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Libro No. 474. El Mundo Y Sus Demonios. La Ciencia Como Una Luz En La Oscuridad. Sagan, Carl. Colección E.O.
Agosto 31 de 2013.
Título original: © The Demond-haunted Worid. Carl Sagan.
Versión Original: © Carl Sagan. El Mundo Y Sus Demonios. La Ciencia Como Una Luz En La Oscuridad.
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Carl Sagan
El Mundo Y Sus Demonios
La Ciencia Como Una Luz En La Oscuridad
Título original: The
Demond-haunted Worid
A Tonio, mi nieto
Te deseo
un mundo Libre de demonios y lleno de luz,
Esperamos luz, y he ahí tinieblas.
Isaías 59,
9
Es mejor
encender una vela que maldecir la oscuridad.
Refrán
Carl Sagan
El Mundo Y Sus
Demonios
PREFACIO
MIS PROFESORES
___________
Era un día de tormenta en el
otoño de 1939. Afuera, en las calles alrededor del edificio de apartamentos,
las hojas caían y formaban pequeños remolinos, cada una con vida propia. Era
agradable estar dentro, a salvo y caliente, mientras mi madre preparaba la
cena en la habitación contigua. En nuestro apartamento no había niños mayores
que se metieran con uno sin razón. Precisamente, la semana anterior me había
visto envuelto en una pelea... no recuerdo, después de tantos años, con quién;
quizá fuera con Snoony Ágata, del tercer piso... y, tras un violento golpe, mi
puño atravesó el cristal del escaparate de la farmacia de Schechter.
El señor
Schechter se mostró solícito: «No pasa nada, tengo seguro», dijo mientras me
untaba la muñeca con un antiséptico increíblemente doloroso. Mi madre me llevó
al médico, que tenía la consulta en la planta baja de nuestro bloque. Con unas
pinzas extrajo un fragmento de vidrio y, provisto de aguja e hilo, me aplicó
dos puntos.
«¡Dos
puntos!», había repetido mi padre por la noche. Sabía de puntos porque era
cortador en la industria de la confección; su trabajo consistía en cortar
patrones —espaldas, por ejemplo, o mangas para abrigos y trajes de señora— de
un montón de tela enorme con una temible sierra eléctrica. A continuación, unas
interminables hileras de mujeres sentadas ante máquinas de coser ensamblaban
los patrones. Le complacía que me hubiera enfadado tanto como para vencer mi
natural timidez.
A veces es
bueno devolver el golpe. Yo no había pensado ejercer ninguna violencia.
Simplemente ocurrió así. Snoony me empujó y, a continuación, mi puño atravesó
el escaparate del señor Schechter. Yo me había lesionado la muñeca, había
generado un gasto médico inesperado, había roto un cristal, y nadie se había enfadado
conmigo. En cuanto a Snoony, estaba más simpático que nunca.
Intenté
dilucidar cuál era la lección de todo aquello. Pero era mucho más agradable
intentar descubrirlo en el calor del apartamento, mirando a través de la
ventana de la sala la bahía de Nueva York, que arriesgarme a un nuevo
contratiempo en las calles.
Mi madre
se había cambiado de ropa y maquillado como solía hacer siempre antes de que
llegara mi padre. Casi se había puesto el sol y nos quedamos los dos mirando
más allá de las aguas embravecidas.
—Allí fuera
hay gente que lucha, y se matan unos a otros —dijo haciendo una señal vaga
hacia el Atlántico. Yo miré con atención.
—Lo sé —contesté—. Los veo.
—No, no los
puedes ver —repuso ella, casi con severidad, antes de volver a la cocina—.
Están demasiado lejos.
¿Cómo
podía saber ella si yo los veía o no?, me pregunté. Forzando la vista, me había
parecido discernir una fina franja de tierra en el horizonte sobre la que unas
pequeñas figuras se empujaban, pegaban y peleaban con espadas como en mis
cómics. Pero quizá tuviera razón. Quizá se trataba sólo de mi imaginación; como
los monstruos de medianoche que, en ocasiones, todavía me despertaban de un
sueño profundo, con el pijama empapado de sudor y el corazón palpitante.
¿Cómo se
puede saber cuando alguien sólo imagina? Me quedé contemplando las aguas grises
hasta que se hizo de noche y me mandaron a lavarme las manos para cenar. Para
mi delicia, mi padre me tomó en brazos. Podía notar el frío del mundo exterior
contra su barba de un día.
---ooo---
Un domingo
de aquel mismo año, mi padre me había explicado con paciencia el papel del
cero como punto de origen en aritmética, los nombres de sonido malicioso de
los números grandes y que no existe el número más grande («Siempre puedes
añadir uno más», decía). De pronto me entró una compulsión infantil de escribir
en secuencia todos los números enteros del uno al mil. No teníamos ninguna
libreta de papel, pero mi padre me ofreció el montón de cartones grises que
guardaba cuando le traían las camisas de la lavandería. Empecé el proyecto con
entusiasmo, pero me sorprendió lo lento que era. Cuando me encontraba todavía
en los cientos más bajos, mi madre anunció que era la hora del baño. Me quedé
desconsolado. Tenía que llegar a mil. Intervino mi padre, que toda la vida
actuó de mediador: si me sometía al baño sin rechistar, él continuaría la
secuencia por mí. Yo no cabía en mí de contento. Cuando salí del baño ya estaba
cerca del novecientos, y así pude llegar a mil sólo un poco después de la hora
habitual de acostarme. La magnitud de los números grandes nunca ha dejado de
impresionarme.
También en
1939, mis padres me llevaron a la Feria Mundial de Nueva York. Allí se me
ofreció una visión de un futuro perfecto que la ciencia y la alta tecnología
habían hecho posible. Habían enterrado una cápsula llena de artefactos de
nuestra época, para beneficio de la gente de un futuro lejano... que,
asombrosamente, quizá no supiera mucho de la gente de 1939. El «mundo del
mañana» sería impecable, limpio, racionalizado y, por lo que yo podía ver, sin
rastro de gente pobre.
«Vea el
sonido», ordenaba de modo desconcertante un cartel. Y, desde luego, cuando el
pequeño martillo golpeaba el diapasón aparecía una bella onda sinusoide en la
pantalla del osciloscopio. «Escuche la luz», exhortaba otro cartel. Y, cuando
el flash iluminó la fotocélula, pude escuchar algo parecido a las interferencias
de nuestra radio Motorola cuando el dial no daba con la emisora.
Sencillamente, el mundo encerraba una serie de maravillas que nunca me había
imaginado. ¿Cómo podía convertirse un tono en una imagen y la luz en ruido?
Mis padres
no eran científicos. No sabían casi nada de ciencia. Pero, al introducirme
simultáneamente en el escepticismo y lo asombroso, me enseñaron los dos modos
de pensamiento difícilmente compaginables que son la base del método
científico. Su situación económica no superaba en mucho el nivel de pobreza.
Pero cuando anuncié que quería ser astrónomo recibí un apoyo incondicional, a
pesar de que ellos (como yo) sólo tenían una idea rudimentaria de lo que hace
un astrónomo. Nunca me sugirieron que a lo mejor sería más oportuno que me
hiciera médico o abogado.
Me
encantaría poder decir que en la escuela elemental, superior o universitaria
tuve profesores de ciencias que me inspiraron. Pero, por mucho que buceo en mi
memoria, no encuentro ninguno. Se trataba de una pura memorización de la tabla
periódica de los elementos, palancas y planos inclinados, la fotosíntesis de
las plantas verdes y la diferencia entre la antracita y el carbón bituminoso,
Pero no había ninguna elevada sensación de maravilla, ninguna indicación de una
perspectiva evolutiva, nada sobre ideas erróneas que todo el mundo había creído
ciertas en otra época. Se suponía que en los cursos de laboratorio del
instituto debíamos encontrar una respuesta. Si no era así, nos suspendían. No
se nos animaba a profundizar en nuestros propios intereses, ideas o errores
conceptuales. Al final del libro de texto había material que parecía
interesante, pero el año escolar siempre terminaba antes de llegar a dicho
final. Era posible ver maravillosos libros de astronomía, por ejemplo, en las
bibliotecas, pero no en la clase. Se nos enseñaba la división larga como si se
tratara de una serie de recetas de un libro de cocina, sin ninguna explicación
de cómo esta secuencia particular de divisiones cortas, multiplicaciones y
restas daba la respuesta correcta. En el instituto se nos enseñaba con
reverencia la extracción de raíces cuadradas, como si se tratara de un método
entregado tiempo atrás en el monte Sinaí. Nuestro trabajo consistía meramente
en recordar lo que se nos había ordenado: consigue la respuesta correcta, no
importa que entiendas lo que haces. En segundo curso tuve un profesor de
álgebra muy capacitado que me permitió aprender muchas matemáticas, pero era
un matón que disfrutaba haciendo llorar a las chicas. En todos aquellos años de
escuela mantuve mi interés por la ciencia leyendo libros y revistas sobre
realidad y ficción científica.
La
universidad fue la realización de mis sueños: encontré profesores que no sólo
entendían la ciencia sino que realmente eran capaces de explicarla. Tuve la
suerte de estudiar en una de las grandes instituciones del saber de la época:
la Universidad de Chicago. Estudiaba física en un departamento que giraba
alrededor de Enrico Fermi; descubrí la verdadera elegancia matemática con
Subrahmanyan Chandrasekhar; tuve la oportunidad de hablar de química con Harold
Urey; durante los veranos fui aprendiz de biología con H. J. Muller en la
Universidad de Indiana; y aprendí astronomía planetaria con el único
practicante con plena dedicación de la época, G. P. Kuiper.
En Kuiper
vi por primera vez el llamado cálculo sobre servilleta de papel: se te ocurre
una posible solución a un problema, coges una servilleta de papel, apelas a tu
conocimiento de física fundamental, garabateas unas cuantas ecuaciones
aproximadas, las sustituyes por valores numéricos probables y compruebas si la
respuesta puede resolver de algún modo tu problema. Si no es así, debes buscar
una solución diferente. Es una manera de ir eliminando disparates como si
fueran capas de una cebolla.
En la
Universidad de Chicago también tuve la suerte de encontrarme con un programa
de educación general diseñado por Robert M. Hutchins en el que la ciencia se
presentaba como parte integral del maravilloso tapiz del conocimiento humano.
Se consideraba impensable que un aspirante a físico no conociera a Platón,
Aristóteles, Bach, Shakespeare, Gibbon, Malinowski y Freud... entre otros. En
una clase de introducción a la ciencia se nos presentó de modo tan irresistible
el punto de vista de Tolomeo de que el Sol giraba alrededor de la Tierra que
muchos estudiantes tuvieron que replantearse su confianza en Copérnico. La
categoría de los profesores en el programa de Hutchins no tenía casi nada que
ver con la investigación; al contrario —a diferencia de lo que es habitual en
las universidades norteamericanas de hoy—, se valoraba a los profesores por su
manera de enseñar, por su capacidad de transmitir información e inspirar a la
futura generación.
En este
ambiente embriagador pude rellenar algunas lagunas de mi educación. Se me
aclararon muchos aspectos que me habían parecido profundamente misteriosos, y
no sólo en la ciencia. También fui testigo de primera mano de la alegría que
sentían los que tenían el privilegio de descubrir algo sobre el funcionamiento
del universo.
Siempre me
he sentido agradecido a mis mentores de la década de 1950 y he hecho lo
posible para que todos ellos conocieran mi aprecio. Pero cuando echo la vista
atrás me parece que lo más esencial no lo aprendí de mis maestros de escuela,
ni siquiera de mis profesores de universidad, sino de mis padres, que no sabían
nada en absoluto de ciencia, en aquel año tan lejano de 1939.
CAPÍTULO 1
Toda
nuestra ciencia, comparada con la realidad, es primitiva e infantil... y sin
embargo es lo más preciado que tenemos.
albert einstein
(1879-1955)
Cuando bajé del avión, el hombre me esperaba con un pedazo de cartón en el
que estaba escrito mi nombre. Yo iba a una conferencia de científicos y
comentaristas de televisión dedicada a la aparentemente imposible tarea de
mejorar la presentación de la ciencia en la televisión comercial. Amablemente,
los organizadores me habían enviado un chofer.
—¿Le
molesta que le haga una pregunta? —me dijo mientras esperábamos la maleta.
No, no me molestaba.
—¿No es un
lío tener el mismo nombre que el científico aquel?
Tardé un
momento en comprenderlo. ¿Me estaba tomando el pelo? Finalmente lo entendí.
—Yo soy
el científico aquel —respondí. Calló un momento y luego sonrió.
—Perdone.
Como ése es mi problema, pensé que también sería el suyo.
Me tendió la mano.
—Me llamo William F. Buckiey.
(Bueno, no
era exactamente William F. Buckiey, pero llevaba el nombre de un
conocido y polémico entrevistador de televisión, lo que sin duda le había
valido gran número de inofensivas bromas.)
Mientras
nos instalábamos en el coche para emprender el largo recorrido, con los
limpiaparabrisas funcionando rítmicamente, me dijo que se alegraba de que yo
fuera «el científico aquel» porque tenía muchas preguntas sobre ciencia. ¿Me
molestaba?
No, no me molestaba.
Y nos
pusimos a hablar. Pero no de ciencia. Él quería hablar de los extraterrestres
congelados que languidecían en una base de las Fuerzas Aéreas cerca de San
Antonio, de «canalización» (una manera de oír lo que hay en la mente de los
muertos... que no es mucho, por lo visto), de cristales, de las profecías de
Nostradamus, de astrología, del sudario de Turín... Presentaba cada uno de
estos portentosos temas con un entusiasmo lleno de optimismo. Yo me veía
obligado a decepcionarle cada vez.
—La prueba
es insostenible —le repetía una y otra vez—. Hay una explicación mucho más
sencilla.
En cierto
modo era un hombre bastante leído. Conocía los distintos matices especulativos,
por ejemplo, sobre los «continentes hundidos» de la Atlántida y Lemuria. Se
sabía al dedillo cuáles eran las expediciones submarinas previstas para
encontrar las columnas caídas y los minaretes rotos de una civilización
antiguamente grande cuyos restos ahora sólo eran visitados por peces
luminiscentes de alta mar y calamares gigantes. Sólo que... aunque el océano
guarda muchos secretos, yo sabía que no hay la más mínima base oceanográfica o
geofísica para deducir la existencia de la Atlántida y Lemuria. Por lo que
sabe la ciencia hasta este momento, no existieron jamás. A estas alturas, se lo
dije de mala gana.
Mientras
viajábamos bajo la lluvia me di cuenta de que el hombre estaba cada vez más
taciturno. Con lo que yo le decía no sólo descartaba una doctrina falsa, sino
que eliminaba una faceta preciosa de su vida interior.
Y, sin
embargo, hay tantas cosas en la ciencia real, igualmente excitantes y más
misteriosas, que presentan un desafío intelectual mayor... además de estar
mucho más cerca de la verdad. ¿Sabía algo de las moléculas de la vida que se
encuentran en el frío y tenue gas entre las estrellas? ¿Había oído hablar de
las huellas de nuestros antepasados encontradas en ceniza volcánica de cuatro
millones de años de antigüedad? ¿Y de la elevación del Himalaya cuando la
India chocó con Asia? ¿O de cómo los virus, construidos como jeringas
hipodérmicas, deslizan su ADN más allá de las defensas del organismo del
anfitrión y subvierten la maquinaria reproductora de las células; o de la
búsqueda por radio de inteligencia extraterrestre; o de la recién descubierta
civilización de Ebla, que anunciaba las virtudes de la cerveza de Ebla? No, no
había oído nada de todo aquello. Tampoco sabía nada, ni siquiera vagamente, de
la indeterminación cuántica, y sólo reconocía el ADN como tres letras
mayúsculas que aparecían juntas con frecuencia.
El señor
«Buckiey» —que sabía hablar, era inteligente y curioso— no había oído
prácticamente nada de ciencia moderna. Tenía un interés natural en las
maravillas del universo. Quería saber de ciencia, pero toda la ciencia
había sido expurgada antes de llegar a él. A este hombre le habían fallado
nuestros recursos culturales, nuestro sistema educativo, nuestros medios de
comunicación. Lo que la sociedad permitía que se filtrara eran principalmente
apariencias y confusión. Nunca le habían enseñado a distinguir la ciencia real
de la burda imitación. No sabía nada del funcionamiento de la ciencia.
Hay
cientos de libros sobre la Atlántida, el continente mítico que según dicen
existió hace unos diez mil años en el océano Atlántico. (O en otra parte. Un
libro reciente lo ubica en la Antártida.). La historia viene de Platón, que lo
citó como un rumor que le llegó de épocas remotas. Hay libros recientes
que describen con autoridad el alto nivel tecnológico, moral y espiritual de la
Atlántida y la gran tragedia de un continente poblado que se hundió entero bajo
las olas. Hay una Atlántida de la «Nueva Era», «la civilización legendaria de
ciencias avanzadas», dedicada principalmente a la «ciencia» de los cristales.
En una trilogía titulada La ilustración del cristal, de Katrina
Raphaell —unos libros que han tenido un papel principal en la locura del
cristal en Norteamérica—, los cristales de la Atlántida leen la mente,
transmiten pensamientos, son depositarios de la historia antigua y modelo y
fuente de las pirámides de Egipto. No se ofrece nada parecido a una prueba que
fundamente esas afirmaciones. (Podría resurgir la manía del cristal tras el reciente
descubrimiento de la ciencia sismológica de que el núcleo interno de la Tierra
puede estar compuesto por un cristal único, inmenso, casi perfecto... de
hierro.)
Algunos
libros —Leyendas de la Tierra, de Dorothy Vitaliano, por ejemplo—
interpretan comprensivamente las leyendas originales de la Atlántida en
términos de una pequeña isla en el Mediterráneo que fue destruida por una
erupción volcánica, o una antigua ciudad que se deslizó dentro del golfo de
Corinto después de un terremoto. Por lo que sabemos, ésa puede ser la fuente de
la leyenda, pero de ahí a la destrucción de un continente en el que había
surgido una civilización técnica y mística preternaturalmente avanzada hay una
gran distancia.
Lo que
casi nunca encontramos —en bibliotecas públicas, escaparates de revistas o
programas de televisión en horas punta— es la prueba de la extensión del suelo
marino y la tectónica de placas y del trazado del fondo del océano, que
muestra de modo inconfundible que no pudo haber ningún continente entre Europa
y América en una escala de tiempo parecida a la propuesta.
Es muy
fácil encontrar relatos espurios que hacen caer al crédulo en la trampa. Mucho
más difícil es encontrar tratamientos escépticos. El escepticismo no vende. Es
cien, mil veces más probable que una persona brillante y curiosa que confíe
enteramente en la cultura popular para informarse de algo como la Atlántida se
encuentre con una fábula tratada sin sentido crítico que con una valoración
sobria y equilibrada.
Quizá el
señor «Buckiey» debería aprender a ser más escéptico con lo que le ofrece la
cultura popular. Pero, aparte de eso, es difícil echarle la culpa. Él se
limitaba a aceptar lo que la mayoría de las fuentes de información disponibles
y accesibles decían que era la verdad. Por su ingenuidad, se veía confundido y
embaucado sistemáticamente.
La ciencia
origina una gran sensación de prodigio. Pero la pseudociencia también. Las
popularizaciones dispersas y deficientes de la ciencia dejan unos nichos
ecológicos que la pseudociencia se apresura a llenar. Si se llegara a entender
ampliamente que cualquier afirmación de conocimiento exige las pruebas
pertinentes para ser aceptada, no habría lugar para la pseudociencia. Pero, en
la cultura popular, prevalece una especie de ley de Gresham según la cual la
mala ciencia produce buenos resultados.
En todo el
mundo hay una enorme cantidad de personas inteligentes, incluso con un talento
especial, que se apasionan por la ciencia. Pero no es una pasión correspondida.
Los estudios sugieren que un noventa y cinco por ciento de los americanos son
«analfabetos científicos». Es exactamente la misma fracción de afroamericanos
analfabetos, casi todos esclavos, justo antes de la guerra civil, cuando se
aplicaban severos castigos a quien enseñara a leer a un esclavo. Desde luego,
en las cifras sobre analfabetismo hay siempre cierto grado de arbitrariedad,
tanto si se aplica al lenguaje como a la ciencia. Pero un noventa y cinco por
ciento de analfabetismo es extremadamente grave.
Todas las
generaciones se preocupan por la decadencia de los niveles educativos. Uno de
los textos más antiguos de la historia humana, datado en Sumeria hace unos
cuatro mil años, lamenta el desastre de que los jóvenes sean más ignorantes que
la generación inmediatamente precedente. Hace dos mil cuatrocientos años, el
anciano y malhumorado Platón, en el libro VII de Las leyes, dio su
definición de analfabetismo científico:
El hombre que no pudiera discernir el uno ni
el dos ni el tres ni en general los pares y los impares, o el que no supiera
nada de contar, o quien no fuera capaz de medir el día y la noche o careciera
de experiencia acerca de las revoluciones de la Luna o del Sol o de los demás
astros... Lo que hay que decir que es menester que aprendan los hombres libres
en cada materia es todo aquello que aprende en Egipto junto con las letras la
innumerable grey de los niños. En primer lugar, por lo que toca al cálculo, se
han inventado unos sencillos procedimientos para que los niños aprendan jugando
y a gusto... Yo... cuando en tiempos me enteré tardíamente de lo que nos ocurre
en relación con ello, me quedé muy impresionado, y entonces me pareció que
aquello no era cosa humana, sino propia más bien de bestias porcinas, y sentí
vergüenza no sólo por mí mismo sino en nombre de los helenos todos.[1]
No sé
hasta qué punto la ignorada de la ciencia y las matemáticas contribuyó al
declive de la antigua Atenas, pero sé que las consecuencias del analfabetismo
científico son mucho más peligrosas en nuestra época que en cualquier otra
anterior. Es peligroso y temerario que el ciudadano medio mantenga su
ignorancia sobre el calentamiento global, la reducción del ozono, la
contaminación del aire, los residuos tóxicos y radiactivos, la lluvia ácida, la
erosión del suelo, la deforestación tropical, el crecimiento exponencial de la
población. Los trabajos y sueldos dependen de la ciencia y la tecnología. Si
nuestra nación no puede fabricar, a bajo precio y alta calidad, los productos
que la gente quiere comprar, las industrias seguirán desplazándose para
transferir un poco más de prosperidad a otras partes del mundo. Considérense
las ramificaciones sociales de la energía generada por la fisión y fusión
nucleares, las supercomputadoras, las «autopistas» de datos, el aborto, el radón,
las reducciones masivas de armas estratégicas, la adicción, la intromisión del
gobierno en la vida de sus ciudadanos, la televisión de alta resolución, la
seguridad en líneas aéreas y aeropuertos, los trasplantes de tejido fetal, los
costes de la sanidad, los aditivos de alimentos, los fármacos para tratar
psicomanías, depresiones o esquizofrenia, los derechos de los animales, la
superconductividad, las píldoras del día siguiente, las predisposiciones
antisociales presuntamente hereditarias, las estaciones espaciales, el viaje a
Marte, el hallazgo de remedios para el sida y el cáncer...
¿Cómo
podemos incidir en la política nacional —o incluso tomar decisiones
inteligentes en nuestras propias vidas— si no podemos captar los temas
subyacentes? En el momento de escribir estas páginas, el Congreso está
tratando la disolución de su departamento de valoración tecnológica, la única
organización con la tarea específica de asesorar a la Casa Blanca y al Senado
sobre ciencia y tecnología. Su competencia e integridad a lo largo de los años
ha sido ejemplar. De los quinientos treinta y cinco miembros del Congreso de
Estados Unidos, por extraño que parezca a finales del siglo XX, sólo
el uno por ciento tiene unos antecedentes científicos significativos. El
último presidente con preparación científica debió de ser Thomas Jefferson.[2]
¿Cómo
deciden esos asuntos los americanos? ¿Cómo instruyen a sus representantes?
¿Quién toma en realidad estas decisiones, y sobre qué base?
---ooo---
Hipócrates
de Cos es el padre de la medicina. Todavía se le recuerda 2500 años después por
el Juramento de Hipócrates (del que existe una forma modificada que los
estudiantes de medicina pronuncian cuando se licencian). Pero, principalmente,
se le recuerda por sus esfuerzos por retirar el manto de superstición de la
medicina para llevarla a la luz de la ciencia. En un pasaje típico, Hipócrates
escribió: «Los hombres creen que la epilepsia es divina, meramente porque no
la pueden entender. Pero si llamasen divino a todo lo que no pueden entender,
habría una infinidad de cosas divinas.» En lugar de reconocer que somos
ignorantes en muchas áreas, hemos tendido a decir cosas como que el universo
está impregnado de lo inefable. Se asigna la responsabilidad de lo que todavía
no entendemos a un Dios de lo ignorado. A medida que fue avanzando el
conocimiento de la medicina a partir del siglo IV, cada vez era más lo que
entendíamos y menos lo que teníamos que atribuir a la intervención divina:
tanto en las causas como en el tratamiento de la enfermedad. La muerte en el
parto y la mortalidad infantil han disminuido, el tiempo de vida ha aumentado y
la medicina ha mejorado la calidad de vida de millones de personas en todo el
planeta.
En el diagnóstico de la
enfermedad, Hipócrates introdujo elementos del método científico. Exhortaba a
la observación atenta y meticulosa: «No dejéis nada a la suerte. Controladlo
todo. Combinad observaciones contradictorias. Concedeos el tiempo suficiente.»
Antes de la invención del termómetro, hizo gráficas de las curvas de
temperatura de muchas enfermedades. Recomendó a los médicos que, a partir de
los síntomas del momento, intentaran predecir el pasado y el probable curso
futuro de cada enfermedad. Daba gran importancia a la honestidad. Estaba
dispuesto a admitir las limitaciones del conocimiento del médico. No mostraba
ningún recato en confiar a la posteridad que más de la mitad de sus pacientes
habían muerto por causa de las enfermedades que él trataba. Sus opciones, desde
luego, eran limitadas; los únicos fármacos de que disponía eran principalmente
laxantes, eméticos y narcóticos. Se practicaba la cirugía y la cauterización.
En los tiempos clásicos se hicieron avances considerables hasta la caída de
Roma.
Mientras en el mundo
islámico florecía la medicina, en Europa se entró realmente en una edad
oscura. Se perdió la mayor parte del conocimiento de anatomía y cirugía.
Abundaba la confianza en la oración y las curaciones milagrosas. Desaparecieron
los médicos seculares. Se usaban ampliamente cánticos, pociones, horóscopos y
amuletos. Se restringieron o ilegalizaron las disecciones de cadáveres, lo que
impedía que los que practicaban la medicina adquirieran conocimiento de
primera mano del cuerpo humano. La investigación médica llegó a un punto
muerto.
Era muy parecido a lo que el
historiador Edward Gibbon describió para todo el Imperio oriental, cuya
capital era Constantinopla:
En el transcurso de diez siglos no se hizo ni un solo descubrimiento que
exaltara la dignidad o promoviera la felicidad de la humanidad. No se había
añadido ni una sola idea a los sistemas especulativos de la antigüedad y toda
una serie de pacientes discípulos se convirtieron en su momento en los
maestros dogmáticos de la siguiente generación servil.
La práctica médica
premoderna no logró salvar a muchos ni siquiera en su mejor momento. La reina
Ana fue la última Estuardo de Gran Bretaña. En los últimos diecisiete años del
siglo XVII se quedó embarazada dieciocho veces. Sólo cinco niños le nacieron vivos.
Sólo uno sobrevivió a la infancia. Murió antes de llegar a la edad adulta y
antes de la coronación de la reina en 1702. No parece haber ninguna prueba de
trastorno genético. Contaba con los mejores cuidados médicos que se podían
comprar con dinero.
Las
trágicas enfermedades que en otra época se llevaban un número incontable de
bebés y niños se han ido reduciendo progresivamente y se curan gracias a la
ciencia: por el descubrimiento del mundo de los microbios, por la idea de que
médicos y comadronas se lavaran las manos y esterilizaran sus instrumentos,
mediante la nutrición, la salud pública y las medidas sanitarias, los antibióticos,
fármacos, vacunas, el descubrimiento de la estructura molecular del ADN, la
biología molecular y, ahora, la terapia genética. Al menos en el mundo
desarrollado, los padres tienen muchas más posibilidades de ver alcanzar la
madurez a sus hijos de las que tenía la heredera al trono de una de las
naciones más poderosas de la Tierra a finales del siglo XVII. La viruela ha
desaparecido del mundo. El área de nuestro planeta infestada de mosquitos
transmisores de la malaria se ha reducido de manera espectacular. La esperanza
de vida de un niño al que se diagnostica leucemia ha ido aumentando
progresivamente año tras año. La ciencia permite que la Tierra pueda alimentar
a una cantidad de humanos cientos de veces mayor, y en condiciones mucho menos
miserables, que hace unos cuantos miles de años.
Podemos
rezar por una víctima del cólera o podemos darle quinientos miligramos de
tetraciclina cada doce horas. (Todavía hay una religión, la «ciencia
cristiana», que niega la teoría del germen de la enfermedad; si falla la
oración, los fieles de esta secta preferirían ver morir a sus hijos antes que
darles antibióticos.) Podemos intentar una terapia psicoanalítica casi fútil
con el paciente esquizofrénico, o darle de trescientos a quinientos miligramos
de clozapina al día. Los tratamientos científicos son cientos o miles de veces
más eficaces que los alternativos. (E incluso cuando parece que las
alternativas funcionan, no sabemos si realmente han tenido algún papel: Pueden
producirse remisiones espontáneas, incluso del cólera y la esquizofrenia, sin
oración y sin psicoanálisis.) Abandonar la ciencia significa abandonar mucho
más que el aire acondicionado, el aparato de CD, los secadores del pelo y los
coches rápidos.
En la
época preagrícola, de cazadores-recolectores, la expectativa de vida humana
era de veinte a treinta años, la misma que en Europa occidental a finales de la
época romana medieval. La media no ascendió a cuarenta años hasta alrededor del
año 1870.
Llegó a
cincuenta en 1915, sesenta en 1930, setenta en 1955 y hoy se acerca a ochenta
(un poco más para las mujeres, un poco menos para los hombres). El resto del
mundo sigue los pasos del incremento europeo de la longevidad. ¿Cuál es la
causa de esta transición humanitaria asombrosa, sin precedentes? La teoría del
germen como causante de la enfermedad, las medidas de salud pública, las
medicinas y la tecnología médica. La longevidad quizá sea la mejor medida de la
calidad de vida física. (Si uno está muerto, no puede hacer nada para ser
feliz.) Es un ofrecimiento muy valioso de la ciencia a la humanidad: nada menos
que el don de la vida.
Pero los
microorganismos se transforman. Aparecen nuevas enfermedades que se extienden
como el fuego. Hay una batalla constante entre medidas microbianas y
contramedidas humanas. Nos ponemos a la altura de esta competición no sólo
diseñando nuevos fármacos y tratamientos, sino avanzando progresivamente con
mayor profundidad en la comprensión de la naturaleza de la vida: una
investigación básica.
Si
queremos que el mundo escape de las temibles consecuencias del crecimiento de
la población global y de los diez mil o doce mil millones de personas en el
planeta a finales del siglo XXI, debemos inventar medios seguros y más
eficientes de cultivar alimentos, con el consiguiente abastecimiento de
semillas, riego, fertilizantes, pesticidas, sistemas de transporte y
refrigeración. También se necesitarán métodos contraceptivos ampliamente
disponibles y aceptables, pasos significativos hacia la igualdad política de
las mujeres y mejoras en las condiciones de vida de los más pobres. ¿Cómo puede
conseguirse todo eso sin ciencia y tecnología?
Sé que la
ciencia y la tecnología no son simples cornucopias que vierten dones al mundo.
Los científicos no sólo concibieron las armas nucleares; también agarraron a
los líderes políticos por las solapas para que entendieran que su
nación —cualquiera que ésta fuera— tenía que ser la primera en tenerlas. Luego
fabricaron más de sesenta mil. Durante la guerra fría, los científicos de
Estados Unidos, la Unión Soviética, China y otras naciones estaban dispuestos
a exponer a sus compatriotas a la radiación —en la mayoría de los casos sin su
conocimiento— con el fin de prepararse para la guerra nuclear. Los médicos de
Tuskegee, Alabama, engañaron a un grupo de veteranos que creían recibir
tratamiento médico para la sífilis, cuando en realidad servían de grupo de
control sin tratamiento. Son conocidas las atrocidades perpetradas por los
médicos nazis. Nuestra tecnología ha producido la talidomida, el CFC, el agente
naranja, el gas nervioso, la contaminación del aire y el agua, la extinción de
especies e industrias tan poderosas que pueden arruinar el clima del planeta.
Aproximadamente, la mitad de los científicos de la Tierra trabajan al menos a
tiempo parcial para los militares. Aunque todavía se ve a algunos científicos
como personas independientes que critican con valentía los males de la sociedad
y advierten con antelación de las potenciales catástrofes tecnológicas,
también se considera que muchos de ellos son oportunistas acomodaticios o
complacientes originadores de beneficios corporativos y armas de destrucción
masiva, sin tener en cuenta las consecuencias a largo plazo. Los peligros
tecnológicos que plantea la ciencia, su desafío implícito al saber tradicional
y la dificultad que se percibe en ella son razones para que alguna gente
desconfíe de la ciencia y la evite. Hay una razón por la que la gente
se pone nerviosa ante la ciencia y la tecnología. De modo que el mundo vive
obcecado con la imagen del científico loco: desde los chiflados de bata blanca
de los programas infantiles del sábado por la mañana y la plétora de tratos
faustianos de la cultura popular, desde el epónimo doctor Fausto en persona al Dr.
Frankenstein, Dr. Strangelove y Jurassic Park.
Pero no
nos podemos limitar a concluir que la ciencia pone demasiado poder en manos de
tecnólogos moralmente débiles o políticos corruptos enloquecidos por el poder
y decidir, en consecuencia, prescindir de ella. Los avances en medicina y
agricultura han salvado muchas más vidas que las que se han perdido en todas
las guerras de la historia.[3]
Los avances en transportes, comunicación y espectáculos han transformado y
unificado el mundo. En las encuestas de opinión, la ciencia queda clasificada
siempre entre las ocupaciones más admiradas y fiables, a pesar de los recelos.
La espada de la ciencia es de doble filo. Su temible poder nos impone a todos,
incluidos los políticos, pero desde luego especialmente a los científicos, una
nueva responsabilidad: más atención a las consecuencias a largo plazo de la
tecnología, una perspectiva global y transgeneracional y un incentivo para
evitar las llamadas fáciles al nacionalismo y el chauvinismo. El coste de los
errores empieza a ser demasiado alto.
---ooo---
¿Nos interesa la verdad? ¿Tiene alguna
importancia?
... donde la ignorancia es una bendición es una locura ser sabio,
escribió el poeta Thomas Gray. Pero ¿es así?
Edmund Way Teale, en su libro de 1950 Círculo de las estaciones, planteó
mejor el dilema:
Moralmente es tan malo no querer saber si algo
es verdad o no, siempre que permita sentirse bien, como lo es no querer saber
cómo se gana el dinero siempre que se consiga.
Por ejemplo, es
descorazonador descubrir la corrupción y la incompetencia del gobierno, pero
¿es mejor no saber nada de ello? ¿A qué intereses sirve la ignorancia? Si los
humanos tenemos, por ejemplo, una propensión hereditaria al odio a los
forasteros, ¿no es el autoconocimiento el único antídoto? Si ansiamos creer que
las estrellas salen y se ponen para nosotros, que somos la razón por la que hay
un universo, ¿es negativo el servicio que nos presta la ciencia para rebajar
nuestras expectativas?
En La
genealogía de la moral, Friedrich Nietzsche, como tantos antes y después,
critica el «progreso ininterrumpido en la autodesvalorización del hombre»
causado por la revolución científica. Nietzsche lamenta la pérdida de la
«creencia del hombre en su dignidad, su unicidad, su insustituibilidad en el
esquema de la existencia». Para mí es mucho mejor captar el universo como es
en realidad que persistir en el engaño, por muy satisfactorio y reconfortante
que sea. ¿Qué actitud es la que nos equipa mejor para sobrevivir a largo plazo?
¿Qué nos da una mayor influencia en nuestro futuro? Y si nuestra ingenua
autoconfianza queda un poco socavada en el proceso, ¿es tan grande la pérdida,
en realidad? ¿No hay motivo para darle la bienvenida como una experiencia que
hace madurar e imprime carácter?
Descubrir que el universo
tiene de ocho mil a quince mil millones de años y no de seis mil a doce mil[4]
mejora nuestra apreciación de su alcance y grandeza; mantener la idea de que
somos una disposición particularmente compleja de átomos y no una especie de
hálito de divinidad, aumenta cuando menos nuestro respeto por los átomos;
descubrir, como ahora parece posible, que nuestro planeta es uno de los miles
de millones de otros mundos en la galaxia de la Vía Láctea y que nuestra
galaxia es una entre miles de millones más, agranda majestuosamente el campo de
lo posible; encontrar que nuestros antepasados también eran los ancestros de
los monos nos vincula al resto de seres vivos y da pie a importantes reflexiones
—aunque a veces lamentables— sobre la naturaleza humana.
Sencillamente,
no hay vuelta atrás. Nos guste o no, estamos atados a la ciencia. Lo mejor
sería sacarle el máximo provecho. Cuando finalmente lo aceptemos y reconozcamos
plenamente su belleza y poder, nos encontraremos con que, tanto en asuntos espirituales
como prácticos; salimos ganando.
Pero la
superstición y la pseudociencia no dejan de interponerse en el camino para
distraer a todos los «Buckiey» que hay entre nosotros, proporcionar respuestas
fáciles, evitar el escrutinio escéptico, apelar a nuestros temores y devaluar
la experiencia, convirtiéndonos en practicantes rutinarios y cómodos además de
víctimas de la credulidad. Sí, el mundo sería más interesante si
hubiera ovnis al acecho en las aguas profundas de las Bermudas tragándose
barcos y aviones, o si los muertos pudieran hacerse con el control de nuestras
manos y escribirnos mensajes. Sería fascinante que los adolescentes fueran
capaces de hacer saltar el auricular del teléfono de su horquilla sólo con el
pensamiento, o que nuestros sueños pudieran predecir acertadamente el futuro
con mayor asiduidad que la que puede explicarse por la casualidad y nuestro
conocimiento del mundo.
Todo eso
son ejemplos de pseudociencia. Pretenden utilizar métodos y descubrimientos de
la ciencia, mientras que en realidad son desleales a su naturaleza, a menudo
porque se basan en pruebas insuficientes o porque ignoran claves que apuntan en
otra dirección. Están infestados de credulidad. Con la cooperación desinformada
(y a menudo la connivencia cínica) de periódicos, revistas, editores, radio,
televisión, productores de cine y similares, esas ideas se encuentran
fácilmente en todas partes. Mucho más difíciles de encontrar, como pude
constatar en mi encuentro con el señor «Buckiey», son los descubrimientos
alternativos más desafiantes e incluso más asombrosos de la ciencia.
La
pseudociencia es más fácil de inventar que la ciencia, porque hay una mayor
disposición a evitar confrontaciones perturbadoras con la realidad que no
permiten controlar el resultado de la comparación. Los niveles de
argumentación, lo que pasa por pruebas, son mucho más relajados. En parte por
las mismas razones, es mucho más fácil presentar al público en general la
pseudociencia que la ciencia. Pero eso no basta para explicar su popularidad.
Naturalmente,
la gente prueba distintos sistemas de creencias para ver si le sirven. Y, si estamos muy desesperados, todos
llegamos a estar de lo más dispuestos a abandonar lo que podemos percibir como
una pesada carga de escepticismo. La pseudociencia colma necesidades
emocionales poderosas que la ciencia suele dejar insatisfechas. Proporciona
fantasías sobre poderes personales que nos faltan y anhelamos (como los que se
atribuyen a los superhéroes de los cómics
hoy en día, y anteriormente a los dioses). En algunas de sus
manifestaciones ofrece una satisfacción del hambre espiritual, la curación de
las enfermedades, la promesa de que la muerte no es el fin. Nos confirma
nuestra centralidad e importancia cósmica. Asegura que estamos conectados,
vinculados, al universo.[5]
A veces es una especie de hogar a medio camino entre la antigua religión y la
nueva ciencia, del que ambas desconfían.
En el
corazón de alguna pseudociencia (y también de alguna religión antigua o de la
«Nueva Era») se encuentra la idea de que el deseo lo convierte casi todo en
realidad. Qué satisfactorio sería, como en los cuentos infantiles y leyendas
folclóricas, satisfacer el deseo de nuestro corazón sólo deseándolo. Qué
seductora es esta idea, especialmente si se compara con el trabajo y la suerte
que se suele necesitar para colmar nuestras esperanzas. El pez encantado o el
genio de la lámpara nos concederán tres deseos: lo que queramos, excepto más
deseos. ¿Quién no ha pensado —sólo por si acaso, sólo por si nos encontramos o
rozamos accidentalmente una vieja lámpara de hierro— qué pediría?
Recuerdo que en las tiras de cómic y libros de mi infancia salía un
mago con sombrero y bigote que blandía un bastón de ébano. Se llamaba Zatara.
Era capaz de provocar cualquier cosa, lo que fuera. ¿Cómo lo hacía? Fácil. Daba
sus órdenes al revés. O sea, si quería un millón de dólares, decía «seralód ed
nóllim, nú emad». Con eso bastaba. Era como una especie de oración, pero con
resultados mucho más seguros.
A los ocho
años dediqué mucho tiempo a experimentar de esta guisa, dando órdenes a las
piedras para que se elevasen: «etavéle, ardeip». Nunca funcionó. Decidí que era
culpa de mi pronunciación.
---ooo---
Podría
afirmarse que se abraza la pseudociencia en la misma proporción que se
comprende mal la ciencia real... sólo que aquí acaba la comparación. Si uno
nunca ha oído hablar de ciencia (por no hablar de su funcionamiento),
difícilmente será consciente de estar abrazando la pseudociencia. Simplemente,
estará pensando de una de las maneras que han pensado siempre los humanos. Las
religiones suelen ser los viveros de protección estatal de la pseudociencia,
aunque no hay razón para que tengan que representar este papel. En cierto modo
es un dispositivo procedente de tiempos ya pasados. En algunos países, casi
todo el mundo cree en la astrología y la adivinación, incluyendo los líderes
gubernamentales. Pero eso no se les ha inculcado sólo a través de la religión;
deriva de la cultura que los rodea, en la que todo el mundo se siente cómodo
con estas prácticas y se encuentran testimonios que lo afirman en todas
partes.
La mayoría
de los casos a los que me refiero en este libro son norteamericanos... porque
son los que conozco mejor, no porque la pseudociencia y el misticismo tengan
mayor incidencia en Estados Unidos que en otra parte. Uri Geller, doblador de
cucharas y psíquico que se comunica con extraterrestres, saluda desde Israel.
A medida que crecen las tensiones entre los secularistas argelinos y los
fundamentalistas musulmanes aumenta el número de gente que consulta
discretamente a los diez mil adivinos y clarividentes (de los que cerca de la
mitad operan con licencia del gobierno). Altos cargos franceses, incluido un
antiguo presidente de la República, ordenaron la inversión de millones de
dólares en una patraña (el escándalo Elf-Aquitaine) para encontrar nuevas
reservas de petróleo desde el aire. En Alemania hay preocupación por los «rayos
de la Tierra» carcinógenos que la ciencia no detecta; sólo pueden ser captados
por experimentados zahones blandiendo sus palos ahorquillados. En las Filipinas
florece la «cirugía psíquica». Los fantasmas son una obsesión nacional en Gran
Bretaña. Desde la segunda guerra mundial, en Japón han aparecido una enorme
cantidad de nuevas religiones que prometen lo sobrenatural. El número estimado
de adivinos que prosperan en el Japón es de cien mil, con una clientela
mayoritaria de mujeres jóvenes. Aum Shirikyo, una secta que se supone implicada
en la fuga de gas nervioso sarín en el metro de Tokyo en marzo de 1995, cuenta
entre sus principales dogmas con la levitación, la curación por la fe y la
percepción extrasensorial (PES). Los seguidores bebían, a un alto precio, el
agua del «estanque milagroso»... del baño de Asahara, su líder. En Tailandia
se tratan enfermedades con pastillas fabricadas con Escrituras Sagradas
pulverizadas. Todavía hoy se queman «brujas» en Sudáfrica. Las fuerzas
australianas que mantienen la paz en Haití rescatan a una mujer atada a un
árbol; está acusada de volar de tejado en tejado y chupar la sangre a los
niños. En la India abunda la astrología, la geomancia está muy extendida en
China.
Quizá la
pseudociencia global reciente de más éxito —-según muchos criterios, ya una
religión— es la doctrina hindú de la meditación trascendental (MT). Las
soporíferas homilías de su fundador y líder espiritual, el Maharishi Mahesh
Yogi, se pueden seguir por televisión. Sentado en posición de yogui, con sus
cabellos blancos veteados de negro, rodeado de guirnaldas y ofrendas florales,
su aspecto es imponente. Un día, cambiando de canales, nos encontramos con
esta cara. «¿Sabéis quién es?», preguntó nuestro hijo de cuatro años. «Dios.»
La organización mundial de MT tiene una valoración estimada de tres mil
millones de dólares. Previo pago de una tasa, prometen que a través de la
meditación pueden hacer que uno atraviese paredes, se vuelva invisible y vuele.
Pensando al unísono, según dicen, han reducido el índice de delitos en Washington,
D.C. y han provocado el colapso de la Unión Soviética, entre otros milagros
seculares. No se ha ofrecido la más mínima prueba real de tales afirmaciones.
MT vende medicina popular, dirige compañías comerciales, clínicas médicas y
universidades de «investigación», y ha hecho una incursión sin éxito en la
política. Con su líder de extraño carisma, su promesa de comunidad y el
ofrecimiento de poderes mágicos a cambio de dinero y una fe ferviente, es el
paradigma de muchas pseudociencias comercializadas para la exportación
sacerdotal.
Cada vez
que se renuncia a los controles civiles y a la educación científica se produce
otro pequeño tirón de la pseudociencia.
Liev
Trotski lo describió refiriéndose a Alemania en vísperas de la toma del poder
por parte de Hitler (pero la descripción podría haberse aplicado igualmente a
la Unión Soviética de 1933):
No sólo en las casas de los campesinos, sino
también en los rascacielos de la ciudad, junto al siglo XX convive el
XIII. Cien millones de personas usan la electricidad y creen todavía en los poderes
mágicos de los signos y exorcismos... Las estrellas de cine acuden a médiums.
Los aviadores que pilotan milagrosos mecanismos creados por el genio del
hombre llevan amuletos en la chaqueta. ¡Qué inagotable reserva de oscuridad,
ignorancia y salvajismo poseen!
Rusia es un caso
instructivo. En la época de los zares se estimulaba la superstición religiosa,
pero se suprimió sin contemplaciones el pensamiento científico y escéptico,
sólo permitido a unos cuantos científicos adiestrados. Con el comunismo se
suprimieron sistemáticamente la religión y la pseudociencia... excepto la
superstición de la religión ideológica estatal. Se presentaba como científica,
pero estaba tan lejos de este ideal como el culto misterioso menos provisto de
autocrítica. Se consideraba un peligro el pensamiento crítico —excepto por
parte de los científicos en compartimentos de conocimiento herméticamente
aislados—, no se enseñaba en las escuelas y se castigaba cuando alguien lo
expresaba. Como resultado, con el poscomunismo, muchos rusos contemplan la
ciencia con sospecha. Al levantar la tapa, como ocurrió con los virulentos
odios étnicos, salió a la superficie lo que hasta entonces había estado
hirviendo por debajo de ella. Ahora toda la zona está inundada de ovnis, poltergeist,
sanadores, curanderos, aguas mágicas y antiguas supersticiones. Un asombroso
declive de la expectativa de vida, el aumento de la mortalidad infantil, las
violentas epidemias de enfermedades, las condiciones sanitarias por debajo del
mínimo y la ignorancia de la medicina preventiva se unen para elevar el umbral
a partir del cual se dispara el escepticismo de una población cada vez más
desesperada. En el momento de escribir estas líneas, el miembro más popular y
más votado de la Duma, un importante defensor del ultranacionalista Vladimir
Zhirinovski, es un tal Anatoli Kashprirovski: un curandero que, a distancia,
con la luz deslumbrante de su rostro en la pantalla del televisor, cura enfermedades
que van desde una hernia hasta el sida. Su cara pone en funcionamiento relojes
estropeados.
Existe una
situación más o menos análoga en China. Después de la muerte de Mao Zedong y
la gradual emergencia de una economía de mercado, aparecieron los ovnis, la
canalización y otros ejemplos de pseudociencia Occidental, junto con prácticas
chinas tan antiguas como la adoración de los ancestros, la astrología y las
adivinaciones, especialmente la versión que consiste en arrojar unas ramitas de
milenrama y examinar los viejos hexagramas del I Ching. El
periódico del gobierno lamentaba que «la superstición de la ideología feudal
cobre nueva vida en nuestro país». Era (y sigue siendo) un mal principalmente
rural, no urbano.
Los
individuos con «poderes especiales» atraían a gran número de seguidores. Según
decían, podían proyectar Qi, el «campo de energía del universo», desde su
cuerpo para cambiar la estructura molecular de un producto químico a dos mil
kilómetros de distancia, comunicarse con extraterrestres, curar enfermedades.
Algunos pacientes murieron bajo los cuidados de uno de esos «maestros de Qi
Gong», que fue arrestado y condenado en 1993. Wang Hong-cheng, un aficionado a
la química, afirmaba haber sintetizado un líquido que, si se añadía al agua en
pequeñas cantidades, la convertía en gasolina o un equivalente. Durante un
tiempo recibió fondos del ejército y la policía secreta pero, cuando se
constató que su invento era una patraña, fue arrestado y encarcelado. Naturalmente,
se propagó la historia de que su desgracia no era producto del fraude sino de
su negativa a revelar la «fórmula secreta» al gobierno. (En Norteamérica han
circulado historias similares durante décadas, normalmente con la sustitución
del papel del gobierno por el de una compañía petrolera o automovilística
importante.) Se está llevando a los rinocerontes asiáticos a la extinción
porque dicen que sus cuernos, pulverizados, previenen la impotencia; el mercado
abarca todo el este de Asia.
El
gobierno de China y el Partido Comunista chino estaban alarmados por estas
tendencias. El 5 de diciembre de 1994 emitieron una declaración conjunta que
decía, entre otras cosas:
Se ha debilitado la educación pública en temas
científicos en años recientes. Al mismo tiempo han ido creciendo actividades de
superstición e ignorancia y se han hecho frecuentes los casos de anticiencia y
pseudociencia. En consecuencia, se deben aplicar medidas eficaces lo antes
posible para fortalecer la educación pública en la ciencia. El nivel de
educación pública en ciencia y tecnología es una señal importante del logro
científico nacional. Es un asunto de la mayor importancia en el desarrollo
económico, avance científico y progreso de la sociedad. Debemos prestar
atención y potenciar esta educación pública como parte de la estrategia de
modernización de nuestro país socialista para conseguir una nación poderosa y
próspera. La ignorancia, como la pobreza, nunca es socialista.
Así pues, la pseudociencia
en Estados Unidos es parte de una tendencia global. Sus causas, peligros,
diagnóstico y tratamiento son iguales en todas partes. Aquí, los psíquicos
venden sus servicios en largos anuncios de televisión con el respaldo personal
de los presentadores. Tienen su canal propio, el Psychic Friends Network, con
un millón de abonados anuales que lo usan como guía en su vida cotidiana. Hay
una especie de astrólogo-adivino-psíquico dispuesto a aconsejar a altos
ejecutivos de grandes corporaciones, analistas financieros, abogados y
banqueros sobre cualquier tema. «Si la gente supiera cuántas personas,
especialmente entre los más ricos y poderosos, van a los psíquicos, se
quedaría con la boca abierta para siempre», dice un psíquico de Cleveland,
Ohio. Tradicionalmente, la realeza ha sido vulnerable a los fraudes psíquicos.
En la antigua China y en Roma la astrología era propiedad exclusiva del
emperador; cualquier uso privado de este poderoso arte se consideraba una
ofensa capital. Procedentes de una cultura del sur de California particularmente
crédula, Nancy y Ronald Reagan consultaban a un astrólogo para temas privados y
públicos, sin que los votantes tuvieran conocimiento de ello. Parte del
proceso de toma de decisiones que influyen en el futuro de nuestra civilización
está sencillamente en manos de charlatanes. De todas formas, la práctica es
relativamente baja en América; su extensión es mundial.
---ooo---
Por
divertida que pueda parecer la pseudociencia, por mucho que confiemos en que
nunca seremos tan crédulos como para que nos afecte una doctrina así, sabemos
que está ocurriendo a nuestro alrededor. La Meditación Trascendental y Aum
Shin-rikyo parecen haber atraído a gran número de personas competentes,
algunas con títulos avanzados de física o ingeniería. No son doctrinas para
mentecatos. Hay algo más.
Más aún,
nadie que esté interesado en lo que son las religiones y cómo empiezan puede
ignorarlas. Aunque parece que se alzan amplias barreras entre una opinión local
pseudocientífica y algo así como una religión mundial, los tabiques de
separación son muy delgados. El mundo nos presenta problemas casi
insuperables. Se ofrece una amplia variedad de soluciones, algunas de visión
mundial muy limitada, otras de un alcance portentoso. En la habitual selección
natural darwiniana de las doctrinas, algunas resisten durante un tiempo,
mientras la mayoría se desvanecen rápidamente. Pero unas pocas —a veces, como
ha mostrado la historia, las más descuidadas y menos atractivas de entre
ellas— pueden tener el poder de cambiar profundamente la historia del mundo.
El
continium que va de la ciencia mal practicada, la pseudociencia y la
superstición (antigua y de la «Nueva Era») hasta la respetable religión basada
en la revelación es confuso. Intento no utilizar la palabra «culto» en este
libro en el sentido habitual de una religión que desagrada al que habla. Sólo
pretendo llegar a la piedra angular del conocimiento: ¿saben realmente lo que
afirman saber? Todo el mundo, por lo visto, tiene una opinión relevante.
En algunos
pasajes de este libro me mostraré crítico con los excesos de la teología,
porque en los extremos es difícil distinguir la pseudociencia de la religión
rígida y doctrinaria. Sin embargo, quiero reconocer de entrada la diversidad y
complejidad prodigiosa del pensamiento y práctica religiosa a lo largo de los
siglos, el crecimiento de la religión liberal y de la comunidad ecuménica en
el último siglo y el hecho de que —como en la Reforma protestante, el ascenso
del judaismo de la Reforma, el Vaticano II y el llamado alto criticismo de la
Biblia— la religión ha luchado (con distintos niveles de éxito) contra sus
propios excesos. Pero, igual que muchos científicos parecen reacios a debatir
o incluso comentar públicamente la pseudociencia, muchos defensores de las
religiones principales se resisten a enfrentarse a conservadores ultras y
funda-mentalistas. Si se mantiene la tendencia, a la larga el campo es suyo;
pueden ganar el debate por incomparecencia del contrario.
Un líder
religioso me escribe sobre su anhelo de «integridad disciplinada» en la
religión:
Nos hemos vuelto demasiado sentimentales... La
devoción extrema y la psicología barata por un lado, y la arrogancia e intolerancia
dogmática por el otro, distorsionan la auténtica vida religiosa hasta hacerla
irreconocible. A veces casi rozo la desesperación, pero también vivo con
tenacidad y siempre con esperanza... La religión sincera, más familiar que sus
críticos con las distorsiones y absurdidades perpetradas en su nombre, tiene un
interés activo en alentar un escepticismo saludable para sus propósitos...
Existe la posibilidad de que la religión y la ciencia forjen una relación
poderosa contra la pseudociencia. Por extraño que parezca, creo que pronto se
unirán para oponerse a la pseudorreligión.
La pseudociencia es distinta
de la ciencia errónea. La ciencia avanza con los errores y los va eliminando
uno a uno. Se llega continuamente a conclusiones falsas, pero se formulan
hipotéticamente. Se plantean hipótesis de modo que puedan refutarse. Se confronta
una sucesión de hipótesis alternativas mediante experimento y observación. La
ciencia anda a tientas y titubeando hacia una mayor comprensión. Desde luego,
cuando se descarta una hipótesis científica se ven afectados los sentimientos
de propiedad, pero se reconoce que este tipo de refutación es el elemento
central de la empresa científica.
La
pseudociencia es justo lo contrario. Las hipótesis suelen formularse
precisamente de modo que sean invulnerables a cualquier experimento que
ofrezca una posibilidad de refutación, por lo que en principio no pueden ser
invalidadas. Los practicantes se muestran cautos y a la defensiva. Se oponen al
escrutinio escéptico. Cuando la hipótesis de los pseudocientíficos no consigue
cuajar entre los científicos se alegan conspiraciones para suprimirla.
La
capacidad motora en la gente sana es casi perfecta. Raramente tropezamos o
caemos, excepto de pequeños o en la vejez. Aprendemos tareas como montar en
bicicleta, patinar, saltar a la comba o conducir un coche y conservamos este
dominio para toda la vida. Aunque estemos una década sin practicarlo, no nos
cuesta ningún esfuerzo recuperarlo. La precisión y retención de nuestras
habilidades motoras, sin embargo, nos da un falso sentido de confianza en
nuestros otros talentos. Nuestras percepciones son falibles. A veces vemos lo
que no existe. Somos víctimas de ilusiones ópticas. En ocasiones alucinamos.
Tendemos a cometer errores. Un libro francamente ilustrativo, titulado Cómo
sabemos que no es así: la falibilidad de la razón humana en la vida cotidiana,
de Thomas Gilovich, muestra cómo la gente yerra sistemáticamente en la comprensión
de números, cómo rechaza las pruebas desagradables, cómo le influyen las
opiniones de otros. Somos buenos en algunas cosas, pero no en todo. La
sabiduría radica en comprender nuestras limitaciones. «Porque el hombre es una
criatura atolondrada», nos enseña William Shakespeare. Aquí es donde entra el
puntilloso rigor escéptico de la ciencia.
Quizá la
distinción más clara entre la ciencia y la pseudociencia es que la primera
tiene una apreciación mucho más comprensiva de las imperfecciones humanas y la
falibilidad que la pseudociencia (o revelación «inequívoca»). Si nos negamos
categóricamente a reconocer que somos susceptibles de cometer un error,
podemos estar seguros de que el error —incluso un error grave, una
equivocación profunda— nos acompañará siempre. Pero si somos capaces de
evaluarnos con un poco de coraje, por muy lamentables que sean las reflexiones
que podamos engendrar, nuestras posibilidades mejoran enormemente.
Si nos
limitamos a mostrar los descubrimientos y productos de la ciencia —no importa
lo útiles y hasta inspiradores que puedan ser— sin comunicar su método crítico,
¿cómo puede distinguir el ciudadano medio entre ciencia y pseudociencia? Ambas
se presentan como afirmación sin fundamento. En Rusia y China solía ser fácil.
La ciencia autorizada era la que enseñaban las autoridades. La distinción entre
ciencia y pseudociencia se hacía a medida. No hacía falta explicar las dudas.
Pero en cuanto se produjeron cambios políticos profundos y se liberaron las
restricciones del libre pensamiento hubo una serie de afirmaciones seguras o
carismáticas —especialmente las que nos decían lo que queríamos oír— que consiguieron
muchos seguidores. Cualquier idea, por improbable que fuera, conseguía
autoridad.
Para el
divulgador de la ciencia es un desafío supremo aclarar la historia actual y
tortuosa de sus grandes descubrimientos y equivocaciones, y la testarudez
ocasional de sus practicantes en su negativa a cambiar de camino. Muchos, quizá
la mayoría de los libros de texto de ciencias para científicos en ciernes, lo
abordan con ligereza. Es mucho más fácil presentar de modo atractivo la sabiduría
destilada durante siglos de interrogación paciente y colectiva sobre la
naturaleza que detallar el complicado aparato de destilación. El método, aunque
sea indigesto y espeso, es mucho más importante que los descubrimientos de la
ciencia.
CAPITULO 2
_______
Dos hombres llegaron a un agüero
en el cielo. Uno le pidió al otro
que le ayudara a subir...
Pero el cielo era tan bonito que el hombre
que miraba por encima del margen;
lo olvidó todo, olvidó a su compañero al
que había
prometido ayudar y salió corriendo hacia todo el esplendor del cielo.
De un
poema en prosa inuit iglülik
de principios del siglo XX,
contado por Inugpasugjuk
a Knud Rasmussen,
el
explorador ártico de Groenlandia
Yo fui
niño en una época de esperanza. Quise ser científico desde mis primeros días de
escuela. El momento en que cristalizó mi deseo llegó cuando capté por primera
vez que las estrellas eran soles poderosos, cuando constaté lo increíblemente
lejos que debían de estar para aparecer como simples puntos de luz en el
cielo. No estoy seguro de que entonces supiera siquiera el significado de la
palabra «ciencia», pero de alguna manera quería sumergirme en toda su grandeza.
Me llamaba la atención el esplendor del universo, me fascinaba la perspectiva
de comprender cómo funcionan realmente las cosas, de ayudar a descubrir
misterios profundos, de explorar nuevos mundos... quizá incluso literalmente.
He tenido la suerte de haber podido realizar este sueño al menos en parte. Para
mí, el romanticismo de la ciencia sigue siendo tan atractivo y nuevo como lo
fuera aquel día, hace más de medio siglo, que me enseñaron las maravillas de
la Feria Mundial de 1939.
Popularizar
la ciencia —intentar hacer accesibles sus métodos y descubrimientos a los no
científicos— es algo que viene a continuación, de manera natural e inmediata. No
explicar la ciencia me parece perverso. Cuando uno se enamora, quiere contarlo
al mundo. Este libro es una declaración personal que refleja mi relación de
amor de toda la vida con la ciencia.
Pero hay
otra razón: la ciencia es más que un cuerpo de conocimiento, es una manera de
pensar. Preveo cómo será la América de la época de mis hijos o nietos: Estados
Unidos será una economía de servicio e información; casi todas las industrias
manufactureras clave se habrán desplazado a otros países; los temibles poderes
tecnológicos estarán en manos de unos pocos y nadie que represente el interés
público se podrá acercar siquiera a los asuntos importantes; la gente habrá
perdido la capacidad de establecer sus prioridades o de cuestionar con
conocimiento a los que ejercen la autoridad; nosotros, aferrados a nuestros
cristales y consultando nerviosos nuestros horóscopos, con las facultades
críticas en declive, incapaces de discernir entre lo que nos hace sentir bien
y lo que es cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta, en la
superstición y la oscuridad.
La caída en la estupidez de
Norteamérica se hace evidente principalmente en la lenta decadencia del
contenido de los medios de comunicación, de enorme influencia, las cuñas de
sonido de treinta segundos (ahora reducidas a diez o menos), la programación de
nivel ínfimo, las crédulas presentaciones de pseudociencia y superstición,
pero sobre todo en una especie de celebración de la ignorancia. En estos
momentos, la película en vídeo que más se alquila en Estados Unidos es Dumb
and Dumber. Beavis y Buttheadi siguen siendo populares (e influyentes)
entre los jóvenes espectadores de televisión. La moraleja más clara es que el
estudio y el conocimiento —no sólo de la ciencia, sino de cualquier cosa— son
prescindibles, incluso indeseables.
Hemos
preparado una civilización global en la que los elementos más cruciales —el
transporte, las comunicaciones y todas las demás industrias; la agricultura, la
medicina, la educación, el ocio, la protección del medio ambiente, e incluso la
institución democrática clave de las elecciones— dependen profundamente de la
ciencia y la tecnología. También hemos dispuesto las cosas de modo que nadie
entienda la ciencia y la tecnología. Eso es una garantía de desastre.
Podríamos seguir así una temporada pero, antes o después, esta mezcla
combustible de ignorancia y poder nos explotará en la cara.
Una vela
en la oscuridad es el título de un libro valiente, con importante base bíblica, de Thomas
Ady, publicado en Londres en 1656, que ataca la caza de brujas que se realizaba
entonces como una patraña «para engañar a la gente». Cualquier enfermedad o tormenta,
cualquier cosa fuera de lo ordinario, se atribuía popularmente a la brujería.
Las brujas deben existir: Ady citaba el argumento de los «traficantes de
brujas»: «¿cómo si no existirían, o llegarían a ocurrir esas cosas?» Durante
gran parte de nuestra historia teníamos tanto miedo del mundo exterior, con
sus peligros impredecibles, que nos abrazábamos con alegría a cualquier cosa
que prometiera mitigar o explicar el terror. La ciencia es un intento, en gran
medida logrado, de entender el mundo, de conseguir un control de las cosas, de
alcanzar el dominio de nosotros mismos, de dirigirnos hacia un camino seguro.
La microbiología y la meteorología explican ahora lo que hace sólo unos siglos
se consideraba causa suficiente para quemar a una mujer en la hoguera.
Ady
también advertía del peligro de que «las naciones perezcan por falta de
conocimiento». La causa de la miseria humana evitable no suele ser tanto la
estupidez como la ignorancia, particularmente la ignorancia de nosotros
mismos. Me preocupa, especialmente ahora que se acerca el fin del milenio, que
la pseudociencia y la superstición se hagan más tentadoras de año en año, el
canto de sirena más sonoro y atractivo de la insensatez. ¿Dónde hemos oído eso
antes? Siempre que afloran los prejuicios étnicos o nacionales, en tiempos de
escasez, cuando se desafía a la autoestima o vigor nacional, cuando sufrimos
por nuestro insignificante papel y significado cósmico o cuando hierve el
fanatismo a nuestro alrededor, los hábitos de pensamiento familiares de épocas
antiguas toman el control.
La llama
de la vela parpadea. Tiembla su pequeña fuente de luz. Aumenta la oscuridad.
Los demonios empiezan a agitarse.
---ooo---
Es mucho
lo que la ciencia no entiende, quedan muchos misterios todavía por resolver.
En un universo que abarca decenas de miles de millones de años luz y de unos
diez o quince miles de millones de años de antigüedad, quizá siempre será así.
Tropezamos constantemente con sorpresas. Sin embargo, algunos escritores y
religiosos de la «Nueva Era» afirman que los científicos creen que «lo que
ellos encuentran es todo lo que existe». Los científicos pueden rechazar
revelaciones místicas de las que no hay más prueba que lo que dice alguien,
pero es difícil que crean que su conocimiento de la naturaleza es completo.
La ciencia
está lejos de ser un instrumento de conocimiento perfecto. Simplemente, es el
mejor que tenemos. En este sentido, como en muchos otros, es como la
democracia. La ciencia por sí misma no puede apoyar determinadas acciones
humanas, pero sin duda puede iluminar las posibles consecuencias de acciones
alternativas.
La manera
de pensar científica es imaginativa y disciplinada al mismo tiempo. Ésta es la
base de su éxito. La ciencia nos invita a aceptar los hechos, aunque no se
adapten a nuestras ideas preconcebidas. Nos aconseja tener hipótesis
alternativas en la cabeza y ver cuál se adapta mejor a los hechos. Nos insta a
un delicado equilibrio entre una apertura sin barreras a las nuevas ideas, por
muy heréticas que sean, y el escrutinio escéptico más riguroso: nuevas ideas y
sabiduría tradicional. Esta manera de pensar también es una herramienta
esencial para una democracia en una era de cambio.
Una de las
razones del éxito de la ciencia es que tiene un mecanismo incorporado que
corrige los errores en su propio seno. Quizá algunos consideren esta
caracterización demasiado amplia pero, para mí, cada vez que ejercemos la
autocrítica, cada vez que comprobamos nuestras ideas a la luz del mundo
exterior, estamos haciendo ciencia. Cuando somos autoindulgentes y acríticos,
cuando confundimos las esperanzas con los hechos, caemos en la pseudociencia y
la superstición.
Cada vez
que un estudio científico presenta algunos datos, va acompañado de un margen de
error: un recordatorio discreto pero insistente de que ningún conocimiento es
completo o perfecto. Es una forma de medir la confianza que tenemos en lo que
creemos saber. Si los márgenes de error son pequeños, la precisión de nuestro
conocimiento empírico es alta; si son grandes, también lo es la incertidumbre
de nuestro conocimiento. Excepto en matemática pura, nada se sabe seguro
(aunque, con toda seguridad, mucho es falso).
Además,
los científicos suelen ser muy cautos al establecer la condición verídica de
sus intentos de entender el mundo —que van desde conjeturas e hipótesis, que
son provisionales, hasta las leyes de la naturaleza, repetida y
sistemáticamente confirmadas a través de muchos interrogantes acerca del
funcionamiento del mundo. Pero ni siquiera las leyes de la naturaleza son
absolutamente ciertas. Puede haber nuevas circunstancias nunca examinadas antes
—sobre los agujeros negros, por ejemplo, o dentro del electrón, o acerca de
la velocidad de la luz— en las que incluso nuestras loadas leyes de la
naturaleza fallan y, por muy válidas que puedan ser en circunstancias
ordinarias, necesitan corrección.
Los humanos podemos desear
la certeza absoluta, aspirar a ella, pretender como hacen los miembros de
algunas religiones que la hemos logrado. Pero la historia de la ciencia —sin
duda la afirmación de conocimiento accesible a los humanos de mayor éxito— nos
enseña que lo máximo que podemos esperar es, a través de una mejora sucesiva de
nuestra comprensión, aprendiendo de nuestros errores, tener un enfoque
asintótico del universo, pero con la seguridad de que la certeza absoluta
siempre se nos escapará.
Siempre
estaremos sujetos al error. Lo máximo que puede esperar cada generación es
reducir un poco el margen de error y aumentar el cuerpo de datos al que se
aplica. El margen de error es una autovaloración penetrante, visible, de la
fiabilidad de nuestro conocimiento. Se puede ver a menudo el margen de error
en encuestas de opinión pública («una inseguridad de más o menos tres por
ciento», por ejemplo). Imaginemos una sociedad en la que todo discurso en el
Parlamento, todo anuncio de televisión, todo sermón fuera acompañado de un
margen de error o su equivalente.
Uno de los
grandes mandamientos de la ciencia es: «Desconfía de los argumentos que
proceden de la autoridad.» (Desde luego, los científicos, siendo primates y
dados por tanto a las jerarquías de dominación, no siempre siguen este
mandamiento.) Demasiados argumentos de este tipo han resultado ser
dolorosamente erróneos. Las autoridades deben demostrar sus opiniones como
todos los demás. Esta independencia de la ciencia, su reluctancia ocasional a
aceptar la sabiduría convencional, la hace peligrosa para doctrinas menos
autocríticas o con pretensiones de certidumbre.
Como la
ciencia nos conduce a la comprensión de cómo es el mundo y no de cómo
desearíamos que fuese, sus descubrimientos pueden no ser inmediatamente
comprensibles o satisfactorios en todos los casos. Puede costar un poco de
trabajo reestructurar nuestra mente. Parte de la ciencia es muy simple. Cuando
se complica suele ser porque el mundo es complicado, o porque nosotros somos
complicados. Cuando nos alejamos de ella porque parece demasiado difícil
(o porque nos la han enseñado mal) abandonamos la posibilidad de
responsabilizarnos de nuestro, futuro. Se nos priva de un derecho. Se erosiona
la confianza en nosotros mismos.
Pero
cuando atravesamos la barrera, cuando los descubrimientos y métodos de la
ciencia llegan hasta nosotros, cuando entendemos y ponemos en uso este
conocimiento, muchos de nosotros sentimos una satisfacción profunda. A todo el
mundo le ocurre eso, pero especialmente a los niños, que nacen con afán de
conocimiento, conscientes de que deben vivir en un futuro moldeado por la
ciencia, pero a menudo convencidos en su adolescencia de que la ciencia no es
para ellos. Sé por experiencia, tanto por habérmela explicado a mí como por mis
intentos de explicarla a otros, lo gratificante que es cuando conseguimos
entenderla, cuando los términos oscuros adquieren significado de golpe, cuando
captamos de qué va todo, cuando se nos revelan profundas maravillas.
En su
encuentro con la naturaleza, la ciencia provoca invariablemente reverencia y
admiración. El mero hecho de entender algo es una celebración de la unión, la
mezcla, aunque sea a escala muy modesta, con la magnificencia del cosmos. Y la
construcción acumulativa de conocimiento en todo el mundo a lo largo del tiempo
convierte a la ciencia en algo que no está muy lejos de un meta-pensamiento
transnacional, transgeneracional.
«Espíritu»
viene de la palabra latina «respirar». Lo que respiramos es aire, que es
realmente materia, por sutil que sea. A pesar del uso en sentido contrario, la
palabra «espiritual» no implica necesariamente que hablemos de algo distinto
de la materia (incluyendo la materia de la que está hecho el cerebro), o de
algo ajeno al reino de la ciencia. En ocasiones usaré la palabra con toda
libertad. La ciencia no sólo es compatible con la espiritualidad sino que es
una fuente de espiritualidad profunda. Cuando reconocemos nuestro lugar en una
inmensidad de años luz y en el paso de las eras, cuando captamos la
complicación, belleza y sutileza de la vida, la elevación de este sentimiento,
la sensación combinada de regocijo y humildad, es sin duda espiritual. Así son
nuestras emociones en presencia del gran arte, la música o la literatura, o
ante los actos de altruismo y valentía ejemplar como los de Mohadma Gandhi o
Martín Luther King, Jr. La idea de que la ciencia y la espiritualidad se
excluyen mutuamente de algún modo presta un flaco servicio a ambas.
---ooo---
La ciencia
puede ser difícil de entender. Puede desafiar creencias arraigadas. Cuando sus
productos se ponen a disposición de políticos o industriales, puede conducir a
las armas de destrucción masiva y a graves amenazas al entorno. Pero debe
decirse una cosa a su favor: cumple su cometido.
No todas
las ramas de la ciencia pueden presagiar el futuro —la paleontología, por
ejemplo— pero muchas sí, y con una precisión asombrosa. Si uno quiere saber
cuándo será el próximo eclipse de sol, puede preguntar a magos o místicos,
pero le irá mucho mejor con los científicos. Le dirán dónde colocarse en la
Tierra, para verlo, cuándo debe hacerlo y si será un eclipse parcial, total o
anular. Pueden predecir rutinariamente un eclipse solar, al minuto, con un
milenio de anticipación. Una persona puede ir a ver a un brujo para que le
quite el sortilegio que le provoca una anemia perniciosa, o puede tomar
vitamina B12. Si quiere salvar de la polio a su hijo, puede rezar o puede
vacunarle. Si le interesa saber el sexo de su hijo antes de nacer, puede
consultar todo lo que quiera a los adivinos que se basan en el movimiento de la
plomada (derecha-izquierda, un niño; adelante-atrás, una niña... o quizá al
revés) pero, como promedio, acertarán sólo una de cada dos veces. Si quiere
precisión (en este caso del noventa y nueve por ciento), pruebe la
amniocentesis y las ecografías. Pruebe la ciencia.
Pensemos
en cuántas religiones intentan justificarse con la profecía. Pensemos en cuánta
gente confía en esas profecías, por vagas que sean, por irrealizables que sean,
para fundamentar o apuntalar sus creencias. Pero ¿ha habido alguna religión con
la precisión profética y la exactitud de la ciencia? No hay ninguna religión
en el planeta que no ansíe una capacidad comparable —precisa y repetidamente
demostrada ante escépticos redomados— para presagiar acontecimientos futuros.
No hay otra institución humana que se acerque tanto.
¿Es todo
eso adoración ante el altar de la ciencia? ¿Es reemplazar una fe por otra,
igualmente arbitraria? Desde mi punto de vista, en absoluto. El éxito de la
ciencia, directamente observado, es la razón por la que defiendo su uso. Si
funcionara mejor otra cosa, la defendería. ¿Se aísla la ciencia de la crítica
filosófica? ¿Se define a sí misma como poseedora de un monopolio de la
«verdad»? Pensemos nuevamente en este eclipse futuro a miles de años vista.
Comparemos todas las doctrinas que podamos, veamos qué predicciones hacen del
futuro, cuáles son vagas y cuáles precisas, y qué doctrinas —cada una de ellas
sujeta a la falibilidad humana— tienen mecanismos incorporados de corrección
de errores. Tomemos nota del hecho que ninguna de ellas es perfecta. Luego
tomemos la que razonablemente puede funcionar (en oposición a la que lo parece)
mejor. Si hay diferentes doctrinas que son superiores en campos distintos e
independientes, desde luego somos libres de elegir varias, pero no si se
contradicen una a otra. Lejos de ser idolatría, es el medio a través del que
podemos distinguir a los ídolos falsos de los auténticos.
Nuevamente,
la razón por la que la ciencia funciona tan bien es en parte este mecanismo
incorporado de corrección de errores. En la ciencia no hay preguntas
prohibidas, no hay temas demasiado sensibles o delicados para ser explorados,
no hay verdades sagradas. Esta apertura a nuevas ideas, combinada con el
escrutinio más riguroso y escéptico de todas las ideas, selecciona el trigo de
la cizaña. No importa lo inteligente, venerable o querido que sea uno. Debe
demostrar sus ideas ante la crítica decidida y experta. Se valoran la
diversidad y el debate. Se alienta la formulación de opiniones en disputa,
sustantivamente y en profundidad.
El proceso
de la ciencia puede parecer confuso y desordenado. En cierto modo lo es. Si
uno examina la ciencia en su aspecto cotidiano, desde luego encuentra que los
científicos ocupan toda la gama de emociones, personalidades y caracteres
humanos. Pero hay una faceta realmente asombrosa para el observador externo, y
es el nivel de crítica que se considera aceptable o incluso deseable. Los
aprendices de científicos reciben mucho calor e inspirado aliento de sus
tutores. Pero el pobre licenciado, en su examen oral de doctorado, está sujeto
a un mordaz fuego cruzado de preguntas de unos profesores que precisamente
tienen el futuro del candidato en sus manos. Naturalmente, el doctorado se pone
nervioso; ¿quién no? Cierto, se ha preparado para ello durante años. Pero
entiende que, en este momento crítico, tiene que ser capaz de responder las
minuciosas preguntas que le planteen los expertos. Así, cuando se prepara para
defender su tesis, debe practicar un hábito de pensamiento muy útil: tiene que
anticipar las preguntas, tiene que preguntarse: ¿En qué punto flaquea mi
disertación? Será mejor que lo identifique yo antes que otros.
El
científico participa en reuniones y discusiones. Se encuentra en
coloquios universitarios en los que apenas el ponente lleva treinta segundos
hablando cuando la audiencia le plantea preguntas y comentarios devastadores.
Analiza las condiciones para entregar un artículo a una revista científica para
su posible publicación, lo envía al editor y luego éste lo somete a árbitros
anónimos cuya tarea es preguntarse: ¿Lo que ha hecho el autor es una estupidez?
¿Hay algo aquí lo bastante interesante para ser publicado? ¿Cuáles son las
deficiencias de este estudio? Los resultados principales ¿han sido encontrados
por alguien más? ¿El argumento es adecuado, o el autor debería someter el
informe de nuevo después de demostrar realmente lo que aquí es sólo una
especulación? Y es anónimo: el autor no sabe quiénes son los críticos. Esta es
la práctica diaria de la comunidad científica.
¿Por qué soportamos todo
eso? ¿Nos gusta que nos critiquen? No, a ningún científico le gusta. Todo
científico siente un afecto de propietario por sus ideas y descubrimientos. Con
todo, no replicamos a los críticos: espera un momento, de verdad que es buena
idea, me gusta mucho, no te hace ningún daño, por favor, déjala en paz. En
lugar de eso, la norma dura pero justa es que si las ideas no funcionan,
debemos descartarlas. No gastes neuronas en lo que no funciona. Dedica esas
neuronas a ideas nuevas que expliquen mejor los datos. El físico británico
Michael Faraday advirtió de la poderosa tentación de buscar las pruebas y
apariencias que están a favor de nuestros deseos y desatender las que se oponen
a ellos...
Recibimos como favorable lo que concuerda con [nosotros], nos resistimos
con desagrado a lo que se nos opone; mientras todo dictado del sentido común
requiere exactamente lo contrario.
Las críticas válidas te
hacen un favor.
Hay gente
que considera arrogante a la ciencia, especialmente cuando pretende
contradecir creencias arraigadas o cuando introduce conceptos extraños que
parecen contrarios al sentido común. Como un terremoto que sacude nuestra fe
en el terreno donde nos hallamos, desafiar nuestras creencias tradicionales,
zarandear las doctrinas en las que hemos confiado, puede ser profundamente
perturbador. Sin embargo, mantengo que la ciencia es parte integrante de la
humildad. Los científicos no pretenden imponer sus necesidades y deseos a la
naturaleza, sino que humildemente la interrogan y se toman en serio lo que
encuentran. Somos conscientes de que científicos venerados se han equivocado.
Entendemos la imperfección humana. Insistimos en la verificación independiente
—hasta donde sea posible— y. cuantitativa de los principios de creencia que se
proponen. Constantemente estamos clavando el aguijón, desafiando, buscando
contradicciones o pequeños errores persistentes, residuales, proponiendo
explicaciones alternativas, alentando la herejía. Damos nuestras mayores
recompensas a los que refutan convincentemente creencias establecidas.
Aquí va
uno de los muchos ejemplos: las leyes de movimiento y la ley de cuadrado
inverso de gravitación asociadas con el nombre de Isaac Newton están
consideradas con razón entre los máximos logros de la especie humana.
Trescientos años después, utilizamos la dinámica newtoniana para predecir los
eclipses. Años después del lanzamiento, a miles de millones de kilómetros de la
Tierra (con sólo pequeñas correcciones de Einstein), la nave espacial llega de
manera magnífica a un punto predeterminado en la órbita del objetivo mientras
el mundo va moviéndose lentamente. La precisión es asombrosa. Sencillamente,
Newton sabía lo que hacía.
Pero los
científicos no se han conformado con dejarlo como estaba. Han buscado con
persistencia grietas en la armadura newtoniana. A grandes velocidades y
fuertes gravedades, la física newtoniana se derrumba. Éste es uno de los
grandes descubrimientos de la relatividad especial y general de Albert Einstein
y una de las razones por las que se honra de tal modo su memoria. La física
newtoniana es válida en un amplio espectro de condiciones, incluyendo las de la
vida cotidiana. Pero, en ciertas circunstancias altamente inusuales para los
seres humanos —al fin y al cabo, no tenemos el hábito de viajar a velocidad
cercana a la de la luz— simplemente no da la respuesta correcta; no es acorde
con las observaciones de la naturaleza. La relatividad especial y general son
indistinguibles de la física newtoniana en su campo de validez, pero hacen
predicciones muy diferentes —predicciones en excelente acuerdo con la
observación— en esos otros regímenes (alta velocidad; fuerte gravedad). La
física newtoniana resulta ser una aproximación a la verdad, buena en
circunstancias con las que tenemos una familiaridad rutinaria, mala en otras.
Es un logro espléndido y justamente celebrado de la mente humana, pero tiene
sus limitaciones.
Sin
embargo, de acuerdo con nuestra comprensión de la falibilidad humana, teniendo
en cuenta la advertencia de que podemos acercarnos asintóticamente a la verdad
pero nunca alcanzarla del todo, los científicos están investigando hoy
regímenes en los que pueda fallar la relatividad general. Por ejemplo, la
relatividad general predice un fenómeno asombroso llamado ondas gravitacionales.
Nunca se han detectado directamente. Pero, si no existen, hay algo
fundamentalmente erróneo en la relatividad general. Los pulsares son estrellas
de neutrones que giran rápidamente, cuyos períodos de giro pueden medirse
ahora con una precisión de hasta quince decimales. Se predice que dos pulsares
muy densos en órbita uno alrededor del otro irradian cantidades copiosas de
ondas gravitacionales... que con el tiempo alterarán ligeramente las órbitas y
los períodos de rotación de las dos estrellas. Joseph Taylor y Russell Hulse,
de la Universidad de Princeton, han usado este método para comprobar las
predicciones de la relatividad general de un modo totalmente nuevo. Según sus
hipótesis, los resultados serían inconsistentes con la relatividad general y
habrían derribado uno de los pilares principales de la física moderna. No sólo
estaban dispuestos a desafiar la relatividad general, sino que se los animó a
hacerlo con entusiasmo. Al final, la observación de pulsares binarios da una
verificación precisa de las predicciones de la relatividad general y, por ello,
Taylor y Hulse recibieron conjuntamente el Premio Nobel de de Física en 1993.
De modos diversos, otros muchos físicos ponen a prueba la relatividad general:
por ejemplo intentando detectar directamente las elusivas ondas
gravitacionales. Confían en forzar la teoría hasta el punto de ruptura y
descubrir si existe un régimen de la naturaleza en el que empiece a no ser
sólido el gran avance de comprensión de Einstein.
Esos
esfuerzos continuarán siempre que haya científicos. La relatividad general es
ciertamente una descripción inadecuada de la naturaleza a nivel cuántico, pero,
aunque no fuera así, aunque la relatividad general fuera válida en todas
partes y para siempre, ¿qué mejor manera de convencernos de su validez que con
un esfuerzo concertado para descubrir sus errores y limitaciones?
Esta es
una de las razones por las que las religiones organizadas no me inspiran
confianza. ¿Qué líderes de las religiones principales reconocen que sus
creencias podrían ser incompletas o erróneas y establecen institutos para
desvelar posibles deficiencias doctrinales? Más allá de la prueba de la vida
cotidiana, ¿quién comprueba sistemáticamente las circunstancias en que las
enseñanzas religiosas tradicionales pueden no ser ya aplicables? (Sin duda es
concebible que doctrinas y éticas que funcionaron bastante bien en tiempos
patriarcales, patrísticos o medievales puedan carecer absolutamente de valor
en el mundo tan diferente que habitamos.) ¿En qué sermón se examina
imparcialmente la hipótesis de Dios? ¿Qué recompensas conceden a los escépticos
religiosos las religiones establecidas... o a los escépticos sociales y
económicos la sociedad en la que navegan?
La
ciencia, apunta Ann Druyan, siempre nos está susurrando al oído: «Recuerda que
eres nuevo en esto. Podrías estar equivocado. Te has equivocado antes.» A
pesar de toda la prédica sobre la humildad, me gustaría que me enseñasen algo
comparable en la religión. Se dice que las Escrituras son de inspiración
divina, una frase con muchos significados. Pero ¿y si han sido fabricadas
simplemente por humanos falibles? Se da testimonio de milagros, pero ¿y si en
lugar de eso son una mezcla de charlatanería, estados de conciencia poco
familiares, malas interpretaciones de fenómenos naturales y enfermedades
mentales? No me parece que ninguna religión contemporánea y ninguna creencia
de la «Nueva Era» tenga en cuenta suficientemente la grandeza, magnificencia,
sutileza y complicación del universo revelado por la ciencia. El hecho de que
en las Escrituras se hallen prefigurados tan pocos descubrimientos de la
ciencia moderna aporta mayores dudas a mi mente sobre la inspiración divina.
Pero, sin duda, podría estar equivocado.
---ooo---
Vale la pena leer los dos
párrafos que siguen, no para entender la ciencia que describen sino para
captar el estilo de pensamiento del autor. Se enfrenta a anomalías, paradojas
aparentes en física; «asimetrías», las llama. ¿Qué podemos aprender de ellas?
Es sabido que la electrodinámica de Maxwell
—tal y como se entiende actualmente— conduce a asimetrías que no parecen inherentes
a los fenómenos, cuando se aplica a cuerpos en movimiento. Tómese, por
ejemplo, la acción electromagnética dinámica recíproca entre un imán y un
conductor. El fenómeno que aquí se observa depende únicamente del movimiento
relativo entre el conductor y el imán, mientras que la visión habitual establece
una bien definida distinción entre los dos casos en que uno u otro de esos cuerpos
está en movimiento. Ya que si el imán está en movimiento y el conductor en
reposo, aparece en los alrededores del imán un campo eléctrico con una cierta
energía definida, que produce una corriente en aquellos lugares donde se
sitúan partes del conductor. Pero si el imán está estacionario y el conductor
en movimiento, no surge ningún campo eléctrico en los alrededores del imán. Sin
embargo, en el conductor encontramos una fuerza electromotriz, para la que no
existe la energía correspondiente, pero que da lugar —suponiendo que el
movimiento relativo sea el mismo en los dos casos discutidos— a corrientes
eléctricas de la misma dirección e intensidad que las producidas por las
fuerzas eléctricas en el caso anterior.
Ejemplos
de este tipo, junto a los intentos que sin éxito se han realizado para
descubrir cualquier movimiento de la Tierra con respecto al «éter», sugieren
que los fenómenos de la electrodinámica lo mismo que los de la mecánica no
poseen propiedades que corresponden a la idea del reposo absoluto. Más bien sugieren
que, como se ha demostrado en el primer orden de pequeñas cantidades, serán
válidas las mismas leyes de electrodinámica y óptica para todos los marcos de
referencia en que sean aplicables las ecuaciones de mecánica.
¿Qué
intenta decirnos aquí el autor? Más adelante trataré de explicar los
antecedentes. De momento, quizá podemos reconocer que el lenguaje es
ahorrativo, cauto, claro y sin un ápice más de complicación que la necesaria.
No es posible adivinar a primera vista por la redacción (o por el poco
ostentoso título: «Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento») que
este artículo representa la llegada crucial al mundo de la teoría de la
relatividad especial, la puerta del anuncio triunfante de la equivalencia de
masa y energía, la reducción de la presunción de que nuestro pequeño mundo
ocupa algún «marco de referencia privilegiado» en el universo, y en varios
aspectos diferentes un acontecimiento que marca una época en la historia
humana. Las palabras que abren el artículo de 1905 de Einstein son
características del informe científico. Su aire desinteresado, su
circunspección y modestia son agradables. Contrastemos su tono contenido, por
ejemplo, con los productos de la publicidad moderna, discursos políticos,
pronunciamientos teológicos autorizados... o, por qué no, con la propaganda de
la solapa de este libro.
Nótese que
el informe de Einstein empieza intentando extraer un sentido de unos resultados
experimentales. Siempre que sea posible, los científicos experimentan. Los
experimentos que se proponen dependen a menudo de las teorías que prevalecen en
el momento. Los científicos están decididos a comprobar esas teorías hasta el
punto de ruptura. No confían en lo que es intuitivamente obvio. Que la Tierra
era plana fue obvio en un tiempo. Fue obvio que los cuerpos pesados caían más
de prisa que los ligeros. Fue obvio que algunas personas eran esclavas por
naturaleza y por decreto divino. Fue obvio que las sanguijuelas curaban la
mayoría de las enfermedades. Fue obvio que existía un lugar que ocupaba el
centro del universo, y que la Tierra se encontraba en ese lugar privilegiado.
Fue obvio que hubo un sistema de referencia en reposo absoluto. La verdad puede
ser confusa o contraria a la intuición. Puede contradecir creencias profundas.
Experimentando, llegamos a controlarla.
Hace
muchas décadas, en una cena, se pidió al físico Robert W. Wood que respondiera
al brindis: «Por la física y la metafísica.» Por «metafísica» se entendía
entonces algo así como la filosofía, o verdades que uno puede reconocer sólo
pensando en ellas. También podían haber incluido la pseudociencia.
Wood
respondió aproximadamente de esta guisa: El físico tiene una idea. Cuanto más
piensa en ella, más sentido le parece que tiene. Consulta la literatura
científica. Cuanto más lee, más prometedora le parece la idea. Con esta
preparación va al laboratorio y concibe un experimento para comprobarlo. El
experimento es trabajoso. Se comprueban muchas posibilidades. Se afina la
precisión de la medición, se reducen los márgenes de error. Deja que los casos
sigan su curso. Se concentra sólo en lo que le enseña el experimento. Al final
de todo su trabajo, después de una minuciosa experimentación, se encuentra con
que la idea no tiene valor. Así, el físico la descarta, libera su mente de la
confusión del error y pasa a otra cosa.[6]
La
diferencia entre física y metafísica, concluyó Wood mientras levantaba su vaso,
no es que los practicantes de una sean más inteligentes que los de la otra. La
diferencia es que la metafísica no tiene laboratorio.
---ooo---
Para mí, hay cuatro razones
principales para realizar un esfuerzo concertado que acerque la ciencia —por
radio, televisión, cine, periódicos, libros, programas de ordenador, parques
temáticos y aulas de clase— a todos los ciudadanos. En todos los usos de la
ciencia es insuficiente —y ciertamente peligroso— producir sólo un sacerdocio
pequeño, altamente competente y bien recompensado de profesionales. Al
contrario, debe hacerse accesible a la más amplia escala una comprensión
fundamental de los descubrimientos y métodos de la ciencia.
• A pesar de las abundantes
oportunidades de mal uso, la ciencia puede ser el camino dorado para que las
naciones en vías de desarrollo salgan de la pobreza y el atraso. Hace
funcionar las economías nacionales y la civilización global. Muchas naciones
lo entienden. Ésa es la razón por la que tantos licenciados en ciencia e
ingeniería de las universidades norteamericanas —todavía las mejores del
mundo— son de otros países. El corolario, que a veces no se llega a captar en
Estados Unidos, es que abandonar la ciencia es el camino de regreso a la
pobreza y el atraso.
• La ciencia nos alerta de los riesgos que plantean las tecnologías que
alteran el mundo, especialmente para el medio ambiente global del que dependen
nuestras vidas. La ciencia proporciona un esencial sistema de alarma.
• La ciencia nos enseña los
aspectos más profundos de orígenes, naturalezas y destinos: de nuestra especie,
de la vida, de nuestro planeta, del universo. Por primera vez en la historia de
la humanidad, podemos garantizar una comprensión real de algunos de esos
aspectos. Todas las culturas de la Tierra han trabajado estos temas y valorado
su importancia. A todos se nos pone la carne de gallina cuando abordamos estas
grandes cuestiones. A la larga, el mayor don de la ciencia puede ser enseñarnos
algo, de un modo que ningún otro empeño ha sido capaz de hacer, sobre nuestro
contexto cósmico, sobre dónde, cuándo y quiénes somos.
• Los valores de la ciencia y
los valores de la democracia son concordantes, en muchos casos indistinguibles.
La ciencia y la democracia empezaron —en sus encarnaciones civilizadas— en el
mismo tiempo y lugar, en los siglos VII y VI a. J.C. en Grecia. La ciencia
confiere poder a todo aquel que se tome la molestia de estudiarla (aunque
sistemáticamente se ha impedido a demasiados). La ciencia prospera con el libre
intercambio de ideas, y ciertamente lo requiere; sus valores son antitéticos al
secreto. La ciencia no posee posiciones ventajosas o privilegios especiales.
Tanto la ciencia como la democracia alientan opiniones poco convencionales y un
vivo debate. Ambas exigen raciocinio suficiente, argumentos coherentes,
niveles rigurosos de prueba y honestidad. La ciencia es una manera de ponerles
las cartas boca arriba a los que se las dan de conocedores. Es un bastión
contra el misticismo, contra la superstición, contra la religión aplicada
erróneamente. Si somos fieles a sus valores, nos puede decir cuándo nos están
engañando. Nos proporciona medios para la corrección de nuestros errores.
Cuanto más extendido esté su lenguaje, normas y métodos, más posibilidades
tenemos de conservar lo que Thomas Jefferson y sus colegas tenían en mente.
Pero los productos de la ciencia también pueden subvertir la democracia más de
lo que pueda haber soñado jamás cualquier demagogo preindustrial.
Para
encontrar una brizna de verdad ocasional flotando en un gran océano de
confusión y engaño se necesita atención, dedicación y valentía. Pero si no
ejercitamos esos duros hábitos de pensamiento, no podemos esperar resolver los
problemas realmente graves a los que nos enfrentamos... y corremos el riesgo de
convertirnos en una nación de ingenuos, un mundo de niños a
disposición del primer charlatán que nos pase por delante.
----ooo---
Un ser
extraterrestre recién llegado a la Tierra —si hiciera un examen de lo que
presentamos principalmente a nuestros hijos en televisión, radio, cine,
periódicos, revistas, cómics y muchos libros— podría llegar fácilmente a la
conclusión de que queremos enseñarles asesinatos, violaciones, crueldad,
superstición, credulidad y consumismo. Insistimos en ello y, a fuerza de
repetición, por fin muchos de ellos quizá aprendan. ¿Qué tipo de sociedad
podríamos crear si, en lugar de eso, les inculcáramos la ciencia y un soplo de
esperanza?
CAPÍTULO 3
EL HOMBRE
DE LA LUNA
Y LA CARA
DE MARTE
______
La luna
salta
en la
corriente del Gran Río. Flotando en el viento, ¿qué parezco?
Du Fu,
«Viaje
nocturno»
(China,
dinastía Tang, 765)
Cada campo de la ciencia
tiene su propio complemento de pseudociencia. Los geofísicos tienen que
enfrentarse a Tierras planas, Tierras huecas. Tierras con ejes que se
balancean desordenadamente, continentes de rápido ascenso y hundimiento y
profetas del terremoto. Los botánicos tienen plantas cuyas apasionantes vidas
emocionales se pueden seguir con detectores de mentiras, los antropólogos
tienen hombres-mono supervivientes, los zoólogos dinosaurios vivos y los
biólogos evolutivos tienen a los literalistas bíblicos pisándoles los talones.
Los arqueólogos tienen antiguos astronautas, runas falsificadas y estatuas
espurias. Los físicos tienen máquinas de movimiento perpetuo, un ejército de
aficionados a refutar la relatividad y quizá la fusión fría. Los químicos
todavía tienen la alquimia. Los psicólogos tienen mucho de psicoanálisis y casi
toda la parapsicología. Los economistas tienen las previsiones económicas a
largo plazo. Los meteorólogos, hasta ahora, tienen previsiones del tiempo de
largo alcance, como en el Almanaque del campesino que se guía por las
manchas solares (aunque la previsión del clima a largo plazo es otro asunto).
La astronomía tiene como pseudociencia equivalente principal la astrología,
disciplina de la que surgió. A veces las pseudociencias se entrecruzan y aumenta
la confusión, como en las búsquedas telepáticas de tesoros enterrados de la
Atlántida o en las previsiones económicas astrológicas.
Pero, como
yo trabajo con planetas, y como me he interesado en la posibilidad de vida
extraterrestre, las pseudociencias que más a menudo aparecen en mi camino
implican otros mundos y lo que con tanta facilidad en nuestra época se ha dado
en llamar «extraterrestres». En los capítulos que siguen quiero presentar dos
doctrinas pseudocientíficas recientes y en cierto modo relacionadas. Comparten
la posibilidad de que las imperfecciones perceptuales y cognitivas humanas
representen un papel en nuestra confusión sobre temas de gran importancia. La
primera sostiene que una cara de piedra gigante de eras antiguas mira
inexpresivamente hacia el cielo desde la arena de Marte. La segunda mantiene
que seres ajenos de mundos distantes visitan la Tierra con despreocupada
impunidad.
Aunque el
resumen sea escueto, ¿no provoca cierta emoción la contemplación de esas
afirmaciones? ¿Y si esas viejas ideas de ciencia ficción —en las que sin duda
resuenan profundos temores y anhelos humanos— llegaran a ocurrir realmente?
¿Cómo pueden no producir interés? Ante un material así, hasta el cínico más
obtuso se conmueve. ¿Estamos totalmente seguros de poder descartar esas
afirmaciones sin ninguna sombra de duda? Y si unos desenmascaradores
empedernidos son capaces de notar su atractivo, ¿qué deben sentir aquellos que,
como el señor «Buckiey», ignoran el escepticismo científico?
---ooo---
La Luna,
durante la mayor parte de la historia —antes de las naves espaciales, antes de
los telescopios, cuando estábamos todavía prácticamente inmersos en el
pensamiento mágico— era un enigma. Casi nadie pensaba en ella como un mundo.
¿Qué vemos
realmente cuando miramos la Luna a simple vista? Discernimos una configuración
de marcas irregulares brillantes y oscuras, no una representación parecida a un
objeto familiar. Pero nuestros ojos, casi de manera irresistible, conectan las
marcas subrayando algunas e ignorando otras. Buscamos una forma y la encontramos.
En los mitos y el folclore mundial se ven muchas imágenes: una mujer tejiendo,
bosques de laureles, un elefante que salta de un acantilado, una chica con un
cesto a la espalda, un conejo, los intestinos lunares salpicados sobre su
superficie tras ser destripados por una ave irritable sin alas, una mujer que
machaca una corteza para hacer tela, un jaguar de cuatro ojos. A los de una
cultura les cuesta creer cómo los de otra pueden ver esas cosas tan raras.
La imagen
más común es el Hombre de la Luna. Desde luego, no parece un hombre de verdad.
Tiene las facciones ladeadas, alabeadas, torcidas. Tiene un bistec o algo
parecido encima del ojo izquierdo. ¿Y qué expresión transmite su boca? ¿Una «o»
de sorpresa? ¿Una señal de tristeza, quizá de lamentación? ¿Un reconocimiento
lúgubre de la dureza de la labor de la vida en la Tierra? Ciertamente, la cara
es demasiado redonda. Le faltan las orejas. Supongo que por arriba es calva. A
pesar de todo, cada vez que la miro veo una cara humana.
El
folclore mundial pinta la Luna como algo prosaico. En la generación anterior al
Apolo se decía a los niños que la Luna estaba hecha de queso verde (es decir,
oloroso) y, por alguna razón, este dato no se consideraba maravilloso sino
hilarante. En los libros infantiles y cómics , a menudo se dibuja al Hombre de
la Luna como una simple cara dentro de un círculo, no muy diferente de la «cara
feliz» con un par de puntos y un arco invertido. Bondadosa, baja su mirada
hacia las travesuras nocturnas de animales y niños.
Consideremos
nuevamente las dos categorías de terreno que reconocemos cuando examinamos la
Luna a simple vista: la frente, mejillas y barbilla más brillantes, y los ojos
y la boca más oscuros. A través de un telescopio, las facciones brillantes se
revelan como antiguas tierras altas con cráteres que, ahora lo sabemos (por la
datación radiactiva de muestras proporcionadas por los astronautas del Apolo),
datan de casi 4500 millones de años. Las facciones oscuras son flujos algo más
recientes de lava basáltica llamados maña (singular, mare, ambas
de la palabra latina que significa mar, aunque según sabemos la Luna está seca
como un hueso). Los mana brotaron en los primeros cientos de millones
de años de historia lunar, inducida en parte por el impacto de alta velocidad
de enormes asteroides y cometas. El ojo derecho es el Mare Imbrium, el bistec
inclinado sobre el ojo izquierdo es la combinación del Mare Serenitatis y el
Mare Tranquilitatis (donde aterrizó el Apolo 11) y la boca abierta
descentrada es el Mare Humorum. (La visión humana ordinaria no puede distinguir
los cráteres sin ayuda.)
El Hombre
de la Luna es en realidad un registro de antiguas catástrofes, la mayoría de
las cuales ocurrieron antes de la existencia de los humanos, de los mamíferos,
de los vertebrados, de los organismos multicelulares y, probablemente, incluso
antes de que surgiera la vida en la Tierra. Es una presunción característica
de nuestra especie darle una cara humana a la violencia cósmica aleatoria.
---ooo---
Los
humanos, como otros primates, somos gregarios. Nos gusta la compañía de los
demás. Somos mamíferos, y el cuidado paternal de los jóvenes es esencial para
la continuación de las líneas hereditarias. El padre sonríe al niño, el niño
devuelve la sonrisa y se forja o fortalece un vínculo. En cuanto el niño es
capaz de ver, reconoce caras, y ahora sabemos que esta habilidad está bien
conectada en nuestro cerebro. Los bebés que hace un millón de años eran
incapaces de reconocer una cara devolvían menos sonrisas, era menos probable
que se ganaran el corazón de sus padres y tenían menos probabilidades de
prosperar. Hoy en día, casi todos los bebés identifican con rapidez una cara
humana y responden con una mueca.
Como
efecto secundario involuntario, la eficiencia del mecanismo de reconocimiento
de formas en nuestro cerebro para aislar una cara entre un montón de detalles
es tal que a veces vemos caras donde no las hay. Reunimos fragmentos inconexos
de luz y oscuridad e, inconscientemente, intentamos ver una cara. El Hombre de
la Luna es un resultado. La película Blow up de Michelangelo Antonioni
describe otro. Hay muchos más ejemplos.
A veces es
una formación geológica, como la del Hombre Viejo de las Montañas en Franconia
Notch, New Hampshire. Sabemos que, más que un agente sobrenatural o una
antigua civilización que, por lo demás, no se ha descubierto en New Hampshire,
es producto de la erosión y los desprendimientos de una superficie de roca. En
todo caso, ya no se parece mucho a una cara. Están también la Cabeza del
Diablo en Carolina del Norte, la Esfinge en Wastwater, Inglaterra, la Vieja en
Francia, la Roca Varían en Armenia. A veces es una mujer reclinada, como el
monte Ixtaccihuatl en México. A veces son otras partes del cuerpo, como los
Grand Tetons en Wyoming: un par de picos de montaña bautizados por exploradores
franceses que llegaban por el oeste. (En realidad son tres.) A veces son formas
cambiantes en las nubes. A finales de la época medieval y en el Renacimiento,
las visiones en España de la Virgen María eran «confirmadas» por personas que
veían santos en las formaciones nubosas. (Zarpando de Suva, Fiji, vi una vez la
cabeza de un monstruo realmente aterrador, con las quijadas abiertas, dibujada
en una nube de tormenta.)
En algunas
ocasiones, un vegetal o un dibujo de la veta de la madera o la joroba de una
vaca parecen una cara humana. Hubo una célebre berenjena que tenía un parecido
enorme con Richard Nixon. ¿Qué deberíamos deducir de este hecho? ¿Intervención
divina o extraterrestre? ¿Intromisión republicana en la genética de la
berenjena? No. Reconocemos que hay gran número de berenjenas en el mundo y que,
habiendo tantas, tarde o temprano encontraremos una que parezca una cara
humana, incluso una cara humana particular.
Cuando la
cara es de un personaje religioso —como, por ejemplo, una tortilla que parece
exhibir la cara de Jesús— los creyentes tienden a deducir rápidamente la
intervención de Dios. En una era más escéptica que la mayoría, anhelan una
confirmación. Sin embargo parece improbable que se produzca un milagro en un
medio tan evanescente. Teniendo en cuenta la cantidad de tortillas que se han
hecho desde el principio del mundo, sería sorprendente que no saliera alguna
con unas facciones al menos vagamente familiares.[7]
Se han
adscrito propiedades mágicas a las raíces de ginseng y mandragora, debido en
parte a un vago parecido con la forma humana. Algunos brotes de castaño
muestran caras sonrientes. Hay corales que parecen manos. El hongo oreja
(también impropiamente llamado «oreja de judío») parece realmente una oreja, y
en las alas de ciertas polillas puede verse algo así como unos ojos enormes.
Puede ser que haya algo más que mera coincidencia; quizá sea menos probable que
criaturas con cara —o criaturas que tienen miedo de depredadores con cara—
engullan plantas y animales que sugieren una cara. El «palo» es un insecto con
un disfraz de rama espectacular. Naturalmente, tiende a vivir sobre los árboles
y alrededor de ellos. Su imitación del mundo de las plantas le salva de pájaros
y otros depredadores y casi seguro que es la razón por la que esta forma
extraordinaria fue lentamente moldeada por la selección natural darwiniana.
Esos cruces de límites entre los reinos de la vida son enervantes. Un niño
pequeño que vea un insecto palo puede imaginarse fácilmente un ejército de
palos, ramas y árboles avanzando con algún ominoso propósito vegetal.
Se
describen e ilustran muchos ejemplos de este tipo en un libro de 1979 titulado Parecido
natural, de John Michell, un británico entusiasta de lo oculto. Toma en
serio las afirmaciones de Richard Shaver, quien —como describiré más adelante—
representó un papel importante en el origen del entusiasmo por los ovnis en
Norteamérica. Shaver practicó cortes en las rocas de su granja de Wisconsin y
descubrió, escrita en un lenguaje pictográfico que sólo él podía ver, aunque no
entender, una historia total del mundo. Michell acepta también a pies
juntillas las afirmaciones del dramaturgo y teórico surrealista Antonin Artaud,
quien, en parte bajo la influencia del peyote, veía en las formas del exterior
de las rocas imágenes eróticas, un hombre torturado, animales feroces y cosas
así. «Todo el paisaje se revelaba a sí mismo —dice Michell—, como la creación
de un único pensamiento.» Pero hay una cuestión clave: ¿este pensamiento estaba
dentro o fuera de la cabeza de Artaud? Artaud llegó a la conclusión, aceptada por
Michell de que aquellas formas tan aparentes en las rocas habían sido fabricadas
por una civilización antigua y no por su estado de conciencia inducido en parte
por alucinógenos. Cuando Artaud volvió de México a Europa, se le diagnosticó
una locura. Michell deplora el «punto de vista materialista» que recibió con
escepticismo las formas de Artaud.
Michell
nos muestra una fotografía del Sol tomada con rayos X que parece vagamente una
cara y nos informa que «los seguidores de Gurdjieff ven la cara de su Maestro»
en la corona solar. Deduce que innumerables caras en los árboles, montañas y
cantos rodados son producto de una antigua sabiduría. Quizá algunas lo sean:
es una buena broma, además de un símbolo religioso tentador, apilar piedras de
modo que, de lejos, parezcan una cara gigante.
Michell
considera que la opinión de que la mayoría de esas formas son naturales en los
procesos de formación de rocas y la simetría bilateral de plantas y animales,
más un poco de selección natural —todo procesado por el filtro parcial humano
de nuestra percepción— es «materialismo» y una «ilusión del siglo XIX».
«Condicionados por creencias racionalistas, nuestra visión del mundo es más
insulsa y limitada de lo que pretendía la naturaleza.» No revela mediante qué
procesos ha sondeado las intenciones de la naturaleza.
De las imágenes que
presenta, Michell concluye que su misterio permanece esencialmente inalterado,
una fuente constante de maravilla, deleite y especulación. Todo lo que sabemos
con seguridad es que la naturaleza las creó y al mismo tiempo nos dio el
aparato para percibirlas y la mente para apreciar su ilimitada fascinación.
Para mayor provecho y disfrute, deberían ser contempladas como pretendía la
naturaleza, con el ojo de la inocencia desprovisto de teorías y
preconcepciones, con la visión múltiple que nos es innata, que enriquece y
dignifica la vida humana, y no con la visión única cultivada por los insulsos
y obstinados.
---ooo---
Quizá la
declaración espuria más famosa de formas portentosas sea los canales de Marte.
Observados por primera vez en 1877, al parecer fueron confirmados por una
sucesión de astrónomos profesionales que miraban a través de grandes
telescopios en todo el mundo. Se decía que existía una red de líneas rectas
únicas y dobles que se entrecruzaban en la superficie de Marte con una regularidad
geométrica tan misteriosa que sólo podía tener un origen inteligente. Se
sacaron conclusiones evocadoras sobre un planeta abrasado y moribundo poblado
por una civilización técnica antigua y sabia dedicada a la conservación de los
recursos de agua. Se plasmaron en mapas y se bautizaron cientos de canales.
Pero, extrañamente, se evitaba mostrarlos en fotografías. Se sugería que
mientras el ojo humano podía recordar los breves instantes de transparencia
atmosférica perfecta, la placa fotográfica promediaba indiscriminadamente los
pocos momentos claros con los muchos borrosos. Algunos astrónomos veían los
canales. Otros muchos no. Quizá algunos observadores eran más hábiles que
otros para verlos. O quizá todo el asunto fuera una suerte de ilusión
perceptiva.
En gran
parte, la idea de que Marte albergaba vida, así como la prevalencia de los
«marcianos» en la ficción popular, deriva de los canales. Yo, por mi parte, me
empapé de pequeño de esta literatura, y cuando me encontré como experimentador
en la misión del Mariner 9 a Marte —la primera nave espacial en órbita
alrededor del planeta rojo— estaba muy interesado en ver, naturalmente, cuáles
eran las circunstancias reales. Con el Mariner 9 y el Viking pudimos
trazar el mapa del planeta de polo a polo, detectando características cientos
de veces más pequeñas que las que mejor se podían ver desde la Tierra. No
encontré ni rastro, aunque no me sorprendió, de los canales. Había unas cuantas
características más o menos lineales que se habían discernido con el
telescopio; por ejemplo, una falla de cinco mil kilómetros de largo que habría
sido difícil no ver. Pero los cientos de canales «clásicos» que llevaban agua
desde los casquetes polares a través de los desiertos áridos hasta las ciudades
ecuatoriales abrasadas simplemente no existían. Eran una ilusión, una
disfunción de la combinación humana mano-ojo-cerebro en el límite de resolución
cuando miramos a través de una atmósfera inestable y turbulenta.
Toda una
sucesión de científicos profesionales —incluyendo astrónomos famosos que
hicieron otros descubrimientos ahora confirmados y celebrados con justicia—
pueden cometer errores graves, incluso persistentes, en el reconocimiento de
formas. Especialmente cuando las implicaciones de lo que creemos que estamos
viendo parecen ser profundas, quizá no ejerzamos una autodisciplina y
autocrítica adecuadas. El mito de los canales marcianos constituye una
importante lección histórica.
En el caso
de los canales, las misiones de las naves espaciales proporcionaron el medio
de corregir nuestras malas interpretaciones. Pero también es cierto que
algunas de las afirmaciones más persistentes de la existencia de formas
inesperadas surgen de la exploración de las naves espaciales. A principios de
la década de 1960, insistí en que debíamos prestar atención a la posibilidad de
encontrar artefactos de civilizaciones antiguas, tanto procedentes de nuestro
mundo como construidos por visitantes de otra parte. No pensaba que eso pudiera
ser fácil o probable y, desde luego, no sugería que, en un tema tan importante,
valiera la pena considerar algo que no contara con pruebas rigurosas.
Empezando
con el evocador informe de John Glenn sobre las «luciérnagas» alrededor de la
cápsula espacial, cada vez que un astronauta decía ver algo que no se entendía
inmediatamente, había quien deducía que eran «extraterrestres». Las
explicaciones prosaicas —partículas de pintura de la nave que se soltaban en
el entorno del espacio, por ejemplo— se rechazaban despectivamente. El señuelo
de lo maravilloso embota nuestras facultades críticas. (Como si un hombre
convertido en luna no fuera maravilla suficiente.)
Durante la
época de los aterrizajes lunares del Apolo, muchos aficionados —propietarios
de pequeños telescopios, defensores de los platillos volantes, escritores para
revistas aeroespaciales— estudiaron detenidamente las fotografías aportadas en
busca de anomalías que hubieran pasado inadvertidas a científicos y astronautas
de la NASA. Pronto hubo informes de letras latinas gigantes y números árabes
inscritos sobre la superficie lunar, pirámides, caminos, cruces, ovnis
resplandecientes. Se hablaba de puentes en la Luna, antenas de radio, huellas
de enormes vehículos reptantes, y de la devastación provocada por máquinas
capaces de partir los cráteres
en dos. Cada uno de esos fenómenos, sin embargo, resulta ser una
formación geológica lunar natural mal interpretada por analistas aficionados,
reflejos internos en la óptica de las cámaras Hasselblad de los astronautas y
cosas así. Algunos entusiastas lograron discernir las largas sombras de
misiles balísticos... misiles soviéticos, decían en inquieta confidencia,
dirigidos hacia Norteamérica. Resulta que los cohetes, descritos también como
«agujas», son las montañas bajas que proyectan una larga sombra cuando el Sol
está cerca del horizonte lunar. Con un poco de trigonometría se disipa el
espejismo.
Estas
experiencias también proporcionan una buena advertencia: en un terreno
complejo esculpido por procesos no familiares, los aficionados (y a veces
incluso los profesionales) que examinan fotografías, especialmente cerca del
límite de resolución, pueden encontrarse con problemas. Sus esperanzas y
temores, la emoción de posibles descubrimientos de gran importancia, pueden
vencer el enfoque escéptico y precavido propio de la ciencia.
Si
examinamos las imágenes disponibles de la superficie de Venus, de vez en cuando
aparece a la vista una forma peculiar del paisaje, como por ejemplo un retrato
de Stalin descubierto por geólogos norteamericanos que analizaban las imágenes
de radares orbítales soviéticos. Nadie mantiene, supongo, que unos estalinistas
recalcitrantes hubieran manipulado las cintas magnéticas, o que los antiguos
soviéticos estuvieran involucrados en actividades de ingeniería a una escala
sin precedentes y hasta ahora sin revelar sobre la superficie de Venus...
donde toda nave espacial que ha aterrizado ha quedado frita en el plazo de una
o dos horas. Todos los indicios señalan que este fenómeno, sea lo que sea, se
debe a la geología. Lo mismo ocurre con lo que parece ser un retrato de Bugs
Bunny sobre la luna de Urano, Ariel. Una imagen del telescopio espacial Hubble
de Titán en el infrarrojo cercano muestra nubes configuradas de modo que
parecen una cara sonriente de las dimensiones del mundo. Cada científico
planetario tiene su ejemplo favorito.
La
astronomía de la Vía Láctea también está repleta de similitudes imaginadas:
Cabeza de Caballo, Esquimal, Lechuza, Homúnculo, Tarántula y Nebulosa
Norteamérica, todas nubes irregulares de gas y polvo iluminadas por estrellas
brillantes y cada una de ellas a una escala que empequeñece nuestro sistema
solar. Cuando los astrónomos fijaron en el mapa la distribución de las
galaxias hasta unos pocos cientos de millones de años luz, se encontraron
perfilando una rudimentaria forma humana que se ha dado en llamar «el hombre
del bastón». La configuración se entiende como algo parecido a enormes burbujas
adyacentes de jabón, con las galaxias formadas en la superficie de las
burbujas y casi ninguna en el interior. Eso hace bastante probable que tracen
una forma de simetría bilateral parecida al hombre del bastón.
Marte es
mucho más clemente que Venus, aunque las sondas de aterrizaje Viking no
proporcionaron ninguna prueba convincente de vida. Su terreno es
extremadamente heterogéneo y variado. Con más de cien mil fotografías
disponibles, no es sorprendente que a lo largo de los años se hayan observado
fenómenos inusuales en Marte. Por ejemplo, hay una alegre «cara feliz» dentro
de un cráter de impacto de Marte que tiene ocho kilómetros de lado a lado, con
una serie de marcas radiales por fuera que hacen que parezca la representación
convencional de un Sol sonriente. Pero nadie afirma que eso haya sido
construido por una civilización avanzada (y excesivamente ingeniosa) de Marte,
quizá para atraer nuestra atención. Reconocemos que cuando objetos de todos
los tamaños caen del cielo, la superficie rebota, se desploma y vuelve a
configurarse después de cada impacto, y cuando el agua antigua, los torrentes
de barro y la arena moderna transportada por el viento esculpen la superficie,
deben de generarse una gran variedad de paisajes. Si analizamos cien mil
fotografías, no es raro que en ocasiones encontremos algo parecido a una cara.
Considerando que tenemos el cerebro programado para eso desde la infancia,
sería sorprendente que no encontráramos una de vez en cuando.
En Marte
hay algunas montañas pequeñas que parecen pirámides. En la alta meseta del
Elisio hay un grupo de ellas —la más grande mide varios kilómetros en la base—,
todas orientadas en la misma dirección. Esas pirámides del desierto tienen algo
fantasmagórico y me recuerdan de tal modo la meseta de Gizeh en Egipto que me
encantaría examinarlas más de cerca. Sin embargo, ¿es razonable deducir la
existencia de faraones marcianos?
En la
Tierra también se conocen características similares en miniatura, especialmente
en la Antártida. Algunas llegan hasta la rodilla. Si no supiésemos nada más
acerca de ellas, ¿sería razonable concluir que han sido fabricadas por egipcios
enanos que vivían en las tierras yermas antarticas? (La hipótesis podría
adaptarse vagamente a las observaciones, pero la mayoría de lo que sabemos
sobre el entorno polar y la fisiología de los humanos habla en contra de ello.)
En realidad son generadas por erosión del viento: la salpicadura de partículas
finas recogidas por vientos fuertes que soplan principalmente en la misma
dirección y, a lo largo de los años, esculpen lo que anteriormente eran
montecillos irregulares como pirámides perfectamente simétricas. Se llaman dreikanters,
una palabra alemana que significa tres lados. Es el orden generado a partir
del caos por procesos naturales, algo que vemos una y otra vez en todo el
universo (en galaxias espirales en rotación, por ejemplo). Cada vez que ocurre
sentimos la tentación de deducir la intervención directa de un Hacedor.
En Marte
hay pruebas de vientos mucho más intensos que los que ha habido nunca en la
Tierra, con velocidades que llegan a la mitad de la velocidad del sonido. Son
comunes en todo el planeta las tormentas de polvo que arrastran finos granos
de arena. Un golpeteo constante de partículas que se mueven mucho más de prisa
que en los vendavales más feroces de la Tierra, a lo largo de las eras de
tiempo geológico, debe de ejercer cambios profundos en las caras de las rocas y
formas orográficas. No sería demasiado sorprendente que algunas figuras
—incluso las más grandes— hubieran sido esculpidas por procesos cólicos en las
formas piramidales que vemos.
---ooo---
Hay un
lugar en Marte llamado Cidonia donde se encuentra una gran cara de piedra de un
kilómetro de ancho que mira hacia el cielo sin pestañear. Es una cara poco
amistosa, pero parece reconociblemente humana. Según algunas descripciones,
podría haber sido esculpida por Praxíteles. Yace en un paisaje con muchas colinas
bajas moldeadas con formas extrañas, quizá por alguna mezcla de antiguos
torrentes de barro y la erosión del viento subsiguiente. Por el número de
cráteres de impacto, el terreno circundante parece tener al menos una
antigüedad de cientos de millones de años.
De manera
intermitente, «la Cara» ha atraído la atención tanto en Estados Unidos como en
la antigua Unión Soviética. El titular del Weekiy WorIdNews del 20 de
noviembre de 1984, un periódico sensacionalista no conocido precisamente por su
integridad, dice:
SORPRENDENTE
DECLARACIÓN DE CIENTÍFICOS SOVIÉTICOS:
SE ENCUENTRAN
TEMPLOS EN RUINAS EN MARTE...
LA SONDA
ESPACIAL DESCUBRE RESTOS
DE UNA
CIVILIZACIÓN DE 50000 AÑOS DE ANTIGÜEDAD.
Se
atribuyen las revelaciones a una fuente soviética anónima y se describen con
estupefacción los descubrimientos realizados por un vehículo espacial soviético
inexistente.
Pero la
historia de «la Cara» es casi enteramente norteamericana. Fue encontrada por
una de las sondas orbitales Viking en 1976. La desafortunada declaración
de un oficial del proyecto desestimando la figura por considerarla un efecto
de luces y sombras provocó la acusación posterior de que la NASA estaba
encubriendo el descubrimiento del milenio. Unos cuantos ingenieros, especialistas
informáticos y otros —algunos de ellos contratados por la NASA— trabajaron en
su tiempo libre para mejorar digitalmente la imagen. Quizá esperaban
revelaciones asombrosas. Es algo permisible, incluso alentado por la
ciencia... siempre que los niveles de prueba sean altos. Algunos de ellos se
mostraron bastante precavidos y merecen un elogio por haber avanzado en el
tema. Otros se sentían menos limitados y no sólo dedujeron que «la Cara» era
una escultura genuina monumental de un ser humano, sino que afirmaron haber
encontrado una ciudad cercana con templos y fortificaciones.[8]
A partir de argumentos falsos, un escritor anunció que los monumentos tenían
una orientación astronómica particular —aunque no ahora, sino hace medio
millón de años— de la que se derivaba que las maravillas de Cidonia fueron
erigidas en aquella época remota. Pero, entonces, ¿cómo podían haber sido
humanos los constructores? Hace medio millón de años, nuestros antepasados se
afanaban por dominar las herramientas de piedra y el fuego. No tenían naves
espaciales.
«La Cara»
de Marte se compara a «caras similares... construidas en civilizaciones de la
Tierra. Las caras miran hacia el cielo porque miran a Dios». O se dice que fue
construida por los supervivientes de una guerra interplanetaria que dejó la
superficie de Marte (y la Luna) picada de viruelas y asolada. En cualquier
caso, ¿qué es lo que causa todos esos cráteres? ¿Es «la Cara» un resto de una
civilización humana extinta hace tiempo? ¿Los constructores eran originarios de
la Tierra o de Marte? ¿Podía haber sido esculpida «la Cara» por visitantes
interestelares que se detuvieron brevemente en Marte? ¿La dejaron para que la
descubriéramos nosotros? ¿Podría ser que hubieran venido a la Tierra a iniciar
aquí la vida? ¿O al menos la vida humana? Fueran quienes fueran, ¿eran dioses?
Se producen discusiones de lo más ferviente.
Más
recientemente se ha especulado acerca de la relación entre los «monumentos» de
Marte y los «círculos en las cosechas» de la Tierra; la existencia de
suministros inextinguibles de energía en espera de ser extraídos de máquinas
marcianas antiguas, y el intento de encubrimiento de la NASA para ocultar la
verdad al público americano. Esos pronunciamientos van mucho más allá de la
mera especulación imprudente sobre formaciones geológicas enigmáticas.
Cuando, en
agosto de 1993, la nave espacial Mars Observer fracasó a poca distancia
de Marte, hubo quienes acusaron a la NASA de simular el contratiempo con el fin
de poder estudiar «la Cara» en detalle sin tener que publicar las imágenes. (De
ser así, el engaño era bastante elaborado: todos los expertos de geomorfología
marciana lo desconocen, y algunos hemos trabajado con ahínco para diseñar
nuevas misiones a Marte menos vulnerables a la disfunción que destruyó el Mars
Observer.) Se montaron incluso piquetes a las puertas del Laboratorio de
Propulsión a Chorro, alarmados por este supuesto abuso de poder.
El Weekiy
World News del 14 de septiembre de 1993 dedicó su portada al titular
«¡Nueva fotografía de la NASA demuestra que los humanos vivieron en Marte!».
Una cara falsa, supuestamente tomada por el Mars Observer en órbita
cerca de Marte (en realidad parece que la nave espacial fracasó antes de entrar
en órbita), demuestra, según un «importante científico espacial» inexistente,
que los marcianos colonizaron la Tierra hace doscientos mil años. La
información se oculta, según declara, para impedir el «pánico mundial».
Dejemos de
lado la improbabilidad de que esta revelación pueda provocar realmente un
«pánico mundial». Cualquiera que haya sido testigo de un descubrimiento
científico portentoso en proceso —me viene a la mente el impacto en julio de
1994 del cometa Shoemaker-Levy 9 con Júpiter— verá claro que los científicos
tienden a ser efervescentes e incontenibles. Sienten una compulsión
irrefrenable a compartir los descubrimientos. Sólo mediante un acuerdo previo,
no ex post facto, acatan los científicos el secreto militar. Rechazo la
idea de que la ciencia sea secreta por naturaleza. Su cultura y su carácter
distintivo, por muy buenas razones, son colectivos, colaboradores y
comunicativos.
Si nos
limitamos a lo que se sabe realmente e ignoramos la industria periodística que
fabrica de la nada descubrimientos que hacen época, ¿dónde estamos? Cuando
sabemos sólo un poco sobre «la Cara», nos provoca carne de gallina. Cuando
sabemos un poco más, el misterio pierde profundidad rápidamente.
Marte
tiene una superficie de casi 150 millones de kilómetros cuadrados, alrededor
del área sólida de la Tierra. El área que cubre la «esfinge» marciana es
aproximadamente de un kilómetro cuadrado. ¿Es tan asombroso que un pedazo de
Marte del tamaño de un sello de correos (comparado con los 150 millones de kilómetros
de extensión) nos parezca artificial, especialmente dada nuestra tendencia,
desde la infancia, a encontrar caras? Cuando examinamos el área circundante,
un amasijo de altozanos, mesetas y otras superficies complejas, reconocemos que
la figura es semejante a muchas que no parecen en absoluto una cara humana.
¿Por qué este parecido? ¿Es posible que los antiguos ingenieros marcianos trabajaran
solamente esta meseta (bueno, quizá algunas más) y dejaran todas las demás sin
alterar mediante la escultura monumental? ¿O deberíamos concluir que hay otras
mesetas esculpidas con forma de cara, pero de caras más extrañas que no nos son
familiares en la Tierra?
Si
estudiamos la imagen original con más atención, encontramos que un «orificio
de la nariz» colocado estratégicamente —que aumenta en gran medida la impresión
de una cara— es en realidad un punto negro que corresponde a datos perdidos en
la transmisión de radio de Marte a la Tierra. La mejor fotografía de «la Cara»
muestra un lado iluminado por el Sol, el otro en sombras profundas. Utilizando
los datos digitales originales, podemos potenciar severamente el contraste en
las sombras. Cuando lo hacemos, encontramos algo bastante impropio de una cara.
«La Cara», en el mejor de los casos, es media cara. A pesar de la falta de
aire y de las palpitaciones de nuestro corazón, la esfinge marciana parece natural...
no artificial, no una imagen muerta de una cara humana. Probablemente fue
esculpida mediante un lento proceso geológico a lo largo de millones de años.
Pero
podría estar equivocado. Es difícil estar seguro de un mundo del que hemos
visto tan poco en un primerísimo plano. Esas figuras merecen mayor atención con
mayor resolución. Seguramente, unas fotos mucho más detalladas de «la Cara»
resolverán dudas acerca de la simetría y ayudarán a esclarecer el debate entre
geología y escultura monumental. Los pequeños cráteres de impacto que se
encuentran sobre «la Cara» o cerca de ella pueden establecer la cuestión de su
edad. En el caso (de lo más improbable desde mi punto de vista) que las
estructuras cercanas hubieran sido realmente en otro tiempo una ciudad, este
hecho también sería obvio con un examen más atento. ¿Hay calles rotas?
¿Almenas en el «fuerte»? ¿Zigurats, torres, templos con columnas, estatuas monumentales,
frescos inmensos? ¿O sólo rocas?
Aunque
esas afirmaciones fueran extremadamente improbables (como yo creo que son),
vale la pena examinarlas. A diferencia del fenómeno de los ovnis, aquí tenemos
la oportunidad de realizar un experimento definitivo. Este tipo de hipótesis es
desmentible, una propiedad que la introduce perfectamente en el campo científico.
Espero que las próximas misiones americanas y rusas a Marte, especialmente
orbitadores con cámaras de televisión de alta resolución, realicen un esfuerzo
especial para —entre cientos de otras cuestiones científicas— mirar más de
cerca las pirámides y lo que algunas personas llaman «la Cara» y la ciudad.
---ooo---
Aunque
quede claro para todo el mundo que esas figuras de Marte son geológicas y no
artificiales, me temo que no desaparecerán las caras monumentales en el
espacio (y las maravillas asociadas). Ya hay periódicos sensacionalistas que
informan de caras casi idénticas vistas desde Venus hasta Neptuno (¿flotando en
las nubes?). Los «descubrimientos» se suelen atribuir a naves espaciales
ficticias rusas y a científicos espaciales imaginarios, lo que desde luego
dificulta la comprobación de la historia por parte de un escéptico.
Un entusiasta de «la Cara» de Marte anuncia
ahora:
AVANCE DE LA NOTICIA DEL SIGLO
CENSURADA POR LA NASA
POR TEMOR DE AGITACIÓN
RELIGIOSA Y DEPRESIONES.
EL DESCUBRIMIENTO DE ANTIGUAS
RUINAS
DE EXTRATERRESTRES EN LA LUNA.
Se «confirma» la existencia
—en la bien estudiada Luna— de una «ciudad gigante, de las dimensiones de la
cuenca de Los Ángeles, cubierta por una inmensa cúpula de vidrio, abandonada
hace millones de años y hecha añicos por meteoros, con una torre gigante de más
de cinco kilómetros de altura y un cubo gigante de más de un kilómetro cuadrado
encima». ¿La prueba? Fotografías tomadas por las misiones reboticas de la NASA
y el Apolo cuya significación fue ocultada por el gobierno e ignorada por
todos los científicos lunares de muchos países que no trabajan para el
«gobierno».
El Weekly
WorId News del 18 de agosto de 1992 informa del descubrimiento por «un
satélite secreto de la NASA» de «miles, quizá incluso millones de voces» que
emanan del agujero negro del centro de la galaxia M51 y cantan al unísono
«Gloria, gloria, gloria al Señor en las alturas» una y otra vez. En inglés.
Incluso hay un artículo en un periódico, repleto de ilustraciones, aunque
oscuras, de una sonda espacial que fotografió a Dios en las alturas, o al menos
sus ojos y el puente de la nariz, en la nebulosa de Orion.
El 20 de julio de 1993, el WWN
luce en grandes titulares:
«¡Clinton se reúne con
JFK!», junto con una fotografía falsa de John Kennedy, con la edad que tendría
si hubiera sobrevivido al atentado, en una silla de ruedas en Camp David. En
páginas interiores se nos informa de otro aspecto de posible interés. En «Asteroides
del día del juicio final», un documento supuestamente de máximo secreto cita
las palabras de supuestos científicos «importantes» sobre un supuesto
asteroide («M-167») que supuestamente chocará con la Tierra el 11 de noviembre
de 1993, y «podría significar el fin de la vida en la Tierra». Se asegura que
el presidente Clinton recibe «información constante de la posición y velocidad
del asteroide». Quizá fue uno de los temas que discutió en su reunión con el
presidente Kennedy. En cierto modo, el hecho de que la Tierra escapase a esta
catástrofe no mereció ni siquiera un párrafo de comentario después de haber
pasado sin noticias el 11 de noviembre de 1993. Al menos quedó justificado el
buen juicio del escritor de titulares de no cargar la primera página con la
noticia del fin del mundo.
Algunos
consideran que todo eso es una especie de diversión. Sin embargo vivimos en
una época en la que se ha identificado una amenaza estadística real a largo
plazo del impacto de un asteroide con la Tierra. (Esta realidad de la ciencia
es desde luego la fuente de inspiración, si ésta es la palabra adecuada, de la
historia del WWN.) Las agencias gubernamentales están estudiando qué hacer
al respecto. Bulos como éste tiñen el tema de exageración y extravagancia
apocalíptica, dificultan que el público pueda distinguir entre los peligros
reales y la ficción del periódico, y es concebible que obstaculicen nuestra
capacidad de tomar medidas de precaución para mitigar el peligro.
A menudo
se presentan demandas contra los periódicos sensacionalistas —a veces por parte
de actores y actrices que niegan rotundamente haber realizado actos
reprobables— y en ocasiones se barajan grandes sumas de dinero. Esos periódicos
deben de considerar estas demandas como el precio de su provechoso negocio. En
su defensa, suelen decir que están a merced de sus reporteros y que no tienen
responsabilidad institucional para comprobar la verdad de lo que publican. Sal
Ivone, editor jefe del Weekiy WorIdNews, comentando las historias que
publica, dice: «No descarto que sean producto de imaginaciones activas. Pero,
dado el tipo de periódico que hacemos, no tenemos por qué poner en duda una
historia.» El escepticismo no vende periódicos. Escritores que han desertado
de este tipo de periodismo han descrito las sesiones «creativas» en las que
escritores y editores se ponen a inventar historias y titulares sacados de la
nada, cuanto más escandalosos mejor.
Entre su
gran cantidad de lectores, ¿no hay muchos que se lo creen todo a pies
juntillas, que creen que «no podrían» editarlas si no fueran verdad? Algunos
lectores con los que he hablado insisten en que sólo leen esta clase de
periódicos para entretenerse, como si miraran un espectáculo de «lucha libre»
en la televisión, que no se creen nada, que, tanto para el editor como para el
lector, esos periódicos son extravagancias que exploran lo absurdo.
Simplemente, existen fuera de cualquier universo atenazado por la norma de las
pruebas. Pero mi correspondencia sugiere que un gran número de americanos se
los toman francamente en serio.
En la
década de los noventa se expande el universo de periódicos de este tipo y va
engullendo con voracidad a otros medios de comunicación. Los periódicos,
revistas o programas de televisión que se atienen meticulosamente a las
restricciones de lo que realmente se conoce pierden clientela en favor de
publicaciones con estándares menos escrupulosos. Podemos verlo en la nueva
generación de conocidos programas sensacionalistas de televisión, y cada vez
más en lo que pasa por programas de noticias e información.
Esos
reportajes persisten y proliferan porque venden. Y venden, creo, porque muchos
de nosotros deseamos fervientemente una sacudida que nos saque de la rutina de
nuestras vidas, que reviva aquella sensación de maravilla que recordamos de la
infancia y también, en alguna de las historias, que nos permita ser capaces,
real y verdaderamente, de creer... en alguien más viejo, más listo y más sabio
que nos cuide. Está claro que a mucha gente no le basta la fe. Buscan
evidencias, pruebas científicas. Anhelan el sello científico de aprobación,
pero son incapaces de soportar los rigurosos estándares de pruebas que imparten
credibilidad a ese sello. ¡Qué alivio sería la abolición de la duda por fuentes
fidedignas! Así se nos liberaría de la fastidiosa tarea de cuidarnos a nosotros
mismos. Nos preocupa —y con razón— lo que significa para el futuro humano que
sólo podamos confiar en nosotros mismos.
Esos son
los milagros modernos que proclaman con desvergüenza aquellos que los hacen
surgir de la nada, eludiendo cualquier escrutinio formal, y que se pueden
comprar a bajo coste en todos los supermercados, grandes almacenes y tiendas.
Una de las pretensiones de esos periódicos es hacer ciencia, precisamente el
instrumento en el que se basa nuestra incredulidad, confirmar nuestras
antiguas fes y establecer una convergencia entre pseudociencia y
pseudorreligión.
En
general, los científicos abren su mente cuando exploran nuevos mundos. Si
supiéramos de antemano lo que íbamos a encontrar, no tendríamos necesidad de
ir. Es posible, quizá hasta probable, que en misiones futuras a Marte o a los
otros mundos fascinantes de los parajes cósmicos tengamos sorpresas, incluso
algunas de proporciones míticas. Pero los humanos tenemos talento para
engañarnos a nosotros mismos. El escepticismo debe ser un componente de la
caja de herramientas del explorador, en otro caso nos perderemos en el camino.
El espacio tiene maravillas suficientes sin tener que inventarlas.
CAPÍTULO 4
________________________________
—Sinceramente,
lo que me hace pensar que no hay habitantes en esta esfera es que me parece que
ningún ser sensato estaría y dispuesto a vivir aquí.
—Bueno
—dijo Micromegas quizá los seres que la habitan no tienen sentido común.
Un extraterrestre a otro,
al acercarse a la Tierra,
en Micromegas:
una historia filosófica
(1752), de voltaire
Fuera
todavía está oscuro. Estás tendido en la cama, totalmente despierto. Descubres
que estás completamente paralizado. Notas que hay alguien en la habitación.
Intentas gritar. No puedes. A los pies de la cama hay varios seres grises y
pequeños, de apenas un metro de alto. Tienen la cabeza en forma de pera, calva
y grande para su cuerpo. Tienen unos ojos enormes, las caras inexpresivas e
idénticas. Llevan túnicas y botas. Confías en que se trate de un simple sueño.
Pero la impresión que tienes es que está ocurriendo realmente. Te levantan y,
misteriosamente, ellos y tú atravesáis la pared de tu cuarto. Flotas en el
aire. Subes muy alto hacia una nave espacial metálica en forma de platillo. Una
vez dentro, te llevan a una sala de revisión médica. Un ser más grande pero
similar —evidentemente, una especie de médico— se encarga de ti. Lo que sigue
es todavía más aterrador.
Te
exploran el cuerpo con instrumentos y máquinas, especialmente las partes
sexuales. Si eres un hombre, puede que te saquen muestras de esperma; si eres
mujer, pueden extraerte óvulos o fetos, o implantarte semen. Te pueden obligar
a mantener relaciones sexuales. Después te pueden llevar a una habitación
diferente donde unos bebés o fetos híbridos, en parte humanos y en parte como
esas criaturas, te devuelven la mirada. Puede ser que te amonesten por la mala
conducta humana, especialmente por la expoliación del medio ambiente o por
permitir la pandemia del sida; se te ofrecen cuadros de devastación
futura. Finalmente, esos emisarios grises y melancólicos te conducen fuera de
la nave espacial y atraviesan la pared para depositarte en tu cama. Cuando
recuperas la capacidad de moverte y hablar... ya no están.
Puede ser
que no recuerdes el incidente de inmediato. Quizá simplemente eches en falta un
período de tiempo inexplicablemente perdido y te devanes los sesos pensando en
él. Como todo eso parece tan raro, te preocupa un poco tu salud mental.
Naturalmente, no sientes ninguna inclinación a hablar de ello. Por otro lado,
la experiencia es tan perturbadora que es difícil mantenerla callada. Todo
sale a la luz cuando oyes relatos similares, o cuando un terapeuta simpático te
hipnotiza, o incluso cuando ves una fotografía de un «extraterrestre» en uno de
los muchos libros, revistas populares o «documentales especiales» de televisión
sobre los ovnis. Hay gente que dice poder recordar experiencias así desde la
más tierna infancia. Piensan que sus propios hijos están siendo abducidos por
extraterrestres. Ocurre por familias. Es un programa eugenésico, dicen, para
mejorar la raza humana. Quizá los extraterrestres han hecho eso siempre. Quizá,
dicen algunos, ése es el origen de los humanos.
Según se
revela en repetidas encuestas a lo largo de los años, la mayoría de los
americanos creen que nos visitan seres extraterrestres en ovnis. En una
encuesta Roper de 1992 —especialmente encargada por los que aceptan la
historia de la abducción extraterrestre a pies juntillas— el dieciocho por
ciento de casi seis mil adultos americanos dijeron que a veces se despertaban
paralizados, conscientes de la presencia de uno o más seres extraños en su
habitación. Un trece por ciento declara extraños episodios de tiempo perdido
(detención del tiempo), y el diez por ciento declara haber volado por el aire
sin asistencia mecánica. Sólo con esos resultados, los promotores de la
encuesta concluyen que el dos por ciento de los americanos han sido abducidos,
muchos de ellos repetidas veces, por seres de otros mundos. La cuestión de si
los encuestados habían sido secuestrados realmente por extraterrestres no se
planteó nunca.
Si
creyésemos la conclusión alcanzada por los que financiaron e interpretaron los
resultados de esta encuesta, y si los extraterrestres no son parciales con los
americanos, el número de abducidos en todo el planeta sería superior a cien
millones de personas. Eso significa una abducción cada pocos segundos durante
las últimas décadas. Es sorprendente que no lo hayan notado más vecinos.
¿Qué
ocurre aquí? Cuando uno habla con los que se autodescriben como abducidos, la
mayoría parecen muy sinceros, aunque sometidos a fuertes emociones. Algunos
psiquiatras que los han examinado dicen que no encuentran más pruebas de
psicopatología en ellos que en el resto de la gente. ¿Por qué una persona declararía
haber sido abducida por criaturas extraterrestres si no fue así? ¿Podrían
equivocarse todas estas personas, o mentir, o alucinar la misma historia (o
similar)? ¿O es arrogante y despreciable cuestionar siquiera el sentido común
de tantas personas?
Por otro
lado, ¿sería posible que hubiera realmente una invasión extraterrestre masiva,
que se realizaran procedimientos médicos repugnantes sobre millones de
hombres, mujeres y niños inocentes, que se utilizara a los humanos como
reproductores durante muchas décadas y que todo eso no fuera conocido en
general y comentado por medios de comunicación, médicos y científicos responsables
y por los gobiernos que han jurado proteger la vida y el bienestar de sus
ciudadanos? O, como han sugerido muchos, ¿hay una conspiración del gobierno
para mantener a los ciudadanos alejados de la verdad?
¿Por qué
unos seres tan avanzados en física e ingeniería —que cruzan grandes distancias
interestelares y atraviesan paredes como fantasmas— son tan atrasados en lo que
respecta a la biología? ¿Por qué, si los extraterrestres intentan llevar sus
asuntos en secreto, no eliminan perfectamente todos los recuerdos de las
abducciones? ¿Demasiado difícil para ellos? ¿Por qué los instrumentos de examen
son macroscópicos y recuerdan tanto lo que podemos encontrar en el ambulatorio
del barrio? ¿Por qué tomarse la molestia de repetidos encuentros sexuales entre
extraterrestres y humanos? ¿Por qué no robar unos cuantos óvulos y esperma,
leer todo el código genético entero y fabricar luego tantas copias como se
quiera con las variaciones genéticas que se quiera? Hasta nosotros, los
humanos, que todavía no podemos cruzar rápidamente el espacio interestelar ni
atravesar las paredes, podemos clonar células. ¿Cómo podríamos ser resultado
los humanos de un programa de cría extraterrestre cuando compartimos el 99,6%
de genes activos con los chimpancés? Nuestra relación con los chimpancés es
más estrecha que la que hay entre ratas y ratones. La preocupación por la
reproducción en estos relatos alza una bandera de advertencia, especialmente
teniendo en cuenta el inestable equilibrio entre el impulso sexual y la
represión social que ha caracterizado siempre a la condición humana, y el hecho
de que vivimos en una época repleta de espantosos relatos, verdaderos y falsos,
de abuso sexual de niños.
A
diferencia de muchos medios de comunicación,[9] los
encuestadores de Roper y los que escribieron el informe «oficial» no
preguntaron nunca a los encuestados si habían sido abducidos por
extraterrestres. Lo dedujeron: los que alguna vez se han despertado con
presencias extrañas alrededor, que alguna vez inexplicablemente creían volar
por el aire, etc., han sido abducidos. Los encuestadores ni siquiera
comprobaron si notar presencias, volar, etc., formaba parte de un mismo
incidente o de otro distinto. Su conclusión —que millones de americanos han
sido abducidos— es espuria, basada en un planteamiento poco acertado del
experimento.
Con todo,
al menos cientos de personas, quizá miles, que afirman haber sido abducidas han
acudido a terapeutas simpatizantes o se han unido a grupos de apoyo de
abducidos. Quizá haya otros con problemas similares pero, temerosos del
ridículo o del estigma de enfermedad mental, se han abstenido de hablar o de
pedir ayuda.
Se dice
también que algunos abducidos se resisten a hablar por temor a la hostilidad y
rechazo de los escépticos de línea dura (aunque muchos aparecen encantados en
programas de radio y televisión). Se supone que su desconfianza incluye
también a las audiencias que ya creen en abducciones por extraterrestres. Pero
quizá haya otra razón: ¿podría ser que los propios sujetos no estuvieran
seguros —al menos al principio, al menos antes de contar la historia repetidas
veces— de si lo que recuerdan es un acontecimiento externo o un estado mental?
---ooo---
«Una señal
inequívoca del amor a la verdad —escribía John Locke en 1690—, es no mantener
ninguna proposición con mayor seguridad de la que garantizan las pruebas en las
que se basa.» En el tema de los ovnis, ¿cuál es la fuerza de las pruebas?
La
expresión «platillo volante» fue acuñada cuando yo empezaba el instituto. En
los periódicos había cientos de historias de naves de otros mundos en los
cielos de la Tierra. A mí me parecía bastante creíble. Había otras muchas
estrellas y, al menos algunas de ellas, probablemente tenían sistemas
planetarios como el nuestro. Muchas eran tan antiguas como el Sol o más, por
lo que había tiempo suficiente para que hubiera evolucionado la vida inteligente.
El Laboratorio de Propulsión a Chorro de Caltech acababa de lanzar un cohete de
dos cuerpos al espacio. Estábamos claramente camino de la Luna y los planetas.
¿Por qué otros seres más viejos y más inteligentes no podían ser capaces de
viajar de su estrella a la nuestra? ¿Por qué no?
Eso
ocurría pocos años después del bombardeo de Hiroshima y Nagasaki. Quizá los
ocupantes de los ovnis estaban preocupados por nosotros e intentaban
ayudarnos. O quizá querían asegurarse de que nosotros y nuestras armas
nucleares no fuéramos a molestarlos. Mucha gente —miembros respetables de la
comunidad, oficiales de policía, pilotos de líneas aéreas comerciales, personal
militar— parecía ver platillos volantes. Y, aparte de algunas vacilaciones y
risitas, yo no conseguía encontrar argumentos en contra. ¿Cómo podían
equivocarse todos esos testigos? Lo que es más, los «platos» habían sido
detectados por radar, y se habían tomado fotografías de ellos. Salían en los
periódicos y revistas ilustradas. Incluso se hablaba de accidentes de
platillos volantes y de unos cuerpecitos de extraterrestres con dientes
perfectos que languidecían en los congeladores de las Fuerzas Aéreas en el
suroeste.
El
ambiente general fue resumido en la revista Life unos años más tarde con
estas palabras: «La ciencia actual no puede explicar esos objetos como
fenómenos naturales, sino únicamente como mecanismos artificiales, creados y
manejados por una inteligencia superior». Nada «conocido o proyectado en la
Tierra puede dar razón de la actuación de esos mecanismos».
Y,
sin embargo, ni un solo adulto de los que yo conocía sentía la menor
preocupación por los ovnis. No podía entender por qué. En lugar de eso, se
preocupaban por la China comunista, las armas nucleares, el maccarthismo y el
alquiler de su vivienda. Yo me preguntaba si tenían claras sus prioridades.
En la
universidad, a principios de la década de los cincuenta, empecé a aprender un
poco sobre el funcionamiento de la ciencia, sobre los secretos de su gran
éxito, el rigor que deben tener los estándares de prueba si realmente queremos
saber algo seguro, la cantidad de falsos comienzos y finales bruscos que han
infestado el pensamiento humano, lo fácil que es colorear la interpretación de
la prueba según nuestras inclinaciones y la frecuencia con que los sistemas de
creencia ampliamente aceptados y apoyados por jerarquías políticas, religiosas
y académicas resultan ser no sólo ligeramente erróneos sino grotescamente
equivocados.
Encontré
un libro titulado Extraordinary Popular Delusions and the Madness of Crowds
[Engaños populares extraordinarios y la locura de la multitud] escrito por
Charles Mackay en 1841 y todavía en venta. En él se podían encontrar las
historias de repentina prosperidad y posterior quiebra económica de chifladuras
como las «burbujas» del Mississippi y el mar del Sur y la extraordinaria demanda
de tulipanes holandeses, patrañas que embaucaron a ricos y titulados de muchas
naciones; una legión de alquimistas, incluyendo la conmovedora historia del
señor Kelly y el doctor Dee (y el hijo de ocho años de Dee, Arthur, inducido
por su desesperado padre a comunicarse con el mundo de los espíritus observando
un cristal); dolorosos relatos de profecías incumplidas, adivinaciones y
predicciones de la suerte; persecución de brujas; casas encantadas; la
«admiración popular de grandes ladrones» y muchas cosas más. Estaba también el
entretenido retrato del conde de St. Germain, que salió a cenar con la alegre
pretensión de que había vivido durante siglos, si no era realmente inmortal.
(Cuando, durante la cena, alguien expresó su incredulidad ante el relato de
sus conversaciones con Ricardo Corazón de León, se volvió hacia su criado para
que lo confirmase. «Olvida, señor —fue la respuesta—, que yo sólo llevo
quinientos años a su servicio.» «Ah, es verdad —dijo St. Germain—, esto fue
antes de su tiempo.»)
Un llamativo capítulo sobre las Cruzadas empezaba así:
Cada época tiene su locura particular; un
plan, proyecto o fantasía al que se lanza, espoleada ya sea por amor de la
ganancia, necesidad de excitación o mera fuerza de imitación. Si le falta eso,
sufre cierta locura, a la que se ve aguijoneada por causas políticas o
religiosas, o ambas combinadas.
La edición que leí la primera vez iba adornada
con una cita del financiero y consejero de presidentes Bemard M. Baruch,
atestiguando que la lectura del libro de Mackay le había hecho ahorrar millones.
Hay una
larga historia de declaraciones falsas de que el magnetismo podía curar
enfermedades. Paracelso, por ejemplo, usaba un imán para aspirar las
enfermedades del cuerpo y enterrarlas dentro de la Tierra. Pero la figura
clave fue Franz Mesmer. Yo había entendido vagamente que la palabra inglesa «mesmerize»
quería decir algo parecido a hipnotizar. Pero el primer conocimiento real que
tuve de Mesmer vino del libro de Mackay. El médico vienés pensaba que las
posiciones de los planetas influían en la salud humana, y quedó seducido por
las maravillas de la electricidad y el magnetismo. Atendía a la nobleza
francesa en declive en vísperas de la Revolución. Se reunían en una habitación
oscura. Mesmer, vestido con una túnica dorada de seda floreada y blandiendo una
varita mágica, hacía sentar a sus pacientes alrededor de una cuba con una
solución de ácido sulfúrico. El magnetizador y sus jóvenes ayudantes varones
miraban a los pacientes fijamente a los ojos y les frotaban el cuerpo. Ellos se
agarraban a unas barras de hierro que sobresalían de la solución o se daban la
mano. En un frenesí contagioso, se curaban aristócratas a diestro y siniestro,
especialmente mujeres jóvenes.
Mesmer
causó sensación. Él lo llamaba «magnetismo animal». Sin embargo, como
perjudicaba el negocio de los practicantes de una medicina más convencional,
los médicos franceses presionaron al rey Luis XVI para que tomara enérgicas
medidas contra él. Mesmer, decían, era una amenaza para la salud pública. La
Academia Francesa de las Ciencias nombró una comisión que incluía al químico
pionero Antoine Lavoisier y al diplomático americano y experto en electricidad
Benjamín Franklin. Realizaron el experimento de control obvio: cuando los
efectos magnetizadores se realizaban sin el conocimiento del paciente, no se
producía la curación. La conclusión de la comisión fue que las curaciones, si
las había, estaban en la mente del que las esperaba. Mesmer y sus seguidores
no se dejaron desanimar. Uno de ellos preconizaba más tarde la siguiente
actitud para obtener los mejores resultados:
Olvida durante un rato todos tus conocimientos
de física... Aleja de tu mente cualquier objeción que se te ocurra... No
razones durante un período de seis semanas... Sé muy crédulo, muy perseverante,
rechaza toda la experiencia pasada y no escuches a la razón.
Ah, sí, y un consejo final: «Nunca magnetices
ante personas preguntonas.»
Otra
sorpresa fue Caprichos y falacias en nombre de la ciencia de Martín
Gardner. Allí estaba Wilheim Reich revelando la clave de la estructura de las
galaxias en la energía de los orgasmos humanos; Andrew Crosse creando insectos
microscópicos eléctricamente con sales; Hans Hórbiger, bajo los auspicios
nazis, anunciando que la Vía Láctea no estaba hecha de estrellas sino de copos
de nieve; Charles Piazzi Smyth descubriendo en las dimensiones de la Gran
Pirámide de Gizeh una cronología del mundo desde la creación hasta el segundo
advenimiento; L. Ron Hubbard escribiendo un manuscrito capaz de volver locos a
sus lectores (¿lo comprobó alguien?, me preguntaba yo); el caso Bridey Murphy,
que hizo creer a millones que tenían al menos una prueba seria de reencarnación;
las «demostraciones» de PES (percepción extrasensorial) de Joseph Rhine; la
curación de la apendicitis con enemas de agua fría, de enfermedades
bacterianas con cilindros de latón y de la gonorrea con luz verde... y, entre
todos esos relatos de autoengaño y charlatanería, para mi sorpresa, un
capítulo sobre ovnis.
Desde
luego, Mackay y Gardner, por el mero hecho de escribir libros catalogando las
creencias espurias, me parecían un poco displicentes y superiores. ¿No
aceptaban nada? A pesar de todo, me sorprendió la cantidad de declaraciones
discutidas y defendidas con pasión que habían quedado en nada. Lentamente me
fui dando cuenta de que, existiendo la falibilidad humana, podría haber otras
explicaciones para los platillos volantes.
Me había
interesado la posibilidad de vida extraterrestre desde pequeño, mucho antes de
oír hablar de platillos volantes. He seguido fascinado hasta mucho después de
haberse apagado mi entusiasmo primitivo por los ovnis... al entender mejor a
este maestro despiadado llamado método científico: todo depende de la prueba.
En una cuestión tan importante, la prueba debe ser irrecusable. Cuanto más
deseamos que algo sea verdad, más cuidadosos hemos de ser. No sirve la palabra
de ningún testigo. Todo el mundo comete errores. Todo el mundo hace bromas.
Todo el mundo fuerza la verdad para ganar dinero, atención o fama. Todo el
mundo entiende mal en ocasiones lo que ve. A veces incluso ven cosas que no
están.
Esencialmente, todos los
casos de ovnis eran anécdotas, algo que afirmaba alguien. Los describían de
varias formas, como de movimiento rápido o suspendidos en el aire; en forma de
disco, de cigarro o de bola; en movimiento silencioso o ruidoso; con un gas de
escape llameante o sin gas; acompañado de luces intermitentes o uniformemente
relucientes con un matiz plateado, o luminosos. La diversidad de las
observaciones indicaba que no tenían un origen común y que el uso de términos
como ovnis o «platillos volantes», sólo servía para confundir el tema al
agrupar genéricamente una serie de fenómenos no relacionados.
Había algo
extraño en la mera invención de la expresión «platillo volante». En el momento
de escribir este artículo tengo delante una transcripción de una entrevista
del 7 de abril de 1950 entre Edward R. Murrow, el célebre locutor de la CBS, y
Kenneth Arnold, un piloto civil que vio algo peculiar cerca de Mount Rainier,
en el estado de Washington, el 24 de junio de 1947 y que en cierto modo acuñó
la frase. Arnold afirma que:
los periódicos no me citaron adecuadamente...
Cuando hablé con la prensa no me entendieron bien y, con la excitación general,
un periódico y otro lo embrollaron de tal modo que nadie sabía exactamente de
qué hablaban... Esos objetos más o menos revoloteaban como si fueran, oh, algo
así como barcos en aguas muy movidas... Y cuando describí cómo volaban, dije
que era como si uno cogiera un platillo y lo lanzara a través del agua. La
mayoría de periódicos lo interpretaron mal y también citaron esto incorrectamente.
Dijeron que yo había dicho que eran como platillos; yo dije que volaban al
estilo de un platillo.
Arnold
creía haber visto una sucesión de nueve objetos, uno de los cuales producía un
«extraordinario relámpago azul». Llegó a la conclusión de que eran una nueva
especie de artefactos alados. Murrow lo resumía: «Fue un error de citación
histórico. Mientras la explicación original del señor Arnold se ha olvidado, el
término "platillo volante" se ha convertido en una palabra
habitual.» El aspecto y comportamiento de los platillos volantes de Kenneth
Arnold era bastante diferente de lo que sólo unos años después se
caracterizaría rígidamente en la comprensión pública del término: algo como unfrisbee
muy grande y con gran capacidad de maniobra.
La mayoría de la gente contaba lo
que había visto con toda sinceridad, pero lo que veían eran fenómenos
naturales, si bien poco habituales. Algunos avistamientos de ovnis resultaron
ser aeronaves poco convencionales, aeronaves convencionales con modelos de
iluminación poco usuales, globos de gran altitud, insectos luminiscentes,
planetas vistos bajo condiciones atmosféricas inusuales, espejismos ópticos y
nubes lenticulares, rayos en bola, parhelios, meteoros, incluyendo bólidos
verdes, y satélites, morros de cohetes y motores de propulsión de cohetes
entrando en la atmósfera de modo espectacular.[10] Es
concebible que algunos pudieran ser pequeños cometas que se disipaban en el
aire. Al menos, algunos informes de radar se debieron a la «propagación anómala»:
ondas de radio que viajan por trayectorias curvadas debido a inversiones de la
temperatura atmosférica. Tradicionalmente, también se llamaban «ángeles» de
radar: algo que parece estar ahí pero no está. Puede haber apariciones visuales
y de radar simultáneas sin que haya nada «allí».
Cuando
captamos algo extraño en el cielo, algunos de nosotros nos emocionamos,
perdemos la capacidad de crítica y nos convertimos en malos testigos. Existía
la sospecha de que aquél era un campo atractivo para picaros y charlatanes.
Muchas fotografías de ovnis resultaron ser falsas: pequeños modelos colgados de
hilos finos, a menudo fotografiados a doble exposición. Un ovni visto por
miles de personas en un partido de fútbol resultó ser una broma de un club de
estudiantes universitarios: un trozo de cartón, unas velas y una bolsa de
plástico fino, todo bien preparado para hacer un rudimentario globo de aire
caliente.
El relato
original del platillo accidentado (con los pequeños extraterrestres y sus
dientes perfectos) resultó ser un puro engaño. Frank Scully, columnista de Variety,
comentó una historia que le había contado un amigo petrolero; fue el
espectacular reclamo del exitoso libro de Scully de 1950, Tras los platillos
volantes. Se habían encontrado dieciséis extraterrestres de Venus, de un
metro de altura cada uno, en uno de los tres platillos accidentados. Se habían
recogido cuadernos con pictogramas extraterrestres. Los militares lo ocultaban.
Las implicaciones eran importantes.
Los
estafadores eran Silas Newton, que dijo que utilizaba ondas de radio para
buscar oro y petróleo, y un misterioso «doctor Gee», que resultó ser un tal
señor GeBauer. Newton presentó una pieza de la maquinaria del ovni y tomó
fotografías de primer plano del platillo con flash. Pero no permitía una
inspección detallada. Cuando un escéptico preparado, haciendo un juego de
manos, cambió el engranaje y envió el artefacto a analizar, resultó estar
hecho de aluminio de batería de cocina.
La patraña
del platillo accidentado fue un pequeño interludio en un cuarto de siglo de
fraudes de Newton y GeBauer, que vendían principalmente máquinas de prospección
y contratos petroleros sin valor. En 1952 fueron arrestados por el FBI y al año
siguiente se los acusó de estafa. Sus proezas —de las que Curtís Peebles hizo
la crónica— deberían haber servido de advertencia a los entusiastas de los
ovnis sobre historias de platillos accidentados en el suroeste americano
alrededor de 1950. No cayó esa breva.
El 4 de
octubre de 1957 se lanzó el Sputnik 1, el primer satélite artificial en
órbita alrededor de la Tierra. De las mil ciento dieciocho visiones de ovnis
registradas ese año en Estados Unidos, setecientas una, o sea, el sesenta por
ciento —y no el veinticinco por ciento que se podía esperar—, ocurrieron entre
octubre y diciembre. Es evidente que el Sputnik y la publicidad
consiguiente habían generado de algún modo visiones de ovnis. Quizá la gente
miraba más el cielo de noche y veía más fenómenos naturales que no entendía.
¿O podría ser que miraran más hacia arriba y vieran más las naves espaciales
extraterrestres que están ahí constantemente?
La idea de
los platillos volantes tenía antecedentes sospechosos que se remontaban a una
broma consciente titulada ¿Recuerdo Lemuria!, escrita por Richard
Shaver, y publicada en el número de marzo de 1945 de la revista de ciencia
ficción Amazing Stories. Era exactamente el tipo de lecturas que yo
devoraba de pequeño. Se me informaba que hacía ciento cincuenta mil años los
extraterrestres espaciales se habían establecido en continentes perdidos, lo
que llevó a la creación de una raza de seres demoníacos bajo tierra que eran
responsables de las tribulaciones humanas y de la existencia del mal. El editor
de la revista, Ray Palmer —que, como los seres subterráneos sobre los que
advertía, medía poco más de un metro—, promovió la idea, mucho antes de la visión
de Arnold, de que la Tierra era visitada por naves espaciales extraterrestres
en forma de disco y que el gobierno ocultaba su conocimiento y complicidad.
Con las portadas de esas revistas en los quioscos, millones de americanos
estuvieron expuestos a la idea de los platillos volantes bastante antes de que
fuera acuñado el término.
Con todo,
las pruebas alegadas parecían pocas, y a menudo caían en la credulidad, la
broma, la alucinación, la incomprensión del mundo natural, el disfraz de
esperanzas y temores como pruebas, y un anhelo de atención, fama y fortuna. Qué
lastima, recuerdo haber pensado.
Desde
entonces he tenido la suerte de estar involucrado en el lanzamiento de naves
espaciales a otros planetas en busca de vida y en la escucha de posibles
señales de radio de civilizaciones extraterrestres, si las hubiere, en
planetas de estrellas distantes. Hemos tenido algunos momentos seductores.
Pero si la señal deseada no llega a cada uno de los escépticos gruñones, no
podemos llamarlo prueba de vida extraterrestre, por muy atractiva que
encontremos la idea. Simplemente, tendremos que esperar a disponer de mejores
datos, si es que algún día llegamos a tenerlos. No hemos encontrado pruebas
irrefutables de vida más allá de la Tierra. Pero sólo estamos al principio de
la búsqueda. Quizá mañana pueda surgir información nueva y mejor. No creo que
nadie esté más interesado que yo en saber si nos visitan o no. Me ahorraría
mucho tiempo y esfuerzo poder estudiar directamente y de cerca la vida
extraterrestre en lugar de hacerlo indirectamente y a gran distancia. Aun en el
caso que los extraterrestres sean bajos, tercos y obsesos sexuales... si están
aquí, quiero conocerlos.
---ooo---
Una prueba
de lo modestas que son nuestras expectativas de los «extraterrestres» y de lo
zafio de los estándares de prueba que muchos de nosotros estamos dispuestos a
aceptar puede encontrarse en la historia de los círculos en los cultivos.
Originados en Gran Bretaña y extendidos por todo el mundo, era algo que
superaba lo extraño.
Los
granjeros o transeúntes descubrían círculos (y, en años posteriores,
pictogramas mucho más complejos) impresos sobre los campos de trigo, avena,
cebada y colza. Empezando con círculos simples a mediados de la década de los
setenta, el fenómeno fue progresando año tras año hasta que, a finales de la
década de los ochenta y principios de los noventa, el campo, especialmente en
el sur de Inglaterra, se vio embellecido por inmensas figuras geométricas,
algunas de las dimensiones de un campo de fútbol, estampadas sobre el grano de
cereal antes de la cosecha: círculos tangentes a círculos, o conectados por
ejes, líneas paralelas inclinadas, «insectoides». Algunas de las formas
mostraban un círculo central rodeado por cuatro círculos más pequeños
colocados simétricamente... claramente causados, se concluyó, por un platillo
volante y sus cuatro trenes de aterrizaje.
¿Una
broma? Imposible, decía casi todo el mundo. Había cientos de casos. A veces los
hacían en sólo una o dos horas en plena noche, y a gran escala. No se pudieron
encontrar huellas de bromistas que se acercaran a los pictogramas. Y además,
¿qué motivo verosímil podía haber para una broma así?
Se
ofrecieron muchas conjeturas menos convencionales. Personas con cierta
preparación científica inspeccionaron los lugares, hilaron argumentos,
fundaron revistas dedicadas en su totalidad al tema. ¿Eran causadas las figuras
por extraños remolinos llamados «vórtices columnares», o unos aún más raros
llamados «vórtices de anillo»? ¿Y por rayos en bola? Los investigadores
japoneses intentaron simular, en el laboratorio y a muy pequeña escala, la física
de plasma que creían se abría camino en el lejano Wiltshire.
Pero a
medida que las figuras en los cultivos se hacían más complejas, las
explicaciones meteorológicas o eléctricas se volvían más forzadas.
Sencillamente, los causantes eran los ovnis, extraterrestres que se
comunicaban con nosotros en un lenguaje geométrico. O quizá era el diablo, o
la Tierra sufriente que se quejaba de las depredaciones infligidas por la mano
del hombre. Llegaron manadas de turistas de la «Nueva Era». Todas las noches
los entusiastas montaban vigilancia equipados con grabadoras y sistemas de
visión de infrarrojos. Los medios de comunicación impresos y electrónicos de
todo el mundo seguían las huellas de los intrépidos cerealogistas. Un público
admirado y estupefacto compraba libros de gran éxito sobre los extraterrestres
deformadores de cosechas. Es cierto que no se llegó a ver ningún platillo
colocándose sobre el trigo ni se filmó ninguna figura geométrica en el curso de
ser generada. Pero los zahoríes autentificaron su carácter extraterrestre y los
canalizadores establecieron contacto con las entidades responsables. Dentro de
los círculos se detectó «energía orgónica».
Se
formularon preguntas en el Parlamento. La familia real llamó a consulta
especial a lord Solly Zuckerman, antiguo consejero científico del Ministerio
de Defensa. Se dijo que había fantasmas implicados; también los caballeros
templarios de Malta y otras sociedades secretas. Los satanistas estaban
involucrados. El Ministerio de Defensa ocultaba todo el asunto. Se consideró
en algunos círculos ineptos y poco elegantes que eran intentos de los militares
de quitarse a la gente de encima. La prensa sensacionalista salió a escena. El Daily
Mirror contrató a un granjero y su hijo para que hicieran cinco círculos
con la esperanza de tentar al periódico rival, el Daily Express, a
informar de la historia. El Express, al menos en este caso, no cayó en
la trampa.
Las
organizaciones «cerealógicas» crecieron y se dividieron. Los grupos en
competencia se mandaban comunicaciones intimidatorias. Se acusaban de
incompetencia o algo peor. El número de «círculos» creció por millares. El
fenómeno se extendió hasta Estados Unidos, Canadá, Bulgaria, Hungría, Japón,
los Países Bajos. Los pictogramas —especialmente los más completos— empezaron
a citarse cada vez más como argumentos a favor de la visita de extraterrestres.
Se trazaron forzadas relaciones con «la Cara» de Marte. Un científico al que
conozco me escribió que en estas figuras se ocultaban unas matemáticas
extremadamente sofisticadas; sólo podían ser el resultado de una inteligencia
superior. En realidad, un aspecto en el que coincidían casi todos los
cerealogistas contendientes es que las últimas figuras en las cosechas eran demasiado
complejas y elegantes para haber sido causadas por la intervención humana,
menos todavía por algunos bromistas harapientos e irresponsables. La
inteligencia extraterrestre era evidente a simple vista...
En 1991,
Doug Bower y Dave Chorley, dos amigos de Southampton, anunciaron que llevaban
quince años haciendo figuras en las cosechas. Se les ocurrió un día mientras
tomaban una cerveza en su pub habitual: el Percy Hobbes. Habían encontrado muy
graciosos los informes de ovnis y pensaron que podría ser divertido engañar a
los crédulos. Al principio aplanaron el trigo con la pesada barra de acero que
Bower utilizaba como mecanismo de seguridad en la puerta trasera de su tienda
de marcos de cuadros. Más adelante utilizaron placas y cuerdas. Los primeros
dibujos sólo les costaron unos minutos. Pero, como además de bromistas
inveterados eran artistas de verdad, la dimensión del desafío empezó a
aumentar. Gradualmente fueron diseñando y ejecutando figuras cada vez más elaboradas.
Al
principio nadie pareció darse cuenta. No salía ninguna noticia en los medios de
comunicación. La tribu de ufologistas no tenía en cuenta sus formas artísticas.
Estuvieron a punto de abandonar los círculos en los cultivos para pasar a otra
broma más satisfactoria emocionalmente.
De pronto,
los círculos en los cultivos se hicieron muy populares. Los ufologistas se
tragaron anzuelo, hilo y plomada. Bower y Chorley estaban encantados,
especialmente cuando los científicos empezaron a propagar su considerada
opinión de que no podía ser responsable de ellos una inteligencia meramente
humana.
Planeaban
cuidadosamente todas las salidas nocturnas, a veces siguiendo meticulosos
diagramas que habían preparado con acuarelas. Seguían de cerca los pasos de sus
intérpretes. Cuando un meteorólogo local dedujo que era una especie de remolino
porque todas las cosechas estaban desviadas hacia abajo en un círculo en el
sentido de las agujas del reloj, le confundieron haciendo una nueva figura con
un anillo exterior aplanado en el sentido contrario.
Pronto
aparecieron otras figuras en el sur de Inglaterra y en todas partes. Habían
aparecido los bromistas imitadores. Bower y Chorley grabaron un mensaje en el
trigo como respuesta: «wearenotalone» [No
estamos solos]. Algunos llegaron a considerar que era un mensaje extraterrestre
genuino (aunque hubiera sido mejor si hubieran puesto «youarenotalone» [No estais solos]). Doug y Dave empezaron a
firmar sus obras de arte con dos D; incluso eso se atribuyó a un misterioso
propósito extraterrestre. Las desapariciones nocturnas de Bower levantaron las
sospechas de su esposa Ilene. Sólo con grandes dificultades —acompañando a Dave
y Doug una noche, y uniéndose luego a los crédulos para admirar su trabajo al
día siguiente— pudo convencerse de que las ausencias del marido, en este
sentido, eran inocentes.
A la
larga, Bower y Chorley se cansaron de aquella broma cada vez más elaborada.
Aunque estaban en condiciones físicas excelentes, los dos tenían ya sesenta
años y estaban un poco viejos para operaciones de comando nocturno en campos de
granjeros desconocidos y a menudo poco comprensivos. A lo mejor los molestaba
la fama y fortuna que acumulaban los que se limitaban a fotografiar su arte y
anunciar que los artistas eran extraterrestres. Y los empezó a preocupar que,
si esperaban mucho, nadie creería ninguna declaración que hicieran.
Así pues,
confesaron. Hicieron una demostración ante los informadores de cómo hacían las
formas insectoides más elaboradas. Se podría pensar que ya nunca más se
volvería a argüir que es imposible mantener una broma durante muchos años, y
que no volveríamos a oír que es imposible que alguien tenga motivos para
engañar a los crédulos y hacerles creer que los extraterrestres existen. Pero
los medios de comunicación prestaron poca atención. Los cerealogistas los
conminaron a callar; al fin y al cabo, estaban privando a muchos del placer de
imaginar acontecimientos maravillosos.
Desde
entonces, ha habido otros bromistas de círculos en los cultivos, pero la
mayoría de un modo más inconexo y menos inspirado. Como siempre, la confesión
de la broma se ve muy eclipsada por la excitación inicial. Muchos habían oído
hablar de los pictogramas en campos de cereales y su supuesta relación con los
ovnis, pero corrieron un tupido velo cuando surgieron los nombres de Bower y
Chorley o la simple idea de que todo el asunto podía ser una broma. Se puede
encontrar un exposé informativo del periodista Jim Schnabel (Round in
Gíreles, Penguin Books, 1994), del que he sacado la mayor parte de mi
relato. Schnabel se unió pronto a los cerealogistas y al final hizo él mismo
unos cuantos pictogramas con éxito. (Él prefiere un rodillo de jardín a una
placa de madera, y encontró que simplemente pisando los tallos con los pies se
consigue un trabajo aceptable.) Pero la obra de Schnabel, que un crítico
calificó de «el libro más divertido que he leído desde hace años», tuvo sólo un
éxito modesto. Los demonios venden; los bromistas son aburridos y de mal gusto.
---ooo---
No se
necesita un nivel muy avanzado para dominar los principios del escepticismo,
como demuestran la mayoría de los usuarios de coches de segunda mano. La idea
general de una aplicación democrática del escepticismo es que todo el mundo
debería tener las herramientas esenciales para valorar eficaz y constructivamente
las afirmaciones de conocimiento. Lo único que pide la ciencia es que se
apliquen los mismos niveles de escepticismo que al comprar un coche usado o al
juzgar la calidad de un analgésico o una cerveza a través de los anuncios de
la televisión.
Pero las
herramientas del escepticismo no suelen estar al alcance de los ciudadanos de
nuestra sociedad. Casi nunca se menciona en las escuelas, ni siquiera en la
presentación de la ciencia, su más ferviente practicante, aunque el
escepticismo también surge espontáneamente de las decepciones de la vida
cotidiana. Nuestra política, economía, publicidad y religiones (nuevas y
viejas) están inundadas de credulidad. Los que tienen algo que vender, los que
desean influir en la opinión pública, los que mandan, podría sugerir un
escéptico, tienen un interés personal en no fomentar el escepticismo.
CAPÍTULO 5
_____
Confíe en
un testigo en todo aquello en lo que no esté fuertemente involucrado ni su
propio interés, ni sus pasiones, ni sus prejuicios, ni su amor por lo
maravilloso. Si lo están, exija una prueba que lo corrobore en proporción
exacta a la contravención de la probabilidad por la cosa atestiguada.
thomas henry huxley
(1825-1895)
Cuando se
informó a la madre del célebre abducido Travis Walton de que un ovni había
fulminado a su hijo con un rayo y luego se lo había llevado al espacio,
contestó con poca curiosidad: «Bueno, así es como ocurren las cosas.» ¿Es así?
Aceptar
que en nuestros cielos hay ovnis no es comprometerse a mucho: la palabra
«ovni» son las siglas de «objeto volador no identificado». Es un término que
incluye algo más que «platillo volante». Que haya cosas que el observador
ordinario, o incluso el experto, no entiende, es inevitable. Pero ¿por qué, si
vemos algo que no reconocemos, llegamos a la conclusión de que es una nave de
las estrellas? Se nos presenta una gran variedad de posibilidades más
prosaicas.
Una vez
eliminados de la serie de datos los fenómenos naturales, los engaños y las
aberraciones psicológicas, ¿queda algún residuo de casos muy creíbles pero
extremadamente raros, sobre todo casos sustentados por pruebas físicas? ¿Hay
una «señal» oculta en todo este alboroto? Desde mi punto de vista, no se ha
detectado ninguna. Hay casos de los que se informa con fiabilidad que no son
raros, y casos raros que no son fiables. No hay ningún caso —a pesar de más de
un millón de denuncias de ovnis desde 1947— en que la declaración de algo
extraño que sólo puede ser una aeronave espacial sea tan fidedigna que permita
excluir con seguridad una mala interpretación, tergiversación o alucinación.
Todavía hay una parte de mí que dice: «Qué lástima.»
Se nos
bombardea regularmente con extravagantes declaraciones sobre ovnis que nos
venden en porciones digeribles, pero muy rara vez llegamos a oír algo de su
resultado. No es difícil de entender: ¿qué vende más periódicos y libros, qué
alcanza una mayor valoración, qué es más divertido de creer, qué es más acorde
con los tormentos de nuestra época: un accidente de naves extraterrestres,
estafadores experimentados que se aprovechan de los crédulos, extraterrestres
de poderes inmensos que juegan con la especie humana o las declaraciones que
derivan de la debilidad y la imperfección humana?
A lo largo
de los años he dedicado mucho tiempo al problema de los ovnis. Recibo muchas
cartas al respecto, a menudo con relatos detallados de primera mano. A veces,
el escritor de la carta me promete revelaciones trascendentales si le llamo.
Después de dar una conferencia —casi sobre cualquier tema— se me pregunta a
menudo: «¿Cree en los ovnis?» Siempre me sorprende la manera de plantear la
pregunta, la sugerencia de que se trata de un asunto de fe y no de pruebas.
Casi nunca me preguntan: «¿Hasta qué punto son fiables las pruebas de que los
ovnis son naves espaciales extraterrestres?»
Por lo que
he visto, la manera de proceder de mucha gente está altamente predeterminada.
Algunos están convencidos de que el testimonio de un testigo ocular es fiable,
que la gente no inventa cosas, que las alucinaciones o tergiversaciones a esta
escala son imposibles, y que debe de haber una vieja conspiración gubernamental
de alto nivel para ocultamos la verdad a los demás. La credibilidad en el tema
de los ovnis prospera cuando aumenta la desconfianza en el gobierno, que se
produce de forma natural en todas aquellas circunstancias en que —en la tensión
entre bienestar público y «seguridad nacional»— el gobierno miente. Como se
han revelado engaños y conspiraciones de silencio del gobierno en tantos otros
asuntos, es difícil argumentar que sería imposible encubrir un tema tan
extraño, que el gobierno nunca ocultaría información importante a sus
ciudadanos. Una explicación común de la razón de tal encubrimiento es evitar el
pánico a nivel mundial o la erosión de la confianza en el gobierno.
Yo fui
miembro del comité del Consejo Asesor Científico de las Fuerzas Aéreas de
Estados Unidos que investigó el estudio de los ovnis llamado «Proyecto Libro
Azul», aunque antes, significativamente, se había llamado «Proyecto Grudge
[Fastidio]». Nos encontramos con que el esfuerzo que se estaba realizando era
desganado y desechable. A mediados de la década de los sesenta, el cuartel general
del «Proyecto Libro Azul» se encontraba en la base de las Fuerzas Aéreas
Wright-Patterson de Ohio, donde también estaba la base de la «Inteligencia
Técnica Extranjera» (dedicada principalmente a averiguar qué armas nuevas
tenían los soviéticos). Contaban con una sofisticada tecnología para la
consulta de expedientes. Uno preguntaba por un incidente de ovnis determinado
y, como si se tratara de jerseys y trajes de la lavandería, le iban pasando
resmas de expedientes por delante hasta que la máquina se paraba al llegar ante
el demandante el expediente solicitado.
Pero lo
que había en esos expedientes no tenía gran valor. Por ejemplo, ciudadanos
respetables declaraban haber visto flotar luces sobre una pequeña ciudad de
New Hampshire durante más de una hora, y la explicación del caso era que había
una escuadrilla de bombarderos estratégicos de una base cercana de las Fuerzas
Aéreas en ejercicios de instrucción. ¿Podían tardar una hora en atravesar la
ciudad los bombarderos? No. ¿Sobrevolaban los bombarderos la ciudad en el
momento en que se decía que habían aparecido los ovnis? No. ¿Nos puede
explicar, coronel, cómo puede ser que se describa que los bombarderos
estratégicos «flotaban»? No. Las negligentes investigaciones del Libro Azul
tenían un papel poco científico, pero servían para el importante propósito burocrático
de convencer a gran parte del público de que las Fuerzas Aéreas se aplicaban a
la tarea y que quizá no había nada tras las denuncias de ovnis.
Desde
luego, eso no excluye la posibilidad de que en alguna otra parte se
desarrollara otro estudio de los ovnis más serio, más científico (dirigido, por
ejemplo, por un general de brigada en lugar de un teniente coronel). Creo que
incluso es probable que fuera así, no porque crea que nos visitan
extraterrestres sino porque, ocultos en el fenómeno de los ovnis, debe de haber
datos considerados en otros tiempos de importante interés militar. Desde luego,
si los ovnis son como se dice —aparatos muy rápidos y maniobrables—, los militares
tienen la obligación de descubrir cómo funcionan. Si los ovnis eran construidos
por la Unión Soviética, las Fuerzas Aéreas tenían la responsabilidad de
protegernos. Teniendo en cuenta las notables características de actuación que
se les adjudicaba, las implicaciones estratégicas de que hubiera ovnis
soviéticos sobrevolando impunemente las instalaciones militares y nucleares
norteamericanas eran preocupantes. Si, por otro lado, los ovnis eran
construidos por extraterrestres, podríamos copiar la tecnología (si pudiéramos
apoderarnos de un solo platillo) y conseguir una clara ventaja en la guerra
fría. Y, aunque los militares no creyeran que los ovnis fueran fabricados por
soviéticos ni extraterrestres, tenían una buena razón para seguir los informes
de cerca.
En la
década de los cincuenta, las Fuerzas Aéreas utilizaban ampliamente los
globos-sonda, no sólo como plataformas de observación meteorológica, como se
anunciaba de manera destacada, y como reflectores de radar, algo que se
reconocía, sino también, secretamente, como aparatos de espionaje robótico,
con cámaras de alta resolución e intercepción de señales. Mientras los globos
en sí no eran muy secretos, sí lo eran la serie de reconocimientos que hacían.
La forma de los globos de gran altitud puede parecerse a la de un platillo
cuando se ve desde el suelo. Si no se calcula bien la distancia en la que se
encuentran, es fácil imaginar que llevan una velocidad absurdamente grande. En
ocasiones, propulsados por una ráfaga de viento, hacen un cambio de dirección
abrupto, poco característico de un avión y en aparente desafío de la ley de la
inercia... si uno no atina a ver que son huecos y no pesan casi nada.
El sistema
de globos militares más famoso, que fue probado ampliamente en todo Estados
Unidos a principios de los cincuenta, se llamaba «Skyhook». Otros sistemas y
proyectos de globos se denominaron «Mogul», «Moby Dick», «Grandson» y
«Genetrix». Urner Lidell, que tenía cierta responsabilidad sobre esas misiones
en el Laboratorio de Investigación Naval, y que posteriormente fue funcionario
de la NASA, me dijo una vez que creía que todos los ovnis denunciados eran
globos militares. Aunque decir «todos» es ir demasiado lejos, creo que no se ha
apreciado suficientemente su papel. Que yo sepa, no ha habido ningún
experimento de control sistemático y deliberado en el que se lanzaran
secretamente globos de gran altitud, se hiciera un seguimiento y se anotaran las
visiones de ovnis por parte de observadores visuales y por radar.
En 1956,
globos de reconocimiento estadounidenses empezaron a sobrevolar la Unión
Soviética. En su momento culminante, había docenas de lanzamientos de globos al
día. A continuación, los globos fueron sustituidos por aeronaves de gran
altitud, como las U-2, que a su vez fueron reemplazadas en gran parte por
satélites de reconocimiento. Es evidente que muchos ovnis que datan de este
período eran globos científicos, como lo son algunas veces desde entonces.
Todavía se lanzan globos de gran altitud, incluyendo plataformas que llevan
sensores de rayos cósmicos, telescopios ópticos e infrarrojos, receptores de
radio que sondean la radiación cósmica de fondo y otros instrumentos por
encima de la mayor parte de la atmósfera de la Tierra.
En 1947 se
armó un gran revuelo con uno o más platillos volantes supuestamente
accidentados cerca de Roswell, Nuevo México. Hay algunos informes iniciales y
fotografías de periódicos del incidente que son totalmente coherentes con la
idea de que eran los restos de un globo de gran altitud accidentado. Pero algunos
residentes de la región —especialmente décadas después— recuerdan materiales
más extraños, jeroglíficos enigmáticos, amenazas del personal militar a los
testigos si no callaban lo que sabían y la historia canónica de que se metió
en un avión la maquinaria extraterrestre y partes del cuerpo y se envió al
Comando de Material Aéreo de la base de las Fuerzas Aéreas de Wright-Patterson.
Algunas de las historias del cuerpo extraterrestre recuperado, aunque no todas,
están asociadas con este incidente.
Philip
Klass, un escéptico que se ha dedicado a los ovnis desde hace mucho tiempo, ha
revelado una carta posteriormente desclasificada de fecha de 27 de julio de
1948, un año después del «incidente» Roswell, del general de división C. B.
Cabell, entonces director de Inteligencia de las Fuerzas Aéreas (y
posteriormente, como oficial de la CIA, una figura central en la fracasada
invasión de Cuba en bahía de los Cochinos). Cabell preguntaba a los que le
habían informado qué podían ser los ovnis. Él no tenía ni idea. En una
respuesta resumida de 11 de octubre de 1948, que incluía información explícita
en posesión del Comando de Material Aéreo, vemos que se dice al director de
Inteligencia que tampoco nadie de las Fuerzas Aéreas tiene ninguna pista. Eso
hace improbable que el año anterior hubieran llegado fragmentos de ovnis y sus
ocupantes a Wright-Patterson.
La
principal preocupación de las Fuerzas Aéreas era que los ovnis pudieran ser
rusos. Ante el enigma de por qué los rusos probaban los platillos volantes
sobre Estados Unidos, se propusieron cuatro respuestas: «1) Socavar la
confianza de Estados Unidos en la bomba atómica como el arma más avanzada y
decisiva en la guerra. 2) Realizar misiones de reconocimiento fotográfico. 3) Comprobar
las defensas aéreas de Estados Unidos. 4) Realizar vuelos de familiarización
[para bombarderos estratégicos] sobre el territorio de Estados Unidos.» Ahora
sabemos que los ovnis no eran ni son rusos y, por mucho interés que tuvieran
los soviéticos por los objetivos 1 a 4, no los perseguían con platillos
volantes.
Gran parte
de las pruebas relativas al «incidente» Roswell parecen apuntar al lanzamiento
de un grupo de globos de gran altitud, quizá desde el campo aéreo de la Armada
de Alamogordo o del campo de pruebas de White Sands, que se estrellaron cerca
de Roswell; el personal militar recogió apresuradamente los restos dé
instrumentos secretos, y en seguida aparecieron artículos en la prensa
anunciando que era una nave espacial de otro planeta («La RAAF captura platillo
volante en un rancho de la región de Roswell») y una serie de recuerdos que van
fermentando a lo largo de los años y se avivan ante la oportunidad de un poco
de fama y fortuna. (En Roswell hay dos museos que son puntos importantes de la
ruta turística.)
Un informe
encargado en 1994 por el secretario de las Fuerzas Aéreas y el Departamento de
Defensa en respuesta a la insistencia de un congresista de Nuevo México
identifica los residuos de Roswell como restos de un sistema de detección
acústica de baja frecuencia que llevaban los globos, de largo alcance y
altamente secreto, llamado «Proyecto Mogul»: un intento de captar explosiones
de armas nucleares soviéticas a altitudes de la tropopausa. Los investigadores
de las Fuerzas Aéreas, tras registrar meticulosamente los archivos secretos de
1947, no encontraron pruebas de un aumento de tráfico de mensajes:
No constaban indicaciones ni avisos,
observación de alertas, ni un mayor ritmo de actividad operativa que
lógicamente se generaría si un aparato extraterrestre, con intenciones
desconocidas, entrara en territorio de Estados Unidos... Los registros indican
que no ocurrió nada de eso (o, si ocurrió, fue controlado por un sistema de
seguridad tan eficiente y estricto que nadie, de Estados Unidos ni de ninguna
otra parte, ha podido repetir desde entonces. Si en aquella época hubiera
habido un sistema así, también se habría usado para proteger nuestros secretos
atómicos de los soviéticos, pero la historia ha demostrado claramente que no
fue ése el caso).
Los objetivos de radar que llevaban los globos
fueron fabricados en parte por compañías de juguetes de Nueva York, cuyo
inventario de motivos decorativos parece propiciar que muchos años después se
recuerden como jeroglíficos extraterrestres.
El apogeo
de los ovnis corresponde a la época en que comenzaba a cambiarse el principal
vehículo de lanzamiento de armas nucleares de los aviones a los misiles. Un
problema técnico importante era la entrada en la atmósfera: hacer volver un
morro (de cohete) a través de la atmósfera de la Tierra sin que se queme en el
proceso (como se destruyen los pequeños asteroides y cometas al pasar a través
de las capas superiores de aire). Algunos materiales, geometrías de morro y
ángulos de entrada son mejores que otros. La observación de las entradas (o los
lanzamientos más espectaculares) podían revelar muy bien el progreso de Estados
Unidos en esta tecnología estratégica vital o, peor, sus defectos de diseño;
todo eso podría sugerir a un adversario qué medidas defensivas debía tomar.
Como es comprensible, el tema se consideraba altamente delicado.
Es
inevitable que hubiera casos en que se ordenara al personal militar no hablar
de lo que había visto, o que observaciones aparentemente inocuas fueran
clasificadas repentinamente de máximo secreto con criterios limitados a la
necesidad de conocimiento. Los oficiales de las Fuerzas Aéreas y los
científicos civiles, al pensar en ello años después, podían concluir
perfectamente que el gobierno había decidido encubrir los ovnis. Si se
considera ovnis a los morros de cohete, la acusación es justa.
Analicemos
la argucia. En la confrontación estratégica entre Estados Unidos y la Unión
Soviética, la adecuación de las defensas aéreas era un tema vital. Era el punto
3 de la lista del general Cabell. Si se podía encontrar una debilidad, podría
ser la clave de la «victoria» en una guerra nuclear incondicional. La única
manera segura de probar las defensas de un adversario es hacer volar un avión
por encima de sus fronteras y ver cuánto tiempo tarda en constatarlo. Estados
Unidos lo hacía de manera rutinaria para probar las defensas aéreas
soviéticas.
En la
década de los años cincuenta y sesenta. Estados Unidos tenía sofisticados
sistemas de defensa de radar que cubrían las costas del este y del oeste, y
especialmente sus accesos del norte (por los que seguramente llegaría un ataque
de bombarderos o misiles soviéticos). Pero había una parte más vulnerable: no
había ningún sistema de aviso eficaz para detectar el acceso desde el sur,
mucho más complicado geográficamente. Esta información, desde luego, es vital
para un adversario potencial. Sugiere inmediatamente una argucia: digamos que
uno o más de los aviones de alto rendimiento del adversario salen del Caribe,
por ejemplo, hacia el espacio aéreo de Estados Unidos y penetran por el río
Mississippi unos cientos de kilómetros hasta que los capta un radar de la
defensa aérea. Entonces, los intrusos salen inmediatamente de allí. (O, como
experimento de control, se comisiona una unidad de aviones de alto rendimiento
y se envía en salidas no anunciadas para determinar la porosidad de las
defensas aéreas americanas.) En este caso, puede haber avistamientos de
observadores militares y civiles y gran número de testimonios independientes.
Lo que se relata no corresponde a ninguna aeronave conocida. Las autoridades
de las Fuerzas Aéreas y de aviación civil declaran sinceramente que ninguno de
sus aviones era responsable. Aunque hayan estado pidiendo al Congreso que
financiara un sistema de alarma eficaz en el sur, es improbable que las
Fuerzas Aéreas admitan que no han captado la llegada de aviones soviéticos o
cubanos hasta que estaban en Nueva Orleans, menos todavía en Memphis.
También
aquí tenemos todas las razones para creer que se debió de ordenar a un equipo
investigador técnico de alto nivel, a los observadores de las Fuerzas Aéreas y
a los civiles que mantuvieran la boca cerrada, y que se diera no sólo la
apariencia sino la realidad de la supresión de datos. Tampoco aquí esta
conspiración de silencio tiene por qué tener nada que ver con naves
aeroespaciales de extraterrestres. Décadas más tarde, todavía hay razones
burocráticas para que el Departamento de Defensa siga guardando silencio sobre
aquellos problemas. Hay un conflicto potencial de intereses entre las
preocupaciones localistas del Departamento de Defensa y la solución del enigma
de los ovnis.
Además,
algo que preocupaba entonces tanto a la Agencia Central de Inteligencia (CIA)
como a las Fuerzas Aéreas era que los ovnis fueran un medio de obstruir los
canales de comunicación en una crisis nacional y confundir las observaciones
visuales y de radar de aeronaves del enemigo: un problema de señal/ruido que
es en cierto modo lo que busca la argucia.
En vista
de todo esto, estoy perfectamente dispuesto a creer que al menos algunos
informes y análisis de ovnis, y quizá voluminosos archivos, se han hecho
inaccesibles al público que paga los impuestos. La guerra fría ha terminado, la
tecnología de misil y de globo ha quedado prácticamente obsoleta o está al
alcance de todos, y los que podrían sentirse turbados ya no están en el
servicio activo. Lo peor, desde el punto de vista militar, es que sería
reconocer de nuevo que se confundió o mintió al público americano en interés de
la seguridad nacional. Ya es hora de que los archivos dejen de ser reservados y
se pongan a disposición general.
Otra
intersección instructiva del temperamento de conspiración y la cultura de
secreto afecta a la Agencia Nacional de Seguridad (ANS). Esta organización
controla el teléfono, radio y otras comunicaciones tanto de amigos como
adversarios de Estados Unidos. Subrepticiamente, lee todo el correo del mundo.
El tráfico que intercepta diariamente es considerable. En épocas de tensión,
gran número del personal de la ANS con conocimiento de los idiomas más
importantes se pone los auriculares para escuchar en directo desde las órdenes
cifradas del Estado Mayor de la nación objetivo hasta conversaciones íntimas.
Para otro tipo de material, los ordenadores destacan palabras clave que
reclaman atención humana a mensajes específicos o conversaciones importantes.
Se almacena todo, de modo que sea posible volver a revisar las cintas magnéticas:
rastrear la primera aparición de una palabra código, por ejemplo, o exigir
responsabilidad en una crisis. Algunas intercepciones se hacen desde puestos de
escucha en países cercanos (Turquía para Rusia, India para China), desde
aviones y barcos que patrullan por la zona, o desde satélites de observación en
la órbita de la Tierra. Hay un baile continuo de medidas y contramedidas entre
la ANS y los servicios de seguridad de otras naciones que, como es comprensible,
no desean ser escuchadas.
Ahora
añadamos a esta mezcla, ya dura de por sí, la Ley de Libertad de Información
(LLI). Se formula una demanda a la ANS de toda la información que tenga
disponible sobre los ovnis. La ley le exige una respuesta, aunque desde luego
sin revelar «métodos y fuentes». La ANS también tiene la obligación seria de no
alertar de sus actividades a otras naciones, amigas o enemigas, de un modo
inoportuno y molesto políticamente. Así, un informe más o menos típico de los
que entrega la ANS en respuesta a una demanda de la LLI tiene tachado un tercio
de la página, un fragmento de una línea que dice «informó de un ovni a baja
altitud», seguido de dos tercios de página tachados. La ANS sostiene que
comunicar el resto de la página comprometería potencialmente las fuentes y
métodos, o al menos alertaría a la nación en cuestión de lo libremente que se
intercepta su tráfico de radio de aviación. (Si la ANS comunicara transmisiones
circundantes, aparentemente inocuas del avión a la torre, sería posible que la
nación en cuestión constatara que se escuchan sus diálogos de control de
tráfico aéreo militar y pasaran a modos de comunicación —saltos de frecuencia,
por ejemplo— que dificultarían las intercepciones de la ANS.) Pero es
comprensible que los que sustentan la teoría de la conspiración de los ovnis,
al recibir en respuesta a sus demandas de la LLI docenas de páginas de material
con casi todo tachado, deduzcan que la ANS posee amplia información sobre los
ovnis y que participa en una conspiración de silencio.
Hablando
extraoficialmente con oficiales de la ANS me contaron la siguiente historia:
los informes más típicos son de aviones militares o civiles que comunican por
radio que ven un ovni, lo que quiere decir que ven un objeto no identificado en
el espacio aéreo circundante. Puede ser incluso un avión estadounidense en
misión de reconocimiento o en misiones de distracción. En la mayoría de los
casos es algo mucho más ordinario, y la aclaración también se comunica en
posteriores informes de la ANS.
Puede
usarse una lógica similar para hacer que la ANS parezca parte de cualquier
conspiración. Por ejemplo, según dicen, se le pidió una respuesta a una demanda
de la LLI sobre lo que supiera del cantante Elvis Presley. (Se habían
comunicado apariciones del señor Presley con resultado de curaciones
milagrosas.) Bien, la ANS sabía varias cosas. Por ejemplo, que un informe sobre
los recursos económicos de cierta nación comunicaba cuántas cintas y discos
compactos se habían vendido allí. Esta información también aparecía en un par
de líneas rodeadas de un vasto océano de oscuridad censurada. ¿Estaba
implicada la ANS en un encubrimiento de Elvis Presley? Aunque desde luego no he
investigado personalmente el trabajo de la ANS relacionado con los ovnis, esta
historia me parece verosímil.
Si estamos
convencidos de que el gobierno nos oculta visitas de extraterrestres,
deberíamos enfrentarnos a la cultura de secreto de las fuerzas militares y de
inteligencia. Como mínimo podemos presionar para que la información relevante
de hace décadas —de las que es un buen ejemplo el informe de las Fuerzas Aéreas
sobre el «Incidente Roswell» de julio de 1994— deje de ser reservada.
Puede
captarse el estilo paranoico de muchos ufólogos, además de la ingenuidad de la
cultura de secreto, en el libro de un antiguo reportero del New York Times,
Howard Blum (Out There', Simón and Schuster, 1990):
Por mucha inventiva que
pusiera en el intento, siempre acababa chocando repentinamente con puntos
muertos. Toda la historia se perdía siempre, deliberadamente, según acabé
creyendo, un poco más allá de mi alcance.
¿Por qué?
Era la gran pregunta,
práctica, imposible que se balanceaba ominosamente en la alta cima de mis
sospechas crecientes. ¿Por qué todos aquellos portavoces e instituciones se
aplicaban con tal connivencia a obstaculizar y obstruir mis esfuerzos? ¿Por qué
había historias que un día eran ciertas y al siguiente falsas? ¿Por qué todo
aquel afán de secreto tenso e inquebrantable? ¿Por qué los agentes de la
inteligencia militar extendían la desinformación y hacían volver locos a los
que creían en ovnis? ¿Qué había encontrado allí el gobierno? ¿Qué intentaba
ocultar?
Desde luego hay resistencia.
Hay información legítimamente reservada; como con las armas militares, a veces
realmente el secreto es de interés nacional. Además, las comunidades militar,
política y de inteligencia tienden a valorar el secreto por sí mismo. Es una
manera de silenciar a los críticos y eludir acusaciones de incompetencia o
algo peor. Genera una élite, un grupo de hermanos a los que se puede conceder
de manera fiable la confianza nacional, a diferencia de la gran masa de
ciudadanos en representación de los cuales presumiblemente se hace secreta la
información. El secreto, con pocas excepciones, es profundamente incompatible
con la democracia y la ciencia.
Una de las
intersecciones más estimulantes que se han comentado entre los ovnis y el
secreto son los llamados documentos MJ-12. A finales de 1984, según cuenta la
historia, apareció un sobre que contenía un rollo de película expuesta pero no
revelada en el buzón de un productor de cine, Jaime Shandera, interesado en los
ovnis y el encubrimiento del gobierno (no deja de ser curioso que ocurriera
justo cuando salía para ir a comer con el autor de un libro sobre los supuestos
acontecimientos de Roswell, Nuevo México). Cuando revelaron la película,
«resultó ser» página tras página de una orden ejecutiva altamente reservada,
«sólo para lectura», con fecha de 24 de septiembre de 1947, en la que el
presidente Harry S. Truman aparentemente nombraba un comité de doce científicos
y oficiales del gobierno para examinar una serie de platillos volantes
accidentados y pequeños cuerpos de extraterrestres. La formación del comité
MJ-12 es destacable, porque en él constan exactamente los nombres de los
miembros militares, de inteligencia, de ciencia e ingeniería que habrían sido
convocados a investigar estos accidentes si hubieran ocurrido. En los
documentos MJ-12 hay sugestivas referencias a apéndices sobre la naturaleza de
los extraterrestres, la tecnología de sus naves y cosas así, pero no se
incluyen en la misteriosa película.
Las
Fuerzas Aéreas dicen que el documento es falso. El experto en ovnis Philip J.
Klass y otros encuentran inconsistencias lexicográficas y tipográficas que
sugieren que todo es un engaño. Los que compran obras de arte se preocupan por
la procedencia de sus cuadros, es decir, quién fue el último propietario y
quién el anterior, y así hasta el artista original. Si faltan eslabones en la
cadena —si sólo se puede seguir el rastro de un cuadro de trescientos años de
antigüedad durante sesenta y después no tenemos ni idea de en qué casa o museo
estaba expuesto— surgen señales de aviso de falsificación. Como el beneficio
para los falsificadores de arte es muy alto, los coleccionistas deben ser
especialmente cautos. El punto más vulnerable y sospechoso de los documentos
MJ-12 radica precisamente en esta cuestión de procedencia: una prueba dejada
milagrosamente en el umbral, como salida de una historia de cuento de hadas,
quizá «El zapatero y los duendes».
Hay muchos
casos similares en la historia humana: súbitamente aparece un documento de
procedencia dudosa con información de gran importancia que sostiene con
contundencia la argumentación de los que han hecho el descubrimiento. Después
de una cuidadosa, y en algunos casos valiente, investigación se demuestra que
el documento es falso. No cuesta nada entender la motivación de los
embaucadores. Un ejemplo más o menos típico es el libro del Deuteronomio: lo
descubrió el rey Josías en el Templo de Jerusalén y, milagrosamente, en medio
de una importante lucha de reforma, encontró en él la confirmación de todos sus
puntos de vista.
Otro caso
es lo que se llama la Donación de Constantino. Constantino el Grande fue el
emperador que hizo del cristianismo la religión oficial del Imperio romano. El
nombre de Constantinopla (hoy Estambul), ciudad capital durante miles de años
del Imperio romano oriental, viene de él. Murió en el año 337. En el siglo IX
empezaron a aparecer referencias a la Donación de Constantino en los escritos
cristianos; en ella, Constantino lega a su contemporáneo el papa Silvestre I
todo el Imperio romano occidental, incluida Roma. Este pequeño presente, según
contaba la historia, se debía a la gratitud de Constantino, que se curó de la
lepra gracias a Silvestre. En el siglo XI, los papas se referían con
regularidad a la Donación de Constantino para justificar sus pretensiones de
ser gobernantes no sólo eclesiásticos sino también seculares de la Italia
central. A lo largo de la Edad Media, la Donación se consideró genuina tanto
por parte de los que apoyaban las pretensiones temporales de la Iglesia como
de los que se oponían.
Lorenzo de
Valla era un polígrafo del Renacimiento italiano. Un hombre controvertido,
brusco, crítico, arrogante y pedante, que fue atacado por sus contemporáneos
por sacrilegio, impudicia, temeridad y presunción... entre otras
imperfecciones. Tras concluir que, por razones gramaticales, el credo de los
apóstoles no podía haber sido escrito realmente por los doce apóstoles, la
Inquisición le declaró hereje y sólo la intervención de su mecenas, Alfonso,
rey de Nápoles, impidió que fuera inmolado. Inasequible al desaliento, en 1440
publicó un tratado demostrando que la Donación de Constantino era una burda
falsificación. El lenguaje del documento equivalía al latín cortesano del
siglo IV como el cockney de hoy al inglés normativo. Gracias a Lorenzo
de Valla, la Iglesia católica romana ya no reclama el derecho a gobernar las
naciones de Europa por la Donación de Constantino. Se cree en general que esta
obra, cuya procedencia tiene un vacío de cinco siglos, fue falsificada por un
clérigo adscrito a la curia de la Iglesia en la época de Carlomagno, cuando el
papado (y especialmente el papa Adriano I) defendía la unificación de la
Iglesia y el Estado.
Asumiendo
que ambos documentos pertenecen a la misma categoría, los MJ-12 son un engaño
más inteligente que la Donación de Constantino. Pero tienen mucho en común en
el aspecto de la procedencia, el interés concedido y las inconsistencias
lexicográficas.
La idea de
un encubrimiento para mantener oculto el conocimiento de vida extraterrestre o
de las abducciones durante cuarenta y cinco años, sabiéndolo cientos, si no
miles de empleados del gobierno, es notable. Es cierto que los gobiernos
guardan secretos rutinariamente, incluso secretos de un interés general sustancial.
Pero el objetivo ostensible de tanto secreto es proteger al país y sus
ciudadanos. Sin embargo, en este caso es diferente. La supuesta conspiración de
los que controlan la seguridad es impedir que los ciudadanos sepan que hay un
ataque extraterrestre continuo sobre la especie humana. Si fuera verdad que
los extraterrestres abducen a millones de personas, sería mucho más que un
asunto de seguridad nacional. Tendría un impacto en la seguridad de todos los
seres humanos de la Tierra. Con todo eso en juego, ¿es verosímil que ninguna
persona con un conocimiento real y pruebas, en casi doscientas naciones, se
decida a tocar las campanas y hablar para ponerse del lado de los humanos y no
de los extraterrestres?
Desde el
final de la guerra fría, la NASA ha tenido que dedicar grandes esfuerzos a la
búsqueda de misiones que justificaran su existencia: particularmente, una buena
razón para enviar humanos al espacio. Si la Tierra fuera visitada diariamente
por extraterrestres hostiles, ¿no se aferraría la NASA a esta oportunidad para
aumentar su financiación? Y si hubiera una invasión de extraterrestres en
curso, ¿por qué las Fuerzas Aéreas, dirigidas tradicionalmente por pilotos,
iban a abandonar los vuelos espaciales tripulados para lanzar todas sus
cápsulas en cohetes sin tripulación?
Consideremos
la antigua Organización de Iniciativa de Defensa Estratégica, responsable de
la «guerra de las galaxias». Ahora pasa un mal momento, especialmente en su
objetivo de establecer defensas en el espacio. Se han degradado su nombre y
sus perspectivas. Actualmente es la Organización de Defensa contra Misiles
Balísticos. Ya ni siquiera informa directamente al Ministerio de Defensa. La
incapacidad de esta tecnología de proteger a Estados Unidos contra un ataque
masivo mediante misiles con armas nucleares es manifiesta. Pero, si nos
enfrentáramos a una invasión extraterrestre, ¿no intentaríamos al menos
desplegar defensas en el espacio?
El
Departamento de Defensa, como los ministerios similares de todas las naciones,
prosperan con enemigos, reales o imaginarios. No tiene ningún sentido pensar
que la existencia de un adversario como éste sea ocultada por la organización
que más se beneficiaría de su presencia. La posición general posterior a la
guerra fría de los programas espaciales militar y civil de Estados Unidos (y
otras naciones) hablan poderosamente contra la idea de que haya extraterrestres
entre nosotros... a no ser, desde luego, que también se oculte la noticia a los
que planifican la defensa nacional.
---ooo---
Igual que
hay quien acepta a pies juntillas cualquier informe sobre ovnis, los hay que
descartan la idea de visitas extraterrestres de entrada y con gran pasión.
Dicen que es innecesario examinar las pruebas y «acientífico» considerar
siquiera el tema. En una ocasión colaboré en la organización de un debate
público en la reunión anual de la Asociación Americana para el Avance de la
Ciencia entre científicos partidarios y oponentes de la propuesta de que
algunos ovnis eran naves espaciales; después de ello, un distinguido físico,
cuya opinión en muchos otros asuntos yo respetaba, me amenazó con denunciarme
al vicepresidente de Estados Unidos si insistía en tal locura. (Con todo, el
debate se mantuvo y se publicó, los temas quedaron un poco más aclarados y no
recibí noticias de Spiro T. Agnew.)
Un estudio de 1969 de la
Academia Nacional de Ciencias, aunque reconociendo que había informes «no
fácilmente explicables», concluía que
«la explicación menos probable de los ovnis es
la hipótesis de visitas de seres extraterrestres inteligentes». Pensemos en
cuántas «explicaciones» distintas puede haber: viajeros del tiempo, demonios de
la tierra de las brujas; turistas de otra dimensión —como el señor Mxyztpik
(¿o era Mxyzptik?, siempre lo olvido) de la tierra de Zrfff en la Quinta
Dimensión en los antiguos cómics de Superman—; las almas de los muertos,
o un fenómeno «no cartesiano» que no obedece a las normas de la ciencia o ni
siquiera de la lógica. En realidad, cada una de esas «explicaciones» se ha
propuesto con seriedad. Decir «menos probable» no es poco. Este exceso retórico
es una muestra de lo desagradable que ha llegado a ser el tema en general para
muchos científicos.
Es
significativo que un asunto del que en realidad sabemos tan poco provoque
tantas emociones. Especialmente es así en el frenesí de denuncias de
abducciones por extraterrestres más reciente. Al fin y al cabo, de ser ciertas,
ambas hipótesis —la invasión de manipuladores sexuales extraterrestres o una
epidemia de alucinaciones— nos enseñan algo que deberíamos saber. Quizá la
razón de que las reacciones sean tan fuertes es que las dos alternativas tienen
implicaciones desagradables.
Aurora
El número de informes y su consistencia
sugieren que la base de estas observaciones puede ser distinta
de las drogas alucinógenas.
Aeronave misteriosa,
informe,
Federación de Científicos Americanos,
20 de agosto de 1992
La Aurora es una aeronave de
gran altitud, extremadamente secreta, sucesora del U-2 y el SR-71 Blackbird.
Puede ser que exista o que no exista. En 1993, los informes de observadores
cerca de la base Edwards de las Fuerzas Aéreas de California y en Groom Lake,
Nevada, y especialmente en una región de Groom Lake llamada Área 51 donde se
prueban las aeronaves experimentales del Departamento de Defensa, parecían en
general coherentes unos con otros. Se recogieron informes de confirmación de
todo el mundo. A diferencia de sus predecesoras, se dice que la aeronave es
hipersónica, que viaja a una velocidad mayor, quizá de seis a ocho veces, que
el sonido. Deja una extraña estela descrita como «donuts en una cuerda». Quizá
también sea un medio de poner en órbita pequeños satélites secretos,
desarrollados, se especula, después de que el desastre del Challenger indicara
la poca fiabilidad del transbordador para cargas explosivas de defensa. Pero la
CIA «jura categóricamente que no existe este programa», dice el senador y
antiguo astronauta John Glenn. El principal diseñador de algunas de las aeronaves
más secretas de Estados Unidos dice lo mismo. Un secretario de las Fuerzas
Aéreas ha negado con vehemencia la existencia de un avión así, o de un programa
para construirlo, en las Fuerzas Aéreas o en ninguna otra parte. ¿Ha mentido?
«Hemos analizado todas esas visiones, como hemos hecho con los informes de
ovnis», dice un portavoz de las Fuerzas Aéreas, en palabras quizá
cuidadosamente elegidas, «y no podemos dar una explicación». Mientras tanto, en
abril de 1995, las Fuerzas Aéreas se hicieron con cuatro mil acres más cerca
del Área 51. La zona a la que se niega el acceso público va creciendo.
Consideremos pues las dos
posibilidades: que la Aurora exista y que no exista. Si existe, es asombroso
que se haya intentado encubrir oficialmente su existencia, que el secreto pueda
ser tan efectivo y que el avión pueda ser probado o repostar en todo el mundo
sin que se publique una sola fotografía o alguna prueba fehaciente. Por otro
lado, si la Aurora no existe, es asombroso que se haya propagado un mito de
manera tan vigorosa y haya llegado tan lejos. ¿Por qué las insistentes
negativas oficiales han tenido tan poco peso? ¿La mera existencia de una
designación —la Aurora en este caso— puede servir para poner una etiqueta común
a una serie de fenómenos diversos? En cualquier caso, la Aurora parece ser
pertinente para los ovnis.
CAPITULO 6
Como tiemblan los niños y lo temen
todo en la ciega oscuridad,
así nosotros en la luz tememos
a veces lo que no es más temible,
que lo que los niños en la oscutidad
contemplan con terror...
lucrecio,
De la
naturaleza de las cosas
(60 a. J.C.
aprox.)
Los
anunciantes tienen que conocer a su público. Se trata de un simple asunto de
supervivencia del producto y la empresa. Por tanto, si examinamos los anuncios
que se publican en revistas dedicadas a ovnis, podemos saber la visión que
tiene la empresa comercial y libre de Norteamérica del entusiasmo por los
ovnis. A continuación, una lista de titulares de anuncio (francamente típicos)
de un ejemplar de UFO Universe:
• Un científico investigador descubre un secreto de dos mil años de
antigüedad para obtener riqueza, poder y amor romántico.
• ¡Reservado! Más que top-secret.
Por fin, un oficial militar retirado revela la conspiración gubernamental más
sensacional de nuestra época.
• ¿Cuál es tu «misión
especial» en la Tierra? ¡Ha empezado el despertar cósmico de los pocos
trabajadores, paseantes y representantes natos de las estrellas!
• Llega lo que esperabas hace
tiempo: veinticuatro magníficos sellos de los espíritus ovnis que te ofrecerán
una mejora de vida increíble:
• Yo tengo
chica. ¿Y tú? ¡No te lo pierdas! ¡Consigue chicas ya!
•
Suscríbase hoy mismo a la revista más asombrosa del universo.
• ¡Deje que entre en su vida
la buena suerte, el amor y el dinero milagrosos! ¡Esos poderes han funcionado
durante siglos! ¡Pueden funcionar para usted!
• Avance sorprendente en la
investigación psíquica. ¡Bastan cinco minutos para demostrar que los poderes
mágicos psíquicos funcionan realmente!
• ¿Se atreve a ser
afortunado, amado y rico? ¡Le garantizamos que la buena suerte se cruzará en su
camino! Consiga todo lo que quiera con los talismanes más poderosos del mundo.
• Hombres
de negro: ¿agentes del gobierno o extraterrestres?
• Aumente el poder de piedras
preciosas, hechizos, sellos y símbolos. Mejore la eficacia de todo lo que
hace. Aumente su poder y capacidad mental con el magnificador de poder mental.
• El famoso
imán del dinero: ¿le gustaría tener más?
•
Testamento de Lael, Escrituras Sagradas de una civilización perdida.
• Un nuevo libro del
«Comandante X» desde la luz interior: identificados los controladores, los
gobernantes ocultos de la Tierra. ¡Somos propiedad de una inteligencia
extraterrestre!
¿Cuál es el hilo común que
une todos esos anuncios? No son los ovnis. Seguramente es la expectativa de una
credulidad ilimitada de la audiencia. Por eso aparecen en revistas de ovnis: en
general, el simple hecho de comprar una revista de ese tipo define al lector.
Sin duda, hay compradores moderadamente escépticos y totalmente racionales de
revistas así que se ven seducidos por las expectativas de anunciantes y
editores. Pero, si aciertan con el grueso de sus lectores, ¿qué podría
significar eso para el modelo de la abducción por extraterrestres?
De vez en cuando recibo una carta de alguien que está en «contacto» con los
extraterrestres. Me invitan a «preguntarles algo». Y así, a lo largo de los
años, he confeccionado una pequeña lista de preguntas. Los extraterrestres son
seres muy avanzados, recordemos. Así pues, pido cosas como: «Le ruego que me
proporcione una pequeña prueba del último teorema de Fermat.» O de la
conjetura Goldbach. Y luego tengo que explicarles qué es, porque no creo que
los extraterrestres le llamen último teorema de Fermat. Así pues, escribo la
simple ecuación con los exponentes. Nunca consigo una respuesta. Por otro lado,
si pregunto algo así como: «¿debemos ser buenos?», casi siempre consigo
respuesta. A estos extraterrestres les encanta contestar cualquier pregunta
vaga, sobre todo si entraña juicios morales. Pero, en cosas específicas donde
cabe la posibilidad de descubrir si realmente saben algo más que la mayoría de
los humanos, la respuesta es el silencio.[11] Quizá
pueda deducirse algo de esta diferente capacidad de responder preguntas.
En
los viejos tiempos anteriores a la abducción por extraterrestres, a las
personas que subían a bordo de un ovni, según informaban ellas mismas, les
ofrecían lecturas edificantes sobre los peligros de la guerra nuclear. Ahora
que ya estamos instruidos, los extraterrestres parecen concentrados en la
degradación del medio ambiente y el sida. ¿Cómo es, me pregunto, que los
ocupantes de los ovnis están tan sujetos a las preocupaciones o urgencias de
este planeta? ¿Por qué ni siquiera una advertencia ocasional sobre los CFC y la
reducción del ozono en la década de los cincuenta, o sobre el virus del VIH en
la de los setenta, cuando realmente hubiera podido ser útil? ¿Por qué no
alertarnos de una amenaza a la salud pública o el medio ambiente que aún no
hayamos imaginado? ¿Puede ser que los extraterrestres sepan sólo lo que saben
los que informan de su presencia? Y si uno de los objetivos principales de las
visitas de extraterrestres es advertirnos de los peligros globales, ¿por qué
decirlo sólo a algunas personas cuyos relatos son sospechosos en todo caso?
¿Por qué no ocupar las cadenas de televisión durante una noche, o aparecer con
vividos audiovisuales admonitorios ante el Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas? Sin duda, no sería tan difícil para seres que vuelan a través de años
luz.
---ooo---
El primer «contactado» por los ovnis que tuvo éxito comercial fue George
Adamski. Tenía un pequeño restaurante en la falda del monte Palomar de
California y montó un pequeño telescopio en el patio trasero. En la cima de la
montaña se encontraba el mayor telescopio de la Tierra; el reflector de
doscientas pulgadas de la Institución Carnegie de Washington y del Instituto
de Tecnología de California. Adamski se adjudicó el título de profesor
Adamski del Observatorio de monte Palomar. Publicó un libro —que causó
sensación, lo recuerdo— en el que describía que en el desierto cercano había
encontrado a unos extraterrestres bien parecidos con largos cabellos rubios y,
si no me falla la memoria, con túnicas blancas, que le advirtieron de los
peligros de una guerra nuclear. Hablaban desde el planeta Venus (cuyos 900°
Farenheit de temperatura de superficie se alzan ahora como barrera a la
credibilidad de Adamski). En persona era francamente convincente. El oficial de
las Fuerzas Aéreas nombrado responsable de las investigaciones sobre los ovnis
de la época describió a Adamski con estas palabras:
Al escuchar su historia cara a cara, tenías
una necesidad inmediata de creerle. Quizá fuera su aspecto. Llevaba un mono
gastado pero limpio. Tenía el pelo ligeramente gris y los ojos más sinceros
que he visto en mi vida.
La estrella de Adamski se fue apagando con los
años, pero publicó algún libro más por su cuenta y durante mucho tiempo fue
una gran atracción en las convenciones de «creyentes» en platillos volantes.
La primera
historia de abducción por extraterrestres del género moderno fue la de Betty y
Barney Hill, una pareja de New Hampshire: trabajadora social ella y empleado de
Correos él. Un día de 1961 atravesaban a altas horas de la noche las White
Mountains cuando a Betty le pareció ver un ovni brillante, inicialmente como
una estrella, que parecía seguirlos. Ante el temor de Barney de ser víctimas de
un ataque, abandonaron la carretera principal y se metieron por estrechos
caminos de montaña, llegando a casa dos horas más tarde de lo previsto. El
experimento incitó a Betty a leer un libro que describía a los ovnis como naves
espaciales de otros mundos; sus ocupantes eran hombres pequeños que a veces
abducían a humanos.
Poco
después experimentó repetidas veces una pesadilla aterradora en la que ella y
Barney eran abducidos y llevados a bordo de un ovni. Barney escuchó cómo
describía el sueño a unos amigos, compañeros de trabajo e investigadores
voluntarios de ovnis. (Es curioso que Betty no comentara el tema directamente
con su esposo.) Algo así como una semana después de la experiencia,
describieron el ovni como una «torta» con figuras uniformadas que se veían a
través de las ventanillas transparentes del aparato.
Varios
años después, el psiquiatra de Barney le envió a un hipnoterapeuta de Bostón,
Benjamín Simón, doctor en medicina. Betty le acompañó para ser hipnotizada
también. Bajo hipnosis, ambos describieron por separado los detalles de lo que
había ocurrido durante las dos horas «perdidas»: vieron aterrizar el ovni en
la carretera y, parcialmente inmovilizados, los llevaron al interior del
aparato... donde unas criaturas pequeñas, grises, humanoides de nariz larga
(un detalle discordante con el paradigma del momento) los sometieron a exámenes
médicos no convencionales, incluyendo la introducción de una aguja en el
ombligo de ella (antes de que se hubiera inventado la amniocentesis en la
Tierra). Ahora hay quien cree que sacaron óvulos de los ovarios de Betty y
esperma de Barney, aunque eso no forma parte de la historia original.[12]
El capitán enseñó a Betty un mapa del espacio interestelar con las rutas de la nave marcadas.
Martín S.
Kottmeyer ha demostrado que muchos de los motivos del relato de los Hill
pueden encontrarse en una película de 1953, Invasores de Marte. Y la
historia de Barney sobre el aspecto de los extraterrestres, especialmente sus
enormes ojos, surgió en una sesión de hipnosis sólo doce días después de la
emisión de un episodio de la serie de televisión The Outer Limits en la
que salía un extraterrestre así.
El caso
Hill fue ampliamente comentado. En 1975 se hizo una película de televisión que
introdujo la idea de que hay abductores extraterrestres bajitos y grises entre
nosotros en la psique de millones de personas. Pero hasta los pocos
científicos de la época que creían que algunos ovnis podían ser realmente naves
espaciales extraterrestres se mostraron cautelosos. El supuesto encuentro
brillaba por su ausencia en la sugerente lista de casos de ovnis recopilada
por James E. McDonaId, un físico meteorólogo de la Universidad de Arizona. En
general, los científicos que han estudiado los ovnis en serio han tendido a
mantener los relatos de abducción por extraterrestres a distancia... mientras
que los que aceptan a pies juntillas las abducciones ven pocas razones para
analizar simples luces en el cielo.
El punto
de vista de McDonaId sobre los ovnis no se basaba, según él, en pruebas
irrefutables, sino que era una conclusión como último recurso: todas las
explicaciones alternativas le parecían aún menos creíbles. A mediados de la
década de los setenta organicé una presentación por parte de McDonaId de sus
mejores casos en una reunión privada con importantes físicos y astrónomos que
nunca habían apostado por el tema de los ovnis. No sólo no consiguió
convencerlos de que recibíamos la visita de extraterrestres; ni siquiera
consiguió provocar su interés. Y era un grupo con una capacidad de asombro muy
alta. Era simplemente que donde McDonaId veía extraterrestres, ellos
encontraban explicaciones mucho más prosaicas.
Me agradó
tener la oportunidad de pasar unas horas con el señor y la señora Hill y con el
doctor Simón. La seriedad y sinceridad de Betty y Barney eran indudables, como
su temor de convertirse en figuras públicas en unas circunstancias tan
extrañas y difíciles. Con el permiso de los Hill, Simón me permitió escuchar
(y, a petición mía, a McDonaId conmigo) algunas de las cintas de sus sesiones
bajo hipnosis. Lo que más me impresionó, sin comparación, fue el terror
absoluto de la voz de Barney cuando describía —«revivía» sería una palabra más
adecuada— el encuentro.
Simón,
aunque prominente defensor de las virtudes de la hipnosis en la guerra y en la
paz, no había caído en el frenesí público por los ovnis. Compartía
generosamente los derechos de autor del exitoso libro de John Fuller, El
viaje interrumpido, sobre la experiencia de los Hill. Si Simón hubiera
declarado la autenticidad de su relato, las ventas del libro se podían haber
disparado y él habría aumentado considerablemente sus ganancias. También
rechazó al instante la idea de que mentían o, como sugirió otro psiquiatra, que
se trataba de una folie á deux: una ilusión compartida en la que, generalmente,
el miembro recesivo sigue el delirio del dominante. ¿Qué queda entonces? Los
Hill, dijo el psicoterapeuta, habían experimentado una especie de «sueño».
Juntos.
----ooo---
Es
perfectamente posible que haya más de una fuente de relatos de abducción por
extraterrestres, igual que las hay para observaciones de ovnis. Consideremos
algunas posibilidades.
En 1894 se
publicó en Londres El Censo Internacional de Alucinaciones en vigilia.
Desde entonces hasta ahora, en repetidas encuestas se ha mostrado que del diez
al veinticinco por ciento de las personas normales han experimentado al menos
una vez en su vida una alucinación vívida: normalmente, oír una voz o ver una
forma inexistente. En casos más raros, perciben un aroma que los persigue, oyen
una música o tienen una revelación que les llega independiente de los
sentidos. En algunos casos se convierten en acontecimientos que transforman a
la persona o en profundas experiencias religiosas. Las alucinaciones
podrían ser una puertecita olvidada en el muro que llevaría a una comprensión
científica de lo sagrado.
Probablemente,
desde que murieron, he oído una docena de veces la voz de mi madre o mi padre,
en tono de conversación, diciendo mi nombre. Desde luego, cuando vivían me
llamaban a menudo: para hacer una tarea, para recordarme una responsabilidad,
ir a cenar, entablar una conversación, hablar sobre un acontecimiento del día.
Los echo tanto en falta que no me parece nada extraño que mi cerebro capte un
recuerdo lúcido de sus voces.
Este tipo
de alucinaciones pueden afectar a personas perfectamente normales en
circunstancias perfectamente ordinarias. También pueden provocarse: por una
hoguera en el campo por la noche, por estrés emocional, durante ataques de
epilepsia, migrañas o fiebres altas, ayunos prolongados o insomnio[13]
o privación sensorial (por ejemplo, en confinamiento solitario), o mediante
alucinógenos como LSD, psilocibina, mescalina o hachís. (El delírium trémens,
el temible «DT» inducido por el alcohol, es una manifestación conocida de un
síndrome de abstinencia del alcoholismo.) También hay moléculas, como las
fenotiazidas (tioridazina, por ejemplo), que hacen desaparecer las
alucinaciones. Es muy probable que el cuerpo humano normal genere sustancias
—incluyendo quizá las pequeñas proteínas del cerebro de tipo morfina como las
endorfinas— que causan alucinaciones, y otras que las eliminan. Exploradores
tan famosos (y poco histéricos) como el almirante Richard Byrd, el capitán
Joshua Slocum y sir Ernest Shackieton experimentaron vividas alucinaciones
cuando se vieron sometidos a un aislamiento y soledad poco habituales.
Cualesquiera
que sean sus antecedentes neurológicos y moleculares, las alucinaciones
producen una sensación real. En muchas culturas se buscan y se consideran una
señal de ilustración espiritual. Entre los nativos americanos de las praderas
del Oeste, por ejemplo, o en muchas culturas indígenas de Siberia, la
naturaleza de la alucinación que experimentaba un hombre joven después de una
«búsqueda de visión» con éxito presagiaba su futuro; se discutía su
significado con gran seriedad entre los ancianos y chamanes de la tribu. Hay
ejemplos incontables en las religiones del mundo de patriarcas, profetas y
salvadores que se retiran al desierto o la montaña y, con la ayuda del hambre y
la privación sensorial, encuentran dioses o demonios. Las experiencias
religiosas de inducción psicodélica eran la marca de la cultura juvenil
occidental de la década de los sesenta. La experiencia, como quiera que haya
aparecido, se describe a menudo respetuosamente con palabras como
«trascendental», «sobrenatural», «sagrada» y «santa».
Las
alucinaciones son comunes. Tenerlas no significa estar loco. La literatura
antropológica está repleta de etnopsiquiatría de la alucinación, sueños REM y
trances de posesión que tienen muchos elementos comunes transculturalmente y a
través de los tiempos. Las alucinaciones se suelen interpretar como posesión de
espíritus buenos o malos. El antropólogo de Yale Weston La Barre llega incluso
a argüir que «podría defenderse sorprendentemente bien que gran parte de la
cultura es alucinación» y que «toda la intención y función del ritual parece
ser... el deseo de un grupo de alucinar».
Incluimos
a continuación una descripción de alucinaciones como un problema de relación
señal/ruido de Louis J. West, antiguo director médico de la clínica
Neuropsiquiátrica de la Universidad de California, Los Ángeles. Está tomada de
la decimoquinta edición de la Enciclopedia Británica:
...imaginemos a un hombre de pie ante el
cristal de una ventana cerrada que se encuentra delante del hogar encendido,
mirando hacia el jardín a la puesta de sol. Está tan absorto por la visión del
mundo de fuera que no consigue visualizar el interior de la habitación donde
está. Sin embargo, a medida que en el exterior va oscureciendo, en la ventana
puede verse el reflejo de imágenes de la habitación detrás de él. Durante un
rato puede mirar al jardín (si mira hacia la distancia) o el reflejo del
interior de la habitación (si fija la vista en el cristal a pocos centímetros
de su cara). Cae la noche, pero la llama del fuego sigue brillando en el hogar
e ilumina la habitación. Ahora el observador ve un vivido reflejo en el cristal
del interior de la habitación que tiene detrás, que parece estar al otro lado
de la ventana. Esta ilusión se va atenuando al irse apagando el fuego y,
finalmente, cuando está oscuro tanto fuera como dentro, no se ve nada más. Si
se reaviva la llama del fuego de vez en cuando, reaparecen las visiones en el
cristal.
De un modo análogo, las
experiencias alucinatorias como las de los sueños normales ocurren cuando se
reduce la «luz del día» (input sensorial) mientras la «iluminación interior»
(nivel general de excitación cerebral) sigue siendo «brillante» y las imágenes
que se originan dentro de las «salas» de nuestros cerebros pueden ser
percibidas (alucinadas) como si vinieran de fuera de las «ventanas» de
nuestros sentidos.
Otra analogía podría ser que
los sueños, como las estrellas, siempre están brillando. Aunque de día no
suelen verse las estrellas porque el sol brilla demasiado, si hay un eclipse de
sol durante el día, o si un espectador decide estar atento un rato después de
la puesta o antes de la salida del sol, o si se despierta de vez en cuando en
una noche clara para mirar al cielo, las estrellas, como los sueños, aunque a
menudo olvidadas, pueden ser vistas siempre.
Un concepto más relacionado
con el cerebro es el de una actividad continua de procesamiento de información
(una especie de «corriente preconsciente») que recibe continuamente la influencia
de fuerzas tanto conscientes como inconscientes y que constituye el suministro
potencial de contenido del sueño. El sueño es una experiencia en la que,
durante unos minutos, el individuo tiene cierta conciencia de la corriente de
datos que se procesan. Las alucinaciones en estado de vigilia implicarían también
el mismo fenómeno, producido por una serie algo distinta de circunstancias
psicológicas o fisiológicas...
Parece ser que toda la
conducta y experiencia humana (tanto normal como anormal) va acompañada de
fenómenos ilusorios y alucinatorios. Mientras la relación de estos fenómenos
con la enfermedad mental ha sido bien documentada, quizá no se ha considerado
bastante su papel en la vida cotidiana. Una mayor comprensión de las ilusiones
y alucinaciones entre gente normal puede proporcionar explicaciones para
experiencias relegadas de otro modo a lo misterioso, «extrasensorial» o
sobrenatural.
Seguramente
perderíamos algo importante de nuestra propia naturaleza si nos negáramos a
enfrentarnos al hecho de que las alucinaciones son parte del ser humano. Sin
embargo, eso no hace que las alucinaciones sean parte de una realidad externa
más que interna. Del cinco al diez por ciento de las personas somos extremadamente
sugestionables, capaces de entrar en un profundo trance hipnótico a una orden.
Aproximadamente, el diez por ciento de los americanos declara haber visto uno o
más fantasmas. Este número es superior al de los que dicen recordar haber sido
abducidos por extraterrestres, aproximadamente igual al de los que han afirmado
haber visto uno o más ovnis, e inferior al número de los que la última semana
de presidencia de Richard Nixon —antes de que dimitiera para evitar el
enjuiciamiento— pensaban que su tarea como presidente era de buena a excelente.
Al menos el uno por ciento de todos nosotros es esquizofrénico. Esto suma más
de cincuenta millones de esquizofrénicos en el planeta, mas, por ejemplo, que
la población de Inglaterra.
En su
libro de 1970 sobre pesadillas, el psiquiatra John Mack —sobre el que diré algo
más— escribe:
Hay un período en la más tierna infancia en
que los sueños se consideran reales y el niño considera los acontecimientos,
transformaciones, gratificaciones y amenazas que los componen como una parte
de su vida cotidiana real, igual que las experiencias vividas durante el día.
La capacidad de establecer y mantener distinciones claras entre la vida de los
sueños y la vida en el mundo exterior es difícil de alcanzar y se tarda unos
años en dominarla, no completándose ni siquiera en niños normales antes de los
ocho o diez años. Es particularmente difícil que el niño, dada la vividez y la
apremiante intensidad afectiva de las pesadillas, las juzgue de manera
realista.
Cuando un
niño cuenta una historia fabulosa —había una bruja haciendo muecas en la
habitación a oscuras; un tigre debajo de la cama; la vasija se rompió porque
entró un pájaro multicolor por la ventana y no porque, contra las normas de la
familia, alguien jugaba a la pelota dentro de la casa—, ¿miente consciente o
inconscientemente? Sin duda los padres actúan a menudo como si el niño no
pudiera distinguir plenamente entre fantasía y realidad. Algunos niños tienen
una imaginación activa; otros están peor dotados en este aspecto. Algunas
familias pueden respetar la capacidad de fantasear y alentar al niño,
diciéndole al mismo tiempo algo así como:
«Oh, eso
no es real; es sólo tu imaginación.» Otras familias pueden mostrar impaciencia
ante la fabulación —dificulta al menos marginalmente el gobierno de la casa y
la resolución de disputas— y no fomentar las fantasías de sus hijos,
quizá inculcándoles incluso que es algo vergonzoso. Algunos padres pueden tener
poco clara por su parte la distinción entre realidad y fantasía, o incluso
entrar seriamente en la fantasía. A partir de todas esas tendencias contrapuestas
y prácticas de educación infantil, algunas personas pueden tener una capacidad
de fantasear intacta, y una historia, hasta bien entrada la edad adulta, de
fabulación. Otros crecen creyendo que el que no conoce la diferencia entre
realidad y fantasía está loco. Muchos de nosotros estamos en algún lugar entre
ambos.
Los
abducidos afirman con frecuencia haber visto «extraterrestres» en su infancia:
entrando por la ventana o escondidos bajo la cama o en el armario. Pero los
niños cuentan historias similares en todo el mundo, con hadas, elfos, duendes,
fantasmas, brujas, diablillos y una rica variedad de «amigos» imaginarios.
¿Debemos pensar que hay dos grupos diferentes de niños; uno que ve seres terrenos
imaginarios y el otro que ve extraterrestres genuinos? ¿No es más razonable
pensar que los dos grupos están viendo, o alucinando, lo mismo?
La mayoría
de nosotros recordamos haber tenido miedo a los dos años o más de «monstruos»
totalmente imaginarios pero que parecían reales, especialmente por la noche o
en la oscuridad. Yo todavía recuerdo ocasiones en que me sentía tan
absolutamente aterrorizado que me escondía bajo las mantas y, cuando no lo
podía soportar más, corría hacia la seguridad del cuarto de mis padres, si es
que conseguía llegar antes de caer en las garras de... la Presencia. El
dibujante americano Gary Larson, que trata el género de terror, escribe en uno
de sus libros la siguiente dedicatoria:
Cuando era pequeño, nuestra casa estaba llena
de monstruos. Vivían en los armarios, debajo de la cama, en el desván, en el
sótano y —cuando oscurecía— en todas partes. Dedico este libro a mi padre, que
me mantuvo a salvo de todos ellos.
Quizá los terapeutas de abducciones deberían sacar más provecho de eso.
Parte de
la razón por la que los niños tienen miedo de la oscuridad puede ser que,
hasta hace poco en nuestra historia evolutiva, nunca han dormido solos, sino
acurrucados y seguros bajo la protección de un adulto... usualmente la madre.
En el Occidente ilustrado los dejamos solos en una habitación oscura, les
deseamos buenas noches y nos cuesta entender por qué a veces lo pasan mal.
Evolutivamente es totalmente lógico que los niños tengan fantasías de monstruos
que asustan. En un mundo con leones y hienas al acecho, esas fantasías
contribuyen a impedir que los niños pequeños sin defensas se alejen demasiado
de sus protectores. ¿Cómo puede ser eficaz este mecanismo de seguridad para un
animal joven, vigoroso y curioso si no provoca un terror de dimensiones
industriales? Los que no tienen miedo de los monstruos no suelen dejar descendientes.
A la larga, supongo, en el curso de la evolución humana, casi todos los niños
acaban teniendo miedo de los monstruos. Pero, si somos capaces de evocar
monstruos terroríficos en la infancia, ¿por qué algunos de nosotros, al menos
en alguna ocasión, no podríamos ser capaces de fantasear con algo similar, algo
realmente horrible, una ilusión compartida, como adultos?
Es
significativo que las abducciones por extraterrestres ocurran principalmente
en el momento de dormirse o despertarse, o en largos viajes en automóvil,
cuando existe el peligro bien conocido de sumergirse en una especie de
ensoñación hipnótica. Los terapeutas de abducidos se quedan perplejos cuando
sus pacientes cuentan que gritaron de terror mientras sus cónyuges dormían pesadamente
a su lado. Pero ¿no es eso típico de los sueños... que no se oigan nuestros
gritos pidiendo ayuda? ¿Podría ser que esas historias tuviesen algo que ver con
el sueño y, como propuso Benjamín Simón para los Hill, fueran una especie de
sueño?
Un
síndrome psicológico común, aunque insuficientemente conocido, bastante
parecido al de la abducción por extraterrestres se llama parálisis del sueño.
Mucha gente la experimenta. Ocurre en este mundo crepuscular a medio camino
entre estar totalmente despierto y totalmente dormido. Durante unos minutos,
quizá más, uno se queda inmóvil y con una ansiedad aguda. Siente un peso sobre
el pecho como si tuviera a alguien sentado o tendido encima. Las palpitaciones
del corazón son rápidas, la respiración trabajosa. Se pueden experimentar
alucinaciones auditivas o visuales, de personas, demonios, fantasmas, animales
o pájaros. En la situación adecuada, la experiencia puede tener «toda la fuerza
y el impacto de la realidad», según Robert Baker, un psicólogo de la
Universidad de Kentucky. A veces, la alucinación tiene un marcado componente sexual.
Baker afirma que esas perturbaciones comunes del sueño son la base de muchos,
si no la mayoría, de los relatos de abducción de extraterrestres. (Él y otros
sugieren que hay otras clases de declaraciones de abducción realizadas por
individuos con tendencia a las fantasías, dice, o a las bromas.)
De modo
similar, el Harvard Mental Health Letter (septiembre de 1994) comenta:
La parálisis del sueño puede durar varios
minutos y a veces va acompañada de vividas alucinaciones como de sueño que dan
pie a historias sobre visitas de los dioses, espíritus y criaturas
extraterrestres.
Sabemos por los primeros
trabajos del neurofisiólogo canadiense Wilder Penfield que la estimulación
eléctrica de ciertas regiones del cerebro provoca verdaderas alucinaciones. La
gente con epilepsia del lóbulo temporal —que implica una cascada de impulsos
eléctricos generada naturalmente en la parte del cerebro detrás de la frente—
experimenta una serie de alucinaciones casi indistinguibles de la realidad,
incluyendo la presencia de un ser extraño o más, ansiedad, flotación en el
aire, experiencias sexuales y una sensación de haberse saltado un período de
tiempo. También existe lo que parece una gran comprensión de las cuestiones más
profundas y una necesidad de comunicarlas. Parece trazarse una línea continua
de estimulación espontánea del lóbulo temporal desde la gente con epilepsia
grave a los más normales de entre nosotros. Al menos en un caso presentado por
otro neurocientífico canadiense, Michael Persinger, la administración de un
fármaco antiepiléptico, la carbamazepina, eliminó la sensación recurrente de
una mujer de experimentar el caso típico de abducción por extraterrestres.
Así, estas alucinaciones, generadas espontáneamente o con asistencia química o
experimental, pueden representar un papel —quizá central—en los relatos sobre
ovnis.
Pero es
fácil parodiar un punto de vista así: los ovnis explicados como «alucinaciones
masivas». Todo el mundo sabe que no existe lo que se llama una
alucinación compartida. ¿No?
----ooo---
A medida que se empezó a
popularizar ampliamente la posibilidad de vida extraterrestre —especialmente
con los canales marcianos de Percival Lowell a finales del siglo pasado— la
gente empezó a declarar que establecía contacto con los extraterrestres,
especialmente marcianos. El libro del psicólogo Theodore Flournoy. De la
India al planeta Marte, escrito en 1901, describe un médium de habla
francesa que en estado de trance dibujó retratos de los marcianos (son iguales
que nosotros) y presentó su alfabeto y lenguaje (con un notable parecido al
francés). El psiquiatra Carl Jung, en su disertación doctoral en 1902,
describió a una mujer joven suiza que se agitó al descubrir, sentado en un
tren delante de ella, a un «habitante de las estrellas» de Marte. Los marcianos
están desprovistos de ciencia, filosofía y almas, le dijo, pero tienen una
tecnología avanzada. «Hace tiempo que existen máquinas voladoras en Marte;
todo Marte está cubierto de canales», y cosas así. Charles Fort, un
coleccionista de informes anómalos que murió en 1932, escribió: «Quizá haya
habitantes en Marte que envíen secretamente informes sobre este mundo a sus
gobiernos.» En la década de 1950, un libro de Gerald Heard reveló que los
ocupantes del platillo eran abejas marcianas inteligentes. ¿Quién sino ellas
podrían sobrevivir a los fantásticos giros de ángulo recto que se dice que hacen
los ovnis?
Pero
cuando en 1971 el Mariner 9 demostró que los canales eran ilusorios y,
al no encontrar los Viking 1 y 2 ninguna prueba clara siquiera de la
existencia de microbios en Marte en 1976, el entusiasmo popular por el
Marte de Loweil se apagó y no se habló más de visitas de marcianos. Entonces se
dijo que los extraterrestres venían de otra parte. ¿Por qué? ¿Por qué no más
marcianos? Y cuando se descubrió que la superficie de Venus era lo bastante
caliente como para derretir el plomo, no se produjeron más visitas de Venus.
¿Se ajusta alguna parte de estas historias a los cánones de creencia actuales?
¿Qué implica eso sobre su origen?
No hay
duda que la alucinación de los humanos es común. La duda sobre si existen
extraterrestres, si frecuentan nuestro planeta o si nos abducen y molestan es
considerable. Podríamos discutir sobre los detalles, pero probablemente una
categoría de explicación se sostenga mejor que otra. La principal reserva que
se puede formular es: ¿Por que tanta gente declara hoy en día esa serie particular
de alucinaciones? ¿Por qué seres pequeños y sombríos, platillos volantes y
experimentos sexuales?
CAPÍTULO 7
EL MUNDO
POSEÍDO
POR DEMONIOS
Hay mundos poseídos por demonios, regiones de total oscuridad.
Upanisad de Isa
(India, 600 a.
J.C. aprox)
El temor
de las cosas invisibles es la semilla natural de lo que cada uno llama para sí
mismo religión.
thomas hobbes,
Leviatán (1651)
Los dioses velan por
nosotros y guían nuestros destinos, enseñan muchas culturas humanas; hay otras
entidades, más malévolas, responsables de la existencia del mal. Las dos
clases de seres, tanto si se consideran naturales como sobrenaturales, reales o
imaginarios, sirven a las necesidades humanas. Aun en el caso que sean
totalmente imaginarios, la gente se siente mejor creyendo en ellos. Así, en una
época en que las religiones tradicionales se han visto sometidas al fuego
abrasador de la ciencia, ¿no es natural envolver a los antiguos dioses y
demonios en un atuendo científico y llamarlos extraterrestres?
-----ooooo-----
La creencia en los demonios
estaba muy extendida en el mundo antiguo. Se los consideraba seres más
naturales que sobrenaturales. Hesíodo los menciona casualmente. Sócrates
describía su inspiración filosófica como la obra de un demonio personal benigno.
Su maestra, Diotima de Mantineia, le dice (en el Symposio de Platón) que
«todo lo que es genio (demonio) está entre lo divino y lo mortal... La
divinidad no se pone en contacto con el hombre —continúa— sino que es a través de este género
de seres por donde tiene lugar todo comercio y todo diálogo entre los dioses y
los hombres, tanto durante la vigilia como durante el sueño».
Platón, el
estudiante más célebre de Sócrates, asignaba un gran papel a los demonios:
«Ninguna naturaleza humana investida con el poder supremo es capaz de ordenar
los asuntos humanos —dijo— y no
rebosar de insolencia y error...»
No nombramos a los bueyes señores de los
bueyes, ni a las cabras de las cabras, sino que nosotros mismos somos una raza
superior y gobernamos sobre ellos. Del mismo modo Dios, en su amor por la
humanidad, puso encima de nosotros a los demonios, que son una raza superior, y
ellos, con gran facilidad y placer para ellos, y no menos para nosotros,
dándonos paz y reverencia y orden y justicia que nunca flaquea, hicieron
felices y unieron a las tribus de hombres.
Platón
negaba decididamente que los demonios fueran una fuente de mal, y representaba
a Eros, el guardián de las pasiones sexuales, como un genio o demonio, no un
dios, «ni mortal ni inmortal», «ni bueno ni malo». Pero todos los platonistas
posteriores, incluyendo los neoplatonistas que influyeron poderosamente en la
filosofía cristiana, sostenían que había algunos demonios buenos y otros
malos. El péndulo iba de un lado a otro. Aristóteles, el famoso discípulo de
Platón, consideró seriamente la idea de que los sueños estuvieran escritos por
demonios. Plutarco y Porfirio proponían que los demonios, que llenaban el aire
superior, venían de la Luna.
Los
primeros Padres de la Iglesia, a pesar de haberse empapado del neoplatonismo
de la cultura en la que nadaban, deseaban separarse de los sistemas de creencia
«pagana». Enseñaban que toda la religión pagana consistía en la adoración de
demonios y hombres, ambos malinterpretados como dioses. Cuando san Pablo se
quejaba (Efesios 6, 14) de la maldad en las alturas, no se refería a la
corrupción del gobierno sino a los demonios, que vivían allí:
Porque nuestra lucha no es contra la carne y
la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los
Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están
en las alturas.
Desde el principio se
pretendió que los demonios eran mucho más que una mera metáfora poética del mal
en el corazón de los hombres.
A san
Agustín le afligían los demonios. Cita el pensamiento pagano prevaleciente en
su época: «Los dioses ocupan las regiones más altas, los hombres las más bajas,
los demonios la del medio... Ellos poseen la inmortalidad del cuerpo, pero
tienen pasiones de la mente en común con los hombres.» En el libro VIII de La
ciudad de Dios (empezado en 413), Agustín asimila esta antigua tradición,
sustituye a los dioses por Dios y demoniza a los demonios, arguyendo que son
malignos sin excepción. No tienen virtudes que los rediman. Son el manantial de
todo el mal espiritual y material. Los llama «animales etéreos... ansiosos de
infligir males, completamente ajenos a la rectitud, henchidos de orgullo,
pálidos de envidia, sutiles en el engaño». Pueden afirmar que llevan mensajes
entre Dios y el hombre disfrazándose como ángeles del Señor, pero su actitud es
una trampa para llevarnos a nuestra destrucción. Pueden asumir cualquier forma
y saben muchas cosas —«demonio» quiere decir «conocimiento» en griego—,[14]
especialmente sobre el mundo material. Por inteligentes que sean, su caridad
es deficiente. Atacan «las mentes cautivas y burladas de los hombres», escribió
Tertuliano. «Moran en el aire, tienen a las estrellas por vecinas y comercian
con las nubes.»
En el
siglo XI, el influyente teólogo bizantino, filosofo y turbio
político Miguel Psellus, describía a los demonios con estas palabras:
Esos animales existen en nuestra propia vida,
que está llena de pasiones, porque están presentes de manera abundante en ellas
y su lugar de residencia es el de la materia, como lo es su rango y grado. Por
esta razón están también sujetos a pasiones y encadenados a ellas.
Un tal
Richalmus, abad de Schónthal, alrededor de 1270 acuñó un tratado entero sobre
demonios, lleno de experiencias de primera mano: ve (aunque sólo cuando cierra
los ojos) incontables demonios malevolentes, como motas de polvo, que
revolotean alrededor de su cabeza... y la de los demás. A pesar de las olas
sucesivas de puntos de vista racionalista, persa, judío, cristiano y musulmán,
a pesar del fermento revolucionario social, político y filosófico, la
existencia, gran parte del carácter e incluso el nombre de los demonios se
mantuvo inalterable desde Hesíodo hasta las Cruzadas.
Los
demonios, los «poderes del aire», bajan de los cielos y mantienen ayuntamiento
sexual ilícito con las mujeres. Agustín creía que las brujas eran fruto de esas
uniones prohibidas. En la Edad Media, como en la antigüedad clásica, casi todo
el mundo creía esas historias. Se llamaba también a los demonios diablos o
ángeles caídos. Los demoníacos seductores de las mujeres recibían el nombre de
íncubos; los de los hombres, súcubos. Hay algunos casos en que las monjas, con
cierta perplejidad, declaraban un parecido asombroso entre el íncubo y el cura
confesor, o el obispo, y al despertar a la mañana siguiente, según contaba un
cronista del siglo XV, «se encontraban contaminadas como si hubieran yacido con
varón». Hay relatos similares, pero no en conventos, sino en los harenes de
la antigua China. Eran tantas las mujeres que denunciaban íncubos, según
argumentaba el religioso presbítero Richard Baxter (en su Certidumbre del
mundo de los espíritus, 1691), «que es impudicia negarlo».[15]
Cuando los
íncubos y súcubos seducían, se percibían como un peso sobre el pecho del
soñador. Mare, a pesar de su significado en latín, es la antigua palabra
inglesa para designar al íncubo, y nightmare (pesadilla) significaba
originalmente el demonio que se sienta sobre el pecho de los que duermen y los
atormenta con sueños. En la Vida de san Antonio de Atanasio (escrita
alrededor del 360) se describía que los demonios entraban y salían a voluntad
de habitaciones cerradas; mil cuatrocientos años después, en su obra De
Daemonialitae, el erudito franciscano Ludovico Sinistrari nos asegura que
los demonios atraviesan las paredes.
Prácticamente
no se cuestionó la realidad externa de los demonios desde la antigüedad hasta
finales de la época medieval. Maimónides negaba su existencia, pero una mayoría
aplastante de los rabinos creían en dybbuks. Uno de los pocos casos que
he podido encontrar en que incluso se llega a insinuar que los demonios podrían
ser internos, generados en nuestras mentes, es cuando se le preguntó a
Abba Poemen, uno de los Padres del Desierto de la primera Iglesia:
—¿Cómo
luchan contra mí los demonios?
—¿Los
demonios luchan contra ti? —preguntó a su vez el padre Poemen—. Son
nuestras propias voluntades las que se convierten en demonios y nos atacan.
Las actitudes medievales
sobre íncubos y súcubos estaban influenciadas por el Comentario sobre el
sueño de Escipión de Macrobio, escrito en el siglo XIV, del que se hicieron
docenas de ediciones antes de la Ilustración europea: Macrobio describió los
fantasmas que se veían «en el momento entre la vigilia y el sopor». El soñador
«imagina» a los fantasmas como depredadores. Macrobio tenía un sesgo escéptico
que los lectores medievales tendían a ignorar.
La
obsesión con los demonios empezó a alcanzar un crescendo cuando, en su famosa
Bula de 1484, el papa Inocencio VIII declaró:
Ha llegado a nuestros oídos que miembros de
ambos sexos no evitan la relación con ángeles malos, íncubos y súcubos, y que,
mediante sus brujerías, conjuros y hechizos sofocan, extinguen y echan a perder
los alumbramientos de las mujeres, además de generar otras muchas calamidades.
Con esta bula, Inocencio
inició la acusación, tortura y ejecución sistemática de incontables «brujas»
de toda Europa. Eran culpables de lo que Agustín había descrito como «una
asociación criminal del mundo oculto». A pesar del imparcial «miembros de ambos
sexos» del lenguaje de la bula, las perseguidas eran principalmente mujeres
jóvenes y adultas.
Muchos
protestantes importantes de los siglos siguientes a pesar de sus diferencias
con la Iglesia católica, adoptaron puntos de vista casi idénticos. Incluso
humanistas como Desiderio Erasmo y Tomás Moro creían en brujas. «Abandonar la
brujería —decía John Wesley, el fundador del metodismo— es como abandonar la Biblia.»
William Blackstone, el célebre jurista, en sus Comentarios sobre las Leyes
de Inglaterra (1765), afirmó:
Negar la posibilidad, es más, la existencia
real de la brujería y la hechicería equivale a contradecir llanamente el mundo
revelado por Dios en varios pasajes tanto del Antiguo como del Nuevo
Testamento.
Inocencio ensalzaba a
«nuestros queridos hijos Henry Kramer y James Sprenger» que, «mediante Cartas
Apostólicas han sido delegados como Inquisidores de esas depravaciones
heréticas»: Si las «abominaciones y atrocidades en cuestión se mantienen sin
castigo», las almas de las multitudes se enfrentan a la condena eterna.
El papa
nombró a Kramer y Sprenger para que escribieran un estudio completo utilizando
toda la artillería académica de finales del siglo XV. Con citas exhaustivas de
las Escrituras y de eruditos antiguos y modernos, produjeron el Malleus
Maleficarum, «martillo de brujas», descrito con razón como uno de los
documentos más aterradores de la historia humana. Thomas Ady, en Una vela
en la oscuridad, lo calificó de «doctrinas e invenciones infames»,
«horribles mentiras e imposibilidades» que servían para ocultar «su crueldad
sin parangón a los oídos del mundo». Lo que el Malleus venía a decir,
prácticamente, era que, si a una mujer la acusan de brujería, es que es bruja.
La tortura es un medio infalible para demostrar la validez de la acusación. El
acusado no tiene derechos. No tiene oportunidad de enfrentarse a los
acusadores. Se presta poca atención a la posibilidad de que las acusaciones
puedan hacerse con propósitos impíos: celos, por ejemplo, o venganza, o la
avaricia de los inquisidores que rutinariamente confiscaban las propiedades de
los acusados para su propio uso y disfrute. Su manual técnico para torturadores
también incluye métodos de castigo diseñados para liberar los demonios del
cuerpo de la víctima antes de que el proceso la mate. Con el Malleus en
mano, con la garantía del aliento del papa, empezaron a surgir inquisidores por
toda Europa.
Rápidamente
se convirtió en un provechoso fraude. Todos los costes de la investigación,
juicio y ejecución recaían sobre los acusados o sus familias; hasta las dietas
de los detectives privados contratados para espiar a la bruja potencial, el
vino para los centinelas, los banquetes para los jueces, los gastos de viaje
de un mensajero enviado a buscar a un torturador más experimentado a otra
ciudad, y los haces de leña, el alquitrán y la cuerda del verdugo. Además, cada
miembro del tribunal tenía una gratificación por bruja quemada. El resto de
las propiedades de la bruja condenada, si las había, se dividían entre la
Iglesia y el Estado. A medida que se institucionalizaban estos asesinatos y
robos masivos y se sancionaban legal y moralmente, iba surgiendo una inmensa
burocracia para servirla y la atención se fue ampliando desde las brujas y
viejas pobres hasta la clase media y acaudalada de ambos sexos.
Cuantas
más confesiones de brujería se conseguían bajo tortura, más difícil era
sostener que todo el asunto era pura fantasía. Como a cada «bruja» se la
obligaba a implicar a algunas más, los números crecían exponencialmente.
Constituían «pruebas temibles de que el diablo sigue vivo», como se dijo más
tarde en América en los juicios de brujas de Salem. En una era de credulidad,
se aceptaba tranquilamente el testimonio más fantástico: que decenas de miles
de brujas se habían reunido para celebrar un aquelarre en las plazas públicas
de Francia, y que el cielo se había oscurecido cuando doce mil de ellas se
echaron a volar hacia Terranova. En la Biblia se aconsejaba: «No dejarás que
viva una bruja.» Se quemaron legiones de mujeres en la hoguera.[16]
Y se aplicaban las torturas más horrendas a toda acusada, joven o vieja, una
vez los curas habían bendecido los instrumentos de tortura. Inocencio murió en
1492, tras varios intentos fallidos de mantenerlo con vida mediante
transfusiones (que provocaron la muerte de tres jóvenes) y amamantándose del
pecho de una madre lactante. Le lloraron sus amantes y sus hijos.
En Gran
Bretaña se contrató a buscadores de brujas, también llamados «punzadores», que
recibían una buena gratificación por cada chica o mujer que entregaban para su
ejecución. No tenían ningún aliciente para ser cautos en sus acusaciones.
Solían buscar «marcas del diablo» —cicatrices, manchas de nacimiento o nevi—
que, al pincharlas con una aguja, no producían dolor ni sangraban. Una
simple inclinación de la mano solía producir la impresión de que la aguja
penetraba profundamente en la carne de la bruja. Cuando no había marcas
visibles, bastaba con las «marcas invisibles». En las galeras, un punzador de
mediados del siglo XVII «confesó que había causado la muerte de más de
doscientas veinte mujeres en Inglaterra y Escocia por el beneficio de veinte
chelines la pieza».[17]
En los
juicios de brujas no se admitían pruebas atenuantes o testigos de la defensa.
En todo caso, era casi imposible para las brujas acusadas presentar buenas
coartadas: las normas de las pruebas tenían un carácter especial. Por ejemplo,
en más de un caso el marido atestiguó que su esposa estaba durmiendo en sus
brazos en el preciso instante en que la acusaban de estar retozando con el
diablo en un aquelarre de brujas; pero el arzobispo, pacientemente, explicó
que un demonio había ocupado el lugar de la esposa. Los maridos no debían
pensar que sus poderes de percepción podían exceder los poderes de engaño de
Satanás. Las mujeres jóvenes y bellas eran enviadas forzosamente a la hoguera.
Los
elementos eróticos y misóginos eran fuertes... como puede esperarse de una
sociedad reprimida sexualmente, dominada por varones, con inquisidores
procedentes de la clase de los curas, nominalmente célibes. En los juicios se
prestaba atención minuciosa a la calidad y cantidad de los orgasmos en las
supuestas copulaciones de las acusadas con demonios o el diablo (aunque
Agustín estaba seguro de que «no podemos llamar fornicador al diablo») y a la
naturaleza del «miembro» del diablo (frío, según todos los informes). Las
«marcas del diablo» se encontraban «generalmente en los pechos o partes
íntimas», según el libro de 1700 de Ludovico Sinistrari. Como resultado, los
inquisidores, exclusivamente varones, afeitaban el vello púbico de las acusadas
y les inspeccionaban cuidadosamente los genitales. En la inmolación de la
joven Juana de Arco a los veinte años, tras habérsele incendiado el vestido, el
verdugo de Rúan apagó las llamas para que los espectadores pudieran ver «todos
los secretos que puede o debe haber en una mujer».
La crónica
de los que fueron consumidos por el fuego sólo en la ciudad alemana de
Wurzburgo en el año 1598 revela la estadística y nos da una pequeña muestra de
la realidad humana:
El administrador del senado, llamado Gering;
la anciana señora Kanzier; la rolliza esposa del sastre; la cocinera del señor
Mengerdorf; una extranjera; una mujer extraña; Baunach, un senador, el
ciudadano más gordo de Wurtzburgo; el antiguo herrero de la corte; una vieja;
una niña pequeña, de nueve o diez años; su hermana pequeña; la madre de las
dos niñas pequeñas antes mencionadas; la hija de Liebler; la hija de Goebel, la
chica más guapa de Wurtzburgo; un estudiante que sabía muchos idiomas; dos
niños de la iglesia, de doce años de edad cada uno; la hija pequeña de
Stepper; la mujer que vigilaba la puerta del puente; una anciana; el hijo
pequeño del alguacil del ayuntamiento; la esposa de Knertz, el carnicero; la
hija pequeña del doctor Schuitz; una chica ciega; Schwartz, canónigo de Hach...
Y así sigue. Algunos recibieron una atención
humana especial: «La hija pequeña de Valkenberger fue ejecutada y quemada en la
intimidad.» En un solo año hubo veintiocho inmolaciones públicas, con cuatro
a seis víctimas de promedio en cada una de ellas, en esta pequeña ciudad. Era
un microcosmos de lo que ocurría en toda Europa. Nadie sabe cuántos fueron
ejecutados en total: quizá cientos de miles, quizá millones. Los responsables
de la persecución, tortura, juicio, quema y justificación actuaban desinteresadamente.
Sólo había que preguntárselo.
No se
podían equivocar. Las confesiones de brujería no podían basarse en
alucinaciones, por ejemplo, o en intentos desesperados de satisfacer a los
inquisidores y detener la tortura. En este caso, explicaba el juez de brujas
Pierre de Lancre (en su libro de 1612, Descripción de la inconstancia de los
ángeles malos), la Iglesia católica estaría cometiendo un gran crimen por
quemar brujas. En consecuencia, los que plantean estas posibilidades atacan a
la Iglesia y cometen ipso facto un pecado mortal. Se castigaba a los críticos
de las quemas de brujas y, en algunos casos, también ellos morían en la
hoguera. Los inquisidores y torturadores realizaban el trabajo de Dios.
Estaban salvando almas, aniquilando a los demonios.
Desde
luego, la brujería no era la única ofensa merecedora de tortura y quema en la
hoguera. La herejía era un delito más grave todavía, y tanto católicos como
protestantes la castigaban sin piedad. En el siglo XVI, el erudito William
Tyndale cometió la temeridad de pensar en traducir el Nuevo Testamento al
inglés. Pero, si la gente podía leer la Biblia en su propio idioma en lugar de
hacerlo en latín, se podría formar sus propios puntos de vista religiosos
independientes. Podrían pensar en establecer una línea privada con Dios sin
intermediarios. Era un desafío para la seguridad del trabajo de los curas
católicos romanos. Cuando Tyndale intentó publicar su traducción, le acosaron
y persiguieron por toda Europa. Finalmente le detuvieron, le pasaron a garrote
y después, por añadidura, le quemaron en la hoguera. A continuación, un grupo
de pelotones armados fue casa por casa en busca de ejemplares de su Nuevo
Testamento (que un siglo después sirvió de base de la exquisita traducción
inglesa del rey Jacobo). Eran cristianos que defendían piadosamente el
cristianismo impidiendo que otros cristianos conocieran las palabras de
Cristo. Con esta disposición mental, este clima de convencimiento absoluto de
que la recompensa del conocimiento era la tortura y la muerte, era difícil
ayudar a los acusados de brujería.
La quema
de brujas es una característica de la civilización occidental que, con alguna
excepción política ocasional, declinó a partir del siglo XVI. En la última
ejecución judicial de brujas en Inglaterra se colgó a una mujer y a su hija de
nueve años. Su crimen fue provocar una tormenta por haberse quitado las medias.
En nuestra época es normal encontrar brujas y diablos en los cuentos infantiles,
la Iglesia católica y otras Iglesias siguen practicando exorcismos de demonios
y los defensores de algún culto todavía denuncian como brujería las prácticas
rituales de otro. Todavía usamos la palabra «pandemónium» (literalmente, todos
los demonios). Todavía se califica de demoníaca a una persona enloquecida o
violenta. (Hasta el siglo XVIII no dejó de considerarse la enfermedad mental en
general como adscrita a causas sobrenaturales; incluso el insomnio era
considerado un castigo infligido por demonios.) Más de la mitad de los
norteamericanos declaran en las encuestas que «creen» en la existencia del
diablo, y el diez por ciento dicen haberse comunicado con él, como Martín
Luther afirmaba que hacía con regularidad. En un «manual de guerra
espiritual», titulado Prepárate para la guerra, Rebecca Brown nos
informa de que el aborto y el sexo fuera del matrimonio, «casi siempre
resultarán en infestación demoníaca»; que el carácter de la meditación, el yoga
y las artes marciales pretenden seducir a cristianos confiados para que adoren
a los demonios; y que la «música rock no "surgió porque sí", sino que
era un plan cuidadosamente elaborado por el propio Satanás». A veces, «tus
seres queridos están cegados y dominados por tendencias diabólicas». La
demonología todavía sigue formando parte de muchas creencias serias.
¿Y qué
hacen los demonios? En el Malleus, Kramer y Sprenger revelan que los
«diablos... se dedican a interferir en el proceso de copulación y concepción
normal, a obtener semen humano y transferirlo ellos mismos». La inseminación
artificial demoníaca en la Edad Media se encuentra ya en santo Tomás de Aquino,
que nos dice en De la Trinidad que «los demonios pueden transferir el semen
que han recogido para inyectarlo en los cuerpos de otros». Su contemporáneo san
Buenaventura lo expresa con mayor detalle: los súcubos «se someten a los machos
y reciben su semen; con astuta habilidad, los demonios conservan su potencia, y
después, con el permiso de Dios, se convierten en íncubos y lo vierten en los
depositarios femeninos». Los productos de esas uniones con mediación del
demonio también reciben la visita de los demonios. Se forja un vínculo sexual
multigeneracional entre especies. Y recordemos que se sabe perfectamente que
esas criaturas vuelan; ciertamente, viven en las alturas.
En esas
historias no hay nave espacial. Pero se hallan presentes la mayoría de los
elementos centrales de los relatos de abducción por extraterrestres, incluyendo
la existencia de seres no humanos con una obsesión sexual que viven en el
cielo, atraviesan las paredes, se comunican telepáticamente y practican experimentos
de cría en la especie humana. A no ser que creamos que los demonios existen de
verdad, ¿cómo podemos entender que todo el mundo occidental (incluyendo a los
que se consideran más sabios entre ellos) abrace un sistema de creencias tan
extraño, que cada generación lo vea reforzado por su experiencia personal y
sea enseñado por la Iglesia y el Estado? ¿Hay alguna alternativa real aparte
de una ilusión compartida basada en las conexiones del cerebro y la química
comunes?
---ooo---
En el Génesis leemos acerca de ángeles que se
emparejan con «las hijas de los hombres». Los mitos culturales de la antigua
Grecia y Roma hablan de dioses que se aparecen a las mujeres en forma de toros,
cisnes o lluvias de oro y las fecundan. En una antigua tradición cristiana, la
filosofía no derivaba del ingenio humano sino de la conversación íntima de los
demonios: los ángeles caídos revelaban los secretos del cielo a sus consortes
humanos. Aparecen relatos con elementos similares en culturas de todo el mundo.
En correspondencia con los íncubos están los djinn árabes, los sátiros
griegos, los bhuts hindúes, los hotua poro de Samoa, los dusti
célticos y muchos otros. En una época de histeria demoníaca era bastante
fácil demonizar a aquellos a quienes se temía u odiaba. Así, se dijo que Merlín
había sido engendrado por un íncubo. Como Platón, Alejandro Magno, Augusto y
Martín Lutero. En ocasiones se acusó a un pueblo entero —por ejemplo, los hunos
o los habitantes de Chipre— de haber sido engendrado por demonios.
En la
tradición talmúdica, el súcubo arquetípico era Lilit, a quien creó Dios del
polvo junto con Adán. Fue expulsada del Edén por insubordinación... no a Dios,
sino a Adán. Desde entonces, pasa las noches seduciendo a los descendientes de
Adán. En la cultura del antiguo Irán y muchas otras se consideraba que las
poluciones nocturnas eran provocadas por súcubos. Santa Teresa de Ávila relató
un vivido encuentro sexual con un ángel —un ángel de luz, no de oscuridad,
aseguraba ella—, como hicieron también otras mujeres posteriormente
santificadas por la Iglesia católica. Cagliostro, el mago y estafador del siglo
XVIII, dio a entender que él, como Jesús de Nazaret, era producto de la unión
«entre los hijos del cielo y de la tierra».
En 1645 se
encontró en Cornualles a una adolescente, Anne Jefferies, tendida en el suelo,
inconsciente. Mucho más tarde, la chica recordó que había sufrido un ataque de
media docena de hombres pequeños, que la habían paralizado y llevado a un
castillo en el aire y, después de seducirla, la habían enviado de vuelta a
casa. Definió a los hombrecitos como hadas. (Para muchos cristianos piadosos,
como para los inquisidores de Juana de Arco, esta distinción era indiferente.
Las hadas eran demonios, pura y simplemente.) Volvieron a aterrorizarla y
atormentarla. Al año siguiente fue arrestada por brujería. Tradicionalmente,
las hadas tienen poderes mágicos y pueden provocar parálisis con un simple
toque. En la tierra de las hadas, el tiempo transcurre más despacio. Como las
hadas tienen un deterioro reproductor, mantienen relaciones sexuales con
humanos y se llevan a los bebés de las cunas (a veces dejando un sustituto, un
«niño cambiado»). Ahora la cuestión parece clara: si Anne Jefferies hubiera
vivido en una cultura obsesionada con los extraterrestres en lugar de las
hadas, y con ovnis en lugar de castillos en el aire, ¿algún aspecto de su
historia tendría un significado distinto con respecto a las que cuentan los
«abducidos»?
En su libro de 1982, El terror que se
presenta por la noche: Un estudio centrado en la experiencia de tradiciones de
amenazas sobrenaturales, David Hufford describe el caso de un ejecutivo con
educación universitaria de poco más de treinta años que recordaba haber pasado
un verano en casa de su tía cuando era adolescente; Una noche vio que se
movían unas luces misteriosas en el puerto. A continuación se durmió. Desde la
cama vio una figura blanca y resplandeciente que subía la escalera. Entró en su
habitación, se detuvo, y luego dijo —con muy poca inspiración, me parece—:
«Eso es linóleo.» Algunas noches, la figura era una vieja; otras, un elefante.
A veces el hombre estaba convencido de que todo era un sueño; otras veces
estaba seguro de que estaba despierto. Se quedaba hundido en la cama,
paralizado, incapaz de moverse o de gritar. Le palpitaba el corazón. Le costaba
respirar. Le ocurrieron acontecimientos similares en muchas noches
consecutivas. ¿Qué ocurre aquí? Esos acontecimientos ocurrieron antes de que se
describieran ampliamente las abducciones por extraterrestres. De haber sabido
algo de ellas, ¿le habría puesto una cabeza más larga y unos ojos más grandes a
la vieja?
En varios
pasajes famosos de Historia de la decadencia y ruina del Imperio romano,
Edward Gibbon describía el equilibrio entre credulidad y escepticismo a finales
de la antigüedad clásica:
La credulidad ocupaba el
lugar de la fe; se permitía que el fanatismo asumiera el lenguaje de la
inspiración y se atribuían los efectos de accidente o ingenio a causas
sobrenaturales...
En tiempos modernos [Gibbon
escribe a mediados del siglo XVIII], hasta las disposiciones más piadosas
destilan un escepticismo latente e incluso involuntario. Su admisión de verdades
sobrenaturales es mucho menos un consentimiento activo que una aquiescencia
fría y pasiva. Acostumbrada desde tiempo atrás a observar y respetar el orden
invariable de la naturaleza, nuestra razón, o al menos nuestra imaginación, no
está suficientemente preparada para sostener la acción visible de la Deidad.
Pero en las primeras eras del cristianismo, la situación de la humanidad era
absolutamente diferente. Los más curiosos, o los más crédulos entre los
paganos, se veían convencidos a menudo de entrar en una sociedad que hacía una
afirmación real de los poderes milagrosos. Los cristianos primitivos pisaban
perpetuamente un terreno místico y ejercitaban la mente con el hábito de creer
los acontecimientos más extraordinarios. Sentían, o así les parecía, que los
atacaban demonios incesantemente por todas partes, que las visiones los
reconfortaban y las profecías los instruían, y se veían sorprendentemente
liberados de peligro, enfermedad y de la propia muerte a través de las
súplicas de la Iglesia...
Tenían el firme
convencimiento de que el aire que respiraban estaba poblado de enemigos
invisibles; de innumerables demonios que aprovechaban toda ocasión, y asumían
todas las formas, para aterrorizar y, por encima de todo, tentar su virtud
desprotegida. Engañaban a la imaginación, e incluso a los sentidos, con las
ilusiones del fanatismo desordenado; y el ermitaño, cuya oración de medianoche
se veía apagada por el sueño involuntario, podía confundir fácilmente los
fantasmas de terror o maravilla que habían ocupado sus sueños de noche y
despierto...
La práctica de la
superstición es tan apropiada para la multitud que, si se los despierta por la
fuerza, aún lamentan la perdigan de su agradable visión. Su amor por lo
maravilloso y sobrenatural, su curiosidad con miras a acontecimientos futuros
y su fuerte propensión a ampliar sus esperanzas y temores más allá de los
límites del mundo visible, fueron las principales causas que favorecieron el
establecimiento del politeísmo. Tan apremiante es la necesidad del vulgo de
creer, que la caída de cualquier sistema de mitología será sucedida muy
probablemente por la introducción de algún otro modo de superstición...
Dejemos de
lado el esnobismo social de Gibbon: el diablo también atormentaba a las clases
altas, e incluso un rey de Inglaterra —Jacobo I, el primer monarca Estuardo—
escribió un libro crédulo y supersticioso sobre demonios (Daemonologie,
1597). También fue el mecenas de la gran traducción al inglés de la Biblia que
todavía lleva su nombre. El rey Jacobo opinaba que el tabaco era la «semilla
del diablo», y una serie de brujas se pusieron al descubierto por su adicción
a esta droga. Pero en 1628, Jacobo se había convertido en un perfecto
escéptico, principalmente porque se había descubierto que algunos adolescentes
simulaban estar poseídos por el demonio y de este modo habían acusado de
brujería a personas inocentes. Si pensamos que el escepticismo que según Gibbon
caracterizaba a su época ha declinado en la nuestra, y aunque quede un poco de
la gran credulidad que atribuye al final de la época clásica, ¿no es normal
que algo parecido a los demonios encuentre un destacado lugar en la cultura
popular del presente?
Desde
luego, como se apresuran a recordarme los entusiastas de las visitas
extraterrestres, hay otra interpretación de esos paralelos históricos: los
extraterrestres, dicen, siempre nos han visitado para fisgonear,
robarnos esperma y óvulos y fecundarnos. En tiempos antiguos los reconocíamos
como dioses, demonios, hadas o espíritus; sólo ahora hemos llegado a entender
que lo que nos acechaba durante tantos siglos eran extraterrestres. Jacques Vallee
ha planteado estos argumentos. Pero entonces ¿por qué prácticamente no hay
informes de platillos volantes antes de 1947? ¿Por qué ninguna de las
principales religiones del mundo usa los platillos como iconos de lo divino?
¿Por qué no transmitieron entonces sus advertencias sobre los peligros de la
alta tecnología? ¿Por qué este experimento genético, cualquiera que sea su
objetivo, no se ha completado hasta ahora... miles de años o más después de
haber sido iniciado por criaturas con un nivel tecnológico supuestamente superior?
¿Por qué nos preocupa tanto si el fin de su programa de reproducción es
mejorar nuestras capacidades?
Siguiendo
esta línea argumental, podríamos esperar que los adeptos actuales de las viejas
creencias entendieran que los «extra-terrestres» son como hadas, dioses o
demonios. En realidad hay varias sectas contemporáneas —los «raelianos», por
ejemplo— que mantienen que los dioses, o Dios, vendrán a la Tierra en un ovni.
Algunos abducidos describen a los extraterrestres, por repulsivos que sean,
como «ángeles» o «emisarios de Dios». Y los hay que todavía creen que son
demonios.
En Comunión,
Whitley Strieber escribe un relato de primera mano de «abducción por
extraterrestre»:
Fuera lo que fuera, era de una fealdad
monstruosa, sucia, oscura y siniestra. Desde luego eran demonios. Tenían que
serlo... Todavía recuerdo aquella cosa en cuclillas, tan horriblemente fea,
con los brazos y piernas como las extremidades de un gran insecto, con sus
ojos mirándome fijamente.
Según dicen, ahora Strieber admite la
posibilidad de que esos terrores nocturnos fueran sueños o alucinaciones.
Entre los
artículos sobre ovnis en La Enciclopedia de noticias cristianas, una
recopilación fundamentalista, se encuentran: «Obsesión fanática anticristiana»
y «Los científicos creen que los ovnis son obra del diablo». El Proyecto de
Falsificaciones Espirituales de Berkeley, California, advierte que los ovnis
son de origen demoníaco; la Iglesia Acuaria de Servicio Universal de
McMinnville, de Oregón, dice que todos los extraterrestres son hostiles. Una
carta publicada en el periódico en 1993 sobre «comunicaciones de conciencia
cósmica» nos informa de que los ocupantes de los ovnis consideran que los
humanos somos como animales de laboratorio y quieren que los adoremos, pero
suelen desanimarse ante el padrenuestro. Algunos abducidos han sido expulsados
de sus congregaciones religiosas evangélicas; sus historias se parecen
demasiado al satanismo. Un panfleto de 1980, La explosión del culto, de
Dave Hunt, revela que:
los ovnis... es evidente que no son físicos y
parecen ser manifestaciones demoníacas de otra dimensión con el fin de alterar
la manera de pensar del hombre... las supuestas entidades «ovni» que al parecer
se han comunicado físicamente con humanos Siempre han predicado las mismas
cuatro mentiras que la serpiente presentó a Eva... esos seres son demonios y
se preparan para la llegada del Anticristo.
Cierto número de sectas
mantienen que los ovnis y las abducciones por extraterrestres son premoniciones
de «tiempos finales».
Si los
ovnis vienen de otro planeta u otra dimensión, ¿son enviados por el mismo Dios
que nos ha sido revelado en cualquiera de las religiones principales? No hay
nada en el fenómeno de los ovnis, arguye la denuncia fundamentalista, que exija
la creencia en el Dios único y verdadero, mientras que en su mayor parte contradice
al Dios retratado en la Biblia y la tradición cristiana. En La Nueva Era:
una crítica cristiana (1990), Ralph Rath habla sobre ovnis y, como es
típico en esta literatura, lo hace con extrema credulidad. De ese modo sirve a
su propósito de aceptar la realidad de los ovnis para envilecerlos como
instrumentos de Satanás y del Anticristo, en lugar de usar el rasero del
escepticismo científico. Esta herramienta, una vez afilada, podría conseguir
mucho más que una simple erradicación limitada de la herejía.
El autor
fundamentalista cristiano Hal Lindsey, en su exitoso libro religioso Planeta
Tierra. Año 2000, escribe:
He llegado al pleno convencimiento de que los
ovnis son reales... Los hacen funcionar seres extraterrestres de gran
inteligencia y poder... Creo que esos seres no son sólo extraterrestres sino de
origen sobrenatural. Para ser sincero, creo que son demonios... parte de un
complot satánico.
¿Y cuál es la prueba para llegar a tal
conclusión? Principalmente, los versículos 11 y 12 de San Lucas, capítulo 21,
en los que Jesús habla de «grandes señales del cielo» —no se describe nada
parecido a un ovni— en los últimos días. Desde luego, Lindsey ignora el verso
32, en el que Jesús deja muy claro que habla de acontecimientos en el siglo I,
no en el XX.
También
hay una tradición cristiana según la cual no puede existir vida extraterrestre.
En Christian News del 23 de mayo de 1994, por ejemplo, W. Gary Crampton,
doctor en Teología, nos comenta por qué:
La Biblia, ya sea explícita o implícitamente,
se refiere a todos los aspectos de la vida; nunca nos deja sin respuesta. La
Biblia no afirma ni niega explícitamente en ningún lugar la vida extraterrestre.
Sin embargo, implícitamente, las Escrituras niegan la existencia de esos seres,
negando así también la posibilidad de los platillos volantes... La Escritura ve
la Tierra como el centro del universo... Según Pedro, está fuera de lugar un
Salvador «que vaya de planeta en planeta». Ésta es la respuesta a la existencia
de vida inteligente en otros planetas. Si existieran, ¿quién los redimiría?
Cristo no, desde luego... Se debe renunciar siempre a las experiencias que no
se ajustan a las enseñanzas de las Escrituras por falaces. La Biblia tiene un
monopolio sobre la verdad.
Pero
muchas otras sectas cristianas —la católica romana, por ejemplo— están
completamente abiertas, sin objeciones a priori y sin ninguna insistencia, a la
realidad de extraterrestres y ovnis.
A
principios de la década de los sesenta argumenté que las historias de ovnis se
acuñaban principalmente para satisfacer anhelos religiosos. En una época en
que la ciencia ha complicado la adhesión aerifica a antiguas religiones, se
presenta una alternativa a la hipótesis de Dios: los dioses y demonios de la
antigüedad, con el disfraz de la jerga científica y la «explicación» de sus
inmensos poderes con terminología superficialmente científica, bajan del cielo
para atormentarnos, ofrecernos visiones proféticas y tentarnos con visiones de
un futuro de esperanza: una religión misteriosa naciente en la era espacial.
El folclorista Thomas E.
Bullard escribió en 1989 que:
las declaraciones de abducciones parecen refritos de tradiciones más
antiguas de encuentros sobrenaturales en las que los extraterrestres cumplen
el rol funcional de criaturas divinas.
Concluye:
Es posible que la ciencia haya expulsado a
fantasmas y brujas de nuestras creencias, pero con la misma rapidez se ha
llenado el vacío con extraterrestres que cumplen la misma función. Sólo los
atavíos exteriores extraterrestres son nuevos. Todo el temor y los dramas
psicológicos del trato con ellos parecen haber encontrado un nuevo camino,
donde es tan habitual como en el reino de la leyenda que las cosas, de noche,
empiecen a moverse.
¿Es posible que personas de
todas las épocas y lugares experimenten ocasionalmente alucinaciones vividas
realistas, a menudo con contenido sexual, sobre abducciones por parte de
criaturas telepáticas y aéreas que brotan de las paredes... y que los detalles
sean suministrados por el lenguaje cultural prevaleciente que emana del Zeitgeist?
Otras personas que no han vivido la experiencia personalmente la encuentran
conmovedora y en cierto modo familiar. La cuentan a más personas. Pronto toma
vida propia, inspira a otros para comprender sus propias visiones y
alucinaciones y entra en el reino del folclore, el mito y la leyenda. En esta
hipótesis, la relación entre el contenido de alucinaciones espontáneas del
lóbulo temporal y el paradigma de la abducción por extraterrestres es
coherente.
Quizá cuando todo el mundo
sabe que los dioses descienden a la Tierra, alucinamos sobre dioses; cuando
todos estamos familiarizados con los demonios, son íncubos y súcubos; cuando
las hadas son ampliamente aceptadas, vemos hadas; en una época de
espiritualismo, encontramos espíritus; y, cuando los viejos mitos se apagan y
empezamos a pensar que es plausible la existencia de seres extraterrestres,
nuestra imaginería hipnagógica va hacia ellos.
Podemos
recordar en detalle décadas después pedazos de canciones o idiomas extranjeros,
imágenes y acontecimientos que presenciamos, historias que escuchamos en
nuestra infancia, sin tener conciencia de cómo nos llegaron a la cabeza. «En
las fiebres agudas, gente completamente ignorante hablaba en lenguas muertas
—dice Hermán Melville en Moby Dick—; y al investigarse el misterio
resultó que en su lejana niñez las habían oído hablar realmente a algunos
eruditos». En nuestra vida cotidiana incorporamos sin esfuerzo e
inconscientemente normas culturales y las hacemos nuestras.
En las
«alucinaciones de órdenes» de la esquizofrenia se encuentra presente una
asimilación similar de motivos. Los afectados sienten que una figura imponente
o mítica les dice lo que tienen que hacer. Se les ordena que asesinen a un
líder político o a un héroe popular, o que derroten a los invasores
británicos, o que se lesionen ellos mismos, porque es la voluntad de Dios, de
Jesús, del diablo, o de demonios, ángeles y —últimamente— extraterrestres. El
esquizofrénico se siente traspasado por una orden clara y profunda de una voz
que nadie más puede escuchar y que él ha de identificar de algún modo. ¿Quién
podría emitir una orden así? ¿Quién podría hablar dentro de
nuestra cabeza? La cultura en la que hemos nacido y vivido nos ofrece una
respuesta.
Pensemos
en el poder de la imagen repetitiva en la publicidad, especialmente para
televidentes y lectores impresionables. Nos puede hacer creer casi cualquier
cosa... hasta que fumar cigarrillos imprime carácter. En nuestra época, los
extraterrestres putativos sirven de tema de innumerables historias de ciencia
ficción, novelas, telefilmes y películas. Los ovnis son una característica habitual
de los semanarios sensacionalistas dedicados al engaño y la mistificación. Una
de las películas de cine con mayor recaudación bruta de todos los tiempos trata
de extraterrestres muy parecidos a los descritos por los abducidos. Los relatos
de abducciones por extraterrestres eran relativamente raros antes de 1975,
cuando se emitió por televisión una crédula dramatización del caso Hill;
dieron otro salto a la atención pública después de 1987, cuando el relato de
primera mano de Strieber, con el retrato en portada de un «extraterrestre» de
ojos grandes, se convirtió en éxito de ventas. En contraste, últimamente se oye
hablar muy poco de íncubos, elfos y hadas. ¿Dónde han ido a parar?
Lejos de
ser globales, el localismo de esas historias de abducción por extraterrestres
es decepcionante. La gran mayoría proceden de Estados Unidos. Apenas
trascienden a la cultura americana. En otros países se habla de
extraterrestres con cabeza de pájaro, insecto, reptil, robot, y rubios con ojos
azules (el último, es fácil predecirlo, del norte de Europa). Se dice que cada
grupo de extraterrestres se comporta de manera diferente. Es evidente que los
factores culturales juegan un papel importante.
Mucho
antes de que se inventaran los términos «platillo volante» y «ovnis», la
ciencia ficción estaba llena de «hombrecillos verdes» y «monstruos con ojos de
insecto». De algún modo, durante mucho tiempo, nuestros extraterrestres
clásicos han sido seres pequeños y lampiños con grandes cabezas (y ojos). Se
los podía ver habitualmente en las revistas de ciencia ficción de la década de
1920 y 1930 (y, por ejemplo, en la ilustración de un marciano que envía
mensajes a la Tierra en el ejemplar de diciembre de 1937 de la revista Short
Wave and Televisión). Quizá el tema venga de nuestros remotos
descendientes, tal como los pintara el pionero británico de la ciencia ficción
H. G. Wells. Wells argüía que los humanos habían evolucionado de primates de
cerebro más pequeño pero más peludos con un aire atlético que superaba con
creces el de los académicos Victorianos; extrapolando esta tendencia hacia el
futuro lejano, sugirió que nuestros descendientes serían casi lampiños, cotí
cabezas inmensas, aunque apenas capaces de andar por sí mismos. Los seres
avanzados de otros mundos podrían estar dotados de manera similar.
El típico
extraterrestre moderno del que se habla en Estados Unidos en la década de los
ochenta y principios de los noventa es pequeño, con la cabeza y los ojos
desproporcionadamente grandes, facciones subdesarrolladas, sin cejas ni
genitales visibles y con la piel gris suave. A mí me parece tan horripilante
como un feto en la duodécima semana de embarazo o un niño muerto de hambre. Es
una cuestión interesante por qué tanta gente puede obsesionarse por unos fetos
o niños malnutridos e imaginarlos atacándonos y manipulándonos sexualmente.
En años recientes, en Norteamérica, han
empezado a surgir extraterrestres distintos del tipo pequeño y gris. Un
psicoterapeuta, Richard Boylan, de Sacramento, dice:
Hay tipos de un metro a un metro veinte; los
hay de metro cincuenta a metro ochenta; de dos metros a dos cuarenta; hay
tipos de tres, cuatro y cinco dedos, almohadillas en las yemas de los dedos o
ventosas; hay dedos con membrana interdigital o sin ella; hay ojos grandes en
forma de almendra inclinados hacia arriba, hacia abajo u horizontales; en
algunos casos, grandes ojos ovoides sin inclinación; hay extraterrestres con
pupilas partidas; hay otros tipos de cuerpo diferentes —el llamado tipo mantis
religiosa, los reptiloides... Son los que encuentro con más asiduidad. Hay
algunos informes de casos exóticos y únicos sobre los que prefiero mostrar
cierta cautela hasta disponer de corroboración.
A pesar de esta aparente
variedad de extraterrestres, me parece que el síndrome de la abducción ovni
retrata un universo banal. La forma de los supuestos extraterrestres muestra
una gran falta de imaginación y preocupación por los asuntos humanos. Ni un
solo ser presentado en todos esos relatos es más asombroso de lo que sería una
cacatúa para quien no ha visto nunca un pájaro. Cualquier libro de texto de
protozoología, bacteriología o micología está lleno de maravillas que superan
en mucho las descripciones más exóticas de los abductores extraterrestres. Los
creyentes toman los elementos comunes de sus historias como pruebas de
verosimilitud más que como una prueba de que las han inventado a partir de una
cultura y biología compartidas.
CAPÍTULO 8
SOBRE LA DISTINCIÓN
ENTRE VISIONES
VERDADERAS Y FALSAS
Una mente
crédula... encuentra el mayor deleite en creer cosas extrañas y, cuanto más
extrañas son, más fácil le resulta creerlas; pero nunca toma en consideración
las que son sencillas y posibles, porque todo el mundo puede creerlas.
samuel butler,
Caracteres
(1667-1669)
Durante un
breve instante noto una aparición en la habitación en penumbra: ¿podría ser un
fantasma? O hay un movimiento; lo veo por el rabillo del ojo pero, cuando
vuelvo la cabeza, no hay nada. ¿Está sonando un teléfono o es sólo mi
«imaginación»? Asombrado, me parece oler el aire salado del verano a orillas
del mar en Coney Island de cuando era pequeño. Giro por una esquina en una
ciudad extranjera que visito por primera vez y encuentro ante mí una calle tan
familiar que siento que la conozco de toda la vida.
En esas
experiencias habituales, normalmente nos mostramos inseguros sobre qué hacer a
continuación. ¿Me engañan mis ojos (u oídos, nariz o memoria)? ¿O es que, real
y verdaderamente, soy testigo de algo fuera del curso ordinario de la
naturaleza? ¿Debería callármelo, o decirlo?
La
respuesta depende en gran medida del entorno, los amigos, las personas
queridas y la cultura. En una sociedad de una rigidez obsesiva y de
orientación práctica, seguramente yo mostraría prudencia a la hora de admitir
estas experiencias. Me pueden tildar de frívolo, demente, poco fiable. Pero en
una sociedad que se apresura a creer en fantasmas, por ejemplo, o «concesiva»,
relatar este tipo de experiencias podría merecer aprobación e incluso
prestigio. En el primer caso, yo tendría la grave tentación de suprimirlo todo;
en el segundo, quizá incluso exageraría o lo elaboraría un poco para darle un
aire más milagroso todavía.
Charles
Dickens, que vivió en una cultura racional floreciente en la que, sin embargo,
también prosperaba el espiritualismo, describió el dilema con estas palabras
(de su cuento: «Para no tomarlo muy en serio»):
Siempre he percibido la prevalencia de una falta de coraje, incluso en
personas de inteligencia y cultura superiores, para comunicar sus propias
experiencias psicológicas cuando han sido de un tipo extraño. Casi todos los
hombres temen no encontrar un paralelo o respuesta en la vida interior del que
escucha, que podría tomar su relato con sospecha o burla. Un viajero veraz que
hubiera visto una criatura extraordinaria parecida a una serpiente marina no
tendría temor de mencionarlo; pero si el mismo viajero hubiera tenido algún
presentimiento singular, impulso, extravagancia de pensamiento, visión (así
llamada), sueño u otra impresión remarcable, tendría grandes dudas para
reconocerlo. A esta resistencia atribuyo yo gran parte de la oscuridad en la
que están implicados tales sujetos.
En nuestra época todavía se ridiculiza y descarta a menudo con risas, pero
hay más posibilidades de, vencer la reserva y la ocultación; por ejemplo, en el
entorno «de apoyo» que proporcionan un terapeuta o hipnotizador. Por desgracia
—y por increíble que sea para algunos—, la distinción entre imaginación y
memoria a menudo es poco clara. Algunos «abducidos» dicen recordar la
experiencia sin hipnosis; muchos no pueden. Pero la hipnosis es una manera
poco fiable de refrescar la memoria. Suele provocar imaginación, fantasía y
juego además de recuerdos verdaderos, y ni el paciente ni el terapeuta son
capaces de distinguir unos de otros. La hipnosis parece implicar, de manera
central, un estado de sugestibilidad intensificada. Los tribunales han
prohibido su uso como prueba o incluso como herramienta de investigación
criminal. La Asociación Médica Americana considera menos fiables los recuerdos
que surgen bajo hipnosis que los que aparecen sin ella. Un libro de texto médico
estándar (Haroíd I. Kaplan, Textos generales de psiquiatría, 1989)
advierte de «una gran posibilidad de que las creencias del hipnotizador sean
comunicadas al paciente e incorporadas en lo que el paciente cree que son
recuerdos, a menudo con una fuerte convicción». Así pues, el hecho de una
persona, al ser hipnotizada, relate historias de abducción por extraterrestres
tiene poco peso. Se corre el peligro que los sujetos estén —al menos en algunos
asuntos— tan dispuestos a complacer al hipnotizador que respondan a
sugerencias sutiles de las que ni siquiera éste es consciente.
En un estudio de Alvin Lawson, de la Universidad del Estado de California,
en Long Beach, un médico sometió a una sesión de hipnotismo a ocho sujetos, con
un cribado previo para eliminar a los entusiastas de los ovnis. Les informó de
que habían sido abducidos y, tras ser llevados a una nave espacial,
examinados. Sin más instigación, les pidió que describieran la experiencia. Los
relatos, la mayoría obtenidos sin mayor problema, eran casi indistinguibles de
los que presentan los que se declaran abducidos. Es cierto que Lawson había
dado indicaciones breves y directas a sus sujetos; pero, en muchos casos, los
terapeutas que tratan rutinariamente las abducciones por extraterrestres dan
indicaciones a sus pacientes... a algunos con gran detalle, a otros más
sutil e indirectamente.
El
psiquiatra George Ganaway (tal como lo refiere Lawrence Wright) planteó en una
ocasión a una paciente altamente sugestionable bajo hipnosis que había perdido
el recuerdo de cinco horas de un día determinado. Cuando mencionó una luz
brillante sobre su cabeza, ella inmediatamente le habló de ovnis y
extraterrestres. Tras insistir el psiquiatra en que habían experimentado con
ella, apareció una detallada historia de abducción. Pero, cuando salió del
trance y analizó el vídeo de la sesión, ella misma reconoció que había notado
la emergencia de algo como un sueño. Durante el año siguiente, sin embargo,
volvió repetidas veces al material del sueño.
Elizabeth
Loftus, psicóloga de la Universidad de Washington, ha encontrado que se puede
hacer creer a sujetos no hipnotizados que vieron algo que no vieron. Un
experimento típico es que los sujetos vean una película de un accidente de
coche. En él curso de la interrogación sobre lo que vieron, se les da
casualmente información falsa. Por ejemplo, se hace referencia a una señal de
stop, a pesar de no haber ninguna en la película. Muchos recuerdan entonces
obedientemente haber visto una señal de stop. Cuando se les revela el engaño,
algunos protestan con vehemencia e insisten en que recuerdan la señal
vividamente. Cuanto mayor es el lapsus de tiempo entre la visión de la película
y la recepción de la información falsa, más aceptan la desnaturalización de
sus recuerdos. Loftus arguye que «los recuerdos de un acontecimiento tienen mayor
parecido a una historia sujeta a revisión constante que a un bloque de
información original».
Hay muchos
más ejemplos, algunos —el falso recuerdo de haberse perdido de pequeños en unos
grandes almacenes, por ejemplo— de mayor impacto emocional. Una vez sugerida
la idea clave, el paciente a menudo da cuerpo de manera verosímil a los
detalles que la avalan. Es fácil inducir recuerdos lúcidos pero totalmente
falsos con una serie de claves y preguntas, especialmente en el contexto
terapéutico. Los recuerdos se pueden contaminar. Se pueden implantar recuerdos
falsos incluso en mentes que no se consideran a sí mismas vulnerables ni
acríticas.
Stephen
Ceci, de la Universidad de Cornell, Loftus y sus colegas han encontrado, sin
sorpresa, que los preescolares son excepcionalmente vulnerables a la
sugestión. Un niño que, cuando se le pregunta por primera vez, niega que una
trampa de ratones le hubiera pillado la mano, más tarde recuerda el
acontecimiento con vividos detalles que ha ido generando. Cuando se le habla
más directamente de «cosas que te pasaron cuando eras pequeño», con el tiempo
llega a consentir con bastante facilidad los recuerdos implantados. Los
profesionales que miran las cintas de vídeo de los niños sólo pueden aventurar
qué recuerdos son falsos y cuáles verdaderos. ¿Hay alguna razón para pensar
que los adultos son totalmente inmunes a las falibilidades que muestran los
niños?
El
presidente Ronald Reagan, que pasó la segunda guerra mundial en Hollywood,
describió vividamente su papel en la liberación de las víctimas de los campos
de concentración nazi. Como vivía en el mundo del cine, parece que confundía
una película que había visto con una realidad que no había visto. En sus
campañas presidenciales, el señor Reagan contó en muchas ocasiones una historia
épica de coraje y sacrificio, motivo de inspiración para todos nosotros. Sólo
que nunca ocurrió; era el argumento de la película A Wing and a Prayer...
que también a mí me impresionó mucho cuando la vi a los nueve años. Es fácil
encontrar muchos más ejemplos de este tipo en las declaraciones públicas de
Reagan. No es difícil imaginar los serios peligros públicos que entrañan los
casos en que líderes políticos, militares, científicos o religiosos son incapaces
de distinguir la realidad de la ficción vivida.
Cuando
preparan el testimonio en el juzgado, los testigos reciben consejos de sus
abogados. A menudo se les hace repetir la historia una y otra vez hasta que la
dicen «bien». Entonces, en el estrado, lo que recuerdan es la historia que han
estado contando en el despacho del abogado. Los matices se han ensombrecido. O
quizá ya no correspondan, ni siquiera en sus características principales, a lo
que ocurrió realmente. Los testigos pueden haber olvidado oportunamente que
sus recuerdos fueron reprocesados.
Esos
hechos son relevantes en la evaluación de los efectos sociales de la publicidad
y la propaganda nacional. Pero aquí sugieren que, en los asuntos de abducción
por extraterrestres —donde las entrevistas suelen realizarse años después del
supuesto acontecimiento—, los terapeutas deben cuidarse mucho de implantar o seleccionar
accidentalmente historias que sugieren ellos.
Quizá lo
que realmente recordamos es una serie de fragmentos de recuerdos cosidos a una
tela de nuestra propia imaginación. Si cosemos con la suficiente inteligencia,
conseguimos hacernos una historia memorable fácil de recordar. Los fragmentos
por sí mismos, sin el vínculo de la asociación, son más difíciles de salvar. La
situación es bastante parecida al método propio de la ciencia, con el que se
pueden recordar, resumir y explicar muchos datos en el marco de una teoría.
Entonces recordamos mucho más fácilmente la teoría y no los datos.
En la
ciencia siempre se están volviendo a valorar y confrontar las teorías con
nuevos hechos; si la discordancia de los hechos es seria —más allá del margen
de error—, quizá debería revisarse la teoría. Pero, en la vida cotidiana, es
muy raro que nos enfrentemos a nuevos hechos sobre acontecimientos de hace tiempo.
Nuestros recuerdos no se ven casi nunca desafiados. En cambio pueden quedar
fijos, por muy defectuosos que sean, o convertirse en una obra en continua
revisión artística.
---ooo---
Mejor
atestiguadas que las apariciones de dioses y demonios son las de santos,
especialmente de la Virgen María en la Europa occidental desde finales de la
época medieval hasta la moderna. Aunque el aire de las historias de abducción
por extraterrestres es mucho más profano y demoníaco, se puede ver el mito de
los ovnis con mayor perspicacia a partir de visiones descritas como sagradas.
Quizá las más conocidas sean las de Juana de Arco en Francia, santa Brígida en
Suecia y Girolamo Savonarola en Italia. Pero son más adecuadas a nuestro
propósito las apariciones vistas por pastores, campesinos y niños. En un mundo
azotado por la incertidumbre y el horror, esas personas anhelaban el contacto
con lo divino. William A. Christian Jr., en su libro Apparitions in Late
Medieval and Renaissance Spain (Princeton University Press, 1981),
proporciona un registro detallado de esos acontecimientos en Castilla y
Cataluña.
Un caso
típico es el de una mujer o una niña campesinas que dicen haber encontrado a
una niña o mujer extrañamente pequeña —algo así como de un metro de altura— que
se le revela como la Virgen María, la Madre de Dios. Ésta le pide a la
sorprendida testigo que vaya a las autoridades civiles y de la Iglesia locales
y les ordene decir plegarias por los muertos, obedecer los mandamientos o
construir un santuario en aquel mismo lugar. Si no acceden, los amenaza con
temibles castigos, quizá una plaga. Otras veces, en épocas de epidemia, María
promete curar la enfermedad, pero sólo si se cumplen sus demandas.
La testigo intenta hacer lo que le
dicen. Pero cuando informa a su padre, su marido o el cura, le ordenan que no
cuente la historia a nadie; es una tontería femenina, una frivolidad o una
alucinación demoníaca. Así, ella no dice nada. Días después se le vuelve a aparecer
María, un poco molesta porque no se ha honrado su petición.
«No me
creerán —se lamenta la testigo—. Dame una señal.»
Se necesita una. prueba.
Así, María —que por lo visto
no había previsto que tendría que proporcionar una prueba— le da una señal. Los
del pueblo y los curas se convencen en seguida. Se construye el santuario.
Ocurren curaciones milagrosas en la vecindad. Llegan peregrinos de todas partes.
La economía local mejora. Se nombra a la testigo original guardiana del sacro
santuario.
En la
mayoría de los casos que conocemos, se creó una comisión de investigación,
formada por autoridades civiles y eclesiásticas, que atestiguaban si la
aparición era genuina... a pesar del escepticismo inicial, casi exclusivamente
masculino. Pero el nivel de las pruebas no solía ser alto. En un caso se aceptó
seriamente el testimonio delirante de un niño de ocho años dos días antes de
morir por una epidemia. Algunas comisiones siguieron deliberando durante
décadas o incluso hasta un siglo después del acontecimiento.
En Sobre
la distinción entre visiones verdaderas y falsas, un experto sobre el tema,
Jean Gerson, alrededor del año 1400, resumió los criterios para reconocer la
credibilidad del testigo de una aparición: uno era la disponibilidad a aceptar
consejo de la jerarquía política y religiosa. Así, aquel o aquella que
tuviesen una aparición molesta para los que estaban en el poder era ipso facto
un testigo poco fiable, y se podía hacer decir a santos y vírgenes lo que las
autoridades querían oír.
Las
«señales» que supuestamente proporcionaba María, las pruebas que se ofrecían y
que se consideraban irresistibles eran cosas como una vela ordinaria, un trozo
de seda o una piedra magnética; un pedazo de ladrillo de color; huellas; una
recolección extraordinariamente rápida de cardos por parte de la testigo; una
sencilla cruz de madera hincada en la tierra; verdugones y heridas en la testigo;
y una variedad de contorsiones —una niña de doce años con la mano en extraño
gesto, o las piernas dobladas hacia atrás, o una imposibilidad de abrir la boca
que la deja muda temporalmente— que se «curan» en cuanto se acepta la historia.
En algunos
casos es posible que los relatos se compararan y coordinaran antes de dar
testimonio. Por ejemplo, en una ciudad pequeña podía haber múltiples
testimonios de la aparición de una mujer alta y reluciente la noche anterior,
toda vestida de blanco, con un niño en el regazo y envuelta en una luz que
iluminaba la calle. Pero, en otros casos, personas que estaban físicamente
junto a la testigo no pudieron ver nada, como en este informe de una aparición
en Castilla en 1617:
«Ay, Bartolomé, la dama que me ha venido a ver
esos días pasados se acerca a través del prado, y se arrodilla y abraza la
cruz.; ¡mira, mírala!» Aunque el joven puso toda su atención en ello, no vio
más que unos pájaros que volaban por encima de la cruz.
No es difícil encontrar
motivos posibles para inventar y aceptar estas historias: trabajo para los
curas, notarios, carpinteros y mercaderes, y otros estímulos a la economía
regional en una época de depresión; el ascenso de condición social de la
testigo y su familia; nuevas oraciones para familiares enterrados en
cementerios que fueron abandonados más tarde a causa de la plaga, la sequía y
la guerra; exaltación del espíritu público contra los enemigos, especialmente
los moros; mejor urbanidad y obediencia a la ley canónica, y confirmación de
la fe de los piadosos. El fervor de los peregrinos en esos santuarios era
impresionante: no era raro que mezclaran fragmentos de roca o barro del
santuario con el agua y se la bebieran como medicina. Pero no pretendo sugerir
que la mayoría de testigos inventaban la historia. Había algo más.
Es de
destacar que casi todas las apremiantes peticiones de María fueran de lo más
prosaico, como por ejemplo en esta aparición de 1483 en Cataluña:
Te exhorto por tu alma que
exhortes a las almas de los hombres de las parroquias de El Tom, Milleras, El
Sallent y Sant Miquel de Campmaior a exhortar a las almas de los curas para que
pidan a la gente que pague los diezmos y todos los impuestos de la iglesia y
restituya lo que poseen encubierta o abiertamente que no sea suyo a sus
verdaderos propietarios en el plazo de treinta días, porque será necesario, y
que observen la santificación del domingo.
Y segundo que dejen de
blasfemar y ejerzan la charitas correspondiente ordenada por sus
antepasados muertos.
A menudo el testigo ve la
aparición justo después de despertar. Francisca la Brava atestiguó en 1523 que
se había levantado de la cama «sin saber si tenía el dominio de sus sentidos»,
aunque en un testimonio posterior declaraba estar totalmente despierta. (Era la
respuesta a una pregunta que permitía una serie de posibilidades: totalmente
despierta, adormecida, en trance, dormida.) A veces la ausencia de detalles es
total, como en el aspecto de los ángeles acompañantes; o se describe a María
alta y baja a la vez, madre e hijo a un tiempo... características que
indudablemente sugieren el material de un sueño. En el Diálogo sobre
milagros, escrito alrededor de 1223 por Caesarius de Heisterbach, las
visiones clericales de la Virgen María ocurrían con frecuencia durante los matins,
que se rezaban a medianoche.
Es natural
sospechar que muchas de esas apariciones, quizá todas, fueran una especie de
sueño, en vigilia o dormido, compuesto por mistificaciones (y por engaños;
había un negocio floreciente en milagros inventados: pinturas y estatuas
religiosas halladas por casualidad o por orden divina). Se hablaba del tema en Siete
Partidas, el códice de ley canónica y civil compilado bajo la dirección de
Alfonso X el Sabio, rey de Castilla, alrededor de 1248. En él podemos leer lo
siguiente:
Hay hombres que descubren o construyen
fraudulentamente altares en campos o ciudades, diciendo que son reliquias de
ciertos santos en esos lugares y con la pretensión de que realizan milagros y,
por esta razón, gente de muchos lugares se ve inducida a ir en peregrinaje a
fin de llevarse algo de ellos; y hay otros que, influidos por sueños o
fantasmas vacíos que se les aparecen, erigen altares y simulan descubrirlos en
las localidades antes citadas.
Al enumerar las razones de las creencias
erróneas, Alfonso traza una línea continua que va desde la secta, la opinión,
la fantasía y el sueño hasta la alucinación. Una suerte de fantasía llamada antoianga
se define de este modo:
Antoianca es algo que se detiene ante los ojos y luego
desaparece, como si uno lo viera u oyera en trance, y por consiguiente sin
sustancia.
Una bula
papal de 1517 hace una distinción entre las apariciones que aparecen «en sueños
o por inspiración divina». Está claro que las autoridades seculares y
eclesiásticas, incluso en épocas de extrema credulidad, estaban alerta a las
posibilidades de mistificación e ilusión.
A pesar de
todo, en la mayor parte de la Europa medieval, estas apariciones eran recibidas
gratamente por el clero católico romano, especialmente porque las admoniciones
marianas eran muy convenientes para el sacerdocio. Bastaban unas cuantas
«señales» patéticas como prueba, una piedra o una huella, y nunca algo que no
fuera susceptible de fraude. Pero, a partir del siglo XV, en los albores de la Reforma
protestante, la actitud de la Iglesia cambió. Aquellos que declaraban tener un
canal independiente con el cielo burlaban la cadena de mando de la Iglesia
hasta Dios. Además, algunas apariciones —por ejemplo, las de Juana de Arco—
tenían desagradables implicaciones políticas o morales. Los inquisidores
describieron los peligros que representaba la visión de Juana de Arco en 1431
en estos términos:
Se le mostró el gran peligro que corre quien
tiene la pretensión de creer que tiene apariciones y revelaciones así y, en
consecuencia, miente sobre asuntos que conciernen a Dios, expresando falsas
profecías y adivinaciones no conocidas por Dios, sino inventadas. De lo que
puede derivarse la seducción de personas, el comienzo de nuevas sectas y muchas
más impiedades que subvierten a la Iglesia y los católicos.
Tanto Juana de Arco como Girolamo Savonarola
fueron quemados en la hoguera por sus visiones.
En 1516,
el quinto Concilio Laterano reservó a «la sede apostólica» el derecho a
examinar la autenticidad de las apariciones. Para los campesinos pobres cuyas
visiones no tenían contenido político, los castigos no alcanzaban la máxima
severidad. La aparición mariana que tuvo Francisca la Brava, una madre joven,
fue descrita por el licenciado Mariana, el señor inquisidor, como «en
detrimento de nuestra fe católica y para disminución de su autoridad». Su
aparición «era todo vanidad y frivolidad». «En derecho la podíamos haber
tratado con más rigor», seguía el inquisidor,
pero en deferencia a ciertas razones justas
que nos mueven a mitigar el rigor de las sentencias, decretamos como castigo a
Francisca la Brava y ejemplo para que otros no intenten cosas similares la
condena de ser puesta sobre un asno para recibir cien latigazos en público por
las calles acostumbradas de Belmente, desnuda de cintura para arriba, y el
mismo número en la ciudad de El Quintanar del mismo modo. Y de ahora en
adelante no dirá ni afirmará en público o en secreto mediante palabra o
insinuación lo que ha dicho en sus confesiones o en otro caso será perseguida
como impenitente y persona que no cree o no está de acuerdo con lo que ordena
nuestra sagrada fe católica.
A pesar de los castigos,
asombra la frecuencia con que los testigos se mantenían en sus trece e
—ignorando los estímulos que se les ofrecían para confesar que estaban
mintiendo o soñando o confusos— insistían en que real y verdaderamente habían
tenido aquella visión.
En una época en la que
prácticamente todo el mundo era analfabeto, antes de los periódicos, la radio y
la televisión, ¿cómo es posible que los detalles religiosos e iconográficos de
estas apariciones fueran tan similares? William Christian cree que la respuesta
se halla en la dramaturgia religiosa (especialmente en las representaciones de
Navidad), en los predicadores itinerantes y peregrinos, en los sermones de las
iglesias. Las leyendas sobre los santuarios se extienden con rapidez. A veces
llega gente que vive a cien kilómetros de distancia o más con el fin, por
ejemplo, de curar a su hijo enfermo con un guijarro pisado por la Madre de
Dios. Las leyendas influían en las apariciones y viceversa. En una época acosada
por la sequía, las epidemias y la guerra, sin servicios sociales o médicos
disponibles para la mayoría, que desconocía la ilustración pública y el método
científico, el pensamiento escéptico era raro.
¿Por qué
las admoniciones son tan prosaicas? ¿Por qué es necesaria la aparición de un
personaje tan ilustre como la Madre de Dios para que en un pequeño lugar
poblado por unos miles de almas se reconstruya un santuario o el populacho se
abstenga de maldecir ? ¿Por qué no entregan mensajes importantes y profeticos
cuya significación se pueda reconocer en años posteriores como algo que sólo
podía haber emanado de Dios o los santos? ¿No habría potenciado esto en gran
manera la causa católica en su lucha a muerte contra el protestantismo y la
Ilustración? Pero no se sabe de apariciones que adviertan a la Iglesia, por
ejemplo, contra la ilusión de un universo centrado en la Tierra, o que censuren
la complicidad con la Alemania nazi, dos temas de gran importancia moral además
de histórica en los que, meritoriamente, el papa Juan Pablo II ha reconocido
el error de la Iglesia.
Ni un solo
santo criticó la práctica de la tortura y quema de «brujas» y herejes. ¿Por
qué? ¿No eran conscientes de lo que ocurría? ¿No eran capaces de captar su
maldad? ¿Y por qué María siempre da órdenes al pobre campesino de informar a
las autoridades? ¿Por qué no las amonesta ella misma? O al rey. O al papa. En
los siglos XIX y XX, es cierto, algunas apariciones han adquirido gran
importancia: en Fátima, Portugal, la Virgen mostró su cólera en 1917 por la
sustitución del gobierno de la Iglesia por un gobierno secular, y en
Garabandal, España, en 1961-1965, amenazó con el fin del mundo si no se
respetaban a partir de entonces doctrinas políticas y religiosas conservadoras.
Creo ver
muchos paralelos entre las apariciones marianas y las abducciones por
extraterrestres; aunque, en el primer caso, los testimonios no son llevados al
cielo a gran velocidad ni sufren intromisiones en sus órganos reproductores.
Las criaturas que se declaran ver son diminutas, casi siempre de apenas un
metro. Vienen del cielo. El contenido de la comunicación, a pesar del supuesto
origen celestial, es mundano. Parece haber una clara relación con el hecho de
dormir y soñar. A las testigos, normalmente mujeres, les da apuro hablar,
especialmente después de enfrentarse a la ridiculización por parte de los
varones en posiciones de autoridad. A pesar de todo, persisten: insisten en
haber visto realmente lo que dicen. Hay distintas maneras de transmitir las
historias; se comentan con afán y eso permite hacer coincidir los detalles
entre testigos que no se han visto nunca. Otras personas que estaban presentes
en el momento y lugar de la aparición no ven nada inusual. Las «señales» o
supuestas pruebas, sin excepción, no son algo que los humanos no puedan
adquirir o fabricar por su cuenta. Ciertamente, María parece contraria a la
necesidad de pruebas y, ocasionalmente, está dispuesta a curar sólo a los que
habían creído el relato de su aparición antes de proporcionar
«señales». Y mientras no hay terapeutas, se extiende por la sociedad una
influyente red de curas parroquiales y jerarcas que tienen un interés personal
en la realidad de las visiones.
En nuestra
época todavía hay apariciones de María y algunos ángeles, pero también —como
lo resume G. Scott Sparrow, un psicoterapeuta e hipnotizador— de Jesús. En I
Am with You Al-ways: True Stories of Encounters with Jesús (Bantam,
1995) se presentan relatos de primera mano, algunos conmovedores, otros
banales, de encuentros así. Curiosamente, la mayoría son sueños directos,
reconocidos como tales, y se dice que las llamadas visiones difieren de los
sueños «sólo en que las experimentamos cuando estamos despiertos». Pero, para
Sparrow, el hecho de valorar algo como «sólo un sueño» no compromete su
realidad externa. Según él, cualquier ser en el que se sueña y cualquier
incidente existen realmente en el mundo exterior a uno mismo. Niega específicamente
que los sueños sean «puramente subjetivos». Las pruebas no tienen nada que ver.
Si uno sueña algo, si le sienta bien, si le produjo asombro, es que ocurrió
realmente. Sparrow no es en absoluto escéptico. Cuando Jesús le dice a una
mujer con problemas por un matrimonio «intolerable» que eche de casa al pobre
diablo, Sparrow admite que eso plantea problemas a los «defensores de una
posición coherente con las Escrituras». En este caso «quizá se podría decir que
prácticamente toda presunta guía se genera en el propio interior». ¿Y si
alguien contase un sueño en el que Jesús aconsejaba, por ejemplo, el aborto o
la venganza? Y si, ciertamente, es necesario hacer distinciones entre sueños y
concluir, pues, que algunos sueños son un invento del soñador, ¿por qué
no todos?
---ooo---
¿Por qué
la gente inventa historias de abducciones? ¿Por qué se presenta en programas de
televisión con participación de público que se dedican a humillar sexualmente
al «invitado»: la pasión de moda en el erial americano de la pequeña pantalla?
Descubrir que uno es abducido por extraterrestres sirve al menos para romper la
rutina cotidiana. Se consigue la atención de los demás, de los terapeutas e
incluso de los medios de comunicación. Produce una sensación de
descubrimiento, alegría, respeto. ¿Qué más podrá recordar uno a continuación?
Empieza a creer que puede ser el precursor o incluso el instrumento de
acontecimientos trascendentales que se precipitan hacia nosotros. Y no quiere
decepcionar al terapeuta. Busca su aprobación. Creo que convertirse en abducido
puede reportar buenas recompensas psíquicas.
Con ánimo comparativo, podríamos pensar en casos de productos en mal estado
que no generan el sentimiento de asombro que rodea a los ovnis y las
abducciones por extraterrestres: alguien declara haber encontrado una jeringa
hipodérmica en una lata de refresco. Como es comprensible, el asunto es
preocupante. Se informa de ello en los periódicos y especialmente en las
noticias de televisión. Pronto se produce un torrente, una epidemia
virtual de informes similares en todo el país. Pero es muy difícil imaginar que
pueda meterse una jeringa hipodérmica en una lata en la fábrica y en ninguno de
los casos hay testigos presentes cuando se abre una lata intacta y se descubre
dentro la jeringa.
Lentamente
va tomando consistencia la hipótesis de que se trata de imitadores. La gente
simula encontrar jeringas en latas de refrescos. ¿Por qué? ¿Qué posibles
motivos había? Algunos psiquiatras dicen que los principales motivos son la
avaricia (denunciar al fabricante por daños), afán de atención y la necesidad
de ser retratado como víctima. No hay terapeutas que insinúen que en realidad
hay agujas en las latas y apremien a sus pacientes —sutil o directamente— a
informar públicamente de la noticia. Además se imponen penas severas por
desprestigiar un producto, e incluso por alegar falsamente que un producto ha
sido manipulado. En cambio, hay terapeutas que animan a los abducidos a
contar sus historias a audiencias masivas, y no hay multas por declarar
falsamente haber sido abducido por un ovni. Sea cual sea la razón para
emprender este camino, sin duda debe de ser mucho más satisfactorio convencer
a los demás de que uno ha sido elegido por seres superiores para sus propósitos
enigmáticos que de haber encontrado por mera casualidad una jeringa
hipodérmica en un refresco.
CAPITULO 9
TERAPIA
Es un
error capital teorizar antes de tener datos. Sin darse cuenta, uno empieza a
deformar los hechos para que se adapten a las teorías, en lugar de adaptar las
teorías a los hechos.
Sherlok
Holmes
en Escándalo
en Bohemia,
de arthur conan doyle
(1891)
Los recuerdos verdaderos parecían fantasmas, mientras los falsos eran tan
convincentes que sustituían a la realidad.
gabriel garcía márquez, Extraños peregrinos (1992)
John Mack es un psiquiatra
de la Universidad de Harvard al que conozco hace muchos años.
¿Hay algo en este asunto de
los ovnis?, me preguntó hace tiempo.
No mucho, contesté yo.
Excepto en el aspecto psiquiátrico desde luego.
Él lo estudió, entrevistó a
abducidos y se convirtió. Ahora acepta los relatos de abducidos a pies
juntillas. ¿Por qué?
«No
buscaba eso», dice él. «Nada en mis antecedentes me preparaba» para la historia
de la abducción por extraterrestres. «El poder emocional de estas experiencias
las hace totalmente convincentes.» En su libro Abducciones, Mack
propone explícitamente la peligrosa doctrina de que «el poder o intensidad con
que se siente algo» es una guía para saber si es verdad.
Yo puedo
dar testimonio personalmente del poder emocional. Pero ¿las emociones fuertes
no son acaso un componente habitual de nuestros sueños? ¿No nos despertamos a
veces helados de terror? ¿No conoce Mack, autor por su parte de un libro sobre
pesadillas, el poder emocional de las alucinaciones? Algunos pacientes de Mack
dicen que han alucinado desde la infancia. ¿Los hipnotizadores y
psicoterapeutas que trabajan con «abducidos» han intentado sumergirse a
conciencia en el conjunto de conocimientos sobre alucinaciones y disfunciones
perpetuas? ¿Por qué creen a esos testigos y no a los que, con una
convicción comparable, declaran encuentros con dioses, demonios, santos,
ángeles y hadas? ¿Y los que escuchan exigencias irresistibles de una voz
interior? ¿Son verdad todas las historias que se sienten profundamente?
Una
científica que conozco dice: «Si los extraterrestres se quedaran a todos los
que abducen, nuestro mundo sería un poco más cuerdo.» Pero es un juicio
demasiado severo. No parece ser un problema de cordura. Es algo más. El
psicólogo canadiense Nicholas Spanos y sus colegas llegaron a la conclusión de
que no había patologías obvias en los que declaraban ser abducidos por ovnis.
Sin embargo,
es más probable que las experiencias intensas
de ovnis ocurran en individuos que se inclinan hacia creencias esotéricas en
general y creencias extraterrestres en particular y que interpretan las
experiencias sensoriales e imaginarias inusuales en términos de hipótesis sobre
extraterrestres. Entre los que creen en ovnis, los que tenían una mayor
propensión a la producción de fantasía eran particularmente proclives a generar
estas experiencias. Además, lo más probable es que estas experiencias se
generasen e interpretasen como acontecimientos reales más que imaginados
cuando se asociaban a entornos sensoriales limitados... (por ejemplo,
experiencias que tuvieron lugar por la noche y en asociación con el sueño).
Lo que una mente crítica podría reconocer como
alucinación o sueño, una más crédula lo interpreta como una visión de una
realidad externa elusiva pero profunda.
---ooo---
Es concebible que algunos
relatos de abducciones por extraterrestres puedan disfrazar recuerdos de
violación y abuso sexual en la infancia con el padre, padrastro, tío o novio de
la madre representado como un extraterrestre. Seguramente es más reconfortante
creer que fue un extraterrestre quien abusó de uno que pensar que fue alguien
en quien uno confía y a quien ama. Los terapeutas que creen a pies juntillas
las historias de abducciones por extraterrestres niegan este extremo, alegando
que serían capaces de reconocer si sus pacientes fueron víctimas de abusos
sexuales o no. Algunas encuestas de opinión estiman que una de cada cuatro
mujeres estadounidenses y uno de cada seis hombres han sido víctimas de abusos
sexuales en la infancia (aunque probablemente las estimaciones sean demasiado
altas). Sería asombroso que un número significativo de los pacientes que se
presentan a los terapeutas de abducción por extraterrestres no hubieran
sido víctimas de abuso, quizá incluso en proporción mayor que la población
general.
Tanto los
terapeutas de abuso sexual como los dedicados a la abducción por
extraterrestres emplean meses, a veces años, en animar a sus pacientes a
recordar los abusos cometidos contra ellos. Sus métodos son similares y sus
objetivos en cierto sentido los mismos: recuperar recuerdos dolorosos, a
menudo de hace tiempo. En ambos casos, el terapeuta cree que el paciente está
traumatizado por un acontecimiento tan terrible que lo reprime. Me parece
asombroso que los terapeutas de abducciones por extraterrestres encuentren tan
pocos casos de abuso sexual, y viceversa.
Por
razones comprensibles, los que se han visto sometidos a abusos sexuales o
incesto en la infancia son muy sensibles a cualquier cosa que parezca
minimizar o negar su experiencia. Están enfadados, y tienen derecho a estarlo.
En Estados Unidos, al menos una de cada diez mujeres ha sido violada, casi dos
tercios de ellas antes de los dieciocho años. Un informe reciente expone que
una sexta parte de todas las víctimas de violación declaradas a la policía
están por debajo de los doce años. (Y éste es el tipo de violación que se suele
declarar menos.) Una quinta parte de esas niñas fueron violadas por sus padres.
Han sido víctimas de una traición. Quiero dejar esto muy claro: hay muchos
casos reales de depredación sexual macabra de los padres o de los que actúan
en su lugar. En algunos casos ha salido a la luz una prueba física
irresistible: fotos, por ejemplo, o diarios, o gonorrea o infecciones en el
niño. Se ha sugerido que el abuso infantil es una probable causa importante de
problemas sociales. Según una encuesta, el ochenta y cinco por ciento de todos
los internos violentos de la cárcel fueron víctimas de abusos en la infancia.
Dos tercios de las madres adolescentes fueron violadas o víctimas de abusos
sexuales de niñas o adolescentes. Las víctimas de violaciones tienen diez
veces más probabilidades que las demás mujeres de usar en exceso el alcohol y
otras drogas. El problema es real y urgente. Sin embargo, la mayoría de estos
casos trágicos e incontestables de abuso sexual infantil se han tenido en la
memoria continuamente hasta la edad adulta. No es un recuerdo oculto que deba
restablecerse.
Aunque hoy
en día hay mayor información que en el pasado, parece haber un aumento
significativo anual de casos de abuso infantil. Los hospitales y autoridades
declaran un aumento de diez veces en Estados Unidos (hasta 1,7 millones de
casos) entre 1967 y 1985. El alcohol y otras drogas, además de las tensiones
económicas, se señalan como la «razón» por la que los adultos tienen más
tendencia a abusar de los niños hoy que en el pasado. Quizá el aumento de la
publicidad de casos contemporáneos de abuso de niños alienta a personas adultas
a recordar el abuso que sufrieron en una ocasión y a pensar en él.
Hace un
siglo, Sigmund Freud introdujo el concepto de represión, la supresión
de acontecimientos a fin de evitar el dolor físico, un mecanismo esencial para
la salud mental. Parecía darse especialmente en pacientes diagnosticados con
«histeria», entre cuyos síntomas se encontraban alucinaciones y parálisis. Al
principio Freud creyó que detrás de cada caso de histeria había un caso reprimido
de abuso sexual infantil. Con el tiempo alteró la explicación para decir que la
histeria era causada por fantasías —no todas desagradables— de haber
sido sometido a abusos sexuales en la infancia. El peso de la culpabilidad pasó
de padre a hijo. Hoy en día causa furor un debate parecido. (Todavía se discute
la razón por la que Freud cambió de idea: las explicaciones van desde la cólera
que provocó en sus colegas varones de Viena hasta el reconocimiento por su parte
de que se tomaba en serio las historias de los histéricos.)
Los
ejemplos de la emergencia repentina del «recuerdo» a la superficie,
especialmente en la consulta de un psicoterapeuta o hipnotizador, y de la
calidad fantasmagórica o de sueño de los primeros «recuerdos» son altamente
cuestionables. Hay muchas denuncias de abuso sexual que resultan ser
inventadas. El psicólogo de la Universidad de Emory, Ülric Neisser, dice:
Existe el abuso de los niños
y lo que se llama recuerdos reprimidos. Pero también existen los falsos
recuerdos y fabulaciones, y no son nada raros. Los recuerdos erróneos son la
norma, no la excepción. Ocurren todo el tiempo. Ocurren incluso cuando el
sujeto está absolutamente seguro, incluso cuando un recuerdo es una bombilla de
flash aparentemente inolvidable, una de esas fotografías mentales metafóricas.
Ocurre de forma todavía más probable en casos en que la sugestión es una posibilidad
viva, donde los recuerdos pueden ser modelados y remodelados para satisfacer
las fuertes demandas interpersonales de una sesión de terapia. Y una vez el
recuerdo ha sido reconfigurado de este modo es muy difícil, mucho, cambiarlo.
Esos principios generales no
nos pueden ayudar a decidir con certeza dónde radica la verdad en cada caso
individual. Pero, en general, está bastante claro dónde deberíamos colocar
nuestras apuestas ante un gran número de declaraciones así. El recuerdo
erróneo y la reconstitución retrospectiva del pasado son parte de la naturaleza
humana; se hallan en la misma esfera y ocurren constantemente.
Los supervivientes de los
campos de la muerte nazis proporcionan la demostración más clara que puede
imaginarse de que hasta el abuso más monstruoso se puede llevar continuamente
en la memoria humana. Ciertamente, el problema para muchos supervivientes del
Holocausto ha sido conseguir una distancia emocional entre ellos y los campos
de la muerte, olvidar. Pero si en algún mundo alternativo de maldad
inexpresable se vieran obligados a vivir en la Alemania nazi —por
ejemplo una próspera nación posthitleriana con su ideología intacta, excepto en
el antisemitismo— imaginemos cuál sería entonces la carga psicológica de los
supervivientes del Holocausto. Quizá entonces serían capaces de olvidar porque
el recuerdo les haría la vida insoportable. Si existe algo así como la represión
y recuperación posterior de recuerdos desagradables, quizá requiera dos
condiciones: 1) que el abuso haya ocurrido realmente, y 2) que se exija a la
víctima simular durante largos períodos de tiempo que nunca ocurrió.
El
psicólogo social de la Universidad de California Richard Ofshe explica:
Cuando se pide a los pacientes que cuenten
cómo recuperaron los recuerdos, declaran que han reunido fragmentos de
imágenes, ideas, sentimientos y sensaciones para dar coherencia a la historia.
Como lo que se llama trabajo de la memoria dura algunos meses, los sentimientos
se convierten en imágenes vagas, las imágenes se convierten en figuras y las
figuras en personas conocidas. Una vaga incomodidad en ciertas partes del
cuerpo se reinterpreta como una violación en la infancia... Las sensaciones
físicas originales, aumentadas a veces por la hipnosis, se etiquetan entonces
como «recuerdos del cuerpo». No hay mecanismo concebible por el que los
músculos del cuerpo puedan almacenar recuerdos. Si esos métodos no consiguen
persuadir, el terapeuta puede recurrir a prácticas aún más duras. Algunos
pacientes se inscriben en grupos de supervivencia en los que deben soportar la
presión de los compañeros y se les pide que demuestren una solidaridad
políticamente correcta colocándose a sí mismos como miembros de una subcultura
superviviente.
Una cauta
declaración de 1993 de la Asociación Psiquiátrica Americana acepta la
posibilidad de que algunos de nosotros olvidemos el abuso infantil como medio
de seguir adelante, pero advierte:
No se sabe cómo distinguir, con total
precisión, los recuerdos que se basan en acontecimientos verdaderos de los que
derivan de otras fuentes... La interrogación repetida puede llevar a los individuos
a declarar «recuerdos» de acontecimientos que nunca ocurrieron. No se sabe qué
proporción de adultos que declaran recordar un abuso sexual fueron realmente
víctimas de él... Si el psiquiatra tiene una creencia previa fuerte de que el
abuso sexual, u otros factores, son o no la causa de los problemas del paciente
es muy probable que interfiera en la valoración y tratamiento apropiado.
Por un lado, ignorar
insensiblemente acusaciones horripilantes de abuso sexual puede ser una
injusticia despiadada. Por otro lado, manipular los recuerdos de la gente,
infundir falsas historias de abuso infantil, destrozar familias intachables e
incluso enviar a la cárcel a unos padres inocentes, es una injusticia
despiadada. El escepticismo es esencial en ambos casos. Puede ser muy complicado
elegir el camino entre esos dos extremos.
Las
primeras ediciones del influyente libro de Ellen Bass y Laura Davis (The
Courage to Heal: A Guidefor Women Survivors of Child Sexual Abuse,
Perennial Library, 1988) advierten de manera iluminadora a los terapeutas:
Creer al superviviente. Debe creerse que la
paciente fue víctima de abuso sexual aunque lo dude ella misma... Ella necesita
que usted crea con firmeza que fue víctima de abuso. Participar en la duda de
un paciente sería como transmitir al paciente suicida que el suicidio es la
mejor solución. Si un paciente no sabe seguro si sufrió un abuso pero cree que
podría haber sido así, trabaje como si fuera así. Hasta ahora, entre los
cientos de mujeres con quienes hemos hablado y los cientos más que hemos oído,
ninguna de las que ha sospechado que podía haber sido víctima de abuso decidió
que no era así después de investigar.
Pero
Kenneth V. Lanning, agente especial supervisor de la Unidad de Instrucción e
Investigación Científica de Comportamiento de la Academia del FBI en Quantico,
Virginia, un destacado experto en la victimización sexual de los niños, se
pregunta:
«¿Estamos compensando ahora
los siglos de negación aceptando ciegamente toda declaración de abuso
infantil, por muy absurda e improbable que sea?» «Si es así, me da igual
—responde un terapeuta de California entrevistado por The Washington Post—.
Lo que ocurrió realmente me parece irrelevante... Todos vivimos en el engaño.»
Creo que
la existencia de cualquier acusación falsa de abuso sexual infantil
—especialmente las creadas bajo la tutela de una figura de autoridad— es
relevante en lo referente al tema de la abducción por extraterrestres. Si hay
personas que con gran pasión y convicción pueden ser llevadas a recordar que
han sido víctima de abuso por parte de sus padres sin ser verdad, ¿no podrían
otros, con una pasión y convicción comparables, ser llevados a recordar que han
sido víctima de abusos de extraterrestres sin ser verdad?
Cuanto más
examino las declaraciones de abducción por extraterrestres, más similares me
parecen a los informes de «recuerdos recuperados» de abuso sexual en la
infancia. Y hay una tercera clase de declaraciones que también están
relacionadas: los «recuerdos» reprimidos de cultos rituales satánicos, en los
que la tortura sexual, la coprofilia, el infanticidio y el canibalismo parecen
ser la norma. En una encuesta de dos mil setecientos miembros de la Asociación
Americana de Psicólogos, el doce por ciento contestó que habían tratado casos
de abuso ritual satánico (mientras el treinta por ciento declaró casos de
abusos realizados en nombre de la religión). En Estados Unidos se han
declarado unos diez mil casos anuales en los últimos años. Un número
significativo de los que plantean el riesgo del satanismo creciente en América,
incluyendo las fuerzas del orden que organizan seminarios sobre el tema, resultan
ser fundamentalistas cristianos; sus sectas necesitan explícitamente la
intromisión de un mal literal en la vida humana cotidiana. La relación queda
trazada limpiamente en el dicho: «Ni Satanás, ni Dios.»
Parece
haber un claro problema de credibilidad policial en este tema. A continuación,
citaré unos extractos del análisis del experto del FBI Lanning sobre «delitos
satánicos, ocultos y rituales», basado en su amarga experiencia, y publicado en
el número de octubre de 1989 de la revista profesional The Pólice Chief:
Prácticamente toda discusión sobre satanismo y
brujería se interpreta a la luz de las creencias religiosas de los que se
hallan entre el público. La fe, no la lógica ni la razón, gobierna las
creencias religiosas de la mayoría de la gente. Como resultado, los agentes de
la ley con un escepticismo normal aceptan la información diseminada en esas
conferencias sin evaluar críticamente o cuestionar las fuentes... Para
algunos, el satanismo es cualquier sistema de creencia religioso distinto del
suyo propio.
Lanning ofrece a continuación una larga lista
de sistemas de creencia que ha oído describir personalmente como satanismo en
esas conferencias. Incluye el catolicismo romano, la Iglesia ortodoxa, el
islam, el budismo, el hinduismo, el mormonismo, la música rock and roll, la
canalización, la astrología y las creencias de la «Nueva Era» en general. ¿No
es una clara indicación de cómo empiezan las cazas de brujas y los pogroms?
«Dentro
del sistema de creencia religioso personal de un agente del orden», sigue,
el cristianismo puede ser bueno y el satanismo
malo. Según la Constitución, sin embargo, ambos son neutrales. Este concepto es
importante, aunque difícil de aceptar para muchos agentes de la ley. Se les
paga para defender el Código penal, no los diez mandamientos... El hecho es que
se han cometido muchos más delitos y abusos de niños por fanáticos en nombre de
Dios, Jesús y Mahoma que en nombre de Satanás. A muchos no les gusta esta
afirmación, pero pocos pueden discutirla.
Muchos de los que alegan
esos abusos satánicos describen grotescos rituales orgiásticos en los que se
matan y comen bebés. A lo largo de toda la historia europea, ciertos grupos han
sido injuriados por sus detractores por medio de este tipo de declaraciones
(entre ellos, los conspiradores catilinos en Roma, el «libelo de sangre» de
Pascua contra los judíos y los caballeros templarios cuando se les desmantelaba
en la Francia del siglo XIV). Irónicamente, se encontraban informes de
infanticidio caníbal y orgías incestuosas entre los pormenores que utilizaron
las autoridades romanas para perseguir a los primeros cristianos. Al fin y al
cabo, se cita al propio Jesús diciendo (San Juan 6, 53): «Si no coméis la
carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.»
Aunque el verso siguiente aclara que habla de comer su propia carne y beber su
propia sangre, críticos poco favorables podían haber interpretado que el griego
«hijo del hombre» quería decir «niño» o «infante». Tertuliano y otros padres de
la primera Iglesia se defendían como podían de estas acusaciones grotescas.
Hoy en
día, la falta de correspondencia entre el número de bebés y niños pequeños
perdidos en los archivos policiales se explica con el pretexto de que en todo
el mundo se crían niños con este propósito... lo que recuerda sin duda la
declaración de los abducidos en el sentido de que los experimentos
extraterrestre-humano están muy extendidos. Se dice también, como en el paradigma
de la abducción por extraterrestres, que el abuso del culto satánico pasa de
generación en generación en algunas familias. Que yo sepa, como en el primer
caso, tampoco aquí se ha ofrecido nunca una prueba física en un tribunal de
justicia que sustente estas declaraciones. Sin embargo, su poder emocional es
evidente. La mera posibilidad de que ocurran cosas así incita a los mamíferos,
es decir, a nosotros, a actuar. Cuando damos credibilidad al ritual satánico,
también elevamos la condición social de los que nos advierten del supuesto
peligro.
Consideremos
estos cinco casos: 1) Myra Obasi, una maestra de escuela de Luisiana, estaba
poseída por demonios, según creían ella y sus hermanas tras consultarlo con un
curandero vudú. Las pesadillas de su sobrino eran parte de la prueba.
Partieron pues hacia Dallas, abandonaron a sus cinco hijos y luego las hermanas
le sacaron los ojos a la señora Obasi. En el juicio, ella defendió a sus hermanas.
Ellas dijeron que habían intentado ayudarla. Pero la religión vudú no adora al
diablo; es un cruce entre el catolicismo y la religión original haitiana. 2)
Unos padres matan a su hija a palos porque no quiere abrazar su rama del
cristianismo. 3) Un pederasta justifica sus actos leyendo la Biblia a sus
víctimas. 4) A un chico de catorce años le arrancan el globo del ojo en una
ceremonia de exorcismo. Su atacante no es un satanista, sino un ministro
fundamentalista protestante con compromisos religiosos. 5) Una mujer piensa que
su hijo de doce años de edad está poseído por el diablo. Después de una
relación incestuosa con él, le decapita. Pero no hay contenido ritual satánico
en la «posesión».
El segundo
y tercer caso vienen de los archivos del FBI. Los dos últimos son de un estudio
que realizaron la doctora Gail Goodman, psicóloga de la Universidad de Davis,
California, y sus colegas, para el Centro Nacional de Abuso y Abandono
Infantil. Examinaron unas doce mil denuncias de abuso sexual que implicaban
cultos rituales satánicos y no pudieron encontrar ni uno solo que resistiera
el escrutinio. Los terapeutas hablaban de abuso satánico basándose sólo, por
ejemplo, en la «revelación del paciente mediante la hipnoterapia» o el «temor a
los símbolos satánicos» de los niños. En algunos casos se hizo el diagnóstico
en base a la conducta común a muchos niños. «Sólo en algunos casos se
mencionaba una prueba física, normalmente "cicatrices".» Pero en la
mayoría de los casos, las «cicatrices» no existían o eran muy leves. «Incluso
cuando había cicatrices, no se determinaba si las habían causado las propias
víctimas.» Eso también es muy similar a los casos de abducción por
extraterrestres descritos más abajo. George K. Ganaway, profesor de psiquiatría
de la Universidad de Emory, propone que «la causa probable más común de
recuerdos relacionados con cultos puede resultar perfectamente un engaño mutuo
entre el paciente y el terapeuta».
Uno de los casos más
molestos de «recuerdo recuperado» de abuso ritual satánico fue relatado por
Lawrence Wright en un interesante libro Remembering Satán (Knopf,
1994). Se trata de Paúl Ingram, un hombre al que el hecho de ser demasiado
crédulo, demasiado sugestionable, demasiado inexperto en escepticismo le pudo
haber arruinado la vida. En 1988, Ingram era presidente del partido republicano
en Olympia, Washington, el principal delegado civil en el departamento local de
policía, bien considerado, muy religioso y encargado de advertir a los niños en
reuniones escolares sobre el peligro de las drogas. De pronto llegó el momento
de pesadilla en que una de sus hijas —después de una sesión de gran emotividad
en un retiro religioso fundamentalista— hizo la primera de una serie de
acusaciones, cada una de ellas más espantosa que la anterior, en el sentido de
que Ingram había abusado sexualmente de ella, la había dejado embarazada,
torturado, ofrecido a otros agentes de la policía, la había introducido en
ritos satánicos, había desmembrado y comido bebés... Eso había ocurrido desde
su infancia, decía ella, casi hasta el día en que empezó a «recordarlo» todo.
Ingram no
era capaz de entender qué razón podía tener su hija para decir una mentira
así... aunque por su parte no tenía ningún recuerdo de todo aquello. Pero
tanto los investigadores policiales como un psicoterapeuta consultor y su
ministro de la Iglesia del Agua Viviente le contaron que los infractores
sexuales siempre reprimían los recuerdos de sus delitos. Ingram, con una
sensación extraña pero al mismo tiempo ansioso por colaborar, intentó
recordar. Después de que un psicólogo le aplicara una técnica de hipnosis con
los ojos cerrados para inducir el trance, Ingram empezó a visualizar algo
similar a lo que describía la policía. Lo que le venía a la cabeza no eran
recuerdos reales, sino algo así como pedazos de imágenes en la niebla. Cada
vez que producía una imagen —cuantas más veía, más odioso era el contenido— le
animaban y fortalecían. Su pastor le aseguró que Dios se encargaría de permitir
que sólo surgieran los recuerdos genuinos en sus sueños.
«Bueno, era casi como si lo
inventara —dijo Ingram—, pero no es así.» Sugirió que quizá el responsable
fuera un demonio. Bajo el mismo tipo de influencias, al circular rumores en la
iglesia de los horrores que Ingram estaba confesando, sus otros hijos y su
esposa también empezaron a «recordar». Se acusó a ciudadanos prominentes de
participar en ritos orgiásticos. Las fuerzas del orden de toda América
empezaron a prestar atención. Eso era sólo la punta del iceberg, decían
algunos.
Cuando el ministerio fiscal
convocó a Richard Ofshe de Berkeley, éste realizó un experimento de control.
Fue un soplo de aire fresco. Con la simple sugerencia a Ingram de que había
obligado a su hijo e hija a cometer incesto, y pidiéndole que usara la técnica
de «recuperación de memoria» que había aprendido, obtuvo inmediatamente un
«recuerdo» así. No hizo falta ninguna presión ni intimidación: bastó con la
sugerencia y la técnica. Pero los supuestos participantes, que habían
«recordado» tantas cosas, negaron que eso hubiera ocurrido jamás. Enfrentado a
esta evidencia, Ingram negó con vehemencia que inventara nada o que estuviera
influido por otros. Su recuerdo de este incidente era tan claro y «real» como
todos los demás.
Una de sus
hijas describió las terribles marcas que tenía en el cuerpo por las torturas y
abortos a que la habían obligado. Pero, cuando por fin se le hizo una revisión
médica, no se encontraron las cicatrices correspondientes. El ministerio fiscal
no juzgó a Ingram por las acusaciones de abuso satánico. Ingram contrató a un
abogado que nunca había trabajado en un caso penal. Siguiendo el consejo del
pastor, ni siquiera leyó el informe de Ofshe: le dijeron que sólo serviría para
confundirle. Se declaró culpable de seis cargos de violación y finalmente fue
enviado a la cárcel. Mientras esperaba la sentencia, encerrado, alejado de sus
hijos, sus colegas de la policía y su pastor, reconsideró el caso. Pidió
retirar su declaración de culpabilidad. Sus recuerdos habían sido
coaccionados. No había distinguido los recuerdos reales de una especie de
fantasía. Le denegaron la alegación. Ahora está cumpliendo una sentencia de
veinte años. Si estuviéramos en el siglo XVI en lugar del XX, quizá
toda la familia hubiera muerto en la hoguera... junto con una buena parte de
los ciudadanos principales de Olympia, Washington.
La
existencia de un informe altamente escéptico del FBI sobre el tema general del
abuso satánico (Kenneth V. Lanning, «Investigator's Guide to Allegations of
"Ritual" Child Abuse», enero de 1992) es ampliamente ignorada por los
entusiastas. Igualmente, un estudio de 1994 del Departamento Británico de Salud
sobre denuncias de abusos satánicos concluyó que, de ochenta y cuatro ejemplos
alegados, ni uno solo soportaba el escrutinio. ¿Cuál es pues la causa de todo
este furor? El estudio explica:
La campaña cristiana evangélica contra los
nuevos movimientos religiosos ha
ejercido una poderosa influencia alentando la identificación de abusos
satánicos. Igualmente importantes, si no más, para la extensión de la idea del
abuso satánico en Gran Bretaña son los «especialistas» americanos y británicos.
Pueden tener poca o incluso ninguna cualificación como profesionales, pero
atribuyen su pericia a su «experiencia en casos».
Los que
están convencidos de que los cultos del diablo representan un serio peligro
para nuestra sociedad tienden a ser impacientes con los escépticos.
Consideremos este análisis del doctor Corydon Hammond, antiguo presidente de la
Sociedad Americana de Hipnosis Clínica:
Les diré que esa gente [los escépticos] son,
primero, ingenuos y con limitada experiencia clínica; segundo, tienen el tipo
de ingenuidad que la gente tiene sobre el Holocausto, o son tan intelectuales y
escépticos que lo dudan todo; o, tercero, ellos mismos son gente de culto. Y
puedo asegurar que hay personas que se encuentran en esta posición... Hay
personas que son médicos, profesionales de la salud mental, que están
implicados en los cultos, que están formando cultos transgeneracionales...
Pienso que la investigación es realmente clara: tenemos tres estudios, en uno
se encontró que el veinticinco por ciento y en otro el veinte por ciento de
pacientes múltiples no internados [con trastornos múltiples de personalidad]
parecen ser víctimas de abuso de culto, y en el tercero, realizado en una
unidad especializada de pacientes internos, ascendía al cincuenta por ciento.
En algunas de sus declaraciones parece creer
que la CIA ha realizado experimentos de control mental de carácter nazi y
satánicos sobre decenas de miles de confiados ciudadanos americanos. El motivo
global, piensa Hammond, es «crear una orden satánica que gobernará el
mundo».
Hay
especialistas en las tres clases de «recuerdos recuperados»: de abducción por
extraterrestres, de culto satánico y para recuperar recuerdos reprimidos de
abuso sexual en la infancia. Como es común en la práctica de la salud mental,
los pacientes seleccionan o son enviados a un terapeuta cuya especialidad
parece relacionada con la dolencia. En las tres clases, el terapeuta ayuda a
desempolvar imágenes de acontecimientos que, según se cree, ocurrieron tiempo
atrás (en algunos casos, unas décadas); en las tres, los terapeutas se ven
profundamente conmovidos por la inequívoca y genuina agonía de sus pacientes;
en las tres, sabemos que al menos algunos terapeutas hacen preguntas
importantes que el paciente sugestionable recibe prácticamente como una orden
de una figura de autoridad que le insta a recordar (he estado a punto de
escribir «confesar»); en las tres, hay redes de terapeutas que intercambian
historias de clientes y métodos terapéuticos; en las tres, los profesionales
sienten la necesidad de defender su práctica ante colegas más escépticos; en
las tres, se despacha la hipótesis yatrogénica; en las tres, la mayoría de los
que informan sobre abusos son mujeres. Y en ninguna de las tres clases —con
las excepciones mencionadas— hay prueba física alguna. Así pues, es difícil no
preguntarse si las abducciones por extraterrestres podrían formar parte de un
cuadro mayor.
¿Cuál
podría ser este cuadro mayor? Planteé esta pregunta al doctor Fred H. Frankel,
profesor de psiquiatría de la Escuela de Medicina de Harward, jefe de
psiquiatría del hospital Beth Israel de Bostón y destacado experto en hipnosis.
Su respuesta fue:
Si las abducciones extraterrestres son parte
de un cuadro mayor, ¿cuál es en realidad este cuadro? Me da miedo precipitarme
y entrar en un terreno donde los ángeles no se aventuran; sin embargo, todos
los factores que usted perfila alimentan lo que en el fin de siglo se describió
como «histeria». Por desgracia, el término se llegó a usar con tal amplitud que
nuestros contemporáneos, con sus conocimientos titubeantes... no sólo lo
perdieron, sino que también perdieron de vista el fenómeno que representaba: altos
niveles de sugestibilidad, capacidad imaginativa, sensibilidad a claves y
expectativas contextuales y el elemento del contagio... Hay un gran número de
profesionales clínicos que no parecen apreciar bastante todo esto.
Frankel apunta que, del
mismo modo que hacen retroceder a la gente para que recupere recuerdos
supuestamente olvidados de «vidas anteriores», los terapeutas también pueden
hacer que avancen bajo hipnosis para «recordar» su futuro. Así se obtiene la
misma intensidad emocional que en la regresión o la hipnosis de abducidos de
Mack. «Esas personas no tienen intención de engañar al terapeuta. Se engañan
ellos mismos —dice Frankel—. No pueden distinguir sus fabulaciones de sus
experiencias.»
Si no
conseguimos vivir en paz, si nos abruma el peso de la culpabilidad por no hacer
algo más con nosotros mismos, ¿no recibiríamos encantados la opinión
profesional de un terapeuta con un diploma en la pared de que no es culpa
nuestra, que estamos en un apuro, que los responsables son los satanistas, los
que cometen abusos sexuales o extraterrestres de otro planeta? ¿Y no nos
resistiríamos a los escépticos enterados que nos dijeran que todo es imaginación
nuestra o que nos lo han inculcado los mismos terapeutas que nos han hecho
sentir más felices con nosotros mismos?
¿Qué
preparación han recibido estos terapeutas en cuanto al método científico y el
escrutinio escéptico, la estadística o incluso la falibilidad humana? El
psicoanálisis no es una profesión muy autocrítica, pero al menos muchos de sus
practicantes tienen el título de doctores en medicina. La mayoría de los
programas de medicina incluyen una exposición significativa a los resultados y
métodos científicos. Pero muchos de los que tratan casos de abuso sexual
parecen tener un conocimiento sólo relativo de la ciencia. La probabilidad de
que los proveedores de salud mental en América sean trabajadores sociales y no
psiquiatras o psicólogos doctorados es de dos a una.
La mayoría
de estos terapeutas arguyen que su responsabilidad es ofrecer apoyo a sus
pacientes y no cuestionarlos, mostrarse escépticos o plantear dudas. Aceptan
todo lo que se les presenta, por extraño que sea. A veces, la incitación de los
terapeutas no es sutil en absoluto. Aquí tenemos un informe (del FMS
Newsletter de la Fundación del Síndrome de Falsa Memoria, vol. 4, núm. 4,
p. 3, 1995) que no tiene nada de atípico:
Mi antiguo terapeuta ha atestiguado que
todavía cree que mi madre es satanista, [y] que mi padre me molestó... El
delirante sistema de creencias y las técnicas de mi terapeuta a base de sugestión
y persuasión me llevaron a creer que las mentiras eran recuerdos. Cuando yo
dudaba de la realidad de mis recuerdos, él insistía en que eran verdad. No sólo
insistía en que eran verdad, sino que me informaba de que, para recuperarme,
además de aceptarlos como reales debía recordarlos todos
En un caso
de 1991 en Allegheny County, Pennsylvania, una adolescente, alentada por un
maestro y un trabajador social, acusó a su padre de haber abusado sexualmente
de ella, lo que desembocó en su detención. Nicole también declaró que había
dado a luz tres niños y su familia los había matado, que había sido violada en
un restaurante lleno de gente y que su abuela volaba montada en una escoba.
Nicole se retractó de sus acusaciones al año siguiente y se retiraron todos los
cargos contra su padre. Nicole y sus padres formularon una denuncia contra el
terapeuta y la clínica psiquiátrica a la que había sido enviada ella después de
haber hecho las acusaciones. El jurado encontró que el doctor y la clínica
habían actuado con negligencia y concedió casi un cuarto de millón de dólares a
Nicole y sus padres. Cada vez hay más casos de este tipo.
¿Podría
ser que la competencia para conseguir pacientes, y el interés financiero obvio
de una terapia prolongada, disminuyera la inclinación de los terapeutas a
ofender a sus pacientes manifestando cierto escepticismo ante sus historias?
¿Hasta qué punto son conscientes del dilema de un paciente ingenuo que entra en
un despacho profesional y oye que su insomnio u obesidad se deben (en orden
aumentativo de rareza) a un abuso paterno, un ritual satánico o una abducción
por extraterrestres totalmente olvidados? Aunque hay limitaciones éticas y de
otro tipo, se necesita algo parecido a un experimento de control: quizá enviar
al mismo paciente a especialistas de los tres campos. ¿Alguno de ellos dice:
«No, su problema no se debe a un abuso olvidado en la infancia» (o a un ritual
satánico olvidado, o a una abducción por extraterrestres, lo que se tercie)?
¿Cuántos de ellos dicen: «Hay una explicación mucho más prosaica»? En lugar de
ello, Mack llega a decir a uno de sus pacientes con admiración y para tranquilizarlo
que ha emprendido un «viaje heroico». Un grupo de «abducidos» —cada uno de
ellos con una experiencia distinta pero similar— escribe:
... varios de nosotros habíamos reunido por fin la suficiente valentía para
presentar nuestras experiencias a consejeros profesionales y lo único que
conseguimos es que evitaran nerviosos el tema, fruncieran el entrecejo en
silencio o interpretaran la experiencia como un sueño o alucinación para
«tranquilizarnos» con condescendencia y asegurarnos que esas cosas pasan, «pero
no se preocupe, básicamente su salud mental es buena». ¡Perfecto! No estamos
locos, pero si nos tomamos en serio nuestras experiencias, es muy probable que
acabemos locos.
Con gran alivio, encontraron
un terapeuta favorable que no sólo aceptó sus historias a pies juntillas sino
que conocía cientos de historias sobre cuerpos extraterrestres y el
encubrimiento a alto nivel de los ovnis por parte del gobierno.
Un típico terapeuta de ovnis
encuentra pacientes de tres maneras: le escriben cartas a la dirección que
sale al final de sus libros; se los envían otros terapeutas (principalmente los
que también se especializan en abducciones por extraterrestres); o se presentan
a él después de dar una conferencia. Dudo que llegue algún paciente a su puerta
totalmente ignorante de los relatos populares de abducciones y los métodos y
creencias propios del terapeuta. Antes de intercambiar la primera palabra,
saben ya mucho el uno del otro.
Otro
destacado terapeuta da a sus pacientes sus propios artículos sobre abducciones
por extraterrestres para ayudarlos a «recordar» sus experiencias. Se siente
satisfecho cuando lo que finalmente recuerdan bajo hipnosis se parece a lo que
él describe en sus estudios. La similitud de los casos es una de las
principales razones para creer que las abducciones ocurren realmente.
Un
importante estudioso de los ovnis comenta que «cuando el hipnotizador no tiene
un conocimiento adecuado del tema [de abducción por extraterrestres] puede que
no se llegue a revelar nunca la verdadera naturaleza de la abducción». ¿Podemos
discernir en esta afirmación cómo podría ser guiado el paciente sin que el terapeuta
fuera consciente de que le guía?
---ooo---
A veces,
al «caer» dormidos, tenemos la sensación de tambaleamos desde una altura y que
nuestras extremidades se agitan por su cuenta. Se llama reflejo de sobresalto.
Quizá sea un remanente de cuando nuestros antepasados dormían en los árboles.
¿Por qué tenemos que imaginar que «rememoramos» mejor (maravillosa palabra)
que cuando estamos en tierra firme? ¿Por qué suponer que, entre el vasto tesoro
de recuerdos almacenados en nuestras cabezas, no hay nada que nos haya sido
inculcado después de ocurrir... por la manera de expresar una pregunta cuando
estamos en un marco mental sugestionable, por el placer de contar o escuchar
una buena historia, por confusión con algo que leímos u oímos en una ocasión?
CAPÍTULO
10
..la
magia, recordarlo es importante, es un arte que exige la colaboración entre el
artista y su público.
E. M. butler, El mito del
mago (1948)
«En mi garaje vive un dragón que escupe fuego
por la boca.» Supongamos (sigo el método de terapia de grupo del psicólogo
Richard Franklin) que yo le hago a usted una aseveración como ésa. A lo mejor
le gustaría comprobarlo, verlo usted mismo. A lo largo de los siglos ha habido
innumerables historias de dragones, pero ninguna prueba real. ¡Qué
oportunidad!
—Enséñemelo —me dice usted.
Yo le llevo a mi garaje.
Usted mira y ve una escalera, latas de pintura vacías y un triciclo viejo, pero
el dragón no está.
—¿Dónde está el dragón? —me pregunta.
—Oh, está
aquí —contesto yo moviendo la mano vagamente—. Me olvidé de decir que es un
dragón invisible.
Me propone
que cubra de harina el suelo del garaje para que queden marcadas las huellas
del dragón.
—Buena idea
—replico—, pero este dragón flota en el aire. Entonces propone usar un sensor
infrarrojo para detectar el fuego invisible.
—Buena
idea, pero el fuego invisible tampoco da calor. Se puede pintar con spray el
dragón para hacerlo visible.
—Buena
idea, sólo que es un dragón incorpóreo y la pintura no se le pegaría.
Y así
sucesivamente. Yo contrarresto cualquier prueba física que usted me propone
con una explicación especial de por qué no funcionará.
Ahora
bien, ¿cuál es la diferencia entre un dragón invisible, incorpóreo y flotante
que escupe un fuego que no quema y un dragón inexistente? Si no hay manera de
refutar mi opinión, si no hay ningún experimento concebible válido contra ella,
¿qué significa decir que mi dragón existe? Su incapacidad de invalidar mi
hipótesis no equivale en absoluto a demostrar que es cierta. Las afirmaciones
que no pueden probarse, las aseveraciones inmunes a la refutación son
verdaderamente inútiles, por mucho valor que puedan tener para inspiramos o
excitar nuestro sentido de maravilla. Lo que yo le he pedido que haga es acabar
aceptando, en ausencia de pruebas, lo que yo digo.
Lo único
que ha aprendido usted de mi insistencia en que hay un dragón en mi garaje es
que estoy mal de la cabeza. Se preguntará, si no puede aplicarse ninguna
prueba física, qué fue lo que me convenció. La posibilidad de que fuera un
sueño o alucinación entraría ciertamente en su pensamiento. Pero entonces ¿por
qué hablo tan en serio? A lo mejor necesito ayuda. Como mínimo, puede ser que
haya infravalorado la falibilidad humana.
Imaginemos
que, a pesar de que ninguna de las pruebas ha tenido éxito, usted desea
mostrarse escrupulosamente abierto. En consecuencia, no rechaza de inmediato la
idea de que haya un dragón que escupe fuego por la boca en mi garaje.
Simplemente, la deja en suspenso. La prueba actual está francamente en contra
pero, si surge algún nuevo dato, está dispuesto a examinarlo para ver si le
convence. Seguramente es poco razonable por mi parte ofenderme porque no me
cree; o criticarle por ser un pesado poco imaginativo... simplemente porque
usted pronunció el veredicto escocés de «no demostrado».
Imaginemos
que las cosas hubieran ido de otro modo. El dragón es invisible, de acuerdo,
pero aparecen huellas en la harina cuando usted mira. Su detector de
infrarrojos registra algo. La pintura del spray revela una cresta dentada en
el aire delante de usted. Por muy escéptico que se pueda ser en cuanto a la
existencia de dragones —por no hablar de seres invisibles— ahora debe
reconocer que aquí hay algo y que, en principio, es coherente con la idea de un
dragón invisible que escupe fuego por la boca.
Ahora otro
guión: imaginemos que no se trata sólo de mí. Imaginemos que varias personas
que usted conoce, incluyendo algunas que está seguro de que no se conocen
entre ellas, le dicen que tienen dragones en sus garajes... pero en todos los
casos la prueba es enloquecedoramente elusiva. Todos admitimos que nos perturba
ser presas de una convicción tan extraña y tan poco sustentada por una prueba
física. Ninguno de nosotros es un lunático. Especulamos sobre lo que
significaría que hubiera realmente dragones escondidos en los garajes de todo
el mundo y que los humanos acabáramos de enterarnos. Yo preferiría que no fuera
verdad, francamente. Pero quizá todos aquellos mitos europeos y chinos
antiguos, sobre dragones no eran solamente mitos...
Es
gratificante que ahora se informe de algunas huellas de las medidas del dragón
en la harina. Pero nunca aparecen cuando hay un escéptico presente. Se plantea
una explicación alternativa:
tras un examen atento,
parece claro que las huellas podían ser falsificadas. Otro entusiasta del
dragón presenta una quemadura en el dedo y la atribuye a una extraña
manifestación física del aliento de fuego del dragón. Pero también aquí hay
otras posibilidades. Es evidente que hay otras maneras de quemarse los dedos
además de recibir el aliento de dragones invisibles. Estas «pruebas», por muy
importantes que las consideren los defensores del dragón, son muy poco
convincentes. Una vez más, el único enfoque sensato es rechazar
provisionalmente la hipótesis del dragón y permanecer abierto a otros datos
físicos futuros, y preguntarse cuál puede ser la causa de que tantas personas
aparentemente sanas y sobrias compartan la misma extraña ilusión.
---ooo---
La magia requiere la
cooperación tácita de la audiencia con el mago: una renuncia al escepticismo o
lo que se describe a veces como la suspensión voluntaria de la incredulidad. De
ello se deduce inmediatamente que, para penetrar en la magia, para descubrir
el truco, debemos dejar de colaborar.
¿Cómo se
puede progresar en este tema cargado de tantas emociones, controvertido y
fastidioso? Los pacientes deberían ejercitar la precaución ante los terapeutas
que deducen o confirman rápidamente abducciones por extraterrestres. Los que
tratan a los abducidos podrían explicar a sus pacientes que las alucinaciones
son normales y que el abuso sexual infantil es bastante común. Podrían tener en
cuenta que ningún cliente está totalmente libre de la contaminación
extraterrestre de la cultura popular. Podrían enseñar escepticismo a sus
clientes. Podrían cargar de nuevo sus propias reservas de escepticismo, que
van disminuyendo.
Las
declaraciones de abducciones por extraterrestres molestan a muchas personas y
en más de un aspecto. El tema es una ventana hacia las vidas internas de
nuestros compañeros. Si mucha gente dice haber sido abducida y no es
verdad, es como para preocuparse. Pero es mucho más preocupante que haya tantos
terapeutas que aceptan esas declaraciones a pies juntillas, prestando una
atención inadecuada a la sugestibilidad de sus pacientes y a las indicaciones
inconscientes de sus interlocutores.
Me
sorprende que haya algunos psiquiatras y otras personas con una mínima
preparación científica, que conocen las imperfecciones de la mente humana, y
que rechacen al mismo tiempo la idea de que esos relatos puedan ser algún tipo
de alucinación o de falsa memoria. Todavía me sorprenden más las afirmaciones
de que la historia de la abducción por extraterrestres es verdadera magia, que
es un desafío a nuestra comprensión de la realidad o que constituye una base
para una visión mística del mundo. O, tal como planteó el asunto John Mack:
«Hay fenómenos lo bastante importantes para que se garantice una investigación
seria, y la metafísica del paradigma científico occidental dominante puede ser
inadecuada para sostener plenamente esta investigación.» En una entrevista con
la revista Time, sigue diciendo:
No sé por qué hay tanto celo por encontrar una
explicación física convencional. No sé por qué la gente tiene tantos problemas
para aceptar simplemente el hecho de que aquí ocurre algo inusual... Hemos
perdido toda la capacidad de conocer un mundo más allá de lo físico.[18]
Pero sabemos que las
alucinaciones surgen por privación sensorial, drogas, enfermedades y fiebres,
falta de sueño REM, cambios en la química cerebral, y así sucesivamente. E
incluso si, como Mack, tomásemos los casos a pies juntillas, sus aspectos notables
(como deslizarse a través de las paredes y otras cosas) son más fácilmente
atribuibles a algo dentro del reino de «lo físico» —tecnología extraterrestre
avanzada— que a la brujería.
Tengo un
amigo que dice que la única cuestión interesante en el paradigma de la
abducción por extraterrestres es: «¿Quién estafa a quién?» ¿Es el cliente
quien engaña al terapeuta, o al revés? No estoy de acuerdo. Para empezar, hay
muchas cuestiones interesantes sobre las declaraciones de abducciones por
extraterrestres. Además, esas dos alternativas no son mutuamente excluyentes.
Durante muchos años me
rondaba algo en la memoria sobre los casos de abducción por extraterrestres.
Por fin lo recordé. Era un libro de 1954 que había leído en la universidad: La
hora de cincuenta minutos. El autor, un psicoanalista llamado Robert
Lindner, había sido llamado por el Laboratorio Nacional de Los Álamos para
tratar a un brillante y joven físico nuclear cuyos delirios estaban empezando a
interferir con su investigación gubernamental secreta. Resultó que el físico
(al que se puso el pseudónimo de Kirk Alien) tenía una vida paralela a la de
crear armas nucleares: confesó que, en el futuro lejano, pilotó (o pilotará...
los tiempos verbales chirrían un poco) una nave espacial interestelar. Le
encantaban las estimulantes aventuras de bravucones en planetas de otras
galaxias. Era «señor» de muchos mundos. A lo mejor allí le llamaban capitán
Kirk. No sólo podía «recordar» esa otra vida; también podía entrar en ella
cuando quería. Sólo con pensar de la manera correcta, deseándolo, podía
transportarse a sí mismo a través de los años luz y de los siglos.
De una manera que yo no podía comprender, solo
con desear que fuera así, había cruzado las inmensidades del espacio, había
salido del tiempo y me había mezclado —llegó a ser así literalmente— con el
ego distante y futuro... No me pidan que lo explique. No puedo, aunque sabe
Dios que lo he intentado.
Lindner le encontró
inteligente, sensible, agradable, educado y perfectamente capaz de enfrentarse
a las vicisitudes humanas cotidianas. Pero, al reflexionar sobre lo excitante
que era la vida entre las estrellas. Alien se había dado cuenta de que estaba
un poco aburrido con su vida en la Tierra, aunque se dedicara a construir armas
de destrucción masiva. Cuando los supervisores de su laboratorio le
amonestaron por distracción y soñolencia, él se disculpó; les aseguró que
intentaría pasar más tiempo en este planeta. Fue entonces cuando se pusieron
en contacto con Lindner.
Alien
había escrito doce mil páginas sobre sus experiencias en el futuro y docenas de
tratados técnicos sobre geografía, política, arquitectura, astronomía,
geología, formas de vida, genealogía y ecología de los planetas de otras
estrellas. Unos cuantos títulos monográficos dan una idea del material: «El
desarrollo cerebral único de los cristópedos de Srom Norba X», «Adoración del
fuego y sacrificio en Srom Sodrat II», «La historia del Instituto Científico
Intergaláctico» y «La aplicación de la teoría de campo unificada y la mecánica
de propulsión estelar al viaje espacial». (Este último es el que me gustaría
ver; al fin y al cabo, según decían. Alien era un físico de primera
categoría.) Fascinado, Lindner estudió detenidamente el material.
Alien no
dio muestras de ninguna timidez a la hora de presentar sus escritos a Lindner
o comentarlos en detalle. Imbatible y formidable intelectualmente, parecía no
ceder ni una pulgada a los servicios psiquiátricos. Cuando falló todo lo demás,
el psiquiatra intentó algo diferente:
Intenté... evitar que pensara que yo entraba
en liza para demostrarle que era un psicótico, que se trataba de una lucha a
muerte sobre la cuestión de su salud mental. En lugar de eso, puesto que era
obvio que tanto su temperamento como su educación eran científicos, me planteé
capitalizar la cualidad que había demostrado durante toda su vida... la
cualidad que le llevó a seguir una carrera científica: su curiosidad... Eso
significaba... que al menos de momento yo «aceptaba» la validez de sus
experimentos... En una oleada súbita de inspiración, se me ocurrió que, para
alejar a Kirk de su locura, era necesario que yo entrase en su fantasía y,
desde esta posición, liberarlo de la psicosis.
Lindner señaló algunas
contradicciones aparentes en los documentos y pidió a Alien que las
resolviera. Para ello, el físico tema que volver a entrar en el futuro con el
fin de encontrar las respuestas. Sin hacerse de rogar, Alien llegaba a la
siguiente sesión con un documento aclarador escrito con su letra. Lindner se
encontró esperando ansiosamente cada entrevista para sentirse cautivado una
vez más por la visión de la abundante vida e inteligencia en la galaxia. Entre
los dos fueron capaces de resolver muchos problemas de coherencia.
Entonces
ocurrió algo extraño: «Los materiales de la psicosis de Kirk y el talón de
Aquiles de mi personalidad se encontraron y encajaron como el engranaje de un
reloj.» El psicoanalista se convirtió en co-conspirador en el delirio de su
paciente. Empezó a rechazar las explicaciones psicológicas de la historia de
Alien. ¿Qué seguridad tenemos de que no pueda ser realmente verdad? Se encontró
a sí mismo defendiendo la idea de que se podía entrar en otra vida, en la de un
viajero del espacio en el futuro lejano, mediante un simple esfuerzo de
voluntad.
A un ritmo sorprendentemente rápido... la
fantasía iba ocupando áreas cada vez más grandes de mi pensamiento... Con la
ayuda de Kirk, asombrado, yo participaba en aventuras cósmicas y compartía la
emoción de aquella extravagancia envolvente que él había maquinado.
Pero, finalmente, ocurrió
algo aún más extraño: preocupado por el bienestar de su terapeuta, y acumulando
una reserva admirable de integridad y coraje, Kirk Alien confesó: lo había
inventado todo. Todo venía de su infancia solitaria y su poco éxito en las relaciones
con las mujeres. Había ensombrecido, y posteriormente olvidado, los límites
entre la realidad y la imaginación. Incorporar detalles plausibles para ir
tejiendo un rico tapiz sobre otros mundos era un desafío emocionante. Se
disculpaba de haber llevado a Lindner por aquel camino de rosas.
—¿Por qué?
—le preguntó el psiquiatra—. ¿Por qué simulaba? ¿Por qué insistía en
decirme...?
—Porque
sentía que debía hacerlo —contestó el físico—. Porque sentía que era lo que
usted quería.
«Kirk y yo intercambiamos los papeles»,
explicó Lindner,
y, en uno de esos desenlaces que hacen de mi
trabajo una dedicación impredecible, maravillosa y llena de compensaciones, la
locura que compartíamos se desmoronó... Utilicé la racionalización del
altruismo clínico para fines personales y de ese modo caí en la trampa que
acecha a todos los terapeutas de la mente incautos... Hasta que Kirk Alien
entró en mi vida, yo nunca había dudado de mi estabilidad. Siempre había
pensado que las aberraciones mentales eran cosa de los otros... Me avergüenza
esta superioridad. Pero ahora, cuando escucho desde mi sillón detrás del diván,
soy consciente de algo nuevo. Sé que la línea que separa el sillón del diván
es muy fina. Sé que, al fin y al cabo, lo que determina finalmente quién debe
tumbarse en el diván y quién debe sentarse detrás no es más que una feliz
combinación de accidentes.
No estoy seguro a partir de
este relato que lo de Kirk Alien fuera realmente una alucinación. Quizá sólo
sufría algún trastorno de personalidad que le hacía deleitarse inventando
historias a expensas de otros. No sé hasta qué punto Lindner puede haber adornado
o inventado parte del relato. Nada sugiere que, cuando escribía sobre
«compartir» y «entrar» en la fantasía de Alien, el psiquiatra se imaginase
viajando hacia el futuro lejano y participando en la gran aventura
interestelar. Tampoco John Mack y los demás terapeutas de abducción por
extraterrestres sugieren que hayan sido abducidos; sólo sus pacientes.
¿Y si el
físico no hubiera confesado? ¿Se habría convencido Lindner a sí mismo, más
allá de toda duda razonable, de que realmente era posible deslizarse a una era
más romántica? ¿Habría dicho que, a pesar de haber empezado como un escéptico,
se había convencido por el peso de la prueba? ¿Podía haberse ofrecido como
experto para asistir a los viajeros del espacio del futuro que están perdidos
en el siglo XX? La existencia de un especialista psiquiátrico así ¿animaría a
otros a tomarse en serio las fantasías o alucinaciones de este tipo? Tras unos
casos similares, ¿habría podido rebatir Lindner todos los argumentos del tipo
de «sé razonable, Bob» y deducir que estaba penetrando en un nuevo nivel de
realidad?
Su
preparación científica ayudó a Kirk Alien a salvarse de la locura. Hubo un
momento en que terapeuta y paciente habían intercambiado sus papeles. A mí me
gusta verlo como el paciente que salva al terapeuta. Quizá John Mack no tuvo
tanta suerte.
----ooo---
Consideremos una aproximación muy diferente a
la búsqueda de extraterrestres: la búsqueda por radio de vida inteligente. ¿En
qué se diferencia de la fantasía y la pseudociencia? En Moscú, a principios de
la década de los sesenta, los astrónomos soviéticos dieron una conferencia de
prensa en la que anunciaron que la intensa emisión de radio de un misterioso
objeto distante llamado CTA-102 variaba regularmente, como una onda sinusoide,
con un período de unos cien días. No se había encontrado antes ninguna fuente
distante periódica. ¿Por qué convocaron una conferencia de prensa para anunciar
un descubrimiento tan misterioso? Porque pensaron que habían detectado una
civilización extraterrestre de poderes inmensos. Sin duda, vale la pena
convocar una conferencia de prensa para eso. La noticia causó una breve
sensación en los medios de comunicación y el grupo de rock de los Byrds
incluso compuso y grabó una canción sobre ello. («CTA-102, we're over here receiving you. / Signals tells us that you 're
there. / We can hear them loud and clear...»)[19]
¿Emisión
de radio desde CTA-102? Sin duda. Pero ¿qué es CTA-102? Hoy sabemos que
CTA-102 es un quasar distante. En aquel momento, la palabra «quasar» ni
siquiera había sido acuñada. Todavía no sabemos muy bien qué son los quasars;
y hay más de una explicación de ellos en la literatura científica. Sin embargo,
ningún astrónomo hoy en día —incluyendo los implicados en aquella conferencia
de Moscú— opina seriamente que un quasar como el CTA-102 es una civilización
extraterrestre a billones de años luz con acceso a inmensos niveles de energía.
¿Por qué no? Porque tenemos explicaciones alternativas de las propiedades de
los quasars que son coherentes con las leyes físicas conocidas y no invocan la
vida extraterrestre. Los extraterrestres representan una hipótesis de último
recurso. Se recurre a ella sólo cuando falla todo lo demás.
En 1967,
científicos británicos encontraron una fuente de radio mucho más cercana que
se encendía y apagaba con precisión asombrosa, con un período constante en diez
o más figuras significativas. ¿Qué era? Su primera idea fue que era un mensaje
para nosotros, o quizá un radiofaro de navegación interestelar y medida del
tiempo para naves que hacen el trayecto entre las estrellas. Incluso le dieron,
entre ellos, en la Universidad de Cambridge, la extraña designación de LGM-1
(iniciales de Little Green Men: hombrecillos verdes).
Sin
embargo fueron más listos que sus colegas soviéticos. No convocaron una
conferencia de prensa. Pronto quedó claro que lo que observaban era lo que
ahora se llama un «pulsar», el primero, el pulsar de la Nebulosa Cangrejo.
Así, ¿qué es un pulsar? Un pulsar es el estado final de una estrella masiva, un
sol encogido hasta el tamaño de una ciudad, con su estructura mantenida de un
modo distinto a las otras estrellas, no por presión de gas ni por degeneración
de electrones sino por fuerzas nucleares. En cierto sentido es un núcleo
atómico de más de diez kilómetros de extensión. Bien, sostengo que eso
es una idea al menos tan extraña como la del radiofaro de navegación
interestelar. La respuesta de lo que un pulsar es tenía que ser algo
terriblemente raro. No es una civilización extraterrestre. Es algo más: pero
un algo más que nos abre los ojos y la mente y nos indica posibilidades
insospechadas en la naturaleza:
Anthony Hewish ganó el
Premio Nobel de Física por el descubrimiento de los pulsares.
El
experimento Ozma original (la primera búsqueda intencional por radio de
inteligencia extraterrestre), el programa META (Megachannel Extraterrestrial
Assay) de la Universidad de Harvard/Sociedad Planetaria, la investigación de
la Universidad Estatal de Ohio, el proyecto SERENDIP de la Universidad de California,
Berkeley, y muchos otros han detectado señales anómalas del espacio que hacen
palpitar un poco el corazón del observador. Por un momento pensamos que hemos
captado una señal genuina de origen inteligente más allá de nuestro sistema
solar. En realidad no tenemos la menor idea de qué es, porque la señal no se
repite. Unos minutos después, al día siguiente, o años después, uno gira el
mismo telescopio hacia el mismo punto del cielo con la misma frecuencia, ancho
de banda, polarización y todo lo demás y no se oye nada. No se deducen, menos
aún se anuncian, extraterrestres. Quizá haya habido una sobretensión electrónica
estadísticamente inevitable, o una disfunción del sistema de detección, o una
nave espacial (de la Tierra), o un avión militar volando y emitiendo por
canales que se suponen reservados para la astronomía por radio. Quizá puede ser
incluso un mecanismo para abrir la puerta del garaje al final de la calle o una
estación de radio a unos cientos de kilómetros. Hay muchas posibilidades. Uno
debe comprobar sistemáticamente todas las alternativas y ver cuáles puede
eliminar. No puede declarar que ha encontrado extraterrestres cuando la única
prueba es una señal enigmática no repetida.
Y, si la
señal se repitió, ¿lo anunciaría entonces a la prensa y al público? No creo.
Quizá alguien le está engañando. Quizá es algo que ocurre en su sistema de
detección y usted no ha sido lo bastante listo para descubrir. Quizá sea una
fuente astrofísica desconocida. Lo que haría es llamar a científicos y otros
observadores de radio y les informaría de que en este punto particular del
cielo, en esta frecuencia y ancho de banda y todo lo demás, parece haber algo
curioso. ¿Les molestaría ver si pueden confirmarlo? Sólo si varios observadores
independientes —todos plenamente conscientes de la complejidad de la naturaleza
y la falibilidad de los observadores— consiguen el mismo tipo de información
del mismo punto en el cielo, podrá usted considerar seriamente que ha
detectado una señal genuina de seres extraterrestres.
Todo esto
implica cierta disciplina. No se puede salir gritando «hombrecillos verdes»
cada vez que detectamos algo que al principio no entendemos porque, si resulta
ser otra cosa, vamos a parecer francamente tontos... como los astrónomos
soviéticos con CTA-102. Es necesario tomar precauciones especiales cuando el precio
es alto. No estamos obligados a dar nuestra opinión hasta que no haya alguna
prueba. Es permisible no estar seguros.
Con
frecuencia me preguntan: «¿Cree usted que hay inteligencia extraterrestre?» Yo
doy los argumentos habituales: hay muchos lugares por ahí fuera, hay moléculas
de vida en todas partes, utilizo las palabras miles de millones, y todo
eso. Entonces digo que me sorprendería muchísimo que no hubiera inteligencia
extraterrestre pero, desde luego, de momento no hay prueba convincente de
ello.
A menudo, a continuación, me
preguntan:
—Pero ¿qué
piensa realmente? Yo digo:
—Le acabo de decir lo que pienso realmente.
—Sí, pero ¿cuál es su sensación visceral?
Pero yo
intento no pensar con las vísceras. Si me planteo entender el mundo con
seriedad, pensar con algo que no sea el cerebro, por tentador que sea, me
puede meter en problemas. Realmente, está bien reservarse el juicio hasta que
se tiene la prueba.
---ooo---
Me haría
muy feliz que los defensores de los platillos volantes y los que creen en
abducciones por extraterrestres tuvieran razón y contáramos con pruebas reales
de vida extraterrestre para poderlas examinar. Sin embargo nos piden que
tengamos fe. Nos piden que los creamos basándonos en la fuerza de sus pruebas.
Sin duda nuestra obligación es examinar la prueba ofrecida al menos con tanta
atención y escepticismo como los astrónomos que buscan señales de radio
extraterrestres.
Ninguna
declaración anecdótica —por muy sincera y profundamente sentida que sea, por
muy ejemplares que sean las vidas de los ciudadanos que la atestiguan— tiene
gran peso en una cuestión tan importante. Como en los casos más antiguos de
ovnis, los relatos anecdóticos están sujetos a error. Eso no es una crítica personal
a los que dicen que han sido abducidos o a los que los interrogan. No equivale
a menospreciar a los supuestos testigos.[20] No es
—o no debería ser— un desprecio arrogante de un testimonio sincero y
conmovedor. Es simplemente una respuesta renuente a la falibilidad humana.
Si se
pueden atribuir los poderes que sea a los extraterrestres —por su avanzada
tecnología—, entonces podemos explicar cualquier discrepancia, incoherencia o
inverosimilitud. Por ejemplo, un académico ufólogo sugiere que tanto, los
extraterrestres como los abducidos se vuelven invisibles durante la abducción
(aunque no lo son entre ellos); ésa es la razón por la que no lo han notado más
vecinos. Este tipo de «explicaciones» que lo pueden explicar todo, en realidad
no explican nada.
Los casos
de la policía americana se concentran en las pruebas y no en anécdotas. Como
nos recuerdan los juicios de brujas europeos, se puede intimidar a los
sospechosos durante el interrogatorio; la gente confiesa crímenes que nunca ha
cometido; los testigos pueden equivocarse. Ese también es el eje de mucha
ficción detectivesca. Pero las pruebas reales, no fabricadas —quemaduras de
pólvora, huellas dactilares, muestras de ADN, pisadas, pelo bajo las uñas de la
víctima que lucha—, tienen mucho peso. Los criminalistas emplean algo muy
parecido al método científico, y por las mismas razones. Así, en el mundo de
los ovnis y abducciones por extraterrestres, es razonable preguntarse: ¿dónde
está la prueba, la prueba real, inequívoca, los datos que convencerían a un jurado
que todavía no ha decidido su opinión?
Algunos
entusiastas arguyen que hay «miles» de casos de tierra «removida» donde se
supone que aterrizaron ovnis, y ¿por qué motivo no se considera suficiente? No
es suficiente porque hay maneras de remover la tierra sin necesidad de
extraterrestres ni ovnis: una posibilidad que aparece fácilmente en la mente es
la de humanos con palas. Un ufólogo me acusa de ignorar «4400 casos de rastros
físicos en 65 países». Pero, que yo sepa, ninguno de esos casos ha sido
analizado, con los resultados publicados en una revista y los artículos
revisados por colegas de física o química, metalurgia o ciencia del suelo que
demuestren que los «rastros» no podían ser generados por personas. Es una
patraña bastante modesta... si se compara, por ejemplo, con los círculos de los
cultivos de Wiltshire.
Además,
las fotografías no sólo se pueden falsificar fácilmente, sino que es indudable
que hay grandes cantidades de fotografías falsas de ovnis. Algunos entusiastas
salen noche tras noche al campo en busca de luces brillantes en el cielo.
Cuando ven una, encienden sus flashes. A veces, dicen, hay un relámpago de respuesta.
Bueno, quizá. Pero los aviones de baja altitud hacen señales luminosas
en el cielo y los pilotos, si lo desean, pueden devolver un destello con sus
luces. Nada de eso constituye algo parecido a una prueba seria.
¿Dónde
está la prueba física? Como en las declaraciones de abuso ritual satánico (y
como eco de las «marcas del diablo» en los juicios de brujas), la prueba física
más común apuntaba a cicatrices y «marcas de cuchara» en el cuerpo de los
abducidos, que dicen no tener conocimiento de dónde proceden sus cicatrices.
Pero este punto es clave: si generar cicatrices entra dentro de la capacidad humana,
no pueden ser pruebas físicas convincentes de abuso por extraterrestres.
Ciertamente, hay trastornos psiquiátricos bien conocidos en los que la gente
se hace marcas, se corta, se araña y se mutila a sí misma (o a otros). Y
algunos de nosotros con umbrales altos de dolor y poca memoria podemos herirnos
accidentalmente sin que nos quede ningún recuerdo del acontecimiento.
Una
paciente de John Mack declara que tiene cicatrices por todo el cuerpo que dejan
totalmente perplejos a sus médicos. ¿Cómo son? Oh, no puede enseñarlas; como en
la persecución de brujas, están en lugares íntimos. Mack lo considera una
prueba irrefutable. ¿Ha visto él las cicatrices? ¿Podríamos contar con fotografías
de las cicatrices tomadas por un médico escéptico? Mack dice que conoce a un
tetrapléjico con marcas de cuchara y considera que eso es una reductio ad
absurdum de la posición escéptica; ¿cómo puede hacerse las cicatrices un
tetrapléjico? El argumento sólo es bueno si el tetrapléjico está herméticamente
encerrado en una habitación a la que no tiene acceso ningún otro ser humano.
¿Podemos ver sus cicatrices? ¿Puede examinarlo un médico imparcial? Otra
paciente de Mack dice que los extraterrestres le han estado quitando óvulos
desde que alcanzó la madurez sexual y que su sistema reproductivo tiene
desconcertado a su ginecólogo. ¿Es tanto el desconcierto como para enviar un
artículo de investigación a The New England Journal of Medicine'7
Por lo visto no.
Luego
tenemos el hecho de que uno de sus pacientes lo había inventado todo, como
informó la revista Time, y Mack no tenía ni idea. Se tragó anzuelo,
línea y plomada. ¿Cuáles son sus niveles de escrutinio clínico? Si pudo ser
engañado por un paciente, ¿cómo sabemos que no le ocurrió lo mismo con todos?
Mack habla
de estos casos, los «fenómenos», como si plantearan un desafío fundamental al
pensamiento occidental, a la ciencia, a la propia lógica. Probablemente, dice,
las entidades abductoras no son seres extraterrestres de nuestro propio
universo, sino visitantes de «otra dimensión». Aquí hay un pasaje típico y
revelador de su libro:
Cuando los abducidos llaman «sueños» a sus
experiencias, cosa que hacen a menudo, un escrutinio atento puede revelar que
eso podría ser un eufemismo para encubrir lo que están seguros de que no puede
ser, es decir, un acontecimiento del que no despertaron que ocurrió en otra
dimensión.
Ahora bien, la idea de otras dimensiones no
surgió del cerebro del ufólogo de la Nueva Era, sino que es parte integrante de
la física del siglo XX. Desde la relatividad general de Einstein, una verdad
de la cosmología es que el espacio-tiempo está doblado o curvado a través de
una dimensión física más alta. La teoría de Kaluza-Klein postula un universo de
once dimensiones. Mack presenta una idea totalmente científica como la clave de
«fenómenos» que están más allá del alcance de la ciencia.
Sabemos
cómo se vería un objeto de otra dimensión al encontrarse con nuestro universo
tridimensional. Para mayor claridad, bajemos a una dimensión: una manzana que
pasa a través de un plano debe cambiar la forma tal como la perciben los seres
bidimensionales confinados al plano. Primero parece ser un punto, luego
secciones de manzana mayores, luego menores, otra vez un punto... y finalmente,
¡puf!, desaparece. De modo similar, un objeto cuatridimensional o más —siempre
que no sea una figura muy sencilla como un hipercilindro pasando a través de
tres dimensiones a lo largo de su eje— alterará violentamente su geometría
mientras lo veamos atravesar nuestro universo. Si los extraterrestres fueran
definidos sistemáticamente como seres que cambian de forma, al menos podría
entender que Mack pudiera seguir con la idea de un origen de otra dimensión.
(Otro problema es intentar entender lo que significa un cruce genético entre
un ser tridimensional y uno cuatridimensional. ¿Los descendientes serán de la
dimensión tres y media?)
Lo que
Mack quiere decir realmente cuando habla de seres de otras dimensiones es que
—a pesar de las descripciones ocasionales de sus pacientes de las experiencias
como sueños y alucinaciones— no tiene ni la más remota idea de qué son. Pero
es significativo que, cuando intenta describirlas, busca la física y las
matemáticas. Quiere las dos cosas: el lenguaje y la credibilidad de la ciencia,
pero sin verse ligado por sus métodos y normas. Parece no darse cuenta de que
la credibilidad es una consecuencia del método.
El
principal desafío que plantean los casos de Mack es el ya viejo problema de
cómo enseñar más amplia y profundamente el pensamiento crítico en una sociedad
—que incluye a los profesores de psiquiatría de Harward— impregnada de
credulidad. La idea de que el pensamiento crítico es el último capricho de
Occidente es una tontería. Si uno compra un coche usado en Singapur o Bangkok
—o un carro usado en la antigua Susa o Roma— le servirán las mismas
precauciones que en Cambridge, Massachusetts.
Cuando uno
compra un coche usado desea creer de todo corazón lo que le dice el vendedor:
«¡Tanto coche por tan poco dinero!» Y, en cualquier caso, cuesta trabajo ser
escéptico; se ha de saber algo sobre coches y es desagradable que el vendedor
se enfade con uno. A pesar de todo, sin embargo, uno reconoce que el vendedor
podría tener un motivo para ocultar la verdad y ha oído hablar de engaños a
otros en situaciones similares. Por tanto, da una patada a los neumáticos,
mira bajo la capota, da una vuelta con él, hace preguntas perspicaces. Incluso
podría ir acompañado de un amigo con conocimientos de mecánica. Uno sabe que se
necesita cierto escepticismo. Y es comprensible. Suele haber al menos un
pequeño grado de confrontación hostil en la compra de un coche usado y nadie
dice que sea una experiencia especialmente alegre. Pero, si no se ejercita
cierto escepticismo mínimo, si uno tiene una credulidad absolutamente
ilimitada, más adelante tendrá que pagar el precio. Entonces se lamentará de no
haber hecho antes una pequeña inversión de escepticismo.
Muchas
casas de Norteamérica tienen ahora sistemas de alarma moderadamente
sofisticados contra los ladrones, incluyendo sensores infrarrojos y cámaras
que se disparan con el movimiento. Una cinta de vídeo auténtica, con la hora y
la fecha indicados, que mostrase una incursión de extraterrestres
—especialmente cuando atraviesan las paredes— podría ser una prueba muy buena.
Si millones de americanos han sido abducidos, ¿no es raro que ni uno de ellos
viva en una casa así?
Algunas
mujeres, según cuenta la historia, son fecundadas con esperma de uno o varios
extraterrestres; a continuación, éstos retiran el feto. Se habla de números
ingentes de casos de este tipo. ¿No es raro que no se haya visto nunca nada
anómalo en las ecografías habituales de estos fetos, o en la amniocentesis, y
que nunca haya habido un aborto que fuera un híbrido extraterrestre? ¿O es que
los médicos son tan idiotas que echan una ojeada al feto, ven que es medio
humano y medio extraterrestre y pasan al siguiente paciente? Una epidemia de
fetos perdidos es algo que sin duda causaría revuelo entre ginecólogos,
comadronas, enfermeras de obstetricia, especialmente en una época de intensa
conciencia feminista. Pero no se ha producido ni una sola denuncia médica que
dé credibilidad a esas informaciones.
Algunos
ufólogos consideran un punto significativo, que mujeres que declaran
inactividad sexual acaben embarazadas y atribuyan su estado a la fecundación
extraterrestre. Un buen número de ellas parecen ser adolescentes. Creer sus
historias a pies juntillas no es la única opción al alcance del investigador
serio. Sin duda, es fácil entender por qué, en la angustia de un embarazo no
deseado, una adolescente que vive en una sociedad inundada de relatos de
visitas extraterrestres pueda inventar una historia así. También aquí hay
posibles antecedentes religiosos.
Algunos
secuestrados dicen que les hicieron pequeños implantes, quizá metálicos, en el
cuerpo: por la nariz, por ejemplo. Esos implantes, según los terapeutas de
extraterrestres, a veces se sueltan accidentalmente, pero «excepto en algunos
casos, el artefacto se ha perdido o eliminado». Esos abducidos parecen tener
una falta de curiosidad pasmosa. A uno le cae un objeto extraño —posiblemente
un transmisor que envía datos telemétricos sobre el estado de su cuerpo a una
nave espacial extraterrestre en algún lugar de la Tierra— de la nariz, lo
examina vagamente y lo tira a la basura. Algo así, nos dicen, ocurre en la
mayoría de los casos de abducción.
Los
expertos han sacado y examinado algunos «implantes» de ese tipo. No se ha
confirmado que ninguno de ellos fuera de manufactura extraterrestre. Ningún
componente está hecho con isótopos inusuales, a pesar de saberse que otras
estrellas y otros mundos están constituidos por proporciones isotópicas
diferentes a las de la Tierra. No hay metales de la «isla de estabilidad»
transuránica, donde los físicos creen que debería haber una nueva familia de
elementos químicos no radiactivos desconocidos en la Tierra.
El caso
que los entusiastas de las abducciones consideraban el mejor era el de Richard
Price, que afirmaba que los extraterrestres le abdujeron cuando tenía ocho
años y le implantaron un pequeño artefacto en el pene. Un cuarto de siglo
después, un médico confirmó la existencia de un «cuerpo extraño» allí. Ocho
años después, el objeto cayó. De apenas un milímetro de diámetro y
cuatro de longitud, fue examinado con atención por científicos del MIT y el
hospital General de Massachusetts. ¿Su conclusión? Colágeno formado por el
cuerpo en puntos de inflamación más fibras de algodón de los calzoncillos de
Price.
El 28 de
agosto de 1995, las estaciones de televisión propiedad de Rupert Murdoch
emitieron lo que según decían era la autopsia de un extraterrestre muerto
tomada en película de 16 milímetros. Patólogos enmascarados con modelos
anticuados de trajes de protección contra la radiación (con ventanas de vidrio
rectangulares para mirar fuera) abrieron a una figura de ojos grandes y doce dedos
y le examinaron los órganos internos. Aunque la película estaba desenfocada en
muchos momentos y la visión del cadáver bloqueada a menudo por los humanos que
lo rodeaban, algunos espectadores consideraron que el efecto era escalofriante.
El Times de Londres, también propiedad de Murdoch, no sabía cómo enfocarlo,
aunque citaba a un patólogo que creía que la autopsia había sido realizada con
una celeridad impropia y poco realista (aunque ideal para verla por
televisión). Se dijo que había sido rodada en México en 1947 por un
participante, que tenía a la sazón más de ochenta años y deseaba guardar el
anonimato. Lo que pareció ser el argumento decisivo fue el anuncio de que la
cabecera de la película (los primeros metros) contenía información codificada
que Kodak, el fabricante, fechaba en 1947. Sin embargo, resulta que no se
presentó a Kodak toda la película, sino sólo la cabecera cortada. Es evidente
que se podía haber cortado de un noticiario de 1947, de los que hay un
abundante archivo en América, y que la «autopsia» podría haber sido
escenificada y filmada por separado y recientemente. Hay una huella de dragón,
de acuerdo, pero falsificable. Si es una broma, no requiere mucha más
inteligencia que los círculos del cultivo y el documento MJ-12.
En ninguna
de estas historias hay nada que sugiera con fuerza un origen extraterrestre.
Ciertamente no hay ninguna recuperación de maquinarias ingeniosas que superen
en mucho la tecnología actual. Ningún abducido ha hurtado una página del
cuaderno de bitácora o un instrumento de examen ni ha tomado una fotografía auténtica
del interior de la nave o ha vuelto con información científica detallada y
verificable de la que no se disponía hasta ahora en la Tierra. ¿Por qué no?
Esas carencias deben decirnos algo.
Desde
mediados del siglo XX, los que proponen la hipótesis extraterrestre nos han
asegurado que tenían pruebas físicas —ni mapas de estrellas recordados de hace
años ni cicatrices ni tierra removida, sino tecnología extraterrestre real— a
mano. Se iba a publicar el análisis de un momento a otro. Esas declaraciones se
remontan a la época de la antigua patraña del platillo accidentado de Newton y
GeBauer. Han pasado ya algunas décadas y seguimos esperando. ¿Dónde están los
artículos publicados en la literatura científica, en las revistas de metalurgia
y cerámica, en las publicaciones del Instituto de Ingeniería Eléctrica y
Electrónica, en Science o Nature
Un
descubrimiento así sería impactante. Si hubiera artefactos reales, los físicos
y los químicos lucharían por el privilegio de descubrir que hay
extraterrestres entre nosotros, que usan, por ejemplo, aleaciones desconocidas
o materiales de una resistencia, ductilidad o conductividad extraordinarias.
Las implicaciones prácticas de un descubrimiento así —además de la confirmación
de una invasión extraterrestre— serían inmensas. Los científicos viven para
hacer descubrimientos como éste. Su ausencia debe decirnos algo.
---ooo---
Mantener
la mente abierta es una virtud... pero, como dijo una vez el ingeniero espacial
James Oberg, no tan abierta como para permitir que a uno se le caiga el
cerebro. Desde luego, debemos estar dispuestos a cambiar de idea cuando nuevas
pruebas lo exijan. Pero la prueba tiene que ser convincente. No todas las declaraciones
tienen el mismo mérito. El nivel de las pruebas en la mayoría de los casos de
abducción por extraterrestres es aproximadamente el que se encuentra en los
casos de la aparición de la Virgen María en la España medieval.
El pionero
del psicoanálisis Carl Gustav Jung tenía muchas cosas que decir con sensatez en
temas de este tipo. Argüía explícitamente que los ovnis eran una especie de
proyección de la mente inconsciente. En un comentario sobre regresión y lo que
hoy se llama «canalización», escribió:
Podemos perfectamente... tomarlo como un
simple informe de hechos psicológicos o una serie continua de comunicaciones
desde el subconsciente... Eso es algo que tienen en común con los sueños;
porque los sueños también son declaraciones sobre el inconsciente... El estado
actual de la cuestión nos da razón suficiente para esperar tranquilamente
hasta que aparezcan fenómenos físicos más impresionantes. Si, después de dejar
un margen para la falsificación consciente o inconsciente, el autoengaño, los
prejuicios, etc., encontráramos todavía algo positivo tras ellos, las ciencias
exactas conquistarían sin duda este campo mediante experimento y verificación,
como ha ocurrido en todos los demás reinos de la experiencia humana.
Sobre los que aceptan un testimonio así a pies juntillas, decía:
Esas personas carecen no sólo de actitud
crítica sino del conocimiento más elemental de psicología. En el fondo no
quieren que se les enseñe nada, sólo quieren seguir creyendo... una presunción
sin duda de lo más inocente en vista de nuestros defectos humanos.
Quizá algún día haya un caso
de ovni o de abducción por extraterrestres que esté bien atestiguado,
acompañado de pruebas físicas irrebatibles y sólo explicable en términos de
visita extraterrestre. Es difícil pensar en un descubrimiento más importante.
Hasta ahora, de momento, no ha habido casos así, nada parecido. El dragón
invisible, hasta ahora, no ha dejado huellas que no sean falsificables. ¿Qué es
pues más probable: que estemos sometidos a una invasión masiva pero ignorada en
general de extraterrestres que cometen abusos sexuales o que la gente
experimente algún estado mental interno poco familiar que no entiende? Debe
admitirse que somos muy ignorantes tanto en lo referente a los seres
extraterrestres, si los hay, como en lo que toca a psicología humana. Pero si
estas dos fueran realmente las únicas alternativas, ¿cuál elegiría usted?
Y si los
relatos de abducción por extraterrestres tratan principalmente de fisiología
del cerebro, alucinaciones, memorias distorsionadas de la infancia y bromas,
¿no tenemos ante nosotros un asunto de suprema importancia que afecta a
nuestras limitaciones, la facilidad con que podemos ser desorientados y
manipulados, la modelación de nuestras creencias e incluso quizá los orígenes
de nuestras religiones? Hay un genuino filón científico en los ovnis y las
abducciones por extraterrestres... pero creo que el carácter que los distingue
es casero y terrestre.
CAPÍTULO 11
... ¡ay!, qué
ajenas son, las calles de la ciudad de la aflicción.
rainer maría rilke,
«La décima elegía» (1923)
En la
revista Parade de 7 de marzo de 1993 se publicó un pequeño sumario del
argumento de los siete capítulos precedentes. Me sorprendió la cantidad de
cartas que generó, lo apasionado de las respuestas y la agonía que se asociaba
con esa extraña experiencia... sea cual sea su verdadera explicación. Los
relatos de abducción por extraterrestres proporcionan una ventana inesperada
para ver las vidas de algunos compatriotas nuestros. Unos corresponsales
razonaban, otros aseveraban, otros arengaban, otros estaban francamente
perplejos, otros profundamente turbados.
El
artículo también se interpretó bastante mal. Un invitado a un programa de
televisión, Geraldo Rivera, anunció esgrimiendo un ejemplar de Parade
que yo creía que recibíamos visitas. Un crítico de vídeos del Washington
Post me citó diciendo que había una abducción cada pocos segundos,
ignorando el tono irónico y la frase siguiente («Es sorprendente que no lo
hayan notado más vecinos»). Raymond Moody destacó en el New Age Journal
y en la introducción de su libro Encuentros mi descripción
(capítulo 6) de que en ocasiones me parecía oír las voces de mis padres muertos
—lo que describí como «un recuerdo lúcido»— como prueba de que «sobrevivimos» a
la muerte. El doctor Moody ha dedicado la vida a buscar pruebas de vida después
de la muerte. Si mi testimonio es digno de ser citado, creo que está claro que
no ha encontrado gran cosa. Muchos corresponsales llegaron a la conclusión de
que, como yo había trabajado en la posibilidad de vida extraterrestre, debía de
«creer» en los ovnis; o, a la inversa, que si me mostraba escéptico ante los
ovnis, debía suscribir la creencia absurda de que los humanos son los únicos
seres inteligentes del universo. Hay algo en este tema que no parece propiciar
la claridad de pensamiento.
Aquí, sin más comentarios, hay una muestra
representativa de mi correo sobre el tema:
• Me pregunto cómo pueden
describir nuestros animales sus encuentros con nosotros. Ven un objeto grande
flotante que hace un terrible estruendo sobre ellos. Empiezan a correr y
sienten un dolor agudo en el costado. De pronto caen al suelo... Se acercan
varias criaturas humanas cargadas con instrumentos de aspecto extraño. Te
examinan los órganos sexuales y los dientes. Te colocan una red debajo y luego
te elevan por el aire con un extraño mecanismo. Después de todas las
revisiones, te sujetan un objeto de metal extraño en la oreja. Entonces, tan
repentinamente como habían aparecido, desaparecen. Al rato, se recupera el
control muscular y la pobre criatura desorientada sale tambaleándose hacia el
bosque, sin saber [si] lo que acaba de suceder es una pesadilla o una realidad.
• De
pequeña me violaron. Durante la convalecencia dibujé muchos «seres espaciales»
y sentí muchas veces que me vencían y me reducían, y la sensación de haber
dejado mi cuerpo flotando por la habitación. Ningún relato de abducidos es una
gran sorpresa para alguien que ha vivido algún tipo de abuso sexual en la infancia.
Créame, preferiría culpar del abuso a un extraterrestre del espacio que tener
que afrontar la verdad de lo que me pasó con adultos en los que en principio
podía confiar. Me saca de mis casillas oír hablar a mis amigos de sus
recuerdos como si hubieran sido abducidos por extraterrestres... ¡No dejo de
decirles que eso es adoptar un papel esencial de víctimas en el que como
adultos no tenemos poder cuando esos hombrecitos grises se nos acercan
mientras dormimos! Eso no es real. El papel esencial de la víctima es el que
se da entre un padre abusivo y la niña victimizada.
• No sé si
esa gente son una especie de demonios o si verdaderamente no existen. Mi hija
dice que le pusieron sensores en el cuerpo cuando era pequeña. No sé...
Tenemos las puertas cerradas y con pestillo y realmente estoy asustada. No
tengo dinero para enviarla a un buen médico y, por culpa de todo eso, no puede
trabajar... Mi hija oye una voz en una cinta. Esos salen por la noche y se
llevan niños para abusar sexualmente de ellos. Si no haces lo que dicen, alguien
de tu familia sufrirá. ¿Quién podría hacer daño a niños pequeños estando en
sus cabales? Saben todo lo que se dice en la casa... Alguien dijo hace mucho,
mucho tiempo que alguien había echado una maldición a nuestra familia. Si es
así, ¿cómo se elimina la maldición? Sé que todo eso parece extraño y raro, pero
créame que asusta.
• ¿Cuántas
hembras humanas que tuvieron la desgracia de ser violadas tuvieron la
previsión de cogerle el carnet de identidad a su atacante, una fotografía del
violador o cualquier otra cosa que pudiera ser usada como prueba para alegar
una violación?
• Está
claro que a partir de ahora voy a dormir con mi Polaroid al lado con la
esperanza de poder aportar la prueba necesaria la próxima vez que me
abduzcan... ¿Por qué son los abducidos los que deben demostrar lo que ocurre?
• Soy una
prueba viviente de la afirmación de Carl Sagan sobre la posibilidad de que las
abducciones por extraterrestres ocurran en la mente de personas que sufren
parálisis de sueño. Creen ciertamente que es real.
• ¡En el
2001, naves espaciales de los treinta y tres planetas de la Confederación
Interplanetaria aterrizarán en la Tierra cargadas con treinta y tres mil
hermanos! ¡Son maestros y científicos extraterrestres que nos ayudarán a
ampliar nuestra comprensión de la vida interplanetaria, ya que nuestro planeta
Tierra se convertirá en el miembro número treinta y tres de la Confederación!
• Se trata
de un terreno que plantea un desafío grotesco... estudié los ovnis durante más
de veinte años. Al final acabé desencantado por el culto y los grupos
marginales del culto.
• Soy una
abuela de cuarenta y siete años que ha sido víctima de este fenómeno desde la
más tierna infancia. No lo acepto —nunca lo he hecho— a pies juntillas. No
declaro —nunca lo he hecho— entender qué es... aceptaría gustosamente un
diagnóstico de esquizofrenia o cualquier otra patología comprensible a cambio
de esta desconocida... Estoy totalmente de acuerdo en que la falta de una
prueba física es de lo más frustrante, tanto para las víctimas como para los
investigadores. Lamentablemente, la presentación de pruebas se ve dificultada
en extremo por el modo en que son abducidas las víctimas. A menudo se me llevan
con el camisón (que después me quitan) o ya desnuda. En estas condiciones es
casi imposible esconder una cámara... Me he despertado con cuchilladas
profundas, heridas cosidas, pieles levantadas, lesiones en los ojos, la nariz y
las orejas sangrando, quemaduras y marcas de dedos que duran unos días después
del hecho. Me he sometido a revisiones de médicos cualificados, pero ninguno ha
podido dar una explicación satisfactoria. No se trata de una automutilación,
no son estigmas... Le ruego que recuerde que la mayoría de los abducidos
afirman no haber tenido interés en los ovnis anteriormente (yo soy una de
ellos), que no tenían un historial de abusos en la infancia (yo tampoco), que
no desean publicidad o notoriedad (yo tampoco) y, en realidad, han hecho un
gran esfuerzo para evitar reconocer la implicación que fuera, presumiendo que
están experimentando una depresión nerviosa u otro trastorno psicológico (como
yo). De acuerdo, muchos de los que se proclaman abducidos (y contactados)
buscan publicidad para ganar dinero o para satisfacer su necesidad de atención.
Yo sería la última en negar que esa gente existe. Lo que niego es que todos los abducidos se imaginen o
falsifiquen estos acontecimientos para colmar sus propias aspiraciones
personales.
• Los ovnis no existen. Creo
que eso exige una fuente de energía eterna, y eso no existe... He hablado con
Jesús. El comentario de la revista Parade es muy destructivo y disfruta
asustando a la sociedad, le ruego que piense con la mente más abierta porque
nuestros seres inteligentes de espacios exteriores existen y son nuestros creadores...
Yo también fui abducido. Para ser sincero, esos seres queridos me han hecho
más bien que mal. Me han salvado la vida... ¡El problema de los seres de la
Tierra es que quieren pruebas, pruebas y más pruebas!
• En la Biblia se habla de
cuerpos terrestres y celestiales. Eso no
equivale a decir que Dios aprueba el abuso sexual o que estamos locos.
• Tengo una fuerte telepatía
desde hace ya veintisiete años. No recibo, transmito... Vienen ondas de alguna
parte del espacio exterior que rebotan en mi cabeza y me transmiten
pensamientos, palabras e imágenes de la cabeza de cualquier persona al
alcance... Me aparecen imágenes en la cabeza que yo no puse ahí, y se
desvanecen con la misma rapidez. Los sueños dejan de ser sueños para parecerse
más a producciones de Hollywood... Son criaturas listas y no cederán... Quizá
esos enanitos sólo quieren comunicarse... Si finalmente toda esa presión me
hace volver psicótico —o tengo otro infarto—, desaparecerá conmigo la última
prueba segura de que existe vida en el espacio.
• Creo que he encontrado una
explicación científica terrestre plausible para las numerosas denuncias de
ovnis. [El escritor se pone aquí a comentar los rayos de bola.] Si le gusta lo
que escribo, ¿me podría ayudar a publicarlo?
• Sagan se niega a tomar en
serio lo que dicen las víctimas de cualquier cosa que la ciencia del siglo XX no pueda explicar.
• Ahora los lectores tendrán
la libertad de tratar a los abducidos... como si no fueran víctimas de una
simple ilusión. Los abducidos sufren el mismo tipo de trauma que una víctima de
violación, y ver que las personas que tienen más cerca rechazan sus experiencias
es una segunda victimización que los deja sin sistema de apoyo. Es difícil
encajar un encuentro con extraterrestres; la víctima necesita apoyo, no
racionalizaciones.
• Mi amigo Frankie quiere que
al volver le traiga un cenicero o una caja de cerillas, pero creo que,
probablemente, esos visitantes son demasiado inteligentes para fumar.
• Tengo la sensación de que
el fenómeno de la abducción por extraterrestres es poco más que una secuencia
de sueños recuperada indirectamente del almacén de la memoria. No hay más
hombrecitos verdes ni platillos volantes que imágenes de las cosas que tenemos
almacenadas en nuestro cerebro.
• Cuando los supuestos
científicos conspiran para censurar e intimidar a los que se esfuerzan por
ofrecer nuevas hipótesis perspicaces sobre teorías convencionales... deberían
dejar de ser considerados científicos para ser los impostores inseguros que son
realmente y que sólo se sirven a sí mismos a... Con el mismo criterio, ¿debemos
seguir creyendo también que J. Edgar Hoover fue un buen director del FBI y no
la herramienta homosexual del crimen organizado que era?
• Su conclusión de que una
gran cantidad de personas de este país, quizá tantas como cinco millones, son
víctimas de una alucinación masiva idéntica es estúpida.
• Gracias al Tribunal
Supremo... América está abierta de par en par a las religiones paganas
orientales, bajo los auspicios de Satanás y sus demonios, y ahora tenemos unos
seres grises de un metro que secuestran a los terrícolas y realizan toda suerte
de experimentos con ellos, y estas ideas son propagadas por personas con una
educación superior a su inteligencia y que deberían saber más... Su pregunta
[«¿Nos visitan?»] no es ningún problema para los que conocemos la
palabra de Dios, somos cristianos renacidos y buscamos a nuestro Redentor en
los cielos para que nos salve de este mundo de pecado, enfermedad, guerra,
sida, crimen, aborto, homosexualidad, adoctrinamiento de la Orden
Nueva-Era-Nuevo-Mundo, lavado de cerebro de los medios de comunicación, perversión
y subversión en el gobierno, educación, negocios, finanzas, sociedad, religión,
etc. Los que rechazan al Dios Creador de la Biblia están condenados a creer el
tipo de cuentos de hadas que su artículo trata de propagar como cierto.
• Si no hay razón para tomar
en serio el asunto de las visitas extraterrestres, ¿por qué es el tema más
reservado del gobierno de Estados Unidos?
• Quizá alguna raza
extraterrestre mucho más antigua, de un sistema estelar relativamente
deficiente en metales, intenta prolongar su existencia apoderándose de un mundo
mejor y más joven y mezclándose con sus habitantes.
• Si me gustaran las
apuestas, apostaría que su buzón debe de rebosar de historias como la que
acabo de relatar. Sospecho que lo psíquico [la psique] presenta esos demonios
y ángeles, luces y círculos como parte de nuestro desarrollo. Son parte de
nuestra naturaleza.
• La ciencia se ha convertido
en la «magia que funciona». Los ufólogos son herejes que deberían ser
excomulgados o quemados en la hoguera.
• [Varios lectores
escribieron para decir que los extraterrestres eran demonios enviados por
Satanás, que es capaz de nublarnos la mente. Una propone que el insidioso
propósito satánico es que nos preocupemos por una invasión extraterrestre de
modo que cuando Jesús y sus ángeles aparezcan sobre Jerusalén, en lugar de
ponernos contentos nos asustemos.] Espero que no me despache [escribe ella]
como otra chiflada religiosa. Soy bastante normal y conocida en mi pequeña
comunidad.
• Usted, señor, está en
posición de hacer dos cosas: saber algo de las abducciones y encubrirlo, o
sentir que, como no ha sido abducido (a lo mejor no están interesados en
usted), no ocurren.
• [Se celebró] un juicio por
traición contra el presidente y el Congreso de Estados Unidos por un pacto
realizado a principios de la década de los cuarenta con los extraterrestres,
que posteriormente se mostraron hostiles... El pacto acordaba proteger el
secreto de los extraterrestres a cambio de parte de su tecnología [aeronaves
invisibles para el radar y fibras ópticas, revela otro corresponsal].
• Algunos
de esos seres son capaces de interceptar el cuerpo espiritual cuando viaja.
• Me comunico con un ser
extraterrestre. Esta comunicación empezó a principios de 1992. ¿Qué más puedo
decir?
• Los extraterrestres pueden
estar uno o dos pasos por delante del pensamiento de los científicos y saben
cómo pueden dejar tras ellos claves insuficientes que puedan satisfacer a los
del tipo de Sagan, hasta que la sociedad esté mejor preparada mentalmente para
enfrentarse a todo ello... Quizá usted comparta la opinión de que si lo que
ocurre con respecto a ovnis y extraterrestres se creyera real, sería demasiado
traumático pensar en ello. Sin embargo... se han manifestado desde hace unos
5000-15000 años o más, cuando estuvieron aquí durante largos períodos
engendrando la mitología de dioses y diosas de todas las culturas. Y a fin de
cuentas, en todo ese tiempo no han ocupado la Tierra; no nos han dominado ni
echado de ella.
• El Homo sapiens se
modeló genéticamente, creado inicialmente como sustituto de trabajadores y
criados de los dioses del cielo
(dingir/elohim/ anunnaki).
• La explosión que vio la
gente era carburante de hidrógeno de un crucero de las estrellas que tenía que
aterrizar en el norte de California... La gente que iba en el crucero se
parecía a Mr. Spock de la serie de televisión «Star Trek».
• Tanto si son del siglo XV
como del XX, hay
un hilo común en todos estos informes. Los individuos que han experimentado
traumas sexuales tienen grandes dificultades para entenderlos y aceptarlos, Los
términos que usan para describir las alucinaciones [resultantes] pueden ser
incoherentes e incomprensibles.
• Encontramos que no somos
tan inteligentes como creíamos, aunque todavía somos testarudos y nuestro mayor
pecado es el orgullo. Y ni siquiera sabemos que nos están llevando a Harmagedón*.
La estrella señalaba una pequeña cabaña, atravesó el cielo guiando a los
sabios hacia aquella cabaña, asustó a los pastores con las palabras «No
temáis». Su proyector era la gloria de Dios de Ezequiel, la luz de Pablo que
temporalmente le cegó... Era el barco en que unos pequeños hombrecitos se
llevaron al viejo Rip, hombrecitos llamados duendes, hadas, elfos, esas
«creaciones» de creadores que tienen deberes específicos... El Pueblo de Dios
todavía no está preparado para darse a conocer a nosotros. Primero, Harmagedón,
luego, cuando ya sepamos, podremos
ir solos. Cuando seamos humildes, cuando no les disparemos. Dios volverá.
• La respuesta a esos
extraterrestres del espacio exterior es sencilla. Vienen del hombre. Del hombre
que usa drogas con la gente. En instituciones mentales de todo el país hay
gente que no tiene control sobre sus emociones y comportamiento. Para
controlarlos, les dan una variedad de fármacos antipsicóticos... Si uno toma
fármacos a menudo... empieza a tener lo que se llama «filtraciones»: aparecen
imágenes como un flash en la mente de personas con aspecto extraño que se
acercan a tu cara. Así empieza la búsqueda de la respuesta de qué le han hecho
a uno los extraterrestres. Será uno de los miles de abducidos por ovnis. La
gente le llamará loco. La razón de las extrañas criaturas es que la torazina
distorsiona la visión del subconsciente... Se rieron del escritor, le ridiculizaron,
amenazaron su vida [por presentar esas ideas].
• La hipnosis prepara la
mente para la invasión de demonios, diablos y hombrecitos grises. Dios quiere
que vayamos vestidos y con la mente sana... Todo lo que puedan hacer sus
«hombrecitos grises», ¡Cristo puede hacerlo mejor!
• Espero no sentirme nunca
tan superior como para no reconocer que la Creación no está limitada a mí misma
sino que abarca al universo y todas sus entidades.
• En 1977, un ser celestial
me habló de una lesión que tuve en 1968 en la cabeza.
• [Una carta de un hombre que
tuvo veinticuatro encuentros distintos con] un vehículo flotante en forma de
platillo silencioso [y que en consecuencia] experimentó un desarrollo
progresivo y una ampliación de funciones mentales como la clarividencia, la
telepatía y la estimulación [canalización] de la energía de vida universal con
el objetivo de curar.
• A lo largo de los años he
visto y hablado con «fantasmas», he recibido la visita de extraterrestres
(aunque de momento no me han abducido), he visto cabezas tridimensionales
flotando junto a mi cama, he oído llamar a mi puerta... Esas experiencias
parecían reales como la vida misma. Nunca había pensado en estas experiencias
como algo más de lo que son en realidad: un juego de mi pensamiento.[21]
• Una alucinación podría
explicar el 99% de los casos, pero ¿puede explicar jamás el 100%?
• Los ovnis son... un asunto
de profunda fantasía que no tiene ningún
tipo de base FACTUAL. Le ruego que no preste crédito a un engaño.
• El doctor Sagan formó parte
del comité de las Fuerzas Aéreas que evaluó las investigaciones del gobierno
sobre los ovnis y, a pesar de ello, quiere que creamos que no hay ninguna
prueba sustancial de que existen los ovnis. Le ruego que explique por qué necesitaba
el gobierno que fueran evaluadas.
• Voy a ejercer presión sobre
el diputado que me representa para que intente cancelar los fondos de ese
programa de escucha de señales extraterrestres del espacio porque es tirar el
dinero. Ya están entre nosotros.
• El gobierno gasta millones
de dólares de impuestos para investigar los ovnis. El proyecto SETI (búsqueda
de inteligencia extraterrestre) sería una pérdida de dinero si realmente el
gobierno creyera que los ovnis no existen. Personalmente me excita el proyecto
SETI porque muestra que nos movemos en la dirección correcta; hacia la
comunicación con extraterrestres, en lugar de ser unos observadores poco
dispuestos.
• Los súcubos, que yo
identificaba como una especie de violación astral, aparecieron del 78 al 92.
Fue duro para un católico serio, moralista y practicante; fue desmoralizante,
deshumanizador, y me tuvo muy preocupado por las consecuencias físicas
de los efectos de la enfermedad.
• ¡Viene gente del espacio!
Esperan llevarse a quien puedan, especialmente a los niños, que son los
«retoños» de la próxima generación de la humanidad, junto con sus padres,
abuelos y otros adultos cooperantes a un lugar seguro antes de la próxima
conjunción principal planetaria máxima de manchas solares, que está ya
en el horizonte. La Nave Espacial aparece todas las noches y se acerca para
asistirnos cuando lleguen las Grandes Llamaradas del Sol, antes de que empiece
la turbulencia en la atmósfera. El cambio polar ocurrirá ahora que se acerca a
su nueva posición para la Era de Acuario... [El autor también me informa de que
están] trabajando con el Comando Ashtar, donde Jesucristo se reúne con los que
van a bordo para dar instrucciones. Hay muchos dignatarios presentes, incluidos
los arcángeles Miguel y Gabriel.
• Tengo amplia experiencia en
trabajo de energía terapéutica, que implica eliminar pautas cuadriculadas,
ataduras negativas de la memoria e implantes extraterrestres de cuerpos
humanos y sus campos de energía circundantes. Mi trabajo se utiliza
principalmente como ayuda adicional a la psicoterapia. Entre mis clientes tengo
hombres de negocios, constructores, artistas profesionales, terapeutas y niños...
La energía extraterrestre es muy fluida, tanto dentro del cuerpo como cuando
se retira, y debe ser contenida lo antes posible. Las redes de energía suelen
estar cerradas alrededor del corazón o en una formación triangular a través de
los hombros.
• Después de una experiencia
así, no creo que hubiera podido darme la vuelta para seguir durmiendo y ya
está.
• Creo en los finales
felices. Siempre he creído en ellos. Después de haber visto una figura tan alta
que llegaba hasta el techo —con el pelo dorado y reluciente como un árbol de
Navidad encendido, elevando al niño pequeño junto a nosotros—, ¿cómo puede uno
no creer? Entendí el mensaje que transmitía la figura —al niño pequeño— y era
yo. Siempre habíamos hablado. ¿Cómo podría haber sido soportable la vida de
otro modo... en un lugar como éste?... ¿Estados mentales poco familiares? Ha
dado en el clavo.
• ¿Quién es realmente
el responsable de este planeta?
CAPÍTULO 12
EL SUTIL ARTE
DE DETECTAR
CAMELOS
La comprensión humana no es simple luz sino que recibe infusión de la
voluntad y los afectos;
de donde proceden ciencias que pueden llamarse «ciencias a discreción».
Porque el hombre cree con más disposición lo que preferiría que fuera cierto.
En consecuencia rechaza cosas difíciles por impaciencia en la investigación;
silencia cosas, porque reducen las esperanzas;
lo más profundo de la naturaleza, por superstición; la luz de la
experiencia, por arrogancia y orgullo; cosas no creídas comúnmente, por
deferencia a la opinión del vulgo. Son pues innumerables los caminos, y a veces
imperceptibles, en que los afectos colorean e infectan la comprensión.
francis bacon*,
Novum Organon
(1620)
Mis padres
murieron hace años. Yo estaba muy unido a ellos. Todavía los echo terriblemente
de menos. Sé que siempre será así. Anhelo creer que su esencia, sus
personalidades, lo que tanto amé de ellos, existe —real y verdaderamente— en
alguna otra parte. No pediría mucho, sólo cinco o diez minutos al año, por
ejemplo, para hablarles de sus nietos, para ponerlos al día de las últimas
novedades, para recordarles que los quiero. Hay una parte de mí —por muy
infantil que suene— que se pregunta dónde estarán. «¿Os va todo bien?», me
gustaría preguntarles. La última palabra que se me ocurrió decirle a mi padre
en el momento de su muerte fue: «Cuídate.»
A veces
sueño que hablo con mis padres y, de pronto, inmerso todavía, en el
funcionamiento del sueño, se apodera de mí la abrumadora constatación de que en
realidad no murieron, que todo ha sido una especie de error horrible. En fin,
están aquí, sanos y salvos, mi padre contando chistes malos, mi madre
aconsejándome con total seriedad que me ponga una bufanda porque hace mucho
frío. Cuando me despierto emprendo un breve proceso de lamentación.
Sencillamente, algo dentro de mí se afana por creer en la vida después de la
muerte. Y no tiene el más mínimo interés en saber si hay alguna prueba
contundente de que exista.
Así pues,
no me río de la mujer que visita la tumba de su marido y habla con él de vez
en cuando, quizá en el aniversario de su muerte. No es difícil de entender. Y,
si tengo dificultades con el estado ontológico de la persona con quien habla,
no importa. No se trata de eso. Se trata de que los humanos se comportan como
humanos. Más de un tercio de los adultos de Estados Unidos cree que ha
establecido contacto a algún nivel con los muertos. Los números parecen haber
aumentado un quince por ciento entre 1977 y 1988. Un cuarto de los americanos
creen en la reencarnación.
Pero eso
no significa que esté dispuesto a aceptar las pretensiones de un «médium» que
declara comunicarse con los espíritus de los seres queridos difuntos, cuando
soy consciente de que en esta práctica abunda el fraude. Sé hasta qué punto
deseo creer que mis padres sólo han abandonado la envoltura de sus cuerpos,
como los insectos o serpientes que mudan, y han ido a otro sitio. Entiendo que
esos sentimientos pueden hacerme presa fácil de un timo poco elaborado; como
también a personas normales poco familiarizadas con su inconsciente o aquellas
que sufren un trastorno psiquiátrico disociativo. De mala gana recurro a mis
reservas de escepticismo.
¿Cómo es,
me pregunto, que los canalizadores nunca nos dan una información verificable
que no se pueda alcanzar de otro modo? ¿Por qué Alejandro Magno nunca nos habla
de la localización exacta de su tumba, Fermat de su último teorema, John Wiikes
Booth de la conspiración para asesinar a Lincoln o Hermann Góring del incendio
del Reichstag? ¿Por qué Sófocles, Demócrito y Aristarco no nos dictan sus
libros perdidos? ¿Acaso no desean que las generaciones futuras tengan acceso a
sus obras maestras?
Si se
anunciara alguna prueba consistente de que hay vida después de la muerte, yo la
examinaría ansioso; pero tendría que tratarse de datos científicos reales, no
meramente anecdóticos. Como con «la Cara» de Marte y las abducciones por
extraterrestres, repito que es mejor la verdad por dura que sea que una
fantasía consoladora. Y,
a la hora de la verdad, los hechos suelen ser más reconfortantes que la
fantasía.
La premisa
fundamental de la «canalización», el espiritualismo y otras formas de
necromancia es que no morimos cuando morimos. No exactamente. Alguna parte del
pensamiento, de los sentimientos y del recuerdo continúa. Este lo que sea —una
alma o espíritu, ni materia ni energía, sino algo más— puede, se nos dice,
volver a entrar en cuerpos de humanos y otros seres en el futuro, y así la
muerte ya no es tan punzante. Lo que es más, si las opiniones del
espiritualismo o canalización son ciertas, tenemos la oportunidad de
establecer contacto con nuestros seres queridos fallecidos.
J. Z.
Knight, del estado de Washington, afirma que está en contacto con alguien de
35000 años de edad llamado «Ramtha». Habla muy bien el inglés, a través de la
lengua, los labios y las cuerdas vocales de Knight, produciendo lo que a mí me
suena como un acento del Raj indio. Como la mayoría de la gente sabe hablar, y
muchos —desde niños hasta actores profesionales— tienen un repertorio de voces
a sus órdenes, la hipótesis más sencilla es que la señora Knight hace hablar a
Ramtha por su cuenta y no tiene contacto con entidades incorpóreas de la era
glacial del pleistoceno. Si hay alguna prueba de lo contrario, me encantaría
oírla. Sería bastante más impresionante que Ramtha pudiera hablar por sí mismo,
sin la ayuda de la boca de la señora Knight. Si no, ¿cómo podríamos comprobar
la afirmación? (La actriz Shirley McLaine atestigua que Ramtha era su hermano
en la Atlántida, pero ésa es otra historia.)
Supongamos
que pudiera someterse a Ramtha a un interrogatorio. ¿Podríamos verificar que
es quien dice ser? ¿Cómo sabe que ha vivido 35 000 años, aunque sea
aproximadamente? ¿Qué calendario emplea? ¿Quién mantiene el hilo de los siglos
intermedios? ¿Treinta y cinco mil más o menos qué? ¿Cómo eran las cosas hace
35 000 años? O bien Ramtha tiene realmente 35 000 años, en cuyo caso
descubrimos algo sobre aquella época, o bien es un farsante y meterá la pata
(aunque en realidad será ella quien lo haga).
¿Dónde
vivía Ramtha? (Sé que habla inglés con acento indio, pero ¿dónde hablaban así
hace 35 000 años?) ¿Qué clima había? ¿Qué comía Ramtha? (Los arqueólogos
tienen alguna idea de qué comía entonces la gente.) ¿Cuáles eran las lenguas
indígenas y la estructura social? ¿Con quién vivía Ramtha: esposa, esposas, hijos,
nietos? ¿Cuál era el ciclo de vida, la tasa de mortalidad infantil, la
esperanza de vida? ¿Tenían un control de natalidad? ¿Qué ropa llevaban? ¿Cómo
se fabricaban las telas? ¿Cuáles eran los depredadores más peligrosos?
¿Utensilios y estrategias de caza y pesca? ¿Armas? ¿Sexismo endémico?
¿Xenofobia y etnocentrismo? Y si Ramtha viniese de la «gran civilización» de la
Atlántida, ¿dónde están los detalles lingüísticos, históricos, tecnológicos y
demás? ¿Cómo escribían? Que nos lo diga. En cambio, sólo se nos ofrecen
homilías banales.
Aquí hay,
para tomar otro ejemplo, una serie de informaciones canalizadas no a través de
una persona anciana muerta, sino de entidades no humanas
desconocidas que hacen círculos en los cultivos, tal como la registró el
periodista Jim Schnabel:
Nos produce ansiedad esta nación pecadora que
esparce mentiras sobre nosotros. No venimos en máquinas, no aterrizamos en
vuestra tierra en máquinas... Venimos como el viento. Somos la Fuerza de Vida.
Fuerza de Vida que procede de la tierra... Venid... Estamos sólo a un soplo de
aire... a un soplo de aire... no a un millón de kilómetros... una Fuerza de
Vida que es mayor que las energías de tu cuerpo. Pero nos encontramos en un
nivel de vida superior... No necesitamos nombre. Somos paralelos a vuestro mundo,
junto a vuestro mundo... Los muros han caído. Dos hombres se levantarán del
pasado... el gran oso... el mundo estará en paz.
La gente presta atención a
esas fantasías pueriles sobre todo porque prometen algo parecido a la religión
de otros tiempos, especialmente vida después de la muerte, incluso vida
eterna.
Un
panorama muy diferente de algo parecido a la vida eterna es el que propuso en
una ocasión el versátil científico británico J. B. S. Haldane que, entre muchas
otras cosas, fue uno de los fundadores de la genética de poblaciones. Haldane
imaginaba un futuro lejano en el que las estrellas se habrían apagado y el
espacio estaría lleno principalmente de gas frío y poco denso. Sin embargo, si
esperamos lo suficiente, se producirán fluctuaciones estadísticas en la
densidad de este gas. Durante inmensos períodos de tiempo, las fluctuaciones
serán suficientes para reconstituir un universo parecido al nuestro. Si el
universo es infinitamente viejo, habrá un número infinito de reconstituciones
así, señalaba Haldane.
Así pues,
en un universo infinitamente viejo con un número infinito de apariciones de
galaxias, estrellas, planetas y vida, debe reaparecer una Tierra idéntica en la
que nos reuniremos con nuestros seres queridos. Podré volver a ver a mis
padres y presentarles a los nietos que nunca conocieron. Y todo eso no ocurrirá
una vez, sino un número infinito de veces.
De algún
modo, sin embargo, eso no llega a ofrecer el consuelo de la religión. Si
ninguno de nosotros va a tener ningún recuerdo de lo que ocurrió esta
vez, del tiempo que estamos compartiendo el lector y yo, las satisfacciones de
la resurrección corporal suenan huecas, al menos a mis oídos.
Pero en
esta reflexión he infravalorado lo que significa la infinidad. En el cuadro de
Haldane habrá universos, ciertamente un número infinito de ellos, en el que
nuestros cerebros tendrán un recuerdo pleno de muchos combates previos. La
satisfacción está a nuestro alcance, aunque templada por la idea de todos los
otros universos que también entrarán en existencia (nuevamente, no una sino un
número infinito de veces) con tragedias y horrores que superarán en mucho todo
lo que hemos experimentado esta vez.
La
Consolación de Haldane depende, sin embargo, del tipo de universo en que
vivimos, y quizá de arcanos tales como si hay bastante materia para invertir la
expansión del universo y el carácter de las fluctuaciones del vacío. Los que
tienen un deseo profundo de vida después de la muerte pueden dedicarse, por lo
que parece, a la cosmología, la gravedad cuántica, la física de las partículas
elementales y la aritmética transfinita.
---oooo----
Clemente
de Alejandría, padre de la primera Iglesia, en su Exhortación a los griegos
(escrita alrededor del año 190) despreciaba las creencias paganas con palabras
que hoy podrían parecer un poco irónicas:
Lejos estamos ciertamente de permitir que
hombres adultos escuchen este tipo de cuentos. Ni siquiera cuando nuestros
propios hijos lloran lágrimas de sangre, como dice el refrán, tenemos el hábito
de contarles historias fabulosas para calmarlos.
En nuestra época tenemos criterios menos
severos. Hablamos a los niños de Papá Noel y el ratoncito Pérez por razones que
creemos emocionalmente sólidas, pero los desengañamos de esos mitos antes de
hacerse mayores. ¿Por qué retractarnos? Porque su bienestar como adultos
depende de que conozcan el mundo como realmente es. Nos preocupan, y con razón,
los adultos que todavía creen en Papá Noel.
En las religiones
doctrinales, «los hombres no osan reconocer, ni siquiera ante su propio
corazón», escribía el filósofo David Hume,
las dudas que abrigan sobre esos temas.
Convierten en mérito la fe implícita; y disimulan ante ellos mismos su
infidelidad real a través de las más fuertes aseveraciones y la intolerancia
más positiva.
Esta infidelidad tiene
profundas consecuencias morales, como escribió el revolucionario americano Tom
Paine en La edad de la razón:
La infidelidad no consiste en creer o no
creer; consiste en profesar que se cree lo que no se cree. Es imposible
calcular el perjuicio moral, si se me permite expresarlo así, que ha producido
la mentira mental en la sociedad. Cuando el hombre ha corrompido y prostituido
de tal modo la castidad de su mente como para someter su profesión de fe a
algo que no cree, se ha puesto en condiciones de cometer cualquier otro crimen.
La formulación de T. H.
Huxiey*
era:
La base de la moralidad es... dejar de simular
que se cree aquello de lo que no hay pruebas y de repetir propuestas
ininteligibles sobre cosas que superan las posibilidades del conocimiento.
Clement, Hume, Paine y
Huxiey hablan de religión. Pero gran parte de lo que escribieron tiene
aplicaciones más generales... por ejemplo, al omnipresente fastidio de los
anuncios que dominan nuestra civilización comercial. Hay unos anuncios de
aspirina en los que los actores que hacen de médicos revelan que el producto de
la competencia sólo tiene tal cantidad del ingrediente analgésico más
recomendado por los médicos... no dicen cuál es este misterioso ingrediente.
Su producto, en cambio, tiene una cantidad espectacularmente mayor (de 1,2 a 2
veces más por tableta), por lo que hay que comprarlo. Pero ¿por qué no tomar
dos pastillas de la competencia? O consideremos el analgésico que funciona
mejor que el producto de «efecto regular» de la competencia. ¿Por qué no tomar
entonces el producto competitivo de «efecto extra»? Y, desde luego, no nos
hablan de las más de mil muertes anuales en Estados Unidos por el uso de la
aspirina, o los posibles cinco mil casos anuales de insuficiencia renal por uso
de acetaminofeno, del que la marca más vendida es Tyienol. (Aunque eso podría
tratarse de un Caso de correlación sin causación.) O ¿qué importa que un cereal
de desayuno tenga más vitaminas cuando podemos tomarnos una pastilla de
vitaminas con el desayuno? Igualmente, ¿qué incidencia tiene que un antiácido
contenga calcio si el calcio sirve para la nutrición pero es irrelevante para
la gastritis? La cultura comercial está llena de informaciones erróneas y
evasivas a expensas del consumidor. No se espera que preguntemos. No piense.
Compre.
La
recomendación (pagada) de productos, especialmente por parte de expertos reales
o supuestos, constituye una avalancha constante de engaños. Delata su
menosprecio por la inteligencia de sus clientes. Presenta una corrupción
insidiosa de actitudes populares sobre la objetividad científica. Hay incluso
anuncios en los que científicos reales, algunos de distinción considerable,
aparecen como cómplices de las empresas. Ellos revelan que los
científicos también son capaces de mentir por dinero. Como advirtió Tom Paine,
acostumbrarse a las mentiras pone los cimientos de muchos otros males.
Tengo
delante de mí mientras escribo el programa de una de las exposiciones de Vida
Sana que se celebran anualmente en San Francisco. Como es de rigor, asisten
decenas de miles de personas. Expertos altamente cuestionables venden productos
altamente cuestionables. He aquí algunas presentaciones: «Cómo producen dolor y
sufrimiento las proteínas bloqueadas en la sangre.» «Cristales, ¿son
talismanes o piedras?» (Yo tengo mi propia opinión.) Sigue: «Del mismo modo
que un cristal refleja ondas de sonido y de luz para radio y televisión —ésta
es una interpretación burda e insípida de cómo funcionan la radio y la
televisión—, también puede amplificar las vibraciones espirituales para los
humanos armonizados.» O aquí hay otra: «Retorno de la diosa, ritual de
presentación.» Otro: «Sincronización, la experiencia del reconocimiento.» Esta
la da el «Hermano Carlos». O, en la página siguiente: «Tú, Saint-Germain y la
curación mediante la llama violeta.» Así sigue sin parar, con profusión de
anuncios sobre las «oportunidades» —que recorren la corta gama de discutible a
falsa— que uno puede encontrar en esas muestras.
Enloquecidas
víctimas del cáncer emprenden un peregrinaje hacia las Filipinas, donde
«cirujanos psíquicos», después de haber manoseado trozos de hígado de pollo o
corazón de cabra, dicen que han llegado a las entrañas del paciente para
retirar el tejido enfermo, que luego es expuesto triunfalmente. Algunos líderes
de las democracias occidentales consultan con regularidad a astrólogos y
místicos antes de tomar decisiones de Estado. Sometidos a la exigencia pública
de resultados, los policías que tienen entre manos un asesinato no resuelto o
un cuerpo desaparecido consultan a «expertos» de PES (que nunca adivinan nada
más de lo que puede dictar el sentido común pero, según ellos, la policía no
deja de llamar). Se anuncia que naciones enemigas están más adelantadas en
cuestiones de clarividencia y la CIA, por insistencia del Congreso, invierte
dinero público para descubrir si pueden localizarse submarinos en las
profundidades oceánicas concentrando el pensamiento en ellos. Un «psíquico»
—armado con péndulos sobre unos mapas y varillas de zahori en los aviones— pretende
encontrar nuevos depósitos de minerales; una compañía minera australiana le
paga una gran cantidad de dólares de entrada, que no deberá devolver en caso
de fracaso, y una participación en la explotación del mineral en caso de éxito.
No se descubre nada. Estatuas de Jesús o murales de María muestran manchas de
humedad, y millones de personas de buen corazón están convencidas de haber
visto un milagro.
Todo eso
son casos de camelo presunto o demostrado. Aparece un engaño, a veces
inocentemente pero en colaboración, a veces con cínica premeditación.
Normalmente la víctima se ve sometida a fuertes emociones: maravilla, temor,
avaricia, pesar. La aceptación crédula de un camelo puede costarle dinero; eso
es lo que quería decir P. T. Barnum cuando dijo: «Nace un primo cada minuto.»
Pero puede ser mucho más peligroso que eso y, cuando los gobiernos y las
sociedades pierden la capacidad de pensar críticamente, los resultados pueden
ser catastróficos... por mucho que lo sintamos por los que han caído en el
engaño.
En
ciencia, podemos empezar con resultados experimentales, datos, observaciones,
medidas, «hechos». Inventamos, si podemos, toda una serie de explicaciones
posibles y confrontamos sistemáticamente cada explicación con los hechos. A lo
largo de su preparación se proporciona a los científicos un equipo de detección
de camelos. Este equipo se utiliza de manera natural siempre que se ofrecen
nuevas ideas a consideración. Si la nueva idea sobrevive al examen con las
herramientas de nuestro equipo, concedemos una aceptación cálida, aunque
provisional. Si usted lo desea, si no quiere comprar camelos aunque sea
tranquilizador hacerlo, puede tomar algunas precauciones; hay un método
ensayado y cierto, probado por el consumidor.
¿De qué
consta el equipo? De herramientas para el pensamiento escéptico.
El
pensamiento escéptico es simplemente el medio de construir, y comprender, un
argumento razonado y —especialmente importante— reconocer un argumento falaz o
fraudulento. La cuestión no es si nos gusta la conclusión que surge de
una vía de razonamiento, sino si la conclusión se deriva de la premisa o punto
de partida y si esta premisa es cierta.
Entre las herramientas:
• Siempre que sea posible tiene que haber una confirmación independiente de
los «hechos».
• Alentar el debate
sustancioso sobre la prueba por parte de defensores con conocimiento de todos
los puntos de vista.
• Los argumentos de la
autoridad tienen poco peso: las «autoridades» han cometido errores en el
pasado. Los volverán a cometer en el futuro. Quizá una manera mejor de decirlo
es que en la ciencia no hay autoridades; como máximo, hay expertos.
• Baraje más de una
hipótesis. Si hay algo que se debe explicar, piense en todas las diferentes
maneras en que podría explicarse. Luego piense en pruebas mediante las
que podría refutar sistemáticamente cada una de las alternativas. Lo que
sobrevive, la hipótesis que resiste la refutación en esta selección darwiniana
entre «hipótesis de trabajo múltiples» tiene muchas más posibilidades de ser
la respuesta correcta que si usted simplemente se hubiera quedado con la
primera idea que se le ocurrió.[22]
• Intente no comprometerse en
exceso con una hipótesis porque es la suya. Se trata sólo de una estación en el
camino de búsqueda del conocimiento. Pregúntese por qué le gusta la idea.
Compárela con justicia con las alternativas. Vea si puede encontrar motivos
para rechazarla. Si no, lo harán otros.
• Cuantifique. Si lo que
explica, sea lo que sea, tiene alguna medida, alguna cantidad numérica
relacionada, será mucho más capaz de discriminar entre hipótesis en
competencia. Lo que es vago y cualitativo está abierto a muchas explicaciones.
Desde luego, se pueden encontrar verdades en muchos asuntos cualitativos con los
que nos vemos obligados a enfrentarnos, pero encontrarlas es un desafío mucho
mayor.
• Si hay una cadena de
argumentación, deben funcionar todos los eslabones de la cadena
(incluyendo la premisa), no sólo la mayoría.
• El rasero de Occam*.
Esta conveniente regla empírica nos induce, cuando nos enfrentamos a dos
hipótesis que explican datos igualmente buenos, a elegir la más simple.
• Pregúntese siempre si la
hipótesis, al menos en principio, puede ser falsificada. Las proposiciones que
no pueden comprobarse ni demostrarse falsas, no valen mucho. Consideremos la
gran idea de que nuestro universo y todo lo que contiene es sólo una partícula
elemental —un electrón, por ejemplo— en un cosmos mucho más grande. Pero si
nunca podemos adquirir información de fuera de nuestro universo, ¿no es
imposible refutar la idea? Ha de ser capaz de comprobar las aseveraciones. Debe
dar oportunidad a escépticos inveterados de seguir su razonamiento para
duplicar sus experimentos y ver si se consigue el mismo resultado.
La confianza en los
experimentos cuidadosamente diseñados y controlados es clave, como he
intentado subrayar antes. No aprenderemos mucho de la mera contemplación. Es
tentador quedarse satisfecho con la primera explicación posible que se nos ocurre.
Una es mucho mejor que ninguna. Pero ¿qué ocurre cuando inventamos varias?
Francis Bacon proporcionó la razón clásica:
Puede ser que la argumentación no baste para
el descubrimiento de un nuevo trabajo, porque la sutileza de la naturaleza es
muchas veces mayor que la del argumento.
Los experimentos de control
son esenciales. Si, por ejemplo, se dice que una medicina nueva cura una
enfermedad en el veinte por ciento de los casos, debemos asegurarnos de que una
población de control que toma una pastilla de azúcar que los pacientes creen
que podría ser el nuevo medicamento no experimente una remisión espontánea de
la enfermedad en el veinte por ciento de los casos.
Deben
separarse las variables. Supongamos que usted está mareado y le dan una pulsera
de metal y 50 miligramos de dimenhidrinato. Descubre que le desaparece el
malestar. ¿Qué ha sido: la pulsera o la pastilla? Sólo puede saberlo si la vez
siguiente toma una cosa y no otra y se marea. Ahora supongamos que usted no
tiene tanta devoción por la ciencia como para permitirse estar mareado. Entonces
no separará las variables. Tomará los dos remedios a la vez. Ha conseguido el
resultado práctico deseado; se podría decir que no le merece la pena la
molestia de conseguir más conocimientos.
A menudo
el experimento debe ser de «doble ciego» a fin de que los que esperan un
descubrimiento determinado no estén en la posición potencialmente
comprometedora de evaluar los resultados. Cuando se prueba una nueva medicina,
por ejemplo, quizá se quiera que los médicos que determinan qué síntomas de los
pacientes se han visto aliviados no sepan qué pacientes han recibido el nuevo
fármaco. El conocimiento podría influir en su decisión, aunque sólo fuera
inconscientemente. En cambio, la lista de los que experimentaron remisión de
síntomas puede compararse con la de los que tomaron el nuevo fármaco, realizada
cada una con independencia. Entonces se puede determinar qué correlación
existe. O cuando hay un reconocimiento policial o una identificación de foto,
el oficial responsable no debería saber quién es el principal sospechoso
[para] no influir consciente ni inconscientemente en el testigo.
---ooo---
Además de
enseñamos qué hacer cuando evaluamos una declaración de conocimiento, un buen
equipo de detección de camelos también debe enseñamos qué no hacer. Nos
ayuda a reconocer las falacias más comunes y peligrosas de la lógica y la
retórica. Se pueden encontrar muchos buenos ejemplos en religión y política,
porque sus practicantes a menudo se ven obligados a justificar dos
proposiciones contradictorias. Entre esas falacias se encuentran:
• ad hominem: latín «contra el hombre»,
atacar al que discute y no a su argumentación (p. ej.: El
reverendo doctor Smith es un conocido fundamentalista de la Biblia, por lo que
sus objeciones a la evolución no deben tomarse en serio);
• argumento de autoridad (p.
ej.: El presidente Richard Nixon debería ser reelegido porque tiene un plan
secreto para terminar la guerra en el sudeste de Asia... pero, como era
secreto, el electorado no tenía ninguna manera de evaluar sus méritos; el argumento
equivalía a confiar en él porque era presidente: craso error, como se vio);
• argumento de consecuencias
adversas (p. ej.: Debe existir un Dios que dé castigo y recompensa porque, si
no, la sociedad sería mucho más ilegal y peligrosa, quizá incluso ingobernable.[23]
O: El acusado en un juicio de asesinato con mucha publicidad recibió el
veredicto de culpable; en otro caso, habría sido un incentivo para que otros
hombres matasen a sus esposas);
• llamada a la ignorancia; la
declaración de que todo lo que no ha sido demostrado debe ser cierto, y
viceversa (es decir: No hay una prueba irresistible de que los ovnis no
estén visitando la Tierra; por tanto, los ovnis existen... y hay vida
inteligente en todas partes en el universo. O: Puede haber setenta mil
millones de otros mundos pero, como no se conoce ninguno que tenga el avance
moral de la Tierra, seguimos siendo centrales en el universo.) Esta
impaciencia con la ambigüedad puede criticarse con la frase: la ausencia de
prueba no es prueba de ausencia;
• un argumento especial, a
menudo para salvar una proposición en un problema retórico profundo (p. ej.: ¿Cómo
puede un Dios compasivo condenar al tormento a las generaciones futuras
porque, contra sus órdenes, una mujer indujo a un hombre a comerse una manzana?
Argumento especial: no entiendes la sutil doctrina del libre albedrío. O: ¿
Cómo puede haber un Padre, Hijo y Espíritu Santo igualmente divinos en la
misma persona? Argumento especial: no entiendes el misterio divino de la
Santísima Trinidad. O: ¿Cómo podía permitir Dios que los seguidores del
judaísmo, cristianismo e islam —obligados cada uno a su modo a medidas
heroicas de amabilidad afectuosa y compasión— perpetraran tanta crueldad
durante tanto tiempo? Argumento especial: otra vez, no entiendes el libre
albedrío. Y en todo caso, los caminos de Dios son misteriosos);
• pedir la pregunta, llamado
también asumir la respuesta (p. ej.: Debemos instituir la pena de muerte
para desalentar el crimen violento. Pero ¿se reduce la tasa de delitos
violentos cuando se impone la pena de muerte? O: El mercado de acciones
sufrió ayer una caída debido a un ajuste técnico y la retirada de beneficios
por los inversores... pero ¿hay alguna prueba independiente del
papel causal del «ajuste» y retirada de beneficios; nos ha enseñado algo esta
explicación implícita?);
• selección de la
observación, llamada también enumeración de circunstancias favorables o, como
lo describió Francis Bacon, contar los aciertos y olvidar los fallos[24]
(p. ej.: Un Estado se jacta de los presidentes que ha tenido, pero no dice
nada de sus asesinos en serie);
• estadísticas de números
pequeños, pariente cercano de la selección de la observación (p. ej.: «Dicen
que una de cada cinco personas es china. ¿Cómo es posible? Yo conozco cientos
de personas" y ninguna de ellas es china. Suyo sinceramente.» O: He
sacado tres sietes seguidos. Esta noche no puedo perder»);
• incomprensión de la
naturaleza de la estadística (p. ej.: El presidente Dwight Eisenhower
expresa asombro y alarma al descubrir que la mitad de los americanos tienen una
inteligencia por debajo de la media);
• inconsistencia (p. ej.:
Prepararse con toda prudencia para lo peor de que sea capaz un adversario
militar potencial, pero ignorar las proyecciones científicas en peligros
medioambientales para ahorrar porque no están «demostrados». O atribuir el
descenso de la esperanza de vida en la antigua Unión Soviética a los defectos
del comunismo hace muchos años; pero no atribuir nunca la alta tasa de
mortalidad infantil de Estados Unidos (ahora la más alta de las principales
naciones industriales) a los defectos del capitalismo. O considerar razonable
que el universo siga existiendo siempre en el futuro, pero juzgar absurda la
posibilidad de que tenga una duración infinita hacia el pasado);
• non sequitur: «no sigue», en latín (p.
ej.: Nuestra nación prevalecerá porque Dios es grande. Pero casi todas
las naciones pretenden que eso es cierto; la formulación alemana era: «Gott
mit uns»), A menudo, los que caen en la falacia non sequitur es
simplemente que no han reconocido posibilidades alternativas;
• post hoc, ergo propter hoc: en latín, «después de esto,
luego a consecuencia de esto» (p. ej.: Jaime Cardinal, arzobispo de Manila:
«Conozco... a una mujer de
veintiséis años que parece tener sesenta porque toma pildoras
{anticonceptivas}.» O: Cuando
las mujeres no votaban, no había armas nucleares);
• pregunta sin sentido (p.
ej.: ¿Qué ocurre cuando una fuerza irresistible choca con un objeto
inamovible? Pero si existe algo así como una fuerza irresistible no puede
haber objetos inamovibles, y viceversa);
• exclusión del medio o falsa
dicotomía: considerar sólo los dos extremos en un continuo de posibilidades
intermedias (p. ej.: «Sí, claro, ponte de su parte; mi marido es perfecto;
yo siempre me equivoco.» O: «El que no quiere a su país lo odia.»
O: «Si no eres parte de la solución, eres parte del problema»);
• corto plazo contra largo
plazo: un subgrupo de la exclusión del medio, pero tan importante que lo he
destacado para prestarle atención especial (p. ej.: No podemos emprender
programas para alimentar a los niños desnutridos y educar a los preescolares.
Se necesita tratar con urgencia el crimen en las calles. O: ¿Por qué
explorar el espacio o seguir la ciencia fundamental cuando tenemos un déficit
de presupuesto tan enorme?);
• terreno resbaladizo, relacionado con la exclusión del medio (p. ej.:
Si permitimos el aborto en
las primeras semanas de embarazo, será imposible impedir la muerte de un bebé
formado. O al
contrario: Si el Estado nos prohíbe abortar aunque sea en el noveno mes,
pronto nos empezará a decir lo que tenemos que hacer con nuestro cuerpo en el
momento de la concepción);
• confusión de correlación y
causa (p. ej.: Una encuesta muestra que hay más homosexuales entre los
licenciados universitarios que entre los de menor educación; en consecuencia,
la educación hace homosexual a la gente. O: Los terremotos andinos están
correlacionados con aproximaciones más cercanas del planeta Urano; en
consecuencia —a pesar de la ausencia de una correlación así para el planeta más
cercano y más imponente, Júpiter—, lo segundo causa lo primero[25]
• hombre de paja:
caricaturizar una postura para facilitar el ataque (p. ej.: Los científicos
suponen que los seres vivos se formaron juntos por casualidad, una
formulación que ignora deliberadamente la principal idea darwiniana: que la
naturaleza avanza conservando lo que funciona y descartando lo que no. O, y eso
también es una falacia a largo/corto plazo, los defensores del medio
ambiente se preocupan más por los caracoles y los buhos moteados que por las
personas);
• prueba suprimida, o media
verdad (p. ej.: Aparece en televisión una «profecía» sorprendentemente precisa
y ampliamente citada del intento de asesinato del presidente Reagan, pero
—detalle importante— ¿fue grabada antes o después del acontecimiento? O: Estos
abusos del gobierno exigen una revolución, aunque sea imposible hacer una
tortilla sin romper antes los huevos. Sí, pero ¿en esta revolución morirá
más gente que con el régimen anterior? ¿Qué sugiere la experiencia de otras
revoluciones? ¿Son deseables y en interés del pueblo todas las revoluciones
contra regímenes opresivos?
• palabras equívocas (p. ej.:
La separación de poderes de la Constitución de Estados Unidos especifica que
este país no puede entrar en guerra sin una declaración del Congreso. Por otro
lado, los presidentes tienen el control de la política exterior y la dirección
de las guerras, que son herramientas potencialmente poderosas para conseguir
la reelección. Los presidentes de cualquier partido político podrían verse
tentados por tanto a disponer guerras mientras levantan la bandera y llaman a
las guerras otra cosa: «acciones de policía», «incursiones armadas», «golpes
reactivos de protección», «pacificación», «salvaguarda de los intereses
americanos», y una gran variedad de «operaciones», como las de la «Operación
Causa Justa». Los eufemismos para la guerra forman parte de una gran clase de
reinvenciones del lenguaje con fines políticos. Talleyrand dijo: «Un arte
importante de los políticos es encontrar nombres nuevos para instituciones que
bajo sus nombres viejos se han hecho odiosas al pueblo»).
Conocer la existencia de
esas falacias retóricas y lógicas completa nuestra caja de herramientas. Como
todas las herramientas, el equipo de detección de camelos puede usarse mal,
aplicarse fuera de contexto o incluso emplearse rutinariamente como alternativa
al pensamiento. Pero, si se aplica con juicio, puede marcar toda la diferencia
del mundo, y nos ayuda a evaluar nuestros propios argumentos antes de
presentarlos a otros.
---ooo---
La industria del tabaco
americana factura unos cincuenta mil millones al año. Admiten que hay una
correlación estadística entre fumar y el cáncer, pero no una relación causal,
dicen. Añaden que se está cometiendo una falacia lógica. ¿Qué podría significar
eso? Quizá las personas con propensión hereditaria al cáncer tienen una
propensión hereditaria a tomar drogas adictivas, por lo que el cáncer y el
fumar podrían estar correlacionados, pero el cáncer no sería provocado por
fumar. Pueden inventarse relaciones cada vez más inverosímiles de este tipo.
Esta es exactamente una de las razones por las que la ciencia insiste en los
experimentos de control.
Supongamos
que pintamos los lomos de gran número de ratones con alquitrán de cigarrillo y
supervisamos también la salud de grandes números de ratones casi idénticos que
no han sido pintados. Si el primer grupo contrae cáncer y el segundo no, se
puede estar bastante seguro de que la correlación es causal. Si se inhala humo
de tabaco, la posibilidad de contraer cáncer aumenta; no se inhala, y la tasa
se mantiene al nivel básico. Lo mismo ocurre con el enfisema, la bronquitis y
las enfermedades cardiovasculares.
Cuando en
1953 se publicó el primer trabajo en la literatura científica que demostraba
que cuando se pintan las sustancias del cigarrillo en los lomos de roedores
producen resultados malignos (cáncer), la respuesta de las seis principales
compañías de tabaco fue iniciar una campaña de relaciones públicas para
impugnar la investigación, patrocinada por la Fundación Sloan Kettering. Eso es
similar a lo que hizo la Du Pont Corporation cuando en 1974 se publicó la
primera investigación que demostraba que sus productos de freón atacan la capa
protectora de ozono. Hay muchos más ejemplos.
Sería
normal pensar que antes de denunciar descubrimientos que no les gustan, las
empresas principales dedicarían considerables recursos a comprobar la
seguridad de los productos que se proponen fabricar. Y, si se olvidaron de
algo, si los científicos independientes señalan un riesgo, ¿por qué protestan
las compañías? ¿Preferirían matar a la gente que perder beneficios? Si, en un
mundo incierto, debiera cometerse un error, ¿no se inclinaría hacia la
protección de los clientes y el público? Y, a propósito, ¿qué
dicen estos casos sobre la capacidad de la empresa privada de vigilarse a sí
misma? ¿No demuestran que al menos algunas intervenciones del gobierno son en
interés del público?
Un informe
interno de 1971 de la Brown and Williamson Tobacco Corporation enumera como
objetivo corporativo «eliminar de la mente de millones de personas la falsa
convicción de que fumar cigarrillos causa cáncer de pulmón y otras
enfermedades; una convicción basada en presunciones fanáticas, rumores falaces,
denuncias sin fundamento y conjeturas de oportunistas en busca de publicidad».
Se quejan del
ataque increíble, sin precedentes e infame
contra el cigarrillo, que constituye la mayor difamación y calumnia que se ha
perpetrado jamás contra un producto en la historia de la Ubre empresa; una
difamación criminal de proporciones e implicaciones tan importantes que uno se
pregunta cómo una cruzada de calumnias puede reconciliarse... cómo la
Constitución puede ser tan burlada y violada [sic].
Esta retórica es sólo
ligeramente más encendida que la que ha publicado de vez en cuando la
industria del tabaco para consumo público.
Hay muchas marcas de
cigarrillos que anuncian ser bajas en «alquitrán» (diez miligramos o
menos por cigarrillo). ¿Por qué es eso una virtud? Porque es en los alquitranes
refractarios donde se concentran hidrocarburos policíclicos aromáticos y otros
carcinógenos. ¿No son los anuncios de bajo en alquitrán una admisión tácita
por las compañías de tabaco de que los cigarrillos causan realmente el cáncer?
Healthy
Buildings International es una organización con ánimo de lucro que ha recibido
millones de dólares a lo largo de los años de la industria del tabaco. Realiza
investigaciones sobre el fumador pasivo y atestigua a favor de las compañías
de tabaco. En 1994, tres técnicos se quejaron de que antiguos ejecutivos habían
falsificado los datos sobre partículas de cigarrillo inhalables en el aire. En
cada caso, los datos inventados o «corregidos» hacían que el humo del tabaco
pareciera más sano que lo indicado por las mediciones de los técnicos.
¿Encuentran alguna vez los departamentos de investigación corporativos o los
contratados del exterior que un producto es más peligroso de lo que la
corporación de tabaco declara públicamente? Si es así, ¿siguen con su puesto
de trabajo?
El tabaco
es adictivo; según muchos criterios, más todavía que la heroína o la cocaína.
Hay una razón para que uno, como decía un anuncio de la década de los
cuarenta, «ande una milla en busca de un Camel». Ha muerto más gente por el
tabaco que en toda la segunda guerra mundial. Según la Organización Mundial de
la Salud, fumar mata a tres millones de personas al año en todo el mundo. Eso
se elevará a diez millones anuales en el 2020, en parte a causa de una ingente
campaña publicitaria que presentaba el fumar como progresista y de moda para
las mujeres jóvenes en el mundo de hoy. Parte del éxito de la industria del
tabaco en suministrar esta elaboración de venenos adictivos puede atribuirse a
la escasa familiaridad con la detección de camelos, el pensamiento crítico y
el método científico. La credulidad mata.
CAPÍTULO 13
Un armador se disponía a echar a la mar un
barco de emigrantes. Sabía que el barco era viejo y que no había sido
construido con gran esmero; que había visto muchos mares y climas y se había
sometido a menudo a reparaciones. Se había planteado dudas sobre si estaba en
condiciones de navegar. Esas dudas lo reconcomían y le hacían sentirse infeliz;
pensaba que quizá sería mejor revisarlo y repararlo, aunque le supusiera un
gran gasto. Sin embargo, antes de que zarpara el barco consiguió superar esas
reflexiones melancólicas. Se dijo a sí mismo que el barco había soportado
tantos viajes y resistido tantas tormentas que era ocioso suponer que no
volvería a salvo a casa también después de este viaje. Pondría su confianza en
la Providencia, que difícilmente podría ignorar la protección de todas esas
familias infelices que abandonaban su patria para buscar tiempos mejores en
otra parte. Alejaría de su mente toda sospecha poco generosa sobre la
honestidad de los constructores y contratistas. De este modo adquirió una
convicción sincera y reconfortante de que su nave era totalmente segura y
estaba en condiciones de navegar; contempló cómo zarpaba con el corazón
aliviado y con los mejores deseos de éxito para los exiliados en su nuevo hogar
en el extranjero; y recibió el dinero del seguro cuando la nave se hundió en
medio del océano y no se supo nada más.
¿Qué podemos decir de él? Desde luego, que era
verdaderamente culpable de la muerte de esos hombres. Se admite que creía
sinceramente en la solidez de ese barco; pero la sinceridad de su convicción de
ningún modo puede ayudarle, porque no tenía derecho a creer con una prueba
como la que tenía delante.
No había adquirido su fe honestamente en
investigación paciente, sino sofocando sus dudas...
WILLIAM K. CLIFFORD
La ética de la
fe (1874)
En los
límites de la ciencia —y a veces como atavismo del pensamiento precientífico—
hay una serie de ideas al acecho que son atractivas, o al menos modestamente
intrigantes, pero que no han sido tamizadas a conciencia con el equipo de
detección de camelos, al menos por parte de sus defensores: la idea, por
ejemplo, de que la superficie de la Tierra está en el interior, no en el
exterior de una esfera; o la aseveración de que se puede levitar mediante la
meditación y que los bailarines de ballet y los jugadores de baloncesto dan
unos saltos tan altos por levitación; o la propuesta de que yo tengo algo que
se llama alma, no hecho de materia o energía, sino de otra cosa de la que no
hay pruebas, y que después de mi muerte podría volver a animar a una vaca o a
un gusano.
Ofrecimientos típicos de la
pseudociencia y la superstición —se trata de una lista meramente
representativa, no completa— son la astrología; el triángulo de las Bermudas; Big
Foot y el monstruo del Lago Ness; los fantasmas; el «mal de ojo»; las
«auras» como halos multicolores que según dicen rodean la cabeza de todos (con
colores personalizados); la percepción extrasensorial (PES) como telepatía,
predicción, telequinesis y «visión remota» de lugares distantes; la creencia
de que el trece es un número «desafortunado» (razón por la que muchos
edificios de oficinas serios y hoteles de América pasan directamente del piso
doce al catorce... ¿por qué arriesgarse?); las estatuas que sangran; la
convicción de que llevar encima una pata de conejo da buena suerte; las varitas
adivinas, los zahoríes y los hechizos de agua; la «comunicación facilitada»
en el autismo; la creencia de que las cuchillas de afeitar se mantienen más
afiladas si se guardan dentro de pirámides de cartón y otros principios de
«piramidología»; las llamadas telefónicas (ninguna de ellas a cobro revertido)
de los muertos; las profecías de Nostradamus; el supuesto descubrimiento de que
los platelmintos no amaestrados pueden aprender una tarea comiendo los restos
triturados de otros platelmintos más adiestrados; la idea de que se cometen más
crímenes cuando hay luna llena; la quiromancia, la numerología; la poligrafía;
los cometas, las hojas de té y los nacimientos «monstruosos» como anuncio de
futuros acontecimientos (más las adivinaciones de moda en épocas anteriores,
que se conseguían mirando entrañas, humo, la forma de las llamas, sombras,
excrementos, escuchando el ruido de los estómagos e incluso, durante un breve
período, examinando tablas de logaritmos); la «fotografía» de hechos pasados,
como la crucifixión de Jesús; un elefante ruso que habla perfectamente;
«sensitivos» que leen libros con la yema de los dedos cuando se les cubre los
ojos sin rigor; Edgar Cayce (que predijo que en la década de los sesenta se
elevaría el continente «perdido» de la Atlántida) y otros «profetas», dormidos
y despiertos; charlatanería sobre dietas; experiencias fuera del cuerpo (es
decir, al borde de la muerte) interpretadas como acontecimientos reales en el
mundo externo; el fraude de los curanderos, las tablas de Ouija, la vida
emocional de los geranios revelada por el uso intrépido de un «detector de
mentiras»; el agua que recuerda qué moléculas solían disolverse en ella;
describir la personalidad a partir de características faciales o bultos en la
cabeza; la confusión del «mono número cien» y otras afirmaciones de que lo que
una pequeña fracción de nosotros quiere que sea cierto lo es realmente; seres
humanos que arden espontáneamente y quedan chamuscados; biorritmos de tres
ciclos; máquinas de movimiento perpetuo que prometen suministros ilimitados de
energía (todas ellas, por una u otra razón, vedadas al examen minucioso de los
escépticos); las predicciones sistemáticamente fallidas de Jeane Dixon (que
«predijo» una invasión soviética de Irán en 1953, y que en 1965 la Unión
Soviética se adelantaría a Estados Unidos en colocar al primer humano en la
Luna)[26]
y otros «psíquicos» profesionales; la predicción de los Testigos de Jehová de
que el mundo terminaría en 1917 y muchas profecías similares; la dianética y la
cienciología, Carlos Castañeda y la «brujería»; las afirmaciones de haber
encontrado los restos del Arca de Noé; el «horror de Amityville» y otras
obsesiones; y relatos de un pequeño brontosaurio que atraviesa la jungla de la
República del Congo en nuestra época. (Puede encontrarse un comentario en
profundidad de muchas de esas afirmaciones en Encyclopedia of the
Paranormal, Gordon Stein, ed., Buffalo, Prometheus Books, 1996.)
Muchas de
estas doctrinas son rechazadas de plano por fundamentalistas cristianos y
judíos porque la Biblia así lo ordena. El Deuteronomio (18, 10-11) dice (en
traducción de la Biblia de Jerusalén):
No ha de haber en ti nadie
que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, que practique adivinación,
astrología, hechicería o magia, ningún encantador ni consultor de espectros o
adivinos, ni evocador de muertos.
Se prohíbe la astrología, la
canalización, las tablas de Ouija, la predicción del futuro y muchas cosas más.
El autor del Deuteronomio no dice que esas prácticas no sirvan para dar lo que
prometen. Pero son «abominaciones»... quizá adecuadas para otras naciones
pero no para los seguidores de Dios. E incluso el apóstol Pablo, tan crédulo en
tantos otros asuntos, nos aconseja «comprobarlo todo».
El filósofo judío español
del siglo XV. Moisés Maimónides, va más allá del Deuteronomio porque explícita
que esas pseudociencias no funcionan:
Está
prohibido implicarse en astrología, echar hechizos, susurrar conjuros... Todas
esas prácticas no son más que mentiras y engaños que los pueblos paganos
antiguos usaban para engañar a las masas y llevarlas por mal camino... La gente
sabia e inteligente no se deja engañar. [De la Mishneh Torah, Avodah Zara,
capítulo 11.]
Hay algunas declaraciones
difíciles de comprobar: por ejemplo, que una expedición no consiga encontrar el
fantasma del brontosaurio no quiere decir que no exista. La ausencia de prueba
no es prueba de ausencia. Otras son más fáciles: por ejemplo, el aprendizaje
caníbal de los platelmintos o el anuncio de que colonias de bacterias
sometidas a un antibiótico en un plato de agar prosperan cuando se reza (en
comparación con la bacteria de control no redimida por la oración). Se pueden
excluir algunas —por ejemplo, las máquinas de movimiento perpetuo— en base a la
física fundamental. Aparte de ellas, no sabemos antes de examinar la
prueba que las ideas son falsas; cosas más extrañas se incorporan habitualmente
en el corpus de la ciencia.
La
cuestión, como siempre, es: ¿es buena la prueba? El peso de la demostración cae
sobre los hombros de los que avanzan tales declaraciones. Es revelador que
algunos proponentes sostengan que el escepticismo es un estorbo, que la
verdadera ciencia es investigación sin escepticismo. Quizá están a
mitad de camino. Pero el medio del camino no es la meta.
La
parapsicóloga Susan Blackmore describe uno de los pasos en su transformación a
una actitud más escéptica sobre los fenómenos «psíquicos»:
Una madre y su hija de Escocia afirmaban que
podían captar imágenes de la mente de la otra. Para someterse a las pruebas,
decidieron jugar a las cartas, que es lo que solían hacer en casa. Yo las dejé
elegir la habitación en la que se haría la prueba y me aseguré de que la
«receptora» no viera las cartas de la otra. Fracasaron. No pudieron acertar más
de lo que predecía la casualidad y se quedaron terriblemente decepcionadas.
Habían creído sinceramente que eran capaces de hacerlo y yo empecé a ver qué
fácil es que nos engañe nuestro propio deseo de creer. Tuve experiencias
similares con varios zahones, niños que afirmaban que podían mover objetos
psicoquinéticamente, y otros que decían tener poderes telepáticos. Todos
fallaron. Ahora mismo tengo un número de cinco dígitos, una palabra y un objeto
pequeño en la cocina de mi casa. El lugar y los objetos fueron elegidos por un
joven que pretende «verlos» cuando viaja fuera de su cuerpo. Hace tres años que
están allí (aunque cambiados regularmente de sitio). De momento, sin embargo,
no lo ha conseguido.
«Telepatía» significa
literalmente sentir a distancia, igual que «teléfono» es oír a distancia y
«televisión», ver a distancia: la palabra no sugiere la comunicación de
pensamientos sino de sentimientos y emociones. Alrededor de un cuarto de
millón de estadounidenses creen haber experimentado algo así como la
telepatía. Las personas que se conocen bien unas a otras, que viven juntas, que
conocen mutuamente el tono de sus sentimientos, el tipo de asociaciones y la
manera de pensar a menudo pueden anticipar qué dirá la otra. En eso entran en
juego simplemente los cinco sentidos habituales, más la empatía, sensibilidad e
inteligencia humanas en funcionamiento. Puede parecer extrasensorial, pero no
es en absoluto lo que implica la palabra «telepatía». Si alguna vez se demostrara
realmente algo así de manera concluyente, creo que habría causas físicas
discernibles, quizá corrientes eléctricas en el cerebro. La pseudociencia, bien
o mal etiquetada, no es de ningún modo lo mismo que lo sobrenatural, que por definición
es algo de algún modo fuera
de la naturaleza.
Es poco
probable que algunas de esas declaraciones paranormales puedan ser verificadas
un día con datos científicos sólidos. Pero sería una locura aceptar algunas de
ellas sin la prueba adecuada. Con el mismo espíritu que con los dragones del
garaje, como esas afirmaciones todavía no han sido desaprobadas o explicadas
adecuadamente, es mucho mejor contener nuestra impaciencia, alimentar la
tolerancia de la ambigüedad y esperar —o, mucho mejor, buscar— pruebas que lo
confirmen o lo refuten.
---ooo---
En una
tierra lejana de los mares del Sur corrió el rumor que había un hombre muy
sabio, un curandero, un espíritu personificado. Podía hablar a través del
tiempo. Era un Maestro Ascendido. Venía, decían. Venía...
En 1988, los periódicos
australianos, revistas y canales de televisión empezaron a recibir la buena
noticia a través de equipos de prensa y cintas de vídeo. Un folleto decía:
carlos
APARECERÁ EN AUSTRALIA
Los que lo han visto jamás
lo olvidarán. De pronto, el artista joven y brillante que les está hablando
parece titubear, se le reduce el pulso peligrosamente y prácticamente se
detiene hasta la muerte. El auxiliar médico asignado para mantener una vigilancia
constante está a punto de hacer sonar la alarma.
Pero entonces, con un latido
poderoso, le vuelve el pulso... más rápido y fuerte que antes. Es evidente que
la fuerza de la vida ha regresado al cuerpo... pero la entidad dentro de este
cuerpo ya no es José Luis Álvarez, un hombre de diecinueve años cuyas
singulares cerámicas pintadas se exhiben en las casas más lujosas de
Norteamérica. Dentro de su cuerpo ha ocupado su lugar Carlos, una alma antigua
cuyas enseñanzas serán al mismo tiempo un trastorno y una inspiración. Un ser
que atraviesa una forma de muerte para dar paso a otra: éste es el fenómeno que
ha hecho de Carlos, canalizado a través de José Luis Álvarez, la nueva figura
dominante de la conciencia de la Nueva Era. Como dice incluso un crítico
escéptico de Nueva York: «El primer y único caso de canalizador que ofrece una
prueba tangible, física, de un cambio misterioso dentro de su fisiología
humana.»
Ahora
José, que se ha sometido a más de ciento setenta de esas pequeñas muertes y
transformaciones, ha recibido la orden de Carlos de visitar Australia: en
palabras del maestro, «la vieja tierra nueva» que va a ser la fuente de una
revelación especial. Carlos ya había presagiado que en 1988 las catástrofes
barrerían la tierra, morirían dos líderes mundiales importantes y, más tarde,
ese mismo año, los australianos serían los primeros que verían elevarse una
gran estrella que influiría profundamente en el futuro de la vida en la tierra.
DOMINGO 21
3.00 p.m.
CASA DE LA ÓPERA
TEATRO DRAMÁTICO
Después de un accidente de
moto en 1986, se explicaba en el dossier de prensa, José Álvarez —que tenía a
la sazón diecisiete años— sufrió una conmoción cerebral suave. Cuando se hubo
recuperado, los que le conocían se dieron cuenta que había cambiado. A veces
emanaba de él una voz muy diferente. Asustado, Álvarez buscó la ayuda de un
psicoterapeuta, un especialista en trastornos múltiples de personalidad. El
psiquiatra «descubrió que José canalizaba una entidad distinta a la que
llamaron Carlos. Esta entidad se apodera del cuerpo de Álvarez cuando la fuerza
de vida del cuerpo está en el grado de relajación correcto». Carlos, por lo
visto, es un espíritu desencarnado de hace dos mil años, un fantasma sin forma
corporal que invadió un cuerpo humano por última vez en Caracas, Venezuela, en
1900. Lamentablemente, ese cuerpo murió a los doce años al caer de un caballo.
Esa puede ser la razón, explicó el terapeuta, por la que Carlos pudo entrar en
el cuerpo de Álvarez después del accidente de moto. Cuando Álvarez entra en
trance, entra en él el espíritu de Carlos, enfocado por un cristal grande y
raro, y pronuncia la sabiduría de los siglos.
En el dossier de prensa se
incluía una lista de las principales apariciones en ciudades americanas, una
videocinta de la tumultuosa recepción de Álvarez/Carlos en un teatro de
Broadway, su entrevista en la emisora de radio WOOP de Nueva York, y otras
indicaciones de que aquello era un formidable fenómeno norteamericano de la
Nueva Era. Dos detalles sustanciosos: un artículo de un periódico del sur de
Florida decía: «nota de teatro: La
estancia de tres días del canalizador carlos
se ha ampliado al War Memorial Auditorium... en respuesta a la petición
de más apariciones», y un extracto de una guía de programas de televisión
comentaba la emisión de un especial sobre «la
entidad carlos: Este estudio en profundidad revela los hechos tras una
de las personalidades más populares y controvertidas del día».
Álvarez y
su manager llegaron a Sydney en un vuelo de primera clase de Qantas. Viajaron
a todas partes en una enorme limusina blanca. Ocuparon la suite presidencial
de uno de los hoteles más prestigiosos de la ciudad. Álvarez iba ataviado con
una elegante túnica blanca y un medallón de oro. En su primera conferencia de
prensa apareció rápidamente Carlos. La entidad era vigorosa, letrada,
imponente. Los programas de televisión australianos se sumaron rápidamente a
la cola para conseguir apariciones de Álvarez, su manager y su enfermera (para
comprobar el pulso y anunciar la presencia de Carlos).
En el Today
Show de Australia fueron entrevistados por el anfitrión, George Negus.
Cuando Negus les planteó algunas preguntas razonables y escépticas se
mostraron de lo más susceptibles. Carlos maldijo al presentador. El manager
acabó tirándole un vaso de agua a Negus y salieron los dos del plató con aire
majestuoso. El asunto causó sensación en la prensa, se repitieron las imágenes
muchas veces en la televisión australiana. «Arrebato en TV: ducha de agua para
Negus» era el titular de primera página del Daily Mirror del 16 de
febrero de 1988. Las emisoras de televisión recibieron miles de llamadas. Un
ciudadano de Sydney aconsejó que se tomaran muy en serio la maldición sobre
Negus: el ejército de Satanás ya había asumido el control de las Naciones
Unidas, decía, y Australia podía ser la próxima.
La
siguiente aparición de Carlos fue en la versión australiana de A Current
Affair, Se invitó a un escéptico, que describió el truco de magia para
detener brevemente el pulso de una mano: te pones una bola de goma en el sobaco
y aprietas. Cuando se cuestionó la autenticidad de Carlos, éste se ofendió:
«¡La entrevista ha terminado!», dijo con voz de trueno.
El día
señalado, el teatro Dramático de la Casa de la Ópera de Sydney estaba casi
lleno. Se había reunido una multitud expectante de jóvenes y viejos. La
entrada era libre... lo que animó a los que sospechaban vagamente que podía ser
algún tipo de patraña. Álvarez se sentó en un sofá bajo. Le controlaron el
pulso. De pronto se detuvo. Aparentemente, estaba casi muerto. Emitía graves
sonidos guturales desde muy dentro de él. La audiencia esperaba boquiabierta
con respeto y reverencia. De pronto, el cuerpo de Álvarez recuperó el poder. Su
postura irradiaba confianza. De la boca de Álvarez fluía una amplia perspectiva
humana, espiritual. ¡Carlos estaba allí! Entrevistados al salir, muchos
miembros del público describieron que se sentían conmovidos y maravillados.
El domingo
siguiente, el programa de televisión más popular de Australia —llamado «Sixty
Minutes» como su equivalente norteamericano— reveló que la historia de Carlos
era una broma, de principio a fin. Los productores habían pensado que sería
instructivo explorar la facilidad con que podía crearse un curandero o gurú
para embaucar al público y los medios de comunicación. Por eso, naturalmente,
se pusieron en contacto con uno de los principales expertos del mundo en
engañar al público (al menos entre los que no ocupan o asesoran a ningún cargo
político): el mago James Randi.
---ooo---
«...habiendo
tantos trastornos que se curan solos y tanta disposición en la humanidad a
engañarse a uno mismo y a otros», escribió Benjamín Franklin en 1784,
y como mi largo tiempo de vida me ha dado
frecuentes oportunidades de ver ensalzados algunos remedios como si lo curasen
todo para ser dejados a continuación totalmente de lado por inútiles, no puedo
sino temer que la expectativa de gran beneficio del nuevo método para tratar
enfermedades resultará una ilusión. Sin embargo, en algunos casos esta ilusión
puede ser de utilidad mientras dure.
Se refería al mesmerismo. Pero «cada época
tiene su locura particular».
A diferencia de Franklin, la
mayoría de los científicos consideran que no es su tarea exponerse a
engaños pseudocientíficos, mucho menos a autoengaños sostenidos
apasionadamente. Además, tampoco tienden a ser muy buenos en ello. Los
científicos están acostumbrados a lidiar con la naturaleza que, aunque quizá
ofrezca sus secretos con renuencia, lucha de manera justa. A menudo no están
preparados para esos practicantes sin escrúpulos de lo «paranormal» que siguen
normas diferentes. Los magos, por otro lado, están en el negocio del engaño.
Practican una de las muchas ocupaciones —como la actuación, la publicidad, la
religión burocrática y la política— en que lo que un observador ingenuo podría
interpretar como mentira es aceptado socialmente como si fuera en servicio de
un bien mayor. Muchos magos dicen que no engañan y sugieren que sus poderes les
son transferidos por fuentes místicas o, últimamente, por generosidad
extraterrestre. Algunos usan sus conocimientos para poner en evidencia a los
charlatanes que hay entre sus filas y fuera de ellas. Un ladrón se dispone a
cazar a otro ladrón.
Pocos reaccionan a este
desafío con tanta energía como James Randi, «el asombroso», que se describe a
sí mismo con precisión como un hombre enfadado. La supervivencia hasta
nuestros días del misticismo antediluviano y la superstición no le enoja tanto
como la aceptación acrítica de las obras de misticismo y superstición que
pueden defraudar, humillar y a veces incluso matar. Como todos nosotros, Randi
es imperfecto: a veces es intolerante y condescendiente y no siente ninguna
simpatía por las fragilidades humanas que fundamentan la credulidad. Le suelen
pagar por sus conferencias y actuaciones, pero nada comparable a lo que
recibiría si declarase que sus trucos derivan de poderes psíquicos o divinos, o
de influencias extraterrestres. (La mayoría de prestidigitadores profesionales
de todo el mundo parece creer en la realidad de los fenómenos psíquicos...
según los sondeos de sus opiniones.) Como prestidigitador, Randi ha trabajado
mucho para desenmascarar a videntes remotos, «telépatas» y curanderos que han
estafado al público. Hizo una demostración de los sencillos engaños y
apreciaciones erróneas mediante los cuales los psíquicos que doblan cucharas
habían conseguido que físicos teóricos prominentes reconocieran la existencia
de nuevos fenómenos físicos. Ha recibido un amplio reconocimiento entre los
científicos y es poseedor de una beca de la Fundación MacArthur (llamada «de
genio»). Un crítico le acusó de estar «obsesionado con la realidad». Ojalá
pudiera decirse lo mismo de nuestra nación y nuestra especie.
Randi ha hecho más que nadie
en épocas recientes para poner al descubierto la simulación y el fraude en el
lucrativo negocio de la curación mediante la fe. Examina las pruebas. Comenta
los cotillees. Escucha la corriente de información «milagrosa» que llega al
curandero itinerante... no por inspiración divina, sino por radio, a 39,17
megaherzios de frecuencia, transmitida por su esposa entre bastidores.[27]
Randi descubre que los que se levantan de las sillas de ruedas y, según se
afirma, han sido curados, nunca habían estado confinados a sillas de ruedas: un
acomodador los invitó a sentarse en ellas. Desafía a los curanderos a
proporcionar pruebas médicas serias para dar validez a sus reclamaciones.
Invita a las agencias locales y federales del gobierno a aplicar la ley contra
el fraude y la mala práctica médica. Critica a los medios de información por
su estudiado alejamiento del tema. Revela el desprecio profundo de esos
curanderos hacia sus pacientes y parroquianos. Muchos son charlatanes
intencionales que usan el lenguaje y los símbolos evangélicos cristianos o de
la Nueva Era para aprovecharse de la fragilidad humana. Quizá algunos de ellos
tengan motivos no venales.
¿O soy demasiado severo? ¿En
qué se diferencia el charlatán ocasional del curanderismo del fraude ocasional
en la ciencia? ¿Es razonable sospechar de toda una profesión porque hay algunas
manzanas podridas? Me parece que, como mínimo, hay dos diferencias
importantes. Primero, nadie duda de que la ciencia funciona de verdad, aunque
de vez en cuando pueda ofrecerse una afirmación errónea o fraudulenta. Pero
que haya alguna curación «milagrosa» gracias a la fe, independientemente
de la capacidad de curarse propia del cuerpo, es francamente dudoso. En
segundo lugar, la ciencia pone al descubierto sus fraudes y errores casi
exclusivamente por sí misma. Es una disciplina que se vigila a sí misma, lo
que significa que los científicos son conscientes del potencial de
charlatanería y error que existe. Pero casi nunca son los curanderos quienes
revelan el fraude y error en la curación por la fe. Ciertamente, es
sorprendente la resistencia de las Iglesias y sinagogas a condenar el engaño
demostrable entre sus filas.
Cuando
fracasa la medicina convencional, cuando tenemos que enfrentarnos al dolor y la
muerte, desde luego estamos abiertos a otras perspectivas de esperanza. Y, al
fin y al cabo, hay algunas enfermedades psicogénicas. Muchas pueden ser cuando
menos mitigadas con una mentalidad positiva. Los placebos son fármacos
ficticios, a menudo pastillas de azúcar. Las compañías de fármacos comparan
rutinariamente la eficacia de sus fármacos con los placebos administrados a
pacientes con la misma enfermedad sin posibilidad de reconocer la diferencia
entre el fármaco y el placebo. Los placebos pueden ser asombrosamente
efectivos, especialmente para resfriados, ansiedad, depresión, dolor y síntomas
que es verosímil que estén generados por la mente. Es concebible que el hecho
de creer pueda producir endorfinas: pequeñas proteínas del cerebro con efectos
como la morfina. Un placebo sólo funciona si el paciente cree que es una
medicina efectiva. Dentro de límites estrictos, parece que la esperanza puede
transformarse en bioquímica.
Como
ejemplo típico, consideremos la náusea y vómitos que suelen acompañar a la
quimioterapia en pacientes de cáncer y sida. Ambas cosas pueden ser causadas
psicogénicamente: por ejemplo, por miedo. El fármaco hidrocloruro ondansetron
reduce en gran medida la incidencia de esos síntomas; pero, en realidad, ¿es el
fármaco o la expectativa de alivio? En un estudio de doble ciego, el noventa y
seis por ciento de los pacientes calificaron el fármaco de efectivo. Lo mismo
hicieron el diez por ciento de los pacientes que tomaban un placebo de aspecto
idéntico.
Casi la
mitad de los norteamericanos cree que existe lo que se llama curación psíquica
o espiritual. A lo largo de la historia humana se han asociado las curas
milagrosas a una amplia variedad de curanderos, reales o imaginarios. La
escrófula, una especie de tuberculosis, se llamaba en Inglaterra el «mal del
rey» y se suponía que sólo podía ser curada mediante la mano del rey. Las
víctimas guardaban cola pacientemente para que el rey las tocara; el monarca
se sometía brevemente a otra pesada obligación de su alto cargo y —aunque no
parece que se curara nadie— la práctica continuó durante siglos.
Un famoso
curandero del siglo XVII fue Valentino Greatracks. Descubrió, con cierta
sorpresa, que tenía poder para curar enfermedades, incluyendo resfriados,
úlceras, «picores» y epilepsia. La demanda de sus servicios aumentó de tal
modo que no tenía tiempo para nada más. Afirmaba que todas las enfermedades
eran causadas por espíritus malos, a muchos de los cuales reconocía y llamaba
por su nombre. Un cronista contemporáneo, citado por Mackay, apuntó que
alardeaba de estar mucho más al corriente de
las intrigas de los demonios que de los asuntos de los hombres... Tan grande
era la confianza en él, que el ciego creía ver la luz que no veía, el sordo
imaginaba que oía, el cojo que andaba bien y el paralítico que había recobrado
el uso de sus extremidades. La idea de salud hacía que el enfermo olvidara por
un tiempo sus males; y la imaginación, que no era menos activa en los meramente
atraídos por curiosidad que en los enfermos, daba una falsa visión a una clase,
por el deseo de ver, así como realizaba una falsa cura en la Otra por el fuerte
deseo de ser curado.
Hay innumerables informes en
la literatura mundial de exploración y antropología no sólo de enfermos
curados por fe en el curandero sino también de gente que se consume y muere por
la maldición de un brujo. Álvar Núñez Cabeza de Vaca que, con algunos
acompañantes y en terribles condiciones de privación vagó por mar y tierra,
desde Florida hasta Texas y México entre 1528 y 1536, cuenta un ejemplo más o
menos típico. Todas las comunidades de nativos americanos que encontró en su
camino deseaban creer en los poderes sobrenaturales para curar del extraño
forastero de piel clara y barba negra y su acompañante de Marruecos,
Estevanico* el Negro. Pueblos enteros se acercaban a ellos para
conocerlos y depositaban todas sus riquezas a los pies de los españoles
implorando humildemente la curación. Empezó con bastante modestia:
...nos quisieron hacer físicos sin examinarnos
ni pedirnos los títulos, porque ellos curan las enfermedades soplando al
enfermo, y con aquel soplo y las manos echan de él la enfermedad, y mandáronnos
que hiciésemos lo mismo y sirviésemos en algo... La manera con que
nosotros curamos era santiguándolos y soplarlos, y rezar un Pater Noster
y un Ave María... luego que los santiguamos decían a los otros que
estaban sanos y buenos...
Pronto empezaron a curar tullidos. Cabeza de
Vaca dice que levantó a un hombre de entre los muertos. Después,
por todo éste camino teníamos muy gran
trabajo, por la mucha gente que nos seguía... porque era muy grande la prisa
que tenían por llegar a tocarnos; y era tanta la inoportunidad de ellos sobre
esto, que pasaban tres horas que no podíamos acabar con ellos que nos dejasen.
Cuando una tribu suplicó a
los españoles que no se marcharan. Cabeza de Vaca y sus acompañantes fingieron
enojarse. Entonces
sucedió una cosa extraña, y fue que este mismo
día adolescieron y otro día siguiente murieron ocho hombres. Por toda la tierra
donde esto se supo hobieron tanto miedo de nosotros, que parescía en vernos que
de temor habían de morir. Rogáronnos que no estuviésemos enojados, ni
quisiésemos que más de ellos muriesen, y tenían por muy cierto que nosotros
los matábamos con solamente quererlo.
En 1858 se informó de una
aparición de la Virgen María en Lourdes, Francia; la Madre de Dios confirmó el
dogma de su concepción inmaculada que había sido proclamado por el papa Pío XI
sólo cuatro años antes. Algo así como cien millones de personas han ido desde
entonces a Lourdes con la esperanza de curarse, muchas de ellas con
enfermedades que la medicina de la época no podía vencer. La Iglesia católica
romana rechazó la autenticidad de gran cantidad de las curaciones llamadas
milagrosas: sólo aceptó sesenta y cinco en casi un siglo y medio (de tumores,
tuberculosis, oftalmitis, impétigo, bronquitis, parálisis y otras enfermedades,
pero no, por ejemplo, la regeneración de una extremidad o una columna
vertebral partida). De las sesenta y cinco curaciones, hay diez mujeres por
cada hombre. Las posibilidades de una curación milagrosa en Lourdes, por tanto,
son de una entre un millón; hay tantas posibilidades aproximadas de curarse
después de una visita a Lourdes como de ganar la lotería, o de morir en el accidente
de un vuelo regular de avión... incluyendo el que va a Lourdes.
La tasa de remisión
espontánea de todos los cánceres, agrupados, se estima entre uno por cada diez
mil y uno por cada cien mil. Si sólo el cinco por ciento de los que van a
Lourdes fueran a tratarse un cáncer, debería de haber entre cincuenta y
quinientas curaciones «milagrosas» sólo de cáncer. Como sólo tres de las sesenta
y cinco curaciones atestiguadas son de cáncer, la tasa de remisión espontánea
en Lourdes parece ser inferior que si las víctimas se hubieran quedado en
casa. Desde luego, si uno se encuentra entre los sesenta y cinco curados, será
muy difícil convencerle de que su viaje a Lourdes no fue la causa de la
remisión de la enfermedad... Post hoc, ergo propter hoc. Algo similar
parece ocurrir con los curanderos individuales.
Después de oír hablar a sus
pacientes de supuestas curaciones por la fe, un médico de Minnesota llamado
William Nolen pasó un año y medio intentando analizar los casos más asombrosos.
¿Había alguna prueba médica de que la enfermedad estuviera realmente presente
antes de la «curación»? Si era así, ¿había desaparecido realmente
después de la curación, o era sólo lo que decían el curandero o el paciente?
Descubrió muchos casos de fraude, incluyendo la primera revelación de «cirugía
psíquica» de América. Pero no encontró ningún ejemplo de curación de ninguna
enfermedad orgánica seria (no psicogénica). No había casos de curación, por
ejemplo, de cálculos biliares o artritis reumatoide, mucho menos de cáncer o
enfermedades cardiovasculares. Cuando se rompe el bazo de un niño, apuntaba
Nolen, la recuperación es completa sometiéndole a una sencilla operación
quirúrgica. Pero si se lleva al niño a un curandero muere en un día. La
conclusión del doctor Nolen:
Cuando los curanderos tratan enfermedades
orgánicas graves son responsables de una angustia e infelicidad inauditas...
Los curanderos se convierten en asesinos.
Incluso en un libro reciente
que defiende la eficacia de la oración en el tratamiento de la enfermedad
(Larry Dossey, Palabras que curan) se plantea la preocupación de que
algunas enfermedades se curan o alivian más fácilmente que otras. Si la
oración funciona, ¿por qué no puede curar Dios un cáncer o hacer que crezca
una extremidad perdida? ¿Por qué tanto sufrimiento evitable que Dios podría
impedir tan fácilmente? ¿Por qué Dios necesita que se le rece? ¿No sabe ya qué
curaciones debe realizar? Dossey también empieza con una cita del doctor
Stanley Kripner (descrito como «uno de los investigadores más autorizados de la
variedad de métodos de curación heterodoxa que se usan en todo el mundo»):
...los datos de investigación sobre curaciones
a distancia, basadas en la oración, son prometedores, pero demasiado dispersos
para permitir sacar una conclusión firme.
Eso después de muchos billones de oraciones a
lo largo de los milenios.
Como
sugiere la experiencia de Cabeza de Vaca, la mente puede causar ciertas
enfermedades, incluso enfermedades fatales. Cuando se hace creer a pacientes
con los ojos vendados que se les está tocando con una hoja de hiedra o roble
venenoso, generan una desagradable dermatitis de contacto roja. La curación por
la fe puede ayudar en enfermedades placebo o mediatizadas por la mente: un
malestar en espalda y rodillas, dolores de cabeza, tartamudeo, úlceras,
estrés, fiebre del heno, asma, parálisis histérica y ceguera, y falso embarazo
(con cesación de períodos menstruales e hinchazón abdominal). Hay enfermedades
en las que el estado mental puede jugar un papel clave. La mayoría de las
curaciones de finales del Medievo que se asocian con apariciones de la Virgen
María eran parálisis súbitas, de poco tiempo, parciales o de todo el cuerpo.
Además, se mantenía en general que sólo se podían curar de este modo los
creyentes devotos. No es sorprendente que la apelación a un estado mental
llamado fe pueda aliviar síntomas causados, al menos en parte, por otro estado
mental quizá no muy diferente.
Pero hay
algo más: la fiesta lunar de la cosecha es una celebración importante en las
comunidades chinas tradicionales de Norteamérica. En la semana precedente a la
fiesta, la tasa de mortalidad de la comunidad cae un treinta y cinco por
ciento. En la semana siguiente sube el treinta y cinco por ciento. Los grupos
de control no chinos no muestran este efecto. Se podría pensar que se debe a
los suicidios, pero sólo se cuentan las muertes por causas naturales. Se podría
pensar que la causa es el estrés o el exceso de comida, pero eso difícilmente
explica la caída de la tasa de mortalidad antes del festival. El mayor efecto
se produce en personas con enfermedades cardiovasculares, en las que se conoce
la influencia del estrés. El efecto sobre el cáncer era pequeño. En un estudio
más detallado resultó que las fluctuaciones de la tasa de mortalidad ocurrían
exclusivamente entre mujeres de setenta y cinco años o más: como la fiesta
lunar de la cosecha está presidida por las mujeres más ancianas de las casas,
eran capaces de postergar la muerte una o dos semanas para ejercer sus
responsabilidades ceremoniales. Se encuentra un efecto similar entre los
hombres judíos las semanas dedicadas a la Pascua judía —una ceremonia en la que
los ancianos desempeñan un papel central— y, de modo parecido, en todo el mundo
por cumpleaños, ceremonias de graduación y cosas parecidas.
En un
estudio más controvertido, los psiquiatras de la Universidad de Stanford
dividieron en dos grupos a ochenta y seis mujeres con metástasis de cáncer de
pecho: animaron a un grupo a examinar sus temores ante la muerte y a intervenir
en sus vidas mientras el otro no recibía ningún tipo de apoyo psiquiátrico especial.
Para sorpresa de los investigadores, el grupo receptor de apoyo no sólo experimentaba
menos dolor, sino que también vivía más: un promedio de dieciocho meses más.
El director del
estudio de Stanford, David Spiegel, especula que la causa puede ser el cortisol
y otras «hormonas del estrés» que perjudican el sistema inmunoprotector del
cuerpo. Las personas gravemente deprimidas, los estudiantes durante períodos de
examen y los deshauciados tienen un número reducido de glóbulos blancos. Un
buen apoyo emocional quizá no tenga mucho efecto en formas de cáncer avanzadas,
pero puede servir para reducir las posibilidades de infecciones secundarias en
una persona ya muy debilitada por la enfermedad o su tratamiento.
En un libro
casi olvidado de 1903, Ciencia cristiana, Mark Twain escribió:
El poder que tiene la imaginación de un hombre
sobre su cuerpo para curarlo o enfermarlo es una fuerza de la que no carece ninguno
de nosotros al nacer. La tenía el primer hombre y la poseerá el último.
En ocasiones, los curanderos
pueden aliviar parte del dolor y la ansiedad, u otros síntomas, de enfermedades
más graves, aunque sin detener el progreso de la enfermedad. Pero este
beneficio no es poco. La fe y la oración pueden conseguir aliviar algunos síntomas
de la enfermedad y su tratamiento, mitigar el sufrimiento de los afligidos e
incluso prolongar un poco sus vidas. Al evaluar la religión llamada Ciencia
Cristiana, Mark Twain —su crítico más severo de la época— aceptaba sin embargo
que los cuerpos y vidas que había «sanado» por el poder de la sugestión
compensaban de manera más que suficiente los que había matado por eliminar el
tratamiento médico en favor de la oración.
Después de
la muerte de John F. Kennedy, varios americanos declararon haber contactado
con el fantasma del presidente. Se empezaron a declarar curaciones milagrosas
ante pequeños altares caseros con su fotografía. «Dio la vida por su pueblo»,
explicaba un adepto de esta religión nacida muerta. Según la Enciclopedia de
las religiones americanas: «Para los creyentes, Kennedy es como un dios.»
Algo similar puede verse en el fenómeno de Elvis Presley y el sincero grito:
«El rey vive.» Si pueden surgir de este modo sistemas de creencia espontáneos,
imaginemos lo que podría hacerse con una campaña bien organizada y
especialmente carente de escrúpulos.
---ooo---
En
respuesta a sus preguntas, Randi propuso en el programa «Sixty Minutes» de
Australia la idea de generar un engaño desde el principio... utilizando a
alguien sin ninguna preparación de magia ni para hablar en público, y sin
experiencia de predicador. Mientras pensaba en la organización de la patraña,
sus ojos fueron a dar en su inquilino, José Luis Álvarez, un joven escultor de
categoría. ¿Por qué no?, respondió Álvarez, que parecía una persona brillante,
animosa y seria. Se sometió a una preparación intensiva, incluyendo ensayos de
aparición en televisión y conferencias de prensa. No tenía que pensar las
respuestas porque tenía un receptor de radio casi invisible en el oído, a
través del que Randi le apuntaba. Los enviados de «Sixty Minutes» comprobaron
la actuación de Álvarez. La persona de Carlos era una invención de Álvarez.
Cuando
Álvarez y su «manager» —también reclutado para el trabajo sin experiencia
previa— llegaron a Sydney, allí estaba James Randi, discreto, sin llamar la
atención, susurrando en el transmisor desde un rincón. Toda la documentación
explicativa era falsa. La maldición, el vaso de agua y todo lo demás eran para
atraer la atención de los medios de comunicación. La atrajeron. Muchas personas
habían acudido a la Casa de la Ópera por la atención que le habían prestado la
televisión y la prensa. Una cadena de periódicos de Australia llegó a imprimir
palabra por palabra los comunicados de la «Fundación Carlos».
Cuando
«Sixty Minutes» hizo público el engaño, los demás medios de comunicación
australianos se pusieron furiosos. Se quejaban de haber sido utilizados, les
habían mentido. «Igual que hay directrices legales sobre el uso de
provocadores por parte de la policía», tronaba Peter Robinson en la Australian
Financial Review,
debe haber un límite al derecho de los medios
de comunicación a plantear una situación equívoca... Yo, francamente, no puedo
aceptar que decir una mentira sea una manera aceptable de informar de la
verdad... Todos los sondeos de la opinión pública muestran que hay una sospecha
entre el público general de que los medios de comunicación no dicen toda la
verdad o que distorsionan las cosas, exageran, o son tendenciosos.
El señor Robinson temía que Carlos pudiera
haber dado crédito a esta extendida percepción errónea. Los titulares iban
desde «Cómo Carlos los ridiculizó a todos» hasta «El engaño era estúpido». Los
periódicos que no habían anunciado a Carlos a son de trompetas se congratulaban
de sus reservas. Negus dijo de «Sixty Minutes»: «Hasta las personas íntegras
pueden cometer errores», y negó que se hubiera dejado embaucar. Alguien que se
presente como canalizador, dijo, es «un fraude por definición».
«Sixty Minutes» y Randi subrayaron que los
medios de comunicación australianos no habían hecho ningún esfuerzo para
comprobar la buena fe de «Carlos». No había aparecido nunca en ninguna de las
ciudades nombradas. La cinta de vídeo de Carlos en el escenario de un teatro de
Nueva York había sido un favor de los magos Penn y Teller, que estaban actuando
allí. Se limitaron a pedir al público un gran aplauso; Alvarez entró, con la
túnica y el medallón, el público aplaudió sumiso. Randi consiguió su cinta de
vídeo, Alvarez se despidió, el show continuó. Y en Nueva York no existe
ninguna emisora de radio llamada WOOP.
Era fácil
encontrar otros motivos de sospecha en los escritos de Carlos. Pero como la
divisa intelectual ha sido tan devaluada, como la credulidad —antigua y de la
Nueva Era— es tan agresiva, como raramente se practica el pensamiento
escéptico, no hay ninguna parodia demasiado inverosímil. La Fundación Carlos
anunciaba la venta de un «cristal de la
atlántida» (en realidad se cuidaron escrupulosamente de no vender nada):
El maestro, en sus viajes, ha encontrado hasta
ahora cinco de esos cristales únicos. Sin que la ciencia encuentre
explicaciones, cada cristal contiene energía casi pura... [y tiene] unos
poderes curativos enormes. Las formas contienen energía espiritual fosilizada
y son una gran bendición para la preparación de la Tierra para la Nueva Era...
De los cinco, el maestro ascendido lleva siempre un cristal de la Atlántida
cerca de su cuerpo para protegerse y potenciar todas las actividades
espirituales. Dos de ellos han sido adquiridos por bondadosos seguidores en
Estados Unidos a cambio de la contribución sustancial que requiere el maestro
ascendido.
O, bajo el titular: «las aguas
de carlos»:
El maestro ascendido encuentra de vez en
cuando agua de tal pureza que emprende la energización de una cantidad de ella
para beneficio de los demás, un proceso intensivo. Para producir lo que siempre
es poco, el maestro ascendido se purifica él mismo y una cantidad de cristal de
cuarzo puro moldeado en frascos. A continuación se coloca él mismo y los
cristales en un gran cuenco de cobre, pulido y caliente. Durante un período de
veinticuatro horas, el maestro ascendido vierte energía en el depósito espiritual
del agua... No hace falta sacar el agua del frasco para utilizarla
espiritualmente. Sólo sostener el frasco y concentrarse en curar una herida o
enfermedad producirá resultados asombrosos. Sin embargo, si le sucede un
infortunio serio a usted o a un ser cercano, unas gotas del agua energizada le
ayudarán inmediatamente a la recuperación.
O «LÁGRIMAS DE CARLOS»:
El color rojo de los frascos que ha modelado
el maestro ascendido para las lágrimas es prueba suficiente de su poder, pero
su emoción [sic] durante la meditación ha sido descrita por los que la han
experimentado como «gloriosa unicidad».
También hay un librito. Las enseñanzas de Carlos, que empieza:
YO SOY CARLOS
.
HE LLEGADO HASTA TI
A TRAVÉS
DE MUCHAS
ENCARNACIONES
PASADAS.
TENGO UNA GRAN LECCIÓN
PARA
ENSEÑARTE.
ESCUCHA ATENTAMENTE.
LEE ATENTAMENTE.
PIENSA ATENTAMENTE.
LA VERDAD ESTÁ AQUÍ.
La primera enseñanza es una
pregunta: ¿Por qué estamos aquí?... La respuesta: «¿Quién puede decir
cuál es la única respuesta? Hay muchas respuestas a cualquier
pregunta y todas las respuestas son correctas. Es así. ¿Lo ve?»
El libro
nos conmina a no pasar a la página siguiente hasta que hayamos entendido la
página en la que estamos. Éste es uno de los muchos factores que dificultan
terminarlo.
«De los
que dudan —revela más adelante— sólo puedo decir esto: pueden tomar de este
asunto lo que quieran. Terminan sin nada: un puñado de aire, quizá. ¿Y qué
tiene el creyente? ¡todo! Todas
las preguntas contestadas, porque todas y cada una de las respuestas son
correctas. ¡Y son buenas respuestas! Discute esto, escéptico.»
O: «No
pidamos explicaciones de todo. Los occidentales, en particular, siempre estamos
pidiendo descripciones prolijas de por qué esto, por qué aquello. La mayoría de
lo que se pregunta es obvio. ¿Por qué ocuparse en examinar esas materias?...
La fe hace que todo se convierta en verdad.»
La última
página del libro expone una sola palabra en grandes letras: se nos exhorta a «¡pensar!».
Todo el
texto de Las enseñanzas de Carlos fue escrito por Randi. Lo redactaron
Álvarez y él precipitadamente en pocas horas en un ordenador portátil.
Los medios
de comunicación australianos se sintieron traicionados por uno de los suyos.
El principal programa de televisión del país se tomó la molestia de poner en
evidencia la mala calidad del nivel de comprobación de datos y la extendida
credulidad de las instituciones dedicadas a las noticias y asuntos públicos.
Algunos analistas de los medios de comunicación lo excusaron basándose en que
era obvio que el tema no era importante; de haberlo sido, lo habrían
comprobado. Se entonaron unos cuantos mea culpa. Ninguno de los que habían sido
engañados quiso aparecer en un programa retrospectivo sobre el «Asunto Carlos»
programado para el domingo siguiente en «Sixty Minutes».
Desde
luego, todo eso no implica que Australia sea algo especial. Álvarez, Randi y
sus colegas-conspiradores podían haber elegido cualquier nación en la Tierra y
no hubiera cambiado nada. Los que concedieron una audiencia nacional de
televisión a Carlos incluso sabían lo suficiente para hacer algunas preguntas escépticas...
pero no se pudieron resistir a invitarlo. La lucha de aniquilación mutua de
los medios de comunicación dominó los titulares tras la partida de Carlos. Se
escribieron comentarios confusos sobre el asunto. ¿Cuál era el objetivo? ¿Qué
se había demostrado?
Álvarez y
Randi demostraron lo poco que cuesta desnaturalizar nuestras creencias, lo
dispuestos que estamos a dejarnos llevar, lo fácil que es engañar al público
cuando la gente se encuentra sola y anhela creer en algo. Si Carlos se hubiera
quedado más tiempo en Australia y se hubiera concentrado más en la curación —a
través de la oración, de la fe en él, expresando deseos ante sus lágrimas
embotelladas, acariciando sus cristales—, es indudable que hubieran aparecido
personas curadas gracias a él de muchas enfermedades, especialmente
psicogénicas. Incluso si lo único fraudulento hubiera sido su aspecto, dichos
y productos anexos, algunos habrían mejorado gracias a Carlos.
Eso,
nuevamente, es el efecto placebo que se encuentra en casi todos los curanderos.
Creemos que tomamos una medicina potente y desaparece el dolor, al menos por un
tiempo. Y cuando creemos que hemos recibido una cura espiritual poderosa, a
veces la enfermedad también desaparece, al menos durante un tiempo. Hay gente
que anuncia espontáneamente que ha sido curada aunque no sea así. En los
detallados seguimientos que hicieron Nolen, Randi y muchos otros de personas a
quien se había dicho que estaban curadas y así lo manifestaban ellas —por
ejemplo, en servicios televisados de curanderos— no pudieron encontrar ni una
que se hubiera curado realmente de una enfermedad orgánica grave. Incluso la
mejora significativa de su estado era dudosa. Como sugiere la experiencia de
Lourdes, quizá deberían revisarse de diez mil a un millón de casos para
encontrar una verdadera recuperación asombrosa.
Un
curandero puede empezar o no con el fraude en mente. Pero, para su sorpresa,
resulta que sus pacientes parecen mejorar de verdad. Sus emociones son
genuinas, su gratitud sincera. Cuando se critica al curandero, ellos salen en
su defensa. Varios de los asistentes de más edad a la canalización de la Casa
de la Opera de Sydney montaron en cólera por la revelación de «Sixty Minutes»:
«Da igual lo que diga —le decían a Álvarez—, nosotros creemos en ti.»
Esos
éxitos pueden ser suficientes para convencer a muchos charlatanes —por muy
cínicos que sean al principio— de que realmente tienen poderes
místicos. Quizá no tienen éxito todas las veces. Los poderes vienen y van, se
dicen a sí mismos. Tienen que disimular los momentos bajos. Si es necesario
engañar un poco en algún momento, se dicen a sí mismos que sirven a un
propósito más alto. Prueban su discurso con el consumidor. Funciona.
La mayoría
de estas figuras sólo van detrás de nuestro dinero. Ésta es la parte buena.
Pero lo que me preocupa es que aparezca un Carlos con asuntos más importantes
en juego... un hombre atractivo, dominante, patriótico y rebosando liderazgo.
Todos anhelamos un líder competente, incorrupto y carismático. Nos aferraremos
a la oportunidad de apoyarle, creer en él, sentimos bien. La mayoría de los
informadores, editores y productores —arrastrados por el resto de nosotros—
huirán del examen escéptico real. Él no nos venderá oraciones, cristales o
lágrimas. Quizá nos venda una guerra, un chivo expiatorio o un ramillete de
creencias más globales que Carlos. Sea lo que sea, irá acompañado de
advertencias sobre los peligros del escepticismo.
En la
celebrada película El Mago de Oz, Dorothy, el espantapájaros, el
leñador de hojalata y el león cobarde se ven intimidados —en realidad
atemorizados— por la figura oracular de gran talla llamada el Gran Oz. Pero el
pequeño perro de Dorothy, Toto, descorre una cortina que lo oculta y revela que
el Gran Oz es en realidad una máquina dirigida por un hombre bajo, rechoncho y
asustado, tan exiliado como ellos en aquella tierra extraña.
Creo que
es una suerte que James Randi descorra la cortina. Pero sería tan peligroso
confiarle a él el desenmascaramiento de todos los matasanos, farsantes y
tonterías del mundo como creer a esos mismos charlatanes. Si no queremos que
nos engañen, debemos ocuparnos de ello nosotros mismos.
---ooo---
Una de las
lecciones más tristes de la historia es ésta: si se está sometido a un engaño
demasiado tiempo, se tiende a rechazar cualquier prueba de que es un engaño.
Encontrar la verdad deja de interesarnos. El engaño nos ha engullido.
Simplemente, es demasiado doloroso reconocer, incluso ante nosotros mismos,
que hemos caído en el engaño. En cuanto se da poder a un charlatán sobre uno
mismo, casi nunca se puede recuperar. Así, los antiguos engaños tienden a
persistir cuando surgen los nuevos.
Las
sesiones de espiritismo sólo se practican en habitaciones en penumbra donde es
muy difícil ver a los visitantes fantasmagóricos. Si encendemos la luz y, en
consecuencia, tenemos la oportunidad de ver lo que ocurre, los espíritus
desaparecen. Se nos dice que son tímidos, y algunos de nosotros lo creemos. En
los laboratorios de parapsicología del siglo XX, existe el «efecto observador»: personas descritas como
psíquicos dotados encuentran que sus poderes disminuyen claramente siempre que
aparecen los escépticos, y desaparecen del todo en presencia de un
prestidigitador preparado como James Randi. Lo que necesitan es oscuridad y
credulidad.
Una niña
pequeña que había colaborado en un famoso engaño del siglo XIX —se comunicaba
con los espíritus y los fantasmas respondían las preguntas con fuertes golpes—
confesó al hacerse mayor que había sido una impostura. Hacía crujir la
articulación del dedo gordo del pie. Demostró cómo lo hacía. Pero la disculpa
pública prácticamente se ignoró y, cuando se reconocía, se denunciaba. Los
golpecitos que daba el espíritu eran demasiado tranquilizadores para
abandonarlos porque una persona confesase que aquello era falso, aunque fuera
ella misma la que lo hubiera iniciado. Empezó a circular la historia de que
los racionalistas fanáticos la habían obligado a hacer aquella confesión.
Como
describí antes, los bromistas británicos confesaron haber hecho «círculos en
los campos de cultivo», figuras geométricas que aparecían en los sembrados. No
eran artistas extraterrestres que trabajaban con el trigo como si fuera su
medio, sino dos hombres con una tabla, una cuerda y cierta propensión a
bromear. Sin embargo, ni siquiera cuando confesaron cómo lo habían hecho cambió
la opinión de los creyentes. Argüían que podía ser que algunos círculos fueran
un fraude, pero había demasiados, y algunos pictogramas eran demasiado
complejos. Sólo los podían haber hecho los extraterrestres. Poco después, en
Gran Bretaña, otros confesaron ser los autores. Pero, y los círculos en los
campos de cultivo en el extranjero, en Hungría por ejemplo, ¿cómo puede
explicarse eso? Entonces unos adolescentes húngaros confesaron haber
copiado la idea. Pero, ¿y...?
Para
comprobar la credulidad de un psiquiatra especialista en abducciones por
extraterrestres, una mujer se presenta como abducida. El terapeuta está
entusiasmado con las fantasías que va hilando. Pero, cuando ella le anuncia
que todo es un fraude, ¿cuál es su respuesta? ¿Volver a examinar sus notas o su
enfoque de esos casos? No. En días distintos sugiere: 1) que, aunque no sea
consciente, en realidad fue abducida; o 2) que está loca: al fin y al cabo,
fue al psiquiatra, ¿no?; o 3) que él era consciente de la broma desde el
principio pero se había limitado a ir soltando cuerda hasta que ella se
ahogase.
Si a veces
es más fácil rechazar una prueba consistente que admitir que nos hemos
equivocado, es una información sobre nosotros mismos que vale la pena tener.
---ooo---
Un
científico pone un anuncio en un periódico de París ofreciendo un horóscopo
gratis. Recibe unas ciento cincuenta respuestas en las que se detalla, como
pedía, el lugar y fecha de nacimiento. Todos los participantes reciben a
continuación un horóscopo idéntico, junto con un cuestionario donde se les
pregunta sobre la precisión de las afirmaciones. El noventa y cuatro por ciento
de los que contestan (y el noventa por ciento de sus familias y amigos)
contestan que, cuando menos, podían reconocerse en el horóscopo. Sin embargo se
trataba de un horóscopo redactado para un asesino en serie francés. Si un
astrólogo puede llegar tan lejos sin conocer siquiera a sus pacientes,
imaginemos adonde podría llegar alguien sensible a los matices humanos y no
excesivamente escrupuloso.
¿Por qué
es tan fácil que nos engañen adivinos, videntes psíquicos, quirománticos,
lectores de hojas de té, del tarot y milenrama, y seres de esta índole? Desde
luego, captan nuestra postura, nuestras expresiones faciales, la manera de
vestir y las respuestas a preguntas aparentemente inocuas. Algunos de ellos lo
hacen con brillantez, y ésas son cosas de las que muchos científicos no parecen
ser conscientes. También hay una red informática a la que se suscriben los
psíquicos «profesionales», con la que pueden disponer de los detalles de la
vida de los pacientes de sus colegas en un instante. Una herramienta clave es
la llamada «lectura fría», una declaración de predisposiciones opuestas con un
equilibrio tan tenue que cualquiera podría reconocer algo de verdad en ella.
Ahí va un ejemplo:
A veces eres extrovertido, afable, sociable,
mientras otras veces eres introvertido, cauto y reservado. Has descubierto que
es poco inteligente revelarte a los demás con demasiada honestidad. Prefieres
un poco de cambio y variedad, y te produce insatisfacción verte rodeado de
restricciones y limitaciones. Disciplinado y controlado por fuera, tiendes a
ser aprensivo e inseguro por dentro. Aunque tu personalidad tiene puntos
flacos, sueles ser capaz de compensarlos. Tienes muchas capacidades sin
aprovechar, que no has convertido en ventajas para ti. Tienes tendencia a ser
crítico contigo mismo. Tienes una gran
necesidad de gustar a los demás y de sentirte admirado.
Casi todo el mundo encuentra
reconocible esta caracterización y muchos consideran que los describe
perfectamente. No es raro: todos somos humanos.
La lista
de «pruebas» que algunos terapeutas creen que demuestran un abuso sexual en la
infancia reprimido (por ejemplo, en The Courage to Heal de Ellen Bass y
Laura Davis) es muy larga y prosaica: incluye trastornos del sueño, exceso de
comida, anorexia y bulimia, disfunción sexual, vaga ansiedad e incluso una
incapacidad de recordar el abuso sexual de la infancia. Otro libro, de la asistenta
social W. Sue Blume, enumera entre otras señales que denotan un incesto
olvidado: dolores de cabeza, sospecha o ausencia de sospecha, pasión sexual
excesiva o ausencia de ella, y la adoración a los padres. Entre los puntos de
diagnóstico para detectar familias «disfuncionales» enumerados por el doctor
Charles Whitfield se encuentran «males y dolores», sentirse «más vivo» en una
crisis, ansiar «figuras de autoridad» y haber «buscado asesoramiento o
psicoterapia», sintiendo sin embargo «que hay algo erróneo o que falta». Como
la lectura fría, si la lista es lo bastante larga y amplia, todo el mundo
tendrá «síntomas».
El examen
escéptico no es sólo un equipo de herramientas para desarraigar las tonterías y
crueldades que buscan sus víctimas entre las personas menos capaces de
protegerse a sí mismas y con mayor necesidad de nuestra compasión, gente a la
que se ofrece poca esperanza. También es un recordatorio oportuno de que los
mítines masivos, la radio y la televisión, los medios de comunicación
impresos, el márketing electrónico y la tecnología de la venta por correo
permiten que se inyecte otro tipo de mentiras en el cuerpo social para
aprovecharse de los incautos, frustrados e indefensos en una sociedad plagada
de males políticos que se afrontan con ineficacia, si es que se afrontan.
Los
camelos, engaños, ideas poco precisas, tonterías y deseos disfrazados de
hechos no están restringidos al salón de magia y al consejo ambiguo en asuntos
del corazón. Lamentablemente, abundan en la vida política, social, religiosa y
económica de todas las naciones.
CAPÍTULO 14
No existe algo llamado verdad objetiva.
Nosotros mismos hacemos nuestra
propia verdad. No existe una realidad
objetiva. Nosotros hacemos nuestra
propia realidad. Hay caminos de
conocimiento espiritual, místico
o interior que son superiores a nuestros
caminos de conocimiento ordinarios.
Si una experiencia parece real,
lo es. Si
una idea parece correcta, lo es.
Somos incapaces de adquirir
conocimiento de la verdadera
naturaleza de la realidad. La propia
ciencia es irracional o mística.
No es más que otra fe o sistema
de creencia o mito, sin más justificación
que cualquier otra. No importa que las
creencias sean ciertas o no, siempre
que sean significativas para uno.
Un resumen de creencias de la Nueva Era,
de theodore
shick, Jr.,
y lewis
vaughn,
How to Think
About Weird Things:
Critical Thinking for a New Age
(Mountain View, CA;
Mayfield
Publishing Company, 1995)
Si el
marco de trabajo establecido de la ciencia es plausiblemente erróneo (o
arbitrario, irrelevante, poco patriótico, impío o sirve principalmente los
intereses de los poderosos), entonces quizá nos podemos ahorrar el problema de
entender lo que tanta gente considera un cuerpo de conocimiento complejo,
difícil, altamente matemático y antiintuitivo. Así los científicos tendrían su
merecido. Se podría superar la envidia de la ciencia. Los que han recorrido
otros caminos hacia el conocimiento, los que secretamente han abrigado
creencias que la ciencia ha desdeñado, podrían tener ahora su lugar bajo el
sol.
El ritmo
acelerado de cambios en la ciencia es responsable en
parte del ardor que provoca.
Justo cuando empezamos a entender algo de lo que hablan los científicos, nos
dicen que ha dejado de ser verdad. Y, aunque lo sea, las cosas que
sostienen haber descubierto recientemente —cosas que nunca hemos oído,
difíciles de creer, con implicaciones inquietantes— han tomado ya un nuevo
giro. Se puede percibir a los científicos como si se dedicaran a jugar con
nosotros, a ponerlo todo patas arriba, como si fueran socialmente peligrosos.
Edward U.
Condon era un distinguido físico estadounidense, pionero de la mecánica
cuántica, que participó en el desarrollo del radar y las armas nucleares en la
segunda guerra mundial, director de investigación de Corning Glass, director
del Comité Nacional de Estándares y presidente de la Sociedad Física Americana
(además a. de profesor de física en la Universidad de Colorado en los últimos
tiempos, donde dirigió un controvertido estudio científico sobre los ovnis
patrocinado por las Fuerzas Aéreas). Fue uno de los físicos cuya lealtad a
Estados Unidos fue denunciada por miembros del Congreso —incluyendo el
congresista Richard M. Nixon, que pidió la revocación de su acreditación de
seguridad— a finales de la década de los cuarenta y principios de los
cincuenta. El superpatriótico presidente del Comité de Actividades
Antiamericanas, el diputado J. Parnell Thomas, dijo que el físico «doctor
Condon» era el «eslabón más débil» en la seguridad americana y —en cierto momento—
el «eslabón perdido». Su punto de vista sobre las garantías constitucionales
puede espigarse en la siguiente respuesta al abogado de un testigo: «Los
derechos que usted tiene son los que le concede este comité. Determinaremos qué
derechos tiene y qué derechos no tiene ante el comité.»
Albert
Einstein pidió públicamente a todos los convocados ante el comité que se
negaran a cooperar. En 1948, el presidente Harry Truman —en el encuentro anual
de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, y con Condon sentado
a su lado— denunció al diputado Thomas y al Comité de Actividades Antiamericanas
porque «mediante la creación de un ambiente en el que nadie se siente seguro
contra la publicación de rumores infundados, cotilleos y denigraciones» puede
hacerse imposible la investigación científica vital. Calificó las actividades
del comité de «lo más antiamericano a lo que debemos enfrentarnos hoy en día.
Es el clima de un país totalitario.»[28]
El
dramaturgo Arthur Miller escribió El crisol sobre los juicios de las
brujas de Salem en este período. Cuando la obra se estrenó en Europa, el
Departamento de Estado le negó el pasaporte con la razón de que su viaje al
extranjero no era en el mejor interés de Estados Unidos. La noche del estreno
en Bruselas, la obra fue recibida con un aplauso tumultuoso ante el que el
embajador de Estados Unidos se levantó e hizo una reverencia. Miller fue
convocado por el Comité de Actividades Antiamericanas y amonestado por su
sugerencia de que las investigaciones del Congreso podían tener algo en común
con las cazas de brujas; él contestó: «La comparación es inevitable, señor.»
Thomas fue encarcelado poco después por fraude.
Durante un
verano fui alumno de Condon en la universidad. Recuerdo vividamente su relato
de la convocatoria ante el comité para evaluar su lealtad:
«Doctor
Condon, aquí dice que usted ha estado a la cabeza de un movimiento
revolucionario en física llamado —y aquí el inquisidor leyó las palabras lenta
y cuidadosamente— mecánica cuántica. Este comité opina que si usted pudo
ponerse al frente de un movimiento revolucionario... también podría estar al
frente de otro.»
Condón,
levantándose de inmediato, replicó que la acusación no era cierta. Él no era
un revolucionario en física. Levantó la mano derecha: «Creo en el principio de
Arquímedes, que se formuló en el siglo II antes de Cristo, y creo en las leyes
del movimiento planetario de Kepler descubiertas en el siglo XVII. Creo en las
leyes de Newton...» Y así siguió, invocando los nombres ilustres de Bernoulli,
Fourier, Ampére, Boitzmann y Maxwell. Este catecismo del físico no le ayudó
mucho. El tribunal no era capaz de valorar el humor en un asunto tan serio.
Pero lo máximo que pudieron achacarle a Condon, por lo que recuerdo, era que
de joven había repartido periódicos socialistas de puerta en puerta con su
bicicleta.
---ooo---
Imagine
que usted quiere saber seriamente de qué va la mecánica cuántica. Primero
tiene que adquirir una base matemática, en la que el dominio de cada disciplina
matemática le lleva al umbral de la siguiente. A su vez, debe aprender
aritmética, geometría euclidiana, álgebra superior, cálculo diferencial e integral,
ecuaciones diferenciales ordinarias y parciales, cálculo vectorial, ciertas funciones
especiales de física matemática, álgebra matricial y teoría de grupos. A la
mayoría de los estudiantes de física, eso les podría ocupar por ejemplo desde
el tercer grado hasta los primeros años de universidad... unos quince años
aproximadamente. Con todo este programa de estudio no se consigue aprender
realmente la mecánica cuántica, sino sólo establecer el marco matemático que
se requiere para hacer una aproximación en profundidad.
La tarea
del divulgador científico para intentar transmitir una idea de mecánica
cuántica a un público general que no ha pasado por esos ritos de iniciación es
intimidatoria. Ciertamente, en mi opinión, ninguna popularización de la
mecánica cuántica ha tenido éxito nunca, en parte por esta razón. Estas
complejidades matemáticas se ven agravadas por el hecho de tratarse de una
teoría tan resueltamente antiintuitiva. El sentido común es casi inútil para
aproximarse a ella. No sirve preguntarse por qué es así, dijo en una
ocasión Richard Feynman. Nadie sabe por qué es así. Es como es.
Ahora
supongamos que quisiéramos aproximarnos con escepticismo a alguna religión
oscura, doctrina de la Nueva Era o sistema chamanista de creencias. Tenemos la
mente abierta, entendemos que aquí hay algo interesante, nos presentamos al
practicante y le pedimos un resumen inteligible. En lugar de eso, nos dice que
es demasiado difícil intrínsecamente para explicarlo con sencillez, que está
lleno de «misterios», pero si estamos dispuestos a convertirnos en acólitos
durante quince años, al final de este tiempo podríamos empezar a estar
preparados para abordar el tema seriamente. Creo que la mayoría de nosotros
diríamos que no tenemos tiempo, y muchos sospecharían que dedicar quince años
para llegar sólo al umbral de una comprensión es prueba de que todo el asunto
es puro camelo: si es demasiado difícil para que lo entendamos, ¿no se deriva
de ello que también lo es para que lo critiquemos con conocimiento? Entonces
el camelo tiene vía libre.
O sea, ¿en
qué se diferencia la doctrina chamanista o teológica de la Nueva Era de la
mecánica cuántica? La respuesta es que, aunque no podamos entenderla, podemos
verificar que la mecánica cuántica funciona. Podemos comparar las predicciones
cuantitativas de la teoría cuántica con las longitudes de onda de líneas espectrales
de los elementos químicos, el comportamiento de los semiconductores y el helio
líquido, los microprocesadores, qué tipos de molécula se forman a partir de sus
átomos constituyentes, la existencia y propiedades de estrellas enanas
blancas, qué pasa con los máseres y los rayos láser y qué materiales son
susceptibles de qué tipos de magnetismo. No tenemos que ser físicos consumados
para ver lo que revelan los experimentos. En cada uno de esos casos —como en
muchos otros— las predicciones de la mecánica cuántica son asombrosas y se
confirman con gran precisión.
Pero el
chamán nos dice que su doctrina es verdadera porque también funciona, no en
asuntos arcanos de física matemática sino en lo que realmente cuenta: puede
curar a las personas. Muy bien, entonces reunamos la estadística de curaciones
chamanistas y veamos si funcionan mejor que los placebos. Si es así,
concedamos de buen grado que hay algo: aunque sólo sea que algunas enfermedades
son psicogénicas y pueden ser curadas o aliviadas con actitudes y estados
mentales adecuados. También podemos comparar la eficacia de sistemas
chamanista alternativos.
Que el
chamán entienda por qué funcionan sus curaciones es otra historia. En la
mecánica cuántica tenemos una comprensión implícita de la naturaleza sobre cuya
base, paso a paso y cuantitativamente, hacemos predicciones sobre lo que
ocurrirá si se lleva a cabo un experimento determinado no intentado antes. Si
el experimento confirma la predicción —especialmente si lo hace numéricamente
y con precisión—, ganamos la confianza de saber lo que hacemos. Hay pocos
ejemplos que tengan este carácter entre los chamanes, curas y gurús de la Nueva
Era.
Morris
Cohén, un célebre filósofo de la ciencia, sugirió otra distinción importante en
su libro de 1931, Razón y Naturaleza:
Desde luego, la inmensa mayoría de las
personas no preparadas pueden aceptar los resultados de la ciencia sólo por su
autoridad. Pero hay una importante diferencia obvia entre una institución que
es abierta e invita a todo el mundo a entrar, estudiar sus métodos y sugerir
mejoras, y otra que considera que el cuestionamiento de sus credenciales se
debe a maldad de corazón, como la que [el cardenal] Newman atribuía a los que
cuestionaban la infalibilidad de la Biblia... La ciencia racional siempre
considera que sus créditos son redimibles a petición, mientras que el autoritarismo
no racional considera la petición de redención de sus valores como una falta de
fe y de lealtad.
Los mitos y el folclore de
muchas culturas premodernas tienen un valor explicativo o al menos mnemónico.
En historias que todo el mundo puede valorar e incluso testificar, codifican el
entorno. Se puede recordar qué constelaciones aparecen un día determinado del
año o la orientación de la Vía Láctea por medio de una historia de amantes que
se reúnen o una canoa que avanza por el río sagrado. Como el reconocimiento del
cielo es esencial para plantar y cosechar y seguir el rastro de los animales,
estas historias tienen un importante valor práctico. También pueden ser útiles
como pruebas psicológicas proyectivas o como confirmaciones del lugar de la
humanidad en el universo. Pero eso no significa que la Vía Láctea sea realmente
un río o que la atraviese una canoa ante nuestros ojos.
La quinina
procede de una infusión de la corteza de un árbol particular de la selva
amazónica. ¿Cómo descubrió un pueblo premoderno que un té hecho precisamente de
este árbol, con todas las plantas que hay en la selva, aliviaría los síntomas
de la malaria? Debieron de probar todos los árboles y las plantas —raíces,
tallos, corteza, hojas— masticadas, machacadas y en infusión. Eso constituye
un conjunto inmenso de experimentos científicos durante generaciones:
experimentos que además hoy no podrían realizarse por razones de ética médica.
Pensemos en la cantidad de infusiones de cortezas de otros árboles que debían
de ser inútiles o que provocaron náuseas al paciente o incluso la muerte. En
un caso así, el sanador borra de la lista estas medicinas potenciales y pasa a
la próxima. Los datos de etnofarmacología quizá no se adquieran sistemáticamente,
ni siquiera conscientemente. Sin embargo, por ensayo y error, y recordando
cuidadosamente lo que funcionaba, a la larga llegan a la meta: utilizando la
riqueza molecular del reino vegetal para acumular una farmacopea que funciona.
Se puede adquirir información absolutamente esencial, que puede salvar la
vida, a partir exclusivamente de la medicina popular. Deberíamos hacer mucho
más de lo que hacemos para extraer los tesoros de este conocimiento popular
mundial.
Lo mismo
sucede, por ejemplo, con la predicción del tiempo en un valle cercano al
Orinoco: es perfectamente posible que pueblos preindustriales hayan captado
durante milenios regularidades, indicaciones premonitorias, relaciones de causa
y efecto en una geografía local particular ignorada por completo por los
profesores de meteorología y climatología de una universidad distante. Pero de
eso no se deriva que los chamanes de estas culturas puedan predecir el tiempo
en París o en Tokyo, y menos todavía el clima global.
Ciertos
tipos de conocimiento popular son válidos e inestimables. Otros, en el mejor
de los casos, son metáforas y codificadores. La etnomedicina, sí; la
astrofísica, no. Ciertamente, es verdad que todas las creencias y todos los
mitos son merecedores de respeto. No es cierto que todas las creencias
populares sean igualmente válidas... si hablamos no de una disposición mental
interna sino de entender la realidad externa.
---ooo---
Durante
siglos, la ciencia ha estado sometida a una línea de ataque que podría
llamarse, más que pseudociencia, anticiencia. Actualmente se opina que la
ciencia, y el estudio académico en general, es demasiado subjetiva. Algunos
incluso alegan que es totalmente subjetiva, como, dicen, lo es la historia. La
historia suelen escribirla los vencedores para justificar sus acciones, para
alentar el fervor patriótico y para suprimir las reclamaciones legítimas de los
vencidos. Cuando no hay una victoria abrumadora, cada lado escribe el relato
que le favorece sobre lo que realmente ocurrió. Las historias inglesas
castigaban a los franceses, y viceversa; las historias de Estados Unidos hasta
hace muy poco ignoraban las políticas de facto de Lebensraum (espacio
vital) y genocidio hacia los nativos americanos; las historias japonesas de los
acontecimientos que llevaron a la segunda guerra mundial minimizan las
atrocidades japonesas y sugieren que su principal objetivo era liberar de
manera altruista al este de Asia del colonialismo europeo y americano; Polonia
fue invadida en 1939 porque, según aseveraban los historiadores nazis, había
atacado despiadadamente y sin mediar provocación a Alemania; los historiadores
soviéticos decían que las tropas soviéticas que reprimieron las revoluciones
húngara (1956) y checa (1968) habían sido invitadas por aclamación popular en
las naciones invadidas y no enviadas por sus secuaces rusos; las historias
belgas tienden a desvirtuar las atrocidades cometidas cuando el Congo era un
feudo privado del rey de Bélgica; las historias chinas ignoran curiosamente las
decenas de millones de muertes causadas por el «gran salto adelante» de Mao
Zedong; que Dios condona e incluso defiende la esclavitud se afirmó miles de
veces desde el pulpito y en las escuelas de las sociedades esclavistas
cristianas, pero los estados cristianos que liberaron a sus esclavos guardan
completo silencio sobre el tema; un historiador tan brillante, culto y sobrio
como Edward Gibbon se negó a saludar a Benjamín Franklin cuando se encontraron
en un hotel del campo inglés... por las recientes contrariedades de la
revolución americana. (Franklin le ofreció material de primera mano a Gibbon
cuando éste pasó, como Franklin estaba seguro que haría, de la decadencia y
ruina del Imperio romano a la decadencia y ruina del Imperio británico.
Franklin tenía razón sobre el Imperio británico, pero llevaba dos siglos de
adelanto.)
Tradicionalmente,
estas historias las han escrito historiadores académicos admirados, a menudo
puntales del poder establecido. La disensión local queda despachada en un
instante. Se sacrifica la objetividad al servicio de objetivos más altos. A
partir de este lamentable hecho, algunos han llegado al extremo de concluir que
no existe lo que se llama historia, que no hay posibilidad de reconstruir los
acontecimientos reales; que todo lo que tenemos son auto-justificaciones
tendenciosas, y que esta conclusión se amplía de la historia a todo
conocimiento, incluida la ciencia.
Y, sin
embargo, ¿quién podría negar que hay secuencias reales de hechos históricos,
con hilos causales reales, aunque nuestra capacidad de reconstruirlos en su
totalidad sea limitada, aunque la señal esté perdida en un estruendoso océano
de autocomplacencia? El peligro de la subjetividad y el prejuicio ha estado
claro desde el principio de la historia. Tucídides advertía contra él. Cicerón
escribió:
La primera ley es que el historiador no debe
osar jamás escribir lo que es falso; la segunda, que no osará jamás ocultar la
verdad; la tercera, que no debe haber sospecha en su obra de favoritismo o
prejuicio.
Luciano de Samosata, en Cómo debería
escribirse la historia, publicado en el año 170, decía que «el historiador
debe ser intrépido e incorruptible; un hombre de independencia, que ame la
franqueza y la verdad».
La responsabilidad de los
historiadores íntegros es intentar reconstruir la secuencia real de
acontecimientos, por muy decepcionantes y alarmantes que puedan ser. Los
historiadores aprenden a suprimir su indignación natural por las afrentas
contra sus naciones y reconocen, cuando corresponde, que sus líderes
nacionales pueden haber cometido crímenes atroces. Quizá un gaje del oficio sea
tener que esquivar a los patriotas agraviados. Son conscientes de que los
relatos de los acontecimientos han pasado por filtros humanos sesgados y que
los propios historiadores tienen desviaciones. Los que quieren saber lo que
ocurrió realmente, deberán familiarizarse totalmente con los puntos de vista de
los historiadores de otras naciones, antes adversarias. Lo máximo que se puede
esperar es una serie de aproximaciones sucesivas: paso a paso, profundizando
en el conocimiento de nosotros mismos, mejora la comprensión de los
acontecimientos históricos.
Algo
similar ocurre en la ciencia. Tenemos sesgos, respiramos como todo el mundo
los prejuicios que imperan en nuestro entorno. A veces, los científicos han
dado apoyo y sustento a doctrinas nocivas (incluyendo la supuesta
«superioridad» de un grupo étnico o género sobre otro a partir de las medidas
del cerebro, las protuberancias del cráneo o los tests de coeficiente
intelectual). Los científicos suelen resistirse a ofender a los ricos y
poderosos. De vez en cuando, uno de ellos engaña y roba. Algunos —muchos sin
rastro de pesar moral— trabajaron para los nazis. También exhiben tendencias
relacionadas con los chauvinismos humanos y con nuestras limitaciones
intelectuales. Como he comentado antes, los científicos también son
responsables de tecnologías mortales: a veces las inventan a propósito, a veces
por no mostrar la suficiente cautela ante efectos secundarios no previstos.
Pero también son los científicos los que, en la mayoría de estos casos, nos han
advertido del peligro.
Los
científicos cometen errores. En consecuencia, la tarea del científico es
reconocer nuestras debilidades, examinar el abanico más amplio de opiniones,
ser implacablemente autocrítico. La ciencia es una empresa colectiva con un
mecanismo de corrección de errores que suele funcionar con suavidad. Tiene una
ventaja abrumadora sobre la historia, porque en ciencia podemos hacer experimentos.
Si uno no está seguro de cómo fueron las negociaciones que llevaron al Tratado
de París en 1814-1815, no tiene la opción de volver a representar los
acontecimientos. Sólo puede bucear en registros antiguos. Ni siquiera puede
hacer preguntas a los participantes. Todos han muerto.
Pero, en
muchas cuestiones de la ciencia, se puede volver a repetir el hecho todas las
veces que se quiera, examinarlo de una manera nueva, comprobar una amplia serie
de hipótesis alternativas. Cuando se inventan nuevas herramientas se puede
volver a hacer el experimento para ver qué surge de la mejora de la sensibilidad.
En las ciencias históricas en que no se puede disponer una repetición, se
pueden examinar casos relacionados y empezar a reconocer sus componentes
comunes. No podemos hacer que las estrellas exploten a nuestra conveniencia ni
podemos desarrollar un mamífero desde sus ancestros a base de pruebas. Pero
podemos simular parte de la física de explosiones de supernovas en el laboratorio,
y podemos comparar en detalle, paso a paso, las instrucciones genéticas de
mamíferos y reptiles.
También se
denuncia que la ciencia es tan arbitraria e irracional como todas las demás
declaraciones de conocimiento, o que la propia razón es una ilusión. El
revolucionario americano Ethan Alien —líder de los Green Mountain Boys en la
captura del Fort Ticonderoga— dijo algunas palabras sobre el tema:
Los que invalidan la razón deberían considerar
seriamente si discuten contra la razón con o sin ella; si es con razón, entonces
están estableciendo el mismo principio que se afanan por destronar; pero, si
discuten sin razón (lo que, a fin de ser coherentes con ellos mismos deben
hacer), están fuera del alcance de la convicción racional y tampoco merecen
una discusión racional. .
El lector puede juzgar la profundidad de este argumento.
---ooo---
Cualquiera que sea testigo
de primera mano del avance de la ciencia lo toma como una empresa intensamente
personal. Siempre hay algunos —guiados por el asombro puro y una gran
integridad, o por frustración con las inadecuaciones del conocimiento existente,
o simplemente agobiados por la incapacidad que imaginan poseer de entender lo
que todos los demás comprenden— que proceden a hacer devastadoras preguntas
clave. Unas cuantas personalidades destacan entre un mar de celos, ambición,
murmuración, supresión de la disensión y presunciones absurdas. En algunos
campos, altamente productivos, este comportamiento es casi la norma.
Creo que
toda esta agitación social y debilidad humana ayuda a la empresa de la
ciencia. Hay un marco de trabajo establecido en el que cualquier científico
puede demostrar que otro se equivoca y asegurarse que todo el mundo lo sepa.
Incluso cuando nuestros motivos son deshonestos, no dejamos de tropezar con algo
nuevo.
El químico
americano galardonado con el Nobel Haroíd C. Urey* me confesó en
una ocasión que, a medida que se hacía mayor (entonces tenía setenta años),
notaba la existencia de esfuerzos cada vez más concertados para demostrar que
estaba equivocado. Lo describió como el síndrome de «la pistola más rápida del
Oeste»: el joven que pudiera enmendar al célebre pistolero anciano heredaría su
reputación y el respeto que a él se debe. Era enojoso, murmuraba, pero servía
para que los jóvenes mequetrefes se dirigieran hacia áreas de investigación
importantes en las que nunca habrían entrado por su cuenta.
Los
científicos, humanos al fin, también siguen a veces una selección de la
observación: les gusta recordar los casos en que han tenido razón y olvidar
aquellos en los que se equivocaron. Pero, en muchos casos, lo que es «erróneo»
es verdad en parte o estimula a otros a descubrir lo correcto. Uno de los
astrofísicos más productivos de nuestra época ha sido Fred Hoyie*,
responsable de contribuciones monumentales a nuestra comprensión de la
evolución de las estrellas, la síntesis de los elementos químicos, la
cosmología y muchas cosas más. A veces su éxito se ha basado en tener razón
antes de que nadie hubiera llegado a pensar que había algo por explicar. A
veces ha triunfado al equivocarse, al ser tan provocador, al sugerir
alternativas tan escandalosas que observadores y experimentalistas se ven
obligados a comprobarlas. El esfuerzo apasionado y concertado para «demostrar
que Fred se equivoca» a veces ha fracasado y a veces ha triunfado. En casi
todos los casos, ha empujado hacia adelante las fronteras del conocimiento.
Incluso sus mayores escándalos —por ejemplo, la propuesta de que los virus de
la gripe y el VIH habían caído de los cometas sobre la Tierra y que los granos
de polvo interestelar son bacterias— han llevado a significativos avances del
conocimiento (aun sin producir nada que sustente esas ideas particulares).
Podría ser
útil para los científicos hacer una lista de vez en cuando de algunos de sus
errores. Podría jugar un papel instructivo que ilustraría y desmitificaría el
proceso de la ciencia y educaría a los científicos jóvenes. Hasta Johannes
Kepler, Isaac Newton, Charles Darwin, Gregor Mendel y Albert Einstein
cometieron graves errores. Pero la empresa científica dispone las cosas de
modo que prevalece el trabajo de equipo: lo que uno de nosotros, incluso el más
brillante, deja de ver, otro, mucho menos célebre y capaz, puede detectarlo y
rectificar.
Por mi
parte, en libros anteriores he tenido tendencia a comentar algunas ocasiones
en que tuve razón. Mencionaré ahora aquí algunos casos en los que me he
equivocado: en una época en la que ninguna nave espacial había estado en Venus,
pensé al principio que la presión atmosférica era varias veces la de la
Tierra, en lugar de muchas decenas de veces. Pensé que las nubes de Venus estaban
formadas principalmente por agua, cuando resulta que sólo tienen el veinticinco
por ciento. Pensé que podría haber tectónica de placas en Marte, cuando las
observaciones atentas de naves espaciales apenas muestran ahora un rudimento de
tectónica de placas. Pensé que las altas temperaturas de infrarrojos de Titán
podrían ser debidas a un efecto invernadero medible, cuando resulta que está
causado por una inversión térmica estratosférica. Justo antes de que Iraq
incendiara los campos de petróleo de Kuwayt en 1991, advertí que el humo podría
elevarse tanto que trastornaría la agricultura en gran parte del sur de Asia;
como revelaron los hechos, estaba oscuro como boca de lobo al mediodía
y la temperatura bajó de 4-6 °C en el golfo Pérsico, pero no llegó mucho humo a
altitudes estratosféricas y Asia salió indemne. No subrayé suficientemente la
incertidumbre de mis cálculos.
Los
científicos tienen diferentes estilos especulativos, y algunos son más
precavidos que otros. Siempre que las nuevas ideas sean comprobables y los
científicos no sean decididamente dogmáticos, no se hace ningún daño; en
realidad, se puede conseguir un progreso considerable. En los primeros cuatro
casos que acabo de mencionar en que me equivoqué intentaba entender un mundo
distante a partir de pocas claves en ausencia de investigaciones completas de
las naves espaciales. En el curso natural de la exploración planetaria van
apareciendo más datos y nos encontramos con que todo un ejército de viejas
ideas se ve superado por un arsenal de nuevos hechos.
---ooo---
Los
posmodernos han criticado la astronomía de Kepler porque surgió de sus puntos
de vista religiosos monoteístas medievales; la biología evolutiva de Darwin
por estar motivada por un deseo de perpetuar los privilegios de la clase social
de la que procedía o para justificar su supuesto ateísmo previo. Algunas de
esas denuncias son ciertas. Otras no. Pero ¿qué importan las tendencias o
predisposiciones emocionales que los científicos introducen en sus estudios
siempre que sean escrupulosamente honestos y otras personas con proclividades
diferentes comprueben sus resultados? Presumiblemente, nadie argüirá que el
punto de vista conservador de la suma de 14 y 27 difiere del punto de vista
liberal, o que la función matemática que es su propia derivada es la exponencial
en el hemisferio norte pero otra en el sur. Cualquier función periódica
regular puede ser representada con precisión arbitraria por una serie Fourier
en las matemáticas musulmanas e indias. Las álgebras no conmutativas (donde A
por B no es igual a B por A) son tan coherentes y significativas para los que
hablan lenguajes indoeuropeos como para los que hablan finoúgrio. Se pueden
apreciar o ignorar las matemáticas, pero son igualmente ciertas en todas
partes, independientemente de la etnia, cultura, lengua, religión e ideología.
En el
extremo opuesto hay preguntas como si el expresionismo abstracto puede ser
«gran» arte o el rap «gran» música; si es más importante reducir la inflación o
el paro; si la cultura francesa es superior a la cultura alemana; o si las
leyes contra el crimen deberían afectar a la nación en su conjunto. Aquí las
preguntas son demasiado simples, o las dicotomías falsas, o las respuestas
dependen de presunciones inexpresadas. Aquí las desviaciones locales podrían
determinar las respuestas.
¿Dónde se
encuentra la ciencia en este continuum subjetivo que va desde una independencia
casi total de las normas culturales a la dependencia total a ellas? Aunque es
indudable que surgen temas de desviación y chauvinismo cultural, y aunque su
contenido está en proceso de ajustamiento continuo, la ciencia está claramente
mucho más cerca de las matemáticas que de la moda. La denuncia de que sus
descubrimientos en general son arbitrarios y sesgados no es solamente
tendenciosa, sino engañosa.
Las historiadoras Joyce
Appleby, Lynn Hunt y Margaret Jacob (en La verdad sobre la historia,
1994) critican a Isaac Newton:
se dice que rechazaba la
posición filosófica de Descartes porque podía desafiar la religión convencional
y llevar al caos social y al ateísmo. Estas críticas sólo equivalen a la
acusación de que los científicos son humanos. Desde luego, es interesante para
el historiador de las ideas ver cómo se vio afectado Newton por las corrientes
intelectuales de su época, pero tiene poco que ver con la verdad de sus
proposiciones. Para que éstas sean aceptadas en general deben convencer por
igual a ateos y creyentes. Eso es exactamente lo que ocurrió.
Appelby y
sus colegas declaran que «cuando Darwin formuló su teoría de la evolución era
ateo y materialista» y sugieren que la evolución fue producto de un programa
supuestamente ateo. Han confundido lamentablemente causa y efecto. Darwin
estaba a punto de convertirse en ministro de la Iglesia de Inglaterra cuando
se le presentó la oportunidad de enrolarse en el HMS Beagle. Sus ideas
religiosas en aquel momento, como las describió él mismo, eran de lo más
convencional. Consideraba totalmente creíbles todos y cada uno de los artículos
de fe anglicanos. A través de su interrogación de la naturaleza, a través de la
ciencia, fue constatando lentamente que al menos parte de su religión era
falsa. Por eso cambió de punto de vista religioso.
Appleby y
sus colegas se horrorizan ante la descripción de Darwin de «la baja moralidad
de los salvajes... sus insuficientes poderes de razonamiento... [su] débil
poder de autodominio». Y afirman que: «Hoy en día mucha gente se siente
escandalizada por su racismo.» Pero no me parece que hubiera ningún rastro de
racismo en el comentario de Darwin. Aludía a los habitantes de Tierra del
Fuego, que sufrían una escasez agobiante en la provincia más estéril y
antártica de la Argentina. Cuando describió a una mujer sudamericana de origen
africano que prefirió la muerte a someterse a la esclavitud, anotó que sólo el
prejuicio nos impedía ver su desafío a la misma luz heroica que concederíamos
a un acto similar de la orgullosa matrona de una familia noble romana. Él mismo
casi fue expulsado del Beagle por el capitán FitzRoy por su oposición
militante al racismo del capitán. Darwin estaba por encima de la mayoría de sus
contemporáneos en este aspecto.
Pero, en
fin, aunque no fuera así, ¿en qué afecta eso a la verdad o falsedad de la
selección natural? Thomas Jefferson y George Washington poseían esclavos;
Albert Einstein y Mohandas Gandhi eran maridos y padres imperfectos. La lista
sigue indefinidamente. Todos tenemos defectos y somos criaturas de nuestro
tiempo. ¿Es justo que se nos juzgue con los estándares desconocidos del futuro?
Algunas costumbres de nuestra era serán consideradas sin duda bárbaras por
generaciones posteriores: quizá nuestra insistencia en que los niños pequeños e
incluso bebés duerman solos y no con sus padres; o quizá la excitación de
pasiones nacionalistas como medio de conseguir la aprobación popular y alcanzar
un alto cargo político; o permitir el soborno y la corrupción como medio de
vida; o tener animales domésticos; o comer animales y enjaular chimpancés; o
penalizar el uso de euforizantes para adultos; o permitir que nuestros hijos
crezcan en la ignorancia.
De vez en
cuando, retrospectivamente, destaca alguien. En mi lista particular, el
revolucionario americano Thomas Paine, inglés de nacimiento, es uno de ellos.
Estaba muy por delante de su tiempo. Se opuso con coraje a la monarquía, la
aristocracia, el racismo, la esclavitud, la superstición y el sexismo cuando
todo eso constituía la sabiduría convencional. Sus críticas de la religión convencional
eran implacables. Escribió en La edad de la razón. «Cuando leemos las
obscenas historias, las voluptuosas perversiones, las ejecuciones crueles y
tortuosas, el carácter vengativo e implacable que rezuma la mitad de la
Biblia, sería más coherente llamarlo el mundo de un demonio que el mundo de
Dios... Ha servido para corromper y brutalizar a la humanidad.» Al mismo
tiempo, el libro mostraba la reverencia más profunda por un Creador del universo
cuya existencia Paine argüía que era evidente al echar una mirada al mundo
natural. Pero, para la mayoría de sus contemporáneos, parecía imposible
condenar gran parte de la Biblia y a la vez abrazar a Dios. Los teólogos
cristianos llegaron a la conclusión de que era un borracho, un loco o un
corrupto. El estudioso judío David Levi prohibió a sus correligionarios tocar
siquiera, y menos todavía leer, el libro. Paine se vio sometido a tal
sufrimiento por sus puntos de vista (incluyendo su encarcelamiento después de
la Revolución francesa por ser demasiado coherente en su oposición a la
tiranía) que se convirtió en un viejo amargado.[29]
Sí, se puede dar la vuelta a la
perspicacia de Darwin y usarla de modo grotesco: magnates de voracidad
insaciable pueden explicar sus prácticas de cortar cabezas apelando al
darwinismo social; los nazis y otros racistas pueden alegar la «supervivencia
del más apto» para justificar el genocidio. Pero Darwin no hizo a John D.
Rockefeller ni a Adolf Hitler. La avaricia, la revolución industrial, el
sistema de libre empresa y la corrupción del gobierno por los adinerados son
más adecuados para explicar el capitalismo del siglo XIX. El etnocentrismo, la
xenofobia, las jerarquías sociales, la larga historia de antisemitismo en
Alemania, el Tratado de Versalles, las prácticas de educación infantil
alemanas, la inflación y la depresión parecen adecuadas para explicar la subida
de Hitler al poder. Es muy probable que se hubieran producido esos acontecimientos
o similares con o sin Darwin. Y el darwinismo moderno deja bien claro que
muchos rasgos menos implacables, algunos no siempre admirados por magnates insaciables
y Führers —el altruismo, la inteligencia, la compasión— pueden ser la
clave de la supervivencia.
Si pudiéramos censurar a
Darwin, ¿qué otros tipos de conocimiento no podríamos censurar también? ¿Quién
ejercería la censura? ¿Quién de nosotros es lo bastante sabio para saber de
qué información e ideas podemos prescindir con seguridad y cuál de ellas será
necesaria de aquí diez, cien o mil años en el futuro? Sin duda podemos hacer
cierta valoración de qué tipos de máquinas y productos vale la pena
desarrollar. En todo caso, debemos tomar estas decisiones, porque no tenemos
recursos para aplicar todas las tecnologías posibles. Pero censurar el
conocimiento, decir a la gente lo que debe pensar, es abrir la puerta a la
policía del pensamiento, a tomar decisiones absurdas e incompetentes y a caer
en la decadencia a largo plazo.
Ideólogos
fervientes y regímenes autoritarios encuentran fácil y natural imponer sus
puntos de vista y eliminar las alternativas. Los científicos nazis, como el
físico premio Nobel Johannes Stark, distinguían la imaginaria y caprichosa
«ciencia judía», que incluía la relatividad y la mecánica cuántica, de la realista
y práctica «ciencia aria». Otro ejemplo: «Está emergiendo una nueva era de
explicación mágica del mundo —dijo Adolf Hitler—, una explicación basada más
en la voluntad que en el conocimiento. No hay verdad, ni en el sentido moral ni
en el científico».
Tal como
me lo contó tres décadas después, el genetista americano Hermann J. Müller
viajó en 1922 de Berlín a Moscú en un avión ligero para observar con sus
propios ojos la nueva sociedad soviética. Lo que vio le debió de gustar porque
—después de descubrir que la radiación produce mutaciones (un descubrimiento
por el que más tarde ganaría un Premio Nobel)— se instaló en Moscú para
participar en el establecimiento de la genética moderna en la Unión Soviética.
Pero, a mediados de la década de los treinta, un charlatán llamado Trofim
Lysenko había llamado la atención y luego conseguido el apoyo entusiasta de
Stalin. Lysenko argüía que la genética —a la que llamaba
«mendelismo-weissmanismo-morganismo», por el nombre de algunos de sus
fundadores— tenía una base filosófica inaceptable y que la genética
filosóficamente «correcta», una genética que prestara la atención debida al
materialismo dialéctico comunista, daría resultados muy diferentes. En
particular, la genética de Lysenko permitiría una cosecha adicional de trigo en
invierno: buena noticia para una economía soviética tambaleante por la
colectivización forzada de la agricultura de Stalin.
La prueba
alegada por Lysenko era sospechosa, no había controles experimentales y sus
amplias conclusiones hacían caso omiso de un inmenso conjunto de datos
contradictorios. Crecía el poder de Lysenko y Müller defendía apasionadamente
que la genética clásica mendeliana estaba en plena armonía con el materialismo
dialéctico y que Lysenko, que creía en la herencia de características
adquiridas y negaba una base material de la herencia, era un «idealista» o algo
peor. Müller contaba con el apoyo decidido de N. J. Vavilov, presidente a la
sazón de la Academia de Ciencias Agrícolas de la Unión.
En una
conferencia de 1936 en la Academia de Ciencias Agrícolas, presidida por
Lysenko, Müller pronunció una provocadora arenga que incluía estas palabras:
Si los practicantes más destacados apoyan
teorías y opiniones que son obviamente absurdas para cualquiera que sepa aunque
sea sólo un poco de genética —puntos de vista como los presentados
recientemente por el presidente Lysenko y los que piensan como él—, la opción
que se nos presenta parecerá una elección entre brujería y medicina, entre
astrología y astronomía, entre alquimia y química.
En un país de arrestos arbitrarios y terror
policial, este discurso dio muestras de una integridad y valentía ejemplares,
calificada por muchos de locura. En El asunto Vavilov (1984), el
historiador emigrado soviético Mark Popovsky escribe que esas palabras fueron
acompañadas de «aplausos atronadores de toda la sala» y «recordadas por todos
los participantes en la sesión que siguen con vida».
Tres meses después, Müller
recibió en Moscú la visita de un genetista occidental que le expresó su asombro
por una carta de amplia circulación firmada por Müller que condenaba la
prevalencia del «mendelismo-weissmanismo-morganismo» en Occidente y urgía al
boicot del próximo Congreso Internacional de Genética. Müller, que nunca había
visto, y menos firmado, una carta como aquélla, llegó a la conclusión de que
era un fraude perpetrado por Lysenko. Inmediatamente escribió una encolerizada
denuncia de Lysenko en Pravda y le mandó una copia a Stalin.
Al día
siguiente, Vavilov fue a ver a Müller terriblemente agitado para informarle que
él, Müller, se había presentado voluntario para ir a luchar a la guerra civil
española. La carta de Pravda había puesto en peligro la vida de Müller.
Abandonó Moscú al día siguiente y escapó por poco, según le dijeron después, de
la NKVD, la policía secreta. Vavilov no tuvo tanta suerte y murió en Liberia*
en 1943.
Con el
apoyo continuo de Stalin y más tarde de Jrusvhov, Lysenko eliminó con tenacidad
implacable la genética clásica. Los textos de biología de la escuela soviética
a principios de la década de los sesenta contenían tan poco sobre cromosomas y
genética como muchos de los textos de biología de las escuelas estadounidenses
tienen hoy sobre evolución. Pero no creció ninguna cosecha nueva de trigo en
invierno; el hechizo de la frase «materialismo dialéctico» no llegó al ADN de
las plantas domesticadas; la agricultura soviética continuó estancada y hoy, en
parte por esta razón, Rusia —con un alto nivel en muchas otras ciencias— está
inexorablemente retrasada en biología molecular e ingeniería genética. Se han
perdido dos generaciones de biólogos modernos. El lysenkismo no fue aniquilado
hasta 1964, en una serie de debates y votaciones en la Academia Soviética de
Ciencias —una de las pocas instituciones que mantuvo cierto grado de
independencia de los líderes del Partido y el Estado— en las que el físico
nuclear Andréi Sajárov representó un papel primordial.
Los
americanos tendemos a menear la cabeza con asombro ante esta experiencia
soviética. La idea de que una ideología endosada por el Estado o un prejuicio
popular pueda poner trabas al progreso científico parece impensable. Durante
doscientos años, los estadounidenses se han enorgullecido de ser un pueblo
práctico, pragmático y no ideológico. Y sin embargo, la pseudociencia antropológica
y psicológica ha florecido en Estados Unidos: sobre la raza, por ejemplo. Bajo
el disfraz de «creacionismo», se sigue haciendo un serio esfuerzo para impedir
que se enseñe en la escuela la teoría de la evolución, la idea integradora más
poderosa en toda la biología y esencial para otras ciencias que van desde la
astronomía hasta la antropología.
---oooo---
La ciencia
es diferente de muchas otras empresas humanas; no, desde luego, porque sus
practicantes estén influenciados o no por la cultura en la que crecieron, ni
porque a veces acierten y otras se equivoquen (algo común en toda actividad
humana), sino en su pasión por formular hipótesis comprobables, en su búsqueda
de experimentos definitivos que confirmen o nieguen ideas, en el vigor de su
debate sustancial y en su voluntad de abandonar ideas que se han mostrado
deficientes. Si no fuéramos conscientes de nuestras propias limitaciones, sin
embargo, si no buscásemos más datos, si no estuviésemos dispuestos a realizar
experimentos de control, si no respetásemos las pruebas, avanzaríamos muy poco
en nuestra búsqueda de la verdad. Por oportunismo y timidez, podríamos ser vapuleados
por cualquier brisa ideológica sin tener nada de valor duradero a lo que
agarrarnos.
CAPITUL0 15
Que Dios
nos libre de la visión única y del sueño de Newton.
william blake,
de un
poema incluido en una carta
a Thomas
Butts
(1802)
...con
frecuencia la ignorancia engendra más confianza que el conocimiento: son los
que saben poco, y no los que saben mucho, los que aseveran positivamente que
éste o aquel problema nunca será resuelto por la ciencia.
charles darwin, Introducción, La descendencia del hombre (1871)
Por «el sueño de Newton», el
poeta, pintor y revolucionario William Blake parece referirse a una visión de
túnel en la perspectiva de la física de Newton, como también a la propia
liberación (incompleta) de éste del misticismo. Blake encontraba divertida la
idea de átomos y partículas de luz y «satánica» la influencia de Newton en
nuestra especie. Una crítica común de la ciencia es que es demasiado estrecha.
A causa de nuestra bien demostrada falibilidad, desestima, sin entrar en un
discurso serio, un amplio espectro de imágenes inspiradoras, nociones
juguetonas, intenso misticismo y maravillas asombrosas. Sin pruebas físicas, la
ciencia no admite a los espíritus, ángeles, diablos ni a los cuerpos dharma del
Buda. Ni a los visitantes extraterrestres.
El
psicólogo americano Charles Tart, que cree que la prueba de la percepción
extrasensorial es convincente, escribe:
Un factor importante en la actual popularidad
de ideas de la «Nueva Era» es una reacción contra los efectos deshumanizadores
y desespiritualizadores del cientificismo, la creencia filosófica (que
se enmascara como ciencia objetiva y se sostiene con la tenacidad emocional del
fundamentalismo redivivo) de que no somos nada más que seres materiales.
Abarcar irreflexivamente todo lo que lleva la etiqueta de «espiritual»,
«psíquico» o de «Nueva Era» es, desde luego, una tontería, porque muchas de
esas ideas son objetivamente erróneas por muy nobles e inspiradoras que sean.
Por otro lado, este interés en la Nueva Era es un reconocimiento legítimo de
algunas realidades de la naturaleza humana: la gente siempre ha tenido y sigue
teniendo experiencias que parecen ser «psíquicas» o «espirituales».
Pero ¿por qué las
experiencias «psíquicas» desafían la idea de que estamos hechos de materia y
nada más? Hay muy pocas dudas de que, en el mundo cotidiano, la materia (y la
energía) existen. Tenemos la prueba a nuestro alrededor. En contraste, como he
mencionado antes, la prueba de algo no material llamado «espíritu» o «alma» es
muy dudosa. Desde luego, cada uno de nosotros tiene una rica vida interior. Sin
embargo, considerando la formidable complejidad del asunto, ¿cómo podríamos
demostrar que nuestra vida interior no es debida totalmente a la materia? De
acuerdo, es mucho lo que no entendemos del todo en la conciencia humana y
todavía no podemos explicar en términos de neurobiología. Los humanos tienen
limitaciones, y nadie lo sabe mejor que los científicos. Pero una multitud de
aspectos del mundo natural que hace sólo unas generaciones se consideraban
milagrosos son ahora totalmente comprendidos en términos de física y química.
Al menos algunos de los misterios de hoy serán resueltos satisfactoriamente por
nuestros descendientes. El hecho de que ahora no podamos presentar una
comprensión detallada, por ejemplo, de estados de conciencia alterados en
términos de química del cerebro, no implica la existencia de un «mundo del
espíritu» más que cuando se creía que el girasol que sigue el camino del sol a
través del cielo era la prueba de un milagro antes de conocer el fototropismo y
las hormonas de las plantas.
Y si el
mundo no corresponde en todos los aspectos a nuestros deseos, ¿es culpa de la
ciencia o de los que quieren imponer sus deseos en el mundo? Todos los
mamíferos —y muchos animales más— experimentan emociones: miedo, anhelo, dolor,
amor, odio, necesidad de guía. Quizá los humanos piensen más en el futuro, pero
no hay nada único en nuestras emociones. Por otro lado, ninguna otra especie
hace tanta ciencia como nosotros. ¿Cómo se puede acusar a la ciencia de
«deshumanizadora»?
A pesar de
todo, parece tan injusto: algunos humanos mueren de hambre antes de superar la
infancia, mientras otros —por un accidente de nacimiento— viven en la opulencia
y el esplendor. Podemos nacer en una familia que comete abusos o en un grupo
étnico perseguido, o con alguna deformidad; pasamos la vida con las cartas de
la baraja en contra, y luego morimos. ¿Eso es todo? ¿No es más que un sueño sin
ensoñación ni fin? ¿Dónde está la justicia de eso? Es desolador, brutal y
cruel. ¿No deberíamos tener una segunda oportunidad en un campo de juego
neutral? Sería mucho mejor si volviéramos a nacer en circunstancias que
tuvieran en cuenta nuestra actuación en la última vida, por muy en contra que
hubiéramos tenido entonces la baraja. O si hubiera un día del juicio después
de la muerte, entonces —siempre que hubiéramos sido buenos con la persona que
se nos dio en esta vida y mostrado humildad, lealtad y todo lo demás—
deberíamos ser recompensados y vivir alegremente hasta el final de los tiempos
en un refugio permanente de la agonía y confusión del mundo. Así es como sería
si el mundo fuera pensado, planeado con anterioridad, justo. Así sería si los
que sufren dolor y tormento recibieran el consuelo que merecen.
Las
sociedades que enseñan la satisfacción con nuestra situación actual en la vida
en espera de la recompensa post-mortem tienden a vacunarse contra la
revolución. Además, el temor de la muerte, que en algunos aspectos es una
adaptación a la lucha evolutiva por la existencia, se adapta mal a la guerra.
Las culturas que preconizan una vida de bendición para los héroes después de la
vida —o incluso para los que simplemente hicieron lo que les mandó la
autoridad— podrían adquirir una ventaja competitiva.
Así
debería ser fácil para las religiones y las naciones vender la idea de una
parte espiritual de nuestra naturaleza que sobrevive a la muerte. No es algo en
lo que se pueda prever un gran escepticismo. La gente querrá creerlo, aunque
la prueba sea escasa o nula. Cierto, las lesiones del cerebro nos pueden hacer
perder segmentos importantes de la memoria, o convertirnos de maníacos en
plácidos, o viceversa; y los cambios en la química del cerebro pueden convencernos
de que hay una conspiración contra nosotros o hacernos pensar que escuchamos la
voz de Dios. Pero, a pesar de que eso proporciona un testimonio irresistible
de que nuestra personalidad, carácter y memoria —si se quiere, el alma— reside
en la materia del cerebro, es fácil no rendirse a él, encontrar maneras de
negar el peso de la evidencia.
Y si hay
instituciones sociales poderosas que insisten en que hay otra vida, no
es sorprendente que los que disienten tiendan a ser pocos, callados y
resentidos. Algunas religiones orientales, cristianas y de la Nueva Era, además
del platonismo, mantienen que el mundo es irreal, que el sufrimiento, la muerte
y la materia son ilusiones, y que nada existe realmente excepto la «mente». En
contraste, el punto de vista científico imperante es que la mente es la forma
en la que percibimos lo que hace el cerebro; es decir, es una propiedad de los
cien billones de conexiones nerviosas en el cerebro.
Hay una opinión académica
extrañamente en boga, con raíces en la
década de los sesenta, que mantiene que todos los puntos de vista son
igualmente arbitrarios y que «verdadero» o «falso» es una ilusión. Quizá sea un
intento de volver las tornas a los científicos que arguyen desde hace tiempo
que la crítica literaria, la religión, la estética y gran parte de la
filosofía y la ética son mera opinión subjetiva, porque no se pueden demostrar
como un teorema de la geometría euclidiana ni someterse a prueba experimental.
Hay gente
que quiere que todo sea posible, que su realidad sea ilimitada. Les parece que
nuestra imaginación y nuestras necesidades requieren más que lo relativamente
poco que la ciencia enseña que sabemos con seguridad. Muchos gurús de la Nueva
Era —la actriz Shirley MacLaine entre ellos— llegan al punto de abrazar el
solipsismo, de afirmar que la única realidad es la de sus propios
pensamientos. «Soy Dios», dicen en realidad. «Creo de verdad que nosotros
creamos nuestra propia realidad —dijo MacLaine a un escéptico en una ocasión—.
Creo que ahora mismo yo le estoy creando a usted.»
Si sueño
que me reúno con un padre o un hijo muertos, ¿quién me va a decir que no
ocurrió realmente? Si tengo una visión de mí mismo flotando en el
espacio y mirando hacia la Tierra, a lo mejor he estado allí realmente; ¿cómo
algunos científicos, que ni siquiera compartieron la experiencia, se atreven a
decirme que está todo en mi cabeza? Si mi religión dicta que es palabra
inalterable e inequívoca de Dios que el universo tiene unos cuantos miles de
años, los científicos, además de equivocarse, son ofensivos e impíos cuando
declaran que tiene unos cuantos miles de millones.
Es
irritante que la ciencia pretenda fijar límites en lo que podemos hacer,
aunque sea en principio. ¿Quién dice que no podemos viajar más de prisa que la
luz? Solían decirlo del sonido, ¿no es cierto? ¿Quién nos va a impedir, si
tenemos instrumentos realmente poderosos, que midamos la posición y el momento
de un electrón simultáneamente? ¿Por qué, si somos muy inteligentes, no podemos
construir una máquina de movimiento perpetuo «de primera especie» (una que
genere más energía de la que se le suministra), o una máquina de movimiento
perpetuo «de segunda especie» (una que nunca se pare). ¿Quién osa poner límites
al ingenio humano?
En
realidad, la naturaleza. En realidad, una declaración bastante completa y
breve de las leyes de la naturaleza, de cómo funciona el universo, se refleja
en una lista de prohibiciones como ésta. Significativamente, la pseudociencia y
la superstición tienden a no reconocer límites en la naturaleza: «Todo es
posible.» Prometen un presupuesto de producción ilimitado, aunque sus partidarios
hayan sido engañados y traicionados tan a menudo.
------ooooo------
Una queja
relacionada con ésta es que la ciencia es demasiado simple, demasiado
«reduccionista»; imagina con ingenuidad que en el recuento final habrá sólo
unas cuantas leyes de la naturaleza —quizá incluso bastante sencillas—que lo
explicarán todo, que la exquisita sutileza del mundo, todos los cristales de la
nieve, las celosías de las telarañas, las galaxias espirales y los destellos
de perspicacia humana pueden «reducirse» a estas leyes. El reduccionismo no
parece conceder un respeto suficiente a la complejidad del universo. A algunos
se les antoja como un híbrido curioso de arrogancia y pereza intelectual.
A Isaac
Newton —que en la mente de los críticos de la ciencia personifica la «visión
única»— el universo le parecía como un mecanismo de relojería. Literalmente.
Describió con gran precisión los movimientos regulares y orbitales predecibles
de los planetas alrededor del Sol, o de la Luna alrededor de la Tierra,
esencialmente mediante la misma ecuación diferencial que predice el vaivén de
un péndulo o la oscilación de un muelle. Hoy tenemos tendencia a pensar que
ocupamos una posición ventajosa eminente y a lamentarnos de que los pobres
newtonianos tuvieran un punto de vista tan limitado. Pero, dentro de ciertos
límites razonables, las mismas ecuaciones armónicas que describen el mecanismo
del reloj describen los movimientos de objetos astronómicos en todo el
universo. Es un paralelismo profundo, no trivial.
Desde
luego, en el sistema solar no hay engranajes y las partes componentes del
mecanismo de reloj gravitacional no se tocan. Los movimientos de los planetas
son más complicados que los de péndulos y muelles. Además, el modelo de
mecanismo de relojería se quiebra en ciertas circunstancias. Durante períodos
de tiempo muy largos, la atracción gravitatoria de mundos distantes —atracción
que podría parecer totalmente insignificante en sólo unas cuantas órbitas—
puede acumularse y algún mundo pequeño puede desviarse inesperadamente de su
curso normal. Sin embargo, en los relojes de péndulo también se conoce algo
como el movimiento caótico; si desplazamos el plomo demasiado lejos de la
perpendicular, el movimiento es arrítmico y desordenado. Pero el sistema solar
marca mejor el tiempo que cualquier reloj mecánico y toda la idea de marcar el
tiempo viene del movimiento observado del Sol y las estrellas.
Lo
asombroso es que se pueda aplicar una matemática similar a los planetas y a
los relojes. No tenía por qué ser así. No lo impusimos en el universo. Es como
es. Si esto es reduccionismo, qué le vamos a hacer.
Hasta
mediados del siglo XX, dominaba una fuerte creencia —entre teólogos, filósofos
y muchos biólogos— de que la vida no era «reducible» a las leyes de física y
química, que había una «fuerza vital», una «entelequia», un tao, un maná que
hacía funcionar a los seres vivos y «animaba» la vida. Era imposible ver cómo
meros átomos y moléculas podían justificar la complejidad y la elegancia, la
adecuación de la forma a la función, de un ser vivo. Se invocaban las
religiones del mundo: Dios o los dioses insuflaron vida, alma, en la materia
inanimada. El químico del siglo XVIII Joseph Priestley intentó encontrar la
«fuerza vital». Pesó un ratón justo antes y después de morir. Pesaba lo mismo.
Todos los intentos en este sentido han fracasado. Si hay alma, es evidente que
no pesa nada; es decir, no está hecha de materia.
A pesar de
todo, hasta los materialistas biológicos tenían reservas; a lo mejor, si no
almas de plantas, animales, hongos y microbios, todavía se necesitaba algún
principio científico no descubierto para entender la vida. Por ejemplo, el
fisiólogo británico J. S. Haldane (padre de J. B. S. Haldane) preguntaba en
1932:
¿Qué relato inteligible
puede ofrecer la teoría mecanicista de la vida de la... recuperación de
enfermedades y heridas? Simplemente ninguno, excepto que esos fenómenos son
tan complejos y extraños que de momento no podemos entenderlos. Ocurre
exactamente lo mismo con los fenómenos estrechamente relacionados con la
reproducción. No podemos concebir, por muchas vueltas que demos a la
imaginación, un mecanismo delicado y complejo que sea capaz, como un organismo
vivo, de reproducirse él mismo con una frecuencia indefinida.
Pero, sólo unas décadas
después, nuestro conocimiento de la inmunología y la biología molecular ha
clarificado enormemente esos misterios antes impenetrables.
Recuerdo
muy bien que, cuando se dilucidó por primera vez la estructura molecular del
ADN y la naturaleza del código genético en las décadas de los cincuenta y
sesenta, los biólogos que estudiaban organismos completos acusaban a los
nuevos investigadores de la biología molecular de reduccionismo. («No van a
entender ni siquiera al gusano con su ADN.») Desde luego, reducirlo todo a una
«fuerza vital» no es menos reduccionista. Pero ahora está claro que toda la
vida sobre la Tierra, todo ser vivo, tiene una información genética codificada
en sus ácidos nucleicos y emplea fundamentalmente el mismo código para ejecutar
las instrucciones hereditarias. Hemos aprendido a leer el código. En biología
se usan las mismas docenas de moléculas orgánicas una y otra vez para una mayor
variedad de funciones. Se han identificado genes que tienen una responsabilidad
significativa en la fibrosis quística y el cáncer de pecho. Se ha hecho la
secuencia de los 1,8 millones de eslabones de la cadena del ADN de la bacteria Haemophilis
influenzae, que comprende sus mil setecientos cuarenta y tres genes. La
función específica de la mayoría de esos genes está bellamente detallada: desde
la fabricación y pliegue de cientos de moléculas complejas hasta la protección
contra el calor y los antibióticos, el aumento de la tasa de mutación y la
formación de copias idénticas de la bacteria. Se han trazado ya gran parte de
los genomas de otros muchos organismos (incluyendo el gusano Caenorhabditis
elegans). Los biólogos moleculares se dedican con ahínco a registrar la
secuencia de los tres mil millones de nucleótidos que especifican cómo hacer un
ser humano. En una o dos décadas habrán terminado. (Que los beneficios lleguen
a superar los riesgos no parece seguro en absoluto.)
Se ha
establecido la continuidad entre la física atómica, la química molecular y esta maravilla de maravillas, la
naturaleza de la reproducción y la herencia. No es necesario invocar ningún nuevo
principio de la ciencia. Parece que hay un pequeño número de hechos simples que
se pueden usar para entender la enorme complejidad y variedad de los seres
vivos. (La genética molecular también enseña que cada organismo tiene su
propia particularidad.)
El
reduccionismo está incluso mejor instalado en física y química. Describiré más
adelante la inesperada fusión de nuestra comprensión de la electricidad, el
magnetismo, la luz y la relatividad en un solo marco de trabajo. Hace siglos
que sabemos que un puñado de leyes relativamente sencillas no sólo explican
sino que predicen cuantitativamente y con precisión una variedad asombrosa de
fenómenos, no sólo en la Tierra sino en todo el universo.
Hemos oído
decir —por ejemplo al teólogo Langdon Gilkey en su Naturaleza, realidad y lo
sagrado— que la idea de que las leyes de la naturaleza son las mismas en
todas partes no es más que una preconcepción impuesta al universo por
científicos falibles y su medio social. Le gustaría que hubiera otros tipos de
«conocimiento», tan válidos en su contexto como la ciencia en el suyo. Pero el
orden del universo no es una presunción; es un hecho observado. Detectamos la
luz desde quasars distantes sólo porque, a diez mil millones de años luz, las
leyes del electromagnetismo son las mismas que aquí. Los espectros de esos
quasars sólo son reconocibles porque están presentes los mismos elementos
químicos allí y aquí, y porque pueden aplicarse las mismas leyes de mecánica
cuántica. El movimiento de las galaxias alrededor unas de otras sigue la gravedad
familiar newtoniana. Las lentes gravitacionales y las rotaciones de pulsares
binarios revelan la relatividad general en las profundidades del espacio. Podíamos
haber vivido en un universo con leyes diferentes, pero no es así. Este hecho no
puede dejar de provocar sentimientos de reverencia y respeto.
Podríamos
haber vivido en un universo en el que no se pudiera entender nada con unas
pocas leyes sencillas, en el que la complejidad de la naturaleza superara
nuestra capacidad de comprensión, en el que las leyes aplicables en la Tierra
no fueran válidas en Marte o en un quasar distante. Pero la evidencia —no las
ideas preconcebidas, sino la evidencia— demuestra otra cosa. Por suerte para
nosotros, vivimos en un universo en el que las cosas se pueden «reducir» a un
pequeño número de leyes de la naturaleza relativamente sencillas. De otro
modo, quizá nos habría faltado capacidad intelectual y de comprensión para
entender el mundo.
Desde
luego, podemos cometer errores al aplicar un programa reduccionista a la
ciencia. Puede haber aspectos que, por lo que sabemos, no sean reducibles a
unas cuantas leyes relativamente simples. Pero, a la luz de los descubrimientos
de los últimos siglos, parece una insensatez quejarse de reduccionismo. No es
una deficiencia, sino uno de los principales triunfos de la ciencia. Y me
parece que sus descubrimientos están en perfecta consonancia con muchas
religiones (aunque eso no prueba su validez). ¿Por qué unas cuantas
leyes simples de la naturaleza explican tanto y mantienen el control de este
vasto universo? ¿No es exactamente eso lo que podría esperarse de un creador
del universo? ¿Por qué algunas personas religiosas se oponen al programa
reduccionista en la ciencia si no es por un amor mal entendido al misticismo.
-----ooooo-----
Se han
hecho muchos intentos a lo largo de los siglos de reconciliar religión y
ciencia, especialmente por parte de religiosos que no preconizaban el
literalismo bíblico y coránico que no permitía la alegoría o la metáfora. Las
consecuciones culminantes de la teología católica romana son la Summa
Theologica y la Summa Contra Gentiles de santo Tomás de Aquino.
Entre el torbellino de filosofía islámica sofisticada que penetró en el
cristianismo en los siglos XII y XIII se encontraban los libros de los antiguos
griegos, especialmente Aristóteles, obras que revelan grandes logros incluso
echándoles sólo una mirada superficial. ¿Era compatible este aprendizaje
antiguo con la palabra sagrada de Dios?[30] En la Summa
Theologica, Aquino se planteó la tarea de reconciliar seiscientas treinta y
una cuestiones entre las fuentes cristianas y clásicas. ¿Pero cómo hacerlo
cuando se plantea una clara disputa? No se puede conseguir sin la presencia de
cierto principio organizativo, sin una manera superior de conocer el mundo. A
menudo, Aquino apelaba al sentido común y al mundo natural: es decir, a la
ciencia usada como mecanismo de corrección de errores. Con algunas deformaciones
del sentido común y la naturaleza, consiguió reconciliar los seiscientos
treinta y un problemas. (Aunque, a la hora de la verdad, simplemente se asumía
la respuesta deseada. La fe siempre tenía ventaja sobre la razón.) La
literatura judía talmúdica y postalmúdica y la filosofía islámica medieval
están llenas de intentos de reconciliación similares.
Pero los
principios en el corazón de la religión se pueden comprobar científicamente.
Eso por sí solo hace que algunos burócratas y creyentes religiosos se muestren
cautos ante la ciencia. ¿Es la eucaristía, como enseña la Iglesia, en realidad,
y no sólo como metáfora productiva, la carne de Jesucristo, o —químicamente,
microscópicamente y en otros aspectos— es sólo una hostia ofrecida por un
sacerdote?[31]
¿Será destruido el mundo al final del ciclo de cincuenta y dos años de Venus a
no ser que se sacrifiquen humanos a los dioses?[32] ¿Le va
peor a un judío no circuncidado que a sus correligionarios que acatan la
antigua alianza en la que Dios pidió un trozo de prepucio a todos sus fieles
varones? ¿Hay humanos que pueblan otros planetas innumerables, como enseñan los
Santos del Ultimo Día? ¿Es verdad que los blancos fueron creados a partir de
los negros por un científico loco, como advierte la nación del Islam? ¿Dejaría
de levantarse el sol si se omitiera el rito del sacrificio hindú (como se nos
asegura que ocurriría en el Satapatha Brahmana)?
Podemos
hacernos una idea de las raíces humanas de la oración examinando religiones y
culturas poco familiares. Transcribimos aquí, por ejemplo, lo que aparece en
una inscripción cuneiforme de un sello cilíndrico babilonio del segundo
milenio antes de Cristo:
Oh, Ninlil, Señora de las Tierras, en tu lecho
de bodas, en la morada de tu delicia, intercede por mí ante Enlil, tu
enamorado. [Firmado] Mili-Shipak, Shatammu de Ninmah.
Ha pasado mucho tiempo desde
que existiera un Shatammu en Ninmah, o incluso una Ninmah. A pesar del hecho de
que Enlil y Ninlil eran dioses importantes —gente de todo el mundo occidental
civilizado les había rezado durante dos mil años—, ¿rezaba en realidad la
pobre Mili-Shipak a un fantasma, a un producto de su imaginación socialmente
tolerado? Y si era así, ¿qué hay de nosotros? ¿O es blasfemia, una cuestión
prohibida... como era sin duda entre los adoradores de Enlil?
¿Funcionan las oraciones?
¿Cuáles?
Hay una
categoría de oración en la que se ruega a Dios que intervenga en la historia
humana para enmendar una injusticia real o imaginada o una calamidad natural;
por ejemplo, cuando un obispo del Oeste norteamericano reza para que Dios
intervenga y acabe con un período de sequía devastadora. ¿Por qué se necesita
la oración? ¿No sabía Dios nada de la sequía? ¿No era consciente de que
amenazaba a los parroquianos del obispo? ¿Qué implica eso sobre las
limitaciones de una deidad supuestamente omnipotente y omnisciente? El obispo
también pidió a sus seguidores que rezaran. ¿Hay más probabilidades de que
intervenga Dios cuando son muchos los que le piden compasión o justicia, o con
unos cuantos basta? O consideremos la petición siguiente, impresa en 1994 en The
Prayer and Action Weekly News: Iowa's Weekly Christian Information Source'.
¿Puedes unirte a mí para rogar a Dios que
queme la sede de Planificación Familiar en Des Moines de modo que nadie pueda
interpretarlo como un incendio intencionado, que investigadores imparciales
tengan que atribuirlo a causas milagrosas (inexplicables), y que los
cristianos tengan que atribuirlo a la mano de Dios?
Hemos comentado la curación
por la fe. ¿Qué sabemos de la longevidad a través de la oración? El estadista
Victoriano Francis Galton argüía que, en igualdad de condiciones, los monarcas
británicos debían vivir más porque millones de personas en todo el mundo
entonaban diariamente el sincero mantra de «Dios salve a la reina» (o al rey).
Sin embargo, demostró que, en todo caso, no vivían más que otros ricos y
mimados miembros de la aristocracia. Decenas de millones de personas deseaban
(aunque no puede decirse exactamente que rezaran) públicamente al unísono que
Mao Zedong viviera «diez mil años». Casi todo el mundo en el antiguo Egipto
exhortaba a los dioses a permitir que el faraón viviera «para siempre». Esas
plegarias colectivas fracasaron. Su fracaso es un dato.
Haciendo
pronunciamientos que, aunque sólo sea en principio, son comprobables, las
religiones, aun sin querer, entran en el terreno de la ciencia. Las religiones
ya no pueden hacer afirmaciones sobre la realidad sin verse desafiadas...
siempre que no se apoderen del poder secular, siempre que no puedan obligar a
creer. Eso, a su vez, ha enfurecido a algunos seguidores de otras religiones.
De vez en cuando amenazan a los escépticos con los castigos más temibles que se
pueda imaginar. Consideremos la siguiente alternativa de William Blake en su
poesía de título inocuo. Augurios de inocencia:
Aquel que enseña al niño a dudar
Se pudrirá para siempre en la tumba.
El que respeta la fe del niño
Triunfa sobre el infierno y la muerte.
Desde
luego, para muchas religiones —dedicadas a la reverencia, respeto, ética,
ritual, comunidad, familia, caridad y justicia política y económica—, los
descubrimientos de la ciencia no son de ningún modo un desafío sino una
inspiración. No hay necesariamente conflicto entre la ciencia y la religión. A
cierto nivel comparten funciones similares y acordes, y cada una de ellas
necesita a la otra. El debate abierto y vigoroso, incluso la consagración de la
duda, es una tradición cristiana que se remonta a la Aeropagítica de
John Milton (1644). Parte del cristianismo y el judaísmo asume e incluso
anticipó al menos en parte la humildad, autocrítica, debate razonado y
cuestionamiento de la sabiduría recibida que ofrece lo mejor de la ciencia.
Pero otras sectas, llamadas a veces conservadoras o fundamentalistas —y
hoy, con las religiones principales casi inaudibles e invisibles, parecen estar
en alza— han decidido basarse en temas sujetos a refutación, y por eso tienen
algo que temer de la ciencia.
Las
tradiciones religiosas suelen ser tan ricas y variadas que ofrecen grandes
oportunidades de renovación y revisión, especialmente cuando sus libros
sagrados se pueden interpretar metafórica y alegóricamente. Hay pues un terreno
medio para confesar errores antiguos, como hizo la Iglesia católica romana al
reconocer en 1992 que Galileo tenía razón, que la Tierra gira alrededor del
Sol... con tres siglos de retraso, pero con valentía y la mejor recepción a
pesar de todo. El catolicismo romano moderno no discute en absoluto el big
bang, el universo de quince mil millones de años, la emergencia de las primeras
criaturas vivas de moléculas prebiológicas ni la evolución de los humanos a
partir de ancestros similares a los monos... aunque tiene opiniones especiales
sobre la «dotación de alma». La corriente principal de la fe protestante y
judía adopta también esta firme posición.
En
discusiones teológicas con líderes religiosos, a menudo les pregunto cuál sería
su respuesta si la ciencia demostrara la refutación de un dogma de su fe.
Cuando se lo planteé al actual Dalai Lama, el decimocuarto, contestó sin dudar
ni un momento de un modo muy diferente al de los líderes religiosos
conservadores o fundamentalistas. En este caso, dijo, el budismo tibetano tendría
que cambiar.
¿Aunque
sea realmente un dogma central como (me costó encontrar un ejemplo) la
reencarnación?, le pregunté.
Aun en este caso, me
contestó.
De todos modos—añadió con un
guiño—va a ser difícil refutar la reencarnación.
Sencillamente,
el Dalai Lama tiene razón. La doctrina religiosa que se hace inmune a la
refutación tiene que preocuparse poco del avance de la ciencia. La gran idea
común a muchas fes de un creador del universo es una de esas doctrinas... tan
difícil de demostrar como de negar.
Moisés
Maimónides, en su Guía para perplejos, mantenía que sólo se podía
conocer verdaderamente a Dios si se permitía un estudio libre y abierto de la
física y la teología (I, 55). ¿Qué pasaría si la ciencia demostrase que el
universo es infinitamente viejo? Tendría que revisarse seriamente la teología
(II, 25). Ciertamente, éste es el descubrimiento concebible de la ciencia que
podría refutar a un creador... porque un universo infinitamente viejo no
habría sido creado nunca. Siempre habría estado allí.
Hay otras
doctrinas, intereses y atenciones que también muestran preocupación por lo que
descubrirá la ciencia. Sugieren que quizá sea mejor no saber. Si resulta que
hombres y mujeres tienen diferentes propensiones hereditarias, ¿no se usará
esto como excusa para que los primeros aniquilen a las segundas? Si hay un
componente genético de violencia, ¿podría justificarse la represión de un grupo
étnico por otro, o incluso la encarcelación preventiva? Si la enfermedad mental
es pura química del cerebro, ¿no destruye eso todos nuestros esfuerzos por
entender la realidad o ser responsables de nuestras acciones? Si no somos la
obra especial del creador del universo, si nuestras leyes morales básicas están
simplemente inventadas por legisladores falibles, ¿no queda socavada nuestra
lucha por mantener el orden en la sociedad?
Me parece
que en cada uno de estos casos, religioso o secular, salimos ganando si
conocemos la mejor aproximación posible a la verdad... y si mantenemos la
conciencia atenta a los errores cometidos por nuestro grupo de interés o
sistema de creencia en el pasado. En todos los casos, las consecuencias que se
temen de un conocimiento generalizado de la verdad son exageradas. Y además,
no somos lo bastante sabios para saber qué mentiras, o incluso qué matices de
los hechos, pueden servir a un propósito social mejor, especialmente a
largo plazo.
CAPÍTULO 16
CUANDO
LOS CIENTÍFICOS
CONOCEN
EL PECADO
El
pensamiento del hombre...
¿hasta
dónde avanzará? ¿Dónde encontrará límites su atrevida impudicia? Si la villanía
humana y la vida humana deben crecer en justa proporción, si el hijo siempre
debe superar la maldad del padre, los dioses tienen que añadir otro mundo a
éste para que todos los pecadores puedan tener espacio suficiente.
eurípides,
Hippolytus (428 a. J.C.)
En una
reunión con el presidente Harry S. Truman en la posguerra, J. Robert
Oppenheimer —director científico del «Proyecto Manhattan» de armas nucleares—
comentó lúgubremente que los científicos tenían las manos manchadas de sangre,
que habían conocido el pecado. Más tarde, Truman comunicó a sus ayudantes que
no quería ver nunca más a Oppenheimer. A veces se castiga a los científicos
por hacer el mal y a veces por advertir de los malos usos a que se puede
aplicar la ciencia. Es más frecuente la crítica de que tanto la ciencia como
sus productos son moralmente neutrales, éticamente ambiguos, aplicables por
igual al servicio del mal y del bien. Es una vieja acusación. Probablemente se
remonta a la época de la talla de herramientas de piedra y al dominio del
fuego. Puesto que la tecnología se ha encontrado en nuestra línea ancestral
desde antes del primer humano, puesto que somos una especie tecnológica, no es
tanto un problema de ciencia como de naturaleza humana. No quiero decir con
esto que la ciencia no tenga responsabilidad por el mal uso de sus
descubrimientos. Tiene una responsabilidad profunda y, cuanto más poderosos son
sus productos, mayor es su responsabilidad.
Como las
armas de ataque y derivados del mercado, las tecnologías que nos permiten
alterar el entorno global que nos sostiene deberían someterse a la precaución
y la prudencia. Sí, somos los mismos viejos humanos que lo han hecho hasta
ahora. Sí, estamos desarrollando nuevas tecnologías como siempre. Pero cuando
las debilidades que siempre hemos tenido se unen con una capacidad de hacer
daño a una escala planetaria sin precedentes, se nos exige algo más: una ética
emergente que también debe ser establecida a una escala planetaria sin
precedentes.
A veces
los científicos lo intentan de los dos modos: aceptar el mérito por aquellas
aplicaciones de la ciencia que enriquecen nuestras vidas, pero distanciarse de
los instrumentos de muerte, tanto intencionados como inadvertidos, que también
se derivan de la investigación científica. El filósofo australiano John
Passmore escribe en el libro La ciencia y sus críticos:
La Inquisición española intentó evitar la
responsabilidad directa en la quema de herejes entregándolos al brazo secular;
quemarlos ella misma, explicaba piadosamente, sería totalmente impropio de
sus principios cristianos. Pocos de nosotros dejaríamos que la Inquisición se
limpiase tan fácilmente las manos de sangre; ellos sabían muy bien lo que
ocurriría. Del mismo modo, cuando la aplicación tecnológica de los
descubrimientos científicos es clara y obvia —como cuando un científico
trabaja con gases nerviosos— no puede declarar que estas aplicaciones no «tienen
nada que ver con él», basándose en que son fuerzas militares, no científicas,
las que usan los gases para mutilar o matar. Eso es aún más obvio cuando el
científico ofrece ayuda deliberada a un gobierno a cambio de financiación. Si
un científico, o un filósofo, acepta fondos de un cuerpo como una oficina de
investigación naval, les está engañando si sabe que su trabajo será inútil
para ellos y debe aceptar parte de responsabilidad por el resultado si sabe
que les será útil. Está sometido, como corresponde, a alabanzas o culpas en
relación con cualquier innovación que salga de su trabajo.
Proporciona un caso
histórico importante: la carrera del físico nacido en Hungría Edward Teller.
Teller quedó marcado de joven por la revolución comunista de Béla Kun en
Hungría, en la que se expropiaron las propiedades de familias de clase media
como la suya, y por la pérdida de una pierna, que le producía un dolor permanente,
en un accidente de circulación. Sus primeras contribuciones iban de las reglas
de selección de la mecánica cuántica y la física de estado sólido a la
cosmología. Fue él quien acompañó al físico Leo Szilard a ver a Albert Einstein
cuando se encontraba de vacaciones en Long Island en julio de 1939... una
reunión que llevó a la carta histórica de Einstein al presidente Franklin
Roosevelt en la que le apremiaba, a la vista de los acontecimientos científicos
y políticos de la Alemania nazi, a desarrollar una bomba de fisión o
«atómica». Reclutado para trabajar en el «Proyecto Manhattan», Teller llegó a
Los Álamos y poco después se negó a colaborar... no porque le
desesperara lo que podría llegar a hacer una bomba atómica, sino por lo
contrario: porque quería trabajar en una arma mucho más destructiva, la bomba
de fusión, termonuclear o de hidrógeno. (Si bien la bomba atómica tiene un
límite superior práctico en su rendimiento o energía destructiva, la bomba de
hidrógeno no lo tiene. Pero ésta necesita una bomba atómica como detonante.)
Una vez
inventada la bomba de fisión, después de la rendición de Alemania y Japón,
terminada la guerra, Teller siguió defendiendo con ahínco lo que se llamó «la
súper», con la intención específica de intimidar a la Unión Soviética. La
preocupación por la reconstrucción de la Unión Soviética, endurecida y
militarizada bajo Stalin, y la paranoia nacional en Norteamérica llamada
maccarthismo le allanaron el camino. Sin embargo encontró un importante
obstáculo en la persona de Oppenheimer, que se había convertido en presidente
del Comité Asesor General de la Comisión de Energía Atómica de la posguerra.
Teller expresó un testimonio crítico en una audiencia del gobierno
cuestionando la lealtad de Oppenheimer a Estados Unidos. Se suele creer que la
participación de Teller jugó un importante papel en sus repercusiones: aunque
el comité de revisión no impugnó exactamente la lealtad de Oppenheimer, por
algún motivo se le negó la acreditación de seguridad y fue apartado de la
Comisión de Energía Atómica. Teller pudo emprender el camino hacia la «súper»
libre de obstáculos.
La técnica
de fabricación de un arma nuclear se suele atribuir a Teller y al matemático
Stanislas Ulam. Hans Bethe, el físico premio Nobel que dirigía la división
técnica del «Proyecto Manhattan» y que tuvo un papel destacado en el
desarrollo de las bombas atómica y de hidrógeno, atestigua que la sugerencia
original de Teller era errónea y que fue necesario el trabajo de muchas
personas para hacer realidad el arma termonuclear. Con las contribuciones técnicas
fundamentales de un joven físico llamado Richard Garwin, en 1952 se hizo
explotar el primer «mecanismo» estadounidense termonuclear: como era muy poco
manejable para llevarlo en un misil o bombardero, se hizo explotar en el mismo
lugar donde se había montado. La primera bomba de hidrógeno verdadera fue una
invención soviética que se hizo explotar al año siguiente. Se ha planteado el
debate de si la Unión Soviética habría desarrollado una arma termonuclear si no
lo hubiera hecho antes los Estados Unidos, y si realmente era necesaria el arma
termonuclear estadounidense para impedir el uso soviético de la bomba de
hidrógeno, dado el sustancial arsenal de armas de fisión que ya poseía entonces
Estados Unidos. Las pruebas actuales indican que la Unión Soviética —incluso
antes de hacer explotar su primera bomba de fisión— tenía un diseño realizable
de arma termonuclear. Era «el siguiente paso lógico». Pero el conocimiento,
por espionaje, de que los americanos estaban trabajando en ella aceleró la
búsqueda soviética de armas de fusión.
Desde mi
punto de vista, las consecuencias de una guerra nuclear global se hicieron
mucho más peligrosas con la invención de la bomba de hidrógeno, porque las
explosiones aéreas de las armas termonucleares son mucho más capaces de quemar
ciudades y generar grandes cantidades de humo, enfriando y oscureciendo la
Tierra, y de inducir un invierno nuclear a escala global. Este es quizá el
debate científico más controvertido en el que me he visto envuelto (desde
1983-1990 aproximadamente). El debate tenía un enfoque político en su mayor
parte. Las implicaciones estratégicas del invierno nuclear eran inquietantes
para los que se aferraban a una política de venganza masiva para impedir un
ataque nuclear, o para los que deseaban conservar la opción de un primer ataque
masivo. En ambos casos, las consecuencias ambientales provocan la
autodestrucción de cualquier nación que lance gran número de armas
termonucleares aun sin venganza del adversario. De pronto, un segmento
importante de la política estratégica durante décadas y la razón para acumular
decenas de miles de armas nucleares se hizo mucho menos creíble.
Los
descensos de la temperatura global que se predecían en el informe científico
original sobre el invierno nuclear (1983) eran de 15-20 °C; las estimaciones
actuales son de 10-15 °C. Los dos valores son correctos si se consideran las
irreducibles indeterminaciones de los cálculos. Ambos descensos de temperatura
son mucho mayores que la diferencia entre las temperaturas globales actuales
y las de la última era glacial. Un equipo internacional de doscientos
científicos ha estimado las consecuencias a largo plazo de la guerra
termonuclear global y ha llegado a la conclusión de que, con un invierno
nuclear, la civilización global y la mayor parte de la gente de la Tierra
—incluyendo los que están alejados de la zona objetivo de la latitud media
norte— correría grandes riesgos, principalmente por hambre. Si alguna vez
llegara a producirse una guerra nuclear a gran escala, con las ciudades como
objetivo, el esfuerzo de Edward Teller y sus colegas en Estados Unidos (y el
equipo ruso correspondiente dirigido por Andréi Sajárov) podría ser responsable
de que se cerrara el telón del futuro humano. La bomba de hidrógeno es, con
diferencia, el arma mas horrible inventada jamás.
Cuando se
descubrió el invierno nuclear en 1983, Teller se apresuró a argumentar: 1) que
la física estaba equivocada, y 2) que el descubrimiento se había hecho años
antes bajo su tutela en el Laboratorio Nacional Lawrence Livermore. En
realidad no hay ninguna prueba de este descubrimiento previo y hay una cantidad
considerable de pruebas de que los encargados en todas las naciones de informar
a los líderes nacionales de los efectos de las armas nucleares pasaron casi
siempre por alto el invierno nuclear. Pero, si lo que decía Teller era verdad,
fue una falta de conciencia flagrante por su parte no haber revelado el
supuesto descubrimiento a las partes afectadas: los ciudadanos y jefes de la
nación y del mundo. Como en la película de Stanley Kubrick Doctor
Strangelove {¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú}, reservar la información
del arma definitiva —de modo que nadie conozca su existencia ni lo que puede
hacer—es completamente absurdo.
Me parece
imposible que un ser humano normal colabore sin reparos en un invento así, aun
dejando de lado el invierno nuclear. Las tensiones, conscientes o
inconscientes, entre los que sé atribuyen el mérito de la invención deben de
ser considerables. Sea cual fuere su contribución real, se ha descrito a Edward
Teller como el «padre» de la bomba de hidrógeno. La revista Life publicaba
en 1954 un artículo escrito con admiración que describía su «determinación casi
fanática» de construir la bomba de hidrógeno. Creo que gran parte de su carrera
posterior puede entenderse como un intento de justificar lo que engendró.
Teller ha afirmado, y no es inverosímil, que las bombas de hidrógeno sirven
para mantener la paz, o al menos impiden la guerra termonuclear, porque hace
demasiado peligrosas las consecuencias de la guerra entre potencias nucleares.
Todavía no se ha producido una guerra nuclear, ¿no es así? Pero en todos esos
argumentos se asume que las naciones con armas nucleares son y serán siempre,
sin excepción, actores racionales, y que sus líderes (u oficiales militares o
de la policía secreta) nunca se verán afectados por ataques de rabia, venganza
y locura. En el siglo de Hitler y Stalin, esta idea parece cuando menos
ingenua.
Teller ha
tenido una influencia decisiva para impedir la firma de un tratado que
prohibiera las pruebas de armas nucleares. Dificultó en gran manera la
consecución de un tratado de limitación de pruebas (en superficie). Su
argumento de que era esencial hacer pruebas en superficie para mantener y
«mejorar» los arsenales nucleares, que ratificar el tratado «acabaría con la
seguridad futura de nuestro país» ha demostrado ser engañoso. También ha sido
un defensor vigoroso de la seguridad y efectividad de coste de las plantas de
energía de fisión, y declara ser el único herido del accidente nuclear de la
Isla Three Mile en Pennsylvania en 1979: según dijo, tuvo un infarto cuando
discutía el tema.
Teller
defendía la explosión de armas nucleares desde Alaska hasta Sudáfrica, para
dragar puertos y canales, para eliminar montañas molestas y efectuar grandes
traslados de tierra. Se dice que, cuando propuso un plan así a la reina
Federica de Grecia, ésta le respondió: «Gracias, doctor Teller, pero Grecia ya
tiene bastantes ruinas singulares.» ¿Queremos probar la relatividad general de
Einstein? Pues hagamos explotar una arma nuclear en la parte más alejada del
Sol, proponía Teller. ¿Queremos entender la composición química de la Luna?
Pues enviemos una bomba de hidrógeno a la Luna, hagámosla explotar y examinemos
el espectro del destello y la bola de fuego.
También en
la década de los ochenta, Teller vendió al presidente Ronald Reagan la idea de
la guerra de las galaxias, llamada por ellos «Iniciativa de Defensa
Estratégica». Parece ser que Reagan se creyó la historia francamente
imaginativa que le contó Teller de que era posible construir un láser de rayos
X del tamaño de una mesa y ponerlo en órbita alimentado por una bomba de
hidrógeno que destruiría diez mil ojivas soviéticas en vuelo y proporcionaría
una protección genuina a los ciudadanos de Estados Unidos en caso de guerra
termonuclear global.
Los
apologistas de la administración Reagan afirman que, a pesar de las
exageraciones sobre su capacidad, algunas intencionadas, la Iniciativa de
Defensa Estratégica fue la causa del colapso de la Unión Soviética. No hay
ninguna prueba seria que fundamente esta opinión. Andréi Sajárov, Evgueni
Velijov, Roaid Sagdeev y otros científicos que asesoraban al presidente Mijaíl
Gorbachov dejaron claro que si Estados Unidos seguía adelante con un programa
de guerra de las galaxias, la respuesta más fácil y segura de la Unión
Soviética sería aumentar el arsenal existente de armas nucleares y sistemas de
lanzamiento. En consecuencia, la guerra de las galaxias habría aumentado y no
reducido el peligro de guerra termonuclear. En todo caso, los gastos soviéticos
en defensa con base en el espacio contra los misiles nucleares norteamericanos
eran relativamente insignificantes, de una magnitud nimia para provocar el
colapso de la economía soviética. La caída de la Unión Soviética está mucho
más relacionada con el fracaso de la economía planificada, la conciencia
creciente del nivel de vida de Occidente, la extensión del desafecto por una
ideología comunista moribunda y —aunque él no pretendiera un resultado así— la
promoción por parte de Gorbachov de la glasnost o apertura.
Diez mil
científicos e ingenieros norteamericanos declararon públicamente que no
trabajarían en la guerra de las galaxias ni aceptarían dinero de la organización de la Iniciativa de
Defensa Estratégica. Eso da un ejemplo de la extensión y valentía de la negativa
de cooperación de los científicos (a un coste personal concebible) con un
gobierno democrático que, al menos temporalmente, se había desviado de su
camino.
Teller
también ha defendido el desarrollo de ojivas nucleares penetrantes —para poder
alcanzar y eliminar centros de comandos y refugios bajo tierra de los líderes
(y sus familias) de una nación adversaria— y de ojivas nucleares de 0,1
kilotones que saturarían a un país enemigo y destruirían su
infraestructura «sin un solo
herido»: se alertaría a los civiles por adelantado. La guerra nuclear sería
humana.
En el
momento de escribir estas líneas, Edward Teller —todavía vigoroso y con unos
poderes intelectuales considerables a sus ochenta años— ha montado una campaña,
con sus contrafiguras en el establishment de armas nucleares de la
antigua Unión Soviética, para desarrollar y hacer explotar nuevas generaciones
de armas nucleares de largo alcance en el espacio a fin de destruir o desviar
asteroides que podrían encontrarse en trayectorias de colisión con la Tierra.
Me preocupa que la experimentación prematura con las órbitas de asteroides
cercanos pueda implicar peligros extremos para nuestra especie.
El doctor
Teller y yo nos hemos reunido en privado. Hemos debatido en reuniones
científicas, en los medios de comunicación nacionales y en una sesión a puerta
cerrada en el Congreso. Hemos tenido importantes desacuerdos, especialmente en
lo relativo a la guerra de las galaxias, el invierno nuclear y la defensa de
los asteroides. Quizá todo ello sea la causa irremediable de mi opinión sobre
él. Aunque ha sido siempre un ferviente anticomunista y tecnófilo, cuando
repaso su vida me parece ver algo más en su intento desesperado de justificar
la bomba de hidrógeno diciendo que sus efectos no eran tan malos como se podría
pensar. Se puede usar para defender al mundo de otras bombas de hidrógeno, para
la ciencia, para la ingeniería civil, para proteger a la población de Estados
Unidos contra las armas termonucleares de un enemigo, para librar guerras
humanas, para salvar al planeta de riesgos aleatorios del espacio. De algún
modo, quiere creer que la especie humana reconocerá las armas termonucleares,
y a él, como una salvación y no como su destrucción.
Cuando la
investigación científica proporciona unos poderes formidables, ciertamente
temibles, a naciones y líderes políticos falibles, aparecen muchos peligros:
uno es que algunos científicos implicados pueden perder la objetividad. Como
siempre, el poder tiende a corromper. En estas circunstancias, la institución
del secreto es especialmente perniciosa y los controles y equilibrios de una
democracia adquieren un valor especial. (Teller, que ha prosperado en la
cultura del secreto, también la ha atacado repetidamente.) El inspector general
de la CIA comentaba en 1995 que «el secreto absoluto corrompe absolutamente».
La única protección contra un mal uso peligroso de la tecnología suele ser el
debate más abierto y vigoroso. Puede ser que la pieza crítica de la
argumentación sea obvia... y muchos científicos o incluso profanos la podrían
aportar siempre que no hubiera represalias por ello. O podría ser algo más
sutil, algo constatado por un licenciado oscuro en algún lugar remoto de
Washington, D. C. que, si las discusiones fueran cerradas y altamente
secretas, nunca habría tenido la oportunidad de abordar el tema.
---ooo---
¿Qué reino
de la conducta humana es más ambiguo moralmente? Hasta las instituciones
populares que se proponen aconsejarnos sobre comportamiento y ética parecen
plagadas de contradicciones. Consideremos los aforismos: No por mucho madrugar
amanece más temprano. Sí, pero a quien madruga Dios le ayuda. Mejor prevenir
que curar; pero quien no arrisca, no aprisca. Donde fuego se hace, humo sale;
pero el hábito no hace al monje. Quien espera desespera; pero mientras hay vida
hay esperanza. El que duda está perdido; pero el que nada sabe, de nada duda.
Dos cabezas son mejor que una; pero demasiada gallina malogra el caldo. Hubo
una época en que la gente planificaba o justificaba sus acciones basándose en
esos tópicos contradictorios. ¿Qué responsabilidad moral tienen los autores de
proverbios? ¿O el astrólogo que se basa en los signos del sol, el lector
de cartas del tarot, el profeta del periódico sensacionalista?
Consideremos
si no las religiones principales. Miqueas nos exhorta a obrar con justicia y
amar la piedad; en el Éxodo se nos prohíbe cometer homicidios; en el Levítico
se nos ordena amar a nuestros vecinos
como a nosotros mismos; y en los Evangelios se nos urge a amar a nuestros
enemigos. Pensemos sin embargo en los ríos de sangre vertida por fervientes
seguidores de los libros en los que se hallan esas exhortaciones bien
intencionadas.
En Josué y
en la segunda parte del libro de Números se celebra el asesinato masivo de
hombres, mujeres y niños, hasta de animales domésticos, en una ciudad tras
otra por toda la tierra de Canaán. Jericó es eliminado en una kherem,
«guerra santa». La única justificación que se ofrece para este asesinato masivo
es la declaración de los asesinos de que, a cambio de circuncidar a sus hijos
y adoptar una serie de rituales particulares, se prometió a sus antepasados
mucho tiempo atrás que aquella tierra sería suya. No se puede encontrar ni un
asomo de autorreproche ni un murmullo de inquietud patriarcal o divina ante
esas campañas de exterminio en las Sagradas Escrituras. En cambio, Josué
«consagró a todos los seres vivientes al anatema, como Yahvé, el Dios de
Israel, le había ordenado» (Josué, 10, 40). Y esos acontecimientos no son
incidentales sino centrales en la narración principal del Antiguo Testamento.
Hay historias similares de asesinato masivo (y en el caso de los amalequitas,
genocidio) en los libros de Saúl, Esther y otras partes de la Biblia, con
apenas un atisbo de duda moral. Todo ello, desde luego, era perturbador para
los teólogos liberales de una época más tardía.
Se dice
con razón que el diablo puede «citar las Escrituras para su propósito». La
Biblia está tan llena de historias de propósito moral contradictorio que cada
generación puede encontrar justificación para casi cada acción que propone:
desde el incesto, la esclavitud y el asesinato masivo hasta el amor más
refinado, la valentía y el autosacrificio. Y este trastorno moral múltiple de
personalidad no está limitado al judaísmo y al cristianismo. Se puede encontrar
dentro del Islam, en la tradición hindú, ciertamente en casi todas las
religiones del mundo. Así pues, no son los científicos los que son moralmente
ambiguos sino la gente en general.
Creo que
es tarea particular de los científicos alertar al público de los peligros
posibles, especialmente los que derivan de la ciencia o se pueden prevenir
mediante la aplicación de la ciencia. Podría decirse que una misión así es
profética. Desde luego, las advertencias deben ser juiciosas y no más
alarmantes de lo que exige el peligro; pero si tenemos que cometer errores,
teniendo en cuenta lo que está en juego, que sea por el lado de la seguridad.
Entre los
cazadores y recolectores Kung San del desierto del Kalahari, cuando dos
hombres, quizá inflamados por la testosterona, empiezan a discutir, las mujeres
les quitan las flechas envenenadas y las ponen fuera de su alcance. Hoy en
día, nuestras flechas envenenadas pueden destruir la civilización global y
posiblemente aniquilar a nuestra especie. Ahora, el precio de la ambigüedad
moral es demasiado alto. Por esta razón —y no por su aproximación al
conocimiento— la responsabilidad ética de los científicos también debe ser muy
alta, sin precedentes. Desearía que los programas universitarios de ciencia
plantearan explícita y sistemáticamente estas cuestiones con científicos e
ingenieros experimentados. Y a veces me pregunto si, en nuestra sociedad,
también las mujeres —y los niños— acabarán poniendo las flechas envenenadas
fuera de nuestro alcance.
CAPÍTULO 17
UN MATRIMONIO
ENTRE
EL ESCEPTICISMO
Y EL ASOMBRO
Nada es
demasiado maravilloso
para ser
verdad.
Afirmación atribuida a michael
faraday (1791-1867)
La
percepción, sin comprobación ni fundamento, no es garantía suficiente de la
verdad.
bertrand russell, Misticismo y lógica (1929)
Cuando al atestiguar en un
juicio se nos pide que juremos decir «la verdad, toda la verdad y nada más que
la verdad», se nos pide lo imposible. Simplemente, es superior a nuestros
poderes. Nuestros recuerdos son falibles; incluso la verdad científica es una
mera aproximación, y lo ignoramos casi todo del universo. A pesar de todo, de
nuestro testimonio puede depender una vida. Sería razonable que nos hicieran
jurar decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad hasta el
límite de nuestras posibilidades. Pero, sin la frase calificativa, queda
fuera de nuestro alcance. Sin embargo, por mucho que concuerde con la realidad
humana, esta calificación es inaceptable para cualquier sistema legal. Si todo
el mundo dijera la verdad sólo hasta un grado determinado por el juicio individual,
se podrían ocultar acusaciones o hechos dudosos, ensombrecer los
acontecimientos, ocultar la culpabilidad, evadir la responsabilidad y negar la
justicia. Así pues, la ley aspira a un nivel de precisión imposible y nosotros
hacemos lo que podemos.
En el
proceso de selección de un jurado, el tribunal necesita la garantía de que el
veredicto se base en las pruebas. Hace esfuerzos heroicos para eliminar
juicios tendenciosos. Es consciente de la imperfección humana. ¿El miembro
potencial del jurado conoce personalmente al fiscal, o al abogado de la
acusación o de la defensa? ¿Y al juez o a otros miembros del jurado? ¿Se ha
formado una opinión del caso, no a partir de los hechos planteados en el
tribunal, sino de la publicidad previa al juicio? ¿Adjudicará mayor o menor
peso a las pruebas de los oficiales de la policía que a las de los testigos del
acusado? ¿Tiene algún prejuicio contra el grupo étnico del acusado? ¿Vive el
miembro potencial del jurado en el vecindario donde se cometieron los crímenes;
podría influir esto en su juicio? ¿Tiene una preparación científica sobre los
asuntos de los que atestiguan los testigos? (Tenerla suele ser un dato en
contra.) ¿Tiene algún familiar que trabaje en la policía o en el poder judicial?
¿Ha tenido algún encuentro con la policía que pudiera influir en su criterio?
¿Algún amigo o familiar suyo ha sido arrestado alguna vez por una acusación
similar?
El sistema
americano de jurisprudencia reconoce un amplio espectro de factores,
predisposiciones, prejuicios y experiencias que podrían nublar nuestro juicio o
afectar a nuestra objetividad muchas veces sin que seamos conscientes de ello.
Llega a extremos a veces incluso extravagantes para salvaguardar el proceso de
valoración en un juicio penal de las debilidades humanas de los que deben
decidir sobre la inocencia o culpabilidad del acusado. Aun así, en muchas
ocasiones el proceso fracasa.
¿Por qué
aspiramos a menos cuando interrogamos el mundo natural o intentamos decidir
sobre asuntos vitales de política, economía, religión y ética?
---ooo---
La
ciencia, aplicada con coherencia, a cambio de sus muchos dones impone cierta
carga onerosa: se nos exhorta, por muy incómodo que pueda ser, a considerarnos
científicamente a nosotros mismos y nuestras instituciones culturales,
a no aceptar lo que se nos dice sin crítica; a superar como podamos nuestras
esperanzas, presunciones y creencias no examinadas; a vernos a nosotros mismos
como realmente somos. ¿Podemos dedicarnos a conciencia y con valentía a seguir
el movimiento planetario o la genética de las bacterias hasta donde nos lleve
la investigación y declarar al mismo tiempo que el origen de la materia o el
comportamiento humano están más allá de nuestro alcance? Como el poder
explicativo de la ciencia es tan grande, en cuanto se capta el truco del
razonamiento científico, uno está dispuesto a aplicarlo a todo. Sin embargo,
mientras miramos profundamente en nuestro interior, somos capaces de desafiar
ideas que nos dan consuelo ante los terrores del mundo. Soy consciente de que
parte de los comentarios del capítulo precedente, por ejemplo, pueden tener un
carácter así.
Cuando los
antropólogos revisan los miles de culturas y etnias distintas que comprende la
familia humana, se sorprenden de que haya tan pocas características constantes
y siempre presentes por muy exótica que sea la sociedad. Hay culturas, por
ejemplo —la ik de Uganda es una de ellas— en las que los Diez Mandamientos
parecen ser ignorados sistemática e institucionalmente. Hay sociedades que
abandonan a sus viejos y recién nacidos, se comen a sus enemigos, utilizan
conchas marinas, cerdos o mujeres jóvenes como moneda de cambio. Pero el
incesto es un fuerte tabú para todas, todas usan la tecnología y casi todas
creen en un mundo sobrenatural de dioses y espíritus... a menudo relacionados
con el entorno natural que habitan y el bienestar de las plantas y animales
que comen. (Las que tienen un dios supremo que vive en el cielo tienden a
mostrarse más feroces, por ejemplo, torturando a sus enemigos. Pero eso es
sólo una correlación estadística; no se ha establecido un vínculo causal,
aunque naturalmente las especulaciones surgen sin esfuerzo.)
En toda
sociedad así hay un mundo de mito y metáfora que coexiste con el mundo del
trabajo cotidiano. Se hacen esfuerzos para reconciliarlos y se tienden a
ignorar los bordes desiguales de la ensambladura. Hacemos compartimentos.
Algunos científicos también lo hacen y pueden pasar sin esfuerzo del mundo
escéptico de la ciencia al mundo crédulo de la fe religiosa sin ningún
problema. Desde luego, cuanto mayor es la inadaptación entre esos dos mundos,
más difícil es estar cómodo en ambos sin trastornos de conciencia.
En una
vida corta e incierta parece cruel hacer algo que pueda privar a la gente del
consuelo de la fe cuando la ciencia no puede remediar su angustia. Los que no
pueden soportar la carga de la ciencia son libres de ignorar sus preceptos.
Pero no puede servirse la ciencia en porciones aplicándola donde nos da
seguridad e ignorándola donde nos amenaza... nuevamente, porque no somos bastante
sabios para hacerlo. Excepto si se divide el cerebro en compartimentos
estancos, ¿cómo es posible volar en aviones, escuchar la radio o tomar
antibióticos sosteniendo al mismo tiempo que la Tierra tiene unos diez mil años
de antigüedad y que todos los de sagitario son gregarios y afables?
¿He oído
alguna vez a un escéptico que se creyera superior y despreciativo? Sin duda. A
veces incluso he oído ese tono desagradable, y me aflige recordarlo, en mi
propia voz. Hay imperfecciones humanas en todas partes. Incluso cuando se
aplica con sensibilidad, el escepticismo científico puede parecer arrogante,
dogmático, cruel, despreciativo de los sentimientos y creencias profundas de
otros. Y debo decir que algunos científicos y escépticos consagrados aplican
esta herramienta como si fuera un instrumento basto, con poca finura. A veces
parece que la conclusión escéptica haya surgido antes, que se ignoren las
opiniones sin haber examinado previamente las pruebas. Todos tenemos en gran
estima nuestras creencias. Son definitorias hasta cierto punto. Cuando aparece
alguien que desafía nuestro sistema de creencia porque considera que la base no
es buena —o que, como Sócrates, se limita a hacer preguntas molestas que no se
nos habían ocurrido o nos demuestran que hemos escondido bajo la alfombra las
presunciones subyacentes clave— se convierte en mucho más que una búsqueda de
conocimiento. Lo sentimos como un ataque personal.
El
científico que propuso por primera vez consagrar la duda como una virtud
principal de la mente inquisidora dejó claro que era una herramienta y no un
fin en sí misma. Rene Descartes escribió:
No imité a los escépticos que dudan sólo por
dudar y simulan estar siempre indecisos; al contrario, mi intención era llegar
a una certeza, y excavar el polvo y la arena hasta llegar a la roca o la
arcilla de debajo.
En la manera en que se
aplica a veces el escepticismo a temas de interés público hay una tendencia a
minimizar, condescender, ignorar el hecho de que, engañados o no, los
partidarios de la superstición y la pseudociencia son seres humanos con
sentimientos reales que, como los escépticos, intentan descubrir cómo funciona
el mundo y cuál podría ser nuestro papel en él. Sus motivos, en muchos casos,
coinciden con la ciencia. Si su cultura no les ha dado todas las herramientas
que necesitan para emprender esta gran búsqueda, templemos nuestras críticas
con la amabilidad. Ninguno de nosotros llega totalmente equipado.
Está claro
que el uso del escepticismo tiene límites. Debe aplicarse algún análisis de
coste-beneficio y si el confort, el consuelo y la esperanza que ofrecen el
misticismo y la superstición son altos, y el peligro de creer en ellos es bajo,
¿no deberíamos guardarnos nuestros recelos? Pero el tema es engañoso.
Imagínese que entra en un taxi de una gran ciudad y, en el momento en que se
sienta, el taxista le empieza a arengar sobre las supuestas iniquidades e
inferioridades de cierto grupo étnico. ¿Es mejor mantenerse callado, sabiendo
que quien calla otorga? ¿O tiene la responsabilidad moral de discutir con él,
expresar indignación, incluso bajar del taxi, porque sabe que el silencio le
alentará la próxima vez mientras que disentir con vigor le obligará a
pensárselo dos veces? Del mismo modo, si asentimos en silencio al misticismo y
la superstición —incluso cuando parecen ser un poco benignos— somos cómplices
de un clima general en el que el escepticismo se considera poco correcto, la
ciencia tediosa y el pensamiento riguroso un poco envarado e inadecuado. Para
conseguir un equilibrio prudente se necesita sabiduría.
---ooo---
El Comité de Investigación
Científica de Declaraciones Paranormales es una organización de científicos,
académicos, magos y otros dedicados al examen escéptico de pseudociencias
emergentes o en pleno desarrollo. Fue fundado por el filósofo de la Universidad
de Buffalo Paúl Kurtz en 1976. He estado afiliado a él desde el principio. Su
acrónimo, CSICOP, se pronuncia «scicop», como si se tratara de una organización
de científicos que realizan una función de policía. Las críticas que presentan
los que se sienten heridos por los análisis que hace el CSICOP suelen ser así:
es hostil a toda nueva idea, dicen, serían capaces de llegar a unos niveles
absurdos en su rígido desenmascaramiento, es una organización vigilante, una
nueva Inquisición, y así sucesivamente.
El CSICOP es
imperfecto. En algunos casos, esta crítica está justificada hasta cierto punto.
Pero, desde mi punto de vista, el CSICOP cumple una importante función social:
como organización conocida a la que pueden dirigirse los medios de comunicación
cuando desean oír la otra parte de la historia, especialmente cuando se decide
que alguna afirmación asombrosa de pseudociencia merece salir en las noticias.
Solía ocurrir (y todavía es así en gran parte de los medios de comunicación
globales) que, cuando salía un gurú que levitaba, un visitante extraterrestre,
un canalizador o un curandero en los medios de comunicación, se trataba el tema
sin profundidad ni crítica. No se presentaba ninguna memoria en el estudio de
televisión, diario o revista sobre otras afirmaciones similares que habían
demostrado ser patrañas y engaños. El CSICOP representa un contrapeso, aunque
su voz todavía no es bastante alta ante la credulidad en la pseudociencia que
parece intrínseca a gran parte de los medios de comunicación.
Una de mis
tiras humorísticas favoritas muestra a un adivino que analiza la palma de la
mano de alguien para llegar con gravedad a la conclusión: «Usted es muy
crédulo.» El CSICOP publica un periódico bimensual llamado The Skeptical
Inquirer. El día que llega, me lo llevo de la oficina a casa y lo hojeo
intrigado para saber qué nuevas confusiones se revelarán. Siempre aparece un
engaño en el que no había pensado nunca. ¡Círculos en los campos de cultivo!
¡Los extraterrestres han venido y han dibujado círculos perfectos y mensajes
matemáticos sobre los trigales!... ¿A quién se le podía ocurrir algo así? Un
medio artístico tan improbable. O han venido y, han sacado las visceras a las
vacas... a gran escala, sistemáticamente. Los granjeros están furiosos. Al
principio me impresiona la inventiva de las historias. Pero luego, con una
reflexión más sobria, siempre me asombra lo aburridos y rutinarios que son los
relatos; qué recopilación de ideas más poco imaginativas y estancas,
chauvinismos, esperanzas y temores disfrazados de hechos. Las opiniones, desde
este punto de vista, son sospechosas a primera vista. ¿Eso es todo lo que
pueden concebir que hacen los extraterrestres... círculos en el trigo? ¡Qué
falta de imaginación! En cada tema queda revelada y criticada otra faceta de la
pseudociencia.
Y, sin
embargo, la principal deficiencia que veo en el movimiento escéptico está en
su polarización. Nosotros contra Ellos, la idea de que nosotros tenemos un
monopolio sobre la verdad; que esos otros que creen en todas esas doctrinas
estúpidas son imbéciles; que si eres sensato, nos escucharás; y si no, ya no
hay quien te redima. Eso es poco constructivo. No comunica ningún mensaje.
Condena a los escépticos a una condición permanente de minoría; mientras que
una aproximación compasiva que reconozca desde el principio las raíces humanas
de la pseudociencia y la superstición podría ser aceptada mucho más
ampliamente.
Si
entendemos eso, sentimos desde luego la incertidumbre y dolor de los abducidos,
de los que no se atreven a salir de casa sin consultar el horóscopo o los que
cifran sus esperanzas en los cristales de la Atlántida. Y esa compasión por
almas gemelas en una búsqueda común también sirve para hacer menos antipática
la ciencia y el método científico a los jóvenes.
Muchos
sistemas pseudocientíficos y de la Nueva Era surgen de la
insatisfacción con los valores y perspectivas convencionales... y son por
tanto en sí mismos una especie de escepticismo. (Lo mismo es cierto del origen
de la mayoría de las religiones.) David Hess (en Ciencia y la Nueva Era)
argumenta que:
el mundo de las creencias y
prácticas paranormales no puede reducirse a chiflados, perturbados y
charlatanes. Un gran número de personas honestas está explorando aproximaciones
alternativas a cuestiones de significado personal, espiritualidad, curaciones
y de experiencia paranormal en general. Puede que el escéptico considere que
su búsqueda se basa claramente en un engaño, pero es poco probable que
desenmascararlo sea un mecanismo retórico efectivo para su proyecto
racionalista de hacer que la [gente] reconozca lo que al escéptico le parece
erróneo o pensamiento mágico.
...el escéptico podría tomar
una clave de la antropología cultural y desarrollar un escepticismo más
sofisticado si comprendiera los sistemas de creencia alternativos desde la
perspectiva de las personas que los mantienen, y situara esas creencias en sus
contextos históricos, sociales y culturales. Como resultado, el mundo de lo
paranormal puede aparecer menos un giro sin sentido hacia el irracionalismo y
más un idioma mediante el que segmentos de la sociedad expresan sus conflictos,
dilemas e identidades...
La teoría psicológica o
sociológica de las creencias de la Nueva Era que tienen hasta cierto
punto los escépticos tiende a ser muy simplista: las creencias paranormales son
«reconfortantes» para la gente que no puede manejar la realidad de un universo
ateo o es el producto de un medio de comunicación irresponsable que no alienta
al público a pensar críticamente...
Pero la justa crítica de
Hess se deteriora rápidamente cuando apunta que los parapsicólogos «han visto
arruinadas sus carreras por culpa de colegas escépticos» y que los escépticos
muestran «una especie de celo religioso por defender la visión del mundo materialista
y ateo que remite a lo que se ha llamado "fundamentalismo científico"
o "racionalismo irracional"».
Es una
queja común pero profundamente misteriosa para mí, y ciertamente oculta. Vuelvo
a decir que sabemos mucho sobre la existencia y las propiedades de la materia.
Si se puede entender un fenómeno determinado de manera verosímil en términos de
materia y energía, ¿por qué debemos plantear la hipótesis de que sea otra cosa
—de la que todavía no tenemos buenas pruebas— la causante? Sin embargo, se
mantiene la queja: los escépticos no aceptarán que hay un dragón invisible que
escupe fuego en el garaje porque son todos unos materialistas ateos.
En Ciencia
en la Nueva Era se comenta el escepticismo pero no se entiende, y sin duda
no se practica. Se citan todo tipo de declaraciones paranormales, se
«deconstruye» a los escépticos, pero no se puede llegar a saber al leerlo si
las afirmaciones de la Nueva Era o parapsicológicas son prometedoras o falsas.
Todo depende, como en muchos textos posmodernos, de la fuerza de los sentimientos
de la gente y de cuáles sean sus tendencias.
Robert
Antón Wiison —en The New Inquisition: Irrational Rationalism and the Citadel
of Science (Phoenix, Falcon Press, 1986)— describe a los escépticos como la
«Nueva Inquisición». Pero, según mi conocimiento, ningún escéptico impone una
creencia. Ciertamente, en la mayoría de los documentales y debates de la televisión
se da poca entrada a los escépticos y muy poco tiempo de emisión. Todo lo que
ocurre es que algunas doctrinas y métodos son criticados —y en el peor de los
casos ridiculizados— en revistas como The Skeptical Inquirer con una
tirada de decenas de miles de ejemplares. No se llama a declarar a los
visionarios de la Nueva Era ante tribunales penales como en tiempos anteriores,
ni se los flagela por tener visiones y, ciertamente, no se los quema en la hoguera.
¿Por qué este temor a un poco de crítica? ¿No nos interesa ver cómo se
mantienen nuestras creencias ante los mejores argumentos en contra que pueden
reunir los escépticos?
---ooo---
Quizá un uno por ciento de
las veces una idea que parece no diferenciarse demasiado de las habituales de
la pseudociencia resultará ser verdad. Quizá se encontrará en el lago Ness o
en la República del Congo algún reptil no descubierto, un remanente del
período cretácico; o encontraremos artefactos de una especie avanzada no
humana en alguna parte del sistema solar. En el momento de escribir estas
líneas hay tres afirmaciones en el campo de la percepción extrasensorial que,
en mi opinión, merecen un estudio serio: 1) que sólo con el pensamiento los
humanos pueden afectar (apenas) a los generadores de números aleatorios en los
ordenadores; 2) que la gente sometida a una privación sensorial ligera puede
recibir pensamientos o imágenes «proyectados», y 3) que los niños pequeños a
veces hablan de detalles de una vida anterior que, si se comprueban, resultan
muy precisos y sólo podrían haberlos sabido mediante la reencarnación. Elijo
esas afirmaciones no porque crea que probablemente sean válidas (que no lo creo),
sino como ejemplos de opiniones que podrían ser verdad. Las tres citadas
tienen al menos un fundamento experimental, aunque todavía dudoso. Desde
luego, podría equivocarme.
A mediados
de la década de los setenta, un astrónomo al que admiro redactó un modesto
manifiesto llamado «Objeciones a la astrología» y me pidió que lo firmara.
Después de lidiar con las palabras, al final fui incapaz de firmar... no
porque pensara que la astrología tenía algún tipo de validez, sino porque me
pareció (y todavía me lo parece) que el tono de la declaración era autoritario.
Criticaba la astrología porque sus orígenes estaban envueltos en la
superstición. Pero eso también ocurre con la religión, la química, la medicina
y la astronomía, por mencionar sólo cuatro temas. Lo importante no es el origen
vacilante y rudimentario del conocimiento de la astrología, sino su validez
presente. Había también especulaciones sobre las motivaciones psicológicas de
los que creen en la astrología. Esas motivaciones —por ejemplo, la sensación de
impotencia en un mundo complejo, perturbador e impredecible— podrían explicar
por qué la astrología no recibe generalmente el escrutinio escéptico que
merece, pero no afecta para nada al aspecto de si funciona o no.
La
declaración subrayaba que no se nos ocurre ningún mecanismo mediante el cual
pueda funcionar la astrología. Es ciertamente un punto relevante, pero poco
convincente por sí mismo. No se conocía ningún mecanismo para la deriva
continental (ahora integrada en la tectónica de placas) cuando Alfred Wegener
la propuso en el primer cuarto del siglo XX para explicar una serie de datos
confusos en geología y paleontología. (Las vetas de rocas que contienen
mineral y los fósiles parecían ir de manera continua desde la parte oriental de
Sudamérica hasta el oeste de África: ¿eran contiguos los dos continentes y el
océano Atlántico es nuevo en nuestro planeta?) La idea fue rechazada
rotundamente por todos los grandes geofísicos, que estaban seguros de que los
continentes estaban fijos, que no flotaban sobre nada y que, por tanto, era imposible
que «derivaran». En cambio, la idea clave de la geofísica en el siglo XX resulta
ser la tectónica de placas; ahora entendemos que las placas continentales
flotan realmente y «derivan» (o mejor, son llevadas por una especie de cinta
transportadora dirigida por el gran motor de calor del interior de la Tierra) y
que aquellos grandes geofísicos, simplemente, estaban equivocados. Las
objeciones a la pseudociencia basadas en un mecanismo del que no disponemos
pueden ser erróneas... aunque si las opiniones violan leyes de física bien establecidas,
las objeciones tienen un gran peso.
En unas
cuantas frases se puede formular un buen número de críticas válidas de la
astrología: por ejemplo, su aceptación de la precesión de los equinoccios al
anunciar una «era de Acuario» y su rechazo de la precesión de equinoccios al
hacer horóscopos; su ignorancia de la refracción atmosférica; su lista de
objetos supuestamente celestiales que se limita principalmente a objetos
conocidos por Tolomeo en el siglo II e ignora una enorme variedad de nuevos objetos
astronómicos descubiertos desde entonces (¿dónde está la astrología de
asteroides cercanos a la Tierra?); la incoherente demanda de información
detallada sobre el momento del nacimiento en comparación con la latitud y
longitud de nacimiento; la imposibilidad de la astrología de pasar el test de
los gemelos idénticos; las importantes diferencias en horóscopos hechos a
partir de la misma información de nacimiento por diferentes astrólogos, y la
ausencia demostrada de correlación entre los horóscopos y los tests
psicológicos, como el Inventario Multifásico de Personalidad de Minnesota.
Yo habría
firmado encantado una declaración que describiera y refutara los dogmas
principales de la fe en la astrología. Una declaración así habría sido mucho
más persuasiva que la que realmente se publicó y circuló. Pero la astrología,
que lleva cuatro mil años o más con nosotros, parece hoy más popular que nunca.
Al menos un cuarto de todos los estadounidenses, según las encuestas de
opinión, «creen» en la astrología. Un tercio cree que la astrología de signos
del sol es «científica». La fracción de niños escolares que cree en la
astrología aumentó del cuarenta al cincuenta y nueve por ciento entre 1978 y
1984. Quizá haya diez veces más astrólogos que astrónomos en Estados Unidos.
En Francia hay más astrólogos que curas católicos romanos. El rechazo envarado
de un coro de científicos no establece contacto con las necesidades sociales
que la astrología —por muy inválida que sea— afronta y la ciencia no.
---ooo---
Como he intentado subrayar,
en el corazón de la ciencia hay un equilibrio esencial entre dos actitudes
aparentemente contradictorias: una apertura a nuevas ideas, por muy extrañas y
contrarias a la intuición que sean, y el examen escéptico más implacable de todas
las ideas, viejas y nuevas. Así es como se avenían las verdades profundas de
las grandes tonterías. La empresa colectiva del pensamiento creativo y el
pensamiento escéptico, unidos en la tarea, mantienen el tema en el buen
camino. Esas dos actitudes aparentemente contradictorias, sin embargo, están
sometidas a cierta tensión.
Consideremos
esta afirmación: cuando ando, el tiempo —medido por mi reloj de pulsera o mi
proceso de envejecimiento— aminora la marcha. O bien: me encojo en la
dirección del movimiento. O bien: me hago más grande. ¿Quién ha sido testigo
jamás de algo así? Es fácil rechazarlo de entrada. Aquí hay otra: la materia y
la antimateria se están creando constantemente, en todo el universo, a partir
de la nada. Una tercera: alguna vez, muy ocasionalmente, su coche atraviesa
espontáneamente la pared de ladrillo del garaje y a la mañana siguiente lo
encuentra en la calle. ¡Son absurdas! Pero la primera es la declaración de la
relatividad especial y las otras dos son consecuencias de la mecánica cuántica
(‘fluctuaciones de vacío' y ‘efecto túnel,' se llaman)[33]. Nos
guste o no, así es el mundo. Si uno insiste en que es ridículo, estará cerrado
para siempre a algunos de los mayores descubrimientos sobre las reglas que
gobiernan el universo.
Si uno es
sólo escéptico, las nuevas ideas no le llegarán. Nunca aprenderá nada. Se
convertirá en un misántropo excéntrico convencido de que el mundo está
gobernado por la tontería. (Desde luego, hay muchos datos que avalan esta
opinión.) Como los grandes descubrimientos en los límites de la ciencia son
raros, la experiencia tenderá a confirmar su malhumor. Pero de vez en cuando
aparece una nueva idea, válida y maravillosa, que parece dar en el clavo. Si
uno es demasiado decidido e implacablemente escéptico, se perderá (o tomará a
mal) los descubrimientos transformadores de la ciencia y entorpecerá de todos
modos la comprensión y el progreso. El mero escepticismo no basta.
Al mismo
tiempo, la ciencia requiere el escepticismo más vigoroso e implacable porque la
gran mayoría de las ideas son simplemente erróneas, y la única manera de
separar el trigo de la paja es a través del experimento y el análisis crítico.
Si uno está abierto hasta el punto de la credulidad y no tiene ni un gramo de
sentido escéptico dentro, no puede distinguir las ideas prometedoras de las
que no tienen valor. Aceptar sin crítica toda noción, idea e hipótesis
equivale a no saber nada. Las ideas se contradicen una a otra; sólo mediante el
escrutinio escéptico podemos decidir entre ellas. Realmente, hay ideas mejores
que otras.
La mezcla
juiciosa de esos dos modos de pensamiento es central para el éxito de la
ciencia. Los buenos científicos hacen ambas cosas. Por su parte, hablando entre
ellos, desmenuzan muchas ideas nuevas y las critican sistemáticamente. La
mayoría de las ideas nunca llegan al mundo exterior. Sólo las que pasan una
rigurosa filtración llegan al resto de la comunidad científica para ser sometidas
a crítica.
Debido a
esta autocrítica y crítica mutua tenaz, y a la confianza apropiada en el
experimento como arbitro entre hipótesis en conflicto, muchos científicos
tienden a mostrar desconfianza a la hora de describir su propio asombro ante la
aparición de una gran hipótesis. Es una lástima, porque esos raros momentos de
exultación humanizan y hacen menos misterioso el comportamiento científico.
Nadie
puede ser totalmente abierto o completamente escéptico.[34] Todos
debemos trazar la línea en alguna parte. Un antiguo proverbio chino advierte:
«Es mejor ser demasiado crédulo que demasiado escéptico», pero eso viene de
una sociedad extremadamente conservadora en la que se primaba mucho más la
estabilidad que la libertad y en la que los gobernantes tenían un poderoso interés
personal en no ser desafiados. Creo que la mayoría de los científicos dirían:
«Es mejor ser demasiado escépticos que demasiado crédulos.» Pero ninguno de los
dos caminos es fácil. El escepticismo responsable, minucioso y riguroso
requiere un hábito de pensamiento cuyo dominio exige práctica y preparación.
La credulidad —creo que
aquí es mejor la palabra «apertura mental» o «asombro»— tampoco llega
fácilmente. Si realmente queremos estar abiertos a ideas antiintuitivas en
física, organización social o cualquier otra cosa, debemos entenderlas. No
tiene ningún valor estar abierto a una proposición que no entendemos.
Tanto el
escepticismo como el asombro son habilidades que requieren atención y práctica.
Su armonioso matrimonio dentro de la mente de todo escolar debería ser un
objetivo principal de la educación pública. Me encantaría ver una felicidad
tal retratada en los medios de comunicación, especialmente la televisión: una
comunidad de gente que aplicara realmente la mezcla de ambos casos—llenos de asombro,
generosamente abiertos a toda idea sin rechazar nada si no es por una buena
razón pero, al mismo tiempo, y como algo innato, exigiendo niveles estrictos de
prueba— y aplicara los estándares al menos con tanto rigor hacia lo que les
gusta como a lo que se sienten tentados a rechazar.
CAPÍTULO 18
… el viento
levanta polvo porque intenta soplar, llevándose nuestras huellas.
Ejemplos
de folclore bosquimano,
W. H. I. bleek y L. C. lloyd,
recopiladores, L. C. lloyd, editor
(1911)
..".cada
vez que un salvaje rastrea la caza emplea una minuciosidad de observación y una
precisión de razonamiento inductivo y deductivo que, aplicado a otros asuntos,
le darían una reputación de hombre de ciencia... el trabajo intelectual de un
«buen cazador o guerrero» supera de manera considerable el de un inglés
ordinario.
thomas
H. huxley, ;
Collected
Essays, vol. II
Darviniana:
Essays
(Londres, Macmillan, 1907),
pp.175-176
[de «Mr. Darwin's Critics»
(1871)]
¿Por qué tanta gente
encuentra que la ciencia es difícil de aprender y difícil de enseñar? He
intentado sugerir algunas razones:
su precisión, sus aspectos
antiintuitivos y perturbadores, la perspectiva de mal uso, su independencia de
la autoridad, y así sucesivamente. Pero ¿hay algo más en el fondo? Alan Cromer
es un profesor de física de la Universidad del Nordeste de Bostón que se
sorprendió al encontrar tantos estudiantes incapaces de entender los conceptos
más elementales en su clase de física. En Sentido poco común: la naturaleza
herética de la ciencia (1993), Cromer propone que la ciencia es difícil
porque es nueva. Nosotros, una especie que tiene unos cientos de miles de años
de antigüedad, descubrimos el método científico hace sólo unos siglos, dice.
Como la escritura, que tiene sólo unos milenios de antigüedad, todavía no le
hemos cogido el truco... o al menos no sin un estudio muy serio y atento.
Cromer
sugiere que, de no haber sido por una improbable concatenación de
acontecimientos históricos, nunca habríamos inventado la ciencia:
Esta hostilidad hacia la ciencia, a la vista
de sus triunfos y beneficios obvios, es... prueba de que es algo que se
encuentra fuera del desarrollo humano normal, quizá un accidente.
La civilización china
inventó los tipos móviles, la pólvora, el cohete, la brújula magnética, el
sismógrafo y las observaciones sistemáticas de los cielos. Los matemáticos
indúes inventaron el cero, la clave de la aritmética posicional y por tanto de
la ciencia cuantitativa. La civilización azteca desarrolló un calendario mucho
mejor que el de la civilización europea que la invadió y destruyó; pudieron
predecir mejor, y durante períodos más largos, dónde estarían los planetas.
Pero ninguna de estas civilizaciones, afirma Cromer, había desarrollado el
método escéptico, inquisitivo y experimental de la ciencia. Todo eso vino de la
antigua Grecia:
El desarrollo del
pensamiento objetivo por parte de los griegos parece haber requerido una serie
de factores culturales específicos. Primero estaba la asamblea, donde los
hombres aprendieron por primera vez a convencerse unos a otros mediante un
debate racional. En segundo lugar había una economía marítima que impedía el
aislamiento y el provincianismo. En tercer lugar estaba la existencia de un
extenso mundo de habla griega por el cual podían vagar viajeros y académicos.
En cuarto lugar, la existencia de una clase comercial independiente que podía
contratar a sus propios maestros. En quinto lugar, la Ilíada y la Odisea,
obras maestras de la literatura que son en sí mismas el epítome del
pensamiento racional liberal. En sexto lugar, una religión literaria no
dominada por los curas. Y en séptimo lugar, "la persistencia de esos
factores durante mil años.
Que todos esos factores se
unieran en una gran civilización es bastante fortuito; no ocurrió dos veces.
Me siento solidario con
parte de estas tesis. Los antiguos jonios fueron los primeros, según nuestro
conocimiento, que argüyeron sistemáticamente que las leyes y fuerzas de la
naturaleza, no los dioses, son responsables del orden e incluso de la
existencia del mundo. Sus puntos de vista, como los resumió Lucrecio, eran: «La
naturaleza libre y desprovista de sus altivos señores se ve como actriz
espontánea de todas las cosas sin intervención de los dioses.» Sin embargo,
excepto en la primera semana de los cursos de introducción a la filosofía, los
nombres e ideas de los primeros jonios no se mencionan casi nunca en nuestra
sociedad. Los que rechazan a los dioses tienden a ser olvidados. No deseamos
conservar el recuerdo de escépticos como ellos, menos aún sus ideas. Puede ser
que hayan aparecido héroes que intentasen explicar el mundo en términos de
materia y energía muchas veces y en muchas culturas, sólo para ser ignorados
por curas y filósofos encargados de la sabiduría convencional... igual que el
enfoque jónico se perdió casi completamente después de la época de Platón y
Aristóteles. Con muchas culturas y experimentos de este tipo, puede ser que las
ideas sólo echen raíces en raras ocasiones.
Las plantas y los animales
se empezaron a domesticar y la civilización empezó hace sólo diez mil o doce
mil años. El experimento jónico tiene dos mil quinientos años de antigüedad.
Fue casi totalmente suprimido. Podemos ver avances hacia la ciencia en la
antigua China, India, y cualquier parte, aunque fueran vacilantes, incompletos
y dieran poco fruto. Pero supongamos que los jónicos no hubieran existido nunca
y que la ciencia y las matemáticas griegas no hubieran florecido nunca. ¿Sería
posible que en la historia de la especie humana no hubiera emergido la ciencia?
O, en la madeja de las muchas culturas y alternativas históricas, ¿no es
probable que antes o después entrara en juego la combinación correcta de factores
en algún otro sitio... en las islas de Indonesia, por ejemplo, o en el Caribe,
en los aledaños de una civilización mesoamericana no afectada por los
conquistadores, o en las colonias escandinavas a orillas del mar Negro?
Creo que
el impedimento para el pensamiento científico no es la dificultad del tema. Las
hazañas intelectuales complejas han sido fundamento incluso de culturas
oprimidas. Los chamanes, magos y teólogos dominan con gran habilidad sus artes
complejas y arcanas. No, el impedimento es político y jerárquico. En las
culturas que carecen de desafíos poco familiares, externos o internos, donde no
se necesita un cambio fundamental, no hace falta alentar las nuevas ideas.
Ciertamente, se puede declarar que las herejías son peligrosas; se puede hacer
rígido el pensamiento y aplicarse sanciones contra ideas no permisibles... todo
sin causar grandes daños. Pero, en circunstancias medioambientales biológicas o
políticas variadas y cambiantes, el simple hecho de copiar las formas antiguas
ya no funciona. En este caso, los que, en lugar de seguir ciegamente la tradición
o intentar introducir sus preferencias en el universo físico o social, están
abiertos a lo que enseña el universo, son merecedores de premio. Cada sociedad
debe decidir dónde se encuentra el límite seguro en la línea que separa
apertura y rigidez.
Los
matemáticos griegos dieron un brillante paso adelante. Por otro lado, la
ciencia griega —con sus primeros pasos rudimentarios y a menudo no
contrastados por el experimento— estaba llena de errores. A pesar del hecho que
no podemos ver en la oscuridad total, creían que la visión depende de una
especie de radar que emana del ojo, rebota en lo que vemos y vuelve al ojo.
(No obstante, hicieron progresos sustanciales en óptica.) A pesar del obvio
parecido de los niños a sus madres, creían que la herencia sólo provenía del
semen y que la mujer era un mero receptáculo pasivo. Creían que el movimiento
horizontal de una roca lanzada la hace subir más, de modo que tarda más en
llegar al suelo que una piedra soltada desde la misma altura en el mismo
momento. Enamorados de la geometría simple, creían que el círculo era
«perfecto»; a pesar del «Hombre de la Luna» y las manchas del sol (visibles
ocasionalmente para el ojo en la puesta de sol), sostenían que los cielos también
eran «perfectos»; por tanto, las órbitas planetarias tenían que ser circulares.
Liberarse
de la superstición no es suficiente para el crecimiento de la ciencia. También
debe aparecer la idea de interrogar a la naturaleza, de hacer experimentos.
Hubo algunos ejemplos brillantes: las mediciones de Eratóstenes del diámetro
de la Tierra, por ejemplo, o el experimento de la clepsidra de Empédocles,
demostrando la naturaleza material del aire. Pero en una sociedad donde el
trabajo manual se ve rebajado y se cree sólo apto para esclavos como en el
mundo clásico grecorromano, el método experimental no prosperaba. La ciencia
nos exige estar libres tanto de la superstición como de la injusticia
flagrante. A menudo, las mismas autoridades eclesiásticas y seculares imponen
la superstición y la injusticia trabajando conjuntamente. No es sorprendente
que las revoluciones políticas, el escepticismo sobre la religión y el ascenso
de la ciencia puedan ir unidos. La liberación de la superstición es una
condición necesaria pero no suficiente para la ciencia.
Al mismo
tiempo, es innegable que algunas figuras centrales de la transición de la
superstición medieval a la ciencia moderna estaban profundamente influenciadas
por la idea de un Dios Supremo que creó el universo y estableció no sólo los
mandamientos que deben respetar los humanos sino leyes que la propia
naturaleza debe acatar. El astrónomo alemán del siglo XVII Johannes Kepler, sin
el que la física newtoniana nunca habría llegado a existir, describió su
búsqueda científica como un deseo de conocer la mente de Dios. En nuestra
época, científicos importantes, incluyendo a Albert Einstein y Stephen Hawking,
han descrito su búsqueda en términos casi idénticos. El filósofo Alfred North
Whitehead y el historiador de la tecnología china Joseph Needham también han
sugerido que lo que faltaba en el desarrollo de la ciencia en las culturas no
occidentales era el monoteísmo.
Y, sin
embargo, creo que hay fuertes pruebas que contradicen toda esta tesis y nos
llaman a través de los milenios...
---ooo---
El pequeño
grupo de cazadores sigue el rastro de huellas de cascos y otras pistas. Se
detienen un momento junto a un bosque de árboles. En cuclillas, examinan la
prueba más atentamente. El rastro que venían siguiendo se ve cruzado por otro.
Rápidamente deciden qué animales son los responsables, cuántos son, qué edad y
sexo tienen, si hay alguno herido, con qué rapidez viajan, cuánto tiempo hace
que pasaron, si los siguen otros cazadores, si el grupo puede alcanzar a los
animales y, si es así, cuánto tardarán. Tomada la decisión, dan un golpecito
con las manos en el rastro que seguirán, hacen un ligero sonido entre los
dientes como silbando y se van rápidamente. A pesar de sus arcos y flechas
envenenadas, siguen en su forma de carrera al estilo de una maratón durante horas.
Casi siempre han leído el mensaje en la tierra correctamente. Las bestias
salvajes, elands u okapis están donde creían, en la cantidad y condiciones
estimadas. La caza tiene éxito. Vuelven con la carne al campamento temporal.
Todo el mundo lo festeja.
Esta viñeta de caza más o
menos típica es del pueblo !Kung San del desierto del Kalahari, en las
repúblicas de Botswana y Namibia, que ahora, trágicamente, están al borde de
la extinción. Pero, durante décadas, ellos y su modo de vida fueron estudiados
por los antropólogos. Los !Kung San pueden ser un ejemplo típico del modo de
existencia de cazadores-recolectores en el que los humanos hemos pasado la
mayor parte de nuestro tiempo... hasta hace diez mil años, cuando fueron
domesticados plantas y animales y la condición humana empezó a cambiar, quizá
para siempre. Era tal su pericia como rastreadores que el ejército del apartheid
de Sudáfrica los contrató para perseguir presas humanas en las guerras contra
los «Estados de la línea de frente». Este encuentro con los militares blancos
sudafricanos aceleró de varias maneras diferentes la destrucción del modo de
vida de los !Kung San... que, en todo caso, se había ido deteriorando poco a
poco a lo largo de los siglos a cada contacto con la civilización europea.
¿Cómo lo
hacían? ¿Cómo podían deducir tanto con una sola mirada? Decir que eran buenos
observadores no explica nada. ¿Qué hacían realmente?
Según el
antropólogo Richard Lee, analizaban la forma de las depresiones. Las huellas de
un animal que se mueve de prisa muestran una simetría más alargada. Un animal
ligeramente cojo protege la pata afligida, le pone menos peso y deja una huella
más suave. Un animal más pesado deja un hueco más ancho y profundo. Las
funciones de correlación están en la cabeza de los cazadores.
En el
curso del día, las huellas se erosionan un poco. Los muros de la depresión
tienden a derrumbarse. La arena levantada por el viento se acumula en el suelo
del hueco. Quizá caigan dentro trozos de hojas, ramitas o hierba. Cuanto más
espera uno, mayor es la erosión.
Este
método es esencialmente idéntico al que usan los astrónomos astrofísicos para
analizar los cráteres dejados por el impacto de planetoides: siendo igual todo
lo demás, cuanto más superficial es el cráter, más antiguo es. Los cráteres con
muros derrumbados, con ratios profundidad/diámetro modestos, con partículas
finas acumuladas en su interior tienden a ser más antiguos... porque han de
llevar el tiempo suficiente para que entren en acción los procesos erosivos.
Las
fuentes de degradación pueden cambiar de mundo a mundo, o de desierto a
desierto, o de época a época. Pero si uno sabe cuáles son, puede determinar
muchas cosas observando lo definido o erosionado que se encuentra el cráter.
Si en las huellas de cascos se superpone el rastro de insectos u otros
animales, también eso indica que no es reciente. El contenido de humedad de la
subsuperficie del suelo y el ritmo al que se seca después de haber quedado
expuesta por un casco determinan el derrumbamiento de los muros del cráter.
Todos esos asuntos son estudiados con atención por los !Kung.
Las
manadas que van al galope detestan el sol caliente. Los animales utilizarán
todas las sombras que puedan encontrar. Alterarán el curso para aprovecharse
unos momentos de la sombra de un bosque de árboles. Pero el lugar de la sombra
depende del momento del día, porque el sol se mueve a través del cielo. Por la
mañana, cuando el sol sale por el este, las sombras se proyectan al oeste de
los árboles. Luego, por la tarde, cuando el sol se pone por el oeste, las
sombras se proyectan al este. A partir de las curvas de las pistas es posible
decir cuánto rato hace que pasaron los animales. Este cálculo será diferente en
las distintas estaciones del año. Así pues, los cazadores deben tener en la
mente una especie de calendario astronómico que prediga el aparente movimiento
solar.
Para mí,
todas esas habilidades formidables de forense para rastrear pistas son ciencia
en acción.
Los
cazadores-recolectores no sólo son expertos en los rastros de otros animales;
también conocen muy bien los humanos.
Todo
miembro de la banda es reconocible por sus huellas; les son tan familiares como
sus caras. Laurens Van der Post lo relata:
... a muchas millas de casa y separados de los demás, Nxou y yo, siguiendo el
rastro de un gamo herido, encontramos de pronto otra serie de huellas y rastros
que se unían a la nuestra. Nxou dio un gruñido de profunda satisfacción y dijo
que eran las huellas de Bauxhau, dejadas pocos minutos antes. Declaró que
Bauxhau corría de prisa y que no tardaríamos en verle a él y al animal. Al
llegar a lo alto de la duna que teníamos delante, allí estaba Bauxhau, ya
dispuesto a despellejar al animal.
O Richard Lee, también entre
los !Kung San, relata que, después de examinar brevemente unas huellas, un
cazador comentó:
«Oh, fíjate, Tunu está aquí
con su cuñado. Pero ¿dónde está su hijo?»
¿Es esto
ciencia realmente? ¿El rastreador de pistas se ha pasado horas en cuclillas en
el curso de su preparación, siguiendo la lenta degradación de la huella de un
eland? Cuando el antropólogo formula esta pregunta, la respuesta que recibe es
que los cazadores siempre han usado estos métodos. Observaron a sus padres y a
otros expertos cazadores durante su aprendizaje. Aprendieron por imitación.
Los principios generales fueron transmitidos de generación en generación. Cada
generación va poniendo al día las variaciones locales —velocidad del viento,
humedad del suelo— según las necesidades, por estaciones o día a día.
Pero los
científicos modernos hacen exactamente lo mismo. Cada vez que intentamos juzgar
la edad de un cráter en la Luna, Mercurio o Tritón por su grado de erosión, no
realizamos el cálculo a partir de la nada. Desempolvamos un informe científico
determinado y leemos los números ensayados y ciertos que se han establecido
quizá una generación antes. Los físicos no derivan las ecuaciones de Maxwell o
la mecánica cuántica a partir de la nada. Intentan entender los principios y
las matemáticas, observan su utilidad, comprenden cómo sigue la naturaleza
estas normas y se toman estas ciencias a pecho y las hacen propias.
Sin
embargo, alguien tuvo que fijar todos esos protocolos para seguir rastros por
primera vez, quizá algún genio del paleolítico, o más probablemente una
sucesión de genios en épocas y lugares muy separados. No hay indicación en los
protocolos rastreadores de los !Kung de métodos mágicos: examinar las
estrellas la noche antes, o las entrañas de un animal, o tirar dados, o
interpretar sueños, o conjurar demonios, o cualquier otra de las miles de afirmaciones
espurias de conocimiento que los humanos han acariciado intermitentemente.
Aquí hay una cuestión específica bien definida: ¿qué camino toma la presa y
cuáles son sus características? Se necesita una respuesta precisa que la magia
y la adivinación simplemente no proporcionan... o al menos no con la
regularidad suficiente para evitar el hambre. En cambio, los
cazadores-recolectores —que no son muy supersticiosos en su vida cotidiana,
excepto cuando bailan en trance alrededor del fuego y bajo la influencia de
suaves euforizantes— son prácticos, laboriosos, motivados, sociables y a
menudo muy alegres. Aplican habilidades espigadas de antiguos éxitos y
fracasos.
Es casi
seguro que el pensamiento científico ha existido desde el principio. Se puede
ver incluso en los chimpancés, cuando patrullan las fronteras de su territorio
o cuando preparan una caña para meterla en el montón de termitas y extraer así
una fuente modesta pero muy necesaria de proteínas. El desarrollo de
habilidades para seguir pistas ofrece una ventaja selectiva evolutiva poderosa.
Los grupos que no son capaces de adquirirlas consiguen menos proteínas y dejan
menos descendencia. Los que tienen una inclinación científica, los que son
capaces de observar con paciencia, los que tienen predisposición para
descubrirlo consiguen más comida, especialmente más proteínas, y viven en
hábitats más variados; ellos y sus líneas hereditarias prosperan. Lo mismo es
cierto, por ejemplo, de las habilidades de navegación de los polinesios. Una
habilidad científica ofrece recompensas tangibles.
La otra
actividad principal para acumular alimento de las sociedades preagrarias es la
recolección de vegetales. Para hacerlo se deben conocer las propiedades de
muchas plantas y tener la capacidad de distinguirlas. Los botánicos y
antropólogos han encontrado repetidamente que los cazadores-recolectores de
todo el mundo han reconocido distintas especies de plantas con la precisión de
los taxónomos occidentales. Han trazado un mapa mental de su territorio con la
precisión de los cartógrafos. También aquí, todo eso es una condición para
sobrevivir.
Así, la
afirmación de que, igual que los niños no están preparados para ciertos
conceptos de matemáticas ó lógica, los pueblos «primitivos» no son capaces
intelectualmente de entender la ciencia y la tecnología es una tontería. Este
vestigio de colonialismo y racismo queda desmentido por las actividades
cotidianas de un pueblo que vive sin residencia fija y casi sin posesiones,
los pocos cazadores-recoléctores que quedan, los custodios de nuestro pasado
profundo.
De los criterios de Cromer para el
«pensamiento objetivo» podemos encontrar ciertamente en los pueblos de
cazadores-recolectores un debate vigoroso y sustancial, democracia de participación
directa, viajes de largo recorrido, ausencia de sacerdotes y la persistencia de
estos factores no durante mil años sino durante trescientos mil o más. Según
sus criterios, los cazadores-recolectores deberían tener ciencia. Yo
creo que la tienen. O la tenían.
---ooo---
Lo que Jonia y la antigua
Grecia proporcionaron no son tanto inventos, tecnología o ingeniería sino la
idea de la interrogación sistemática, la idea de que las leyes de la
naturaleza, y no unos dioses caprichosos, gobiernan el mundo. El agua, el
aire, la tierra y el fuego tuvieron todos su turno como «explicaciones»
candidatas de la naturaleza y origen del mundo. Cada una de estas explicaciones
—identificada con un filósofo presocrático diferente— tenía grandes defectos
en sus detalles. Pero el modo de explicación, una alternativa a la
intervención divina, era productivo y nuevo. Del mismo modo, en la historia de
la antigua Grecia podemos ver casi todos los hechos significativos dirigidos
por los dioses en Hornero, sólo unos cuantos en Herodoto y esencialmente
ninguno en Tucídides. En unos cientos de años, la historia pasó de ser dirigida
por los dioses a serlo por humanos.
Algo
parecido a las leyes de la naturaleza fue vislumbrado en una ocasión en una
sociedad politeísta determinada en la que algunos eruditos acariciaban la idea
de una especie de ateísmo. Esta aproximación de los presocráticos, que empezó
hacia el siglo IV a. J.C., fue apagada por Platón, Aristóteles y posteriormente
los teólogos cristianos. Si el hilo de la causalidad histórica hubiera sido
diferente —si las brillantes conjeturas de los atomistas sobre la naturaleza de
la materia, la pluralidad de los mundos, la vastedad del espacio y el tiempo
hubieran sido aceptadas y profundizadas, si se hubiera enseñado y emulado la
tecnología innovadora de Arquímedes, si se hubiera propagado ampliamente la
idea de las leyes invariables de la naturaleza que los humanos deben buscar y
entender—, me pregunto en qué tipo de mundo viviríamos ahora.
No creo
que la ciencia sea difícil de enseñar porque los humanos no estén preparados
para ella, o porque sólo surgió por chiripa, o porque, en general, no tenemos
poder mental para intentar resolverla. En cambio, el enorme celo por la ciencia
que veo en los estudiantes de primeros cursos y la lección de los cazadores-recolectores
que quedan hablan con elocuencia: tenemos una inclinación profunda por la
ciencia, en todos los tiempos, lugares y culturas. Ha sido el medio de nuestra
supervivencia. Es nuestro derecho de nacimiento. Cuando, por indiferencia,
falta de atención, incompetencia o temor al escepticismo, alejamos a los niños
de la ciencia, les estamos privando de un derecho, los despojamos de las herramientas
necesarias para manejar su futuro.
CAPÍTULO 19
Y no dejamos de preguntarnos,
una y otra vez,
Hasta que
un puñado de tierra
Nos calla la boca...
Pero ¿es eso una respuesta?
heinrich heine
«Lazarus»
(1854)
En el este
de África, en los registros de las rocas que datan de hace dos millones de
años, se pueden encontrar una serie de herramientas talladas, diseñadas y
ejecutadas por nuestros antepasados. Su vida dependía de la fabricación y el
uso de esas herramientas. Era, desde luego, tecnología de la primera Edad de
Piedra. Con el tiempo se utilizaron piedras de formas especiales para partir,
astillar, desconchar, cortar y esculpir. Aunque hay muchas maneras de hacer
herramientas de piedra, lo que es notable es que en un lugar determinado
durante largos períodos de tiempo las herramientas se hicieron de la misma
manera, lo que significa que cientos de miles de años atrás debía de haber
instituciones educativas, aunque se tratara principalmente de un sistema de
aprendizaje. Aunque es fácil exagerar las similitudes, también lo es imaginarse
al equivalente de profesores y estudiantes en taparrabos, las clases de
laboratorio, los exámenes, los suspensos, las ceremonias de graduación y la
enseñanza postgrado.
Cuando no
cambia la preparación durante inmensos períodos de tiempo, las tradiciones
pasan intactas a la generación siguiente. Pero cuando lo que se debe aprender
cambia de prisa, especialmente en el curso de una sola generación, se hace
mucho más difícil saber qué enseñar y cómo enseñarlo. Entonces, los estudiantes
se quejan sobre la pertinencia de lo que se les explica; disminuye el respeto
por sus mayores. Los profesores se desesperan ante el «deterioro de los niveles
educativos y lo caprichosos que se han vuelto los estudiantes. En un mundo en
transición, estudiantes y profesores necesitan enseñarse a sí mismos una
habilidad esencial:
aprender a aprender.
---ooo---
Excepto
para los niños (que no saben lo suficiente como para dejar de hacer las
preguntas importantes), pocos de nosotros dedicamos mucho tiempo a preguntarnos
por qué la naturaleza es como es; de dónde viene el cosmos, o si siempre ha
estado allí; si un día el tiempo irá hacia atrás y los efectos precederán a las
causas; o si hay límites definitivos a lo que deben saber los humanos. Incluso
hay niños, y he conocido algunos, que quieren saber cómo es un agujero negro,
cuál es el pedazo más pequeño de materia, por qué recordamos el pasado y no el
futuro, y por qué existe un universo.
De vez en
cuando tengo la suerte de enseñar en una escuela infantil o elemental.
Encuentro muchos niños que son científicos natos, aunque con el asombro muy
acusado y el escepticismo muy suave. Son curiosos, tienen vigor intelectual. Se
les ocurren preguntas provocadoras y perspicaces. Muestran un entusiasmo enorme.
Me hacen preguntas sobre detalles. No han oído hablar nunca de la idea de una
«pregunta estúpida».
Pero
cuando hablo con estudiantes de instituto encuentro algo diferente. Memorizan
«hechos» pero, en general, han perdido el placer del descubrimiento, de la vida
que se oculta tras los hechos. Han perdido gran parte del asombro y adquirido
muy poco escepticismo. Los preocupa hacer preguntas «estúpidas»; están
dispuestos a aceptar respuestas inadecuadas; no plantean cuestiones de detalle;
el aula se llena de miradas de reojo para valorar, segundo a segundo, la
aprobación de sus compañeros. Vienen a clase con las preguntas escritas en un
trozo de papel, que examinan subrepticiamente en espera de su turno y sin tener
en cuenta la discusión que puedan haber planteado sus compañeros en aquel
momento.
Ha
ocurrido algo entre el primer curso y los cursos superiores, y no es sólo la
adolescencia. Yo diría que es en parte la presión de los compañeros contra el
que destaca (excepto en deportes); en parte que la sociedad predica la
gratificación a corto plazo; en parte la impresión de que la ciencia o las
matemáticas no le ayudan a uno a comprarse un coche deportivo; en parte que se
espera poco de los estudiantes, y en parte que hay pocas recompensas o modelos
para una discusión inteligente sobre ciencia y tecnología... o incluso para
aprender porque sí. Los pocos que todavía muestran interés reciben el insulto
de «bichos raros», «repelentes» o «empollones».
Pero hay algo más: he visto
a muchos adultos que se enfadan cuando un niño les plantea preguntas
científicas. ¿Por qué la luna es redonda?, preguntan los niños. ¿Por qué la
hierba es verde? ¿Qué es un sueño? ¿Hasta qué profundidad se puede cavar un
agujero? ¿Cuándo es el cumpleaños del mundo? ¿Por qué tenemos dedos en los
pies? Demasiados padres y maestros contestan con irritación o ridiculización, o
pasan rápidamente a otra cosa: «¿Cómo querías que fuera la luna, cuadrada?» Los
niños reconocen en seguida que, por alguna razón, este tipo de preguntas enoja
a los adultos. Unas cuantas experiencias más como ésta, y otro niño perdido
para la ciencia. No entiendo por qué los adultos simulan saberlo todo ante un
niño de seis años. ¿Qué tiene de malo admitir que no sabemos algo? ¿Es tan
frágil nuestro orgullo?
Lo que es
más, muchas de estas preguntas afectan a aspectos profundos de la ciencia,
algunos todavía no resueltos del todo. Por qué la luna es redonda tiene que ver
con el hecho de que la gravedad es una fuerza que tira hacia el centro de
cualquier mundo y con lo resistentes que son las rocas. La hierba es verde a
causa del pigmento de clorofila, desde luego —a todos nos han metido esto en
la cabeza—, pero ¿por qué tienen clorofila las plantas? Parece una tontería,
pues el sol produce su máxima energía en la parte amarilla y verde del
espectro. ¿Por qué las plantas de todo el mundo rechazan la luz del sol en sus
longitudes de onda más abundantes? Quizá sea la plasmación de un accidente de
la antigua historia de la vida en la Tierra. Pero hay algo que todavía no
entendemos sobre por qué la hierba es verde.
Hay
mejores respuestas que decirle al niño que hacer preguntas profundas es una
especie de pifia social. Si tenemos una idea de la respuesta, podemos intentar
explicarla. Aunque el intento sea incompleto, sirve como reafirmación e infunde
ánimo. Si no tenemos ni idea de la respuesta, podemos ir a la enciclopedia. Si
no tenemos enciclopedia, podemos llevar al niño a la biblioteca. O podríamos
decir: «No sé la respuesta. Quizá no la sepa nadie. A lo mejor, cuando seas
mayor, lo descubrirás tú.»
Hay
preguntas ingenuas, preguntas tediosas, preguntas mal formuladas, preguntas
planteadas con una inadecuada autocrítica. Pero toda pregunta es un clamor por
entender el mundo.[35]
No hay preguntas estúpidas.
Los niños
listos que tienen curiosidad son un recurso nacional y mundial. Se los debe
cuidar, mimar y animar. Pero no basta con el mero ánimo. También se les debe
dar las herramientas esenciales para pensar.
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«Es oficial», dice el
titular de un periódico: «Estamos fatal en ciencia.» En pruebas a jóvenes de
diecisiete años de muchas regiones del mundo. Estados Unidos quedó el último
en álgebra. Mientras la media de los jóvenes estadounidenses era del cuarenta
y tres por ciento, la de sus equivalentes japoneses, en pruebas idénticas, era
del setenta y ocho por ciento. En mi opinión, el setenta y ocho por ciento es
bastante bueno; el cuarenta y tres por ciento es suspenso. En una prueba de
química, sólo los estudiantes de trece naciones fueron peores que los de
Estados Unidos. La puntuación de Gran Bretaña, Singapur y Hong Kong era tan
alta que casi se salían de la tabla, y el veinticinco por ciento de los
canadienses de dieciocho años sabía tanta química como un selecto uno por
ciento de los estudiantes de segunda enseñanza estadounidenses (en su segundo
curso de química, y la mayoría en programas «avanzados»). El mejor de entre
veinte clases de quinto grado de Minneapolis era superado por todos los
componentes de veinte clases de Sendai, en Japón, y por diecinueve entre veinte
en Taibei, Taiwan. Los estudiantes de Corea del Sur estaban muy por encima de
los estadounidenses en todos los aspectos de matemáticas y ciencias, y los de
trece años de la Columbia Británica (al oeste de Canadá) superaban a sus
equivalentes estadounidenses en toda la tabla (en algunas disciplinas
superaban a los coreanos). El veintidós por ciento de los chicos de Estados
Unidos dicen que no les gusta la escuela, por sólo el ocho por ciento de los
coreanos. Sin embargo, dos tercios de los americanos, por sólo un cuarto de los
coreanos, dicen ser «buenos en matemáticas».
Estas
desalentadoras tendencias del promedio de estudiantes de Estados Unidos se ven
compensadas en ocasiones por la actuación de estudiantes sobresalientes. En
1994, un estudiante americano consiguió una marca de una perfección sin
precedentes en la Olimpíada Matemática Internacional de Hong Kong, derrotando a
otros trescientos sesenta estudiantes de sesenta y ocho naciones en álgebra,
geometría y teoría del número. Uno de ellos, Jeremy Bem, de diecisiete años,
comentó: «Los problemas de matemáticas son como rompecabezas de lógica. No hay
nada rutinario: todo es muy creativo y artístico.» Pero aquí no hablo de
producir una nueva generación de científicos y matemáticos de primera
categoría, sino de la cultura científica del público en general.
El sesenta
y tres por ciento de los adultos norteamericanos no son conscientes de que el
último dinosaurio murió antes de que apareciera el primer humano; el setenta y
cinco por ciento no sabe que los antibióticos matan a las bacterias pero no a
los virus; el cincuenta y siete por ciento no sabe que los «electrones son más
pequeños que los átomos». Las encuestas muestran que algo así como la mitad de
los adultos de Estados Unidos no saben que la Tierra gira alrededor del Sol y
tarda un año en hacerlo. En mis clases en la Universidad de Cornell he
encontrado estudiantes brillantes que no saben que las estrellas salen y se
ponen por la noche, o ni siquiera que el Sol es una estrella.
Debido a
la ciencia ficción, el sistema educativo, la NASA y el rol que juega la ciencia
en la sociedad, los estadounidenses están mucho más expuestos a la percepción
copernicana que el humano medio. Una encuesta de 1993 realizada por la
Asociación China de Ciencia y Tecnología revela que, como en Estados Unidos, no
más de la mitad de personas en China sabe que la Tierra gira alrededor del Sol
una vez al año. Podría ser muy bien, pues, que más de cuatro siglos y medio
después de Copérnico, la mayor parte de la gente de la Tierra creyera todavía,
en el fondo de su corazón, que nuestro planeta está inmóvil en el centro del
universo y que somos profundamente «especiales».
Ésas son
las preguntas típicas del «alfabetismo científico». Los resultados son
desmoralizadores. Pero ¿qué es lo que miden? La memorización de afirmaciones
autoritarias. Lo que deberían preguntar es cómo sabemos... que
los antibióticos discriminan entre microbios, que los electrones son «más
pequeños» que los átomos, que el Sol es una estrella a la que la Tierra da la
vuelta una vez al año. Estas preguntas son una medida mucho más auténtica de la
comprensión de la ciencia por parte del público, y los resultados de estas
pruebas serían sin duda más descorazonadores todavía.
Si se
acepta la verdad literal de todas las palabras de la Biblia, la Tierra tiene
que ser plana. Lo mismo ocurre con el Corán. Por tanto, declarar que la Tierra
es redonda equivale a decir que uno es ateo. En 1993, la autoridad religiosa
suprema de Arabia Saudí, el jeque Abdel-Aziz Ibn Baaz, emitió un edicto, o
fatwa, declarando que el mundo es plano. Todo el que crea que es redondo no
cree en Dios y debe ser castigado. No deja de ser irónico que la lúcida evidencia
de que la Tierra es una esfera, reunida por el astrónomo greco-egipcio del
siglo II Claudio Tolomeo, fuese transmitida a Occidente por astrónomos
musulmanes y árabes. En el siglo IX bautizaron al libro de Tolomeo en el que
se demuestra la esfericidad de la Tierra como el Almagesto, «el más
grande».
He
conocido muchas personas que se sienten ofendidas por la evolución, que
preferirían apasionadamente ser la obra artística personal de Dios que haber
surgido del fango por fuerzas físicas y químicas ciegas desarrolladas durante
eones. También suelen ser reacios a exponerse asiduamente a las pruebas. La
evidencia tiene muy poco que ver con ellos: creen lo que desean que sea verdad.
Sólo el nueve por ciento de los norteamericanos acepta el descubrimiento
central de la biología moderna de que los seres humanos (y todas las demás
especies) han evolucionado lentamente por procesos naturales de una serie de
seres más antiguos sin que fuera necesaria la intervención divina en el
camino. (Cuando se les pregunta simplemente si aceptan la evolución, el
cuarenta y cinco por ciento de los norteamericanos dice que sí. La cantidad
asciende al setenta por ciento en China.) Cuando se exhibió en Israel la
película Parque Jurásico, algunos rabinos ortodoxos la condenaron
porque aceptaba la evolución y enseñaba que los dinosaurios vivieron hace cien
millones de años... cuando, como se establece claramente en el Rosh Hashonah y
en toda ceremonia de boda judía, el universo tiene menos de seis mil años de
antigüedad. La prueba más clara de nuestra evolución puede encontrarse en
nuestros genes. Pero la evolución sigue teniendo detractores, irónicamente
entre aquellos cuyo propio ADN la proclama... en las escuelas, en los tribunales,
en las editoriales de libros de texto, y en la cuestión de cuánto dolor podemos
infligir a otros animales sin cruzar algún umbral ético.
Durante la
Gran Depresión, los maestros disfrutaban de seguridad de trabajo, buenos
sueldos y respetabilidad. Enseñar era una profesión admirada, en parte porque
se reconocía que aprender era una manera de salir de la pobreza. Poco de ello
es cierto hoy. Y así, la enseñanza de la ciencia (y otras) se hace demasiado a
menudo de manera incompetente o poco inspiradora y sus practicantes, por
asombroso que sea, tienen poca preparación o ninguna en los temas que
presentan, se impacientan con el método y muestran ansias por llegar a los
descubrimientos de la ciencia... y a veces son incapaces ellos mismos de
distinguir la ciencia de la pseudociencia. Los que tienen preparación a menudo
consiguen trabajos mejor pagados en otra parte.
Los niños necesitan
experimentar con sus propias manos el método experimental en lugar de leer en
un libro cosas sobre la ciencia. Se nos puede hablar de la oxidación de la cera
como explicación de la llama de la vela. Pero tenemos una sensación mucho más
vivida de lo que pasa si vemos arder la vela brevemente en una campana de
cristal hasta que el dióxido de carbono producido por la duerna rodea la mecha,
bloquea el acceso al oxígeno y la llama parpadea y se apaga. Se nos pueden
explicar las mitocondrias de las células y cómo transmiten la oxidación a la
comida al igual que la llama quemando la vela, pero es totalmente distinto
verlas en el microscopio. Se nos puede decir que el oxígeno es necesario para
la vida de algunos organismos y no para otros. Pero empezamos a entenderlo
realmente cuando comprobamos la proposición en una campana de cristal
totalmente desprovista de oxígeno. ¿Qué hace el oxígeno por nosotros?
¿Por qué sin él moriríamos? ¿De dónde viene el oxígeno del aire? ¿Está
asegurado el suministro?
La
experimentación y el método científico se pueden enseñar en muchas materias
distintas de la ciencia. Daniel Kunitz es un amigo mío de la universidad. Ha
sido toda la vida un profesor de ciencias sociales innovador en institutos de
enseñanza media. ¿Los alumnos quieren entender la Constitución de Estados Unidos?
Se les puede decir que la lean, artículo tras artículo, y luego la comenten en
clase... pero, lamentablemente, acabarán todos dormidos. O se puede intentar el
método de Kunitz: prohibir a los estudiantes leer la Constitución. A cambio,
los invita a celebrar una Convención Constitucional, dos por cada estado.
Primero plantea en detalle a cada uno de los trece equipos los intereses
particulares de su estado y región. A la delegación de Carolina del Sur, por
ejemplo, le hablará de la primacía del algodón, la necesidad y moralidad del
tráfico de esclavos, el peligro planteado por el norte industrial, etc. Las
trece delegaciones se reúnen y, con un poco de guía facultativa, pero
principalmente solos, escriben una constitución durante unas semanas. Luego
leen la Constitución de verdad. Los estudiantes han reservado el poder de
declarar la guerra al presidente. Los delegados de 1787 lo asignaron al
Congreso. ¿Por qué? Los estudiantes han liberado a los esclavos. La Convención
Constitucional original no lo hizo. ¿Por qué? Eso exige una mayor preparación
de los profesores y más trabajo para los estudiantes, pero la experiencia es
inolvidable. Es difícil no pensar que las naciones de la Tierra estarían mejor
si todos los ciudadanos se sometieran a una experiencia comparable.
Necesitamos
más dinero para preparar y pagar a los profesores, y para laboratorios. Pero en
Estados Unidos los aspectos vinculados a la escuela suelen perder la votación.
Nadie sugiere que se usen los impuestos de propiedades para engrosar el
presupuesto militar, o los subsidios de agricultura, o para limpiar residuos
tóxicos. ¿Por qué sólo la educación? ¿Por qué no financiarla con tasas generales
a nivel local y estatal? ¿Qué tal una tasa especial de educación para las
industrias que tienen una necesidad especial de trabajadores con preparación
técnica?
Los niños
estadounidenses no trabajan bastante en la escuela. El año escolar es de
ciento ochenta días, comparado con doscientos veinte en Corea del Sur, unos
doscientos treinta en Alemania y doscientos cuarenta y tres en Japón. Los
niños de algunos de estos países van a la escuela el sábado. El estudiante
medio de instituto en Estados Unidos dedica tres horas y media a la semana a
hacer deberes. El tiempo total que dedica a los estudios, en el aula y fuera de
ella, es de unas veinte horas por semana. Los japoneses de quinto curso dedican
una media de treinta y tres horas a la semana. Japón, con la mitad de
población que Estados Unidos, produce el doble de científicos e ingenieros con
títulos avanzados al año.
Durante
cuatro años de instituto, los estudiantes americanos dedicaron menos de mil
quinientas horas a temas como matemáticas, ciencia e historia. Los japoneses,
franceses y alemanes dedicaron más del doble de tiempo. Un informe de 1994
encargado por el Departamento de Educación de Estados Unidos apunta:
El día escolar tradicional tiene que contener
ahora toda una serie de requisitos para lo que se ha llamado «nuevo trabajo de
las escuelas»: educación sobre seguridad personal, sobre consumo, sida,
conservación y energía, vida familiar y preparación para conducir.
Así pues, debido a las
deficiencias de la sociedad y a la inadecuación de la educación en el hogar,
sólo se dedican unas tres horas al día a los temas académicos centrales en el
instituto.
Está
demasiado extendida la idea de que la ciencia es «excesivamente difícil» para
la gente normal. Lo podemos ver reflejado en la estadística de que sólo
alrededor del diez por ciento de los estudiantes de instituto estadounidenses
optan por un curso de física. ¿Qué es lo que hace de pronto a la ciencia
«excesivamente difícil»? ¿Por qué no es demasiado difícil para todos esos
países que superan a Estados Unidos? ¿Qué ha ocurrido con el talento americano
para la ciencia, la innovación técnica y el trabajo duro? En otros tiempos, los
norteamericanos se enorgullecían de contar con inventores que abrieron el
camino del telégrafo, el teléfono, la luz eléctrica, el fonógrafo, el automóvil
y el aeroplano. Excepto en lo relativo a la informática, todo eso parece algo
del pasado. ¿Dónde ha ido a parar todo aquel «ingenio yanqui»?
La mayoría
de los niños americanos no son estúpidos. Parte de la razón por la que no se
aplican al estudio es que reciben pocos beneficios tangibles cuando lo hacen.
Ser competente (es decir, conocer realmente la materia) en expresión verbal,
matemáticas, ciencia e historia hoy en día no aumenta los ingresos de los
jóvenes medios en los ocho años siguientes a su salida de la escuela, y la
mayoría se emplean en empresas de servicios y no industriales.
Sin
embargo, en los sectores productivos de la economía suele ser diferente. Hay
fábricas de muebles, por ejemplo, que corren el riesgo de perder el negocio...
no porque no haya clientes, sino porque muy pocos trabajadores al entrar son
capaces de hacer operaciones aritméticas sencillas. Una importante compañía
electrónica declara que el ochenta por ciento de los que aspiran a trabajar
en ella no son capaces de superar una prueba matemática de quinto curso.
Estados Unidos está perdiendo ya unos cuarenta mil millones de dólares al año
(principalmente en descenso de productividad y el coste de educación para
remediarlo) porque los trabajadores, en un grado excesivo, no saben leer,
escribir, contar o pensar.
Según un
informe del Comité Nacional de Ciencia de Estados Unidos de ciento treinta y
nueve compañías de alta tecnología, las causas principales del declive de la
investigación y el desarrollo que se atribuían a la política nacional eran: 1)
carencia de una estrategia a largo plazo para afrontar el problema; 2) falta de
atención a la preparación de futuros científicos e ingenieros; 3) demasiada
inversión en «defensa» e insuficiente en investigación y desarrollo civil, y 4)
poca atención a la educación preuniversitaria. La ignorancia se alimenta de
ignorancia. La fobia a la ciencia es contagiosa.
Los que
tienen la visión más favorable de la ciencia en Estados Unidos tienden a ser
jóvenes varones blancos con educación universitaria y buen nivel de vida. Pero
tres cuartas partes de los nuevos trabajadores norteamericanos de la próxima
década serán mujeres no blancas e inmigrantes. No lograr despertar su entusiasmo
—por no hablar de la discriminación— no sólo es injusto sino que es estúpido y
contraproducente. Priva a la economía de los trabajadores preparados que
necesita desesperadamente.
Los
estudiantes afroamericanos e hispanos han mejorado sus resultados en las
pruebas estándar de ciencia con relación a finales de la década de los sesenta,
pero son los únicos. La diferencia media en matemáticas entre blancos y negros
graduados sigue siendo grande en los cursos de enseñanza superior: de dos a
tres niveles; pero la distancia entre los blancos de cursos de enseñanza
superior de Estados Unidos y, por ejemplo, los de Japón, Canadá, Gran Bretaña o
Finlandia es dos veces mayor (con los estadounidenses a la zaga). Si uno
recibe poca motivación y poca educación, no sabrá mucho... no es ningún
misterio. Los afroamericanos de las ciudades con padres educados en la
universidad tienen el mismo nivel universitario que los blancos de las ciudades
con padres de educación universitaria. Según algunas estadísticas, incluir a un
niño pobre en un programa Head Start duplica sus posibilidades de
conseguir un empleo más tarde en la vida; el que completa un programa Upward
Bond tiene cuatro veces más posibilidades de conseguir una educación
universitaria. Para ser sinceros, sabemos lo que hay que hacer.
¿Y en
cuanto a la universidad? Hay una serie de pasos obvios: mejora de la condición
basada en el éxito de la enseñanza y promoción de los profesores en base a la
actuación de sus estudiantes en pruebas estandarizadas de doble ciego; sueldos
para los profesores que se acerquen a lo que podrían cobrar en la industria;
más becas, ayudas y equipo de laboratorio; programas imaginativos e
inspiradores y libros de texto en que los principales miembros de la facultad
tengan un papel principal; cursos de laboratorio como requisito para
graduarse; y prestar atención especial a los que tradicionalmente se han
apartado de la ciencia. También deberíamos animar a los mejores académicos de
la ciencia a dedicar más tiempo a la educación pública: libros de texto,
conferencias, artículos en periódicos y revistas, apariciones en televisión. Y
podría valer la pena intentar un primer curso obligatorio sobre pensamiento
escéptico y métodos científicos.
----ooo---
El místico
William Blake miró fijamente al sol y vio ángeles, mientras otros, más
mundanos, «sólo percibían un objeto de las medidas y el color de una guinea
dorada». ¿Vio Blake realmente ángeles en el sol, o era un error perceptual o
cognitivo? No conozco ninguna fotografía del Sol que muestre nada de este
tipo. ¿Vio Blake lo que la cámara y el telescopio no pueden ver? ¿O la
explicación se encuentra dentro de la cabeza de Blake mucho más que fuera? ¿Y
no es la verdadera naturaleza del Sol, tal como la revela la ciencia moderna,
mucho más maravillosa: no meros ángeles o monedas de oro, sino una enorme
esfera en la que pueden caber un millón de Tierras, en el centro de la cual se
fusionan núcleos de átomos, el hidrógeno transformado en helio, la energía
latente en el hidrógeno durante miles de millones de años liberada, la Tierra
y otros planetas calentados e iluminados, y el mismo proceso repetido
cuatrocientos mil millones de veces en alguna otra parte de la galaxia de la
Vía Láctea?
Los
proyectos, instrucciones detalladas y órdenes de trabajo para construir una
persona desde la nada ocuparían unos mil volúmenes de enciclopedia si se
escribieran en inglés. Sin embargo, cada célula de nuestro cuerpo contiene una
serie de esas enciclopedias. Un quasar está tan lejos que la luz que vemos
empezó su viaje intergaláctico antes de que se formara la Tierra. Toda persona
de la Tierra desciende de los mismos antepasados no del todo humanos del este
de África hace algunos millones de años, lo que nos
hace a todos primos.
Siempre
que pienso en alguno de estos descubrimientos
siento un escalofrío de
entusiasmo. Se me acelera el corazón. No puedo evitarlo. La ciencia es una
sorpresa y una delicia. Reconozco mi sorpresa cada vez que una nave espacial
sobrevuela un nuevo mundo. Los científicos planetarios se preguntan a sí mismos:
«Oh, ¿es así? ¿Cómo no se nos ocurrió?» Pero la naturaleza siempre es más
sutil, más compleja, más elegante de lo que somos capaces de imaginar. Lo que
es sorprendente, dadas nuestras limitaciones manifiestas, es que hayamos sido
capaces de penetrar tanto en los secretos de la naturaleza.
Casi todos
los científicos, en un momento de descubrimiento o comprensión súbita, han
experimentado un asombro reverencial. La ciencia —la ciencia pura, no con
alguna aplicación práctica sino por ella misma— es un asunto profundamente
emocional para los que la practican, como lo es también para los no científicos
que de vez en cuando se zambullen en ella con el fin de saber qué se ha
descubierto recientemente.
Y, como en
una historia de detectives, es una gozada formular las preguntas clave,
trabajar con explicaciones alternativas y quizá incluso avanzar en el proceso
de descubrimiento científico. Consideremos estos ejemplos, algunos muy
sencillos, otros no, elegidos más o menos aleatoriamente:
• ¿Podría haber un número
entero no descubierto entre el 6 y el 7?
• ¿Podría haber un elemento
químico no descubierto entre el número atómico 6 (que es carbono) y el número
atómico 7 (que es nitrógeno)?
• Sí, ese nuevo conservante
causa cáncer en las ratas. Pero ¿y si para inducir el cáncer en una persona,
que pesa mucho más que una rata, se debiera tomar una libra de sustancia al
día? En este caso, quizá el conservante no sea tan peligroso. ¿El beneficio de
tener la comida conservada durante largos períodos superaría el pequeño riesgo
adicional del cáncer? ¿Quién decide? ¿Qué datos se necesitan para tomar una
decisión prudente?
• En una roca de tres mil
ochocientos millones de años, uno encuentra una ratio de isótopos de carbono
típicos de los seres vivos de hoy y diferente de los sedimentos orgánicos.
¿Deduce de ello que hace tres mil ochocientos millones de años había vida abundante
en la Tierra? ¿O podrían haberse infiltrado en la roca los restos químicos de
organismos más modernos? ¿O hay una manera de que los isótopos se separen en la
roca aparte de los procesos biológicos?
• Las mediciones sensibles de
corrientes eléctricas en el cerebro humano muestran que cuando ocurren ciertos
recuerdos o procesos mentales entran en acción regiones particulares del
cerebro. ¿Es posible que nuestros pensamientos, recuerdos y pasiones generen
unos circuitos particulares de las neuronas del cerebro? ¿Sería posible simular
estos circuitos en un robot?
• ¿Sería factible insertar
nuevos circuitos o alterar los viejos en el cerebro de modo que cambien
opiniones, recuerdos, emociones y deducciones lógicas? ¿Es esta
desnaturalización terriblemente peligrosa?
• Su teoría del origen del
sistema solar predice muchos discos planos de gas y polvo en toda la galaxia
de la Vía Láctea. Mira por el telescopio y encuentra discos planos en todas
partes. Llega felizmente a la conclusión de que la teoría ha quedado
confirmada. Pero resulta que los discos que vio eran galaxias espirales muy
alejadas de la Vía Láctea, y demasiado grandes para ser sistemas solares nacientes.
¿Debe abandonar su teoría? ¿O debe buscar un tipo de discos diferentes? ¿O es
esto sólo una expresión de su poca disposición a abandonar una hipótesis
desacreditada?
• Un cáncer creciente envía
un boletín a las células que revisten los vasos sanguíneos: «Necesitamos
sangre», dice el mensaje. Las células endoteliales, obedientes, forman puentes
de vasos sanguíneos para suministrar sangre a las células del cáncer. ¿Cómo
ocurre eso? ¿Se puede interceptar o cancelar el mensaje?
• Usted mezcla pintura
violeta, azul, verde, amarilla, naranja y roja, y consigue un color marrón
barro. Luego mezcla luz de los mismos colores y consigue blanco. ¿Qué ocurre?
• En los genes de los humanos
y de muchos otros animales hay largas secuencias repetitivas de información
hereditaria (llamada «sin sentido»). Algunas de esas secuencias causan
enfermedades genéticas. ¿Podría ser que determinados segmentos del ADN fueran
ácidos nucleicos revoltosos que se reproducen por su cuenta y desdeñan el
bienestar del organismo que habitan?
• Muchos animales se
comportan de una manera extraña justo antes de un terremoto. ¿Qué saben ellos
que no sepan los sismólogos?
• Las palabras para nombrar a
«Dios» de los antiguos aztecas y los antiguos griegos son casi las mismas.
¿Evidencia esto algún contacto o comunidad entre las dos civilizaciones, o se
puede esperar que se dieran estas coincidencias ocasionales entre dos lenguas
por pura casualidad? O, como pensaba Platón en Cratylus, ¿puede ser que
al nacer tengamos algunas palabras dentro?
• La segunda ley de
termodinámica afirma que en el universo, tomado como un todo, aumenta el
desorden a medida que pasa el tiempo. (Desde luego, pueden emerger localmente
mundos y vida e inteligencia, al coste de una reducción en el orden en otra
parte del universo.) Pero si vivimos en un universo en el que la presente expansión
del big bang llegará a calmarse, detenerse y ser reemplazada por una
contracción, ¿se podría revertir entonces la segunda ley? ¿Pueden los efectos
preceder a las causas?
• El cuerpo humano utiliza un
ácido clorhídrico concentrado en el estómago para disolver la comida y
favorecer la digestión. ¿Por qué el ácido clorhídrico no disuelve el estómago?
• Las estrellas más antiguas,
en el momento de escribir estas líneas, parecen ser más antiguas que el
universo. Igual que al afirmar que una persona tiene hijos mayores que ella, no
hace falta saber mucho para reconocer que alguien ha cometido un error. ¿Quién?
• Existe ahora una tecnología
suficiente para mover átomos individuales de modo que se pueden escribir
mensajes largos y complejos en una escala ultramicroscópica. También es posible
hacer máquinas de la medida de una molécula. Hay ejemplos rudimentarios de
esas dos «nanotecnologías» bien demostrados. ¿Dónde nos llevará eso en unas
décadas más?
• En varios laboratorios
diferentes se han encontrado moléculas complejas que, en condiciones adecuadas,
hacen copias de ellas mismas en el tubo de ensayo. Algunas de estas moléculas,
como el ADN y el ARN, están hechas de nucleótidos; otras no. Algunas usan
enzimas para acelerar el ritmo de la química; otras no. A veces hay un error en
la copia; a partir de este punto, el error se copia en sucesivas generaciones
de moléculas. Así llegan a existir especies ligeramente diferentes de moléculas
autorreplicantes, algunas de las cuales se reproducen más de prisa y con mayor
eficiencia que otras. Son preferentemente las que prosperan. Con el tiempo, las
moléculas en el tubo de ensayo se hacen cada vez más eficientes. Estamos
empezando a atestiguar la evolución de las moléculas. ¿Qué percepción
proporciona esto sobre el origen de la vida?
• ¿Por qué el hielo ordinario
es blanco pero el glaciar es azul?
• Se ha encontrado vida
muchos kilómetros por debajo de la superficie de la Tierra. ¿Hasta qué
profundidad llega?
• Una leyenda del pueblo
dogon de la república de Malí, según un antropólogo francés, dice que la
estrella Sirio tiene una estrella compañera extremadamente densa. Sirio, en
realidad, tiene una compañera así, aunque se necesita una astronomía muy
sofisticada para detectarla. Por tanto: 1) ¿descendía el pueblo dogon de una civilización
olvidada poseedora de grandes telescopios ópticos y astrofísica teórica?, o 2)
¿fueron instruidos por extraterrestres?, o 3) ¿oyeron algo los dogon sobre la
pequeña compañera enana de Sirio de un visitante europeo?, o 4) ¿se equivoca el
antropólogo francés y en realidad los dogon nunca tuvieron esa leyenda?
----ooo----
¿Por qué tiene que ser tan
difícil para los científicos transmitir la ciencia? Algunos científicos
—incluyendo algunos muy buenos— me dicen que les encantaría hacer divulgación,
pero carecen de talento para ello. Dicen que saber y explicar no es lo mismo.
¿Cuál es el secreto?
Yo creo
que sólo hay uno: no hablar al público en general como uno lo haría con sus
colegas científicos. Hay términos que transmiten su significado al instante y
con precisión a compañeros expertos. Uno puede encontrarse esas frases todos
los días en el trabajo profesional, pero sólo sirven para confundir a una
audiencia de no especialistas. Utilice el lenguaje más sencillo posible. Por
encima de todo, recuerde lo que pensaba antes de entender usted mismo lo que
está explicando. Recuerde los malentendidos en los que estuvo a punto de caer y
señálelos explícitamente. Mantenga en mente con firmeza que hubo una época en
la que no entendía nada de todo esto. Recapitule los primeros pasos que le
llevaron de la ignorancia al conocimiento. Nunca olvide que la inteligencia
natural está muy ampliamente distribuida en nuestra especie. Ciertamente, es el
secreto de nuestro éxito.
El
esfuerzo necesario es poco, los beneficios muchos. Entre los escollos
potenciales está el exceso de simplificación, la necesidad de ahorrar
calificaciones (y cuantificaciones), dar un mérito inadecuado a los muchos
científicos implicados y trazar distinciones insuficientes entre analogía útil
y realidad. Sin duda, deben buscarse soluciones de compromiso.
Cuanto más
presentaciones de este tipo hace uno, más claro ve cuál de ellas funciona y
cuál no. Hay una selección natural de metáforas, imágenes, analogías y
anécdotas. Con el tiempo, uno encuentra que puede llegar casi a cualquier parte
si camina por un sendero bien pavimentado que el público pueda recorrer. Luego
puede adaptar las presentaciones a las necesidades de cada público determinado.
Como
algunos editores y productores de televisión, hay científicos que creen que el
público es demasiado ignorante o estúpido para entender la ciencia, que la
empresa de la divulgación es fundamentalmente una causa perdida, o incluso que
equivale a la confraternización, si no a la contribución directa, con el
enemigo. Entre las muchas críticas que podrían hacerse de esta opinión —junto
con su arrogancia insufrible y su ignorancia de toda una serie de ejemplos
logrados de popularización de la ciencia— es que sólo sirve de confirmación
personal. Y, para los científicos implicados, es contraproducente.
El apoyo a
gran escala del gobierno a la ciencia es relativamente reciente, a partir de
la segunda guerra mundial, aunque el mecenazgo de algunos científicos por parte
de ricos y poderosos es mucho más antiguo. Con el final de la guerra fría se
hizo prácticamente imposible seguir jugando la carta de la defensa nacional,
que proporcionó apoyo a todo tipo de investigaciones científicas. Creo que, en
parte sólo por esta razón, la mayoría de los científicos se sienten ahora
cómodos con la idea de popularizar la ciencia. (Como casi todo el apoyo a la
ciencia procede de los fondos públicos, la oposición de los científicos a una
divulgación eficiente sería un extraño flirteo con el suicidio.) Es más probable
que el público apoye lo que entiende y aprecia. No me refiero a escribir
artículos para el Scientific American, por ejemplo, revista que leen los
entusiastas de la ciencia y científicos de otros campos. Tampoco hablo sólo de
dar cursos de introducción a no licenciados. Hablo de los esfuerzos por
comunicar la sustancia y enfoque de la ciencia en los periódicos, revistas,
radio y televisión, en conferencias para el público en general y en libros de
texto de la escuela elemental, media y superior.
Desde
luego, la divulgación debe seguir unas pautas de valoración determinadas. Es
importante no crear confusión ni mostrarse paternalista. En ocasiones, al
intentar estimular el interés público, los científicos han ido demasiado
lejos... derivando por ejemplo conclusiones religiosas injustificadas. El
astrónomo George Smoot comentó que descubrir pequeñas irregularidades en la radiación
que dejó el big bang fue como «ver a Dios cara a cara». León Lederman, el
físico laureado con el Premio Nobel, describió el bosón de Higgs, un bloque
hipotético de creación de materia, como «la partícula de Dios», y así tituló un
libro. (En mi opinión, todas son partículas de Dios.) Si el bosón de Higgs no
existe, ¿queda desaprobada la hipótesis de Dios? El físico Frank Tipler propone
que la informática en un futuro remoto demostrará la existencia de Dios y
propiciará la resurrección de la carne.
Los
periódicos y la televisión pueden producir chispas cuando nos dan una visión
de la ciencia, y esto es muy importante. Pero —aparte del aprendizaje o las
clases y seminarios bien estructurados— la mejor manera de popularizar la
ciencia es a través de libros de texto, libros populares, CD-ROM y discos
láser. Así uno puede reflexionar sobre ello, ir a su propio ritmo, repasar las
partes difíciles, comparar textos, analizar en profundidad. Sin embargo, es importante
hacerlo correctamente, y especialmente en las escuelas no suele ser así. Allí,
como comenta el filósofo John Passmore, la ciencia se presenta a menudo
como una cuestión de
aprender principios y aplicarlos con procedimientos de rutina. Se aprende de
libros de texto, no leyendo las obras de grandes científicos, ni siquiera las
contribuciones diarias a la literatura científica... El científico que empieza,
a diferencia del humanista que empieza, no tiene contacto directo con el
genio. Ciertamente... los cursos escolares pueden atraer a la ciencia al tipo
erróneo de persona: chicos y chicas poco imaginativos a quienes les gusta la
rutina.
Yo
sostengo que la divulgación de la ciencia tiene éxito si, de entrada, no hace
más que encender la chispa del asombro. Para ello basta con ofrecer una mirada
a los descubrimientos de la ciencia sin explicar del todo cómo se lograron. Es
más fácil reflejar el destino que el viaje. Pero, si es posible, los
divulgadores deberían intentar hacer una crónica de los errores, falsos
principios, puntos muertos y confusiones aparentemente sin remedio que
aparecieron en el camino. Al menos de vez en cuando, deberíamos proporcionar la
prueba y dejar que el lector extraiga su propia conclusión. Eso convierte la
asimilación obediente de nuevo conocimiento en un descubrimiento personal.
Cuando uno mismo hace el descubrimiento —aunque sea la última persona de la
Tierra en ver la luz— no lo olvida nunca.
Cuando era
joven me inspiraron los libros y artículos sobre ciencia popular de George
Gamow, James Jeans, Arthur Eddington, J. B. S. Haldane, Julián Huxley, Rachel
Carson y Arthur C. Clarke, todos ellos con una buena preparación y la mayoría
importantes practicantes de la ciencia. La popularidad de los libros bien escritos,
con una explicación buena y profundamente imaginativa de la ciencia que llegan
al corazón además de la mente parece ser mayor que nunca en los últimos veinte
años, y tampoco tiene precedentes el número y diversidad disciplinar de los
científicos que escriben estos libros. Entre los mejores divulgadores
científicos contemporáneos se me ocurren Stephen Jay Gouid, E. O. Wilson, Lewis
Thomas y Richard Dawkins en biología; Steven Weinberg, Alan Lightmann y Kip
Thorne en física; Roaid Hoffmann en química; y las primeras obras de Fred
Hoyle en astronomía. Isaac Asimov escribió con capacidad acerca de todo. (Y
aunque exige saber cálculo, la popularización de la ciencia más provocadora,
excitante e inspiradora de las últimas décadas me parece el primer volumen de
las Conferencias de introducción a la física de Richard Feynman.) A pesar
de todo, está claro que los esfuerzos actuales no son proporcionales en
absoluto con el bien público. Y, desde luego, si no sabemos leer, no podemos
beneficiarnos de estas obras, por muy inspiradoras que sean.
Me
gustaría que rescatásemos al señor «Buckley» y a millones como él. También me
gustaría que dejásemos de producir estudiantes de instituto poco curiosos,
carentes de espíritu crítico y de imaginación. Nuestra especie necesita, y
merece, una ciudadanía con la mente despierta y abierta y una comprensión
básica de cómo funciona el mundo.
Sostengo
que la ciencia es una herramienta absolutamente esencial para toda sociedad que
tenga la esperanza de sobrevivir hasta el próximo siglo con sus valores
fundamentales intactos... no sólo la ciencia abordada por sus practicantes,
sino la ciencia entendida y abrazada por toda la comunidad humana. Y,
si eso no lo consiguen los científicos, ¿quién lo hará?
CAPÍTULO 20
_____________________
El Señor [Buda] replicó al Venerable
Sariputra:
«En un pueblo, ciudad, villa de mercado,
distrito de condado, provincia, reino o capital vivía un cabeza de familia,
viejo, de edad avanzada, decrépito, débil de salud y fuerza, pero rico,
próspero y acaudalado. Su casa era grande, en extensión y en altura, y era
vieja, construida hacía mucho tiempo. La habitaban muchos seres vivos, unos
dos, tres, cuatro o cinco centenares. Tenía una única puerta. El tejado era de
paja, las terrazas se habían hundido, los cimientos estaban podridos, las
paredes, esteras y cemento se encontraban en avanzado estado de descomposición.
De pronto apareció una gran llamarada de fuego y la casa empezó a arder por
todos lados. Y este hombre tenía muchos hijos jóvenes, cinco, diez, o veinte, y
salió él solo de la casa. »Cuando aquel hombre vio su casa ardiendo por todas
partes con una gran masa de fuego, le entró miedo y se puso a temblar, se le
agitó la mente y pensó para sí: "He sido bastante competente, en verdad,
para atravesar la puerta y escapar de la casa en llamas, rápido y seguro, sin
que me tocara ni me chamuscara esa gran masa de fuego. Pero ¿y mis hijos, mis
hijos jóvenes, mis hijos pequeños? Aquí, en esta casa en llamas, juegan,
corretean y se divierten con todo tipo de juegos. No saben que su residencia
está en llamas, no lo entienden, no lo perciben, no le prestan atención, y por
eso no sienten ninguna agitación. Aunque amenazados por este gran [fuego],
aunque en estrecho contacto con tanto mal, no prestan atención al peligro que
entraña y no hacen ningún esfuerzo por salir."»
De The Saddharmapundarika, en Buddhist
Scríptures, edward conze, ed. (Harmondswort, Middlesex,
Inglaterra, Penguin Books, 1959)
Una de las
razones que hace tan interesante escribir para la revista Parade es lo
que recibo a cambio. Con ochenta millones de lectores se puede hacer un
muestreo de la opinión de los ciudadanos de los Estados Unidos. Se puede
entender qué piensa la gente, cuáles son sus ansiedades y esperanzas, y quizá
incluso dónde nos hemos perdido.
En Parade
salió publicada una versión abreviada del capítulo anterior en el que se
reflejaba la actuación de estudiantes y profesores. Recibí una montaña de
correo. Algunos negaban que existiera un problema; otros decían que los
americanos estaban perdiendo su aguda inteligencia y saber hacer. Unos pensaban
que había soluciones fáciles; otros que la raíz de los problemas era demasiado
profunda para resolverlos. Muchas opiniones me sorprendieron.
Un
profesor de décimo curso de Minnesota hizo copias del artículo y animó a los
alumnos a decirme lo que pensaban. Transcribo a continuación lo que
escribieron algunos estudiantes de enseñanza secundaria norteamericanos
(respetando la gramática y puntuación de las cartas originales):
• No hay americanos estúpidos. Sólo sacamos peores notas en la escuela, y
qué.
• A lo mejor es bueno que no
seamos tan listos como los otros países. Así podemos importar todos nuestros
productos y no tenemos que gastar todo el dinero en las piezas de las
mercancías.
• Y si otros países lo hacen
mejor, ¿qué importa? Lo más probable es que acaben viniendo a Estados Unidos.
• Nuestra sociedad va tirando
con los descubrimientos que hacemos. Avanza despacio, pero la curación del
cáncer está en camino.
• Estados Unidos tiene su
propio sistema de aprendizaje y a lo mejor no es tan avanzado como el de
ellos, pero es igual de bueno. Por otra parte, creo que su artículo es muy
educativo.
• A ningún niño de esta
escuela le gusta la ciencia. Realmente no entiendo de qué va el artículo. Me
pareció muy aburrido. Simplemente, no me interesa.
• Yo estudio para ser abogado
y, francamente, estoy de acuerdo con mis padres cuando dicen que tengo un
problema de actitud con la ciencia.
• Es verdad que algunos niños
americanos no lo intentan pero, si quisiésemos, podríamos ser más listos que
cualquier otro país.
• En lugar de hacer deberes,
los niños miran la televisión. Tengo que reconocer que yo lo hago. Me he puesto
el límite de unas cuatro horas al día.
• No creo que sea culpa del
sistema de la escuela, me parece que todo el país pone un énfasis insuficiente
en la escuela. Mi mamá prefiere verme jugar al baloncesto o al fútbol que
ayudarme a hacer un trabajo. Conozco muchos chicos a los que les da totalmente
igual no hacer bien su trabajo.
• No creo que los chicos
americanos sean estúpidos. Sólo ocurre que no estudian bastante porque la
mayoría trabajan... Mucha gente dice que los asiáticos son más listos que los
americanos y que lo hacen todo bien, pero no es verdad. No son buenos en
deportes. No tienen tiempo de hacer deporte.
• Yo me dedico a hacer
deporte, y tengo la impresión que los otros chicos de mi equipo te empujan a
sobresalir más en el deporte que en los estudios.
• Para ser los primeros
tendríamos que ir todo el día a la escuela y no hacer vida social.
• Ahora entiendo por qué
muchos profesores de ciencias se enfadan con usted por menospreciar su
trabajo.
• A lo mejor, si los
profesores fueran más interesantes, los chicos querrían aprender... Si la
ciencia se presentara de manera divertida, los chicos querrían aprender. Para
ello, ya sería hora de empezar a dejar de enseñarla como meros hechos y
números.
• Francamente, me cuesta
creer los datos sobre la ciencia en Estados Unidos. Si estamos tan atrasados,
¿cómo es que Mijaíl Gorbachov vino a Minnesota y a Datos de Control de Montana
para ver cómo funcionan nuestras computadoras y eso?
• ¡Unas 33 horas para los de
quinto curso! En mi opinión es tanto que casi son las mismas horas que un
trabajo de jornada completa. Así, en lugar de hacer deberes, podríamos ganar
dinero.
• Cuando comenta lo atrasados
que estamos en ciencia y matemáticas, ¿por qué no intenta decirlo de una
manera más amable?... Debería sentir un poco más de orgullo de su país y sus
capacidades.
• Creo que sus hechos son
poco concluyentes y las pruebas muy flojas. En general, ha planteado un buen
tema.
----ooo----
En
general, estos estudiantes no creen que exista un problema serio; y, si
existe, no puede hacerse gran cosa al respecto. Había muchos que también se
quejaban de que las conferencias, las discusiones en clase y los deberes eran
«aburridos». Para una generación televisiva que sufre trastornos de déficit en
diferentes grados, desde luego son aburridos. Pero pasar tres o cuatro
cursos practicando una y otra vez la suma, resta, multiplicación y división de
fracciones puede aburrir a cualquiera... y la tragedia es que, por ejemplo, la
teoría de la probabilidad elemental está al alcance de esos estudiantes. Igual
ocurre con la presentación de las formas de plantas y animales sin evolución;
la historia como guerras, fechas y reyes sin el papel de la obediencia a la
autoridad, la avaricia, la incompetencia y la ignorancia; el inglés sin la
introducción de nuevas palabras en el lenguaje y la desaparición de las viejas;
y la química sin el origen de los elementos. Se ignoran los medios para despertar
el interés de estos estudiantes a pesar de tenerlos a mano. Dado que lo que queda
grabado en la memoria de los alumnos a largo plazo, de todo lo aprendido en la
escuela, es sólo una pequeña fracción, ¿no parece esencial plantearles temas
que no sean aburridos... e inculcarles el deseo de aprender?
La mayoría
de los adultos que me escribieron consideraban que era un problema importante.
Recibí cartas de padres que me hablaban de chicos con curiosidad dispuestos a
trabajar duro, con pasión por la ciencia pero carentes de un entorno adecuado o
de recursos para satisfacer sus intereses. Otras cartas eran de padres que no
sabían nada de ciencia y sacrificaban su propia comodidad para que sus hijos
pudieran tener libros de ciencia, microscopios, telescopios, ordenadores y
equipos de química; de padres que decían a sus hijos que el estudio
disciplinado los sacaría de la pobreza; de una abuela que llevaba el té a un
estudiante que seguía haciendo los deberes a altas horas de la noche; de la
presión de los compañeros para no destacar en la escuela porque «hace que los
demás parezcan malos»,
Aquí hay
una muestra —no una encuesta de opinión, pero sí comentarios representativos—
de otras respuestas de padres:
• ¿Entienden los padres que no se puede ser un ser humano completo si se es
un ignorante? ¿Tienen libros en casa? ¿Y una lupa? ¿Enciclopedia? ¿Animan a sus
hijos a estudiar?
• Los padres enseñan a ser
paciente y perseverante. El don más importante que pueden ofrecer a sus hijos
es la ética del trabajo duro, pero no se pueden limitar a hablar de ello. Los
que aprenden a trabajar duro son los que lo ven hacer a sus padres.
• A mi hija le fascina la
ciencia, pero no le enseñan nada en la escuela ni en la televisión.
• Mi hija ha sido calificada
de superdotada, pero la escuela no tiene ningún programa de enriquecimiento en
ciencias. El tutor me dijo que la enviara a una escuela privada, pero no nos lo
podemos permitir.
• La presión de los
compañeros es enorme; los tímidos no quieren «destacar» sacando buenas notas en
ciencias. Desde que llegó a los trece o catorce años, el interés que siempre
había tenido mi hija por la ciencia empezó a desaparecer.
---ooo---
Los padres
también tenían mucho que decir sobre los profesores, y algunos comentarios de
éstos eran un eco de los suyos. Por ejemplo, se quejaban de que los profesores
están preparados para la manera de enseñar pero no para saber qué enseñar; que
gran número de profesores de física y química no son licenciados en física o
química y enseñan la ciencia con «incomodidad e incompetencia»; que los propios
profesores muestran demasiada angustia ante la ciencia y las matemáticas; que
se resisten a que les hagan preguntas, o contestan: «Está en el libro.
Míralo.» Algunos se quejaban de que el profesor de biología era un
«creacionista»; otros se quejaban de que no lo era. Entre otros comentarios de
los profesores o acerca de ellos:
• Estamos criando una colección de imbéciles.
• Es más fácil memorizar que
pensar. Se tiene que enseñar a los niños a pensar.
• Los profesores y los
programas están «cayendo» al mínimo común denominador.
• ¿Por qué el entrenador de
baloncesto enseña química?
• Se exige a los profesores
que dediquen demasiado tiempo a la disciplina y al «programa social». No
tenemos ningún incentivo para ejercer nuestro propio juicio. Siempre tenemos a
los «altos mandos» mirándonos por encima del hombro.
• Abandonar las plazas en
propiedad en escuelas y universidades. Librarse de los inútiles. Dejar la
contratación y el despido a los directores, decanos y superintendentes.
• Mi placer por la enseñanza
se vio repetidamente frustrado por los directores de tipo militarista.
• Se debería dar una
recompensa a los profesores según su rendimiento... especialmente según el
rendimiento de los estudiantes en pruebas nacionales estandarizadas y la mejora
de rendimiento del estudiante en estas pruebas de un año a otro.
• Los profesores están
ahogando las mentes de nuestros hijos cuando les dicen que no son lo bastante
«listos»... por ejemplo, para estudiar física. ¿Por qué no darles la
posibilidad de empezar el curso?
• Mi hijo tuvo que pasar de
curso aunque está dos niveles por debajo de los demás de la clase en lectura.
La razón que me dieron era social, no educativa. Nunca alcanzará buen nivel si
no lo cambian.
• En todas las escuelas se
debería exigir que la ciencia (y especialmente en la escuela superior) esté
incluida en el programa. Debería estar coordinada con los cursos de matemáticas
que toman los estudiantes al mismo tiempo.
• La mayor parte de los
deberes son una pura «ocupación» en lugar de ser algo que haga pensar.
• Pienso que Diane Ravitch [New Republic, 6 de marzo de
1989] lo cuenta tal como es: «Como contó hace poco una estudiante de la Hunter
High School en la ciudad de Nueva York: "Saco muchos sobresalientes, pero
nunca hablo de ello... Es más enrollado sacar malas notas. Si te interesa la
escuela y se nota, te tildan de 'bicho raro'..." La cultura popular —a
través de la televisión, cine, revistas y vídeos— transmite continuamente el
mensaje a las mujeres jóvenes de que es mejor ser popular, sexy y
"enrollada" que inteligente, competente y honesta. En 1986, los
investigadores encontraron una ética antiacadémica similar entre los
estudiantes masculinos y femeninos de enseñanza superior de Washington, D. C.
Apuntaban que los estudiantes capaces tenían que soportar una fuerte presión de
sus compañeros para no sacar buenas notas en la escuela. Si triunfaban en los
estudios, podían ser acusados de "actuar como blancos".»
• Sería
fácil para las escuelas conceder mucho más reconocimiento y recompensas a los
chicos que destacan en ciencias y matemáticas. ¿Por qué no lo hacen? ¿Por qué
no regalarles chaquetas especiales con las letras de la escuela? ¿Anunciarlo
en asambleas, en la revista de la escuela y la prensa local? ¿Recompensas
especiales de la industria local y las organizaciones? Esto cuesta muy poco, y
podría vencer la presión de los compañeros.
• El
programa Headstart es el único eficaz... para que mejore la comprensión de la
ciencia por parte de los niños y todo lo demás.
---ooo---
También
había muchas opiniones apasionadas y muy controvertidas que, como mínimo, dan
una idea de lo mucho que piensa la gente en este tema. Una muestra:
• Hoy en día todos los chicos listos buscan dinero rápido, por eso se hacen
abogados y no científicos. .
• Yo no quiero que mejore la
educación. En este caso nadie querría conducir un taxi.
• El problema de la educación
científica es que no se honra suficientemente a Dios.
• La enseñanza
fundamentalista de que la ciencia es «humanismo» y no es de fiar es la razón
por la que nadie entiende la ciencia. Las religiones tienen miedo del
pensamiento escéptico que se halla en el corazón de la ciencia. Se sorbe el
seso a los estudiantes para que no acepten el pensamiento científico mucho
antes de llegar a la universidad.
• La ciencia se ha
desacreditado a sí misma. Trabaja para los políticos. Fabrica armas, miente
sobre los «riesgos» de la marihuana, ignora los peligros del agente naranja,
etcétera.
• Las escuelas públicas no
funcionan. Abandonémoslas. Que haya sólo escuelas privadas.
• Hemos dejado que los
abogados de la permisividad, el pensamiento borroso y el socialismo rampante
destruyeran lo que en otros tiempos fue un gran sistema educativo.
• El sistema escolar tiene
suficiente dinero. El problema es que los blancos, normalmente entrenadores,
que dirigen las escuelas no contratan nunca (y digo nunca) a un intelectual...
Los preocupa más el equipo de fútbol americano que el programa y sólo contratan
autómatas más que mediocres, amantes de Dios que sacan la bandera para
enseñar. ¿Qué tipo de estudiantes puede salir de escuelas que oprimen, castigan
e ignoran el pensamiento lógico?
• Liberar a las escuelas de
la mordaza del ACLU [Sindicato Americano de Libertades Civiles], la NEA
[Asociación Nacional de Educación] y otros responsables de la falta de
disciplina y competencia en las escuelas.
• Me temo que no comprende en
absoluto el país en el que vive. La gente es increíblemente ignorante y
temerosa. No toleran escuchar una [nueva] idea... ¿No lo entiende? El sistema
sólo sobrevive porque tiene una población ignorante que teme a Dios. Ésta es
la razón por la que muchas [personas cultas] están sin empleo.
• A veces me piden que
explique aspectos tecnológicos al personal del Congreso. Créame, en este país
tenemos un problema con la educación científica.
---ooo---
No hay una única solución al
problema del analfabetismo en ciencia, o en matemáticas, historia, inglés,
geografía y muchas de las otras habilidades que nuestra sociedad necesita. La
responsabilidad recae sobre muchos: padres, el público votante, los comités
escolares locales, los medios de comunicación, los profesores, los
administradores, los gobiernos federal, estatal y local y, desde luego, los
propios estudiantes. En todos los niveles, los profesores se quejan de que el
problema es de los cursos anteriores. Y los profesores de primer grado pueden
desesperarse con razón de enseñar a chicos con déficit de aprendizaje por culpa
de la desnutrición, la falta de libros en casa o una cultura de violencia en la
que es imposible alcanzar la tranquilidad necesaria para pensar.
Sé muy
bien por propia experiencia el beneficio que puede reportar a un niño tener
unos padres con un poco de cultura y capaces de transmitirla. Una serie de
mejoras, aunque sean pequeñas, en la educación, la capacidad de comunicación y
la pasión por aprender en una generación podría propiciar mejoras mucho
mayores en la siguiente. Pienso en esto siempre que oigo el lamento de que los
niveles escolares y universitarios bajan o que el título de licenciado no
«significa» lo mismo que antes.
Dorothy Rich, una innovadora
profesora de Yonkers, Nueva York, opina que, más importante que los temas
académicos específicos, es la formación de capacidades clave, que según ella se
incluyen en la siguiente lista: «confianza, perseverancia, atención, trabajo
en equipo, sentido común y resolución de problemas». A lo que yo añadiría
pensamiento escéptico y capacidad de asombro.
Al mismo
tiempo se debe nutrir y animar a los niños con capacidades y habilidades
especiales. Son un tesoro nacional. A veces se critican los programas para
«superdotados» por ser «elitistas». ¿Por qué no se consideran elitistas las
sesiones de práctica intensiva de fútbol, béisbol y baloncesto universitarios
y la competición entre escuelas? Al fin y al cabo, sólo participan los atletas
más dotados. En este país hay una doble actitud muy contraproducente.
-----ooooo-----
El
problema de la educación pública en ciencia y otras disciplinas es tan
profundo que es fácil desesperarse y llegar a la conclusión de que no se
resolverá nunca. Y, sin embargo, hay instituciones en las grandes ciudades y
pequeños pueblos que proporcionan una razón para la esperanza, lugares que
encienden la chispa, que despiertan la curiosidad adormecida y avivan al
científico que todos llevamos dentro:
• El enorme meteorito de hierro metálico que tiene usted delante está tan
lleno de agujeros como un queso suizo. Cautelosamente estire el brazo para
tocarlo. Es suave y frío. Se le ocurre la idea de que procede de otro mundo.
¿Cómo llegó a la Tierra? ¿Qué ocurrió en el espacio para que se machacara
tanto?...
• La exposición muestra mapas
de Londres en el siglo XVIII la extensión de una horrible epidemia de cólera.
Los habitantes de una casa lo contagiaban a la casa vecina. Siguiendo el curso
de la ola de infección, usted mismo puede ver dónde empezó. Es como hacer de
detective. Y cuando encuentra el origen, ve que es un lugar con alcantarillas
abiertas. Se le ocurre que el hecho de que deba existir un sistema de
saneamiento adecuado en las ciudades modernas es una cuestión de vida o muerte.
Piensa en todas las ciudades y pueblos del mundo que no lo tienen. Empieza a
pensar que a lo mejor hay una manera más fácil, más sencilla de hacerlo...
• Se arrastra por un túnel
largo totalmente a oscuras. Hay súbitos recodos, subidas y bajadas. Atraviesa
un bosque de cosas como plumas, abalorios, grandes bolas sólidas. Se imagina
lo que debe de ser la ceguera. Piensa en lo poco que confiamos en nuestro
sentido del tacto. En la oscuridad y la calma, se encuentra solo con sus pensamientos.
La experiencia es estimulante...
• Examina una reconstrucción
detallada de una procesión de sacerdotes que suben a uno de los grandes
zigurats de Sumeria, o a una tumba con pinturas fantásticas en el Valle de los
Reyes en el antiguo Egipto, o una casa en la antigua Roma, o una calle de
finales de siglo a escala real en una pequeña ciudad de Estados Unidos. Piensa
en todas esas civilizaciones, tan diferentes de la suya; si hubiera nacido en
ellas, le parecerían completamente naturales y consideraría extraña nuestra
sociedad si de algún modo hubiera tenido noticias de ella...
• Aprieta el cuentagotas y
cae una gota de agua sobre la platina del microscopio. Mira la imagen
proyectada. La gota está llena de vida:
seres extraños que nadan, se
arrastran, tropiezan; un gran espectáculo de persecución y fuga, triunfo y
tragedia. Este mundo está poblado por seres mucho más exóticos que cualquier
película de ciencia ficción...
• Sentado en el
teatro, se encuentra dentro de la cabeza de un niño de once años. Mira a través
de sus ojos. Ve sus típicas crisis diarias:
peleones mayores que él,
adultos autoritarios, chicas que le gustan. Oye la voz que hay dentro de su
cabeza. Es testigo de sus respuestas neurológicas y hormonales a su entorno
social. Y se le ocurre preguntarse cómo funciona usted por dentro...
• Siguiendo las sencillas
instrucciones, teclea las órdenes. ¿Cómo acabará la Tierra si seguimos quemando
carbón, petróleo y gas, y doblamos la cantidad de dióxido de carbono en la
atmósfera? ¿Cuánto aumentará la temperatura? ¿Cuánto hielo polar se fundirá?
¿Cuánto subirán los océanos? ¿Por qué verter tanto dióxido de carbono en la
atmósfera? También ¿cómo puede saber alguien qué clima habrá en el futuro? Se
pone a pensar...
Cuando era pequeño me
llevaron al Museo Americano de Historia Natural de Nueva York. Me fascinaron
los dioramas: representaciones vividas de animales y sus hábitats en todo el
mundo. Pingüinos en el hielo poco iluminado de la Antártida; okapis en la
luminosa sabana africana; una familia de gorilas, con el macho golpeándose el
pecho, en un claro de bosque a la sombra; un oso pardo americano de tres
metros de altura que me miraba fijamente erguido sobre sus patas traseras. Eran
imágenes fijas de tres dimensiones captadas por el genio de la lámpara
maravillosa. ¿Se movió el oso justo en aquel momento? ¿Pestañeó el gorila?
¿Podría volver el genio, deshacer el hechizo y hacer que aquella serie
maravillosa de criaturas volviera a la vida mientras yo miraba boquiabierto?
Los
chavales tienen un deseo irresistible de tocar. En aquellos tiempos, las dos
palabras más repetidas en un museo eran «no tocar». Hace décadas no había casi
nada «tocable» en los museos de ciencia o historia natural, ni siquiera un
estanque simulado del que se pudiera coger un cangrejo e inspeccionarlo. Lo más
parecido a una exposición interactiva que conocí de pequeño eran las balanzas
del Hayden Planetarium, una para cada planeta. Con mis mínimos veinte kilos de
peso en la Tierra, la idea de que, si viviera en Júpiter, pesaría cuarenta y
cinco, me produjo cierta satisfacción. Por desgracia, en la Luna sólo pesaría
tres kilos: sería casi como si no existiera.
Hoy en día se alienta a los
niños a tocar, mirar, recorrer las ramificaciones de un árbol de preguntas y
respuestas en el ordenador, o emitir ruidos curiosos y ver qué aspecto tienen
las ondas de sonido. Incluso los que no se fijan en todos los detalles de la
exposición, o ni siquiera le ven la gracia, suelen sacar algo valioso. Cuando
uno va a estos museos se da cuenta de las miradas de sorpresa y asombro de los
chavales que corren de sala en sala con la sonrisa triunfante del
descubrimiento. Son realmente populares. El número de personas que vamos a
exposiciones todos los años es igual al de los que van a ver partidos de
béisbol, baloncesto y fútbol profesionales juntos.
Esas exposiciones no
sustituyen a la educación en la escuela o en casa, pero despiertan y producen
entusiasmo. Un gran museo de ciencia inspira a un niño a leer un libro, a
seguir un curso o a volver otra vez al museo para sumergirse en un proceso de
descubrimiento... y, más importante, aprender el método de pensamiento
científico.
Otra
característica gloriosa de muchos museos de ciencia modernos es un teatro
cinematográfico con películas IMAX u OMNIMAX. En algunos casos, la pantalla
mide como diez pisos de altura y envuelve al espectador. El Museo Nacional
Smithsoniano del Aire y el Espacio, el más popular de la Tierra, ha estrenado
en su teatro Langlet algunas de las mejores películas. Volar todavía me
provoca un nudo en la garganta, a pesar de haberla visto cinco o seis veces. He
visto líderes religiosos de muchas confesiones que, después de ver Planeta
azul, se han convertido allí mismo a la necesidad de proteger el medio
ambiente de la Tierra.
No todas
las exposiciones y museos de ciencia son ejemplares. Algunos siguen siendo
anuncios de las empresas que han contribuido con dinero para promocionar sus
productos: cómo funciona un motor de automóvil o la «limpieza» de un
combustible fósil comparado con otro. Muchos museos que dicen ser de ciencia
son en realidad de tecnología y medicina. Muchas exposiciones de biología
todavía tienen miedo de mencionar la idea clave de la biología moderna: la
evolución. Los seres «se desarrollan» o «surgen», pero nunca evolucionan. Se
quita importancia a la ausencia de humanos en el registro fósil de estratos.
No se nos enseña nada de la cercana identidad anatómica y de ADN entre los
humanos y los chimpancés o gorilas. No se muestra nada sobre las moléculas
orgánicas complejas en el espacio o en otros mundos, ni sobre experimentos que
enseñen cómo se forma la materia viva en enormes cantidades en las atmósferas
conocidas de otros mundos y la presunta atmósfera de la Tierra primitiva. Una
excepción notable: el Museo de Historia Natural del Instituto Smithsoniano
presentó en una ocasión una exposición memorable sobre la evolución. Empezaba
con dos cucarachas en una cocina moderna con botes de cereales abiertos y
otros alimentos. Tras unas semanas, el lugar se había llenado de cucarachas,
montones por todas partes, que competían por la comida disponible, que ahora
era poca. Quedaba claro el beneficio hereditario a largo plazo de una
cucaracha un poco más adaptada que sus competidoras. Muchos planetarios todavía
se dedican a señalar las constelaciones en lugar de viajar a otros mundos e
ilustrar la evolución de galaxias, estrellas y planetas; también tienen un
proyector parecido a un insecto, siempre visible, que enturbia la realidad del
cielo.
La que
quizá sea la exposición museística más grande no se puede visitar. No tiene
hogar: George Awad es uno de los principales creadores de modelos
arquitectónicos de Estados Unidos, especialista en rascacielos. También es un
destacado estudioso de la astronomía que ha hecho un modelo espectacular del
universo. Empezando con una escena prosaica sobre la Tierra, y siguiendo un
esquema propuesto por los diseñadores Charles y Ray Eames, avanza
progresivamente por factores de diez para mostrarnos toda la Tierra, el sistema
solar, la Vía Láctea y el universo. Cada cuerpo astronómico está
meticulosamente detallado. Uno puede perderse en ellos. Es una de las mejores
herramientas que conozco para explicar la escala y naturaleza del universo a
los niños. Isaac Asimov lo describió como «la representación más imaginativa
del universo que he visto jamás o que se podía concebir. He pasado horas
recorriéndolo y cada vez he visto algo nuevo que no había visto antes».
Deberíamos tener versiones disponibles en todo el país... para avivar la imaginación,
la inspiración, la enseñanza. En cambio, el señor Awad no puede ofrecer esta
exposición a ningún museo de la ciencia importante del país. Nadie está
dispuesto a concederle el espacio que necesita. En el momento de escribir estas
líneas, se encuentra todavía abandonada, embalada en un almacén.
---ooo---
La
población de mi ciudad, Ithaca, Nueva York, duplica su número hasta un total de
cincuenta mil personas cuando la Universidad de Cornell y el Ithaca College
están en funcionamiento. Étnicamente diversa, rodeada de tierra cultivada, ha
sufrido, como gran parte del noreste de Estados Unidos, la decadencia de su
base manufacturera del siglo XIX. La mitad de los niños de la escuela elemental
Beverly J. Martín, donde iba nuestra hija, viven por debajo del nivel de
pobreza. Estos niños eran una preocupación constante para dos profesores de
ciencias voluntarios, Debbie Levin e Lima Levine. No les parecía correcto que
para algunos, es decir, para los hijos de los profesores de Cornell, por
ejemplo, ni siquiera el cielo tuviera límites. Otros no tenían acceso a los
poderes liberadores de la educación científica. En la década de los sesenta
empezaron a hacer visitas regulares a la escuela arrastrando su carrito de
biblioteca lleno de productos químicos domésticos y otros artículos familiares
para transmitir algo de la magia de la ciencia. Soñaban con crear un espacio en
el que los niños pudieran tener una sensación personal, de primera mano, de la
ciencia.
En 1983,
Levin y Levine pusieron un pequeño anuncio en nuestro periódico local invitando
a la comunidad a comentar la idea. Se presentaron cincuenta personas. De este
grupo salió el primer comité de directores del centro científico. En un año
consiguieron un espacio para exponer en la primera planta de un edificio de
oficinas que estaba por alquilar. Cuando el dueño encontró a un inquilino que
pagaba, empaquetaron los renacuajos y el papel tornasol y los llevaron a otro
local vacío.
Hicieron
más traslados a otros almacenes hasta que un hombre de Ithaca llamado Bob
Leathers, un arquitecto conocido en todo el mundo por el innovador diseño de
campos de juego comunitarios, trazó y donó los planos para un centro
científico permanente. Las empresas locales ofrecieron el dinero suficiente
para adquirir un solar abandonado de la ciudad y contratar un director
ejecutivo, Charles Trautmann, ingeniero civil de Cornell. Leathers y él fueron
a la reunión anual de la Asociación Nacional de Constructores en Atlanta.
Trautmann explica que contaron la historia de «una comunidad decidida a
hacerse responsable de la educación de sus jóvenes y consiguieron donaciones
de muchos artículos clave como ventanas, tragaluces y maderas».
Antes de
empezar a construir se tuvo que derribar parte de la vieja cabaña que había en
el solar. Los miembros de una fraternidad de Cornell se prepararon. Provistos
de cascos y martillos demolieron la casa alegremente. «Es el tipo de cosas que
suelen traernos problemas cuando las hacemos», decían. En dos días sacaron doscientas
toneladas de escombros.
Lo que
siguió fueron imágenes surgidas directamente de una América que muchos de
nosotros tememos que haya desaparecido. Siguiendo la tradición de la
construcción de establos de los pioneros, todos los miembros de la comunidad
—albañiles, doctores, carpinteros, profesores universitarios, fontaneros,
granjeros, los más jóvenes y los más viejos—, todos se arremangaron para
empezar a construir el centro científico.
«Se
mantuvo un horario continuo de siete días a la semana —dice Trautmann— para que
todo el mundo pudiera colaborar en cualquier momento. Todos recibían una tarea.
Los voluntarios con experiencia construyeron escaleras, pusieron suelos y
azulejos y cortaron las ventanas. Otros pintaron, clavaron clavos y transportaron
suministros.» Unas dos mil doscientas personas de la ciudad dedicaron más de
cuarenta mil horas. Aproximadamente, el diez por ciento del trabajo de
construcción fue realizado por personas condenadas por delitos menores;
preferían hacer algo para la comunidad que quedarse en la cárcel con los
brazos cruzados. Diez meses después, Ithaca tenía el único museo de ciencia del
mundo construido por la comunidad.
Entre las
setenta y cinco exposiciones interactivas que destacan los procesos y
principios de la ciencia se encuentran: el Magicam, un microscopio que los
visitantes pueden usar para reflejarlo en un monitor de color y fotografiar
cualquier objeto con un aumento de cuarenta veces; la única conexión pública
del mundo con la Red Nacional de Detección de Rayos basada en un satélite; una
cámara fotográfica de 1,80 x 3 metros en la que se puede entrar; un hoyo fósil
sembrado con esquisto local donde los visitantes buscan fósiles de trescientos
ochenta millones de años y se pueden quedar los que encuentran; una boa
constrictor de dos metros y medio de largo llamada Spot y una serie
asombrosa de otros experimentos ordenadores y actividades.
Levin y
Levine todavía están allí, enseñando como voluntarios a tiempo completo a los
ciudadanos y científicos del futuro. La Fundación DeWitt Wallace-Reader's
Digest da apoyo y extensión a su sueño de llegar a chicos que de lo contrario
tendrían negado el acceso que les corresponde por derecho a la ciencia. A
través del programa nacional de la fundación Youth-ALIVE, los adolescentes de
Ithaca reciben una intensa tutoría para desarrollar su capacidad científica,
resolución de conflictos y habilidades laborales.
Levin y
Levine creyeron que la ciencia debía llegar a todos. Su comunidad estuvo de
acuerdo y se comprometió a realizar el sueño. En el primer año visitaron el
Centro de Ciencia cincuenta y cinco mil personas de los cincuenta estados y de
sesenta países. No está mal para una ciudad tan pequeña. Hace que uno se
pregunte lo que podríamos llegar a conseguir si trabajásemos todos unidos en la
creación de un futuro mejor para nuestros hijos.
CAPÍTULO 21
____________
No debemos
creer a los muchos que dicen que sólo se ha de educar al pueblo libre, sino más
bien a los filósofos que dicen que sólo los cultos son libres.
epicteto, filósofo romano y antiguo esclavo, Discursos
Frederick
Bailey era un esclavo. En Maryland, en la década de 1820, era un niño sin madre
ni padre que le cuidasen. («Es costumbre común —escribió más tarde— separar a
los niños de sus madres... antes de llegar al duodécimo mes.» Era uno de los
incontables millones de niños esclavos con nulas perspectivas realistas de una
vida plena.
Lo que
Bailey vio y experimentó de pequeño le marcó para siempre: «A menudo me han
despertado al nacer el día los alaridos desgarradores de una tía mía a la que
[el supervisor] solía atar a un poste para azotarle la espalda desnuda hasta
dejarla literalmente cubierta de sangre... De la salida a la puesta del sol se
dedicaba a maldecir, desvariar, herir y azotar a los esclavos del campo...
Parecía disfrutar manifestando su diabólica barbarie.»
A los
esclavos les habían metido en la cabeza, tanto en la plantación como desde el
pulpito, el tribunal y la cámara legislativa, la idea de que eran inferiores
hereditariamente, que Dios los destinó a la miseria. La Santa Biblia,
como se confirmaba en un número incontable de pasajes, consentía la
esclavitud. De ese modo, la «peculiar institución» se mantenía a sí misma a
pesar de su naturaleza monstruosa... de la que hasta sus practicantes debían
de ser conscientes.
Había una
norma muy reveladora: los esclavos debían seguir siendo analfabetos. En el sur
de antes de la guerra, los blancos que enseñaban a leer a un esclavo recibían
un castigo severo. «[Para] tener contento a un esclavo —escribió Bailey más
adelante— es necesario que no piense. Es necesario oscurecer su visión moral y
mental y, siempre que sea posible, aniquilar el poder de la razón.»
Esta es la razón por la que
los negreros deben controlar lo que oyen, ven y piensan los esclavos. Esta es
la razón por la que la lectura y el pensamiento crítico son peligrosos,
ciertamente subversivos, en una sociedad injusta.
Imaginemos
ahora a Frederick Bailey en 1829: un niño afroamericano de diez años,
esclavizado, sin derechos legales de ningún tipo, arrancado tiempo atrás de
los brazos de su madre, vendido entre los restos diezmados de su amplia
familia como si fuera un becerro o un poni, enviado a una casa desconocida en
una extraña ciudad de Baltimore y condenado a una vida de trabajos forzados sin
perspectiva de redención.
Bailey fue
a trabajar para el capitán Hugh Auld y su esposa, Sophia, y pasó de la
plantación al frenesí urbano, del trabajo de campo al trabajo doméstico. En
este nuevo entorno, todos los días veía cartas, libros y gente que sabía leer.
Descubrió lo que él llamaba «el misterio» de leer: había una relación entre las
letras de la página y el movimiento de los labios del que leía, una correlación
casi de uno a uno entre los garabatos negros y los sonidos expresados. Subrepticiamente,
estudiaba el Webster Spelling Book de Tommy Auld. Memorizó las letras
del alfabeto. Intentó entender qué significaban los sonidos. Finalmente, pidió
a Sophia Auld que le ayudase a aprender. Impresionada por la inteligencia y
dedicación del chico, y quizá ignorante de las prohibiciones, accedió a ello.
Cuando
Frederick ya empezaba a deletrear palabras de tres o cuatro letras, el capitán
Auld descubrió lo que sucedía. Furioso, ordenó a Sophia que dejara aquello
inmediatamente. En presencia de Frederick, le explicó:
Un negro no debe saber otra cosa que obedecer
a su amo... hacer lo que se le dice. Aprender echaría a perder al mejor
negro del mundo. Si enseñas a un negro a leer, será imposible mantenerlo. Le
incapacitará para ser esclavo a perpetuidad.
Auld reprendió a Sophia con
estas palabras como si Frederick Bailey no estuviera en la habitación con
ellos, o como si fuera un bloque de piedra.
Pero Auld
había revelado el gran secreto a Bailey: «Ahí entendí... el poder del hombre
blanco para esclavizar al negro. A partir de este momento entendí el camino de
la esclavitud a la libertad.»
Desprovisto
de la ayuda de Sophia Auld, ahora reticente e intimidada, Frederick encontró la
manera de seguir aprendiendo a leer, preguntando incluso por la calle a los
niños blancos que iban a la escuela. Entonces empezó a enseñar a sus compañeros
esclavos:
«Habían tenido siempre el
pensamiento en ayunas. Los habían encerrado en la oscuridad mental. Yo les
enseñaba, porque era una delicia para mi alma.»
El hecho
de saber leer jugó un papel clave en su fuga. Bailey escapó a Nueva Inglaterra,
donde la esclavitud era ilegal y los negros eran libres. Cambió su nombre por
el de Frederick Douglas (personaje de La dama del lago de Walter Scott),
eludió a los cazadores de recompensas que perseguían a esclavos fugitivos y se
convirtió en uno de los mayores oradores, escritores y líderes políticos de la
historia americana. Toda su vida fue consciente de que la alfabetización le
había abierto el camino.
---ooo---
El noventa
y nueve por ciento del tiempo de existencia de humanos en la Tierra, no había
nadie que supiera leer ni escribir. Todavía no se había hecho el gran invento.
Aparte de la experiencia de primera mano, casi todo lo que sabíamos se
transmitía de manera oral. Como en el juego infantil del «teléfono», durante
decenas y centenares de generaciones la información se iba distorsionando
lentamente y acababa perdida.
Los libros
lo cambiaron todo. Los libros, que se pueden comprar a bajo coste, nos permiten
preguntarnos por el pasado con gran precisión, aprovechar la sabiduría de
nuestra especie, entender el punto de vista de otros, y no sólo de los que
están en el poder; contemplar —con los mejores maestros— los conocimientos
dolorosamente extraídos de la naturaleza por las mentes más grandes que jamás
existieron, en todo el planeta y a lo largo de toda nuestra historia. Permiten
que gente que murió hace tiempo hable dentro de nuestras cabezas. Los libros
nos pueden acompañar a todas partes. Los libros son pacientes cuando nos cuesta
entenderlos, nos permiten repasar las partes difíciles tantas veces como
queramos y nunca critican nuestros errores. Los libros son la clave para
entender el mundo y participar en una sociedad democrática.
Según
algunos estudios, la alfabetización de los afroamericanos ha progresado mucho
desde la emancipación. En 1860 se estima que sólo cerca del cinco por ciento
de afroamericanos sabían leer y escribir. En 1890 se consideró alfabetizado un
treinta y nueve por ciento, según el censo de Estados Unidos y, en 1969, el
noventa y seis por ciento. Entre 1940 y 1992, la fracción de afroamericanos que
terminaban la enseñanza superior subió del siete al ochenta y dos por ciento.
Pero se pueden hacer preguntas razonables sobre la calidad de la educación y
los niveles de alfabetización demostrada. Estas cuestiones son aplicables a
todos los grupos étnicos.
Un estudio
nacional realizado por el Departamento de Educación de Estados Unidos traza un
cuadro de un país con más de cuarenta millones de adultos apenas
alfabetizados. Otras estimaciones son mucho peores. La alfabetización de
adultos jóvenes ha caído de manera espectacular en la última década. Sólo del
tres al cuatro por ciento de la población puntúa en el nivel de lectura más
alto de cinco (esencialmente, todos los de este grupo han ido a la
universidad). La inmensa mayoría no tienen ni idea de lo mal que leen. Sólo el
cuatro por ciento de los que tienen el nivel de lectura más alto son pobres,
pero el cuarenta y tres por ciento de los que tienen el nivel de lectura más
bajo son pobres. Aunque, desde luego, no es el único factor, en general,
cuanto mejor lees, más ganas: un promedio de unos 12 000 dólares al año en el
más bajo de estos niveles de lectura y cerca de 34 000 dólares al año en el
más alto. Parece ser una condición necesaria, si no suficiente, para ganar
dinero. Y es mucho más probable estar en la cárcel si uno es analfabeto o casi.
(Al evaluar esos hechos, debemos cuidar de no deducir impropiamente la causa
de la correlación.)
También,
la gente más pobre alfabetizada y marginal tiende a no entender que las
elecciones podrían ayudarlos a ellos y a sus hijos y, en número asombrosamente
desproporcionado, dejan de votar. Eso va socavando la democracia en sus
raíces.
Si
Frederick Douglas pudo aprender cuando era un niño esclavizado y entrar en el
alfabetismo y la grandeza, ¿por qué hoy, en una época tan ilustrada, queda
alguien que no sabe leer? Bien, no es tan sencillo, en parte porque pocos de
nosotros somos tan brillantes y valientes como Frederick Douglas, pero también
por otras razones importantes.
Si uno
crece en una casa donde hay libros, donde alguien le lee, donde padres,
hermanos, tías, tíos y primos leen por placer, es natural que aprenda a leer.
Si no hay nadie cerca que disfrute leyendo, ¿dónde está la prueba de que vale
la pena? Si la calidad de la educación que uno tiene a su alcance es
inadecuada, si a uno le enseñan a memorizar al pie de la letra y no a pensar,
si el contenido de lo que se nos da para leer viene de una cultura casi ajena,
la alfabetización puede ser un camino lleno de obstáculos.
Es preciso
asimilar, hasta convertirlas en una segunda piel, docenas de letras mayúsculas
y minúsculas, símbolos y señales de puntuación, memorizar cómo se deletrea cada
palabra y aprender una serie de normas rígidas y arbitrarias de gramática. Si
uno está condicionado por la ausencia de apoyo básico familiar o ha caído en un
mar de rabia, negligencia, explotación, peligro y odio a sí mismo, puede
llegar perfectamente a la conclusión de que aprender a leer cuesta demasiado y
no vale la pena esforzarse. Si uno recibe repetidamente el mensaje de que es
demasiado estúpido para aprender (o, el equivalente funcional, demasiado
enrollado para aprender), y si no hay nadie que le contradiga, podría aceptar
perfectamente este pernicioso consejo. Siempre hay algunos niños —como Frederick
Bailey— que vencen al destino. Son demasiados los que no lo hacen.
Pero, más
allá de todo eso, si uno es pobre, hay una manera insidiosa de crear otra
dificultad en el esfuerzo por leer... e incluso pensar.
Ann Druyan
y yo venimos de familias que conocieron la pobreza. Pero nuestros padres eran
lectores apasionados. Una abuela nuestra aprendió a leer porque su padre, un
pobre granjero, cambió un saco de cebollas por libros a un maestro itinerante.
Se pasó los cien años siguientes leyendo. A nuestros padres les habían metido
en la cabeza la higiene personal y la teoría microbiana de la enfermedad en
las escuelas públicas de Nueva York. Seguían las prescripciones sobre
nutrición infantil que recomendaba el Departamento de Agricultura como si se
las hubieran entregado en el monte Sinaí. El libro del gobierno sobre salud
pública que teníamos estaba pegado por todas partes porque se le caían las
páginas de tanto usarlo. Tenía las esquinas arrugadas. Los consejos básicos
estaban subrayados. Lo consultaban siempre que había una crisis de salud.
Durante un tiempo, mis padres dejaron de fumar —uno de los pocos placeres que
tuvieron a su alcance durante los años de la Depresión— para que sus hijos
pudieran tomar vitaminas y suplementos minerales. Ann y yo tuvimos mucha
suerte.
Recientes
investigaciones demuestran que cuando los niños no comen lo suficiente terminan
con una disminución de la capacidad de entender y aprender («deterioro
cognitivo»). Eso no sólo ocurre cuando el hambre es atroz. Puede suceder
incluso con una ligera desnutrición: el tipo más común entre los pobres de
Norteamérica. Eso puede ocurrir antes de que nazca el niño (si la madre no come
lo suficiente), en la primera infancia o en la niñez. Cuando no hay bastante
comida, el cuerpo tiene que decidir cómo invertir los alimentos limitados de
que dispone. Lo primero es la supervivencia. El crecimiento viene en segundo
lugar. En esta criba nutritiva, el cuerpo parece obligado a calificar el
aprendizaje en último lugar. Mejor ser estúpido y estar vivo, deduce, que listo
y muerto.
En lugar
de mostrar entusiasmo y deseo de aprender —como hacen la mayoría de los jóvenes
saludables— el niño mal nutrido se vuelve aburrido, apático e insensible. La
desnutrición más grave es causa de menor peso al nacer y, en sus formas más
extremas, de cerebros más pequeños. Sin embargo, hasta un niño con un aspecto
perfectamente sano pero con falta de hierro, por ejemplo, sufre un declive
inmediato en su capacidad de concentrarse. La anemia por deficiencia de hierro
puede afectar a más de una cuarta parte de todos los niños con bajos ingresos
de Norteamérica; afecta al período de concentración y memoria y puede tener
secuelas hasta bien entrada la edad adulta.
Lo que en
otros tiempos se consideraba una desnutrición relativamente ligera, ahora se
cree potencialmente asociado al deterioro cognitivo de toda la vida. Los niños
desnutridos, aunque sea por poco tiempo, sufren una disminución de su capacidad
de aprender. Y millones de niños norteamericanos pasan hambre todas las
semanas. El envenenamiento por plomo, que es endémico en ciudades del
interior, también provoca serios déficits de aprendizaje. Según muchos
criterios, la prevalencia de la pobreza en Norteamérica ha crecido de manera
constante desde principios de la década de los ochenta. Casi una cuarta parte
de niños de Estados Unidos viven ahora en la pobreza: la tasa más alta de
pobreza infantil en el mundo industrializado. Se estima que, sólo entre 1980 y
1985, murieron más bebés y niños estadounidenses de enfermedades evitables,
desnutrición y otras consecuencias de la pobreza extrema que en todas las
batallas americanas durante la guerra del Vietnam.
Algunos
programas sabiamente instituidos a nivel federal o estatal se ocupan de la
desnutrición. El programa de suplemento especial de alimentos para mujeres,
bebés y niños (WIC), desayunos escolares y programas de comida, el programa de
servicio alimentario de verano... todos han demostrado funcionar, aunque no
llegan a toda la gente que los necesita. Un país tan rico es plenamente capaz
de proporcionar comida suficiente a todos sus niños.
Algunos
efectos deletéreos de la desnutrición se pueden eliminar; la terapia de
reposición de hierro, por ejemplo, puede subsanar algunas consecuencias de la
anemia por deficiencia de hierro.
Pero no todos los daños son
reversibles. Sus causas (tanto si son biológicas, como psicológicas o
ambientales) suelen ser indeterminadas. Pero ahora hay métodos que ayudan a
aprender a leer a personas con dislexia.
No debería
haber nadie que no pudiera aprender a leer porque no tiene la educación a su
alcance. Pero hay muchas escuelas en Estados Unidos donde se enseña a leer como
si se tratara de una excursión tediosa a los jeroglíficos de una civilización
desconocida, y muchas aulas en las que no se puede encontrar ni un solo libro.
Lamentablemente, la demanda de clases de alfabetización adulta sobrepasa en
mucho la oferta. Los programas de educación precoz de alta calidad como Head
Start pueden tener un éxito enorme en la preparación de los niños para la
lectura. Pero Head Start sólo llega a un tercio o un cuarto de
preescolares candidatos, muchos de sus programas han quedado menguados por las
reducciones de fondos, y tanto éste como los programas de nutrición que he
mencionado están sometidos a un nuevo ataque en el Congreso mientras escribo
estas páginas.
En un
libro de 1994 titulado The Bell Curve, de Richard J. Hernstein y Charles
Murray, se critica el Head Start. Sus argumentos han sido plasmados por
Gerard Coles de la Universidad de Rochester:
Primero financian inadecuadamente un programa
para niños pobres, luego niegan todo el éxito conseguido a pesar de obstáculos
abrumadores y finalmente concluyen que el programa debe ser eliminado porque
los niños son inferiores intelectualmente.
El libro, que sorprendentemente recibió una
atención respetuosa de los medios de comunicación, concluye que hay un abismo
hereditario irreductible entre blancos y negros: de diez a quince puntos en
los tests de inteligencia. En un informe, el psicólogo León J. Kamin llega a la
conclusión de que «los autores fracasan repetidamente en la distinción entre
correlación y causación»: una de las falacias de nuestro equipo de detección de
camelos.
El Centro
Nacional de Alfabetismo Familiar, con sede en Louisville, Kentucky, ha estado
aplicando programas dedicados a familias con bajos ingresos para enseñar a leer
tanto a los niños como a sus padres. Funciona de este modo: el niño, de tres o
cuatro años, asiste a la escuela tres días a la semana junto con un padre o,
posiblemente, un abuelo o guardián. Mientras los adultos pasan la mañana
aprendiendo las herramientas académicas básicas, el niño está en una
clase preescolar. Padres e hijos se encuentran para comer y luego «aprenden a
aprender juntos» durante el resto de la tarde.
Un estudio
de seguimiento de catorce programas de este tipo en tres estados reveló: 1)
Aunque se había apuntado que todos los niños corrían el riesgo de un fracaso
escolar como preescolares, sólo el diez por ciento seguían todavía en riesgo
según los profesores de la escuela elemental del momento. 2) Más del noventa
por ciento estaban considerados por sus profesores de la escuela elemental del
momento como motivados para aprender. 3) Ninguno de los niños tuvo que
repetir ningún curso en la escuela elemental.
El
crecimiento de los padres no era menos espectacular. Cuando se les pidió que
describieran el cambio que había supuesto en sus vidas el programa de
alfabetismo familiar, las respuestas típicas eran un aumento de la confianza
en sí mismos (casi todos los participantes) y más autocontrol, habían aprobado
exámenes equivalentes a los de la escuela superior, habían sido admitidos en
la universidad, tenían un trabajo nuevo y unas relaciones mucho mejores con
sus hijos. La descripción de los niños es que eran más amables con sus padres,
deseaban aprender y —en algunos casos por primera vez— tenían esperanza en el
futuro. Esos programas también podían usarse en cursos posteriores para
enseñar matemáticas, ciencia y mucho más.
---ooo---
Tiranos y
autócratas han entendido siempre que el alfabetismo, el conocimiento, los
libros y los periódicos son un peligro en potencia. Pueden inculcar ideas
independientes e incluso de rebelión en las cabezas de sus súbditos. El
gobernador real británico de la Colonia de Virginia escribió en 1671:
Agradezco a Dios que no haya escuelas libres
ni imprenta; y espero que no [los] tengamos durante los [próximos] cien años;
porque el conocimiento ha traído la desobediencia, la herejía y las sectas al
mundo, y la imprenta los ha divulgado y ha difamado al mejor gobierno. ¡Que
Dios nos proteja de ambos!
Pero los colonos americanos,
conscientes de dónde radica la libertad, no querían saber nada de esto.
En sus primeros años. Estados Unidos contó con
una de las tasas de alfabetización más altas del mundo, quizá la más alta.
(Desde luego, en aquellos días, los esclavos y las mujeres no contaban.) Ya en
1635 había escuelas públicas en Massachusetts y, en 1647, educación obligatoria
en todas las ciudades con más de cincuenta «casas». Durante el siguiente siglo
y medio, la democracia educativa se extendió por todo el país. Venían políticos
teóricos del extranjero para ser testigos de esta maravilla nacional: grandes
cantidades de trabajadores que sabían leer y escribir. La devoción
norteamericana a la educación para todos impulsó el descubrimiento y la
invención, un vigoroso proceso democrático y un empuje que accionó la
vitalidad económica de la nación.
Hoy en
día, Estados Unidos no es líder del mundo en alfabetización. Muchas personas
que se consideran alfabetizadas no son capaces de leer ni entender material muy
sencillo, menos todavía un libro de texto de sexto curso, un manual de
instrucciones, un horario de autobuses, una declaración de hipoteca o una
papeleta de voto. Y, mientras los libros de texto de sexto curso de hoy en día
presentan un desafío mucho menor que los de hace unas décadas, la exigencia de
alfabetización en el trabajo se ha hecho mucho mayor que nunca.
Los
mecanismos de la pobreza, la ignorancia, la desesperanza y la baja autoestima
se mezclan para crear una especie de máquina de fracaso perpetuo que va
reduciendo los sueños de generación en generación. Todos soportamos el coste
de mantenerla funcionando. El analfabetismo es su eje esencial.
Aunque
tengamos el corazón endurecido ante la vergüenza y la miseria que experimentan
las víctimas, el coste del analfabetismo para todos es muy alto: el coste en
gastos médicos y hospitalización, el coste en crimen y prisiones, el coste en
educación especial, el coste en baja productividad y en mentes potencialmente
brillantes que podrían ayudar a resolver los problemas que nos preocupan.
Frederick
Douglas demostró que la alfabetización es el camino que lleva de la esclavitud
a la libertad. Hay muchos tipos de esclavitud y muchos tipos de libertad. Pero
leer sigue siendo el camino.
Frederick Douglas después de
la fuga
Cuando tenía apenas veinte
años, huyó hacia la libertad. Se instaló en New Bedford con su esposa, Anna
Murray, y trabajó como jornalero común. Cuatro años después, le invitaron a
hablar en una asamblea. En aquel tiempo, en el Norte, no era raro escuchar a
los grandes oradores del día —es decir, blancos— denostando contra la
esclavitud. Pero incluso muchos de los que se oponían a la esclavitud
consideraban a los esclavos algo inferiores a los humanos. La noche del 16 de
agosto de 1841, en la pequeña isla de Nantucket, los miembros de la Sociedad
Antiesclavista de Massachussets, mayormente cuáquera, se inclinaron hacia
adelante en sus asientos para escuchar algo nuevo: una voz que se oponía a la
esclavitud de alguien que la conocía por amarga experiencia personal.
Su mero
aspecto y porte destruía el mito entonces prevaleciente del «servilismo
natural» de los afroamericanos. Al decir de todos, su elocuente análisis de
los males de la esclavitud fue uno de los debuts más brillantes en la historia
de la oratoria americana. William Lloyd Garrison, el principal abolicionista
del día, estaba sentado en primera fila. Cuando Douglas terminó su discurso,
Garrison se levantó, se volvió hacia la asombrada audiencia y los desafió con
una pregunta a gritos:
—¿Acabamos
de escuchar a una cosa, un bien mueble personal, o a un hombre?
—¡Un
hombre! ¡Un hombre! —respondió la audiencia con una sola voz.
—¿Se puede
mantener a un hombre así como esclavo en una tierra cristiana? —preguntó
Garrison.
—¡No! ¡No!
—gritó la audiencia, y aún más alto, Garrison inquirió:
—¿Se podría
obligar a un hombre así a volver a la esclavitud desde la tierra libre
del viejo Massachusetts? Y el público, ahora puesto en pie, exclamó:
—¡No! ¡No!
Nunca volvió a la
esclavitud. En cambio, como autor, editor y productor de periódicos, como
orador en Estados Unidos y en el extranjero, y como primer afroamericano que
ocupó una alta posición de asesoría en el gobierno, dedicó el resto de su vida
a luchar por los derechos humanos. Durante la guerra civil fue consultor del
presidente Lincoln. Douglas abogó con éxito por armar a los esclavos para
luchar con el Norte, por la venganza federal contra los prisioneros de guerra
confederados acusados de la ejecución sumaria de los soldados afroamericanos
capturados, y por la libertad de los esclavos como principal objetivo de la
guerra.
Muchas de
sus opiniones eran mordaces, poco aptas para hacerle ganar amigos en
altos cargos:
Afirmo sin
el menor género de dudas que la religión del Sur es una mera cobertura para los
crímenes más horribles... una justificación de la barbarie más espantosa, una
santificación de los fraudes más odiosos y un oscuro refugio bajo el que los
actos más oscuros, más asquerosos, más burdos e infernales de los negreros
encuentran la mayor protección. Si me volvieran a reducir a las cadenas de la
esclavitud, después de aquella esclavitud, consideraría la mayor calamidad que
podía acontecerme ser esclavo de un amo religioso... Yo... detesto el
cristianismo que maltrata a las mujeres, les roba a los hijos en la cuna,
corrupto, esclavista, parcial e hipócrita de esta tierra.
Comparado con la retórica
racista de inspiración religiosa de aquella época y posterior, los comentarios
de Douglas no parecen una hipérbole. «La esclavitud es de Dios», solían decir
en tiempos anteriores a la guerra. Como un ejemplo odioso de los muchos de
después de la guerra civil, el libro de Charles Carroll The Negro a Beast
(St. Louis: American Book and Bible House) enseñaba a los lectores piadosos
que «la Biblia y la Revelación Divina, además de la razón, enseñan que el negro
no es humano». Más recientemente, algunos racistas rechazan todavía el sencillo
testimonio escrito en el ADN de que no sólo todas las razas son humanas sino
prácticamente indistinguibles y mencionan la Biblia como «baluarte
inexpugnable» para no examinar siquiera la prueba.
Vale la
pena apuntar, sin embargo, que gran parte del fermento abolicionista surgió de
comunidades cristianas, especialmente cuáqueras, del Norte; que las Iglesias
cristianas negras del Sur representaron un papel clave en la lucha por los
derechos civiles americanos de la década de los sesenta; y que muchos de sus
líderes —el más notable, Martín Luther King, Jr.— eran ministros
ordenados de estas Iglesias.
Douglas se
dirigió a la comunidad blanca con estas palabras:
[La
esclavitud] pone grilletes a nuestro progreso, es enemiga de la mejora, enemiga
mortal de la educación; alienta el orgullo, alimenta la indolencia, promueve
el vicio, da refugio al crimen, es una maldición de la tierra que la mantiene
y, sin embargo, os aferráis a ella como si fuera la tabla de salvación de todas
vuestras esperanzas.
En 1843, cuando se
encontraba dando conferencias en Irlanda poco antes del hambre de la patata, le
conmovió la absoluta pobreza de aquel lugar y escribió a Garrison: «Veo aquí
muchas cosas que me recuerdan mi antigua condición, y confieso que me
avergonzaría elevar mi voz contra la esclavitud americana, pero sé que la
causa de la humanidad es la misma en el mundo entero.» Se opuso francamente a
la política de exterminio de los nativos americanos. Y, en 1848, en la
Convención de Séneca Falls, cuando Elizabeth Cady Stanton[38] tuvo
la osadía de pedir un esfuerzo para asegurar el voto de las mujeres, Douglas
fue el único hombre de cualquier grupo étnico que se levantó para apoyar la
propuesta.
La noche
del 20 de febrero de 1895 —más de treinta años después de la Emancipación—,
tras una aparición en un mitin por los derechos de la mujer junto a Susan B.
Anthony, sufrió un colapso y murió.
CAPÍTULO 22
_________
También
sabemos qué cruel es a menudo la verdad, y nos preguntamos si el engaño no es
más consolador.
henri poincaré (1854-1912)
Espero que nadie me
considere excesivamente cínico si
afirmo que un buen resumen de cómo funciona la programación de la
televisión comercial y pública es simplemente éste: el dinero lo es todo. En
horas punta, la diferencia de un solo punto en la audiencia vale millones de
dólares en publicidad. Especialmente desde principios de la década de los
ochenta, la televisión se ha convertido en algo motivado casi enteramente por
el beneficio. Eso puede verse, por ejemplo, en el declive de los informativos y
programas especiales de noticias o en las patéticas evasivas de los canales
principales para burlar la orden de la Comisión Federal de Comunicaciones de
mejorar el nivel de la programación infantil. (Por ejemplo, se defendieron las
virtudes educativas de una serie de dibujos animados que sistemáticamente
representa mal la tecnología y el estilo de vida de nuestros antepasados del
pleistoceno y retrata a los dinosaurios como animales domésticos.) En el momento
de escribir estas páginas, la televisión pública en Estados Unidos corre el
peligro real de perder el apoyo del gobierno y el contenido de la programación
privada va camino de una caída abrupta a largo plazo.
Con estas
perspectivas, luchar por conseguir más ciencia real en televisión parece
ingenuo y desesperado. Pero los propietarios de cadenas y productores de
televisión tienen hijos y nietos cuyo futuro, como es lógico, los preocupa.
Deben sentir alguna responsabilidad por el futuro de su nación. Hay pruebas de
que la programación científica puede tener éxito, y de que la gente pide más.
Mantengo esperanzas de que antes o después veremos presentada regularmente la
ciencia real con habilidad y atractivo en las principales cadenas de
televisión de todo el mundo.
---ooo---
El béisbol
y el fútbol tienen antecedentes aztecas. El fútbol es una nueva representación
ligeramente disfrazada de la caza; lo jugábamos antes de ser humanos. El lacrosse
es un antiguo juego de los nativos americanos y el hockey está relacionado con
él. Pero el baloncesto es nuevo. Llevamos más tiempo haciendo películas que
jugando al baloncesto.
Al
principio no se les ocurrió hacer un agujero en la canasta para poder recuperar
la pelota sin tener que subir una escalera. Pero, en el breve tiempo
transcurrido desde entonces, el juego ha evolucionado. En manos de jugadores
principalmente afroamericanos, el baloncesto se ha convertido —bien jugado— en
la síntesis suprema en el deporte de la inteligencia, precisión, valentía,
audacia, anticipación, artificio, juego de equipo, elegancia y gracia.
Muggsy
Bogues, con su metro sesenta de altura, se abre paso entre un bosque de
gigantes; Michael Jordán vuela hasta el aro desde algún lugar oscuro más allá
de la línea de tiros libres; Larry Bird da una precisa asistencia mirando a
otro lado; Kareem Abdul Jabbar suelta un gancho por los cielos. No se trata de
un juego en el que el contacto sea fundamental como en el fútbol. Es un juego
de finura. La presión en toda la pista, los pases largos, las asistencias, el
robo de balones en la línea de pase, el palmeo de una mano que aparece volando
de la nada constituyen una coordinación de intelecto y atletismo, una armonía
de mente y cuerpo. No es sorprendente que el juego se haya hecho popular.
Desde que
empezaron a aparecer regularmente en televisión los partidos de la NBA, me di
cuenta de que podrían utilizarse para enseñar ciencias y matemáticas. Para
apreciar un promedio de tiros libres del 0,926 se debe saber algo sobre la
conversión de fracciones en decimales. Una bandeja es la primera ley de
movimiento en acción de Newton. Cada tiro representa el lanzamiento de un
balón en un arco parabólico, una curva determinada por la misma física
gravitacional que especifica el vuelo de un misil de balística, la órbita de la
Tierra alrededor del Sol o una nave espacial en su encuentro con algún mundo
distante. Cuando salta para hacer un mate, el centro de la masa del cuerpo del
jugador está brevemente en órbita alrededor del centro de la Tierra.
Para meter
el balón en la canasta se debe elevar exactamente a la velocidad precisa; un
uno por ciento de error y la gravedad le hará quedar mal. Los tiros de tres
puntos, sean conscientes o no, compensan la resistencia aerodinámica. Cada bote
sucesivo de un balón suelto está más cerca del suelo debido a la segunda ley de
la termodinámica. Que Daryl Dawkins o Shaquille O'Neal rompan un tablero ofrece
la oportunidad de enseñar —entre otras cosas— la propagación de las ondas de
choque. Un tiro con efecto contra el cuadro desde debajo del tablero entra en
la canasta debido a la conservación del impulso angular. Es una infracción de
las normas tocar la canasta en «el cilindro» por encima del aro; hablamos
ahora de una idea matemática clave: la generación de objetos n-dimensionales
moviendo objetos (n-1) dimensionales.
En el
aula, en los periódicos y la televisión, ¿por qué no usamos los deportes para
enseñar ciencia?
Cuando era
pequeño, mi padre solía traer todos los días un periódico a casa y leía con
atención (a menudo con gran placer) la sección de puntuación del béisbol. Allí
estaban, ininteligibles para mí, con oscuras abreviaciones (W, SS, K, WL, AB,
RBI), pero a él le hablaban. Los periódicos los imprimían en todas partes.
Pensé que a lo mejor no eran tan difíciles. Con el tiempo, también yo acabé
enganchado al mundo de las estadísticas de béisbol. (Sé que me ayudaban a
entender los decimales, y todavía me da cierto escalofrío cuando oigo,
normalmente al principio de la temporada de béisbol, que alguien está «bateando
un mil». Pero 1000 no es 1,000. El afortunado jugador está bateando uno.)
O echemos
una ojeada a las páginas financieras. ¿Alguna introducción? ¿Notas
explicatorias? ¿Definiciones de abreviaturas? Casi ninguna. O sabes nadar, o te
hundes. ¡Todos aquellos metros de estadísticas! Sin embargo, la gente las lee
voluntariamente. No superan su capacidad. Es un problema de motivación. ¿Por
qué no podemos hacer lo mismo con las matemáticas, la ciencia y la tecnología?
---ooo---
En todos
los deportes, los jugadores parecen actuar a rachas. En baloncesto se llama
tener la mano caliente. Es casi imposible que les salga algo mal. Recuerdo un
partido de play-off en que Michael Jordán, cuyo tiro a media distancia no
suele ser extraordinario, se encontró haciendo sin esfuerzo tantas canastas
consecutivas de tres puntos desde toda la pista que, sorprendido de sí mismo,
se encogió de hombros. En cambio hay veces que uno está frío y no entra nada.
Cuando un jugador está en plena forma parece aprovecharse de algún poder
misterioso y, cuando está frío, es como si estuviera sometido a algún tipo de
gafe o maleficio. Pero esto es pensamiento mágico, no científico.
Las
rachas, lejos de ser curiosas, se esperan incluso de acontecimientos
aleatorios. Lo que sería sorprendente es que no hubiera rachas. Si
lanzo diez veces seguidas una moneda al aire, podría conseguir esta secuencia
de cara y cruz: CCCXCXCCCC. Ocho caras de cada diez, ¡y cuatro seguidas! ¿Es
posible que haya ejercido algún control psicoquinético sobre la moneda? ¿O
estaba en una racha de caras? Parece demasiado regular para ser casualidad.
Pero
entonces recuerdo que he lanzado la moneda antes y después de esta serie de
caras, que se encuentra dentro de una secuencia mucho más larga y menos
interesante: CCXCXXCCCX CXCCCCXCXXCXCXX. Si pudiera prestar
atención a algunos resultados e ignorar otros, siempre sería capaz de
«demostrar» que hay algo excepcional en mi racha. Ésta es una de las falacias
de nuestro equipo de detección de camelos; la enumeración de circunstancias
favorables. Recordamos los aciertos y olvidamos los errores. Si el tiro a media
distancia de alguien tiene un promedio ordinario del cincuenta por ciento y le
es imposible mejorar la estadística a fuerza de voluntad, lo más probable es
que tenga tan buena mano para el baloncesto como yo para lanzar monedas. Por
cada ocho caras que yo saque de diez, él meterá ocho de cada diez tiros. El
baloncesto puede enseñar algo sobre probabilidad y estadística, además de un
poco de pensamiento crítico.
Una
investigación de mi colega Tom Gilovich, profesor de psicología en Cornell,
demuestra persuasivamente que nuestra comprensión ordinaria de las rachas en el
baloncesto es una mala percepción. Gilovich estudió si los tiros que hacían los
jugadores de la NBA tendían a agruparse más de lo que se podría esperar por casualidad.
Después de conseguir una o dos canastas, los jugadores no tenían más
probabilidades de acertar que tras una canasta fallada. Eso era así con los
grandes y los menos grandes, no sólo en lanzamientos a media distancia sino
también para tiros libres... cuando no hay ninguna mano que cubra la cara del
que lanza. (Desde luego, algunas atenuaciones de las rachas de tiro se pueden
atribuir al aumento de atención del defensa del jugador que tiene la «mano caliente».)
En béisbol existe un mito relacionado con lo anterior: alguien que batea por
debajo de su promedio «debe» hacer un golpe.
Eso es tan
cierto como que una serie de caras seguidas propicia una posibilidad
superior al cincuenta por ciento de conseguir cruz la siguiente vez. Si hay
rachas más allá de lo que uno puede esperar estadísticamente, son difíciles de
encontrar.
Pero, en
cierto modo, eso no es del todo satisfactorio. No parece verdad. Preguntamos a
los jugadores, entrenadores o aficionados. Buscamos algún significado, incluso
en números aleatorios. Somos adictos al significado. Cuando el célebre
entrenador Red Auerbach tuvo conocimiento del estudio de Gilovich, su respuesta
fue: «¿Quién es ese tío? Muy bien, ha hecho un estudio. No podría importarme
menos.» Y es fácil comprender lo que sentía. Pero si las rachas del baloncesto
no aparecen más a menudo que las secuencias de cara o cruz, no tienen nada de
mágico. ¿Reduce eso a los jugadores a meras marionetas manipuladas por las
leyes de la probabilidad? Ciertamente que no. Su promedio de porcentaje de
tiros es un verdadero reflejo de sus habilidades personales. Aquí sólo hablamos
de la frecuencia y duración de las rachas.
Desde
luego, es mucho más divertido pensar que los dioses han tocado al jugador que
está en buena racha y castigado al que tiene la mano fría. ¿Y bien? ¿Qué daño
hace una pequeña mistificación? Sin duda supera los aburridos análisis
estadísticos. En baloncesto, en los deportes, no hace ningún daño. Pero, como
manera habitual de pensar, nos plantea problemas en algunos de los otros juegos
a los que nos gusta jugar.
---ooo---
«Científico,
sí; loco, no», dice riendo el científico chiflado en Gilligan's Island
mientras ajusta el mecanismo electrónico que le permite controlar la mente de
otros para sus aviesos propósitos.
«Lo
siento, doctor Nerdnik, la gente de la Tierra no querrá ser reducida a siete
centímetros de altura aunque sirva para ahorrar espacio y energía...»
El
superhéroe de dibujos animados le está explicando pacientemente un dilema
ético al típico científico que sale retratado en los programas de televisión
para niños los sábados por la mañana.
Muchos de
esos llamados científicos —a juzgar por los programas que he visto (y con
deducción verosímil de los que no he visto, como el Mad Scientist's Toon
Club)— son tarados morales guiados por un afán de poder o dotados de una
insensibilidad espectacular hacia los sentimientos de los demás. El mensaje
que se transmite al público infantil es que la ciencia es peligrosa y los científicos
algo peor que malvados: están enloquecidos.
Desde luego, las
aplicaciones de la ciencia pueden ser peligrosas y, como he intentado
subrayar, prácticamente todo avance tecnológico importante en la historia de la
especie humana —hasta la invención de las herramientas de piedra y el control
del fuego— ha sido éticamente ambiguo. Esos avances pueden ser usados por
personas ignorantes o malas con propósitos peligrosos o por personas sabias y
buenas para beneficio de la especie humana. Pero parece que sólo se presenta un
aspecto de la ambigüedad en lo que ofrecemos a nuestros hijos.
¿Dónde
están los placeres de la ciencia en todos esos programas? ¿Las delicias de
descubrir cómo funciona el universo? ¿La emoción de conocer bien una cosa
profunda? ¿Qué ocurre con las contribuciones cruciales que la ciencia y la
tecnología han hecho al bienestar humano... o los millones de vidas salvadas o
posibilitadas por la tecnología médica o agrícola? (Para ser justo, sin
embargo, debería mencionar que el profesor de Gilligan 's Island solía
usar su conocimiento de la ciencia para resolver problemas prácticos de los
marginados.)
Vivimos en
una era compleja en la que muchos de los problemas a que nos enfrentamos, sean
cuales sean sus orígenes, sólo pueden tener soluciones que implican una
comprensión profunda de la ciencia y la tecnología: la sociedad moderna
necesita desesperadamente las mejores mentes disponibles para buscar
soluciones a estos problemas. No creo que la programación televisiva de los sábados
por la mañana, ni la mayor parte del menú de vídeo disponible en Norteamérica,
ayude a muchos jóvenes dotados a seguir una carrera de ciencia o ingeniería...
A lo largo
de los años han ido apareciendo gran cantidad de series de televisión crédulas,
acríticas y «especiales» sobre percepción extrasensorial, canalización, el
triángulo de las Bermudas, ovnis, antiguos astronautas, Big-Foot y cosas
similares. La importante serie «In Search of...» empieza con una renuncia a la
responsabilidad de presentar una visión equilibrada del tema. Se ve en ella una
sed de maravillas que no está templada ni siquiera por el escepticismo
científico más rudimentario. Prácticamente cualquier cosa que uno diga ante la
cámara es verdad. La idea de que pueda haber explicaciones alternativas que se
decidirían según el peso de las pruebas no aparece nunca. Lo mismo ocurre con
«Sightings» y «Unsolved Mysteries» —en los que, como sugiere el propio título,
se aceptan muy mal las soluciones prosaicas— y un número incontable de otros
clones.
«In Search
of...» toma con frecuencia un tema intrínsecamente interesante y distorsiona
sistemáticamente la prueba. Si hay una explicación científica racional y una
que requiere la explicación para-normal o psíquica más extravagante, podemos
estar seguros de cuál se destacará. Un ejemplo casi al azar: se presenta un
autor que dice que más allá de Plutón hay un gran planeta. La prueba que aporta
son sellos cilíndricos de la antigua Sumeria, cincelados mucho antes de la
invención del telescopio. Dice que los astrónomos profesionales cada vez
aceptan más sus puntos de vista. No se hace mención siquiera a que los
astrónomos —que estudian los movimientos de Neptuno, Plutón— y las cuatro naves
espaciales que hay más allá no han sido capaces de encontrar un solo rastro del
supuesto planeta.
Los
gráficos son indiscriminados. Cuando un narrador que no sale en pantalla habla
de dinosaurios, vemos un mamut lanudo. El narrador describe un aerodeslizador;
la pantalla muestra el despegue de un transbordador espacial. Oímos hablar de
lagos y llanuras inundadas, pero se nos muestran montañas. No importa. Las
imágenes son tan indiferentes a los hechos como la voz en off.
Una serie
llamada «The X Files» («Expedientes X»), que presta un flaco servicio al examen
escéptico de lo paranormal, se inclina claramente hacia la realidad de las
abducciones por extraterrestres, los poderes extraños y la complicidad
gubernamental para encubrir prácticamente todo lo que pueda ser interesante. Lo
paranormal casi nunca resulta ser un engaño o una aberración psicológica o
una mala interpretación del mundo natural. Sería mucho más acorde con la
realidad, además de un servicio público mucho mayor, una serie para adultos
(como hace «Scooby Doo» para niños) donde se investigasen sistemáticamente las
afirmaciones de fenómenos paranormales y se encontrara en cada caso una
explicación en términos prosaicos. La tensión dramática residiría en el descubrimiento
de cómo las malas interpretaciones y engaños podían generar fenómenos
paranormales aparentemente genuinos. Quizá podría aparecer un investigador
siempre decepcionado con la esperanza de que la vez siguiente un caso
paranormal sin ambigüedades pudiera sobrevivir al escrutinio escéptico.
Hay otros
defectos evidentes en la programación de la ficción científica de televisión.
«Star Trek», por ejemplo, a pesar de su encanto y su acusada perspectiva
internacional y entre distintas especies, ignora a menudo los hechos
científicos más elementales. La idea de que Mr. Spock pueda ser un cruce entre
un ser humano y una forma de vida de evolución independiente en el planeta
Vulcano es genéticamente mucho menos probable que cruzar con éxito un hombre y
una alcachofa. La idea, sin embargo, sirve de precedente en la cultura popular
a los híbridos extraterrestres/humanos que más tarde se convirtieron en un
componente central de la historia de la abducción por extraterrestres. Debe de
haber docenas de especies extraterrestres en las distintas series televisivas y
películas de «Star Trek». Casi todas son variantes menores de humanos. La
causa debe de ser una necesidad económica —el coste se reduce a un actor y una
máscara de látex— pero es un bofetón en la cara de la naturaleza estocástica
del proceso evolutivo. Si hay extraterrestres, creo que casi todos tendrán un
aspecto devastadoramente menos humano que los Klingon y Romulanos (y estarán
en niveles totalmente distintos de tecnología). «Star Trek» no se enfrenta a la
evolución.
En muchos
programas y películas de televisión, incluso la ciencia casual —las frases que
no son esenciales para un argumento ya desprovisto de ciencia— se hace con
incompetencia. Cuesta muy poco contratar a un licenciado que lea el guión para
conseguir una exactitud científica. Pero, por lo que yo sé, eso no se hace casi
nunca. Como resultado, tenemos pifias como mencionar «parsec» como una unidad
de velocidad y no de distancia en la película —ejemplar en muchos otros
aspectos— La guerra de las galaxias. Si esas cosas se hicieran con el
mínimo cuidado, incluso se podría mejorar el argumento; ciertamente, podrían
ayudar a transmitir un poco de ciencia a una gran audiencia.
En la
televisión hay gran cantidad de pseudociencia para los crédulos y una cantidad
razonable de medicina y tecnología, pero prácticamente nada de ciencia,
especialmente en los grandes canales comerciales, cuyos ejecutivos tienden a
pensar que programar ciencia significa un descenso en la audiencia y la pérdida
de beneficios, y no les importa nada más. Hay empleados de emisoras con el
título de «corresponsal científico», y un programa de noticias ocasional que se
dice dedicado a la ciencia. Pero casi nunca se habla de ciencia en ellos, sólo
de medicina y tecnología. Dudo que en los canales haya un solo empleado cuyo
trabajo sea leer el ejemplar semanal de Nature o Science para ver si se
ha descubierto algo digno de mención. Cuando se anuncian en otoño los Premios
Nobel de Ciencia, hay un «gancho» de noticia perfecto para la ciencia: una
posibilidad de explicar por qué se dieron los premios. Pero, casi siempre, lo
máximo que oímos es algo así como: «... ojalá se llegue pronto a descubrir un
remedio para el cáncer. Hoy en Belgrado...»
¿Cuánta
ciencia hay en los debates de radio o televisión, o en los temibles programas
matinales de los domingos en que personas de mediana edad se sientan alrededor
de una mesa para estar de acuerdo unos con otros? ¿Cuándo oyó usted por última
vez un comentario inteligente sobre ciencia por parte de un presidente de
Estados Unidos? ¿Por qué en todo el país no hay ni un solo espectáculo cuyo
protagonista sea alguien dedicado a descubrir cómo funciona el universo? Cuando
se celebra un juicio por asesinato y se le dedica tanta publicidad que todo el
mundo menciona casualmente las pruebas del ADN, ¿dónde están los programas
especiales en horas punta dedicados a los ácidos nucleicos y a la herencia? Ni
siquiera puedo recordar haber visto una descripción precisa y comprensible en
televisión de cómo funciona la televisión.
El medio
más eficaz, con ventaja, para provocar interés en la ciencia es la televisión.
Pero este medio enormemente poderoso no hace apenas nada para transmitir las
satisfacciones y los métodos de la ciencia, mientras que su ingenio de
«científico loco» sigue resoplando.
En
encuestas de principios de la década de los noventa, dos tercios de todos los
adultos de Estados Unidos no tenía ni idea de qué eran las «autopistas de la
información»; el cuarenta y dos por ciento no sabía dónde estaba Japón; y el
treinta y ocho por ciento ignoraba el término «holocausto». Pero en una
proporción de más del noventa por ciento habían oído hablar de los casos
criminales Menéndez, Bobbit y O. J. Simpson; el noventa y nueve por ciento
sabía que el cantante Michael Jackson era sospechoso de haber abusado de un
niño. Quizá Estados Unidos sea la nación mejor entretenida de la Tierra, pero
el precio que pagamos es muy alto.
Encuestas
en Canadá y Estados Unidos del mismo período muestran que los espectadores de
televisión desearían que hubiera más ciencia en la programación. En
Norteamérica hay un buen programa de ciencia en la serie «Nova» del Sistema de
Emisión Pública y, a veces, en los canales de Descubrimiento o Aprendizaje, o
la Compañía Emisora Canadiense. Los programas de «The Science Guy» de Bill Nye
para niños pequeños en el Sistema de Emisión Pública son rápidos de ritmo,
presentan gráficos, alcanzan a muchos reinos de la ciencia y, a veces, incluso
iluminan el proceso de descubrimiento. Pero todavía no se refleja en los
canales la profundidad del interés público en la ciencia con una presentación
absorbente y precisa... por no hablar del inmenso bien que resultaría de una
mejor comprensión pública de la ciencia.
---ooo---
¿Cómo
podríamos poner más ciencia en la televisión? Aquí hay varias posibilidades:
» Las maravillas y métodos de la ciencia presentados de manera habitual en
programas de noticias y debates.
• Una serie llamada
«Misterios Resueltos», en la que se presentarían soluciones racionales de
algunas especulaciones, incluyendo casos confusos en medicina forense y
epidemiología.
• «Volvió a sonar la
campana»; una serie en la que reviviríamos la caída de los medios de
comunicación y cómo el público se traga anzuelo, línea y plomada de una
mentira gubernamental bien coordinada. Los dos primeros episodios podrían ser
el incidente del golfo de Tonkín y la irradiación sistemática de civiles
norteamericanos y de personal militar indefenso e ignorante de ello con la
supuesta finalidad de la «defensa nacional» después de 1945.
• Una serie en capítulos
sobre malas interpretaciones y errores fundamentales de científicos famosos,
líderes nacionales y figuras religiosas.
• Exposiciones regulares de
pseudociencia perniciosa y participación de la audiencia en programas sobre
«cómo...»: cómo doblar cucharas, leer mentes, salir a predecir el futuro,
realizar cirugía psíquica, hacer lecturas en frío y tocar la fibra sensible de
los televidentes. Cómo se nos engaña: aprenda haciéndolo.
• Un servicio de gráficos
computerizados de última tecnología para preparar por adelantado imágenes
científicas de una amplia gama de noticias.
• Una serie de debates
televisados poco caros, cada uno quizá de una hora, en el que los productores
dedicarían un presupuesto a gráficas informáticas para cada bando, el
moderador exigiría rigurosos niveles de pruebas sobre una amplia serie de temas
expuestos. Se podrían tratar temas en los que la prueba científica fuera abrumadora,
como el de la forma de la Tierra; aspectos controvertidos en los que la
respuesta sea menos clara, como la supervivencia de la personalidad después de
la muerte, el aborto, los derechos de los animales o la ingeniería genética; o
cualquiera de las presuntas pseudociencias mencionadas en este libro.
Hay una necesidad apremiante
de un mayor conocimiento público de la ciencia. La televisión no puede
proporcionarlo todo sola. Pero, si queremos que haya mejoras a corto plazo en
la comprensión de la ciencia, la televisión es el sitio ideal para empezar.
CAPITULO 23
MAXWELL
Y LOS
«BICHOS RAROS»[39]
__________________
¿Por qué
tenemos que subvencionar la curiosidad intelectual?
ronald reagan,
discurso
de campaña, 1980
Nada puede
merecer más nuestro patrocinio que la promoción de la ciencia y la literatura.
El conocimiento es en todos los países la base más segura de la felicidad
pública.
george washington, discurso en el Congreso, 8 de enero de 1790
Abundan los estereotipos. Se
hacen estereotipos de grupos étnicos, de ciudadanos de otras naciones y
religiones, de géneros y preferencias sexuales, de personas nacidas en
distintos momentos del año (la astrología de los signos del Sol) y de las
profesiones. La interpretación más generosa lo achaca a una suerte de pereza
intelectual: en lugar de juzgar a la gente por sus méritos y defectos individuales,
nos concentramos en un par de detalles de información sobre ellos y a
continuación los colocamos en una serie de casillas previamente establecidas.
Con eso
nos ahorramos el esfuerzo de pensar, al precio en muchos casos de cometer una
profunda injusticia. También nos protege del contacto con la enorme variedad de
personas, la multiplicidad de las maneras de ser humanas. Aun en el caso de que
el estereotipo fuera válido como promedio, está destinado a fracasar en muchos
casos individuales. La diversidad humana se traduce en curvas en forma de
campana. Hay un valor medio de cada cualidad y un pequeño número de personas
que se alejan de él por ambos extremos.
Algunos estereotipos se
producen como resultado de no controlar las variables, de olvidar qué otros
factores podrían estar en juego. Por ejemplo, antes no había prácticamente
ninguna mujer en la ciencia. Muchos científicos varones eran terminantes: eso
demostraba que a las mujeres les faltaba capacidad para hacer ciencia. Por
temperamento no les iba, la encontraban demasiado difícil, requería un tipo de
inteligencia que las mujeres no tienen, eran demasiado emocionales para ser
objetivas, ¿ha habido algún gran físico |teórico que fuera mujer?... y así
sucesivamente. Desde entonces, las barreras se han ido desmoronando. Hoy las
mujeres pueblan la mayoría de
las disciplinas de la ciencia. En mi propio terreno de estudios astronómicos y
planetarios, las mujeres han irrumpido en escena recientemente y hacen un
descubrimiento tras otro, aportando así un soplo de aire fresco que se
necesitaba con desesperación.
¿De qué
datos carecían pues todos aquellos científicos famosos de las décadas de los
cincuenta y sesenta y anteriores para pronunciarse de manera tan autoritaria
sobre las deficiencias intelectuales de las mujeres? Sencillamente, la
sociedad impedía que las mujeres entrasen en la ciencia y luego se las
criticaba por ello confundiendo causa y efecto.
¿Quiere ser astrónoma,
jovencita? Lo siento. ¿Por qué no puede serlo? Porque no está a la altura.
¿Cómo sabemos que no está a la altura? Porque
las mujeres nunca han sido astrónomas.
El caso,
expuesto de manera tan burda, parece absurdo. Pero la gestación de un prejuicio
puede ser sutil. Se rechaza al grupo despreciado con argumentos espurios,
planteados a veces con tal seguridad y menosprecio que muchos de nosotros, e
incluso a veces las propias víctimas, no atinamos a reconocerlos como
artimañas.
Los
observadores eventuales de reuniones de escépticos, y los que han echado una
ojeada a la lista de miembros del CSICOP, habrán constatado una gran
preponderancia de hombres. Otros afirman que hay un número desproporcionado de
mujeres entre los que creen en la astrología (hay horóscopos en la mayoría de
las revistas de «mujeres», pero no en las de «hombres»), los cristales, la percepción
extrasensorial y similares. Los hay que sugieren que el escepticismo tiene
algo peculiarmente masculino. Exige trabajo duro, enfrentamientos, es
competitivo, difícil... mientras, dicen, las mujeres tienen más tendencia a
aceptar, a construir un consenso, y no les interesa desafiar la sabiduría
convencional. Pero, según mi experiencia, las mujeres científicas tienen el
sentido escéptico tan agudo como sus colegas varones; simplemente, forma parte
del hecho de ser científico. Esta crítica, si es que lo es, se presenta al
mundo con la confusión habitual: si no se alienta el escepticismo en las mujeres
y no se las prepara para ello, es bastante normal que muchas de ellas no sean
escépticas. Si se abren las puertas y se les permite la entrada, son tan
escépticas como cualquiera.
Una de las
profesiones estereotipadas es la ciencia. Los científicos son raros,
socialmente ineptos, trabajan en temas incomprensibles que ninguna persona
normal sería capaz de encontrar interesantes... aunque estuviera dispuesta a
invertir el tiempo necesario, cosa que, desde luego, no haría nadie en su sano
juicio. «Dedícate a vivir», les diría uno de buena gana.
Pedí un
retrato contemporáneo de los bichos raros de carne y hueso de la ciencia a una
experta en niños de once años que conozco. Debo señalar que ella se limita a
transmitir, sin aceptarlos necesariamente, los prejuicios convencionales.
Llevan el
cinturón justo por debajo de las axilas. Se ponen protectores de plástico en
los bolsillos de la camisa para exhibir una formidable colección de bolígrafos
y lápices. Llevan una calculadora programable en una funda especial del
cinturón. Todos llevan gafas gruesas con el puente de la nariz roto y pegado
con esparadrapo. Carecen de habilidades sociales e ignoran o son indiferentes
a esta carencia. Cuando ríen, les sale un ronquido. Farfullan entre ellos en un
lenguaje incomprensible. Se aferran a la oportunidad de trabajar más para
conseguir una nota más alta en todas las asignaturas, excepto en gimnasia.
Miran a la gente normal por encima del hombro, y éstos a su vez se ríen de
ellos. La mayoría tienen nombres como Norman. (En la conquista normanda, una
horda de locos de esos con cinturón alto, bolsillo con protección, provistos
de calculadora y con las gafas rotas participó en la invasión de Inglaterra.)
Hay más chicos así que chicas, pero los hay de los dos géneros. No ligan nada.
Si eres uno de ellos no puedes ser enrollado. Y viceversa.
Desde
luego, eso es un estereotipo. Hay científicos que van vestidos con elegancia,
que son de lo más enrollado, con los que muchas personas querrían salir, que no
llevan una calculadora oculta en los actos sociales. Hay algunos que, si nos
invitaran a su casa, nos sería imposible adivinar que son científicos.
Pero hay
otros que se adaptan al estereotipo, más o menos. Son bastante ineptos
socialmente. Puede haber, en proporción, muchos más inadaptados entre los
científicos que entre los diseñadores de moda o los policías de tráfico. Quizá
los científicos tiendan más a ello que los camareros, cirujanos o cocineros.
-¿Por qué tiene que ser así? A lo mejor, las personas sin talento para
congeniar con otras encuentran un refugio en ocupaciones impersonales,
especialmente las matemáticas y las ciencias físicas. A lo mejor el estudio
serio de temas difíciles requiere tanto tiempo y dedicación que impide aprender
más que las mínimas sutilezas sociales. Quizá sea una combinación de ambos
factores.
Igual que la imagen del
científico loco con la que está estrechamente relacionado, el estereotipo del
científico «bicho raro» es dominante en nuestra sociedad. ¿Qué tiene de malo
hacer unos cuantos chistes de buena fe a expensas de los científicos? Si, por
la razón que sea, a la gente no le gusta el estereotipo del científico, es
menos probable que apoye la ciencia. ¿Por qué subvencionarlos para que realicen
sus pequeños proyectos absurdos e incomprensibles? Bien, sabemos la respuesta
a eso: se subvenciona la ciencia porque proporciona beneficios espectaculares a
todos los niveles de la sociedad, como he argumentado en este libro. Así pues,
los que encuentran desagradables a los «bichos raros» científicos, pero al mismo
tiempo desean los productos de la ciencia, se enfrentan a una especie de
dilema. Una solución tentadora es dirigir las actividades de los científicos.
Que no se les dé dinero para que se vayan por las ramas; les diremos lo que
necesitamos: tal invento o tal proceso. No subvencionemos la curiosidad de los
científicos, sino algo que beneficie a la sociedad. Parece bastante sencillo.
El
problema es que ordenar a alguien que vaya y haga un invento específico,
aunque el coste no sea ningún problema, no garantiza que se consiga. Puede ser
que se carezca de una base de conocimiento sin la que es imposible que alguien
consiga la invención que se tiene en mente. Y la historia de la ciencia
demuestra que muchas veces no se pueden encontrar los principios básicos por
un camino dirigido. Pueden surgir de las meditaciones ociosas de un joven
solitario perdido en el bosque. Los demás lo ignoran o rechazan, como también
otros científicos, a veces hasta que aparece una nueva generación de ellos.
Pedir con urgencia grandes inventos prácticos desalentando al mismo tiempo la
investigación guiada por la curiosidad sería espectacularmente
contraproducente.
---ooo---
Supongamos
que, por la gracia de Dios, usted es Victoria, la reina del Reino Unido de Gran
Bretaña e Irlanda, defensora de la fe en la era más próspera y triunfante del
Imperio británico. Sus dominios se extienden por todo el planeta. El rojo
británico jalona abundantemente los mapas del mundo. Usted preside el
principal poder tecnológico del mundo. La máquina de vapor se perfecciona en
Gran Bretaña, principalmente por parte de ingenieros escoceses, que
proporcionan asesoría técnica en los ferrocarriles y barcos de vapor que unen
el imperio.
Supongamos
que en el año 1860 tiene una idea visionaria, tan atrevida que hasta el editor
de Julio Verne la habría rechazado.
Quiere una
máquina que lleve su voz y las imágenes de la gloria del imperio a todas las
casas del reino. Más todavía: quiere que los sonidos e imágenes no lleguen por
conductos o cables, sino por el aire... para que la gente que trabaje en el
campo pueda recibir este don de inspiración instantánea creado para promover la
lealtad y la ética del trabajo. La Palabra de Dios también se puede transmitir
con el mismo invento. Sin duda, se encontrarán otras aplicaciones socialmente
deseables.
Así, con
el apoyo del primer ministro, convoca al gabinete, al Estado Mayor y a los
principales científicos e ingenieros del reino. Les comunica que asignará un
millón de libras al proyecto, mucho dinero en 1860. Si necesitan más, pueden
pedirlo. No le importa cómo lo hagan; sólo que lo consigan. Ah, por cierto, se
llamará Proyecto Westminster.
Probablemente
surgirán algunos inventos útiles de una empresa así. Siempre ocurre cuando se
gastan grandes cantidades de dinero en tecnología. Pero casi seguro que el
Proyecto Westminster fracasará. ¿Por qué? Porque todavía no se ha creado la
ciencia que lo fundamenta. En 1860 existía el telégrafo. Era imaginable, con un
gasto enorme, instalar aparatos de telegrafía en todas las casas para que todos
pudieran enviar y recibir mensajes en código Morse. Pero eso no es lo que había
pedido la reina. Ella pensaba en la radio y la televisión, pero eran
inalcanzables.
En el
mundo real, los conocimientos de física necesarios para inventar la radio y la
televisión llegaron de una dirección que nadie podía haber predicho.
James
Clerk Maxwell nació en Edimburgo, Escocia, en 1831. A los dos años descubrió
que con un plato de aluminio podía hacer rebotar una imagen del sol en los
muebles y que bailara por las paredes. Cuando sus padres entraron corriendo en
la sala, él gritó: «¡Es el sol! ¡Lo he conseguido con el plato de aluminio!»
De pequeño le fascinaban los microbios, los gusanos, las rocas, las flores,
las lentes, las máquinas. «Era humillante —recordaba más tarde su tía Jane— la
cantidad de preguntas que hacía aquel niño y que no podías contestar.»
Naturalmente,
cuando llegó a la escuela, le llamaron «Dafty» (daft, en el inglés de
Gran Bretaña, significa algo así como un poco chalado). Era un joven
extremadamente guapo, pero iba vestido sin esmero, más cómodo que con estilo, y
su provincianismo escocés en el habla y la conducta era causa constante de
burla, especialmente cuando llegó a la universidad. Y tenía unos intereses
peculiares.
Maxwell
era un bicho raro.
Con sus
profesores le fue un poco mejor que con sus compañeros. He aquí un mordaz
pareado que escribió en aquella época:
Los años se suceden y avanzan hacia el tiempo
esperado En que el crimen de los mortificantes será juzgado.
Muchos años después, en
1872, en su conferencia inaugural como profesor de física experimental de la
Universidad de Cambridge, aludió al estereotipo de científico «bicho raro»:
No hace tanto tiempo que se consideraba
necesariamente al hombre que se dedicaba a la geometría, o a cualquier ciencia
que requiriese una dedicación continua, como un misántropo que ha tenido que
abandonar todos los intereses humanos para entregarse a abstracciones tan
alejadas del mundo de la vida y la acción que se ha vuelto insensible a las
atracciones del placer y a las exigencias de la obligación.
Sospecho que «no hace tanto tiempo» era la
manera de Maxwell de recordar las experiencias de su juventud. A continuación
decía:
En el día de hoy no se contempla a los
científicos con el mismo temor respetuoso o la misma sospecha. Se considera que
están de acuerdo con el espíritu material de la época y que forman una especie
de partido radical avanzado entre los hombres cultos.
Ya no vivimos en una época
de optimismo sin límites sobre los beneficios de la ciencia y la tecnología.
Entendemos que tiene su parte mala. Hoy las circunstancias son mucho más
cercanas a lo que Maxwell recordaba de su infancia.
Maxwell
hizo enormes contribuciones a la astronomía y la física, desde la demostración
concluyeme de que los anillos de Saturno están compuestos de pequeñas
partículas hasta las propiedades elásticas de los sólidos y disciplinas que
ahora se llaman teoría cinética de los gases y mecánica estadística. Fue el
primero en demostrar que una cantidad enorme de pequeñas moléculas que, moviéndose
por su cuenta, colisionan incesantemente unas con otras y rebotan
elásticamente, no lleva a la confusión sino a unas leyes estadísticas
precisas. Se puede predecir y entender las propiedades de un gas así. (La curva
en forma de campana que describe las velocidades de las moléculas en un gas se
llama ahora distribución Maxwell-Bolzmann.) Inventó un ser mágico, llamado
ahora el «genio de Maxwell», cuyas acciones generan una paradoja que para ser
resuelta necesitó la teoría de la información moderna y la mecánica cuántica.
La
naturaleza de la luz había sido un misterio desde la antigüedad. Se entablaron
cáusticos debates cultos sobre si era una partícula o una onda. Las
definiciones populares eran del estilo: «La luz es oscuridad... encendida.» La
mayor contribución de Maxwell fue su descubrimiento de que la electricidad y el
magnetismo, precisamente, se unen para convertirse en luz. La comprensión
ahora convencional del espectro electromagnético —que consiste en longitudes
de onda de rayos gama a rayos X, a luz ultravioleta, luz visible, luz
infrarroja, ondas de radio— se debe a Maxwell. Como la radio, la televisión y
el radar.
Pero
Maxwell no buscaba nada de eso. Lo que le interesaba era cómo la electricidad
crea magnetismo y viceversa. Quiero describir lo que hizo Maxwell, pero su
consecución histórica es matemática de alto nivel. En unas páginas, sólo puedo
ofrecer en el mejor de los casos una especie de pincelada. Ruego al lector que
no entienda del todo lo que le voy a decir que me perdone. Es imposible captar
el sentido de lo que hizo Maxwell sin saber un poco de matemáticas.
Mesmer, el
inventor del «mesmerismo», creía haber descubierto que un fluido magnético,
«casi igual que el fluido eléctrico», permeaba todas las cosas. También en esto
estaba equivocado. Ahora sabemos que no hay un fluido magnético especial y que
todo magnetismo —incluyendo el poder que reside en un imán de barra o
herradura— se debe a la electricidad en movimiento. El físico danés Hans
Christian Oersted había hecho un pequeño experimento en el que hacía fluir la
electricidad por un cable para inducir a la aguja de una brújula a oscilar y
temblar. El cable y la brújula no estaban en contacto físico. El gran físico
inglés Michael Faraday había realizado el experimento complementario: haciendo
aparecer una fuerza magnética generó una corriente eléctrica en un cable cercano.
La electricidad, al variar en el tiempo, se había extendido de algún modo y
había generado magnetismo, y el magnetismo al variar en el tiempo se había
extendido de algún modo generando electricidad. Eso se llamó «inducción» y era
profundamente misterioso, cercano a la magia.
Faraday
proponía que el imán tenía un «campo» de fuerza invisible que se extendía hacia
el espacio circundante, más fuerte cuanto más cerca del imán y más débil cuanto
más lejos. Se podía rastrear la forma del campo colocando pequeñas limaduras de
hierro en un trozo de papel y poniendo un imán debajo. También el pelo,
después de un buen cepillado un día de baja humedad, genera un campo eléctrico
invisible que se extiende hacia el exterior e incluso puede hacer mover
pequeños pedazos de papel.
La
electricidad en un cable, ahora lo sabemos, está causada por partículas
eléctricas submicroscópicas, llamadas electrones que responden a un campo
eléctrico en movimiento. Los cables están hechos de materiales como el cobre
que tienen muchos electrones libres (electrones no ligados en átomos, sino con
capacidad de movimiento). Sin embargo, a diferencia del cobre, la mayoría de
los materiales, por ejemplo la madera, no son buenos conductores; son aislantes
o «dieléctricos». En ellos, en comparación, hay pocos electrones disponibles
para moverse en respuesta al campo eléctrico o magnético aplicado. No se
produce ninguna corriente. Desde luego hay algún movimiento o «desplazamiento»
de electrones y, cuanto mayor sea el campo magnético, mayor es el desplazamiento.
Maxwell ideó una manera de
escribir lo que se sabía sobre la electricidad y el magnetismo en su época, un
método para resumir con precisión todos esos experimentos con cables,
corrientes e imanes. Aquí tenemos las cuatro ecuaciones de Maxwell para
describir la conducta de la electricidad y el magnetismo en un medio
material:
Se necesitan unos cuantos
años de física de nivel universitario para entender realmente estas
ecuaciones. Están escritas a partir de una rama de las matemáticas llamada
cálculo vectorial. Un vector, en la fórmula en letra negra, es cualquier
cantidad con una magnitud y una dirección. Sesenta kilómetros por hora no es
un vector, pero sesenta kilómetros por hora hacia el norte por la Autopista 1
sí lo es. E y B representan los campos eléctrico y magnético. El triángulo,
llamado nabla (por su parecido con cierta lira antigua de Oriente Medio),
expresa cómo varían los campos eléctrico y magnético en el espacio
tridimensional. El «producto punto» y el «producto cruz» después de los nablas
denotan dos tipos diferentes de variación espacial.
É y B representan la
variación temporal, el ritmo de cambio de los campos eléctrico y magnético, j
representa una corriente eléctrica. La minúscula griega p (rho) representa la
densidad de las cargas eléctricas, mientras que εo (pronunciado «épsilon cero») y µo (pronunciado «mu cero») no
son variables, sino propiedades de la sustancia en que se mide E y B, y
determinadas por experimento. En el vacío, εo y μo son constantes de la
naturaleza.
Considerando las muchas
cantidades diferentes que se reúnen en estas ecuaciones, es sorprendente lo
sencillas que son. Podían haber ocupado páginas, pero no es así.
La primera
de las cuatro ecuaciones de Maxwell expresa cómo un campo eléctrico, debido a
cargas eléctricas (por ejemplo, electrones), varía con la distancia (se
debilita cuanto más se aleja). Pero, cuanto mayor es la densidad de carga
(cuantos más electrones haya, por ejemplo, en un espacio determinado), más
fuerte es el campo.
La segunda
ecuación nos dice que no se puede hacer una afirmación comparable en
magnetismo, porque las «cargas» magnéticas (o «monopolos» magnéticos) de
Mesmer no existen: si se sierra un imán por la mitad, no habrá un polo «norte»
aislado y un polo «sur» aislado; cada pieza tiene ahora sus polos «norte» y
«sur».
La tercera
ecuación nos dice cómo un campo magnético cambiante induce un campo eléctrico.
La cuarta
describe lo contrario: cómo un campo eléctrico cambiante (o una corriente
eléctrica) induce un campo magnético.
Las cuatro
ecuaciones son esencialmente una destilación de generaciones de experimentos de
laboratorio, principalmente de científicos franceses y británicos. Lo que he
descrito aquí vaga y cualitativamente, las ecuaciones lo describen exacta y
cuantitativamente.
Maxwell se
hizo entonces una extraña pregunta: ¿cómo serían estas ecuaciones en el vacío,
en un lugar donde no hubiera cargas eléctricas ni corrientes eléctricas?
Podríamos esperar tal vez que en el vacío no hubiera campos eléctricos ni
magnéticos. En cambio, él sugirió que la forma correcta de las ecuaciones de
Maxwell para el comportamiento de la electricidad y el: magnetismo el vacío es
ésta
Fijó p igual a cero,
indicando que no hay cargas eléctricas. También fijó j igual a cero,
indicando que no hay corrientes eléctricas. Pero no descartó el último término
en la cuarta ecuación, µoεoÉ, la débil corriente de
desplazamiento en aislantes.
¿Por qué
no? Como se puede ver en las ecuaciones, la intuición de Maxwell mantuvo la
simetría entre los campos magnético y eléctrico. Incluso en un vacío, con
ausencia total de electricidad y hasta de materia, propuso que un campo
magnético cambiante provoca un campo eléctrico y viceversa. Las ecuaciones
iban a representar a la naturaleza, y Maxwell creía que la naturaleza era
bella y elegante. (También había otra razón, más técnica, para conservar la
corriente de desplazamiento en un vacío, que aquí pasamos por alto.) Esta
valoración estética por parte de un físico «bicho raro», totalmente desconocido
excepto para otros científicos académicos, ha contribuido más a formar nuestra
civilización que diez presidentes y primeros ministros juntos.
Brevemente,
las cuatro ecuaciones de Maxwell para el vacío dicen: 1) no hay cargas
eléctricas en el vacío; 2) no hay monopolos magnéticos en el vacío; 3) un campo
magnético cambiante genera un campo eléctrico, y 4) viceversa.
En cuanto
hubo escrito así las ecuaciones, Maxwell pudo demostrar fácilmente que E y B
se propagaban por el espacio vacío como si fueran ondas. Lo que es más,
podía calcular la velocidad de la onda. Era sólo 1 dividido por la raíz
cuadrada de εo y µo. Pero εo y µo habían sido medidos en el
laboratorio. Cuando se colocaban los números, se encontraba que los campos
eléctricos y magnéticos en el vacío debían propagarse, asombrosamente, a la
misma velocidad que se había medido antes para la luz. El acuerdo era demasiado
exacto para ser accidental. De pronto, de manera desconcertante, la
electricidad y el magnetismo estaban profundamente implicados en la naturaleza
de la luz.
Dado que
la luz ahora parecía comportarse como ondas y derivar de campos eléctricos y
magnéticos, Maxwell la llamó electromagnética. Esos oscuros experimentos con
baterías y cables tenían algo que ver con el brillo del sol, con la forma en
que vemos, con la naturaleza de la luz. Albert Einstein, meditando años después
sobre el descubrimiento de Maxwell, escribió: «A pocos hombres en el mundo les
ha sido concedida una experiencia así.»
El propio
Maxwell se quedó perplejo ante los resultados. El vacío parecía actuar como un
dieléctrico. Dijo que puede ser «polarizado eléctricamente». Maxwell, que
vivía en una sociedad mecanicista, se sintió obligado a ofrecer algún tipo de
modelo mecánico para la propagación de una onda electromagnética a través de un
vacío perfecto. Así, se imaginó el espacio lleno de una sustancia misteriosa
que llamó éter, que sostenía y contenía los campos eléctricos y magnéticos
variables en el tiempo... algo así como una gelatina palpitante pero invisible
que impregnara el universo. Las vibraciones del éter eran la razón por la que
la luz viajaba a través de él, igual que las ondas de agua se propagan por el
agua y las ondas de sonido por el aire.
Pero este
éter tenía que ser un material muy raro, muy sutil, fantasmagórico, casi
incorpóreo. El Sol y la Luna, los planetas y las estrellas tenían que pasar a
través de él sin disminuir su velocidad, sin notarlo. Y, sin embargo, tenía
que tener la suficiente rigidez para sostener todas estas ondas propagándose a
una velocidad prodigiosa.
Se sigue
usando la palabra «éter» sin relación con esto, principalmente en el adjetivo
etéreo, residente en el éter. Tiene algunas connotaciones parecidas al más
moderno «espacioso» o «flotante». Cuando, en los primeros tiempos de la radio,
decían: «en el aire», lo que tenían en mente era el éter. (La frase rusa es
casi literalmente «en el éter», vefir.) Pero, desde luego, la radio
viaja fácilmente a través del vacío, uno de los principales descubrimientos de
Maxwell. No necesita aire para propagarse. La presencia de aire, si acaso, es
un impedimento.
Toda la
idea de luz y materia moviéndose por el éter iba a llevar cuarenta años después
a la teoría especial de la relatividad de Einstein, E=mc2, y mucho
más. La relatividad y los experimentos que llevaron a ella demostraron de
manera concluyente que no hay un éter que sostenga la propagación de ondas
electromagnéticas, como escribe Einstein en el extracto del famoso trabajo que
he reproducido en el capítulo 2. La onda avanza por sí sola. El campo
eléctrico cambiante genera un campo magnético; el campo magnético cambiante
genera un campo eléctrico. Se sostienen ambos... con sus tirantes.
Muchos
físicos quedaron profundamente turbados por la desaparición del éter
«luminífero». Habían necesitado algún modelo mecánico para que toda la idea de
la propagación de luz en el vacío fuera razonable, plausible, comprensible.
Pero era una muleta, un síntoma de nuestras dificultades para reconocer reinos en
los que el sentido común no sirve. El físico Richard Feynman lo describió de
este modo:
Hoy entendemos mejor que lo que cuenta son las
ecuaciones en sí y no el modelo usado para conseguirlas. Sólo podemos cuestionar
si las ecuaciones son verdaderas o falsas. Se contesta a eso haciendo
experimentos, y un número incontable de experimentos han confirmado las
ecuaciones de Maxwell. Si retiramos el andamio que utilizó para construirlo,
nos encontramos con que el bello edificio de Maxwell se mantiene por sí solo.
¿Pero qué son esos
campos eléctricos y magnéticos variables en el tiempo que impregnan todo el
espacio? ¿Qué significan É y´B? Nos sentimos mucho más
cómodos con la idea de cosas que se tocan y se mueven, se estiran o se empujan,
que con «campos» que mueven mágicamente objetos a distancia o meras
abstracciones matemáticas. Pero, como señaló Feynman, nuestra sensación de que
al menos en la vida cotidiana podemos confiar en el contacto físico sólido y
sensible —para explicar, por ejemplo, por qué el cuchillo de la mantequilla se
acerca a uno cuando lo coge— es un concepto erróneo. ¿Qué quiere decir tener
contacto físico? ¿Qué ocurre exactamente cuando uno toma un cuchillo, o empuja
un columpio, o hace una onda en el agua golpeando periódicamente sobre ella? Cuando
investigamos en profundidad, encontramos que no hay contacto físico. En cambio,
las cargas eléctricas de la mano están influyendo en las cargas eléctricas del
cuchillo, columpio o agua, y viceversa. A pesar de la experiencia y el sentido
común cotidiano, incluso aquí, sólo existe la interacción de campos eléctricos.
Nada toca nada.
Ningún
físico se mostró impaciente con las nociones del sentido común y ansioso por
reemplazarlas por alguna abstracción matemática que pudiera ser entendida sólo
por extraños físicos teóricos. Empezaron, como hacemos todos, con ideas
cómodas y estándar de sentido común. El problema es que la naturaleza no obedece.
Si dejamos de insistir en nuestras ideas de cómo debería comportarse la
naturaleza, y nos ponemos ante ella con una mente abierta y receptiva,
encontramos que a menudo el sentido común no funciona. ¿Por qué no? Porque
nuestras ideas, tanto hereditarias como aprendidas, de cómo funciona la
naturaleza fueron forjadas en los millones de años que nuestros antepasados
eran cazadores y recolectores. En este caso, el sentido común es una guía
inexacta porque la vida de los cazadores-recolectores no dependía de entender
los campos eléctricos y magnéticos de tiempo variable. No había castigos
evolutivos por ignorar las ecuaciones de Maxwell. En nuestra época es
diferente.
Las
ecuaciones de Maxwell muestran que un campo eléctrico rápidamente variable
(que haga más grande É) debería generar ondas electromagnéticas. En
1888, el físico alemán Heinrich Hertz realizó el experimento y encontró que
había generado una nueva especie de radiación, ondas de radio. Siete años
después, científicos británicos en Cambridge transmitieron señales de radio a
una distancia de un kilómetro. En 1901, Guglielmo Marconi, de Italia, utilizaba
ondas de radio para comunicarse con el otro lado del océano Atlántico.
La
conexión económica, cultural y política del mundo moderno mediante torres
emisoras, enlaces de microondas y satélites de comunicación se remonta a la
idea de Maxwell de incluir la corriente de desplazamiento en sus ecuaciones de
vacío. Eso hace la televisión, que nos instruye y entretiene de manera
imperfecta; el radar, que quizá pueda haber sido el elemento decisivo en la
batalla de Gran Bretaña y en la derrota nazi en la segunda guerra mundial (me
gusta pensar que fue gracias a «Dafty», el bicho raro que se adelantó al futuro
y salvó a sus descendientes de sus atormentadores); el control y navegación de
aviones, barcos y naves espaciales; la radioastronomía y la búsqueda de
inteligencia extraterrestre y aspectos significativos de la energía eléctrica
y las industrias de microelectrónica.
Lo que es
más, la idea de campos de Faraday y Maxwell ha
tenido gran influencia en la
comprensión del núcleo atómico, la mecánica cuántica y la estructura fina de
la materia. Su unificación de electricidad, magnetismo y luz en un todo
matemático coherente es la fuente de inspiración de posteriores intentos
—algunos con éxito, otros todavía en estado rudimentario— de unificar todos
los aspectos del mundo físico, incluyendo la gravedad y las fuerzas nucleares,
en una gran teoría. Puede decirse razonablemente que Maxwell abrió la puerta de
la física moderna.
Richard
Feynman describe nuestra visión actual del mundo silencioso de los vectores
eléctricos y magnéticos variables con estas palabras:
Intentemos imaginar cómo son
los campos eléctrico y magnético ahora en el espacio de esta sala de
conferencias. En primer lugar hay un campo magnético constante; procede de las
corrientes del interior de la tierra, es decir, el campo magnético constante de
la tierra. Luego hay algunos campos eléctricos irregulares, casi estáticos,
producidos quizá por cargas eléctricas generadas por fricción cuando varias
personas se mueven en sus sillas y frotan las mangas de su chaqueta con los
brazos de la silla. Luego hay otros campos magnéticos producidos por corrientes
oscilatorias en el cableado eléctrico... campos que varían a una frecuencia de
sesenta ciclos por segundo, en sincronización con el generador de Boulder Dam.
Pero son más interesantes los campos eléctrico y magnético variables con
frecuencias mucho más altas. Por ejemplo, cuando la luz viaja desde la ventana
hasta el suelo y las paredes, hay pequeñas sacudidas de los campos eléctrico y
magnético que se mueven a trescientos mil kilómetros por segundo. Luego están
también las ondas infrarrojas que viajan de las fuentes calientes a la fría
pizarra. Y hemos olvidado la luz ultravioleta, los rayos X y las ondas de radio
que viajan a través de la habitación.
A través
de la sala vuelan ondas electromagnéticas que transportan música de una banda
de jazz. Hay ondas moduladas por una serie de impulsos que representan imágenes
de acontecimientos que ocurren en otras partes del mundo o de aspirinas imaginarias
que se disuelven en estómagos imaginarios. Para demostrar la realidad de esas
ondas, sólo es necesario encender un equipo electrónico que convierta esas
ondas en imágenes y sonidos.
Si nos
adentramos en más detalle para analizar incluso el menor movimiento, hay
pequeñas ondas electromagnéticas que han entrado a la sala desde distancias
enormes. Ahora hay pequeñas oscilaciones del campo eléctrico, cuyas crestas
están separadas por una distancia de medio metro, que han venido de millones
de kilómetros de distancia, transmitidas a la Tierra desde la nave espacial Mariner
[2] que acaba de pasar por Venus. Sus señales llevan resúmenes de información
que ha recogido sobre los planetas (obtenida a partir de ondas
electromagnéticas que viajan del planeta a la nave espacial).
Hay
movimientos muy pequeños de los campos eléctrico y magnético que son ondas que
se originaron a miles de millones de años luz... desde las galaxias en los
rincones más remotos del universo. Que esto es cierto se ha descubierto
«llenando la sala de cables»... construyendo antenas tan grandes como esta
sala. Esas ondas de radio han sido detectadas llegando desde lugares del
espacio que están fuera del alcance de los mayores telescopios ópticos.
Incluso los telescopios ópticos son simples recolectores de ondas
electromagnéticas. Lo que llamamos las estrellas son sólo deducciones,
deducciones derivadas de la única realidad física que hemos recibido de ellas
hasta ahora, a partir de un meticuloso estudio de las ondulaciones
interminablemente complejas de los campos eléctrico y magnético que nos llegan
a la Tierra.
Desde
luego, hay más: los campos producidos por rayos a kilómetros de distancia, los
campos de las partículas cargadas dé rayos cósmicos cuando atraviesan la sala,
y más, y más. ¡Qué complicado es eso del campo eléctrico en el espacio que nos
rodea!
Si la reina Victoria hubiera
convocado una reunión urgente de sus asesores y les hubiera ordenado que
inventaran el equivalente de la radio y la televisión, es poco probable que
alguno de ellos hubiera imaginado que el camino pasaba por los experimentos de
Ampère, Biot, Oersted y Faraday, cuatro ecuaciones de cálculo vectorial y la
idea de conservar la corriente de desplazamiento en el vacío. Creo que no
hubieran llegado a ninguna parte. Mientras tanto, por su cuenta, guiado sólo
por la curiosidad, sin prácticamente ningún coste para el gobierno,
inconsciente de que estaba preparando el terreno para el Proyecto Westminster,
«Dafty» iba llenando páginas. Es dudoso que se hubiera pensado en el modesto e
insociable señor Maxwell para efectuar un estudio de este tipo. De ser así, probablemente
el gobierno le habría dicho en qué tenía que pensar y en qué no, impidiendo más
que induciendo su gran descubrimiento.
Más tarde,
Maxwell fue recibido por la reina Victoria. La audiencia le causó muchos
trastornos con anterioridad —sobre todo la desconfianza en su capacidad de
comunicar ciencia a alguien no experto— pero la reina se distrajo en seguida y
la entrevista fue corta. Como los otros cuatro grandes científicos británicos
de la historia reciente, Michael Faraday, Charles Darwin, P. A. M. Dirac y
Francis Crick, Maxwell nunca recibió el título de caballero (aunque sí lo
recibieron Lyell, Kelvin, J. J. Thomson, Rutherford, Eddington y Hoyle, en el
escalafón siguiente). En el caso de Maxwell, ni siquiera existía la excusa de
que pudiera tener opiniones poco acordes con la Iglesia de Inglaterra: era un
cristiano absolutamente convencional para su época, más devoto que la mayoría.
Quizá fuera su aire de bicho raro.
Los medios
de comunicación —los instrumentos de educación y entretenimiento que hizo
posibles James Clerk Maxwell— no han ofrecido nunca, que yo sepa, ni siquiera
una miniserie sobre la vida y pensamiento de su benefactor y fundador. En
contraste, pensemos en lo difícil que es crecer en Estados Unidos sin que la televisión
le hable a uno, por ejemplo, de la vida y época de Davy Crockett, Billy the Kid
o Al Capone.
Maxwell se
casó joven, pero por lo visto su matrimonio careció tanto de pasión como de
hijos. Reservaba toda su emoción para la ciencia. Este fundador de la edad
moderna murió en 1879 a los cuarenta y siete años. Aunque la cultura popular
casi le haya olvidado, los astrónomos de radar que hacen mapas de otros mundos
le recuerdan: la mayor cadena montañosa de Venus, descubierta enviando ondas
de radio desde la Tierra que rebotaban en Venus y detectaban sus ecos
apagados, lleva su nombre.
---ooo---
Menos de
un siglo después de la predicción de las ondas de radio de Maxwell, se inició
la primera búsqueda de señales de posibles civilizaciones en los planetas de
otras estrellas. Desde entonces ha habido una serie de búsquedas, a algunas de
las cuales me he referido antes, de los campos eléctrico y magnético variables
en el tiempo que cruzan las amplias distancias interestelares desde otras
posibles inteligencias —muy diferentes biológicamente de nosotros— que también
se habrían beneficiado en algún momento de su historia de las percepciones de
equivalentes locales de James Clerk Maxwell.
En octubre
de 1992 —en el desierto de Mojave, y en un valle cárstico de Puerto Rico—
iniciamos la búsqueda más prometedora, poderosa y extensa de inteligencia
extraterrestre (SETI) que se pueda imaginar. Por primera vez, la NASA
organizaba y ponía en práctica el programa. Se examinaría todo el cielo
durante un período de diez años con un alcance de sensibilidad y frecuencia sin
precedentes. Si, desde un planeta de cualquiera de los cuatrocientos mil millones
de otras estrellas que forman la galaxia de la Vía Láctea, alguien nos hubiera
mandado un mensaje por radio, habríamos tenido una posibilidad bastante
razonable de oírlo.
Justo un
año después, el Congreso cortó el suministro. El SETI no era de importancia
apremiante; su interés era limitado; era demasiado caro. Pero toda civilización
en la historia humana ha dedicado algunos recursos a investigar cuestiones
profundas sobre el universo y es difícil pensar en otra más profunda que saber
si estamos solos. Aunque no pudiéramos descifrar los contenidos del mensaje,
la recepción de una señal así transformaría nuestra visión del universo y de
nosotros mismos. Y, si pudiéramos entender el mensaje de una civilización
técnicamente avanzada, los beneficios prácticos podrían ser sin precedentes.
Lejos de tener una base estrecha, el programa SETI, vigorosamente apoyado por
la comunidad científica, está también arraigado en la cultura popular. La fascinación
de esta empresa es amplia y duradera, y por muy buena razón. Y, lejos de ser
demasiado caro, el programa habría costado algo así como un helicóptero de
combate al año.
Me
pregunto por qué los miembros del Congreso a quienes preocupan tanto los costes
no dedican mayor atención al Departamento de Defensa —que, con la Unión
Soviética desintegrada y la guerra fría terminada, todavía gasta,
con el total de costes registrados, bastante más de trescientos mil millones
de dólares al año—. (Y en todas las demás instancias de gobierno hay muchos
programas que se dedican al bienestar de los potentados.) Quizá nuestros
descendientes, cuando miren atrás hacia nuestra época, se quedarán
maravillados de que, estando en posesión de la tecnología para detectar a otros
seres, cerrásemos los oídos e insistiésemos en gastar nuestra riqueza nacional
para protegernos de un enemigo que ya no existe.[40]
David
Goodstein, un físico de Cal Tech, apunta que el crecimiento de la ciencia
durante siglos ha sido tan exponencial que no puede seguir creciendo así...
porque todo el mundo en el planeta tendría que ser científico y entonces
el crecimiento debería detenerse. Especula que es por esta razón, y no por un
desafecto fundamental por la ciencia, que se ha reducido sensiblemente el
crecimiento en la financiación de la ciencia en las últimas décadas.
Sin
embargo me preocupa cómo se distribuyen los fondos de investigación. Me
preocupa que cancelar los fondos del gobierno para SETI forme parte de una
tendencia. El gobierno ha presionado a la Fundación Nacional de la Ciencia para
que se alejara de la investigación científica básica y apoyara la tecnología,
la ingeniería y las aplicaciones. El Congreso está sugiriendo acabar con el
Estudio Geológico de Estados Unidos y reducir su apoyo al estudio del frágil
medio ambiente de la Tierra. El apoyo de la NASA para investigación y análisis
de datos ya obtenidos se va limitando cada vez más. A muchos científicos
jóvenes no sólo les es imposible conseguir becas para llevar a cabo su
investigación sino que además no encuentran trabajo.
La
financiación de la investigación y el desarrollo industrial por parte de las
compañías americanas se ha reducido en años recientes. La financiación de
investigación y desarrollo del gobierno se ha reducido en el mismo período.
(Sólo aumentó la investigación y el desarrollo militar en la década de los
ochenta.) En gastos anuales, Japón es ahora el principal inversor en
investigación y desarrollo civil. En campos como informática, equipo de
telecomunicaciones, sector aeroespacial, robótica y equipo científico de
precisión la participación de Estados Unidos en las exportaciones globales ha
descendido, mientras ha aumentado la de los japoneses. En este mismo período.
Estados Unidos perdió la supremacía ante Japón en la mayoría de tecnologías de
semiconductores y experimentó un grave declive en la participación de mercado
de la televisión en color, vídeos, fonógrafos, aparatos de teléfono y máquinas
herramientas.
En la
investigación básica, los científicos son libres de colmar su curiosidad e
interrogar a la naturaleza no con un fin práctico a corto plazo, sino en busca
del conocimiento por sí mismo. Desde luego, los científicos tienen un interés
personal en la investigación básica. Es lo que les gusta, en muchos casos la razón
por la que se hacen científicos. Pero esta investigación es en interés de la
sociedad. Así suelen hacerse los principales descubrimientos que benefician a
la humanidad. Vale la pena preguntarse si unos cuantos proyectos científicos
grandes y ambiciosos son mejor inversión que un número mayor de programas
pequeños.
Raramente
somos lo bastante listos para hacer a propósito los descubrimientos que
dirigirán nuestra economía y salvaguardarán nuestras vidas. A menudo nos falta
la investigación básica. En cambio, nos dedicamos a una amplia serie de
investigaciones de la naturaleza y surgen aplicaciones en las que nunca
soñamos. No siempre, desde luego. Pero con bastante frecuencia.
Dar dinero
a alguien como Maxwell podría haber parecido la más absurda promoción de la
ciencia «guiada por la mera curiosidad» y una imprudencia para los
legisladores prácticos. ¿Por qué conceder dinero ahora para que científicos que
hablan una jerga incomprensible se dediquen a sus hobbies, cuando todavía no
se han abordado necesidades nacionales apremiantes? Desde este punto de vista,
es fácil entender la opinión de que la ciencia no es más que otro grupo de
presión ansioso por preservar la entrada de dinero a fin de que los científicos
no tengan que trabajar todo el día o estar en nómina.
Maxwell no
pensaba en la radio, el radar y la televisión cuando garabateó por primera vez
las ecuaciones fundamentales del electromagnetismo; Newton no soñaba con
el vuelo espacial o los satélites de comunicación cuando entendió por primera
vez el movimiento de la Luna; Roentgen no pensaba en el diagnóstico médico
cuando investigó una radiación penetrante tan misteriosa que la llamó «rayos
X»; Curie no pensaba en la terapia para el cáncer cuando extrajo laboriosamente
cantidades mínimas de radio de toneladas de pechblenda; Fleming no planeaba
salvar la vida de millones de personas con los antibióticos cuando observó un
círculo libre de bacterias alrededor de un brote de moho; Watson y Crick no
imaginaban la curación de enfermedades genéticas cuando se devanaban los sesos
sobre la difractometría de rayos X del ADN; Rowland y Molina no planeaban
implicar los CFC en la reducción del ozono cuando empezaron a estudiar el papel
de los halógenos en la fotoquímica estratosférica.
De vez en
cuando, miembros del Congreso y otros líderes políticos no se han podido
resistir a bromear sobre alguna proposición científica aparentemente oscura
para la que se pide financiación al gobierno. Hasta un senador tan brillante
como William Proxmire, licenciado en Harvard, tenía tendencia a conceder el premio
del «vellocino de oro» a proyectos científicos ostensiblemente inútiles,
incluyendo el SETI. Me imagino el mismo espíritu en gobiernos previos: un tal
señor Fleming desea estudiar los gusanos en el queso oloroso; una mujer polaca
desea tamizar toneladas de mineral del centro de África para encontrar
cantidades mínimas de una sustancia que, según dice, resplandecerá en la
oscuridad; un tal señor Kepler quiere escuchar las canciones que cantan los
planetas.
Esos
descubrimientos y muchos más, que caracterizan y honran a nuestra época y a
algunos de los cuales debemos la vida, fueron hechos por científicos que
tuvieron la oportunidad de explorar lo que en su opinión, bajo el escrutinio
de sus colegas, eran cuestiones básicas de la naturaleza. Las aplicaciones
industriales, en las que el Japón de las últimas dos décadas ha destacado, son
excelentes. Pero ¿aplicaciones de qué? La investigación fundamental, la investigación
del corazón de la naturaleza, es el medio a través del que adquirimos el nuevo
conocimiento que se aplica.
Los
científicos tienen la obligación, especialmente cuando piden dinero, de
explicar lo que pretenden con la mayor claridad y honestidad. El
Supercolisionador Superconductor (SSC) habría sido el instrumento preeminente
en el planeta para explorar la estructura fina de la materia y la naturaleza
del universo. Su precio era de diez mil a quince mil millones de dólares. Fue
cancelado por el Congreso en 1993 después de haber gastado unos dos mil
millones... el peor resultado posible. Pero yo creo que la base principal de este
debate no era el declive del interés en el apoyo a la ciencia. Pocos
miembros del Congreso entendieron para qué servían los aceleradores modernos
de alta energía. No sirven como armas. No tienen aplicaciones prácticas. Son
para algo que, preocupantemente desde el punto de vista de muchos, se llama «la
teoría de todas las cosas». Las explicaciones que implican entidades llamadas
quarks, encanto, olor, color, etc., dan la impresión de que los físicos son
muy simpáticos y tiernos. Todo en general tiene un aura, al menos desde el
punto de vista de algunos miembros del Congreso con los que he hablado, de
«bichos raros enloquecidos»... lo que me parece una manera muy poco caritativa
de describir la ciencia basada en la curiosidad. Ninguno de los que pagaban
tenía la más remota idea de qué es un bosón de Higgs. He leído parte del
material que pretendía justificar el SSC. Al final de todo, había una parte que
no era tan mala, pero no había nada que explicara de qué iba el proyecto a un
nivel accesible para personas brillantes pero escépticas que no fueran
físicos. Si los físicos piden diez mil o quince mil millones de dólares para
construir una máquina que no tiene valor práctico, al menos deberían hacer un
esfuerzo extremadamente serio, con gráficas asombrosas, metáforas y un buen uso
del idioma, para justificar su propuesta. Creo que la clave del fracaso del
SSC es algo más que la mala gestión financiera, la limitación de presupuesto y
la incompetencia política.
Hay un
punto de vista creciente de libre mercado del conocimiento humano según el que
la investigación básica debería competir sin apoyo del gobierno con todas las
demás instituciones y demandantes de la sociedad. De no haber podido confiar
en el apoyo del gobierno, si hubieran tenido que competir en la economía de
mercado libre de su época, es muy poco probable que alguno de los científicos
de mi lista hubiera podido hacer su investigación básica fundamental. Y el
coste de la investigación básica, tanto teórica como especialmente
experimental, es sustancialmente mayor de lo que era en la época de Maxwell.
Pero,
dejando esto a un lado, ¿sería adecuado que las fuerzas del mercado libre
apoyaran la investigación básica? Actualmente sólo se financia un diez por
ciento de las propuestas dignas de investigación en medicina. Se gasta más
dinero en curanderos que en toda la investigación médica. ¿Qué pasaría si el
gobierno optara por abandonar la investigación médica?
Un aspecto necesario de la investigación
básica es que sus aplicaciones radiquen en el futuro: a veces décadas o incluso
siglos después. Lo que es más, nadie sabe qué aspectos de la investigación
básica tendrán valor práctico y cuáles no. Si los científicos no pueden hacer
esas predicciones, ¿van a hacerlas los políticos o los industriales? Si las
fuerzas del mercado libre están centradas sólo en el beneficio a corto plazo
—como lo están ciertamente en Estados Unidos con un declive abrupto en
investigación corporativa—, ¿no equivale esta solución a abandonar la
investigación básica?
Cortar de
cuajo la ciencia fundamental que tiene como guía la curiosidad es como comerse
la semilla del maíz. Quizá nos quede un poco para comer el próximo invierno,
pero ¿qué plantaremos para alimentarnos nosotros y nuestros hijos los inviernos
siguientes?
Desde
luego hay muchos problemas acuciantes para nuestra nación y para nuestra
especie. Pero reducir la investigación científica básica no es la manera de
resolverlos. Los científicos no constituyen un bloque de votantes. No tienen
un grupo de presión efectivo. Sin embargo, gran parte de su trabajo es en
interés de todos. Alejarse de la investigación fundamental constituye una
falta de fuerza, de imaginación y de esa visión de futuro que todavía no
parecemos dominar. A uno de esos extraterrestres hipotéticos podría parecerle
asombroso que estuviéramos planeando no tener un futuro.
Desde
luego, necesitamos alfabetización, educación, trabajo, atención médica
adecuada y defensa, protección del medio ambiente, seguridad en la vejez, un
presupuesto equilibrado y un montón de cosas más. Pero somos una sociedad
rica. ¿No podemos alimentar a los Maxwell de nuestra época? Para poner un
ejemplo simbólico, ¿es verdad que no nos podemos permitir comprar maíz para
sembrar, por el valor de un helicóptero de combate, para escuchar a las
estrellas?
CAPITULO 24
Ubi dubium ibi libertas:
Donde hay duda, hay
libertad.
Probervio latino
El título
de la Feria Mundial de Nueva York de 1939 —que tanto me impresionó cuando la
visité de niño procedente del oscuro Brooklyn— era «El mundo del mañana». El
mero hecho de adoptar un tema como éste constituía una promesa de que habría
un mundo del mañana, y una simple mirada fortuita afirmaba que sería mejor
que el mundo de 1939. Aunque a mí el matiz me pasó totalmente inadvertido,
mucha gente anhelaba una promesa tranquilizadora en vísperas de la guerra más
brutal y calamitosa de la historia humana. Al menos supe que crecería en el
futuro. El «mañana» limpio y lustroso que se retrataba en la Feria era
atractivo y esperanzador. Y estaba claro que algo llamado ciencia era el medio
para realizar este futuro.
Pero si
las cosas hubieran evolucionado de manera un poco diferente, la Feria me habría
podido dar muchísimo más ¿Se había producido una lucha feroz entre bastidores.
La visión que prevaleció fue la del presidente de la Feria y portavoz
principal, Grover Whalen, antiguo ejecutivo de empresa, jefe de la policía de
la ciudad de Nueva York en una época de brutalidad policial sin precedentes e
innovador de las relaciones públicas. Era él quien había pensado que los
edificios de la exposición fueran principalmente comerciales, industriales,
orientados a los productos de consumo, y quien había convencido a Stalin y
Mussolini de que construyeran espléndidos pabellones nacionales. (Más tarde se
quejó de haberse visto obligado a saludar con frecuencia al modo fascista.) El
nivel de las exposiciones, como las describió un diseñador, correspondía a la
mentalidad de un niño de doce años.
Sin
embargo, según cuenta el historiador Peter Kuznick de la Universidad Americana,
un grupo de científicos prominentes —entre los que se encontraban Harold Urey y
Albert Einstein— defendía la presentación de la ciencia por sí sola, no como
el camino hacia los objetos de consumo a la venta, con el fin de destacar el
método de pensamiento y no sólo los productos de la ciencia. Estaban
convencidos que la comprensión popular de la ciencia era el antídoto de la
superstición y el fanatismo; que, como dijo el divulgador científico Watson
Davis, «el camino científico es el camino de la democracia». Un científico
incluso llegó a sugerir que, si se ampliaba la apreciación del público por los
métodos de la ciencia, se podría conseguir «una conquista final de la
estupidez»... un objetivo meritorio pero probablemente irrealizable.
Tal como
sucedieron los hechos, las exposiciones de la Feria apenas exhibían ciencia
real, a pesar de las protestas de los científicos y sus llamamientos a altos
principios. Y, sin embargo, parte de lo poco que había me llamó profundamente
la atención y contribuyó a transformar mi infancia. Pero el enfoque central
seguía siendo el de empresa y de consumo, y no había esencialmente nada sobre
la ciencia como manera de pensar, menos todavía como baluarte de una sociedad
libre.
---ooo---
Exactamente
medio siglo después, en los años finales de la Unión Soviética, Ann Druyan y yo
nos encontrábamos cenando en Peredeikino, un pueblo de las afueras de Moscú
donde algunos miembros del Partido Comunista, generales retirados y unos cuantos
intelectuales privilegiados tenían su casa de verano. El aire estaba
electrizado con la perspectiva de nuevas libertades, especialmente el derecho
a expresar una opinión aunque no fuera del agrado del gobierno. Florecía la
legendaria revolución de nacientes expectativas.
Pero, a
pesar de la glasnost, las dudas estaban muy extendidas. ¿Permitirían
realmente los que detentaban el poder que se oyera la voz de sus críticos? ¿Se
permitiría realmente la libertad de expresión, de reunión, de prensa, de
religión? ¿Sería capaz un pueblo sin experiencia de libertad de soportar la
carga que ésta representa?
Algunos
ciudadanos soviéticos presentes en la cena habían luchado —durante décadas y
contra fuerzas superiores— por las libertades que la mayoría de los americanos
dan por supuestas; ciertamente se habían inspirado en el experimento
americano, una demostración en el mundo real de que las naciones, incluso las
multiculturales y multiétnicas, podían sobrevivir y prosperar con esas libertades
razonablemente intactas. Llegaron al extremo de plantear la idea de que la
prosperidad era debida a la libertad... que, en una era de alta
tecnología y cambio rápido, ambas cosas prosperan o decaen a la vez, que la
apertura de la ciencia y la democracia, su voluntad de ser juzgadas mediante
el experimento, eran maneras de pensar estrechamente unidas.
Hubo
muchos brindis, como siempre ocurre en las cenas en esa parte del
mundo. El más memorable fue el de un famoso novelista soviético. Se puso en
pie, levantó la copa, nos miró a los ojos y dijo: «Por los americanos. Ellos
tienen un poco de libertad.» Hizo una pausa, y luego añadió: «Y saben cómo
conservarla.» ¿Sabemos?
---ooo---
Todavía no
se había secado la tinta de la Declaración de Derechos cuando los políticos
encontraron una manera de subvertirla... sacando provecho del temor y la
histeria patriótica. En 1798, el partido federalista gobernante sabía que la
tecla que debía pulsar era el prejuicio étnico y cultural. Los federalistas,
explotando las tensiones entre Francia y Estados Unidos y el temor extendido de
que los inmigrantes franceses e irlandeses tuvieran una ineptitud intrínseca
para ser americanos, aprobaron una serie de leyes que se llamaron de
extranjería y sedición.
Se aprobó
una ley que elevaba el requisito de residencia para conseguir la ciudadanía de
cinco a catorce años. (Los ciudadanos de origen francés e irlandés solían votar
por la oposición, el partido republicano democrático de Thomas Jefferson.) La
ley de extranjería otorgaba el poder al presidente John Adams de deportar a
todo extranjero que despertara sus sospechas. Poner nervioso al presidente,
decía un miembro del Congreso, «es el nuevo delito». Jefferson creía que la ley
de extranjería se había promulgado particularmente para expulsar al
historiador y filósofo francés C. F. Volney,[42] a
Pierre Samuel du Pont de Nemours, patriarca de la famosa familia de químicos, y
al científico británico Joseph Priestley, descubridor del oxígeno y antecesor
intelectual de James Clerk Maxwell. Desde el punto de vista de Jefferson, ésas
eran exactamente las personas que necesitaba América.
La Ley de
Sedición convirtió en ilegal la publicación de críticas «falsas o maliciosas»
del gobierno o el fomento de la oposición a alguno de sus actos. Se efectuó
media docena de arrestos, se condenó a diez personas y se censuró o redujo al
silencio a muchas más por intimidación. La ley, según Jefferson, pretendía
«acallar cualquier tipo de oposición política convirtiendo en delito la crítica
de los funcionarios o policías federalistas».
Jefferson,
en cuanto fue elegido, durante la primera semana de su presidencia en 1801,
perdonó a todas las víctimas de la ley de sedición porque, dijo, su espíritu
era tan contrario a la libertad americana como si el Congreso nos ordenara
arrodillarnos para adorar a un becerro de oro. En 1802, en los libros no
quedaba ni rastro de las leyes de extranjería y sedición.
A dos
siglos de distancia, es difícil captar el encrespamiento de ánimo que convirtió
a los franceses y los «salvajes irlandeses» en una amenaza tan grave como para
hacernos pensar en renunciar a nuestras más preciadas libertades. Reconocer el
mérito de los logros culturales franceses e irlandeses, defender la igualdad
de derechos para ellos se despreciaba en los círculos conservadores como
sentimentalismo, una corrección política poco realista. Pero así es como
funciona siempre. Siempre nos parece una aberración más tarde. Pero entonces ya
estamos en las garras del siguiente brote de histeria.
Los que persiguen el poder a
cualquier precio detectan una debilidad social, un temor que pueden aprovechar
para llegar al cargo. Puede tratarse de diferencias étnicas, como era entonces
el caso, quizá de diferentes cantidades de melanina en la piel; de filosofías o
religiones diferentes; o quizá sea el uso de drogas, los delitos violentos, la
crisis económica, las oraciones en la escuela o la «profanación» de la
bandera.
Sea cual
sea el problema, la solución más rápida es reducir un poco de libertad de la
Declaración de Derechos. Sí, en 1942, los nipoamericanos estaban protegidos por
la Declaración de Derechos, pero los encerramos de todas maneras... Al fin y al
cabo había una guerra. Sí, hay prohibiciones constitucionales contra la busca y
captura irracional, pero se ha declarado la guerra contra las drogas y el
delito violento aumenta sin control. Sí, tenemos libertad de expresión, pero
no queremos que vengan autores extranjeros a escupirnos ideologías ajenas,
¿verdad que no? Los pretextos cambian de año en año, pero el resultado sigue
siendo el mismo: concentrar más poder en menos manos y suprimir la diversidad
de opinión... aunque la experiencia ha dejado claros los peligros de seguir
este curso de acción.
---ooo---
Si no
sabemos de qué somos capaces, no podemos apreciar las medidas que se toman para
protegernos de nosotros mismos. He comentado la persecución de las brujas en
Europa en el contexto de la abducción por extraterrestres; confío en que el
lector me perdonará por volver a ella en su contexto político. Es una apertura
al autoconocimiento humano. Si nos centramos en lo que las autoridades
religiosas y seculares consideraban una prueba aceptable y un juicio justo en
las cazas de brujas de los siglos XV a XVII, se clarifican muchas de las
características novedosas y peculiares de la Constitución de Estados Unidos
del siglo XVIII y la Declaración de Derechos: entre ellas, el juicio perjurado,
las prohibiciones de la autoincriminación y de los castigos crueles y
exagerados, la libertad de expresión y de prensa, el proceso justo, el equilibrio
de poderes y la separación de Iglesia y Estado.
Friedrich
von Spee (pronunciado «Shpay») era un jesuita que tuvo la mala suerte de
escuchar las confesiones de los acusados de brujería en la ciudad alemana de
Wurzburgo (véase capítulo 7). En 1631 publicó Cautio Criminalis
{Precauciones para los acusadores), donde exponía la esencia de aquel
terrorismo Iglesia-Estado contra los inocentes. Antes de recibir su castigo,
murió víctima de una epidemia de peste... atendiendo a los afligidos como cura
de la parroquia. Aquí tenemos un extracto de su libro:
1. Por increíble que parezca,
entre nosotros, alemanes, y especialmente (me avergüenza decirlo) entre
católicos, hay supersticiones populares, envidia, calumnias, maledicencias,
insinuaciones y similares que, al no ser castigadas ni refutadas, levantan la
sospecha de brujería. Ya no Dios o la naturaleza, sino las brujas son las
responsables de todo.
2. Así, todo el mundo clama
para que los magistrados investiguen a las brujas... a quienes sólo el chisme
popular ha hecho tan numerosas.
3. Los príncipes, en
consecuencia, piden a sus jueces y consejeros que abran los procesos contra las
brujas.
4. Los jueces apenas saben por
dónde empezar, ya que no tienen evidencias [indicia] ni pruebas.
5. Mientras tanto, la gente
considera sospechoso este retraso; y un informador u otro convence a los
príncipes a tal efecto.
6. En Alemania, ofender a
estos príncipes es un serio delito; hasta los sacerdotes aprueban lo que pueda
complacerles sin preocuparse de quién ha instigado a los príncipes (por muy
bien intencionados que sean).
7. Al final, por tanto, los
jueces ceden a sus deseos y consiguen empezar los juicios.
8. Los jueces que se retrasan,
temerosos de verse involucrados en asunto tan espinoso, reciben un
investigador especial. En este campo de investigación, toda la inexperiencia o
arrogancia que se aplique a la tarea se considera celo de la justicia. Este
celo también se ve estimulado por la expectativa de beneficio, especialmente
para un agente pobre y avaricioso con una familia numerosa, cuando recibe como
estipendio tantos dólares por cabeza de bruja quemada, además de las tasas
incidentales y gratificaciones que los agentes instigadores tienen licencia
para arrancar a placer de aquellos a los que convocan.
9. Si los desvaríos de un
demente o algún rumor malicioso y ocioso (porque no se necesita nunca una
prueba del escándalo) señalan a una pobre mujer inofensiva, ella es la primera
en sufrir.
10. Sin embargo, para evitar la
apariencia de que se la acusa únicamente sobre la base de un rumor, sin otras
pruebas, se obtiene una cierta presunción de culpabilidad al plantear el siguiente
dilema: o bien ha llevado una vida mala e impropia, o bien ha llevado una vida
buena y propia. Si es mala, debe de ser culpable. Por otro lado, si su vida ha
sido buena, es igual de condenable; porque las brujas siempre simulan con el
fin de aparecer especialmente virtuosas.
11. En consecuencia, se
encarcela a la vieja. Se encuentra una nueva prueba mediante un segundo
dilema: tiene miedo o no lo tiene. Si lo tiene (cuando escucha las horribles
torturas que se utilizan contra las brujas), es una prueba segura; porque su
conciencia la acusa. Si no muestra temor (confiando en su inocencia), también
es una prueba; porque es característico de las brujas simular inocencia y
llevar la frente alta.
12. En caso de que éstas fueran
las únicas pruebas, el investigador hace que sus detectives, a menudo
depravados e infames, hurguen en su vida anterior. Esto, desde luego, no puede
hacerse sin que aparezca alguna frase o acto de la mujer que hombres tan bien
dispuestos puedan torcer o distorsionar para convertirlo en prueba de
brujería.
13. Todo aquel que le desee mal
tiene ahora grandes oportunidades de hacer contra ella las acusaciones que
desee; y todo el mundo dice que las pruebas contra ella son consistentes.
14. Y así se la conduce a
tortura, a no ser, como sucede a menudo, que sea torturada el mismo día de su
arresto.
15. En esos juicios no se
permite a nadie tener abogado ni cualquier medio de defensa justa porque la
brujería se considera un delito excepcional [de tal enormidad que se pueden
suspender todas las normas legales de procedimiento], y quien se atreve a
defender a la prisionera cae bajo sospecha de brujería personalmente... así
como los que osan expresar una protesta en estos casos y apremian a los jueces
a ejercitar la prudencia, porque a partir de entonces reciben el calificativo
de defensores de la brujería. Así que todo el mundo guarda silencio por miedo.
16. A fin de que pueda parecer
que la mujer tiene una oportunidad de defenderse a sí misma, la llevan ante el
tribunal y se procede a leer y examinar —si se puede llamar así— los indicios
de su culpabilidad.
17. Aun en el caso que niegue
esas acusaciones y responda adecuadamente a cada una de ellas, no se le presta
atención y ni siquiera se recogen sus respuestas; todas las acusaciones
retienen su fuerza y validez, por muy perfectas que sean las respuestas. Se le
ordena regresar a la prisión para pensar más detenidamente si persistirá en su
obstinación... porque, como ha negado su culpabilidad, es obstinada.
18. Al día siguiente la vuelven
a llevar fuera y escucha el decreto de tortura, como si nunca hubiera rechazado
las acusaciones.
19. Antes de la tortura, sin
embargo, la registran en busca de amuletos; le afeitan todo el cuerpo y le
examinan sin moderación hasta esas partes íntimas que indican el sexo
femenino.
20. ¿Qué tiene eso de
asombroso? A los sacerdotes se los trata del mismo modo.
21. Cuando la mujer ha sido
afeitada y examinada, la torturan para hacerle confesar la verdad, es decir,
para que declare lo que ellos quieren, porque naturalmente no hay otra cosa que
sea ni pueda ser la verdad.
22. Empiezan con el primer
grado, es decir, la tortura menos grave. Aunque dura en exceso, es suave
comparada con las que seguirán. Así, si confiesa, ¡dicen que la mujer ha confesado
sin tortura!
23. Ahora bien, ¿qué príncipe
puede dudar de su culpabilidad cuando le dicen que ha confesado
voluntariamente sin tortura?
24. La condenan pues a muerte
sin escrúpulos. Pero la habrían ejecutado aunque no hubiese confesado; porque,
en cuanto la tortura ha empezado, la suerte ya está echada; no puede escapar,
tiene que morir a la fuerza.
25. El resultado es el mismo
tanto si confiesa como si no. Si confiesa, su culpa es clara: es ejecutada.
Cualquier retractación es en vano. Si no confiesa, la tortura se repite: dos,
tres, cuatro veces. En delitos excepcionales, la tortura no tiene límite de
duración, severidad o frecuencia.
26. Si, durante la tortura, la
vieja contorsiona sus facciones con dolor, dicen que se ríe; si pierde el
sentido, que se ha dormido o está bajo un hechizo aletargador. Y, si está aletargada, merece ser
quemada viva, como se ha hecho con alguna que, aunque torturada varias veces,
no decía lo que los investigadores querían.
27. E incluso confesores y
curas afirman que murió obstinada e impenitente; que no se convirtió ni
abandonó su íncubo, sino que mantuvo su fe en él.
28. Sin embargo, si muere bajo
tanta tortura, dicen que el diablo le rompió el cuello.
29. Después de lo cual el
cadáver es enterrado debajo del patíbulo.
30. Por otro lado, si no muere
bajo tortura y si algún juez excepcionalmente escrupuloso no osa torturarla más
sin mayores pruebas o quemarla sin confesión, la mantienen en la cárcel y la
encadenan con la máxima dureza para que se pudra hasta que ceda, aunque pueda
pasar un año entero.
31. La acusada no puede
liberarse nunca. El comité investigador caería en desgracia si absolviera a
una mujer; una vez arrestada y con cadenas, tiene que ser culpable, por medios
justos o ilícitos.
32. Mientras tanto, sacerdotes
ignorantes y testarudos acosan a la desgraciada criatura a fin de que, sea
cierto o no, se confíese culpable; de no hacerlo así, dicen, no puede ser
salvada ni participar en los sacramentos.
33. Sacerdotes más comprensivos
o cultos no la pueden visitar en la cárcel para evitar que le den consejo o
informen a los príncipes de lo que ocurre. Lo más temible es que salga a la luz
algo que demuestre la inocencia de la acusada. Las personas que intentan
hacerlo reciben el nombre de perturbadores.
34. Mientras la mantienen en
prisión y bajo tortura, los jueces inventan astutos mecanismos para reunir
nuevas pruebas de culpabilidad con el fin de declararla culpable de modo que,
al revisarse el juicio, algún facultativo universitario pueda confirmar que
debía ser quemada viva.
35. Hay jueces que, para
aparentar una escrupulosidad suprema, hacen exorcizar a la mujer, la
transfieren a otra parte y la vuelven a torturar para romper su aletargamiento;
sí mantiene silencio, entonces al menos pueden quemarla. Ahora bien, en nombre
del Cielo, me gustaría saber: si tanto la que confiesa como la que no perecen
del mismo modo, ¿cómo puede escapar alguien por inocente que sea? Oh mujer
infeliz, ¿por qué has concebido esperanzas a la ligera? ¿Por qué, al entrar en
la cárcel, no admitiste en seguida lo que ellos querían? ¿Por qué, mujer
insensata y loca, deseaste morir tantas veces cuando podrías haber muerto sólo
una? Sigue mi consejo y, antes de soportar todos estos males, di que eres
culpable y muere. No escaparás, porque sería una desgracia catastrófica para el
celo de Alemania.
36. Cuando, bajo la tensión del
dolor, la bruja ha confesado, su situación es indescriptible. No sólo no puede
escapar, sino que también se ve obligada a acusar a otras que no conoce, cuyos
nombres con frecuencia ponen en su boca los investigadores o sugiere el
ejecutor, o son los que ha oído como sospechosas o acusadas. Éstas a su vez se
ven forzadas a acusar a otras, y ésas, a
otras, y así sucesivamente: ¿quién puede dejar de ver esto?
37. Los jueces deben suspender
esos juicios (e impugnar así su validez) o quemar a su familia, a ellos mismos
y a todos los demás; porque todos, antes o después, son acusados falsamente; y,
tras la tortura, siempre se demuestra que son culpables. 4
38. Así, finalmente, los que al principio
clamaban con mayor fuerza para alimentar las llamas se ven ellos mismos implicados,
porque no atinaron a ver que también les llegaría el turno. Así el Cielo
castiga justamente a los que con sus lenguas pestilentes; se crearon tantas
brujas y enviaron a la hoguera a tantas inocentes...
Von Spee no explícita los
horribles métodos de tortura que se empleaban. Transcribo aquí un resumen de
una valiosa recopilación de La enciclopedia de brujería y demonología,
de Rossell HopeRobbins(1959):
Se puede echar una ojeada a algunos de los
tormentos especiales de Bamberg, por ejemplo, como alimentar por la fuerza a la
acusada con arenques cocinados con sal y luego negarle el agua... un método
sofisticado que iba unido a la inmersión de la acusada en un baño de agua
hirviendo a la que se había añadido cal. Otras formas de tortura para las
brujas eran el caballo de madera, varios tipos de potros, la silla de hierro
caliente, tornos de piernas [botas españolas] y grandes botas de metal o piel
en las que (con los pies dentro, desde luego) se vertía agua hirviendo o plomo
fundido. En el tormento de la toca, la question de I 'eau, se hacía
tragar agua a la acusada a través de una gasa para provocarle asfixia. A
continuación se retiraba rápidamente la gasa para desgarrarle las entrañas.
Las empulgueras [grésillons]
tenían el objetivo de comprimir el pulgar de la mano o el dedo gordo del pie en
la raíz de las uñas de modo que el dolor al apretar fuera insoportable.
Además, se aplicaban rutinariamente la
estrapada, el trampazo y tormentos todavía más desagradables que me abstendré
de describir. Después de la tortura, y con los instrumentos de la misma a plena
vista, se pide a la víctima que firme una declaración, que a continuación se
califica de «libre confesión» admitida voluntariamente.
Con gran
riesgo personal, Von Spee protestó contra la persecución de las brujas.
También lo hicieron otros, principalmente clérigos católicos que habían sido
testigos de excepción de esos crímenes: Gianfrancesco Ponzinibio en Italia,
Cornelius Loos en Alemania y Reginaid Scot en Gran Bretaña en el siglo XVI;
así como Johann Mayfurth [«Escuchad, jueces hambrientos de dinero y
perseguidores sedientos de sangre, las apariciones del Diablo son pura
mentira»] en Alemania y Alonso Salazar de Frías en España en el siglo XVII.
Junto con Von Spee y los cuáqueros en general, son héroes de nuestra especie.
¿Por qué no son más conocidos?
En Una vela en la oscuridad (1656),
Thomas Ady planteó una cuestión clave:
Algunos objetarán que, si
las brujas no pueden matar ni hacer muchas cosas extrañas por brujería, ¿por
qué tantas de ellas han confesado haber cometido los crímenes y las cosas extrañas
de las que se las acusaba?
A eso respondo: si Adán y
Eva en su inocencia fueron vencidos con tanta facilidad y cayeron en la
tentación, ¿cómo pueden ahora esas pobres criaturas después de la Caída, mediante
persuasiones, promesas y amenazas, sin que las dejen dormir y sometidas a un
tormento continuo, resistirse a confesar aquello que es falso e imposible y
contrario a la fe de un cristiano?
Hasta el
siglo XVIII no se contempló seriamente la posibilidad de la alucinación como
componente de la persecución de las brujas; el obispo Francis Hutchinson, en su
Ensayo histórico sobre brujería (1718), escribió:
Muchos hombres habían creído ver de verdad un
espíritu externo ante ellos, cuando era sólo una imagen interna que bailaba en
su propio cerebro.
Gracias a la valentía de los
que se opusieron a la persecución de las brujas, a su extensión hasta las
clases privilegiadas, al peligro que entrañaba para la creciente institución
del capitalismo y, especialmente, a la dispersión de las ideas de la
Ilustración europea, las quemas de brujas prácticamente desaparecieron. La
última ejecución por brujería en Holanda, cuna de la Ilustración, fue en 1610;
en Inglaterra, en 1684; en América, en 1692; en Francia, en 1745; en Alemania,
en 1775, y en Polonia, en 1793. En Italia, la Inquisición condenó a muerte a
gente hasta finales del siglo XVIII y la tortura inquisitorial no se abolió en
la Iglesia católica hasta 1816. El último bastión defensor de la realidad de la
brujería y la necesidad de castigo han sido las Iglesias cristianas.
La persecución de brujas fue
vergonzosa. ¿Cómo pudimos hacerlo? ¿Cómo podíamos tener tanta ignorancia de
nosotros mismos y nuestras debilidades? ¿Cómo pudo ocurrir en las naciones más
«avanzadas», más «civilizadas» de la Tierra? ¿Por qué la apoyaban resueltamente
conservadores, monárquicos y fundamentalistas religiosos? ¿Por qué se oponían a
ello liberales, cuáqueros y seguidores de la Ilustración? Si estamos
absolutamente seguros de que nuestras creencias son correctas y las de los
demás erróneas, que a nosotros nos motiva el bien y a los otros el mal, que el
rey del universo nos habla a nosotros y no a los fieles de fes muy diferentes,
que es malo desafiar las doctrinas convencionales o hacer preguntas
inquisitivas, que nuestro trabajo principal es creer y obedecer... la
persecución de brujas se repetirá en sus infinitas variaciones hasta la época
del último hombre. Recuérdese el primer punto de Friedrich von Spee y lo que
implica: si el público hubiera comprendido mejor la superstición y el escepticismo,
habría contribuido a provocar un cortocircuito en la serie de causas y
efectos. Si no conseguimos entender cómo funcionó la última vez, no seremos
capaces de reconocerlo la próxima vez que surja.
---ooo---
El Estado
tiene el derecho absoluto de supervisar la formación de la opinión pública»,
dijo Josef Goebbeis, el ministro de Propaganda nazi. En la novela de George
Orweil 1984, el estado «Gran Hermano» emplea a un ejército de burócratas
cuyo trabajo es alterar los registros del pasado de acuerdo con los intereses
de los que detentan el poder. 1984 no era una mera fantasía de
compromiso político; se basaba en la Unión Soviética estalinista, donde se
institucionalizó la reescritura de la historia. Poco después de que Stalin
llegara al poder, empezaron a desaparecer las fotografías de su rival Liev
Trotski, figura monumental en las revoluciones de 1905 y 1917. Ocuparon su
lugar cuadros heroicos y totalmente antihistóricos de Stalin y Lenin
dirigiendo juntos la Revolución bolchevique, mientras Trotski, el fundador del
Ejército Rojo, no aparecía por ninguna parte. Esas imágenes se convirtieron en
iconos del Estado. Se podían ver en todos los edificios de oficinas, en vallas
publicitarias a veces de diez pisos de altura, en museos, en sellos de
correos.
Las nuevas
generaciones crecieron creyendo que aquélla era su historia. Las
generaciones anteriores empezaron a pensar que recordaban algo, una especie de
síndrome de falsa memoria política. Los que conseguían acomodar sus recuerdos
reales a lo que los líderes deseaban que creyeran, ejercitaban lo que Orweil
describió como «doble moral». Los que no podían, los bolcheviques viejos que recordaban
el papel periférico de Stalin en la Revolución y el central de Trotski, eran
denunciados como traidores o pequeño-burgueses incorregibles, «trotskistas» o
«trotsko-fascistas», encarcelados, torturados y, después de ser obligados a
confesar su traición en público, ejecutados. Es posible —dado el
control absoluto sobre los medios de comunicación y la policía— reescribir los
recuerdos de cientos de millones de personas si hay una generación que lo
asume. Casi siempre se hace para mejorar el control del poder que tienen los
poderosos, o para servir al narcisismo, megalomanía o paranoia de los líderes
nacionales. Obstaculiza la maquinaria de corrección de errores. Sirve para
borrar de la memoria pública profundos errores políticos y garantizar de este
modo su repetición eventual.
En nuestra
época, con la fabricación de imágenes fijas realistas, películas y videocintas
tecnológicamente a nuestro alcance, con la televisión en todos los hogares y el
pensamiento crítico en declive, parece posible reestructurar la memoria social
sin que la policía secreta tenga que prestar una atención especial. No quiero
decir que cada uno de nosotros tenga una serie de recuerdos implantados en
sesiones terapéuticas especiales por psiquiatras nombrados por el Estado, sino
más bien que pequeños números de personas tendrán tanto control sobre las
noticias, libros de historia e imágenes profundamente conmovedoras que
propiciarán cambios importantes en las actitudes colectivas.
Vimos un
pálido eco de lo que se puede hacer ahora en 1990-1991, cuando Saddam Hussein,
el autócrata de Iraq, efectuó una transición súbita en la conciencia americana
y pasó de ser un oscuro casi aliado —al que se entregaban mercancías, alta
tecnología, armas, e incluso datos de satélites de investigación— a ser un
monstruo esclavizador que amenazaba al mundo. Personalmente no siento ninguna
admiración por el señor Hussein, pero es asombroso lo de prisa que pudo pasar
de ser alguien de quien prácticamente ningún americano había oído hablar a
encarnar todos los males. En estos momentos, el aparato encargado de generar
indignación está ocupado en otras cosas. ¿Hasta qué punto podemos confiar en
que el poder de dirigir y determinar la opinión pública resida siempre en manos
responsables?
Otro
ejemplo contemporáneo es la «guerra» contra las drogas, en la que el gobierno
y grupos cívicos con generosa financiación distorsionan sistemáticamente e
incluso inventan pruebas científicas de efectos adversos (especialmente de la
marihuana) e impiden que un funcionario público plantee siquiera el tema para
discutirlo abiertamente. Pero es difícil mantener siempre ocultas verdades
históricas poderosas. Se descubren nuevas fuentes de datos. Aparecen nuevas
generaciones de historiadores, menos marcados ideológicamente. A finales de la
década de los ochenta y aun antes, Ann Druyan y yo introdujimos
clandestinamente en la Unión Soviética ejemplares de la Historia de la
Revolución rusa de Trotski para que nuestros colegas pudieran saber algo de
sus propios orígenes políticos. En el quincuagésimo aniversario del asesinato
de Trotski (un asesino enviado por Stalin le abrió la cabeza con un piolet), Investía
pudo ensalzar a Trotski como «un gran revolucionario irreprochable»[43]
y una publicación comunista alemana llegó a describirle como
un hombre que luchó por todos los que amamos
la civilización humana, para los que esta civilización es nuestra nacionalidad.
Su asesino... intentó, matándole a él, matar a esta civilización... Jamás un
piolet había destrozado un cerebro humano más valioso y bien organizado.
Entre las tendencias que
trabajan al menos marginalmente por la implantación de una serie muy limitada
de actitudes, recuerdos y opiniones se incluye el control de las principales
cadenas de televisión y los periódicos por un pequeño número de empresas e
individuos poderosos con una motivación similar, la desaparición de los
periódicos competitivos en muchas ciudades, la sustitución del debate
sustancial por la sordidez de las campañas políticas y la erosión episódica del
principio de la separación de poderes. Se estima (según el experto en medios
de comunicación americano Ben Bagdikian) que menos de dos docenas de
corporaciones controlan más de la mitad «del negocio global de diarios,
revistas, televisión, libros y películas». Tendencias como la proliferación de
canales de televisión por cable, las llamadas telefónicas baratas a larga
distancia, las máquinas de fax, las redes y boletines informáticos, la
autoedición a bajo precio por ordenador y los ejemplos de programas
universitarios de profesiones liberales tradicionales podrían trabajar en la
dirección opuesta.
Es difícil saber en qué va a acabar todo.
El
escepticismo tiene por función ser peligroso. Es un desafío a las
instituciones establecidas. Si enseñamos a todo el mundo, incluyendo por
ejemplo a los estudiantes de educación secundaria, unos hábitos de pensamiento
escéptico, probablemente no limitarán su escepticismo a los ovnis, los anuncios
de aspirinas y los profetas canalizados de 35 000 años. Quizá empezarán a hacer
preguntas importantes sobre las instituciones económicas, sociales, políticas
o religiosas. Quizá desafiarán las opiniones de los que están en el poder.
¿Dónde estaremos entonces?
---ooo---
El
etnocentrismo, la xenofobia y el nacionalismo están actualmente en boga en
muchas partes del mundo. La represión gubernamental de puntos de vista
impopulares todavía está muy extendida. Se inculcan recuerdos falsos o
engañosos. Para los defensores de estas actitudes, la ciencia es perturbadora.
Exige acceso a verdades que son prácticamente independientes de tendencias
étnicas o culturales. Por su naturaleza, la ciencia trasciende las fronteras
nacionales. Si se pone a trabajar a los científicos del mismo campo de estudio
juntos en una sala, aunque no compartan un idioma común, encontrarán una manera
de comunicarse. La ciencia en sí es un lenguaje transnacional. Los científicos
tienen una actitud natural cosmopolita y son más conscientes de los esfuerzos
que se hacen por dividir a la familia humana en muchas facciones pequeñas y
enfrentadas. «No existe la ciencia nacional —dijo el dramaturgo ruso Antón
Chéjov—, como no existe la tabla de multiplicar nacional.» (Por lo mismo, para
muchos no existe algo llamado religión nacional, aunque la religión del
nacionalismo tenga millones de partidarios.)
En
cantidades desproporcionadas, se encuentran científicos en las filas de los
críticos sociales (o, menos caritativamente, «disidentes») que desafían las
políticas y los mitos de sus propias naciones. Me vienen a la mente sin
esfuerzo los nombres heroicos de los físicos Andréi Sajárov[44] en la
antigua Unión Soviética, Albert Einstein y Leo Szilard en Estados Unidos, y
Fang Lizhu en China: el primero y el último arriesgando sus vidas. Los
científicos, especialmente después de la invención de las armas nucleares, han
sido retratados como cretinos éticos. Eso es una injusticia si se tiene en
cuenta a todos los que, a veces con un riesgo personal considerable, han
levantado la voz contra la mala aplicación de la ciencia y la tecnología en sus
propios países.
Por
ejemplo, el químico Linus Pauling (1901-1994), el mayor responsable del
Tratado de Prohibición de Pruebas Limitadas de 1963, que detuvo las explosiones
sobre tierra de armas nucleares por parte de Estados Unidos, la Unión
Soviética y el Reino Unido. Montó una apasionada campaña poniendo de relieve
los daños morales con datos científicos, más creíbles por el hecho de haber
sido él mismo laureado con el Nobel. En la prensa norteamericana se le solía
difamar por sus quejas y, en la década de los cincuenta, el Departamento de
Estado le retiró el pasaporte por considerar insuficientes sus muestras de
anticomunismo. Se le concedió el Premió Nobel por la aplicación de ideas de
mecánica cuántica —las resonancias y lo que se llama hibridación de orbitales—
para explicar la naturaleza del enlace químico que une los átomos para formar
moléculas. Esas ideas son ahora el pan y la sal de la química moderna. Pero,
en la Unión Soviética, la obra de Pauling sobre química estructural fue
denunciada por incompatibilidad con el materialismo dialéctico y declarada
inaccesible para los químicos soviéticos.
Impasible
ante estas críticas de Oriente y Occidente —en realidad, ni siquiera afectado—,
siguió haciendo un trabajo monumental sobre el funcionamiento de los
anestésicos, identificó la causa de la anemia falciforme (la sustitución de un
único nucleótido en el ADN) y mostró cómo podía leerse la historia evolutiva de
la vida comparando los ADN de varios organismos. Pauling seguía de cerca la
pista de la estructura del ADN; Watson y Crick se apresuraban para llegar antes
que él. El veredicto sobre su valoración de la vitamina C aparentemente sigue
abierto. «Este hombre es un verdadero genio», fue el juicio de Albert Einstein.
En toda
esta época siguió trabajando por la paz y la amistad. Cuando Ann y yo
preguntamos a Pauling cuáles eran las raíces de su dedicación a temas sociales,
nos dio una respuesta memorable: «Necesito ser digno del respeto de mi
esposa», Helen Ava Pauling. Ganó un segundo Premio Nobel, éste de la paz, por
su trabajo en la prohibición de las pruebas nucleares, convirtiéndose en la
única persona de la historia que ha ganado dos premios Nobel en solitario.
Algunos
opinaban que a Pauling le gustaba armar líos. Los que ven con malos ojos los
cambios sociales pueden sentir la tentación de mirar con sospecha la ciencia
como tal. Tendemos a pensar que la tecnología es segura, que está realmente
guiada y controlada por la industria y el gobierno. Pero la ciencia pura, la
ciencia por sí misma, la ciencia como curiosidad, la ciencia que nos podría
llevar a cualquier parte y a desafiar cualquier cosa, eso es otra historia.
Algunas áreas de ciencia pura son el único camino hacia las futuras tecnologías
—es cierto—, pero las actitudes de la ciencia, si se aplican ampliamente,
pueden percibirse como peligrosas. A través de los salarios, la presión social
y la distribución de prestigio y premios, las sociedades tienden a colocar a
todos los científicos en un terreno medio seguro y razonable... entre la
escasez de progreso tecnológico a largo plazo y el exceso de crítica social a
corto plazo.
A diferencia de Pauling,
muchos científicos consideran que su trabajo es la ciencia, definida con
exclusión, y creen que involucrarse en la crítica política o social no es sólo
una distracción de la vida científica sino incluso antitético a ella. Como
hemos mencionado antes, durante el «Proyecto Manhattan», el intento exitoso de
Estados Unidos en la segunda guerra mundial de construir armas nucleares antes
que los nazis, algunos científicos participantes empezaron a mostrar reservas,
más evidentes cuanto más claro se hizo lo inmensamente poderosas que eran las
armas. Algunos de ellos, como Leo Slizard, James Franck, Harold Urey y Robert
R. Wilson, intentaron llamar la atención de los líderes políticos y el público
(especialmente después de la derrota de los nazis) sobre los peligros de la
carrera armamentística que se avecinaba, y que era fácil presagiar, con la
Unión Soviética. Otros argüían que los problemas políticos estaban fuera de su
jurisdicción. «Me pusieron en la Tierra para hacer algunos descubrimientos
—dijo Enrico Fermi—, y no es asunto mío lo que puedan hacer con ellos los
políticos.» Pero, con todo, Fermi quedó tan abrumado con los peligros del arma
termonuclear que defendía Edward Teller que firmó un famoso documento que
apremiaba a Estados Unidos a no construir lo que llamaban el «diablo».
Jeremy
Stone, presidente de la Federación de Científicos Americanos, ha descrito a
Teller —cuyos esfuerzos por justificar las armas termonucleares he contado en
un capítulo anterior— con estas palabras:
Edward Teller... insistía,
al principio por razones intelectuales personales y más tarde por razones
geopolíticas, en que se construyera una bomba de hidrógeno. Usando la táctica
de la exageración e incluso las calumnias, manipuló con éxito el proceso de
estrategia política durante cinco décadas denunciando todo tipo de medidas de
control de armas y promoviendo programas de escalada en la carrera
armamentística de muchos tipos.
La Unión Soviética, al
enterarse de su proyecto de bomba H, construyó su propia bomba H. Como
consecuencia directa de la personalidad inusual de este individuo particular y
del poder de la bomba H, el mundo se podría haber arriesgado a un nivel de
aniquilación que de otro modo quizá no se hubiera revelado o hubiera surgido
más tarde y bajo mejores controles políticos.
En todo caso, ningún científico había tenido nunca mayor influencia en los
riesgos que ha corrido la humanidad que Edward Teller, y la actitud general de Teller en toda la carrera
armamentística es reprensible...
La fijación de Edward Teller
con la bomba H podría haberle llevado a hacer más para poner en peligro la
vida de este planeta que ningún otro individuo de nuestra especie...
Comparados con Teller, los
líderes de la ciencia atómica occidental no eran más que bebés en el campo de
la política, ya que su liderazgo estaba determinado por su capacidad profesional
y no, como en este caso, por su capacidad política.
Mi propósito aquí no es castigar a un
científico por sucumbir a las pasiones humanas, sino reiterar este nuevo
imperativo: los poderes sin precedentes que la ciencia pone ahora a nuestra
disposición deben ir acompañados de una gran atención ética y preocupación por
parte de la comunidad científica... además de una educación pública basada
fundamentalmente en la importancia de la ciencia y la democracia.
CAPÍTULO 25
LOS VERDADEROS
PATRIOTAS
HACEN
PREGUNTAS[45]
____________
No es
función de nuestro gobierno impedir que el ciudadano cometa un error;
es función
del ciudadano , impedir que el gobierno cometa un error.
Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos,
robert H. jackson,
1950
Es un
hecho de la vida en nuestro pequeño planeta asediado que la tortura, el hambre
y la irresponsabilidad criminal gubernamental son mucho más fáciles de
encontrar en gobiernos tiránicos que en los democráticos. ¿Por qué? Porque los
gobernantes de los segundos tienen muchas más probabilidades de ser echados del
cargo por sus errores que los de los primeros. Es un mecanismo de corrección
de errores en política.
Los
métodos de la ciencia —con todas sus imperfecciones— se pueden usar para
mejorar los sistemas sociales, políticos y económicos, y creo que eso es
cierto cualquiera que sea el criterio de mejora que se adopte. ¿Cómo puede ser
así si la ciencia se basa en el experimento? Los humanos no son electrones o
ratas de laboratorio. Pero todas las actas del Congreso, todas las decisiones
del Tribunal Supremo, todas las directrices presidenciales de seguridad
nacional, todos los cambios en el tipo de interés son un experimento. Cualquier
cambio en política económica, el aumento o reducción de financiación del
programa Head Start, el endurecimiento de las sentencias penales, es un
experimento. Establecer el cambio de jeringuillas usadas, poner condones a
disposición del público o despenalizar la marihuana son experimentos. No hacer
nada para ayudar a Abisinia contra Italia, o para impedir que la Alemania nazi
invadiera la tierra del Rin, fue un experimento. El comunismo en la Europa del
Este, la Unión Soviética y China fue un experimento. La privatización de la
atención de la salud mental o de las cárceles es un experimento. La
considerable inversión de Japón y Alemania Occidental en ciencia y tecnología
y casi nada en defensa —y como resultado el auge de sus economías— fue un
experimento. En Seattle era posible comprar pistolas para autoprotección, pero
no en el cercano Vancouver, en Canadá; los asesinatos con pistola son cinco veces
más comunes y la tasa de suicidio con pistola diez veces mayor en Seattle: las
pistolas facilitan el asesinato impulsivo. Eso también es un experimento. En
casi todos esos casos no se realizan experimentos de control adecuados, o las
variables no están suficientemente separadas. Sin embargo, hasta cierto grado a
menudo útil, las ideas políticas se pueden probar. Sería una gran pérdida
ignorar los resultados de los experimentos sociales porque parecen
ideológicamente desagradables.
No hay
ninguna nación en la Tierra que se encuentre en condiciones óptimas para
encarar el siglo XXI. Nos enfrentamos a abundantes problemas sutiles y
complejos. Por tanto, necesitamos soluciones sutiles y complejas. Como no hay
una teoría deductiva de la organización social, nuestro único recurso es el
experimento científico: poner a prueba a veces a pequeña escala (comunidad,
ciudad y a nivel estatal, por ejemplo) una amplia serie de alternativas. Uno de
los beneficios del cargo de primer ministro en China en el siglo V a. J.C. era
que podía construir un Estado modelo en su distrito o provincia natal. El
principal fracaso de la vida de Confucio, según lamentaba él mismo, fue que él
nunca lo intentó.
Un simple
escrutinio superficial de la historia revela que los humanos tenemos una triste
tendencia a cometer los mismos errores una y otra vez. Nos dan miedo los
extraños o cualquiera que sea un poco diferente de nosotros. Cuando nos
asustamos, nos ponemos a empujar a la gente de nuestro alrededor. Tenemos
resortes fácilmente accesibles que liberan poderosas emociones cuando se
pulsan. Podemos ser manipulados hasta el más profundo sinsentido por políticos
inteligentes. Se nos presenta el tipo de líder correcto y, como los pacientes
más sugestionables de los hipnoterapeutas, haremos gustosamente todo lo que él
quiera... hasta cosas que sabemos que son erróneas. Los redactores de la
Constitución eran estudiantes de historia. Conscientes de la condición humana,
intentaron inventar un medio para mantenernos libres a pesar de nosotros
mismos.
Los que se
oponían a la Constitución de Estados Unidos insistían en que nunca
funcionaría; que era imposible una forma de gobierno republicano que abarcara
una tierra con «climas, economías, morales, políticas y pueblos tan distintos»,
como dijo el gobernador George Clinton de Nueva York; que un gobierno y una
Constitución así, como declaró Patrick Henry de Virginia, «contradicen toda la
experiencia del mundo». De todos modos, se intentó el experimento.
Los
descubrimientos y las actitudes científicas eran comunes entre los que
inventaron a Estados Unidos. La autoridad suprema, por encima de cualquier
opinión personal, libro o revelación —como dice la Declaración de la
Independencia— eran «las leyes de la naturaleza y del Dios de la naturaleza».
Benjamín Frankiin era venerado en Europa y América como fundador del nuevo
campo de la física eléctrica. En la Convención Constitucional de 1789, John
Adams apeló repetidamente a la analogía del equilibrio mecánico en las
máquinas; otros al descubrimiento de William Harvey de la circulación de la
sangre. Adams, más adelante, escribió: «Todos los humanos son químicos de la
cuna a la tumba... El Universo Material es un experimento químico.» James
Madison utilizó metáforas químicas y biológicas en The Federalist Papers.
Los revolucionarios americanos eran criaturas de la Ilustración europea, que
proporciona unos antecedentes esenciales para entender los orígenes y el
propósito de Estados Unidos.
«La ciencia y sus corolarios
filosóficos», escribía el historiador americano Clinton Rossiter,
fueron quizá la fuerza intelectual más
importante en la formación del destino de la América del siglo XVIII...
Franklin era sólo uno entre un gran número de colonos con visión de futuro que
reconocieron la relación del método científico con el procedimiento democrático.
Investigación libre, intercambio libre de información, optimismo, autocrítica,
pragmatismo, objetividad... todos esos ingredientes de la república en ciernes
estaban ya en vigor en la república de la ciencia que floreció en el siglo
XVIII.
---ooo---
Thomas Jefferson era un
científico. Así es como se definía él mismo. Cuando uno visita su casa en
Monticello, Virginia, sólo atravesar el portal encuentra pruebas por doquier
de su interés científico, no sólo en su inmensa y variada biblioteca, sino en
las máquinas copiadoras, puertas automáticas, telescopios y otros instrumentos,
algunos de ellos justo en el filo de la tecnología de principios del siglo
XIX. Algunos los inventó, otros los copió, otros los adquirió. Comparó las
plantas y los animales de América y Europa, descubrió fósiles, utilizó el
cálculo en el diseño de un nuevo arado. Dominó la física newtoniana. La
naturaleza le destinaba, según decía él, a ser científico, pero no existía la
oportunidad de dedicarse a la ciencia en la Virginia prerrevolucionaria.
Necesidades más apremiantes pasaron a primer plano. Se metió de lleno en los
acontecimientos históricos que se sucedían a su alrededor. Una vez alcanzada
la independencia, decía, las siguientes generaciones podrían dedicarse a la
ciencia y el academicismo.
Jefferson
fue uno de mis primeros héroes, no por sus intereses científicos (aunque le
ayudaron mucho a moldear su filosofía política) sino porque él, casi más que
nadie, fue responsable de la extensión de la democracia por todo el mundo. La
idea —asombrosa, radical y revolucionaria en la época (en muchos lugares del
mundo todavía lo es)— es que ni los reyes, ni los curas, ni los alcaldes de
grandes ciudades, ni los dictadores, ni una camarilla militar, ni una
conspiración de facto de gente rica, sino la gente ordinaria, en trabajo
conjunto, deben gobernar las naciones. Jefferson no fue sólo un teórico
importante de esta causa; estuvo involucrado en ella en el aspecto más
práctico, ayudando a plasmar el gran experimento político americano que ha
sido admirado y emulado en todo el mundo desde entonces.
Murió en
Monticello el 4 de julio de 1826, exactamente cincuenta años después del día
que las colonias emitieron aquel documento sensacional, escrito por Jefferson,
llamado Declaración de Independencia. Fue denunciado por conservadores de todo
el mundo: la monarquía, la aristocracia y la religión avalada por el Estado...
eso era lo que defendían entonces los conservadores. En una carta compuesta
unos días antes de su muerte, escribió que la «luz de la ciencia» había
demostrado que «la masa de la humanidad no ha nacido con la silla de montar a
la espalda», y que tampoco unos pocos privilegiados nacían «con botas y
espuelas». Había escrito en la Declaración de Independencia que todos debemos
tener las mismas oportunidades, los mismos derechos «inalienables». Y aunque
la definición de «todos» en 1776 era vergonzosamente incompleta, el espíritu de
la Declaración era lo bastante generoso como para que hoy en día el «todos»
abarque mucho más.
Jefferson
era un estudioso de la historia, no sólo la historia acomodaticia y segura que
alaba nuestra propia época, país o grupo étnico, sino la historia real de los
humanos reales, nuestras debilidades además de nuestras fuerzas. La historia
le enseñó que los ricos y poderosos roban y oprimen si tienen la más mínima
oportunidad. Describió los gobiernos de Europa, a los que pudo contemplar con
sus propios ojos como embajador americano en Francia. Decía que bajo la
pretensión de gobierno, habían dividido a sus naciones en dos clases: lobos y
ovejas. Jefferson enseñó que todo gobierno se degenera cuando se deja solos a
los gobernantes, porque éstos —por el mero hecho de gobernar— hacen mal uso de
la confianza pública. El pueblo en sí, decía, es la única fuente prudente de
poder.
Pero le preocupaba que el
pueblo —y el argumento se encuentra ya en Tucídides y Aristóteles— se dejase
engañar fácilmente. Por eso defendía políticas de seguridad, de salvaguardia.
Una era la separación constitucional de los poderes; de ese modo, varios grupos
que defendieran sus propios intereses egoístas se equilibrarían unos a otros e
impedirían que ninguno de ellos acabase con el país: las ramas ejecutiva,
legislativa y judicial; la Cámara de Representantes y el Senado; los estados y
el gobierno federal. También subrayó, apasionada y repetidamente, que era
esencial que el pueblo entendiera los riesgos y beneficios del gobierno, que se
educara e implicara en el proceso político. Sin él, decía, los lobos lo
engullirían todo. Así lo expresó en Notas sobre Virginia, subrayando
que es fácil para los poderosos y sin escrúpulos encontrar zonas de explotación
vulnerables:
En todo gobierno sobre la tierra hay algún
rastro de debilidad humana, algún germen de corrupción y degeneración que la
astucia descubrirá y la malicia abrirá, cultivará y mejorará de manera
imperceptible. Todo gobierno degenera cuando se confía sólo a los gobernantes
del pueblo. El propio pueblo es por tanto el único depositario seguro. Y,
para que tenga seguridad, debe cultivarse el pensamiento...
Jefferson tuvo poco que ver
con la redacción final de la Constitución de Estados Unidos; cuando se estaba
gestando, él ocupaba el cargo de embajador americano en Francia. Le satisfizo
la lectura del documento, con dos reservas. Una deficiencia: no se ponía
límite al número de períodos que podía gobernar un presidente. Eso, temía
Jefferson, propiciaba que un presidente se convirtiera en rey de facto, si no
legalmente. La otra gran deficiencia era la ausencia de una declaración de
derechos. El ciudadano —la persona media— no estaba bastante protegida,
pensaba Jefferson, de los inevitables abusos de poder de los que lo ejercen.
Defendió
la libertad de expresión, en parte para que se pudieran expresar incluso las
opiniones más impopulares con el fin de poder ofrecer a consideración
desviaciones de la sabiduría convencional. Personalmente era un hombre de lo
más amistoso, poco dispuesto a criticar ni siquiera a sus enemigos más
encarnizados. En el vestíbulo de Monticello exhibía un busto de su
archiadversario Alexander Hamilton. A pesar de todo, creía que el hábito del
escepticismo era un requisito esencial para una ciudadanía responsable. Argüía
que el coste de la educación es trivial comparado con el coste de la
ignorancia, de dejar el gobierno a los lobos. Creía que el país sólo está
seguro cuando gobierna el pueblo.
Parte de
la obligación del ciudadano es no dejarse intimidar ni resignarse al
conformismo. Desearía que el juramento de ciudadanía que se toma a los
inmigrantes, y la oración que los estudiantes recitan diariamente incluyera
algo así como: «Prometo cuestionar todo lo que me digan mis líderes.» Sería un
equivalente real del argumento de Thomas Jefferson. «Prometo utilizar mis facultades
críticas. Prometo desarrollar mi independencia de pensamiento. Prometo
educarme para poder hacer mi propia valoración.»
También me
gustaría que se jurase la lealtad a la Constitución y la Declaración de
Derechos, como hace el presidente al jurar el cargo, en lugar de a la bandera y
la nación.
Si
pensamos en los fundadores de Estados Unidos —Jefferson, Washington, Samuel y
John Adams, Madison y Monroe, Benjamín Frankiin, Tom Paine y muchos otros—,
nos encontramos con una lista de al menos diez y puede que incluso docenas de
grandes líderes políticos. Eran cultos. Siendo productos de la Ilustración
europea, eran estudiosos de la historia. Conocían la falibilidad, debilidad y
corrupción humanas. Hablaban el inglés con fluidez. Escribían sus propios
discursos. Eran realistas y prácticos y, al mismo tiempo, estaban motivados por
altos principios. No tenían que comprobar las encuestas para saber qué pensar
aquella semana. Sabían qué pensar. Se sentían cómodos pensando a largo plazo,
planificando incluso más allá de la siguiente elección. Eran autosuficientes,
no necesitaban una carrera de políticos ni formar grupos de presión para
ganarse la vida. Eran capaces de sacar lo mejor que había en nosotros. Les
interesaba la ciencia y, al menos dos de ellos, la dominaban. Intentaron
trazar un camino para Estados Unidos hasta un futuro lejano, no tanto
estableciendo leyes como fijando los límites del tipo de leyes que se podían
aprobar.
La
Constitución y su Declaración de Derechos han resultado francamente buenas y, a
pesar de la debilidad humana, han constituido una máquina capaz, casi siempre,
de corregir su propia trayectoria.
En aquella época había sólo
dos millones y medio de ciudadanos de Estados Unidos. Hoy somos unas cien veces
más. Es decir, si entonces había diez personas del calibre de Thomas Jefferson,
ahora debería haber 10 x 100= 1 000 Thomas Jefferson. ¿Dónde están?
---ooo---
Una razón
por la que la Constitución es un documento osado y valiente es que permite el
cambio continuo, hasta de la forma de gobierno, si el pueblo lo desea. Como
nadie dispone de la sabiduría suficiente para prever qué ideas responderán a
las necesidades sociales más apremiantes —aunque sean contrarias a la intuición
y hayan causado preocupación en el pasado— este documento intenta garantizar
la expresión más plena y libre de las opiniones.
Desde
luego, eso tiene un precio. La mayoría de nosotros defendemos la libertad de
expresión cuando vemos un peligro de que se supriman nuestras opiniones. Sin
embargo, no nos preocupa tanto cuando opiniones que despreciamos encuentran de
vez en cuando un poco de censura. Pero, dentro de ciertas circunstancias estrechamente
circunscritas —el famoso ejemplo del juez de paz Oliver Wendell Holmes era
crear el pánico gritando «fuego» en un teatro lleno sin ser verdad—, se
permiten grandes libertades en Estados Unidos.
• Los coleccionistas de armas tienen la libertad de utilizar retratos del
presidente del Tribunal Supremo, el portavoz del Congreso o el director del FBI
para sus prácticas de tiro; los ciudadanos que ven ofendida su mentalidad
cívica tienen libertad de quemar la efigie del presidente de Estados Unidos.
• Aunque se burlen de los
valores judeo-cristianos-islámicos, aunque ridiculicen todo lo que para
nosotros es más sagrado, los adoradores del mal (si es que existen) tienen
derecho a practicar su religión, siempre que no infrinjan ninguna ley
constitucional en vigor.
• El gobierno no puede
censurar un artículo científico o un libro popular que pretenda afirmar la
«superioridad» de una raza sobre otra, por muy pernicioso que sea; el remedio
para un argumento falaz es un argumento mejor, no la supresión de la idea.
• Grupos e individuos tienen
libertad de denunciar que una conspiración judía o masónica domina el mundo, o
que el gobierno federal está aliado con el diablo.
• Un individuo, si lo desea,
puede ensalzar la vida y la política de asesinos de masas tan indiscutibles
como Adolf Hitler, Iósiv Stalin y Mao Zedong. Hasta las opiniones más detestables
tienen derecho a ser oídas.
El sistema fundado por
Jefferson, Madison y sus colegas ofrece medios de expresión a personas que no
comprenden su origen y desearían sustituirlo por otro muy diferente. Por
ejemplo, Tom Clark, fiscal general y, como tal, el principal defensor de la ley
de Estados Unidos, ofreció esta sugerencia en 1948: «No se debería permitir a
los que no creen en la ideología de Estados Unidos quedarse en Estados
Unidos». Pero sí hay una ideología clave y característica de la ideología de
los Estados Unidos es que no hay ideologías obligatorias ni prohibidas.
Algunos casos más recientes: John Brockhoeft, encarcelado por haber puesto una
bomba en una clínica abortiva de Cincinnati, escribió, en una carta a una
revista «pro vida»:
Soy un fundamentalista de mente estrecha,
intolerante, reaccionario, defensor de la Biblia... fanático donde los haya...
La razón por la que Estados Unidos fue en otros tiempos una gran nación, además
de haber sido bendecida por Dios, es porque se basaba en la verdad, la justicia
y la estrechez de miras.
Randall Terry, fundador de «Operation Rescue», una organización que bloquea
las clínicas donde se practican abortos, dijo a una congregación en agosto de
1993:
Dejad que os bañe una ola de intolerancia... Sí, odiar es bueno... Nuestro
objetivo es una nación cristiana... Dios nos ha llamado para conquistar este
país... No queremos pluralismo.
La expresión de estas opiniones está
protegida, como es de rigor, por la Declaración de Derechos, aunque los
protegidos la abolirían si tuvieran ocasión. La protección que tenemos los
demás es utilizar la misma Declaración de Derechos para transmitir a todos los
ciudadanos lo indispensable que es.
¿Qué manera de
protegerse a sí mismas contra la falibilidad humana, qué mecanismo de
protección ante el error ofrecen esas doctrinas e instituciones alternativas?
¿Un líder infalible? ¿Raza? ¿Nacionalismo? ¿Una ruptura general con la
civilización, excepto por los explosivos y armas automáticas? ¿Cómo pueden
estar seguras... especialmente en la oscuridad del siglo xx? ¿No
necesitan velas?
En su
celebrado librito Sobre la libertad, el filósofo inglés John Stuart Mill
defendía que silenciar una opinión es «un mal peculiar». Si la opinión es
buena, se nos arrebata la «oportunidad de cambiar el error por la verdad»; y,
si es mala, se nos priva de una comprensión más profunda de la verdad en «su
colisión con el error». Si sólo conocemos nuestra versión del argumento, apenas
sabemos siquiera eso; se vuelve insulsa, pronto aprendida de memoria, sin
comprobación, una verdad pálida y sin vida.
Mill
también escribió: «Si la sociedad permite que un número considerable de sus
miembros crezcan como si fueran niños, incapaces de guiarse por la
consideración racional de motivos distantes, la propia sociedad es culpable.»
Jefferson exponía lo mismo aún con mayor fuerza: «Si una nación espera ser
ignorante y libre en un estado de civilización, espera lo que nunca fue y lo
que nunca será.» En una carta a Madison, abundó en la idea: «Una sociedad que
cambia un poco de libertad por un poco de orden los perderá ambos y no merecerá
ninguno.»
Hay gente
que, cuando se le ha permitido escuchar opiniones alternativas y someterse a un
debate sustancial, ha cambiado de opinión. Puede ocurrir. Por ejemplo, Hugo
Black, en su juventud, era miembro del Ku Klux Klan; más tarde se convirtió en
juez del Tribunal Supremo y fue uno de los defensores de las históricas
decisiones del tribunal basadas en parte en la XIV Enmienda a la Constitución
que afirmaron los derechos civiles de todos los americanos. Se decía de él que,
de joven, se puso túnicas blancas para asustar a los negros y, de mayor, se
vistió con túnicas negras para asustar a los blancos.
En asuntos
de justicia penal, la Declaración de Derechos reconoce la tentación que puede
sentir la policía, fiscales y magistratura de intimidar a los testigos y
acelerar el castigo. El sistema de justicia penal es falible: se puede
castigar a personas inocentes por delitos que no cometieron; los gobiernos son
perfectamente capaces de encerrar a los que, por razones no relacionadas con
la suposición de delito, no le gustan. Así, la Declaración de Derechos protege
a los acusados. Se hace una especie de análisis de costo-beneficio. A veces
puede liberarse al culpable para que el inocente no sea castigado. Eso no es
sólo una virtud moral; también impide que se use el sistema de justicia penal
para suprimir opiniones impopulares o minorías despreciadas. Es parte de la
maquinaria de corrección de errores.
Las ideas
nuevas, los inventos y la creatividad en general son siempre la punta de lanza
de un tipo de libertad: una rotura de limitaciones y obstáculos. La libertad es
un requisito previo para continuar el delicado experimento de la ciencia —razón
por la que la Unión Soviética no podía seguir siendo un Estado totalitario para
ser tecnológicamente competitiva—. Al mismo tiempo, la ciencia —o más bien su
delicada mezcla de apertura y escepticismo, y su promoción de la diversidad y
el debate— es un requisito previo para continuar el delicado experimento de la
libertad en una sociedad industrial y altamente tecnológica.
Una vez
cuestionada la insistencia religiosa en la opinión dominante de que la Tierra
estaba en el centro del universo, ¿por qué aceptar las afirmaciones repetidas
con confianza por los jefes religiosos de que Dios envió a los reyes para que
nos gobernaran? En el siglo XVII, era fácil fustigar a los tribunales ingleses
y coloniales y lanzarlos con frenesí contra tal impiedad o herejía. Estaban
dispuestos a torturar a la gente hasta la muerte por sus creencias. A finales
del siglo XVIII, no estaban tan seguros.
Rossiter de nuevo (de Siembra de la República, 1953):
Bajo la presión del entorno americano, el
cristianismo se hizo más humanista y templado, más tolerante con la lucha de
las sectas, más liberal con el crecimiento del optimismo y racionalismo, más
experimental con el ascenso de la ciencia, más individualista con la llegada
de la democracia. Y lo que es igual de importante, un número cada vez mayor de
colonos, como lamentaba en voz alta una legión de predicadores, estaba
adquiriendo una curiosidad secular y una actitud escéptica.
La Declaración de Derechos
separó a la religión del Estado, en parte porque muchas religiones estaban
sumergidas en un marco de pensamiento absolutista, convencida cada una de ellas
de que sólo ella tenía el monopolio de la verdad y deseosa en consecuencia de
que el Estado impusiera esta verdad a los demás. Los líderes y practicantes de
las religiones absolutistas solían ser incapaces de percibir un terreno medio o
reconocer que la verdad podía inspirar y abrazar doctrinas aparentemente
contradictorias.
Los
formuladores de la Declaración de Derechos tenían ante sus ojos el ejemplo de
Inglaterra, donde el delito eclesiástico de herejía y el secular de traición
se habían vuelto casi indistinguibles. Muchos de los primeros colonos habían
llegado a América huyendo de la persecución religiosa, aunque algunos de ellos
no tenían ningún reparo en perseguir a otros por sus creencias. Los
fundadores de nuestra nación reconocieron que una relación estrecha entre el
gobierno y cualquiera de las religiones belicosas sería fatal para la
libertad... y perjudicial para la religión. El juez Black (en la decisión
del Tribunal Supremo Engel V. Vítale, 1962) describió la cláusula de
establecimiento de la Primera Enmienda de ese modo:
Su primer propósito y más inmediato radicaba
en la creencia de que una unión de gobierno y religión tiende a destruir el
gobierno y a degradar la religión.
Además, aquí también funciona la separación de
poderes. Cada secta y culto, como apuntó en una ocasión Walter Savage Landor,
es una comprobación moral de las otras: «La competencia es tan sana en religión
como en el comercio.» Pero el precio es alto: esta competencia es un
impedimento para las instituciones religiosas que actúan en concierto para
dirigir el bien común. Rossiter concluye:
Las doctrinas gemelas de la separación de
Iglesia y Estado y la libertad de conciencia individual son el meollo de
nuestra democracia, si no ciertamente la contribución más majestuosa de Estados
Unidos a la liberación del hombre occidental.
Pero no sirve de nada tener
esos derechos si no se usan: el derecho de libre expresión cuando nadie
contradice al gobierno, la libertad de prensa cuando nadie está dispuesto a
formular las preguntas importantes, el derecho de reunión cuando no hay
protesta, el sufragio universal cuando vota menos de la mitad del electorado,
la separación de la Iglesia y el Estado cuando no se repara regularmente el
muro que los separa. Por falta de uso, pueden llegar a convertirse en poco más
que objetos votivos, pura palabrería patriótica. Los derechos y las libertades
o se usan o se pierden.
Gracias a
la previsión de los que formularon la Declaración de Derechos —e incluso
gracias a todos aquellos que, con un riesgo personal considerable, insistieron
en ejercer esos derechos— ahora es difícil acallar la libre expresión. Los
comités de bibliotecas escolares, el servicio de inmigración, la policía, el
FBI —o el político ambicioso que busca ganar votos fáciles— pueden intentarlo
de vez en cuando, pero tarde o temprano salta el tapón. La Constitución, al fin
y al cabo, es la ley de la tierra, los cargos públicos juran respetarla, y los
activistas y tribunales la ponen a prueba de manera periódica.
Sin embargo, con el descenso
del nivel de la educación, la decadencia de la competencia intelectual, la
disminución del entusiasmo por un debate sustancial y la sanción social contra
el escepticismo, nuestras libertades pueden irse erosionando lentamente y
nuestros derechos quedar subvertidos. Los fundadores lo entendieron muy bien:
«El momento de establecer todos los derechos esenciales sobre una base legal
es ahora, cuando nuestros gobernantes son honestos y nosotros estamos unidos»,
dijo Thomas Jefferson.
Cuando concluya esta guerra [revolucionaria],
nuestro camino será cuesta abajo. Entonces no será necesario recurrir en todo
momento al pueblo para buscar apoyo. En consecuencia, lo olvidarán y se
ignorarán sus derechos. Se olvidarán de ellos mismos excepto en la facultad de
ganar dinero y nunca pensarán en unirse para prestar el respeto debido a sus
derechos. Así pues, los grilletes, que no serán destruidos a la conclusión de
esta guerra, permanecerán largo tiempo sobre nosotros y se irán haciendo cada vez
más pesados hasta que nuestros derechos renazcan o expiren en una convulsión.
---ooo---
La educación sobre el valor
de la libre expresión y las demás libertades que garantiza la Declaración de
Derechos, sobre lo que ocurre cuando no se tienen y sobre cómo ejercerlas y
protegerlas, debería ser un requisito esencial para ser ciudadano americano o,
en realidad, ciudadano de cualquier nación, con más razón cuando estos derechos
están desprotegidos. Si no podemos pensar por nosotros mismos, si somos
incapaces de cuestionar la autoridad, somos pura masilla en manos de los que
ejercen el poder. Pero si los ciudadanos reciben una educación y forman sus
propias opiniones, los que están en el poder trabajan para nosotros. En
todos los países se debería enseñar a los niños el método científico y las
razones para la existencia de una Declaración de Derechos. Con ello se adquiere
cierta decencia, humildad y espíritu de comunidad. En este mundo poseído por
demonios que habitamos en virtud de seres humanos, quizá sea eso lo único que
nos aisla de la oscuridad que nos rodea.
Durante muchos años he
tenido el gran placer de dirigir un seminario sobre Pensamiento Crítico en la
Universidad de Cornell. He podido seleccionar estudiantes de toda la
universidad en base a su capacidad y diversidad cultural y disciplinaria.
Concedemos especial importancia a los trabajos escritos y a la argumentación
oral. Hacia el final del curso, los estudiantes seleccionan una serie de temas
sociales muy controvertidos en los que tengan una importante implicación
emocional. De dos en dos, se preparan para una serie de debates orales de final
de semestre. Unas semanas antes de los debates, sin embargo, se les informa de
que la tarea de cada uno es presentar el punto de vista del oponente de modo
que sea satisfactorio para éste y pueda decir: «Sí, es una presentación justa
de mis opiniones.» En el debate escrito conjunto exploran sus diferencias, pero
también cómo los ha ayudado el proceso de debate a entender mejor el punto de
vista opuesto. Presenté algunos temas de este libro a esos estudiantes; he aprendido
mucho de la recepción y crítica de mis ideas y quiero darles las gracias.
También estoy agradecido al Departamento de Astronomía de Cornell, y a su
presidente, Yervant Terzian, por permitirme dar el curso que —a pesar de llevar
el título de Astronomy 490— trata sólo un poco de astronomía.
Parte de
este libro ha sido publicado en la revista Parade, un suplemento
dominical de periódicos de toda América del Norte, con unos 83 millones de
lectores a la semana. Las generosas respuestas que he recibido de los lectores
de Parade me han permitido profundizar en mi comprensión de los temas
que describo en este libro y en la variedad de actitudes públicas. En varios
lugares he resumido parte de las cartas que he recibido de lectores de Parade
que, creo, me han servido para tomar el pulso de la ciudadanía de Estados
Unidos. El editor jefe de Parade, Walter Anderson, y el editor senior,
David Currier, además del personal de edición e investigación de esta
interesante revista, han mejorado en muchos casos mi presentación. También han
permitido que se expresaran opiniones que podrían no haberse impreso en
publicaciones menos respetuosas de la Primera Enmienda de la Constitución de
Estados Unidos. Algunas partes del texto aparecieron por primera vez en The
Washington Post y The New York Times. El último capítulo se basa en parte
en un discurso que tuve el placer de pronunciar el 4 de julio de 1992 desde el
Pórtico del Este en Monticello —«la cruz de la moneda»— durante el acto de
admisión a la ciudadanía de Estados Unidos de personas de treinta y una naciones
distintas.
Mis
opiniones sobre la democracia, el método de la ciencia y la educación pública
han recibido la influencia de numerosas personas a lo largo de los años y a
muchas de ellas las he mencionado en el texto. Pero me gustaría destacar aquí
la inspiración que he recibido de Martín Gardner, Isaac Asimov, Philip
Morrison y Henry Steele Commager. No tengo espacio suficiente para dar las
gracias a los muchos que me han ayudado a proporcionar comprensión y ejemplos
lúcidos, o que han corregido errores de omisión o comisión, pero quiero que
todos ellos reciban mi agradecimiento más profundo. Sin embargo, debo agradecer
explícitamente a los siguientes amigos y colegas su revisión crítica de todos
o parte de los borradores de este libro: Bill Aldridge, Susan Blackmore,
William Cromer, Fred Frankel, Kendrick Frazier, Martín Gardner, Ira Glasser,
Fred Golden, Kurt Gottdried, Lester Grinspoon, Philip Klass, Paúl Kurtz,
Elizabeth Loftus, David Morrison, Richard Ofshe, Jay Orear, Albert Pennybacker,
Frank Press, James Randi, Theodore Roszak, Dorion Sagan, David Saperstein,
Robert Seiple, Steven Soter, Jeremy Stone, Peter Sturrock y Yervant Terzian.
También
agradezco a mi agente literario, Morton Jankiow, y a los miembros de su
personal sus sabios consejos; Ann Godoff y los demás encargados por el proceso
de producción en Random House: Enrica Gadler, J. K. Lambert, y Kathy
Rosenbloom; William Barnett por encargarse del manuscrito en las fases finales;
Andrea Barnett, Laurel Parker, Karenn Gobrecht, Cindi Vita Voel, Ginny Ryan y
Christopher Ruser por su ayuda; y al sistema de la Biblioteca de Cornell,
incluyendo la colección de libros raros sobre misticismo y superstición
recopilados originalmente por el primer presidente de la universidad, Andrew
Dickson White.
Algunas
partes de cuatro capítulos de este libro fueron escritas con mi esposa y
antigua colaboradora Ann Druyan, que fue elegida secretaria de la Federación
de Científicos Americanos, una organización fundada en 1945 por los
científicos del «Proyecto Manhattan» original para supervisar el uso ético de
la ciencia y la alta tecnología. También me ha ayudado con directrices, sugerencias
y críticas sobre el contenido del libro y en todos los estadios de redacción en
el curso de casi una década. De ella he aprendido más de lo que soy capaz de
decir. Me reconozco afortunado de haber encontrado una persona a la que admiro
por sus consejos y juicio, su sentido del humor y visión valerosa y que es
además el amor de mi vida.
(ALGUNAS CITAS Y SUGERENCIAS DE LECTURAS)
Capítulo 1. LO
MÁS PRECIADO
Martín Gardner, «Doug
Henning and the Giggling Gurú», Skeptical Inquirer, mayo-junio de 1995,
pp. 9-11, 54. Daniel
Kahneman y Amos Tversky, «The Psychology ofPreferences»,
Scientific American, vol. 246 (1982), pp. 160-173.
Ernest Mandel, Trotsky as Alternative (Londres, Verso, 1995), p. 110.
Maureen 0'Hara, «OfMyths and Monkeys: A Critical Look at Critical
Mass», en Ted Schuitz, ed., The
Fringes ofReason (véase más bajo), pp. 182-186.
Max Perutz, ¿Es necesaria
la ciencia? (Madrid,
Espasa-Calpe, 1990). Ted Schuiz, ed., The Fringes ofReason: A Whole Earth C
átalo g: A
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to New Age Frontiers, Unusual Beliefs & Ecceritric Sciences (Nueva York, Harmony, 1989). Xianghong Wu, «Paranormal in China», Skeptical
Briefs,, vol. 5 (1995), núm. l, pp.
1-3, 14.
J. Peder Zane, «Soothsayers as
Business Advisers», The Ne\v York times, 11 de septiembre de 1994, sec.
4, p. 2.
Capítulo 2. CIENCIA
Y ESPERANZA
Albert Einstein, «On the
Electrodynamics of Moving Bodies», pp. 35-65 (publicado originalmente como «Zur
Elektrodynamik bewegter Kórper», Annalen der Physik 17 [1905], pp.
891-921), en H. Lo-rentz, A. Einstein, H. Minkowski y H. Weyí, The Principie
of Relativity: A Collection of Original Memoirs on the Special and General
Theory of Relativity (Nueva York, Dover, 1923). Harry Houdini, Mímele
Mongers and Their Methods (Buffalo, NY, Prometheus Books, 1981).
Capítulo 3. EL
HOMBRE DE LA LUNA Y LA CARA
DE MARTE
John Michell, Natural
Likeness: Faces and Figures, in Nature (Nueva York, E. P. Dutton, 1979).
Cari Sagan y Paúl Fox, «The
Cañáis ofMars: An Assessment after Mariner 9», Icarus, vol. 25 (1972),
pp. 601-612.
Capítulo 4. EXTRATERRESTRES
E. U. Condón, Scientific
Study of Unidentified Fiying Objects (Nueva York, Bantam Books, 1969).
Philip J. Klass, Skeptics UFO Newsletter, Washington, D. C., varios
números. (Dirección: 404 «N» St. SW, Washington, D. C. 20024.)
Charles Mackay, Extraordinary
Popular Delusions and the Madness of the Crowds (primera edición publicada
en 1841) (Nueva York, Parrar, Straus y Giroux, 1932, 1974) (también, Nueva
York, Gordon Press, 1991).
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Skies!: A Chronicle of the Fiying Saucer Myth (Washington y Londres,
Smithsonian Institution Press, 1994).
Doriald B. Rice, «No Such
Thing as "Aurora"», The Washington Post,
27 de diciembre de 1992, p. 10.
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NY, Cornell University Press, 1972). Jim Schnable, Round in Circles:
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Hamish Hamilton en 1993).
Capítulo 6. alucinaciones
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«Sudden Religious Conversions in Temporal Lobe Epilepsy», British Journal
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Experients: The Temporal Lobe Factor», Perceptual and Motor Skills, vol.
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R. K. Siegel y L. J. West, eds., Hallucinations:
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Theory (Nueva York, Wiley, 1975).
Capítulo 7. EL MUNDO
POSEÍDO POR DEMONIOS
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Creatures (Nueva York, Pantheon, 1976), pp. 239-242. Thomas E. Bullard,
«UFO Abduction Reports: The Supernatural Kidnap Narrative Retums in
Technological Guise», Journal ofAmerican Folklore vol. 102, núm. 404
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Prophecy Report, The Millennium Watch Institute, P. O. Box 34201,
Filadelfia, PA 19101-4021, varios números.
Edward Gibbon, Historia de la
decadencia y ruina del Imperio romano, vol. I, 180 d. J.C.-395 d. J.C. (Madrid, Turner,
1984), pp. 410,361,432.
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«Entirely Unpredisposed», Magonia, enero de 1990. Martín S. Kottmeyer, «Gauche Encounters:
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pp. 227, 228.
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and Culture: An Introduction to Anthropology of Religión (Prospect Heights,
IL, Waveland Press, 1989) (publicado originalmente en 1968 por Macmillan), pp.
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1969).
Capítulo 8. SOBRE LA DISTINCIÓN ENTRE VISIONES
VERDADERAS Y FALSAS
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Capítulo 9. terapia
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Capítulo 12. EL
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Capítulo 17. UN MATRIMONIO ENTRE EL ESCEPTICISMO Y EL ASOMBRO
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Inquisition: Irrational Rationalism and the
Citadel of Science (Phoenix, Falcon Press, 1986).
Capítulo 18. EL VIENTO
LEVANTA POLVO
Alan Cromer, Uncommon Sense: The Heretical
Nature of Science (Nueva York, Oxford University Press, 1993). Richard
Borshay Lee, The !Kung San: Men, Women and Work in a Foraging Society
(Cambridge, UK, Cambridge University Press, 1979).
Capítulo 19. NO HAY
PREGUNTAS ESTÚPIDAS
Youssef M. Ibrahim, «Muslim
Edicts Take on New Forcé», The New York Times, 12 de febrero de 1995, p.
A14
Catherine S. Manegoíd, «U.S.
Schools Misuse Time, Study Asserts», The New York Times, 5 de mayo de
1994, p. A21.
«The Competitive Strength of
U.S. Industrial Science and Techno-logy: Strategic Issues», informe del Comité
Nacional de la Ciencia sobre Apoyo Industrial para Investigación y Desarrollo,
Fundación Nacional de Ciencia, Washington, D. C., agosto de
1992.
Capítulo 21. EL CAMINO
DE LA LIBERTAD
Walter R. Adam y Joseph O.
Jeweil, «African-American Education Since An American Dilemma», Daedalus
124, 77-100, 1995.
K. J. Larry Brown, ed., «The
Link Between Nutrition and Cognitive Development in Children», Center on
Hunger, Poverty and Nutrition Policy, Escuela de Nutrición, Tufts University,
Medford, MA, 1993, y referencias allí dadas.
Gerard S. Coles, «For Whom the
Bell Curves», The Bookpress 5 (1) 8-9,
15, febrero de 1995.
Frederick Douglass, Autobiographies:
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(Nueva York, Library of América, 1994).
León J. Kamin, «Behind the Bell Curve», Scientific
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Tom Mciver, «The Protocols of
Creationism: Racism, Anti-Semitism and White Supremacy in Christian
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Capítulo 22. ADICTOS DEL
SIGNIFICADO
Tom Gilovich, How We Know
What Isn't So: The Fallibility of Human
Reason in Everyday Life (Nueva York, Free Poress, 1991). «O. J. Who?» New York, 17
de octubre de 1994, p. 19.
Capítulo 23. MAXWELL Y LOS «BICHOS RAROS»
Richard P. Feynman, Robert B.
Leighton y Matthew Sands, The Feyn-man Lectures on Physics, vol. II, The Electromagnetic
Field (Reading, MA, Addison-Wesley, 1964). [Los párrafos citados aparecen
en las páginas 18-2, 20-8 y 20-9.]
Ivan Tolstoy, James Clerk
Maxwell: A Biography (Chicago, University of Chicago Press, 1982)
(publicado originalmente por Canongate Publishing Ltd., Edimburgo, 1981).
Capítulo 24. CIENCIA Y BRUJERÍA
William Glaberson, «The Press:
Bought and Sold and Grey All Over», The New York Times, 30 de julio de
1995, sección 4, pp. 1, 6.
Peter Kuznick, «Losing the
Worid of Tomorrow: The Battie Over the Presentation of Science at the 1939
WorkTs Fair», American Quarterly, vol. 46, núm. 3 (septiembre de 1994),
pp. 341-373.
Emest Mandel, Trotsky as
Alternative.
Rossel Hope Robbins, The
Enciclopedia of Witchcraft and Demono-logy (Nueva York, Crown, 1959).
Jeremy J. Stone, «Conscience,
Arrogation and the Atomic Scientists» y «Edward Teller: A Scientific Arrogator
of the Right», FAS [Federación de Científicos Americanos], Public Interest
Repon, vol. 47, núm. 4 (julio/agosto de 1994), pp. 1,11.
Capítulo 25. LOS VERDADEROS PATRIOTAS HACEN PREGUNTAS
I. Bernard Cohén, Science
and the Founding Fathers (Cambridge, Harvard University Press, 1995).
Clinton Rossiter, Seedtime
of the Republic (Nueva York, Harcourt Brace, 1953). Extractado en Rossiter,
The First American Re-volution (San Diego, Harvest).
J. H. Sloan, F. P. Rivera, D.
T. Reay, J. A. J. Ferris, M. R. C. Pat, y A. L. Kellerman, «Firearm Regulations
and Ratos of Suicide: A Comparison of Two Metropolitan Áreas», New England
Jour-nal of Medicine, vol. 311 (1990), pp. 369-373.
«Post Script», Conscience,
vol. 15, núm. 1 (primavera de 1994), p. 77.
[1]
Versión de José Manuel Pabón y
Manuel Femández-Galiano, Madrid, 1984.
[2]
Aunque puede afirmarse lo mismo de
Theodore Rooseveit, Herbert Hoover y Jimmy Cárter. Gran Bretaña tuvo una
primera ministra así con Margaret Thatcher. Sus estudios de química, en parte
bajo la tutela de la premio Nobel Dorothy Hodgkins, fueron la clave de la
fuerte defensa por parte del Reino Unido de la prohibición mundial del CFC
reductor del ozono.
[3] Recientemente, en una cena, pregunté a los
comensales reunidos —cuya edad calculo que iba de los treinta a los sesenta—
cuántos de ellos estarían vivos si no hubieran existido los antibióticos,
marcapasos y el resto de la parafernalia de la medicina moderna. Sólo uno
levantó la mano. No era yo.
[4]
«Ninguna persona religiosa lo
cree», escribe uno de los consultores de este libro. Pero muchos «científicos
creacionistas» no sólo lo creen, sino que realizan esfuerzos cada vez más
agresivos y exitosos para que se enseñe en las escuelas, museos, zoológicos y
libros de texto. ¿Por qué? Porque sumando las «genealogías», las edades de los
patriarcas y otros en la Biblia, se alcanza esta cifra, y la Biblia es
«inequívoca».
[5]
Aunque para mí es difícil ver una
conexión cósmica más profunda que los asombrosos descubrimientos de la
astrofísica nuclear moderna: excepto el hidrógeno, todos los átomos que nos
configuran —el hierro de nuestra sangre, el calcio de nuestros huesos, el
carbón de nuestro cerebro— fueron fabricados en estrellas gigantes rojas a una
distancia de miles de años luz en el espacio y hace miles de millones de años
en el tiempo. Somos, como me gusta decir, materia estelar.
[6]
Como lo expresó el físico Benjamín
Franklin: «En el curso de esos experimentos, ¿cuántos bellos sistemas
construimos que pronto nos vemos obligados a destruir?» Al menos, pensaba
Franklin, la experiencia bastaba para «ayudar a hacer un hombre humilde de un
vanidoso».
[7]
Estos casos son muy diferentes al
del llamado Sudario de Turín, que muestra algo demasiado parecido a una forma
humana para interpretarlo como una forma natural y que, según sugiere ahora la
datación por carbono-14, no es el sudario de la muerte de Jesús sino una
mistificación piadosa del siglo XIV, una época próspera y provechosa para la
industria artesana de fabricación de reliquias religiosas fraudulentas.
[8]
La idea general es bastante
antigua; se podía encontrar hace un siglo en el mito del canal marciano de
Percival Loweil. Como uno de muchos ejemplos, P. E. Cleator, en su libro de
1936 Cohetes a través del espacio: el alba del viaje interplanetario,
especulaba: «Se pueden encontrar en Marte los restos desmoronados de antiguas
civilizaciones, testigos mudos de la gloria de otras épocas de un mundo
moribundo.»
[9]
Por ejemplo, el Publishers
Weekly del 4 de septiembre de 1994: «Según una encuesta Gallup [sic], más
de tres millones de americanos creen haber sido abducidos por extraterrestres.»
[10]
Hay tantos satélites artificiales
por los cielos que siempre se producen exhibiciones llamativas en alguna parte
del mundo. Todos los días se desintegran dos o tres en la atmósfera de la
Tierra y a menudo los restos llameantes son visibles para el ojo humano.
[11]
Es un ejercicio estimulante pensar
preguntas de las que ningún humano sabe actualmente la respuesta pero que se
podría reconocer inmediatamente de ser ésta la correcta. Aún es más desafiante
formular estas preguntas en campos distintos de las matemáticas. No estaría
mal organizar un concurso para recoger las diez mejores respuestas a «Diez
preguntas para plantear a un extraterrestre».
[12]
En tiempos más recientes, la señora
Hill ha escrito que en las verdaderas abducciones por extraterrestres «no se
muestra ningún interés sexual. Sin embargo, con frecuencia se quedan algunas
pertenencias [del abducido], como cañas de pescar, joyas de distintos tipos,
gafas o un poco de detergente».
[13]
Los Sueños se asocian a un estado
llamado REM, abreviación habitual de rapid eye movement. (Bajo los
párpados cerrados, los ojos se mueven, quizá siguiendo la acción en el sueño,
o quizá de manera aleatoria.) El estado REM está fuertemente relacionado con la
excitación sexual. Se han realizado experimentos en los que se despierta a los
sujetos dormidos cada vez que emerge el estado REM, mientras a los miembros de
un grupo de control se los despierta con la misma frecuencia todas las noches
pero no cuando sueñan. Pasados unos días, el grupo de control está un poco
tambaleante, pero el grupo experimental —al que se impide soñar— alucina
durante el día. No es que se pueda hacer alucinar de ese modo a algunas
personas con una anormalidad particular; cualquiera es capaz de alucinar.
[14]
«Ciencia» significa «conocimiento»
en latín. Aun sin profundizar, se nos revela aquí una disputa jurisdiccional.
[15]
Igualmente, en la misma obra: «Son
tantos los que atestiguan que las brujas provocan tormentas que creo
innecesario nombrarlos.» El teólogo Meric Casaubon —en su libro de 1668, De
la credulidad y la incredulidad— argüía que las brujas debían existir
porque, al fin y al cabo, todo el mundo cree en ellas. Cualquier cosa en la que
cree un gran número de personas tiene que ser cierta.
[16]
Por lo visto, la Santa Inquisición
adoptó este tipo de ejecución para acatar literalmente una frase bien
intencionada de la ley canónica (Concilio de Tours, 1163): «La Iglesia abomina
del derramamiento de sangre.»
[17]
En el tenebroso terreno de los
cazadores de recompensas e informadores a sueldo, la corrupción vil suele ser
la norma, en todo el mundo y a lo largo de toda la historia humana. Para tomar
un ejemplo casi al azar, en 1994, a cambio de una cantidad, un grupo de
inspectores de correos de Cleveland decidió actuar en secreto para descubrir a
delincuentes; a continuación inventaron casos penales contra treinta y dos
trabajadores de correos inocentes.
[18]
Y luego, en una frase que nos
recuerda lo cerca que está el paradigma de la abducción por extraterrestres de
la religión mesiánica y milenarista, Mack concluye: «Yo soy un puente entre
esos dos mundos.»
[19]
«CTA-102, aquí estamos, te
recibimos. / Las señales nos dicen que estas ahí. / Las podemos oír altas y
claras...»
[20]
No se les puede llamar simplemente
testigos porque a menudo el tema en cuestión es si han sido testigos de algo
(o, al menos, de algo en el mundo exterior)
*
¿Armagedón?
[21]
De una carta recibida por The
Skeptical Inquírer; cortesía de Kendrick Prazier.
*
Bagon en el original
*
¿T. H. Huxley?
[22]
Este problema afecta a los juicios
con jurado. Estudios retrospectivos demuestran que algunos miembros del jurado
deciden su opinión muy pronto quizá durante los discursos de apertura— y luego
se quedan con la prueba que parece encajar con sus impresiones iniciales y
rechazar la prueba contraria. No les pasa por la cabeza el método de hipótesis
alternativas de trabajo.
*
¿la navaja de Ockham?
[23] Una formulación más cínica del historiador romano
Polibio:
Como las masas del pueblo son inconstantes, plagadas de deseos desenfrenados
e indiferentes a las consecuencias, se las debe llenar de terror para mantener
el orden. Los antiguos hicieron bien, por tanto, en inventar los dioses y la
creencia en el castigo después de la muerte.
[24] Mi ejemplo favorito es esta historia que se contaba
del físico italiano Enrico Fermi cuando, recién llegado a las costas
americanas, se enroló en el «Proyecto Manhattan» de armas nucleares y se
encontró cara a cara en plena segunda guerra mundial con los almirantes
estadounidenses:
Fulano de
tal es un gran general, le dijeron. ¿Cuál es la definición de un gran general?,
preguntó Fermi corno era típico en él.
Se supone
que es un general que ha ganado muchas batallas consecutivas.
¿Cuántas?
Después de sumar y restar un poco, se fijaron en cinco.
¿Qué
fracción de generales americanos son grandes?
Después de
sumar y restar un poco más, se fijaron en un pequeño tanto por ciento.
Pero imaginemos, replicó
Fermi, que no existe algo así como un gran general, que todos los ejércitos
son iguales y que ganar una batalla es puramente un asunto de posibilidades.
Entonces, la posibilidad de ganar una batalla es una de dos, o 1/2, dos
batallas 1/4, tres 1/8, cuatro 1/16, y cinco batallas consecutivas 1/32... que
es cerca del tres por ciento. Es lógico esperar que un pequeño tanto por
ciento de generales americanos venzan en cinco batallas consecutivas, por pura
casualidad. Ahora bien, ¿alguno ha ganado diez batallas
consecutivas?...
[25]
O: Los niños que miran programas de
televisión violentos tienden a ser más violentos de mayores. Pero ¿es la
televisión lo que causa la violencia, o es que los niños violentos disfrutan
preferentemente viendo programas violentos? Es muy probable que los dos
enunciados sean verdad. Los defensores comerciales de la violencia en la
televisión arguyen que cualquier persona puede distinguir entre televisión y
realidad. Pero el promedio actual de los programas infantiles de los sábados
por la mañana es de veinticinco actos violentos por hora. Cuando menos, eso
insensibiliza a los niños pequeños ante la agresión y la crueldad sin ton ni
son. Y, si pueden implantarse recuerdos falsos en los cerebros de
adultos impresionables, ¿qué estamos implantando en las mentes de nuestros
hijos cuando los exponemos a unos cien mil actos de violencia antes de que
acaben la escuela elemental?
[26]
Violando las normas para «Oráculos
y Magos» fijadas por Thomas Ady en 1656: «En cosas dudosas, daban respuestas
dudosas... En lo que había probabilidades más seguras, daban respuestas más
seguras.»
[27]
Cuyos secuaces habían entrevistado
a los crédulos pacientes sólo una hora o dos antes. ¿Cómo podría conocer el
predicador sus síntomas y las direcciones de sus casas si no era a través de
Dios? Esa patraña del curandero fundamentalista cristiano Peter Popoff,
denunciada por Randi en su momento, fue llevada al cine con poca ficción
añadida en 1993: Leap ofFaith.
*
Estebanico en el orig
[28]
Sin embargo es considerable la
responsabilidad de Truman en el ambiente de caza de brujas de finales de la
década de los cuarenta y principios de los cincuenta. Su Orden Ejecutiva 9835
de 1947 autorizó la investigación de las opiniones y compañías de todos los
empleados federales, sin derecho a replicar al acusador o incluso, en la
mayoría de los casos, conocer el contenido de la acusación. Se despidió a todos
los que se halló en falta. Su fiscal general, Tom Clark, estableció una lista
de organizaciones «subversivas» tan larga que en un momento dado llegó a
incluir la Unión de Consumidores.
*
Harold Clayton Urey
*
Fred Hoyle
[29]
Paine fue el autor del panfleto
revolucionario Sentido común. Publicado el 10 de enero de 1776, vendió
más de medio millón de ejemplares en pocos meses y despertó a muchos americanos
a la causa de la independencia. Fue autor de los tres libros más vendidos del
siglo XVIII. Generaciones posteriores le injuriaron por sus puntos de vista
sociales y religiosos. Theodore Roosevelt le llamó «pequeño y sucio ateo», a
pesar de su profunda creencia en Dios. Probablemente es el revolucionario
americano más ilustre que no cuenta con un monumento en Washington, D. C.
*
¿Siberia?
[30]
Eso no planteaba ningún problema
para muchos otros. «Creo, luego entiendo», dijo san Anselmo en el siglo XI.
[31]
Hubo una época en que la respuesta
a esta pregunta era cuestión de vida o muerte. Miles Phillips era un marino
inglés perdido en el México español. Él y sus compañeros fueron llevados ante
la Inquisición el año 1574. Se les preguntó «si creíamos que la hostia de pan
que el sacerdote elevaba sobre su cabeza, y el vino que había en el cáliz, era
el cuerpo verdadero y perfecto de nuestro Salvador Jesucristo, ¿sí o no? A lo
cual —añade Phillips—, si no respondíamos "¡Sí!" no había más
solución que la muerte».
[32]
Como este ritual mesoamencano no se
ha practicado desde hace cinco siglos, contamos con la perspectiva para
meditar sobre las decenas de miles de personas que se ofrecieron voluntaria o
involuntariamente como sacrificio a los dioses aztecas y mayas y aceptaron sus
destinos con fe serena y el conocimiento confiado de que morían para salvar al
universo.
[33]
El tiempo de espera medio para el
rebosamiento estocástico es mucho más largo que la edad del universo
desde el big bang. Pero, por improbable que sea, en principio podría ocurrir
mañana.
[34]
Y en algunos casos el escepticismo
sería simplemente una tontería, como por ejemplo al aprender a deletrear.
[35]
No incluyo aquí la lluvia de
«porqués» con que los niños de dos años atacan a veces a sus padres, quizá en
un intento de controlar el comportamiento de los adultos.
[36]
Escrito con Ann Druyan
[37]
Escrito
con Ann Druyan.
[38]
Años mas tarde escribió sobre la
Biblia con palabras que recordaban las de Douglas. “No conozco otro libro que
preconice tan planamente el sometimiento y la degradación de las mujeres”
[39]
Nerds en el original. En Estados Unidos se aplica esta palabra a un grupo
bastante nutrido de personas, científicos y otros, con un comportamiento y
significación social que no tiene equivalente en español. «Bichos raros» me ha
parecido el calificativo más cercano al término. (N. de la t.)
[40]
El programa SETI fue brevemente
resucitado en 1995 con contribuciones privadas y el apropiado nombre de
Proyecto Fénix.
[41]
Escrito con Ann Druyan. Los dos
capítulos siguientes incluyen más contenido político que cualquier otra parte
del libro. No deseo sugerir que la defensa de la ciencia y el escepticismo
conduzcan necesariamente a todas las conclusiones políticas y sociales que yo
extraigo. Aunque el pensamiento escéptico es
de valor incalculable en política, la política no es una ciencia.
[42] Un pasaje típico del libro Ruinas de 1791 de
Volney:
«Uno disputa, discute, lucha por algo que es incierto, por algo de lo
que duda. ¡Oh, hombres! ¿No es esto una locura?... Debemos trazar una línea de
distinción entre los que son capaces de verificación y los que no lo son, y
separar con una barrera inviolable el mundo de los seres fantásticos del mundo
de las realidades; es decir, debe eliminarse todo efecto civil de las opiniones
teológicas y religiosas.»
[43]
. Lo que sugería que las autoridades no habían entendido nada de su
historia, que se limitaban a sustituir a una figura histórica por otra en la
lista de «irreprochables».
[44]
Como «héroe» de la Unión Soviética
condecorado con profusión y conocedor de sus secretos nucleares, Sajárov
escribió sin ambages en el año de guerra fría de 1968 —en un libro que se
publicó en Occidente y se distribuyó ampliamente en samizdat en la Unión
Soviética—: «La libertad de pensamiento es la única garantía contra la
infección de los pueblos por los mitos de masas que, en manos de hipócritas y
demagogos traidores, pueden transformarse en dictaduras sangrientas.» Pensaba
tanto en Occidente como en Oriente. Yo añadiría que el pensamiento libre es una
condición necesaria, pero no suficiente, para la democracia.
[45]
Escrito con Ann Druyan.


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