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Libro No. 473. La Esencia
del Neoliberalismo. Bourdieu, Pierre. Colección E.O. Agosto 24 de 2013.
Título original: © La Esencia del Neoliberalismo. Bourdieu, Pierre
Versión Original: © La Esencia del Neoliberalismo. Bourdieu, Pierre
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Emancipación: Guillermo Molina Miranda
La esencia del neoliberalismo
Pierre BOURDIEU
PIERRE BOURDIEU
Pierre
Bourdieu (Denguin, 1930 – París, 2002) fue uno de los sociólogos más relevantes
del siglo XX. Su trabajo se centró en los ámbitos de la sociología de la
cultura, la educación, los medios de comunicación y los estilos de vida.
Ejerció como profesor en Francia y Argelia. Fue director de la École Practique
de Hauts Études y del Centro de Sociología Europea, y Catedrático de Sociología
en el College de France desde 1981. Dirigió la revista Actes de la Recherche en
Sciences Sociales entre 1975 y 2002, y fue unos de los fundadores de la
editorial Liber-Raisons d'agir. En 1989 obtuvo el nombramiento de Doctor
Honoris Causa por la Universidad de Berlín y, en 1996, por la Universidad
Johann Wolfgang Goethe de Frankfurt. Durante su estancia en Argelia entre 1958
y 1960 comenzó las investigaciones que fundamentarían sus posteriores obras de
crítica social.
Los primeros trabajos de Bourdieu, Sociologie de
l’Algérie (1958) y Les Héritiers. Les étudiants et la culture (1964),
publicados junto a Jean-Claude Passeron, se centraron en la sociología de la
educación y el análisis de las desigualdades sociales en el sistema educativo.
En torno a la cultura, publicó, entre otros títulos, Les fonctions sociales de
la photographie (1964), Un art moyen (1965) y Genèse et structure du champ
littéraire (1992), sobre crítica literaria. Aunque sus publicaciones sobre crítica
social son cuantiosas, la de mayor consistencia es La misére du monde (1993),
donde denuncia que el sufrimiento, la exclusión social y las desigualdades
derivan de la modernización. En 1996 publicó Sur la télévision, un reproche
hacia los medios de comunicación audiovisuales en la sociedad moderna.
http://www.circulobellasartes.com/ficha.php?s=fich_bio&id=752
La esencia del neoliberalismo
Pierre BOURDIEU
Mayo de 1998
El mundo económico ¿es realmente,
como pretende la teoría dominante, un orden puro y perfecto, que desarrolla de
manera implacable la lógica de sus consecuencias previsibles, y dispuesto a
reprimir todas las transgresiones con las sanciones que inflige, bien de forma
automática o bien - más excepcionalmente- por mediación de sus brazos armados,
el FMI o la OCDE, y de las políticas que estos imponen: reducción del coste de
la mano de obra, restricción del gasto público y flexibilización del mercado de
trabajo? ¿Y si se tratara, en realidad, de la verificación de una utopía, el
neoliberalismo, convertida de ese modo en programa político, pero una
utopía que, con la ayuda de la teoría económica con la que se identifica, llega
a pensarse como la descripción científica de lo real?
Esta teoría tutelar es una pura
ficción matemática basada, desde su mismo origen, en una formidable
abstracción, que, en nombre de una concepción tan estrecha de la racionalidad,
identificada con la racionalidad individual, consiste en poner entre paréntesis
las condiciones económicas y sociales respecto a las normas racionales y de las
estructuras económicas y sociales que son la condición de su ejercicio.
Para percibir la dimensión de
estos aspectos omitidos, basta pensar en el sistema de enseñanza, que jamás se
tuvo en cuenta en tanto que tal en un momento en el que desempeña un
papel determinante en la producción de bines y servicios, así como en la
producción de los productores. De esta especie de pecado original, inscrito en
el mito walrasiano (1) de la "teoría pura", derivan todas las
carencias y las ausencias de la disciplina económica, y la obstinación fatal
con la que se pega a la oposición arbitraria a la que da lugar, por su sola
existencia entre la lógica propiamente económica, basada en la competencia y
portadora de eficacia, y la lógica social, sometida a la regla de la equidad.
Dicho esto, esta
"teoría" originariamente desocializada y "deshistorizada"
tine hoy más que nunca los medios de convertirse en verdad, empíricamente
verificable. En efecto, el discurso neoliberal no es un discurso como los
otros. A la manera del discurso psiquiátrico en el sanatorio, según Erving
Goffman (2), es un "discurso fuerte", que si es tan fuerte y
tan difícil de combatir es porque dispone de todas las fuerzas de un mundo de
relaciones de fuerza que él contribuye a hacer tal y como es, sobre todo orientando
las opciones económicas de los que dominan las relaciones económicas y sumando
así su propia fuerza, propiamente simbólica, a esas relaciones de fuerza. En
nombre de ese programa científico de conocimiento, convertido en programa
político de acción, se lleva a cabo un inmenso trabajo político (negado en
tanto que es, en apariencia, puramente negativo) que trata de crear las
condiciones de realización y de funcionamiento de la "teoría"; un programa
de destrucción metódica de los colectivos.
El giro hacia la utopía
neoliberal de un mercado puro y perfecto, posibilitado por la política de
desregulación financiera, se realiza a través de la acción transformadora y,
hay que decirlo muy claro, destructora de todas la medidas políticas (la más reciente
de éstas es el A.M.I., Acuerdo Multilateral de Inversiones, destinado a
proteger a las empresas extranjeras y sus inversiones contra los Estados
nacionales), tendientes a poner en tela de juicio todas las estructuras
colectivas capaces de obstaculizar la lógica del mercado puro : nación,
cuyo margen de maniobra no deja de disminuir; grupos de trabajo con, por
ejemplo, la individualización de los salarios y de las carreras en función de
las competencias individuales y la atomización de los trabajadores, sindicatos,
asociaciones, cooperativas; incluso familia, que, a través de la constitución
de mercados por "clases de edad", pierde una parte de su control
sobre el consumo.
El programa neoliberal, que
extrae su fuerza social de la fuerza político - económica de aquellos cyos
intereses expresa (accionistas, operadores financieros, industriales, políticos
conservadores o socialdemócratas convertidos a la deriva cómoda del laisser
- faire, altos ejecutivos de las finanzas, tanto más empecinados en imponer
una política que predica su propio ocaso cuanto que, a diferencia de los
técnicos superiores de las empresas, no corren el peligro de pagar,
eventualmente, sus consecuencias), tiende a favorecer globalmente el desfase
entre las economías y las realidades sociales, y a construir de este modo, en
la realidad, un sistema económico ajustado a la descripción teórica, es decir,
una especie de máquina lógica, que se presenta como una cadena de restricciones
que obligan a los agentes económicos.
La mundialización de los mercados
financieros, junto al progreso de las técnicas de información, garantiza una
movilidad sin precedentes de capitales y proporciona a los inversores,
preocupados por la rentabilidad a corto plazo de sus inversiones, la posibilidad
de comparar de manera permanente la rentabilidad de las más grandes empresas y
de sancionar en consecuencia los fracasos relativos. Las propias empresas,
colocadas bajo semejante amenaza permanente, deben de ajustarse de forma más o
menos rápida a las exigencias de los mercados, so pena, como se ha dicho, de
"perder la confianza de los mercados", y, al mismo tiempo, el apoyo
de los accionistas que, preocupados por una rentabilidad a corto plazo, son
cada vez más capaces de imponer su voluntad a los managers, fijarles
normas (a través de las direcciones financieras) y de orientar sus políticas en
materia de contratación, de empleo y de salarios.
De este modo se instaura el reino
absoluto de la flexibilidad, con la extensión de los contratos temporales o los
interinatos, y los "planes sociales" reiterados y, en el propio seno
de la empresa, la competencia entre filiales autónomas, entre equipos empujados
a la polivalencia y, en definitiva, entre individuos, a través de la individualización
de la relación salarial: fijación de objetivos individuales; entrevistas
individuales de evaluación; evaluación permanente; subidas individualizadas de
salarios o concesión de primas en función de la competencia y del mérito
individuales; carreras individualizadas; estrategias de
"responsabilización" tendientes a asegurar la autoexplotación de
algunos técnicos superiores que, meros asalariados bajo fuerte dependencia
jerárquica, son considerados a la vez responsables de sus ventas, de sus
productos, de su sucursal, de su almacén, etc., como si fueran
"independientes"; exigencia de "autocontrol" que extiende
la "implicación" de los asalariados, según las técnicas de la
"gestión participativa", mucho mós alló de los empleos de técnicos
superiores. Técnicas todas ellas de dominación racional que, mediante la
imposición de la superinversión en el trabajo a destajo, se concitan para
debilitar o abolir las referencias y las solidaridades colectivas (3).
La institución práctica de un
mundo darwinista de lucha de todos contra todos, en todos los niveles de la
jerarquía, que halla los resortes de la adhesión a la tarea y a la empresa en
la inseguridad, el sufrimiento y el stress, no podría triunfar tan completamente,
sin duda, de no contar con la complicidad de las disposiciones precarizadas
que produce la inseguridad y la existencia - en todos los niveles de la
jerarquía, hasta en los niveles más elevados, especialmente entre los técnicos
superiores - de un ejercito de reserva de mano de obra domeñada por la
precarización y por la amenaza permanente del paro. En efecto, el
fundamento último de todo este orden económico situado bajo el signo de la
libertad, es la violencia estructural del paro, de la precariedad y de
la amenaza de despido que implica: la condición del funcionamiento
"armonioso" del modelo micro-económico individualista es un fenómeno
de masas, la existencia del ejercito de reserva de los parados.
Los efectos visibles del modelo
Esta violencia estructural pesa
también sobre lo que llamamos el contrato de trabajo (sabiamente racionalizado
y desrealizado por la "teoría de los contratos"). El discurso de
empresa nunca había hablado tanto de confianza, de cooperación, de lealtad y de
cultura de empresa como en una época en la que se obtiene la adhesión de cada
instante haciendo desaparecer todas las garantías temporales (las tres cuartas
partes de los contratos son temporales, no cesa de crecer la parte de empleos
precarios y el despido individual tiende a no estar ya sometido a ninguna
restricción).
Vemos así cómo la utopía
neoliberal tiende a encarnarse en la realidad de una especie de máquina
infernal, cuya necesidad se impone a los propios dominadores. Esta utopía -
como el marxismo en otros tiempos, con el cual, desde este planteamiento, tiene
muchos puntos en común - suscita una formidable creencia, la free trade
faith (la fe en el librecambio), no sólo entre los que viven de ella
materialmente, como los financieros, los patronos de las grandes empresas,
etc., sino también entre los que extraen de ella su razón de existir, como los
altos ejecutivos y los políticos, que sacralizan el poder de los mercados, en
nombre de la eficacia económica, que exigen el levantamiento de las barreras
administrativas o políticas susceptibles de importunar a los detentadores de
capitales en la búsqueda puramente individual de la maximización del beneficio
individual, instituida en modelo de racionalidad, que quieren bancos centrales
independientes, que predican la subordinación de los Estados nacionales a las
exigencias de la libertad económica para los amos de la economía, con la
supresión de todas las reglamentaciones en todos los mercados, empezando por el
mercado de trabajo, la prohibición de los déficits y de la inflación, la
privatización generalizada de los servicios públicos y la reducción del gasto
público y del gasto social.
Los economistas vinculados al
neoliberalismo, sin compartir necesariamente los intereses económicos y
sociales como verdaderos creyentes, tienen los suficientes intereses
específicos en el campo de la ciencia económica como para aportar una
contribución decisiva, cualesquiera que sean sus impresiones respecto de los
efectos económicos y sociales de la utopía que visten de razón matemática, en
la producción y en la reproducción de la creencia en la utopía neoliberal. Como
están separados a lo largo de toda su existencia y, sobre todo, por su
formación intelectual, casi siempre puramente abstracta, libresca y teoricista,
del mundo económico y social tal como es, se muestran particularmente
inclinados a confundir las cosas de la lógica con la lógica de las cosas.
Participan y colaboran en un
formidable cambio social y económico - confiando en modelos que tunca tuvieron
la oportunidad de someter a la prueba de la verificación experimental,
propensos a mirar desde arriba los logros de las otras ciencias históricas, en
las que no reconocen la pureza y la transparencia cristalina de sus juegos
matemáticos, y cuya profunda necesidad y su capacidad suelen ser incapaces de
comprender - que, pese a que algunas de sus consecuencias les causan horror
(pueden cotizar para el Partido Socialista y dar meditados consejos a sus
representantes en las instancias de poder), no puede disgustarles ya que, aun a
riesgo de algunos fallos, imputables a lo que ellos llaman a veces
"burbujas especulativas", tiende a hacer realidad la utopía
ultraconsecuente (como ciertas formas de locura) a la que consagran su vida.
Y, sin embargo, el mundo está
ahí, con los efectos inmediatamente visibles de la puesta en práctica de la
gran utopía neoliberal: no sólo la miseria cada vez mayor de las sociedades más
avanzadas economicamente, el crecimiento extraordinario de las diferencias
entre las rentas, la desaparición progresiva de los universos autónomos de
producción cultural, cine, edición, etc., por la imposición intrusista de los
valores comerciales, sino también y sobre todo la destrucción de todas las
instancias colectivas capaces de contrapesar los efectos de la máquina
infernal, a la cabeza de las cuales está el Estado, depositario de todos los
valores universales asociados a la idea de público, y la imposición,
generalizada, en las altas esferas de la economía y del Estado, o en el seno de
las empresas, de esta especie de darwinismo moral que, con el culto del
"triunfador", formado esencialmente en las matemáticas superiores,
instaura como normas de todas las prácticas la lucha de todos contra todos y el
cinismo.
¿Cabe esperar que el volumen
extraordinario de sufrimiento que produce semejante régimen político-económico
llegue un día a ser el origen de un movimiento capaz de parar la carrera hacia
el abismo? De hecho, nos encontramos aquí ante una extraordinaria paradoja: en
tanto que los obstáculos encontrados reiteradamente en el camino de la
realización del otro orden - el del individuo solo, pero libre - se consideran
hoy imputables a rigideces y a arcaísmos, y mientras que cualquier intervención
directa y consciente, al menos cuando viene del Estado, es desacreditada de
antemano, es decir, conminada a desaparecer en beneficio de un mecanismo puro y
anónimo, el mercado (olvidamos con frecuencia que éste es también el ámbito del
ejercicio de los intereses), en realidad, la permanencia o la supervivencia de
las instituciones y de los agentes del orden antiguo a punto de ser
desmantelado, y todo el trabajo de todos los niveles de trabajadores sociales,
y también todas las solidaridades sociales, familiares y muchas más, es lo que
hace que el orden social no se hunda en el caos a pesar del volumen creciente
de la población precarizada.
El paso al
"liberalismo" se ha realizado de manera insensible, o sea
imperceptible, como la deriva de los continentes, ocultando así a las miradas
sus más terribles efectos a largo plazo. Efectos que, paradojicamente, también
son disimulados por las resistencias que suscita ya por parte de los que
defienden el orden antiguo bebiendo en las fuentes que encerraba, en las
solidaridades antiguas, en las reservas de capital social que protegen toda una
parte del orden social presente de su caída en la anomía. (Capital que si no se
renueva, ni se reproduce, está abocado a su depauperación, pero cuyo
agotamiento no es para mañana).
Pero esas mismas fuerzas de
"conservación", a las que no es tan fácil tratar como fuerzas
conservadoras, son también, bajo otra relación, fuerzas de resistencia
contra la instauración del orden nuevo, que pueden terminar siendo fuerzas
subversivas. Y si, por consiguiente, podemos guardar alguna esperanza
razonable, es porque todavía existe, en las instituciones estatales y también
en las disposiciones de los agentes (en especial, los más vinculados a esas
instituciones, como la pequeña aristocracia funcionarial), de tales fuerzas
que, bajo la apariencia de defender simplemente - como se les reprochará en
seguida -un orden desaparecido y los "privilegios" correspondientes,
deben ciertamente (para resistir la prueba) afanarse en inventar y construir un
orden social que no tenga por única ley la búsqueda del interés egoísta y la
pasión individual del beneficio, que prepare el camino a colectivos orientados
a la consecución racional de fines colectivamente elaborados y aprobados.
¿Cómo no hacer un sitio especial,
entre estos colectivos, asociaciones, sindicatos, partidos, al Estado, Estado
nacional o, mejor todavía, supranacional, es decir, europeo (etapa hacia un
Estado mundial), capaz de controlar y de imponer eficazmente los beneficios
obtenidos en los mercados financieros y, sobre todo, de contrapesar la acción
destructora que estos últimos ejercen sobre el mercado de trabajo, organizando,
con la ayuda de los sindicatos, la elaboración y la defensa del interés
público que, se quiera o no, no saldrá nunca, ni siquiera al precio de
algunos errores en la escritura matemática, de la visión de contable (en otra
época se hubiera dicho "de tendero") que la nueva creencia presenta
como la forma suprema de la realización humana.
Notas
(1) NDLR: en referencia a Auguste
Walras (1800-1866), economista francés, autor De la nature de la richesse et de
l'origine de la valeur (1848); fue uno de los primeros que intentó aplicar las
matemáticas al estudio económico.
(2) Erving Goffman, Asiles,
Etudes sur la condition sociale des malades mentaux, Editions de Minuit, Paris,
1968
(3) Sobre todo esto, cabe
remitirse a los dos números de las Actes de la recherche en sciences sociales
dedicadas a las "Nouvelles formes de domination dans le tranail" (1 y
2), n°114, septiembre de 1996, y n°115, diciembre de 1996, y muy especialmente
a la introducción de Gabrielle Balazs y Michel Piatoux, "Crise du travail
et crise du politioque", n°114.


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