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Libro No. 457.  Aura o Las Violetas. Vargas Vila, José María.

Libro No. 457. Aura o Las Violetas. Vargas Vila, José María.

 

© Libro No. 457.  Aura o Las Violetas. Vargas Vila, José María. Colección E. O. Julio 27 de 2013.

 

Título original: © Obras Completas de Vargas Vila. Aura o Las Violetas. José María Vargas Vila. TOMO  I. Copyright by Biblioteca NUEVA Derechos Reservados Ley 11.723. Escaneado y corregido por RRM 2006. Impreso en la Rep. Argentina

 

Versión Original: ©  Aura o Las Violetas. José María Vargas Vila. TOMO  I. Copyright by Biblioteca NUEVA Derechos Reservados Ley 11.723. Escaneado y corregido por RRM 2006. Impreso en la Rep. Argentina

 

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Este libro en particular fue extraido de las páginas:  Obras Completas de Vargas Vila. Aura o Las Violetas. José María Vargas Vila. TOMO  I. Copyright by Biblioteca NUEVA Derechos Reservados Ley 11.723. Escaneado y corregido por RRM 2006. Impreso en la Rep. Argentina

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

A U R A   

O   

L A S   

V I O L E TA S

 

 

JOSÉ MARÍA VARGAS VILA

 

 

 

 

 

 

 

 

A MIS HERMANAS

 

 

 

CONCHA Y ANA JULIA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vosotras, sabéis muy bien, por qué publico estas páginas; vosotras, fuisteis testigos de la insistencia con que la madre ado- rada, que acaba de abandonarnos, me suplicaba en su correspondencia, que las publicara, pues sólo conocía fragmentos de ellas; listas estaban ya, para ver la luz pública, accediendo a su deseo, cuando el destino acaba de arrebatárnosla para siempre, sin que pudiera yo, ausente de la Patria, ni recibir su último suspiro, ni estrecharla por última vez contra mi corazón; ya sus ojos, no se posarán en estas líneas, ni sus labios repe- tirán las palabras en ellas escritas; ¡ya la mujer fuerte, la madre mártir, la compañera de mis luchas y mi infortunio, ya no existe! pero,  quedáis vosotras, herederas de sus virtudes, imitadoras de su ejemplo; a vosotras, que sois el reflejo de su alma, os las dedico; vuestro amante hermano:

 

 

 

JOSÉ MARÍA.

 

En San Cristóbal del Táchira, mayo, 1887.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PREFACIO

 

 

 

PARA  LA  EDICIÓN  DEFINITIVA

 

 

¡Cómo tiemblan los recuerdos en las páginas dolientes de este libro!...

triste ronda de hojas muertas, impulsadas por el viento de la tarde...

hay calor de ceniza en esas hojas...

cenizas escapadas a un columbario fatal...

 

 

………………………………………………        ………………………

…...

…………………………………………………….……………………..

 

 

fue el primer libro que escribí en mi vida; poema de adolescencia; escrito en una embriaguez de lágrimas, por un niño solitario, tembloroso aún del primer encuentro con la Vida, que desgarró su corazón...

la claridad infinita de las auroras, brilla aquí con una tris- teza, semejante a la de la lámpara veladora, que caía sobre las blancas páginas, en las cuáles la mano inexperta trazaba las líneas del Poema, donde cantaba la música interior de un bello sueño, que tuvo la belleza efímera de una flor que se abrió para morir...

misericordia de las cosas idas...

la gran belleza de las cosas muertas... diafanizadas en el Misterio;

este libro así tan triste, es como un viejo retrato, que con- servará mis facciones de niño, circundadas de aureolas inocen- tes, húmedas de lágrimas, tal una rosa solitaria, abierta en un jardín en lluvia;

breviario de mi primer ensueño desvanecido;

escrito en las largas veladas solitarias, en espera del esplendor de las mañanas futuras...

en las noches estremecidas por el presentimiento del Amor, apenas entrevisto en el cristal de unos ojos, que tenían las tris- tezas del velamen de una nave que se pierde en el horizonte...

 

misteriosamente; bajo el vasto cielo;

aurora!...

libro escrito en el dintel de mi adolescencia;

antes de entrar en esta enorme selva de laureles ultrajados, q u e f u e m i Vi d a . . .

¿cómo no he de amarlo? misericordiosamente... como un sudario;

que envolvió un cuerpo muy amado;

y,  se  despliega  suavemente,  piadosamente, cautamente...

en el crepúsculo...

ante  la  sombra  creciente,  de  la  Noche  Eterna,  que avanza,   como   una   pantera   cautelosa,   bajada   de   las montañas del cielo;

a devorarnos...

 

 

………………………………………………………………………

………………………………………………………………………

 

 

este   libro,   tan   pequeño,   guarda   una   partícula   de

Eternidad

la sombra de mi Madre, que se proyecta en él;

la sombra de la cabeza augusta de mi Madre, inclinada sobre

las páginas vírgenes, que se poblaban de signos bajo mi mano.

la sombra de los ojos de mi Madre, sus ojos tan bellos, q  se  llenaban  de  lágrimas  y,  humedecieron  con  ellas  el albor estas páginas, como rocío de un cielo de ternuras, caído sol las blancas flores de mis sueños, abiertas bajo el candor de sus miradas;

la sombra de las manos de mi Madre, protegiendo estas páginas y ofreciéndomelas luego, en una hora de angustia, como  un  lirio  votivo,  como  una  copa  llena  del  sagrado licor del Silencio y de la Muerte;

dondequiera que yo mire hacia mi lejano Pasado adolescente, veo las manos de mi Madre, extendidas sobre mi cabeza como un palio, puestas sobre mi corazón como un escudo;

sus blancas manos pálidas, bellas como dos Uses de ala- bastro;

como dos azucenas de cristal; ,

sensitivas, evocativas, dos magnolias hoy cautivas del sepulcro ...;

ya son polvo...

 

son ceniza...

mas su sombra aun electriza el alma de este Idilio doloroso, que sus ojos vieron florecer, como una pradera de asfódelos en la gran calina lunar;

bajo la caricia opiacente de sus manos tan amadas;

yo , so ñé .. .

a la sombra de sus ojos tan calmados —dos estuarios siderales—;

yo, escribí;

este Poema;

¿fue soñado?

¿fue vivido?

¡oh! ¡el Misterio de las vidas!... oh! ¡el Secreto de las almas!...

el Silencio también tiene su canción…

cante el alma del Silencio;

hermético; en el Pórtico;

de este libro;

augural.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Rememoro; en el campo; casa antigua;

vasta casa solariega, donde el alma de los viejos fundadores de la raza, señoreaba;

sementales de una estirpe de héroes ya vencidos... cuyos  huesos  dispersos  en  lejanas  soledades,  fueron

como polen de libertades, que nacieron y florecieron bajo un sol violento...

y, fenecieron luego;

acaso para siempre...

la casa solitaria, era el último asilo de la raza precaria...

un ambiente tranquilo la rodeaba... la llenaba de calmas letales;

era como un nido oculto entre rosales;

y, al cual la brisa leda, acaricia con sus alas de seda;

subrepticiamente;

el aliento de los siglos, con el alma de los muertos parecía circuirla;

barandajes de madera contorneaban los amplios corredores que se dirían cenobiales, y a los cuales tupidas enredaderas hacían sombra;

más allá, los jardines, primitivos, de una flora multiforme y multicroma, reventaba en yemas cálidas o llenaba con la tristeza magnífica de sus rosas claudicantes la agonía de la tarde...

el alma de los perfumes, errabunda, era como un deseo

impreciso;

en el oro claro y triste del crepúsculo;

no  había  gracia  versallesca  en  los  jardines,  sino  una hosca belleza melancólica; de parajes hechos a la liturgia de los siglos, en fiesta de renovaciones pertinaces;

y, el campo más allá;

extático en la plenitud de sus mirajes;

prodigioso Taumaturgo, el Sol, iba transformando —con Pinceles invisibles— los paisajes oro y gualda, en severas perspectivas, gris profundo, gris sombrío, con color de estagnación, en la pálida esmeralda de los llanos; procesión de frailes lentos, semejaban los arbustos en el    plúmbeo arborescente de sus hojas;

alineados en dos filas, a la orilla de las largas avenidas, inclinaban con el viento sus ramajes argento-bruno, como jóvenes novicios, bajo el gesto bendiciente de una mano episcopal;

en su limo verde-crótalo, los estanques somnoleaban, enredando en el cándido abanico de las alas de los ánades, el cintillo verde-ajenjo, de sus ópalos de espuma;

a  la  orilla,  cisnes  contemplativos  se  miraban  en  el pálido remanso, como un coro de cantores en redor de un facistol;

más allá rodaba el río, su poema de cristal...

sus canciones seculares exultaban el enojo del paisaje evanescente, que moría lentamente, esfumándose en la sombra;

el rojo peculiar de sus orillas, le daba el aspecto de una cicatriz, por la cual corrieran las linfas de su sombría inquietud;

el alma divina de la Noche se anunciaba sobre la llanura palideciente, que se hacía láctea, con el reflejo de candor del cielo, y, una serena opacidad de mar;

las algas de los esteros, ensayaban y tomaban la forma ranuncular bajo las manos lentas de la sombra en la cual la palpitación de las estrellas, parecía regar pétalos de amarilis deshojados;

los rosales parecían un esbozo de acuarela, en la pálida inmovilidad de sus follajes...

la curva del ala vespertina, hacía dolientes y translúcidos los paisajes;

la fuga de las hojas semejaba una huida de libélulas, azoradas en la onda azulosa...

anemización en los geranios;

hechos  diáfanos  los  lises  en  su  exilio  de  flores  de

Misal;

sobre el alto cerro ríspido, dominando la violencia de su línea  limítrofe,  la  Luna  con  una  palidez  de  cerámica, diseñaba su arco en creciente, semejante al cuello de un cisne estrangulado, en el gris metalescente de un lago mercurial;

se diría que una lluvia de silencios, caía del cielo pálido;

tal era la aparente atonía de las cosas;

adentro de la casa, en la gran sala familiar, toda en blanco, con blancuras de mezquita, yo leía;

y, mi madre me escuchaba;

absorta,  como  si  la  prosa  del  Poema  brotase lentamente di su alma;

se diría que su delicada y suave belleza, irradiaba, como        

una llama muy pálida en la Obscuridad;

sus manos reposaban inertes, sobre la falda del traje obscuro cuasi monacal, que llevaba desde su viudedad;

sólo  emergían  de  esas  negruras,  su  cuello  albo  y frágil, y su rostro de una belleza tan triste, que se diría el reposorio de todos los dolores;

su  quietud era estatuaria:

toda su vida se había concentrado en sus ojos, aquellos dos estuarios de lágrimas, en perpetua visitación de ellas, y, que  en  momento  empezaban  a  humedecerse,  como  dos cálices de flor  llenos del rocío de la noche;

mis hermanas cerca de ella, enlazaban los brazos a su talle, doblaban la cabeza sobre su seno como dos ánades miedosos, buscando el ala materna, sobre la landa hostil donde el crepúsculo muere, magníficamente;

yo, leía las páginas de este Idilio, y, mi voz insegura de adolescente, pronto a entrar en la juventud, tenía temblores extraños;

el  vago  sueño  de  amor  allí  esbozado,  parecía  tomar formas vivas, y la imagen de la Virgen Muerta, coronada de violetas, se condensaba, apareciendo ante nosotros, como en  un  miraje  de  luna  en  su  cándida  y  flébil  gracia  de azucena ecuatorial;

el  himno  del  Amor  y  la  Belleza,  se  escapaba  de  mis labios  como  las  arenas  de  una  clepsidra,  cayendo  en  el silencio conmovido, lleno de tiernas afinidades;

a medida que avanzaba en la lectura, él dolor se enseñoreaba de nosotros, y, nos envolvía en uno como velo, formado por las cenizas escavadas de una urna, volando en el aire sutil;

mis hermanas habían ocultado el rostro en el regazo maternal y sollozaban...

el rostro de mi Madre se hacía augusto, pálido bajo las lágrimas, como la trasfloración de un lirio en un cristal;

llegado a las últimas escenas del drama, mí voz se hizo un largo sollozo ininteligible, un grito ahogado, y, en una verdadera crisiss de llanto, dejé caer mi cabeza sobre el manuscrito inconcluso...

mi madre vino a mí, levantó mi cabeza, apartó la negra cabellera, y me besó en la frente, ampliamente, largamente, amorosamente,  como  le  hacía  hasta  poco  tiempo  antes, cuando niño me refugiaba en su seno para llorar extraños dolores inexplicables; que eran como una transfiguración de mi trágico Destino;

y,  ella  también  lloraba,  sobre  el  manuscrito  cándido, que Plegó cuidadosamente sellándolo con un largo beso de amor...

así nació este Poema;

entre lágrimas;

 

en un auditorio de Amor;

oído, por oídos, que ya devoró la tierra... besado por labios que se hicieron polvo bajo la

tierra...

bautizado por las lágrimas de mi Madre...

¿cómo no querréis que ame yo este Poema, deleznable y manido, hecho sin embargo augusto en mi corazón, por el contacto con las manos de mi madre?

dejadme besar este Poema...

como si besara las manos benditas de mi Madre, que se posaron en él, aquella noche triste;

¡hace ya tantos años!

y, hoy inertes...

bajo la tierra lejana... que me vio nacer.

 

Amarilleó el Manuscrito al lado de versos inocentes que nunca vieron la luz;

la corona de mis veinte anos se hizo roja en un día de lapidación

empujé con mano viril las puertas del Escándalo, que se abrieron  ante  mí,  estrepitosamente,  como  dos  alas  de fuego...

pasé bajo su arco ígneo, coronado de mis veinte rosas purpúreas;

la Justicia, me había armado paladín;

y, la Libertad había hecho de mí, su arquero infatigable...

el estrépito de mis  luchas políticas, ahogó  él clamor del Poema romántico que durmió en el Olvido...

el rojo incandescente de los celajes de mi vida, apagó él cándido azul de los celajes de mi corazón...

un día estalló la guerra;

y, a la guerra fui;

el Manuscrito fue conmigo;

sufrió de las batallas;

y, escapó conmigo él día de la Derrota;

llegó el Exilio; y, al Exilio fue; peregrinó conmigo;

y, llegado un día, a las fronteras de la patria, manos amigas lo recogieron de mi lecho de enfermo para publicarlo;

era en 1887;

en San Cristóbal del Táchira;

 

 

………………………………………………………………………

 

 

mi Madre acababa de cerrar los ojos para siempre, muy lejos de mí;

y, yo creía morir de ese dolor; u n gru po d e am ig os d e l a c iu da d fron te ri za d e S an J os é de Cúcuta, organizó una subscripción para publicar este Poema, y mi libro político  "Pinceladas sobre la Revolución de Colombia" y fueron publicados en Maracaibo; así vió la luz pública este Manuscrito, trivial y doloroso, otro encanto que él de su ingenuidad; fue después de publicado en Curacao, en un volumen con "Lo Irreparable" y "Emma", en 1889; años después fue editado en París, en la casa Bouret; hoy lo incluyo en la colección de mis Obras Completas, que publica la Casa Editorial Sopena, de Barcelona, en España;

no ensayo defender este libro inexperto de un romanticismo deplorable, y, por el cual no he tenido nunca ninguna forma de predilección literaria;

lo considero fuera de mi Obra de novelador, que principia en  "Flor  de Fango"  y,  viene  hasta  "Cachorro de León", que acabo d« publicar;

es en esas veinte grandes novelas, y, aun en mis dos volúmenes de nouvelles, que debe buscarse todo mi arte de novelar;

este pequeño libro no entra para nada en las fronteras de ese arte, y, casi podría decir que ni en las del Arte;

es aislado;

anterior a mi Obra literaria y fuera de ella;

y, sin embargo, ha tenido y, tiene, un público tan numeroso y tan fiel, que suprimirlo de mi Obra, sería restar a ella, el más cándido y soñador grupo de lectores, que tal vez no han leído y no leerían ningún otro libro mío;

esta novela ha sido el Breviario de Amor de los adolescentes, durante más de treinta años en la América latina;

yo sé que es démodé, de una literatura arcaica, confinando con Átala y Grazziella, y todo el cardumen de novelas románticas de la primera mitad del siglo XIX;

lo sé;

y, no ensayo defenderla; se ha llamado esta novela: La hermana menor de María; y,  mis  críticos  la  han  salvado  del  aluvión  de  sus reproches,  probando   con   ese   gesto   detractor,   toda   la inanidad literaria de la obra;

no la amo, literariamente;

si hubiera de ensañarme en ella, reduciría a polvo ese lirio de lágrimas que florece entre las manos cruzadas de una muerta;

lo dejo intacto.

tal como floreció en los jardines ya lejanos de mi infancia;

tal como fue escrito por las manos inexpertas de un niño;

 

 

 

tal como fue besado por los labios trémulos de aquella dolo-rosa inconsolable que fue mi Madre...

las   razones   de   buen   gusto   no   me   han   parecido bastantes para desfoliar ese lirio cándido, privándolo de su primitivo, ingenuidad;

todo  el  encanto  de  aquel  ya  lejano  amanecer  de  mi vida, está en estas páginas;

no tengo el valor de suprimirlo;

restarlo de mis Obras Completas, me parece una felonía o, mis lectores;

una traición a tantas almas juveniles, que durante seis lustros han abrevado en esta fuente de lágrimas;

no he tenido el valor de tocar ni retocar su Estética envejecida en nombre de mi nueva Estética:

he     querido  que  mis  nuevas  normas  mentales, violasen el cándido pudor de aquellas viejas normas, ensayando imponérselas, o absorbiéndolas para fundirlas en los crisoles de mi nueva Ideología literaria;

le he dejado todos los candores, hasta el candor de la fe religiosa, que balbucea allí, con una ingenuidad de niño, cosas de un misticismo pueril, natural al círculo de ignorancias que rodeaba mi alma, antes de escalarse y volar por los  cielos, ora  serenos, ora  tempestuosos de  la Indagación y el Raciocinio.

Dios, aparece en cada renglón de aquellas páginas con la pertinacia monótona de un ritornelo;

lo dejo ahí, como encerrado en el tabernáculo del viejo oratorio familiar en que mi madre me llevaba a orar;

es consubstancial, con la mentalidad embrionaria y morbosa de todos los personajes de la obra;

no  era yo entonces el poseso de la Negación, que he sido luego;

y, dejo a aquella flor lejana su perfume;

su perfume de Fe;

desvinculado  de  aquella  virtud  primitiva,  la  dejo  en este libro, con mi túnica pretexta, y, todas las inocencias de aquella edad, de divina ceguera ante el Enigma;

las trasmutaciones sucesivas de mi Espíritu, me han llevado   tan   lejos   de   aquél   punto   de   partida   de   mi Mentalidad  de  Escritor,  que  apenas  si  lo  diviso,  en  esas remotas perspectivas, colindantes con el Olvido...

puedo asegurar que hacía más de treinta años, que yo no leía estas páginas;

y, he tenido necesidad de hacer un esfuerzo enorme para releerlas;

he sentido una sensación extraña, ante este lejano encuentro conmigo mismo;

un sedimento morboso de mi sensibilidad, que yo creía agotada, brotó a la superficie;

 

y, viejo hombre que hay en mí, sintió una sensación extraña, ante el hombre nuevo, cuasi adámico, que estas páginas evocan;

y sentí   un gran dolor, en este encuentro retrospectivo con fantasma de Mí Mismo, que yo creía olvidado;

un vaho de tumbas abiertas me dio en el rostro;

y, una gran tristeza me invadió a causa de esta exhumación;

y   tuve   pena,   una   pena   indescriptible,   de   que   la necesidad im pe ra ti v a  de  la  R e vi si ón  Tot al  d e  mi  Obra , me i mp usi e se esta evocación de sombras queridas;

esta violación de sudarios;

y, me juré respetar estas páginas, dejándolas en su integridad, tal como fueron escritas hace ya tantos años…

y, cumplo ese voto;

ofreciendo a mis lectores de siempre, este ramo de violetas, cogidas sobre las tumbas lejanas...

 

 

*        *

 

 

Las dos pequeñas novelas que acompañan a Aura en es edición, son las mismas que le hacen compañía desde ha treinta años, cuando la casa Bethencourt, de Curaçao, las reunió en un solo volumen, en 1889.

"Emma", es una nouvelle, de la misma endeblez literaria de  "Aura", y de su mismo romanticismo enfermizo, doblado de x lirismo arcaico, que no alcanza a salvarla de su mediocridad;

fue escrita para una Revista Literaria, de Maracaibo, y publicada en ella, hacia el final de 1888;

lo "Lo Irreparable" fue escrito para los "Ecos de Zulia", de aquella ciudad, y, publicado como folletín de él, al principiar el año de 1889;

hay algo en esa narración, que anuncia ya los nuevos derroteros de un estilo;

no me hago ilusión sobre esas dos pequeñas novelas, ni intento defenderlas;

sería pueril;

no pretendo tampoco ataviarlas, con las galas de mi estilo de hoy;

eso sería desleal;

me conformo con decir, dónde y cuándo fueron escritas, y, por primera vez fueron publicadas;

ése es el objeto de estos prefacios, narrativos e ilustrativos de mi Obra;

me debo al porvenir;

él, es, quien dirá en definitiva la última palabra sobre mis libros;

 me limito a aportar en estos prefacios, elementos para ese jui cio futuro...

eso hago con este mi primer libro... tan triste, tan remoto, y tan amado.

 

 

 

1919

 

VARGAS VILA.

 

 

 

 

 

 

 

 

Descorrer el velo tembloroso con que el tiempo oculta a nuestros ojos los parajes encantados de la niñez; aspirar las brisas embalsamadas de las playas de la ado- lescencia; recorrer con el alma aquella senda de flores, iluminada pri- mero por los ojos cariñosos de la madre, y luego por las miradas ardientes de la mujer amada; traer al recuerdo las primeras tempestades del corazón, las primeras borrascas del pensamiento, los primeros suspiros y las primeras lágrimas de la pasión, es un consuelo y un alivio en la adversidad; parece que el alma desfallecida, se rejuvenece con aquellas brisas; el corazón se vuelve a abrir a los reflejos de aquel sol purísimo, y la imaginación vuelve a adornarse con el espléndido follaje de aquella primavera inmortal; ¡primer amor! ¡encanto de la vida, alborada de la felicidad; los rayos de su luz no mueren nunca!

¡corona encantadora de la niñez, formada con las primeras flores que brota el alma, y acariciada por los hálitos de la ino- cencia! el tiempo la marchita, y descolora después; pero, las hojas mustias de aquellas flores, los rayos amortecidos de aquella aurora, las claridades de aquella edad, en que vaga aérea y vaporosa, la imagen de una mujer, envuelta entre las gasas de la infancia; aquellos recuerdos y aquella historia, son la más bella herencia de la vida;

páginas de la adolescencia, recuerdos de la cándida mañana de la vida, cánticos melodiosos de aquel himno, murmullos de aquella edad bendita, ¡cuan gratos son al corazón herido! ellos traen al alma, recuerdos del nativo campo, brisas del huerto paterno, rumores de sus ríos, perfumes de sus bosques, voces queridas, imágenes amadas, y besos de la madre, enviados en las alas de la tarde;

¡ellos despiertan al corazón!

¡benditos sean!

 

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Hay al volver los ojos al pasado, seres tan íntimamente ligados  a  las  escenas  más  interesantes  de  nuestra  vida,  que marcan en la memoria, las huellas de su existencia, con caracteres indelebles, y señalan épocas, días y horas, que se levantan fijos como fantasmas, en la neblina obscura de otro tiempo;

cruces solitarias, clavadas allí, por el recuerdo, mostrando las jornadas que nuestra planta vacilante, incierta, de viaje siempre, a las regiones desconocidas de la Eternidad, no ha de volver a repasar jamás;

tales han sido las violetas para mí, su presencia me des- pierta tantos recuerdos, su perfume trae a la memoria tantas ilusiones perdidas, que cada una de ellas me parece una estrofa, arrancada de aquel poema, cuyos primeros cantos formaron la aurora de mi vida.

 

 

* *

 

 

Catorce primaveras contaba yo aquel día; esta frente, hoy palidecida, y angustiada, era entonces tersa, despejada y serena;

estos ojos que han enturbiado después las lágrimas de la desesperación, y los insomnios del pesar, eran grandes y negros, abiertos, soñadores;

esta cabellera, en la cual despuntan hoy delgados hilos de plata, como un pago anticipado, del invierno del dolor, al invierno de la edad, era entonces negra, rizada y abundante;

estos labios amargamente plegados ahora por la decepción, sonreían con esa ingenua franqueza, con que un alma de catorce años sonríe a la mañana de la vida;

mi alma era pura, como la sonrisa de una madre, y mi cora- zón inocente, como la mirada de un niño;

¡y, ella! ¡cuan bella estaba aquel día, con sus hermosos ojos azules, como flores de borraja, sus blondos cabellos, del col de las margaritas en estío, su semblante pálido, y su mirada triste!

¡cuan bien le sentaban su traje vaporoso, azul, y su som- brero de paja, atado debajo de la barba, con cintas del mis mo color!

el sol descendía lánguidamente al ocaso, y sus últimos fulgores iluminaban la naturaleza, con esa luz melancólica y tibia .con que e] astro rey se despide de aquella parte de la tierra que empieza a dormirse en los brazos de la sombra, helada, los besos de la noche;

las nubes vagaban desgarradas en el firmamento, seme- jando copos de níveo vellón, y más encendidas al Occidente, parecían con los resplandores de la luz moribunda, las últimas gradas de un incendio lejano;

era la hora del crepúsculo, en que las aves se recogen al nido,  tendiendo sobre él las alas entreabiertas, y las flores de noche abren sus cálices pálidos, al primer resplandor de los luceros, cual si fueran las almas de las muertas vírgenes, que vienen  al silencio de la noche, a recibir los besos que sus amantes les  mandan con rayos de luz desde el espacio;

esta  hora  en  que  la  naturaleza  toda,  al  compás  de  las palmas que se mecen, de las palomas que se quejan, de las olas que ruedan, de los murmullos que gimen, y, viendo levantarse  la luna silenciosa en el Oriente, como una hostia sostenida  en  el  espacio,  por  las  manos  de  un  sacerdote invisible, parece murmurar con todos aquellos acordes, una plegaria a su Creador;

hora meditabunda y triste, para las almas soñadoras y enamoradas; ¡hora de la meditación y el sentimiento, de las tristezas y del amor, hora sublime!

el huerto  de la paterna  estancia,  estaba  lleno de perfumes; las brisas murmuraban tristemente, como los acordes de un arpa desconocida, pulsada en el silencio de aquellos campos por el genio de la soledad;

el  cielo  estaba  sereno,  despejado,  como  nuestra conciencia de niños; las flores se inclinaban temblorosas a nuestro paso; los viejos árboles que nos habían visto crecer cerca de ellos, parecían brindarnos el toldo de su anciana vestidura  para  cobijar  nuestros  amores,  y  las  aves asomaban su cabeza fuera del nido para vernos pasar, levantando un gorjeo débil, cual si estuviesen celosas de nuestra felicidad.

Aura,  apoyada  en  mi  brazo,  caminaba  distraída, dejando errar su mirada dulce, por las riberas del torrente cercano,  bordadas  de  lirios  blancos  y  de  azucenas silvestres,  y  apenas  hollaba  con  su  planta  las  gramíneas que le servían de alfombra;

yo, me sentía orgulloso y feliz, de llevarla a mi lado, aquella niña vaporosa  y bella, soñadora  y triste; había sido el encanto y la dicha de mi niñez;

juntos  habíamos  nacido,  bajo  ese  cielo  siempre primaveral  de nuestra patria, habíamos crecido a la sombra de aquellos bosques gigantescos, y nos había servido de horizonte la inmensa esplendidez  de aquellos valles;

junto con ella y mis hermanas, habíamos recorrido alborozados  esos campos,  en pos de las perdices,  cazando con   flechas   las   palomas,   y   robándoles   el   nido   a   las alondras,  y  cuando  las  sombras  de  la  noche  nos sorprendían,  regresábamos  al  hogar,  recibíamos  la bendición,   que   mi  madre   daba   a  todos,   como   si  ella también fuera su hija, rezábamos al toque de oración, y nos separábamos  luego, dándonos cita para recorrer al día siguiente    algún    paraje    olvidado    en    nuestra    última excursión; los viejos arrendatarios de la hacienda, estaban acostumbrados  a vernos vagar juntos, en alegre caravana, recorriendo  sus  campos  y  hollando  descuidados  sus plantíos, y, muchas veces, habíamos tomado en su rústico albergue,   el  pan  y  la  leche   con  que  nos  obsequiaban aquellos sencillos campesinos, que habían sido: unos, compañeros de mi abuelo en sus faenas de campo; otros, soldados de mi padre en las últimas campañas, y hoy, cultivadores de aquella hacienda, donde mi madre se había refugiado  cor: nosotros,  después de la muerte de mi padre, y los cuales miraban con tan cariñoso respeto, a la viuda y a los huérfanos,  que habían ido a vivir allí, entre los restos de su pasada opulencia,  como el que habían tenido por sus antiguos señores, en todo el esplendor de su fortuna;

así  se  habían   pasado   los  primeros   años  de  nuestra infancia, sencillos y puros, como la vida de las aves que gorjeaban  sobre nuestras  cabezas, inocente  y amable como la de los niños pastores de las tribus bíblicas;

después, un poco más crecidos,  el corazón y la mirada, los  suspiros  y  los  anhelos  infinitos,  nos  hicieron comprender  que nos amábamos,  y despertamos  a un mundo nuevo, entre los himnos de aquella naturaleza,  virgen como nosotros, los cánticos de aquellas aves, los murmullos de aquellas  fuentes, el esplendor  de aquel cielo bellísimo  y la galana exuberancia de aquella vegetación tropical, como debieron despertar Adán y Eva, a los primeros rayos del sol y a las primeras sensaciones de la pasión, entre todas las armonías, la luz y la belleza del Paraíso;

desde  entonces  comprendimos  el amor,  y ya  nuestros ojos  se  buscaban   con  insistencia,   cada  una  de  nuestras sonrisas  era una promesa,  y cada una de nuestras  palabras era una confesión;

buscábamos la soledad, porque el mundo nos era importuno, y nos entregábamos a esos raptos de dulce melancolía,  en que parece que las almas de los amantes, se desprenden  de sus cuerpos,  y alzando el vuelo juntas, cual dos  palomas  que  dejaran  el  nido,  buscan  regiones   más serenas  donde  poder  hablarse  en ternísimos  coloquios,  de aquel amor que forma su ventura;

¡cuántas  veces,  su mano  entre mis manos,  y mi frente sobre su seno, nos arrobamos  en aquellos éxtasis sublimes, mirando  declinar  el sol, hasta que las sombras  de la noche nos advertían que era tiempo de volver a casa!

¡virginidad del alma, primera eflorescencia de la vida, primavera  del  amor,  quién  os  tuviera!  ¡quién  conservara una no de vuestros himnos, una palabra de vuestros cantos, una  flor  de vuestras  coronas,  que  sirviera  de consuelo  en esta noche eterna de pesar!

así  se  deslizaba  nuestra  vida  mansa  y  feliz  como  un rumor  la  soledad,  como  una  onda  en  el  lago,  como  un murmullo en el viento;

éramos  dos  aves  gemelas,  ensayando  el  vuelo  en  el nativo bosque,  dos olas jugueteando  en el remanso azul de un mismo río, dos lágrimas de la aurora en el cáliz de una misma  flor,  dos  lirios  nacidos  y enlazados  a la ribera  de una misma fuente;

pero,  ¡ay!  pronto  la tempestad  debía  rugir  sobre nosotros; el nido de nuestra felicidad debía caer al suelo y separados tristemente,  iríamos a consumirnos  al dolor de la ausencia;

yo   veía    la   tormenta    condensarse    sobre    nuestras cabezas, veía que el rayo de la desgracia iba a herir aquella frente inmaculada, y no podía protegerla, ni me atrevía a anunciarle la desventura que nos amenazaba;

embebido  en tan tristes pensamientos,  llegamos al sitio de Las Violetas, espacio cubierto por grandes árboles, bajo cuya sombra crecían en profusión, aquellas flores que ella amaba tanto, y al cual, los campesinos habían dado aquel nombre poético y bello.

Aura, quitóme de la mano el pequeño cesto que yo le había ayudado a conducir, y doblando las rodillas, se inclinó para lle- narlo de violetas;

¡cuán bella estaba así!

después, han pasado muchos años; errante y solitario, he llegado a aquel lugar, y siempre me ha parecido verla allí, arro- dillada, formando ramilletes con las flores;

mientras permanecía en aquella actitud, yo la devoraba con la mirada, y al pensar que iba a abandonarla, acaso para siempre, no pude contenerme, y las lágrimas brotaron de mis ojos;

ella, acababa de formar un pequeño ramo, que ató con hebras de sus cabellos a falta de cinta, y alzando la frente, me lo alargó con cariño, diciéndome:

—Toma, éste es el tuyo;

pero al fijar sus ojos en los míos notó que había llorado, y poniéndose de pie, exclamó con emoción:

—¿Qué tienes? ¿por qué lloras? ¿por qué estás triste?

temblaba la pobre niña como azogada, y sus ojos suplicantes inspiraban lástima;

callé, porque no me atrevía a desgarrar su corazón, con la noticia de mi partida.

—por piedad —me dijo entonces—, dime qué tienes;

había tanta tristeza en su mirada, tan profunda desesperación en su acento, que fue preciso decirle todo;

al saber que era la última vez que debíamos vernos en mucho tiempo; que al día siguiente partiría para la Capital, donde mis parientes me reclamaban para que principiara mis estudios y que duraría largos años sin verla, lanzó un gemido ahogado, como el grito de una torcaz que va a morir, y se lanzó a mis brazos exclamando con desesperación:

—No te vayas, por Dios, no me abandones;

nada pude responderle, porque los gemidos ahogaban mi voz; estreché contra mi corazón, su cabeza idolatrada, y nos sentamos sobre el césped;

allí, permanecimos mudos, largo rato, sus lágrimas caían sobre mi pecho, y las mías empapaban sus cabellos;

¡qué cuadro aquél! ¡dos niños heridos por la primera ráfaga del dolor, y estrechándose el uno al otro, como para protegerse contra la desgracia!

¡cuánto lloramos! el corazón, en la adolescencia, es como una sensitiva; se abre al más tibio rayo del sol del placer, y se recoge estremecido al contacto del dolor;

feliz edad, aquella en que se encuentra el llanto como un consuelo, en presencia de la adversidad;

¡ay! después he buscado en vano en mis ojos, una lágrima para desahogarme; el pesar y la desesperación las han secado;

así mudos y absortos permanecimos un rato; después, ha- blamos mucho y muy paso; ¿qué nos dijimos?

el coloquio de dos almas inocentes, en el silencio de un bosque, prontas a separarse tal vez para siempre, es como acordes de un himno misterioso, que sólo pueden remedar los ángeles; como estrofas incoherentes, voces truncas de un idioma divino, de un canto melodioso, que no se vuelven a escuchar jamás;

en aquel silencio que todo lo envolvía, sólo se escuchó por algún tiempo el ruido confuso de nuestras voces, murmullos y gemidos, y besos, y promesas, y súplicas de amor...

cuando volvimos de aquel delirio apasionado, en que nos habían sumido el cariño y el dolor, la noche acababa de cubrir el firmamento, con sombras tan espesas, como las que acababan de caer sobre nuestras almas;

mudos y temblorosos, no acertábamos a mirarnos, pero al fin era preciso decirnos adiós;

haciendo un esfuerzo supremo, la estreché por última vez contra mi pecho, junté   a los suyos mis labios yertos, y, al separarlos, sentí que mi alma se quedaba en ellos;

como un hombre que huye de la luz, me cubrí los ojos con la mano, y me alejé rápidamente;

sonó un grito débil a mi espalda, volví a mirar, y Aura, que había caído de rodillas sobre aquella alfombra de violetas, pálida como un cadáver y bañada en llanto, pronunciaba mi nombre;

cerré los ojos para no verla llorar, apuré el paso, y doblé senda que conducía a mi casa.

 

 

 

*        *

 

 

 

 

¡Cuántos años han pasado y siento aún la impresión de aquella escena!

al llevar aquella noche la mano a mi frente, hallé marchitas en ella, las flores de mi corona infantil, cuyas hojas desprendidas, aun agitaba el viento en aquel bosque, y en el corazón sentí algo como la punta de un puñal que se clavaba en él. ¡Dios mío! era mi niñez que moría con mi ventura; ¡eran los últimos resplandores de mi infancia, que se apagaban para siempre ya!

estrechando contra mis labios, el único ramo de violetas que había recibido de sus manos, me dormí soñando con su amor y mi desgracia; varias veces desperté sobresaltado, y veía a mi madre, ya inclinada al pie de un crucifijo, o ya llorando cerca de mí, y besándome en la frente; la pobre viuda veía acercarse la partida de su hijo, y comprendía que la mitad de su corazón se iba con él;

al día siguiente, empapado por las lágrimas de aquella madre amorosa, y las de mis hermanas, dejé la casa de mis mayores con el corazón transido de agonía;

a poca distancia de allí, me hallé frente a la casa de Aura; a las primeras luces del día, vi una sombra que se dibujaba tras de las cortinas de un balcón; el corazón la reconoció: ¡era ella!

la ventana comenzó a abrirse, y una mano blanquísima asomo; creí que iba a llamarme; no sintiéndome con fuerzas Para aquel último sacrificio, me incliné sobre el caballo, le clavé las espuelas, y partí como un rayo...

atravesé el río, y pronto me encontré en el recodo del camino que me ocultaba a la vista de los de la casa; allí me alcanzó el criado que me acompañaba, y me entregó lo que había recogido al pie del balcón: era un ramo de violetas, atado con una cinta blanca, en cuyos extremos se leía trazado con lápiz: —de un lado ¡adiós!

— del otro, Aurora;

acerqué mis labios a aquella reliquia cariñosa, y seguí mi camino, diciendo ç con el alma, un adiós a aquellos bosques queridos, que habían sido la cuna de mi amor, los amigos de mi niñez y los testigos de mi felicidad;

cada uno de ellos era un recuerdo querido; bajo su sombra protectora había fabricado mi espíritu soñador, sus mejores cas- tillos de ilusión, y había pulsado la lira, en los primeros ensayos de mis cantos;

¡allí dejaba mi amor; jirones de mi virtud, y recuerdos de mi infancia, y sólo llevaba, en cambio, un puñado de violetas símbolo de tanta pasión, tanta felicidad, y tanta angustia!

 

 

 

 

* *

 

 

 

Tres años de abandono y soledad pasé en los claustros de un colegio;

la imagen de mi madre, y de mi amor, eran mis nuevos compañeros, en mis largas horas de desesperación: sus cartas, el único consuelo de mi angustia, y, la esperanza de tornar a verla, la única que acariciaba en mis dolores;

al fin llegó el día deseado;

como bandada de perdices que abandonan una era, mis compañeros y yo abandonamos el colegio para salir a vacaciones, en los primeros días de un hermoso mes de diciembre;

contento, risueño, y lleno de ilusiones, torné a la casa paterna;

todo lo hallé lo mismo: las caricias amantes de mi madre, el cariño sencillo y siempre igual de mis hermanas, y el calor siempre grato de mi hogar; ¡sólo el amor de Aura, no era el mismo para mí! en vano mis ojos buscaban a sus ojos, si huía de mis miradas;

en vano quería hablarle a solas, si huía de mi presencia; indiferente y fría, parecía no conservar ni el recuerdo de nuestro antiguo amor;

mis ojos tímidos, ya no osaban alzarse hasta ella, y el corazón temblaba azorado, en presencia de tanta ingratitud;

mi alma sencilla y buena, no podía comprender esto; yo creía que tenía obligación de amarme, porque yo la amaba mucho, y que no podía olvidarme, puesto que yo no la olvidaba un momento;

¡la candidez del alma me perdía!

resolví escribirle, y así lo hice, pero no dio contestación a ninguna de mis cartas;

¿a qué se debía esta variación? he ahí lo que me torturaba la imaginación;

¿qué podría moverla a tratarme así, a mí, que había contado los días y las horas que estuve lejos de ella, y que creía enloquecer de placer al volver a verla?

¿era éste el pago a tanto amor, a tanta adoración?

mis ojos; la seguían adondequiera, tratando de descubrir secreto de su perfidia;

la sorprendí muchas veces, pensativa y triste, y una tarde, oculto entre los árboles del jardín, la vi apoyada en el antepecho de un balcón, leer con avidez, un papel que llevó luego a sus labios, y cuando alzó el rostro, corrían por sus mejillas dientes gotas de llanto;

entonces me pareció comprenderlo todo; Aura amaba con pasión a un hombre, y ese hombre no era yo;

¡ay! ¡entonces, la virginidad del alma, se desgarró en pedazos, los celos y la angustia, acabaron la paz del corazón!

la tristeza cayó sobre mi alma, como cae la sombra de la noche, sobre el silencio helado de los mares;

el cariño de mi madre, no alcanzaba a consolarme, y niño, enamorado, solitario, el mundo me parecía un desierto sin un amigo cariñoso, para confiarle mis dolores;

la melancolía de los desgraciados se apoderó de mí;

 di entonces, por recorrer uno por uno, los lugares en que habíamos estado juntos, y me extasiaba en evocar allí, los re- cuerdos del pasado;

visité los sitios más queridos a la memoria, las piedras del camino, en que ambos nos habíamos sentado, los árboles cuyos frutos le agradaban más. y, que yo le ayudaba a desgajar, las fuentes a que concurríamos con mayor frecuencia, y los prados en que solíamos descansar;

cada uno de aquellos sitios, era un altar de recuerdos, en el cual yo la adoraba en silencio;

allí me recogía, para tributarle culto, como el salvaje busca el misterio de los bosques, para postrarse de rodillas, y alzar los ojos al Sol que adora como su dios;

como los antiguos indios de América se inclinaban sobre el cristal tembloroso del lago, para adorar la luna reflejada en él, y luego alzaban sus cantos, que repetían los ecos de las selvas, i iban a morir en las riberas del Océano; así la adoraba yo, en - silencio de aquellos campos, testigos de mi dicha pasada, y así escapaba de mi labio su nombre, mezclado a mis sollozos; yo lanzaba como un gemido, y el viento lo murmuraba como un cántico;

mis días, transcurrían monótonos y lentos, entre la incertidumbre y el dolor;

en vano, me examinaba a mí mismo, tratando de buscar la causa de su desamor: no la encontraba;

sus cartas, durante el tiempo de mi ausencia, habían sido siempre cariñosas para mí, y llenas de promesas, aunque las- últimas tenían un tinte de tristeza y de ambigüedad indefi- nibles;

el día que llegué, había llorado de felicidad, cuando la abracé junto con mis hermanas; sus ojos y su emoción, no podían mentir; pero, después, cuando aprovechando un momento de soledad, quise hablarle en tono confidencial, como su amante se puso en pie, confusa, temblando, suspiró tristemente y sé alejó;

otro día, que, dispuesto a pedirle una explicación, la sor- prendí sola en el corredor, y quise tomarle una de sus manos trató  de  gritar,  se  libertó   de  mí,  y,   como   una  cierva perseguida, corrió a los aposentos; la seguí hasta el oratorio, donde confusa y temblorosa, fue a arrodillarse al lado de mi madre, que oraba en aquel momento;

desde aquel día, esquivaba mi presencia; venía lo menos posible a casa, y evitaba hallarse sola conmigo, buscando siempre  la  compañía  de  mis  hermanas,  o  el  lugar  más próximo a mi madre; mi desesperación, aumentaba cada día, y, para mi desgra- cia, hallábala más bella que nunca; su cuerpo había tomado la esbeltez de la mujer formada;  tenía cierta languidez en sus maneras, cierta voluptuosidad inocente en sus movimientos, que la hacían encantadora; el eco de su voz, de esa voz que a través de tanto tiempo, aun llega a mi alma, como el eco de una melodía lejana, era entonces más armonioso y más dulce; sus hermosos ojos azules, agrandados por las ojeras, que el pesar había impreso en su rostro, tenían un aire de melancolía infinita; de esa melancolía de los mártires y de los  genios,  de  las  almas  que  sufren  y  que  piensan,  y  que aman con pasión un solo ideal; parecía vivir en el mundo, por lo humano, pero vivir por el pensamiento en Dios; aquella  frente,  pensadora  y  seria,  se  alzaba  con majestuosa dignidad, como si tuviese algo de divina; había nacido para ser coronada, ya con las bellas flores del amor, ya con las pálidas y tristes del martirio;

su sonrisa, era bella, pero melancólica, como la luz del crepúsculo,  y  se  notaban  en  su  fisonomía  dulzura  para  el amor, y resignación para el sacrificio;

era una de aquellas mujeres predestinadas a andar entre las borrascas del mundo, como pintan a Jesús, sobre el Tiberíades, sin hundir las plantas;

y, sin embargo, aquella mujer, así tan sublime e ideal, era perjura, había olvidado nuestro amor, destrozado mi felicidad y llenaba mi alma de amargura;

cuánto sería mi despecho y mi pesar, al pensar que en otro tiempo había sido mía; que su corazón había latido enamorado, sólo para mí; que yo, había despertado sus primeras sensaciones, y hoy no me amaba!...

ella, cuya imagen, había sido compañera en las horas de estudio, cuando colocando su retrato, entre las hojas abiertas de mis libros, la contemplaba, extasiado, horas enteras;

ella, a quien veía en mis sueños, venir hacia mí, con los cabellos   flotantes,   y   los   ojos   medio   entornados,   para hablarme I oído, y  revolar luego, entre las cortinas de mi lecho, como el ángel custodio en mi descanso;

¡ella me había olvidado!...

¿habéis  sabido  lo  que  es  alimentar  una  ilusión,  verla nacer, crecer, y desarrollarse con nosotros, y luego, verla convertida en humo, llevándose la paz del corazón?

¿habéis sabido, lo que se experimenta, al ver pasar cerca a nosotros, una mujer que ha sido nuestra, y que hoy nos mira   con   indiferencia   o   con   desprecio?   ¡y   contemplar aquellos labios, en los cuales, se posaron tantas veces los nuestros;  aquellos  ojos  sobre  los  cuales  nos  inclinábamos para leer en el fondo de su alma; aquel seno que estrechamos tantas veces contra nosotros, y aquella mirada, antes apasionada y tierna, hoy indiferente y fría! ¡y, ver que nada de esto nos pertenece ya!... ¡qué despecho se apodera de nosotros!

¡cómo   anhelamos,  volver   a   gozar   uno   siquiera,   de aquellos ratos, que ya no retornarán!

aquella mujer, huyendo de nuestro amor, es más bella a la imaginación, que cuando se adormecía en nuestros brazos; sus atractivos resaltan a nuestra fantasía, con la idea del misterio; así, esquiva, la desea más el corazón, que amante y rendida; ¡tanto así, ama el alma lo imposible!

además,  Aura   se   presentaba   más   bella   a   mis   ojos iluminada por los rayos ardientes de la juventud, que despuntaba en ambos, que cuando la vi tan pura a la luz apacible de la mañana de la vida;

entonces su hermosura hablaba sólo al alma inocente de n niño, ahora hablaba al alma, al corazón, y a los sentidos de joven, en toda la ebullición de las pasiones, y enamorado de ella hasta el delirio;

su hermosura, su esquivez, y mi pasión, parecían reunirse para aumentar mi infortunio.

 

 

*        *

 

Dominado  por  mis  tristes  pensamientos,  y  perseguido pOr amargas reflexiones, llegué una tarde al sitio de Las Violetas testigo en otro tiempo de mi felicidad; todo estaba lo mismo los árboles gigantescos, dando siempre sombra, a la casta mansedumbre de esas flores; las mismas enredaderas, tejiendo guirnaldas sobre la frente de los arbustos; la misma soledad, la misma calma; pero en vano, busqué una huella de nuestra última visita, no la hallé;

el  viento  no  guardaba  ya,  ni  memoria  de  nuestras palabras; nuevas flores habían brotado en el suelo; nuevos vientos habían soplado en la espesura, y murmullos y voces, muy distintos, traía la brisa en sus flotantes alas;

las violetas, daban su perfume de siempre, abrillantando sus morados pétalos, con la luz amarilla del crepúsculo; cogí algunas, y las llevé a mis labios, ¡ay! no eran las mismas que ella   acarició   con   su   aliento,   cuando   niños,   y   tímidos, llegamos allí, a decirnos el postrer adiós;

ante aquel bosque, tabernáculo de nuestro amor, poblado de tantas memorias, y tantos recuerdos, permanecí absorto y meditabundo, como un hijo en presencia del sepulcro de su madre; ¡aquella era la tumba de mi felicidad!

también, la tarde expiraba, como aquella tarde de mi des- pedida, las aves voloteaban sobre mi cabeza, y las blancas pasionarias, abrían sus hojas pálidas, a los besos de la noche, que avanzaba; pero ¡ay! el dolor que embargaba mi alma, era

 más profundo, que el de aquella otra tarde;

me recliné sobre el sitio en que habíamos estado juntos, y allí permanecí largo rato, como abrazado a su memoria, y dormido en el regazo del recuerdo.

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Cuando me puse en pie, era ya de noche; me dirigí a la casa, atravesé sin ser sentido, los corredores y entré a la sala; al  pasar  el  umbral  de  la  puerta,  me  estremecí,  como deslumbrado por un rayo, y di un paso atrás; Aura estaba allí, sola, reclinada en un sofá, y en un  momento de completa

abstracción;

tenía  su  hermosa  cabeza,  apoyada  en  una  mano,  cuyo brazo se hundía en el fondo carmesí de un cojín, y, sus hermosos cabellos, caían hacia atrás, como para formarle una aureola "e esplendor;

la  luna,  que  penetraba  a  través  de  las  vidrieras,  y cortinaje del balcón, dejaba caer la luz sobre su rostro pálido, con ese tinte amarillento y triste, con que baña las hojas mustias de - azucenas que ha desgajado el viento en la espesura; tenía un aspecto tan abatido, que me detuve a contemplarla;

no se dio cuenta de mi llegada, o no tuvo fuerzas para huir, porque permaneció inmóvil; avancé hacia ella.

— Aura — le dije con un acento débil;

entonces levantó la frente;

al sentir después de tanto tiempo, la luz de su mirada sobre mí al verla tan cerca, al comprender en su aspecto que sufría, no pude contenerme; los recuerdos de mi amor, y de mi  sufrimiento,  brotaron  a  mi  mente,  y  me  arrojé  a  sus plantas; tomé en las mías, sus manos heladas, las cubrí de besos   y   de   lágrimas,   y   recliné   sobre   ellas   mi   frente angustiada;

ninguno  de  los  dos  acertábamos a hablar  una  palabra;

últimamente, yo rompí el silencio;

conmovido y sollozante, le hablé de mi amor, de mi desesperación, de su indiferencia; hice pasar ante ella, los recuerdos de nuestra infancia, sus promesas, y las horas de nuestra felicidad; le dije, cuánto había sufrido y llorado, aquella tarde en Las Violetas, y, le pedí piedad para mis dolores;

al fin,  cuando con toda la vehemencia de mi alma, la acusé de su perjurio, y la hice cargo de la desgracia de mi vida, agitada por los sollozos, juntando sus manos y acercándose a mí, en un ademán de infinita desesperación,

 

me dijo:

—Perdóname, perdóname, yo no tengo la culpa;

y, volvió a caer cubriéndose el rostro con las manos;

alentado por aquellas palabras, redoblé mis súplicas, mezclando con ellas, el nombre de Dios, y la memoria de su padre;

los ojos cubiertos con la mano, que sostenía su pañuelo de batista, la cabeza inclinada hacia atrás, ensimismada y sombría, no me respondía nada, parecía no oírme siquiera;

herido como un tigre, por aquello que yo reputaba indiferencia, me levanté furioso, arrojé el insulto a su cara, fingí sentir desprecio por ella, y con extraña vileza, le hice una acusación cobarde...

pálida y muda, ante aquella humillación, no lanzaron sus labios una queja alzó sus grandes ojos bañados de lágrimas al cielo, bajó la frente y prorrumpió a llorar;

conmovido con tanta abnegación, volví a caer a su lado, implorando el perdón de mi falta; estreché sus manos, recliné su frente sobre mi pecho, y agasajé sus cabellos; se dejaba acariciar como una muerta;

ceñí su talle con mi brazo, y la traje sobre mi corazón, entonces exhaló un gemido.

—Aura, Aura mía—le dije entonces—, ¿por  qué me has aborrecido?

como despertando de un sueño sacudió su pálida cabeza y clavando en mí sus ojos llenos de ternura y de pasión, es- trechó mi mano contra su pecho, y me dijo:

—Sé generoso, perdóname, y ten compasión de mí;

después, mirándome fijamente murmuró:

—¡Cuánto has sufrido, amor mío!...

y,  apartando  los  cabellos,  que  habían  caído  sobre  mi frente angustiada, aplicó a ella los labios;

al contacto de aquel ósculo pasaron todas las nubes de mi desgracia, y me sentí de nuevo revivir.

—¿Me amas aún? — le dije.

—Sí, mucho, mucho — respondió tan triste, como el ge- mido de un ave moribunda.

—¿Me olvidarás?

—¡Nunca!

—Entonces, ¿por qué me has hecho sufrir tanto?

—Calla, por Dios, no me preguntes nada — dijo, y selló mi boca con su mano;

el amor, la soledad y la sombra, nos rodeaban;

recliné mi cabeza enloquecida sobre su seno, y caímos en un éxtasis de pasión...

poco después, la voz de una de mis hermanas, se oyó en el corredor llamándola; entonces, volvimos a la realidad de la vida;

 me estrechó por última vez, y se levantó sobresaltada; arrancó con mano temblorosa, un ramo ajado de violetas que adornaba  su  pecho  y  me  lo  dio;  conservé  aún  por  un momento, su mano entre las mías.

—Adiós — me dijo con un estremecimiento nervioso; había en su voz, algo de solemne, y me pareció como salida del fondo de un sepulcro.

—¿Cuándo nos volveremos a ver?

—Muy pronto.

—¿Y, entonces, me lo explicarás todo?

—Sí, mañana lo sabrás todo.

—Ingrata — iba a decirle, pero cuando fui a llevar su mano al corazón, había desaparecido como una sombra;

quise perseguirla, mas cuando llegué a la puerta, el ruido de sus pasos se perdía en el aposento de mi madre;

abrumado de emociones contrarias, me arrojé sobre el mismo  sofá,  que  ambos  acabábamos  de  abandonar,  y  un tropel  de  pensamientos  diversos,  vinieron  a  hacerme compañía.

 

*        *

Mucho tiempo estuve abstraído en mis meditaciones;

parecía un sueño, lo que acababa de pasar; era mucha felicidad para un alma tan habituada al dolor;

ella  había  estado  en  mis  brazos,  había  dicho  que  me amaba, que no me olvidaría jamás! ¡habíamos vuelto a abrazarnos  y  a  amarnos,  como  en  la  infancia!  ¡cuánta felicidad!

pero, ¿qué misterio envolvía su conducta? ¿por qué no explicarse acerca de ella? ¿a qué ese empeño en callar?

yo no lo comprendía, pero a pesar de mi felicidad, un presentimiento se cernía en mi mente, como un buitre sobre la altura, cuando espía la agonía de su víctima;

—Mañana lo sabrás todo — había dicho, y su voz era en- tonces temblorosa, y parecía un gemido;

¿qué   iría   a   decirme?   ¿qué   explicación   daría   a   su conducta? ¿qué revelación tendría que hacerme?

en este dédalo de conjeturas, me perdía, cuando el reloj dio las diez de la noche; entonces me dirigí a mi aposento;

al acercarme a la mesa de centro, vi en ella una carta, la tomé sobresaltado; la letra era de Aura, me aproximé a la lámpara, temblando y anhelante, rompí el sobre; he aquí lo que decía:

 

Mucho he vacilado en escribirte, pero no he podido resistir al deseo de hacerlo: sería el tormento más grande de  mi  vida  no  haber  ensayado  siquiera  vindicarme  a  tus

 ojos; te he amado mucho, para no venir hoy, desesperada y triste, a suplicarte que me perdones: perdóname, bien mío, si  te  arrastro  conmigo  a  la  desgracia; ¡en  nombre  de  tu madre  te  lo  pido!  no  maldigas  o-  una  mujer  pobre  y desvalida, a quien obliga el infortunio a ser perjura; las olas de la desgracia me arrebatan, me llevan tejos de ti; antes de hundirme te saludo; he luchado mucho entre mi desgracia y mi amor; estoy vencida por la primera; antes de marchar al sacrificio, vengo a decirte adiós.

Huérfana, infortunada, no he tenido quien luche por mí,  y  e  sucumbido;  esta  carta  será  la  última  que  te escriba; mañana la distancia, y pocos días después, el deber, alzarán un muro inaccesible entre los dos.

Temo  decirte  la  verdad,  pero  es  preciso;  mañana parto; ¡esta es mi despedida!... hubiera querido como aquel la  tarde,  víspera  de  tu  viaje,  abrazarme  contigo antes de part ir, pero no me he sentido  con fuerzas para hacerlo; comprendo que tu amor me haría vaci lar; no te vue lvo  tus  cartas,  tus  versos,  ni  tu  retrato;  déjame los ll evar, son mi t esoro.

¡Ay!     ¡despidámonos   también,  de  todos   nuestros planes  de  ventura  para  lo  por  venir,  porque  todo  ha acabado  entre  los  dos!...  ¡el  destino  lo  ha  querido  así; vacilo al decirte la verdad toda la verdad; pero es preciso que la sepas por cruel que ella, sea; es preciso que sepas que  entre  los  dos  no  puede  existir  nada,  porque  muy pronto seré de otro hombre!...

Perdóname, si desgarro tu alma, con esta confesión, yo también tengo desgarrada la mía; no me llames perjura, no me condenes, sólo vengo a implorar tu compasión.

La  causa  de  mi  conducta  tal  vez  no  podrás  saberla nunca pero te juro que te amo.

Si no es posible que me conserves tu amor, al menos no me castigues con tu indiferencia; a todo me resigno, menos a la idea de que no me ames.

Perdona la incoherencia de mis ideas, estoy casi loca; si tú me vieras en este momento, me compadecerías; esto es superior a mis fuerzas; es una lucha muy dura para una mujer tan débil.

Menos sensible, sería arrancarme el corazón que separarme  de  ti;  soy  muy  desgraciada,  no  te  goces  en añadir a mi infelicidad, tu maldición. ¡Ay! pasaría sobre mi frente como una ascua de fuego; ¡ten compasión de mí!

Si al menos el dolor  de esta acción cayera sobre  mí sola, sería un alivio, pero te alcanza a ti que no has hecho más que amarme,  sufrir  por  mí,  y consagrarme tu  vida;

¡qué el cielo tenga compasión de nosotros!... ¡en fin, es preciso concluir: adiós!

 

No me sigas, no llevo más aureola en mi martirio, que mi resignación y mi deber, ni más tabla en el naufragio, que la fortaleza de mi alma.

Si al declinar de alguna tarde, llegas al sitio aquel, en que tanto crecen las violetas, conságrame un recuerdo.

¡Cuando  veas  una  flor  naciendo  al  borde  de  una tumba, una sensitiva a la sombra de un roble anciano, una violeta cerca de un trozo de hielo, acuérdate de mí!. . .  de rodillas y con el alma pido a Dios un consuelo para tu dolor, ya que no lo espero para el mío.

Perdóname  si  te  he  hecho  desgraciado;  no  me desprecies nunca, ódiame más bien, porque hay odios que son  el  reflejo  del amor; tu desprecio sería el castigo de una falta de que no soy culpable; ¡quién pudiera mostrarte el corazón en esta carta-

¡La Religión es el consuelo de las almas creyentes; la Filosofía, dicen, que es el de las almas fuertes; yo me acojo a la primera, Dios tenga piedad de ti!

Adiós, no me maldigas, perdóname.

AU R A .

 

 

 

 

 

 

 

 

Tenía la fecha del mismo día, y se veía que había sido puesta  allí,  antes  de  nuestra  entrevista  casual;  Aura  no había pensado verse conmigo; Dios lo había dispuesto de otro modo;

aquella  carta  me  lo  explicaba  todo;  a  ella  debían referirse  sus  últimas  palabras  de  aquella  tarde,  cuando dijo: Mañana lo sabrás todo;

cuando acabé de leer, quedé como hebetado; me arrojé ves-do sobre el lecho, y hundiendo mi cabeza en los almohadones, me ahogaba sin poder llorar.

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…………………………………………………………… Mis   gemidos   debían   de   oírse   fuera   del   aposento, porque   en   aquel   momento,   sentí   abrir   la   puerta   con precipitación, y oí eme se acercaban a mi lecho; alcé los

ojos; era mi madre;

al  verla,  tendí  los  brazos  a  ella;  la  atraje  contra  mi pecho y, prorrumpí a llorar como un niño;

ella sabía ya, la historia de mi dolor, pero al oírla de mis labios, y ver mi desesperación profunda, no pudo contenerse, juntó su frente con la mía, y lloramos mucho;

al fin, haciendo un esfuerzo para fingir serenidad, levantó la faz, secó su llanto, y me dijo;

—Todo lo sé; demasiado tarde, para arrancar de ti ese amor, he venido a comprenderlo, y quizá he ayudado con

 

 

 

mi silencio, al desenlace que ha tenido; pero una vez que no podemos evitarlo, es preciso que vuelvas en ti, pienses con juicio, y no te entregues a la desesperación;

moví  entonces  lentamente la  cabeza,  como  para indicarle que era imposible, y añadí:

—¡Hay dolores que no pasan nunca, madre mía!

—Pero sí se mitigan con la reflexión; el dolor sólo es mortal, como ciertas enfermedades, cuando hiere a los viejos; pero a vuestra edad, todo es posible.

--¿Olvidar a Aura? —exclamé como hablando conmigo mismo—; ¿odiarla? imposible.

—¿Odiarla? no, hijo mío, jamás; esa niña es una santa.

—¡Una   santa!   ¿y  me   engaña  y   me   vende,   y   me traiciona? exclamé con ironía.

—Calla,  hijo  mío;  el  dolor  te  hace  injusto  para  con ella;  óyeme,  y  verás  cuan  digna  es  de  tu  estimación: muerto  su  Padre  en  el  campo  de  batalla,  hace  algunos años,  ha  quedado  la  familia  reducida  a  la  pobreza;  el pequeño   campo   en   que   han   vívido   hasta   hoy,   está hipotecado a un hombre muy honrado de la ciudad vecina, que les ha permitido vivir en él;   este señor   ha pedido la mano  de  Aura,  ofreciéndole  su  capital,  que  es cuantiosísimo,  y     encargándose  de  la  suerte  de     toda familia;

"ella  ha  vacilado;  pero,  ¿qué  hacer?  como  sabes,  su hace dos años, que está postrada en el lecho del dolor, de una enfermedad, declarada incurable por los médicos, ti cinco  hermanos  pequeños,  la  miseria  los   rodea,  y  el hambre la acosa; si ella rechazara esta propuesta, ¿qué resultaría?  u  muerte  en  el  hospital  para  su  madre,  la desgracia para ella la orfandad y el abandono, para sus hermanitos. ¡oh! no; ¡esto sería horroroso!

"ella ha sufrido mucho: ¡cuántas veces me ha contado aquí llorando, sus  pesares, y  pedídome un  consejo! pero

¿qué podría yo decirle? ¿aconsejarle que destruyera tu felicidad? ¡imposible! ¿prometerle que tú te casarías con ella? imposible también porque tú no tienes más que diez y siete años, y eres el único apoyo de tus hermanas y mío; yo sacrificaría gustosa mi felicidad, a la tuya; pero nada conseguiríamos, porque nuestra situación no es tan desahogada, que nos permita resistir el peso de una familia semejante, y en el caso de que ella resolviera aguar darte,

¿qué haría mientras tanto, arrojada la familia de la casa, sin recurso y sin amparo?

"ante esta situación tan apremiante, ella se ha decidido al  fin,  porque  obligada  a  optar  entre  la  muerte  de  su madre, la desgracia de su familia y tu amor, ha resuelto sacrificarse; porque sí, no lo dudes, ella te ama mucho, y será muy desgraciada; ¡pobre niña, es un ángel!

 

—¡Un ángel! y se vende — dije yo.

—No blasfemes, hijo mío; ¿no harías tú otro tanto por salvarme a mí, si nos viéramos en caso semejante?

—Madre, por salvar tu vida iría yo hasta el delito.

—Pues  bien,  admírala  y  compadécela;  ella  también salva la vida de su madre;

no  me  sentía  con  fuerzas  para  discutir,  el  dolor  me había aletargado, y callé;

mi madre, entonces se inclinó sobre el lecho, rodeando mi cuello con su brazo, y jugueteando con mis cabellos, como cuando me dormía en la cuna, y comenzó a hablarme de los muchos proyectos que tenía, y con los cuales creía halagarme;

me  habló  del  buen  resultado  que  había  tenido  el reclamo de una parte de nuestros bienes, del próximo viaje a la Capital, y nuestro establecimiento allí, único anhelo de ella, que amaba tanto su ciudad natal; en fin, de otras tantas  cosas  con  que  abrigaba  la  idea  de  neutralizar  mi pena;

yo, la oía mudo como una estatua, el dolor había llega al paroxismo; sus palabras, se iban como alejando de mí, poco a poco, sentía un sueño horrible, que me embargaba por segundos  los objetos se cubrían de una niebla espesa, las luces se movían ante mí, vacilaban; últimamente la sombra me envolvió;

pocas horas después, cuando abrí los ojos, mi lecho estaba  rodeado  de  personas  queridas,  pero  el  rostro  de Aura no estaba entre ellas;

mi madre, estaba a la cabecera de la cama, mirándome con infinita ternura, y reflejaba en su rostro, las fatigas del insomnio    mis hermanas estaban de pie, el médico me pulsaba, y todos espiaban mis movimientos con cariñosa avidez;

yo no podía darme cuenta de lo que había sucedido, mi memoria  estaba  poblada  de  sombras;  quise  pasarme  la mano  por  la  frente,  como  para  despejarla;  y  al  abrirla, rodó   sobre  el  lecho  un   objeto  que  tenía  fuertemente apretado; lo reconocí, y todo rotó entonces a mi memoria;

¡era el ramo de violetas de aquella tarde!

 

 

*        *

 

 

Convaleciente apenas, sorprendí una noche, en una conversación  que  sostenían  muy  paso  mis  hermanas,  la fecha del día en que debía tener lugar el sacrificio de Aura;

entonces medité mi plan;

era preciso verla antes del día fijado, arrojarme así moribundo, a sus plantas, y ofrecerle mi mano, con el resto

 de vida que me quedaba; interponerme entre el altar y ella; disputársela AL hombre que me la arrebataba, hacerla mi esposa,  implorar  luego  el  perdón  de  mi  madre,  y refugiarnos todos en nuestra antigua casa; allí viviríamos tranquilos, aunque modestamente, pero felices y amantes, como describe el poeta mexicano: ella, siempre enamorada, yo, siempre satisfecho, los dos, una sola alma, los dos, un solo pecho, y en medio de nosotros, mi madre corno un dios;

¡la  vida,  sería  así  un  paraíso,  y  mi  imaginación  se extasiaba contemplarlo! . . .

¡espejismos del alma! celajes engañosos de la felicidad, que halagabais entonces un cerebro enfermo, y una imaginación calenturienta, ¿porqué no acabasteis de enloquecerlos?  ¿para  que  alejasteis  'la  luz  en  la  mente, cuando  cubríais  de  tanta  sombra  mi  corazón?  ¿no  hubiera sido mejor la demencia, que esta laxitud del alma, esta eterna viudez de la existencia?

un nuevo acceso de fiebre, me había tenido de gravedad, oscilando entre la vida y la muerte;

nada había podido coordinar para mi proyecto, y el tiempo avanzaba rápidamente

era preciso hacer el último esfuerzo; o salvarla, o morir a sus pies en la demanda.

 

 

*        *

 

 

La aurora, del día fijado por mí para ir a la ciudad, llegó al fin; aunque había estado algunos días privado de sentido por la fiebre, según mis cuentas, y lo que me parecía haber oído a mis hermanas, aun tendría tiempo para hablar con Aura y rea- lizar mi plan;

era preciso ocultar mi pensamiento, pero, ¿quién podría imaginar que en el estado de postración en que me hallaba, pensara en moverme de mí lecho? nadie;

eran  las  cuatro  de  la  mañana;  todo  estaba  en  silencio; hacía una hora, que mi madre había vuelto a recogerse, después de darme la última cucharada del medicamento; mis hermanas, que habían velado hasta muy tarde, dormían también;

entonces, levanté mi frente, pálida como la de un espectro, y asomé la cabeza fuera de las cortinas del lecho; estaba com- pletamente solo;

tomé la ropa, que el criado convenido conmigo, había puesto allí, y comencé a vestirme; pero muchas veces tuve que cesar en esta faena, porque me faltaban las fuerzas;

cuando, haciendo un esfuerzo supremo, me puse en pie, sentí un zumbido horrible en los oídos, me faltó la vista, y tuve que asirme a las columnas del lecho para no caer; pero la robustez de la edad, y el fuego de la pasión, me sostenían; cobré nuevas

 fuerzas y comencé a andar;

al pasar por cerca de un diván, que estaba en mi mismo aposento, me detuve conmovido: la mayor de mis hermanas estaba allí, había velado mí sueño hasta que cayó rendida.

Eva, momentos antes de despertar al mundo, al lado de Adán, no debió de estar más bella; casi todo su cuerpo se ocultaba bajo el manto negro de sus cabellos destrenzados, que sólo dejaban ver a trechos sus vestidos, y el perfil admirable de su rostro;

así se duermen las palomas blancas, bajo el manto de som- bras de la noche;

dormía tranquila y su respiración era igual, como la de un niño en la cuna; ni una nube empañaba aquella frente castísima; ¿qué podía turbar aquel sueño de virgen, en esa edad en que sólo se sueña con los ángeles y Dios? ¿qué borrascas podía haber en aquel corazón, inocente, ajeno del mundo y sus dolores?

la tranquilidad es el privilegio de la inocencia, y ella dormía bajo este amparo; tuve ímpetus de despedirme de ella, con una caricia, pero temí que despertara; recogí del suelo el abrigo con que había cubierto sus plantas, y que había caído al suelo, y volví a cubrirla con él;

seguí mi marcha, mis pasos se apagaban en la alfombra, y nadie podía oírme; al pasar frente a un espejo, me sorprendí, podía reconocerme, parecía un cadáver;

tuve que atravesar el aposento de mi madre, contiguo al mío, ella dormía, pero no tan tranquilamente como mi hermana: sin embargo, tenía su rostro esa apacible dulzura  que lo caracterizó siempre; arrojé sobre ella una mirada de ternura;

su faz estaba ennubecida, como si un pensamiento muy triste la poseyese, su sueño era inquieto y agitado, profundos suspiros se escapaban de su pecho, y en la contracción de su frente, y el aspecto angustiado de su rostro, se adivinaba bien cuánto sufría;

¡ay! la imagen de su hijo desgraciado vagaba en el pensamiento de aquella mártir, agobiada ya por tantos infortunios; ¡pobre madre mía! ¡mis dolores le robaban hasta la paz del sueño!

quise posar mis labios, en la mano que reposaba sobre la colcha de damasco rojo, no me atreví a hacerlo, por temor de despertarla; seguí mi camino; me sentía sobresaltado, y tenía remordimiento de abandonarla así, furtivamente, sin recibir su bendición, como lo hacía siempre que salía de casa;

iba ya a pasar el umbral de la otra habitación, cuando mi madre se quejó débilmente; creí que me llamaba, me volví; pero no, seguía dormida; ¡ay! aquel gemido era algo como una reconvención, como una queja; ¡qué extrañeza, qué dolor, qué desesperación, se apoderarían de ella, cuando dentro de pocas horas, al acercarse a mi lecho, lo encontrara vacío!... ni esta consideración pudo detenerme; mi resolución estaba tomada;

 atravesé el salón, y abrí la puerta que daba al corredor; estaba aún muy obscuro: la brisa helada de la cordillera, pasó obre mi frente, como la mano de un muerto; sin embargo, avancé, aunque me sentía muy mal;

el ambiente estaba húmedo, y el aire gemía melancólico en los árboles del patio, formando murmullos misteriosos, en los ángulos de los corredores, y en los pasadizos;

las blancas columnas de piedra de la antigua morada, formadas en   hileras, me parecían las sombras de mis mayores, que se alzaban para detenerme; la casa estaba medrosa, los criados dormían todos, y sólo Pablo, mi compañero desde niño, me esperaba al pie de la escalera;

me cubrió   bien, con el abrigo que llevaba, para impedir la acción del frío, y comencé a descender; difícilmente llegué al piso bajo; me sentía desfallecer; sin embargo, estaba resuelto morirme o a salvarla;

el coche nos esperaba ya, en la puerta de campo, sigilosamente llevado allí por Pablo, que lo había preparado todo; m quería entrañablemente, y mi sufrimiento, le hacía cometer estas locuras; me arrojé sobre los cojines del carruaje, y partimos galope;

el coche, se deslizó primero, por sobre la menuda hierba de los potreros, y pocos momentos después, salimos al camino real  la  fiebre  me  devoraba,  me  dolía  la  cabeza horriblemente, tenía los pies y las manos helados, y la sed me consumía;

a poco rato empezó a despuntar el día, y el aire refrigerante de la mañana, me dio un poco de vigor; mandé descubrir! el coche, y me puse a contemplar el campo;

el   crepúsculo   matutino   daba   un   tinte   bellísimo   al paisaje; tras de los cerros del Oriente, empezaba a brillar la aurora, con una luz blanca, apacible, que se iba extendiendo poco a poco sobre el cielo, a medida que las sombras se retiraban en tropel;

la naturaleza empezaba a despertarse alborozada, como uní niño que abre los ojos al sentir el aliento de su madre, que se inclina sobre la cuna; los árboles se balanceaban suavemente, como para sacudir el letargo de la noche, y las aves en los nidos, despertaban sus hijuelos, con arrullos amorosos; el rocío suspendido en los ramajes, y brillando en los  helechos,  semejaba  los  I  brillantes  dispersos  de  un collar, que hubieran dejado allí las I visiones nocturnas, al emprender el vuelo, sorprendidas por la aparición del día; las hierbas húmedas, exhalaban perfumes exquisitos; las inmensas vacadas, se veían esparcidas en los potreros, o recogidas  en  los  establos,  mientras  los  ternerillos encerrados, bramaban impacientes;

los campesinos, aparecían desperezándose a las puertas de sus casas, y me saludaban, admirados de verme cruzar el campo a aquellas horas;

 las casas de las haciendas vecinas, se veían retiradas del camino, y medio escondidas a la sombra de los árboles que las rodeaban; poco después, era completamente de día; habíamos andado mucho, en pecas horas; el sol se levantaba majestuoso, derramando torrentes de luz en el espacio, la mañana  era  espléndida;  el  cielo  semejaba  insultar  mis dolores con la alegría que comunicaba a la naturaleza: todo parecía sonreír en presencia de un alma que lloraba, y tanta luz de afuera, no alcanzaba a iluminar tanta tiniebla de adentro;

iba tan embebido en mis pensamientos, que no me di cuenta  de  nuestra  aproximación a  la  ciudad,  hasta  que  el ruido del carruaje, sobre el empedrado del puente, que está a la entrada, me hizo advertir que habíamos llegado.

__A su casa — le dije a Pablo, quien debía comprender- me  ya;

—Sí, señor;

atravesamos gran parte de la ciudad;

de repente, el eco de una música no muy lejana, vino a herir mi oído: presté atención, y como caminábamos en la mis- a dirección, pronto oí claros los sonidos; era música sagrada a pocas calles, estuvimos frente a la iglesia en que tocaban; no sé explicarme por qué, pero instintivamente dije a Pablo:

—Para;

detuvo  los  caballos,  y  me  abrió  la  portezuela,  salté afuera y me dirigí al templo;

la música seguía en el coro, y sonaba a mi alma como los acordes de un himno fúnebre; los perfumes del templo, las vibraciones de la música, los murmullos de la oración, parecían celebrar las nupcias de la muerte;

el corazón, presentía una gran desgracia, y, sin embargo, palpitaba acorde, con la tranquilidad de la víctima, que se apresta a recibir el último golpe;

¡pobre corazón mío!...

me detuve, vacilé un instante, y me lancé adentro;

la iglesia, estaba engalanada de blanco, como para las exequias de una virgen, pero los concurrentes, demostraban asistir  a  uno  de  esos  actos,  mitad  religiosos,  y  mitad profanos, que se ven con tanta frecuencia; el lujo de los atavíos,  el  tocado  de  las  señoras,  la  disposición  de  los asientos, me demostraron la naturaleza de la ceremonia: era un matrimonio;

al primer golpe de vista, lo comprendí todo, el corazón en la desgracia no se engaña... ¡había llegado tarde! ¡el sacrificio estaba consumado!... y, sin embargo, tuve aliento para avanzar; ¿fue resignación, demencia o valor? yo no lo sé; sería la resignación de la impotencia, la demencia del dolor,  o  el  valor  de  la  desesperación; ese  valor  que  hace sonreír a un condenado a muerte, en las gradas del patíbulo, como una maldición contra sus verdugos, y lo hace tender con orgullo el cuello a la cuchilla homicida;

era el destino que por  presenciar mi agonía, me daba valor para resistirla;

así lo hacían los Procónsules romanos, con los primeros mártires del cristianismo: no los mataban de un golpe; era la cobardía feroz del infortunio, cebándose en su víctima;

pálido, con las huellas de la fiebre en la faz, los cabellos en desarreglo y el aspecto de un loco, subí por la nave derecha del templo hasta colocarme frente al altar; allí, los pude ver de cerca, el anciano   demostraba la felicidad completa; tenía el semblante severo y dulce al mismo tiempo; en su frente se leían la bondad  y la honradez;  sus cabellos  blancos,  caídos  sobre la' sienes, y su aspecto agotado y venerable, hacían triste contraste  con la blonda  cabellera  y la divina  juventud  de Aura,   cuya   belleza   resaltaba   más,   bajo   los   blancos pliegues de su manto y su hermosa corona de azahares;

así, postrada  de rodillas,  y con aquellos  atavíos,  parecía más una niña llevada por su padre, a hacer la primera comunión  que una esposa, al lado de su esposo,  en el acto de tomarse  la mano  para seguir  juntos  la senda  de la vida; sus ojos no osaban alzarse hasta el altar;

estaba  resignada,  con  esa  dulce  mansedumbre  con  que debió inclinarse el hijo de Abraham, para recibir el golpe mortal,  de  manos  de  su  padre,  y  la  hija  de  Jefté  para marchar al sacrificio;

así caminaban sin vacilar las vírgenes cristianas a la hoguera;

al lado  de  aquel  anciano  que  iba  a poseerla,  Aura  se veía más bella, con la aureola de la juventud y del martirio; era la primavera,  al lado del invierno;  la vida cerca de la muerte; la luz de la mañana, impulsando al Occidente las últimas  sombras  de  la  noche;  una  espiga,  tocada  por  el hielo; una flor, bajo una capa de escarcha;  una parásita,  en la cima de un nevado; eran, el pasado, y el presente,  en un abrazo estrecho;  la cuna y la tumba, que se daban un beso misterioso; florida enredadera, que se adhería a un tronco anciano, tal vez lo arrastraría  en su caída; ¡qué tristes, eran aquellas nupcias, del infortunio con la ancianidad!

mudo   como   una  estatua,   oculto   a  sus  miradas,   y, apoyado  en  una  de  las  columnas  del  templo,  los contemplé  largo rato;

¡qué   pensamientos   ocurrieron   entonces   a   mi imaginación!     hubiera    querido    en    mi    desesperación, matarlos  ambos  de un golpe, y perecer con ellos; pero, mis labios no se movieron, mis pies no avanzaron  una línea;

en aquel  momento,  el sacerdote  levantó  la hostia,  y los concurrentes  doblaron la cabeza, como si el aliento de Dios, pasara  sobre  ellos;  incliné  la  frente,  y  desamparado   del mundo, levante el alma a Dios;

así permanecía  absorto,  en un reclinatorio,  y cubierto el  rostro   con  las  manos;   cuando   levanté   la  frente,   la ceremonia  había terminado;  entonces me puse de pie;

los dos esposos, bajaban del altar cogidos de la mano; me adelanté  hacia  el  grupo  de  los  convidados,  penetré  en  él, hasta llegar a la primera fila, asomé mi cabeza enloquecida  y sombría, y pronuncié  su nombre...

Aura, como herida de un rayo, volvió a mirar;

a la  vista  de  mi  rostro  cadavérico,  y mis  ojos extraviados»   por  la  fiebre  y  el  insomnio,   dio  un  paso hacia  atrás:    "¡Dios  mío!…  exclamó,  y  cubriéndose  el rostro con un pañuelo, se apoyó  en el brazo de su esposo, y avanzó temblando hasta el carruaj e que la esperaba en la puert a; el concurso la ocultó mis ojos; sin embargo, la seguí con el alma, y quedé clavado allí;

el ruido de los coches que desfilaban, se escuchó pronto, anunciándome su desaparición;

todos  salieron,  las  luces  del  altar  se  apagaron,  el órgano  calló  en  el  coro,  y  el  silencio  imponente  de  los templos me rodeó; Entonces, solo, bajo aquellas naves solitarias, comprendí toda la inmensidad de mi infortunio;

la Religión y el llanto, consuelo de los desgraciados, me negaban  su  amparo:  la  duda  había  matado  la  fe,  en  el corazón, v el dolor, había agotado e] llanto en las pupilas;

me sentía ahogar, el cerebro parecía querer saltar en pedazos, a fuerza del tropel de pensamientos, y el cuerpo se sentía  débil  para  contener  las  borrascas  del  alma...  ¡ni una oración en los labios, ni una lágrima en los ojos!...

de súbito me faltó el aliento, creí que la razón me iba a abandonar, y me pareció sentir en la frente el beso helado de la locura; llevé las manos al pecho, y exclamé con desesperación:

—¡Madre mía, madre mía!

a la virtud de aquel nombre, como de la roca al contacto de la vara de Moisés, saltaron de mis ojos, los torrentes de llanto,  y  al  mirar  con  el  alma  la  imagen  de  mi  madre, vagando en mi rededor, vinieron a mi memoria, y brotaron a mis labios, aquellas palabras con que ella me dormía;

alcé los ojos al Nazareno expirante, y exclamé:

—Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo;

junté las manos y bajé la frente.

 

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Un momento no más, duró aquel éxtasis bendito;

volvió la tempestad a rugir en el cerebro, la sombra a aposentarse en la conciencia, el dolor a apoderarse del alma, y la memoria, como barquilla sin lastre, a perderse en el mar de los acuerdos;

entonces, como cruza un cielo preñado de electricidad, la luz fosforescente de un relámpago, cruzó las sombras de mi  mente  un  pensamiento;  ¡Eureka!,  pareció  gritarme  el genio del mal, desde el fondo de la conciencia; creí que estaba salvo, entonas sonreí;

mi  sonrisa  era  convulsiva  y  triste,  como  la  de  los locos; vaga y sombría; tenía tintes de crimen, de delirio y de sepulcro;  la sonrisa de la desesperación, que cree burlarse del dolor, esa sonrisa que lo hace a uno exclamar con el poeta: Me duele el corazón, pero me río;

lágrima, que escapada del corazón, no alcanza a llegar a los ojos, y se derrama por los labios; el dolor también tiene sus sonrisas; ¡qué horribles son las sonrisas del dolor!...

Pablo, y dos jóvenes más, enviados por mi madre, entraron al templo en busca mía; era ya tiempo, porque decaído el ardor febril que me sostenía por la fuerza de las emociones, empe- zaba a desfallecer; sostenido por ellos abandoné el templo;

poco antes de llegar a la puerta, por el mismo camino que la comitiva había llevado, mis pies tropezaron con un objeto, me incliné para recogerlo:  ¡era un ramo de violetas!

¿había sido desprendido del traje de Aura, o dejado caer por ella, en el acto de la sorpresa? ¿era aquello una casualidad o era un recuerdo? yo no lo sé, pero al acercarlo a mis labios, me pareció notar que las gotas de su llanto, le habían servido de rocío;

lo guardé sobre mi corazón; me lancé adentro del carruaje y grité:

—A casa.

 

 

*        *

 

 

Era ya tarde, cuando el coche se detuvo en el patio de la hacienda; en todos los rostros, se leía la ansiedad, y la tristeza; en el descanso de la escalera, hallé a mi madre, que venía a recibirme, tratando de ocultar las huellas del llanto.

—¡Hijo mío! — exclamó al verme, y se lanzó a mis brazos; luego me brindó el suyo, para servirme de apoyo, y acabamos de subir juntos;

ni un reproche, ni una reconvención, asomó a sus labios, pero sus miradas estaban llenas de quejas contenidas, y tenían esa dulce ternura que sólo saben acendrar las madres;

su amor hacia mí, había aumentado desde que era tan desgraciado; he ahí la condición del amor materno; único afecto al cual la desgracia hace aumentar el cariño al ser amado;

ved adondequiera: el hijo más infeliz, es el más querido de la madre; aquel a quien la naturaleza, ha negado sus dotes físicas, o intelectuales, tiene mayor parte en el amor de la madre, el idiota, el enfermo, el extraviado, he ahí el hijo predilecto, el criminal mismo, a quien la sociedad rechaza, la madre no lo repudia nunca; siempre en sus labios, hay un beso para nuestra frente, una disculpa para nuestras faltas, un consuelo para nuestros dolores;   siempre en sus labios, palpitan estas palabras: ¡pobre mi hijo! ¡pobre hijo mío!;

un canto de dulzuras infinitas, de infinitas ternezas, de arranques de generosidad, de desprendimiento, de abnegación, de sacrificios, de lágrimas, y  de caricias; he ahí el poema del amor materno;

la madre, como la escala mística de Jacob, es el lazo que nos une a Dios;

entre Dios y los hombres, la madre;

entre Jesús y la humanidad, María;

la pasión del Cristo, es un gran poema, el poema más grande de la humanidad; casi siempre se lee con lágrimas en los ojos, pero ninguna de sus escenas, conturba tanto, como el encuentro con su madre;

quitad a María, de la vía dolorosa, y habréis quitado a aquel drama sublime, si no su grandeza, sí toda la sublime poesía de su ternura;

de la madre, a Dios, no hay sino un paso;

yo no he podido dudar nunca de Dios, porque he visto sus reflejos en los ojos de mi madre;

he tenido que forjarme la ilusión de un cielo, porque lo necesito para ella;

he tenido que creer en el premio de los buenos, y de los mártires,  porque  ¿cómo  imaginarme  que  aquella  santa mujer, que ha recorrido tantas escalas del martirio, no será premiada por Dios?

yo, he podido comprender, lo que es la virtud llevada al heroísmo, porque he tenido a mi madre por modelo;

yo, no he podido concebir nunca, que ha ya hombres que no quieran a su madre, porque si los hay, son bestias feroces con aspecto humano;

¡ay!  ¡qué  hubiera  sido  de  mí,  sin  mi  madre,  sin  este amparo en mi desgracia, sin este ángel cuyas alas se han interpuesto  siempre  entre  el  dolor  y  yo;  estrella  cuyos blancos  resplandores  han  caído  sobre  mi  frente,  en  esta noche eterna y borrascosa de mi angustia!

¡Madre del corazón! ¡Madre del alma! ¡tu recuerdo, sólo es un consuelo en mis dolores!

una   vez   en   el   aposento,   ella   misma  me   ayudó   a recogerme; mis hermanas, con semblante cariñoso y triste, arrojaban abrigos sobre mis pies, mientras ella, me tocaba con vaga inquietud la frente, y  me cogía las manos; ella temía una recaída, y trataba no obstante, de ocultar sus presentimientos y de engañarse a sí misma;

no  se  le  escapó  una  sola  pregunta  indiscreta,  la  más ligera alusión a la salida de casa, pues sabía que debía mortificarme  horriblemente;  lo  sabía  o  lo  había  adivinado todo, y por eso callaba, compadeciendo en silencio la magnitud de mi dolor-

durante el resto de la tarde, y parte de la noche, me esforcé tanto en aparecer mejorado y conforme, que logré con esta astucia, que la familia se recogiera después de las diez; esperé a que todos se hubieran dormido;

con la impaciencia del asesino, que aguarda a su víctima o del ladrón, que acecha su presa, había esperado aquel momento- salté del lecho, me envolví en una bata, y me aproximé a la puerta que comunicaba con las otras habitaciones, apliqué el oído, todos dormían... era, pues, la hora;

cerré con llave aquella puerta, y miré en torno mío; nadie había quedado adentro; tenía miedo; el zumbido de las alas de una mosca, bastaba para asustarme; la lámpara, encerrada en un globo de cristal verde, daba un tinte amortiguado y sombrío a la habitación; la péndula del reloj se movía a compás, como indicándome el tiempo que me quedaba; los objetos del cuarto, tomaban formas medrosas; todo me parecía poblado de som- bras ...

me acerqué al escritorio, que era el mismo que había ser- vido a mi padre, durante toda su vida; encima, se ostentaba su retrato de medio cuerpo, con su semblante varonil y decidido, demostrando el valor indomable, que lo había hecho en todas partes un héroe; sus grandes ojos, de mirada penetrante y fija, y su bigote negro y poblado, que acababa de dar a toda su fiso- nomía un aire caballeresco y marcial; vestido de frac negro, no llevaba distintivo ni condecoración alguna, y en su actitud se- vera, parecía destacarse del cuadro, para convencer con esa palabra elocuente y fluida, que le había hecho tan agradable entre los hombres de su época;

al clavar los ojos en él, volví a bajarlos; sentía vergüenza en su presencia; ¡él tan grande, y yo tan pequeño! ¡él tan vale- roso, y yo tan cobarde! sí, porque la acción que iba a cometer, es la más baja de las cobardías, y el más villano de los asesina- tos! ¡y hay quien hable del valor de los suicidas!

¿desde cuándo es valor la retirada vergonzosa en presencia del enemigo? abandonar el campo, en lo más recio del combate, ¿es heroísmo?... el suicidio, es fruto del extravío mental, es una locura, y yo estaba loco; sí, loco de desesperación y de dolor,

me senté al escritorio; era preciso escribirle a Aura, despedirme de ella, decirle que moría pronunciando su nombre, y perdonándola; era preciso dedicarle la última luz de mi alma, tomé la pluma, y con mano temblorosa, escribí estas estrofas.

 

Hoy que llevas la blanca sien ornada

Por la hermosa corona de azahares,

Hoy que ya has roto nuestra fe jurada, Quiero darte mis últimos cantares; Hoy que tronchaste mi ilusión amada Al postrarte a los pies de los altares,

Quiero que escuches mi postrer lamento, Última luz que da mi pensamiento.

 

Abandona el festín, y ven conmigo, Hablemos de los años que han pasado.

¿Me recuerdas? Yo soy aquel amigo Que siendo niño, jugueteó a tu lado, Que cuando no teníamos un testigo

Y vagábamos solos por el prado, Te daba rosas, y sencillamente

Te besaba en los labios y en la frente.

¡Ah! ¿ves aquel hogar que allí blanquea

Medio oculto en el verde naranjal? Esa era tu morada.

¡Cuánta  idea  Ella  despierta  en  mi  dolor fatal!

¿Cómo al alma impedir que allí te vea

Recostada a la sombra del rosal?

¿Cómo impedir al corazón llagado

Que goce recordando lo pasado?

¿Ves más allá el límpido riachuelo

A cuya orilla te esperaba ansioso?

Él siempre reflejando el mismo cielo.

¿Ves más allá el copudo pomarroso Que cubrió nuestras horas de desvelo Cuando en mis brazos te estreché amoroso?

¿Por qué ocultas la faz? Alza la frente

Si ante mí te confiesas inocente.

 

Nada ha variado allí, el mismo cielo Siempre limpio hasta el último confín, Las mismas aves ensayando el vuelo En los tupidos sauces del jardín;

A la casa cercana al arroyuelo

Con las mismas violetas y el jazmín. Los mismos nidos siempre en el bambú, Sólo has variado para mi alma, tú.

 

Tú, solo encanto que adoré de niño, De mis juegos bendita compañera,

A quien brindé mi virginal cariño

En los delirios de mi edad primera;

 

Tú, blanco copo de flotante armiño

Que entre los sueños de mi infancia viera, Tú, que al amor mi corazón abriste,

¡Ay! ¿por qué me olvidaste y me vendiste?

 

Tú, a quien mi infancia consagré rendido, A quien le di mi amor de adolescente,

Tú, a quien amé despierto y vi dormido,

¡Quién pudiera expresarte lo que siente

Mi alma infeliz al ver que te ha perdido!

¡Quién pudiera borrarte de la mente Y hundirte para siempre en el olvido! Por este débil corazón me pierdo Porque quiere vivir de tu recuerdo.

 

Yo no sé si culparte o defenderte; No sé explicar traición tan atrevida.

Tú, que alardeabas siempre de ser fuerte:

¿Por qué fuiste a amargar así mi vida Vendiendo ante el destino cruel tu suerte, Al postor de más oro?  ¿Por qué uncida Fuiste a jurar al pie de un Dios sagrado Ser de un hombre que nunca habías amado?

 

Yo vi temblar tu planta vacilante Al marchar al altar do te inmolaban, vi palidecerse tu semblante,

los azahares en tu sien temblaban; Te vi casi caer en el instante

En que tus puros labios pronunciaban, Con apagada voz, los juramentos

Que nuestra antigua dicha hacían fragmentos.

 

Yo también vacilé, mis tristes ojos

Fijos en ti, querían anonadarte,

Al oír el juramento caí de hinojos,

¡Y juré, por mi madre, perdonarte!

al contemplar los fúnebres despojos

De aquel amor que vengo a recordarte, Sentí huérfana el alma y solitaria

alcé por ti a los cielos mi plegaria.

Al fin todas las luces se extinguieron, También el canto se extinguió en el coro;

 El templo abandoné, los que me vieron

Advertirían las huellas de mi lloro.

¡Y qué me importa a mí, si comprendieron

Que te amo con delirio y que te adoro, Si hoy te lo digo en esta despedida Que te doy con el alma y con la vida!

 

Adiós, mujer, si acaso a tu ventura

Faltaba el sacrificio de la mía,

Ahí la tienes también; ¡adiós, perjura! Que seas feliz, pues nunca en mi agonía Podría yo contemplar que la amargura Tu vida entristeciera un solo día.

¡Adiós! en prueba de mi inmenso encono,

¡Te saludo al morir, y te perdono!

…………...…………………………………………………………

En estos versos derramé toda la hiel y las tristezas de mi alma; los coloqué bajo de un sobre, con una súplica para que fueran enviados a su destino, y los arrojé sobre la mesa; pensé escribir a mi madre, pedirle perdón, y excusarme

ante  ella;  mas,  ¿cómo  disfrazar  mi  acción?  ¿cómo disculparme del abandono en que iba a dejarla?... era mejor callar; arrojé la pluma lejos, y reuní todas mis fuerzas;

abrí con mano convulsiva, un cajón del escritorio, y hallé lo que deseaba; mi revólver estaba allí; a su vista, mis ojos brillaron de alegría, y sin embargo temblé; al cogerlo en mis manos,  para  cargarlo,  estaba  confuso,  apenas  acertaba  a poner  los  proyectiles;  cuando  estuvo  listo,  volví  a  mirar; estaba aún solo, algo como el silencio del sepulcro me rodeaba ya; ¡los momentos avanza b an !. .. h ic e el ú l ti mo es fu er zo , y l l ev é  e l  ar ma  a  l a  s ie n;  el frío de la muerte me tocó; en aquel momento levanté los ojos, y al ver el retrato de mi madre,  exclamé  como  una  despedida,  montando  el  arma fatal:

—¡Madre del alma!

—¡Hijo mío, hijo del corazón! — escuché decir detrás de

 

mí;

 el arma rodó, a mis plantas, y en mi frente en vez del

 

plomo suicida, sentí posarse los  labios temblorosos de mi madre, que había entrado por la puerta del corredor;

pálida, convulsiva, nerviosa, me tocaba como para convencerse de que estaba vivo;

me miraba, pero sus ojos tenían una fijeza extraña, y rodaban sobre su rostro, las lágrimas, como las gotas de la lluvia sobre las estatuas que adornan los monumentos mortuorios;

súbitamente dio  un  grito,  llevó  las  manos  al  pecho,  y

cayó Poniendo su frente sobre mis rodillas, como para morir sobre su hijo, y luego rodó al suelo...

a  la  vista  de  aquella  madre  infeliz,  exánime  a  mis plantas, el corazón se despertó, toda mi sensibilidad volvió a brotar para ella, y ya no me acordé sino de atenderla;

el dolor, había hecho al fin su efecto, en aquella víctima inocente; ¡era ya demasiado, tanto y tanto golpe asestado a aquel corazón de ángel! me precipité a su lado, la recliné en mi pecho y la llamé con voces desesperadas; a mis gritos acudieron mis hermanas; imposible pintar el dolor que se apoderó de aquellas pobres niñas, que apenas alcanzaban a comprender el drama que se desarrollaba en torno de ellas;

recogimos aquel cuerpo tan querido para todos, y lo llevamos a su lecho; poco después, partían en busca del médico, mientras nosotros nos desesperábamos por volver a la vida, aquella madre adorada;

¡qué remordimientos, qué dolor, qué vergüenza se apoderar on d e mí ! .. .

al lado del lecho materno velé con el corazón y con el alma; ¡noche de angustia, yo no os podré olvidar jamás! ¡yo no había probado lo que era el remordimiento, y éste era superior a todos los dolores!

 

*        *

 

La luz del día siguiente declinaba;

la estancia estaba débilmente alumbrada por una lámpara, colocada detrás de una pantalla; mis hermanas, rendidas de fatiga, descansaban, y yo velaba solo, al lado de aquella que era la mitad de mi alma;

sentado cerca a la cabecera del lecho, tenía una de sus manos en las mías, y apoyaba sobre ella, mi frente calenturienta; la mano se agitó levemente; alcé la cabeza, mi madre desper- taba; apenas abrió los ojos dijo muy paso:

—¿Mi hijo?

—Aquí estoy, madre mía.

—¡Ah! ¿conque no es cierto?

—No, madre, no;

levantando un instante la cabeza, fijó en mí, una mirada tan intensa, y tan tierna, como si en aquel momento, toda su alma se hubiese asomado a sus ojos.

—¡Ah! ingrato — murmuró.

—Sí, muy ingrato, pero perdóname, madre mía.

—Sí, te perdono, porque sé que sólo el dolor, ha podido hacerte intentar esa locura; si no fuera así, yo estaría avergon- zada de ser tu madre; ¿cómo ibas a manchar así, con un crimen, el nombre de nuestra familia inmaculada hasta hoy? ¿cómo querías abandonarnos? ¿qué hubiera sido de nosotras, sin tu

 apoyo? ¿qué hubiera sido, sobre todo, de tus pobres hermanas? ¿sabes tú a todo lo que están expuestas las mujeres, en este mundo, cuando les falta el apoyo de un hombre? ¡ah! tú no lo sabes porque estás aún ajeno a las intrigas sociales, y los escollos de la vida; ¿no pensabas que tus  hermanas,  tendrán  que  ir  no  muy  tarde  a  la  Capital, donde ocuparán la posición que nuestra familia ha ocupado siempre, y entonces, qué harían ellas sin su hermano, único amparo, y única sombra que debiera protegerlas?

calló  por  un  momento;  yo  no  me  atreví  a  responder nada; luego, colocando su mano en mi frente, para acariciar mis cabellos, continuó en un tono dulcísimo:

—¿ No  e s  ve rd ad ,  h ij o  m í o,  qu e    no  v ol ve rá s  a p en sa r en eso?

—Nunca.

—¿Me lo prometes?

—Sí.

—Júramelo por el nombre de tu padre.

—Te lo juro.

—Y, por este Cristo — dijo tomando el crucifijo que había a la cabecera de la cama;

tomé la imagen en mis manos, y juré.

—Tú cumplirás —dijo entonces—; si así lo hicieres, Dios te bendiga — y extendió sobre mí su mano temblorosa, haciendo sobre mi cabeza la señal de la cruz;

me incliné entonces;

estaba redimido;

cuando la madre perdona, perdona Dios.

 

 

*        *

 

Dos meses habían transcurrido;

el dolor no había muerto, se había adormecido en el corazón;  la  paz,  empezaba  a  renacer  en  la  casa,  y  yo ocultaba a mi madre la tristeza que me devoraba, fingiendo que el olvido penetraba poco a poco en mi alma;

no había vuelto a ver a Aura, ni oído hablar de ella, después de su matrimonio; se esquivaba estudiadamente hablar delante de mí, de todo aquello que pudiera remover en mi memoria, las funestas escenas que habían pasado;

dominado por el hastío, y en busca de distracción, fui a la ciudad, donde se hallaba una compañía dramática, dando una temporada de funciones;

una noche que concurrí al teatro, me entretenía momentos antes, de principiar la representación, en repasar con mis geme- los, las filas de palcos ya repletos de señoras, cuando mis ojos se detuvieron en uno, cuya puerta acababa de abrirse; dos per- sonas entraron en él: ¡era Aura y su esposo!

 ella, entregó al anciano la capa de pieles con que venía cu- bierta, y pasó a ocupar la delantera del palco, apoyando sobre la barandilla su brazo desnudo, con una majestad de reina;

venía sencilla, pero elegantemente vestida; traía un traje de terciopelo negro, que dejaba en descubierto su pecho, y sus brazos de alabastro, y de la línea negra de su traje, se destacaba su busto delineado y perfecto, como si hubiese sido esculpido en mármol de Paros, por el cincel de Fidias, sosteniendo su ca- beza divina, que hubieran envidiado por lo ideal, las vírgenes de Rafael y de Murillo;

sus hermosos ojos, brillaban como dos carbunclos, bajo su frente serena, a la que daban sombra, sus cabellos caídos sobre ella, primorosamente peinados a la Capoul; por único adorno, llevaba un ramo de violetas, sostenido por un broche de bri- llantes, en la cabeza, y otro en el pecho;

la palidez de su rostro, comunicaba más fuego a su mirada, y más encanto a su fisonomía; su elegancia, su hermosura, su reciente matrimonio, llamaron sobre sí la atención general, y los anteojos del patio y los de los palcos, se clavaron en ella;

era la primera vez que aparecía en público, después de su enlace, pues todo ese tiempo había permanecido en una de las haciendas de su esposo;

imposible pintar la sensación que experimenté; celos, amor, despecho, rabia, todo se agolpó a mi corazón; guardé el binóculo en su caja, y me senté aturdido en la butaca, y así permanecí largo rato; al fin, no pude resistir al deseo de mirarla y alcé los ojos a su palco;

ella recorría en aquel momento, con la vista la platea; de repente sus ojos se encontraron con los míos; sobrecogida, fas- cinada, se quedó inmóvil; ambos comprendíamos que estábamos sosteniendo a nuestro pesar, aquella mirada de fuego, pero la naturaleza era superior a nosotros, y nos retenía allí suspensos y absortos, como dos seres que han llegado al mismo tiempo a la orilla de un abismo;

al fin, con esfuerzo doloroso, rompimos la corriente eléc- trica que nos unía; al dejar de mirarla, quedé en la sombra y deslumbrado, como si el sol hubiese pasado un momento a pocos metros de mis pupilas; quise abandonar el teatro, huir de aquella visión fascinadora, y volver a ocultar mi desesperación en el seno de mi madre, y el silencio de mis campos; pero una fuerza superior a mi voluntad me retuvo allí;

ponían en escena aquella noche, una comedia muy conocida de todos, y muy en boga entonces, especialmente en los teatros de provincia: La Flor de un día;

durante el prólogo y algunas escenas del acto primero, pude cumplir mi resolución de no mirar a su palco, pero al llegar a aquel pasaje, en que don Diego, que vuelve a buscar a Lola, la halla casada, y al encontrarse casualmente solos,

 la apostrofa por su infidelidad, diciéndole:

¿Por qué vuestra pasión es flor de un día que dura sólo lo que dura un lirio, mostrando al hombre que en amores fía, que el premio del creyente es el martirio?

¿Qué importa a la mujer si en la mudanza, son de lisonjas sus oídos llena,

convertir una vida de esperanza

en campo estéril de infecunda arena?

alcé los ojos a Aura; conmovida, agitada, la respiración anhelosa,  la  vista  fija  en  el  escenario,  movía  sus  labios, como repitiendo palabra por palabra, aquellos versos que yo le había enseñado de memoria; al concluirlos, volvió sus ojos humedecidos a mí, pero los apartó prontamente; mas, cuando  Lola,  respondiendo  a  las  quejas   de  su   amante engañado, le dice con desesperación y con ternura:

 

¡Y ante el hombre ofendido que amé tanto no hallar una palabra en mi disculpa!... Ni aun el consuelo de enjugar su llanto,

llanto  que  vierte  por  mi  sola  culpa.  Y

cuando a su desprecio resignada,

diera mi salvación por su ventura,

¿creéis que a una mujer tan humillada podéis hablarle vos de desventura? decidme: ¿lo creéis?

entonces bajó sus ojos a mí, mirándome con fijeza, como si hubiera querido afirmar aquellas últimas palabras; había en aquella mirada, quejas y reproches, severidad y amor; no pude soportar la expresión de aquellos ojos, bañados en luz, y repletos de tristeza, y bajé la vista;

cuando pocos momentos después, volví a mirar, el palco estaba vacío, y se oyó fuera el ruido de un coche que se alejaba; era el de ellos; y, sin embargo, permanecí con -los ojos fijos en aquel palco abandonado, en cuyo fondo me parecía  aun  ver  destacarse,  entre  el  cortinaje  carmesí,  el busto ideal y majestuoso de Aura;

aquella noche, al regresar a casa, no podía conciliar el sueño-todos mis dolores, adormecidos apenas, habían vuelto

 

a despertarse a la vista de aquella mujer tan hermosa y tan querida; ella me amaba, no había duda; ¿sería imposible que volviéramos  a  vernos,  a  recordar  nuestros  amores,  y  a amarnos en silencio? ya que no podía ser mi esposa ante los hombres, ¿no podríamos seguir amándonos en el misterio? he ahí los pensamientos que me asaltaban;

impulsado  por  ellos,  perseguido  por  el  insomnio,  y agitado por la pasión, me levanté y escribí a Aura; mi carta era tierna sensible, inconvenientemente atrevida; era la carta de un adolescente, enamorado, y fogoso, a quien en el delirio de la pasión todo le parece permitido;

después de escribir volví a acostarme un poco más tranquilo, y logré dormir; pero ni en sueños, pude apartar de mi  memoria  aquella  imagen,  y  si  despertaba,  me  parecía divisar en los ángulos obscuros de mi aposento, mirándome con tristeza, aquella cabeza pálida, adornada de violetas.

 

 

*        *

La contestación a mi carta, no se hizo esperar; era fría, severa y digna; castigaba con ella, mi atrevimiento, y se disculpaba al mismo tiempo.

¿Olvidas (me decía) que soy casada? ¿no sabes lo que encierra esta palabra para una mujer de honor?; no pretendas  quitar  al  martirio,  lo  único  que  puede ennoblecerlo: la virtud; ninguna pretensión de amor, sobre una mujer casada, deja de ser un crimen: al ser que se ama, no se le arroja lodo; la infamia es el peor de los castigos; el remordimiento, el peor de los dolores; ¿por qué quieres aumentar  mi  agonía,  con  estos  dos  martirios,  ¡el  mundo puede engañarse, la conciencia jamás!: dejemos la conciencia pura; la infidelidad es un crimen, y cometida a un anciano indefenso, es una profanación, una villanía; la infidelidad, no  la  constituye  sólo  el  hecho  criminal,  basta  un  pensa- miento consentido; la mujer virtuosa, no debe tener tanta confianza en sí misma, que se exponga a una prueba; a una mujer casada, no le basta ser honrada, es preciso que el mundo,  comprenda  que  lo  es;  la  más  ligera  indiscreción, basta a perderla, y toda la sangre del mundo, no basta a salvarla.

Si es cierto que me has amado, creo que por esto no me aborrecerás; lo. más leve condescendencia, bastaría para rebajarme ante ti mismo, y yo no quiero que me desprecies; mi conducta, te demostrará, que no has amado una mujer indigna, y la dignidad, aumenta los afectos nobles.

Yo  no  puedo  concederte  la  entrevista  que  me pides,  ni  menos  sostener  correspondencia  contigo,  porque esto, a más de ser un crimen, tendería a aumentar nuestro infortunio.

 

nosotros.

 

Es preciso convencernos: no hay esperanza para

 

Colocados en las opuestas orillas de un abismo,

 

no podremos unirnos nunca; no intentes pasarlo, porque te vería sucumbir, sin poder salvarte; si ese abismo, no fuera el del crimen, yo me arrojaría para perecer abrazada a ti.

No me hagas sufrir más, deja mi herida que se cicatrice. ¡Dios y la sociedad nos separan!...

El crimen, es una tinta que mancha cuanto toca;

no nos acerquemos a él.

Has leído en la Sagrada Escritura, que hay en el interior  del  Asia,  un  mar  a  cuya  orilla  no  crecen  las palmeras, cuyo fondo envenenado, no cría peces, y por cuya atmósfera asfixiante, no cruza nunca un ave, sin que caiga sobre sus olas sin volver a levantarse; ¡ése es el Mar Muerto! él cubre las ciudades de Pentápolis, a quienes Dios redujo a cenizas, en castigo de sus maldades; ¡así hay también en la humanidad, corazones a cuyo fondo no puede asomarse el pensamiento! y en su horrible quietismo, se ocultan los restos de  pasadas  borrascas;  en  ellos,  como  en    aquel  mar,  la ilusión,  palmera  del  desierto  de  la  vida,  no  extiende  su ramaje, ni una sola esperanza cruza su superficie ame- nazante, y ¡ay de una! si descarriada la atraviesa, porque en- cuentra la muerte en su seno.

Imagen  de  ese  mar,  son  nuestros  corazones,  no nos acerquemos a ellos; bajo su engañosa calma, duermen los restos de nuestras pasiones, hechas carbón, después de tanto incendio.

Amamos mucho, y tenemos que sufrir mucho más; el paraíso tuvo fin; ¿el infierno será infinito? ¡no, la vida pasa, y en las rocas de la muerte, se estrellan las borrascas del dolor!

 

Hasta entonces.

 

……….……………………………………………………… Esta carta, era la última palabra entre los dos, y, comprendí

que no debía guardar esperanza alguna; mi orgullo, se rebeló contra su dignidad, y me propuse fingir indiferencia, hasta ha- cerle comprender que la había olvidado;

no volví a la ciudad, por temor de encontrarla, y me entre-e por completo al estudio, y al cuidado de nuestros intereses; así transcurrieron pocos meses; tratando de engañarme a mí mismo, creía que podría al fin, calmar aquella tormenta, que amenazaba  acabar  con  mi existencia;  y, mi madre,  que no podía ver las batallas que sostenía mi corazón,  daba gracias al  cielo  creyéndome   ya  salvo;  ¡ay!  pronto  la  tempestad,

 

 

 

vendría a sorprenderme  en aquel puerto indefenso,  en que me había guarecido.

 

 

*        *

 

 

Un  día  acababa  de  abandonar  el  lecho,  cuando  sentí sonar las herraduras  de un caballo, en el patio principal,  y el  ruido   de  una  persona,   que  subía  la  escalera:   era  un hombre,  que  acababa  de  llegar  de  la  ciudad,  y  traía  una carta para mí; la abrí sobresaltado;  no conocí la letra, pero la firma me hizo estremecer:  ¡era del esposo de Aura! ¿qué habría  sucedido?   ¿había  llegado  el  caso,  que  yo  siempre había  esperado?  ¿el  esposo  aquel,  celoso  y  cobarde, maltrataría  a Aura? ¿se trataba de una explicación?  ¿podría salvarla?...

 

 

Caballero:   no  os  conozco,   pero  una  circunstancia   de familia,  me  hace  pediros  el  honor  de  que  vengáis;  os  lo suplico; básteos saber que la tranquilidad  de mi esposa, y la mía  dependen  de  vuestra  presencia;   hacedlo  por  favor; venid.

…………………………………..………………………………

 

 

No  había  duda,  yo  podía  salvarla;  si  era  una explicación,  yo la daría;  si era un ultraje,  yo la arrancaría de mano de su verdugo;

mandé preparar el coche, y pretextando cualquiera ocupación,   para  no  alarmar  a  mi  madre,  me  dirigí  a  la ciudad;  a  las  pocas  horas  de  camino  había  llegado;  el carruaje se detuvo a la puerta de la casa de Aura, eché pie a tierra y penetré.

 

*        *

 

¡Había un silencio profundo  en toda la casa!...

algunas personas, vagaban por los corredores con aire misterioso;  un hálito de muerte, se respiraba  allí;

un pensamiento me ocurrió entonces: acaso el anciano estaba  enfermo...  ¡había  muerto!...  lo  confieso avergonzado,  sonreí con aquella idea;

yo sabía que él, vivía enfermo, y la letra de su carta, demostraba un pulso inseguro y tembloroso; no había duda, habría querido recomendarme a Aura, antes de morir; al pensar en esto, me compadecí de él; pero la idea de que Aura estaba libre, se apoderó de mí;

en esto, oí llanto de mujeres, en una pieza inmediata; me pareció distinguir el suyo; no había duda, Aura era viuda;

 avancé a la sala, no había nadie; empujé una puerta, y penetré en un aposento; ¡todo estaba enlutado!... ¡allí estaba ella!... vestida de negro, alumbrada por cuatro cirios, y tendida en un tálamo mortuorio, reposaba sobre un lecho de violetas, y gasas negras; sólo su esposo la acompañaba; de rodillas, al pie del ataúd, el pobre anciano, con los brazos cruzados sobre el fé- retro, y la frente inclinada, regaba con su llanto, los pies y el traje de la muerta; cuando entré, parecía rezar; alzó los ojos para verme, y volvió a dejar caer la cabeza, presa de una ho- rrible atonía; su blanca cabellera, brillaba con la luz de las an- torchas, como el nevado del Tolima, a los rayos temblorosos de la luna, y parecía un padre al pie del cadáver de su hija;

aturdido con lo que me pasaba, no sabía ni darme cuenta de lo que sentía, pues los dolores morales, son como las heridas físicas: el primer golpe aturde, y al enfriarse la herida, es que empieza el sufrimiento;

me acerqué al catafalco, Aura parecía dormida; me incliné sobre ella, y la besé en la frente;

al contacto de aquel beso, pareció querer abrir los ojos para mirarme; ¡cuan bella estaba así, cubierta por las sombras de la muerte! el tinte azulado de los cadáveres, no había des- perfeccionado su divino semblante, y la sombra de sus largas pestañas negras, se proyectaba sobre su rostro como las alas abiertas de un colibrí, sobre el blanco matiz de una azucena;

las venas azuladas, surcaban su frente tersa, y, sus labios, estaban aún como plegados, por la última sonrisa que había tenido al ver el cielo; sus manos blanquísimas, cruzadas sobre el pecho, resaltaban en el fondo negro de su traje, como dos rosas blancas, que hubiera arrojado el viento, sobre el mármol negro de una tumba, y entre ellas, atado con un lazo de cinta negra, tenía un hermoso ramo de violetas;

a la vista de aquellas flores, y las otras que rodeaban su cadáver, me estremecí, y di un paso atrás; el anciano, que hasta entonces había permanecido con la frente oculta en las manos, se puso en pie, y se acercó a mí; al ver la impresión que aquellas flores me causaban, dijo:

—Aura, amaba tanto estas flores, que me suplicó que con ellas adornara su cadáver, y cubriera su tumba; el llanto, largo tiempo  comprimido,  brotó  a  mis  ojos,  los  sollozos invadieron mi voz, me cubrí el rostro con el pañuelo y empecé a llamarla a gritos; al ver tanta emoción, el anciano añadió:

—¿La habéis amado mucho?

—Como a una hermana — le respondí;

a la luz de los cirios, pareció que con aquella palabra mentirosa, el cadáver se hubiese enrojecido.

—Fue  la  compañera  de  mi  infancia,  mi  amiga  más íntima, y más querida.

 —¡Ah! entonces sois... — aquí el anciano pronunció mi nombre.

—Sí.

—Ella  os  amaba  mucho,  fue  el  vuestro,  el  último nombre  que  pronunció,  y  sus  labios  se  cerraron  para siempre, después de haberos llamado por última vez.

—¡Ah! señor —le dije entonces—, sois muy cruel; ¿me habéis llamado sólo para esto?

—Perdonadme, habéis llegado demasiado tarde; cuando os mandé llamar, no nos pareció que estuviera de muerte; ella  misma  abrigaba  la  esperanza  de  veros,  pero  media hora después de haberse ido el hombre que llevaba nuestra carta, empezó a agonizar, y a poco, estaba ya en el cielo;

¡ah! señor, ¡mucho os llamaba! murió como un niño que se duerme; hacía apenas tres días que había guardado cama, aunque hacía unos  meses que la enfermedad la consumía; ella hacía esfuerzos para aparecer repuesta, pero, desde la última vez que fuimos al teatro, se agravó mucho; desde aquella noche empecé a temer por su vida; el viento de esa noche la mató; ayer se sintió más enferma, comprendió su gravedad, y me llamó a su lado:

—"Amigo mío —me dijo—, siento que os voy a abandonar," y antes os debo una confidencia;

entonces  me  contó  toda  su  vida,  vuestro  amor,  su sacrificio, vuestra desesperación, y la lucha que su corazón había sostenido, para no mancillar mi nombre, y su virtud, ni con el pensamiento; ¡a y! aquella mujer era una santa.

—Una mártir — respondí yo.

—Sí, una mártir, y yo, que creí hacerla feliz... ¡Dios mío! ¡y en vez de ser su protector, fui su verdugo! ¡yo la he matado!  ¡desgraciado  de  mí!  —decía,  y  se  mesaba  los cabellos y exclamaba, tomando las manos del cadáver—: perdóname, ángel mío, víctima mía, perdona a tu asesino.

—No os desesperéis así —le dije—, vos no habéis tenido la  culpa;  el  crimen,  lo  constituye  la  intención,  y  vos pensabais en su felicidad.

—Sois muy generoso en consolarme —murmuró—, ¡yo os he hecho sufrir tanto! pero me lo perdonáis, yo no he sido culpable, ¿no es verdad que me perdonáis?

las lágrimas de aquel anciano, me conmovieron hasta el alma.

Os perdono —le dije—, en su nombre, y en el mío, el mal involuntario que nos habéis hecho;

abrí los brazos, el anciano afligido, vino a ellos, y así nos enlazamos, quedando por medio el ataúd;

la pobre mártir, sonreiría en la eternidad, al vernos unidos para amarla, y perdonarnos;

después el anciano se desprendió de mis brazos y me dijo:

 

 

 

—Ya que la habéis amado tanto, acompañadme a orar por ella;

caí de rodillas sobre el féretro, y posé mi frente sobre la frente inanimada de Aura;

el anciano, volvió a arrodillarse a los pies del ataúd, y sólo se levantaba por intervalos, para besarla en la frente; apartaba los rizos del cabello, que el viento hacía flotar sobre su rostro; arreglaba bien su hermosa cabeza en la almohada, como una madre, arregla en la cuna, al hijo que va a dormir; la miraba con una amargura indefinible, y volvía a ocupar su puesto;

¡qué imponente era el dolor de aquel anciano! ¡él, quedaba solo, sin la única luz que alumbraba su vejez; no tenía como yo, el sol de la juventud, despuntando en el oriente, y dándole calor! ¡infeliz! ¡él también la amaba y la perdía!...

largas horas permanecimos así; ¡cuántas cosas, le dije al oído a aquel cadáver, que su alma las oiría desde el cielo!

¡cuánto tiempo estuve contemplando aquella frente, tra- tando de adivinar el último pensamiento, que se había apagado tras de ella, y queriendo descifrar la última palabra, que habían tratado de pronunciar aquellos labios, y que -se había extinguido en ellos, como una ave moribunda, que al extender las alas al espacio, vuelve a caer al nido sin aliento!

su esposo y yo, la velamos hasta que las primeras luces de la aurora, empezaron a entrar por la ventana; al uno, había consagrado su vida por el amor, y al otro, por el deber; mártir de ambos, sus dos verdugos, que la amábamos tanto, la velamos el uno junto al otro.

 

*        *

Era la tarde de aquel día, cuya aurora me había sorpren- dido, velando el cadáver de mi amor;

los últimos convidados, habían abandonado el cementerio; el anciano esposo, había sido arrancado de allí por las súplicas de sus parientes y amigos; sólo quedaban los sepultureros para cumplir su misión;

yo, inmóvil, a la sombra de una tumba vecina, había pre- senciado todo, y espiaba aquel momento; avancé silencioso hacia el féretro, que estaba a la orilla de la sepultura, abierta ya, como las fauces de un monstruo, para devorarla;

a mi aproximación, los hombres encargados del cadáver, y a quienes Pablo, había ya comprometido para el efecto, se re- tiraron;

entonces me acerqué;

hice saltar lejos la cubierta del ataúd, y puesto de rodillas, cerca de aquella mujer, que había sido el encanto de mi vida, tomé con manos temblorosas, las extremidades del paño blanco que le cubría el rostro, y sobre el cual habían arrojado cal, y lo bajé hasta la mitad del cuerpo;

entonces, apareció a mi vista, lo que me quedaba de aquel ser, a cuya adoración había consagrado mi existencia; la muerte, empezaba a hacer su efecto;

su hermoso rostro, estaba cruzado de manchas moradas, sus labios cárdenos, el óvalo de su faz desencajado, su nariz espantosamente afilada; y, sin embargo, aun así, me parecía bella, con la hermosura majestuosa del sepulcro;

levanté su cabeza, la recliné en mi brazo y me incliné sobre aquel cuerpo adorado; posé mi frente, sobre la suya yerta, y la bañé de lágrimas; el frío de aquel cadáver no me helaba; estaba de por medio todo el calor de mi cariño, y mis recuer- dos; después, dejé caer mi cabeza, sobre la misma almohada que sostenía la de Aura, y permanecimos así unidos, en aquel abrazo de la muerte; ¡y aun allí, habían de venir a separarnos!

¡la ausencia me la había arrebatado primero; el mundo me la había quitado después, y hoy, la tierra me la reclamaba para convertirla en polvo!...

allí, en aquel coloquio fúnebre, de nuestros espíritus, le conté todas las tristezas de mi vida, desde que nos habíamos separado; todas mis luchas y mi infortunio;

la brisa, gimiendo sobre nosotros, parecía traducir en un lenguaje misterioso y desconocido, mis pensamientos; nuestros cuerpos inclinados, a la orilla del sepulcro, estaban mudos, pero

¡ay! nuestras almas, ¡cuántas cosas se dijeron, lejos del mundo, al silencio medroso de las tumbas!... ¡qué de promesas para la eternidad!...

Pablo, vino a despertarme al fin, de aquel enajenamiento; entonces, volví a ponerme de rodillas, después de haber estre- chado aquella cabeza querida, por última vez, sobre mi corazón;

tomé en mis manos, una de las hermosas trenzas de sus cabellos, y la corté por su nacimiento; ¿era aquello una profa- nación? no, era el reclamo de una herencia, que me pertenecía;

acerqué a mis labios, aquella reliquia querida, arrancada a la muerta, y, la guardé cerca a la cartera donde tenía su retrato; ¡ay! qué impresión me produjo la comparación de aquel cadáver casi descompuesto, con el retrato de aquella niña tímida y sonriente;

¡sangrientos sarcasmos del destino!

oculté tembloroso aquella imagen que me despertaba tantos recuerdos, y tomando en una de mis manos, su pálida cabeza, coloqué en ella la corona de rosas blancas, y de violetas, con que quería adornar sus sienes; y la volví a colocar entre el féretro; arrebaté a sus manos, el ramo de violetas que llevaba, y lo guardé al lado de su cabello; no llevaba la cruz en las manos, como la generalidad de los muertos, porque la había llevado sobre los hombros;

cogí una de sus manos en las mías, y la estuve mirando largo rato, con toda la ternura de mi alma; era ya tiempo, los sepultureros habían llegado; me incliné por última vez sobre ella, y le di el postrer y purísimo beso de mi alma; beso que, dado en los labios de una muerta, debió de repercutir en los de un ángel;

cuando levanté la frente, todos lloraban;

fui arrancado por Pablo, del lado del cadáver, y, recostado en el tronco de un árbol, seguí con ojos de idiota, a los enterradores; cuando  extendieron el  paño,  y  ocultaron su  rostro,  com- prendí que el sol de la ventura se había ocultado para mí; cada martillazo que daban para clavar el ataúd, resonaba en el fondo del alma, y se repercutía en mi corazón;

cuando arrojaron el féretro a la sepultura, quise arrojarme también, y Pablo, me cogió de un brazo; ¡entonces me senté sobre una piedra que había allí, oculté el rostro entre mis manos, y lloré la ruina de mis ilusiones!... poco tiempo después, todo había concluido... una cruz de madera, señalaba el lugar donde debía levantarse el mausoleo; caí sobre aquella tierra removida, que guardaba mi felicidad, y la empapé con mi llanto; me abracé a la tosca cruz, y le pedí un consuelo en mi dolor;

gruesas gotas de agua empezaban a caer; el cielo estaba obscuro; la luna, que había pugnado por asomar, entre los nu- barrones que la eclipsaban, se había ocultado; así, en las sombras de mi vida, la tranquilidad no había podido asomar en los negros horizontes de mi desgracia;

¡ay! la noche, a pesar de su obscuridad, tiene sus astros que le prestan luz, y la esperanza, astro benéfico que ha puesto Dios en las eternas noches del dolor, no ha vertido su rayo, en las horribles sombras de mi alma.

Pablo me arrancó de allí;

era preciso alejarnos: la lluvia arreciaba por momentos, y la brisa empezaba a gemir fuertemente, entre los cipreses y álamos del cementerio; comencé a alejarme, pugnando a volver a cada pase; al dar la vuelta a una de las calles de árboles, que debía ocultarme su sepulcro, torné a mirar: ¡ay! allí quedaba ella para siempre abandonada; la soledad de la tumba la rodeaba; me parecía que sacaba las manos de entre la tierra para llamarme,.suplicándome que no la dejase sola entre los muertos- quise volverme, pero Pablo, me arrastraba a mi pesar; entonces me acordé de la despedida de Chactas sobre el sepulcro de Átala;

¡ella también, como aquella virgen, quedaba abandonada hasta de mí, que la había amado tanto!...

al fin salimos; cuando sentí que la puerta del cementerio se cerraba tras de mí, comprendí que había dejado el corazón adentro;

entré en el coche, y partimos;

la noche era horrible, la lluvia se había hecho torrencial, los truenos se sucedían unos a otros, el viento azotaba los cristales del carruaje, la brisa se había tornado en vendaval, y el cielo no tenía una estrella; era la naturaleza que me ayudaba a llorar.

 *       *

Al entrar en el salón de casa, la familia me esperaba en él, con impaciencia; al verme entrar, mi madre me salió al en- cuentro, y, al notarme tan turbado, exclamó:

—¿Qué ha sido, mi hijo?

—Aura ha muerto —dije, dejándome caer sobre un sillón;

mi madre, bajó la cabeza, mis hermanas, se cubrieron el ros- tro con las manos, y principiaron a llorar; mi madre, se acercó a mí, y abrazándome me dijo:

—Pobre hijo mío, todo ha acabado para ti.

—No todo, pues me quedas tú, madre mía;

después, lloramos juntos aquella muerta, que viva nos había hecho llorar tanto;

ellas, le guardaron luto por seis meses;

¡el luto de mi alma, ha sido eterno!...

muchas veces he ido después a visitar su tumba; es un cuadrilátero encerrado en una verja de hierro, y dominado por una cruz de mármol blanco, en la cual se lee: Aura. — No tiene más inscripción, pero está tapizado de violetas;

allí he leído, al declinar de las tardes, el pequeño manuscrito de su vida, que me dejó, como un recuerdo, y me parece tenerla al lado, con la barba apoyada en la palma de la mano, como solía hacerlo,  cuando  niños,  leíamos  en  la  sombra  de  nuestros bosques; y me parece sentir el rayo de su mirada, y el perfume embalsamado de su aliento;

¡ay! yo esperaba morir tranquilo, dormir al lado de Aura, y que la piedad de mi madre, tapizara mi fosa de violetas; pero ausente de ella, desterrado y solo, mi tumba, como la del marino arrojado a la orilla, después de la tormenta, tendrá por lecho la desierta playa, y por bóveda el ancho pabellón del firmamento;

lejos, de cuantos me aman, nadie al caer de la tarde, irá a visitarme  en  mi  sepulcro;  nadie  dirá  entre  sollozos:  «¡aquí yace!»; la arena que me cubra no será empapada por una lágrima afectuosa; las coronas que ofrecen a los muertos, los que aman su memoria, no se verán jamás sobre mi lápida; y la tumba olvidada del poeta peregrino, no se verá jamás como la tumba idolatrada de Aura,  embalsamada por  el  suave  ambiente, que  despiden sobre ella las violetas.

 

 

*        *

 

Así, termina la relación, que en el seno de la intimidad, depositó nuestro amigo, y la cual, aunque palidecida y trunca, hemos tratado de reproducir en estas páginas; ¡pobre amigo! ¡sus tristes presentimientos se cumplieron! el destino, que lo persiguió toda su vida, lo arrojó a morir en las playas desiertas, de un río casi ignorado; ¡no le fue dado, como lo deseaba, dormir el sueño eterno al lado de Aura! ¡su madre no visitó su tumba, sus hermanas no tejieron coronas para él! una cruz de madera señala el lugar en donde duerme; zarzas espinosas, rodean en vez de flores, su sepulcro, y la soledad que ya reinaba en su alma, reina hoy sombría, en torno de su fosa...

la historia de su dolor, mal escrita, por la mano de la amistad, es cuanto queda de él...

 

FIN DE "AURA O LAS VIOLETAS"

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