© Libro No. 479. Génesis Y
Estructura De La Fenomenología. Derrida, Jacques. Colección E.O. Septiembre 7 de 2013.
Título original: © Génesis Y Estructura De La Fenomenología. Jacques Derrida.
Traducción
de Patricio Peñalver en La escritura y la diferencia, Antrophos, febrero de
1989.
Versión Original: © Génesis Y Estructura De La Fenomenología. Jacques Derrida
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Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Jacques Derrida
(15/07/1930 - 08/10/2004)
Jacques Derrida
Filósofo francés
Nació el 15 de julio de 1930 en El Biar
(Argelia).
En 1952 ingresa para estudiar filosofía en la Escuela Normal Superior en
París, donde más tarde impartió clases desde 1965 a 1984. Entre 1960 y 1964,
enseñó en la Sorbona de París.
Su primera obra, Introducción a El origen de la
geometría de Edmund Husserl (1962) es un prólogo a la traducción de algunos
documentos de 1936 de Edmund Husserl, donde examinó los principios de las tesis
fenomenológicas de Husserl. En 1967 edita tres libros -La Voix et le phénomène
(La voz y el fenómeno, 1973), De la Grammatologie (De la gramatología, 1977), y
L'Éscriture et la différence (La escritura y la diferencia, 1978)- que
introdujeron el enfoque desconstructivo en la lectura de textos. Otras obras suyas
son Glas (1974) y La carta postal (1980).
Desde principios de la década de 1970, divide su
tiempo entre París y los Estados Unidos, donde imparte clases en universidades
como la John Hopkins, Yale y la Universidad de California en Irvine.
El estilo de lectura desconstructivo de Derrida
cuestiona la idea de que un texto tiene un único significado inalterable. La
persistencia del logocentrismo en la filosofía occidental, la importancia del
discurso sobre la escritura y el énfasis puesto sobre el significado en
oposición al significante están en el núcleo de su obra. La desconstrucción
muestra los numerosos estratos semánticos que operan en el lenguaje. Al
desconstruir la obra de eruditos anteriores, Derrida trata de demostrar que el
lenguaje está cambiando de una forma constante.
Fue precursor de una gran reflexión crítica sobre
la institución de la filosofía y sobre la enseñanza de esta materia, lo que le
llevó a crear en 1983 el Colegio Internacional de Filosofía, que presidió hasta
1985. Políticamente comprometido, se significó, entre otras cosas, por su apoyo
a los intelectuales checos, por su actividad en contra del 'apartheid'
sudafricano o por su preocupación por la situación del pueblo palestino. Estuvo
casado con la psicoanalista Sylviane Agacinski, esposa del ex primer ministro
francés, el socialista Lionel Jospin, con la que tuvo un hijo.
Jacques Derrida falleció en París el 8 de octubre
de 2004 a causa de un cáncer de páncreas.
Obras selecionadas
De la gramatología (1967)
La escritura y la diferencia (1967)
La voz y el fenómeno (1967)
La diseminación (1972)
La tarjeta postal: De Freud a Lacan y más allá
(1986)
Del espíritu. Heidegger y la pregunta (1987)
Espectros de Marx (1993)
Políticas de la amistad (1994)
Mal de archivo (1995)
El Monolingüismo del otro o la prótesis de origen
(1996)
Adiós a Emmanuel Lévinas (1997)
Estados de Ánimo del Psicoanálisis (2000)
La Universidad sin condición (2001)
Fichus. Discurso de Frankfurt (2002)
Béliers, Le dialogue ininterrompu: entre deux
infinis, le poème (2003)
*buscabiografias.com
Génesis
Y
Estructura De La Fenomenología
Jacques Derrida
Traducción de Patricio
Peñalver en La escritura y la diferencia,
Antrophos, febrero de 1989.
Tengo que
empezar con una precaución y con una confesión.
Cuando, para acercarse a una filosofía, se está armado ya no solamente con
un par de conceptos -aquí, «estructura y génesis»- que una larga tradición
problemática ha establecido frecuentemente o ha sobrecargado de reminiscencias,
sino también con una rejilla especulativa donde aparece ya la figura clásica de
un antagonismo, el debate operatorio que se dispone uno a instituir dentro o a
partir de esa filosofía corre el riesgo de parecer menos una escucha atenta que
un someter a cuestión, es decir, una inquisición abusiva que introduce
previamente aquello que pretende encontrar y hace violencia a la fisiología
propia de un pensamiento. Sin duda, el tratamiento de una filosofía
introduciendo en ella el cuerpo extraño de un debate puede ser eficaz, puede
dar o liberar el sentido de un trabajo latente, pero empieza con una agresión y
una infidelidad. No deberá olvidarse.
En este
caso preciso, es todavía más verdadero que de costumbre. Husserl ha hecho notar
siempre su aversión por el debate, el dilema, la aporía, es decir, por la
reflexión en la forma alternativa, en la que el filósofo, al término de una
deliberación, quiere concluir, es decir, cerrar la cuestión, clausurar la
espera o la mirada en una opción, una decisión, una solución; lo cual
procedería de una actitud especulativa o «dialéctica», al menos en el sentido
que Husserl ha querido prestar siempre a esta palabra. Culpables de esa actitud
son no solamente los metafísicos sino también, a menudo sin que lo sepan, los
que se ocupan de las ciencias empíricas: unos y otros serían congénitamente
culpables de un cierto pecado de explicativismo. El fenomenólogo, por el
contrario, es el «verdadero positivista» que vuelve a las cosas mismas y
desaparece ante la originalidad y la originariedad de las significaciones. El
proceso de una comprensión o de una descripción fieles, la continuidad de la
explicitación disipan el fantasma de la elección. Se podría decir, pues,
previamente a todo juicio que, por su rechazo del sistema y de la clausura
especulativa, Husserl está ya más atento, en su estilo de pensamiento, a la
historicidad del sentido, a la posibilidad de su devenir, es más respetuoso de
aquello que se mantiene abierto en la estructura. E incluso cuando se llega a
pensar que la abertura de la estructura es «estructural» es decir, esencial, se
ha pasado ya a un orden heterogéneo del primero: la diferencia
entre la estructura menor -necesariamente cerrada- y la estructuralidad de
una abertura, este es quizás el lugar insituable donde se enraíza la filosofía.
Particularmente cuando expresa y describe estructuras. Así, la presunción de un
conflicto entre aproximación genética y aproximación estructural parece, de
entrada, que se sobreimpone a la especificidad de lo que se ofrece a una mirada
virgen. Y si se le hubiese expuesto a Husserl ex abrupto la
cuestión «estructura o génesis», apuesto que se habría extrañado mucho de verse
convocado a un debate como ese; habría contestado que eso dependería de sobre
qué se quisiese hablar. Hay datos que deben describirse en términos de
estructura, y otros en términos de génesis. Hay capas de significación que
aparecen como sistemas, como complejos, configuraciones estáticas, dentro de
las cuales, por otra parte, son posibles el movimiento y la génesis, los cuales
tendrán que obedecer a la legalidad propia y a la significación funcional de la
estructura considerada. Otras capas, bien más profundas, bien más
superficiales, se dan en el modo esencial de la creación y el movimiento, del
origen inaugural, del devenir o de la tradición, lo que requiere que a
propósito de esas capas se hable el lenguaje de la génesis, suponiendo que haya
uno, o que no haya más que uno.
La imagen
de esta fidelidad al tema de la descripción la encontramos en la fidelidad,
aparente al menos, de Husserl a sí mismo a todo lo largo de su itinerario. Para
mostrarlo, tomaré dos ejemplos.
1. El paso
desde las investigaciones genéticas, en el único libro del que Husserl ha
renegado su método o ciertos presupuestos psicológicos (me refiero a Philosophie
der Arithmetik) a las Investigaciones lógicas
en particular, donde se trataba sobre todo de describir la objetividad de
las objetividades ideales en una cierta fijeza intemporal y en su autonomía con
respecto a un cierto devenir subjetivo; este paso tiene la continuidad de la
explicitación, de eso está Husserl tan seguro que escribe cerca de cuarenta
años después:
«En mi Philosophie
der Arithmetik (1891) ya logré fijar la atención en lo
formal y obtuve una primera comprensión de su sentido. Por más inmadura que
fuera esa obra primeriza, representaba empero un primer intento de lograr
claridad sobre el sentido propio y original de los conceptos fundamentales de
la teoría de los conjuntos y de la teoría de los números, volviendo a las
actividades espontáneas de colegir y numerar, en las que están dadas, como sus
productos originales, las colecciones (“conjuntos”) y los números. Para
expresarlo en mi forma de hablar ulterior: era una investigación
fenomenológico-constitutiva... », etc.
Se
objetará que aquí la fidelidad se explica fácilmente puesto que se trata de
recuperar en la dimensión de la «génesis trascendental» una intención que se
había ligado en primera instancia, más «ingenuamente» pero con una segura
inquietud, a una génesis psicológica.
2. Pero no
se puede decir eso a propósito del paso –esta vez dentro de la fenomenología-
desde los análisis estructurales de constitución estática practicados en Ideen
I (1913) a los análisis de constitución genética que
siguieron y que a veces son muy novedosos en su contenido. Y sin embargo este
paso sigue siendo un simple progreso que no implica ninguna «superación», como
suele decirse, menos todavía una opción, y desde luego no un arrepentimiento.
Es la profundización de un trabajo que deja intacto lo que ha sido descubierto,
un trabajo de excavación en el que poner a la luz del día las fundaciones
genéticas y la productividad originaria no solamente no sacude ni arruina
ninguna de las estructuras superficiales ya expuestas, sino que todavía hace
aparecer de nuevo formas eidéticas, «apriori estructurales» -es la
expresión de Husserl- de la génesis misma.
Así, en el
espíritu de Husserl al menos, no habría habido jamás el problema
«estructura-génesis», sino solamente privilegio de uno u otro de estos dos
conceptos operatorios, según el espacio de descripción, el quid
o el quomodo de los datos. En esta fenomenología,
donde, a primera vista, y si se deja uno inspirar por esquemas tradicionales,
parecen numerosos los motivos de conflictos o de tensiones (es una filosofía de
las esencias consideradas siempre en su objetividad, su intangibilidad, su
aprioridad; pero, en el mismo gesto, es una filosofía de la experiencia, del
devenir, del flujo temporal de la vivencia, que es la última referencia; es
también una filosofía en la que la noción de «experiencia trascendental»
designa el campo mismo de la reflexión, en un proyecto que, a los ojos de Kant,
por ejemplo, habría dependido de la teratología), no habría, pues, ningún
desacuerdo, y el dominio del fenomenólogo en su trabajo habría asegurado a
Husserl una serenidad perfecta en el uso de dos conceptos operatorios siempre
complementarios. Así pues, la fenomenología, en la claridad de su intención,
quedaría ofuscada por nuestra cuestión previa.
Una vez
tomadas estas precauciones en cuanto al designio de Husserl, tengo ahora que
confesar el mío. Quisiera, en efecto, intentar mostrar:
1.° que,
por debajo del uso sereno de estos conceptos, se sostiene un debate que regula
y ritma la marcha de la descripción, que le presta su «animación» y cuyo
«inacabamiento», al dejar en desequilibrio cada gran etapa de la fenomenología,
hace indefinidamente necesarias una reducción y una explicitación nuevas;
2.° que
este debate, al poner en peligro en cada instante los principios mismos del
método, parece -y digo «parece», pues se trata aquí de una hipótesis que,
aunque no se confirme, podría al menos permitir que comparecieran los rasgos
originales de la tentativa husserliana- parece, pues, obligar a Husserl a
transgredir el espacio puramente descriptivo y la pretensión trascendental de
su investigación, hacia una metafísica de la historia, en la que la estructura
sólida de un Telos le permitiría reapropiarse,
esencializándola y prescribiéndole de alguna manera su horizonte, de una
génesis salvaje que se iba haciendo cada vez más invasora, y que parecía
acomodarse cada vez menos al apriorismo fenomenológico y al idealismo
trascendental.
Seguiré
alternativamente el hilo de un debate interno al pensamiento de Husserl, y el
de un combate que Husserl, en dos ocasiones, ha tenido que sostener en los
flancos de su campo de investigaciones, quiero hablar de dos polémicas en las
que Husserl se ha opuesto a esas filosofías de la estructura que son el diltheyanismo
y el gestaltismo.
Así pues,
Husserl intenta sin cesar conciliar la exigencia estructuralista
que conduce a la descripción comprensiva de una totalidad, de una forma o
de una función organizada según una legalidad interna, y en la que los
elementos no tienen sentido sino en la solidaridad de su correlación o de su
oposición, con la existencia genetista, es decir, el
requerimiento del origen y del fundamento de la estructura. Sin embargo, podría
mostrarse que el proyecto fenomenológico como tal ha surgido de un primer
fracaso de esa tentativa.
En Philosophie
der Arithmetik, la objetividad de una estructura, la de los
números y las series aritméticas -y, correlativamente, la de la actitud
aritmética- se pone en relación con la génesis concreta que debe hacerla
posible. En cuanto a la inteligibilidad y la normatividad de esta estructura
universal, Husserl rehúsa ya y rehusará siempre aceptarlas como el maná caído
de un «lugar celeste», o como una verdad eterna creada por una razón infinita.
Esforzarse en dirección al origen subjetivo de los objetos y los valores
matemáticos es aquí volver a descender hacia la percepción, hacia los conjuntos
perceptivos, hacia las pluralidades y las totalidades que se ofrecen en
aquéllos dentro de una organización pre-matemática. Por su estilo, esta vuelta
a la percepción y a los actos de coligación o de numeración cede a la
tentación, entonces frecuente, que se llama, con un nombre muy vago, el
«psicologismo». Pero en más de un tema, marca sus distancias y jamás llega
hasta el punto de dar la constitución genética de hecho por
una validación epistemológica, cosa que tenían tendencia a
hacer Lipps, Wundt y algunos otros (es cierto que, si se los leyera atentamente
y por sí mismos, se revelarían más prudentes y menos simplistas de lo que se
estaría tentado a pensar de acuerdo con las críticas de Husserl).
La
originalidad de Husserl se reconoce en que: a) distingue
el número de un concepto, es decir, de un constructum, de
un artefactum psicológico; b) subraya la irreductibilidad
de la síntesis matemática o lógica al orden -en los dos
sentidos de esta palabra- de la temporalidad psicológica; c)
apoya todo su análisis psicológico en la posibilidad ya dada de
un etwas überhaupt objetivo, que Frege criticará bajo la
apelación de un espectro exangüe, pero que designa ya la
dimensión intencional de la objetividad, la relación trascendental con el
objeto, que ninguna génesis psicológica podrá instaurar, sino sólo presuponer
en su posibilidad. Por consiguiente, el respeto del sentido aritmético,
de su idealidad y de su normatividad, prohíbe
ya a Husserl toda deducción psicológica del número en el momento mismo en que
su método declarado y las tendencias de la época tendrían que haberlo empujado
a eso. Queda que la intencionalidad presupuesta por el movimiento de la génesis
es pensada todavía por Husserl como un rasgo, una estructura
psicológica de la consciencia, como el carácter y el estado de
una factualidad. Ahora bien, el sentido del número puede prescindir muy bien de
la intencionalidad de una consciencia de hecho. Este sentido, es decir, la
objetividad ideal y la normatividad, es precisamente esa independencia con
respecto a toda consciencia de hecho; y Husserl se verá obligado pronto a
reconocer la legitimidad de las críticas de Frege; la esencia del número
depende de la psicología lo mismo que de la existencia del mar del Norte. Por
otra parte, ni la unidad ni el cero pueden engendrarse a partir de una
multiplicidad de actos positivos, de hechos o de sucesos psíquicos. Lo que es
cierto de la unidad aritmética lo es también de la unidad de todo objeto en
general.
Si es
verdad que ante todas estas dificultades para dar cuenta de una estructura de
sentido ideal a partir de una génesis fáctica, Husserl renuncia a la vía
psicologista no por eso se rehúsa menos a la conclusión logicista a la que lo
querían llevar sus críticos. Ya fuese entonces de estilo platónico o kantiano,
este logicismo se fijaba sobre todo en la autonomía de la idealidad lógica con
respecto a toda consciencia en general o a toda consciencia concreta y no
formal. Husserl, por su parte, quiere mantener a la vez la
autonomía normativa de la idealidad lógica o matemática con respecto a toda
consciencia fáctica y su dependencia originaria con respecto a una subjetividad
en general; en general pero concreta.
Tenía que pasar entre los dos escollos del estructuralismo logicista y del
genetismo psicologista (incluso bajo la forma sutil y perniciosa del
«psicologismo trascendental» atribuido a Kant). Tenía que abrir una nueva
dirección de la atención filosófica, y dejar que se descubriera una
intencionalidad concreta, pero no empírica, una «experiencia trascendental» que
fuese «constituyente», es decir, como toda intencionalidad, a la vez
productora y reveladora, activa y pasiva. La unidad originaria, la raíz
común de la actividad y de la pasividad: esa es, desde muy pronto para Husserl,
la posibilidad misma del sentido. Se experimentará sin cesar que esta raíz
común es también la de la estructura y de la génesis, y que está presupuesta
dogmáticamente por todas las problemáticas y todas las disociaciones sobrevenidas
a propósito de ellas. Es el acceso a esta radicalidad común lo que Husserl
intentará procurar mediante las diversas «reducciones» que se presentan primero
como neutralizaciones de la génesis psicológica e incluso de toda génesis
fáctica en general. La primera fase de la fenomenología es, en su estilo y en
sus objetos, más estructuralista porque pretende, primero y sobre todo,
defenderse del psicologismo y del historicismo. Pero no es la descripción
genética en general lo que se pone fuera de juego,
es sólo aquella que toma sus esquemas del causalismo y del naturalismo, aquella
que se apoya en una ciencia de «hechos», y así, en un empirismo; y así,
concluye Husserl, en un relativismo incapaz de asegurar su propia verdad; y
así, en un escepticismo. El paso a la actitud fenomenológica se hace necesario,
pues por la impotencia o la fragilidad filosófica del genetismo cuando éste,
por un positivismo que no se comprende a sí mismo, cree poder encerrarse en una
«ciencia de hechos» (Tatsachenwissenschaft), sea ciencia
natural o ciencia del espíritu. Es el dominio de estas ciencias lo que recubre
la expresión «génesis mundana».
En tanto
el espacio fenomenológico no esté descubierto, en tanto que no se haya
emprendido la descripción trascendental, el problema «estructura-génesis»
parece no tener ningún sentido. Ni la idea de estructura que aísla las
diferentes esferas de significación objetiva, cuya originalidad estática
respeta, ni la idea de génesis que efectúa pasos abusivos de una región a otra,
parecen apropiadas para aclarar el problema del fundamento de la
objetividad, que es ya el de Husserl.
Podría
parecer que esto no es grave; ¿no cabe imaginar, en efecto, una fecundidad
metodológica de estas dos nociones en los diversos dominios de las ciencias
naturales y humanas, en la medida en que éstas, en su movimiento y en su
momento propios, en su trabajo efectivo, no tienen que responder del sentido y
del valor de su objetividad? De ninguna manera. La más ingenua puesta en
práctica de la noción de génesis, y sobre todo de la noción de estructura,
supone al menos una delimitación rigurosa de las regiones naturales y de los
dominios de la objetividad. Ahora bien, esta delimitación previa, esta
dilucidación del sentido de cada estructura regional depende necesariamente de
una crítica fenomenológica. Ésta es siempre primera de derecho
puesto que sólo ella puede responder, antes de toda inquisición empírica, y
para que tal inquisición sea posible, a cuestiones de este tipo: ¿qué es la
cosa física? ¿Qué es la cosa psicológica? ¿Qué es la cosa histórica?, etc.
-cuestiones cuya respuesta estaba más o menos dogmáticamente implicada en las
técnicas estructurales o genéticas.
No
olvidemos que si Philosophie der Arithmetik es
contemporánea de las tentativas psicogenéticas más ambiciosas, más sistemáticas
y más optimistas, las primeras obras fenomenológicas de Husserl se desarrollan
aproximadamente al mismo tiempo que los primeros proyectos estructuralistas, al
menos aquellos que declaran la estructura como tema, pues no costaría ningún
trabajo mostrar que un cierto estructuralismo ha sido siempre el gesto más
espontáneo de la filosofía. Pero a estas primeras filosofías de la estructura,
el diltheyanismo y el gestaltismo, presenta Husserl objeciones idénticas, en su
principio, a las que había dirigido contra el genetismo.
El
estructuralismo de la Weltanschauungsphilosophie es, a los
ojos de Husserl, un historicismo. Y a pesar de las vehementes protestas de
Dilthey, Husserl seguirá pensando que, como todo historicismo, y a pesar de su
originalidad, aquél no evita ni el relativismo, ni el escepticismo. Pues resume
la norma en una facticidad histórica, acaba confundiendo, por emplear el
lenguaje de Leibniz y el de las Investigaciones lógicas (I,
146‑148), las verdades de hecho y las
verdades de razón. Se falta, y en su sentido, a
la verdad pura o a la pretensión a la verdad pura, desde el momento en que se
intenta, como hace Dilthey, dar cuenta de ella dentro de una totalidad
histórica determinada, es decir, de una totalidad de hecho, de una totalidad
finita, todas cuyas manifestaciones y producciones culturales son
estructuralmente solidarias, coherentes, y están reguladas por la misma
función, y por la misma unidad finita de una subjetividad total. Este sentido
de la verdad o de la pretensión a la verdad es la exigencia de una omni-temporalidad
y de una universalidad absolutas, infinitas, sin límites de ningún tipo. La
Idea de la verdad, es decir, la Idea de la filosofía o de la ciencia, es una
Idea infinita, una Idea en sentido kantiano. Cualquier totalidad, cualquier
estructura finita es inadecuada a ella. Ahora bien, la Idea o el proyecto que
animan y unifican toda estructura histórica determinada, toda
Weltanschauung, son finitos: a partir
de la descripción estructural de una visión del mundo, se
puede, pues, dar cuenta de todo, salvo de la abertura infinita a la verdad, es
decir, de la filosofía. Es, por otra parte, siempre algo así como una abertura
lo que hará fracasar el designio estructuralista. Lo que no puedo
comprender jamás, en una estructura, es aquello por lo que ésta no está
cerrada.
Si Husserl
se ha encarnizado contra el diltheyanismo, es porque se trata ahí de una
tentativa seductora, de una aberración tentadora. Dilthey, en
efecto, tiene el mérito de levantarse contra la naturalización positivista de
la vida del espíritu. El acto de «comprender», que aquél opone a la explicación
y a la objetivación debe ser la vía primera y la vía mayor de las ciencias del
espíritu. Husserl rinde homenaje, pues, a Dilthey, y se muestra muy acogedor:
1.º a la idea de un principio de «comprensión» o de re-comprensión, de
«re-vivir» (Nachleben), nociones que tenemos que poner en
conexión a la vez con la de la Einfühlung, tomada de Lipps y
transformada por Husserl, y con la de Reaktivierung, que es el
revivir activo de la intención pasada de otro espíritu y el despertar de una
producción de sentido; se trata con eso de la posibilidad misma de una ciencia
del espíritu; 2.° a la idea de que existen estructuras totalitarias dotadas de
una unidad de sentido interno, especies de organismos espirituales, mundos culturales
todas cuyas funciones y manifestaciones son solidarias, y a las que
corresponden correlativamente unas Weltanschauungen; 3.° a la
distinción entre las estructuras físicas, en las que el principio de la
relación es la causalidad externa, y las estructuras del espíritu, en las que
el principio de relación es lo que Husserl llamará la «motivación».
Pero esta
renovación no es fundamental, y no hace sino agravar la amenaza historicista.
La historia no deja de ser ciencia empírica de los «hechos» porque haya
reformado sus métodos y sus técnicas, y porque haya sustituido un causalismo,
un atomismo, un naturalismo, por un estructuralismo comprensivo, y se haya
vuelto más atenta a las totalidades culturales. Su pretensión de fundar la
normatividad en una facticidad mejor comprendida no se vuelve más legítima, lo
único que hace es acrecentar sus poderes de seducción filosófica. Bajo la
categoría equívoca de lo histórico se alberga la confusión del valor y de la
existencia; de manera aún más general, la de todos los tipos de realidades y de
todos los tipos de idealidades. Así, hay que reconducir, reducir la teoría de
la Weltanschauung a los límites estrictos de su propio dominio;
sus contornos se dibujan mediante una cierta diferencia entre la
sabiduría y el saber; y mediante una prevención, una precipitación ética. Esta diferancia
irreductible depende de una interminable diferancia del fundamento teórico. Las
urgencias de la vida exigen que se organice en el ámbito de la existencia
histórica una respuesta práctica y que vaya por delante de una ciencia absoluta
a cuyas conclusiones no puede esperar aquélla. El sistema de esta anticipación,
la estructura de esta respuesta arrancada, es lo que llama Husserl Weltanschauung.
Se podría decir, con algunas precauciones, que le reconoce la situación y el
sentido de una «moral provisional», sea personal o comunitaria.
Hasta este
momento nos hemos interesado en el problema «estructura-génesis» que se le ha
impuesto a Husserl primeramente fuera de las fronteras de la fenomenología. Es
la radicalización de los presupuestos de la psicología y de la historia lo que
ha hecho necesario el paso a la actitud fenomenológica. Intentemos ahora
sorprender el mismo problema en el campo de la fenomenología, teniendo en
cuenta las premisas metodológicas de Husserl, y especialmente la «reducción» en
sus formas eidética y trascendental. A decir verdad, no puede tratarse, lo
veremos, del mismo problema; sólo de un problema análogo, Husserl
diría «paralelo», y el sentido de esta noción que vamos a rozar inmediatamente
no plantea los problemas menos difíciles.
Si la
primera fase de la descripción fenomenológica y de los «análisis constitutivos»
(fase de la que Ideen I es la huella más elaborada) es, en su
propósito, resueltamente estática y estructural, eso, parece, obedece al menos
a dos razones. A) En reacción contra el genetismo historicista o psicologista
con el que sigue rompiendo sus lanzas, Husserl excluye sistemáticamente toda
preocupación genética. La actitud contra la que se levanta de esa manera ha
contaminado quizás y determinado indirectamente la suya: todo sucede como si
considerase entonces toda génesis como asociativa, causal,
fáctica y mundana. B) Interesado ante todo en ontología formal y objetividad en
general, Husserl se atiene sobre todo a la articulación entre el objeto en
general (cualquiera que sea la región a la que pertenece) y la consciencia en
general (Ur-Region), define las formas de la evidencia en
general, y pretende alcanzar así la última jurisdicción crítica y
fenomenológica a la que se someterá más tarde la descripción genética más
ambiciosa.
Así pues,
si bien distingue entre estructura empírica y estructura eidética por una
parte, entre estructura empírica y estructura eidético-trascendental por otra
parte, en esta época Husserl no ha realizado todavía el mismo gesto en lo que
concierne a la génesis.
Dentro de
la trascendentalidad pura de la consciencia, durante esta fase de descripción,
nuestro problema tomaría al menos -puesto que hay que elegir- dos formas. Y en
los dos casos se trata de un problema de clausura y de abertura.
1. A
diferencia de las esencias matemáticas, las esencias de la consciencia pura no
son, no pueden por principio ser exactas. Es sabida la
diferencia que reconoce Husserl entre exactitud y rigor.
Una ciencia eidética descriptiva, como la fenomenología, puede ser rigurosa
pero es necesariamente inexacta -yo diría más bien «anexacta»- y no hay que ver
en eso ninguna imperfección. La exactitud es siempre el producto derivado de
una operación de «idealización» y de «paso al límite» que sólo puede concernir
a un momento abstracto, a un componente eidético abstracto (la
espacialidad, por ejemplo) de una cosa materialmente determinada como cuerpo
objetivo, haciendo abstracción, precisamente, de los demás componentes
eidéticos de un cuerpo en general. Por eso la geometría es una ciencia
«material» y «abstracta». De ahí se sigue que una «geometría de lo vivido», una
«matemática de los fenómenos» es imposible: es un «proyecto falaz». En
particular, esto significa, para lo que aquí nos interesa, que las esencias de
la consciencia y así las esencias de los «fenómenos» en general no pueden
pertenecer a una «multiplicidad» de tipo matemático. Ahora bien, ¿qué es lo que
caracteriza una multiplicidad de ese tipo a los ojos de Husserl, y en esta
época? En una palabra, la posibilidad de la clausura. No
podemos entrar aquí en las dificultades intra-matemáticas que no ha dejado
de suscitar esta concepción husserliana de la «definitud» matemática, sobre
todo al ser confrontada con ciertos desarrollos ulteriores de la axiomática y con
los descubrimientos de Gödel. Lo que Husserl quiere subrayar mediante esta
comparación entre ciencia exacta y ciencia morfológica, lo que tenemos que
retener aquí, es la imposibilidad por principio, la imposibilidad esencial,
estructural, de cerrar una fenomenología estructural. Es la abertura infinita
de su vivencia, significada en diversos momentos del análisis husserliano por
medio de la referencia a una Idea en el sentido kantiano irrupción
de lo infinito ante la consciencia, que permite unificar el flujo temporal de
ésta, de la misma manera que ella unifica el objeto y el mundo, por
anticipación y a pesar de un inacabamiento irreductible. Es la extraña presencia
de esta Idea lo que permite además todo paso al límite y la producción de
toda exactitud.
2. La
intencionalidad trascendental se describe en Ideen I como
una estructura originaria, una archi-estructura (Ur-Struktur) con
cuatro polos y dos correlaciones; la correlación o estructura noético-noemática
y la correlación o estructura morfo-hylética. El que esta estructura compleja
sea la de la intencionalidad, es decir, la del origen del sentido, de la
abertura a la luz de la fenomenalidad, que la oclusión de esta estructura sea
el sin-sentido mismo, esto es algo que se advierte al menos en dos signos: A)
La nóesis y el nóema, momentos intencionales de la estructura, se distinguen en
que el nóema no pertenece realmente a la consciencia. Hay en
la consciencia en general una instancia que no le
pertenece realmente. Es el tema difícil pero decisivo de
la inclusión no-real (reell) del nóema. Éste, que es la
objetividad del objeto, el sentido y el «como tal» de la cosa para la
consciencia no es ni la propia cosa determinada, en su existencia salvaje, y
cuyo nóema es precisamente su aparecer, ni un momento propiamente subjetivo,
«realmente» subjetivo, puesto que se da indudablemente como objeto para la
consciencia. No es ni del mundo ni de la consciencia, sino el mundo o algo del
mundo para la consciencia. Sin duda sólo puede ser
descubierto, de derecho, a partir de la consciencia intencional, pero no toma
de ésta lo que se podría llamar metafóricamente, evitando hacer real a la
consciencia, su «tejido». Esta no-pertenencia real a una región sea ésta cual
sea, ni aunque fuese a la archi-región, esta anarquía del
nóema es la raíz y la posibilidad misma de la objetividad y del sentido. Esta
irregionalidad del nóema, abertura al «como tal» del ser y a la determinación
de la totalidad de las regiones en general, no puede describirse, stricto
sensu y simplemente, a partir de una estructura regional
determinada. De ahí que la reducción trascendental (en la medida en que tiene
que mantenerse como reducción eidética para saber de qué se va a seguir
hablando y para evitar el idealismo empírico o el idealismo absoluto) pudiera
parecer disimuladora, puesto que sigue dando acceso a una región determinada,
cualquiera que sea su privilegio fundador. Se podría pensar que, una vez
claramente reconocida la no-realidad del nóema, hubiese sido consecuente la
reconversión de todo el método fenomenológico, y el abandono, junto con la
Reducción, del idealismo trascendental en su conjunto. Pero ¿no era eso
condenarse entonces al silencio -cosa siempre posible por otra parte- y
renunciar en todo caso a un rigor que sólo la limitación eidético-trascendental
y un cierto «regionalismo» pueden asegurar? En todo caso, la trascendentalidad
de la abertura es a la vez el origen y el fracaso, la condición de posibilidad
y una cierta imposibilidad de toda estructura y de todo estructuralismo sistemático.
B) Mientras que el nóema es un componente intencional y no-real, la hylé es un
componente real pero no-intencional de la vivencia. Es la materia sensible
(vivida y no real) del afecto antes de toda animación mediante la forma
intencional. Es el polo de pasividad pura, de esta no-intencionalidad sin la
que la consciencia no recibiría nada que fuese otro que
ella, ni podría ejercer su actividad intencional. Esta receptividad es también
una abertura esencial. Si Husserl, en el nivel en que se mantiene Ideen I,
renuncia a describir y a interrogar la hylé por sí misma y en su genialidad
pura, si renuncia a examinar las posibilidades llamadas materias sin
forma y formas sin materia, si se atiene a
la correlación hylemórfica constituida, es porque sus análisis se mueven
todavía (y ¿no lo seguirán haciendo siempre de una cierta manera?) dentro de
una temporalidad constituida. Pero, en su mayor profundidad y en su pura
especificidad, la hylé es primeramente materia temporal. Es la posibilidad de
la génesis misma. Así aparecería, en estos dos polos de abertura, y dentro
mismo de la estructura trascendental de toda consciencia, la necesidad de pasar
a una constitución genética y a esa nueva «estética trascendental» que
continuamente será anunciada, pero siempre diferida y en la que los temas del
Otro y del Tiempo tendrían que dejar aparecer su complicidad irreductible. Es
que la constitución del otro y del tiempo remiten a la fenomenología a una zona
en la que su «principio de los principios» (para nosotros su principio metafísico;
la evidencia originaria y la presencia
de la cosa misma en persona) viene a ser puesto radicalmente en cuestión.
Se ve, en todo caso, que la necesidad de este paso de lo estructural a lo
genético es cualquier cosa antes que la necesidad de una ruptura o de una
conversión.
Antes de
seguir este movimiento interno de la fenomenología y el paso a los análisis
genéticos, detengámonos un instante en un segundo problema de frontera.
Todos los
esquemas problemáticos que acabamos de señalar pertenecen a la esfera
trascendental. Pero una descripción de ese tipo, y tales esquemas
problemáticos, ¿no podría asumirlos por sí sola una psicología renovada bajo la
doble influencia de la fenomenología y la Gestaltpsychologie,
y que tomara sus distancias frente al asocianismo, el atomismo, el
causalismo, etc.? En una palabra, ¿puede una psicología estructuralista, que
aspire a la independencia respecto a una fenomenología trascendental, si no
respecto a una psicología fenomenológica, hacerse invulnerable al reproche de
psicologismo dirigido poco antes a la psicología clásica? Resultaba tanto más
tentador creer eso porque Husserl mismo ha prescrito la constitución de una
psicología fenomenológica, apriorística, sin duda, pero mundana (en cuanto que
no puede excluir la posición de esta cosa del mundo que es la psique)
y estrictamente paralela a la fenomenología
trascendental. Pero el hecho de salvar esta invisible diferencia que separa
unas paralelas no es inocente: es el gesto más sutil y más ambicioso del abuso
psicologista. Ahí está el principio de las críticas que Husserl, en su Nachwort
a las Ideen I (1930), dirige a las psicologías
de la estructura o de la totalidad. Se apunta ahí expresamente a la Gestaltpsychologie.
No basta con escapar al atomismo para evitar el «naturalismo». Para
esclarecer la distancia que debe separar una psicología
fenomenológica de una fenomenología trascendental, habría que interrogarse
sobre esa nada que les impide juntarse, sobre esa
paralelidad que libera el espacio de una cuestión trascendental. Esta nada
es lo que permite la reducción trascendental. La reducción trascendental es
aquello que reorienta nuestra atención hacia esa nada en
que la totalidad del sentido y el sentido de la totalidad dejan que aparezca su
origen. Es decir, según la expresión de Fink, el origen del mundo.
Si
tuviéramos tiempo y medios para hacerlo, tendríamos ahora que acercarnos a
gigantescos problemas de la fenomenología genética, tal como ésta se desarrolla
después de Ideen I. Anotaré sólo los siguientes puntos.
La
profunda unidad de esta descripción genética se difracta, sin dispersarse,
según tres direcciones.
a) La vía lógica.
La tarea de Erfahrung und Urteil, de Lógica
formal y lógica trascendental y de numerosos textos
conectados con esas obras, es deshacer, «reducir» no sólo las superestructuras
de las idealizaciones científicas y los valores de exactitud objetiva, sino
también cualquier sedimentación predicativa perteneciente a la capa cultural de
las verdades relativo-subjetivas en el Lebenswelt. Y ello
con el objeto de recobrar y de «reactivar» el surgimiento de la predicación en
general -teorética o práctica- a partir de la más salvaje vida pre-cultural.
b) La vía egológica.
En un sentido, subyace ya a la precedente. Primero, porque, dicho de la
forma más general, la fenomenología no puede y no debe jamás describir más que
modificaciones intencionales del eidos ego en general.
Después, porque la genealogía de la lógica se mantenía en la esfera de los cogitata
y los actos del ego, como su existencia y su vida
propios, y aquellos no se leían más que a partir de los signos y de los
resultados noemáticos. Ahora, como se dice en las Meditaciones
cartesianas, se trata de volver a descender más acá, si cabe
decir, de la pareja cogito-cogitatum para recobrar
la génesis del ego mismo, existiendo para sí y
«constituyéndose continuamente él mismo como existente». Aparte de los
delicados problemas de pasividad y de actividad, esta
descripción genética del ego se encontrará con límites
que nos tentaría juzgar definitivos pero que Husserl, desde luego,
considera provisionales. Estos límites dependen, dice, del hecho de que la
fenomenología no está más que en sus comienzos. La descripción genética del ego
prescribe, efectivamente, a cada instante la tarea formidable de una
fenomenología genética universal. Ésta se anuncia en la
tercera vía.
c) La vía histórico-teleológica.
«La teleología de la razón atraviesa de parte a parte toda la
historicidad», y en particular «la unidad de la historia del ego». Esta tercera
vía, que deberá dar acceso al eidos de la historicidad en
general (es decir, a su telos, pues el eidos
de una historicidad, y así, del movimiento del sentido, movimiento
necesariamente racional y espiritual, sólo puede ser una norma, un valor más
que una esencia), no es una vía entre otras. La eidética de la historia no es
una eidética entre otras: abarca a la totalidad de los entes. Efectivamente, la
irrupción del logos, el advenimiento a la consciencia
humana de la Idea de una tarea infinita de la razón no se produce solamente por
medio de series de revoluciones que son al mismo tiempo conversiones hacia sí
mismo, las desgarraduras de una finitud anterior que ponen al desnudo una
potencia de infinitud escondida y que devuelven su voz a la dýnamis
de un silencio. Estas rupturas que son al mismo tiempo desvelamientos (y
también recubrimientos, pues el origen se disimula inmediatamente bajo el nuevo
dominio de objetividad descubierto o producido) se anuncian ya desde
siempre, reconoce Husserl, «en la confusión y en la noche», es
decir, no sólo en las formas más elementales de la vida y de la historia
humana, sino también poco a poco en la animalidad y en la naturaleza en
general. ¿Cómo puede estar totalmente asegurada una afirmación como esa, que se
ha hecho necesaria mediante y en la
fenomenología misma? Pues aquélla no concierne sólo a los fenómenos y
evidencias vividas. El que sólo en el elemento de una fenomenología pueda anunciarse
rigurosamente, ¿acaso le impide eso ser ya -o todavía- aserción metafísica,
afirmación de una metafísica que se articula con un discurso fenomenológico?
Son cuestiones que aquí me limito a plantear.
Así pues,
la razón se desvela a sí misma. La razón, dice Husserl, es el logos
que se produce en la historia. Atraviesa el ser con vistas a sí, con vistas
a aparecerse a ella misma, es decir, como logos, a decirse
y a oírse a ella misma. Es la palabra como auto-afección: el oírse-hablar. Sale
de sí para recogerse en sí, en el «presente viviente» de su presencia a sí. Al
salir de él mismo, el oírse-hablar se constituye en historia de la razón por el
rodeo de una escritura. Se difiere así para reapropiarse.
El origen de la geometría describe la necesidad de esta exposición de
la razón en la inscripción mundana. Exposición indispensable para la
constitución de la verdad y de la idealidad de los objetos, pero también
amenaza del sentido por la exterioridad del signo. En el momento de la
escritura, el signo puede siempre «vaciarse», sustraerse al despertar, a la
«reactivación», puede quedarse para siempre cerrado y mudo. Como para Cournot,
la escritura es aquí «la época crítica».
Hay que
estar aquí muy atentos al hecho de que este lenguaje no es inmediatamente
especulativo y metafísico, como ciertas frases consonantes de Hegel
parecían serlo para Husserl, con razón o sin ella. Pues este logos
que se invoca y se interpela él mismo como telos, y cuya dýnamis
tiende hacia su enérgeia o su entelécheia, este
logos, pues, no se produce en la
historia y no atraviesa el ser como una empiricidad extraña a la que su
trascendencia metafísica y la actualidad de su esencia infinita descenderían y
condescenderían. El logos no es nada fuera de la historia
y del ser, puesto que es discurso, discursividad infinita y no infinitud
actual; y puesto que es sentido. Ahora bien, la irrealidad o la idealidad del
sentido ha sido descubierta por la fenomenología como sus propias premisas. A
la inversa, ninguna historia como tradición de sí y ningún. ser tendrían
sentido sin el logos, que es el sentido
proyectándose y profiriéndose él mismo. A pesar de todas estas nociones
clásicas, no hay, pues, ninguna abdicación de sí por parte
de la fenomenología en beneficio de una especulación metafísica clásica que,
por el contrario, según Husserl, tendría que reconocer en la fenomenología la
clara energía de sus propias intenciones. Lo cual viene a querer decir que, al
criticar la metafísica clásica, la fenomenología culmina el proyecto más
profundo de la metafísica. Husserl lo reconoce, o más bien lo reivindica él
mismo, particularmente en las Meditaciones cartesianas. Los
resultados de la fenomenología son «metafísicos, si es verdad que han de
llamarse metafísicos los conocimientos últimos del ser. Pero lo que aquí está
en cuestión no es nada metafísico en el sentido habitual del término, es decir,
en el sentido de una metafísica que ha degenerado en el curso de su historia,
no estando ya en modo alguno de acuerdo con el sentido con que fue instituida
originariamente la metafísica como filosofía primera»... «la
fenomenología excluye sólo la metafísica ingenua... pero no excluye la
metafísica como tal» (pars. 60 y 64). Pues dentro del eidos más
universal de la historicidad espiritual, la conversión de la filosofía en
fenomenología sería el último estadio de diferenciación (estadio, es decir, Stufe,
estrato estructural o etapa genética). Los dos estadios anteriores serían,
primero, el de una cultura pre-teorética, después, el del proyecto teorético o
filosófico (momento greco-europeo).
La
presencia a la consciencia fenomenológica del Telos o Vorhaben,
anticipación teorética infinita que se ofrece simultáneamente como tarea
práctica infinita, queda señalada cada vez que Husserl habla de la Idea
en el sentido kantiano, Ésta se da en la evidencia
fenomenológica como evidencia de un desbordamiento esencial de la evidencia
actual y adecuada. Así pues, habría que examinar de cerca esta intervención de
la Idea en el sentido kantiano en diversos puntos del itinerario husserliano.
Aparecería quizás, entonces, que esta Idea es la Idea o el proyecto mismo de la
fenomenología, lo que la hace posible al desbordar su sistema de evidencias o
de determinaciones actuales, al desbordarlo como su fuente o su fin.
Como el Telos
es totalmente abierto, como es la abertura misma, decir que es el más
potente apriori estructural de la historicidad no es
designarlo como un valor estático y determinado que daría forma y encerraría a
la génesis del ser y del sentido. Es la posibilidad concreta, el nacimiento
mismo de la historia y el sentido del devenir en general. Es, pues,
estructuralmente la génesis misma, como origen y como devenir.
Todos
estos desarrollos han sido posibles gracias a la distinción inicial entre
diferentes tipos irreductibles de la génesis y de la estructura: génesis
mundana y génesis trascendental, estructura empírica, estructura eidética y
estructura trascendental. Plantearse la cuestión semántico-histórica siguiente:
«¿Qué quiere decir, qué ha querido decir siempre la noción de génesis en
general a partir de la cual ha podido surgir y ser comprendida
la difracción husserliana? ¿Qué quiere decir y qué ha querido decir siempre, a
través de sus desplazamientos, la noción de estructura en general
a partir de la cual opera Husserl, y establece
distinciones entre las dimensiones empírica, eidética y trascendental? ¿Y cuál
es la relación semántico-histórica entre la génesis y la estructura en general?»,
no es plantear simplemente una cuestión lingüística previa. Es plantear la
cuestión de la unidad del suelo histórico a partir del cual es posible, y llega
a motivarse ella misma, una reducción trascendental. Es plantear la cuestión de
la unidad del mundo, del que se libera, para hacer aparecer el origen de aquél,
la libertad trascendental misma. Si Husserl no ha planteado estas cuestiones en
términos de filología histórica, si no se ha preguntado primero acerca del
sentido en general de sus instrumentos operatorios, no es
por ingenuidad, por precipitación dogmática y especulativa, o porque haya
descuidado la carga histórica del lenguaje. Es porque preguntar acerca del
sentido de la noción de estructura o de génesis en general, antes
de las disociaciones introducidas por la reducción, es preguntar acerca de lo
que precede a la reducción trascendental. Ahora bien ésta no es sino el acto
libre de la cuestión que se separa de la totalidad de aquello que la precede
para poder acceder a esa totalidad y en particular a su historicidad y a su
pasado. La cuestión de la posibilidad de la reducción trascendental no puede
estar a la espera de su respuesta. Es la cuestión de la posibilidad de la
cuestión, la abertura misma, el abrirse a partir del cual se convoca al Yo
trascendental, que Husserl tuvo la tentación de llamar «eterno»
(lo cual, de todas formas, no quiere decir en su pensamiento ni infinito ni
ahistórico, muy al contrario), para preguntarse acerca de todo, en particular
acerca de la posibilidad de la facticidad salvaje y desnuda del sin-sentido, en
el caso, por ejemplo de su propia muerte.
Jacques Derrida
Lógica
formal y lógica trascendental, trad. L.
Viloro, pp. 88 y 89.
Cf. Investigaciones
lógicas, I, par. 31, trad. J. Gaos y M. García Morente.
Se trata, dice entonces
Husserl, «de preparar, mediante una serie de investigaciones psicológicas y
lógicas los fundamentos científicos sobre los que se podrían establecer
ulteriormente las matemáticas y la filosofía». Ph. der Ar. p.
v. En las Investigaciones lógicas, pp. 20 y
21, escribirá: «Yo había partido de la convicción imperante de que la
psicología es la que ha de dar la explicación filosófica de la lógica de las
ciencias deductivas, como de toda lógica en general». Y en un artículo
ligeramente posterior a Ph. der Ar. Husserl vuelve a
afirmar: «Creo poder pretender que ninguna teoría del juicio podrá concordar
con los hechos si no se apoya en un estudio profundo de las relaciones
descriptivas y genéticas de las intuiciones y las
representaciones» (Psychologische Studien zur elementaren Logik).
La Philosophie der
Arithmetik está dedicada a Brentano.
Recordando el intento de Philosophie
der Arithmetik, Husserl señala en el prólogo de las Investigaciones
lógicas (p. 21): «Las investigaciones psicológicas ocupan
un espacio muy amplio en el primer tomo de mi Filosofía de la aritmética
[único publicado]. Esta fundamentación psicológica no logró satisfacerme
nunca en ciertas cuestiones. El resultado del análisis psicológico me parecía
claro e instructivo cuando se trataba del origen de las representaciones
matemáticas o de la configuración de los métodos prácticos, que en efecto se
halla psicológicamente determinada. Pero tan pronto como pasaba de las
conexiones psicológicas del pensamiento a la unidad lógica del contenido del
pensamiento (a la unidad de la teoría), resultábame imposible establecer
verdadera continuidad y claridad» (trad. J. Gaos y M. García Morente).
Husserl escribe
efectivamente: «No comprendo cómo [Dilthey] cree haber llegado a argumentos
decisivos contra el escepticismo a partir de su tan
instructivo análisis de la estructura y de la tipología de las cosmovisiones».
(La filosofía como ciencia estricta.) Naturalmente el
historicismo se condena sólo en la medida en que está ligado necesariamente a
una historia empírica, a una historia como Tatsachenwissenschaft.
«La historia, ciencia empírica del espíritu en general, es incapaz de
decidir por sus propios medios, en un sentido o en otro, si es necesario
distinguir entre la religión como forma particular de la cultura y la religión
como idea, es decir, como religión válida; si hay que distinguir entre el arte
como forma de cultura y el arte válido, entre el derecho histórico y el derecho
válido; y finalmente, si hay que distinguir entre la filosofía en sentido
histórico y la filosofía válida...» (ibíd.).
Cf. La filosofía como
ciencia estricta, trad. E. Tabernig, p. 98.
La polémica continuará más
allá de La filosofía como ciencia estricta. Cf. Phänomenotogische
Psychologie. Vorlesungen Sommersemester, 1925.
Al evocar el sentimiento de
poder que puede dar seguridad al relativismo histórico, escribe Husserl: «Sin
embargo, insistimos por razones obvias en que también los principios de estas
valoraciones relativas pertenecen a la esfera ideal, que el historiador que
emite apreciaciones de valor y que no se conforma con comprender meros
desarrollos sólo puede presuponer, pero en tanto historiador no puede
fundamentar. La norma de lo matemático se encuentra en las matemáticas; la de
lo lógico en la lógica, la de lo ético en la ética, etc.», La filosofía
como ciencia estricta, trad. Tabernig, p. 91.
... «La sabiduría o Weltanschauung
pertenece a la comunidad cultural y a la época y, con referencia a sus formas
de mayor relieve, tiene un sentido exacto cuando se habla no sólo de la cultura
y de la cosmovisión de un individuo determinado, sino de las de la época...» Es
esta sabiduría la que da «la respuesta relativamente más perfecta a los enigmas
de la vida Y del mundo, es decir, conduce a una solución y explicación
satisfactorias de las antinomias teóricas, axiológicas y prácticas de la vida,
que la experiencia, la sabiduría y la mera concepción del mundo y de la vida
sólo pueden superar imperfectamente... Ante el apremio de la vida, dada la
necesidad práctica de adoptar una posición, el hombre no podía aguardar hasta
que -quizás al cabo de milenios- se constituyera la ciencia, aun admitiendo que
ya conociera realmente la idea de una ciencia estricta». Ibíd.,
trad. Tabernig.
Cf. especialmente Ideen
1, 1, par. 1, n.a.
Cf. Ideen I,
par. 9, p. 31 y par. 25, p. 59, trad. J. Caos.
Ibíd. par. 71,
p. 159.
«Con ayuda de los axiomas,
es decir, de las leyes esenciales primitivas, [La geometría] está entonces en
situación de derivar, siguiendo un método puramente deductivo, todas
las formas “existentes” (existierenden) en el espacio,
esto es, idealmente posibles, y todas las relaciones esenciales entre ellas,
bajo la forma de conceptos exactamente definidos... La esencia genérica del
dominio geométrico, o la esencia pura del espacio, es de tal índole que la
geometría puede estar completamente cierta de dominar real y exactamente con su
método todas las posibilidades. En otras palabras, la multiplicidad de las
figuras espaciales tiene en general una notable y fundamental propiedad lógica,
para la que vamos a introducir el nombre de multiplicidad “definita”
o “multiplicidad matemática en sentido estricto”. Se caracteriza
ésta porque un número finito de conceptos y proposiciones... definen
completa y unívocamente y con necesidad puramente analítica todas las formas
posibles en el dominio, de suerte que en principio ya no queda nada abierto (offen)
en él» (ibíd., par. 72, p. 162).
Cf. Ideen I, especialmente
3.ª sección, cap. III y IV.
Ibíd., par. 85,
p. 204.
En el parágrafo dedicado a
la hylé y a la morphé, escribe
Husserl especialmente: «En el plano de nuestras consideraciones en que nos
mantenemos hasta más adelante y que se abstienen de descender a las oscuras
profundidades de la consciencia última que constituye la temporalidad de todas
las vivencias... » (ibíd. p. 202). Más adelante: «En todo caso, en el
dominio fenomenológico entero (en el dominio entero; dentro del plano,
en que hay que mantenerse constantemente, de la temporalidad
constituida), desempeña un papel dominante esta notable dualidad y
unidad de la hylé sensible y la morphé intencional» (p.
203). Un poco antes, después de haber comparado la dimensión espacial y la
dimensión temporal de la hylé, Husserl anuncia de esta
manera, justificándolos, los límites de la descripción estática y la necesidad
de pasar después a la descripción genética: «El tiempo es, por lo demás, como
resultará de las investigaciones que seguirán más tarde, el nombre de una esfera
de problemas perfectamente cerrada y una esfera de excepcional
dificultad. Se verá que lo que hemos expuesto hasta aquí ha callado en cierto
modo, y tenía necesariamente que callar, toda una dimensión, para no enmarañar
lo único que por lo pronto es visible en la actitud fenomenológica... El “absoluto”
trascendental, este preparado que debemos a las reducciones, no es en verdad lo
último, es algo (etwas) que se constituye a sí mismo en
cierto sentido profundo y de todo punto sui generis
y que tiene su prístina fuente (Urquelle) en un
absoluto último y verdadero» (p. 192). ¿Llegará a levantarse alguna vez esta
limitación en las obras elaboradas? Reservas de este tipo se encuentran en
todos los grandes libros ulteriores, en particular en Erfahrung und
Urteil (pp. 72 116, 194, etc.) y cada vez que anuncia una
«estética trascendental» (Conclusión de Lógica formal y lógica
trascendental, par. 61 de Meditaciones cartesianas).
En el parágrafo dedicado a
la hylé y a la morphé, escribe
Husserl especialmente: «En el plano de nuestras consideraciones en que nos
mantenemos hasta más adelante y que se abstienen de descender a las oscuras
profundidades de la consciencia última que constituye la temporalidad de todas
las vivencias... » (ibíd. p. 202). Más adelante: «En todo caso, en el
dominio fenomenológico entero (en el dominio entero; dentro del plano,
en que hay que mantenerse constantemente, de la temporalidad
constituida), desempeña un papel dominante esta notable dualidad y
unidad de la hylé sensible y la morphé intencional» (p.
203). Un poco antes, después de haber comparado la dimensión espacial y la
dimensión temporal de la hylé, Husserl anuncia de esta
manera, justificándolos, los límites de la descripción estática y la necesidad
de pasar después a la descripción genética: «El tiempo es, por lo demás, como
resultará de las investigaciones que seguirán más tarde, el nombre de una esfera
de problemas perfectamente cerrada y una esfera de excepcional
dificultad. Se verá que lo que hemos expuesto hasta aquí ha callado en cierto
modo, y tenía necesariamente que callar, toda una dimensión, para no enmarañar
lo único que por lo pronto es visible en la actitud fenomenológica... El “absoluto”
trascendental, este preparado que debemos a las reducciones, no es en verdad lo
último, es algo (etwas) que se constituye a sí mismo en
cierto sentido profundo y de todo punto sui generis
y que tiene su prístina fuente (Urquelle) en un
absoluto último y verdadero» (p. 192). ¿Llegará a levantarse alguna vez esta
limitación en las obras elaboradas? Reservas de este tipo se encuentran en
todos los grandes libros ulteriores, en particular en Erfahrung und
Urteil (pp. 72 116, 194, etc.) y cada vez que anuncia una
«estética trascendental» (Conclusión de Lógica formal y lógica
trascendental, par. 61 de Meditaciones cartesianas).
Es, en especial, la
tentativa de Köhler. para quien la psicología debe dedicarse a una «descripción
fenomenológica», y de Koffka, discípulo de Husserl, quien, en sus Principles
of Gestalt Psychology, pretende mostrar que la «psicología de la
forma» escapa, mediante su estructuralismo, a la crítica del psicologismo.
La conjunción de la
fenomenología y de la «psicología de la forma» era fácil de prever. No va en la
medida en que Husserl habría tenido que «retomar» en la Krisis
«la noción de “configuración” e incluso de Gestalt», como
sugiere M. Merleau-Ponty (Phénoménologie de la perception, p. 62,
n. 1), sino por el contrario porque Husserl ha tenido siempre la pretensión,
con alguna apariencia de razón, de haber proporcionado él mismo a la
Gestalt-psicología sus propios conceptos, en particular el de «motivación» (cf.
Ideen I, par. 47, p. 108, n.a., y Meditaciones
cartesianas, par. 37), que habría aparecido va desde las Investigaciones
lógicas y el de totalidad organizada, de pluralidad unificada,
ya presente en Philosophie der Arithmetik (1887-1891). A
propósito de todos estos temas, remitimos a la importante obra de A. Gurwitsch,
Teoría del campo de la consciencia.
Pp. 564 y ss.
«Es claro que, por cuanto el
concreto ego monádico abraza toda la vida real y potencial
de la consciencia, el problema de la explicitación fenomenológica de ese ego
monádico (el problema de su constitución para sí mismo) tiene que abarcar
todos los problemas constitutivos en general.
Consecuentemente resulta que la fenomenología de esta autoconstitución
coincide con la fenomenología en general.»; (M.C., par.
33, trad. M. Presas, p. 122.)
«Pero ahora debemos llamar
la atención sobre una gran laguna en nuestra exposición. El ego
mismo es existente para sí mismo con una continua evidencia, o sea, constituyéndose
continuamente a sí mismo como existente. Hasta ahora hemos tocado un
solo lado de esa constitución de sí mismo; hemos dirigido la mirada únicamente
al cogito fluyente. El ego no se capta a sí mismo meramente como
vida que fluye, sino también como yo, como el yo que tiene la vivencia de esto
y aquello, el que vive este y aquel cogito como siendo el mismo.
Hasta ahora hemos estado ocupados con la relación intencional de consciencia y
objeto, de cogito y cogitatum [...], etc.», p. 118.
«Es muy difícil acceder a la
universalidad última de los problemas fenomenológicos eidéticos y, por lo
mismo, también, a los de una génesis última. El fenomenólogo
principiante está involuntariamente atado por el hecho de haber partido de si
mismo, tomándose a sí mismo como ejemplo. Él se encuentra, trascendentalmente,
como el ego, y luego como un ego en general, que ya
tiene conscientemente un mundo, un mundo de nuestro tipo ontológico
universalmente conocido, con una naturaleza, con una cultura (ciencias, bellas
artes, técnica, etc.), con personalidades de orden superior (Estado, Iglesia),
etc. La fenomenología elaborada en primer lugar es meramente estática;
sus descripciones son análogas a las de la historia natural, que busca los
tipos particulares y a lo sumo los ordena sistemáticamente. Están aún lejos las
cuestiones relativas a la génesis universal y la estructura genética del ego
en su universalidad, que va más allá de la formación del tiempo; estas son, en
efecto, cuestiones de un grado superior. Pero aun en el caso de que lleguen a
plantearse, ello acontece con una limitación, pues la consideración esencial se
atendrá por de pronto a un ego en general, con la restricción de
que para ese ego ya existe un mundo constituido. De todos modos, también esta
es una etapa necesaria desde la cual, únicamente, al desprender las formas
legales de la génesis que le pertenece, pueden verse las posibilidades de una fenomenología
eidética absolutamente universal» (p. 132).
Krisis (Beilage
III, p. 386).
M.C., par. 37, p.
131.
Estas expresiones del último
Husserl se ordenan como en la metafísica aristotélica, en la que el eidos,
el logos y el telos determinan el paso de la
potencia al acto. Ciertamente, igual que el nombre de Dios al que Husserl llama
también Entelequia, esas nociones están afectadas por un índice trascendental,
y su virtualidad metafísica queda neutralizada por las comillas fenomenológicas.
Pero por cierto que nunca dejará de ser problemática la posibilidad de esta
neutralización, de su pureza, de sus condiciones o de su «inmotivación». Y de
hecho nunca ha dejado de serlo por otra parte para el propio Husserl, al igual
que la posibilidad de la reducción trascendental misma. Ésta conserva una
afinidad esencial con la metafísica.


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