores de Crucifixos, & aquellos que dan dinero a los Vagamundos para
hacerles abjurar de Dios, & incluso gente que por Escarnio ha baptizado a
Perros... Y a esto llámanlo seguir la Moda del Tiempo. En las Iglesias ya no
dicen Oraciones sino que pasean, ríen, assechan detrás de las columnas para
insidiar a las Damas, y hay un continuo Tumulto incluso durante la Elevación.
Pretenden filosofar & assáltante con maliciosos Porqués, por qué Dios ha
dado Leyes al Mundo, por qué prohíbese la Fornicación, por qué el Hijo de Dios
hase encarnado, & usan qualquier Respuesta tuya para transmutarla en una
Prueba de Ateísmo. ¡Ahí tienes a los Ingenios del Tiempo: Epicúreos,
Pirronianos, Diogenistas, & Libertinos! Pues sus, no prestes Oído a
aquestas Seducciones, que vienen del Maligno.
Por lo
normal, Roberto no hace ese abuso de mayúsculas en el que sobresalían los
escritores de su tiempo: pero cuando adscribe dichos y sentencias al padre
Emanuel muchas las registra, como si el padre no sólo escribiera sino también
hablara haciendo oír la particular dignidad de las cosas que tenía que decir;
signo de que era hombre de grande y atractiva elocuencia. Y en efecto, con sus
palabras, Roberto se encontró tan sosegado, que salido del confesionario, quiso
demorarse un poco con él. Supo que era un jesuíta saboyano y, sin duda, hombre
no para poco, pues residía en Casal precisamente como observador por mandato
del duque de Saboya; cosas que en aquellos tiempos podían acontecer durante un
asedio.
El padre
Emanuel desenvolvía de buena gana aquel encargo suyo: la lobreguez obsidional
dábale espacio de conducir de manera distendida ciertos estudios suyos que no
podían soportar las distracciones de una ciudad como Turín. E interrogado sobre
qué lo ocupaba había dicho que también él, como los astrónomos, estaba
construyendo un anteojo de larga vista.
—Habrás
oído hablar de aquesse Astrónomo florentino que para explicar el Universo
valióse del Anteojo de larga vista, hypérbole de los ojos, y con el Anteojo vio
lo que los ojos sólo imaginaron. Yo mucho respeto aqueste uso de Instrumentos
Mechánicos para entender, como hoy suele decírsele, la Cosa Extendida. Pero
para entender la Cosa Pensante, es decir, nuestra manera de conocer el Mundo,
nosotros no podemos sino valemos de otro Anteojo, el mismo del que valióse
Aristóteles, y que no es ni tubo ni lente, sino Entramado de Palabras, Idea
Perspicaz, porque es sólo el don de la Artificiosa Eloquencia el que nos
permite entender este Universo.
Así
diciendo, el padre Emanuel había conducido a Roberto fuera de la iglesia y,
paseando, habían ascendido a los espaltes, un lugar tranquilo aquella tarde,
mientras acolchados cañonazos llegaban de la parte opuesta de la ciudad. Tenían
ante sí los reales imperiales; a lo lejos, pero por largos trechos, los campos
estaban vacíos de tropas y carruajes, y los prados y las colinas resplandecían
con el sol casi estival.
—¿Qué ves,
hijo mío? —preguntóle el padre Emanuel.
Y Roberto,
aún de poca elocuencia:
—Los
prados.
—Desde
luego, qualquiera es capaz de ver ahí abaxo unos Prados. Pero bien sabes que
según la posición del Sol, del color del Cielo, de la hora del día & de la
estación, los Prados pueden aparecérsete baxo formas distintas, inspirándote
distintos Sentimientos. Al villano, fatigado por el trabajo, aparécensele como
Prados, y nada más. Lo mismo acontécele al pescador montes atemorizado por
algunas de aquellas nocturnas Imágenes de Fuego que alguna vez en el cielo
resplandecen, & espantan; pero tan pronto como los Metheóricos, que son
también Poetas, osan llamarlos Cometas Crin, Barbarea, Cola, Cabras, Través,
Escudos, Hachas, & Saetas, estas figuras del lenguaje te hazen patente por
quáles Símbolos agudos tenía intención de hablar la Naturaleza, que se sirve de
estas Imágenes como de Geroglíficos que, por un lado, remiten a los Signos del
Zodiaco y, por el otro, a Acontecimientos passados o futuros. ¿Y los Prados?
Observa lo que puedes decir de los Prados, & cómo al decir, tú ves mucho
más & comprendes: espira Fabonio, la Tierra se abre, lloran los
Ruyseflores, se pavonean los Árboles crinados de Frondas, & tú descubres el
admirable ingenio de los Prados en la variedad de sus estirpes de Hierbas
amamantadas por los Arroyos que juguetean en amena Puericia. Los Prados
jubilosos se regocijan con lépida alegría, cuando aparece el Sol abren su
semblante y en ellos ves el arco de una sonrisa & se alegran por el retorno
del Astro, ebrios de los besos suaves del Austro, y la risa danza en la Tierra
misma que se abre a muda Leticia, & la tibieza matutina tanto los colma de
Gozo que se desbordan en lágrimas de Rocío. Coronados de Flores, los Prados se
abandonan a su Genio & componen agudas Hypérboles de Arco Iris. Pero bien
pronto su Mocedad sabe que se apresura a Muerte, su risa se turba de una
palidez improvisa, destiñe el cielo & Zéfiro, demorándose, ya suspira sobre
una Tierra desfalleciente, de suerte que a la llegada de los primeros despechos
de los cielos invernales, se entristecen los Prados, & tornándose
esqueletos se cubren de Escarcha. Ahí lo tienes, hijo mío: si tú hubieres dicho
simplemente que los prados son amenos no me habrías representado otra cosa que
lo verde de los Prados, del que ya sé, pero si tú dixeras que los Prados ríen,
tú me harás ver que la tierra es un Hombre Animado, & recíprocamente
aprenderé a observar en la cara humana todas las anotaciones que he cosechado
en los prados... Y esto es oficio de la Figura excelsa entre todas, la
Metáphora. Si el Ingenio, y así pues el Saber, consiste en aunar las remotas y
separadas Nociones y hallar la Semejanza en cosas desemejantes, la Metáphora,
entre las Figuras la más aguda y peregrina, es la única capaz de producir
Maravilla, de la cual nace el Gusto, como de repentino trueque de la scena en
el theatro. Y si el Gusto recopilado de las Figuras es el de aprender cosas
nuevas sin fatiga y muchas cosas en pequeño volumen, he aquí que la Metáphora,
llevando en vuelo nuestra mente de un Género a otro, nos hace ver en una sola
Palabra más de un Objeto.
—Mas es
preciso saber inventar metáforas, y no es cosa para un aldeano como yo, que en
su vida en los prados sólo les ha disparado a los pajaritos...
—Tú eres
un Gentil Hombre, y poco ha para que tú puedas convertirte en lo que en París
llaman un Hombre de Bien, hábil en los lances verbales como en los de espada. Y
saber formular Metáphoras, y por ende, ver el Mundo inmensamente más variado de
lo que se les aparece a los incultos, es Arte que se aprende. Que si quieres
saber, en este mundo en el que hoy todos pierden el juicio por muchas y
maravillosas Machinas, y algunas vense, hayme, también en este Asedio, también
yo construyo Machinas Aristotélicas, que permitan a quienquiera ver a través de
las Palabras...
Los días
siguientes, Roberto conoció al señor de la Saleta, que quejábase, le había
oído, de los casaleses, en cuya fidelidad poco fiaba:
—¿No
entienden —decía irritado— que incluso en tiempos de paz Casal se encuentra en
la condición de no poder hacer pasar ni siquiera un simple infante o una
canasta de provisiones sin pedirles el paso a los ministros españoles? ¿Que
sólo con la protección francesa tiene la seguridad de ser respetada?
Pero
ahora, por el señor de la Saleta venía a saber que Casal tampoco se había
encontrado a gusto con los duques de Mantua. La política de los Gonzaga había
sido siempre la de reducir la oposición casalesa, y desde hacía sesenta años la
ciudad había padecido la reducción progresiva de muchos privilegios.
—¿Entiende
señor de la Grive? —decía el de la Saleta—. Antes teníamos que lamentar
demasiados impuestos, y agora soportamos nosotros los gastos para el
mantenimiento de la guarnición. No amamos a los españoles en casa, ¿mas amamos
de verdad a los franceses? ¿Estamos muriendo por nosotros o por ellos?
—Y
entonces, ¿por quién ha muerto mi padre? —había preguntado Roberto.
Y el señor
de la Saleta no habíale sabido contestar.
Disgustado
de los discursos políticos, Roberto había vuelto a ver al padre Emanuel algunos
días después, en el convento en el que vivía, donde le encaminaron no hacia una
celda, sino hacia un cuartel que habíale sido reservado bajo las bóvedas de un
claustro silencioso. Lo encontró mientras conversaba con dos gentileshombres,
uno de los cuales lujosamente ataviado: iba vestido de grana de polvo con
alamares de oro, capote cuajado de pasamanos de oro forrado en felpa corta,
jubón bordado, banda roja atravesada y un cintillo de pequeñas piedras. El
padre Emanuel lo presentó como el alférez don Gaspar de Salazar, y por otra
parte, ya por el tono altanero, y por la guisa de los bigotes y del cabello,
Roberto lo había identificado como un hidalgo del ejército enemigo. El otro era
el señor de la Saleta. Le surgió por un instante la sospecha de haber caído en
una madriguera de espías, luego dio en la cuenta de que, como aprendo también
yo en esta ocasión, la etiqueta del sitio concedía que a un representante de los
sitiadores se le consintiera el acceso a la ciudad cercada, para contactos y
negociaciones, así como el señor de la Saleta tenía libre acceso al campo del
Espínola.
El padre
Emanuel dijo que disponíase precisamente a enseñar a sus visitantes su Máquina
Aristotélica: y condujo a sus huéspedes a un aposento en el que se erguía el
mueble más extraño del que se pueda decir; ni estoy seguro de poder reconstruir
exactamente la forma por la descripción que Roberto da de él a la Señora, que
sin duda tratábase de algo jamás visto ni antes ni después.
Conque
estaba la base inferior formada por un cajón o alhacena en cuyo frente abríanse
como en un tablero de ajedrez ochenta y una gavetas: nueve filas horizontales
por nueve verticales, cada fila por sendas dimensiones caracterizada por una
letra grabada (BCDEFGHIK). En la repisa de la alhacena levantábase a la
izquierda un atril, sobre el que estaba posado un gran libro, manuscrito y con
letras capitales de colores. A la derecha del atril había tres rodillos, de
longitud decreciente y creciente amplitud (siendo el más corto el más capaz,
apto para contener los dos más largos), tales que una cigüeña a un lado podía
luego por inercia hacerlos girar el uno dentro del otro a velocidades
diferentes según el peso. Cada rodillo llevaba grabadas en el borde izquierdo
las mismas nueve letras que contramarcaban los cajones. Bastaba dar una vuelta
de cigüeña para que los rodillos se movieran independientes el uno del otro, y
cuando se detenían podíanse leer tríades de letras reunidas por el azar, ya
fuere CBD, KFE o BGH.
El padre
Emanuel dio en explicar el concepto que presidía a su Máquina.
—Como el
Filósofo nos apercibió, no es otra cosa el Ingenio que una virtud de penetrar
los objetos baxo diez Cathegorías, que son Substancia, Quantidad, Qualidad,
Relación, Acción, Passión, Sitio, Tiempo, Lugar, & Hábito. Las substancias
son el sugeto mismo de cualquier agudeza & de ellas habrá que predicar las
ingeniosas Semejanzas. Quáles son las substancias, está anotado en este libro
baxo la letra A, y acaso no baste ni siquiera mi vida para hacer el Elencho
completo. De todos modos he reunido ya algunos Millares, sacándolas de los
libros de los Poetas y de los sabios, y de ese admirable Regesto que es la
Fábrica del Mundo del Alumno. Así entre las Substancias pondremos, por debajo
del mismo Dios Sumo, las Divinas Personas, las Ideas, los Dioses Fabulosos,
unos mayores, otros medianos & otros ínfimos, los Dioses Celestes, Aéreos,
Marítimos, Terrenos & Infernales, los Héroes deificados, los Ángeles, los
Demonios, los Foletos, el Cielo y las Estrellas errantes, los Signos celestes y
las Constelaciones, el Zodiaco, los Círculos y las Esferas, los Elementos, los
Vapores, las Exhalaciones, y otrosí, por no decirlo todo, los Fuegos
Subterráneos, y las Centellas, los Metheores, los Mares, los Ríos, las Fuentes
& Lagos et Escollos... Demás, las Substancias Artificiales con las obras de
cada Arte, Libros, Plumas, Tinta, Globos, Compases, Esquadras, Palacios,
Templos «fe Casas, Escudos, Espadas, Tambores, Quadros, Pinceles, Estatuas,
Hachas & Sierras, y por fin las Substancias Metaphísicas como el Género, la
Especie, el Propio y el Accidente, y semejantes Nociones.
Señalaba
ahora los cajones de su mueble, y abriéndolos mostraba cómo cada uno contenía
hojas cuadradas de pergamino muy grueso, del que se usa para encuadernar los
libros, estibadas en orden alfabético:
—Como
Vuesas Mercedes deberán de saber, cada fila vertical se refiere, de B a K, a
una de las otras nueve Cathegorías, y por cada una de ellas, cada uno de los
nueve caxones recoge familias de Miembros. Verbigracia, para la Quantidad se
anota la familia de la Cantidad de Bulto, que como Miembros anota lo Pequeño,
lo Grande, lo Largo o lo Corto; o la familia de la Quantidad Numeral, cuyos
Miembros son Ninguno, Uno, Dos & c, o Muchos y Pocos. O baxo la Qualidad
tendrás la familia de las qualidades pertenecientes a la Vista, como Visible,
Invisible, Bello, Disforme, Claro, Obscuro; o al Olfato, como Olor Suave y
Hediondo; o las qualidades de Pas—siones, como Alegría y Tristeza. Et así
dígase por cada cathegoría. Et todas las hojas anotando un Miembro, de esse
Miembro anoto todas las Cosas que de él dependen. ¿Está claro?
Todos
asintieron admirados, y el padre siguió:
—Abramos
agora al azar el gran Libro de las Substancias, y busquemos una qualquiera...
Aquí está, un Enano. ¿Qué dixéremos, antes de hablar agudamente, de un Enano?
—Que es
pequeño, picoletto, petit —auspicó don Gaspar de Salazar—, y que es feo, y
infeliz y ridículo...
—Precisamente
—concedió el padre Emanuel—, mas ya no sé qué elegir, ¿& estoy
completamente seguro de que si hubiere tenido que hablar no de un Enano, sino,
digamos, de los Corales, habría yo hallado al punto rasgos tan notables? Y
además, la Pequenez tiene que ver con la Quantidad, la Fealdad con la Qualidad,
& ¿por dónde habría de empezar? No, mejor confiar en la Fortuna, cuyos
Ministros son mis Cylindros. Agora hago que se muevan & obtengo, como por
azar agora acontece, la tríade BBB. B en primera Posición es la Quantidad, B en
segunda Posición, házeme ir a buscar, en la línea de la Quantidad, dentro del
caxón del Bulto, & aquí, precisamente al principio de la sequencia de las
Cosas B, encuentro Pequeño. Y en esta hoja dedicada a Pequeño encuentro que es
pequeño el Ángel, que está en un punto, & el Polo, que es punto inmóvil de
la Esfera, de entre las cosas elementares la Centella de Fuego, la Gota de
agua, & el Escrúpulo de Piedra, & el Átomo del cual, según Demócrito,
se componen todas las cosas; para las Cosas Humanas, he aquí el Embrión, la
Niña del Ojo, el Astrágalo; para los Animales, la Hormiga & la Pulga, para
las Plantas, la Frasca, la Semilla de Mostaza & la Miga de Pan; para las
Ciencias Mathemáticas el Mínimum Quod Sic, la Letra Y, el Libro enquadernado en
sextodécimo, o la Dragma de los Boticarios; para la Architectura, el Escritorio
o el Gozne, o para las Fábulas, el Pisicarpax general de los Topos contra las
Ranas & los Mirmidones nacidos de las Hormigas... Pero detengámonos aquí,
que ya podría llamar a nuestro Enano, Escritorio de la Naturaleza, Muñeco de
los Muchachos, Miga de Hombre. Y adviertan Vuesas Mercedes que si probáremos a
girar otra vez los Cylindros y obtuviéremos en cambio, esso es, CBF, la letra C
me remitiría a la Qualidad, la B me movería a buscar mis Miembros en el caxón
de lo que afecta a la Vista, & aquí la letra F hádame encontrar como
Miembro el ser Invisible. Y entre las Cosas Invisibles encontraría, admirable
coyuntura, el Átomo, & el Punto, y ya me permitirían designar a mi Enano
como Átomo de Hombre o Punto de Carne.
El padre
Emanuel daba vueltas a sus cilindros y hojeaba en los cajones raudo como un
malabarista, de modo que las metáforas parecían surgirle como por encanto sin
que se advirtiera el jadear mecánico que las producía. Pero todavía no se daba
por satisfecho.
—¡Señores!
—continuó—, ¡la Metáphora Ingeniosa tiene que ser mucho más compleja! Qualquier
Cosa que yo hubiere encontrado hasta agora tiene que analizarse a su vez baxo
el perfil de las diez Cathegorías, & como explica mi Libro, si tuviéremos
que considerar una Cosa que depende de la Qualidad, deberíamos ver si es
visible, & quán lejos; qué Deformidad o Hermosura tiene, & qué Color;
quánto Sonido, quánto Olor, quánto Sabor; si es sensible o palpable, si es
rara, ó densa, caliente ó fría, & qué Figura, qual Passión, Amor, Arte,
Saber, Sanidad, Enfermedad: & si acaso se pueda dar Noticia. Y llamo a
estas preguntas Partículas. Aora bien,.yo sé que nuestro primer ensayo nanos
conducido a trabajar sobre la Quan—tidad, que alberga entre sus Miembros a la
Pequenez. Hago agora girar de nuevo los Cylindros, & obtengo la tríade BKD.
La letra B, que ya hemos decidido referir a la Quantidad, si voy a ver en mi
Libro, me dice que la primera Partícula adequada para expresar Cosa Pequeña es
establecer Con Qué Se Mide. Si busco en el libro a qué se refiere la Medida, me
remite aún al caxón de las Quantidades, baxo la Familia de las Quantidades en
General. Recurro a la hoja de la Medida & elijo en ella la cosa K, que es
la Medida del Dedo Geométrico. Y he aquí que ya estaría en condiciones de
componer una Definición harto aguda, como por ejemplo, que a querer medir esse
Muñeco de los Muchachos, esse Átomo de Hombre, un Dedo Geométrico sería una
Medida muy Desmesurada, que mucho me dice, uniendo a la Metáphora también la
Hypérbole, de la Desventura & Ridiculez del Enano.
—Cuál
maravilla —dijo el señor de la Saleta—, pero de la segunda tríade obtenida
todavía no ha usado Vuesa Merced la última letra, la D...
—No menos
esperábame del espíritu de Vuestra Merced —dijo complacido el padre Emanuel—,
¡pues ha tocado el Punto Admirable de mi artilugio! ¡Es esta letra sobrante
(& que podría desechar si me hubiere tediado y considerare alcanzada mi
meta) la que me permite volver a empezar de nuevo mi búsqueda! Aquesta D me
permite tornar a iniciar el ciclo de las Partículas, recurriendo a la
cathegoría del Hábito (exempli gratia, qué hábito le conviene, o si le puede
servir de insignia a algo), & a partir de aquesta volver a empezar, como
antes hize con la Quantidad, haziendo girar de nuevo los Cylindros, usando las
dos primera letras & reservando la tercera para otro ensayo más, & así
al infinito, por millones de Posibles Conjugaciones, puesto que algunas resultaren
más agudas que otras, y estará en mi juicio distinguir las más adequadas para
generar Estupor. Pero no quiero mentir a Vuestras Mercedes, no había elegido
Enano al azar: precisamente esta noche habíame aplicado con gran escrupulosidad
para extraer todo el partido posible de esta Substancia.
Agitó una
hoja y empezó a leer la serie de definiciones con las que estaba sofocando a su
pobre enano, hombrecillo más breve que su nombre, embrión, fragmento de
hominicaco, tal que los corpúsculos que penetran con la luz por la ventana
parecen bien mayores, cuerpo que con millones de sus semejantes podría marcar
las horas en el cuello de una clepsidra, complexión en la cual el pie está
contiguo a la cabeza, segmento cárneo que empieza donde acaba, línea que se
coagula en un punto, punta de aguja, sujeto con el que es menester hablar con
prudencia para que el aliento no se lo lleve volando, substancia tan pequeña
que no es pasible de color, centella de mostaza, cuerpecillo que ya no tiene
nada más y nada menos de lo que jamás tuvo, materia sin forma, forma sin
materia, cuerpo sin cuerpo, puro ente de razón, invención del ingenio tan
remendado en lo menudo que ningún golpe podría jamás hallarlo para herirlo,
capaz de huir por cualquier hendidura y de alimentarse durante un año con un
solo grano de cebada, ser epitomizado hasta tal grado que jamás sabes si se
sienta, yace o está erguido, capaz de anegarse en una concha de caracol,
semilla, granulo, florecilla de uva, punto de la i, individuo matemático, nada
aritmético...
Y habría
continuado, teniendo materia para ello, si los espectadores no le hubieran
detenido con un aplauso.
10
GEOGRAFÍA LA MÁS CURIOSA
Roberto
comprendía ahora que el padre Emanuel actuaba en el fondo como si fuera un
secuaz de Demócrito y Epicuro: acumulaba átomos de conceptos y los componía en
guisas diferentes para formar con ellos muchos objetos. Y así como el Canónigo
sostenía que un mundo hecho de átomos no estaba en contraste con la idea de una
divinidad que los dispusiera juntos según razón, así el padre Emanuel de aquel
polvo de conceptos aceptaba sólo las composiciones realmente agudas. Quizá
habría hecho lo mismo si se hubiera dedicado a hacer escenas para un teatro:
¿no sacan, acaso, los comediógrafos acontecimientos inverosímiles, e
ingeniosos, de trozos de cosas verosímiles pero sin sabor, para satisfacernos
con inesperados hircocervos de acciones?
Y si así
era, ¿no acontecía acaso que esa concurrencia de circunstancias que había
creado tanto su naufragio como la condición en la que encontrábase el Daphne
—al ser verisímil cualquier mínimo acontecimiento, el tufo y el chirriar
del casco del barco, el olor de las plantas, las voces de los pájaros—
contribuía a bosquejar la impresión de una presencia que no era sino el efecto
de un engaño percibido sólo por la mente, como la risa de los prados y las
lágrimas del rocío? Así pues, el fantasma de un intruso escondido era
composición de átomos de acciones, como el del hermano perdido, ambos formados
con los fragmentos de su propio rostro y de sus deseos o pensamientos.
Y
precisamente mientras oía contra los cristales una llovizna ligera que estaba
refrigerando el estival y meridiano calor, decíase: es natural, yo, y no otro,
he subido a este navío como un intruso, yo perturbo este silencio con mis
pasos. Y heme aquí que, casi temeroso de haber quebrantado un sagrario ajeno,
he forjado otro yo que vaga bajo las mismas puentes. ¿Qué pruebas tengo de que
ese tal exista? ¿Una que otra gota de agua sobre las hojas? ¿Y no podría, tal y
como agora llueve, haber llovido la noche pasada, puesto que fuera poco? ¿El
alpiste? ¿No podrían los pájaros haber movido escarbando el que ya había,
haciéndome pensar que alguien hubiera echado más? ¿La ausencia de los huevos?
¡Si justo ayer vi un jerifalte devorar un ratón volador! Yo estoy poblando una
bodega que todavía no he visitado y lo hago quizá para tranquilizarme, pues me
aterra encontrarme abandonado entre cielo y mar. Señor Roberto de la Grive,
repetíase, tú estás solo, y solo podrías permanecer hasta el fin de tus días, y
este fin también podría estar próximo: los bastimentos a bordo son muchos, mas
para semanas y no para meses. Y, entonces, ve más bien a poner en la puente
algún vaso para recoger la mayor cantidad de agua pluvial que pudieres, y
aprende a pescar desde la borda, soportando el sol. Y un día u otro tendrás que
encontrar la manera de llegar a la Isla, y vivir allí como único morador. En
esto has de pensar, y no en historias de intrusos y de ferrantes.
Había
cogido unos barriles vacíos y los había dispuesto en el alcázar, soportando la
luz filtrada por las nubes. Dio en la cuenta, al hacer este trabajo, de que aún
estaba muy débil. Bajó de nuevo, colmó de comida a los animales (quizá para que
nadie más estuviera tentado de hacerlo en lugar suyo), y renunció, una vez más,
a bajar aún más abajo. Se recogió, pasando algunas horas echado, mientras la
lluvia no daba indicios de que fuera a menguar. Hubo algún golpe de viento y
por primera vez advirtió que estaba en una casa natátil que se movía como una
cuna, mientras un golpear de cuarteles animaba la amplia mole de aquel regazo
boscoso.
Apreció
esta última metáfora y se preguntó cómo habría leído el padre Emanuel el navío
en cuanto manantial de Divisas Enigmáticas. Luego pensó en la Isla y la definió
como inaccesible proximidad. El bello concepto le mostró, por segunda vez en el
día, la disímil semejanza entre la Isla y la Señora, y estuvo en vela hasta
entrada la noche escribiéndole lo que he conseguido obtener en este capítulo.
El Daphne
había cabeceado durante toda la noche, y su movimiento, junto con el undoso
de la bahía, habíase sosegado de primerísima mañana. Roberto había vislumbrado,
desde la ventana, los signos de un alba fría pero tersa. Acordándose de aquella
Hipérbole de los Ojos evocada el día de antes, se dijo que habría podido
observar la ribera con el anteojo de larga vista que había visto en el camarote
de al lado: el mismo borde de la lente y la escena limitada habríanle atenuado
los reflejos solares.
Con que
apoyó el instrumento en el alféizar de una ventana de la galería y fijó
audazmente los límites extremos de la bahía. La Isla presentábase clara, la
cima alborotada por un vellón de lana. Como había aprendido a bordo del Amarilis,
las islas del océano retienen la humedad de los alisios y la condensan en
copos nebulosos, de suerte que, a menudo, los navegantes reconocen la presencia
de una tierra antes de divisar sus costas, por las bocanadas del elemento aéreo
que la tierra mantiene como amarradas.
De los
alisios habíale contado el doctor Byrd, que los llamaba Trade—Winds, pero
los franceses decían alisées: hállanse en esos mares los grandes vientos
que dictan ley a los huracanes y a las bonanzas, y con ellos juguetean los
alisios, que son vientos del antojo, de modo que los mapas representan su
vagamundear en forma de una danza de curvas y corrientes, de disparatadas
carolas y airosos extravíos. Los alisios se insinúan en el curso de los vientos
mayores y los desbaratan, los cortan de través, los entrelazan de carreras. Son
lagartijas que colean por sendas imprevistas, se chocan y se esquivan
mutuamente, como si en el Mar del Contrario valieran sólo las reglas del arte y
no las de la naturaleza. De cosa artificial los alisios tienen figura y más que
de las disposiciones armónicas de las cosas que vienen del cielo o de la
tierra, como la nieve y los cristales, toman forma de aquellas volutas que los
arquitectos imponían a columnas y capiteles.
Que aquél
era un mar del artificio, Roberto sospechábalo desde hacía tiempo, y ello le
explicaba por qué allá abajo los cosmógrafos habían imaginado siempre seres
contrarios a la naturaleza, que caminaban patas arriba.
Desde
luego, no podían ser los artistas, que en las cortes de Europa construían
grutas incrustadas de lapislázuli, con fuentes movidas por secretos motores,
los que habían inspirado a la naturaleza cuando inventaba las tierras de
aquellos mares; ni podía haber sido la naturaleza del Polo Desconocido la que
había inspirado a aquellos artistas. Es que, decíase Roberto, tanto el Arte
como la Naturaleza gustan de maquinar, y otra cosa no hacen los mismos átomos
cuando se agregan agora así agora otrosí. ¿Hay prodigio más artificioso que la
tortuga, obra de un orfebre de mil y mil años ha, escudo de Aquiles
pacientemente nielado que aprisiona a una serpiente con las patas?
En
nuestras tierras, se decía, todo lo que es vida vegetal tiene la fragilidad de
la hoja con su vena y de la flor que dura el espacio de una mañana, mientras
aquí lo vegetal parece cuero, materia densa y oleaginosa, escama dispuesta a
resistir rayos de soles arrebatados. Cualquier hoja —en estos lugares donde los
moradores salvajes, sin duda, no conocen el arte de los metales y de las
arcillas— podría convertirse en instrumento, cuchilla, copa, espátula, y las
hojas de las flores son de laca. Todo lo que es vegetal es aquí fuerte,
debilísimo todo lo que es animal, a juzgar por los pájaros que he visto,
hilados en cristal discolor, mientras en nuestras tierras es animal la fuerza
del caballo o la obtusa solidez del buey...
¿Y las
frutas? Entre nosotros lo encarnado de la manzana, colorada de salubridad,
distingue su sabor amigo, mientras es el livor del hongo el que nos revela su
ponzoña. Aquí, en cambio, bien lo vi ayer, y durante el viaje del Amarilis, dase
festivo juego de contrarios: el albo mortuorio de una fruta asegura vivaces
dulzuras, mientras las frutas más rubicundas pueden segregar filtros letales.
Con el
anteojo exploraba la ribera y divisaba entre tierra y mar aquellas raíces
trepadoras, que parecían retozar hacia el aire libre, y macollas de frutas
oblongas que a buen seguro revelaban su ame—lazada madurez apareciéndose como
bayas inmaduras. Y reconocía, en otras palmas, cocos amarillos como melones de
estío, mientras sabía que habrían celebrado su sazón al tomar color de tierra
muerta.
Así pues,
para vivir en ese terrestre Más Allá (habría debido recordarlo, si hubiere
querido llegar a pactos con la naturaleza) era preciso proceder al contrario
del proprio instinto, al ser el instinto probablemente un hallazgo de los
primeros gigantes que intentaron adaptarse a la naturaleza de la otra parte del
globo y, creyendo que la naturaleza más natural era aquella a la que ellos se
adaptaban, la pensaban naturalmente nacida para adaptarse a ellos. Por ello
creyeron que el sol era pequeño como se les aparecía a ellos, e inmensos veían
ciertos tallos de hierba que miraban con el ojo prono a la tierra.
Vivir en
las Antípodas significa, pues, reconstruir el instinto, saber hacer de
maravilla naturaleza, y de naturaleza maravilla, descubrir lo mudadizo que es
el mundo, que en una primera mitad sigue ciertas leyes y en la otra leyes
opuestas.
Oía de
nuevo el despertar de los pájaros, allá abajo y, a diferencia del primer día,
advertía cuánto aquellos cantos eran efecto de arte, si proporcionados al piar
de sus tierras: eran gorgores, silbos, borbullones, chisporreteos, chasquidos
de lengua, gañidos, atenuados golpes de mosquete, enteras escalas cromáticas de
picos, y a veces, oíase como un gritar de ranas agazapadas entre las hojas de
los árboles, en homérico parlotear.
El anteojo
permitíale divisar husos, balas plumosas, calofríos negros o de confusa tinta,
que se tiraban de un árbol más alto apuntando hacia el suelo con la demencia de
un ícaro que quisiere apresurar la propia ruina. De repente, parecióle incluso
que un árbol, quizá de naranjitas de la China, descerrajara en el aire uno de
sus frutos, una madeja de azafrán encendido que salió muy pronto del ojo
redondo del anteojo. Convencióse de que era efecto de un reflejo y no volvió a
pensar más en ello, o por lo menos así lo creyó. Veremos más adelante que, por
lo que atañe a pensamientos oscuros, tenía razón Saint—Savin.
Pensó que
aquellos volátiles de innatural naturaleza eran emblema de consorcios parisinos
que había dejado hacía muchos meses: en aquel universo desprovisto de humanos
en el que, si no los únicos seres vivos, desde luego los únicos seres hablantes
eran los pájaros, se encontraba como en aquel salón, donde a su primer ingreso
había captado sólo una confusa charla en lengua ignota, de la que adivinaba con
timidez el sabor. Aunque, como diría yo, el saber de aquel sabor, al final
debía de haberlo absorbido bien, si no, no habría sabido disputar como ahora
hacía. Pero, acordándose de que allí había encontrado a la Señora y que si, por
tanto, existía un lugar supremo entre todos era aquél y no éste, concluyó que
no allí se imitaba a los pájaros de la Isla, sino que aquí en la Isla los
animales intentaban igualar aquella humanísima Lengua de los Pájaros.
Pensando
en la Señora y en su lejanía, que el día de antes había comparado con la
lejanía inaccesible de la tierra de occidente, volvió a mirar la Isla, de la
cual el anteojo descubría sólo pálidos y circunscritos indicios, tal como
sucede con las imágenes que se ven en esos espejos convexos que, reflejando un
solo lado de una pequeña habitación, sugieren un cosmos esférico infinito y
atónito.
¿Cómo se
le habría presentado la Isla si un día se hubiera llegado a ella? Por la escena
que veía desde su palco, y por los especímenes de los que había encontrado
testimonio en la nave, ¿acaso era ése el Edén donde los arroyos manan leche y
miel, entre un triunfo abundante de frutos y animales mansos? ¿Qué buscaban si
no en aquellas islas del opuesto sur los arrojados que mareaban entre ellas
desafiando las tempestades de un océano ilusoriamente pacífico? ¿No era esto lo
que el Cardenal quería cuando le había enviado en misión a descubrir el secreto
del Amarilis, la posibilidad de llevar los lises de Francia a una Tierra
Incógnita que renovara finalmente las ofrendas de un valle no tocado ni por el
pecado de Babel, ni por el diluvio universal, ni por el primer yerro adamítico?
Leales debían de ser allí los seres humanos, oscuros de piel pero cándidos de
corazón, indiferentes a las montañas de oro y a los bálsamos de los que eran
inconsiderados custodios.
Mas si así
era, ¿no era acaso renovar el error del primer pecador querer violar la
virginidad de la Isla? Justamente, quizá la Providencia habíale querido casto
testigo de una belleza que no habría debido turbar jamás. ¿No era ésta la
manifestación del amor más cabal, tal y como se lo profesaba a su Señora, amar
de lejos renunciando al orgullo del dominio? ¿Es amor el que aspira a la
conquista? Si la Isla debía aparecérsele como una cosa sola con el objeto de su
amor, a la Isla debía el mismo recato que a éste había donado. Los mismos
frenéticos celos que había experimentado cada vez que había temido que un ojo
ajeno hubiera amenazado aquel santuario de la esquivez, no debían entenderse
como pretensión de un derecho propio, sino como negación del derecho de cada
uno, tarea que su amor imponíale como guardián de aquel Grial. Y a la misma
castidad debía sentirse obligado con respecto a la Isla que, cuanto más
anhelaba llena de promesas, tanto menos habría debido querer tocar. Lejos de la
Señora, lejos de la Isla, de ambas habría debido sólo hablar, queriéndolas
inmaculadas para que inmaculadas pudieran mantenerse, tocadas por la sola
caricia de los elementos. Si existía belleza en algún lugar, su mira era
permanecer sin mira.
¿Era de
verdad así la Isla que veía? ¿Quién lo alentaba a descifrar así su jeroglífico?
Se sabía que, desde los primeros viajes a estas islas, que las cartas de marear
asignaban a lugares imprecisos, se abandonaban en ellas a los amotinados y se
convertían en prisiones con barrotes de aire, en las que los mismos condenados
eran alcaides de sí mismos, dedicados a castigarse los unos a los otros. No
llegar a ellas, no descubrir su secreto, no era deber, sino derecho de eludir
horrores sin fin.
O no, la
única realidad de la Isla era que en su centro se erguía, invitante en sus
colores tenues, el Árbol del Olvido, comiendo cuyos frutos Roberto habría
podido encontrar la paz.
Desmemoriarse.
Pasó así la jornada, indolente en apariencia, activísimo en el esfuerzo de
convertirse en tabla rasa. Y, como le acontece a quien se imponga olvidar,
cuantos más esfuerzos hacía, más su memoria se animaba.
Intentaba
poner en práctica todas las recomendaciones que había oído. Se imaginaba en una
estancia abarrotada de objetos que le recordaban algo, el velo de su dama, los
folios en que había hecho presente su imagen a través de los lamentos por su
ausencia, los muebles y los tapices del palacio en que la había conocido, y
representábase a sí mismo en el acto de tirar todas aquellas cosas por la
ventana, hasta que la estancia (y con ella su mente) se hubiere quedado desnuda
y vacía. Realizaba esfuerzos desmedidos para arrastrar hasta el alféizar
vajillas, almarios, sitiales y panoplias, y al contrario de lo que le habían
dicho, a medida que se deprimía en aquellos trabajos, la figura de la Señora se
multiplicaba y, desde ángulos distintos, lo seguía en aquellos conatos suyos
con una sonrisa maliciosa.
Así,
pasando el día en arrastrar enseres, no había olvidado nada. Al contrario.
Hacía días que pensaba en su propio pasado fijando la mirada en la única escena
que tenía delante, la del Daphne, y el Daphne estábase
transformando en un Teatro de la Memoria, como lo concebían en sus tiempos,
donde todo elemento recordábale un episodio antiguo o reciente de su historia:
el bauprés, la llegada después del naufragio, cuando había comprendido que no
habría vuelto a ver a la amada; las velas recogidas, mirando las cuales había
soñado con Ella perdida, Ella perdida; la galería, desde la que exploraba la
Isla lejana, la lejanía de Ella... Pero había dedicado a la amada tantas
meditaciones que, mientras hubiere permanecido allí, cada rincón de aquella
casa marina habríale recordado, momento por momento, todo lo que quería
olvidar.
La verdad
de tal cosa era algo en lo que había reparado saliendo a la puente, para
hacerse distraer por el viento. Era aquél su bosque, a donde iba como a los
bosques van los amantes infelices; he aquí su naturaleza ficticia, plantas
pulidas por carpinteros de Amberes, ríos de tela tosca al viento, cavernas
calafateadas, estrellas de astrolabios. Y así como los amantes, revisitando un
lugar, identifican a la amada con cada flor, con cada susurro de hojas y
abejas, pues bien, ahora él habría muerto de amor acariciando la boca de un
cañón...
¿No
celebraban acaso los poetas a su dama elogiando los labios de rubíes, los ojos
de carbón, el seno de mármol, el corazón de diamante? Bien, también él —forzado
en aquella mina de abetos ya fósiles— habría tenido pasiones sólo minerales,
gúmena ensortijada de nudos habríale parecido su cabellera, esplendor de
cáncamos sus ojos olvidados, secuencia de imbornales sus dientes lucientes de
fragrante saliva, cabria traqueante su cuello ornado de collares de cáñamo, y
habría encontrado la paz forjándose la ilusión de haber amado la obra de un
constructor de juguetes mecánicos.
Luego se
arrepintió de su dureza al fingir la dureza de ella, se dijo que al petrificar
sus facciones petrificaba su deseo, que quería, en cambio, vivo e insatisfecho;
y, había anochecido, dirigió los ojos al amplio cóncavo del cielo punteado de
constelaciones indescifrables. Sólo contemplando cuerpos celestes habría podido
concebir los celestes pensamientos que convienen a quien, por celeste decreto,
haya sido condenado a amar a la más celestial de las humanas criaturas.
La reina
de los bosques, que con blanca vestidura enalba las selvas y platea los campos,
todavía no habíase asomado al extremo de la Isla, cubierta de duelo. El resto
del cielo estaba encendido y visible y, en el límite suroeste, casi al filo del
mar, allende la gran tierra, divisó un grumo de estrellas que el doctor Byrd
habíale enseñado a reconocer: era la Cruz del Sur. Y de un escritor olvidado,
del cual su preceptor carmelita habíale hecho aprender de memoria algunos
versos, Roberto recordaba una visión que había fascinado su infancia, la de un
peregrino por los reinos de la ultratumba que despuntando precisamente en
aquella región incógnita, había visto aquellas cuatro estrellas, no divisadas
jamás sino por los primeros (y últimos), moradores del Paraíso Terrenal.
11 ARTE DE
PRUDENCIA
¿Las veía
porque había naufragado de verdad en los límites del jardín del Edén o porque
había salido del vientre de aquel navío como de un embudo infernal? Quizá ambas
cosas. Ese naufragio, devolviéndolo al espectáculo de otra naturaleza, lo había
librado del Infierno del Mundo en el que había entrado, perdiendo las ilusiones
de la infancia, en los días de Casal.
Había sido
allá, una vez más, donde, después de haber entrevisto la historia como lugar de
muchos caprichos, e intrigas incomprensibles de la Razón de Estado, Saint—Savin
habíale hecho comprender cómo la gran máquina del mundo era falaz, atormentada
por las nequicias del Azar. Se había acabado en pocos días el sueño de gestas
heroicas de su adolescencia, y con el padre Emanuel había entendido que había
que enfervorizarse por las Heroicas Empresas. Y que se puede emplear una vida
no para combatir a un gigante sino para nombrar de demasiadas maneras a un
enano.
Abandonado
el convento, habíase acompañado del señor de la Saleta, el cual, a su vez,
acompañaba al señor de Salazar fuera de las murallas. Y para llegar a la que
Salazar llamaba la Puerta de Estopa, estaban recorriendo un trecho de baluarte.
Los dos
gentileshombres estaban elogiando la máquina del padre Emanuel y Roberto
ingenuamente había preguntado de qué podía valer tanta ciencia para regular el
destino de un asedio.
El señor
de Salazar habíase echado a reír.
—Mi joven
amigo —había dicho—, todos nosotros estamos aquí, y en atención a monarcas
diferentes, para que esta guerra se resuelva según justicia y honor. Pero ya no
son tiempos en los cuales se pueda cambiar el curso de las estrellas con la
espada. Terminó el tiempo en que los gentileshombres creaban a los reyes; agora
son los reyes los que crean a los gentileshombres. Antes la vida de corte era
una espera del momento en el que el gentilhombre habríase demostrado tal en la
guerra. Agora todos los gentileshombres que adivináis allá abajo —indicaba a
las tiendas españolas—, y aquí abajo —e indicaba los acantonamientos
franceses—, viven esta guerra para poder volver a su lugar natural, que es la
corte, y en la corte, amigo mío, ya no se lucha por igualar al rey en virtud,
sino para obtener su favor. Hoy en Madrid se ven hidalgos que la espada no la
han desenvainado jamás, y no se alejan de la ciudad: la dejarían, mientras se
empolvan en los campos de la gloria, en las manos de burgueses adinerados y de
una nobleza de toga que en estos tiempos incluso un monarca tiene muy en
cuenta. Al guerrero no le queda sino abandonar el valor para seguir a la
prudencia.
—¿La
prudencia? —había preguntado Roberto.
Salazar lo
había invitado a mirar hacia el llano. Las dos partes estaban empeñadas en
perezosas escaramuzas y veíanse nubes de polvo levantarse a la entrada de las
minas, allá donde caían las balas de los cañones. Hacia el noroeste los
imperiales estaban empujando un mantelete: tratábase de un carro sólido,
arqueado en los lados, que acababa en el frente en un parapeto de duelas de
roble, acorazadas con trancas de hierro tachonadas. En esa fachada abríanse
troneras de las que sobresalían espingardas, culebrinas y arcabuces, y de lado
se entreveían a los lansquenetes atrincherados a bordo. Híspida de cañones
delante y de aceros a los lados, chirriante de cadenas, la máquina emitía a
veces resoplidos de fuego por una de sus gargantas. Cierto es que los enemigos
no pretendían emplearla inmediatamente, pues era artilugio que había de
llevarse debajo de las murallas cuando las minas hubieran hecho ya su oficio,
pero igualmente cierto era que la exhibían para aterrorizar a los sitiados.
—Ve Vuesa
Merced —decía Salazar—, que la guerra la decidirán las máquinas, carro falcado
o mina que fueren. Algunos de nuestros valerosos compañeros, de ambas partes,
que han ofrecido el pecho al adversario, cuando no hayan muerto por error, no
lo han hecho por vencer, sino para ganarse reputación que gastar a la vuelta a
la corte. Los más valientes entre ellos tendrán el juicio de elegir empresas
que causen fragor, pero calculando la proporción entre lo que arriesgan y lo
que pueden ganar...
—Mi
padre... —empezó Roberto, huérfano de un héroe que no había calculado nada.
Salazar lo
interrumpió:
—El padre
de Vuesa Merced era precisamente un hombre de los tiempos pasados. No crea que
no los echo de menos, pero ¿puede valer aún la pena llevar a cabo un gesto
animoso, cuando se hablará más de una bella retirada que de una gallarda
acometida? ¿No acába de ver una máquina de guerra dispuesta a resolver la
suerte de un asedio más de lo que no hicieron un tiempo las espadas? ¿Y no hace
años y años que las espadas han dejado ya el lugar al arcabuz? Nosotros
llevamos aún las corazas, pero un pícaro puede aprender en un día a horadar la
coraza del gran Bayardo.
—Pues
entonces ¿qué le ha quedado al gentilhombre?
—El
juicio, señor de la Grive. El éxito ya no tiene el color del sol, sino que
crece a la luz de la luna, y nadie ha dicho nunca que esta segunda lumbrera
resultara desagradable al creador de todas las cosas. Jesús mismo ponderó, en
el huerto de los olivos, de noche.
—Mas luego
tomó una decisión según la más heroica de las virtudes, y sin prudencia...
—Pero
nosotros no somos el Hijo primogénito del Eterno, somos los hijos del siglo.
Acabado este asedio, si una máquina no le ha quitado la vida, ¿qué hará Vuesa
Merced? ¿Volverá quizá a sus campos, donde nadie le dará ocasión de resultar
digno de su padre? Con los pocos días que Vuesa Merced lleva moviéndose en
medio de hidalgos parisinos demuestra ya haber sido conquistado por sus
costumbres. Vuesa Merced querrá probar fortuna en la gran ciudad, y sabe bien
que es allí donde deberá gastar ese halón de braveza que la larga inacción
entre estas murallas le habrá concedido. Buscará también Vuesa Merced la
fortuna y deberá ser hábil para obtenerla. Si aquí ha aprendido a esquivar la
bala de un mosquete, allá deberá aprender a saber esquivar la envidia, los celos,
la cudicia, batiéndose con armas pares con sus adversarios, es decir, con
todos. Y por tanto tenga a bien escucharme. Ha media hora que Vuesa Merced me
interrumpe diciendo lo que piensa, y con aire de preguntar quiere demostrarme
que me engaño. No lo haga nunca más, sobre todo con los poderosos. A veces la
confianza en la propia sagacidad y el sentimiento de tener que atestiguar la
verdad podrían empujar a dar un buen aviso a quien es más que Vuesa Merced. No
lo haga jamás. Todo vencimiento es odioso, y del dueño, o necio, o fatal.
Gustan de ser ayudados los príncipes, pero no excedidos. Vuesa Merced será
prudente también con los iguales. No se ha de humillarlos con las propias
virtudes. Nunca hable de sí: o se ha de alabar, que es desmerecimiento, o se ha
de vituperar, que es poquedad. Permítase algún venial desliz: será como un
echar la capa al toro de la envidia, para salvar la inmortalidad. Deberá ser
bastante y parecer poco. El avestruz no aspira a elevarse en el aire,
exponiéndose a ejemplar despeño: deja descubrir poco a poco la belleza de sus
plumas. Y sobre todo, si Vuesa Merced tiene pasiones, no las ponga en muéstra,
por muy nobles que se las represente. No se ha de permitir a todos el acceso al
propio corazón. Un silencio prudente y cauto es la teca del juicio.
—¡Vuesa
Merced me está diciendo que el primer deber de un gentilhombre es aprender a
simular!
Intervino
sonriendo el señor de la Saleta:
—Vea,
querido Roberto, el señor de Salazar no dice que el sabio debe simular.
Sugiere, si he entendido bien, que debe aprender a disimular. Si simula lo que
no se es, se disimula lo que se es. Si Vuesa Merced alardea de lo que no ha
hecho, es un simulador, pero si evita, sin hacerlo notar, dar a conocer
completamente lo que ha hecho, entonces disimula. Es virtud sobre virtud
disimular la virtud. El señor de Salazar está enseñando a Vuesa Merced una
forma prudente de ser virtuoso, o de ser virtuoso según prudencia. Desde que el
primer hombre abrió los ojos y conoció que estaba desnudo, procuró ocultarse
incluso a la vista de su Artífice: así la solercia en encubrir casi nació con
el mundo mismo. Disimular es extender un velo compuesto de tinieblas honestas,
del cual no se forma el falso sino que se da un cierto descanso a lo verdadero.
La rosa parece bella porque a primera vista disimula ser cosa tan caduca, y
aunque de la belleza mortal se use afirmar que no parece cosa terrena, no es
sino un cadáver disimulado por el favor de la edad. En esta vida, no siempre se
debe ser de corazón abierto, y las verdades que más nos importan vienen siempre
a medio decir. La disimulación no es engaño. Es industria de no hacer ver las
cosas como son. Y es industria difícil: para sobresalir en ella hace falta que
los demás no reconozcan nuestra excelencia. Si alguien fuera célebre por su
capacidad de camuflarse, como los actores, todos sabrían que no es lo que finge
ser. Pero de los excelentes disimuladores que han sido y son, no se tiene
noticia alguna.
—Y note
Vuesa Merced —añadió el señor de Salazar—, que invitándole a disimular no se le
invita a permanecer mudo como un majadero. Al contrario. Será menester aprender
a hacer con la palabra aguda lo que no se puede hacer con la palabra abierta; a
moverse en un mundo, que privilegia la apariencia, con todas las agilidades de
la elocuencia, a ser tejedor de palabras de seda. Si los dardos traspasan el
cuerpo, las palabras pueden traspasar el alma. Haga que sea naturaleza en Vuesa
Merced lo que en la máquina del padre Emanuel es arte mecánico.
—Pero
señor —dijo Roberto—, la máquina del padre Emanuel me parece una imagen del
Ingenio, que no pretende herir o seducir, sino descubrir y revelar conexiones
entre las cosas, y por tanto, convertirse en nuevo instrumento de verdad.
—Eso para
los filósofos. Pero para los necios use Vuesa Merced el Ingenio para asombrar,
y obtendrá aprobación. Los hombres gustan de ser sorprendidos. Si el destino y
la fortuna de Vuesa Merced se deciden no en el campo, sino en los salones de la
corte, un buen punto obtenido en la conversación será más provechoso que una
bizarra acometida en batalla. El hombre prudente, con una frase elegante, se
quita de enredo, y sabe usar la lengua con la ligereza de una pluma. La mayor
parte de las cosas se puede pagar con las palabras.
—Le
esperan en la puerta, Salazar —dijo Saleta.
Y así,
para Roberto, tuvo fin aquella inesperada lección de vida y de sabiduría. No
quedó edificado, pero sí agradecido a sus dos maestros. Habíanle explicado
muchos misterios del siglo, de los cuales en la Griva nunca nadie habíale dicho
nada.
12 LAS
PASIONES DEL ALMA
En aquel
derrumbarse de todas las ilusiones, Roberto cayó presa de una manía amorosa.
Estábamos
ya a finales de junio, y hacía bastante calor; habíanse difundido desde hacía
unos diez días las primeras voces de un caso de peste en los reales españoles.
En la ciudad empezaban a escasear las municiones, a los soldados
distribuíanseles ya sólo catorce onzas de pan muy negro, y para conseguir una
pinta de vino (que es menos de media azumbre) de los casaleses había que pagar
ya tres florines, que son casi doce reales. Habíanse alternado Salazar en la
ciudad y Saleta en el campo para tratar de la ranción —así llamaban el rescate—
de oficiales prendidos por una parte y por otra en el transcurso de los
choques, y los rescatados debían obligarse a no volver a tomar las armas.
Hablábase otra vez de aquel capitán en ascenso en el mundo diplomático, Mazzarini,
a quien el Papa había encomendado la negociación.
Alguna
esperanza, alguna salida y un jugar a destruirse recíprocamente las minas, así
era como se desenvolvía aquel asedio indolente.
A la
espera de los conciertos, o de la armada de socorro, los espíritus belicosos
habíanse sedado. Algunos casaleses habían decidido salir fuera de las murallas
para segar aquellos campos de trigo que se habían salvado de los carros y de
los caballos, indiferentes a los cansinos escopetazos que los españoles tiraban
de lejos. Pero no todos iban desarmados: Roberto vio a una campesina alta y
leonada que a ratos interrumpía su trabajo de hoz, inclinábase entre las
espigas, levantaba una escopeta, la embrazaba como soldado viejo, apretando la
culata contra la mejilla roja, y apuntaba hacia los que estorbaban. Los
españoles, hastiados por los tiros de aquella Ceres guerrera, habían
respondido, y un tiro le había dado al sesgo en una muñeca. Sangrando ahora retrocedía,
sin dejar de cargar y disparar, gritando algo hacia el enemigo. Mientras estaba
ya casi bajo las murallas, unos españoles la apostrofaron:
—¡Puta de
los franceses! A lo que ella respondía:
—Si, a sun
la pütan'na dei francés, ma ad vui no!
Aquella
figura virginal, aquella quintaesencia de belleza opima y de furia marcial,
unida a aquella sospecha de impudicia con la que el insulto habíala
enriquecido, atizaron los sentidos del adolescente.
Aquel día
había recorrido las calles de Casal para renovar aquella visión; había
interrogado a unos campesinos, había sabido que la muchacha se llamaba según
algunos Anna Maria Novarese, Francesca según otros, y en una taberna habíanle
dicho que tenía veinte años, que venía de la comarca, y que tenía amoríos con
un soldado francés. «L'é brava la Francesca, se l'é, brava», decían con
sonrisas de inteligencia, y a Roberto la amada parecióle aún más deseable en
cuanto, una vez más, adulada por aquellos guiños licenciosos.
Algunas
tardes después, pasando por delante de una casa, la divisó en una habitación
oscura en el cuarto bajo. Estaba sentada junto a la ventana para tomar un
airecillo que mitigaba apenas el bochorno monferrín, aclarada por una lámpara,
invisible desde fuera, que descansaba cerca del alféizar. De buenas a primeras
no la había reconocido porque sus hermosos cabellos estaban recogidos en la
cabeza, y sólo dos mechones colgaban encima de las orejas. Se divisaba tan sólo
el rostro un poco inclinado, singular purísimo óvalo, rociado por algún aljófar
de sudor, única verdadera lámpara en aquella penumbra.
Estaba
trabajando en la costura sobre una mesita baja, en la que posaba la mirada
atenta, de suerte que no dio en la cuenta del joven, que se había retraído a
atisbarla de lado, agazapándose contra el muro. Con el corazón que le golpeaba
en el pecho, Roberto veía el labio, sombreado por una pelusilla rubia. De
repente, ella había alzado una mano aún más luminosa que el rostro, para
llevarse a la boca un hilo oscuro: lo había introducido entre los labios rojos
descubriendo los dientes blancos y lo había cortado de una vez, con acción de
fiera gentil, sonriendo risueña de su benigna crueldad.
Roberto
habría podido esperar toda la noche, mientras respiraba apenas, por el temor de
ser descubierto y por el ardor que lo helaba. Pero poco después, la muchacha
apagó la lámpara, y la visión se disipó.
Había
pasado por aquella calle los días siguientes, sin volver a verla, excepto una
sola vez, aunque no estaba seguro porque, si era ella, estaba sentada con la
cabeza gacha, el cuello desnudo y sonrosado, una cascada de cabellos que le
cubrían el rostro. Una matrona estaba a sus espaldas, navegando por aquellas
olas leoninas con un peine de pastora, y de vez en cuando lo dejaba para asir
con los dedos un animalillo fugitivo, cuya vida bulliciosa torcíanle sus unas
con un golpe seco. Roberto, no nuevo a los ritos del despiojamiento, descubría,
en cambio, por vez primera, su belleza, e imaginaba poder poner las manos entre
aquellas ondas de seda, apretar las yemas sobre aquella nuca, besar esos
surcos, destruir él mismo aquellos rebaños de mirmidones que los contaminaban.
Tuvo que
alejarse de aquel embeleso por el sobrevenir de gentío que alborotaba la calle,
y fue la última vez que aquella ventana le reservó amorosas visiones.
Otras
tardes y otras noches divisó aún a la matrona, y a otra muchacha, pero no a
ella. Llegó a la conclusión de que aquella no era su casa, sino la de una
pariente, a la que había ido sólo para hacer alguna labor. Dónde pudiere estar
ella, por largos días dejó de saberlo.
Como
quiera que la languidez amorosa es licor que cobra mayor fuerza cuando se
trasiega en los oídos de un amigo, mientras recorría Casal sin fruto, y
adelgazaba en la búsqueda, Roberto no había conseguido esconder su estado a
Saint—Savin. Habíaselo revelado por vanidad, porque todos los amantes se
adornan de la belleza de la amada y de esta belleza está seguramente seguro.
—Pues
bien, amad —había reaccionado Saint—Savin con descuido—. No es cosa nueva.
Parece ser que los humanos se deleitan con ello, a diferencia de los animales.
—¿Los
animales no aman?
—No, las
máquinas simples no aman. ¿Qué hacen las ruedas de un carro a lo largo de una
cuesta? Ruedan hacia abajo. La máquina es un peso, y el peso pende, y depende
de la ciega necesidad que lo empuja a la bajada. Así el animal: pende hacia el
concúbito y no se sosiega hasta que no lo obtiene.
—¿Acaso no
me habíais dicho ayer que también los hombres son máquinas?
—Sí, pero
la máquina humana es más compleja que la máquina mineral y que la animal, y se
complace de un movimiento oscilatorio.
—¿Y
entonces?
—Entonces
vos amáis, y por tanto deseáis y no deseáis. El amor nos hace enemigos de
nosotros mismos. Teméis que alcanzar el fin os decepcione. Os deleitáis in
limine, como dicen los teólogos, gozáis del retraso.
—No es
verdad, yo... ¡yo la quiero inmediatamente!
—Si así
fuere, seríais aún y solamente un rústico. Pero tenéis espíritu. Si la
quisierais ya la habríais tomado; y seríais un bruto. No, vos queréis que
vuestro deseo se inflame, y que entretanto se encienda también el suyo. Si el
suyo se inflamare a tal punto que la indujere a concederse inmediatamente, con
toda probabilidad ya no la querríais. En la espera prospera el amor. La Espera
va caminando por los espaciosos campos del Tiempo hacia la Ocasión.
—¿Pues qué
hago entretanto?
—¡Cortejadla!
—Mas...
Ella todavía no sabe nada, y debo confesaros que tengo dificultades en
acercarme a ella...
—Escribidle
una carta y decidle de vuestro amor.
—¡Si jamás
he escrito cartas de amor! Antes, me avergüenzo de decir que jamás he escrito
cartas.
—Cuando la
naturaleza déjanos a lo mejor, acojámonos al arte. Os la dictaré yo. Un
gentilhombre se complace a menudo en redactar cartas para una dama que no ha
visto nunca, y yo no soy menos. No amando sé hablar de amor mejor que vos, a
quien el amor os hace mudo.
—Mas yo
creo que cada persona ama de forma diferente... Sería un artificio.
—Si le
revelarais vuestro amor con el acento de la sinceridad, resultaríais torpe.
—Mas le
diría la verdad...
—La verdad
es una doncella tan vergonzosa cuanto hermosa, y por esto anda siempre tapada.
—¡Es que
yo quiero decirle mi amor, no el que vos describiríais!
—Pues
bien, para ser creído, fingid. No existe perfección sin el esplendor de la
maquinación.
—Mas ella
entendería que la carta no está hablando de ella.
—No
temáis, creerá que lo que dicto ha sido concebido a su medida. Adelante,
sentaos y escribid. Dejad sólo que encuentre la inspiración.
Saint—Savin
movíase por la habitación como si, dice Roberto, estuviera remedando el vuelo
de una abeja que regresa al panal. Casi danzaba, con los ojos vagarosos, como
si tuviera que leer en el aire ese mensaje, que aún no existía. Luego empezó.
—Señora...
—¿Señora?
—¿Y qué
querríais decirle? ¿Acaso «oye tú, putilla casalesa»?
—Puta de
los franceses —no pudo refrenarse de murmurar Roberto, aterrorizado de que
Saint—Savin por juego se hubiera acercado tanto, si no a la verdad, por lo
menos a la calumnia.
—¿Qué
habéis dicho?
—Nada.
Está bien. Señora. ¿Y luego?
—Señora:
en la admirable arquitectura del Universo, estaba ya escrito desde el natal día
de la Creación que yo os habría encontrado y amado. Mas desde la primera línea
de esta carta siento que mi alma tanto rebosa que habrá abandonado mis labios y
mi pluma antes que haya acabado.
—...
Acabado. Pero no sé si será comprensible para...
—Lo
verdadero es tanto más grato cuanto más híspido de dificultades, y más
apreciada es la revelación que harto nos haya costado. Elevemos antes el tono.
Digamos entonces... Señora...
—¿Aún?
—Sí.
Señora: a una dama en hermosura par a Alcidiana, érale sin duda necesaria, como
a aquesta Heroína, demora inexpugnable. Por encantamiento fuisteis transportada
a otro lugar y vuestra provincia convirtióse en una segunda ínsula Errante que
el viento de mis suspiros hace retroceder a la par que me aproximo, provincia
antípoda, tierra de hielos inabordable. Os veo perplejo, la Grive: ¿aún os
parece mediocre?
—No, es
que... yo diría lo contrario.
—No temáis
—dijo Saint—Savin tergiversando—, no faltarán contrapuntos de contrarios.
Prosigamos. Quizá vuestras gracias os dan derecho a permanecer lejana cual a
Dioses se conviene. ¿Mas desconocéis acaso la favorable acogida que a nuestros
sahumerios e inciensos ellos deparan? No rechacéis pues mi adoración, que si
vos poseéis en sumo grado esplendor y belleza, haríais de mí ser impío
impidiéndome adorar en vuestra persona dos entre los mayores atributos
divinos... ¿Suena mejor así?
En ese
punto, Roberto pensaba que el único problema era que la Novarese supiera leer.
Franqueado aquel baluarte, cualquier cosa que hubiere leído sin duda habríala
arrobado, visto que estaba arrobándose él al escribirlo.
—Dios mío
—dijo—, debería de enloquecer...
—Enloquecerá.
Continuad. Lejos de haber perdido mi corazón cuando os hice obsequio de mi
libertad, hállomelo desde aquel día harto más grande, a tal punto multiplicado
que, como si uno solo no bastara para amaros, está reproduciéndose por todas
mis arterias donde lo siento palpitar...
—Oh
Dios...
—No
perdáis la calma. Estáis hablando de amor, no estáis amando. Perdonad Señora el
furor de un desesperado, o mejor, no os deis pena: no hase oído jamás que los
soberanos hubieren de rendir cuentas de la muerte de sus esclavos. Soy contento
de recibirla; porque no podéisme hacer mayores mercedes, que mi fin sea causado
por vuestra hermosura y si os dignáredes de odiarme, aqueso me dirá que no os
era yo indiferente. Así la muerte, con la que creéis castigarme, me será causa
de gozo. Sí, la muerte. Si amor es entender que dos almas fueron creadas para
ser unidas, cuando advierte la una que la otra no siente, no le cumple en el
mundo ya más vivir muriendo; y partiéndose mi alma, de mi cuerpo vivo aún por
poco, os da noticia.
—...Por
poco ¿os da?
—Noticia.
—Dejadme
tomar aliento. Se me calienta la cabeza...
—Controlaos.
No confundáis el amor con el arte.
—¡Es que
yo la amo! La amo, ¿entendéis?
—Yo no.
Por eso os habéis encomendado a mí. Escribid sin pensar en ella. Pensad,
veamos, en el señor de Toiras...
—¡Os lo
ruego!
—No
adoptéis ese aire. Es un hombre guapo, al fin y al cabo. Pero escribid.
Señora...
—¿Otra
vez?
—Otra vez.
Señora: habéisme destinado a morir ciego, pues ¿no habéis hecho dos alquitaras
de mis ojos, para destilarme la vida? Y sólo vos podíais obrar tal maravilla,
que más mis ojos se humedecen y más abrasan. Quizá no formara mi padre el
cuerpo mío de la misma arcilla que dio vida al primer hombre, sino de cal, pues
que el agua que vierto me consume. ¿Y cómo es posible que consumido aún viva,
hallando nuevas aguas para seguir consumiéndome?
—¿No es
exagerado?
—En las
ocasiones grandiosas ha de ser grandioso también el pensamiento.
Roberto ya
no protestaba. Parecíale haberse transformado en la Novarese, y experimentaba
lo que ella habría debido experimentar leyendo aquellas páginas. Saint—Savin dictaba.
—Habéis
dejado en mi corazón, al abandonarlo, a una insolente, que es vuestra imagen, y
que anda jactándose de tener sobre mí poder de vida y muerte. Y vos os habéis
alejado de mí cual soberano se aleja del lugar del suplicio, no sea importunado
por las solicitudes de gracia. Si mi alma y mi amor se componen de dos puros
suspiros, cuando yo muera, conjuraré a la Agonía para que sea el de mi amor el
que me abandone por último, y habré realizado, como postrero regalo, milagro
del que deberíais estar orgullosa, que al menos por un instante seréis
suspirada por un cuerpo ya muerto.
—Muerto.
¿Acabado?
—No,
dejadme pensar, hace falta un cierre que contenga una pointe...
—¿Una puan
qué?
—Sí, un
acto del intelecto que parezca expresar la correspondencia inaudita entre los
objetos, más allá de cualquier creencia nuestra, de suerte que en este
placentero juego del espíritu se extravíe felizmente cualquier deferencia hacia
la substancia de las cosas.
—No
entiendo...
—Entenderéis.
Ya está: invirtamos de momento el sentido de la apelación: en efecto aún no
habéis muerto, démosle la posibilidad de acudir en socorro de este moribundo.
Escribid. Podríais quizá, Señora, salvarme todavía. Os he hecho obsequio de mi
corazón. ¿Mas cómo puedo vivir sin el motor mismo de la vida? No os pido que me
lo devolváis, que sólo en vuestro cautiverio goza de la más sublime de las
libertades: os ruego, enviadme a cambio el vuestro, que no encontrará
tabernáculo mejor dispuesto para acogerlo. Para vivir, vos no necesitáis dos
corazones, y el mío late por vos tan fuerte que os asegura el más sempiterno de
los fervores.
Luego
haciendo media pirueta e inclinándose como un actor que esperara el aplauso:
—¿No es
bello?
—¿Bello?
Pues lo encuentro... qué decir... ridículo. ¿Acaso no os parece ver a esta
señora corriendo por Casal a tomar y entregar corazones, como un paje?
—¿Queréis
que ame a un hombre que habla como un burgués cualquiera? Firmad y sellad.
—No pienso
en la dama, pienso que si se la enseñara a alguien, moriría de vergüenza.
—No lo
hará. Guardará la carta en su seno y todas las noches encenderá un pábilo junto
al lecho para releerla, y cubrirla de besos. Firmad y sellad.
—Pero
imaginemos, digo por decir, que ella no supiere leer. Tendrá que hacer que
alguien se la lea...
—¡Pero
señor de la Grive! ¿Me estáis diciendo acaso que os habéis encaprichado de una
villana? ¿Que habéis dilapidado mi inspiración para poner en embarazo a una
rústica? No nos queda sino batirnos.
—Era un
ejemplo. Una broma. Pues háseme enseñado que el hombre prudente debe ponderar
los casos, las circunstancias y entre los posibles también los más
imposibles...
—Veo que
estáis aprendiendo a exprimiros como se conviene. Pero habéis ponderado mal y
elegido el más risible entre los posibles. En cualquier caso, no quiero
forzaros. Borrad si queréis la última frase y continuad como os diré...
—Pero si
borro tendré que volver a escribir la carta.
—Sois
también haragán. Mas el sabio debe sacar partido de las desventuras. Borrad...
¿ya? Bien.
Saint—Savin
había mojado el dedo en una jarra, luego había dejado caer una gota sobre el
párrafo borrado, obteniendo una pequeña mancha de humedad, cuyos contornos
difuminados poco a poco se oscurecían por la negrura de la tinta que el agua
había hecho retroceder sobre la hoja.
—Y ahora
escribid. Perdonad Señora, si no he tenido el valor de dejar con vida un
pensamiento que, robándome una lágrima, me ha espantado por su osadía. Así
acontece, que un fuego etneo puede generar un dulcísimo arroyo de aguas
salobres. Mas, oh Señora, mi corazón es como la concha marina, que al beber el
bello sudor del alba genera la perla, y crece una con ella. Al pensamiento de
que vuestra indiferencia quisiera sustraerle a mi corazón aljófar tan
celosamente alimentado, el corazón se me escapa por los ojos... Sí, la Grive,
así está indudablemente mejor, hemos reducido los excesos. Mejor acabar
atenuando el énfasis de amante, para gigantizar la conmoción de la amada.
Firmad, sellad y hacédsela llegar. Luego esperad.
—Esperar,
¿qué?
—El norte
de la Brújula de la Prudencia consiste en desplegar las velas al viento del
Momento Favorable. En estas cosas la espera nunca hace daño. La presencia
mengua la fama y la lejanía la acrecienta. Estando lejos seréis tenido por un
león, y estando presente podríais convertiros en un ratoncito alumbrado por la
montaña. Sois sin duda rico de buenísimas prendas. Pero las prendas pierden
lucimiento si se tocan demasiado, mientras la fantasía llega más lejos que la
vista.
Roberto
había dado las gracias y había corrido a su casa escondiendo la carta en el
pecho como si la hubiera robado. Temía que alguien le hurtara el fruto de su
hurto.
La
encontraré, se decía, me inclinaré y entregaré la carta. Luego se agitaba en el
lecho pensando en la manera en que ella la habría leído con los labios. Ya
estaba imaginando a Anna María Francesca Novarese como dotada de todas aquellas
virtudes que Saint—Savin habíale atribuido. Declarando, aunque por voz ajena,
su amor, habíase sentido aún más amante. Haciendo algo contra su genio había
sido seducido por el Ingenio. Él ahora amaba a la Novarese con la misma
exquisita violencia de la que decía la carta.
Habiéndose
puesto en busca de aquella de la cual estaba tan dispuesto a permanecer
alejado, mientras algunos cañonazos llovían sobre la ciudad, descuidado del
peligro, algunos días después habíala divisado en una esquina, cargada de
espigas como una criatura mitológica. Con gran tumulto interior había corrido a
su encuentro, no sabiendo bien qué habría hecho o dicho.
Acercándose
a ella tembloroso, se había parado delante y le había dicho:
—Señora...
—A mi?
—había contestado riendo la muchacha, y luego—: E alura?
—Y pues
—no había sabido decir nada mejor Roberto—, ¿podríais decirme por qué parte se
va al Castillo?
Y la
muchacha moviendo hacia atrás la cabeza, y la gran masa de cabellos:
—Ma da la,
no?
Y había
doblado la esquina.
En aquella
esquina, mientras Roberto dudaba de si seguirla, había caído silbando una bala
de cañón, derribando el murete de un jardín, y levantando una nube de polvo.
Roberto había tosido, había esperado que el polvo se aclarara y había
comprendido que, caminando con demasiada vacilación por los espaciosos campos
del Tiempo, había perdido la Ocasión.
Para
castigarse, rasgó con contrición la carta y dirigióse hacia casa, mientras los
jirones de su corazón se apelotillaban en el suelo.
Su primer
e impreciso amor lo había convencido para siempre de que el objeto amado reside
en la lejanía, y creo que esto marcó su destino de amante. Durante los días
siguientes había vuelto a todas las esquinas (donde recibiera una noticia,
donde adivinara un rastro, donde oyera hablar de ella y donde la viera) para
recomponer un paisaje de la memoria. Había dibujado así un Casal de la propia
pasión, transformando callejuelas, fuentes, plazas, en el Río de la
Inclinación, en el Lago de la Indiferencia, o en el Mar de la Enemistad; había
hecho de la ciudad herida el País de la propia Ternura insaciada, isla (ya
entonces, presagio) de su soledad.
13 EL MAPA
DE LA TERNURA
La noche
del veinte y nueve de junio un gran estruendo había despertado a los sitiados,
seguido por un redoble de tambores: había estallado la primera mina que los
enemigos habían conseguido hacer volar bajo las murallas, haciendo saltar una
media luna y sepultando a veinte y cinco soldados. El día después, hacia las
seis de la tarde, habíase oído como un temporal hacia poniente, y hacia oriente
había aparecido un cuerno de la abundancia, más blanco que el resto del cielo,
con la punta que se alargaba y acortaba. Era un cometa, que había turbado a los
hombres de armas e inducido a los habitantes a encerrarse en casa. En las
semanas siguientes habían saltado otros puntos de las murallas, mientras desde
los espaltes, los sitiados tiraban en balde, porque ya los adversarios se
movían bajo tierra, y las contraminas no conseguían desanidarlos.
Roberto
vivía aquel naufragio como un pasajero extraño. Pasaba largas horas dialogando
con el padre Emanuel sobre la mejor manera de describir los fuegos del cerco,
pero frecuentaba cada vez más a Saint—Savin para elaborar con él metáforas de
par prontitud que describieran los fuegos de su amor, cuyo fracaso no había
osado confesar. Saint—Savin apercibíale de una escena donde su caso galante
podía desenvolverse felizmente; padecía, callando, la ignominia de elaborar con
el amigo otras cartas, que luego fingía remitir, releyéndolas, en cambio, cada
noche como si el diario de tantos suspiros estuviera dirigido por ella a él.
Novelaba sobre situaciones en las que la Novarese, perseguida por los
lansquenetes, caíale extenuada entre los brazos, él desbarataba a los enemigos
y la conducía exhausta a un jardín, donde gozaba de su salvaje gratitud. Ante
pensamientos tales abandonábase en su cama, se recobraba después de un largo
desmayo y componía sonetos para la amada.
Habíale
enseñado uno a Saint—Savin que había comentado:
—Lo
considero de una gran porquería, si me lo permitís, mas consolaos: la mayor
parte de los que se definen poetas en París hacen cosas mucho peores. No
poeticéis sobre vuestro amor, la pasión os veda esa divina frialdad que era la
gloria de Catulo.
Se
descubrió de humor melancólico y se lo dijo a Saint—Savin:
—Alegraos
—comentó el amigo—, la melancolía no es borra sino flor de la sangre, y genera
a los héroes porque, lindando con la locura, los induce a las acciones más
denodadas.
Pero
Roberto sentíase inducido a nada, y poníase melancólico de no ser bastantemente
melancólico.
Sordo a
los gritos y a los cañonazos, oía voces de alivio (hay crisis en el campo
español, dizque la armada francesa avanza), alegrábase porque a mediados de
julio una contramina por fin había conseguido causar gran mortandad de muchos
españoles; pero entre tanto, evacuábanse muchas medias lunas, y a mediados de
julio, las vanguardias enemigas ya podían batir directamente la ciudad. Se
enteraba de que algunos casaleses intentaban pescar en el Po y, sin cuidarse de
si recorría calles expuestas a los tiros enemigos, corría a ver, con el temor
de que los imperiales le dispararan a la Novarese.
Pasaba
haciéndose sitio entre los soldados en rebelión, cuyo contrato no preveía que
excavaran trincheras; pero los casaleses se negaban a hacerlo por ellos, y
Toiras veíase obligado a prometer un sobresueldo. Se cumplimentaba, como todos,
sabiendo que Espino—la había enfermado de peste, gozaba viendo un grupo de
desertores napolitanos que habían entrado en la ciudad, abandonando por miedo
el campo adversario insidiado por el morbo, oía al padre Emanuel decir que
aquello podía convertirse en causa de contagio...
A mediados
de septiembre, apareció la peste en la ciudad, Roberto no se preocupó, si no
temiendo que la Novarese la hubiera contraído, y se despertó una mañana con la
fiebre alta. Consiguió enviar a alguien para que avisara al padre Emanuel, y
fue hospedado a escondidas en su convento, evitando uno de aquellos lazaretos
de fortuna donde los enfermos morían deprisa y sin alboroto para no distraer a
los demás, ocupados en morir de pirotecnia.
Roberto no
pensaba en la muerte: tomaba la fiebre por el amor y soñaba con tocar las
carnes de la Novarese mientras ajaba los pliegues del jergón, o acariciaba las
partes sudadas y dolientes de su cuerpo.
Potencia
de una memoria demasiado icástica, aquella noche en el Daphne, mientras
la oscuridad avanzaba, el cielo realizaba sus lentos movimientos, y la Cruz del
Sur había desaparecido en el horizonte, Roberto no sabía ya si ardía de
recobrado amor por la Diana guerrera de Casal o por la Señora igualmente lejana
a su vista.
Quiso
saber dónde habría podido huir ella, y corrió a la cámara de los instrumentos
náuticos donde le parecía que había un mapa de aquellos mares. Lo encontró, era
grande, de colores, e inacabado, porque entonces muchos mapas no acabábanse por
necesidad: el navegante de una nueva tierra, dibujaba las costas que había
visto, pero dejaba incompleto el contorno, no sabiendo nunca cómo y cuándo y
dónde extendíase aquella tierra; por lo cual, las cartas de navegación del
Pacífico parecían a menudo arabescos de playas, atisbos de perímetros,
hipótesis de volúmenes, y definidos veíanse solamente los pocos islotes
circunnavegados, y el curso de los vientos conocidos por experiencia. Algunos,
para hacer reconocible una isla, no hacían sino dibujar con mucha precisión la
forma de las cimas y de las nubes que la dominaban, para que resultaran
identificables así como se reconoce de lejos a una persona por el ala del
sombrero, o por el paso aproximado.
Ahora
bien, en aquel mapa estaban visibles los lindes de dos costas enfrentadas,
divididas por un canal orientado de sur a norte, y una de las dos costas casi
terminaba con varias sinuosidades que definían una isla, y podía ser su Isla;
empero más allá de un largo trecho de mar, había otros grupos de islas
presuntas, con una conformación harto parecida, que podían igualmente
representar el lugar en el que él estaba.
Nos
equivocaríamos si pensáramos que a Roberto le embargaba curiosidad de geógrafo;
demasiado habíalo educado el padre Ema—nuel a desconcertar lo visible a través
de la lente de su anteojo de larga vista aristotélico. ¡Demasiado habíale
enseñado Saint—Savin a fomentar el deseo a través del lenguaje, que transforma
a una muchacha en cisne y un cisne en mujer, el sol en un caldero y un caldero
en sol! Entrada la noche, encontramos a Roberto desvariando sobre el mapa ya
transformado en el anhelado cuerpo mujeril.
Si es
error de los amantes escribir el nombre amado en la arena de la playa, que
luego deslavan y roban las olas, como amante prudente sentíase él, que había
encomendado el cuerpo amado a los arcos de los senos y de los golfos, los
cabellos al fluir de las corrientes por los meandros de los archipiélagos, el
trasudor estival del semblante al reflejo de las aguas, el misterio de los ojos
al azul de una amplitud desierta. De suerte que el mapa repetía más veces las
facciones del cuerpo amado, en diferentes abandonos de bahías y promontorios.
Ansioso naufragaba con la boca en el mapa, bebía aquel océano de voluptuosidad,
acariciaba un cabo, no osaba penetrar un estrecho, con la mejilla tendida sobre
la hoja respiraba el aliento de los vientos, habría querido sorber los veneros
y hontanares, abandonarse sediento a desecar los estuarios, hacerse sol para
besar las orillas, marea para endulzar el arcano de las desembocaduras...
Pero no
gozaba de la posesión, sino de la privación: mientras en su desvarío tocaba ese
vago trofeo de erudito pincel, quizá Otros, en la Isla verdadera —allá donde
extendíase en formas donosas que el mapa aún no había sabido capturar— mordían
sus frutos, se bañaban en sus aguas... Otros, gigantes estupefactos y feroces,
aproximaban en ese instante la tosca mano a su seno, deformes Vulcanos
señoreaban aquella delicada Afrodita, rozaban sus bocas con la misma estulticia
con la que el pescador de la Isla no Encontrada, allende el último horizonte de
las Canarias, arroja sin saberlo la más rara entre las perlas...
Ella en
otra mano amante... Era este pensamiento la ebriedad suprema, en la que Roberto
se atormentaba, gañendo su enastada impotencia. Y en este frenesí, a gatas
sobre la mesa como para asir al menos la extremidad de una falda, la mirada
resbaló de la representación de aquel cuerpo pacífico, muellemente undoso, a
otro mapa, en el que el desconocido autor había intentado acaso representar los
conductos igníferos de los volcanes de la tierra occidental: era un portulano
de nuestro globo entero, todo penachos de humo en la cima de las prominencias
de la corteza, y en el interior, un enredo de venas adustas; y de ese globo se
sintió de improviso imagen viviente, bramó espirando lava por todos los poros,
eructando la linfa de su satisfacción insatisfecha, perdiendo por fin los
sentidos —destruido por árida hidropesía (así escribe)— sobre aquella anhelada
carne austral.
14
DISCURSO DE ARMAS Y LETRAS
También en
Casal soñaba con espacios abiertos, y con el amplio llano en el que había visto
por primera vez a la Novarese. Ahora ya no estaba enfermo, y por tanto, más
lúcidamente pensaba que no habríala vuelto a encontrar jamás, porque él habría
muerto de allí a poco, o quizá estaba ya muerta ella.
En efecto,
no estaba muñéndose, antes, poco a poco, recobraba la salud, pero no lo
advertía y tomaba los desmayos de la convalecencia por el desvanecerse de la
vida. Saint—Savin había ido a verle a menudo, apercibíalo con la gaceta de los
acontecimientos cuando estaba presente el padre Emanuel (que lo miraba con
recelo, como si fuera a robarle esa alma), y cuando el padre había de alejarse
(pues en el convento se iban concentrando las negociaciones) disputaba como
filósofo sobre la vida y la muerte.
—Mi buen
amigo, Espínola va a morir. Estáis invitado ya a los festejos que haremos por
su despedida de este mundo.
—La
próxima semana estaré muerto también yo...
—No es
verdad, sabría reconocer el rostro de un moribundo. Mas haría mal en apartaros
del pensamiento de la muerte. Antes, aprovechad de la enfermedad para llevar a
cabo este buen ejercicio.
—Señor de
Saint—Savin, habláis como un eclesiástico.
—En
absoluto, yo no os digo que os preparéis para la otra vida, sino que uséis bien
esta única vida que os es dada, para arrostrar, cuando venga, la única muerte
de la que jamás tendréis experiencia. Es necesario meditar antes, y muchas
veces, sobre el arte de morir, para después conseguir hacerlo bien una sola
vez.
Quería
levantarse, y el padre Emanuel se lo impedía, porque no creía que estuviera aún
preparado para volver al estruendo de la guerra. Roberto le hizo entender que
estaba impaciente de volver a ver a alguien. El padre Emanuel juzgó necio que
su cuerpo tan enjugado dejárase apocar por el pensamiento de un cuerpo ajeno, e
intentó hacerle parecer digna de menosprecio la estirpe femenina:
—Aquesse
vanísimo Mundo Femenino —le dijo—, que llevan encima ciertas Atlantes modernas,
rueda en torno al Deshonor, y tiene los Signos del Cáncer y del Capricornio por
Trópicos. El Espejo, que es su Primer Móvil, nunca está tan obscuro como quando
reflexa las Estrellas de aquellos Ojos lascivos, convertidas, por el exhalar de
los Vapores de los Amantes dementados, en Metheores, que anuncian calamidades
para la Honradez.
Roberto no
apreció la alegoría astronómica, ni reconoció a la amada en el retrato de
aquellas brujas mundanas. Quedóse en cama, pero exhalaba aún más los vapores de
su prendamiento.
Otras
noticias le llegaban, entre tanto, del señor de la Saleta. Los casaleses
estaban preguntándose si no debían permitir a los franceses el acceso a la
ciudadela: habían entendido por fin que, si habían de impedir al enemigo que
entrara, era menester unir las fuerzas. Pero el señor de la Saleta dejaba
entender que, ahora más que nunca, mientras la ciudad parecía a punto de caer,
ellos, mostrando colaborar, revisaban en su corazón el pacto de alianza.
—Es
preciso —había dicho— ser cándidos como palomas con el señor de Toiras, pero
astutos como serpientes en el caso de que su rey quisiere vender después Casal.
Es menester combatir, de forma que si Casal se salva sea también por mérito
nuestro; aunque sin propasarse, que si cae, la culpa sea sólo de los franceses.
—Y había añadido, como amaestramiento de Roberto—: El hombre prudente no debe
uncirse a un solo carro.
—Los
franceses dicen que sois mercaderes: ¡nadie repara en vosotros cuando combatís
y todos ven que estáis vendiendo a usura!
—Para
vivir mucho es un bien valer poco. El vaso agrietado es el que no se rompe
nunca del todo y acaba por cansar a fuerza de durar.
Una
mañana, a primeros de septiembre, descendió sobre Casal un aguacero liberador.
Sanos y convalecientes habíanse llevado todos al aire libre, a tomar la lluvia,
que debía lavar todos los rastros del contagio. Era más una manera de recobrar
ánimos que una curación, y el morbo siguió ensañándose aún después de la
tormenta. Las únicas noticias consoladoras concernían al trabajo que la peste
estaba igualmente llevando a cabo en el campo enemigo.
Capaz
ahora de sostenerse en pie, Roberto aventuróse fuera del convento y a un cierto
punto vio en el umbral de una casa marcada con la cruz verde que la declaraba
lugar contagioso, a Anna Maria o Francesca Novarese. Estaba flaca como una
figura de la Danza de la Muerte. De nieve y granada que era, habíase reducido a
una sola amarillez, aun cuando no olvidada, en las facciones consumidas, de sus
antiguas gracias. Roberto acordóse de una frase de Saint—Savin:
—¿Seguís
acaso con vuestras genuflexiones después de que la vejez ha hecho de ese cuerpo
un espectro, capaz ya sólo de recordaros la inminencia de la muerte?
La
muchacha lloraba sobre el hombro de un capuchino, como si hubiera perdido a una
persona querida, quizá a su francés. El capuchino, con el rostro más gris que
la barba, la sostenía apuntando el dedo huesudo hacia el cielo como si dijera
«un día, allá arriba...».
El amor se
vuelve cosa mental sólo cuando el cuerpo desea y el deseo es inculcado. Si el
cuerpo está débil e incapaz de desear, la cosa mental se desvanece. Roberto se
descubrió tan débil que era incapaz de amar. Exit Anna Maria (Francesca)
Novarese.
Volvió al
convento y púsose a guardar cama de nuevo, decidido a morirse de verdad: sufría
en demasía por no sufrir ya. El padre Emanuel lo incitaba a que tomara aire
fresco. Pero las noticias que le traían de fuera no le infundían ganas de
vivir. Además de la peste, estaba la carestía, antes, algo peor, una caza
ensañada a la comida que los casaleses aún ocultaban y no querían dar a los
aliados. Roberto dijo que si no podía morir de peste quería morir de hambre.
Por fin,
el padre Emanuel tuvo razón de él, y lo echó a la calle. Mientras daba la
vuelta a la esquina, se topó con un grupo de oficiales españoles. Hizo ademán
de huir, y aquéllos lo saludaron ceremoniosamente. Entendió que, saltados
varios baluartes, los enemigos habíanse atestado ya en varios puntos del área
habitada, por lo que podía decirse que no el campo estaba asediando a Casal,
sino que Casal estaba asediando a su castillo.
En el
fondo de la calle se encontró con Saint—Savin.
—Querido
la Grive —dijo éste—, habéis enfermado francés y habéis sanado español. Esta
parte de la ciudad está ya en manos enemigas.
—¿Y
nosotros podemos pasar?
—¿No
sabéis que se ha firmado una tregua? Y, además, los españoles quieren el
castillo, no a nosotros. En la parte francesa el vino escasea y los casaleses
lo sacan de sus cantinas como si fuera sangre de Nuestro Señor. No podréis
impedir a los buenos franceses que frecuenten ciertas tabernas de esta parte,
donde ya los taberneros importan excelente vino de la comarca. Y los españoles
nos acogen como a grandes señores. Salvo que es necesario respetar las
conveniencias: si se quiere entablar contiendas, tenemos que hacerlo en nuestra
casa con compatriotas nuestros, porque en esta parte es menester comportarse
con cortesía, como se usa entre enemigos. Por ello confieso que la parte
española es menos divertida que la francesa, por lo menos para nosotros. Mas reunios
con nosotros. Esta noche querríamos cantarle la serenata a una señora que
habíanos celado sus virtudes hasta el otro día, cuando la vi asomarse un
instante a la ventana.
Así,
aquella noche Roberto volvió a encontrar cinco caras conocidas de la corte de
Toiras. No faltaba ni siquiera el abate, que para la ocasión habíase engalanado
de encajes y puntillas, y de un tahalí de raso.
—El Señor
nos perdone —decía con aventada hipocresía—, pero también es preciso despejar
el espíritu si queremos seguir cumpliendo nuestro deber...
La casa
estaba en una plaza, en la parte ahora española, pero los españoles a aquella
hora debían de estar todos en los figones. En el rectángulo de cielo dibujado
por los techos bajos y por las altas frondas de los árboles que bordeaban la
plaza, la luna dominaba serena, apenas picada, y reflejábase en el agua de una
fuente, que murmuraba en el centro de aquel absorto cuadrado.
—Oh
dulcísima Diana —había dicho Saint—Savin—, cuán tranquilas deben de estar
agora, y apaciguadas, tus ciudades y tus aldeas, que no conocen la guerra,
puesto que los Selenitas viven de una natural felicidad suya, ignaros del
pecado...
—No
blasfeme, señor de Saint—Savin —habíale dicho el abate—, porque aunque la luna
estuviere habitada, como ha devaneado en esa reciente novela suya el señor de
Moulinet, y como las Escrituras no nos enseñan, desdichadísimos serían aquellos
habitantes, que no han conocido la Encarnación.
—Y
sumamente cruel habría sido el Señor Dios, privándoles de tamaña revelación
—había rebatido Saint—Savin.
—No
intente penetrar Vuestra Merced los misterios divinos. Dios no ha concedido la
predicación de su Hijo ni siquiera a los indígenas de las Américas, pero en su
bondad les envía agora a los misioneros, a que les lleven la luz.
—¿Y
entonces por qué el señor Papa no envía también misioneros a la luna? ¿Acaso
los Selenitas no son hijos de Dios?
—¡No diga
necedades!
—No reparo
en que me ha tachado de necio, señor abate, pero sepa que bajo esta necedad se
oculta un misterio, que sin duda el señor Papa no quiere revelar. Si los
misioneros descubrieren moradores sobre la luna, y los vieren mirando hacia
otros mundos que están al alcance de su ojo y no del nuestro, veríales
preguntarse si acaso en aquellos mundos también viven otros seres semejantes a
nosotros. Y deberían preguntarse también si no serán las estrellas fijas otros
tantos soles rodeados por sus lunas y por otros planetas suyos, y si los
habitantes de esos planetas no ven también ellos otras estrellas a nosotros
desconocidas, que serían otros tantos soles con otros tantos planetas y así en
adelante hasta el infinito...
—Dios nos
ha hecho incapaces de pensar el infinito, y por tanto, acontentaos humanas
gentes con el quía.
—La
serenata, la serenata —susurraban los demás—. Esa es la ventana.
Y la
ventana se presentaba soflamada de una luz rosada que procedía del interior de
una fantaseable alcoba. Pero los dos contendientes habíanse excitado ya.
—Y añada
Vuestra Merced —insistía burlón Saint—Savin—, que si el mundo fuere finito y
estuviere rodeado por la Nada, sería finito también Dios: al ser su tarea, como
Vuestra Merced dice, estar en el cielo y en la tierra y por doquier, no podría
estar donde no hay nada. La Nada es un no—lugar. O si no, para ampliar el mundo
debería ampliarse a sí mismo, naciendo por vez primera allá donde antes no era,
lo que contradice su pretensión de eternidad.
—¡Basta,
señor! Está negando la eternidad del Eterno, y eso no se lo permito. ¡Ha
llegado el momento de que le mate, de que su denominado espíritu fuerte no
pueda debilitarnos más!
Y
desenvainó la espada.
—Si así lo
quiere Vuestra Merced —dijo Saint—Savin saludando y poniéndose en guardia—.
Pero yo no le mataré: no quiero escamotear soldados a mi rey. Simplemente le
desfiguraré, para que tenga que sobrevivir llevando una máscara, como hacen los
comediantes italianos, dignidad que le conviene. Le haré una cicatriz desde el
ojo hasta el labio, y le daré esa buena estocada de mal cirujano sólo después
de haberle impartido, entre una treta y otra, una lección de filosofía natural.
El abate
había asaltado intentando herir enseguida con grandes estocadas, gritándole que
era un insecto venenoso, una pulga, un piojo que era menester aplastar sin
piedad. Saint—Savin había parado, habíalo acometido a su vez, habíalo empujado
contra un árbol, pero filosoficando a cada lance.
—¡Ay,
zambullidas y hurgonazos son tretas vulgares de quien está cegado por la ira!
Carece Vuestra Merced de una Idea de la Destreza. Pero carece también de
Caridad, despreciando pulgas y piojos. Es Vuestra Merced animal demasiado
pequeño para poder imaginar el mundo como un gran animal, cual nos lo mostraba
ya el divino Platón. Intente pensar que las estrellas son mundos con otros
animales menores, y que los animales menores sirven recíprocamente de mundo a
otros pueblos; y entonces no encontrará contradictorio pensar que también
nosotros, y los caballos, y los elefantes, somos mundos para las pulgas y los
piojos que nos habitan. Ellos no nos perciben, por nuestra magnitud, y así
nosotros no percibimos mundos mucho mayores, por nuestra pequeñez. Quizá haya
agora un pueblo de piojos que toma al cuerpo de Vuestra Merced por un mundo, y
cuando uno dellos lo ha recorrido de la frente a la nuca, sus compañeros dicen
del que ha osado llevarse a los confines de la tierra conocida. Este pequeño
pueblo toma sus pelos por las selvas de su país, y cuando yo le haya avisado,
verá sus heridas como lagos y mares. Cuando se peina toman esta agitación por
el flujo y reflujo del océano, y peor para ellos que su mundo sea tan mudadizo,
por la propensión de Vuestra Merced a peinarse a cada instante como una hembra,
y ahora que le corto esa borlilla tomarán su grito de rabia por un huracán,
¡aja!
Y habíale
descosido un aderezo, llegando casi a rasgarle el jubón bordado.
El abate
espumaba de rabia, habíase llevado al centro de la plaza, mirándose a sus
espaldas para asegurarse de que tenía espacio para las fintas que ahora
intentaba, luego reculando para cubrirse el dorso con la fuente.
Saint—Savin
parecía bailarle los compases sin acometer: —Levante la cabeza señor abate,
mire la luna, y reflexione que si su Dios hubiere sabido hacer el alma
inmortal, bien hubiere podido hacer el mundo infinito. Pero si el mundo es
infinito, lo será tanto en el espacio como en el tiempo, luego será eterno, y
cuando haya un mundo eterno, que no necesita creación, entonces será inútil
concebir la idea de Dios. Oh, qué bella befa, señor abate, si Dios es infinito
no puede limitar su potencia: Él no podría jamás ab opere cessare, y por
lo tanto será infinito el mundo; ¡mas si es infinito el mundo, ya no habrá
Dios, así como dentro de poco no le quedarán borlas a su jubón!
Y uniendo
el decir al hacer, había cortado algún colgante de los que el abate iba harto
orgulloso, luego había estrechado la guardia manteniendo la punta un poco más
alta; y mientras el abate intentaba ajustar la medida, había dado un golpe seco
atajando el acero del rival. El abate casi había dejado caer la espada,
agarrándose con la izquierda la muñeca dolorida.
Había
gritado:
—¡Es
menester al fin que te degüelle, impío, blasfemador, Vientre de Dios, por todos
los malditos santos del Paraíso, por la sangre del Crucificado!
La ventana
de la dama habíase abierto, alguien se había asomado y había gritado. Ya los
presentes habían olvidado la meta de su empresa, y movíanse en torno a los dos
duelistas, que a grandes voces daban la vuelta a la fuente, mientras
Saint—Savin desconcertaba al enemigo con una serie de remisos y naturales.
—No llame
en su ayuda a los misterios de la Encarnación, señor abate —motejaba—. Su santa
romana iglesia hale enseñado que esta bola de fango nuestra es el centro del
universo, el cual gira a su alrededor haciéndole de juglar y tocándole la
música de las esferas. Atención, hácese empujar demasiado contra la fuente, se
está mojando el faldón, como un viejo enfermo de mal de piedra... Pero si en el
gran vacío vagan infinitos mundos, como dijo un gran filósofo que sus pares
quemaron en Roma, muchísimos habitados por criaturas como nosotros, y si todas
ellas hubieren sido creadas por su Dios, ¿qué haríamos entonces con la
Redención?
—¡Qué hará
Dios contigo, réprobo! —había gritado el abate, parando con esfuerzo una treta
de tajo rompido.
—¿Acaso
Cristo se ha encarnado una sola vez? ¿Así pues el pecado original hase dado una
sola vez en este globo? ¡Qué injusticia! O para los demás, privados de la
Encarnación, o para nosotros, pues que en ese caso en todos los otros mundos
los hombres serían perfectos como nuestros progenitores antes del pecado, y
gozarían de una felicidad natural sin el peso de la Cruz. O si no, infinitos
Adanes cometieron infinitamente su primera culpa, tentados por infinitas Evas
con infinitas manzanas, y Cristo viose obligado a encarnarse, a predicar y a
padecer en el Calvario infinitas veces, y quizá aún lo esté haciendo, y si los
mundos son infinitos, infinita será su tarea. Infinita su tarea, infinitas las
formas de su suplicio: si allende la Galaxia hubiere una tierra donde los
hombres tuvieren seis brazos, como entre nosotros en la Tierra Incógnita, el
hijo de Dios no habría sido clavado a una cruz sino a una madera en forma de
estrella; lo que me parece digno de un autor de comedias.
—¡Basta
ya, pondré fin yo, a su comedia! —gritó el abate fuera de sí, y se arrojó sobre
Saint—Savin librando sus últimos golpes.
Saint—Savin
los defendió con algunas buenas sagitas, luego fue un instante. Mientras el
abate tenía aún la espada levantada después de una parada de primera intención,
hizo un compás como para ganar los grados del perfil, fingió caerse hacia
adelante. El abate retrocedió de lado, esperando herirle en la caída. Pero
Saint—Savin, que no había perdido el control de sus piernas, habíase levantado
como un rayo, dándose fuerza con la izquierda apoyada en tierra, y la derecha
había relampagueado uñas arriba: era la Treta de la Gaviota. La punta de la
espada había marcado el rostro del abate, desde la raíz de la nariz hasta el
labio, partiéndole el bigote izquierdo.
El abate
blasfemaba, como ningún epicúreo habría osado jamás, mientras Saint—Savin
colocábase en posición de saludo, y los espectadores aplaudían aquella treta de
maestro.
Pero justo
en aquel momento, desde el fondo de la plaza, llegaba una patrulla española,
quizá atraída por los ruidos. Por instinto, los franceses habían llevado la
mano a la espada, los españoles vieron seis enemigos armados y gritaron a la
traición. Un soldado apuntó el mosquete y disparó. Saint—Savin cayó herido en
el pecho. El oficial dio en la cuenta de que cuatro personas, en vez de
emprender batalla, acudían junto al caído arrojando las armas, miró al abate
con el rostro cubierto de sangre, entendió que había estorbado un duelo, dio
una orden a los suyos, y la patrulla desapareció.
Roberto se
inclinó sobre su pobre amigo.
—¿Habéis
visto —articuló con esfuerzo Saint—Savin—, habéis visto, la Grive, mi golpe?
Reflexionad y ejercitaos. No quiero que el secreto muera conmigo...
—Saint—Savin,
amigo mío —lloraba Roberto—, ¡no debéis morir de una forma tan necia!
—¿Necia?
He batido a un necio y muero en el campo, y por el plomo enemigo. En mi vida
elegí una sabia medida... Siempre hablar seriamente causa enfado. Siempre
chancear, desprecio. Siempre filosofar, entristece; y siempre satirizar,
desazona. He desempeñado el papel de todos los personajes, según el tiempo y la
ocasión, y alguna vez he sido incluso el loco de corte. Pero esta noche, si
contáis bien la historia, no habrá sido una comedia, sino una hermosa tragedia.
Y no os aflijáis porque yo muera, Roberto —y por primera vez le llamaba por su
nombre—, une heure aprés la mort notre âme évanoüie, sera ce qu'elle estoit
une heure avant la vie... Hermosos versos, ¿no es verdad?
Expiró.
Decidiendo por una noble mentira, a la cual consintió también el abate,
corrióse la voz de que Saint—Savin habla muerto en un choque «on unos
lansquenetes que se estaban acercando al castillo. Toiras y todos los oficiales
lo lloraron como a un valiente. El abate contó que en el choque había sido
herido, y se dispuso a recibir un beneficio eclesiástico a su vuelta a París.
En poco
tiempo, Roberto había perdido el padre, la amada, la salud, el amigo, y quizá
la guerra.
No
consiguió encontrar consuelo en el padre Emanuel, demasiado ocupado por sus
conciliábulos. Se puso de nuevo al servicio del señor de Toiras, última imagen
familiar, y llevando sus órdenes fue testigo de los últimos acontecimientos.
El 13 de
septiembre llegaron al castillo mensajeros del rey de Francia, del duque de
Saboya, y el capitán Mazzarini. También la armada de socorro estaba tratando
con los españoles. No última bizarría de aquel asedio, los franceses pedían una
tregua para poder llegar a tiempo para salvar la ciudad; los españoles
concedíansela porque también su campo, devastado por la peste, estaba en
crisis, se acentuaban las deserciones y Espínola estaba reteniendo la vida con
los dientes. Toiras se vio imponer por los nuevos llegados los términos del
concierto, que le permitían seguir defendiendo Casal mientras Casal estaba ya
tomada: los franceses se habrían atestado en la Ciu—dadela, abandonando la
ciudad y el propio castillo a los españoles, por lo menos hasta el 15 de
octubre. Si para aquella fecha la armada de socorro no hubiere llegado, los
franceses se habrían ido también de allí, definitivamente derrotados. Si no,
los españoles habrían devuelto ciudad y castillo.
De
momento, los sitiadores habrían avituallado a los sitiados. Desde luego, no es
la manera en que a nosotros nos parece que debía marchar un asedio en aquellos
tiempos, pero era la manera en que, en aquellos tiempos, se aceptaba que
marchara. No era hacer la guerra, era jugar a los dados, interrumpiendo cuando
el adversario tenía que ir a hacer aguas. O apostar por el caballo ganador. Y
el caballo era aquella armada, cuyas dimensiones aumentaban poco a poco sobre
las alas de la esperanza, pero que nadie había visto aún. Se vivía en Casal, en
la Ciudadela, como en el Daphne: imaginando una Isla lejana, y con los
intrusos en casa.
Si las
vanguardias españolas se habían portado bien, ahora entraba en la ciudad el
grueso de los tercios, y los casaleses tuvieron que vérselas con endiablados
que requisaban todo, violaban a las mujeres, apaleaban a los hombres, y se
concedían los placeres de la vida en la ciudad después de meses en los bosques
y en los campos. Igualmente dividida entre conquistadores, conquistados y
atrincherados en la ciudadela, la peste.
El 25 de
septiembre corrió la voz de que había muerto Espínola. Regocijo en la
Ciudadela, desbarate entre los conquistadores, huérfanos también ellos como
Roberto. Fueron días más descoloridos que los pasados en el Daphne, hasta
que, el 22 de octubre, se anunció la armada de socorro, ya en Asti. Los
españoles habíanse puesto a armar el castillo y a alinear baterías en la ribera
del Po, sin mantener fe (renegaba Toiras) al acuerdo, por el cual, a la llegada
de la armada, habrían debido abandonar Casal. Los españoles, por boca del señor
de Salazar, recordaban que el acuerdo fijaba como fecha extrema el 15 de
octubre, y en cualquier caso, eran los franceses los que habrían debido ceder
la Ciudadela desde hacía una semana.
El 24 de
octubre desde los espaltes de la ciudadela se notaron grandes movimientos entre
los tercios enemigos, Toiras se dispuso a sostener con sus cañones a los
franceses que llegaban; en los días siguientes, los españoles empezaron a
embarcar sus equipajes en el río para mandarlos a Alejandría, y ello en la
Ciudadela pareció un buen signo. Pero los enemigos, al río, empezaban también a
echar puentes de barcas para prepararse la retirada. Y a Toiras esto le pareció
tan poco elegante, que se puso a batirlos con la artillería. Por despecho, los
españoles arrestaron a todos los franceses que se encontraban aún en la ciudad,
y cómo era posible que todavía los hubiera, confieso que se me escapa, pero así
refiere Roberto, y de ese asedio ya estoy preparado para esperarme de todo.
Los
franceses estaban próximos, y se sabía que Mazzarini estaba empleándose a fondo
para impedir el choque, por mandato del Papa. Movíase de un ejército a otro,
volvía para conferir en el convento del padre Emanuel, marchábase a caballo
para llevar contraproposiciones a los unos y a los otros. Roberto lo veía
siempre y sólo de lejos, cubierto de polvo, pródigo de bonetadas con todos.
Ambas partes, mientras tanto, estaban paradas, porque la primera que se hubiera
movido habría recibido jaque mate. Roberto llegó a preguntarse si por ventura
la armada de socorro no era una invención de aquel joven capitán, que estaba
haciendo soñar el mismo sueño a sitiadores y sitiados.
De hecho,
desde junio celebrábase una reunión de los electores imperiales en Ratisbona, y
Francia había enviado a sus embajadores, entre los cuales figuraba el padre
José. Y mientras se repartían ciudades y regiones, habíase llegado a un
convenio sobre Casal desde el 13 de octubre. Mazzarini habíalo sabido bien
pronto, como dijo el padre Emanuel a Roberto, y se trataba sólo de convencer
dello tanto a los que estaban llegando como a los que estaban esperándolos. Los
españoles noticias habían recibido más de una, pero una decía lo contrario de
la otra; los franceses también sabían algo, pero temían que Richelieu no
estuviera de acuerdo. Y, de hecho, no lo estaba, mas desde aquellos días el
futuro Cardenal Mazarino se las ingeniaba para hacer marchar las cosas a su
manera y a espaldas del que se habría convertido luego en su protector.
Así
estaban las cosas cuando el 26 de octubre los dos ejércitos se encontraron
frente a frente. Hacia levante, al filo de las colinas de Fregene, habíase
dispuesto la armada francesa; de cara, con el río a la izquierda, en el llano
entre las murallas y las colinas, el ejército español, que Toiras estaba
batiendo desde atrás.
Una fila
de carros enemigos estaba saliendo de la ciudad, Toiras había reunido a la poca
caballería que le había quedado y habíala lanzado fuera de las murallas, para
detenerlos. Roberto había implorado tomar parte en la acción, pero no le había
sido concedido. Ahora se sentía como sobre el combés de un bajel del que no
podía desembarcar, observando un gran trecho de mar y las montuosidades de una
Isla que le era negada.
Habíase
oído, de repente, disparar, quizá las dos vanguardias estaban llegando a
contacto: Toiras había decidido la salida, para ocupar en dos frentes a los
tercios de Su Majestad Católica. Las tropas iban a salir de las murallas,
cuando Roberto, desde los baluartes, vio un caballero negro que, sin cuidarse
de las primeras balas, corría en medio de los dos ejércitos, justo en la línea
de fuego, agitando un papel y gritando, así refirieron luego los espectadores:
«¡Paz, paz!»
Era el
capitán Mazzarini. En el curso de sus últimas peregrinaciones entre una y otra
ribera, había convencido a los españoles de que aceptaran los acuerdos de
Ratisbona. La guerra había terminado. Casal quedábase en manos de Nevers,
franceses y españoles comprometíanse a dejarla. Mientras las formaciones se
deshacían, Roberto saltó sobre el fiel Pañufli y corrió al lugar del choque
fallido. Vio gentileshombres con armaduras doradas absortos en elaborados
saludos, parabienes, pasos de danza, mientras se aparejaban mesitas de fortuna
para sellar los pactos.
El día
después empezaban las partidas, primero los españoles, luego los franceses,
pero con algunas confusiones, encuentros casuales, cambios de regalos,
ofrecimientos de amistad, mientras en la ciudad sé pudrían al sol los cadáveres
de los apestados, sollozaban las viudas, algunos burgueses descubríanse tan
ricos de monedas sonantes como de mal francés, sin haber yacido, no obstante,
sino con sus propias mujeres.
Roberto
intentó volver a encontrar a sus campesinos. De la armada de la Griva ya no
había noticias. Algunos debían de haber muerto de peste, los demás habíanse
dispersado. Roberto pensó que habían vuelto a casa, y por ellos quizá su madre
había conocido la muerte del marido. Se preguntó si no debería acompañarla en
ese momento, pero ya no entendía cuál era su deber.
Es difícil
decir si habían sacudido mayormente su fe los mundos infinitamente pequeños e
infinitamente grandes en un vacío sin Dios y sin regla, que Saint—Savin habíale
hecho vislumbrar, las lecciones de prudencia de Saleta y Salazar, o el arte de
las Heroicas Empresas que el padre Emanuel le dejaba como única ciencia.
Por la
forma en que lo evoca en el Daphne, considero que en Casal, mientras
perdía tanto al padre como a sí mismo en una guerra de demasiados y ningún
significado, Roberto había aprendido a ver el universo mundo como una insegura
urdimbre de enigmas, detrás de la cual no había ya un Autor; o, si lo había,
parecía perdido en rehacerse a sí mismo desde demasiadas perspectivas.
Si allá
había intuido un mundo sin centro, hecho sólo de solos perímetros, aquí se
sentía de verdad en la más extrema y perdida de las periferias; porque si un
centro existía, estaba ante él, y era él su satélite inmóvil.
15
DECLARACIÓN Y USO DEL RELOJ
Creo que
ésta es la razón por la que desde hace lo menos cien páginas hablo yo de tantos
trabajos que precedieron al naufragio en el Daphne, pero en el Daphne
no hago que acontezca nada. Si las jornadas a bordo de un navío desierto
son vacías, no puedo cargar yo con ello, puesto que todavía no está escrito que
valga la pena transcribir esta historia; y tampoco Roberto. Si acaso, a él
podríamos reprocharle que perdiera un día (entre una cosa y otra, llevamos
apenas unas treinta horas desde que dio en la cuenta de que habíanle robado los
huevos) alejando el pensamiento de la única posibilidad que habría podido hacer
más sabrosa su estancia. Como bien pronto habríale resultado claro, era inútil
considerar al Daphne demasiado inocente. En aquel leño andaba, o estaba
al acecho, alguien o algo que no era sólo él. Ni siquiera en aquella nave podía
concebirse un asedio en estado puro. El enemigo estaba en casa.
Habría
debido sospecharlo la noche misma de su cartográfico abrazo. Recobrándose,
había sentido sed, la garrafa estaba vacía, y había ido a buscar un barril de
agua. Los que había colocado para recoger el agua llovediza eran pesados, pero
había unos más pequeños en la despensa. Allá se fue, cogió el primero a la mano
—reflexionando más tarde, admitió que estaba demasiado a la mano— y, una vez en
el camarote, lo colocó sobre la mesa, enganchándose a la espita.
No era
agua, y tosiendo advirtió que el barril contenía aguardiente. No sabía decir
cuál, aunque como buen campesino podía decir que no era de vino. No había
encontrado desagradable la bebida, y abusó de ella con inesperada alegría. No
se le ocurrió pensar que, si los barriles de la despensa eran todos de aquel
tipo, habría debido preocuparse por sus bastimentos de agua pura. Ni se
preguntó cómo era posible que la segunda noche hubiera sacado el líquido de la
primera cubeta de la reserva y la hubiera encontrado llena de agua dulce. Sólo
más tarde convencióse de que alguien había colocado, después, aquel regalo
insidioso de suerte que él lo cogiera el primero. Alguien que lo quería en
estado de embriaguez, para tenerlo en su poder. Si éste era el plan, Roberto lo
siguió con demasiado entusiasmo. No creo que hubiera bebido mucho, pero para un
catecúmeno de su especie, unos vasos eran incluso demasiado.
De todo el
relato que sigue se desprende que Roberto vivió los acontecimientos sucesivos
en estado de alteración, y que así lo habría hecho en los días por venir.
Como se
conviene a los borrachos, se adormeció, empero atormentado por una sed aún
mayor. En este sueño pastoso volvíale a las mientes una última imagen de Casal.
Antes de marcharse había ido a saludar al padre Emanuel y lo había encontrado
montando y embalando su máquina poética, para regresar a Turín. Partido del
padre Emanuel, habíase topado con los carros en los que los españoles y los
imperiales estaban amontonando las piezas de sus máquinas obsidionales.
Eran
aquellas ruedas dentadas las que poblaban su sueño: oía un herrumbrar de
pestillos, un rascar de goznes, y eran ruidos que aquella vez no podía producir
el viento, visto que el mar estaba liso como el aceite. Molesto, como los que
al despertar sueñan que sueñan, habíase esforzado por abrir los ojos, y había
oído aún aquel ruido, que procedía o de la entrepuentes o de la bodega.
Levantándose,
sentía un gran dolor de cabeza. Para curarlo no tuvo mejor idea que engancharse
aún a la cubeta, y separóse della en peor estado que antes. Se armó, errando
muchas veces en ensartar el cuchillo en el cinto, se hizo numerosos signos de
la cruz, y descendió tambaleando.
Debajo
del, ya lo sabía, estaba la caña de timón. Descendió más, al término de la
escalerilla: si se dirigía hacia la proa, habría entrado en el vergel. Hacia la
popa había una puerta cerrada que todavía no había violado. De aquel paraje
procedía ahora, fortísimo, un teclear multíplice y desigual, como un
sobreponerse de muchos ritmos, entre los cuales podía distinguir ya un tic tic
ya un toc toc y un tac tac, pero la impresión de conjunto era
tictic—toc—tictic—tac. Era como si detrás de aquella puerta hubiera una legión
de avispas y abejorros, y todos volaran furiosamente siguiendo trayectorias
diferentes, golpeándose contra las paredes y rebotando los unos contra los
otros. Tanto que dábale miedo abrir, temiendo ser arrollado por los átomos
enloquecidos de aquel panal.
Después de
muchas vacilaciones, se decidió. Usó la culata de la escopeta, hizo saltar el
candado y entró.
El tabuco
tomaba luz de otra porta y albergaba relojes.
Relojes.
Relojes de agua, de arena, relojes de sol abandonados contra las paredes, pero
sobre todo relojes mecánicos dispuestos en varios rellanos y cajones, relojes
movidos por el lento descender de pesas y contrapesos, por ruedas que
hincábanle el diente a otras ruedas, y éstas a otras más, hasta que la última
mordisqueaba las dos aletas desiguales de una espiga vertical, y le hacía
cumplir dos medias vueltas en direcciones opuestas, de suerte que ésta, en su
indecente contonearse, moviera a modo de balancín una varilla horizontal ligada
a la extremidad superior; relojes de muelle donde un conoide acanalado
desenrollaba una cadenilla, arrastrada por el movimiento circular de un
barrilete que iba apropiándose de ella eslabón por eslabón.
Algunos de
estos relojes celaban su mecanismo bajo las apariencias de aherrumbrados
adornos y corroídas obras de cincel, mostrando sólo el lento movimiento de sus
agujas; pero la mayor parte exhibía su rechinante herrería, y recordaba a
aquellas Danzas de la Muerte donde la única cosa viva son unos huesos
descarnados que ríen malignos agitando la guadaña del Tiempo.
Todas
estas máquinas estaban activas, las clepsidras más grandes mascujando aún
arena, las más pequeñas ya casi llenas en su mitad inferior, y para el resto un
chirriar de dientes, un mascar asmático.
A quien
entraba por primera vez debíale parecer que aquel campo de relojes dilatábase
al infinito: el fondo del aposentillo estaba cubierto por una tela que
representaba una fuga de cámaras habitadas sólo por otros relojes. Incluso
substrayéndose a esa magia, y considerando sólo los relojes, por así decir, en
carne y hueso, había de qué aturdirse.
Puede
parecer increíble —para vosotros que leéis con desafición esta historia— pero
un náufrago, entre los vapores del aguardiente y en un navío deshabitado, si
encuentra cien relojes que cuentan casi al unísono la historia de su tiempo
interminable, piensa antes en la historia que en su autor. Y eso estaba
haciendo Roberto, examinando uno por uno aquellos pasatiempos, juguetes para su
senil adolescencia de condenado a larguísima muerte.
El
estruendo del cielo llegó después, como Roberto escribe, cuando despuntando de
aquella pesadilla se rindió a la necesidad de encontrarle una causa: si los
relojes estaban en marcha, alguien tenía que haberlos puesto en actividad:
incluso si su cuerda hubiere sido concebida para durar largo tiempo, de
habérsela dado antes de su llegada, ya los habría oído cuando pasó junto a
aquella puerta.
Si se
hubiere tratado de un solo mecanismo, habría podido pensar que estaba dispuesto
para el funcionamiento y bastaba con que alguien le diera un golpe de arranque;
ese golpe había sido apercibido por un movimiento del navío, o por un pájaro
marino que había entrado por la porta y habíase apoyado en una palanca, en una
manivela, dando principio a una secuencia de acciones mecánicas. ¿No mueve, a
veces, un fuerte viento las campanas? ¿No ha sucedido acaso que se dispararan
hacia atrás cerraduras que no habían sido empujadas adelante hasta el final de
su recorrido?
Un pájaro
no puede cargar de una sola vez decenas de relojes. No. Que hubiera existido o
no Ferrante era una cosa, pero un Intruso en aquella nave lo había.
Éste había
entrado en aquel tabuco y había dado cuerda a sus mecanismos. Por qué razón lo
había hecho era la primera pregunta, pero la menos urgente. La segunda era
dónde se había refugiado luego.
Era
menester, por tanto, volver a bajar a la bodega: Roberto se decía que ya no
podía evitar hacerlo, pero al repetirse su firme propósito, retrasaba su
actuación. Entendió que no estaba del todo en sí, subió a la cubierta a mojarse
la cabeza con agua de lluvia, y con la mente más despejada se dispuso a
ponderar sobre la identidad del Intruso.
No podía
ser un salvaje procedente de la Isla, y ni siquiera un marinero supérstite, que
todo habría hecho (sorprenderle a pleno día, intentar matarle de noche, pedir
gracia) salvo alimentar pollos y dar cuerda a juguetes mecánicos. Se escondía
pues en el Daphne un hombre de paz y de sabiduría, quizá el morador de
la cámara de los mapas. Entonces, si estaba, y visto que estaba antes que él,
era un Legítimo Intruso. Pero la bella antítesis no aplacaba su ansia rabiosa.
Si el
Intruso era Legítimo, ¿por qué se escondía? ¿Por temor del ilegítimo Roberto? Y
si se escondía, ¿por qué hacía patente su presencia arquitectando aquel
concierto horario? ¿Acaso era hombre de mente perversa que, temeroso del e
incapaz de encararle abiertamente, queríalo perder llevándolo a la locura? Pero
¿a qué pro hacía tal cosa, visto que, igualmente náufrago en aquella isla
artificial, no habría podido obtener sino ventajas de la alianza con un
compañero de desventura? Quizá, se dijo una vez más Roberto, el Daphne escondía
otros secretos que Aquél no quería revelar a nadie.
Oro, pues,
y diamantes, y todas las riquezas de la Tierra Incógnita o de las Islas de
Salomón de las que habíale hablado Colbert.
Fae al
evocar las Islas de Salomón cuando Roberto tuvo una suerte de revelación. ¡Pues
claro, los relojes! ¿Qué hacían tantos relojes en un galeón en derrota por
mares en los que la mañana y la noche están definidos por el curso del sol y
nada más se ha de saber? ¡El Intruso había llegado hasta aquel remoto paralelo
para buscar también él, como el doctor Byrd, el Punto Fijo!
Claro que
era así. Por una exorbitante coyuntura, Roberto, partido de Holanda para
seguir, espía del Cardenal, las maniobras secretas de un inglés, casi
clandestino en una nave holandesa, en búsqueda del punto fijo, encontrábase
ahora en la nave (holandesa) de Otro, de quién sabe qué país, entregado al
descubrimiento del mismo secreto.
16
DISCURSO SOBRE EL POLVO DE SIMPATÍA
¿Cómo se
había metido en aquella maraña?
Roberto
deja vislumbrar muy poco sobre los años que pasaron entre su retorno a la Griva
y su ingreso en la sociedad parisina. Por alusiones sueltas, se deduce que se
quedó asistiendo a la madre, hasta el umbral de sus veinte años, discutiendo de
mala gana con los capataces de siembras y cosechas. En cuanto la madre hubo
seguido al marido a la tumba, Roberto se descubrió extraño a ese mundo. Debería
haber encomendado entonces el feudo a un pariente, asegurándose una sólida
renta, y haber corrido el mundo.
Había
mantenido relaciones epistolares con alguno de los conocidos en Casal, quedando
aguijoneado por ampliar sus conocimientos. No sé cómo llegó a Aix—en—Provence,
pero sin duda estuvo allí, visto que recuerda con gratitud dos años pasados
junto a un gentilhombre del lugar, versado en todas las ciencias, con una rica
biblioteca no sólo de libros sino de objetos de arte, monumentos antiguos y
animales embalsamados. En casa de su anfitrión de Aix es donde debe de haber
conocido a ese maestro, que cita siempre con devoto respeto como el Canónigo de
Digne, y a veces como le doux prétre. Fue con sus cartas de creencia con
las que, en fecha no precisada, había afrontado por fin París.
Aquí había
entrado inmediatamente en trato con los amigos del Canónigo, y habíale sido
concedido frecuentar uno de los lugares más señalados de la ciudad. Cita a
menudo un gabinete de los hermanos Dupuy, y lo recuerda como un lugar en el que
su mente cada tarde abríase cada vez más, en comunicación con hombres de saber.
Pero hallo también mención de otros gabinetes que visitaba en aquellos años,
ricos de colecciones de medallas, cuchillos de Turquía, piedras de ágata,
rarezas matemáticas, conchas de las Indias...
En qué
encrucijada vagaba en el risueño abril (o quizá mayo) de su edad, dícennoslo
las citas frecuentes de enseñanzas que a nosotros nos parecen disonantes.
Pasaba los días aprendiendo del Canónigo cómo se podía concebir un mundo hecho
de átomos, conforme al magisterio de Epicuro, y no obstante, querido y
gobernado por la providencia divina; pero, inducido por su mismo amor por
Epicuro, pasaba las veladas con amigos que epicúreos se decían, y sabían
alternar las discusiones sobre la eternidad del mundo con la compañía de bellas
señoras de pequeña virtud.
Cita
repetidamente una banda de amigos desenfadados que, con todo, no ignoraban a
los veinte años lo que los demás se preciarían de saber a los cincuenta,
Linières, Chapelle, Dassoucy, sofo y poeta que corría el mundo con el laúd en
bandolera, Poquelin, que traducía a Lucrecio pero soñaba con llegar a ser autor
de comedias bufas, Hércules Saviniano, que se había batido valerosamente en el
asedio de Arras, componía declaraciones de amor para amantes de fantasía y
hacía gala de intimidad afectuosa con jóvenes gentiles—hombres, de los cuales
jactábase de haber ganado el mal italiano; y, al mismo tiempo, mofaba de un
compañero de bacanales «qui se plasoit á l'amour des masles», y decía burlón
que era menester disculparlo por su recato, que le llevaba a esconderse siempre
tras la espalda de sus amigos.
Sintiéndose
acogido en una sociedad de espíritus fuertes, se convertía, si no en sabio, en
menospreciador de la insipiencia, que reconocía tanto en los gentileshombres de
corte como en ciertos burgueses enriquecidos que tenían bien expuestas cajas
vacías encuadernadas con cordobanes levantinos, y los nombres de los mejores
autores estampados en oro en el lomo.
En
definitiva, Roberto había entrado en el círculo de aquellas honnêtes gens que,
aunque no procedían de la nobleza de la sangre, sino de la noblesse de robe,
constituían la sal de aquel mundo. Pero era joven, anhelante de nuevas
experiencias y, a pesar de sus frecuentaciones eruditas y las correrías
libertinas, no había permanecido insensible a la fascinación de la nobleza.
Durante
largo tiempo, había admirado desde fuera, paseando a la caída de la tarde por
la calle Saint—Thomas del Louvre, el palacio Rambouillet, con su hermosa
fachada modulada por cornisas, frisos, arquitrabes y pilares, en un juego de
ladrillos rojos, piedra blanca y pizarra oscura.
Miraba las
ventanas iluminadas, veía entrar a los huéspedes, imaginaba la belleza ya
famosa del jardín interior, figurábase los aposentos de aquella pequeña corte
que todo París celebraba, instituida por una mujer de gusto que había
considerado poco exquisita la otra corte, sometida al capricho de un rey
incapaz de apreciar las finezas del espíritu.
Por fin,
Roberto había intuido que como cisalpino habría gozado de un cierto crédito en
la casa de una señora nacida de madre romana, de una prosapia más antigua que
la misma Roma, que se remontaba a una familia de Alba Longa. No era azar el
que, unos quince años antes, huésped de honor en esa casa, el caballero Marino
hubiérales enseñado a los franceses las vías de la nueva poesía, destinada a
deslucir el arte de los antiguos.
Había
conseguido hacerse acoger en aquel templo de la elegancia y del intelecto, de
gentileshombres y précieuses (como íbase diciendo entonces), doctos sin
pedantería, galantes sin libertinaje, jocosos sin vulgaridad, puristas sin
ridiculez. Roberto se encontraba a su espacio en esa compañía: parecíale que se
le permitía respirar el ambiente de la gran ciudad y de la corte sin tener que
plegarse a los dictados de prudencia que habíanle sido conculcados en Casal por
el señor de Salazar. No se le pedía que se uniformara a la voluntad de un
poderoso, sino que ostentara su diversidad. No que simulara, sino que se
midiera —aun siguiendo algunas reglas de buen gusto— con personajes mejores que
él. No se le pedía que demostrara cortesanería, sino audacia, que exhibiera sus
habilidades en la buena y educada conversación, y que supiera decir con levedad
pensamientos profundos... No se sentía un siervo sino un duelista, al que se le
reclamaba un denuedo cabalmente mental.
Estábase
educando para eludir la afectación, para usar en todas las cosas la habilidad
de esconder el arte y la fatiga, de suerte que lo que hacía o decía pareciera
un don espontáneo, intentando convertirse en maestro de aquello que en Italia
llamaban sprezzata disinvoltura y en España, despejo.
Acostumbrado
a los espacios de la Griva, fragrantes de espliego, entrando en el hotel de
Arthénice, Roberto movíase ahora entre gabinetes en los que aleaba siempre el
perfume de un sinnúmero de corbeilles, como si fuera siempre primavera.
Las pocas moradas gentilicias que había conocido estaban hechas de habitaciones
sacrificadas por una escalera central; en la de Arthénice, las escaleras habían
sido colocadas en un ángulo del fondo del patio, para que todo lo demás fuera
una sola fuga de salas y gabinetes, con puertas y ventanas altas, una enfrente
de la otra; los aposentos no eran todos hastiosamente rojos, o color cuero
curtido, sino de varios colores, y la Chambre Bleue de la Anfitriona tenía
tejidos de ese color en la pared, ornados de oro y plata.
Arthénice
recibía a los amigos recostada en su aposento, entre mamparas y juegos de
gruesos tapices para proteger a los huéspedes del frío: ella no podía soportar
ni la luz del sol ni el ardor de los braseros. El fuego y la luz diurna
recalentábanle la sangre en las venas y le ocasionaban la pérdida de los
sentidos. Una vez, habían olvidado un brasero bajo su lecho, y había contraído
una erisipela. Tenía en común con ciertas flores el que, para conservar su
frescura, no quieren estar ni siempre a la luz ni siempre a la sombra, y
necesitan que los jardineros les procuren una estación particular. Umbrátil,
Arthénice recibía en la cama, las piernas en un saco de piel de oso, y se
arrebujaba con tantos gorros de noche que decía con agudeza que volvíase sorda
por San Martín y reconquistaba el oído en Pascua.
Con eso y
todo, aunque ya no joven, aquella Anfitriona era el retrato mismo de la gracia;
grande y bien hecha, las facciones del rostro admirables. No podía describirse
la luz de sus ojos, que no movía a pensamientos descorteses sino que inspiraba
un amor entreverado a temor, purificando los corazones que había encendido.
En
aquellas salas, la Anfitriona dirigía, sin imponerse, discursos sobre la
amistad o sobre el amor, pero tocábanse con la misma levedad cuestiones de
moral, de política, de filosofía. Roberto descubría las virtudes del otro sexo
en sus expresiones más suaves, adorando a distancia inaccesibles princesas, la
bella Mademoiselle Paulet llamada «la Lionne» por su fiera cabellera, y damas
que a la belleza sabían unir ese espíritu que las Academias vetustas reconocían
sólo a los hombres.
A cabo de
algunos años de aquella escuela, estaba preparado para encontrar a la Señora.
La primera
vez que la vio fue una tarde en la que se le apareció con vestiduras oscuras,
velada como una luna púdica que se escondiera tras el raso de las nubes. Le
bruit, esa única forma que en la sociedad parisina ocupaba lugar de verdad,
díjole de ella cosas contrastantes, que sufría una cruel viudez mas no de un
marido, sino de un amante, y que hacía alarde de aquella pérdida para remachar
su soberanía sobre el bien perdido. Alguien habíale susurrado que escondía el
rostro porque era una bellísima Egipcia, llegada de Morea.
Fuere cual
fuere la verdad, con el solo movimiento de su vestidura, con el acercarse leve
de sus pasos, con el misterio de su rostro celado, el corazón de Roberto fue
suyo. Iluminábase de aquellas tinieblas radiantes, imaginábala alborado pájaro
de la noche, vibraba con el prodigio por el cual la luz se hacía sombría y la
oscuridad fúlgida, la tinta leche, el ébano marfil. El ónix centelleaba en sus
cabellos, el tejido ligero, que descubría encubriendo los perfiles de su rostro
y de su cuerpo, tenía la misma argentina refulgencia que las estrellas.
Pero de
repente, y aquella misma velada del primer encuentro, el velo habíasele caído
por un instante de la frente y había podido vislumbrar bajo aquella hoz de luna
el luminoso abismo de sus ojos. Dos corazones amantes mirándose dicen más cosas
de las que dirían en un día todas las lenguas de este universo, habíase ufanado
Roberto, seguro de que ella lo había mirado, y que mirándolo lo había visto. Y
regresado a casa, habíale escrito.
Señora:
El fuego
en el que habéisme abrasado espira tan grácil humo que no podréis negar haber
sido ofuscada, alegando aquesos ennegrecidos vapores. La sola potencia de
vuestra mirada hame arrebatado de las manos las armas del orgullo y hame
llevado a implorar que pidáis mi vida. ¡Cuánto he prestado yo mismo ayuda a
vuestra victoria, yo, que empecé a combatir como quien quiere ser vencido; yo,
que ofrecía vuestra acometida la parte más inerme de mi cuerpo: un corazón que
ya lloraba lágrimas de sangre, prueba de que vos habíais privado ya de agua mi
casa, para hacerla presa del incendio que vuestra si breve atención prendió!
Había
encontrado la carta tan espléndidamente inspirada en los dictámenes de la
máquina aristotélica del padre Emanuel, tan adecuada para revelarle a la Señora
la naturaleza de la única persona capaz de tanta ternura, que no consideró
indispensable firmarla. No sabía todavía que las preciosas coleccionaban cartas
de amor como encajes y herretes, más curiosas de sus conceptos que de su autor.
No tuvo en
las semanas y en los meses siguientes ninguna señal de respuesta. La Señora,
mientras tanto, había abandonado primeramente las vestiduras oscuras, luego el
velo, y habíasele aparecido al fin en el candor de su piel no moruna, en su
rubia cabellera, en el triunfo de sus niñas ya no fugaces, ventanas de la
Aurora.
Pero ahora
que podía cruzar libremente sus miradas, sabía que las interceptaba mientras
dedicábanse a otros; extasiábase con la música de palabras que no le estaban
dirigidas. No podía vivir sino en su luz, pero estaba condenado a permanecer en
el cono opaco de otro cuerpo que absorbía sus rayos.
Una noche
había aferrado su nombre, oyendo que alguien la llamaba Lilia; era sin duda su
nombre precioso de preciosa, y sabía bien que esos nombres conferíanse por
juego: la marquesa misma había sido llamada Arthénice anagramando su verdadero
nombre, Cathérine, mas decíase que los maestros de aquella ars combinatoria,
Racan y Malherbe, habían excogitado también Éracinthe y Ca—rinthée. Y sin
embargo, consideró que Lilia y no otro nombre podía darse a su Señora,
verdaderamente lilial en su perfumada blancura.
Desde ese
momento, la Señora fue para él Lilia, y como Lilia dedicábale amorosos versos,
que luego destruía inmediatamente temiendo que fueran desiguales homenajes: ¡Huyendo
vas Lilia de mí, / oh tú, cuyo nombre ahora /y siempre es hermosa flor
/fragrantísimo esplendor / del cabello de la Aurora!... Pero no le hablaba,
sino con la mirada, lleno de litigioso amor, pues que más se ama y más se es
propenso al rencor, experimentando calofríos de fuego frío excitado por flaca
salud, con el ánimo jovial como pluma de plomo, arrollado por aquellos queridos
efectos de amor sin afecto; y seguía escribiendo cartas que enviaba sin firma a
la Señora, y versos para Lilia, que guardaba celosamente para sí y releía cada
día.
Escribiendo
(y no enviando) Lilia, Lilia, vida mía / ¿adonde estás? ¿A dó ascondes / de
mi vista tu belleza? / ¿O por qué no, di, respondes/ a la voz de mi tristeza?, multiplicaba
sus presencias. Siguiéndola de noche, mientras volvía a casa con su doncella (Voy
siguiendo ¡a fuerza de mi hado / por este campo estéril y ascondi—do...), había
descubierto dónde vivía. Acechaba en los aledaños de aquella casa a la hora del
paseo diurno, y poníase a la zaga cuando salía. A cabo de algunos meses podía
repetir de memoria el día y la hora en que ella había mudado el peinado de sus
cabellos (poetizando de aquellos amados lazos del alma, que erraban sobre la
cándida frente como lascivas serpezuelas) y recordaba ese mágico abril en el
que ella había estrenado una mantellina color retama, que le confería un paso
espigado de pájaro solar, mientras caminaba al primer aire de primavera.
A veces,
después de haberla seguido como una espía, volvía sobre sus pasos a la carrera,
dando la vuelta a la manzana, y aflojaba el paso sólo al doblar la esquina, en
la cual, como por azar, habríasela encontrado de frente; entonces cruzábase con
ella con un trépido saludo. Ella le sonreía discreta, sorprendida por aquel
caso, y otorgábale un gesto fugitivo, como exigían las conveniencias. Él se
quedaba en medio de la calle como una estatua de sal, salpicado de agua por las
carrozas de paso, postrado por aquella batalla de amor.
En el
transcurso de muchos meses, Roberto había conseguido producir cinco, cinco de
aquellas victorias: consumíase con cada una como si fuera la primera y la
postrera, y convencíase de que, frecuentes como habían sido, no podían ser
efecto de la fortuna, y que quizá no él, sino ella, había instruido el azar.
Romeo de
esta fugitiva tierrasanta, enamorado voluble, quería ser el viento que le
agitaba los cabellos, el agua matutina que le besaba el cuerpo, la camisola que
la regalaba de noche, el libro que ella acariciaba de día, el guante que le
entibiaba la mano, el espejo que podía admirarla en cualquier pose... Una vez,
supo que habíanle regalado una ardilla, y se soñó animalillo curioso que, bajo
sus caricias, le insinuaba el hociquito inocente entre los virginales pechos,
mientras con la cola le acariciaba la mejilla.
Turbábase
por el atrevimiento al que el ardor lo empujaba, traducía imprudencia y
remordimiento en versos intranquilos, luego se decía que un hombre de bien
puede estar enamorado como un loco, mas no como un necio. Sólo dando prueba de
espíritu en la Chambre Bleue se habría jugado su destino de amante. Novicio de
aquellos ritos afables, había entendido que se conquista a una preciosa sólo
con la palabra. Escuchaba entonces los discursos de los salones, en los que los
gentileshombres se empeñaban como en un torneo, pero todavía no se sentía
preparado.
Fue el
trato con los doctos del gabinete Dupuy el que le sugirió cómo los principios
de la nueva ciencia, aún ignorados en sociedad, podían convertirse en símiles
de movimientos del corazón. Y fue el encuentro con el señor D'Igby el que le
inspiró el discurso que le habría llevado a la perdición.
El señor
D'Igby, o por lo menos así le llamaban en París, era un inglés que había
conocido primero en casa de los Dupuy, y luego encontrado una tarde en un
salón.
No habían
transcurrido tres lustros desde que el duque de Bouquinquant demostrara que un
inglés podía tener le roman en teste y ser capaz de amables locuras:
habíanle dicho que tenía Francia una reina bella y altanera, y a ese sueño
había dedicado la vida, hasta morir por él, viviendo durante largo tiempo sobre
un navío en el que había erigido un altar para la amada. Cuando se supo que
D'Igby, y precisamente por orden de Bouquinquant, una docena de años antes
había tomado parte en la guerra de corso contra España, el universo de las
preciosas lo había encontrado encantador.
Por lo que
respecta al círculo de los Dupuy, los ingleses no eran populares:
identificábaselos con personajes como Robertus a Fluctibus, Medicinae Doctor,
Eques Auratus y Armígero Oxoniense, con tra el cual habíanse redactado varios
libelos, desaprobando su excesiva confianza en las operaciones ocultas de la
naturaleza. Pero se recibía en la misma tertulia a un eclesiástico espiritado
como al señor Gaffarel, que en cuanto a creer en curiosidades inauditas no
cedía la mano a ningún británico, y D'Igby, por otra parte, habíase revelado,
en cambio, capaz de discutir con gran doctrina sobre la necesidad del Vacío; y
en un grupo de filósofos naturales que tenían en horror a quien tuviera horror
del Vacío.
Si acaso,
su crédito había recibido un golpe entre algunas nobles señoras, a las que
había recomendado un afeite de su invención, que a una dama habíale procurado
unas verrugas, y alguien había murmurado que, víctima de una cocción suya de
víboras, había muerto, precisamente algunos años antes, la amada esposa
Venicia. Eran sin duda habladurías de envidiosos, tocados por ciertos discursos
sobre otros remedios suyos para la piedra, compuestos de líquido de estiércol
de vaca y liebres degolladas por perros. Discursos que no podían obtener gran
aplauso en corrillos en los que estaban eligiéndose esmeradamente, para los
discursos de las señoras, palabras que no contuvieran sílabas con sonido ni
siquiera vagamente obsceno.
D'Igby,
una tarde, en un salón, había citado algunos versos de un poeta de sus tierras:
Nuestras
almas,
Si dos han
de ser,
Entonces
como firmes compases gemelos
Sean:
alma, el fijo pie,
Sin
mostrar intención de moverse,
Mas si el
otro avanza, le acompaña.
Y aunque
en el centro se pose
Cuando
aquél lejos vague,
Con
atención escuchará,
y se
inclinará y crecerá
Erguido
cuando a casa
El otro
vuelva.
Así quiero
que seas conmigo,
Quien,
como el otro pie, correr
Oblicuo
debe; tu firmeza
Traza mi
círculo exacto
Y fin me
hace ser Donde comencé.
Roberto
había escuchado mirando fijamente a Lilia, que le daba la espalda, y había
decidido que de Ella habría sido para la eternidad el otro pie del compás, y
que era necesario aprender el inglés para leer otras cosas de aquel poeta, que
tan bien interpretaba sus tremores. En aquellos tiempos, nadie en París hubiera
querido aprender una lengua tan bárbara; acompañando a D'Igby a su posada,
Roberto comprendió que éste experimentaba dificultades para expresarse en buen
italiano, aun habiendo viajado por la Península, y sentíase humillado por no
controlar suficientemente un idioma indispensable a todo hombre educado. Habían
decidido frecuentarse y hacerse mutuamente facundos en sus propias lenguas de
origen.
Así había
nacido una sólida amistad entre Roberto y este hombre, que se había revelado
rico de conocimientos médicos y naturales.
Había
tenido una infancia terrible. Su padre había estado implicado en la
Conspiración de la Pólvora, y había sido ajusticiado. Coincidencia no
corriente, o quizá consecuencia justificada por insondables movimientos del
alma, D'Igby habría dedicado su vida a la meditación sobre otro polvo. Había
viajado mucho, primero ocho años por España, luego tres por Italia, donde, otra
coincidencia, había conocido al preceptor carmelita de Roberto.
D'Igby era
también, como querían sus transcursos de corsario, buen espadachín, y en pocos
días habríase divertido en jugar de esgrima con Roberto. Estaba aquel día con
ellos también un mosquetero, que había empezado a medirse con un alférez de la
compañía de los cadetes; tirábase sin intención seria, y los esgrimidores
estaban muy atentos, empero, en un determinado momento, el mosquetero había
intentado una treta de aviso con demasiado ímpetu, obligando al adversario a
defenderse con una sagita, y había sido herido en el brazo, de forma harto fea.
Inmediatamente
habíale vendado D'Igby con una de sus ligas, para mantener cerradas las venas,
mas a cabo de pocos días la herida amenazaba gangrenarse, y el cirujano decía
que era preciso cortar el brazo.
Había sido
entonces cuando D'Igby había ofrecido sus servicios, advirtiendo, con todo, que
habrían podido considerarle un embaucador, y rogando a todos que le otorgaran
su confianza. El mosquetero, que ya no sabía a qué santo acogerse, había
respondido con un refrán español:
—Hágase el
milagro, y hágalo el diablo.
D'Igby le
pidió pues algún trozo de tela donde hubiere sangre de la herida, y el
mosquetero le dio un paño que lo había protegido hasta el día de antes. D'Igby
habíase hecho traer una palangana de agua y había vertido en ella polvo de
vitriolo, diluyéndolo rápidamente. Luego había metido el paño en la bacía. De
improviso, el mosquetero, que en el ínterin habíase distraído, se estremeció
aferrándose el brazo herido; y dijo que de golpe habíale cesado la comezón, y
advertía incluso una sensación de frescura en la llaga.
—Bien
—había dicho D'Igby—, agora no ha Vuestra Merced sino de mantener la herida
limpia, lavándola cada día con agua y sal, de suerte que pueda recibir la
adecuada influencia. Yo expondré esta palangana, de día en la ventana, y de
noche en el rincón del hogar, así que se mantenga siempre a una temperatura
moderada.
Como
quiera que Roberto atribuía la inesperada mejoría a alguna otra causa, D'Igby
con una sonrisa de inteligencia había tomado el paño y lo había secado en la
chimenea, e inmediatamente el mosquetero había vuelto a quejarse, de suerte que
fue menester volver a mojar el paño en la solución.
La herida
del mosquetero había sanado a cabo de una semana.
Creo que,
en una época en la que las desinfecciones eran someras, el mero hecho de lavar
cada día la herida era ya una causa suficiente de curación, pero no se puede
censurar a Roberto si pasó los días siguientes interrogando al amigo sobre
aquella cura, que además recordábale la hazaña del carmelita, a la que había
asistido en su infancia. Salvo que el carmelita había aplicado el polvo sobre
el arma que había provocado el daño.
—En efecto
—había contestado D'Igby—, la disputa sobre el unguentum armarium dura
desde ha mucho, y el primero que habló dello fue el gran Paracelso. Muchos usan
una pasta grasa, y estiman que su acción se ejerce mejor sobre el arma. Empero,
como vos entendéis, arma que ha herido o paño que ha vendado son la misma cosa,
pues que el preparado debe aplicarse allá donde haya rastros de sangre del
herido. Muchos, viendo tratar el arma para curar los efectos del golpe, han
pensado en una operación de magia, ¡mientras que mi Polvo de Simpatía tiene sus
propios fundamentos en las operaciones de la naturaleza!
—¿Por qué
Polvo de Simpatía?
—También
aquí el nombre podría mover a engaño. Muchos han hablado de una conformidad o
simpatía que vincularía entre ellas las cosas. Agripa dice que para suscitar el
poder de una estrella será preciso referirse a las cosas que le son semejantes
y que entonces reciben su influencia. Y llama simpatía a esta atracción mutua
de las cosas entre sí. Como con la brea, con el azufre o con el aceite
prepárase la madera para recibir a la llama, así, empleando cosas conformes a
la operación y a la estrella, un beneficio particular se reverbera sobre la
materia justamente dispuesta por medio del alma del mundo. Para influir sobre
el sol habría que actuar, pues, sobre el oro, solar por naturaleza, y sobre
aquellas plantas que se dirigen hacia el sol, o que pliegan, o cierran sus
hojas en el ocaso para volverlas a abrir al alba, como el loto, la peonía, la
celidonia. Pero éstas son consejas, no basta una analogía de este tipo para
explicar las operaciones de la naturaleza.
D'Igby
había hecho partícipe a Roberto de su secreto. El orbe, es decir, la esfera del
aire, está llena de luz, y la luz es una substancia material y corpórea; noción
que Roberto había acogido bien, pues en el gabinete Dupuy había oído que
también la luz no era sino polvo finísimo de átomos.
—Es
evidente que la luz —decía D'Igby—, saliendo incesantemente del sol y
arrojándose a gran velocidad en líneas rectas por doquier, donde encuentra
algún obstáculo en su camino por la oposición de cuerpos sólidos y opacos,
refléjase ad angulos aequales, y torna a tomar otro curso, hasta que se
desvía hacia otro lado por el encuentro con otro cuerpo sólido, y así sigue
hasta que se apaga. Como en el juego de la pelota, donde la bola empujada
contra una pared rebota de ésta contra la pared de enfrente, y a menudo lleva a
término todo un circuito, volviendo al punto del cual había salido. Ahora bien,
¿qué acontece cuando la luz cae sobre un cuerpo? Los rayos rebotan
desprendiendo algunos átomos del cuerpo, pequeñas partículas, así como la
pelota podría llevar consigo parte del enlucido fresco de la pared. Y pues
estos átomos están formados por los cuatro Elementos, la luz con su calor
incorpora las partes viscosas, y transpórtalas lejos. Prueba dello es que si
intentáis secar un paño húmedo en el fuego veréis que los rayos que el paño
refleja llevan consigo una especie de niebla acuosa. Estos átomos vagantes son
como unos caballeros sobre corceles alados que van por el espacio hasta que el
sol, en el ocaso, retira sus Pegasos y los deja sin cabalgadura. Y entonces
tornan a precipitarse en masa hacia la tierra de la que proceden. Pero estos
fenómenos no suceden sólo con la luz, sino también, por ejemplo, con el viento,
que no es sino un gran río de átomos consímiles, atraídos por los cuerpos
sólidos terrestres...
—Y el humo
—sugirió Roberto.
—Desde
luego. En Londres se obtiene el fuego del carbón de piedra que procede de
Escocia, que contiene una gran cantidad de sal volátil muy agria; esta sal
transportada por el humo se dispersa en el aire, arruinando los muros, los
lechos y los muebles de color claro. Cuando se mantiene cerrado un aposento
durante algunos meses, después encuéntrase en él un polvo negro que recubre
todas las cosas, así como se ve uno blanco en los molinos y en las panaderías
de los horneros. Y en primavera todas las flores aparecen sucias de grasa.
—¿Mas cómo
es posible que tantos corpúsculos se dispersen por el aire, y el cuerpo que los
emana no se resienta de mengua alguna?
—Hay quizá
mengua, y lo advertiréis cuando hagáis evaporar agua, pero con relación a los
cuerpos sólidos no damos en la cuenta, como no damos en la cuenta con el
almizcle o con otras substancias fragantes. Cualquier cuerpo, por pequeño que
sea, puede dividirse en nueve partes, sin llegar nunca al final de su división.
Considerad la sutilidad de los corpúsculos que se sueltan de un cuerpo vivo,
gracias a los cuales nuestros perros ingleses, guiados por el olfato, son
capaces de seguir la pista de un animal. ¿Acaso la zorra, al final de su
carrera, nos parece más pequeña? Ahora bien, precisamente en virtud de tales
corpúsculos, verifícanse los fenómenos de atracción que algunos celebran como
Acción a Distancia, que a distancia no es, y por tanto no es magia, sino que se
da por el continuo comercio de átomos. Y así acontece con la atracción por
succión, como la del agua o el vino mediante una cantimplora, con la atracción
de la imán sobre el hierro, o la atracción por filtración, como cuando ponéis
una tira de algodón en un vaso lleno de agua, dejando colgar fuera del vaso
buena parte de la tira, y veis el agua subir por encima del borde y gotear en
el suelo. Y la última atracción es la que tiene lugar por trámite del fuego,
que atrae el ambiente circundante con todos los corpúsculos que turbinan en él:
el fuego, actuando según el propio natural, arrastra consigo al aire que le
está en derredor, como el agua de un río arrastra el lodo de su lecho. Y dado
que el aire es húmedo y el fuego enjuto, he aquí que se unen el uno al otro.
Luego, para ocupar el lugar del aire que el fuego hase llevado, es menester que
llegue otro aire de las cercanías, si no, se crearía el vacío.
—¿Negáis
entonces el vacío?
—En
absoluto. Digo que, en cuanto lo encuentra, la naturaleza intenta llenarlo de
átomos, en una lucha por conquistar todas sus regiones. Y si así no fuere, mi
Polvo de Simpatía no podría actuar, como en cambio os ha demostrado la
experiencia. El fuego provoca con su acción una constante afluencia de aire y
el divino Hipócrates purificó de la peste toda una provincia haciendo encender
por doquier grandes hogueras. Siempre en tiempo de pestilencia, mátanse gatos y
palomas y otros animales calientes que transpiran espíritus continuamente, de
suerte que el aire ocupe el lugar de los espíritus liberados en el curso de esa
evaporación, al modo que los átomos apestados se adhieran a las plumas y al
pelo de esos animales, tal y como el pan sacado del horno atrae hacia sí la
espuma de los toneles y altera el vino si se lo coloca sobre la tapa del tonel.
Como sucede, por demás, si exponéis al aire una libra de crémor tártaro
calcinado y enardecido a deber, que dará diez libras de buen aceite de tártaro.
El médico del Papa Urbano VIII contóme la historia de una monja romana a la
que, por los demasiados ayunos y oraciones, habíasele calentado el cuerpo a tal
punto que los huesos habíanse enjugado completamente. Ese calor interior
atraía, en efecto, el aire que se corporizaba en los huesos como hace en el
crémor tártaro, y salía en el punto donde reside el desahogo de la serosidad, y
es decir, por la vejiga, de suerte que la pobre santa daba más de doscientas
libras de orina en veinte y cuatro horas, milagro que todos aceptaban como
prueba de su santidad.
—Mas si
todo atrae a todo, ¿por cuál motivo los elementos y los cuerpos permanecen
divididos y no se da la colisión de cualquier fuerza con cualquier otra?
—Pregunta
aguda. Así como los cuerpos que tienen igual peso únense con más facilidad, y
el aceite se une más fácilmente con el aceite que con el agua, debemos concluir
que lo que mantiene firmemente juntos a los átomos de una misma naturaleza es
su rareza o densidad, como los filósofos que vos frecuentáis bien podrían
deciros.
—Y hánmelo
dicho, probándomelo con las diversas especies de sal: que como quiera que se
las muela o coagule, vuelven a tomar siempre su forma natural, y la sal común
se presenta siempre en cubos con caras cuadradas, el salitre en columnas de
seis caras, y la sal amoníaca en hexágonos de seis puntas como la nieve.
—Y la sal
de la orina fórmase en pentágonos, a partir de los cuales el señor Davidson
explica la forma de cada una de las ochenta piedras encontradas en la vejiga
del señor Pelletier. Pero si los cuerpos de forma análoga se mezclan con mayor
afinidad, con mayor razón se atraerán con más fuerza que los demás. Por ello,
si os quemáis una mano, obtendréis alivio del sufrimiento manteniéndola un poco
delante del fuego.
—Mi
preceptor, una vez que un campesino fue mordido por una víbora, mantuvo sobre
la herida la cabeza de la víbora...
—Cierto,
el veneno, que estaba filtrando hacia el corazón, volvía hacia su fuente
principal donde había mayor cantidad. Si en tiempo de peste lleváis con vos, en
un bote, polvo de sapos, o incluso un sapo y una araña viva, o también
arsénico, esa substancia venenosa atraerá hacia sí la infección del aire. Y las
cebollas secas fermentan en el granero cuando las de la huerta comienzan a
asomar.
—Y esto
explica también los antojos de los niños: la madre desea fuertemente algo y...
—Sobre
este punto iría con más cautela. A veces fenómenos análogos tienen causas
diferentes y el hombre de ciencia no debe prestar fe a cualquier superstición.
Pero volvamos a mi Polvo. ¿Qué sucedió cuando sometí durante algunos días a la
acción del Polvo el paño manchado de la sangre de nuestro amigo? En primer
lugar, el sol y la luna atrajeron desde gran distancia los espíritus de la
sangre que se hallaban en el paño, gracias al calor del ambiente, y los
espíritus del vitriolo que estaban en la sangre no pudieron evitar cumplir el
mismo recorrido. Por otra parte, la herida seguía echando una gran abundancia
de espíritus calientes e ígneos, atrayendo hacia sí el aire circundante. Ese
aire atraía a otro aire y éste otro aún, y los espíritus de la sangre y del
vitriolo, esparcidos a gran distancia, por fin empalmaban con ese aire, que
llevaba consigo otros átomos de la misma sangre. Ahora bien, como los átomos de
la sangre, los procedentes del paño y los procedentes de la llaga
encontrábanse, expulsando el aire como un inútil compañero de viaje, y eran
atraídos a su sede mayor, la herida; unidos a ellos, los espíritus del vitriolo
penetraban en la carne.
—¿Acaso no
habríais podido poner directamente el vitriolo sobre la llaga?
—Habría
podido, teniendo al herido delante. ¿Pero, y si el herido estuviere lejos?
Añádase que si hubiera puesto directamente el vitriolo sobre la llaga, su
fuerza corrosiva habríala irritado mucho más, mientras que, transportado por el
aire, el vitriolo cede solamente su parte dulce y balsámica, capaz de remansar
la sangre; y se usa también en los colirios para los ojos.
Y Roberto
había aguzado el oído, haciendo en el futuro tesoro de aquellos consejos, lo
que ciertamente explica el empeoramiento de su mal.
—Por otra
parte —había añadido D'Igby—, no se ha de usar, desde luego, el vitriolo
normal, como usábase una vez, haciendo más daño que bien. Yo me procuro
vitriolo de Chipre, y antes lo calcino al sol: la calcinación le quita la
humedad superflua, y es como si dél hiciera un caldo corto; y luego, la
calcinación hace aptos a los espíritus de esta substancia a ser transportados
por el aire. Por fin, añádole alquitira, que cicatriza más rápidamente la
herida.
Me he
demorado sobre lo que Roberto había aprendido de D'Igby porque este
descubrimiento había de marcar su destino.
Es
menester decir, a desdoro de nuestro amigo, y él lo confiesa en sus cartas, que
no fue presa de tanta revelación por razones de ciencia natural, sino siempre y
una vez más por amor. En otras palabras, aquella descripción de un universo
atestado de espíritus que se trababan según sus afinidades, parecióle una
alegoría del enamoramiento, y se dedicó a frecuentar gabinetes de lectura
buscando todo lo que podía encontrar sobre el ungüento armario, que por aquella
época era ya mucho, y muchísimo habría sido en los años por venir. Aconsejado
por monseñor Gaffarel (en voz baja, que no lo oyeran los otros tertulianos de
los Dupuy, que en estas cosas creían poco) leía el Ars Magnesia de
Kirkerio, el Tractatus de magnética vulnerum curatione del Goclenius, el
Fracastoro, el Discursus de unguentum armario de Fludd, y el Hopolochrisma
spongus de Foster. Hacíase sabio para traducir su sabiduría en poesía y
poder un día brillar elocuente, mensajero de la simpatía universal, allá donde
era continuamente humillado por la elocuencia de los demás.
Durante
muchos meses —tanto debería de haber durado su obstinada búsqueda, mientras no
procedía un solo paso en el camino de la conquista— Roberto había practicado
una especie de principio de la doble, antes, de la múltiple verdad, idea que en
París muchos consideraban temeraria y prudente al mismo tiempo. Discutía de día
sobre la posible eternidad de la materia, y de noche se consumía los ojos sobre
tratadillos que le prometían, aunque fuera en términos de filosofía natural,
ocultos milagros.
En las
grandes empresas hase de buscar no tanto el crear las ocasiones, como
aprovechar las que se presentan. Una velada, en casa de Arthénice, después de
una animada disertación sobre la Astrée, la Anfitriona había incitado a
los presentes a que consideraran qué tenían en común el amor y la amistad.
Roberto entonces había tomado la palabra, observando que el principio del amor,
ya fuere entre amigos o entre amantes, no era disconforme de aquél según el
cual actuaba el Polvo de Simpatía. Al primer gesto de interés, había repetido
los relatos de D'Igby, excluyendo sólo la historia de la santa urinante, luego
había dado en ponderar sobre el tema, olvidando la amistad y hablando sólo de
amor.
—El amor
obedece a las mismas leyes que el viento, y los vientos resiéntense siempre de
los parajes de los que proceden, y si proceden de vergeles y jardines, pueden
oler a jazmín, o a menta o a romero, y así a los navegantes vuélvenlos ansiosos
de tocar la tierra que tantas promesas les envía. No diversamente los espíritus
amorosos embriagan la nariz del corazón enamorado —(y perdonémosle a Roberto el
desdichadísimo tropo)—. Es el corazón amado un laúd, que hace consonar las
cuerdas de otro laúd, tal y como el sonido de las campanas actúa sobre la
superficie de los cursos de agua, sobre todo de noche, cuando, en ausencia de
otro rumor, genérase en el agua el mismo movimiento que habíase generado en el
aire. Le acontece al corazón amante lo que al tártaro, que a veces despide
fragrancia de agua de rosa, cuando se lo abandone para que se diluya en la
obscuridad de un sótano durante la estación de las rosas, y el aire, lleno de
átomos de rosas, mudándose en agua por la atracción del cristal de tártaro, lo
perfuma. Ni le es obstáculo la crueldad de la amada. Un tonel de vino, cuando
las viñas están en flor, fermenta y echa a la superficie una flor suya blanca,
que permanece hasta que caen las flores de las vides. Con todo, el corazón
amante, más porfiado que el vino, cuando se florea al florecer del corazón
amado, cultiva su retoño incluso cuando la fuente hase agotado.
Le pareció
captar una mirada enternecida de Lilia, y siguió:
—Amar es
como tomar un Baño de Luna. Los rayos que proceden de la luna son los del sol,
reflejados hasta nosotros. Concentrando los rayos del sol con un espejo, se
potencia su fuerza calefactiva. Concentrando los rayos de la luna en una
aljofaina de plata, se verá que su fondo cóncavo refleja sus rayos
refrigerativos por el rocío que contienen. Parece insensato lavarse en una
aljofaina vacía: y sin embargo, nos encontramos con las manos humedecidas, y es
remedio infalible contra las carúnculas.
—Señor de
la Grive —había dicho alguien—, ¡el amor no es una medicina para las verrugas!
—Oh, a
buen seguro no —habíase recobrado Roberto, ya imparable—, pero he dado ejemplos
que vienen de las cosas más viles para recordar a Vuestras Mercedes cómo
también el amor depende de un solo polvo de corpúsculos. Que es manera de decir
cómo el amor participa de las mismas leyes que gobiernan tanto a los cuerpos
sublunares como a los celestes, excepto que de estas leyes, es la más noble de
las manifestaciones. El amor nace de la vista, y a primera vista se enciende:
¿y qué es el ver sino el acceso de una luz reverberada por el cuerpo que se
mira? Viéndolo, mi cuerpo es penetrado por la parte mejor del cuerpo amado, la
más aérea, que por el conducto de los ojos llega directamente al corazón. Y así
pues, amar a primera vista es beber los espíritus del corazón de la amada. El
gran Arquitecto de la naturaleza, cuando compuso nuestro cuerpo, colocó
espíritus internos, al modo de centinelas, para que refirieran sus
descubrimientos al propio general, es decir, a la imaginación, señora de la
familia corpórea. Y si ella es vulnerada por cualquier objeto, acontece lo que
sobreviene cuando se oyen tocar a las violas, que nos llevamos su melodía en la
memoria, y la oímos incluso en el sueño. Nuestra imaginación construye un
simulacro, que delicia al amante, mas no lo despedaza por ser precisamente y
sólo simulacro. De esto derívase que cuando un hombre es sorprendido por la
vista de la persona amable, cambia color, se sonroja y descaece, según que
aquellos ministros que son los espíritus internos vayan rápida o lentamente
hacia el objeto para luego regresar a la imaginación. Estos espíritus no van
sólo al cerebro, sino directamente al corazón por el gran conducto que desde
ahí arrastra al cerebro los espíritus vitales que allá se convierten en
espíritus animales; y siempre a través de este conducto, la imaginación envía
al corazón una parte de los átomos que ha recibido de algún objeto externo, y
son estos átomos los que producen esa ebullición de los espíritus vitales, que
a veces dilatan el corazón, y a veces lo conducen al síncope.
—Vuestra
Merced nos dice que el amor procede como un movimiento físico, no diversamente
de como enflorece el vino; pero no nos dice cómo es que el amor, a diferencia
de otros fenómenos de la materia, es virtud electiva, que escoge. ¿Por qué
razón, pues, el amor nos hace esclavos de una y no de otra criatura?
—¡Precisamente
por esto he reconducido las virtudes del amor al principio mismo del Polvo de
Simpatía, es decir, que átomos iguales y de igual forma atraen átomos iguales!
Si yo bañara con ese polvo el arma que ha herido a Pílades no curaría la herida
de Orestes. Por lo tanto, el amor une sólo a dos seres que de alguna manera
tenían ya la misma naturaleza, un espíritu noble a un espíritu igualmente noble
y un espíritu vulgar a un espíritu igualmente vulgar; pues que acaece que amen
también los villanos, como las pastorcillas, y nos lo enseña la admirable
historia del señor d'Urfé. El amor revela un acuerdo entre dos criaturas que ya
estaba trazado desde el principio de los tiempos, así como el Destino había
decidido desde siempre que Píramo y Tisbe estuvieran unidos en una sola morera.
—¿Y el
amor infeliz?
—Yo no
creo que exista verdaderamente un amor infeliz. Hay solamente amores que no han
llegado todavía a una perfecta sazón, donde por alguna razón la amada no ha
captado el mensaje que dimana de los ojos del amante. Y, sin embargo, el amante
sabe a tal punto qué semejanza de naturaleza le ha sido revelada que, en virtud
de esta fe, sabe esperar, incluso toda la vida. Él sabe que la revelación para
ambos, y la unión, podrá actuarse incluso después de la muerte, cuando,
evaporados los átomos de cada una de las dos médulas que se deshacen en la
tierra, se reúnan en algún cielo. Y quizá, como un herido, que sin saber que
alguien está rociando de Polvo el arma que lo vulneró, goza de nueva salud y
alivio del dolor, quién sabe cuántos corazones amantes gozan agora de alivio
repentino del espíritu, sin saber que su felicidad es obra del corazón amado,
vuelto amante a su vez, que ha dado arranque a la conjunción de los átomos
gemelos.
Debo decir
que toda esta compleja alegoría estaba en pie hasta cierto punto, y quizá la
Máquina Aristotélica del padre Emanuel habría demostrado su inestabilidad. Pero
aquella noche todos quedaron convencidos de aquel parentesco entre el Polvo,
que cura el dolor, y el amor, que además de curar, más a menudo procura dolor.
Fue por
esto por lo que la historia de este discurso sobre el Polvo de Simpatía, y
sobre la Simpatía del Amor, dio durante algunos meses, y quizá más, la vuelta a
París, con los resultados que diremos.
Y fue por
esto por lo que Lilia, al final de la oración, sonrió una vez más a Roberto.
Era una sonrisa de parabién, diciendo mucho de admiración, pero nada es más
natural que creer ser amados. Roberto entendió la sonrisa como una aceptación
de todas las cartas que había enviado. Demasiado acostumbrado a los tormentos
de la ausencia, abandonó la reunión, satisfecho de aquella victoria. Hizo mal,
y veremos más adelante la razón. Desde entonces osó ciertamente dirigirle la
palabra a Lilia, pero siempre tuvo como respuesta procederes contrarios. A
veces susurraba: «precisamente como se decía hace algunos días». A veces, en
cambio, murmuraba: «y con todo habíais dicho una cosa bien diferente». Y a
veces prometía, desapareciendo: «mas volveremos a hablar dello, tened
constancia».
Roberto no
entendía si ella, por descuido, a turno imputábale los dichos y los hechos de
otro, o provocábale con coquetería.
Lo que
había de acontecerle lo habría empujado a componer aquellos raros episodios en
una historia mucho más inquietante.
17 LA
DESEADA CIENCIA DE LAS LONGITUDES
Era —por
fin una fecha a la que aferramos— la noche del 2 de diciembre de 1642. Salían
de un teatro, donde Roberto había recitado calladamente entre el público su
papel amoroso. Lilia, a la salida, habíale estrechado furtivamente la mano
susurrando:
—Señor de
la Grive, así pues, os habéis vuelto tímido. No lo erais aquella noche. Y por
tanto, mañana de nuevo, en la misma escena.
Había
salido loco de turbación, invitado a tal convite en un lugar que no podía
conocer, solicitado a repetir lo que jamás había osado. Y sin embargo ella no
había podido tomarlo por otro, pues que habíalo llamado por su nombre.
Oh,
escribe haberse dicho, hoy los arroyos remontan hacia el hontanar, blancos
corceles escalan las torres de Nuestra Señora de París, un fuego sonríe
ardiente en el hielo, ha podido acaecer que Ella me invitara. Mas no, hoy la
sangre se derrama de la roca, una culebra se aparea con una osa, hase vuelto
negro el sol, porque mi amada hame ofrecido una copa de la que nunca podré
beber, ya que no sé dónde es el festín...
A un paso
de la felicidad, corría desesperado a casa, el único paraje en el que estaba
seguro de que ella no estaba.
Se pueden
interpretar de forma bastante menos misteriosa las palabras de Lilia:
simplemente le estaba recordando aquella lejana locución suya sobre el Polvo de
Simpatía, le estaba incitando a que dijera más, en ese mismo salón de Arthénice
donde ya había hablado. Desde entonces ella le había visto silencioso y
adorante, y eso no respondía a las reglas del juego, reguladísimo, de la
seducción. Le estaba llamando al orden, diríamos hoy, de su deber mundano. Ea,
estábale diciendo, aquella noche no fuisteis tímido, volved a hollar las mismas
tablas, yo os aguardo en tal celada. Ni otro reto podríamos esperarnos de una
preciosa.
Y en
cambio Roberto había comprendido: «Sois tímido, y con todo y eso, hace algunas
noches no lo fuisteis, y me...» (me imagino que los celos impedían y alentaban
a un tiempo a Roberto a que imaginara la continuación de esa frase). «Por
tanto, mañana de nuevo, en la misma escena, en el mismo paraje secreto.»
Es natural
que, habiendo tomado su fantasía la senda más espinosa, él hubiera pensado
inmediatamente en el cambio de persona, en alguien que se había hecho pasar por
él, y en lugar suyo hubiera obtenido de Lilia lo que él habría trocado con la
vida. Así pues, volvía a aparecer Ferrante y todos los hilos de su pasado
volvían a anudarse. Alter ego maligno, Ferrante habíase introducido también en
aquella historia, jugando sobre sus ausencias, sus retrasos, sus salidas
anticipadas y, en el momento adecuado, había cosechado el premio de la oración
de Roberto sobre el Polvo de Simpatía.
Y mientras
se acongojaba, había oído llamar a la puerta. ¡Esperanza, sueño de hombres
despiertos! Habíase precipitado a abrir, convencido de verla a ella en el
umbral: era, en cambio, un oficial de la guardia del Cardenal, con dos hombres
de escolta.
—El señor
de la Grive, supongo —había dicho. Y luego presentándose como el capitán de
Bar—: Lamento lo que voy a hacer. Vuesa Merced está arrestado, y le ruego que
me entregue su espada. Si me sigue Vuesa Merced con buena educación, subiremos
como dos buenos amigos al coche que nos espera, y no recibirá merma su
vergüenza.
Había
dejado entender que no conocía las razones de su arresto, deseando que se
tratara de una equivocación. Roberto lo había seguido mudo, formulando el mismo
voto, y al final del viaje, pasado con muchas excusas a manos de un guardián
adormecido, habíase encontrado en una celda de la Bastilla.
Permaneció
allí dos noches gélidas, visitado sólo por pocas ratas (próvida preparación al
viaje en el Amarilis) y por un corchete que, a todas las preguntas,
respondía que por aquel lugar habían pasado tantos huéspedes ilustres que había
cesado de preguntarse por qué llegaban; y si llevaba siete años allí un gran
señor como Bassompierre, no era cuestión que Roberto empezara a quejarse a cabo
de pocas horas.
Concedidos
aquellos dos días para saborear lo peor, la tercera noche había vuelto de Bar,
habíale dado modo de lavarse, y habíale anunciado que tenía que comparecer ante
el Cardenal. Roberto entendió, por lo menos, que era un prisionero de Estado.
Habían
llegado al palacio bien entrada la noche, y ya por el movimiento del portón se
adivinaba que era noche de excepción. Las escaleras estaban invadidas por
gentes de todas las condiciones que corrían en direcciones opuestas; en una
antesala, gentileshombres y hombres de iglesia entraban afanados, remondaban
educadamente el pecho contra las paredes hermoseadas por frescos, adoptaban un
aire dolorido, y entraban en otra sala, de la que salían fámulos llamando en
voz alta a siervos que no se hallaban, y haciendo señas a todos de que
guardaran silencio.
En aquella
sala fue introducido también Roberto, y vio sólo personas de espaldas que
asomábanse a la puerta de otra estancia, de puntillas, sin hacer ruido, como
para ver un triste espectáculo. De Bar miró en su derredor buscando a alguien;
al fin le hizo un gesto a Roberto de que permaneciera en un rincón, y se alejó.
Otra
guardia que estaba intentando hacer salir a muchos de los presentes, con
diferentes miramientos según la condición, viendo a Roberto con la barba larga,
el vestido deslucido por el arresto, habíale preguntado rudamente qué hacía
allá. Roberto había replicado que le aguardaba el Cardenal, y la guardia había
contestado que por desventura de todos era el Cardenal el que era aguardado por
Alguien mucho más importante.
De todas
maneras, lo había dejado donde estaba, y poco a poco, ya que de Bar (ahora el
único rostro amigo que le hubiera quedado) no volvía, Roberto se allegó al
concurso de gente y, un poco esperando y un poco empujando, alcanzó el umbral
de la última habitación.
Allá
abajo, en un lecho, apoyado a una gran nevada de almohadas, había visto y
reconocido a la sombra de aquel que toda Francia temía y poquísimos amaban. El
gran Cardenal estaba rodeado de médicos con trajes oscuros, que más que en él
parecían interesarse en su debate, un monacillo secábale los labios, en los que
endebles accesos de tos formaban una espuma rojiza, bajo las mantas adivinábase
la laboriosa respiración de un cuerpo ya devorado, una mano asomaba de una
blusa, aferrando un crucifijo. El monacillo prorrumpió de repente en un
sollozo. Richelieu volvió la cabeza con fatiga, intentó una sonrisa y murmuró:
—¿Creías
pues que yo era inmortal?
Mientras
Roberto se estaba preguntando quién podía haberle convocado al lecho de un
moribundo, se armó un gran revuelo a sus espaldas. Algunos susurraron el nombre
del párroco de Saint—Eustache, y mientras todos hacían ala entró un cura con su
séquito, trayendo el óleo santo.
Roberto
sintióse tocar al hombro, y era de Bar:
—Vamos
—habíale dicho—, el Cardenal os espera.
Sin
entender, Roberto le había seguido a lo largo de un pasillo. De Bar le había
introducido en una sala, haciéndole gesto de que siguiera esperando, luego
habíase retirado.
La sala
era amplia, con un gran globo terráqueo en el centro, y un reloj sobre un
mueblecito en un rincón, contra un cortinaje rojo. A la izquierda del
cortinaje, debajo de un gran retrato de cuerpo entero de Richelieu, Roberto
había divisado por fin a una persona de espaldas, en hábitos cardenalicios, de
pie, absorto en escribir sobre un facistol. El purpurado habíase vuelto apenas,
de escorzo, haciéndole seña de que se acercara, y, como Roberto lo hiciere,
habíase encorvado sobre el plano de escritura, poniendo la mano izquierda en
guisa de mampara en las márgenes de la hoja, aunque, a la distancia respetuosa
a la que todavía se mantenía, Roberto no habría podido leer nada.
Luego el
personaje diose la vuelta, entre un drapear de púrpuras, y estuvo erguido
durante algún segundo, casi reproduciendo el ademán del gran retrato que tenía
a sus espaldas, la derecha apoyada en el lecturín, la izquierda a la altura del
pecho, con la palma melindrosamente hacia arriba. A continuación sentóse en un
sitial junto al reloj, se acarició con coquetería los bigotes y la perilla y
preguntó:
—¿El señor
de la Grive?
El señor
de la Grive hasta entonces había estado convencido de que soñaba, en una
pesadilla, con ese mismo Cardenal que estaba apagándose una decena de metros
más allá, pero ahora lo veía rejuvenecido, con las facciones menos afiladas,
como si sobre el pálido rostro aristocrático del retrato alguien hubiera
sombreado la tez y redibujado el labio con líneas más marcadas y sinuosas;
luego, aquella voz con acento extranjero habíale despertado el antiguo recuerdo
de aquel capitán que doce años antes galopaba en medio de las opuestas
formaciones en Casal.
Roberto se
encontraba ante el Cardenal Mazarino, y entendía que, lentamente, en el curso
de la agonía de su protector, el hombre estaba asumiendo sus funciones, y ya el
oficial había dicho «el Cardenal», como si otros ya no los hubiere.
Hizo para
responder a la primera pregunta, mas daría en la cuenta en breve de que el
Cardenal aparentaba preguntar, y en realidad afirmaba, suponiendo que, en
cualquier caso, su interlocutor no podía sino asentir.
—Roberto
de la Grive —confirmó, en efecto, el Cardenal—, de los señores Pozzo de San
Patricio. Conocemos el castillo, como conocemos bien el Montferrato. Tan fértil
que podría ser Francia. Vuestro padre, en los días de Casal, se batió con
honor, y nos fue más leal que vuestros otros compatriotas.
Decía nos
como si en aquella época fuera ya criatura del Rey de Francia.
—También
vos en aquella ocasión os condujisteis bravamente, nos fue referido. ¿No creéis
que tanto más, y paternalmente, debamos resentimos de que, huésped de este
reino, del huésped no hayáis observado los deberes? ¿No sabíais que en este
reino las leyes se aplican por igual a los súbditos y a los huéspedes?
Naturalmente, naturalmente, no olvidaremos que un gentilhombre es siempre un
gentilhombre, cualquiera que sea el delito que haya cometido: gozaréis de los
mismos beneficios concedidos a Cinq—Mars, cuya memoria no parecéis execrar como
se debería. Moriréis también vos de cuchilla y no de cuerda.
Roberto no
podía ignorar un asunto del que hablaba toda Francia. El marqués de Cinq—Mars
había intentado convencer al rey de que despidiera a Richelieu, y Richelieu
había convencido al rey de que Cinq—Mars conspiraba contra el reino. En Lyon,
el condenado había intentado comportarse con jactanciosa dignidad ante el
verdugo, pero éste había hecho tan indigno escarnio de su pescuezo que el
gentío desdeñado había hecho escarnio del.
Comoquiera
que Roberto, aturdido, hiciera ademán de hablar, el Cardenal le previno con un
gesto de la mano:
—Ea, San
Patricio —dijo, y Roberto argüyó que usaba este nombre para recordarle que era
extranjero; y por otra parte, le estaba hablando en francés, mientras habría
podido hablarle en italiano—. Habéis sucumbido a los vicios de esta ciudad y de
este país. Como suele decir Su Eminencia el Cardenal, la ligereza ordinaria de
los franceses les mueve a desear el cambio a causa del tedio que prueban por
las cosas presentes. Algunos de estos gentileshombres ligeros, que el rey
proveyó a aligerar también de la cabeza, os han seducido con sus propósitos de
subversión. Vuestro caso no ha menester que moleste a tribunal alguno. Los
Estados, cuya conservación debe sernos extremadamente cara, padecerían breve
ruina si en materia de crímenes que tienden a su subversión se requirieran
pruebas claras como las requeridas en los casos comunes. Ha dos noches se os
vio entreteneros con amigos de Cinq—Mars, que pronunciaron, una vez más,
propósitos de alta traición. Quien os vio entre aquesos es digno de crédito,
pues habíase introducido allá por orden nuestra.
Y esto
basta. Ea pues —previno aburrido—, no os hemos hecho venir aquí para oír
protestas de inocencia, por tanto calmaos y escuchad.
Roberto no
se tranquilizó, pero sacó algunas conclusiones: en el mismo momento en el que
Lilia le tocaba la mano, a él se le veía en otro lugar conjurando contra el
Estado. Mazarino estaba tan convencido de ello que la idea se convertía en un
hecho. Se susurraba por doquier que la ira de Richelieu todavía no se había
sosegado y muchos temían ser elegidos como nuevo ejemplo. Roberto, comoquiera
que hubiere sido elegido, estaba perdido en cualquier caso.
Roberto
habría podido reflexionar sobre el hecho de que a menudo, no sólo dos noches
antes, habíase demorado en alguna conversación a la salida del salón
Rambouillet; que no era imposible que entre aquellos interlocutores hubiera
habido algún íntimo de Cinq—Mars; que si Mazarino, por alguna razón suya,
quería perderle, habríale bastado interpretar de manera maliciosa cualquier
frase referida por una espía... Pero naturalmente las reflexiones de Roberto
eran otras y confirmaban sus temores: alguien había tomado parte en una reunión
sediciosa haciendo alarde tanto de su rostro como de su nombre.
Razón de
más para no intentar defensas. Seguíale siendo inexplicable sólo la razón por
la cual, si ya estaba condenado, el Cardenal se incomodara de informarle de su
suerte. Él no era el destinatario de un mensaje, sino el grifo, la adivinanza
misma que otros, aún inciertos sobre la determinación del rey, habrían de
descifrar. Esperó en silencio una explicación.
—Ved, San
Patricio, que si no estuviéramos ilustrados por la dignidad eclesiástica con la
que el Pontífice, y el deseo del Rey, nos honraron hace un año, diríamos que la
Providencia guió vuestra imprudencia. Hace tiempo que estábase observándoos,
preguntándonos cómo habríamos podido solicitaros un servicio que no teníais
ningún deber de prestar. Acogimos vuestro paso falso de tres noches ha como una
singular dádiva del Cielo. Agora podríais sernos deudor, y nuestra posición
cambia, por no hablar de la vuestra.
—¿Deudor?
—De la
vida. Naturalmente, no está en nuestro poder perdonaros, empero está en nuestra
facultad interceder. Digamos que podríais substraeros a los rigores de la ley
con la fuga. Pasado un año, o incluso más, la memoria del testigo sin duda se
habrá confundido, y podrá jurar sin mancilla para su honor que el hombre de
tres noches ha no erais vos; y podría apurarse que a esa hora jugabais en otro
lugar a biribís con el capitán de Bar. Entonces (no decidimos, notad,
presumimos, y podría suceder también lo contrario, mas confiamos estar en lo
justo) se os hará justicia plena y se os devolverá incondicionada libertad.
Sentaos, os ruego —dijo—. Debo proponeros una misión.
Roberto se
sentó:
—¿Una
misión?
—Y
delicada. En el curso de la cual, no os lo escondemos, tendréis algunas
ocasiones de perder la vida. Pero esto es un negocio: se os libra de la
certidumbre del verdugo, y se os dejan muchas oportunidades de regresar sano,
si sois astuto. Un año de trabajos, digamos, a cambio de una vida entera.
—Eminencia
—dijo Roberto, que por lo menos veía disiparse la imagen del verdugo—, por lo
que entiendo es inútil que jure, sobre mi honor o sobre la Cruz, que...
—Careceríamos
de cristiana piedad si excluyéramos en absoluto que vos sois inocente y nos
víctima de un equívoco. Pero el equívoco estaría en tal acuerdo con nuestros
designios que no veríamos razón de desenmascararlo. No querréis, con todo eso,
insinuar que os estamos proponiendo un trueque deshonesto, como quien dijere o
inocente a la cuchilla o reo confeso, y mendazmente, a nuestro servicio...
—Lejos de
mí tal intención irrespetuosa, Eminencia.
—Sea pues.
Os ofrecemos algún riesgo posible, pero gloria cierta. Y os diremos cómo recayó
nuestra mirada sobre vos, sin que antes nos fuera conocida vuestra presencia en
París. La ciudad, veis, habla mucho de lo que sucede en los salones, y todo
París chismeó hace tiempo de una velada durante la cual brillasteis ante los
ojos de muchas damas. Todo París, no os ruboricéis. Aludimos a aquella velada
en la que expusisteis con brío las virtudes de un así nombrado Polvo de
Simpatía, y de modo (¿es así como se dice en esos lugares, no es verdad?) que a
ese argumento las ironías confirieran sal, las paronomasias garbo, las
sentencias solemnidad, las hipérboles riqueza, los parangones perspicuidad...
—Oh
Eminencia, refería cosas aprendidas...
—Admiro la
modestia, pero parece ser que habéis manifestado un buen conocimiento de
algunos secretos naturales. Así pues, me sirve un hombre de par sabiduría, que
no sea francés, y que sin comprometer a la corona pueda insinuarse en un navío,
con partida de Amsterdam, con la intención de descubrir un nuevo secreto, de
alguna forma vinculado al uso de ese polvo.
Previno
una vez más una objeción de Roberto:
—No
temáis, necesitamos que sepáis bien qué buscamos, para que podáis interpretar
incluso los signos más inciertos. Os queremos bien adoctrinado sobre el
argumento, pues que os vemos ya tan bien dispuesto a complacernos. Tendréis un
maestro de talento, y no os dejéis engañar por su corta edad.
Alargó una
mano y dio una sacudida a una cuerda. No se oyó sonido alguno pero el gesto
debía de haber hecho resonar en otro lugar una campana u otra señal. Eso dedujo
Roberto, en una época en la que los grandes señores aún parlaban para llamar a
los siervos a grandes voces.
En efecto,
a cabo de poco entró con deferencia un mancebo que no demostraba más de veinte
años.
—Bien
llegado Colbert, ésta es la persona de la que os hablábamos hoy —díjole
Mazarino, y luego a Roberto—: Colbert, que se inicia de forma prometedora en
los secretos de la administración del Estado, lleva considerando desde tiempo
un problema que tiene mucha importancia para el Cardenal de Richelieu, y en
consecuencia, para nos. Quizá sepáis, San Patricio, que antes de que el
Cardenal tomara el timón de este gran bajel cuyo Luis XIII es el capitán, la marina
francesa era nula ante la de nuestros enemigos, tanto en la guerra como en la
paz. Ahora podemos estar orgullosos de nuestros arsenales, de la flota de
Levante como de la de Poniente, y recordaréis con qué éxito, no ha más de seis
meses, el marqués de Brézé pudo formar ante Barcelona cuarenta y cuatro
bajeles, catorce galeras, y ya no recuerdo más cuántas otras naos. Hemos
asegurado nuestras conquistas en la Nueva Francia, nos hemos asegurado el
dominio de La Martinica y de Guadalupe, y de muchas de esas Islas del Perú,
como ama decir el Cardenal. Hemos empezado a establecer compañías comerciales,
aunque aún sin pleno éxito; desgraciadamente, en las Provincias Unidas, en
Inglaterra, Portugal y España no hay familia noble que no tenga a uno de los
suyos buscando fortuna en el mar; no así en Francia, para nuestra desventura.
Prueba de ello es que sabemos quizá bastante del Nuevo Mundo, pero poco del
Novísimo. Enseñad, Colbert, a nuestro amigo cómo se presenta todavía vacía de
tierras la otra parte de ese globo.
El joven
movió el globo y Mazarino sonrió con melancolía:
—Por
desventura, esta extensión de aguas no está vacía a causa de una naturaleza
madrastra; está vacía porque sabemos demasiado poco de su generosidad. Y con
todo, después del descubrimiento de un derrotero occidental por las Molucas,
está en juego, precisamente, este vasto paraje no explorado que se extiende
entre la costa oeste del continente americano y las últimas tierras orientales
del Asia. Hablamos del océano denominado Pacífico, como quisieron llamarlo los
portugueses, en el cual, sin duda, extiéndese la Tierra Incógnita Austral, cuya
conócense pocas islas y pocas vagas costas, aunque lo bastante para saberla
nodriza de fabulosas riquezas. Y en aquellas aguas corren agora y desde ha
tiempo demasiados aventureros que no hablan nuestra lengua. Nuestro amigo
Colbert, con lo que yo no considero sólo juvenil antojo, acaricia la idea de
una presencia francesa en esos mares. Tanto más cuanto presumimos que el
primero en poner pie en una Tierra Austral fue un francés, el señor de
Gonneville, y diez y seis años antes de la empresa de Magallanes. No obstante,
aquel esforzado gentilhombre, o eclesiástico que fuere, omitió registrar en las
cartas de navegación el lugar en el que dio fondo. ¿Podemos pensar que un buen
francés fuera tan incauto? No, a buen seguro, es que en aquella época remota no
sabía cómo resolver plenamente un problema. Pero este problema, y os
asombraréis de saber cuál, permanece un misterio también para nosotros.
Hizo una
pausa, y Roberto comprendió que, al conocer tanto el Cardenal como Colbert, si
no la solución, por lo menos el nombre del misterio, la pausa era sólo en su
honor. Creyó bien representar el papel del espectador fascinado y preguntó:
—¿Y cuál
es el misterio, de gracia?
Mazarino
miró a Colbert con aire de inteligencia y dijo:
—Es el
misterio de las longitudes.
Colbert
asintió con gravedad.
—Para la
solución de este problema del Punto Fijo —continuó el Cardenal—, ha ya setenta
años, Felipe II de España ofrecía una fortuna, y más tarde Felipe III prometía seis mil ducados de
renta perpetua y dos mil de vitalicio, y los Estados Generales de Holanda
treinta mil florines. Ni nosotros hemos escatimado ayudas en dinero a
excelentes astrónomos... A propósito, Colbert, ese doctor Morin, hace ocho años
que lo tenemos a la espera...
—Mas
Vuestra Eminencia en persona dícese convencido de que ésta de la paralaje lunar
es una quimera...
—Sí, pero
para sostener su dudosísima hipótesis, ha estudiado eficazmente y criticado las
otras. Hagámosle participar en este nuevo proyecto, podría dar luces al señor
de San Patricio. Que se le ofrezca una pensión, nada hay como el dinero para
estimular las buenas inclinaciones. Si su idea contuviere un grano de verdad,
tendríamos la manera de asegurarnos mejor dello y, entre tanto, evitaremos que,
sintiéndose
abandonado en la patria, ceda a las instancias de los holandeses. Nos parece
que son precisamente los holandeses los que, habiendo visto titubeantes a los
españoles, han empezado a tratar con ese Galilei, y nosotros haríamos bien no
quedándonos fuera del asunto...
—Eminencia
—dijo Colbert vacilante—, le agradará recordar que el tal Galilei murió a
principios de este año...
—¿De
verdad? Roguemos a Dios que sea dichoso, más de lo que le ha sido dado en vida.
—Y, de
todas maneras, también su solución pareció durante largo tiempo definitiva,
pero no lo es...
—Nos
habéis precedido venturosamente, Colbert. Supongamos que tampoco a la solución
de Morin se le dé un ardite. Pues bien, sostengámosle igualmente, hagamos que
se vuelva a encender la discusión sobre sus ideas, estimulemos la curiosidad de
los holandeses: hagamos de suerte que se deje tentar, y habremos puesto durante
algún tiempo a los adversarios sobre una pista falsa. Habrán sido dineros bien
gastados en cualquier caso. Pero de esto ya se ha dicho bastante. Seguid, os lo
ruego, mientras San Patricio aprende, aprenderemos nos también.
—Vuestra
Eminencia hame enseñado todo lo que yo sé —dijo Colbert sonrojándose—, pero su
bondad me alienta a empezar. —Al decir así debía de sentirse ya en territorio
amigo: levantó la cabeza, que siempre había mantenido gacha, y acercóse con
desenvoltura al mapamundi—: Señores, en el océano, donde si acaso se encuentra
una tierra no se sabe cuál es, y si se va hacia una tierra conocida es menester
proceder durante días y días en medio de la extensión de las aguas, el
navegante no tiene otros puntos de referencia además de los astros. Con
instrumentos que ya hicieron ilustres a los antiguos astrónomos, de un astro se
fija su altura en el horizonte, se deduce su distancia del Zenit y, conociendo
la declinación, dado que la distancia zenital más o menos la declinación dan la
latitud, se sabe instantáneamente en qué paralelo se encuentra, es decir,
cuánto está al norte o al sur de un punto conocido. Me parece claro.
—Al
alcance de un niño —dijo Mazarino.
—Debería
creerse —siguió Colbert— que igualmente puédase determinar también cuánto está
a levante o a poniente del mismo punto, es decir, en qué longitud, o sea, en
qué meridiano. Como dice Sacrobosco, el meridiano es un círculo que pasa por
los polos de nuestro mundo, y en el Zenit de nuestra cabeza. Y se llama
meridiano porque, por doquiera que esté el hombre y en cualquier tiempo del
año, cuando el sol alcanza su meridiano, allí será para ese hombre medio día.
Por desgracia, por un misterio de la naturaleza, cualquier medio elegido para
definir la longitud hase revelado siempre falaz. ¿Qué importa, podría preguntar
el profano? Mucho.
Estaba
tomando confianza, hizo girar el mapamundi mostrando los contornos de Europa:
—Quince
grados de meridiano, aproximadamente, separan París de Praga; poco más de
veinte, París de las Canarias. ¿Qué dirían Vuestras Mercedes del comandante de
un ejército de tierra que creyera batirse en la Montaña Blanca y en vez de
matar protestantes degollara a los doctores de la Sorbona en la Montagne
Sainte—Geneviéve?
Mazarino
sonrió abriendo las manos, como para hacer votos de que cosas de ese tipo
sucedieran sólo en el meridiano justo.
—El drama
—siguió Colbert— es que errores de esa magnitud se cometen con los medios que
todavía usamos para determinar las longitudes. Y así acaece lo que le acaeció
hace casi un siglo a ese español Mendaña, que descubrió las Islas de Salomón,
tierras bendecidas por el cielo con los frutos del suelo y el oro del subsuelo.
Ese Mendaña fijó la posición de la tierra que había descubierto, y volvió a la
patria para anunciar el acontecimiento. En menos de veinte años preparáronsele
cuatro galeones para volver allí e instaurar definitivamente el dominio de sus
majestades cristianísimas, como dicen allá abajo, ¿y qué sucedió? Mendaña no
consiguió volver a encontrar aquella tierra. Los holandeses no permanecieron
inactivos, a principios de este siglo constituían su Compañía de las Indias,
creaban en Asia la ciudad de Batavia como punto de salida para muchas
expediciones hacia levante y tocaban una Nueva Holanda; y otras tierras,
probablemente a oriente de las Islas de Salomón, descubrían, entretanto, los
piratas ingleses, a los que la Corte de San Jacobo no ha vacilado en otorgar
cuartos de nobleza. Pero de las Islas de Salomón nadie volverá a encontrar el
rastro, y se comprende que algunos ya se inclinen a considerarlas una leyenda.
Legendarias o menos que fueren, Mendaña desde luego las tocó, salvo que fijó
propriamente la latitud pero impropriamente la longitud. Y aun si, por ayuda
celestial, hubiérala fijado según verdad, los otros navegantes que buscaron esa
longitud (y él mismo, en su segundo viaje) no sabían con claridad cuál era la
suya. Y es que aunque supiéramos dónde está París, si no consiguiéramos
establecer si estamos en España o entre los Persas, bien lo ve, señor, que nos
moveríamos como ciegos que guían a otros ciegos.
—Realmente
—osó decir Roberto—, a duras penas consigo creer, con todo lo que he oído sobre
los avances del saber en este nuestro siglo, que aún sepamos tan poco.
—No le
enumero a Vuestra Merced los métodos propuestos, desde el que se basa en los
eclipses lunares hasta el que considera las variaciones de la aguja magnética,
sobre el cual todavía recientemente se afanó nuestro Le Tellier, por no
mencionar el método del loch, sobre el cual tantas garantías ha prometido
nuestro Champlain... Todos se han revelado insuficientes, y lo serán hasta que
Francia no tenga un observatorio, en el cual someter a prueba tantas hipótesis.
Naturalmente, un medio seguro lo hay: tener a bordo un reloj que mantenga la
hora del meridiano de París, determinar en el mar la hora del lugar, y deducir
por la diferencia la desviación de longitud. Este es el globo en el que
vivimos, y pueden ver cómo la sabiduría de los antiguos lo subdividió en
trescientos y sesenta grados de longitud, haciendo partir normalmente el
cómputo del meridiano que atraviesa la Isla del Hierro en las Canarias. En su
carrera celeste, el sol (y que sea él quien se mueve o, como se quiere hoy, la
tierra, poco importa para tal fin) recorre en una hora quince grados de
longitud, y cuando en París es, como en este momento, media noche, a ciento y
ochenta grados del meridiano de París es medio día. Así pues, con tal de que
uno sepa a buen seguro que en París los relojes marcan, pongamos, medio día,
determina que en el paraje donde se encuentra son las seis de la mañana,
calcula la diferencia horaria, traduce cada hora en quince grados, y sabrá que
está a noventa grados de París, y por tanto, más o menos, aquí —e hizo girar el
globo indicando un punto del continente americano—. Mas si no es difícil
determinar la hora del lugar de la observación, es bastante difícil mantener a
bordo un reloj que siga marcando la hora justa después de meses de navegación
en una nave sacudida por los vientos, cuyo movimiento induce al error incluso a
los más ingeniosos de los instrumentos modernos, por no hablar de los relojes
de arena y de agua, que para funcionar bien deberían descansar sobre un plano
inmóvil.
El
Cardenal lo interrumpió:
—No
creemos que de momento el señor de San Patricio deba saber más, Colbert. Haréis
que reciba otras luces durante el viaje hacia Amsterdam. Después de lo cual no
seremos ya nosotros quien le enseñemos, sino él, confiamos, quien nos enseñe a
nosotros. En efecto, querido San Patricio, el Cardenal, cuyo ojo ha visto y
sigue viendo siempre, esperamos por mucho tiempo, más lejos que el nuestro,
había dispuesto desde hace tiempo una red de informadores leales, que debían
viajar a los demás países, y frecuentar los puertos, e interrogar a los
capitanes que se aprestan o vuelven de un viaje, para saber lo que los demás
gobiernos hacen y saben que nosotros no sabemos, pues, y me parece evidente, el
Estado que descubriere el secreto de las longitudes, e impidiere que la fama se
apropiare del, obtendría una gran ventaja sobre todos los demás. Agora —y aquí
Mazarino hizo otra pausa, una vez más acariciándose los bigotes, y uniendo
luego las manos como para concentrarse e implorar a un tiempo apoyo del cielo—,
agora hemos venido a saber que un médico inglés, el doctor Byrd, ha excogitado
un nuevo y prodigioso medio para determinar el meridiano, basado en el uso del
Polvo de Simpatía. Cómo, querido San Patricio, no nos lo preguntéis, que yo a
duras penas conozco el nombre de este asunto diabólico. Sabemos con seguridad
que se trata de este polvo, pero no sabemos nada sobre el método que Byrd
pretende seguir, y nuestro informador no está versado, desde luego, en magia
natural. Lo que es cierto es que el almirantazgo inglés le ha permitido armar
un bajel que deberá arrostrar los mares del Pacífico. El asunto es de tal
magnitud que los ingleses no han fiado en presentarlo como navío suyo.
Pertenece a un holandés que se finge extravagante y sostiene querer volver a
hacer el camino de dos compatriotas suyos, que hace casi veinte y cinco años
descubrieron un nuevo paso entre el Atlántico y el Pacífico, allende el
Estrecho de Magallanes. Como el costo de la aventura podría dejar sospechar
interesados apoyos, el holandés está cargando públicamente mercaderías y
buscando pasajeros, como quien se apercibe de hacer frente al gasto. Casi de
casualidad estarán también el doctor Byrd y tres ayudantes suyos, que dícense
colectores de flora exótica. En verdad, ellos tendrán el control total de la
empresa. Y entre los pasajeros estaréis vos, San Patricio, y proveerá a todo
nuestro agente de Amsterdam. Seréis un gentilhombre saboyano que, perseguido
por un edicto por todas las tierras, considera juicioso desaparecer durante
larguísimo tiempo por mar. Como veis, ni siquiera tenéis que mentir. Seréis
endebilísimo de salud; y que vos tengáis de verdad una dolencia en los ojos,
como nos dicen, es otro toque que perfecciona nuestro designio. Seréis un
pasajero que transcurrirá casi todo el propio tiempo en cubierto, con alguna
cataplasma sobre el rostro, y por lo demás, no verá más allá de su propia
nariz. Pero vagaréis divagando desvagado, y mantendréis en realidad los ojos
abiertos, y los oídos bien aguzados. Sabemos que comprendéis el inglés, y fingiréis
ignorarlo, de suerte que los enemigos hablen libremente en vuestra presencia.
Si alguien a bordo entiende el italiano o el francés, haced preguntas, y
recordad lo que os dicen. No despreciéis el comercio con hombres del montón,
que por unos maravedís se sacan las entrañas. Pero que la moneda sea poca, que
parezca un regalo, y no una recompensa, si no recelarán. No preguntaréis jamás
de manera directa, y después de haber preguntado hoy, con palabras diferentes
volveréis a hacer la misma pregunta mañana, de suerte que si ese tal antes
mintió, sea movido a contradecirse: los hombres de poco se olvidan de los
embustes que han dicho, e inventan opuestos el día siguiente. Por lo demás,
reconoceréis a los embusteros: mientras se ríen forman como dos hoyuelos en las
mejillas, y llevan uñas muy cortas; e igualmente guardaos de los de baja
estatura, que dicen falacias por vanidad. En cualquier caso, que vuestros
diálogos con ellos sean breves, y no hagáis la impresión de obtener
satisfacción: la persona con la que deberéis hablar de verdad es el doctor
Byrd, y será natural que intentéis hacerlo con el único que os es igual por
educación. Es hombre de doctrina, hablará francés, acaso italiano, sin duda
latín. Vos estáis enfermo, y le pediréis consejo y alivio. No haréis como
aquellos que comen moras o tierra roja pretendiendo escupir sangre, sino que
haréis que os observe el pulso después de cenar, que siempre a esa hora parece
que uno tiene fiebre, y le diréis que nunca pegáis ojo de noche; esto
justificará el que podáis ser sorprendido en alguna parte y bien despierto, lo
que deberá suceder si sus experiencias se hacen con las estrellas. Aqueste Byrd
debe de ser un obseso, como por lo demás todos los hombres de ciencia: que se
os ocurran ideas peregrinas y habladle dellas, como si le confiarais un
secreto, de suerte que él tienda a hablar desa peregrina idea que es su
secreto. Mostraos interesado, pero simulando entender poco o nada, para que él
os lo cuente mejor una segunda vez. Repetid lo que ha dicho como si hubierais
entendido, y cometed errores, así que, por vanidad, tienda a corregiros,
explicando con toda suerte de detalles aquello sobre lo que debería callar. No
afirméis jamás, aludid siempre: las alusiones se lanzan para sondar los ánimos,
e investigar los corazones. Deberéis inspirarle confianza: si se ríe a menudo,
reíd con él, si es bilioso, comportaos como bilioso, pero admirad siempre su
saber. Si es colérico y os ofende, soportad la ofensa, que bien sabéis que
habéis empezado a castigarlo aun antes de que os ofendiera. En la mar los días
son largos y las noches no tienen fin, y no hay nada que consuele del
aburrimiento a un inglés como muchos jarros de aquesa cerveza de la que los
holandeses apercíbense siempre en sus bodegas. Os fingiréis devoto desa bebida
e incitaréis a vuestro nuevo amigo a que trasiegue más que vos. Un día podría
entrarle algún recelo, y hacer registrar vuestro camarote. Por eso no pondréis
ninguna observación por escrito, pero podréis llevar un diario en el que
hablaréis de vuestra mala fortuna, o de la Virgen y de los Santos o de la amada
que desesperáis volver a ver; y que en ese diario aparezcan anotaciones sobre
las cualidades del doctor, elogiado como único amigo que habéis encontrado a
bordo. Del no aleguéis frases que conciernan a nuestro objeto, sino sólo
observaciones sentenciosas, no importa cuáles: por desabridas que sean, si las
ha sentenciado, no las consideraba tales, y os quedará agradecido de haberlas
recordado. En definitiva, no estamos aquí para proponeros un breviario del buen
informador secreto: no son cosas en las que esté versado un hombre de iglesia.
Fiad en vuestro estro, sed astutamente cauto y cautelosamente astuto, haced que
la agudeza de vuestra mirada sea inversa a su fama y proporcional a vuestra
prontitud.
Mazarino
se levantó, para hacer comprender al huésped que el coloquio había finalizado,
y para dominarle un instante antes de que él se levantara.
—Seguiréis
a Colbert. Os dará otras instrucciones y os encomendará a las personas que os
conducirán a Amsterdam para el embarco. Id y buena suerte.
Iban a
salir cuando el Cardenal volvió a llamarlos:
—Ah,
olvidábasenos, San Patricio. Habréis comprendido que de aquí al embarco seréis
seguido paso a paso, pero os preguntaréis cómo es que no tememos que después, a
la primera escala, no sintáis la tentación de poner tierra en medio. No lo
tememos porque no os conviene. No podríais volver aquí, donde seríais siempre
un bandido, o exiliaros en alguna tierra allá abajo, con el temor constante de
que nuestros agentes os encontraran. En ambos casos, deberíais renunciar a
vuestro nombre y a vuestro estado. No se nos ocurre ni siquiera la sospecha de
que un hombre de vuestra calidad pueda venderse a los ingleses. ¿Qué
venderíais, además? El ser vos una espía es un secreto que, para venderlo,
deberíais ya revelarlo, y una vez revelado no valdría ya nada, sino una puñalada.
En cambio, volviendo, con indicios incluso modestos, tendréis derecho a nuestra
gratitud. Haríamos mal en licenciar a un hombre que habrá demostrado saber
afrontar bien una misión tan difícil. El resto dependerá de vos. La gracia de
los grandes, una vez adquirida, debe tratarse con cuidado, para no perderla, y
alimentarse con servicios, para así perpetuarse: decidiréis entonces si vuestra
lealtad hacia Francia será de tal especie que os aconseje dedicar vuestro
futuro a su rey. Dicen que hales acaecido a otros, nacer en otro lugar y hacer
fortuna en París.
El
Cardenal estaba proponiéndose como modelo de lealtad premiada. Pero para
Roberto, sin duda, en ese momento, no era una cuestión de recompensas. El
Cardenal habíale hecho vislumbrar una aventura, nuevos horizontes, y habíale
infundido una sabiduría del vivir cuya ignorancia, quizá, le había hurtado
hasta entonces la consideración ajena. Quizá era un bien aceptar la invitación
de la suerte, que lo alejaba de sus penas. En cuanto a la otra invitación, la
de tres noches antes, todo habíasele aclarado mientras el cardenal empezaba su
discurso. Si Otro había tomado parte en una conjura, y todos creían que era él,
Otro sin duda había conjurado para inspirarle a Ella la frase que lo había
torturado de regocijo y enamorado de celos. Demasiados Otros, entre él y la
realidad. Y entonces, tanto mejor aislarse en los mares, donde habría podido
poseer a la amada de la única manera que le era concedido. Al fin, la
perfección del amor no es ser amado, sino ser Amante.
Hincó una
rodilla y dijo:
—Eminencia,
soy vuestro.
O, por lo
menos, así quisiera yo, pues no me parece comedido hacerle dar un salvoconducto
que recite «C'est par mon ordre et pour le bien de l'état que le porteur du
présent a fait ce qu'il a fait».
18
CURIOSIDADES INAUDITAS
Si el Daphne,
como el Amarilis, había sido enviado en búsqueda del punto fijo,
entonces el Intruso era peligroso. Roberto sabía ya de la lucha sorda entre los
Estados de Europa para apoderarse de aquel secreto. Tenía que prepararse muy
bien y jugar con astucia. Evidentemente, el Intruso al principio había actuado
de noche, luego habíase movido al descubierto cuando Roberto había empezado a
velar, aunque fuera en el camarote, durante el día. ¿Tenía pues que
desconcertar sus designios, hacerle la impresión de que dormía de día y de que
velaba de noche? Para qué, aquél habría mudado hábito. No, más bien debía
impedirle toda previsión, volverlo inseguro sobre sus propios designios,
hacerle creer que dormía cuando velaba y dormir cuando aquél creía que estaba despierto...
Habría
debido intentar imaginar qué pensaba él que él pensaba, o qué pensaba que él
pensaba que él pensaba... Hasta aquel momento el Intruso había sido su sombra,
ahora Roberto habría debido convertirse en la sombra del Intruso, aprender a
seguir las huellas de quien caminaba detrás de las suyas. ¿Mas no habría podido
continuar al infinito aquese mutuo acecho, el uno enfilando una escalera cuando
el otro bajaba por la opuesta, el uno en la bodega cuando el otro estaba
vigilante en la cubierta, el otro precipitándose a la segunda cubierta cuando
el uno volvía a subir, a lo mejor, por el exterior a lo largo de las amuradas?
Cualquier
persona sensata habría decidido inmediatamente proseguir con la exploración del
resto del navío, pero no olvidemos que Roberto ya no era sensato. Había cedido
una vez más al aguardiente, y convencíase de que lo hacía para darse fuerzas. A
un hombre a quien el amor había inspirado siempre la espera, aquel bebedizo no
podía inspirar la decisión. Procedía, pues, lentamente, creyéndose una
exhalación. Creía dar un salto, y andaba a gatas. Tanto más que aún no osaba
salir al descubierto de día, y sentíase fuerte de noche. Ahora que la noche
había bebido, y actuaba como un haragán. Que era lo que su enemigo quería,
decíase por la mañana. Y para cobrar valor, enganchábase a la espita.
En
cualquier caso, hacia la tarde del quinto día había decidido llevarse a aquella
parte de la bodega que todavía no había visitado, por debajo del pañol de los
bastimentos. Daba en la cuenta de que en el Daphne habíase aprovechado
al máximo el espacio, y entre la segunda puente y la bodega habían sido
montados mamparos y cucharros, con la finalidad de obtener compartimentos
conectados por escalas de tojines; y había entrado en la corrulla de las
jarcias, tropezando con rollos de cuerdas de todo tipo, aún impregnadas de agua
marina. Había bajado aún más abajo y había dado en la secunda carina, entre
cajones y envoltorios de diferentes tipos.
Halló más
comida y otros barriles de agua dulce. Debía alegrarse por ello, pero lo hizo
sólo porque habría podido conducir su caza hasta el infinito, con el placer de
retrasarla. Que es el placer del miedo.
Detrás de
los barriles de agua encontró otros cuatro de aguardiente. Subió a la despensa
y volvió a controlar las cubetas de allá arriba. Eran todas de agua, signo de
que el barril de aguardiente que allí había encontrado el día de antes había
sido llevado de abajo a arriba, con la finalidad de tentarle.
Antes que
preocuparse por la emboscada, volvió a bajar a la bodega, llevó arriba otro
barril de licor, y siguió bebiendo.
Luego
regresó a la bodega, imaginémonos en qué estado, y se detuvo sintiendo el hedor
de la podredumbre que había calado la sentina. Más abajo no se podía ir.
Debía ir,
por tanto, hacia atrás, hacia la popa, pero la lámpara estaba apagándose y
había tropezado con algo, comprendiendo que estaba procediendo entre el lastre,
precisamente allá donde en el Amarilis el doctor Byrd había hecho
construir el alojamiento para el perro.
Precisamente
en la bodega, entre manchas de agua y desechos de la comida estibada, divisó la
huella de un pie.
Estaba ya
tan seguro de que un Intruso estaba a bordo, que su único pensamiento fue que
por fin había obtenido la prueba de no estar borracho, que es la prueba que los
borrachos buscan a cada paso. En cualquier caso, la evidencia era evidente, si
así podía llamarse ese avanzar entre obscuridad y reflejos de linterna. Seguro
ya de que el Intruso existía, no pensó que, después de tanto ir y venir, la
huella podía haberla dejado él mismo. Volvió a subir, decidido a dar batalla.
Era el
ocaso. Era la primera puesta de sol que veía, después de cinco días de noches,
albas y auroras. Pocas nubes negras casi paralelas bordeaban la Isla más lejana
para espesarse a lo largo de la cima, y de allí flameaban como saetas, hacia el
sur. La costa destacábase sombría contra el mar ya color tinta clara, mientras
el resto del cielo aparecíase de un color manzanilla, mortecino y enervado,
como si el sol no estuviera celebrando allá atrás su sacrificio, antes se
adormeciera lentamente y pidiera al cielo y al mar que acompañaran en voz baja
este su acostarse.
Roberto
tuvo, en cambio, un regreso de espíritus guerreros. Decidió confundir al
enemigo. Fue al tabuco de los relojes y transportó sobre la cubierta todos los
que podía, colocándolos como barras y bolillos de un juego de trucos, uno
contra la mayor, tres en el alcázar, uno contra el cabestrante, otros más
alrededor del trinquete, y uno en cada puerta y escotilla, de manera que quien
intentara pasar en la obscuridad habríase topado con ellos.
Luego
había cargado los relojes mecánicos (sin considerar que actuando de esa guisa
hacíalos perceptibles al enemigo que quería sorprender) y dado la vuelta a las
clepsidras. Miraba una y otra vez la puente sembrada de máquinas del Tiempo,
orgulloso de su ruido, seguro de que éste habría alterado al Enemigo y habría
retrasado su camino.
Después de
haber predispuesto esos inofensivos garlitos, cayó víctima de ellos él el
primero. Mientras descendía la noche en un mar serenísimo, iba de una a otra de
aquellas moscas de metal, escuchando su zumbido de muerta esencia, contemplando
esas gotitas de eternidad consumirse una a una, recelando desa horda de
polillas sin boca voraces (así escribe, de verdad), esas ruedas dentadas que le
desgarraban el día en jirones de instantes y consumían la vida en una música de
muerte.
Recordaba
una frase del padre Emanuel, «¡qué Espectáculo jubilosísimo si a través de una
Ventanilla del Pecho pudieran traslucirse los movimientos del Corazón, como en
los Reloxes!» Se quedaba siguiendo, a la luz de las estrellas, el lento rosario
de granos de arena murmurado por una clepsidra, y meditaba sobre aquellos haces
de momentos, sobre aquellas sucesivas anatomías del tiempo, sobre aquellas
fisuras por las cuales a cada instante gotean las horas.
Pero del
ritmo del tiempo que pasa sacaba el presagio de la propia muerte, a la cual
estábase aproximando movimiento a movimiento, acercaba el ojo miope para
descifrar ese logogrifo de fugas, con trémulo tropo transformaba una máquina de
agua en un fluido féretro, y al final renegaba contra aquellos astrólogos
burladores, capaces de preanunciarle sólo las horas ya pasadas.
Y quién
sabe qué más habría escrito si no hubiera experimentado la necesidad de
abandonar sus mirabilia poética, como antes había dejado sus mirabilia
chronometrica: y no por voluntad propia sino porque, teniendo en las venas más
aguardiente que vida, había dejado que gradualmente aquel tic tac convirtiérase
para él en una tosigosa canción de cuna.
La mañana
del sexto día, despertado por las últimas máquinas aún jadeantes, vio, en medio
de los relojes, todos fuera de su lugar, escarbar a dos pequeñas grullas (¿eran
grullas?) que, picoteando inquietas, habían tirado y quebrantado una clepsidra
de las más bellas.
El
Intruso, en absoluto amedrentado (y en efecto, ¿por qué debía estarlo, él que
sabía perfectamente quién estaba a bordo?), burla absurda por absurda burla,
había libertado de la entrecubiertas a los dos animales. Para transformar mi
navío, lloraba Roberto, para demostrar que es más poderoso que yo...
Y por qué
aquellas grullas, preguntábase acostumbrado a ver todos los acontecimientos
como signo y todos los signos como empresa. ¿Qué habrá querido significar?
Intentaba recordar el sentido simbólico de las grullas, en la medida que
recordaba del Picinelli o del Valeriano, y no encontraba respuesta. Ahora bien,
nosotros sabemos perfectamente que no había ni fin ni concepto en aquel
Serrallo de los Estupores. El Intruso ahora estaba saliéndose de seso como él;
pero Roberto no podía saberlo, e intentaba leer lo que no era sino un garabato
arrebatado.
Te atrapo,
te atrapo maldito, había gritado. Y, aún somnoliento, había echado mano de la
espada y se había abalanzado de nuevo hacia la bodega, rodando por el pie de
carnero y yendo a parar en un paraje aún inexplorado, entre atados de fajinas y
montones de pequeños troncos cortados recientemente. Al caer había golpeado los
troncos, y revolcándose con ellos dio con la cara en un enjaretado, respirando
de nuevo el olor asqueroso de la sentina. Y vio, a la altura del ojo, moverse
unos escorpiones.
Era
probable que con la madera hubieran sido estibados también algunos insectos, y
no sé si eran precisamente escorpiones, pero Roberto así los vio, introducidos
naturalmente por el Intruso para que lo envenenasen. Para substraerse a ese
peligro, habíase puesto a renquear hacia arriba por la escalerilla; encima de
aquellos leños corría y permanecía en el lugar, antes, perdía el equilibrio y
tenía que aferrarse a la escala. Por fin había conseguido subir y habíase
descubierto un corte en un brazo.
Se había
herido sin duda con su misma espada. Y he aquí que Roberto, en vez de pensar en
la herida, vuelve a la leñera, busca afanosamente entre los baos su arma, que
estaba manchada de sangre, se la lleva al alcázar y vierte aguardiente sobre la
hoja. Luego, no obteniendo alivio, reniega de todos los principios de su
ciencia y vierte el licor sobre el brazo. Invoca a algunos santos con demasiada
familiaridad, corre afuera, donde está empezando un gran aguacero, bajo el cual
las grullas desaparecen volando. El buen chaparrón lo despierta: se preocupa
por los relojes, corre aquí y allá para ponerlos al abrigo, se hace de nuevo
daño, en un pie que le queda atrapado en una rejilla, vuelve a cubierto a
coxcojita en un pie como una grulla, se desnuda y, por toda reacción a esos
acontecimientos sin sentido, se pone a escribir mientras la lluvia primero se
espesa, luego se calma, vuelve una que otra hora de sol, y desciende al fin la
noche.
Y mejor
para nosotros que escriba, así podemos entender qué le había acaecido y qué
había descubierto en el transcurso de su viaje en el Amarilis.
19 ESPEJO
DE NAVEGANTES [168]
El Amarilis
había salido de Holanda y había hecho una rápida escala en Londres. Aquí
había cargado furtivamente algo, de noche, mientras los marineros formaban un
cordón entre la puente y la bodega, y Roberto no había conseguido entender de
qué se trataba. Luego había zarpado hacia el suroeste.
Roberto
describe divertido la compañía que había encontrado a bordo. Parecía que el
capitán había puesto el mayor esmero en elegir pasajeros soñadores y
estrambóticos, para usarlos como pretexto de la partida, sin preocuparse si
luego los perdía durante el viaje. Dividíanse en tres formaciones: los que
habían entendido que el navío habría navegado hacia poniente (como una pareja
de galicianos que quería reunirse con el hijo en Brasil y un viejo judío que
había hecho voto de peregrinar a Jerusalén por la vía más larga), los que
todavía no tenían una idea clara sobre la extensión del globo (como algunos
calaveras que habían decidido probar fortuna en las Molucas y las habrían
alcanzado mejor por la vía de Levante), y por fin, otros que habían sido
embaucados a lo grande, como un grupo de herejes de los valles piamonteses que
querían unirse a los puritanos ingleses en las costas septentrionales del Nuevo
Mundo, y no sabían que el navío se habría dirigido directamente hacia el sur,
haciendo la primera escala en Recife. Cuando estos últimos habían dado en la
cuenta del engaño, estaban llegando precisamente a aquella colonia, entonces en
mano holandesa, y aceptaron en cualquier caso que los dejaran en aquel puerto
protestante, por temor de correr mayores peligros entre los portugueses. En
Recife el navío había embarcado a continuación un caballero de Malta con cara
de filibustero, el cual habíase propuesto volver a encontrar una ínsula, de la
que habíale hablado un veneciano y que había sido bautizada Escondida, cuya
posición no conocía, y nadie más en el Amarilis había oído jamás el
nombre. Signo de que el capitán sus pasajeros buscábaselos, como se suele
decir, con candil.
Y tampoco
se habían preocupado del bienestar de aquella pe—
quena
muchedumbre que se apiñaba en la segunda cubierta: mientras habían atravesado
el Atlántico, la comida no había faltado, y algún bastimento se había hecho en
las costas americanas. Pero, después de una navegación entre larguísimas nubes
hiladas de copos y un cielo celeste de azul, allende el Fretum Magellanicum,
casi todos, menos los huéspedes de grado, habían estado, durante por lo menos
dos meses, bebiendo agua que daba lombrices, comiendo bizcocho que olía a orina
de rata. Y algunos hombres de la chusma junto con muchos pasajeros habían
muerto de escorbuto.
Para hacer
aguada, el navío había remontado al oeste las costas del Chile, y había dado
fondo en una isla desierta que las cartas de marear llamaban Más Afuera. Habían
permanecido allí tres días. El clima era sano, y la vegetación lozana, tanto
que el caballero de Malta había dicho que habría sido una gran fortuna
naufragar un día en aquellas riberas y vivir feliz allá, sin desear ya el
regreso a la patria; y había intentado convencerse de que aquélla era
Escondida. Escondida o no, si hubiera permanecido allí— decíase Roberto en el Daphne
—ahora no estaría aquí, temiendo un Intruso sólo porque he visto su pie
estampado en la bodega.
Luego
había habido vientos contrarios, decía el capitán, y el navío había ido contra
toda buena razón hacia el norte. Roberto los vientos contrarios no los había
notado, antes, cuando habíase decidido aquella desviación, el navío corría a
toda vela, y para descaecer el rumbo había sido necesario tomar por abante.
Probablemente el doctor Byrd y los suyos necesitaban proceder a lo largo del
mismo meridiano para hacer sus experimentos. El caso es que habían llegado a
las islas Galápagos, donde habíanse divertido volcando sobre el lomo enormes
tortugas, y cocinándolas en su misma concha. El maltés había consultado durante
largo tiempo ciertos papeles suyos y había decidido que aquélla no era
Escondida.
Restablecido
el derrotero hacia poniente, y bajados allende el grado veinte y cinco de
latitud sur, volvieron a hacer aguada en una isla de la cual los mapas no daban
noticias. No presentaba otro encanto que la soledad, pero el caballero —que no
soportaba la comida de a bordo y alimentaba una fuerte aversión hacia el
capitán—habíale dicho a Roberto qué hermoso habría sido tener a su alrededor
una gavilla de bravos, valientes y desconsiderados, tomar posesión del navío,
abandonar al capitán, y a quien hubiera querido seguirle, en un esquife, quemar
el Amarilis, e instalarse en aquella tierra, una vez más, lejos de todo
mundo conocido, para construir una nueva sociedad. Roberto le preguntó si
aquélla era Escondida, y aquél meneó tristemente la cabeza.
Volviendo
a subir hacia el noroeste con el favor de los alisios, habían encontrado un
grupo de islas pobladas por salvajes con la piel color ámbar, con los que
habían intercambiado obsequios, participando en sus fiestas, muy alegres, y
animadas por doncellas que bailaban con la donosura de ciertas hierbas que
agitábanse en la playa casi a flor del agua. El caballero, que no debía de
haber pronunciado voto de castidad, con el pretexto de retratar a algunas de
aquellas criaturas (y lo hacía con cierta habilidad), tuvo modo, sin duda, de
unirse carnalmente con algunas de ellas. El marinaje quiso imitarlo, y el
capitán anticipó la salida. El caballero dudaba si permanecer: le parecía un
modo hermosísimo de concluir su vida, pasar sus días dibujando alia grossa. Pero
luego decidió que aquélla no era Escondida.
Después
plegaron aún hacia el noroeste y encontraron una isla con unos bárbaros harto
pacíficos. Detuviéronse dos días y dos noches, y el caballero de Malta dio en
contarles historias: contábaselas en un dialecto que ni siquiera Roberto
entendía, y tanto menos ellos, pero se ayudaba con dibujos en la arena, y
gesticulaba como un actor de comedias, consiguiendo el entusiasmo de los
nativos, que lo celebraron como «íTusitala, Tusitala!». El caballero ponderó
con Roberto lo hermoso que habría sido acabar sus propios días entre aquella
gente, contándoles todos los mitos del universo.
—¿Pero es
ésta Escondida? —había preguntado Roberto.
El
caballero había meneado la cabeza.
Él ha
muerto en el naufragio, reflexionaba Roberto en el Daphne, y yo he
hallado quizá su Escondida, mas no podré contárselo jamás, ni contárselo a
nadie. Quizá por eso escribía a su Señora. Para sobrevivir, hace falta contar
historias.
El último
castillo de viento del caballero lo formó una tarde, a poquísimos días y no
lejos del lugar del naufragio. Estaban costeando un archipiélago, que el
capitán había decidido no allegar, dado que el doctor Byrd parecía ansioso de
proseguir de nuevo hacia el Ecuador. En el transcurso del viaje había quedado
patente para Roberto que el proceder del capitán no era el de los navegantes de
los que había oído contar, que tomaban nota detallada de todas las nuevas
tierras, perfeccionando sus cartas de navegación, dibujando la forma de las
nubes, trazando la línea de las costas, recogiendo objetos bárbaros... El Amarilis
procedía como si fuera el antro viajante de un alquimista ocupado sólo de
su Obra al Negro, indiferente del gran mundo que abríase ante él.
Era el
ocaso, el juego de las nubes con el cielo, contra la sombra de una ísia,
dibujaba por un lado unos peces esmeraldinos que navegaban sobre la cima. Por
el otro llegaban enojadas bolas de fuego. Por encima, nubes grises.
Inmediatamente después, un sol inflamado estaba desapareciendo detrás de la
isla, pero un amplio color de rosa reflejábase sobre las nubes, sangrientas en
la franja inferior. Después de pocos segundos más, el incendio tras la isla
habíase dilatado hasta dominar el navío. El cielo era todo un brasero sobre un
fondo de pocos hilos cerúleos. Y luego aún, sangre por doquier, como si
réprobos fueran devorados por una bandada de tiburones.
—Quizá
sería justo morir ahora —dijo el caballero de Malta—. ¿No os asalta el deseo de
dejaros caer de una boca de cañón y deslizaras al mar? Sería rápido, y en ese
momento sabríamos todo...
—Sí, pero
en cuanto lo supiéramos, dejaríamos de saberlo —dijo Roberto.
Y el bajel
había proseguido su viaje, adentrándose entre mares de sepia.
Los días
transcurrían inconmutables. Como había previsto Mazarino, Roberto no podía
tener relaciones sino con los gentileshombres. Los marineros eran galeotes que
daba espanto encontrar en la cubierta de noche. Los viajeros estaban
hambrientos, enfermos y orantes. Los tres ayudantes de Byrd no habrían osado
sentarse a su mesa, y se escurrían silenciosos llevando a cabo las órdenes. El
capitán era como si no existiera: a la tarde ya estaba borracho y, además,
hablaba sólo flamenco.
Byrd era
un britano delgado y enjuto con una gran cabeza pelirroja que podía servir para
linterna de galeón. Roberto, que intentaba lavarse en cuanto podía,
aprovechando la lluvia para enjuagar los vestidos, no le había visto jamás, en
tantos meses de navegación, cambiar camisa. Afortunadamente, incluso para un
joven avezado a los salones de París, la hedentina de un navío es tal que el de
los propios semejantes ya no lo advierte.
Byrd era
un recio bebedor de cerveza, Roberto había aprendido a hacerle frente,
simulando engullir y dejando más o menos el líquido en el vaso al mismo nivel.
Empero parecía que Byrd hubiere sido instruido sólo para llenar vasos vacíos. Y
como siempre estaba vacío el suyo, ése llenaba, levantándolo para hacer
brindis. El caballero no bebía, escuchaba y hacía alguna pregunta.
Byrd
hablaba un discreto francés, como todo inglés que en aquella época quisiera
viajar fuera de su isla, y había sido conquistado por los relatos de Roberto
sobre el cultivo de las vides en el Monferrato.
Roberto
había escuchado educadamente cómo se hacía la cerveza en Londres. Luego habían
discutido del mar. Roberto navegaba por vez primera y Byrd tenía el aspecto de
no querer hablar demasiado de ello. El caballero planteaba sólo preguntas que
concernieran al punto en el que pudiere hallarse Escondida, y pues no suministraba
ningún indicio, no obtenía respuestas.
Aparentemente,
el doctor Byrd hacía aquel viaje para estudiar las flores, y Roberto lo había
puesto a prueba sobre aquel argumento. Byrd, desde luego, no era ignaro de
asuntos herbarios, y esto le dio manera de demorarse en largas explicaciones,
que Roberto demostraba escuchar con interés. En cada tierra, Byrd y los suyos
recogían de verdad vegetales, aunque no con el esmero de estudiosos que
hubieran emprendido el viaje con esa finalidad, y muchas veladas transcurrieron
examinando lo que habían encontrado.
Los
primeros días, Byrd había intentado conocer el pasado de Roberto, y del
caballero, como si sospechara de ellos. Roberto había dado la versión
concordada en París: saboyano, había combatido en Casal en el flanco de los
Imperiales, habíase metido en problemas primero en Turín, y luego en París con
una serie de duelos, había tenido la desventura de herir a un protegido del
Cardenal, y por tanto había elegido la vía del Pacífico para poner mucha agua
entre sí mismo y sus perseguidores. El caballero contaba muchísimas historias,
algunas se desarrollaban en Venecia, otras en Irlanda, otras aun en la América
meridional, pero no se entendía cuáles eran suyas y cuáles de los demás.
Por fin,
Roberto había descubierto que a Byrd gustábale hablar de mujeres. Había
inventado furibundos amoríos con furibundas cortesanas, y al doctor le
brillaban los ojos, y se prometía que un día visitaría París. Luego se refrenó,
y observó que los papistas son todos corruptos. Roberto hizo notar que muchos
entre los saboyanos eran casi hugonotes. El caballero se santiguó y volvió a
tomar el discurso sobre las mujeres.
Hasta el
desembarco en Más Afuera, la vida del doctor parecía haberse desarrollado según
ritmos regulares, y si había hecho observaciones a bordo era mientras los demás
estaban en tierra. Durante la navegación entreteníase de día en cubierta, se
quedaba levantado con sus comensales hasta la madrugada y dormía, sin duda, de
noche. Su alojamiento era contiguo al de Roberto, tratábase de dos saeteras
angostas separadas por un tabique, y Roberto velaba despierto escuchando.
En cuanto
entraron en el Pacífico, los hábitos de Byrd mudaron. Después de la parada en
Más Afuera, Roberto lo había visto alejarse cada mañana de siete a ocho,
mientras antes acostumbraban encontrarse a aquella hora para un desayuno.
Durante todo el período en que el navío se había dirigido hacia el norte, hasta
la isla de las tortugas, Byrd alejábase, en cambio, hacia las seis de la
mañana. En cuanto el navío hubo dirigido de nuevo la proa hacia el oeste, había
anticipado la madrugada hacia las cinco, y Roberto oía a uno de los ayudantes
cuando iba a despertarle. Luego, gradualmente, se había despertado a las
cuatro, a las tres, a las dos.
Roberto
podía controlarlo porque había llevado consigo un pequeño reloj de arena. Al
anochecer, como un remolón, pasaba cerca de la bitácora donde, junto a la
brújula que flotaba en su aceite de ballena, había una tablilla en la que el
piloto, partiendo de las últimas observaciones, marcaba la posición y la hora
presuntas. Roberto tomaba buena nota, luego iba a darle la vuelta a su reloj, y
volvía a hacerlo cuando le parecía que la hora iba a acabar. Así, incluso
retrasándose después de cenar, podía calcular siempre la hora con cierta
certeza. De esa manera, habíase convencido de que Byrd se alejaba cada día un
poco antes, y si seguía a ese ritmo, un buen día habríase apartado a media
noche.
Después de
lo que había aprendido Roberto, tanto de Mazarino como de Colbert y de sus
hombres, no hacían falta muchas luces para deducir que las fugas de Byrd
correspondían al sucesivo transcurrir de los meridianos. Así pues, era como si
desde Europa alguien, cada día al medio día de las Canarias o a una hora fija
de otro lugar, lanzara una señal, que Byrd iba a recibir a alguna parte.
¡Conociendo la hora a bordo del Amarilis, Byrd podía así conocer la
propia longitud!
Habría
sido suficiente seguir a Byrd cuando se alejaba. No era fácil. Mientras
desaparecía de buena mañana era imposible seguirle inobservado. Cuando Byrd
empezó a ausentarse en las horas oscuras, Roberto oía perfectamente cuándo se
alejaba, pero no podía irle detrás inmediatamente. Esperaba, entonces, un poco,
y luego trataba de encontrar sus huellas. Todo esfuerzo habíase demostrado
vano. No digo de las muchas veces que, intentando un camino en la obscuridad,
Roberto acababa entre las hamacas del marinaje, o tropezaba con los peregrinos;
pero más y más veces se había topado con alguien que a aquella hora habría
debido dormir: así pues, alguien vigilaba siempre.
Cuando se
encontraba con una de estas espías, Roberto aludía a su habitual insomnio y
salía a cubierta, consiguiendo no despertar sospechas. Desde hacía tiempo se
había hecho la fama de un mal acondicionado que soñaba de noche con los ojos
abiertos y pasaba el día con los ojos cerrados. Pero cuando luego daba en la
puente, donde se encontraba con el marinero de turno con el que cambiar alguna
palabra, si por casualidad conseguían entenderse, la noche estaba ya perdida.
Esto
explica por qué los meses pasaban, Roberto estaba cerca t de descubrir el misterio del Amarilis,
y todavía no había tenido modo de husmear donde habría querido.
Con todo,
había empezado, desde el principio, a intentar inducir a Byrd a alguna
confidencia. Y había imaginado un método que Mazarino no había sido capaz de
sugerirle. Para satisfacer sus curiosidades, planteaba de día preguntas al
caballero, que no sabía contestarle. Le hacía notar entonces que lo que él
preguntaba era de gran importancia, si él hubiera querido encontrar de verdad
Escondida. Así el caballero por la noche le hacía las mismas preguntas al
doctor.
Una noche
en el combés miraban las estrellas y el doctor había observado que debía de ser
media noche. El caballero, instruido por Roberto pocas horas antes, había
dicho:
—Quién
sabe qué hora es en este momento en Malta...
—Fácil
—habíasele escapado al doctor. Luego habíase corregido—: Es decir, muy difícil,
amigo mío.
El
caballero se había asombrado de que no se pudiera deducirlo del cálculo de los
meridianos:
—¿No tarda
el sol una hora en recorrer quince grados de meridiano? Así pues, basta con
decir que estamos a tantos grados de meridiano del Mediterráneo, dividir por
quince, conocer como conocemos nuestra hora, y saber qué hora es allá abajo.
—Vuestra
Merced parece uno de aquesos astrónomos que se pasan la vida cotejando cartas
de navegación sin navegar jamás. Si no, sabría que es imposible saber en qué
meridiano nos hallamos.
Byrd había
repetido más o menos lo que Roberto ya sabía, pero el caballero ignoraba. Sobre
esto, sin embargo, Byrd se había mostrado locuaz:
—Nuestros
antiguos pensaban tener un método infalible trabajando sobre los eclipses
lunares. Vuestras Mercedes saben qué es un eclipse: es un momento en el que el
sol, la tierra y la luna están en una sola línea y la sombra de la tierra se
proyecta sobre la cara de la luna. Como es posible prever el día y la hora
exacta de los eclipses futuros, y basta tener consigo las tablas del
Regiomontano, supongan que saben que un determinado eclipse deberá producirse
en Jerusalén a las doce de la noche, y Vuestras Mercedes lo observan a las
diez. Sabrán entonces que de Jerusalén les separan dos horas de distancia y
que, por tanto, su punto de observación está a treinta grados de meridiano al
oeste de Jerusalén.
—Perfecto
—dijo Roberto—, ¡alabados sean los antiguos!
—Ya, pero
este cálculo funciona hasta un cierto punto. El gran Colón, en el curso de su
segundo viaje, calculó sobre un eclipse mientras estaba anclado en el mar de
Hispaniola, y cometió un error de 23 grados al oeste, lo que significa ¡hora y
media de diferencia! ¡Y en el cuarto viaje, de nuevo con un eclipse, equivocóse
de dos horas y media!
—¿Se
equivocó él o se había equivocado Regiomontano? —preguntó el caballero.
—¡Quién
sabe! En un navío, que no deja de moverse incluso cuando está anclado, siempre
es difícil hacer mediciones perfectas. O quizá sepan que Colón quería demostrar
a toda costa que había alcanzado el Asia y, por tanto, su deseo llevábale a
errar, para demostrar que había llegado mucho más lejos de lo que estaba... ¿Y
las distancias lunares? Han estado muy de moda en los últimos cien años. La
idea tenía (¿cómo podría decir?) cierto Wit. Durante su curso mensual,
la luna hace una revolución completa de oeste a este contra el camino de las
estrellas, y es, pues, como la saetilla de un reloj celeste que recorra el
cuadrante del Zodíaco. Las estrellas se mueven a través del cielo de este a
oeste a unos 15 grados por hora, mientras en el mismo período la luna se mueve
14 grados y medio. Así pues la luna se diferencia, con respecto a las
estrellas, de medio grado cada hora. Ahora bien, los antiguos pensaban que la
distancia entre la luna y una fixed sierre, cómo se dice, una estrella
fija, en un instante particular, era la misma para cualquier observador desde
cualquier punto de la Tierra. Luego bastaba con conocer, gracias a las
acostumbradas tablas o ephemerides, y observando el cielo con la astronomers
staffe, the Crosse...
—¿La
ballestilla?
—Precisamente,
con esta cross uno calcula la distancia entre la luna y aquella estrella
en una determinada hora de nuestro meridiano de origen, y sabe que, a la hora
de su observación en el mar, en la ciudad tal es la hora tal. Una vez conocida
la diferencia de tiempo, la longitud se encuentra. Pero, pero... —y Byrd había
hecho una pausa para cautivar aún más a sus interlocutores—, está la Parallaxes.
Es una cosa muy complicada que no me atrevo a explicarles, debido a la
diferencia de refracción de los cuerpos celestes a diferentes alturas sobre el
horizonte. Así pues, con la parallaxes la distancia encontrada aquí no
sería la misma que encontrarían nuestros astrónomos allá abajo en Europa.
Roberto se
acordaba de haberles oído a Mazarino y a Colbert un asunto de paralajes, y de
aquel señor Morin que creía haber encontrado un método para calcularlas. Para
poner a la prueba el saber de Byrd le había preguntado si los astrónomos no
podían calcular las paralajes. Byrd había contestado que se podía, aunque era
algo dificilísimo, y el riesgo de error grandísimo.
—Y además
—había añadido—, yo soy un profano, y de estas cosas sé poco.
—Así pues,
no queda sino buscar un método más seguro —había sugerido entonces Roberto.
—¿Sabe
Vuestra Merced lo que dijo su Vespucio? Dijo: en cuanto a la longitud es cosa
harto ardua que pocas personas entienden, excepto las que saben abstenerse del
sueño para observar la conjunción de la luna y de los planetas. Y dijo: es por
la determinación de las longitudes por lo que a menudo he sacrificado el sueño
y acortado mi vida diez años... Tiempo perdido, digo yo. But now behold the
skie is over cast with cloudes; wherfore let us haste to our lodging, and ende
our talke.
Algunas
noches después le pidió al doctor que le indicara la Estrella Polar. Éste había
sonreído: desde aquel hemisferio no podía verse, y era menester hacer
referencia a otras estrellas fijas.
—Otra
derrota para los buscadores de longitudes —había comentado—. Así no pueden
recurrir ni siquiera a las variaciones de la aguja magnética.
Luego,
instado por sus amigos, había repartido una vez más el pan de su saber.
—La aguja
de la brújula debería apuntar siempre hacia el norte y, por tanto, en dirección
de la Estrella Polar. Y sin embargo, excepto en el meridiano de la Isla del
Hierro, en todos los demás lugares se separa del recto polo de la Tramontana,
doblándose ahora hacia la parte de levante, ahora hacia la de poniente, según
los climas y las latitudes. Si, por ejemplo, desde las Canarias uno se adentra
hacia Gibraltar, cualquier marinero sabe que la aguja se inclina más de seis
grados de rumbo hacia Maestral, y desde Malta a Trípoli de Barbaria hay una
variación de dos tercios de rumbo a la izquierda;
y Vuestras
Mercedes saben perfectamente que el rumbo es una cuarta de viento. Ahora bien,
estas desviaciones, hase dicho, siguen reglas fijas según las diferentes
longitudes. Así pues, con una buena tabla de las desviaciones podrían saber
dónde se encuentran. Pero...
—¿Aún un
pero?
—Desgraciadamente
sí. No existen buenas tablas de las declinaciones de la aguja magnética; quien
las ha ensayado ha fracasado, y hay buenas razones para suponer que la aguja no
varía de forma uniforme según la longitud. Y además estas variaciones son muy
lentas, y por mar es difícil seguirlas, cuando luego, el navío no cabecee de
suerte tal que altere el equilibrio de la aguja. Quien se fía de la aguja es un
loco.
Otra
noche, cenando, el caballero, que rumiaba una media frase dejada caer sin
parecer por Roberto, había dicho que quizá Escondida era una de las Islas de
Salomón, y había preguntado si estaban cerca.
Byrd
habíase encogido de hombros:
—¡Las
Islas de Salomón! Ça n'existe pas!
—¿No llegó
a ellas el capitán Draque? —preguntaba el caballero.
—¡Necedades!
Drak descubrió New Albion, en toda otra parte.
—Los
españoles en Casal hablaban de ello como de cosa conocida, y decían que las
habían descubierto ellos —dijo Roberto.
—Lo dijo
aquel Mendaña hace setenta y pico años. Y dijo que estaban entre los grados
siete y once de latitud sur. Como decir entre París y Londres. Pero ¿a qué
longitud? Queirós decía que están a mil quinientas leguas de Lima. Ridículo.
Bastaría escupir desde las costas del Perú para alcanzarlas. Recientemente un
español dijo que se trata de siete mil quinientas millas desde el mismo Perú.
Demasiado, quizá. Tengan la bondad de mirar estos mapas, algunos los han
renovado recientemente, reproduciendo los más antiguos, y otros se nos proponen
como el último descubrimiento. Observen, Vuestras Mercedes, algunos colocan las
islas en el meridiano doscientos y diez, otros en el doscientos y veinte, otros
más en el doscientos y treinta, por no hablar de quien las imagina en el ciento
y ochenta. Aunque uno de ellos tuviera razón, los demás llegarían a un error de
cincuenta grados, ¡que es más o menos la distancia entre Londres y las tierras
de la Reina de Saba!
—Es
realmente digna de admiración la cantidad de cosas que sabe, doctor —había
dicho el caballero, colmando el deseo de Roberto, que iba a decirlo él—, como
si en su vida no hubiera hecho otra cosa que tratar de hallar la longitud.
El rostro
del doctor Byrd, sembrado de pecas blancuzcas, de golpe habíase sonrojado. Se
había llenado el jarro de cerveza, lo había trincado sin respirar.
—Oh,
curiosidades de naturalista. En la práctica, no sabría por dónde empezar si
tuviera que decirles dónde estamos.
—Mas
—había considerado poder aventurar Roberto—, junto a la caña del timón he visto
una tabla donde...
—Oh, sí
—habíase recobrado enseguida el doctor—, desde luego un navío no va al azar. They
pricke the Carde. Registran el día, la dirección de la aguja y su
declinación, de dónde sopla el viento, la hora del reloj de a bordo, las millas
recorridas, la altura del sol y de las estrellas, y por ende la latitud, y de
eso obtienen la longitud que suponen. Habrán visto, Vuestras Mercedes, alguna
vez en popa un marinero que arroja al agua un cordel con una tablilla asegurada
en una punta. Es el loch o, como algunos dicen, la barquilla. Se deja
correr el cordel, el cordel tiene unos nudos cuya distancia expresa medidas
fijas, con un reloj al lado se puede saber en cuánto tiempo hase cubierto una
distancia determinada. De tal manera, si todo procediere regularmente, se
sabría siempre a cuántas millas se halla uno del último meridiano conocido, y
de nuevo, con cálculos oportunos, se conocería aquel sobre el que se está
pasando.
—Ve
Vuestra Merced que hay un medio —había dicho triunfante Roberto, que ya sabía
lo que le habría contestado el doctor.
Que el
loch es cosa que se usa cuando no hay nada mejor, visto que podría decirnos de
verdad cuánto camino se ha realizado sólo si el navío procediera en línea
recta. Pero como un navío procede como quieren los vientos, cuando los vientos
no son favorables, el navío debe moverse por un trecho a estribor y por un
trecho a babor.
—Sir
Humphrey Gilbert —dijo el doctor—, más o menos en los tiempos de Mendaña, por
las partes de Terranova, mientras quería proceder a lo largo del paralelo
cuarenta y siete, encountered winde alwayes so scant, vientos, cómo
decir, tan perezosos y avaros, que movióse largo tiempo y alternativamente
entre el paralelo cuarenta y uno y el cincuenta y uno, corriendo por diez
grados de latitud, mis señores, ¡lo que sería como si una inmensa sierpe de
agua fuera de Napóles a Portugal, primero tocando Le Havre con la cabeza y Roma
con la cola, y encontrándose luego con la cola en París y la cabeza en Madrid!
Y por tanto es menester calcular las desviaciones, echar cuentas, y estar muy
atentos; lo que un marinero no hace jamás, y tampoco puede tener a un astrónomo
al lado todo el día. Desde luego, pueden hacerse conjeturas, sobre todo si se
va por una ruta conocida, y se juntan los resultados encontrados por los demás.
Por ello, desde las costas europeas hasta las costas americanas las cartas de
marear dan unas distancias meridianas bastante seguras. Otrosí, desde tierra,
también las observaciones sobre los astros algún buen resultado pueden darlo, y
sabemos en qué longitud se encuentra Lima. Y también en este caso, amigos míos
—decía alegremente el doctor—, ¿qué acontece? —Y miraba con socarronería a los
otros dos—. Acontece que este señor —y ponía el dedo sobre un mapa— coloca Roma
a treinta grados este a partir del meridiano de las Canarias, pero estotro —y
agitaba el dedo como para amenazar paternalmente a quien había dibujado el otro
mapa—, ¡este otro señor coloca Roma a cuarenta grados! Y este manuscrito
contiene también la relación de un flamenco que sabe mucho, el cual advierte al
rey de España que nunca ha habido acuerdo sobre la distancia entre Roma y
Toledo, «por los errores tan enormes, como se conoce por esta línea que muestra
la diferencia de las distancias» etcétera, etcétera. Y he aquí la línea: si se
fija el primer meridiano en Toledo (los españoles creen vivir siempre en el
centro del mundo), para Mercator, Roma estaría veinte grados más al este, pero
está a veinte y dos para Ticho Brahe, casi a veinte y cinco para Regiomontanus,
a veinte y siete para el Clavius, a veinte y ocho para el buen Tolomeo, y para
el Origanus, a treinta. Y tantos errores sólo para medir la distancia entre
Roma y Toledo. Imaginen entonces lo que sucede con rutas como éstas, donde
quizá hemos sido los primeros en tocar ciertas islas, y las relaciones de los
demás viajeros son harto indeterminadas. Y añadan que si un holandés ha hecho
observaciones justas no se lo dice a los ingleses, ni éstos a los españoles. En
estos mares, cuenta el olfato del capitán, que con su pobre loch arguye,
pongamos, estar en el meridiano doscientos y veinte, y a lo mejor está a
treinta grados más allá o más acá.
—Entonces
—intuyó el caballero—, quien encontrara una manera de establecer los meridianos
¡sería el señor de los océanos!
Byrd se
sonrojó de nuevo, lo fijó como para entender si hablaba a propósito, luego
sonrió como si quisiera morderlo:
—Inténtenlo
Vuestras Mercedes.
—Pobre de
mí, yo renuncio —dijo Roberto levantando las manos en señal de rendición.
Y por
aquella noche, la conversación acabó entre grandes carcajadas.
Durante
muchos días Roberto no consideró oportuno volver a hacer referencia al discurso
sobre las longitudes. Cambió de argumentó, y para poderlo hacer tomó una
decisión intrépida. Con el cuchillo hirióse la palma de una mano. Luego la
vendó con los jirones de una camisa que por entonces habíase consumido al agua
y a los vientos. Por la noche enseñóle la herida al doctor:
—No tengo
ningún juicio, había colocado el cuchillo en el costal, y fuera de su funda,
así, hurgando, me he cortado. Quema mucho.
El doctor
Byrd examinó la herida con la mirada del hombre de arte, y Roberto rogaba a
Dios que trajera una bacía a la mesa y diluyera vitriolo en ella. En cambio,
Byrd limitóse a decir que no le parecía nada grave y le aconsejó que la lavara
bien por la mañana. Pero por un golpe de suerte, vino en su socorro el
caballero:
—¡Vaya,
sería menester tener el ungüento armario!
—¿Y qué
diablos es? —preguntó Roberto.
Y el
caballero, como si hubiera leído todos los libros que Roberto ya conocía, se
puso a elogiar las virtudes de aquella substancia. Byrd callaba. Roberto,
después de la buena tirada del caballero, hizo correr sus dados a su vez:
—¡Pues son
cuentos de dueñas! Como la fábula de la mujer embarazada que vio a su amante
descabezado y alumbró un niño con la cabeza separada del busto. ¡O como esas
campesinas que para castigar al perro que deja sus excrementos en la cocina
cogen un tizón y lo clavan en las heces, esperando que el animal sienta quemar
las asentaderas! ¡Caballero, no hay persona en su juicio que crea en estas historiettesl
Había dado
en el blanco, y Byrd no consiguió callar.
—Ah no,
señor mío, la historia del perro y de su caca es tan verdadera que alguien hizo
lo mismo con un señor que por porfía exoneraba el vientre delante de su casa,
¡y les aseguro que ese tal aprendió a temer aquel lugar! Naturalmente es
necesario repetir la operación más y más veces, y por tanto ¡necesitan un
amigo, o enemigo, que exonere el vientre ante el umbral de Vuestras Mercedes
muy a menudo!
Roberto se
reía buenamente como si el doctor bromeara, y con ello le inducía, picado, a
aducir buenas razones. Que luego eran, más o menos, las de D'Igby. Pero ya el
doctor se había enfervorizado:
—Ya lo
creo que sí, mi señor, que tanto se hace el filósofo y desprecia el saber de
los cirujanos. Le diré a Vuestra Merced incluso, pues de mierda estamos
hablando, que quien tiene mal huelgo debería mantener la boca abierta de par en
par sobre el muladar, y al final se encontraría curado: ¡el hedor de todo eso
es mucho más fuerte que el de su garganta, y el más fuerte atrae y llévase al
más débil!
—¡Vuestra
Merced me está revelando cosas extraordinarias, doctor Byrd, y estoy admirado
de su sabiduría!
—Aún
podría decir más. En Inglaterra, cuando un hombre es mordido por un perro,
mátase al animal, aunque no sea rabioso. Podría llegar a serlo, y el germen de
la rabia canina, permaneciendo en el cuerpo de la persona que fue mordida,
atraería hacia sí los espíritus de la hidrofobia. ¿Han visto alguna vez a las
campesinas derramando la leche sobre las ascuas? Arrojan inmediatamente después
un puñado de sal. ¡Gran sabiduría la del vulgo! La leche cayendo sobre los
carbones se transforma en vapor, y por la acción de la luz y del aire, este
vapor, acompañado por átomos de fuego, se extiende hasta el lugar donde se
halla la vaca que ha dado la leche. Ahora bien, la teta de vaca es un órgano
muy glanduloso y delicado, y ese fuego la calienta, la endurece, produce en
ella úlceras, y como la ubre está cerca de la vejiga, irrita también a ésta,
provocando la anastomosis de las venas que confluyen en ella, de suerte que la
vaca orina sangre.
Dijo
Roberto:
—El
caballero nos había hablado de ese ungüento armario como cosa útil a la
medicina, ahora Vuestra Merced nos hace entender que podría usarse también para
procurar perjuicios.
—Sin duda,
y es por eso por lo que ciertos secretos han de esconderse a los más, para que
no se haga mal uso dellos. Sí, mi señor, la polémica sobre el ungüento, o sobre
el polvo, o sobre eso que nosotros los ingleses llamamos el Weapon Salve, es
rica de controversias. El caballero nos ha hablado de un arma que,
oportunamente tratada, provoca alivio en la herida. Pero cojan la misma arma y
colóquenla junto al fuego y el herido, incluso si estuviera a millas de
distancia, se desgañitaría de dolor. Y si sumergen la hoja, aún manchada de
sangre, en el agua helada, el herido será presa de calofríos.
Aparentemente
aquella conversación no le había dicho a Roberto cosas que ya no supiera,
incluido que el doctor Byrd sobre el Polvo de Simpatía sabía mucho. Con todo,
el discurso del doctor se había detenido demasiado sobre los efectos peores del
polvo, y no podía ser una casualidad. Pero qué tenía que ver todo esto con el
arco de meridiano, eso era otro cantar.
Hasta que
una mañana, aprovechando que un marinero se había caído de una entena
fracturándose el cráneo, que en el combés había alboroto, y que el doctor había
sido llamado a curar al desventurado, Roberto habíase escurrido en la bodega.
Casi a
tientas había conseguido encontrar el camino justo. Quizá había sido la suerte,
quizá el animal quejábase más de lo normal aquella mañana: Roberto, poco más o
menos allá donde, más tarde, en el Daphne habría descubierto las cubetas
de aguardiente, encontróse ante un atroz espectáculo.
Bien
defendido de las miradas indiscretas, y en un cuartucho construido a su medida,
sobre un manto de harapos, yacía un perro.
Quizá era
de raza, pero el sufrimiento y las privaciones lo habían reducido a pellejo y
huesos. Y con todo, sus verdugos mostraban la intención de mantenerlo vivo:
habíanle apercibido de comida y agua en abundancia, e incluso comida no canina,
sin duda substraída a los pasajeros.
Yacía
sobre un costado, con la cabeza abandonada y la lengua fuera. En el costado
abríase una amplia y horrenda herida. Fresca y gangrenosa al mismo tiempo,
mostraba dos grandes labios rosáceos, y exhibía en el centro, a lo largo de
toda su hendidura, un alma purulenta que parecía secretar requesón. Y Roberto
comprendió que la herida presentábase así porque la mano de un cirujano, en vez
de coser los labios, había hecho de suerte que permanecieran abiertos y
espaciados, fijándolos a la piel.
Hija
bastarda del arte, aquella herida había sido no sólo procurada, sino curada con
iniquidad, de suerte que no se cicatrizara, y el perro siguiera padeciendo,
quién sabe desde cuándo. No sólo, sino que Roberto divisó también, en torno y
dentro de la llaga, los residuos de una substancia cristalina, como si un
médico (¡un médico, tan cruelmente avisado!) cada día la rociara con una sal
irritante.
Impotente,
Roberto había acariciado al miserable, que ahora gañía dócil. Habíase
preguntado cómo podría socorrerle, pero tocándolo más fuerte lo había hecho
sufrir más. Con todo, su piedad estábase dejando vencer por un sentimiento de
victoria. No había duda, aquél era el secreto del doctor Byrd, la carga
misteriosa embarcada en Londres.
Por lo que
Roberto había visto, lo que podía deducir un hombre que supiera lo que él sabía
era que el perro había sido herido en Inglaterra y Byrd cuidábase mucho de que
permaneciera siempre llagado. Alguien en Londres, cada día a una hora fija y
convenida, hacía algo al arma culpable, o a un paño empapado de la sangre del
animal, provocándole la reacción. Quizá de alivio, quizá de pena aún mayor,
pues el doctor Byrd bien había dicho que con el Weapon Salve también
podía hacerse daño.
De esa
forma, a bordo del Amarilis se podía saber en un momento determinado qué
hora era en Europa. ¡Conociendo la hora del lugar de tránsito, era posible
calcular el meridiano!
No quedaba
sino esperar a la prueba de los hechos. En aquel período Byrd se alejaba
siempre alrededor de las once: estaban, por tanto, acercándose al
antimeridiano. Roberto habría debido esperarle escondido junto al perro, hacia
esa hora.
Fue
afortunado, si de Fortuna puede hablarse para con esa otra fortuna que habría
llevado aquel navío, y a todos aquellos que lo habitaban, al último de los
infortunios. Aquella tarde el mar estaba ya muy agitado, y eso había dado modo
a Roberto de acusar náuseas y sobresaltos de estómago, y de refugiarse en cama,
desertando la cena. A la primera obscuridad, cuando nadie pensaba todavía en
montar la guardia, había bajado furtivo a la bodega, llevando sólo un eslabón y
una cuerda embreada con la que iluminaba el camino. Habíase allegado al perro y
había visto, encima de su cubil, un sollado cargado de brazadas de paja, que
servía para renovar los jergones apestados de los pasajeros. Habíase abierto
camino entre aquel material, y habíase excavado un nicho, desde el cual no
podía ver ya al perro, pero podía espiar a quien le estaba delante, y
seguramente escuchar todos los discursos.
Había sido
una espera de horas, hechas más largas por los gemidos del desdichadísimo
animal, pero por fin había escuchado otros ruidos y divisado unas luces.
A cabo de
poco, veíase testigo de un experimento que tenía lugar a pocos pasos de él,
presentes el doctor y sus tres ayudantes.
—¿Estás
anotando, Cavendish?
—Aye, aye,
doctor.
—Así pues,
esperemos. Se queja demasiado esta noche.
—Siente el
mar.
—Quieto,
quieto, Hakluyt —decía el doctor que estaba calmando al perro con alguna
hipócrita caricia—. Hemos hecho mal en no fijar una secuencia fija de acciones.
Habría que empezar siempre por el lenitivo.
—No
estaría tan seguro, doctor, algunas noches a la hora justa duerme, y hay que
despertarlo con una acción irritante.
—Atentos,
me parece que se agita... Quieto, Hakluyt... ¡Sí, se agita! —El perro estaba
emitiendo ahora inhumanos gañidos—. Han expuesto el arma al fuego, ¡registra la
hora Withrington!
—Aquí son
las once y media, más o menos.
—Controla
los relojes, deberían pasar unos diez minutos.
El perro
siguió aullando durante un tiempo interminable. Luego emitió un sonido
diferente, que se apagó en un «grr grr», que tendía a debilitarse, hasta que
dejó lugar al silencio.
—Bien
—estaba diciendo el doctor Byrd—, ¿qué hora es, Withrington?
—Debería
corresponder. Falta un cuarto a media noche.
—No
cantemos victoria. Esperemos el control.
Siguió
otra espera interminable, luego el perro, que evidentemente se había adormecido
al experimentar alivio, gritó de nuevo como si le hubieran pisado la cola.
—¿Tiempo,
Withrington?
—La hora
ha transcurrido, faltan pocos granillos de arena.
—El reloj
da ya la media noche —dijo una tercera voz.
—Me parece
que basta. Ahoja señores —dijo el doctor Byrd—, espero que cesen inmediatamente
la irritación, el pobre Hakluyt no lo aguanta. Agua y sal, Hawlse, y la venda.
Quieto, quieto, Hakluyt, ahora estarás mejor... Duerme, duerme, escucha a tu
amo que está aquí, se ha acabado... Hawlse, el somnífero en el agua.
—Aye, aye,
doctor.
—Aquí
está, bebe Hakluyt, quieto, vamos, bebe la agüilla buena...
Un tímido
gruñir aún, luego silencio de nuevo.
—Excelente,
señores —estaba diciendo el doctor Byrd—, si este maldito navío no se
zarandease de esta manera indecente, podríamos decir que hemos tenido una buena
velada. Mañana por la mañana, Hawlse, la sal habitual sobre la herida. Saquemos
las sumas, señores. En el momento decisivo, estábamos aquí próximos a la media
noche, y en Londres nos señalaban que era mediodía. Estamos en el antimeridiano
de Londres, y por tanto en el ciento y noventa y ocho de las Canarias. Si las
Islas de Salomón están, como quiere la tradición, en el antimeridiano de la
Isla del Hierro, y si estamos en la latitud justa, navegando hacia el oeste con
un buen viento en popa deberíamos allegar a Sant Christoval, o como
rebauticemos a esa maldita isla. Habremos encontrado lo que los españoles
buscan desde hace décadas y tendremos en nuestras manos, al mismo tiempo, el
secreto del Punto Fijo. La cerveza, Cavendish, tenemos que brindar a Su
Majestad, que Dios siempre lo salve.
—Dios
salve al rey —dijeron a una voz los otros tres.
Y eran
evidentemente los cuatro, hombres de buen corazón, fieles aún a un monarca que
en aquellos días, si todavía no había perdido la cabeza, estaba por lo menos a
punto de perder su reino.
Roberto
hacía trabajar su mente. Cuando había visto al perro por la mañana, había dado
en la cuenta de que acariciándolo se sosegaba y que, habiéndolo tocado él a un
cierto punto de forma brusca, había aullado de dolor. Poco bastaba, en un navío
agitado por el mar y el viento, para provocar en un cuerpo enfermo sensaciones
diferentes. Quizá aquellos malvados creían recibir el mensaje de lejos, y en
cambio el perro sufría y sentía alivio según que los embates de las olas lo
molestaran o lo acunaran. O aun, si existían, como decía Saint—Savin, los
conceptos sordos, con el movimiento de las manos Byrd hacía reaccionar al perro
según sus propios deseos inconfesados. ¿No había dicho él mismo de Colón que
había errado queriendo demostrar que había llegado más lejos? ¿Así pues el
destino del mundo estaba vinculado al modo en que aquellos insensatos estaban
interpretando el lenguaje de un perro? ¿Un gruñir del vientre de aquel
pobrecillo podía hacer decidir a aquellos miserables que estaban acercándose o
alejándose del lugar anhelado por españoles, franceses, holandeses y
portugueses igualmente miserables? ¿Y él estaba implicado en aquella aventura
para suministrar a Mazarino, o al jovenzuelo Colbert, la forma de poblar los
navíos de Francia con perros atormentados?
Los demás
ya se habían alejado. Roberto había salido de su escondite y se había demorado,
a la luz de su cuerda embreada, ante el perro durmiente. Le había acariciado la
cabeza. Veía en aquel pobre animal todo el sufrimiento del mundo, furioso
cuento de un idiota. Su lenta educación, desde los días de Casal hasta aquel
momento, a tanta verdad habíale conducido. Oh, si se hubiera quedado náufrago
en la ínsula desierta, como quería el caballero, si como el caballero quería
hubiera dado fuego al Amarilis, si hubiera detenido su camino en la
tercera ínsula, entre las salvajes color tierra de Siena, o en la cuarta se
hubiera convertido en el bardo de aquella gente. ¡Si hubiera encontrado la
Escondida donde esconderse de todas las manos aleves de un mundo despiadado!
No sabía
entonces que la fortuna habríale reservado de ahí a poco una quinta isla, quizá
la Última.
El Amarilis
parecía fuera de sí, y aferrándose a cualquier cosa había vuelto a su
alojamiento, olvidando los males del mundo para sufrir el mal del mar. Luego el
naufragio, del que se ha hablado. Había llevado a cabo con éxito su misión:
único sobreviviente, él llevaba consigo el secreto del doctor Byrd. Pero ya no
podía revelárselo a nadie. Y quizá era un secreto de nada.
¿No habría
debido reconocer que, salido de un mundo insano, había encontrado la verdadera
salud? El naufragio habíale concedido el don supremo, el exilio, y una Señora
que nadie ya podía substraerle...
Mas la
Isla no le pertenecía y permanecía lejana. El Daphne no le pertenecía, y
otro reclamaba su posesión. Quizá para continuar, allí, investigaciones no
menos brutales que las del doctor Byrd.
20 AGUDEZA
Y ARTE DE INGENIO
Roberto
tendía aún a perder tiempo, a dejar que jugara el Intruso para descubrir su
juego. Volvía a poner en la puente los relojes, dábales cuerda cada día, luego
corría a apercibir a los animales para impedirle al otro que lo hiciera,
entonces componía todas las habitaciones y todo lo que había en la puente, de
suerte que, si aquél se movía, se notara el paso. Estaba de día en cubierto,
pero con la puerta entreabierta, para así poder captar cualquier ruido afuera o
abajo, montaba guardia de noche, bebía aguardiente, seguía bajando al fondo del
Daphne.
Una vez
descubrió otros dos escondrijos además de la corrulla hacia proa: uno estaba
vacío, el otro incluso demasiado lleno, tapizado de anaqueles con el margen
ribeteado, para impedir que los objetos se cayeran a causa de la mar movida.
Vio pieles de lagartos secadas al sol, huesos de frutas de perdida identidad,
piedras de varios colores, guijarros pulidos por el mar, fragmentos de coral,
insectos clavados con un alfiler encima de una tablilla, una mosca y una araña
dentro de un trozo de ámbar, un camaleón embalsamado, vidrios llenos de líquido
en los que flotaban serpientecillas o pequeñas anguilas, raspas enormes que
creyó de ballena, la espada que debía de adornar la quijada de un pez, y un
largo cuerno, que para Roberto era de unicornio, pero entiendo que era de un
narval. En definitiva, un aposento que manifestaba un gusto por la recolección
erudita, como en aquella época debían de encontrarse en los navíos de los
exploradores y de los naturalistas.
En el
centro había un cajón abierto, con paja en el fondo, vacío. Qué podía haber
contenido, Roberto lo entendió volviendo a su camarote donde, como abrió la
puerta, esperábale tieso un animal que, en aquel encuentro, le pareció más
terrible que si hubiera sido el Intruso en carne y hueso.
Un ratón,
o una rata de cloaca, pero qué digo, un gato paúl, más alto que medio hombre,
con la cola muy larga que se extendía por el suelo, los ojos fijos, firme sobre
dos patas, las otras dos como pequeños brazos tendidos hacia él. De pelo corto,
tenía sobre el vientre una bolsa, una abertura, un saco natural del cual
escudriñaba un pequeño monstruo de la misma especie. Sabemos lo que Roberto
había fantaseado sobre los ratones las primeras dos noches, y se los esperaba
grandes y feroces como los pueden alojar los navíos. Mas aquello colmábalas
todas, sus más tremebundas expectativas. Y no creía que jamás ojo humano
hubiere visto ratones de aquella hechura. Y con buena razón, puesto que
veremos, después, que se trataba, como he podido deducir, de un marsupial.
Pasado el
primer momento de terror, se había vuelto evidente, por la inmovilidad del
invasor, que se trataba de un animal embalsamado, y embalsamado mal, o mal
conservado en la bodega: la piel emanaba una hediondez de órganos
descompuestos, y del dorso salían ya penachos de pienso.
El
Intruso, poco antes que él entrara en el aposento de las maravillas, había
substraído de allí la pieza de mayor efecto, y mientras él admiraba aquel
museo, habíasela colocado en casa, esperando acaso que su víctima, perdida la
razón, precipitare allende las amuradas y desapareciere en el mar. Me quiere
muerto, me quiere loco, murmuraba, pero haré que se coma su rata a bocados, le
pondré a él embalsamado en aquellos anaqueles, dónde te escondes maldito, dónde
estás, acaso me estás mirando, para ver si me vuelvo loco, pero yo haré que
enloquezcas tú, pérfido.
Había
empujado el animal a la puente con la culata del mosquete y, venciendo el asco,
lo había cogido con las manos y arrojado al mar.
Decidido a
descubrir el escondite del Intruso, había vuelto a la leñera, prestando
atención en no rodar de nuevo sobre los troncos ya diseminados por el suelo.
Más allá de la leñera, había encontrado un lugar, que en el Amarilis llamaban
la soda (o soute o sota), que era el pañol para el bizcocho: bajo
un lienzo, bien envueltos y protegidos, había encontrado, en primer lugar, un
anteojo de larga vista, muy grande, más potente que el que tenía en el
camarote, quizá una Hipérbole de los Ojos destinada a la exploración del cielo.
El telescopio estaba dentro de una gran palangana de metal ligero, y junto a la
palangana estaban, cuidadosamente envueltos en otros paños, instrumentos de
naturaleza incierta, unos brazos metálicos, un lienzo circular con argollas en
la circunferencia, una suerte de yelmo, y por fin, tres vasijas panzudas que se
descubrieron, por el olor, llenas de un aceite denso y rancio. Para qué pudiera
servir aquel conjunto, Roberto no se lo preguntó: en aquel momento quería
descubrir a una criatura viva.
Había
controlado, más bien, si debajo del pañol se abría aún otro espacio. Existía,
excepto que era bajísimo, tal que se podía proceder sólo a gatas. Habíalo
explorado manteniendo la lámpara hacia abajo, para protegerse de los
escorpiones, y por temor de incendiar el techo. Después de un breve arrastrarse
había llegado al final, golpeándose la cabeza contra el duro alerce, extrema
Thule del Daphne, más allá de la cual oíase chapotear el agua contra el
casco. Así pues, más allá de aquel chiribitil ciego no podía haber nada más.
Luego
habíase detenido, como si el Daphne no pudiera reservarle otros
secretos.
Si la cosa
puede resultar extraña, que en una semana y más de inactiva estada Roberto no
hubiera conseguido verlo todo, baste con pensar en lo que le acontece a un niño
que penetra en los desvanes o en las trasteras de una gran casa solariega, de
planta desigual. A cualquier paso, se le presentan cajones de viejos libros,
ropa desechada, botellas vacías, y rimas de fajinas, muebles arruinados,
almarios polvorientos e inestables. El niño va, se demora descubriendo algún
tesoro, vislumbra un pasaje, un pasillo lóbrego, y se figura alguna alarmante
presencia, aplaza la búsqueda a otra vez, y todas las veces procede a pequeños
pasos, temiendo, por un lado, adentrarse demasiado, por el otro, casi
saboreando de antemano los descubrimientos futuros, oprimido por la emoción de
los recentísimos, y ese desván o bodega no se acaba nunca, y puede reservarle
nuevos rincones toda la infancia, y más.
Y si el
niño se espantara cada vez con nuevos ruidos, o para mantenerlo alejado de
aquellos meandros se le contaran cada día consejas escalofriantes —y si ese
niño, por añadidura, estuviera también borracho— se entiende cómo el espacio se
dilata a cada nueva aventura. No diversamente, Roberto había vivido la
experiencia de aquel su territorio aún hostil.
Era de
primera mañana, y Roberto soñaba otra vez. Soñaba con Holanda. Había sucedido
mientras los hombres del Cardenal lo conducían a Amsterdan para embarcarlo en
el Amarilis. En el viaje habían hecho una detención en una ciudad, y
había entrado en la catedral. Habíale llamado la atención la nitidez de
aquellas naves, tan diferentes de las de las iglesias italianas y francesas.
Despojadas de ornato, sólo algunos estandartes colgados de las columnas
desnudas, claras las vidrieras y sin imágenes, el sol creaba allí una atmósfera
láctea, rota únicamente en la parte inferior por las pocas figuras negras de
los devotos. En aquella paz, oíase un solo sonido, una melodía triste, que
parecía errar por el aire ebúrneo naciendo de los capiteles o de las claves.
Luego había dado en la cuenta de que en una capilla, en una de las bandas
laterales del coro, otro hombre negrivestido, solo en un rincón, tocaba una
pequeña flauta de pico, con los ojos abiertos de par en par al vacío.
Más tarde,
cuando el músico hubo acabado, acercósele preguntándose si debía darle una
limosna; aquél, sin fijarlo en el rostro, le dio las gracias por sus alabanzas,
y Roberto comprendió que era ciego. Era el maestro de las campanas (Der
Musicyn en Directeur van de Klok—werken, le Carillonneur, der Glockenspieler, intentó
explicarle), y formaba parte de su trabajo también recrear con el sonido de la
flauta a los fieles que se entretenían por la tarde en el templo y en el
cementerio en torno a la iglesia. Conocía muchas melodías, y sobre cada una
elaboraba dos, tres, a veces cinco variaciones siempre de mayor complejidad, y
tampoco tenía necesidad de leer las notas: era ciego de nacimiento y podía
moverse en aquel hermoso espacio luminoso (así dijo, luminoso) de su iglesia,
viendo, dijo, el sol con la piel. Le explicó cómo su instrumento era cosa viva,
que reaccionaba a las estaciones, y a la temperatura de la mañana y del
atardecer, pero en la iglesia había una especie de tibieza siempre difusa que
aseguraba a la madera una perfección constante. Y a Roberto diole de pensar qué
idea de tibieza difusa podía tener un hombre del norte mientras se enfriaba en
aquella claridad.
El músico
le tocó dos veces más la primera melodía, y dijo que se llamaba «Doen Daphne
d'over schoone Maeght». Rechazó todo regalo, le tocó el rostro y díjole, o por
lo menos así entendió Roberto, que «Daphne» era algo dulce, que lo habría
acompañado toda la vida.
Ahora
Roberto, en el Daphne, abría los ojos, y a buen seguro oía venir desde
abajo, a través de los resquicios de la madera, las notas de «Daphne», como si
la tocara un instrumento más metálico que, sin osar variaciones, retomaba a
intervalos regulares la primera frase de la melodía, como un obstinado
estribillo.
Díjose
inmediatamente que era ingeniosísimo emblema estar en un fluyt llamado Daphne
y oír una música para flauta llamada «Daphne». Inútil hacerse la ilusión de
que de un sueño se tratara. Era un nuevo mensaje del Intruso.
Una vez
más habíase armado, una vez más había sacado fuerzas de la cubeta, y había
seguido el sonido. Parecía proceder del tabuco de los relojes. Pero, desde que
había dispersado las máquinas sobre la puente, el lugar había quedado vacío. Lo
visitó de nuevo. Siempre vacío, mas la música llegaba de la pared del fondo.
Sorprendido
por los relojes la primera vez, afanado por llevárselos la segunda, no había
considerado nunca si el camarote llegaba hasta el casco. Si así hubiera sido,
la pared del fondo habría sido curva. ¿Y lo era? La gran tela con aquella
perspectiva de relojes creaba un engaño del ojo, de suerte que no se entendía a
primera vista si el fondo era plano o cóncavo.
Roberto
iba a arrancar la tela, y reparó en que era una cortina corrediza, como un
telón. Y detrás del telón había otra puerta, también ella cerrada con cerrojo.
Con la
valentía de los devotos de Baco, y como si con un tiro de espingarda pudiera
tener razón de tales enemigos, apuntó la escopeta, gritó en voz alta (y Dios
sabe por qué) «Nevers et Saint—Denis!», le dio una patada a la puerta, y se
arrojó hacia adelante, impávido.
El objeto
que ocupaba el nuevo espacio era un órgano, que tenía encima unas veinte cañas,
de cuyas aberturas salían las notas de la melodía. El órgano estaba fijado a la
pared y se componía de una estructura de madera sostenida por una armazón de
columnitas de metal. En la parte superior estaban, en el centro, las cañas, a
los lados movíanse unos pequeños autómatas. El grupo de la izquierda
representaba una suerte de base circular con encima un yunque sin duda hueco,
en el interior, como una campana: en derredor de la base había cuatro figuras
que movían rítmicamente los brazos golpeando el yunque con pequeños martillos
metálicos. Los martillitos, de diferentes pesos, producían sonidos argentinos
que no desentonaban con la melodía cantada por las cañas, sino que la
comentaban a través de una serie de acordes. Roberto recordó las conversaciones
en París con un padre de los Mínimos, que le hablaba de sus investigaciones
sobre la harmonía universal, y reconoció, más por su oficio musical que por sus
facciones, a Vulcano y a los tres Cíclopes a los que, según la leyenda,
referíase Pitágoras cuando afirmaba que la diferencia de los intervalos
musicales depende de número, peso y medida.
A la
derecha de las cañas, un angelito marcaba (con una varita, en un libro de
madera que tenía entre las manos) el compás ternario en el que se basaba la
melodía, precisamente, de «Daphne».
En un
rellano inmediatamente inferior se extendía el teclado del órgano, cuyas teclas
se levantaban y bajaban, en correspondencia de las notas emitidas por las
cañas, como si una mano invisible se deslizara por encima. Debajo del teclado,
allá donde normalmente el músico acciona los fuelles con el pie, estaba
injertado un cilindro en el que habíanse clavado unos dientes, unos punzones,
en un orden imprevisiblemente regular o regularmente imprevisto, así como las
notas se disponen por subidas y bajadas, inesperadas roturas, vastos espacios
blancos y espesarse de corcheas en el pentagrama de un pliego de música.
Debajo del
cilindro estaba clavada una barra horizontal que sostenía unas palanquitas, las
cuales, al girar el cilindro, sucesivamente tocaban sus dientes, y por un juego
de varas semiescondidas accionaban las teclas; y éstas, las cañas.
Pero el
fenómeno más extraordinario era la razón por la cual giraba el cilindro y las
cañas recibían aliento. Al lado del órgano estaba fijada una máquina hidráulica
de cristal, una cantimplora que recordaba por su forma el capullo del gusano de
seda, en cuyo interior entreveíanse dos tamices, uno encima del otro, que lo
dividían en tres cámaras diferentes. La cantimplora recibía un chorro de agua
por un tubo que entraba desde abajo, procediendo del guardatimón abierto que
daba luz a ese paraje, haciendo penetrar el líquido que (por obra de alguna
bomba escondida) era aspirado evidentemente directamente del mar, mas de suerte
que penetrara en el capullo mezclado con aire.
El agua
entraba a la fuerza en la parte inferior del capullo como si rebullera,
disponíase en torbellino contra las paredes, y ciertamente libertaba el aire
que era aspirado por los dos tamices. Mediante un tubo que empalmaba la parte
superior del capullo a la base de las cañas, el aire iba a transformarse en
canto por artificiosos movimientos espirítales. El agua, en cambio, que habíase
condensado en la parte inferior, salía a través de una canilla y corría a mover
las palas de una pequeña rueda de molino, para fluir luego en un cuenco
metálico subyacente, y de allí, a través de otro tubo, allende la limera.
La rueda
ponía en funcionamiento una barra que, engranándose en el cilindro, le
participaba su movimiento.
A Roberto,
borracho, todo esto le pareció natural, tanto que se sintió traicionado cuando
el cilindro dio en aflojar la marcha, y las cañas silbaron su melodía como si
se les apagara en la garganta, mientras los cíclopes y el angelito cesaban sus
pulsaciones. Evidentemente —aunque en sus tiempos mucho se hablara del
movimiento perpetuo— la bomba escondida que regulaba la aspiración y el caudal
del agua podía funcionar durante un cierto tiempo después de un primer impulso,
pero luego llegaba al fin de su esfuerzo.
Roberto no
sabía si sorprenderse más de ese docto tecnasma, que de otros parecidos había
oído hablar, capaces de poner en movimiento danzas de muertecillos o de
angelitos alados, o del hecho de que el Intruso, que otro no habría podido ser,
lo hubiera puesto en marcha aquella mañana y a aquella hora.
¿Y para
comunicarle qué mensaje? ¿Quizá que él estaba derrotado desde el principio? El Daphne
¿podía ocultar aún tales y tantas sorpresas, que hubiera podido transcurrir
la vida intentando violarlo, sin esperanza?
Un
filósofo habíale dicho que Dios conocía el mundo mejor que nosotros porque lo
había hecho. Y que para adecuar, aunque fuera poco, el conocimiento divino era
menester concebir el mundo como un gran edificio, e intentar medirse en
construirlo. Así debía hacer. Para conocer el Daphne debía construirlo.
Se había
sentado, por tanto, a la mesa y había dibujado el perfil del navío,
inspirándose tanto en la estructura del Amarilis, como en lo que había
visto hasta entonces del Daphne. Así pues, decíase, tenemos los
alojamientos del alcázar y, debajo, la timonera; aún más abajo (pero aún
en la primera puente), la cámara de oficiales y el rancho de Santa Bárbara.
Éste debe de dar a popa, y allende ese límite no puede haber ya nada. Todo esto
está al mismo nivel que la cocina en el castillo de proa. Después, el bauprés
se apoya sobre otra parte sobrealzada y allá —si interpreto bien las apuradas
perífrasis de Roberto— tenían que estar aquellos beques en los que, con las
asentaderas hacia fuera, hacíanse en la época las propias necesidades. Si se
bajaba debajo de la cocinilla llegábase a la despensa. La había visitado hasta
el botalón, hasta los límites del tajamar, y tampoco allí podía haber nada más.
Debajo había encontrado ya las jarcias y la colección de fósiles. Más allá no
se podía ir.
Se volvía,
por tanto, hacia atrás y se atravesaba toda la entrepuentes con la pajarera y
el vergel. Si el Intruso no se transformaba a placer en forma de animal o de
vegetal, allí no podía esconderse. Debajo de la caña del timón estaban el
órgano y los relojes. Y también allí se llegaba a tocar el casco.
Bajando
aún había encontrado la parte más amplia de la bodega, con los demás
menesteres, el lastre, la madera; ya había golpeado contra el forro para
controlar que no hubiera ningún falso fondo que diera un sonido hueco. La
sentina no permitía, si aquel navío era normal, otros escondrijos. A menos que
el Intruso no estuviera encolado a la quilla, bajo el agua, como una
sanguijuela, y baboseara a bordo de noche, pero dé todas las explicaciones, y
estaba dispuesto a ensayar muchas, ésta le parecía la menos científica.
En la
popa, más o menos debajo del órgano, estaba el tabuco con la palangana, el
telescopio y los demás instrumentos. Al examinarlo, reflexionaba, no había
controlado si el espacio terminaba justo al lado del timón; por el dibujo que
estaba haciendo le parecía que la hoja no le permitía imaginar otro hueco, si
había dibujado bien la curva de la popa. Debajo quedaba sólo el chiribitil
subterráneo, y de que allende aquél no hubiera nada más, estaba seguro.
Así pues,
dividiendo la nave en compartimientos habíala llenado toda, y no le había
dejado espacio para ningún nuevo pañol. Conclusión: el Intruso no tenía un
lugar fijo. Se movía según que él se moviere, era como la otra cara de la luna,
que nosotros sabemos que debe existir pero no la vemos jamás.
¿Quién
podía vislumbrar la otra cara de la luna? Un habitante de las estrellas fijas:
habría podido esperar, sin moverse, y habría sorprendido el rostro velado.
Mientras él se hubiera movido con el Intruso o dejara que el Intruso eligiera
las jugadas con respecto a él, jamás lo habría visto.
Debía
convertirse en estrella fija y obligar al Intruso a moverse. Y pues el Intruso
estaba evidentemente en la puente cuando él estaba bajo cubierta, y viceversa,
debía hacerle creer que estaba bajo cubierta para sorprenderle en la puente.
Para
engañar al Intruso había dejado una luz encendida en el camarote del capitán,
de suerte que Aquese lo pensara ocupado en escribir. Luego había ido a
esconderse en el punto más alto del castillo de proa, justo detrás de la
campana, tal que, dándose la vuelta, podía controlar el paraje bajo el bauprés,
y ante sí dominaba la puente y el alcázar hasta la linterna de popa.
Habíase colocado al costado la escopeta y, temo, también la bota de
aguardiente.
Pasó la
noche reaccionando a todos los ruidos, como si tuviera que espiar aún al doctor
Byrd, pellizcándose las orejas para no ceder al sueño, hasta el alba. En balde.
Entonces
volvió al camarote, donde entre tanto habíase apagado la luz. Y encontró sus
papeles en desorden. ¡El Intruso había pasado la noche allá abajo, quizá
leyendo sus cartas a la Señora, mientras él padecía el frío de la noche y el
rocío de la mañana!
El
Adversario había entrado en sus recuerdos... Recordó las advenencias de
Salazar: manifestando las propias pasiones había abierto un portillo en el
caudal de su ánimo.
Se
precipitó a la puente y púsose a abrir fuego a trochemoche, astillando un palo,
y luego había disparado aún, hasta dar en la cuenta de que no estaba matando a
nadie. Con el tiempo que se necesitaba entonces para volver a cargar un
mosquete, el enemigo podía ir de paseo entre un tiro y otro, riéndose de ese
desbarate. Que había impresionado sólo a los animales, que estaban alborotando
desde abajo.
Reía, por
tanto. ¿Y dónde reía? Roberto había vuelto a su dibujo y habíase dicho que no
sabía nada de nada de la construcción de bajeles. El dibujo presentaba sólo la
altura, la parte de abajo y la longura, no la anchura. Vista a lo luengo
(nosotros diríamos, en su sección vertical) el navío no revelaba otros
escondrijos posibles mas, considerándola en su anchura, otros habrían podido
introducirse en medio a los tabucos ya descubiertos.
Roberto
reparaba en ello sólo ahora, en aquel navío faltaban aún demasiadas cosas. Por
ejemplo, no había encontrado más armas. Pues sea, las armas habíanselas llevado
los marineros, si habían abandonado el navío por su voluntad. En el Amarilis
estaba amontonada en la bodega mucha madera de construcción, para arreglar
mástiles, timón y costados, en caso de perjuicios debidos a la intemperie,
mientras aquí había encontrado bastante madera pequeña, secada desde hacía poco
para alimentar el fogón de la cocina, pero nada que fuera roble, o alerce, o
abeto curado. Y con la madera de carpintero faltaban los enseres de
carpintería, sierras, hachas de diferentes formas, martillos y clavos...
¿Había
otros tabucos? Volvió a hacer el dibujo, e intentó representar el navío no como
si lo viera de lado, sino como si lo mirara desde lo alto de la gavia. Y
decidió que en la colmena que iba imaginándose podía caber aún un agujero
debajo del compartimiento del órgano, del cual pudiera descenderse
ulteriormente sin escalera al chiribitil subterráneo. No lo suficiente como
para contener todo lo que faltaba, pero en cualquier caso un escondrijo más. Si
en el techo bajo del chiribitil ciego existía un pasaje, un agujero por el cual
izarse a aquel novísimo espacio, desde allí podía subirse a los relojes, y
desde allí recorrer todo el buque.
Roberto
estaba seguro ahora de que el Enemigo no podía estar sino allí. Corrió abajo,
se introdujo en el cubil, esta vez iluminando la parte alta. Y había un
portillo. Resistió su primer impulso de abrirlo. Si el Intruso estaba allá
arriba, lo habría esperado mientras sacaba la cabeza, y habría tenido razón
del. Era menester sorprenderle desde donde no se esperaba el ataque, como se
hacía en Casal.
Si allí
había un hueco, lindaba con el del telescopio, y por aquél habríase debido
pasar.
Subió,
pasó por el pañol de los víveres, superó los instrumentos, y se halló ante una
pared que —daba en la cuenta justo ahora— no era de la madera dura del forro.
La pared
era bastante sutil: como ya para entrar en el lugar de donde procedía la
música, había dado una patada robusta, y la madera había cedido.
Habíase
encontrado en la luz feble de una ratonera, con un ventanuco contra las paredes
redondas del fondo. Y allí, encima de un catre, con las rodillas casi contra la
barbilla, el brazo tendido para empuñar un pistolón, estaba el Otro.
Era un
viejo, con las pupilas dilatadas, con el rostro enjuto contornado por una
barbita entrecana, pocos cabellos nevados, tiesos sobre la cabeza, la boca casi
desdentada, las encías color arándano; érale sepultura un trapo que quizá había
sido negro, ahora ya mechado de manchas descoloridas.
Apuntando
la pistola, a la que casi se aferraba con ambas manos, mientras le temblaban
los brazos, gritaba con voz débil. La primera frase fue en alemán, o en
holandés, y la segunda, y sin duda estaba repitiendo su mensaje, fue en un
esbozado italiano: signo de que había deducido el origen de su interlocutor
espiando sus papeles.
—¡Si
muéveste tú, yo mato!
Roberto
quedóse tan sorprendido por la aparición qjje tardó en reaccionar. E hizo bien,
porque tuvo modo de dar en la cuenta de que el gatillo del arma no estaba
levantado, y que, por tanto, el Enemigo no estaba muy versado en las destrezas
militares.
Y entonces
habíase acercado con donaire, había agarrado la pistola por el cañón, y había
intentado desprenderla de aquellas manos asidas a la culata, mientras la
criatura emitía gritos airados y teutones.
Con
esfuerzo, Roberto quitóle al fin el arma, el otro dejóse caer, y Roberto se
arrodilló a su lado sujetándole la cabeza.
—Señor
—dijo—, yo no quiero hacerle ningún daño. Soy un amigo. ¿Entiende? ¡Amicus!
El otro
abría y cerraba la boca, pero no hablaba; se le veía sólo el blanco de los
ojos, o más bien el rojo, y Roberto temió que fuera a morir. Lo cogió en
brazos, lábil como era, y lo llevó a su aposentó. Ofrecióle agua, hízole tomar
un poco de aguardiente, y aquél dijo:
—Gratias
ago, domine —levantó la mano como para bendecirle, y en ese momento Roberto
advirtió, considerando mejor la vestidura, que era un religioso.
21
TELLURIS THEORIA SACRA [197]
No nos
dedicaremos a reconstruir el diálogo que siguió durante dos días. Entre otras
cosas porque, a partir de este punto en adelante, los papeles de Roberto se
vuelven más lacónicos. Caídas quizá, bajo ojos ajenos, sus confidencias a la
Señora (no tuvo jamás el ánimo de pedir confirmación de ello a su nuevo
compañero), durante muchos días deja de escribir y registra de manera harto más
seca lo que aprende y lo que acaece.
Bien,
Roberto se encontraba ante el padre Caspar Wanderdrossel, e Societate Iesu,
olim in Herbipolitano Franconiae Gymnasio, postea in Collegio Romano Matheseos
Professor, y no sólo, sino también astrónomo, y estudioso de muchas otras
disciplinas, en la Curia General de la Compañía. El Daphne, comandado
por un capitán holandés que había intentado ya aquellos rumbos para la
Vereenigde Oost—Indische Compagnie, había dejado muchos meses antes las costas
mediterráneas circunnavegando África, en el intento de tocar las Islas de
Salomón. Exactamente como quería hacer el doctor Byrd con el Amarilis, salvo
que el Amarilis intentaba hallarlas buscando el levante por el poniente,
mientras el Daphne había hecho lo contrario, pero poco importa: llégase
a las Antípodas por ambas partes. En la Isla (y el padre Caspar indicaba
allende la playa, detrás de los árboles) debía montarse la Specola Melitense.
Qué podía ser esta Specola no estaba claro, y Caspar murmuraba a propósito de
ello como de un secreto tan famoso que estaba hablando del todo el mundo.
Para
llegar allí, el Daphne, su tiempo se lo había tomado. Ya se sabe cómo se
iba entonces por aquellos mares. Abandonadas las Molucas, y en el intento de
navegar hacia el sureste, hacia el Puerto Sancti Thomae en la Nueva Guinea,
dado que debían tocarse los parajes en los que la Compañía de Jesús tenía sus
misiones, el navío, impelido por una tempestad, habíase perdido en mares jamás
vistos, llegando a una isla habitada por ratonazos tan grandes como un niño,
con una cola larguísima, y una bolsa en el vientre, de los cuales Roberto había
conocido un ejemplar embalsamado (es más, el padre Caspar le reprochaba haber
tirado «uno Wunder que valía uno Pirú»).
Eran,
contaba el padre Caspar, animales amistosos que rodeaban a los desembarcados
tendiendo las manecillas para pedir comida, tirándoles incluso de la ropa, pero
ladrones redomados a la hora de la verdad, que habían robada bizcocho de las
faltriqueras de un marinero.
Séame
permitido intervenir a completo crédito del padre Caspar: una isla de ese tipo
existe de verdad, y no es posible confundirla con ninguna otra. Aquellos
pseudocanguros se llaman Quokkas, y viven sólo allí, en la Rottnest Island, que
los holandeses habían descubierto había poco, llamándola rottenest, nido
de ratas. Pero como esta isla se encuentra enfrente de Perth, esto significa
que el Daphne había alcanzado la costa occidental de Australia. Si
pensamos que, por lo tanto, se encontraba en el paralelo treinta sur, y al
oeste de las Molucas, mientras había de ir hacia el este, descendiendo un poco
por debajo del Ecuador, deberíamos decir que el Daphne había perdido el
rumbo.
Ojalá
fuera sólo eso. Los hombres del Daphne habrán tenido que ver una costa a
poca distancia de la isla, pero habrán pensado que se trataba de alguna otra
islita con algún otro roedor. Muy otro buscaban, y quién sabe qué le estaban
diciendo los instrumentos de a bordo al padre Caspar. Con seguridad, estaban a
algún golpe de remo de aquella Tierra Incógnita y Australis que la humanidad
soñaba desde hacía siglos. De lo que es difícil convencerse es de —visto que el
Daphne habría llegado al fin (y lo veremos) a una latitud de diecisiete
grados sur— cómo habían conseguido circunnavegar Australia, a lo menos por dos
cuartos, sin verla jamás: o habían remontado hacia el norte, y entonces habían
pasado entre Australia y Nueva Guinea corriendo el riesgo a cada paso de ir a
arenarse en una u otra playa; o habían navegado hacia el sur, pasando entre
Australia y Nueva Zelanda, y viendo siempre mar abierto.
Podría
creerse que soy yo el que cuenta una novela, si no fuera porque más o menos en
los meses en los que se desarrolla nuestra historia también Abel Tasman,
partiendo de Batavia, había llegado a una tierra que había llamado de van
Diemen, y que hoy conocemos como Tasmania; como también él buscaba las Islas de
Salomón, había mantenido a la izquierda la costa meridional de aquella tierra
sin imaginar que, más allá de aquélla, hubiera un continente cien veces mayor,
y había ido a parar al sureste de Nueva Zelanda, la había costeado en dirección
noreste y, habiéndola abandonado, tocaba las Tonga; luego llegaba grosso
modo donde había llegado el Daphne, considero, aunque también allí
pasaba entre las barreras coralinas y se dirigía hacia Nueva Guinea. Que era
hacer carambolas como una bola de billar, pero parece que aún por muchos años
los navegantes estaban destinados a llegar a dos pasos de Australia sin verla.
Tomemos,
pues, por bueno el relato del padre Caspar. Siguiendo a menudo los antojos de
los alisios, el Daphne había acabado en otra tormenta y había salido mal
parado, tanto que habían tenido que detenerse en una isla Dios sabe dónde, sin
árboles, toda arena dispuesta como un anillo alrededor de un pequeño lago
central. Allí habían puesto en orden el navío, y he aquí cómo se explicaba que
a bordo no hubiera ya una reserva de madera de construcción. Luego habían
vuelto a navegar y al fin habían llegado a echar el ancla en aquella bahía. El
capitán había enviado el esquife a tierra con una vanguardia, habíase hecho la
idea de que no había habitantes, y para curarse en salud había cargado y
apuntado con esmero sus pocos cañones, luego habían dado principio a cuatro
empresas, todas fundamentales.
Primera,
la provisión de agua y víveres, pues estaban ya extremados; segunda, la captura
de animales y plantas a fin de llevarlos a la patria, para regocijo de los
naturalistas de la Compañía; tercera, el abatimiento de árboles, para apercibir
una nueva reserva de troncos grandes, y de tablas, y de todo tipo de material
para las futuras adversidades; y por fin la construcción, en una elevación de
la Isla, de la Specola Melitense, y aquél había sido el trabajo más laborioso.
Habían tenido que sacar de la bodega y transportar a la orilla todos los
instrumentos de carpintería y las diferentes piezas de la Specola, y todos
estos tráfagos habían requerido de mucho tiempo, entre otras cosas porque no se
podía desembarcar directamente en la bahía: entre el navío y la ribera
extendíase, casi a la flor del agua y con unos pocos pasos demasiado estrechos,
una barbacana, una falsabraga, un terraplén, un Erdwall todo hecho de corales;
en fin, lo que nosotros hoy llamaríamos un arrecife coralino. Después de muchos
infructuosos intentos habían descubierto que había que doblar cada vez el cabo
al sur de la bahía, detrás del cual había una pequeña cala que permitía dar
fondo.
—Et hete
aquí por qué aquella barca por los marineros abandonada nosotros hora non
vemos, aunque todavía allá atrás está, ¡heu me miserum!
Como he
podido deducir aquel teutón vivía en Roma hablando latín con los hermanos de
cien países, pero del vulgar no tenía una gran práctica. Así es que yo, en esta
transcripción, que lo es, tendré cuidado de pintar muy al vivo su lengua.
Ultimada
la Specola, el padre Caspar había empezado sus observaciones, que habían
procedido con éxito durante casi dos meses. Y entre tanto, ¿qué hacía el
marinaje? Dejábase llevar por la pereza, y la disciplina de a bordo
suavizábase. El capitán había embarcado muchos barriles de aguardiente, que
debían ser usados sólo como cordial durante las tormentas, con mucha
parsimonia, o servir para trueco con los salvajes; en cambio, rebelándose a
todas las órdenes, el marinaje había empezado a llevarlos a la cubierta, todos
habían abusado dellos, incluso el capitán. El padre Caspar trabajaba, aquéllos
vivían como brutos, y de la Specola oíanse canciones inverecundas.
Un día, el
padre Caspar, ya que hacía mucho calor, mientras trabajaba él solo en la
Specola, habíase quitado el hábito (había, decía con vergüenza el buen jesuíta,
pecado contra la modestia, ¡que Dios pudiera ahora perdonarle visto que habíale
castigado al punto!) y un insecto le había picado en el pecho. Al principio
había advertido sólo una punzada, pero en cuanto volvieron a conducirle a bordo
para la noche, acometióle una gran fiebre. No habló con nadie de su incidente,
durante la noche tenía atronamiento de oídos y gravedad de cabeza, el capitán
abrióle el hábito ¿y qué vio? Una pústula, tal y como la pueden producir las
avispas, pero qué digo, incluso las moscas de grandes dimensiones. Enseguida
aquella hinchazón convirtióse a sus ojos en un carbunculus, un ántrax, un
furúnculo nigricante, breve, un bubón, síntoma evidentísimo de la pestis,
quae dicitur bubónica, como había sido anotado inmediatamente en el diario.
El pánico
se esparció a bordo. Inútil que el padre Caspar contara del insecto: el
apestado miente siempre para que no se le segregue, era cosa bien sabida.
Inútil que asegurara que él la peste la conocía bien, y que aquello peste no
era por muchas razones. El marinaje casi habría querido arrojarlo al mar, para
aislar el contagio.
El padre
Caspar intentaba explicar que, durante la gran pestilencia que había asolado
Milán y la Italia del Norte unos doce años antes, había sido enviado junto a
otros hermanos suyos a prestar ayuda en los lazaretos, a estudiar de cerca el
fenómeno. Y por ello, sabía mucho de aquella lúes contagiosa. Hay enfermedades
que sorprenden sólo a los individuos, y en lugares y tiempos diferentes, como
el Sudor Anglicus, otras peculiares a una sola región, como la Dysenteria
Melitensis o la Elephantiasis Aegyptia, y otras, por fin, como la peste, que
atacan durante largc tiempo a todos los habitantes de muchas regiones. Ahora
bien, la peste se anuncia con manchas del sol, eclipses, cometas, aparición de
animales subterráneos que salen de sus latíbulos, plantas que se marchitan por
los miasmas: y ninguna de estas señales habíase manifestado jamás ni a bordo ni
en tierra, ni en el cielo ni en el mar.
En segundo
lugar, la peste está producida, sin duda, por aires fétidos que suben desde los
cenagales, por el descomponerse de los muchos cadáveres durante las guerras, o
incluso por invasiones de langostas que se anegan en bandadas en el mar y luego
reaparecen en las riberas. El contagio se produce precisamente a través de esas
emanaciones, que entran en la boca y, desde los pulmones, y a través de la vena
cava, alcanzan el corazón. Pero en el curso de la navegación, excepto el hedor
del agua y de la comida que, por demás, da el escorbuto y no la peste, aquellos
mareantes no habían padecido ninguna emanación maléfica, antes bien, habían
respirado aire puro y vientos salubérrimos.
El capitán
decía que los rastros de las emanaciones permanecen adheridos a las ropas y a
otros muchos objetos, y que quizá a bordo encontrábase algo que había
conservado durante largo tiempo, y luego transmitido, el contagio. Y había
recordado la historia de los libros.
El padre
Caspar habíase llevado consigo algunos buenos libros sobre la navegación,
dígase el Arte de Navegar de Medina, el lyphis Batavus del
Snellius y el De rebus oceanicis et orbe novo decades tres de Pedro de
Anghiera, y le había contado un día al capitán que los había conseguido por una
nonada, y precisamente en Milán: después de la peste, en los poyetes a lo largo
de los Navilios había sido puesta en venta toda la biblioteca de un señor
prematuramente desaparecido. Y ésta era su pequeña colección privada, que
llevaba consigo incluso por mar.
Para el
capitán era evidente que los libros, pertenecidos a un apestado, eran los
agentes del contagio. La peste se transmite, como todos saben, mediante
ungüentos ponzoñosos, y él había leído de personas que habían muerto mojándose
el dedo con la saliva mientras hojeaban obras que habían sido ungidas,
precisamente, de veneno.
El padre
Caspar se afanaba: no, en Milán, él había estudiado la sangre de los apestados
con un descubrimiento novísimo, un tecnasma que llámase lente o microscopio, y
había visto flotar en aquella sangre como unos vermiculi, y son
precisamente los elementos de ese contagium animatum, que se generan por
vis naturalis de cualquier putridez, y que luego se transmiten, propagatores
exigui, a través de los poros sudoríferos, o la boca, o alguna vez incluso
los oídos. Ahora bien, este pululaje es cosa viva, y necesita sangre para
alimentarse, no sobrevive doce y más años entre las fibras muertas del papel.
El capitán
no había querido atender razones, y la pequeña y bella biblioteca del padre
Caspar había acabado transportada por las corrientes. No bastaba: aunque el
padre Caspar se afanara diciendo que la peste puede ser transmitida por los
perros y por las moscas mas, a su ciencia, seguramente no por los ratones, todo
el marinaje habíase dado a la caza de ratas, disparando por doquier, con el
riesgo de provocar lumbres de agua en la bodega. Y por fin, puesto que a cabo
de un día la fiebre del padre Caspar continuaba, y su bubón no daba indicios de
menguar, el capitán había tomado su decisión: todos ellos habríanse trasladado
a la Isla y allá habrían aguardado a que el padre o muriera o sanara, y el
navío se purificara de todo influjo y flujo maligno.
Dicho y
hecho, toda otra ánima viva a bordo había subido al esquife, cargada de armas y
de pertrechos. Y como se preveía que, entre la muerte del padre Caspar y el
período en que el navío hubiérase purificado, habrían debido pasar dos o tres
meses, habían decidido que era necesario construir en tierra unas cabañas, y
todo aquello que podía hacer del Daphne una fábrica había sido llevado a
remolque hacia tierra.
Sin contar
con la mayor parte de los barriles de aguardiente.
—Mas no
han una buena cosa hecho —comentaba Caspar con amargura, y disgustándose por el
castigo que el cielo habíales reservado por haberlo abandonado como un alma
perdida.
En efecto,
recién llegados habían ido inmediatamente a abatir a algún animal que otro en
la espesura, habían encendido grandes fogatas, de noche, en la playa, y
habíanse dado a las huelgas, durante tres días y tres noches.
Probablemente
los fuegos habían atraído la atención de los salvajes. Aunque la Isla estaba
deshabitada, en ese archipiélago vivían hombres negros como africanos, que
debían de ser buenos navegadores. Una mañana, el padre Caspar había visto
llegar una decena de «piragvas», que procedían quién sabe de dónde, más allá de
la gran isla de occidente, y se dirigían hacia la bahía. Eran barquichuelas
excavadas en un tronco como las de los Indios del Nuevo Mundo, pero dobles: una
contenía el marinaje y la otra deslizábase sobre el agua como un trineo.
El padre
Caspar había temido al principio que se dirigieran hacia el Daphne, pero
aquéllos parecían quererlo evitar y dirigíanse hacia la calita donde habían
desembarcado los marineros. Había intentado gritar para advertir a los hombres
en la Isla, pero aquéllos dormían borrachos. En breve: los marineros
habíanselos encontrado de repente ante ellos, asomando de los árboles.
Paráronse
de un salto, los bárbaros mostraron inmediatamente intenciones belicosas, y
nadie entendía ya nada, y tanto menos dónde habían dejado las armas. Sólo el
capitán se adelantó y derribó a uno de los asaltantes con un tiro de su
pistola. Al oír el disparo, y ver al compañero que caía muerto sin que cuerpo
alguno lo hubiere tocado, los indígenas hicieron gestos de sumisión, y uno de
ellos acercóse al capitán ofreciéndole un collar que llevaba al cuello. El
capitán se inclinó, luego, evidentemente estaba buscando un objeto para dar a
cambio, diose la vuelta para pedirles algo a sus hombres.
Haciendo
de esta suerte había enseñado la espalda a los indígenas.
El padre
Wanderdrossel pensaba que a los bárbaros habíales causado enseguida gran
impresión, antes que el tiro, el porte del capitán, que era un gigante batavo
con la barba rubia y los ojos azules, cualidades que aquellos nativos atribuían
probablemente a los dioses. Mas en cuanto de aquél habían visto la espalda
(pues que es evidente que aquellos pueblos salvajes no juzgaban que las
divinidades tuvieran también una espalda), inmediatamente el jefe de los
bárbaros, con la clava que llevaba en la mano, acometióle partiéndole la
cabeza, y el capitán cayó boca abajo sin moverse ya más. Los hombres negros
habíanse precipitado sobre los marineros y, sin que supieran cómo defenderse,
habíanlos exterminado.
Había
empezado un horrible festín que duró tres días. El padre Caspar, enfermo,
siguió todo con el largomira, y sin poder hacer nada. De aquel marinaje habíase
hecho carne de matadero: Caspar habíalos visto primero desnudar (con gritos de
alegría de los salvajes que se repartían objetos y ropa), luego desmembrar,
luego cocer, y por fin comiscar con gran calma, entre tragos de una bebida
humeante y cantos que a cualquiera habríanle parecido pacíficos, si no hubieran
seguido a aquella desventurada kermese.
Luego, los
indígenas, saciados, habían empezado a enseñarse con el dedo el navío.
Probablemente no lo asociaban a la presencia de los marineros: majestuoso cual
era de árboles y de velas, incomparablemente diferente de sus canoas, no habían
pensado que fuera obra de hombre. Según el padre Caspar (que consideraba
conocer harto bien la mentalidad de los idólatras de todo el mundo, de los
cuales le contaban los viajeros jesuítas de vuelta a Roma), lo creían un
animal, y el hecho de que hubiera permanecido neutral mientras ellos se
dedicaban a sus ritos de antropófagos, habíalos convencido. Por otra parte, ya
Magallanes, aseguraba el padre Caspar, había contado cómo ciertos indígenas
creían que los galeones, venidos volando del cielo, eran las madres naturales
de los esquifes, que amamantaban dejándolos colgar de los costados, y luego
destetaban arrojándolos al agua.
Empero
alguien, probablemente, sugería ahora que si el animal era dócil y sus carnes
jugosas como las de los marineros, valía la pena apoderarse del. Y habíanse
dirigido hacia el Daphne. En ese punto, el pacífico jesuíta, para
mantenerlos alejados (la Orden suya imponíale seguir viviendo ad majorem Dei
gloriam y no morir para la satisfacción de algunos paganos cujus Deus
venter est) prendió fuego a la mecha de un cañón, ya cargado y apuntado
hacia la Isla, e hizo partir un cañonazo. El cual, con gran estruendo, y
mientras el costado del Daphne aureolábase de humo como si el animal
bufara de ira, había precipitado en medio de las barcas, volcando dos.
El
portento había sido elocuente. Los salvajes regresaron a la Isla desapareciendo
entre la espesura, y volvieron a salir a cabo de poco con coronas de flores y
hojas que lanzaron al agua, cumpliendo unos gestos de obsequio, luego apuntaron
la proa hacia el suroeste y desaparecieron detrás de la isla occidental. Habían
pagado al gran animal irritado lo que consideraban un tributo suficiente, y
seguramente no se habrían dejado ver nunca más en aquellas riberas: habían
decidido que el paraje estaba inficionado por una criatura quisquillosa y
vengativa.
He aquí la
historia del padre Caspar Wanderdrossel. Durante más de una semana, antes de la
llegada de Roberto, habíase sentido aún mal pero, gracias a preparados de su
hechura («Spiritus, Olea, Flores und andere dergleichen Vegetabilische/
Animalische/ und Mineralische Medicamenten»), ya empezaba a gozar de la
convalecencia cuando una noche había oído unos pasos en la puente.
Desde
aquel momento, por el miedo, habíase enfermado de nuevo, había abandonado su
alojamiento y habíase refugiado en aquel tabuco, llevándose consigo sus
medicamentos y una pistola, sin ni siquiera entender que estaba descargada. Y
de allí había salido sólo para buscar comida y agua. Al principio había robado
los huevos precisamente para vigorizarse, luego habíase limitado a hurtar
fruta. Habíase convencido de que el Intruso (en el relato del padre Caspar el
intruso era naturalmente Roberto) era un hombre de sabiduría, curioso del navío
y de su contenido, y había empezado a considerar que no era un náufrago, sino
el agente de algún país hereje que quería los secretos de la Specola Melitense.
Esta es la razón por la que el buen padre había dado en portarse de un manera
tan infantil, con el objetivo de empujar a Roberto a que abandonara aquel bajel
inficionado de demonios.
Le tocó
luego a Roberto contar su propia historia y, no sabiendo lo que Caspar había
leído de sus papeles, habíase demorado en particular sobre su misión y sobre el
viaje del Amarilis. El relato había sobrevenido mientras, al final de
aquella jornada, hervían un gallito y destapaban la última de las botellas del
capitán. El padre Caspar tenía que recobrar las fuerzas y hacerse sangre nueva,
y celebraban lo que ya le parecía a cada uno una vuelta al consorcio humano.
—Ridiculoso
—había comentado el padre Caspar después de haber escuchado la increíble
historia del doctor Byrd—. Tal bestialidad he yo jamás oído. ¿Por qué hacían
ellos a él ese mal? Todo pensaba de escuchado haber sobre el misterio de la
longitud, ¡mas jamás que se puede buscar usando el ungventum armarium! Si sería
posible, lo inventaba un jesuita. Esto tiene ninguna relación con longitudes,
yo te explicaré cómo bueno hago mi trabajo y tú ves cómo es diferente...
—Pero, en
suma —preguntó Roberto—, ¿Vuestra Merced buscaba las Islas de Salomón o quería
resolver el misterio de las longitudes?
—Pero
todas y dos las cosas, ¿no? ¡Tú encuentras las Islas de Salomón y tú has
conocido dónde está el meridiano ciento y ochenta, tú encuentras el meridiano
ciento y ochenta y tú sabes dónde están las Islas de Salomón!
—¿Y por
qué estas islas han de estar en este meridiano?
—Oh mein
Gott, el Señor me perdona que Su Santísimo Nombre en vano he pronunciado. In
primis, después que Salomón había el Templo construido, había una grosse flotte
hecho, como dice el Libro de los Reyes, y esta flotte llega a la Isla de Ophir,
de donde le traen (¿cómo tú dices?)... quadringenti und viginti...
—Cuatrocientos
y veinte.
—Cuatrocientos
y veinte talentos de oro, una muy grande riqueza: la Biblia dice muy poco para
decir muchíssimo, como decir pars pro toto. Y ningún lando cerca de Israel
tenía una tanto grande riqueza, quod significat que aquella flota al último
confín del mundo era llegada. Aquí.
—¿Pero por
qué aquí?
—Porque
aquí está el meridiano ciento y ochenta, que es exactamente el que la tierra en
dos separa, y por la otra parte está el primer meridiano: tú cuentas uno, dos,
tres, por trescientos y sesenta grados de meridiano, y si eres a ciento y
ochenta, aquí es media noche, y en aquel primer meridiano es medio día.
¿Verstanden? ¿Tú adivinas agora por qué las Islas de Salomón han sido así
llamadas? Salomón dixit corta niño en dos, Salomón dixit corta Tierra en dos.
—Comprendo,
si estamos en el meridiano ciento y ochenta estamos en las Islas de Salomón. ¿Y
quién le dice que estamos en el meridiano ciento y ochenta?
—Pues la
Specula Melitensis, ¿no? Si todas mis pruebas precedentes no bastarían, que el
ciento y ochenta pasa precisamente allá, me ha demostrado la Specula.
Había
arrastrado a Roberto a la cubierta indicándole la bahía:
—¿Ves
aquel promontorium al norte, allá donde grandes árboles están con grandes patas
que caminan sobre el aqua? ¿Et hora ves el otro promontorium en sur? Tú traza
una línea entre los dos promontoria, ves que la línea pasa entre aquí y la
ribera, un poco más apud la ribera que no apud la nave... ¿Vista la línea, yo
digo una geistige línea que tú ves con los ojos de la imaginatione? ¡Gut, esa
es la línea del meridiano!
El día
siguiente el padre Caspar, que no había perdido jamás el cómputo del tiempo,
advirtió que era domingo. Celebró la misa en su camarote, consagrando una
partícula de las pocas hostias que le habían quedado. A continuación retomó su
lección, primero en el camarote entre mapamundi y mapas, luego en la puente. Y
ante las protestas de Roberto, que no podía sufrir la luz plena, había sacado
de uno de sus almarios unas gafas, con los lentes ahumados, que él había usado
con éxito para explorar la boca de un volcán. Roberto había empezado a ver el
mundo con colores más tenues, a fin de cuentas agradabilísimos, y poco a poco
estábase reconciliando con los rigores del día.
Para
entender lo que sigue debo hacer una glosa, y si no la hago tampoco yo colijo.
La convicción del padre Caspar era que el Daphne se encontraba entre los
grados dieciséis y diecisiete de latitud sur y a ciento ochenta de longitud. En
cuanto a la latitud podemos fiarnos plenamente. Pero imaginémonos por un
momento que hubiera atinado también con la longitud. De los confusos apuntes de
Roberto se presume que el padre Caspar calcula por trescientos sesenta grados
plenos a partir de la Isla del Hierro, a dieciocho grados al oeste de
Greenwich, como quería la tradición desde los tiempos de Tolomeo. Por lo tanto,
si él consideraba estar en su meridiano ciento ochenta, eso significa que en
realidad estaba en el ciento sesenta y dos leste (a partir de Greenwich). Ahora
bien, las Salomón se encuentran bien dispuestas alrededor del meridiano ciento
sesenta leste, pero entre los cinco y los doce grados de latitud sur. Por lo
tanto, el Daphne se habría encontrado demasiado abajo, al oeste de las
Nuevas Hébridas, en una zona donde aparecen sólo bajíos coralinos, los que se
habrían convertido en los Recifs d'Entrecasteaux.
¿Podía el
padre Caspar calcular a partir de otro meridiano? Seguramente. Como al final de
aquel siglo dirá Coronelli en su Libro dei Globi, el primer meridiano lo
colocaban «Eratóstenes en las Columnas de Hércules, Martín de Tyr en las Islas
Afortunadas, Tolomeo en su Geografía siguió la misma opinión, pero en sus
Libros de Astronomía lo hizo pasar por Alejandría de Egipto. Entre los modernos,
Ismael Abulfeda, lo marca en Cádiz, Alfonso en Toledo, Pigafetta et Herrera han
hecho lo mismo. Copérnico lo pone en Fruemburgo; Reinoldo en Monte Real, o
Kónisberg; Kepler en Uraniburgo; Longomontano en Kopenhagen; Lansbergius en
Goes; Riccioli en Bolonia. Los atlas de Iansonio y Blaeu en Monte Pico. Para
seguir el orden de mi Geografía he puesto en este Globo el Primer Meridiano, en
la parte más occidental de la Isla del Hierro, como también para seguir el
decreto de Luis XIII, que con el Consejo de Geo. en 1634 lo determinó en este mismo lugar».
Si el
padre Caspar hubiera decidido desatender el decreto de Luis XIII y hubiera colocado el primer
meridiano, pongamos, en Bolonia, entonces el Daphne habría estado
anclado más o menos entre Samoa y Tahití. Pero allí los indígenas no tienen la
piel oscura como los que él decía haber visto.
¿Por qué
razón dar por buena la tradición de la Isla del Hierro? Se ha de partir del
principio de que el padre Caspar habla del Primer Meridiano como de una línea
fija establecida por decreto divino desde los días de la Creación. ¿Por dónde
habría considerado Dios natural hacerla pasar? ¿Por aquel lugar de incierta
ubicación, sin duda oriental, que era el jardín del Edén? ¿Por la Última Thule?
¿Por Jerusalén? Nadie hasta entonces había osado tomar una decisión teológica,
y justamente: Dios no razona como los hombres. Adán, tanto por decir, había
aparecido en la Tierra cuando estaban ya el sol, la luna, el día y la noche, y
por lo tanto, los meridianos.
Así pues,
la solución no debía plantearse en términos de Historia sino de Astronomía
Sagrada. Era necesario hacer coincidir el dictamen de la Biblia con los
conocimientos que nosotros tenemos de las leyes celestes. Ahora bien, según el
Génesis, Dios en primer lugar crea el cielo y la tierra, en este punto existían
aún las tinieblas sobre el Abismo, y spiritus Dei fovebat aquas, aunque
estas aguas no podían ser las que nosotros conocemos, que separa Dios sólo el
segundo día, dividiendo las aguas que están encima del firmamento (de las
cuales aún nos provienen las lluvias) de las que están debajo, es decir de los
ríos y de los mares.
Lo que
significa que el primer resultado de la creación era Materia Prima, informe y
sin dimensiones, cualidades, propiedades, tendencias, carente de movimiento y
de reposo, puro caos primordial, hyle que no era aún ni luz ni
tinieblas. Era una masa mal digerida donde se confundían aún los cuatro
elementos, además del frío y el calor, lo seco y lo húmedo, magma en ebullición
que estallaba en gotas ardientes, como una olla de judías, como un vientre diarroico,
una cañería atascada, un estanque en el que se dibujan y desaparecen círculos
de agua por la emersión e inmersión subitánea de larvas ciegas. Hasta tal punto
que los herejes deducían de esto que aquella materia, tan obtusa, resistente a
cualquier soplo creativo, era eterna al menos cuanto Dios.
Aunque así
fuere, era necesario un fíat divino para que de ella y en ella y sobre ella
impusiérase la alterna vicisitud de la luz y de las tinieblas, del día y de la
noche. Esta luz (y ese día) del que se habla en el segundo estadio de la
Creación no era todavía la luz que conocemos nosotros, la de las estrellas y la
de dos grandes luminares, que son creados sólo el cuarto día. Era luz creativa,
energía divina en estado puro, como la deflagración de un barril de pólvora,
que antes es sólo unos granillos negros, comprimidos en una masa opaca, y
luego, de un golpe, es un propagarse de llamaradas, un concentrado de fulgor
que se dilata hasta la propia extrema periferia, allende la cual créanse por
contraposición las tinieblas (aunque entre nosotros la explosión acaeciera de
día). Y como si de un contenido aliento, de un carbón que había parecido
rubificarse por un hálito interno, de aquella göldene Quelle des Universums hubiera
nacido una escala de excelencias luminosas gradualmente degradante hacia la más
irremediable de las imperfecciones; como si el soplo creador partiera de la
infinita y concentrada potencia luminosa de la divinidad, tan alumbrada que nos
pareciera noche oscura, abajo y abajo, a través de la relativa perfección de
los Querubines y de los Serafines, a través de los Tronos y las Dominaciones,
hasta los ínfimos desechos donde arrástrase la lombriz y sobrevive insensible
la piedra, en el linde mismo de la Nada.
—¡Y ésta
era la Offenbarung góttlicher Mayestat!
Y si el
tercer día nacen ya las hierbas y los árboles y los prados, es porque la Biblia
no habla aún del paisaje que nos alegra la vista, sino de una oscura potencia
vegetativa, apareamientos de espermas, sobresaltos de raíces dolientes y
contorcidas que buscan el sol, que, no obstante, al tercer día todavía no ha
aparecido.
La vida
llega al cuarto día, en el que créanse tanto la luna como el sol, como las
estrellas, para dar luz a la tierra y separar el día de la noche, en el sentido
en el que nosotros lo entendemos cuando computamos el curso de los tiempos. Es
ese día cuando se ordena el círculo de los cielos, desde el Primer Móvil y
desde las Estrellas Fijas hasta la Luna, con la tierra en el centro, piedra
dura apenas esclarecida por los rayos de los astros, y en derredor una
guirnalda de piedras preciosas.
Estableciendo
ellos nuestro día y nuestra noche, el sol y la runa fueron el primer y no
superado modelo de todos los relojes del porvenir, los cuales, simios del
firmamento, marcan el tiempo humano sobre el cuadrante zodiacal, un tiempo que
no tiene nada que ver con el tiempo cósmico: éste tiene dirección, un resuello
ansioso hecho de ayer, hoy y mañana, y no la sosegada respiración de la
Eternidad.
Detengámonos
entonces en este cuarto día, decía el padre Caspar. Dios crea el sol, y cuando
el sol está creado, y no antes, es natural, empieza a moverse. Pues bien, en el
momento en el que el sol inicia su curso para no detenerse ya más, en ese Blitz,
en ese raudo destello antes de que mueva el primer paso, está abrazado a
una línea precisa que divide verticalmente la tierra en dos.
—¡Y el
Primer Meridiano es donde de repente es medio día! —comentaba Roberto, que
creía haber entendido todo.
—¡Nein!
—reprimíalo su maestro—. ¿Tú crees que Dios es tan estúpido como tú? ¡¿Cómo
puede el primer día de la Creatione a medio día empezar?! ¿Acaso empiezas tú,
en prinzipio desz Heyls, la Creatione con un mal conseguido día, un
Leibesfrucht, un foetus de día de solas doce horas?
No, sin
duda. En el Primer Meridiano la carrera del sol habría debido empezar a la luz
de las estrellas, cuando era media noche más una pizca, y antes era el
No—Tiempo. En ese meridiano había tenido principio, de noche, el primer día de
la Creación.
Roberto
había objetado que, si en aquel meridiano era de noche, un día abortado lo
habría habido por la otra parte, allá donde de repente habría aparecido el sol,
sin que antes no fuera ni noche ni nada, sino sólo caos tenebroso y sin tiempo.
Y el padre Caspar había dicho que el Libro Sagrado no dice que el sol haya
aparecido como por encanto, y que no le disgustaba pensar (como toda lógica
natural y divina imponía) que Dios había creado el sol haciéndole proceder en
el cielo, durante las primeras horas, como una estrella apagada, que habríase
encendido paso a paso, en el transcurrir del primer meridiano a sus antípodas.
Quizá el sol habíase inflamado poco a poco, como madera joven tocada por la
primera chispa de un eslabón, que al principio apenas echa humo y luego, con el
soplo que la instiga, empieza a chisporrotear, para someterse, al fin, a un
fuego alto y vivaz. ¿No era bello quizá imaginar al Padre del Universo soplando
sobre aquella pelota aún verde, para llevarla a celebrar su victoria, doce horas
después del nacimiento del Tiempo, y precisamente en el Meridiano Antípoda en
el que ellos se hallaban en aquel momento?
Quedaba
por definir cuál era el Primer Meridiano. Y el padre Caspar reconocía que el de
la Isla del Hierro era aún el mejor candidato, visto que, Roberto lo había
sabido ya por el doctor Byrd, allá la aguja de marear no hace desviaciones, y
esa línea pasa por ese punto cercanísimo al Polo donde más altas son las
montañas de hierro. Lo que es, sin duda, signo de estabilidad.
Entonces,
para resumir, si aceptáramos que desde aquel meridiano había partido el padre
Caspar, y que había encontrado la justa longitud, bastaría admitir que,
trazando bien el rumbo como navegante, había naufragado como geógrafo: el Daphne
no estaba en nuestras Islas Salomón sino en alguna parte al oeste de las
Hébridas, y amén. Pero siento contar una historia que, como veremos, debe
desarrollarse en el meridiano ciento ochenta (si no, pierde todo su sabor) y
aceptar, en cambio, que se desarrolle quién sabe cuántos grados más allá o más
acá.
Ensayo
entonces una hipótesis y desafío a todos los lectores a que la desafíen. El
padre Caspar se había equivocado a tal punto que se encontraba sin saberlo en nuestro
meridiano ciento ochenta, digo en el que calculamos desde Greenwich; el
último punto de salida para el mundo en que él habría podido pensar, porque era
tierra de cismáticos antipapistas.
En ese
caso, el Daphne hallaríase en las Fiji (donde los indígenas son
precisamente muy oscuros de piel), justo en el punto donde pasa hoy nuestro
meridiano ciento ochenta, y es decir, en la isla de Taveuni.
Las
cuentas en parte saldrían. El perfil de Taveuni muestra una cadena volcánica
como la isla grande que Roberto veía hacia el oeste. Si no fuera que el padre
Caspar habíale dicho a Roberto que el meridiano fatídico pasaba justo delante
de la bahía de la Isla. Ahora bien, si nos encontramos con el meridiano al
leste, vemos a Taveuni a oriente, no a occidente; y si se ve al oeste una isla
que parece corresponder a las descripciones de Roberto, entonces tenemos al
leste seguramente islas más pequeñas (yo elegiría Qamea), pero entonces el
meridiano pasaría a espaldas del que mira la Isla de nuestra historia.
La verdad
es que con los datos que nos comunica Roberto, no es posible apurar dónde había
ido a parar el Daphne. Y luego, todas esas islitas son como los
japoneses para los europeos y viceversa: se parecen todas. Sólo he querido
probar. Un día me gustaría volver a hacer el viaje de Roberto, en busca de sus
huellas. Pero una cosa es mi geografía, y otra cosa es su historia.
Nuestro
único consuelo es que todos estos cavilos son absolutamente insignificantes
desde el punto de vista de nuestra incierta novela. Lo que el padre
Wanderdrossel le dice a Roberto es que ellos están en el meridiano ciento y
ochenta que es la antípoda de las antípodas, y allí en el meridiano ciento y
ochenta están no nuestras Islas Salomón, sino su Isla de Salomón. ¿Qué importa,
además, que esté o que no esté? Ésta será, si acaso, la historia de dos
personas que creen estar, no de dos personas que están, y cuando se escuchan
historias, y es dogma entre los más liberales, se ha de suspender la
incredulidad.
Por tanto:
el Daphne encontrábase ante el meridiano ciento y ochenta, precisamente
en las Islas de Salomón, y la Isla nuestra era, entre las Islas de Salomón, la
más salomónica, como salomónica es mi sentencia, para cortar de una vez por
todas.
—¿Y
entonces? —había preguntado Roberto al final de la explicación—. ¿De verdad
piensa Vuestra Merced encontrar en esa Isla todas las riquezas de las que
hablaba ese Mendaña?
—¡Mas
éstas son Lügen der spanischen Monarchy! ¡Nosotros estamos ante el mayor
prodigio de toda humana et sacra historia, que tú no aún entender puedes! En
París mirabas las damas y seguías la ratio studiorum de los epicúreos, en vez
de reflexionar sobre los grandes milagros de este nuestro Universum, ¡que el
Sandísimo Nombre de su Creador fíat semper laudado!
Así pues,
las razones por las que el padre Caspar había partido poco tenían que ver con
los propósitos de rapiña de los diferentes navegantes de otros países. Todo
nacía del hecho de que el padre Caspar estaba escribiendo una obra monumental,
y destinada a permanecer más perenne que el bronce, sobre el Diluvio Universal.
Como
hombre de Iglesia, pretendía demostrar que la Biblia no había mentido, mas como
hombre de ciencia quería poner de acuerdo el dictamen sagrado con el resultado
de las investigaciones de su tiempo. Y por ello había recogido fósiles,
explorado los territorios de oriente para encontrar algo en la cima del monte
Ararat, y hecho cálculos precisísimos sobre las que podían ser las dimensiones
del Arca, tales que le permitieran contener todos esos animales (y nótese,
siete parejas por cada uno), y al mismo tiempo tener la justa proporción entre
la parte que emerge y la parte inmersa, para no irse a pique con todo ese peso
o zozobrar por los embates del mar, que durante el Diluvio no debían de ser
azotes de poca entidad.
Había
hecho un bosquejo para enseñarle a Roberto el dibujo en sección del Arca, como
un enorme edificio cuadrado, de seis pisos, los volátiles arriba para que
recibieran la luz del sol, los mamíferos en cercados que pudieran brindar
hospitalidad no solamente a gatitos sino también a elefantes, y los reptiles en
una especie de sentina, donde entre el agua pudieran encontrar alojamiento
también los anfibios. Ningún espacio para los gigantes, y por ello la especie
habíase extinguido. Noé, últimamente, no había tenido el problema de los peces,
los únicos que del Diluvio no tenían qué temer.
Sin
embargo, estudiando el Diluvio, el padre Caspar había dado en enfrentarse con
un problema physicus—hydrodynamicus aparentemente insoluble. Dios, lo
dice la Biblia, hace llover sobre la tierra durante cuarenta días y cuarenta
noches, y las aguas se levantaron sobre la tierra hasta cubrir incluso los
montes más altos, se detuvieron a quince codos sobre los altísimos entre los
montes, y las aguas cubrieron así la tierra durante ciento y cincuenta días.
Perfectamente.
—¿Pero has
tú la lluvia intentado a recoger? ¡Llueve todo un día, y tú has recogido un
pequeño fondo de tonel! ¡Y si llovería por una semana, a duras penas tú llenas
el tonel! Y imagina también una ungeheuere lluvia, que precisamente no puedes
ni siquiera resistir bajo ella, que todo el cielo se vuelca sobre tu pobre
cabeza, una lluvia peor que el huracán en que has naufragado... ¡En cuarenta
días ist das unmóglich, no posible que tú llenas toda la tierra hasta
los montes más altos!
—¿Quiere
decir que la Biblia ha mentido?
—¡Nein!
¡Desde luego que no! ¡Pero yo tengo que demostrar dónde Dios ha toda esa agua
cogido, que no es posible que la ha hecho caer del cielo! ¡Esto no basta!
—¿Y
entonces?
—Et
entonces dumm bin ist nicht1, ¡estúpido soy yo no! El padre Caspar
ha una cosa pensado que de ningún ser humano antes que hoy jamás pensada era.
In primis, ha leído bien la Biblia que dice que Dios ha, sí, abierto todas las
ventanas de los cielos pero ha también hecho romper todas las Quellen, las
Fontes Abyssy Magnae, todas las fuentes del Abysso grande, Génesis siete once.
Después de que el Diluvio acabado estaba, ha fuentes del abysso cerrado,
¡Génesis ocho dos! ¿Quál cosa son estas fuentes del abysso?
—¿Quál
cosa son?
—¡Son las
aquas que en lo más profundo del mar encuéntranse! ¡Dios no ha sólo la lluvia
tomado sino también las aquas de lo más profundo del mar y halas volcado sobre
la tierra! Y halas aquí tomado porque, si los montes más altos de la tierra
están alrededor del Primer Meridiano, entre Jerusalem y la Isla del Hierro, sin
duda deben los abyssos marinos más profundos estar aquí, en el antimeridiano,
por razones de symmetria.
—Sí, mas
las aguas de todos los mares del globo no bastan para recubrir los montes, si
no, lo harían siempre. Y si Dios derramaba las aguas del mar sobre la tierra,
cubría la tierra pero vaciaba el mar, y el mar mudábase en un gran agujero
vacío, y Noé caía dentro con toda el Arca...
—Tú dices
una justísima cosa. No sólo: si Dios cogía toda el aqua de la Tierra Incógnita
y esa derramaba sobre la Tierra Cógnita, sin esta aqua en este hemisferio,
cambiaba la tierra todo su Zentrum Cravitatis y volcábase toda, y quizá saltaba
en el cielo como una pelota a la que tú das una patada.
—¿Y
entonces?
—Y
entonces prueba tú pensar qué tú harías si tú eras Dios.
Roberto
embargado por el juego:
—Si yo era
Dios —dijo, dado que considero que ya no conseguía conjugar los verbos como el
Dios del buen idioma manda—, yo creaba nueva aqua.
—Tú, pero
Dios no. Dios puede aqua ex nichilo2 creare, ¿pero dónde pone ella después
del Diluvio?
—Entonces
Dios había puesto desde el principio de los tiempos una gran reserva de agua
debajo del abismo, escondida en el centro de la tierra, y la hizo salir en
aquella ocasión, sólo durante cuarenta días, como si brotara de los volcanes.
Sin duda, la Biblia quiere decir esto cuando leemos que Él hizo reventar los
manantiales del abismo.
—¿Tú
crees? Pero de los volcanes sale el fuego. ¡Todo el Zentrum de la tierra, el
corazón del Mundus Subterraneus, es una gran masa de fuego! ¡Si en el zentrum
el fuego está, no puede el agua en ello estar! Si el agua estaría, fueran los
volcanes fuentes —concluía.
Roberto no
cejaba:
—Entonces,
si yo era Dios, yo cogía el agua de otro mundo, visto que son infinitos, y la
derramaba sobre la tierra.
—Tú has en
París oído esos ateos que de los mundos infinitos hablan. Pero Dios ha uno solo
de mundo hecho, y eso basta a su gloria. No, tú piensa mejor, y si tú no
infinitos mundos tienes, y no tienes tiempo de hacerlos precisamente para el
Diluvio y luego los tiras de nuevo a la Nada, ¿qué cosa haces tú?
—Entonces
precisamente no sé.
—Porque tú
un pequeño pensamiento tienes.
—Tendré un
pequeño pensamiento.
—Sí, muy
pequeño. Agora tú piensa. Si Dios el aqua tomar podría que fue ayer en toda la
tierra y ponerla hoy; y mañana toda el aqua tomar que fue hoy, et es ya el
doble, y ponerla pasado mañana, y así ad infinitum, ¿quizá viene el día que Él
toda esta nuestra esfera llenar consigue, hasta cubrir todas las montañas?
—No se me
dan bien los cálculos pero diría que a un cierto punto sí.
—¡Ja! En
cuarenta días llena Él la tierra con cuarenta veces el agua que se encuentra en
los mares, y si tú haces cuarenta veces la profundidad de los mares, tú cubres
ciertamente las montañas: los abismos son mucho más profundos, o tanto
profundos que las montañas altas son.
—¿Pero
dónde cogía Dios el agua de ayer, si ayer ya había pasado?
—¡Pues
aquí! Agora escuchas. Piensa que tú serías en el Primer Meridiano. ¿Puedes?
—Yo sí.
—Agora
piensas que allá medio día es y digamos medio día de jueves santo. ¿Qué hora es
en Jerusalem?
—Después
de todo lo que he aprendido sobre el curso del sol y los meridianos, en
Jerusalén el sol habrá pasado desde hace tiempo sobre el meridiano, y será
media tarde entrada. Entiendo dónde quiere llevarme. Está bien: en el Primer
Meridiano es medio día y en el Meridiano Ciento y Ochenta es media noche,
puesto que el sol ya pasó hace doce horas.
—Gut. Por
tanto aquí es media noche, por tanto la fin de jueves santo. ¿Qué acontece aquí
inmediatamente después?
—Que
empezarán las primeras horas del viernes santo.
—¿Y no en
el Primer Meridiano?
—No, allá
abajo será todavía la tarde de ese jueves.
—Wunderbar.
Ergo aquí ya es viernes, et allá es aún jueves, ¿no? Y cuando allá viernes se
vuelve, aquí es ya sábado. Así el Señor resucita aquí cuando allá todavía no es
muerto, ¿no?
—Sí, está
bien, pero no entiendo...
—Agora tú
entiendes. Cuando aquí es la media noche et un minuto, una minuscularia parte
de minuto, ¿tú dices que aquí es ya viernes?
—Desde
luego que sí.
—Pues
piensa que en ese mismo momento tú no estarías aquí en el navío sino en aquella
isla que ves, a oriente de la línea del meridiano. ¿Acaso tú dices que allí ya
viernes es?
—No, allí
es aún jueves. Es media noche menos un minuto, menos un instante, pero del
jueves.
—¡Gut! ¡En
el mismo momento aquí es viernes et allá jueves!
—Claro,
y... —Roberto habíase detenido sorprendido por un pensamiento—. ¡Y no sólo!
Vuestra Merced me hace comprender que si en ese mismo instante yo estuviera en
la línea del meridiano sería media noche en punto, mas si mirara hacia
occidente vería la media noche del viernes y si mirara hacia oriente vería la
media noche del jueves. ¡Vive Dios!
—Tú no
dices Vivediós, bitte.
—¡Perdóneme,
reverendo padre, es que es algo milagroso!
—¡Et por
tanto ante un miráculo tú no usas el nombre de Dios en vano! Dices Sacro Bosco,
más bien. ¡Pero el grande miráculo es que no hay miráculo! ¡Todo estaba
previsto ab initio! Si el sol veinte y cuatro horas emplea en dar la vuelta de
la tierra, empieza en occidente del meridiano ciento et ochenta un nuevo día,
et a oriente tenemos aún el día de antes. Media noche de viernes aquí en el
navío es media noche de jueves en la Isla. ¿Tú no sabes que cosa a los
marineros de Magallanes ha sucedido cuando acabaron en su vuelta del mundo,
como cuenta Pedro Mártir? Que son vueltos et pensaban que fuera un día antes et
era en cambio un día después, y ellos creían que Dios había castigado ellos
robándoles un día, porque no habían el ayuno del viernes santo observado. En
cambio, era muy natural: habían hacia poniente viajado. Si desde la Amérika
hacia la Asia viajas, pierdes un día, si en el sentido contrario viajas, ganas
un día: he aquí el motivo que el Daphne ha facto la vía de la Asia, y
vosotros estúpidos la vía de la Amérika. ¡Tú eres agora un día más viejo que
yo! ¿No te hace reír?
—¡Mas si
volviera a la Isla sería un día más joven! —dijo Roberto.
—Esto era
mío pequeño jocus. Pero a mí no importa si tú eres más joven o más viejo. A mí
importa que en este punto de la tierra una línea hay que de esta parte el día
de después es, y de aquella parte el día de antes. Y no sólo a media noche,
sino también a las siete, a las diez, ¡a cada hora! Dios por tanto cogía de
este abysso el aqua de ayer (que tú ves allá) y la volcaba sobre el mundo de
hoy, y el día después aún ¡y así en adelante! ¡Sine miraculo, naturaliter!
¡Dios había la Naturaleza predispuesto como un grande Horologium! Es como si yo
habría un horologium que marca no las doce pero las veinte y cuatro horas. En
este horologium muévese la lanza o saeta hacia las veinte y cuatro, et a la
derecha de las veinte y cuatro era ayer et a la izquierda hoy.
—¿Pero
cómo hacía la tierra de ayer para quedarse parada en el cielo, si ya no había
agua en ese hemisferio? ¿No perdía su Centrum Gravitatis?
—Tú
piensas con la humana conceptione del tiempo. Para nosotros los hombres existe
el ayer ya no, y el mañana aún no. Tempus Dei, quod dicitur Aevum, muy
diferente.
Roberto
razonaba que si Dios quitaba el agua de ayer y la ponía hoy, quizá la tierra de
ayer tenía una sacudida por vía de aquel maldito centro de gravedad, aunque a
los hombres esto no les debía importar: en su ayer la sacudida no había tenido
lugar, y tenía lugar, en cambio, en un ayer de Dios, que evidentemente sabía
manejar diversos tiempos y diversas historias, como un Narrador que escriba
diversas novelas, todas con los mismos personajes, haciéndoles acaecer casos
diferentes de historia a historia. Como si hubiera habido un Cantar de Roldan
en el que Roldan moría bajo un pino, y otro en el que se convertía en rey de
Francia a la muerte de Carlos, usando la piel de Ganelón como alfombra.
Pensamiento que, como se dirá, habríale acompañado más tarde durante mucho
tiempo, convenciéndole de que no solamente los mundos pueden ser infinitos en
el espacio, sino también paralelos en el tiempo. Pero de esto no quería
hablarle al padre Caspar, que consideraba ya hereticísima la idea de los muchos
mundos todos presentes en el mismo espacio y quién sabe qué habría dicho de
aquella glosa suya. Se limitó, pues, a preguntar cómo había hecho Dios para
mover toda aquella agua de ayer a hoy.
—¡Con la
eruptione de los volcanes submarinos, natürlich! ¿Piensas? Ellos soplan
abrasadores vientos, ¿y qué sucede cuando una olla de leche caliéntase? La
leche hínchase, sube hacia arriba, sale de la olla, espárcese por los fogones.
¡Pero en aquel tiempo era no leche, sed aqua hirviente! ¡Grosse catastróphe!
—¿Y cómo
quitó Dios toda aquella agua después de los cuarenta días?
—Si no
llovía más, estaba el sol, et por tanto evaporaba el agua poco a poco. La
Biblia dice que ciento y cincuenta días necesarios fueron. Si tú la veste en un
día lavas et secas, secas la tierra en ciento y cincuenta. Y además mucha aqua
ha en enormes lagos subterráneos refluido, que agora aún entre la superficie y
el fuego zentral están.
—Casi me
ha convencido —dijo Roberto, a quien no le importaba tanto cómo habíase movido
aquella agua, como el hecho de que él se encontraba a dos pasos de ayer—. Mas
llegando aquí, ¿qué ha demostrado Vuestra Merced que no había podido demostrar
antes con la luz de la razón?
—La luz de
la razón la dejas a la vieja theologia. Hoy quiere la ciencia la prueba de la
experientia. Et la prueba de la experientia es que yo aquí estoy. Además antes
que yo llegaba aquí he hecho muchos sondeos, et sé cuánto profundo el mar allá
abajo es.
El padre
Caspar había abandonado su explicación geoastronómica y habíase explayado en la
descripción del diluvio. Hablaba ahora su latín erudito, moviendo los brazos
para evocar los diferentes fenómenos celestes e inferiores, a grandes pasos
sobre el combés. Lo había hecho precisamente mientras el cielo sobre la bahía
estaba nublándose y anunciábase un temporal como los que llegaban sólo, de
repente, en el mar del Trópico. Ahora bien, habiéndose roto todas las fuentes
del abismo y las ventanas de los cielos, ¡qué horrendum et formidandum
spectaculum habíase ofrecido a Noé y a su familia!
Los
hombres se refugiaban en un principio sobre los tejados, pero sus casas eran
barridas por las corrientes que llegaban de las Antípodas con la fuerza del
viento divino que las había levantado y empujado; trepaban sobre los árboles,
pero éstos eran arrancados como pajillas; veían aún unas cimas de antiquísimas
encinas y a ellas agarrábanse, pero los vientos los zarandeaban con tal rabia
que no conseguían mantener la presa. Ya en el mar que cubría valles y montes
veíanse flotar cadáveres inflados, en los que los últimos pájaros espantados
intentaban encaramarse como en atrocísimo nido; mas, perdiendo pronto también
este último refugio, cedían extenuados entre la tempestad, las plumas pesadas,
las alas ya desmayadas.
—Oh,
horrenda justitiae divinae spectacula —exultaba el padre Caspar, y era nada,
aseguraba, respecto de lo que nos será dado ver el día en que Cristo vuelva a
juzgar a vivos y muertos...
Y al gran
estruendo de la naturaleza respondían los animales del Arca, a los aullidos del
viento hacían eco los lobos, al rugir de los truenos hacía de contrapunto el
león, al escalofrío de las centellas bramaban los elefantes, ladraban los
perros a la voz de sus congéneres moribundos, lloraban las ovejas ante los
lamentos de los niños, graznaban las cornejas al graznar de la lluvia sobre el
tejado del Arca, mugían los bueyes al mugir de las ondas, y todas las criaturas
de la tierra y del aire con su calamitoso piar o quejumbroso maullar tomaban
parte en el luto del planeta.
Fue en
esta ocasión, aseguraba el padre Caspar, cuando Noé y su familia volvieron a
descubrir la lengua que Adán había hablado en el Edén, y que sus hijos habían
olvidado después de que los expulsaran y que los mismos descendientes de Noé
habrían perdido, casi todos, el día de la gran confusión babélica, excepto los
herederos de Gomer que habíanla llevado a las selvas del norte, donde el pueblo
alemán habíala custodiado fielmente. Solamente la lengua alemana, ahora gritaba
en su lengua materna el padre Caspar poseído, «redet mit der Zunge, donnert mit
dem Himmel, blitzet mit den schnellen Wolken», o como luego inventivamente
seguía, mezclando los aspérrimos sonidos de idiomas diferentes, sólo la lengua
alemana habla la lengua de la naturaleza, «blitza con los Nubes, brumma con el
cierfo, gruntza con el Schwaino, tzissca con el Anguicolo, maua con el Kato,
schnattera con el Ansérculo, cuaquera con la Gansa, kakkakakka con la Gallina,
klappera con la Cigonia, krakka con el Korbaccho, schwirra con la Hirundine!».
Y al final él estaba ronco por tanto babelizar, y Roberto convencido de que la
verdadera lengua de Adán, vuelta a hallar con el Diluvio, arraigase sólo en las
landas del Sacro Romano Emperador.
Chorreante
de sudor, el religioso había terminado su evocación. Casi como si estuviera
asustado por las consecuencias de todos los diluvios, el cielo había convocado
hacia sí a la tempestad, como un estornudo que parece ya ya que va a explotar y
luego es contenido con un gruñido.
22 LA
PALOMA NARANJADA
En los
días siguientes habíase hecho evidente que la Specola Melitense era
inaccesible, porque tampoco el padre Wanderdrossel sabía nadar. La barca estaba
aún allá abajo, en la calita, y por tanto era como si no estuviera.
Ahora que
tenía a disposición a un hombre joven y vigoroso, el padre Caspar habría sabido
cómo hacer construir una balsa con un gran remo pero, lo había explicado,
materiales e instrumentos habíanse quedado en la Isla. Sin ni siquiera un hacha
no se podían abatir los palos o las entenas, sin martillos no se podían sacar
de quicio las puertas, y clavarlas entre ellas.
Por otra
parte, el padre Caspar no parecía demasiado preocupado por aquel prolongado
naufragio, es más, se congratulaba sólo de haber recobrado el uso de su
alojamiento, de la cubierta y de algunos instrumentos para continuar estudios y
observaciones.
Roberto no
había entendido todavía quién era el padre Caspar Wanderdrossel. ¿Un sabio? Sin
duda sí, o por lo menos un erudito, y un curioso tanto de ciencias naturales
como divinas. ¿Un exaltado? Seguramente. En un determinado momento, había
dejado traslucir que aquel navío había sido equipado no a cargo de la Compañía,
sino al suyo propio, o más bien, de un hermano suyo, mercader enriquecido y
loco como él; en otra ocasión, habíase dejado llevar a una que otra queja hacia
algunos hermanos suyos que le habrían «latroneado tantas fecundísimas Ideas»
después de haber fingido repudiarlas como jerigonzas. Lo que dejaba pensar que
allá abajo, en Roma, aquellos reverendos padres no hubieran visto mal la
partida de aquel personaje sofista y, considerando que se embarcaba a cargo
suyo, y que había buenas esperanzas de que a lo largo de aquellos derroteros
impracticables se perdiera, habíanlo alentado para quitárselo de encima.
Las
compañías que Roberto había tenido en Provenza y en París habían sido de tal
especie que volvíanlo vacilante ante las afirmaciones de física y filosofía
natural que oía hacer al viejo. Pero lo hemos visto, Roberto había absorbido el
saber al que estaba expuesto como si fuera una esponja, sin cuidarse demasiado
de no creer en verdades contradictorias. Quizá no era que le faltara el gusto
por el sistema, era elección.
En París,
el mundo le había parecido una escena en la que se representaban apariencias
engañosas, donde cada uno, espectador, quería seguir todas las noches, y
admirar, un caso diferente, como si las cosas usuales, aunque milagrosas, ya no
iluminaran a nadie, y sólo las insólitamente inciertas o inciertamente
insólitas fueran capaces de excitarles todavía. Los antiguos pretendían que
para una pregunta existiera una sola respuesta, mientras que el gran teatro
parisino habíale ofrecido el espectáculo de una pregunta a la que se respondía
de los modos más variados. Roberto había decidido conceder sólo la mitad del
propio espíritu a las cosas en las que creía (o que creía creer), para tener la
otra disponible en el caso de que fuere verdad lo contrario.
Si ésta
era la disposición de su ánimo, podemos entender entonces por qué no estaba muy
motivado para negar incluso las más o menos fidedignas entre las revelaciones
del padre Caspar. De todos los relatos que había oído, el que le había hecho el
jesuita era, sin duda, el menos usual. ¿Por qué considerarlo entonces falso?
Desafío a
quienquiera a que se halle abandonado en un navío desierto, entre cielo y mar
en un espacio perdido, y a que no esté dispuesto a soñar que, en esa gran
desgracia, no le haya tocado en suerte, a lo menos, haber ido a parar en el
centro del tiempo.
Podía, así
pues, incluso divertirse oponiendo a aquellos relatos múltiples objeciones,
pero más a menudo portábase como los discípulos de Sócrates, que casi
imploraban su derrota.
Por otra
parte, ¿cómo rechazar el saber de una figura ya paterna, que de golpe lo había
conducido de una condición de náufrago anonadado a la de pasajero de un navío
del cual alguien tenía conocimiento y gobierno? Fuere la autoridad del hábito,
fuere la condición de señor original de aquel castillo marino, el padre Caspar
representaba a sus ojos el Poder, y Roberto había aprendido bastante de las
ideas del siglo para saber que a la fuerza es menester asentir, por lo menos en
apariencia.
Si luego
Roberto empezaba a dudar de su anfitrión, inmediatamente aquél, acompañándole a
explorar de nuevo el navío y enseñándole instrumentos que habían escapado a su
atención, le permitía aprender tantas y tales cosas que se conquistaba su
confianza.
Por
ejemplo, habíale hecho descubrir redes y anzuelos de pesca.
El Daphne
estaba anclado en aguas pobladísimas, y no era cuestión de agotar los
bastimentos de a bordo si era posible obtener pescado fresco. Roberto,
moviéndose ahora de día con sus lentes ahumados, había aprendido enseguida a
arrojar las redes y a echar el anzuelo, y sin gran esfuerzo había capturado
animales de tal desmedida medida que más de una vez había corrido el riesgo de
ser arrastrado allende la borda por la fuerza del golpe con el que picaban.
Los tiraba
en la puente y el padre Caspar parecía conocer de cada uno la naturaleza e
incluso el nombre. Si luego los nombraba según naturaleza o los bautizaba a
libito suo, Roberto no sabía decirlo.
Si los
peces de su hemisferio eran grises, a lo sumo plata viva, éstos se presentaban
azules con aletas guinda, tenían barbas azafrán, u hocicos cardenales. Había
pescado un múgil con dos cabezas ojillenas, una en cada extremo del cuerpo,
empero el padre Caspar habíale hecho notar cómo la segunda cabeza era, en
cambio, una cola así decorada por la naturaleza, agitando la cual el animal
asustaba a sus adversarios también desde atrás. Fue capturado un pez con el
vientre maculado, con tiras de atramento en el dorso, todos los colores del
arco iris en torno al ojo, un hocico cabruno, pero el padre Caspar hizo que lo
echara de nuevo e inmediatamente al mar, pues que sabía (¿relatos de los
hermanos, experiencia de viaje, leyenda de marineros?) que era más venenoso que
un boleto de los muertos.
De otro
pez, ojo amarillo, boca túmida y dientes como clavos, el padre Caspar había
dicho inmediatamente que era criatura de Belcebú. Que se lo dejara sofocar en
la puente hasta que muerte no siguiere, y luego fuérase por donde había venido.
¿Lo decía por ciencia adquirida o juzgaba por el aspecto? Por lo demás, todos
los peces que Caspar juzgaba comestibles revelábanse buenísimos; e incluso de
uno había sabido decir también que estaba mejor hervido que asado.
Iniciando
a Roberto en los misterios de aquel mar salomónico, el jesuíta había sido
también más preciso en dar noticias sobre la Isla, la cual el Daphne, al
llegar, había circunnavegado completamente. Hacia el este tenía unas pequeñas
playas, mas demasiado expuestas a los vientos. Inmediatamente después del
promontorio sur, donde luego habían dado fondo con la barca, había una bahía
tranquila, salvo que el agua era demasiado baja para fondear el Daphne. Aquél,
donde ahora el navío estaba, era el punto más apercibido: acercándose a la Isla
habríase encallado en un fondo bajo, y alejándose más habríanse encontrado en
lo vivo de una corriente harto fuerte, que recorría el canal entre las dos
islas de suroeste a noreste; y fue fácil demostrárselo a Roberto. El padre
Caspar le pidió que arrojara el corpachón muerto del pez de Belcebú, con toda
la fuerza que tenía, hacia el mar de occidente, y el cadáver del monstruo,
mientras vióselo flotar, fue arrastrado con vehemencia por aquel flujo
invisible.
Tanto
Caspar como los marineros habían explorado la Isla, si no toda, en gran parte:
lo suficiente para poder decidir que la coronilla del monte, que habían elegido
para instalar la Specola, era la más apropiada para dominar con el ojo toda
aquella tierra, vasta como la ciudad de Roma.
Había en
el interior una cascada, y una hermosísima vegetación: no sólo cocos y
plátanos, sino también algunos árboles con el tronco en forma de estrella,
cuyas puntas se sutilizaban como hojas de cuchillo.
De los
animales, algunos habíalos visto Roberto en la entrepuentes: la Isla era un
paraíso de pájaros, y había incluso zorros voladores. Habían avistado en la
espesura unos cerdos, mas no habían conseguido capturarlos. Había serpientes,
aunque ninguna habíase demostrado venenosa o feroz, mientras ilimitada era la
variedad de los lagartos.
Pero la
fauna más rica hallábase a lo largo de la barbacana de coral. Tortugas,
cangrejos, y ostras de todas las formas, difíciles de comparar con las que se
encuentran en nuestros mares, grandes como cestas, como ollas, como bandejas, a
menudo difíciles de abrir, mas una vez abiertas mostraban masas de carne
blanca, blanda y grasa que eran verdaderos manjares. Desdichadamente no podían
llevarse al navío: en cuanto estaban fuera del agua, corrompíanse al calor del
sol.
No habían
visto ninguna de las grandes bestias feroces de las que son ricas otras
regiones del Asia, ni elefantes, ni tigres ni cocodrilos. Y, por otra parte,
nada que se asemejara a un buey, a un toro, a un caballo o a un perro. Parecía
que en aquella tierra todas las formas de vida hubieran sido concebidas no por
un arquitecto o por un escultor, sino por un orfebre: los pájaros eran
cristales coloreados, pequeños los animales del bosque, planos y casi
transparentes los peces.
No les
había parecido ni al padre Caspar ni al capitán, ni a los marineros, que en
aquellas aguas hubiera tiburones, que se podrían notar incluso de lejos, a
causa de aquella aleta, afilada como un hacha. Y decir que en aquellos mares
encontrábanse por doquier. Ésta, que delante y en derredor de la Isla faltaban
los tiburones, era según mi opinión una ilusión de aquel antojadizo explorador,
o quizá era verdad lo que él argumentaba, es decir, que habiendo un poco más al
oeste una gran corriente, aquellos animales preferían moverse allá abajo, donde
estaban seguros de encontrar sustento más abundante. Como quiera que fuere, le
va bien a la historia que seguirá que ni Caspar ni Roberto temieran la
presencia de tiburones, si no, no habrían tenido luego ánimo de bajar al agua y
yo no sabría qué contar.
Roberto
seguía estas descripciones, se prendaba cada vez más de la Isla lejana,
intentaba imaginarse la forma, el color, el movimiento de las criaturas de las
que el padre Caspar le hablaba. Y los corales, ¿cómo eran estos corales, que él
conocía sólo como joyas que por poética definición tenían el color de los
labios de una bella mujer?
Sobre los
corales el padre Caspar se quedaba sin palabras y se limitaba a levantar los
ojos al cielo con una expresión de dicha. Aquesos de los que hablaba Roberto
eran los corales muertos, como muerta era la virtud de aquellas cortesanas a
las que los libertinos aplicaban aquella abusada comparación. Y en la
escollera, corales muertos los había, y eran éstos los que herían a quien
tocare aquellas piedras. Mas en nada podían competir con los corales vivos, que
eran, cómo decir, flores submarinas, anémonas, jacintos, alheñas, ranúnculos,
ramilletes de violetas. Qué va, esto no decía nada, eran una fiesta de agallas,
nueces, nebrinas, capullos, cadillos, vástagos, cogollos, nervios; no, no, eran
otra cosa, móviles, coloreados como el jardín de Armida, e imitaban a todos los
vegetales del campo, del huerto y del bosque, desde el cedro a la amanita y a
la berza...
Él había
visto corales en otras partes, gracias a un instrumento construido por un
hermano suyo (y yendo a hurgar en un cajón de su camarote el instrumento
aparecía): era como una máscara de cuero con un gran ocular de cristal, y el
orificio superior ribeteado y reforzado, con un par de cintas que permitían
asegurarlo a la nuca, de suerte que adhiriera a la cara, desde la frente hasta
la barbilla. Navegando sobre un bote con el fondo plano, que no se encallara en
el terraplén sumergido, se doblaba la cabeza hasta rozar el agua y se veía el
fondo: mientras que si uno hubiera sumergido la cabeza desnuda, aparte el
escozor de los ojos, no habría visto nada.
Caspar
pensaba que el artilugio, que llamaba Perspicillum, Ocular, o Persona Vitrea
(máscara que no esconde, antes, revela), habría podido ser llevado también por
quien hubiera sabido nadar entre las rocas. No era que el agua no entrara antes
o después en el interior, mas por un poco de tiempo, conteniendo la
respiración, se podía seguir mirando. Después de lo cual, habría sido menester
emerger de nuevo, vaciar aquella vasija y volver a empezar desde el principio.
—Si tú a
natar aprenderías, podrías estas cosas allá abajo ver —decía Caspar a Roberto.
Y Roberto,
imitándole:
—Si yo
nadaría, ¡mi pecho fuera una bota!
Y sin
embargo reconvenía no poder ir allá abajo.
Y además,
además, estaba añadiendo el padre Caspar, en la Isla estaba la Paloma de Llama.
—¿La
Paloma de Llama? ¿Qué es? —preguntó Roberto.
Y el ansia
con la que lo preguntó nos parece exorbitante. Como si la Isla le prometiera
desde hacía tiempo un emblema oscuro, que sólo ahora volvíase luminosísimo.
Explicaba
el padre Caspar que era difícil describir la belleza de este pájaro, y había
que verlo para poder hablar del. Él lo había divisado con el largomira el mismo
día de la llegada. Y desde lejos era como ver una esfera de oro inflamado, o de
flama áurea, que desde la cima de los árboles más altos saeteaba hacia el
cielo. Recién llegado a tierra había querido saber más, y había instruido a los
marineros para que lo localizaran.
Había sido
acechanza harto larga, hasta que habían entendido entre qué árboles vivía.
Emitía un sonido completamente particular, una especie de «toe toe», como el
que se obtiene chasqueando la lengua contra el paladar. Caspar había entendido
que, produciendo este reclamo con la boca, o con los dedos, el animal
respondía, y alguna vez habíase dejado entrever mientras volaba de rama en
rama.
Caspar
había vuelto más veces a acechar, pero con un cristal de larga vista y, por lo
menos una vez, había visto bien el pájaro, casi inmóvil: la cabeza era oliva
oscuro — no, quizá espárrago como las patas — y el pico color alfalfa se
extendía, como una máscara, a engastar el ojo, que parecía un grano de trigo de
Indias, con la pupila de un negro rutilante. Tenía un gollete breve y dorado
como la punta de las alas, pero el cuerpo, desde el pecho hasta las plumas de
la cola, que, finísimas, parecían los cabellos de una mujer, era (¿cómo
decir?). No, rojo no era la palabra apropiada...
Rojo,
rubro, rubicundo, rubio, rufo, rojeante, rosicler, sugería Roberto. Nein,
nein, irritábase el padre Caspar. Y Roberto: como una fresa, una
clavellina, una frambuesa, una guinda, un rabanillo; como las bayas del acebo,
el vientre del tordo o del zorzal, la cola del colarrubia, el pecho del
pechicolorado... Que no, no, insistía el padre Caspar, en lucha con la suya y
con las otras lenguas para encontrar las palabras adecuadas: y, a juzgar por la
síntesis que luego extrae Roberto, tampoco se entiende ya si el énfasis es del
informador o del informado, debía de ser del color jubiloso de una toronja, de
una naranja, era un sol alado; en definitiva, cuando se la veía en el cielo
blanco era como si el alba arrojara una granada sobre la nieve. ¡Y cuando se cimbraba
al sol era más fulgurante que un querubín! Este pájaro naranjado, decía el
padre Caspar, ciertamente no podía sino vivir en la Isla de Salomón, porque era
en el Cántico de aquel gran Rey donde se hablaba de una paloma que se levanta
como la aurora, resplandeciente como el sol, terribilis ut castrorum acies
ordinata. Era, como dice otro salmo, con las alas cubiertas de plata y las
plumas con los reflejos del oro.
Con este
animal, Caspar había visto otro casi igual, excepto que las plumas no eran
naranjadas, sino verdiazules, y por la manera en que los dos solían ir
emparejados en la misma rama, debían de ser macho y hembra. Que pudieran ser
palomas lo decía su forma, y su arrullo tan frecuente. Cuál de los dos era el
macho era difícil de decirse, y por otra parte había impuesto a los marineros
que no los mataran.
Roberto
preguntó cuántas palomas podía haber en la Isla. Por lo que sabía el padre
Caspar, que todas las veces había visto una sola pelota bermellón salir
disparada hacia las nubes, o siempre una pareja única entre las altas frondas,
en la Isla podía haber incluso sólo dos palomas, y una sola naranjada.
Suposición que hacía desvivirse a Roberto por aquella belleza peregrina. Que,
si lo aguardaba, lo aguardaba siempre desde el día de antes.
Por otra
parte, si Roberto quería, decía el padre Caspar, estando horas y horas al
largomira, habría podido verla incluso desde el navío. Con tal de que se
hubiera quitado aquellos lentes tiznados. A la respuesta de Roberto, que los
ojos no se lo permitían, Caspar había hecho algunas observaciones displicentes
sobre ese mal de mujerzuela, y había aconsejado los líquidos con los que se
había curado su bubón (Spiritus, Olea, Flores).
No resulta
claro si Roberto los usara, si se ejercitara poco a poco en mirar a su
alrededor sin anteojos, primero al alba y al crepúsculo y luego a pleno día, y
si aún los llevara cuando, como veremos, intenta aprender la natación. El hecho
es que, de este momento en adelante, los ojos dejan de mencionarse para
justificar cualquier fuga o contumacia. Así que es lícito recabar que poco a
poco, quizá por la acción curativa de aquellos aires balsámicos o del agua
marina, Roberto sanara de una afección que, verdadera o presunta, lo convertía
en licántropo desde hacía más de diez años (si de verdad el lector no querrá
insinuar que desde este momento yo lo deseo todo el tiempo en la puente y, no
encontrando desmentidas entre sus papeles, con autorial arrogancia lo libro de
todo mal).
Pero quizá
Roberto quería curarse para ver a toda costa a la paloma. Y habríase arrojado
inmediatamente a la amurada para pasar el día escudriñando árboles, si no
hubiera sido distraído por otra cuestión no resuelta.
Una vez
terminada la descripción de la Isla y de sus riquezas, el padre Caspar había
observado que tantas amenísimas cosas no podían sino encontrarse allí, en el
meridiano antípoda. Roberto había preguntado entonces:
—Reverendo
padre, Vuestra Merced hame dicho que la Specola Melitense hale confirmado que
está en el meridiano antípoda, y yo le creo. Mas no ha ido a levantar la
Specola en todas las islas que ha encontrado en su viaje, sino en ésta
solamente. ¡Y entonces, de alguna manera, antes de que la Specola se lo dijera,
Vuestra Merced debía estar seguro ya de haber encontrado la longitud que
buscaba!
—Tú
piensas muy justo. Si yo aquí habría sin saber venido que yo aquí era aquí, no
podía yo saber que era aquí... Agora explicóte. Como sabía que la Specola era
único instrumento justo, para llegar donde probar la Specola, debía falsos
métodos usar. Et así he fecho.
23 TEATRO
DE LOS INSTRUMENTOS Y FIGURAS MECÁNICAS
Visto que
Roberto era incrédulo y pretendía saber cuáles eran, y cuan inútiles, los
diferentes métodos para hallar las longitudes, el padre Caspar habíale objetado
que, siendo todos errados si se tomaban uno a uno, tomados todos juntos podían
equilibrar los diferentes resultados, y compensar defectos individuales.
—¡Y ésta
est mathematica!
Desde
luego, un reloj después de millares de millas no da la certeza de marcar bien
el tiempo del lugar de partida. Pero ¿y muchos y varios relojes, algunos de
especial y cuidada construcción, como los que Roberto había descubierto en el Daphne?
Tú comparas sus tiempos inexactos, compruebas diariamente las respuestas
del uno sobre los decretos de los otros, y alguna seguridad la obtienes.
¿El loch o
barquilla como quisiérasela llamar? No funcionan los habituales, pero he aquí
qué había construido el padre Caspar: una cajita, con dos varillas verticales,
de suerte que una enrollaba y la otra desenrollaba un cuerda de longitud fija
equivalente a un número fijo de millas; y la vara enrollante estaba coronada
por muchas paletas, que como en un molino giraban bajo el impulso de los mismos
vientos que inflaban las velas, y aceleraban o disminuían su movimiento, y más
o menos enrollaban cuerda, según la fuerza y la dirección directa u oblicua del
soplo, registrando, pues, también las desviaciones debidas al trincar la nao, o
al ir contra viento. Método no segurísimo entre todos, pero óptimo si alguien
hubiera comparado sus resultados con los de otras medidas.
¿Los
eclipses lunares? Seguro que si se los observa durante el viaje, resultaban
infinitos yerros. Pero por el momento, ¿qué decir de los observados en tierra?
—Tenemos
que haber muchos observadores et en muchos lugares del mundo, et bien
dispuestos a colaborar a la mayor gloria de Dios, y a no hacerse injurias o
desaires y resentimientos. Escucha: en 1612, el ocho de noviembre, en Macao, el
reverendísimo pater Julius de Alessis registra un eclipse desde las ocho y
treinta de la tarde hasta las once y treinta. Informa dello al reverendísimo
pater Carolus Espínola, que en Nagasaki, en Japonia, el mismo eclipse a las
nueve y treinta de la misma noche observaba. Y el pater Christophorus Schnaidaa
había el mismo eclipse visto en Ingolstatio a las cinco de la tarde. La
differentia de una hora hace quince grados de meridiano, et ergo, ésta es la
distantia entre Macao y Nangasaki, no diez y seis grados et veinte como dice
Blaeu. ¿Verstanden? Naturalmente para estas observaciones es necesario cuidarse
de la umbraco y del humo, tener relojes justos, no dejarse escapar el initium
totalis inmersionis, et tener justa media entre initium et finis eclipsis,
observar los momentos intermedios en los que se oscurecen las manchas, et
coetera. Si los lugares lejanos son, un pequeñísimo error no hace gran
differentia, pero si los lugares próximos son, un error de pocos minutos hace
gran differentia.
Aparte de
que sobre Macao y Nagasaki me parece que tenía más razón Blaeu que no el padre
Caspar (y esto prueba qué maraña eran de verdad las longitudes en aquel
tiempo), así es como, recogiendo y enlazando las observaciones hechas por sus
hermanos misionarios, los jesuítas habían establecido un Horologium Catholicum,
que no quería decir que era un reloj devotísimo al Papa, sino un reloj
universal. Era, en efecto, una especie de planisferio en el que estaban
marcadas todas las sedes de la Compañía, desde Roma hasta los confines del
mundo conocido, y de cada lugar se indicaba la hora local. Así, explicaba el
padre Caspar, él no había tenido necesidad de llevar la cuenta del tiempo desde
el principio del viaje, sino sólo desde la última atalaya del mundo cristiano,
cuya longitud era indiscutible. Por tanto, las márgenes de error habíanse
reducido mucho, y entre una estación y otra podíanse usar métodos que en
absoluto no daban garantía alguna, como la variación de la aguja o el cálculo
sobre las manchas lunares.
Por
suerte, sus hermanos estaban realmente un poco por doquier, desde Pernambuco a
Goa, desde Mindanao al Puerto Sancti Thomae, y si los vientos le impedían dar
fondo en un puerto, inmediatamente había otro. Por ejemplo, en Macao, ah,
Macao, sólo al pensamiento de aquella aventura el padre Caspar se conturbaba.
Era un dominio portugués, los Chinos llamaban a los europeos hombres de larga
nariz precisamente porque los primeros que desembarcaron en sus costas habían
sido los portugueses que, la verdad, tienen una nariz larguísima, y también los
jesuítas que iban con ellos. Así pues, la ciudad era una sola corona de
fortalezas blancas y azules sobre la colina, controladas por los padres de la
Compañía, que tenían que ocuparse también de cosas militares, visto que la
ciudad estaba amenazada por los herejes holandeses.
El padre
Caspar había decidido poner rumbo a Macao, donde conocía a un hermano doctísimo
en ciencias astronómicas, pero había olvidado que estaba navegando en un fluyt.
¿Qué
habían hecho los buenos padres de Macao? Avistado un navío holandés, habían
echado mano de los cañones y culebrinas. Inútil que el padre Caspar se
desbrazara como loco en la proa y hubiera hecho izar inmediatamente la insignia
de la Compañía, aquellos malditos narices largas de sus hermanos portugueses,
arropados en el humo marcial que los invitaba a una santa matanza, ni siquiera
lo habían advertido, y adelante con su lluvia de balas todo en torno del Daphne.
Pura gracia de Dios si el navío había podido moderar las velas, virar y
huir a malas penas hacia alta mar, con el capitán que en su lengua luterana
lanzaba groserías contra aquellos padres de poca ponderación. Y esta vez tenía
razón él: está bien echar a pique a los holandeses, pero no cuando hay un
jesuíta a bordo.
Por
suerte, no era difícil encontrar otras misiones a no mucha distancia, y habían
dirigido la proa hacia la más hospitalaria Mindanao. Y de este modo, de etapa
en etapa, tenían bajo control la longitud (y Dios sabe cómo, añado, visto que
llegando a un palmo de Australia debían de haber perdido todo punto de
referencia).
—Et hora
tenemos Novissima Experimenta hacer, para clarissime et evidenter demonstrar
que nosotros en el ciento y ochenta meridiano estamos. Si no, mis hermanos de
Colegio Romano piensan que yo soy un malamokko.
—¿Nuevos
experimentos? —preguntó Roberto—. ¿No acababa de decirme que la Specola le ha
dado al fin la seguridad de que se encuentra en el meridiano ciento y ochenta y
ante la Isla de Salomón?
Sí,
contestó el jesuíta, él estaba seguro: había puesto en liza los diferentes
métodos imperfectos encontrados por los demás, y la concordancia de tantos
métodos débiles no podía sino ofrecer una certidumbre harto fuerte, como sucede
con la prueba de Dios por el consensus gentium, que bien es verdad que
los que creen en Dios son muchos hombres propensos al error, pero es imposible
que todos se equivoquen, desde las selvas de África hasta los desiertos de la
China. Así sobreviene que nosotros creemos en el movimiento del sol y de la
luna y de los demás planetas, o en el poder oculto de la celidonia, o que en el
centro de la tierra se halla un fuego subterráneo; desde hace miles y miles de
años, los hombres lo han creído, y creyéndolo han conseguido vivir en este
planeta y obtener muchos efectos útiles por el modo en que han leído el gran
libro de la naturaleza. Mas un gran descubrimiento como aquél debía ser
confirmado por muchas otras pruebas, de suerte que incluso los escépticos
rindiéranse a la evidencia.
Y además,
la ciencia no debe perseguirse sólo por amor del saber, sino para hacer
partícipes a los propios hermanos. Y por tanto, dado que a él habíale costado
tanto esfuerzo encontrar la longitud justa, debía buscar agora ratificación a
través de otros métodos más fáciles, de suerte que aqueste saber se convirtiere
en patrimonio de todos nuestros hermanos:
— O por lo
menos de los hermanos cristianos, antes, de los hermanos cathólicos, porque los
herejes holandeses o ingleses, o peor aún, moravos, sería harto mejor que de
estos secretos no vendrían jamás en conocimiento.
Ahora
bien, de todos los métodos de tomar la longitud, él daba por seguros dos. Uno,
bueno para la tierra firme, era precisamente aquel tesoro de todo método que
era la Specola Melitense; el otro, bueno para las observaciones en la mar, era
el del Instrumentum Arcetricum, que yacía en la bodega y todavía no había sido
puesto por obra, dado que primeramente se trataba de obtener, mediante la
Specola, la certidumbre sobre la propia posición, y luego ver si aquel
Instrumentum la confirmaba, después de lo cual habría podido ser considerado
segurísimo entre todos.
Este
experimento, el padre Caspar habríalo hecho mucho antes, si no hubiera
acontecido todo lo que había acontecido. Pero había llegado el momento, y
habría sido precisamente aquella misma noche: el cielo y las efemérides decían
que era la noche propicia.
¿Qué era
el Instrumentum Arcetricum? Era un utensilio prefigurado muchos años antes por
Galilei. Nótese, prefigurado, contado, prometido, jamás realizado antes de que
el padre Caspar se pusiera al trabajo. Y a Roberto que le preguntaba si aquel
Galilei era el mismo que había forjado una condenadísima hipótesis sobre el
movimiento de la tierra, el padre Caspar contestaba que sí, cuando habíase
entremetido en cosas de metafísica y de sagradas escrituras ese Galilei había
dicho cosas pésimas, pero como mecánico era hombre de genio, y grandísimo. Y a
la pregunta si no estaba mal usar las ideas de un hombre que la Iglesia había
reprobado, el jesuíta había contestado que a la mayor gloria de Dios pueden
concurrir también las ideas de un hereje, si herejes en sí no son. E
imaginémonos si el padre Caspar, que acogía todos los métodos existentes, no
jurando sobre ninguno sino sacando partido de su porfiado conciliábulo, no
habría debido sacar partido también del método de Galilei.
Antes, era
muy útil tanto para la ciencia como para la fe, aprovechar lo antes posible la
idea de Galilei; aqueste había intentado ya vendérsela a los holandeses, y por
suerte que aquéllos, como los españoles algunas décadas antes, habían
desconfiado.
Galilei
había extraído caprichos de una premisa que en sí era justísima, y es decir,
robar la idea del anteojo de larga vista a los flamencos (que lo usaban sólo
para mirar los navíos en el puerto), y apuntar aquel instrumento hacia el
cielo. Y allí, entre tantas otras cosas que el padre Caspar no soñaba poner en
duda, había descubierto que Júpiter, Jove lo llamaba ese Galilei, tenía cuatro
satélites, como decir cuatro lunas, jamás vistas desde los orígenes del mundo
hasta aquellos tiempos. Cuatro estrellitas que giraban a su alrededor, mientras
él giraba alrededor del sol. Y veremos que para el padre Caspar, que Júpiter
girara alrededor del sol era admisible, con tal de que se dejara en paz a la
tierra.
Ahora
bien, que nuestra luna entre a veces en eclipse, cuando pasa por la sombra de
la tierra era cosa bien conocida, así como era noto a todos los astrónomos
cuándo habríanse verificado los eclipses lunares, y hacían texto las
efemérides. Nada sorprendente, pues, si también las lunas de Júpiter tenían sus
eclipses. Es más, al menos para nosotros, tenían dos, un eclipse verdadero y
una ocultación.
En efecto,
la luna desaparece de nuestros ojos cuando la tierra se interpone entre ella y
el sol, pero los satélites de Júpiter desaparecen de nuestra vista dos veces,
cuando pasan detrás de Júpiter y cuando pasan por delante, convirtiéndose en un
todo con su luz, y con un buen anteojo de larga vista se pueden seguir
perfectamente sus apariciones y desapariciones. Con la ventaja inestimable de
que, mientras los eclipses de luna suceden sólo a cada muerte de obispo, y
tardan un tiempo larguísimo, los de los satélites jupiterinos suceden a menudo,
y son muy rápidos.
Supongamos
ahora que la hora y los minutos de los eclipses de cada satélite (pasando cada
uno sobre una órbita de diferente amplitud) hayan sido verificados exactamente
en un meridiano conocido, y sean fe de ello las efemérides; a este punto, basta
conseguir establecer la hora y el minuto en el que el eclipse se muestra en el
meridiano (ignoto) en que se está, y la cuenta se saca pronto y es posible
deducir la longitud del lugar de observación.
Es verdad
que había inconvenientes menores, de los que no valía la pena hablarle a un
profano, pero la empresa habría estado al alcance de un buen calculador, que
dispusiere de un medidor de tiempo, es decir un perpendiculum, o péndulo, u
Horologium Oscillatorium como se quisiere llamar, capaz de medir con absoluta
exactitud incluso la diferencia de un solo segundo; item, tuviere dos relojes
normales que le dijeran fielmente la hora de principio y final del fenómeno,
tanto sobre el meridiano de observación como sobre el de la Isla del Hierro;
item, mediante la tabla de los senos supiere medir la cantidad del ángulo hecho
en el ojo por los cuerpos examinados; ángulo que, si entendido como posición de
las manecillas de un reloj, habría expresado en minutos, primos y segundos la
distancia entre dos cuerpos y su progresiva variación.
Con tal de
que, es de provecho repetirlo, se poseyeran esas buenas efemérides que Galilei
ya viejo y enfermo no había conseguido completar, pero que los hermanos del
padre Caspar, ya tan buenos para calcular los eclipses de luna, habían estilado
ahora a la perfección.
¿Cuáles
eran los inconvenientes mayores, sobre los que se habían exacerbado los
adversarios de Galileo? ¿Que se trataba de observaciones que no se podían hacer
con el simple ojo y que era necesario un buen anteojo de larga vista o
telescopio como se quisiera llamar ya? Pues el padre Caspar tenía uno de
excelente hechura, como ni siquiera Galilei lo habría soñado. ¿Que la medida y
el cálculo no estaban al alcance de los marineros? ¡Si todos los otros métodos
para las longitudes, exceptuando quizá la barquilla, requerían incluso un
astrónomo! Si los capitanes habían aprendido a usar el astrolabio, que desde
luego no era cosa al alcance de cualquier profano, bien habrían aprendido a
usar el anteojo.
Empero,
decían los pedantes, observaciones tan exactas que requieren mucha precisión,
se podían hacer si acaso desde tierra, no en un navío en movimiento, donde
nadie consigue tener quieto un anteojo sobre un cuerpo celeste que no se ve a
simple ojo... Pues bien, el padre Caspar estaba allá para demostrar que, con un
poco de habilidad, las observaciones podían hacerse también en un navío en
movimiento.
Y
últimamente, algunos españoles habían objetado que los satélites en eclipse no
aparecían de día, y tampoco en las noches tempestuosas. «¿Quizá ellos creen que
uno da una palmada y he aquí illico et inmediate los eclipses de luna a su
disposición?», se irritaba el padre Caspar. ¿Y quién había dicho nunca que la
observación debía ser realizada en todo momento? Quien ha viajado de la una a
las otras Indias sabe que el tomar la longitud no puede requerir de mayor
frecuencia que la que se requiere para la observación de la latitud, y ni
siquiera ésta, ni con el astrolabio ni con la ballestilla, se puede hacer en
los momentos de gran conmoción del mar. Que se la supiera tomar bien, esta
bendita longitud, aunque fuere sólo una vez cada dos o tres días, y entre una y
otra observación habríase podido llevar la cuenta del tiempo y del espacio
transcurrido, como hacíase ya, usando una barquilla. Salvo que hasta ese
momento habíanse reducido a hacer sólo eso durante meses y meses.
—Aquesos
me parecen —decía el buen padre aún más desdeñado— como homo que en una gran
carestía tú socorres con un cesto de pan, y en vez de hacer gratias, contúrbase
de que en la mesa también un cerdo asado o una liebre no pones a él. ¡Oh
Sacrobosco! ¿Quizá que tú tirabas al mar los cañones de este nao sólo porque
sabrías que de cien tiros noventa hacen pluf en agua?
He aquí
cómo, por tanto, el padre Caspar empeñó a Roberto en la preparación de un
experimento que había de hacerse en una noche como la que se estaba anunciando,
astronómicamente oportuna, con cielo claro, pero con el mar en mediocre
agitación. Si el experimento se hacía en una noche de bonanza, explicaba el
padre Caspar, era como hacerlo desde tierra, y allá se sabía que habría tenido
éxito. El experimento debía permitir, en cambio, al observador visos de bonanza
sobre un buque movido de popa a proa, de una a otra banda.
En primer
lugar, había sido cosa de recuperar, entre los relojes que en los días pasados
habían sido tan maltratados, uno que aún funcionara como es debido. Uno solo,
en aquel caso afortunado, y no dos: en efecto, se lo conformaba a la hora local
con una buena observación diurna (lo que fue hecho) y, como estaban seguros de
estar en el meridiano antípoda, no había razón de tener un segundo reloj que
marcara la hora de la Isla del Hierro. Bastaba con saber que la diferencia era
de doce horas exactas. Media noche aquí, medio día allá.
Parándose
a pensar, esta decisión parece descansar sobre un círculo vicioso. Que se
estuviera en el meridiano antípoda era algo que el experimento tenía que
probar, y no dar por sobreentendido. Pero el padre Caspar estaba tan seguro de
sus observaciones previas que deseaba solamente confirmarlas, y además,
probablemente, después de todas aquellas zozobras, en el navío ya no quedaba un
solo reloj que marcara aún la hora de la otra cara del globo, y era menester
superar aquel impedimento. Por otra parte, Roberto no era tan agudo para notar
el vicio escondido de ese procedimiento.
—Cuando yo
digo ya, tú miras la hora, y escribes. Et inmediatamente das un golpe al
perpendículo.
El
perpendículo estaba sostenido por un pequeño castillo de metal, que hacía de
horca a una varilla de cobre que terminaba en un péndulo circular. En el punto
más bajo, donde pasaba el péndulo, había una rueda horizontal, en la que
estaban colocados unos dientes, hechos de suerte que un lado del diente
estuviera derecho en escuadra sobre el plano de la rueda, y el otro oblicuo.
Reciprocando aquí y allá, el péndulo, al ir, golpeaba gracias a un estilete que
sobresalía una hebra de seda, que a su vez tocaba un diente por la parte
derecha, y movía la rueda; pero cuando el péndulo volvía, la hebra tocaba
apenas el lado oblicuo del diente, y la rueda permanecía parada. Marcando los
dientes con unos números, cuando el péndulo se detenía, se podía contar la
cantidad de dientes movidos y, por tanto, calcular el número de las partículas
de tiempo transcurridas.
—Así tú no
eres obligado a contar cada vez uno, dos, tres et coetera, pero que al final
cuando yo digo basta, paras el perpendículo et cuentas los dientes,
¿entendido? Et escribes cuántos dientes. Luego miras el reloj et escribes hora
ésta o aquélla. Y cuando de nuevo ya digo, tú a eso das un muy
gallardo impulso, et eso empieza de nuevo la oscillatione. Simplice, que hasta
un niño entiende.
Desde
luego no se trataba de un gran perpendículo, el padre Caspar lo sabía bien,
pero sobre aquel argumento empezábase apenas a discutir y sólo un día habría
sido posible construirlos más perfectos.
—Cosa
difficillima, y tenemos aún mucho que aprender, aunque si Dios no prohibiera
die Wette... Cómo tú dices, le par i...
—La
apuesta.
—Eso. Si
Dios no prohibiría, yo podría hacer apuesta que en el futuro todos van a buscar
longitudes y todos otros phenomena terrestres con perpendículo. Pero muy es
difficile en un navío, et tú debes poner mucha atención.
Caspar le
dijo a Roberto que dispusiera los dos aparejos, junto con lo necesario para
escribir, en el alcázar, que era el observatorio más elevado de todo el Daphne,
allá donde habrían montado el Instrumentum Arcetricum. Del pañol de víveres
habían llevado al castillo aquellos trastos que Roberto había entrevisto
mientras todavía daba la caza al Intruso. Eran de fácil transporte, excepto la
palangana de metal, que había sido izada hasta la puente entre imprecaciones y
ruinosos desastres, porque no pasaba por las escotillas. El padre Caspar, de
seco que era, ahora que tenía que realizar su proyecto, demostraba una energía
física igual a su voluntad.
Montó casi
solo, con un instrumento suyo para ajustar los bollones, una armazón de
semicírculos y varillas de hierro, que se demostró sostén de forma redonda, al
cual se fijó con las argollas el lienzo circular, de suerte que al final
obteníase como un gran balde en forma de medio orbe esférico, con un diámetro
de unos dos metros. Fue preciso embrearlo para que no dejara pasar el aceite
maloliente de las pipejas, con el que ahora Roberto estábalo llenando,
quejándose por la gran fetidez. Pero el padre Caspar le remembraba, seráfico
como un capuchino, que no servía para sofreír cebollas.
—¿Y para
qué sirve, en cambio?
—Probamos
en este pequeño mar una más pequeña nave poner —y hacíase ayudar para colocar
en el gran balde de lienzo la palangana metálica, casi plana, con un diámetro
poco inferior al del recipiente—. ¿No has jamás uno oído que dice que el mar
está liso como el aceite? Pues, tú ves ya, la puente ladéase hacia izquierda et
el aceite de la gran bañera ladea hacia la derecha, et viceversa, o sea, a ti
así parece; en verdad, el aceite mantiénese siempre equilibrado, sin jamás
levantarse o bajarse, y paralelo al horizonte. Sucedería también si agua
habría, pero sobre el aceite está la pequeña palangana como sobre mar en
bonanza. Et yo ya un pequeño experimento en Roma he fecho, con dos pequeños
baldes, el mayor lleno de agua y el menor de arena, y en la arena ensartado un
pequeño gnomon, et yo ponía la pequeña a flotar en la grande, y la grande
movía, y tú podías el gnomon derecho como un campanario ver, ¡no inclinado como
las torres de Bolonia!
—Wunderbar
—aprobaba políglota Roberto—. ¿Y agora?
—Quitamos
agora la palangana pequeña, que tenemos en ella toda una máquina montar.
La carena
de la palangana tenía unos pequeños muelles en el exterior, de suerte que,
explicaba el padre, una vez que navegara con su carga en la pila más grande,
debía permanecer separada a lo menos un dedo del fondo del contenedor; y si el
excesivo movimiento de su anfitrión la hubiere empujado demasiado al fondo (qué
anfitrión, preguntaba Roberto; ahora tú ves, contestaba el padre) aquellos
muelles debían permitirle volver a subir a flote sin sacudidas. En el fondo
interno había de hincarse un asiento con el respaldo inclinado, que permitiera
a un hombre estar en él casi tumbado mirando hacia lo alto, apoyando los pies
en una plancha de hierro que hacía de contrapeso.
Colocada
la palangana en la puente, y habiéndola hecho estable con una que otra cuña, el
padre Caspar se acomodó en el sitial, y le explicó a Roberto cómo montar sobre
sus hombros, atándosela a la cintura, una armadura de correas y bandoleras de
tela y de cuero, a la que había que asegurar, también, una toca en forma de
celada. La celada dejaba un agujero para un ojo, mientras a la altura del nasal
asomaba una barra coronada por una argolla. En ella se introducía el anteojo,
del cual pendía un bastón rígido que terminaba en guisa de garfio. La Hipérbole
de los Ojos podía moverse libremente hasta que se hubiere localizado el astro
escogido; una vez que éste estaba en el centro de la lente, enganchábase el
hasta rígida a las bandoleras pectorales, y desde ese momento estaba
garantizada una visión fija contra eventuales movimientos de aquel cíclope.
—¡Perfecto!
—se regocijaba el jesuita.
¡Cuando
hubiérase colocado la palangana a flotar sobre la bonanza del aceite, habríanse
podido fijar incluso los cuerpos celestes más huidores sin que conmoción alguna
del mar en trasiego pudiera hacer que se desviara el ojo horoscopante de la
estrella escogida!
—Y esto ha
el señor Galilei descrito et yo he fecho.
—Es muy
hermoso —dijo Roberto—. Mas agora ¿quién pone todo esto en la pila del aceite?
—Agora yo
desenlazo a mí mismo y bajo, luego nosotros ponemos la vacía palangana en el
aceite, luego yo monto de nuevo.
—No creo
que sea fácil.
—Mucho más
fácil que la palangana conmigo dentro poner.
Aunque con
algún esfuerzo, se izó la palangana con su asiento para que flotara en el
aceite. Luego el padre Caspar, con el yelmo y la armadura, y el anteojo de
larga vista montado sobre la celada, intentó montar sobre el andamio, con
Roberto que lo sostenía, con una mano asiéndole la mano, y con la otra
empujándole el fondo de la espalda. El intento se repitió más veces, y con
escaso éxito.
No era que
el castillo metálico que sostenía la pila mayor no pudiera sostener también un
huésped, pero le negaba razonables puntos de estación. Que si luego el padre
Caspar intentaba, como hizo algunas veces, apoyar sólo un pie en el borde
metálico, poniendo inmediatamente el otro dentro de la palangana menor, ésta,
en el ímpetu del embarco, tendía a moverse sobre el aceite hacia el lado
opuesto del contenedor, abriendo en compás las piernas del padre, el cual
lanzaba gritos de alarma hasta que Roberto lo agarraba por la cintura y lo
volvía a atraer hacia sí, como decir hacia la tierra firme del Daphne, renegando
Roberto en el intervalo sobre la memoria del Galilei y alabando a aquellos
verdugos de sus perseguidores. Intervenía en este punto el padre Caspar, el
cual, abandonandose en los brazos de su salvador, le aseguraba en un gemido que
aquellos perseguidores verdugos no eran, sino hombres de iglesia dignísimos,
consagrados sólo a la preservación de la verdad, y que con Galilei habían sido
paternales y misericordiosos. Luego, siempre acorazado e inmovilizado mirando
hacia el cielo, el anteojo de larga vista perpendicular sobre el rostro, como
un Polichinela con nariz mecánica, recordaba a Roberto que Galilei, por lo
menos en aquella invención, no había errado y que sólo era necesario probar y
reprobar.
—Y por
tanto, mein lieber Robertus —decía luego—, ¿quizá has tú a mí olvidado y crees
que era una tortuca, que se captura con la panza al aire? Ea, empuja a mí de
nuevo, ansí, haz que toco ese borde, ansí, ansí, que al hombre le conviene la
statura erecta.
En todas
estas infelices operaciones no se daba que el aceite permaneciera tranquilo
como el aceite, y a cabo de poco, ambos experimentadores encontráronse
gelatinosos y, lo que es peor, oleabundos, si el contexto le permite este cuño
al cronista, sin que haya que imputársela a la fuente.
Mientras
ya el padre Caspar se desesperaba de poder acceder a aquella silla, Roberto
observó que quizá era menester vaciar antes el recipiente del aceite, después
colocar en él la palangana, hacer subir al padre, y por fin, volver a echar el
aceite, cuyo nivel subiendo, también la palangana, y el vidente con ella,
habríanse elevado flotando.
Así se
hizo, con grandes elogios del maestro a la agudeza del alumno, mientras se
aproximaba la media noche. No es que el conjunto diera la impresión de una gran
estabilidad, pero, si el padre Caspar estaba atento a no moverse
desconsideradamente, se podía esperar bien.
En un
determinado momento Caspar triunfó:
—¡Yo agora
veo ellos!
El grito
lo obligó a mover la nariz, el anteojo de larga vista, que era más bien pesado,
corrió el riesgo de resbalar del ocular, el padre movió el brazo para no
aflojar la presa, el movimiento del brazo desequilibró el hombro y la palangana
estuvo a punto de volcarse. Roberto abandonó papel y relojes, sostuvo a Caspar,
restableció el equilibrio del conjunto y recomendó al astrónomo que
permaneciera inmóvil, haciéndole hacer a aquel ocular suyo desplazamientos
cautísimos, y sobre todo sin expresar emociones.
El próximo
anuncio fue dado en un susurro que, magnificado por la enorme celada, pareció
resonar ronco como un tartáreo clarín:
—Yo veo a
ellos de nuevo —y con gesto comedido aseguró el anteojo al pectoral—. ¡Oh,
Wunderbar! Tres estrellitas son de Júpiter en oriente, una sola en occidente...
La más cercana parece más pequeña, et est... Espera... Ya está, a cero minutos
et treinta secundos de Júpiter. Tú escribes. Agora va a tocar Júpiter, dentro
de poco desaparece, atento a escribir la hora que ella desaparece...
Roberto,
que había dejado su puesto para socorrer al maestro, había vuelto a coger la
tablilla en la que debía marcar los tiempos, pero habíase sentado dejando los
relojes a sus espaldas. Diose la vuelta de golpe, e hizo caer el péndulo. La
varilla se desenfiló de su cabestro. Roberto la asió e intentó volverla a
introducir, pero no lo conseguía. El padre Caspar estaba gritando ya que
marcara la hora, Roberto giróse hacia el reloj, y en el gesto golpeó con la
pluma el tintero. Por impulso, lo levantó, para no perder todo el líquido, e
hizo caer el reloj.
—¿Has tú
tomado la hora? ¡Ya con el perpendículo! —gritaba Caspar.
Y Roberto
contestaba:
—No puedo,
no puedo.
—¡¿Cómo
puedes tú no, sandio?! —Y no oyendo respuesta seguía gritando— ¡¿Cómo puedes tú
no, mentecato?! ¿Has marcado, has escrito, has empujado? Está desapareciendo,
¡ya!
—He
perdido, no, no he perdido, he roto todo —dijo Roberto.
El padre
Caspar alejó el anteojo de la celada, miró de soslayo, vio el péndulo en
pedazos, el reloj volcado, Roberto con las manos embadurnadas de tinta, no se
contuvo y explotó en un «¡Himmelpotzblitzsherrgottsakrament!» que le sacudió
todo el cuerpo. En este movimiento inconsulto había hecho inclinarse demasiado
la palangana y había resbalado en el aceite del balde; el anteojo habíasele
escapado tanto de la mano como de la coraza, y luego, favorecido por el
cabeceo, habíase ido rueda que te rueda por todo el castillo, rebotando por la
escalerilla y, despeñándose en la puente, había sido arrojado contra la culata
de un cañón.
Roberto no
sabía si socorrer antes al hombre o al instrumento. El hombre, volteando los
brazos como aspas en aquella rancidez, habíale gritado sublime que velara por
el largomira, Roberto habíase precipitado a perseguir aquella hipérbole
fugitiva, y la había encontrado abollada y con las dos lentes quebrantadas.
Cuando por
fin Roberto había sacado del aceite al padre Caspar, que parecía una chuleta
preparada para la sartén, éste había dicho simplemente, con heroica tozudez,
que no todo estaba perdido.
Un
telescopio igualmente poderoso lo había, engoznado en la Specola Melitense. No
quedaba sino ir a cogerlo a la Isla.
—¿Mas
cómo? —había dicho Roberto.
—Con la
natatione.
—Si
Vuestra Merced ha dicho que no sabe nadar, ni podría, a su edad...
—Yo no, tú
sí.
—¡Mas ni
siquiera yo la sé, esa maldita natatione!
—Aprende.
24 DIÁLOGO
SOBRE LOS SISTEMAS DEL MUNDO
Lo que
sigue tiene una naturaleza incierta: no entiendo si se trata de crónicas de los
diálogos que se desarrollaron entre Roberto y el padre Caspar, o de apuntes que
el primero tomaba de noche para rebatir con despejo, de día, al segundo. Como
quiera que sea, es evidente que, durante todo el período en el que había
permanecido a bordo con el viejo, Roberto no había escrito cartas a la Señora.
Así como, poco a poco, de la vida nocturna estaba pasando a la vida diurna.
Por
ejemplo, hasta entonces había mirado la Isla de primera mañana, y tiempos
brevísimos, o al atardecer, cuando se perdía el sentido de los límites y de las
lejanías. Solamente ahora descubría que el flujo y el reflujo, es decir, el
juego alterno de las mareas, por una parte del día llevaba las aguas a regalar
la franja de arena que las separaba de la selva, y por la otra, hacíalas
retraerse dejando al descubierto un paraje de escollos que, explicaba el padre
Caspar, era la última estribación de la barbacana coralina.
Entre el
flujo, o la creciente, y el reflujo, explicábale su compañero, pasan unas seis
horas, y éste es el ritmo de la respiración marina bajo la influencia de la
Luna. No como querían algunos en los tiempos idos, que este movimiento de las
aguas atribuíanselo al huelgo de un monstruo de los abismos, y por no hablar de
aquel señor francés que afirmaba que, incluso si la tierra no se mueve de oeste
a este, con todo y eso, cabecea, por así decir, de norte a sur y viceversa, y
en este movimiento periódico es natural que el mar ascienda y descienda, como
cuando uno se encoge de hombros, y el hábito sube y baja por el cuello.
Misterioso
problema, el de las mareas, porque cambian según las tierras y los mares, y la
posición de las costas con respecto a los meridianos. Como regla general,
durante la luna nueva, se produce la alta marea a medio día y a media noche,
pero luego, día a día, el fenómeno retrasa cuatro quintos de hora, y el ignaro
que no lo sabe, viendo que a la hora tal de un día tal un determinado canal era
navegable, se aventura en él a la misma hora del día después, y encalla en un
bajío. Por no hablar de las corrientes que las mareas suscitan, y algunas son
tales que, en el movimiento de reflujo, un navío no consigue llegar a tierra.
Y además,
decía el viejo, por cada lugar en el que uno se encuentre, es necesario un
cómputo diferente, y son necesarias las Tablas Astronómicas. Intentó, es más,
explicarle a Roberto aquellos cálculos: es necesario observar el retraso de la
luna, multiplicando los días de la luna por cuatro y dividiendo luego por
cinco, o lo contrario. El caso es que Roberto no entendió nada, y veremos más
adelante cómo esta ligereza suya fuele causa de graves tedios. Limitábase
solamente a seguir asombrándose de que la línea del meridiano, que habría
debido correr entre cabo y cabo de la Isla, a veces pasara por el mar, a veces
por los escollos, y no daba nunca en la cuenta de cuál era el momento justo.
También porque, flujo o reflujo que fuere, el gran misterio de las mareas
importábale bastante menos que el gran misterio de esa línea allende la cual el
Tiempo iba hacia atrás.
Hemos
dicho que no tenía una gran propensión a no creer en lo que el jesuita le
contaba. Aunque a menudo divertíase provocándole, para hacerle que contara aún
más, y con ese designio, acudía a todo el repertorio de argumentaciones que
había oído en los cenáculos de aquellos hombres de bien que el jesuita
consideraba, si no emisarios de Satán, por lo menos tragaldabas y borrachones
que habían hecho de la taberna su Liceo. En definitiva, no obstante,
resultábale difícil rechazar la física de un maestro que, según los principios
de esa misma física suya, estábale enseñando ahora a nadar.
Como
primera reacción, no habiéndosele ido de la cabeza su naufragio, había afirmado
que por nada en el mundo habría vuelto a tomar contacto con el agua. El padre
Caspar habíale hecho observar que precisamente durante el naufragio esa agua lo
había sostenido, signo, pues, de que era elemento afectuoso y no enemigo.
Roberto había contestado que el agua había sostenido no a él, sino a la madera
a la que él habíase atado, y para el padre Caspar había sido un juego de niños
hacerle observar que si el agua había sostenido una madera, criatura sin alma,
codiciosa del precipicio como sabe quienquiera que haya tirado una madera desde
lo alto, a mayor razón era apropiada para sostener a un ser viviente dispuesto
a secundar la natural tendencia de los líquidos. Roberto habría debido saber,
si alguna vez había tirado al agua un perrillo, que el animal, moviendo las
patas, no sólo vagaba sobre el licuor, sino que volvía prestamente a la ribera.
Y, añadía Caspar, quizá Roberto no sabía que si se pone en el agua a los niños
de pocos meses, saben nadar, porque la naturaleza nos ha hecho natátiles como a
cualquier otro animal. Desdichadamente, somos más propensos que los animales al
prejuicio y al error, y por eso, creciendo, adquirimos falsas nociones sobre
las virtudes de los líquidos, de suerte que temor y desconfianza nos hacen
perder ese don natal.
Roberto
entonces le preguntaba si él, el reverendo padre, había aprendido a nadar, y el
reverendo padre contestaba que él no pretendía ser mejor que muchos otros que
habían evitado hacer cosas buenas. Había nacido en un pueblo alejadísimo del
mar y había hollado un navío solamente a una edad tardía cuando, decía, ya su
cuerpo era todo un apolillarse el cuero cabelludo, empañarse la vista, gotear
la nariz, zumbar las orejas, amarillear la dentadura, entumecerse la cerviz,
atragantarse el gaznate, contraer podagra los talones, marchitarse la corambre,
blanquearse los pelos, crujir las tibias, temblar los dedos, trompicar los
pies, y su pecho era un único remondar catarros entre gargajos de baba y chupar
de saliva.
Empero,
precisaba inmediatamente, al ser su mente más ágil que su esqueleto, él sabía
lo que los sabios de la antigua Grecia habían descubierto ya, es decir que si
se sumerge un cuerpo en un líquido, este cuerpo recibe sostén y empuje hacia
arriba por tanta agua como la que mueve, pues el agua intenta ocupar el espacio
del cual ha sido desterrada. Y no es verdad que está a nado o no según la
forma, y habíanse engañado los antiguos, según los cuales una cosa plana va
sobre el agua y una puntiaguda se va a pique; si Roberto hubiera intentado
introducir con fuerza en las aguas, qué sé yo, una botella (que plana no es)
habría advertido la misma resistencia que si hubiera intentado empujar una
bandeja.
Se
trataba, así pues, de tomar confianza con el elemento, y luego todo habría
acontecido por sí mismo. Y proponía que Roberto se descolgara por la
escalerilla de cuerda que colgaba en la proa, que él llamaba escala de Jacob,
pero, para su tranquilidad, permaneciendo atado a un cabo, o gúmena o sondaleza
como quisiere llamarse, largo y robusto, asegurado a la amurada. Por lo cual,
cuando hubiera temido hundirse, no tenía sino que tirar de la cuerda.
No es
necesario decir que aquel maestro de un arte que no había practicado jamás no
había considerado una infinidad de accidentes concordantes, pasados por alto
también por los sabios de la antigua Grecia. Por ejemplo, para permitirle
libertad de movimiento, lo había dotado de un cabo de notable longitud, de
suerte que la primera vez que Roberto, como cualquier aspirante a la natación,
había ido a parar bajo la flor del agua, había tenido que tirar y tirar, y
antes de que la sondaleza le hubiera sacado fuera, había engullido ya tanta
agua salada como para querer renunciar, por aquel primer día, a cualquier otro
intento.
El
comienzo había sido, sin embargo, alentador. Bajada la escala y recién tocada
el agua, Roberto había dado en la cuenta de que el líquido era agradable. Del
naufragio tenía un recuerdo gélido y violento, y el descubrimiento de un mar
casi caliente lo espolaba ahora a proceder en la inmersión hasta que, siempre
aferrándose a los brandales, había dejado que el agua le llegara a la barbilla.
Creyendo que aquello era nadar, habíase regodeado, abandonándose al recuerdo de
los espacios parisinos.
Desde que
había llegado al navío había hecho, lo hemos visto, alguna que otra ablución,
pero como un gatito que se lamiera el pelo con la lengua, ocupándose sólo del
rostro y de las partes vergonzosas. Por el resto, y siempre más, a medida que
perdía los estribos en la caza del Intruso, los pies habíansele untado con la
inmundicia de la bodega y el sudor habíale pegado la ropa al cuerpo. En
contacto con ese calorcito que le lavaba al mismo tiempo el cuerpo y la ropa,
Roberto recordaba cuando había descubierto, en el palacio Rambouillet, dos
baños a disposición de la marquesa, cuyas preocupaciones por el cuidado del
cuerpo eran objeto de conversación en una sociedad donde lavarse no era cosa
frecuente. Incluso los más exquisitos entre sus huéspedes consideraban que la
limpieza consistía en la frescura de la lencería, que era señal de elegancia
cambiar a menudo, no en el uso del agua. Y las muchas esencias fragrantés con
las que la marquesa les aturdía no eran un lujo, sino (para ella) una
necesidad, con la cual poner una defensa entre sus narices sensibles y los
untuosos aromas de sus huéspedes.
Sintiéndose
más gentilhombre de lo que lo era en París, Roberto, mientras con una mano
manteníase bien aferrado a la escala, con la otra estregaba camisa y calzones
contra su cuerpo sucio, rascando entre tanto el talón de un pie con los dedos
del otro.
El padre
Caspar lo seguía con curiosidad, pero callaba, queriendo que Roberto estrechara
amistad con el mar. Sin embargo, temiendo que la mente de Roberto se extraviara
por excesivo desvelo hacia el cuerpo, tendía a distraerla. Hablábale por tanto
de las mareas y de las virtudes atractivas de la luna.
Intentaba
hacerle apreciar un acontecimiento que tenía en sí mismo algo increíble: que si
las mareas responden a la llamada de la luna, deberían producirse cuando la
luna está, y no cuando viaja por la otra parte de nuestro planeta. Y en cambio,
flujo y reflujo continúan por ambas partes del globo, casi persiguiéndose de
seis horas en seis horas. Roberto prestaba oído al discurso de las mareas y
pensaba en la luna; en la cual, todas aquellas noches pasadas, había pensado
más que en las mareas.
Había
preguntado cómo era posible que nosotros, de la luna, veamos siempre una y sólo
una cara, y el padre Caspar había explicado que la luna gira como una pelota
suspendida, mediante un hilo, por un atleta que le hace dar vueltas, el cual no
puede ver sino el lado que le está en frente.
—Mas
—habíale desafiado Roberto—, esta cara la ven tanto los Indios como los
Españoles; en cambio, en la luna, no sucede eso con respecto a su luna, que
algunos llaman Volva, y es luego nuestra tierra. Los Subvolvanos que habitan en
la cara dirigida hacia nosotros la ven siempre, mientras los Privolvanos, que
moran en el otro hemisferio, la ignoran. Imagine Vuestra Merced cuando se
transfieran a esta parte: ¡quién sabe qué sentirán viendo resplandecer en la
noche un círculo quince veces mayor que nuestra luna! ¡Se esperarán que se les
caiga encima de un momento a otro, como los antiguos Galos temían siempre que
se les cayera el cielo sobre la cabeza! ¡Por no hablar de los que moran justo
en el límite entre los dos hemisferios, y que ven a Volva siempre en el punto
de surgir en el horizonte!
El jesuíta
había usado ironías y jactancias sobre aquella patraña de los habitantes de la
luna, pues los cuerpos celestes no son de la misma naturaleza que nuestro
planeta, y no son apropiados, por tanto, para dar albergue a criaturas vivas,
por lo cual era mejor dejárselos a las legiones angélicas, que podían moverse
espiritualmente en el cristal de los cielos.
—¿Mas cómo
podrían ser los cielos de cristal? Si así fuere los cometas atravesándolos los
quebrantarían.
—¿Pero
quién ha dicho a ti que los cometas pasaban en las regiones etéreas? Los
cometas pasan en la región sublunar, y aquí está el aire como tú también ves.
—Nada se
mueve que no sea cuerpo. Pero los cielos se mueven. Por tanto son cuerpo.
—A
condición de que tú puedes decir embelecos, te conviertes también en
aristotélico. Pero yo sé por qué tú dices esto. Tú quieres que también en los
cielos hay aire así que ya no hay differentia entre arriba y abajo, todo gira,
et la tierra mueve su kulo como una bagasa.
—Es que
nosotros todas las noches vemos las estrellas en una posición diferente...
—Justo. De
facto ellos se mueven.
—Espere,
no he acabado. ¿Vuestra Merced quiere que el sol y todos los astros, que son
unos cuerpos enormes, den una vuelta alrededor de la tierra cada veinte y
cuatro horas, y que las estrellas fijas, o sea, el gran anillo que las engasta
recorra más de veinte y siete mil veces doscientos millones de leguas? Pues eso
es lo que debería de suceder, si la tierra no girara sobre sí misma en veinte y
cuatro horas. ¿Cómo consiguen las estrellas fijas ir tan deprisa? ¡A quien vive
encima le daría vueltas la cabeza!
—Si vivía
encima alguien. Pero ésta est petitio prinkipii.
Y hacíale
notar que era fácil inventar un solo argumento a favor del movimiento del sol,
mientras había muchos más contra el movimiento de la tierra.
—Ya lo sé
—contestaba Roberto—, que el Eclesiastés dice terra autem in aeternum stat,
sol oritur, y que Josué detuvo el sol y no la tierra. Pero precisamente
Vuestra Merced hame enseñado que de leer la Biblia al pie de la letra habríamos
tenido la luz antes de la creación del sol. Así pues, el libro sagrado ha de
leerse con un grano de sal, y también San Agustín sabía que habla a menudo more
allegorico...
El padre
Caspar sonreía y le recordaba que había ya mucho que los jesuítas no derrotaban
a sus adversarios con cavilaciones escritúrales, sino con argumentos
incontrastables fundados sobre la astronomía, sobre los sentidos, sobre las
razones matemáticas y físicas.
—¿Qué
razones, verbigracia? —preguntaba Roberto sobajándose un poco de unto de la
tripa.
Verbigracia,
respondía picado el padre Caspar, el poderoso Argumento de la Rueda:
—Agora tú
escucha a mí. Piensa en una rueda, ¿está bien?
—Pienso en
una rueda.
—Bien, así
también tú piensas, en vez de hacer el mico y repetir lo que has oído en París.
Agora tú piensas que esta rueda está fijada en un eje como si era la rueda de
un alfaharero, et tú quieres hacer girar esta rueda. ¿Qué haces tú?
—Apoyo las
manos, quizá un dedo, en el borde de la rueda, muevo el dedo, y la rueda gira.
—¿No
piensas que hacías mejor en tomar el pernio, en el centro de la rueda, et
intentar hacer girar eso?
—No, sería
imposible...
—¡Ajajá! Y
tus galileanos o copernicánicos quieren el sol poner parado en el centro del
universo que hace mover todo el gran círculo de los planetas en torno, en vez
de pensar que el moto es por el gran círculo de los cielos dado, mientras la
tierra puede estar parada en el centro. ¿Cómo había podido Domine Dios poner el
sol en el ínfimo lugar et la tierra corruptible et obscura en medio de las
estrellas luminosas et aeternas? ¿Entendido tu yerro?
—¡Mas el
sol debe existir en el centro del universo! Los cuerpos en la naturaleza
necesitan este fuego radical, y que éste habite en el corazón del reino, para
satisfacer las necesidades de todas las partes. La causa de la generación ¿no
debe ser colocada en el centro de todo? ¿No ha puesto la naturaleza la semilla
en los genitales, a medio camino entre la cabeza y los pies? ¿Y las pepitas no
están en el corazón de las manzanas? ¿Y el hueso no está en medio del
melocotón? Y por tanto, la tierra, que necesita de aquesa luz y del calor de
aquese fuego, gira a su alrededor para recibir en todas las partes la virtud
solar. Sería ridículo creer que el sol girara en torno a un punto con el que no
sabría qué hacerse, y sería como decir, viendo una alondra asada, que para
cocinarla es menester hacerle girar el hogar en su derredor...
—¿Ah sí?
¿Y entonces cuando el obispo gira en derredor de la iglesia para bendecir a
ella con el turíbulo, tú querrías que la iglesia giraría en derredor del
obispo? El sol puede girar en cuanto elemento ígneo. Y tú sabes bien que el
fuego vuela y se mueve et jamás está parado. ¿Has tú nunca las montañas se
mover visto? ¿Et entonces cómo mueve la tierra?
—Los rayos
del sol, llegando a herirla, la hacen girar, así como puede hacerse girar una
pelota golpeándola con la mano, y si la pelota es pequeña, incluso con nuestro
soplo... Y por fin, ¿querría Vuestra Merced que Dios hiciera correr al sol, que
es cuatrocientas y treinta y cuatro veces mayor que la tierra, sólo para hacer
que maduren nuestros repollos?
Para dar
el máximo vigor teatral a esta última objeción, Roberto había querido apuntar
el dedo contra el padre Caspar, por lo que había tendido el brazo y dado un
golpe con los pies para colocarse en una buena perspectiva, más alejado del
costado. En este movimiento, también la otra mano había aflojado la presa, la
cabeza habíase movido hacia atrás y Roberto habíase hundido debajo del agua,
sin conseguir luego, como ya se ha dicho, beneficiarse de la gúmena, demasiado
aflojada, para volver a la superficie. Habíase portado entonces como todos los
que después se anegan, haciendo movimientos desordenados y bebiendo aún más,
hasta que el padre Caspar había tendido la cuerda como es debido, volviéndolo a
la escalerilla. Roberto había subido jurando que jamás habría regresado allá
abajo.
—Mañana tú
pruebas otra vez. El agua salada est como una medicina, no pensar que era gran
mal —lo consoló en la puente Caspar.
Y mientras
Roberto reconciliábase con el mar pescando, Caspar explicábale cuántas y cuáles
ventajas habrían obtenido ambos de su llegada a la Isla, no valía la pena ni
siquiera mencionar la reconquista del esquife, con el que habrían podido
moverse como hombres libres desde el navío hasta la tierra, y habrían tenido
acceso a la Specola Melitense.
Por lo que
Roberto refiere de ella, debe deducirse que la invención superaba sus
posibilidades de entendimiento; o que el discurso del padre Caspar, como muchos
otros suyos, estaba quebrado por elipsis y exclamaciones, a través de las
cuales el padre hablaba ahora acerca de su forma, ahora acerca de su oficio, y
ahora acerca de la Idea que la había informado.
Que luego,
la Idea no era ni siquiera suya. De la Specola había llegado a saber rebuscando
entre los papeles de un hermano difunto, el cual, a su vez, lo había sabido de
otro hermano que, durante un viaje a la nobilísima isla de Malta, o sea Melita,
había oído celebrar este instrumento que había sido construido por orden del
Eminentísimo Príncipe Johannes Paulus Lascaris, Gran Maestre de aquellos
Caballeros famosos.
Cómo era
la Specola, nadie lo había visto jamás: del primer hermano había quedado sólo
un librejo de bosquejos y apuntes, también él desaparecido. Y por otra parte,
deploraba Caspar, aquel mismo opúsculo «era brevísimamente conscripto, con
nullo schemate visualiter patefacto, nulle tabule o rotule, et milla
instructione apposita».
Sobre la
base de estas descarnadas noticias, el padre Caspar, en el curso del largo
viaje del Daphne, poniendo al trabajo a los carpinteros de a bordo,
había vuelto a dibujar, o a tergiversar los diferentes elementos del tecnasma,
montándolos luego en la Isla y midiendo in situ sus innumerables virtudes; y la
Specola debía ser de verdad una Ars Magna en carne y hueso, o sea, en madera,
hierro, tela y otras substancias, una especie de Mega Horologio, un Libro
Animado capaz de revelar todos los misterios del Universo.
Ella,
decía el padre Caspar con los ojos encendidos como rubíes, era un Único
Syntagma de Novissimi Instrumenti Physici et Mathematici, «por ruedas et cicli
artifitiosamente dispuestos». Luego dibujaba en la puente o en el aire con el
dedo, y decíale que pensara en una primera parte circular, a guisa de la base o
el fundamento, que muestra el Horizonte inmóvil, con la Rosa de los treinta y
dos Vientos, y todo el Arte de Navegar con los pronósticos de todas las
tempestades.
—La Parte
Mediana —añadía luego—, que sobre la base edificada está, imagina como un Cubo
de cinco lados, ¿imaginas tú? Nein, no de seis, el sexto apóyase en la base
ergo tú no ves él. En el primer lado del Cubo, id est el Chronoscopium
Universale, puedes ocho ruedas en perennes cyclos acomodadas ver, que el
Calendario de Julio y de Gregorio representan, y cuándo recurran los domingos,
y la Epacta, et el Círculo Solar, et las Fiestas Móviles, et Paséales, et
novilunios, plenilunios, cuadratura del Sol et de la Luna. En el segundo
Cubilatere, id est das Cosmigraphicum Speculum, en primer loco preséntase un
Horoscopio, con el cual, dada la hora de Melita corriente, qué hora es en el
resto de nuestro globo encontrar se puede. Et encuentras una Rueda con dos Planisferios,
de los cuales uno muestra et enseña de todo el Primer Móvil la scientia, el
segundo de la Ochava Esphera et de las Estrellas Fijas la doctrina, et el
movimiento. Et el fluxo et el refluxo, o sea, el decremento et el incremento de
los mares, por el movimiento de la Luna en todo el Universo agitados...
Era este
lado aún más apasionante. A través del podía conocerse aquel Horologium
Catholicum del que ya se ha dicho, con la hora de las misiones jesuítas en
cualquier meridiano; no sólo, parecía también desempeñar las funciones de un
buen astrolabio, en cuanto que revelaba también la cantidad de los días y de
las noches, la altitud del sol con la proporción de las Sombras Rectas, y las
ascensiones rectas y oblicuas, la cantidad de los crepúsculos, la culminación
de las estrellas fijas en cada año, mes y día. Y había sido probando y
probando, una y otra vez, en aquel lado donde el padre Caspar había alcanzado
la certidumbre de estar, por fin, en el meridiano antípoda.
Había,
luego, un tercer lado que contenía en siete ruedas el conjunto de toda la
Astrología, todos los futuros eclipses del sol y de la luna, todas las figuras
astrológicas para los tiempos de la agricultura, de la medicina, del arte de
marear, junto con los doce signos de las demoras celestiales, y la fisonomía de
las cosas naturales que de cada signo dependen, y la Casa correspondiente.
No tengo
valor de resumir todo el resumen de Roberto, y cito el cuarto lado, que habría
debido decir todas las maravillas de la medicina botánica, espagírica, química
y hermética, con los medicamentos simples y los compuestos, colegidos de
substancias minerales o animales y los «Alexipharmaca atractiva, lenitiva,
purgativa, molificativa, digestiva, corrosiva, conglutinativa, aperitiva,
calefactiva, infrigidativa, mundificativa, atenuativa, incisiva, supurativa,
diurética, narcótica, cáustica et confortativa».
No consigo
explicar, y un poco me lo invento, qué acaecía en el quinto lado, que es como
decir el tejado del cubo, paralelo a la línea del horizonte, que parece que se
disponía como una bóveda celeste. Se menciona también una pirámide, que no
podía tener la base igual al cubo, si no, habría recubierto el quinto lado, y
que con más visos de verdad cubría el cubo entero como una tienda; pero
entonces habría debido ser de material transparente. Cierto es que sus cuatro
caras habrían debido representar las cuatro plagas del mundo, y por cada una de
ellas, los alfabetos y las lenguas de los diferentes pueblos, incluidos los
elementos de la primitiva Lengua Adámica, los jeroglíficos de los Egipcios y
los caracteres de los Chinos y de los Mexicanos, y el padre Caspar la describe
como:
—¡Una
Sphynx Mystagoga, un Oedipus Aegyptiacus, una Mónada Ieroglyphica, una Clavis
Convenientia Linguarum, un Theatrum Cosmographicum Historicum, una Sylva
Sylvarum de todos los alfabetos naturales y artificiales, una Architectura
Curiosa Nova, una Lampade Combinatoria, una Mensa Isiaca, un Metametricon, una
Synopsis Anthropoglottogonica, una Basílica Cryptographica, un Amphiteatrum
Sapientiae, una Cryptomenesis Patefacta, un Catoptron Polygrahicum, un
Gazophylacium Verborum, un Mysterium Artis Steganographicae, un Arca
Arithmologica, un Archetypon Polyglotta, una Eisagoge Horapollinea, un
Congestorium Artificiosae Memoriae, un Pantometron de Furtivis Literarum Notis,
un Mercurius Redivivus, un Etymologicon Lustgärtlein!
Que todo
ese saber estuviera destinado a permanecer su privado beneficio, condenados
como estaban a no volver a encontrar jamás la vía del regreso, esto no le
preocupaba al jesuíta, no sé si por confianza en la Providencia, o por amor de
conocimiento fin en sí mismo. Pero lo que más me llama la atención es que
entonces ni siquiera Roberto concibiera un solo pensamiento realista, y que
empezara a considerar la llegada a la Isla como el acontecimiento que habría
dado sentido, y para siempre, a su vida.
En primer
lugar, por lo que le importaba de la Specola, fue cautivado por el pensamiento
único de que el oráculo pudiera decirle también dónde y qué estaba haciendo en
aquel momento la Señora. Prueba de que a un enamorado, incluso distraído por
útiles ejercicios corporales, es inútil hablarle de Nuncios Sidéreos, y busca
siempre noticias de su hermosa pena y caro afán.
Además,
por mucho que le dijera su maestro de natación, soñaba con una Isla que no se
le presentaba delante en el presente en el que también estaba él, sino que, por
decreto divino, reposaba en la irrealidad, o en el no—ser, del día de antes.
Aquello en
lo que pensaba al encararse a las olas era la esperanza de alcanzar una Isla
que había sido ayer, y de la que se le aparecía como símbolo la Paloma
Naranjada, inasible como si hubiera huido al pasado.
Roberto
estaba movido todavía por conceptos oscuros, intuía querer una cosa que no era
la del padre Caspar, pero aún no tenía claro cuál. Y se ha de comprender su
incertidumbre, pues que era el primer hombre en la historia de la especie al
que se le ofrecía la posibilidad de nadar hacia atrás veinticuatro horas.
En
cualquier caso, habíase convencido de que tenía que aprender de verdad a nadar
y todos sabemos que un solo buen motivo ayuda a superar mil miedos. Por ello lo
volvemos a encontrar probando otra vez al día siguiente.
En esta
fase el padre Caspar estábale explicando que, si hubiera dejado los brandales y
movido las manos libremente, como si estuviera siguiendo el ritmo de una
compañía de músicos, imprimiendo un movimiento disipado a las piernas, el mar
lo habría sostenido. Habíale inducido a probar, primero con el cabo tendido,
luego aflojándoselo sin decírselo, es decir, anunciándoselo cuando ya el alumno
había adquirido seguridad. Es verdad que Roberto, ante aquel anuncio, había
sentido inmediatamente que se iba a pique, pero al gritar, había dado por
instinto un golpe de piernas, y habíase encontrado con la cabeza fuera.
Estos
intentos habían durado una buena media hora, y Roberto empezaba a entender que
se podía mantener sobre el agua. Ahora que en cuanto intentaba moverse con
mayor exuberancia, echaba la cabeza hacia atrás. Entonces el padre Caspar lo
había animado a que secundara aquella tendencia y a que se dejara llevar, con
la cabeza lo más pegada a la espalda posible, el cuerpo rígido y
ligerísi—mamente arqueado, brazos y piernas extendidos como si tuviera que
tocar siempre la circunferencia de un círculo: habríase sentido suspendido como
por una hamaca, y habría podido estar así horas y horas, e incluso dormir,
besado por las olas y por el sol oblicuo del ocaso. ¿Cómo era posible que el
padre Caspar supiere todas estas cosas, no habiendo nadado jamás? Por Theoría Physico—Hydrostática,
decía él.
No había
sido fácil encontrar la posición adecuada, Roberto había corrido el riesgo de
estrangularse con el cabo entre regüeldos y estornudos, pero parece ser que en
un determinado momento el equilibrio fue alcanzado.
Roberto,
por primera vez, sentía el mar como un amigo. Siguiendo las instrucciones del
padre Caspar, había empezado a mover también los brazos y las piernas:
levantaba levemente la cabeza, la echaba hacia atrás, habíase acostumbrado a
tener el agua en las orejas y a soportar la presión. Podía incluso hablar, y
gritando, para hacerse oír a bordo.
—Si agora
tú quieres te vuelves —habíale dicho incluso, a un cierto punto, Caspar—. Tú
bajas el brazo derecho, como si colgarías bajo tu cuerpo, levantas ligeramente
el hombro izquierdo, ¡et he aquí que te encuentras con la panza abajo!
No había
especificado que, en el curso de este movimiento, había que contener la
respiración, visto que uno se encuentra con la cara bajo el agua, y bajo un
agua que no quiere sino explorar las narices del intruso. En los libros de
Mechánica Hydráulico—Pneumática no estaba escrito. Así, por la ignoratio
elenchi del padre Caspar, Roberto habíase bebido otra jarra de agua salada.
Pero ya
había aprendido a aprender. Había probado dos o tres veces a dar la vuelta
sobre sí mismo y había entendido un principio, necesario a todo nadador, es
decir, que cuando se tiene la cabeza bajo el agua no se ha de respirar; ni
siquiera con la nariz, antes, soplar con fuerza, como si se quisiera echar de
los pulmones precisamente ese poco aire del que tanta necesidad se tiene. Que
parece cosa intuitiva, y sin embargo no lo es, como resulta por esta historia.
Había
entendido también que le era más fácil estar boca arriba, con la cara al aire,
que boca abajo. A mí me parece lo contrario, pero Roberto había aprendido antes
de tal guisa, y por un día o dos siguió así. Y entre tanto dialogaba sobre los
sistemas del mundo.
Habían
vuelto a hablar del movimiento de la tierra y el padre Caspar lo había
preocupado con el Argumento del Eclipse. Quitando la tierra del centro del
mundo y poniendo en su lugar el sol, ha de ponerse la tierra o debajo de la
luna, o encima de la luna. Si la ponemos debajo no habrá jamás un eclipse de
sol porque, al estar la luna encima del sol o encima de la tierra, no podrá
interponerse entre la tierra y el sol. Si la ponemos encima, no habrá jamás
eclipse de luna porque, al estar la tierra encima de ella, no se podrá
interponer jamás entre la luna y el sol. Y además, la astronomía no podría ya,
como siempre ha hecho perfectamente, predecir los eclipses, pues regula sus
cálculos sobre los movimientos del sol, y si el sol no se moviere su empresa
sería vana.
Considerárase,
luego, el Argumento del Arquero. Si la tierra girare todas las veinte y cuatro
horas, cuando se tira una saeta directamente hacia arriba, ésta volvería a caer
al occidente, a muchas millas de distancia del tirador. Que sería como decir el
Argumento de la Torre. Si se dejara caer un peso por el lado occidental de una
torre, éste no debería precipitar a los pies de la construcción, sino mucho más
allá, y por tanto, no debería caer verticalmente sino en diagonal, porque,
mientras, la torre (con la tierra) habríase movido hacia occidente. Como, en
cambio, todos saben por experiencia que ese peso cae en perpendículo, he aquí
que el movimiento terrestre se demuestra una majadería.
Por no
hablar del Argumento de los Pájaros, los cuales, si la tierra girare en el
espacio de un día, jamás podrían, volando, mantener el ritmo de su giro, aun
cuando fueran infatigables. En cambio, nosotros vemos perfectamente que, si
viajamos incluso a caballo en dirección del sol, cualquier pájaro nos alcanza y
adelanta.
—Está
bien. No sé responder a su objeción. Lo que he oído decir es que haciendo girar
la tierra y todos los planetas, y teniendo parado el sol, se explican muchos
fenómenos, mientras que Tolomeo ha tenido que inventar que si los epiciclos,
que si los deferentes, que si otros muchos embustes que precisamente claman al
cielo, y a la tierra también.
—Yo
perdono a ti, si un Witz hacer querías. Pero si tú serio hablas, entonces te
digo que yo no soy un pagano como Tolomeo y sé muy bien que él muchos errores
cometido había. Et por eso yo creo que el grandísimo Tycho de Uraniburgo una
idea muy justa ha tenido: él ha pensado que todos los planetas que nosotros
conocemos, es decir, Júpiter, Marte, Venus, Mercurius et Saturnus alrededor del
sol giran, pero el sol gira con ellos alrededor de la tierra, alrededor de la
tierra gira la luna, y la tierra está inmóvil en el centro del círculo de las
estrellas fijas. Así explicas tú los errores de Tolomeo et non dices herejías,
mientras Tolomeo errores cometía et Galileo herejías decía. Et no estás
obligado a explicar cómo hacía la tierra, que es tan pesada, a darse vueltas
por el cielo.
—¿Y cómo
hacen el sol y las estrellas fijas?
—Tú dices
que son pesadas. Yo no. Son cuerpos celestes, ¡no sublunares! La tierra sí, es
pesada.
—¿Entonces
cómo hace un navío con cien cañones a darse vueltas por el mar?
—Está el
mar que lo arrastra, y el viento que lo empuja.
—Entonces,
si se quieren decir cosas nuevas sin irritar a los cardenales de Roma, he oído
de un filósofo en París que dice que los cielos son una materia líquida, como
un mar, que gira todo en derredor formando como unos remolinos marinos... unos tourbillons...
—¿Qué es
das?
—Unos
vórtices.
—Ach so,
vórtices, ja. ¿Y qué hacen estos vórtices?
—Pues,
estos turbillones arrastran a los planetas en su giro, y un turbillón arrastra
a la tierra alrededor del sol, pero es el turbillón el que se mueve, la tierra
está inmóvil en el turbillón que lo arrastra.
—¡Bravo
señor Roberto! Tú no querías que los cielos serían de cristal, porque temías
que los cometas ellos rompían, pero te gusta que son líquidos, ¡así los pájaros
dentro dellos ahogan! ¡Además, esta idea de los vórtices explica que la tierra
alrededor del sol gira pero no que alrededor de sí misma gira como si era una
perinola para niños!
—Sí, pero
aquel filósofo decía que, también en este caso, es la superficie de los mares,
y la corteza superficial de nuestro globo, la que gira mientras el centro
profundo está parado. Creo.
—Aún más
estúpido que antes. ¿Dónde ha escrito ese señor esto?
—No lo sé,
creo que ha renunciado a escribirlo, o a publicar el libro. No quería irritar a
los jesuítas que él ama mucho.
—Entonces
yo prefiero al señor Galileo que pensamientos herejes tenía, pero halos
confesado a cardenales amorosísimos, et nadie ha él quemado. A mí no gusta
estotro señor que pensamientos aún más herejes tiene y no confiesa, ni siquiera
a los jesuítas amigos del. Quizá Dios un día Galileo perdona, pero él no.
—Como
quiera que sea, me parece que luego ha corregido esta primera idea. Parece que
todo el gran cúmulo de materia que va del sol a las estrellas fijas gira en un
gran círculo, transportado por este viento...
—¿Pero no
decías que cielos eran líquidos?
—Quizá no,
quizá son un gran viento...
—¿Ves? Ni
siquiera tú sabes...
—Pues
bien, este viento hace marchar a todos los planetas alrededor del sol, y al
mismo tiempo, hace girar al sol sobre sí mismo, así hay un turbillón menor que
hace girar a la luna alrededor de la tierra, y a la tierra sobre sí misma. Y
con eso y todo, no se puede decir que la tierra se mueva, porque lo que se
mueve es el viento. De la misma manera que si yo durmiera en el Daphne, y
el Daphne fuere hacia aquella isla Occidente, yo pasaría de un lugar a
otro, y nadie podría decir que mi cuerpo hase movido. Y por lo que concierne al
movimiento diario, es como si yo estuviere sentado en una gran rueda de
alfarero que se mueve, y ciertamente antes le mostraría la cara y luego la
espalda, pero no sería yo el que se mueve, sería la rueda.
—Ésta es
la hypóthesis de un malitioso que quiere ser hereje y no lo parecer. Pues tú me
dices agora dónde están las estrellas. También Ursa Major toda entera, et
Perseus, ¿giran en el mismo vórtice?
—Mas todas
las estrellas que vemos son otros tantos soles, y cada uno está en el centro de
su turbillón, y todo el universo es un gran giro de turbillones con infinitos
soles e infinitísimos planetas, ¡incluso allende lo que nuestro ojo ve, y cada
uno con sus propios moradores!
—¡Ah!
¡Aquí yo esperaba a ti et a tus herejísimos amigos! ¡Esto queréis vosotros,
infinitos mundos!
—Podrá
Vuestra Merced consentirme al menos más de uno. ¿Si no, dónde Dios habría
puesto el infierno? No en las vísceras de la tierra.
—¿Por qué
no en las vísceras de la tierra?
—Porque —y
aquí Roberto repetía de manera harto aproximada un argumento que había oído en
París, y tampoco yo podría jurar sobre la exactitud de sus cálculos— el
diámetro del centro de la tierra mide doscientas millas italianas, y si lo
elevamos al cubo tenemos ocho millones de millas. Considerando que una milla
italiana contiene doscientos y cuarenta mil pies ingleses, y puesto que el
Señor debería haber asignado a cada condenado por lo menos seis pies cúbicos,
el infierno no podría contener sino cuarenta millones de condenados, lo que me
parece poco, considerando todos los hombres malvados que han vivido en este
mundo nuestro desde Adán hasta hoy en día.
—Esto
sería —contestaba Caspar sin dignarse de controlar el cómputo—, si los
condenados con su cuerpo serían dentro del. ¡Pero esto es sólo después de la
Resurrectione de la Carne et el Juicio Final! ¡Y entonces no habría ya ni la
tierra ni los planetas, sino otros cielos et nuevas tierras!
—De
acuerdo, si son sólo espíritus condenados, cabrán mil millones incluso en la
punta de una aguja. Pero hay estrellas que nosotros no vemos a simple ojo, y
que, en cambio, se ven con su anteojo de larga vista. Pues bien, ¿no puede
pensar Vuestra Merced en un anteojo cien veces más potente que le permita ver
otras estrellas, y luego en uno mil veces más potente aún, que le haga ver
estrellas aún más lejanas, y así en adelante ad infinituml ¿Quiere
ponerle un límite a la creación?
—La Biblia
no habla de esto.
—La Biblia
no habla ni siquiera de Júpiter, y con todo, Vuestra Merced lo miraba la otra
noche con su maldito anteojo de larga vista.
Roberto
sabía ya cuál habría sido la verdadera objeción del jesuita. Como la del abate
aquella noche en la que Saint—Savin habíalo desafiado a duelo: que con
infinitos mundos no se consigue ya dar sentido a la Redención, y que estamos
obligados a pensar o en infinitos Calvarios, o en nuestro jardín terrestre como
en un punto privilegiado del cosmos, al cual concedió Dios que bajara su Hijo
para que nos librara del pecado, mientras que a los otros mundos no les ha
concedido tanta gracia; a desdoro de su infinita bondad. Y en efecto, ésa fue
la reacción del padre Caspar, lo que le permitió a Roberto acometerle de nuevo.
—¿Cuándo
sucedió el pecado de Adán?
—Mis
hermanos han cálculos matemáticos perfectos fecho, sobre la base de las
Escrituras: Adán pecó tres mil novecientos et ochenta y cuatro años antes de la
venida de Nuestro Señor.
—Pues
bien, quizá Vuestra Merced ignora que los viajeros llegados a la China, entre
los cuales muchos hermanos suyos, encontraron las listas de los monarcas y de
las dinastías de los Chinos, de las cuales se deduce que el reino de la China
existía antes de hace seis mil años ha, y por tanto, antes del pecado de Adán,
y si ansí es para la China, quién sabe para cuántos otros pueblos más. Así
pues, el pecado de Adán, y la redención de los Judíos, y las bellas verdades de
nuestra Santa Romana Iglesia que hanse derivado, conciernen sólo a una parte de
la humanidad. Pero hay otra parte del género humano que no ha sido tocada por
el pecado original. Esto no le quita nada a la infinita bondad de Dios, que se
ha portado con los Adamitas tal como el padre de la parábola con el Hijo
Pródigo, sacrificando a su Hijo sólo para ellos. Y así como, por haber hecho
matar a la vaca gorda para el hijo pecador, aquese padre no amaba menos a los
otros hermanos buenos y virtuosos, ansí nuestro Creador ama tiernísimamente a
los Chinos y a cuantos haya que nacieron antes que Adán, y está contento de que
ellos no hayan incurrido en el pecado original. Si ansí ha acaecido en la
tierra, ¿por qué no debería haber acaecido también en las estrellas?
—¿Pero
quién ha dicho a ti esta kojudez? —había gritado furente el padre Caspar.
—Hablan
muchos dello. Y un sabio moro dijo que es posible deducirlo incluso de una
página del Corán.
—¿Y tú
dices a mí que el Koran probaba la verdad de una cosa? ¡Oh, omnipotente Dios,
te ruego fulmina a este vanísimo ventoso vanaglorioso petulante turbulento
revoltoso asnihombre cachidiablo perro et demonio, malhadado mastín morboso,
que él no pone más pie en este navío!
Y el padre
Caspar había levantado y hecho restallar el cabo como una fusta, primero
golpeando a Roberto en el rostro, luego dejando la cuerda. Roberto había
zozobrado, con la cabeza hacia abajo habíase afanado gesticulando, no conseguía
tirar la maroma lo suficiente como para tenderla, gritaba socorro bebiendo, y
el padre Caspar gritábale que quería verle dejándose la sangre y boqueando en
agonía, de suerte que se abismara en el infierno como se convenía a los
malnacidos de su raza.
Luego,
como era de ánimo cristiano, cuando le pareció que Roberto había sido castigado
suficientemente, lo había sacado. Y por aquel día, había terminado tanto la
lección de natación como la de astronomía, y los dos habíanse ido a dormir cada
uno por su lado, sin dirigirse la palabra.
Habíanse
reconciliado al día siguiente. Roberto habíale confiado que él en esta
hipótesis de los turbillones no creía absolutamente, y consideraba, más bien,
que los infinitos mundos eran efecto de un turbinar de átomos en el vacío, y
que esto no excluía de suyo que existiera una Divinidad providente que a estos
átomos otorgaba órdenes y los organizaba en modos según sus decretos, como
habíale enseñado el Canónigo de Digne. El padre Caspar, con todo, rechazaba
también esta idea, que requería de un vacío en el que los átomos se movieran, y
Roberto no tenía ya ganas de discutir con una Parca tan generosa que, en vez de
cortar la cuerda que lo mantenía en vida, la alargaba en demasía.
Bajo
promesa de no volver a ser amenazado de muerte, había retomado sus
experimentos. El padre Caspar lo estaba persuadiendo de que intentara moverse
en el agua, que es el principio indispensable de toda arte de la natación, y
sugeríale lentos movimientos de las manos y de las piernas, pero Roberto
prefería holgar panza arriba.
El padre
Caspar lo dejaba holgar, y aprovechaba de ello para eslabonarle otros
argumentos suyos contra el movimiento de la tierra. In primis, el Argumento del
Sol. El cual, si estuviera inmoble, y nosotros a medio día en punto lo
miráramos desde el centro de una habitación a través de la ventana, y la tierra
girare con la velocidad que se dice —y mucha es precisa para dar una vuelta
completa en veinte y cuatro horas— en un instante el sol desaparecería de
nuestra vista.
Venía
luego el Argumento del Granizo. Éste cae a veces durante toda una hora, empero,
ya sea que las nubes vayan hacia levante, o hacia poniente, hacia el
septentrión, o hacia el meridión, no cubre jamás el campo por más de veinte y
cuatro o treinta millas. Si la tierra girara, cuando las nubes del granizo
fueren llevadas por el viento al encuentro de su curso, sería menester que
granizare por lo menos trescientas o cuatrocientas millas de campo.
Seguía el
Argumento de las Nubes Blancas, que van por el aire cuando el tiempo está
tranquilo, y parecen ir siempre con la misma lentitud; mientras que si girare
la tierra, las que van hacia poniente deberían proceder a una velocidad
inmensa.
Concluíase
con el Argumento de los Animales Terrestres, que por instinto deberían moverse
siempre hacia oriente, para secundar el movimiento de la tierra que los
señorea; y deberían mostrar una gran aversión a moverse hacia occidente, porque
sentirían que éste es un movimiento contra natura.
Roberto
durante un poco aceptaba todos aquellos argumentos, luego le ponían gran
hastío, y oponía a toda aquella ciencia su Argumento del Deseo.
—Pues, al
fin —decíale—, no me quite el gozo de pensar que podría alzarme en vuelo y ver
en veinte y cuatro horas la tierra girar debajo de mí, y vería pasar muchos
rostros diferentes, blancos, negros, amarillos, aceitunados, con el sombrero o
con el turbante, y ciudades con campanarios hora puntiagudos hora redondos, con
la cruz y con la media luna, y ciudades con las torres de porcelana y pueblos
de cabañas, y a los Iraqueses al punto de comerse vivo a un prisionero de
guerra y a mujeres de la tierra de Tesso ocupadas en pintarse los labios de
azul para los hombres más feos del planeta, y a las de Camul que sus maridos
conceden como presente al primero que llega, como cuenta el libro de micer
Milione...
—¿Ves tú?
¡Como yo digo: cuando vosotros en vuestra filosofía en la taberna pensáis,
siempre son pensamientos de libido! Y si no habrías estos pensamientos tenido,
este viaje tú podrías hacer si Dios te daba la gracia de girar tú alrededor de
la tierra, que no es gracia menor que dejarte suspendido en el cielo.
Roberto no
estaba convencido, pero ya no sabía rebatir. Entonces tomaba el camino más
largo, partiendo de otros argumentos oídos, que igualmente no le parecían de
por sí en contraste con la idea de un Dios providente, y preguntábale al padre
Caspar si estaba de acuerdo en considerar a la naturaleza como un grandioso
teatro, donde nosotros vemos sólo lo que el autor ha puesto en escena. Desde
nuestro asiento, nosotros no vemos el teatro como realmente es: las escenas y
las máquinas han sido predispuestas para conseguir un buen efecto de lejos,
mientras las ruedas y los contrapesos que producen los movimientos han sido
ocultados a nuestra vista. Y sin embargo, si en el patio hubiere un hombre del
arte, sería capaz de adivinar cómo se ha conseguido que un pájaro mecánico se
levante repentinamente en vuelo. Así debería hacer el filósofo ante el
espectáculo del universo. Desde luego, la dificultad para el filósofo es mayor,
porque en la naturaleza las cuerdas de las máquinas están escondidas tan bien
que durante largo tiempo nos hemos preguntado quién las movía. Y sin embargo,
también en este nuestro teatro, si Faetón sube hacia el sol, es porque tiran
del algunas cuerdas y un contrapeso desciende hacia abajo.
Ergo
(triunfaba, al fin, Roberto, volviendo a encontrar la razón por la que había
empezado a divagar de aquella manera), el escenario nos muestra el sol que
gira, pero la naturaleza de la máquina es bien diferente, y nosotros no podemos
advertirlo a primera vista. Nosotros vemos el espectáculo, no la polea que hace
que Febo se mueva, antes, vivimos en la rueda de esa polea. Y en ese punto
Roberto se perdía, porque si se aceptaba la metáfora de la polea, se perdía la
del teatro, y todo su razonamiento se volvía tan pointu, como habría
dicho Saint—Savin, que perdía toda su agudeza.
El padre
Caspar había contestado que el hombre, para hacer cantar a una máquina, tenía
que forjar madera o metal, y disponer unos orificios, o regular cuerdas y
friccionarlas con arcos, o incluso, como había hecho él en el Daphne, inventar
un artilugio de agua, mientras que si le abrimos la garganta a un ruiseñor no
vemos ninguna máquina de este tipo, signo de que Dios sigue caminos diferentes
de los nuestros.
Luego
había preguntado si, pues que Roberto veía con tanto favor infinitos sistemas
solares que giraban en el cielo, no habría podido admitir que cada uno de estos
sistemas forma parte de un sistema mayor que rueda a su vez dentro de un
sistema mayor aún y así en adelante; visto que, partiendo de aquellas premisas,
uno convertíase en algo así como una virgen víctima de un seductor, que primero
le hace una pequeña concesión, y bien pronto tendrá que acordarle más, y luego
más aún, y por ese camino no se sabe hasta qué extremo puede llegarse.
Desde
luego, había dicho Roberto, se puede pensar de todo. En turbillones
desprovistos de planetas, en turbillones que se chocan el uno con el otro, en
turbillones que no sean redondos sino hexagonales, de suerte que en cada cara o
lado dellos introdúzcase otro turbillón, todos juntos componiéndose como las
celdas de una colmena, o que sean polígonos los cuales, apoyándose el uno al
otro, dejen unos vacíos, que la naturaleza llena con otros turbillones menores,
todos engranados entre sí como las ruedas de los relojes. Moviéndose su total
en el universo cielo como una gran rueda que gira y alimenta en el interior a
otras ruedas que giran, cada una con ruedas menores que giran en su seno, y
todo ese gran círculo recorriendo en el cielo una revolución inmensa que dura
milenios, quizá alrededor de otro turbillón de turbillones de turbillones... Y
en ese punto, Roberto corría el riesgo de ahogarse, por el gran vértigo que le
sobrecogía.
Y fue en
ese momento cuando el padre Caspar consiguió su triunfo. Entonces, explicó, si
la tierra gira alrededor del sol, pero el sol gira alrededor de otra cosa (y
omitiendo considerar que esta otra cosa gire alrededor de otra cosa todavía),
tenemos el problema de la roulette, del cual Roberto habría debido oír
hablar en París, dado que de París había llegado a Italia entre los galileanos,
que pensaban de todo con tal de desordenar el mundo.
—¿Qué es
la roulettei —preguntó Roberto.
—Tú la
puedes llamar también trochoides o cycloides, poco cambia. Imagina tú una
rueda.
—¿La de
antes?
—No, agora
tú imagina la rueda de un carro. Et imagina tú que en el círculo de aquesa
rueda hay un clavo. Agora imagina que la rueda parada está, et el clavo
precisamente encima del suelo. Agora tú piensa que el carro va et la rueda
gira. ¿Qué tú piensas sucedería a este clavo?
—Bueno, si
la rueda gira, a un cierto punto el clavo estará arriba, pero luego cuando la
rueda haya hecho todo su giro, se encontrará de nuevo cerca del suelo.
—¿Por
tanto tú piensas que este clavo un movimiento como círculo ha cumplido?
—Pues sí.
Sin duda no como un cuadrado.
—Agora tú
escucha, bambarria. Tú dices que este clavo ¿se encuentra en el suelo en el
mismo punto donde estaba antes?
—Espere un
momento... No, si el carro va hacia delante, el clavo se encuentra en el suelo,
pero mucho más adelante.
—Por
tanto, no ha cumplido movimiento circular.
—No, por
todos los santos del paraíso —había dicho Roberto.
—Tú no
debes decir Portodoslosantosdelparaíso.
—Perdone
padre. Mas ¿qué movimiento ha llevado a cabo?
—Ha una
trochoides a cabo llevado, y para que tú entiendes digo que casi es como el
movimiento de una pelota que tú lanzas ante ti, luego toca el suelo, luego hace
otro arco de círculo, et luego novamente; sólo que mientras la pelota, a un
cierto momento, hace arcos siempre más pequeños, el clavo arcos siempre
regulares hará, si la rueda siempre a la misma velocidad va.
—¿Y qué
quiere decir esto? —había preguntado Roberto, divisando su derrota.
—Esto
quiere decir que tú demonstrar tantos vórtices et infinitos mundos quieres, et
que la tierra gira, et he aquí que tu tierra ya no gira, sino que va por el
infinito cielo como una pelota, tumpf tumpf tumpf, ¡ach qué gran movimiento
para este nobilísimo planeta! Y si tu teoría de los vórtices buena es, todos
los cuerpos celestes hacían tumpf, tumpf tumpf; ¡agora déjame reír que esto es
por fin el más grande diversión de mi vida!
Difícil
replicar a un argumento tan sutil y geométricamente perfecto; y además en
perfecta mala fe, porque el padre Caspar habría debido saber que algo parecido
habría acaecido también si los planetas giraban como quería Tycho. Roberto
habíase ido a dormir húmedo y mohíno como un perro. Durante la noche había
reflexionado, para ver si no le conviniera entonces abandonar todas sus ideas
heréticas sobre el movimiento de la tierra. Veamos, habíase dicho, incluso si
el padre Caspar tuviera razón, y la tierra no se moviera (si no, se movería más
de lo debido y no se conseguiría ya detenerla), ¿podría esto poner en
entredicho su descubrimiento del meridiano antípoda y su teoría del Diluvio, y
al mismo tiempo, el hecho de que la Isla esté allá, un día antes del día que es
aquí? En absoluto.
Por tanto,
habíase dicho, quizá me conviene no discutir las opiniones astronómicas de mi
nuevo maestro, e industriarme, en cambio, para nadar, para obtener lo que de
verdad me interesa, que no es si tenían razón Copérnico, o Galilei, o esotro
insulso de Tycho de Uraniburgo, sino ver la Paloma Naranjada, y poner pie en el
día de antes; cosa que ni Galileo, ni Copérnico, ni Tycho, ni mis maestros y
amigos de París habríanse soñado jamás.
Y por
tanto, el día después habíase vuelto a presentar ante el padre Caspar como
alumno obediente, tanto en la cosa natatoria como en la astronómica.
Pero el
padre Caspar, con el pretexto del mar movido y de otros cálculos que tenía que
hacer, por aquel día había aplazado su lección. Hacia la tarde habíale
explicado que, para aprender la natatione, como él decía, son necesarios
concentración y silencio, y no se puede dejar que la cabeza se vaya entre las
nubes. Visto que Roberto era propenso a hacer todo lo contrario, concluíase que
no tenía disposición para la natación.
Roberto
habíase preguntado cómo era posible que su maestro, tan orgulloso de su
maestría, hubiera renunciado de manera tan repentina a su propio proyecto. Y
creo que la conclusión que había sacado era la justa. El padre Caspar habíase
metido en la cabeza que el yacer o incluso el moverse en el agua, y bajo el
sol, producía en Roberto una efervescencia del cerebro, que lo inducía a
pensamientos peligrosos. El encontrarse tú a tú con su propio cuerpo, el
sumergirse en el líquido, que bien era materia, en alguna sazón lo embrutecía,
y lo movía a esos pensamientos que son propios de índoles deshumanas y
alocadas.
Era
menester, pues, que el padre Caspar Wanderdrossel encontrara algo diferente
para alcanzar la Isla, y que no le costara a Roberto la salud del alma.
25
TECHNICA CURIOSA
Cuando el
padre Caspar dijo que era de nuevo domingo, Roberto dio en la cuenta de que
había pasado más de una semana desde el día de su encuentro. El padre Caspar
celebró la misa, luego dirigióse hacia él con aire decidido.
—Yo no
puedo esperar que tú a natar aprendes —había dicho.
Roberto
contestó que no era culpa suya. El jesuita admitió que quizá no era culpa suya,
pero, entre tanto, el rigor del tiempo y los animales silvestres le estaban
echando a perder la Specola, que había que cuidar, en cambio, cada día. Por lo
cual, ultima ratio, no quedaba sino una solución: a la Isla habría ido
él. Y a la pregunta de cómo habría hecho, el padre Caspar dijo que lo habría
intentado con la Campana Acuática.
Explicó
que desde hacía mucho tiempo estudiaba cómo navegar bajo el agua. Había pensado
incluso en construir una lancha de madera reforzada con hierro y con doble
casco, como si fuera una caja con su tapadera. La nave habría medido setenta y
dos pies de largo, treinta y dos de altura, y ocho de anchura, y era
bastantemente pesada para descender bajo la superficie. Habría sido movida por
una rueda con palas, accionada por dos hombres en el interior, como hacen los
burros con la muela de un molino. Y para ver dónde se estaba yendo se hacía
salir un tubospicillum, un ocular que, por un juego de lentes internas,
habría permitido explorar desde dentro lo que sucedía al aire libre.
¿Por qué
no la había construido? Porque así está hecha la naturaleza, decía, para
humillación de nuestra poquedad: hay ideas que sobre el papel parecen perfectas
y luego ante la prueba de la experiencia se demuestran imperfectas, y nadie
sabe por qué razón.
Sin
embargo, el padre Caspar había construido la Campana Acuática:
—Et la
plebícola ignorante, si habrían dicho a ellos que alguien en el fondo del Rin
descender puede manteniendo secas las ropas, e incluso en las manos un fuego en
un brasero teniendo, dirían que era un despropósito. Y en cambio, la prueba de
la experiencia hala habido, y casi un siglo ha en el ópido de Toleto en
Hispania. Por tanto, yo llego a la isla agora con mi Campana Acuática, andando,
como agora ves que ando.
Se dirigió
hacia el pañol de víveres, que era evidentemente un almacén inagotable: además
de los pertrechos astronómicos, quedaba aún algo más. Roberto viose obligado a
llevar a la puente otras barras y semicírculos de metal y un voluminoso
envoltorio de piel que olía aún a su cornudo donador. De poco sirvió que
Roberto recordara que, si domingo era, no había de trabajarse en el día del
Señor. El padre Caspar había contestado que aquello no era trabajo, y mucho
menos servil, sino ejercicio de un arte nobilísima entre todas, y que su
esfuerzo habría sido consagrado al incremento del conocimiento del gran libro
de la naturaleza. Y por ende, era como meditar sobre los textos sagrados, de
los que el libro de la naturaleza no se aparta.
Roberto
tuvo, pues, que ponerse al trabajo, espolado por el padre Caspar, que
intervenía en los momentos más delicados, donde los elementos metálicos se
juntaban mediante ensambladuras ya predispuestas. Trabajando toda la mañana
puso a punto una jaula en forma de tronco de cono, un poco más alta que un
hombre, en la que tres círculos, el de arriba de diámetro menor, el mediano y
el de abajo progresivamente más anchos, sosteníanse paralelos gracias a cuatro
palancas inclinadas.
En el
círculo de en medio estaba fijado un braguero de tela en el que podía
ensartarse un hombre, tal que, por un juego de fajas que tenían que pasar
también por los hombros y el pecho, del hombre no aseguraba sólo la ingle para
impedir su descenso, sino también los hombros y el cuello, de suerte que la
cabeza no fuera a tocar el círculo superior.
Mientras
Roberto se preguntaba para qué podía servir todo aquel agregado, el padre
Caspar había desplegado el envoltorio de piel, que se demostró como el ideal
estuche, o guante, o dedal de aquella compage metálica, y no fue difícil
revestirla, cerrándola con ganchos desde el interior, para que el objeto, una
vez acabado, no pudiere ser ya desollado. Y el objeto acabado era de verdad un
cono sin punta, cerrado por arriba y abierto en la base; o si se quiere,
precisamente, una especie de campana. En ella, entre el círculo superior y el
mediano, abríase una ventanilla de cristal. Sobre el tejadillo de la campana
había sido asegurada una argolla robusta.
En ese
punto, la campana fue desplazada hacia el cabestrante y enganchada a un brazo
que, por un perspicaz sistema de garruchas, habría permitido alzarla, bajarla,
transportarla fuera del bordo, arriarla o izarla, como sucede con toda bala,
cajón o fardo que se cargare o descargare de un navío.
El
cabestrante estaba un poco herrumbroso después de días de inedia, pero al final
Roberto consiguió accionarlo e izar la campana a media altura, de suerte que se
pudieran divisar sus vientres.
Esta
campana esperaba ahora sólo un pasajero que se metiera dentro y se ciñera el
braguero, así que colgara en el aire como un badajo.
Podía
entrar un hombre de cualquier estatura: bastaba con ajustar las correas
aflojando o apretando hebillas y nudos. Con que, una vez fajado, el habitante
de la campana habría podido andar, llevando de paseo su habitáculo; y las
cintas hacían de modo que la cabeza permaneciera a la altura de la ventanilla,
y el borde inferior le llegara más o menos a la pantorrilla.
Ahora a
Roberto no le quedaba sino figurarse, explicaba triunfante el padre Caspar, qué
hubiera acontecido cuando el cabestrante hubiera hecho descender la campana al
mar.
—Acontece
que el pasajero se anega —había concluido Roberto, como habría hecho
cualquiera.
Y el padre
Caspar le había acusado de saber bastante poco de «equilibrio de los liquores».
—Tú puedes
quizá pensar que el vacío en alguna parte está, como dicen esos de la Sinagoga
de Satanás aderezos con los cuales hablabas en París. Tú quizá admites que en
la campana no está el vacío, pero aire. Et cuando tú una campana llena de aire
en el agua arrías, no entra el agua. O aquesa o el aire.
Era
verdad, admitía Roberto. Y por tanto, por muy alto que fuera el mar, el hombre
podía caminar sin que entrara el agua en ella, o por lo menos, hasta que el
pasajero con su respiración no hubiere consumido todo el aire, transformándolo
en vapor (como se ve cuando se alienta ante un espejo), el cual, siendo menos
denso que el agua, a ésta habría últimamente cedido el lugar; prueba
definitiva, comentaba triunfalmente el padre Caspar, de que la naturaleza tiene
en gran espanto al vacío. Con una campana de aquella mole el pasajero podía
contar, había calculado el padre Caspar, a lo menos con una treintena de
minutos de respiración. La ribera parecía muy lejana, para alcanzarla a nado,
pero andando habría sido un paseo, porque casi a mitad de camino entre el navío
y la orilla empezaba la barbacana coralina, a tal punto que la barca no había
podido seguir por aquel camino sino que había tenido que dar un rodeo más largo
allende el promontorio. Y en ciertos trechos los corales estaban a la flor del
agua. Si se hubiera dado principio a la expedición en época de reflujo, el
camino por hacer bajo el agua habría disminuido aún. Bastaba con llegar a
aquellas tierras emergidas, y en cuanto el
pasajero hubiera subido incluso sólo media pierna por encima de la
superficie, la campana se habría llenado de nuevo de aire fresco.
¿Pero cómo
se habría andado sobre el fondo marino, que debía de estar erizado de peligros,
y cómo habría sido posible subir sobre la barbacana, que estaba hecha de
piedras afiladas y de corales más cortantes que las piedras? Y además ¿cómo
habría bajado la campana, sin volcarse en el agua o ser rechazada hacia arriba
por las mismas razones por las que un hombre que se zambulle vuelve a flote?
El padre
Caspar, con una sonrisa taimada, añadía que Roberto había olvidado la objeción
más importante: que al impeler en el mar la sola campana llena de aire,
habríase movido tanta agua como era su masa, y esta agua habría tenido un peso
harto mayor que el del cuerpo que intentaba penetrarla, al cual habría opuesto,
pues, mucha resistencia. Pero en la campana habría habido también muchas libras
de hombre, y por fin, estaban los Coturnos Metálicos. Y con el aire de quien
había pensado en todo, iba a extraer del inagotable pañol un par de botines con
suelas de hierro, que medían más de cinco dedos, y se anudaban a la rodilla. El
hierro habría hecho de zahorra, y habría protegido, además, los pies del
viandante. Habríale hecho más lento el camino, aunque habríale quitado aquellas
preocupaciones por el terreno accidentado que normalmente hacen tímido el paso.
—Mas si
desde el resbaladero que se halla aquí abajo Vuestra Merced tiene que volver a
subir a la ribera, ¡será un recorrido todo cuesta arriba!
—¡Tú no
estabas aquí cuando el ancla arriado han! Yo he antes el sondeo hecho. ¡Nada
vorágine! ¡Si el Daphne iría un poco más adelante, encallaríase!
—¿Y cómo
podrá sostener la campana que le pesa sobre la cabeza? —preguntaba Roberto.
Y el padre
Caspar tenía que recordarle que en el agua este peso no se habría sentido, y
Roberto lo habría sabido si alguna vez hubiera probado a empujar una barca o a
pescar con la mano una bola de hierro de un baño, que el esfuerzo habríalo
hecho todo una vez sacada la bola del agua, no mientras estaba inmersa.
Roberto, ante la obstinación del viejo,
intentaba retrasar el momento de su ruina.
—Mas si se
arría la campana con el cabestrante —preguntábale—, ¿cómo se desengancha luego
la amarra? Si no, la cuerda le refrena y no puede Vuestra Merced alejarse del
navío.
Caspar
contestaba que, una vez él en el fondo, Roberto habría dado en la cuenta porque
la amarra habríase aflojado: y en ese punto se la cortaba. ¿Creía acaso que él
debía volver por el mismo camino? Una vez en la Isla habría ido a recuperar la
barca, y con aquélla habría vuelto, si Dios quería.
Mas en
cuanto estuviere en tierra, cuando se hubiere desligado de las correas, la
campana, si otro cabestrante no la hubiere mantenido levantada, habría bajado
para tocar tierra aprisionándolo.
—¿Queréis
pasar el resto de vuestra vida en una isla encerrado en una campana?
Y el viejo
contestaba que, una vez libertado de aquellas bragas, no tenía sino que rasgar
la piel con su cuchillo, y habría salido afuera como Minerva de la cabeza de
Júpiter.
¿Y si
debajo del agua hubiera encontrado un gran pez, de esos que devoran a los
hombres? Y el padre Caspar riendo: incluso el más feroz de los peces, cuando
encuentra en su camino una campana semoviente, cosa que infundiría temor
incluso a un hombre, es presa de tal desconcierto que se da a rauda fuga.
—En fin
—había concluido Roberto, sinceramente preocupado por su amigo—, Vuestra Merced
es viejo y endeble, ¡si alguien debe absolutamente intentarlo seré yo!
El padre
Caspar le había dado las gracias pero le había explicado que él, Roberto, había
dado ya muchas pruebas de ser un botarate, y quién sabe la que le habría
armado; que él, Caspar, tenía ya algún que otro conocimiento de ese brazo de
mar y de la barbacana, y parecidos los había visitado en otros lugares, con una
barca plana; que aquella campana habíala hecho construir él y que, por tanto,
conocía sus vicios y virtudes; que tenía buenas nociones de física hidrostática
y habría sabido cómo salir de apuros en un caso no previsto; y finalmente,
había añadido, como si dijera la última de las razones a su favor, «finalmente
yo tengo la fe y tú no».
Y Roberto
había entendido que ésta no era absolutamente la última de las razones, sino la
primera, y sin duda la más hermosa. El padre Caspar Wanderdrossel creía en su
campana como creía en su Specola, y creía tener que usar la campana para
alcanzar la Specola, y creía que todo lo que estaba haciendo era para la mayor
gloria de Dios. Y tal como la fe puede demoler las montañas, a buen seguro
podía superar las aguas.
No quedaba
sino volver a colocar en la cubierta la campana y prepararla para la inmersión.
Una operación que los mantuvo ocupados hasta la noche. Para adobar la piel de
suerte que ni el agua pudiera penetrar en ella ni el aire salir, era menester
usar un empaste que preparábase a fuego lento, dosificando tres libras de cera,
una de terebintina, y cuatro onzas de otro barniz usado por los carpinteros.
Luego se trataba de hacer que la piel absorbiera aquella substancia dejándola
reposar hasta el día siguiente. Por fin, con otra pasta hecha de brea y cera
hubo que llenar todos los resquicios en los bordes de la ventanilla, donde el
cristal ya había sido fijado con almáciga, a su vez calafateada.
Ómnibus
rimis diligenter repletis —tal como
había dicho—, el padre Caspar pasó la noche en oración. Al alba volvieron a
controlar la campana, las correas, los ganchos. Caspar esperó el momento justo
en el que pudiera aprovechar al máximo el reflujo, y en el que, con todo, el
sol estuviera ya bastante alto, de suerte que iluminara el mar ante él,
arrojando cualquier sombra detrás de sus espaldas. Luego se abrazaron.
El padre
Caspar repitió que habríase tratado de una solazada empresa en la que habría
visto cosas portentosas que ni siquiera Adán o Noé habían conocido, y temía
cometer pecado de soberbia, tan orgulloso estaba de ser el primer hombre que
descendía al mundo marino.
—Pero
—añadía—, ésta es también una prueba de mortificatione: si Nuestro Señor encima
de las aguas caminado ha, yo debajo caminaré, como a un pecador conviene.
No quedaba
sino volver a levantar la campana, ponérsela encima al padre Caspar, y
controlar que él fuera capaz de moverse holgadamente.
Durante
algún minuto, Roberto asistió al espectáculo de un caracolón, pero qué digo, de
un bejín, de un agárico migratorio, que procedía a pasos lentos y torpes, a
menudo parándose y dando media vuelta sobre sí mismo cuando el padre quería
mirar a la derecha o a la izquierda. Más que en una marcha, aquella capucha
ambulante parecía ocupada en una gavota, en una bourrée que la ausencia de la
música hacía aún más desgarbada.
Por fin,
el padre Caspar pareció satisfecho de sus pruebas y, con una voz que parecía
salirle de los calzares, dijo que se podía proceder.
Allegóse
al cabestrante, Roberto enganchó, se puso a empujar el cabestrante, y controló
una vez más que, levantada la campana, los pies se columpiaran y el viejo no
resbalara hacia abajo o la campana no se desenvainara hacia arriba. El padre
Caspar campaneaba y retumbaba que todo iba de la mejor de las maneras, aunque
era menester darse prisa:
—¡Estos
coturnos tiran de mis piernas y casi arráncanlas del vientre! ¡Pronto, pon a mí
en el agua!
Roberto
había gritado todavía unas frases de incitamento y había arriado lentamente el
vehículo con su humano motor. Lo cual fue empresa no fácil, porque él hacía
solo el trabajo de muchos marineros. Por tanto, aquella bajada le pareció
eterna, como si el mar se rebajara a medida que él multiplicaba sus esfuerzos.
Pero al final, oyó un ruido en el agua, advirtió que su esfuerzo disminuía y
después de pocos instantes (que a él le parecieron años) sintió que el
cabestrante giraba ya en vacío. La campana había tomado pie. Cortó la cuerda,
luego se arrojó sobre la amurada para mirar hacia abajo. Y no vio nada.
Del padre
Caspar y de la campana no quedaba ningún rastro.
—¡Qué gran
seso de un jesuita —díjose Roberto admirado—, lo ha conseguido! Piensa, allá
abajo hay un jesuita andando, y nadie podría adivinarlo. ¡Los valles de todos
los océanos podrían estar poblados por jesuítas, y nadie lo sabría!
Luego pasó
a pensamientos más prudentes. Que el padre Caspar estuviera abajo, era
invisiblemente evidente. Que volviera arriba, todavía no estaba claro.
Le pareció
que el agua estaba agitándose. La jornada había sido elegida precisamente
porque era serena; sin embargo, mientras estaban realizando las últimas
operaciones, habíase levantado un viento que a aquella altura encrespaba sólo
un poco la superficie, pero en la ribera creaba algunos juegos de olas que,
sobre los escollos ya sobresalientes, habrían podido estorbar el desembarco.
Hacia la
punta norte, donde se erguía una pared casi plana y en picado, divisaba
rociadas de espuma que iban a abofetear la roca, dispersándose por el aire como
muchas avucastas blancas. Era seguramente el efecto de olas que chocaban contra
una serie de pequeños farellones que él no conseguía ver, pero desde el navío
parecía como si una serpiente soplara desde el abismo aquellas lenguas de fuego
cristalino.
La playa
parecía, sin embargo, más tranquila, la mareta se producía sólo a medio camino,
y aquello era para Roberto una buena señal: indicaba el lugar donde la
barbacana asomaba fuera del agua y marcaba el límite allende el cual el padre
Caspar ya no habría corrido peligro.
¿Dónde
estaba agora el viejo? Si habíase puesto en marcha inmediatamente después de
haber tomado pie, hubiera debido recorrer ya... ¿Mas cuánto tiempo había
pasado? Roberto había perdido el sentido del transcurrir de los instantes, cada
uno computándolo como una eternidad, y así pues, tendía a reducir el resultado
presunto, y convencíase de que el viejo acababa de bajar, y quizá estaba aún
bajo la carena, intentando orientarse. Entonces nacía la sospecha de que la
amarra, retorciéndose sobre sí misma mientras descendía, hubiera hecho dar una
media vuelta a la campana, de suerte que el padre Caspar habíase encontrado sin
saberlo con la ventanilla dirigida hacia occidente, y estaba caminando hacia la
alta mar.
Luego,
Roberto decíase que, yendo hacia la alta mar, cualquiera habría dado en la
cuenta de que bajaba en vez de subir, y habría cambiado rumbo. ¿Y si en aquel
punto hubiera habido una pequeña cuesta hacia occidente y quien subía creía que
iba a oriente? Con todo y con eso, los reflejos del sol habrían mostrado la
parte por la cual el astro estaba moviéndose... Pero ¿cómo se ve el sol en el
abismo? ¿Pasan sus rayos como por una vidriera de iglesia, en haces compactos,
o se diseminan en un refractarse de gotas, de modo que quien mora allá abajo ve
la luz como un centellear privado de direcciones?
No,
decíase luego: el viejo entiende perfectamente adonde tiene que ir, quizá está
ya a medio camino entre el navío y la barbacana; es más, ya ha llegado, ya
está, quizá ahora va a subir con sus grandes suelas de hierro, y dentro de poco
lo veo...
Otro
pensamiento: en realidad, nadie antes de hoy ha estado en el fondo del mar.
Quién me dice que allá abajo a cabo de pocas brazas no se entre en la negrura
absoluta, habitada sólo por criaturas cuyos ojos emanan únicamente vagos
esplendores... ¿Y quién dice que en el fondo del mar se tenga aún el sentido
del recto camino? Quizá está girando en círculo, está recorriendo siempre el
mismo camino, hasta que el aire de su pecho se transforme en humedad, que
invita al agua amiga a la campana...
Se acusaba
de no haberse traído, por lo menos, una clepsidra a la cubierta: ¿cuánto tiempo
había pasado? Quizá ya más de media hora, demasiado, ay mísero, y era él el que
sentíase sofocar. Entonces respiraba con todos los pulmones, renacía, y creía
que aquella era la prueba de que instantes habían pasado poquísimos, y el padre
Caspar estaba gozando todavía de un aire purísimo.
Quizá el
viejo se había ido de soslayo, es inútil mirar ante sí como si hubiera tenido
que volver a emerger a lo largo del recorrido de la bala de arcabuz. Podía
haber hecho muchas desviaciones, buscando el mejor acceso a la barbacana. ¿No
había dicho, mientras montaban la campana, que era un golpe de suerte que el
cabestrante lo depusiera precisamente en aquel punto? Diez pasos más al norte,
la falsabraca se abismaba de golpe formando una ladera escarpada, contra la
cual una vez había chocado la barca, mientras recto ante el cabestrante había
un paso, por el cual también la barca había pasado, yendo a encallarse allá
donde los escollos subían poco a poco.
Ahora
bien, podía haberse equivocado al mantener la dirección, habíase encontrado
ante un muro, y estaba bordeándolo hacia el sur buscando el pasaje. O quizá lo
bordeaba hacia el norte. Había que hacer correr el ojo a lo largo de toda la
ribera, de una a otra punta, quizá habría emergido allá abajo, coronado por
hiedras marinas... Roberto volvía la cabeza de un extremo a otro de la bahía,
temiendo que, mientras miraba a la izquierda, pudiera perder al padre Caspar ya
emergido a la derecha. Si bien podía identificarse inmediatamente a un hombre
incluso a aquella distancia, imaginémonos una campana de cuero goteando al sol,
como un caldero de cobre recién lavado...
¡El pez!
Quizá en las aguas había verdaderamente un pez caníbal, de ninguna manera
asustado por la campana, que había devorado completamente al jesuita. No, de
ese pez habríase divisado la sombra obscura: si estaba, debía de estar entre el
navío y el principio de las rocas coralinas, no más allá. Pero quizá el viejo
había llegado ya a las rocas, y espinas animales o minerales habían perforado
la campana, haciendo salir todo el poco aire que quedaba...
Otro
pensamiento: ¿quién me asegura que el aire en la campana bastara verdaderamente
durante tanto tiempo? Lo dijo él, pero él también se equivocó cuando estaba
seguro de que su palangana habría funcionado. A fin de cuentas, este buen
Caspar ha demostrado ser un venático, y quizá toda esa historia de las aguas
del Diluvio, y del meridiano, y de la Isla de Salomón, es un cúmulo de
consejas. Y luego, aunque tuviera razón por lo que concierne a la Isla, podría
haber calculado mal la cantidad de aire de la que un hombre tiene necesidad. Y
por fin, ¿quién me dice que todos aquellos aceites, aquellas esencias, hayan
colmado de verdad todos los resquicios? Quizá en este momento el interior de la
campana parece una de esas cuevas en las que chorrea el agua por doquier, quizá
toda la piel transpira como una esponja, ¿no es verdad, acaso, que nuestra piel
es toda un cedazo de poros imperceptibles, y desde luego que existen, si a
través de ellos filtra el sudor? Y si esto acaece con la piel de un hombre,
¿puede acaecer también con la piel de un buey? ¿O los bueyes no sudan? Y cuando
llueve, un buey, ¿se siente mojado también dentro?
Roberto
retorcíase las manos y maldecía su prisa. Estaba claro, él estaba creyendo que
habían pasado horas y habían pasado, en cambio, pocas pulsaciones de pulso. Se
dijo que no tenía razones para temblar, él, y muchas más habría tenido el
atrevido anciano. Quizá él tenía que favorecer, más bien, su viaje con la
oración, o por lo menos con la esperanza y el auspicio.
Y además,
decíase, me he imaginado demasiadas razones de tragedia y es proprio de los
melancólicos generar espectros que la realidad es incapaz de emular. El padre
Caspar conoce las leyes hidrostáticas, ya ha sondeado este mar, ha estudiado el
Diluvio a través de los fósiles que pueblan todos los mares. Calma, basta con
que yo comprenda que el tiempo transcurrido es mínimo, y sepa esperar.
Daba en la
cuenta de que amaba, ya, a aquel que había sido el Intruso, y de que lloraba,
ya, sólo al pensamiento de que hubiere podido acontecerle una desgracia. Vamos
viejo, murmuraba, vuelve, renace, resucita, por Dios, que le cortaremos el
cuello a la gallina más gorda, ¿no querrás dejar sola a tu Specola Melitense?
Y de
pronto advirtió que ya no veía las rocas cerca de la ribera, signo de que el
mar había empezado a levantarse; y el sol, que antes divisaba sin tener que
alzar la cabeza, ahora estaba precisamente encima del. Así pues, desde el
momento de la desaparición de la campana habían transcurrido no ya minutos sino
horas.
Tuvo que
repetirse aquella verdad en voz alta, para encontrarla creíble. Había contado
como segundos lo que eran minutos, él habíase convencido de que tenía en el
pecho un reloj loco, que pulsaba precipitadamente, y en cambio, su reloj
interno había aflojado el paso. Desde quién sabe cuándo, diciéndose que el
padre Caspar acababa de bajar, esperaba a una criatura a la que el aire habíale
faltado ya desde hacía tiempo. Desde quién sabe cuándo estaba esperando un
cuerpo que yacía sin vida en algún punto de aquella amplitud.
¿Qué podía
haber acontecido? Todo, todo lo que había pensado; y quizá con su malhadado
miedo habíalo hecho acaecer, él, portador de mala suerte. Los principios
hidrostáticos del padre Caspar podían ser ilusorios, quizá el agua en una
campana entra precisamente desde abajo, sobre todo si el que está dentro
patalea el aire hacia fuera, ¿qué sabía Roberto de verdad sobre el equilibrio
de los líquidos? O quizá el choque había sido demasiado rápido, la campana
había zozobrado. O el padre Caspar había tropezado a medio camino. O lo había
perdido, el camino. O su corazón más que septuagenario, desigual a su celo,
había cedido. Y por fin, ¿quién dice que, a esa profundidad, el peso del mar no
pueda aplastar el cuero tal y como se exprime un limón o se desvaina un haba?
Si hubiere
muerto ¿no hubiere debido su cadáver volver a flote? No, estaba anclado por las
suelas de hierro, de las cuales sus pobres piernas habrían salido sólo cuando
la acción conjunta de las aguas, y de muchos pequeños peces ávidos, lo hubieran
reducido a un esqueleto...
Luego, de
golpe, tuvo una intuición radiante. ¿Pero qué estaba farfullando en la mente?
Pues claro, bien se lo había dicho el padre Caspar, la Isla que él veía ante sí
no era la Isla de hoy, sino la de ayer. ¡Más allá del meridiano era aún el día
de antes! ¿Podía esperarse ver ahora en aquella playa, que era aún ayer, a una
persona que había bajado al agua hoy? Sin duda no. El viejo habíase sumergido
en la primera mañana de aquel lunes, pero si en el navío era lunes, en aquella
Isla era todavía domingo, y por tanto, él habría podido ver al anciano
allegándose a ella sólo hacia la mañana de su mañana, cuando en la Isla fuera,
apenas entonces, lunes...
He de
aguardar hasta mañana, se decía. Y luego: ¡Caspar no puede aguardar un día, el
aire no le basta! Y aún: soy yo el que debo aguardar un día, él sencillamente
ha vuelto a entrar en el domingo en cuanto ha franqueado la línea del
meridiano. ¡Dios mío, pero entonces la Isla que veo es la del domingo, y si
llegó el domingo, yo debería verle ya! No, me estoy equivocando en todo. La
Isla que veo es la de hoy, es imposible que yo vea el pasado como en una esfera
mágica. Es allá en la Isla, sólo allá, donde es ayer. Pero si veo la Isla de
hoy, debería verle a él, que en el ayer de la Isla está ya, y se encuentra
viviendo un segundo domingo... Que luego, llegado ayer u hoy, debería haber
dejado en la playa la campana destripada, y no la veo. Pero podría haberla
llevado consigo a la espesura. ¿Cuándo? Ayer. Veamos pues: hagamos que la que
yo veo es la Isla del domingo. He de aguardar a mañana para ver que él llega el
lunes...
Podríamos
decir que Roberto había perdido definitivamente el juicio, y con buena razón:
comoquiera que hubiera calculado, la cuenta no le habría salido. Las paradojas
del tiempo hacen que perdamos el juicio también nosotros. Por lo tanto, era
normal que no consiguiera entender ya qué hacer: y se redujo a hacer lo que
cada uno, a lo menos víctima de la propia esperanza, habría hecho. Antes de
abandonarse a la desesperación se dispuso a esperar el día por venir. Cómo lo
hiciera, es difícil de reconstruir, yendo adelante y atrás por la puente, no
tocando comida, hablando consigo mismo, con el padre Caspar y con las
estrellas, y quizá echando de nuevo mano al aguardiente. El caso es que lo
volvemos a encontrar al día siguiente, mientras la noche esclarece y el cielo
se tiñe, y luego, después de salir el sol, siempre más tenso a medida que las
horas transcurren, ya alterado entre las once y medio día, en completo desorden
entre medio día y el ocaso, hasta que debe rendirse a la realidad; y esta vez
sin duda alguna. Ayer, ciertamente ayer, el padre Caspar sumergióse en las
aguas del océano austral, y ni ayer ni hoy ha salido. Y como todo el prodigio
del meridiano antípoda se juega entre el ayer y el mañana, no entre ayer y
pasado mañana, o mañana y antes de ayer, ya estaba seguro de que de aquel mar
el padre Caspar no habría vuelto a salir nunca más.
Con
matemática, es más, cosmográfica y astronómica certidumbre, su pobre amigo
estaba perdido. Ni se podía decir dónde estaba su cuerpo. En un lugar
indeterminado allá abajo. Quizá existían corrientes violentas bajo la
superficie y aquel cuerpo estaba ya en alta mar. O quizá no, debajo del Daphne
existía una fosa, un precipicio, la campana habíase asentado allí y de allí
el viejo no había podido volver a subir, consumiendo el poco aliento, siempre
más acuoso, para invocar ayuda.
Quizá,
para huir, habíase librado de sus correas, la campana aún llena de aire había
hecho un salto hacia arriba, pero su parte férrea había frenado aquel primer
impulso y la había refrenado a media agua, quién sabe dónde. El padre Caspar
había intentado liberarse de sus botas, pero no lo había conseguido. Ahora en
aquella costanera, arraigado en la roca, su cuerpo exánime vacilaba como un
alga.
Y mientras
Roberto así pensaba, el sol del martes estaba ya detrás de sus espaldas; el
momento de la muerte del padre Caspar Wanderdrossel hacíase siempre más remoto.
El ocaso
creaba un cielo ictérico detrás del verde sombrío de la isla, y un mar estigio.
Roberto entendió que la naturaleza se contristaba con él, y, como a veces le
acaece a quien queda despojado de una persona querida, poco a poco dejó de
llorar la desventura de ésta, y lloró la propia, y la propia soledad recobrada.
Hacía
poquísimos días que se había librado della, el padre Caspar habíase convertido
para él en el amigo, el padre, el hermano, la familia y la patria. Agora daba
en la cuenta de que estaba de nuevo desacompañado y recoleto. Esta vez para
siempre.
Sin
embargo, en aquel anonadamiento, otra ilusión estaba tomando cuerpo. Ahora él
estaba seguro de que la única forma de salir de su reclusión no debía buscarla
en el Espacio infranqueable, sino en el Tiempo.
Ahora
tenía que aprender a nadar de verdad, y alcanzar la Isla. No tanto para hallar
algún despojo del padre Caspar perdido en los pliegues del pasado, sino para
detener el hórrido progresar del propio mañana.
26
DECLARACIÓN MAGISTRAL SOBRE LOS EMBLEMAS
Durante
tres días, Roberto había permanecido con el ojo pegado al anteojo de larga
vista de a bordo (reconveníase que el otro, más potente, fuera ya inservible),
fijando la cima de los árboles en la ribera. Esperaba divisar la Paloma
Naranjada.
El tercer
día se conturbó. Había perdido a su único amigo, estaba extraviado en el más
alejado de los meridianos, ¡y habríase sentido consolado si hubiera divisado un
pájaro que quizá sólo había pasado por la cabeza del padre Caspar!
Decidió
volver a explorar su refugio para entender cuánto habría podido sobrevivir a
bordo. Las gallinas seguían poniendo huevos, y había nacido una nidada de
polluelos. De los vegetales recogidos no quedaban muchos, estaban ya demasiado
secos, y habrían debido usarse como pienso para los volátiles. Había aún pocos
barriles de agua, pero recogiendo la lluvia habría sido posible incluso no
usarlos. Y, por fin, los peces no faltaban.
Luego
reflexionó que, no comiendo vegetales frescos, se moría de escorbuto. Estaban
los del invernadero, pero éste habría sido regado por vías naturales sólo si
hubiera descendido la lluvia: si sobrevenía una larga sequía, habría tenido que
regar las plantas con el agua para beber. Y si hubiere habido borrasca durante
días y días, habría tenido agua, pero no habría podido pescar.
Para
sosegar sus angustias había vuelto al camarote del órgano de agua, que el padre
Caspar le había enseñado a poner en marcha: escuchaba siempre y sólo «Daphne»,
porque no había aprendido cómo se substituía el cilindro; pero no le disgustaba
volver a escuchar durante horas y horas la misma melodía. Un día había
identificado Daphne, el navío, con el cuerpo de la mujer amada. ¿No era
acaso Dafne una criatura que se había transformado en laurel, en substancia
arbórea, pues, afín a aquélla de la que había sido extraída la nave? La melodía
le cantaba pues de Lilia. Como se ve, la cadena de pensamientos era
completamente inconsiderada; ahora bien, así pensaba Roberto.
Reprochábase
haberse dejado distraer por la llegada del padre Caspar, haberlo seguido en sus
antojos mecánicos, y haber olvidado el propio voto amoroso. Aquella única
canción, cuya letra ignoraba, si alguna vez había existido, estaba
transformándose en la oración que él proyectaba hacer murmurar cada día a la
máquina, «Daphne» tocada por el agua y por el viento en los rincones del Daphne,
memoria de la transformación antigua de una Dafne divina. Todas las noches,
mirando al cielo, solfeaba aquella melodía en voz baja, como una letanía.
Luego
volvía al camarote y volvía a escribir a Lilia.
Al hacer
esto había dado en la cuenta de que había pasado los días precedentes al aire
libre, y de día, y que volvía a refugiarse en aquella semiobscuridad que, en
realidad, había sido su estado natural no solamente en el Daphne, antes
de encontrar al padre Caspar, sino durante más de diez años, desde los tiempos
de la herida de Casal.
A la
verdad, no creo que durante todo ese tiempo Roberto hubiera vivido, como deja
creer repetidamente, sólo de noche. Que haya evitado los excesos de la
canícula, es probable, pero cuando seguía a Lilia lo hacía de día. Considero
que aquella enfermedad era más efecto de humor negro que de verdadera aflicción
de la visión: Roberto reparaba que sufría la luz sólo en los momentos más
atrabiliarios, pero cuando su mente estaba distraída por pensamientos más
risueños, no le prestaba atención.
Comoquiera
que fuere y hubiere sido, aquella noche habíase descubierto reflexionando por
vez primera sobre los embelesos de la sombra. Mientras escribía, o levantaba la
pluma para mojarla en el tintero, veía la luz o como halón dorado sobre el
papel, o como ribete céreo y casi translúcido, que definía el contorno de sus
dedos obscuros. Como si habitara dentro de la propia mano y se manifestara sólo
en las márgenes. Todo en torno, estaba envuelto por el sayo afectuoso de un
capuchino, es decir, de un no sé qué de color avellana que, tocando la sombra,
en ella moría.
Miraba la
llama del candil y entreveía nacer en ella dos fuegos: una llama roja, que se
incorporaba a la materia corruptible, y otra que, elevándose en un blanco
cegador, hacía que esfumara en el ápice su raíz de cárdeno lirio. Así, decíase,
su amor alimentado por un cuerpo que moría daba vida a la representación
celestial de la amada.
Quiso
celebrar, después de algunos días de traición, aquella reconciliación suya con
la sombra y volvió a subir a la puente mientras las sombras dilatábanse por
doquier, sobre el navío, sobre el mar, sobre la Isla, donde se entreveía ya
sólo el rápido anochecer de las colinas. Intentó, memorioso de sus campiñas,
divisar en la ribera la presencia de las luciérnagas, vivas centellas aladas
brujuleando por la obscuridad de los setos. No las vio, meditó sobre los
oxímoros de las antípodas, donde quizá las luciérnagas lucen sólo a la hora
sexta.
Luego se
echó en el alcázar, y se puso a mirar la luna, dejándose acunar por la
cubierta, mientras de la Isla provenía el ruido de la resaca, mezclado con un
canto de grillos, o de sus afines de aquel hemisferio.
Meditaba
que la belleza del día es como una belleza rubia, mientras que la belleza de la
noche es una belleza morena. Saboreó el contraste de su amor por una diosa
rubia consumado en noche morena. Recordando aquella madeja de trigo maduro que
aniquilaba cualquier otra luz en el salón de Arthénice, quiso bella a la luna
porque disolvía en su extenuación los rayos de un sol latente. Se prometió
hacer del día reconquistado nueva ocasión para leer en los reflejos de las
ondas el encomio del oro de aquellos cabellos y el azul de aquellos ojos.
Ahora
saboreaba las bellezas de la noche, cuando parece que todo descansa, las
estrellas se mueven más silenciosamente que el sol; y nos sentimos movidos a
creer que somos la única persona en toda la naturaleza absorta en soñar.
Aquella
noche estaba a punto de decidir que se habría quedado durante todos los días
por venir en el navío. Pero levantando los ojos al cielo había visto un grupo
de estrellas que, de repente, parecieron mostrarle el perfil de una paloma con
las ajas extendidas, que llevaba en la boca una rama de olivo. Ahora bien, es
verdad que en el cielo austral, poco alejada del Can Mayor, había sido
localizada ya, desde hacía por lo menos cuarenta años, una constelación de la
Paloma. No estoy muy seguro de que Roberto, desde donde estaba, a aquella hora
y en aquella estación, hubiera podido divisar precisamente aquellas estrellas.
De todos modos, como el que había visto una paloma (como Johannes Bayer en su Uranometria
Nova, y luego bastante más tarde, Coronelli en su Libro dei Globi) demostraba
más fantasía aún que la que no tuviera Roberto, diría que cualquier disposición
de astros, en aquel momento, podía parecerle a Roberto un pichón, una paloma
silvestre o zurita, una tórtola, lo que vosotros queráis: aunque por la mañana
hubiera dudado de su existencia, la Paloma Naranjada habíale penetrado en las
entrañas como un clavo; o, como veremos mejor, un dardo de oro largo.
Tenemos
que preguntarnos en efecto por qué, a la primera alusión del padre Caspar,
entre las muchas maravillas que la Isla podía prometerle, Roberto se hubiera
interesado tanto por la Paloma.
Veremos, a
medida que vayamos siguiendo esta historia, que en la mente de Roberto (que el
estar en soledad habría hecho cada día más férvida) aquella paloma, sugerida
apenas por un relato, habríase vuelto tanto más viva cuanto menos hubiera
conseguido verla, compendio invisible de todas las pasiones de su alma amante,
admiración, estima, veneración, esperanza, celos, envidia, estupor y regocijo.
No le quedaba claro (ni puede quedárnoslo a nosotros) si se había convertido en
la Isla, o en Lilia, o en ambas, o en el ayer en el que las tres estaban
relegadas, para aquel exilado en un hoy sin término, cuyo futuro estaba sólo en
el llegar, algún mañana, al día de antes.
Podríamos
decir que Caspar habíale evocado el Cántico de Salomón que, mirad por dónde, su
carmelita habíale leído tantas y tantas veces que él casi lo había aprendido de
memoria: y desde la mocedad, él disfrutaba de melifluas agonías por un ser con
los ojos de paloma, por una paloma cuyo semblante y voz espiaría entre las
hendiduras de las peñas... Pero esto me satisface hasta un cierto punto. Creo
que es necesario empeñarnos en una «Explicación de la Paloma», redactar algún
que otro apunte para un tratadillo por hacerse que podría titularse Columba
Patefacta, y el proyecto no me parece completamente ocioso, si otros han
empleado todo un capítulo para interrogarse sobre el Sentido de la Ballena; que
luego son animalejos o negros o grises (y a lo sumo, blanca hay una sola),
mientras nosotros tenemos que vérnoslas con una rara avis de un color
aún más raro, y sobre la cual la humanidad ha reflexionado mucho más que sobre
las ballenas.
Éste es,
en efecto, el punto. Que hubiera hablado de ello con el carmelita, o discutido
con el padre Emanuel, que hubiera hojeado un montón de libros que en sus
tiempos se tenían en gran aprecio, que en París hubiera escuchado disertaciones
sobre las que ahí abajo llamaban Divisas o Imágenes Enigmáticas, Roberto de las
palomas habría debido de saber algo.
Recordemos
que aquél era un tiempo en el que se inventaban o reinventaban imágenes de
cualquier tipo para descubrir en ellas sentidos recónditos y reveladores.
Bastaba con ver, no digo una bella flor o un cocodrilo, sino un canastillo, una
escalera, un cedazo o un crisol para intentar construirle en torno una
red de cosas que, a primera vista, nadie habría observado en ellos. No quiero
ponerme aquí a distinguir entre Empresa o Emblema, y sobre cómo, de diferentes
maneras, a estas imágenes podían aplicarse versos o lemas (si no es indicando
que el Emblema, de la descripción de un hecho particular, no necesariamente
expresado por figuras, extraía un concepto universal; mientras que la Empresa
iba de la imagen concreta de un objeto particular a una cualidad o propósito de
un individuo único, como decir «yo seré más cándido que la nieve», o «más
astuto que la serpiente», o aun, «antes morir que traicionar», hasta llegar a
los celebérrimos Frangar non Flectar y Spiritus durissima coquii). La
gente de aquella edad conceptuaba indispensable traducir el mundo entero en una
selva de Símbolos, Señas, Juegos Ecuestres, Máscaras, Pinturas, Armas
Gentilescas, Trofeos, Insignias de Honor, Figuras Ingeniosas, Reversos
esculpidos en las monedas, Fábulas, Alegorías, Apólogos, Epigramas, Sentencias,
Schommas, Proverbios, Téseras, Epístolas Lacónicas, Epitafios, Parerga,
Inscripciones Lapidarias, Escudos, Glifos, Clípeos y, si me lo permitís, aquí
me detengo yo; pero no se detenían ellos. Y cualquier buena Empresa debía ser metafórica,
poética, compuesta sí por un alma toda por descubrir pero, en primer lugar, por
un cuerpo sensible que remitiera a un objeto del mundo, y debía ser noble,
admirable, nueva pero conocible, aparente pero actuosa, singular, proporcionada
al espacio, aguda y breve, equívoca y escueta, popularmente enigmática,
apropiada, ingeniosa, única y heroica.
En
definitiva, una Empresa era una ponderación misteriosa, la expresión de una
correspondencia; una poesía que no cantaba, sino que estaba compuesta de una
figura muda y de un mote que hablaba a la vista por ella; preciosa sólo en
cuanto imperceptible, su esplendor se escondía en las perlas y en los diamantes
que no enseñaba sino gota a gota. Decía más haciendo menos ruido, y allá donde
el Poema Épico requería de fábulas y episodios, o la Historia de deliberaciones
y arengas, bastaban a la Empresa sólo dos rasgos y una sílaba: sus perfumes se
destilaban sólo en gotas no palpables, y sólo entonces podían verse los objetos
bajo un vestido sorprendente, como acaece con los Forasteros y con las
Máscaras. La Empresa ocultaba más de lo que descubría. No cargaba el espíritu
de materia sino que lo alimentaba de esencias. Tenía que ser (con un término
que entonces usábase muchísimo y que ya hemos usado) peregrina, pero peregrino
quería decir extranjero, y extranjero quería decir extraño.
¿Hay nada
más forastero que una Paloma Naranjada? Es más, ¿hay nada más peregrino que una
paloma? Ya, la paloma era imagen rica de significados, tanto más sutiles en
cuanto cada uno en conflicto con los demás.
Los
primeros en hablar de la paloma habían sido, como es natural, los Egipcios,
desde los antiquísimos Hieroglyphica de Horus Apolo. Y con otras
muchísimas cosas, este animal era considerado purísimo entre todos, tanto que,
si había una pestilencia que atosigara hombres y cosas, permanecían mondos los
que comieran sólo palomas. Lo que debería resultar evidente, visto que este
animal es el único que carece de hiel (es decir, el veneno que los demás
animales tienen pegado al hígado), y ya decía Plinio que si una paloma cae
enferma, coge una hoja de laurel y recobra la salud. Y si el laurel es el lauro
y el lauro es Dafne, nos hemos entendido.
Puras como
son, las palomas son también un símbolo harto malicioso, porque se consumen por
la gran lujuria: nótese que, mientras todos los demás animales tienen una
estación para los amores, no hay estación del año en la cual el palomo no monte
a la paloma. Y pasan el día besándose (redoblando los besos para hacerse callar
mutuamente) y entrelazando las lenguas.
Permítaseme
ahora que diga lo que digo a continuación: ya se sabe que interpretar los
símbolos es como mirar los tapices flamencos por el revés, que aunque se ven
las figuras, están llenas de hilos que las escurecen, y no se ven con la lisura
y la tez de la haz. Por ello, quizá nos arroje cierta luz el saber que, en la
lengua toscana, de la sensualidad de las palomas derívanse muchas expresiones
deleitosas como colombar con le labbra y baci colombini, para
decirla como los casuistas. Y colombeggiare le decían los poetas a hacer
el amor como las palomas, y tanto como ellas. Ni tampoco olvidemos que Roberto
habría debido conocer aquellos versos del célebre caballero italiano que
decían:
«Quando
nel letto, ove i primieri ardori, / sfogar giá de' desir caldi e vivaci /
colombeggiando i dúo lascivi cori / si raccolser tra lor tra baci e baci», que
habrían de inspirar estos sublimes y cultos versos: «reclinados, al mirto más
lozano / una y otra lasciva, si ligera, / paloma se caló, cuyos gemidos /
(trompas de amor) alteran sus oídos».
Para
seguir con este tema, las palomas vienen de Chipre, isla consagrada a Venus.
Apuleyo, también otros antes que él, contaba que el carro de Venus está tirado
por candidísimas palomas, llamadas precisamente pájaros de Venus por su
descomedida lascivia. Otros recuerdan que los griegos llamaban peristera a
la paloma porque en paloma transformó Eros envidioso a la ninfa Peristera,
amadísima por Venus, que la había ayudado a derrotarlo en un certamen entre
quién recogía más flores. ¿Pero qué quiere decir que Venus «amaba» a Peristera?
Eliano
dice que las palomas fueron consagradas a Venus porque en el monte Eryx, en
Sicilia, se celebraba una fiesta cuando la diosa pasaba hacia Libia; aquel día,
en toda Sicilia, ya no se veían palomas, porque todas habían cruzado el mar
para ir a formar cortejo a la diosa. Nueve días después, desde las costas de
Libia llegaba a Trinacria una paloma roja como el fuego, como dice Anacreonte
(y os ruego que pongáis mientes en este color); y era Venus misma, que
precisamente llamábase Purpúrea, y detrás de ella venía la turba de las demás
palomas. Siempre Eliano nos cuenta de una muchacha llamada Phytia que Júpiter
amó y transformó en paloma.
Los Asidos
representaban a Semíramis en forma de paloma, y Semíramis fue criada por las
palomas, y luego convertida en una de ellas. Sabemos todos que era mujer de
hábitos no irreprensibles, pero tan bella que Escaurobates, rey de los Indios,
habíase prendado de amor desesperado por ella, que era concubina del rey de
Asi—ria, y que no pasaba un solo día sin cometer adulterio, y el historiador
Juba dijo que habíase enamorado incluso de un caballo.
Pero a un
símbolo amoroso se le perdonan muchas cosas, sin que cese de atraer a los
poetas: por lo cual (y figurémonos si Roberto no lo sabía) Petrarca se
preguntaba «¿qué gracia, qué amor o qué destino / me dará plumas en guisa de
paloma?», o Bandello: «Este palomo par a mí en ardor / arde en crudo fuego
ferviente Amor, / por doquier va buscando adonde fuere / su palomica, y de
deseo muere».
Ahora
bien, las palomas son algo más y mejor que una Semíramis, y nos enamoramos de
ellas porque tienen esta otra tiernísima característica, que lloran, o gimen,
en lugar de cantar, como si tanta pasión satisfecha no las dejara jamás
saciadas. ídem cantus gemitusque, decía un emblema del Camerarius; Gemitibus
Gaudet, decía otro aún más eróticamente intrigante. Como para perder la
cabeza.
Sin
embargo, el hecho de que estos pájaros se besen y de que sean tan lascivos, y
ésta es una bella contradicción que señala a la paloma, es también prueba de
que son aves fidelísimas, y por ello son, al mismo tiempo, el símbolo de la
castidad, al menos en el sentido de la fidelidad conyugal. Y lo decía ya
Plinio: aunque amorosí—
simas,
tienen un gran sentido del pudor y no conocen el adulterio. De su fidelidad
conyugal sean testigos tanto Propercio pagano como Tertuliano. Se dice, sí, que
en los casos raros en los que sospechan el adulterio, los machos se vuelven
despóticos, su voz está llena de plañido y crueles son los golpes que dan con
el pico. Pero inmediatamente después, para reparar su agravio, el macho corteja
a la hembra, y la adula dando frecuentes vueltas en torno suyo. Idea ésta, que
los celos desbocados fomenten el amor, y éste una nueva fidelidad, y así seguir
besándose al infinito y en cada estación, que me parece harto bella y, como
veremos, bellísima para Roberto.
¿Cómo no
amar una imagen que te promete fidelidad? Fidelidad incluso después de la
muerte, porque una vez perdido el compañero, estos pájaros ya no se unen a otro
(«en soledad vivía y en soledad ha puesto su vida»). La tórtola había sido
elevada, por lo tanto, a símbolo de la casta viudez, aunque Ferro recuerda la
historia de una viuda que, tristísima por la muerte del marido, tenía consigo a
una tórtola blanca y por ella fue reprochada, a lo cual ella respondió Dolor
non color, cuenta el dolor no el color.
En fin,
lascivas o no, esta devoción al amor hace decir a Orígenes que las palomas son
símbolo de la caridad. Y por eso, dice San Cipriano, el Espíritu Santo
desciende sobre nosotros en forma de paloma, porque no sólo este animal carece
de hiel, sino que no araña con sus garras, no muerde, le es natural amar las
estancias de los hombres, no conoce sino una sola casa, alimenta a sus propios
pequeños y pasa la vida en común conversación, entreteniéndose con el compañero
en la concordia, en este caso honestísima, del beso. Donde se ve que el besarse
puede ser también signo de gran amor hacia el prójimo, y la Iglesia usa el rito
del beso de paz. Era costumbre entre los Romanos acogerse y encontrarse con
besos, también entre hombre y mujer. Escoliastas malignos dicen que lo hacían
porque estábales prohibido a las mujeres beber vino, y besándolas controlaban
su aliento, pero en fin, se juzgaban groseros a los Númidas que no besaban sino
a sus pequeños.
Pues todos
los pueblos han juzgado nobilísimo el aire, así han honrado a la paloma, que
vuela más alto que los demás pájaros, y no obstante, vuelve siempre fiel al
propio nido. Algo que desde luego hace también la golondrina, pero nadie ha
conseguido jamás hacerla amiga de nuestra especie y domesticarla, mientras la
paloma sí. Refiere, por ejemplo, San Basilio que los columbarios rociaban una
paloma con bálsamo odorífero, y las demás palomas, atraídas, aquélla seguían en
gran formación. Odore trahit. Que no sé si tiene mucho que ver con lo
que he dicho antes, pero me toca esta perfumada benevolencia, esta odoratísima
pureza, esta seductora castidad.
A pesar de
todo, la paloma no es sólo casta y fiel, sino también simple (Columbina
simplicitas: sed prudentes como la serpiente y simples como la paloma, dice
la Biblia), y por ello es, a veces, símbolo de la vida monacal y apartada; y
qué tiene que ver esto con todos esos besos, no me lo hagáis decir, por favor.
Otro
motivo de fascinación es la trepiditas de la paloma: su nombre griego treron
procede sin duda de treo, «huyo temblando». De ello hablan Hornero,
Ovidio y Virgilio («Temerosos como pichones durante una negra tempestad»), y no
olvidemos que las palomas viven siempre en el terror del águila o, peor, del
buitre. Léase en Valeriano cómo, justamente por eso, nidifican en lugares
impracticables para protegerse (de donde la empresa Secura nidificat); y
ya lo recordaba Jeremías, mientras el Salmo 55 invoca «¡Oh, si tuviera alas
como la paloma... Cómo huiría lejos, lejos!».
Los Judíos
decían que las palomas y tórtolas son los pájaros más perseguidos y, por eso,
dignos del altar, porque mejor es ser perseguidos que perseguidores. Para
Aretino, en cambio, que no era manso como los Hebreos, quien paloma se vuelve,
halcón se lo come. Pero Epifanio dice que la paloma no se protege jamás de las
asechanzas, y Agustín repite que no sólo no lo hace con los animales
grandísimos a los que no se puede oponer, sino incluso en relación con los
gorriones.
Quiere una
leyenda que haya en la India un árbol frondoso y verdegueante que se llama en
griego Paradision. En la parte derecha moran las palomas y no se apartan
jamás de la sombra que propaga; si se alejaran del árbol serían presa de un
dragón que es su enemigo. Pero a éste le es enemiga la sombra del árbol, y
cuando la sombra está a la derecha él está al acecho a la izquierda, y
viceversa.
Sin
embargo, por trémula que sea, la paloma tiene algo de la prudencia de la
serpiente, y si en la Isla había un dragón, la Paloma Naranjada bien sabía
cuidarse: en efecto, se quiere que la paloma vuele siempre sobre el agua
porque, si el gavilán se le echa encima, ella ve su imagen reflejada. En
definitiva, ¿se defiende o no se defiende de las asechanzas?
Con todas
estas variadas y harto discordes cualidades, le ha tocado a la paloma
convertirse también en símbolo místico, y no tengo absolutamente necesidad de
tediar al lector con la historia del Diluvio, y del papel desempeñado por este
pájaro al anunciar la paz y la bonanza, y las nuevas tierras surgidas. Mas para
muchos autores sagrados la paloma es también emblema de la Mater Dolorosa y de
sus inermes gemidos. Y de ella se dice Indus et extra, porque es candida
tanto dentro como fuera. A veces se la representa mientras rompe la soga que la
mantenía prisionera, Effracto libera vinculo, y se convierte en figura
de Cristo resucitado de la muerte. Además, parece seguro, llega al atardecer,
para no ser sorprendida por la noche, y por lo tanto, para no ser detenida por
la muerte antes de haber enjugado las manchas del pecado. Por no hablar, y ya
lo hemos dicho, de lo que se sabe por Juan: «He visto los cielos abiertos y al
Espíritu Santo bajar como una paloma de los cielos».
En cuanto
a otras hermosas Empresas Colombinas, quién sabe cuántas conocía Roberto como Mollius
ut cubant, porque la paloma se quita las plumas para hacerles más mullido
el nido a sus pequeños; Luce lucidior, porque reluce cuando se levanta
hacia el sol; Quiescit in motu, porque vuela siempre con un ala recogida
para no hacer demasiado esfuerzo. Había habido incluso un soldado que, para
excusar sus intemperancias amorosas, había escogido como insignia una celada en
la que habían hecho el nido dos tortolillas, con el mote Árnica Venus.
Le
parecerá a quien lee que la paloma significados tenía incluso demasiados. Pero
si se ha de elegir un símbolo o un jeroglífico, y morir por él, que sus
sentidos sean muchos, si no, más vale llamar pan al pan y vino al vino, o átomo
al átomo y vacío al vacío. Cosa que podía encontrar el gusto de los filósofos
naturales que Roberto trataba en la casa de los Dupuy, pero no el del padre
Emanuel; y sabemos que nuestro náufrago se inclinaba ahora a la una, ahora a la
otra sugestión. Por fin, lo hermoso de la paloma, por lo menos (considero) para
Roberto, era que ella no era sólo, como cualquier Empresa o Emblema, un
Mensaje, sino un mensaje cuyo mensaje era la insondabilidad de los mensajes
agudos.
Cuando
Eneas tiene que descender al Averno —y encontrar también él la sombra del
padre, y, en cierto sentido, el día o los días ya pasados— ¿qué hace la Sibila?
Le dice, sí, que vaya a enterrar a Miseno, y que haga varios sacrificios de
toros y otro ganado, pero si de verdad quiere llevar a cabo una empresa que
nadie jamás ha tenido o la valentía, o la fortuna de intentar, deberá encontrar
un árbol umbroso y frondoso en el cual haya una rama de oro. El bosque lo
esconde y lo cierran oscuros convalles, y sin embargo, sin esa rama
«auricomus», no se penetran los secretos de la tierra. ¿Y quién es el que
permite a Eneas descubrir la rama? Dos palomas, por lo demás, ya deberíamos
saberlo, pájaros maternales. El resto es cosa consabida a legañosos y barberos.
En fin, Virgilio no sabía nada de Noé, pero la paloma lleva una noticia, indica
algo.
Se quería,
por otra parte, que las palomas hicieran oficio de oráculo en el templo de
Júpiter, donde él contestaba por su boca. Posteriormente, una de estas palomas
había volado hasta el templo de Amón y la otra al de Delfos, por lo que se
comprende cómo tanto los Egipcios como los Griegos contaban las mismas
verdades, aunque bajo oscuros velos. Sin paloma, ninguna revelación.
Y nosotros
estamos aquí, todavía hoy, preguntándonos qué quería significar la Rama Dorada.
Signo de que las palomas traen mensajes, pero que son mensajes en cifra.
No sé lo
que sabía Roberto de las cábalas de los Hebreos que, con todo y eso, estaban
muy de moda en aquel retazo de tiempo, pero, si trataba al señor Gaffarel, algo
debía de haber oído: el caso es que los Hebreos sobre la paloma habían
construido enteros castillos. Lo hemos recordado, es decir, lo había recordado
el padre Caspar: en el Salmo 68 se habla de alas de la paloma que se cubren de
plata, y de sus plumas que tienen destellos de oro. ¿Por qué? ¿Y por qué en los
Proverbios vuelve una imagen harto similar de «manzanas de oro en una red
cincelada en plata», con el comentario «ésta es la palabra pronunciada a
propósito»? ¿Y por qué en el Cántico de Salomón, dirigiéndose a la muchacha
(«Tus ojos de paloma»), se le dice «Oh hermosa entre las mujeres, tortolicas de
oro te haremos esmaltadas de plata»?
Los
Hebreos comentaban que el oro es el de la escritura, la plata los espacios
blancos entre las letras o las palabras. Y uno de ellos, que quizá Roberto no
conocía, pero que aún estaba inspirando a muchos rabinos, había dicho que las
manzanas de oro que están en la red de plata finamente cincelada significan que
en cualquier frase de las Escrituras (y sin duda en cualquier objeto o
acontecimiento del mundo) hay dos caras, la manifiesta y la escondida, y la
manifiesta es plata, pero más preciosa, porque de oro, es la escondida. Y quien
mira la red de lejos, con las manzanas envueltas por sus hilos de plata, cree
que las manzanas son de plata, mas cuando mire mejor descubrirá el esplendor
del oro.
Todo lo
que contienen las Sagradas Escrituras de prima facie reluce como plata,
su sentido oculto brilla como el oro. La inviolable castidad de la palabra de
Dios, escondida a los ojos de los profanos, está como cubierta por un velo de
pudor, y está en la sombra del misterio. Dice la palabra de Dios que no se han de
echar perlas a los cerdos. Tener ojos de paloma significa no detenerse en el
sentido literal de las palabras sino saber penetrar su sentido místico.
Y sin
embargo, este secreto, como la paloma, es esquivo y no se sabe nunca dónde se
halla. La paloma significa que el mundo habla por jeroglíficos y, por lo tanto,
es ella misma el jeroglífico que significa los jeroglíficos. Y un jeroglífico
no dice y no esconde, sólo muestra.
Y otros
Hebreos habían dicho que la paloma es un oráculo, y no es una casualidad el que
en hebreo tórtola se diga tore, que evoca la Tora, que es luego
su Biblia, libro sagrado, origen de toda revelación.
La paloma
mientras vuela en el sol parece sólo centellear como plata, pero sólo quien
habrá sabido esperar largo tiempo para descubrir su cara oculta, verá su oro
verdadero, es decir, el color de naranja resplandeciente.
Del
venerable Isidoro en adelante también los cristianos habían recordado que la
paloma, reflejando en su vuelo los rayos del sol que la ilumina, se nos aparece
con colores diferentes. La paloma depende del sol, y son empresas suyas De
TU luz Mis Prendas, o Por ti me adorno y reluzco. Su cuello se
reviste a la luz de varios colores, y no obstante, permanece siempre el mismo.
Y por ello es aviso a no fiar en las apariencias, mas también a encontrar la
verdadera apariencia bajo las engañosas.
¿Cuántos
colores tiene la paloma? Como dice un
antiguo bestiario :
Uncor m'estuet que vos devis des
columps, qui sunt blans et bis: li un ont color aierine, et li autre l'ont
stephanine; li un sont neir, li autre rous, li un vermel, l'autre cendrous, et
des columps i a plusors qui ont trestotes les colors.
¿Y qué
será entonces una Paloma Naranjada?
Para
concluir, admitiendo que Roberto supiera algo, encuentro en el Talmud que los
poderosos de Edom habían decretado contra Israel que habrían arrancado el
cerebro a quien llevara el filacterio. Ahora bien, Elíseo se lo había puesto y
había salido a la calle. Un tutor de la ley lo había visto y lo había
perseguido mientras huía. Cuando Elíseo fue alcanzado, se quitó el filacterio y
lo escondió entre las manos. El enemigo le dijo: «¿Qué tienes en las manos?» Y
aquél contestó: «Las alas de una paloma». El otro le había abierto las manos. Y
eran las alas de una paloma.
Yo no sé
lo que significa esta historia, pero la encuentro muy hermosa. Así debería
haberla encontrado Roberto.
Amabilis
columba,
unde, unde ades volando?
Quid est
rei, quod altum
coelum cito secando
tam copia benigna
spires liquentem odorem?
Tam copia benigna
ungüenta grata stilles?
Quiero
decir, la paloma es un signo importante, y podemos entender por qué un hombre
perdido en las antípodas decidiera que tenía que apuntar bien los ojos para
entender qué significaba para él.
Inaccesible
la Isla, perdida Lilia, flagelada toda esperanza, ¿por qué no debía la
invisible Paloma Naranjada convertirse en la médula áurea, en la piedra
filosofal, en el fin de los fines, volátil como toda cosa que apasionadamente
se desea? Aspirar a algo que no tendrás jamas, ¿es ésta la agudeza del más
generoso entre los deseos?
La cosa me
parece tan clara (luce lucidior) que decido no seguir adelante con mi
Explicación de la Paloma.
Vuélvete
paloma, que al aire de tu vuelo, el ciervo por el otero asoma y nosotros
regresamos a nuestra historia.
27 LOS
SECRETOS DEL FLUJO Y REFLUJO DEL MAR
Al día
siguiente, a las primeras luces del sol, Roberto habíase desnudado
completamente. Con el padre Caspar, por pudor, metíase en el agua vestido, pero
había entendido que la ropa lo volvía pesado y lo estorbaba. Ahora estaba
desnudo. Se ató el cabo a la cintura, descendió la escala de Jacob y estaba de
nuevo en el mar.
Se
mantenía a flote, eso lo había aprendido. Tenía que aprender ahora a mover
brazos y piernas, como hacían los perros con las patas. Ensayó algunos
movimientos, siguió durante algunos minutos y dio en la cuenta de que habíase
alejado de la escalerilla poquísimas brazas. Además, estaba ya cansado.
Sabía cómo
descansar, y se había puesto boca arriba algunos instantes, dejándose pulir por
el agua y el sol.
Se sentía
de nuevo con fuerzas. Así pues, tenía que moverse hasta que el cansancio le
pudiera, luego descansar como un muerto durante algún minuto, entonces volver a
empezar. Sus desplazamientos habrían sido mínimos, el tiempo larguísimo, pero
así había que hacerlo.
Después de
una que otra prueba, tomó una valiente decisión. La escala bajaba a la derecha
del bauprés, por la parte de la Isla. Ahora habría intentado alcanzar el lado
occidental del navío. Luego habría descansado y últimamente habría regresado.
El
tránsito bajo el bauprés no fue largo, y poder contemplar la proa por la otra
parte fue una victoria. Abandonóse con la cara hacia arriba, brazos y piernas
extendidas, con la impresión de que por aquel lado la ola lo acunaba mejor que
por el otro.
A un
cierto punto había advertido un tirón en la cintura. El cabo habíase tendido al
máximo. Volvió a ponerse en posición canina y entendió: el mar habíalo
conducido hacia el norte, desplazándolo a la izquierda del navío, muchas brazas
allende la punta del bauprés. En otras palabras, aquella corriente que avanzaba
de suroeste a nordeste y que se volvía impetuosa un poco más a occidente del Daphne,
en efecto, hacíase sentir ya en la bahía. No la había advertido cuando
hacía sus inmersiones a la diestra, resguardado como estaba por la mole del
pingue, pero llegándose a la siniestra había sido atraído por ella, y
habríaselo llevado si la maroma no lo hubiera contenido. Él creía estar parado,
y habíase movido como la tierra en su turbillón. Por eso habíale sido bastante
fácil doblar la proa: no que su habilidad hubiera aumentado, era el mar el que
lo asegundaba.
Preocupado,
quiso intentar regresar hacia el Daphne con sus proprias fuerzas, y se
percató de que, si apenas meneándose canino se acercaba algún palmo, en el
momento mismo en que aflojaba para recuperar el resuello, el cabo volvía a
tenderse, señal de que había vuelto hacia atrás.
Habíase
aferrado a la cuerda, y la había tirado hacia sí, girando sobre sí mismo para
envolvérsela en la cintura, de suerte que en poco tiempo había hecho retorno a
la escalerilla. Una vez a bordo, decidió que intentar alcanzar la ribera a nado
era peligroso. Tenía que construirse una balsa. Miraba aquella reserva de
maderaje que era el Daphne, y daba en la cuenta de que no tenía nada con
que arrebatarle ni siquiera el mínimo tronco, a menos que no pasara años y años
segando un palo con el cuchillo.
¿Mas no
había llegado hasta el Daphne atado a una tabla? Pues bien, se trataba
de sacar de quicio una puerta y usarla como navecilla, empujándola acaso con
las manos. Como martillo el pomo de la espada, introduciendo la hoja a modo de
palanca, al final había conseguido arrancar de los goznes una de las puertas de
la cámara de los oficiales. En la empresa, al final, la hoja habíase quebrado.
Paciencia, no tenía que batirse ya contra seres humanos, sino contra la mar.
Mas si se
hubiere echado a la mar encima de la puerta, ¿dónde habríale conducido la
corriente? Arrastró la puerta hasta la amurada de babor y consiguió arrojarla
al mar.
La puerta
había flotado acidiosa, pero después de menos de un minuto estaba ya lejos del
navío y era transportada primero hacia el lado izquierdo, más o menos en la
dirección en la que él mismo había ido. A medida que se dirigía allende la
proa, su velocidad había aumentado, hasta que en un cierto punto, a la altura
del cabo septentrional de la bahía, había adoptado un movimiento acelerado
hacia el norte.
Ahora
corría como habría hecho el Daphne si hubiera levado el ancla. Roberto
consiguió seguirla a simple ojo hasta que hubo rebasado el cabo, luego tuvo que
tomar el anteojo de larga vista, y la vio proceder aún, rapidísima, allende el
promontorio durante un largo trecho. La tabla huía, por tanto, expedita, en el
cauce de un ancho río que tenía diques y orillas en medio de un mar que
estábase tranquilo a sus lados.
Consideró
que, si el meridiano ciento y ochenta extendíase a lo largo de una línea ideal
que, a mitad de la bahía, enlazaba los dos promontorios, y si aquel río doblaba
el propio curso inmediatamente después de la bahía, orientándose hacia el
norte, ¡entonces éste, más allá del promontorio, fluía exactamente por el
meridiano antípoda!
Si él
hubiere estado sobre aquella tabla, habría navegado a lo largo de aquella línea
que separaba el hoy del ayer; o el ayer de su mañana...
En aquel
momento, sin embargo, sus pensamientos eran otros. Si hubiere estado sobre la
tabla no habría tenido modo de oponerse a la corriente, sino con algún
movimiento de las manos. Era menester ya un gran esfuerzo para dirigir el
propio cuerpo, imaginémonos una puerta sin proa, sin popa y sin gobernalle.
La noche
de su llegada la tabla lo había dirigido bajo el bauprés sólo por efecto de
algún viento o corriente secundaria. Para poder prever un nuevo acontecimiento
de este tipo, habría tenido que estudiar atentamente los movimientos de las
mareas, durante semanas y semanas, acaso meses, tirando al mar decenas y
decenas de tablas; y luego quién sabe aún...
Imposible,
por lo menos en el estado de sus conocimientos, hidrostáticos o hidrodinámicos
que fueren. Mejor seguir fiando en la natación. Alcanza más fácilmente la
ribera, desde el centro de una corriente, un perro que patalea que no un perro
dentro de una cesta.
Tenía que
continuar, pues, su aprendizaje. Y no habríale bastado aprender a nadar entre
el Daphne y la ribera. También en la bahía, en diferentes momentos de la
jornada, según el flujo y el reflujo, manifestábanse corrientes menores: y por
tanto, en el momento en el que procedía confiadamente hacia oriente, un juego
de agua habría podido arrastrarlo primero hacia occidente y luego derecho hacia
el cabo septentrional. Así pues, habría tenido que adquirir la destreza de
nadar también contra corriente. Amarra mediante, no habría debido renunciar a
desafiar también las aguas a la izquierda del buque.
En los
días siguientes, Roberto, manteniéndose en el lado de la escala, habíase
acordado de que en la Griva no había visto nadar solamente perros, sino también
ranas. Y como quiera que un cuerpo humano en el agua, con las piernas y los
brazos extendidos, recuerda más la forma de una rana que la de un perro,
habíase dicho que quizá se podía nadar como una rana. Se había ayudado incluso
vocalmente. Gritaba «croa croa» y lanzaba hacia fuera los brazos y las piernas.
Luego había dejado de graznar, porque estas emisiones bestiales tenían como
efecto dar demasiada energía a su bote y hacerle abrir la boca, con las
consecuencias que un nadador ducho habría podido prever.
Habíase
convertido en una rana anciana y reposada, majestuosamente silenciosa. Cuando
sentía los hombros cansados, por aquel movimiento continuo de las manos hacia
fuera, volvía a tomar more canino. Una vez, mirando los pájaros blancos
que seguían vociferantes sus ejercicios, a veces llegando a pique a pocas
brazas de él para aferrar un pez (¡la Treta de la Gaviota!), había intentado
incluso nadar como volaban ellos, con un amplio movimiento alar de los brazos;
pero había dado cuenta de que es más difícil mantener cerradas la boca y la
nariz que no un pico, y había renunciado a la empresa. Ya no sabía qué animal
era, si perro o rana; quizá un sapejo peludo, un cuadrúpedo anfibio, un
centauro de los mares, una viril sirena.
Y con todo
eso, entre estos varios intentos, había reparado en que, bien o mal, un poco se
movía: en efecto, había empezado su viaje a proa y ahora hallábase más allá de
la mitad del costado. Pero cuando decidió invertir el camino y volver a la
escala, advirtió que ya no tenía fuerzas, y tuvo que atraerse hacia atrás con
el cabo.
Lo que le
faltaba era la respiración apropiada. Conseguía ir pero no volver... Habíase
convertido en nadador, aunque como aquel señor del que había oído hablar, que
había hecho toda la peregrinación de Roma a Jerusalén, media milla al día,
adelante y atrás en su jardín. No había sido jamás un atleta, y los meses en el
Amarilis, siempre en su alojamiento, el desabrimiento del naufragio, la
espera en el Daphne (salvo los pocos ejercicios impuestos por el padre
Caspar), lo habían enflaquecido.
Roberto no
demuestra saber que, nadando, se habría reforzado, y parece pensar más bien en
fortalecerse para poder nadar. Vérnosle, por tanto, engullir dos, tres, cuatro
yemas de huevo de un golpe, y devorar una gallina entera antes de intentar un
nuevo chapuz. Afortunadamente estaba el cabo. Apenas en el agua, había sido
acometido por convulsiones tales que casi no conseguía volver a subir.
Ahí lo
tenemos, de noche, meditando sobre esta nueva contradicción. Antes, cuando ni
siquiera esperaba poderla alcanzar, la Isla parecía aún al alcance de la mano.
Ahora que estaba aprendiendo el arte que lo habría conducido allá abajo, la
Isla se alejaba.
Es más,
como la veía no sólo lejana en el espacio, sino también (y hacia atrás) en el
tiempo, a partir de este momento, cada vez que menciona esta lejanía, Roberto
parece confundir espacio y tiempo y escribe «la bahía está, ay infelice,
demasiado ayer», y «cuan difícil es llegar allá abajo que está tan pronto»; o
también «cuánto mar me separa del día apenas transcurrido», o incluso «están
aproximándose nimbos amenazadores de la Isla, mientras aquí ya está sereno...».
Pero si la
Isla se alejaba siempre más, ¿valía todavía la pena aprender a alcanzarla?
Roberto, en los días que siguen, abandona las pruebas de natación para volver a
ponerse a buscar con el anteojo de larga vista la Paloma Naranjada.
Ve
papagayos entre las hojas, localiza unas frutas, sigue desde el alba al ocaso
el avivarse y apagarse de colores diferentes en la espesura, pero no ve la
Paloma. Empieza a pensar que el padre Caspar le ha mentido, o que ha sido
víctima de alguna chanza suya. A momentos se convence de que tampoco el padre
Caspar ha existido jamás; y ya no encuentra indicios de su presencia en el
navío. Deja de creer en la Paloma, y tampoco cree ya, ni siquiera, que en la
Isla esté la Specola. Saca dello ocasión de consuelo pues, se dice, habría sido
irreverente corromper con una máquina la pureza de aquel paraje. Y vuelve a
pensar en una Isla hecha a su medida, es decir, a la medida de sus sueños.
Si la Isla
se erguía en el pasado, era el lugar que él tenía que alcanzar a toda costa. En
aquel tiempo fuera de los goznes, él tenía no que encontrar, sino inventar de
nuevo, la condición del primer hombre. Demora no de una fuente de la eterna
juventud, sino fuente ella misma, la Isla podía ser el lugar donde cualquier
criatura humana, olvidando el propio saber emponzoñado, habría encontrado, como
un niño abandonado en la selva, un nuevo lenguaje capaz de nacer de un nuevo
contacto con las cosas. Y con él habría nacido la única y verdadera nueva
ciencia, de la experiencia directa de la naturaleza, sin que filosofía alguna
la adulterara (como si la Isla no fuera padre, que transmite al hijo las
palabras de la ley, sino madre, que le enseña a balbucear los primeros
nombres).
Sólo así
un náufrago renacido habría podido descubrir los dictámenes que gobiernan el
curso de los cuerpos celestes y el sentido de los acrósticos que éstos trazan
en el cielo, no fantaseando entre Almagestos y Cuadripartitos, sino
directamente leyendo el sobrevenir de los eclipses, el tránsito de los escudos
argirocomos y las fases de los astros. Sólo por la nariz que sangra a causa de
la caída de una fruta, habría aprendido verdaderamente de un golpe tanto las
leyes que arrastran los graves a gravedad, como de motu coráis et sanguinis
in animalibus. Sólo con observar la superficie de un estanque y meter una
rama en su apacible cristal, una caña, una de aquellas largas y rígidas hojas
de metal, el nuevo Narciso, sin ningún computar dióptrico y esciatérico, habría
captado la alternante escaramuza de la luz y de la sombra. Y quizá habría
podido entender por qué la tierra es un espejo opaco que pincela con tinta lo
que refleja, el agua una pared que vuelve diáfanas las sombras que se imprimen
en ella, mientras en el aire, las imágenes no encuentran jamás una superficie
de la cual rebotar, y la penetran huyendo hasta los extremos límites del éter,
salvo volver a veces en forma de ilusiones y otros prodigios.
¿Mas
poseer la Isla no era poseer a Lilia? ¿Y entonces? La lógica de Roberto no era
la de aquellos filósofos cultipicaños y bobicultos, intrusos en el atrio del
Liceo, que quieren siempre que una cosa, si es de tal modo, no pueda ser
también del modo opuesto. Por un error, quiero decir un errar de la imaginación
propio de los amantes, él sabía ya que la posesión de Lilia habría sido, al
mismo tiempo, el venero de toda revelación. Descubrir las leyes del universo a
través de un anteojo le parecía solamente la forma más larga de alcanzar una
verdad que habríasele revelado en la luz ensordecedora del placer si hubiera
podido abandonar la cabeza en el regazo de la amada, en un Jardín en el que
todos los arbustos fueran Árbol del Bien.
Pero, cual
también nosotros deberíamos saber, ya que desear algo que está lejos evoca el
espectro de alguien que nos lo substraiga, Roberto dio en temer que en las
delicias de aquel Edén se hubiera introducido una Serpiente. Fue embargado por
la idea de que en la Isla, usurpador más raudo, lo esperara Ferrante.
28 ORIGEN
DE LAS NOVELAS
Los
amantes aman más a sus males que a sus bienes. Roberto no podía pensarse sino
separado para siempre de quien amaba pero, cuanto más se sentía dividido de
ella, tanto más era presa de la tribulación de que algún otro no lo estuviera.
Hemos
visto que, acusado por Mazarino de haber estado en un lugar donde no había
estado, Roberto habíase metido en la cabeza que Ferrante estaba presente en
París y había tomado en algunas ocasiones su lugar. Si aquello era verdad,
Roberto había sido arrestado por el Cardenal y enviado a bordo del Amarilis,
mas Ferrante había permanecido en París, y para todos (¡Ella incluida!) era
Roberto. No quedaba, por tanto, sino pensar en Ella junto a Ferrante, y he aquí
que ese purgatorio marino se transformaba en un infierno.
Roberto
sabía que los celos se forman sin respeto alguno por lo que es, o lo que no es,
o lo que acaso no sea jamás; que son un arrebato que de un mal imaginado saca
un dolor real; que el celoso es como un hipocondríaco que se convierte en
enfermo por miedo a estarlo. Cuidado, decíase, con dejarse arrebatar por esta
necedad dolorífica que te obliga a representarte a la Otra con Otro, y nada
como la soledad estimula la duda, nada como el forjar quimeras transforma la
duda en certidumbre. Y con todo eso, añadía, no pudiendo evitar amar no puedo
evitar ponerme celoso y no pudiendo evitar ponerme celoso no puedo evitar
forjarme quimeras.
En efecto,
los celos son, entre todos los temores, el más ingrato: si tú temes a la
muerte, sientes alivio del poder pensar que, por el contrario, gozarás de una
larga vida, o que en el curso de un viaje encontrarás la fuente de la eterna
juventud; y, si eres pobre, obtendrás consuelo del pensamiento de encontrar un
tesoro; por cada cosa temida, hay una esperanza que nos espolea. No cuando se
ama en ausencia de la amada: la ausencia es al amor como el viento al fuego,
apaga el pequeño, hace inflamarse el grande.
Si los
celos nacen del intenso amor, quien no experimenta celos por la amada no es
amante, o ama con el corazón ligero, tanto que se sabe de amante los cuales,
temiendo que su amor se sosiegue, lo alimentan encontrando a toda costa razón de celos.
Así pues,
el celoso (que aun quiere o quisiera a la amada casta y fiel) no quiere ni
puede pensarla sino como digna de celos, y por ende culpable de traición,
avanzando entonces en el sufrimiento presente el placer del amor ausente. Y es
que pensar en ti poseyendo a la amada lejana, bien sabiendo que no es verdad,
no te puede hacer tan vivo el pensamiento de ella, de su calor, de sus rubores,
de su perfume, como el pensar que de esos mismos dones está, en cambio, gozando
Otro: mientras de tu ausencia estás seguro, de la presencia de ese enemigo
estás, si no cierto, por lo menos no necesariamente inseguro. El contacto
amoroso, que el celoso imagina, es la única manera en la que pueda
representarse con verisimilitud un enlace ajeno que, si no indudable, es a lo
menos posible, mientras el proprio es imposible.
El celoso
no es capaz, ni tiene voluntad, de imaginarse lo opuesto de lo que teme, antes,
no puede gozar sino magnificando el propio dolor, y sufrir del magnificado goce
del que se sabe excluido. Los placeres de amor son unos males que se dejan
desear, donde coinciden dulzura y martirio, y el amor es voluntaria insania,
paraíso infernal e infierno celestial; en definitiva, concordia de anhelados
contrarios, risa doliente y quebradizo diamante.
Así
doliéndose, mas membrándose de aquella infinidad de los mundos sobre la que
había discutido en los días anteriores, Roberto tuvo una idea, mejor, una Idea,
un gran y anamórfico acto de Ingenio.
Pensó, es
decir, que habría podido construir una historia, de la cual él no era, a buen
seguro, protagonista, ya que no se desarrollaba en este mundo, sino en un País
de las Novelas, y estos trabajos habríanse desarrollado paralelos a los del
mundo en el que él estaba, sin que las dos series de aventuras pudieran jamás
encontrarse y sobreponerse.
¿Qué
ganaba Roberto? Mucho. Decidiendo inventar la historia de otro mundo, que
existía sólo en su pensamiento, de ese mundo se convertía en dueño, pudiendo
hacer de suerte que las cosas que en él acaecían no fueran allende sus
capacidades de aguante. Por otra parte, convirtiéndose en lector de la novela
de la que era autor, podía participar de las congojas de los personajes: ¿no
les acontece a lectores de novelas que pueden, sin celos, amar a Tisbe, usando
a Píramo como su vicario, y padecer por Astrea a través de Celadón?
Amar en el
País de las Novelas no significaba experimentar celos algunos: allá abajo lo
que no es nuestro es en algún sentido también nuestro, y lo que en el mundo era
nuestro, y nos fue arrebatado, allí no existe; aunque lo que existe se parece a
lo que, existente, no tenemos o hemos perdido...
Y
entonces, Roberto habría debido escribir (o pensar) la novela de Ferrante y de
sus amoríos con Lilia, y sólo edificando aquel mundo novelesco habría olvidado
la comezón que le producían los celos en el mundo real.
Además,
razonaba Roberto, para entender qué hame acontecido y cómo he caído en la
celada tendídame por Mazarino, yo habría de reconstruir la Historia de aquellos
acontecimientos, encontrando sus causas y sus secretos motivos. ¿Mas existe
nada más incierto que las Historias que nosotros leemos, donde si dos autores
nos cuentan acerca de la misma batalla, tales son las incongruencias en que se
repara, que casi pensamos que se trata de dos batallas diferentes? ¿Y existe
nada, en cambio, más cierto que la Novela, donde al final cada Enigma encuentra
su explicación según las leyes de lo Verisímil? La Novela cuenta cosas que
quizá no han acaecido en verdad, mas habrían podido acaecer perfectamente.
Explicar mis desventuras en forma de Novela, significa cerciorarme de que
existe, de ese revoltillo, por lo menos una manera de devanar el enredo, y por
tanto, no soy víctima de una pesadilla. Idea ésta, insidiosamente antitética a
la primera, pues de tal forma aquella historia novelesca habría debido
sobreponerse a su historia verdadera.
Y en suma,
seguía argumentando Roberto, el mío es un caso de amor por una mujer: ahora
bien, sólo la Novela, desde luego no la Historia, se ocupa de cuestiones de
Amor, y sólo la Novela (jamás la Historia) se preocupa de explicar qué piensan
y sienten esas hijas de Eva que, desde los días del Paraíso Terrestre hasta el
Infierno de las Cortes de nuestros tiempos, bien han influido sobre los
acontecimientos de nuestra especie.
Todos
ellos argumentos razonables, cada uno por su cuenta, no tomados todos juntos.
En efecto, hay una diferencia entre quien actúa escribiendo una novela y quien
padece los celos. Un celoso goza configurándose lo que no quisiera que hubiere
sucedido, pero al mismo tiempo se niega a creer que sucede realmente. Un
novelista recurre a cualquier artificio con tal de que el lector no sólo goce
imaginándose lo que no ha sucedido, sino también que, a un cierto punto, olvide
que está leyendo y crea que todo ha sucedido realmente. Ya es causa de penas
intensísimas para un celoso leer una novela escrita por otros, que cualquier
cosa que éstos digan, le parece que se refiere a su asunto. Imaginémonos a un
celoso que ese asunto suyo finge inventar. ¿No se dice del celoso que da cuerpo
a las sombras? Y por tanto, por umbrátiles que sean las criaturas de una
novela, dado que la Novela es hermana carnal de la Historia, esas sombras
resultan demasiado corpulentas para el celoso, y aún más si, en vez de ser las
sombras de otro, son las propias.
Por otra
parte, el que, a pesar de sus virtudes, las Novelas tengan sus defectos,
Roberto habría debido de saberlo. Así como la medicina enseña también los
venenos, la metafísica turba con inoportunas sutilezas los dogmas de la
religión, la ética recomienda la magnificencia (que no beneficia a todos), la
astrología patrocina la superstición, la óptica engaña, la música fomenta los
amores, la geometría estimula el injusto dominio, las matemáticas la avaricia;
así el Arte de la Novela, aun advirtiéndonos de que nos suministra ficciones,
abre una puerta en el Palacio de la Absurdidad, que franqueada por ligereza, se
cierra a nuestras espaldas.
Pero no
está en nuestro poder refrenar a Roberto de que dé este paso, pues que sabemos
con seguridad que lo dio.
29 EL ALMA
DE FERRANTE
¿Dónde
volver a tomar la historia de Ferrante? Roberto consideró oportuno partir de
aquel día en el que éste, traicionados los franceses con los que fingía
combatir en Casal, después de haberse hecho pasar por el capitán Gambero,
habíase refugiado en los reales españoles.
Quizá,
acogiéndole con entusiasmo, había habido algún gran señor que habíale
prometido, al final de aquella guerra, llevarlo consigo a Madrid. Y allí había
empezado el ascenso de Ferrante a las márgenes de la corte española, donde
había aprendido que virtud de los soberanos es su arbitrio, el Poder es un
monstruo insaciable, y era menester servirle como un esclavo devoto, para poder
aprovechar de cualquier miga que cayera de aquella mesa, y obtener ocasión de
una lenta y áspera ascensión; primero como bravo, matón y confidente, luego
fingiéndose gentilhombre.
Ferrante
no podía ser sino de inteligencia vivaz, aun cuando obligada al mal, y en aquel
ambiente había aprendido enseguida cómo portarse; había escuchado (o adivinado)
aquellos principios de sabiduría cortesana con los que el Señor de Salazar
había intentado catequizar a Roberto.
Había
cultivado la propia mediocridad (la humildad de la propia bastarda cuna), no
temiendo ser eminente en lo mediano, para evitar un día ser mediano en lo
eminente.
Había
entendido que, cuando no es posible vestirse con la piel del león, es menester
hacerlo con la de la zorra, ya que del Diluvio se han salvado más zorras que
leones. Cada criatura tiene su propia sabiduría, y de la zorra había aprendido
que jugar en descubierto no procura ni provecho ni placer.
Si se le
invitaba a que difundiera una calumnia entre la servidumbre, de suerte que poco
a poco llegara al oído de su señor, y él sabía gozar de los favores de una
camarera, apresurábase a decir que lo habría intentado en la taberna, con el
cochero; o, si el cochero le era compañero de vicio en la taberna, afirmaba con
una sonrisa de inteligencia que sabía bien cómo hacerse escuchar por una cierta
doncellica. No sabiendo cómo actuaba y cómo habría actuado, su señor de alguna
manera perdía un punto con respecto a él, y él sabía que quien no descubre
inmediatamente las propias cartas deja a los demás en suspenso; circúndase uno
de misterio, y ese mismo arcano provoca el respeto ajeno.
Al
eliminar a sus propios enemigos, que al principio eran pajes y palafreneros,
luego gentileshombres que lo creían par suyo, había establecido que había que
mirar de soslayo, jamás de frente: la sagacia se bate con bien estudiados
subterfugios y no actúa nunca de la forma prevista. Si aludía a un movimiento
era sólo para conducir al engaño, si amagaba al aire con destreza, obraba luego
en la impensada realidad, atento siempre a desmentir la intención mostrada. No
atacaba jamás cuando el adversario estaba en plenitud de fuerzas (ostentándole,
más bien, amistad y respeto), sino sólo en el momento en que mostrábase
indefenso, y entonces lo conducía al precipicio con el aire de quien corría en
su auxilio.
Mentía a
menudo, pero no sin criterio. Sabía que para ser creído tenía que mostrar a
todos que a veces decía la verdad cuando le perjudicaba, y la callaba cuando
habría podido sacar motivo de elogio. Por otra parte, intentaba criar fama de
hombre sincero con los inferiores, de suerte que la voz llegara a los oídos de
los poderosos. Habíase convencido de que simular con los iguales era defecto,
pero no simular con los mayores es temeridad.
Y con eso,
no obraba ni siquiera con demasiada franqueza, y de todas maneras no siempre,
temiendo que los demás habrían dado en la cuenta de esta uniformidad suya y
habrían prevenido un día sus acciones. Tampoco exageraba al actuar con doblez,
temiendo que después, la segunda vez, habrían descubierto su engaño.
Para
convertirse en sabio ejercitábase en soportar a los necios, de los que se
circundaba. No era tan desprevenido para endosarles todos sus errores, pero
cuando la posta era alta, intentaba que hubiera siempre a su lado una cabeza de
turco (llevado por la propia gran ambición a mostrarse siempre en primera fila,
mientras él manteníase en el fondo) al cual no él, sino los demás habrían
atribuido más tarde el malhecho.
En fin,
mostraba hacer él todo lo que podía redundar en su ventaja, pero hacía hacer
por mano ajena lo que habría podido atraerle el rencor.
En el
mostrar las propias virtudes (que mejor deberíamos llamar condenadas
habilidades) sabía que una mitad en alarde y otra entrevista más es que un todo
abiertamente declarado. A veces hacía consistir la ostentación en una
elocuencia muda, en un mostrar las eminencias al descuido, y tenía la habilidad
de no descubrirse jamás de una vez.
A medida
que iba ascendiendo en el propio estado y se comparaba con gente de condición
superior, era habilísimo en mimar los gestos y el lenguaje, pero hacíalo sólo
con personas de condición inferior a las que tenía que fascinar para algún fin
ilícito; con sus mayores cuidábase de aparentar no saber, y de admirar en ellos
lo que ya sabía.
Cumplía
todas las misiones desvergonzadas que sus mandantes le confiaban, pero sólo si
el daño que hacía no era de proporciones tales que éstos hubieran podido probar
repugnancia; si le pedían delitos de aquella magnitud, negábase; en primer
lugar, para que no pensaran que un día habría sido capaz de lo mismo contra
ellos, y segundo (si la nequicia gritaba venganza ante Dios), para no
convertirse en el indeseado testigo de su remordimiento.
En público
daba evidentes manifestaciones de piedad, pero tenía por dignas sólo la fe
rota, la virtud conculcada, el amor de sí mismo, la ingratitud, el desprecio de
las cosas sagradas; blasfemaba contra Dios en su corazón y creía en el mundo
nacido por azar, fiando, sin embargo, en un destino dispuesto a doblegar su
mismo curso en favor de quien supiera moldearlo en su propio provecho.
Para
alegrar sus raros momentos de tregua, tenía comercio sólo con las casadas
prostitutas, las viudas incontinentes, las muchachas desvergonzadas. Pero con
mucha moderación pues, en su maquinar, Ferrante a veces renunciaba a un bien
inmediato con tal de sentirse arrastrado a otra maquinación, como si su maldad
no le concediera jamás descanso.
Vivía, en
suma, día a día como un asesino que acechara quieto detrás de un cortinaje,
donde las hojas de los puñales no emanan luz. Sabía que la primera regla del
éxito era esperar la ocasión, pero sufría porque la ocasión le parecía aún
lejana.
Esta
lóbrega y obstinada ambición lo privaba de toda paz del ánimo. Considerando que
Roberto habíale usurpado el puesto al que tenía derecho, todos los premios lo
dejaban insatisfecho, y la única forma que el bien y la felicidad podían
adoptar a los ojos del ánimo suyo era la desgracia del hermano, el día en el
que hubiere podido convertirse en su autor. Por lo demás, agitaba en su cabeza
gigantes de humo en mutua batalla, y no tenía mar, o tierra, o cielo donde
encontrar amparo y sosiego. Todo lo que tenía ofendíale, todo lo que quería
érale razón de tormento.
No reía
jamás, a menos que no estuviera en la taberna para hacer que un ignaro
confidente suyo se emborrachara. Pero en el secreto de su aposento controlábase
cada día en el espejo, para ver si el modo en que se movía podía revelar su
ansia, si el ojo se presentaba demasiado insolente, si la cabeza más inclinada
de lo debido no manifestara vacilación, si las arrugas demasiado profundas de
su frente no lo hicieran parecer encruelecido.
Cuando
interrumpía estos ejercicios, y abandonando sus máscaras, de madrugada,
cansado, veíase como realmente era; ah, entonces Roberto no podía sino
murmurarse algunos versos leídos algunos años antes:
Angélica
materia me asegura,
que eterna viva mi infernal belleza.
¿Qué importa que me arroje de su altura
si mi soberbia sube hasta su asiento,
y aun el espacio imaginario apura?
Mas ¡ay de mí!, que ya mi agravio siento,
que a lanzadas de envidia me maltrata
fiero penar y desigual tormento.
Como nadie
es perfecto, ni siquiera en el mal, y no era totalmente capaz de dominar el
exceso de la propia malignidad, Ferrante no había podido evitar dar un paso
falso. Encargado por su señor de que le organizara el rapto de una casta
doncella de altísima cuna, ya destinada al matrimonio con un virtuoso
gentilhombre, había empezado a escribirle cartas de amor, firmándolas con el
nombre de su instigador. Luego, mientras ella se retraía, había penetrado en su
alcoba y, haciéndola presa de una violenta seducción, había abusado della. De
un golpe habíala engañado a ella, y al prometido, y a quien habíale comandado
el rapto.
Denunciado
el delito, fue inculpado dello su amo, que murió en duelo con el esposo
traicionado, pero ya Ferrante había tomado el camino de Francia.
En un
momento de buen humor, Roberto hizo aventurarse a Ferrante, en una noche de
enero, a través de los Pirineos, a caballo de una muía robada, que debía
haberse votado a la orden de las terciarias reformadas, en cuanto mostraba el
pelo frailuno, y era tan cuerda, sobria, abstinente y de buena vida, que además
de la maceración de la carne, que se conocía perfectamente por la osamenta de
las costillas, a cada paso besaba la tierra de hinojos.
Las simas
del monte parecían cargadas de leche cuajada, todas ellas revocadas con
albayalde. Aquellos pocos árboles que no estaban completamente enterrados bajo
la nieve veíanse tan blancos que parecían haberse despojado de la camisa y
temblaban más por el frío que por el viento. El sol estaba dentro de su palacio
y no osaba ni siquiera asomarse al balcón. Y si acaso mostraba un poco el
rostro, poníase alrededor de la nariz un perico de nubes.
Los
contados pasajeros que encontrábanse en aquel camino parecían sendos cartujos
que iban cantando lavabis me et super nivem dealbabor... Y Ferrante
mismo, viéndose tan puramente blanco, sentíase ya miembro enharinado de esa
Academia que en sus tierras llamaban del Salvado, y dio en pensar en lemas de
limpieza y esplendor que podrían acompañar a alguna Academia del país que
abandonaba.
Una noche,
del cielo llegaban tan espesos y gruesos los copos del algodón que, así como
otros se convirtieron en estatuas de sal, él dudaba haberse convertido en
estatua de nieve. Los mochuelos, los murceguillos, las caballetas, las
mariposillas y las lechuzas hacíanle moriscas en torno como si lo quisieran
pajarear. Y acabó por dar con la nariz contra los pies de un ahorcado que,
bamboleándose de un árbol, hacía de sí mismo grutescos en campo pardo.
Pero
Ferrante (aunque una Novela tenga que adornarse de descripciones amenas) no
podía ser un personaje de comedia. Debía tender a la meta, imaginando a propia
medida la París a la que estaba aproximándose.
Por lo
cual anhelaba:
—¡Oh
París, golfo desmedido en el que las ballenas se empequeñecen como delfines,
país de las sirenas, emporio de las pompas, jardín de las satisfacciones,
meandro de las intrigas, Nilo de los cortesanos y Océano de la simulación!
Y aquí
Roberto, queriendo inventar un gesto que ningún autor de novelas hubiere
excogitado aún, para reproducir los sentimientos de aquel cudicioso que se
aprestaba a conquistar la ciudad donde compéndianse Europa por la civilización,
Asia por la copia, África por la extravagancia y América por la riqueza, donde
la novedad tiene la esfera, el engaño el gobierno, el lujo el centro, el valor
la arena, la belleza el hemiciclo, la moda la cuna y la virtud la tumba, puso
en boca de Ferrante un lema arrogante: «París, ¡nos veremos!».
Desde
Gascuña hasta el Poitou, y desde allí hasta la Isla de Francia, Ferrante tuvo
modo de urdir algunas picardías que le permitieron transferir una pequeña
riqueza de las faltriqueras de algunos mastuerzos a las propias, y llegar a la
capital en los paños de un joven señor, reservado y amable, el señor del Pozzo.
No habiendo llegado allí abajo noticia alguna de sus vilezas en Madrid, tomó
contactos con algunos españoles cercanos a la Reina, que inmediatamente
apreciaron sus capacidades de prestar servicios reservados, para una soberana
que, aun fiel a su esposo y aparentemente respetuosa del Cardenal, mantenía
relaciones con la corte enemiga.
Su fama de
fidelísimo ejecutor llegó a los oídos de Richelieu, el cual, profundo conocedor
del alma humana, había considerado que un hombre sin escrúpulos que servía a la
Reina, notoriamente con poco dinero, ante una recompensa más rica podía
servirle a él, y dio en usar del de manera tan secreta que ni siquiera sus
colaboradores más íntimos conocían la existencia de aquel joven agente.
Aparte del
largo ejercicio hecho en Madrid, Ferrante tenía la dote rara de aprender
fácilmente las lenguas y de imitar los acentos. No era costumbre suya jactarse
de sus propias prendas, pero un día en que Richelieu había recibido en su
presencia a una espía inglesa, había demostrado saber conversar con aquel
traidor. Por lo cual, Richelieu, en uno de los momentos más difíciles de las
relaciones entre Francia e Inglaterra, habíalo enviado a Londres, donde habría
debido fingirse un mercader maltes, y tomar informaciones sobre los movimientos
de los navíos en los puertos.
Agora
Ferrante había coronado una parte de su sueño: era una espía, ya no a sueldo de
un señor cualquiera, sino de un Leviatán bíblico, que alargaba sus brazos por
doquier.
Una espía
(escandalizábase aterrado Roberto), la peste más contaminosa de las cortes,
Arpía que se posa en las mesas reales con cara afeitada y garras uñosas,
volando con alas de murciélago y escuchando con oídos provistos de un gran
tímpano, vespertilio que ve sólo en las tinieblas, víbora entre las rosas,
escarabajo sobre las flores que convierte en ponzoña la savia que liba
dulcísima, araña de las antesalas que teje los hilos de sus menguados discursos
para capturar todas las moscas que vuelan, papagayo de rostro adusto que todo
lo que oye refiere, transformando lo verdadero en falso y lo falso en
verdadero, camaleón que recibe todos los colores y de todos se viste menos del
que en verdad se engalana. Todas ellas cualidades de las que cada uno experimentaría
vergüenza, excepto, precisamente, quien por decreto divino (o diabólico) haya
nacido al servicio del mal.
Pero
Ferrante no se conformaba con ser espía, y con tener en su poder a aquellos
cuyos pensamientos refería, sino que quería ser, como se decía en aquella
época, una espía doble que, como el monstruo de la leyenda, fuera capaz de
caminar por dos movimientos contrarios. Si la lid en la que chocan los Poderes
puede ser dédalo de intrigas, ¿cuál será el Minotauro en el que se realice el
injerto de dos naturalezas desemejantes? La espía doble. Si el campo donde se
juega la batalla entre las Cortes puede decirse un Infierno en el que corre, en
el cauce de la Ingratitud, con rápida crecida el Flegetón del olvido, donde
bulle el agua turbia de las pasiones, ¿cuál será el Cerbero de tres gargantas
que ladra después de haber descubierto y olisqueado a quien entra para que sea
desgarrado? La espía doble...
Recién
llegado a Inglaterra, mientras espiaba para Richelieu, Ferrante había decidido
enriquecerse prestando algún que otro servicio a los ingleses. Arrancando
informaciones a los siervos y a los pequeños funcionarios ante grandes jarras
de cerveza, en parajes humosos de grasa de carnero, habíase presentado en los
ambientes eclesiásticos diciendo ser un sacerdote español que había decidido
abandonar la Iglesia Romana, cuyas inmundicias ya no soportaba.
Miel para
los oídos de aquellos antipapistas que buscaban todas las ocasiones para poder
documentar las ruindades del clero católico. Y no hacía falta ni siquiera que
Ferrante confesara lo que no sabía. Los ingleses tenían ya entre manos la
confesión anónima, presunta, o verdadera, de otro cura. Ferrante, entonces,
habíase convertido en fiador de aquel documento, firmando con el nombre de un
ayudante del obispo de Madrid, que una vez habíale tratado con altanería y del
cual había jurado vengarse.
Mientras
recibía de los ingleses el encargo de volver a España para recoger otras
declaraciones de sacerdotes dispuestos a calumniar el Sagrado Solio, en una
taberna del puerto había dado con un viajero genovés, con el cual entraba en
familiaridad, para descubrir en breve que el tal era, en realidad, Mahmut, un
renegado que en Oriente había abrazado la fe de los Moros pero que, disfrazado
de mercader portugués, estaba recogiendo noticias sobre la marina inglesa,
mientras otras espías al sueldo de la Sublime Puerta estaban naciendo lo mismo
en Francia.
Ferrante
habíale revelado que había trabajado para agentes turcos en Italia, y que había
abrazado su misma religión, adoptando el nombre de Dgennet Oglou. Habíale
vendido inmediatamente las noticias sobre los movimientos en los puertos
ingleses, y había recibido una recompensa por llevar un mensaje a sus hermanos
en Francia. Mientras los eclesiásticos ingleses lo creían ya salido en
dirección de España, no había querido renunciar a obtener otra ganancia de su
estancia en Inglaterra y, habiendo tomado contacto con hombres del
Almirantazgo, habíase calificado como un veneciano, Grancentola (nombre que
había inventado acordándose del capitán Gambero), que había llevado a cabo
encomiendas secretas para el Consejo de aquella República, en particular sobre
los designios de la marina mercantil francesa. Agora, perseguido por una
proscripción a causa de un duelo, tenía que encontrar refugio en un país amigo.
Para demostrar su buena fe, estaba en condiciones de informar a sus nuevos amos
de que Francia había hecho tomar informaciones en los puertos ingleses a través
de Mahmut, una espía turca, que vivía en Londres fingiéndose portugués.
En
posesión de Mahmut, arrestado inmediatamente, habían sido encontrados apuntes
sobre los puertos ingleses, y Ferrante, es decir Grancentola, había sido
considerado persona digna de fe. Bajo promesa de una acogida final en Albión, y
con el viático de una primera buena suma, había sido enviado a Francia para que
se uniera a otros agentes ingleses.
Llegado a
París había pasado inmediatamente a Richelieu las informaciones que los
ingleses habían substraído a Mahmut. Luego había hallado a los amigos cuya
dirección habíale dado el renegado genovés, presentándose como Carlos de la
Bresche, un ex fraile pasado al servicio de los infieles, que acababa de urdir
en Londres una conspiración para arrojar el descrédito sobre toda la progenie
de los cristianos. Aquellos agentes habíanle dado crédito, pues que habían
sabido ya de un librillo en el que la Iglesia Anglicana hacía públicas las
fechorías de un cura español. Tanto que en Madrid, habiéndose recibido la
noticia, habían arrestado al prelado al que Roberto atribuyera la traición, y
agora aquese estaba esperando la muerte en los calabozos de la Inquisición.
Ferrante
se hacía confiar por los agentes turcos las noticias que habían recogido sobre
Francia, y las mandaba a vuelta de correo al almirantazgo inglés, recibiendo
nueva recompensa. Entonces había regresado a Richelieu y habíale revelado la
existencia, en París, de una cábala turca. Richelieu había admirado una vez más
la habilidad y la fidelidad de Ferrante. Tanto que lo había invitado a
desempeñar un trabajo aún más arduo.
Desde
había tiempo preocupábase el cardenal por lo que acaecía en el salón de la
marquesa de Rambouillet, y atenazábale la sospecha de que entre aquellos
espíritus libres murmurárase contra él. Había cometido un error, enviando a la
Rambouillet a un cortesano de su confianza, el cual estultamente había pedido
noticias de eventuales maledicencias. Arthénice había contestado que sus
huéspedes conocían tan bien su consideración por Su Eminencia que, aun cuando
hubieren pensado mal del, no habrían osado jamás, en su presencia, decir sino
el máximo bien.
Richelieu
proyectaba agora hacer aparecer en París a un extranjero, que pudiere ser
admitido en aquellos consistorios. Brevemente, Roberto no tenía ganas de
inventarse todos los embaucamientos a través de los cuales Ferrante habría
podido introducirse en el salón, pero encontraba conveniente hacerlo llegar, ya
rico de alguna recomendación, y bajo disfraz: una peluca y una barba blanca, un
rostro envejecido con pomadas y afeites, y un parche negro en el ojo izquierdo,
ahí estaba el Abate de Morfi.
Roberto no
podía pensar que Ferrante, en todo y por todo parecido a él, estuviera a su
lado en aquellas veladas ya lejanas, pero recordaba haber visto a un abate
anciano con un parche negro en el ojo, y decidió que aquél había de ser
Ferrante.
El cual,
pues, precisamente en aquel ambiente, y a cabo de diez y pico años, ¡había
vuelto a encontrar a Roberto! No puede expresarse el gozoso livor con el que
aquel deshonesto volvía a ver al odiado hermano. Con el rostro que habría
parecido transfigurado y trastornado por la malevolencia, si no lo hubiera
escondido bajo el camuflaje, habíase dicho que se presentaba por fin la ocasión
de aniquilar a Roberto, y de apoderarse de su nombre y de sus riquezas.
En primer
lugar, lo había espiado, durante semanas y semanas, en el curso de aquellas
veladas, escrutando su semblante para captar los indicios de todos sus
pensamientos. Acostumbrado como estaba a ocultar, era habilísimo también en
descubrir. Por otra parte, el amor no se puede esconder: como todos los fuegos,
se delata con el humo. Siguiendo las miradas de Roberto, Ferrante había
entendido inmediatamente que él amaba a la Señora. Habíase dicho, por tanto,
que, en primer lugar, habría debido arrebatar a Roberto lo que él tenía por más
querido.
Ferrante
había dado en la cuenta de que Roberto, después de haber atraído la atención de
la Señora con su discurso, no había tenido ánimo de acercarse. El embarazo del
hermano jugaba a su favor: la Señora podía entenderlo como desinterés, y
despreciar algo es el mejor expediente para conquistarlo. Roberto le estaba
abriendo el camino a Ferrante. Ferrante había dejado que la Señora se
consumiera en una dudosa espera, luego, calculado el momento propicio, habíase
preparado para halagarla.
¿Mas podía
Roberto permitirle a Ferrante un amor igual al propio? Desde luego que no.
Ferrante consideraba a la mujer retrato de la inconstancia, ministra de los
fraudes, voluble en la lengua, tarda en los pasos y pronta en el antojo.
Educado por umbráticos ascetas que le recordaban a cada instante que el hombre
es el fuego, la mujer la estopa, viene el diablo y sopla, habíase acostumbrado
a considerar a todas las hijas de Eva como animal imperfecto, error de
naturaleza, tortura para los ojos si fea, afán del corazón si bellísima, tirana
de quien la amare, enemiga de quien la despreciare, desordenada en los deseos,
implacable en los desdeños, capaz de encantar con la boca y encadenar con los
ojos.
Mas
precisamente este desprecio empujábale a la burla: del labio le salían palabras
de adulación, cuando en el corazón celebraba el envilecimiento de su víctima.
Se
preparaba Ferrante para poner las manos sobre ese cuerpo que él (Roberto) no
había osado halagar con el pensamiento. Aquese, aquese odiador de todo lo que
para Roberto era objeto de religión, ¿habríase dispuesto, agora, a substraerle
a su Lilia para hacer della la insípida enamorada de su comedia? Qué escarnio.
Y qué penoso deber, seguir la insana lógica de las Novelas, que impone
participar de los afectos más odiosos, cuando se debe concebir como hijo de la
propia imaginación al más odioso entre los protagonistas.
Pero no
podía hacerse otra cosa. Ferrante habría tenido a Lilia; y si no ¿por qué crear
una ficción, sino para morir por ella?
Cómo y qué
había sucedido, Roberto no conseguía figurarse (porque no había logrado
intentarlo jamás). Quizá Ferrante había penetrado de madrugada en el aposento
de Lilia, evidentemente aferrándose a una hiedra (cuyo brazo es tenaz,
invitación nocturna a todo corazón amante), que trepaba hasta su alcoba.
Ahí está
Lilia, mostrando las señales de la virtud ultrajada, a tal punto que cualquiera
habría prestado fe a su indignación, menos un hombre como Ferrante, dispuesto a
juzgar a los seres humanos todos dispuestos al engaño. He ahí a Ferrante
cayendo de rodillas ante ella, y hablando. ¿Qué dice? Dice, con falsa voz, todo
lo que Roberto no sólo habría querido decirle, sino lo que le ha dicho, sin que
ella supiera quién se lo decía.
¿Cómo
puede habérselas ingeniado el bandido, preguntábase Roberto, para conocer el
tenor de las cartas que habíale enviado? Y no sólo, ¡también el de las que
Saint—Savin me había dictado en Casal, y que bien había destruido! ¡E incluso
las que estoy escribiendo agora en este navío! Y sin embargo, no hay duda,
Ferrante agora declama con acento sincero frases que Roberto conocía harto
bien:
—Señora:
en la admirable arquitectura del Universo estaba ya escrito desde el primer día
de la Creación que yo os habría encontrado y amado... Perdonad el furor de un
desesperado, o mejor, no os deis pena: no hase oído jamás que los soberanos
hubieren de rendir cuentas de la muerte de sus esclavos... ¿No habéis hecho vos
dos alquitaras de mis ojos para destilarme la vida y convertirla en agua clara?
Os lo ruego, no volváis la bella cabeza: privado de vuestra mirada soy ciego
pues no me veis, despojado de vuestra palabra soy mudo pues no me habláis, y
desmemoriado seré si no me rememoráis... ¡Oh, que de mí haga por lo menos amor
fragmento insensible, mandrágora, manantial de piedra que lave llorando toda
congoja!
La Señora
agora sin duda temblaba, en sus ojos abrasaba todo el amor que antes había
escondido, y con la fuerza de un prisionero al que alguien rompe los barrotes
del Recato, y ofrece la escala de seda de la Oportunidad. No quedaba sino
hostigarla aún, y Ferrante no se limitaba a decir lo que Roberto había escrito,
sino que conocía otras palabras que agora vertía en los oídos della hechizada,
hechizando también a Roberto, que no recordaba haberlas escrito aún.
—¡Oh
pálido sol mío, ante vuestros dulces palores pierde el alba encarnada todo su
fuego! Oh dulces ojos, de vosotros no pido sino ser enfermado. Y de nada me
sirve huir por campos o selvas para olvidaros. No yace selva en tierra, no
surge planta en selva, no crece rama en planta, no despunta fronda en rama, no
ríe flor en fronda, no nace fruta en flor en la que yo no vea vuestra
sonrisa...
Y ante su
primer rubor:
—Oh, Lilia, ¡si vos supierais! Os he amado sin conocer vuestro rostro y
vuestro nombre. Os buscaba y no sabía dónde estabais. Mas un día habéisme
tocado como un ángel... Oh, lo sé, os preguntaréis cómo es posible que este
amor mío no permanezca purísimo de silencio, casto de lejanía... ¡Mas yo muero,
oh corazón mío, ya lo veis, el alma ya me abandona, no dejéis que el aire la
lleve, permitidle que haga morada en vuestra boca!
Los
acentos de Ferrante eran tan sinceros que el mismo Roberto quería agora que
ella cayera en aquella dulce lisonja. Sólo así él habría tenido la certidumbre
de que le amaba.
Así Lilia
se inclinó para besarlo, luego no osó, queriendo y desqueriendo tres veces
aproximó los labios al aliento deseado, tres veces se retrajo, luego gritó:
—¡Oh sí,
sí, si no me encadenáis jamás seré libre, no seré casta si vos no me violáis!
Y, tomada
su mano después de habérsela besado, habíasela puesto en el seno; luego lo
había atraído hacia sí, robándole tiernamente la respiración sobre los labios.
Ferrante habíase plegado sobre aquel vaso de regocijos (al que Roberto había
confiado las cenizas de su corazón) y los dos cuerpos habíanse fundido en un
alma, las dos almas sólo en un cuerpo. Roberto no sabía ya quién estaba entre
aquellos brazos, visto que ella creía estar entre los suyos, y al ofrecerle la
boca de Ferrante intentaba alejar la propia, para no conceder al otro aquel
beso.
Así,
mientras Ferrante besaba y ella volvía a besar y besar, he aquí que el beso se
disolvía en nada, y a Roberto no le quedaba sino la certidumbre de haber sido
defraudado de todo. Mas no podía evitar pensar en lo que renunciaba a imaginar:
sabía que está en la naturaleza del amor estar en el exceso.
Por aquel
exceso ofendido, olvidando que ella estaba dando a Ferrante, creyéndolo
Roberto, la prueba que Roberto tanto había deseado, odiaba a Lilia, y
recorriendo la nave aullaba:
—¡Oh
miserable, que ofendería a todo tu sexo si te llamara mujer! ¡Lo que has hecho
es más propio de furia que de hembra, e incluso el título de fiera sería
demasiado honroso para bestia tal del infierno! ¡Tú eres peor que el áspid que
envenenó a Cleopatra, peor que la cerastes que seduce con sus engaños a los
pájaros para luego sacrificarlos a su hambre, peor que la anfisbena que a
quienquiera que aferra le vierte tanto veneno que en un instante muere, peor
que el leps que armado de cuatro dientes venenosos corrompe la carne que
muerde, peor que el jáculo que se lanza desde los árboles y estrangula a su
víctima, peor que la culebra que vomita el veneno en las fuentes, peor que el
basilisco, que mata con la mirada! ¡Megeria infernal, que no conoces ni Cielo,
ni tierra, ni sexo, ni fe, monstruo nacido de una roca, de un peñasco, de una
encina!
Luego se
detenía, daba en la cuenta, otra vez, de que ella se estaba dando a Ferrante
creyéndolo Roberto, y que, por tanto, no condenada, sino salvada tenía que ser
de aquella celada:
—¡Atenta,
amor mío amado, ése se te presenta con mi rostro, sabiendo que a otro no
habrías podido amar que no fuere a mí mismo! ¿Qué habré de hacer agora, sino
odiarme a mí mismo para poder odiarle a él? ¿Puedo yo permitir que tú seas
traicionada, gozando de su abrazo creyéndolo el mío? Yo, que ya estaba
aceptando vivir en esta cárcel para tener los días y las noches consagrados a
tu pensamiento, ¿podré agora permitir que tú creas hechizarme haciéndote súcuba
de su sortilegio? Oh Amor, Amor, Amor, ¿no me has castigado ya bastante, no es
éste un morir sin morir?
30 DE
LA ENFERMEDAD DE AMOR O MELANCOLÍA ERÓTICA
Durante
dos días Roberto rehuyó de nuevo la luz. En sus sueños veía solamente muertos.
Se le habían irritado las encías y la boca. Desde las vísceras los dolores
habíanse propagado al pecho, luego a la espalda, y vomitaba substancias ácidas,
aunque no hubiera tomado comida. La atrabilis, mordiendo y mellando todo el
cuerpo, fermentaba en ampollas semejantes a las que el agua expulsa cuando es
sometida a calor intenso.
Había
caído víctima, a buen seguro (y es para no creérselo que hubiere dado en la
cuenta sólo entonces), de aquella que todos llamaban la Melancolía Erótica. ¿No
había sabido explicar aquella velada en el salón de Arthénice que la imagen de
la persona amada suscita el amor insinuándose como simulacro a través del
conducto de los ojos, porteros y espías del alma? Pero después, la impresión
amorosa se deja deslizar lentamente por las venas y alcanza el hígado,
suscitando la concupiscencia, que mueve todo el cuerpo a sedición; y va derecha
a conquistar la ciudadela del corazón, donde ataca a las más nobles potencias
del cerebro y las convierte en esclavas.
Como si
dijéramos que saca a sus víctimas casi fuera de juicio, los sentidos se
extravían, el intelecto se enturbia, la imaginativa resulta depravada, y el
pobre amante pierde carnes, se seca, los ojos se le hunden, suspira, y se
destempla de celos.
¿Cómo
curarse? Roberto creía conocer el remedio de los remedios, que en cualquier
caso le era negado: poseer a la persona amada. No sabía que esto no basta, pues
que los melancólicos no se convierten en tales por amor, sino que se enamoran
para dar voz a su melancolía, prefiriendo los lugares silvestres para tener
espíritu con la amada ausente y pensar sólo cómo llegar a su presencia; pero en
cuanto llegan, acongójanse aún más, y quisieren tender a otro fin todavía.
Roberto
intentaba recordar lo que les había oído a hombres de ciencia que habían
estudiado la Melancolía Erótica. Parecía causada por el ocio, por el dormir
sobre la espalda y por una excesiva retención del semen. Y él desde hacía
demasiados días estaba forzadamente en ocio, y, en cuanto a la retención del
semen, evitaba buscar las causas o proyectar sus remedios.
Había oído
hablar de las partidas de caza como estímulo al olvido, y estableció que tenía
que intensificar sus empresas natatorias, y sin descansar sobre el dorso; ahora
que entre las substancias que excitan los sentidos estaba la sal, y sal, al
nadar, se bebe bastante... Además, recordaba haber oído que los Africanos,
expuestos al sol, eran más viciosos que los Hiperbóreos.
¿Acaso era
con la comida con la que había dado aliciente a sus propensiones saturninas?
Los médicos prohibían la caza, el hígado de oca, los pistachos, las trufas y el
jengibre, pero no decían qué pescados eran desaconsejables. Ponían en guardia
contra las vestiduras demasiado confortables como la cebellina y el terciopelo,
así como contra el musgo, el ámbar, la agalla moscada y el Polvo de Chipre,
pero ¿qué podía saber él del poder ignoto de los cien perfumes que se libraban
del invernadero, y de los que le traían los vientos de la Isla?
Habría
podido contrastar muchas de estas influencias nefastas con el alcanfor, la
borraja, la aleluya; con lavativas, con vomitorios de sal de vitriolo desleído
en caldo corto; y por fin, con las sangrías en la vena mediana del brazo o en
la de la frente; y luego, comiendo sólo achicoria, escarola, lechuga, y
melones, uvas, cerezas, ciruelas y peras, y sobre todo, menta fresca... Pero
nada de todo eso estaba a su alcance en el Daphne.
Volvió a
moverse entre las olas, intentando no engullir demasiada sal, y descansando lo
menos posible.
No dejaba,
es cierto, de pensar en la historia que había evocado, pero la irritación hacia
Ferrante traducíase ahora en arrebatos de prepotencia, y se medía con el mar
como si, sometiéndolo a sus deseos, subyugara al propio enemigo.
Después de
algunos días, una tarde, descubrió por primera vez el color ambarino de sus
pelos pectorales y, como anota mediante varias contorsiones retóricas, del
mismo pubis, y dio en la cuenta de que resaltaban a tal punto porque su cuerpo
había dado en broncíneo; también habíase fortalecido, si en los brazos veía
relampaguear músculos que no había notado jamás. Se consideró ya un Hércules y
perdió el sentido de la prudencia. Al día siguiente bajó al agua sin cabo.
Habría
abandonado la escala, moviéndose a lo largo del buque a estribor, hasta el
timón, luego habría doblado la popa, y habría vuelto a subir por el otro lado,
pasando bajo el bauprés. Y se había empleado con brazos y piernas.
El mar no
estaba serenísimo y pequeñas olas lo arrojaban continuamente hacia los
costados, por lo que tenía que hacer un doble esfuerzo, tanto proceder a lo
largo del navío, como intentar mantenerse apartado. Tenía la respiración
pesada, pero procedía intrépido. Hasta que llegó a medio camino, es decir a
popa.
Aquí dio
en la cuenta de que había gastado todas sus fuerzas. Ya no le quedaban más para
recorrer todo el otro costado, pero ni siquiera para volver hacia atrás.
Intentó asirse al timón, que, sin embargo, ofrecíale un asidero mínimo,
cubierto como estaba por una suerte de mucílago, mientras lentamente se quejaba
bajo la bofetada alterna de la ola.
Veía sobre
su propia cabeza la galería y sus jardines, adivinando detrás de sus vidrieras
la meta segura de su alojamiento. Estaba diciéndose que, si por azar la
escalerilla de proa hubiérase desprendido, habrían podido transcurrir horas y
horas, antes de morir, ansiando aquella puente que tantas veces había querido
abandonar.
El sol
había sido cubierto por una ráfaga de nubes, y él ya se atería. Echó la cabeza
hacia atrás, para dormir, poco después volvió a abrir los ojos, dio la vuelta
sobre sí mismo, y reparó en que estaba acaeciendo lo que había temido: las olas
estaban alejándole del navío.
Se dio
ánimos y volvió junto a la banda, tocándola para recibir fuerza de ella. Encima
de su cabeza divisábase un cañón que asomaba por una porta. Si hubiera tenido
su cuerda, pensaba, habría podido hacer un lazo, intentar arrojarlo hacia
arriba para asir por la garganta aquella boca de fuego, izarse tendiendo el
cabo con los brazos y apoyando los pies en la madera... Y sin embargo, no sólo
la cuerda no estaba, sino que sin duda tampoco habría tenido ánimos y brazos
para remontarse a tanta altura... No tenía sentido morir así, junto al propio
amparo.
Tomó una
decisión. Ahora, una vez doblada la popa, tanto si volvía por la banda derecha
como si proseguía por la banda izquierda, el espacio que lo separaba de la
escala era el mismo. Casi echándolo a suertes, resolvió nadar por la izquierda,
prestando atención a que la corriente no le separara del Daphne.
Había
nadado apretando los dientes, con los músculos tensos,
no
atreviéndose a dejarse ir, ferozmente decidido a sobrevivir, aun a costa,
decíase, de morir.
Con un
grito de alborozo había llegado al bauprés, habíase aferrado a la proa, y había
llegado a la escala de Jacob; y que él y todos los santos patriarcas de las
Sacras Escrituras fueran benditos del Señor, Dios de los Ejércitos.
Ya no
tenía fuerzas. Se había quedado agarrado a la escala quizá media hora. Al final
había conseguido volver a subir a la puente, donde había intentado sacar un
tanteo de su experiencia.
Primero,
él podía nadar, tanto como para ir de una extremidad a otra del navío y
viceversa; segundo, una empresa de ese tipo lo llevaba al límite extremo de sus
posibilidades físicas; tercero, pues que la distancia entre el navío y la
ribera era muchas y muchas veces mayor que todo el perímetro del Daphne, incluso
durante la bajamar, no podía fiar en nadar hasta poder echar mano en algo
sólido; cuarto, la bajamar acercábale, sí, a tierra firme, pero con su reflujo
hacíale más difícil avanzar; quinto, si por casualidad llegaba a mitad del
recorrido y no lograba seguir adelante, ni siquiera habría logrado volver
atrás.
Tenía que
continuar, pues, con el cabo, y esta vez mucho más largo. Habría ido hacia
oriente todo lo que sus fuerzas se lo hubieran permitido, y luego habría vuelto
a remolque. Sólo adiestrándose de ese modo, durante días y días, habría podido
luego intentarlo él solo.
Eligió una
tarde tranquila, cuando el sol estaba ya a sus espaldas. Habíase apercibido de
una cuerda larguísima, que estaba bien asegurada por una extremidad al palo de
la mayor, y yacía en la puente en muchas volutas, dispuesta a desarrollarse
poco a poco. Nadaba tranquilo, sin cansarse demasiado, reposando a menudo.
Miraba la playa y los dos promontorios. Sólo ahora, desde abajo, advertía lo
lejana que estaba aquella línea ideal, que se extendía entre un cabo y el otro
de sur a norte, y allende la cual habría entrado en el día de antes.
Habiendo
mal entendido al padre Caspar, habíase convencido de que la barbacana de los
corales empezaba sólo allá donde pequeñas olas blancas revelaban los primeros
escollos. En cambio, también durante la baja marea los corales empezaban antes.
Si no, el Daphne habría echado anclas más cerca de tierra.
Así había
ido a golpear, con las piernas desnudas, contra algo que se dejaba entrever a
media agua sólo cuando estaba ya encima. Casi contemporáneamente le hirió un
movimiento de formas coloreadas bajo la superficie, y un resquemor insoportable
en el muslo y en la canilla. Era como si hubiera sido mordido o le hubieran
echado una zarpa. Para alejarse de aquel banco habíase ayudado con un golpe de
calcañar, hiriéndose así también un pie.
Se aferró
a la cuerda tirando con tal ímpetu que, una vez regresado a bordo, tenía las
manos desolladas; pero prevenía más su ánimo el dolor en la pierna y en el pie.
Eran ayuntamientos de pústulas muy dolorosas. Las lavó con agua dulce, y esto
alivió en parte la quemazón. Hacia la tarde, y durante toda la noche, la
quemazón habíase acompañado por un picor agudo, y en el sueño, con toda
probabilidad, habíase rascado, de suerte que la mañana siguiente las pústulas
daban sangre y materia blanca.
Echó mano
entonces de los preparados del padre Caspar (Spiritus, Olea, Flores) que
calmaron un poco la infección, pero durante todo un día había sentido aún el
instinto de incidir aquellos bubones con las uñas.
Una vez
más sacó el balance de su experiencia, y llegó a cuatro conclusiones: la
barbacana estaba más cerca de lo que el reflujo dejaba creer, lo que podía
alentarle a volver a intentar la aventura; algunas criaturas que vivían en
ella, cangrejos, peces, quizá los corales, o unas piedras buidas, tenían el
poder de causarle una especie de pestilencia; si quería retornar a aquellas
piedras, tenía que ir calzado y vestido, lo que habría estorbado aún más sus
movimientos; como, en cualquier caso, no habría podido proteger todo el cuerpo,
tenía que estar en condiciones de ver bajo el agua.
La última
conclusión le hizo recordar aquella Persona Vitrea, o máscara para ver en el
mar, que el padre Caspar le había enseñado. Intentó abrochársela a la nuca, y
descubrió que le cerraba el rostro permitiéndole mirar hacia afuera como por
una ventana. Intentó respirar, y advirtió que un poco de aire pasaba. Si pasaba
el aire habría pasado también el agua. Se trataba de usarla, pues, conteniendo
la respiración: cuanto más aire hubiera quedado tanta menos agua habría
entrado. Y había de sacar la cabeza en cuanto estuviere llena.
No debía
de ser una operación fácil, y Roberto tardó tres días en probar todas las fases
estando en el agua, pero cerca del Daphne. Había encontrado en los
catres de los marineros un par de polainas de tela, que le protegían el pie sin
hacerlo demasiado pesado, y un par de calzones largos que podía atar a las
pantorrillas. Habíale sido necesaria media jornada para aprender a volver a
hacer aquellos movimientos que ya le salían tan bien con el cuerpo desnudo.
Luego nadó
con la máscara. En el agua profunda no podía ver mucho, pero divisó un paso de
peces dorados, muchas brazas debajo de sí, como si navegaran en una pecera.
Tres días,
se ha dicho. En el curso de los cuales, primeramente, Roberto aprendió a mirar
abajo conteniendo la respiración, luego a moverse mirando, luego a quitarse la
máscara mientras permanecía en el agua. En esta empresa aprendió por instinto
una nueva posición, que consistía en inflar y tender hacia fuera el pecho,
cocear como si caminara deprisa, e impeler la barbilla hacia arriba. Más
difícil era, en cambio, manteniendo el mismo equilibrio, volver a ponerse la
máscara y volverla a asegurar a la nuca. Se había dicho enseguida, además, que
una vez en la barbacana, si se ponía en aquella posición vertical habría ido a
dar contra los escollos, y si tenía el rostro fuera del agua no habría visto a
qué estábale dando puntapiés. Por lo cual consideró que habría sido mejor no
atarla sino apretar con ambas manos la máscara sobre el rostro. Lo que le
imponía, sin embargo, proceder con el solo movimiento de las piernas,
manteniéndolas extendidas horizontalmente, para no golpear hacia abajo;
movimiento que no había intentado jamás, y que requirió de largo ejercicio
antes de poder ejecutarlo con confianza.
En el
curso de estas pruebas transformaba cada movimiento de iracundia en un capítulo
de su Novela de Ferrante.
Y había
hecho tomar a la historia una dirección más hastiosa, en la que Ferrante fuere
justamente castigado.
31 IDEA DE
UN PRÍNCIPE POLÍTICO
Por otra
parte, no habría podido tardar en volver a tomar su historia. Es verdad que los
Poetas, después de haber dicho de un suceso memorable, lo descuidan durante
algún tiempo, para tener al lector en suspenso; y en esta habilidad se reconoce
a la novela bien inventada; pero el tema no debe abandonarse sobre manera, para
no hacer que el lector se extravíe en demasiadas acciones paralelas. Era
menester, pues, volver a Ferrante.
Substraerle
Lilia a Roberto era sólo uno de los dos fines que Ferrante habíase propuesto.
El otro era hacer caer a Roberto en desgracia con el Cardenal. Designio nada
fácil: el Cardenal, de Roberto, ignoraba incluso la existencia.
Pero
Ferrante sabía sacar provecho de las ocasiones. Richelieu estaba leyendo un día
una carta en su presencia y le había dicho:
—El
Cardenal Mazarino alude a una historia de los ingleses, sobre un Polvo de
Simpatía suyo. ¿Habéis oído hablar del alguna vez en Londres?
—¿De qué
se trata, Eminencia?
—Señor
Pozzo, o como os llaméis, aprended que no se contesta jamás a una pregunta con
otra pregunta, sobre todo a quien está más arriba que vos. Si supiera de qué se
trata no os lo preguntaría. De todas maneras, si no de este polvo, ¿habéis
captado alusiones alguna vez a un nuevo secreto para encontrar las longitudes?
—Confieso
que ignoro todo sobre este argumento. Si Vuestra Eminencia quisiera iluminarme
quizá podría...
—Señor
Pozzo, seríais divertido si no fuerais insolente. No sería el dueño deste país
si iluminara a los demás sobre los secretos que no conocen; a menos que estos
otros sean el Rey de Francia, lo que no me parece vuestro caso. Y por tanto,
haced sólo lo que sabéis hacer: mantened los oídos abiertos y descubrid
secretos de los que no sabíais nada. Luego vendréis a referírmelos, y después
intentaréis olvidarlos.
—Es lo que
siempre he hecho, Eminencia. O, por lo menos, creo, pues he olvidado haberlo
hecho. —Así me placéis. Id pues.
Tiempo
después Ferrante había oído a Roberto, en aquella memorable velada, contender
precisamente sobre el polvo. No le había parecido verdad poder señalar a
Richelieu que un gentilhombre italiano que alternaba con aquel inglés D'Igby
(notoriamente vinculado, tiempo atrás, con el duque de Bouquinquant), parecía
saber mucho sobre ese polvo.
En el
momento en que empezaba a arrojar el descrédito sobre Roberto, Ferrante tenía
que lograr, sin embargo, tomar su puesto. Por ello había revelado al Cardenal
que él, Ferrante, hacíase pasar por el señor del Pozzo dado que su trabajo de
informador le imponía ir de incógnito, pero que en verdad él era el verdadero
Roberto de la Grive, ya esforzado combatiente al lado de los franceses en los
tiempos del asedio de Casal. El otro, que tan subrepticiamente hablaba de
aquese polvo inglés, era un aventurero embaucador que aprovechaba una vaga
semejanza, y ya con el nombre de Mahmut Árabe había servido como espía en
Londres a las órdenes de los Turcos.
Así
diciendo, Ferrante se preparaba para el momento en el que, arruinado el
hermano, él hubiera podido substituirle pasando por el único y verdadero
Roberto, no solamente ante los ojos de los parientes que habían quedado en la
Griva, sino ante los ojos de París entera; como si el otro no hubiera existido
jamás.
En el
intervalo, mientras se paramentaba con el rostro de Roberto para conquistar a
Lilia, Ferrante había sabido, como todos, de la desgracia de Cinq—Mars y,
arriesgando desde luego muchísimo, mas dispuesto a dar la vida para llevar a
cabo su venganza, siempre con la apariencia de Roberto, habíase mostrado con
ostentación en compañía de los amigos de aquel conspirador.
A
continuación había insuflado al Cardenal, que el falso Roberto de la Grive, que
tanto sabía sobre un secreto caro a los ingleses, evidentemente conspiraba, y
habíale producido también testigos, los cuales podían afirmar que habían visto
a Roberto con tal o con cual.
Como se
ve, un castillo de mentiras y simulaciones que explicaba la trampa en la que
Roberto había sido atraído. Pero Roberto había caído en ella por razones y
maneras desconocidas para el mismo Ferrante, cuyos planes habían sido alterados
por la muerte de Richelieu.
¿Qué había
sucedido, pues? Richelieu, recelosísimo, usaba a Ferrante sin hablar del con
nadie, ni siquiera con Mazarino, de quien obviamente desconfiaba viéndolo ya al
acecho como un buitre sobre su cuerpo enfermo. Sin embargo, mientras su
enfermedad progresaba, Richelieu habíale pasado a Mazarino alguna información,
sin revelarle la fuente:
—¡A
propósito, mi buen Julio!
—Sí,
Eminencia y Padre mío amadísimo...
—Haced
vigilar a un cierto Roberto de la Grive, acude por las tardes al salón de la
señora Rambouillet. Parece que sabe mucho dése vuestro Polvo de Simpatía... Y
entre otras cosas, según un informador mío, el mancebo tiene trato también con
un círculo de conspiradores...
—No se
fatigue, Eminencia. Pensaré yo en todo.
Y he aquí
a Mazarino empezar por su cuenta una investigación sobre Roberto, hasta saber
lo poco que había demostrado saber la tarde de su prendimiento. Mas todo ello
sin saber nada de Ferrante.
Y entre
tanto, Richelieu moría. ¿Qué habría debido acaecerle a Ferrante?
Muerto
Richelieu, le faltan todos los apoyos. Debería de establecer contactos con
Mazarino, puesto que el indigno es un aciago heliotropo que se vuelve siempre
en dirección del más poderoso. Mas no puede presentarse ante el nuevo ministro
sin procurarle una prueba de su valía. De Roberto ya no encuentra ni rastro.
¿Que esté enfermo, partido para un viaje? En todo Ferrante piensa, menos en que
sus calumnias hayan surtido efecto y Roberto haya sido prendido.
Ferrante
no osa mostrarse en público haciéndose pasar por Roberto, para no despertar las
sospechas de quien lo sepa lejano. Por mucho que pueda haber acaecido entre él
y Lilia, cesa también cualquier contacto con Ella, impasible como quien sabe
que toda victoria cuesta tiempos largos. Sabe que es menester saberse servir de
la lejanía; las prendas pierden su esmalte si se muestran demasiado y la
fantasía llega más lejos que la vista; también el fénix se beneficia de los
lugares remotos para mantener viva su leyenda.
Pero el
tiempo aprieta. Es preciso que, al regreso de Roberto, Mazarino sospeche ya
del, y lo quiera muerto. Ferrante consulta a sus compadres en la corte, y
descubre que se puede aproximar a Mazarino a través del joven Colbert, a quien
hace llegar una carta en la que se alude a una amenaza inglesa, y a la cuestión
de las longitudes (no sabiendo nada de ello, y habiéndoselo oído mencionar una
sola vez a Richelieu). Pide, a cambio de sus revelaciones, una suma
consistente, y obtiene un encuentro, al que se presenta vestido de viejo abate,
con su parche negro en el ojo.
Colbert no
es un ingenuo. Aquese abate tiene una voz que le resulta familiar, las pocas
cosas que dice le suenan sospechosas, llama a dos guardias, se acerca al
visitante, le arranca parche y barba, y ¿con quién se encuentra? Con ese
Roberto de la Grive que él mismo había confiado a sus hombres para que lo
embarcaran en el navío del doctor Byrd.
Al
contarse esta historia Roberto exultaba. Ferrante había ido a meterse en la
trampa por su propia voluntad.
—¿¡Vos,
San Patricio!? —había gritado inmediatamente Colbert.
Luego,
visto que Ferrante quedábase pasmado y callaba, lo había hecho arrojar a un
calabozo.
Fue un
alborozo para Roberto imaginarse el coloquio de Mazarino con Colbert, que lo
había informado inmediatamente.
—Ese
hombre debe de estar loco, Eminencia. Que haya osado eludir su compromiso,
puedo entenderlo, mas que haya pretendido venirnos a revender lo que habíamosle
dado, es signo de locura.
—Colbert,
es imposible que alguien esté loco al punto de tomarme por un necio. Así pues,
nuestro hombre está jugando, y considera tener en mano cartas invencibles.
—¿En qué
sentido?
—Por
ejemplo, subióse a ese navío y descubrió inmediatamente lo que había que saber,
tanto que no tenía ya necesidad de permanecer en él.
—Pero si
hubiere querido traicionarnos hubiera ido a decírselo a los españoles o a los
holandeses. No habría venido a desafiarnos a nosotros. ¿Para pedirnos qué, en
definitiva? ¿Dinero? Sabía bien que si se hubiere portado lealmente habría
tenido incluso un lugar en la corte.
—Evidentemente
está seguro de haber descubierto un secreto que vale más que un lugar en la
corte. Creednos, conozco a los hombres. No nos queda sino seguirle el juego.
Queremos verle esta noche.
Mazarino
recibió a Ferrante mientras estaba dando los últimos retoques, con sus propias
manos, a una mesa que había hecho aderezar para sus propios huéspedes, un
triunfo de cosas que parecían otras. En la mesa brillaban pábilos que
sobresalían de copas de hielo, y botellas en las que los vinos tenían colores
diferentes de lo esperado, entre cestos de lechugas enguirlandadas con flores
y frutas falsas falsamente aromáticas.
Mazarino,
que creía a Roberto, es decir, a Ferrante, en posesión de un secreto del que
quería obtener la mayor ventaja, había proyectado hacer gala de saberlo todo
(digo, todo lo que no sabía) de suerte que el otro se dejare escapar algún
indicio.
Por otra
parte, Ferrante, cuando habíase encontrado en presencia del Cardenal, había
intuido que Roberto estaba en posesión de un secreto, del que había de extraer
el máximo beneficio, y había proyectado hacer gala de saberlo todo (digo, todo
lo que no sabía) de suerte que el otro se dejare escapar algún indicio.
Tenemos
así en escena a dos hombres, de los dos ninguno sabe nada de lo que cree que el
otro sabe, y para engañarse mutuamente habla cada uno por alusiones, cada uno
de los dos vanamente esperando que el otro tenga la clave de aquella cifra. Qué
gran historia, decíase Roberto, mientras buscaba el cabo de la madeja que había
devanado.
—Señor de
San Patricio —dijo Mazarino, mientras acercaba un plato de lobagantes vivos que
parecían cocidos a uno de lobagantes cocidos que parecían vivos—, una semana ha
os habíamos embarcado en Amsterdam en el Amarilis. No podéis haber
abandonado la empresa: sabíais bien que habríais pagado con la vida. Por tanto,
habéis descubierto ya lo que teníais que descubrir.
Puesto
ante el dilema, Ferrante vio que no le convenía confesar haber abandonado la
empresa. Entonces no le quedaba más que el otro camino:
—Si así
plácele a Vuestra Eminencia —había dicho—, en cierto sentido sé lo que Vuestra
Eminencia quería que supiera.
Y había
añadido para sí:
—Y entre
tanto sé que el secreto se encuentra a bordo de un navío que se llama Amarilis,
y que salió hace una semana de Amsterdam...
—Ea, no
seáis modesto. Sabemos perfectamente que habéis sabido más de lo que nos
esperábamos. Desde que partisteis hemos tenido otras informaciones, pues no
creeréis ser el único de nuestros agentes. Sabemos que lo que habéis encontrado
vale mucho, y no estamos aquí para mercadear. Nos preguntamos, no obstante, por
qué habéis intentado volver a nos de manera tan tortuosa.
Y entre
tanto indicaba a los siervos dónde colocar unas carnes en moldes de madera en
forma de pescado, en los que hizo verter no caldo, sino julepe.
Ferrante
convencíase cada vez más de que el secreto no tenía precio, pero se decía que
fácil es de matar al vuelo al ave que lo tiene seguido, no así la que lo
tuerce. Por lo cual, tomaba tiempo para catar al adversario:
—Vuestra
Eminencia sabe que la partida en juego requería medios tortuosos.
—Ah bribón
—decía para sí Mazarino—, no estás seguro de lo que vale tu descubrimiento y
esperas que fije el precio. Mas habrás de ser tú el que hable primero.
Desplazó
al centro de la mesa unos sorbetes trabajados de suerte que parecieran
melocotones aún unidos a su rama, y luego en voz alta:
—Nos
sabemos lo que tenéis, vos sabéis que no podéis proponerlo sino a nos. ¿Os
parece el momento de hacer pasar lo blanco por lo negro, y lo negro por lo
blanco?
—Ah
maldita vulpeja —decía para sí Ferrante—, no sabes en absoluto qué debería
saber yo, y lo malo es que tampoco yo lo sé.
Y luego en
voz alta:
—Vuestra
Eminencia sabe bien que a veces la verdad puede ser el extracto de la amargura.
—El saber
nunca daña.
—Pero tal
vez da pena.
—Dadme
pena pues, no nos daréis mayor pena que cuando supimos que os habíais
mancillado de alta traición y que habríamos tenido que dejaros en las manos del
verdugo.
Ferrante
había entendido por fin que, haciendo el papel de Roberto, corría el riesgo de
acabar en el cadalso. Mejor manifestarse por lo que era, y corría el riesgo a
lo sumo de ser apaleado por los lacayos.
—Eminencia
—dijo—, he errado no diciendo enseguida la verdad. El señor Colbert me ha
tomado por Roberto de la Grive, y su error quizá influyera en una mirada aguda
como la de Vuestra Eminencia. Mas yo no soy Roberto, soy sólo su hermano
natural, Ferrante. Habíame presentado para ofrecer informaciones que pensaba
interesarían a Vuestra Eminencia, visto que Vuestra Eminencia fue el primero en
mencionarle al difunto e inolvidable Cardenal la trama de los ingleses, Vuestra
Eminencia ya sabe... el Polvo de Simpatía y el problema de las longitudes...
Ante estas
palabras, Mazarino había hecho un gesto de despecho, aventurando hacer caer una
sopera en falso oro, adornada por alhajas finamente simuladas en cristal.
Habíaselo achacado a un siervo, luego había murmurado a Colbert:
—Volved a
poner a este hombre donde estaba.
Es
realmente verdadero que los dioses ciegan a los que quieren perder. Ferrante
juzgaba despertar interés mostrando que conocía los secretos más reservados del
difunto Cardenal, y habíase propasado, por orgullo de sicofante que quería
mostrarse siempre mejor informado que su propio amo. Pero nadie habíale dicho
aún a Mazarino (y habría sido difícil demostrárselo) que entre Ferrante y
Richelieu habían mediado relaciones. Mazarino encontrábase ante alguien, fuera
éste Roberto u otro, que no sólo sabía lo que él le había dicho a Roberto, sino
también lo que él le había escrito a Richelieu. ¿De quién lo había sabido?
Una vez
salido Ferrante, Colbert había dicho:
—¿Cree
Vuestra Eminencia en lo que ha dicho aqueste? Si fuera un gemelo eso
explicaríalo todo. Roberto estaría aún en el mar y...
—No, si
aqueste es su hermano, el caso se explica aún menos. ¿Cómo puede conocer lo que
antes conocíamos sólo yo, vos y nuestro informador inglés, y luego Roberto de
la Grive?
—Su
hermano le habrá hablado dello.
—No, su
hermano supo todo por nosotros sólo aquella noche, y desde entonces no le hemos
perdido de vista, hasta que aquella nave zarpó. No, no, este hombre sabe
demasiadas cosas que no debería saber.
—¿Qué
hacemos con él?
—Interesante
cuestión, Colbert. Si aqueste es Roberto, sabe qué ha visto en ese navío, y
será menester que hable. Y si no lo es, hemos de saber absolutamente de dónde
ha tomado sus informaciones. En ambos casos, excluida la idea de arrastrarlo
ante un tribunal, donde hablaría demasiado, y ante demasiados, no podemos ni
siquiera hacerlo desaparecer con algunos dedos de hoja de cuchillo en la
espalda: tiene aún mucho que decirnos. Si luego no es Roberto sino, como ha
dicho, Ferrand o Fernand...
—Ferrante,
creo.
—Lo que
sea. Si no es Roberto, ¿quién está detrás del? Ni siquiera la Bastilla es un
lugar seguro. Se sabe de gente que dése lugar ha enviado o recibido mensajes.
Se ha de esperar a que hable, y encontrar la manera de abrirle la boca, pero
entre tanto tendremos que recluirle en un lugar desconocido para todos, y hacer
de suerte que nadie sepa quién es.
Y fue
entonces cuando Colbert tuvo una idea obscuramente luminosa.
Pocos días
antes, un bajel francés había capturado en las costas de la Bretaña un navío
pirata. Era, qué casualidad, un fluyt holandés, con un nombre
naturalmente impronunciable, Tweede Daphne, es decir Daphne segundo, signo
—observaba Mazarino— de que debía existir en algún lugar un Daphne primero, y
ello aclaraba cómo aquellos protestantes tenían no sólo poca fe sino escasa
fantasía. La chusma estaba formada por gentes de todas las razas. No habría
quedado sino ahorcarlos a todos, pero valía la pena cerciorarse de si estaban a
sueldo de Inglaterra, y a quién habían hurtado aquel navío, que habríase podido
hacer un intercambio ventajoso con los legítimos propietarios.
Habíase
decidido entonces poner la nave en surgidero no lejos del estuario del Sena, en
una pequeña bahía casi escondida, que pasaba desapercibida incluso para los
peregrinos de Santiago que transitaban poco lejanos viniendo de Flandes. En una
lengua de tierra que cerraba la bahía había un viejo fortín, que un tiempo
servía como prisión, pero que estaba casi en desuso. Y allí habían sido
arrojados los piratas, en los calabozos, custodiados sólo por tres hombres.
—Ya basta
—había dicho Mazarino—. Tomad diez de mis guardias, al mando de un valiente
capitán que no carezca de prudencia...
—Biscarat.
Siempre se ha portado bien, desde los tiempos en que se batía en duelo con los
mosqueteros por el honor del Cardenal...
—Perfecto.
Haced conducir al prisionero al fortín, y que se lo ponga en el aposento de las
guardias. Biscarat tomará las comidas con él en su habitación y lo acompañará a
tomar aire. Una guardia en la puerta de la habitación incluso de noche. El
estar en la celda debilita incluso los ánimos más protervos, nuestro porfiado
tendrá sólo a Biscarat con quien hablar, y puede ser que se deje escapar alguna
confidencia. Y sobre todo, que nadie pueda reconocerlo, ni durante el viaje ni
en el fuerte...
—Si sale
para tomar aire...
—Pues
bien, Colbert, un poco de imaginación, que se le cubra el rostro.
—Podría
sugerir... una máscara de hierro, cerrada por un candado cuya llave se eche al
mar...
—Ea sus,
Colbert, ¿estamos acaso en el País de las Novelas? Vimos ayer noche a aquellos
comediantes italianos, con aquellas máscaras de cuero con grandes narices, que
alteran las facciones, y aun así dejan libre la boca. Encontrad una de aquesas,
que le sea colocada de suerte que no pueda quitársela, y dadle un espejo en el
cuarto, para que pueda morir por el ultraje cada día. ¿Ha querido disfrazarse
de su hermano? ¡Que se le disfrace de Polichinel! Y cuidaos, de aquí al fuerte,
en carroza cerrada, detenciones sólo de noche y en pleno campo, evitad que se
muestre en las estaciones de posta. Si alguien hace preguntas, dígase que se
está conduciendo a la frontera a una gran dama, que ha conspirado contra el
Cardenal.
Ferrante,
embarazado por su burlesco disfraz, fijaba agora desde hacía días (a través de
una reja que daba poca luz a su cuarto), un gris anfiteatro circundado de dunas
escabrosas, y el Tweede Daphne anclado en la bahía.
Se
dominaba cuando estaba en presencia de Biscarat, haciéndole creer a veces que
era Roberto, y a veces Ferrante, de suerte que las relaciones enviadas a
Mazarino fueran siempre perplejas. Conseguía captar de paso alguna conversación
de las guardias, y había conseguido entender que en los subterráneos del fuerte
estaban encadenados unos piratas.
Queriendo
vengarse de Roberto por un agravio que no había cometido, se devanaba los sesos
sobre las maneras en las que habría podido instigar una sedición, liberar a
aquellos bellacos, apoderarse del navío y ponerse tras las huellas de Roberto.
Sabía por dónde empezar, en Amsterdam habría encontrado espías que habríanle
dicho algo sobre la meta del Amarilis. Lo habría alcanzado, habría
descubierto el secreto de Roberto, habría hecho desaparecer en el mar aquel
doble suyo importuno, habría estado en condiciones de vender al Cardenal algo a
un precio altísimo.
O quizá
no, una vez descubierto el secreto, habría podido decidir vendérselo a otros.
¿Y por qué venderlo? Por lo que él sabía, el secreto de Roberto habría podido
concernir el mapa de una isla del tesoro, o el secreto de los Alumbrados y de
los Rosacruces, del que hablábase desde hacía veinte años. Habríase beneficiado
de la revelación en su provecho, ya no se habría visto obligado a espiar para
un amo, habría tenido espías a su propio servicio. Una vez conquistadas riqueza
y poder, no sólo el nombre de la casa solariega, sino la Señora misma habría
sido suya.
Sin duda
Ferrante, modelado de sinsabores, no era capaz de verdadero amor pero, decíase
Roberto, hay personas que no se habrían enamorado jamás si no hubieran oído
hablar del amor. Quizá Ferrante encuentra en su celda una novela, la lee, se
convence de que ama con tal de sentirse en otro lugar.
Quizá
ella, en el curso de su primer encuentro, había hecho ob sequio a Ferrante de
su peine como prenda de amor. Ahora Ferrante lo estaba besando, y deseándolo
naufragaba olvidado en el golfo cuyas ondas había surcado el ebúrneo semblante.
Quizá,
quién sabe, también un díscolo de su calaña podía ceder ante el recuerdo de
aquel rostro... Roberto veía ahora a Ferrante sentado en la obscuridad ante el
espejo que, para quien estaba de lado, reflejaba sólo la vela colocada de
frente. Al contemplar dos destellos, el uno simio del otro, el ojo se fija, la
mente queda infatuada, surgen visiones. Desplazando un poco la cabeza, Ferrante
veía a Lilia, el rostro de cera virgen, tan rociado de luz que absorbía
cualquier otro rayo, y dejaba fluir aquella madeja rubia como una masa oscura
recogida a guisa de huso detrás de los hombros, el pecho apenas visible bajo
una liviana camisa con una leve abertura...
Luego
Ferrante (¡al fin me vengarás de ti! exultaba Roberto) quería sacar demasiado
provecho de la vanidad de un sueño, colocábase incontentable ante el espejo, y
divisaba sólo, detrás de la vela reflejada, la algarroba que le avergonzaba la
jeta.
Animal
incapaz de sobrellevar la pérdida de una dádiva no merecida, volvía a palpar
sórdido el peine della, mas agora, entre los humos de los residuos de cera,
aquel objeto (que para Roberto habría sido la más adorable de las reliquias)
aparecíasele como una boca dentada dispuesta a morder su desconsuelo.
32 PARAÍSO
CERRADO PARA MUCHOS
Ante la
idea de Ferrante encerrado en aquella isla, mirando un Tweede Daphne que
no habría alcanzado jamás, separado de la Señora, Roberto experimentaba,
concedámoselo, una satisfacción reprensible pero comprensible, no desunida de
una cierta satisfacción de narrador, pues con bello retruécano había conseguido
encerrar también a su rival en un asedio especularmente desemejante del propio.
Tú, desde
esa isla tuya, con tu máscara de cuero, la nave no la alcanzarás jamás. Yo en
cambio, desde la nave, con mi máscara de cristal, ya estoy próximo a alcanzar
mi Isla. Así se (le) decía mientras disponíase a volver a intentar su viaje por
agua.
Recordaba
a qué distancia del navío habíase herido, y por tanto, en primer lugar, nadó
con calma llevando la máscara en la cintura. Cuando consideró que había llegado
cerca de la barbacana se puso la máscara y se movió al descubrimiento del fondo
marino.
Durante un
trecho vio sólo manchas, luego, como quien llega en navío, en una noche de
niebla, ante un acantilado, que de repente se perfila a pique ante el
navegante, vio el borde del abismo sobre el que estaba nadando.
Quitóse la
máscara, vacióla, volviósela a colocar, sujetándola con las manos, y con lentos
golpes de pies fue al encuentro del espectáculo que había vislumbrado apenas.
¡Aquéllos
eran los corales! Su primera impresión fue, a juzgar por sus notas, confusa y
atónita. Hízose la impresión de encontrarse en la tienda de un mercader de
telas, que adereza ante sus ojos cendales y tafetanes, brocados, rasos,
damascos, terciopelos, y flecos, borlas y caireles, y luego estolas, capas
pluviales, casullas, dalmáticas. Pero las telas movíanse con vida propia con la
sensualidad de bailarinas orientales.
En aquel
paisaje, que Roberto no sabe describir porque lo ve por primera vez, y no
encuentra en la memoria imágenes para poderlo traducir en palabras, he aquí que
de improviso hizo erupción una cohorte de seres que, éstos sí, él podía
reconocer, o por lo menos, parangonar con algo ya visto. Eran peces que se
intersecaban como estrellas fugaces en el cielo de agosto, y al componer y
surtir los tonos y los dibujos de sus escamas parecía que la naturaleza hubiere
querido demostrar cuál variedad de mordientes existe en el universo y cuántos
pueden reunirse en una sola superficie.
Había
algunos rayados con más colores, cuales a lo largo, cuales a lo ancho, cuales
al través, y otros aún a ondas, había unos labrados de taracea con migajas de
manchas caprichosamente ordenadas, unos granados o moteados, otros remendados,
apedreados, y minutísimamente punteados, o recorridos por vetas como los
mármoles.
Otros aún
con dibujo de serpentinas, o trenzados con más cadenas. Los había cuajados de
esmaltes, diseminados de escudos y rosetas. Y uno, bellísimo entre todos, que
parecía completamente envuelto por cordoncillos que formaban dos filas de uva y
leche; y era un milagro que ni siquiera una vez faltare de volver encima el
hilo que se había enrollado por abajo, como si fuere trabajo de mano de
artista.
Sólo en
aquel momento, viendo sobre el fondo de los peces las formas coralinas que no
había sabido reconocer a primera vista, Roberto identificaba cepas de plátanos,
cestas de hogazas de pan, canastos de nísperos broncíneos sobre los que pasaban
canarios y lagartos verdes y colibríes.
Estaba
encima de un jardín, no, habíase equivocado, ahora parecía una selva
petrificada, hecha de escombros de hongos. No otra vez. Habíanle engañado,
ahora eran oteros, berruecos, riscos, quebradas y grutas, un único resbalar de
piedras vivas, en las que una vegetación no terrestre componíase en formas
aplastadas, redondas o escamosas, que parecían llevar una jacerina de granito,
o nudosas, o aovilladas sobre sí mismas. Mas, por cuanto diversas, todas eran
estupendas por garbo y hermosura, a tal punto que incluso las trabajadas con
simulada negligencia, con hechura ruin, mostraban su tosquedad con majestad, y
parecían monstruos, pero de belleza.
O aún
(Roberto se borra y se corrige, y no consigue referir, como quien tuviera que
describir por vez primera un círculo cuadrado, una ladera llana, un ruidoso
silencio, un arco iris nocturno) lo que estaba viendo eran arbustos de
cinabrio.
Quizá, a
fuer de contener la respiración, habíase obnubilado, el agua le estaba
invadiendo la máscara, confundíale formas y matices. Había sacado la cabeza
para dar aire a los pulmones, y había vuelto a sobrenadar al borde del dique,
siguiendo anfractos y quebradas, allá donde se abrían pasillos de greda en los
que introducíanse arlequines envinados, mientras sobre un peñasco veía
descansar, movido por una lenta respiración y agitar de pinzas, un cangrejo con
cresta nacarada, encima de una red de corales (éstos similares a los que
conocía, pero dispuestos como panes y peces, que no se acaban nunca).
Lo que
veía ahora no era un pez, mas ni siquiera una hoja, sin duda era algo vivo,
como dos anchas rebanadas de materia albicante, bordadas de carmesí, y un
abanico de plumas; y allá donde nos habríamos esperado los ojos, dos cuernos de
lacre agitado.
Pólipos
sirios, que en su vermicular lúbrico manifestaban el encarnadino de un gran
labio central, acariciaban planteles de méntulas albinas con el glande de
amaranto; pececillos rosados y jaspeados de aceituní acariciaban coliflores
cenicientas sembradas de escarlata, raigones listados de cobre negreante... Y
luego veíase el hígado poroso color cólquico de un gran animal, o un fuego
artificial de arabescos de plata viva, hispidumbres de espinas salpicadas de
sangriento y, por fin, una suerte de cáliz de fláccida madreperla...
Ese cáliz
le pareció a un cierto punto como una urna, y pensó que entre aquellas rocas
recibía sepultura el cadáver del padre Caspar. Ya no visible, si la acción del
agua lo había recubierto primeramente de terneza coralina, mas los corales,
absorbiendo los humores terrestres de aquel cuerpo, habían tomado forma de
flores y frutas de jardín. Quizá a cabo de poco habría reconocido al pobre
viejo convertido en una criatura hasta entonces extranjera allá abajo, el globo
de la cabeza fabricado con un coco peloso, dos pomas caseras que componían las
mejillas, ojos y párpados convertidos en dos níspolas verdecillas, la nariz de
cohombro verrugoso como el estiércol de un animal; debajo, en lugar de los
labios, higos secos, una betarraga con su raíz apical para la barbilla, y un
cardo rugoso en oficio de garganta; y en una y otra sien dos erizos de castaño
para hacer guedejas, y como orejas sendas cáscaras de nuez dividida; como
dedos, zanahorias; de sandía es el vientre; de membrillo las rodillas.
¿Cómo
podía, Roberto, alimentar pensamientos tan funéreos en una forma tan grotesca?
De muy otra manera los despojos del pobre amigo habrían proclamado en aquel
lugar su fatídico «Et in Arcadia ego»...
Sí, quizá
bajo la forma de calavera de aquel coral guijoso... Ese sosia de una piedra
parecióle ya extirpado de su lecho. Ya sea por piedad, en recuerdo del maestro
desaparecido, ya sea para substraerle al mar uno de sus tesoros, lo tomó, y
pues que por aquel día ya había visto demasiado, llevando aquel botín en el
pecho hizo regreso al navío.
33 MUNDOS
SUBTERRÁNEOS
Los
corales habían sido para Roberto un desafío. Después de haber descubierto de
cuántas invenciones era capaz la naturaleza, sentíase invitado a una
competición. No podía dejar a Ferrante en aquella prisión, y la propia historia
a medias: habría satisfecho su hastío por el rival, mas no su orgullo de
fabulador. ¿Qué podía hacérsele acaecer a Ferrante?
La idea
habíasele ocurrido a Roberto una mañana en la que, como acostumbraba, habíase
puesto al acecho, desde la aurora, para sorprender en la Isla a la Paloma
Naranjada. De primera mañana el sol daba en los ojos, y Roberto había intentado
incluso construir, alrededor del ocular terminal de su anteojo de larga vista,
una especie de visera, con una hoja del cuaderno de bitácora, pero limitábale
en ciertos momentos a ver sólo resplandores. Cuando luego el sol habíase
levantado en el horizonte, el mar le hacía de espejo, y duplicaba todos sus
rayos.
Aquel día,
Roberto habíase metido en la cabeza que había visto algo alzarse de los árboles
hacia el sol, y luego confundirse en su esfera luminosa. Probablemente era una
ilusión. Cualquier otro pájaro, con aquella luz, habría parecido reluciente...
Roberto estaba convencido de haber visto la paloma, y desilusionado por haberse
engañado. Y en estado de ánimo tan inconstante, sentíase una vez más
defraudado.
Para un
ser como Roberto, llegado ya al punto de gozar celoso sólo de lo que le era
substraído, poco hacíale falta para soñar que, en cambio, Ferrante hubiera
tenido todo lo que a él le era negado. Pero como Roberto de aquella historia
era el autor, y no quería concederle demasiado a Ferrante, decidió que él
habría podido tener comercio sólo con el otro palomo, el verdiazul. Y esto
porque Roberto, privado de toda certidumbre, había decidido fuere como fuere
que, de la pareja, el ser rútilo tenía que ser la hembra, que equivalía a decir
Ella. Como en la historia de Ferrante la paloma no tenía que constituir el
término, sino el trámite de una posesión, a Ferrante tocábale por ahora el
macho.
¿Podía un
palomo verdiazul, que vuela sólo en los mares del Sur, ir a posarse en el
alféizar de aquella ventana detrás de la que Ferrante suspiraba su libertad?
Sí, en el País de las Novelas. Y además, ¿no podía aquel Tweede Daphne acabar
de volver de estos mares, más afortunado que su hermano mayor, llevando en la
bodega el pájaro, que ahora habíase libertado?
En todo
caso Ferrante, ignaro de las Antípodas, no podía plantearse tales cuestiones.
Había visto la paloma, primero habíala alimentado con alguna migaja de pan, por
puro pasatiempo, luego habíase preguntado si no podía usarla para sus fines.
Sabía que las palomas sirven a veces para llevar mensajes: desde luego, confiar
un mensaje a aquel animal no quería decir enviarlo con certidumbre donde él
habría querido de verdad, mas en tanto aburrimiento valía la pena intentarlo.
¿A quién
podía pedir ayuda, él que por enemistad con todos, él mismo incluido, habíase
hecho sólo enemigos, y las pocas personas que lo habían servido eran descarados
dispuestos a seguirlo sólo en la fortuna, y no, ciertamente, en la adversidad?
Habíase dicho: pediré ayuda a la Señora que me ama («¿mas cómo puede estar tan
seguro?» preguntábase envidioso Roberto, inventando aquella prosopopeya).
Biscarat
habíale dejado lo necesario para escribir, en el caso de que la almohada
hubiérale sido consejera y hubiera querido enviar una confesión al Cardenal.
Trazó, pues, en un lado del papel la dirección de la Señora, añadiendo que
quien hubiere entregado el mensaje habría recibido un premio. Luego, en la otra
cara, dijo dónde se encontraba (habíales oído un nombre a los carceleros),
víctima de una infame conjura del Cardenal, e invocó salvación. A continuación,
enrolló la hoja y atóla a la pata del animal, incitándolo a alzarse en vuelo.
A decir
verdad, luego olvidó, o casi, aquel gesto. ¿Cómo podía haber pensado que la
paloma azul volara precisamente a buscar a Lilia? Son cosas que suceden en las
fábulas, y Ferrante no era hombre que se pusiera en manos de los fabulistas.
Quizá la paloma había sido herida por un cazador, al precipitar entre las ramas
de un árbol había perdido el mensaje...
Ferrante
no sabía que, en cambio, había quedado prendida en la pegajosa liga de un
campesino, que pensó sacar partido de lo que, según todas las evidencias, era
una señal enviada a alguien, quizá al comandante de un ejército.
Ahora
bien, este campesino había llevado el mensaje a que lo examinara la única
persona que sabía leer, es decir, al párroco, y éste organizó todo como es
debido. Hallada la Señora, habíale enviado un amigo que contratara la entrega,
obteniendo una generosa limosna para su iglesia y una propina para el
campesino. Lilia había leído, había llorado, habíase dirigido a amigos leales
para obtener consejo. ¿Tocar el corazón del Cardenal? Nada más fácil para una
bella dama de corte, pero esta dama frecuentaba el salón de Arthénice, de quien
Mazarino desconfiaba. Ya circulaban versos satíricos sobre el nuevo ministro, y
alguien decía que procedían de aquellas cámaras. Una preciosa que se presenta
ante el Cardenal para pedir piedad por un amigo, condena a este amigo a una
pena aún más grave.
No, era
necesario reunir una cuadrilla de hombres intrépidos y hacer que ellos
intentaran un golpe de mano. ¿Pero a quién dirigirse?
Aquí
Roberto no sabía cómo seguir. Si él hubiera sido mosquetero del Rey, o cadete
de Gascuña, Lilia habría podido dirigirse a aquellos valientes, famosísimos por
su espíritu de cuerpo. ¿Pero quién arriesga la ira de un ministro, quizá del
Rey, por un extranjero que frecuenta bibliotecarios y astrónomos? De los cuales
bibliotecarios y astrónomos mejor no hablar: por cuanto decidido a la novela
Roberto no podía pensar en el Canónigo de Digne, o en el señor Gaffarel,
galopando, a uña de caballo, hacia su prisión; es decir, hacia la de Ferrante,
que para todos era ya Roberto.
Roberto
tuvo una inspiración unos días después. Había dejado la historia de Ferrante, y
había vuelto a explorar la barbacana coralina. Aquel día seguía una formación
de peces con una celada amarilla en el hocico, que parecían guerreros en justa.
Iban a introducirse en una hendidura entre dos torres de piedra donde los
corales eran palacios en ruinas de una ciudad sepultada por las olas.
Roberto
había pensado que aquellos peces vagaban entre las ruinas de aquella ciudad de
Ys de la que había oído relatar, y que se extendería aún a obra de pocas millas
de las costas de Bretaña, allá donde las olas habíanla sumergido. Ya está, el
pez más grande era el antiguo rey de la ciudad, seguido por sus dignatarios, y
todos cabalgábanse a sí mismos en busca de su tesoro engullido por el mar...
¿Mas por
qué volver a pensar en la antigua leyenda? ¿Por qué no considerar a los peces
como moradores de un mundo que tiene sus selvas, sus picos, sus árboles, sus
valles, y no sabe nada del mundo de la superficie? A la misma sazón, nosotros
vivimos sin saber que el huero cielo cela otros mundos, donde la gente no
camina y no nada, sino que vuela o navega por el aire; si los que nosotros
llamamos planetas son las carenas de sus navíos, de los cuales vemos sólo el
fondo centelleante, ansí estos hijos de Neptuno ven encima dellos la sombra de
nuestros galeones, y los consideran cuerpos etéreos que giran en su firmamento
acuóreo.
Y si es
posible que existan seres que viven bajo las aguas, ¿podrían existir entonces
seres que viven bajo la tierra, pueblos de salamandras capaces de alcanzar a
través de sus galerías el fuego central que anima el planeta?
Reflexionando
de esta manera Roberto habíase acordado de una argumentación de Saint—Savin:
nosotros pensamos que es difícil vivir en la superficie de la luna considerando
que no hay agua, y quizá el agua allá arriba existe en cavidades subterráneas,
la naturaleza ha excavado en la luna pozos, que son las manchas que nosotros
vemos. ¿Quién nos dice que los habitantes de la luna no encuentren albergue en
aquellos nichos para esquivar la cercanía insoportable del sol? ¿No vivían
acaso bajo tierra los primeros cristianos? Y así los lunáticos viven siempre en
catacumbas, que a ellos resultan domésticas.
Y no es
obligatorio que tengan que vivir en la obscuridad. Quizá haya muchísimos
agujeros en la corteza del satélite, y el interior recibe la luz de millares de
respiraderos, es una noche atravesada por haces de luz, no diferentemente de lo
que sucede en una iglesia, o en el Daphne en la entrepuentes. O quizá
no, en la superficie existen piedras fosfóricas que de día se embeben de la luz
del sol y luego la devuelven de noche, y los lunáticos hacen acopio destas
piedras todos los ocasos, de suerte que sus galerías sean siempre más
resplandecientes que un palacio real.
París,
había pensado Roberto. ¿Y no se sabe acaso que, como Roma, toda la ciudad está
horadada de catacumbas, donde se dice que se refugian por la noche los
pordioseros y los buscones?
¡Los
Buscones, ésa era la idea para salvar a Ferrante! ¡Los Buscones, que se cuenta
que son gobernados por un rey suyo y por un conjunto de leyes férreas, los
Buscones, una sociedad de torva gentalla que vive de maleficios, latrocinios y
perversidades, asesinatos y desorbitancias, porquerías, bribonerías y
nefandeces, mientras finge sacar provecho de la cristiana caridad!
¡Idea que
sólo una mujer enamorada podía concebir! Lilia —contábase Roberto— no ha ido a
confiarse con gente de corte o nobles de toga, sino con la última de sus
camareras, la cual tiene impúdico comercio con un carretero que conoce las
tabernas alrededor de Notre—Dame, donde al anochecer aparecen los mendigos que
han pasado la jornada pidiendo en los soportales... He aquí el camino.
Su guía la
conduce, bien entrada la noche, a la iglesia de Saint—Martin—des—Champs,
levanta una piedra de la pavimentación del coro, la hace descender a las
catacumbas de París y proceder, a la lumbre de una antorcha, en busca del Rey
de los Buscones.
Y he aquí,
entonces, a Lilia, disfrazada de gentilhombre, andrógino flexuoso yendo por
pasadizos, escaleras y gateras, mientras vislumbra en la obscuridad, aquí y
allá acurrucados entre andrajos y harapos, cuerpos descoyuntados y rostros
marcados por verrugas, ampollas, erisipelas, sarna seca, salpullidos, apostemas
y cánceres, todos guayando con la mano tendida, no se sabe si para pedir
limosna o para decir, con un aire de gentilhombre de cámara, «id, id, nuestro
señor ya os espera».
Y su señor
estaba allá, en el centro de una sala mil leguas bajo la superficie de la
ciudad, sentado en un barrilejo, circundado de cortabolsas, embelecadores,
falsarios y sacamuelas, patulea maestra de todos los abusos y vicios.
¿Cómo
podía ser el Rey de los Buscones? Envuelto en un manto hecho jirones, la frente
cubierta de excrecencias, la nariz roja por una tabes, los ojos de mármol, uno
verde y uno negro, la mirada de garduña, las cejas torcidas hacia abajo, el
labio leporino que le descubría dientes lobunos, buidos y sobresalientes, los
cabellos encrespados, la tez arenosa, las manos con dedos toscos y uñas
recorvas...
Habiendo
escuchado a la Señora, aquél había dicho tener a su servicio un ejército, junto
al cual el del Rey de Francia era una guarnición de provincias. Y mucho menos
costoso: si aquella gente hubiere sido recompensada en medida aceptable,
digamos el doble de lo que habrían podido arañar pordioseando en el mismo lapso
de tiempo, habríase hecho matar por un mecenas tan generoso.
Lilia
habíase quitado un rubí de sus dedos (como en ese caso se usa), preguntando con
ceño regal:
—¿Os
basta?
—Me basta
—había dicho el Rey de los Buscones, acariciando la gema con su mirada
zorruna—, decidnos dónde.
Y,
habiendo sabido dónde, añadió:
—Los míos
no usan caballos o carrozas, pero a aquel lugar puede llegarse en barcazas,
siguiendo el curso del Sena.
Roberto
imaginábase a Ferrante, mientras a la puesta de sol se entretenía en el
torrejón del fortín con el capitán Biscarat, que de improviso habíalos visto
llegar. Al principio habían aparecido sobre las dunas, para luego propagarse
hacia la explanada.
—Peregrinos
de Santiago —había observado con desprecio Biscarat—, y de la peor ralea, o de
la más infeliz, pues que van a buscar la salud cuando ya tienen un pie en la
fosa.
En efecto,
los peregrinos, en fila larguísima, estaban acercándose cada vez más a la costa
y distinguíanse una cáfila de ciegos con manos tendidas, de mancos en sus
muletas, de leprosos, legañosos, ulcerosos y lamparosos, un hacinamiento de
tullidos, cojos y patizambos, desarrapados con andrajos.
—No
quisiera que se acercaran demasiado, y buscaran amparo para la noche —había
dicho Biscarat—. No nos traerían entre las murallas nada más que suciedad.
Y había
hecho disparar algunos golpes de mosquete al aire, para hacer entender que
aquel castillejo era un lugar inhospitalario.
Mas era
como si aquellos golpes hubieran servido de reclamo. Mientras de lejos llegaba
aún más gentuza, los primeros se acercaban cada vez más a la fortaleza y ya se
oía su mascar bestial.
—Mantenedlos
alejados, vive Dios —había gritado Biscarat.
Y había
hecho arrojar pan a los pies del muro, para decirles que tanta era la caridad
del señor del lugar, y más no podían esperarse. Mas el inmundo vómito,
creciendo a ojos vistas, había empujado a la propia vanguardia bajo las
murallas, pisoteando aquel regalo y mirando hacia arriba para buscar algo
mejor.
Agora era
posible divisarlos uno a uno, y no se parecían en absoluto a romeros, ni a
infelices que pidieran alivio para sus tinas. Sin duda, decía Biscarat
preocupado, eran maleantes, aventureros colecticios. O por lo menos, así
parecieron aún por poco, porque era ya el crepúsculo, y la explanada y las
dunas se habían convertido sólo en un gris entremezclarse de aquella ratonería.
—¡Al arma,
al arma! —había gritado Biscarat, que ya había adivinado que no de
peregrinación o de pordiosería se trataba, sino de asalto.
Y había
hecho disparar algunos tiros contra los que ya estaban tocando la muralla. Mas,
como si se hubiera disparado contra una chusma de roedores, precisamente, los
que seguían llegando empujaban siempre más a los primeros, los caídos fueron
pisoteados, usados como apoyo por quien empujaba por atrás, y ya podía ver a
los primeros asirse con las manos a las grietas de aquel antiguo edificio,
introducir los dedos en las resquebrajaduras, colocar el pie en los resquicios,
enredarse en las rejas de las primeras ventanas, insinuar aquellos sus miembros
ciáticos en las troneras. Y entre tanto, otra parte de aquella progenie mareaba
en tierra, yendo a dar con el hombro contra el portón.
Biscarat
había ordenado que se lo atrincherara desde dentro, pero los tablones aún
robustos de aquellos postigos ya crujían bajo la presión de aquella bastardía.
Las
guardias seguían disparando, mas a los pocos asaltadores que caían les tomaban
la delantera inmediatamente otros tropeles, ya sólo se divisaba un bullaje del
cual, a un cierto punto, empezaron a izarse una suerte de anguilas de cuerda
lanzadas al aire, y dieron en la cuenta de que eran garfios de hierro, y ya
algunos dellos habíanse engarrafado en las almenas. Y en cuanto una guardia
asomaba un poco para arrancar aquellos hierros uñosos, los primeros que ya se
habían izado la golpeaban con asadores y bastones, y la enmarañaban con
oncejeras, haciéndola caer hacia abajo, donde desaparecía en la apretura de
aquellos asquerosísimos endemoniados, sin que pudiera distinguirse el estertor
del uno del rugido de los otros.
En breve,
quien hubiera podido seguir el caso desde las dunas, casi no habría visto ya el
fuerte, sino un hormiguear de moscas encima de una carroña, un enjambrar de
abejas en un panal, una cofradía de abejones.
Entre
tanto, desde abajo, habíase oído el ruido del portón que caía, y la confusión
en el patio. Biscarat y sus guardias lleváronse a la otra extremidad del
fortín; ni se ocupaban de Ferrante, que habíase agazapado en el hueco de la
puerta que daba a las escaleras, no muy atemorizado, y ya embargado por el
presentimiento de que aquéllos eran de algún modo amigos.
Los cuales
amigos ya habían alcanzado y rebasado el coronamento de almenas, pródigos de
sus vidas caían ante los últimos disparos de mosquete, indiferentes de sus
pechos superaban la barrera de espadas tendidas, aterrorizando a las guardias
con sus ojos ruines, con sus rostros desencajados. Así las guardias del
Cardenal, hombres de hierro si no, dejaban caer las armas, implorando piedad
del cielo por lo que ya creían una turbamulta infernal, y aquéllos en primer
lugar los derribaban a golpes de garrote, luego se lanzaban sobre los
sobrevivientes dando tapabocas y gaznatadas, pestorejones y soplamocos, y
degollaban con los dientes, descuartizaban con las garras, avasallaban
desahogando su hiél, cebábanse en los ya muertos, a algunos Ferrante vio abrir
un pecho, apresar un corazón y devorarlo entre altos gritos.
Último
superviviente: Biscarat, que habíase batido como un león. Viéndose ya vencido,
se colocó con la espalda contra el pretil, marcó con la espada ensangrentada
una línea en el suelo y gritó: «ley mourra Biscarat, seul de ceux qui sont avec
luy!».
Pero en
aquel instante un tuerto con la pata de palo, que agitaba un hacha, apareció
por la escalera, hizo una señal, y puso fin a aquella carnicería, ordenando
atar a Biscarat. Luego divisó a Ferrante, reconociéndole precisamente por
aquella máscara que habría debido volverle irreconocible, lo saludó con un
amplio gesto de la mano armada, como si quisiere barrer el suelo con la pluma
de un sombrero, y díjole:
—Señor,
sois libre.
Se sacó de
la casaca un mensaje, con un sello que Ferrante reconoció enseguida, y se lo
tendió.
Era ella,
que le aconsejaba disponer de aquel ejército horrendo pero leal, y esperarla
allá, donde habría llegado antes de que rayara el alba.
Ferrante,
después de haber sido libertado de su máscara, primeramente había libertado a
los piratas, y había subscrito con ellos un pacto. Se trataba de volver a
apoderarse del navío y navegar a sus órdenes sin hacer preguntas. Recompensa,
la parte de un tesoro vasto como las tierras que toca el arco iris. Según su
costumbre, Ferrante no pensaba de ninguna manera mantener la palabra. Una vez
encontrado a Roberto, habría bastado denunciar a la propia chusma en la primera
escala, y los habría tenido a todos ahorcados, quedándose dueño del navío.
De los
Buscones ya no tenía necesidad, y su jefe, como hombre leal, le dijo que ya
habían recibido su paga por aquella empresa. Quería dejar aquella zona cuanto
antes. Se dispersaron en el territorio y volvieron a París mendigando de aldea
en aldea.
Fue fácil
subir a un bote custodiado en la dársena del fuerte, llegar al navío y arrojar
al mar a los dos únicos hombres que lo guarnecían. Biscarat fue encadenado en
la bodega, pues era un rehén del que habría podido hacerse comercio. Ferrante
se concedió un breve descanso, volvió a la ribera antes del alba, a tiempo para
acoger un coche del cual había descendido Lilia, más que nunca bella en su
compostura viril.
Roberto
consideró que mayor suplicio habríale producido pensar que se hubieran saludado
con recato, sin traicionarse ante los piratas, los cuales tenían que creer que
embarcaban a un joven gentilhombre.
Habían
subido al navío, Ferrante había controlado que todo estuviera dispuesto para
zarpar y, en cuanto se levó el ancla, bajó al camarote que había hecho preparar
para el huésped.
Aquí ella
lo aguardaba, con ojos que no pedían sino ser amados, en la fluyente exultación
de sus cabellos ahora libres sobre los hombros, dispuesta al más gozoso de los
sacrificios. Oh, en tu crespa tempestad de oro undoso, nado golfos de luz
ardiente y pura, sediento de hermosura, se derretía Roberto en lugar de
Ferrante...
Sus
rostros se habían acercado para recoger mieses de besos de una antigua simiente
de suspiros, y en aquel instante, Roberto bebió con el pensamiento aquel labio
de rosa encarnada. Ferrante besaba a Lilia, y Roberto se figuraba en el acto y
en el escalofrío de morder aquel verídico coral. Pero, a ese punto, sentía que
ella se le escapaba como un soplo de viento, perdía su tibieza que había creído
advertir por un instante, y la veía gélida en un espejo, en otros brazos, en un
tálamo lejano, en otra nave.
Para
defender a los amantes hizo descender una cortinilla de avara transparencia, y
aquellos cuerpos ya descubiertos eran libros de solar nigromancia, cuyos
acentos sagrados revelábanse a dos solos elegidos, que silabeábanse el uno al
otro boca a boca.
La nave se
alejaba veloz, Ferrante prevalecía. Ella amaba en él a Roberto, en cuyo corazón
estas imágenes se precipitaban como candil en haz de leña seca.
34
MONÓLOGO SOBRE LA PLURALIDAD DE LOS MUNDOS
Nos
acordaremos —espero, pues Roberto había tomado de los novelistas de su siglo la
costumbre de contar tantas historias juntas que a un cierto punto es difícil
volver a reanudar los hilos— de que de su primera visita al mundo de los
corales nuestro héroe había traído el «sosia de una piedra», que le había
parecido una calavera, quizá la del padre Caspar.
Ahora,
para olvidar los amores de Lilia y de Ferrante, estaba sentado en la puente, a
la puesta del sol, contemplando aquel objeto y estudiando su textura.
No parecía
una calavera. Era más bien una colmena mineral compuesta de polígonos
irregulares, pero los polígonos no eran las unidades elementales de aquel
tejido: cada polígono mostraba en su mismo centro una simetría irradiante de
hilos finísimos entre los cuales aparecían, si se aguzaba la vista, resquicios
que quizá formaban otros polígonos y, si el ojo hubiere podido penetrar aún más
allá, habría divisado, a lo mejor, que los lados de aquellos pequeños polígonos
estaban formados a su vez por otros polígonos más pequeños aún, hasta que,
dividiendo las partes en partes de partes, se hubiera llegado al momento en el
que habríase detenido ante aquellas partes no seccionables ulteriormente, que
son los átomos. Visto que Roberto no sabía hasta qué punto se habría podido
dividir la materia, no tenía claro hasta dónde su ojo —por desgracia no linceo,
ya que no poseía aquella lente con la que Caspar habría sabido determinar
incluso los animalúnculos de la peste— habría podido descender en abismo y
seguir encontrando nuevas formas dentro de las formas intuidas.
También la
cabeza del abate, como gritaba aquella noche Saint—Savin durante el duelo,
podía ser un mundo para sus piojos, ¡oh cómo, ante aquellas palabras, Roberto
había pensado en el mundo en el que vivían, felicísimos insectos, los piojos de
Anna Maria (o Francesca) Novarese! Pero visto que tampoco los piojos son
átomos, sino universos sin término para los átomos que los componen, quizá
dentro del cuerpo de un piojo hay aún otros animales más pequeños que viven en
ellos como en un mundo espacioso. Y quizá mi misma carne, pensaba Roberto, y mi
sangre, no están sino entretejidas de diminutos animales, que moviéndose me
prestan el movimiento, dejándose conducir por mi voluntad que sírveles de
cochero. Y mis animales están preguntándose, sin duda, dónde los conduciré yo
agora, sometiéndoles a la alternación de la frescura marina y de los rigores
solares, y perdidos en este vaivén de inconstantes climas, están tan igualmente
inseguros de su destino como yo lo estoy.
¿Y si en
un espacio igualmente limitado sintiéranse arrojados otros animales aún más
minúsculos que viven en el universo de éstos de los que ya he dicho?
¿Por qué
no debería pensarlo? ¿Sólo porque jamás he sabido nada dello? Como me decían
mis amigos de París, quien estuviere en la torre de Notre—Dame y mirare de
lejos el barrio de Saint—Denis no podría pensar jamás que aquella mancha
incierta está habitada por seres semejantes a nosotros. Nosotros vemos Júpiter,
que es grandísimo, pero desde Júpiter no nos ven, y no pueden pensar siquiera
en nuestra existencia. Y apenas ayer ¿habría podido sospechar que bajo el mar,
no en un planeta lejano, o en una gota de agua, sino en una parte de nuestro
mismo universo, existiera Otro Mundo?
Y por otra
parte, ¿qué sabía él hace aún pocos meses de la Tierra Austral? Habría dicho
que era el capricho de geógrafos heréticos, y quién sabe si en estas islas en
los tiempos pasados no habrán quemado algún filósofo suyo que sostenía
guturalmente que existen el Monferrato y Francia. Con todo y con eso aquí estoy
yo, agora, y es menester creer que las Antípodas existen. Y que, contrariamente
a la opinión de hombres un tiempo sapientísimos, yo no camino con la cabeza
hacia abajo. Sencillamente, los habitantes de este mundo ocupan la popa, y
nosotros la proa de un mismo bajel en el que, sin saber nada los unos de los
otros, estamos embarcados todos.
Así el
arte de volar es aún desconocido, y sin embargo, si prestamos atención a un tal
señor Godwin del que me hablaba el doctor D'Igby, un día se irá a la luna, como
se ha ido a América, aunque antes de Colón nadie sospechaba que existiera aquel
continente, ni que se pudiere llamar un día así.
El ocaso
había cedido a la tarde, y luego a la noche. La luna. Roberto la veía ahora
llena en el cielo, y podía vislumbrar sus manchas, que los niños y los
ignorantes entienden ser los ojos y la boca de un semblante apacible.
Para
provocar al padre Caspar (¿en qué mundo, en qué planeta de justos estaba ahora
el querido anciano?), Roberto habíale hablado de los habitantes de la luna.
¿Mas puede estar la luna habitada realmente? Por qué no, era como Saint—Denis:
¿qué saben los humanos del mundo que puede existir allá abajo?
Argumentaba
Roberto: si estando sobre la luna arrojara una piedra hacia arriba,
¿precipitaría acaso en la tierra? No, volvería a caer sobre la luna. Así pues,
la luna, como cualquier otro planeta o estrella que fuere, es un universo que
tiene un centro y una circunferencia propios, y este centro atrae a todos los
cuerpos que viven en la esfera de dominio de ese mundo. Como le acaece a la
tierra. Y entonces ¿por qué no podría sucederle también a la luna todo lo demás
que le pasa a la tierra?
Hay una
atmósfera que envuelve la luna. El domingo de ramos de hace cuarenta años ¿no
ha visto alguien, hanme dicho, nubes sobre la luna? ¿No se ve en aquel planeta
un gran temblor ante la inminencia de un eclipse? ¿Y qué es esto sino la prueba
de que hay aire? Los planetas evaporan, y también las estrellas: ¿qué son, si
no, las manchas que se dice están en el sol, de las que se generan estrellas
fugaces?
Y sin duda
en la luna hay agua. ¿Cómo explicar, si no, sus manchas, salvo como la imagen
de lagos (tanto que alguien ha sugerido que estos lagos son artificiales, obra
casi humana, tan bien dibujados están y distribuidos a igual distancia)?
Otrosí, si la luna hubiere sido concebida solamente como un gran espejo que
sirve para reflejar sobre la tierra la luz del sol, ¿por qué el Creador habría
tenido que embadurnar ese espejo con manchas? Las manchas no son
imperfecciones, pues, sino perfecciones, y por tanto estanques, o lagos, o
mares. Y si allá arriba hay agua y hay aire, hay vida.
Una vida
acaso diferente de la nuestra. A lo mejor esa agua tiene el gusto (¿qué sé yo?)
de ororuz, de cardamomo, o de pimienta. Si hay infinitos mundos, ésta es prueba
del infinito ingenio del Ingeniero de nuestro universo, mas entonces no hay
límite a este Poeta. Él puede haber creado mundos habitados por doquier, por
criaturas siempre diferentes. Quizá los habitantes del sol son más solares,
claros e iluminados que los habitantes de la tierra, los cuales son pesados de
materia, y los habitantes de la luna están a medias. En el sol viven seres todo
forma, o Acto como quiérase llamarlo; en la tierra seres hechos de meras
Potencias que evolucionan; y en la luna seres que están in medio
fluctuantes, que es decir harto lunáticos...
¿Podríamos
vivir en el aire de la luna? A lo mejor no, a nosotros nos daría vértigo; por
otra parte, los peces no pueden vivir en el nuestro, ni los pájaros en el de
los peces. Aquel aire tiene que ser más puro que el nuestro, y visto que el
nuestro, a causa de su densidad, hace el oficio de una lente natural que filtra
los rayos del sol, los Selenitas verán el sol con muy otra evidencia. El alba y
el crepúsculo, que nos iluminan cuando el sol no está todavía o ya no está, son
un regalo de nuestro aire que, rico de impurezas, captura y transmite su luz;
es luz que no deberíamos tener y que nos es otorgada en sobreabundancia. Y,
actuando de esta sazón, aquellos rayos nos preparan a la adquisición y a la
pérdida del sol poco a poco. Quizá en la luna, al tener un aire más fino,
tienen días y noches que llegan de improviso. El sol se levanta repentinamente
en el horizonte como al abrirse de un telón. Luego, de la luz más viva, ahí los
tienes, cayendo de golpe en la obscuridad más bituminosa. Y la luna carecería de
arco iris, que es un efecto de los vapores entremezclados con el aire. Pero
quizá por las mismas razones no tienen ni lluvia ni truenos ni rayos.
¿Y cómo
serán los habitantes de los planetas más cercanos al sol? Fogosos como los
moros, aunque harto más espirituales que nosotros. ¿De qué tamaño verán el sol?
¿Cómo pueden soportar su luz? ¿Acaso allá abajo los metales se funden en la
naturaleza y fluyen en ríos?
¿De verdad
existen infinitos mundos? Por una cuestión de ese tipo en París nacía un duelo.
El Canónigo de Digne decía que no sabía. Es decir, el estudio de la física
inclinábale a decir que sí, bajo la guía del gran Epicuro. El mundo no puede
ser sino infinito. Átomos que se agolpan en el vacío. Que los cuerpos existen,
nos lo atestigua la sensación. Que el vacío existe nos lo atestigua la razón.
¿Cómo y dónde podrían moverse si no los átomos? Si no existiere el vacío no
habría movimiento, a menos que los cuerpos se penetren entre ellos. ¡Sería
ridículo pensar que cuando una mosca empuja con el ala una partícula de aire,
ésta desplaza otra ante sí, y ésta otra aún, de suerte que la agitación de la
patita de una pulga, desplaza que desplaza, llegara a producir un chichón en el
otro extremo del mundo!
Otrosí, si
el vacío fuere infinito, y el número de los átomos finito, estos últimos no
cesarían de moverse por doquier, no se hurtarían jamás mutuamente (como dos
personas jamás se encontrarían, sino por impensable azar, cuando vagamundearan
por un desierto sin fin), y no producirían sus compuestos. Y si el vacío fuere
finito y los cuerpos infinitos, aquél no tendría lugar para contenerlos.
Naturalmente,
bastaría con pensar en un vacío finito habitado por átomos en número finito. El
Canónigo me decía que ésta es la opinión más prudente. ¿Por qué querer que Dios
esté obligado como un autor de farándula a producir infinitos espectáculos? Él
manifiesta su libertad, eternamente, a través de la creación y el
sustentamiento de un solo mundo. No hay argumentos contra la pluralidad de los
mundos, pero no los hay ni siquiera a favor. Dios, que está antes del mundo, ha
creado un número suficiente de átomos, en un espacio suficientemente amplio,
para componer la propia obra de arte. De su infinita perfección forma parte
también el Genio del Límite.
Para ver
si y cuántos mundos pueden tener cabida en una cosa muerta, Roberto había ido
al pequeño museo del Daphne, y había alineado en la puente, ante sí como
tantos astrágalos, todas las cosas muertas que había encontrado, fósiles,
guijarros, raspas; movía el ojo de la una a la otra, sin dejar de reflexionar a
trochemoche sobre el Azar y sobre los azares.
¿Quién me
dice (decía) que Dios tiende al límite, si la experiencia me revela
continuamente otros y nuevos mundos, ya sea arriba ya sea abajo? Podría
entonces darse que no Dios sino el mundo sea eterno e infinito, y siempre haya
sido y siempre así sea, en un infinito recomponerse de sus átomos infinitos en
un vacío infinito, según algunas leyes que aún ignoro, por imprevisible mas
regulado proceder de los átomos que, si no, irían a tontas y a locas. Y
entonces el mundo sería Dios. Dios nacería de la eternidad como universo sin
lindes, y yo estaría sometido a su ley, sin saber cuál es.
Necio,
dicen algunos: puedes hablar de la infinidad de Dios porque no estás llamado a
concebirla con tu mente, sino solamente a creer en ella, como se cree en un
misterio. Mas si quieres hablar de filosofía natural, este mundo infinito
tendrás que concebirlo de algún modo, y no puedes.
Quizá.
Pero pensemos entonces que el mundo está lleno y es finito. Intentemos concebir
la nada que existe después de que el mundo tenga fin. Cuando pensamos en esa
nada, ¿podemos acaso imaginárnosla como un viento? No, porque debería ser de
verdad nada, ni siquiera viento. ¿Es concebible, en términos de filosofía
natural, no de fe, una nada interminable? Es harto más fácil imaginarse un
mundo que se extiende allende el horizonte, así como los poetas pueden imaginar
hombres cornudos, o peces con dos colas, por composición de partes ya
conocidas: no hay más que añadirle al mundo, allá donde creemos que acaba,
otras partes (una extensión hecha aún y siempre de agua y tierra, astros y
cielos) parecidas a las que ya conocemos. Sin límite.
Que si
luego el mundo fuere finito, pero la nada, en cuanto es nada, no pudiere ser,
¿qué quedaría más allá de los confines del mundo? El vacío. Y he aquí que para
negar el infinito afirmaríamos el vacío, que no puede ser sino infinito, si no,
a su término, deberíamos pensar de nuevo en una nueva e impensable extensión de
nada. Y entonces, mejor pensar enseguida y libremente en el vacío, y poblarlo
de átomos, salvo pensarlo como vacío que más vacío no se puede.
Roberto
estaba gozando de un gran privilegio, que daba sentido a su desahucio. Ahí lo
tenemos, teniendo la prueba evidente de la existencia de otros cielos y, al
mismo tiempo, sin tener que subir más allá de las esferas celestes, adivinando
muchos mundos en un coral. ¿Era necesario calcular en cuántas figuras los
átomos del universo podían componerse —y quemar en la hoguera a los que decían
que su número no era finito—, cuando habría bastado con meditar durante años
sobre uno de aquellos objetos marinos para entender cómo la desviación de un
solo átomo, ya fuere querida por Dios o estimulada por el Azar, podía dar vida
a insospechadas Vías Lácteas?
¿La
Redención? Argumento falso, antes bien, protestaba Roberto, que no quería tener
disgustos con los próximos jesuítas que hubiere encontrado, argumento de quien
no sabe pensar la omnipotencia del Señor. ¿Quién puede excluir que, en el plano
de la creación, el pecado original se haya realizado al mismo tiempo en todos
los universos, de modos diferentes e inopinados, y sin embargo, el uno al otro
instantáneos, y que Cristo haya muerto en la cruz para todos, Selenitas,
Sirios, y Coralinos que vivían en las moléculas desta piedra horadada, cuando
ella estaba aún viva?
En verdad,
Roberto no estaba convencido de sus argumentos; componía un plato hecho de
demasiados ingredientes, es decir, estibaba en un solo razonamiento cosas oídas
en varias partes; y no estaba tan desapercibido para no dar en la cuenta dello.
Por tanto, después de haber derrotado a un posible adversario, volvíale a dar
la palabra e identificábase con sus objeciones.
Una vez, a
propósito del vacío, el padre Caspar lo había puesto a callar con un silogismo
al que no había sabido responder: el vacío es no ser, pero el no ser no es,
ergo el vacío no es. El argumento era bueno, porque negaba el vacío aun
admitiendo que se pudiera pensarlo. En efecto, se pueden pensar perfectamente
cosas que no existen. ¿Puede una quimera que zumba en el vacío comer
intenciones segundas? No, porque la quimera no existe, en el vacío no se oye
ningún zumbido, las intenciones segundas son cosas mentales y uno no se
alimenta de una pera pensada. Y no obstante pienso en una quimera incluso si es
quimérica y, es decir, no es. Igual con el vacío.
Roberto se
acordaba de la respuesta de un muchacho de diecinueve años, que un día en París
había sido invitado a una reunión de sus amigos filósofos, porque se decía que
estaba proyectando una máquina capaz de hacer cálculos aritméticos. Roberto no
había entendido bien cómo debía funcionar la máquina, y había considerado a
aquel mancebo (quizá por acrimonia) demasiado apagado, demasiado triste y
demasiado sabihondo para su edad, mientras sus amigos libertinos le estaban
enseñando que se puede ser sabio de manera jocosa. Y tanto menos había
soportado que, llegados a hablar del vacío, el joven hubiera querido decir la
suya, y con cierto descaro:
—Se ha
hablado demasiado del vacío, hasta ahora. Ahora es menester demostrarlo a
través de la experiencia.
Y lo decía
como si aquel deber le hubiera de tocar un día a él.
Roberto le
había preguntado en cuáles experiencias pensaba, y el muchacho habíale dicho
que todavía no lo sabía. Roberto, para mortificarle, habíale propuesto todas
las objeciones filosóficas de las que tenía conocimiento: si el vacío fuera, no
sería materia (que es plena), no sería espíritu, porque no se puede concebir un
espíritu que sea vacío, no sería Dios, porque carecería incluso de sí, no sería
ni substancia ni accidente, transmitiría la luz sin ser hialino... ¿Qué sería
entonces?
El
muchacho había contestado con humilde gallardía, teniendo los ojos bajos:
—Quizá
sería algo a medias entre la materia y la nada, y no participaría ni de la una
ni de la otra. Diferiría de la nada por su dimensión, de la materia por su
inmovilidad. Sería un casi no—ser. No suposición, no abstracción. Sería. Sería
(¿cómo podría decir?) un hecho. Puro y simple.
—¿Qué es
un hecho puro y simple, falto de toda determinación? —había preguntado con
jactancia escolástica Roberto, que por lo demás sobre el argumento no tenía
prevenciones, y quería decir él también sabihondeces.
—No sé
definir lo que es puro y simple —había contestado el joven—. Por otra parte,
señor, ¿cómo definiríais el ser? Para definirlo haría falta decir que es algo.
Así pues, para definir el ser es menester decir ya es, y así usar en la
definición el término por definir. Yo creo que hay términos imposibles de
definir, y quizá el vacío es uno déstos. Pero quizá me equivoque.
—No se
equivoca, el vacío es como el tiempo —había comentado uno de los amigos
libertinos de Roberto—. El tiempo no es el número del movimiento, porque es el
movimiento el que depende del tiempo, y no viceversa; es infinito, increado,
continuo, no es accidente del espacio... El tiempo es, y basta. El espacio es,
y basta. Y el vacío es, y basta.
Alguien
había protestado, diciendo que una cosa que es, y basta, sin tener una esencia
definible, es como si no fuera.
—Señores
—dijo entonces el Canónigo de Digne—, es verdad, el espacio y el tiempo no son
ni cuerpo ni espíritu, son inmateriales, si quieren, pero esto no quiere decir
que no sean reales. No son accidente y no son substancia, y con todo, han
llegado antes de la creación, antes de toda substancia y de todo accidente, y
seguirán existiendo después de la destrucción de toda substancia. Son
inalterables e invariables, cualquier cosa les metan Vuestras Mercedes dentro.
—Mas
—objetó Roberto—, el espacio es, con todo, extenso, y la extensión es una
propiedad de los cuerpos...
—No
—rebatió el amigo libertino—, el hecho de que todos los cuerpos sean extensos
no significa que todo lo que es extenso es cuerpo, como querría ese cierto
señor, que parece ser que no se digna de contestarme porque por lo visto no
quiere ya volver de Holanda. La extensión es la disposición de todo lo que es.
El espacio es extensión absoluta, eterna, infinita, increada, inconscriptible,
incircunscrita. Como el tiempo, es sin ocaso, incesable, inevanescente, es una
fénix arábiga, una serpiente que se muerde la cola...
—Señor
—dijo el Canónigo—, no pongamos ahora el espacio en el lugar de Dios...
—Señor —le
contestó el libertino—, no puede sugerirnos ideas que todos consideramos
verdaderas, y luego pretender que no saquemos sus últimas consecuencias.
Sospecho que, en este punto, no tenemos ya necesidad de Dios ni de su
infinidad, pues tenemos ya bastantes infinitos por todas partes que nos reducen
a una sombra que dura un solo instante sin regreso. Y entonces, propongo que
proscribamos todo temor, y vayamos todos a una taberna.
El
Canónigo, meneando la cabeza, se despidió. Y también el joven, que parecía muy
turbado por aquellos discursos, con el rostro gacho excusóse y pidió licencia
de volver a casa.
—Pobre
muchacho —dijo el libertino—, él construye máquinas para contar el finito, y
nosotros lo hemos aterrorizado con el silencio eterno de demasiados infinitos. Voila,
he aquí el final de una bella vocación.
—No
aguantará el golpe —dijo otro de los pirronianos—, intentará ponerse en paz con
el mundo, ¡y acabará entre los jesuítas!
Roberto
pensaba ahora en aquel diálogo. El vacío y el espacio eran como el tiempo, o el
tiempo como el vacío y el espacio; ¿y no era, por tanto, pensable que, como
existen espacios siderales donde nuestra tierra parece una hormiga, y espacios
como los mundos del coral (hormigas de nuestro universo), y aun así todos el
uno dentro del otro, asimismo no hubiera universos sometidos a tiempos
diferentes? ¿No se ha dicho que en Júpiter un día dura un año? Deben existir,
pues, universos que viven y mueren en el espacio de un instante, o sobreviven
más allá de cualquier capacidad nuestra de calcular tanto las dinastías chinas
como el tiempo del Diluvio. Universos donde todos los movimientos y las
respuestas a los movimientos no toman los tiempos de las horas y de los minutos
sino el de los milenios, otros en donde los planetas nacen o mueren en un abrir
y cerrar de ojos.
¿No
existía quizá, a no mucha distancia, un lugar donde el tiempo era ayer?
Quizá él
había entrado ya en uno de estos universos donde, desde el momento en el que un
átomo de agua había empezado a corroer la corteza de un coral muerto, y éste
había empezado ligeramente a resquebrajarse, habían pasado tantos años como
desde el nacimiento de Adán hasta la Redención. ¿Y no estaba él viviendo el
propio amor en este tiempo, donde Lilia, y la Paloma Naranjada, habíanse
convertido en algo para cuya conquista tenía a su disposición el tedio de los
siglos? ¿No estaba disponiéndose acaso a vivir en un infinito futuro?
A tantas y
tales reflexiones encontrábase impelido un joven gentilhombre que desde hacía
poco había descubierto los corales... Y quién sabe dónde habría llegado si
hubiera tenido el espíritu de un verdadero filósofo. Pero Roberto filósofo no
era, sino amante infeliz recién emergido de un viaje, a fin de cuentas no
coronado aún por el éxito, hacia una Isla que le esquivaba entre las álgidas
brumas del día de antes.
Era, no
obstante, un amante que, aunque educado en París, no había olvidado su vida de
campo. Por ello dio en concluir que el tiempo en el que estaba pensando podía
extenderse de mil maneras como harina empastada con yemas de huevo, tal y como
había visto hacer a las mujeres en la Griva. No sé por qué a Roberto le había
venido a las mientes este símil: quizá el demasiado pensar le había excitado el
apetito, o, aterrorizado él también por el silencio eterno de todos aquellos
infinitos, habría querido hallarse de nuevo en casa, en la cocina materna. Y no
necesitó mucho para pasar al recuerdo de otras golosinas.
Bien,
había pasteles rellenos de pajarillos, liebrecillas y faisanes, que es casi
como decir que pueden existir tantos mundos el uno junto al otro o el otro
dentro del uno. La madre aderezaba también aquellas tartas que llamaba a la
tudesca, con más estratos o capas de fruta, entreverados por mantequilla,
azúcar y canela. Y de aquella idea había pasado a inventar una torta salada,
donde entre varios estratos de pasta ponía ahora un estrato de jamón, ahora de
huevos duros cortados en tajaditas, o de verdura. Y esto hacíale pensar a
Roberto que el universo podría ser una tartera en la que se cocían al mismo
tiempo historias diferentes, cada una con su tiempo, quizá todas con los mismos
personajes. Y como en la torta los huevos que están debajo no saben qué acaece,
allende la hoja de pasta, a sus hermanos o al jamón que están encima, así en un
estrato del universo un Roberto no sabía qué hacía el otro.
De
acuerdo, no es una gran manera de razonar, y por añadidura con la tripa. Pero
es evidente que él tenía ya en la cabeza el punto al que quería llegar: en
aquel mismo momento muchos diferentes robertos habrían podido hacer cosas
diferentes, y quizá con nombres diferentes.
¿Acaso
también con el nombre de Ferrante? Y entonces, la que él creía la historia, que
inventaba, del hermano enemigo, ¿no era acaso la oscura percepción de un mundo
en el que a él, Roberto, le estaban sucediendo acontecimientos otros del que
estaba viviendo en aquel tiempo y en aquel mundo?
Ea, se
decía, desde luego, habrías querido ser tú el que vivía lo que vivió Ferrante
cuando el Tweede Daphne puso las velas al viento. Esto pasa, ya se sabe,
porque existen, como decía Saint—Savin, pensamientos en los que no se piensa de
ninguna manera, que impresionan el corazón sin que el corazón (ni tampoco la
mente) dé en la cuenta; y es inevitable que algunos de estos pensamientos —que
a veces no son sino ansias obscuras, y ni siquiera tan obscuras— se introduzcan
en el universo de una Novela que tú crees concebir por el gusto de poner en
escena los pensamientos de los demás... Pero yo soy yo, y Ferrante es Ferrante,
y ahora me lo demuestro haciéndole correr aventuras de las que yo no podría ser
de ninguna manera el protagonista. Y que, si en un universo se desarrollan, es
el de la Fantasía, que no es paralelo a ninguno.
Y se
complació, durante aquella noche entera, olvidado de los corales, en concebir
una aventura que le habría conducido, con todo, una vez más, a la más lacerada
de las delicias, al más exquisito de los sufrimientos.
35 EL
VIAJE ENTRETENIDO
Ferrante
habíale contado a Lilia, ya dispuesta a creer cualquier falsedad que viniera de
aquellos labios amados, una historia casi verdadera, excepto que él tomaba el
papel de Roberto y Roberto el suyo; y habíala convencido de que gastara todas
la joyas de un cofrecillo que ella había llevado consigo para encontrar al
usurpador y arrancarle un documento de capital importancia para los destinos
del Estado, que aquél habíale arrebatado, y devolviendo el cual, él habría
podido obtener el perdón del Cardenal.
Después de
la fuga de las costas francesas, la primera escala del Tweede Daphne había
sido en Amsterdam. Allá Ferrante podía encontrar, como doble espía que era,
quien le revelara algo sobre un navío llamado Amarilis. Fuere lo que
fuere lo que hubiera sabido, de allí a pocos días estaba en Londres para buscar
a alguien. Y el hombre a quien encomendarse no podía ser sino un infiel de su
raza, dispuesto a traicionar a aquéllos por los que traicionaba.
Y ahí
tenemos a Ferrante, después de haber recibido de Lilia un diamante de gran
pureza, entrar de noche en una zahúrda en la que le acoge un ser de sexo
incierto, que quizá había sido eunuco con el turco, de rostro lampiño y boca
tan pequeña que habríase dicho que sonreía sólo moviendo la nariz.
La cámara
en la que se tapujaba era espantosa por los hollines de una pila de huesos que
quemaban a fuego mortecino. En un rincón colgaba ahorcado por los pies un
cadáver desnudo, que por la boca secretaba un jugo color de ortiga en una
escudilla de oricalco.
El eunuco
reconoció en Ferrante a un hermano en el delito. Oyó la pregunta, vio el
diamante, y traicionó a sus amos. Condujo a Roberto a otra cámara, que parecía
la apoteca de un boticario, llena de barrilejos de barro, de vidrio, de
arambre, de estaño. En ellos todo eran substancias que podían usarse para
parecer diferentes de lo que se era, tanto por viejas feas que quisieren
parecer bellas y jóvenes, como por picaros que quisieran mudar el aspecto:
afeites cocidos, unturillas, rasuras de gamones, cortezas de espantalobos, y
otras substancias que adelgazaban los cueros, hechas con tuétano de corzo y
aguas de madreselva. Tenía lejías para enrubiar, de carrasca, de centeno, de
marrubios, con salitre, con alumbre, y millifolia; o untos y mantecas para
cambiar de tez, de vaca, de oso, de caballos y de camellos, de culebras y de
conejo, de ballena, de alcaraván y de gamo y de gato montes, de nutria. Y aún
aceites para el rostro, de estoraque, de limón, de piñones, de menjuy, de
alfócigos, de arvejas y de carillas, y un anaquel de vejigas para los virgos de
las pecadoras. Y en otro apartado tenía para remediar amores y para quererse
bien. Tenía lenguas de víbora, cabezas de codornices, sesos de asno, haba
morisca, pie de tejón, la piedra del nido del águila, corazones de cera llenos
de agujas quebradas, y otras cosas en barro y en plomo hechas, muy espantables
al ver.
En medio
de la cámara había una mesa, y encima una bacía cubierta por un paño
ensangrentado, que el eunuco le indicó con aire de entendimiento. Ferrante no
comprendía, y aquél le dijo que había llegado precisamente ante quien hacía a
su caso. Y en efecto, el eunuco no era otro sino aquél que había herido al
perro del doctor Byrd, y que cada día, a la hora convenida, templando en el
agua de vitriolo el paño empapado con la sangre del animal, o acercándolo al
fuego, transmitía al Amarilis las señales que Byrd esperaba.
El eunuco
contó todo sobre el viaje de Byrd, y de los puertos que habría tocado a buen
seguro. Ferrante, que en verdad poco o nada sabía del negocio de las
longitudes, no podía imaginar que Mazarino hubiera enviado a Roberto a aquella
nave sólo para descubrir algo que a él le resultaba patente, y había concluido
que en verdad Roberto hubiere de revelar después al Cardenal la ubicación de
las Islas de Salomón.
Juzgaba el
Tweede Daphne más rápido que el Amarilis, confiaba en su propia
fortuna, pensaba que habría alcanzado fácilmente el navío de Byrd cuando,
habiéndose llegado éste a las Islas, habría podido tomar por interpresa
fácilmente al marinaje en tierra, asolarlo (Roberto incluido), y luego disponer
a su voluntad de aquella tierra, de la que habría sido el único descubridor.
Fue el
eunuco el que le sugirió la manera de proceder sin errar el rumbo: habría
bastado con que se hubiera herido otro perro, y que él cada día hubiera actuado
sobre una catadura de su sangre, como hacía para el perro del Amarilis, y
Ferrante habría recibido los mismos mensajes cotidianos que recibía Byrd.
Partiré
inmediatamente, dijo Ferrante; y ante la advertencia del otro, de que antes era
menester encontrar un perro: «Tengo muy otro perro a bordo», exclamó. Condujo
al eunuco al navío y se aseguró de que entre la chusma estuviera el barbero,
experto en flebotomía y otros quehaceres parecidos.
—¡Yo,
capitán —afirmó uno que habíase salvado de cien finibus—terrae y de mil vueltas
de cordel—, cuando se pirateaba, corté más brazos y piernas a mis compañeros
que enemigos hiriese!
Descendido
que fue a la bodega, Ferrante encadenó a Biscarat a dos palos entrecruzados;
luego, con su propia mano, con un puñal practicóle profundamente una incisión
en el costado. Mientras Biscarat gañía quedo, el eunuco recogía la sangre que
goteaba con un trapo, que guardó en una talega. A continuación, explicó al
barbero cómo habría debido actuar para mantener la llaga abierta durante todo
el curso del viaje, sin que el herido muriere, pero sin que ni siquiera sanare.
Después de
este nuevo delito, Ferrante dio orden de izar velas hacia las Islas de Salomón.
Habiendo
narrado este capítulo de su novela, Roberto experimentó disgusto, y sentíase
cansado, él, y quebrantado, por el esfuerzo de tantas malas acciones.
No quiso
seguir imaginando la continuación y escribió más bien una invocación a la
Naturaleza, para que —al igual que una madre, que quiere obligar al niño a que
duerma en la cuna, le extiende por encima un paño y lo cubre con una pequeña
noche— extendiera la gran noche sobre el planeta. Rogó que la noche,
substrayéndole todas las cosas a la vista, invitare sus ojos a cerrarse; que,
junto con la obscuridad, viniere el silencio; y que así como, al asomar del
sol, leones, osos y lobos (a los cuales como a los ladrones y los asesinos, la
luz es odiosa) corren a guarecerse dentro de las cuevas donde tienen refugio y
franquicia, así por lo contrario, habiéndose retirado el sol detrás del
occidente, se retrayere todo el estruendo y el tumulto de los pensamientos.
Que, una vez muerta la luz, desfallecieren en él los espíritus que con la luz
se vivifican, y se hiciere reposo y silencio.
Al soplar
sobre la lantia sus manos fueron iluminadas sólo por un rayo lunar que
penetraba del exterior. Se levantó una niebla desde su estómago al cerebro y,
recayendo sobre los párpados, los cerró, de suerte que el espíritu no se
asomara ya para ver objeto alguno que lo distrajera. Y del durmieron no
solamente los ojos y las orejas, sino también las manos y los pies, salvo el
corazón, que jamás reposa.
¿Duerme en
el sueño también el alma? Por desgracia no, que ella permanece en vela, sólo
que se retira detrás de una cortina, y hace teatro: entonces los fantasmas
matachines salen al palco y hacen una comedia, tal cual la haría una compañía
de faranduleros borrachos o locos, tan desnaturalizadas parecen las figuras, y
extrañas las vestiduras, e indecentes los portes, fuera de propósito las
situaciones y descomedidos los discursos.
Como
cuando se corta en más partes un cientopies, que las partes liberadas corren
cada una no se sabe dónde, porque excepto la primera, que conserva la cabeza,
las otras no ven; y cada una, como una lombriz intacta, se marcha con esos sus
cinco o seis pies que le han quedado, y se lleva ese trozo de alma que es suyo.
Igualmente en los sueños, se ve asomar del tallo de una flor el cuello de una
grulla acabada en una cabeza de zambo, con cuatro cuernos de caracol que echan
fuego, o florecer en la barbilla de un viejo una cola de pavón como barba; y a
otro los brazos parecen vides enredadas, y los ojos velones en la cáscara de
una concha, o la nariz un silbato...
Roberto,
que dormía, soñó pues con la continuación del viaje de Ferrante, sólo que lo
soñaba en guisa de sueño.
Sueño
revelador, quisiera decir. Parece casi que Roberto, después de sus meditaciones
sobre los infinitos mundos, no quisiera seguir imaginando una historia que se
desarrollaba en el País de las Novelas, sino una historia verdadera de un país
verdadero, en el que también él vivía salvo que —así como la Isla estaba en el
pasado próximo— su historia pudiera tener lugar en un futuro no lejano en el
que fuera satisfecho su deseo de espacios menos breves de aquellos en los que
su naufragio le constreñía.
Si había
empezado la historia poniendo en escena a un Ferrante de manera, a un Alfiero
de Hecatommythi, concebido por su resentimiento a causa de una ofensa
jamás padecida, ahora, no pudiendo tolerar ver al Otro junto a su Lilia, estaba
tomando su lugar y, osando tomar acto de sus pensamientos obscuros, admitía sin
ambages que Ferrante era él.
Persuadido
ya de que el mundo podía ser vivido por infinitas paralajes, si antes se había
erigido en ojo indiscreto que escrutaba las acciones de Ferrante en el País de
las Novelas, o en un pasado que había sido también el suyo (que empero habíale
rozado sin que él lo advirtiera, determinando su presente), ahora él, Roberto,
se erigía en ojo de Ferrante. Quería gozar con el rival de los acontecimientos
que la fortuna habría debido depararle a él.
Corría
ahora la navecilla por los líquidos campos y los piratas eran dóciles. Velando
sobre el viaje de los dos amantes, limitábanse a descubrir monstruos marinos y,
antes de llegar a las costas americanas, habían visto un Tritón. Por lo que era
dado ver fuera de las aguas, tenía forma humana, salvo que los brazos eran
demasiado cortos con respecto al cuerpo: las manos eran grandes, los cabellos
grises y espesos, y llevaba una barba larga hasta el estómago. Tenía ojos
grandes y piel áspera. Como fue allegado, pareció dócil y movióse hacia la red.
Mas en cuanto sintió que lo atraían hacia la barca, y antes aún de que se
hubiera mostrado por debajo del ombligo para revelar si tenía cola de sirena,
rompió la red de un golpe, y desapareció. Más tarde se le vio bañarse al sol en
un escollo, siempre escondiendo la parte inferior del cuerpo. Mirando el navío
movía los brazos como si aplaudiera.
Entrados
en el océano Pacífico habían tocado una ínsula donde los leones eran negros,
las gallinas vestidas de lana, los árboles no florecían sino de noche, los
peces eran alados, los pájaros escamados, las piedras estaban a nado y las
maderas se hundían, las mariposas resplandecían de noche, las aguas embriagaban
como vino.
En una
segunda ínsula vieron un palacio fabricado de madera empapada, teñido de
colores desagradables para el ojo. Entraron, y se encontraron en una sala
tapizada con plumas de cuervo. En todas las paredes se abrían hornacinas en las
que, en vez de bustos de piedra, se veían hominicacos, con el rostro enjuto,
que por accidente de naturaleza habían nacido sin piernas.
En un
trono asquerosísimo estaba el Rey, que con un gesto de la mano había suscitado
un concierto de martillos, taladros que crujían sobre losas de piedra, y
cuchillos que chirriaban en platos de porcelana, a cuyo sonido habían aparecido
seis hombres todos huesos y pellejo, abominables por la mirada patituerta.
Delante de
aquéllos habían aparecido unas mujeres, tan gordas que más no se podía:
habiendo hecho una reverencia a sus compañeros, dieron principio a un baile que
hacía destacarse deformidades y tullimientos. Entonces hicieron irrupción seis
bravucones que parecían nacidos de un mismo vientre, con narices y bocas tan
grandes, y hombros tan gibosos, que más que criaturas parecían mentiras de la
naturaleza.
Después de
la danza, no habiendo oído todavía palabras y considerando que en aquella isla
se hablaría una lengua diferente de la suya, nuestros viajeros intentaron hacer
preguntas con gestos, que son una lengua universal con la que se puede
comunicar también con los Salvajes. Pero el hombre respondió en una lengua que
se parecía más bien a la perdida Lengua de los Pájaros, hecha de gorjeos y
trinos, y ellos la comprendieron como si hubiera hablado en su lengua.
Entendieron así que, mientras en cualquier otro lugar era apreciada la belleza,
en aquel palacio apreciábase solamente la extravagancia. Y que tanto debían
esperarse si seguían aquel viaje suyo por tierras donde está abajo lo que en
otros lugares está arriba.
Reanudado
el viaje, habían tocado una tercera ínsula que parecía desierta, y Ferrante
habíase adentrado, solo con Lilia, hacia el interior. Mientras iban, oyeron una
voz que les aconsejaba que huyeran: aquélla era la ínsula de los Hombres
Invisibles. En aquel mismo instante había muchos a su alrededor, que se
enseñaban con el dedo a aquellos dos visitantes que sin ninguna vergüenza
ofrecíanse a sus miradas. Para aquel pueblo, en efecto, si uno era mirado se
convertía en presa de la mirada de otro, y se perdía el propio natural,
transformándose en lo inverso de sí mismo.
En una
cuarta ínsula, encontraron un hombre con los ojos hundidos, la voz sutil, la
cara que era una sola arruga, pero con colores frescos. La barba y los cabellos
eran finos como algodón, el cuerpo tan entumecido que si precisaba darse la
vuelta tenía que girar sobre sí mismo completamente. Y dijo que tenía
trescientos y cuarenta años, y en aquel tiempo había renovado tres veces su
juventud, habiendo bebido el agua de la Fuente Bórica, que se halla
precisamente en aquella tierra y alarga la vida, aunque no más de sus
trescientos y cuarenta años; por lo cual, de allí a poco, habría muerto. Y el
viejo invitó a los viajeros a que no buscaran la fuente: vivir tres veces,
convirtiéndose primero en el doble y luego en el triple de sí mismo, era causa
de grandes congojas, y al final uno no sabía ya quién era. No sólo: vivir los
mismos dolores tres veces era una pena, pero mayor pena era volver a vivir las
mismas alegrías. La alegría de la vida nace del sentimiento de que tanto
delicia como congoja son de breve duración, y míseros de nosotros si llegamos a
saber que gozamos de una eterna beatitud.
Mas el
Mundo Antípoda era bello por su variedad y, navegando aún por mil millas,
encontraron una quinta ínsula, que era toda un pulular de estanques; y cada
habitante pasaba la vida de hinojos contemplándose, considerando que quien no
es visto es como si no fuera, y que si hubieran apartado la mirada, cesando de
verse en el agua, habrían muerto.
Llegáronse
luego a una sexta ínsula, aún más al oeste, donde todos hablaban incesantemente
entre ellos, el uno contándole al otro lo que él quería que fuere e hiciere, y
viceversa. Aquellos isleños, pues, podían vivir sólo si eran narrados; y cuando
un transgresor contaba de los demás historias desagradables, obligándoles a
vivirlas, los otros no contaban ya nada del, y así moría.
Mas su
problema era inventar para cada uno una historia diferente: en efecto, si todos
hubieran tenido la misma historia, ya no habría sido posible distinguirlos
entre ellos, porque cada uno de nosotros es lo que sus trabajos han creado. He
ahí por qué habían construido una gran rueda, que llamaban Cynosura Lucensis,
erguida en la plaza del pueblo. Estaba formada por seis círculos concéntricos
que giraban cada uno por su cuenta. El primero estaba dividido en veinte y
cuatro escaques o casas cuadradas, el segundo en treinta y seis, el tercero en
cuarenta y ocho, el cuarto en sesenta, el quinto en setenta y dos y el sexto en
ochenta y cuatro. En los diferentes escaques, según un criterio que Lilia y
Ferrante no habían podido entender en tan poco tiempo, estaban escritas
acciones (como ir, venir o morir), pasiones (odiar, amar o tener frío), y luego
modos, como bien y mal, tristemente o con alegría, y lugares y tiempos, como
por ejemplo, en su casa o el mes siguiente.
Haciendo
girar las ruedas se obtenían historias como «fue ayer a su casa y se encontró
con su enemigo que padecía, y le prestó ayuda» o «vio un animal con siete
cabezas y lo mató». Los habitantes sostenían que con aquella máquina podían
escribirse o pensarse setecientos y veinte y dos millones de millones de
historias diferentes, y había para dar sentido a la vida de cada uno dellos en
los siglos por venir. Lo que a Roberto, agradábale, porque habría podido
construirse una rueda de ese tipo y seguir pensado historias incluso si hubiera
permanecido en el Daphne diez mil años.
Eran
muchos y extravagantes descubrimientos de tierras que Roberto bien habría
querido descubrir. Pero a un cierto punto de su trasoñar quiso para los dos
amantes un lugar menos habitado, para que pudieran gozar de su amor.
Hízoles
llegar así a una séptima y amenísima playa alegrada por un bosquecillo que
surgía precisamente a la ribera del mar. Lo atravesaron y se encontraron en un
jardín real, donde, a lo largo de una alameda arbolada que discurría entre
prados hermosos de flores, se levantaban muchas fuentes.
Roberto,
como si los dos buscaran un refugio más íntimo, y él nuevos padecimientos,
hízoles allegarse a un arco florecido, allende el cual penetraron en un pequeño
valle donde se mecían los cálamos de una caña palustre bajo un zefirillo que
esparcía por el aire una mezcla de perfumes; y de un laguito surtía con paso
luciente un hilo de aguas tersas como sartas de aljófares.
Quiso —y
me parece que su puesta en escena seguía todas las reglas— que la sombra de una
frondosa encina estimulara a los amantes al ágape, y añadió plátanos jocundos,
madroños humildes, enebros punzantes, frágiles tamariscos y flexibles tilos que
hacían guirnalda a un prado, ilustrado como un tapiz oriental. ¿De qué podía
haberlo miniado la naturaleza, pintora del mundo? De negras violas y blancos
alhelíes.
Dejó que
los dos se abandonaran, mientras una amapola suave levantaba del grave olvido
su cabeza adormilada, para abrevarse de aquellos rociados suspiros. Pero luego
prefirió que, humillada por tanta belleza, se arrebolara de vergüenza y de
afrenta. Como él, Roberto, por lo demás; y deberíamos decir que se lo tenía
bien merecido.
Para no
ver más aquéllo por lo que tanto habría querido ser visto, entonces Roberto,
con su morfeica omnisciencia, subió a dominar la isla entera, donde ahora las
fuentes comentaban el milagro amoroso del que se querían prónubas.
Había
columnitas, ampollas, redomas de las que salía un solo chorro, o muchos de
muchas pequeñas trompas; otras tenían en el ápice como un arca, de cuyas
ventanas goteaba una riada, que formaba cayendo un sauce doblemente llorón.
Una, como un tronco cilindrico, generaba en la coronilla muchos cilindros
menores orientados en diferentes direcciones, casi como un bajel de Malta
alado, en dulce batalla de sus bocas de fuego, que antes regala que destroza
vidas su artillería de aguas.
Había
algunas empenachadas, otras crinadas y barbudas, con tantas variedades cuantas
las estrellas de los Reyes Magos en los belenes, cuya cola sus rociadas
imitaban. En una posaba la estatua de un muchacho que con la izquierda sostenía
una sombrilla, de cuyas nervaduras procedían otros tantos surtidores; pero con
la diestra el muchacho tendía su miembrecito, y confundía en una pila su orina
con las aguas que venían de la cúpula.
En otra se
posaba sobre el capitel un pez con una gran cola que parecía que acabara de
tragarse a Jonás, y emanaba cristales tanto por la boca como por dos agujeros
que se le abrían encima de los ojos. Y a caballo estaba un amorcillo apercibido
de tridente. Una fuente en forma de flor sostenía con su chorro una pelota;
otra aún era un árbol cuyas muchas flores hacían cada una girar una esfera, y
parecía que muchos planetas se movían el uno alrededor del otro en aquel cielo
del agua. Había otra donde una hermosa bóveda de cristal yacía sobre una taza
de mármol blanco y en ella se entraban cuatro luces, sitiadas de amenidad mas
no ofendidas por el líquido elemento.
Substituyendo
el aire con el agua, había algunas en forma de cañas de órgano, que no emitían
sonidos sino hálitos licuados, y substituyendo el agua con el fuego, había
algunas en forma de candelabro, donde lumbres inflamadas en el centro de la
columna que les era sostén arrojaban fulgores sobre las espumas que desbordaban
por doquier.
Otra
parecía un pavo real, un copete en la cabeza, y una amplia cola abierta, a la
cual el cielo suministraba los colores. Por no hablar de algunas que parecían
asientos para un peinador de pelucas, y se adornaban de cabelleras cantarinas.
En una, un girasol se expandía en escarcha. Y otra tenía el rostro mismo del
sol finamente esculpido, cincelada de piquitos la circunferencia, de suerte que
el astro no derramaba rayos, sino frescura.
En una
volteaba un cilindro que eyaculaba la fama de estas linfas por una serie de
acanaladuras en espiral. Había unas en forma de boca de león o de tigre, de
fauces de grifo, de lengua de serpiente, e incluso de mujer que lloraba tanto
de los ojos como de los senos. Y faunos y delfines, unos subiendo el agua y
otros que vomitándola abajo la contradecían. Y era todo un manar de seres
alados, salpicar de cisnes, regar de trompas de elefantes nilíacos, efundir de
ánforas alabastrinas, desvenarse de cornucopias.
Todas
visiones que para Roberto, si bien se mira, eran un ir de mal en peor.
Entre
tanto, en el valle, los amantes ya saciados no tuvieron sino que tender la mano
y aceptar de una sarmentosa vid el obsequio de sus tesoros, y una higuera, cual
si quisiera llorar por ternura del espiado connubio, destiló lágrimas de miel,
mientras en un almendro, que todo se florecía de gemas, gemía la Paloma
Naranjada...
Hasta que
Roberto se despertó, empapado de sudor.
—¡Cómo —se
decía—, yo he cedido a la tentación de vivir por interposición de Ferrante, mas
agora doy en la cuenta de que es Ferrante el que ha vivido por interposición de
mí mismo, y mientras yo forjaba quimeras él vivía de verdad lo que yo le he
permitido vivir!
Para
enfriar la rabia, y para tener visiones que (aquéllas por lo menos) a Ferrante
le eran negadas, habíase movido de nuevo de primera mañana, amarra en el
costado y Persona Vitrea sobre el rostro, hacia su mundo de los corales.
36 LA
ETERNIDAD CONSEJERA
Llegado al
límite del arrecife, Roberto navegaba con el rostro sumergido entre aquellas
logias eternas, pero no conseguía admirar sereno aquellas piedras animadas
porque una Medusa las había transformado en roca desanimada. En el sueño,
Roberto había visto bien las miradas que Lilia había reservado al usurpador: si
aún en el sueño aquellas miradas lo habían inflamado, ahora en el recuerdo lo
helaban.
Quiso
reapropiarse de su Lilia, nadó hincando el rostro lo más a fondo posible, como
si aquel abrazo con el mar pudiera darle la palma que en el sueño había
atribuido a Ferrante. No le costó mucho esfuerzo, a su espíritu educado en
formar conceptos, imaginarse a Lilia en cada cadencia ondosa de aquel parque
sumergido, ver sus labios en cada flor en la que habría querido perderse como
una abeja golosa. En transparentes vergeles volvía a encontrar el velo que le
había cubierto el rostro las primeras noches, y tendía la mano para levantar
aquel reparo.
En esta
ebriedad de la razón deploraba que sus ojos no pudieran espaciar todo lo que su
corazón quería, y entre los corales buscaba, de la mujer amada, el brazalete,
la cofia de red, el zarcillo que le enternecía el lóbulo de la oreja, los
collares suntuosos que adornaban su cuello de cisne.
Perdido en
la caza dejóse atraer a un cierto punto por un dije que aparecíasele en una
grieta, quitóse la máscara, arqueó el dorso, levantó con fuerza las piernas y
empujóse hacia el fondo. El empujón había sido excesivo, quiso asirse al borde
de un declive, y fue sólo un instante antes de detener los dedos alrededor de
una piedra escariosa cuando le pareció ver abrirse un ojo pingüe y soñoliento.
En aquel relámpago acordóse de que el doctor Byrd habíale hablado de un Pez
Piedra, que anida entre las grutas coralinas para sorprender a cualquier
criatura viva con el veneno de sus escamas.
Demasiado
tarde: la mano se había posado en la Cosa y un dolor intenso le había
atravesado el brazo hasta el hombro. Con un golpe de ríñones había conseguido
milagrosamente no dar con el rostro y con el pecho encima del Monstruo, mas
para detener su inercia había tenido que golpearlo con la máscara. En el choque
ésta habíase estrellado, y en cualquier caso había tenido que dejarla. Haciendo
fuerza con los pies sobre la roca subyacente, había vuelto a la superficie,
mientras por pocos segundos había visto aún a la Persona Vitrea hundirse quién
sabe dónde.
La mano
derecha y todo el antebrazo estaban hinchados, el hombro habíasele entumecido;
temió desmayarse; encontró la cuerda y con gran pena consiguió gradualmente
tirarla, trecho a trecho, con una sola mano. Remontó la escalerilla, casi como
la noche de su llegada, sin saber cómo, y como aquella noche se dejó caer en la
puente.
Pero ahora
el sol ya estaba alto. Con los dientes que le castañeteaban, Roberto se acordó
de que el doctor Byrd habíale contado que después del encuentro con el Pez
Piedra, la mayoría no se había salvado, pocos habían sobrevivido, y nadie
conocía un antídoto contra aquel mal. A pesar de los ojos nublados, intentó
examinar la herida: no era más que un arañazo, pero debía haber sido suficiente
para hacer penetrar en las venas la mortífera substancia. Perdió los sentidos.
Se
despertó con que la fiebre le había subido, y experimentaba una intensa
necesidad de beber. Entendió que en aquel extremo del navío, expuesto a los
elementos, lejos de comida y bebida, no podía durar. Se arrastró hasta la
entrepuentes y llegó al límite entre el paraje de los bastimentos y el recinto
de los pollos. Bebió ávidamente de una cubeta de agua, pero sintió que su
estómago se le contraía. Se desmayó otra vez, boca abajo en su propio vómito.
Durante
una noche agitada por sueños ferales, atribuía sus sufrimientos a Ferrante, que
ahora confundía con el Pez Piedra. ¿Por qué quería impedirle el acceso a la
Isla y a la Paloma? ¿Era por esto por lo que se había puesto a perseguirle?
Se veía a
sí mismo tumbado mirando a otro sí mismo que se sentaba por frente, junto a una
estufa, vestido con una ropa de cámara, ocupado en decidir si las manos que se
tocaba y el cuerpo que sentía eran suyos. Él, que veía al otro, se sentía los
vestidos cautivos del fuego, mientras vestido estaba el otro, y él desnudo; y
ya no entendía quién de los dos vivía en la vigilia y quién en el sueño, y
pensó que ambos eran, a buen seguro, figuras producidas por su mente. Él no,
porque pensaba, luego era.
El otro
(¿mas cuál?) a un cierto punto se levantó, y debía de ser el Genio Maligno que
le estaba transformando el mundo en sueño, porque ya no era él, sino el padre
Caspar. «¡Ha vuelto!», había murmurado Roberto tendiéndole los brazos. Pero
aquél no había contestado, ni se había movido. Le miraba. Era sin duda el padre
Caspar, mas como si el mar, devolviéndoselo, lo hubiera aderezado y
rejuvenecido. La barba cuidada, el rostro jugoso y rosado como el del padre
Emanuel, el hábito libre de sietes y cazcarrias. Luego, siempre sin moverse,
como un actor que declamara en una lengua impecable, de consumado orador, había
dicho con una tétrica sonrisa:
—Es inútil
que te defiendas. Ya el mundo entero tiene una sola meta, y es el infierno.
Había
continuado a gran voz como si hablara desde el pulpito de una iglesia:
—¡Sí, el
infierno, del cual poco sabéis, tú y todos los que contigo están yendo hacia él
con pie desembarazado y ánimo alocado! ¿Vosotros creíais que en el infierno
habríais encontrado espadas, puñales, ruedas, navajas, torrentes de azufre,
bebidas de plomo líquido, aguas heladas, calderas y parrillas, sierras y mazas,
alesnas para sacar ojos, tenazas para arrancar dientes, peines para lacerar
costados, cadenas para machacar huesos, bestias que roen, aguijones que tensan,
cordeles que ahorcan, potros, cruces, garfios y hachas? ¡No! Éstos son
tormentos despiadados, sí, mas tales que la mente humana aún puede concebirlos,
pues bien que hemos concebido los toros de bronce, los asientos de hierro o el
traspasar las uñas con cañas puntiagudas... Vosotros esperabais que el infierno
fuera una barbacana hecha de Peces Piedra. ¡No, otras son las penas del
infierno, porque no nacen de nuestra mente finita, sino de la infinita de un
Dios airado y vengativo, obligado a hacer gala de su furia y a evidenciar que,
como tuvo grande la misericordia para absolver, no tiene menor la justicia para
castigar! ¡Deberán ser aquestas penas tales que en ellas podamos comprehender
la desigualdad que corre entre nuestra impotencia y Su omnipotencia!
—En este
mundo —seguía diciendo aquel mensajero de la penitencia—, vosotros estáis
acostumbrados a ver que para todo mal algún remedio se ha encontrado, y que no
hay herida sin su bálsamo, ni tóxico sin su teriaca. Mas no penséis que lo
mismo acaece en el infierno. Son allá, es verdad, sumamente molestas las
quemaduras, mas no hay mitigación que las haga agradables; abrasadora la sed,
mas no hay agua que la refrigere; canina el hambre, mas no hay comida que la
conforte; insufrible la vergüenza, mas no hay frazada que la recubra. Hubiere,
pues, al menos una muerte, que pusiere un término a tantos males, una muerte,
una muerte... ¡Mas esto es lo peor, que allá ni siquiera podréis esperar jamás
en una gracia, con todo, tan luctuosa como la de ser exterminados! Buscaréis la
muerte en todas sus formas, buscaréis la muerte, y no tendréis jamás la dicha
de encontrarla. Muerte, Muerte, ¿dónde estás? (iréis gritando sin cesar), ¿cuál
será ese demonio tan piadoso que nos la dé? ¡Y entenderéis entonces que allá
abajo no se acaba de penar jamás!
El viejo
en ese punto hacía una pausa, tendía los brazos con las manos al cielo,
siseando en voz baja, casi para confiar un secreto tremendo que no debía salir
de aquella nave.
—¿No
acabar jamás de penar? ¿Quiere eso decir que penaremos hasta que un pequeño
jilguero, viniendo a beber una gota por año, pudiere conseguir secar todos los
mares? Más. In saecula. ¿Penaremos hasta que un pulgón, volviendo a dar
un solo mordisco por año, pudiere conseguir devorar todos los bosques? Más. In
saecula. ¿Penaremos entonces hasta que una hormiga, moviendo un solo paso
por año, pueda haber rodeado toda la tierra? Más. In saecula. Y si todo
este universo fuere un solo desierto de arena, y cada siglo se quitare un único
grano, ¿habríamos acabado acaso de penar cuando el universo estuviere todo
despejado? Ni siquiera. In saecula. Finjamos que un condenado derrame a
cabo de millones de siglos dos lágrimas solas, ¿cesará él de penar cuando su
llanto sea apropiado para formar un mayor diluvio que aquél en el que
antiguamente perdióse todo el género humano? ¡Ea pues, acabemos, que no somos
niños! Si queréis que os lo diga: in saecula, in saecula tendrán que
penar los reprobos, in saecula, que es como decir por siglos sin número,
sin término, sin medida.
Ahora el
rostro del padre Caspar parecía el del carmelita de la Grive. Levantaba la
mirada al cielo para encontrar en él una sola esperanza de misericordia:
—Mas Dios
—decía con voz de penitente digno de compasión—, mas Dios ¿no pena a la vista
de nuestras penas? ¿No acaecerá que Él experimente un movimiento de terneza, no
acontecerá que, al final Él se muestre, para que por lo menos recibamos
consolación de su llanto? ¡Aymé, qué ingenuos sois! ¡Dios desgraciadamente se
mostrará, pero todavía no imagináis cómo! Cuando nosotros levantemos los ojos
veremos que Él (¿tendré que decirlo?), veremos que Él, convertido para nosotros
en un Nerón, no por injusticia sino por severidad, no sólo no querrá o
consolarnos, o socorrernos, o compadecernos, sino que con deleite inconcebible
¡reirá! ¡Pensad, por tanto, en qué desvarios tendremos que prorrumpir nosotros!
¿Nosotros estamos quemándonos, diremos, y Dios ríe? ¿Nosotros estamos
quemándonos, y Dios ríe? ¡Oh Dios cruelísimo! ¿Por qué no nos desgarras con tus
rayos, en vez de insultarnos con tus risas? ¡Redobla bien, oh despiadado,
nuestras llamas, mas no quieras regocijarte dellas! ¡Ah, risa a nosotros más
amarga que nuestro llanto! ¡Ah, júbilo a nosotros más doloroso que nuestras
penas! ¿Por qué no tiene el infierno nuestro vorágines donde poder eludir el
rostro de un Dios que ríe? Demasiado nos engañó quien nos dijo que nuestro
castigo habría sido el mirar y remirar el semblante de un Dios desdeñado. De un
Dios que ríe, había que decirnos, de un Dios que ríe... Para no divisar y oír
esa risa querríamos que desplomara montañas sobre nuestra cabeza, o que la
tierra nos faltara bajo los pies. ¡Mas no, porque desgraciadamente veremos lo
que nos duele, y seremos ciegos y sordos a todo, excepto para aquello para lo
que querríamos ser sordos y ciegos!
Roberto
sentía la rancidez del forraje gallináceo en los resquicios de la madera, y le
llegaban desde el exterior las voces de los pájaros marinos, que él tomaba por
la carcajada de Dios.
—¿Mas por
qué el infierno a mí —preguntaba—, y por qué a todos? ¿No fue acaso para
reservárselo a pocos por lo que Cristo nos redimió?
El padre
Caspar había reído, como el Dios de los condenados:
—¿Mas
cuándo os redimió? ¿En qué planeta, en qué universo piensas tú que vives ya?
Había
tomado la mano de Roberto, levantándolo con violencia de su catre, y lo había
arrastrado por los meandros del Daphne, mientras el enfermo
experimentaba una roedura de intestino y en la cabeza le parecía tener muchos
relojes de cuerda. Los relojes, pensaba, el tiempo, la muerte...
Caspar lo
había arrastrado hasta un chiribitil que él no había descubierto jamás, con las
paredes encaladas, donde había un catafalco cerrado, con un ojo circular en un
lado. Ante el ojo, en una regla acanalada, estaba insertado un listón de madera
todo labrado con ojos de igual medida que contornaban cristales aparentemente
opacos. Haciendo correr el listón podían hacerse coincidir sus ojos con el de
la caja. Roberto recordaba haber visto ya en Provenza un ejemplo más reducido
de aquella máquina, que, se decía, era capaz de hacer vivir la luz ayudada por
la sombra.
Caspar
había abierto un lado de la caja, dejando divisar, en un trípode, una gran
lámpara que, por la parte opuesta al pico, en vez del asa, tenía un espejo
redondo de especial curvatura. Encendido el pábilo, el espejo proyectaba los
rayos luminosos dentro de un tubo, un breve anteojo cuya lente terminal era el
ojo externo. De aquí (en cuanto Caspar hubo vuelto a cerrar la caja) los
trémulos reflejos pasaban a través del cristal del listón, alargándose en cono
y haciendo aparecer en la pared imágenes coloreadas, que a Roberto parecieron
cuerpos de todas dimensiones adornados, cuando aun ser superficie no merecían.
La primera
figura representaba un hombre, con el rostro de demonio, encadenado en un
escollo en medio del mar, azotado por las olas. De aquella aparición, Roberto
no consiguió ya apartar la mirada, la fundió con las que vinieron a
continuación (mientras Caspar hacíalas seguirse la una a la otra al hacer
correr el listón), las compuso todas juntas —sueño en el sueño— sin distinguir
lo que se le decía de lo que estaba viendo.
Al escollo
se acercó un navío en el que reconoció al Tweede Daphne; y bajó
Ferrante, que ahora libertaba al condenado. Todo estaba claro. En el curso de
su navegación, Ferrante había encontrado, como la leyenda nos asegura que es, a
Judas recluido en el océano abierto, expiando su traición.
—Gracias
—decíale Judas a Ferrante, mas para Roberto la voz procedía sin duda de los
labios de Caspar—. Desde que háseme aquí subyugado, a la hora nona de hoy,
esperaba poder aún reparar mi pecado... Te doy las gracias, hermano...
—¿Estás
aquí desde ha apenas un día, o menos aún? —preguntaba Ferrante—. Pero si tu
pecado fue consumado en el trigésimo tercer año del nacimiento de Nuestro
Señor, y por tanto mil y seiscientos y diez años ha...
—Ay,
hombre ingenuo —contestaba Judas—, hace, no cabe duda, mil y seiscientos y diez
de vuestros años que yo fui colocado en este escollo, pero no es aún y no será
jamás un día de los míos. Tú no sabes que, entrando en el mar que rodea a esta
isla mía, has penetrado en otro universo que corre al lado y dentro del
vuestro, y aquí el sol gira en torno a la tierra como una tortuga que a cada
paso va más despacio que antes. Así en este mi mundo mi día duraba al principio
dos de los vuestros, y luego tres, y cada vez más, hasta agora, que después de
mil y seiscientos y diez de vuestros años, yo estoy siempre y aún en la hora
nona. Y de aquí a poco el tiempo será aún más lento, y luego más aún, y yo
viviré siempre la hora nona del año treinta y tres a partir de la noche de
Belén...
—¿Pero por
qué? —preguntaba Ferrante.
—Pues
porque Dios ha querido que mi castigo consistiera en vivir siempre en viernes
santo, y celebrar siempre y cada día la pasión del hombre al que he
traicionado. El primer día de mi pena, mientras para los demás hombres
acercábase el ocaso, y luego la noche, y luego el alba del sábado, para mí
había transcurrido un átomo de un átomo de minuto desde la hora nona de aquel
viernes. Mas aflojando aún inmediatamente la marcha del sol, en vuestro mundo
Cristo resucitaba, y yo estaba aún a un paso de aquella hora. Y agora, que para
vosotros han transcurrido siglos y siglos, yo estoy siempre a una migaja de
tiempo de aquel instante...
—Pero este
tu sol se mueve, y llegará el día, quizá dentro de diez mil y más años, en que
tú entres en tu sábado.
—Sí, y
entonces será peor, habré salido de mi purgatorio para entrar en mi infierno.
No cesará el dolor de aquella muerte que causé, pero habré perdido la
posibilidad, que aún me queda, de hacer de suerte que lo que ha acaecido no
haya acaecido.
—¿Y cómo?
—Tú no
sabes que a no mucha distancia de aquí corre el meridiano antípoda. Allende
aquella línea, tanto en tu universo como en el mío, está el día de antes. Si
yo, agora libertado, pudiere rebasar aquella línea, me encontraría en mi jueves
santo, pues que este escapulario que me ves sobre los hombros es el vínculo que
obliga a mi sol a acompañarme como mi sombra, y hacer de suerte que por
doquiera que yo vaya todos los tiempos duren como el mío. Podría entonces
llegar a Jerusalén viajando por un larguísimo jueves, y llegar allí antes de
que mi alevosía se cumpliere. Y salvaría a mi Maestro de su suerte.
—Pero
—había objetado Ferrante—, si impides la Pasión no habrá habido jamás
Redención, y el mundo seguiría siendo todavía hoy cautivo del pecado original.
—¡Ay
—había gritado Judas llorando—, yo que pensaba sólo en mí mismo! ¿Mas entonces
qué he de hacer? Si dejo de actuar como he actuado, quedo condenado. Si reparo
mi error, obstaculizo el designio de Dios, y seré castigado con la damnación.
¿Estaba escrito, pues, desde el principio que yo fuera condenado a ser
condenado?
La
procesión de las imágenes habíase apagado en el llanto de Judas, al agotarse el
aceite de la linterna. Ahora hablaba otra vez el padre Caspar, con una voz que
Roberto no reconocía ya como suya. La poca luz llegaba ahora de un resquicio en
la pared e iluminaba sólo la mitad de su rostro, deformándole la línea de la
nariz y haciendo incierto el color de la barba, blanquísima ahora por una parte
y obscura por otra. Los ojos eran ambos dos cavidades, puesto que también el
expuesto a la claridad parecía en sombra. Y Roberto daba en la cuenta apenas
entonces de que estaba cubierto por un parche negro.
—Y fue
entonces —decía aquese que ahora era sin duda el Abate de Morfi—, fue entonces
cuando tu hermano concibió la obra maestra de su Ingenio. Si hubiera llevado a
cabo él el viaje que Judas se proponía, habría podido impedir que la Pasión se
cumpliera y que, por tanto, nos fuera concedida la Redención. Ninguna
Redención, todos víctimas del mismo pecado original, todos votados al infierno,
tu hermano pecador, mas como todos los hombres, y por ende justificado.
—¿Mas cómo
habría podido, cómo podría, cómo ha podido? —preguntaba Roberto.
—Oh
—sonreía ahora con atroz alegría el abate—, hacía falta poco. Bastaba con
engañar incluso al Altísimo, incapaz de concebir disfraz alguno de la verdad.
Bastaba con matar a Judas, como hice inmediatamente en aquel escollo, vestir su
escapulario, hacerme preceder por mi navío a la costa opuesta de esa Isla,
llegar aquí con fementida apariencia para impedir que tú aprendieras las
correctas reglas de la natación y no pudieras precederme jamás allá abajo,
obligarte a construir conmigo la campana acuática para permitirme alcanzar la
Isla.
Y mientras
hablaba, para mostrar el escapulario, quitábase lentamente el hábito
apareciendo con ropa corsaria, luego igual de despacio arrancábase la barba,
librábase de la peluca, y a Roberto le parecía verse en un espejo.
—¡Ferrante!
—había gritado Roberto.
—Yo en
persona, hermano mío, yo, que mientras tú renqueabas como un perro o una rana,
yo en la otra costa de la Isla encontraba mi navío, hacía vela en mi largo
jueves santo hacia Jerusalén, encontraba al otro Judas a punto de traicionar y
lo ahorcaba de una higuera, impidiéndole entregar al Hijo del Hombre a los
Hijos de las Tinieblas, penetraba en el Huerto de los Olivos con mis fieles y
raptaba a Nuestro Señor, ¡substrayéndolo al Calvario! ¡Y ahora tú, yo, todos
estamos viviendo en un mundo que no ha sido redimido jamás!
—Mas
Cristo, Cristo, ¿dónde está ahora?
—¿Así
pues, no sabes que ya los textos antiguos decían que hay Palomas rosicler
porque el Señor, antes de ser crucificado, vistió una túnica escarlata?
¿Todavía no has entendido? Desde hace mil y seiscientos y diez años Cristo es
prisionero en la Isla, desde donde intenta huir con la apariencia de una Paloma
Naranjada, mas es incapaz de abandonar aquel lugar, donde junto a la Specola
Melitense he dejado el escapulario de Judas, y donde es por tanto siempre y
sólo el mismo día. ¡Ahora no me queda sino matarte, y vivir libre en un mundo
en el que está excluido el remordimiento, el infierno es seguro para todos, y
allá abajo, un día, yo seré acogido como el nuevo Lucifer!
Y había
extraído una daga, acercándose a Roberto para cumplir el último de sus
crímenes.
—¡No
—había gritado Roberto—, no te lo permitiré! Yo te mataré, y liberaré a Cristo.
¡Aún sé tirar de espada, mientras que a ti mi padre no te enseñó sus golpes
secretos!
—He tenido
un solo padre y una sola madre, tu mente mórbida —había dicho Ferrante con una
sonrisa triste—. Tú me has enseñado sólo a odiar. ¿Crees haberme hecho un gran
regalo, dándome la vida sólo para que en tu País de las Novelas personificara a
la sospecha? Mientras tú estés vivo, pensando de mí lo que yo mismo tengo que
pensar, no cesaré de despreciarme. Así pues, que tú me mates o que te mate yo,
el final es el mismo. Vamos.
—Perdón,
hermano mío —había gritado Roberto llorando—. ¡Sí, vamos, es justo que uno de
nosotros dos haya de morir!
¿Qué
quería Roberto? ¿Morir? ¿Liberar a Ferrante haciéndole morir? ¿Impedir a
Ferrante que impidiera la Redención? No lo sabremos jamás, pues no lo sabía ni
siquiera él. Pero así están hechos los sueños.
Habían
subido a la puente, Roberto había buscado su arma y la había encontrado (como
recordaremos) hecha un muñón; pero gritaba que Dios le habría dado fuerza, y un
buen espadachín hubiera podido batirse incluso con una hoja quebrada.
Los dos
hermanos estaban frente por frente, por primera vez, para dar inicio a su
último lance.
El cielo
se había decidido a secundar aquel fratricidio. Una nube rojiza repentinamente
había tendido entre el navío y el cielo una sombra sanguínea, como si allá
arriba alguien hubiera degollado los caballos del Sol. Había estallado un gran
concierto de truenos y relámpagos, seguidos de aguaceros, y cielo y mar a los
dos duelistas atronaban el oído, deslumbraban la vista, atizaban con agua
helada las manos.
Mas ambos
vagaban entre las saetas que les llovían en derredor, embistiéndose con
acometidas y sagitas, retrocediendo de golpe, agarrándose a una escota para
evitar casi volando una estocada, lanzándose contumelias, midiendo cada grado
con un grito, entre los gritos equivalentes del viento que silbaba en torno.
En aquel
combés resbaladizo, Roberto se batía para que Cristo pudiera ser puesto en la
Cruz, y pedía la ayuda divina; Ferrante para que Cristo no tuviera que padecer,
e invocaba el nombre de todos los diablos.
Fue
mientras llamaba para que lo asistiera Astaroth cuando el Intruso (ahora
intruso incluso en los designios de la Providencia) se ofreció sin querer a la
Treta de la Gaviota. O quizá así lo quería, para poner punto final a aquel
sueño sin pies ni cabeza.
Roberto
hizo que caía, el otro se abalanzó sobre él para acabarlo, él apoyóse sobre la
izquierda y empujó la espada mutilada hacia su pecho. No se había levantado con
la agilidad de Saint—Savin, pero Ferrante ya había tomado demasiado impulso, y
no había podido evitar espetarse, es más, desfondarse él solo el esternón sobre
el muflón del acero. Roberto fue sofocado por la sangre que el enemigo,
muriendo, derramaba por la boca.
Él sentía
el sabor de la sangre en su boca, y probablemente en el delirio se había
mordido la lengua. Ahora nadaba en aquella sangre, que se extendía desde el
navío hasta la Isla; no quería seguir adelante a causa del Pez Piedra, mas
había concluido sólo la primera parte de su misión, Cristo aguardaba en la Isla
para derramar Su sangre, y él quedaba su único Mesías.
¿Qué
estaba haciendo ahora en su sueño? Con la daga de Ferrante se había puesto a
reducir una vela a largas fajas, que luego anudaba entre ellas ayudándose con
las drizas; con otros lazos había capturado en la entrepuentes a las más
vigorosas entre las garzas, o cigüeñas que fueren, y las estaba atando por las
patas como corceles de aquella alfombra voladora suya.
Con su
navío aéreo habíase alzado en vuelo hacia la tierra ya accesible. Debajo de la
Specola Melitense encontró el escapulario, y lo destruyó. Habiéndole vuelto a
dar espacio al tiempo, había visto descender sobre él a la Paloma, que por fin
descubría estático en toda su gloria. Mas era natural —es más, sobrenatural—
que ahora le pareciera no naranjada sino blanquísima. No podía ser una paloma,
porque ese pájaro no se conviene para representar a la Segunda Persona, era
quizá un Pío Pelícano, como debe ser el Hijo. Así que al final no veía bien qué
pájaro habíasele ofrecido como amable mesana para aquel bajel alado.
Sólo sabía
que estaba volando hacia arriba, y las imágenes se sucedían como querían los
fantasmas matachines. Estaban navegando ahora en dirección de todos los
innumerables e infinitos mundos, hacia todos los planetas, hacia todas las
estrellas, de suerte que en cada uno, casi en un solo momento, se cumpliera la
Redención.
El primer
planeta que habían tocado había sido la cándida luna, en una noche iluminada
por el medio día de la tierra. Y la tierra estaba allá, en la línea del
horizonte, una enorme, amenazante e ilimitada polenta de maíz, que aún cocía en
el cielo y casi caíasele encima burbujeando de febricitante y febril febrosidad
febrífera, fiebreando febrosa en burbujas bullentes en su ebullición,
bulligando de un bullicioso bullir, glu, glu, glu. Es que cuando tienes fiebre
eres tú el que te conviertes en polenta, y las luces que ves vienen todas de la
bullidura de tu cabeza.
Y allí en
la luna con la Paloma...
No
habremos buscado, confío, coherencia y verisimilitud en todo lo que he
transcrito hasta ahora, porque se trataba de la pesadilla de un paciente
atosigado por un Pez Piedra. Pero lo que me dispongo a referir supera todas
nuestras expectativas. La mente o el corazón de Roberto, o en cualquier caso su
vis imaginativa, estaban urdiendo una sacrílega metamorfosis: en la luna
él ahora se veía no con el Señor, sino con la Señora, Lilia por fin arrancada a
Ferrante. Roberto estaba obteniendo en los lagos de Selene lo que el hermano
habíale quitado entre los estanques de la ínsula de las fuentes. Besábale el
rostro con los ojos, contemplábala con la boca, bebía, mordía y remordía, y
retozaban en torneo las lenguas enamoradas.
Sólo
entonces Roberto, que quizá estábasele despejando la fiebre, volvió en sí, pero
quedó prendado de lo que había vivido, como sucede después de un sueño, que nos
deja no sólo con el ánimo sino con el cuerpo perturbado.
No sabía
si llorar de felicidad por su amor reencontrado, o de remordimiento por haber
invertido, cómplice la fiebre, que no conoce las Leyes de los Géneros, su
Epopeya Sagrada en una Comedia Libertina.
Ese
momento, decíase, me costará de verdad el infierno, porque ciertamente no soy
mejor que ni Judas ni Ferrante. Es más, yo no soy sino Ferrante, y no he hecho
hasta ahora sino aprovecharme de su maldad para soñar que hacía lo que mi
vileza siempre me impidió hacer.
Quizá no
sea llamado a responder de mi pecado, pues no he pecado yo, sino el Pez Piedra,
que me hacía soñar a su manera. Mas, si he llegado a tanta demencia, es
ciertamente signo de que voy a morir de verdad. Y he tenido que esperar al Pez
Piedra para decidirme a pensar en la muerte, mientras que este pensamiento
habría debido ser el primer deber del buen cristiano.
¿Por qué
no he pensado jamás en la muerte, y en la ira de un Dios que ríe? Porque seguía
las enseñanzas de mis filósofos, para los cuales la muerte era una natural
necesidad, y Dios era aquél que, en el desorden de los átomos, había
introducido la Ley que los compone en la harmonía del Cosmos. ¿Y podía un Dios
tal, maestro de geometría, producir el desorden del infierno, aunque fuere por
justicia, y reírse de aquella subversión de todas las subversiones?
No, Dios
no ríe, decíase Roberto. Cede a la Ley que él mismo ha querido, y que quiere
que el orden de nuestro cuerpo se disuelva, como el mío sin duda está
disolviéndose ya entre esta disolución. Y veía los gusanos junto a su boca,
pero no eran efecto del delirio, sino seres que se habían formado por
generación espontánea entre la porquería de las gallinas, prosapia de sus
excrementos.
Daba
entonces la bienvenida a aquellos heraldos de la disgregación comprendiendo que
ese confundirse en la materia viscosa tenía que ser vivido como el fin de todos
los sufrimientos, en harmonía con la voluntad de la Naturaleza y del Cielo que
la administra.
Tendré que
esperar poco, murmuraba como en una oración. De aquí a no muchos días mi
cuerpo, ahora aún bien compuesto, habiendo cambiado de color, se volverá
descolorido como un garbanzo, a continuación se tiznará todo de la cabeza a los
pies y lo revestirá un calor lóbrego. Entonces empezará a entumecerse, y sobre
esa hinchazón nacerá una hedionda calumbre. Ni mucho hará falta para que el
vientre empiece a dar aquí un estallido y allá una rotura; de las cuales
desembocará una podredumbre, y aquí se verá ondear un medio ojo agusanado, allá
un jirón de labio. En este fango, se generará luego una cantidad de pequeñas
moscas y de otros animalillos que se agazaparán en mi sangre y me devorarán
pedazo a pedazo. Una parte destos seres brotará del pecho, otra con un no sé
qué de mucoso colará por las ventanas de la nariz; otros, enviscados en aquelia
podredumbre, entrarán y saldrán por la boca, y los más ahitos burbujearán
arriba y abajo por la garganta... Y esto mientras el Daphne se convierte
poco a poco en el reino de los pájaros, y simientes llegadas de la Isla harán
crecer en él bestias vegetales, cuyas raíces habrán nutrido mis licores, ya
arraigadas en la sentina. Por fin, cuando toda mi fábrica corporal haya sido
reducida a puro esqueleto, en el curso de los meses y de los años —o quizá de
los milenios—, también ese andamio, lentamente, se convertirá en polverulencia
de átomos sobre la cual los vivos caminarán sin comprender que todo el globo de
la tierra, sus mares, sus desiertos, sus selvas y sus valles, no son sino un
viviente cementerio.
No hay
nada que concilie la curación como un Ejercicio de la Buena Muerte, que
volviéndonos resignados nos sosiega. Así el carmelita habíale dicho un día, y
así tenía que ser, porque Roberto experimentó hambre y sed. Más débil que
cuando soñaba luchar en la puente, pero menos que cuando se había tendido junto
a las gallinas, tuvo la fuerza de beber un huevo. Era buena la aguaza que le
descendía por la garganta. Y aún mejor el jugo de un coco que partió en la
despensa. Después de tanto meditar sobre su cuerpo muerto, ahora hacía morir en
su cuerpo (por sanar) los cuerpos sanos a los que la naturaleza da cada día la
vida.
He aquí
por qué nadie, excepto algunas recomendaciones del carmelita, en la Griva le
había enseñado a pensar en la muerte. En los momentos de los coloquios
familiares, casi siempre en la comida y en la cena (después de que Roberto
había vuelto de una de sus exploraciones en la antigua casa, donde se había
demorado quizá en una sala sombría ante el olor de las manzanas abandonadas por
los suelos para que maduraran), no se conversaba sino sobre la bondad de los
melones, de la siega de las mieses y de las esperanzas para la vendimia.
Roberto se
acordaba de cuando su madre le enseñaba cómo habría podido vivir dichoso y
tranquilo si hubiera sacado provecho de todos los dones de Dios que la Griva le
podía suministrar:
——Y
convendrá que no te olvides hacer bastimento de carne salada de buey, de oveja
o carnero, de ternera y de cerdo, porque se conservan durante largo tiempo y
son de mucho uso. Corta los trozos de carne no muy grandes, ponlos en una
vasija con encima mucha sal, déjalos ocho días, luego cuélgalos de las vigas de
la cocina junto al hogar, que se sequen al humo, y haz esto en tiempo seco,
frío y de tramontana, pasado San Martín, que se conservarán todo lo que desees.
En septiembre, en cambio, llegan los pajaritos, y los lechales para todo el
invierno, además de los capones, de las gallinas viejas, de los patos y
similares. No desprecies ni siquiera el asno que se rompe una pierna, porque
con él se hacen unas longanicillas redondas que luego agujereas con el cuchillo
y pones a freír, y son manjares de señores. Y para la Cuaresma, que haya
siempre setas, potajes, nueces, uva, manzanas y todo lo demás que te manda
Dios. Y siempre para la Cuaresma habrá que tener preparadas unas raíces, y unas
hierbecillas que, enharinadas y cocidas en el aceite, son mejores que una
lamprea; y luego harás ravioles o causones de Cuaresma, con masa hecha con
aceite, harina, agua de rosas, azafrán y azúcar, con un poco de malvasía,
cortados redondos como cristales de ventana, rellenos de pan rallado, manzanas,
flor de clavo y nueces picadas, que habrás de ponerlos con algunos granos de
sal a cocer en el horno, y comerás mejor que un prior. Después de Pascua vienen
los chivos, los espárragos, los pichoncillos... Más tarde llegan las cuajadas y
los requesones. Y tendrás que saber aprovechar también los guisantes o las
judías cocidas enharinadas y fritas, que son todos buenísimos aderezos de la
mesa... Ésta, hijo mío, si vives como nuestros mayores han vivido, será vida
bienaventurada y lejos de toda tribulación...
En efecto,
en la Griva no se hacían discursos que atañeran a muerte, juicio, infierno o
paraíso. La muerte, a Roberto, habíasele aparecido en Casal, y había sido en
Provenza y en París donde había sido movido a reflexionar sobre ella, entre
discursos virtuosos y discursos disolutos.
Moriré sin
duda, decíase ahora, si no en esta ocasión por el Pez Piedra, al menos más
tarde, visto que está claro que deste navío ya no saldré, agora que he perdido
—con la Persona Vitrea— incluso la manera de acercarme sin perjuicio a la
barbacana. ¿Y dónde estaba el engaño? Habría muerto, quizá más tarde, aunque no
hubiera llegado a este despojo. He entrado en la vida sabiendo que la ley es
salir della. Como había dicho Saint—Savin, se encarna el propio papel, unos por
más tiempo, otros más deprisa, y se sale de escena. Muchos helos visto pasarme
por delante, otros me verán pasar, y darán el mismo espectáculo a sus
sucesores.
Por otra
parte, ¡por cuánto tiempo no he sido, y por cuánto tiempo no seré! Ocupo un
espacio bien pequeño en el abismo de los años. Este pequeño intersticio no
consigue distinguirme de la nada a la que tendré que ir. No he venido al mundo
sino para hacer número.
Mi papel
ha sido tan pequeño que, aunque hubiera permanecido detrás de los bastidores,
todos habrían dicho igualmente que la comedia era perfecta. Es como una
tempestad: unos se ahogan enseguida, otros se quebrantan contra un escollo,
otros permanecen en un leño abandonado, pero no por mucho también ellos. La
vida se apaga sola, como una bujía que ha consumido su materia. Y deberíamos
estar acostumbrados, porque como una bujía hemos empezado a diseminar átomos
desde el primer momento en que nos hemos encendido.
No es una
gran sabiduría saber estas cosas, decíase Roberto, de acuerdo. Deberíamos
saberlas desde el momento en que nacemos. Mas normalmente reflexionamos siempre
y sólo sobre la muerte de los demás. Sí sí, todos tenemos bastante fortaleza
para soportar los males ajenos. Luego llega el momento en el que pensamos en la
muerte cuando el mal es nuestro, y entonces damos en la cuenta de que ni el sol
ni la muerte se pueden mirar fijamente. A menos que no se hayan tenido buenos
maestros.
Los he
tenido. Alguien me dijo que en verdad pocos conocen la muerte. Normalmente se
la soporta por estupidez o por costumbre, no por resolución. Se muere porque no
se puede hacer otra cosa. Sólo el filósofo sabe pensar en la muerte como en un
deber, que ha de cumplirse de buen grado y sin temor: mientras nosotros
estamos, la muerte aún no está, y cuando viene la muerte, nosotros ya no
estamos. ¿Para qué habría gastado tanto tiempo en conversar de filosofía si
ahora no fuera capaz de hacer de mi muerte la obra maestra de mi vida?
Las
fuerzas le estaban volviendo. Daba gracias a la madre, cuyo recuerdo lo había
inducido a abandonar el pensamiento del fin. No otra cosa podía hacer aquélla
que le había regalado el principio.
Se puso a
pensar en su propio nacimiento, del cual sabía menos aún que de su propia
muerte. Se dijo que pensar en los orígenes es propio del filósofo. Es fácil
para el filósofo justificar la muerte: que haya que precipitar en las tinieblas
es una de las cosas más claras del mundo. Lo que consume al filósofo no es la
naturalidad del fin, es el misterio del principio. Podemos desinteresarnos de
la eternidad que nos seguirá, pero no podemos librarnos de la angustiosa
pregunta sobre qué eternidad nos ha precedido: ¿la eternidad de la materia o la
eternidad de Dios?
He aquí la
razón por la que había sido arrojado en el Daphne, díjose Roberto.
Porque sólo en aquel descansado recogimiento habría tenido espacio de
reflexionar sobre la única pregunta que nos libera de todas las aprensiones por
el no ser, entregándonos al estupor del ser.
37
EJERCITACIONES PARADÓJICAS SOBRE CÓMO PIENSAN LAS PIEDRAS
¿Cuánto
había estado enfermo? ¿Días, semanas? ¿O entre tanto una tempestad habíase
abatido sobre el navío? ¿O antes de encontrar al Pez Piedra, cautivado por el
mar y por su novela, no había dado en la cuenta de lo que estaba acaeciendo a
su alrededor? ¿Cuánto hacía que había perdido a tal punto el sentido de las
cosas?
El Daphne
habíase convertido en otro navío. La cubierta estaba sucia y los barriles
goteaban el agua, deshaciéndose; algunas velas se habían desatado y se
deshilachaban, colgando de los palos como máscaras que ojearan o sonrieran
malignamente a través de sus agujeros.
Los
pájaros se quejaban, y Roberto corrió inmediatamente a atenderlos. Algunos
habían muerto. Por suerte, las plantas, alimentadas por la lluvia y por el
aire, habían crecido y algunas se habían insinuado en las jaulas, suministrando
pastura a los más, y para los otros habíanse multiplicado los insectos. Los
animales sobrevividos incluso habían generado y los pocos muertos habían sido
substituidos por muchos vivos.
La Isla
permanecía inmutada; salvo que, para Roberto, que había perdido la máscara,
habíase alejado, arrastrada por las corrientes. La barbacana, ahora que la
sabía defendida por el Pez Piedra, habíase vuelto insuperable. Roberto habría
podido nadar aún, pero sólo por amor a la natación, y manteniéndose lejos de
los escollos.
—Oh
maquinaciones humanas, cuan quiméricas sois —murmuraba—. Si el hombre no es
sino una sombra, vosotras sois humo. Si no es sino un sueño, vosotras sois
ficciones. Si no es sino un cero, vosotras sois puntos. Si no es sino un punto,
vosotras sois ceros.
Tantos
casos, se decía Roberto, para descubrirme un cero. Antes, más anulado aún de lo
que lo estuviere a mi llegada como desvalido. El naufragio me había sacudido e
inducido a combatir por la vida, ahora no tengo nada por lo que combatir y
contra lo que combatir. Estoy condenado a un largo descanso. Estoy aquí
contemplando no el vacío de los espacios, sino el mío: y del nacerán sólo
tedio, tristeza y desesperación.
Dentro de
poco no sólo yo, sino el mismo Daphne ya no será. Él y yo reducidos a
cosa fósil como este coral.
Porque la
calavera de coral estaba aún allí en la puente, indemne de la universal
consunción y por ello substraída a la muerte, única cosa viva.
La figura
peregrina volvió a dar sedal a los pensamientos de aquel náufrago educado para
descubrir nuevas tierras sólo a través del anteojo de la palabra. Si el coral
era cosa viva, díjose, era el único ser verdaderamente pensante en tanto
desorden de cualquier otro pensamiento. No podía sino pensar en la propia
ordenada complejidad, de la cual, no obstante, sabía todo, y sin la espera de
imprevistos desbarates de la propia arquitectura.
¿Viven y
piensan las cosas? El Canónigo habíale dicho un día que, para justificar la
vida y su desarrollo, es menester que en todas las cosas deban haber flores de
la materia, sporá, semillas. Las moléculas son disposiciones de átomos
determinados bajo figura determinada, y si Dios ha impuesto leyes al caos de
los átomos, sus compuestos no pueden ser llevados sino a generar compuestos
análogos. ¿Es posible que las piedras que conocemos sean aún las sobrevividas
al Diluvio, que tampoco ellas hayan mudado, y dellas otras no hayan sido
generadas?
Si el
universo no es sino un conjunto de átomos simples que se chocan para generar
sus compuestos, no es posible que —una vez compuestos en los compuestos— los
átomos cesen de moverse. En todos los objetos debe mantenerse un movimiento
continuo: vertiginoso en los vientos, fluido y regulado en los cuerpos
animales, lento pero inexorable en los vegetales, y sin duda, más lento, pero
no ausente en los minerales. También aquel coral, muerto para la vida coralina,
gozaba de un propio agitarse subterráneo, propio de una piedra.
Roberto
reflexionaba. Admitamos que cada cuerpo esté compuesto por átomos, también los
cuerpos pura y solamente extensos de los que hablan los Geómetras, y que estos
átomos sean indivisibles. Es seguro que una recta se puede dividir en dos
partes iguales, cualquiera que sea su longitud. Pero si la longitud es
insignificante, es posible que se haya de dividir en dos partes una recta
compuesta por un número impar de indivisibles. Esto querría decir, si no se
quiere que las dos partes resulten desiguales, que ha sido dividido en dos el
indivisible mediano. Pero éste, siendo a su vez extenso, y por tanto, a su vez
una recta, aunque sea de imperscrutable brevedad, debería ser a su vez
divisible en dos partes iguales. Y así al infinito.
El
Canónigo decía que el átomo está compuesto siempre por partes, salvo que es tan
compacto que no podríamos dividirlo jamás allende su límite. Nosotros. ¿Y
otros?
No existe
un cuerpo sólido tan compacto como el oro, y sin embargo, tomamos una onza
deste metal, y desta onza un batidor de oro obtendrá mil láminas, y la mitad
destas láminas será suficiente para dorar toda la superficie de un lingote de
plata. Y de la misma onza de oro, los que preparan los hilos de oro y de plata
para la pasamanería, con sus ruecas conseguirán reducirlo al espesor de un
cabello y ese hilillo tendrá una longitud igual a un cuarto de legua y quizá
más. El artesano se detiene a un cierto punto, porque no posee instrumentos
adecuados, ni siquiera con el ojo conseguiría divisar ya el hilo que obtendría.
Mas unos insectos —tan minúsculos que nosotros no podemos verlos, y tan
industriosos y sabios para superar en habilidad a todos los artesanos de
nuestra especie— podrían ser capaces de alargar aún ese hilo, de suerte que
pueda tenderse de Turín a París. Y si existieran los insectos de aquellos
insectos, ¿a qué sutileza no conduciría ese hilo?
Si con el
ojo de Argos pudiera penetrar dentro de los polígonos deste coral y dentro de
las hebras que se irradian, y dentro de la hebra que constituye la hebra,
podría ir a buscar el átomo hasta el infinito. Mas un átomo que fuera
seccionable al infinito, produciendo partes cada vez más pequeñas y cada vez
seccionables, podría llevarme a un momento donde la materia no sería sino
infinita seccionabilidad, y toda su dureza y su plenitud se regirían sobre este
simple equilibrio entre vacíos. En vez de tener en horror a lo vacuo, la
materia lo adoraría y del estaría compuesta, sería vacío en sí misma, vacuidad
absoluta. La vacuidad absoluta estaría en el corazón mismo del centro
geométrico impensable, y este punto no sería sino esa isla de Utopía que
nosotros soñamos en un océano hecho siempre y sólo de aguas.
Si
admitiéramos como hipótesis una extensión material hecha de átomos, pues, se
llegaría a no tener más átomos. ¿Qué quedaría? Unos turbillones. Salvo que los
turbillones no arrastrarían soles y planetas, materia plena que se opone a su
viento, porque soles y planetas serían turbillones también ellos, que arrastran
en su giro turbillones menores. Entonces el turbillón máximo que hace
remolinear a las galaxias, tendría en el propio centro otros turbillones, y
éstos serían turbillones de turbillones, remolinos hechos de otros remolinos, y
el abismo del gran remolino de remolinos de remolinos se abismaría en el
infinito rigiéndose sobre la Nada.
Y
nosotros, moradores del gran coral del cosmos, creeríamos materia plena el
átomo (que con todo no vemos), mientras también él, como todo lo demás, sería
un ribetear de vacíos en el vacío, y llamaríamos ser, denso e incluso eterno, a
ese aquelarre de inconsistencias, a esa extensión infinita, que se identifica
con la nada absoluta, y que genera de su propio no ser la ilusión del todo.
¿Y aquí
estoy yo iludiéndome sobre la ilusión de una ilusión, yo ilusión de mí mismo?
¿Y tenía que perderlo todo, y caer en este hueco perdido en las antípodas, para
entender que no había nada que perder? ¿Mas comprendiendo esto, no gano quizá
todo, pues que me convierto en el único pensante en el que el universo reconoce
la propia ilusión?
Y sin
embargo, si pienso, ¿no quiere decir que tengo un alma? Oh, qué maraña. El todo
está hecho de nada, y sin embargo, para entenderlo es necesario tener un alma
que, por poco que sea, nada no es.
¿Qué soy
yo? Si digo yo, en el sentido de Roberto de la Grive, lo hago en cuanto
soy memoria de todos mis momentos pasados, la suma de todo lo que recuerdo. Si
digo yo, en el sentido de ese algo que está aquí en este momento, y no
es el palo de mayor o este coral, entonces soy la suma de lo que siento ahora.
¿Mas lo que siento ahora qué es? Es el conjunto de esas relaciones entre
presuntos indivisibles que se han dispuesto en ese sistema de relaciones, en
ese orden particular que es mi cuerpo.
Y entonces
mi alma no es, como quería Epicuro, una materia compuesta de cuerpecillos más
sutiles que los otros, un soplido mixto con calor, sino que es el modo en que
estas relaciones se sienten tales.
¡Qué tenue
condensación, qué condensada impalpabilidad! Yo no soy sino una relación entre
mis partes que se perciben mientras están en relación la una con la otra. Pero
al ser estas partes a su vez divisibles en otras relaciones (y así en
adelante), entonces cualquier sistema de relaciones, teniendo conciencia de sí
mismo, antes bien, siendo la conciencia de sí mismo, sería un núcleo pensante.
Yo pienso en mí, en mi sangre, en mis nervios; mas cada gota de mi sangre
pensaría en sí misma.
¿Se
pensaría tal como yo me pienso? Sin duda no, en la naturaleza, el hombre se
siente a sí mismo de manera harto compleja, el animal un poco menos (es capaz
de apetito, por ejemplo, pero no de remordimiento), y una planta se siente
crecer, y desde luego, siente cuándo la cortan, y quizá dice yo, pero en
un sentido harto más oscuro de como yo lo hago. Todas las cosas piensan, según
lo complicadas que son.
Si así es,
entonces piensan también las piedras. También esa piedra, que luego piedra no
es, sino que era un vegetal (¿o un animal?). ¿Cómo pensará? Como piedra. Si
Dios, que es la gran relación de todas las relaciones del universo, se piensa a
sí mismo pensante, como quiere el Filósofo, esta piedra se pensará a sí misma
solamente petrante. Dios piensa la realidad entera y los infinitos mundos que
crea y que hace subsistir con su pensamiento, yo pienso mi amor infeliz, mi
soledad en este navío, pienso en mis padres difuntos, en mis pecados y en mi
muerte ventura, y esta piedra quizá piensa solamente yo piedra, yo piedra, yo
piedra. Antes, quizá no sabe decir ni siquiera yo. Piensa: piedra, piedra,
piedra.
Debería
ser aburrido. O soy yo el que experimenta aburrimiento, yo que puedo pensar
más, y él (o ella) está en cambio plenamente satisfecho de su propio ser
piedra, tan feliz como Dios. Porque Dios goza de ser Todo y esta piedra goza de
ser casi nada, y no conociendo otro modo de ser, del propio se complace
eternamente satisfecha de sí...
¿Mas será
luego verdad que la piedra no siente nada más que su petreidad? El Canónigo
decíame que también las piedras son cuerpos que en determinadas ocasiones se
queman y se convierten en otra cosa. En efecto, una piedra cae en un volcán,
por el intenso calor de ese ungüento de fuego, que los antiguos llamaban Magma,
se funde con otras piedras, se convierte en una sola masa incandescente, va, y
a cabo de poco (o mucho) se halla parte de una piedra mayor. ¿Posible que en el
cesar de ser esa piedra, y en el momento de convertirse en otra, no sienta la
propia calefacción, y con ella la inminencia de la propia muerte?
El sol
batía sobre el combés, una brisa ligera aliviaba su calor, el sudor se secaba
sobre la piel de Roberto. Ocupado desde hacía tanto tiempo en representarse
como piedra petrificada por la dulce Medusa que lo había enredado con su
mirada, resolvió intentar pensar como piensan las piedras, quizá para
acostumbrarse al día en que hubiere sido simple y blanca aglomeración de huesos
expuesta a ese mismo sol, a ese mismo viento.
Se
desnudó, se tumbó, con los ojos cerrados, y con los dedos en las orejas, para
que no le molestara ningún ruido, como a buen seguro le acontece a una piedra,
que no tiene órganos de sentido. Intentó anular todos sus recuerdos, todas las
exigencias de su cuerpo humano. Si hubiera podido habría anulado la propia
piel, y no pudiéndolo se ingeniaba en hacerla lo más insensible que podía.
Soy una
piedra, soy una piedra, se decía. Y luego para evitar incluso hablarse a sí
mismo: piedra, piedra, piedra.
¿Qué
sentiría si fuera de verdad una piedra? En primer lugar, el movimiento de los
átomos que me componen, es decir, el estable vibrar de las posiciones que las
partes de mis partes de mis partes mantienen entre ellas. Sentiría el zumbar de
mi pedrear. Mas no podría decir yo, porque para decir yo es
necesario que haya otros, algo que no soy yo a lo que oponerme. En principio,
la piedra no puede saber que hay algo fuera de sí. Zumba, piedra de sí misma
petrante, e ignora lo demás. Es un mundo. Un mundo que mundea solo.
Sin
embargo, si toco este coral, siento que la superficie ha retenido el calor del
sol en la parte expuesta, mientras la parte que apoyaba sobre la puente está
más fría; y si lo partiera por la mitad sentiría quizá que el calor decrece de
la cima a la base. Ahora bien, en un cuerpo caliente, los átomos se mueven más
furiosamente, y por tanto, esta piedra, si se siente como movimiento, no puede
sino sentir en su propio interior un diferenciarse de movimientos. Si quedara
eternamente expuesta al sol en la misma posición, quizá empezaría a distinguir
algo como un arriba y un abajo, por lo menos como dos tipos diferentes de
movimiento. No sabiendo que la causa de esta diversidad es un agente exterior,
se pensaría así, como si ese movimiento fuera su naturaleza. Pero si se formara
un desprendimiento de tierra y la piedra rodara hasta el valle y adoptara otra
posición, sentiría que otras de sus partes ahora se mueven, de lentas que eran,
mientras las primeras, que eran veloces, ahora van a paso más lento. Y mientras
el terreno se desmorona (y podría ser un proceso lentísimo) sentiría que el
calor, es decir, el movimiento que deriva, pasa grado a grado de una parte a la
otra de sí misma.
Así
pensando, Roberto exponía lentamente lados diferentes de su cuerpo a los rayos
solares, rodando por la puente, hasta encontrar una zona de sombra, enfriándose
ligeramente como habría debido pasarle a la piedra.
Quién
sabe, preguntábase, si en estos movimientos la piedra no empieza a tener, si no
el concepto de lugar, por lo menos el de parte: sin duda, en cualquier caso, el
de mutación. No de pasión, sin embargo, porque no conoce su opuesto, que es la
acción. O quizá sí. Porque que ella es piedra, así compuesta, lo siente
siempre, mientras que está ahora caliente aquí, ahora fría allá lo siente de
modo alterno. Por tanto, de alguna manera, es capaz de distinguirse a sí misma
como substancia de los propios accidentes. O no: porque si se siente a sí misma
como relación, sentiría sí misma como relación entre accidentes diferentes. Se
sentiría como substancia en transformación. ¿Y qué quiere decir? ¿Me siento yo
de manera diferente? Quién sabe si las piedras piensan como Aristóteles o como
el Canónigo. Todo esto, en cualquier caso, podría tomarle milenios, aunque no
es éste el problema: es si la piedra puede hacer tesoro de sucesivas
percepciones de sí misma. Porque si se sintiera ahora caliente arriba y fría
abajo, y luego viceversa, pero en el segundo estado no recordara el primero,
creería siempre que su movimiento interior es el mismo.
Mas, ¿por
qué, si tiene percepción de sí, no ha de tener memoria? La memoria es una
potencia del alma, y por pequeña que sea el alma que la piedra tiene, tendrá
memoria en proporción.
Tener
memoria significa tener noción del antes y del después, si no, también yo
creería siempre que la pena o el gozo de los que me acuerdo están presentes en
el instante en que los recuerdo. En cambio, sé que son percepciones pasadas
porque son más débiles que las presentes. El problema es, por tanto, tener el
sentimiento del tiempo. Lo que quizá ni siquiera yo podría tener, si el tiempo
fuera algo que se aprende. ¿No me decía días ha, o meses, antes de la
enfermedad, que el tiempo es la condición del movimiento, y no el resultado? Si
las partes de la piedra están en movimiento, este movimiento tendrá un ritmo
que, aunque inaudible, será como el ruido de un reloj. La piedra, sería el
reloj de sí misma. Sentirse en movimiento significa sentir latir el propio
tiempo. La tierra, gran piedra en el cielo, siente el tiempo de su movimiento,
el tiempo de la respiración de sus mareas, y lo que ella siente yo lo veo
dibujarse sobre la bóveda estrellada: la tierra siente el mismo tiempo que yo
veo.
Por tanto,
la piedra conoce el tiempo, es más, lo conoce incluso antes de percibir sus
cambios de calor como movimiento en el espacio. Por lo que sé, podría no
advertir ni siquiera que el cambio de calor depende de su posición en el
espacio: podría entenderlo como un fenómeno de mutación en el tiempo, como el
paso del sueño a la vigilia, de la energía al cansancio, como yo ahora estoy
dando en la cuenta de que, quedándome quieto como estoy, me hormiguea el pie
izquierdo. Pero no, debe sentir también el espacio, si advierte el movimiento
donde antes estaba el reposo, y el reposo allá donde antes estaba el
movimiento. La piedra, por tanto, sabe pensar aquí y allá.
Imaginemos
ahora que alguien recoja esta piedra y la encaje en tre otras piedras para
construir una pared. Si antes advertía el juego de las propias posiciones
interiores era porque sentía los propios átomos tendidos en el esfuerzo de
componerse como las celdas de un nido de abejas, tupidos el uno contra el otro
y el uno entre los otros, como deberían sentirse las piedras de la bóveda de
una iglesia, donde la una empuja a la otra y todas empujan hacia la clave
central, y las piedras próximas a la clave empujan las otras hacia abajo y
hacia afuera.
Habiéndose
acostumbrado a ese juego de empujes y contraempujes, toda la bóveda debería
sentirse como tal, en el movimiento invisible que hacen sus ladrillos para
empujarse mutuamente; al igual debería advertir el esfuerzo que alguien hace
para derribarla y entender que cesa de ser bóveda en el momento en el que el
muro subyacente, con sus contrafuertes, cae.
Así pues,
la piedra, urgida por las otras piedras a tal grado que está a punto de
romperse (y si la presión fuera mayor se resquebrajaría), debe sentir esta
constricción como una constricción que antes no advertía, una presión que de
algún modo debe influir sobre el propio movimiento interior. ¿No será éste el
momento en que la piedra advierta la presencia de algo exterior a sí? La piedra
tendría entonces conciencia del Mundo. O quizá pensaría que la fuerza que la
oprime es algo más fuerte que ella, e identificaría al Mundo con Dios.
Mas el día
que ese muro se desplomare, cesada la constricción, ¿advertiría la piedra el
sentimiento de la Libertad, como lo advertiría yo, si me decidiera a salir de
la constricción que me he impuesto? Salvo que yo puedo querer cesar de estar en
este estado, la piedra no. Por tanto, la libertad es una pasión, mientras la
voluntad de ser libre es una acción, y ésta es la diferencia entre la piedra y
yo. Yo puedo querer. La piedra, a la sumo (¿y por qué no?), puede sólo tender a
volver a como era antes del muro, y sentir placer cuando se vuelve de nuevo
libre, pero no puede decidir actuar para realizar lo que le gusta.
¿Puedo yo
de verdad querer? En este momento yo experimento el placer de ser piedra, el
sol me calienta, el viento me hace aceptable esta concocción de mi cuerpo, no
tengo ninguna intención de cesar de ser piedra. ¿Por qué? Porque me gusta. Por
tanto, también yo soy esclavo de una pasión, que me desaconseja querer
libremente el propio contrario. Sin embargo, queriendo, podría querer. Y sin
embargo, no lo hago. ¿Cuánto más libre soy que una piedra?
No hay
pensamiento más tremendo, sobre todo para un filósofo, que el del libre
albedrío. Por pusilanimidad filosófica, Roberto lo alejó como pensamiento
demasiado grave; para él, sin duda, y con mayor razón para una piedra, a la que
ya había otorgado las pasiones pero había quitado toda posibilidad de acción.
En cualquier caso, incluso sin poderse plantear preguntas sobre la posibilidad
o no de condenarse voluntariamente, la piedra había adquirido ya muchas y
nobilísimas facultades, más de lo que los seres humanos le hubieran atribuido
jamás.
Roberto
preguntábase ahora más bien si en el momento en el que caía en el volcán, la
piedra tenía conciencia de la propia muerte. A buen seguro no, porque no había
sabido jamás qué quería decir morir. Mas cuando hubiera desaparecido del todo
en el magma, ¿podía tener noción de su muerte acaecida? No, porque ya no
existía aquel compuesto individual piedra. Por otro lado, ¿hemos sabido jamás
de un hombre que haya dado en la cuenta de estar muerto? Si algo se pensaba a
sí mismo, habría sido ahora el magma: yo magmo, yo magmo, yo magmo, chuf chaf,
yo fluyo, fluo, fluesco, fluido, flaf flof, pluf, yo borboto, borbollo burbujas
ebullentes, regurgito gárgaras, gargajo gargajeo, cuajo. Pías. Y al fingirse
magma Roberto arrojaba flemas por la boca como un perro afectado de hidrofobia
e intentaba extraer borbotones de sus vísceras. Iba casi a hacer de cuerpo. No
estaba hecho para ser magma, mejor volver a pensar como piedra. ,
¿Mas qué
le importa a la piedra que fue que el magma se magme a sí mismo magmante? No
hay para las piedras una vida después de la muerte. No la hay para nadie a
quien le haya sido prometido y concedido, después de la muerte, convertirse en
planta o animal. ¿Qué acontecería si yo muriera y todos mis átomos se
recompusieran, después de que mis carnes se han distribuido bien en la tierra y
se han filtrado a lo largo de las raíces en la bella forma de una palmera?
¿Diría yo palmeral Lo diría la palmera, no menos pensante que una
piedra. Pero cuando la palmera dijera yo, ¿querría decir .yo Roberto!
Estaría mal substraerle el derecho de decir yo palmera. ¿Y qué
palmera sería si dijera yo Roberto soy palmeral Ese compuesto que podía
decir yo Roberto, que se percibía como aquel compuesto, ya no existe. Y
si ya no existe, con la percepción habrá perdido también la memoria de sí. No
podría ni siquiera decir yo palmera era Roberto. Si esto fuera posible,
yo tendría que saber ahora que yo Roberto un tiempo era... ¿qué sé yo? Algo. Y
en cambio,
no me
acuerdo en absoluto. Lo que era antes ya no lo sé, así como soy incapaz de
acordarme de aquel feto que era en el vientre de mi madre. Yo sé haber sido un
feto porque me lo han dicho los demás, pero por lo que me atañe habría podido
no haberlo sido jamás.
Dios mío,
podría gozar del alma, y podrían gozar della incluso las piedras, y
precisamente del alma de las piedras aprehendo que mi alma no sobrevivirá a mi
cuerpo. ¿Qué hago pensando, y jugando a hacer de piedra, si luego no sabré ya
nada de mí?.
Pero a fin
de cuentas, ¿qué es este yo que yo creo me piensa a mí? ¿No he dicho que no es
sino la conciencia que el vacío, idéntico a la extensión, tiene de sí mismo en
este particular compuesto? Así pues, no soy yo el que piensa, sino que son el
vacío, o la extensión, los que me piensan. Y entonces este compuesto es un
accidente, en el cual el vacío y la extensión se han demorado un abrir y cerrar
de ojos, para poder luego volver a pensarse de otro modo. En este gran vacío
del vacío, lo único que verdaderamente existe es el trabajo de este llegar a
ser y transformarse y dejar de ser de innumerables compuestos transitorios...
¿Compuestos de qué? De la única gran nada, que es la Substancia del todo.
Regulada
por una majestuosa necesidad, que la lleva a crear y a destruir mundos, a
entretejer nuestras pálidas vidas. Si la acepto, si esta Necesidad consigo
amar, volver a ella, y doblegarme a sus futuros deseos, esto es la condición de
la Felicidad. Sólo aceptando su ley encontraré mi libertad. Refluir en Ella
será la Salvación, la fuga de las pasiones en la única pasión, el Amor
Intelectual de Dios.
Si esto
consiguiera de verdad comprender, sería verdaderamente el único hombre que ha
encontrado la Verdadera Filosofía, y sabría todo del Dios que se esconde. ¿Pero
quién tendría valor de ir por el mundo y proclamar esta filosofía? Éste es el
secreto que yo llevaré conmigo a la tumba de las Antípodas.
Ya lo he
dicho, Roberto no tenía el temple del filósofo. Llegado a esta Epifanía, que
había amolado con la severidad con la que el óptico bruñe su lente, tuvo —y de
nuevo— una apostasía amorosa. Pues que las piedras no aman, se puso sentado
volviendo hombre amante.
Entonces,
se dijo, si es hacia el gran mar de la grande y única substancia a donde
deberemos volver todos, allá abajo, o allá arriba, o doquiera que esté ella,
¡yo volveré a unirme idéntico a la Señora! Seremos ambos parte y todo del mismo
macrocosmos. Yo seré ella, ella será yo. ¿No es éste el sentido profundo del
mito de Hermafrodito? Lilia y yo, un solo cuerpo y un solo pensamiento...
¿Y acaso
no he anticipado ya este acaecimiento? Desde hace días (¿semanas, meses?) yo
estoy haciéndola vivir en un mundo que es todo mío, aunque sea a través de
Ferrante. Ella ya es pensamiento de mi pensamiento.
Quizá es
esto, el escribir Novelas: vivir a través de los propios personajes, hacer que
éstos vivan en nuestro mundo, y entregarse a sí mismo y a las propias criaturas
al pensamiento de los que vendrán, incluso cuando nosotros ya no podamos decir yo...
Mas si es
así, depende sólo de mí eliminar a Ferrante de mi mismo mundo, hacer que
gobierne su desaparición la justicia divina, y crear las condiciones por las
cuales yo pueda volver a unirme con Lilia.
Lleno de
nuevo entusiasmo, Roberto decidió pensar el último capítulo de su historia.
No sabía
que, sobre todo cuando los autores ya están decididos a morir, las Novelas a
menudo se escriben solas, y van donde ellas quieren.
38 SOBRE
LA NATURALEZA Y LUGAR DEL INFIERNO
Roberto se
contó que, vagando de ínsula en ínsula, y buscando más su placer que el justo
rumbo, Ferrante, incapaz de sacar aviso de las señales que el eunuco mandaba a
la herida de Biscarat, había perdido al fin cualquier noción de dónde se
encontraba.
La nave
por tanto iba, las pocas vituallas habíanse podrido, el agua apestaba. Para que
la chusma no diera en la cuenta, Ferrante obligaba a cada uno a bajar sólo una
vez al día a la bodega y coger en la obscuridad lo poco que era necesario para
sobrevivir, y que nadie habría sufrido mirar.
Única que
no advertía nada, Lilia, que soportaba con serenidad todas las vejaciones, y
parecía vivir de una gota de agua y de una nada de bizcocho, ansiosa de que el
amado sobresaliera en su empresa. En cuanto a Ferrante, insensible a aquel amor
sino por el placer que del obtenía, seguía incitando a sus marineros
haciéndoles centellear ante los ojos de su cudicia imágenes de riqueza. Y así
un ciego cegado por el rencor guiaba a otros ciegos cegados por la cudicia,
manteniendo prisionera de sus lazos a una ciega belleza.
A muchos
del marinaje, sin embargo, por la gran sed se les hinchaban las encías, que
empezaban a cubrir todo el diente; las piernas se sembraban de abscesos, y su
pestilencial secreción subía hasta las partes vitales.
Así fue
como, habiendo descendido más allá del grado veinte y cinco de latitud sur,
Ferrante había tenido que arrostrar un motín. Lo había hecho sirviéndose de un
grupo de cinco piratas más fieles (Andrápodo, Bórides, Ordoño, Safar y
Asprando), y los rebeldes habían sido abandonados con pocos bastimentos en el
esquife. Mas con ello, el Tweede Daphne habíase privado de un medio de
salvataje. Qué importaba, decía Ferrante, de aquí a poco estaremos en el lugar
adonde nos arrastra nuestra execrable hambre de oro. Pero los hombres ya no
bastaban para gobernar el navío.
Ni tenían
ganas ya de hacerlo: habiendo tendido una sólida mano a su jefe, ahora
queríanse sus iguales. Uno de los cinco había espiado a aquel misterioso
hidalgo, que subía tan raramente a la puente, y había descubierto que se
trataba de una mujer. Entonces aquellos últimos nefarios habíanse encarado con
Ferrante pidiéndole la pasajera. A Ferrante, Adonis en el aspecto, pero Vulcano
en el alma, le interesaba más Plutón que Venus, y fue una suerte que Lilia no
lo oyera mientras les susurraba a los amotinados que habría asentado pactos con
ellos.
Roberto no
tenía que permitirle a Ferrante que llevara a cabo esta última ignominia.
Quiso, pues, que en aquel punto Neptuno se airase de que alguien pudiera
franquear sus campos sin temor de su ira. O, para no imaginar el asunto de
manera tan pagana, aun cuando conceptuoso: imaginó que era imposible (si una
novela debe transmitir también una enseñanza moral) que el Cielo no castigara
aquel bajel de perfidias. Y gozaba figurándose que los Notos, los Aquilones, y
los Austros, enemigos incansables del sosiego del mar, aunque hasta entonces
habían dejado a los plácidos Zéfiros el cuidado de batir la senda por la cual
el Tweede Daphne seguía su viaje, encerrados en sus aposentos
subterráneos mostrábanse ya impacientes.
Los hizo
estallar a todos de repente. Al gemido de las tablazones hacían bordón los
lamentos de los marineros, el mar vomitaba sobre ellos y ellos vomitaban en el
mar, y a veces una ola los envolvía de suerte tal que desde las riberas alguien
habría podido tomar aquella puente por un ataúd de hielo, a cuyo alrededor las
centellas se encendían como cirios.
Primeramente,
la tempestad oponía nubes a nubes, aguas a aguas, vientos a vientos. Bien
pronto el mar había salido de sus prescritos confines y crecía turgente hacia
el cielo, bajaba ruinosa la lluvia, el agua mezclábase con el aire, el pájaro
aprendía la natación y el vuelo el pez. Ya no era una lucha de la naturaleza
contra los navegantes, sino una batalla de los elementos entre ellos. No había
un átomo de aire que no se hubiere transformado en una esfera de granizo, y
Neptuno subía para extinguir los relámpagos en las manos de Júpiter, para
privarle del placer de quemar a aquellos humanos, que él quería, en cambio,
anegados. El mar cavaba una tumba en su mismo seno para substraerlos a la
tierra y, como veía el bajel apuntar sin gobierno hacia un escollo, con súbito
revés hacíalo proceder en otra dirección.
La nave se
hundía, en popa y en proa, y cada vez que bajaba parecía que volara desde lo
alto de una torre: la popa se abismaba hasta la galería, y en la proa el agua
parecía querer engullir el bauprés.
Andrápodo,
que estaba intentando atar una vela, había sido arrancado de la entena y
precipitando en el mar había golpeado a Bórides que tendía una cuerda,
desarticulándole la cabeza.
El buque
rehusaba ahora obedecer al timonel Ordoño, mientras otra ráfaga rasgaba de
golpe el perico de la mesana. Safar se las ingeniaba para arriar las velas,
incitado por Ferrante que profería blasfemias, pero no había acabado de
asegurar la gavia cuando el navío habíase puesto de través y había recibido por
la banda tres embates de tal magnitud que Safar había sido despedido más allá
del bordo. El palo mayor, de golpe, habíase partido, desplomándose en el mar,
no sin haber antes asolado la puente y quebrantado el cráneo a Asprando. Y por
fin, el gobernalle habíase roto en pedazos, mientras un golpe enloquecido de la
caña le quitaba la vida a Ordoño. Ya aquel muñón de madera carecía de marinaje,
mientras los últimos ratones volcábanse allende el bordo, cayendo en el agua de
la que querían huir.
Parece
imposible que Ferrante, en tanta gresca, pensara en Lilia, pues que del nos
esperaríamos que fuera solícito sólo de la propia incolumidad. No sé si Roberto
había pensado que estaba violando las leyes de lo verisímil, mas, con tal de no
dejar fenecer a aquella a la que había dado el corazón, tuvo que concederle un
corazón también a Ferrante. Aunque fuera por un instante.
Ferrante,
por tanto, arrastra a Lilia a la cubierta, ¿y qué hace? La experiencia le
enseñaba a Roberto que habría tenido que atarla sólidamente a una tabla,
dejándola deslizarse en el mar y confiando en que ni siquiera las fieras del
Abismo habrían negado piedad a tanta belleza.
Después de
lo cual, Ferrante aferra también él un pedazo de madera, y se apresta a
atárselo. Mas en aquel momento asoma en la cubierta, sabe Dios cómo, desatado
de su patíbulo por la zozobra de la bodega, con las manos aún encadenadas, más
parecido a un muerto que a un vivo, pero con los ojos avivados por el odio,
Biscarat.
Biscarat,
que durante todo el viaje había permanecido, como el perro del Amarilis, sufriendo
en los cepos mientras cada día le reabrían aquella herida que luego le curaban
por poco. Biscarat, que había transcurrido aquellos meses con un pensamiento
único: vengarse de Ferrante.
Deus ex
machina, Biscarat aparece de repente
a las espaldas de Ferrante, que ya tiene un pie en el pasamanos, levanta los
brazos y los pasa, haciendo de la cadena una soga, ante el rostro de Ferrante,
y le atenaza la garganta. Y gritando «¡Conmigo, conmigo al infierno al fin!» se
le ve (casi se siente) darle un apretón tal que el cuello de Ferrante se
quiebra mientras la lengua asoma de aquellos labios blasfemos y acompaña su
última rabia. Hasta que el cuerpo sin alma del ajusticiado, precipitando,
arrastra consigo, como un manto, el cuerpo aún vivo del verdugo, que marcha
victorioso al encuentro de las ondas en guerra con el corazón por fin en paz.
Roberto no
consiguió imaginar los sentimientos de Lilia ante aquella visión, y esperó que
no hubiera visto nada. Como no recordaba qué le había pasado a él desde el
momento en que había sido arrebatado por el ciclón, ni siquiera conseguía
imaginar qué podía haberle sucedido a ella.
En
realidad, estaba tan embargado por el deber de enviar a Ferrante a su justo
castigo que resolvió seguir, ante todo, su suerte en la ultratumba. Y dejó a
Lilia en la vorágine vasta.
El cuerpo
sin vida de Ferrante había sido arrojado, entre tanto, en una playa desierta.
El mar estaba apacible, como agua en una taza, y en la ribera no había resaca
alguna. Todo estaba envuelto por una ligera bruma, como acontece cuando el sol
ya ha desaparecido pero la noche aún no ha tomado posesión del cielo.
Inmediatamente
después de la playa, sin que árboles o zarzas señalaran su fin, veíase una
llanura absolutamente mineral, donde incluso los que desde lejos parecían
cipreses, se revelaban luego como obeliscos de plomo. En el horizonte, hacia
occidente, se elevaba un relieve montuoso, ya obscuro a la vista si no se
hubieran divisado algunas llamitas a lo largo de las laderas, que le daban una
apariencia de cementerio. Encima de aquel macizo descansaban largas nubes
negras con vientre de carbón que se apaga, de una forma sólida y compacta, como
los huesos de jibia de ciertos cuadros o dibujos, que si se los mira luego al
sesgo se contraen en forma de calavera. Entre las nubes y el monte, el cielo se
bañaba aún de amarillez. Y habríase dicho, aquél, el último espacio aéreo aún
tocado por el sol moribundo, si no fuera que hacía la impresión de que aquel
último conato de ocaso no hubiera tenido inicio jamás, y jamás habría tenido
fin.
Allá donde
la llanura empezaba a hacerse declivio, Ferrante oteó una pequeña hilera de
hombres, y movióse hacia ellos.
Hombres, o
seres de todos modos humanos, tal era su aspecto desde lejos pero, en cuanto
Ferrante los hubo alcanzado, vio que, si hombres habían sido, ahora habíanse
transformado más bien —o estaban en camino de transformarse— en instrumentos
para un anfiteatro de anatomía. Así los quería Roberto, porque recordaba haber
visitado un día uno de esos lugares donde un grupo de médicos con trajes
oscuros y semblante rubicundo, con pequeñas venas encendidas en la nariz y en
las mejillas, en acto que parecía de verdugo, estaban en torno a un cadáver
para exponer en el exterior lo que era interior, y descubrir en los muertos los
secretos de los vivos. Quitaban la piel, cortaban las carnes, desenvainaban los
huesos, desenlazaban los vínculos de los nervios, desanudaban madejas de
músculos, abrían los órganos de los sentidos, ofrecían separadas todas las
membranas, desligados todos los cartílagos, desprendidos todos los despojos.
Bien distinta cada fibra, dividida cada arteria, descubierta cada médula,
mostraban a los espectadores las oficinas vitales: aquí la comida se cuece, la
sangre aquí se purga, el alimento aquí se dispensa, aquí se forman los humores,
aquí se templan los espíritus... Y alguien junto a Roberto había observado en
voz baja que, después de nuestra muerte terrenal, no de otra forma habría hecho
la naturaleza.
Mas un
Dios anatomista había tocado de manera diferente a aquellos moradores de la
isla, que ahora Ferrante veía cada vez más de cerca.
El primero
era un cuerpo privado de piel, los haces de los músculos tendidos, en un gesto
de abandono los brazos, el semblante doliente hacia el cielo, todo cráneo y
pómulos. Al segundo, el cuero de las manos apenas pendía colgado de las yemas
como un guante, y en las piernas arremangábase bajo la rodilla como una blanda
bota.
De un
tercero, antes la piel, luego los músculos habían sido tan estirados que el
cuerpo entero, y sobre todo el rostro, parecía un libro abierto. Como si aquel
cuerpo quisiere enseñar piel, carne y huesos al mismo tiempo, tres veces humano
y tres veces mortal; mas parecía un insecto al que aquellos harapos fuéranle
alas, si en aquella isla hubiera habido un viento que las agitara. Y estas alas
no se movían por la fuerza del aire, inmóvil en aquel crepúsculo: se agitaban
apenas ante los movimientos de aquel cuerpo derrengado.
Poco
alejado, un esqueleto se apoyaba en una pala, quizá para cavarse la tumba, las
órbitas hacia el cielo, una mueca en el arco corvo de los dientes, la mano
izquierda implorando piedad y atención. Otro esqueleto encorvado ofrecía de
espaldas la espina del dorso arqueada, andando a respingos con las manos
huesudas sobre el rostro gacho.
Uno, que
Ferrante vio sólo de espaldas, tenía aún cuero cabelludo sobre el cráneo
descarnado, en guisa de gorro calado a fuerza.
Pero el
forro (pálido y rosa como una concha marina), el fieltro que sostenía el
pellejo, estaba formado por el cutis, cortado a la altura del cogote y vuelto
hacia arriba.
Había
algunos a los que casi todo había sido substraído, y parecían esculturas de
solos nervios. Y en el tronco del cuello, ya acéfalo, venteaban los que un
tiempo estaban arraigados a un cerebro. Las piernas parecían un entrelazamiento
de mimbres.
Había
otros que, con el abdomen abierto, dejaban palpitar intestinos color cólquico,
como dolientes glotones embuchados de callos mal digeridos. Allá donde habían
tenido un pene, ya despellejado y reducido a rabillo de hoja, agitábanse sólo
los testículos secos.
Ferrante
vio que ya sólo eran venas y arterias, laboratorio móvil de un alquimista,
fístulas y cánulas en movimiento perpetuo, destilando la sangre exangüe de
aquellas noctilucas apagadas a la luz de un sol ausente.
Estaban
aquellos cuerpos en grande y doloroso silencio. En algunos se vislumbraban los
signos de una lentísima transformación que, de estatuas de carne, los estaba
sutilizando en estatuas de fibras.
El último
de aquéllos, desollado como un San Bartolomé, llevaba alta en la mano derecha
la piel aún sanguinolenta, floja como una capa plegada. A ésta se le reconocía
aún un rostro, con los agujeros de los ojos y de las narices, y la caverna de
la boca, que parecían el último vertido de una máscara de cera expuesta a un
subitáneo calor.
Y aquel
hombre (es decir, la boca desdentada y deformada de su piel) le habló a
Ferrante.
—Malvenido
—le dijo—, a la Tierra de los Muertos que nosotros llamamos Isla Vesalia.
Dentro de poco también tú seguirás nuestra suerte, mas no habrás de creer que
cada uno de nosotros se extinga con la rapidez concedida por el sepulcro. Según
nuestra condena, cada uno de nosotros es conducido a un estadio suyo propio de
descomposición, para hacernos saborear la extinción, que para cada uno de
nosotros sería el máximo júbilo. ¡Oh qué leticia, imaginarnos sesos que apenas
tocados se despachurraran, pulmones que reventaran al primer soplo de aire que
los esforzara una vez más, corambres que a todo cedieran, mollejas que se
reblandecieran, gorduras que se colicuaran! Pues bien, no. Así como nos ves,
nosotros hemos llegado cada uno a nuestro estado sin percatarnos, por
imperceptible mutación en el curso de la cual cada hilacha nuestra hase
consumido en el transcurso de mil y mil y mil años. Y nadie sabe hasta qué
punto nos ha sido concedido consumirnos, de suerte que aquéllos que ves allá
abajo, reducidos a los solos huesos, esperan aún poder morir un poco, y quizá
hace milenios que se agotan en esa espera; otros, como yo, están en esta
semblanza ya no sé desde cuándo, porque en esta noche siempre inminente hemos
perdido todo sentimiento del pasar del tiempo, y con todo, aún espero que me
haya sido concedida una anulación lentísima. Así cada uno de nosotros anhela un
descomponerse que, bien lo sabemos, no será jamás total, siempre esperando que
la Eternidad no haya empezado aún para nosotros, y con todo y con eso, temiendo
estar dentro della desde nuestro antiquísimo desembarco en esta tierra.
Nosotros creíamos, cuando vivíamos, que el infierno era el lugar de la eterna
desesperación, porque así nos dijeron. Pobres de nosotros, no, que el infierno
es el lugar de una inapagable esperanza, que hace cada día peor que el otro,
pues que esta sed, que se nos mantiene viva, jamás es satisfecha. Teniendo
siempre un vislumbre de cuerpo, y todos los cuerpos tendiendo al crecimiento o
a la muerte, no cesamos de esperar; y sólo así nuestro Juez ha sentenciado que
nosotros pudiéramos sufrir in saecula.
Había
preguntado Ferrante:
—¿Pues qué
esperáis?
—Di más
bien qué esperarás tú también... Esperarás que una nada de viento, una mínima
crecida de marea, la llegada de una sola sabandija hambrienta nos restituya
átomo por átomo al gran vacío del universo, donde podríamos participar aún de
alguna manera en el ciclo de la vida. Pero aquí el aire no se agita, el mar
permanece inmóvil, no sentimos jamás frío ni calor, no conocemos ni albas ni
ocasos, y esta tierra más muerta que nosotros no produce ninguna vida animal.
¡Oh los gusanos, que la muerte nos prometía un día! ¡Oh amadas lombricillas,
madres de nuestro espíritu que podría aún renacer! ¡Chupando nuestra hiel nos
rociaríais piadosas con la leche de la inocencia! ¡Mordiéndonos, sanaríais los
mordiscos de nuestras culpas, acunándonos con vuestros vicios de muerte nos
daríais nueva vida, porque tanto valdría para nosotros la tumba como un regazo
materno... Pero nada de esto acaecerá. Esto sabemos nosotros, y con todo, esto
el cuerpo nuestro lo olvida a cada instante.
—Y Dios
—había preguntado Ferrante—, Dios, ¿Dios ríe?
—Ay
infelices, no —había contestado el desollado—, porque también la humillación
nos exaltaría. ¡Hermoso sería si viéramos por lo menos a un Dios que ríe, que
se mofa de nosotros! ¡Qué distracción nos sería el espectáculo del Señor que
desde su trono en compañía de sus santos nos escarneciera! Tendríamos la visión
del gozo ajeno, tan regocijante como la visión del enojo ajeno. No, aquí nadie
se desdeña, nadie ríe, nadie se muestra. Aquí Dios no está. Sola está una
esperanza sin meta.
—Por Dios,
que sean malditos todos los santos —intentó gritar entonces Ferrante
encruelecido—, ¡si estoy condenado, tendré buen derecho de representarme a mí
mismo el espectáculo de mi furor!
Pero dio
en la cuenta de que la voz le salía feble del pecho, su cuerpo estaba postrado,
y no podía ni siquiera enfurecerse.
—Ves
—habíale dicho el desollado, sin que su boca consiguiera sonreír—, tu pena ya
ha empezado. Ni siquiera el odio te está permitido. Esta isla es el único lugar
del universo donde no está permitido sufrir, donde una esperanza sin energía no
se distingue de un aburrimiento sin fondo.
Roberto
había seguido construyendo el fin de Ferrante, siempre permaneciendo en la
cubierta, desnudo como se había puesto para convertirse en piedra, y entre
tanto, el sol le había quemado el rostro, el pecho y las piernas, devolviéndolo
a aquel calor febricitante al cual había escapado hacía no mucho. Dispuesto ya
a confundir no sólo la novela con la realidad, sino también el ardor del ánimo
con el del cuerpo, habíase sentido volver a encender de amor. ¿Y Lilia? ¿Qué le
había acaecido a Lilia mientras el cadáver de Ferrante iba a alcanzar la isla
de los muertos?
Con un
gesto no raro en los narradores de Novelas, cuando no saben cómo frenar la
impaciencia y ya no observan las unidades de tiempo y de lugar, Roberto saltó
de un brinco los acontecimientos para volver a encontrar a Lilia días después,
asida a aquella tabla, mientras procedía por un mar ya tranquilo que refulgía
bajo el sol, y se acercaba (y esto, amable lector mío, tú no habrías osado
prever jamás) a la costa oriental de la Isla de Salomón, es decir por la parte
opuesta a aquélla en la que estaba anclado el Daphne.
Aquí,
Roberto habíalo sabido por el padre Caspar, las playas eran menos amigables de
lo que lo eran hacia el oeste. La tabla, ya incapaz de resistir, habíase roto
chocando contra un escollo. Lilia habíase despertado y habíase agarrado a
aquella roca, mientras los añicos de la balsa se perdían entre las corrientes.
Ahora ella
estaba allí, en una piedra que apenas podía acogerla, y un trecho de agua, para
ella océano, la separaba de la ribera. Zarandeada por el tifón, debilitada por
el ayuno, atormentada aún más por la sed, no podía arrastrarse del escollo a la
arena, allende la cual, con una mirada empañada adivinaba un desteñirse de
formas vegetales.
La roca
era tórrida bajo el tierno costado y, respirando con esfuerzo, en vez de
refrescar el interno ardor, atraía hacia sí el ardor del aire.
Esperaba
que no muy lejos manaran ágiles arroyos de peñascos umbrosos, pero estos sueños
no la deleitaban, sino que le reavivaban la sed. Quería pedir ayuda al Cielo,
pero quedándose anudada al paladar la árida lengua, las voces se convertían en
mutilados suspiros.
Como el
tiempo pasaba, el flagelo del viento la arañaba con garras de rapaz, y temía
(más que morir) vivir hasta que la acción de los elementos la desfigurara,
convirtiéndola en objeto de repulsión y ya no de amor.
Si hubiera
alcanzado una rebalsa, un curso de agua viva, aproximando los labios, habría
divisado sus ojos, ya dos vivas estrellas que prometían vida, ahora convertidos
en dos espantosos eclipses; y ese rostro, en el cual los Amorcillos retozaban
haciendo estancia, ahora hórrido albergue del aborrecimiento. Aunque hubiera
llegado a un estanque, sus ojos habrían vertido en él, por piedad del propio
estado, más gotas de las que le hubieran quitado los labios.
Esto por
lo menos Roberto hacía que Lilia pensara de sí misma. Pero sintió fastidio.
Fastidio della que, próxima a morir, se angustiaba por la propia belleza, como
a menudo querían las Novelas. Fastidio de sí mismo, que no sabía mirar a la
cara, sin hipérboles de la mente, a su amor moribundo.
¿Cómo
podía ser Lilia, de verdad, en aquel punto? ¿Cómo habríasele aparecido,
quitándole aquel vestido de muerte tejido de palabras?
Por los
sufrimientos del largo viaje y del naufragio, sus cabellos podían haberse
vuelto de estopa, marcada por hilos blancos; su seno había perdido sin duda sus
azucenas, su rostro había sido arado por el tiempo. Arrugados estaban ahora la
garganta y el pecho.
Mas no,
celebrarla así a ella ajándose era aún fiar en la máquina poética de padre
Emanuel... Roberto quería ver a Lilia como realmente era. La cabeza derribada,
los ojos desorbitados que, empequeñecidos por el dolor, se mostraban demasiado
alejados de la raíz de la nariz —ya aguzada en la extremidad—, gravados por
bolsas, los ángulos marcados por una aureola de pequeños pliegues, huellas
dejadas por un gorrión en la arena. Las aletas de la nariz un poco dilatadas,
una ligeramente más carnosa que la otra. La boca agrietada, del color de la
amatista, dos arrugas arqueadas a los lados, y el labio superior un poco
saliente, levantado para mostrar dos dientecillos ya no de marfil. La piel del
rostro dulcemente lasa, dos pliegues relajados bajo la barbilla, para humillar
el dibujo del cuello...
Con todo y
eso, este fruto marchito, él no lo habría cambiado por todos los ángeles del
cielo. Él la amaba también así, ni que ella era diferente podía saber cuando
habíala amado queriéndola como era, detrás del telón de su velo negro, una
noche lejana.
Habíase
dejado extraviar durante sus días de naufragio, habíala deseado harmoniosa como
el sistema de las esferas; pero ya también le habían dicho (y no había osado
confesar también esto al padre Caspar) que quizá los planetas no cumplen su
viaje a lo largo de la línea perfecta de un círculo, sino por un bisojo giro
suyo en torno al sol.
Si la
belleza es clara, el amor es misterioso: él descubría amar no la primavera,
sino cada una de las estaciones de la amada, aún más deseable en su decadencia
autumnal. Siempre la había amado por lo que era y habría podido ser, y sólo en
ese sentido amar era hacer don de sí mismo, sin esperanza de trueque.
Habíase
dejado trastornar por su ondisonante exilio, buscando siempre a otro sí mismo:
pésimo en Ferrante, óptimo en Lilia, de cuya gloria quería hacerse glorioso. Y
en cambio, amar a Lilia significaba quererla como él mismo era, entregados
ambos al laborío del tiempo. Hasta entonces había usado la belleza della para
fomentar el mancillarse de su mente. La había hecho hablar poniéndole en su
boca las palabras que él quería, y de las que estaba, con todo, descontento.
Ahora la habría querido cerca, enamorado de su doliente beldad, de su
voluptuosa extenuación, de su gracia amoratada, de su débil venustez, de sus
enjutas desnudeces, para acariciarlas solícito, y escuchar su palabra, la de
ella, la suya, no la que él habíale prestado.
Tenía que
tenerla desposeyéndose de sí.
Mas era
tarde para rendir el justo homenaje a su ídolo enfermo.
En la otra
parte de la Isla, a Lilia le corría en las venas, licuada, la Muerte.
39
ITINERARIO ESTÁTICO CELESTE
¿Era ésta
la manera de terminar una Novela? Las Novelas no sólo aguijonean el odio para
hacernos al final gozar de la derrota de los que odiamos, sino que invitan
también a la compasión para luego llevarnos a descubrir libres de peligro a los
que amamos. Novelas que acabaran tan mal, Roberto no las había leído jamás.
A menos
que la Novela aún no hubiera acabado, y tuviera de reserva a un Héroe secreto,
capaz de un gesto imaginable sólo en el País de las Novelas.
Por amor,
Roberto decidió realizar aquel gesto, entrando él mismo en su narración.
Si yo
hubiera llegado ya a la Isla, decíase, ahora podría salvarla. Es sólo mi pereza
la que me ha mantenido aquí. Ahora estamos ambos anclados en el mar, deseando
las opuestas riberas de una misma tierra.
Y sin
embargo, no todo está perdido. Yo la veo expirar en este mismo momento, pero si
yo en este mismo momento alcanzara la Isla, estaría en ella un día antes de que
ella llegara, dispuesto a aguardarla y ponerla a salvo.
Poco
importa que yo la reciba del mar mientras está ya a punto de exhalar el último
suspiro. En efecto, se sabe que cuando el cuerpo viene a ese trance, una fuerte
emoción puede llegar a darle nueva savia, y hanse visto moribundos que, al
saber que la causa de su desventura había sido alejada, volvieron a florecer.
¡Y qué
mayor emoción, para aquella moribunda, que encontrar en vida a la persona
amada! Ni siquiera deberé revelarle que soy diferente del que amaba, porque era
a mí y no a otro a quien ella habíase entregado; tomaría sencillamente el lugar
que se me debía desde el principio. No sólo, sin reparar en ello, Lilia
sentiría un amor diferente en mi mirada, puro de toda lujuria, trémulo de
devoción.
¿Es
posible, cualquiera se preguntaría, que Roberto no hubiera reflexionado que ese
desquite le estaba concedido sólo si él de verdad hubiera tocado la Isla ese
día, al máximo a las primeras horas de la mañana siguiente, cosa que sus
experiencias recentísimas no hacían probable? ¿Y era posible que no diera en la
cuenta de que estaba proyectando allegarse a la Isla para encontrar a aquélla
que llegaba allí sólo en virtud de su relato?
Roberto,
ya lo hemos visto, después de haber empezado a pensar en un País de las Novelas
completamente ajeno a su propio mundo, por fin había llegado a hacer que
confluyeran los dos universos el uno en el otro sin esfuerzo, y había
confundido sus leyes. Pensaba poder llegar a la Isla porque se lo estaba
imaginando, e imaginar la llegada della en el momento en el que él hubiera
llegado ya, porque así lo estaba queriendo. Por otra parte, aquella libertad de
querer acontecimientos y de verlos realizados que hace tan imprevisibles a las
Novelas, Roberto estábala transfiriendo al propio mundo: por fin habría llegado
a la Isla por la sencilla razón de que —de no llegar a ella— no habría sabido
ya qué contarse.
En torno a
esta idea, que quienquiera que no nos hubiera seguido hasta aquí juzgaría
sinrazón o falta de juicio como se quiera decir (o se quisiera entonces), él
ahora reflexionaba de manera matemática, sin esconderse ninguna de las
eventualidades que juicio y prudencia le sugerían.
Como un
general que dispone, la noche de antes de la batalla, los movimientos que sus
tropas llevarán a cabo en el día por venir, y no sólo se representa las
dificultades que podrían surgir y los accidentes que podrían estorbar su plan,
sino que se identifica también con la mente del general adversario, para prever
sus movimientos y contramovimientos, y disponer del futuro actuando en
consecuencia de lo que el otro podría disponer en consecuencia de aquellas
consecuencias, así Roberto sopesaba los medios y los resultados, las causas y
los efectos, los pros y los contras.
Tenía que
abandonar la idea de nadar hacia la barbacana y superarla. Ya no podía divisar
los pasajes sumergidos, y no habría podido alcanzar la parte emergente sino
arrostrando invisibles acechanzas, sin duda mortales. Y por fin, aun admitiendo
que hubiere podido alcanzarla —encima o debajo del agua que estuviere—, no era
seguro que hubiera podido caminar con sus débiles polainas, que el arrecife no
ocultara simas en las que habría caído sin poder ya salir.
No se
podía alcanzar, por tanto, la Isla sino volviendo a hacer el recorrido de la
barca, es decir nadando hacia el sur, costeando a distancia la bahía más o
menos a la altura del Daphne, para luego doblar hacia oriente una vez
superado el promontorio meridional, hasta alcanzar la caleta de la que habíale
hablado el padre Caspar.
Este
proyecto no era razonable, y por dos razones. La primera, que a duras penas él
había conseguido hasta entonces nadar hasta el límite de la barbacana y en ese
punto las fuerzas ya le abandonaban; así pues, no era sensato pensar que habría
podido recorrer una distancia cuatro o cinco veces superior. Y sin amarra, no
tanto porque no tenía una tan larga, sino porque esta vez si iba, era para ir,
y si no llegaba no tenía sentido volver atrás. La segunda, era que nadar hacia
el sur quería decir moverse contra corriente: y, sabiendo ahora que sus fuerzas
servían a contrastarla sólo pocas brazas, él habría sido arrastrado
inexorablemente hacia el norte, más allá del cabo septentrional, alejándose
cada vez más de la Isla.
Después de
haber calculado con rigor estas posibilidades (después de haber reconocido que
la vida es breve, el arte vasto, la ocasión instantánea y el experimento
incierto) habíase dicho que era indigno de un gentilhombre abandonarse a
cálculos tan mezquinos, como un burgués que computara las posibilidades que
tenía jugándose a dados su avaro peculio.
Es decir,
habíase dicho, un cálculo se ha de hacer, mas que sea sublime, si sublime es la
apuesta. ¿Qué se jugaba en aquella apuesta? La vida. Mas su vida, si él no
hubiera conseguido abandonar la nave jamás, no era mucho, sobre todo ahora que
a la soledad habríase añadido la consciencia de haberla perdido a ella para
siempre. ¿Qué ganaba, en cambio, si superaba la prueba? Todo, el gozo de
volverla a ver y salvarla, en cualquier caso de morir sobre ella muerta,
cubriendo su cuerpo con una mortaja de besos.
Es verdad,
la apuesta no era a la par. Había más posibilidades de morir en el intento que
no de alcanzar la tierra. Pero también en ese caso el alea era ventajosa: como
si le hubieran dicho que tenía mil posibilidades de perder una miserable suma
contra una sola de ganar un inmenso tesoro. ¿Quién no hubiera aceptado?
Al final
había sido embargado por otra idea, que le reducía en gran medida el riesgo de
aquella jugada, es más, lo veía ganador en ambos casos. Admitiérase incluso que
la corriente le hubiera arrastrado en la dirección opuesta. Pues bien, una vez
rebasado el otro promontorio (lo sabía por haber hecho la prueba con la tabla
de madera) la corriente lo habría conducido a lo largo del meridiano...
Si se
hubiera dejado ir a la flor del agua, con los ojos al cielo, él no habría visto
jamás moverse el sol: habría fluctuado en aquella cresta que separaba el hoy
del día de antes, fuera del tiempo, en un eterno medio día. Parándose el tiempo
para él, habríase detenido también en la Isla, retrasando al infinito la muerte
della, puesto que ya todo lo que le acaecía a Lilia dependía de su voluntad de
narrador. En suspenso él, en suspenso la historia sobre la Isla.
Acuminadísimo
quiasmo, además. Ella habríase hallado en la misma posición en la que había
estado él durante un tiempo ya incalculable, a dos brazas de la Isla, y él
perdiéndose en el océano, le habría hecho dádiva de la que habría de ser su
esperanza, manteniéndola en suspenso sobre la espumosa cima de un interminable
deseo, ambos sin futuro y, por tanto, sin muerte por venir.
Luego se
demoró representándose cuál habría sido su viaje, y por la conflación de
universos que él ya había decretado, sentíalo como si fuera también el viaje de
Lilia. Era el extraordinario caso de Roberto el que le habría garantizado a
ella una inmortalidad que la trama de las longitudes no le habría concedido si
no.
Se habría
movido hacia el norte a una velocidad apacible y uniforme: a su derecha y a su
izquierda se habrían seguido los días y las noches, las estaciones, los
eclipses y las mareas, novísimas estrellas habrían atravesado los cielos
llevando pestilencias y estrago de imperios, monarcas y pontífices habrían
encanecido y desaparecido en remolinos de polvo, todos los turbillones del
universo habrían cumplido sus ventiscosas revoluciones, otras estrellas se
habrían formado del holocausto de las antiguas... A su alrededor, el mar
habríase desencadenado y luego abochornado, los alisios habrían hecho sus
corros, y para él nada habría mudado en aquel plácido surco.
¿Se habría
detenido un día? Por lo que recordaba de los mapas, ninguna otra tierra, que no
fuera la Isla de Salomón, podía extenderse en aquella longitud, por lo menos
hasta que ésta, en el Polo, no empalmara con todas las demás. Pues si un navío,
con el viento en popa y una selva de velas, empleaba meses y meses y meses en
realizar un recorrido igual al que habría emprendido, ¿cuánto habría durado él?
Quizá años, antes de llegar al lugar donde no sabría qué había sido del día y
de la noche, y del transcurrir de los siglos.
Mas en el
intervalo habría descansado en un amor tan sutil que no le habría preocupado
perder labios, manos, pupilas. El cuerpo se habría vaciado de toda su savia,
sangre, bilis o pituita. El agua, entrando por todos los poros, penetrando en
las orejas, le habría revocado el cerebro de sal. Le habría sustituido el humor
vitreo de los ojos. Le habría invadido las narices yendo a desleír todo
vestigio de elemento terrestre. Al mismo tiempo, los rayos solares lo habrían
alimentado de partículas ígneas, y éstas habrían menguado el líquido en un
único entrevero de aire y de fuego atraído por fuerza de simpatía hacia arriba.
Y él, ahora liviano y volátil, levantábase para empalmarse con los espíritus
del aire, luego con los del sol.
Y lo mismo
ella, en la sólida luz de aquel escollo: expandíase como oro batido hasta la
hoja más aérea.
Así, en el
curso de los días habríanse unido en aquel concierto. Instante tras instante
habrían sido de verdad el uno al otro como los firmes gemelos del compás,
moviéndose cada uno al movimiento del compañero, inclinándose el uno cuando el
otro vaga más lejos, volviendo a crecer erguido cuando el otro se le une de
nuevo.
Entonces
ambos habrían continuado su viaje en el presente, derechos hacia el astro que
los esperaba, polvo de átomos entre los otros corpúsculos del cosmos, vórtice
entre los vórtices, eternos ya como el mundo porque ribeteados de vacío.
Conciliados con su destino, porque el movimiento de la tierra trae terrores y
daños, pero la trepidación de las esferas es inocente.
Así pues,
la apuesta le habría dado en cualquier caso una victoria. No había que dudarlo.
Mas tampoco disponerse a aquel triunfal sacrificio sin su ajuar de justos
ritos. Roberto consigna a sus papeles los últimos actos que se dispone a
cumplir, y para lo demás nos deja adivinar gestos, tiempos, cadencias.
Como
primer lavacro liberatorio, tardó casi una hora en arrancar una parte del
ajedrez que separaba la puente de la entrepuentes. A continuación, descendió y
dio en abrir todas las jaulas. A medida que desarraigaba los juncos, le
arrollaba un rumor único de alas, y tuvo que defenderse levantando los brazos
ante el rostro, pero al mismo tiempo gritaba «¡Hala, hala!» y alentaba a los
prisioneros empujando con las manos incluso a las gallinas, que aleaban sin
encontrar la vía de salida.
Hasta que,
otra vez en cubierta, vio a la populosa bandada levantarse entre la arboladura,
y le pareció que durante algunos segundos el sol estaba cubierto por todos los
colores del arco iris, descaecidos al través por los pájaros del mar, que
habían acudido curiosos a unirse a aquella fiesta.
Luego,
había tirado al mar todos los relojes, no pensando absolutamente que perdía
tiempo precioso: estaba borrando el tiempo para propiciarse un viaje contra el
tiempo.
Por fin,
para impedirse cualquier cobardía, congregó en la puente, bajo la mayor,
troncos, tablillas, toneles vacíos, los roció con el aceite de todas las
lantias, y les prendió fuego.
Se había
levantado una primera llamarada, que acarició sin tardanza las velas y las
jarcias. Cuando hubo obtenido la certeza de que la hoguera estaba alimentándose
por fuerza propia, se dispuso al adiós.
Estaba aún
desnudo, desde que había empezado a morir transformándose en piedra. Desnudo
incluso de la amarra que ya no limitaría su viaje, había bajado al mar.
Había
apuntado los pies contra la madera, dándose un golpe hacia adelante para
apartarse del Daphne, y después de haber seguido el costado hasta la
popa, habíase alejado para siempre, hacia alguna de las dos felicidades que sin
duda le esperaba.
Antes aún
que el destino, y las aguas, hubieran decidido por él, quisiera que,
deteniéndose de vez en cuando para tomar aliento, hubiera dejado vagar la
mirada desde el Daphne, que saludaba, hasta la Isla.
Allá
abajo, por encima de la línea trazada por las copas de los árboles, con ojos ya
agudísimos, debería haber visto alzarse en vuelo, como una saeta que quisiera
herir el sol, la Paloma Naranjada.
40
COLOPHON
Ya está. Y
qué fue luego de Roberto, no lo sé ni creo que se podrá saber jamás.
¿Cómo
sacar una novela, de una historia aun así tan novelesca, si luego no se conoce
el final; o mejor, el verdadero principio?
A menos
que la historia que hay que contar no sea la de Roberto, sino la de sus
papeles. Aunque aquí tengamos que proceder por conjeturas.
Si los
papeles (por lo demás fragmentarios, de los que he sacado un relato, o una
serie de relatos que se intersecan y se ensartan) han llegado hasta nosotros es
porque el Daphne no se quemó del todo, me parece evidente. Quién sabe,
quizá aquel fuego rozó sólo los palos, pero luego se extinguió en aquella
jornada sin viento. O nada excluye que unas horas después haya caído una lluvia
torrencial, que apagó la hoguera...
¿Cuánto
permaneció allá abajo el Daphne antes de que alguien lo encontrara y
descubriera los escritos de Roberto? Intento dos hipótesis, ambas fantásticas.
Como ya he
indicado, pocos meses antes de aquellos sucesos, y precisamente en febrero de
1643, Abel Tasman, salido de Batavia en agosto de 1642, después de haber tocado
aquella tierra de van Diemen que se habría convertido luego en Tasmania, viendo
sólo de lejos Nueva Zelanda y dirigiéndose hacia las Tonga (ya alcanzadas en
1615 por van Schouten y le Maire, y bautizadas islas del Coco y de los
Traidores), procediendo hacia el norte, había descubierto una serie de islitas
rodeadas de arena, registrándolas a 17,19 grados de latitud sur y a 201,35
grados de longitud. No vamos a discutir sobre la longitud, pero aquellas islas
que había llamado Prins Willems Eijlanden, si mis hipótesis son justas, no
habrían debido estar lejos de la Isla de nuestra historia.
Tasman
acaba su viaje, dice, en junio, y por lo tanto, antes de que el Daphne pudiera
llegar por aquellas partes. Pero nadie nos asegura que los diarios de Tasman
sean verídicos (y entre otras cosas ya no existe el original).1
Intentemos, por tanto, imaginar que, por una de aquellas desviaciones casuales
de las que su viaje es tan rico, él haya vuelto a aquella zona digamos en
septiembre de aquel año, y haya descubierto el Daphne. Ninguna
posibilidad de volverlo a poner en funciones, privado de la arboladura y de las
velas como tenía que estar ya. Lo había visitado para descubrir de dónde venía,
y había encontrado los papeles de Roberto.
Por poco
italiano que supiera, había entendido que se discutía el problema de las
longitudes, por lo que aquellos papeles se convertían en un documento
reservadísimo que había que entregar a la Compañía de las Indias Holandesas.
Por esto calla en su diario todo el asunto, quizá falsifica incluso las fechas
para borrar todo rastro de su aventura, y los papeles de Roberto van a parar a
algún archivo secreto. Que luego Tasman realizó otro viaje al año siguiente, y
Dios sabe si fue adonde había dicho.2
Imaginémonos
a los geógrafos holandeses hojeando aquellos papeles. Nosotros lo sabemos, no
había nada interesante que encontrar en ellos, excepto quizá el método canino
del doctor Byrd, del cual apuesto que varios espías ya habían conseguido saber
por otros caminos. Se encuentra la mención de la Specola Melitense, pero
quisiera recordar que, después de Tasman, pasan ciento treinta años antes de
que Cook vuelva a descubrir aquellas islas, y de seguir las indicaciones de
Tasman no se habría podido volverlas a encontrar.
Luego, por
fin, y siempre un siglo después de nuestra historia, la invención del
cronómetro marino de Harrison pone punto final a la frenética búsqueda del punto
fijo. El problema de las longitudes deja de ser un problema, y algún
archivista de la Compañía, deseoso de vaciar los armarios, tira, regala, vende,
quién sabe, los papeles de Roberto, ahora ya pura curiosidad para algún maníaco
de manuscritos.
La segunda
hipótesis es novelescamente más cautivadora. En mayo de 1789 un fascinante
personaje pasa por aquellas partes. Es el capitán Bligh, que los amotinados del
Bounty habían arriado en una chalupa con dieciocho hombres fieles, y
confiado a la clemencia de las olas.
Ese hombre
excepcional, cualesquiera que hayan sido sus defectos caracteriales, consigue
recorrer más de seis mil kilómetros para arribar por fin a Timor. Al realizar
esta empresa, pasa por el archipiélago de las Fiji, toca casi Vanua Levu y
atraviesa el grupo de las Yasawa. Esto quiere decir que, si apenas hubiera
desviado levemente hacia el este, habría podido arribar perfectamente por las
partes de Taveuni, donde me gusta argüir que se encontraba nuestra Isla; que si
luego valieran pruebas en cuestiones que atañen al creer y al querer creer,
pues bien, me aseguran que una Paloma Anaranjada, o Orange Dove, o Fíame Dove,
o mejor aún Ptilinopus Víctor, existe sólo allá abajo. Sólo que, corro el
riesgo de arruinar toda la historia, la paloma naranja es el macho.
Ahora
bien, un hombre como Bligh, si hubiera encontrado el Daphne apenas en
estado razonable, puesto que había llegado hasta allí en una simple barca,
habría hecho lo imposible para volverlo a poner en funciones. Pero ya había
pasado casi siglo y medio. Alguna tempestad había sacudido ulteriormente aquel
buque, lo había desanclado, el barco había ido a volcarse sobre el arrecife; o
no, había sido capturado por la corriente, arrastrado hacia el norte y arrojado
en otros bajíos o en la escollera de una isla cercana, donde había permanecido
expuesto a la acción del tiempo.
Probablemente
Bligh subió a bordo de un bajel fantasma, con los costados incrustados de
conchas y verdes de algas, con el agua estancada en una bodega destripada,
refugio de moluscos y peces venenosos.
Quizá
sobrevivía, inestable, el alcázar, y en el camarote del capitán, secos y
polvorientos, o quizá no, húmedos y macerados, pero aún legibles, Bligh
encontró los papeles de Roberto.
Ya no eran
tiempos de grandes angustias sobre las longitudes, quizá lo atrajeran las
referencias, en lengua desconocida, a las Islas de Salomón. Casi diez años
antes un cierto señor Buache, Geógrafo del Rey y de la Marina Francesa, había
presentado una memoria a la Academia de las Ciencias sobre la Existencia y
Posición de las Islas de Salomón, y había sostenido que no eran sino aquella
bahía de Choiseul que Bougainville había tocado en 1768 (y cuya descripción
parecía conforme a la antigua de Mendaña), y las Terres des Arsacides, tocadas
en 1769 por Surville. Tanto que mientras Bligh navegaba aún, un anónimo, que
era probablemente el señor de Fleurieu, iba a publicar un libro titulado Decouvertes
des Frangois en 1768 & 1769 dans le Sud—Est de la Nouvelle Guinèe.
No sé si
Bligh había leído las reivindicaciones del señor Buache, pero sin duda en la
marina inglesa se hablaba con enojo de ese rasgo de arrogancia de los primos
franceses, que se jactaban de haber encontrado lo inencontrable. Los franceses
tenían razón, ahora que Bligh podía no saberlo, o no desearlo. Podría por tanto
haber concebido la esperanza de haber puesto las manos en un documento que no
sólo desmentía a los franceses, sino que lo habría consagrado a él como
descubridor de las Islas de Salomón.
Yo
imaginaría que, antes, había dado las gracias mentalmente a Fletcher Christian
y a los demás amotinados por haberlo puesto brutalmente en el camino de la
gloria, luego había decidido, como buen patriota, callar con todos de su breve
desviación hacia oriente y de su descubrimiento, y de entregar con absoluta
reserva los papeles al Almirantazgo británico.
Pero
también en ese caso, alguien los habrá juzgado de escaso interés, desprovistos
de toda virtud probatoria y, de nuevo, los habrá exilado entre legajos de
chismes eruditos para literatos. Bligh renuncia a las Islas de Salomón, se
conforma con ser nombrado almirante por otras innegables virtudes suyas de
navegador, y morirá igualmente satisfecho, sin saber que Hollywood lo habría
vuelto detestable a la posteridad.
Y así,
aunque una de mis hipótesis se prestara a seguir la narración, ésta no tendría
un final digno de ser narrado, y dejaría descontento e insatisfecho a todos los
lectores. Ni siquiera así las vicisitudes de Roberto se prestarían a enseñanza
moral alguna, y estaríamos aún preguntándonos cómo le sucedió lo que le
sucedió, concluyendo que en la vida las cosas suceden porque suceden, y sólo en
el País de las Novelas es donde parecen suceder por alguna finalidad o
providencia.
Que, si
tuviera que sacar una conclusión, tendría que ir a rebuscar entre los papeles
de Roberto una nota, que se remonta sin duda a aquellas noches en las que aún
se interrogaba sobre un posible Intruso. Aquella noche Roberto miraba una vez
más el cielo. Recordaba cómo en la Griva, cuando habíase derrumbado por la edad
la capilla de familia, su preceptor carmelita, que había hecho aprendizaje en
Oriente, había aconsejado que reconstruyeran aquel pequeño oratorio según la
moda bizantina, de forma redonda con una cúpula central, que precisamente nada
tenía que ver con el estilo a que estaban acostumbrados en Monferrato, pero el
viejo Pozzo no quería meter la nariz en cosas de arte y de religión, y había
escuchado los consejos de aquel santo varón.
Viendo el
cielo antípoda, Roberto daba en la cuenta de que en la Griva, en un paisaje
circundado por doquier por las colinas, la bóveda celeste se le parecía como la
cúpula del oratorio, bien delimitada por el breve círculo del horizonte, con
una o dos constelaciones que él era capaz de reconocer, de suerte que, por lo
que sabía, el espectáculo mudaba de semana en semana. Visto que él íbase a
dormir pronto, no había tenido modo de advertir que cambiaba incluso en el
transcurso de la misma noche. Y por tanto, aquella cúpula habíale parecido
siempre estable y redonda, y en consecuencia, igualmente estable y redondo
había concebido el universo mundo.
En Casal,
en el centro de una llanura, había entendido que el cielo era más vasto de lo
que él creía, pero el padre Emanuel le convencía más de que imaginara las
estrellas descritas por conceptos, que de que mirara las que tenía encima de la
cabeza.
Ahora,
espectador antípoda de la infinita extensión de un océano, divisaba un
horizonte ilimitado. Y arriba, encima de la cabeza, veía constelaciones jamás
vistas. Las de su hemisferio, las leía según la imagen que otros le habían
fijado ya, aquí la poligonal simetría del Carro Mayor, allá la alfabética
exactitud de Casiopea. Pero en el Daphne no tenía figuras predispuestas,
podía unir cualquier punto con cualquier otro, sacar las imágenes de una
serpiente, de un gigante, de una cabellera o de una cola de insecto ponzoñoso,
para luego deshacerlas e intentar otras formas.
En Francia
y en Italia observaba también en el cielo un paisaje definido por la mano de un
monarca, que había fijado las líneas de las calles y de los servicios postales,
dejando entre ellas las manchas de los bosques. Aquí, en cambio, era pionero en
una tierra desconocida, y tenía que decidir qué sendas habrían enlazado un pico
con un lago, sin un criterio de elección, porque todavía no había ciudades y
aldeas en las laderas del uno o en las riberas del otro. Roberto no miraba las
constelaciones: estaba condenado a instituirlas. Se maravillaba de que el
conjunto se dispusiera como una espiral, una cáscara de caracol, un vórtice.
Y es en
ese punto cuando se acuerda de una iglesia, harto nueva, vista en Roma; y es la
única vez que nos deja imaginar que había visitado aquella ciudad, quizá antes
del viaje a Provenza. Aquella iglesia le había resultado demasiado diferente,
tanto de la cúpula de la Griva como de las naves, geométricamente ordenadas por
ojivas y cruceros, de las iglesias vistas en Casal. Ahora entendía por qué: era
como si la bóveda de la iglesia fuera un cielo austral, que estimulaba al ojo a
que intentara siempre nuevas líneas de fuga, sin jamás descansar en un punto
central. Bajo aquella cúpula, donde quiera que se colocara, quien mirara hacia
arriba se sentía siempre en las márgenes.
Daba en la
cuenta ahora de que, de manera más indeterminada, menos evidentemente teatral,
vivida a través de pequeñas sorpresas día a día, aquella sensación de un
descanso negado habíala tenido antes en Provenza y luego en París, donde cada
uno de algún modo le destruía una certeza, y le indicaba una forma posible de
dibujar el mapa del mundo, pero las sugerencias que procedían de partes
diferentes no se componían en un dibujo finito.
Oía de
máquinas que podían alterar el orden de los fenómenos naturales, de suerte que
lo grave tendiera hacia arriba, y lo ligero se desplomara hacia abajo, que el
fuego mojara y que el agua quemara, como si el mismo creador del universo fuera
capaz de enmendarse, y pudiera al fin constreñir a las plantas y a las flores
contra las estaciones, y las estaciones a trabar una lid con el tiempo.
Si el
Creador aceptaba mudar de aviso, ¿existía aún un orden que Él hubiera impuesto
al universo? Quizá había impuesto muchos, desde el principio, quizá estaba
dispuesto a cambiarlos día a día, quizá existía un orden secreto que presidía
aquel mudar de órdenes y de perspectivas, pero nosotros estábamos destinados a
no descubrirlo jamás, y a seguir más bien el juego voluble de aquellas
apariencias de orden que se reordenaban a cada nueva experiencia.
Y entonces
la historia de Roberto de la Grive sería sólo la de un enamorado infeliz,
condenado a vivir bajo un cielo exagerado, que no conseguía conciliarse con la
idea de que la tierra vaga a lo largo de una elipse de la cual el sol es sólo
uno de los fuegos.
Lo que,
como muchos convendrán, es demasiado poco para sacar una historia con unos pies
y una cabeza.
En
definitiva, si de esta historia quisiera sacar una novela, demostraría una vez
más que no se puede escribir si no es haciendo palimpsesto de un manuscrito
encontrado; sin conseguir substraerse jamás a la Angustia de la Influencia. Ni
escaparía a la pueril curiosidad del lector, el cual querría saber si de verdad
Roberto escribió las páginas sobre las que me he demorado incluso demasiado.
Honradamente,
tendría que contestarle que no es imposible que las haya escrito alguien
diferente, que quería fingir sólo que contaba la verdad. Y así perdería todo el
efecto novelesco: donde, sí, se finge que se cuentan cosas verdaderas, pero no
se debe decir en serio que se finge.
No sabría
ni siquiera excogitar a través de qué último azar las cartas llegaron a las
manos de quien debería de habérmelas dado, sacándolas de una miscelánea de
otros deslavados y arañados autógrafos.
—El autor
es desconocido —me esperaría, con todo, que hubiera dicho—, la escritura tiene
garbo y aire, pero como ve, está descolorida, y los folios son todos una
mancha. En cuanto al contenido, por ese poco que he hojeado, son ejercicios de
manera. Ya sabe usted cómo se escribía en aquel Siglo... Era gente sin alma.
NOTA DE LA
TRADUCTORA
El autor
de la crónica que acabamos de leer se preguntaba cómo extraer una novela de los
materiales con los que se había topado, y llegaba a la conclusión de que no se
puede escribir si no es haciendo palimpsesto de un manuscrito encontrado.
El
traductor de esta crónica se preguntaba (y se sigue preguntando) cómo hacer una
traducción de tal palimpsesto.
Y es que
son fundamento de esta novela no sólo el ensamblaje de materiales e
inspiraciones diferenciadas, sino también una voluntad lingüística y
estilística muy caracterizada.
El siglo
xvii se recrea en toda su complejidad literaria, científica, filosófica,
técnica; son sus fuentes: Marino, Gassendi, novelistas italianos del Seicento,
poetas y novelistas franceses, John Donne, Gryphius, Cyrano de Bergerac,
Galileo, Kircher, Schott, Gracián, etcétera, etcétera.
La lengua
de La isla del día de antes es también una invitación al barroco.
Imitación y cita se combinan en el juego de las diferentes voces que
intervienen en la novela, juego éste que tiene una regla precisa: evitar las
palabras que no estén atestiguadas en fuentes secentistas.
Ello
impone giros, modismos, desarrollos poéticos inspirados en un material limitado
y circunscrito: el italiano del siglo xvii.
Por todo
lo que se ha dicho se puede comprender la desazón del traductor.
El
traductor literario está acostumbrado a sortear el límite constitutivo de la
traducción: la pérdida de la lengua original, y de lo que ésta conlleva,
sonoridad, ritmo, estilo, y en definitiva cultura. Y está acostumbrado a
ensayar ese difícil intento de perder lo menos posible dentro de la mayor
fidelidad hacia el texto original. Claro que está acostumbrado a hacerlo en su
lengua, no en la lengua del siglo xvii. Y no en el castellano del Siglo de
Oro, con todo lo que eso implica.
Esta nota
no quiere ser una lamentatio, ni tampoco una disquisición teórica sobre
la traducción. Quiere ser una declaración de la poética de esta traducción, o
sea, de los criterios que he seguido al hacerla.
Creo en la
posibilidad, y en el deber, de hacer traducciones fieles y «literales», esto
es, que respeten la precisión en las equivalencias léxicas, que reproduzcan el
ritmo, que adecúen el estilo, que obtengan el mismo efecto, y que no
manifiesten su carácter de traducción. Así la intención pura; el resultado es
el fruto de muchos compromisos.
Por
ejemplo, el límite histórico que impone la atestiguación de palabras obliga a
usar, muy a menudo, expresiones que cambian por completo el tono, o la
transparencia del texto original. Así en el capítulo 22, al intentar definir el
asombroso color de la Paloma Naranjada, Roberto sugiere una serie de
comparaciones con elementos vegetales de color rojo (o de la gama del rojo),
que son cercanos a su experiencia cotidiana: «como una fresa, una clavellina,
una frambuesa, una guinda...». Pues bien, aquí mi texto traiciona el original.
Donde dice «clavellina», el original dice «geranio». En el siglo xvii no
existía tal palabra, existía el objeto y se llamaba «pico de cigüeña».
Imaginemos el efecto que hubiera producido la siguiente enumeración: «como una
fresa, un pico de cigüeña, una frambuesa, una guinda...». Creo que lo primero
en lo que habría pensado el lector habría sido en el pico de una cigüeña; y aun
sabiendo que un pico de cigüeña es una planta geraniácea (llamada también
relojes), la naturaleza de la expresión rompía el ritmo de cosas vegetales y
cotidianas. Por eso elegí «clavellina», una planta modesta, que suele ser roja
(como el geranio), y que nos permite una comprensión inmediata del texto.
En este
caso la precisión está subordinada al efecto. Lo que implica que cuando, en
cambio, el texto sea hermético para un lector italiano, entonces también mi
texto lo será. Y no creo que haya que poner ejemplos: bastantes ha tenido ya el
lector.
La
presencia en el texto de terminología técnica (en el ámbito náutico o de la
esgrima, entre otros) planteaba también problemas: en el texto original muchos
términos figuran más por su valor estético que por sus virtudes designativas.
Así que a veces he optado por elegir términos alejados del original (intentando
respetar la verosimilitud), por ser, a mi juicio, más bellos.
Por lo que
respecta a la morfología, la sintaxis y el estilo en general se impone una
observación de naturaleza contrastiva: el castellano ha evolucionado mucho más
desde el siglo xvii que el italiano. En otras palabras: la distancia
lingüística que nos separa a los hispanohablantes de nuestros clásicos es mayor
que la que separa a un italiano de los suyos.
Por eso la
imitación de la lengua barroca es un poco sui generis; se basa más en la
percepción que podemos tener de la lengua de ese período que en una escritura
en «barroco»; son peculiares los géneros gramaticales diferentes (la puente, la
espía), la proclisis del pronombre (habíase), algunos nexos (puesto que, con valor
concesivo), los tratamientos, etc.
Esta
imitación intenta reflejar las diferentes prácticas imitativas del texto
original. Para distinguirlas he hecho una división práctica entre fuentes de
documentación y fuentes de inspiración, aunque la línea que las separa es muy
sutil. Son fuentes de documentación las que manipulan y adaptan un texto,
fuentes de inspiración las que usan ese texto como punto de partida para
desarrollos poéticos.
Mi primera
operación ha sido identificar estas fuentes y buscar traducciones al castellano
realizadas en el Siglo de Oro, y como mucho en el siglo xviii con resultados
bastante pobres; en su defecto he buscado imitaciones, y por último escritos
sobre el mismo argumento.
Una
muestra del primer tipo de operación es el capítulo 9, que copia y adapta la
traducción que el padre Sequeyros hizo del Cannocchiale Aristotélico de
Tesauro en 1741.
Una
muestra del segundo tipo es la presencia de material poético italianizante:
Herrera, el Villamediana de La Europa, el Soto de Rojas de los Desengaños
en Rimas, etc.
Conflictiva
ha sido la documentación temática. Es cierto que la literatura europea del
siglo xvii es un juego de imitaciones continuas, de filones temáticos que cada
literatura explota y agota a su manera. Es esta idiosincrasia en el tratamiento
de los materiales la que determina los caracteres de las literaturas nacionales
de esta época.
La lengua
de L'isola del giorno prima hinca sus raíces fuerte y justamente en el
barroco italiano. La inspiración poética deriva de los materiales lingüísticos
sobre los que trabaja el autor. En términos cercanos a nosotros: un
hispanohablante puede demorarse en la mención del alféizar, por considerar esta
palabra rica de sonoridades y sugerencias, cosa que en otra lengua puede no
suceder.
La
imitación de fuentes literarias españolas y su presencia en esta traducción,
pues, era sumamente conflictiva, ya que habría cambiado completamente el
carácter y la densidad del texto, precisamente por esa diferencia entre el
barroco italiano y nuestro gran barroco.
Y habría
ido contra una de las finalidades primarias de la traducción: desvelarnos
objetos e ideas que nuestra lengua nos ocultaba, abrirnos precisamente al
conocimiento de otra cultura.
No
obstante, el lector habrá reconocido citas de autores hispanísimos. Salvo
Gracián y una cita procedente de La Celestina, todo lo demás es harina
de mi costal.
He querido
mantener, pues, un equilibrio entre lo que el texto le enseña al lector y
aquello en lo que éste se puede reconocer, intentando reproducir para los
lectores del español la selección de lector ideal que todo texto lleva consigo.
A este
mismo criterio obedece la traducción de los títulos de los capítulos. Si la
obra estaba traducida se le imponía el título que había recibido; donde no lo
había sido y era significativo, se han elegido obras que tuvieran
transcendencia para la cultura española del siglo xvii. Así el capítulo 14
llevaba el título de un manual de esgrima de Agrippa, Trattato di Scienza
d'Arma, y se ha substituido por el Discurso de Armas y Letras de
Jerónimo Carranza, al ser éste el maestro reconocido de la destreza española.
Otro punto
que quiero aclarar, por ser problema discutido en el ámbito teórico y práctico,
es el de la traducción de los nombres propios. Una vez más, he traducido los
nombres porque en el siglo xvii los traducían, aunque no sistemáticamente. Para
los topónimos, allá donde he podido documentar traducciones las he reproducido
(Ucimián, Valencia del Po, por Occimiano, Valenza del Po'); otras veces los
documentos eran tan contrastantes, que he elegido la opción más acorde a las
características actuales de la lengua.
Última
declaración de traiciones: con la aprobación de Umberto Eco, he añadido algunas
citas que en el texto no estaban. El lector habrá reconocido deudas
cervantinas, gongorinas o de San Juan de la Cruz. Ello se ha hecho porque el
texto presentaba problemas de traducción cuyo tratamiento normal suele
consistir en un recorte drástico del mismo. Personalmente prefiero tener que
añadir a tener que quitar.
Para
concluir, tengo una deuda contemporánea: la traducción de la poesía del compás,
A Valediction: forbidding mourning, de John Donne, es de José Martín
Triana (Visor, Madrid, 1972).
Mucho más
habría que seguir exponiendo, pero creo que lo dicho puede servir ya al lector
para penetrar en el espíritu de esta traducción, cuyo fin último no puede ser
sino una invitación a la lectura del original.
1 SIC en la traducción, “Dumm bin Ich
nicht” Nota corrector
2 SIC en la traducción, “ex nihilo” Nota corrector
1 Cualquiera puede controlar
fácilmente si digo la verdad en P. A. Leupe, «De handschriften der
ontdekkingreis van A. J. Tasman en Franchoys Jacobsen Vissche 1642-3», en Bijdragen
voor vaderlandschefeschiedenis en oudheidkunde, N. R.. 7, 1872, págs.
254-93. Son incontestables, desde luego, los documentos recogidos como Genérale
Missiven donde existe un extracto del «Daghregister van Het Casteel
Batavia» del 10 de junio de 1643 en que se da noticia del regreso de Tasman.
Pero si la hipótesis de la que voy a hablar fuera fiable, poco haría falta para
suponer que, para preservar un secreto como el de las longitudes, incluso un
acta de ese tipo hubiera sido falsificada. Con comunicaciones que desde Batavia
tenían que llegar a Holanda, y quién sabe cuándo llegaban, una diferencia de
dos meses podía pasar inobservada. Por otra parte, yo no estoy seguro de que
Roberto haya llegado a esas partes en agosto y no antes.
2 De este
segundo viaje no existen absolutamente cuadernos de bitácora. ¿Por qué?


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