© Libro No. 478. El Tulipán
Negro. Dumas, Alejandro. Colección E.O. Septiembre 7 de 2013.
Título original: © El Tulipán Negro. Alejandro Dumas.
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Emancipación: Guillermo Molina Miranda
El Tulipán Negro
Alejandro Dumas
El 20 de agosto de 1672, la ciudad de La Haya, tan
animada, tan blanca, tan coquetona que se diría que todos los días son domingo,
la ciudad de La Haya con su parque umbroso, con sus grandes árboles inclinados
sobre sus casas góticas, con los extensos espejos de sus canales en los que se
reflejan sus campanarios de cúpulas casi orientales; la ciudad de La Haya, la
capital de las siete Provincias Unidas, llenaba todas sus calles con una oleada
negra y roja de ciudadanos apresurados, jadeantes, inquietos, que corrían,
cuchillo al cinto, mosquete al hombro o garrote en mano, hacia la Buytenhoff,
formidable prisión de la que aún se conservan hoy día las ventanas enrejadas y
donde, desde la acusación de asesinato formulada contra él por el cirujano
Tyckelaer, languidecía Corneille de Witt, hermano del ex gran pensionario de
Holanda.
Si la historia de ese tiempo, y sobre todo de este año en
medio del cual comenzamos nuestro relato, no estuviera ligada de una forma
indisoluble a los dos nombres que acabamos de citar, las pocas líneas
explicativas que siguen podrían parecer un episodio; pero anticipamos enseguida
al lector, a ese viejo amigo a quien prometemos siempre el placer en nuestra primera
página, y con el cual cumplimos bien que mal en las páginas siguientes;
anticipamos, decimos, a nuestro lector, que esta explicación es tan indispensable
a la claridad de nuestra historia como al entendimiento del gran acontecimiento
político en la cual se enmarca.
Corneille o Cornelius de Witt, Ruart de Pulten, es decir,
inspector de diques de este país, ex burgomaestre de Dordrecht, su ciudad
natal, y diputado por los Estados de Holanda, tenía cuarenta y nueve años
cuando el pueblo holandés, cansado de la república, tal como la entendía Jean
de Witt, gran pensionario de Holanda, se encariñó, con un amor violento, del
estatuderato que el edicto perpetuo impuesto por Jean de Witt en las Provincias
Unidas había abolido en Holanda para siempre jamás.
Si raro resulta que, en sus evoluciones caprichosas, la
imaginación pública no vea a un hombre detrás de un príncipe, así detrás de la
república el pueblo veía a las dos figuras severas de los hermanos De Witt,
aquellos romanos de Holanda, desdeñosos de halagar el gusto nacional, y amigos
inflexibles de una libertad sin licencia y de una prosperidad sin
redundancias, de la misma manera que detrás del estatuderato veía la frente
inclinada, grave y reflexiva del joven Guillermo de Orange, al que sus contemporáneos
bautizaron con el nombre de El Taciturno, adoptado para la posteridad.
Los dos De Witt trataban con miramiento a Luis XIV, del
que sentían crecer el ascendiente moral sobre toda Europa, y del que acababan
de sentir el ascendiente material sobre Holanda por el éxito de aquella
campaña maravillosa del Rin, ilustrada por ese héroe de romance que se llamaba
conde De Guiche, y cantada por Boileau, campaña que en tres meses acababa de
abatir el poderío de las Provincias Unidas.
Luis XIV era desde hacía tiempo enemigo de los
holandeses, que le insultaban y ridiculizaban cuanto podían, casi siempre, en
verdad, por boca de los franceses refugiados en Holanda. El orgullo nacional
hacía de él el Mitrídates de la república. Existía, pues, contra los De Witt la
doble animadversión que resulta de una enérgica resistencia seguida por un
poder luchando contra el gusto de la nación, y de la fatiga natural a todos
los pueblos vencidos, cuando esperan que otro jefe pueda salvarlos de la ruina
y de la vergüenza.
Ese otro jefe, dispuesto a aparecer, dispuesto a medirse
contra Luis XIV, por gigantesca que pareciera ser su fortuna futura, era
Guillermo, príncipe de Orange, hijo de Guillermo II, y nieto, por parte de
Henriette Stuart, del rey Carlos I de Inglaterra, ese niño taciturno, del que
ya hemos dicho que se veía aparecer su sombra detrás del estatuderato.
Ese joven tenía veintidós años en 1672. Jean de Witt
había sido su preceptor y lo había educado con el fin de hacer de este antiguo
príncipe un buen ciudadano. En su amor por la patria que lo había llevado por
encima del amor por su alumno, por un edicto perpetuo, le había quitado la
esperanza del estatuderato. Pero Dios se había reído de esta pretensión de los
hombres, que hacen y deshacen las potencias de la Tierra sin consultar con el
Rey del cielo; y por el capricho de los holandeses y el terror que inspiraba
Luis XIV, acababa de cambiar la política del gran pensionario y de abolir el
edicto perpetuo restableciendo el estatuderato en Guillermo de Orange, sobre
el que tenía sus designios, ocultos todavía en las misteriosas profundidades
del porvenir.
El gran pensionario se inclinó ante la voluntad de sus
conciudadanos; pero Corneille de Witt fue más recalcitrante, y a pesar de las
amenazas de muerte de la plebe orangista que le sitiaba en su casa de
Dordrecht, rehusó firmar el acta que restablecía el estatuderato.
Bajo las súplicas de su llorosa mujer, firmó al fin,
añadiendo solamente a su nombre estas dos letras: V. C. (Vi coactus), lo que
quería decir: «Obligado por la fuerza.»
Por un verdadero milagro, aquel día escapó a los golpes
de sus enemigos.
En cuanto a Jean de Witt, su adhesión, más rápida y más
fácil a la voluntad de sus conciudadanos apenas le fue más provechosa. Pocos
días después resultó víctima de una tentativa de asesinato. Cosido a
cuchilladas, poco faltó para que muriera de sus heridas.
No era aquello lo que necesitaban los orangistas. La vida
de los dos hermanos era un eterno obstáculo para sus proyectos; cambiaron,
pues, momentáneamente, de táctica, libres, en un momento dado, para coronar la
segunda con la primera, a intentaron consumar, con ayuda de la calumnia, lo que
no habían podido ejecutar con el puñal.
Resulta bastante raro que, en un momento dado, se
encuentre, bajo la mano de Dios, un gran hombre para ejecutar una gran acción,
y por eso, cuando se produce por casualidad esta combinación providencial, la
Historia registra en el mismo instante el nombre de ese hombre elegido, y lo
recomienda a la posteridad.
Pero cuando el diablo se mezcla en los asuntos humanos
para arruinar una existencia o trastornar un Imperio, es muy extraño que no se
halle inmediatamente a su alcance algún miserable al que no hay más que soplarle
una palabra al oído para que se ponga seguidamente a la tarea.
Ese miserable, que en esta circunstancia se encontró
dispuesto para ser el agente del espíritu malvado, se llamaba, como creemos
haber dicho ya, Tyckelaer, y era cirujano de profesión.
Declaró que Corneille de Witt, desesperado, como había
demostrado, además, por su apostilla, de la derogación del edicto perpetuo, a
inflamado de odio contra Guillermo de Orange, había encargado a un asesino que
librase a la república del nuevo estatúder, y que ese asesino era él,
Tyckelaer, quien, atormentado por los remordimientos ante la sola idea de la
acción que se le pedía, había preferido revelar el crimen que cometerlo.
Pueden imaginarse la explosión que se originó entre los
orangistas ante la noticia de este complot. El procurador fiscal hizo arrestar
a Corneille en su casa, el 16 de agosto de 1672; el Ruart de Pulten, el noble
hermano de Jean de Witt, sufrió en una sala de la Buytenhoff la tortura
preparatoria destinada a arrancarle, como a los más viles criminales, la
confesión de su pretendido complot contra Guillermo.
Pero Corneille tenía no solamente un gran talento, sino
también un gran corazón. Pertenecía a la gran familia de mártires que,
teniendo la fe política, como sus antepasados tenían la fe religiosa, sonríen
en los tormentos, y, durante la tortura, recitó con voz firme y espaciando
los versos según su metro, la primera estrofa de Justum et tenacem de Horacio, no confesó nada, y agotó no
solamente la fuerza sino también el fanatismo de sus verdugos.
No por ello los jueces exoneraron menos a Tyckelaer de
toda acusación, ni dejaron de pronunciar contra Corneille una sentencia que le
degradaba de todos sus cargos y dignidades, condenándole a las costas del juicio
y desterrándole a perpetuidad del territorio de la república.
Ya era algo para la satisfacción del pueblo, a los intereses
del cual se había dedicado constantemente Corneille de Witt, ese arresto
realizado no solamente contra un inocente, sino también contra un gran
ciudadano. Sin embargo, como se verá, esto no fue bastante.
Los atenienses, que han dejado una hermosa reputación de
ingratitud, cedían en este punto ante los holandeses. Aquellos se contentaron
con desterrar a Arístides.
Jean de Witt, a los primeros rumores‑de la acusación
formulada contra su hermano, había dimitido de su cargo de gran pensionario.
Así era dignamente recompensado por su devoción al país. Se llevaba a su vida
privada sus disgustos y sus heridas, únicos beneficios que consiguen en
general las personas honradas culpables de laborar por su patria olvidándose de
ellas mismas.
Durante este tiempo, Guillermo de Orange esperaba, no
sin apresurar los acontecimientos por todos los medios en su poder, a que el
pueblo del que era ídolo le construyera con los cuerpos de los dos hermanos los
dos peldaños que le hacían falta para alcanzar la silla del estatuderato.
Ahora bien, el 29 de agosto de 1672, como hemos dicho al
comenzar este capítulo, toda la ciudad corría hacia la Buytenhoff para asistir
a la salida de Corneille de Witt de la prisión, partiendo para el exilio, y ver
qué señales había dejado la tortura sobre el cuerpo de ese hombre que conocía
tan bien a Horacio.
Apresurémonos a añadir que toda aquella multitud que se
dirigía hacia la Buytenhoff no acudía solamente con esta inocente intención de
asistir a un espectáculo, sino que muchos, en sus filas, tenían que representar
un papel, o más bien completar un trabajo que creían había sido mal realizado.
Nos referimos al trabajo del verdugo.
Había otros, en verdad, que acudían con intenciones menos
hostiles. Para ellos se trataba solamente de ese espectáculo, siempre atrayente
para la multitud, con el que se halaga el instintivo orgullo de ver
arrastrándose por el polvo al que ha estado mucho tiempo de pie.
Ese Corneille de Witt, ese hombre sin miedo, se decían,
¿no estaba encerrado, debilitado por la tortura? ¿No iban a verlo, pálido,
sangrante, avergonzado? ¿No era un hermoso triunfo para esta burguesía, más
envidiosa todavía que el pueblo, y del que todo buen ciudadano de La Haya
debía tomar parte?
Y, además, se decían los agitadores orangistas hábilmente
mezclados en aquel gentío al que esperaban manejar como un instrumento
decisivo y contundente a la vez, ¿no se encontrará, desde la Buytenhoff a la
puerta de la ciudad, una ocasión para lanzar un poco de barro, incluso algunas
piedras, a ese Ruart de Pulten, que no solamente no ha dado el estatuderato al
príncipe de Orange más que vi coactus,
sino que todavía ha querido hacerlo asesinar?
Sin contar, añadían los feroces enemigos de Francia, que,
si se hacían las cosas bien y se mostraban valientes en La Haya, no dejarían
siquiera partir para el exilio a Corneille de Witt, quien, una vez libre,
tramaría todas sus intrigas con Francia y viviría del oro del marqués de
Louvois con su perverso hermano Jean.
En semejantes disposiciones, como es de prever, los
espectadores corren más que caminan. Por ello, los habitantes de La Haya
corrían tan de prisa hacia la Buytenhoff.
En medio de los que más se apresuraban, lo hacía, con
rabia en el corazón y sin proyectos en la mente, el honrado Tyckelaer, jaleado
por los orangistas como un héroe de probidad, de honor nacional y de caridad
cristiana.
Este valiente facineroso contaba, embelleciéndolas con
todas las flores de su alma y todos los recursos de su imaginación, las
tentativas que Corneille de Witt había hecho contra su virtud, las sumas que le
había prometido y la infernal maquinación preparada de antemano para allanarle
a él, a Tyckelaer, todas las dificultades del asesinato.
Y cada frase de su discurso, ávidamente recogida por el
populacho, levantaba rugidos de entusiástico amor por el príncipe Guillermo, y
alaridos de ciega ira contra los hermanos De Witt.
El populacho se dedicaba a maldecir a aquellos inicuos
jueces que con el arresto dejaban escapar sano y salvo a un abominable criminal
como era ese malvado Corneille.
Y algunos instigadores repetían en voz baja:
‑¡Va a partir! ¡Se nos va a escapar!
A lo que otros respondían:
‑Un barco le espera en Schweningen, un barco francés.
Tyckelaer lo ha visto.
‑¡Valiente Tyckelaer! ¡Honrado Tyckelaer! ‑gritaba la
muchedumbre a coro.
‑Sin contar ‑decía una voz‑ conque durante esta huida de
Corneille, Jean, que no es menos traidor que su hermano, se salvará también.
‑Y los dos bribones se comerán en Francia nuestro
dinero, el dinero de nuestros barcos, de nuestros arsenales, de nuestras
fábricas vendidas a Luis XIV.
‑¡Impidámosles partir! ‑gritaba la voz de un patriota
más avanzado que los otros.
‑¡A la prisión! ¡A la prisión! ‑repetía el coro.
Y con estos gritos, los ciudadanos corrían más, los
mosquetes se cargaban, las hachas relucían y los ojos brillaban.
Sin embargo, no se había cometido todavía ninguna
violencia, y la línea de jinetes que guardaba los accesos a la Buytenhoff
permanecía fría, impasible, silenciosa, más amenazadora por su flema que toda
aquella horda burguesa lo era por sus gritos, su agitación y sus amenazas;
inmóvil bajo la mirada de su jefe, capitán de caballería de La Haya, el cual
sostenía la espada fuera de su vaina, pero baja y con la punta en el ángulo de
su estribo.
Esta tropa, único escudo que defendía la prisión,
contenía, con su actitud, no solamente a las masas populares desordenadas y
ardientes, sino también al destacamento de la guardia burguesa que, colocada
enfrente a la Buytenhoff para mantener el orden, juntamente con la tropa, daba
el ejemplo a los perturbadores con sus gritos sedicentes:
‑¡Viva Orange! ¡Abajo los traidores!
La presencia de Tilly y de sus jinetes era, ciertamente,
un freno saludable para todos aquellos soldados burgueses; mas, poco después,
se exaltaron con sus propios gritos y como no comprendían que se puede tener valor
sin gritar, imputaron a la timidez el silencio de los jinetes y dieron un paso
hacia la prisión arrastrando tras de sí a toda la turba popular.
Pero entonces, el conde De Tilly avanzó solo ante ellos,
levantando únicamente su espada a la vez que fruncía las cejas.
‑¡Eh, señores de la guardia burguesa! ‑les increpó‑.
¿Por qué camináis, y qué deseáis?
Los burgueses agitaron sus mosquetes repitiendo:
‑¡Viva Orange! ¡Muerte a los traidores!
‑¡Viva Orange, sea! ‑dijo el señor De Tilly‑. Aunque yo
prefiero los rostros alegres a los desagradables. ¡Muerte a los traidores! Si
así lo queréis y mientras no lo queráis más que con gritos, gritad tanto como
gustéis: ¡Muerte a los traidores! Pero en cuanto a matarlos efectivamente,
estoy aquí para impedirlo, y lo impediré ‑y volviéndose hacia sus soldados,
gritó‑: ¡Arriba las armas, soldados!
Los soldados de De Tilly obedecieron al mandato con una
tranquila precisión que hizo retroceder inmediatamente a los burgueses y al
pueblo, no sin una confusión que hizo sonreír con desdén al oficial de caballería.
‑¡Vaya, vaya!‑exclamó con ese tono burlón de los que
pertenecen a la carrera de las armas‑. Tranquilizaos, burgueses; mis soldados
no se batirán, mas por vuestra parte no deis un paso hacia la prisión.
‑¿Sabéis, señor oficial, que nosotros tenemos mosquetes?
‑replicó furioso el comandante de los burgueses.
‑Ya lo veo, pardiez, que tenéis mosquetes ‑dijo De Tilly‑.
Me los estáis pasando por delante de los ojos; pero observad también por
vuestra parte que nosotros tenemos pistolas, que la pistola alcanza admirablemente
a cincuenta pasos, y que vos no estáis más que a veinticinco.
‑¡Muerte a los traidores! ‑gritó la compañía de los
burgueses exasperada.
‑¡Bah! Siempre decís lo mismo ‑gruñó el oficial‑.
¡Resulta fatigante!
Y recuperó su puesto a la cabeza de la tropa mientras el
tumulto iba en aumento alrededor de la Buytenhoff.
Y, sin embargo, el pueblo enardecido no sabía que en el
mismo momento en que rastreaba la sangre de una de sus víctimas, la otra, como
si tuviera prisa por adelantarse a su suerte, pasaba a cien pasos de la plaza
por detrás de los grupos y de los jinetes, dirigiéndose a la Buytenhoff.
En efecto, Jean de Witt acababa de descender de la
carroza con un criado y atravesaba tranquilamente a pie el patio principal que
precede a la prisión.
Llamó al portero, al que, además, conocía, diciendo:
‑Buenos días, Gryphus, vengo a buscar a mi hermano
Corneille de Witt para llevármelo fuera de la ciudad, condenado, como tú
sabes, al destierro.
Y el portero, especie de oso dedicado a abrir y cerrar
la puerta de la prisión, lo había saludado y dejado entrar en el edificio,
cuyas puertas se habían cerrado tras él.
A diez pasos de allí, se había encontrado con una bella
joven de diecisiete o dieciocho años, vestida de frisona, que le había hecho
una encantadora reverencia; y él le había dicho pasándole la mano por la
barbilla:
‑Buenos días, buena y hermosa Rosa, ¿cómo está mi
hermano?
‑¡Oh, Mynheer
Jean! ‑había
respondido la joven‑. No es por el daño que le han causado por lo que temo por
él: el mal que le han hecho ya ha pasado.
‑¿Qué temes entonces, bella niña?
‑Temo el daño que le quieren causar Mynheer Jean.
‑¡Ah, sí! ‑dijo De Witt‑. El pueblo, ¿verdad?
‑¿Lo oís?
‑Está, en efecto, muy alborotado; pero cuando nos vea,
como nunca le hemos hecho más que bien, tal vez se calme.
‑Ésta no es, desgraciadamente, una razón ‑murmuró la
joven alejándose para obedecer una señal imperativa que le había hecho su
padre.
‑No, hija mía, no; lo que dices es verdad ‑luego,
continuando su camino, murmuró‑: He aquí una chiquilla que probablemente no
sabe leer y que por consiguiente no ha leído nada, y que acaba de resumir la
historia del mundo en una sola palabra.
Y, siempre tan tranquilo, pero más melancólico que al
entrar, el ex gran pensionario siguió caminando hacia la celda de su hermano.
Como había dicho la bella Rosa en una duda llena de
presentimientos, mientras Jean de Witt subía la escalera de piedra que
conducía a la prisión de su hermano Corneille, los burgueses hacían cuanto
podían por alejar la tropa de De Tilly que les molestaba.
Lo cual, visto por el pueblo, que apreciaba las buenas
intenciones de su milicia, se desgañitaba gritando:
‑¡Vivan los burgueses!
En cuanto al señor De Tilly, tan prudente como firme,
parlamentaba con aquella compañía burguesa ante las pistolas dispuestas de su
escuadrón, explicándoles de la mejor manera posible que la consigna dada por
los Estados le ordenaba guardar con tres compañías de soldados la plaza de la
prisión y sus alrededores.
‑¿Por qué esa orden? ¿Por qué guardar la prisión? ‑gritaban
los orangistas.
‑¡Ah! ‑respondió el señor De Tilly‑. Me preguntáis algo
que no puedo contestar. Me han dicho: «Guardad»; y guardo. Vosotros, que sois
casi militares, señores, debéis saber que una consigna no se discute.
‑¡Pero os han dado esta orden para que los traidores
puedan salir de la ciudad!
‑Podría ser, ya que los traidores han sido condenados al
destierro ‑respondió De Tilly.
‑Pero ¿quién ha dado esta orden?
‑¡Los Estados, pardiez!
‑Los Estados nos traicionan.
‑En cuanto a eso, yo no sé nada.
‑Y vos mismo nos traicionáis.
‑¿Yo?
‑Sí, vos.
‑¡Ah, ya! Entendámonos, señores burgueses; ¿a quién
traicionaría? ¡A los Estados! Yo no puedo traicionarlos, ya que siendo su
soldado, ejecuto fielmente su consigna.
Y en esto, como el conde tenía tanta razón que resultaba
imposible discutir su respuesta, redoblaron los clamores y amenazas; clamores y
amenazas espantosas, a las que el conde respondía con toda la educación posible.
‑Pero, señores burgueses, por favor, desarmad los
mosquetes; puede dispararse uno por accidente, y si el tiro hiere a uno de mis
jinetes, os derribaremos doscientos hombres por tierra, lo que lamentaríamos
mucho; pero vosotros mucho más, ya que eso no entra en vuestras intenciones ni
en las mías.
‑Si tal hicierais ‑gritaron los burgueses‑, a nuestra
vez abriríamos fuego sobre vosotros.
‑Sí, pero aunque al hacer fuego sobre nosotros nos
matarais a todos desde el primero al último, aquéllos a quienes nosotros
hubiéramos matado, no estarían por ello menos muertos.
‑Cedednos, pues, la plaza, y ejecutaréis un acto de buen
ciudadano.
‑En primer lugar, yo no soy un ciudadano ‑dijo De Tilly‑,
soy un oficial, lo cual es muy diferente; y además, no soy holandés, sino
francés, lo cual es más diferente todavía. No conozco, pues, más que a los
Estados que me pagan; traedme de parte de los Estados la orden de ceder la
plaza y daré media vuelta al instante, contando con que me aburro enormemente
aquí.
‑¡Sí, sí! ‑gritaron cien voces que se multiplicaron al
instante por quinientas más‑. ¡Vamos al Ayuntamiento! ¡Vamos a buscar a los
diputados! Vamos, vamos!
‑Eso es ‑murmuró De Tilly mirando alejarse a los más
furiosos‑. Id a buscar una cobardía al Ayuntamiento y veamos si os la
conceden; id, amigos míos, id.
El digno oficial contaba con el honor de los magistrados,
los cuales a su vez contaban con su honor de soldado.
‑Estará bien, capitán ‑dijo al oído del conde su primer
teniente‑, que los diputados rehúsen a esos energúmenos lo que les pidan; pero
que nos enviaran a nosotros algún refuerzo, no nos haría ningún mal, creo yo.
Mientras tanto, Jean de Witt, al que hemos dejado
subiendo la escalera de piedra después de su conversación con el carcelero
Gryphus y su hija Rosa, había llegado a la puerta de la celda donde yacía
sobre un colchón su hermano Corneille, al que el fiscal había hecho aplicar,
como hemos dicho, la tortura preparatoria.
La sentencia del destierro había hecho inútil la aplicación
de la tortura extraordinaria.
Corneille, echado sobre su lecho, con las muñecas
dislocadas y los dedos rotos, no habiendo confesado nada de un crimen que no
había cometido, acabó por respirar al fin, después de tres días de
sufrimientos, al saber que los jueces de los que esperaba la muerte, habían
tenido a bien no condenarlo más que al destierro.
Cuerpo enérgico, alma invencible, hubiera decepcionado a
sus enemigos si éstos hubiesen podido, en las profundidades sombrías de la
celda de la Buytenhoff, ver brillar sobre su pálido rostro la sonrisa del
mártir que olvida el fango de la Tierra después de haber entrevisto los
maravillosos esplendores del Cielo.
El Ruart había recuperado todas sus fuerzas, más por el
poder de su voluntad que por una asistencia real, y calculaba cuánto tiempo
todavía le retendrían en prisión las formalidades de la justicia.
Precisamente en aquel momento los clamores de la milicia
burguesa mezclados a los del pueblo, se elevaban contra los dos hermanos y
amenazaban al capitán De Tilly, que les servía de escudo. Este alboroto, que
venía a romperse como una marea ascendente al pie de las murallas de la
prisión, llegó hasta el prisionero.
Mas, por amenazante que fuera ese rumor, Corneille
despreció informarse ni se tomó el trabajo de levantarse para mirar por la
ventana estrecha y enrejada que dejaba entrar la luz y los murmullos de fuera.
Estaba tan embotado por la continuidad de su mal, que ese
mal se había convertido casi en una costumbre. Finalmente, sentía con tanta
delicia a su alma y a su razón tan cerca de desprenderse de los estorbos corporales,
que le parecía ya que esta alma y esta razón escapadas a la materia, planeaban
por encima de ella como flota por encima de un hogar casi apagado la llama que
lo abandona para subir al cielo.
Pensaba también en su hermano.
Probablemente, era que su proximidad, por los misterios
desconocidos que el magnetismo ha descubierto después, se hacía sentir también.
En el mismo momento en que Jean se hallaba tan presente en el pensamiento de
Corneille, que casi murmuraba su nombre, la puerta se abrió; Jean entró, y con
paso apresurado se acercó al lecho de su hermano, el cual tendió sus brazos
martirizados y sus manos envueltas en vendas hacia aquel glorioso hermano al
que había conseguido sobrepasar, no por los servicios prestados al país, sino
por el odio que le profesaban los holandeses.
Jean besó tiernamente a su hermano en la frente y
depositó suavemente sobre el colchón sus manos enfermas.
‑Corneille, mi pobre hermano ‑dijo‑, sufrís mucho,
¿verdad?
‑No sufro ya, hermano mío, porque os veo.
‑¡Oh, mi pobre, querido Corneille! Entonces, en su
defecto, soy yo el que sufre por veros así, os lo aseguro.
‑Por eso he pensado más en vos que en mí mismo, y
mientras me torturaban, no pensé en lamentarme más que una vez para decir:
«¡Pobre hermano!» Pero ya que estáis aquí, olvidémoslo todo. Venís a buscarme,
¿verdad?
‑Sí.
‑Estoy curado; ayudadme a levantar, hermano mío, y veréis
cómo camino bien.
‑No tendréis que caminar mucho tiempo, hermano mío,
porque tengo mi carroza en el vivero, detrás de los jinetes de De Tilly.
‑¿Los jinetes de De Tilly? ¿Por qué están en el vivero?
‑¡Ah! Es que se supone ‑dijo el ex gran pensionario con
esa sonrisa de fisonomía triste que le era habitual‑ que las gentes de La Haya
desearán vernos partir, y se teme algún tumulto.
‑¿Un tumulto? ‑repitió Corneille clavando su mirada en su
turbado hermano‑. ¿Un tumulto?
‑Sí, Corneille.
‑Entonces, esto es lo que oía hace un momento ‑dijo el
prisionero como hablándose a sí mismo. Luego, volviéndose hacia su hermano‑:
Hay mucha gente en la Buytenhoff, ¿no es verdad? ‑pregunté.
‑Sí, hermano mío.
‑Pero entonces, para venir aquí...
‑¿Y bien?
‑¿Cómo os han dejado pasar?
‑Sabéis bien que no somos muy queridos, Corneille ‑explicó
el ex gran pensionario con melancólica amargura‑. He venido por las calles
apartadas.
‑¿Os habéis ocultado, Jean?
‑Tenía el deseo de llegar hasta vos sin pérdida de
tiempo, y he hecho lo que se hace en política y en el mar cuando se tiene el
viento de cara: he bordeado.
En ese momento, el ruido ascendió más furioso de la plaza
a la prisión. De Tilly dialogaba con la guardia burguesa.
‑¡Oh! ¡Oh! ‑exclamó Corneille‑. Sois realmente un gran
piloto, Jean; pero no sé si sacaréis a vuestro hermano de la Buytenhoff, con
esta marejada y con las rompientes populares, tan felizmente como condujisteis
la flota de Tromp a Amberes, en medio de los bajos fondos del Escalda.
‑Con la ayuda de Dios, Corneille, trataremos de hacerlo,
por lo menos ‑respondió Jean‑. Mas, primero, una palabra.
‑Decid.
Los clamores ascendieron de nuevo.
‑¡Oh! ¡Oh! ‑continuó Corneille‑. ¡Qué encolerizada está
esa gente! ¿Es contra vos? ¿Es en contra mía?
‑Creo que es contra los dos, Corneille. Os decía, pues,
hermano mío, que lo que los orangistas nos reprochan en medio de sus burdas
calumnias, es el haber negociado con Francia.
‑Sí, nos lo reprochan.
‑¡Los necios!
‑Pero si esas negociaciones hubieran tenido éxito, nos
habrían evitado las derrotas de Rees, de Orsay, de Veel y de Rhemberg; les
hubieran impedido el paso del Rin, y Holanda podría creerse todavía invencible
en medio de sus pantanos y de sus canales.
‑Todo eso es verdad, hermano mío, pero lo que es una
verdad más absoluta todavía es que si se hallara en este momento nuestra
correspondencia con el señor De Louvois, por buen piloto que yo fuera, no
podría salvar el frágil esquife que va a llevar a los De Witt y su fortuna
fuera de Holanda. Esta correspondencia, que probaría a esas honradas gentes
cuánto amo a mi país y qué sacrificios ofrecía realizar personalmente por su
libertad, por su gloria, nos perdería ante los orangistas, nuestros
vencedores. Así pues, querido Corneille, me gustaría saber que la habéis
quemado antes de abandonar Dordrecht para venir a buscarme a La Haya.
‑Hermano mío ‑respondió Corneille‑, vuestra
correspondencia con el señor De Louvois prueba que vos habéis sido en los
últimos tiempos el más grande, el más generoso y el más hábil ciudadano de las
siete Provincias Unidas. Amo la gloria de mi país; amo sobre todo vuestra
gloria, hermano mío, y me he guardado mucho de quemar esa correspondencia.
‑Entonces estamos perdidos para esta vida terrenal ‑comentó
tranquilamente el ex gran pensionario acercándose a la ventana.
‑No, muy al contrario, Jean, y obtendremos a la vez la
salvación del cuerpo y la resurrección de la popularidad.
‑¿Qué habéis hecho, pues, con esas cartas?
‑Se las he confiado a Cornelius van Baerle, mi ahijado,
al que vos conocéis y que vive en Dordrecht.
‑¡Oh! ¡Pobre muchacho, ese querido a inocente niño! ¡A
ese erudito que, cosa rara, sabe tantas cosas y no piensa más que en las flores
que saludan a Dios, y en Dios que hace nacer las flores, le habéis encomendado
ese depósito mortal! Pero ¡ese pobre, querido Cornelius, está perdido, hermano
mío!
‑¿Perdido?
‑Sí, porque o será fuerte o será débil. Si es fuerte,
porque por inaudito que sea lo que nos suceda; porque, aunque sepultado en
Dordrecht, aunque distraído, ¡éste es el milagro!, un día a otro sabrá lo que
nos pasa, si es fuerte, se alabará de nosotros; si es débil, tendrá miedo de
nuestra intimidad; si es fuerte, gritará el secreto; si es débil, se lo dejará
coger. En uno a otro caso, Corneille, está perdido y nosotros también. Así
pues, hermano mío, huyamos de prisa, si todavía estamos a tiempo.
Corneille se incorporó de su lecho y, cogió la mano de su
hermano, que se estremeció al contacto de las vendas.
‑¿Acaso no conozco a mi ahijado? ‑dijo‑. ¿Es que no he
aprendido a leer cada pensamiento en la cabeza de Van Baerle, cada sentimiento
en su alma? ¿Me preguntas si es débil, si es fuerte? No es ni lo uno ni lo
otro, ¡pero no importa lo que sea! Lo importante es que guardará el secreto,
teniendo en cuenta que ese secreto, ni siquiera lo conoce.
Jean se volvió sorprendido.
‑¡Oh! ‑continuó Corneille con su dulce sonrisa‑. El Ruart
de Pulten es un político educado en la escuela de Jean; os repito, hermano mío,
Van Baerle ignora la naturaleza y el valor del depósito que le he confiado.
‑¡De prisa, entonces! ‑exclamó Jean‑. Todavía estamos a
tiempo, démosle la orden de quemar el legajo.
‑¿Con quién le damos esa orden?
‑Con mi criado Craeke, que debía acompañarnos a caballo y
que ha entrado conmigo en la prisión para ayudaros a descender la escalera.
‑Reflexionad antes de quemar esos títulos gloriosos,
Jean.
‑Pienso que antes que nada, mi valiente Corneille, es
preciso que los hermanos De Witt salven su vida para salvar su renombre.
Muertos nosotros, ¿quién nos defenderá, Corneille? ¿Quién nos comprenderá tan
solo?
‑¿Creéis, pues, que nos matarían si encontraran esos
papeles?
Jean, sin contestar a su hermano, extendió la mano hacia
la ventana, por la que ascendían en aquel momento explosiones de clamores
feroces.
‑Sí, sí ‑dijo Corneille‑, ya oigo esos clamores; pero
¿qué dicen?
Jean abrió la ventana.
‑¡Muerte a los traidores! ‑aullaba el populacho.
‑¿Oís ahora, Corneille?
‑¡Y los traidores, somos nosotros! ‑exclamó el prisionero
levantando los ojos al cielo y encogiéndose de hombros.
‑Somos nosotros ‑repitió Jean de Witt.
‑¿Dónde está Craeke?
‑Al otro lado de esta puerta, imagino.
‑Hacedle entrar, entonces.
Jean abrió la puerta; el fiel servidor esperaba, en
efecto, ante el umbral.
‑Venid, Craeke, y retened bien lo que mi hermano va a
deciros.
‑Oh, no, no basta con decirlo, Jean, es preciso que lo
escriba, desgraciadamente.
‑¿Y por qué?
‑Porque Van Baerle no entregará ese depósito ni lo
quemará sin una orden precisa.
‑Pero ¿podéis escribir, mi querido hermano? ‑preguntó
Jean, ante el aspecto de aquellas pobres manos quemadas y martirizadas.
‑¡Oh! ¡Si tuviera pluma y tinta, ya veríais!‑dijo
Corneille.
‑Aquí hay un lápiz, por lo menos.
‑¿Tenéis papel? Porque aquí no me han dejado nada.
‑Esta Biblia. Arrancad la primera hoja.
‑Bien.
‑Pero vuestra escritura ¿será legible?
‑¡Adelante! ‑dijo Corneille mirando a su hermano‑. Estos
dedos que han resistido las mechas del verdugo, esta voluntad que ha dominado
al dolor, van a unirse en un común esfuerzo y, estad tranquilo, hermano mío,
las líneas serán trazadas sin un solo temblor.
Y en efecto, Corneille cogió el lápiz y escribió.
Entonces pudo verse aparecer bajo las blancas vendas
unas gotas de sangre que la presión de los dedos sobre el lápiz dejaba escapar
de las carnes abiertas.
El sudor perlaba la frente del ex gran pensionario.
Corneille escribió:
20 de agosto de 1672
Querido ahijado:
Quema el depósito que te he confiado, quémalo sin
mirarlo, sin abrirlo, a fin de que continúe desconocido para ti. Los secretos
del género que éste contiene matan a los depositarios. Quémalo, y habrás
salvado a Jean y a Corneille.
Adiós, y quiéreme.
CORNEILLE DE WITT.
Jean, con lágrimas en los ojos, enjugó una gota de
aquella noble sangre que había manchado la hoja, la entregó a Craeke con una
última recomendación y se volvió hacia Corneille, a quien el sufrimiento le
había hecho palidecer más, y que parecía próximo a desvanecerse.
‑Ahora ‑explicó‑, cuando ese valiente Craeke deje oír su
antiguo silbato de contramaestre, es que se hallará fuera de los grupos del
otro lado del vivero... Entonces, partiremos a nuestra vez.
No habían transcurrido cinco minutos, cuando un largo y
vigoroso silbido rasgó con su retumbo marino las bóvedas de follaje negro de
los olmos y dominó los clamores de la Buytenhoff.
Jean levantó los brazos al cielo para dar las gracias.
‑Y ahora ‑dijo‑ partamos, Corneille.
III
El Discípulo De Jean De Witt
Mientras los aullidos de la muchedumbre reunida en la
Buytenhoff, subiendo siempre más espantosos hacia los dos hermanos,
determinaban a Jean de Witt a apresurar la salida de su hermano Corneille, una
comisión de burgueses se había dirigido, como hemos dicho, al Ayuntamiento,
para pedir la retirada del cuerpo de caballería de De Tilly.
No estaba muy lejos la Buytenhoff de la Hoogstraet; así
vemos a un extraño que, desde el momento en que aquella escena había comenzado
seguía los detalles con curiosidad, dirigirse con los otros, o más bien detrás
de los otros, hacia el Ayuntamiento, para conocer la nueva de lo que iba a
suceder.
Este extraño era un hombre muy joven, de unos veintidós o
veintitrés años apenas, sin vigor aparente. Ocultaba, porque sin duda tenía sus
razones para no ser reconocido, su rostro pálido y alargado bajo un fino
pañuelo de tela de Frisia, con el cual no cesaba de enjugarse la frente húmeda
de sudor o sus labios ardientes.
Con la mirada fija como un pájaro de presa, la nariz
aquilina y larga, la boca fina y recta, abierta o más bien hendida como los
labios de una herida, este hombre hubiera ofrecido a Lavater, si Lavater
hubiese vivido en aquella época, un sujeto de estudios fisiológicos que al
principio no habrían hablado mucho en su favor.
Entre el rostro de un conquistador y el de un pirata,
decían los antiguos, ¿qué diferencia se hallará? La que se encuentra entre el
águila y el buitre.
La serenidad o la inquietud.
Así, aquella fisonomía lívida, ese cuerpo delgado y
miserable, ese paso inquieto con el que iba de la Buytenhoff a la Hoogstraet
siguiendo a todo aquel pueblo aullante, constituía el tipo y la imagen de un
amo suspicaz o de un ladrón inquieto; y un policía habría ciertamente optado
por esta última creencia, a causa del cuidado que ponía en ocultarse.
Por otra parte, vestía sencillamente y sin armas aparentes;
su brazo delgado pero nervioso, su mano seca pero blanca, fina, aristocrática,
se apoyaba no en un brazo, sino en el hombro de un oficial que, con el puño en
la espada, había, hasta el momento en que su compañero se puso en camino y lo
arrastrara con él, contemplado todas las escenas de la Buytenhoff con un
interés fácil de comprender.
Llegado a la plaza de la Hoogstraet, el hombre del rostro
pálido empujó al otro bajo el resguardo de una contraventana abierta y fijó los
ojos en el balcón del Ayuntamiento.
A los frenéticos gritos del pueblo, la ventana de la
Hoogstraet se abrió y un hombre avanzó para dialogar con el gentío.
‑¿Quién aparece en el balcón? ‑preguntó el joven al
oficial, señalándole solamente con el ojo al orador, que parecía muy emocionado
y que se sostenía en la balaustrada más bien que se inclinaba sobre ella.
‑Es el diputado Bowelt ‑explicó el oficial.
‑¿Qué tal hombre es ese diputado Bowelt? ¿Le conocéis?
‑Es un hombre valiente, según creo al menos, monseñor.
El joven, al oír esta apreciación del carácter de Bowelt
hecha por el oficial, dejó escapar un movimiento de desagrado tan extraño, un
descontento tan visible, que el oficial lo notó y se apresuró a añadir:
‑Por lo menos, así se dice, monseñor. En cuanto a mí, no
puedo afirmar nada, no conociendo personalmente al señor de Bowelt.
‑Hombre valiente ‑repitió el que era llamado monseñor‑.
¿Es un hombre valiente, queréis decir, o un valiente hombre?
‑¡Ah!, Monseñor me perdonará; no me atrevería a
establecer esta distinción frente a un hombre que, repito a Vuestra Alteza, no
conozco más que de vista.
‑Al grano ‑murmuró el joven‑, esperemos, y vamos a ver.
El oficial inclinó la cabeza en señal de asentimiento y
se calló.
‑Si ese Bowelt es un hombre valiente ‑continuo Su Alteza‑,
recibirá de mal grado la petición que estos enfurecidos vienen a hacerle.
Y el movimiento nervioso de su mano, que se agitaba a su
pesar sobre el hombro de su compañero, como hubieran hecho los dedos de un
instrumentista sobre las teclas de un piano, traicionaba su ardiente
impaciencia, tan mal disfrazada en ciertos momentos, y sobre todo en esta
ocasión, bajo el aspecto glacial y sombrío del rostro.
Se oyó entonces al jefe de la comisión burguesa interpelar
al diputado para hacerle decir dónde se hallaban los otros diputados, sus
colegas.
‑Señores ‑repitió por segunda vez De Bowelt‑, os digo que
en este momento estoy solo con el señor D'Asperen, y no puedo tomar una
decisión por mí mismo.
‑¡La orden! ¡La orden! ‑gritaron varios millares de
gargantas.
El señor De Bowelt hablaba, pero no se oían sus palabras
y solamente se le veía agitar sus brazos en gestos múltiples y desesperados.
Pero viendo que no podía hacerse entender, se volvió
hacia la ventana abierta y llamó al señor D'Asperen.
D'Asperen apareció a su vez en el balcón, donde fue
saludado con gritos más enérgicos todavía que los que habían acogido, diez
minutos antes al señor De Bowelt.
Emprendió también la difícil tarea de dialogar con la
multitud, pero ésta prefirió forzar la guardia de los Estados, que por otra
parte no opuso ninguna resistencia al pueblo soberano, a oír el discurso del
señor D'Asperen.
‑Vamos ‑dijo fríamente el joven mientras el pueblo se
introducía por la puerta principal de la Hoogstraet‑ parece que la
deliberación tendrá lugar en el interior, coronel. Vamos a oírla.
‑¡Ah, monseñor, monseñor! ¡Tened cuidado!
‑¿A qué?
‑Entre esos diputados, hay muchos que han tenido
relaciones con vos, y basta con que uno solo reconozca a Vuestra Alteza.
‑Sí, para que se me acuse de ser el instigador de todo
esto. Tienes razón ‑dijo el joven, cuyas mejillas enrojecieron un instante
lamentando haber demostrado tanta precipitación en sus deseos‑. Sí, tienes
razón; quedémonos aquí. Desde aquí les veremos volver con o sin la autorización
y juzgaremos así si el señor De Bowelt es un hombre valiente o un valiente
hombre, que es lo que tengo que saber.
‑Pero ‑observó el oficial mirando con asombro al que daba
el título de monseñor‑ Vuestra Alteza no supondrá por un solo instante,
imagino, que los diputados ordenen alejarse a los jinetes de De Tilly,
¿verdad?
‑¿Por qué? ‑preguntó fríamente el joven.
‑Porque si lo ordenaran, esto significaría simplemente
firmar la sentencia de muerte de los señores Corneille y Jean de Witt.
‑Ya veremos ‑respondió fríamente Su Alteza‑. Sólo Dios
puede saber lo que pasa en el corazón de los hombres.
El oficial miró a hurtadillas el rostro impasible de su
compañero, y palideció.
Este oficial era a la vez un hombre valiente y un
valiente hombre.
Desde el lugar donde permanecían, Su Alteza y su
compañero oían los rumores y los pisoteos del pueblo en las escaleras del
Ayuntamiento.
Luego se oyó crecer ese ruido y extenderse sobre la plaza
por las ventanas abiertas de aquella sala en cuyo balcón habían aparecido De
Bowe1t y D'Asperen, los cuales habían entrado al interior, ante el temor sin
duda, de que empujándolos, el pueblo no les hiciera saltar por encima de la
balaustrada.
Después se vieron unas sombras arremolinadas y
tumultuosas pasar por delante de aquellas ventanas.
La sala de las deliberaciones se llenaba de revoltosos.
De repente, cesó el ruido; luego más de repente todavía,
redobló en intensidad y alcanzó tal grado de explosión que el viejo edificio
tembló hasta los cimientos.
Después, finalmente, el torrente volvió a rodar por las
galerías y las escaleras hasta la puerta, bajo cuya bóveda se le vio desembocar
como una tromba.
En cabeza del primer grupo, volaba, más que corría, un
hombre horrorosamente desfigurado por la alegría.
Era el cirujano Tyckelaer.
‑¡La tenemos! ¡La tenemos! ‑gritó agitando un papel en el
aire.
‑¡Tienen la orden! ‑murmuró el oficial estupefacto.
‑¡Y bien! Ya me he fijado ‑dijo tranquilamente Su Alteza‑.
No sabíais, mi querido coronel, si el señor De Bowelt era un hombre valiente o
un valiente hombre. No es ni lo uno ni lo otro.
Luego, mientras seguía con la mirada, sin pestañear, a
toda aquella muchedumbre que corría delante de él, ordenó:
‑Ahora venid a la Buytenhoff, coronel; creo que vamos a
ver un extraño espectáculo.
El oficial se inclinó y siguió a su amo sin responder.
El gentío era inmenso en la plaza y en los accesos a la
prisión. Pero los jinetes de De Tilly lo contenían siempre con la misma fortuna
y sobre todo con la misma firmeza.
Pronto oyó el conde el rumor creciente originado por el
flujo de hombres que se aproximaba, de los que percibió enseguida las primeras
oleadas avanzando con la rapidez de una catarata que se precipita.
Al mismo tiempo, vio el papel que flotaba en el aire, por
encima de las manos crispadas y de las armas resplandecientes.
‑¡Eh! ‑exclamó levantándose sobre sus estribos y tocando
a su teniente con el pomo de la espada‑. Creo que los miserables han conseguido
su orden.
‑¡Cobardes bribones! ‑gritó el teniente.
Era en efecto la orden, que la compañía de burgueses
recibió con rugidos de alegría.
Enseguida se puso en movimiento y marchó con las armas
bajas y lanzando grandes gritos al encuentro de los jinetes del conde De Tilly.
Pero el conde no era hombre que les dejara aproximarse
más de lo conveniente.
‑¡Alto! ‑gritó‑. ¡Alto! Y separaos del pecho de mis
caballos, o cargo contra vosotros.
‑¡Aquí está la orden! ‑respondieron cien voces
insolentes.
La cogió con estupor, lanzó por encima una ojeada rápida,
y en voz alta dijo:
‑Los que han firmado esta orden son los verdaderos
verdugos del señor Corneille de Witt. En cuanto a mí, no quisiera por mis dos
manos haber escrito una sola letra de esta infame orden ‑y rechazando con el
pomo de su espada al hombre que quería cogérsela, añadió‑: Un momento. Un
escrito como éste es de importancia, y se guarda.
Plegó el papel y lo metió con cuidado en el bolsillo de
su casaca.
Luego, volviéndose hacia su tropa, gritó:
‑¡Jinetes de De Tilly, desfilad por la derecha!
Luego, a media voz, y no obstante, de forma que sus
palabras no se perdieran para todo el mundo, dijo:
‑Y ahora, asesinos, realizad vuestro trabajo.
Un grito furioso compuesto de todos los odios sedientos
y de todas las alegrías feroces que reinaban en la Buytenhoff, acogió esta
partida.
Los jinetes desfilaron lentamente.
El conde se quedó atrás, haciendo frente hasta el último
momento al populacho enloquecido que ganaba terreno a medida que lo perdía el
caballo del capitán.
Como se ve, Jean de Witt no había exagerado el peligro
cuando, ayudando a su hermano a levantarse, le apremiaba a salir.
Corneille descendió, pues, apoyado en el brazo del ex
gran pensionario, la escalera que conducía al patio.
Al pie de la escalera halló a la bella Rosa toda temblorosa.
‑¡Oh, Mynheer
Jean! ‑exclamó‑. ¡Qué
desgracia!
‑¿Qué ocurre, hija mía? ‑preguntó De Witt.
‑Dicen que han ido a buscar a la Hoogstraet la orden que
debe alejar a los jinetes del conde De Tilly.
‑¡Oh! ¡Oh! ‑exclamó Jean‑. En efecto, hija mía, si los jinetes se
van, la posición es mala para nosotros.
‑Si me atreviera a daros un consejo... ‑aventuró la joven
temblando.
‑Dalo, hija mía. ¿Qué habría de asombroso que Dios me
hablara por tu boca?
‑¡Pues bien! Mynheer
Jean, yo no saldría por la calle. Mayor.
‑¿Y por qué, ya que los jinetes de De Tilly permanecen
en su puesto?
‑Sí, pero mientras no sea revocada, la orden es de
quedarse delante de la prisión.
‑Sin duda.
‑¿Tenéis una orden para que os acompañen hasta las
afueras de la ciudad?
‑No.
‑¡Pues bien! Desde el momento en que hayáis sobrepasado
a los primeros jinetes caeréis en manos del pueblo.
‑Pero ¿y la guardia burguesa?
‑¡Oh! La guardia burguesa es la más enfurecida.
‑¿Qué hacer, entonces?
‑En vuestro lugar, Mynheer
Jean ‑continuó tímidamente la joven‑, saldría por la poterna. Da a una calle
desierta, porque todo el mundo está en la calle Mayor, esperando en la entrada
principal, y desde allí alcanzaría la puerta de la ciudad por la que queráis
salir.
‑Pero mi hermano no podrá caminar ‑objetó Jean.
‑Lo intentaré ‑respondió Corneille con una expresión
sublime de firmeza.
‑Pero ¿no tenéis vuestro coche? ‑preguntó la joven.
‑El coche está en el umbral de la gran puerta.
‑No ‑replicó la joven‑. Pensé que vuestro cochero sería
un hombre fiel y le dije que fuera a esperaros en la poterna.
Los dos hermanos se miraron con ternura, y su doble
mirada, llevando toda la expresión de su reconocimiento, se concentró sobre la
joven.
‑Ahora ‑dijo el ex gran pensionario‑ queda por saber si
Gryphus querrá abrirnos esa puerta.
‑¡Oh, no! ‑exclamó Rosa‑. No querrá.
‑¡Y bien! ¿Entonces?
‑Entonces, yo he previsto su negativa y, hace un momento,
mientras él conversaba por la ventana de la cárcel con un jinete de De Tilly,
cogí la llave del manojo.
‑¿Y la tienes?
‑Aquí está, Mynheer
Jean. ‑
‑Hija mía ‑dijo Corneille‑, no tengo nada que ofrecerte a
cambio del servicio que me rindes, excepto la Biblia que hallarás en mi celda:
éste es el último regalo de un hombre honrado; espero que te traiga la
felicidad.
‑Gracias, Mynheer
Corneille, no me abandonará jamás ‑respondió la joven.
Luego para sí misma y suspirando, añadió:
‑¡Qué desgracia que no sepa leer!
‑Los clamores se están redoblando, hija mía ‑lijo Jean‑.
Creo que no hay un instante que perder.
‑Venid, pues ‑invitó la bella frisona, y por un pasillo
interior condujo a los dos hermanos al lado opuesto de la prisión.
Siempre guiados por Rosa, descendieron una escalera de
una docena de peldaños, atravesaron un pequeño patio de murallas almenadas y,
habiendo abierto la puerta cimbrada, se hallaron al otro lado de la prisión en
la calle desierta, frente al coche que les esperaba con el estribo bajado.
‑¡Eh! De prisa, de prisa, mis amos, ¿los oís? ‑gritó el
cochero asustado.
Pero después de haber hecho subir a Corneille el primero,
el ex gran pensionario se volvió hacia la joven.
‑Adiós, hija mía –dijo-. Todo lo que pudiéramos decirte
expresaría sólo muy pobremente nuestro reconocimiento. Te recomendaremos a
Dios, que recordará que acabas de salvar la vida de dos hombres, como espero.
Rosa cogió la mano que le tendía el ex gran pensionario
y la besó respetuosamente.
‑Marchaos ‑apremió‑, marchaos; se diría que están
hundiendo la puerta.
Jean de Witt subió precipitadamente al coche, tomó
asiento al lado de su hermano, y cerró el capotillo, gritando:
‑¡A la Tol‑Hek!
La Tol‑Hek era la verja que cerraba la puerta que
conducía al pequeño puerto de Schweningen, en el cual un pequeño buque esperaba
a los dos hermanos.
El coche partió al galope de dos vigorosos caballos
flamencos y se llevó a los fugitivos.
Rosa los siguió con la mirada hasta que hubieron doblado
la esquina de la calle.
Después entró para cerrar la puerta a su espalda y echó
la llave a un pozo.
Aquel ruido que había hecho presentir a Rosa que el
pueblo hundía la puerta, procedía en efecto del pueblo que, después de hacer
evacuar la plaza de la prisión, se lanzaba contra la entrada de la misma.
Por sólida que fuera, y aunque el carcelero Gryphus, hay
que rendirle esta justicia, se rehusaba obstinadamente a abrirla, veíase a las
claras que la puerta no resistiría mucho tiempo y Gryphus, muy pálido, se
preguntaba si no sería mejor abrir cuando sintió que le tiraban suavemente del
vestido.
Se volvió y vio a Rosa.
‑¿Oyes a esos furiosos? ‑dijo.
‑Les oigo tan bien, padre mío, que en vuestro lugar. ..
‑Abrirías, ¿verdad?
‑No, les dejaría hundir la puerta.
‑Pero van a matarme.
‑Sí, si os ven.
‑¿Cómo quieres tú que no me vean?
‑Escondeos.
‑¿Dónde?
‑En el calabozo secreto.
‑Pero ¿y tú, hija mía?
‑Yo, padre mío, descenderé con vos. Cerraremos la puerta
tras nosotros y, cuando abandonen la prisión, ¡pues bien!, saldremos de nuestro
escondite.
‑Tienes razón, pardiez ‑exclamó Gryphus‑. Resulta
asombroso ‑añadió‑ cuánto juicio hay en esta pequeña cabeza.
Pronto, la puerta se estremeció con gran alegría del
populacho.
‑Venid, venid, padre mío ‑apremió Rosa abriendo una
pequeña trampilla.
‑Pero ¿y nuestros prisioneros? ‑preguntó Gryphus. ,
‑Dios velará por ellos, padre mío ‑contestó la joven‑.
Permitidme velar por vos.
Gryphus siguió a su hija, y la trampilla cayó sobre sus
cabezas, justo en el momento en que la puerta rota daba paso al populacho.
Por lo demás, este calabozo al que Rosa hacía descender
a su padre y que llamaban el calabozo secreto, ofrecía a los dos personajes, a
los que nos vemos forzados a abandonar por unos instantes, un refugio seguro,
al no ser conocido más que por las autoridades, que a voces encerraban en él a
algunos de aquellos reos de los cuales se temía alguna revuelta o algún rapto.
El pueblo se precipitó en la prisión gritando:
‑¡Muerte a los traidores! ¡A la horca Corneille de Witt!
¡A muerte! ¡A muerte!
El joven, siempre protegido por su gran sombrero, siempre
apoyándose en el brazo del oficial, siempre enjugando su frente y sus labios
con su pañuelo, inmóvil, desde un rincón de la Buytenhoff, perdido en la
sombra de un saledizo de una tienda cerrada, contemplaba el espectáculo que le
ofrecía aquel populacho furioso, que parecía aproximarse a su desenlace.
‑¡Oh! ‑le dijo al oficial‑. Creo que teníais razón, Van
Deken, y que la orden que los señores diputados han firmado es la verdadera
sentencia de muerte del señor Corneille. ¿Oís a esa gente? ¡Decididamente, señor
coronel, quieren mucho a los señores De Witt!
‑En verdad ‑replicó el oficial‑ yo nunca he oído clamores
parecidos.
‑Es de suponer que han hallado la celda de nuestro
hombre. ¡Ah! Observad aquella ventana. ¿No es la del aposento donde ha sido
encerrado el señor Corneille?
En efecto, un hombre agarraba con ambas manos y sacudía
violentamente el enrejado que cerraba la ventana del calabozo de Corneille, y
que éste acababa de abandonar no hacía más de diez minutos.
‑¡Eh! ¡Eh! ‑gritaba aquel hombre‑. ¡No está aquí!
‑¿Cómo que no está? ‑preguntaron desde la calle los que,
llegados los últimos, no podían entrar de tan llena como estaba la prisión.
‑¡No! ¡No! ‑repetía el hombre, furioso‑. No está, debe de
haber huido.
‑¿Qué dice ese hombre? ‑preguntó palideciendo Su Alteza.
‑¡Oh, monseñor! Anuncia una noticia que sería muy
afortunada si fuese verdad.
‑Sí, sin duda, sería una afortunada noticia si fuese
verdad ‑asintió el joven‑. Desgraciadamente, no puede serlo. .
‑Sin embargo, mirad... ‑señaló el oficial.
En efecto, otros rostros furiosos, gesticulando de
cólera, se asomaban a las ventanas gritando:
‑¡Salvado! ¡Evadido! Lo han dejado escapar.
Y el pueblo que quedaba en la calle, repetía con espantosas
imprecaciones:
‑¡Salvados! ¡Evadidos! ¡Corramos tras ellos, persigámosles!
‑Monseñor, parece que el señor Corneille de Witt se ha
salvado realmente ‑observó el oficial.
‑Sí, de la prisión, tal vez ‑respondió aquél‑, pero no de
la ciudad; veréis, Van Deken, cómo el pobre hombre hallará cerrada la puerta
que él cree encontrar abierta.
‑¿Ha sido dada la orden de cerrar las puertas de la
ciudad, monseñor?
‑No, no lo creo, ¿quién habría dado esa orden?
‑¡Pues bien! ¿Qué os hace suponer...?
‑Existen fatalidades ‑respondió negligentemente Su Alteza‑
y los más grandes hombres han caído a veces víctimas de estas fatalidades.
Ante esas palabras, el oficial sintió correr un temblor
por su cuerpo, porque comprendió que, de una forma o de otra, el prisionero
estaba perdido.
En aquel momento, los rugidos de la muchedumbre
estallaban como un trueno, porque quedaba bien demostrado que Corneille de Witt
no estaba ya en la prisión.
En efecto, Corneille y Jean, después de haber pasado el
vivero, rodaban por la gran calle que conduce a la Tol‑Hek, mientras
recomendaban al cochero que retardara la andadura de sus caballos para que el
paso de su carroza no despertara ninguna sospecha.
Pero llegado a la mitad de esta calle, cuando vio a lo
lejos la verja, cuando sintió que dejaba tras él la prisión y la muerte y que
tenía delante la vida y la libertad, el cochero olvidó toda precaución y puso
la carroza al galope.
De repente, se detuvo.
‑¿Qué ocurre? ‑preguntó Jean sacando la cabeza por la
portezuela.
‑¡Oh, mis amos! ‑exclamó el cochero‑. Es que...
El terror sofocaba la voz del animoso hombre.
‑Vamos, acaba ‑dijo el ex gran pensionario.
‑Es que la verja está cerrada.
‑¿Cómo que la verja está cerrada? No es costumbre cerrar
la verja durante el día.
‑Pues, vedlo vos mismo.
Jean de Witt se inclinó fuera del coche y vio que, en
efecto, la verja estaba cerrada.
‑Sigue adelante ‑ordenó Jean‑. Llevo la orden de
conmutación encima; el portero abrirá.
El vehículo reemprendió su carrera, pero era evidente
que el cochero no azuzaba ya a sus caballos con la misma confianza.
Porque, al sacar su cabeza por la portezuela, Jean de
Witt había sido visto y reconocido por un cervecero que, con retraso respecto a
sus compañeros, cerraba su puerta a toda prisa, para reunirse con ellos en la
Buytenhoff.
Lanzó un grito de sorpresa, y siguió en pos de otros dos
hombres que corrían delante de él.
Al cabo de cien pasos se les unió y les habló; los tres
hombres se detuvieron, mirando alejarse el coche, pero todavía no muy seguros
de lo que en él se encerraba.
El coche, durante ese tiempo, llegaba a la Tol‑Hek.
‑¡Abrid! ‑gritó el cochero.
‑Abrir ‑replicó el portero apareciendo en el umbral de
su casa‑. Abrir, ¿y con qué quieres que abra?
‑¡Con la llave, pardiez! ‑exclamó el cochero.
‑Con la llave, sí; mas para ello sería preciso tenerla.
‑¿Cómo? ¿No tenéis la llave de la puerta? ‑preguntó el
cochero.
‑No.
‑¿Qué habéis hecho de ella, pues?
‑¡Cáspita! Me la han quitado.
‑¿Quién?
‑Alguien que probablemente desea que nadie salga de la
ciudad.
‑Amigo mío ‑dijo el ex gran pensionario, sacando la
cabeza del coche y arriesgando el todo por el todo‑, amigo mío, es por mí, Jean
de Witt y por mi hermano Corneille, a quien llevo al exilio.
‑¡Oh, señor De Witt! Estoy desesperado ‑contestó el
portero precipitándose hacia el coche‑, mas por mi honor que me han quitado la
llave.
‑¿Cuándo?
‑Esta mañana.
‑¿Quién?
‑Un joven de veintidós años, pálido y delgado.
‑¿Y por qué se la habéis entregado?
‑Porque traía una orden debidamente firmada y sellada.
‑¿De quién?
‑De los señores del Ayuntamiento.
Vaya ‑comentó tranquilamente Corneille‑, parece que
decididamente estamos perdidos.
‑¿Sabes si se ha tomado la misma precaución en todas
partes?
‑No lo sé.
‑Vamos ‑dijo Jean al cochero‑. Dios ordena al hombre que
haga todo lo que pueda por conservar su vida; llégate a otra puerta.
Luego, mientras el cochero hacia girar el carruaje,
saludó al portero:
‑Gracias por tu buena voluntad, amigo mío. La intención
se considera como el hecho; tú tenías la intención de salvarnos y, a los ojos
del Señor, es como si lo hubieras conseguido.
‑¡Ah! ‑exclamó el portero‑. ¿Veis ese grupo allá abajo?
‑Crúzalo al galope ‑ordenó Jean al cochero‑ y toma la
calle de la izquierda: es nuestra única esperanza.
El grupo del que hablaba Jean había tenido por núcleo
los tres hombres a los que vimos seguir con los ojos al coche, y que desde
entonces y mientras Jean parlamentaba con el portero; se había engrosado con
siete u ocho nuevos individuos.
Aquellos recién llegados tenían evidentemente intenciones
hostiles con respecto a la carroza.
Así, viendo a los caballos venir hacia ellos a galope
tendido, se cruzaron en la calle agitando sus brazos, armados de garrotes y
gritando:
‑¡Deteneos! ¡Deteneos!
Por su parte, el cochero se inclinó hacia ellos y los
fustigó con el látigo.
El coche y los hombres chocaron al fin.
Los hermanos De Witt no podían ver nada, encerrados como
estaban en el coche. Pero sintieron encabritarse a los caballos, y luego
experimentaron una violenta sacudida. Hubo un momento de vacilación y de
temblor en el coche que arrancó de nuevo, pasando sobre algo redondo y flexible
que podía ser el cuerpo de un hombre derribado, y se alejó en medio de
blasfemias.
‑¡Oh! ‑exclamó Corneille‑. Temo que hayamos causado
alguna desgracia.
‑¡Al galope! ¡Al galope! ‑gritó Jean.
Mas, a pesar de esta orden, el cochero se detuvo de
repente.
‑¿Y bien? ‑preguntó Jean.
‑Mirad ‑dijo el cochero.
Jean miró.
Todo el populacho de la Buytenhoff aparecía en la
extremidad de la calle que debía seguir el coche, y avanzaba aullante y rápida
como un huracán.
‑Detente y sálvate tú ‑ordenó Jean al cochero‑. Es inútil
ir más lejos; estamos perdidos.
‑¡Aquí están! ¡Aquí están! ‑gritaron conjuntamente
quinientas voces.
‑¡Sí, aquí están los traidores! ¡Los asesinos! ¡Los
criminales! ‑respondieron a los que venían por delante del coche, los que
corrían detrás de él, llevando en sus brazos el cuerpo magullado de uno de sus
compañeros, que habiendo querido saltar a la brida de los caballos, había sido
derribado por ellos.
Era sobre aquel por quien los dos hermanos habían sentido
pasar el coche.
El cochero se detuvo; mas a pesar de las instancias que
le hizo su amo, no quiso ponerse a salvo.
En un instante, la carroza se halló cogida entre dos
fuegos: los que corrían a su alcance y los que venían por delante.
Por un momento, el coche dominó a toda aquella
muchedumbre agitada como una isla flotante.
Mas de pronto, la isla flotante se detuvo. Un herrero
acababa de matar, de un mazazo, a uno de los caballos, que cayó entre las
varas del tiro.
En ese momento se entreabrió el postigo de una ventana y
se pudo ver los ojos sombríos del joven, de rostro lívido, clavándose sobre el
espectáculo que se adivinaba.
Tras él apareció el rostro del oficial, casi tan pálido
como el de aquél.
‑¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío, monseñor! ¿Qué va a suceder? ‑murmuró
el oficial.
‑Algo terrible, evidentemente ‑respondió el joven.
‑¡Oh! Ved, monseñor, sacan al ex gran pensionario del
coche, le golpean, le desgarran.
‑En verdad, es preciso que esas gentes estén animadas
por una violenta indignación ‑comentó el joven con el mismo tono impasible que
había conservado hasta entonces.
‑Y ahora sacan a su vez a Corneille de la carroza, a un
Corneille ya roto, mutilado por la tortura. ¡Oh! Mirad, mirad.
‑Sí, en efecto, es realmente Corneille.
El oficial lanzó un débil gemido y volvió la cabeza.
Es que en el último escalón del estribo, incluso antes
de que hubiera tocado el suelo, el Ruart acababa de recibir un golpe con una
barra de hierro, que le quebró la cabeza.
Se levantó, sin embargo, mas para caer enseguida.
Luego, unos hombres, cogiéndole por los pies, lo
arrojaron al gentío, en medio del cual se pudo seguir el rastro sangriento que
trazaba en él y que se cerraba por detrás con grandes gritos de alegría.
El joven palideció más ‑todavía, lo que se hubiera creído
imposible, y sus ojos se velaron un instante bajo sus párpados.
El oficial vio ese movimiento de piedad, el primero que
su severo compañero había dejado escapar y queriendo aprovecharse de este
enternecimiento, dijo:
‑Venid, venid, monseñor, porque van a asesinar también al
ex gran pensionario.
Pero el joven ya había abierto los ojos.
‑¡En verdad! ‑comentó‑. Este pueblo es implacable. No
resulta bueno traicionarlo.
‑Monseñor ‑dijo el oficial‑, ¿es que no se podría salvar
a ese pobre hombre, que ha educado a Vuestra Alteza? Si hay algún medio,
decidlo, y estaré dispuesto a perder ahí la vida...
Guillermo de Orange, porque era él, plegó su frente de
una forma siniestra, apagó el relámpago de sombrío furor que centelleaba bajo
sus párpados y respondió:
‑Coronel Van Deken, id, os lo ruego, a buscar a mis
tropas, con el fin de que tomen las armas por lo que pueda ocurrir.
‑Pero... dejaré entonces a monseñor solo aquí, frente a
esos asesinos...
‑No os inquietéis por mí más de lo que yo mismo me
inquieto ‑contestó bruscamente el príncipe‑. Partid.
El oficial partió con una rapidez que testimoniaba menos
su obediencia que el alivio de no asistir al horroroso asesinato del segundo
de los hermanos.
No había aún cerrado la puerta de la habitación, cuando
Jean, quien con un supremo esfuerzo había alcanzado la escalinata de una casa
situada frente a aquélla donde estaba oculto su discípulo, se tambaleó bajo
las acometidas del populacho.
‑Mi hermano, ¿dónde está mi hermano? ‑imploró.
Uno de aquellos enfurecidos le arrancó el sombrero de un
puñetazo.
Otro, que acababa de destripar a Corneille, le mostró la
sangre que tenía sus manos, y corrió para no perder la ocasión de hacer otro
tanto con el ex gran pensionario, mientras arrastraban a la horca lo que
quedaba del muerto.
Jean lanzó un gemido lastimero y se tapó los ojos con las
manos.
‑¡Ah! Cierras los ojos ‑dijo uno de los soldados de la
guardia burguesa‑. ¡Pues bien, yo te los voy a reventar!
Y le lanzó al rostro una lanzada con la pica.
‑¡Mi hermano! ‑clamó De Witt intentando ver lo que había
sido de Corneille, a través de la oleada de sangre que le cegaba‑. ¡Mi hermano!
‑¡Ve a reunirte con él! ‑aulló otro asesino aplicándole
su mosquete en la sien y soltando el gatillo.
Pero el disparo no salió.
Entonces, el asesino invirtió su arma, y cogiéndola con
las dos manos por el cañón, asestó a Jean de Witt un culatazo.
Jean de Witt vaciló y cayó a sus pies.
Pero enseguida, volviéndose a levantar con un supremo
esfuerzo, gritó con voz tan lastimera que el joven cerró la contraventana ante
él.
‑¡Mi hermano!
Por otra parte, quedaba poca cosa que ver, porque un
tercer asesino le disparó a Jean de Witt a bocajarro un pistoletazo que le
hizo saltar el cráneo.
Jean de Witt cayó para no levantarse más.
Entonces, cada uno de aquellos miserables, enardecido
por esta caída, quiso descargar su arma sobre el cadáver. Cada uno quiso darle
un golpe con la maza, con la espada o con el cuchillo; cada uno quiso obtener
su gota de sangre, arrancar su jirón del traje.
Luego, cuando ambos fueron bien martirizados, bien
desgarrados, bien despojados, el populacho los arrastró desnudos y sangrantes a
una horca, donde los aficionados a verdugo les colgaron por los pies.
Tras éstos acudieron los más cobardes, que no habiéndose
atrevido a golpear la carne viviente, cortaron en tiras la carne muerta, y
luego se fueron a vender por la ciudad los pedazos de Jean y de Corneille a
diez sous[1] el
trozo.
No podríamos decir si a través de la abertura casi
imperceptible del postigo el joven vio el final de aquella terrible escena,
pero lo cierto es que en el mismo momento en que colgaban a los dos mártires
en la horca, él atravesaba la muchedumbre, que se hallaba demasiado ocupada
con la alegre tarea que realizaba para ocuparse de su presencia, y llegaba a la
Tol‑Hek, siempre cerrada.
‑¡Ah, señor! ‑exclamó el portero‑. ¿Me traéis la llave?
‑Sí, amigo mío, aquí está ‑respondió el joven.
‑¡Oh! Es una gran desgracia que no me hayáis traído esta
llave solamente media hora antes ‑dijo el portero suspirando.
‑¿Y por qué? ‑preguntó el joven.
‑Porque hubiese podido abrir a los señores De Witt.
Mientras que, habiendo encontrado la puerta cerrada, se han visto obligados a
volver atrás. Han caído en manos de los que les perseguían.
‑¡La puerta! ¡La puerta! ‑exclamó una voz que parecía
pertenecer a un hombre con prisas.
El príncipe se volvió y reconoció al coronel Van Deken.
‑¿Sois vos, coronel? ‑dijo‑. ¿No habéis salido todavía de
La Haya? Esto es cumplir tardíamente mi orden.
‑Monseñor ‑respondió el coronel‑, ésta es la tercera
puerta ante la que me presento. Las otras dos las he hallado cerradas.
‑¡Pues bien! Este valiente nos abrirá ésta. Abrid, amigo
mío ‑ordenó el príncipe al portero que se había quedado pasmado ante el título
de monseñor que acababa de darle el coronel Van Deken a aquel joven tan pálido
al que había tratado tan familiarmente.
Así, para reparar su falta, se apresuró a abrir la Tol-Hek,
que giró chirriando sobre sus goznes.
‑¿Monseñor quiere mi caballo? ‑preguntó el coronel a
Guillermo.
‑Gracias, coronel, tengo una montura que me espera a
unos pasos de aquí.
Y cogiendo un silbato de oro de su bolsillo, sacó de este
instrumento, que en aquella época servía para llamar a los criados, un sonido
agudo y prolongado, al cual acudió un escudero a caballo, llevando una segunda
montura de la brida.
Guillermo saltó sobre el caballo sin utilizar los estribos,
y picando espuelas tomó el camino de Leiden.
Cuando estuvo en él, se volvió.
El coronel le seguía a un largo de caballo.
El príncipe le hizo señal de que se pusiera a su lado.
‑¿Sabéis ‑dijo sin detenerse‑ que aquellos bribones han
matado también al señor Jean de Witt al igual que acababan de matar a
Corneille?
‑¡Ah, monseñor! ‑exclamó tristemente el coronel‑.
Preferiría por vos que todavía quedasen esas dos dificultades a franquear para
ser de hecho el estatúder de Holanda.
‑Evidentemente, hubiese sido mejor ‑dijo el joven‑ que
lo que acaba de suceder no hubiera ocurrido. Pero en fin, lo hecho, hecho está,
y nosotros no tenemos la culpa. Apresurémonos, coronel, para llegar a Alphen
antes que el mensaje que seguramente los Estados van a enviarme al campamento.
El coronel se inclinó, dejó pasar a su príncipe delante,
y tomó a continuación el lugar que tenía antes de que él le dirigiera la
palabra.
‑¡Ah! Me gustaría ‑murmuró siniestramente Guillermo de
Orange frunciendo las cejas, apretando sus labios y hundiendo sus espuelas en
el vientre de su caballo‑, me gustaría ver la cara que pondrá Luis el Sol,
cuando sepa de qué forma acaban de tratar a sus buenos amigos los señores De
Witt. ¡Oh! Sol, sol, como me llamo Guillermo el Taciturno; ¡sol, guarda tus
rayos!
Y galopó sobre su buen caballo ese joven príncipe, el
encarnizado rival del gran rey, ese estatúder tan poco firme todavía la víspera
en su nuevo poderío, pero al que los burgueses de La Haya acababan de ponerle
un estribo con los cadáveres de Jean y Corneille, dos nobles príncipes tanto
delante de los hombres como ante Dios.
V
El Aficionado A Los Tulipanes Y Su Vecino
Entretanto, mientras los burgueses de La Haya troceaban
los cadáveres de Jean y de Corneille, mientras Guillermo de Orange, después de
haberse asegurado que sus dos antagonistas estaban bien muertos, galopaba por
el camino de Leiden seguido del coronel Van Deken, al que hallaba demasiado
compasivo para continuar otorgándole la confianza con que le había honrado
hasta entonces, Craeke, el fiel servidor, montado por su parte en un buen
caballo, y muy lejos de imaginarse los terribles sucesos que habían acontecido
desde su partida, galopó sobre las calzadas bordeadas de árboles hasta que
estuvo fuera de la ciudad y de los pueblos vecinos.
Una vez en seguridad, para no despertar sospechas, dejó
su caballo en una cuadra y continuó tranquilamente su viaje en barcos que por
etapas le condujeran a Dordrecht pasando con habilidad por los caminos más
cortos de esos brazos sinuosos del río los cuales estrechan bajo sus caricias
húmedas aquellas islas encantadoras bordeadas de sauces, juncos y hierbas
floridas, en las que ramoneaban indolentemente los gordos rebaños reluciendo al
sol.
Craeke reconoció desde lejos a Dordrecht, la ciudad
alegre, al pie de su colina sembrada de molinos. Vio las bellas casas rojas con
líneas blancas, bañando en el agua sus pies de ladrillos, y dejando flotar por
los balcones abiertos sobre el río sus tapices de seda salpicados de flores de
oro, maravillas de India y China, y al lado de aquellos tapices, esos grandes
sedales, trampas permanentes para coger las voraces anguilas atraídas ante las
viviendas por los desperdicios cotidianos que las cocinas lanzan al agua por
sus ventanas.
Craeke, desde el puente de la barca, a través de todos
aquellos molinos de aspas giratorias, percibía en el declive de la colina la
casa blanca y rosa, final de su misión. Los caballetes del tejado se perdían en
el follaje amarillento de una cortina de álamos, destacando sobre el fondo
sombrío que le proporcionaba un bosque de olmos gigantescos. Se hallaba
situada de tal modo que el sol, cayendo sobre ella como en un embudo, venía a
secar, templar a incluso fecundar las últimas neblinas que la barrera de
vegetación no podía impedir al viento del río que llevara cada mañana y cada
noche.
Desembarcado en medio del tumulto ordinario de la ciudad,
Craeke se dirigió enseguida hacia la casa de la que vamos a ofrecer a nuestros
lectores una indispensable descripción.
Blanca, limpia, reluciente, más propiamente lavada, más
cuidadosamente encerada en los lugares ocultos que lo estaba en los sitios
visibles, aquella casa encerraba un feliz mortal.
Este feliz mortal,
rara avis, como dice Juvenal, era el doctor Van Baerle, ahijado de
Corneille. Habitaba en la casa que acabamos de describir, desde su infancia;
porque aquélla era la casa natal de su padre y de su abuelo, antiguos
mercaderes nobles de la noble ciudad de Dordrecht.
El señor Van Baerle, el padre, había amasado en el
comercio de las Indias de tres a cuatrocientos mil florines que Van Baerle,
hijo, había hallado completamente nuevos, en 1668, a la muerte de sus buenos y
queridos padres, aunque aquellos florines estuvieran grabados con las
milésimas de 1640 unos, y 1610 otros; lo que probaba que había florines del
padre Van Baerle y florines del abuelo Van Baerle esos cuatrocientos mil
florines, apresurémonos a decirlo, no eran más que el efectivo, el dinero de
bolsillo de Cornelius van Baerle, el héroe de esta historia ya que sus
propiedades en la provincia le proporcionaban unos intereses de alrededor de
los diez mil florines.
Cuando el digno ciudadano que era el padre de Cornelius
pasó a mejor vida, tres meses después de los funerales de su mujer, que parecía
haber partido la primera para hacerle más fácil el camino de la muerte, como
le había hecho más fácil el camino de la vida, díjole a su hijo abrazándole
por última vez:
‑Bebe, come y gasta si quieres vivir en realidad, porque
no es vivir el trabajar todo el día en una silla de madera o en un sillón de
cuero, en un laboratorio o en un almacén. Morirás a tu vez y, si no tienes la
dicha de tener un hijo, se extinguirá nuestro nombre, y mis florines se
asombrarán al hallarse con un amo desconocido, esos florines nuevos que nadie
ha pesado nunca más que mi padre, yo y el fundidor. Sobre todo, no imites a tu
padrino, Corneille de Witt, que se ha lanzado a la política, la más ingrata de
las carreras y que seguramente acabará mal.
Luego, el digno señor Van Baerle murió, dejando
completamente desolado a su hijo Cornelius, el cual amaba muy poco los florines
y mucho a su padre.
Cornelius se quedó, pues, solo en la gran casa.
En vano su padrino Corneille le ofreció un empleo en los
servicios públicos; en vano quiso hacerle gustar de la gloria cuando Cornelius,
por obedecer a su padrino, se embarcó con De Ruyter en el navío Les Sept Provinces, que mandaba a los
ciento treinta y nueve barcos con los cuales el ilustre almirante iba a
liquidar solo las fortunas de Francia y de Inglaterra reunidas. Cuando,
conducido por el piloto Léger, llegó al alcance de mosquete del navío Le Prince, sobre el que se hallaba el
duque de York, hermano del rey de Inglaterra, el ataque de De Ruyter, su jefe,
fue realizado tan brusca y hábilmente que, sintiendo su barco a punto de ser
destruido, el duque de York no tuvo tiempo más que para retirarse a bordo del Saint‑Michel; cuando vio al Saint‑Michel, roto, triturado bajo las
balas holandesas, salirse de la línea; cuando vio saltar un navío, Le Comte de Sanwick, y perecer en las
olas o en el fuego a cuatrocientos marineros; cuando vio que al final de todo
aquello, después de ser destrozados veinte barcos, muertos tres mil hombres,
heridos cinco mil, nada se había decidido ni a favor ni en contra, que cada
uno se atribuía la victoria, que había que comenzar de nuevo, y que solamente
un nombre más, la batalla de Southwood‑Bay, se había añadido al catálogo de las
batallas; cuando hubo calculado el tiempo que pierde tapándose los ojos y los
oídos un hombre que quiere reflexionar incluso cuando sus semejantes se
cañonean entre sí, Cornelius dijo adiós a De Ruyter, al Ruart de Pulten y a la
gloria, besó las rodillas del gran pensionario, por el que sentía una profunda
veneración, y regresó a su casa de Dordrecht, rico por su descanso adquirido,
por sus veintiocho años, por una salud de hierro, por una vista aguda y más que
por sus cuatrocientos mil florines de capital y sus diez mil florines de renta,
por la convicción de que un hombre ha recibido siempre del cielo mucho para
ser feliz, bastante para no serlo.
En consecuencia, y para labrarse una felicidad a su modo,
Cornelius se puso a estudiar las plantas y los insectos, recogió y clasificó
toda la flora de las islas, pinchó a toda la entomología de su provincia, sobre
la que compuso un tratado manuscrito con dibujos realizados por su mano, y
finalmente, no sabiendo ya qué hacer con su tiempo y, sobre todo, con su
dinero, que iba aumentando de una forma espantosa, escogió entre todas las
locuras de su país y de su época una de las más elegantes y de las más costosas.
Se dedicó al cultivo de los tulipanes.
Aquél era el momento, como se sabe, en que los flamencos
y los portugueses, explotando a cual más este género de horticultura, habían
llegado a divinizar el tulipán y a hacer de esta flor venida de Oriente lo que
jamás naturalista alguno se había atrevido a hacer con la raza humana, por
miedo de dar celos a Dios.
Muy pronto, desde Dordrecht a Mons, no se habló más que
de los tulipanes de Mynheer[2]
Van Baerle; y sus parterres, sus fosos, sus cámaras de secado, sus cuadernos
de bulbos fueron visitados como antiguamente lo fueron las galerías y las
bibliotecas de Alejandría por los ilustres viajeros romanos.
Van Baerle comenzó por gastar sus rentas del año en
establecer su colección, luego mermó sus florines nuevos en perfeccionarla;
así, su trabajo fue recompensado con un magnífico resultado: halló cinco
especies diferentes a las que llamó la Jeanne,
por el nombre de su madre, la Baerle,
por el nombre de su padre, la Corneille,
por el nombre de su padrino... los otros nombres no los sabemos, pero los
aficionados podrán seguramente encontrarlos en los catálogos de la época.
En 1672, al comienzo del año, Corneille de Witt vino a
Dordrecht para vivir tres meses en su antigua casa familiar; porque se sabe que
no solamente Corneille había nacido en Dordrecht, sino que la familia de los De
Witt era originaria de esta ciudad.
Corneille comenzaba entonces, como decía Guillermo de
Orange, a gozar de la más perfecta impopularidad. Sin embargo, para sus
conciudadanos, los buenos habitantes de Dordrecht, no era todavía un facineroso
a prender, y aquellos, poco satisfechos de su republicanismo algo demasiado
puro, pero orgullosos de su valor personal, quisieron ofrecerle el vino de la
ciudad cuando llegó.
Después de haber dado las gracias a sus conciudadanos,
Corneille fue a ver su vieja casa paterna, y ordenó algunas reparaciones antes
de que madame De Witt, su mujer, viniera a ella para instalarse con sus hijos.
Luego, el Ruart se dirigió a la casa de su ahijado, que
tal vez era el único en Dordrecht que ignoraba todavía la presencia del Ruart
en su ciudad natal.
Tanto como Corneille de Witt había levantado los odios
manejando esas semillas nocivas que se llaman las pasiones políticas, otro
tanto había amasado Van Baerle simpatías olvidando completamente el cultivo de
la política, absorbido como estaba en el cultivo de los tulipanes.
Por eso, Van Baerle era querido por sus criados y por sus
obreros; por eso no podía suponer que existiera en el mundo un hombre que
quisiera mal a otro hombre.
Y sin embargo, digámoslo para vergüenza de la Humanidad,
Cornelius van Baerle tenía, sin saberlo, un enemigo mucho más feroz, mucho más
encarnizado, mucho más irreconciliable, de los que hasta entonces habían
contado el Ruart y su hermano entre los orangistas más hostiles a esta
admirable fraternidad que, sin nube durante la vida, acababa de prolongarse por
el sacrificio más allá de la muerte.
En el momento en que Cornelius comenzó a entregarse a
los tulipanes, arrojó en ellos sus rentas del año y los florines de su padre.
Había en Dordrecht y viviendo puerta a puerta con él, un burgués llamado Isaac
Boxtel, el cual, desde el día en que había alcanzado la edad del conocimiento
seguía la misma pendiente y se pasmaba al solo enunciado de la palabra tulban, que, como asegura el floriste français, es decir, el
historiador más erudito de esta flor, es la primera palabra que, en la lengua
de Chingulais, ha servido para designar esa obra muestra de la creación que se
llama tulipán.
Boxtel no tenía la suerte de ser rico como Van Baerle.
Había conseguido, pues, con gran trabajo, a fuerza de cuidados y de paciencia,
un jardín adecuado para el cultivo en su casa de Dordrecht; había preparado el
terreno según las prescripciones requeridas y dado a sus bancales precisamente
tanto calor y frescor como la farmacopea de los jardineros autoriza.
Con la casi veinteava parte de un grado, Isaac sabía la
temperatura de sus parterres. Conocía el peso del viento y lo tamizaba de forma
que lo acomodaba al balanceo de los tallos de sus flores. Así, sus productos
comenzaban a gustar. Eran bellos, incluso poco comunes. Varios aficionados
habían venido a visitar los tulipanes de Boxtel. Por último, Boxtel había
lanzado al mundo de los Limé y de los Tournefort un tulipán con su nombre.
Aquel tulipán viajó, atravesó Francia, entró en España, penetró hasta Portugal,
y el rey don Alfonso VI que, expulsado de Lisboa, se había retirado a la isla
de Terceira, donde se divertía, como el gran Conde, regando claveles, sino
cultivando tulipanes, dijo: «No está mal», contemplando el susodicho Boxtel.
De pronto, como continuación a todos los estudios a que
se había dedicado, y habiendo invadido a Cornelius van Baerle la pasión por
los tulipanes, decidió éste modificar su casa de Dordrecht que, como hemos
dicho, era vecina a la de Boxtel a hizo elevar un piso a cierto edificio de su
patio, el cual, al alzarse, robó medio grado de calor y, en cambio, produjo
medio grado de frío al jardín de Boxtel, sin contar con que cortó el viento y
trastornó todos los cálculos y toda la economía hortícola de su vecino.
Después de todo, esa desgracia no era nada a los ojos del
vecino Boxtel. Van Baerle no era más que un pintor, es decir, una especie de
loco que intenta reproducir sobre la tela, desfigurándolas, las maravillas de
la Naturaleza. El pintor hacía levantar un piso a su taller para tener mejor
luz, lo que entraba en su derecho. El señor Van Baerle era pintor como el señor
Boxtel era florista‑tulipanero; quería sol para sus cuadros, y le robaba medio
grado a los tulipanes del señor Boxtel.
La ley estaba de parte del señor Van Baerle. Bene sit.
Por otra parte, Boxtel había descubierto que demasiado
sol perjudicaba al tulipán, y que esta flor crece mejor y más coloreada con el
tibio sol de la mañana o de la tarde que con el ardiente sol del mediodía.
Tuvo, pues, casi que agradecer a Cornelius van Baerle el
haberle proporcionado gratis un parasol.
Tal vez no fuera esto enteramente verdad, y lo que decía
Boxtel respecto a su vecino Van Baerle no fuese la total expresión de su
pensamiento. Sin embargo, las grandes almas hallan en la filosofía asombrosos
recursos en medio de las grandes catástrofes.
Pero desgraciadamente, ¡qué fue de este infortunado
Boxtel, cuando vio los vidrios del nuevo piso edificado llenarse de cebollas,
de bulbos, de tulipanes en plena tierra, de tulipanes en botes, en fin de todo
lo que concierne a la profesión de un monómano tulipanero!
Había paquetes de etiquetas, casilleros, cajas con
compartimientos y los enrejados de hierro destinados a cerrar esos casilleros
para renovarles el aire sin permitir el acceso a las ratas, a los lirones, a
los hurones[3] y a
los ratones, curiosos aficionados a los tulipanes de dos mil francos la
cebolla.
Boxtel quedó muy impresionado cuando vio todo aquel
material, pero todavía no comprendía la extensión de su desgracia. Se sabía que
Van Baerle era amigo de todo lo que alegraba la vista. Estudiaba a fondo la Naturaleza
para sus cuadros, acabados como los de Gérard Dow, su maestro, y los de Miéris,
su amigo. ¡No era posible que teniendo que pintar el interior de un tulipanero,
hubiera reunido en su nuevo taller todos los accesorios de la decoración!
Sin embargo, aunque tranquilizado por esta engañosa
idea, Boxtel no pudo resistir la ardiente curiosidad que le devoraba. Llegada
la noche, aplicó una escala contra el muro medianero y, mirando la casa de su
vecino Baerle, se convenció de que la tierra de un enorme cuadrado, poblado
hacía poco de plantas diferentes, había sido removido, dispuesto en platabandas
de mantillo mezclado con lodo de río, combinación esencialmente simpática a
los tulipanes, todo rodeado con un borde de césped para impedir los desmoronamientos.
Además, al sol naciente, al sol poniente, sombra dispuesta para tamizar el sol
del mediodía; agua en abundancia y al alcance, exposición al sur suroeste, en
fin, condiciones completas, no solamente para el éxito, sino para el progreso.
Sin ningún género de duda, Van Baerle se había convertido en un tulipanero.
Boxtel se representó inmediatamente a ese sabio de
cuatrocientos mil florines de capital y diez mil de venta, empleando sus
recursos morales y físicos en el cultivo de los tulipanes al por mayor.
Entrevió su éxito en un vago pero cercano porvenir, y concibió, por adelantado,
tal dolor por ese éxito, que sus manos se relajaron, las rodillas se
debilitaron, y cayó desesperado al pie de su escala.
Así pues, no era por tulipanes pintados, sino por
tulipanes reales por lo que Van Baerle le robaba medio grado de calor. Así
pues, Van Baerle iba a tener la más admirable de las exposiciones solares y,
además, una vasta habitación donde conservar sus cebollas y sus bulbos:
habitación alumbrada, aireada, ventilada, riqueza prohibida a Boxtel, que se
había visto obligado a dedicar a ese use su dormitorio y que, para no perjudicar
con la influencia de los espíritus animales a sus bulbos y sus tubérculos, se
resignaba a acostarse en el granero.
Así, puerta a puerta, pared por pared, Boxtel iba a tener
un rival, un emulador, un vencedor tal vez, y ese rival, en lugar de ser
cualquier oscuro jardinero, desconocido, ¡era el ahijado del amo Corneille de
Witt, es decir, una celebridad!
Boxtel, como se ve, tenía un espíritu menos fuerte que el
de Porus, que se consolaba por haber sido vencido por Alejandro justamente a
causa de la celebridad de su vencedor.
En efecto, ¡qué sucedería si alguna vez Van Baerle
hallaba un tulipán nuevo y lo llamaba el Jean
de Witt, después de haber llamado a uno el Corneille! Era como para ahogarse de rabia.
Así, en su envidiosa prevención, Boxtel, profeta de la
desgracia para sí mismo, adivinaba lo que iba a suceder.
Hecho este descubrimiento, Boxtel pasó la más execrable
noche que imaginarse pueda.
A partir de aquel momento, en lugar de una preocupación,
Boxtel tuvo un temor. Lo que da vigor y nobleza a los esfuerzos del cuerpo y
del espíritu, el cultivo de una idea favorita, lo perdió Boxtel rumiando todo
el daño que iba a causarle la acción del vecino.
Van Baerle, como pueden imaginarse, desde el momento en
que aplicó a esa idea la perfecta inteligencia con que la Naturaleza le había
dotado, consiguió obtener los más bellos tulipanes.
Mejor que los que se hallaban en Haarlem y en Leiden,
ciudades que ofrecen los mejores terrenos y los climas más sanos, Cornelius
consiguió variar los colores, modelar las formas, multiplicar las especies.
Pertenecía a aquella escuela ingeniosa y sencilla que
tomó por divisa, desde el siglo XVII, este aforismo desarrollado en 1653 por
uno de sus adeptos:
«Despreciar las flores es ofender a Dios.»
Premisa con la que la escuela tulipanera, la más exclusivista,
enunció en 1653 el siguiente silogismo:
«Despreciar las flores es ofender a Dios.»
«Cuanto más bella es la flor, más al despreciarla se
ofende a Dios.»
«El tulipán es la más bella de todas las flores.»
«Por lo tanto, quien desprecia al tulipán ofende desmesuradamente
a Dios.»
Razonamiento con ayuda del cual, según se ve con mala
voluntad, los cuatro o cinco mil tulipaneros de Holanda, de Francia y de
Portugal, no hablemos ya de los de Ceilán, de India y China, hubieran puesto al
Universo fuera de la ley, y declarados cismáticos, heréticos y dignos de
muerte a varios centenares de millones de hombres indiferentes al tulipán.
No cabe la menor duda que, por una causa semejante,
Boxtel, aunque enemigo mortal de Van Baerle, hubiera marchado bajo la misma
bandera que aquél.
Así pues, Van Baerle obtuvo numerosos éxitos que le
dieron cierta fama, y Boxtel desapareció para siempre de la lista de los
tulipaneros notables de Holanda, y la tulipanería de Dordrecht fue representada
por Cornelius van Baerle, el modesto e inofensivo sabio.
Así, de la más humilde rama, el injerto hizo brotar los
vástagos más orgullosos, como el escaramujo de cuatro pétalos incoloros dio
origen a la rosa gigantesca y perfumada. Así las casas reales han nacido a
veces en la choza de un leñador o en la cabaña de un pescador.
Van Baerle, entregado por entero a sus trabajos de
semillero, de plantador, de cosechero, mimado por toda la tulipanería de
Europa, ni siquiera sospechó que a su lado hubiera un desgraciado destronado, y
que él era el usurpador. Continuó sus experimentos, y por consiguiente sus
victorias, y en dos años cubrió sus plantabandas de especies tan maravillosas
que puede decirse que nadie, excepto tal vez Shakespeare y Rubens, había creado
tanto después de Dios.
Con tal motivo, era preciso ver a Boxtel durante ese
tiempo para darse uno una idea de un condenado olvidado por Dante. Mientras
Van Baerle escarbaba, abonaba, humedecía sus platabandas, mientras arrodillado
sobre los taludes de césped, analizaba cada nervio del tulipán en floración y
meditaba sobre las modificaciones que se podían hacer, las combinaciones de
color que podían ensayarse, Boxtel, oculto tras un pequeño sicomoro que había
plantado a lo largo del muro y que le hacía de pantalla, seguía, con los ojos
dilatados, la boca espumante, cada paso, cada gesto de su vecino, y, cuando
creía verle alegre, cuando sorprendía una sonrisa en sus labios, un destello de
felicidad en sus ojos, entonces le enviaba tantas maldiciones, tantas furiosas
amenazas, que no puede concebirse cómo esos alientos emponzoñados de envidia y
de cólera no se filtraban en los tallos de las flores para llevarles los
principios de decadencia y los gérmenes de muerte.
Una vez el mal adueñado de un alma humana, hace en ella
tan rápidos progresos, que pronto Boxtel no se conformó con ver a Van Baerle, y
quiso ver también sus flores: en el fondo era un artista, y la obra de arte de
un rival tan calificado le atenazaba y corroía el corazón.
Compró un telescopio con ayuda del cual, tan bien como al
mismo rival, pudo seguir cada evolución de la flor, desde el momento en que
saca, el primer año, su pálida yema fuera de la tierra, hasta que, después de
haber cumplido su período de cinco años, redondea su noble y gracioso
cilindro sobre el que aparece el incierto matiz de su color y se desarrollan
los pétalos de la flor, que solamente entonces revela los tesoros secretos de
su cáliz.
¡Oh, cuántas veces el desgraciado celoso, inclinado sobre
su escala, percibió en las platabandas de Van Baerle tulipanes que le cegaban
por su belleza, le sofocaban por su perfección!
Entonces, después del período de admiración que no podía
vencer, sufría la fiebre de la envidia, ese mal que roe el pecho y que
transforma el corazón en una miríada de pequeñas serpientes que se devoran la
una a la otra, fuente infame de horribles dolores.
Cuántas voces en medio de sus torturas, de las que
ninguna descripción podría dar una idea, Boxtel estuvo tentado de saltar por la
noche al jardín, destrozar las plantas, devorar las cebollas con los dientes, y
sacrificar a su cólera al mismo propietario si se atrevía a defender sus
tulipanes.
¡Pero matar un tulipán, a los ojos de un verdadero
horticultor, es un crimen tan espantoso!
Matar a un hombre, puede ser excusable.
Sin embargo, gracias a los progresos que realizaba todos
los días Van Baerle en la ciencia que parecía adivinar por instinto, Boxtel
llegó a tal paroxismo de furor que pensó tirar piedras y palos en los parterres
de tulipanes de su vecino.
Pero como reflexionó que al día siguiente, a la vista
del destrozo, Van Baerle se informaría, que se comprobaría entonces que la
calle estaba lejana, que las piedras y los palos no caen del cielo en el siglo
XVII como en los tiempos de los amalecitas, que el autor del crimen, aunque
hubiera operado por la noche, sería descubierto y no solamente castigado por
la ley, sino también deshonrado para siempre a los ojos de la Europa tulipanera,
Boxtel aguzó el odio por la astucia y resolvió emplear un medio que no le
comprometiera.
Una noche, ató dos gatos, cada uno por una pata trasera
con un bramante de tres metros de longitud, y los lanzó desde lo alto del muro,
en medio de la platabanda maestra, de la platabanda magnífica, de la platabanda
real, que no solamente contenía el Corneille
de Witt, sino también el Babançonne, blanco
de leche, púrpura y rojo; el Marbrée, de
Rotre, gris amarillo, rojo y encarnado brillante; y el Merveille, de Haarlem; el tulipán Colombin obscur y Colombin clair terni.
Los asustados animales, cayendo de lo alto al pie del
muro, rodaron primero sobre la platabanda, intentando huir cada uno por su
lado, hasta que el hilo que los retenía juntos quedó tenso; pero entonces,
sintiendo la imposibilidad de ir más lejos, vagaron inciertos con espantosos
maullidos, segando con su cuerda las flores en medio de las cuales se
debatieron hasta que, por último, después de un cuarto de hora de lucha
encarnizada, habiendo conseguido romper el hilo que los unía, desaparecieron.
Boxtel, oculto detrás de su sicomoro, no veía nada a
causa de la oscuridad de la noche; pero a juzgar por los maullidos rabiosos de
los dos gatos, lo suponía todo, y su corazón, aliviado de la hiel, se hinchaba
de alegría.
El deseo de asegurarse del destrozo cometido era tan
grande en el corazón de Boxtel, que se quedó hasta el alba para juzgar por sus
propios ojos del estado en que la lucha de los dos gatos por la libertad había
dejado las platabandas de su vecino.
Estaba helado por la neblina de la madrugada, pero no
sentía el frío: la esperanza de su venganza le mantenía caliente.
El dolor de su rival iba a pagarle todas sus penas.
A los primeros rayos del sol, la puerta de la casa blanca
se abrió, apareció Van Baerle y se acercó a sus platabandas, sonriendo como un
hombre que ha pasado la noche en su lecho, teniendo buenos sueños.
De repente, percibió los surcos y los montículos en aquel
terreno la víspera más liso que un espejo; enseguida, percibió las filas
simétricas de sus tulipanes, desordenadas como quedan las picas de un batallón
en medio del cual hubiera caído una bomba.
Acudió muy pálido.
Boxtel se estremecía de alegría. Quince o veinte tulipanes
yacían desgarrados, destrozados, los unos curvados, los otros completamente
rotos y ya descoloridos; la savia corría de sus heridas; la savia, esa sangre
preciosa que Van Baerle hubiera querido rescatar al precio de la suya.
Pero, ¡oh sorpresa!, ¡oh alegría de Van Baerle!, ¡oh
dolor inexpresable de Boxtel! Ninguno de los cuatro tulipanes amenazados por el
atentado de aquél había sido alcanzado. Alzaban orgullosamente sus nobles cabezas
por encima de los cadáveres de sus compañeros. Esto era bastante para consolar
a Van Baerle, bastante para hacer reventar de disgusto al asesino, que se arrancaba
los cabellos a la vista de su crimen cometido inútilmente.
Van Baerle, mientras deploraba la desgracia que acababa
de golpearle, desgracia que, por lo demás, por la providencia de Dios, era
menos grande de lo que hubiera podido ser, no pudo adivinar la causa de la
misma. Se informó solamente y supo que toda la noche había sido turbada por
maullidos terribles. Por lo demás, reconoció el paso de los gatos por el
rastro dejado por sus garras, por el pelo que había en el campo de batalla y en
el cual las gotas indiferentes del rocío temblaban como lo hacían al lado, sobre
las hojas de una flor rota, y para evitar que desgracia semejante se
reprodujera en el porvenir, ordenó que un muchacho jardinero se acostara todas
las noches en el jardín, en una caseta, al lado de las platabandas.
Boxtel oyó dar la orden. Vio alzarse la caseta en el
mismo día, y muy feliz por no haber sido considerado como sospechoso del
estropicio y más animado que nunca contra el feliz horticultor, esperó mejores
ocasiones.
Fue hacia aquella época cuando la sociedad tulipanera de
Haarlem propuso un premio para el descubrimiento, no nos atrevemos a decir
para la fabricación, del gran tulipán negro y sin mácula, problema no resuelto
y considerado como insoluble, si se considera que en aquella época ni siquiera
existía la especie de color pardo en la Naturaleza.
Lo que hacía decir a todos, que los fundadores del premio
hubieran podido ofrecer dos millones en lugar de las cien mil libras, dado que
la cosa resultaba imposible.
El mundo tulipanero, sin embargo, no se quedó menos
emocionado por la posibilidad de su realización.
Algunos aficionados acogieron la idea, pero sin creer en
su aplicación; tal es el poder imaginativo de los horticultores que, aun
considerando su especulación como fallida por adelantado, no pensaron al
principio más que en este gran tulipán negro reputado quiméricamente como el
cisne negro de Horacio, y como el mirlo blanco de la tradición francesa.
Van Baerle fue uno de los tulipaneros que acogieron la
idea; Boxtel fue de los que pensaron en la especulación. Desde el momento en
que Van Baerle tuvo incrustada esta tarea en su perspicaz é ingeniosa cabeza,
comenzó lentamente las siembras y las operaciones necesarias para llevar del
rojo al pardo, y del pardo al marrón oscuro, los tulipanes que había cultivado
hasta entonces.
A partir del año siguiente, obtuvo especies de un pardo
perfecto, y Boxtel los percibió en su platabanda, cuando él no había encontrado
todavía más que el castaño claro.
Tal vez resultaría interesante explicar a los lectores
las bellas teorías que tienden a demostrar que el tulipán toma sus colores de
los elementos; tal vez nos agradaría establecer que nada es imposible para el
horticultor que pone a contribución, con su paciencia y su genio, el fuego del
sol, el candor del agua, los jugos de la tierra y los soplos del aire. Pero
éste no es un tratado del tulipán en general; es la historia de un tulipán en
particular lo que hemos resuelto escribir; nos ceñiremos a él por atrayentes
que sean los incentivos del sujeto yuxtapuesto al que nos proponemos.
Boxtel, una vez más vencido por la superioridad de su
enemigo, se aburrió del cultivo y, medio loco, se dedicó por entero a la
observación.
La casa de su rival era una claraboya jardín abierto al
sol, cuartos vidriados penetrables a la vista, casilleros, armarios, botes y
etiquetas en los cuales el telescopio se sumergía fácilmente; Boxtel dejó
pudrirse las cebollas en sus camas, secar los capullos en sus cajas, morir los
tulipanes en sus platabandas, y, desde entonces, concentrando su vida en su
vista, no se ocupó más que de lo que ocurría en casa de Van Baerle: respiró por
el tallo de sus tulipanes, apagó su sed con el agua que les echaban, y se sació
con la tierra blanda y fina que espolvoreaba el vecino sobre sus queridas
cebollas. Pero lo más curioso del trabajo no se operaba en el jardín.
Sonaba una hora, la una de la noche, y Van Baerle subía a
su laboratorio, en el cuarto vidriado donde el telescopio de Boxtel penetraba
también, y allí, cuando las luces del sabio sucediendo a los rayos del día
iluminaban paredes y ventanas, Boxtel veía funcionar el genio inventivo de su
rival.
Le contemplaba escoger sus granos, regándolos con
sustancias destinadas a modificarlos o a colorearlos. Lo adivinaba, cuando
calentando algunos de aquellos granos, humedeciéndolos luego, combinándolos
después con otros en una especie de injerto, operación minuciosa y
maravillosamente realizada, encerraba en las tinieblas los que debían dar el
color negro, exponía al sol o a la lámpara los que debían dar el color rojo,
miraba en el eterno reflejo del agua los que debían proporcionar el color
blanco, cándida representación hermética del elemento húmedo.
Esta magia inocente, fruto del sueño infantil y del genio
viril conjuntamente, ese trabajo paciente, eterno, del que Boxtel se reconocía
incapaz, vertía en el telescopio del envidioso toda su vida, todo su
pensamiento, toda su esperanza.
¡Cosa extraña! Tanto interés y el amor propio del arte no
había apagado en Isaac la feroz envidia, la sed de venganza. Algunas veces,
teniendo a Van Baerle bajo su telescopio, se hacía la ilusión que lo apuntaba
con un mosquete infalible, y buscaba con el dedo el gatillo para soltar el
disparo que debía matarlo; pero ya es tiempo de que volvamos de aquella época
de los trabajos de uno y del espionaje del otro a la visita que Corneille de
Witt, Ruart de Pulten, acababa de hacer a su ciudad natal.
VII
El Hombre Feliz Entabla
Conocimiento Con La Desgracia
Corneille después de haber atendido los asuntos de su
familia, llegó a casa de su ahijado, Cornelius van Baerle, en el mes de enero
del año de gracia de 1672.
Caía la noche.
Corneille, aunque poco dado a la horticultura, y menos
todavía a las artes, visitó toda la casa, desde el taller hasta el invernadero;
desde los cuadros hasta los tulipanes. Agradeció a su sobrino el haberle dejado
en buen lugar sobre el puente de la nave almirante Les Sept Provinces durante la batalla de Southwood‑Bay, y el haber
dado su nombre a un magnífico tulipán, y todo ello con la complacencia y la
afabilidad que pudiera tener un padre hacia su hijo; y mientras inspeccionaba
así los tesoros de Van Baerle, la muchedumbre se estacionaba con curiosidad,
incluso con respeto, delante de la puerta del hombre feliz.
Todo este ruido despertó la atención de Boxtel, que
cenaba cerca de su fuego.
Se informó de lo que ocurría, lo supo y trepó a su
laboratorio.
Y allí, a pesar del frío, se instaló, con el ojo en el
telescopio.
Este telescopio no le era ya de gran utilidad desde el
otoño de 1671. Los tulipanes, frioleros como verdaderos hijos de Oriente, no
se cultivan en la tierra en invierno. Necesitan el interior de la casa, el
lecho mullido de los cajones y las dulces caricias de la estufa. Así, Cornelius
se pasaba todo el invierno en su laboratorio, en medio de sus libros y de sus
cuadros. Raramente iba a la habitación de las cebollas si no era para dejar
entrar allí algunos rayos de sol, que sorprendía en el cielo, y a los que
forzaba, abriendo una trampilla vidriada, a caer de buen o mal grado en su
casa.
La noche de la que hablamos, después de que Corneille y
Cornelius hubieron visitado juntos los apartamentos, seguidos de algunos
criados, aquél le confió en voz baja a Van Baerle:
‑Hijo mío, alejad a vuestras gentes y procurad que nos
quedemos unos momentos a solas y sin oídos indiscretos.
Cornelius se inclinó en señal de obediencia.
‑Señor‑preguntó luego en voz alta‑, ¿os agradaría
visitar ahora mi secadero de tulipanes?, os agradará.
¿El secadero? Ese pandemónium de la tulipanería, ese
tabernáculo, ese sanctasanctórum estaba, como Delfos antiguamente, prohibido
para los no iniciados.
Jamás criado alguno había puesto allí un pie audaz, como
hubiera dicho el gran Racine, que florecía por aquella época. Cornelius no
dejaba penetrar en él más que la escoba inofensiva de una vieja sirvienta
frisona, su nodriza, la cual, desde que Cornelius se dedicaba al cultivo de los
tulipanes, no se atrevía a poner cebollas en los guisos, por temor a mondar y
condimentar el «corazón de su niño».
Así, a la sola palabra «secadero», los criados que llevaban
las antorchas se apartaron respetuosamente. Cornelius cogió las velas de manos
del primero y precedió a su padrino en la habitación.
Añadamos a lo que acabamos de decir que el secadero era
aquel mismo cuarto vidriado sobre el que Boxtel asestaba incesantemente su
telescopio.
El envidioso estaba más que nunca en su lugar.
Vio primero iluminarse las paredes y las vidrieras.
Luego aparecieron dos sombras.
Una de ellas, grande, majestuosa, severa, se sentó al
lado de la mesa donde Cornelius había depositado las velas.
En esta sombra, Boxtel reconoció el pálido rostro de
Corneille de Witt, cuyos largos cabellos negros separados en la frente caían
sobre sus hombros.
El Ruart de Pulten, después de haber dicho a Cornelius
algunas palabras de las que el envidioso no pudo comprender el sentido por el
movimiento de los labios, sacó de su pecho y le tendió un paquete blanco cuidadosamente
sellado, paquete que Boxtel, por la forma con que Cornelius lo cogió y lo
depositó en un armario, supuso eran papeles de la mayor importancia.
Pensó en principio que aquel precioso paquete encerraba
algunos bulbos recién llegados de Bengala o de Ceilán, pero enseguida recordó
que Corneille apenas cultivaba tulipanes y no se ocupaba casi más que del
hombre, mala planta, mucho menos agradable de ver y sobre todo mucho más
difícil de hacerla florecer.
Entonces le vino la idea de que ese paquete contenía
pura y simplemente papeles y que estos papeles se referían a la política.
Mas ¿por qué entregar unos papeles que se relacionaban
con la política a Cornelius, que no solamente era, sino que se alababa de ser
enteramente extraño a aquella ciencia, por otra parte más oscura, a su
parecer, que la química, la astronomía a incluso que la alquimia?
Aquél era sin duda un depósito que Corneille, ya
amenazado por la impopularidad con la que comenzaban a honrarle sus
compatriotas, entregaba a su ahijado Van Baerle, y la cosa era tanto más hábil
por parte del Ruart por cuanto no sería en la casa de Cornelius, extraño a toda
intriga, donde irían a perseguir este depósito.
Por otra parte; si el paquete hubiera contenido bulbos,
otra hubiera sido la reacción de su vecino: Cornelius no lo habría guardado, y
en el mismo instante habría apreciado, como estudiante aficionado el valor de
los regalos que recibía.
Por el contrario, Cornelius había recibido respetuosamente
el depósito de manos del Ruart, y, siempre respetuosamente, lo había metido en
un cajón, empujándolo hasta el fondo, primero, seguramente para que no fuera
visto, luego, para que no ocupara un espacio demasiado grande al lugar
reservado a sus cebollas.
Una vez el paquete en el cajón, Corneille de Witt se puso
de pie, estrechó las manos de su ahijado y se encaminó hacia la puerta.
Cornelius agarró vivamente las velas y se adelantó para
pasar el primero y alumbrar convenientemente.
Entonces la luz se extinguió insensiblemente en el cuarto
vidriado para reaparecer en la escalera, luego en el vestíbulo y por último en
la calle, todavía llena de gente que quería ver al Ruart subir a su carroza.
El envidioso no se había equivocado en sus suposiciones.
El depósito entregado por el Ruart a su ahijado y cuidadosamente encerrado por
éste, era la correspondencia de Jean con el señor De Louvois.
Sólo que era confiado, como le había dicho Corneille a
su hermano, sin que Corneille hubiese dejado suponer en lo más mínimo a su
ahijado la importancia política que tenía.
La única recomendación que le hizo era la de no entregar
este depósito más que a él, o con una palabra de él, a cualquiera que fuera que
viniera a reclamarlo.
Y Cornelius, como hemos visto, había encerrado el
depósito en el armario de los bulbos raros.
Luego, una vez partido el Ruart y los ruidos y las luces
extinguidas, nuestro hombre no había pensado más en ese paquete, en el que por
el contrario pensaba mucho Boxtel que, parecido a un piloto hábil, veía en él
la nube lejana a imperceptible que crece al avanzar y encierra la tormenta.
Y ahora, ya tenemos todos los jalones de nuestra historia
plantados en esta fértil tierra que se extiende de Dordrecht a La Haya. Los
seguirá el que quiera, en el porvenir de los capítulos siguientes; en cuanto a
nosotros, hemos sostenido nuestra palabra, probando que jamás ni Corneille ni
Jean de Witt habían tenido tan feroces enemigos en toda Holanda como el que
tenía Van Baerle en su vecino, Mynheer Isaac
Boxtel.
Sin embargo, floreciendo en su ignorancia, el tulipanero
había seguido su camino hacia el fin propuesto por la sociedad de Haarlem:
había pasado del tulipán pardo al tulipán café tostado; y volviendo a él, ese
mismo día en que ocurría en La Haya el gran suceso que hemos narrado, vamos a
hallarle hacia la una de la tarde sacando de su platabanda las cebollas,
infructuosas todavía de una siembra. de tulipanes café tostado, tulipanes cuya
floración malograda hasta entonces estaba fijada para la primavera del año
1673, y que no podían por menos que dar el gran tulipán negro pedido por la
sociedad de Haarlem.
El 20 de agosto de 1672, a la una de la tarde, Cornelius
estaba pues en su secadero, con los pies sobre la barra de la mesa y los codos
sobre el tapete, contemplando con delicia tres bulbos que acababa de separar
de su cebolla: bulbos puros, perfectos, intactos, principios inapreciables de
uno de los más maravillosos productos de la ciencia y de la Naturaleza, en esta
combinación cuyo éxito debía ennoblecer para siempre el nombre de Cornelius van
Baerle.
«Hallaré el gran tulipán negro ‑decía para sí Cornelius
mientras separaba sus bulbos‑. Ganaré los cien mil florines de premio
ofrecidos. Los distribuiré a los pobres de Dordrecht; de esta forma, el odio
que todo rico inspira en las guerras civiles se apaciguará, y yo podré, sin
temer nada de los republicanos o de los orangistas, continuar teniendo mis
platabandas en magnífico estado. No temeré tampoco que un día de alboroto, los
tenderos de Dordrecht y los marineros del puerto vengan a arrancar mis cebollas
para alimentar a sus familias, como me han amenazado por lo bajo a veces,
cuando recuerdan que he comprado una cebolla a dos o trescientos florines. Esto
está resuelto, daré pues a los pobres los cien mil florines del premio de
Haarlem.
»Aunque... »
Y a este «aunque», Cornelius van Baerle hizo una pausa y
suspiró.
«Aunque ‑continuó pensando‑ hubiera sido realmente un
hermoso destino el de los cien mil florines aplicados al engrandecimiento de mi
parterre o incluso a un viaje al Oriente, patria de bellas flores.
»Mas, ¡por desgracia!, no hay que pensar en todo eso;
¡mosquetes, banderas, tambores y proclamaciones, es lo que domina la situación
en este momento!»
Van Baerle levantó los ojos al cielo y lanzó otro
suspiro.
Luego, volviendo la mirada hacia sus cebollas, que en su
espíritu pasaban muy por delante de aquellos mosquetes, de aquellas banderas,
de aquellos tambores y de aquellas proclamaciones, cosas todas ellas propias
solamente para turbar el espíritu de un hombre honrado, se dijo:
«He aquí, mientras tanto, unos bulbos bien bonitos. ¡Qué
lisos son, qué bien hechos están, cómo tienen ese aire melancólico que promete
el negro de ébano a mi tulipán! Sobre su piel, los nervios de circulación ni siquiera
aparecen a simple vista. ¡Oh! Evidentemente, ni una mancha estropeará la ropa
de luto de la flor que me deberá su existencia.
»¿Cómo se llamará esta hija de mis desvelos, de mi
trabajo, de mi pensamiento? Tulipa nigra
Barloensis.
»Sí, Barloensis; bonito
nombre. Toda la Europa tulipanera, es decir, toda la Europa inteligente se
estremecerá cuando este rumor corra como el viento por los cuatro puntos
cardinales del globo.
»¡Ha sido
hallado el gran tulipán negro! ¿Su nombre,
preguntarán los aficionados? Tulipa nigra
Barloensis. ¿Por qué Barloensis? A
causa de su inventor Van Baerle, se responderá. ¿Quién es ese Van Baerle? El
que ha hallado cinco especies nuevas: la Jeanne,
la Jean de Witt, la Corneille, etcétera. Pues bien, ésta es
mi ambición. No costará nunca lágrimas a nadie. Y se hablará todavíá de la Tulipa nigra Barloensis cuando tal vez
mi padrino, ese sublime político, no sea ya conocido más que por el tulipán al que
le di su nombre.»
¡Los admirables bulbos...!
«Cuando mi tulipán haya florecido ‑continuó pensando
Cornelius‑, quiero, si la tranquilidad ha vuelto a Holanda, dar solamente a los
pobres cincuenta mil florines; a fin de cuentas, ya es mucho para un hombre
que no debe absolutamente nada. Luego, con los otros cincuenta mil, realizaré
experimentos. Con esos cincuenta mil florines, quiero llegar a perfumar el
tulipán. ¡Oh! Si llegara a dar al tulipán el olor de la rosa o del clavel, o
incluso un olor completamente nuevo, lo cual aún sería mejor; si devolviera a
este rey de las flores ese perfume natural genérico que ha perdido al pasar de
su trono de Oriente a su trono europeo, el que debe de tener en India, en Goa,
en Bombay, en Madrás, y sobre todo en aquella isla donde antiguamente, según me
aseguran, estuvo el paraíso terrenal y que se llama Ceilán. ¡Ah! ¡Qué gloria!
Preferiría, digo, preferiría ser entonces Cornelius van Baerle que Alejandro,
César o Maximiliano.»
¡Los admirables bulbos...!
Y Cornelius se deleitaba en su contemplación, absorbiéndose
en los más dulces sueños.
De repente, la campanilla de su cuarto sonó más fuerte
que de costumbre.
Cornelius se sobresaltó, extendió la mano sobre sus
bulbos y se volvió.
‑¿Quién va? ‑preguntó.
‑Señor ‑respondió el servidor‑, es un mensajero de La
Haya.
‑Un mensajero de La Haya... ¿Qué quiere?
‑Señor, es Craeke.
‑¿Craeke, el criado de confianza del señor Jean de Witt?
¡Bueno! Que espere.
‑No puedo esperar ‑dijo una voz en el corredor.
Y al mismo tiempo, forzando la consigna, Craeke se
precipitó en el secadero.
Esta aparición casi violenta era una infracción tal a las
costumbres establecidas en la casa de Cornelius van Baerle, que éste, al
percibir a Craeke que se precipitaba en el secadero, hizo con la mano, que
cubría los bulbos, un movimiento casi convulsivo, que envió rodando a dos de
las preciosas cebollas, una bajo una mesa vecina a la gran mesa, y la otra a la
chimenea.
‑¡Al diablo! ‑exclamó Cornelius precipitándose en
persecución de sus bulbos‑. ¿Qué ocurre, Craeke?
‑Ocurre, señor ‑contestó Craeke, depositando el papel
sobre la gran mesa donde seguía la tercera cebolla‑, ocurre que se os invita a
leer este papel sin perder un solo instante.
Y Craeke, que había creído notar en las calles de
Dordrecht los síntomas de un tumulto parecido al que acababa de dejar en La
Haya, huyó sin volver la cabeza.
‑¡Está bien! ¡Está bien, mi querido Craeke! ‑dijo
Cornelius, extendiendo el brazo bajo la mesa para recuperar la preciosa
cebolla‑. Se leerá tu papel.
Luego, recogiendo el bulbo, que colocó en el hueco de su
mano para examinarlo, pensó:
«¡Bueno! Éste está intacto. ¡Vaya con el diablo de
Craeke! ¡Entrar así en mi secadero! Veamos el otro, ahora.»
Y sin soltar la cebolla fugitiva, Van Baerle avanzó hacia
la chimenea, y de rodillas, con la punta de los dedos, se puso a palpar las
cenizas que afortunadamente estaban frías.
A1 cabo de un instante, sintió el segundo bulbo.
«Bueno. Aquí está.»
Y contemplándolo con una atención casi paternal dijo en
voz alta:
‑Intacto como el primero.
En el mismo instante, y cuando Cornelius, todavía de
rodillas, examinaba el segundo bulbo, la puerta del secadero fue sacudida
rudamente y se abrió de tal forma a continuación que sintió subir a sus
mejillas, a sus orejas, la llama de esta mala consejera que se llama cólera.
‑¿Qué más hay? ‑preguntó‑. ¿Se han vuelto locos todos
los de ahí dentro?
‑¡Señor! ¡Señor! ‑exclamó un criado precipitándose en el
secadero con el rostro más pálido y el aspecto más asustado aún del que tenía
Craeke momentos antes.
‑¿Y bien? ‑preguntó Cornelius, presagiando una desgracia
ante esta doble infracción de todas las reglas.
‑¡Ah, señor! ¡Huid, huid de prisa! ‑gritó el criado.
‑Huir, ¿y por qué?
‑Señor, la casa está llena de guardias de los Estados.
‑¿Qué quieren?
‑Os buscan.
‑¿Para qué?
‑Para arrestaros.
‑¿Para arrestarme, a mí?
‑Sí, señor, vienen precedidos de un magistrado.
‑¿Qué significa esto? ‑preguntó Van Baerle apretando sus
dos bulbos en la mano y dirigiendo su mirada asombrada hacia la escalera en la
que se oía gran tumulto.
‑¡Suben, suben! ‑gritó el servidor.
‑¡Oh! Mi querido niño, mi digno amo ‑exclamó la nodriza
entrando a su vez en el secadero‑. ¡Recoged vuestro oro, vuestras joyas, y
huid, huid!
‑Mas, ¿por dónde quieres que huya, nodriza? ‑preguntó Van
Baerle.
‑Saltad por la ventana.
‑Siete metros.
‑Caeréis sobre dos metros de tierra blanda.
‑Sí, pero caeré sobre mis tulipanes.
‑No importa, saltad.
Cornelius cogió el tercer bulbo, se acercó a la ventana,
la abrió, pero ante el destrozo que iba a ocasionar en sus platabandas, mucho
más todavía que a la vista de la distancia que tenía que franquear, resolvió:
Jamás.
Y dio un paso hacia atrás.
En este momento se veía apuntar a través de los barrotes
de la barandilla de la escalera las alabardas de los soldados.
La nodriza alzó los brazas al cielo.
En cuanto a Cornelius van Baerle, hay que decirlo en
elogio, no del hombre, sino del tulipanero, su única preocupación fue para sus
inestimables bulbos.
Buscó con los ojos un papel donde envolverlos, percibió
la hoja de la Biblia depositada por Craeke sobre el secadero, la cogió sin
acordarse, tan grande era su turbación, de dónde procedía aquella hoja,
envolvió en ella sus tres bulbos, los ocultó en su pecho y esperó.
Los soldados, precedidos por el magistrado, entraron en
el mismo instante.
‑¿Sois vos el doctor Cornelius van Baerle? ‑preguntó el
magistrado, aunque reconoció perfectamente al joven; pero en esto, se ajustaba
a las reglas de la justicia, lo que daba, como se ve, una gravedad a la
interrogación.
‑Lo soy, maese Van Spennen ‑respondió Cornelius
saludando graciosamente al juez‑, y vos lo sabéis bien.
‑Entonces, entregadnos los papeles sediciosos que
ocultáis en vuestra casa.
‑¿Papeles sediciosos? ‑exclamó Cornelius completamente
aturdido por el apóstrofe.
‑¡Oh! No os hagáis el sorprendido.
‑Os juro, maese Van Spennen ‑replicó Cornelius‑, que
ignoro completamente lo que vos queréis decir.
‑Entonces, voy a explicároslo, doctor ‑dijo el juez‑.
Entregadnos los papeles que el traidor Corneille de Witt depositó en vuestra
casa en el mes de enero último.
Un relámpago cruzó por la mente de Cornelius.
‑¡Oh! ¡Oh! ‑exclamó Van Spennen‑. Ahora comenzáis a
recordar, ¿verdad?
‑Sin duda; pero vos habláis de papeles sediciosos, y yo
no poseo ningún papel de ese género.
‑¡Ah! ¿Lo negáis?
‑Naturalmente.
El magistrado se volvió para abarcar de una ojeada todo
el cuarto.
‑¿Cuál es la habitación de vuestra casa que se llama el
secadero? ‑preguntó.
Justamente ésta en la que nos hallamos, maese Van
Spennen.
El magistrado miró de reojo una pequeña nota colocada en
la primera fila de sus papeles.
‑Está bien ‑dijo como un hombre que está convencido.
Luego, volviéndose hacia Cornelius, preguntó:
‑¿Queréis entregarme esos papeles?
-Pero no puedo, maese Van Spennen. Esos papeles no son
míos: me los han entregado a título de depósito, y un depósito es sagrado.
Doctor Cornelius ‑dijo el juez‑, en nombre de los
Estados, os ordeno abrir aquel cajón y entregarme los papeles que están allí
encerrados. No me obliguéis a usar la violencia.
Y con el dedo el magistrado señalaba justo el tercer
cajón de un cofre‑armario situado al lado de la chimenea.
Era en aquel tercer cajón, en efecto, donde se hallaban
los papeles entregados por el Ruart de Pulten a su ahijado, prueba de la que la
policía había sido perfectamente informada.
‑¡Ah! ¿No queréis? ‑dijo Van Spennen, viendo que
Cornelius permanecía inmóvil de estupefacción‑. Pues voy a abrir yo mismo.
Y abriendo el cajón en toda su longitud, el magistrado
puso al descubierto primeramente una veintena de cebollas, alineadas y
etiquetadas con cuidado, luego el paquete de papeles que seguían en el mismo
estado exactamente como había sido entregado a su ahijado por el desgraciado
Corneille de Witt.
El magistrado rompió los sellos, desgarró el sobre, lanzó
una ávida mirada sobre las primeras hojas que aparecieron ante sus ojos, y
exclamó con una voz terrible:
‑¡Ah! ¡La justicia no había, pues, recibido un falso
aviso!
‑‑¡Cómo! ‑dijo Cornelius‑. ¿Qué es esto?
‑¡Ah! No os hagáis más el ignorante, señor Van Baerle ‑respondió
el magistrado‑, y seguidme.
‑¡Cómo! ¡Que os siga! ‑exclamó el doctor.
‑Sí, porque en nombre de los Estados, yo os arresto.
No se arrestaba todavía en nombre de Guillermo de Orange.
No hacía bastante tiempo que era estatúder para esto.
‑¡Arrestadme! ‑exclamó Cornelius‑. Pero ¿qué he hecho
entonces?
‑Esto no me compete, doctor, os explicaréis ante vuestros
jueces.
‑¿Dónde?
‑En La Haya.
Cornelius, estupefacto, abrazó a su nodriza, que perdió
el conocimiento, dio la mano a sus servidores; que se deshacían en lágrimas, y
siguió al magistrado, el cual lo encerró en un coche como un prisionero de
Estado, y lo hizo conducir al galope a La Haya.
Lo que acababa de suceder era, como se supone, la obra
diabólica de Mynheer Isaac Boxtel.
Recordamos que con la ayuda de su telescopio, no había perdido un solo detalle
de aquella entrevista de Corneille de Witt con su ahijado.
Recordamos que no había oído nada, pero que lo había
visto todo.
Recordamos que había adivinado la importancia de los
papeles confiados por el Ruart de Pulten a su ahijado, viendo a éste encerrar
cuidadosamente el paquete a él entregado en el cajón donde guardaba las
cebollas más preciosas.
Resultaba, pues, que cuando Boxtel, que seguía la
política con mucha más atención que su vecino Cornelius, supo que Corneille de
Witt había sido arrestado como culpable de alta traición hacia los Estados,
pensó que, por su parte, no tendría probablemente más que decir una palabra
para hacer arrestar también al ahijado.
Sin embargo, por feliz que se sintiera el corazón de
Boxtel, tembló al principio ante la idea de denunciar a un hombre, máxime
porque aquella denuncia podía conducirle al patíbulo.
Pero lo terrible de las malas ideas, es que, poco a poco,
los malos espíritus se familiarizan con ellas. Por otra parte, Mynheer Isaac Boxtel se envalentonaba
con este sofisma:
«Corneille de Witt es un mal ciudadano, ya que es acusado
de alta traición y arrestado.»
«Yo soy un buen ciudadano, ya que no soy acusado
absolutamente de nada y soy libre como el aire.»
«Ahora bien, si Corneille de Witt es un mal ciudadano,
lo cual es cosa cierta, ya que es acusado de alta traición y arrestado, su
cómplice, Cornelius van Baerle, no es menos mal ciudadano que él.»
«Así pues, como soy un buen ciudadano, y es deber de los
buenos ciudadanos denunciar a los malos ciudadanos, es deber mío, Isaac
Boxtel, denunciar a Cornelius van Baerle.»
Pero este razonamiento no hubiera tal vez, por especioso
que fuera, adquirido un imperio completo sobre Boxtel, y quizá el envidioso no
hubiese cedido al simple deseo de venganza que le roía el corazón, si al
unísono del demonio de la envidia no hubiera surgido el demonio de la codicia.
Boxtel no ignoraba hasta qué punto había llegado Van
Baerle en su búsqueda del gran tulipán negro.
Por modesto que fuera Cornelius, no había podido ocultar
a sus más íntimos que tenía la casi certeza de ganar en el año de gracia de
1673 el premio de cien mil florines instituido por la Sociedad Hortícola de
Haarlem.
Y esta casi certeza de Cornelius van Baerle hacía
consumir en fiebre a Isaac Boxtel.
Si Cornelius era arrestado, esto ocasionaría evidentemente
un gran trastorno en la casa. En la noche que siguiera al arresto, nadie
pensaría en vigilar los tulipanes del jardín.
Y en aquella noche, Boxtel saltaría el muro, y como sabía
dónde encontrar la cebolla que debía dar el gran tulipán negro, se la llevaría;
en lugar de florecer en la casa de Cornelius, el tulipán negro florecería en la
suya, y él sería quien consiguiera el premio de los cien mil florines, en vez
de Cornelius, sin contar con ese honor supremo de llamar a la nueva flor Tulipa
nigra Boxtellensis.
Resultado que satisfacía no solamente su venganza, sino
su codicia.
Despierto, no pensaba más que en el gran tulipán negro;
dormido, no soñaba más que con él.
Por último, el 19 de agosto, hacia las dos de la tarde,
la tentación fue tan fuerte que Mynheer Isaac
no pudo resistirla más tiempo.
En consecuencia, envió una denuncia anónima, la cual
reemplazaba la autenticidad por la precisión, y la echó al correo.
Jamás papel venenoso deslizado en los buzones de Venecia
produjo un más rápido y terrible efecto.
Aquella misma noche, el principal magistrado recibió la
comunicación; en el mismo instante convocó a sus colegas para la mañana
siguiente. Al día siguiente por la mañana estaban reunidos, habían decidido el
arresto y entregado la orden, a fin de que fuera ejecutada, a maese Van
Spennen, que la había desempeñado, como hemos visto, con el deber de un digno
holandés, arrestando a Cornelius van Baerle en el preciso momento en que los
orangistas de La Haya asaban los despojos de los cadáveres de Corneille y de
Jean de Witt.
Pero, sea por vergüenza o por debilidad ante el crimen,
Isaac Boxtel no había tenido el valor de asestar aquel día su telescopio, ni
sobre el jardín, ni sobre el taller, ni sobre el secadero.
Sabía muy bien lo que iba a pasar en la casa del pobre
Cornelius para tener necesidad de mirar en ella. Incluso no se levantó cuando
su único criado que envidiaba la suerte de los criados de Cornelius no menos
amargamente que Boxtel envidiaba la suerte del amo, entró en su habitación.
Boxtel le dijo:
‑Hoy no me levantaré; estoy enfermo.
Hacia las nueve, oyó un gran ruido en la calle y tembló
ante lo que significaba; en ese momento estaba más pálido que un verdadero
enfermo, más tembloroso que un verdadero febril.
Entró su criado y Boxtel se ocultó bajo la sábana.
‑¡Ah, señor! ‑exclamó el criado, no sin imaginarse que
iba, aun deplorando la desgracia ocurrida a Van Baerle, a anunciar una buena
noticia a su amo‑. ¡Ah, señor! ¿No sabéis lo que pasa en este momento?
‑¿Cómo quieres tú que lo sepa? ‑respondió Boxtel con voz
casi ininteligible.
‑¡Pues bien! En este momento, mi señor Boxtel, están
arrestando a vuestro vecino el doctor Cornelius van Baerle, como culpable de
alta traición a los Estados.
‑¡Bah! ‑murmuró Boxtel con voz débil‑. ¡No es posible!
‑¡Cáspita! Esto es lo que se dice, por lo menos; por otra
parte, acabo de ver entrar en su casa al juez Van Spennen y a los arqueros.
‑¡Ah! Si los has visto ‑dijo Boxtel‑ es otra cosa.
‑En todo caso, voy a informarme ‑anunció el criado‑ y
estad tranquilo, os mantendré al corriente.
Boxtel se contentó con aprobar con un signo el celo de su
criado.
Éste salió y volvió a entrar quince minutos después.
‑¡Oh, señor! Todo lo que os he contado ‑dijo- es la pura
verdad.
‑¿Cómo?
‑Han arrestado al señor Van Baerle; lo han metido en un
coche y acaban de expedirlo a La Haya.
‑¡A La Haya!
‑Sí, donde, si lo que dicen es verdad, no hará buen
tiempo para él.
‑¿Y qué dicen? ‑preguntó Boxtel.
‑¡Cáspita, señor! Se dice, pero no es muy seguro, que los
burgueses deben de estar a esta hora asesinando a los señores Corneille y Jean
de Witt.
‑¡Oh! ‑murmuró o más bien hipó Boxtel cerrando los ojos
para no ver la terrible imagen que se ofrecía sin duda a su mirada.
«¡Cáspita! ‑exclamó para sí el criado al salir‑. Es
preciso que Mynheer Isaac Boxtel esté
muy enfermó para no haber saltado del lecho ante semejante noticia.»
En efecto, Isaac Boxtel estaba muy enfermo; enfermo como
un hombre que acaba de asesinar a otro.
Pero él había asesinado a ese hombre con una doble
finalidad; la primera estaba cumplida, faltaba cumplir la segunda.
Llegó la noche. La noche que esperaba Boxtel.
Se levantó del lecho y poco después se subía al sicomoro.
Había calculado bien: nadie pensaba en guardar el jardín;
casa y criados estaban trastornados.
Oyó sonar sucesivamente las diez, las once y medianoche.
A la medianoche, con el corazón brincándole, las manos
temblorosas y el rostro lívido, descendió del árbol, cogió una escalera, la
aplicó contra el muro, subió hasta el penúltimo escalón y escuchó.
Todo estaba tranquilo. Ni un ruido turbaba el silencio
de la noche.
Una sola luz brillaba en toda la casa.
La de la nodriza.
Ese silencio y esta oscuridad enardecieron a Boxtel.
Pasó una pierna por encima del muro, deteniéndose un
momento sobre el remate; luego, bien seguro de que no había nada que temer,
pasó la escalera de su jardín al de Cornelius y descendió.
Después, como sabía exactamente el lugar donde se
hallaban enterrados los bulbos del futuro tulipán negro, corrió en su
dirección, siguiendo sin embargo los senderos para no ser traicionado por la
huella de sus pasos, y, llegado al sitio preciso, con una alegría salvaje, hundió
sus manos en la tierra blanda.
No encontró nada y creyó haberse equivocado.
Mientras tanto, el sudor perlaba su frente.
Buscó al lado: nada.
Buscó a la derecha, a la izquierda: nada.
Buscó por delante y por detrás: nada.
Le faltó poco para volverse loco, cuando se dio cuenta
por último que la tierra estaba removida ya desde aquella misma mañana.
En efecto, mientras Boxtel se hallaba en el lecho,
Cornelius había descendido a su jardín desenterrando la cebolla, y como hemos
visto, la había dividido en tres bulbos.
Boxtel no podía decidirse a abandonar el lugar. Había
revuelto con sus manos más de tres metros cuadrados.
Finalmente, ya no le quedó ninguna duda de su desgracia.
Ebrio de cólera, alcanzó la escalera, pasó la pierna por
encima del muro, alzó la escalera, tirándola a su jardín y saltó tras ella.
De repente, le embargó una última esperanza.
Que los bulbos estuvieran en el secadero.
Sólo se trataba de penetrar en el secadero como había
penetrado en el jardín.
Allí los encontraría.
Por lo demás, la tarea no era mucho más difícil.
Las vidrieras del secadero se alzaban como las de un
invernadero.
Cornelius van Baerle las había abierto aquella misma
mañana y a nadie se le había ocurrido cerrarlas.
Todo consistía en procurarse una escalera bastante larga,
una escalera de seis metros en lugar de cuatro.
Boxtel había observado que en la calle donde vivía había
una casa en reparación; a lo largo de aquella casa habían levantado una
escalera gigantesca.
Esa escalera era la que necesitaba Boxtel, si los obreros
no se la habían llevado.
Corrió a la casa; la escalera estaba allí.
La cogió y se la llevó con gran trabajo a su jardín; con
más trabajo todavía, la apoyó contra el muro que dividía su casa de la de su
vecino Cornelius van Baerle.
La escalera alcanzaba de justeza las celosías.
Boxtel se metió una linterna sorda encendida en su
bolsillo, subió por la escalera y penetró en el secadero.
Llegado a ese tabernáculo, se detuvo, apoyándose contra
la mesa; las piernas le flaqueaban y su corazón latía hasta ahogarle.
Allí, era todavía peor que en el jardín: se diría que el
aire del campo quitaba a la propiedad lo que tenía de respetable; el que salta
por encima de un seto o escala un muro, se detiene ante la puerta o la ventana
de una habitación.
En el jardín, Boxtel no era más que un merodeador; en la
habitación, era un ladrón.
Sin embargo, recobró el valor: no había llegado hasta
allí para regresar a su casa con las manos vacías.
Y se puso a buscar, a abrir y cerrar todos los cajones,
a incluso el cajón privilegiado donde había estado el depósito que acababa de
ser tan fatal a Cornelius; encontró, como en un jardín, etiquetadas las
plantas, la Joannis, la Witt, el tulipán marrón, el tulipán café tostado, pero
del tulipán negro o más bien de los bulbos donde estaba todavía dormido y
oculto en los limbos de la floración, no había ninguna señal.
Y, sin embargo, en el registro de las simientes y de los
bulbos llevado por partida doble por Van Baerle con más cuidado y exactitud que
el registro comercial de las primeras firmas de Amsterdam, Boxtel leyó estas
líneas:
Hoy, 20 de
agosto de 1672, he desenterrado la cebolla del gran tulipán negro que he
separado en tres bulbos perfectos.
‑¡Esos bulbos! ¡Esos bulbos! ‑aulló Boxtel devastando
todo el secadero‑. ¿Dónde ha podido ocultarlos?
Luego, de repente, golpeándose la frente hasta aplastarse
el cerebro, exclamó en voz alta:
‑¡Oh! ¡Miserable de mí! ¡Ah, tres veces perdido Boxtel!
¿Es que alguien se separa de sus bulbos, es que alguien los abandona en
Dordrecht cuando se parte para La Haya, es que alguien puede vivir sin esos
bulbos, cuando esos bulbos son los del gran tulipán negro? ¡Habrá tenido tiempo
de cogerlos, el muy infame! ¡Los tiene encima, se los ha llevado a La Haya!
Fue como un relámpago que mostrara a Boxtel el abismo de
un crimen inútil.
Cayó fulminado sobre aquella misma mesa, en aquel mismo
lugar donde, unas horas antes, el infortunado Baerle había admirado tan largo
rato y tan deliciosamente los bulbos del tulipán negro.
«¡Pues bien! Después de todo ‑se dijo el envidioso,
levantando su lívida cabeza‑, si él los tiene, sólo puede guardarlos mientras
esté vivo, y...»
El resto de su horrible pensamiento se absorbió en una
espantosa sonrisa.
«Los bulbos están en La Haya ‑pensó‑. No es, pues, en
Dordrecht donde he de vivir.
»¡A La Haya a por los bulbos! ¡A La Haya!»
Y Boxtel, sin prestar atención a las inmensas riquezas
que abandonaba, preocupado por aquella otra inestimable riqueza, salió por la
celosía, se dejó deslizar a lo largo de la escalera, llevó el instrumento de
robo adonde lo había cogido, y, parecido a un animal de presa, entró rugiendo
en su casa.
Era alrededor de la medianoche cuando el pobre Van Baerle
fue encarcelado en la prisión de la Buytenhoff.
Lo que previera Rosa había sucedido. Al hallar la celda
de Corneille vacía, la cólera del pueblo había sido grande, y si su padre
Gryphus se hubiera encontrado al alcance de aquellos furiosos habría pagado
evidentemente por su prisionero.
Pero aquella cólera se había saciado largamente en los
dos hermanos, que habían sido alcanzados por los asesinos, gracias a la
precaución tomada por Guillermo, el hombre de las precauciones, de hacer cerrar
las puertas de la ciudad.
Había llegado, pues, el momento en que la prisión se
había vaciado y donde el silencio había sucedido al espantoso tronar de
aullidos que rodaba por las escaleras.
Rosa había aprovechado aquel momento para salir de su
escondrijo y había hecho salir a su padre.
La prisión estaba completamente desierta; ¿para qué
quedarse en la prisión cuando se degollaba en la Tol‑Hek?
Gryphus salió todo tembloroso detrás de la valiente
Rosa. Fueron a cerrar bien que mal la gran puerta, y decimos bien que mal,
porque estaba medio desvencijada. Se veía que el torrente de una poderosa
cólera había pasado por allí.
Hacia las cuatro, se oyó volver el ruido, pero ese ruido
no tenía nada de inquietante para Gryphus y su hija. Ese ruido era el de los
cadáveres que arrastraban y que venían a ocupar el lugar acostumbrado de las
ejecuciones.
Rosa se ocultó una vez más, para no ver el horrible
espectáculo.
A medianoche llamaron a la puerta de la Buytenhoff, o
más bien a la barricada que la reemplazaba.
Traían a Cornelius van Baerle.
‑Ahijado de Corneille de Witt ‑murmuró Gryphus con su
sonrisa de carcelero tras leer en la tarjeta de registro la calidad del
prisionero‑. Ah, joven, aquí tenemos justamente la habitación familiar; os la
vamos a dar.
Y encantado por el chiste que acababa de hacer, el feroz
orangista cogió su farol y las llaves para conducir a Cornelius a la celda que
aquella misma mañana había abandonado Corneille de Witt para ir al exilio tal
como lo entienden en tiempo de revolución esos grandes moralistas que dicen
como un axioma de alta política:
‑Solamente los muertos no vuelven.
Gryphus se preparó, pues, para conducir al ahijado a la
celda de su padrino.
Por el camino que tenía que recorrer para llegar a esa
habitación, el desesperado florista no oyó nada más que el ladrido de un perro,
ni vio nada más que el rostro de una joven.
El perro salió de su caseta excavada en el muro sacudiendo
una gruesa cadena, y olfateó a Cornelius a fin de reconocerlo en el momento en
que le ordenaran devorarlo.
La joven, cuando el prisionero hizo gemir la barandilla
de la escalera bajo su mano entorpecida, entreabrió el postigo de la habitación
en la que vivía en el hueco de esa misma escalera. Y con la lámpara en la mano
derecha, alumbró al mismo tiempo su encantador rostro rosado enmarcado por una
admirable cabellera rubia de espesas guedejas, mientras con la izquierda
cruzaba sobre el pecho su blanco camisón, porque había sido despertada de su
primer sueño por la inesperada llegada de Cornelius.
Aquel era realmente un hermoso cuadro para pintar y en
todo digno del maestro Rembrandt: esa espiral negra de la escalera iluminada
por el farol rojizo de Gryphus, con la sombría figura del carcelero en lo alto,
la melancólica figura de Cornelius que se inclinaba sobre la barandilla para
mirar; por debajo de él, encuadrado por el postigo luminoso, el suave rostro
de Rosa, y su gesto púdico un poco inútil tal vez por la posición elevada de
Cornelius, colocado sobre aquellos escalones desde donde su mirada acariciaba
vaga y tristemente los hombros blancos y redondos de la joven.
Y, abajo, completamente en la sombra, en ese lugar de la
escalera donde la oscuridad hace desaparecer los detalles, los ojos de
carbunclo del moloso[4],
sacudiendo su cadena de eslabones a la cual la doble luz de la lámpara de Rosa
y del farol de Gryphus venía a agregarle unas brillantes lentejuelas.
Pero lo que el sublime maestro no habría podido plasmar
en su cuadro, era la expresión dolorosa que apareció en el rostro de Rosa
cuando vio a aquel hermoso joven, pálido, subir la escalera lentamente y pudo
aplicarle esas siniestras palabras pronunciadas por su padre:
‑Tendréis la habitación familiar.
Esta visión duró un momento, mucho más corto del que
hemos empleado en describirla. Luego, Gryphus continuó su camino, Cornelius se
vio obligado a seguirle, y cinco minutos después entraba en el calabozo que
resulta inútil describir, porque el lector ya lo conoce.
Gryphus, después de haber mostrado con el dedo al
prisionero el lecho sobre el que tanto había sufrido el mártir que en aquella
misma jornada había rendido su alma a Dios, recogió su farol y salió.
En cuanto a Cornelius, una vez solo, se arrojó sobre el
lecho, pero no se durmió. No cesó de fijar su mirada en la estrecha ventana
enrejada que tomaba su día de la Buytenhoff; de esta forma vio blanquear más
allá de los árboles ese primer rayo de luz que el cielo deja caer sobre la
tierra como un blanco manto.
Aquí y allá, durante la noche, algunos rápidos caballos
habían galopado por la Buytenhoff; los pasos pesados de las patrullas habían
golpeado los pequeños guijarros redondos de la plaza, y las mechas de los
arcabuces, encendiéndose al viento del oeste, habían lanzado hasta los vidrios
de la prisión intermitentes destellos.
Pero cuando el naciente día argentó la techumbre
acaballada de las casas, Cornelius, impaciente por saber si algo vivía a su
alrededor, se acercó a la ventana y paseó circularmente una triste mirada.
En el extremo de la plaza, se alzaba una masa negruzca
teñida de azul oscuro por las brumas matinales, destacando sobre las pálidas
casas su silueta irregular.
Cornelius reconoció el patíbulo.
De este patíbulo colgaban dos informes pingajos que no
eran más que unos esqueletos todavía sangrantes.
El buen pueblo de La Haya había despedazado las carnes de
sus víctimas, pero las había traído fielmente al patíbulo para dar pretexto a
una doble inscripción trazada sobre una enorme pancarta.
Y sobre aquella pancarta, con sus ojos de veintiocho
años, Cornelius consiguió leer las líneas trazadas con el grueso pincel de
algún embadurnador de rótulos:
Aquí cuelgan:
el gran criminal llamado Jean de Witt, y el pequeño bribón Corneille de Witt,
su hermano, dos enemigos del pueblo, pero grandes amigos del rey de Francia.
Cornelius lanzó un grito de horror, y en un transporte
de terror delirante golpeó la puerta con pies y manos, tan rudamente y tan
precipitadamente que Gryphus acudió furioso, con su manojo de enormes llaves
en la mano.
Abrió la puerta profiriendo horribles imprecaciones
contra el prisionero que le importunaba en horas en las que no se acostumbraba
a importunar.
‑¡Encima esto! Otro De Witt furioso ‑exclamó‑. ¡Pero
estos De Witt tienen el diablo en el cuerpo!
‑Señor, señor‑dijo Cornelius agarrando al carcelero por
el brazo y arrastrándole hacia la ventana‑ ‑ . Señor, ¿qué he leído allá abajo?
‑¿Dónde?
‑En aquella pancarta.
Y temblando, pálido y jadeante, le señaló, en el fondo
de la plaza, el patíbulo coronado por la cínica inscripción.
Gryphus se echó a reír.
‑¡Ah, eso! ‑respondió‑. Sí, la habéis leído... ¡Pues
bien, mi querido señor!, ahí es donde se llega cuando se mantienen relaciones
con los enemigos del señor príncipe de Orange.
‑¡Los señores De Witt han sido asesinados! ‑murmuró
Cornelius, el sudor bañándole la frente y dejándose caer sobre el colchón, los
brazos colgando, los ojos cerrados.
‑Los señores De Witt han sufrido la justicia del pueblo ‑replicó
Gryphus‑. ¿Llamáis a eso asesinato? Yo digo mejor, ejecutados.
Y, viendo que el prisionero no sólo se había calmado,
sino que permanecía postrado, salió de la celda, tirando de la puerta con
violencia, y haciendo correr los cerrojos con ruido.
Volviendo en sí, Cornelius se halló solo y reconoció el
aposento en el que se encontraba, la «habitación familiar, como la había
llamado Gryphus, como el paso fatal que había de conducirle a una triste
muerte.
Y como era un filósofo, como era sobre todo un cristiano,
comenzó por rogar por el alma de su padrino, luego por la del ex gran
pensionario; después, por último, se resignó él mismo a todos los males que
Dios quisiera enviarle.
Luego, después de haber descendido del cielo a la tierra,
de haber entrado de la tierra a su calabozo, de haberse asegurado bien de que
en el calabozo estaba solo, sacó de su pecho los tres bulbos del tulipán negro
y los ocultó detrás de la piedra de arenisca sobre la que se colocaba el
cántaro tradicional, en el rincón más oscuro de la celda.
¡Inútil labor de tantos años! ¡Destrucción de tan dulces
esperanzas! ¡Su descubrimiento iba pues a desembocar en la nada como él en la
muerte...! En esta prisión, sin una brizna de hierba, sin un átomo de tierra;
sin un rayo de sol.
Ante ese pensamiento, Cornelius entró en una sombría
desesperanza de la que no salió más que por una circunstancia extraordinaria.
¿Cuál fue esa circunstancia?
Esto es lo que nos reservamos para explicar en el
capítulo siguiente.
Aquella misma tarde, cuando traía la pitanza del
prisionero, Gryphus, al abrir la puerta de la prisión, resbaló en el húmedo
enlosado y trastabilló intentando sostenerse. Pero, apoyando la mano en falso,
se rompió el brazo por encima de la muñeca.
Cornelius hizo un movimiento hacia el carcelero.
‑No es nada ‑dijo Gryphus no dándose cuenta de la
gravedad del accidente‑. No os mováis.
Y quiso levantarse apoyándose sobre su brazo, pero el
hueso se le dobló; solamente entonces sintió Gryphus el dolor y lanzó un
grito.
Comprendió que tenía el brazo roto, y este hombre tan
duro para los demás cayó desmayado sobre el umbral de la puerta, donde se
quedó inerte y frío, parecido a un muerto.
Durante ese tiempo, la puerta de la prisión había
permanecido abierta, y Cornelius se hallaba casi libre.
Pero no se le ocurrió la idea de aprovecharse de este
accidente; había visto la forma en que el brazo se había doblado y el ruido que
había hecho; sabía que existía fractura y dolor; no pensó en otra cosa que en
socorrer al herido, por mal intencionado que le hubiera parecido en la única
entrevista que había tenido con él. Al ruido que Gryphus hizo al caer, al
gemido que había dejado escapar, se oyó un paso precipitado en la escalera, y a
la aparición que siguió inmediatamente al rumor de ese paso, Cornelius profirió
un pequeño grito al que respondió el grito agudo de una joven.
La que había respondido al grito lanzado por Cornelius
era la bella frisona, que viendo a su padre tendido en el suelo y al
prisionero inclinado sobre él, creyó al principio que Gryphus, cuya brutalidad
conocía, había caído a continuación de una lucha sostenida entre aquél y su
padre.
Cornelius comprendió lo que ocurría en el corazón de la
joven en el mismo momento en que la sospecha entraba en la mente de aquélla.
Pero traída por la primera ojeada a la verdad, y avergonzada
por lo que había llegado a pensar, levantó hacia el joven sus bellos ojos
húmedos, diciendo:
‑Perdón y gracias, señor. Perdón por lo que había
pensado, y gracias por lo que vos hacéis.
Cornelius enrojeció.
‑No hago más que cumplir con mi deber de cristiano ‑contestó‑,
al socorrer a mi semejante.
‑Sí, y al socorrerlo esta tarde, habéis olvidado las
injurias que os dirigió esta mañana. Señor, esto es más que humanidad, es más
que cristianismo.
Cornelius alzó la mirada hacia la bella niña, completamente
asombrado por haber oído salir de la boca de una hija del pueblo una palabra a
la vez tan noble y tan compasiva.
Pero no tuvo tiempo de testimoniarle su sorpresa.
Gryphus, recobrado de su desmayo, abrió los ojos, y su acostumbrada brutalidad
le volvió con la vida:
‑¡Ah! Ved lo que ocurre ‑dijo‑. Se da uno prisa en traer
la cena, me caigo al apresurarme, al caer me rompo el brazo, y vos me dejáis
aquí sobre los ladrillos.
‑Silencio, padre mío ‑intervino Rosa‑. Sois injusto con
este joven, al que he hallado ocupado en socorreros.
‑¡Él! ‑exclamó Gryphus con aire de duda.
‑Es verdad, señor, y estoy dispuesto a socorreros más.
‑¿Vos? ‑dijo Gryphus‑. ¿Sois, pues, médico?
‑Ésa es mi carrera primitiva ‑contestó el prisionero.
‑¿De forma que podríais componerme el brazo?
‑Perfectamente.
‑¿Y qué necesitáis para ello, veamos?
‑Dos cuñas de madera y unas tiras de tela.
‑Ya oyes, Rosa ‑comentó Gryphus‑. El prisionero va a
arreglarme el brazo; esto es una economía; vamos, ayúdame a levantarme, parezco
de plomo.
Rosa presentó su hombro al herido; éste rodeó el cuello
de la joven con su brazo intacto, y haciendo un esfuerzo, se puso de pie,
mientras Cornelius, para ahorrarle camino, empujaba hacia él un sillón.
Gryphus se sentó y luego, volviéndose hacia su hija dijo:
‑¡Y bien! ¿No has oído? Ve a buscar lo que se te pide.
Rosa descendió y regresó un instante después con dos
duelas de barril y una gran venda de tela.
Cornelius había empleado aquel tiempo en quitar la
chaqueta al carcelero y en subirle las mangas.
‑¿Esto es lo que deseáis, señor? ‑preguntó Rosa.
‑Sí, señorita ‑asintió Cornelius posando los ojos sobre
los objetos traídos‑. Sí, eso es. Ahora, acercad esta mesa mientras sostengo el
brazo de vuestro padre.
Rosa empujó la mesa. Cornelius colocó el brazo roto
encima, a fin de que se hallara plano, y con una habilidad perfecta, reajustó
la fractura, adaptó la cuña y apretó las vendas.
Con el último alfiler, el carcelero se desmayó por
segunda vez.
‑Id a buscar vinagre, señorita ‑pidió Cornelius‑, le
frotaremos las sienes y volverá en sí.
Pero en lugar de cumplir la prescripción que le había
hecho, Rosa, después de asegurarse de que su padre se hallaba realmente sin
conocimiento, avanzó hacia Cornelius.
‑Señor ‑dijo‑, servicio por servicio.
‑¿Es decir, mi bella niña? ‑preguntó Cornelius.
‑Es decir, señor, que el juez que debe interrogaros
mañana ha venido a informarse hoy de la celda en la que os hallábais; que le
han dicho que ocupábais la del señor Corneille de Witt, y que a esa respuesta,
se ha reído de una forma tan siniestra que me hace creer que no os espera nada
bueno.
‑Pero ‑preguntó Cornelius‑, ¿qué pueden hacerme?
‑¿Véis desde aquí ese patíbulo?
‑Pero yo no soy culpable en absoluto ‑replicó Cornelius.
‑¿Lo eran ellos, los que están allá abajo, colgados,
mutilados, desgarrados?
‑Es verdad ‑dijo Cornelius entristeciéndose.
‑Por otra parte ‑continuo Rosa‑ la opinión pública
quiere que seáis culpable. Pero en fin, culpable o no, vuestro proceso
comenzará mañana, pasado mañana seréis condenado: las cosas van de prisa en
los tiempos que corren.
‑¡Y bien! ¿Qué opináis de todo esto, señorita?
‑Opino que yo estoy sola, que soy débil, que mi padre
está desmayado, que el perro tiene el bozal puesto, que nada, por
consiguiente, os impide salvaros. Salvaos, pues, esto es lo que opino.
‑¿Qué decís?
‑Digo que no he podido salvar a los señores Corneille y
Jean de Witt, por desgracia, y que me gustaría salvaros a vos. Solo que, actuad
de prisa, mirad cómo respira ya mi padre, dentro de un minuto tal vez abrirá
los ojos, y entonces será ya demasiado tarde. ¿Dudáis?
En efecto, Cornelius permanecía inmóvil, contemplando a
Rosa, pero como si la mirara sin oírla.
‑¿No comprendéis? ‑insistió la joven impaciente.
‑Sí, claro que comprendo ‑contestó Cornelius‑. Pero...
‑¿Pero...?
‑Rehúso. Os acusarían.
‑¿Qué importa? ‑dijo Rosa ruborizándose.
‑Gracias, niña ‑replicó Cornelius‑, pero me quedo.
‑¡Os quedáis! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡No habéis
comprendido, pues, que seréis condenado... condenado a muerte, ejecutado sobre
un patíbulo y tal vez asesinado, destrozado como han asesinado y destrozado al
señor Jean y al señor Corneille! En nombre del cielo, no os ocupéis de mí y
huid de esta celda en que os halláis. Tened cuidado, trae la desgracia a los De
Witt.
‑¡Eh! ‑exclamó el carcelero despertándose‑. ¿Quién habla
de esos bribones, de esos miserables, de esos criminales De Witt?
‑No os importa, buen hombre ‑dijo Cornelius con su dulce
sonrisa‑. Lo peor que hay para las fracturas es calentarse la sangre ‑luego,
por lo bajo, dijo a Rosa‑: Niña mía, yo soy inocente, esperaré a mis jueces
con la tranquilidad y la calma de un inocente.
‑Silencio ‑advirtió Rosa.
‑Silencio, ¿y por qué?
‑Es preciso que mi padre no sospeche que hemos
conversado.
‑¿Qué mal habría?
‑¿Qué mal habría...? Me impediría volver aquí para
siempre ‑explicó la joven.
Cornelius recibió esta inocente confidencia con una
sonrisa, le parecía que un poco de felicidad lucía en su infortunio.
‑¡Y bien! ¿Qué masculláis los dos ahí? ‑dijo Gryphus
levantándose y sosteniendo su brazo derecho con el brazo izquierdo.
‑Nada ‑respondió Rosa‑. El señor me prescribe el régimen
que habéis de seguir.
‑¡El régimen que debo seguir! ¡El régimen que debo
seguir! ¡Vos también, vos también tenéis uno que seguir, bonita!
‑¿Cuál, padre mío?
‑No venir a la celda de los prisioneros, o, al menos,
salir lo más aprisa posible; ¡caminad, pues, delante de mí, y ligerita!
Rosa y Cornelius intercambiaron una mirada.
La de Rosa quería decir:
«Ya veis.»
La de Cornelius significaba:
«¡Que sea lo que el Señor quiera!»
XI
El Testamento De Cornelius
Van Baerle
Rosa no se había equivocado. Los jueces acudieron al día
siguiente a la Buytenhoff, e interrogaron a Cornelius van Baerle. Por lo
demás, el interrogatorio no fue muy largo; estaba comprobado que Cornelius
había guardado en su casa aquella correspondencia fatal de los De Witt con
Francia.
No lo negó en absoluto.
Solamente existía, a los ojos de los jueces, la duda de
que aquella correspondencia le hubiera sido entregada por su padrino, Corneille
de Witt.
Pero como, después de la muerte de los dos mártires,
Cornelius van Baerle no tenía nada que ocultar, no solamente no negó que el
depósito le había sido confiado por Corneille en persona, sino que todavía
contó cómo, de qué forma y en qué circunstancias le había sido confiado.
Esta confidencia implicaba al ahijado en el crimen de su
padrino.
Existía complicidad patente entre Corneille y Cornelius.
Cornelius no se limitó a esta confesión: dijo toda la
verdad con respecto a sus simpatías, sus costumbres y sus familiaridades.
Explicó su indiferencia en políticas, su amor por el estudio, por las artes,
por las ciencias y por las flores. Contó que nunca, desde el día en que
Corneille había venido a Dordrecht y le había confiado aquel depósito, lo había
tocado ni incluso mirado.
Se le objetó que a ese respecto era imposible que dijera
la verdad, ya que los papeles estaban encerrados justamente en un armario donde
cada día se hundían las manos y los ojos.
Cornelius respondió que eso era verdad, pero que él no
metía la mano en el cajón más que para asegurarse de que sus cebollas estaban
bien secas; y que solamente dirigía la mirada a él para asegurarse de si sus
cebollas comenzaban a germinar.
Se le objetó que su pretendida indiferencia con respecto
a ese depósito no podía sostenerse razonablemente, porque resultaba imposible
que habiendo recibido semejantes documentos de mano de su padrino, no conociera
su importancia.
A lo que él respondió que su padrino Corneille le amaba
mucho y, sobre todo, que era un hombre demasiado prudente como para haberle
dicho nada acerca del contenido de aquellos papeles, ya que esta confidencia no
hubiera servido más que para atormentar al depositario.
Se le objetó que si el señor De Witt hubiera actuado de
esa forma, habría añadido al paquete en caso de accidente, un certificado
constatando que su ahijado era completamente extraño a esa correspondencia, o
bien, durante su proceso, le habría escrito alguna carta que pudiese servir
para su justificación.
Cornelius respondió que probablemente su padrino no había
pensado que su depósito corriera ningún peligro, oculto como estaba en un
armario que era considerado tan sagrado como el Arca por toda la casa Van
Baerle; que por consiguiente había juzgado el certificado inútil; que, en
cuanto a una carta, tenía algún recuerdo de que un momento antes de su
arresto, y cuando estaba absorto en la contemplación de una cebolla de las más
raras, el servidor del señor Jean de Witt había entrado en el secadero y le había
entregado un papel; pero que de todo aquello no le había quedado más que un
recuerdo parecido al que se tiene de una visión, que el sirviente había
desaparecido, y que en cuanto al papel, tal vez se encontraría si se le buscaba
bien.
En cuanto a Craeke, era imposible hallarlo, teniendo en
cuenta que había abandonado Holanda.
Y en lo tocante al papel, era tan poco probable que se
encontrara, que no se tomaron el trabajo de buscarlo.
El mismo Cornelius no insistió mucho sobre ese punto, ya
que, suponiendo que aquel papel se hallara, podía no tener ninguna relación con
la correspondencia que constituía el cuerpo del delito.
Los jueces parecieron querer empujar a Cornelius a
defenderse mejor de lo que lo hacía; utilizaron frente a él aquella benigna
paciencia que denota o bien a un magistrado interesado por el acusado, o bien a
un vencedor que abate a su adversario, y que, siendo completamente dueño de
él, no tiene necesidad de oprimirlo para perderlo.
Cornelius no aceptó en absoluto esta hipócrita protección,
y en la última respuesta que profirió con la nobleza de un mártir y la calma de
un justo, dijo:
‑Me preguntáis, señores, cosas a las que no tengo nada
que responder, sino la exacta verdad. Ahora bien, la exacta verdad es ésta. El
paquete entró en mi casa por el camino que he explicado; protesto delante de
Dios que ignoraba y que ignoro todavía su contenido; que solamente en el día de
mi arresto supe que ese depósito era la correspondencia del ex gran
pensionario con el marqués de Louvois. Protesto, finalmente, que ignoro cómo ha
podido saberse que ese paquete estaba en mi casa, y sobre todo cómo puedo ser
culpable por haber recogido lo que me traía mi ilustre y desgraciado padrino.
Éste fue todo el alegato de Cornelius. Los jueces
deliberaron.
Consideraron:
Que todo brote de disensión civil es funesto por cuanto
resucita la guerra que a todos interesa extinguir.
Uno de ellos, y era un hombre que pasaba por un profundo
observador, estableció que ese joven tan flemático en apariencia, debía de ser
muy peligroso en realidad, supuesto que debía ocultar bajo su manto de hielo
que le servía de envoltura un ardiente deseo de vengar a los señores De Witt,
sus allegados.
Otro hizo observar que el amor a los tulipanes se alía
perfectamente con la política, y que está históricamente probado que varios
hombres de los más peligrosos han trabajado en un jardín ni más ni menos como
si fuera su oficio, aunque en el fondo estuvieran ocupados realmente en otra
cosa. Ejemplo, Tarquino el Viejo, que cultivaba adormideras en Cumas, y el gran
Condé, que regaba sus claveles en la fortaleza de Vicennes, y ello en el
momento en que el primero meditaba su regreso a Roma y el segundo su salida de
la prisión.
El juez concluyó con este dilema:
O Cornelius van Baerle quiere mucho a los tulipanes o
quiere mucho a la política; en uno a otro caso, nos ha mentido: en primer lugar
porque está probado que se ocupaba de la política y ello por las cartas que se
han hallado en su casa; a continuación porque se ha probado que se ocupaba de
los tulipanes. Los bulbos que están allí dan fe de ello. Finalmente, y aquí
está la enormidad; ya que Cornelius van Baerle se ocupaba a la vez de los
tulipanes y de la política, el acusado era, pues, de una naturaleza híbrida, de
una organización anfibia, trabajando con igual ardor la política y el tulipán,
lo que le otorgaría todos los caracteres de la especie de hombres más
peligrosos para la tranquilidad pública, y una cierta o más bien, una completa
analogía con los grandes cerebros de los que Tarquino el Viejo y el señor De
Condé proporcionaban hace un momento un ejemplo.
El resultado de todos esos razonamientos fue que el
príncipe estatúder de Holanda sentiría, sin duda alguna, un agradecimiento
infinito hacia la magistratura de La Haya por simplificarle la administración
de las Siete Provincias, al destruir hasta el menor germen de conspiración
contra su autoridad.
Este argumento privó sobre todos los otros, y para
destruir eficazmente el germen de las conspiraciones, fue pronunciada por
unanimidad la pena de muerte contra Cornelius van Baerle, culpable y convicto
de haber participado, bajo las inocentes apariencias de un aficionado a los
tulipanes, en las detestables intrigas y en los abominables complots de los
señores De Witt contra la nacionalidad holandesa, y en sus secretas relaciones
con el enemigo francés.
La sentencia llevaba subsidiariamente que el susodicho
Cornelius van Baerle sería sacado de la prisión de la Buytenhoff para ser
conducido al cadalso erigido en la plaza del mismo nombre, donde el ejecutor de
las condenas le cortaría la cabeza.
Como esta deliberación había sido formal, había durado
una media hora, y durante esta media hora, el prisionero había sido reintegrado
a su prisión.
Fue allí donde el escribano de los Estados vino a leerle
el fallo.
Maese Gryphus estaba retenido en su lecho por la fiebre
que le causaba la fractura de su brazo. Sus llaves habían pasado a las manos de
uno de sus criados supernumerarios, y detrás de ese criado, que había introducido
al escribano, Rosa, la bella frisona, había venido a colocarse en el rincón de
la puerta, con un pañuelo sobre la boca para ahogar sus suspiros y sus
sollozos.
Cornelius escuchó la sentencia con un rostro más
asombrado que triste.
Leída la sentencia, el escribano le preguntó si tenía
algo que objetar.
‑Por mi fe, no ‑respondió‑. Confieso solamente que entre
todos los motivos de muerte que un hombre precavido puede prever para
evitarlos, no hubiese sospechado jamás éste.
Tras esta respuesta, el escribano saludó a Cornelius van
Baerle con toda la consideración que ese tipo de funcionarios conceden a los
grandes criminales de todo género.
‑A propósito, señor escribano ‑dijo Cornelius, cuando
aquél se disponía a salir‑. ¿Para qué día es la cosa, si me hacéis el favor?
‑Pues, para hoy ‑respondió el escribano, un poco molesto
por la sangre fría del condenado.
Un sollozo estalló detrás de la puerta.
Cornelius se inclinó para ver quién había dejado escapar
aquel sollozo, pero Rosa, adivinando el movimiento, se había echado hacia
atrás.
‑Y ‑añadió Cornelius‑, ¿a qué hora es la ejecución?
‑Al mediodía, señor.
‑¡Diablo! ‑exclamó Cornelius‑. Me parece que he oído dar
las diez hace menos de veinte minutos. No tengo tiempo que perder.
‑Para reconciliaros con Dios, sí, señor ‑dijo el
escribano inclinándose hasta el suelo‑, y podéis solicitar al ministro de
vuestra preferencia.
Diciendo estas palabras, salió andando hacia atrás, y el
carcelero suplente iba a seguirle, cerrando la puerta de Cornelius cuando un
brazo blanco y tembloroso se interpuso entre ese hombre y la pesada puerta.
Cornelius no vio más que el casco de oro con orejeras de
puntillas blancas, tocado de las bellas frisonas; no oyó más que un murmullo al
oído del carcelero; pero éste entregó sus pesadas llaves a la blanca mano que
se le tendía y, descendiendo unos escalones, se sentó en medio de la escalera,
guardada así en lo alto por él, y abajo por el perro.
El casco de oro dio media vuelta, y Cornelius reconoció
el rostro surcado de lágrimas y los grandes ojos azules anegados de la bella
Rosa.
La joven avanzó hacia Cornelius apoyando sus dos manos
sobre su desgarrado pecho.
‑¡Oh, señor, señor! ‑exclamó.
Y no acabó.
‑Mi bella niña ‑replicó Cornelius emocionado‑, ¿qué
deseáis de mí? De ahora en adelante no tengo ya ningún poder sobre nada, os lo
advierto.
‑Señor, vengo a reclamar de vos una gracia ‑dijo Rosa
tendiendo sus manos mitad hacia Cornelius, mitad hacia el cielo.
‑No lloréis así, Rosa ‑advirtió el prisionero‑, porque
vuestras lágrimas me enternecen mucho más que mi próxima muerte. Y, vos lo
sabéis, cuanto más inocente es el prisionero, con más calma debe morir a incluso
con alegría, ya que muere mártir. Vamos, no lloréis más y decidme vuestro
deseo, mi bella Rosa.
La joven se dejó caer de rodillas.
‑Perdonad a mi padre ‑pidió.
‑¡A vuestro padre! ‑exclamó Cornelius asombrado.
‑Sí, ¡ha sido tan duro con vos! Pero es así por naturaleza,
es así con todos, y no es a vos particularmente a quien ha tratado con
brutalidad.
‑Ha sido castigado, querida Rosa, incluso más que
castigado por el accidente que le sobrevino, y yo le perdono.
‑¡Gracias! ‑contestó Rosa‑. Y ahora, decidme, ¿puedo
hacer a mi vez algo por vos?
‑Podéis secar vuestros bellos ojos, querida niña ‑respondió
Cornelius con su dulce sonrisa.
‑Pero por vos... por vos...
‑El que no dispone más que de una hora para vivir, es un
gran sibarita si tiene necesidad de alguna cosa, querida Rosa.
‑¿Ese ministro que os han ofrecido?
‑He adorado a Dios toda mi vida, Rosa. Le he adorado en
sus obras, bendecido en su voluntad. Dios no puede tener nada contra mí. No os
pediré, pues, un ministro. El último pensamiento que me ocupa, Rosa, se
relaciona con la glorificación de Dios. Ayudadme, querida, os lo ruego, en el
cumplimiento de este último pensamiento.
‑¡Ah, señor Cornelius, hablad, hablad! ‑exclamó la joven
inundada en lágrimas.
‑Dadme vuestra bella mano, y prometedme no reíros, niña
mía.
‑¡Reír! ‑exclamó Rosa desesperada‑. ¡Reír en este
momento! Pero entonces ¿vos no me habéis mirado, señor Cornelius?
‑Os he mirado, Rosa, con los ojos del cuerpo y los ojos
del alma. Jamás mujer más bella, jamás alma más pura se había ofrecido a mí; y
si no os miro más a partir de este momento, perdonadme, es porque, dispuesto
a salir de la vida, prefiero no tener nada que echar de menos en ella.
Rosa se sobresaltó. Cuando el prisionero decía estas
palabras, sonaban las once en la torre de la Buytenhoff.
Cornelius comprendió.
‑Sí, sí, apresurémonos ‑dijo‑. Tenéis razón, Rosa.
Entonces, sacando de su pecho, donde lo había ocultado de
nuevo cuando pasó el temor de ser registrado, el papel que envolvía los tres
bulbos, explicó:
‑Mi bella amiga, he amado mucho las flores. Era en los
tiempos en que ignoraba se pudiera amar otra cosa. ¡Oh! No os ruboricéis, no
interpretéis mal, Rosa, aunque os hiciera una declaración de amor, esto, pobre
niña, no tendría ninguna consecuencia; abajo, en la Buytenhoff, hay un cierto
acero que dentro de sesenta minutos dará cuenta de mi temeridad. Así pues,
decía que amaba las flores, y había hallado, por lo menos así lo creo, el secreto
del gran tulipán negro que se creía imposible, y que es, lo sepáis o no, el
objeto de un premio de cien mil florines propuesto por la Sociedad Hortícola
de Haarlem. Esos cien mil florines, y Dios sabe que no me lamento por ellos,
esos cien mil florines los tengo aquí en este papel; están ganados con los tres
bulbos que encierra, y que podéis coger, Rosa, porque os los doy.
‑¡Señor Cornelius!
‑¡Oh! Podéis cogerlos, Rosa, no causáis ningún mal a
nadie, niña mía. Estoy solo en el mundo; mi padre y mi madre han muerto; no he
tenido nunca hermana ni hermano; no he pensado nunca en enamorarme de nadie, y
si alguien se ha enamorado de mí, no lo he sabido jamás. Por otra parte, ya
podéis ver, Rosa, que estoy abandonado, ya que en esta hora solamente vos
estáis en mi calabozo, consolándome y socorriéndome.
‑Pero, señor, cien mil florines...
‑¡Ah! Seamos formales, querida niña ‑dijo Cornelius‑.
Cien mil florines serán una hermosa dote a vuestra belleza; obtendréis los cien
mil florines porque estoy seguro de mis bulbos. Los tendréis pues, querida
Rosa, y no os pido a cambio más que la promesa de casaros con un muchacho
valiente, joven, al que vos améis y que os ame tanto a vos como yo amaba las
flores. No me interrumpáis, Rosa, que no dispongo más que de unos minutos...
La pobre chica se ahogaba bajo sus sollozos.
Cornelius le cogió la mano.
‑Escuchadme ‑continuó‑, así es cómo procederéis. Coged
tierra en mi jardín de Dordrecht. Pedid a Butruysheim, mi jardinero, tierra de
mi platabanda número 6; plantad en ella y en una caja profunda esos tres
bulbos, que florecerán en el próximo mayo, es decir, dentro de siete meses, y
cuando veáis la flor en su tallo, pasad las noches protegiéndola del viento,
los días salvándola del sol. Florecerá negra, estoy seguro. Entonces haced
llamar al presidente de la Sociedad Hortícola de Haarlem. Hará constatar por el
congreso el color de la flor, y os entregará los cien mil florines.
Rosa lanzó un gran suspiro.
‑Ahora ‑continuó Cornelius enjugando una temblorosa
lágrima en el borde de su párpado y que era causada más bien por este
maravilloso tulipán negro que no debía ver nunca‑ no deseo ya nada, sino que el
tulipán se llame Rosa Barloensis, es
decir, que recuerde al mismo tiempo vuestro nombre y el mío, y como no sabiendo
latín, podríais olvidar seguramente esta palabra, procuradme un lápiz y un
papel para que os la escriba.
Rosa estalló en sollozos y le tendió un libro encuadernado
en piel, que llevaba las iniciales C. W.
‑¿Qué es esto? ‑preguntó el prisionero.
‑¡Ay! ‑respondió Rosa‑, es la Biblia de vuestro pobre
padrino, Corneille de Witt. De ella tomó la fuerza para sufrir la tortura y oír
sin palidecer su sentencia. La hallé en esta habitación después de la muerte
del mártir, y la he guardado como una reliquia; hoy os la traía, porque me
parecía que había en este libro una fuerza verdaderamente divina. No habéis
tenido necesidad de esta fuerza que Dios ya había puesto en vos. ¡Dios sea
loado! Escribid encima lo que debéis escribir, señor Cornelius, y aunque tengo
la desgracia de no saber leer, lo que escribáis será cumplido.
Cornelius cogió la Biblia y la besó respetuosamente. ‑¿Con
qué escribiré? ‑preguntó.
‑Hay un lápiz en la Biblia ‑contestó Rosa‑. Estaba ahí y
lo he conservado.
Era el lápiz que Jean de Witt había prestado a su hermano
y que éste no había pensado en devolverle.
Cornelius lo cogió, y en la segunda página ‑porque, como
se recuerda, la primera había sido arrancada‑, próximo a morir a su vez como
su padrino, escribió con una mano no menos firme:
Este 23 de agosto de 1672, a punto de rendir, aunque
inocente, mi alma a Dios sobre un cadalso, lego a Rosa Gryphus el único bien
que me queda de todos mis bienes en este mundo, ya que los otros han sido
confiscados; lego, digo, a Rosa Gryphus, tres bulbos que, en mi convicción
profunda, deben dar en el mes de mayo próximo el gran tulipán negro, objeto del
premio de cien mil florines ofrecido por la Sociedad de Haarlem, deseando que
ella cobre esos cien mil florines en mi lugar y como mi única heredera, con la
sola condición de casarse con un hombre joven de aproximadamente mi edad, que
la ame y a quien ella ame, y de dar al gran tulipán negro que creará una nueva
especie el nombre de Rosa Barloensis, es
decir, su nombre y el mío reunidos.
¡Dios me halle en gracia y a ella en salud!
CORNELIUS VAN BAERLE.
Luego, devolviendo la Biblia a Rosa:
‑Leed ‑dijo.
‑Ya os he dicho ‑respondió la joven‑ que, por desgracia,
no sé leer.
Entonces Cornelius leyó a Rosa el testamento que acababa
de hacer.
Los sollozos de la pobre niña se redoblaron.
‑¿Aceptáis mis condiciones? ‑preguntó el prisionero
sonriendo con melancolía y besando la punta de los dedos temblorosos de la
bella frisona.
‑¡Oh! No sabría, señor ‑balbuceó ella.
‑No sabríais, niña mía, y ¿por qué?
‑Porque hay una condición que no podría mantener.
‑¿Cuál? Creo, sin embargo, haber hecho lo conveniente
para nuestro tratado de alianza.
‑¿Me dais vos los cien mil florines a título de dote?
‑Sí.
‑¿Y para casarme con el hombre que ame?
‑Sin duda.
‑¡Pues bien!, señor, ese dinero no puede ser para mí. No
amaré jamás a nadie y no me casaré.
Y después de estas palabras penosamente pronunciadas,
Rosa dobló las rodillas y estuvo a punto de desmayarse de dolor.
Cornelius, asustado al verla tan pálida y desfallecida,
iba a cogerla en sus brazos, cuando un paso pesado, seguido de otros ruidos
siniestros, sonó en las escaleras acompañado por los ladridos del perro.
‑¡Vienen a buscaros! ‑exclamó Rosa retorciéndose las
manos‑. ¡Dios mío! ¡Dios mío! Señor, ¿no tenéis nada más que decirme?
Y cayó de rodillas, con la cabeza hundida en sus brazos,
y completamente sofocada por los sollozos y las lágrimas.
‑Tengo que deciros que guardéis celosamente vuestros tres
bulbos y los cuidéis según las prescripciones que os he dado, y por mi amor.
Adiós, Rosa.
‑¡Oh, sí! ‑murmuró ésta, sin levantar la cabeza‑. ¡Oh,
sí! Haré todo lo que vos habéis dicho. Excepto casarme ‑añadió por lo bajo‑.
Porque esto, ¡oh!, esto, lo juro, es para mí una cosa imposible.
Y hundió en su seno palpitante el querido tesoro de
Cornelius.
Este ruido que habían oído Cornelius y Rosa, era el que
hacía el carcelero que volvía a buscar al condenado, seguido del ejecutor, de
los soldados destinados a la guardia del patíbulo, y de los curiosos habituales
de la prisión.
Cornelius, sin debilidad, pero sin fanfarronería, los
recibió como amigos más que como perseguidores y se dejó imponer las
condiciones que quisieron aquellos hombres para la ejecución de su oficio.
Luego, de una ojeada lanzada sobre la plaza por su
pequeña ventana enrejada, percibió el patíbulo, y a veinte pasos del patíbulo,
la horca, de la cual habían sido descolgadas por orden del estatúder, las
reliquias ultrajadas de los dos hermanos De Witt.
Cuando se dispuso a descender para seguir a los guardias,
Cornelius buscó con los ojos la mirada angelical de Rosa; pero no vio detrás de
las espadas y las alabardas más que un cuerpo tendido al lado de un banco de
madera y un rostro lívido medio velado por unos largos cabellos.
Pero al caer inanimada, Rosa, para seguir obedeciendo a
su amigo, había apoyado su mano sobre su corpiño de terciopelo, a incluso en
el olvido de toda vida, continuaba recogiendo instintivamente el precioso depósito
que le había confiado Cornelius.
Y al abandonar el calabozo, el joven pudo entrever en los
dedos crispados de Rosa la hoja amarillenta de aquella Biblia sobre la que
Corneille de Witt había escrito tan penosa y dolorosamente aquellas líneas
que, si Cornelius las hubiese leído, habrían salvado infaliblemente a un
hombre y a un tulipán.
Cornelius no tenía que dar más de trescientos pasos fuera
de la prisión para llegar al pie del patíbulo.
Al final de la escalera, el perro lo miró pasar tranquilamente;
Cornelius creyó incluso observar en los ojos del moloso una cierta expresión de
dulzura que lindaba con la compasión.
Tal vez el perro conociera a los condenados y no mordiera
más que a los que salían libres.
Se comprende que cuanto más corto fuera el trayecto de
la puerta de la prisión al pie del patíbulo, más lleno estuviera de curiosos.
Eran aquellos mismos que, mal apagada la sed de sangre de
la que habían bebido ya tres días antes, esperaban una nueva víctima.
Así, apenas apareció Cornelius, un aullido inmenso se
prolongó por la calle, se extendió por toda la superficie de la plaza, y se
alejó en diferentes direcciones, por las calles que conducían al patíbulo, y
que la muchedumbre llenaba.
De este modo, el patíbulo parecía una isla que estuviera
batida por el oleaje de cuatro o cinco tumultuosos ríos.
En medio de aquellas amenazas, de esos aullidos y de
estas vociferaciones, para no oírlas, sin duda, Cornelius se había absorbido
en sí mismo.
¿En qué pensaba ese justo que iba a morir?
No era ni en sus enemigos, ni en sus jueces, ni en sus
verdugos.
Era en los bellos tulipanes que vería desde lo alto del
cielo, bien en Ceilán, bien en Bengala, bien más lejos, cuando sentado con
todos los inocentes a la derecha de Dios, pudiera contemplar con piedad esta
tierra donde habían degollado a los señores Jean y Corneille de Witt por haber
pensado demasiado en la política, y donde iban a degollar al señor Cornelius
van Baerle por haber pensado demasiado en los tulipanes.
«Cuestión de un golpe de espada ‑decía el filósofo‑, y
mi bello sueño comenzará.»
Solamente quedaba por saber si como al señor De Chalais,
al señor De Thou, y otras gentes mal ajusticiadas, el verdugo no le reservaba
más de un golpe, es decir, más de un martirio, al pobre tulipanero.
No por ello Van Baerle subió menos resueltamente los
escalones del patíbulo.
Subió orgullosamente, porque lo estaba, de ser el amigo
de aquel ilustre Jean y el ahijado de aquel noble Corneille que los bellacos,
reunidos para verle, habían despedazado y quemado tres días antes y colgado en
aquel mismo lugar.
Se arrodilló, rezó su oración, y observó no sin
experimentar una viva alegría que al posar su cabeza sobre el tajo y
manteniendo sus ojos abiertos, vería hasta el último momento la ventana
enrejada de la Buytenhoff.
Por fin llegó la hora de hacer ese terrible movimiento:
Cornelius posó su mentón sobre el bloque húmedo y frío. Pero en ese momento, a
su pesar, sus ojos se cerraron para sostener más resueltamente el horrible
alud que iba a caer sobre su cabeza y a engullir su vida.
Un destello brilló sobre el piso del patíbulo; el verdugo
levantaba su espada.
Van Baerle dijo adiós al gran tulipán negro, seguro de
despertarse diciendo buenos días a Dios en un mundo hecho de otra luz y de
otro color.
Tres veces sintió pasar por su cuello tembloroso el
viento frío de la espada.
Pero ¡oh, sorpresa!
No sintió ni dolor ni conmoción.
No vio ningún cambio de matiz.
Luego, de repente, sin saber por quién, Van Baerle se
sintió levantado por unas manos bastante dulces y se encontró pronto sobre sus
pies, un poco vacilante.
Volvió a abrir los ojos.
Alguien leía algo a su lado, sobre un gran pergamino
sellado con un gran timbre de cera roja.
Y el mismo sol, amarillo y pálido como conviene a un sol
holandés, lucía en el cielo; y la misma ventana enrejada le miraba desde lo
alto de la Buytenhoff; y los mismos bellacos, ya no aullantes sino pasmados, le
contemplaban desde abajo, en la plaza.
A fuerza de abrir los ojos, de mirar, de escuchar, Van
Baerle comenzó a comprender esto:
Que monseñor Guillermo, príncipe de Orange, temía sin
duda que las diecisiete libras de sangre que Van Baerle, con unas onzas más
tenía en el cuerpo, no hicieran desbordar la copa de la justicia celeste; que
había sentido piedad por su carácter y sus apariencias de inocencia.
En consecuencia, Su Alteza le había otorgado la gracia de
la vida... Por eso la espada que se había alzado con aquel reflejo siniestro
había volteado tres veces alrededor de su cabeza cómo el pájaro fúnebre alrededor
de la de Turnus, pero no se había abatido sobre ella y había dejado intactas
sus vértebras.
Por eso era que no había sentido ni dolor ni conmoción.
Por eso, que el sol continuaba riendo en el mediocre azul, cierto, aunque muy
soportable de las bóvedas celestes.
Cornelius, que había esperado a Dios y al panorama
tulípido del Universo, quedó realmente un poco decepcionado; pero se consoló
haciendo jugar con cierto bienestar los resortes inteligentes de esa parte del
cuerpo que los griegos llamaban trachelos
y que nosotros denominamos modestamente cuello.
Y luego Cornelius esperó que la gracia sería completa, y
que se le iba a devolver la libertad y sus platabandas de Dordrecht.
Pero en eso se equivocó, porque como decía por aquel
tiempo madame De Sévigné, había un post scriptum en la carta, y lo más
importante de esta carta estaba encerrado en el post scriptum.
Por ese post scriptum, Guillermo, estatúder de Holanda,
condenaba a Cornelius van Baerle a prisión perpetua.
No era demasiado culpable para la muerte, pero sí lo era
para la libertad.
Cornelius escuchó, pues, el post scriptum, y luego,
después de la primera contrariedad producida por la decepción que aquél
aportaba, pensó:
«¡Bah! No se ha perdido todo. La reclusión perpetua
tiene algo de bueno. Está Rosa en la reclusión perpetua. Están también mis
tres bulbos del tulipán negro.»
Pero Cornelius olvidaba que las Siete Provincias pueden
tener siete prisiones, una por provincia, y que el pan del prisionero es menos
caro en cualquier parte que en La Haya, que es una capital.
Su Alteza Guillermo, que no tenía, al parecer, los medios
para alimentar a Van Baerle en La Haya, lo enviaba a cumplir su prisión
perpetua a la fortaleza de Loevestein, muy cerca de Dordrecht y, sin embargo,
por desgracia, muy lejos.
Porque Loevestein, dicen los geógrafos, está situada en
la punta de la isla que forman, frente a Gorcum, el Waal y el Mosa.
Van Baerle sabía bastante historia de su país para no
ignorar que el célebre Grotius había sido encerrado en ese castillo después de
la muerte de Barneveldt, y que los Estados, en su generosidad hacia el célebre
publicista, jurisconsulto, historiador, poeta y teólogo; le habían concedido
la suma de veinticuatro sous en
Holanda por día para su alimentación.
«A mí, que estoy muy lejos de valer lo que Grotius ‑se
dijo Van Baerle‑, me asignarán doce sous
con gran trabajo, y viviré muy mal, pero en fin, viviré.»
Luego, de repente, golpeado por un terrible recuerdo,
exclamó en voz alta:
‑¡Ah! ¡Ese país es húmedo y nubloso! ¡Y el terreno es
malo para los tulipanes! Y, además, Rosa, Rosa que no estará en Loevestein ‑murmuró
ya en tono menor, dejando caer sobre el pecho la cabeza a la que tan poco había
faltado para que cayera más abajo.
XIII
Lo Que Ocurría Durante Ese Tiempo
En El Alma De Un Espectador
Mientras Cornelius reflexionaba sobre su suerte, una
carroza se había aproximado al patiíbulo.
Aquella carroza era para el prisionero. Se le invitó a
subir a ella; obedeció.
Su última mirada fue para la Buytenhoff. Esperaba ver en
la ventana el rostro consolado de Rosa, pero la carroza estaba enganchada a
buenos caballos que se llevaron enseguida a Van Baerle del seno de las
aclamaciones que vociferaba aquella multitud en honor del muy magnánimo estatúder,
con una cierta mezcla de invectivas dirigidas a los De Witt y a su ahijado
salvado de la muerte.
Lo cual hacía decir a los espectadores:
‑Ha sido una suerte que nos hayamos apresurado a hacer
justicia con aquel gran criminal de Jean y el muy bribón de Corneille, pues de
no haber obrado así, la clemencia de Su Alteza nos los hubiera quitado como
acaba de quitarnos a ése.
Entre todos aquellos espectadores que la ejecución de Van
Baerle había atraído a la Buytenhoff, y a los que el giro de los
acontecimientos había contrariado un poco, el que más era, evidentemente,
cierto burgués vestido adecuadamente y que, desde la mañana, había empleado tan
bien los pies y las manos, que había llegado a no estar separado del patíbulo
más que por la fila de soldados que rodeaban el instrumento de suplicio.
Muchos se habían mostrado ávidos de ver correr la sangre pérfida del culpable Cornelius; pero
nadie había puesto en la expresión de este funesto deseo el encarnizamiento
que había empleado el burgués en cuestión.
Los más furiosos habían acudido a la Buytenhoff al rayar
el día para obtener un buen puesto; pero él, adelantándose a los más furiosos,
había pasado la noche en el umbral de la prisión, y de la prisión había llegado
a la primera fila, como hemos dicho, unguibus
et rostro, acariciando a los unos y golpeando a los otros.
Y cuando el verdugo había conducido a su condenado al
patíbulo, el burgués, subido a un mojón de la fuente para mejor ver y ser visto
mejor, había hecho al verdugo un gesto que significaba:
«Está convenido, ¿verdad?»
Gesto al que el verdugo había respondido con otro que
quería decir:
«Estad tranquilo.»
¿Quién era, pues, ese burgués que parecía estar tan a
bien con el verdugo, y qué quería decir ese intercambio de gestos?
Nada más natural; aquel burgués era Mynheer Isaac Boxtel que desde el arresto de Cornelius había
venido, como hemos visto, a La Haya para tratar de apropiarse de los tres
bulbos del tulipán negro.
Boxtel había intentado primero inclinar a Gryphus hacia
sus intereses, pero éste tenía algo de bulldog por la fidelidad, la
desconfianza y la vigilancia de sus presas. En consecuencia, había tomado a
contrapelo el odio de Boxtel, al que había considerado como un ferviente amigo
que se interesaba por cosas indiferentes para preparar seguramente algún medio
de evasión del prisionero.
Así, a las primeras proposiciones que Boxtel le había
hecho, para sustraer los bulbos que Cornelius van Baerle debía de ocultar, si
no en su pecho, al menos en algún rincón de su calabozo, Gryphus sólo había respondido
con una expulsión acompañada de las caricias del perro de la escalera.
Boxtel no se había descorazonado por un fondillo de los
pantalones dejado en los dientes del moloso. Había vuelto a la carga.
Al estar Gryphus en su lecho, febril y con el brazo roto,
Boxtel se había vuelto hacia Rosa, ofreciendo a la joven, a cambio de los tres
bulbos, un tocado de oro puro. A lo que la noble joven, aunque ignorando todavía
el valor del robo que se le proponía y por el que le ofrecían pagar tan bien,
había enviado al tentador al verdugo, no solamente el último juez, sino también
el último y macabro heredero del condenado a muerte.
El envío hizo nacer una idea en la mente de Boxtel.
Entretanto, el fallo se había pronunciado, fallo expeditivo,
como se vio. Isaac se detuvo en consecuencia en la idea que le había sugerido
Rosa; fue a buscar al verdugo.
Isaac no se imaginaba que Cornelius no muriera con sus
tulipanes sobre el corazón.
En efecto, Boxtel no podía adivinar dos cosas:
Rosa, es decir, el amor.
Guillermo, es decir, la clemencia.
Menos Rosa y Guillermo, los cálculos del envidioso eran
exactos.
Menos Guillermo, Cornelius moriría.
Menos Rosa, Cornelius moriría, con sus bulbos sobre el
corazón.
Mynheer Boxtel fue, pues, a buscar al verdugo,
se presentó a él como un gran amigo del condenado, y menos las joyas de oro y
el dinero que dejaba al ejecutor, compró todos los expolios del futuro muerto
por la suma un poco exorbitante de cien florines.
Pero ¿qué eran cien florines para un hombre casi seguro
de adquirir por esa suma el premio de la Sociedad de Haarlem?
Aquello era dinero invertido al mil por uno, lo que
resulta, hay que convenir en ello, una bonita imposición.
La tarea del verdugo, por su parte, era casi nula para
ganarse sus cien florines. Sólo debía, acabada la ejecución, dejar a Mynheer Boxtel subir al patíbulo con sus
criados para recoger los restos inanimados de su amigo.
Lo que, por lo demás, estaba en uso entre los fieles
cuando uno de sus maestros moría públicamente en la Buytenhoff.
Un fanático como Cornelius podía muy bien tener otro
fanático que diera cien florines por sus reliquias.
Así pues, el verdugo aceptó la proposición. No había
puesto más que una condición: que sería pagado por adelantado.
Boxtel, como las gentes que entran en las barracas de
feria, podía no quedar contento y, por consiguiente, no querer pagar al salir.
Boxtel pagó por adelantado y esperó.
Juzguemos después de esto si Boxtel estaba emocionado,
si vigilaba a los guardias y al carcelero, si los movimientos de Van Baerle le
inquietaban: cómo se colocaría éste sobre el tajo, cómo caería; si al caer no
aplastaría en su caída los inestimables bulbos; ¿habría tenido cuidado al menos
de encerrarlos en una caja de oro, por ejemplo, ya que el oro era el más duro
de todos los metales?
No intentaremos describir el efecto producido en este
digno mortal por la detención producida en la ejecución de la sentencia. ¿Para
qué perdía el tiempo el verdugo haciendo brillar su espada por encima de la
cabeza de Cornelius, en lugar de abatir aquella cabeza? Pero cuando vio al
carcelero coger la mano del condenado, levantarlo mientras sacaba de su
bolsillo un pergamino; cuando oyó la lectura pública de la gracia concedida
por el estatúder, Boxtel no fue ya un hombre. La rabia del tigre, de la hiena y
de la serpiente estalló en sus ojos, en su grito, en su gesto; si se hubiera
hallado al alcance de Van Baerle, se habría lanzado sobre él y lo habría
asesinado.
Así pues, Cornelius viviría, Cornelius iría a Loevestein;
y se llevaría sus bulbos a la prisión, y tal vez encontraría un jardín donde
hacer florecer el tulipán negro.
Existen ciertas catástrofes que la pluma de un pobre
escritor no puede describir, viéndose obligado a dejar suelta la imaginación de
sus lectores en toda la simplicidad del hecho.
Boxtel, pasmado, cayó de su mojón sobre algunos
orangistas descontentos como él del giro que acababa de tomar el asunto, los
cuales, creyendo que los gritos lanzados por Mynheer Isaac, lo eran de alegría, le colmaron de puñetazos, que,
ciertamente, no hubieran sido mejor dados por el bando contrario.
Pero ¿qué podían añadir algunos puñetazos al dolor que
sentía Boxtel?
Quiso entonces correr hacia la carroza que se llevaba a
Cornelius con sus bulbos. Pero en su apresuramiento, no vio un adoquín que
sobresalía, tropezó, perdió su centro de gravedad, rodó diez pasos y sólo se
levantó enloquecido, magullado, cuando todo el fangoso populacho de La Haya
hubo pasado por encima de su cuerpo.
Dentro de estas circunstancias, Boxtel, que se hallaba
en vena de desgracias, lo fue también por sus ropas desgarradas, su espalda
martirizada y sus manos arañadas.
Podría creerse que esto ya era bastante para Boxtel.
Nos equivocaríamos.
Boxtel, puesto en pie, se arrancó cuantos cabellos pudo,
y los lanzó en holocausto a esa divinidad feroz e insensible que se llama
Envidia.
Constituía ya ciertamente un gran honor para Cornelius
van Baerle el ser encerrado justamente en aquella misma prisión que había
recibido al sabio Grotius.
Pero una vez llegado a la prisión, le esperaba un honor
mucho más grande. Ocurrió que la celda ocupada por el ilustre amigo de
Barneveldt estaba vacante en Loevestein cuando la clemencia del príncipe
Guillermo de Orange envió allí al tulipanero Cornelius van Baerle.
Esa celda tenía realmente una mala reputación en el
castillo desde que, gracias a la imaginación de su mujer, Grotius había huido
en el famoso baúl de libros que se habían olvidado de registrar.
Por otro lado, el que le dieran aquella celda por alojamiento,
le pareció de muy buen augurio a Van Baerle, porque nunca, según su punto de
vista, un carcelero hubiera debido hacer habitar a un segundo palomo la jaula
de donde un primero había volado tan fácilmente.
La celda es histórica. No perderemos, pues, nuestro
tiempo consignando aquí los detalles, salvo un hueco que había sido practicado
por madame Grotius. Era una celda de prisión como las otras, más alta tal vez;
así, por la ventana enrejada, se disponía de una encantadora vista.
Por otra parte, el interés de nuestra historia no reside
en un cierto número de descripciones de interiores. Para Van Baerle, la vida
era otra cosa que un aparato respiratorio, El pobre prisionero amaba más allá
de su máquina neumática dos cosas de las que sólo el pensamiento, este libre
viajero, podía en lo sucesivo conseguirle la posesión artificial:
Una flor y una mujer, la una y la otra perdidas para
siempre para él.
¡Por fortuna, el bueno de Van Baerle se equivocaba! Dios,
que en el momento en que caminaba hacia el patíbulo, le había mirado con la
sonrisa de un padre, le reservaba en el seno mismo de su prisión, en la celda
de Grotius, la existencia más venturosa que jamás tulipanero alguno hubiera
podido vivir.
Una mañana, desde su ventana, mientras aspiraba el aire
fresco que subía del Waal y admiraba en la lejanía, tras un bosque de
chimeneas, los molinos de Dordrecht, su patria, vio una bandada de palomos que
venían desde ese punto del horizonte a posarse, agitándose al sol, sobre los
remates agudos de Loevestein.
«Estos palomos ‑se dijo Van Baerle‑ vienen de Dordrecht,
y por consiguiente deben de regresar allí.» Alguien que fijara un mensaje en el
ala de uno de esos palomos tendría la oportunidad de comunicar sus noticias a
Dordrecht, donde alguien debía llorarlo.
«Ese alguien ‑añadió Van Baerle para sí después de un
momento de meditación‑ sere yo.»
Se es paciente cuando se tienen veintiocho años y se está
condenado a prisión perpetua, es decir, a algo como veintidós o veintitrés mil
días de prisión.
Van Baerle, siempre pensando en sus tres bulbos, porque
este pensamiento latía siempre en el fondo de su pecho, confeccionó una trampa
para palomos. Intentó capturar esos volátiles con todos los recursos de su hacienda,
dieciocho sous de Holanda por día ‑doce
sous de Francia‑ y al cabo de un mes
de infructuosas tentativas, cazó una hembra.
Tardó otros dos meses para capturar un macho; luego los
encerró juntos, y hacia principios del año 1673, habiendo obtenido unos huevos,
soltó a la hembra que, confiando en el macho que los cubría en su lugar, se
dirigió alegremente hacia Dordrecht con su mensaje bajo el ala.
Regresó por la noche.
Había conservado el mensaje.
Lo guardó así quince días, con gran decepción de Van
Baerle al principio y luego con gran desesperación.
Al decimosexto día, por fin, regresó de vacío.
Ahora bien, Van Baerle dirigía esa nota a su nodriza, la
vieja frisona, y suplicaba a las almas caritativas que la hallaran, que la
entregaran con la mayor seguridad y rapidez posible.
En esta carta, dirigida a su nodriza, había una pequeña
nota destinada a Rosa.
Dios, que transporta con su aliento las simientes de
alhelíes a las murallas de los viejos castillos y las hace florecer con un poco
de lluvia, permitió que la nodriza de Van Baerle recibiera aquella carta.
Sucedió así:
Dejando Dordrecht por La Haya y La Haya por Gorcum, Mynheer Isaac Boxtel había abandonado no
solamente su casa, a su criado, su observatorio, su telescopio, sino también
sus palomos.
El criado, al que había dejado sin dinero, comenzó por
comerse los pocos ahorros que tenía y a continuación se puso a comerse los
palomos.
Viendo lo cual, los palomos emigraron del tejado de Isaac
Boxtel al tejado de Cornelius van Baerle.
La nodriza poseía un bondadoso corazón y tenía necesidad
de amar algo. Sintió una buena amistad por los palomos que habían acudido
demandándole hospitalidad, y cuando el criado de Isaac reclamó para comérselos
a los doce o quince últimos como se había comido los doce o quince primeros,
le ofreció rescatarlos mediante seis sous
de Holanda el ejemplar.
Esto era el doble de lo que valían los palomos; así pues,
el criado lo aceptó con gran alegría.
La nodriza pasó a ser entonces la legítima propietaria
de los palomos del envidioso.
Estos palomos estaban mezclados con aquellos que en sus
peregrinaciones visitaban La Haya, Loevestein y Rótterdam, yendo a buscar sin
duda trigo de otra naturaleza, cañamones de otro gusto.
El azar, o más bien Dios, Dios al que vemos en el fondo
de todas las cosas, había hecho que Cornelius van Baerle cazara precisamente
uno de aquellos palomos.
Resulta de ello que si el envidioso no hubiera abandonado
Dordrecht para seguir a su rival a La Haya primero, luego a Gorcum o a
Loevestein, como se verá, no estando separadas las dos localidades más que por
la unión del Waal y del Mosa, hubiera sido en sus manos y no en las de la
nodriza donde habría caído la nota escrita por Van Baerle, de suerte que el pobre
prisionero, como el cuervo del remendón romano, habría perdido su tiempo y su
trabajo, y en lugar de tener que contar los variados sucesos que, semejantes a
un tapiz de mil colores van a desarrollarse bajo nuestra pluma, no hubiéramos
tenido que describir más que una serie de días pálidos, tristes y sombríos como
el manto de la noche.
La nota cayó, pues, en manos de la nodriza de Van Baerle.
De este modo, hacia los primeros días de febrero, cuando
las primeras horas de la noche descendían del cielo dejando tras ellas las
estrellas nacientes, Cornelius oyó en la escalera de la torrecilla una voz que
le hizo estremecer.
Se llevó la mano al corazón y escuchó.
Aquélla era la voz dulce y armoniosa de Rosa.
Confesémoslo, Cornelius no hubiera quedado tan aturdido
por la sorpresa, tan loco de alegría como lo hubiese estado sin la historia del
palomo. El palomo le había traído la esperanza bajo su ala vacía a cambio de su
carta, y como conocía a Rosa esperaba tener cada día, si le habían entregado la
nota, noticias de su amor y de sus bulbos.
Se levantó, aguzando el oído, inclinando el cuerpo hacia
la puerta.
Sí, aquellos eran realmente los acentos que tan dulcemente
le habían emocionado en La Haya.
Pero ahora, Rosa, que había realizado el viaje de La Haya
a Loevestein; Rosa, que había conseguido, Cornelius no sabía cómo, penetrar en
la prisión, ¿lograría llegar felizmente hasta el prisionero?
Mientras Cornelius, a ese respecto, amontonaba
pensamiento sobre pensamiento, deseos sobre inquietudes, el postigo colocado
en la puerta de su celda se abrió, y Rosa, resplandeciente de alegría, de
compostura, bella sobre todo por la pena que había empalidecido sus mejillas
desde hacía cinco meses, pegó su rostro al enrejado de Cornelius diciéndole:
‑¡Oh, señor! Señor, aquí estoy.
Cornelius extendió el brazo, miró al cielo y lanzó un
grito de alegría.
‑¡Oh! ¡Rosa, Rosa! ‑exclamó.
‑¡Silencio! Hablemos bajo, mi padre me sigue ‑advirtió la
joven.
‑¿Vuestro padre?
‑Sí, está en el patio, al pie de la escalera, recibe las
instrucciones del gobernador, va a subir.
‑¿Las instrucciones del gobernador...?
‑Escuchadme, voy a tratar de decíroslo todo en dos
palabras: El estatúder tiene una casa de campo a una legua de Leiden, una gran
lechería no es otra cosa: mi tía, su nodriza, es la que lleva la dirección de
todos los animales que están encerrados en esa granja. Cuando recibí vuestra
carta no pude leerla, por desgracia, pero cuando vuestra nodriza me la leyó,
corrí a casa de mi tía; allí me quedé hasta que el príncipe vino a la lechería,
y cuando vino, le pedí que mi padre cambiara sus funciones de primer portallaves
de la prisión de La Haya por las funciones de carcelero de la fortaleza de
Loevestein. No se imaginaba mi propósito; de haberlo sabido, tal vez hubiera
rehusado; por el contrario, lo concedió.
‑De forma que estáis aquí.
‑Como véis.
‑¿De forma que os veré todos los días?
‑Lo más a menudo que pueda.
‑¡Oh, Rosa! ¡Mi bella madona Rosa! ‑dijo Cornelius‑. ¿Me
amáis, pues, un poco?
‑Un poco... ‑contestó ella‑. ¡Oh! No sois bastante
exigente, señor Cornelius.
Cornelius le tendió apasionadamente las manos, pero sólo
sus dedos pudieron tocarse a través del enrejado.
‑¡Aquí está mi padre! ‑exclamó la joven.
Y Rosa abandonó vivamente la puerta y se lanzó hacia el
viejo Gryphus que apareció en lo alto de la escalera.
Gryphus iba
seguido del moloso.
Le hacía realizar su ronda para que cuando llegara la
ocasión reconociera a los prisioneros.
‑Padre mío, ‑dijo Rosa‑ aquí está la famosa celda de la
que el señor De Grotius se evadió. ¿Recordáis al señor De Grotius?
‑Sí, sí, ese bribón de De Grotius; un amigo de aquel
bandido de Barneveldt al que vi ejecutar cuando yo era niño. ¡Ah! ¡Ah! Así que
ésta es la celda de la que se evadió. Pues bien, yo respondo de que nadie se
evadirá de ella jamás.
Y, abriendo la puerta, comenzó en la oscuridad su
discurso al prisionero.
En cuanto al perro, se dirigió gruñendo a olfatear las
pantorrillas de Van Baerle, como preguntándole con qué derecho no estaba
muerto, él a quien había visto salir entre el escribano y el verdugo, camino
del cadalso.
Pero la bella Rosa lo llamó, y el moloso acudió al lado
de la muchacha.
‑Señor ‑dijo Gryphus levantando su farol para tratar de
proyectar un poco de luz alrededor de él‑ , ved en mí a vuestro nuevo
carcelero. Soy jefe de los portallaves y tengo las celdas bajo mi vigilancia.
No soy malo, pero sí inflexible en lo que concierne a la disciplina.
‑Os conozco perfectamente, mi querido señor Gryphus ‑‑contestó
el prisionero entrando en el círculo de luz que proyectaba el farol.
‑Vaya, vaya, sois vos, señor Van Baerle ‑se asombró
Gryphus‑. ¡Ah! Sois vos; ¡vaya, vaya, vaya, como nos encontramos!
‑Sí, y veo con gran placer, mi querido señor Gryphus, que
vuestro brazo va de maravilla, ya que es el brazo con el que sostenéis el
farol.
Gryphus frunció el entrecejo.
‑Ved lo que ocurre en política ‑comentó‑; siempre se
cometen faltas. Su Alteza os ha dejado la vida, yo no lo habría hecho.
‑¡Bah! ‑exclamó Cornelius‑. ¿Y por qué?
‑Porque vos sois de los hombres que siempre conspiran;
vosotros los sabios tenéis tratos con el diablo.
‑¡Ah, maese Gryphus! ¿Estáis descontento de la forma en
que os arreglé el brazo, o del precio que os pedí? ‑preguntó riendo Cornelius.
‑¡Por el contrario, voto a bríos! ¡Por el contrario! ‑refunfuñó
él carcelero‑. Me habéis arreglado muy bien el brazo; hay alguna brujería en
esto: al cabo de seis semanas me servía de él como si nada le hubiera sucedido.
Con tal motivo el médico de la Buytenhoff, que conoce su oficio, quería
rompérmelo de nuevo para arreglármelo según las reglas, prometiendo que, esta
vez, estaría tres meses sin poderlo utilizar.
‑¿Y vos no habéis querido?
‑Yo dije: «No.» Mientras pueda hacer la señal de la cruz
con este brazo ‑Gryphus era católico‑, mientras pueda hacer la señal de la
cruz, me río del diablo.
‑Pero si os reís del diablo, maese Gryphus, con mayor
razón debéis reíros de los sabios.
‑¡Oh! ¡Los sabios, los sabios! ‑exclamó Gryphus sin
responder a la interpelación‑. ¡Los sabios! Preferiría tener diez militares a
guardar, que un solo sabio. Los militares fuman, beben, se emborrachan; son
dulces como corderos cuando se les da aguardiente o vino del Mosa. Pero un
sabio, ¿beber, fumar, emborracharse? ¡Pues sí! Es sobrio, no gasta nada en eso,
y así mantiene su cabeza fresca para conspirar. Pero empiezo por deciros que
no os resultará fácil conspirar. En primer lugar nada de libros, nada de
papeles, nada de galimatías. Fue con los libros como el señor De Grotius se
salvó.
‑Yo os aseguro, maese Gryphus ‑replicó Van Baerle‑ que
tal vez haya tenido por un instante la idea de salvarme, pero ciertamente ya no
la tengo.
‑¡Está bien! ¡Está bien! ‑concedió Gryphus‑. Vigilaos vos
mismo, yo haré otro tanto. Esto es igual, es igual. Su Alteza cometió una falta
grave.
‑¿No dejando que me cortaran la cabeza...? Gracias,
gracias, maese Gryphus.
‑Sin duda. Ved si los señores De Witt no están ahora bien
tranquilos.
‑Es espantoso eso que decís, señor Gryphus ‑replicó Van
Baerle volviéndose para ocultar su desagrado‑. Olvidáis que uno era mi amigo,
y el otro... el otro mi segundo padre.
‑Sí, pero recuerdo que tanto el uno como el otro eran
unos conspiradores. Y además, hablo por filantropía.
‑¡Ah! ¿De veras? Explicad, pues, un poco esto, querido
Gryphus, pues no lo comprendo muy bien.
‑Sí. Si vos os hubiérais quedado en el tajo de maese
Harbruck...
‑¿Y bien?
‑¡Pues bien! No sufriríais ya. Mientras que aquí, no os
oculto que voy a haceros la vida muy dura.
‑Gracias por la promesa, maese Gryphus.
Y mientras el prisionero sonreía irónicamente al viejo
carcelero, Rosa detrás de la puerta le respondía con una sonrisa llena de
angélica consolación.
Gryphus se dirigió a la ventana.
Había todavía bastante luz para que se viera, sin
distinguirlo, un horizonte inmenso que se perdía en una bruma grisácea.
‑¿Qué vista hay desde aquí? ‑preguntó el carcelero.
‑Muy hermosa ‑contestó Cornelius mirando a Rosa.
‑Sí, sí, demasiada vista, demasiada vista.
En este momento, los dos palomos, espantados por la
aparición y, sobre todo, por la voz de aquel desconocido, salieron de su nido,
y desaparecieron asustados en la niebla.
‑¡Oh! ¡Oh! ¿Qué es esto? ‑preguntó el carcelero.
‑Mis palomos ‑respondió Cornelius.
‑¡Mis palomos! ‑exclamó el carcelero‑. ¡Mis palomos! ¿Es
que un prisionero tiene alguna cosa suya?
‑Entonces ‑dijo Cornelius‑ ¿los palomos que el Buen Dios
me ha prestado...?
‑He aquí una infracción ‑replicó Gryphus‑. ¡Unos palomos!
¡Ah!, joven, joven, os prevengo de una cosa, y es que, no más tarde de mañana,
estos pájaros hervirán en mi olla.
‑Sería preciso primero que vos los cogierais, maese
Gryphus ‑dijo Van Baerle‑. Vos no queréis que sean mis palomos; todavía son
menos vuestros, os lo juro, que lo son míos.
‑Lo que está diferido, no está perdido ‑refunfuñó el
carcelero‑ y no más tarde de mañana, les retorceré el cuello.
Y mientras profería esta maligna promesa a Cornelius,
Gryphus se inclinó hacia fuera para examinar la estructura del nido. Lo que dio
tiempo a Van Baerle para correr a la puerta y estrechar la mano de Rosa que le
dijo:
‑Esta noche, a las nueve.
Gryphus, enteramente ocupado con el deseo de coger al día
siguiente los palomos como había prometido hacer, no vio nada, no oyó nada; y
como había cerrado la ventana, agarró a su hija por el brazo, salió, dio una
doble vuelta a la llave, empujó los cerrojos, y se fue a hacer las mismas
promesas a otro prisionero.
Apenas hubo desaparecido, Cornelius se acercó a la puerta
para escuchar el ruido decreciente de los pasos. Luego, cuando se apagaron,
corrió a la ventana y demolió de punta a rabo el nido de los palomos.
Prefería alejarlos para siempre de su presencia que
exponer a la muerte a los gentiles mensajeros a los que debía la dicha de haber
vuelto a ver a Rosa.
Aquella visita del carcelero, sus brutales amenazas, la
sombría perspectiva de su vigilancia de la que conocía los abusos, nada de
todo eso pudo distraer a Cornelius de los dulces pensamientos y, sobre todo,
de la dulce esperanza que la presencia de Rosa acababa de resucitar en su
corazón.
Esperó impacientemente a que sonaran las nueve horas en
el torreón de Loevestein.
Rosa había dicho: «A las nueve, esperadme.»
La última nota de bronce vibraba todavía en el aire
cuando Cornelius oyó en la escalera el paso ligero y la ropa susurrante de la
bella frisona, y enseguida el enrejado de la puerta sobre la que Cornelius van
Baerle fijaba ardientemente los ojos se iluminó.
El postigo acababa de abrirse por fuera.
‑Aquí estoy ‑dijo Rosa todavía completamente sofocada por
haber tenido que subir la escalera‑. ¡Aquí estoy!
‑¡Oh, buena Rosa!
‑¿Estáis contento de verme?
‑¡Me lo preguntáis! Pero ¿cómo os las habéis arreglado
para venir? Decidme.
‑Escuchad, mi padre se duerme cada noche casi enseguida
después de cenar; entonces, le acuesto un poco aturdido por la ginebra; no se
lo digáis a nadie porque, gracias a este sueño, podré venir cada noche a
charlar una hora con vos.
‑¡Oh! Os lo agradezco, Rosa, querida Rosa.
Y diciendo estas palabras, Cornelius acercó tanto su
rostro al postigo que Rosa retiró el suyo.
‑Os he traído vuestros bulbos de tulipán ‑dijo.
El corazón de Cornelius saltó. No se había atrevido a
preguntar todavía a Rosa lo que había hecho con el precioso tesoro que le había
confiado cuando creyó que iba a la muerte.
‑¡Ah! ¡Los habéis, pues, conservado!
‑¿No me los habíais dado como una cosa que os era muy
querida?
‑Sí, pero precisamente porque os los había dado, me
parece que son vuestros.
‑Hubieran sido míos después de vuestra muerte y estáis
vivo, por fortuna. ¡Ah! Cómo he bendecido a Su Alteza. Si Dios concede al
príncipe Guillermo todas las felicidades que le he deseado, el rey Guillermo
será ciertamente no sólo el hombre más dichoso de su reino sino de toda la
tierra. Vos estáis vivo, digo, y aunque conservando la Biblia de vuestro
padrino Corneille, estaba resuelta a traeros vuestros bulbos; solamente, que no
sabía cómo hacerlo. Ahora bien, acababa de tomar la resolución de ir a pedir al
estatúder la plaza de carcelero de Gorcum para mi padre, cuando la nodriza me
trajo vuestra carta. ¡Ah! Lloramos mucho juntas, os respondo de ello. Pero
vuestra carta no hizo más que reafirmarme en mi resolución. Entonces fue
cuando partí para Leiden; ya sabéis el resto.
‑¿Cómo, querida Rosa ‑exclamó Cornelius‑ pensabais, antes
de recibir mi carta, venir a reuniros conmigo?
‑¡Sí, pensaba en ello! ‑respondió Rosa dejando que su
amor pasara por delante de su pudor‑. ¡Pero si no pensaba en otra cosa!
Y diciendo estas palabras, Rosa se puso tan bella que,
por segunda vez, Cornelius precipitó su frente y sus labios contra el enrejado,
sin duda para agradecérselo a la hermosa joven.
Rosa retrocedió como la primera vez.
‑En verdad ‑dijo con aquella coquetería que late en el
corazón de toda joven‑ en verdad, he lamentado muy a menudo no saber leer; pero
nunca tanto y de la misma forma que cuando vuestra nodriza me trajo vuestra
carta; tenía en mi mano esa carta que hablaba para los demás y que, pobre tonta
que soy, estaba muda para mí.
‑¿Habéis lamentado a menudo no saber leer? ‑preguntó
Cornelius‑. ¿Y con qué motivo?
‑Toma ‑dijo la joven riendo‑ para leer todas la cartas
que me escribían.
‑¿Vos recibíais cartas, Rosa?
‑Por centenares.
‑Pero ¿quién os las escribía...?
‑¿Quién me escribía? Primero, todos los estudiantes que
pasaban por la Buytenhoff, todos los oficiales que iban a la plaza de armas,
todos los dependientes e incluso los mercaderes que me veían en mi ventana.
‑¿Y con todas esas notas, querida Rosa, qué hacíais vos?
‑Unas veces ‑respondió Rosa‑ me las hacía leer por alguna
amiga, y esto me divertía mucho, pero al cabo de cierto tiempo, ¿para qué
perderlo escuchando todas esas tonterías? Las quemaba.
‑¡Al cabo de cierto tiempo! ‑exclamó Cornelius con una
mirada turbada a la vez por el amor y la alegría.
Rosa bajó los ojos, ruborizada.
De forma que no vio acercarse los labios de Cornelius
que no encontraron, por desgracia, más que el enrejado; pero que a pesar de
este obstáculo, enviaron hasta los labios de la joven el aliento ardiente del
más tierno de los besos.
Ante esa llama que quemó sus labios, Rosa se puso muy
pálida, más pálida tal vez que en la Buytenhoff, el día de la ejecución. Lanzó
un gemido lastimero, cerró sus bellos ojos y huyó con el corazón palpitante,
intentando en vano comprimir con la mano los latidos de su corazón. Cornelius,
al quedarse solo, se vio reducido a aspirar el dulce perfume de los cabellos de
Rosa, que permaneció como cautivo entre el enrejado.
Rosa había huido tan precipitadamente que se había
olvidado de devolver a Cornelius los tres bulbos del tulipán negro.
El infeliz Gryphus, como ha podido verse, se hallaba
lejos de participar de la buena voluntad de su hija por el ahijado de Corneille
de Witt.
No había más que cinco prisioneros en Loevestein; la
tarea de guardián no era, pues, difícil de realizar, y la cárcel era una
especie de sinecura dada la edad de Gryphus.
Pero en su celo, el digno carcelero había agrandado con
toda la potencia de su imaginación la tarea que le habían impuesto. Para él,
Cornelius había adquirido la proporción gigantesca de un criminal de primer
orden. Se había convertido, en consecuencia, en el más peligroso de sus
prisioneros. Vigilaba cada uno de sus pasos, no le abordaba más que con el
rostro airado, haciéndole sentir la carga de lo que él llamaba su espantosa
rebelión contra el elemento estatúder.
Entraba tres veces por día en la celda de Van Baerle,
esperando sorprenderlo en falta, pero Cornelius había renunciado a sus
corresponsales desde que tenía su correspondencia bajo mano. Era incluso
probable que Cornelius, si hubiera obtenido su libertad entera y el permiso
completo para retirarse donde hubiese querido, le habría parecido preferible el
domicilio de la prisión con Rosa y sus bulbos a cualquier otro domicilio sin
sus bulbos y sin Rosa.
Y es que, en efecto, cada noche a las nueve, Rosa había
prometido venir a charlar con el querido prisionero, y desde la primera noche,
como hemos visto, mantuvo su palabra.
Al día siguiente, subió como la víspera, con el mismo
misterio y las mismas precauciones. Sólo que se había prometido a sí misma no
acercar demasiado su rostro al enrejado. Por otra parte, para abordar desde el
primer momento una conversación que pudiera ocupar seriamente a Van Baerle,
comenzó por tenderle a través del enrejado sus tres bulbos siempre envueltos en
el mismo papel.
Mas, con gran asombro de Rosa, Van Baerle rechazó su
blanca mano con la punta de los dedos.
El joven había reflexionado.
‑Escuchadme ‑dijo‑, arriesgaríamos demasiado, creo,
poniendo toda nuestra fortuna en el mismo saco. Pensad que se trata, mi querida
Rosa, de realizar una empresa que se considera hasta hoy como imposible. Se
trata de hacer florecer el gran tulipán negro. Tomemos, pues, todas nuestras
precauciones, con el fin de que, si fracasamos, no tengamos nada que
reprocharnos. Así es como he calculado que conseguiremos nuestro objetivo.
Rosa prestó toda su atención a lo que iba a decirle el
prisionero, y ello más por la importancia que le concedía el desgraciado
tulipanero que por la que le concedía ella misma.
‑Así es ‑repitió Cornelius‑ cómo he calculado nuestra
común cooperación en este gran asunto.
‑Escucho ‑dijo Rosa.
‑Vos ¿tendréis en esta fortaleza un pequeño jardín, a
falta de jardín un patio cualquiera y a falta de patio una terraza?
‑Tenemos un bonito jardín ‑explicó Rosa‑. Se extiende a
lo largo del Waal y está lleno de añosos árboles.
‑¿Podéis, querida Rosa, traerme un poco de la tierra de
ese jardín, a fin de que la examine?
‑Mañana mismo.
‑La cogeréis de la sombra y del sol para que la juzgue
en sus dos cualidades, bajo las dos condiciones de sequedad y de humedad.
‑Estad tranquilo.
‑Una vez escogida la tierra por mí y modificada si es
preciso, haremos tres partes de nuestros tres bulbos, tomaréis uno que
plantaréis el día que os diga; florecerá ciertamente si lo cuidáis según mis
indicaciones.
‑No me alejaré de él ni un segundo.
‑Me daréis otro que intentaré criar aquí en mi habitación,
lo que me ayudará a pasar estas largas horas durante las cuales no os veo.
Apenas tengo esperanzas de conseguirlo, os lo confieso, y por adelantado, considero
a ese desgraciado como sacrificado a mi egoísmo. Sin embargo, el sol me visita
alguna que otra vez. Sacaré artificialmente partido de todo, incluso del calor
y de la ceniza de mi pipa. Por último tendremos, o más bien tendréis en reserva
el tercer bulbo, nuestro último recurso en el caso de que nuestras dos
primeras experiencias fracasen. De esta manera, mi querida Rosa, es imposible
que no lleguemos a ganar los cien mil florines de vuestra dote y procurarnos la
suprema dicha de ver el éxito de nuestra obra.
‑He comprendido ‑dijo Rosa‑. Mañana os traeré la tierra,
vos escogeréis la mía y la vuestra. En cuanto a la vuestra, necesitaré vanos
viajes, porque no podré traeros más que un poco cada vez.
‑¡Oh! No tenemos prisa, querida Rosa; nuestros tulipanes
no deben ser enterrados antes de un mes. Así pues, ya veis que disponemos de
mucho tiempo; sólo que, para plantar vuestro bulbo, seguiréis todas mis instrucciones,
¿no?
‑Os lo prometo.
‑Y una vez plantado, me participaréis todas las circunstancias
que pueden interesar a nuestro discípulo, tales como los cambios atmosféricos,
rastros en los senderos, señales en las platabandas. Escucharéis si por la
noche, nuestro jardín es frecuentado por los gatos. Dos de estos animales me
destrozaron en Dordrecht dos platabandas.
‑Escucharé.
‑Los días de luna... ¿La habéis visto sobre el jardín,
querida niña?
‑La ventana de mi dormitorio da allí.
‑Bueno. Los días de luna miraréis si de los agujeros del
muro salen ratas. Las ratas son roedores muy de temer, y yo he visto a
desgraciados tulipaneros reprochar amargamente a Noé el haber metido un par de
ratas en el arca.
‑Miraré, y si hay gatos o ratas...
‑¡Pues bien! Tendréis que avisarme. Después ‑continuó Van
Baerle, suspicaz desde que se hallaba en prisión‑, ¡hay un animal mucho más de
temer todavía que el gato y la rata!
‑¿Cuál es?
‑¡El hombre! ¿Comprendéis, querida Rosa? Se roba un
florín, y se arriesga el penal por semejante miseria; con mucha mayor razón se
puede robar un bulbo de tulipán que vale cien mil florines.
‑Nadie más que yo entrará en el jardín.
‑¿Me lo prometéis?
‑¡Os lo juro!
‑¡Bien! ¡Gracias, querida Rosa! ¡Oh! ¡Toda la alegría me va a provenir, pues, de vos!
Y, como los labios de Van Baerle se acercaron al enrejado
con el mismo ardor de la víspera, y como por otra parte, la hora de la retirada
había llegado ya, Rosa alejó la cabeza y alargó la mano.
En esta linda mano, en la que la coqueta joven tenía un
cuidado particular, estaba el bulbo.
Cornelius besó apasionadamente la punta de los dedos de
esa mano. ¿Fue porque contenía uno de los bulbos del gran tulipán negro? ¿Fue
por ser la mano de Rosa? Esto es lo que dejamos para que lo adivinen otros más
sagaces que nosotros.
Rosa se retiró, pues, con los otros dos bulbos, apretándolos
contra su pecho.
¿Los apretaba contra su pecho porque eran los bulbos del
gran tulipán negro, o porque los bulbos provenían de Cornelius van Baerle?
Creemos que este punto sería más fácil de precisar que el otro.
Fuera lo que fuese, a partir de aquel momento, la vida se
hizo dulce y llena para el prisionero.
Rosa, como hemos visto, le había entregado uno de los
bulbos.
Cada noche le traía puñado a puñado la tierra de la
porción de jardín que había hallado ser la mejor y que, en efecto, era
excelente.
Una ancha vasija que Cornelius había roto hábilmente le
proporcionó un fondo propicio, lo llenó hasta la mitad y mezcló la tierra
traída por Rosa con un poco de lodo del río que dejó secar, con lo cual se proveyó
de un excelente terreno.
Decir todo lo que Cornelius desplegó en cuidados, en
habilidad y en añagazas para escamotear a la vigilancia de Gryphus la alegría
de sus trabajos, no lo conseguiríamos. Media hora es un siglo de sensaciones y
de pensamientos para un prisionero filósofo.
No pasaba día sin que Rosa viniera a charlar con
Cornelius.
Los tulipanes, de los que la joven realizaba un curso
completo, constituían el fondo de la conversación; mas, por interesante que
este tema sea, no se puede hablar siempre de tulipanes.
Entonces se hablaba de otra cosa, y para su mayor asombro
el tulipanero percibía la inmensa extensión que podía tomar el círculo de la
conversación.
Sólo que Rosa había adquirido una costumbre: mantenía su
bello rostro invariablemente a veinte centímetros del postigo, porque la bella
frisona desconfiaba sin duda de ella misma, desde que había sentido a través
del enrejado cuánto puede quemar el aliento de un prisionero el corazón de una
joven.
Había una cosa que inquietaba en aquel momento al
tulipanero casi tanto como sus bulbos y sobre la cual volvía sin cesar. Era la
dependencia en que se hallaba Rosa con respecto a su padre.
Así, la vida de Van Baerle ‑el doctor sabio, el pintor
pintoresco, el hombre superior‑ de Van Baerle que era el primero que había
descubierto, según toda probabilidad, esa obra de arte de la creación que se
llamaría, como se había dispuesto por adelantado, Rosa Barloensis, la vida, mucho más que la vida, la felicidad de
este hombre dependía del más simple capricho de otro hombre, y este hombre era
un ser de un espíritu inferior, de una casta ínfima; era un carcelero, algo
menos inteligente que la cerradura que manipulaba, más duro que la falleba que
corría. Era algo como el Caliban de La
Tempestad, un paso entre el hombre y el bruto.
¡Pues bien! La felicidad de Cornelius dependía de ese
hombre; ese hombre podía una hermosa mañana aburrirse de Loevestein, encontrar
que el aire era allí malsano, que la ginebra no era buena, y abandonar la
fortaleza, y llevarse a su hija... y una vez más, Cornelius y Rosa se verían
separados. Dios, que se cansa de hacer mucho por sus criaturas, acabaría tal
vez entonces por no reunirlos más.
‑Y entonces, ¡para qué los palomos viajeros!‑decía
Cornelius a la joven‑. Ya que, querida Rosa, vos no sabríais ni leer lo que yo
os escribiera, ni escribirme lo que hubierais pensado.
‑Pensad ‑respondía Rosa, que en el fondo de su corazón
temía la separación tanto como Cornelius que disponemos de una hora todas las
noches; empleémosla bien.
‑Me parece ‑replicó Cornelius‑ que no la empleamos muy
mal.
‑Empleémosla mejor todavía ‑insistió Rosa sonriendo‑.
Enseñadme a leer y a escribir; aprovecharé vuestras lecciones, creedme; y de
esta forma no estaremos ya nunca separados más que por nuestra propia
voluntad.
‑¡Oh! ‑exclamó Cornelius‑. Con eso tendremos la eternidad
ante nosotros.
Rosa sonrió y se encogió levemente de hombros.
‑¿Es que vais a permanecer siempre en prisión? ‑respondió‑.
¿Es que después de haberos concedido la vida, Su Alteza no os concederá la
libertad? ¿Es que no recuperaréis nunca vuestros bienes? ¿Es que ya no seréis
rico? ¿Os dignaréis mirar, cuando paséis a caballo o en carroza, a la pequeña
Rosa, una hija de carcelero, casi una hija de verdugo?
Cornelius quiso protestar, y ciertamente lo hubiera hecho
con todo su corazón y con la sinceridad de un alma llena de amor, si la joven
no hubiera preguntado, sonriendo:
‑¿Cómo va vuestro tulipán?
Hablar a Cornelius de su tulipán, era un medio para que
Cornelius lo olvidara todo, incluso a Rosa.
‑Bastante bien ‑dijo‑. La piel se ennegrece, el trabajo
de fermentación ha comenzado, los nervios del bulbo se calientan y crecen; de
aquí a ocho días, antes tal vez, se podrán distinguir las primeras
protuberancias de la germinación. ¿Y el vuestro, Rosa?
‑¡Oh! Yo he hecho las cosas en grande y según vuestras
indicaciones.
‑Veamos, Rosa, ¿qué habéis hecho? ‑preguntó Cornelius,
con los ojos casi tan ardientes, el aliento casi tan jadeante como la noche en
que esos ojos habían quemado el rostro y aquel aliento el corazón de Rosa.
‑Yo he hecho las cosas en grande ‑repitió la joven
sonriendo, porque en el fondo de su corazón no podía impedir el considerar ese
doble amor del prisionero por ella y por el tulipán negro‑. Me he preparado
un cuadrado desnudo, lejos de los árboles y de los muros, en una tierra
ligeramente arenosa, más bien húmeda que seca, sin un grano de piedra, sin un
guijarro; he dispuesto una platabanda como vos me habéis descrito.
‑Bien, bien, Rosa.
‑El terreno está preparado de suerte que no espera más
que vuestro aviso. Al primer día bueno en que me digáis que plante mi bulbo, lo
plantaré; sabéis que debo ir retrasada con respecto a vos, ya que yo dispongo
de todas las oportunidades de un aire bueno, el sol y de abundancia de jugos
terrestres.
‑Es verdad, es verdad ‑exclamó Cornelius, golpeándose
con alegría las manos‑, y sois una buena alumna, Rosa, y ganaréis ciertamente
vuestros cien mil florines.
‑No olvidéis ‑dijo riendo Rosa‑ que vuestra alumna, ya
que me llamáis así, tiene todavía que aprender otra cosa que el cultivo de los
tulipanes.
‑Sí, sí, y estoy tan interesado como vos, bella Rosa, en
que sepáis leer.
‑¿Cuándo comenzaremos?
‑Enseguida.
‑No, mañana.
‑¿Por qué mañana?
‑Porque hoy ya ha pasado nuestra hora, y es preciso que
os deje.
‑¡Ya! Pero ¿en qué leeremos? ‑¡Oh! ‑dijo Rosa‑. Tengo un
libro, un libro que, espero, nos traiga felicidad.
‑¿Hasta mañana, pues?
‑Hasta mañana.
Al día siguiente, Rosa acudió con la Biblia de Corneille
de Witt.
Al día siguiente, como hemos dicho, Rosa vino con la
Biblia de Corneille de Witt.
Entonces comenzó entre el maestro y la alumna una de
aquellas encantadoras escenas que son la alegría del novelista cuando tiene la
dicha de hallarlas bajo la pluma.
El postigo, única abertura que servía de comunicación a
los dos amantes, era demasiado elevado para que, los que hasta entonces se
habían contentado con leerse mutuamente en el rostro todo lo que tenían que
decirse, pudieran leer cómodamente en el libro que Rosa había traído.
En consecuencia, la joven tuvo que apoyarse en el
postigo, con la cabeza ladeada, el libro a la altura de la luz que sostenía con
la mano derecha y que, para descansarla un poco, Cornelius ideó fijarla con un
pañuelo a la reja de hierro. Desde entonces, Rosa pudo seguir con sus dedos
sobre el libro las letras y las silabas que le hacía deletrear Cornelius, el
cual, provisto de una paja, a guisa de puntero, señalaba esas letras por el agujero
del postigo a su atenta alumna.
La luz de aquella lámpara iluminaba los ricos colores de
Rosa, sus azules y profundos ojos, sus rubias trenzas bajo el casco de oro
bruñido que, como hemos dicho, sirve de tocado a las frisonas; sus dedos
levantados en el aire y de los que la sangre descendía, tomaban ese tono
pálido y rosado que resplandece a las luces y que indica la vida misteriosa que
se ve circular bajo la carne.
La inteligencia de Rosa se desarrollaba rápidamente bajo
el contacto vivificante del espíritu de Cornelius y, cuando la dificultad
parecía demasiado ardua, aquellos ojos que se sumergían el uno en el otro,
aquellas pestañas que se rozaban, aquellos cabellos que se mezclaban,
despedían chispas relampagueantes capaces de alumbrar las mismas tinieblas del
idiotismo.
Y Rosa, al descender a su cuarto, repasaba sola en su
mente las lecciones de lectura, y al mismo tiempo en su alma las lecciones no
confesadas del amor.
Una noche llegó media hora más tarde que de costumbre.
Esta media hora de retraso constituía un suceso muy grave
para que Cornelius no se informara antes que nada sobre la causa del mismo.
‑¡Oh! No me regañéis ‑imploró la joven‑, no ha sido por
mi culpa. Mi padre ha renovado conocimiento en Loevestein con un buen hombre
que iba frecuentemente a visitarlo en La Haya. Es un pobre diablo, amigo de la
botella, y que cuenta divertidas historias, además de ser un gran pagador que
no retrocede ante una invitación.
‑¿No le conocíais de antes? ‑preguntó Cornelius
asombrado.
‑No ‑respondió la joven‑. Fue al cabo de unos quince días
cuando mi padre se apasionó por ese recién llegado, tan asiduo en sus visitas.
‑¡Oh! ‑exclamó Cornelius moviendo la cabeza con
inquietud, porque todo nuevo suceso presagiaba para él una catástrofe‑. Tal vez
se trate de algún espía del tipo de los que envían a las fortalezas para
vigilar conjuntamente a los prisioneros y a los guardianes.
‑No lo creo ‑contestó Rosa sonriendo‑. Si ese hombre
espía a alguien, no es a mi padre.
‑¿A quién, entonces?
‑A mí, por ejemplo.
‑¿A vos?
‑¿Por qué no? ‑dijo riendo Rosa.
‑¡Ah! Es verdad ‑suspiró Cornelius‑. Vos no tendréis
pretendientes siempre en vano, Rosa, y ese hombre puede convertirse en vuestro
marido.
‑No digo que no.
‑¿Y en qué fundáis esta ventura?
‑Decid este temor, señor Cornelius.
‑Gracias, Rosa, porque tenéis razón; este temor...
‑Lo fundo en...
‑Escucho, decid ‑apremió Cornelius.
‑Este hombre había venido ya varias veces a la
Buytenhoff, en La Haya; mirad, justo en el momento en que vos fuisteis
encerrado allí. Salida yo, salió él a su vez; venida yo aquí, él viene. En La
Haya tomaba como pretexto que quería veros.
‑¿Verme, a mí?
‑¡Oh! Un pretexto, seguramente, porque hoy que todavía
podía hacer valer la misma razón, ya que vos os habéis convertido en el
prisionero de mi padre, o más bien, mi padre se ha convertido en vuestro
carcelero, no se acuerda ya de vos, sino al contrario. Le oí decir ayer a mi
padre que no os conocía.
‑Continuad, Rosa, os lo ruego, que intento adivinar
quién es ese hombre y qué quiere.
‑¿Estáis seguro, señor Cornelius, que ninguno de vuestros
amigos puede interesarse por vos?
‑Yo no tengo amigos, Rosa, no tenía más que a mi nodriza,
vos la conocéis y ella os conoce. ¡Ay! Esa pobre Zug vendría por sí misma y sin
fingimientos diría llorando a vuestro padre o a vos misma: «Querido señor, o
querida señorita, mi niño está aquí, ved cuán desesperada estoy, dejádmelo ver
una hora solamente y rogaré a Dios toda mi vida por vos.» ¡Oh, no! ‑continuó
Cornelius‑. ¡Oh, no! Aparte de mi buena Zug, no, no tengo amigos.
‑Vuelvo, pues, a lo que pensaba, tanto más cuanto ayer,
al ponerse el sol, cuando arreglaba la platabanda donde debo plantar vuestro
bulbo, vi una sombra que, por la puerta entreabierta, se deslizaba tras los saúcos
y los álamos. No tuve que mirarlo, era nuestro hombre. Se ocultó, me vio
remover la tierra y, en verdad, era realmente a mí a quien había seguido; era
realmente a mí a quien espiaba. Me daba yo un golpe con el rastrillo, no
tocaba un átomo de tierra, que él no se diera cuenta.
‑¡Oh, sí, sí! Es un enamorado ‑dijo Cornelius‑. ¿Es
joven, es guapo?
Y miró ávidamente a Rosa, esperando impaciente su
respuesta.
‑¡Joven, guapo...! ‑exclamó Rosa estallando de risa‑.
Tiene un rostro horrible, el cuerpo encorvado; se acerca a los cincuenta años,
y no se atreve a mirarme de frente ni a hablar alto.
‑¿Y se llama?
Jacob Gisels.
‑No le conozco.
‑Ya veis, entonces, que no es por vos por quien viene.
‑En todo caso, si él os ama, Rosa, lo que es muy
probable, porque veros es amaros, ¿vos no le amáis?
‑¡Oh! ¡No por cierto!
‑¿Queréis que me tranquilice, no es eso?
‑Os lo prometo.
‑¡Pues bien! Ahora que comenzáis a saber leer,
Rosa, ¿leeréis todo lo que os escriba, verdad, sobre los
tormentos de los celos y los de la ausencia?
‑Lo leeré si escribís con letra bien grande.
Luego, como el giro que tomaba la conversación comenzara
a inquietar a Rosa, dijo:
‑A propósito, ¿cómo se porta vuestro tulipán?
Juzgad mi alegría, Rosa. Esta mañana lo miraba al sol,
después de haber separado cuidadosamente la capa de tierra que cubre al bulbo,
y he visto asomar la punta del primer brote; ¡ah, Rosa! Mi corazón se ha
fundido de alegría. Esa imperceptible yema blancuzca, que un ala de mosca
destrozaría al rozarla, esa sospecha de existencia que se revela por un
incomprensible testimonio, me ha emocionado más que la lectura de aquella
orden de Su Alteza que me devolvía la vida deteniendo la espada del verdugo,
sobre el patíbulo de la Buytenhoff.
‑Entonces ¿esperáis? ‑dijo Rosa sonriente.
‑¡Oh! ¡Sí, espero!
‑¿Y a mí, cuándo me llegará el turno de plantar mi bulbo?
‑Os avisaré cuando llegue el primer día favorable; pero,
sobre todo, no vayáis a haceros ayudar por nadie, no confiéis vuestro secreto a
nadie; un aficionado, ¿comprendéis?, sería capaz, con sólo inspeccionar ese
bulbo, de reconocer su valor; y sobre todo, sobre todo, mi querida Rosa,
guardad cuidadosamente la tercera cebolla que os queda.
‑Todavía está en el mismo papel donde vos la pusisteis y
tal como me la disteis, señor Cornelius, escondida en el fondo de mi armario y
bajo mis encajes que la conservan en seco sin alteraciones. Pero, adiós, pobre
prisionero.
‑¿Cómo, ya?
‑Es preciso.
‑¡Venir tan tarde y marchar tan pronto!
‑Mi padre podría impacientarse al no verme regresar; el
enamorado podría imaginarse que hay un rival.
Y escuchó, inquieta.
‑¿Qué os ocurre? ‑preguntó Van Baerle.
‑Me ha parecido oír...
‑¿Qué?
‑Algo como un paso que crujía en la escalera.
‑En efecto ‑dijo el prisionero‑, no puede ser otro que
Gryphus. Se le oye de lejos.
‑No, no es mi padre, estoy segura, pero...
‑Pero...
‑Podría ser el señor Jacob.
Rosa se lanzó hacia la escalera, y se oyó, en efecto, una
puerta que se cerraba rápidamente antes de que la joven hubiera descendido los
diez primeros escalones.
Cornelius se quedó muy quieto, pero esto no era para él
más que un preludio.
Cuando la fatalidad comienza a realizar una mala obra, es
raro que no prevenga caritativamente a su víctima, como un espadachín hace con
su adversario para darle tiempo a ponerse en guardia.
Casi siempre, estos avisos emanan del instinto del hombre
o de la complicidad de los objetos inanimados, a menudo menos inanimados de lo
que generalmente se cree; casi siempre, decimos nosotros, estos avisos se
desatienden. El golpe ha silbado en el aire y cae sobre una cabeza a la que ese
silbido hubiera debido de advertir, y que, advertida, habría tenido que
precaverse.
El día siguiente transcurrió sin que nada notable se
señalara. Gryphus hizo sus tres visitas. No descubrió nada. Cuando oía venir a
su carcelero ‑con la esperanza de sorprender los secretos de su prisionero,
Gryphus no acudía nunca a las mismas horas‑, Van Baerle, con la ayuda de un
mecanismo que había inventado, y que se parecía a aquellos con ayuda de los
cuales se suben y descienden los sacos de trigo en las granjas, hacía descender
su vasija por debajo de la cornisa de tejas primero, y luego de las piedras
que había por debajo de su ventana. En cuanto a los hilos, con ayuda de los
cuales realizaba el movimiento, nuestro mecánico había hallado el modo de
ocultarlos entre los musgos que vegetaban en las tejas y en los huecos de las
piedras.
Gryphus no veía ni podía sospechar nada.
Este manejo tuvo éxito durante ocho días.
Pero una mañana que Cornelius, absorto en la contemplación
de su bulbo, en donde aparecía ya un punto de vegetación, no había oído subir
al viejo Gryphus ‑hacía mucho viento aquel día y todo crujía en el torreón‑,
la puerta se abrió de repente, y Cornelius fue sorprendido con su vasija entre
las rodillas.
Gryphus, viendo un objeto desconocido, y por consecuencia
prohibido en manos de su prisionero, se lanzó sobre el objeto con más rapidez
que el halcón sobre su presa.
El azar o aquella habilidad fatal que el espíritu del mal
concede a veces a los seres maléficos, hizo que su gruesa mano callosa se
posara desde el principio en medio de la vasija, sobre la porción de tierra
depositaria de la preciosa cebolla, aquella mano rota por encima de la muñeca
y que Cornelius van Baerle le había arreglado tan bien.
‑¿Qué tenéis ahí? ‑gritó.
Y hundió su mano en la tierra.
‑¿Yo? ¡Nada, nada! ‑exclamó Cornelius muy tembloroso.
‑¡Ah! ¡Una vasija! ¡Tierra! ¡Hay algún secreto oculto
aquí! .
‑¡Cuidado, señor Gryphus! ‑suplicó Van Baerle, inquieto
como la perdiz a la que el segador acaba de quitarle su pollada.
Y es que Gryphus comenzaba a escarbar en la tierra con
sus ganchudos dedos.
‑¡Señor, señor! ¡Tened cuidado! ‑imploró Cornelius
palideciendo.
‑¿A qué? ¡Voto a Dios! ¿A qué? ‑aulló el carcelero.
‑¡Tened cuidado, os digo! ¡Vais a lastimarlo!
Y con un rápido movimiento, casi desesperado, arrancó de
las manos del carcelero la vasija, que ocultó como un tesoro bajo el amparo de
sus dos brazos.
Pero Gryphus, testarudo como viejo, y cada vez más
convencido de que acababa de descubrir una conspiración contra el príncipe de
Orange, corrió hacia su prisionero con el garrote levantado, y viendo la impasible
resolución del cautivo en proteger su recipiente de flores, comprendió que
Cornelius temblaba mucho menos por su cabeza que por su vasija.
Trató, pues, de arrancársela a viva fuerza.
‑¡Ah! ‑decía el carcelero furioso‑. Ved que os estáis
rebelando.
‑¡Dejadme mi tulipán! ‑gritaba Van Baerle.
‑Sí, sí, tulipán ‑replicaba el viejo‑. Conocemos las
tretas de los prisioneros.
‑Pero yo os juro...
‑Soltad ‑repetía Gryphus pataleando‑. Soltad, o llamo a
la guardia.
‑Llamad a quien queráis, pero no obtendréis esta pobre
flor más que con mi vida.
Gryphus, exasperado, hundió sus dedos por segunda vez en
la tierra, y esta vez sacó el bulbo todo negro, y mientras Van Baerle se sentía
feliz por haber salvado el continente, no imaginándose que su adversario
poseía el contenido, Gryphus lanzó violentamente el bulbo reblandecido que se
aplastó sobre la baldosa y desapareció casi enseguida triturado, casi
convertido en papilla, bajo el grueso zapato del carcelero.
Van Baerle vio el crimen, entrevió los restos húmedos,
comprendió aquella alegría feroz de Gryphus y lanzó un grito desesperado que
conmovió a ese carcelero asesino que, unos años antes, había matado la araña
de Pellison.
La idea de golpear a aquel mal hombre cruzó como un
relámpago por el cerebro del tulipanero. El fuego y la sangre le subieron
conjuntamente hasta la frente, le cegaron, y levantó con sus dos manos la
pesada vasija con toda la inútil tierra que quedaba en ella. Un instante más, y
la dejaría caer sobre el calvo cráneo del viejo Gryphus.
Un grito le detuvo, un grito lleno de lágrimas y de
angustia, el grito que lanzó detrás del enrejado del postigo la pobre Rosa,
pálida, temblorosa, con los brazos elevados al cielo y colocada entre su padre
y su amigo.
Cornelius arrojó la vasija que se rompió en mil pedazos
con un estrépito terrible.
Y entonces, Gryphus comprendió el peligro que acababa de
correr y se entregó a terribles amenazas.
‑¡Oh! ‑exclamó Cornelius‑. Es preciso que seáis un hombre
muy cobarde y muy villano para arrancarle a un pobre prisionero su único
consuelo, una cebolla de tulipán.
‑¡Apartaos, padre mío! ‑añadió Rosa‑. Es un crimen lo que
acabáis de cometer.
‑¡Ah! Sois vos, cotorra ‑gritó el viejo hirviendo de
cólera, volviéndose hacia su hija‑. Meteos en lo que os importe, y, sobre todo,
bajad enseguida.
‑¡Desgraciado! ¡Desgraciado! ‑continuaba Cornelius
desesperado.
‑Después de todo, no se trata más que de, un tulipán ‑añadió
Gryphus un poco avergonzado‑. Os daremos tantos tulipanes como deseéis, tengo
trescientos en mi desván.
‑¡Al diablo vuestros tulipanes! ‑exclamó Cornelius‑. No
valen más de lo que vos mismo valéis. ¡Oh! ¡Cien mil millones de millones! Si
los tuviera, los daría por el que habéis aplastado.
‑¡Ah! ‑exclamó Gryphus triunfante‑. Ya veis que no es un
tulipán lo que vos teníais. Ya veis que en esta falsa cebolla había alguna
brujería, tal vez un medio de correspondencia con los enemigos de Su Alteza,
que os perdonó. Ya decía yo que se había equivocado al no cortaros el cuello.
‑¡Padre mío! ¡Padre mío! ‑exclamaba Rosa.
‑¡Pues bien! ¡Tanto mejor! ¡Tanto mejor! ‑repetía
Gryphus animándose‑. Yo lo he destruido, yo lo he destruido. ¡Y así lo haré
cada vez que vos comencéis de nuevo! ¡Ah! Ya os había avisado, mi guapo amigo,
que os haría la vida dura.
‑¡Maldito! ¡Maldito! ‑gritó Cornelius mientras
completamente desesperado revolvía con sus dedos temblorosos los últimos
vestigios de su bulbo, cadáver de tantas alegrías y tantas esperanzas.
‑Plantaremos el otro mañana, querido señor Cornelius ‑dijo
en voz baja Rosa, que comprendía el inmenso dolor del tulipanero y que lanzó ‑corazón
santo‑ aquellas dulces palabras como una gota de bálsamo en la herida
sangrante de Cornelius.
Apenas había pronunciado Rosa aquellas palabras de
consuelo a Cornelius, cuando se oyó en la escalera una voz que pedía a Gryphus
noticias de lo que ocurría.
‑Padre mío ‑dijo Rosa‑, ¿oís?
‑¿Qué?
‑El señor Jacob os llama. Está inquieto.
‑Se ha hecho tanto ruido ‑exclamó Gryphus‑. ¡Se hubiera
dicho que este sabio me estaba asesinando! ¡Ah! ¡Cuánto daño proporcionan
siempre los sabios!
Luego, señalando con el dedo la escalera a Rosa, ordenó:
‑¡Caminad por delante, señorita! ‑y cerrando la puerta,
acabó‑: Ya voy con vos, amigo Jacob.
Y Gryphus salió, llevándose a Rosa y dejando en su
soledad y en su amargo dolor al pobre Cornelius que murmuraba:
‑¡Oh! Tú eres el que me has asesinado, viejo verdugo.
¡No sobreviviré a esto!
Y, en efecto, el pobre prisionero cayó enfermo sin ese
contrapeso que la Providencia había puesto en su vida y que se llamaba Rosa.
Por la noche, regresó la joven.
Su primera palabra fue para anunciar a Cornelius que de
allí en adelante su padre no se oponía a que él cultivara flores.
‑¿Y cómo sabéis esto? ‑preguntó el prisionero con aire
doliente a la joven.
‑Lo sé porque lo ha dicho.
‑¿Para engañarme, tal vez?
‑No, se arrepiente.
‑¡Oh! Sí, pero demasiado tarde.
‑Este arrepentimiento no le ha venido de sí mismo.
‑¿Y cómo le ha venido, pues?
‑¡Si vos supierais cuánto le ha reñido su amigo!
‑¡Ah! El señor Jacob. ¿No os deja, pues, ese caballero?
‑En todo caso, nos deja lo menos que puede.
Y sonrió de tal forma que aquella pequeña nube de celos
que había oscurecido la frente de Cornelius se disipó.
‑¿Cómo ha ocurrido? ‑preguntó el prisionero con interés.
‑Pues bien, interrogado por su amigo, mi padre, a la hora
de cenar le contó la historia del tulipán o más bien del bulbo, y la bonita
explosión que hizo al aplastarse.
Cornelius lanzó un suspiro que podía pasar por un gemido.
‑¡Si hubierais visto en aquel momento a maese Jacob...! ‑continuó
Rosa‑. En verdad, creí que iba a pegar fuego a la fortaleza; sus ojos eran dos
antorchas ardientes, sus cabellos se erizaron, crispaba sus puños. Por un
instante creí que quería estrangular a mi padre. «¿Vos habéis hecho esto ‑gritó‑,
vos habéis aplastado el bulbo?» «Sin duda», dijo mi padre. «¡Esto es una
infamia! ‑continuó‑, ¡es odioso! ¡Es un crimen lo que habéis cometido!», aulló
Jacob. Mi padre se quedó estupefacto. «¿Es que vos también estáis loco?»,
preguntó a su amigo.
‑¡Oh! Es un hombre digno, ese Jacob ‑murmuró Cornelius‑.
Un corazón honrado, un alma escogida.
‑Lo cierto es que resulta imposible tratar a un hombre
más duramente de lo que él ha tratado a mi padre ‑añadió Rosa‑. Por su parte,
sentía una verdadera desesperación; repetía sin cesar: «Aplastado, el bulbo
aplastado; ¡oh, Dios mío, Dios mío! ¡Aplastado!», luego, volviéndose hacia mí,
me preguntó: «¿Pero no sería el único que tenía?»
‑¿Os ha preguntado eso? ‑inquirió Cornelius, prestando
atención.
‑«¿Vos creéis que no era el único?», dijo mi padre.
«Bueno, buscaremos los otros.» «Vos buscaréis los otros», gritó Jacob cogiendo
a mi padre por el cuello; pero enseguida lo soltó. Y luego, volviéndose hacia
mí, preguntó: «¿Y qué ha dicho el pobre hombre?» Yo no sabía qué responder. Vos
me habíais recomendado que no dejase de sospechar jamás el interés que teníais
en ese bulbo. Afortunadamente mi padre me sacó del aprieto. «¿Lo que ha
dicho...? Se puso furioso.» «¿Cómo no iba a estar furioso ‑le dije‑, si vos
fuisteis tan injusto y tan brutal?» «¡Vaya! Pero ¿están todos locos? ‑gritó mi
padre a su vez‑. ¡Por haber aplastado una cebolla de tulipán!; las hay a
centenares por un florín en el mercado de Gorcum.» «Pero tal vez menos
preciosos que éste», tuve la desgracia de responder.
‑¿Y qué dijo Jacob a esas palabras? ‑preguntó Cornelius.
‑Debo confesar que, a esas palabras, me pareció que su
mirada lanzaba destellos.
‑Sí ‑apremió Cornelius‑. Pero esto no sería todo. ¿Dijo
algo?
‑Dijo con voz melosa: «Así pues, bella Rosa, ¿vos creéis
que esa cebolla era preciosa?» Entonces comprendí que había cometido una falta.
«¿Qué sé yo? ‑respondí negligentemente‑. ¿Acaso conozco los tulipanes?
Solamente sé que, por desgracia, estamos condenados a vivir con los
prisioneros... y sé que para este prisionero constituía todo su pasatiempo. El
pobre señor Van Baerle se entretenía con esa cebolla. Y por ello digo que es
una crueldad quitarle esa diversión.» «Pero, en primer lugar, ‑dijo entonces mi
padre‑ ¿cómo se había procurado esa cebolla? Esto es lo que me gustaría saber.»
Desvié la mirada para evitar la de mi padre. Pero me topé con los ojos de
Jacob. Se diría que deseaba perseguir mi pensamiento hasta el fondo de mi
corazón. Un gesto displicente exime a menudo una respuesta. Me encogí de hombros,
me volví de espaldas y me dirigí hacia la puerta. Pero me detuve al oír
pronunciar una palabra que oí en voz baja. Jacob le dijo a mi padre: «No es
cosa difícil asegurarse, pardiez. Es cuestión de registrarle, y si tiene los
otros bulbos los hallaremos. Generalmente, hay tres.»
‑¡Hay tres! ‑exclamó Cornelius‑. ¡Dijo que había tres
bulbos!
‑Podéis comprender que la frase me asombró tanto como a
vos ahora. Me volví. Estaban los dos tan ocupados que no vieron mi movimiento.
«Pero ‑dijo mi padre‑ tal vez no tenga sus cebollas consigo.» «Entonces
sacadle de la celda con un pretexto cualquiera. Durante ese tiempo, yo la
registraré», concluyó Jacob.
‑¡Oh! ¡Oh! ‑exclamó Cornelius‑. Pero vuestro maese Jacob
es un bandido.
‑Tengo miedo.
‑Decidme, Rosa ‑continuó Cornelius, pensativo‑. ¿No me
habéis contado que el día en que preparabais vuestra platabanda, ese hombre os
había seguido?
‑Sí.
‑¿Que se había deslizado como una sombra tras los saúcos?
‑Sin duda.
‑¿Que no había perdido ni uno de vuestros golpes de
rastrillo?
‑Ni uno.
‑Rosa... ‑dijo Cornelius palideciendo.
‑No era a vos a quien seguía.
‑¿A quién, pues?
‑No es de vos de quien está enamorado.
‑¿De quién, entonces?
‑Era a mi bulbo a quien seguía; es de mi tulipán de quien
está enamorado.
‑¡Ah! ¡Naturalmente! Eso podría ser ‑exclamó Rosa.
‑¿Queréis aseguraros?
‑¿Cómo?
‑¡Oh! Es cosa fácil.
‑Decidme.
‑Id mañana al jardín; procurad, como la primera vez, que
Jacob sepa que vais allí. Procurad, como la primera vez, que os siga; haced el
ademán de enterrar el bulbo, salid del jardín, pero mirad a través de la puerta,
y ved lo que hace.
‑¡Bien! Pero ¿y después?
‑¿Después? Según él actúe, actuaremos nosotros.
‑¡Ah! ‑exclamó Rosa lanzando un suspiro‑. Realmente,
amáis mucho a vuestras cebollas, señor Cornelius.
‑El hecho es ‑dijo el prisionero con un suspiro que,
desde que vuestro padre aplastó ese desgraciado bulbo, me parece que una parte
de mi vida se ha paralizado.
‑¡Veamos! ‑indicó Rosa‑. ¿Queréis intentar otra cosa
todavía?
‑¿Qué?
‑¿Queréis aceptar la proposición de mi padre?
‑¿Qué proposición?
‑Os ha ofrecido cebollas de tulipanes por centenares.
‑Es verdad.
‑Aceptad dos o tres, y en medio de estas dos o tres
cebollas, podéis criar el tercer bulbo.
‑Sí, no estaría mal ‑aprobó Cornelius con el ceño
fruncido‑ si vuestro padre estuviera solo; pero ese otro, ese Jacob, que nos
espía...
‑¡Ah! Es cierto. Sin embargo, ¡reflexionad! Os priváis
aquí, lo veo, de una gran distracción.
Y pronunció estas palabras con una sonrisa que no estaba
enteramente exenta de ironía.
En efecto, Cornelius reflexionó un instante, y era fácil
de comprender que luchaba contra un gran deseo.
‑¡Pues bien! ¡No! ‑exclamó estoicamente‑. ¡No, esto sería
una debilidad, una locura, una cobardía! Si así entrego a todas las malvadas
oportunidades de la cólera y de la envidia el último recurso que nos queda,
sería un hombre indigno de perdón. ¡No, Rosa, no! Mañana tomaremos una
resolución respecto a vuestro tulipán; lo cultivaréis según mis instrucciones;
y en cuanto al tercer bulbo ‑suspiró profundamente‑, en cuanto al tercero,
¡guardadlo en vuestro armario! Guardadlo como el avaro guarda su primera o su
última moneda de oro, como la madre guarda a su hijo, como el herido guarda la
última gota de sangre de sus venas; ¡guardadlo, Rosa! ¡Algo me dice que en él
está nuestra salvación, que en él está nuestra riqueza! ¡Guardadlo! Y si el
fuego del cielo cayera sobre Loevestein, juradme, Rosa, que en lugar de
vuestros anillos, de vuestras joyas, de este hermoso casco de oro que enmarca
tan bien vuestro rostro, juradme, Rosa, que os llevaríais este último bulbo que
encierra mi tulipán negro.
‑Estad tranquilo, señor Cornelius ‑asintió Rosa con una
dulce mezcla de tristeza y de solemnidad‑. Estad tranquilo, vuestros deseos son
órdenes para mí.
‑E incluso ‑continuó el joven enardeciéndose cada vez más‑,
si percibieseis que erais seguida, que se espían vuestros pasos, que vuestras
conversaciones despiertan las sospechas de vuestro padre o de ese espantoso
Jacob a quien detesto, ¡pues bien!, Rosa, sacrificadme enseguida, a mí que no
vivo más que para vos, que no tengo a nadie más que a vos en el mundo,
sacrificadme... no me veáis más.
Rosa sintió oprimírsele el corazón en su pecho; las
lágrimas brotaron de sus ojos.
‑¡Ay! ‑exclamó.
‑¿Qué? ‑preguntó Cornelius.
‑Veo una cosa.
‑¿Qué veis?
‑Veo ‑dijo la joven estallando en sollozos‑, veo que vos
amáis tanto a los tulipanes, que no queda lugar en vuestro corazón para otros
afectos.
Y huyó.
Cornelius pasó una de las peores noches que jamás había
pasado.
Ahora, ¿cómo vamos a explicar este extraño carácter a
los tulipaneros perfectos como los que todavía existen en este mundo?
Lo confesamos para vergüenza de nuestro héroe y de la
horticultura; de sus dos amores, el que Cornelius sentía más inclinado a
lamentar, era el de Rosa; y cuando hacia las tres de la madrugada se durmió
cansado de sus afanes, atormentado por los temores, lleno de remordimientos,
el gran tulipán negro cedió el primer lugar, en sus sueños, a los bellos ojos
azules de la rubia frisona.
Pero la pobre Rosa, encerrada en su habitación, no podía
saber en qué o con quién soñaba Cornelius.
Por consiguiente, después de lo que él le había dicho,
Rosa se sentía más inclinada a creer que pensaba más en su tulipán que en ella,
y, sin embargo, se engañaba.
Pero como nadie estaba allí para decirle que se engañaba,
y las palabras imprudentes de Cornelius habían caído sobre su alma como gotas
de veneno, Rosa no soñaba, lloraba.
En efecto, como Rosa era una criatura de espíritu
elevado, de sentir recto y profundo, se hacía justicia a sí misma, no en cuanto
a sus cualidades morales y físicas, sino en cuanto a su posición social.
Cornelius era sabio, Cornelius era rico, o por lo menos
lo había sido antes de la confiscación de sus bienes; Cornelius pertenecía a
aquella burguesía del comercio, más orgullosa de sus rótulos pintados en las
tiendas, convertidos en blasón, de lo que había estado jamás la nobleza de raza
de sus escudos hereditarios. Cornelius podía, pues, considerar a Rosa buena
para una distracción, pero seguramente cuando se tratara de empeñar el
corazón, sería más bien a un tulipán, es decir, a la más noble y más orgullosa
de las flores a quien se lo empeñaría, que a Rosa, la humilde hija de un
carcelero.
Comprendía, pues, esta preferencia que Cornelius concedía
al tulipán negro sobre ella, pero no estaba menos desesperada porque lo
comprendiera.
Así pues, Rosa tomó una resolución durante aquella noche
terrible, durante aquella noche de insomnio. Esta resolución consistía en no
volver nunca más al postigo.
Mas como sabía el ardiente deseo que sentía Cornelius
por tener noticias de su tulipán, mas como no quería exponerse a ver de nuevo
a un hombre por el que sentía acrecentarse su piedad hasta el punto de que
después de haber pasado por la simpatía, esta piedad se encaminaba recta y a
grandes pasos hacia el amor; mas como no quería que ese hombre se desesperara,
resolvió proseguir sola las lecciones de lectura y escritura comenzadas, pues
felizmente había llegado a un punto de su aprendizaje en que ya no le hubiera
sido necesario un maestro si ese maestro no se hubiese llamado Cornelius.
Rosa, pues, se puso a leer con encarnizamiento en la
Biblia del pobre Corneille de Witt, en la segunda página, convertida en
primera después que la otra fue arrancada, donde estaba escrito el testamento
de Cornelius van Baerle.
«¡Ah! ‑murmuraba para sí releyendo este testamento que
nunca terminaba sin que una lágrima, perla de amor, rodara de sus ojos límpidos
por sus pálidas mejillas‑. ¡Ah! En ese tiempo creí, sin embargo, por un
instante que él me amaba.»
¡Pobre Rosa! Se equivocaba. Jamás el amor del prisionero
había sido real hasta el momento, ya que, como hemos dicho con vergüenza, en la
lucha entre el gran tulipán negro y Rosa, era el gran tulipán negro el que
había sucumbido.
Pero Rosa, repitámoslo, ignoraba la derrota del gran
tulipán negro.
Así pues, terminada su lectura, operación en la cual Rosa
había realizado grandes progresos, cogía la pluma y se dedicaba con
encarnizamiento no menos loable a la obra bastante más difícil de la escritura.
Pero en fin, como Rosa escribía ya casi legiblemente el
día en que Cornelius había dejado hablar a su corazón tan imprudentemente, no
desesperó de realizar unos progresos bastante rápidos para dar noticias de su
tulipán al prisionero en ocho días lo más tarde.
No había olvidado ni una palabra de las recomendaciones
que le había hecho Cornelius. Por otra parte, Rosa no olvidaba nunca una
palabra de lo que decía el joven, incluso cuando lo que le decía no tomaba la
apariencia de una recomendación.
Por su parte, él se despertó más enamorado que nunca. El
tulipán estaba todavía luminoso y vivo en su pensamiento; pero finalmente, no
lo veía ya como un tesoro al que debiera sacrificarlo todo, incluso a Rosa;
sino como una flor preciosa, una maravillosa combinación de la Naturaleza y
del arte, que Dios le concedía para el corpiño de su dueña.
Sin embargo, durante toda la jornada le persiguió una
vaga inquietud. Se parecía a aquellos hombres cuyo espíritu es lo bastante
fuerte para olvidar momentáneamente que un gran peligro les amenaza por la
noche o al día siguiente. Una vez vencida la preocupación, viven una vida
ordinaria. Solamente, de cuando en cuando, ese peligro olvidado les muerde el
corazón de repente con su agudo diente. Se sobresaltan, se preguntan por qué se
han sobresaltado, y luego, recordando lo que habían olvidado, dicen con un suspiro:
‑¡Oh, sí! ¡Es esto!
El esto de Cornelius era el temor de que Rosa no viniera
aquella noche como de costumbre.
Y a medida que la tarde avanzaba, la preocupación se
hacía más viva y más presente, hasta que al fin esta preocupación se apoderó de
todo el cuerpo de Cornelius, y no hubo nada más que viviera en él.
Así pues, saludó la oscuridad con un fuerte latido de su
corazón; a medida que la oscuridad crecía, las palabras que había dicho la
víspera a Rosa, y que tanto habían afligido a la pobre chica, se hacían más
presentes en su mente; y se preguntaba cómo había podido decir a su consoladora
que la sacrificaba a su tulipán, es decir, a renunciar a verla si era preciso,
cuando en él la vista de Rosa se había convertido en una necesidad de su vida.
En la celda de Cornelius se oían sonar las horas del
reloj de la fortaleza. Dieron las siete, las ocho, luego las nueve. Nunca un
timbre de bronce vibró más profundamente en el fondo de un corazón como lo
hizo el martillo al golpear por novena vez señalando esta hora.
Después, todo quedó en silencio. Cornelius apoyó la mano
sobre su corazón para ahogar los latidos, y escuchó.
El rumor del paso de Rosa, el roce de su ropa en los
peldaños de la escalera, le eran tan familiares que, desde el primer escalón
subido por ella, se decía:
«¡Ah! Ya viene Rosa.»
Aquella noche, ningún ruido turbó el silencio del
corredor; el reloj señaló las nueve y cuarto. Luego, en dos sonidos diferentes,
las nueve y media; después las nueve y tres cuartos; y finalmente, con su voz
grave anunció no sólo a los huéspedes de la fortaleza, sino también a los
habitantes de Loevestein, que eran las diez.
Aquella era la hora en la que Rosa abandonaba habitualmente
a Cornelius. Había sonado la hora, y Rosa no había venido todavía.
Así pues, sus presentimientos no le habían engañado:
Rosa, irritada, se encerraba en su habitación y le abandonaba.
‑¡Oh! Realmente me he merecido lo que me sucede ‑dijo
Cornelius en voz alta‑. Ya no vendrá, y hará bien; en su lugar, yo hubiera
hecho lo mismo.
Mas a pesar de esto, Cornelius escuchaba, esperaba, y
seguía esperando.
Escuchó y esperó hasta la medianoche, pero a medianoche
dejó de esperar y, completamente vestido, y con el corazón transido de dolor,
se echó sobre el lecho.
La noche fue larga y triste, hasta la llegada del día;
pero el día no trajo ninguna esperanza al prisionero.
A las ocho de la mañana se abrió la puerta; pero
Cornelius ni siquiera giró la cabeza; había oído el paso pesado de Gryphus en
el corredor, pero había percibido perfectamente que ese paso se aproximaba
solo.
Ni siquiera miró hacia el carcelero.
Y, sin embargo, hubiera querido interrogarle para pedirle
noticias de Rosa. Estuvo a punto, por extraña que esta demanda le hubiera
parecido al padre de la joven, de hacerle esta pregunta. Esperaba, en su
egoísmo, que Gryphus le respondería que su hija estaba enferma.
A menos que hubiera algún suceso extraordinario, Rosa no
venía nunca durante la jornada. Cornelius, mientras duró el día, no esperaba,
pues, nada en realidad. Sin embargo, en sus súbitos sobresaltos, en su oído
tendido hacia la puerta, en su rápida mirada interrogando al postigo, se
comprendía que el prisionero tenía la sorda esperanza de que Rosa cometiera una
alteración en sus costumbres.
A la segunda visita de Gryphus, Cornelius, contra su
costumbre, solicitó al viejo carcelero, con su voz más dulce, noticias sobre su
salud; pero Gryphus, lacónico como un espartano, se limitó a responder:
‑Va bien.
En la tercera visita, Cornelius varió la pregunta.
‑¿No hay nadie enfermo en Loevestein? ‑preguntó.
‑¡Nadie! ‑contestó Gryphus más lacónicamente todavía que
la primera vez, cerrando la puerta en las narices del prisionero.
Gryphus, mal acostumbrado a semejantes afabilidades por
parte de Cornelius, había imaginado de parte de su prisionero un comienzo de
tentativa de corrupción.
Cornelius volvió a encontrarse solo; eran las siete de la
tarde. Entonces se renovaron en un grado más intenso que la víspera las
angustias que hemos intentado describir.
Pero, como la víspera, las horas transcurrieron sin traer
la dulce visión que alumbraría, a través del postigo, el calabozo del pobre
Cornelius, y que, al retirarse, dejaría allí la luz durante todo el tiempo de
su ausencia.
Van Baerle pasó la tarde en una verdadera desesperación.
Al día siguiente, Gryphus le pareció más feo, más brutal, más desesperante
todavía que de costumbre: le había cruzado por la mente o más bien por el
corazón, la esperanza de que era él el que impedía venir a Rosa.
Le entraron unos deseos feroces de estrangular a Gryphus;
pero con Gryphus estrangulado por Cornelius, todas las leyes divinas y humanas
impedirían a Rosa volver a ver jamás a Cornelius.
El carcelero escapó pues, sin imaginárselo, a uno de los
más grandes peligros que hubiera corrido jamás en su vida.
Llegó la noche, y la desesperación se tornó en melancolía;
esta melancolía era tanto más sombría por cuanto que, a pesar de Van Baerle,
los recuerdos de su pobre tulipán se mezclaban al dolor que experimentaba. Se
había llegado justamente a aquella época del mes de abril en que los
jardineros más expertos indican como el momento preciso para la plantación de
los tulipanes; había dicho a Rosa: «yo os indicaré el día en que deberéis meter
el bulbo en la tierra». Ese día debía fijarlo mañana para el atardecer
siguiente. El tiempo era bueno, la atmósfera, aunque todavía un poco húmeda,
comenzaba a estar atemperada por esos pálidos rayos del sol de abril que,
llegando los primeros, parecen tan suaves, a pesar de su palidez. Pensó que
Rosa iba a dejar pasar el tiempo de la plantación. Si al dolor de no ver a la
joven se unía el de ver abortar el bulbo, por haber sido plantado demasiado tarde,
¡o incluso por no haber sido plantado...!
Con estos dos dolores reunidos, había ciertamente para
perder el apetito.
Que fue lo que sucedió al cuarto día.
Daba lástima ver a Cornelius, mudo de dolor y pálido de
inanición, inclinarse fuera de la ventana enrejada, con el peligro de no poder
retirar su cabeza de los barrotes, para tratar de percibir a la izquierda el
pequeño jardín del que le había hablado Rosa, y cuyo parapeto confinaba,
según le había dicho, con el río, y todo ello con la esperanza de descubrir,
bajo esos primeros rayos del sol de abril, a la joven o al tulipán, sus dos
amores desgraciados.
Por la tarde, Gryphus se llevó el desayuno y la comida
de Cornelius; éste apenas los había tocado.
Al día siguiente, no los tocó en absoluto, y Gryphus
descendió los comestibles destinados a esas dos comidas, completamente
intactos.
Cornelius no se había levantado en toda la jornada.
‑Bueno ‑comentó Gryphus al descender después de la última
visita‑, creo que vamos a vernos desembarazados del sabio.
Rosa se sobresaltó.
‑¡Bah! ‑exclamó Jacob‑. ¿Por qué?
‑Ya no bebe, ya no come, no se levanta... ‑explicó
Gryphus‑. Como el señor Grotius, saldrá de aquí en un cofre, sólo que ese cofre
será un ataúd.
Rosa se puso pálida como la muerte.
«¡Oh! ‑murmuró para sí‑. Ya comprendo; está inquieto por
su tulipán.»
Y levantándose completamente deprimida, entró en su
habitación, donde cogió pluma y papel, y durante toda la noche se ejercitó en
trazar unas letras.
Al día siguiente, al levantarse para arrastrarse hasta la
ventana, Cornelius percibió un papel que habían deslizado por la noche bajo la
puerta de su calabozo.
Se lanzó sobre el papel, lo abrió, y leyó, con una
escritura que apenas pudo reconocer como perteneciente a Rosa, de tanto como
había mejorado durante aquella ausencia de siete días:
Estad
tranquilo, vuestro tulipán se porta bien.
Aunque aquella pequeña frase de Rosa calmara una parte de
los dolores de Cornelius, no fue por ello menos sensible a la ironía. Así pues,
era realmente eso, Rosa no estaba enferma en absoluto, Rosa estaba herida; no
era por la fuerza por lo que Rosa no venía, sino que había permanecido
voluntariamente alejada de Cornelius.
Así pues, Rosa libre, Rosa hallaba en su voluntad la
fuerza de no venir a ver al que se moría de pena por no haberla visto.
Cornelius tenía papel y un lápiz que le había traído
Rosa. Comprendió que la joven esperaba una respuesta, pero que no vendría a
buscar esta respuesta hasta la noche. En consecuencia, escribió sobre un papel
parecido al que había recibido:
No es la
inquietud que me causa el tulipán lo que me pone enfermo; es la pena que
experimento por no veros.
Luego, una vez que Gryphus hubo salido, y llegada la
noche, deslizó el papel bajo la puerta y escuchó.
Pero, por mucha atención que puso, no oyó ni el paso ni
el rozamiento de la ropa de la hija del carcelero.
No oyó más que una voz débil como un suspiro, y dulce
como una caricia, que le lanzaba por el postigo estas dos palabras:
‑Hasta mañana.
Mañana... era el octavo día.
Durante ocho días, Cornelius y Rosa no se habían visto.
XX
Lo Que Había Ocurrido Durante
Esos Ocho Días
Al día siguiente, en efecto a la hora habitual, Van
Baerle oyó rascar en su postigo como tenía Rosa por costumbre hacer durante los
felices días de su amistad.
Imaginamos que Cornelius no se hallaba lejos de esta
puerta a través de cuyo enrejado iba a volver a ver, por fin, el encantador
rostro desaparecido desde hacía tantos días.
Rosa, que esperaba con su lámpara en la mano, no pudo
retener un estremecimiento cuando vio al prisionero tan triste y pálido.
‑¿Sufrís, señor Cornelius? ‑preguntó.
‑Sí, señorita ‑respondió Cornelius‑, sufro de espíritu y
de cuerpo.
‑Ya he visto, señor, que no coméis ‑dijo Rosa‑. Mi padre
me ha dicho que no os levantáis; por eso os he escrito, para tranquilizaros
sobre la suerte del precioso objeto de vuestras inquietudes.
‑Y yo ‑replicó Cornelius‑ os he contestado. Creía, al
veros venir, querida Rosa, que habíais recibido mi carta.
‑Es verdad, la he recibido.
‑No daréis por excusa esta vez que no sabéis leer. No
sólo leéis correctamente, sino que también habéis aprovechado enormemente las
lecciones de escritura.
‑En efecto, no solamente he recibido, sino que también he
leído vuestra nota. Por eso es por lo que he venido, para ver si habría algún
medio para devolveros la salud.
‑¡Devolverme la salud! ‑exclamó Cornelius‑. Entonces
¿tenéis alguna buena noticia que darme?
Y al hablar así, el joven clavaba en Rosa dos ojos
brillantes de esperanza.
Sea que ella no comprendiera esa mirada, sea que no
quisiera comprenderla, la joven respondió gravemente:
‑Solamente puedo hablaros de vuestro tulipán que es, como
sé, la más grave preocupación que vos tenéis.
Rosa pronunció estas pocas palabras con un acento helado
que hizo sobresaltar a Cornelius.
El celoso tulipanero no comprendía todo lo que ocultaba,
bajo el velo de la indiferencia, la pobre niña siempre a la greña con su rival,
el adorado tulipán negro.
‑¡Ah! ‑murmuró Cornelius‑. ¡Todavía, todavía! Rosa, no os
he dicho, ¡Dios mío!, que no pienso más que en vos, que era a vos sola a quien
echaba de menos, vos sola quien me faltaba, vos sola quien, con vuestra ausencia,
me retiraba el aire, el día, el calor, la luz, la vida.
Rosa sonrió melancólicamente.
‑¡Ah! ‑dijo‑. Es que vuestro tulipán ha corrido un
peligro muy grande.
Cornelius se sobresaltó a su pesar, y se dejó coger en la
trampa si es que aquello lo era.
‑¡Un peligro muy grande! ‑exclamó tembloroso‑. Dios mío,
¿cuál?
Rosa le miró con una dulce compasión, sintiendo que lo
que ella quería estaba por encima de las fuerzas de aquel hombre, y que había
que aceptar a éste con su debilidad.
‑Sí ‑dijo‑. Adivinasteis precisamente que el pretendiente
amoroso, Jacob, no venía por mí.
‑¿Y por quién venía, pues? ‑preguntó Cornelius con
ansiedad.
‑Por el tulipán.
‑¡Oh! ‑exclamó Cornelius palideciendo ante esta noticia
más de lo que había palidecido cuando Rosa, equivocándose, le había anunciado
quince días antes que Jacob acudía a la fortaleza por verla a ella.
Rosa vio este terror, y Cornelius percibió por la
expresión de su rostro que ella pensaba lo que acabamos de decir.
‑¡Oh! Perdonadme, Rosa ‑se excusó‑. Yo os conozco, sé la
bondad y la honestidad de vuestro corazón. A vos, Dios os ha dado el
pensamiento, el juicio, la fuerza y el movimiento para defenderos, pero a mi
pobre tulipán amenazado, Dios no le ha dado nada de todo eso.
Rosa no respondió a esta excusa del prisionero y
continuó:
‑Desde el momento en que ese hombre, que me había seguido
al jardín y al que había reconocido como Jacob, os inquietaba, me inquietaba a
mí mucho más todavía. Hice, pues, lo que me habíais dicho, a la mañana
siguiente del día en que os vi por última vez y en el que me dijisteis...
Cornelius la interrumpió.
‑Perdón, una vez más, Rosa ‑exclamó‑. Me equivoqué al
deciros lo que os dije. Ya os he pedido mi perdón por aquella fatal palabra. Os
lo pido de nuevo. ¿Será, pues, siempre en vano?
‑A la mañana siguiente a aquel día ‑prosiguió Rosa‑,
acordándome de lo que me habíais dicho... de la trampa a emplear para
asegurarme si era a mí o al tulipán a quien ese odioso hombre seguía...
‑Sí, odioso... No es verdad ‑murmuró él‑ que vos odiéis
realmente a ese hombre.
‑Sí, le odio ‑afirmó Rosa‑ ¡porque es la causa de que
esté sufriendo tanto desde hace ocho días!
‑¡Ah! ¿Vos también habéis sufrido, entonces? Gracias por
esta hermosa palabra, Rosa.
‑A la mañana siguiente de aquel desgraciado día ‑continuó
Rosa‑ bajé al jardín, y avancé hacia la platabanda donde debía plantar el
tulipán, siempre mirando detrás de mí si, esta vez como la otra, era seguida.
‑¿Y bien? ‑preguntó Cornelius.
‑¡Pues bien! La misma sombra se deslizó entre la puerta y
la muralla, y desapareció también detrás de los saúcos.
‑Simulasteis no verla, ¿verdad? ‑inquirió Cornelius,
recordando con todo detalle el consejo que le había dado a Rosa.
‑Sí, y me incliné sobre la platabanda que excavé con una
azada como si plantara el bulbo.
‑¿Y él... él... durante ese tiempo?
‑Yo veía brillar sus ojos ardientes como los de un tigre
a través de las ramas de los árboles.
‑¿Veis? ¿Veis? ‑exclamó Cornelius.
‑Luego, acabado ese remedo de operación, me retiré.
‑Pero detrás de la puerta del jardín solamente, ¿verdad?
De forma que a través de las grietas o de la cerradura de esa puerta pudierais
ver lo que hacia él una vez vos hubieseis partido.
‑Esperó un instante sin duda para asegurarse de que yo no
volvería, luego salió a paso de lobo de su escondrijo, se acercó a la
platabanda dando un largo rodeo, llegó por fin a su meta, es decir, frente al
lugar donde la tierra aparecía recién removida, se detuvo con aire indiferente,
miró hacia todos lados, interrogó cada ángulo del jardín, interrogó cada
ventana de las casas vecinas, interrogó la tierra, el cielo, el aire, y
creyendo que se hallaba realmente solo, fuera de la vista de todo el mundo, se
precipitó sobre la platabanda, hundió sus dos manos en la tierra blanda,
recogió una porción que deshizo suavemente entre sus manos para ver si el bulbo
se encontraba allí, repitió tres veces el mismo manejo y cada vez con una
acción más ardiente, hasta que al fin, comenzando a comprender que podía haber
sido engañado con alguna superchería, calmó la agitación que le devoraba, cogió
el rastrillo, igualó el terreno para dejarlo en el mismo estado en que se
hallaba antes de que lo hubiera registrado y, completamente avergonzado,
completamente corrido, cogió el camino de la puerta afectando el aspecto
inocente de un paseante ordinario.
‑¡Oh, el miserable! ‑murmuró Cornelius, enjugando las
gotas de sudor que perlaban su frente‑. ¡Oh, el miserable! Lo había adivinado.
Pero entonces, Rosa, ¿qué habéis hecho con el bulbo? ¡Ay! Ya es un poco tarde
para plantarlo.
‑El bulbo está en la tierra desde hace seis días.
‑¿Dónde? ¿Cómo? ‑exclamó Cornelius‑. ¡Oh, Dios mío! ¡Qué
imprudencia! ¿Dónde está? ¿En qué tierra se halla? ¿Está bien o mal expuesto?
¿No hay peligro de que ese espantoso Jacob nos lo robe?
‑No hay peligro de que nos lo roben, a menos que Jacob
fuerce la puerta de mi habitación.
‑¡Ah! Está con vos, está en vuestra habitación, Rosa ‑dijo
Cornelius un poco tranquilizado‑. Pero ¿en qué tierra, en qué recipiente? No le
haréis germinar en el agua como las buenas mujeres de Haarlem y de Dordrecht
que se empeñan en creer que el agua puede reemplazar a la tierra, como si el
agua, que está compuesta de treinta y tres partes de oxígeno y de sesenta y
seis partes de hidrógeno, pudiera reemplazar... Pero ¡qué es lo que os digo,
Rosa!
‑Sí, esto es un poco técnico para mí ‑respondió
sonriendo, la joven‑. Me contentaré, pues, con responderos, para
tranquilizaros, que vuestro bulbo no está en el agua.
‑¡Ah! Respiro.
‑Está en una buena vasija de mayólica, justo del ancho
del recipiente donde habíais enterrado el vuestro. Está en un terreno compuesto
de tres cuartas partes de tierra ordinaria cogida del mejor lugar del jardín, y
de un cuarto de tierra de la calle. ¡Oh! ¡He oído decir tan a menudo a vos y a
ese infame de Jacob, como vos le llamáis, en qué tierra debe crecer el tulipán,
que ya lo sé como el primer jardinero de Haarlem!
‑¡Ah! Ahora queda la exposición. ¿Qué exposición tiene,
Rosa?
‑Está al sol toda la jornada, los días en que luce. Pero
cuando haya salido de la tierra, cuando el sol sea más caliente, haré como vos
hacíais aquí, querido señor Cornelius. Lo expondré en mi ventana al levante
desde las ocho de la mañana a las once, y en mi ventana al ponente, desde las
tres de la tarde hasta las cinco.
‑¡Ah! ¡Eso es, eso es! ‑exclamó Cornelius‑. Sois una
jardinera perfecta, mi bella Rosa. Pero pienso que el cultivo de mi tulipán va
a tomaros todo vuestro tiempo.
‑Sí, es verdad ‑concedió Rosa‑, pero no importa; vuestro
tulipán es mi hijo. Le dedico el tiempo que dedicaría a mi niño, si fuera
madre. Solamente convirtiéndome en su madre ‑añadió Rosa sonriendo‑ puedo
dejar de considerarme su rival. ¿No os parece?
‑¡Buena y querida Rosa! ‑murmuró Cornelius lanzando sobre
la joven una mirada donde había más de amante que de horticultor, y que consoló
un poco a Rosa.
Luego, al cabo de un instante de silencio, durante el
cual Cornelius había buscado por las aberturas del enrejado la mano fugitiva
de Rosa:
‑Así pues ‑continuó Cornelius‑ ¿ya hace seis días que el
bulbo está en la tierra?
‑Seis días, sí, señor Cornelius ‑asintió la joven. ‑¿Y no
aparece todavía?
‑No, pero creo que mañana aparecerá.
‑Mañana entonces, me daréis noticias de él al darme las
vuestras, ¿verdad, Rosa? Me inquieto mucho por el hijo, como vos decíais hace
un momento; pero me intereso muy de otro modo por la madre.
‑Mañana ‑dijo Rosa, desviando la vista de la de Cornelius‑,
no sé si podré.
‑¿Eh? ¡Dios mío! ‑exclamó Cornelius‑. ¿Por qué mañana no
podréis?
‑Señor Cornelius, tengo mil cosas que hacer.
‑Mientras que yo, no tengo más que una ‑murmuró
Cornelius.
‑Sí ‑respondió Rosa‑, amar vuestro tulipán.
‑Amaros a vos, Rosa.
Rosa movió la cabeza.
Se hizo un nuevo silencio.
‑En fin ‑continuó Van Baerle, interrumpiendo ese silencio‑
todo cambia en la Naturaleza: a las flores de la primavera suceden otras
flores, y vemos a las abejas, que acarician tiernamente a las violetas y a los
alhelíes, posarse con el mismo amor sobre las madreselvas, las rosas, los
jazmines, los crisantemos y los geranios.
‑¿Qué quiere decir esto? ‑preguntó Rosa.
‑Esto quiere decir, señorita, que vos habéis querido
primero oír el relato de mis alegrías y de mis penas; habéis acariciado la flor
de nuestra mutua juventud; pero la mía se marchita en la sombra. El jardín de
las esperanzas y los placeres de un prisionero no tiene más que una estación.
No ocurre como en esos bellos jardines al aire libre y al sol. Una vez
realizada la siega de mayo, una vez cosechado el botín, las abejas como vos,
Rosa, las abejas de fino talle, de antenas de oro, de alas diáfanas, pasan por
entre los barrotes, desertan del frío, de la soledad, de la tristeza, para ir a
buscar más lejos los perfumes y las calientes exhalaciones. ¡La felicidad, en
fin!
Rosa miraba a Cornelius con una sonrisa que éste no veía,
tenía la vista levantada al cielo.
Continuó con un suspiro:
‑Vos me habéis abandonado, señorita Rosa, para gozar de
vuestras cuatro estaciones de placeres. Habéis hecho bien; no me lamento. ¿Qué
derecho tenía para exigir vuestra fidelidad?
‑¡Mi fidelidad! ‑exclamó Rosa anegada en lágrimas, y sin
tomarse el trabajo de ocultar por más tiempo a Cornelius aquel rosario de
perlas que rodaba por sus mejillas‑. ¡Mi fidelidad! ¿No os he sido fiel?
‑¡Ay! ¿Es serme fiel ‑preguntó Cornelius abandonarme,
dejarme morir aquí?
‑Pero, señor Cornelius ‑protestó Rosa‑, ¿no he hecho por
vos todo lo que podía para agradaros, no me he ocupado de vuestro tulipán?
‑¡Con amargura, Rosa! Me reprocháis la única alegría sin
mancha que he tenido en este mundo.
‑No os reprocho nada, señor Cornelius, sino la única pena
profunda que he sentido desde el día en que vinieron a decirme a la Buytenhoff
que íbais a ser ajusticiado.
‑Os desagrada, Rosa, mi dulce Rosa, os desagrada que yo
ame a las flores.
‑No me desagrada que vos las améis, solamente me
entristece que las améis más de lo que me amáis a mí misma.
‑¡Ah! Querida, querida bienamada ‑exclamó Cornelius‑,
mirad cómo tiemblan mis manos, mirad cuán pálida está mi frente, escuchad,
escuchad cómo late mi corazón; ¡pues bien!, no es porque mi tulipán negro me
sonríe y me llama, no. Es porque vos me sonreís, es porque vos inclináis
vuestra frente hacia mí; es porque ‑no sé si esto es verdad‑, es porque me
parece que, aun rehusándolas, vuestras manos aspiran a las mías y siento el
calor de vuestras bellas mejillas tras el frío enrejado. Rosa, amor mío,
romped el bulbo del tulipán negro, destruid la esperanza de esta flor, apagad
la dulce luz de este sueño casto y encantador con el que me había habituado
cada día. ¡Sea! Nada de flores de ricos vestidos, de gracias elegantes, de
caprichos divinos, despojadme de todo esto, flor celosa de otras flores, despojadme
de todo esto, pero no me quitéis vuestra voz, vuestro gesto, el rumor de
vuestros pasos por la pesada escalera, no me quitéis el fuego de vuestros ojos
en el sombrío corredor, la certeza de vuestro amor que acaricia perpetuamente
mi corazón; amadme, Rosa, porque realmente yo siento que os amo.
‑Después del tulipán negro ‑suspiró la joven, cuyas
manos tibias y acariciantes consentían por fin en entregarse a través del
enrejado a los labios de Cornelius.
‑Antes que nada, Rosa...
‑¿He de creeros?
‑Como creéis en Dios.
‑Sea, ¿no os compromete mucho el amarme?
‑Muy poco, desgraciadamente, querida Rosa, pero os
compromete a vos.
‑¿A mí? ‑preguntó Rosa‑. ¿Y a qué me compromete esto?
‑En primer lugar, a no casaros.
Ella sonrió.
‑¡Ah! Así es como sois los hombres ‑dijo‑: tiranos.
Adoráis a una belleza: no pensáis más que en ella, no soñáis más que con ella.
Sois condenados a muerte, y al marchar hacia el patíbulo le consagráis vuestro
último suspiro, y exigís de mí, pobre chica, exigís el sacrificio de mis
sueños, de mi ambición.
‑Pero ¿de qué belleza me habláis, Rosa? ‑preguntó
Cornelius buscando en sus recuerdos, inútilmente, una mujer a la cual Rosa
pudiera hacer alusión.
‑Pues de la belleza negra, señor, de la belleza negra de
talle flexible, de pies finos, de cabeza llena de nobleza. Me refiero a vuestra
flor, naturalmente.
Cornelius sonrió.
‑Belleza imaginaria, mi buena Rosa, mientras que vos, sin
contar a vuestro enamorado, o más bien a mi enamorado Jacob, estáis rodeada de
galanes que os hacen la corte. ¿Recordáis, Rosa, lo que me habéis dicho de los
estudiantes, de los oficiales, de los dependientes de La Haya? Pues bien, ¿no
hay en Loevestein dependientes, oficiales, estudiantes?
‑¡Oh! Sí que los hay por cierto, y hasta demasiados ‑dijo
Rosa.
‑¿Que escriben?
‑Que escriben.
Y Cornelius lanzó un suspiro al pensar que era a él,
pobre prisionero, a quien Rosa debía el privilegio de leer las notas que
recibía.
‑¡Pues sí! ‑prosiguió Rosa‑. Pero me parece, señor
Cornelius, que al leer las notas que me escriben, al examinar los galanes que
se me presentan, no hay más que seguir vuestras instrucciones.
‑¿Cómo mis instrucciones?
‑Sí, vuestras instrucciones. Olvidáis ‑continuo Rosa
suspirando a su vez‑, olvidáis el testamento escrito por vos en la Biblia del
señor Corneille de Witt. ¡Yo no lo olvido! Porque, ahora que sé leer, lo releo
todos los días, y más bien dos veces que una. ¡Pues bien! En ese testamento, me
ordenáis amar y casarme con un guapo joven de veintiséis a veintiocho años. Yo
busco a ese joven, y como toda mi jornada está consagrada a vuestro tulipán, es
preciso que me dejéis la noche para hallarlo.
‑¡Ah, Rosa! El testamento se hizo en previsión de mi
muerte y, gracias al Cielo, estoy vivo. Por lo tanto queda sin efecto, si así
lo deseáis.
‑¡Pues bien! Entonces, no buscaré a ese guapo joven de
veintiséis a veintiocho años, y vendré a veros.
‑¡Ah! ¡Sí, Rosa, venid! ¡Venid!
‑Mas con una condición.
‑¡Está aceptada de antemano!
‑Que durante tres días no hablemos del tulipán negro.
‑No hablaremos nunca si lo exigís, Rosa.
‑¡Oh! ‑exclamó la joven‑. No hay que pedir lo imposible.
Y, como por descuido, aproximó su fresca mejilla tan
cerca del enrejado que Cornelius pudo rozarla con sus labios.
Rosa lanzó un pequeño grito lleno de amor, y desapareció.
La noche fue buena y la jornada del día siguiente mejor
todavía.
En los días precedentes, la prisión se había hecho
pesada, sombría, deprimente; oprimía con todo su peso al pobre prisionero. Sus
muros eran negros, su aire era frío, los barrotes estaban dispuestos de forma
que apenas dejaban pasar la luz del día.
Pero cuando Cornelius despertó al nuevo día, un rayo de
sol matinal jugaba en los barrotes, los palomos hendían el aire con sus alas
extendidas, mientras que otros se arrullaban amorosamente sobre el tejadillo de
la ventana todavía cerrada.
Cornelius corrió hacia aquella ventana y la abrió; le
pareció que la vida, la alegría, casi la libertad, entraban con ese rayo de sol
en la sombría celda.
Es que el amor florecía y hacía florecer cada cosa a su
alrededor; el amor, flor del cielo de otro brillo, perfumaba de forma distinta
a todas las flores de la Tierra.
Cuando Gryphus entró en la celda del prisionero en lugar
de encontrarlo taciturno y acostado como los otros días, lo halló de pie y
cantando un aria de ópera.
‑¡Eh! ‑exclamó aquél.
‑¿Cómo estamos esta mañana?
Gryphus le miró con desdén.
‑El perro, y el señor Jacob, y nuestra bella Rosa, ¿cómo
están todos?
Gryphus rechinó los dientes.
‑Aquí está vuestro desayuno ‑dijo.
‑Gracias, amigo carcelero ‑contestó el prisionero‑.
Llegáis a tiempo porque tengo mucha hambre.
‑¡Ah! ¿Tenéis hambre? ‑comentó Gryphus.
‑Toma, ¿por qué no? ‑preguntó Van Baerle.
‑Parece que la conspiración marcha ‑dijo Gryphus.
‑¿Qué conspiración? ‑inquirió Van Baerle.
‑¡Bueno! Sabemos lo que se dice, pero vigilaremos, señor
sabio: estad tranquilo, vigilaremos.
‑¡Vigilad, amigo Gryphus! ‑replicó Van Baerle‑. ¡Vigilad!
Mi conspiración, como mi persona, se halla toda a vuestro servicio.
‑Veremos esto a mediodía ‑aseguró Gryphus.
‑A mediodía ‑repitió Cornelius‑. ¿Qué querrá decir? Sea,
esperemos al mediodía; a mediodía veremos.
Era fácil para Cornelius esperar hasta mediodía.
Cornelius esperaba hasta las nueve.
Mediodía llegó y se oyó en la escalera, no solamente el
paso de Gryphus, sino los pasos de tres o cuatro soldados que subían con él.
La puerta se abrió, Gryphus entró, introdujo a los
hombres y cerró la puerta detrás de ellos.
‑¡Aquí! Ahora, busquemos.
Buscaron en los bolsillos de Cornelius, entre su chaqueta
y su chaleco, entre su chaleco y su camisa, entre su camisa y su piel; no se
halló nada.
Buscaron en las sábanas, en el colchón, en el jergón del
lecho y no se halló nada.
Fue entonces cuando Cornelius se felicitó por no haber
aceptado el tercer bulbo. Gryphus, en esta pesquisa, lo hubiera encontrado
ciertamente, por muy oculto que estuviese, y lo habría tratado como al primero.
Por lo demás, jamás asistió un prisionero con un rostro
más sereno a una pesquisa realizada en su celda.
Gryphus se retiró con el lápiz y las tres o cuatro hojas
de papel blanco que Rosa había dado a Cornelius; éste fue el único trofeo de la
expedición.
A las seis, Gryphus regresó, pero solo; Cornelius quiso
calmarle, pero Gryphus gruñó, mostró el colmillo que sobresalía en una
comisura de la boca, y salió andando hacia atrás, como un hombre que tiene
miedo de que le ataquen.
Cornelius estalló en risas.
Lo cual hizo que Gryphus, que conocía los refranes, le
gritara a través de la reja:
‑Está bien, está bien; mejor reirá quien ría el último.
El que debía reír el último, aquella noche por lo menos,
era Cornelius, porque Cornelius esperaba a Rosa.
Rosa acudió a las nueve; pero acudió sin farol; Rosa no
tenía ya necesidad de la luz, sabía leer.
Además, la luz podía denunciar a Rosa, espiada más que
nunca por Jacob.
Por último, bajo la luz, se veía demasiado el rubor de
Rosa cuando se ruborizaba.
¿De qué hablaron los dos jóvenes aquella noche? De las
cosas de que hablan los enamorados en el umbral de una puerta en Francia, de
uno a otro lado de una celosía en España, de lo alto al pie de una terraza en
Oriente.
Hablaron de esas cosas que ponen alas a los pies de las
horas, que añaden plumas a las alas del tiempo.
Hablaron de todo, excepto del tulipán negro..
Luego, a las diez, como de costumbre, se separaron.
Cornelius era feliz, tan completamente feliz como puede
serlo un tulipanero a quien no se le ha hablado de su tulipán.
Encontraba a Rosa bonita como todos los amores de la
Tierra; la hallaba buena, graciosa, encantadora.
Mas ¿por qué Rosa prohibía que se hablara del tulipán?
Ésta era una gran falta que Rosa cometía.
Cornelius se dijo, suspirando, que la joven no era
absolutamente perfecta.
Una parte de la noche la pasó meditando sobre esta
imperfección. Lo que quiere decir que, mientras estuvo despierto, pensó en
Rosa.
Una vez dormido, soñó con ella.
Pero la Rosa de sus sueños era mucho más perfecta que la
Rosa de la realidad. Aquélla no solamente hablaba del tulipán, sino que,
además, traía a Cornelius un magnífico tulipán negro nacido en un jarro de
China.
Cornelius se despertó temblando de alegría y murmurando:
«Rosa, Rosa, te amo.»
Y como se hacía ya de día, Cornelius no juzgó oportuno
volverse a dormir.
Conservó, pues, todo el día la idea que había tenido en
su despertar.
¡Ah! Si Rosa le hubiera hablado del tulipán, Cornelius
la hubiese preferido a la reina Semiramis, a la reina Cleopatra, a la reina
Isabel, a la reina Ana de Austria, es decir, a las más grandes o a las más
bellas reinas del mundo.
Pero Rosa había prohibido, bajo pena de no volver más,
que se hablara del tulipán antes de tres largos días.
Eran setenta y dos horas concedidas al amante, es verdad;
pero eran setenta y dos horas restadas al horticultor.
Cierto que de esas setenta y dos horas, ya habían
transcurrido treinta y seis.
Las otras treinta y seis pasarían muy pronto, dieciocho
horas esperando, dieciocho horas para recordar.
Rosa volvió a la misma hora; Cornelius soportó
heroicamente su penitencia. Hubiera sido un pitagórico más distinguido que
Cornelius, y con tal de que se le hubiese permitido pedir una vez por día
noticias de su tulipán, se habría quedado cinco años, según los estatutos de
la Orden, sin hablar de otra cosa.
Por lo demás, la bella visitante comprendía realmente
que cuando se ordena por un lado, hay que ceder por el otro. Rosa dejaba a
Cornelius atraer sus dedos por el postigo; Rosa dejaba a Cornelius besar sus
cabellos a través del enrejado.
¡Pobre niña! Todas esas delicadezas del amor eran mucho
más peligrosas para ella que hablar del tulipán.
Lo comprendió al regresar a su habitación con el corazón
palpitante, las mejillas ardientes, los labios secos y los ojos húmedos.
Por eso al día siguiente por la noche, después de cambiar
las primeras palabras, después de prodigarse las primeras caricias, miró a
Cornelius á través del enrejado, y en la oscuridad, dijo:
‑¡Bien! ¡Ya se ha levantado!
‑¡Se ha levantado! ¿Qué? ¿Quién? ‑inquirió Cornelius no
atreviéndose a creer que la misma Rosa abreviara la duración de su prueba.
‑El tulipán ‑contestó la joven.
‑¿Cómo? ‑exclamó Cornelius‑. ¿Permitís, pues?
‑¡Sí! ‑concedió Rosa en el tono de una madre cariñosa que
permite una alegría a su hijo.
‑¡Ah, Rosa! ‑se alborozó Cornelius alargando sus labios a
través del enrejado, con la esperanza de tocar una mejilla, una mano, la
frente, cualquier cosa.
Tocó algo mejor que todo eso, tocó dos labios entreabiertos.
Rosa lanzó un pequeño grito.
Cornelius comprendió que debía apresurarse a continuar
la conversación, sentía que ese contacto inesperado había asustado mucho a
Rosa.
‑¿Se ha levantado muy derecho? ‑preguntó.
‑Derecho como un huso de Frisia ‑dijo Rosa.
‑¿Y está muy alto?
‑Seis centímetros por lo menos.
‑¡Oh! Rosa, tened mucho cuidado y veréis cómo crece de
prisa.
‑¿Puedo tener más cuidado? ‑explicó Rosa‑. No pienso más
que en él.
‑¿Sólo en él, Rosa? Tened cuidado, soy yo el que voy a
sentirme celoso a mi vez.
‑Y vos sabéis ya que pensar en él es pensar en vos. No lo
pierdo de vista. Lo veo desde mi lecho; al despertarme es el primer objeto que
miro, al dormirme es el último objeto que retengo en la mirada. Durante el día
me siento y trabajo a su lado, porque desde que se encuentra en mi habitación,
no lo abandono.
‑Tenéis razón, Rosa, es vuestra dote, ¿sabéis?
‑Sí, y gracias a ella podré casarme con un hombre joven
de veintiséis a veintiocho años que me guste.
‑Callaos, malvada.
Y Cornelius consiguió coger los dedos de la joven, lo
cual hizo, si no cambiar de conversación, por lo menos que el silencio
siguiera al diálogo.
Aquella noche, Cornelius fue el más feliz de los hombres.
Rosa le dejó su mano cuanto quiso retenerla, y le habló del tulipán a su entera
satisfacción.
A partir de aquel momento, cada día trajo un progreso en
el tulipán y en el amor de los dos jóvenes. Una vez eran las hojas que se
habían abierto, otra, era la misma flor que había cuajado. Ante esta noticia la
alegría de Cornelius fue grande, y sus preguntas se sucedieron con una
rapidez que testimoniaba su impaciencia.
‑Cuajada ‑exclamó Cornelius‑. ¡Ha cuajado!
‑Ha cuajado ‑repitió Rosa.
Cornelius se tambaleó de alegría y se vio obligado a
agarrarse al postigo.
‑¡Ah! ¡Dios mío! ‑exclamó, y volviéndose a Rosa‑‑. ¿Es
regular el óvalo, está lleno el cilindro, están bien verdes las puntas?
‑El óvalo tiene casi tres centímetros y está afilado como
una aguja, el cilindro hincha sus flancos, las puntas están listas para
abrirse.
Aquella noche, Cornelius durmió poco; era un momento
supremo aquel en el que las puntas se abrieran.
Dos días después, Rosa anunció que se habían entreabierto.
‑Entreabiertas, Rosa ‑exclamó Cornelius‑. ¡El involucro
se ha entreabierto! Pero ¿entonces se ve, se puede distinguir ya?
Y el prisionero se detuvo jadeante.
‑Sí ‑respondió Rosa‑; sí, se puede distinguir una línea
de un color diferente, delgada como un cabello.
‑¿Y el color? ‑preguntó Cornelius temblando.
‑¡Ah! ‑contestó Rosa‑. Es muy oscuro.
‑¿Pardo?
‑¡Oh! Más oscuro.
‑¡Más oscuro, buena Rosa, más oscuro! Gracias. Oscuro
como el ébano, oscuro como...
‑Oscuro como la tinta con la cual os he escrito.
Cornelius lanzó un grito de loca alegría.
‑¡Oh! ‑exclamó juntando las manos‑. ¡Oh! No hay un ángel
que pueda compararse a vos, Rosa.
‑¿De veras? ‑dijo Rosa sonriendo ante esta exaltación.
‑Rosa, habéis trabajado tanto, habéis hecho tanto por mí;
Rosa, mi tulipán va a florecer, y mi tulipán florecerá negro, Rosa, Rosa,
¡sois lo más perfecto que Dios ha creado sobre la Tierra!
‑¿Después del tulipán, sin embargo?
‑¡Ah! Callaos, malvada. Callaos, por piedad, no echéis a
perder mi alegría. Pero, decidme, Rosa, si el tulipán ha llegado a ese punto,
dentro de dos o tres días a más tardar florecerá.
‑Mañana o pasado mañana, sí.
‑¡Oh! Y yo no lo veré ‑exclamó Cornelius, echándose hacia
atrás‑. Y no lo besaré como una maravilla de Dios a la que se debe adorar, como
beso vuestras manos, Rosa, como beso vuestros cabellos, como beso vuestras
mejillas, cuando por azar se hallan al alcance del postigo.
Rosa acercó su mejilla, no por azar, sino voluntariamente;
los labios del joven se pegaron a ella con avidez.
‑¡Vaya! Lo traeré si vos queréis ‑dijo Rosa, emocionada.
‑¡Ah! ¡No! ¡No! Tan pronto como se abra, ponedlo bien a
la sombra, Rosa, y en el mismo instante, inmediatamente, enviad a Haarlem a
prevenir al presidente de la Sociedad Hortícola que el gran tulipán negro ha
florecido. Haarlem está lejos, lo sé, pero con dinero hallaréis un mensajero.
¿Tenéis dinero, Rosa?
Rosa sonrió.
‑¡Oh, sí! ‑dijo.
‑¿Bastante? ‑preguntó Cornelius.
‑Trescientos florines.
‑¡Oh! Si tenéis trescientos florines, no es un mensajero
a quien tenéis que enviar, sino vos misma, vos misma, Rosa, quien debe ir a
Haarlem.
‑Pero durante ese tiempo, la flor...
‑¡Oh, la flor! Lleváosla, comprended que no debéis
separaros de ella ni un instante.
‑Pero, aunque no me separe de ella, me separaré de vos,
Cornelius ‑dijo Rosa entristecida.
‑¡Ah! Es verdad, mi dulce, mi querida Rosa. ¡Dios mío!
¡Qué malvados son los hombres! ¿Qué les he hecho yo y por qué me han privado de
la libertad? Tenéis razón, Rosa, yo no podría vivir sin vos. ¡Pues bien!
Enviad alguien a Haarlem, eso es. ¡Por mi fe! El milagro es lo bastante grande
como para que el presidente se moleste; él mismo vendrá a Loevestein a buscar
el tulipán.
Luego, deteniéndose de repente, fue con voz temblorosa
que murmuró:
‑¡Rosa! ¡Rosa! Si no fuese negro...
‑¡Vaya! Eso lo sabréis mañana o pasado mañana por la
noche.
‑¡Esperar hasta la noche para saberlo, Rosa! Moriré de
impaciencia. ¿No podríamos convenir una señal?
‑Lo haré mejor.
‑¿Qué haréis?
‑Si es por la noche cuando se abra, vendré para decíroslo
yo misma. Si es por el día, pasaré por delante de la celda y os deslizaré una
nota, bien por debajo de la puerta, bien por el postigo, entre la primera y la
segunda inspección de mi padre.
‑¡Oh, Rosa! ¡Eso es! Una palabra vuestra anunciándome
esta noticia, será una doble felicidad.
‑Son ya las diez ‑dijo Rosa‑, es preciso que os abandone.
‑¡Sí! ¡Sí! ‑exclamó Cornelius‑. ¡Sí! ¡Marchaos, Rosa,
marchaos!
Rosa se retiró cabizbaja.
Cornelius casi la había despedido.
Cierto que era para vigilar el tulipán negro.
La noche transcurrió muy lenta y al mismo tiempo muy
agitada para Cornelius. A cada instante le parecía que la dulce voz de Rosa lo
llamaba: se despertaba sobresaltado, iba a la puerta, acercaba su rostro al
postigo; no había nada en el postigo, el corredor estaba vacío.
Sin duda, Rosa velaba por su parte, pero más afortunada
que él, velaba al tulipán. Tenía allí, bajo sus ojos, a la noble flor, esta
maravilla de las maravillas, no solamente todavía desconocida, sino creída
imposible.
¿Qué diría el mundo cuando supiera que se había logrado
el tulipán negro, que existía, y que era Cornelius van Baerle, el prisionero,
quien lo había logrado?
¡Cómo Cornelius hubiera arrojado lejos de sí al hombre
que hubiese venido a proponerle la libertad a cambio de su tulipán!
El día llegó sin noticias. El tulipán no había florecido
todavía.
La jornada transcurrió como la noche.
La noche vino y con la noche una Rosa alegre, ligera como
un pájaro.
‑¿Y bien? ‑preguntó Cornelius.
‑¡Pues bien! Todo va de maravilla. ¡Esta noche sin falta
florecerá vuestro tulipán!
‑¿Y florecerá negro?
‑Negro como el azabache.
‑¿Sin una sola mancha de otro color?
‑Sin una sola mancha.
‑¡Bondad del Cielo! Rosa, he pasado la noche pensando
primero en vos...
Rosa esbozó un gesto de incredulidad.
‑Luego, en lo que teníamos que hacer.
‑¿Y bien?
‑Esto es lo que he decidido. Una vez el tulipán haya
florecido, cuando se compruebe que es negro y perfectamente negro, tenéis que
encontrar un mensajero.
‑Si no es más que esto, ya he encontrado un mensajero.
‑¿Un mensajero seguro?
‑Un mensajero del que respondo, uno de mis enamorados.
‑¿No será Jacob, supongo?
‑No, no temáis. Es el barquero de Loevestein, un muchacho
despierto, de veinticinco a veintiséis años.
‑¡Diablo!
‑Estad tranquilo ‑repitió Rosa riendo‑. Todavía no tiene
la edad, ya que vos mismo la habéis fijado entre veintiséis y veintiocho años.
‑En fin, ¿creéis poder contar con ese joven?
‑Como conmigo. Se arrojaría de su barca al Waal o al
Mosa, a mi elección, si se lo ordenara.
‑¡Pues bien, Rosa! En diez horas ese muchacho puede estar
en Haarlem; me daréis un lápiz y un papel, mejor aún sería una pluma y tinta, y
escribiré, o más bien, escribiréis vos. En mí, pobre prisionero, tal vez
verían, como ve vuestro padre, una conspiración en todo esto: Escribiréis al
presidente de la Sociedad Hortícola y, estoy seguro que el presidente vendrá.
‑Pero, ¿y si tarda?
‑Suponed que tarde un día, hasta dos; pero esto es
imposible, un aficionado a los tulipanes como él no tardará ni una hora, ni un
minuto, ni un segundo en ponerse en camino para ver la octava maravilla del
mundo. Pero, como decía, tarde un día, tarde dos, el tulipán estará todavía en
todo su esplendor. Una vez visto el tulipán por el presidente, y todo quede
dicho en el atestado dirigido por él, guardaréis una copia de ese atestado,
Rosa, y le confiaréis el tulipán. ¡Ah! Si hubiésemos podido llevarlo nosotros
mismos, Rosa, no habría abandonado mis brazos más que para pasar a los
vuestros; pero esto es una ilusión en la que no hay que soñar ‑continuó
Cornelius suspirando‑. Otros ojos lo verán marchitarse. ¡Oh! Sobre todo, Rosa,
antes de que lo vea el presidente, no lo dejéis ver a nadie. ¡El tulipán negro,
buen Dios! ¡Si alguien viera el tulipán negro, lo robaría...! Oh!
‑¿No me habéis dicho vos misma lo que temíais con
respecto a vuestro enamorado Jacob? Si se roba un florín, ¿por qué no robarían
cien mil?
‑Vigilaré, estad tranquilo.
‑¿Y si en este momento se está abriendo?
‑El caprichoso es muy capaz de ello ‑bromeó Rosa.
‑Si lo hallarais abierto al entrar...
‑¿Y bien?
‑¡Ah, Rosa! Desde el momento en que se abra, recordad que
no habrá ni un momento que perder para advertir al presidente.
‑Y para preveniros a vos. Sí, comprendo.
Rosa suspiró, pero sin amargura y como una mujer que no
solamente comienza a comprender una debilidad, sino a habituarse a ella.
‑Regreso al lado del tulipán, señor Van Baerle, y tan
pronto florezca, seréis advertido; una vez vos advertido, el mensajero
partirá.
‑¡Rosa, Rosa, ya no sé a qué maravilla del Cielo o de la
Tierra compararos!
‑Comparadme al tulipán negro, señor Cornelius, y quedaré
muy halagada, os lo juro. Hasta la vista, señor Cornelius.
‑¡Oh! Decid: hasta la vista, amigo mío.
‑Hasta la vista, amigo mío ‑repitió Rosa un poco
consolada.
‑Decid: Amigo mío bienamado.
‑¡Oh! Amigo mío...
‑Bienamado, Rosa, os lo suplico, bienamado, bienamado,
¿verdad?
‑Bienamado, sí, bienamado ‑dijo Rosa palpitante,
embriagada, loca de alegría.
‑Entonces, Rosa, ya que habéis dicho bienamado, decid
también bienaventurado, decid feliz como jamás hombre alguno haya sido feliz y
bajo el cielo. No me falta más que una cosa, Rosa.
‑¿Cuál?
‑Vuestra mejilla, vuestra mejilla fresca, vuestra mejilla
rosada, vuestra mejilla aterciopelada. ¡Oh, Rosa! Voluntariamente, no por
sorpresa, no por accidente, Rosa. ¡Ah!
El prisionero terminó su ruego con un suspiro; acababa de
encontrar los labios de la joven, no por accidente, no por sorpresa, como cien
años más tarde Saint‑Preux debía encontrar los labios de Julie.
Rosa huyó.
Cornelius se quedó con el alma suspendida en sus labios,
el rostro pegado al postigo.
Se ahogaba de alegría y de felicidad. Abrió la ventana y
contempló largo tiempo, con el corazón rebosante de dicha, el azul sin nubes
del cielo, la luna que plateaba el doble río, destellando más allá de las
colinas. Se llenó los pulmones del aire generoso y puro, el espíritu de dulces
ideas, el alma de reconocimiento y de admiración religiosa.
‑¡Oh! ¡Vos estáis siempre allá arriba, Dios mío! ‑exclamó,
medio prosternado, con los ojos ardientemente tendidos hacia las estrellas‑.
Perdonadme por haber casi dudado de Vos en estos últimos días. Vos os
ocultabais detrás de vuestras nubes, y por un instante dejé de veros, Dios
bueno, Dios eterno, Dios misericordioso. ¡Pero hoy!, esta tarde, esta noche,
¡oh!, Os veo todo entero en el espejo de vuestros cielos y, sobre todo, en el
espejo de mi corazón.
¡Estaba curado, el pobre enfermo; estaba libre, el pobre
prisionero!
Durante una parte de la noche, Cornelius permaneció
colgado de los barrotes de su ventana, con el oído presto; concentrando sus
cinco sentidos en uno solo, o más bien, en dos solamente, miraba y escuchaba.
Miraba el cielo y escuchaba a la tierra.
Luego, con la mirada vuelta de cuando en cuando hacia el
corredor, se decía:
«Allá abajo está Rosa, Rosa que vela como yo, que como yo
espera de minuto en minuto; allá abajo, ante los ojos de Rosa está la flor
misteriosa, que vive, que se entreabre, que se abre. Tal vez en este momento
Rosa tiene el tallo del tulipán entre sus delicados y tibios dedos. Toca ese
tallo suavemente. Tal vez roce con sus labios su cáliz entreabierto; rózalo con
precaución, Rosa, tus labios arden; tal vez en este momento, mis dos amores se
acarician bajo la mirada de Dios.»
En aquel momento, una estrella se inflamó en lo alto,
atravesó todo el espacio que separaba el horizonte de la fortaleza y vino a
abatirse sobre Loevestein.
Cornelius se estremeció.
‑¡Ah! ‑exclamó‑. Es Dios que envía un alma a mi flor.
Y como si lo hubiera adivinado, casi en el mismo
instante, el prisionero oyó en el corredor unos pasos ligeros, como los de una
sílfide, el roce de una ropa que parecía un batir de alas y una voz bien
conocida que decía:
‑Cornelius, amigo mío, amigo mío bienamado y
bienaventurado, venid, venid enseguida.
Cornelius no dio más que un salto de la ventana al
postigo; una vez más sus labios encontraron los labios murmuradores de Rosa,
que le dijo en un beso:
‑Se ha abierto, es negro, aquí está.
‑¿Cómo, aquí está? ‑exclamó Cornelius, separando sus
labios de los labios de la joven.
‑Sí, sí, es preciso correr un pequeño peligro para dar
una gran alegría, aquí está, tened.
Y, con una mano, levantó a la altura del postigo un
pequeño farol que acababa de encender; mientras que a la misma altura,
levantaba con la otra el milagroso tulipán.
Cornelius lanzó un grito y creyó desmayarse de emoción.
‑¡Oh! ‑murmuró‑. ¡Dios mío! ¡Dios mío! Me recompensáis mi
inocencia y mi cautividad, ya que habéis hecho crecer estas dos flores en el
postigo de mi prisión.
‑Besadla ‑dijo Rosa‑ como yo la he besado hace un
momento.
Cornelius, reteniendo el aliento, tocó con la punta de
los labios el extremo de la flor, y jamás beso dado a los labios de una mujer,
aunque fuera a los labios de Rosa, le entró tan profundamente en el corazón.
El tulipán era bello, espléndido, magnífico; su tallo
tenía más de treinta centímetros de altura; se alzaba del seno de cuatro hojas
verdes, lisas, derechas como puntas de lanza; toda su flor era negra y
brillante como el azabache.
‑Rosa ‑dijo Cornelius jadeante‑, Rosa, no hay un instante
que perder, es preciso escribir la carta.
‑Ya está escrita, mi bienamado Cornelius ‑contestó Rosa.
‑¿De veras?
‑Mientras el tulipán se abría, yo escribía, porque no
quería que se perdiera ni un solo instante. Mirad la carta, y decidme si la
encontráis bien.
Cornelius cogió la carta y leyó, en una escritura que
había hecho grandes progresos desde la primera frase que había recibido de
Rosa:
Señor presidente:
El tulipán negro va a abrirse dentro de diez minutos tal
vez. Tan pronto se abra, os enviaré un mensajero para rogaros vengáis vos
mismo en persona a buscarlo a la fortaleza de Loevestein. Soy la hija del
carcelero Gryphus, casi tan prisionera como los prisioneros de mi padre. No
podré, pues, llevaros esta maravilla. Por eso es por lo que me atrevo a
suplicaros que vengáis a buscarlo vos mismo.
Mi deseo es que se llame Rosa Barloensis.
Acaba de abrirse; es perfectamente negro...
Venid, señor presidente, venid.
Tengo el honor de ser vuestra humilde servidora.
ROSA GRYPHUS.
‑Eso es, eso es, querida Rosa. Esta carta es una
maravilla. Yo no la hubiera escrito con esta simplicidad. En el Congreso,
daréis todos los informes que os pidan. Sabrán cómo ha sido creado el tulipán,
a cuántos cuidados, vigilias y temores ha dado lugar, mas, por el momento,
Rosa, no hay un instante que perder... ¡El mensajero! ¡El mensajero!
‑¿Cómo se llama el presidente?
‑Dádmela para que ponga la dirección. ¡Oh! Es muy
conocido. Es Mynheer Van Systens, el
burgomaestre de Haarlem... Dádmela, Rosa, dádmela.
Y, con mano temblorosa, Cornelius escribió sobre la
carta:
A Mynheer Peters
van Systens, burgomaestre y presidente de la Sociedad Hortícola de Haarlem.
‑Y ahora, marchaos, Rosa, marchaos ‑dijo Cornelius‑, y
pongámonos bajo el amparo de Dios que hasta ahora nos ha protegido tan bien.
En efecto, los pobres jóvenes tenían gran necesidad de
ser amparados por la protección directa del Señor.
Jamás habían estado tan cerca de la desesperación como en
este mismo instante en que creían tener asegurada su felicidad.
No dudaremos en absoluto en la inteligencia de nuestro
lector hasta el punto de suponer que no haya reconocido en Jacob, nuestro
antiguo amigo, o más bien nuestro antiguo enemigo, a Isaac Boxtel el
tulipanero.
El lector ha adivinado, pues, que Boxtel había seguido
de la Buytenhoff a Loevestein al objeto de su amor y al objeto de su odio:
El tulipán negro y Cornelius van Baerle.
Lo que cualquier otro tulipanero y más un tulipanero
envidioso no hubiera podido jamás descubrir, es decir, la existencia de los
bulbos y las ambiciones del prisionero, la envidia había hecho, sino
descubrir, por lo menos adivinar a Boxtel.
Lo hemos visto más afortunado bajo el nombre de Jacob que
bajo el nombre de Isaac, entablar amistad con Gryphus, al que gratificó el
reconocimiento y la hospitalidad durante unos meses, con la mejor ginebra que
se hubiera fabricado jamás desde Texel a Amberes.
Adormeció sus desconfianzas; porque como hemos visto, el
viejo Gryphus era desconfiado; adormeció sus desconfianzas, decimos,
halagándole con una alianza con Rosa.
Acrecentó por otra parte sus instintos de carcelero,
después de haber halagado su orgullo de padre. Acrecentó sus instintos de
carcelero pintándole con los más sombríos colores al sabio prisionero que
Gryphus tenía bajo sus cerrojos, y que al decir del falso Jacob, había
concertado un pacto con Satán para perjudicar a Su Alteza el príncipe Guillermo
de Orange.
También había tenido éxito al principio con Rosa, no
inspirándole sentimientos de simpatía, ya que a Rosa siempre le había gustado
muy poco Mynheer Jacob, pero al
hablarle de matrimonio y de loca pasión, había apagado en principio todas las
sospechas que hubiera podido tener.
Hemos visto cómo su imprudencia al seguir a Rosa al
jardín lo había denunciado a los ojos de la muchacha, y cómo los temores
instintivos de Cornelius habían puesto a los dos jóvenes en guardia contra él.
Lo que había, sobre todo, inspirado las inquietudes al
prisionero, nuestro lector debe recordarlo, era aquella gran cólera que había
invadido a Jacob contra Gryphus a propósito del bulbo aplastado.
En aquel momento, esa rabia era tanto mayor por cuanto
aunque Boxtel suponía que Cornelius tenía un segundo bulbo, no estaba muy
seguro de ello.
Fue entonces cuando espió a Rosa y la siguió no solamente
al jardín, sino también por los corredores.
Únicamente que; como esta vez la seguía por la noche y
con los pies descalzos, ni fue visto ni oído.
Excepto aquella vez en que Rosa creyó haber visto pasar
algo como una sombra por la escalera.
Pero ya era demasiado tarde, Boxtel había sabido, de la
misma boca del prisionero, la existencia del segundo bulbo.
Engañado por la trampa de Rosa, que había simulado el
acto de enterrarlo en la platabanda, y no dudando que esa pequeña comedia
había sido ejecutada para forzarle a traicionarse, redobló las precauciones y
puso en juego todas las artimañas de su mente para continuar espiando a los
otros sin ser espiado él mismo.
Vio a Rosa transportar una gran vasija de mayólica de la
cocina de su padre a la habitación que ella ocupaba.
Vio a Rosa lavarse, con mucha agua, sus bellas manos
llenas de la tierra que había amasado para preparar al tulipán el mejor lecho
posible.
Finalmente alquiló, en un granero, una pequeña habitación
justo enfrente de la ventana de Rosa; bastante alejada para que no se le
pudiera reconocer a simple vista, pero bastante cerca para que con la ayuda de
su telescopio pudiera seguir todo lo que ocurría en Loevestein en la
habitación de la joven, como había seguido en Dordrecht todo lo que pasaba en
el secador de Cornelius.
No hacía más de tres días que estaba instalado en su
granero, cuando no le cupo ya ninguna duda.
Desde que se levantaba el sol por la mañana, la vasija
de mayólica estaba en la ventana y, semejante a esas encantadoras mujeres de
Miéris y de Metzu, Rosa aparecía en aquella ventana encuadrada por las
primeras ramas verdeantes de la parra y la madreselva.
Rosa contemplaba la vasija de mayólica con una mirada que
denunciaba a Boxtel el valor real del objeto encerrado en ella.
Lo que encerraba la vasija era, pues, el segundo bulbo,
es decir, la suprema esperanza del prisionero.
Cuando las noches amenazaban ser demasiado frías, Rosa
entraba la vasija de mayólica.
Eso indicaba que Rosa seguía las instrucciones de
Cornelius, que temía que el bulbo se helara.
Cuando el sol se hizo más cálido, Rosa entraba la vasija
de mayólica desde las once de la mañana hasta las dos de la tarde.
Eso indicaba, asimismo, que Cornelius temía que la tierra
se desecara.
Pero cuando la lanza de la flor salió de la tierra,
Boxtel quedó completamente convencido: no tenía una altura mayor de tres
centímetros cuando, gracias a su telescopio, no había lugar ya a la duda para
el envidioso.
Cornelius poseía dos bulbos, y el segundo estaba confiado
al amor y a los cuidados de Rosa.
Porque, pensándolo bien, el amor de los dos jóvenes no
había escapado a Boxtel.
Era, pues, a ese segundo bulbo al que había que hallar el
medio de sustraer a los cuidados de Rosa y al amor de Cornelius.
Sólo que la cosa no era fácil.
Rosa vigilaba a su tulipán como una madre vigilaría a su
hijo; mejor que esto, como una paloma empolla sus huevos.
Rosa no abandonaba la habitación en toda la jornada; y
había más; cosa extraña, Rosa no abandonaba ya su habitación por la noche.
Durante siete días, Boxtel espió inútilmente a Rosa; Rosa
no salía en absoluto de su habitación.
Esos fueron aquellos siete días de riña que hicieron a
Cornelius tan desgraciado, al llevarse a la vez toda noticia de Rosa y de su
tulipán.
¿Iba a estar Rosa eternamente enojada con Cornelius?
Esto hubiera hecho el robo muchísimo más difícil de lo que había creído al
principio Mynheer Isaac.
Decimos robo, porque Isaac estaba completamente decidido
en su proyecto de robar el tulipán; y como éste crecía en el más profundo
misterio, como los dos jóvenes ocultaban su existencia a todo el mundo, le
creerían antes a él, tulipanero reconocido, que a una joven extraña a todos los
detalles de la horticultura o que a un prisionero condenado por un crimen de
alta traición, guardado, sobrevigilado, espiado, y que mal reclamaría desde el
fondo de su calabozo. Por otra parte, como sería poseedor del tulipán y como en
el caso de muebles y otros objetos transportables, la posesión da fe de la
propiedad, él obtendría ciertamente el premio y sería realmente coronado en
lugar de Cornelius, y el tulipán, en vez de llamarse Tulipa nigra Barloensis, se llamaría Tulipa nigra Boxtellensis o Boxtellea.
Mynheer Isaac no estaba todavía decidido sobre
cuál de esos nombres daría al tulipán negro; pero como ambos significaban la
misma cosa, no era éste el punto más importante.
El punto más importante era robar el tulipán.
Mas, para que Boxtel pudiera apoderarse del tulipán, era
preciso que Rosa saliera de su habitación.
Así pues, fue con verdadera alegría que Jacob o Isaac,
según se prefiera, vio reemprenderse las citas acostumbradas de la noche.
Comenzó por aprovechar la ausencia de Rosa para estudiar
su puerta.
La puerta cerraba bien y a doble vuelta, por medio de una
cerradura simple, pero de la que únicamente Rosa poseía la llave.
Boxtel tuvo la idea de robar la llave a Rosa, pero además
de que no era cosa fácil registrar el bolsillo de la joven, al apercibirse Rosa
de que había perdido su llave haría cambiar la cerradura, y no saldría de su habitación
hasta que la cerradura fuera cambiada, y Boxtel habría cometido un crimen
inútil.
Era preferible, pues, emplear otro medio.
Boxtel reunió todas las llaves que pudo hallar, y
mientras Rosa y Cornelius pasaban en el postigo una de sus horas afortunadas,
las probó todas.
Dos entraron en la cerradura, una de las dos dio la
primera vuelta y se detuvo en la segunda.
No había más que retocar muy poca cosa a esta llave.
Boxtel la impregnó con una ligera capa de cera y repitió
la experiencia.
El obstáculo que la llave había encontrado en la segunda
vuelta había dejado su huella sobre la cera.
Boxtel no tuvo más que seguir esta huella con el
mordiente de una lima de hoja estrecha como la de un cuchillo.
Con otras dos horas de trabajo, Boxtel consiguió su llave
a la perfección.
La puerta de Rosa se abrió sin ruidos, sin esfuerzo, y
Boxtel se halló en la habitación de la joven, a solas con el tulipán.
La primera acción condenable de Boxtel había consistido
en pasar por encima de un muro, para desenterrar el tulipán; la segunda había
sido penetrar en el secadero de Cornelius, por una ventana abierta; la tercera,
introducirse en la habitación de Rosa con una falsa llave.
Como se ve, la envidia hacía avanzar a Boxtel a grandes
pasos en la abyecta y desenfrenada carrera del crimen.
Boxtel se halló, pues, a solas con el tulipán.
Un ladrón ordinario hubiera agarrado la vasija bajo su
brazo y se la habría llevado.
Pero Boxtel no era un ladrón ordinario y reflexionó.
Reflexionó, contemplando el tulipán con la ayuda de su
farol, diciéndose que no estaba todavía bastante avanzado para tener la certeza
de que florecería negro aunque las apariencias ofrecían todas las
probabilidades.
Reflexionó que si no florecía negro, o que si florecía
con una mancha cualquiera, habría realizado un robo inútil.
Reflexionó que la noticia de este robo se expandiría, que
se le supondría el ladrón después de lo que había pasado en el jardín, qué se
realizarían investigaciones y que, por bien que ocultara el tulipán, sería
posible hallarlo.
Reflexionó que, aunque ocultara el tulipán de forma que
no fuera encontrado, podría, con todos los transportes que estaría obligado a
sufrir, sucederle alguna desgracia.
Reflexionó finalmente que era preferible, puesto que
tenía una llave de la habitación de Rosa y podía penetrar en ella cuando
quisiera, esperar a la floración, cogerlo una hora antes de que se abriera, o
una hora después de que se hubiera abierto, y partir en el mismo instante sin
pérdida de tiempo para Haarlem, donde, antes incluso de que fuera reclamado, el
tulipán estaría delante de los jueces.
Entonces sería a éste o a aquélla que reclamara a quien
Boxtel acusaría de robo.
Era un plan bien pensado y digno en todo punto del que lo
concebía.
Así pues, todas las noches durante aquella hora que los
jóvenes pasaban en el postigo de la celda, Boxtel entraba en la habitación de
la muchacha, no para violar el santuario de la virginidad, sino para seguir los
progresos que realizaba el tulipán negro en su floración.
La noche a la que hemos llegado, iba a entrar como las
otras noches; pero, como hemos dicho, los jóvenes no habían intercambiado más
que unas palabras, y Cornelius había enviado de nuevo a Rosa para vigilar el
tulipán.
Viendo a Rosa penetrar en su habitación, diez minutos
después de haber salido, Boxtel comprendió que el tulipán había florecido o iba
a florecer.
Era entonces durante esta noche cuando la gran partida
iba a jugarse; así pues, Boxtel se presentó ante Gryphus con una provisión de
ginebra doble que de costumbre.
Es decir, con una botella en cada bolsillo.
Una vez Gryphus bebido, Boxtel quedaba dueño de la
fortaleza o poco más.
A las once, Gryphus estaba completamente borracho. A las
dos de la madrugada, Boxtel vio salir a Rosa de su habitación, pero sosteniendo
visiblemente en sus brazos un objeto que llevaba con precaución.
Este objeto era sin duda alguna el tulipán negro que
acababa de florecer.
Pero ¿qué iba a hacer?
¿Iba a partir en aquel mismo instante para Haarlem con
él?
No era posible que una joven emprendiera sola, de noche,
un viaje semejante.
¿Iba únicamente a enseñar el tulipán a Cornelius? Esto
era probable.
Siguió a Rosa con los pies descalzos y de puntillas.
La vio acercarse al postigo.
La oyó llamar a Cornelius.
Al resplandor del farol, vio el tulipán abierto, negro
como la oscuridad en la que se ocultaba.
Oyó todo el proyecto planeado entre Cornelius y Rosa para
enviar un mensajero a Haarlem.
Vio juntarse los labios de los dos jóvenes y luego oyó a
Cornelius despedir a Rosa.
Vio a Rosa apagar el farol y desandar el camino de su
habitación.
La vio entrar en su habitación.
Luego la vio, diez minutos después, salir de la habitación
y cerrar con cuidado la puerta con doble vuelta de llave.
Ya que cerraba aquella puerta con tanto cuidado, es que
detrás de la misma encerraba al tulipán negro.
Boxtel, que veía todo aquello oculto en el rellano del
piso superior a la habitación de Rosa, descendió un escalón de su piso, cuando
Rosa descendía un escalón del suyo.
De suerte que, cuando Rosa tocaba el último tramo de la
escalera, con su pie ligero, Boxtel, con una mano más ligera todavía, tocaba la
cerradura de la habitación de Rosa con su mano.
Y en aquella mano, como puede comprenderse, estaba la
llave falsa que abría la puerta de Rosa ni más ni menos fácilmente que la
verdadera.
Por eso es por lo que hemos dicho al comienzo de este
capítulo que los pobres jóvenes tenían mucha necesidad de ser amparados por la
protección del Señor.
XXIV
En El Que El Tulipán Negro
Cambia De Dueño
Cornelius se había quedado en el sitio donde lo había
dejado Rosa, buscando casi inútilmente en él la fuerza para soportar la doble
carga de su felicidad.
Transcurrió media hora.
Los primeros rayos de sol entraban ya, azulinos y
frescos, a través de los barrotes de la ventana, en la celda de Cornelius,
cuando éste se sobresaltó de repente ante unos pasos que subían por la escalera
y por unos gritos que se acercaban a él.
Casi en el mismo instante, su rostro se halló frente al
pálido y descompuesto rostro de Rosa.
Retrocedió, palideciendo él mismo de estupor y espanto.
‑¡Cornelius! ¡Cornelius! ‑exclamó aquélla jadeante.
‑¿Qué ocurre, Dios mío? ‑preguntó el prisionero.
‑Cornelius! El tulipán...
‑¿Y bien?
‑¿Cómo deciros esto?
‑Hablad, hablad, Rosa.
‑¡Nos lo han cogido, nos lo han robado!
‑¡Nos lo han cogido, nos lo han robado! ‑repitió
Cornelius.
‑Sí ‑afirmó Rosa apoyándose contra la puerta para no caer‑.
Sí, cogido, robado.
Y, muy a su pesar, las piernas le fallaron, se deslizó y
cayó de rodillas.
‑Pero ¿cómo ha ocurrido? ‑preguntó Cornelius‑. Decidme,
explicadme.
‑¡Oh! No ha sido por mi culpa, amigo mío.
Pobre Rosa; no se atrevía a decir «mi bienamado».
‑¡Lo habéis dejado solo! ‑la acusó Cornelius con un
acento lamentable.
‑Un solo instante, para ir a prevenir al mensajero que
vive apenas a cincuenta pasos de aquí, a orillas del Waal.
‑Y durante ese tiempo, a pesar de mis recomendaciones,
habéis dejado la llave en la puerta, ¡desventurada!
‑No, no, no, y eso es lo raro. No he abandonado la llave
ni un instante; la he tenido constantemente en la mano, apretándola como si
tuviera miedo de que se me escapara.
‑Pero, entonces, ¿cómo ha ocurrido?
‑¿Lo sé yo, acaso? Había dado la carta al mensajero; el
mensajero había partido delante de mí. Regreso, la puerta estaba cerrada, cada
cosa se hallaba en su lugar en mi habitación, excepto el tulipán que había desaparecido.
Es preciso que alguien se haya procurado una llave de mi habitación, o se haya
hecho hacer una falsa.
Se ahogaba, las lágrimas cortándole la palabra.
Cornelius, inmóvil, los rasgos alterados, escuchaba casi
sin comprender, murmurando solamente:
‑¡Robado, robado, robado! Estoy perdido,
‑¡Oh, señor Cornelius! ¡Perdón! ¡Perdón! ‑gritaba Rosa‑.
Yo me moriré.
Ante esta amenaza de Rosa, Cornelius agarró las rejas del
postigo, en un vano intento de sacudirlas con furor.
‑Rosa ‑exclamó‑, nos han robado, es verdad, pero ¿es
preciso dejarnos abatir por eso? No, la desgracia es grande, pero tal vez
reparable, Rosa; conocemos al ladrón.
‑¡Ay! ¿Cómo queréis que os lo diga positivamente?
‑¡Oh! Os lo digo yo, es ese infame de Jacob. ¿Le
dejaremos llevar a Haarlem el fruto de nuestros trabajos, el fruto de nuestras
vigilias, el hijo de nuestro amor? Rosa, hay que perseguirlo, hay que
alcanzarlo.
‑Pero ¿cómo hacer todo eso, amigo mío, sin descubrir a
mi padre nuestro secreto? ¿Cómo, yo, una mujer tan poco libre, tan poco hábil,
conseguiría ese fin, que tal vez vos mismo no alcanzaríais?
‑Rosa, Rosa, abridme esta puerta, y veréis si yo no lo
alcanzo. Veréis si no descubro al ladrón, veréis si no le hago confesar su
crimen. ¡Veréis si no le hago gritar perdón!
‑¡Ay! ‑exclamó Rosa estallando en sollozos‑. ¿Puedo acaso
abriros? ¿Tengo yo las llaves? Si las tuviera, ¿no estaríais libre desde hace
tiempo?
‑Vuestro padre las tiene, vuestro infame padre, el
verdugo que ha aplastado ya el primer bulbo de mi tulipán. ¡Oh, el miserable,
el miserable! Es cómplice de Jacob.
‑Más bajo, más bajo, en nombre del cielo. ¡Os van a oír!
‑¡Oh! Si no me abrís, Rosa ‑gritó Cornelius en el
paroxismo de la rabia‑, hundo esta reja y mato a todo el que halle en la
prisión.
‑¡Amigo mío, por piedad...!
‑Os lo aviso, Rosa, voy a demoler el calabozo piedra a
piedra.
Y el infortunado, con sus dos manos, a las que la cólera
duplicaba las fuerzas, sacudía la puerta con gran ruido, sin cuidarse del
estrépito de su voz que iba a retumbar en el fondo de la espiral sonora de la
escalera.
Rosa, espantada, trataba inútilmente de calmar esta
furiosa tempestad.
‑Os digo que mataré al infame de Gryphus ‑aullaba Van
Baerle‑. Os digo que verteré su sangre como él ha vertido la de mi tulipán
negro.
El desgraciado empezaba a volverse loco.
‑Pues bien, sí ‑dijo Rosa anhelante‑. Sí, sí, pero
calmaos. Sí, le cogeré las llaves, os abriré, sí, pero calmaos, mi
Cornelius...
No había acabado, cuando un alarido lanzado delante de
ella interrumpió su frase.
‑¡Mi padre! ‑exclamó Rosa:
‑¡Gryphus! ‑rugió Van Baerle‑. ¡Ah! ¡Bandido!
El viejo Gryphus, con todos esos gritos, había subido
sin que le hubiesen oído.
Agarró rudamente a su hija por una muñeca.
‑¡Ah! Cogeréis mis llaves ‑dijo con voz ahogada por la
cólera‑. ¡Ah! ¡Este infame! ¡Este monstruo! Este conspirador para la horca es
vuestro Cornelius. Así que se mantienen convivencias con los prisioneros de
Estado. Está bien.
Rosa le golpeó con sus dos manos con desesperación.
‑¡Oh! ‑continuó Gryphus, pasando del acento febril de la
cólera a la fría ironía del vencedor‑. ¡El inocente señor tulipanero! ¡El dulce
señor sabio! ¡Vos me mataréis! ¡Os beberéis mi sangre! ¡Muy bien! Y todo esto
con la complicidad de mi hija. ¡Jesús! ¡Pero entonces me hallo en un antro de
bandoleros, estoy en una caverna de ladrones! ¡Ah! El señor gobernador lo sabrá
todo esta mañana, y Su Alteza el estatúder lo sabrá todo mañana. Conocemos la
ley. Todo el que se rebelara en prisión, artículo sexto. Vamos a daros una
segunda edición de la Buytenhoff, señor sabio, y ésta será una buena edición.
Sí, sí, roeros los puños como un oso en la jaula, y tú, hermosa, cómete con los
ojos a tu Cornelius. Os advierto, corderos míos, que ya no tendréis
posibilidad de conspirar juntos. Así se desciende, hija desnaturalizada. Y vos,
señor sabio, hasta la vista; estad tranquilo, ¡hasta la vista!
Rosa, loca de terror y desesperación, envió un beso a su
amigo; luego, sin duda iluminada por un pensamiento repentino, se lanzó por la
escalera diciendo:
‑No está perdido todo todavía, contad conmigo, mi
Cornelius.
Su padre la siguió gritando.
En cuanto al pobre tulipanero, soltó poco a poco las
rejas que retenían sus convulsos dedos; su cabeza se entonteció, sus ojos
oscilaron en órbitas, y cayó pesadamente sobre el piso de la celda murmurando:
‑¡Robado! ¡Me lo han robado!
Durante ese tiempo, Boxtel salía del castillo por la
puerta que había abierto la misma Rosa. Boxtel, con el tulipán negro envuelto
en un amplio manto, se había lanzado a una calesa que le esperaba en Gorcum, y
desaparecía, sin haber advertido al amigo Gryphus, como es de suponer, de su
salida.
Y ahora que le sabemos subido a la calesa, le seguiremos,
si el lector consiente en ello, hasta el término de su viaje.
Caminaba lentamente; no se hace correr impunemente a un
tulipán negro.
Pero Boxtel, temiendo no llegar bastante pronto, se hizo
fabricar en Delft una caja guarnecida en todo su alrededor con musgo fresco, en
la cual encajó su tulipán; la flor se hallaba allí tan muellemente reclinada
por todos los lados, con aire por encima, que la calesa pudo emprender el
galope sin perjuicio.
Llegó al día siguiente por la mañana a Haarlem cansado
pero triunfante, cambió su tulipán de vasija, con el fin de hacer desaparecer
toda señal de robo, rompió la vasija de mayólica cuyos trozos arrojó a un canal
y escribió al presidente de la Sociedad Hortícola una carta en la que le
anunciaba que acababa de llegar a Haarlem con un tulipán perfectamente negro, y
se instaló en una buena hospedería con su flor intacta.
Y allí esperó.
Rosa, al dejar a Cornelius, había tomado su decisión.
Devolverle el tulipán que acababa de robarle Jacob o no volverle a ver más.
Había visto la desesperación del pobre prisionero, la
doble e incurable desesperación.
En efecto, por un lado, ésta era una separación inevitable,
al haber Gryphus sorprendido a la vez el secreto de sus amores y de sus citas.
Por el otro, era la ruina de todas las ambiciones de
Cornelius van Baerle, y esas ambiciones las alimentaba desde hacía siete años.
Rosa era una de esas mujeres que se abaten por nada, pero
que, llenas de fuerza contra una desgracia suprema, hallan en la misma
desgracia la energía que puede combatirla, o el recurso que puede repararla.
La joven entró en su habitación, lanzó una última mirada,
para comprobar que no se había equivocado, no fuese que el tulipán estuviese en
algún rincón que hubiera escapado a sus miradas. Pero Rosa busco en vano; el
tulipán seguía ausente; el tulipán había sido robado.
Rosa hizo un pequeño lío con las ropas que necesitaba,
cogió sus trescientos florines ahorrados, es decir, toda su fortuna, buscó bajo
sus encajes donde había escondido el tercer bulbo, lo ocultó cuidadosamente en
su pecho, cerró la puerta con doble vuelta para retardar al máximo el tiempo
que se necesitaría para abrirla en el momento en que se conociera su fuga, bajó
la escalera, salió de la prisión por la puerta que, una hora antes, había dado
paso a Boxtel, se llegó a una casa de alquiler de caballos y pidió alquilar
una calesa.
El alquilador de caballos sólo tenía una calesa, precisamente
la que Boxtel le había alquilado desde la víspera y en la cual corría por el
camino de Delft.
Decimos por el camino de Delft, porque era preciso dar
un enorme rodeo para ir de Loevestein a Haarlem; a vuelo de pájaro la
distancia sólo hubiera sido la mitad.
Pero únicamente los pájaros pueden viajar volando en
Holanda, el país más cortado por los ríos, arroyos, riachuelos, canales y lagos
que haya en el mundo.
Por fuerza tuvo, pues, Rosa que alquilar un caballo, que
le fue confiado fácilmente, porque el alquilador de caballos conocía a Rosa
como a la hija del portero de la fortaleza.
Rosa tenía una esperanza, la de alcanzar a su mensajero,
bueno y bravo muchacho al que se llevaría con ella y que le serviría a la vez
de guía y de sostén.
En efecto, no había recorrido una legua cuando lo
percibió caminando a paso largo por una de las orillas bajas de una encantadora
ruta que flanqueaba el río.
Puso su caballo al trote y se reunió con él.
El valiente muchacho ignoraba la importancia de su
mensaje, y, sin embargo, marchaba a tan buen tren como si lo conociese. En
menos de una hora había recorrido ya legua y media.
Rosa recobró la nota, ya inútil, y le expuso la necesidad
que tenía de él. El barquero se puso a su disposición, prometiendo ir tan de
prisa como el caballo, con tal que Rosa le permitiera apoyar la mano bien sobre
la grupa del animal, o sobre su cruz.
La joven le permitió que apoyara la mano donde quisiera,
mientras no la retrasara.
Los dos viajeros llevaban cinco horas de camino y habían
recorrido ya más de ocho leguas, cuando el padre Gryphus todavía no se
imaginaba que su hija hubiese abandonado la fortaleza.
El carcelero, por otra parte un hombre muy malvado en el
fondo, gozaba con el placer de haber inspirado a su hija un terror tan
profundo.
Pero mientras se felicitaba por tener una historia tan
hermosa que contar a su compañero Jacob, éste se hallaba también en el camino
de Delft.
Sólo que, gracias a su calesa, llevaba cuatro leguas de
adelanto sobre Rosa y el barquero.
Mientras se figuraba a Rosa temblando o enojándose en su
habitación, Rosa ganaba terreno.
Nadie, excepto el prisionero, se hallaba, pues, donde
Gryphus creía que cada uno estaba.
Rosa aparecía tan pocas veces delante de su padre desde
que cuidaba del tulipán, que no fue hasta la hora de comer, es decir, al
mediodía, cuando Gryphus se apercibió, a cuenta de su apetito, de que su hija
estaba enfadada desde hacía ya mucho tiempo.
La hizo llamar por uno de sus portallaves; luego, como
éste descendiera anunciando que la había buscado y llamado en vano, resolvió
buscarla y llamarla él mismo.
Comenzó por dirigirse en derechura a la habitación de su
hija; mas por mucho que golpeó en la puerta, Rosa no respondió.
Llamó al cerrajero de la fortaleza; el cerrajero abrió la
puerta, pero Gryphus no encontró a Rosa, como Rosa no había encontrado el
tulipán.
Rosa, en aquel momento, acababa de entrar en Rótterdam.
Lo cual fue motivo de que Gryphus no la hallara en la
cocina, como no la había hallado en la habitación, ni en el jardín como en la
cocina ni en parte alguna.
Juzguemos la cólera del carcelero cuando habiendo batido
los alrededores, supo que su hija había alquilado un caballo y, como
«Bradamante» o «Clorinda», había partido como una verdadera buscadora de
aventuras, sin decir adónde iba.
Gryphus subió furioso a la celda de Van Baerle, al que
injurió, amenazó, removiendo todo su pobre mobiliario, prometiéndole el
calabozo, prometiéndole el fondo de una mazmorra, prometiéndole hambre y
azotes.
Cornelius, sin ni siquiera escuchar lo que decía el
carcelero, se dejó maltratar, injuriar, amenazar, permaneciendo triste,
inmóvil, aniquilado, insensible a todas las emociones, muerto a todo temor.
Después de haber buscado a Rosa por todos lados, Gryphus
buscó a Jacob, y como no le halló, al igual que había ocurrido con su hija,
supuso desde aquel momento que Jacob se la había llevado.
Mientras tanto, la joven después de haber hecho un alto
de dos horas en Rótterdam, se había puesto de nuevo en camino. Aquella misma
noche se acostaba en Delft, y al día siguiente llegaba a Haarlem, cuatro horas
después de que Boxtel hubiera hecho otro tanto.
Rosa se hizo conducir enseguida a casa del presidente de
la Sociedad Hortícola, maese Van Systens.
Halló al digno ciudadano en una situación que no
podríamos dejar de describir, sin faltar a todos nuestros deberes de pintor y
de historiador.
El presidente redactaba un informe al comité de la
Sociedad.
Este informe iba apareciendo sobre un gran papel y con la
más bella escritura del presidente.
Rosa se hizo anunciar bajo su simple nombre de Rosa
Gryphus, pero este nombre, por sonoro que fuese, resultaba desconocido para el
presidente, y Rosa fue rechazada. Es difícil forzar las consignas en Holanda,
país de los diques y de las esclusas.
Pero Rosa no se desanimó; se había impuesto una misión y
se había jurado a sí misma no dejarse abatir ni por las malas acogidas, ni por
las brutalidades, ni por las injurias.
‑Anunciad al señor presidente ‑dijo‑ que vengo a hablarle
del tulipán negro.
Estas palabras, no menos mágicas que el famoso «Sésamo,
ábrete», de Las mil y una noches, le
sirvieron de «pasaporte». Gracias a esas palabras, pudo penetrar hasta el
despacho del presidente Van Systens, al que encontró galantemente en camino
para venir a su encuentro.
Era un buen hombre, pequeño, de cuerpo delgado,
representando con bastante exactitud el tallo de una flor de la que la cabeza
formaba el cáliz, dos brazos indeterminados y colgantes simulaban la doble
hoja oblonga del tulipán y un cierto balanceo que le era habitual completaba
su parecido con esta flor cuando la misma se inclina bajo el soplo del viento.
Hemos dicho que se llamaba Van Systens.
‑Señorita ‑exclamó‑, ¿decís que venís de parte del
tulipán negro?
Para el señor presidente de la Sociedad Hortícola, la Tulipa nigra era una potencia de primer
orden, que podía muy bien, en su calidad de rey de los tulipanes, enviar
embajadores.
‑Sí, señor ‑respondió Rosa‑. Por lo menos, vengo a
hablaros de él.
‑¿Se porta bien? ‑preguntó Van Systens con una sonrisa de
tierna veneración.
‑¡Ay, señor! No lo sé ‑dijo Rosa.
‑¡Cómo! ¿Le ha sucedido alguna desgracia?
‑Una muy grande, sí, señor, pero no a ella, sino a mí.
‑¿Cuál?
‑Me lo han robado.
‑¿Os han robado el tulipán negro?
‑Sí, señor.
‑¿Sabéis quién?
‑¡Oh! Me lo imagino, pero no me atrevo todavía a
acusarle.
‑Pero el asunto será fácil de verificar.
‑¿Cómo?
‑Pues porque el ladrón no debe de estar muy lejos.
‑¿Por qué no ha de estar muy lejos?
‑Pues porque he visto el tulipán no hace ni dos horas.
‑¿Habéis visto el tulipán negro? ‑exclamó Rosa
precipitándose hacia Van Systens.
‑Como os veo a vos, señorita.
‑Pero ¿dónde?
‑En casa de vuestro amo, según creo.
‑¿En casa de mi amo?
‑Sí. ¿No estáis al servicio del señor Isaac Boxtel?
‑¿Yo?
‑Naturalmente, vos.
‑Mas ¿por quién me tomáis entonces, señor?
‑Mas ¿por quién me tomáis vos misma?
‑Señor, os tomo, espero, por quien sois, es decir, por el
honorable señor Van Systens, burgomaestre de Haarlem y presidente de la
Sociedad Hortícola.
‑¿Y venís a decirme... ?
‑Vengo a deciros, señor, que me han robado mi tulipán.
‑Vuestro tulipán es, entonces, el del señor Boxtel.
Entonces, os explicáis mal hija mía; no es a vos, ¡sino al señor Boxtel a quien
han robado el tulipán!
‑Yo os repito, señor, que no sé quién es ese señor Boxtel
y que ésta es la primera vez que oigo pronunciar ese nombre.
‑Vos no sabéis quién es el señor Boxtel, y tenéis también
un tulipán negro.
‑Pero ¿es que hay otro? ‑preguntó Rosa, temblando.
‑El del señor Boxtel, sí.
‑¿Cómo es?
‑Negro, pardiez.
‑¿Sin mancha?
‑Sin una sola mancha, sin el menor punto.
‑¿Y vos tenéis ese tulipán? ¿Está depositado aquí?
‑No, pero será depositado, porque debo exhibirlo al
comité antes de otorgar el premio de cien mil florines.
‑Señor ‑exclamó Rosa‑, ese Boxtel, ese Isaac Boxtel que
se dice propietario del tulipán negro...
‑Y que lo es en efecto...
‑Señor, ¿no es un hombre delgado?
‑Sí.
‑¿Calvo?
‑Sí.
‑¿Con la mirada huraña?
‑Creo que sí.
‑¿Inquieto, encorvado, con las piernas torcidas?
‑En verdad, describís el retrato, trazo por trazo, del
señor Boxtel.
‑Señor, ¿el tulipán está en una vasija de mayólica azul y
blanca, de flores amarillas que representan un canastillo en tres caras de la
vasija?
‑¡Ah! En cuanto a eso estoy menos seguro; me he fijado
más en el hombre que en la vasija.
‑Señor, ése es mi tulipán, el que me han robado; señor,
es bien mío; señor, vengo a reclamarlo aquí delante de vos; a vos.
‑¡Oh! ¡Oh! ‑exclamó Van Systens mirando a Rosa‑. ¿Qué?
¿Venís a reclamar aquí el tulipán del señor Boxtel? ¡Voto a Dios! Sois una
atrevida comadre.
‑Señor ‑suplicó Rosa un poco turbada por este apóstrofe‑,
yo no digo que vengo a reclamar el tulipán negro del señor Boxtel, digo que
vengo a reclamar el mío.
‑¿El vuestro?
‑Sí; el que yo he plantado, el que he criado yo misma.
‑¡Pues bien! Id a buscar al señor Boxtel a la hospedería
del Cisne Blanco, y entendeos con él. En cuanto a mí, como el proceso me parece
tan difícil de juzgar como el que llevaron ante el rey Salomón, y no tengo la
pretensión de poseer su sabiduría, me contentaré con redactar mi informe, con
constatar la existencia del tulipán negro y con conceder los cien mil florines
a su descubridor. Adiós, hija mía.
‑¡Oh! ¡Señor! ¡Señor! ‑insistió Rosa.
‑Sólo que, hija mía ‑continuó Van Systens‑, como sois
bonita, como sois joven, como no estáis todavía pervertida, recibid mi
consejo: Sed prudente en este asunto, porque nosotros tenemos un tribunal y una
prisión en Haarlem; además, somos extremadamente puntillosos con el honor de
los tulipanes. Id, hija mía, id. Isaac Boxtel, hospedería del Cisne Blanco.
Y poco después, Van Systens, volviendo a coger su bella
pluma, continuó su interrumpido informe.
XXVI
Un Miembro De La
Sociedad Hortícola
Desatinada, Rosa, casi loca de alegría y de temor ante la
idea de que había hallado el tulipán negro, tomó el camino de la hospedería del
Cisne Blanco, seguida siempre por su barquero, robusto muchacho de Frisia,
capaz de enfrentarse por sí solo a diez Boxtels.
Durante el camino, el barquero había sido puesto al
corriente, y no retrocedería ante la lucha, en el supuesto de que la lucha se empeñara; sólo que,
llegado ese caso, tenía la orden de ocuparse del tulipán.
Pero al llegar a la Grote‑Markt, Rosa se detuvo de
repente; un pensamiento súbito acababa de sobrecogerla, al igual que a aquella
Minerva de Homero, que agarraba a Aquiles por los cabellos en el momento en
que la cólera iba a llevárselo.
«¡Dios mío! ‑murmuró‑. ¡He cometido una falta enorme,
tal vez haya perdido a Cornelius, al tulipán y a mí misma! He dado la alarma,
he despertado sospechas. Yo no soy más que una mujer, esos hombres pueden
coaligarse contra mí, y entonces estoy perdida. ¡Oh! ¡Que yo me pierda, no
sería nada, pero Cornelius, el tulipán...!»
Meditó un momento.
«Si voy a casa de ese Boxtel y no le conozco, si ese
Boxtel no es Jacob, si es otro aficionado que también ha descubierto el tulipán
negro, o bien, si mi tulipán ha sido robado por persona de la que sospecho, o
ha pasado ya a otras manos, si no reconozco al hombre sino solamente a mi
tulipán, ¿cómo probar que la flor es mía?
«Por otro lado, si reconozco a ese Boxtel como el falso
Jacob, ¿quién sabe lo que sucederá? Mientras ambos discutimos, ¡el tulipán
negro morirá! ¡Oh! ¡Inspiradme, Virgen santa! Se trata del porvenir de mi
vida, se trata de un pobre prisionero que tal vez expire en este momento.»
Hecho este ruego, Rosa esperó piadosamente la inspiración
que pedía al Cielo.
Mientras tanto, un gran alboroto reinaba en el extremo
de la Grote‑Markt. La gente corría, las puertas se abrían; solamente Rosa
permanecía insensible a todo aquel movimiento de la población.
‑Es preciso ‑murmuró‑ regresar a la casa del presidente.
‑Regresemos ‑aprobó el barquero.
Tomaron la pequeña calle de la Paille que conducía
directamente a la morada de Van Systens, el cual, con su más bella escritura y
con su mejor pluma, continuaba trabajando en su informe.
Por todas partes, a su paso, Rosa no oía hablar más que
del tulipán negro y del premio de cien mil florines: la noticia corría ya por
la ciudad.
Rosa apenas tuvo trabajo para penetrar de nuevo en la
casa de Van Systens, quien se sintió emocionado, como la primera vez, ante la
mágica palabra del tulipán negro.
Pero cuando reconoció a Rosa, a la que consideraba in mente como una loca, o peor que esto,
le invadió la cólera y quiso despedirla.
Pero Rosa juntó las manos, y con ese acento de honrada
verdad que penetra en los corazones, suplicó:
‑Señor, ¡en nombre del Cielo! No me rechacéis; escuchad,
por el contrario, lo que voy a deciros, y si vos no podéis hacerme justicia,
por lo menos no podréis reprocharos un día, frente a Dios, el haber sido cómplice
de una mala acción.
Van Systens pataleaba de impaciencia; aquella era la
segunda vez que Rosa le molestaba en medio de una redacción en la cual ponía
su doble amor propio de burgomaestre y de presidente de la Sociedad Hortícola.
‑¡Pero mi informe! ‑exclamó‑. ¡Mi informe sobre el
tulipán negro!
‑Señor ‑continuó Rosa con la firmeza de la inocencia y
de la verdad‑, señor, vuestro informe sobre el tulipán negro descansará, si no
me escucháis, sobre hechos criminales o sobre hechos falsos. Os lo suplico, señor,
haced venir aquí, delante de vos y ante mí, a ese señor Boxtel, del que yo
afirmo es Mynheer Jacob, y juro a
Dios dejarle la propiedad de su tulipán si no reconozco ni al tulipán ni a su
propietario.
‑¡Pardiez! La bella se anticipa ‑dijo Von Systens.
‑¿Qué queréis decir?
‑¿Os puedo preguntar qué probará esto cuando vos los
hayáis reconocido?
‑Pero, en fin ‑dijo Rosa desesperada‑, vos sois un hombre
honrado, señor. ¡Pues bien! No solamente vais a dar un premio a un hombre por
una obra que no ha realizado, sino por una obra robada.
Tal vez el acento de Rosa produjo una cierta convicción
en el corazón de Van Systens, e iba éste a responder más dulcemente a la pobre
chica, cuando se dejó oír un gran tumulto en la calle, que parecía pura y
simplemente ser un aumento del alboroto que Rosa ya había oído, sin concederle
importancia, en la Grote‑Markt, y que no había podido despertarla de su
ferviente plegaria.
Unas estrepitosas aclamaciones sacudieron la casa. Van
Systens prestó atención a esas exclamaciones que para Rosa no habían sido más
que un alboroto primeramente, y ahora no eran más que un ruido ordinario.
‑¿Qué es esto? ‑exclamó el burgomaestre‑. ¿Qué es esto?
¿Será posible lo que he oído? No puedo dar crédito a mis oídos.
Y se precipitó hacia su antecámara, sin preocuparse más
de Rosa, a la que dejó en su despacho.
Apenas llegado a su antecámara, Van Systens lanzó un gran
grito al percibir el espectáculo de su escalera invadida hasta el vestíbulo.
Acompañado, o más bien seguido por la multitud, un hombre
joven, vestido simplemente con un traje de terciopelo violeta bordado en plata,
subía con noble lentitud los escalones de piedra, brillantes de blancura y de
limpieza.
Detrás de él marchaban dos oficiales, uno de marina y
otro de caballería.
Van Systens, abriéndose paso en medio de sus criados
asustados, vino a inclinarse, a prosternarse casi delante del recién llegado
que causaba todo aquel alboroto.
‑¡Monseñor! ‑exclamó‑. Monseñor, Vuestra Alteza en mi
casa. Glorioso honor para siempre para mi humilde mansión.
‑Querido señor Van Systens ‑dijo Guillermo de Orange con
una serenidad que, en él, reemplazaba a la sonrisa‑, yo soy un verdadero
holandés, me gusta el agua, la cerveza y las flores, a voces incluso ese queso
que tanto estiman los franceses; entre las flores, la que yo prefiero son,
naturalmente, los tulipanes, la que yo prefiero es, naturalmente, el tulipán.
He oído decir en Leiden que la ciudad de Haarlem poseía, por fin, el tulipán
negro y, después de haberme asegurado que la noticia era verdadera, aunque
increíble, vengo a pedir confirmación al presidente de la Sociedad Hortícola.
‑¡Oh! Monseñor, monseñor ‑contestó Van Systens
arrebatado‑, qué gloria para la Sociedad si sus trabajos agradan a Vuestra
Alteza.
‑¿Tenéis la flor aquí? ‑preguntó el príncipe, que sin
duda se arrepentía ya de haber hablado tanto.
‑Por desgracia, no, monseñor, no la tengo aquí.
‑¿Y dónde está?
‑En casa de su propietario.
‑¿Quién es ese propietario?
‑Un valiente tulipanero de Dordrecht.
‑¿De Dordrecht?
‑Sí.
‑¿Y se llama...?
‑Boxtel.
‑¿Se aloja...?
‑En el Cisne Blanco, voy a llamarlo, y si, mientras
tanto, Vuestra Alteza me hace el honor de entrar en el salón, él se apresurará,
sabiendo que monseñor está aquí, a traer el tulipán a monseñor.
‑Está bien, llamadlo.
‑Sí, Vuestra Alteza, sólo que...
‑¿Qué?
‑¡Oh! Nada importante, monseñor.
‑Todo es importante en este mundo, señor Van Systens.
‑¡Pues bien, monseñor! Se ha presentado una dificultad.
‑¿Cuál?
‑Ese tulipán está ya reivindicado por los usurpadores.
Es verdad que vale cien mil florines.
‑¿De veras?
‑Sí, monseñor, por los usurpadores, por los falsarios.
‑Eso es un crimen, señor Van Systens.
‑Sí, Vuestra Alteza.
‑¿Y vos tenéis las pruebas de ese crimen?
‑No, monseñor, la culpable...
‑¿La culpable, señor...?
‑Quiero decir la que reclama el tulipán, monseñor, está
ahí, en la habitación de al lado.
‑¡Aquí! ¿Qué pensáis de ello, señor Van Systens?
‑Pienso, monseñor, que el cebo de los cien mil florines
la habrá tentado.
‑¿Y ella reclama el tulipán?
‑Sí, monseñor.
‑¿Y qué ha presentado por su parte como prueba?
‑Iba a interrogarla cuando Vuestra Alteza se presentó.
‑Escuchémosla, señor Van Systens, escuchémosla; soy el
primer magistrado del país, oiré la causa y haré justicia.
«Ya he encontrado a mi rey Salomón» ‑se dijo Van Systens
inclinándose y mostrando el camino al príncipe.
Éste iba a pasar por delante de su interlocutor cuando
se detuvo de repente.
‑Pasad vos delante ‑dijo‑ y llamadme «señor».
Entraron en el gabinete.
Rosa seguía en el mismo sitio, apoyada en la ventana y
mirando a través de los cristales hacia el jardín.
‑¡Ah! ¡Ah! Una frisona ‑murmuró el príncipe al percibir
el casco de oro y las faldas rojas de la hermosa Rosa.
Ésta se volvió, pero apenas pudo ver al príncipe, que se
sentó en el ángulo más oscuro del apartamento.
Toda su atención, como se comprende, era para ese
importante personaje que se llamaba Van Systens, y no para aquel humilde
extraño que seguía al amo de la casa, y que probablemente no recibiría el
tratamiento de señor.
El humilde extraño cogió un libro de la biblioteca e hizo
señas a Van Systens para que comenzara el interrogatorio.
Van Systens, siempre por invitación del joven del traje
violeta, se sentó a su vez, y completamente feliz y orgulloso por la
importancia que le habían concedido, empezó:
‑Hija mía, ¿me prometéis la verdad, toda la verdad sobre
este tulipán?
‑Os la prometo.
‑¡Pues bien! Hablad sin miedo delante del señor; el señor
es uno de los miembros de la Sociedad Hortícola.
‑Señor ‑empezó Rosa‑, ¿qué os diría que no os haya dicho
ya?
‑¿Entonces...?
‑Volveré al ruego que os he dirigido.
‑¿Cuál...?
‑El de hacer venir aquí al señor Boxtel con su tulipán;
si no lo reconozco como el mío, lo diré francamente; pero si lo reconozco, lo
reclamaré. ¿Deberé ir ante Su Alteza, el mismo estatúder, con las pruebas en la
mano?
‑¿Tenéis, entonces, pruebas, bella niña?
‑Dios, que conoce mi derecho, me las proveerá.
Van Systens cambió una mirada con el príncipe que, desde
las primeras palabras de Rosa, parecía intentar recordar algo, como si no fuera
la primera vez que aquella voz llegaba a sus oídos.
Un oficial partió para ir a buscar a Boxtel.
Van Systens continuó el interrogatorio.
‑¿Y sobre qué ‑dijo‑ basáis la aserción de que vos sois
la propietaria del tulipán negro?
‑Pues sobre una cosa muy sencilla, ¿es que no soy yo
quien lo ha plantado y cultivado en mi propia habitación?
-En vuestra habitación, y ¿dónde queda vuestra
habitación?
‑En Loevestein.
‑¿Vos sois de Loevestein?
‑Soy la hija del carcelero de la fortaleza.
El príncipe hizo un pequeño gesto que quería decir:
«¡Ah! Eso es, ahora me acuerdo.»
Y mientras parecía leer, miró a Rosa con más atención
que antes.
‑¿Y vos amáis las flores? ‑continuó Van Systens.
‑Sí, señor.
‑Entonces ¿sois una técnica florista?
Rosa vaciló un instante, luego con un acento salido de lo
más profundo de su corazón, preguntó:
‑Señores, ¿hablo a gentes de honor?
El acento era tan veraz, que Van Systens y el príncipe
respondieron ambos al mismo tiempo con un movimiento de cabeza afirmativo.
‑¡Pues bien, no! ¡Yo no soy una técnica florista, no! Yo
no soy más que una pobre hija del pueblo, una pobre aldeana de Frisia que, no
hace tres meses todavía, no sabía ni leer ni escribir. ¡No! El tulipán negro no
ha sido hallado por mí.
‑¿Y por quién ha sido hallado?
‑Por un pobre prisionero de Loevestein.
‑¿Por un prisionero de Loevestein? ‑inquirió el príncipe.
Al sonido de esta voz, fue Rosa la que se sobresaltó a
su vez.
‑Por un prisionero de Estado, entonces ‑continuó el
príncipe‑, porque en Loevestein no hay más que prisioneros de Estado.
Y se puso a leer de nuevo, o por lo menos hizo como si se
pusiera a leer.
‑Sí ‑murmuró Rosa temblando‑, sí, por un prisionero de
Estado.
Van Systens palideció al oír pronunciar tamaña confesión
delante de un testigo semejante.
‑Continuad ‑ordenó fríamente Guillermo al presidente de
la Sociedad Hortícola.
‑¡Oh, señor! ‑exclamó Rosa dirigiéndose a éste a quien
creía su verdadero juez‑. Es que voy a acusarme muy seriamente.
‑En efecto ‑dijo Van Systens‑, los prisioneros de Estado
deben permanecer en secreto en Loevestein.
‑¡Por desgracia, señor!
‑Y, después de lo que habéis dicho, parece que habéis
aprovechado vuestra posición como hija del carcelero y os habéis comunicado
con él para cultivar unas flores.
‑Sí, señor ‑murmuró Rosa desatinada‑. Sí, me veo forzada
a confesarlo, le veía todos los días.
‑¡Desgraciada! ‑exclamó Van Systens.
El príncipe levantó la cabeza al observar el espanto de
Rosa y la palidez del presidente.
‑Esto ‑anunció con su voz clara y firmemente acentuada‑
no compete a los miembros de la Sociedad Hortícola. Están para juzgar al
tulipán negro y no conocen los delitos políticos. Continuad, muchacha, continuad.
Van Systens, con una elocuente mirada, le dio las gracias
en nombre de los tulipanes al nuevo miembro de la Sociedad Hortícola.
Rosa, tranquilizada por esa especie de estímulo que le
había dado el desconocido, relató todo lo que había ocurrido desde hacía tres
meses, todo lo que había hecho, todo lo que había sufrido. Habló de la dureza
de Gryphus, de la destrucción del primer bulbo, del dolor del prisionero, de
las precauciones tomadas para que el segundo bulbo llegara a buen fin, de la
paciencia del prisionero, de sus angustias durante su separación; cómo había
querido morir de hambre porque no recibía noticias de su tulipán; de la
alegría que había experimentado en su reunión, y finalmente de la
desesperación de ambos cuando vieron que el tulipán que acababa de florecer les
había sido robado una hora después de su floración.
Todo esto fue dicho con un acento de verdad que dejó al
príncipe impasible, en apariencia por lo menos, pero que no dejó de producir su
efecto sobre Van Systens.
‑Pero ‑intervino el príncipe‑ no hace mucho tiempo que
conocéis a ese prisionero.
Rosa abrió sus grandes ojos y miró al desconocido, que se
hundió en la sombra, como si quisiera huir de esa mirada
‑¿Por qué lo decís, señor? ‑preguntó.
‑Porque no hace más que cuatro meses que el carcelero
Gryphus y su hija están en Loevestein.
‑Es verdad, señor.
‑Y a menos que vos no hayáis solicitado el traslado de
vuestro padre para seguir a algún prisionero que haya sido transportado de La
Haya a Loevestein...
‑¡Señor! ‑exclamó Rosa, enrojeciendo.
‑Acabad ‑ordenó Guillermo.
‑Lo confieso, conocí al prisionero en La Haya.
‑¡Afortunado prisionero! ‑comentó sonriendo Guillermo.
En ese momento, el oficial que había sido enviado a
buscar a Boxtel entró y anunció al príncipe que aquel le seguía con su tulipán.
Apenas se había anunciado el retorno de Boxtel cuando
éste entró en persona en el salón de Van Systens, seguido de dos hombres que
llevaban en una caja el precioso fardo, que fue depositado sobre una mesa.
El príncipe, prevenido, abandonó el despacho, pasó al
salón, lo admiró y se calló, y regresó silenciosamente para ocupar su lugar en
el rincón oscuro donde él mismo había colocado su sillón.
Rosa, palpitante, pálida, llena de terror, esperaba a que
se la invitara a ir a ver a su vez.
Oyó la voz de Boxtel.
‑Es él ‑exclamó.
El príncipe le hizo señas para que fuese a mirar al salón
por la puerta entreabierta.
‑Es mi tulipán ‑dijo Rosa‑, es él, lo reconozco. ¡Oh, mi
pobre Cornelius!
Y se deshizo en lágrimas.
El príncipe se levantó, dirigiéndose pausadamente hacia
la puerta, donde permaneció un instante en la luz.
La mirada de Rosa se detuvo en él. Más que nunca estaba
segura de que aquélla no era la primera vez que veía a ese extraño.
‑Señor Boxtel ‑ordenó el príncipe‑, entrad aquí. Boxtel
acudió apresuradamente y se encontró frente a frente con Guillermo de Orange.
‑¡Su Alteza! ‑exclamó retrocediendo.
‑¡Su Alteza! ‑repitió Rosa completamente aturdida.
Ante esta exclamación salida de su derecha, Boxtel se
volvió y percibió a Rosa.
A su vista, todo el cuerpo del envidioso se estremeció
como al contacto de una pila de Volta.
«¡Ah! ‑murmuró el príncipe hablando consigo mismo‑. Está
turbado.»
Pero Boxtel, con un poderoso esfuerzo de su dominio, ya
se había recobrado.
‑Señor Boxtel ‑dijo Guillermo‑, parece que habéis
hallado el secreto del tulipán negro.
‑Sí, monseñor ‑respondió Boxtel con voz donde se
descubría alguna turbación.
Es verdad que esa turbación podía provenir de la emoción
que el tulipanero había experimentado al reconocer a Guillermo.
‑Pero ‑continuó el príncipe‑ aquí hay una joven que
también pretende haberlo hallado.
Boxtel sonrió desdeñosamente y se encogió de hombros.
Guillermo seguía todos sus movimientos con una notable
intensa curiosidad.
‑Así pues, ¿reconocéis a esta joven? -preguntó el
príncipe.
‑No, monseñor.
‑Y vos, joven, ¿conocéis al señor Boxtel?
‑No, yo no conozco al señor Boxtel, pero conozco al
señor Jacob.
‑¿Qué queréis decir?
‑Quiero decir que en Loevestein, éste que se hace llamar
Isaac Boxtel, se hacía llamar Jacob.
‑¿Qué decís a eso, señor Boxtel?
‑Digo que esta joven miente, monseñor.
‑¿Negáis haber estado nunca en Loevestein?
Boxtel vaciló; con la mirada fija a imperiosamente
escrutadora, el príncipe le impedía mentir.
‑No puedo negar haber estado en Loevestein, monseñor,
pero niego haber robado el tulipán.
‑¡Vos me lo habéis robado, y de mi habitación! ‑exclamó
Rosa indignada.
‑Lo niego.
‑Escuchad, ¿negáis haberme seguido al jardín, el día en
que yo preparaba la platabanda donde debía enterrarlo? ¿Negáis haberme seguido
al jardín donde hice ademán de plantarlo? ¿Negáis haberos precipitado aquella
noche, después de mi salida, sobre el lugar donde vos esperábais hallar el
bulbo? ¿Negáis haber registrado la tierra con vuestras manos, aunque
inútilmente, ¡gracias a Dios!, porque aquello no era más que una trampa para
reconocer vuestras intenciones? Decid, ¿negáis todo eso? ¿Os atrevéis a negarlo?
Boxtel no juzgó oportuno responder a estas diversas
interrogaciones. Pero, dejando la polémica entablada con Rosa y volviéndose
hacia el príncipe, dijo:
‑Hace veinte años, monseñor, que cultivo tulipanes en
Dordrecht, a incluso he adquirido en este arte una cierta reputación: uno de
mis híbridos lleva en el catálogo un nombre ilustre. Lo dediqué al rey de Portugal.
Ahora, he aquí la verdad. Esta joven sabía que yo había hallado el tulipán
negro, y de acuerdo con cierto amante que tenía en la fortaleza de Loevestein,
esta joven concibió el proyecto de arruinarme apropiándose del premio de cien
mil florines que ganaré, espero, gracias a vuestra justicia.
‑¡Oh! ‑exclamó Rosa arrebatada de cólera.
.¡Silencio! ‑ordenó el príncipe.
Luego, volviéndose hacia Boxtel:
‑¿Y quién es ‑preguntó‑ ese prisionero que vos decís ser
el amante de esta joven?
Rosa pareció ir a desmayarse, porque el prisionero estaba
recomendado por el príncipe como un gran culpable.
Nada podía ser más agradable a Boxtel que esta pregunta.
‑¿Quién es ese prisionero? ‑repitió el estatúder.
‑Ese prisionero, monseñor, es un hombre cuyo solo nombre
probará a Vuestra Alteza cuánta fe se puede tener en su veracidad. Ese
prisionero es un criminal de Estado condenado una vez a muerte.
‑¿Y que se llama...?
Rosa ocultó la cabeza entre sus dos manos con un gesto
desesperado.
‑Cornelius van Baerle ‑anunció Boxtel‑, y es el propio
ahijado de aquel bandido de Corneille de Witt.
El príncipe se sobresaltó. Su mirada calmosa lanzó una
llamarada, y el frío de la muerte se extendió de nuevo por su rostro inmóvil.
Se dirigió a Rosa y le hizo con el dedo una señal para
que separara sus manos de la cara.
Rosa obedeció, como lo hubiera hecho sin ver, una mujer
sometida a un poder magnético.
‑Fue, pues, para seguir a ese hombre por lo que vinisteis
a pedirme a Leiden el traslado de vuestro padre.
Rosa bajó la cabeza y se desplomó aplastada murmurando:
‑Sí, monseñor.
‑Proseguid ‑ordenó el príncipe a Boxtel.
‑No tengo nada más que decir ‑continuó éste‑. Vuestra
Alteza lo sabe todo. Sin embargo, no quería decir esto, para no hacer enrojecer
a esta muchacha por su ingratitud. Fui a Loevestein porque mis negocios me
llamaron allí; entablé conocimiento con el viejo Gryphus y me enamoré de su
hija, a la que pedí en matrimonio, y como yo no era rico, imprudentemente, le
confié mi esperanza de ganar cien mil florines. Y para justificar esta
esperanza, le enseñé el tulipán negro. Entonces, como su amante, para ocultar los
complots que tramaba en Dordrecht, afectaba cultivar tulipanes, ambos
concibieron mi pérdida.
»La víspera de la floración de la planta, el tulipán fue
robado de mi casa por esta joven y llevado a su habitación, donde tuve la
suerte de recuperarlo en el momento en que ella tenía la audacia de expedir un
mensajero para anunciar a los señores miembros de la Sociedad de horticultura
que acababa de hallar el gran tulipán negro; pero no se ha desconcertado por
esto. Sin duda, durante las pocas horas que lo ha tenido en su habitación, lo
habrá mostrado a algunas personas a las que llamará como testigos. Pero,
afortunadamente, monseñor, ya estáis vos prevenido contra esta intrigante y sus
testigos.
‑¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡El infame! ‑gimió Rosa llena
de lágrimas, arrojándose a los pies del estatúder, el cual, aún creyéndola
culpable, sentía piedad por su terrible angustia.
‑Habéis obrado mal, muchacha ‑dijo‑, y vuestro amante
será castigado por haberos aconsejado. Porque vos sois tan joven y tenéis un
aspecto tan honesto, quiero creer que el mal proviene de él y no de vos.
‑¡Monseñor! ¡Monseñor! ‑exclamó Rosa‑. Cornelius no es
culpable.
Guillermo hizo un gesto.
‑No es culpable por haberos aconsejado. Esto es lo que
queréis decir, ¿verdad?
‑Quiero decir, monseñor; que Cornelius es tan culpable
del segundo crimen que se le imputa como lo es del primero.
‑Del primero, ¿y sabéis cuál ha sido ese primer crimen?
¿Sabéis de qué ha sido acusado y convicto? De haber ocultado, como cómplice de
Corneille de Witt, la correspondencia del gran pensionario con el marqués de
Louvois.
‑¡Pues bien, monseñor! Él ignoraba que fuera depositario
de esa correspondencia; lo ignoraba completamente. ¡Oh! ¡Dios mío! Me lo
hubiera dicho. ¿Es que ese corazón de diamante habría podido ocultarme un
secreto? No, no, monseñor, os lo repito, aunque deba incurrir en vuestra
cólera, Cornelius no es más culpable del primer crimen que del segundo, y del
segundo que del primero. ¡Oh! ¡Si vos conocierais a mi Cornelius, monseñor!
‑¡Un De Witt! ‑exclamó Boxtel‑. ¡Ah! Monseñor no lo
conoce bien, ya que una vez le hizo la gracia de la vida.
‑Silencio ‑ordenó el príncipe‑. Todas esas cosas del
Estado, ya lo he dicho, no son de la competencia de la Sociedad Hortícola de
Haarlem.
Luego, frunciendo el entrecejo, añadió:
‑En cuanto al tulipán, estad tranquilo, señor Boxtel. Se
hará justicia.
Boxtel saludó, con el corazón lleno de alegría, y recibió
las felicitaciones del presidente.
‑Y vos, muchacha ‑continuó Guillermo de Orange‑, habéis
estado a punto de cometer un crimen. No os castigaré, pero el verdadero
culpable pagará por los dos. Un hombre de su posición puede conspirar, traicionar
incluso... pero no debe robar.
‑¡Robar! ‑exclamó Rosa‑. ¡Robar! ¡Él, Cornelius, oh!
Monseñor, tened cuidado; si oyera vuestras palabras moriría, porque vuestras
palabras lo matarían con mayor seguridad de como lo habría hecho la espada del
verdugo en la Buytenhoff. Si ha habido un robo, monseñor, os lo juro, es este
hombre quien lo ha cometido.
‑Probadlo ‑dijo fríamente Boxtel.
‑¡Pues bien, sí! Con la ayuda de Dios lo probaré ‑replicó
la frisona con energía.
Luego, volviéndose hacia Boxtel:
‑¿El tulipán es vuestro?
‑Sí.
‑¿Cuántos bulbos tenía?
Boxtel vaciló un instante, pero comprendió que la joven
no haría esta pregunta si únicamente existieran los dos bulbos conocidos.
‑Tres ‑contestó.
‑¿Qué ha sido de esos bulbos? ‑preguntó Rosa.
‑¿Que qué ha sido de ellos...? Uno abortó, el otro dio el
tulipán negro...
‑¿Y el tercero?
‑¿El tercero?
‑El tercero, ¿dónde está?
‑El tercero está en mi casa ‑dijo Boxtel completamente
turbado.
‑¿En vuestra casa? ¿Dónde, en Loevestein o en Dordrecht?
‑En Dordrecht ‑contestó Boxtel.
‑¡Mentís! ‑exclamó Rosa‑. Monseñor ‑añadió volviéndose
hacia el príncipe‑, os voy a contar la verdadera historia de esos tres bulbos.
El primero fue aplastado por mi padre en la habitación del prisionero, y este
hombre lo sabe bien, porque esperaba apoderarse de él, y cuando vio fallida
esta esperanza, estuvo a punto de pelearse con mi padre por haberlo impedido.
El segundo, criado por mí, dio el tulipán negro, y el tercero, el último ‑la
joven lo sacó de su pecho‑, el tercero está aquí, en el mismo papel que lo
envolvía con los otros dos cuando, en el momento de subir al patíbulo,
Cornelius van Baerle me entregó los tres. Tomad, monseñor, tomad. Aquí tenéis
el tercer bulbo.
Y Rosa, desplegando el papel que lo envolvía, se lo
entregó al príncipe, que lo cogió en sus manos y lo examinó.
‑Pero, monseñor, esta joven puede haberlo robado como
hizo con el tulipán ‑balbuceó Boxtel asustado por la atención con la que el
príncipe examinaba el bulbo y sobre todo por aquella con la que Rosa leía unas
líneas trazadas sobre el papel que se había quedado entre sus manos.
De repente, los ojos de la joven se inflamaron, releyó
jadeante este papel misterioso, y lanzando un grito se lo tendió al príncipe:
‑¡Oh! Leed, monseñor ‑exclamó‑. En nombre del Cielo,
¡leed!
Guillermo pasó el tercer bulbo al presidente, cogió el
papel y leyó.
Apenas Guillermo hubo pasado los ojos sobre aquella
hoja, se tambaleó, su mano tembló como si estuviera dispuesta a dejar escapar
el papel, y sus ojos tomaron una tremenda expresión de dolor y de piedad.
Aquella hoja, que acababa de entregarle Rosa, era la
página de la Biblia que Corneille de Witt había enviado a Dordrecht, por
Craeke, el mensajero de su hermano Jean, para rogar a Cornelius quemara la
correspondencia del gran pensionario con Louvois.
Esta petición, como se recuerda, estaba concebida en
estos términos:
20 de agosto de 1672
Querido ahijado:
Quema el depósito que lo he confiado, quémalo sin
mirarlo, sin abrirlo, a fin de que continúe desconocido para ti. Los secretos
del género que éste contiene matan a los depositarios. Quémalo, y habrás
salvado a Jean y a Corneille.
Adiós, y quiéreme.
CORNEILLE DE WITT.
Esta hoja era a la vez la prueba de la inocencia de Van
Baerle y su título de propiedad de los bulbos del tulipán.
Rosa y el estatúder intercambiaron una sola mirada. La de
Rosa quería decir: «¡Ya veis!»
La del estatúder significaba: «¡Silencio y espera!»
El príncipe enjugó una gota de sudor frío que acababa de
rodar de su frente a su mejilla. Dobló lentamente el papel, dejando que su
mirada se hundiera con su pensamiento en ese abismo sin fondo y sin recurso
que se llama arrepentimiento y vergüenza del pasado.
Enseguida, levantando de nuevo la cabeza con esfuerzo:
‑Id, señor Boxtel ‑dijo‑. Se hará justicia, ya os lo he
prometido.
Luego, al presidente:
‑Vos, mi querido señor Van Systens ‑añadió‑, guardad aquí
a esa joven y al tulipán. Adiós.
Todo el mundo se inclinó, y el príncipe salió, agobiado
bajo el ruido inmenso de las aclamaciones populares.
Boxtel regresó al Cisne Blanco, bastante atormentado.
Aquel papel, que Guillermo había recibido de manos de Rosa, que había leído,
doblado y metido en su bolsillo con tanto cuidado, le inquietaba.
Rosa se aproximó al tulipán, besando religiosamente la
hoja, y se confió por entero a Dios murmurando:
‑¡Dios mío! ¿Sabíais Vos con qué fin mi buen Cornelius me
enseñaba a leer?
Sí, Dios lo sabía, ya que es Él quien castiga y quien
recompensa a los hombres según sus méritos.
XXVIII
La Canción De Las Flores
Mientras ocurrían los acontecimientos que acabamos de
referir, el desgraciado Van Baerle, olvidado en la celda de la fortaleza de
Loevestein, sufría por parte de Gryphus todo cuanto un prisionero puede sufrir
cuando su carcelero ha tomado el decidido partido de transformarse en
verdugo.
Gryphus, al no recibir noticias de Rosa, ni de Jacob, se
persuadió de que todo lo que le sucedía era obra del demonio, y de que el
doctor Cornelius van Baerle era el enviado de ese demonio sobre la tierra.
Resultó de ello que una hermosa mañana ‑era el tercer día
después de la desaparición de Jacob y de Rosa -subió a la celda de Cornelius
más furioso aún que de costumbre.
Éste, acodado en la ventana, la cabeza recogida entre
sus manos, la mirada perdida en el horizonte brumoso donde los molinos de
Dordrecht batían sus aspas, aspiraba el aire para rechazar sus lágrimas e
impedir que su filosofía se evaporara.
Los palomos seguían allí, pero la esperanza ya no estaba
porque le faltaba el porvenir.
¡Ay! Rosa, vigilada, ya no podría venir. ¿Podría ni tan
siquiera escribir, y si escribía, podría hacerle llegar sus cartas?
No. Había visto la víspera y la antevíspera demasiado
furor y malignidad en los ojos del viejo Gryphus para que su vigilancia se
descuidara un momento, y luego, además de la reclusión, además de la ausencia,
¿no iría a sufrir ella tormentos peores todavía? Ese bruto, ese mal bicho, ese
borracho, ¿no se vengaría a la manera de los padres de las tragedias griegas?
Cuando la ginebra se le subiera a la cabeza, ¿no daría a su brazo, tan bien
arreglado por Cornelius, el vigor de dos brazos y un garrote?
Esta idea, la de que Rosa fuera tal vez maltratada,
exasperaba a Cornelius.
Sentía entonces su inutilidad, su impotencia, su nulidad.
Se preguntaba si Dios era realmente justo al enviar tantos males a dos
criaturas inocentes. Y ciertamente, en esos momentos, dudaba. La desgracia no
produce credulidad.
Van Baerle se había forjado el proyecto de escribir a
Rosa. Pero ¿dónde estaba Rosa?
Había concebido la idea de escribir a La Haya para
prevenir las nuevas tormentas que sin duda Gryphus quería amontonar sobre su
cabeza con una denuncia.
Mas ¿con qué escribir? Gryphus le había quitado el lápiz
y el papel. Por otra parte, aunque los tuviera, no sería evidentemente Gryphus
quien se encargaría de su carta.
Entonces Cornelius pasaba y repasaba en su mente todas
esas pobres tretas empleadas por los prisioneros.
Había pensado realmente en una evasión, cosa en la cual
no soñaba cuando podía ver a Rosa todos los días. Pero cuanto más pensaba en
ello ahora, más imposible le parecía una evasión. Pertenecía a esas naturalezas
escogidas que sienten horror por lo común y a las que les faltan a menudo
todas las buenas ocasiones de la vida, por culpa de no haber escogido el
camino de lo vulgar, ese gran camino de las gentes mediocres, que les conduce a
todo. «¿Cómo sería posible ‑se decía Cornelius‑, que pudiera escapar de
Loevestein, de donde ya huyó el señor De Grotius? Después de la evasión de
éste, ¿no se habrá previsto todo? ¿No estarán guardadas las ventanas? ¿No son
las puertas dobles o triples? ¿No están los puestos diez veces más vigilados?
«Y además de las ventanas guardadas, las puertas dobles,
los puestos más vigilados que nunca, ¿no tengo un argos infalible? ¿Un argos
tanto más peligroso por cuanto posee ojos de odio, Gryphus? »
«Finalmente, ¿no existe otra circunstancia que me
paraliza? La ausencia de Rosa. Aunque empleara diez años de mi vida en fabricar
una lima para serrar mis barrotes, en trenzar cuerdas para descender desde la
ventana, o en pegarme unas alas en los hombros para volar como Dédalo...
¡estoy en un período de mala suerte! La lima se embotará, la cuerda se romperá,
mis alas se fundirán al sol. Me mataría. Me recogerán cojo, manco, lisiado.
Me clasificarán en el museo de La Haya, entre el jubón manchado de sangre de
Guillermo el Taciturno, y la sirena capturada en Stavensen, y mi empresa no
obtendrá otro resultado que el de procurarme el honor de formar parte de las
curiosidades de Holanda. »
«Pero no, y esto será mejor, un buen día Gryphus me hará
alguna atrocidad. Pierdo la paciencia desde que perdí la alegría y la compañía
de Rosa y, sobre todo, desde que perdí mis tulipanes. No cabe duda que un día u
otro Gryphus me atacará de forma sensible a mi amor propio, a mi pasión o a mi
seguridad personal. Siento, desde mi reclusión, un vigor extraño, arisco,
insoportable. Tengo pruritos de lucha, apetitos de batalla, sed incomprensible
de porrazos. ¡Saltaría a la garganta del viejo bandido, y lo estrangularía! »
Cornelius, a este último pensamiento, contrajo la boca,
la mirada fija.
Revolvía ávidamente en su mente un pensamiento que le
sonreía.
«Y, además ‑continuó‑, una vez Gryphus estrangulado,
¿por qué no cogerle las llaves? ¿Por qué no descender la escalera como si
acabara de cometer la acción más virtuosa? ¿Por qué no explicarle a Rosa lo
hecho al saltar con ella desde su ventana al Waal? »
«En verdad, sé nadar bastante bien por los dos. »
«¡Rosa! Pero, Dios mío, Gryphus es su padre; ella no
aprobará nunca, por mucho afecto que sienta hacia mí, el haber estrangulado a
su padre, por brutal que sea, por malvado que haya sido. Se producirá entonces
una discusión, una exposición de hechos durante la cual llegará algún subjefe
o algún portallaves que haya encontrado a Gryphus jadeando todavía o
completamente estrangulado, que me pondrá la mano sobre el hombro. Volveré a
ver entonces la Buytenhoff y el brillo de aquella villana espada, que esta vez
no se detendrá en su camino y establecerá contacto con mi nuca. Nada de eso,
Cornelius, amigo mío; ¡es un mal procedimiento! »
«Pero entonces ¿qué hacer y cómo encontrar a Rosa? »
Tales eran las reflexiones de Cornelius tres días después
de la funesta escena de la separación entre Rosa y su padre, precisamente en el
momento en que hemos mostrado al lector a Cornelius acodado a su ventana.
Fue en ese mismo instante cuando entró Gryphus.
Sostenía en la mano un enorme garrote, sus ojos brillando
con malvados pensamientos, una espantosa sonrisa crispando sus labios, un
sospechoso temblor agitando su cuerpo, en su taciturna persona todo respiraba
mala disposición.
Cornelius, abrumado como acabamos de ver por la necesidad
de paciencia, necesidad que el razonamiento había conducido hasta la
convicción, le oyó entrar, adivinó que era él, pero no se volvió.
Sabía que, esta vez, Rosa no vendría detrás de él. Nada
es más desagradable a las gentes que están encolerizadas que la indiferencia de
aquellos contra quienes se siente esa cólera.
Hecho el gasto, no se puede desperdiciar.
Se ha subido a la cabeza, se ha puesto la sangre en
ebullición. No vale la pena si esta ebullición no da la satisfacción de un
estallido.
Todo honrado bribón que ha afilado su mal genio desea por
lo menos producir una buena herida a alguien.
Así pues, viendo Gryphus que Cornelius no se movía,
empezó por interpelarlo con un vigoroso:
‑¡Hum! ¡Hum!
Cornelius engarzó entre sus dientes la canción de las
flores, triste pero encantadora canción:
Somos las hijas
del fuego secreto,
del fuego que
circula en las venas de la tierra;
somos las hijas
de la aurora y del rocío,
somos las hijas
del aire,
somos las hijas
del agua;
pero somos,
antes que nada, las hijas del Cielo.
Esta canción, cuyo aire tranquilo y dulce aumentaba la
plácida melancolía, exasperó a Gryphus.
Golpeó el pavimento con su garrote gritando:
‑¡Eh! Señor cantor, ¿no me oís?
Cornelius se volvió.
‑Buenos días ‑saludó.
Y reemprendió su canción.
Los hombres nos
mancillan y nos matan al amarnos.
Este hilo es
nuestra raíz, es decir, nuestra vida.
Pero nos
levantamos lo más alto que podemos
con nuestros
brazos tendidos al cielo.
‑¡Ah! Brujo maldito, ¡creo que te burlas de mí! ‑gritó
Gryphus. Cornelius continuó:.
Es que el Cielo
es nuestra patria,
nuestra
verdadera patria, ya que de él viene nuestra alma,
ya que a él
retorna nuestra alma,
nuestra alma,
es decir, nuestro perfume.
Gryphus se acercó al prisionero.
‑Pero ¿no ves entonces que he encontrado el mejor medio
para reducirte y para forzarte a confesar tus crímenes?
‑¿Es que estáis loco, mi querido señor Gryphus? ‑preguntó
Cornelius volviéndose.
Y, como al decir esto, viera el rostro alterado, los ojos
brillantes, la boca espumante del viejo carcelero, exclamó:
‑¡Diablos! Estamos más que locos, según parece; ¡estamos
furiosos!
Gryphus hizo un molinete con su garrote.
‑¡Ah, señor Gryphus! ‑dijo Van Baerle sin alterarse,
cruzándose de brazos‑. Parece que me amenazáis.
‑¡Oh, sí! ¡Te amenazo! ‑gritó el carcelero.
‑¿Y con qué?
‑En primer lugar, mira lo que tengo en la mano.
‑Creo que es un garrote ‑observó Cornelius con calma‑, e
incluso un grueso garrote; pero no me imagino que sea con esto con lo que me
amenazáis.
‑¡Ah! ¡No lo imaginas! Y ¿por qué?
‑Porque todo carcelero que golpea a un prisionero se
expone a dos castigos; el primero, artículo IX del reglamento de Loevestein:
«Será expulsado todo carcelero, inspector o portallaves que ponga la mano
sobre un prisionero de Estado.»
‑La mano ‑exclamó Gryphus ebrio de cólera‑, pero el
garrote; ¡ah!, el reglamento no habla del garrote.
‑El segundo ‑‑continuó Cornelius‑, el segundo que no está
inscrito en el reglamento pero que se halla en el Evangelio, el segundo, es
éste: «Quien golpea con la espada, morirá por la espada. Quien toca con el garrote,
será apaleado con el garrote.»
Gryphus, cada vez más exasperado por el tono tranquilo y
sentencioso de Cornelius, blandió la estaca; pero en el momento en que la
levantaba, Cornelius se lanzó sobre él, se la arrancó de las manos y se la puso
bajo su propio brazo.
Gryphus aullaba de cólera.
‑Vamos, vamos, buen hombre ‑dijo Cornelius‑, os exponéis
a perder vuestra plaza.
‑¡Ah, brujo! Te trataré de otra forma ‑rugió Gryphus.
‑En buena hora.
‑¿Ves que mi mano está vacía?
‑Sí, lo veo, a incluso con satisfacción.
‑Tú sabes que no lo está habitualmente cuando subo la
escalera por las mañanas.
‑¡Ah! Es verdad. Me traéis por costumbre la peor sopa o
la más lastimosa comida que imaginarse pueda. Pero esto no es un castigo para
mí; yo no me alimento más que de pan, y el pan, cuanto peor es a lo gusto,
Gryphus, mejor lo es al mío.
‑¿Mejor lo es al tuyo?
‑Sí.
‑¿Y la razón?
‑¡Oh! Es muy sencilla.
‑Dila, pues.
‑De buena gana. Yo sé que al darme pan malo, tú crees
hacerme sufrir.
‑El hecho es que no te lo doy para que te sea agradable,
¡ladrón!
‑¡Pues bien! Yo que soy brujo, como tú sabes, cambio tu
pan malo en uno excelente, que me deleita más que los pasteles, y entonces
disfruto de un doble placer, el de comer a mi gusto primero, y luego el de
hacerte enrabiar infinitamente.
Gryphus aulló de cólera.
‑¡Ah! Confiesas, pues, que eres brujo ‑exclamó.
‑Vaya si lo soy. No lo digo delante del mundo, porque
ello podría conducirme a la hoguera como Godofredo o Urbano Grandier; pero
cuando sólo estamos vos y yo, no veo ningún inconveniente en confesarlo.
‑Bueno, bueno, bueno ‑respondió Gryphus‑, pero si un
brujo obtiene pan blanco del pan negro, ¿no muere el brujo de hambre si no
tiene pan en absoluto?
‑¡Eh! ‑exclamó Cornelius.
‑Entonces, no te traeré pan y veremos al cabo de ocho
días.
Cornelius palideció.
‑Y esto ‑continuó Gryphus‑ a partir de hoy mismo. Ya que
eres tan buen brujo, veamos, cambia en pan los muebles de tu habitación; en
cuanto a mí, me ganaré todos los días los dieciocho sous que me dan para tu
alimentación.
‑¡Pero eso es un asesinato! ‑exclamó Cornelius,
arrebatado por un primer movimiento de terror bien comprensible, y que le era
inspirado por ese horrible género de muerte.
‑¡Bueno! ‑continuó Gryphus mofándose‑. Bueno, ya que
eres brujo, vivirás a pesar de todo.
Cornelius recobró su aspecto alegre y se encogió de
hombros.
‑¿Es que no me has visto hacer venir aquí los palomos de
Dordrecht?
‑¿Y bien? ‑replicó Gryphus.
‑¡Pues bien! El palomo proporciona un hermoso asado; un
hombre que coma un palomo todos los días no morirá de hambre, me parece.
‑¿Y el fuego? ‑preguntó Gryphus.
‑¡El fuego! Pero tú sabes bien que he hecho un pacto con
el diablo. ¿Piensas que el diablo dejará que me falte el fuego cuando el fuego
es su elemento?
‑Un hombre, por fuerte que sea, no podría comer un palomo
todos los días. Han habido apuestas sobre ello, y los apostadores han
renunciado.
‑¡Bueno! ‑dijo Cornelius‑. Cuando me canse de los
palomos, haré subir los peces del Waal y del Mosa.
Gryphus abrió unos grandes ojos asustados.
‑Me gusta bastante el pescado ‑continuó Cornelius‑. Tú
nunca me lo sirves. ¡Pues bien! Me aprovecharé de que quieres hacerme morir de
hambre para regalarme con pescado.
Gryphus estaba a punto de desmayarse de cólera e incluso
de miedo.
‑Entonces ‑dijo, rehaciéndose y metiendo la mano en su
bolsillo‑, ya que me fuerzas a ello...
‑¡Ah! ¡Un cuchillo! ‑exclamó Cornelius poniéndose en
guardia.
XXIX
En Donde Van Baerle, Antes De
Abandonar Loevestein, Arregla
Sus Cuentas Con Gryphus
Ambos permanecieron quietos un instante, Gryphus a la
ofensiva, Van Baerle a la defensiva.
Luego, como la situación podía prolongarse indefinidamente,
Cornelius se interesó por las causas de este recrudecimiento en la cólera de su
antagonista:
‑¡Y bien! ‑preguntó‑. ¿Qué más quieres todavía?
‑Voy a decirte lo que quiero ‑respondió Gryphus‑. Quiero
que me devuelvas a mi hija Rosa.
‑¡Tu hija! ‑exclamó Cornelius.
‑¡Sí, Rosa! Rosa a la que me has quitado con tu arte
demoníaco. Vamos, ¿quieres decirme dónde está?
Y la actitud de Gryphus se hizo cada vez más amenazante.
‑¿Rosa no está en Loevestein? ‑se extrañó Cornelius.
‑Tú lo sabes bien. Una vez más, ¿quieres devolverme a
Rosa?
‑Bueno ‑dijo Cornelius‑, ésta es una trampa que me
tiendes.
‑Por última vez, ¿quieres decirme dónde está mi hija?
‑¡Ah! Adivínalo, bribón, si es que no lo sabes.
‑Espera, espera ‑gruñó Gryphus, pálido y con los labios
agitados por la locura que comenzaba a invadir su cerebro‑. ¡Ah! ¿No quieres
decir nada? ¡Pues bien! Voy a despegarte los dientes con este cuchillo.
Dio un paso hacia Cornelius, y mostrándole el arma que
brillaba en su mano, dijo:
‑¿Ves este cuchillo? Con él he matado más de cincuenta
gallos negros. Mataré también a su amo, el diablo, como los he matado a ellos,
¡espera, espera!
‑Pero, miserable ‑exclamó Cornelius‑, ¡estás, pues,
decidido a asesinarme!
‑Quiero abrirte el corazón, para ver dentro el lugar
donde ocultas a mi hija.
Y diciendo estas palabras, con la ofuscación de la
fiebre, Gryphus se precipitó sobre Cornelius, que apenas tuvo tiempo para
saltar detrás de la mesa a fin de evitar el primer golpe.
Gryphus blandía su gran cuchillo profiriendo horribles
amenazas.
Cornelius previó que si se hallaba fuera del alcance de
la mano, no lo estaba fuera del alcance del arma, que lanzada a distancia podía
atravesar el espacio, y venir a hundirse en su pecho; no perdió, pues, el
tiempo, y con el garrote que había conservado cuidadosamente, asestó un
vigoroso golpe sobre la muñeca que sostenía el cuchillo.
El cuchillo cayó a tierra, y Cornelius apoyó su pie
encima.
Luego, como Gryphus parecía dispuesto a entablar una
lucha a la que el dolor del garrotazo y la vergüenza de haber sido desarmado
dos veces habrían convertido en implacable, Cornelius tomó una gran decisión.
Arrolló a golpes a su carcelero con una sangre fría de
las más heroicas, escogiendo el lugar donde caía cada vez la terrible estaca.
Gryphus no tardó en pedir gracia.
Pero antes de pedir gracia, había gritado, y mucho; sus
gritos habían sido oídos y habían puesto en conmoción a todos los empleados de
la casa. Dos portallaves, un inspector y tres o cuatro guardias, aparecieron de
repente y sorprendieron a Cornelius operando con el garrote en la mano, el
cuchillo bajo el pie.
Ante el aspecto de todos estos testimonios de la fechoría
que acababa de cometer, y cuyas circunstancias atenuantes, como se dice hoy en
día, eran desconocidas, Cornelius se sintió perdido sin remedio.
En efecto, todas las apariencias se hallaban en su
contra.
En un santiamén, Cornelius fue desarmado, y Gryphus,
rodeado, levantado, sostenido, pudo contar, rugiendo de cólera, las
magulladuras que hinchaban sus hombros y su espinazo, como otras tantas colinas
salpicando la cima de una montaña.
Se levantó el atestado, inmediatamente, con las violencias
ejercidas por el prisionero sobre su guardián, y el atestado inspirado por
Gryphus no podía ser tildado de tibio: se trataba nada menos que de una
tentativa de asesinato, proyectado desde hacía tiempo y realizado contra el
carcelero, con premeditación por consiguiente, y en abierta rebelión.
Mientras se escribía contra Cornelius, los informes dados
por Gryphus hacían su presencia inútil, y los portallaves lo habían descendido
a su habitación molido a golpes y gimiendo.
Durante ese tiempo, los guardias que se habían apoderado
de Cornelius se ocupaban en instruirlo caritativamente sobre los usos y
costumbres de Loevestein, que él ya conocía, por lo demás, tan bien como ellos,
por la lectura que le habían hecho del reglamento en el momento de su entrada
en prisión, y algunos artículos de ese reglamento le habían entrado perfectamente
en la memoria.
Le relataron, además, cómo se había aplicado este
reglamento con respecto a un prisionero llamado Mathias, el cual, en 1668, es
decir, cinco años antes, había cometido un acto de rebeldía, por otra parte
mucho más anodino que el que acababa de permitirse Cornelius.
Había hallado que su sopa estaba demasiado caliente y se
la había arrojado a la cabeza del jefe de los guardianes, el cual, a
continuación de esta ablución, había tenido la desgracia de levantarse un
trozo de piel del rostro al enjugarse.
Mathias, en doce horas, había sido sacado de su celda;
luego, conducido a la oficina de la prisión donde había sido inscrito como
salido de Loevestein.
Después, conducido a la explanada, desde donde la vista
es muy hermosa y alcanza once leguas de extensión.
Allí le habían atado las manos; luego, vendado los ojos,
recitando tres oraciones.
Después le habían invitado a hacer una genuflexión, y las
guardias de Loevestein, en número de doce, a una señal del sargento, le habían
alojado hábilmente cada uno una bala de mosquete en el cuerpo.
Aquel tal Mathias había muerto al instante.
Cornelius escuchó con la mayor atención este desagradable
relato.
Luego, habiéndolo escuchado, exclamó:
‑¡Ah! ¡Ah! ¿En doce horas, decís?
‑Sí, la duodécima incluso ni siquiera había sonado aún, a
lo que creo ‑dijo el narrador muy satisfecho.
‑Gracias ‑repuso Cornelius.
El guardia no había borrado la graciosa sonrisa que le
servía de puntuación a su relato cuando un paso sonoro se oyó en la escalera.
Unas espuelas tintineaban en los bordes gastados de los
escalones.
Los guardias se apartaron para dejar paso a un oficial.
Éste entró en la celda de Cornelius en el momento en que
el escribano de Loevestein todavía instruía el atestado.
‑¿Es aquí el número 11? ‑preguntó.
‑Sí, coronel ‑respondió un suboficial.
‑Entonces ¿es ésta la celda del prisionero Cornelius van
Baerle?
‑Precisamente, coronel.
‑¿Dónde está el prisionero?
‑Aquí estoy, señor ‑respondió Cornelius palideciendo un
poco, a pesar de todo su valor.
‑¿Sois vos el señor Cornelius van Baerle? ‑preguntó el
recién llegado, dirigiéndose esta vez al mismo prisionero.
‑Sí, señor.
‑Entonces, seguidme.
‑¡Oh! ¡Oh! ‑exclamó Cornelius, cuyo corazón se
estremecía, preso de las primeras angustias de la muerte‑. Qué de prisa va el
trabajo en la fortaleza de Loevestein, ¡y el bellaco me había hablado de doce
horas!
‑¡Eh! ¿Qué es lo que os he dicho? ‑observó el guardia
historiador al oído del paciente.
‑Una mentira.
‑¿Cómo?
Vos me habíais prometido doce horas.
‑¡Ah, sí! Pero os han enviado una ayuda de campo de Su
Alteza, incluso uno de sus más íntimos, ¡el señor Van Deken! ¡Cáspita! No le
hicieron tal honor al pobre Mathias.
«Vamos, vamos ‑se dijo Cornelius, hinchando su pecho con
la mayor cantidad de aire posible‑, vamos, mostremos a esa gente que un
burgués, ahijado de Corneille de Witt, puede, sin poner mal gesto, contener
balas de mosquete como el llamado Mathias.»
Y pasó orgullosamente por delante del escribano que,
interrumpido en sus funciones, se apresuró a decir al oficial:
‑Pero, coronel Van Deken, el atestado no se ha terminado
todavía.
‑No vale la pena terminarlo ‑respondió el oficial.
‑¡Bueno! ‑replicó el escribano encerrando filosóficamente
sus papeles y su pluma en una cartera gastada y grasienta.
«Estaba escrito ‑pensó el pobre Cornelius‑, que no daría
mi nombre en este mundo ni a un niño, ni a una flor, ni a un libro, esas tres
obligaciones de las que Dios impone una por lo menos, según se asegura, a todo
hombre un poco organizado al que digna dejar gozar sobre la tierra de la
propiedad de un alma y del usufructo de un cuerpo.»
Y siguió al oficial con el ánimo resuelto y la cabeza
alta.
Cornelius contó los peldaños que conducían a la
explanada, lamentando no haber preguntado al guardián cuántos había; lo cual,
en su oficiosa complacencia, éste no hubiera dejado de decírselo.
Lo que más lamentaba el reo en este trayecto, que
consideraba como el que debía conducirle definitivamente al comienzo del gran
viaje, era el ver a Gryphus y no poder ver a Rosa. ¡Qué satisfacción, en
efecto, debía de brillar en el rostro del padre! ¡Qué dolor en el rostro de la
hija!
Cómo iba a aplaudir Gryphus este suplicio, venganza
feroz de un acto eminentemente justo, al que Cornelius consideraba haber
realizado como un deber.
Pero a Rosa, la pobre muchacha, no la vería, ¡iba a morir
sin haberle dado el último beso o por lo menos el último adiós!
¡Iba a morir finalmente, sin tener ninguna noticia del
gran tulipán negro, y despertaría allá arriba, sin saber hacia qué lado debía
volver los ojos para encontrarlo!
En verdad, para no deshacerse en lágrimas en semejante
momento, el pobre tulipanero tenía más oes
triplex alrededor del corazón de las que Horacio atribuye al navegante que
visita por primera vez los infames escollos coralíferos.
Cornelius tuvo ocasión de mirar a la derecha; Cornelius
tuvo ocasión de mirar a la izquierda, pero llegó a la explanada sin haber
percibido a Rosa; sin haber percibido a Gryphus.
Había en ello casi una compensación.
Cornelius llegó a la explanada, buscó valientemente con
los ojos a sus ejecutores, los guardias, y vio, en efecto, a una docena de
soldados reunidos y charlando.
Pero reunidos y charlando sin mosquetes, reunidos y
charlando sin estar alineados.
Cuchicheando incluso entre ellos más bien que charlando,
conducta que le pareció a Cornelius indigna de la gravedad que preside de
ordinario semejantes sucesos.
De repente, Gryphus, cojeando, tambaleándose, apoyándose
en una muleta, apareció fuera de su habitación. Había iluminado para una
última mirada todo el fuego de sus viejos ojos grises de gato. Entonces se puso
a vomitar contra Cornelius tal torrente de abominables imprecaciones que
Cornelius, dirigiéndose al oficial, le dijo:
‑Señor, no creo que esté bien dejarme insultar así por
este hombre, y sobre todo en semejante momento.
‑Escuchad, pues ‑replicó el oficial riendo‑, es muy
natural que ese valiente os guarde rencor. ¿Parece que lo habéis molido a
golpes?
‑Pero, señor, lo hice defendiendo mi cuerpo.
‑¡Bah! ‑exclamó el coronel imprimiendo a sus hombros un
gesto eminentemente filosófico‑. Bah; dejadle decir. ¿Qué os importa al
presente?
Un sudor frío cruzó por la frente de Cornelius ante esa
respuesta, que consideraba como una ironía un poco brutal, por parte, sobre
todo, de un oficial que se le había dicho estaba agregado a la persona del
príncipe.
El desgraciado comprendió que la cosa no tenía remedio,
que no tenía ya amigos, y se resignó.
‑Sea ‑murmuró bajando la cabeza‑, cosas peores se le
hicieron a Cristo, y por inocente que yo sea, no puedo compararme a Él. Cristo
se habría dejado golpear por su carcelero y no le hubiera pegado.
Luego, volviéndose hacia el oficial, que parecía esperar
complaciente a que acabara sus reflexiones, preguntó:
‑Veamos, señor, ¿adónde me lleváis?
El oficial le señaló una carroza enganchada a cuatro
caballos, que le recordó mucho a la carroza que en parecidas circunstancias
había ya herido sus miradas en la Buytenhoff.
‑Subid ‑ordenó.
‑¡Ah! ‑murmuró Cornelius‑. ¡Parece que no se me harán a
mí los honores de la explanada!
Pronunció estas palabras en voz bastante alta para que el
historiador que parecía agregado a su persona las oyera.
Éste creyó, sin duda, que era deber suyo darle nuevos
informes a Cornelius, porque se acercó a la portezuela, y mientras el oficial,
de pie sobre el estribo daba unas órdenes, le dijo por lo bajo:
‑Hemos visto a condenados conducidos a su propia ciudad,
y para que el ejemplo fuera más eficaz, sufrir allí el suplicio delante de la
puerta de su propia casa. Esto depende.
Cornelius hizo un gesto de agradecimiento.
«¡Pues bien! ‑se dijo‑. Aquí hay, en buena hora, un
muchacho al que no le falta nunca el placer de una consolación cuando se
presenta la ocasión. Por mi fe, amigo mío, os estoy muy obligado. ¡Adiós!»
El coche empezó a rodar.
‑¡Ah! ¡Criminal! ¡Ah! ¡Bandido! ‑aulló Gryphus mostrando
el puño a su víctima que se le escapaba‑. Y decir que se va sin devolverme a mi
hija.
«Si me conducen a Dordrecht ‑murmuró Cornelius para sí‑,
veré al pasar por delante de mi casa si mis pobres platabandas han sido
destrozadas.»
XXX
En El Que Se Comienza A Imaginar
Cuál Era El Suplicio Reservado
A Cornelius Van Baerle
El coche rodó todo el día. Dejó Dordrecht a la izquierda,
atravesó Rótterdam, alcanzó Delft. A las cinco de la tarde había recorrido, por
lo menos, veinte leguas.
Cornelius dirigió algunas preguntas al oficial que le
servía a la vez de guardia y de compañero, pero, por circunspectas que fueran
sus demandas, tuvo el disgusto de verlas sin respuesta.
Cornelius lamentó no tener a su lado a aquel guardia tan
complaciente que hablaba sin hacérselo de rogar.
Sin duda, le hubiera proporcionado sobre los motivos de
ésta, su extraña tercera aventura, detalles tan graciosos y explicaciones tan
precisas como sobre las dos primeras.
Pasaron la noche en el coche. Al día siguiente, al alba,
Cornelius se halló más allá de Leiden, teniendo al mar del Norte a su izquierda
y al mar de Haarlem a su derecha.
Tres horas después entraban en Haarlem.
Cornelius no sabía en absoluto lo que había ocurrido en
Haarlem, y nosotros le dejaremos en esta ignorancia hasta que sea sacado de
ella por los acontecimientos.
Pero no puede suceder lo mismo con el lector, que tiene
el derecho de ser puesto al corriente de las cosas, incluso antes que nuestro
héroe.
Hemos visto que Rosa y el tulipán, como dos hermanos o
como dos huérfanos, habían sido dejados, por el príncipe de Orange, en casa del
presidente Van Systens.
Rosa no recibió ninguna noticia del estatúder antes de la
tarde del día en que lo había visto de frente.
Hacia la tarde, un oficial entró en la casa de Van
Systens: venía de parte de Su Alteza a invitar a Rosa a que se llegara al
Ayuntamiento.
Allí, en la gran sala de las deliberaciones donde fue
introducida, halló al príncipe, que escribía.
Estaba solo y tenía a sus pies un gran lebrel de Frisia
que le miraba fijamente, como si el fiel animal quisiera intentar hacer lo que
ningún hombre podía hacer... leer en el pensamiento de su amo.
Guillermo continuó escribiendo un instante todavía;
luego, levantando la mirada y viendo a Rosa de pie cerca de la puerta:
‑Acercaos, señorita ‑dijo sin dejar lo que escribía.
Rosa dio unos pasos hacia la mesa.
‑Monseñor ‑saludó deteniéndose.
‑Está bien ‑contestó el príncipe‑. Sentaos.
Rosa obedeció, porque el príncipe la miraba. Pero apenas
el príncipe hubo vuelto los ojos sobre el papel, se retiró avergonzada.
El príncipe acabó su carta.
Durante ese tiempo, el lebrel había acudido ante Rosa y
la había examinado y acariciado.
¡Ah! ¡Ah! ‑exclamó Guillermo dirigiéndose a su perro‑.
Bien se ve que es una compatriota; la reconoces.
Luego, volviéndose hacia Rosa y fijando sobre ella su
mirada escrutadora y velada al mismo tiempo, dijo:
‑Veamos, hija mía...
El príncipe tenía veintitrés años, Rosa dieciocho o
veinte; habría hablado mejor diciendo mi hermana.
‑Hija mía ‑repitió con ese acento extrañamente imponente
que helaba a todos los que se le acercaban‑, estamos solos, charlemos. No
temáis y hablad confiada.
Todos los miembros de Rosa empezaron a temblar y, sin
embargo, no había más que benevolencia en la fisonomía del príncipe.
. ‑Monseñor... ‑balbuceó.
‑¿Vos tenéis un padre en Loevestein?
‑Sí, monseñor.
‑¿No le amáis?
‑No le amo, por lo menos, monseñor, como una hija debería
amar a su padre.
‑Es malo no amar a su padre, hija mía, pero es bueno no
mentir a su príncipe.
Rosa bajó los ojos.
‑¿Y por qué razón no amáis a vuestro padre?
‑Mi padre es malo.
‑¿Y de qué forma se manifiesta su maldad?
‑Mi padre maltrata a los prisioneros.
‑¿A todos?
‑A todos.
‑Pero ¿no le reprocháis maltratar a uno en particular?
‑Mi padre maltrata particularmente al señor Van Baerle,
que...
‑¿Que es vuestro amante?
Rosa retrocedió un paso.
‑Al que yo amo, monseñor ‑respondió con orgullo. .
‑¿Desde hace tiempo? ‑preguntó el príncipe.
‑Desde el día en que le vi.
‑¿Y vos, le visteis...?
‑A la mañana siguiente del día en que fueron tan
terriblemente ejecutados el ex gran pensionario Jean y su hermano Corneille.
Los labios del príncipe se apretaron, su frente se plegó,
sus párpados se bajaron de forma que ocultaron un instante sus ojos. Al cabo de
un momento de silencio, continuó:
‑Pero ¿de qué os sirve amar a un hombre destinado a
vivir y a morir en prisión?
‑Si vive y muere en prisión, monseñor, me servirá para
ayudarle a vivir y a morir.
‑¿Y vos aceptaríais esta posición de ser la mujer de un
prisionero?
‑Sería la más orgullosa y la más feliz de las criaturas
humanas siendo la esposa del señor Van Baerle; pero...
‑Pero ¿qué?
‑No me atrevo a decirlo, monseñor. No me atrevo.
Perdonad.
‑Hay una nota de esperanza en vuestro acento; ¿qué
esperáis?
La muchacha levantó sus bellos ojos sobre Guillermo, sus
ojos límpidos y de una inteligencia tan penetrante que fueron a buscar la
clemencia dormida en el fondo de ese corazón sumido en un sueño que parecía el
de la muerte.
‑¡Ah! Ya comprendo.
Rosa sonrió juntando sus manos.
‑Confiáis en mí ‑dijo el príncipe.
‑Sí, monseñor. ¡Hum!
El príncipe selló la carta que acababa de escribir y
llamó a uno de sus oficiales.
‑Señor Van Deken ‑ordenó‑, llevad a Loevestein este
mensaje; tomaréis nota de las órdenes que doy al gobernador, y en lo que a vos
respecta, ejecutadlas. El oficial saludó, y pronto se oyó repicar bajo la
bóveda sonora de la casa el vigoroso galope de un caballo.
‑Hija mía ‑prosiguió después el príncipe‑, el domingo es
la fiesta del tulipán, y el domingo es pasado mañana. Poneos muy bella con los
quinientos florines que tengo aquí; porque deseo que ese día sea una gran
fiesta para vos.
‑¿Cómo quiere Vuestra Alteza que me vista? ‑murmuró Rosa.
‑Poneos el vestido de las esposas frisonas ‑dijo
Guillermo‑, os sentará muy bien.
Haarlem, donde entramos hace tres días con Rosa y donde
acabamos de entrar siguiendo al prisionero, es una hermosa ciudad que se
enorgullece con todo derecho de ser una de las más umbrías de Holanda.
Mientras otras ponen todo su amor propio en destacar por
sus arsenales y sus fábricas, por sus almacenes y bazares, Haarlem cifraba toda
su gloria en aventajar a todas las ciudades de los Estados por sus bellos olmos
frondosos, por sus álamos esbeltos, y, sobre todo, por sus paseos sombreados,
por encima de los cuales formaban bóveda la encina, el tilo y el castaño.
Haarlem, viendo que Leiden su vecina, y Ámsterdam su
reina, tomaban, la una, el camino de convertirse en una ciudad de ciencia, y
la otra la de convertirse en una ciudad de comercio, Haarlem había querido ser
una ciudad agrícola o, más bien, hortícola.
En efecto, bien cerrada, bien aireada, bien calentada al
sol, ofrecía a los jardineros garantías que cualquier otra ciudad, con sus
vientos del mar o sus soles de plano, no habrían sabido proporcionarlas.
Así pues, se había visto establecerse en Haarlem a todos
aquellos espíritus tranquilos que poseían el amor a la tierra y a sus bienes,
como se había visto establecerse en Rótterdam y en Ámsterdam a todos los
espíritus inquietos y movidos, que poseían la afición a los viajes y al
comercio, como se había visto establecerse en La Haya a todos los políticos
mundanos.
Hemos dicho que Leiden había sido la conquista de los
sabios.
Haarlem adquirió, pues, el gusto por las cosas dulces:
la música, la pintura, los vergeles, los paseos, los bosques y los jardines.
Haarlem se volvió loca por las flores y, entre todas las
flores, por los tulipanes.
Haarlem propuso premios en honor de los tulipanes, y
llegamos así, con toda naturalidad, como se ve a hablar del que la ciudad
proponía, el 15 de mayo de 1673, en honor del gran tulipán negro sin mancha y
sin defecto, que debía proporcionar cien mil florines a su cultivador.
Habiendo manifestado Haarlem su especialidad, habiendo
blasonado Haarlem de su gusto por las flores en general y por los tulipanes en
particular, en un tiempo en que todo se dedicaba a la guerra y a las sediciones,
habiendo tenido Haarlem la insigne alegría de ver florecer el ideal de los
tulipanes, Haarlem, la hermosa ciudad llena de bosques y de sol, de sombra y de
luz, Haarlem había querido hacer de esta ceremonia de la inauguración del
premio una fiesta que perdurase eternamente en el recuerdo de los hombres.
Y tenía a ello tanto más derecho por cuanto Holanda era
el país de las fiestas; jamás naturaleza más perezosa desplegó más ardor
riente, cantante y danzante que la de los buenos republicanos de las Siete
Provincias con ocasión de las diversiones.
Observad, por ejemplo, los cuadros de los dos Teniers.
Es verdad que los perezosos son, de todos los hombres,
los más resistentes al cansancio, no cuando se ponen a trabajar, sino cuando
se dedican con alegría al placer.
Haarlem se entregaba, pues, a una triple alegría, porque
tenía que celebrar una triple solemnidad: había sido descubierto el tulipán
negro, el príncipe Guillermo de Orange asistía a la ceremonia, como un
verdadero holandés que era. Finalmente, constituía un honor para los Estados
mostrar a los franceses, a continuación de una guerra tan desastrosa como había
sido la de 1672, que el suelo de la república bátava era sólido hasta el punto
de que se podía danzar en él con acompañamiento del cañón de las flotas.
La Sociedad Hortícola de Haarlem se había mostrado digna
de sí misma al otorgar cien mil florines por una cebolla de tulipán. La ciudad
no había querido quedarse atrás, y había votado una suma semejante, que había
sido entregada en manos de sus notables para festejar ese premio nacional.
Así pues, había en este domingo fijado para esta
ceremonia, tal apresuramiento del gentío, tal entusiasmo en los ciudadanos, que
no se habría podido impedir, incluso con esa sonrisa solapada de los franceses,
el admirar el carácter de estos buenos holandeses, dispuestos a gastar su
dinero tan pronto para construir un navío destinado a combatir al enemigo, es
decir, a sostener el honor de la nación, como para recompensar la invención de
una nueva flor destinada a lucir un día, y destinada a distraer durante ese
día a las mujeres, a los niños, a los sabios y a los curiosos.
A la cabeza de los notables y del comité hortícola,
brillaba el señor Van Systens, ataviado con sus más ricos ropajes.
El digno hombre había realizado grandes esfuerzos para
parecerse a su flor favorita por la elegancia sobria y severa de sus vestidos,
y apresurémonos a decir para su mayor gloria, que lo había conseguido
plenamente. Negro de azabache, terciopelo escabiosa[5],
seda pensamiento, tal era, con la ropa de una blancura deslumbrante, el traje
ceremonial del presidente, el cual caminaba a la cabeza de su comité con un
enorme ramo semejante al que llevaría, ciento veintiún años más tarde, el señor
De Robespierre, en la fiesta del Ser Supremo.
Sólo que, el bravo presidente, en lugar de aquel corazón
hinchado de odio y de resentimientos ambiciosos del tribuno francés, llevaba en
el pecho una flor no menos inocente que la más inocente de las que sostenía en
la mano.
Se veían detrás de ese comité, matizado como un césped,
perfumado como una primavera, los cuerpos sabios de la ciudad, los magistrados,
los militares, los nobles y los palurdos.
El pueblo, incluso con los señores republicanos de las
Siete Provincias, no mantenía categorías en este orden de marcha; hacía de
valladar.
Éste era, por lo demás, el mejor de todos los sitios para
ver... y para estar.
Éste era el lugar de las multitudes que esperan, filosofía
de los Estados, que los trofeos hayan desfilado, para saber lo que hay que
decir, y algunas veces lo que hay que hacer.
Pero esta vez, no era cuestión, ni del triunfo de
Pompeyo, ni del triunfo de César. Esta vez, no se celebraba ni la derrota de
Mitríades, ni la conquista de las Galias. La procesión era suave como el paso
de un rebaño de corderos sobre la tierra, inofensiva como el vuelo de una
bandada de pájaros en el aire.
Haarlem no tenía otros triunfadores que sus jardineros.
Adorando las flores, Haarlem divinizaba al florista.
Se veía en el centro del cortejo pacífico y perfumado,
el tulipán negro, llevado sobre unas angarillas cubiertas de terciopelo blanco
con franjas de oro. Cuatro hombres portaban las andas y se veían relevados por
otros, así como en Roma eran relevados los que llevaban a la madre Cibeles,
cuando entró en la ciudad eterna, traída de la Etruria al son de la charanga y
con las adoraciones sumisas de todo un pueblo.
Esta exhibición del tulipán era un homenaje rendido por
todo un pueblo sin cultura y sin gusto, al gusto y a la cultura de los jefes
célebres y piadosos que sabían verter la sangre sobre el pavimento fangoso de
la Buytenhoff, sin que por ello dejaran de inscribir más tarde los nombres de
sus víctimas sobre la piedra más hermosa del panteón holandés.
Estaba convencido que el príncipe estatúder distribuiría,
naturalmente, él mismo el premio de los cien mil florines, lo cual interesaba a
todo el mundo en general, y que pronunciaría tal vez un discurso, lo que
interesaba en particular a sus amigos y a sus enemigos.
En efecto, en los discursos más indiferentes de los
hombres políticos, los amigos o los enemigos de esos hombres quieren ver
siempre relucir en él, y creen siempre poder interpretar, por consiguiente, un
rayo de sus pensamientos.
Como si el sombrero del hombre político no fuera una
pantalla destinada a interceptar toda luz.
En fin, ese gran día tan esperado del 15 de mayo de 1673
había llegado, y Haarlem entera, reforzada por sus alrededores, estaba alineada
a lo largo de los bellos árboles del bosque con la resolución bien determinada
de no aplaudir esta vez ni a los conquistadores de la guerra, ni a los de la
ciencia, sino simplemente a los de la Naturaleza, que acababan de forzar a esta
inagotable madre al alumbramiento, hasta entonces creído imposible, del
tulipán negro.
Pero nada se conserva menos entre los pueblos que esta
resolución de no aplaudir más que a tal o cual cosa. Cuando una ciudad está en
trance de aplaudir, es como cuando se halla en trance de silbar: no se sabe
nunca dónde se detendrá.
Aplaudió, pues, primero a Van Systens y a su ramo,
aplaudió a sus corporaciones, se aplaudió ella misma; y en fin, con toda
justicia esta vez, confesémoslo, aplaudió las excelentes melodías que los
músicos de la ciudad prodigaban en cada alto.
Todos los ojos buscaban cerca de la heroína de la fiesta,
que era la flor del tulipán negro, al héroe de la fiesta que, naturalmente, era
el autor de este tulipán.
Ese héroe, apareciendo a continuación del discurso que
hemos visto elaborar con tanto cuidado al bueno de Van Systens, ese héroe
hubiera producido ciertamente más efecto que el mismo estatúder.
Mas, para nosotros, el interés de la jornada no estaba ni
en ese venerable discurso de nuestro amigo Van Systens, por elocuente que
fuera, ni en los jóvenes aristócratas endomingados que mascaban sus gruesas
tortas, ni en los pobrecitos plebeyos, medio desnudos, que roían anguilas
ahumadas, semejantes a bastones de vainilla. El interés no residía tampoco en
esas bellas holandesas, de tez rosa y seno blanco, ni en los Mynheer grasientos y rechonchos que
nunca habían abandonado sus casas, ni en los delgados y jóvenes viajeros que
venían de Ceilán o de Java, ni en el populacho alterado que tragaba, a guisa de
refresco, pepino confitado en salmuera. No, para nosotros, el interés de la
situación, el interés poderoso, el interés dramático no estaba ahí.
El interés residía en una figura radiante y animada que
caminaba en medio de los miembros del comité hortícola, el interés estaba en
ese personaje florido en la cintura, peinado, alisado, vestido todo de
escarlata, color que hacía resaltar su pelo negro y su tez amarilla.
Ese triunfador radiante, excitado, ese héroe del día
destinado al insigne honor de hacer olvidar el discurso de Van Systens y la
presencia del estatúder, era Isaac Boxtel, que veía marchar delante de él, a su
derecha, sobre un almohadón de terciopelo, el tulipán negro, su pretendido
hijo, y a su izquierda, en una gran bolsa, los cien mil florines en hermosas
monedas de oro reluciente, brillante, y que se veía obligado a bizquear hacia
fuera para no perderlos un instante de vista.
De cuando en cuando, Boxtel apresuraba el paso para ir a
frotar su codo con el de Van Systens. Boxtel tomaba así un poco de su valor,
para darse valor a sí mismo, como robó a Rosa su tulipán, para conseguir su
gloria y su fortuna.
Todavía un cuarto de hora de espera y el príncipe
llegaría, el cortejo haría alto en la última estación, el tulipán se colocaría
en su trono, el príncipe, que cedería el paso a su rival en la adoración
pública, cogería una vitela[6] magníficamente coloreada sobre la que estaría
escrito el nombre del autor, y proclamaría con voz alta e inteligible que había
sido descubierta una maravilla; que Holanda, por intermedio de él, Boxtel,
había forzado a la Naturaleza a producir una flor negra, y que esa flor se
llamaría desde entonces en adelante Tulipa
nigra Boxtellea.
De cuando en cuando, sin embargo, Boxtel separaba por un
momento los ojos del tulipán y de la bolsa y miraba tímidamente al gentío,
porque temía por encima de todo percibir en ese gentío la pálida figura de la
bella frisona.
Sería un espectro, como se comprende, que turbaría su
fiesta, ni más ni menos como el espectro de Banquo turbó el festín de Macbeth.
Y, apresurémonos a decirlo, ese miserable que había
franqueado un muro que no era su muro, que había escalado una ventana para
entrar en la casa de su vecino, que, con una falsa llave, había violado la
habitación de Rosa, ese hombre, que había robado finalmente la gloria de un
hombre y la dote de una mujer, ese hombre no se consideraba un ladrón.
Había velado tanto a este tulipán, lo había seguido tan
ardientemente del cajón del secador de Cornelius hasta el patíbulo de la
Buytenhoff, del patíbulo de la Buytenhoff a la prisión de la fortaleza de
Loevestein, lo había visto tan bien nacer y crecer sobre la ventana de Rosa,
había calentado tantas veces el aire alrededor de él con su aliento, que nadie
más que él era el autor; cualquiera que en este momento le quitara el tulipán
negro, se lo robaría.
Pero no vio a Rosa.
Resultó así que la alegría de Boxtel no fue turbada.
El cortejo se detuvo en el centro de una glorieta cuyos
árboles magníficos estaban decorados con guirnaldas e inscripciones; el
cortejo se detuvo al son de una música brillante, y las jóvenes de Haarlem
aparecieron para escoltar al tulipán hasta el trono elevado que debía ocupar
sobre el estrado, al lado del sillón de oro de Su Alteza el estatúder.
Y el tulipán orgulloso, alzado sobre su pedestal, dominó
enseguida la asamblea, que batió palmas a hizo resonar los ecos de Haarlem con
un inmenso aplauso.
En este solemne momento y cuando se dejaban oír esos
aplausos, una carroza discurría por la ruta que bordeaba el bosque, rodando
lentamente a causa de los niños empujados fuera de la avenida de los árboles
por las prisas de los hombres y de las mujeres.
Esta carroza, polvorienta, fatigados los caballos, chirriando
sobre sus ejes, encerraba al desgraciado Van Baerle, a quien, por la portezuela
abierta, comenzaba a ofrecérsele el espectáculo que, muy imperfectamente sin
duda, hemos intentado poner bajo los ojos de nuestros lectores.
Esta muchedumbre, ese ruido, ese reflejo de todos los
esplendores humanos y naturales, deslumbraba al prisionero como un rayo que
hubiera entrado en su calabozo.
A pesar del poco interés que había puesto su compañero
en responderle, cuando le había interrogado sobre su propia suerte, se aventuró
a interrogarle una última vez sobre qué significaba aquel bullicio, que en un
principio debía y podía creer le era totalmente extraño.
‑Os lo ruego, ¿qué es todo esto, señor coronel? ‑preguntó
al oficial encargado de escoltarle.
‑Como podéis ver, señor ‑replicó aquél‑, se trata de una
fiesta.
‑¡Ah! ¡Una fiesta! ‑exclamó Cornelius con ese tono
lúgubremente indiferente de un hombre que no disfruta de ninguna alegría en
este mundo desde hace mucho tiempo.
Después, tras un instante de silencio y cuando el coche
había rodado unas pocos metros más, preguntó:
‑¿La fiesta patronal de Haarlem? Porque veo muchas
flores.
‑Es, en efecto, una fiesta en la que las flores representan
el papel principal, señor.
‑¡Oh! ¡Los dulces aromas! ¡Los bellos colores! ‑exclamó
Cornelius.
‑Deteneos, que el señor lo vea ‑ordenó el oficial, con
uno de esos gestos de dulce piedad que son propios sólo de los militares, al
soldado encargado del postillón.
‑¡Oh! Gracias, señor, por vuestra cortesía ‑replicó
melancólicamente Van Baerle‑. Pero esto constituye para mí una alegría más
dolorosa que para los otros: ahorrádmela, os lo ruego.
‑Como queráis; continuemos entonces. He ordenado que nos
detuviéramos, porque pasáis por amador de las flores, sobre todo, de aquellas
por las que se celebra hoy la fiesta.
‑¿Y por qué flores celebran hoy la fiesta, señor?
‑Por los tulipanes.
‑¡Por los tulipanes! ‑repitió Van Baerle‑. ¿Hoy es la
fiesta de los tulipanes?
‑Sí, señor; pero ya que este espectáculo os resulta
desagradable, continuemos.
Y el oficial se dispuso a dar la orden de continuar el
camino.
Pero Cornelius le detuvo, pues una duda dolorosa acababa
de cruzar su mente.
‑Señor ‑preguntó con voz temblorosa‑, ¿será hoy acaso
cuando se otorga el premio?
‑El premio del tulipán negro; sí.
Las mejillas de Cornelius se tiñeron de púrpura, un
temblor corrió por todo su cuerpo y el sudor perló su frente.
Luego, pensando que, ausentes él y su tulipán, la fiesta
abortaría sin duda a falta de un hombre y de una flor que coronar, dijo:
‑Por desgracia, todas estas bravas gentes serán tan
desdichadas como yo, porque no verán esta gran solemnidad a la que son
convidados, o por lo menos, la verán incompleta.
‑¿Qué queréis decir, señor?
‑Quiero decir que nunca ‑contestó Cornelius reclinándose
en el fondo del coche‑, excepto por alguien a quien yo conozco, será hallado
el tulipán negro.
‑Entonces, señor ‑dijo el oficial‑, ese alguien a quien
vos conocéis lo ha hallado; porque eso es lo que todo Haarlem contempla en este
momento, la flor que vos consideráis como inhallable.
‑¡El tulipán negro! ‑exclamó Van Baerle asomando la
mitad de su cuerpo por la portezuela‑. ¿Dónde? ¿Dónde?
‑Allá abajo, sobre el trono, ¿lo veis?
‑¡Lo veo!
‑¡Vamos, señor! ‑dijo el oficial‑. Ahora hay que partir.
‑¡Oh! Por piedad, por favor, señor ‑rogó Van Baerle‑. No
me llevéis. ¡Dejadme mirar todavía! ¡Cómo, eso que veo allá abajo es el tulipán
negro, bien negro...! ¿Es posible? ¡Oh, señor! ¿Lo habéis visto? Debe de tener
manchas, debe de ser imperfecto, tal vez esté teñido de negro solamente: ¡oh!,
si yo estuviera allí sabría decíroslo, señor; dejadme bajar, dejádmelo ver de
cerca, os lo ruego.
‑¿Estáis loco, señor?
‑Os lo suplico.
‑Pero ¿olvidáis que estáis prisionero?
‑Soy un prisionero, es verdad, pero soy un hombre de
honor; y por mi honor, señor, no me escaparé, no intentaré huir. ¡Dejadme
solamente mirar la flor!
‑Pero ¿mis órdenes, señor?
Y el oficial hizo un nuevo movimiento para ordenar al
soldado que reemprendiera el camino.
Cornelius le detuvo una vez más.
‑¡Oh! Sed paciente, sed generoso, toda mi vida descansa
en un gesto de vuestra piedad. ¡Ay! Mi vida, señor, no será probablemente muy
larga ahora. ¡Ah! Vos no sabéis lo que yo sufro; vos no sabéis todo lo que
combate en mi cabeza y en mi corazón; porque en fin ‑continuó Cornelius con
desesperación‑, si fuera mi tulipán, si fuera el que le han robado a Rosa, ¡oh,
señor! Comprendéis bien lo que es haber hallado el tulipán negro, haberlo visto
un instante, haber reconocido que era perfecto, que era a la vez una obra
maestra del arte y de la Naturaleza y perderla, perderla para siempre. ¡Oh! Es
preciso que vaya a verlo. Me mataréis después si queréis, pero lo veré, lo
veré.
‑Callad, desdichado, y no os asoméis, porque aquí esta ya
la escolta de Su Alteza el estatúder que cruza la vuestra, y si el príncipe
observa un escándalo, oye un ruido, ése sería vuestro fin y el mío.
Van Baerle, todavía más asustado por su compañero que
por sí mismo, volvió a echarse en el asiento, pero no pudo mantenerse allí ni
medio minuto, y apenas acababan de pasar los veinte primeros jinetes cuando se
asomó de nuevo a la portezuela, gesticulando y suplicando al estatúder,
precisamente en el momento en que éste pasaba por su lado.
Guillermo, impasible y sencillo, como de costumbre, se
dirigía a la plaza para cumplir con su deber de presidente. Tenía en la mano su
rollo de vitela que, en esta jornada de fiesta, se había convertido en su
bastón de mando.
Viendo a ese hombre que gesticulaba y suplicaba,
reconociendo también quizá al oficial que acompañaba a ese hombre, el príncipe
estatúder dio la orden de detenerse.
En el mismo instante, sus caballos estremeciéndose bajo
sus corvejones de acero, hicieron alto a seis pasos de Van Baerle, encajado en
su carroza.
‑¿Qué es esto? ‑preguntó el príncipe al oficial que, a la
primera orden del estatúder, había saltado del coche y se acercaba
respetuosamente a él.
‑Monseñor ‑contestó‑, es el prisionero de Estado que,
por vuestra orden, a ido a buscar a Loevestein, y que os lo traía a Haarlem,
como Vuestra Alteza deseaba.
‑¿Qué quiere?
‑Pide con insistencia que se le permita detenerse un
instante aquí.
‑Para ver el tulipán negro, monseñor ‑gritó Van Baerle,
juntando las manos‑ y luego, cuando lo haya visto, cuando sepa lo que debo
saber, moriré, si es preciso, pero al morir bendeciré a Vuestra Alteza misericordiosa,
intermediaria entre la divinidad y yo; a Vuestra Alteza que permitirá que mi
obra haya tenido un fin y su glorificación.
Era, en efecto, un curioso espectáculo éste de los dos
hombres, cada uno a la portezuela de su carroza, rodeados de sus guardias; el
uno poderoso, el otro miserable; el uno dispuesto a subir a su trono, el otro
creyéndose a punto de subir al patíbulo.
Guillermo había mirado fríamente a Cornelius y escuchado
su vehemente ruego.
Entonces, dirigiéndose al oficial, dijo:
‑Ese hombre ¿es el prisionero rebelde que ha querido
matar a su carcelero en Loevestein?
Cornelius lanzó un suspiro y bajó la cabeza. Su dulce y
honrado rostro enrojeció y palideció a la vez. Estas palabras del príncipe
omnipotente, omnisciente, esta infalibilidad divina que, por algún mensajero
secreto a invisible al resto de los hombres, conocía ya su crimen, le
aseguraban no solamente la severidad del castigo, sino también una negativa.
No intentó luchar, no intentó defenderse en absoluto:
ofreció al príncipe ese espectáculo lindante a una candorosa desesperación, muy
inteligible y muy emocionante para un corazón tan grande y para un espíritu
tan amplio como el del que lo contemplaba.
‑Permitid al prisionero que baje ‑dijo el estatúder‑ y
que vaya a ver el tulipán negro, bien digno de ser visto, por lo menos, una
vez.
‑¡Oh! ‑exclamó Cornelius a punto de desvanecerse de
alegría y tambaleándose sobre el estribo de la carroza‑. ¡Oh, monseñor!
Y se sofocó; y sin el brazo del oficial que le prestó su
apoyo, hubiera sido de rodillas y con la frente en el polvo como el pobre
Cornelius hubiera dado las gracias a Su Alteza.
Dado este permiso, el príncipe continuó su camino por el
bosque, en medio de las aclamaciones más entusiastas.
Llegó enseguida a su estrado, y el cañón tronó en las
profundidades del horizonte.
Van Baerle, conducido por cuatro guardias que se abrían
camino por entre el gentío, atravesó oblicuamente hacia el tulipán negro, al
que devoraban sus miradas cada vez más próximas.
La vio por fin, la flor única que debía, bajo unas
combinaciones desconocidas de calor, de frío, de sombra y de luz, aparecer un
día para desaparecer para siempre. La vio a seis pasos; saboreó sus
perfecciones y sus gracias; la vio detrás de las jóvenes que formaban una
guardia de honor a esta reina de la nobleza y de la pureza. Y, sin embargo,
cuanto más se aseguraba por sus propios ojos de la perfección de la flor, más
sentía desgarrado su corazón. Buscaba a su alrededor para formular una
pregunta, una sola. Mas por todas partes veía rostros desconocidos; por todas
partes la atención se dirigía hacia el trono en el que acababa de sentarse el
estatúder.
Guillermo, que acaparaba toda la atención, ‑se levantó,
paseó una tranquila mirada sobre la muchedumbre enajenada, y su ojo agudo se
detuvo alternativamente en las tres extremidades de un triángulo formado frente
a él por tres intereses y por tres personajes muy distintos.
En uno de los ángulos, Boxtel, temblando de impaciencia
y devorando con toda su atención al príncipe, a los florines, al tulipán negro
y a la asamblea.
En otro, con Cornelius jadeante, mudo, no teniendo
mirada, vida, corazón, amor, más que para el tulipán negro, su hijo.
Por último, en el tercero, de pie sobre una tarima entre
las vírgenes de Haarlem, una bella frisona vestida de fina lana roja bordada de
plata y cubierta de encajes que caían en oleadas desde su casco de oro.
Rosa, en fin, que se apoyaba desfallecida y con los ojos
anegados, en el brazo de uno de los oficiales de Guillermo.
El príncipe, entonces, viendo a todos sus auditores
dispuestos, desenrolló lentamente la vitela y, con voz tranquila, clara, aunque
débil, pero de la que no se perdía ni una sílaba gracias al silencio religioso
que se abatió de repente sobre los cincuenta mil espectadores, encadenó su
aliento a sus labios:
‑Sabéis ‑dijo‑ con qué fin habéis sido reunidos aquí. Se
ha prometido un premio de cien mil florines a quien hallara el tulipán negro.
¡El tulipán negro! Y esta maravilla de Holanda está aquí expuesta ante vuestros
ojos; el tulipán negro ha sido hallado y con todas las condiciones exigidas por
el programa de la Sociedad Hortícola de Haarlem. La historia de su nacimiento y
el nombre de su autor serán inscritos en el libro de honor de la ciudad. Haced
aproximarse a la persona que es propietaria del tulipán negro.
Y al pronunciar estas palabras, el príncipe, para juzgar
el efecto que las mismas producirían, paseó su clara mirada sobre los tres
ángulos del triángulo.
Vio a Boxtel saltar de su grada.
Vio a Cornelius hacer un movimiento involuntario.
Vio finalmente al oficial encargado de velar por Rosa,
conducirla o más bien empujarla delante de su trono.
Un doble grito partió a la vez de la derecha y de la
izquierda del príncipe.
Boxtel fulminado, Cornelius desatinado, habían gritado:
¡Rosa! ¡Rosa!
‑Este tulipán es realmente vuestro, ¿verdad, muchacha? ‑preguntó
el príncipe.
‑¡Sí, monseñor! ‑balbuceó Rosa, a la que un murmullo
universal venía a saludarla en su tierna belleza.
« ¡Oh! ‑murmuró Cornelius‑. Ella mentía, pues, cuando
decía que le habían robado esta flor. ¡Oh! ¡Por esto era por lo que había
abandonado Loevestein! ¡Olvidado, traicionado por ella, por ella a quien creía
mi mejor amiga!»
«¡Oh! ‑gimió Boxtel por su parte‑. Estoy perdido! »
‑Este tulipán ‑prosiguió el príncipe‑ llevará, pues, el
nombre de su inventor, y será inscrito en el catálogo de las flores con el
título de Tulipa nigra Rosa Barloensis, a
causa del nombre de Van Baerle, que será de ahora en adelante el nombre de
casada de esta joven.
Y al mismo tiempo, Guillermo cogió la mano de Rosa y la
puso en la mano de un hombre que acababa de abalanzarse, pálido, aturdido,
anonadado de alegría, al pie del trono, saludando alternativamente a su príncipe,
a su novia y a Dios que, desde el infinito del azur del cielo, contemplaba
sonriente el espectáculo de dos corazones felices.
Al mismo tiempo, también caía a los pies del presidente
Van Systens, otro hombre, herido por una emoción muy diferente.
Boxtel, aniquilado bajo las ruinas de sus esperanzas,
acababa de perder el sentido. Lo levantaron, reconocieron su pulso y su
corazón; estaba muerto.
Este incidente no turbó gran cosa la fiesta, dado que ni
el presidente ni el príncipe parecieron preocuparse mucho de él.
Cornelius retrocedió espantado: en su ladrón, en su falso
Jacob, acababa de reconocer al verdadero Isaac Boxtel, su vecino, del que en la
pureza de su alma, no había jamás sospechado ni por un solo instante una acción
tan malvada.
Fue por lo demás una gran suerte para Boxtel que Dios le
hubiera enviado tan a punto ese ataque de apoplejía fulminante, ya que ello le
impidió ver por más tiempo cosas tan dolorosas para su orgullo y su avaricia.
Luego, al son de las trompetas, la procesión reemprendió
la marcha sin que nada hubiera cambiado en su ceremonial, sino que Boxtel
estaba muerto y que Cornelius y Rosa caminaban lado a lado y la mano de uno en
la mano de la otra. Cuando llegaron al Ayuntamiento, el príncipe, señalando
con el dedo la bolsa de los cien mil florines de oro a Cornelius, dijo:
‑No se sabe claramente quién ha ganado este dinero, si
vos o Rosa; porque si vos habéis hallado el tulipán negro, ella lo ha criado y
hecho florecer; así pues, no ofrecérselo a ella como dote sería injusto. Por
otra parte, éste es el regalo de la ciudad de Haarlem al tulipán.
Cornelius esperaba para saber dónde quería ir a parar el
príncipe. Éste continuó:
‑Doy a Rosa cien mil florines, que bien se los ha ganado
y que podrá ofrecéroslos a vos; son el precio de su amor, de su coraje y de su
honestidad. En cuanto a vos, señor, gracias una vez más a Rosa, que ha traído
la prueba de vuestra inocencia ‑y diciendo estas palabras, el príncipe tendió a
Cornelius la famosa hoja de la Biblia sobre la que estaba escrita la Carta de
Corneille de Witt, y que había servido para envolver el tercer bulbo‑, en
cuanto a vos, digo, nos hemos dado cuenta de que fuisteis encarcelado por un
crimen que no habíais cometido. Con esto quiero deciros, no solamente que sois
libre, sino, además, que los bienes de un hombre inocente no pueden ser
confiscados. Vuestros bienes os serán, pues, devueltos. Señor Van Baerle, vos
sois el ahijado de Corneille de Witt y amigo de Jean. Permaneced digno del
nombre que os ha confiado el uno en las fuentes del bautismo, y de la amistad
que el otro os había profesado. Conservad la tradición de los méritos de ambos,
porque esos señores De Witt, mal juzgados, mal castigados, en un momento de
error popular, eran dos grandes ciudadanos de los que Holanda se siente hoy
orgullosa.
El príncipe, después de estas palabras que pronunció con
voz emocionada, contra su costumbre, dio sus dos manos a besar a los futuros
esposos, que se arrodillaron a su lado.
Luego, lanzando un suspiro, exclamó:
‑¡Ay! Vosotros sois realmente felices, ya que al soñar
con la verdadera gloria de Holanda y, sobre todo, con su verdadera dicha, no
buscáis conquistarle más que nuevos colores de tulipanes.
Y lanzando una mirada hacia el horizonte, por donde
quedaba Francia, como si hubiera visto nuevas nubes amontonarse por aquel lado,
subió de nuevo a su carroza y partió.
Cornelius, por su parte, salió el mismo día para Dordrecht
con Rosa, quien, por medio de la vieja Zug, a la que se expidió en calidad de
embajador, hizo prevenir a su padre de todo lo que había ocurrido.
Los que, gracias a la exposición que hemos hecho, conocen
el carácter del viejo Gryphus, comprenderán que se reconcilió difícilmente con
su yerno. Conservaba en su corazón los garrotazos recibidos, los había contado
por las magulladuras; mostraban, decía, cuarenta y uno; pero acabó por
rendirse, para no ser menos generoso, decía, que Su Alteza el estatúder.
Convertido en guardián de tulipanes, después de haber
sido carcelero de hombres, fue el más celoso carcelero de flores que se
hubiera encontrado nunca en Flandes. Así, había que verlo, vigilando las
mariposas peligrosas, matando los ratones campestres y espantando las abejas
demasiado hambrientas.
Cuando supo la historia de Boxtel y furioso por haber
sido engañado por el falso Jacob, se dedicó a demoler el observatorio elevado
anteriormente por el envidioso detrás del sicomoro; porque el recinto de Boxtel
vendido en subasta, se incluyó en las platabandas de Cornelius, que aumentó su
hacienda de modo que pudiera defenderse de todos los telescopios de Dordrecht.
Rosa, cada vez más bella, fue aprendiendo cada vez más y
al cabo de dos años de matrimonio, sabía leer y escribir tan bien, que pudo
encargarse sola de la educación de dos hermosos niños, que le habían nacido en
los meses de mayo de 1674 y 1675, como los tulipanes, y que le dieron mucho
menos trabajo que la famosa flor a la que debía el haberlos tenido. Y no hay
que decir que uno era un muchacho y el otro una chica, y que el primero
recibió el nombre de Cornelius, y la segunda, el de Rosa.
Van Baerle permaneció fiel a Rosa como a sus tulipanes;
toda su vida se ocupó de la felicidad de su mujer y del cultivo de las flores,
cultivo gracias al cual halló un gran número de variedades que están inscritas
en el catálogo holandés. Los dos principales ornamentos de su salón estaban
enmarcados en marcos de oro, y eran las dos hojas de la Biblia de Corneille de
Witt; sobre una, como se recuerda, su padrino le había escrito que quemara la
correspondencia del marqués de Louvois.
Sobre la otra, había legado a Rosa el bulbo del tulipán
negro, a condición de que con su dote de cien mil florines se casara con un
guapo muchacho de veintiséis a veintiocho años, al que amara y que la quisiera.
Condición que había sido escrupulosamente cumplida,
aunque Cornelius no hubiera muerto y justamente porque no había muerto.
Finalmente, para combatir a los envidiosos del porvenir,
a los que la Providencia tal vez no hubiera tenido el placer de desembarazarse
de ellos como lo había hecho con Mynheer Isaac
Boxtel, escribió encima de su puerta esta frase que De Grotius había grabado el
día de su huida, en el muro de su prisión:
Se ha sufrido
muchas veces lo bastante para tener el derecho de no decir jamás: soy demasiado
feliz.
FIN


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