© Libro No. 457. Aura o Las Violetas. Vargas Vila, José María. Colección E. O. Julio 27 de 2013.
Título original: © Obras Completas de Vargas
Vila. Aura o Las Violetas. José María Vargas Vila. TOMO I. Copyright by Biblioteca NUEVA Derechos
Reservados Ley 11.723. Escaneado y corregido por RRM 2006. Impreso en la Rep. Argentina
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Emancipación: Guillermo Molina Miranda
A U R A
O
L A S
V I O L E TA S
JOSÉ MARÍA VARGAS VILA
A MIS HERMANAS
CONCHA Y ANA JULIA
Vosotras,
sabéis muy bien, por qué publico estas páginas; vosotras, fuisteis testigos de
la insistencia con que la madre ado- rada, que acaba de abandonarnos, me
suplicaba en su correspondencia, que las publicara, pues sólo conocía
fragmentos de ellas; listas estaban ya, para ver la luz pública, accediendo a
su deseo, cuando el destino acaba de arrebatárnosla para siempre, sin que
pudiera yo, ausente de la Patria, ni recibir su último suspiro, ni estrecharla
por última vez contra mi corazón; ya sus ojos, no se posarán en estas líneas,
ni sus labios repe- tirán las palabras en ellas escritas; ¡ya la mujer fuerte,
la madre mártir, la compañera de mis luchas y mi infortunio, ya no existe!
pero, quedáis vosotras, herederas de sus
virtudes, imitadoras de su ejemplo; a vosotras, que sois el reflejo de su alma,
os las dedico; vuestro amante hermano:
JOSÉ
MARÍA.
En San
Cristóbal del Táchira, mayo, 1887.
PREFACIO
PARA LA
EDICIÓN DEFINITIVA
¡Cómo
tiemblan los recuerdos en las páginas dolientes de este libro!...
triste
ronda de hojas muertas, impulsadas por el viento de la tarde...
hay
calor de ceniza en esas hojas...
cenizas
escapadas a un columbario fatal...
……………………………………………… ………………………
…...
…………………………………………………….……………………..
fue el primer libro que
escribí en mi vida; poema de adolescencia; escrito en una embriaguez de
lágrimas, por un niño solitario, tembloroso aún del primer encuentro con la
Vida, que desgarró su corazón...
la claridad infinita de
las auroras, brilla aquí con una tris- teza, semejante a la de la lámpara
veladora, que caía sobre las blancas páginas, en las cuáles la mano inexperta
trazaba las líneas del Poema, donde cantaba la música interior de un bello sueño,
que tuvo la belleza efímera de una flor que se abrió para morir...
misericordia de las
cosas idas...
la gran belleza de las
cosas muertas... diafanizadas en el Misterio;
este libro así tan
triste, es como un viejo retrato, que con- servará mis facciones de niño,
circundadas de aureolas inocen- tes, húmedas de lágrimas, tal una rosa
solitaria, abierta en un jardín en lluvia;
breviario de mi primer
ensueño desvanecido;
escrito en las largas
veladas solitarias, en espera del esplendor de las mañanas futuras...
en las noches
estremecidas por el presentimiento del Amor, apenas entrevisto en el cristal de
unos ojos, que tenían las tris- tezas del velamen de una nave que se pierde en
el horizonte...
misteriosamente; bajo
el vasto cielo;
aurora!...
libro escrito en el
dintel de mi adolescencia;
antes de entrar en esta
enorme selva de laureles ultrajados, q u e f u e m i Vi d a . . .
¿cómo no he de amarlo?
misericordiosamente... como un sudario;
que envolvió un cuerpo
muy amado;
y, se
despliega suavemente, piadosamente, cautamente...
en el crepúsculo...
ante la
sombra creciente, de la Noche
Eterna, que avanza, como
una pantera cautelosa,
bajada de las montañas del cielo;
a devorarnos...
………………………………………………………………………
…
………………………………………………………………………
…
este libro,
tan pequeño, guarda
una partícula de
Eternidad
la sombra de mi Madre,
que se proyecta en él;
la sombra de la cabeza
augusta de mi Madre, inclinada sobre
las páginas vírgenes,
que se poblaban de signos bajo mi mano.
la sombra de los ojos
de mi Madre, sus ojos tan bellos, q
se llenaban de
lágrimas y, humedecieron
con ellas el albor estas páginas, como rocío de un
cielo de ternuras, caído sol las blancas flores de mis sueños, abiertas bajo el
candor de sus miradas;
la sombra de las manos
de mi Madre, protegiendo estas páginas y ofreciéndomelas luego, en una hora de
angustia, como un lirio
votivo, como una
copa llena del
sagrado licor del Silencio y de la Muerte;
dondequiera que yo mire
hacia mi lejano Pasado adolescente, veo las manos de mi Madre, extendidas sobre
mi cabeza como un palio, puestas sobre mi corazón como un escudo;
sus blancas manos
pálidas, bellas como dos Uses de ala- bastro;
como dos azucenas de
cristal; ,
sensitivas, evocativas,
dos magnolias hoy cautivas del sepulcro ...;
ya son polvo...
son ceniza...
mas su sombra aun
electriza el alma de este Idilio doloroso, que sus ojos vieron florecer, como
una pradera de asfódelos en la gran calina lunar;
bajo la caricia
opiacente de sus manos tan amadas;
yo , so ñé .. .
a la sombra de sus ojos
tan calmados —dos estuarios siderales—;
yo, escribí;
este Poema;
¿fue soñado?
¿fue vivido?
¡oh! ¡el Misterio de
las vidas!... oh! ¡el Secreto de las almas!...
el Silencio también
tiene su canción…
cante el alma del
Silencio;
hermético; en el
Pórtico;
de este libro;
augural.
Rememoro; en el campo;
casa antigua;
vasta casa solariega,
donde el alma de los viejos fundadores de la raza, señoreaba;
sementales de una
estirpe de héroes ya vencidos... cuyos
huesos dispersos en
lejanas soledades, fueron
como polen de
libertades, que nacieron y florecieron bajo un sol violento...
y, fenecieron luego;
acaso para siempre...
la casa solitaria, era
el último asilo de la raza precaria...
un ambiente tranquilo
la rodeaba... la llenaba de calmas letales;
era como un nido oculto
entre rosales;
y, al cual la brisa
leda, acaricia con sus alas de seda;
subrepticiamente;
el aliento de los
siglos, con el alma de los muertos parecía circuirla;
barandajes de madera
contorneaban los amplios corredores que se dirían cenobiales, y a los cuales
tupidas enredaderas hacían sombra;
más allá, los jardines,
primitivos, de una flora multiforme y multicroma, reventaba en yemas cálidas o
llenaba con la tristeza magnífica de sus rosas claudicantes la agonía de la
tarde...
el alma de los
perfumes, errabunda, era como un deseo
impreciso;
en el oro claro y
triste del crepúsculo;
no había
gracia versallesca en los jardines,
sino una hosca belleza
melancólica; de parajes hechos a la liturgia de los siglos, en fiesta de
renovaciones pertinaces;
y, el campo más allá;
extático en la plenitud
de sus mirajes;
prodigioso Taumaturgo,
el Sol, iba transformando —con Pinceles invisibles— los paisajes oro y gualda,
en severas perspectivas, gris profundo, gris sombrío, con color de estagnación,
en la pálida esmeralda de los llanos; procesión de frailes lentos, semejaban
los arbustos en el plúmbeo
arborescente de sus hojas;
alineados en dos filas,
a la orilla de las largas avenidas, inclinaban con el viento sus ramajes
argento-bruno, como jóvenes novicios, bajo el gesto bendiciente de una mano
episcopal;
en su limo
verde-crótalo, los estanques somnoleaban, enredando en el cándido abanico de
las alas de los ánades, el cintillo verde-ajenjo, de sus ópalos de espuma;
a la
orilla, cisnes contemplativos se
miraban en el pálido remanso, como un coro de cantores
en redor de un facistol;
más allá rodaba el río,
su poema de cristal...
sus canciones seculares
exultaban el enojo del paisaje evanescente, que moría lentamente, esfumándose
en la sombra;
el rojo peculiar de sus
orillas, le daba el aspecto de una cicatriz, por la cual corrieran las linfas
de su sombría inquietud;
el alma divina de la
Noche se anunciaba sobre la llanura palideciente, que se hacía láctea, con el
reflejo de candor del cielo, y, una serena opacidad de mar;
las algas de los
esteros, ensayaban y tomaban la forma ranuncular bajo las manos lentas de la
sombra en la cual la palpitación de las estrellas, parecía regar pétalos de
amarilis deshojados;
los rosales parecían un
esbozo de acuarela, en la pálida inmovilidad de sus follajes...
la curva del ala
vespertina, hacía dolientes y translúcidos los paisajes;
la fuga de las hojas
semejaba una huida de libélulas, azoradas en la onda azulosa...
anemización en los
geranios;
hechos diáfanos
los lises en su exilio
de flores de
Misal;
sobre el alto cerro
ríspido, dominando la violencia de su línea
limítrofe, la Luna
con una palidez
de cerámica, diseñaba su arco en
creciente, semejante al cuello de un cisne estrangulado, en el gris
metalescente de un lago mercurial;
se diría que una lluvia
de silencios, caía del cielo pálido;
tal era la aparente
atonía de las cosas;
adentro de la casa, en
la gran sala familiar, toda en blanco, con blancuras de mezquita, yo leía;
y, mi madre me
escuchaba;
absorta, como
si la prosa
del Poema brotase lentamente di su alma;
se diría que su
delicada y suave belleza, irradiaba, como
una llama muy pálida en
la Obscuridad;
sus manos reposaban
inertes, sobre la falda del traje obscuro cuasi monacal, que llevaba desde su
viudedad;
sólo emergían
de esas negruras,
su cuello albo y
frágil, y su rostro de una belleza tan triste, que se diría el reposorio de
todos los dolores;
su quietud era estatuaria:
toda su vida se había
concentrado en sus ojos, aquellos dos estuarios de lágrimas, en perpetua
visitación de ellas, y, que en momento
empezaban a humedecerse,
como dos cálices de flor llenos del rocío de la noche;
mis hermanas cerca de
ella, enlazaban los brazos a su talle, doblaban la cabeza sobre su seno como
dos ánades miedosos, buscando el ala materna, sobre la landa hostil donde el
crepúsculo muere, magníficamente;
yo, leía las páginas de
este Idilio, y, mi voz insegura de adolescente, pronto a entrar en la juventud,
tenía temblores extraños;
el vago
sueño de amor
allí esbozado, parecía
tomar formas vivas, y la imagen de la Virgen Muerta, coronada de
violetas, se condensaba, apareciendo ante nosotros, como en un
miraje de luna
en su cándida
y flébil gracia
de azucena ecuatorial;
el himno
del Amor y
la Belleza, se
escapaba de mis labios
como las arenas
de una clepsidra,
cayendo en el silencio conmovido, lleno de tiernas
afinidades;
a medida que avanzaba
en la lectura, él dolor se enseñoreaba de nosotros, y, nos envolvía en uno como
velo, formado por las cenizas escavadas de una urna, volando en el aire sutil;
mis hermanas habían
ocultado el rostro en el regazo maternal y sollozaban...
el rostro de mi Madre
se hacía augusto, pálido bajo las lágrimas, como la trasfloración de un lirio
en un cristal;
llegado a las últimas
escenas del drama, mí voz se hizo un largo sollozo ininteligible, un grito
ahogado, y, en una verdadera crisiss de llanto, dejé caer mi cabeza sobre el
manuscrito inconcluso...
mi madre vino a mí,
levantó mi cabeza, apartó la negra cabellera, y me besó en la frente,
ampliamente, largamente, amorosamente,
como le hacía
hasta poco tiempo
antes, cuando niño me refugiaba en su seno para llorar extraños dolores
inexplicables; que eran como una transfiguración de mi trágico Destino;
y, ella
también lloraba, sobre
el manuscrito cándido, que Plegó cuidadosamente sellándolo
con un largo beso de amor...
así nació este Poema;
entre lágrimas;
en un auditorio de
Amor;
oído, por oídos, que ya
devoró la tierra... besado por labios que se hicieron polvo bajo la
tierra...
bautizado por las
lágrimas de mi Madre...
¿cómo no querréis que
ame yo este Poema, deleznable y manido, hecho sin embargo augusto en mi
corazón, por el contacto con las manos de mi madre?
dejadme besar este
Poema...
como si besara las
manos benditas de mi Madre, que se posaron en él, aquella noche triste;
¡hace ya tantos años!
y, hoy inertes...
bajo la tierra
lejana... que me vio nacer.
Amarilleó el Manuscrito
al lado de versos inocentes que nunca vieron la luz;
la corona de mis veinte
anos se hizo roja en un día de lapidación
empujé con mano viril
las puertas del Escándalo, que se abrieron
ante mí, estrepitosamente, como
dos alas de fuego...
pasé bajo su arco
ígneo, coronado de mis veinte rosas purpúreas;
la Justicia, me había
armado paladín;
y, la Libertad había
hecho de mí, su arquero infatigable...
el estrépito de
mis luchas políticas, ahogó él clamor del Poema romántico que durmió en
el Olvido...
el rojo incandescente
de los celajes de mi vida, apagó él cándido azul de los celajes de mi
corazón...
un día estalló la
guerra;
y, a la guerra fui;
el Manuscrito fue
conmigo;
sufrió de las batallas;
y, escapó conmigo él
día de la Derrota;
llegó el Exilio; y, al
Exilio fue; peregrinó conmigo;
y, llegado un día, a
las fronteras de la patria, manos amigas lo recogieron de mi lecho de enfermo
para publicarlo;
era en 1887;
en San Cristóbal del
Táchira;
………………………………………………………………………
mi Madre acababa de
cerrar los ojos para siempre, muy lejos de mí;
y, yo creía morir de
ese dolor; u n gru po d e am ig os d e l a c iu da d fron te ri za d e S an J
os é de Cúcuta, organizó una subscripción para publicar este Poema, y mi libro
político "Pinceladas sobre la Revolución
de Colombia" y fueron publicados en Maracaibo; así vió la luz pública este
Manuscrito, trivial y doloroso, otro encanto que él de su ingenuidad; fue
después de publicado en Curacao, en un volumen con "Lo Irreparable" y
"Emma", en 1889; años después fue editado en París, en la casa
Bouret; hoy lo incluyo en la colección de mis Obras Completas, que publica la
Casa Editorial Sopena, de Barcelona, en España;
no ensayo defender este
libro inexperto de un romanticismo deplorable, y, por el cual no he tenido
nunca ninguna forma de predilección literaria;
lo considero fuera de
mi Obra de novelador, que principia en
"Flor de Fango" y,
viene hasta "Cachorro de León", que acabo d«
publicar;
es en esas veinte
grandes novelas, y, aun en mis dos volúmenes de nouvelles, que debe buscarse
todo mi arte de novelar;
este pequeño libro no
entra para nada en las fronteras de ese arte, y, casi podría decir que ni en
las del Arte;
es aislado;
anterior a mi Obra
literaria y fuera de ella;
y, sin embargo, ha
tenido y, tiene, un público tan numeroso y tan fiel, que suprimirlo de mi Obra,
sería restar a ella, el más cándido y soñador grupo de lectores, que tal vez no
han leído y no leerían ningún otro libro mío;
esta novela ha sido el
Breviario de Amor de los adolescentes, durante más de treinta años en la
América latina;
yo sé que es démodé, de
una literatura arcaica, confinando con Átala y Grazziella, y todo el cardumen
de novelas románticas de la primera mitad del siglo XIX;
lo sé;
y, no ensayo
defenderla; se ha llamado esta novela: La hermana menor de María; y, mis
críticos la han
salvado del aluvión
de sus reproches, probando
con ese gesto
detractor, toda la inanidad literaria de la obra;
no la amo,
literariamente;
si hubiera de ensañarme
en ella, reduciría a polvo ese lirio de lágrimas que florece entre las manos
cruzadas de una muerta;
lo dejo intacto.
tal como floreció en
los jardines ya lejanos de mi infancia;
tal como fue escrito
por las manos inexpertas de un niño;
tal como fue besado por
los labios trémulos de aquella dolo-rosa inconsolable que fue mi Madre...
las razones
de buen gusto
no me han
parecido bastantes para desfoliar ese lirio cándido, privándolo de su
primitivo, ingenuidad;
todo el
encanto de aquel
ya lejano amanecer
de mi vida, está en estas
páginas;
no tengo el valor de
suprimirlo;
restarlo de mis Obras
Completas, me parece una felonía o, mis lectores;
una traición a tantas
almas juveniles, que durante seis lustros han abrevado en esta fuente de
lágrimas;
no he tenido el valor
de tocar ni retocar su Estética envejecida en nombre de mi nueva Estética:
he querido
que mis nuevas
normas mentales, violasen el
cándido pudor de aquellas viejas normas, ensayando imponérselas, o
absorbiéndolas para fundirlas en los crisoles de mi nueva Ideología literaria;
le he dejado todos los
candores, hasta el candor de la fe religiosa, que balbucea allí, con una
ingenuidad de niño, cosas de un misticismo pueril, natural al círculo de
ignorancias que rodeaba mi alma, antes de escalarse y volar por los cielos, ora
serenos, ora tempestuosos de la Indagación y el Raciocinio.
Dios, aparece en cada
renglón de aquellas páginas con la pertinacia monótona de un ritornelo;
lo dejo ahí, como
encerrado en el tabernáculo del viejo oratorio familiar en que mi madre me
llevaba a orar;
es consubstancial, con
la mentalidad embrionaria y morbosa de todos los personajes de la obra;
no era yo entonces el poseso de la Negación, que
he sido luego;
y, dejo a aquella flor
lejana su perfume;
su perfume de Fe;
desvinculado de
aquella virtud primitiva,
la dejo en este libro, con mi túnica pretexta, y,
todas las inocencias de aquella edad, de divina ceguera ante el Enigma;
las trasmutaciones
sucesivas de mi Espíritu, me han llevado
tan lejos de
aquél punto de
partida de mi Mentalidad de
Escritor, que apenas
si lo diviso,
en esas remotas perspectivas,
colindantes con el Olvido...
puedo asegurar que
hacía más de treinta años, que yo no leía estas páginas;
y, he tenido necesidad
de hacer un esfuerzo enorme para releerlas;
he sentido una
sensación extraña, ante este lejano encuentro conmigo mismo;
un sedimento morboso de
mi sensibilidad, que yo creía agotada, brotó a la superficie;
y, viejo hombre que hay
en mí, sintió una sensación extraña, ante el hombre nuevo, cuasi adámico, que
estas páginas evocan;
y sentí un gran dolor, en este encuentro
retrospectivo con fantasma de Mí Mismo, que yo creía olvidado;
un vaho de tumbas
abiertas me dio en el rostro;
y, una gran tristeza me
invadió a causa de esta exhumación;
y tuve
pena, una pena
indescriptible, de que
la necesidad im pe ra ti v a
de la R e vi si ón
Tot al d e mi
Obra , me i mp usi e se esta evocación de sombras queridas;
esta violación de
sudarios;
y, me juré respetar
estas páginas, dejándolas en su integridad, tal como fueron escritas hace ya
tantos años…
y, cumplo ese voto;
ofreciendo a mis
lectores de siempre, este ramo de violetas, cogidas sobre las tumbas lejanas...
* *
Las dos pequeñas
novelas que acompañan a Aura en es edición, son las mismas que le hacen
compañía desde ha treinta años, cuando la casa Bethencourt, de Curaçao, las
reunió en un solo volumen, en 1889.
"Emma", es
una nouvelle, de la misma endeblez literaria de
"Aura", y de su mismo romanticismo enfermizo, doblado de x
lirismo arcaico, que no alcanza a salvarla de su mediocridad;
fue escrita para una
Revista Literaria, de Maracaibo, y publicada en ella, hacia el final de 1888;
lo "Lo
Irreparable" fue escrito para los "Ecos de Zulia", de aquella
ciudad, y, publicado como folletín de él, al principiar el año de 1889;
hay algo en esa
narración, que anuncia ya los nuevos derroteros de un estilo;
no me hago ilusión
sobre esas dos pequeñas novelas, ni intento defenderlas;
sería pueril;
no pretendo tampoco
ataviarlas, con las galas de mi estilo de hoy;
eso sería desleal;
me conformo con decir,
dónde y cuándo fueron escritas, y, por primera vez fueron publicadas;
ése es el objeto de
estos prefacios, narrativos e ilustrativos de mi Obra;
me debo al porvenir;
él, es, quien dirá en
definitiva la última palabra sobre mis libros;
me limito a aportar en estos prefacios,
elementos para ese jui cio futuro...
eso hago con este mi
primer libro... tan triste, tan remoto, y tan amado.
1919
VARGAS
VILA.
Descorrer el velo tembloroso con que el tiempo
oculta a nuestros ojos los parajes encantados de la niñez; aspirar las brisas
embalsamadas de las playas de la ado- lescencia; recorrer con el alma aquella
senda de flores, iluminada pri- mero por los ojos cariñosos de la madre, y
luego por las miradas ardientes de la mujer amada; traer al recuerdo las
primeras tempestades del corazón, las primeras borrascas del pensamiento, los
primeros suspiros y las primeras lágrimas de la pasión, es un consuelo y un
alivio en la adversidad; parece que el alma desfallecida, se rejuvenece con
aquellas brisas; el corazón se vuelve a abrir a los reflejos de aquel sol
purísimo, y la imaginación vuelve a adornarse con el espléndido follaje de
aquella primavera inmortal; ¡primer amor! ¡encanto de la vida, alborada de la
felicidad; los rayos de su luz no mueren nunca!
¡corona encantadora de la niñez, formada con
las primeras flores que brota el alma, y acariciada por los hálitos de la ino-
cencia! el tiempo la marchita, y descolora después; pero, las hojas mustias de
aquellas flores, los rayos amortecidos de aquella aurora, las claridades de
aquella edad, en que vaga aérea y vaporosa, la imagen de una mujer, envuelta
entre las gasas de la infancia; aquellos recuerdos y aquella historia, son la
más bella herencia de la vida;
páginas de la adolescencia, recuerdos de la
cándida mañana de la vida, cánticos melodiosos de aquel himno, murmullos de
aquella edad bendita, ¡cuan gratos son al corazón herido! ellos traen al alma,
recuerdos del nativo campo, brisas del huerto paterno, rumores de sus ríos,
perfumes de sus bosques, voces queridas, imágenes amadas, y besos de la madre,
enviados en las alas de la tarde;
¡ellos despiertan al corazón!
¡benditos sean!
………………………………………………………………......
...…………….…………………………………………………..
…………...……………………………………………………..
Hay al volver los ojos al pasado, seres tan
íntimamente ligados a las
escenas más interesantes
de nuestra vida,
que marcan en la memoria, las huellas de su existencia, con caracteres
indelebles, y señalan épocas, días y horas, que se levantan fijos como
fantasmas, en la neblina obscura de otro tiempo;
cruces solitarias, clavadas allí, por el
recuerdo, mostrando las jornadas que nuestra planta vacilante, incierta, de
viaje siempre, a las regiones desconocidas de la Eternidad, no ha de volver a
repasar jamás;
tales han sido las violetas para mí, su
presencia me des- pierta tantos recuerdos, su perfume trae a la memoria tantas
ilusiones perdidas, que cada una de ellas me parece una estrofa, arrancada de
aquel poema, cuyos primeros cantos formaron la aurora de mi vida.
* *
Catorce primaveras contaba yo aquel día; esta
frente, hoy palidecida, y angustiada, era entonces tersa, despejada y serena;
estos ojos que han enturbiado después las
lágrimas de la desesperación, y los insomnios del pesar, eran grandes y negros,
abiertos, soñadores;
esta cabellera, en la cual despuntan hoy
delgados hilos de plata, como un pago anticipado, del invierno del dolor, al
invierno de la edad, era entonces negra, rizada y abundante;
estos labios amargamente plegados ahora por la
decepción, sonreían con esa ingenua franqueza, con que un alma de catorce años
sonríe a la mañana de la vida;
mi alma era pura, como la sonrisa de una madre,
y mi cora- zón inocente, como la mirada de un niño;
¡y, ella! ¡cuan bella estaba aquel día, con sus
hermosos ojos azules, como flores de borraja, sus blondos cabellos, del col de
las margaritas en estío, su semblante pálido, y su mirada triste!
¡cuan bien le sentaban su traje vaporoso, azul,
y su som- brero de paja, atado debajo de la barba, con cintas del mis mo color!
el sol descendía lánguidamente al ocaso, y sus
últimos fulgores iluminaban la naturaleza, con esa luz melancólica y tibia .con
que e] astro rey se despide de aquella parte de la tierra que empieza a
dormirse en los brazos de la sombra, helada, los besos de la noche;
las nubes vagaban desgarradas en el firmamento,
seme- jando copos de níveo vellón, y más encendidas al Occidente, parecían con
los resplandores de la luz moribunda, las últimas gradas de un incendio lejano;
era la hora del crepúsculo, en que las aves se
recogen al nido, tendiendo sobre él las
alas entreabiertas, y las flores de noche abren sus cálices pálidos, al primer
resplandor de los luceros, cual si fueran las almas de las muertas vírgenes,
que vienen al silencio de la noche, a
recibir los besos que sus amantes les
mandan con rayos de luz desde el espacio;
esta
hora en que
la naturaleza toda,
al compás de las
palmas que se mecen, de las palomas que se quejan, de las olas que ruedan, de
los murmullos que gimen, y, viendo levantarse
la luna silenciosa en el Oriente, como una hostia sostenida en
el espacio, por
las manos de
un sacerdote invisible, parece
murmurar con todos aquellos acordes, una plegaria a su Creador;
hora meditabunda y triste, para las almas
soñadoras y enamoradas; ¡hora de la meditación y el sentimiento, de las
tristezas y del amor, hora sublime!
el huerto
de la paterna estancia, estaba
lleno de perfumes; las brisas murmuraban tristemente, como los acordes
de un arpa desconocida, pulsada en el silencio de aquellos campos por el genio
de la soledad;
el
cielo estaba sereno,
despejado, como nuestra conciencia de niños; las flores se
inclinaban temblorosas a nuestro paso; los viejos árboles que nos habían visto
crecer cerca de ellos, parecían brindarnos el toldo de su anciana vestidura para
cobijar nuestros amores,
y las aves asomaban su cabeza fuera del nido para
vernos pasar, levantando un gorjeo débil, cual si estuviesen celosas de nuestra
felicidad.
Aura,
apoyada en mi
brazo, caminaba distraída, dejando errar su mirada dulce, por
las riberas del torrente cercano,
bordadas de lirios
blancos y de
azucenas silvestres, y apenas
hollaba con su
planta las gramíneas que le servían de alfombra;
yo, me sentía orgulloso y feliz, de llevarla a
mi lado, aquella niña vaporosa y bella,
soñadora y triste; había sido el encanto
y la dicha de mi niñez;
juntos
habíamos nacido, bajo
ese cielo siempre primaveral de nuestra patria, habíamos crecido a la
sombra de aquellos bosques gigantescos, y nos había servido de horizonte la
inmensa esplendidez de aquellos valles;
junto con ella y mis hermanas, habíamos
recorrido alborozados esos campos, en pos de las perdices, cazando con
flechas las palomas,
y robándoles el
nido a las alondras, y
cuando las sombras
de la noche
nos sorprendían,
regresábamos al hogar,
recibíamos la bendición, que
mi madre daba
a todos, como
si ella también fuera su hija,
rezábamos al toque de oración, y nos separábamos luego, dándonos cita para recorrer al día
siguiente algún paraje
olvidado en nuestra
última excursión; los viejos arrendatarios de la hacienda, estaban
acostumbrados a vernos vagar juntos, en
alegre caravana, recorriendo sus campos
y hollando descuidados
sus plantíos, y, muchas veces, habíamos tomado en su rústico albergue, el
pan y la
leche con que
nos obsequiaban aquellos
sencillos campesinos, que habían sido: unos, compañeros de mi abuelo en sus
faenas de campo; otros, soldados de mi padre en las últimas campañas, y hoy,
cultivadores de aquella hacienda, donde mi madre se había refugiado cor: nosotros, después de la muerte de mi padre, y los
cuales miraban con tan cariñoso respeto, a la viuda y a los huérfanos, que habían ido a vivir allí, entre los restos
de su pasada opulencia, como el que
habían tenido por sus antiguos señores, en todo el esplendor de su fortuna;
así
se habían pasado
los primeros años
de nuestra infancia, sencillos y
puros, como la vida de las aves que gorjeaban
sobre nuestras cabezas,
inocente y amable como la de los niños
pastores de las tribus bíblicas;
después, un poco más crecidos, el corazón y la mirada, los suspiros
y los anhelos
infinitos, nos hicieron comprender que nos amábamos, y despertamos
a un mundo nuevo, entre los himnos de aquella naturaleza, virgen como nosotros, los cánticos de
aquellas aves, los murmullos de aquellas
fuentes, el esplendor de aquel
cielo bellísimo y la galana exuberancia
de aquella vegetación tropical, como debieron despertar Adán y Eva, a los
primeros rayos del sol y a las primeras sensaciones de la pasión, entre todas
las armonías, la luz y la belleza del Paraíso;
desde
entonces comprendimos el amor,
y ya nuestros ojos se
buscaban con insistencia,
cada una de
nuestras sonrisas era una
promesa, y cada una de nuestras palabras era una confesión;
buscábamos la soledad, porque el mundo nos era
importuno, y nos entregábamos a esos raptos de dulce melancolía, en que parece que las almas de los amantes,
se desprenden de sus cuerpos, y alzando el vuelo juntas, cual dos palomas
que dejaran el
nido, buscan regiones
más serenas donde poder
hablarse en ternísimos coloquios,
de aquel amor que forma su ventura;
¡cuántas
veces, su mano entre mis manos, y mi frente sobre su seno, nos arrobamos en aquellos éxtasis sublimes, mirando declinar
el sol, hasta que las sombras de
la noche nos advertían que era tiempo de volver a casa!
¡virginidad del alma, primera eflorescencia de
la vida, primavera del amor,
quién os tuviera!
¡quién conservara una no de
vuestros himnos, una palabra de vuestros cantos, una flor
de vuestras coronas, que
sirviera de consuelo en esta noche eterna de pesar!
así
se deslizaba nuestra
vida mansa y
feliz como un rumor
la soledad, como
una onda en el lago,
como un murmullo en el viento;
éramos
dos aves gemelas,
ensayando el vuelo
en el nativo bosque, dos olas jugueteando en el remanso azul de un mismo río, dos
lágrimas de la aurora en el cáliz de una misma
flor, dos lirios
nacidos y enlazados a la ribera
de una misma fuente;
pero,
¡ay! pronto la tempestad
debía rugir sobre nosotros; el nido de nuestra felicidad
debía caer al suelo y separados tristemente,
iríamos a consumirnos al dolor de
la ausencia;
yo
veía la tormenta
condensarse sobre nuestras cabezas, veía que el rayo de la
desgracia iba a herir aquella frente inmaculada, y no podía protegerla, ni me
atrevía a anunciarle la desventura que nos amenazaba;
embebido
en tan tristes pensamientos,
llegamos al sitio de Las Violetas, espacio cubierto por grandes árboles,
bajo cuya sombra crecían en profusión, aquellas flores que ella amaba tanto, y
al cual, los campesinos habían dado aquel nombre poético y bello.
Aura, quitóme de la mano el pequeño cesto que
yo le había ayudado a conducir, y doblando las rodillas, se inclinó para lle-
narlo de violetas;
¡cuán bella estaba así!
después, han pasado muchos años; errante y
solitario, he llegado a aquel lugar, y siempre me ha parecido verla allí, arro-
dillada, formando ramilletes con las flores;
mientras permanecía en aquella actitud, yo la
devoraba con la mirada, y al pensar que iba a abandonarla, acaso para siempre,
no pude contenerme, y las lágrimas brotaron de mis ojos;
ella, acababa de formar un pequeño ramo, que
ató con hebras de sus cabellos a falta de cinta, y alzando la frente, me lo
alargó con cariño, diciéndome:
—Toma, éste es el tuyo;
pero al fijar sus ojos en los míos notó que
había llorado, y poniéndose de pie, exclamó con emoción:
—¿Qué tienes? ¿por qué lloras? ¿por qué estás
triste?
temblaba la pobre niña como azogada, y sus ojos
suplicantes inspiraban lástima;
callé, porque no me atrevía a desgarrar su
corazón, con la noticia de mi partida.
—por piedad —me dijo entonces—, dime qué
tienes;
había tanta tristeza en su mirada, tan profunda
desesperación en su acento, que fue preciso decirle todo;
al saber que era la última vez que debíamos
vernos en mucho tiempo; que al día siguiente partiría para la Capital, donde
mis parientes me reclamaban para que principiara mis estudios y que duraría
largos años sin verla, lanzó un gemido ahogado, como el grito de una torcaz que
va a morir, y se lanzó a mis brazos exclamando con desesperación:
—No te vayas, por Dios, no me abandones;
nada pude responderle, porque los gemidos
ahogaban mi voz; estreché contra mi corazón, su cabeza idolatrada, y nos
sentamos sobre el césped;
allí, permanecimos mudos, largo rato, sus
lágrimas caían sobre mi pecho, y las mías empapaban sus cabellos;
¡qué cuadro aquél! ¡dos niños heridos por la
primera ráfaga del dolor, y estrechándose el uno al otro, como para protegerse
contra la desgracia!
¡cuánto lloramos! el corazón, en la
adolescencia, es como una sensitiva; se abre al más tibio rayo del sol del
placer, y se recoge estremecido al contacto del dolor;
feliz edad, aquella en que se encuentra el
llanto como un consuelo, en presencia de la adversidad;
¡ay! después he buscado en vano en mis ojos,
una lágrima para desahogarme; el pesar y la desesperación las han secado;
así mudos y absortos permanecimos un rato;
después, ha- blamos mucho y muy paso; ¿qué nos dijimos?
el coloquio de dos almas inocentes, en el
silencio de un bosque, prontas a separarse tal vez para siempre, es como
acordes de un himno misterioso, que sólo pueden remedar los ángeles; como
estrofas incoherentes, voces truncas de un idioma divino, de un canto
melodioso, que no se vuelven a escuchar jamás;
en aquel silencio que todo lo envolvía, sólo se
escuchó por algún tiempo el ruido confuso de nuestras voces, murmullos y
gemidos, y besos, y promesas, y súplicas de amor...
cuando volvimos de aquel delirio apasionado, en
que nos habían sumido el cariño y el dolor, la noche acababa de cubrir el
firmamento, con sombras tan espesas, como las que acababan de caer sobre
nuestras almas;
mudos y temblorosos, no acertábamos a mirarnos,
pero al fin era preciso decirnos adiós;
haciendo un esfuerzo supremo, la estreché por
última vez contra mi pecho, junté a los
suyos mis labios yertos, y, al separarlos, sentí que mi alma se quedaba en
ellos;
como un hombre que huye de la luz, me cubrí los
ojos con la mano, y me alejé rápidamente;
sonó un grito débil a mi espalda, volví a
mirar, y Aura, que había caído de rodillas sobre aquella alfombra de violetas,
pálida como un cadáver y bañada en llanto, pronunciaba mi nombre;
cerré los ojos para no verla llorar, apuré el
paso, y doblé senda que conducía a mi casa.
* *
¡Cuántos años han pasado y siento aún la
impresión de aquella escena!
al llevar aquella noche la mano a mi frente,
hallé marchitas en ella, las flores de mi corona infantil, cuyas hojas
desprendidas, aun agitaba el viento en aquel bosque, y en el corazón sentí algo
como la punta de un puñal que se clavaba en él. ¡Dios mío! era mi niñez que
moría con mi ventura; ¡eran los últimos resplandores de mi infancia, que se
apagaban para siempre ya!
estrechando contra mis labios, el único ramo de
violetas que había recibido de sus manos, me dormí soñando con su amor y mi
desgracia; varias veces desperté sobresaltado, y veía a mi madre, ya inclinada
al pie de un crucifijo, o ya llorando cerca de mí, y besándome en la frente; la
pobre viuda veía acercarse la partida de su hijo, y comprendía que la mitad de
su corazón se iba con él;
al día siguiente, empapado por las lágrimas de
aquella madre amorosa, y las de mis hermanas, dejé la casa de mis mayores con
el corazón transido de agonía;
a poca distancia de allí, me hallé frente a la
casa de Aura; a las primeras luces del día, vi una sombra que se dibujaba tras
de las cortinas de un balcón; el corazón la reconoció: ¡era ella!
la ventana comenzó a abrirse, y una mano
blanquísima asomo; creí que iba a llamarme; no sintiéndome con fuerzas Para
aquel último sacrificio, me incliné sobre el caballo, le clavé las espuelas, y
partí como un rayo...
atravesé el río, y pronto me encontré en el
recodo del camino que me ocultaba a la vista de los de la casa; allí me alcanzó
el criado que me acompañaba, y me entregó lo que había recogido al pie del
balcón: era un ramo de violetas, atado con una cinta blanca, en cuyos extremos
se leía trazado con lápiz: —de un lado ¡adiós!
— del otro, Aurora;
acerqué mis labios a aquella reliquia cariñosa,
y seguí mi camino, diciendo ç con el alma, un adiós a aquellos bosques
queridos, que habían sido la cuna de mi amor, los amigos de mi niñez y los
testigos de mi felicidad;
cada uno de ellos era un recuerdo querido; bajo
su sombra protectora había fabricado mi espíritu soñador, sus mejores cas-
tillos de ilusión, y había pulsado la lira, en los primeros ensayos de mis
cantos;
¡allí dejaba mi amor; jirones de mi virtud, y
recuerdos de mi infancia, y sólo llevaba, en cambio, un puñado de violetas
símbolo de tanta pasión, tanta felicidad, y tanta angustia!
* *
Tres años de abandono y soledad pasé en los
claustros de un colegio;
la imagen de mi madre, y de mi amor, eran mis
nuevos compañeros, en mis largas horas de desesperación: sus cartas, el único
consuelo de mi angustia, y, la esperanza de tornar a verla, la única que
acariciaba en mis dolores;
al fin llegó el día deseado;
como bandada de perdices que abandonan una era,
mis compañeros y yo abandonamos el colegio para salir a vacaciones, en los
primeros días de un hermoso mes de diciembre;
contento, risueño, y lleno de ilusiones, torné
a la casa paterna;
todo lo hallé lo mismo: las caricias amantes de
mi madre, el cariño sencillo y siempre igual de mis hermanas, y el calor
siempre grato de mi hogar; ¡sólo el amor de Aura, no era el mismo para mí! en
vano mis ojos buscaban a sus ojos, si huía de mis miradas;
en vano quería hablarle a solas, si huía de mi
presencia; indiferente y fría, parecía no conservar ni el recuerdo de nuestro
antiguo amor;
mis ojos tímidos, ya no osaban alzarse hasta
ella, y el corazón temblaba azorado, en presencia de tanta ingratitud;
mi alma sencilla y buena, no podía comprender
esto; yo creía que tenía obligación de amarme, porque yo la amaba mucho, y que
no podía olvidarme, puesto que yo no la olvidaba un momento;
¡la candidez del alma me perdía!
resolví escribirle, y así lo hice, pero no dio
contestación a ninguna de mis cartas;
¿a qué se debía esta variación? he ahí lo que
me torturaba la imaginación;
¿qué podría moverla a tratarme así, a mí, que
había contado los días y las horas que estuve lejos de ella, y que creía
enloquecer de placer al volver a verla?
¿era éste el pago a tanto amor, a tanta
adoración?
mis ojos; la seguían adondequiera, tratando de
descubrir secreto de su perfidia;
la sorprendí muchas veces, pensativa y triste,
y una tarde, oculto entre los árboles del jardín, la vi apoyada en el antepecho
de un balcón, leer con avidez, un papel que llevó luego a sus labios, y cuando
alzó el rostro, corrían por sus mejillas dientes gotas de llanto;
entonces me pareció comprenderlo todo; Aura
amaba con pasión a un hombre, y ese hombre no era yo;
¡ay! ¡entonces, la virginidad del alma, se
desgarró en pedazos, los celos y la angustia, acabaron la paz del corazón!
la tristeza cayó sobre mi alma, como cae la
sombra de la noche, sobre el silencio helado de los mares;
el cariño de mi madre, no alcanzaba a
consolarme, y niño, enamorado, solitario, el mundo me parecía un desierto sin
un amigo cariñoso, para confiarle mis dolores;
la melancolía de los desgraciados se apoderó de
mí;
di
entonces, por recorrer uno por uno, los lugares en que habíamos estado juntos,
y me extasiaba en evocar allí, los re- cuerdos del pasado;
visité los sitios más queridos a la memoria,
las piedras del camino, en que ambos nos habíamos sentado, los árboles cuyos
frutos le agradaban más. y, que yo le ayudaba a desgajar, las fuentes a que
concurríamos con mayor frecuencia, y los prados en que solíamos descansar;
cada uno de aquellos sitios, era un altar de
recuerdos, en el cual yo la adoraba en silencio;
allí me recogía, para tributarle culto, como el
salvaje busca el misterio de los bosques, para postrarse de rodillas, y alzar
los ojos al Sol que adora como su dios;
como los antiguos indios de América se
inclinaban sobre el cristal tembloroso del lago, para adorar la luna reflejada
en él, y luego alzaban sus cantos, que repetían los ecos de las selvas, i iban
a morir en las riberas del Océano; así la adoraba yo, en - silencio de aquellos
campos, testigos de mi dicha pasada, y así escapaba de mi labio su nombre,
mezclado a mis sollozos; yo lanzaba como un gemido, y el viento lo murmuraba
como un cántico;
mis días, transcurrían monótonos y lentos,
entre la incertidumbre y el dolor;
en vano, me examinaba a mí mismo, tratando de
buscar la causa de su desamor: no la encontraba;
sus cartas, durante el tiempo de mi ausencia,
habían sido siempre cariñosas para mí, y llenas de promesas, aunque las-
últimas tenían un tinte de tristeza y de ambigüedad indefi- nibles;
el día que llegué, había llorado de felicidad,
cuando la abracé junto con mis hermanas; sus ojos y su emoción, no podían
mentir; pero, después, cuando aprovechando un momento de soledad, quise
hablarle en tono confidencial, como su amante se puso en pie, confusa,
temblando, suspiró tristemente y sé alejó;
otro día, que, dispuesto a pedirle una
explicación, la sor- prendí sola en el corredor, y quise tomarle una de sus
manos trató de gritar,
se libertó de
mí, y, como
una cierva perseguida, corrió a
los aposentos; la seguí hasta el oratorio, donde confusa y temblorosa, fue a
arrodillarse al lado de mi madre, que oraba en aquel momento;
desde aquel día, esquivaba mi presencia; venía
lo menos posible a casa, y evitaba hallarse sola conmigo, buscando siempre la
compañía de mis
hermanas, o el
lugar más próximo a mi madre; mi
desesperación, aumentaba cada día, y, para mi desgra- cia, hallábala más bella
que nunca; su cuerpo había tomado la esbeltez de la mujer formada; tenía cierta languidez en sus maneras, cierta
voluptuosidad inocente en sus movimientos, que la hacían encantadora; el eco de
su voz, de esa voz que a través de tanto tiempo, aun llega a mi alma, como el
eco de una melodía lejana, era entonces más armonioso y más dulce; sus hermosos
ojos azules, agrandados por las ojeras, que el pesar había impreso en su
rostro, tenían un aire de melancolía infinita; de esa melancolía de los
mártires y de los genios, de
las almas que
sufren y que
piensan, y que aman con pasión un solo ideal; parecía
vivir en el mundo, por lo humano, pero vivir por el pensamiento en Dios; aquella frente,
pensadora y seria,
se alzaba con majestuosa dignidad, como si tuviese algo
de divina; había nacido para ser coronada, ya con las bellas flores del amor,
ya con las pálidas y tristes del martirio;
su sonrisa, era bella, pero melancólica, como
la luz del crepúsculo, y se
notaban en su
fisonomía dulzura para
el amor, y resignación para el sacrificio;
era una de aquellas mujeres predestinadas a
andar entre las borrascas del mundo, como pintan a Jesús, sobre el Tiberíades,
sin hundir las plantas;
y, sin embargo, aquella mujer, así tan sublime
e ideal, era perjura, había olvidado nuestro amor, destrozado mi felicidad y
llenaba mi alma de amargura;
cuánto sería mi despecho y mi pesar, al pensar
que en otro tiempo había sido mía; que su corazón había latido enamorado, sólo
para mí; que yo, había despertado sus primeras sensaciones, y hoy no me
amaba!...
ella, cuya imagen, había sido compañera en las
horas de estudio, cuando colocando su retrato, entre las hojas abiertas de mis
libros, la contemplaba, extasiado, horas enteras;
ella, a quien veía en mis sueños, venir hacia
mí, con los cabellos flotantes, y
los ojos medio
entornados, para hablarme I
oído, y revolar luego, entre las
cortinas de mi lecho, como el ángel custodio en mi descanso;
¡ella me había olvidado!...
¿habéis
sabido lo que
es alimentar una
ilusión, verla nacer, crecer, y
desarrollarse con nosotros, y luego, verla convertida en humo, llevándose la
paz del corazón?
¿habéis sabido, lo que se experimenta, al ver
pasar cerca a nosotros, una mujer que ha sido nuestra, y que hoy nos mira con
indiferencia o con
desprecio? ¡y contemplar aquellos labios, en los cuales,
se posaron tantas veces los nuestros;
aquellos ojos sobre
los cuales nos
inclinábamos para leer en el fondo de su alma; aquel seno que
estrechamos tantas veces contra nosotros, y aquella mirada, antes apasionada y
tierna, hoy indiferente y fría! ¡y, ver que nada de esto nos pertenece ya!...
¡qué despecho se apodera de nosotros!
¡cómo
anhelamos, volver a
gozar uno siquiera,
de aquellos ratos, que ya no retornarán!
aquella mujer, huyendo de nuestro amor, es más
bella a la imaginación, que cuando se adormecía en nuestros brazos; sus
atractivos resaltan a nuestra fantasía, con la idea del misterio; así, esquiva,
la desea más el corazón, que amante y rendida; ¡tanto así, ama el alma lo
imposible!
además,
Aura se presentaba
más bella a
mis ojos iluminada por los rayos
ardientes de la juventud, que despuntaba en ambos, que cuando la vi tan pura a
la luz apacible de la mañana de la vida;
entonces su hermosura hablaba sólo al alma
inocente de n niño, ahora hablaba al alma, al corazón, y a los sentidos de
joven, en toda la ebullición de las pasiones, y enamorado de ella hasta el
delirio;
su hermosura, su esquivez, y mi pasión,
parecían reunirse para aumentar mi infortunio.
* *
Dominado
por mis tristes
pensamientos, y perseguido pOr amargas reflexiones, llegué
una tarde al sitio de Las Violetas testigo en otro tiempo de mi felicidad; todo
estaba lo mismo los árboles gigantescos, dando siempre sombra, a la casta
mansedumbre de esas flores; las mismas enredaderas, tejiendo guirnaldas sobre
la frente de los arbustos; la misma soledad, la misma calma; pero en vano,
busqué una huella de nuestra última visita, no la hallé;
el
viento no guardaba
ya, ni memoria
de nuestras palabras; nuevas
flores habían brotado en el suelo; nuevos vientos habían soplado en la
espesura, y murmullos y voces, muy distintos, traía la brisa en sus flotantes
alas;
las violetas, daban su perfume de siempre,
abrillantando sus morados pétalos, con la luz amarilla del crepúsculo; cogí
algunas, y las llevé a mis labios, ¡ay! no eran las mismas que ella acarició
con su aliento,
cuando niños, y
tímidos, llegamos allí, a decirnos el postrer adiós;
ante aquel bosque, tabernáculo de nuestro amor,
poblado de tantas memorias, y tantos recuerdos, permanecí absorto y
meditabundo, como un hijo en presencia del sepulcro de su madre; ¡aquella era
la tumba de mi felicidad!
también, la tarde expiraba, como aquella tarde
de mi des- pedida, las aves voloteaban sobre mi cabeza, y las blancas
pasionarias, abrían sus hojas pálidas, a los besos de la noche, que avanzaba;
pero ¡ay! el dolor que embargaba mi alma, era
más
profundo, que el de aquella otra tarde;
me recliné sobre el sitio en que habíamos
estado juntos, y allí permanecí largo rato, como abrazado a su memoria, y
dormido en el regazo del recuerdo.
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Cuando me puse en pie, era ya de noche; me
dirigí a la casa, atravesé sin ser sentido, los corredores y entré a la sala;
al pasar
el umbral de
la puerta, me
estremecí, como deslumbrado por
un rayo, y di un paso atrás; Aura estaba allí, sola, reclinada en un sofá, y en
un momento de completa
abstracción;
tenía
su hermosa cabeza,
apoyada en una
mano, cuyo brazo se hundía en el
fondo carmesí de un cojín, y, sus hermosos cabellos, caían hacia atrás, como
para formarle una aureola "e esplendor;
la
luna, que penetraba
a través de
las vidrieras, y cortinaje del balcón, dejaba caer la luz
sobre su rostro pálido, con ese tinte amarillento y triste, con que baña las
hojas mustias de - azucenas que ha desgajado el viento en la espesura; tenía un
aspecto tan abatido, que me detuve a contemplarla;
no se dio cuenta de mi llegada, o no tuvo
fuerzas para huir, porque permaneció inmóvil; avancé hacia ella.
— Aura — le dije con un acento débil;
entonces levantó la frente;
al sentir después de tanto tiempo, la luz de su
mirada sobre mí al verla tan cerca, al comprender en su aspecto que sufría, no
pude contenerme; los recuerdos de mi amor, y de mi sufrimiento,
brotaron a mi
mente, y me
arrojé a sus plantas; tomé en las mías, sus manos
heladas, las cubrí de besos y de
lágrimas, y recliné
sobre ellas mi
frente angustiada;
ninguno
de los dos
acertábamos a hablar una palabra;
últimamente, yo rompí el silencio;
conmovido y sollozante, le hablé de mi amor, de
mi desesperación, de su indiferencia; hice pasar ante ella, los recuerdos de
nuestra infancia, sus promesas, y las horas de nuestra felicidad; le dije,
cuánto había sufrido y llorado, aquella tarde en Las Violetas, y, le pedí
piedad para mis dolores;
al fin,
cuando con toda la vehemencia de mi alma, la acusé de su perjurio, y la
hice cargo de la desgracia de mi vida, agitada por los sollozos, juntando sus
manos y acercándose a mí, en un ademán de infinita desesperación,
me dijo:
—Perdóname, perdóname, yo no tengo la culpa;
y, volvió a caer cubriéndose el rostro con las
manos;
alentado por aquellas palabras, redoblé mis
súplicas, mezclando con ellas, el nombre de Dios, y la memoria de su padre;
los ojos cubiertos con la mano, que sostenía su
pañuelo de batista, la cabeza inclinada hacia atrás, ensimismada y sombría, no
me respondía nada, parecía no oírme siquiera;
herido como un tigre, por aquello que yo
reputaba indiferencia, me levanté furioso, arrojé el insulto a su cara, fingí
sentir desprecio por ella, y con extraña vileza, le hice una acusación
cobarde...
pálida y muda, ante aquella humillación, no
lanzaron sus labios una queja alzó sus grandes ojos bañados de lágrimas al
cielo, bajó la frente y prorrumpió a llorar;
conmovido con tanta abnegación, volví a caer a
su lado, implorando el perdón de mi falta; estreché sus manos, recliné su
frente sobre mi pecho, y agasajé sus cabellos; se dejaba acariciar como una
muerta;
ceñí su talle con mi brazo, y la traje sobre mi
corazón, entonces exhaló un gemido.
—Aura, Aura mía—le dije entonces—, ¿por qué me has aborrecido?
como despertando de un sueño sacudió su pálida
cabeza y clavando en mí sus ojos llenos de ternura y de pasión, es- trechó mi
mano contra su pecho, y me dijo:
—Sé generoso, perdóname, y ten compasión de mí;
después, mirándome fijamente murmuró:
—¡Cuánto has sufrido, amor mío!...
y,
apartando los cabellos,
que habían caído
sobre mi frente angustiada,
aplicó a ella los labios;
al contacto de aquel ósculo pasaron todas las
nubes de mi desgracia, y me sentí de nuevo revivir.
—¿Me amas aún? — le dije.
—Sí, mucho, mucho — respondió tan triste, como
el ge- mido de un ave moribunda.
—¿Me olvidarás?
—¡Nunca!
—Entonces, ¿por qué me has hecho sufrir tanto?
—Calla, por Dios, no me preguntes nada — dijo,
y selló mi boca con su mano;
el amor, la soledad y la sombra, nos rodeaban;
recliné mi cabeza enloquecida sobre su seno, y
caímos en un éxtasis de pasión...
poco después, la voz de una de mis hermanas, se
oyó en el corredor llamándola; entonces, volvimos a la realidad de la vida;
me
estrechó por última vez, y se levantó sobresaltada; arrancó con mano
temblorosa, un ramo ajado de violetas que adornaba su
pecho y me
lo dio; conservé
aún por un momento, su mano entre las mías.
—Adiós — me dijo con un estremecimiento
nervioso; había en su voz, algo de solemne, y me pareció como salida del fondo
de un sepulcro.
—¿Cuándo nos volveremos a ver?
—Muy pronto.
—¿Y, entonces, me lo explicarás todo?
—Sí, mañana lo sabrás todo.
—Ingrata — iba a decirle, pero cuando fui a
llevar su mano al corazón, había desaparecido como una sombra;
quise perseguirla, mas cuando llegué a la
puerta, el ruido de sus pasos se perdía en el aposento de mi madre;
abrumado de emociones contrarias, me arrojé
sobre el mismo sofá, que
ambos acabábamos de
abandonar, y un tropel
de pensamientos diversos,
vinieron a hacerme compañía.
* *
Mucho tiempo estuve abstraído en mis
meditaciones;
parecía un sueño, lo que acababa de pasar; era
mucha felicidad para un alma tan habituada al dolor;
ella
había estado en
mis brazos, había
dicho que me amaba, que no me olvidaría jamás!
¡habíamos vuelto a abrazarnos y a
amarnos, como en
la infancia! ¡cuánta felicidad!
pero, ¿qué misterio envolvía su conducta? ¿por
qué no explicarse acerca de ella? ¿a qué ese empeño en callar?
yo no lo comprendía, pero a pesar de mi
felicidad, un presentimiento se cernía en mi mente, como un buitre sobre la
altura, cuando espía la agonía de su víctima;
—Mañana lo sabrás todo — había dicho, y su voz
era en- tonces temblorosa, y parecía un gemido;
¿qué
iría a decirme?
¿qué explicación daría
a su conducta? ¿qué revelación
tendría que hacerme?
en este dédalo de conjeturas, me perdía, cuando
el reloj dio las diez de la noche; entonces me dirigí a mi aposento;
al acercarme a la mesa de centro, vi en ella
una carta, la tomé sobresaltado; la letra era de Aura, me aproximé a la
lámpara, temblando y anhelante, rompí el sobre; he aquí lo que decía:
Mucho he vacilado en escribirte, pero no he
podido resistir al deseo de hacerlo: sería el tormento más grande de mi
vida no haber
ensayado siquiera vindicarme
a tus
ojos; te
he amado mucho, para no venir hoy, desesperada y triste, a suplicarte que me
perdones: perdóname, bien mío, si
te arrastro conmigo
a la desgracia; ¡en nombre
de tu madre te
lo pido! no
maldigas o- una
mujer pobre y desvalida, a quien obliga el infortunio a
ser perjura; las olas de la desgracia me arrebatan, me llevan tejos de ti;
antes de hundirme te saludo; he luchado mucho entre mi desgracia y mi amor;
estoy vencida por la primera; antes de marchar al sacrificio, vengo a decirte
adiós.
Huérfana, infortunada, no he tenido quien luche
por mí, y e
sucumbido; esta carta
será la última
que te escriba; mañana la
distancia, y pocos días después, el deber, alzarán un muro inaccesible entre
los dos.
Temo
decirte la verdad,
pero es preciso;
mañana parto; ¡esta es mi despedida!... hubiera querido como aquel
la tarde, víspera
de tu viaje,
abrazarme contigo antes de part
ir, pero no me he sentido con fuerzas
para hacerlo; comprendo que tu amor me haría vaci lar; no te vue lvo tus
cartas, tus versos,
ni tu retrato;
déjame los ll evar, son mi t esoro.
¡Ay!
¡despidámonos también, de
todos nuestros planes de
ventura para lo
por venir, porque
todo ha acabado entre
los dos!... ¡el
destino lo ha
querido así; vacilo al decirte la
verdad toda la verdad; pero es preciso que la sepas por cruel que ella, sea; es
preciso que sepas que entre los
dos no puede
existir nada, porque
muy pronto seré de otro hombre!...
Perdóname, si desgarro tu alma, con esta
confesión, yo también tengo desgarrada la mía; no me llames perjura, no me
condenes, sólo vengo a implorar tu compasión.
La
causa de mi
conducta tal vez
no podrás saberla nunca pero te juro que te amo.
Si no es posible que me conserves tu amor, al
menos no me castigues con tu indiferencia; a todo me resigno, menos a la idea
de que no me ames.
Perdona la incoherencia de mis ideas, estoy
casi loca; si tú me vieras en este momento, me compadecerías; esto es superior
a mis fuerzas; es una lucha muy dura para una mujer tan débil.
Menos sensible, sería arrancarme el corazón que
separarme de ti;
soy muy desgraciada,
no te goces
en añadir a mi infelicidad, tu maldición. ¡Ay! pasaría sobre mi frente
como una ascua de fuego; ¡ten compasión de mí!
Si al menos el dolor de esta acción cayera sobre mí sola, sería un alivio, pero te alcanza a
ti que no has hecho más que amarme,
sufrir por mí, y
consagrarme tu vida;
¡qué el cielo tenga compasión de nosotros!...
¡en fin, es preciso concluir: adiós!
No me sigas, no llevo más aureola en mi
martirio, que mi resignación y mi deber, ni más tabla en el naufragio, que la
fortaleza de mi alma.
Si al declinar de alguna tarde, llegas al sitio
aquel, en que tanto crecen las violetas, conságrame un recuerdo.
¡Cuando
veas una flor
naciendo al borde
de una tumba, una sensitiva a la
sombra de un roble anciano, una violeta cerca de un trozo de hielo, acuérdate
de mí!. . . de rodillas y con el alma
pido a Dios un consuelo para tu dolor, ya que no lo espero para el mío.
Perdóname
si te he
hecho desgraciado; no me
desprecies nunca, ódiame más bien, porque hay odios que son el
reflejo del amor; tu desprecio
sería el castigo de una falta de que no soy culpable; ¡quién pudiera mostrarte
el corazón en esta carta-
¡La Religión es el consuelo de las almas
creyentes; la Filosofía, dicen, que es el de las almas fuertes; yo me acojo a
la primera, Dios tenga piedad de ti!
Adiós, no me maldigas, perdóname.
AU R A .
Tenía la fecha del mismo día, y se veía que
había sido puesta allí, antes
de nuestra entrevista
casual; Aura no había pensado verse conmigo; Dios lo había
dispuesto de otro modo;
aquella
carta me lo
explicaba todo; a
ella debían referirse sus
últimas palabras de
aquella tarde, cuando dijo: Mañana lo sabrás todo;
cuando acabé de leer, quedé como hebetado; me
arrojé ves-do sobre el lecho, y hundiendo mi cabeza en los almohadones, me
ahogaba sin poder llorar.
……………………………………………………………
……………………………………………………………
…………………………………………………………… Mis gemidos
debían de oírse
fuera del aposento, porque en
aquel momento, sentí
abrir la puerta
con precipitación, y oí eme se acercaban a mi lecho; alcé los
ojos; era mi madre;
al
verla, tendí los
brazos a ella;
la atraje contra
mi pecho y, prorrumpí a llorar como un niño;
ella sabía ya, la historia de mi dolor, pero al
oírla de mis labios, y ver mi desesperación profunda, no pudo contenerse, juntó
su frente con la mía, y lloramos mucho;
al fin, haciendo un esfuerzo para fingir
serenidad, levantó la faz, secó su llanto, y me dijo;
—Todo lo sé; demasiado tarde, para arrancar de
ti ese amor, he venido a comprenderlo, y quizá he ayudado con
mi silencio, al desenlace que ha tenido; pero
una vez que no podemos evitarlo, es preciso que vuelvas en ti, pienses con
juicio, y no te entregues a la desesperación;
moví
entonces lentamente la cabeza,
como para indicarle que era
imposible, y añadí:
—¡Hay dolores que no pasan nunca, madre mía!
—Pero sí se mitigan con la reflexión; el dolor
sólo es mortal, como ciertas enfermedades, cuando hiere a los viejos; pero a
vuestra edad, todo es posible.
--¿Olvidar a Aura? —exclamé como hablando
conmigo mismo—; ¿odiarla? imposible.
—¿Odiarla? no, hijo mío, jamás; esa niña es una
santa.
—¡Una
santa! ¿y me
engaña y me
vende, y me traiciona? exclamé con ironía.
—Calla,
hijo mío; el
dolor te hace
injusto para con ella;
óyeme, y verás
cuan digna es
de tu estimación: muerto su
Padre en el
campo de batalla,
hace algunos años, ha
quedado la familia
reducida a la
pobreza; el pequeño campo
en que han
vívido hasta hoy,
está hipotecado a un hombre muy honrado de la ciudad vecina, que les ha
permitido vivir en él; este señor ha pedido la mano de
Aura, ofreciéndole su
capital, que es cuantiosísimo, y
encargándose de la
suerte de toda familia;
"ella
ha vacilado; pero,
¿qué hacer? como
sabes, su hace dos años, que está
postrada en el lecho del dolor, de una enfermedad, declarada incurable por los
médicos, ti cinco hermanos pequeños,
la miseria los
rodea, y el hambre la acosa; si ella rechazara esta
propuesta, ¿qué resultaría? u muerte
en el hospital
para su madre,
la desgracia para ella la orfandad y el abandono, para sus hermanitos.
¡oh! no; ¡esto sería horroroso!
"ella ha sufrido mucho: ¡cuántas veces me
ha contado aquí llorando, sus pesares,
y pedídome un consejo! pero
¿qué podría yo decirle? ¿aconsejarle que
destruyera tu felicidad? ¡imposible! ¿prometerle que tú te casarías con ella?
imposible también porque tú no tienes más que diez y siete años, y eres el
único apoyo de tus hermanas y mío; yo sacrificaría gustosa mi felicidad, a la
tuya; pero nada conseguiríamos, porque nuestra situación no es tan desahogada,
que nos permita resistir el peso de una familia semejante, y en el caso de que
ella resolviera aguar darte,
¿qué haría mientras tanto, arrojada la familia
de la casa, sin recurso y sin amparo?
"ante esta situación tan apremiante, ella
se ha decidido al fin, porque
obligada a optar
entre la muerte
de su madre, la desgracia de su
familia y tu amor, ha resuelto sacrificarse; porque sí, no lo dudes, ella te
ama mucho, y será muy desgraciada; ¡pobre niña, es un ángel!
—¡Un ángel! y se vende — dije yo.
—No blasfemes, hijo mío; ¿no harías tú otro
tanto por salvarme a mí, si nos viéramos en caso semejante?
—Madre, por salvar tu vida iría yo hasta el
delito.
—Pues
bien, admírala y
compadécela; ella también salva la vida de su madre;
no
me sentía con
fuerzas para discutir,
el dolor me había aletargado, y callé;
mi madre, entonces se inclinó sobre el lecho,
rodeando mi cuello con su brazo, y jugueteando con mis cabellos, como cuando me
dormía en la cuna, y comenzó a hablarme de los muchos proyectos que tenía, y
con los cuales creía halagarme;
me
habló del buen
resultado que había
tenido el reclamo de una parte de
nuestros bienes, del próximo viaje a la Capital, y nuestro establecimiento
allí, único anhelo de ella, que amaba tanto su ciudad natal; en fin, de otras
tantas cosas con
que abrigaba la
idea de neutralizar
mi pena;
yo, la oía mudo como una estatua, el dolor
había llega al paroxismo; sus palabras, se iban como alejando de mí, poco a
poco, sentía un sueño horrible, que me embargaba por segundos los objetos se cubrían de una niebla espesa,
las luces se movían ante mí, vacilaban; últimamente la sombra me envolvió;
pocas horas después, cuando abrí los ojos, mi
lecho estaba rodeado de
personas queridas, pero
el rostro de Aura no estaba entre ellas;
mi madre, estaba a la cabecera de la cama,
mirándome con infinita ternura, y reflejaba en su rostro, las fatigas del
insomnio mis hermanas estaban de pie,
el médico me pulsaba, y todos espiaban mis movimientos con cariñosa avidez;
yo no podía darme cuenta de lo que había
sucedido, mi memoria estaba poblada
de sombras; quise
pasarme la mano por la frente,
como para despejarla;
y al abrirla, rodó sobre
el lecho un
objeto que tenía
fuertemente apretado; lo reconocí, y todo rotó entonces a mi memoria;
¡era el ramo de violetas de aquella tarde!
* *
Convaleciente apenas, sorprendí una noche, en
una conversación que sostenían
muy paso mis
hermanas, la fecha del día en que
debía tener lugar el sacrificio de Aura;
entonces medité mi plan;
era preciso verla antes del día fijado,
arrojarme así moribundo, a sus plantas, y ofrecerle mi mano, con el resto
de vida
que me quedaba; interponerme entre el altar y ella; disputársela AL hombre que
me la arrebataba, hacerla mi esposa,
implorar luego el
perdón de mi
madre, y refugiarnos todos en
nuestra antigua casa; allí viviríamos tranquilos, aunque modestamente, pero
felices y amantes, como describe el poeta mexicano: ella, siempre enamorada,
yo, siempre satisfecho, los dos, una sola alma, los dos, un solo pecho, y en
medio de nosotros, mi madre corno un dios;
¡la
vida, sería así
un paraíso, y
mi imaginación se extasiaba contemplarlo! . . .
¡espejismos del alma! celajes engañosos de la
felicidad, que halagabais entonces un cerebro enfermo, y una imaginación
calenturienta, ¿porqué no acabasteis de enloquecerlos? ¿para
que alejasteis 'la
luz en la
mente, cuando cubríais de
tanta sombra mi
corazón? ¿no hubiera sido mejor la demencia, que esta
laxitud del alma, esta eterna viudez de la existencia?
un nuevo acceso de fiebre, me había tenido de
gravedad, oscilando entre la vida y la muerte;
nada había podido coordinar para mi proyecto, y
el tiempo avanzaba rápidamente
era preciso hacer el último esfuerzo; o
salvarla, o morir a sus pies en la demanda.
* *
La aurora, del día fijado por mí para ir a la
ciudad, llegó al fin; aunque había estado algunos días privado de sentido por
la fiebre, según mis cuentas, y lo que me parecía haber oído a mis hermanas,
aun tendría tiempo para hablar con Aura y rea- lizar mi plan;
era preciso ocultar mi pensamiento, pero,
¿quién podría imaginar que en el estado de postración en que me hallaba,
pensara en moverme de mí lecho? nadie;
eran
las cuatro de
la mañana; todo
estaba en silencio; hacía una hora, que mi madre había
vuelto a recogerse, después de darme la última cucharada del medicamento; mis
hermanas, que habían velado hasta muy tarde, dormían también;
entonces, levanté mi frente, pálida como la de
un espectro, y asomé la cabeza fuera de las cortinas del lecho; estaba com-
pletamente solo;
tomé la ropa, que el criado convenido conmigo,
había puesto allí, y comencé a vestirme; pero muchas veces tuve que cesar en
esta faena, porque me faltaban las fuerzas;
cuando, haciendo un esfuerzo supremo, me puse
en pie, sentí un zumbido horrible en los oídos, me faltó la vista, y tuve que
asirme a las columnas del lecho para no caer; pero la robustez de la edad, y el
fuego de la pasión, me sostenían; cobré nuevas
fuerzas
y comencé a andar;
al pasar por cerca de un diván, que estaba en
mi mismo aposento, me detuve conmovido: la mayor de mis hermanas estaba allí,
había velado mí sueño hasta que cayó rendida.
Eva, momentos antes de despertar al mundo, al
lado de Adán, no debió de estar más bella; casi todo su cuerpo se ocultaba bajo
el manto negro de sus cabellos destrenzados, que sólo dejaban ver a trechos sus
vestidos, y el perfil admirable de su rostro;
así se duermen las palomas blancas, bajo el
manto de som- bras de la noche;
dormía tranquila y su respiración era igual,
como la de un niño en la cuna; ni una nube empañaba aquella frente castísima;
¿qué podía turbar aquel sueño de virgen, en esa edad en que sólo se sueña con
los ángeles y Dios? ¿qué borrascas podía haber en aquel corazón, inocente,
ajeno del mundo y sus dolores?
la tranquilidad es el privilegio de la
inocencia, y ella dormía bajo este amparo; tuve ímpetus de despedirme de ella,
con una caricia, pero temí que despertara; recogí del suelo el abrigo con que
había cubierto sus plantas, y que había caído al suelo, y volví a cubrirla con
él;
seguí mi marcha, mis pasos se apagaban en la
alfombra, y nadie podía oírme; al pasar frente a un espejo, me sorprendí, podía
reconocerme, parecía un cadáver;
tuve que atravesar el aposento de mi madre,
contiguo al mío, ella dormía, pero no tan tranquilamente como mi hermana: sin
embargo, tenía su rostro esa apacible dulzura
que lo caracterizó siempre; arrojé sobre ella una mirada de ternura;
su faz estaba ennubecida, como si un
pensamiento muy triste la poseyese, su sueño era inquieto y agitado, profundos
suspiros se escapaban de su pecho, y en la contracción de su frente, y el
aspecto angustiado de su rostro, se adivinaba bien cuánto sufría;
¡ay! la imagen de su hijo desgraciado vagaba en
el pensamiento de aquella mártir, agobiada ya por tantos infortunios; ¡pobre
madre mía! ¡mis dolores le robaban hasta la paz del sueño!
quise posar mis labios, en la mano que reposaba
sobre la colcha de damasco rojo, no me atreví a hacerlo, por temor de
despertarla; seguí mi camino; me sentía sobresaltado, y tenía remordimiento de
abandonarla así, furtivamente, sin recibir su bendición, como lo hacía siempre
que salía de casa;
iba ya a pasar el umbral de la otra habitación,
cuando mi madre se quejó débilmente; creí que me llamaba, me volví; pero no,
seguía dormida; ¡ay! aquel gemido era algo como una reconvención, como una
queja; ¡qué extrañeza, qué dolor, qué desesperación, se apoderarían de ella,
cuando dentro de pocas horas, al acercarse a mi lecho, lo encontrara vacío!...
ni esta consideración pudo detenerme; mi resolución estaba tomada;
atravesé
el salón, y abrí la puerta que daba al corredor; estaba aún muy obscuro: la
brisa helada de la cordillera, pasó obre mi frente, como la mano de un muerto;
sin embargo, avancé, aunque me sentía muy mal;
el ambiente estaba húmedo, y el aire gemía
melancólico en los árboles del patio, formando murmullos misteriosos, en los
ángulos de los corredores, y en los pasadizos;
las blancas columnas de piedra de la antigua
morada, formadas en hileras, me
parecían las sombras de mis mayores, que se alzaban para detenerme; la casa
estaba medrosa, los criados dormían todos, y sólo Pablo, mi compañero desde
niño, me esperaba al pie de la escalera;
me cubrió
bien, con el abrigo que llevaba, para impedir la acción del frío, y
comencé a descender; difícilmente llegué al piso bajo; me sentía desfallecer;
sin embargo, estaba resuelto morirme o a salvarla;
el coche nos esperaba ya, en la puerta de
campo, sigilosamente llevado allí por Pablo, que lo había preparado todo; m
quería entrañablemente, y mi sufrimiento, le hacía cometer estas locuras; me
arrojé sobre los cojines del carruaje, y partimos galope;
el coche, se deslizó primero, por sobre la
menuda hierba de los potreros, y pocos momentos después, salimos al camino
real la
fiebre me devoraba,
me dolía la
cabeza horriblemente, tenía los pies y las manos helados, y la sed me
consumía;
a poco rato empezó a despuntar el día, y el
aire refrigerante de la mañana, me dio un poco de vigor; mandé descubrir! el
coche, y me puse a contemplar el campo;
el
crepúsculo matutino daba
un tinte bellísimo
al paisaje; tras de los cerros del Oriente, empezaba a brillar la
aurora, con una luz blanca, apacible, que se iba extendiendo poco a poco sobre
el cielo, a medida que las sombras se retiraban en tropel;
la naturaleza empezaba a despertarse
alborozada, como uní niño que abre los ojos al sentir el aliento de su madre,
que se inclina sobre la cuna; los árboles se balanceaban suavemente, como para
sacudir el letargo de la noche, y las aves en los nidos, despertaban sus
hijuelos, con arrullos amorosos; el rocío suspendido en los ramajes, y
brillando en los helechos, semejaba
los I brillantes
dispersos de un collar, que hubieran dejado allí las I
visiones nocturnas, al emprender el vuelo, sorprendidas por la aparición del
día; las hierbas húmedas, exhalaban perfumes exquisitos; las inmensas vacadas,
se veían esparcidas en los potreros, o recogidas en los establos,
mientras los ternerillos encerrados, bramaban impacientes;
los campesinos, aparecían desperezándose a las
puertas de sus casas, y me saludaban, admirados de verme cruzar el campo a
aquellas horas;
las
casas de las haciendas vecinas, se veían retiradas del camino, y medio
escondidas a la sombra de los árboles que las rodeaban; poco después, era
completamente de día; habíamos andado mucho, en pecas horas; el sol se
levantaba majestuoso, derramando torrentes de luz en el espacio, la mañana era
espléndida; el cielo
semejaba insultar mis dolores con la alegría que comunicaba a
la naturaleza: todo parecía sonreír en presencia de un alma que lloraba, y
tanta luz de afuera, no alcanzaba a iluminar tanta tiniebla de adentro;
iba tan embebido en mis pensamientos, que no me
di cuenta de nuestra
aproximación a la ciudad,
hasta que el ruido del carruaje, sobre el empedrado del
puente, que está a la entrada, me hizo advertir que habíamos llegado.
__A su casa — le dije a Pablo, quien debía
comprender- me ya;
—Sí, señor;
atravesamos gran parte de la ciudad;
de repente, el eco de una música no muy lejana,
vino a herir mi oído: presté atención, y como caminábamos en la mis- a
dirección, pronto oí claros los sonidos; era música sagrada a pocas calles,
estuvimos frente a la iglesia en que tocaban; no sé explicarme por qué, pero
instintivamente dije a Pablo:
—Para;
detuvo
los caballos, y
me abrió la
portezuela, salté afuera y me
dirigí al templo;
la música seguía en el coro, y sonaba a mi alma
como los acordes de un himno fúnebre; los perfumes del templo, las vibraciones
de la música, los murmullos de la oración, parecían celebrar las nupcias de la
muerte;
el corazón, presentía una gran desgracia, y,
sin embargo, palpitaba acorde, con la tranquilidad de la víctima, que se
apresta a recibir el último golpe;
¡pobre corazón mío!...
me detuve, vacilé un instante, y me lancé
adentro;
la iglesia, estaba engalanada de blanco, como
para las exequias de una virgen, pero los concurrentes, demostraban
asistir a uno de esos
actos, mitad religiosos,
y mitad profanos, que se ven con
tanta frecuencia; el lujo de los atavíos,
el tocado de
las señoras, la
disposición de los asientos, me demostraron la naturaleza de
la ceremonia: era un matrimonio;
al primer golpe de vista, lo comprendí todo, el
corazón en la desgracia no se engaña... ¡había llegado tarde! ¡el sacrificio
estaba consumado!... y, sin embargo, tuve aliento para avanzar; ¿fue
resignación, demencia o valor? yo no lo sé; sería la resignación de la
impotencia, la demencia del dolor,
o el valor
de la desesperación; ese valor
que hace sonreír a un condenado a
muerte, en las gradas del patíbulo, como una maldición contra sus verdugos, y
lo hace tender con orgullo el cuello a la cuchilla homicida;
era el destino que por presenciar mi agonía, me daba valor para
resistirla;
así lo hacían los Procónsules romanos, con los
primeros mártires del cristianismo: no los mataban de un golpe; era la cobardía
feroz del infortunio, cebándose en su víctima;
pálido, con las huellas de la fiebre en la faz,
los cabellos en desarreglo y el aspecto de un loco, subí por la nave derecha
del templo hasta colocarme frente al altar; allí, los pude ver de cerca, el
anciano demostraba la felicidad
completa; tenía el semblante severo y dulce al mismo tiempo; en su frente se
leían la bondad y la honradez; sus cabellos
blancos, caídos sobre la' sienes, y su aspecto agotado y
venerable, hacían triste contraste con
la blonda cabellera y la divina
juventud de Aura, cuya
belleza resaltaba más,
bajo los blancos pliegues de su manto y su hermosa
corona de azahares;
así, postrada
de rodillas, y con aquellos atavíos,
parecía más una niña llevada por su padre, a hacer la primera
comunión que una esposa, al lado de su
esposo, en el acto de tomarse la mano
para seguir juntos la senda
de la vida; sus ojos no osaban alzarse hasta el altar;
estaba
resignada, con esa
dulce mansedumbre con
que debió inclinarse el hijo de Abraham, para recibir el golpe
mortal, de manos
de su padre,
y la hija
de Jefté para marchar al sacrificio;
así caminaban sin vacilar las vírgenes
cristianas a la hoguera;
al lado
de aquel anciano
que iba a poseerla,
Aura se veía más bella, con la
aureola de la juventud y del martirio; era la primavera, al lado del invierno; la vida cerca de la muerte; la luz de la
mañana, impulsando al Occidente las últimas
sombras de la
noche; una espiga,
tocada por el hielo; una flor, bajo una capa de
escarcha; una parásita, en la cima de un nevado; eran, el pasado, y
el presente, en un abrazo estrecho; la cuna y la tumba, que se daban un beso
misterioso; florida enredadera, que se adhería a un tronco anciano, tal vez lo
arrastraría en su caída; ¡qué tristes,
eran aquellas nupcias, del infortunio con la ancianidad!
mudo
como una estatua,
oculto a sus
miradas, y, apoyado en una de
las columnas del
templo, los contemplé largo rato;
¡qué
pensamientos ocurrieron entonces
a mi imaginación! hubiera
querido en mi
desesperación, matarlos
ambos de un golpe, y perecer con
ellos; pero, mis labios no se movieron, mis pies no avanzaron una línea;
en aquel
momento, el sacerdote levantó
la hostia, y los concurrentes doblaron la cabeza, como si el aliento de
Dios, pasara sobre ellos;
incliné la frente,
y desamparado del mundo, levante el alma a Dios;
así permanecía
absorto, en un reclinatorio, y cubierto el
rostro con las
manos; cuando levanté
la frente, la ceremonia
había terminado; entonces me puse
de pie;
los dos esposos, bajaban del altar cogidos de
la mano; me adelanté hacia el
grupo de los
convidados, penetré en él,
hasta llegar a la primera fila, asomé mi cabeza enloquecida y sombría, y pronuncié su nombre...
Aura, como herida de un rayo, volvió a mirar;
a la
vista de mi
rostro cadavérico, y mis
ojos extraviados» por la
fiebre y el
insomnio, dio un
paso hacia atrás: "¡Dios
mío!… exclamó, y
cubriéndose el rostro con un
pañuelo, se apoyó en el brazo de su
esposo, y avanzó temblando hasta el carruaj e que la esperaba en la puert a; el
concurso la ocultó mis ojos; sin embargo, la seguí con el alma, y quedé clavado
allí;
el ruido de los coches que desfilaban, se
escuchó pronto, anunciándome su desaparición;
todos
salieron, las luces
del altar se
apagaron, el órgano calló
en el coro,
y el silencio
imponente de los templos me rodeó; Entonces, solo, bajo
aquellas naves solitarias, comprendí toda la inmensidad de mi infortunio;
la Religión y el llanto, consuelo de los
desgraciados, me negaban su amparo:
la duda había
matado la fe,
en el corazón, v el dolor, había
agotado e] llanto en las pupilas;
me sentía ahogar, el cerebro parecía querer
saltar en pedazos, a fuerza del tropel de pensamientos, y el cuerpo se
sentía débil para
contener las borrascas
del alma... ¡ni una oración en los labios, ni una lágrima
en los ojos!...
de súbito me faltó el aliento, creí que la
razón me iba a abandonar, y me pareció sentir en la frente el beso helado de la
locura; llevé las manos al pecho, y exclamé con desesperación:
—¡Madre mía, madre mía!
a la virtud de aquel nombre, como de la roca al
contacto de la vara de Moisés, saltaron de mis ojos, los torrentes de
llanto, y al
mirar con el
alma la imagen
de mi madre, vagando en mi rededor, vinieron a mi
memoria, y brotaron a mis labios, aquellas palabras con que ella me dormía;
alcé los ojos al Nazareno expirante, y exclamé:
—Hágase tu voluntad, así en la tierra como en
el cielo;
junté las manos y bajé la frente.
……………...…………………………………………………
…………………...……………………………………………
…………………..…………………………………………….
Un momento no más, duró aquel éxtasis bendito;
volvió la tempestad a rugir en el cerebro, la
sombra a aposentarse en la conciencia, el dolor a apoderarse del alma, y la
memoria, como barquilla sin lastre, a perderse en el mar de los acuerdos;
entonces, como cruza un cielo preñado de
electricidad, la luz fosforescente de un relámpago, cruzó las sombras de
mi mente
un pensamiento; ¡Eureka!,
pareció gritarme el genio del mal, desde el fondo de la
conciencia; creí que estaba salvo, entonas sonreí;
mi
sonrisa era convulsiva
y triste, como
la de los locos; vaga y sombría; tenía tintes de
crimen, de delirio y de sepulcro; la
sonrisa de la desesperación, que cree burlarse del dolor, esa sonrisa que lo
hace a uno exclamar con el poeta: Me duele el corazón, pero me río;
lágrima, que escapada del corazón, no alcanza a
llegar a los ojos, y se derrama por los labios; el dolor también tiene sus
sonrisas; ¡qué horribles son las sonrisas del dolor!...
Pablo, y dos jóvenes más, enviados por mi
madre, entraron al templo en busca mía; era ya tiempo, porque decaído el ardor
febril que me sostenía por la fuerza de las emociones, empe- zaba a
desfallecer; sostenido por ellos abandoné el templo;
poco antes de llegar a la puerta, por el mismo
camino que la comitiva había llevado, mis pies tropezaron con un objeto, me
incliné para recogerlo: ¡era un ramo de
violetas!
¿había sido desprendido del traje de Aura, o
dejado caer por ella, en el acto de la sorpresa? ¿era aquello una casualidad o
era un recuerdo? yo no lo sé, pero al acercarlo a mis labios, me pareció notar
que las gotas de su llanto, le habían servido de rocío;
lo guardé sobre mi corazón; me lancé adentro
del carruaje y grité:
—A casa.
* *
Era ya tarde, cuando el coche se detuvo en el
patio de la hacienda; en todos los rostros, se leía la ansiedad, y la tristeza;
en el descanso de la escalera, hallé a mi madre, que venía a recibirme,
tratando de ocultar las huellas del llanto.
—¡Hijo mío! — exclamó al verme, y se lanzó a
mis brazos; luego me brindó el suyo, para servirme de apoyo, y acabamos de
subir juntos;
ni un reproche, ni una reconvención, asomó a
sus labios, pero sus miradas estaban llenas de quejas contenidas, y tenían esa
dulce ternura que sólo saben acendrar las madres;
su amor hacia mí, había aumentado desde que era
tan desgraciado; he ahí la condición del amor materno; único afecto al cual la
desgracia hace aumentar el cariño al ser amado;
ved adondequiera: el hijo más infeliz, es el
más querido de la madre; aquel a quien la naturaleza, ha negado sus dotes
físicas, o intelectuales, tiene mayor parte en el amor de la madre, el idiota,
el enfermo, el extraviado, he ahí el hijo predilecto, el criminal mismo, a
quien la sociedad rechaza, la madre no lo repudia nunca; siempre en sus labios,
hay un beso para nuestra frente, una disculpa para nuestras faltas, un consuelo
para nuestros dolores; siempre en sus
labios, palpitan estas palabras: ¡pobre mi hijo! ¡pobre hijo mío!;
un canto de dulzuras infinitas, de infinitas
ternezas, de arranques de generosidad, de desprendimiento, de abnegación, de
sacrificios, de lágrimas, y de caricias;
he ahí el poema del amor materno;
la madre, como la escala mística de Jacob, es
el lazo que nos une a Dios;
entre Dios y los hombres, la madre;
entre Jesús y la humanidad, María;
la pasión del Cristo, es un gran poema, el
poema más grande de la humanidad; casi siempre se lee con lágrimas en los ojos,
pero ninguna de sus escenas, conturba tanto, como el encuentro con su madre;
quitad a María, de la vía dolorosa, y habréis
quitado a aquel drama sublime, si no su grandeza, sí toda la sublime poesía de
su ternura;
de la madre, a Dios, no hay sino un paso;
yo no he podido dudar nunca de Dios, porque he
visto sus reflejos en los ojos de mi madre;
he tenido que forjarme la ilusión de un cielo,
porque lo necesito para ella;
he tenido que creer en el premio de los buenos,
y de los mártires, porque ¿cómo
imaginarme que aquella
santa mujer, que ha recorrido tantas escalas del martirio, no será
premiada por Dios?
yo, he podido comprender, lo que es la virtud
llevada al heroísmo, porque he tenido a mi madre por modelo;
yo, no he podido concebir nunca, que ha ya
hombres que no quieran a su madre, porque si los hay, son bestias feroces con
aspecto humano;
¡ay!
¡qué hubiera sido
de mí, sin
mi madre, sin
este amparo en mi desgracia, sin este ángel cuyas alas se han
interpuesto siempre entre
el dolor y
yo; estrella cuyos blancos
resplandores han caído
sobre mi frente,
en esta noche eterna y borrascosa
de mi angustia!
¡Madre del corazón! ¡Madre del alma! ¡tu
recuerdo, sólo es un consuelo en mis dolores!
una
vez en el
aposento, ella misma
me ayudó a recogerme; mis hermanas, con semblante
cariñoso y triste, arrojaban abrigos sobre mis pies, mientras ella, me tocaba
con vaga inquietud la frente, y me cogía
las manos; ella temía una recaída, y trataba no obstante, de ocultar sus
presentimientos y de engañarse a sí misma;
no
se le escapó
una sola pregunta
indiscreta, la más ligera alusión a la salida de casa, pues
sabía que debía mortificarme
horriblemente; lo sabía
o lo había
adivinado todo, y por eso callaba, compadeciendo en silencio la magnitud
de mi dolor-
durante el resto de la tarde, y parte de la
noche, me esforcé tanto en aparecer mejorado y conforme, que logré con esta
astucia, que la familia se recogiera después de las diez; esperé a que todos se
hubieran dormido;
con la impaciencia del asesino, que aguarda a
su víctima o del ladrón, que acecha su presa, había esperado aquel momento-
salté del lecho, me envolví en una bata, y me aproximé a la puerta que
comunicaba con las otras habitaciones, apliqué el oído, todos dormían... era,
pues, la hora;
cerré con llave aquella puerta, y miré en torno
mío; nadie había quedado adentro; tenía miedo; el zumbido de las alas de una
mosca, bastaba para asustarme; la lámpara, encerrada en un globo de cristal
verde, daba un tinte amortiguado y sombrío a la habitación; la péndula del
reloj se movía a compás, como indicándome el tiempo que me quedaba; los objetos
del cuarto, tomaban formas medrosas; todo me parecía poblado de som- bras ...
me acerqué al escritorio, que era el mismo que
había ser- vido a mi padre, durante toda su vida; encima, se ostentaba su
retrato de medio cuerpo, con su semblante varonil y decidido, demostrando el
valor indomable, que lo había hecho en todas partes un héroe; sus grandes ojos,
de mirada penetrante y fija, y su bigote negro y poblado, que acababa de dar a
toda su fiso- nomía un aire caballeresco y marcial; vestido de frac negro, no
llevaba distintivo ni condecoración alguna, y en su actitud se- vera, parecía
destacarse del cuadro, para convencer con esa palabra elocuente y fluida, que
le había hecho tan agradable entre los hombres de su época;
al clavar los ojos en él, volví a bajarlos;
sentía vergüenza en su presencia; ¡él tan grande, y yo tan pequeño! ¡él tan
vale- roso, y yo tan cobarde! sí, porque la acción que iba a cometer, es la más
baja de las cobardías, y el más villano de los asesina- tos! ¡y hay quien hable
del valor de los suicidas!
¿desde cuándo es valor la retirada vergonzosa
en presencia del enemigo? abandonar el campo, en lo más recio del combate, ¿es
heroísmo?... el suicidio, es fruto del extravío mental, es una locura, y yo
estaba loco; sí, loco de desesperación y de dolor,
me senté al escritorio; era preciso escribirle
a Aura, despedirme de ella, decirle que moría pronunciando su nombre, y
perdonándola; era preciso dedicarle la última luz de mi alma, tomé la pluma, y
con mano temblorosa, escribí estas estrofas.
Hoy que llevas la blanca sien ornada
Por la hermosa corona de azahares,
Hoy que ya has roto nuestra fe jurada, Quiero
darte mis últimos cantares; Hoy que tronchaste mi ilusión amada Al postrarte a
los pies de los altares,
Quiero que escuches mi postrer lamento, Última
luz que da mi pensamiento.
Abandona el festín, y ven conmigo, Hablemos de
los años que han pasado.
¿Me recuerdas? Yo soy aquel amigo Que siendo
niño, jugueteó a tu lado, Que cuando no teníamos un testigo
Y vagábamos solos por el prado, Te daba rosas,
y sencillamente
Te besaba en los labios y en la frente.
¡Ah! ¿ves aquel hogar que allí blanquea
Medio oculto en el verde naranjal? Esa era tu
morada.
¡Cuánta
idea Ella despierta
en mi dolor fatal!
¿Cómo al alma impedir que allí te vea
Recostada a la sombra del rosal?
¿Cómo impedir al corazón llagado
Que goce recordando lo pasado?
¿Ves más allá el límpido riachuelo
A cuya orilla te esperaba ansioso?
Él siempre reflejando el mismo cielo.
¿Ves más allá el copudo pomarroso Que cubrió
nuestras horas de desvelo Cuando en mis brazos te estreché amoroso?
¿Por qué ocultas la faz? Alza la frente
Si ante mí te confiesas inocente.
Nada ha variado allí, el mismo cielo Siempre
limpio hasta el último confín, Las mismas aves ensayando el vuelo En los
tupidos sauces del jardín;
A la casa cercana al arroyuelo
Con las mismas violetas y el jazmín. Los mismos
nidos siempre en el bambú, Sólo has variado para mi alma, tú.
Tú, solo encanto que adoré de niño, De mis
juegos bendita compañera,
A quien brindé mi virginal cariño
En los delirios de mi edad primera;
Tú, blanco copo de flotante armiño
Que entre los sueños de mi infancia viera, Tú,
que al amor mi corazón abriste,
¡Ay! ¿por qué me olvidaste y me vendiste?
Tú, a quien mi infancia consagré rendido, A
quien le di mi amor de adolescente,
Tú, a quien amé despierto y vi dormido,
¡Quién pudiera expresarte lo que siente
Mi alma infeliz al ver que te ha perdido!
¡Quién pudiera borrarte de la mente Y hundirte
para siempre en el olvido! Por este débil corazón me pierdo Porque quiere vivir
de tu recuerdo.
Yo no sé si culparte o defenderte; No sé
explicar traición tan atrevida.
Tú, que alardeabas siempre de ser fuerte:
¿Por qué fuiste a amargar así mi vida Vendiendo
ante el destino cruel tu suerte, Al postor de más oro? ¿Por qué uncida Fuiste a jurar al pie de un
Dios sagrado Ser de un hombre que nunca habías amado?
Yo vi temblar tu planta vacilante Al marchar al
altar do te inmolaban, vi palidecerse tu semblante,
los azahares en tu sien temblaban; Te vi casi
caer en el instante
En que tus puros labios pronunciaban, Con
apagada voz, los juramentos
Que nuestra antigua dicha hacían fragmentos.
Yo también vacilé, mis tristes ojos
Fijos en ti, querían anonadarte,
Al oír el juramento caí de hinojos,
¡Y juré, por mi madre, perdonarte!
al contemplar los fúnebres despojos
De aquel amor que vengo a recordarte, Sentí
huérfana el alma y solitaria
alcé por ti a los cielos mi plegaria.
Al fin todas las luces se extinguieron, También
el canto se extinguió en el coro;
El
templo abandoné, los que me vieron
Advertirían las huellas de mi lloro.
¡Y qué me importa a mí, si comprendieron
Que te amo con delirio y que te adoro, Si hoy
te lo digo en esta despedida Que te doy con el alma y con la vida!
Adiós, mujer, si acaso a tu ventura
Faltaba el sacrificio de la mía,
Ahí la tienes también; ¡adiós, perjura! Que
seas feliz, pues nunca en mi agonía Podría yo contemplar que la amargura Tu
vida entristeciera un solo día.
¡Adiós! en prueba de mi inmenso encono,
¡Te saludo al morir, y te perdono!
…………...…………………………………………………………
En estos versos derramé toda la hiel y las
tristezas de mi alma; los coloqué bajo de un sobre, con una súplica para que
fueran enviados a su destino, y los arrojé sobre la mesa; pensé escribir a mi
madre, pedirle perdón, y excusarme
ante
ella; mas, ¿cómo
disfrazar mi acción?
¿cómo disculparme del abandono en que iba a dejarla?... era mejor
callar; arrojé la pluma lejos, y reuní todas mis fuerzas;
abrí con mano convulsiva, un cajón del
escritorio, y hallé lo que deseaba; mi revólver estaba allí; a su vista, mis
ojos brillaron de alegría, y sin embargo temblé; al cogerlo en mis manos, para
cargarlo, estaba confuso,
apenas acertaba a poner
los proyectiles; cuando
estuvo listo, volví
a mirar; estaba aún solo, algo
como el silencio del sepulcro me rodeaba ya; ¡los momentos avanza b an !. .. h
ic e el ú l ti mo es fu er zo , y l l ev é
e l ar ma a l a s ie n;
el frío de la muerte me tocó; en aquel momento levanté los ojos, y al
ver el retrato de mi madre, exclamé como
una despedida, montando
el arma fatal:
—¡Madre del alma!
—¡Hijo mío, hijo del corazón! — escuché decir
detrás de
mí;
el arma
rodó, a mis plantas, y en mi frente en vez del
plomo suicida, sentí posarse los labios temblorosos de mi madre, que había
entrado por la puerta del corredor;
pálida, convulsiva, nerviosa, me tocaba como
para convencerse de que estaba vivo;
me miraba, pero sus ojos tenían una fijeza
extraña, y rodaban sobre su rostro, las lágrimas, como las gotas de la lluvia
sobre las estatuas que adornan los monumentos mortuorios;
súbitamente dio
un grito, llevó
las manos al
pecho, y
cayó Poniendo su frente sobre mis rodillas,
como para morir sobre su hijo, y luego rodó al suelo...
a
la vista de
aquella madre infeliz,
exánime a mis plantas, el corazón se despertó, toda mi
sensibilidad volvió a brotar para ella, y ya no me acordé sino de atenderla;
el dolor, había hecho al fin su efecto, en
aquella víctima inocente; ¡era ya demasiado, tanto y tanto golpe asestado a
aquel corazón de ángel! me precipité a su lado, la recliné en mi pecho y la
llamé con voces desesperadas; a mis gritos acudieron mis hermanas; imposible
pintar el dolor que se apoderó de aquellas pobres niñas, que apenas alcanzaban
a comprender el drama que se desarrollaba en torno de ellas;
recogimos aquel cuerpo tan querido para todos,
y lo llevamos a su lecho; poco después, partían en busca del médico, mientras
nosotros nos desesperábamos por volver a la vida, aquella madre adorada;
¡qué remordimientos, qué dolor, qué vergüenza
se apoderar on d e mí ! .. .
al lado del lecho materno velé con el corazón y
con el alma; ¡noche de angustia, yo no os podré olvidar jamás! ¡yo no había
probado lo que era el remordimiento, y éste era superior a todos los dolores!
* *
La luz del día siguiente declinaba;
la estancia estaba débilmente alumbrada por una
lámpara, colocada detrás de una pantalla; mis hermanas, rendidas de fatiga,
descansaban, y yo velaba solo, al lado de aquella que era la mitad de mi alma;
sentado cerca a la cabecera del lecho, tenía
una de sus manos en las mías, y apoyaba sobre ella, mi frente calenturienta; la
mano se agitó levemente; alcé la cabeza, mi madre desper- taba; apenas abrió
los ojos dijo muy paso:
—¿Mi hijo?
—Aquí estoy, madre mía.
—¡Ah! ¿conque no es cierto?
—No, madre, no;
levantando un instante la cabeza, fijó en mí,
una mirada tan intensa, y tan tierna, como si en aquel momento, toda su alma se
hubiese asomado a sus ojos.
—¡Ah! ingrato — murmuró.
—Sí, muy ingrato, pero perdóname, madre mía.
—Sí, te perdono, porque sé que sólo el dolor,
ha podido hacerte intentar esa locura; si no fuera así, yo estaría avergon-
zada de ser tu madre; ¿cómo ibas a manchar así, con un crimen, el nombre de
nuestra familia inmaculada hasta hoy? ¿cómo querías abandonarnos? ¿qué hubiera
sido de nosotras, sin tu
apoyo?
¿qué hubiera sido, sobre todo, de tus pobres hermanas? ¿sabes tú a todo lo que
están expuestas las mujeres, en este mundo, cuando les falta el apoyo de un
hombre? ¡ah! tú no lo sabes porque estás aún ajeno a las intrigas sociales, y
los escollos de la vida; ¿no pensabas que tus
hermanas, tendrán que ir no
muy tarde a
la Capital, donde ocuparán la
posición que nuestra familia ha ocupado siempre, y entonces, qué harían ellas
sin su hermano, único amparo, y única sombra que debiera protegerlas?
calló
por un momento;
yo no me
atreví a responder nada; luego, colocando su mano en
mi frente, para acariciar mis cabellos, continuó en un tono dulcísimo:
—¿ No e
s ve rd ad , h ij o
m í o, qu e tú
no v ol ve rá s a p en sa r en eso?
—Nunca.
—¿Me lo prometes?
—Sí.
—Júramelo por el nombre de tu padre.
—Te lo juro.
—Y, por este Cristo — dijo tomando el crucifijo
que había a la cabecera de la cama;
tomé la imagen en mis manos, y juré.
—Tú cumplirás —dijo entonces—; si así lo
hicieres, Dios te bendiga — y extendió sobre mí su mano temblorosa, haciendo
sobre mi cabeza la señal de la cruz;
me incliné entonces;
estaba redimido;
cuando la madre perdona, perdona Dios.
* *
Dos meses habían transcurrido;
el dolor no había muerto, se había adormecido
en el corazón; la paz,
empezaba a renacer
en la casa,
y yo ocultaba a mi madre la
tristeza que me devoraba, fingiendo que el olvido penetraba poco a poco en mi
alma;
no había vuelto a ver a Aura, ni oído hablar de
ella, después de su matrimonio; se esquivaba estudiadamente hablar delante de
mí, de todo aquello que pudiera remover en mi memoria, las funestas escenas que
habían pasado;
dominado por el hastío, y en busca de
distracción, fui a la ciudad, donde se hallaba una compañía dramática, dando
una temporada de funciones;
una noche que concurrí al teatro, me entretenía
momentos antes, de principiar la representación, en repasar con mis geme- los,
las filas de palcos ya repletos de señoras, cuando mis ojos se detuvieron en
uno, cuya puerta acababa de abrirse; dos per- sonas entraron en él: ¡era Aura y
su esposo!
ella,
entregó al anciano la capa de pieles con que venía cu- bierta, y pasó a ocupar
la delantera del palco, apoyando sobre la barandilla su brazo desnudo, con una
majestad de reina;
venía sencilla, pero elegantemente vestida;
traía un traje de terciopelo negro, que dejaba en descubierto su pecho, y sus
brazos de alabastro, y de la línea negra de su traje, se destacaba su busto
delineado y perfecto, como si hubiese sido esculpido en mármol de Paros, por el
cincel de Fidias, sosteniendo su ca- beza divina, que hubieran envidiado por lo
ideal, las vírgenes de Rafael y de Murillo;
sus hermosos ojos, brillaban como dos
carbunclos, bajo su frente serena, a la que daban sombra, sus cabellos caídos
sobre ella, primorosamente peinados a la Capoul; por único adorno, llevaba un
ramo de violetas, sostenido por un broche de bri- llantes, en la cabeza, y otro
en el pecho;
la palidez de su rostro, comunicaba más fuego a
su mirada, y más encanto a su fisonomía; su elegancia, su hermosura, su
reciente matrimonio, llamaron sobre sí la atención general, y los anteojos del
patio y los de los palcos, se clavaron en ella;
era la primera vez que aparecía en público,
después de su enlace, pues todo ese tiempo había permanecido en una de las
haciendas de su esposo;
imposible pintar la sensación que experimenté;
celos, amor, despecho, rabia, todo se agolpó a mi corazón; guardé el binóculo
en su caja, y me senté aturdido en la butaca, y así permanecí largo rato; al
fin, no pude resistir al deseo de mirarla y alcé los ojos a su palco;
ella recorría en aquel momento, con la vista la
platea; de repente sus ojos se encontraron con los míos; sobrecogida, fas-
cinada, se quedó inmóvil; ambos comprendíamos que estábamos sosteniendo a
nuestro pesar, aquella mirada de fuego, pero la naturaleza era superior a
nosotros, y nos retenía allí suspensos y absortos, como dos seres que han
llegado al mismo tiempo a la orilla de un abismo;
al fin, con esfuerzo doloroso, rompimos la
corriente eléc- trica que nos unía; al dejar de mirarla, quedé en la sombra y
deslumbrado, como si el sol hubiese pasado un momento a pocos metros de mis
pupilas; quise abandonar el teatro, huir de aquella visión fascinadora, y
volver a ocultar mi desesperación en el seno de mi madre, y el silencio de mis
campos; pero una fuerza superior a mi voluntad me retuvo allí;
ponían en escena aquella noche, una comedia muy
conocida de todos, y muy en boga entonces, especialmente en los teatros de
provincia: La Flor de un día;
durante el prólogo y algunas escenas del acto
primero, pude cumplir mi resolución de no mirar a su palco, pero al llegar a
aquel pasaje, en que don Diego, que vuelve a buscar a Lola, la halla casada, y
al encontrarse casualmente solos,
la
apostrofa por su infidelidad, diciéndole:
¿Por qué vuestra pasión es flor de un día que
dura sólo lo que dura un lirio, mostrando al hombre que en amores fía, que el
premio del creyente es el martirio?
¿Qué importa a la mujer si en la mudanza, son
de lisonjas sus oídos llena,
convertir una vida de esperanza
en campo estéril de infecunda arena?
alcé los ojos a Aura; conmovida, agitada, la
respiración anhelosa, la vista
fija en el
escenario, movía sus
labios, como repitiendo palabra por palabra, aquellos versos que yo le
había enseñado de memoria; al concluirlos, volvió sus ojos humedecidos a mí,
pero los apartó prontamente; mas, cuando
Lola, respondiendo a
las quejas de
su amante engañado, le dice con
desesperación y con ternura:
¡Y ante el hombre ofendido que amé tanto no
hallar una palabra en mi disculpa!... Ni aun el consuelo de enjugar su llanto,
llanto
que vierte por
mi sola culpa.
Y
cuando a su desprecio resignada,
diera mi salvación por su ventura,
¿creéis que a una mujer tan humillada podéis
hablarle vos de desventura? decidme: ¿lo creéis?
entonces bajó sus ojos a mí, mirándome con
fijeza, como si hubiera querido afirmar aquellas últimas palabras; había en
aquella mirada, quejas y reproches, severidad y amor; no pude soportar la
expresión de aquellos ojos, bañados en luz, y repletos de tristeza, y bajé la
vista;
cuando pocos momentos después, volví a mirar,
el palco estaba vacío, y se oyó fuera el ruido de un coche que se alejaba; era
el de ellos; y, sin embargo, permanecí con -los ojos fijos en aquel palco
abandonado, en cuyo fondo me parecía
aun ver destacarse,
entre el cortinaje
carmesí, el busto ideal y
majestuoso de Aura;
aquella noche, al regresar a casa, no podía
conciliar el sueño-todos mis dolores, adormecidos apenas, habían vuelto
a despertarse a la vista de aquella mujer tan
hermosa y tan querida; ella me amaba, no había duda; ¿sería imposible que
volviéramos a vernos,
a recordar nuestros
amores, y a amarnos en silencio? ya que no podía ser mi
esposa ante los hombres, ¿no podríamos seguir amándonos en el misterio? he ahí
los pensamientos que me asaltaban;
impulsado
por ellos, perseguido
por el insomnio,
y agitado por la pasión, me levanté y escribí a Aura; mi carta era
tierna sensible, inconvenientemente atrevida; era la carta de un adolescente,
enamorado, y fogoso, a quien en el delirio de la pasión todo le parece
permitido;
después de escribir volví a acostarme un poco
más tranquilo, y logré dormir; pero ni en sueños, pude apartar de mi memoria
aquella imagen, y
si despertaba, me
parecía divisar en los ángulos obscuros de mi aposento, mirándome con
tristeza, aquella cabeza pálida, adornada de violetas.
* *
La contestación a mi carta, no se hizo esperar;
era fría, severa y digna; castigaba con ella, mi atrevimiento, y se disculpaba
al mismo tiempo.
¿Olvidas (me decía) que soy casada? ¿no sabes
lo que encierra esta palabra para una mujer de honor?; no pretendas quitar
al martirio, lo
único que puede ennoblecerlo: la virtud; ninguna
pretensión de amor, sobre una mujer casada, deja de ser un crimen: al ser que
se ama, no se le arroja lodo; la infamia es el peor de los castigos; el
remordimiento, el peor de los dolores; ¿por qué quieres aumentar mi agonía, con
estos dos martirios,
¡el mundo puede engañarse, la
conciencia jamás!: dejemos la conciencia pura; la infidelidad es un crimen, y
cometida a un anciano indefenso, es una profanación, una villanía; la
infidelidad, no la constituye
sólo el hecho
criminal, basta un
pensa- miento consentido; la mujer virtuosa, no debe tener tanta
confianza en sí misma, que se exponga a una prueba; a una mujer casada, no le
basta ser honrada, es preciso que el mundo,
comprenda que lo
es; la más
ligera indiscreción, basta a
perderla, y toda la sangre del mundo, no basta a salvarla.
Si es cierto que me has amado, creo que por
esto no me aborrecerás; lo. más leve condescendencia, bastaría para rebajarme
ante ti mismo, y yo no quiero que me desprecies; mi conducta, te demostrará,
que no has amado una mujer indigna, y la dignidad, aumenta los afectos nobles.
Yo
no puedo concederte
la entrevista que me
pides, ni menos
sostener correspondencia contigo,
porque esto, a más de ser un crimen, tendería a aumentar nuestro
infortunio.
nosotros.
Es preciso convencernos: no hay esperanza para
Colocados en las opuestas orillas de un abismo,
no podremos unirnos nunca; no intentes pasarlo,
porque te vería sucumbir, sin poder salvarte; si ese abismo, no fuera el del
crimen, yo me arrojaría para perecer abrazada a ti.
No me hagas sufrir más, deja mi herida que se
cicatrice. ¡Dios y la sociedad nos separan!...
El crimen, es una tinta que mancha cuanto toca;
no nos acerquemos a él.
Has leído en la Sagrada Escritura, que hay en
el interior del Asia,
un mar a
cuya orilla no
crecen las palmeras, cuyo fondo
envenenado, no cría peces, y por cuya atmósfera asfixiante, no cruza nunca un
ave, sin que caiga sobre sus olas sin volver a levantarse; ¡ése es el Mar
Muerto! él cubre las ciudades de Pentápolis, a quienes Dios redujo a cenizas,
en castigo de sus maldades; ¡así hay también en la humanidad, corazones a cuyo
fondo no puede asomarse el pensamiento! y en su horrible quietismo, se ocultan
los restos de pasadas borrascas;
en ellos, como
en aquel mar,
la ilusión, palmera del
desierto de la
vida, no extiende
su ramaje, ni una sola esperanza cruza su superficie ame- nazante, y ¡ay
de una! si descarriada la atraviesa, porque en- cuentra la muerte en su seno.
Imagen
de ese mar,
son nuestros corazones,
no nos acerquemos a ellos; bajo su engañosa calma, duermen los restos de
nuestras pasiones, hechas carbón, después de tanto incendio.
Amamos mucho, y tenemos que sufrir mucho más;
el paraíso tuvo fin; ¿el infierno será infinito? ¡no, la vida pasa, y en las
rocas de la muerte, se estrellan las borrascas del dolor!
Hasta entonces.
……….……………………………………………………… Esta carta, era la
última palabra entre los dos, y, comprendí
que no debía guardar esperanza alguna; mi
orgullo, se rebeló contra su dignidad, y me propuse fingir indiferencia, hasta
ha- cerle comprender que la había olvidado;
no volví a la ciudad, por temor de encontrarla,
y me entre-e por completo al estudio, y al cuidado de nuestros intereses; así
transcurrieron pocos meses; tratando de engañarme a mí mismo, creía que podría
al fin, calmar aquella tormenta, que amenazaba
acabar con mi existencia; y, mi madre,
que no podía ver las batallas que sostenía mi corazón, daba gracias al cielo
creyéndome ya salvo;
¡ay! pronto la
tempestad,
vendría a sorprenderme en aquel puerto indefenso, en que me había guarecido.
* *
Un
día acababa de
abandonar el lecho,
cuando sentí sonar las
herraduras de un caballo, en el patio
principal, y el ruido
de una persona,
que subía la
escalera: era un hombre,
que acababa de
llegar de la
ciudad, y traía
una carta para mí; la abrí sobresaltado;
no conocí la letra, pero la firma me hizo estremecer: ¡era del esposo de Aura! ¿qué habría sucedido?
¿había llegado el
caso, que yo
siempre había esperado? ¿el
esposo aquel, celoso
y cobarde, maltrataría a Aura? ¿se trataba de una explicación? ¿podría salvarla?...
Caballero:
no os conozco,
pero una circunstancia de familia,
me hace pediros
el honor de
que vengáis; os lo
suplico; básteos saber que la tranquilidad
de mi esposa, y la mía
dependen de vuestra
presencia; hacedlo por
favor; venid.
…………………………………..………………………………
No
había duda, yo
podía salvarla; si
era una explicación, yo la daría;
si era un ultraje, yo la
arrancaría de mano de su verdugo;
mandé preparar el coche, y pretextando
cualquiera ocupación, para no
alarmar a mi
madre, me dirigí
a la ciudad; a
las pocas horas
de camino había
llegado; el carruaje se detuvo a
la puerta de la casa de Aura, eché pie a tierra y penetré.
* *
¡Había un silencio profundo en toda la casa!...
algunas personas, vagaban por los corredores
con aire misterioso; un hálito de
muerte, se respiraba allí;
un pensamiento me ocurrió entonces: acaso el
anciano estaba enfermo... ¡había
muerto!... lo confieso avergonzado, sonreí con aquella idea;
yo sabía que él, vivía enfermo, y la letra de
su carta, demostraba un pulso inseguro y tembloroso; no había duda, habría
querido recomendarme a Aura, antes de morir; al pensar en esto, me compadecí de
él; pero la idea de que Aura estaba libre, se apoderó de mí;
en esto, oí llanto de mujeres, en una pieza
inmediata; me pareció distinguir el suyo; no había duda, Aura era viuda;
avancé a
la sala, no había nadie; empujé una puerta, y penetré en un aposento; ¡todo
estaba enlutado!... ¡allí estaba ella!... vestida de negro, alumbrada por
cuatro cirios, y tendida en un tálamo mortuorio, reposaba sobre un lecho de
violetas, y gasas negras; sólo su esposo la acompañaba; de rodillas, al pie del
ataúd, el pobre anciano, con los brazos cruzados sobre el fé- retro, y la
frente inclinada, regaba con su llanto, los pies y el traje de la muerta;
cuando entré, parecía rezar; alzó los ojos para verme, y volvió a dejar caer la
cabeza, presa de una ho- rrible atonía; su blanca cabellera, brillaba con la
luz de las an- torchas, como el nevado del Tolima, a los rayos temblorosos de
la luna, y parecía un padre al pie del cadáver de su hija;
aturdido con lo que me pasaba, no sabía ni
darme cuenta de lo que sentía, pues los dolores morales, son como las heridas
físicas: el primer golpe aturde, y al enfriarse la herida, es que empieza el
sufrimiento;
me acerqué al catafalco, Aura parecía dormida;
me incliné sobre ella, y la besé en la frente;
al contacto de aquel beso, pareció querer abrir
los ojos para mirarme; ¡cuan bella estaba así, cubierta por las sombras de la
muerte! el tinte azulado de los cadáveres, no había des- perfeccionado su
divino semblante, y la sombra de sus largas pestañas negras, se proyectaba
sobre su rostro como las alas abiertas de un colibrí, sobre el blanco matiz de
una azucena;
las venas azuladas, surcaban su frente tersa,
y, sus labios, estaban aún como plegados, por la última sonrisa que había
tenido al ver el cielo; sus manos blanquísimas, cruzadas sobre el pecho,
resaltaban en el fondo negro de su traje, como dos rosas blancas, que hubiera
arrojado el viento, sobre el mármol negro de una tumba, y entre ellas, atado
con un lazo de cinta negra, tenía un hermoso ramo de violetas;
a la vista de aquellas flores, y las otras que
rodeaban su cadáver, me estremecí, y di un paso atrás; el anciano, que hasta
entonces había permanecido con la frente oculta en las manos, se puso en pie, y
se acercó a mí; al ver la impresión que aquellas flores me causaban, dijo:
—Aura, amaba tanto estas flores, que me suplicó
que con ellas adornara su cadáver, y cubriera su tumba; el llanto, largo
tiempo comprimido, brotó
a mis ojos,
los sollozos invadieron mi voz,
me cubrí el rostro con el pañuelo y empecé a llamarla a gritos; al ver tanta
emoción, el anciano añadió:
—¿La habéis amado mucho?
—Como a una hermana — le respondí;
a la luz de los cirios, pareció que con aquella
palabra mentirosa, el cadáver se hubiese enrojecido.
—Fue
la compañera de
mi infancia, mi
amiga más íntima, y más querida.
—¡Ah!
entonces sois... — aquí el anciano pronunció mi nombre.
—Sí.
—Ella
os amaba mucho,
fue el vuestro,
el último nombre que
pronunció, y sus
labios se cerraron
para siempre, después de haberos llamado por última vez.
—¡Ah! señor —le dije entonces—, sois muy cruel;
¿me habéis llamado sólo para esto?
—Perdonadme, habéis llegado demasiado tarde;
cuando os mandé llamar, no nos pareció que estuviera de muerte; ella misma
abrigaba la esperanza
de veros, pero
media hora después de haberse ido el hombre que llevaba nuestra carta,
empezó a agonizar, y a poco, estaba ya en el cielo;
¡ah! señor, ¡mucho os llamaba! murió como un
niño que se duerme; hacía apenas tres días que había guardado cama, aunque
hacía unos meses que la enfermedad la
consumía; ella hacía esfuerzos para aparecer repuesta, pero, desde la última
vez que fuimos al teatro, se agravó mucho; desde aquella noche empecé a temer
por su vida; el viento de esa noche la mató; ayer se sintió más enferma,
comprendió su gravedad, y me llamó a su lado:
—"Amigo mío —me dijo—, siento que os voy a
abandonar," y antes os debo una confidencia;
entonces
me contó toda
su vida, vuestro
amor, su sacrificio, vuestra
desesperación, y la lucha que su corazón había sostenido, para no mancillar mi
nombre, y su virtud, ni con el pensamiento; ¡a y! aquella mujer era una santa.
—Una mártir — respondí yo.
—Sí, una mártir, y yo, que creí hacerla
feliz... ¡Dios mío! ¡y en vez de ser su protector, fui su verdugo! ¡yo la he
matado! ¡desgraciado de
mí! —decía, y
se mesaba los cabellos y exclamaba, tomando las manos
del cadáver—: perdóname, ángel mío, víctima mía, perdona a tu asesino.
—No os desesperéis así —le dije—, vos no habéis
tenido la culpa; el
crimen, lo constituye
la intención, y vos
pensabais en su felicidad.
—Sois muy generoso en consolarme —murmuró—, ¡yo
os he hecho sufrir tanto! pero me lo perdonáis, yo no he sido culpable, ¿no es
verdad que me perdonáis?
las lágrimas de aquel anciano, me conmovieron
hasta el alma.
Os perdono —le dije—, en su nombre, y en el
mío, el mal involuntario que nos habéis hecho;
abrí los brazos, el anciano afligido, vino a
ellos, y así nos enlazamos, quedando por medio el ataúd;
la pobre mártir, sonreiría en la eternidad, al
vernos unidos para amarla, y perdonarnos;
después el anciano se desprendió de mis brazos
y me dijo:
—Ya que la habéis amado tanto, acompañadme a
orar por ella;
caí de rodillas sobre el féretro, y posé mi
frente sobre la frente inanimada de Aura;
el anciano, volvió a arrodillarse a los pies
del ataúd, y sólo se levantaba por intervalos, para besarla en la frente;
apartaba los rizos del cabello, que el viento hacía flotar sobre su rostro;
arreglaba bien su hermosa cabeza en la almohada, como una madre, arregla en la
cuna, al hijo que va a dormir; la miraba con una amargura indefinible, y volvía
a ocupar su puesto;
¡qué imponente era el dolor de aquel anciano!
¡él, quedaba solo, sin la única luz que alumbraba su vejez; no tenía como yo,
el sol de la juventud, despuntando en el oriente, y dándole calor! ¡infeliz!
¡él también la amaba y la perdía!...
largas horas permanecimos así; ¡cuántas cosas,
le dije al oído a aquel cadáver, que su alma las oiría desde el cielo!
¡cuánto tiempo estuve contemplando aquella
frente, tra- tando de adivinar el último pensamiento, que se había apagado tras
de ella, y queriendo descifrar la última palabra, que habían tratado de
pronunciar aquellos labios, y que -se había extinguido en ellos, como una ave
moribunda, que al extender las alas al espacio, vuelve a caer al nido sin
aliento!
su esposo y yo, la velamos hasta que las
primeras luces de la aurora, empezaron a entrar por la ventana; al uno, había
consagrado su vida por el amor, y al otro, por el deber; mártir de ambos, sus
dos verdugos, que la amábamos tanto, la velamos el uno junto al otro.
* *
Era la tarde de aquel día, cuya aurora me había
sorpren- dido, velando el cadáver de mi amor;
los últimos convidados, habían abandonado el
cementerio; el anciano esposo, había sido arrancado de allí por las súplicas de
sus parientes y amigos; sólo quedaban los sepultureros para cumplir su misión;
yo, inmóvil, a la sombra de una tumba vecina,
había pre- senciado todo, y espiaba aquel momento; avancé silencioso hacia el
féretro, que estaba a la orilla de la sepultura, abierta ya, como las fauces de
un monstruo, para devorarla;
a mi aproximación, los hombres encargados del
cadáver, y a quienes Pablo, había ya comprometido para el efecto, se re-
tiraron;
entonces me acerqué;
hice saltar lejos la cubierta del ataúd, y
puesto de rodillas, cerca de aquella mujer, que había sido el encanto de mi
vida, tomé con manos temblorosas, las extremidades del paño blanco que le
cubría el rostro, y sobre el cual habían arrojado cal, y lo bajé hasta la mitad
del cuerpo;
entonces, apareció a mi vista, lo que me
quedaba de aquel ser, a cuya adoración había consagrado mi existencia; la
muerte, empezaba a hacer su efecto;
su hermoso rostro, estaba cruzado de manchas
moradas, sus labios cárdenos, el óvalo de su faz desencajado, su nariz
espantosamente afilada; y, sin embargo, aun así, me parecía bella, con la
hermosura majestuosa del sepulcro;
levanté su cabeza, la recliné en mi brazo y me
incliné sobre aquel cuerpo adorado; posé mi frente, sobre la suya yerta, y la
bañé de lágrimas; el frío de aquel cadáver no me helaba; estaba de por medio
todo el calor de mi cariño, y mis recuer- dos; después, dejé caer mi cabeza,
sobre la misma almohada que sostenía la de Aura, y permanecimos así unidos, en
aquel abrazo de la muerte; ¡y aun allí, habían de venir a separarnos!
¡la ausencia me la había arrebatado primero; el
mundo me la había quitado después, y hoy, la tierra me la reclamaba para
convertirla en polvo!...
allí, en aquel coloquio fúnebre, de nuestros
espíritus, le conté todas las tristezas de mi vida, desde que nos habíamos
separado; todas mis luchas y mi infortunio;
la brisa, gimiendo sobre nosotros, parecía
traducir en un lenguaje misterioso y desconocido, mis pensamientos; nuestros
cuerpos inclinados, a la orilla del sepulcro, estaban mudos, pero
¡ay! nuestras almas, ¡cuántas cosas se dijeron,
lejos del mundo, al silencio medroso de las tumbas!... ¡qué de promesas para la
eternidad!...
Pablo, vino a despertarme al fin, de aquel
enajenamiento; entonces, volví a ponerme de rodillas, después de haber estre-
chado aquella cabeza querida, por última vez, sobre mi corazón;
tomé en mis manos, una de las hermosas trenzas
de sus cabellos, y la corté por su nacimiento; ¿era aquello una profa- nación?
no, era el reclamo de una herencia, que me pertenecía;
acerqué a mis labios, aquella reliquia querida,
arrancada a la muerta, y, la guardé cerca a la cartera donde tenía su retrato;
¡ay! qué impresión me produjo la comparación de aquel cadáver casi
descompuesto, con el retrato de aquella niña tímida y sonriente;
¡sangrientos sarcasmos del destino!
oculté tembloroso aquella imagen que me
despertaba tantos recuerdos, y tomando en una de mis manos, su pálida cabeza,
coloqué en ella la corona de rosas blancas, y de violetas, con que quería
adornar sus sienes; y la volví a colocar entre el féretro; arrebaté a sus
manos, el ramo de violetas que llevaba, y lo guardé al lado de su cabello; no
llevaba la cruz en las manos, como la generalidad de los muertos, porque la
había llevado sobre los hombros;
cogí una de sus manos en las mías, y la estuve
mirando largo rato, con toda la ternura de mi alma; era ya tiempo, los
sepultureros habían llegado; me incliné por última vez sobre ella, y le di el
postrer y purísimo beso de mi alma; beso que, dado en los labios de una muerta,
debió de repercutir en los de un ángel;
cuando levanté la frente, todos lloraban;
fui arrancado por Pablo, del lado del cadáver,
y, recostado en el tronco de un árbol, seguí con ojos de idiota, a los
enterradores; cuando extendieron el paño,
y ocultaron su rostro,
com- prendí que el sol de la ventura se había ocultado para mí; cada
martillazo que daban para clavar el ataúd, resonaba en el fondo del alma, y se
repercutía en mi corazón;
cuando arrojaron el féretro a la sepultura,
quise arrojarme también, y Pablo, me cogió de un brazo; ¡entonces me senté
sobre una piedra que había allí, oculté el rostro entre mis manos, y lloré la
ruina de mis ilusiones!... poco tiempo después, todo había concluido... una
cruz de madera, señalaba el lugar donde debía levantarse el mausoleo; caí sobre
aquella tierra removida, que guardaba mi felicidad, y la empapé con mi llanto;
me abracé a la tosca cruz, y le pedí un consuelo en mi dolor;
gruesas gotas de agua empezaban a caer; el
cielo estaba obscuro; la luna, que había pugnado por asomar, entre los nu-
barrones que la eclipsaban, se había ocultado; así, en las sombras de mi vida,
la tranquilidad no había podido asomar en los negros horizontes de mi
desgracia;
¡ay! la noche, a pesar de su obscuridad, tiene
sus astros que le prestan luz, y la esperanza, astro benéfico que ha puesto
Dios en las eternas noches del dolor, no ha vertido su rayo, en las horribles
sombras de mi alma.
Pablo me arrancó de allí;
era preciso alejarnos: la lluvia arreciaba por
momentos, y la brisa empezaba a gemir fuertemente, entre los cipreses y álamos
del cementerio; comencé a alejarme, pugnando a volver a cada pase; al dar la
vuelta a una de las calles de árboles, que debía ocultarme su sepulcro, torné a
mirar: ¡ay! allí quedaba ella para siempre abandonada; la soledad de la tumba
la rodeaba; me parecía que sacaba las manos de entre la tierra para
llamarme,.suplicándome que no la dejase sola entre los muertos- quise volverme,
pero Pablo, me arrastraba a mi pesar; entonces me acordé de la despedida de
Chactas sobre el sepulcro de Átala;
¡ella también, como aquella virgen, quedaba
abandonada hasta de mí, que la había amado tanto!...
al fin salimos; cuando sentí que la puerta del
cementerio se cerraba tras de mí, comprendí que había dejado el corazón
adentro;
entré en el coche, y partimos;
la noche era horrible, la lluvia se había hecho
torrencial, los truenos se sucedían unos a otros, el viento azotaba los
cristales del carruaje, la brisa se había tornado en vendaval, y el cielo no
tenía una estrella; era la naturaleza que me ayudaba a llorar.
* *
Al entrar en el salón de casa, la familia me
esperaba en él, con impaciencia; al verme entrar, mi madre me salió al en-
cuentro, y, al notarme tan turbado, exclamó:
—¿Qué ha sido, mi hijo?
—Aura ha muerto —dije, dejándome caer sobre un
sillón;
mi madre, bajó la cabeza, mis hermanas, se
cubrieron el ros- tro con las manos, y principiaron a llorar; mi madre, se
acercó a mí, y abrazándome me dijo:
—Pobre hijo mío, todo ha acabado para ti.
—No todo, pues me quedas tú, madre mía;
después, lloramos juntos aquella muerta, que
viva nos había hecho llorar tanto;
ellas, le guardaron luto por seis meses;
¡el luto de mi alma, ha sido eterno!...
muchas veces he ido después a visitar su tumba;
es un cuadrilátero encerrado en una verja de hierro, y dominado por una cruz de
mármol blanco, en la cual se lee: Aura. — No tiene más inscripción, pero está
tapizado de violetas;
allí he leído, al declinar de las tardes, el
pequeño manuscrito de su vida, que me dejó, como un recuerdo, y me parece
tenerla al lado, con la barba apoyada en la palma de la mano, como solía
hacerlo, cuando niños,
leíamos en la
sombra de nuestros bosques; y me parece sentir el rayo
de su mirada, y el perfume embalsamado de su aliento;
¡ay! yo esperaba morir tranquilo, dormir al
lado de Aura, y que la piedad de mi madre, tapizara mi fosa de violetas; pero
ausente de ella, desterrado y solo, mi tumba, como la del marino arrojado a la
orilla, después de la tormenta, tendrá por lecho la desierta playa, y por
bóveda el ancho pabellón del firmamento;
lejos, de cuantos me aman, nadie al caer de la
tarde, irá a visitarme en mi
sepulcro; nadie dirá
entre sollozos: «¡aquí yace!»; la arena que me cubra no será
empapada por una lágrima afectuosa; las coronas que ofrecen a los muertos, los
que aman su memoria, no se verán jamás sobre mi lápida; y la tumba olvidada del
poeta peregrino, no se verá jamás como la tumba idolatrada de Aura, embalsamada por el
suave ambiente, que despiden sobre ella las violetas.
* *
Así, termina la relación, que en el seno de la
intimidad, depositó nuestro amigo, y la cual, aunque palidecida y trunca, hemos
tratado de reproducir en estas páginas; ¡pobre amigo! ¡sus tristes
presentimientos se cumplieron! el destino, que lo persiguió toda su vida, lo
arrojó a morir en las playas desiertas, de un río casi ignorado; ¡no le fue
dado, como lo deseaba, dormir el sueño eterno al lado de Aura! ¡su madre no
visitó su tumba, sus hermanas no tejieron coronas para él! una cruz de madera
señala el lugar en donde duerme; zarzas espinosas, rodean en vez de flores, su
sepulcro, y la soledad que ya reinaba en su alma, reina hoy sombría, en torno
de su fosa...
la historia de su dolor, mal escrita, por la
mano de la amistad, es cuanto queda de él...
FIN DE "AURA O LAS
VIOLETAS"


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