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Libro No. 456. La Teoría Marxista hoy. Problemas y Perspectivas. Boron, Atilio; Amadeo, Javier;  González, Sabrina [compiladores]

Libro No. 456. La Teoría Marxista hoy. Problemas y Perspectivas. Boron, Atilio; Amadeo, Javier; González, Sabrina [compiladores]

 


© Libro No. 456. La Teoría Marxista hoy. Problemas y Perspectivas. Boron, Atilio; Amadeo, Javier;  González, Sabrina [compiladores].  Colección E. O. Julio 27 de 2013.

 

Título original: © La Teoría Marxista hoy. Problemas y Perspectivas. Atilio A. Boron Javier Amadeo Sabrina González [compiladores]. ISBN 987-1183-52-6. Buenos Aires: CLACSO, agosto 2006. (23 x 16 cm) 512 páginas

 

Versión Original: ©  La Teoría Marxista hoy. Problemas y Perspectivas. Atilio A. Boron Javier Amadeo Sabrina González [compiladores]

 

Licencia Creative Commons:

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

La teoría marxista hoy

Problemas y perspectivas

 

 

 

Atilio A. Boron Javier Amadeo Sabrina González

[compiladores]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Colección  Campus   Virtual es el resultado  de una iniciativa dirigida a la formación a distancia y a la promoción y difusión de los programas y proyectos académicos regionales e internacionales que CLACSO impulsa  a través de su plataforma virtual.

 

Este libro presenta una versión reformulada de las clases del curso de formación a distancia sobre La teoría marxista hoy. Problemas y perspectivas, que se desarrolló gracias al patrocinio de la Agencia Sueca de Desarrollo Internacional (ASDI).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Otros descriptores asignados  por la Biblioteca Virtual de CLACSO: Teoría Marxista / Karl Marx / Teoría Política / Filosofía Política / Historia Social / Eurocentrismo / Colonialismo / Estado / Democracia / Imperialismo Colección Campus Virtual

 

La teoría marxista hoy

 

Problemas y perspectivas

 

http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/campus/marxis/Boronetal.jpg

Atilio A. Boron Javier Amadeo Sabrina González [compiladores]

 

 

 

 

Elmar Altvater

Javier Amadeo Perry Anderson

John Bellamy Foster

Daniel Bensaïd

Atilio A. Boron 

Alex Callinicos Marilena Chaui Terry Eagleton

Francisco Fernández Buey

Sabrina González

 

Pablo González Casanova

Eduardo Grüner

Frigga Haug

Franz Hinkelammert

 François Houtart

Edgardo Lander

Michael Löwy

Ellen Meiksins Wood

María Rosa Palazón Mayoral

Adolfo Sánchez Vázquez

 

Editor Responsable Atilio A. Boron, Secretario  Ejecutivo de CLACSO

 

Colección  Campus Virtual de CLACSO

Directora de la colección Gabriela Amenta, Coordinadora del Campus Virtual

Asistentes María Inés Gómez - Cristina Iriarte - Alejandro Gambina

 

Área de Difusión y Producción Editorial de CLACSO Coordinador  Jorge Fraga

Edición

Responsable: Florencia Enghel  |  Equipo:  Ivana Brighenti - Mariana Enghel - María Espósito

Diseño editorial

Responsable: Miguel A. Santángelo   |  Equipo:  Marcelo Giardino - Mariano Valerio

Divulgación editorial

Responsable: Marcelo F. Rodriguez  |  Equipo:  Sebastián Amenta - Daniel Aranda - Carlos Ludueña

 

Revisora Técnica de Textos  Sabrina González

 

Arte de tapa Ilustración: Mariano Valerio / Diseño: Miguel A. Santángelo

 

Impresión Cromosete Gráfica e Editora Ltda

 

Primera edición La teoría marxista hoy. Problemas y perspectivas. (Buenos Aires: CLACSO, agosto  de 2006)

 

[ISBN-10]  987-1183-52-6    |   [ISBN-13]   978-987-1183-52-4

© Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales

Queda hecho el depósito  que establece la Ley 11.723.

 

CLACSO

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Campus Virtual de CLACSO  

 

Patrocinado por la Agencia Sueca de Desarrollo Internacional

 

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su almacenamiento en un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier

medio electrónico, mecánico, fotocopia u otros métodos, sin el permiso previo del editor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La responsabilidad por las opiniones expresadas en los libros, artículos, estudios y otras colaboraciones incumbe exclusivamente a los autores firmantes, y su publicación no necesariamente  refleja los puntos de vista de la Secretaría Ejecutiva de CLACSO.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice

Agradecimientos

 

Sabrina González       

Introducción: crónicas marxianas de una muerte anunciada      

 

Atilio A. Boron

Clase inaugural: por el necesario (y demorado) retorno al marxismo 

 

Javier Amadeo

Mapeando el marxismo    

 

Parte Uno

Sobre la teoría y su relación con la praxis

 

Eduardo Grüner

Lecturas culpables. Marx(ismos) y la praxis del conocimiento   

 

Marilena Chaui

La historia en el pensamiento de Marx       

 

Atilio A. Boron

Teoría política marxista o teoría marxista de la política      

 

Francisco Fernández Buey

Marx y los marxismos. Una reflexión para el siglo XXI        

 

Edgardo Lander

Marxismo, eurocentrismo y colonialismo        

 

Parte Dos

Actualidad y renovación de los temas clásicos

 

Daniel Bensaïd

Una mirada a la historia y la lucha de clases     

 

Alex Callinicos

Igualdad y capitalismo      

 

Michael Löwy

Marxismo y religión: ¿opio del pueblo?    

 

Adolfo Sánchez Vázquez

Ética y marxismo      

 

María Rosa Palazón Mayoral

La filosofía de la praxis según Adolfo Sánchez Vázquez    

 

Parte Tres

Nuevos temas de reflexión en el capitalismo contemporáneo

 

Frigga Haug

Hacia una teoría de las relaciones de género     

 

Elmar Altvater

¿Existe un marxismo ecológico?      

 

Franz Hinkelammert

La globalidad de la tierra y la estrategia de globalización  

 

Perry Anderson

Las ideas y la acción política en el cambio histórico 

 

Parte Cuatro

Democracia e imperialismo en tiempos de globalización

 

Ellen Meiksins Wood

Estado, democracia y globalización 

 

Pablo González Casanova

Colonialismo interno [una redefinición]     

 

François Houtart

Los movimientos sociales y la construcción de un nuevo sujeto histórico

 

John Bellamy Foster

El redescubrimiento del imperialismo        

 

Terry Eagleton

¿Un futuro para el socialismo?

 

Atilio A. Boron

Clase de cierre: la cuestión del imperialismo     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Agradecimientos

 

 

ESTE NUEVO  VOLUMEN que  se suma a la Colección del Campus Vir- tual  de CLACSO es el resultado de un  esfuerzo institucional dirigido a construir un ámbito de formación interdisciplinaria que,  nutrido en las distintas variantes del pensamiento crítico, facilite el siempre inacaba- do proceso formativo de los investigadores sociales. Con esta  iniciativa se pretende asimismo potenciar la divulgación de la mejor producción de las ciencias sociales de este continente –el más  desigual e injusto del planeta, como es sabido– entre la dirigencia y militancia de organiza- ciones sociales empeñadas en la construcción de un  mundo mejor y en el público general interesado en estas materias.

El curso “La teoría marxista hoy.  Problemas y perspectivas”, im- partido durante el 2003,  contó con  el invalorable aporte de profesores de la talla de Tariq Ali, Elmar Altvater, Perry Anderson, Daniel Bensaïd, Alex Callinicos, Terry Eagleton, Francisco Fernández Buey,  Pablo Gon- zález  Casanova, Eduardo  Grüner, Frigga Haug, Edgardo Lander, Mi- chael Löwy, Ellen  Meiksins Wood, Manuel Monereo, Emir Sader, Adol- fo  Sánchez Vásquez y Hugo Zemelman. El  año  2004  nos  sorprendió con  el inesperado desafío de tener que  ofrecer nuevamente este  curso, cediendo a la presión de una nómina creciente de potenciales estudian- tes  que,  no  habiendo podido ser  admitidos en  su  primera versión, in- sistían en  contar con  esta  experiencia en  su  haber formativo. En  esta segunda oportunidad, se nos  sumaron nuevos destacados intelectuales como profesores: Marilena Chaui, Francisco de Oliveira, John Bellamy Foster, Franz Hinkelammert, François Houtart, María Rosa  Palazón Mayoral y Gabriel Vargas Lozano. No hallamos palabras lo suficiente- mente expresivas para agradecer a todos y cada uno  de ellos el tiempo y la entrega brindada a esta  iniciativa a lo largo de esos  dos años.

La publicación que  el lector tiene ante sus  ojos  reúne las clases, pero no sólo eso, que nuestros invitados dictaron en el curso. Decíamos que  no  sólo  eso  porque una buena clase  dictada en el Campus Virtual no  necesariamente se  traduce en  un  buen artículo. Por  lo tanto, nos vimos  en  la necesidad de solicitarle a nuestro cuerpo de profesores la renovación del compromiso asumido al exigirle un  esfuerzo adicional: transformar sus  clases en ponencias, revisando sus  contribuciones ori- ginales, agregando la bibliografía pertinente y, en muchos casos, intro- duciendo cambios importantes en el estilo discursivo. Complicaciones de agenda y sobrecarga de trabajo impidieron, en unos muy  pocos ca- sos, cumplir con estas nuevas exigencias. De todos modos, a todos quie- nes compartieron esta  iniciativa queremos expresarles nuestra gratitud por  su inestimable colaboración, se concretara esta  o no en la inclusión de su artículo en el marco de esta  compilación.

Con  este libro, de  autoría colectiva, pretendemos trascender el espacio de las aulas virtuales para llegar a un  público mucho más  am- plio.  Nos mueve el deseo de revitalizar y enriquecer el debate en torno del  marxismo como imprescindible corpus teórico de nuestro tiempo y como no  menos indispensable “guía  para la  acción”, como filoso- fía práctica que  nos  permite no sólo  entender el mundo, sino  también cambiarlo.

Mi deuda personal como compilador de esta notable obra colecti- va, en donde se reúnen las contribuciones de algunas de las más  fecun- das mentes del marxismo contemporáneo, no se agota en lo mucho que les debo a quienes aceptaron con  entusiasmo el desafío de reinstalar la discusión teórica marxista en el campo de las ciencias sociales. Por  eso quiero manifestar un  muy  especial reconocimiento al formidable equi- po de trabajo de la Secretaría Ejecutiva de CLACSO, que contribuyó de- cisivamente a posibilitar el dictado de este  curso, enfrentando con  en- tusiasmo la ardua labor académica y la interminable gestión adminis- trativa requerida. En primer lugar, deseo agradecer muy  especialmente a Gabriela Amenta, Coordinadora del Campus Virtual. Sin  su eficiente labor y sin su total identificación con  este  proyecto, esta  actividad aca- démica no hubiera llegado a buen puerto. A ella, pues, mi más  sincero y profundo agradecimiento. Hago extensiva mi gratitud a los tutores del curso, Javier Amadeo y Sabrina González, sobre cuyas espaldas recayó una fenomenal sobrecarga de trabajo tanto durante los dos años en los cuales se impartieron las  clases –en  las  complicadas tareas de coordi- nación con,  y asistencia a, los profesores invitados, y en  la atención  y seguimiento de los alumnos– como en la labor, aparentemente digna de Sísifo, de compilar los trabajos reunidos en este  libro y, además, escri- bir  sus  propias contribuciones. Su  entusiasmo y la generosidad de  su entrega, unidos a su inquebrantable voluntad de no cejar en su empeño por ver esta  obra publicada, resultaron por momentos conmovedores, y me convencieron de que  debíamos seguir adelante cuando mis  fuerzas desfallecían y mi  paciencia había aparentemente  llegado a  un  límite infranqueable. Por  ello, pocas palabras podrían expresar cabalmente la magnitud de mi deuda para con  ellos.

Una  especial mención también merece María Inés  Gómez, cuya paciente y valiosa labor en todo el proceso de inscripción del alumnado y la gestión cotidiana de las actividades en las aulas virtuales fue de vital importancia a lo largo de los dos años. No está  de más  agregar que toda esta  tarea la realizó sin que,  pese  a circunstancias a veces muy  desfavo- rables, nada lograra modificar su agudo sentido del humor, un bálsamo para todos los involucrados en este  proyecto. Tampoco quiero dejar de agradecer la colaboración de Alejandro Gambina, Eloísa dos  Santos  y Carlos Ludueña, que  hicieron posible la pronta y eficaz  digitalización de los materiales bibliográficos imprescindibles para la realización del curso. Es  un  acto  elemental de justicia manifestar asimismo mi  agra- decimiento al trabajo realizado por  Jorge Fraga, Coordinador del Área de Difusión de CLACSO, y su equipo. Agradezco a Miguel Santángelo, Lorena Taibo y Marcelo Giardino, a quienes les cupo la responsabilidad de  diseñar y diagramar los  afiches y, en  una última etapa, diseñar y componer este  libro. Agradezco también la verdadera militancia en  el proyecto editorial de CLACSO de Marcelo Rodriguez, Daniel Aranda y Sebastián Amenta, quienes tienen a su cargo la divulgación, fundamen- tal para que  nuestros libros sean hoy  por  hoy  conocidos y accesibles a lo largo y a lo ancho de América Latina y el Caribe. Florencia Enghel, Ivana Brighenti y Mariana Enghel, por  su  parte, tuvieron a  cargo el dedicado y minucioso trabajo realizado en la edición, revisión y puesta a punto de los materiales que el lector tiene en sus manos, y lo hicieron con la seriedad y eficiencia a las que nos tienen acostumbrados. A ellas, muchas gracias.

Finalmente, esta  iniciativa no  hubiera sido  posible sin  el apoyo sostenido que la Agencia Sueca para el Desarrollo Internacional (ASDI) ha  brindado al  Campus Virtual de  CLACSO  desde 1998.  Por  la  con- fianza depositada en  las  iniciativas de  esta  institución, así  como por sus  aportes a la tarea llevada adelante desde esta  Secretaría Ejecutiva, quiero expresar en estas líneas mi gratitud más  sincera.

 

Atilio A. Boron

Secretario Ejecutivo

Buenos Aires, 1 de julio  de 2006

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sabrina González*

 

 

Crónicas marxianas

de una muerte anunciada

 

*  Licenciada en Ciencia Política, Universidad de Buenos Aires (UBA). Coordinadora tuto- rial  del curso a distancia “La teoría marxista hoy.  Problemas y perspectivas”. Asistente académica del Programa de Estudios de Posgrado de CLACSO. Docente de Teoría Polí- tica  y Social, Ciencia Política, UBA.

 

 

 

Rumors of my demise have been greatly exaggerated

Mark Twain

 

 

UNA LETANÍA: EL  ADIÓS  AL MARXISMO

 

Tal  vez  el persistir en  una convicción deba ser  considerado un  rasgo de carácter. De ser  este  el caso, nobleza obliga, debemos reconocer tal cualidad en  los  detractores de  Marx  –y, por  extensión, del  marxismo. Consecuentes, los  opositores del  pensador de  Tréveris han anunciado con  vehemencia y confirmado hasta el agotamiento su muerte y, junto con  él, la defunción de todo su legado doctrinario. No debe  restárseles mérito alguno en esto  que  a todas luces  se presenta como una empresa titánica: brindar el último y sentido responso a un  autor que  continúa asistiendo el trabajo de estudiantes e investigadores, que  pinta consig- nas por un mundo más  justo en las banderas y los carteles de militantes y activistas, que aparece como interlocutor en las polémicas discursivas así  como también en  las  miserias cotidianas de  los  hombres y muje- res concretos, no puede haber resultado una tarea sencilla. Hasta aquí, nuestro reconocimiento para con  ellos,  los adversarios.

Sin  embargo, también existe  otra posibilidad. Tal  vez  quienes adoptan la opción anterior sólo  estén incurriendo en el error de hacer del vicio  una virtud. Expresémoslo mejor del siguiente modo: la perse- verancia sería sólo  un  eufemismo para ocultar una profunda tozudez; la tarea ciclópea daría cuenta de una energía desmedida malgastada en un  trabajo absolutamente inútil; y, finalmente, la perdurabilidad en  el tiempo encubriría disputas no  saldadas y una enconada y encegueci- da  resistencia propia de quienes prefieren morir en la obstinación an- tes  que  aceptar algún viso de razón y veracidad en los argumentos del opositor. Marx  podría suscribir las palabras atribuidas a Mark Twain y sostener que  los rumores sobre su muerte han sido  exagerados. Ahora bien, tal  exageración no  ha  sido  ingenua ni  ociosa. Todo  lo contrario, quien se  pregunte cómo han logrado los  escritores del  obituario del marxismo persistir en  su  diagnóstico sin  llegar  a dudar de  su  propia cordura ante cada nuevo gesto  de elocuencia del presunto difunto, en- contrarán la respuesta en la crisis del propio capitalismo.

Cierto es que  no  hace demasiado tiempo atrás, tras la caída del muro de Berlín y la consecuente reunificación de las dos  Alemanias, la implosión de la Unión Soviética (URSS), el final  del Pacto de Varsovia y el conflicto bélico que balcanizara la antigua Yugoslavia, todo parecía indicar que  el pensamiento nacido de  la lúcida mente de  Marx  había quedado finalmente desacreditado. La contraofensiva del neoconser- vadurismo norteamericano y la ortodoxia neoliberal fue,  ciertamente, brutal. En  las  retinas de  la  humanidad, se  multiplicaron los  brindis, los  abrazos y los  golpes contra el monstruoso muro emblemático del estalinismo. Era  de esperar que,  conforme decreciera la euforia inicial, Marx  y su  legado pasaran a  formar parte del  baúl de  los  recuerdos. Inusitadamente, ocurrió precisamente lo opuesto. Marx  y su legado estaban definitivamente muertos y enterrados, y sin  embargo ambos continuaban siendo el principal y preferido blanco de ataque. ¿Por  qué resultaba necesario seguir horadando la piedra de su lápida? Porque el desasosiego, lejos  de  mermar, se incrementaba. El  sistema social que había resultado victorioso quedaba expuesto, ante la ausencia de quien fuera su principal oponente, en toda su obscena impudicia y miseria.

Al igual  que  en los escenarios de pugilismo, aquí también se ne- cesitaban al menos dos  contendientes que  midieran sus  fuerzas: de un lado,  la crisis del marxismo; en el sector opuesto, la crisis de la econo- mía  de mercado1. Entre ellos, la distancia entre teoría y práctica era utilizada en sentidos diametralmente opuestos. Mientras el arsenal teórico del marxismo supuestamente se agotó en lo real (¡lo que abre la pregun- ta respecto de si el socialismo real  era  realmente socialismo!), y en este sentido el colapso de los socialismos existentes fue identificado vis-à-vis con  la obsolescencia del materialismo histórico, el capitalismo justifica sus  insuficiencias concretas apostando al horizonte de  perfectibilidad al que apelan sus postulados teóricos aún no realizados. Siguiendo este criterio, el derrumbe del muro de Berlín trajo consigo el comienzo del fin del marxismo. Sin embargo, el desplome de las Torres Gemelas neo- yorquinas (11-S)  no sacudió un ápice las teorías del establishment: sólo mostró el abismo que  puede significar que  una parte del  planeta aún no emule los principios e intereses del bastión de la libre  empresa y la democracia liberal occidental.

1 Para una crítica sobre la concepción hipostasiada del  mercado recomendamos la obra clásica de Karl  Polanyi, La gran transformación. Crítica  del liberalismo económico (1992). En este libro, el reconocido antropólogo identifica las cuatro instituciones sobre las cuales reposaba el  capitalismo decimonónico: el  balance de  poder; el  patrón oro;  el  mercado autorregulado, y el estado liberal. Polanyi asegura que  una estructura capaz de organizar

 

El capitalismo no  puede darse el lujo  de dar  por  saldada la dis- puta con  el marxismo. Siempre es preferible ocuparse de la inminente derrota del oponente que dar  cuenta de la propia podredumbre interna. No se trata de proclamar el inminente colapso del capitalismo, pero sí de comprender que  los tiempos por  venir  son  aciagos. Independiente- mente de si uno  acepta o rechaza las ideas de Marx  –y si se quiere las lecturas que él ha inspirado– un conocimiento riguroso de sus teorías es condición necesaria, aunque no suficiente, para quien desee compren- der  los  acontecimientos fundamentales desde el siglo  XIX  a nuestros días.  Las crónicas marxianas compiladas en esta  publicación ofrecerán al lector sobradas razones para encarar con  renovado brío  la consecu- ción  de uno  de los proyectos marxistas por  antonomasia: la crítica del capitalismo (Meiksins Wood, 2000: 5).

Desde  la  primera de  las  propuestas, este espíritu crítico se  irá nutriendo de diversas perspectivas y miradas. En  su clase  inaugural ti- tulada “Por el necesario (y demorado) retorno al marxismo”,  Atilio A. Boron, profesor titular del  curso “La teoría marxista hoy.  Problemas  y perspectivas”, nos  propone reflexionar sobre las  razones del  regreso al pensamiento de  Karl Marx. Un  regreso que  efectivamente supone un alejamiento, sino  de todos, al menos de algunos intelectuales reconoci- dos, respecto de las tesis y líneas argumentales clásicas de esta tradición de  pensamiento crítico. ¿Por qué  el abandono del  marxismo? ¿A qué marxismo se regresa luego  de años de ausencia? Las  respuestas provi- sorias que  ofrece el autor van  abriendo distintas puertas de un  debate que  promete ser controvertido y álgido, nunca tedioso y mucho menos monótono. Su convicción es asertiva e inconmovible: tiene sentido, hoy más  que  nunca, remitirse a un  pensamiento como el marxista en busca toda la vida  económica sin ayuda o interferencia externa como la que  supone el concepto de mercado autorregulado jamás se concretó en la realidad.

 

de respuestas para el siglo XXI. Seguidamente, en “Mapeando el marxis- mo”,  Javier Amadeo, investigador de la Universidad de São  Paulo (USP, Brasil) y co-coordinador tutorial de  este curso, ofrece el  racconto de una trayectoria cuyos hitos y personalidades trascendieron las fronteras europeas primigenias con  la rapidez y la vivacidad con  que  se aviva  la llama cuando recibe una buena bocanada de oxígeno. En  sus  páginas, confluyen nombres de hombres y mujeres que  fueron hechos por y a su vez contribuyeron a hacer la historia. Todos ellos  partícipes de un  mar- xismo que supo de tiempos de victorias y derrotas, un pensamiento vivo y tenazmente refractario a ser clasificado monolíticamente, una corrien- te a la que no le serán ajenas tampoco las mortales inquinas.

 

SOBRE LA TEORÍA  Y SU RELACIÓN CON LA PRAXIS

Sustraerse a  la  idealización del  saber científico como conocimiento técnico, experto y exclusivo de  un  grupo de  sabios ha  sido  desde los orígenes del pensamiento filosófico una empresa extremadamente com- pleja2. En  este  sentido, suele  invocarse la palabra ciencia  toda vez que se quiere ser  persuasivo en  la defensa de  una argumentación y, espe- cialmente, no dar  lugar a objeciones. Decir  de un  conocimiento que  es científico es dar  por  sentado su carácter objetivo y verdadero principal- mente porque respeta dos dimensiones clave en su proceso productivo: la  distancia entre el sujeto y el objeto de  estudio –central particular- mente para los debates en torno de la neutralidad valorativa3–, y la pro- ducción de  conocimiento empírico objetivo falseable y ahistórico. No es este el lugar para discutir el papel decisivo que desempeña la ciencia en el ciclo  productivo (y reproductivo) del accionar humano individual y/o colectivo, y su legitimación en las sociedades contemporáneas (Kli- mosvsky, 1995).  En  cambio, es este  el espacio para reunir una serie  de argumentos epistémico-metodológicos marxistas que  buscan cuestio- nar  específicamente el cientificismo positivista. La  interpretación que media todo acercamiento a la realidad, la naturalización de  las  cons- trucciones hechas por  la razón humana y, finalmente, la fragmentación y colonización del saber científico recibirán su debida atención en los artículos que  se presentan en la primera parte de esta  obra.

 

2 Por  sólo  tomar un  ejemplo, Platón criticará la democracia ateniense por  ser un  régimen compuesto por  hombres que  practicaban  diversos oficios sin  que  este  hecho fuera óbice para su participación política en el marco de la comunidad cívica  que los contenía (Platón,

2000a). Su república ideal  consagrará la figura del rey-filósofo como aquella que detenta la sabiduría experta requerida por  el arte del buen gobierno (Platón 2000b).

3 Con  relación a la adscripción a principios y valores, ha  resultado un  lugar común, por cierto poco  feliz, acusar de amoral a Karl  Marx  y, seguidamente, calificar como fiel adepto a la neutralidad valorativa a Max  Weber. A quien desee valorar en su justa medida a am- bos  pensadores clásicos, lo invitamos a leer  con  detenimiento el lúcido artículo de Adolfo Sánchez Vázquez sobre ética y marxismo que  se incluye en este  volumen, así  como tam- bién  “La  dimensión política de  la  formulación weberiana sobre la  acción: contingencia y racionalidad en la modernidad” de Bettina Levy. En  este  artículo, Levy (2005)  revisa la interpretación que presenta a Max Weber como un exponente paradigmático del academi- cismo despolitizado y no  valorativo. En  contraposición a esta  lectura, la autora propone acudir, en  primer lugar, a  los  principales argumentos weberianos sobre la  labor de  las ciencias sociales y los alcances prácticos de las mismas, para luego  recuperar la indeter- minación de la realidad social y el carácter contingente de la conducta significativa que  el propio Weber trabaja en sus  escritos. El análisis de Levy es agudo y preciso a la hora de reformular aspectos sustantivos de la concepción weberiana de la política relacionada con las acciones de los actores sociales dirigidas a intervenir en el mundo y transformarlo en procura de órdenes más  justos.

 

En  correlato con  lo  anterior, Eduardo Grüner, profesor de  la Universidad de Buenos Aires,  nos  propone, en “Lecturas culpables. Marx(ismos) y la praxis del conocimiento”, trabajar la problemática de la interpretación en el marco de una teoría del conocimiento. “No hay lectura inocente” –afirma Grüner– ya que “toda forma de conocimiento de lo real está indefectiblemente situada”. La separación epistemológica entre el sujeto cognoscente y el objeto conocido se muestra como cons- trucción socio-históricamente situada y, en  este  sentido, producto de una concepción del conocimiento cuya  división del trabajo intelectual está  fundada en la dominación sobre la naturaleza y las clases subalter- nas.  Los hallazgos del psicoanálisis, la lingüística y la hermenéutica del siglo  XX parecían pincelar un  panorama desolador irreversiblemente arrasado por  el triunfo del relativismo, el particularismo y el subjetivis- mo radicalizado. Si el posicionamiento de clase,  la perspectiva político- ideológica, los intereses materiales y los condicionamientos culturales del  sujeto que  estudia condicionan todo conocimiento, ¿significa esto que  no  puede haber conocimiento científico objetivo con  pretensión universalista? Grüner rescata la celebre Tesis XI sobre Feuerbach de las garras del anti-intelectualismo y el voluntarismo estrecho para inscribir al  intelectual crítico en  su  labor deconstructiva. Reconocer que  toda lectura sobre la realidad esta  situada no  es lo mismo que  afirmar que toda lectura es igualmente válida y posible.

En  el siguiente artículo titulado “La historia en  el pensamiento de Marx”,  Marilena Chaui, catedrática de la Universidad de São  Paulo, parte del  concepto de  modo de  producción para desarrollar la distin- ción  entre formas precapitalistas y capitalistas según las relaciones di- ferenciales entre naturaleza e historia que  subyacen en  cada caso. La forma capitalista es la única en  la que  no  queda residuo alguno de  lo natural, explica Chaui, y en  consecuencia la  ideología propia de  este modo de producción detenta una potencia singular e inédita en tanto su función es nada menos que  naturalizar aquello que  es histórico. ¿Y por qué es necesario garantizar que los sujetos se representen algo histórico como natural? La respuesta es sencilla. Porque un modo de producción en el que  todo es histórico entrega a la razón humana y a los aconteci- mientos y factores circunstanciales un  poder sin  precedentes, al límite de depositar en sus manos la posibilidad de cambiar la particular forma de  historicidad vigente. Razón esta  última más  que  contundente para asegurar a la humanidad en su conjunto que  el capitalismo es la meta de  llegada y no  el punto de  partida. Ironías de  la historia, el fin  de  la historia4 es insostenible sin un regreso a la prehistoria del capital, natu- ralizando el camino elaborado por  la razón hasta este preciso tramo de la historia en el que  el capitalismo es no sólo correcto y necesario, sino principalmente racional e inmutable.

El próximo escrito ya desde su título convoca a la polémica. “Teo- ría  política marxista o teoría marxista de  la política” es la disyuntiva de  la que  parte Atilio  A. Boron para examinar la aparente  negación y el poco  sofisticado desarrollo que  los  análisis políticos parecen haber concitado en Marx.  El Marx  economista o el sociólogo, incluso el his- toriador, no  suelen ser  objetados. Sin  embargo –y esto  probablemente fundado en la “leyenda de los dos Marx”  popularizada a partir de la te- sis althusseriana–, cuando del Marx filosófico-político se trata, las voces no suelen ser alentadoras. Boron recupera las pioneras investigaciones filosófico-políticas de Marx para orientar el eje de la disputa hacia la rei- ficación y fragmentación del saber. Si existe  una empresa quimérica en este  derrotero, es aquella que  se propone encontrar una teoría política marxista. Boron explica esta  ausencia a partir de la coherencia deriva- da  de  la misma aplicación de  las  premisas epistemológicas fundantes del materialismo histórico. En el marxismo encontraremos una “teoría marxista” que  reflexiona sobre la totalidad de los aspectos que  consti- tuyen la  vida  social, superando la  compartimentalización  –“política”, “economía”, “sociología”– característica de la cosmovisión burguesa.

¿Debe  la ciencia olvidar a sus padres fundadores o, por el contra- rio,  debe  rendirles culto eterno y acrítico? En  “Marx  y los marxismos. Una reflexión para el siglo XXI”, Francisco Fernández Buey, profesor de la Universidad Pompeu Fabra de  Barcelona, responde negativamente a  ambas opciones. Fernández Buey  considera que  Marx  es  un  autor cuya  obra ha envejecido con  altura y dignidad, cualidad que  lo hace un clásico con todas la letras y no pocos honores. En este sentido, defender la centralidad de este clásico implica considerar la relación inextricable entre los intereses teóricos de nuestros coetáneos y las investigaciones tendientes a recuperar el significado de los textos históricos (Alexander,

1990:  66).  La  propuesta de  Fernández Buey  requiere en  primerísimo lugar una lectura de Marx  despojada de los ismos. Podemos anticipar brevemente la intención que impulsa a esta  propuesta. Se trata de ir re- construyendo al Marx  que  fue capaz de dudar de todo, que  no concibió en modo alguno un  comunismo nivelador de talentos y pobre en nece- sidades, que  despreció todo dogmatismo al punto de  afirmarse como “no marxista”, que nunca abandonó como principio la valoración de las luchas entre las  clases sociales. Indudablemente, concluye Fernández Buey,  para quienes siguen padeciendo –los esclavos, los proletarios, los humillados– “Marx  sigue  tan  vigente como Shakespeare para los aman- tes de la literatura”.

 

4 Frente a la simplificación nada pueril de Fukuyama, invitamos al lector a internarse en las páginas de El fin de las pequeñas historias de Eduardo Grüner (2002)  y Las ilusiones del posmodernismo de Terry  Eagleton (1998), dos  estudios críticos insoslayables sobre los es- tudios culturales, los análisis poscoloniales y las versiones posmodernas de la teoría social y política de nuestros tiempos.

 Como  cierre de esta  primera parte del libro, el texto  de Edgardo Lander, profesor de  la Universidad Central de  Venezuela, nos  permite incursionar en las tensiones y desafíos de una trilogía con  imbricacio- nes nada sencillas. En “Marxismo, eurocentrismo y colonialismo”, Lan- der  orienta su  crítica contra el  metarrelato colonial/eurocéntrico co- mún a las diferentes vertientes del pensamiento dogmático, que ha sido históricamente hegemónico sobre  y desde  América Latina. La  tensión entre fuentes teóricas propias o etnocéntricas, el lugar de la burguesía nacional en las lucha antiimperialistas, la invisibilización del “Otro” cultural, las pautas de modernización y desarrollo, la construcción del sujeto político y social de  cambio, el economicismo y el esencialismo son algunos de los temas más  controvertidos de los análisis respecto de las realidades latinoamericanas a los que alude Lander en este artículo. Efectivamente, el coctel es explosivo y, en conjunción con  los artículos precedentes, constituye una prueba inapelable de por  qué  es necesario concebir a  la  ciencia como una iniciativa “colectiva, interpretativa  y contextualizada” (Schuster, 1999).

 

ACTUALIDAD Y RENOVACIÓN DE  LOS  TEMAS CLÁSICOS

 

La  gran última narrativa de  la  historia es  aquella que  afirma que  el capitalismo ha llegado para quedarse. En  este  sentido, el valor  del ma- terialismo histórico radica en su aporte de claves  críticas tanto respecto de  la lógica  sistémica como de  la historicidad que  le es propia a este modo de producción (Meiksins Wood, 2000: 7). Es innegable que cierto marxismo acrítico sostuvo una concepción de la estructura económica tecnicista, cuyo  más  vergonsozo esquema resultó en  la polémica me- táfora de  la estructura y la superestructura. Fueron corrientes dentro del  mismo marxismo las  que  apostaron a una concepción mecanicis- ta  y unilineal de  la historia según la cual  las  sociedades pasaban por una serie  de  etapas civilizatorias preestablecidas. Finalmente, fueron los acólitos de este  marxismo quienes identificaron en los principios  y leyes  capitalistas el tamiz aplicable universalmente a toda formación social, prescindiendo  de  toda especificidad coyuntural. De  este  tipo de interpretaciones se puede aprender mucho; sus  argumentos son  un buen catálogo de  aquello que  no  debiéramos repetir: las  leyes  univer- sales  transhistóricas, el determinismo tecnológico y el voluntarismo di- vorciado de toda condición material de existencia. Como  no  podía ser de otro modo, los artículos que conforman esta  segunda parte aluden a estos  equívocos y buscan propuestas superadoras de los mismos.

El artículo que  abre la segunda parte de este  libro corresponde a Daniel Bensaïd, profesor de la Universidad de París VIII Saint Denis. En “Una mirada a la historia y la lucha de clases”, Bensaïd discute con el marxismo analítico en la figura de uno  de sus más  esclarecidos expo- nentes, Jon  Elster. Al igual  que  otros autores, Elster encuentra en Marx una actitud teleológica y una teoría de la Historia universal unilineal y ascendente que  Bensaïd nos  invita a superar. Es cierto que,  en tiempos de restauración, el mercado irradia toda su seducción mientras las lu- chas de clases se opacan en el devenir histórico. Sin  embargo, la histo- ria  no  puede ser  jugada cual  partida de suma cero,  y comete un  grave equívoco quien piensa que  a un viejo modelo lo sucederá como destino inexorable otro que  lo  supere positivamente. De  ahí  la  justeza de  la fórmula “socialismo o barbarie”. La  dialéctica de  los  posibles, según Bensaïd la entiende, es también acumulativa, lo que  lo mueve a pro- pugnar una doble renuncia a la ilusión, a saber: aquella que  sueña en retrospectiva y entiende que nada hubiera podido ser más  que lo que es; y también la que  imagina el cambio como producto gradual, y apuesta incesantemente a la reforma permanente. Ambas se conectan con  los dos  espectros que,  asegura Elster, atormentan a  la  revolución comu- nista. Se trata de los fantasmas de una revolución prematura o de una revolución conjurada. Sin  embargo, ¿será posible una revolución just in time? Tal y como puntualiza Bensaïd, la necesidad histórica enuncia lo que  debe  y puede ser, no lo que  será:  “actualizando una posibilidad, la revolución es, por  esencia, intempestiva y, en cierta medida, […] una imprudencia creadora”.

La lucha de clases y los humanos conflictos por la supervivencia adquieren otro matiz en “Igualdad y capitalismo” de Alex Callinicos, profesor en  King’s  College  de  Londres. Callinicos propone conectar al marxismo con  las teorías de la justicia del liberalismo igualitario5. Estas teorías se han desarrollado particularmente durante el último cuarto del siglo XX, tiempo durante el cual  han confluido con el crecimiento inexorable de la pobreza y la desigualdad a escala planetaria. La paradoja no deja  de ser notable. Sin  embargo, en palabras de Callinicos, la aparente contradicción en los términos que  supone la misma noción de liberalis- mo  igualitario no  impide reconocer la  “deficiente” respuesta contraria a la especulación filosófica abstracta que  existe en  la tradición marxis- ta. En  este sentido, el marxismo es desafiado a superar aquella convic- ción  que le hiciera creer que el estudio de temas normativos requiere del abandono de la teoría social explicativa y crítica (y viceversa). El legado igualitario que en sus aspiraciones instalaran las revoluciones burguesas triunfantes tiene por anclaje social la demanda vivencial de trabajadores, esclavos, mujeres, súbditos coloniales, negros, lesbianas, gays,  y tantos otros que desde entonces luchan con el fin de construir una sociedad más justa.

 

5 Recomendamos muy especialmente la lectura de “Principios de justicia en el pensamiento de Ernesto Che Guevara”, trabajo seminal de Fernando Lizárraga que  le valiera su docto- rado con  honores en  la Universidad de  Buenos Aires  (2004). En  este  escrito de  próxima publicación, Lizárraga, quien fuera alumno de este  curso a distancia, propone un  diálogo original y provocativo entre John Rawls  y el marxismo latinoamericano guevarista. La pre- ocupación por  los ribetes sustantivos del problema académico no ignora y mucho menos prescinde de los elementos que  hacen a la crudeza que  sobradamente vemos reflejada en las imágenes cotidianas de nuestras sociedades.

 

Callinicos sostiene que,  si bien  la temática de la igualdad es una preocupación que cobra vida en tiempos del capitalismo, en “tanto ideal solamente podrá realizarse más  allá de sus fronteras”.

En  “Marxismo y religión: ¿opio del  pueblo?”, Michael Löwy,  di- rector de investigación del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS,  Francia), retoma la tradicional creencia que  hace de la religión un  baluarte de la reacción y la quintaesencia de la alienación humana para inscribirla en  el capitalismo contemporáneo. En  su  escrito, Löwy presenta una profusa lista de  marxistas que  en  la  línea fundada por Marx y Engels dieron cuenta del  carácter dual del  fenómeno religio- so. Bajo  ciertas condiciones históricas, la religión puede de hecho jugar un  rol dominante en  la  vida  de  una sociedad, que  no  necesariamente se corresponde con  la oposición entre revolución y contrarrevolución, progreso e involución, dominados y opresores. Los aportes de Löwy per- miten evaluar dos  dimensiones sumamente caras a la sensibilidad lati- noamericana: por un lado,  los componentes protestantes y puritanos del culto al dinero, y su correlato con  la creciente ampliación de la brecha entre ricos y pobres; por otro, la inesperada irrupción de la teología de la liberación con  la consecuente afluencia de  creyentes y clérigos que apostaron sus vidas  y sus recursos materiales y espirituales por la causa de los que menos tienen en la lucha por una nueva y mejor sociedad.

Adolfo  Sánchez Vázquez, profesor emérito  de  la  Universidad Nacional Autónoma de  México, nos  propone reflexionar sobre el “in- moralismo” de  Marx.  El problema de  pensar una ética de  inspiración marxiana, como bien  señala el autor de “Ética y marxismo”, es la doble y asimétrica significación de dos  dimensiones inseparables de la cues- tión:  la explicativa y la normativa. A pesar de la asistematicidad de la obra marxiana al respecto, ningún marxista negaría que  Marx  concibe a la moral como objeto de conocimiento en el marco de su concepción de la historia y la sociedad. Su  aporte es prescriptivo en al menos tres planos significativos: la crítica del capitalismo, el proyecto de nueva so- ciedad y la práctica política revolucionaria, siendo este  último aspecto el que  presenta las aristas más  ríspidas. Si Marx  fuera sólo  y ante todo un  descubridor, y el marxismo sólo una ciencia, no habría razón de ser para una moral normativa. Ante un panorama tan  restrictivo, el desaso- siego  no tardaría en llegar. Sin embargo, por  fortuna, Sánchez Vázquez nos  ofrece un  Marx  diferente al  reivindicado por  los  pragmáticos,  el academicismo objetivista o el determinismo vulgar. Gracias a su pluma, el filósofo viste los ropajes de quien se atreve a la imbricada tarea de in- terpretar y transformar el mundo. Su conclusión es contundente. Claro que  hay  un  lugar para la moral en  el marxismo, pero siempre que  se tenga el valor  de encararlo como “filosofía de la praxis”, lo cual  implica el compromiso con  una crítica de lo existente, un  proyecto alternativo de emancipación, un conocimiento de la realidad y, fundamentalmente, con  una vocación práctica transformadora (Sánchez Vázquez, 2003).

En honor a su maestro, María Rosa  Palazón Mayoral, docente de la Universidad Nacional Autónoma de México, nos  invita a recorrer en su artículo algunas de las argumentaciones más  significativas del pen- sador hispano-mexicano sobre la praxis revolucionaria. En “La filosofía de la praxis según Adolfo  Sánchez Vázquez”, Palazón deshoja las tesis marxianas sobre Feuerbach con los lentes de su educador y, en el trans- curso de este  movimiento, irá  develando el corazón mismo de la con- vicción emancipadora que  subyace coincidentemente en  Marx  y Sán- chez  Vázquez. Evidentemente, sería completamente ingenuo creer que el cambio se logra sólo a fuerza de práctica: de ser así, sólo tendríamos que  ser obstinadamente constantes y repetir una y otra vez los mismos hechos, hasta que a la realidad le ganáramos por cansancio. Retomar el concepto de praxis remite a una crítica teórica que incluye fines  y tácti- cas. De esta  manera, la actividad práctica revela  las funciones mentales de síntesis y previsión que  la componen. El materialismo ingenuo y el idealismo solipsista han sido  desarmados. Si bien  los resultados de la praxis revolucionaria son  impredecibles, hombres y mujeres tienen en su poder la esperanza de luchar por  la llegada de lo deseable y posible. El mensaje con  que  concluye Palazón Mayoral la lectura marxiana de Sánchez Vázquez no es en absoluto desdeñable: en tiempos de nihilis- mos  “no se puede vivir sin  metas, sueños, ilusiones, ideales” (Sánchez Vázquez, 2003:  543-544). Sencillamente, la utopía está  de “regreso” en el sitial del  que  de  hecho nunca –no  importa cuán obstinadamente lo hayan afirmado sus detractores– se ha movido.

 

 

 

 

NUEVOS TEMAS DE  REFLEXIÓN EN  EL  CAPITALISMO CONTEMPORÁNEO

Mucho daño ha  hecho el pensamiento dogmático que  ha  convertido al marxismo en un  cuerpo teórico acabado y autosuficiente, con  respues- tas inequívocas para todo tiempo y lugar. Tal tipo  de actitud parece más propia de los libros de autoayuda que  de la tradición de pensamiento vivo que Marx  contribuyó a fundar. Las luchas en torno a las contradic- ciones de clase  no pueden ser adecuadamente comprendidas en su tra- yectoria y su  complejidad si se analizan divorciadas de los problemas de género y opción sexual, ecológico-medioambientales y nacionalistas–étnicos, raciales y religiosos–, que  marcan nuestros tiempos. No  se trata de hacerle decir a Marx  aquello que  no  podría haber pensado en su  contexto biográfico6. Se  trata de  dialogar con  él,  si  se  quiere con cierto dejo  de irreverencia7, para formularle preguntas que  cuestionen sus presupuestos y pongan en marcha los engranajes del espíritu crítico propio de su filosofía de la praxis.

En  correlato con  lo anterior, el primero de  los  artículos de  este tercer apartado se relaciona con  el flanco más  débil  del marxismo clá- sico:  la explotación de la mujer. En  “Hacia una teoría de las relaciones de  género”, Frigga Haug, profesora e investigadora en  el Institut für Kritische Theorie, Alemania, brinda una aguda crítica de la economía política marxista de los géneros. Partiendo de algunas observaciones de Marx  y Engels a las  que  considera sumamente “imprecisas”, propone una relectura sintomática deudora del  método althusseriano que  re- currirá también a sendas contribuciones de  Antonio Gramsci y Nicos Poulantzas para dar  debida cuenta de  la trascendencia y complejidad del tópico en cuestión. El problema detenta como uno  de sus  costados más  espinosos la dirección secuencial de las luchas emancipatorias que tradicionalmente privilegian la divisa libertaria de los trabajadores, re- signando la  liberación de  las  mujeres, en  el mejor de  los  casos, a un muy  secundario último puesto. Esta, según la perspectiva de Haug, es una secuela esperable propia de las posturas que  optan por  hacer caso omiso respecto de la fuerza de las relaciones de género en la determina- ción  de la forma específica de las relaciones sociales en su conjunto. La escritora concluye que  las relaciones de género son  relaciones de pro- ducción, y una cabal comprensión de este  hecho permitirá finalmente invalidar la tendencia convencional a pensarlas puramente como rela- ciones entre hombres y mujeres.

 

6 Sumamente interesante es el capítulo sobre el Manifiesto Comunista incluido en Tras el búho de Minerva. Mercado  contra  democracia en el capitalismo de fin  de siglo, de Atilio A. Boron (2000). Se trata de  una lectura contemporánea de  este  notable panfleto de  Marx, cuidadosa a la hora de no incurrir en afirmaciones anacrónicas y, al mismo tiempo, celosa en lo que  hace a rescatar y destacar las certeras advertencias que  en este  escrito se vierten de cara a este  nuevo siglo.

7 Bajo  el personaje ficcional de Annette Devereux, Sheila Rowbotham le escribe al autor del  Manifiesto Comunista haciendo gala  de  un  exquisito desparpajo. En  “Dear  Dr.  Marx: A Letter from a Socialist Feminist”, Rowbotham se dirige a su “Querido Dr. Marx”  en los siguientes términos: “Hubiera leído el artículo –en referencia al Manifiesto Comunista– que escribió con el Sr. Engels si no hubiera estado corriendo de las barricadas a las oficinas del Voix  des Femmes y de allí a la asociación de mujeres […] Pauline Roland, Desirée Véret, Suzanne Voilquin y Claire  Démar, por  sólo  mencionar unas pocas, nos  han mostrado que las  mujeres deben buscar por  sí mismas su  emancipación. De estas mujeres fuertes y de Flora Tristán, aprendimos que  la mujer que  no se pertenece a sí misma no se pertenece en lo absoluto. Sin  embargo, no  hemos olvidado que  nuestra causa estaba conectada con  la de la clase obrera. Me sorprende no encontrar mención en su Manifiesto de la propuesta de Flora Tristán y su señalamiento acerca de la imposibilidad de realizar la emancipación de los varones trabajadores mientras que  las mujeres permanezcan oprimidas en la familia” (Rowbotham, 1998).

 “¿Existe un  marxismo  ecológico?”, se  pregunta Elmar Altvater, catedrático de la Universidad Libre de Berlín. En  este artículo, Altvater busca mostrar cómo la singular concepción de  la naturaleza elaborada por Marx a partir de su crítica a la economía política permite una mejor comprensión de los problemas ecológicos actuales. La respuesta a su in- terrogante es, por lo tanto, afirmativa.  Altvater propone  una lectura que se  inicia en  un  Marx consecuente con  la  Ilustración y que  cree que  el hombre construye su  historia al transformar la sociedad, la naturaleza y a sí mismo. Sin  embargo, muy  pronto Marx irá perfilando una lectura mucho más  compleja. En  la observación de los ciclos  de crisis desde los años cincuenta del siglo XIX, tendrá oportunidad de verificar las primeras dificultades ecosociales que anuncian que la naturaleza tiene sus propios límites y que  sus  recursos finitos pondrán algún día  en jaque la produc- ción  capitalista tal como hoy la conocemos. El sistema energético fósil y la extrema desigualdad e injusticia imperantes en el sistema capitalista de principios del  siglo  XXI corroboran aquellos presagios. Contrariamente a las opiniones “calificadas” de ciertos ecologistas y algunos expertos del Banco Mundial que sólo identificaban en la pobreza la causa de los males ecoambientales, Altvater sostendrá que la colusión entre pobreza y rique- za es una de las principales causas de la destrucción ecológica.

También preocupado por los aspectos relativos a la implosión ecológica planetaria, Franz Hinkelammert, profesor del  Departamento Ecuménico de Investigaciones de San  José,  Costa Rica,  nos ofrece su ar- tículo “La globalidad de la tierra y la estrategia de globalización”. Según Hinkelammert, a la conquista imprudente y violatoria del  ecosistema, se le ha sumado como última gran cruzada la eliminación de toda resis- tencia humana al statu quo.  El mercado y la racionalidad científica me- dios-fines se sustentan en la invisibilización de los riesgos globales que ambos generan. Paradójicamente, se hace abstracción de la globalidad cada vez que se decide hacer todo aquello que se puede hacer: la energía nuclear, los avances en biogenética, la implosión de los sistemas hídri- cos y forestales, etc., penden sobre las conciencias de la humanidad. La conversación que  Hinkelammert reconstruye entre el científico inglés y el gran inquisidor español Torquemada es a todas luces  ilustrativa. ¿Es lícito torturar al hereje, a la naturaleza, a los hombres y mujeres que  se resisten? La respuesta es sí, cualquiera sea el caso,  si el tormento se jus- tifica en nombre de la eficacia. Sin  embargo, advierte Hinkelammert, la relación entre tortura, eficacia y límite de lo soportable está establecida, aunque sólo la conozcamos ex post, cuando todos los límites ya han sido traspasados definitivamente. Las  relaciones humanas han sido  convul- sionadas al extremo de eliminar toda neutralidad como opción posible. En  otras palabras, concluye el autor, “podemos escoger entre responsa- bilidad e irresponsabilidad, pero no podemos salirnos de la disyuntiva”.

El tema central de “Las ideas y la acción política en el cambio his- tórico” de Perry Anderson, de la Universidad de California, Los Ángeles, no podría ser más  apasionante. Contrariamente a aquello que  un  mate- rialismo ramplón y pedestre sostendría, las ideas y los valores se desplie- gan  en  la historia mostrando su  vivacidad e incidencia concreta en  los cambios sociohistóricos promovidos por los actores tanto de la izquierda como de la derecha. El itinerario propuesto por Anderson no  pretende ser enciclopedista ni anecdótico; en cambio, tiene una significación que se  proyecta a futuro. En  los  tres grandes casos de  impacto ideológico moderno analizados, la Ilustración, el marxismo y el neoliberalismo, el autor encuentra la repetición de un  mismo patrón. Los  tres fueron sis- temas de ideas con  un  alto grado de sofisticación, que  se desarrollaron inicialmente en  condiciones adversas y de  aislamiento, y lograron una fuerza arrolladora como ideologías al producirse el estallido de una cri- sis objetiva de significación radical. La izquierda debe  aprender de esta lección para enfrentar sin arrogancia pero con persistencia una ideología dominante que actualmente se sostiene sobre la autoafirmación del capi- talismo como única forma de organización de la vida moderna y sobre la anulación de la soberanía nacional en nombre de la defensa de los dere- chos  humanos universales (Anderson, 2004:  38). En  el artículo que  inte- gra este libro, Anderson advierte que se requiere de un espíritu diferente, que  sea capaz de pensar cáusticamente sin concesiones al conformismo ni a la devoción irreflexiva, porque “las ideas incapaces de conmocionar al mundo también son incapaces de sacudirlo”.

 

DEMOCRACIA E  IMPERIALISMO EN  TIEMPOS DE  GLOBALIZACIÓN

Hay quienes afirman sin asomo de duda que no existen alternativas que desafíen la hegemonía del capital (capitalismo) y el triunfo del gobierno del pueblo (democracia). Para ellos, el futuro que se avizora es una repe- tición del presente, aunque con  más  opciones en aras de un pluralismo bien entendido. Este  último es calificado como tal por  el poder hegemó- nico  de turno según este  se sienta más  o menos amenazado por  las di- versas y plurales demandas de sus gobernados. Quienes aún recuerdan los  logros de  la primavera keynesiana8  y un  capitalismo de  posguerra que prometía reconstruirse democrática e igualitariamente, corroboran a diario –no  sin  cierta cuota de melancolía y mucho desaliento– cómo seguimos alejándonos de la posibilidad de cumplir aquella vieja ilusión. Los escenarios de conflicto se multiplican en espacios locales, naciona- les, internacionales y regionales, transformando al mundo “literalmen- te” en  un  globo  a punto de  estallar. Los  diagnósticos que  se escuchan con  mayor fuerza y estridencia son  aquellos que  señalan como causa del problema a los excesos de las democracias.

 

8 Durante los  años dorados del  capitalismo, como los  denomina Eric  Hobsbawm en  su Historia del siglo XX, la existencia de un  Estado de Bienestar o planificador coincide con un  contexto de  generalización de  métodos de  trabajo como el taylorismo y el fordismo, que  conllevaron un  importante incremento de la productividad. Dicho  Estado de Bienes- tar  permitió la acumulación de capital y la conformación de una norma de consumo de masas. Y, a manos de  los  gobiernos socialdemócratas, cobró fuerza con  la instauración de una fórmula política de compromiso entre “el capital” y “el trabajo”, siendo la propia estructura estatal el principal ente  regulador del  conflicto. En  este  trabajo, Hobsbawm articula la  dimensión económico-tecnológica con  los  profundos cambios políticos y so- ciales  que  la sociedad de consumo de masas impuso no  sólo  en  los países avanzados de occidente en el marco del afianzamiento de la hegemonía política y económica de Estados Unidos, sino  también en los países tercermundistas crecientemente urbanizados. Los años setenta encontraron un mundo cualitativa y cuantitativamente distinto, habiendo mediado los cambios sociales referidos durante los años de bonanza. Revolución cultural y social mediante, las  postrimerías del  siglo  XX trajeron consigo un  creciente cuestionamiento  y reclamo frente a las formas del Estado intervencionista. Las nuevas generaciones enfren- tarán su primera experiencia traumática, y lo harán con  la intensidad de quienes han sido criados en un modelo societal de abundancia (Hobsbawm, 1995).

El diagnóstico precedente, como lo señala Ellen  Meiksins Wood, profesora de  la  Universidad de  York  (Toronto, Canadá), muestra una unión profundamente contra-intuitiva: la victoria del capital y el pueb- lo. En  su  artículo “Estado, democracia y globalización”, la autora nos invita a dudar sobre el carácter evidente, natural y ecuménico de este encuentro, arrojando luz  sobre los  artilugios utilizados por  el  nuevo imperialismo norteamericano. Objeto de sucesivas redefiniciones, que Meiksins Wood  recorre con  detalle, la democracia es camuflada para que el capitalismo pueda tolerarla. Al costado del camino fueron arroja- dos sus aspectos más  seductores: que los nacidos libres y pobres tengan injerencia efectiva en  las  relaciones de  poder político-económicas es cosa  del pasado. El pueblo es convocado a consumir, pero es reprimido cuando pretende subvertir. Periódicamente este arreglo marital de con- veniencia unilateral hace síntoma y, contrariamente a las opiniones que anunciaron la defunción del  Estado en  la era  global, el imperialismo y la presencia policíaca de  los  estados-nación con  su  correspondiente interdependencia asimétrica se hacen sentir en  la avanzada represiva contra los pueblos.

En “Colonialismo interno (una redefinición)”, Pablo González Ca- sanova, profesor de  la Universidad Nacional Autónoma de  México, da cuenta de esta categoría originalmente ligada a fenómenos de conquista, en que  las poblaciones de nativos no son  exterminadas y forman parte, primero, del Estado colonizador y, después, del Estado que adquiere una independencia formal o que  inicia un  proceso de liberación, de transi- ción  al socialismo o de recolonización y regreso al capitalismo neolibe- ral. En  primer lugar, hace falta precisar que  el colonialismo interno se da en el terreno económico, político, social y cultural. En segundo lugar, debe  el analista internarse en  los  derroteros de  la  evolución de  dicho colonialismo a lo largo de la fundación y consolidación del Estado-na- ción  y el capitalismo. Finalmente, es preciso establecer la existencia o ausencia de vínculos entre aquel y las alternativas emergentes, sistémi- cas y anti-sistémicas, en particular las que  conciernen a “la resistencia” y “la  construcción de  autonomías”  dentro del  Estado-nación, con  los movimientos y fuerzas nacionales e internacionales de la democracia, la liberación y el socialismo. Si, como afirmara Marx, “un país se enriquece a expensas de otro país”,  González Casanova intenta salvar la falencia propia de cierto marxismo en el que prevaleció el análisis de la domina- ción  y explotación de los trabajadores por la burguesía frente al análisis de la dominación y explotación de unos países por otros9, e incursionar en los terrenos que hacen la historia de esta categoría sensible y tan sig- nificativa para las luchas de los pueblos por su emancipación.

En  correlato con  este último aspecto, François Houtart, director del Centro Tricontinental de la Universidad de Lovaina-la-Nueva, Bélgica, optó por reflexionar sobre “Los movimientos sociales y la construcción de un nuevo sujeto histórico”. El crecimiento de los niveles de desigualdad y polarización social, la intensificación de la protesta social y su criminali- zación y represión dan  cuenta de los límites del capitalismo democrático. A las formas tradicionales –paros, huelgas de hambre, concentraciones– las protestas sociales incorporaron un repertorio de nuevas modalidades que  incluyen encuentros como los Foros Sociales Mundiales (que  recor- rieron varios continentes), marchas prolongadas, cacerolazos, piquetes y bloqueos de rutas. Houtart apuesta a estudiar críticamente el accionar de estos nuevos sujetos contestatarios y su impacto en los procesos colecti- vos. Su objeto es fijar las condiciones de posibilidad para la constitución de un nuevo sujeto social capaz de una crítica interna a los fines de institucionalizar los cambios deseados y asegurar una referencia permanente a los objetivos buscados. Esto requerirá de este sujeto histórico la capaci- dad  nada desdeñable de captar los desafíos de la globalización e integrar a las víctimas del neoliberalismo globalizado.

 

9 De Marx al marxismo en América latina,  de Adolfo Sánchez Vázquez, y Marx en su (Tercer) Mundo. Hacia  un  socialismo no  colonizado, de  Néstor Kohan, son  escritos insoslayables para quien pretenda discutir con solvencia los argumentos de aquellos que afirman que, en América Latina, Marx  y Engels sólo  han despertado un  interés secundario propio de los fenómenos de raíz  inmigratoria. El compromiso y la calidad humana del reconocido pen- sador hispano-mexicano y el apasionamiento y la pluma asertiva de Kohan son  muestras inequívocas de un  pensamiento latinoamericano marxista que  pone en jaque al capitalis- mo  al propugnar el análisis teórico y la praxis emancipatoria como aspectos inseparables de un cambio imprescindible en sociedades tan  profundamente jerarquizadas e inequitati- vas como las existentes en la región.

 El imperialismo es el tópico que atraviesa los artículos preceden- tes y que  retoma John Bellamy Foster, co-editor de la Monthly Review, en su artículo titulado “El redescubrimiento del imperialismo”. Foster comienza por  señalar que  durante casi  todo el siglo  XX el concepto de “imperialismo” fue considerado un  término de mal  gusto y, consecuen- temente, eliminado de la agenda y los discursos de las más  influyentes figuras políticas e intelectuales del mainstream. La guerra contra el te- rrorismo emprendida por  la  administración Bush ha  sido,  en  buena medida, la promotora de la calurosa bienvenida brindada al imperialis- mo y el fervor imperialista desatado entre esa misma elite de intelectua- les y dirigentes políticos norteamericanos. Despojado de toda filiación que lo asocie con el marxismo o la explotación, el imperialismo encarna la  gran tarea civilizatoria del  Imperio Norteamericano. Sin  embargo, señala Foster, existen reglas para esta  reapropiación de  los  conceptos de “imperio” e “imperialismo”. Las motivaciones excepcionalmente be- névolas deben ser  enfatizadas, y es imperativo inscribir la justificación del dominio político y militar en el marco de la defensa de los derechos humanos y los principios democráticos. Finalmente, del imperialismo económico directamente no  se  habla. El  redescubrimiento del  impe- rialismo en  el seno  del  mainstream sólo  significa la naturalización de los intereses de las corporaciones y del Estado norteamericanos como prioritarios para el capitalismo global.

En  “¿Un  futuro para el socialismo?”, Terry  Eagleton, catedráti- co de la Universidad de Manchester, asume una postura mordazmente contestataria respecto del  “sentido común” globalizado a fin  de  refra- sear  algunos eslóganes muy  propios de nuestros días.  Eagleton sostiene que existe  poca evidencia sobre la tan  mentada abulia ciudadana. Antes bien, la situación parece ser exactamente la opuesta: las personas están preocupadas por un número crecientemente importante de asuntos que las  afectan como resultado de  políticas que  son  lesivas  con  ellas.  Los objetivos de la izquierda actual no parecen ser, según Eagleton, estric- tamente revolucionarios, en  tanto exigen  como común denominador que  todos los habitantes del planeta puedan comer, trabajar, ejercer su libertad y vivir dignamente. Que aspectos tan  básicos de la vida cotidia- na  requieran ser  demandados resulta un  hecho factible sólo  en  tanto producto de  una sociedad que  se sostiene sobre el incremento de  los excluidos del y por el sistema que  pauta u estructura su  organización. El capitalismo da muestras concluyentes de ser artífice plenamente au- tónomo de su destino. Por  sí solo  logra hacer desnaturalizar todo ciclo vital conocido y no necesita ayuda alguna para acometer su haraquiri.

 Esta obra llega  a su fin. Atilio A. Boron ofrece, a modo de cierre provisorio, ejes para la discusión del imperialismo en la historia recien- te  de  América Latina. En  su  texto, “La cuestión del  imperialismo” se cruza con  la dependencia externa, la erosión de la soberanía nacional de los estados y el sometimiento sin  precedentes de la región a los dic- tados de  los  centros que  responden al dominio imperial. Las  polémi- cas  tesis  desarrolladas por  Michael Hardt y Antonio Negri  en  Imperio (2000)  suscitan en Boron una serie  de dudas acerca de su pertenencia, así  como comentarios punzantes sobre la  estructura del  sistema im- perialista mundial, las  peculiaridades de  la  actual coyuntura latinoa- mericana y las  alternativas que,  con  un  grado razonable de  realismo, podrían construir los nuevos movimientos sociales.

Esta introducción no ha pretendido en modo alguno resumir ni mucho menos reemplazar la riqueza y profundidad de los análisis y reflexiones contenidos en los textos presentados. Sólo  ha  sido  concebida como in- vitación a compartir algunos de los interrogantes, desafíos y problemas que los hombres y mujeres de este siglo enfrentamos a diario. La huma- na  mortalidad es, por excelencia, el principio antropológico igualitario que  trasciende fronteras territoriales y temporales. En  este estricto sen- tido, la muerte de Karl Marx, como la de todo ser mortal, era una muerte anunciada. Sin embargo, el adiós a Marx, a diferencia de las despedidas recibidas por la inmensa mayoría de  los  mortales, se renueva periódi- camente una y otra vez. ¿Qué  habrá hecho este mortal para procurarse una existencia inmortal? La  respuesta presenta varias aristas y desde todas ellas  no  deja  de ser paradójica: Marx ha  bebido de las  inequida- des  del  capitalismo. Para sorpresa de unos pocos, el capitalismo sigue cobrándose vidas  a escala planetaria. Y en ese proceso, hoy mucho más que  en  el siglo  XIX,  se convierte en  el elixir de la eterna juventud que vivifica a Marx y su legado como uno  de sus más  agudos y fecundos críti- cos. El poeta no se equivocaba cuando afirmaba que la vida es sueño: en efecto, desde su aparición, el marxismo ha sido  la sempiterna pesadilla de quienes todavía creen en las virtudes del capitalismo.

 

 

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Atilio A. Boron*

 

 

Clase inaugural

 

Por el necesario (y demorado) retorno al marxismo

 

 

*  Secretario Ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

 

 

 

 

 

 

 

 

ADVERTENCIA  PRELIMINAR

 

Abordar un tema como el que aquí se desarrolla requiere de algunas po- cas pero necesarias palabras iniciales. Al fin y al cabo, ¿cómo entender el significado de  este  regreso a una fuente tan  fundamental e irreem- plazable del pensamiento crítico como el marxismo? Si se habla de re- greso, ¿por  qué  habrá sido  que  muchos se alejaron, y ahora retornan? Además, ¿se  regresa a lo mismo, o a otra cosa? O, también, ¿de  qué fue  que  nos  alejamos? En  fin,  las preguntas podrían sucederse en una secuencia interminable, en donde se entrelazarían reflexiones que  tras- cienden al campo meramente intelectual, o de la mal  llamada “historia de las ideas”  –mal  llamada, porque las ideas no tienen una historia pro- pia independiente de las condiciones sociales que les dieron origen y las sostienen a lo largo del tiempo–, para adentrarse en la historia contem- poránea en sus  múltiples dimensiones. El destino del marxismo como teoría crítica –o, parafraseando a Jean-Paul Sartre, como el necesario e imprescindible horizonte crítico de nuestro tiempo– no ha  sido  indi- ferente a los avatares de las revoluciones socialistas del siglo  XX, ni a los auges y reflujos de las luchas populares durante sus convulsionados años. Examinar lo ocurrido en  toda su  profundidad entrañaría, pues, una tarea que  excede con  creces los propósitos de esta  breve  introduc- ción  general. Baste por  ahora con  dejar sentada la importancia de esta íntima conexión entre ideas y proceso histórico. El  lector encontrará una exploración detallada del asunto en el artículo de Perry Anderson incluido en este  libro.

En  todo caso, y más  allá  de estas consideraciones preliminares, estamos convencidos de que  la supervivencia del marxismo como tra- dición intelectual y política se explica por  dos factores principales que, sin ser los únicos, aparecen sin duda como los más  importantes. En pri- mer  lugar, por  la reiterada incapacidad del capitalismo para enfrentar y resolver los problemas y desafíos originados en  su  propio funciona- miento. En la medida en que  el sistema prosiga condenando a segmen- tos  crecientes de las sociedades contemporáneas a la explotación y to- das  las formas de opresión –con  sus secuelas de pobreza, marginalidad y exclusión social–, y agrediendo sin  pausa a la  naturaleza mediante la brutal mercantilización del  agua, el aire  y la tierra, las  condiciones de  base  que  exigen  una visión  alternativa de  la sociedad y una meto- dología práctica para poner fin a este  orden de cosas seguirán estando presentes, todo lo cual  no  hace sino  ratificar la renovada vigencia del marxismo. Esta es una de las  razones que  explica, al menos en  parte, su  permanente “actualidad.” La  otra es la inusual capacidad que  este corpus teórico ha  demostrado para enriquecerse en  correspondencia con  el desenvolvimiento histórico de las sociedades y de las luchas por la emancipación de  los  explotados y oprimidos por  el sistema. Es  de- bido  a esto  que  el regreso a Marx  supone, como punto de  partida, la aceptación de  un  permanente “ir y venir”  merced al cual  las  teorías  y los  conceptos de  la tradición marxista son  aplicados para interpretar y cambiar la realidad, y, simultáneamente, resignificados a la luz  de la experiencia práctica de las luchas populares y de las estructuras y pro- cesos  que  tienen lugar en el marco del capitalismo contemporáneo.

Habida cuenta de todo lo anterior, la reintroducción del marxis- mo  en un  programa de formación teórica y metodológica como el que CLACSO ofrece constituye una saludable novedad en las ciencias socia- les latinoamericanas, dominadas durante más  de treinta años por  dis- tintas vertientes del pensamiento conformista y escapista propio de un tiempo de derrotas, como ha sido  el de finales del siglo  XX. Nos referi- mos,  claro está,  al neoconservadurismo impuesto en la academia norte- americana –con  sus  teorías de la “elección racional”, el individualismo metodológico, el falso  rigor de la hipermatematización y la insuperable fragmentación del  conocimiento propia del  positivismo– y a las  diver- sas  expresiones del posmodernismo que,  primero y principalmente en Europa, se afianzaron en el pensamiento filosófico y en las orientacio- nes teóricas generales de las ciencias sociales.

 Ya en un texto juvenil –nos referimos a La Sagrada  Familia– Marx y Engels decían que,  cuando la filosofía renunciaba a toda pretensión crítica y transformadora, degeneraba en “la expresión abstracta y tras- cendente del estado de cosas existente” (Marx y Engels, 1958: 80). Pocas advertencias son más  oportunas que esta a la hora de juzgar la situación de las ciencias sociales. Al abandonar toda crítica del orden social vigen- te, y al desentenderse de la necesidad de transformar el mundo, apartan- do sus ojos de la contemplación de la escandalosa injusticia que  nos  ro- dea,  las formulaciones del mainstream de las ciencias sociales terminan convertidas en una subrepticia apología de la sociedad capitalista.

EL  MARXISMO COMO TRADICIÓN TEÓRICO-PRÁCTICA

En este  contexto, un  marxismo depurado de los vicios  del dogmatismo y el sectarismo escolástico parece mejor dotado que nadie para impedir tan  deplorable final.  Queda claro, entonces, que el marxismo al que nos estamos refiriendo no  se agota en  los estrechos límites de la biografía de su fundador. Por  extraordinaria que  haya sido  la labor fundacional de Marx,  al riquísimo legado que  nos  dejara su obra debemos sumarle los aportes de quienes tras sus  huellas –como Friedrich Engels, Vladi- mir  I. Lenin, Rosa  Luxemburgo, León  Trotsky, Nicolai Bujarin, Gyorg Lukács, Antonio Gramsci, entre tantos otros– lo fueron desarrollando en un proceso inacabado que  llega hasta nuestros días.

Retornar al marxismo, entonces, es regresar a un  determinado espacio después de haber acumulado experiencias, triunfos y derrotas; y, a veces,  en  algunos casos afortunados, regresar con  el beneficio de una fecunda y enriquecedora asimilación de las  enseñanzas de la his- toria. Se llega  de regreso, es cierto, pero quien vuelve  ya no  es el mis- mo,  así  como tampoco es el mismo el sitio  al cual  se retorna. Porque la  obra de  Marx  y la  tradición que  se  remite a  su  nombre no  flotan impávidas por  encima de  la  historia. El  marxismo, en  suma, es  una tradición viviente que  reanima su fuego  en la incesante dialéctica entre el pasado y el presente. No se trata de un  yacimiento arqueológico en donde descansa una teoría que  sólo  puede despertar la curiosidad de filólogos y profesores de filosofía. Eso  puede valer  para otros sistemas teóricos, desde la astronomía ptolemaica hasta la teoría de las mónadas de G. G. Leibniz. Pero, como metáfora, la imagen de un yacimiento (si- tio donde se encuentran restos fósiles de animales, plantas o ideas) no podría ser  más  inapropiada a la hora de comprender la naturaleza del marxismo como teoría y como práctica social. Es  que,  lejos  de ser  un libro cerrado o un edificio concluido que encierra tras sus puertas todas las  respuestas y toda la verdad, el marxismo es lo que  Sheldon Wolin definiera como una “tradición de discurso”, en la cual  las preguntas son tan  importantes como las respuestas (Wolin, 1993).  Se entiende, por  lo tanto, que si no se recupera la teoría marxista –ese corpus altamente di- námico, históricamente sensible, de interrogantes y certidumbres–, no habrá reconstrucción posible de la ciencia social. No obstante, la sola recuperación no basta. Si también debemos recurrir al psicoanálisis, o a los estudios culturales, o a la lingüística, o bien  a la teoría de la com- plejidad, es una discusión que aún no está  cerrada. Aquello  que no deja lugar a dudas es  la  obsolescencia de  la  absurda pretensión del  “mar- xismo soviético” de  sintetizar en  uno  de  aquellos patéticos manuales (¡“anti-marxistas” y “anti-leninistas” por  excelencia!) las respuestas que el marxismo supuestamente ofrecía a la totalidad de los desafíos teóri- cos y prácticos del mundo actual, y que se desvaneció, sin dejar rastros, con  la desintegración de la Unión Soviética. Imre Lakatos aporta una visión  polémica sobre la teoría marxista al decir que  la misma es un programa de investigación cuyo  núcleo duro –digamos, por  ejemplo, la plusvalía como el secreto de la explotación capitalista, la lucha de clases como motor de la historia, el carácter de clase  del estado, la necesidad objetiva de la revolución, etcétera– es irrefutable, mientras que las “teo- rías  laterales” o tangenciales que  se articulan en  torno al núcleo duro (como la teoría del partido, la de la conciencia refleja, la de la “aristo- cracia obrera”, etcétera) pueden ser  refutadas sin  que  el mismo se vea afectado. Decíamos que,  más  allá  de su eficacia didáctica, esta  imagen es altamente controversial, porque reducir al marxismo a un programa de  investigación es empequeñecerlo gratuitamente y sin  fundamento, dado que  como teoría científica y como “guía  para la acción” es mucho más  que  una simple agenda de investigación.

Es por  eso que,  independientemente de las críticas que  merezca la formulación de Lakatos, parece oportuno recordar su razonamiento en momentos como el actual, cuando arrecian las descalificaciones ha- cia el marxismo como teoría de la sociedad, y se pretende demostrar su error a partir de la invalidación práctica de algunos de sus  componen- tes  más  tangenciales, como por  ejemplo la debilidad de  la conciencia anticapitalista en las clases explotadas, o la bancarrota del modelo clá- sico del partido revolucionario.

Desde  hace demasiado tiempo, se viene  diciendo que  una de las razones por  las  cuales las  ciencias sociales no  progresan en  América Latina se debe  a la debilidad de sus  esfuerzos en materia de investiga- ción  empírica. El carácter fuertemente conservador de este  argumento salta a la vista:  sutilmente, se asegura que  las teorías hegemónicas son correctas, y que  lo que  ocurre es que  no hay suficientes investigaciones como para respaldarlas adecuadamente. Pero  una simple ojeada a lo acontecido en  nuestra región en  los  últimos veinte años comprueba, contrariamente a lo que dicta el saber convencional, la existencia de un impresionante cúmulo de  investigaciones, estudios y monografías en donde se examinan –a veces con gran detalle– los más  diversos aspectos de nuestras sociedades. Sin embargo, por  lo general, tan  extraordinaria acumulación de información empírica no ha trascendido el plano de lo descriptivo, ni ha abierto las puertas a nuevas y más  fecundas interpre- taciones teóricas. La  causa de  todo esto  es bien  fácil  de  entender: las debilidades de una teoría no se resuelven con  la acumulación de datos empíricos ni con  la cuidadosa compilación de resultados de investiga- ción1. Las  fallas  de la teoría sólo  se resuelven concibiendo nuevas teo- rías, de  diferentes niveles de  complejidad y extensión, y proponiendo nuevos argumentos que  enfoquen, desde otra perspectiva, la realidad que  se pretende explicar y, eventualmente, transformar. Debemos, por esta razón, propiciar una renovación teórica, porque las falencias de los modelos tradicionales para explicar la prolongada y profunda crisis por la que atraviesa la región no se originan en la debilidad de su base  empí- rica  sino  en las fallas  de sus premisas teóricas fundamentales. Creemos, en consecuencia, que  un  marxismo racional y abierto puede contribuir decisivamente a  superar esta  situación, dotándonos de  instrumentos idóneos para interpretar y cambiar el mundo. Sólo  con el marxismo no lo lograremos, pero sin el marxismo tampoco.

LA PARADOJA DE  LUKÁCS

Ahora  bien, si las  anteriores no  parecen ser  razones suficientes, bus- quemos otro camino. Supongamos, a pesar de  todo lo dicho, que  un conjunto de  recientes investigaciones hubiera refutado todas y cada una de las tesis  de Karl  Marx,  tal  y como lo conjeturaba Lukács en su brillante Historia y conciencia de clase. En tales  circunstancias, un mar- xista  “ortodoxo” podría aceptar tales  hallazgos sin  mayores problemas y abandonar sin más  las tesis de Marx,  sin que tal actitud cuestionara su identidad teórica ¿Cómo explicar semejante paradoja –conocida como “la paradoja de Lukács”? La respuesta que nos ofrece el teórico húngaro es la siguiente: el marxismo “ortodoxo” (expresión que  él utiliza sin las comillas que  a nosotros nos  parece conveniente agregar) no  supone la aceptación acrítica de los resultados de las investigaciones de Marx,  ni la de tal o cual  tesis  de su obra, ni mucho menos la exégesis de un libro “sagrado” (aquí las comillas son de Lukács). Por el contrario, la ortodo- xia marxista se refiere exclusivamente a la concepción epistemológica general de Marx,  el materialismo dialéctico, y no a los resultados de una indagación en  particular, guiada por  la  metodología que  fuera. Para Lukács, esta  concepción se expresa a través de  numerosos y variados métodos que  pueden ser  desarrollados, expandidos, profundizados en consonancia con  los  grandes lineamientos epistemológicos esbozados por  sus  fundadores. A nuestro entender, de  la  argumentación prece- dente puede inferirse la posibilidad de pensar al marxismo como una propuesta que contiene dos componentes, separables e independientes: la teoría y el método. Sin  embargo, como el propio Lukács lo demues- tra  con  su propia obra, no  hay  tal  escisión, sino,  por  el contrario, una estrecha unidad entre teoría y método. De donde se sigue  que la refuta- ción  de las tesis  centrales de la teoría difícilmente podría dejar intacta la concepción epistemológica y metodológica que  le es propia; y que  la demostración de  la inadecuación de  esta  última afectaría gravemente la validez de la primera.

 

1 Un  excelente correctivo para la falacia positivista que  afirma que  las  debilidades de  la teoría se corrigen acumulando “datos” y evidencia empírica se encuentra en  el excelente libro Manual de metodología, producto del curso dictado en el Campus Virtual de CLACSO por  los profesores Ruth Sautu, Paula Boniolo, Pablo Dalle y Rodolfo Elbert (2005).

 

Hoy podemos decir que el capitalismo en tanto sistema altamen- te dinámico presenta mecanismos de explotación y, por ende, de extrac- ción  de plusvalía más  complejos y diversificados que  los existentes en tiempos de Marx  y Engels. Pero, ¿significa todo esto  que los capitalistas ya no compran más  fuerza de trabajo (si bien  de características bien  di- ferentes a las de antaño, y mediante procesos no exactamente iguales)? O, si lo hacen, ¿pagan un precio distinto al que les dicta la reproducción de la misma, poniendo de este modo fin a la relación salarial examinada críticamente por  Marx  en El Capital?  Además, ¿qué  hace el capitalista cuando adquiere esa  fuerza de  trabajo? ¿Le retribuye al trabajador la totalidad de lo producido en su jornada laboral, o se queda con una par- te? ¿Desaparece la explotación, o persiste bajo  renovadas formas?

Si la teoría de la plusvalía fuese  refutada, la construcción meto- dológica del marxismo se vería  irreparablemente dañada; si se llegase a  demostrar que  el  método dialéctico es  un  mero recurso retórico y no  una estrategia válida de  reconstrucción de  lo real  en  el plano del pensamiento, las  tesis  centrales de  la teoría marxista difícilmente po- drían sobrevivir. Sin  embargo, aún no  ha  ocurrido nada de  esto.  No podemos decir: ¡la explotación ha  muerto! Antes  bien, debemos traba- jar  duro en favor  de un  marxismo racional y abierto para interpretar y abarcar acabadamente la complejidad actual. En  este  sentido, el libro de  Ralph Miliband (1997)  constituye un  aporte de  una riqueza incal- culable por  la  forma en  que  replantea las  tesis  centrales de  la  teoría marxista y por  su apertura a la consideración de la nueva agenda que proponen tanto la crisis del capitalismo como los movimientos sociales y fuerzas políticas que  luchan por  su abolición.

EL  MARXISMO Y LA RECONSTRUCCIÓN SOBRE NUEVAS BASES DE  LA HERENCIA HEGELIANA

Quien desee examinar la  validez del  marxismo como instrumento de análisis y transformación del  mundo contemporáneo, no  puede prescindir del  examen del  vínculo entre Hegel  y Marx.  Conviene, por  eso mismo, comenzar retomando algunos planteos metodológicos de Marx no siempre debidamente recordados y, sin embargo, sumamente escla- recedores. En el epílogo a la segunda edición de El Capital, publicado en

1873,  Marx  alude explícitamente a su relación con Hegel  y a su concep- ción  del método dialéctico. En  un  pasaje de dicho texto, que  citamos a continuación de manera abreviada, Marx afirma que su “método dialéc- tico no sólo difiere del de Hegel [...] sino que es su antítesis directa. Para Hegel  el proceso del pensar, al que convierte incluso, bajo  el nombre de idea, en un sujeto autónomo, es el demiurgo de lo real” (aclaremos, por las  dudas, que  la expresión “demiurgo” significa “principio activo del mundo”). Y prosigue Marx  diciendo, para marcar sus diferencias:

Para mí, a la inversa, lo ideal  no es sino  lo material traspuesto y tra- ducido en la mente humana. Hace casi  treinta años sometí a crítica el aspecto mistificador de la dialéctica hegeliana, en tiempos en que todavía estaba de moda. Pero  precisamente cuando trabajaba en la preparación del primer tomo de El Capital los irascibles, presuntuo- sos  y mediocres epígonos que  llevan  hoy  la voz cantante en  la Ale- mania culta dieron en tratar a Hegel  [...] como a un “perro muerto”. Me declaré abiertamente, pues, discípulo de aquel gran pensador y llegué  incluso a coquetear aquí y allá, en el capítulo acerca de la teo- ría  del valor  [¡nada menos que  en ese capítulo!], con  el modo de ex- presión que  le es peculiar. La mistificación que  sufre la dialéctica en manos de Hegel  en modo alguno obsta para que  haya sido  él quien, por  vez primera, expuso de manera amplia y consciente las formas generales del movimiento de aquélla. En  él la dialéctica está  puesta al revés.  Es necesario darla vuelta, para descubrir así el núcleo racio- nal que  se oculta bajo  la envoltura mística (Marx, 1975: 19-20).

Marx  concluye este  luminoso pasaje diciendo:

En  su  forma mistificada la  dialéctica estuvo en  boga   [...]  porque parecía glorificar lo existente. En  su  figura racional, es escándalo  y abominación para la  burguesía y sus  portavoces doctrinarios, por- que en la intelección positiva de lo existente incluye también, al propio tiempo, la inteligencia de su  negación, de su  necesaria ruina; porque concibe toda forma desarrollada en el fluir  de su movimiento, y por tanto sin  perder de  vista  su  lado  perecedero; porque nada la  hace retroceder y es, por esencia, crítica y revolucionaria (Marx, 1975: 1920; las cursivas son  nuestras).

Estas líneas permiten apreciar en toda su magnitud la importancia de la conexión Hegel-Marx y, aún más  importante, la íntima relación entre teoría y método. Veamos esto  con  cierto detalle.

 LAS FORMAS  DE  LA DIALÉCTICA

Marx  nos  dice  que  la dialéctica se presenta bajo  dos formas. Una  “mis- tificada”, que marcha sobre su cabeza, y que concibe a la realidad como una proyección fantasmagórica de la Idea  (así,  con  mayúsculas, como lo planteaba Hegel). La  idea, mistificada, se convierte, en  consecuen- cia,  en “el demiurgo de lo real”,  el principio motor de toda la historia. Marx  sostiene, empero, que  hay  otra forma de la dialéctica. Una  forma racional, y bajo  la cual  marcha sobre sus  pies.  Se trata de la dialéctica que expresan las contradicciones sociales en sus diferentes planos: uno, más  general, que  contrapone el desarrollo de  las  fuerzas productivas con  las  relaciones sociales de  producción; otro, más  particular, confi- gurado por  el desenvolvimiento concreto de las luchas de clases. Bajo esta  perspectiva, las ideas aparecen como la proyección –más  o menos mediatizada, más  o menos deformada– de  las  contradicciones socia- les, que  son  las verdaderas hacedoras de la historia. No es que  para el marxismo las ideas “no cuenten”, como rutinariamente acusa el saber convencional de las ciencias sociales, sino  que  ellas  “cuentan” en tanto son  expresiones –rudimentarias o excelsas, fragmentarias o sistemáti- cas– de las contradicciones sociales.

LAS PREMISAS DEL  MÉTODO DIALÉCTICO

Este  método propone reproducir, en el plano del intelecto, el desenvol- vimiento que tiene lugar en el proceso histórico. Le cupo a Hegel  el mé- rito  de haber sido  quien descubrió las formas generales de movimiento de la dialéctica. Sólo que,  al plasmar sus hallazgos, lo que hizo  fue cris- talizar una visión  mistificada y fetichizada de la dialéctica. Recuperada su “figura racional”, como decía Marx,  la dialéctica deja entonces de ser un  inofensivo recurso retórico para devenir en “escándalo y abomina- ción  para la burguesía”, y esto  por  muy  fundadas razones:

PORQUE SOSTIENE  QUE  EL  CONFLICTO SOCIAL ES  OMNIPRESENTE

La dialéctica, en su “figura racional”, plantea que  la historia no es otra cosa  que  el interminable despliegue de las contradicciones sociales. Si en Hegel  estas quedan encapsuladas en el plano de las ideas, en Marx el “hogar” de las  mismas se sitúa en  la sociedad civil.  Allí tropezamos con las clases y sus irreconciliables antagonismos y las contradicciones entre las  fuerzas productivas y las  relaciones sociales de  producción. Esta visión  que  nos  ofrece la  dialéctica cuestiona frontalmente tanto los fundamentos ideológicos del  pensamiento medieval/feudal, con  su axioma que postula la unidad y organicidad del cuerpo social, como los del pensamiento burgués que  se construye a partir de la premisa de la armonía de intereses que  se compensan en el ámbito del mercado y el estado. En  un  caso  tenemos la gran construcción de Tomás de Aquino, y en  el otro la de Adam  Smith. Más  allá  de sus  diferencias, tanto uno como otro adhieren a una perspectiva (el  orden natural del  universo que  culmina en la figura de Dios  en el primero, la “mano invisible” en el segundo) que  considera a  las  contradicciones y conflictos sociales como desajustes temporales y fricciones marginales, atribuibles a fac- tores circunstanciales o ajenos a la lógica  del  sistema. Huelga aclarar que  tales  visiones terminan por  ratificar el carácter “natural”, eterno e inmutable del status quo.

PORQUE LA LÓGICA  DE  LA HISTORIA NO  ES  DE  IDENTIDAD SINO DE  CONTRADICCIÓN

La  historia no  es  una caprichosa y azarosa acumulación de  aconteci- mientos sino que, más  allá de sus rasgos idiosincrásicos y sus ocasionales desvíos, existe un  sentido discernible para el observador que  concentre su mirada en las corrientes profundas del proceso. Desde  esta perspec- tiva, la historia es siempre historia de un  modo de producción, verdad elementalísima negada por el pensamiento burgués que asimila la histo- ria a la crónica de acontecimientos. La historia contemporánea tiene un sentido fuertemente condicionado por las necesidades y contradicciones generadas por la acumulación capitalista. Un corolario de lo anterior es que la lógica  que preside su movimiento no es de identidad, sino  de con- tradicción. Lo que es, a su vez, no es; es también su contrario, y contiene en su seno  su propia negación. “Lo concreto es lo concreto porque es la síntesis de múltiples determinaciones, por lo tanto, unidad de lo diverso”, dice  Marx, en línea con  esta tesis, en su Introducción de 1857 (1974:  58). Esa unidad de lo diverso expresa el carácter inevitablemente contradicto- rio de todo lo social, negado sistemáticamente por todas las variantes del pensamiento burgués. Concebir a la historia desde la perspectiva de la ló- gica de la identidad, como lo hace la ideología dominante, significa asu- mir, muchas veces sin percatarse de ello, que aquella se mueve merced al influjo de cambios acumulativos constituidos, a su vez, por una sucesión de pequeños incrementos cuantitativos que,  en  su  conjunto, motorizan la evolución del  sistema. Desde  esa  perspectiva, resueltamente  lineal y evolucionista, no  hay  lugar para discontinuidades, quiebres o rupturas. El proceso histórico es visto, bajo  esta luz,  como una gradual acumula- ción  de sucesos o, a lo sumo, como una secuencia ordenada de etapas. Para esta visión, profundamente conservadora, la revolución es sólo con- cebible como una aberrante patología que,  por causas exógenas –la ac- ción de agentes perversos empecinados en subvertir “el orden natural del universo”–, vendría a interrumpir el curso “normal” de la historia. En  el pensamiento marxista, en cambio, el proceso histórico está precisamente impulsado por la incesante dinámica que  generan las contradicciones y los conflictos sociales; y las revoluciones sociales, lejos  de ser extravíos del buen sendero de la historia, no son sino  los grandes hitos que,  al defi- nir el provisorio resultado de los antagonismos sociales, marcan los mo- mentos fundantes de su derrotero. Claro está que,  llegados a este punto, es preciso recordar la diversidad de las contradicciones y antagonismos que  se generan en  las  sociedades capitalistas y, por eso  mismo, la gran variedad de los sujetos que los encarnan.

 

PORQUE AL CONSAGRAR LA PROVISORIEDAD E HISTORICIDAD DE  TODO LO  EXISTENTE, ES  SOCIALMENTE CORROSIVA Y RADICAL

Resultan evidentes, a esta  altura de la argumentación, las razones por las  que  una metodología como la  dialéctica provoca un  profundo re- chazo en  las  filas  de  la  burguesía y sus  representantes ideológicos. Y también en quienes, sin  serlo, coinciden con  aquellos en condenar inapelablemente el valor  de  la metodología dialéctica para el análisis de la realidad social. Esto se percibe claramente como uno  de los ras- gos  distintivos de  la corriente mal  llamada “post-marxista”, mejor ca- racterizada como “ex marxista”, y que  incluye a figuras como Ernesto Laclau, Chantal Mouffe, Régis  Debray, Ludolfo Paramio y los inefables Michael Hardt y Antonio Negri  (que  en Imperio se solazan burdamente en una crítica vulgar y superficial a la dialéctica), que  terminan produ- ciendo discursos teóricos que,  sin  excepción, acaban respaldando las tesis  fundamentales del pensamiento de la derecha. Tal es el caso  de la famosa “radicalización de  la  democracia” de  Laclau y Mouffe (1987) cuando estos  autores plantean, en Hegemonía y estrategia  socialista, ra- dicalizar nada menos que la democracia burguesa, como si esta  tuviese una maleabilidad infinita que  le permitiera trascender sus  límites de clase2. Es también el caso  de la utilísima y oportunísima (para la dere- cha,  por  supuesto) “nueva teorización” sobre el imperialismo desarro- llada por  Hardt y Negri  en un  libro, Imperio, que  no por  casualidad ha sido  jubilosamente recibido por  los  mandarines imperiales como una brillante contribución al  estudio del  capitalismo contemporáneo3.  El nexo  subterráneo que  unifica a estos  representantes del  pensamiento convencional, pese  a que ellos piensen lo contrario, es su común recha- zo de  la dialéctica, la misma que,  “en  su  figura racional”, provoca las más  furiosas reacciones de las clases dominantes y sus  epígonos. ¿Por qué?  Porque, como argumentaba Marx,  junto con  “la intelección posi- tiva de lo existente incluye también, al propio tiempo, la inteligencia de su negación, de su necesaria ruina” (Marx, 1974: 93). Es decir, la dialé- ctica proclama la inevitable historicidad de todo lo social y, al hacerlo, condena a las instituciones y prácticas sociales fundamentales de la so- ciedad burguesa a su irremisible desaparición, algo que el pensamiento imperialista de  la  decadencia, tanto en  su  vertiente neoconservadora como en su linaje “ex marxista”, considera totalmente inadmisible. La metodología dialéctica es pues irreconciliable con  la aspiración capita- lista de “eternizar” su sociedad y sus instituciones, de hacerlas aparecer, como diría Francis Fukuyama, como “el fin de la historia” (1997). Bajo su luz,  la propiedad privada de los medios de producción, el capitalis- mo democrático y la relación salarial, tanto como el carácter mercantil de toda la vida social, aparecen como lo que  realmente son:  fenómenos históricos y, por  ende, pasajeros, que  pueden y deben ser  trascendidos por  la acción de las clases y capas subalternas. Las contradicciones que se agitan en su seno  provocarán, tarde o temprano, su ocaso definitivo. Por  eso,  como recordaba Marx,  “la dialéctica es, por  esencia, crítica y revolucionaria”. Y, por  eso  mismo, en  las  ciencias sociales dominadas por  las concepciones filosóficas propias de la burguesía –el economicis- mo,  el nihilismo posmoderno, etcétera– la batalla en contra de la epis- temología dialéctica es una lucha sin cuartel y sin concesión alguna. No hay  otra concepción que  contenga premisas semejantes, y que  cuestio- ne  tan  radical e intransigentemente el orden social existente. Por  eso mismo podemos concluir, sin  temor a exagerar, que  sin  pensamiento dialéctico no  hay  pensamiento crítico. Sin  un  planteamiento que  obli- gue  permanentemente a identificar las  contradicciones y tensiones de un sistema, y que haga de esta operación el principio metodológico fun- damental de cualquier análisis social, no hay posibilidades de alimentar el pensamiento crítico.

2 Respecto del carácter fuertemente conservador de algunas teorizaciones, como las de La- clau  y Mouffe, supuestamente interesadas en “superar” los vicios del marxismo, remitimos al lector a nuestro Tras el búho de Minerva (Boron, 2000: 73-102). Partiendo de una crítica a ciertos pasajes, sin duda polémicos, de la obra de Marx,  estos  autores culminan su travesía de forma asaz  paradojal: adhiriendo a una concepción de la democracia análoga a la pro- ducida por  el saber convencional de la academia norteamericana. Pagan cara su ardiente impaciencia por  llegar  a la tierra prometida del “post-marxismo”: al disociar por  completo su reflexión sobre la vida política de las condiciones materiales sobre las cuales aquella se sustenta, retroceden un par  de siglos,  más  exactamente a la era  “pre-marxista”.

3 En  efecto, nunca había ocurrido que  una teoría sobre el imperialismo, presuntamente crítica del  mismo, fuese  acogida con  tanto entusiasmo por  los  principales intelectuales orgánicos del  imperio y sus  representantes políticos. Por  supuesto, esto  no  ocurrió a co- mienzos del siglo  pasado, cuando vieron la luz  las obras clásicas de Lenin, Luxemburgo,

 

Bujarin y tantos otros. Y menos aún cuando aparecieron, ya en  la segunda mitad del  si- glo XX, importantes aportes sobre el tema escritos, entre otros, por  Samir Amin,  Arghiri Emmanuel, Ernest Mandel y, más  recientemente, Immanuel Wallerstein; para no  citar el “ninguneo” sistemático a que fueran sometidas las teorizaciones desarrolladas en América Latina por  Pablo González Casanova, Agustín Cueva,  Rui  Mauro Marini y, en general, los teóricos de la dependencia. Sin  duda, la tesis  central del libro de Hardt y Negri, “hay  im- perio sin  imperialismo”, explica en buena medida la jubilosa recepción de su obra en las clases dominantes del imperio.

 LA FALACIA  DEL  DETERMINISMO ECONOMICISTA

Ya en los tiempos en que Marx hacía su aparición en el escenario político e intelectual europeo (segunda mitad del siglo  XIX) se acusaba al mate- rialismo histórico de pretender explicar la complejidad de la vida  social por la reducción a los factores económicos. Con relación a esa objeción, conviene recordar lo expresado por Engels en una carta a Bloch de sep- tiembre de 1890.  El amigo de Marx sostenía en aquella carta que, según la concepción materialista de la historia, el factor que  en úl- tima instancia [tomar nota del énfasis puesto por Engels en eso  de la “última instancia”] determina la historia es la producción y la reproducción de la vida  real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca más  que  esto. Si  alguien lo  tergiversa diciendo que  el factor eco- nómico es el único determinante [la cursiva también es de Engels] convertirá aquella tesis en una frase vacua, abstracta y absurda. La situación económica es la base, pero los diversos factores de la su- perestructura que  sobre ella  se  levanta –las  formas políticas de  la lucha de clases y sus  resultados, las Constituciones […] las formas jurídicas […] las teorías políticas, jurídicas, filosóficas, las ideas re- ligiosas […]–  ejercen también su  influencia sobre el  curso de  las luchas históricas y determinan, predominantemente en muchos ca- sos, su forma (Engels, 1966  a: 494).

Y poco  más  adelante, en esa misma carta, concluye:

el que  los  discípulos hagan a veces  más  hincapié del  debido en  el aspecto económico es  cosa  de  la  que,  en  parte, tenemos la  culpa Marx y yo mismo. Frente a los adversarios teníamos que  subrayar este principio cardinal que  se negaba, y no siempre disponíamos de tiempo, espacio y ocasión para dar la debida importancia a los de- más  factores que intervienen en el juego  de las acciones y reacciones (Engels, 1966a: 494).

En  otra carta, dirigida en  esta  ocasión a Schmidt pocas semanas más tarde, en  octubre de  1890,  Engels ratificaba lo dicho anteriormente  y señalaba:

De lo que  adolecen todos estos señores [sus  críticos, obviamente] es de falta de dialéctica. No ven más  que  causas aquí y efectos allí. Que esto es una abstracción vacía,  que en el mundo real estas antítesis po- lares metafísicas no existen más  que  en momentos de crisis y que  la gran trayectoria de las cosas discurre toda ella bajo  formas de accio- nes  y reacciones –aunque de fuerzas muy  desiguales, la más  fuerte, más  primaria y más  decisiva de las  cuales es el movimiento econó- mico–, que  aquí no hay  nada absoluto y todo es relativo, es cosa  que ellos no ven; para ellos,  no ha existido Hegel  (Engels, 1966b: 501).

 No  obstante, sus  críticos persistieron en  denunciar el “determinismo económico” que, según ellos, caracterizaba irremediablemente al mate- rialismo histórico. En el célebre “Prólogo” a la Contribución a la Crítica de la Economía Política,  de 1859,  leemos:

Tanto las relaciones jurídicas como las formas de Estado no pueden comprenderse por  sí mismas ni por  la llamada evolución general del espíritu humano, sino  que  radican, por  el contrario, en  las  condi- ciones materiales de vida  cuyo  conjunto resume Hegel,  siguiendo el precedente de los ingleses y franceses del siglo XVIII, bajo  el nombre de  “sociedad civil”,  y que  la anatomía de  la sociedad civil  hay  que buscarla en la economía política (Marx, 1974b: 76).

 

Primer comentario: pese  a que  hoy nos  parezca extraño, antes de la ver- dadera revolución copernicana llevada a cabo por Marx en las ciencias sociales y las humanidades, las “relaciones jurídicas y las formas de Es- tado,” para no  hablar de  la cultura y la ideología, eran de  hecho com- prendidas como producto de la evolución general del espíritu humano, y sin conexión alguna con  las luchas sociales y las condiciones materiales de vida de las sociedades. Es cierto que,  como hace tiempo lo observara Jacques Barzun, luego  de Marx las ciencias sociales jamás volverán a ser lo mismo. Pero, en momentos en que Marx y Engels daban a conocer sus ideas, el “sentido común” de  su  tiempo, construido sobre las  premisas silenciosas del pensamiento burgués, era irreductiblemente antagónico a sus concepciones, y requería, por lo tanto, la aclaración aquí señalada.

Prosigamos. Marx explícitamente dice  que  todo aquello que  se subsume bajo  el nombre de  “superestructura” hunde sus  raíces en  las condiciones materiales de existencia de los hombres. Esto quiere decir que  todo ese conjunto de elementos, desde la ideología, la filosofía y la religión, hasta la política y el derecho, remiten a una base  material sobre la  cual  inevitablemente deben apoyarse. Si  el derecho romano afirma taxativamente la propiedad privada, y el derecho chino, como lo obser- vara Max  Weber en Economía y sociedad, le asigna apenas un  carácter precario y circunstancial, esto no se debe  a otra cosa  que al vigoroso de- sarrollo de prácticas de apropiación privada existentes desde los tiempos de la república en el caso  de Roma, y a la extraordinaria fortaleza que la propiedad comunal exhibía en la China de los albores del siglo XX.

Pero  Marx  de ninguna manera decía que el complejísimo univer- so  de  la superestructura era  un  simple reflejo de  las  condiciones ma- teriales de existencia de una sociedad. Por  eso prosigue, en la cita  que estamos analizando, diciendo:

el conjunto de  estas relaciones de  producción forma la  estructura económica de la sociedad, la base  real  sobre la que  se eleva un edifi- cio [Uberbau] jurídico y político y a la que corresponden determinadas  formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material determina [“bedingen”, en alemán] el proceso de la vida so- cial,  política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que  determina su ser  sino,  por  el contrario, el ser  social es lo que determina su conciencia (Marx, 1974b: 77).

Una muestra harto significativa de la ligereza con que a menudo se fun- damenta la acusación de  “determinismo  economicista” la provee, por ejemplo, la reproducción de la extensa cita de Marx que  acabamos de plantear, y que  se  reproduce en  uno  de  los  textos de  Ernesto Laclau, Nuevas reflexiones sobre  la revolución de nuestro tiempo –así  como en numerosos trabajos de otros autores dedicados a examinar este tema– donde este autor alega  literalmente que  “el modelo base/superestructu- ra afirma que  la base  no sólo  limita sino  que  determina la superestruc- tura, del  mismo modo que  los movimientos de una mano determinan los de su  sombra en  una pared” (Laclau, 1993:  128).  Veamos un  poco: este pasaje de Marx fue tomado de una traducción al español de un tex- to originalmente escrito en  alemán, y a partir del cual  se “certificaría” científicamente el carácter determinista del marxismo, con  las pruebas que  ofrecería la  utilización de  un  verbo, bedingen, torpemente  tradu- cido  –por razones varias y acerca de  las  cuales es preferible no  abun- dar– como “determinar”. Sin  embargo, de  acuerdo con  el Diccionario Langenscheidts Alemán-Español, el verbo bedingen tiene un significado muy  preciso: “condicionar”, aun cuando admite también otras acepcio- nes  como “requerir”, “presuponer” e “implicar”. La palabra bestimmen, en cambio, es un  verbo cuya  traducción exacta es “determinar”, “deci- dir” o “disponer”. Lo cierto es que  en  el famoso pasaje del  “Prólogo”, Marx utilizó el primer vocablo, bedingen, y no el segundo, pese  a lo cual la crítica tradicional al supuesto “reduccionismo economicista” de Marx ha  insistido en  subrayar la afinidad del  pensamiento teórico de  Marx con  una palabra, “determinar,” que  este prefirió omitir utilizando otra, “condicionar”, en su lugar. Habida cuenta de la destreza con  que  Marx se expresaba y escribía en su lengua materna, y del cuidado que  ponía en el manejo de sus  términos, la sustitución de un  vocablo por el otro difícilmente podría ser considerada como una inocente travesura del traductor o como un desinteresado desliz de los críticos de su teoría.

Para no  extender demasiado esta discusión, digamos en  resumen que,  tal como lo vimos más  arriba, Marx empleó la palabra “condicionar” y no “determinar”. Por lo tanto, no estamos aquí en presencia de una dis- cusión hermenéutica acerca de la “interpretación” correcta de lo que Marx realmente dijo,  sino  de  algo  mucho más  elemental: la tergiversación de lo que  fuera explícitamente escrito por Marx; la resistencia a admitir que utilizó la palabra “condicionar” en vez de “determinar”, y que esta opción terminológica no fue un  mero descuido ni un  capricho, sino  producto de una elección teóricamente fundada. Sea por ignorancia o por un arraigado prejuicio, lo cierto es que  la flagrante deformación de lo que  Marx dejó prolijamente escrito en  buen alemán ha  potenciado los  gruesos errores interpretativos de una legión de críticos de la teoría marxista.

Concluimos, entonces, con una nueva cita del libro de Lukács, en este caso  extraída de su capítulo dedicado al marxismo de Rosa  Luxem- burgo. Allí el teórico húngaro, con  razón, afirma: no  es la primacía de  los  motivos económicos en  la explicación his- tórica lo que  constituye la diferencia decisiva entre el marxismo y el pensamiento burgués, sino  el punto de vista de la totalidad. La cate- goría de totalidad, la penetrante supremacía del todo sobre las partes, es la esencia del método que  Marx tomó de Hegel  y brillantemente lo transformó en los cimientos de una nueva ciencia (Lukács, 1971: 27).

Esta primacía del principio de la totalidad es tanto más  relevante si se recuerda la fragmentación y reificación de las relaciones sociales carac- terísticas del pensamiento burgués. El fetichismo propio de la sociedad capitalista tiene como resultado, en el plano teórico, la construcción de un  conjunto de “saberes disciplinarios” como la economía, la sociolo- gía, la ciencia política, la antropología cultural y social, que  pretenden dar  cuenta, en  su  espléndido aislamiento, de la supuesta separación y fragmentación que  existe, en  la sociedad burguesa, entre la vida  eco- nómica, la sociedad, la política y la cultura, concebidas como esferas separadas y distintas de la vida  social, cada una reclamando un  saber propio y específico, e independiente de  los  demás. En  contra de  esta operación, sostiene Lukács, “la dialéctica afirma la unidad concreta del todo”, lo cual  no significa, sin embargo, hacer tabula rasa con  sus com- ponentes o reducir “sus varios elementos a una uniformidad indiferen- ciada, a la identidad” (Lukács, 1971).  Lukács está  en  lo cierto cuando afirma que  los determinantes sociales y los elementos en operación en cualquier formación social concreta son  muchos, pero la independen- cia  y autonomía que  aparentan tener es una ilusión, puesto que  todos se encuentran dialécticamente relacionados entre sí. De ahí que nuestro autor concluya que  tales  elementos “sólo  pueden ser  adecuadamente pensados como los aspectos dinámicos y dialécticos de un  todo igual- mente dinámico y dialéctico” (Kosik, 1967: 25-67).

TRES APORTES CENTRALES DEL  MARXISMO

Quisiéramos concluir indicando los tres aportes fundamentales del mar- xismo al estudio de la sociedad. En primer lugar, la importancia decisiva que Marx le asigna al estudio de la totalidad social, por contraposición a la esterilidad de las visiones fragmentadoras y reificadoras de las relacio- nes sociales, características del pensamiento burgués tanto en su versión convencional como en sus corrientes “científicas”, como la sociología, la economía, la ciencia política y el disperso campo de las  ciencias socia- les en general. Contra tales enfoques cabe  recordar, como lo hiciéramos más  arriba, que  el método de análisis de Marx planteado en su famosa Introducción de 1857  sostiene que  “lo concreto es lo concreto porque es la síntesis de múltiples determinaciones”, por lo tanto, unidad de lo di- verso. No se trata, en consecuencia, de posar los ojos  sobre la totalidad al precio de suprimir o negar la existencia de “lo diverso”. Esta totalidad indiferenciada daría lugar a lo que un filósofo como Karel Kosik apropia- damente describía como una “totalidad abstracta”, un todo formal caren- te de contenido y privado de toda eficacia heurística. De lo que  se trata, en cambio, es de hallar los términos exactos de la relación  de los elementos múltiples y diversos que constituyen la totalidad social entre sí y con el todo del cual forman parte.  Sólo  de este modo será posible reconstruir, en  el pensamiento, la totalidad concreta que existe en la realidad.

A la visión  marxista de la totalidad, sumamos un  segundo apor- te:  una  construcción teórica  que  recupera  la complejidad e historicidad de lo social.  Ante  un  clima de época proclive a exitismos burgueses de todo tipo  –sus  proclamaciones del  fin  de  la historia y el triunfo de  la economía de  mercado y la democracia liberal, sin  ir  más  lejos–,  con- viene  tomar debida nota de las críticas del materialismo histórico a la tradición positivista en las ciencias sociales, que  hoy  reaparecen, bajo un  nuevo ropaje, como orientaciones supuestamente innovadoras del pensamiento científico de  avanzada. En  efecto, nos  referimos, entre otras, a las críticas marxianas a la linealidad de la lógica  positivista, a la simplificación de  los  análisis tradicionales que  reducían la enorme complejidad de las formaciones sociales a unas pocas variables cuanti- tativamente definidas y mensuradas, y a la insensata pretensión empi- rista de un  observador completamente separado del objeto de estudio. Como  muy  bien  se observa en  el Informe Gulbenkian, coordinado por Immanuel  Wallerstein (1996), las  nuevas tendencias imperantes han subrayado la no-linealidad sobre la linealidad, la complejidad sobre la simplificación, la imposibilidad de remover al observador del  proceso de medición, y la superioridad de las interpretaciones cualitativas sobre la pseudo-precisión de los análisis cuantitativos. En base  a lo dicho an- teriormente, debería celebrarse también la favorable recepción que  ha tenido la insistencia de Ilya  Prigogine, uno  de los redactores del men- cionado informe, en señalar el carácter abierto y no predeterminado de la historia. Su  reclamo es un  útil  recordatorio para los dogmáticos de distinto signo:  tanto para los  que  desde una postura “supuestamente marxista” –en realidad anti-marxista y no dialéctica– creen en la inexo- rabilidad de la revolución y el advenimiento del socialismo, como para los que  con  el mismo empecinamiento celebran “el fin de la historia” y el triunfo de los mercados y la democracia liberal.

 Según el marxismo, la historia implica la sucesiva constitución de coyunturas. Claro  que,  a diferencia de lo que  proponen los posmo- dernos, estas no son  el producto de la ilimitada capacidad de combina- ción  “contingente” que  tienen los infinitos fragmentos de lo real.  Existe una relación dialéctica y no mecánica entre agentes sociales, estructura y coyuntura: el carácter y las posibilidades de esta  última se encuentran condicionados por  ciertos límites histórico-estructurales que  posibili- tan  la apertura de ciertas oportunidades, a la vez que  clausuran otras. Marx  sintetizó su visión  no  determinista del proceso histórico cuando pronosticó que,  en algún momento de su devenir, las sociedades capita- listas deberían enfrentarse al dilema de hierro por  sí mismas engendra- do: “socialismo o barbarie”. No hay lugar en su teoría para “fatalidades históricas” o “necesidades ineluctables” portadoras del socialismo con independencia de la voluntad y la eficacia de las iniciativas de los hom- bres  y mujeres que  constituyen una sociedad.

Finalmente, la relación  entre la teoría y la praxis  ocupa un  tercer lugar clave en la recuperación de la vitalidad que el marxismo puede in- suflar a las languidecientes ciencias sociales. No desconocemos aquello que Perry Anderson denominara “el marxismo occidental”, caracteriza- do  precisamente por  “el divorcio estructural entre este  marxismo y la práctica política”. Este  divorcio entre teoría y práctica, y entre reflexión teórica e insurgencia popular, cuya  integración fuera tan  importante en el marxismo clásico, tuvo  consecuencias que  nos  resultan demasiado familiares en  nuestro tiempo. El  golpe  decisivo para volver  a recons- tituir el nexo  teoría-praxis sólo  podrá aportarlo la contribución de un marxismo ya  recuperado de  su  extravío “occidental”, y reencontrado con  lo mejor de su gran tradición teórica.

Las  causas de  la deserción de  los  intelectuales del  campo de  la crítica y la revolución son  muchas, y no  pueden ser  exploradas en  su complejidad en  los  límites de  un  artículo. En  todo caso, digamos que dos de los factores más  importantes que la explican se relacionan con la formidable hegemonía ideológico-política del neoliberalismo y el afian- zamiento de la “sensibilidad posmoderna”. Ante los estragos hechos por ambas ideologías, debemos recordar, cuantas veces  sea  necesario, que Marx  no  estaba interesado en  develar los  más  recónditos secretos del régimen capitalista por  mera curiosidad intelectual, sino  que  se sentía urgido por  la  necesidad de  trascenderlo, habida cuenta de  su  radical imposibilidad de  construir, dentro de  sus  estructuras, un  mundo más justo, humano y sostenible. Y esta  imposibilidad es  aún más  patente e inflexible hoy,  a comienzos del  siglo  XXI,  que  a finales del  XIX.  De ahí  que  la reintroducción del marxismo en el debate filosófico-político contemporáneo –así  como en  la  agenda de  los  grandes movimientos sociales y fuerzas políticas de nuestro tiempo– sea una de las tareas más urgentes y productivas de la hora.

 

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Javier Amadeo*

 

 

Mapeando el marxismo

 

*  Licenciado en Ciencia Política, Universidad de Buenos Aires. Doctor en Ciencia Política, Universidad de San  Pablo. Editor académico del Programa de Publicaciones en Portu- gués  de CLACSO.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En la ciencia  no hay calzadas  reales, y quien aspire a remontar sus  luminosas cumbres, tiene que estar dispuesto a escalar la montaña por senderos escabrosos. Prólogo de 1872 a la edición francesa de El Capital

Karl  Marx

 

 

COMO AFIRMA Perry Anderson (1988), lo característico del tipo de crí- tica representada por el marxismo es que  incluye una concepción auto- crítica; el marxismo es una teoría de la historia que,  a la vez, pretende ofrecer una historia de  la  teoría. Desde  el principio, en  sus  estatutos, se inscribió un  marxismo del  marxismo: Marx y Engels definieron las condiciones de sus  descubrimientos intelectuales como la aparición de determinadas contradicciones de clase  de la sociedad capitalista; no simplemente como un “estado ideal  de cosas”, sino  como algo originado por el “movimiento real de las cosas”. Así, el marxismo, como teoría crí- tica que  aspira a proporcionar una inteligibilidad reflexiva de su propio desarrollo, otorga prioridad, en principio, a las explicaciones extrínsecas de sus éxitos, fracasos o estancamientos. Sin embargo, nunca se trata de una primacía absoluta o exclusiva, que no haría más  que eximir a la teo- ría de sus  responsabilidades fundamentales. Al contrario, la necesidad de una historia interna complementaria de la teoría, que  mida su vitali- dad  en cuanto programa de investigación guiado por la búsqueda de la verdad, es lo que  separa al marxismo de cualquier variante del pragmatismo o el relativismo. Guiados por estas referencias que nos proporcio- na  Anderson, intentaremos realizar un  breve análisis de  la trayectoria del marxismo, haciendo referencia a la relación entre la historia interna de la teoría y la historia política de su desarrollo externo.

LA EXPERIENCIA HISTÓRICA: DE  LA TRADICIÓN CLÁSICA AL MARXISMO  OCCIDENTAL

La tradición clásica del marxismo se formó a partir de Marx  y Engels, fundadores del materialismo histórico, y de la generación que  los suce- dió,  tanto desde el punto de vista  cronológico, como de la producción intelectual. Los  miembros de la generación posterior a Marx  y Engels –Labriola, Mehring, Kautsky, Plejánov–, provenientes de regiones orien- tales  y meridionales de Europa, estuvieron íntimamente vinculados a la vida política e ideológica de los partidos obreros de sus países, y su obra fue  una especie de continuación de los trabajos de Engels, que  busca- ban  sistematizar el marxismo histórico como teoría general del hombre y la naturaleza para dar  al movimiento obrero una visión  amplia y co- herente del mundo que había que transformar. La siguiente generación, más  numerosa que  la anterior, llegó a su madurez en un  ambiente más tenso que  sus  predecesores, y confirmó un  cambio que  comenzaba a percibirse: el desplazamiento del eje geográfico de la cultura marxista clásica hacia Europa oriental y central. Todos los  miembros de  esta generación –formada, entre otros, por  Lenin, Luxemburgo, Hilferding, Trotsky, Bauer, Preobrazhenski, Bujarin– desempeñaron un  papel des- tacado en la dirección de los partidos obreros de sus respectivos países. El desarrollo temático del marxismo de esta  época se dirigió hacia dos problemáticas centrales: la necesidad de explicaciones y análisis de las evidentes transformaciones del modo de producción capitalista que ha- bían sido  desarrolladas por  el capital monopolista y el imperialismo1; y el surgimiento de  una teoría política marxista basada directamente en  la lucha de  masas del  proletariado, e integrada en  la organización de los partidos2; la fuerza central de estos  desarrollos se vinculaba, sin duda, con  las enormes energías revolucionarias de las masas rusas. Si el triunfo de la Revolución Rusa había trasladado el centro de gravedad internacional de la erudición histórica del marxismo a Rusia, la muerte de Lenin, y la consolidación de un estrato burocrático privilegiado, des- truyó la unidad revolucionaria entre teoría y práctica que  la revolución de octubre había logrado. Toda  labor teórica seria cesó,  y el país  más avanzado desde el punto de vista  intelectual se convirtió rápidamente en un páramo.

 

1 Kautsky, La cuestión agraria; Hilferding, El capital  financiero; Lenin, El desarrollo  capita- lista en Rusia; Luxemburgo, La acumulación de capital.

2 El gran teórico en este aspecto fue Lenin: ¿Qué hacer?; Las lecciones  del levantamiento de Moscú; Un paso adelante,  dos pasos  atrás; Dos tácticas de la socialdemocracia; El derecho de las naciones a su autodeterminación.

 

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, el panorama del mundo sufrió una profunda transformación. La  Unión Soviética, co- mandada por  Stalin, aseguró la liberación de Europa del dominio ale- mán y, al mismo tiempo, estableció regímenes comunistas en los países del este  europeo. En  Francia e Italia, el papel de los partidos comunis- tas  en la resistencia los convirtió en las organizaciones más  importan- tes de la clase  obrera de sus países; en tanto, en Alemania, la ocupación americana eliminó la  tradición comunista anterior. En  los  siguientes 30 años, se produjo un  período de prosperidad económica como nun- ca antes había conocido el capitalismo, junto con  la consolidación de sistemas parlamentarios que,  por  primera vez, tornaron al capitalismo estable en  el mundo industrial europeo y americano. En  tanto, en  los países bajo  tutela de  la Unión Soviética se produjeron crisis y ajustes después de la muerte de Stalin, pero sin modificaciones fundamentales en  su  funcionamiento. Fue  en  este  contexto económico en  el  que  la teoría marxista produjo un  cambio profundo, dando origen a lo que  se ha dado en llamar “marxismo occidental”. Esta tradición se estructuró a partir de los trabajos de una serie  de destacados intelectuales prove- nientes de  las  regiones occidentales de  Europa: Lukács, Korsch, Gra- msci, Benjamin, Marcuse, Horkheimer, Adorno, Della  Volpe,  Colletti, Lefebvre, Sartre y Althusser.

Como  afirma Anderson (1987), una serie de rasgos característicos definen y delimitan al “marxismo occidental” como una tradición inte- grada. La  fundamental es el progresivo y lento distanciamiento entre este  marxismo y la práctica política. La unidad orgánica entre práctica y teoría, característica de  la generación clásica de  marxistas, quienes desempeñaron una función intelectual orgánica y política dentro de sus respectivos partidos, iba  a perderse poco  a poco  en el medio siglo  pos- terior a la Primera Guerra Mundial3.

Entre mediados de la década del  veinte y los levantamientos del ‘68, el marxismo occidental se desarrolló de manera vigorosa, pero lejos de toda práctica política de masas. Este divorcio se vinculaba con  el pe- ríodo histórico que se correspondió con el auge  de este marxismo; el des- tino del marxismo en Europa fue el resultado de la ausencia de grandes levantamientos revolucionarios después de 1920,  con  la excepción de la periferia cultural –Yugoslavia, Grecia, España y Portugal. A esto se sumó la estalinización de  los  partidos herederos de  la Revolución Rusa, que contribuyó a hacer imposible una renovación genuina de la teoría en un marco de ausencia de levantamientos de masas. Así, la característica del marxismo occidental, como afirma Anderson (1987), es que constituye un producto de la derrota. El fracaso de la revolución socialista fuera de Ru- sia,  a su vez consecuencia y causa del derrotero de la Revolución Rusa, fue el trasfondo común a toda la tradición teórica de este período. Una de las consecuencias centrales de este proceso fue un silencio profundo del marxismo occidental en algunos de los campos más  importantes para la tradición previa al marxismo: el examen de las leyes económicas del mo- vimiento del capitalismo, y el análisis de las formas políticas del estado burgués, y de la estrategia política para superarlo4. El progresivo aban- dono de las estructuras económicas o políticas como puntos de interés fue acompañado por un cambio básico en todo el centro de gravedad del marxismo europeo, el cual  se desplazó hacia la filosofía.

3 Excepcionales en este  sentido fueron los casos de Lukács, Korsch y Gramsci, cuya  labor teórica sólo  puede ser  comprendida en  relación con  sus  compromisos políticos. Los  tres fueron destacados dirigentes políticos de sus  respectivos partidos, y además participantes y organizadores de levantamientos revolucionarios de masas.

 

Una consecuencia adicional fue el desplazamiento gradual de los lugares de producción del discurso marxista de los partidos socialistas y comunistas y de los sindicatos obreros hacia las  universidades y los institutos de  investigación. El  cambio inaugurado con  la  Escuela de Frankfurt a finales de 1920  y principios de 1930  se transformó en una tendencia dominante en  el período de la Guerra Fría. Este  cambio de terreno en la institucionalización del marxismo se reflejó en un cambio de  enfoque. Los  determinantes externos que  impulsaron el desplaza- miento de los principales focos  de la teoría marxista de la economía  y la política hacia la filosofía, y su  traslado de los partidos a las  univer- sidades, se  inscribían en  la  propia historia política del  período. Este cambio, sin  embargo, se complementaba con  otro elemento importan- te,  en  este  caso  interno a la  propia teoría: la  revelación tardía de  los más  importantes trabajos tempranos de Marx  –en especial los Manus- critos económicos-filosóficos de 1844.  A pesar de que  fueron publicados por  primera vez en 1932,  fue en la posguerra cuando se hicieron sentir dentro del marxismo los efectos del descubrimiento de estas obras del pensamiento de Marx.

Así, el marxismo occidental en su conjunto invertía, paradójica- mente, la trayectoria del  desarrollo del  propio Marx.  Mientras que  el fundador del  materialismo histórico se  había desplazado progresiva- mente de la filosofía a la política, y luego  a la economía, como terreno central de su pensamiento, los sucesores de la tradición que  surgieron después de  1920  volvieron las  espaldas cada vez más  a la economía  y la política para pasar a la filosofía, abandonando el compromiso con  lo que había sido  la gran preocupación del Marx  maduro. En este período se evidenció un  enorme interés del  marxismo por  discernir las  reglas de la investigación social descubiertas por  Marx,  pero enterradas en las particularidades circunstanciales de su obra. El resultado fue  que  una notable proporción de la producción teórica del marxismo se centró en un  debate sobre el método –Korsch, Sartre, Adorno, Althusser, Marcu- se, Della  Volpe,  Lukács y Colletti produjeron grandes síntesis, enfoca- dos esencialmente en problemas de cognición5. Un elemento adicional, en  el orden del  discurso, fue  que  el lenguaje en  que  estaban escritas las obras adquirió un  carácter cada vez más  especializado. Otra de las características del  marxismo occidental fue  que,  más  allá  de las  cues- tiones de método, se concentró en  el estudio de la cultura, en  un  sen- tido  amplio6. Las  sucesivas innovaciones en  temas sustantivos dentro del marxismo occidental reflejaban, de hecho, problemas reales que  la historia había planteado. Basta recordar los análisis de Gramsci sobre la hegemonía; las preocupaciones de la Escuela de Frankfurt sobre los desdoblamientos de la razón instrumental; Marcuse y su análisis de la sexualidad; las obras de Althusser sobre la ideología; y el tratamiento de Sartre sobre la escasez. Un rasgo fundamental común y latente en todos estos  análisis era  el pesimismo de las conclusiones.

 

4 Gramsci, nuevamente, constituye una excepción en este  campo.

 Se puede resumir, esquemáticamente, el conjunto de característi- cas que  definen el marxismo occidental, de la siguiente manera. Nacido luego  del fracaso de las revoluciones proletarias en las zonas avanzadas del  capitalismo europeo después de la Revolución Rusa, se desarrolló en  una creciente escisión entre teoría y práctica política, que  fue  am- pliada por  la burocratización de  la URSS.  Así, el divorcio estructural entre la  teoría y la  práctica, inherente a  las  condiciones políticas de la  época, impidió una labor político-intelectual unitaria del  tipo  que definía al marxismo clásico. El resultado fue  el traslado de la produc- ción  teórica a las universidades, lejos  de la vida  del proletariado, y un desplazamiento de la teoría desde la economía y la política a la filosofía; esta  especialización fue acompañada por  una creciente complejidad en el lenguaje. A su vez, la producción teórica marxista buscó inspiración en  los sistemas de pensamiento contemporáneo no  marxistas, respec- to  de  los  cuales se  desarrolló en  forma compleja y contradictoria. Al mismo tiempo, la concentración de los teóricos marxistas en el ámbito de la filosofía, junto con  el descubrimiento de los primeros escritos de Marx,  llevó  a  una búsqueda general retrospectiva de  los  antecesores filosóficos, y a una reinterpretación del materialismo histórico a la luz de ellos. Los resultados fueron múltiples: hubo un marcado predominio de  la  labor epistemológica, enfocada esencialmente en  problemas de método; el principal campo en que  se aplicó el método fue  la estética, o  la  cultura en  un  sentido más  amplio; las  principales producciones teóricas que desarrollaron nuevos temas ausentes del marxismo clásico revelaron un  persistente pesimismo. Lo determinante de esta  tradición fue su formación a partir de la derrota, las largas décadas de retroceso y estancamiento que atravesó la clase  obrera occidental después de 1920. Pero, pese  a todo, los principales pensadores permanecieron inmunes al reformismo. No  obstante su  lejanía de  las  masas, ninguno capituló ante el capitalismo triunfante como antes lo habían hecho teóricos de la II Internacional. Además, la experiencia histórica que  su obra articuló fue  también, en  muchos aspectos críticos, la más  avanzada del  mun- do,  ya que  abarcaba las  formas superiores de la economía capitalista, los  más  viejos  proletariados industriales y las  más  largas tradiciones intelectuales del  socialismo. Mucho de  la riqueza y la complejidad de este  historial se inscribió en  el marxismo occidental, así  como en  sus campos de  elección. El  resultado fue  que  este  marxismo alcanzó una sutileza mayor que la de cualquier fase anterior del materialismo histó- rico  (Anderson, 1987).

 

5 Korsch, Marxismo y filosofía; Sartre, Cuestiones de método y Crítica de la razón  dialéctica; Adorno, Dialéctica  negativa; Althusser, Para leer El Capital  y La revolución teórica de Marx; Marcuse, Razón y revolución; Della Volpe, La lógica como ciencia  positiva; Lukács, Historia y conciencia de clase y El asalto a la razón;  Colleti,  Hegel y el marxismo.

6 Gramsci, Los cuadernos de la cárcel; Lukács, Teoría del romance y Estética; Benjamin, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica;  Della Volpe, Crítica del gusto;  Sartre ¿Qué es la literatura? y Flaubert;  Althusser, Ideología  y aparatos ideológicos de Estado.

 EL  MARXISMO CONTINENTAL

Como  afirma Tosel  (2001a), la historia posterior a 1968  es extremada- mente compleja. Si  el  marxismo-leninismo continuó profundizando su  crisis irreversible, algunas grandes operaciones de  reconstrucción teórica testimoniaban una vitalidad contradictoria del  pensamiento marxista: entre 1968  y 1977,  se  desarrollan las  últimas tentativas de renovación inscriptas dentro de la corriente de la III Internacional o en sus  márgenes. Se  trató de  propuestas de  reforma intelectual, moral y política, formuladas por  teóricos ligados a los partidos comunistas. La obra de  los  grandes comunistas filósofos heréticos conoció su  último brillo. Lukács (1885-1971) escribe su  última gran obra Ontología del ser social  (1971-1973). Ernest Bloch (1885-1977) publica Atheismus im Christentum (1968)  y Experimentum Mundi (1975). En Italia, se publica la edición original de Los cuadernos de la cárcel (1975)  de Antonio Gra- msci  (1891-1937), que  permite evaluar de  manera más  interesante la filosofía de la praxis, al diferenciarla de la interpretación de Palmiro To- gliatti. En  Francia, Louis  Althusser (1918-1990) continúa haciendo de la polémica sobre una nueva expansión, y sobre las formas de la ciencia materialista de la historia, un elemento fundamental de la última discu- sión  filosófico-política internacional centrada en el marxismo, Filosofía y filosofía espontánea de los sabios  y Elementos de autocrítica (1974). La sombra proyectada por  el ‘68 colocó a la orden del día  las perspectivas de superación de la vieja ortodoxia y la búsqueda de una salida a la iz- quierda del estalinismo, y también colocó en cuestión la posibilidad de un  reformismo revolucionario que  centraba su  estrategia de poder en una democratización radical. Sin  embargo, estas esperanzas se vieron prontamente frustradas (Tosel,  2001a).

Hacia fines  de  la  década del  setenta, el  marxismo continental conoció un  proceso de  desagregación abierta, o  encubierta, ligada a la  marginación (en  el  caso  de  Francia y España), la  transformación social-liberal (Italia), o la implosión (Europa del  Este) de los partidos comunistas. La retracción del  marxismo continental se vinculaba a la evolución política del movimiento comunista.

Como   afirma  Anderson (1988), el  marxismo occidental había estado marcado por  una relación contradictoria respecto de  la Unión Soviética. A pesar del proceso de estalinización que  se desencadenó en la URSS  luego  de la década del treinta, las esperanzas de construir un orden social superior al capitalismo continuaron siendo parte del movi- miento comunista internacional. De allí la distancia permanentemente crítica de la tradición del marxismo occidental con respecto a la URSS. Entre 1954  y 1960,  la sociedad soviética vivió un  período de cambios, se  liberalizó la  vida  cultural, se  adoptaron reformas económicas y se proclamó una nueva política externa. Sin  embargo, los fracasos de los últimos años de Kruschev llevaron a un proceso de reacción encarnado por  el conservadurismo brezhnevista. El último intento de reforma en los países del Este  fue la Primavera de Praga. Este  proyecto de construir una democracia de los trabajadores, en un  país  con  fuertes tradiciones parlamentarias de preguerra y una cultura parecida a la de los países occidentales, fue  sofocado por  los  tanques soviéticos. La  invasión de Varsovia en 1968  clausuró las últimas esperanzas de desestalinización del bloque soviético. En  este  contexto, una nueva fuerza atrajo interés en el movimiento comunista, la Revolución Cultural China, que  llegó a parecer una forma superior de ruptura con la herencia institucionaliza- da  de la industrialización y burocratización estalinista. La Revolución Cultural proclamó como meta la superación de la división entre trabajo manual e intelectual, y entre campo y ciudad. Todo  esto debía realizarse a través de la administración popular directa. Sin embargo, la dirección de  la experiencia maoísta resultó muy  diferente de  las  promesas pro- clamadas. Ya a comienzos de la década del setenta, se hizo  evidente el significado de la Revolución Cultural: la represión de millones de per- sonas, el estancamiento económico y el oscurantismo ideológico, sim- bolizado en el culto a Mao.  El repudio a la Revolución Cultural, luego de la muerte del líder  chino, abrió el camino para una nueva política en un sentido mucho más  liberal y pragmático. La frustración respecto de la experiencia china, que iba a ser central en el desarrollo del marxismo occidental, iba a producir un efecto de división intelectual similar al del advenimiento del eurocomunismo.

La experiencia eurocomunista partió también de la crítica de la experiencia soviética, y su verdadera génesis fue la invasión de Checos- lovaquia. La alternativa eurocomunista hizo  hincapié en  la necesidad de preservar las libertades políticas, y en la defensa de un orden político que mantuviera las instituciones parlamentarias y repudiara la ruptura violenta del  orden capitalista. Lo que  buscaba era,  en  otras palabras, una vía pacífica, gradual y constitucional, situada en las antípodas del modelo de la revolución de octubre. La adopción del  eurocomunismo por  parte de las direcciones de los partidos comunistas puede conside- rarse como una aceptación tardía de  la preocupación heterodoxa por la democracia socialista en que se había basado desde el principio gran parte de la tradición del marxismo occidental. Otro  factor decisivo para la adhesión general al eurocomunismo fue la situación política del sur de Europa. A mediados de la década del setenta, la región parecía estar preparada para un  cambio profundo en el orden social. En  Francia, la derecha cayó  en  el descrédito después de  20 años de  gobierno ininte- rrumpido. En Italia, la corrupción y la incompetencia de la Democracia Cristiana habían dado lugar al surgimiento de una situación pre-revo- lucionaria, con  una izquierda extremadamente fuerte, hegemonizada por el Partido Comunista. La situación en Portugal también era amplia- mente favorable al movimiento comunista. Sin  embargo, las expectati- vas colocadas en el eurocomunismo se vieron rápidamente frustradas. Los  grandes partidos comunistas del  continente fueron derrotados en sus aspiraciones políticas. El Partido Comunista Italiano se desgastó en la búsqueda de una alianza con la Democracia Cristiana, defraudando a sus seguidores y sin conseguir llegar  al gobierno. El Partido Comunista Francés rompió su alianza con  la socialdemocracia cuando todavía era una organización fuerte, precipitando su  fracaso en  1978,  y volvien- do más  tarde al gobierno, pero debilitado y derrotado. Por  su parte, el Partido Comunista Portugués, que había rechazado el eurocomunismo, intentó sin  éxito  tomar el poder mediante un  golpe  burocrático y, con ello, terminó con la revolución portuguesa. Así, el período de alza abier- to en 1968 fue definitivamente cerrado en Europa en 1976, y la cuestión del  comunismo en  Europa occidental fue  enteramente resuelta con  la derrota de la revolución portuguesa y el declinio del PCI después de las elecciones de 1976 en Italia. Esta serie  de fracasos fue un golpe  demole- dor para aquellos que habían vislumbrado una nueva era del movimien- to obrero en la desaparición del viejo  orden del sur. Fue  en este  punto donde la  llamada “crisis del  marxismo” tuvo  su  origen y significado. Lo que  la desencadenó fue una doble decepción: la primera se produjo ante el desenvolvimiento de  la  alternativa China; la  segunda, ante el devenir de la situación en Europa occidental. Cada  una de estas alterna- tivas  se había presentado como una nueva solución histórica, capaz de superar los dilemas de la experiencia soviética. Sin embargo, resultaron incapaces de resolver los problemas políticos del momento. La decep- ción  crucial estuvo marcada por  la transformación del eurocomunismo en una versión de segunda clase  de la socialdemocracia. Esto afectó las perspectivas del socialismo en aquellos países avanzados que  parecían ofrecer las mayores oportunidades para un progreso del proletariado en occidente. En  este  punto se puede ver por  qué  la “crisis del marxismo” fue  un  fenómeno esencialmente latino: porque fue  en Francia, Italia y España donde la apuesta por  el eurocomunismo era  más  fuerte y, por lo tanto, donde su fracaso generó un golpe  más  duro. En este  contexto, el marxismo perdió de manera rápida su  relativa hegemonía. Muchos filósofos e intelectuales abjuraron con gran estruendo, o se distanciaron discretamente en función de su propia ética (Anderson, 1988).

Bajo  el efecto de esta desaparición espectacular, sin  embargo, se mantuvo una investigación libre y plural, aunque perdió uno  de sus tra- zos  fundamentales: su  relación con  las  fuerzas políticas y los  actores sociales que  la modernización capitalista había transformado violen- tamente. Pero la desaparición del  intelectual del  partido, el eclipse del intelectual consciente y crítico, no  constituyó un  episodio del  fin de la historia. Marx continuó siendo objeto de investigación y de tentativas de renovación con el objetivo de reformular una teoría crítica a la altura de la época, si bien  diferente de las operaciones de reconstrucción surgidas de las grandes herejías del comunismo del período anterior. Más  que  al fin del marxismo, asistimos a un  florecimiento disperso de varios mar- xismos. El surgimiento de varios marxismos se debió a la propia dinámi- ca del capitalismo mundial y a la aparición de nuevas contradicciones.

FRANCIA:  ALTHUSSERIANISMO, DECONSTRUCCIÓN Y RENACIMIENTO

Durante las tres décadas posteriores a la liberación, Francia llegó a disfru- tar de una primacía cosmopolítica en el universo marxista. El declive de esta tradición no fue, como hemos visto, un asunto meramente nacional.

Como afirma Anderson (1988), el tema central del debate francés durante los años cuarenta y cincuenta pasaba por entender la naturaleza de las relaciones entre estructura y sujeto en la sociedad y en la historia. La influencia filosófica más  importante del período era el existencialis- mo,  cuyas raíces se  encontraban en  Kojève,  Husserl y Heidegger, con su  ontología acentuada del  sujeto. A pesar de  sus  orígenes, el existen- cialismo francés se alineaba con  la izquierda y, en un  momento en que Francia se debatía en turbulentas luchas de clase,  intentaba conciliarse con  la realidad estructural del  partido comunista. El resultado fue  un intento de replantaer las relaciones entre sujeto y estructura como una especie de síntesis entre marxismo y existencialismo, propuesto por Sar- tre, de  Beauvoir, Merleau-Ponty. Los  debates fueron de  una calidad e intensidad poco  común, constituyendo uno  de los episodios más  ricos de la historia intelectual de la posguerra. La culminación de este debate fue la publicación de la Crítica de la razón dialéctica de Sartre, cuyo tema eran las interacciones entre praxis y proceso histórico, entre individuos y grupos, y entre grupos y lo práctico-inerte, en una historia desencade- nada por la escasez. En Cuestiones de método –publicado como prefacio a la Crítica–  Sartre se refiere esencialmente a los instrumentos teóricos necesarios para comprender el  significado total de  la  vida  del  indivi- duo,  concebido como “universal singular”. En  la Crítica  intenta ofrecer una exposición filosófica de  las  “estructuras  formales elementales” de cualquier historia posible, o una teoría de los mecanismos generales de construcción y subversión de todos los grupos sociales.

La historia en sí misma, la “totalización diacrónica” de todas es- tas “multiplicidades prácticas y de todas sus luchas”, debía ser el objeto de  un  segundo volumen. El horizonte era comprender la verdad de  la humanidad como un  todo –que  tenía una continuidad epistemológica con la verdad de una persona. El proyecto buscaba elaborar una historia global cuyo  fin sería una comprensión totalizadora del significado de la época contemporánea, un  proyecto por cierto monumental. Sin  embar- go, el segundo volumen escrito por Sartre fue  abandonado, quedando inconcluso. En  este acto de desistimiento, y en el silencio subsiguiente, se decidió gran parte del destino de la izquierda francesa y del marxis- mo.  Doce  años después, Sartre terminó su carrera con  un  monumental estudio sobre Flaubert, que  parecía anunciar la vuelta al proyecto bio- gráfico, mucho más  modesto, esbozado en Cuestiones de método.

Entretanto, todo el terreno de respuesta teórica había quedado vacío.  En  1962,  Lévi-Strauss publica El pensamiento salvaje,  duro ata- que  contra la Crítica  de la razón  dialéctica, que  contenía una antropo- logía  completamente alternativa, y concluía con  un  ataque directo al historicismo de Sartre, en nombre de las propiedades invariables de la mente humana y de la igual  dignidad de todas las sociedades humanas. De esta forma, echaba por tierra las pretensiones de la razón dialécti- ca y de la diacronía histórica construidas por Sartre, reduciéndolas a una mitología de lo civilizado contrapuesto al pensamiento salvaje. “El fin último de las ciencias humanas no  es construir el hombre sino  di- solverlo” (El pensamiento salvaje).  Cuando en 1965  apareció la réplica marxista, esta no fue un  repudio sino  una confirmación de la propues- ta estructuralista.

En  Para  leer El  Capital  (1967)  y La  revolución teórica  de Marx (1985), Althusser incorpora  al  marxismo la  crítica de  Lévi-Strauss a la historia y el humanismo, reinterpretado ahora como un  anti-huma- nismo teórico para el  que  la  diacronía no  era  más  que  un  “desarrollo de las  formas” del  conocimiento sincrónico. La innovación teórica que  provocó Althusser ejerció gran influencia en  la formación de  una nueva generación de jóvenes marxistas, desplazando a corrientes teóri- cas  anteriores como Sartre, pero también Lefebvre y Goldmann, entre otros. Althusser, retomando la visión  de  Lévi-Strauss, intentó resolver la compleja relación entre estructura y sujeto, haciendo de este  último un mero efecto ilusorio de las estructuras ideológicas. El Mayo Francés, sin embargo, colocaría al marxismo althusseriano en una difícil  encru- cijada: cómo explicar la irrupción espectacular de estudiantes, obreros y otros sujetos colectivos. Althusser era  el  candidato para responder teóricamente a la explosión política de la lucha de clases. Si bien  con dificultades para explicar el cambio, la elaboración de Althusser al me- nos contaba con una teoría de la contradicción y la sobredeterminación y, por  tanto, del tipo  de “unidad de ruptura” que podía dar  origen a una situación revolucionaria en una sociedad dividida en clases. Sin embar- go, el resultado fue otro. Althusser intentó ajustar su teoría concedien- do  un  espacio al papel de  las  masas que,  según reconocía, “hacían la historia”, aunque “los hombres y mujeres” no la hicieran. Sin embargo, la dirección general de la obra althusseriana no fue reproblematizada. La introducción del problema del sujeto histórico en la maquinaria de la causalidad estructural, iniciada en Para leer El Capital,  no condujo a una reelaboración teórica de los fundamentos del  marxismo althusse- riano, sino  a la incoherencia. La consecuencia de esto  fue  la desapari- ción  progresiva del marxismo althusseriano como corriente teórica de importancia a mediados de la década del setenta (Anderson, 1988).

A lo largo de esa  década, París fue  finalmente normalizada des- pués del  levantamiento del  Mayo  Francés, y muchos de los miembros más  estridentes de  la  generación del  ‘68, de  Kristeva a  Glucksmann, pasaron a la  ultraderecha de  los  nouveaux philosophes. Fue  entonces cuando las voces  de Lyotard, Derrida, Foucault, Baudrillard, Deleuze y Guattari pasaron a dominar la vida intelectual francesa, y decretaron la “muerte del sujeto” y el “fin de lo social”.

De todas formas, algunos debates sobre el humanismo continua- ron  por  un cierto tiempo, y dieron lugar a interesantes investigaciones, como las  de  Lucien Sève  en  Marxisme et théorie  de la personnalité. La propia crítica del  estructuralismo  como ideología de  la  eternidad, de una historia que  deviene inmóvil, colocó la cuestión de la historicidad en  su  singularidad, sin  recurrir a  improbables leyes  de  la  historia,  y evidenció la importancia de las formas como lógicas materiales (Lucien Sève, Structuralisme et dialectique). Sin embargo, la estructura finalista y las garantías del final  comunista mantuvieron de manera dogmática las fecundas intuiciones de la pluralidad de las dialécticas. Desde  otras instancias, más  sensibles a los  impasses del  marxismo, se  buscó una recuperación francesa de la filosofía de la praxis; en  un  momento paradojal de la crítica althusseriana, Gramsci alcanzó cierta importancia en Francia para pensar un  análisis hegemónico en las condiciones del capitalismo moderno en  su  fase  fordista (ver  los  trabajos de  Jacques Texier, Christine Buci-Glucksmann y André  Tosel  en  Praxis.  Vers  une refondation en philosophie marxiste). Desde  otras instancias reconstruc- tivas,  fuertemente teóricas, se intentaron análisis más  profundos, que buscaban ampliar el conocimiento de la sociedad, pero sin  lograr salir de un cierto aislamiento, a pesar de su vitalidad. Tal es el caso  de Henri Lefebvre, quien al analizar las formas concretas de la modernidad capi- talista (Le droit  à la ville y La production de l’espace) indicó, dentro del modo de producción estatal, los mayores obstáculos a la emancipación, y mostró la debilidad del marxismo al intentar resolver el problema (De l’État) (Tosel,  2001a).

Dentro de  la  retirada del  marxismo francés, se  debe  señalar la importancia del  trabajo de  Georges Labica que  logró  llevar  por  buen camino la difícil  tarea del  Dictionnaire critique du  marxism (1982), en colaboración con  G. Bensussan, que  permitió la manifestación de una pluralidad de marxismos.

En  este  período de deslegitimación violenta del marxismo, se mantuvo un  marxismo subterráneo post-althusseriano que,  a pesar de no tener relación orgánica con  la práctica y la organización, pudo des- envolverse en dos  sentidos: a través del descubrimiento continuo de la complejidad de una obra inacabada; y mediante la continuación de una cierta productividad teórica. En el primer sentido, se destaca la impor- tante contribución de Jacques Bidet en Que faire du capital?  Matériaux pour  une  refondation, que  es un  análisis crítico y una reinterpretación general de la obra marxista: verificando ciertas interpretaciones althus- serianas, Bidet muestra cómo la dialéctica hegeliana es, a la vez, obs- táculo y oportunidad del método de exposición de la crítica marxista, y propone una reexamen de todas las categorías del sistema –valor, fuerza de  trabajo, clases, salario, producción, ideología, economía–, eviden- ciando que  las  aporías de  la  concepción del  valor-trabajo no  pueden tener resolución sino  por  medio de  una lectura indisociablemente so- cio-política, que  obligue a pensar una economía efectivamente política del trabajo vivo. En  el segundo sentido, está  la elaboración original de Étienne Balibar que, después de intentar dilucidar los conceptos funda- mentales del materialismo histórico en su contribución a Lire Le Capital, recolocó en la discusión las categorías centrales sobre la temática de la subsunción real,  y orientó su producción a resaltar la permanencia de la  lucha de  clases (“Plus-value et  classes sociales” en  Cinq  études  du matérialisme historique). Balibar abandonó de hecho, en esos  años, un constructivismo dogmático para practicar una suerte de experimenta- lismo teorético de estilo aporético y problematizar las  incertidumbres de la teoría marxista del  estado, el partido y la ideología (“État, Parti, idéologie” en Marx et sa critique de la politique). A partir de esta  lectura de Marx,  y después de haber asimilado las tesis  del sistema-mundo de Wallerstein, Balibar muestra cómo la lucha de clases se relaciona con la gestión internacional de la fuerza de trabajo; cómo ella está doblemente subordinada por  la producción de identidades imaginarias nacionales y étnicas; cómo el potencial de  resistencia de  las  clases obreras está actualmente amenazado de ser transformado y alterado por  las formas nacionales y raciales; y, finalmente, cómo nacionalismo y racismo se implican el uno  con  el otro (Balibar y Wallerstein, Race,  nation, clas- se. Les identités ambiguës). También fueron de  importancia los  traba- jos de Nicos  Poulantzas, quien, a partir de una concepción sumamente abstracta, buscó fijar  las  líneas generales de  una teoría estructural de la práctica política (Pouvoir politique e classes  sociales), y repensar las funciones del estado desde una concepción relacional del poder (L’État, le pouvoir, le socialisme) (Tosel,  2001a).

Durante la década del noventa, se produce un retorno del marxis- mo  a la cultura francesa. Marx  se transforma en, por  lo menos, un  clá- sico  del  pensamiento. Las  revisiones se multiplican. Sin  duda, uno  de los trabajos más  activos en la recuperación del legado de Marx  fue el de Actuel  Marx que, bajo  la dirección de Jacques Bidet y Jacques Texier, or- ganizó y publicó importantes coloquios7. Texier  continuó, también, con sus  estudios sobre Gramsci, Marx  y Engels (Les  innovations  d’Engels, 1885, 1891, 1895 y Révolution et démocratie chez Marx et Engels).  Por su parte, Bidet, en su obra Théorie de la modernité (1990), se propone inte- grar el aporte de Marx  en el contexto más  amplio de la filosofía política y de las teorías sociales modernas. Para Bidet, lo propio de la moderni- dad  es que la dominación se articula de modo específico con una forma de  contractualidad que  no  puede dejar de  afirmar sus  exigencias. Se propone así establecer la existencia de un piso meta-estructural común, la “modernidad”, a partir del cual  se puedan pensar las condiciones de constitución de sistemas opuestos polarmente, y las del pasaje de uno a otro al interior de las condiciones límite del mundo moderno. A este enfoque de la modernidad corresponde una definición de la “libertad de los modernos” que  supera los límites liberales. Su proyecto consiste en llevar  a sus  últimas consecuencias el elemento democrático de  la tra- dición liberal, reformulando, bajo  una forma más  radical, el proyecto socialista de Marx.

Toda  una serie  de trabajos teóricos y académicos demuestran el retorno del marxismo al centro de la vida  intelectual francesa. Los tra- bajos de  Étienne Balibar proponen una práctica experimental que  le permite retomar un Marx rico en tensiones aporéticas y productivas (La philosophie de Marx),  y articular un  análisis de los fenómenos de iden- tidades y una reapropiación del  derecho natural revolucionario, pero sin  fundarlo en  un  neocontractualismo social-liberal (Les frontières de la démocratie). Estos proyectos de reconstrucción se fundan en base  a las teorías de la acción, consideradas, a la vez, como un  análisis crítico y fecundo de Marx,  e impulsan como contrapartida una crítica marxista de esas  teorías (por  ejemplo, André  Tosel,  L’esprit de scission). La cues- tión  ética reaparece en las obras de Lucien Sève (Pour une critique de la raison  bioéthique) e Yvon Quiniou (Figures  de la déraison politique). Se manifiesta también en la renovación, en el estudio de Marx,  de la pro- blemática utópica, con  los trabajos de Michel Vadée  (Marx  penseur du possible), Daniel Bensaïd (Marx  l’intempestif. Grandeur et misères d’une aventure critique [XIX-XXe  siècle]) y Miguel Abensour, quien explora la interrogación de Marx  por  lo político y la voluntad práctica de la eman- cipación (La démocratie contre  l’État. Marx et le moment machiavélien). En  el mismo sentido se dirige la defensa de Marx  por  Jacques Derrida (Spectres de Marx),  que  prevé  el provenir de un “espíritu” del marxismo irreductible a la necesaria deconstrucción de la metafísica occidental, y pleno de un nuevo internacionalismo (Tosel,  2001a).

7 El primero de los coloquios fue  organizado en la Sorbonne en 1990  bajo  el título “¿Fin del comunismo? ¿Actualidad del marxismo?”.

 

LA CRISIS DE  LA FILOSOFÍA DE  LA PRAXIS  EN  ITALIA

La  vigorosa tradición  del  marxismo italiano, de  gran  originalidad  y fuertemente vinculado a las  luchas sociales, se remontaba a fines  del siglo  XIX. Labriola, filósofo de origen hegeliano, adhirió al marxismo en  1890,  y su  influencia fue  fundamental para el desarrollo posterior del marxismo. La obra de Labriola fue heredada y continuada por Mon- dolfo,  otro filósofo de  origen hegeliano, de  gran importancia para la generación de Gramsci.

Luego de la experiencia fascista, se publican por  primera vez los escritos producidos por  Gramsci durante su  confinamiento. La  pre- sencia de  esta  herencia marxista nativa, que  culminó en  la gran obra emprendida por  Gramsci, ayudó a inmunizar al marxismo italiano de lo peor del  estalinismo soviético. Pero, por  otro lado,  la canonización póstuma de Gramsci sirvió, paradójicamente, para esterilizar la propia vitalidad de la tradición italiana. La figura de Gramsci fue convertida en un  ícono oficial, mientras sus  escritos eran olvidados. Como  resultado, la  principal tendencia teórica que  se  desarrolló dentro del  marxismo después de la Segunda Guerra Mundial fue  una reacción contra la as- cendencia filosófica representada por  Labriola y Gramsci.

El fundador de la nueva escuela fue Galvano Della Volpe, filósofo afiliado al PCI en 1944.  La influencia de Della  Volpe  fue escasa duran- te  gran parte de  su  vida,  hasta después de  la  década del  sesenta. En este  período, los  temas filosóficos de  la escuela empezaron a adquirir resonancia entre miembros más  jóvenes. En  particular, se podía inter- pretar que  la insistencia filosófica en la importancia de la “abstracción científica determinada”, característica de la obra de Della  Volpe,  impli- caba la necesidad de un  análisis de la sociedad italiana en términos de las categorías “puras” del capitalismo desarrollado, con  unos objetivos políticos correspondientemente  “avanzados” a  ser  perseguidos por  la clase  obrera. Esto estaba en  oposición a la ortodoxia del  PCI,  que  su- brayaba el carácter atrasado e híbrido de  la sociedad italiana, lo cual exigía  reivindicaciones más  limitadas, de  tipo  “democrático” más  que socialistas. Della  Volpe  y su escuela fueron resueltamente anti-hegelia- nos,  negativos en su evaluación de la filosofía de Hegel,  y positivos en su  afirmación de que  el pensamiento de Marx  representó una ruptura completa con  Hegel  (ver  Logica  come  scienza positiva). Colletti, discí- pulo  de Della Volpe,  escribió el principal ataque contra el hegelianismo en Hegel e il marxismo, obra concebida como una demostración de que Hegel  era  un  filósofo cristiano intuitivo cuyo  propósito teórico era  la aniquilación de  la  realidad objetiva y la  devaluación del  intelecto, al servicio de la religión, y que  por  tanto estaba en las antípodas de Marx (Anderson, 1987).

El caso de Italia, en las décadas del setenta y ochenta, es singular; país  del  más  importante y liberal partido comunista europeo, rico  en una tradición marxista propia y fuerte, la de la filosofía de la praxis, co- noció una disolución rápida de esa tradición. La estrategia proclamada de construcción contrahegemónica se transformó, poco  a poco, en una simple política democrática de  alianzas electorales. El  historicismo, más  togliatiano que  gramsciano, entró en una crisis irreversible. Hasta ese  momento, este  había conseguido articular la  perspectiva general, abstracta, de una transformación del modo de producción capitalista y la determinación de una política de reformas en el supuesto de alcan- zar  ese fin, así como brindar su confirmación en el movimiento real,  es decir, en la fuerza del partido y la realidad de las masas. Si este  histo- ricismo evitó  que  el marxismo italiano conociera el Diamat soviético, y durante largo tiempo evitó la reverencia a las leyes históricas generales, la previsión de las  condiciones de posibilidad del  deslocamiento revo- lucionario hegemónico acabó por  diluirse en una táctica sin  otra pers- pectiva que  el mantenimiento de  un  vínculo con  el campo socialista, justificando la idea  de una estratégica dupla.

Las subsiguientes investigaciones de inspiración gramsciana es- tuvieron guiadas por  una actualización cada vez más  democrática-libe- ral.  Fueron de importancia las  obras de especialistas cuyo  trabajo fue fundamental para la edición de los Quaderni, por  aclarar la estructura interna y el movimiento del pensamiento de Gramsci (Gerratana, espe- cialmente; Baladoni; Francioni; Lo Piparo; Paggi  y Vacca, entre otros).

 Otras investigaciones también se  centraron en  el  análisis de  los  tex- tos  de juventud de Marx,  y en  los manuscritos de 1861-1863. Pero, de hecho, la  filosofía de  la  praxis perdió el vínculo con  el programa de análisis que le brindara especificidad, y este fue tendencialmente recon- ducido por  las  incertezas respecto de  sus  orígenes, en  otras filosofías anteriores a Gramsci.

A esta  dilución corresponde la desaparición de otra vía alternati- va que  existía en estos  años, la elaboración de Galvano Della  Volpe.  La apelación metodológica dellavolpiana, al pensar el galileismo moral de Marx  –autor de  una teoría científica humeana-kantiana de  la abstrac- ción  determinada–, termina por abandonar la dialéctica hegeliana-mar- xiana por  considerarla una pura especulación metafísica, incapaz de pensar la lógica  determinada del objeto determinado. Ciertos continua- dores de la obra de Della Volpe siguen trabajando, pero el cientificismo de  este  fue  traducido al  lenguaje del  empirismo de  Popper, y retorna en polémica anti-Marx. Ejemplar en este  sentido es la parábola de Lu- cio  Colletti. Su  obra marxista se  concentra en  Hegel  y el  marxismo: recusando la dialéctica hegeliana entre entendimiento analítico y razón dialéctica, sostiene la universalidad del método científico por  medio de la hipótesis experimental. Marx  fundó una sociología que  explicita las leyes  del  sistema capitalista, al vincularlas a la generalización del  tra- bajo  abstracto y la reificación que  esta  implica. La  teoría tiene como horizonte la lucha contra la realización de esa  abstracción, contra esa alienación-reificación. La liberación debe  desembocar sobre otra lega- lidad. Pero, rápidamente, Colletti rechaza la cientificidad de esta  socio- logía basada en la teoría del valor  trabajo, y separa crítica romántica de alienación y análisis objetivo. Particularmente, el autor discute la teoría de la contradicción dialéctica, que  él reemplaza por  la oposición real. Las cosas se aceleran, y la teoría del valor  trabajo es rechazada a partir del  problema clásico de  la transformación de  valores en  precios.  Así, partiendo de un marxismo anti-revisionista y científico, Colletti sale por etapas del marxismo para alinearse con la epistemología defendida por Popper y las  opciones políticas a favor  de  una ingeniería social para reformar la sociedad (Intervista filosofica-politica; Tra marxismo e no, y Tramonto dell’ideologia) (Tosel,  2001a).

El marxismo italiano se encontró, a mediados de  la década del setenta, en un debate que  ponía el acento en una serie  de cuestiones de teoría política, mostrando las  debilidades del  historicismo y el carác- ter  híbrido de una teoría política suspendida entre la afirmación de la democracia parlamentaria y la crítica de  los  impasses de  esta  última. Norberto Bobbio puso en cuestión, a través de diversas intervenciones, una serie  de temas clave para la problemática marxista. Las tesis  de Bo- bbio  eran las siguientes: en primer lugar, no existía una teoría política marxista, sino una crítica de la política que nunca había respondido a la cuestión de precisar las funciones sociales que el estado socialista debía asumir. La respuesta histórica dada por  la experiencia soviética era  la de un  despotismo centralizado que  implicaba un  retroceso de las liber- tades civiles;  la teoría marxista fetichizada por  la teoría del partido no innovó en  la invención de mecanismos democráticos de poder. En  se- gundo lugar, la vía nacional al socialismo y la temática de la democracia progresiva del  PCI conjugaron bien  el respeto al pluralismo  político y la situación constitucional, pero, al mantener la referencia a una demo- cracia soviética, plantearon un interrogante sobre el mantenimiento de las instituciones liberales una vez conquistado el poder. Por  último, los teóricos marxistas, con  la excepción de Gramsci, no contribuyeron con la teorización de las dificultades de la democracia moderna, ni plantea- ron  cuestiones relevantes (Il Marxismo e lo Stato). El marxismo italiano no  pudo responder de  manera creativa a  estas cuestiones, y terminó por  concluir, junto con  la dirección del partido, que  sólo una teoría po- lítica  iusnaturalista liberal-social podía inspirar la acción de un partido de masas que  fue reducido, por  una evolución sociológica, a funcionar como los partidos de opinión, centrados en reformas democráticas con- sistentes en  mejorar las  condiciones de  vida  de  los  más  necesitados. En  síntesis, el marxismo italiano diluyó en gran parte su influencia al metamorfosearse con  el social-liberalismo y aceptar el liberalismo de teóricos de la justicia al estilo de Rawls, sin siquiera conservar el senti- do de las aporías planteadas por  Bobbio. Ejemplo de esta  evolución es el camino de Salvatore Veca, durante mucho tiempo director de la Fun- dación Feltrinelli, quien, partiendo de  una defensa de  la cientificidad de  Marx,  en  un  estilo dellavolpiano (Saggio  sul  programma scientifico di Marx),  se transforma en el introductor de Rawls  y del liberalismo de izquierda (La società  giusta;  Una  filosofia pubblica), desarrollando una crítica de Marx fundada en la denuncia de la ausencia de una verdadera teoría de la justicia (Tosel,  2001a).

A pesar de esta  desagregación espectacular del marxismo italia- no, no se puede dejar de reconocer la importancia de trabajos como los de Domenico Losurdo, cuyos análisis de las  formas políticas liberales actuales enriquecieron la  contracorriente del  pensamiento liberal oc- cidental (Democrazia o Bonapartismo). Este  historiador de la filosofía, con  sus  estudios consagrados a Kant, Hegel,  Marx,  y a la historia de la libertad en la filosofía alemana clásica del siglo XIX, ofrece una contra- historia de la tradición liberal, y muestra que,  lejos  de coincidir con  la historia de la libertad, la tradición liberal definió los derechos del hom- bre como aquellos del propietario privado, negando la universalidad del concepto del  hombre que  supuestamente afirmaba. La historia de  los derechos del hombre se entrecruza con  la historia de la lucha de clases y de masas, inspirada en una tendencia dominante de la modernidad, el humanismo civil o republicanismo plebeyo, cuya  inspiración se puede rastrear hasta Rousseau, Hegel  y Marx.  La  resistencia historiográfica jugó  también el rol  de una base  teórica para el relanzamiento de esta tendencia y de este  marxismo, invitándolo a realizar su autocrítica. En otros trabajos, Losurdo analiza la  coyuntura política italiana, y esta- blece  un  vínculo entre el liberalismo federalista y el post-fascismo (La Seconda Repubblica. Liberismo, federalismo, postfascismo). En Marx e il bilancio storico  del Novecento, se presenta un  balance histórico-teórico del comunismo y del marxismo en nuestro siglo, reivindicando el conte- nido emancipador inicialmente existente en la revolución de octubre, y procediendo al mismo tiempo a la crítica de los elementos de la utopía abstracta en Marx  en lo concerniente al estado.

En  los últimos años, ha  proliferado en  el marxismo italiano un esfuerzo de  renovación. Con  base  en  la obra historiográfica crítica de Losurdo, y en  la  escuela marxista de  la  historia del  pensamiento, se desarrollaron tentativas de reconstrucción sistemática, dos  de ellas particularmente importantes. La primera es la de Giuseppe Prestipino que  reformula después de varios años una reconstrucción de la teoría de los modos de producción pensados en  términos de bloques lógico- históricos: en toda sociedad humana se presupone la existencia de un patrimonio antropológico-histórico constituido por  una serie  de siste- mas:  productivo, social, cultural e institucional. Estos sistemas se pue- den  combinar en el curso de la historia en estructuras diferentes, o en función del sistema dominante en el modelo teórico de una formación dada. La tesis de una dominancia invariable de la base  productiva sobre la superestructura cultural es propia de  un  bloque de  la primera mo- dernidad. En  la actualidad, están en  competencia el bloque moderno y el posmoderno. El primero, dominado por  el elemento cultural bajo la forma de  una racionalización omnicomprensiva. El bloque posmo- derno estaría dominado por  la  institución pública, en  el  estado más elevado del  sistema ético-jurídico supra-estatal y supra-nacional, que tendría por  tarea guiar hegemónicamente los otros elementos (Da Gra- msci a Marx. Il blocco logico-storico; Per una  antropologia filosofica; Mo- delli di strutture storiche. Il primato etico nel postmoderno). La segunda tentativa de  reconstrucción sistemática es la de  Constanzo Preve  que, partiendo de un  programa de reformulación sistemática de la filosofía marxista sobre la base  luckacsiana de la ontología del  ser  social, inte- grando la temática de la utopía ética y centrándose sobre la temática de una ciencia althusseriana del  modo de producción (Il filo di Arianna), se confronta con  las dificultades de un  cierto eclecticismo. Sus  últimas investigaciones lo hacen renunciar al programa de una ontología de ser social, y redefinir una filosofía comunista, criticando las  nociones de clase-sujeto, paradigma del  trabajo y necesidades, en  una confronta- ción  con los teóricos de la posmodernidad (Il tempo della ricerca. Saggio sul moderno, il post-moderno e la fine della storia)  (Tosel,  2001a).

 LA TEORÍA CRÍTICA DE  LA ESCUELA DE  FRANKFURT

Desde  sus  inicios en  1924,  el Instituto de  Investigaciones Sociales de Frankfurt buscó un  modelo de organización del trabajo científico que, partiendo del concepto de “filosofía social” (Sozialphilosophie), intenta- ra elaborar una teoría del conjunto de la sociedad mediante la integra- ción  de las investigaciones multidisciplinarias  (economía, sociología y filosofía), de forma tal de explicar las nuevas condiciones de reproduc- ción  del  capitalismo: su  capacidad de  superar las  crisis y las  nuevas formas de la ideología y la cultura.

La evolución del programa de investigaciones del Instituto se re- lacionó con una serie  de cambios en las experiencias históricas del con- flictivo período: el análisis de la situación en la Unión Soviética a partir de la consolidación del  estalinismo, la derrota del  movimiento obrero en  la  República de  Weimar, y el  ascenso del  nazismo. Estos sucesos llevaron a la teoría crítica a reformular la compresión que  tenía de  sí misma, redefiniendo las relaciones entre teoría y práctica, y entre teo- ría  y sujeto revolucionario. También fue  reconceptualizada la relación entre teoría crítica y marxismo8.

Esta reformulación de la relación entre teoría y praxis, a la luz de la derrota de la clase  trabajadora en  Alemania y del  terror estalinista, ya puede ser  rastreada en  el ensayo de  Horkheimer, Teoría  tradicional y teoría  crítica,  de  1937.  En  este  trabajo, el  autor enfatiza el  posible conflicto de la teoría de la sociedad, con  un propósito emancipatorio,  y la conciencia empírica de la clase  social que  sería el agente de la trans- formación emancipatoria. La relación entre el teórico y las fuerzas so- ciales  de transformación sería conflictiva por  naturaleza. Horkheimer percibe que  la economía es la causa fundamental de la infelicidad hu- mana. Sin  embargo, también se da cuenta de que  la teoría de las crisis económicas ya  no  es  suficiente para analizar las  contradicciones del período de entreguerras; y, como la transformación histórica tiene una dimensión cultural, los fenómenos de crisis no son experimentados sólo como disfuncionalidades económicas, también lo son  como crisis vivi- das.  Horkheimer intenta resolver teóricamente una serie  de  tensiones que  aparecen. Por  un  lado,  reconoce que  no  sólo  no  hay  convergencia entre el punto de vista  del teórico y el de los movimientos emancipato- rios,  sino  que,  más  bien, se constata una distancia cada vez mayor. Por otro lado,  el autor alemán se aferra firmemente a la crítica de la econo- mía  política como modelo de investigación, e insiste en las influencias emancipatorias inherentes a  este  tipo  de  crítica. Este  equilibrio sus tentado por  Horkheimer en  su  ensayo de  1937  fue  perturbado por  el estallido de la Segunda Guerra Mundial, momento a partir del cual  se produce un cuestionamiento profundo del modelo marxista. El paso del modelo de la “teoría crítica” hacia la “crítica de la razón instrumental” se produjo cuando esta  división creciente entre teoría y práctica llevó a un  cuestionamiento de  la propia crítica de  la economía política. La transformación de la naturaleza del capitalismo entre las dos  guerras, y las consecuencias de esto  para la crítica marxista de la economía po- lítica, fueron el punto central en el desarrollo analítico de la Escuela de Frankfurt (Benhabib, 1999).

8 Para un  análisis de  la  evolución de  pensamiento del  Instituto entre comienzos de  la década del  treinta y mediados de  la  década siguiente, ver  el excelente trabajo de  Seyla Benhabib (1999).

 

Las  funciones del  mercado fueron transformadas por  el capita- lismo de  estado. La estatización creciente de  la sociedad y las  nuevas funciones del estado crearon estructuras institucionales que  requerían nuevas categorías de  análisis. La  crítica marxista de  la economía po- lítica  fue  también una crítica de  la formación social capitalista como un  todo. En  la fase  del capitalismo liberal, era  posible una crítica de la formación social a través de la crítica de la economía política, porque las  relaciones sociales de  producción definían el elemento institucio- nal  fundamental del  capitalismo liberal, al legitimar un  cierto patrón de  distribución de  riqueza, poder y autoridad; y, a su  vez,  porque las relaciones de intercambio en el mercado capitalista daban legitimidad normativa a esa  sociedad, en la medida en que  los diferenciales resul- tantes de poder y privilegio sociales eran vistos  como consecuencias de las  actividades de  individuos que  negociaban libremente. Con  la des- aparición del mercado autónomo, la crítica de la economía política ya no  podía servir de base  para una crítica de la nueva formación social. Dicho  de otra manera, una teoría crítica del  capitalismo de estado no puede ser una crítica de la economía política del capitalismo de estado. Con la desaparición del mercado autónomo en un sistema de controles estatales directos, la distribución de la riqueza, el poder y la autoridad se politizan. Esa  distribución ya no  es más  consecuencia de  las  leyes del  mercado, sino  de  directrices políticas. Para analizar la estructura social del  capitalismo no  se necesita una economía política, sino  una sociología política. Con la politización del mercado, los ideales norma- tivos  y las  bases ideológicas del  capitalismo liberal se transformaron. Las  normas de  legitimación del  capitalismo de  estado precisaban ser nuevamente analizadas. Con  la decadencia del  mercado autónomo, la “legalidad” también declinó; el liberalismo se transformó en  autorita- rismo político y, eventualmente, en totalitarismo.

El núcleo de  lo que  será conocido como “la teoría social crítica de la Escuela de Frankfurt” será el análisis de la transformación del ca- pitalismo liberal del siglo  XIX en democracias de masas, y también en sociedades totalitarias del tipo fascista y nazi. El texto en que  el nuevo paradigma de la teoría crítica es mejor desarrollado es Dialéctica de la Ilustración (1944). En  este texto, Adorno y Horkheimer afirman que  la promesa iluminista de  liberar al  hombre de  la  tutela a que  él mismo se expone no  puede ser cumplida a través de la razón, que  es un  mero instrumento de autopreservación. La historia de Odiseo9 revela la marca oscura en la constitución de la subjetividad occidental: el miedo que  yo tengo de “otro” –identificado con  la naturaleza– fue superado, en el de- curso de la civilización, por la dominación del otro. Así, como el otro no es completamente extraño, la dominación de  la naturaleza sólo  puede significar autodominación.  Sin  embargo, como mostraba la  regresión civilizatoria manifiesta en la barbarie del nacional-socialismo, la razón occidental no había conseguido superar el temor original que  la huma- nidad experimentaba con respecto al otro –el judío es el otro, el extraño, humano y no humano al mismo tiempo. El interés en la historia subte- rránea de la civilización occidental, que el cuerpo del texto desvenda, es el principio metodológico que  nortea la historia de la razón occidental. La historia de Odiseo y la del holocausto, el mito que  es el Iluminismo y el Iluminismo que  se transforma en  mitología, son  los  marcos de  la historia occidental: la génesis de la civilización y su transformación en barbarie. Adorno y Horkheimer rastrean la irracionalidad y el raciona- lismo cultural hasta sus orígenes, es decir, hasta el principio de identidad, que es la estructura profunda de la razón occidental. La estructura apo- rética de una teoría crítica de la sociedad, tal como concebida por los autores, se torna evidente. Si la promesa del Iluminismo y de la racio- nalidad cultural revela apenas la culminación de la lógica  identificatoria constitutiva de la razón, la teoría de la dialéctica del Iluminismo, hecha con los instrumentos de esa misma razón, perpetúa la propia estructura de dominación que  condena. La crítica del Iluminismo cae en la misma aporía que  el propio Iluminismo. Así, la consecuencia más  amplia del proyecto de crítica del Iluminismo es la propia transformación del con- cepto de crítica. La transformación de la crítica de la economía política en crítica de la razón instrumental marca un  cambio en el objeto de la crítica, así  como en  su  lógica. Los  tres aspectos de la crítica son  pues- tos en cuestión: crítica inmanente, crítica desfetichizada y crítica como diagnóstico de la crisis. La crítica inmanente se transforma en dialécti- ca negativa; la crítica desfetichizada se torna crítica de la cultura, y el diagnóstico de la crisis es convertido en una filosofía retrospectiva de la historia, con propósitos utópicos (Benhabib, 1999)10.

 

9 Ver “Odiseo y el mito del iluminismo” en Adorno y Horkheimer (1987).

10 La obra posterior de Adorno, hasta su Dialéctica  negativa, puede entenderse como una elaboración de las tesis  básicas de Dialéctica  de la Ilustración. Adorno transforma la crítica inmanente en diálectica negativa, precisamente para minar la identidad especulativa entre concepto y objeto, esencia y apariencia, posibilidad y necesidad, postulada por  Hegel.  La dialéctica es una interminable transformación de los conceptos en sus opuestos, de aquello planteó desde sus  orígenes requería una ampliación de  sus  temas y la búsqueda de un nuevo paradigma explicativo. Ya que,  si los parámetros originales de  la teoría crítica llevaban a que  fuese  puesta en  riesgo la propia posibilidad de la crítica de la emancipación, son esos parámetros los que tienen que ser revisados, so pena de perder exactamente esa tra- dición de pensamiento. Para Habermas, son  las propias formulaciones originales de Marx las que tienen que ser abandonadas. Y eso no porque pretenda echar mano de la crítica sino porque, para él, los conceptos ori- ginales de la teoría crítica no son  lo suficientemente críticos frente a la realidad, porque ignoran aspectos decisivos de las relaciones sociales.

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En  suma, para Adorno y Horkheimer la  sujeción al  mundo tal como aparece no  es más  una ilusión real  que  puede ser  superada por el comportamiento crítico y la acción transformadora: es una sujeción sin  alternativas, porque la  racionalidad propia de  la  teoría crítica no encuentra bases concretas en  la realidad social del  capitalismo admi- nistrado, dado que  ya  no  son  discernibles las  tendencias reales de  la emancipación. Así, el propio proyecto crítico se encuentra en una apo- ría:  si la  razón instrumental es  la  única racionalidad del  capitalismo administrado, entonces ¿cómo es  posible la  crítica a  la  racionalidad instrumental? Adorno y Horkheimer asumen esa  aporía, diciendo que ella es, en el capitalismo administrado, la condición de una crítica cuya posibilidad se tornó extremadamente precaria (Nobre, 2003).

Habermas fue  quien, luego   de  Adorno y  Horkheimer, dio  su forma concreta al  proyecto de  continuación crítica de  la  Escuela de Frankfurt. La teoría de Habermas significó, por  un  lado,  un  retorno al programa original de  una teoría crítica de  la sociedad. Por  otro lado, mediante su recepción de la filosofía analítica del lenguaje, la sociolo- gía funcionalista y la teoría weberiana del proceso de racionalización, Habermas hizo  valer distinciones categoriales, tanto frente a la primera teoría crítica, como a la tradición marxista en conjunto, por  medio de las cuales quedó abierto para la teoría crítica un  modo de escapar del callejón sin salida del negativismo dialéctico, sin necesidad de retornar al positivismo pseudo-dialéctico.

Para Habermas, apoyar conscientemente la posibilidad de la crí- tica en una aporía –como en el caso  de Adorno y Horkheimer– significa poner en  riesgo el propio proyecto crítico. Esto fragiliza tanto la posi- bilidad de un  comportamiento crítico en relación con  el conocimiento, como la orientación para la emancipación. Habermas propone un diag- nóstico divergente en relación con  aquel presentado en la Dialéctica del Iluminismo. En  este sentido, para Habermas se trata de constatar que el enfrentamiento de  las  tareas clásicas que  la propia teoría crítica se que es en lo que podría ser pero no es. El próposito de Adorno es mostrar la superficialidad de aquello que  es; mostrar que  el objeto desafía su  concepto y que  el concepto está  con- denado al fracaso en su búsqueda de la esencia. Adorno debilita los propios presupuestos conceptuales de la crítica inmanente que  practica. La dialéctica negativa se convierte en una dialéctica de la negatividad pura, de la contestación de lo real.  El discurso de la nega- tividad rechaza aquello que Marx  era capaz de presuponer: que la comprensión de la nece- sidad de lo que es también llevaría a la comprensión de lo que podía ser, y que lo que podía ser era  algo por  lo que  valía  la pena luchar. La dialéctica negativa, en contraste, niega que haya una lógica  emancipatoria que  sea inmanente a lo real.  A pesar de que  la crítica de la economía política no sirve de modelo, todavía hay normas y valores que tienen un conteni- do emancipatorio; estos  tienen que ser buscados en las promesas utópicas no cumplidas de la cultura, el arte y la filosofía –como es el caso  de Adorno–, o en las estructuras profundas de la subjetividad humana que  se rebelan contra la sociedad opresora –por  tomar el caso de Marcuse (Benhabib, 1999).

 En  Teoría de la acción comunicativa, Habermas pretende recons- tituir la unidad de la razón disociada por la modernidad. Para ello, parte del diagnóstico según el cual  la racionalidad instrumental es una racio- nalidad trunca. La modernización hizo  triunfar la racionalidad del en- tendimiento de la ciencia y la técnica, uno  de los aspectos de la razón del siglo XVIII. Para Horkheimer, la racionalidad industrial encarnaba esta razón trunca. Pero la Teoría de la acción comunicativa no comparte las consecuencias de Dialéctica del Iluminismo. Para escapar de las aporías de  esta obra, Habermas formula un  nuevo concepto de  racionalidad. Para el  autor, la  “racionalidad  instrumental”,  que  es  identificada por Adorno y Horkheimer como la racionalidad dominante y, por ello, obje- to por excelencia de la crítica, puede ser controlada. Para resolver este problema, Habermas formula una teoría de la racionalidad doble, una racionalidad instrumental y una racionalidad comunicativa (ver Haber- mas, 2003).  Así, pretende demostrar que  la evolución de las formas de racionalidad lleva a una diferenciación progresiva de la razón humana en dos  tipos de racionalidad, inmanentes a las formas de acción huma- na. La acción instrumental, en que el agente calcula los mejores medios para alcanzar determinados fines,  está orientada por el éxito. En  con- traste con  este tipo de racionalidad, surge la racionalidad propia de la acción comunicativa, aquella orientada al entendimiento y no a la mani- pulación de objetos y personas con  vistas a la reproducción material de la vida. La distinción de Habermas entre “sistema” y “mundo de la vida” deriva de la necesidad de un concepto de racionalidad complejo, en que la racionalidad instrumental pasa a estar limitada, de modo de no anu- lar las estructuras comunicativas profundas presentes en las relaciones sociales. El objetivo de Habermas es mostrar las vertientes del proyecto moderno que  no  fueron continuadas; explorar las  interrupciones, dis- continuidades y potencialidades que  permanecen ocultas. Frente a las aporías que  surgen en el análisis del Iluminismo, existe una alternativa todavía inexplorada del proyecto moderno (Nobre, 2003).

A la  segunda generación de  la  Escuela de  Frankfurt, la  sucede hoy  la tercera, compuesta por  los alumnos de Habermas (Axel Honne- th), Schmidt (Matthias Lutz-Bachmann, Gunzelin Schmid Noerr) y Wellmer (Martin Seel), quienes hicieron sus primeras armas en los debates de la década del ochenta.

Axel Honneth, tal vez el miembro más  importante de la teoría cri- tica de esta generación, fue asistente de Habermas en el Instituto de Filo- sofía de la Universidad de Frankfurt, lo sucedió en su puesto en la Univer- sidad, y luego  se transformó en director del Instituto de Investigaciones Sociales. Honneth continuó con  el trabajo de Habermas, desde una po- sición crítica. Así como Habermas presentó su teoría como una solución a las  aporías de los trabajos de Adorno y Horkheimer, Honneth intenta demostrar que  la solución habermasiana plantea nuevos problemas que precisan ser resueltos filosóficamente. Uno  de los elementos centrales de la crítica a Habermas es lo que  Honneth llama déficit sociológico; déficit que  queda demostrado en la distinción dual, cargada de ambigüedades, entre sistema y mundo de la vida, y en el entendimiento habermasiano de la intersubjetividad comunicativa, que  no es estructurada por la lucha y el conflicto social. Esta distinción buscó garantizar tanto la posibilidad de una limitación de la razón instrumental como la perspectiva de la acción emancipatoria, intentando escapar a las aporías que  enfrentaron Adorno y Horkheimer. Así, Habermas justificó también la necesidad de la racio- nalidad instrumental como elemento de coordinación de la acción, indis- pensable para la reproducción material de la sociedad. Para ello fue obli- gado, según Honneth, a neutralizar normativamente el sistema, de modo de tornarlo contrario a la lógica  comunicativa. Con esto, se volvió incapaz de pensar cómo el propio sistema y su lógica  instrumental son  resultado de conflictos permanentes, capaces de moldearlo conforme a las correla- ciones de fuerzas sociales. Si concuerda con Habermas en la necesidad de construir una teoría crítica sobre bases intersubjetivas, se distancia de él al defender la tesis de que la base  de la interacción social es el conflicto, y su gramática, la lucha por el reconocimiento. Honneth coloca el conflicto social como objeto central de la teoría crítica, y busca extraer de este con- flicto los criterios normativos de su teoría (Nobre, 2003).

El pensamiento de Wellmer debe  entenderse como originado en el giro que la obra de Habermas imprime a la tradición crítica frankfur- tiana. Tiene  como marco, en cierto modo, la Teoría  de la acción  comu- nicativa, pero Wellmer es  también discípulo de  Adorno, y la  obra de este  es un  punto de referencia esencial. Frente a la idea  de Habermas de una reconciliación de la modernidad consigo misma, Wellmer desa- rrolla una imagen distinta, influenciado por  el pensamiento de Adorno, Wittgenstein y Heidegger, y proyecta la imagen de una modernidad no sólo no reconciliada consigo misma, sino  de una “modernidad irrecon- ciliable” –como aparece en el subtítulo del libro.

La dialéctica del desgarramiento y reconciliación, en cuya  perspectiva normativa la tradición hegeliano-marxiana de pensamiento crítico enfocó  desde un  principio el desenvolvimiento de la modernidad, ya no puede resolverse mediante la utopía basada en la idea  de una reconci- liación radical que la modernidad hubiese de proyectar desde sí misma [...] una idea  de libertad racional en el mundo moderno sólo es posible sobre la idea de una constante liberación o producción de desgarramien- tos y disociaciones [...] esto constituye la irrebasable negatividad de las sociedades modernas: las tentativas de rebasar esa  negatividad en una forma existente o futura de libertad comunal sólo es posible al precio de la destrucción de la libertad individual y comunal (Wellmer, 1996).

Para Wellmer esta  modernidad  como proyecto inacabado significa el final  de la utopía, entendida como consumación del telos de la historia, pero este  final  debe  entenderse, también, como principio de  autorre- flexión de la modernidad, de una nueva comprensión y liberación de los impulsos radicales del espíritu moderno, en su fase post-metafísica.

LA ESCUELA DE  BUDAPEST

 

Toda   una serie  de  obras intentaron imponer a  la  ortodoxia agotada del  marxismo-leninismo una crítica de  sus  presupuestos, y contestar su  pretensión de  ser  la  verdad única. Entre estas obras, se  destacan particularmente las  de  Lukács, y luego  las  de  sus  discípulos, quienes intentaron sentar las  bases teóricas de un  relanzamiento democrático del socialismo real.

Historia y conciencia de clase es, sin duda, uno  de los eventos más importantes en  la historia del  marxismo, y un  texto  fundador de toda una corriente de pensamiento al interior del marxismo occidental11.

Lukács redescubre la idea  de que  una construcción social, el mercado, se presenta frente a los sujetos como una necesidad natural, que  impone una forma a sus  vida  que  ellos  no  son  capaces de resistir. En Historia y conciencia de clase, recuperando las nociones de Marx  de alienación y fetichismo de la mercancía, Lukács denomina a este proce- so “reificación”, la transformación de una institución o ideología creada por  el hombre en una fuerza que controla a los seres  humanos. A partir de  esta  sensación de  debilidad, crecen la deferencia a la jerarquía, la aceptación de la burocracia, la ilusión en la religión, que  otros relatos de la conciencia obrera ya habían señalado. Sin embargo, en las manos de Lukács, estos  elementos reciben un  fundamento real  en la experien- cia diaria de los trabajadores bajo  el capitalismo (Rees, 2000).

Como afirma Anderson (1987), Lukács colocó a Hegel en una posi- ción dominante en la prehistoria del pensamiento marxista. La infuencia de  Hegel  fue  más  allá  de  una mera atribución genealógica; dos  de  las tesis básicas de Historia y conciencia de clase provenían del pensamiento hegeliano: la idea  del proletariado como el “sujeto-objeto idéntico de la historia”, cuya conciencia de clase superaba el problema de la relatividad social del conocimiento; y la tendencia a concebir la “alienación” como una objetivación externa de la objetividad humana, cuya  reapropiación sería un retorno a una prístina subjetividad interior, lo que le permitiría a Lukács identificar el logro por parte de la clase  obrera de una verdadera conciencia de sí misma, con la realización de una revolución socialista.

 

11 Para un  análisis del pensamiento de Lukács, ver Arato  y Breines (1986), Löwy  (1998), Rees  (2000)  y Žižek  (2000).

 

Reexaminando su propio proyecto teórico de Historia y concien- cia de clase (1923), el último Lukács critica el weberianismo particular de su  juventud izquierdista, un  weberianismo romántico, centrado en la denuncia de la racionalización-alienación capitalista. El pensador húngaro renuncia a la dialéctica sujeto-objeto encarnada en la concien- cia de clase  del proletariado, y deja de lado  su exaltación de la subjetivi- dad  revolucionaria de una clase capaz de poner fin a la acción abstracta de la mercancía y de superar la racionalización capitalista, identificada con  un  mecanismo socioeconómico identificado, a su vez, con  la reifi- cación. Obsesionado por  los fracasos de la burocracia socialista en su intento por realizar el contenido democrático radical de esta conciencia de  clase,  Lukács propone una reconstrucción ontológica de  la teoría, cuya  meta sería constituir una ética materialista-dialéctica que  norma- ra la acción democrática del estado comunista.

Para el Lukács de la Ontología, la obra de Marx  contiene un  fun- damento ontológico que  le permite ser  una alternativa tanto a la onto- logía  especulativa, como a la neopositivista. El ser social constituye un nivel  de la objetividad. El hecho esencial de este  ser social es el trabajo que,  a  la  vez,  presupone y fija  los  otros niveles de  la  objetividad. La crítica lukacsiana se  dirige tanto hacia el  capitalismo como hacia el socialismo; el modo de  producción capitalista produce extrañaciones específicas a partir de la coacción que produce la búsqueda de plusvalía relativa; la sociedad socialista, por  su  parte, reposa sobre objetivacio- nes  específicas que  impiden la  realización de  una praxis que  articule objetivación de las capacidades de trabajo y conexión de las formas del ser  social en  sus  diversos niveles. Lukács critica el economicismo del materialismo histórico estalinista retornando a Marx  y utilizando, de manera crítica, las categorías hegelianas o “determinaciones reflexivas” que  constituyen la praxis humana como autorrealización de las  capa- cidades humanas en  la unidad de la apropiación de la naturaleza y la objetivación en las relaciones sociales. Así, la lucha contra la manipu- lación ontológica radical articula la  crítica del  capitalismo extendido a la esfera de reproducción de la subjetividad y el combate contra las formas degeneradas del socialismo, confiando todavía en la capacidad de autorreforma del partido-estado (Tosel,  2001b).

 Alumnos, discípulos y colegas del viejo Lukács en Hungría conti- nuaron con  interés el proyecto teórico de su maestro. Ágnes Heller, Fe- renc Fehér, György  Márkus e István Mészáros, críticos del régimen co- munista, fueron, en diferentes períodos, desplazados de la Universidad de Budapest. Estos filósofos, que  siguieron caminos diferentes, tenían en común la voluntad de participar en aquello que  debía ser  una críti- ca, o autocrítica, de la ortodoxia marxista, y un  intento de reformarla. Como  afirma Tosel  (2001b), su  reflexión se divide  en  dos  períodos: el primero se caracteriza por  la búsqueda de una reforma del  marxismo en  torno a  una antropología social integrada por  varios aspectos del liberalismo político; en  el segundo período se produce un  elogio  más abierto del liberalismo que  los conduce, con  la excepción de Mészáros, fuera del marxismo.

En  un  primer momento, la búsqueda filosófica pasa por explorar la perspectiva de una ontología del ser social contra la ortodoxia marxis- ta-leninista, repensando el aporte marxista desde una crítica del orden socio-político dominado por un  partido-estado inmovilizado en su pre- tensión de ejercer un  rol dirigente, e incapaz de realizar un  análisis de la realidad social y política que lo determinan. El camino originalmente elegido consistió en una inflexión antropológica de perspectiva lukacsia- na, centrada en la noción de necesidades radicales de los individuos, que se manifiestan en  la vida  cotidiana. Con  la Teoría  de las necesidades en Marx,  cuyo  objetivo es elaborar una antropología crítica que  considere la esencia humana mutable, Heller inaugura una serie de trabajos sobre la filosofía contemporánea  que  se distancia de la ontología lukacsiana, vista como demasiado dominada por un  paradigma de  la  producción incapaz de  integrar la diversidad de  la poiesis-praxis humana, mante- niendo la importancia de la vida cotidiana como el lugar donde se reali- zan  las empresas humanas (Tosel,  2001b). Para Heller, la vida cotidiana posee una universalidad extensiva; constituye la mediación objetivo-on- tológica entre la simple reproducción espontánea de la existencia física y las formas más  altas de la genericidad, porque en ella,  de forma inin- terrumpida, las constelaciones de las tendencias apropiadas de la reali- dad  social, la particularidad y la genericidad actúan en su interrelación inmediatamente dinámica (ver Heller, 1994).  Las obras posteriores a So- ciología  de la vida cotidiana; Instinto, agresividad y carácter, y Una teoría de la historia continúan manteniendo la importancia de la vida cotidiana como el lugar donde se realizan las empresas humanas. György Márkus, por su parte, en Language and Production, realiza la crítica más  mordaz del paradigma de la producción, retomando el giro lingüístico en la fi- losofía, ya problematizado por Habermas y la hermenéutica. El  autor muestra cómo el giro lingüístico cobra su  incontestable pertinencia a partir de una idealización de las virtudes de la discusión y el consenso. El paradigma de la producción propuesto por Marx deja  al descubierto la construcción de la forma comunista, pues esta radicaliza la produc- ción  al separar todas las formas de dominación.

Los  teóricos de  la  Escuela de  Budapest, en  sus  análisis de  las sociedades socialistas, critican el materialismo histórico ortodoxo por su incapacidad para comprender la realidad de dichas sociedades. He- ller, Márkus y Fehér publicaron Dictatorship over needs, obra que puede ser  considerada como el punto culminante de la crítica de las socieda- des  socialistas irremediablemente bloqueadas. El socialismo real  sería irreformable, contrariamente a  lo  que  pensaba Lukács. La  supresión del  mercado había coincidido con  la supresión de  la autonomía de  la sociedad civil  en  favor  del  estado, y el plan de  producción y distribu- ción,  considerado por  la  ortodoxia marxista-leninista como el funda- mento económico del socialismo, era  orgánicamente incompatible con el pluralismo, la democracia y las  libertades. El reemplazo de  la pro- piedad privada por  la propiedad del  estado sólo  podía desembocar en la dictadura sobre las necesidades, que  es la nueva antropología de las sociedades socialistas. Los productores son así sometidos por los meca- nismos de esta  dictadura a una nueva clase,  la burocracia del partido. Esta crítica retoma algunos de los elementos de la crítica liberal, y una conclusión natural lleva a la defensa del mercado y de la espontaneidad de la sociedad civil. Sin  embargo, no hay  que  olvidar que,  para Heller, la  exigencia de  una democratización radical constituye la  otra lógica activa de la modernidad, y que  está  a la orden del día  el imperativo ca- tegórico-utópico de satisfacer, prioritariamente, las necesidades de los más  pobres en todos los países (Tosel,  2001b).

El  segundo período de  estos   pensadores abre un  capítulo del post-marxismo. Ágnes  Heller elabora una obra múltiple y original, próxima a Habermas, centrada en  la urgencia de  elaborar una teoría de  la  modernidad. El  intento teórico buscaba confrontar la  tradición marxista con  la experiencia comunista histórica, insistiendo en  el ca- rácter central del individuo, y reformulando el concepto de praxis, de- finido como una actividad social orientada a un propósito, en la cual  el hombre realiza las potencialidades de su ser  social, que  es ser  fin en sí mismo. Estas potencialidades se realizarían en una unidad compleja de tres  dimensiones: la creación de un mundo específicamente humano, la constitución de la libertad por  la lucha y la conexión con  la naturaleza humanizada. Después de The power  of the shame. Essays on rationality, y hasta A theory  of  modernity, Ágnes  Heller elabora una teoría de  la racionalidad fundada en  la distinción de  tres  esferas de  objetivación: la objetivación en sí como a priori de la experiencia humana (lenguaje común, objetos producidos para el uso  humano); la objetivación para sí,  traducción antropológica del  espíritu absoluto hegeliano (religión, arte, ciencia, filosofía); la objetivación en sí y para sí (sistema de insti- tuciones políticas y económicas) (Tosel,  2001b).

 István Mészáros, el  otro gran pensador de  la  escuela, rechaza precisamente este alejamiento de la instancia específicamente marxista respecto de la crítica de la economía política, en provecho de una teoría normativa de las lógicas axiológicas de la modernidad. Habiendo sido el primero en disentir, es el único que  mantuvo un  vínculo directo con Lukács y Marx.  Mészáros está  más  interesado en  explorar un  marxis- mo  de la tercera época que  en una vía post-marxista. Para el pensador húngaro, el primer marxismo es el del Lukács de Historia y conciencia de clase, que  exploró la tensión trágica entre las perspectivas universa- les de socialismo y los límites inmediatos de la actualidad histórica (el fracaso de  la revolución en  occidente, el socialismo en  un  solo  país). El  segundo marxismo es  el marxismo-leninismo, con  sus  disidencias (Bloch, Gramsci, el segundo Lukács). Este  marxismo reposa sobre la forma de  partido-estado que  bloquea la auto-actividad materialmente fundada de  los  trabajadores; critica el capitalismo sin  ir  más  allá  del imperio del capital. El marxismo de la tercera época busca entender la forma del proceso por  el cual  el capitalismo, como forma más  reciente de producción del capital, deviene integración global y lleva a su límite el capital como modo de control, regulando la totalidad de las relacio- nes sociales (Tosel,  2001b).

Mészáros muestra  que   el  socialismo soviético reposó  en  una nueva forma de personificación del capital. Por  personificación se debe comprender una forma de imposición de los imperativos objetivos como comandos sobre el sujeto real de la producción. El capital es un sistema sin sujeto que incluye una personificación de los sujetos, llamado a tra- ducir los imperativos en dirección práctica, bajo  pena de exclusión. El capital se personifica en la fuerza de trabajo, destinado a entrar en una relación contractual de dependencia económica regulada políticamen- te. La Unión Soviética realizó una nueva forma de personificación del capital como modo de lograr su objetivo político de negación del capi- talismo: esta  nueva personificación inventó un tipo  de control, donde el objetivo era  la tasación forzada de la extracción de plus-producto por parte del  partido, que  se justificaba en nombre de superar a los países capitalistas. La implosión del sistema soviético sólo  puede ser entendi- da como parte esencial de una crisis sistémica. Pues  la solución sovié- tica  surgió como medio de  superar, en  su  propio ambiente, una gran crisis capitalista, mediante la  institución de  un  modo post-capitalista de producción e intercambio, vía la abolición de la propiedad privada de los medios de producción. Pero  la solución soviética no fue capaz de erradicar al capital del sistema post-capitalista de reproducción socio- metabólica. Así, continuó siendo operacional solamente hasta que  la necesidad de avanzar beyond  capital  surgió como desafío fundamental en  el orden global del  período. Es  por  eso  que  el fin  del  experimento post-capitalista soviético fue inevitable (ver Mészáros, 2003; 2004).

 Para Mészáros, la característica fundamental de  nuestra época, en  contraste con  las  fases  anteriores del  desarrollo capitalista, es  que vivimos en las peligrosas condiciones de la “crisis estructural del sistema de capital como un  todo” (Mészáros, 2004).  En  otras palabras, la crisis sistémica que  sufrimos es particularmente grave; no  puede ser medida por los  patrones de  las  crisis pasadas. La época de  “crisis estructural” del  sistema del  capital, a diferencia de  crisis coyunturales del  capita- lismo antes enfrentadas, y más  fácilmente superadas, trae consigo las consecuencias más  radicales para nuestro presente y futuro. Así, la crisis estructural del capitalismo es la condición negativa de una renovación del marxismo. El marxismo tiene, a partir de esta crisis estructural, una nueva justificación histórica, un  objeto para sus  análisis y la  ocasión para una autocrítica radical que  es, al mismo tiempo, la crítica del or- den capitalista. Existe también el terreno para pensar en una alternativa global necesaria y en un nuevo sujeto de la emancipación; la emergencia de nuevos movimientos sociales y nuevas prácticas parece mostrar el ca- mino para superar los impases monstruosos de la organización del par- tido-estado. Allí se juega la posibilidad de establecer un  nuevo vínculo entre teoría y práctica en la búsqueda de construir otro mundo posible.

EL  MARXISMO ANGLOSAJÓN

Hasta la década del  sesenta, el marxismo ocupaba un  lugar marginal en la cultura intelectual anglosajona. Una  de las preocupaciones prin- cipales de algunos autores marxistas era  el desfasaje que  existía entre el marxismo continental –representado por  Adorno, Horkheimer, Mar- cuse, Lukács, Korsch, Gramsci, Della  Volpe,  Colletti, Sartre y Althus- ser– y el subdesarrollo del marxismo británico. Durante las décadas del sesenta y setenta, se produjo una intensa discusión sobre las causas de la falta  de una tradición revolucionaria dentro de la cultura inglesa. El debate sobre la situación inglesa se produjo, entre otros, en una serie  de trabajos de Perry Anderson (1964;  1968)  y Edward Thompson (1978). Anderson argumentaba que Inglaterra era la sociedad más  conservado- ra de Europa, y su cultura tenía la imagen de aquella: mediocre e iner- te. El capitalismo inglés se había desarrollado de una forma anómala, y la aristocracia parcialmente modernizada había conseguido mante- ner  su hegemonía sobre la burguesía y el proletariado; este  último, por su  parte, tampoco había logrado hegemonizar las  luchas de las  clases subalternas. La cultura inglesa se había organizado sin  un  análisis to- talizante de  la  sociedad y sin  una crítica marxista revolucionaria. La estructura social inglesa –especialmente la ausencia de un  movimiento revolucionario de la clase  obrera– era  la explicación de este  desarrollo anómalo. Esta interpretación, sin  embargo, fue  objeto de  una fuerte crítica por  parte de Thompson (Callinicos, 2001).

 

 

A partir de  este  período, se  produjo un  cambio dramático en la influencia del marxismo. El centro de producción intelectual del pensamiento marxista se trasladó al mundo anglosajón. La región más atrasada de  Europa desde el punto de  vista  intelectual se transformó en el centro más  importante del pensamiento de izquierda. Una  de las principales causas fue política. La crisis del movimiento comunista des- encadenada en 1956  por  la crisis húngara y el XX Congreso del PCUS creó  un  espacio político para una izquierda independiente respecto del Partido Laborista, así como del comunismo oficial. La New  Left Review fue  uno  de  los  productos intelectuales de  esta  nueva izquierda, cuya base  se  posicionaba considerablemente a  favor  de  toda una serie  de movimientos –por el desarme nuclear, contra el apartheid en Sudáfrica, a favor  de la lucha del pueblo vietnamita– que  a fines  de la década del sesenta se  inscribían en  una atmósfera general de  contestación. Esto resultó en un  creciente interés por  el marxismo y, también, en una cre- ciente producción intelectual.

Desde  el punto de vista  intelectual, la hegemonía del mundo an- gloparlante en el materialismo histórico fue  consecuencia del ascenso de la historiografía marxista dentro del pensamiento socialista. El do- minio de los especialistas anglófonos en esta  área había sido  importan- te desde la década del cincuenta; el marxismo como fuerza intelectual era,  prácticamente, sinónimo de trabajo de historiadores. Este  ascenso se  produjo a partir de  la  influencia ejercida por  un  grupo de  jóvenes historiadores comunistas de  finales de  la década del  cuarenta y prin- cipios del  cincuenta, quienes con  el  tiempo transformaron las  inter- pretaciones aceptadas del  pasado inglés y europeo: Christopher Hill, Eric  Hobsbawm, E. P. Thompson, George Rudé, Geoffrey de Ste. Croix, entre otros. Varios venían publicando desde el inicio de  los  años se- senta, pero la  consolidación de  su  obra colectiva como un  canon de peso  se desarrolló verdaderamente durante los años setenta, década en que  se publicó una serie  de obras clave  para la historiografía marxista. La generación del sesenta ofreció una gran parte de los lectores de las grandes obras de madurez de los historiadores marxistas (The  Making of the English Working Class y Whigs  and Hunters de Edward P. Thomp- son;  The  World  Turned Upside  Down de  Christopher Hill,  y la  trilogía de Eric  Hobsbawm sobre el largo siglo XIX). Una  de las consecuencias importantes de  estos  trabajos fue  su  rol  de  modelo para los  jóvenes intelectuales radicales que  por  entonces ingresaban a las instituciones universitarias (Anderson, 1988; Callinicos, 2001).

En  la  ebullición intelectual que  siguió, una de  las  principales cuestiones se  refirió al  tipo  de  marxismo que  estaría mejor adaptado a las necesidades tanto de los militantes políticos como de los intelec- tuales socialistas. En Gran Bretaña, el debate se enfocó alrededor de la relectura althusseriana del marxismo. La New  Left Review y su editora Verso  publicaron traducciones de los escritos de Althusser (1967; 1970) y de sus colaboradores; al mismo tiempo que  toda una serie  de autores marxistas franceses e italianos, y de diferentes escuelas de pensamiento del  marxismo occidental, presentaron sus  obras al público inglés:  es- tructuralismo,  formalismo y psicoanálisis12. La  recepción de  Althus- ser  debe  ser  colocada en  el contexto más  general de  la  recepción del estructuralismo y del  post-estructuralismo francés. En  Gran Bretaña, los cultural studies habían sido  lanzados por  intelectuales de la nueva izquierda como Raymond Williams y Stuart Hall.  Sin embargo, esta  re- cepción del marxismo occidental no fue unánime. Thompson denunció la importación irreflexiva de  los  modelos continentales en  nombre de una tradición radical inglesa que  se remontaba a las  revoluciones de- mocráticas de los siglos XVII y XVIII. En un artículo, Thompson (1978) lanza un  ataque frontal contra el marxismo althusseriano, al que  le re- prochaba intentar deducir la práctica y el sujeto de la historia a partir de  la  teoría. Anderson, por  su  parte, fue  el  principal responsable de la importación de ese  marxismo europeo, detestado por  Thompson, a fin  de  remediar las  insuficiencias de  la  tradición marxista autóctona. Entretanto, con  la publicación de The poverty  of theory,  la posición de Anderson devino más  ambigua. En  Consideraciones sobre el marxismo occidental (1976), el autor opone el marxismo occidental, representa- do por  Adorno, Horkheimer, Gramsci, Lukács, Althusser y Della  Volpe

–interesado en  temas filosóficos, ideológicos y estéticos, y distante de la práctica–, al marxismo clásico, la tradición de Marx,  Engels, Lenin, Trotsky, donde los  análisis históricos, políticos y económicos estaban orgánicamente ligados a la acción concreta en el seno  del movimiento obrero (Anderson, 1987).  La respuesta de Anderson (1980)  a The poverty of theory fue una defensa razonada de la contribución de Althusser y de la  adhesión a un  enfoque más  materialista, representado en  el plano filosófico por  G. Cohen (Karl Marx’s Theory  of History:  A Defence),  y en el plano político por  el movimiento trotskista. La evolución de Ander- son  reflejaba la  relevancia relativa del  trotskismo en  la  cultura de  la izquierda angosajona. Los escritos publicados por  Isaac Deutscher y su vida en el exilio  en Inglaterra fueron importantes en la formación de la nueva izquierda británica, y su trilogía de Trotsky contribuyó a aumen- tar  el prestigio intelectual del  trotskismo. Ernest Mandel –importante dirigente de  esa  corriente política– participó de  manera activa en  los debates que atravesaron a la izquierda en el mundo angloparlante, y sus escritos fueron rápidamente traducidos al inglés. Fueron principalmen- te Deutscher y Mandel quienes influenciaron a Anderson y al equipo de la New  Left Review, aunque hubo también otros signos de la vitalidad del movimiento trotskista (Callinicos, 2001).

 

12  Para un  balance de  la  experiencia intelectual de  la  New  Left  Review, ver  Anderson

(2000).

 

Como  afirma Anderson (1988), a comienzos de los años setenta era  notable el contraste entre el auge  intelectual del  marxismo anglo- sajón y la reacción que  se abatía sobre Francia después de que  los nue- vos filósofos procedentes de la generación del ‘68 adhirieran al maoís- mo  o al neoliberalismo. Sin  embargo, a fines  de la década del  setenta y comienzos de los años ochenta, se produce en  el mundo anglosajón el surgimiento del neoliberalismo, con  la llegada al poder de Margaret Thatcher en Inglaterra y Ronald Reagan en Estados Unidos. El adveni- miento de Thatcher y Reagan se tradujo en una amplia ofensiva contra los movimientos obreros en los dos países, que no se cuenta sólo por las grandes derrotas (como la de los mineros ingleses en 1984 y 1985)  sino que  también estuvo en el origen del conjunto de políticas neoliberales que  se impusieron en los años noventa como modelo para el capitalis- mo en su conjunto.

Por    solos,  esos  reveses eran suficientes para crear un  clima de  pesimismo y duda en  el seno  de  la  izquierda intelectual, pero los problemas específicamente teóricos también contribuyeron con  este clima. Mientras que,  en  la cumbre de la radicalización de fines  de los años sesenta y comienzos de los setenta, la adopción del estructuralis- mo  francés y del que  se llamaría más  tarde post-estructuralismo había contribuido al renacimiento del  marxismo, a fines  de los años setenta se la podía considerar como uno  de los mayores desafíos al marxismo. Los  trabajos de  Foucault fueron particularmente importantes en  este sentido, en  tanto dieron una base  filosófica a la idea  de  que  todas las formas de marxismo presentaban límites insuperables.

Es en esta coyuntura poco  favorable de los años ochenta que apa- rece por  primera vez una forma de pensamiento que amerita el nombre de corriente teórica marxista específicamente anglosajona, el marxismo analítico. La obra Karl Marx’s Theory  of History. A defence,  de G. A. Co- hen, puede ser  considerada el acta de fundación del marxismo analíti- co. En  esta  obra, Cohen –canadiense, miembro del Partido Comunista de  Québec, pero formado en  Oxford en  las  técnicas de  la filosofía del lenguaje– busca dilucidar las tesis del materialismo histórico a partir de las técnicas de la filosofía analítica. Los marxistas, hasta ese momento, se habían dividido entre una serie  de campos filosóficos, los hegelianos y los althusserianos fundamentalmente, y coincidían en el hecho de que la filosofía analítica, enseñada en  las  principales universidades anglo- sajonas, era  a la vez políticamente conservadora y estrechamente pro- vincial. Por  otro lado,  el rechazo del marxismo por  parte de la filosofía analítica había sido  total. Cohen, por  su parte, consideró posible utili- zar  las técnicas de la filosofía del lenguaje para comprender y formular de forma clara las tesis  esenciales del materialismo histórico y apreciar su validez. Las tesis  de Cohen se oponían frontalmente a aquellas sos- tenidas por  los  marxistas, y rechazaban especialmente la idea  de  que existía una diferencia fundamental de método entre la teoría marxista y las ciencias sociales burguesas tradicionales. Para Cohen, las tesis  de Marx  sobre el capitalismo, la historia, las clases sociales y la revolución debían ser  comprendidas por  los  mismos métodos que  toda otra for- ma  de teoría social, una idea  exactamente contraria a la sostenida, por ejemplo, por  Lukács13 (Bertram, 2001).

En  su  Karl Marx’s Theory  of History, Cohen defiende, frente a la crítica filosófica, una interpretación tradicional del materialismo histó- rico,  fundada en el prefacio a la Contribución a la crítica de la economía política. Cohen busca elaborar un  tipo  de explicación funcional que  le permita afirmar que  las relaciones de producción existen a causa de su tendencia a desarrollar las fuerzas productivas, y que  la superestructu- ra tiende a estabilizar estas relaciones.

La reconstrucción del materialismo histórico se organiza a partir de dos  tesis:  la tesis  del desarrollo y la tesis  de la primacía. La tesis  del desarrollo sostiene que  las  fuerzas productivas materiales tienen una tendencia a desarrollarse a lo largo del  tiempo. La  tesis  de  la  prima- cía  afirma que  las  características de  las  relaciones de  producción se explican por  el nivel  de desarrollo de las fuerzas productivas, y no a la inversa. Cohen también afirma que  las características de las institucio- nes  jurídicas y políticas deben ser  explicadas por  la naturaleza de  las relaciones de  producción. Si a la tesis  del  desarrollo y a la tesis  de  la primacía le sumamos la idea  de que  a los diferentes niveles sucesivos de desarrollo de las fuerzas productivas corresponden funcionalmente diferentes formas sociales, obtenemos una interpretación marxista clá- sica de la historia. Cohen no ignora que esta  representación tradicional de la historia, por  varias razones irresistibles, ha caído en desuso. Para solucionar este  problema, propone una lectura de la teoría marxista de la historia a partir de  una explicación funcional. La lectura funcional sostiene que las características de las relaciones sociales de producción son  de  naturaleza tal  que  permiten a las  fuerzas productivas desarro- llarse. Al invocar una explicación funcional, Cohen desencadena en  el seno  del marxismo analítico el primer gran debate14. En una serie  de ar- tículos, Elster declara que  si el marxismo reposa sobre una explicación funcional, no lo hace en la sostenida por  Cohen.

En  el corazón de la crítica de Jon  Elster a Cohen concerniente a su uso de la explicación funcional se encuentra un programa de ofensiva sobre el terreno de la filosofía de las ciencias sociales. Elster recomien- da, en particular, la utilización del método de elección racional y de las herramientas de la teoría de los juegos15. Sus trabajos permanecen en el nivel  metodológico. En  Making Sense  of Marx,  Elster analiza de forma sistemática los  principios del  marxismo de  elección racional. Las  dos tesis  fundantes del individualismo metodológico son:  1) las estructuras sociales son  consecuencia involuntaria de acciones individuales; 2) los agentes humanos poseen una racionalidad instrumental o, en otros tér- minos, ellos  eligen  los medios más  eficaces para alcanzar sus  fines.  La primera de las tesis  se vincula a la ofensiva ideológica desencadenada contra el marxismo por  Popper y Hayek; la segunda generaliza uno  de los postulados más  importantes de la economía neoclásica (Callinicos, 2001; Bertram, 2001).

13 Ver “¿Qué  es el marxismo ortodoxo?” en Lukács (1984).

14 Hay una serie  de volúmenes que  reproducen los debates en el seno  del marxismo analí- tico:  Carver y Thomas (1995), Marcus (1996), Mayer (1991)  y Roemer (1986).

 

Entre los marxistas analíticos que  aplicaron estos  métodos a los problemas clásicos del marxismo, John Roemer ha sido  uno  de los más destacados. En  uno  de sus  primeros trabajos, Analytical Foundation of Marxian Economic Theory,  propuso una lectura neo-ricardiana y alta- mente matematizada de la teoría económica de Marx.  Este  desarrollo continuó en  su  obra A General  Theory  of  Exploitation and  Class,  que ilustra el proyecto analítico en  su  conjunto, intentando fundar las  re- presentaciones marxistas de  los  macro-fenómenos sociales, como las clases, a partir de los micro-motivos individuales (Roemer, 1982).

Ciertos marxistas analíticos, como John Roemer y Philippe Van Parijs, participaron de una serie  de debates que  intentaban desarrollar la tradición marxista de la economía política para explicar las razones del fin de la era  de oro  del capitalismo. A partir de viejas  controversias sobre la transformación de  valores en  precios de  producción, y sobre la  caída tendencial de  la  tasa de  ganancia, economistas de  izquierda como Piero Sraffa afirmaron que la teoría del valor  trabajo no permitía determinar la evolución de los precios y constituía un obstáculo para la comprensión de las  economías capitalistas. Sobre la base  de esta  pre- ocupación, Roemer fue  un  poco  más  lejos  y adhirió a las tesis  neoclá sicas. En  A General  Theory  of  Exploitation and  Class  (1982), Roemer se  esfuerza por  desvincular a  la  teoría marxista de  la  explotación de la teoría del  valor  trabajo, y reformula la primera utilizando la teoría del  equilibrio general y la teoría de  los  juegos (Callinicos, 2001).  Una gran parte de la obra está  consagrada a demostrar que los conceptos de clase  y explotación pueden ser  derivados de modelos neoclásicos rela- tivamente estándar. Roemer comienza por  hacer suya  la idea  marxista clásica de la explotación, según la cual  la existencia de plustrabajo indi- ca si existe  explotación o no. Él demuestra, entre otras cosas, la propo- sición herética desde un  punto de vista  marxista, según la cual  en una economía donde todos los  agentes trabajen por  sí mismos, e interac- tuando sólo  para cambiar productos en el mercado, habrá explotación si los productores partieron de dotaciones de trabajos desiguales. Uno de los resultados interesantes de A General  Theory  of Exploitation and Class es el principio de correspondencia entre las nociones de clase y de explotación; esto demuestra que la situación de explotado y la situación de  clase  están ligadas. Cualesquiera que  sean las  objeciones que  se le puedan hacer, la reinterpretación de Roemer de la teoría marxista de las clases y de la explotación continúa siendo uno  de los aportes nuevos y fecundos del marxismo analítico.

15 Uno de los aspectos más  criticados del marxismo analítico es exactamente su posición a favor del individualismo metodológico y los modelos de interacción social de actores racio- nales. Según esta  tesis, todas las prácticas sociales y todas las instituciones son,  en princi- pio,  explicables por  el comportamiento de los individuos. El modelo de actores racionales utiliza la teoría económica para modelizar el comportamiento de los individuos en función de sus  deseos e intereses. El individualismo metodológico se opone así al estructuralismo y al holismo. Los  pensadores marxistas críticos de  la vertiente analítica señalan que  los análisis en términos de elección racional toman como dadas las circunstancias que  susci- tan  la elección y deliberación, y que  estas mismas características estructurales son  las que el marxismo tiene por  tarea explicar. En  otras palabras, el marxismo analítico considera como dado aquello que  necesita ser  explicado. Ellen  Meiksins Wood  (1989)  insiste parti- cularmente en este  punto.

 

Una  tercera corriente de  pensamiento en  el seno  del  marxismo analítico (encarnada por  Robert Brenner y Erik  Olin Wright) mantiene relaciones más  ambiguas con el marxismo de elección racional; Wright y Brenner, por  ejemplo, se oponen al individualismo metodológico (Ca- llinicos, 2001).

En  su ensayo “Agrarian Class  Structure and  Economic De- velopment in  Pre-industrial Europe”, Brenner (1995)  sostiene que  el capitalismo puede ser  mejor comprendido como proviniendo de  una consecuencia involuntaria de  la lucha de  clases en  el feudalismo. Re- sumiendo el proceso, Brenner (1977)  sostiene que  el paso de una “eco- nomía tradicional” hacia una economía relativamente autosuficiente de desarrollo económico era  previsible, dada la  emergencia de  una dis- posición específica de  relaciones sociales de  propiedad en  el  campo. El  resultado dependió del  precedente suceso de  un  doble proceso de desarrollo de clases y de conflicto de clases; por  un  lado,  la supresión de  la servidumbre y, por  otro, el ahogamiento de  la emergencia de  la pequeña propiedad campesina. La interpretación de  Brenner sobre el origen del capitalismo europeo enfatiza el rol de los agentes, insistiendo en la lucha de clases entre señores y campesinos en el campo a fines  de la edad media; así,  la acción de los individuos dependería de las reglas de la reproducción (ver  Brenner, 1977).  Esta relectura de Brenner dio lugar, por  un  lado,  a  lo  que  se  dio  en  llamar el  debate Brenner (ver Alson  y Philpin, 1995)  y, por  otro lado,  al surgimiento del  “marxismo político”. El marxismo político, en el que se inscribe –además de Robert Brenner– Ellen  Meiksins Wood, tiene dos características distintivas: en primer lugar, rechaza el modelo marxista clásico de cambio histórico, como fue  esbozado en  el prefacio de  la Contribución a la crítica  de la economía política; en segundo lugar, el marxismo político sostiene que la primacía explicativa en la historia debe  estar de acuerdo con los cam- bios  en las relaciones de producción16.

Por su  parte, siguiendo la  línea de  investigación propuesta por Roemer, Erik Olin Wright (1985)  propone un análisis de corte transversal de la estructura de clases de las sociedades modernas fundada sobre los diferentes tipos de dotaciones (fuerza de trabajo, propiedad del capital, calificaciones técnicas, etc.) que posibilitan diversas coaliciones de agen- tes potenciales. El análisis de Wright presenta la ventaja de tratar, desde un  abordaje nuevo y más  riguroso, el problema de la posición de clase contradictoria, que  ya había sido  abordado desde una perspectiva meto- dológica althusseriana. Si los intereses tanto de Roemer como de Wrig- ht se dirigen a problemas específicamente marxistas, su  método y sus soluciones parecen profundamente ajenos al  marxismo. El  análisis de Roemer, aplicado a la sociología, parece estar más  en línea con  un  aná- lisis weberiano, en la medida en que  coloca en escena diferentes grupos que explotan sus recursos particulares en el mercado, en lugar de llevar a cabo una aproximación propiamente marxista, fundada sobre el conflic- to en torno a la explotación y el plusvalor. Si Cohen y Roemer contribu- yeron con aportes interesantes y originales, se puede mencionar también en este grupo a Adam Przeworski (1990), quien representa la tentativa de fundar una sociología política a partir del marxismo analítico. Sus traba- jos problematizan el dilema que los partidos socialistas enfrentan cuando tienen que  buscar el poder en  democracias parlamentarias. Przeworski sostiene que la búsqueda racional de una mayoría electoral conduce a los partidos socialistas a minimizar la importancia de la noción de clase,  en tanto eje de la organización política, y que esto a su vez tiene como efecto la alienación de su base  electoral (Bertram, 2001).

Después de  las  contribuciones originales e innovadoras de  Co- hen, Roemer y Przeworski, el marxismo analítico perdió poco  a poco  su coherencia y su unidad en tanto escuela; y esto a pesar de los interesan- tes trabajos que  sus  principales miembros continuaron produciendo. Por ejemplo, podemos mencionar el caso  de Cohen quien, después de Karl Marx’s Theory  of History, elaboró numerosos artículos dirigidos a la crítica de la obra de Rawls. El primero, History, Labour and Freedom, representa una continuación de  su  obra anterior –Karl Marx’s Theory of History–, y una respuesta a las críticas que ese libro había suscitado. Su segundo trabajo, Self-ownership, Freedom  and  Equality, es un  libro de  filosofía política normativa  que  ataca esencialmente los  trabajos del  filósofo libertariano  americano  Robert Nozick17. En  la  visión de Callinicos (2001), dada la  heterogeneidad del  marxismo analítico, se generó un  punto sin  salida, que  no  permitió proponer una interpreta- ción  específicamente marxista del  mundo. En  cierta medida, esto fue el resultado de  las  propias contradicciones internas del  marxismo de elección racional.

16 Según Meiksins Wood, el marxismo político intenta combinar las críticas que  Thomp- son dirigió a la utilización grosera de la metáfora base-estructura con la tentativa de Bren- ner que busca, al contrario, exponer el desarrollo capitalista en un cuadro no teleológico de la historia (Wood, 1999).  Para un análisis del marxismo político ver Blackledge (2001).

 EL  MARXISMO  EN  ESTADOS UNIDOS

Innegablemente, los marxistas anglófonos han producido las  mayores obras durante las  últimas dos  décadas. Se  puede citar el gran clásico de G. E. M. de Ste.  Croix,  The Class Struggle  in the Ancient Greek World (1981), que  es  la  obra de  un  historiador de  la  misma generación de Hill  y Hobsbawm, pero formado en  otro medio intelectual y político: los estudios clásicos de Oxford y el Partido Laborista, respectivamente. Los  historiados más  jóvenes también han producido obras importan- tes –por  ejemplo, The London Hanged,  de Peter Linebaugh (1991);  Mer- chants and Revolutions, de Brenner (1993), y Byzantium in the Seventh Century, de  John Haldon (1997). Brenner también ha  contribuido al análisis del capitalismo contemporáneo (Brenner, 2002;  2004).  De una manera similar, Wright produjo una nueva obra continuando su contro- vertido estudio sobre las clases sociales en los países occidentales. Estas obras más  conocidas representan sólo  la punta del iceberg: en particu- lar  en  Estados Unidos, muchos marxistas universitarios simplemente han ignorado los renunciamientos espectaculares de los últimos veinte años, y han continuado trabajando en los diversos dominios de la filoso- fía, la economía política, la sociología y la historia (Callinicos, 2001).

La gran ola de radicalización que  se produjo en Estados Unidos hacia fines  de  los  años sesenta y principios de  los  setenta tuvo  como efecto colocar en el vasto  sistema universitario a gran cantidad de pro- fesores que  participaron en los movimientos de esas  décadas. Esto ex- plica, en parte, el avance en el seno  de las universidades de temas como el racismo, el sexismo y la homofobia. El sistema universitario ha posi- bilitado que  intelectuales marxistas pudieran desarrollar sus  investiga- ciones apoyándose en una gran variedad de paradigmas teóricos.

De una cierta manera, se asiste a una repetición del fenómeno que se dio  con  la emergencia de  grandes personalidades del  pensamiento marxista como Edward Thompson, Cristopher Hill,  Eric  Hobsbawm  y Paul  Sweezy, pero con una diferencia: el centro de gravedad se trasladó al  otro lado  del  Atlántico. Tres  de  los  cinco principales nombres del marxismo analítico –Roemer, Brenner y Wright– son  americanos; Co- hen  es canadiense, establecido en Oxford, y Elster es noruego y trabaja en  Estados Unidos. En  el caso  de  Inglaterra, se puede citar al teórico de  la  literatura Terry  Eagleton, quien en  los  últimos treinta años no cesó  de escribir textos importantes inspirados en  autores tan  diversos como Althusser, Derrida, Trotsky y Benjamin (Eagleton, 1993;  1998). Pero  los marxistas británicos que  son  conocidos en el exterior escriben cada vez  más  para un  público situado principalmente en  los  campus americanos, y con  una tendencia a ir  a trabajar en  ellos.  El  símbolo de este  cambio es la presencia en  la Universidad de California en  Los Ángeles  (UCLA) de  Perry Anderson, uno  de  los  intelectuales que  más contribuyeron a la reconstrucción del marxismo inglés. Este  fenómeno se inscribe en el cuadro de una redistribución general del poder intelec- tual  en el seno  de las universidades occidentales. Por  ejemplo, es fácil constatar que en la era de Davidson, Rawls, Dworkin, Kripke y Dennett, Estados Unidos pasó a adquirir una posición dominante dentro de  la filosofía analítica. El hecho de  que  la teoría marxista haya seguido el mismo movimiento es un  síntoma de su integración a la vida  universi- taria (Callinicos, 2001).

17 Para un análisis crítico de las discusiones en torno de los principios y modelos igualita- rios,  ver el artículo de Alex Callinicos en este  volumen.

 Un  caso  interesante es el de Fredric Jameson, quien ha  ganado reconocimiento gracias a sus  ensayos sobre el posmodernismo (Jame- son, 1984)18. El marxismo de Jameson es sin duda de una gran originali- dad. En sus trabajos, el autor intenta reconciliar a Althusser y Lukács al analizar los lapsus, censuras y no dichos que caracterizan los discursos ideológicos. El proyecto intelectual de  Jameson se dirige en  un  senti- do opuesto al de los principales debates sobre el posmodernismo, que privilegian la fragmentación y la incertidumbre. Jameson propone una interpretación totalizante del arte posmoderno como la forma cultural que  adopta una nueva era  del  capitalismo mundial. Sin  embargo, sus análisis socio-históricos son recuperados en tanto tentativas de descrip- ción  de las características de la cultura contemporánea por  tradiciones universitarias que  están en las antípodas del materialismo de Jameson y de su anticapitalismo radical.

De  una cierta manera, se  puede aplicar al  marxismo contem- poráneo de lengua inglesa el mismo diagnóstico de Anderson sobre el marxismo occidental: se trataría de un  idealismo que  se refugia en las universidades para huir de la hostilidad del mundo exterior.

18 Para un análisis de la obra de Jameson sobre el posmodernismo ver Anderson (1998).

 EL  MARXISMO DE  LA TEOLOGÍA DE  LA LIBERACIÓN19

La teología de  la liberación puede ser  comprendida como la articula- ción  entre un  conjunto de  escritos20  producidos a partir de  la década del setenta y un amplio movimiento social que  hizo  su aparición en los años sesenta. Este  movimiento comprendía a sectores de la iglesia, mo- vimientos religiosos laicos y comunidades eclesiásticas de base.

La teología de la liberación es una teología concreta e histórica. Como teología concreta, se inserta en  la sociedad de América Latina, y es a partir de esta situación histórica concreta que  desarrolla su teología. Sus  análisis concretos están vinculados de  manera estrecha con  las  teorías de las  ciencias sociales. No puede deducir sus  análisis concretos de  sus  posiciones teológicas, pero, a su  vez, sus  posiciones teológicas no pueden ser independientes de sus  análisis concretos. En tanto teología, antecede a la praxis; pero al anteceder a la praxis consti- tuye un conjunto de creencias vacías: la existencia de Dios, su carácter triádico, la redención, etcétera. Al ser profesadas como actos de una fe independiente de su inserción histórica y concreta, dichas creencias no son  más  que  abstracciones vacías que  componen un  dogma sin  con- tenido. El problema de la teología de la liberación no  es negar dichas creencias, sino  preguntar por su  significado concreto. Por lo tanto, la pregunta no  es si Dios  existe, sino  dónde está presente y cómo actúa. El punto de  partida de  la teología de  la liberación es la pregunta por el lugar concreto e histórico en  el cual  Dios  se revela. La  teología de la liberación nace de la respuesta que  ella  misma da  a esta pregunta. Esta respuesta se da por medio de lo que  estos teólogos llaman “la op- ción  por los  pobres”. Esta opción por el pobre es la opción por Dios, pero asimismo es una opción de los seres humanos en tanto ellos  per- sigan la  búsqueda de  la  liberación. La  liberación, por lo tanto, es  la liberación del  pobre. Dios  no  dice  qué  hay  que  hacer. Su  voluntad es liberar al pobre, pero el camino de la liberación debe  ser encontrado (Hinkelammert, 1995).

19 Un análisis del marxismo en América Latina escaparía a las posibilidades de este  tra- bajo,  sin  embargo consideramos fundamental la  incorporación de  una perspectiva lati- noamericana en este  mapeo del marxismo, por  esa  razón decidimos incorporar un  breve análisis de la teología de la liberación, una de las corrientes teóricas más  importantes de nuestro continente, pero que  sin  duda no  agota los  aportes latinoamericanos. Para un análsis del marxismo latinoamericano ver Löwy (1999). Basamos esta  sección en el intere- sante artículo de Michel Löwy (2001). Para un  análisis de la relación del marxismo con  la religión, ver el artículo de Michael Löwy en este mismo volumen. Ver también el excelente trabajo de Franz Hinkelammert (1995).

20 Entre los  principales autores podemos mencionar a Gustavo Gutiérrez, Ignacio Ella- curia, Leonardo y Clodovis Boff,  Hugo Assman, Franz Hinkelammert y Enrique Dussel, entre muchos otros.

 

El descubrimiento del marxismo por los cristianos progresistas y por la teología de la liberación no fue un proceso puramente intelectual o universitario. Su  punto de  partida fue  un  hecho social incontrover- tible, una realidad masiva y brutal en  América Latina: la pobreza.  Un número de creyentes eligió  el marxismo porque este  parecía ofrecer la explicación más  sistemática, coherente y global de las causas de la po- breza; y para luchar eficazmente contra la pobreza, era  necesario com- prender sus causas.

El interés que  los teólogos de la liberación han manifestado por el marxismo es más  amplio que  aquel referido a los conceptos analíti- cos del marxismo; concierne igualmente a los valores del marxismo, sus opiniones ético-políticas, su opción por  una praxis transformadora del mundo y por  la anticipación de una utopía futura.

Los recursos marxistas en los que  se han inspirado los teólogos de la liberación son  variados. Enrique Dussel, por  ejemplo, es sin duda quien posee el conocimiento más  profundo de la obra de Marx,  sobre la que ha publicado una serie  de obras de enorme erudición y originalidad (Dussel, 1985;  1988).  También existen referencias directas a Marx  en las  obras de Gutiérrez, los hermanos Boff y Assmann. Otra referencia importante de  la teología de  la liberación la constituyen las  obras de Bloch, Althusser, Marcuse, Lukács, Lefebvre y Mandel. Otras referen- cias  importantes, tal vez más  que  las europeas, son  las influencias lati- noamericanas: el pensamiento de José Carlos Mariátegui; la teoría de la dependencia, de Andre  Gunder Frank, Theotonio dos Santos, Fernando Henrique Cardoso y también Aníbal  Quijano, por  citar sólo algunos.

Las categorías marxistas fueron innovadas y reformuladas por  la teología de la liberación a la luz de su cultura religiosa, así como de su experiencia social. Estas innovaciones le dieron al  pensamiento mar- xista  nuevas inflexiones, perspectivas inéditas y aportes originales, por ejemplo en  la reformulación del  concepto de  pobre. La  preocupación por  los pobres ha sido  una tradición milenaria de la iglesia, retomando las  raíces evangélicas del  cristianismo. Los  teólogos latinoamericanos representan una continuidad con esta tradición, que les sirve constante- mente de referencia e inspiración. Pero  hay  una diferencia radical que los separa de esta  tradición: para la teología de la liberación, los pobres no son esencialmente objeto de caridad, sino  objeto de su propia libera- ción.  La ayuda paternalista da lugar a una actitud solidaria con la lucha de los pobres por  su  propia liberación. Es  aquí que  se opera la unión con  un  concepto fundamental del marxismo, a saber: “la liberación de los  trabajadores será  obra de  los  propios trabajadores”. Este  cambio es posiblemente la novedad política más  importante, y la más  rica  en consecuencias, aportada por los teólogos de la liberación al conjunto de la doctrina social de  la iglesia. Traerá también las  consecuencias más importantes en el campo de la praxis social.

 La  sustitución de  la  categoría proletariado por  la  de  pobre, en parte, se  relacionaba con  las  características estructurales de  la  situa- ción  latinoamericana, donde tanto en  las  ciudades como en  el campo existía una enorme masa de desempleados, semi-desempleados, traba- jadores estacionales, vendedores ambulantes, marginales, prostitutas

–todos excluidos del  sistema de  producción formal. Otro  aspecto dis- tintivo del marxismo de la teología de la liberación es la crítica moral del  capitalismo. El cristianismo de la liberación manifiesta un  antica- pitalismo más  radical, intransigente y categórico –lleno  de  repulsión moral– que  la mayoría de los partidos comunistas del continente, que creen en las virtudes progresistas de la burguesía industrial y en el rol histórico “anti-feudal” del desarrollo capitalista.

La crítica del sistema de dominación económica y social existen- te en  América Latina como forma de idolatría será  esbozada, por  pri- mera vez, en una colección de textos del Departamento Ecuménico de Investigaciones (DEI) de San  José de Costa  Rica,  publicada con el título La lucha  de los dioses.  Los  ídolos  de la opresión y la búsqueda del Dios liberador (1980). En su introducción se afirma una ruptura decisiva con la tradición conservadora y retrógrada de la iglesia, que  después de si- glos presenta al ateísmo –cuya forma moderna es el marxismo– como el archienemigo del cristianismo21.

Para los teólogos de la liberación, el problema no es la disyuntiva entre teísmo o ateísmo; es decir, no parten de una metafísica abstracta, sino  de la disyuntiva entre idolatría y Dios de la vida,  donde el criterio es dado por  la vida  y la muerte. Este  criterio de la vida  y la muerte se encuentra con el de la opción por el pobre, ahora con una nueva dimen- sión.  El pobre no  es únicamente pobre, es asimismo víctima. A partir del  análisis de la idolatría y de su  víctima, la teología de la liberación analiza los  procesos de  victimización. La teología oficial  es afrontada como una teología de la sacrificialidad, del Dios que  quiere sacrificios. La  teología de  la liberación desarrolla una fuerte crítica de  la sacrifi- cialidad teológica, a partir del análisis de la sacrificialidad del sistema económico y social impuesto en América Latina. Se descubre toda una historia de la sacrificialidad de la propia conquista de América, y de las tempranas reacciones en apoyo de los indígenas. Gustavo Gutiérrez re- toma la discusión sobre la teología de la conquista, y recupera la figura de Bartolomé de Las Casas como un  antepasado clave de la teología de la liberación (Hinkelammert, 1995).

Para Löwy  (2001), los  elementos en  común entre el marxismo y la teología de  la liberación son  el ethos  moral, la revuelta profética, la indignación humanista contra la idolatría del mercado, y –tal vez lo más  importante– la solidaridad con  las víctimas. La crítica del fetichis- mo de la mercancía es para Marx una crítica de la alienación capitalista desde el punto de vista  del proletariado y las clases explotadas. Para la teología de la liberación, se trata del combate entre un  Dios verdadero de la vida  y los falsos ídolos de la muerte. Pero  ambos se posicionan a favor  del trabajo vivo contra la reificación, y a favor  de la vida de los po- bres  y los oprimidos contra el poder alienado de las cosas. Sobre todo, marxistas y cristianos comprometidos luchan por  la emancipación so- cial de los explotados.

21 Ver Assman y Hinkelammert (1989).

 A MODO  DE  CONCLUSIÓN

Como afirmamos al comienzo de este artículo, la necesidad de una his- toria interna de la teoría es fundamental para el marxismo a fin de medir la vitalidad de su programa de investigación. Sin embargo, las condicio- nes  de los descubrimientos intelectuales del marxismo son,  fundamen- talmente, resultado de la aparición de determinadas contradicciones de la sociedad capitalista, es decir, del movimiento real de las cosas.

Así, la crisis abierta por la mundialización neoliberal, y por sus consecuencias económicas, políticas sociales e  ideológicas, constituye

–como afirma Mészáros (2004)–  la condición negativa para una renova- ción  del marxismo. El marxismo tiene, a partir de esta crisis estructural, una nueva justificación histórica, un  objeto para sus  análisis, y una oca- sión  para una autocrítica radical que  es, al mismo tiempo, la crítica del orden capitalista. Existe, además, la posibilidad para pensar en una alter- nativa global a la barbarie capitalista, y para establecer un nuevo vínculo entre teoría y práctica en la búsqueda de construir otro mundo posible.

La desaparición de la Unión Soviética y de los países del socialis- mo  real  no  implicó el fin del marxismo. Bajo  el efecto de esta  desapa- rición espectacular, se mantuvo una investigación libre  y plural. Marx continuó siendo objeto de investigación y de tentativas de renovación. Más  que  al fin del marxismo, asistimos a un  renacimiento disperso de varios marxismos. Este  resurgimiento se debe  a la propia dinámica del capitalismo mundial y a la aparición de nuevas contradicciones. El tes- timonio de  este  renacimiento lo constituyen los  importantes trabajos de una serie  de investigadores que  continúan dando muestras de la vi- talidad del pensamiento marxista. La historiografía británica marxista ha  alcanzado a un  público mundial –nunca antes visto–  con  la publi- cación de la Era de los extremos, de Eric  Hobsbawm, la más  influyen- te interpretación intelectual del  siglo  XX. Herederos de esta  tradición historiográfica son,  entre otros, los  trabajos de  Perry Anderson. En  el campo de la economía, asistimos a importantes desarrollos: los análisis del sistema mundial capitalista realizados por  Samir Amin,  Immanuel Wallerstein y Andre  Gunder Frank; las  investigaciones sobre la lógica de  la mundialización llevadas adelante por  François Chesnais e Isaac Joshua; y los análisis del desarrollo del capitalismo desde de la Segun- da Guerra Mundial realizados por  Robert Brenner. Las contribuciones para una crítica de la ecología política, de autores como John Bellamy Foster, Enrique Leff,  Martin O’Connor y Elmar Altvater, han sido  de gran importancia para el desarrollo del marxismo.

La  exploración de  un  “materialismo  histórico-geográfico” –que profundiza las pistas abiertas por  Henry Lefebvre sobre la producción del espacio– ha  llevado a David  Harvey a explorar los procesos de acu- mulación a nivel  internacional, dando lugar a un  debate fundamental para nuestra época sobre el nuevo imperialismo; debate en el cual  los trabajos de  Giovanni Arrighi, Leo  Panitch y Sam Gindin, entre otros, han sido  centrales.

Los estudios culturales, ilustrados especialmente por los trabajos de Fredric Jameson sobre la posmodernidad –tal  vez el mejor análisis cultural de nuestra época–, Terry  Eagleton en el campo de la literatura, y Aijaz Ahmad en la crítica de la cultura desde la periferia del capitalis- mo,  abren nuevas perspectivas a la crítica de las representaciones, las ideologías y las formas estéticas. Los estudios feministas, por  su parte, relanzan la  reflexión sobre las  relaciones entre clases sociales, perte- nencias de género e identidades comunitarias.

La crítica de la filosofía política encontró un nuevo aliento en los ensayos de Domenico Losurdo y Ellen  Meiksins Wood  sobre el liberalis- mo,  los trabajos de Jacques Texier  y Miguel Abensour sobre el lugar de la política en el pensamiento de Marx,  y las elaboraciones de la filosofía política anglosajona, con  los trabajos de Roemer, Geras y Cohen y las obras de Callinicos, que  muestran la vitalidad del marxismo militante.

Otros importantes desarrollos están constituidos por  trabajos marxológicos como los  de  Daniel Bensaïd, Enrique Dussel, Eustache Kouvélakis y Jacques Bidet;  la relectura crítica de grandes figuras como Georg  Lukács o Walter Bejamin; las  interrogaciones de  juristas sobre las metamorfosis e incertidumbres del derecho; las controversias sobre el papel de la ciencia y de la técnica, y sobre su control democrático; y la interpretación original del psicoanálisis lacaniano por  Slavoj  Žižek.

Como  afirma Daniel Bensaïd (1999), este  florecimiento del pensamiento marxista es  el  resultado de  una investigación rigurosa, alejada de las modas académicas, y muestra hasta qué  punto los espec- tros de Marx inquietan nuestro presente. Sería erróneo oponer una ima- ginaria edad de  oro  del  marxismo de  los  años sesenta a la esterilidad de los marxismos contemporáneos, a pesar de que  los ochenta fueron años relativamente desérticos. El nuevo siglo  promete ser  un  período de  creatividad para esta  tradición teórica. El  trabajo molecular de  la teoría, menos visible  que  ayer, no  tiene probablemente el beneficio de contar con  nuevos pensadores, de  notoriedad comparable a la de  sus antecesores. También adolece de la falta  de diálogo estratégico con  un proyecto político capaz de unir y combinar las energías –un  problema central que  el marxismo deberá resolver si quiere volver  a convertirse en una filosofía de la praxis. Probablemente, sin embargo, el marxismo del siglo  XXI será  más  denso, más  colectivo, más  libre, y estará pleno de nuevas promesas en el período que  comienza.

Para terminar, nos  gustaría recuperar el análisis que  realizaba Sartre sobre el marxismo hace algunas décadas, pero que  continúa te- niendo la misma vigencia que  entonces. En  Cuestiones de método, el fi- lósofo  francés afirmaba que una filosofía seguirá siendo eficaz  mientras viva  la praxis que  la engendró y que  la sustenta. Cuando exista, para todos, un  margen de libertad real  más  allá  de la producción de la vida, el marxismo desaparecerá y su lugar será  ocupado por  una filosofía de la libertad. Pero  estamos desprovistos de cualquier medio, de cualquier instrumento intelectual o  de  cualquier experiencia concreta que  nos permitan concebir esa libertad o esa filosofía. Por  esas  razones, el mar- xismo continúa siendo la filosofía insuperable de nuestro tiempo, porque las circunstancias que lo engendraron todavía no fueron superadas.

 

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Parte Uno

 

 

 

Sobre la teoría

y su relación con la praxis

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Eduardo Grüner*

 

Lecturas culpables

 

Marx(ismos) y la praxis del conocimiento

 

 

*  Vicedecano y Profesor Titular de Teoría Política, Facultad de Ciencias Sociales, Univer- sidad de Buenos Aires  (UBA), y Profesor Titular de Antropología del  Arte,  Facultad de Filosofía y Letras, UBA.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Puesto  que no hay lecturas  inocentes, empecemos por confesar de qué lecturas somos culpables

Louis  Althusser

 

LA FRASE DE Althusser que preside este texto  es –para decirlo con una expresión cara a ese  filósofo francés– sintomática: revela  un  problema consustancial a algo  que  pudiera llamarse una teoría  del conocimiento (o una “gnoseología”, o una “epistemología”), que  también podríamos llamar “marxista” (una denominación a  su  vez  problemática, puesto que  son  ya incontables los “marxismos” que  han visto  la luz –y muchas sombras– desde el propio Marx hasta aquí). Ese problema es de muy  di- fícil, si no imposible, solución, pero su enunciado es relativamente sim- ple:  no  hay  lectura inocente; es decir, toda  interpretación del  mundo, toda forma de conocimiento de lo real,  está  indefectiblemente situada por  el posicionamiento de clase,  la perspectiva político-ideológica, los intereses materiales, los condicionamientos culturales o la subjetividad (consciente o inconsciente) del “intérprete”.

Esta constatación es ya la de Marx,  y hasta cierto punto –aunque desde perspectivas bien  diferentes entre sí y a la del propio Marx–  había sido también la de los philosophes materialistas del siglo XVIII, y lo será en  las  primeras “sociologías del  saber” del  siglo  XX, a partir de  Max Scheler o Karl  Mannheim, y lo seguirá siendo en  las  fenomenologías “sociológicas” del conocimiento al estilo de Alfred Schutz o Harold Gar- finkel. En  Marx  es una constatación inseparable de su concepción (ha- bría que  decir, mejor, concepciones, ya que  son  múltiples y cambiantes) de la ideología,  ya sea  que  se la entienda, un  tanto esquemáticamente, como “falsa  conciencia” de la realidad, ya como (en  la sofisticada ver- sión  althusseriana, atravesada por  la lectura lacaniana de Freud) con- ciencia  “verdadera” de una  realidad “falsa”, una aparentemente escanda- losa  paradoja sobre la que  tendremos que  volver.

Pero, sea como sea,  si es verdad que  toda “lectura” del complejo universo de  lo real  es “culpable” de  ser  una lectura en  situación, ¿no significa esto  que  no  puede  haber una lectura “objetiva”, “científica”, “universal” de los fenómenos de la realidad (y muy  en particular de la realidad social e histórica, tan  constitutivamente atravesada por  aque- llos intereses y posicionamientos), y que nuestro conocimiento, en con- secuencia, está  necesariamente condenado al relativismo, al particula- rismo, al subjetivismo más  radical?

Para colmo, a partir de los llamados “giro lingüístico”, “giro her- menéutico”, “giro  estético-cultural”, etc.,  del  siglo  XX  (si  bien  es  un debate casi  tan  antiguo como la cultura occidental misma: pueden ya encontrarse sus premisas en el Cratilo de Platón, por  ejemplo, y su con- tinuación en las polémicas entre “realistas” y “nominalistas” en la Edad Media; pero, por  supuesto, es en el siglo XX cuando se vuelve dominan- te en  tanto debate sobre los  fundamentos de  una filosofía de  la cultu- ra),  nos  hemos tenido que  acostumbrar –aunque a algunos todavía les cueste ceder a ella– a la idea  de que  los sujetos llamados “humanos” se distinguen de cualquier otra especie, aun las más  “avanzadas” del reino animal, por  el hecho de  que  no  tienen  un  vínculo directo e inmediato con  la realidad, sino  que  su relación con  el mundo está  “mediatizada” por  un complejísimo aparato de competencia lingüística (el concepto es de Noam Chomsky) y “simbólica” en general; de tal modo que,  incluso si desde un  punto de  vista  irreductiblemente materialista creemos en la  existencia autónoma de  lo real  respecto de  nuestras representacio- nes  –convicción que,  como veremos, instaura una diferencia radical con  las epistemologías “posmodernas”–, nuestra “realidad” humana no puede menos que  ser  una construcción de  nuestra (mayor o  menor) competencia lingüístico-simbólica. Se sea “constructivista” o “de-cons- tructivista”, la premisa es inapelable: la “realidad” del  ser  humano es, en  una medida decisiva, la  producción de  un  aparato simbólico que, desde ya,  no  es  en  modo alguno “individual” (no  se  trata de  ningún “subjetivismo” a  ultranza), sino  el resultado de  un  complejo proceso cultural, social e histórico. Como  ya  lo  habían sospechado el propio Max  Weber y la escuela del  interaccionismo simbólico, y como lo ha mostrado un  extraordinariamente sutil   filósofo y  lingüista marxista (Mikhail Bakhtin), el lenguaje  –y, por  extensión, todo el campo humano de lo simbólico-representacional– es un  espacio dialógico,  vale decir, producido en  la interacción social  (incluso conflictiva), y no  en  la so- ledad de las “conciencias” individuales. Y esta  nueva constatación, sin ninguna duda, es un enorme avance sobre las ingenuidades empiristas, positivistas o materialistas vulgares. Pero  que  nos  vuelve  a colocar en el centro de nuestra cuestión: ¿el conocimiento objetivo de la realidad es imposible? ¿Marx mismo, en  su  oposición al idealismo, cayó  en  la trampa del positivismo, de un “objetivismo” tan  ingenuo como el de los materialistas vulgares?

Y bien, no:  aunque los problemas que  se presentan aquí son  in- numerablemente más  complejos de  lo que  podremos abarcar en  esta exposición, sostendremos, aunque fuera algo  esquemáticamente (para una mayor profundización no  quedará más  remedio que  remitir a la bibliografía), que sí hay en Marx  –y desde luego  en muchos de los “mar- xistas occidentales” posteriores– elementos suficientes a partir de los cuales  desplegar un  abanico de  hipótesis de  trabajo, nuevamente, no para resolver definitivamente, pero sí para plantear en sus justos térmi- nos,  esa problemática. Eso  sí, con  dos condiciones:

 

1]  A partir de las cuales,  acabamos de subrayar: es inútil, además de dañino, pretender encontrar ya acabados de una vez para siem- pre  esos  elementos en el propio Marx;  semejante pretensión sólo puede conducir, en el mejor de los casos, a la pereza intelectual y, en el peor, a la más  crasa rigidez dogmática;

2]  para comprender la verdadera importancia –y la lógica  de  fun- cionamiento– de  esos  elementos, es  necesario desplazar lo que podríamos llamar un discurso “binario” (y profundamente “ideo- lógico”  en  el  mal  sentido del  término), que  piensa la  cuestión del  conocimiento sobre el eje  de  los  “pares de  oposición” mu- tuamente  excluyentes (ejemplo: sujeto/objeto; material/simbóli- co; pensamiento/acción; individuo/sociedad; estructura/historia, etc.): más  bien  se trataría de pensar en cada caso  la tensión dialé- ctica,  el conflicto entre esos  “polos”,  que  sólo pueden ser percibi- dos  como tales  polos precisamente porque  la relación entre ellos es la que  los constituye, la que  les asigna su lugar.

Teniendo en  cuenta estas dos  premisas básicas, podemos empezar a abordar la cuestión.

UN  CRITERIO FUNDANTE: LA PRAXIS

“Hasta ahora los  filósofos se han limitado a interpretar el mundo; de lo que  se trata ahora es de transformarlo”. La famosísima Tesis  XI so- bre  Feuerbach puede tomarse, entre otras cosas, como un  enunciado de  epistemología radical, o  como un  ultracondensado  “discurso del método” de  Marx.  Demasiado a menudo, por  desgracia, ha  sido  leído unilateralmente, en  el espíritu de  un  materialismo vulgar o un  hipe- ractivismo más  o menos espontaneísta que  desecha todo trabajo “filo- sófico”  de interpretación (vale  decir, al menos en  un  cierto sentido del que  ya hablaremos, de producción de conocimiento) a favor  de la pura “transformación” social y política. No hace falta  enfatizar cuán alejada de las intenciones de Marx  –uno  de los hombres más  cultos y más  teó- ricamente sofisticados de  la modernidad occidental– puede estar esta suerte de anti-intelectualismo estrecho. Pero  lo que aquí nos importa es otra cosa. En verdad, Marx  está  diciendo en su tesis  algo infinitamente más  radical, más  profundo, incluso más  “escandaloso” que  la tontería de abandonar la “interpretación del mundo”; está  diciendo que:

 

1]  la transformación del mundo es la condición de una interpreta- ción  correcta y “objetiva”, y

2]  viceversa, dada esta  condición, la  interpretación es ya, en  cier- ta forma, una transformación de la realidad, que  implica, en un sentido amplio pero estricto, un  acto  político, y no  meramente “teórico”.

 

No otra cosa  es lo que  encierra el concepto de praxis  (que  Marx  toma, por  supuesto, de  los  antiguos griegos). La  praxis  no  es  simplemente, como suele  decirse, la  “unidad” de  la  teoría y la  práctica: dicho así, esto  supondría que  “teoría” y “práctica” son  dos  entidades originarias y autónomas, preexistentes, que  luego  la praxis  (inspirada por  el genio de Marx,  por  ejemplo) vendría a “juntar” de alguna manera y con  cier- tos  propósitos. Pero  su  lógica  es exactamente la inversa: es porque ya siempre hay praxis –porque la acción es la condición del conocimiento y viceversa, porque ambos polos están constitutivamente co-implicados– que podemos diferenciar distintos “momentos” (lógicos, y no cronológi- cos ni ontológicos), con  su propia especificidad y “autonomía relativa”, pero ambos al interior  de un  mismo movimiento. Y este  movimiento es el movimiento (la más  de las veces “inconsciente”) de la realidad (social e histórica) misma, no el movimiento ni del puro pensamiento “teórico” (aunque fuera en la cabeza de un Marx), ni de la pura acción “práctica” (aunque fuera la de los más  radicales “transformadores del mundo”).

Lo que Marx  hace –esa es su “genialidad”– es sencillamente mos- trar  que  ese  es  el  movimiento de  la  realidad, y denunciar que  cierto pensamiento hegemónico (la  “ideología dominante”, si se quiere sim- plificar) tiende a ocultar  esa unidad profunda, a mantener separados los “momentos”, promoviendo una “división del trabajo social” (“manual” versus “intelectual”, para decirlo rápido), con  el objetivo de legitimar el universo teórico de la pura “interpretación” como patrimonio del Amo, y el universo práctico de la pura “acción” como patrimonio del Esclavo, ya que  la clase  dominante sabe  perfectamente –aunque quizá no  siem- pre  lo sepa  conscientemente– que  ni  la pura abstracción de  la teoría, ni  el puro “activismo” de  la  práctica, tienen realmente consecuencias materiales sobre el estado de cosas del mundo. O, en otras palabras, que no  producen verdadero conocimiento de  la  realidad, en  el sentido de Marx.  Nunca mejor ilustrada esta  tesis  que  en  la famosa alegoría que construyen Adorno y Horkheimer, en  su  Dialéctica  de la Ilustración, a propósito del episodio de las Sirenas en la Odisea  de Homero: el astuto y racionalizador capitán Ulises  –metafóricamente, el Burgués–, atado al mástil de su barco, puede escuchar (“interpretar”) el canto de las si- renas, pero no puede actuar;  los afanosos marineros –metafóricamente, el Proletariado–, con  sus  oídos tapados por  la  cera  que  Ulises  les  ha administrado, pueden actuar, remar el barco, pero no pueden escuchar. Ninguno de los dos puede realmente conocer  esa fascinante música: Uli- ses no quiere hacerlo –quiere simplemente recibirla, gozar pasivamente de ella–, los marineros no pueden hacerlo –ocupados, “alienados” en su tarea práctica, ni siquiera se enteran de su existencia.

Ahora  bien:  esta  tesis  de Marx  es, desde ya, y como dijimos, un enunciado político-ideológico revolucionario. Pero  es, al mismo tiempo (obedeciendo a la propia lógica  de  la praxis), un  enunciado filosófico- epistemológico de la máxima trascendencia. Lo es en el sentido en el que Marx  habla de una realización de la filosofía, es decir, en un triple senti- do: 1) es su culminación; 2) es su fusión con la realidad material; 3) es su (paradójica) disolución, al menos en su forma tradicional, “clásica”, que en su época –y en la propia biografía intelectual del primer Marx–  no es otra que la de la (riquísima y complejísima) tradición idealista alemana que va –para sólo mencionar los nombres más  paradigmáticos– de Kant a Hegel,  pasando por  Fichte y Schelling.

Se trata, por  supuesto, de autores complejísimos y muy  diferen- tes entre sí, que  en modo alguno pueden ponerse “en la misma bolsa”, como se dice  vulgarmente. Tampoco tienen todos el mismo significado en aquella biografía intelectual de Marx:  sin  duda, el pensador (¿debe- ríamos decir: el “pensador-actor”?) de Tréveris “aprendió” de Hegel  mu- cho  más  que  de los otros, pero ese “aprendizaje” se realizó plenamente

–en el sentido antes definido– sólo  cuando Marx,  por  así decir, fusionó a Hegel  con  la realidad material (social–histórica) que  a la parte de “ac- tivista” que  había en  él le importaba transformar. Pero, en  todo caso, lo que  todos esos  gigantes de  la filosofía occidental tienen en  común, más  allá de (pero vinculado con)  su “idealismo”, es su imposibilidad de superar  (también en el sentido de la Aufhebung hegeliana) esa escisión entre “teoría” y “práctica”, o,  dicho más  “filosóficamente”, la  separa- ción  radical entre sujeto y objeto. Y si decimos “más  allá  de” (aunque, en  el caso  particular de los alemanes, vinculada con)  su  idealismo, es porque en verdad esa “impotencia” no hace más  que recoger, condensar y llevar  a sus  últimas consecuencias toda  la tradición dominante –con muy  pocas excepciones, como serían los casos de un  Maquiavelo o un Giambattista Vico y, en otro sentido, de un  Spinoza– de la filosofía y la teoría del  conocimiento occidental y moderna, al  menos a  partir del Renacimiento. Y ello incluye no solamente al “idealismo”, sino  también (y tal  vez  especialmente) al  empirismo, al  materialismo  unilateral,  y luego  al positivismo.

En  efecto, la “división del  trabajo” propia del  modo de  produc- ción  capitalista (la  “fragmentación de  las  esferas de  la experiencia” a la que  se refería Max  Weber, que  estaba lejos  de  ser  marxista o “anti- burgués”, pero muy  cerca de  ser  uno  de  los  intelectuales más  lúcidos de la modernidad) impone necesariamente esa separación. Y no es, por supuesto, que  antes del  capitalismo ella  no  existiera: sólo  que  ahora resulta mucho más  evidente, y más  dramáticamente percibida, ya que ningún ecumenismo teológico resulta por     mismo suficiente para ocultarla bajo  el manto piadoso de la voluntad de Dios.

La paradoja es que esa separación se profundiza y se hace, como decíamos, más  evidente y dramática precisamente porque  la nueva era “burguesa” necesita promover un conocimiento más  acabado, preciso y “objetivo” de la realidad. Al contrario de lo que  sucedía en el modo de producción feudal, por  ejemplo, la ciencia y su aplicación a la técnica son  ahora una fuerza  productiva decisiva para el ciclo  productivo (y re- productivo) del sistema. Para lograr ese mejor conocimiento de la “ma- quinaria” del Universo –ya a partir del siglo  XVII, con  Descartes, Leib- niz  y muchos otros, se impone esta  sugestiva metáfora “mecánica”– es que  se torna imprescindible la distinción entre el sujeto cognoscente y el objeto conocido (o, en todo caso, el objeto a conocer, es decir, a cons- truir).  El impulso –otra vez, necesario para la lógica  del funcionamiento productivo de la “maquinaria” capitalista– de una dominación de la na- turaleza, ese impulso hacia lo que Weber llamará la racionalidad formal, o la Escuela de Frankfurt denominará la racionalidad instrumental, re- querirá que  el  sujeto dominante se  separe del  objeto dominado. Que el individuo, por  lo tanto, se separe de la naturaleza, dé un  paso atrás para observarla, para estudiarla. Y no  solamente de la naturaleza: una vez instaurada y transformada en dominante esta  lógica, toda la nueva “realidad” –no importa cuán fragmentada aparezca en la experiencia de los sujetos particulares– quedará sujeta a la escisión. También la reali- dad  social, la política, la cultural: es en esta  época que  puede aparecer la idea  liberal de un  “individuo” separado de (cuando no enfrentado a) la comunidad social o el Estado, cuando en las épocas pre-modernas los sujetos eran un componente indisoluble de la comunidad política, de la ecclesia,  del socius, llámese polis,  o Ciudad  de Dios, o lo que  correspon- da a cada momento.

 Es también en esta época que  puede aparecer en el arte, por ci- tar un  ejemplo ilustrativo, la perspectiva, ese “descubrimiento técnico” de la pintura renacentista que  permite retratar al individuo en primer plano,  separado de/dominando a su entorno. Es en esta época que,  en la literatura, puede aparecer –y ser un  tema central de  ese  nuevo gé- nero literario de la modernidad que  se llama “novela”–  la subjetividad individual, con  todos los desgarramientos y conflictos que  le produce, precisamente, su separación, su aislamiento, su “enajenación” de la naturaleza y de la comunidad humana. (Y, a propósito de estos ejem- plos,  vale  la pena recordar que  para Marx –al igual  que  para todo el idealismo alemán a partir de Kant y los románticos– el Arte es también una forma de conocimiento, como lo demuestran sus  permanentes re- ferencias, que no son meramente decorativas o ejemplificadoras, a Ho- mero y los trágicos griegos, a Dante, Shakespeare, Cervantes, Goethe, Schiller, Heine, Defoe,  etcétera). Es  en  esta época, para decirlo todo, que  puede (y debe) inventarse la noción misma de  “individuo”, como una entidad distinta del resto del universo, y cuya  misión es conocer  y dominar ese universo.

Por supuesto que,  repitamos, esta  separación epistemológica (no “real”)  entre el sujeto y el objeto es necesaria para una concepción del conocimiento que pasa por la dominación de la naturaleza –y, a fortiori, de  los  miembros de  las  clases subalternas. Y no  es cuestión de  negar que,  aun teniendo en  cuenta los  límites que  la división del  trabajo en el capitalismo impone a la expansión del conocimiento, el movimiento del  saber en  la modernidad tiene un  gran valor:  no  sólo  por  lo que  ha significado, en la historia de la cultura, como frente de combate contra el oscurantismo y la superstición, sino  porque ese  movimiento (insis- tamos: aún descontando la ficticia escisión sujeto/objeto) es lo que  ha hecho posible  la ciencia moderna, tal como la conocemos.

Pero  no es cuestión de negar, tampoco, que  esa  posibilidad mis- ma de la ciencia moderna es la contrapartida (“dialéctica”, por así decir) de la lógica  –más  aún: de la concreta praxis–  de la dominación: las dos cosas son  verdaderas y, bajo  las estructuras de una sociedad de clases desigualitaria, están necesariamente en conflicto. Cuando ese conflicto no se resuelve (y mientras las estructuras de dominación permanezcan en su lugar, el conflicto no puede  resolverse), aquel “oscurantismo” no puede nunca ser definitivamente eliminado, y retorna indefectiblemen- te, incluso encastrado en las nuevas formas del conocimiento científico. De allí la lúcida advertencia de Adorno y Horkheimer, en el mismo texto que  ya hemos citado, a propósito de que  la misma Razón cuyo  objetivo era  disipar las  nieblas de  los  mitos oscurantistas corre el  peligro de transformarse en un mito igualmente tenebroso (y, en cierto sentido, en el más  peligroso de todos, puesto que  aparenta ser otra cosa).

 EL  PROBLEMA DE  LA “INVERSIÓN” DE  LA DIALÉCTICA HEGELIANA

Ahora  bien:  se trata de un conflicto que, ciertamente, no se les escapaba a los  honestos filósofos del  idealismo alemán: nuevamente, de  Kant a Hegel  hay  una aguda percepción del profundo problema (no  sólo  epis- temológico, sino  antropológico e incluso “metafísico”) que  le presenta a la realidad humana, histórica, la separación sujeto/objeto. Incluso, en un cierto sentido al menos, puede decirse que tanto la Crítica de la razón pura  de Kant como la Lógica  de Hegel  son  intentos monumentales de resolver esta cuestión. Y ya sabemos cuál puede ser la razón, para Marx, del  carácter parcialmente fallido  de  estos  monumentos de  la  filosofía moderna: su idealismo. En  efecto: para estos  grandes idealistas el con- flicto pertenece al puro y abstracto plano del pensamiento, mientras que para Marx  encuentra su “base  material” en el plano de la realidad social e histórica, y por  lo tanto no puede ser  “superado” por  ninguna Aufhe- bung  que  no provenga de la praxis,  de una transformación conjunta de la realidad y el pensamiento.

Esto no significa de ninguna manera que para Marx  los conflictos del “pensamiento” sean un  mero “reflejo”  de los de la “realidad” –como sí  han querido entenderlo muchos “marxistas” que,  en  este  registro, quedan presos del  materialismo más  vulgar y ramplón–: ello  equival- dría, precisamente, a liquidar el concepto mismo de praxis.  Justamente, entre muchas cosas que  Marx  rescata del  idealismo alemán, un  lugar central está  ocupado por  la  gran importancia que  ese  idealismo ale- mán –y en particular Hegel–  le otorga a una subjetividad activa,  que  no se resigna a simplemente registrar los datos inmediatos de los sentidos (como es el caso  del  empirismo o del  “sensualismo” materialista vul- gar),  sino  que  opera sobre ellos  para transformarlos. Esa  operación es la que  está  de  alguna manera “escondida” en  la celebérrima consigna de Hegel,  tan  frecuentemente malentendida, que  reza:  “Todo  lo real  es racional, y todo lo racional es real”:  vale decir, lo real no  consiste sim- plemente en la percepción acrítica de lo actualmente existente, sino  en las potencialidades de su desarrollo  futuro, que  la Razón “subjetiva” es capaz de sacar a luz.

Ese  es el momento de  la negatividad crítica  en  la dialéctica he- geliana: el de la negación de lo “real”  tal como se presenta en su brutal inmediatez, y a favor  de la producción del pensamiento de lo “nuevo”, de  aquello que  lo real  oculta en  su  seno, y que  puede ser  mediatizado (arrancado de  su  “inmediatez”) por  la  Razón. O sea,  para abreviar, a favor  de  la  Historia –que,  en  una concepción semejante, no  recubre únicamente la  dimensión del  pasado, sino,  sobre todo, la  del  futuro. Repitamos: esa  “negatividad crítica” se  opone a  la  aceptación pasiva de lo “realmente existente”, a un  empirismo crudo que  no casualmente –porque el lenguaje es sabio– adoptará, en su forma “reactiva” (y reaccionaria) contra esta  concepción críticamente  negativa, el nombre de positivismo. Y, en este sentido, la “teoría del conocimiento” implícita en la dialéctica hegeliana bien  merece calificarse de potencialmente revo- lucionaria. Pero  la actualización de esa  “potencia” choca, otra vez, con los límites de su idealismo: la “revolución” hegeliana se limita al plano del pensamiento puro, ya que  parte de la premisa de que  es él (bajo la forma de la Idea, del Espíritu Absoluto) el verdadero, si no único, pro- tagonista de la Historia. Lo “real” que el pensamiento activo puede con- tribuir a transformar es ya algo  producido por  el propio pensamiento, bajo  la forma “objetiva” del Espíritu. Y es por  este  límite que,  paradóji- camente, el monumental sistema filosófico e histórico de Hegel,  yendo incluso contra sus  propias premisas, queda “congelado” en  el Estado Ético, encarnación del Espíritu en la historia terrestre, y transposición “espiritualizada” del muy  real  Estado Prusiano de 1830.

Hacía falta, pues, que  viniera un  Marx  a introducir el ya discuti- do criterio de la praxis  material (social e histórica) para extraer de ese núcleo potencial todas sus  posibilidades no realizadas. Ello  significaba rescatar al “método” dialéctico hegeliano tanto como al materialismo vulgar del  doble impasse en  el que  estaban encerrados: pura Idea  sin auténtica materialidad sociohistórica de  un  lado,  pura Materia iner- te  sin  movimiento de  la subjetividad crítica del  otro. La  praxis  era  el “tercero excluido” entre estos  dos  polos, que  ahora viene  a totalizar (ya tendremos ocasión de  discutir esta  noción que  le  debemos a  Sartre) esas  perspectivas truncas.

La operación realizada por  Marx  ha  pasado a la historia bajo  la famosa rúbrica de la inversión de Hegel  –rúbrica sin  duda autorizada por  la no  menos famosa expresión de Marx  acerca de la necesidad de “poner la dialéctica sobre sus  pies”.  Pero  aquí hay  que  ser  extremada- mente cuidadosos. El enunciado de Marx  es, ante todo, una metáfora, solidaria de  aquella otra según la  cual  los  “retrasados” alemanes, in- capaces de  llevar  a cabo en la realidad  la revolución burguesa que  los franceses habían hecho en su propia materialidad histórica de 1789,  la habían “realizado” en la cabeza de sus filósofos, y muy  especialmente en la de  Hegel.  Pero  si esta  metáfora es tomada con  excesiva literalidad, corremos el riesgo de no percibir la enorme profundidad y radicalidad de la operación, que  no  consiste en  una mera “síntesis” (en  el sentido vulgarizado del término), en una “tercera vía” o una componenda ecléc- tica  entre la dialéctica idealista y el materialismo vulgar, sino  en  otra cosa,  radicalmente diferente: introducir la praxis  en la dialéctica no es “dar  vuelta” a Hegel  en una relación de simetría invertida, sino  despla- zar completamente la cuestión, “patear el tablero”, como se suele  decir, para cambiar directamente las reglas del juego.

Es  cierto que  Althusser sin  duda exagera al  hablar de  su  céle- bre  “ruptura epistemológica” (de  Marx  con  Hegel)  como de  un  corte tajante y absoluto a partir del  cual  tenemos otro  (el “maduro”) Marx, que  ya nada tendría que  ver con  su  antiguo maestro; después de todo

–y se podría mostrar que  la propia  teoría althusseriana avala  esta  con- sideración–, la “ruptura” sería por  definición imposible sin la previa existencia del sistema hegeliano: en cierto sentido, se puede decir que el mentado “corte”  es interior  a la dialéctica, como un pliegue de la misma sobre sí misma. Pero, por  otro lado  –y allí tiene razón Althusser, con las prevenciones expuestas–, también es verdad que  ese  “pliegue” desarti- cula  todo el sistema y lo “rearma” en un  sentido muy  distinto. Por  una sencilla razón: cambiar el objeto de la dialéctica –poner la praxis  mate- rial  en lugar de la Idea, para simplificar– es cambiar toda la estructura del sistema, ya que  sería, precisamente, anti-dialéctico pretender que  el “método” dialéctico fuera una suerte de pura forma o de cáscara vacía que  pudiera aplicarse a  cualquier objeto (y,  en  este  sentido, un  poco provocativamente, se podría decir que  Marx,  estrictamente hablando, es más  hegeliano  que Hegel, ya que  su operación “descongela” a la pro- pia  dialéctica hegeliana, retirando el obstáculo idealista tanto como el del  materialismo vulgar). No se trata, pues, de una simple “inversión” del objeto o de la relación causa/efecto –donde ahora la Idea  fuera una consecuencia de la Materia, como quisieran los materialistas vulgares– sino  también del “método” en su conjunto, para pasar a otro sistema de “causalidad”, cuyo  fundamento, reiteremos, es la praxis.

En  una palabra, y para resumir este nudo de cuestiones: Marx in- tenta resolver, mediante la introducción de la praxis de la historia material como criterio básico del  “complejo” conocimiento transformador/trans- formación conocedora, el falso  (o,  mejor: “ideológico”) dilema entre la Idea  sin materia y la Materia sin idea.  Pero, por supuesto, esta constata- ción está todavía lejos de resolver –o siquiera de plantear adecuadamente– todos nuestros problemas para determinar la posibilidad de llegar a una verdad “objetiva” que  tiene esta nueva teoría del  conocimiento. Tendre- mos  a continuación que desplegar al menos algunas de estas cuestiones.

DE  LA “CONCIENCIA DE  CLASE” A LA “CONTINGENCIA”

Más arriba hemos insistido sobre el modo en que  Marx rescata del idea- lismo alemán (y muy  especialmente de Hegel) el rol de una subjetividad activa y crítica en  la  praxis  de  la  transformación/conocimiento. Pero,

¿de qué clase  de sujeto se trata cuando hablamos de esta “subjetividad”?

¿Quién ocupa, en  esta “revolución teórica”, el lugar del  Espíritu “auto- cognoscente” hegeliano? Un marxista respondería, inmediatamente y sin vacilar: el proletariado, esa  clase universal de la que  habla Marx. No es una mala respuesta, en  la medida en  que  al menos arroja una primera pista sobre el carácter  general de este sujeto: no se trata de una subjeti- vidad individual sino  colectiva. Marx se desmarca aquí de la perspectiva estrictamente “individualista” que  ve al sujeto como una mónada ence- rrada en sí misma de la que  hablábamos antes. Bien,  pero ¿por qué  pre- cisamente el proletariado –y no,  por ejemplo, la fracción intelectual más teóricamente avanzada o ilustrada de la burguesía o pequeña burguesía (a la que, por otra parte, pertenecía el propio Marx, y la inmensa mayoría de los filósofos y pensadores modernos, incluyendo a los más  “revolucio- narios”)? ¿Acaso  no  sabemos, por el mismo Marx, que  en  virtud de  su propia explotación el proletariado es una clase  “alienada”, “enajenada”, y en consecuencia incapacitada para acceder por sí misma al Saber uni- versal? Y, para ponernos un  poco  más  “filosóficos”: ¿por qué,  en  virtud de qué  privilegio especial, tendría una parte de la sociedad la capacidad “innata” de acceder al todo del conocimiento? ¿Cómo es que,  siendo una categoría particular, puede el proletariado ser la clase  universal?

Estas preguntas son  lo suficientemente complejas y provocativas como para que  avancemos con  cuidado en un  terreno harto resbaladi- zo. Primera cuestión: es necesario diferenciar, analíticamente, al prole- tariado como categoría  teórica del proletariado como realidad sociológi- ca, como colectivo humano “realmente existente”. En el primer caso, se define (lo define Marx,  clásicamente) como aquella “clase”  de hombres y mujeres desposeídos de  todo medio de  producción, y tan  sólo  pro- pietarios de su fuerza de trabajo, esa  mercancía que  están obligados a vender al capitalista, a fin de producir, en consecuencia, una cuota de plusvalía para dicho capitalista, etc.,  etcétera. En  el segundo, se trata de  una realidad empírica extraordinariamente compleja y cambiante, con  un  alto  grado de  determinaciones concretas que  varían de  socie- dad  en  sociedad, articulándose con  igualmente variables condiciones socioeconómicas, políticas, culturales y aun psicológicas. La diferencia entre ambos registros es homóloga a la que  hace el mismo Marx  entre un  modo de producción y una formación económico-social. El modo de producción, así  como el proletariado en  tanto categoría, son  abstrac- ciones del pensamiento; la formación económico-social, así como cada proletariado particular, son  realidades histórico-concretas. No  es,  por supuesto, que  no haya una relación  entre la abstracción intelectual y el objeto histórico: son,  por  así decir, mutuamente incluyentes, “coexten- sivos”, pero en diferentes registros de lo real.  La confusión entre ambas formas no podría menos que  conducir a los más  aberrantes equívocos. (Como se comprenderá, no vamos a meternos aquí en la bizantina dis- cusión sobre si el proletariado sigue  existiendo, en nuestro “capitalismo tardío” y “globalizado”, tal como lo pensó Marx,  o si hay que redefinirlo totalmente o incluso decirle “adiós”  como han hecho algunos; ya se verá que,  a los efectos de lo que  nos  interesa ahora, ese debate es ocioso).

Ahora  bien:  referirse al proletariado como clase universal es refe- rirse a la primera de estas dos formas, como debería resultar obvio: mal podría hablarse de una universalidad, digamos, existencial o empírica, mucho menos de una “equivalencia”, entre el proletariado de Londres o Copenhagen y el de Addis Abebba o Bogotá. Se trata de determinar el lugar estructural que el proletariado ocupa en la configuración lógica del modo de producción capitalista.

Ese  lugar, para decirlo rápidamente, es  el de  la  producción del mundo de  las  mercancías, que  es el mundo de  la “realidad” capitalis- ta.  O, mejor dicho (y aquí seguiremos de  cerca el célebre análisis de Marx  en  el capítulo I de  El Capital):  el mundo de  las  mercancías  –el de  su  existencia acabada como objetos de  circulación y consumo– es el mundo inmediatamente visible  del capitalismo, pero él no  es todo  lo que  hay:  él es solamente el resultado de  un  proceso previo que,  en  su forma esencial, permanece “invisible a los ojos”.  A saber: el proceso  de producción propiamente dicho que  hizo  posible la existencia del mun- do visible. Para hacer otra comparación simple: lo que  se ve es la obra que  se representa sobre el escenario, pero esa pieza teatral no existiría si no hubiera habido todo un  complejo proceso previo (la escritura del texto, el diseño de la escenografía y el vestuario, la “puesta en escena”, la dirección y marcación de los actores, los ensayos, etc.),  esa esfera de las relaciones  de producción de la que  habla Marx,  que  es donde verda- deramente se han producido las condiciones de existencia del capitalis- mo  “visible”  (empezando por  la plusvalía, que  sólo  será  realizada  en la esfera de la circulación: pero no es allí donde ha sido  generada).

Vale decir: la totalidad de lo real visible sólo puede aparecer como tal  totalidad precisamente porque está  incompleta, porque deja  “fuera de  la escena” aquel “trabajo” que  le da  su  existencia. El conocimiento de la totalidad implicaría, pues, la restitución al “Todo”  de esa  “Parte” que  es, como decíamos, inmediatamente  no-visible. Pero, precisamen- te,  como esa  parte no  es perceptible por  los  sentidos, sólo  puede ser repuesta por  mediación de  la  Razón (de  la  misma manera, digamos, en que  Copérnico o Galileo tuvieron que  acudir a la Razón, al cálculo matemático, para demostrar la verdad  cosmológica contra la falsa  evi- dencia  empírica de que  el sol “sale” por  el este  y se “pone”  por  el oeste). Esto es precisamente lo que  significa la enigmática frase de Althusser que  citábamos al  comienzo: es  la  realidad  la  que  es  “falsa”,  no  en  el sentido de que  sea falso  lo que  vemos (el sol efectivamente “sale” por  el este,  el capitalismo efectivamente contiene las  esferas de circulación  y consumo), sino  en el sentido de que  eso que  vemos es solo una parte de la realidad –es un efecto, pero no la causa en sí misma, del proceso com- pleto  en que  consiste la realidad. Nuestros sentidos no nos  “engañan”, pero no son  suficientes.

Pero, si  nos  quedáramos simplemente con  esto,  estaríamos de vuelta en el lugar en que  habíamos dejado a Hegel:  el de una “Razón” autosuficiente y plenamente autónoma, capaz por sí misma de “despe- jar”, en el puro plano de las ideas, los enigmas del mundo. Nuevamente, para entender la especificidad del conocimiento razonante en la teoría de Marx,  hay  que  reintroducir el criterio de la praxis.  Sólo  la actividad transformadora, en un  sentido muy  amplio del término, puede generar el tipo  de razonamiento que  sea  capaz de captar la relación de tensión o de conflicto no resuelto entre la (falsa) totalidad aparente  presentada por  el capitalismo y el (invisible a los ojos)  proceso  de producción de lo real.  Sólo  esa  actividad transformadora, que  incluye a la “subjetividad crítica”, puede realizar el proceso de totalización de lo real.

Ahora  bien, ¿quién, qué  colectivo social de  los  existentes en  el capitalismo, realiza, por  definición, esa  actividad transformadora,  ese trabajo  productor de  lo  “nuevo”, que  puede postularse como modelo “universal” de  un  conocimiento basado en  la  praxis?  El  proletariado, obviamente. Él es quien está  directamente vinculado, de  manera pro- tagónica, al proceso  de producción de lo real,  y quien, por  lo tanto, está en condiciones de acceder a un  potencial conocimiento del Todo.  Pero, atención: otra vez,  estamos hablando aquí del  proletariado en  tanto categoría  teórica.  El proletariado “realmente existente”, ya lo sabemos, está  alienado, enajenado, preso de la escisión sujeto/objeto, etcétera. Es –para retomar una terminología que  Marx  hereda también de  Hegel– una clase  en sí, pero no aún para sí. De manera que,  cuando hablamos del “proletariado” como sujeto de la praxis transformadora/conocedora, estamos hablando no  de un  colectivo empírico, sino  de una clase, que es  (como su  nombre lo indica) una construcción teórica. El  “proleta- riado” real  transforma el mundo, hace,  sin  “saber” que  lo hace. Por  su parte, el “intelectual crítico” –incluso uno  como Marx–  “sabe”  lo que el proletariado hace,  pero no  puede ocupar su lugar como sujeto de la transformación: a lo sumo puede, metafóricamente dicho, imitar en su cabeza el trabajo de transformación que el proletariado realiza sobre la materia (“imitar”, en  el sentido aristotélico de  la mimesis: reproducir la lógica  del trabajo de la “naturaleza”, que  según Aristóteles es lo que hace el artista; pero, por  supuesto, la obra de arte no es, no puede con- fundirse con,  la naturaleza).

Esto es de gran importancia que quede claro, en primer lugar por razones políticas, ya que  la supresión de la diferencia entre la praxis  del proletariado y el  “saber” intelectual ha  producido las  deformaciones de un  vanguardismo “sustituista” que  en su momento dio a parar en el estalinismo y similares. En  una palabra: el “intelectual crítico” tiene, sin duda, el rol importante de anticipar en el plano de las ideas el pasaje del  en sí al para sí, ubicándose en  el punto de vista  del  “proletariado” (que  es, justamente, el de la praxis), y esa es su diferencia radical con el intelectual “burgués”, donde “burgués” se refiere asimismo no  necesa- riamente a una pertenencia empírica a dicha clase  social –aunque sea la más  probable– sino  a la posición “burguesa” frente al conocimiento, de la que  enseguida hablaremos.

 Pero  antes es necesario aclarar una cosa  fundamental, so riesgo de caer  en  excesivo reduccionismo  o incluso “sectarismo”: el “intelec- tual  crítico” no necesita indispensablemente ser  consciente de que  está realizando ese  trabajo mimético que  reproduce la  lógica  de  la  praxis; por  supuesto, es  preferible que  lo  sea,  pero lo  que  realmente impor- ta  es lo que  hace  desde el punto de vista  intelectual. Como  solía  decir Marx,  los hombres deben ser  juzgados por  lo que  hacen antes que  por lo que  piensan de sí mismos: ello vale tanto para los autoproclamados “intelectuales críticos” que  inconscientemente asumen, en su propia práctica intelectual, el “punto de  vista”  de  la  “burguesía”, como vice- versa. Asimismo, nada de esto  significa, por  supuesto, que el intelectual “burgués” no  pueda producir conocimientos auténticos: sólo  –aunque no  es poco–  significa que  esos  conocimientos serán un  momento, y no la  “totalidad”, de  un  conocimiento “totalizador” de  lo real.  Y aquí es imprescindible adelantar sucintamente una cuestión que  nos  volverá a  ocupar más  adelante: totalizador no  significa, en  modo alguno, to- talizante. No  se trata de  la ilusión hiper-erudita de  saberlo todo  sobre los “contenidos” de la realidad (aspiración utópica si las hay),  sino  del establecimiento de  una lógica  –basada en  la praxis– de  producción  de los mecanismos de saber.

De esta  manera, hemos procurado establecer, aunque fuera es- quemáticamente, la diferencia específica (asentada siempre sobre el cri- terio de  la  praxis)  del  método de  Marx  respecto del  de  Hegel  y de  la teoría del conocimiento “burguesa” en general. Debe  quedar claro, una vez más, que esta  última no es “burguesa” por su origen empírico de cla- se (en ese sentido, también lo era Marx), sino  por  su posición “objetiva” frente al conocimiento. Esperamos haber aclarado también que  lo que el “intelectual crítico” puede hacer es tan  sólo  (aunque es muy  impor- tante) anticipar el pasaje del en sí al para sí (el pasaje de la existencia a la “conciencia”  de  clase,  aunque luego  deberemos discutir esta  última noción), pasaje que  no puede “sustituir”, sino  que  el proletariado debe- rá realizar por  medio de su propia praxis  colectiva y autónoma. Y, final- mente, que es el proletariado quien, por  medio de esa praxis  y gracias a ella, está  potencialmente en condiciones de acceder a ese conocimiento “universal”, aunque no  pueda actualmente hacerlo; pero ello,  por  su- puesto, no es una condena in aeternum, sino  que es una situación histó- rico-concreta. A lo sumo, en la más  pesimista de las hipótesis, se podrá pensar que  ese conocimiento “totalizador” no es posible; pero, si fuera posible, sólo lo sería de esta  manera, al menos en la hipótesis (bastante menos pesimista, por  cierto) de Marx.  Y, en todo caso, la hipótesis pesi- mista –como puede ser, por  ejemplo, el caso  de la Escuela de Frankfurt y, particularmente, de Adorno, quien con plena conciencia de su formu- lación paradójica habla de  un  “marxismo sin  proletariado”– parte de la base  de que  esta  es la única posibilidad: de allí su enérgica polémica con  toda forma de positivismo, para el cual  (aun en sus  variantes más sofisticadas) la “realidad” sólo  es lo que es, y no lo que  puede  ser cuan- do  es  sometida al  “juicio”  de  la  praxis,  mediatizada y anticipada por la Razón crítica. Y finalmente, antes de proseguir, aclaremos también (aunque luego  tendremos que  abundar sobre el tema) que  el hecho de que  el “intelectual crítico” no  pueda sustituir la praxis  del “proletario” no  significa que  su  trabajo de  interpretación de  lo real  –ese  momento relativamente autónomo del  conocimiento crítico– no  pueda producir conocimiento por  sí mismo.

Un  autor marxista que  ha  visto  agudamente la  cuestión es  el Lukács de Historia y conciencia de clase. ¿Por  qué  –se pregunta Lukács esencialmente– no es capaz el “burgués” de acceder a este plano “totali- zador” de conocimiento? Nótese que la pregunta es por  qué no puede,  y no por  qué  no quiere.  Aquí es donde hay  que  reintroducir el problema, nada sencillo, de la ideología que obstaculiza ese acceso a lo “universal”. Ideología que,  por  definición, es “inconsciente”. No se trata de ninguna conspiración, ni  de  ningún planificado engaño. Se trata, nuevamente, de la posición de clase,  del “punto de vista”  condicionado no tanto por una pertenencia a la clase  “burguesa” y sus  concepciones del  mundo, sino  por  una identificación (no  necesariamente “interesada”) con  ellas. Dicho  “punto de vista”  es, por  así  decir, impersonal: está  determinado “en última instancia” por la propia estructura lógica del funcionamiento de la sociedad capitalista y el tipo  de conocimiento que  ella implica, y que, como hemos visto, es necesariamente fragmentado: el “burgués” no necesita saber nada sobre la praxis,  en el sentido amplio que  aquí veni- mos  tratando. Más aún: necesita no saber sobre ella, des-conocerla (que no  es lo mismo que  “ignorarla”), puesto que  tomar plena “conciencia” del  proceso de producción en  sentido genérico (es decir, en  definitiva, de  la Historia, que,  como dijimos, es ante todo el movimiento, “infor- mado” por  el pasado, de la transformación hacia el futuro) lo obligaría a admitir, en  rigor de  honestidad intelectual, que  esa  transformación indetenible y la  producción de  conocimiento basado en  ella  pueden eventualmente barrer con su propio lugar de “clase dominante”, lo cual resulta subjetivamente intolerable y objetivamente disfuncional al sis- tema, de allí que no pueda  saber nada con ello (como dice irónicamente Marx,  la burguesía siempre supo perfectamente que  había habido His- toria... hasta que  llegó ella).

Por lo tanto, en el razonamiento de Lukács la “cultura burguesa” se  sitúa frente al  mundo en  una posición estática y contemplativa (lo que  más  tarde Marcuse llamará una cultura afirmativa de  lo real):  en posición, como si dijéramos, consumidora y no  productora de  lo real. En  el fondo, lo que  la “burguesía”, para poder sostener con  convicción su  lugar de clase  dominante, no  puede  saber, es cómo es que  lo “real” ha  llegado a ser  lo que  es (dicho más  “técnicamente” desde el capítulo I de  El Capital,  lo que  la “burguesía” no  puede saber es qué  cosa  es... la plusvalía; pero aquí, entonces, podemos apreciar toda la dimensión filosófica que  tiene el descubrimiento por  Marx  de ese  síntoma –como lo llama Lacan– del capitalismo).

De allí extrae Lukács su crítica al núcleo de la teoría del conoci- miento de Kant, el “padre fundador” de la gran tradición idealista ale- mana. Como  se recordará –sin duda tendremos que simplificar en exce- so en aras de la brevedad–, en esa teoría los a priori del entendimiento (categorías “innatas” como las de tiempo y espacio, por  ejemplo) hacen que  el Sujeto Trascendental kantiano (el “Hombre” abstracto como tal, sin  determinación histórico-concreta alguna) sea  perfectamente capaz de conocer todos los fenómenos del  Universo, pero no  de conocer por qué  hay  fenómenos, cuál  es  su  origen último, cuál  es  el  noumeno o “cosa en sí” que ha producido la existencia de lo real,  y que en sí mismo permanece estrictamente “incognoscible”, es un  límite  absoluto para el entendimiento. Y bien, Lukács, sin  duda de manera provocativamente reductora pero no  por  ello  menos gráfica, responde sencillamente: la “cosa  en sí” es... el capitalismo. Por  supuesto que  el “burgués” –que  no es ningún Sujeto “Trascendental” sino  un  sujeto histórico, condiciona- do por  la situación igualmente histórica de la posición que  ocupa en la estructura de dominación– no  puede  conocer acabadamente esa  “cosa en  sí” porque, como ya  hemos visto,  eso  significaría, al  menos como posibilidad, el cuestionamiento de su propia “particularidad” histórica, que  él prefiere creer que  es “universal”, y por  lo tanto eterna.

Ahora  bien:  lo que  vale para el “burgués”, ¿no  vale también para el “proletario”, al menos mientras dure su alienación? Por supuesto que sí. Pero  con esta diferencia decisiva, que ya hemos mencionado: al estar directamente (aunque también “inconscientemente”, por  así decir) vin- culado a la praxis,  el “proletario” no  puede no percibir (aunque puede momentáneamente “des-conocer”) que  el mundo de lo real  es el resul- tado de un  proceso  de producción, y no de una enigmática “cosa  en sí”. Es su “posición de sujeto” (sujeto efecto de un  proceso histórico, y no “trascendental”) lo que  –potencial y tendencialmente– le permitirá –al contrario de  lo  que  ocurre con  el “burgués”– salir  de  esa  alienación.

¿Cómo? Haciéndose, a sí mismo, “proletario”.

Aquí  es  donde hay  que  reintroducir la  dialéctica del  en  sí/para sí con  el objeto de explicar una aparente paradoja. El proletario, dice Lukács, en tanto su situación histórico-concreta lo reduce a pura fuer- za de trabajo  –es decir, a “mercancía”– empieza por  vivirse  a sí mismo como objeto (como un puro “en-sí”),  y tiene que transformarse en sujeto (en “para-sí”). Vale decir que,  en la misma medida y por  el mismo mo- vimiento de  la praxis  por  la que  el “proletario” conoce la materia que está  transformando, se conoce a sí mismo, aplicando el criterio de que sólo  la transformación (de  la materia/de sí mismo) permite acceder al verdadero conocimiento; mientras que  el “burgués”, que  se ha  vivido siempre ya como “sujeto diferenciado” del mundo de lo real  (como “in- dividuo”), no puede transformarse en ninguna otra cosa que lo que ya es. Irónicamente –si aceptamos lo que  hemos dicho a propósito de que  la historia es fundamentalmente impulso hacia el futuro– se podría decir que  el “burgués” tiene razón cuando dice  que  la historia “se terminó”. Sólo que habría que especificar: es su historia la que se terminó, puesto que  ya no puede ir hacia ningún futuro.

Además  –dicho sea  de  paso– este razonamiento demuestra que Marx (al menos en esta lectura lukacsiana) es un  pensador mucho más radical que los así llamados “post-estructuralistas” contemporáneos. En efecto, estos le critican al marxismo un “reduccionismo de clase” según el cual el “sujeto proletario” sería una suerte de esencia ontológica precons- tituida, definida por su lugar estructural en las relaciones de producción. Y, sin  duda, tienen razón respecto de muchos de los marxismos econo- micistas o “trascendentalistas” que  han proliferado. Pero se equivocan de medio a medio respecto del propio Marx. Si el “proletario” empieza por estar  constituido como objeto (en-sí), y luego  tiene que  constituir- se a sí mismo como sujeto (para-sí) en un  proceso  de (auto)producción que  sólo puede estar “completo” en el momento del “comunismo” –vale decir, de la “sociedad sin clases”, donde por lo tanto la “subjetividad di- ferencial” del “proletario” se disuelve como tal–, ¿no está claro entonces que  el “proletario” nunca es un  sujeto “pleno”, sino  un  sujeto que  está siempre en proceso inacabado (“in-finito”) de constitución, satisfaciendo así las más  rigurosas normas del anti-esencialismo post-estructuralista? No es que este debate importe mucho, pero valía la pena una referencia marginal para despejar ciertos (a veces interesados) equívocos.

De la misma manera, la lógica  de la mediación de la que  hablá- bamos hace un rato (y de la cual  el paso del en-sí  al para-sí es un nuevo ejemplo) no es necesariamente opuesta a la articulación por la “contin- gencia”,  como tiende a sostenerlo a veces  Laclau, entre otros. El secre- to allí es la noción althusseriana de sobredeterminación (que  el propio Laclau cita  elogiosamente), extraída del psicoanálisis de Freud, y según la cual  un elemento no predeterminado de la situación (política, social, histórica) puede aparecer “inesperadamente” para articular el proceso de mediación “totalizadora”. Pero  esto  tan  sólo significa: a) que ese ele- mento “contingente” podría no aparecer; b) que,  cuando sí aparece, no es porque una “necesidad previa” lo ha  hecho aparecer: su emergencia puede ser  perfectamente casual; c)  que  la  articulación específica pro- ducida por  ese elemento, y sus  resultados futuros, no pueden preverse matemáticamente: la articulación abre un  campo múltiple (aunque no ilimitado) de posibilidades.

Pero  no  se  trata de  un  juego  de  puro azar  (“contingencia”, en este  sentido, quiere decir simplemente que  no estamos hablando de un férreo principio de la naturaleza como, digamos, la ley de gravedad: lo cual,  si estamos refiriéndonos al  campo de  la  praxis  humana, es  una perogrullada): el elemento “contingente” que  logra articular una “to- talización” puede no aparecer, pero, cuando aparece, no es cualquiera, ni se “engancha” de cualquier manera en la articulación. Existen leyes “tendenciales” de la historia –bastante más  “totalizadoras” que  el largo de la nariz de Cleopatra– que,  por  así  decir, convocan ciertas “contin- gencias” y no otras, más  allá de que ellas aparezcan o no. Que a Newton le cayera una manzana en la cabeza cuando estaba tomando su siesta es, por  supuesto, una contingencia que  podría no haber sucedido. Pero que  Newton asociara ese  hecho con  una serie  de  leyes  físicas que  le hicieron descubrir el principio de la gravedad de los cuerpos no es una ocurrencia casual: las  leyes  físicas existen independientemente de  que ese día  y a esa  hora cayera la manzana. Que  Lenin encontrara un  tren blindado que  lo condujera de vuelta a Rusia para ponerse al frente de la revolución es una contingencia. Sin  duda, se puede suponer que  el desarrollo de  la  revolución hubiera sido  distinto si Lenin no  hubiera llegado, pero las “leyes” (mucho más  “tendenciales” que las de Newton, lo admitimos) de  la situación política que  condujo a la revolución no dependían del  viaje  de  Lenin. En  una palabra: la lógica  de  la “media- ción”  no  es que  se oponga a la “contingencia”, sino  que  puede haber una lógica de la mediación de la contingencia. Precisamente por  eso  el marxismo (el de Marx,  para empezar) no es un  determinismo: porque

–al contrario de lo que ocurre en la dialéctica idealista de Hegel–  no hay una Totalidad determinada de antemano por  el Concepto, sino  que  la materialidad de  los  hechos históricos puede articular diferentes (pero no cualquiera) procesos de mediación totalizadora.

 

 

 

DE  LA “HERMENÉUTICA DE  LA SOSPECHA” A LA INTERPRETACIÓN CRÍTICA

 

Habiendo admitido que  el  “modelo” marxista para la  producción de conocimiento es  el de  la  praxis  del  “proletario”, procedamos ahora a describir cómo es el funcionamiento lógico de ese  modelo transpuesto a la praxis específica del  “intelectual crítico”. El trasfondo “filosófico” de esa lógica  es lo que  Paul  Ricoeur, célebremente, ha  llamado la “her- menéutica de  la sospecha” (Ricoeur, al igual  que  Foucault, Althusser, Roland Barthes y otros, colocan bajo  esa  rúbrica a “intelectuales crí- ticos”  paradigmáticos como Marx,  Freud o Nietzsche). Vale  decir: la actitud bajo  la cual  –como hemos explicado más  arriba– yo sospecho que la “totalidad” de lo real  no es lo que puedo percibir de ella a simple vista,  y que las explicaciones sobre lo real siempre pueden ser sometidas a una nueva interrogación, ya que  ellas  no  “caen  por  su  propio peso” (como la manzana de Newton), sino  que  son  construcciones históricoconcretas que están consciente o inconscientemente sobredeterminadas por  la ideología, los intereses de los grupos de poder (y también, cómo no, la identificación “alienada” de los grupos oprimidos con la ideología dominante), etcétera. Una  de las  funciones objetivas centrales de esas explicaciones “naturalizadas” es la de construir consenso (esencial para la “hegemonía”, en  sentido gramsciano) en  torno a, en  el límite de,  la estructura misma de lo real.  La tarea del “intelectual crítico” es, por  lo tanto, desmontar esas  construcciones para demostrar que  nada tienen de “naturales”, sino  que  ellas  son  parciales y “contingentes”, en el sen- tido  antes aludido.

Ello  supone, por  otra parte, una cierta teoría de lo simbólico. Ya hemos dicho que el ser humano se relaciona con (y organiza) su realidad a través de la mediación simbólica (empezando por  el propio lenguaje). Pero  se pueden tener –simplificando mucho– dos  grandes teorías de lo simbólico (y, por  lo tanto, de la interpretación de la realidad):

1]  Yo puedo pensar que  el símbolo –en  el sentido más  amplio po- sible  del término– es un  “velo”, una “máscara”, un  “disfraz” que oculta u obstaculiza la visión  prístina de una Verdad “esencial”, “originaria”, “natural”, eterna e inconmovible, llámese la Palabra de Dios, la “cosa  en sí” kantiana, o lo que se quiera. En este caso, la interpretación consistirá simplemente –y no es que sea un pro- ceso  simple, por  cierto– en  retirar el velo ocultador para develar (valga  la expresión) ese  “objeto” originario que  se me  ocultaba. La Verdad se impondrá entonces con  toda su “fuerza de Ley”, y nada podré hacer para cuestionarla. A este  estilo de  interpreta- ción  (característico, por  ejemplo, de la hermenéutica bíblica tra- dicional) lo llamaremos interpretación pasiva, ya que a lo que ella conduce no es a la producción de un  nuevo conocimiento, sino  a la restauración de una “realidad” que  en verdad siempre “estuvo allí”, sólo que  deformada por  la máscara simbólica.

2]  Yo puedo pensar (como lo hacen Marx,  Freud o Nietzsche, por sólo citar esos paradigmas modernos) que no hay tal Verdad eter- na y originaria, sino  que lo que aparece como un “objeto natural” es el producto de un  proceso  de producción o, para nuestro caso, de  una construcción simbólica e histórico-concreta.  Detrás del “símbolo”, por  lo tanto, no encontraré el objeto puro y duro sino otro  “símbolo”, y luego  otro y otro indefinidamente. No  es que no haya “objetos” (se trata de una perspectiva materialista), sino que  esos  objetos han sido  utilizados como “contingencias” para la  construcción de  configuraciones simbólicas que  sirven para explicar de una cierta manera el mundo de lo real.  Son, en una pa- labra, el resultado de una praxis,  y no esencias eternas. La “inter- pretación”, en este  caso, consiste en interrogar  críticamente esas construcciones simbólicas para mostrar –incluso para producir– sus vacíos, sus “agujeros de sentido” (puesto que no son Verdades eternas, nunca están plenamente completas, no pueden, al revés de la “teología”, explicarlo todo),  y entonces construir, producir, un  sentido nuevo sobre esos  “blancos” o ausencias. Por  supues- to que  ese  nuevo sentido podrá a su vez ser  sometido a interro- gación, precisamente porque el conocimiento así  construido es una “verdad” histórica, y no “natural” (y eso vale también para el marxismo, que  no es una verdad eterna, sino  la que  corresponde a determinadas condiciones históricas: principalmente, la exis- tencia del modo de producción capitalista, del cual  el marxismo es su conocimiento crítico).  A este estilo de interpretación, enton- ces, lo llamaremos interpretación activa,  ya que en ella no se trata de restaurar un  objeto que  preexistía a la interpretación, sino  de producirlo como objeto de  la  praxis  del  conocimiento/transfor- mación (como ya hemos dicho, el marxismo produce el “objeto” modo de producción capitalista mediante el mismo movimiento que pugna por  transformarlo: otra vez, estamos en el núcleo de la Tesis  XI sobre Feuerbach).

 

Como  dice  Foucault gráficamente, si este  “método” es como lo hemos descripto, toda interpretación (crítica y activa) es no una interpretación de la “realidad” (en  el sentido vulgar, no  dialéctico, del  término), sino una interpretación de una  interpretación: los “objetos” de la realidad que se presentan a nuestra conciencia son ya producto de “interpretaciones” históricas. Por  ejemplo: Freud (o cualquier psicoanalista) no interpreta el sueño del paciente (¿cómo podría el psicoanalista tener acceso a un sueño ajeno?, ¿dónde podría “verlo”?):  lo que  interpreta es el relato que el paciente hace de su sueño, relato que  ya constituye una cierta “inter- pretación” previa. De la misma manera, Marx  no interpreta a la “socie- dad  burguesa”: lo que Marx  interpreta es la interpretación “burguesa” de la sociedad (por  eso el subtítulo de El Capital  es Crítica  de la Economía Política), es decir, la construcción simbólica (y por supuesto, ideológica) que  la “burguesía” ha  producido sobre su  propia praxis.  ¿Y cuál  es el resorte, la palanca  última de  esta  interpretación crítica? Ya lo hemos adelantado: la interrogación de la supuesta “Verdad eterna” en tanto ella es “sospechada” de ser a su vez una construcción histórico-ideológica.

Lo cual  significa que  Marx  no viene,  digamos, de Marte, con  una teoría completamente distinta y ajena a la de (en este caso)  la economía “burguesa”, y se limita a patear fuera del tablero una interpretación y reemplazarla por otra. Eso sería un mero acto  de fuerza, y no una praxis crítico-hermenéutica. Lo que hace Marx  es empezar por  aceptar el “tex- to”  de  la economía burguesa como verdad parcial,  y luego  interrogar sus  “silencios” o sus  inconsistencias. Por  ejemplo: Marx  no dice que  la teoría del  valor  (esa  teoría que  no  inventa Marx,  sino  que  ya  está  en Smith o Ricardo) sea falsa: al contrario, justamente porque es “verdade- ra” –en el sentido ya dicho de que  corresponde a una cierta condición histórica–, la  interroga hasta las  últimas consecuencias (le  pregunta, por  ejemplo, de dónde sale  la ganancia del capitalista, cómo es posible el proceso de acumulación/reproducción del capital) y descubre que no puede  responder satisfactoriamente a todas  las  preguntas que  las  pro- pias  premisas de la teoría despiertan. Construyendo sobre esos “vacíos” de la economía clásica es que Marx  produce su propia teoría, su propia interpretación crítica  del  capitalismo, basada en  el descubrimiento de, entre otras cosas, la plusvalía. Lo que  Marx  hace es pues lo que  Althus- ser  llama una lectura  sintomática del “texto”  de la economía burguesa clásica: con  una lógica  de lectura semejante a la del psicoanálisis (que es, por supuesto, de donde Althusser extrae la expresión “sintomática”), Marx  interpreta, por  así decir, los lapsus, los “actos fallidos”, las incon- sistencias de la economía clásica, y es esa  propia praxis  hermenéutica la que  arroja como resultado una nueva teoría más  acabadamente ex- plicativa del funcionamiento del capitalismo.

Pero, atención: cuando decimos que  Marx  interpreta el “texto” (en un sentido metafórico muy  amplio del término) de la economía clá- sica, no estamos en modo alguno cayendo en esas concepciones “textua- listas”  más  o menos posmodernas que pretenden que toda la realidad es una suerte de textualidad sin “lado  de afuera”, e infinitamente “decons- truible”. En el límite, esta concepción conduce a una nueva y sofisticada forma de idealismo que  pone todo el peso  de la interpretación en una subjetividad crítica trabajando sobre un  mundo puramente “ficcional”, sin referentes materiales. Esta posición, que  ya sería discutible aunque tolerable en el campo de, por  ejemplo, la teoría literaria y estética, es a nuestro juicio indefendible en el de las estructuras y procesos sociales e históricos. Por  supuesto, la interpretación crítica es también, y ante todo, una operación intelectual y teórica, con  un  importante grado de autonomía (“relativa”), pero los objetos de su lectura sintomática –so- bre  los que  en seguida diremos algo más–  no pueden ser considerados, ni  siquiera de  manera metafórica, como exclusivamente “ficcionales”. No se nos oculta que en el pasaje a la escritura (incluida la más  comple- ja “teorización”) del análisis de esos  objetos hay  siempre una cuota, de peso  variable según los casos, de “ficcionalidad”: las hipótesis mismas de  las  cuales se  parte son,  en  un  sentido lato,  “ficciones” teóricas,  y además las estructuras retóricas, estilísticas e incluso sintácticas de la exposición de una teoría comparten muchos de sus rasgos más  básicos con las obras de ficción. Pero  la diferencia fundamental es que una obra de ficción, aun la más  “realista” de las novelas, parte de la construcción de  un  “escenario” de  enunciación imaginario, mientras que  el tratado teórico debe  empezar por  suponer, al menos, una materialidad “independiente” sobre la cual  ha  operado lo simbólico en general, y las “in- terpretaciones” que  se están sometiendo a lectura crítica en particular, más  allá  de que  –como decíamos más  arriba– ningún “objeto último y originario” sea realmente alcanzable (justamente porque ha sido  some- tido  desde siempre a las transformaciones de la interpretación).

Precisamente, una tarea central de la “lectura sintomática” (y de la crítica ideológica) consiste en discriminar, hasta donde sea posible, las relaciones entre realidad y ficción en las teorías. Esto es lo que marca asi- mismo el límite de la interpretación: de otra manera, cualquier interpre- tación, no importa cuán arbitraria o caprichosa, sería igualmente legíti- ma. Desde ya que esto no es así para Marx: todo lo que hemos dicho hasta acá  apunta a mostrar que  sí hay interpretaciones mejores  que  otras, más “totalizadoras”, en el sentido de que permiten reconstruir con mayor pre- cisión el funcionamiento de una “realidad” (para nuestro caso,  la de las estructuras del capitalismo), descartando las interpretaciones consciente o inconscientemente “falseadas”, interesadas, ideológicas, etcétera.

Todo  esto  tiene consecuencias de  la máxima importancia. Para empezar, la  lectura sintomática –tal  como Althusser la  identifica en Marx–  constituye en    misma un  método de  producción de  conoci- miento, en la medida en que descubre una particular lógica de la praxis interpretativa. Llevado a su extremo, esto  significa que  aun cuando se descubriera (como algunos vienen intentando hacerlo desde hace mu- cho)  que  no  hay  tal  cosa  como la “ley del valor”  o la “plusvalía” –cuyo análisis por  parte de  Marx  es,  como vimos, el  paradigma de  lectura sintomática–, dicha lógica  seguiría siendo la más  eficaz  para interpretar críticamente la realidad y sus “textos”  según el modelo de la praxis.

Pero  aquí podría interponerse una objeción: ¿no habíamos dicho, en nuestra discusión de la diferencia de Marx  con  Hegel,  que  un  cam- bio de “objeto” conducía indefectiblemente a una transformación en el “método”? Sin duda, pero lo que sucede es que hay diferentes niveles de definición del  “objeto”: el análisis de un  objeto “particular” (por  ejem- plo,  la plusvalía) permite, por  así  decir, el descubrimiento de  un  “ob- jeto”  conceptual más  abarcador (por  caso, la noción de que  es restitu- yendo la contradicción entre el particular-concreto “plusvalía generada por  la fuerza de trabajo” y el universal-abstracto “equivalencia general” que  se  descubrirá el “secreto” escamoteado de  la  lógica  del  capitalis- mo)  que  conduce a la formulación de una hipótesis universal-concreta (por  ejemplo, que aquello que aparece como una “Totalidad” ideológica extrae su eficacia de la operación que  escamotea el “particular” que  le permite funcionar pero que  es irreductible a la “Totalidad”, de tal  ma- nera que  es denunciando esa  operación como la interpretación crítica puede producir nuevo conocimiento sobre la realidad). Pero  entonces, al final  de este recorrido insoslayable, es este último universal-concreto el que se ha transformado en el verdadero objeto de la interpretación, en el sentido de que  a partir de él puede construirse una posición crítico- hermenéutica para leer “sintomáticamente” la realidad.

Y el hecho (sobre el que se nos permitirá insistir) de que el mode- lo de esta  metodología sea  la praxis  social-histórica del  “proletariado” tiene una segunda consecuencia decisiva –que  excede, como estricta lógica del conocimiento, a la existencia o no de un  proletariado “empí- rico”–: se trata de un método que,  más  allá de que  sea “aplicado” por  el intelectual crítico individual, tiene un sustrato social-histórico, “colecti- vo”, mediatizado por  aquella praxis.  Y aun así, la interpretación crítica “individual” es sólo un momento del proceso de conocimiento/transfor- mación del  mundo. Pocas veces  se ha  puesto el acento, que  nosotros sepamos, en que  una semejanza lógica fundamental entre el marxismo y el psicoanálisis es el hecho evidente de que  ambos son  modos de pro- ducción de conocimiento en los que la acción transformadora se realiza siempre en la interacción con  un  “Otro”  (el proletariado para Marx,  el paciente para el psicoanalista). Pero  incluso sin  necesidad de apelar a esta  comparación, recuérdese la idea  gramsciana de que  los hombres, potencialmente, son  todos  “filósofos”: es la reorganización de su “senti- do común” por  la praxis  –y no la inculcación exterior de una teoría, por mejor que  sea– la que  “actualizará” esa potencia.

Todo  lo  que  acabamos de  decir debería entonces permitir una lectura más  ajustada de  ese  ensayo “metodológico” del  marxismo por excelencia que  es la famosa Introducción de 1857  a los Grundrisse. En efecto, en el apartado titulado “El método de la economía política”, dice claramente Marx:

Si  comenzara, pues, por  la  población, tendría una representación caótica del  conjunto y, precisando cada vez más, llegaría analítica- mente a conceptos cada vez más  simples; de lo concreto representa- do  llegaría a abstracciones cada vez más  sutiles hasta alcanzar las determinaciones más  simples. Llegado a este  punto, habría que  re- emprender el viaje de retorno, hasta dar  de nuevo con  la población, pero esta  vez no tendría una representación caótica de un  conjunto sino  una rica  totalidad con  múltiples determinaciones y relaciones [...]  Este  último es, manifiestamente, el método científico correcto. Lo concreto es concreto porque es la síntesis de múltiples determina- ciones, por  lo tanto, unidad de lo diverso.  Aparece en el pensamiento como proceso de síntesis, como resultado, no como punto de partida, aunque sea el efectivo punto de partida, y, en consecuencia, el punto de partida también de la intuición y la representación. En  el primer camino, la  representación plena es  volatilizada en  una determina- ción  abstracta; en el segundo, las determinaciones abstractas condu- cen  a la reproducción de lo concreto por  el camino del pensamiento (Marx: 1976,  parte I, parágrafo 3).

 Bien:  obsérvese, en  primer lugar, que  Marx termina  el  párrafo ante- rior hablando de  una re-producción de  lo  concreto en  el  proceso del pensamiento: sin  ninguna duda, está aludiendo a la manera por la cual la interpretación crítica re-produce (vuelve  a producir, en otro plano) la praxis  social-histórica, que  es su modelo. El resultado de ese proceso es una “síntesis de múltiples determinaciones”, una “unidad de lo diverso”: pero no  se trata de una síntesis puramente “abstracta”, en el sentido de que esté vacía de “particulares-concretos”; es una abstracción (puesto que no  es el “objeto” mismo en  tanto único y singular), pero que  conserva las  determinaciones particulares del  objeto, que  entran en  tensión con la “universalidad” del concepto. Además, ha superado el “caos” de las re- presentaciones/intuiciones iniciales (pura acumulación de “particulares concretos” sin  organización ni sentido), tanto como el mero “universal- abstracto” (puro pensamiento genérico sin determinaciones concretas).

Finalmente, debemos llamar la  atención sobre el  hecho de  que Marx no  se priva de utilizar el concepto de totalidad. Esto es de capital importancia hoy,  en la discusión con  los “post-estructuralistas” y/o “pos- modernos” (pero también, en el mismo lado de la barricada, por así decir, con ciertas formas de los estudios culturales, poscoloniales, multicultura- listas y aun del feminismo) que recusan de lleno  y sin matices esa noción, confundiéndola con el “esencialismo” e incluso con el “totalitarismo” o el “fundamentalismo” de un pensamiento de lo Absoluto. Desgraciadamen- te, en esta recusación suele caerse en un relativismo extremo o en un “par- ticularismo” que  es, en el fondo, una forma más  elaborada de ese “caos” de representaciones puramente singulares y yuxtapuestas sin  jerarquías, lo cual  suele  ser tanto teórica como políticamente ineficaz (cuando no directamente dañino para la propia causa que se pretende defender).

Pero la “totalidad” marxista no puede en modo alguno confundir- se con  aquella caricatura, que  más  bien  corresponde a la falsa totalidad adorniana, vale  decir, una abstracción vacía,  un  “equivalente general” que  esconde la determinación particular-concreta que  mostraría la con- tradicción, el conflicto interno a la supuesta “totalidad”. De lo que  habla Marx es precisamente de esta “totalidad” abierta, y por lo tanto siempre provisoria, que  es una totalidad pensada (más aún: inevitable para pen- sar) que re-produce ese conflicto, esa tensión, entre su “abstracción” y sus determinaciones concretas. El proceso de conocimiento que arroja como resultado esa  “totalidad” es el que  varias veces  hemos apuntado bajo  el concepto de totalización. Es ahora oportuno, pues, abordarlo de lleno.

LA “TOTALIZACIÓN” Y EL  MÉTODO PROGRESIVO/REGRESIVO

El  término, ya lo dijimos, proviene de  Sartre (quien lo expone en  sus “Cuestiones de método”, incluido como introducción a la Crítica de la ra- zón  dialéctica) y, aunque fue acuñado a fines  de la década del cincuenta en un contexto cultural muy diferente al nuestro, se ha vuelto hoy nueva- mente actual, justamente por su importancia en el debate con corrientes como el post-estructuralismo y el “deconstructivismo”. En su momento, el debate más  fuerte que  sostenía Sartre era contra el estalinismo y/o el marxismo vulgar de la diamat, que  incurrían en una polarización (o, con frecuencia, una combinación) entre, por un lado,  recetas abstractas, ellas  sí “esencialistas” y “totalizantes”, y, por otro, un  empirismo o neo- positivismo antidialéctico, en  ambos casos con  consecuencias nefastas para la praxis  del conocimiento/transformación de la realidad. (No pue- de ser azaroso, en efecto, que Sartre escriba sus “Cuestiones de método” poco  tiempo después de  la  invasión soviética a  Hungría, contraparti- da político-militar de esa nefasta combinación “filosófica”). Contra eso, Sartre opone un “existencialismo” marxista que pugna por conservar las particularidades (y aun las singularidades irrepetibles) concretas de los sujetos de carne y hueso, pero sin perder la capacidad de articulación y diálogo conflictivo entre lo abstracto y lo concreto, que  es inherente al propio proceso de producción de conocimiento.

Su  método ha  pasado a la historia con  el nombre de progresivo/ regresivo  –lo que  ya  da  una pauta, desde la  propia denominación, de una postura que  rechaza el evolucionismo vulgar aplicado al proceso de  conocimiento. La  base  filosófica de  su  teoría del  conocimiento es inequívoca: lo que  hace una filosofía es “dar  expresión al movimiento general de la sociedad”. Es decir: el modelo de la producción de cono- cimiento es la praxis  social-histórica. Y esta  es, entre otras cosas, una cierta forma en que  “la clase  en ascenso adquiere conciencia de sí”. En la primera fase del capitalismo, la burguesía de comerciantes, juristas y banqueros alcanzó cierta percepción de sí misma en el cartesianismo; un  siglo  después, en  la fase  de protoindustrialización, la burguesía de fabricantes, técnicos y hombres de ciencia se descubre “oscuramente” en el Sujeto Trascendental kantiano.

Ahora  bien:  este  “dar  expresión al movimiento de  la sociedad”, esta  “conciencia de sí” de las  nuevas clases, no  es un  mero reflejo “es- pecular”. Por  un  lado,  para ser  verdaderamente “filosófico”, el proceso de  conocimiento debe  presentarse como totalización de  todo el saber contemporáneo. Por  el otro, esa  acumulación de saber no es un  objeto inerte, pasivo: nacida del movimiento de la praxis,  “es movimiento en sí mismo, y muerde en el futuro [...] toda filosofía es práctica, inclusive la que parece ser más  puramente contemplativa […] una filosofía mantie- ne su eficacia sólo mientras tiene vida la praxis que la produjo”. Cuando el movimiento filosófico se interrumpe, es porque su  “crisis filosófica” está  expresando (de  manera compleja y mediatizada, claro está) una crisis de la praxis  social-histórica: como dice,  entre nosotros, León  Ro- zitchner, “cuando la sociedad no sabe  qué hacer, la filosofía no sabe  qué pensar” (Sartre, 1995).  En este  sentido preciso, el pensamiento marxista se encuentra “en estado de crisis”; como decíamos, esto,  fechado en

1957,  vuelve  a cobrar actualidad hoy:  sólo  que  Sartre no  extrae de esa evidencia la conclusión de que  el marxismo debe  ser  abandonado; fiel a su propia premisa, mientras la praxis  social-histórica que  le ha  dado lugar continúe actuando (es decir, mientras existan el capitalismo y sus contradicciones, y por  lo tanto la necesidad de su crítica),  el marxismo seguirá siendo “el horizonte insuperable de nuestra época”.

Hasta aquí, Sartre parece mantenerse (con  su  estilo particular, desde luego) en la línea de la “superación” (la Aufhebung) de Hegel  por Marx, incorporando –generalmente de manera implícita– las contribu- ciones del Lukács de Historia y conciencia de clase (con  quien, de todos modos, sostiene una dura polémica a  propósito del  existencialismo). Pero la diferencia específica sartreana está en la incorporación, dentro del marxismo, del “momento” existencialista que proviene de la etapa de El ser y la nada.  Allí donde Lukács había producido un  debate inclusivo con Hegel,  Sartre hace lo propio con Kierkegaard: “Para Hegel el Signifi- cante […] es el movimiento del Espíritu, el Significado es el hombre vivo y su  objetivación; para Kierkegaard, el hombre vivo es el Significante: él mismo produce las significaciones, y ninguna significación le alcanza desde afuera” (Sartre, 1995).  El “humanismo” sartreano –en nítida opo- sición al universalismo abstracto hegeliano tanto como al objetivismo elemental del positivismo, pero también del marxismo vulgar, y quizá al estructuralismo que  ya empieza a asomar– significa sencillamente que “el dolor, la necesidad y el sufrimiento son  realidades humanas brutales que  no  pueden ser superadas o cambiadas solamente por el conocer”. Las  ideas, por sí  solas, no  pueden transformar la  realidad. Sartre no niega aquel carácter de  anticipación que  las  ideas pueden tener –y del cual  hablábamos más  arriba–, siempre que se inscriban en el modelo de una praxis  transformadora, y en la perspectiva de la lucha contra la alie- nación, vale decir, en términos filosóficos generales, la separación entre sujeto y objeto. Pero, al igual  que Marx, subraya la prioridad de la praxis con respecto al pensamiento “puro”. Y, a semejanza de Kierkegaard, sos- tiene que  la praxis  no puede ser reducida a un  conocimiento abstracto: debe  ser vivida y producida. No se trata de desechar completamente a Hegel,  sino  de “dialectizarlo” también a él: como a Hegel,  le preocupa la objetividad de lo “real” y de la historia, pero afirmando al mismo tiempo la singularidad concreta de la experiencia humana.

Esta dialéctica es  la  que  cree  poder encontrar en  el marxismo (el de Marx). Pero  entonces, ¿por  qué  la necesidad del existencialismo (el de  Sartre)? Ya lo hemos adelantado, indirectamente. El marxismo está  atravesando una crisis: está,  como si dijéramos, detenido, conge- lado:  “Luego  de  haber liquidado todas nuestras categorías burguesas de pensamiento y transformado todas nuestras ideas, el marxismo nos deja  bruscamente en  la  estacada, incapaz de  satisfacer nuestra necesidad de  entender el mundo desde la  situación particular en  que  nos encontramos ubicados” (como decíamos, la crítica apunta al marxismo “estalinista” de su época; pero es lo suficientemente general y profunda como para que hoy, nuevamente, nos sintamos concernidos por ella, so- bre  todo después de la caída de los socialismos “realmente existentes”) (Sartre, 1995).  El  marxismo “dominante” ya no  encara totalidades vi- vas (“síntesis de múltiples determinaciones concretas”), como lo hacía Marx,  sino  “entidades fijas” –singularidades generales,  las llama Sartre, parafraseando el universal-singular de Kierkegaard. Las “unidades for- males” de estas nociones abstractas parecen entonces quedar dotadas de  poderes reales (el  marxismo “congelado” es,  en  este  sentido, una expresión objetivamente cómplice de la alienación, en la cual  lo “real” aparece no  como producto de  la  praxis,  sino  como teniendo un  peso propio, autónomo y exterior a la acción humana: más  tarde, en Crítica de la razón  dialéctica, Sartre llamará a esto  lo  práctico-inerte). Así, el marxismo deviene una “totalidad” cerrada, un conocimiento muerto; el marxismo vivo,  en cambio, es, repitamos, abierto: su “modo de produc- ción  de  conocimiento” es un  movimiento regulador,  con  sus  “objetos” en permanente cambio y redefinición.

¿Cuál  es  la  estructura y la  lógica  de  ese  movimiento? Para ex- plicarlo, debemos retomar lo  que  empezamos a  decir sobre el méto- do  progresivo/regresivo (Sartre  se inspira aquí, parcialmente, en  Henri Lefebvre, quien ya desde principios de  la  década del  cincuenta venía intentando, en  los  Cahiers  de sociologie, una articulación  entre socio- logía  e historia en una perspectiva marxista). Al estudiar, por  ejemplo, la realidad compleja de un  grupo (o una clase) social –Lefebvre se re- fiere  concretamente al campesinado francés– hay,  en primer lugar, una complejidad horizontal que  remite al grupo humano, con  sus  técnicas productivas específicas, su  relación con  esas  técnicas, y la  estructura social correspondiente, que  a su vez condiciona el comportamiento del grupo, que  a su vez también depende de los otros grupos nacionales e internacionales, etcétera; por  otro lado,  hay  una  complejidad vertical que es histórica: la coexistencia “desigual y combinada”, en el “mundo” específico en estudio (el rural, en este caso), de formaciones provenien- tes  de distintas épocas y duraciones, de sus  transformaciones actuales aunque manteniendo inercias del  pasado, etcétera. Ambas “compleji- dades” conforman una “totalidad” compleja y abierta, con  acciones  y reacciones entre ellas.  El método para estudiar esa  “totalidad” –según lo delinea Sartre, reelaborando a Lefebvre– es un  proceso en tres  “mo- mentos” (lógicos): a]  una fase  de descripción “fenomenológica”, de observación sobre la base  de la experiencia y de una teoría (o una serie  articulada de hipótesis) general; b]  un  momento “analítico-regresivo”, que  retorna sobre la historia del grupo en cuestión para definir, fechar y periodizar las etapas y transformaciones de esa historia; c]  un  momento “progresivo-sintético”, que  sigue  siendo histórico- genético, pero que  vuelve  del  pasado al  presente en  un  intento por re-definir  este último de manera más  determinada y compleja que  en la fase inicial, formulando además hipótesis tendenciales para el desarrollo futuro.

Queda así completado el movimiento progresivo/regresivo. Pero, por  su- puesto, se trata de  una “completud” provisoria, ya que  la historia del grupo continúa (salvo,  se dirá, completa extinción del mismo; pero, en verdad, ni siquiera así: tomemos, por  ejemplo, una sociedad “extingui- da”  culturalmente por  conquista o  colonización; su  historia, aunque radicalmente transformada, continuará en subterráneo conflicto con la historia de los conquistadores, y por  lo tanto el método progresivo/re- gresivo deberá reconstruirla  desde su  “originalidad” previa, para dar cuenta de toda la concreta complejidad de su presente).

Los  tres  “momentos” que  acabamos de  describir conforman la secuencia que  Sartre, célebremente, llama totalización/destotalización/ retotalización. Su  movimiento lógico, como habrá observado el lector, es  notoriamente semejante al  defendido por  Marx  en  la  Introducción de 1857  a los  Grundrisse (si  bien  ahora se le incorpora el componen- te  “existencialista”, sobre el  que  todavía tendremos algo  para decir). Lo que  sucede es que,  como hemos visto,  ese movimiento ha  quedado congelado por  el triunfo de  un  “marxismo” vulgar, antidialéctico, a la vez idealista y positivista. En este  marxismo, dice  Sartre, “el análisis se encuentra reducido a una simple ceremonia […] consiste en  eliminar detalles, en  introducir forzadamente significación en  ciertos aconteci- mientos y en desnaturalizar los hechos a fin de extraer, como sustancia de ellos,  nociones falseadamente sintéticas, inmutables y fetichizadas. Los conceptos abiertos del marxismo se encuentran ahora cerrados, ya no  son  claves, esquemas interpretativos,  sino  que  aparecen como un conocimiento ya totalizado. En lugar de buscar el todo por  medio de las partes, y enriquecer de ese modo la especificidad de las partes mediante el examen de sus significaciones polivalentes, que es el principio heurís- tico,  encontramos la liquidación de la particularidad” (Sartre, 1995).

Aquí  es donde el “existencialismo”, otra vez, puede ser útil para una imprescindible renovación de ese marxismo anquilosado, y para re- tomar (aplicando al propio marxismo el método progresivo/regresivo) la riquísima complejidad de su historia, que incluye el permanente diálogo (no  importa cuán conflictivo) con  la totalidad del  saber de una época. La “síntesis” (la  Aufhebung) del  conocimiento no  puede ser concebida como una “totalidad acabada”: sólo  puede ser pensada en el interior de una totalización siempre en curso, en movimiento, que  se homologa al modelo de la praxis  social-histórica: que,  en  cierto modo, es esa  praxis social-histórica construyendo sus  “verdades” en su propio movimiento. La verdad  deviene,  dice  Sartre: es una totalización que  incesantemente se (des/re)totaliza a sí misma. Los hechos particulares deben ser rescata- dos  en toda su singularidad compleja, pero ello no significa que  tengan en  sí mismos un  sentido completo: no  son  verdaderos ni  falsos, salvo “en la medida en que  se encuentran relacionados, por la mediación de diferentes totalidades parciales,  con la totalización-en-progreso”.

La renuncia a este  movimiento complejo (que  en buena medida se explica por  el propio anquilosamiento de la praxis  social-histórica de los “socialismos reales”) constituye para Sartre el talón de Aquiles  de la teoría del conocimiento del marxismo vulgar. Pero  no es que no puedan encontrarse algunos gérmenes –que luego  se desarrollaron hasta hacer- se dominantes, por  razones históricas– en  los  propios clásicos. Sartre tiene el inusitado coraje (que  es el de todo “heterodoxo” que  verdadera- mente quiere rescatar lo mejor de la tradición de la cual  proviene) de no callar sobre lo que  ve como los puntos débiles, aun dentro del  propio pensamiento originario. Cuando, por ejemplo, Marx escribe que “la con- cepción materialista del mundo significa simplemente la concepción de la naturaleza tal como es, sin ningún aditamento externo”, está  equivo- cado, puesto que  ello supone un punto de vista  “exterior”, tributario de la alienación del sujeto respecto del objeto, y nada tiene este enunciado que ver con la lógica  que podemos identificar en la Introducción de 1857 a  los  Grundrisse o  en  el  primer capítulo de  El  Capital.  Por  su  parte, cuando Lenin escribe que “la conciencia es sólo el reflejo del ser y, en el mejor de los casos, un  reflejo sólo  aproximadamente exacto”, también parecería –como el Marx  de la cita  anterior– eliminar toda praxis  de la subjetividad crítica en aras de lo “práctico-inerte”. Esto constituye una “desviación” positivista del  espíritu profundo del  marxismo (que, por supuesto, tanto Marx  como Lenin siguen fielmente en su propia acción histórica). Positivista e idealista, lo cual  no es en absoluto contradicto- rio.  Como  dice  Sartre:

Se puede caer  en el idealismo, no  sólo  por  la disolución de la reali- dad  en la subjetividad, sino  por  la negación de la subjetividad real  en nombre de la objetividad. La verdad es que la subjetividad no es todo ni nada: es un momento del proceso objetivo (el de la interiorización de la exterioridad), y este  momento se  elimina perpetuamente a  sí mismo, y renace perpetuamente (Sartre, 1995).

Esta última afirmación es  extraordinariamente importante: la  Aufhe- bung  dialéctica de  la  oposición sujeto/objeto en  la  praxis  del  conoci- miento/transformación de lo real  no es una “disolución” de la subjetivi- dad en la objetividad, ni viceversa. Es una tensión creadora que participa plenamente del proceso de producción de conocimiento en la secuencia totalización/destotalización/retotalización. De la misma manera, en ese proceso, el momento “destotalizador” de recuperación de la particula- ridad concreta y compleja del “objeto” no se “disuelve” completamente en  el concepto de  la “retotalización”, sino  que  arroja, como si dijéra- mos,  un  resto  inasimilable por  el concepto que,  precisamente, servirá de punto de apoyo para reiniciar el movimiento. Y, ya que estamos, vale la pena indicar que  ese momento “destotalizador” sartreano, pese  a las similitudes superficiales, nada tiene que  ver  con  la  “deconstrucción” post-estructuralista (al  menos en  su  versión más  vulgarizada), que  en todo caso  se queda  en ese  momento, y termina, como ya lo hemos su- gerido antes, reduciendo la “totalidad compleja” a un  conjunto caótico de  particularidades que  pierden en  el  camino su  diálogo conflictivo, tensionado, con  la fase  de (re)totalización. Es decir, finalmente, pierde el movimiento de la Historia.

DE  LA DIALÉCTICA NEGATIVA AL INCONSCIENTE POLÍTICO

Vale  la pena también apuntar, aquí, la similitud de  este razonamiento con  el de  Adorno  en  su  Dialéctica negativa, cuando combate lo que  él llama pensamiento “identitario”,  vale  decir, esa  forma de  pensamiento que subsume totalmente la particularidad en la generalidad, lo concreto en lo abstracto; en definitiva, el objeto en el concepto “totalizado”. Vale decir, citando de memoria sus propias palabras, la tiranía de lo abstracto sobre lo concreto. Tampoco para él se trata, en esta “tiranía”, de un mero “error” epistemológico, sino  de esa  ya mencionada  racionalidad instru- mental que es la que corresponde a la lógica  –y a la praxis–  de funciona- miento y reproducción de la modernidad tecnocrática (cuyo  paradigma es el capitalismo, pero que  se expresa también en el “socialismo” buro- crático). El núcleo de esa “tiranía” es, nuevamente, la positividad de una “dialéctica” que  acentúa el momento de la afirmación “superadora” del conflicto entre el particular y el universal (la Aufhebung), ocultando que para el propio Hegel  –no  importa cuáles fueran sus  “inconsistencias” posteriores–, y ya desde por lo menos la Fenomenología del espíritu, el momento verdaderamente crítico  de la dialéctica es el de la negación/ne- gatividad. Y por lo tanto ocultando, para colmo, que al interior mismo de la Aufhebung esa negatividad del conflicto está conservada, si bien  “me- diatizada” por el concepto, y no “superada” (en el sentido vulgar de una disolución o un  “dejar atrás” el conflicto). La consecuencia que  extrae Adorno es inequívoca: la dialéctica, para serlo verdaderamente, debe  ser negativa. Es decir: debe  quedar tensamente “en suspenso” (la expresión es tomada por Adorno de Walter Benjamin) en el momento negativo-crí- tico del conflicto, desestimando y denunciando la ilusión ideológica (la “instrumentalidad” de  una Razón tiránica que  intenta disolver lo concreto en lo abstracto) de una falsa totalidad que,  mediante la operación “identitaria” que  subsume el objeto en el concepto, pretende presentar la imagen de una realidad “reconciliada”, disimulando sus fracturas, sus injusticias, sus desgarramientos, su condición de “campo de batalla”.

Estamos, cómo no verlo,  ante un estilo de pensamiento que  bien podríamos llamar trágico,  en  el sentido extenso de que  en  la tragedia, precisamente, no hay “reconciliación”, no hay “resolución” final  del conflicto: lo propiamente trágico es que  esa  tensión entre los polos no tenga posibilidad de  “superación”; la  mediación conceptual, lejos  de “reconciliar” a  los  polos conflictivos, los  proyecta como si  dijéramos a los  extremos de  la Aufhebung, en  una “constelación” de  opuestos en tensión. En  eso  consiste, justamente, la Historia: en  una permanente re-polarización y “retotalización” (no  “totalidad”: el “Todo”,  en  aquel sentido de una realidad acabada y reconciliada consigo misma, es para Adorno lo no-verdadero por  excelencia) de  constelaciones conflictivas que  nunca alcanzan una plena reconciliación. Y en  esto  consiste, asi- mismo, el verdadero proceso de conocimiento crítico: en la producción de una “conciencia” de lo real  como estructuralmente conflictivo, con- tra  la función central de la ideología instrumentalista dominante, que es la de hacerlo aparecer como reconciliado y armónico. Muchas veces se  ha  dicho que  el pensamiento de  Marx,  precisamente, participa de esta  imago  de reconciliación y armonía, si bien  proyectada al futuro, al “fin de  la historia” en  el “comunismo” (recientemente Hayden White, por  ejemplo, ha calificado este  presunto estilo de pensamiento marxia- no como dramático, en contraposición al pensamiento trágico  de, pon- gamos, un  Nietzsche). No estamos de acuerdo. Para empezar, las imá- genes  que en alguna –muy  escasa– ocasión dibuja Marx de lo que podría ser el futuro “comunismo” son significativamente difusas y metafóricas: Marx no se tenía a sí mismo por un profeta (recuérdese su indisimulado fastidio hacia los  discursos “utópicos”), sino  por  un  crítico revolucio- nario y “científico” de la realidad. A lo sumo, lo que  podía prever como “reconciliación” en  el futuro “comunismo” –basándose en  esa  crítica científica– estaba vinculada a la desaparición de un  motivo de conflic- to  (es  cierto que  central y constitutivo de  la  propia estructura lógica del  capitalismo): el planteado por  la propiedad privada de  los  medios de producción y todas sus  complejas derivaciones político-ideológicas. Pero  de ninguna manera puede confundirse esto  con  la profecía de un “nuevo mundo feliz” en el que desaparecieran mágicamente los conflic- tos  entre los  hombres: al contrario, se podría decir que  sólo  entonces estaríamos en condiciones de conocer exhaustivamente los verdaderos conflictos humanos, que  no  estarían atravesados o determinados  “en última instancia” por  la estructura socioeconómica. Pero, a decir ver- dad, todo esto es pura especulación. Lo que los pensadores heterodoxos y críticos –es el caso  que ahora estamos tratando de Adorno– recuperan de Marx  (aunque no sólo  de él, claro está) es justamente, como no nos cansaremos de repetir, esa negatividad crítica  para el análisis de la rea- lidad socioeconómica, política, cultural. Otra vez, entonces, la produc- ción  de saber crítico es aquí inseparable, por un lado,  de la praxis,  y, por el otro –que  en verdad es el mismo, abordado por  otro costado–, de la historia y del arte. Dejemos por el momento esta  última “entrada” por el lado  de lo estético, y preguntémonos por  la cuestión de la historia.

Entendida a la manera “adorniana” (que  es, en  rigor, la manera “benjaminiana”: fue  de  Walter Benjamin que  Adorno  retomó la inspi- ración), la historia es, como diría el propio Benjamin, la historia de los vencidos –la otra historia, la de los vencedores, es la que  encierra la idea de “progreso”. Esa historia no es lineal ni evolutiva: es intermitente, sub- terránea, discontinua, espasmódica. Solo  cada tanto –por ejemplo, en los  momentos de  “crisis de  hegemonía”, como diría Gramsci, o desde luego  de crisis abiertamente revolucionaria, o más  generalmente de ca- tástrofe social y cultural– esa  historia emerge a la superficie, y entones toda la historia se ve convulsionada y redefinida. Mientras tanto, perma- nece  soterrada, transcurre “fuera de la escena”, pero no por ello inmóvil y sin consecuencias: al contrario, es en su propio nivel el “determinante en última instancia” de lo que  ocurre en la superficie, es el inconsciente político (en seguida volveremos sobre este concepto) de la imago de “pro- greso” de los vencedores, sobre la cual  insistentemente retorna  desde lo reprimido para poner en cuestión la falsa totalidad con  cuya  imagen se presenta la historia de los vencedores. “Inconsciente”/“imago”/“retorno de lo reprimido”: es indudable el origen freudiano de estos conceptos, y sin  duda uno  de los hallazgos teórico-críticos centrales de Benjamin y Adorno (y de la Escuela de Frankfurt en su conjunto) es el del parale- lismo, o por lo menos la homología, que  puede encontrarse, aunque en campos tan distintos, entre los modos de producción de conocimiento de Marx y Freud. Respecto de la cuestión particular que  estamos tratando ahora, esa homología puede sintetizarse en los siguientes puntos: a]  La “historia de los vencidos” puede tomarse como una metáfora del inconsciente freudiano: al igual  que  ella,  las formaciones del inconsciente (lapsus, actos “fallidos”, olvidos, sueños, recuerdos “encubridores”, “fantasmas”, etcétera) insisten en  aparecer sor- presivamente, desarticulando la “falsa totalidad” de las ideas “cla- ras y distintas” del así llamado “sistema percepción/conciencia”, y entrando en conflicto irresoluble con dicho sistema. Se trata de un obvio  paralelismo con  la dialéctica negativa adorniana, que  pone de manifiesto el conflicto igualmente irresoluble entre el particu- lar concreto y el universal abstracto de un  “equivalente general” conceptual que pretende presentar el mundo de lo real como una estructura armónica, consistente, completa y reconciliada. b]  Aunque el “origen” del conflicto pueda fecharse en el pasado, la producción de  su  conocimiento necesariamente parte de  (y se interesa en)  sus  efectos sobre el presente.  El  trabajo de  recons- trucción “arqueológica” –ya fuera el que  realiza el psicoanalista junto con su paciente, tanto como el “historiador materialista” al que  alude Benjamin– no consiste –según lo enuncia célebremen- te el propio Benjamin en sus “Tesis de filosofía de la historia”– en la reconstrucción de los hechos “tal cual  realmente ocurrieron”, sino  en la producción de sus  efectos “tal como relampaguean en este  instante de peligro”. Lo que  hace el “historiador materialis- ta” no  es (para continuar con  la metáfora arqueológica) recons- truir el edificio del pasado, a partir de sus ruinas encontradas, en la exactitud que  efectivamente tenía en ese pasado, sino  precisa- mente al revés,  transformar en ruinas la imagen que  de  él tene- mos,  para, sobre estas “ruinas”, construir algo nuevo. Ese trabajo de “transformación en ruinas” presenta, asimismo, un  obvio  pa- ralelo tanto con  la praxis  psicoanalítica como con  la crítica de la ideología dominante, como también con  la “insistencia” de una praxis  social que  por  sí misma demuestra el inacabamiento del mundo de  lo real,  de  la historia, de  la constitución  subjetiva, y por  supuesto de la producción de conocimiento.

Como  puede observarse, estos  paralelismos heurísticos suponen una concepción del tiempo histórico muy  alejada de los prejuicios evolucio- nistas, positivistas o “progresistas” dominantes desde el siglo  XVIII  y XIX. La historia no es lineal ni teleológica, sino  que está  “determinada” retroactivamente por  las  necesidades de  una praxis  del  presente, que “retroactúa” sobre lo práctico-inerte de las praxis  “congeladas” del pasa- do. El presente, de esa manera, condensa y desplaza  (“condensación”  y “desplazamiento”, como se sabe, son  las dos  operaciones básicas de la lógica del inconsciente según Freud) diferentes “tiempos” históricos que conviven conflictivamente bajo  la dominación de uno  de ellos, como en la célebre teoría marxista del desarrollo  desigual  y combinado.

Ahora  bien:  estos  elementos de “paralelismo” (o de analogía/ho- mología, si se prefiere) son  los que  le han permitido a Fredric Jameson hablar de un  inconsciente político actuando “por  debajo” de la historia, de las relaciones sociales, de la cultura en general. “Político” en el senti- do amplio pero estricto y fundante de que,  en una sociedad dividida en clases donde lo real  es conformado por  las  relaciones de  dominación, por  detrás de las estructuras y “totalidades” de la cultura se encontrará siempre –aunque, como hemos dicho, sólo intermitentemente ello emer- ja a la “conciencia”– la dimensión conflictiva de lo social-histórico, que es al mismo tiempo producida y ocultada por  el “pensamiento identita- rio”. En cierto sentido, la cultura dominante es una gigantesca empresa de elaboración de lo que  el propio Jameson  llama estrategias de conten- ción  que  impidan el pleno afloramiento del  inconsciente político a la superficie. Y es  indudable otro paralelismo que  podríamos encontrar aquí, esta  vez  con,  nuevamente, la  noción gramsciana de  hegemonía, que  entre otras funciones tiene la de  organizar  las  percepciones de  lo real por parte de las grandes masas. A su vez, en el capitalismo tardío (y más  aún en la así llamada “posmodernidad”, que en la jerga  jamesonia- na  es su lógica  cultural), esta  tarea queda asignada no solamente a los Aparatos Ideológicos del Estado (AIE) de Althusser, sino,  y con crecien- te importancia dado el proceso dominante de privatización globalizada, a la industria cultural de Adorno y Horkheimer, que  no  se limita a ser un  fenómeno socioeconómico y cultural parcial  de  dicho capitalismo tardío: es, en cierto modo, su propia lógica de funcionamiento, en tanto subsunción plena de la particularidad concreta en la universalidad abs- tracta de un  “equivalente general” (cuya matriz es el pleno fetichismo de la mercancía en la sociedad llamada “de consumo”). Esta lógica  de funcionamiento proporciona el modelo mismo de un  pensamiento que tiende inevitablemente a “naturalizar” la imagen de  un  mundo “esen- cialmente” reconciliado, donde las  “particularidades” que  parecerían desmentir esa  imagen (digamos, para simplificar: la  injusta distribu- ción  mundial de  la riqueza y la dramática polarización social global, así  como las  guerras imperiales de todo tipo) aparecen como meras y efímeras desviaciones de un sistema que en sus estructuras básicas está “reconciliado”, y no  –para insistir con  la  jerga  psicoanalítica– con  lo que  podríamos llamar asaltos  de lo real que  ha  sido  “forcluido” por  el pensamiento identitario.

El  conocimiento crítico basado en  la praxis,  tal  como lo repre- sentan los  “marxismos” complejos y abiertos de  los  que  hemos veni- do hablando, es pues, en ese plano, un  proceso de construcción de las condiciones que  permitan hacer “visible”  el inconsciente político de la cultura. Hemos insistido hasta el  cansancio –y acabamos de  hacerlo una vez más–  en  que  esa  construcción es en  sí misma una praxis.  Lo cual  significa: una transformación de lo real  que,  sin embargo, parte de lo real  mismo a transformar. Hemos dicho también que,  por  lo tanto, no  se  trata aquí de  ninguna omnipotencia iluminista que  llega  desde afuera  con  una teoría perfectamente acabada a sustituir los  “errores” de  la ideología o del  pensamiento identitario. Lo que  hace el conoci- miento crítico es interrogar las aparentes evidencias de ese pensamiento identitario (del  “sentido común” en  su  acepción gramsciana) para re- orientar la lógica  bajo la cual dichas evidencias han sido históricamente construidas, en la dirección de una re-totalización (siempre provisoria) que  empieza por  poner al desnudo que  se trata, precisamente, de una construcción histórica y no de un dato “natural”. Para poner al desnudo (hacer el strip-tease, decía célebremente  Sartre) el conflicto no resuelto entre lo  particular y lo  universal, entre el objeto y el concepto. Para sustraerlo, en  definitiva, a la “tiranía de  lo abstracto”. Es  evidente –si nos atenemos a una “filosofía de la praxis”– que solamente la acción  co- lectiva  (teóricamente “informada”) de los “vencidos” podrá llevar  a sus últimas consecuencias esa  transformación, puesto que  el pensamiento identitario tampoco es él mismo una abstracción, sino  que es la “teoría” de  sus  propias bases materiales. Pero  el conocimiento crítico, incluso en sus  aspectos más  autónomamente “teóricos”, es un  momento indis- pensable de ese proceso. Como  tal momento, sin  embargo, y si preten- demos ser consecuentes con la “insubordinación de lo concreto” contra aquella “tiranía de lo abstracto”, no puede estar sujeto a los “equivalen- tes  generales” de un  recetario universalmente aplicable, como con  de- masiada frecuencia (y con  efectos que  muchas veces pueden calificarse de trágicos) ha pretendido hacerlo la izquierda “clásica”.

CONOCIMIENTO CRÍTICO E  INCONSCIENTE  POLÍTICO EN/DESDE  LA PERIFERIA

Para finalizar: ¿es  este modo de producción de conocimiento, represen- tado por estos marxismos complejos, útil –o  siquiera necesario– para la elaboración de una teoría crítica “periférica” en  nuestras sociedades semi/neo/post-colonizadas? ¿Sirve como input de una filosofía de la libe- ración  “periférica” como la postulada, entre otros, por Enrique Dussel? Durante mucho tiempo (y con  renovados bríos en  la  última  década y media, a partir de la emergencia de la llamada teoría poscolonial), han venido señalándose los “errores” de Marx y de muchos “marxismos” en el análisis de lo que  más  tarde diera en bautizarse como Tercer Mundo. El (comprensible y disculpable, pero no menos existente) “eurocentrismo” de Marx y Engels –este último llegó a hablar de los “pueblos sin historia”, en una muy  discutible recaída en lo peor del hegelianismo–, así como su “proletariadocentrismo” (también comprensible para la situación euro- pea,  pero difícilmente aplicable a la realidad latinoamericana, africana o asiática de entonces) y su “internacionalcentrismo” (consecuencia de los dos “centrismos” anteriores), les habrían limitado seriamente la perspec- tiva de un  consecuente análisis y conocimiento crítico de las complejas realidades extraeuropeas, consecuencia de la colonización y la “periferi- zación” de buena parte del mundo como efecto de la expansión protobur- guesa –o netamente burguesa a partir del siglo XVIII.

Estos señalamientos no  están totalmente descaminados, espe- cialmente cuando se restringen a los  famosos artículos de  Marx  en  la década de 1850 a propósito de la colonización británica en la India –en los  que  ciertamente, haciendo gala  de  un  cierto esquematismo evolu- cionista, exagera o malentiende los  beneficios de  una “traslación” del capitalismo desarrollado a una sociedad “atrasada”–, o más  aún a los breves y apresurados artículos periodísticos sobre América Latina –en los que  hay  que  reconocer que  demuestra una considerable ignorancia sobre sus  procesos de descolonización y construcción nacional, llegan- do  a tratar a Simón Bolívar de  “aventurero” y otros dislates semejan- tes.  Es cierto también que  –al menos después de Lenin o Trotsky, pro- venientes ellos  mismos de la periferia o semiperiferia sólo  a medias “europea”– poco  o nada tuvieron para decir los heterodoxos marxistas occidentales sobre la cuestión (al menos hasta pasada la primera mitad del  siglo  XX).  Dos  honrosísimas excepciones a esto  son  por  supuesto los casos de Gramsci (que  si bien  no  se refirió estrictamente al Tercer Mundo, estudió profundamente la situación periférica en sus  célebres análisis de la “cuestión meridional”) y Sartre (quien ya desde la década del  cuarenta realizó implacables análisis del  colonialismo francés en África:  y curiosamente, según muchos de sus  biógrafos, fue  este  com- promiso con  las luchas anticoloniales lo que  terminó conduciéndolo a un  marxismo al que  antes sólo  se había aproximado de manera tímida y lateral). Pero  es verdad que,  con  excepciones escasas y más  bien  mar- ginales, no se encontrarán textos importantes sobre el tema en Lukács, Bloch, Benjamin, Adorno, Horkheimer o Althusser.

Ahora bien, y para regresar a nuestra pregunta originaria: ¿bastan estos señalamientos para inducirnos a desechar  por inoperantes las cate- gorías –y mucho menos la lógica de pensamiento– que hemos venido ana- lizando en las páginas anteriores? No lo creemos. En  primer lugar, por razones históricas: más  allá de las siempre posibles y pertinentes críticas parciales que  se le pueden hacer, mucho –por no decir la enorme mayo- ría– del  pensamiento  crítico “periférico” del  siglo  XX que  se  propuso, justamente, pensar críticamente la condición colonial y “neocolonial” del otrora llamado Tercer Mundo, o bien  se reivindicó directamente “mar- xista”, o bien  por lo menos acusó fuerte recibo de las categorías centrales del(de los) marxismo(s): de Mariátegui a la teoría de la dependencia, de Frantz Fanon a la teoría poscolonial, de  Darcy Ribeiro a Samir Amin, de André Gunder Frank a la teología de la liberación, de Mella  a Aijaz Ahmad, etcétera, etcétera (y habría que agregar, incluso, a ciertas teorías “primermundistas” de gran utilidad para el pensamiento crítico perifé- rico, como por ejemplo la teoría del sistema-mundo de Wallerstein o las críticas al posmodernismo  “globalizado” del ya citado Jameson), ningu- no de ellos hubiera logrado su reconocida profundidad y complejidad de análisis sin el concurso central de ciertas categorías marxianas básicas.

Pero, más  importante aún, se trata, nuevamente, de  la lógica  y el método de  pensamiento. Esperamos que  de  todo lo anterior hayan quedado claros al menos los siguientes puntos:

1]  La producción de conocimiento crítico parte del reconocimiento de un conflicto, de una dialéctica negativa (irresoluble en el puro plano de las ideas) entre la particularidad y lo que aparece, o pretende pos- tularse, como totalidad. La  opción “binaria” entre particularismo y universalismo es falsa  e ideológica: el auténtico “universalismo” crítico es el conflicto entre la parte y el todo, entre el particular con- creto y el universal abstracto. Y es la permanencia de ese conflicto la que no permite que el universal se cierre sobre sí mismo.

2]  Si eso es así,  entonces es posible desnudar las “bases materiales” de lo que  en principio estaría impidiendo la producción de cono- cimiento crítico de/en la  periferia: a saber, el triunfo de  la  falsa totalidad colonial/neocolonial/imperialista.  A partir de  1492  (por utilizar una fecha emblemática), una civilización (=  particular concreto), la europea occidental, ha  logrado, gracias a la eficacia técnico-material de su racionalidad instrumental, aparecer como la civilización, como sinónimo de la Razón y el Progreso como tales (= universal abstracto), ocultando (o forcluyendo, para retornar al lenguaje psicoanalítico) el conflicto con su propio particularismo. Es tarea del conocimiento crítico, como acabamos de decir, la de producir, para la conciencia, el saber sobre ese conflicto.

3]  Pero   esto  significa, entonces, que,  en  rigor de  verdad, esa  ci- vilización que  llamamos el “Occidente moderno” es una (auto)representación de  la  “totalidad” constituida sobre la  base de  la exclusión de  la totalidad de  esa  misma “periferia” que  –a través de  la  conquista violenta y la  colonización– hizo  posible, transformó, a “Occidente” en  la cultura dominante. Es  también tarea del  conocimiento crítico, entonces, restituir y re-construir el conflicto entre la “parte” y el “todo”  de esa  dialéctica de opre- sión/fagocitación/expulsión.

Estas son  las condiciones mínimas de producción de un  conocimiento crítico “periférico” capaz de combatir –desde nuestra propia situación, como diría Sartre– contra el “eurocentrismo” y la colonialidad del saber a la que  ha  aludido Aníbal  Quijano, un  fenómeno de larga data histó- rica  pero que,  lejos  de disolverse, se ve en  la actualidad reforzado  con la mundialización capitalista (eufemísticamente llamada “globaliza- ción”):  “reforzado”, decimos, en el sentido de que  aparece doblemente disfrazado en  las  apelaciones “políticamente correctas” del  “multicul- turalismo” y otros ideologemas de  una supuesta coexistencia pacífica de  los  “particularismos” que  –cuando son  celebrados  como índice del triunfo de una globalización “democrática”– no hacen más  que  despla- zar  la atención de la poderosa unidad subterránea del poder global, en otra (pero aún más  sutil) típica operación de pars pro toto  fetichizada. A esa “novedad” de la globalización (cuya lógica  profunda de poder, sin embargo, está  bien  lejos de ser “novedosa”) corresponde una imagen de la producción de conocimiento que  hace de este,  o bien  una universalidad abstracta “desterritorializada”  (= la Ciencia), o bien  una completa “particularidad” no  menos abstracta (=  el  “conocimiento local”)  a  la cual  no  afectaría la dominación del  “universal”. Por  supuesto, ambos extremos complementarios son  igualmente falsos y fetichistas. Lo que se  requiere es  una construcción de  conocimiento que  denuncie, nue- vamente, el conflicto inherente a lo que  Walter Mignolo llama el lugar geopolíticamente marcado del conocimiento.

Pero, si hay  un  conflicto, entonces el conocimiento crítico debe tomar en  cuenta a las dos  partes  de ese  conflicto. Debe  instalarse en  el centro mismo de esa tensión, de ese “campo de batalla”. Queremos decir: le haríamos un flaco  favor a la “filosofía de la liberación” renunciando a lo mejor de esos modos de producción de conocimiento crítico produci- dos también desde adentro de la modernidad europea, y en primer lugar el/los  marxismo/s. Ello  podría equivaler, paradójicamente, a colocarnos precisamente en  ese  lugar de exterioridad, de “otredad” radical y abso- luta en  la  que  el pensamiento dominante (incluyendo, y quizá princi- palmente, a cierto pensamiento “progresista”) quisiera enclaustrarnos, como una vuelta de  tuerca más  de  la operación fetichista mediante la cual  se nos  excluye del ámbito de la producción de conocimiento (ya se sabe:  aun para las ideologías “progresistas”, la periferia es el espacio del sentimiento, del arte, de la expresión poética, y no el de la racionalidad crítico-científica). Por el contrario, es imprescindible reapropiarse, desde nuestra propia y conflictiva situación, de la contestación epistemológica que  el marxismo ha  sabido levantar contra los modos hegemónicos de producción del  saber, desde luego  “corrigiendo” todo lo que  en  él sea “corregible”, pero no  abdicando de antemano a situarnos, con  nuestra propia mirada, en ese “horizonte” de nuestro tiempo.

EL  CONOCIMIENTO CRÍTICO EN  “ESTADO DE  EMERGENCIA”

En  las  últimas tres  o cuatro décadas, en  el ámbito académico de  las sociedades centrales, múltiples formas de  un  “pensamiento  crítico” no  directamente (y a veces  ni  siquiera indirectamente) inspiradas en el marxismo, o bien  separándose progresivamente de  él, han emergi- do  con  el objetivo frecuentemente explícito de  sustituir ese  “modo de producción de  conocimiento”, sin  por  ello  perder su  posicionamiento crítico. Desde  la “microfísica del poder” de un Foucault a la “rizomática de  los  flujos  deseantes” de  Deleuze/Guattari, desde el “deconstruccio- nismo” de Derrida a la “teoría de las multitudes” de Negri/Hardt o Paolo Virno, desde la “filosofía del acontecimiento” de Alain  Badiou a la “de- mocracia radical” post-marxista de  Laclau/Mouffe –por  sólo  nombrar algunas de  las  más  importantes “innovaciones” en  la teoría crítica de las décadas recientes–, se ha  buscado un  reemplazo no-marxista, post- marxista o incluso anti-marxista de  la teoría crítica. Y esta  tendencia ha encontrado fuerte eco, asimismo, en los estudios culturales no sola- mente provenientes de las academias “centrales”, sino  producidos en la propia periferia.

Sin  duda este  impulso obedece a razones ambiguas y hasta con- tradictorias: por  un  lado  –para empezar por  el aspecto “autocrítico” de la cuestión–, es un síntoma de cierta e innegable crisis alcanzada por  el marxismo en el contexto de la llamada “posmodernidad”; crisis teórica (la ortodoxia ritualista de un  marxismo sectario incapacitado para dar cuenta de las nuevas problemáticas planteadas en todos los planos por las  transformaciones globales después de la segunda posguerra) tanto como político-práctica (la profunda debacle de los así llamados “socia- lismos reales” de Europa del Este, que  ya empezó a evidenciarse hace medio siglo con el reexamen de las políticas tan brutales como ineficien- tes  del  estalinismo y su  influencia negativa sobre las  promesas eman- cipatorias del  marxismo originario). Por  otro lado,  hay  que  reconocer que aquellas “novedades” teóricas, intentando no abandonar el impulso cuestionador de  lo  que  en  otra parte hemos llamado el  modernismo (auto)crítico representado por  Marx  o Freud (y luego  por  figuras como Gramsci, Lukács, Bloch, la Escuela de Frankfurt en su conjunto, Sartre, Merleau-Ponty, Althusser, Jameson, etcétera), sí  procuraron redefinir temas y métodos de investigación y análisis crítico que  necesariamente habían quedado fuera del  alcance de  aquellos grandes “clásicos” del pensamiento crítico. Los  múltiples “giros”  (lingüístico, semiótico, her- menéutico, estético-cultural) producidos a todo lo largo del  siglo  XX, pero progresivamente protagónicos en la teoría a partir de los años se- senta y setenta, sin  ninguna duda proyectaron al  frente de  la  escena una serie  de cuestiones (el lenguaje, la subjetividad, los “imaginarios”, la  “textualidad”, los  límites del  “logocentrismo”, las  “nuevas” formas de identidad étnica y sexual, más  tarde el “culturalismo”, la “poscolo- nialidad”, y así  siguiendo) que  los  clásicos, insistimos, no  podían ha- ber  tomado en cuenta en virtud de que  son  problemáticas  emergidas y visibilizadas a partir de  aquellas transformaciones relativamente muy recientes en la economía, la política, la sociedad y la cultura mundiales. En  este  sentido, se trata, en la mayoría de los casos que  hemos citado y en  muchos otros, de  formas de  pensamiento irrenunciables –al me- nos,  repetimos, por los nuevos campos de interés que han abierto– para cualquier “intelectual crítico”.

Sin  embargo, es  menester asimismo advertir sobre los  riesgos que  para ese mismo pensamiento crítico entraña el abandono irreflexi- vo del modo de producción de conocimiento marxiano. A lo largo de este ensayo hemos intentado mostrar que  él va mucho más  allá de un  mero repertorio de  “temas” epocales que  obligarían a desechar el “método” junto con  los “objetos” para cuyo  conocimiento crítico dicho “método” habría sido  creado. Para empezar, hemos reiterado hasta el  cansancio que  una teoría del conocimiento basada en el criterio central de la praxis,  como es la de Marx  y sus  heterogéneos sucesores, no puede  ser asimilada a los  parámetros positivistas de  una distinción rígida entre “método” y “objeto”. No estamos, en ella, ante la cuestión de unos “ob- jetos”  fijos y preexistentes a la espera del “método” que  más  adecuada- mente permita estudiarlos (como la gravedad ante la ciencia newtonia- na,  digamos), sino  que  la praxis  que  fundamenta el “método” de Marx construye y produce sus propios “objetos”, además de re-construir y re- producir los “objetos” que  son  producto de la praxis social-histórica en su compleja “totalización”.

Por  otra parte, esos “objetos” producidos por  el modo de conoci- miento marxista (el capitalismo, la explotación, la plusvalía, la lucha de clases, el imperialismo, por sólo enumerar los más  genéricos), si bien  es indudable que  han sufrido transformaciones radicales desde los tiem- pos de Marx (incluso desde los de la Escuela de Frankfurt, por ejemplo), están muy  lejos de haber desaparecido como tales. Al contrario, en mu- chos  sentidos se han profundizado a niveles inéditos, que el propio Marx y sus  sucesores “clásicos” no  podían tampoco haber previsto. Es  por eso  que,  al menos en  ese  sentido, el marxismo continúa siendo –para citar otra vez a Sartre– “el horizonte inevitable de nuestro tiempo”. Por supuesto: el horizonte se ha ampliado espectacularmente, y también se ha  complejizado de  manera apabullante. Incluso podríamos decir, in- sistiendo con la metáfora, que se ha multiplicado: tal vez ya no podamos tener un  solo horizonte. Pero, precisamente, el “triunfo” global del ca- pitalismo (que  va estrechamente de la mano con  su completo y ya más que  evidente fracaso  como sedicente proyecto “civilizatorio”) ha hecho imperativa la  necesidad de  contar con  una cada vez  más  consistente teoría del conocimiento crítico  del sistema.

Es justamente esa consistencia la que  se ha venido perdiendo, en beneficio de  lo que  en  algún momento dio  en  llamarse “pensamiento débil”:  algo  que,  por más  sofisticación filosófica con  la cual  pueda teo- rizarse, en última instancia representa una suerte de relativismo ecléc- tico que  renuncia a adoptar posiciones firmes frente a la materialidad de los conflictos históricos que  están en el núcleo mismo de toda forma de pensamiento, aunque por supuesto ninguna forma de pensamiento pueda reducirse exclusivamente a ellos.  Pero no  es ser reduccionista el constatar que,  en muchos sentidos, la emergencia de este “pensamiento débil”  –producida entre fines  de  los  años setenta y principios de  los ochenta– coincide con  la  crisis simultánea de  los  “socialismos reales” (así  como de  las  experiencias de  “nacionalismo burgués” en  las  socie- dades ex coloniales) y del  capitalismo “real”, crisis esta última que  re- sultó en  una reconversión (técnico-económica, pero también político- ideológica) profundamente retrógrada y reaccionaria, resultando en una verdadera catástrofe para los  impulsos transformadores y críticos del período anterior (el que  va del fin de la Segunda Guerra Mundial hasta principios de la década del setenta). En el plano de la teoría, el abandono del proyecto socialista tanto como del “tercermundismo” clásico resultó a su vez en una sustitución de los vínculos del “texto” con  la “realidad” (no importa cuán compleja y mediatizada fuera esa relación) por la pura “textualidad” y el encierro de los intelectuales “críticos” en  un  espacio abstractamente académico-especulativo. Sobre esto hay  que  ser claros, aun a riesgo de parecer algo dogmáticos: como bien  dice Aijaz Ahmad, una posición teórica que  despacha la historia material como simple “gran relato” teleológico del  modo-de-producción, la propia acción histórica como “mito  de los orígenes”, las naciones y estados como indefectiblemente  coercitivos, las  clases como meros “constructos discursivos” [...] una posición teórica semejante es, en el más  preciso sentido de estas palabras, represiva  y burguesa. Suprime las propias condiciones de inteligibilidad dentro de las cuales pueden ser teoriza- dos los hechos fundamentales de nuestra época (Ahmad, 1992).

 

Como  acabamos de decir, en modo alguno se pueden recusar los nue- vos “objetos” producidos por  el pensamiento crítico post-marxista. Las materialidades históricas, las  naciones, los  estados o las  clases, como hemos visto,  son también, qué duda cabe, “construcciones discursivas”. Pero  es necesario contar con una teoría de su articulación (y sus niveles de “sobredeterminación”, para decirlo a la manera althusseriana) con las  realidades persistentes que  implican una continuidad en  la  lógica –no importa cuáles sean las discontinuidades en las formas– de la domi- nación, la explotación o la injusticia. Un poco  excesivamente encandila- das por  las “novedades” de la posmodernidad –un encandilamiento que en buena medida puede explicarse por  la propia acción de la industria cultural y la pregnancia de la globalización cultural/comunicacional–, las  teorías post-marxistas se han precipitado en  el proverbial error de arrojar al niño junto con  el agua sucia. Ello  ha  provocado la paradoja de que,  en buena medida, las teorías críticas post-marxistas hayan ter- minado por  repetir aquello que Lukács, socarronamente, le imputaba a Kant: han detenido su ansia de conocimiento ante las puertas de la cosa en sí del capitalismo. En  efecto, una de las consecuencias del “abando- no” del criterio de la praxis  como central para el modo de producción de conocimiento crítico es su reemplazo por lo que podríamos llamar el criterio de la pura lectura  de una “realidad” considerada –y no siempre metafóricamente– como mera “textualidad”.

A riesgo de  resultar tediosos, queremos que  quede claro lo  si- guiente: de ninguna manera estamos recusando per se la idea  de lectura crítica de los textos, ni siquiera la idea  de que, a un cierto nivel, la “reali- dad” puede considerarse como constituida también por los “textos”  (lin- güísticos, visuales, massmediáticos o lo que  fuere) bajo  los  cuales los sujetos la perciben e interpretan: después de los hallazgos del psicoaná- lisis, la lingüística o la hermenéutica del siglo XX, semejante pretensión sería una necedad. Lo que  sí estamos recusando es la idea  (o mejor: el ideologema) de  una “exclusividad textual” que  niegue una autonomía relativa de lo real –sin la cual,  por otra parte, la categoría misma de “tex- to” carecería de sentido, pues entonces, ¿de qué cosa se diferenciaría el “texto” para reclamar su propia “autonomía”?–, que en el límite recae en lo que antes hemos llamado una interpretación (o una “lectura”) pasiva de  la  realidad en  tanto siempre ya constituida. Paradójicamente, esto podría estar liquidando de cuajo los aspectos más  auténticamente críti- cos del mismo “post-estructuralismo” que nos ha enseñado (después de Marx y Freud, desde ya) a “leer” la realidad, como hemos visto,  en tanto construcción histórica y no en tanto “originariedad” inconmovible.

Sin embargo, hay señales de que  esta  tendencia podría estar em- pezando a revertirse, al calor de los acontecimientos mundiales de los últimos años, que  han desnudado ya por  completo los  límites literal- mente mortales de la realidad del presunto proyecto de la “civilización” del capital: ningún pensador crítico con un mínimo de lucidez y hones- tidad intelectual, “sea”  o no  marxista, puede ya  abrigar duda alguna sobre el verdadero carácter de una “globalización” (una mundialización de la ley del valor, como la llama Samir Amin con mayor precisión teóri- ca y política) que  en muy  poco  tiempo más  podría precipitar al mundo hacia una verdadera y final  catástrofe social, cultural y ecológica, y que ya lo ha precipitado (sobre todo después de los disparatados atentados del 11-S)  a un  schmittiano estado de guerra civil permanente y de esta- do de excepción y emergencia continuo, donde tres  cuartas partes de la humanidad al menos han sido  reducidas a la situación de  rehenes  de la  concentración económica-política-militar-tecnológica, así  como de rehenes de las pinzas fatales de dos (y no uno) fundamentalismos geno- cidas. Donde todas las ilusiones de una democracia mundial “extensa” o de un  “multiculturalismo” rigurosamente respetuoso, o incluso pro- motor, de las diferencias auténticas han estallado en mil  pedazos bajo los  impulsos militaristas, neofascistas o neorracistas emergidos como “solución” desesperada a la crisis mundializada del  agotado proyecto capitalista. A todo lo cual  podría agregarse, repitamos, una verdadera catástrofe ecológica –producto, en  buena medida, de  los  abusos de  la dominación instrumental de la naturaleza que  la Escuela de Frankfurt ya  denunciaba en  sus  primeras reflexiones– que  a no  muy  largo pla- zo pone en  peligro la mera supervivencia biológica de la especie. Una vez  más, esta  situación que  bien  puede volver  a calificarse de  trágica torna de  la  máxima urgencia (política, social, cultural, ética, y ya  no simplemente “epistemológica”) la reconstrucción de nuestros modos de producción de  un  saber crítico complejo, abierto y heterodoxo, pero firmemente comprometido.

  

BIBLIOGRAFÍA

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Marilena Chaui*

 

 

La historia en el pensamiento de Marx**

 

 

* Profesora Titular del Departamento de Filosofía de la Universidad de São Paulo, con espe- cialización en historia de la filosofía moderna, filosofía política y filosofía contemporánea.

** Traducción de Mariana Gainza. Revisión Javier Amadeo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DESARROLLO Y DEVENIR

Marx  puede elaborar el concepto de  modo de producción cuando de- muestra que la distribución de los componentes del proceso de trabajo1 determina la  forma de  la  producción, es  decir, que  las  relaciones de producción determinan las  fuerzas productivas, y que  la distribución, presupuesto del proceso productivo, es repuesta por  este  como un  mo- mento que  le es inmanente. De esta  manera, el modo de producción se define como la determinación de las fuerzas productivas por las relacio- nes de producción y por la capacidad del proceso productivo de reponer como un  momento suyo,  interno y necesario, aquello que  inicialmente le era  externo.

 

1 Según Marx,  el proceso de trabajo posee tres  componentes: el trabajo,  actividad orien- tada hacia la superación de  una necesidad, el material u objeto  de trabajo,  materia a ser trabajada, y los instrumentos de trabajo  o medios de producción. Hay  proceso  porque los tres  componentes son  momentos de un todo, el trabajo.

 

Es el concepto de modo de producción el que  permite compren- der  una distinción que  opera en el tratamiento dado por  Marx  a la his- toria: la distinción entre devenir  y desarrollo.  El devenir  es la sucesión temporal de los modos de producción, o el movimiento por  el cual  los presupuestos de un nuevo modo de producción son ciertas condiciones sociales que  fueron establecidas por  el modo de  producción anterior, y serán repuestas por  el nuevo modo. El  desarrollo  es  el movimiento interno que un modo de producción realiza para reponer su presupues- to, transformándolo en algo  dado; se refiere, por  lo tanto, a una forma histórica particular o,  más  precisamente, es  la  historia particular de un  modo de  producción, cuyo  desarrollo se  dice  completo cuando el sistema tiene la capacidad para reponer internamente y por  entero su presupuesto. Una  forma histórica se considera desarrollada cuando se ha  vuelto capaz de  transformar en  un  momento interior a    misma aquello que inicialmente le era exterior (por  provenir de una forma his- tórica anterior), es decir, cuando consigue realizar una reflexión, de tal manera que  la exterioridad es negada como tal  para ser  puesta como interioridad en la nueva formación social.

El devenir temporal se refiere al surgimiento de las fuerzas pro- ductivas, por lo tanto, a los cambios en las relaciones de los hombres con  la naturaleza, y puede ser pensado como lineal, sucesivo y con- tinuo. El desarrollo inmanente de  una forma histórica se refiere a la reflexión realizada por el modo de producción, es decir, al movimiento cíclico por el cual  retoma su punto de partida para reponer sus  presu- puestos. Sin  embargo, justamente por tratarse de una reflexión reali- zada por la forma histórica, el retorno al punto de partida lo modifica, de tal manera que  el desarrollo no constituye un  eterno retorno de lo mismo, sino  que  es  dialéctico: actividad inmanente  transformadora que  niega la  exterioridad del  punto de  partida al  interiorizarlo para poder conservarse, e impone, al hacerlo, una nueva contradicción en el sistema.

La  distinción entre devenir y desarrollo no  significa que  Marx no  los  haya pensado juntos. El devenir depende del  desarrollo, o sea, de aquello que  hace que  la forma completa de un  modo de producción pueda establecer los  presupuestos del  modo de  producción siguiente: la forma completa termina su desarrollo cuando, al reponer completa- mente sus  presupuestos, fija una nueva contradicción interna que  ella no es capaz de resolver sin destruirse. Esa  contradicción irresoluble es impuesta por la forma completa del modo de producción, y se convierte en un  presupuesto en la forma social siguiente. El desarrollo completo revela  la finitud de la forma histórica y la expone a la infinitud del deve- nir. En otras palabras, es imposible pensar el devenir sin el desarrollo  y este  sin  aquel, pues la sucesión temporal de las formas históricas o de los modos de producción depende de la reflexión de cada una de ellas, es decir, de su desarrollo completo2. El entrecruzamiento necesario del devenir y del  desarrollo explica la  afirmación: “lo  nuevo nace de  los escombros de lo viejo”.

FORMAS  PRECAPITALISTAS Y FORMA  CAPITALISTA

En  Trabajo  y Reflexión, J. A. Giannotti (1983)  acompaña la exposición hecha por Marx en los Grundrisse sobre las formas históricas precapita- listas y la forma capitalista, enfatizando que su principal lección radica en mostrar que  no podemos encontrar una matriz única para lo social.

En la medida en que  la producción presupone la distribución de los componentes del proceso de trabajo, se comprueba que un modo de producción presenta dos  aspectos diferenciados: el aspecto activo del proceso, es decir, la división social del trabajo, y el aspecto pasivo, es de- cir, la forma de la propiedad, determinada por  el modo de apropiación de uno  de los componentes del proceso de trabajo. En  los Grundrisse, Marx  denomina situación histórica 1 a aquella en la cual  la propiedad es la propiedad del objeto de trabajo o materia del trabajo. Esa situación histórica corresponde a las  formaciones sociales más  antiguas, donde la propiedad es la propiedad de la tierra, aunque varíe la manera en que esa  propiedad se realiza (resultando de  ahí  la diferencia entre las  for- maciones sociales asiática, grecorromana y germánica). En la situación histórica 2 la propiedad es la propiedad del instrumento de trabajo,  tal como sucede, por  ejemplo, en  las  corporaciones medievales, donde a pesar de que los artesanos no poseen la propiedad de la tierra –pertene- ciente a los señores feudales–, son  propietarios de los instrumentos de trabajo en  el interior del  proceso de  trabajo. En  la situación histórica

3, la propiedad es la propiedad del trabajo,  lo que  significa que  el traba- jador es esclavo. Esas formas de la propiedad no son  excluyentes, sino que  pueden combinarse de diversas maneras; de ahí  que  lo fundamental sea determinar cuál  es la propiedad que,  si bien  coexistiendo con las otras, predomina y define la formación social, estableciendo los demás aspectos del proceso de trabajo y determinando las relaciones sociales. Las situaciones históricas 1, 2 y 3 constituyen lo que Marx llama formas precapitalistas de la economía.

 

2 Por  ejemplo, no  puede haber modo de  producción capitalista si dos  presupuestos no están realizados: el trabajo  libre, esto  es, una propiedad del trabajador que  puede ser  ven- dida por  él, y la separación entre el trabajo y la propiedad de los medios de producción. Ahora  bien, estos  dos presupuestos del capitalismo fueron establecidos por  el último ciclo del  desarrollo del  modo de  producción feudal. El  modo de  producción capitalista –que surge, entonces, a partir de  algo  que  no  fue  pautado por  él, sino  que  es condición para que  él venga  a la existencia– incorpora tales  presupuestos como su modo mismo de exis- tencia, realizando un  proceso por  el cual  los repone. Y, en cada ciclo  de su desarrollo, esa reposición instaura contradicciones nuevas, hasta el momento en  que  se  funda aquella contradicción que  el sistema no  tendrá condiciones o capacidad para interiorizar en  su movimiento, y que  será  la que  lo destruirá, a la vez que  constituirá el presupuesto de un nuevo modo de producción, el comunismo. La fuerza de un modo de producción no deriva sólo de su capacidad económica para reponer sus presupuestos, sino  también de su fuerza para mantener, entre los miembros de la formación social, el sentimiento de la naturalidad de  esos  presupuestos, hasta que  las  nuevas contradicciones destruyan tal  sentimiento  y exhiban la violencia histórica del sistema.

 

Como  observa Giannotti (1983), al  presentarlas como situacio- nes históricas posibles, Marx  deja  entrever la imposibilidad objetiva de subordinar lo social a una única matriz, pues tal matriz presentará va- riaciones según cuál  sea  la forma de la propiedad de los componentes del proceso de trabajo. Es por  este  motivo que  Giannotti considera que la presentación de las formas históricas posibles no es la presentación del devenir de los modos de producir (esto  es, no se trata de la sucesión temporal de esas  formas). El empleo del término “histórica” para hacer referencia a cada una de las situaciones tiene el significado amplio de señalar una oposición a lo natural: cada situación remite a los compo- nentes del proceso de trabajo y, por  consiguiente, a la diferencia entre lo propiamente humano y la naturaleza. Siendo así,  la expresión pre- capitalista no  es tomada en  el sentido de antecedente del  capitalismo, sino  que  “pre”  significa, más  bien, “todo  lo que  no  es capitalista”. Sin embargo, hay  que  admitir –afirma Giannotti– que  Marx  podría haber sustituido “precapitalista” por  “no-capitalista”, y, dado que  no  lo hizo, no podemos eximirlo de la responsabilidad teórica de haber dejado sin explicar el empleo de esa expresión ambigua.

¿Cuál es la diferencia entre precapitalista y capitalista, y cómo for- mula Marx el pasaje de una formación precapitalista a una capitalista?

Todo  modo de  producción, desde el  punto de  vista  de  su  sur- gimiento, implica siempre el pasaje de  lo natural a lo histórico y, por lo tanto, la separación entre naturaleza e historia, o la negación de la naturaleza por  el proceso de trabajo. Sin  embargo, observa Marx,  si en las formas denominadas precapitalistas la naturaleza es el presupuesto

–la  ligazón del  cuerpo de  los  hombres con  la  tierra como su  “cuerpo inorgánico”–, en el caso  del capitalismo el presupuesto es enteramente histórico –el trabajo libre  y la separación del trabajador y los medios de producción. Además, una característica fundamental de las formas pre- capitalistas es el hecho de que en ellas el movimiento del desarrollo o de la reposición de los presupuestos nunca pueda ser completo, quedando siempre un excedente que  el sistema no repone y que  permanece como presupuesto. Hay un residuo de naturaleza que las formas precapitalis- tas  nunca consiguen negar enteramente y transformar en historia. Por el contrario, la forma capitalista es la única que  es histórica de punta a punta, no  subsistiendo nada de natural en ella.  Es por  eso  que  en el modo de producción capitalista la ideología tiene una fuerza inmensa, pues su  función es  introducir lo natural en  la  historia, naturalizar lo que  es histórico. En efecto, si todo es histórico, entonces todo depende de  la  acción humana y de  las  circunstancias; eso  quiere decir que  la contingencia de  ese  modo de  producción es  un  hecho definitivo, sur- giendo así la posibilidad de destruirlo mediante la acción humana. Para impedir tal posibilidad, es preciso garantizar que los sujetos sociales se representen el modo de producción como necesario, racional, inmuta- ble y universal, es decir, como natural.

Cuatro disoluciones son  necesarias para que  el modo de produc- ción  capitalista pueda surgir en  el devenir temporal: primero, la diso- lución de la relación con  la tierra como cuerpo inorgánico del trabajo, esto  es, la disolución de la relación del  sujeto con  las  condiciones na- turales de la producción; segundo, la disolución de aquellas relaciones sociales y económicas en  las  que  el trabajador era  propietario de  los instrumentos de  trabajo; tercero, la disolución del  fondo de  consumo con  el que  la comunidad garantizaba la subsistencia del trabajador du- rante el proceso de trabajo; cuarto, la disolución de aquellas relaciones económicas en las que  el trabajador, como esclavo o siervo, pertenecía a las  condiciones de  la producción. Ahora  bien, cada una de  estas di- soluciones señala la desaparición de una de las formas precapitalistas, de suerte que la aparición temporal del modo de producción capitalista implica la disolución de todas  las formas precapitalistas.

Sin  embargo, es  importante observar que,  si seguimos con  de- tenimiento la Crítica  de la filosofía del derecho  de Hegel y La ideología alemana, la  diferencia entre un  modo de  producción  precapitalista  y el  modo de  producción capitalista no  se  reduce a  la  presencia en  el primero, y a  la  ausencia en  el segundo, de  un  residuo de  naturaleza en la historia, como nos  sugieren algunos textos de los Grundrisse. En aquellas dos  obras, Marx  afirma que  el modo de producción de la vida material está  siempre escindido por  la contradicción entre las fuerzas productivas y las  relaciones sociales de producción o las  formas de la propiedad, que  determinan las operaciones de la producción, la distri- bución, el intercambio y el consumo. Las fuerzas productivas configu- ran  el contenido de  las  relaciones de  los  hombres con  la naturaleza  y consigo mismos, es  decir, el trabajo; en  contrapartida, las  relaciones sociales de  producción configuran las  formas del  proceso productivo, es decir, la propiedad. En  suma, el contenido del modo de producción es determinado por el trabajo, y la forma del modo de producción es de- terminada por la propiedad. Con la desaparición del comunismo primi- tivo, el equilibrio entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción cede  su lugar a la contradicción, pues comienza a darse una lucha por  la apropiación del  excedente. En  esa  lucha, las  fuerzas productivas se desarrollan al máximo y hacen estallar las relaciones so- ciales  de producción. En esas dos obras de Marx,  entonces, el desarrollo de la contradicción es el desarrollo  de la lucha  de clases, siendo tal desa- rrollo el que  explica el devenir temporal de los modos de producción.

 Desde  esta perspectiva, podemos decir que el modo de producción capi- talista, como cualquier otro modo de producción, surge históricamente cuando la contradicción y la lucha de  clases del  modo de  producción anterior se despliegan plenamente.

Es  este  análisis histórico del  devenir el que  lleva  a Marx  a co- menzar el Manifiesto del Partido  Comunista con  la afirmación de  que la historia de las sociedades que  existieron hasta nuestros días  ha  sido la historia de  la lucha de  clases. En  otras palabras, el hilo  que  teje  la historia –desde la perspectiva de la Crítica  de la filosofía del derecho  de Hegel, La ideología  alemana y el Manifiesto– es el desarrollo de las fuer- zas  productivas; pero, resultando tal  desarrollo contradictorio con  las relaciones sociales de producción, el hilo de la historia es quebrado por la lucha de clases. En  tanto ese  hilo  produce el movimiento inmanen- te o el desarrollo de una forma singular o de un  modo de producción determinado, la ruptura del mismo por  la lucha de clases engendra el devenir histórico de los modos de producción.

La diferencia entre esas  obras y los  Grundrisse en  lo que  se re- fiere  a la descripción del proceso histórico indica que  la concepción de la historia en Marx  está  lejos  de ser  cristalina, transparente y unívoca, suscitándose a partir de ello controversias y críticas.

RACIONALISMO DETERMINISTA

En  un  ensayo titulado “El marxismo: balance provisorio”, Castoriadis (1975)  critica la teoría de la historia de Marx  por  no haber conseguido superar el racionalismo objetivo de Hegel  y convertirse en otra filosofía de la historia más. La objeción central de Castoriadis a la teoría  de la historia marxista es  que  no  deja  espacio para la  acción consciente  y autónoma de  los  hombres, meros instrumentos de  una historia que, teniendo por  motor a la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, se realiza a costa de ellos. En  cuanto a la  filosofía de  la  historia marxista, la  objeción se  vuelve contra el determinismo, que  pierde de vista  la historia como creación.

Para Marx,  escribe Castoriadis, es en  el análisis económico del capitalismo donde debe  concentrarse el núcleo de la teoría de la histo- ria,  mostrando que  esta  es capaz de hacer coincidir su dialéctica con  la dialéctica de lo real histórico, y que los fundamentos y la orientación de la revolución surgen del movimiento del propio real.

El eje del análisis económico marxista son las contradicciones del capitalismo, articuladas en  torno a una contradicción central, aquella que  se da entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción o la forma de la propiedad capitalista. Ahora  bien, según Castoriadis, el análisis económico de Marx  ya no podría ser mantenido, ni en sus premisas, ni en su método, ni en su estructura, pues su teoría económica en tanto tal  ignoraría la acción de las clases sociales y, por lo tanto, los efectos de las luchas de los trabajadores sobre el funciona- miento de la economía capitalista, así como los efectos de la organiza- ción  de la clase capitalista para intentar dominar las tendencias “espon- táneas” de  la economía. El desconocimiento de  tales  efectos proviene de  la  misma teoría, en  la  cual  el  poder reificador del  capitalismo es completo, transformando a los hombres en cosas y sometiéndolos a le- yes económicas que no difieren de las leyes naturales, salvo por el hecho de que usan las acciones conscientes de los hombres como instrumento inconsciente de su realización. Sin  duda, la reificación existe, pero no puede ser  completa, pues, si lo fuese, el sistema se desmoronaría ins- tantáneamente –la  contradicción última del  capitalismo radica en  la doble necesidad que el sistema tiene, tanto de la actividad propiamente humana, como de someterla y reducirla a su mínima expresión.

Esas primeras consideraciones conducen a Castoriadis a enume- rar  los aspectos inaceptables de la teoría de la historia marxista: 1) no se  puede dar  a  la  economía el  lugar central que  Marx  le  daba, y no puede ser  considerada autónoma, con  leyes propias independientes de las  otras relaciones sociales; 2)  es  preciso reformular la  categoría de reificación y, junto con  ella,  toda la teoría de la historia de Marx;  3) no es verdad que,  en cierto estadio del desarrollo, las fuerzas productivas dejen de  desarrollarse por  entrar en  contradicción con  las  relaciones de producción existentes o las relaciones de propiedad –no  se trata de una contradicción sino,  en todo caso, una tensión que  puede ser, y ge- neralmente ha  sido,  resuelta por  el sistema; 4) no se puede pasar de la afirmación de la determinación material de la existencia humana a la reducción de  la  producción o del  trabajo a las  fuerzas productivas y, por  consiguiente, a la técnica (capaz, supuestamente, de un  desarrollo autónomo), quedando reunidas las demás actividades humanas bajo  la condición de “superestructuras”; 5) en la fase presente del capitalismo, el desarrollo de las fuerzas productivas o de la técnica no es autónomo, sino  planificado, orientado y dirigido explícitamente para los fines  que las clases dominantes determinan; no hay  pasividad social, pues el de- sarrollo de la técnica no es el motor de la historia ni posee un significa- do unívoco y acabado; 6) no se pueden extender a todas las sociedades categorías que sólo tienen sentido en el capitalismo desarrollado, a me- nos  que  la teoría se sustente en el postulado oculto de una naturaleza humana inalterable cuya  motivación predominante es económica; 7) es imposible negar que  la conciencia humana siempre fue y es un  agente transformador y creador, una conciencia práctica,  una razón operante no reductible a una modificación del mundo material; es necesario, en- tonces, rechazar la “ideología marxista” o el “idealismo técnico”, que pretende que  las ideas técnicas hacen la historia, mientras que  la con- ciencia humana permanece siempre engañada y presa de ilusiones.

 Este  conjunto de aspectos señala al núcleo de la teoría de la his- toria de Marx  como portador de un  determinismo económico según el cual,  a pesar de las declaraciones del mismo Marx,  la lucha de clases no es el motor de la historia, sino  un eslabón de una cadena causal consti- tuida en la infraestructura técnico-económica. Eso  se debe  al hecho de que las clases son  simples instrumentos en los que se encarna la acción de las fuerzas productivas. Las  clases son  actores en el sentido teatral del  término; son  agentes inconscientes del  proceso histórico, incluso cuando poseen una conciencia de clase,  pues “no  es la consciencia de los  hombres la  que  determina su  ser  social, sino  su  ser  social el que determina la consciencia”. El conservadurismo de la clase  en el poder y el carácter revolucionario de la clase ascendente están predeterminados por  su respectiva situación en la producción, de forma tal  que  no  hay lugar para la acción autónoma de las masas.

El fundamento de la teoría de la historia de Marx,  de su concep- ción política y su programa revolucionario, es una filosofía de la historia racionalista. Dado  que  el racionalismo filosófico presupone y demues- tra  que  la totalidad de  la experiencia es exhaustivamente reductible a determinaciones racionales, la filosofía de la historia marxista ofrece de antemano la solución de los problemas que ella misma plantea; o, como diría Marx,  los hombres sólo se proponen los problemas que pueden re- solver. El marxismo, entonces, no supera la filosofía de la historia, sino que constituye apenas otra filosofía de la historia, incapaz de cuestionar la racionalidad del mundo (natural e histórico) por asumir la existencia previa de un mundo racional en contrucción paulatina.

El racionalismo de Marx no sería subjetivo (como el de Descartes o Kant), sino  objetivo (como el de Hegel), un  racionalismo para el cual lo real  es racional y lo racional es real.  La historia es racional en  tres sentidos. El objeto de la historia pasada es racional por  ser  un  objeto cuyo  modelo es  el de  las  ciencias naturales: ciertas fuerzas actuando sobre puntos de aplicación definidos producen los resultados predeter- minados según un  gran esquema causal que  debe  explicar la estática y la dinámica de la historia, tanto la constitución y el funcionamiento de cada sociedad, como el desequilibrio y la perturbación que  deben con- ducir a una forma nueva. El objeto de la historia futura es igualmente racional y realizará la razón en un  segundo sentido: no  sólo  como he- cho (pasado), sino  también como valor. La historia por venir  será  lo que ella debe  ser, verá nacer una sociedad racional que encarnará las aspira- ciones de la humanidad, y en la cual  el hombre será  finalmente humano (es decir, su existencia y su esencia coincidirán; su ser efectivo realizará su concepto). En fin, la historia es racional en un tercer sentido: el de la conexión del pasado con el futuro, o el pasaje del hecho al valor. Las le- yes ciegas, casi  naturales, abren el camino hacia una humanidad libre, emergiendo la  libertad del  seno  de  la  pura necesidad; hay  una razón inmanente a las  cosas que  hará surgir una sociedad milagrosamente conforme con  nuestra razón.

El racionalismo objetivista sólo puede ser un determinismo, pues afirmar que el pasado y el futuro son integralmente comprensibles es lo mismo que  afirmar la existencia de una causalidad sin  fallas. Pero  eso es inaceptable. Es verdad que  no podemos pensar la historia sin causa- lidad, y que  es en la historia donde mejor comprendemos el sentido de la causalidad (en la historia, el punto de partida es una motivación que podemos comprender; por  el contrario, no podemos comprender el en- cadenamiento causal de los fenómenos naturales, sino sólo constatarlo). Es verdad que existe  lo causal en la vida social e histórica, pues hay que distinguir lo racional subjetivo –motivación, plan y proyecto– de lo ra- cional objetivo –relaciones causales naturales y necesidades puramente lógicas, constantemente  presentes en  las  relaciones históricas–; pero, además, hay  que  considerar también lo “causal bruto”, que  constata- mos  sin poder deducirlo de relaciones racionales subjetivas u objetivas –correlaciones de las que ignoramos los fundamentos, regularidades de comportamiento que permanecen como hechos puros. Sin embargo, no es posible integrar todas esas  causalidades y todas esas  racionalidades en un  determinismo total del sistema, pues también existen instancias sociales caracterizadas por  relaciones no  causales. Lo no  causal  no  es simplemente lo imprevisible, sino  que  es, sobre todo, lo creador,  posi- ción  de  un  nuevo tipo  de  comportamiento, institución de  una nueva regla  social, invención de un objeto nuevo, algo que no puede ser dedu- cido  de las condiciones precedentes. “La historia no puede ser determi- nista porque es el campo de la creación”  (Castoriadis, 1975: 61).

La filosofía de la historia marxista es incapaz de alcanzar el nú- cleo creador de la historia porque es incapaz de lidiar con  las significa- ciones  históricas.

Engels afirma que  la historia es el campo de las acciones incons- cientes y de los fines  no deseados. Sin  embargo, no percibe lo más  im- portante, esto  es, que  esas  acciones y esos  fines  se presentan como co- herentes, dotados de significación, obedeciendo a una lógica  que  no es ni subjetiva (puesta por  una conciencia) ni objetiva (como la que  se da en la naturaleza), sino  histórica. Así es como surge la significación capi- talismo, un sistema inagotable de nuevas significaciones que, por medio de conexiones causales, confiere unidad a todas las manifestaciones de la sociedad capitalista, dando sentido a sus  fenómenos constitutivos  y excluyendo los fenómenos que no tienen sentido para esa sociedad. Esa significación global confiere a la sociedad la unidad de un  mundo (ins- tituye una cultura; ordena los comportamientos por medio de reglas ju- rídicas y morales conectadas profunda y misteriosamente con  el modo de trabajo y de producción; determina la estructura familiar y la educa- ción de los niños; define una estructura de la personalidad; instaura una forma de la religión y de la sexualidad, una manera de comer, de bailar; etc.).  Gracias a ella,  todo lo que  sucede en  el sistema es producido en conformidad con  el “espíritu del sistema”, y tiende a reforzarlo incluso cuando se oponga a él; aunque, en el límite, tienda a derribarlo.

Ahora  bien, desde el punto de vista  de la causalidad, puede de- cirse  que  esa  significación está,  de alguna manera, dada de antemano, predeterminando y sobredeterminando los encadenamientos causales, actuando al servicio de una intención que  no  es de nadie. Así, todo el problema de la historia radica en  esa  significación, diversa de aquella que es vivida  por  los individuos en sus actos determinados, irreductible a la causalidad y, sin  embargo, construyendo también un  orden de en- cadenamientos: un  orden diferente del  causal, pero inextricablemente ligado a él. En otras palabras, la verdadera cuestión está en la diferencia y en  la relación entre la significación vivida  por  los agentes históricos y la significación puesta por  procesos causales desprovistos de aquella significación. Tal problema se encuentra en el origen de los mitos, de la tragedia y de la creencia en la Providencia. Y el marxismo no da cuenta de él porque procura reducir integralmente el nivel  de las significacio- nes al nivel de las causas, a pesar de que,  más  que cualquier otra teoría, mantenga la idea  de una significación de los acontecimientos y las fases históricas, afirme la lógica  interna del proceso, y totalice las significa- ciones en  una significación del  conjunto de  la historia (la  producción necesaria del  comunismo). De  esta  manera,  concluye Castoriadis, al afirmar simultáneamente que  todo debe  ser  aprehendido en  términos causales, y que  todo debe  ser pensado en términos de significación –de suerte que  el inmenso encadenamiento causal es también un  encade- namiento de  sentido–, Marx  exacerba de  tal  forma los  dos  polos que resulta imposible pensar racionalmente el enigma de la historia.

DOS  HISTORIAS

En  el ensayo “Marx:  de una visión  de la historia a otra”, Claude Lefort (1978)  examina las diferencias en el abordaje que  Marx  hace de la his- toria, comparando el Manifiesto Comunista, los Grundrisse, El Capital y El XVIII Brumario. Sin  embargo, si en su interpretación enfatiza la di- ferencia entre esas obras, Lefort lo hace para resaltar mejor la identidad secreta que  las  recorre: en  todas ellas  se hallan presentes dos  visiones opuestas de la historia, que entonces oscila entre la transformación y la repetición. Así, Marx  se esforzaría, por  un  lado,  por  mostrar la historia como la producción de  un  sentido en  el que  se juega el destino de  la humanidad, sin  dejar al mismo tiempo de describir, por  otro lado,  las fuerzas movilizadas para desarmar los efectos de lo nuevo.

En  el Manifiesto, la humanidad es una en el tiempo, y el hilo  de la historia, aunque pueda romperse, no  cesa  de atarse una y otra vez, asegurando la continuidad del drama aun cuando haya pausas o regre- siones. La génesis de nuestra sociedad se da a partir del surgimiento de la burguesía, en  un  proceso de  desarrollo de  varias revoluciones. Sin embargo, se distingue de todas las otras formaciones históricas por  la simplificación de  los  antagonismos  sociales: la  determinación econó- mica de lo social se vuelve  plenamente visible, y la sociedad se divide en  dos  clases que  se enfrentan directamente. Esa  simplificación es si- multánea a la expansión del  modo de  producción capitalista a escala mundial, y a la interdependencia recíproca de todas las actividades en esa formación social. Nuestra sociedad también difiere de las otras por imprimir un  nuevo ritmo a la historia: bajo  la acción de  los  cambios económicos continuos, altera de manera constante todas las institucio- nes  –“todo  lo que  es sólido se desvanece en  el aire,  todo lo sagrado se vuelve  profano”–; conduce a  la  desaparición de  las  brumas místicas, tanto religiosas como políticas (lo sagrado se disuelve en el egoísmo y el interés; la política estatal se transforma en el comité administrador de los negocios de la burguesía); se libera del peso  de las tradiciones  y fuerza a los hombres a considerar, finalmente, el lugar que ocupan en el proceso histórico. Hay,  en el Manifiesto, dos historias: la Gran Historia, de ritmo lento, y la Historia Acelerada de un  mundo arrastrado por  la innovación y la destrucción. La  revolución da  el sentido último de  la aventura humana.

Sin  embargo, Marx  desmiente tal concepción de la historia y de la  vida  social. En  los  Grundrisse, el estudio de  las  formas precapita- listas muestra, no  la continuidad, sino  la oposición global entre ellas y el modo de producción nacido de la división entre capital y trabajo. El precapitalismo, escribe Lefort, es aprehendido desde el capitalismo como su  otro,  en  tanto que  el capitalismo no  es considerado como la conclusión de un  proceso histórico continuo comandado por  una con- tradicción fundamental sino,  al contrario, como la discontinuidad radi- cal de y en la historia, “una  mutación de la humanidad”.

Solamente las condiciones de la formación del capitalismo pue- den  hacer surgir la figura del trabajador. De hecho, en las formas pre- capitalistas el trabajador propiamente dicho no existe:  su condición es la de estar “ligado a la tierra”, tanto en el contexto de la pequeña pro- piedad, como en el de la propiedad comunal; la tierra no es exterior al hombre, y él es el propietario de las condiciones objetivas de su trabajo. En  oposición al  capitalismo, en  las  formas precapitalistas el  trabajo no  se  encuentra en  el origen de  la  propiedad: esta  no  es  el resultado de aquel, sino  su condición. Así, es solamente en tanto que  participan de  la comunidad o de  la propiedad común que  los  hombres trabajan. La comunidad tribal está  en el origen de las tres  formaciones precapi- talistas complejas (la asiática, la antigua y la germánica o feudal), y la forma comunitaria es  preservada más  allá  de  las  modificaciones que cada una de ellas  introduce. De esta  manera, en  las  tres  formaciones, el estatuto de  propietario permanece condicionado por  la comunidad (cuyos límites se mantienen fijos),  aun cuando esta  aparezca como una entidad trascendente (encarnada en el déspota asiático, en la figura del estado antiguo o en la asamblea de los barones feudales). El estudio del precapitalismo es el estudio de la eficacia permanente de esa forma: en las  tres  formaciones, la  conservación del  límite fijo  de  la  comunidad garantiza la autoconservación y, al contrario, la pérdida de  ese  límite conduce a la  destrucción. Esta, sin  embargo, no  proviene de  una ac- ción  interna de la propia formación social, sino  de accidentes externos (guerras, migraciones, urbanización, dispersión). El  cambio proviene de afuera y no de una contradicción inmanente.

En verdad, lo que  se observa en los Grundrisse es la presencia de dos esquemas de interpretación.

Por un  lado,  Marx visualiza una historia evolutiva, por el otro, una historia repetitiva. La primera parece regida, en innumerables textos, por el desarrollo de las fuerzas productivas, el cual  tropieza con  los límites de las  relaciones de producción y, al fin y al cabo, se disuel- ve. Sin  embargo, incluso ya desde este punto de vista, la autonomía otorgada a ese factor –exactamente cuando está encargado de incluir la expansión demográfica– parece contradecir la idea  clave de que  la producción permanece subordinada a las condiciones socio-natura- les, a la existencia de la comunidad mediadora de la relación con  la tierra o, más  precisamente, la idea de que los efectos de la producción son  condicionados por la forma comunitaria (Lefort, 1978: 204).

La historia es repetitiva –la eficacia de la forma comunitaria hace que ella se repita en todas las formaciones precapitalistas y que permanezca indefinidamente si no es destruida por factores externos– y evolutiva –se da un  pasaje de la forma precapitalista a la capitalista. Es por  eso que Marx  oscila en la búsqueda del factor de cambio: habla del desarrollo de las  fuerzas productivas, pero tiene que  reconocer que,  aun cuando este desarrollo modifique la configuración de las relaciones sociales, no modifica la forma comunitaria; por  eso recurre a otros factores, como la migración y la guerra, y alterna la afirmación de un tiempo endógeno y un tiempo exógeno.

Los dos esquemas interpretativos –repetición y evolución– servi- rán  para distinguir entre las formaciones precapitalistas y el capitalis- mo,  que  representa la aparición inédita de un  tipo  de devenir social en el que se separan la existencia humana activa y las condiciones no orgá- nicas de la existencia. La exposición de las formas precapitalistas indica que  la  división social (hombre libre-esclavo, patricio-plebeyo, barón- siervo) no  es  regida por  el mismo principio que  comanda la  división trabajo-capital: mientras que  en  el primer caso  la división no  implica una separación entre el hombre y las condiciones orgánicas de su exis- tencia, en el segundo caso  sí la implica. Entonces, sostiene Lefort, entre el Manifiesto y los Grundrisse existe  una diferencia que  impide dar  uni- versalidad a la lucha de clases (o afirmar su continuidad), pues la figura histórica del trabajador es el resultado de una separación inexistente en las formaciones sociales precapitalistas.

En  realidad, la idea  de  separación sólo  tiene sentido en  el capi- talismo, y únicamente en  él esta  “instaura un  principio de  autotrans- formación de lo social” (Lefort, 1978:  206),  o una infinitud inmanente que  inaugura una historia revolucionaria, en  oposición a  la  historia conservadora que caracteriza al precapitalismo. Según Marx,  en efecto, justamente porque en las formaciones precapitalistas no existe  la sepa- ración entre el cuerpo orgánico de los hombres y el cuerpo inorgánico de la tierra, la evolución es regida por la destrucción (lenta o rápida) del establecimiento humano como “índice de la contradicción ineluctable entre la relación de los hombres con  su  humanidad finita, anclada en una tierra que poseen y los posee, y con su humanidad infinita, excesiva en relación a toda determinación real,  asociada al ‘elemento ilimitado de la tierra’  [...] El infinito se señala apenas en la negación inmediata de lo finito, lo ilimitado en la negación inmediata del límite” (Lefort, 1978:

206).  La comunidad precapitalista es la imagen de un  cuerpo  que  anula la exterioridad y, por  eso mismo, el enigma de la historia se concentra en el momento de la desaparición de esa  imagen, con  el advenimiento de la forma capitalista o de la separación. Ahora  bien, la interpretación de Lefort toma, a esta  altura, una dirección precisa: busca la permanen- cia de esa imagen en ciertos textos de El Capital,  donde actúa como eje de las descripciones económicas de Marx.

En  el Libro I de El Capital,  Marx presenta el desarrollo del modo de producción capitalista a partir de la desaparición de la forma comuni- taria del trabajo, en un proceso que va desde el surgimiento de la coope- ración, pasando por la manufactura, hasta llegar a la gran industria.

La cooperación presupone la figura del trabajador libre, vendedor de su fuerza de trabajo y separado de los medios de producción; requie- re  la movilización de  cierta cantidad de  capitales para explotar cierta cantidad de  fuerza de  trabajo, asociada a una cantidad de  medios de producción. El efecto de esa asociación de factores es la eliminación de la diferencia cualitativa entre los trabajos individuales y la institución de un trabajo social medio, condición de la universalización del merca- do.  De esta  manera, se disuelve definitivamente la forma comunitaria, que  implicaba la dependencia y la ligazón de los trabajadores con  sus medios de producción. La cooperación simple es la condición de posi- bilidad de la gran transformación que será  introducida por  la manufac- tura. Al analizarla, Marx  deja  de lado  la cooperación y se concentra en la división social del trabajo, mostrando la irreversibilidad del proceso histórico. La manufactura inicia el movimiento de descomposición del trabajo humano. En  ella  no  se  comprueba tan  sólo  la  separación de los  trabajadores respecto de  los  medios de  producción, sino  también la separación del trabajador respecto de sí mismo, una vez consumada su  disolución en  la figura del  trabajador colectivo. Marx  habla de “un organismo de producción cuyos miembros son  los hombres”. Se trata de un cuerpo  monstruoso o absurdo, pues la manufactura se organiza en base  al modelo de la constitución corporal del trabajador. Sin embargo, en virtud de esta  descripción, la manufactura ya no aparece como una institución radicalmente nueva, que contendría en sí el principio de una revolución continuada. En  varios textos, al contrario, no  parece muy distante del modelo de las sociedades antiguas, en particular, operando como ellas,  de modo tal que,  a partir de un  cierto grado de desarrollo, su  único fin  pasa a ser  su  propia conservación. Así, en  el exacto mo- mento en  que  Marx  está  a  la  búsqueda de  una forma nueva, de  una diferencia de forma en el plano económico e histórico, su análisis de la manufactura revela  la “permanencia del fantasma del cuerpo” (Lefort, 1978:  213),  de  tal  manera que  una historia revolucionaria presenta la tendencia a la restauración de una estructura inmovilizada.

Esa  permanencia fantasmática del  cuerpo y la  presencia de  la repetición al interior de  la innovación reaparecen en  el análisis de  la gran industria. En esta,  el proceso de producción se torna autónomo; la modalidad que  asume la división del trabajo obedece a las necesidades técnicas de  la fabricación mecánica, según los  saberes de  las  ciencias naturales, y sin  tener en  cuenta las  aptitudes individuales. El  princi- pio  subjetivo de  la división del  trabajo es sustituido por  un  principio objetivo: los oficios, que  durante siglos  fueron considerados misterios (operación secreta de los iniciados, recintos cerrados cuyos límites nin- gún  profano podía atravesar, ocultamiento del  fundamento material de  la vida  de  los  oficiales), ahora se tornan actividades transparentes, conocidas una por  una y en  sus  conexiones, dirigidas por  la  ciencia moderna de la tecnología. En la manufactura, la producción todavía se adaptaba al trabajador, a su esquema corporal; en la gran industria, el trabajador debe  acomodarse a las exigencias de la producción. Surge, en palabras de Marx,  “un organismo de producción completamente ob- jetivo  o impersonal”. Se pasa del  trabajador colectivo a la reificación, y de  ahí  provienen las  metáforas del  autómata empleadas por  Marx: “monstruo mecánico”, “fuerza demoníaca”, “danza febril y vertiginosa de sus  órganos de operación”; ese  autómata es el sujeto, y los trabaja- dores son  meras prolongaciones suyas, “órganos conscientes anexados a sus órganos inconscientes”.

No es únicamente en esos análisis que se hace presente el esquema de las dos historias. La sociedad burguesa es contradictoria: efectúa tan- to la interdependencia de todas las actividades y la comunicación de todos los agentes sociales, como la exterioridad recíproca de todas las activida- des y la alienación de todos los agentes. La autonomía del orden de las re- laciones puramente económicas se realiza junto con la separación de las esferas de lo político, lo jurídico, lo religioso, lo científico, lo pedagógico, lo estético. La sociedad burguesa disuelve todas las formas tradicionales de producción y representación pero, al mismo tiempo, por medio de la ideología, hace creer en la racionalidad y la universalidad, disimulando ante sí misma su propia historia. Así, la historia de la sociedad burguesa no se reduce al movimiento febril de la destrucción/creación: Marx des- cubre en  ella  “un  principio de  petrificación de  lo social”  (Lefort, 1978:

217)  cuando señala los efectos de la autonomización de cada sector de la producción, del disfraz del presente por el pasado y del ocultamiento de lo real por la ideología. El capital no es una cosa,  no es la suma de los medios de producción materiales y fabricados, sino “un sistema social de producción”. Sin embargo, visto como cosa,  se produce a sí mismo. Ese es el mundo invertido o “universo hechizado”. El principio objetivo, la moderna tecnología, la impersonalidad de la producción, la desaparición de los misterios, son  simultáneos a la aparición de un mundo fantasmá- tico y misterioso. La reaparición de  los  fantasmas y los  fetiches revela que la repetición es el doble del progreso, y nos da la clave de la enigmática diferencia entre el Manifiesto y El XVIII Brumario.

El Manifiesto narra la historia burguesa como epopeya; El XVIII Brumario como “danza macabra”. El Manifiesto distingue a la sociedad capitalista de todas las otras por  la simplificación de la división social y la transparencia de su determinación económica. El XVIII Brumario analiza la complejidad de los antagonismos sociales, el entrelazamiento de varias historias, cada una anclada en una clase  social particular (el proletariado como clase  en devenir e inmadura; la burguesía como cla- se escindida y opuesta a sí misma, con  varias facciones adversarias; la pequeña burguesía como clase  media o intermediaria; el campesinado como no-clase, verdadero soporte del poder bonapartista; el lumpenpro- letariat  como no-clase o clase-basura; la burocracia y el ejército como clases parasitarias, pues, aunque sean instrumentos de  la clase  domi- nante, se vuelven independientes bajo el segundo Bonaparte e instituyen al estado por encima de la sociedad). Sin embargo, el primer capítulo de la obra, al introducir el tema de la farsa, destaca que las contradicciones son  estériles, no producen acontecimientos, son  fantasmagorías, “som- bras que  perdieron sus  cuerpos”. Esa  historia inmóvil, sin embargo, se da de manera simultánea a otra, efectiva: la historia de la unificación de la burguesía como clase,  la aparición política del  proletariado y la es- cisión entre el estado y la sociedad civil. Como  consecuencia, el último capítulo invierte aquello que  había sido  dicho en  el primero: en  lugar de la danza macabra fantasmática, el poder bonapartista aparece como un  producto imaginario conjugador de diversos mitos. Y la revolución está  en curso, acumulando fuerzas de forma metódica para concentrar su poder de destrucción. El final  aclara el comienzo: frente a lo nuevo, frente a un futuro creador, frente a tareas inéditas, los agentes invocan a los muertos y el pasado resurge imaginariamente, como una represen- tación contra el vértigo de la mortalidad. El pasaje de la tragedia a la comedia con  el que  se inicia el libro es inherente a una sociedad que  se formó desconociendo su propia realidad y que,  en el momento en que el orden social es puesto en cuestión, necesita recurrir a la repetición. Para interrumpir la repetición es preciso un  agente nuevo: el proleta- riado, que  no saca  su poesía del pasado sino  del porvenir. La sociedad burguesa, en  tanto tal,  no  puede engendrar verdaderos acontecimien- tos,  sólo  puede repetir. Por  ello,  su insignificancia histórica prepara la lógica  de la contrarrevolución: la burguesía necesita de la regresión para mantener la dominación, ya que,  de lo contrario, la oposición del pro- letariado ha  de ser  enfrentada; sin  embargo, por  no poder enfrentar la contradicción real,  se orienta hacia el plano fantasmagórico. Y no sólo ella.  Con  excepción del proletariado inmaduro, todas las otras clases y no-clases operan en el registro imaginario o en la ilusión.

¿Por qué esa presencia tan poderosa de lo fantasmático en la eco- nomía, en las relaciones sociales, en la política, en la historia? ¿Por qué Marx fue  tan sensible a la  ilusión y lo imaginario? Porque, desligada de  la  tierra y de  la  forma comunitaria del  trabajo y de  la  propiedad, la  sociedad capitalista opera la  total absorción de  la  naturaleza en  lo histórico, dándose así el advenimiento de una sociedad sin cuerpo y sin sustancia. La descorporeización y la desustancialización, índices de una formación social que es histórica de punta a punta, afectan por entero lo social y lo histórico –“todo lo que  es sólido se desvanece en el aire”. Sin embargo, simultáneamente, la tendencia a la petrificación sustancializa y naturaliza lo social y lo histórico, transformándolos en entidades fan- tasmagóricas. No es casual que  El Capital  se inicie con  el fetichismo de la mercancía y termine con la fantasmagoría de la fórmula triádica3.

Sin  embargo, Lefort se pregunta si la obra del  propio Marx  no sería expresión de esa  dificultad; si la permanencia de la referencia al cuerpo en sus  análisis económicos y políticos no  sería el signo de que no permaneció inmune a ella; si la elaboración de dos concepciones de la historia irreconciliables no  evidenciaría el peso  de lo imaginario en su propio pensamiento; y, finalmente, si frente a la imagen “de ese ser 3 La  fórmula triádica aparece en  tres  pares de  relaciones que  combinan las  siguientes categorías económicas: tierra-renta, trabajo-salario y capital-ganancia, ocultando bajo  la diferencia aparente el hecho de que no son otra cosa  que el propio capital. Por eso son fan- tasmas: son trabajo materializado y están separadas porque fueron transformadas en valor total, pero la totalidad es invisible y no se ve que  el capital hace aparecer como separadas e independientes las tres  categorías económicas.

 

extraño, el proletariado, al mismo tiempo puramente social, puramente histórico y, en cierto sentido, fuera de la sociedad y fuera de la historia

–clase  que deja de ser clase porque es la destructora de todas las clases”, no cabría indagar “si él es el destructor del imaginario social o el último producto de la imaginación de Marx”  (Lefort, 1978: 223).

 

LA PRESENTACIÓN DE  LA HISTORIA

Ruy  Fausto (2002)  usa  el término presentación de  la historia para in- dicar que  no  hay  en  Marx  una teoría  de la historia, ni una filosofía de la historia, sino  consideraciones en torno a la historia. De acuerdo con Fausto, la teoría crítica del capitalismo o la crítica de la economía po- lítica  es, desde el punto de vista  lógico  y no  cronológico, anterior a la presentación de la historia. En tanto esa crítica constituye el núcleo del pensamiento de Marx,  es de ella que  surge una presentación de la his- toria a modo de un  esquema para organizar la dispersión temporal de los modos de producción. De esta  manera, sin referencias explícitas, el estudio de Ruy  Fausto desarticula las perspectivas adoptadas por  Cas- toriadis y Lefort, y las aporías señaladas por  ambos.

La historia es un presupuesto del discurso marxiano: Marx  habla de ella,  pero no  dice  lo que  ella  es, pues el concepto de historia no  es el  objeto de  la  investigación. Justamente porque no  hay  ni  teoría ni filosofía de la historia, Marx  elabora tres  modelos de exposición de la historia, que  tienen en común ciertos meta-presupuestos (la distinción entre prehistoria e historia, y entre desarrollo y devenir) y los mismos presupuestos (propiedad, riqueza, libertad, igualdad y satisfacción). Aunque todos los presupuestos estén presentes en los tres  modelos, so- lamente uno  de ellos,  en cada caso, es determinante. El Manifiesto y La ideología alemana conforman el modelo de la historia de la libertad, pues la historia es presentada a partir de la lucha de los explotados. El segun- do modelo, presente en los Grundrisse y El Capital,  es el de la historia de la riqueza,  pues la historia es presentada a partir de este  concepto. Finalmente, los Manuscritos de 1844 constituyen el tercer modelo, el de la historia de la satisfacción. Como  los meta-presupuestos y los presu- puestos son  los  mismos en  los  tres  casos, Marx  puede presentar cada una de  esas  historias como un  progreso o una conquista y, al mismo tiempo, mostrar cómo el modo de  producción capitalista es,  desde el punto de  vista  del  desarrollo, una regresión  respecto de  esas  historias (hay  en  él menos libertad y menos satisfacción) y, desde el punto de vista  del devenir, un  progreso,  pues en él se dan  los presupuestos de la sociedad comunista, en  la cual  la libertad, la riqueza y la satisfacción serán reales o concretas.

La  presentación de  la  historia tiene dos  dimensiones: la  de  la sucesión de los modos de producción y la de la distinción entre prehistoria e historia. Para entender estas dimensiones, Fausto resignifica la distinción entre devenir y desarrollo. El devenir es un  movimiento con dos  términos, un  comienzo y un  fin (nacimiento y muerte, aparición y desaparición). El desarrollo es enteramente lógico  (aunque esa  lógica transcurra en el tiempo): es la negación del sujeto cuando este atraviesa el interior de su otro, y la negación de la negación del sujeto cuando su otro se incorpora al sujeto. El desarrollo, entonces, es la lógica  de la ne- gación de la negación, movimiento por el cual aquello que era inesencial en una forma anterior se vuelve  un  presupuesto de la forma siguiente y, al ser  impuesto, se torna esencial para ella.  De ahí  que  el desarrollo, en vez de afirmar una continuidad temporal, afirme la discontinuidad, porque, cuando lo inesencial se torna esencial, se establece la diferencia intrínseca entre la forma anterior y la siguiente.

Además de  esta  distinción, Fausto propone otra entre devenir  y génesis.  La génesis corresponde, en cierto sentido, a aquello que los bió- logos  llaman ontogénesis, un  proceso de pasaje de la potencia al acto, en el cual la forma anterior no desaparece, sino que actualiza sus poten- cialidades en la forma nueva. En  la génesis, se da una conservación de las determinaciones anteriores en la forma nueva, sin ninguna interven- ción  externa: es por  un  movimiento inmanente a la propia forma que ella da origen a la siguiente, esto es, actualiza algo que ya está  en ella en potencia. Hay,  por  lo tanto, una inmanencia entre el comienzo y el fin del proceso. La forma final  no destruye todo lo que vino antes, sino  que determina lo indeterminado que la antecedió. Por otra parte, el devenir corresponde, en cierto sentido, a lo que  los biólogos llaman filogénesis, el surgimiento de  una especie nueva y la desaparición de  una especie anterior. En  el devenir hay  desaparición, muerte de  una forma con  el nacimiento de la otra, y no  se excluyen las interferencias externas. La originalidad de Marx  ha  sido  la de lidiar simultáneamente con  la géne- sis y el devenir,  dando un  aspecto contradictorio al discurso histórico. Esa  contradicción, sin embargo, es dialéctica, pues la fuerza del discur- so histórico de Marx  está  justamente en considerar la reflexión de una forma histórica a la vez como devenir y como génesis.

En  los Grundrisse y en  los textos históricos de El Capital,  la gé- nesis  no coincide con  el fin de una historia anterior (como ocurre en la ontogénesis biológica), y el devenir no implica la desaparición completa de las determinaciones anteriores (como ocurre en la filogénesis bioló- gica).  Dado  que  el devenir y la génesis operan simultánea y contradic- toriamente, ninguno de ellos es enteramente interno ni externo. Por  tal motivo, en estas dos  obras el concepto de presupuesto tiene dos  senti- dos:  por  un  lado,  cuando se refiere a la génesis o cuando se encuentra en el interior de una génesis, Marx  habla de la permanencia de restos o ruinas, dándose así una continuidad temporal; por  el otro, cuando se refiere al devenir, Marx  habla de la destrucción de la forma anterior y del surgimiento de una nueva forma. El entrecruzamiento entre devenir y génesis permite decir, al mismo tiempo, que  una forma nace en el in- terior de la otra cuando esta  otra ya está  resquebrajada, y que,  al nacer la nueva forma, esta  destruye completamente la anterior.

¿Ello no constituiría, en definitiva, una teoría o una filosofía de la historia? La respuesta es negativa: esa  generalidad del proceso no es la unificación o la totalización de una diversidad dispersa. Si quisiéramos (a la manera del marxismo vulgar) unificar y totalizar la dispersión de las formas, y considerar que  la determinación económica está presente del comienzo al fin de la historia, no entenderíamos el lenguaje de Marx en  los  Grundrisse, ni  sus  análisis del  mundo antiguo y medieval. Por ejemplo, cuando habla de la propiedad en la antigüedad grecorromana, más  allá de afirmar que  tal propiedad era la propiedad común de la tie- rra, dice también que su finalidad no era la producción de riquezas, sino favorecer la creación de mejores ciudadanos. Esto significa que el conte- nido de la economía antigua no es económico. De la misma manera, no es casual que  Marx se refiera al modo de dominación asiático y al modo de dominación feudal, y no al modo de producción asiático o feudal, ya que  en  tales formaciones no  es  lícito hablar de  modo de  producción. Esas observaciones indican que  la distinción entre estructura económi- ca y superestructura política, jurídica y cultural no es universalizable4.

En  efecto, en las llamadas formas precapitalistas, la producción tiene como finalidad producir valor  de uso,  mientras que  en el capita- lismo su  finalidad es la valorización del  valor. En  las  formas precapi- talistas, justamente porque la finalidad de la producción es el valor  de uso,  no se puede separar lo económico de aquello que  lo determina. Lo económico es  determinado por  lo religioso, lo político, el sistema de parentesco, etc., es decir, por  todo aquello que en el capitalismo forma- rá parte de la superestructura. En  la forma precapitalista es imposible separar los contenidos de las categorías jurídicas y económicas, porque la propiedad de  la tierra está  ligada, o a la condición del  soberano, o a la condición del ciudadano; esto  es, la propiedad de la tierra es polí- tica  y define una relación extraeconómica; en  el modo de  producción capitalista la condición de ciudadano y la de propietario están separa- das,  y la economía determina a la política. En  la forma precapitalista, para obtener el excedente es preciso emplear mecanismos de represión, coerción, violencia física, vale  decir, acciones extraeconómicas; en  la forma capitalista, el excedente es retirado de  manera directa del  pro- ductor por  vías exclusivamente económicas. Por  lo tanto, en las formas precapitalistas, las  superestructuras forman parte necesariamente del modo de producción, mientras que en la forma capitalista la separación de  la economía en  relación con  los  otros dominios es fundamental; o sea,  las  superestructuras son  precondiciones externas a la  economía. En las formas precapitalistas, las relaciones de producción constituyen un  presupuesto, pero, por  ser  la comunidad lo fundamental, son  algo abstracto; en el modo de producción capitalista sucede exactamente lo contrario: la comunidad es abstracta y las relaciones de producción son lo fundamental y concreto. Eso  significa, por  lo tanto, que  también la expresión relaciones  de producción tiene un  sentido completamente di- ferente en las formas precapitalistas y capitalista, o más  bien, hablando con rigor, solamente en el capitalismo hay relaciones  de producción (esa expresión no tiene sentido en el mundo antiguo y en el feudal).

  

4 Al examinar los diversos aspectos no universalizables de las formas precapitalistas y ca- pitalista, Fausto deja  claro que  no hay,  como juzga Castoriadis, determinismo económico ni economicismo.

 

Tampoco puede ser universalizada la relación entre materia y for- ma,  que  se refiere al progreso técnico o a lo que  sucede con  las  fuer- zas  productivas. En  las  formas antiguas hay,  evidentemente, empleo de la técnica, pero es reducido, aleatorio e intermitente. Y, sobre todo, la producción económica no  exige  la creación de  nuevas técnicas, no impone la necesidad de nuevos saberes para el desarrollo de las fuerzas productivas; se da una especie de exterioridad entre la materia y la for- ma.  Por el contrario, en el modo de producción capitalista la materia es impregnada por  la forma: el capital (la forma) se apodera de todas las manifestaciones de la base  material, imponiéndoles cambios incesantes y permanentes, con  lo cual  las técnicas y las condiciones de las fuerzas productivas no  cesan de transformarse. El sistema impone constante- mente el desequilibrio entre la materia y la forma para que  esta  pueda imponerse sobre la materia, pues esa es la condición del desarrollo del sistema; sin embargo, también es la condición de las crisis del sistema, crisis que  son  constitutivas del mismo.

La  noción de  crisis  permite presentar otra diferencia entre las formas precapitalistas y el modo de producción capitalista. En  los dos casos, la  crisis es  analizada por  Marx  a partir de  la  relación entre lo finito y lo infinito. Fausto parte de la diferencia entre límite  y barrera, propuesta por  Marx  en  algunos de  sus  textos. La  noción de  límite  es empleada en  sentido spinoziano (omnis determinatio negatio  est,  toda determinación es una negación)5: límite es aquello que  configura en la propia cosa  el ser que  ella tiene; es su interior o su configuración inter- na, a partir de la cual  establece su relación con el exterior. La barrera es aquello que,  viniendo de afuera, se aproxima al límite, se apoya en él, y que,  dependiendo de  su  fuerza, puede plegarse gradualmente hasta tornarse límite, vale decir, penetrar en el interior de la cosa  y reconfigu- rarla. En la antigüedad, el sistema se define como finito, estando delimi- tado el punto más  allá  del cual  este  no puede avanzar sin destruirse: la autoconservación del sistema es su límite, traspasado el cual  el sistema se pierde. De esta  manera, en las formas antiguas el límite  se torna  una barrera  que  protege al sistema y que,  si es traspuesta, lo destruye. El capitalismo, por  el contrario, se define como infinito; en ese sentido, se puede decir que al comienzo no posee barreras externas, sino  sólo lími- tes internos o inmanentes; pues cuando el capital empieza a acumular- se derriba todas las barreras externas que  impiden su desarrollo, colo- cándolas en su propio interior o convirtiéndolas en límites internos. Sin embargo, como es infinito, el capital es la negación de cualquier límite, de manera que  la interiorización de la barrera transformada en límite significa que  no hay más  barreras ni límites.

 

5 En la Parte I de la Ética,  Spinoza define lo finito diciendo: “Es finita la cosa  limitada por otra de la misma naturaleza”. En  una carta a uno  de sus  corresponsales, Spinoza explica la  finitud como un  límite que  marca la  diferencia entre una cosa  y las  demás, y usa  la expresión que  Hegel  y Marx  volverán célebre: omnis determinatio negatio  est, toda deter- minación es negación.

 

 

La finitud de las formas precapitalistas se expresa en el conjunto de sus límites: tienen el límite de la propiedad –no es de todos–, el límite de  la libertad –es de  uno  solo  en  el despotismo oriental, y de  algunos en Grecia y en Roma–, el límite de la igualdad –es de algunos y no  de todos–, y el límite de la satisfacción –es para algunos y no  para todos. La finitud significa que  la forma está  organizada de tal manera que  no puede ir más  allá de su límite, pues este  la define de adentro para afue- ra; es su propio ser. Por  lo tanto, sobrepasar el límite significa perder el ser, destruirse. La destrucción ocurre en el instante en que  una barrera externa se adhiere al límite y va empujando la forma, procurando que- brarla. Para enfrentar la barrera externa, la forma intenta empujar el límite, ampliarlo; pero como la barrera se adhirió al límite, el esfuerzo para quebrar la barrera también quiebra el límite, y la forma es destrui- da6.  En  la forma capitalista, como en las otras, el límite es inmanente. Sin embargo, el capital tiene la peculiaridad de incorporar en su interior las barreras externas –succiona por  entero la exterioridad. El capital es el infinito. La diferencia entre el modo de producción capitalista y las formas precapitalistas está  en que,  en él, después de interiorizadas las antiguas barreras, incorporadas como límites internos, nuevas barreras van  a emerger como limitaciones derivadas de  su  desarrollo interno. En las formas precapitalistas las barreras son  posteriores al límite y no pueden ser superadas, mientras que en la forma capitalista las barreras son  interiores y pueden ser  superadas, esto  es, absorbidas por  el lími- te.  Pero  en  cada superación surgen nuevas barreras, de  suerte que  la muerte del sistema no proviene, como en las formas precapitalistas, del hecho de superar las  barreras, sino  de que  él no  puede superarlas sin producir otras. El capital es el mal  infinito7.

 

6 Se ve así cómo Fausto torna inteligible lo que  a Lefort le parecía una aporía o una doble historia, esto  es, la presencia de un tiempo endógeno y un tiempo exógeno.

 En las formas precapitalistas, la historia es la de la comunidad o la identidad, amenazada por la pérdida del límite interno y por la existencia de una barrera externa. La crisis de las formaciones precapitalistas es una crisis de su identidad. En  el capitalismo, se da exactamente lo contrario: como él es la absorción de toda exterioridad, nada exterior puede destruir su realidad y esta no es la identidad sino  la contradicción. El capitalismo se define por la imposibilidad de la identidad, porque su presupuesto ince- santemente repuesto es la separación: separación de todos los momentos del proceso de trabajo, separación entre individuo y sociedad, separación entre estructura y superestructura, separación entre las esferas de la su- perestructura. Ese modo de producción es el modo de la no identidad, en el cual  “todo lo que  es sólido se desvanece en  el aire”. Las  formas pre- capitalistas terminan cuando pierden la  identidad; la  forma capitalista terminará cuando una identidad aparezca, cuando la contradicción sea llevada a su punto extremo y el proceso de la negación de la negación, la revolución, ponga fin a la contradicción y establezca la identidad.

La distinción y el entrecruzamiento entre génesis, devenir y de- sarrollo permiten a Marx  discutir las relaciones entre necesidad y con- tingencia, necesidad y libertad. La temporalidad interna de una forma histórica es obviamente necesaria, pues se trata del  movimiento de la reflexión y constitución del sujeto. La temporalidad externa es contin- gente, pues depende de múltiples acontecimientos externos al sistema. Sin  embargo, Marx  considera los períodos de transición como necesa- rios.  Eso  significa que  la  temporalidad  externa adquiere necesidad y que el tiempo interno se vuelve contingente. Vale decir: no existe  ningu- na garantía sobre cuál  será  la forma que  irá  a suceder a otra; no existe garantía de que  sólo  la necesidad interna del desarrollo será  suficiente para alcanzar el devenir. La contingencia es afectada por  la necesidad porque la forma que  va a desaparecer ofrece los presupuestos necesa- rios  para la forma siguiente; la desaparición es contingente, pero esa contingencia es necesaria porque la destrucción es el presupuesto de la forma siguiente. Sin  embargo, la necesidad también es afectada por  la contingencia, porque la forma anterior desaparece contingentemente. La  noción de  transición no  pretende establecer una continuidad eta- pista en la historia, sino  que  tiene la función de mostrar el cruce de lo necesario y lo contingente en cada pasaje de una forma a otra.

 

7 Fausto está  afirmando, por  eso,  que  este  es, en términos hegelianos, el mal  infinito, por el hecho de que impone enloquecidamente el desarrollo de las fuerzas productivas, porque es eso lo que valoriza el valor; sin embargo, ese desarrollo de las fuerzas productivas va mi- nando con  sus crisis el propio modo de producción. La crisis hace funcionar al sistema ya que  le permite desarrollar aún más  las fuerzas productivas; sin embargo, también la crisis es la prueba de que el sistema es finito, porque en cada gran crisis este precisa recuperarse, hecho que supone prácticamente comenzar de cero  a fin de resolver el momento crítico. El sistema no es verdaderamente eterno, antes bien, es el mal infinito porque tiene dentro de sí la finitud: la crisis es la presencia de la barrera y la presencia del límite.

 LOS  MODELOS DE  LA PRESENTACIÓN DE  LA HISTORIA

En  el Manifiesto, la cuestión central es la mera sucesión de lo que  era hasta aquí, lo que es ahora y lo que será  mañana, sin ningún movimiento  dialéctico, gracias a la lucha de  clases. En  La ideología  alemana, el núcleo es la división social del  trabajo: no  sólo  la historia es narrada considerando a  la  división social del  trabajo como su  hecho inaugu- ral,  sino  que  también se describe la emergencia de la ideología a partir de la división del trabajo entre trabajo material e intelectual. En  estas dos  obras, la revolución significa el final  de  la existencia de  las  clases oprimidas; y, también en  ambas, el capitalismo desarrolla las  fuerzas productivas hasta que  se tornan fuerzas destructivas que  lo minan por dentro. En los dos textos, la revolución es un acto  de fuerza que  depen- de de ciertas condiciones objetivas generales que  se dan  en la sociedad burguesa y que  llevan  al  proletariado a tomar conciencia de  sí como clase  explotada, pasando de  ser  clase  en sí a ser  clase  para  sí (pasaje que es el núcleo de la historicidad en ambas obras). En el Manifiesto, la revolución transforma al comunismo en el fin de la propiedad burgue- sa  y el inicio del  trabajo libre. En  La ideología  alemana, la revolución supone el comunismo como fin de la división del trabajo, y asegura la supresión del trabajo, por  lo cual  el trabajo que  existirá en la sociedad comunista no  será  el trabajo libre, tal  como aparece en  el Manifiesto, sino  una actividad creadora, expresión de la libertad en todos los cam- pos de la existencia humana.

En  El Capital  y en  los  Grundrisse pueden identificarse dos  dis- cursos dialécticamente contradictorios: el discurso explicitado sobre el decurso de  la  historia, y aquel discurso presupuesto sobre el mismo. Ahora  bien, los  meta-presupuestos y los  presupuestos serán efectiva- mente integrados en el esquema del buen infinito y el mal infinito. La li- bertad, la igualdad, la riqueza, la propiedad y la satisfacción son  finitas o limitadas en la antigüedad, son universalizadas y negadas por  la mala infinitud en el capitalismo, y se concretan en el comunismo, el buen in- finito. La antigüedad es la posición de la finitud; el capitalismo, la nega- ción  de la finitud en el mal infinito; y el comunismo, la negación del mal infinito capitalista en el buen infinito comunista. En  estas dos  obras, a diferencia de La ideología alemana, la ideología deja de ser un contenido falso  y sin sentido para transformarse en una verdad negativa.

Para marcar la diferencia entre la historia no  dialéctica del Ma- nifiesto y La ideología alemana, y la historia dialéctica de los Grundrisse y El Capital,  Fausto propone lo que  llama un  silogismo dialéctico, con el cual  entenderemos la reflexión efectuada por  la manufactura, y su diferencia respeto de la reflexión realizada por  la gran industria.

En un silogismo hay tres proposiciones (dos  premisas y una con- clusión); los dos  términos extremos se ligan  por el término medio con el fin  de  obtener la  conclusión. En  la  manufactura, el término medio es el instrumento, los términos extremos son  el trabajador y la materia prima. El silogismo dialéctico de la manufactura es el siguiente: el ins- trumento actúa sobre la materia prima (primera premisa), pero el tra- bajador colectivo maneja el instrumento (segunda premisa); entonces, en  verdad, el trabajador colectivo actúa sobre la materia prima; por lo tanto (conclusión), en la manufactura el sujeto es el trabajador colecti- vo, constituido por la mediación del instrumento. En la primera premisa el instrumento es el sujeto, en la conclusión el trabajador es el sujeto: es él y no el instrumento quien actúa sobre la materia prima. El silogismo de la gran industria es diferente porque, ahora, el término medio es el trabajador, los  términos extremos son  la materia prima y la máquina; y, en la conclusión, el sujeto es la máquina. La máquina actúa sobre la materia prima y el trabajador apenas vigila  el trabajo de  la  máquina, protegiéndola de perturbaciones. En la gran industria, el trabajo vivo (la actividad del trabajador) es apropiado por el trabajo objetivado o muer- to (la máquina), porque la relación del capital como valor que se apropia de  la  actividad de  valorización es  puesta en  el capital fijo,  que  existe como maquinaria. El trabajador es formalmente el soporte del capital, y materialmente el apéndice del capital. En el pasaje de la manufactura a la gran industria, el cuerpo inorgánico del hombre se pierde formal- mente y materialmente: si en la manufactura existe una comunidad de trabajadores parciales, eso  ya no  sucede en la gran industria, donde la comunidad es la comunidad de las máquinas. La subordinación real del trabajador al capital se da a través de la adecuación plena entre la forma y la materia, esto es, mediante la apropiación de la ciencia por el capital. La ciencia es, por lo tanto, el alma del capitalismo, al mismo tiempo que el trabajador pierde su alma; la ciencia también es el cuerpo inorgánico del capital, mientras que  el trabajador se vuelve  el cuerpo orgánico del capital. El trabajo muerto, que  la ciencia trae con  las máquinas, vampi- riza el trabajo vivo. Si reunimos el silogismo de la manufactura y el de la gran industria, percibimos que el pasaje de la una a la otra significa la supresión definitiva de la figura del trabajador como sujeto, y, asimismo, obtenemos el silogismo dialéctico general  del capitalismo. Este silogis- mo  no es otro que  el análisis que  Marx realiza de la transformación de la fórmula M-D-M (mercancía-dinero-mercancía) en la fórmula D-M-D’ (dinero–mercancía–dinero’).  Vale  decir: el silogismo del  modo de  pro- ducción capitalista es aquel en el cual,  efectivamente, no hay nadie; sólo hay dinero (por eso existe el fetichismo del capital).

 En  El Capital  y en los Grundrisse, el capitalismo es la formación social que,  por  primera vez, totaliza el proceso histórico. No totaliza la historia entera sino  que se totaliza y, al totalizarse, vuelve comprensible el resto de  la historia (la  estructura del  hombre explica la del  mono). El capitalismo se totaliza en el espacio, ocupando el planeta entero; se totaliza en  el tiempo, porque él es la transición de  la prehistoria a la historia; y, finalmente, efectúa una totalización interna de  su  propia estructura social en una totalización vertical.

Por  un  lado,  se  da  una discontinuidad entre capitalismo y co- munismo (como en todo pasaje de un  modo de producción a otro), en la  medida en  que  el capitalismo sólo  ofrece para el futuro los  presu- puestos, y nada más. Por  otro lado,  sin  embargo, el pasaje es diferente de todos los casos anteriores, pues se trata del pasaje de la prehistoria a la historia; no  es una mutación entre otras, sino  una revolución en sentido pleno. El fin del capitalismo deja  como presupuesto para el co- munismo el máximo desarrollo de las fuerzas productivas que  se da en la fase posindustrial, gracias a la ciencia y la tecnología; tal presupuesto es la condición para que  en  la sociedad comunista no  haya trabajo ni división social del trabajo, sino  libertad, creatividad e igualdad. En  El Capital,  el trabajo surge como una necesidad natural y, por  ello, consti- tuye  el ámbito de la no libertad; en esa obra, Marx  cree que aún existirá el trabajo en  la  sociedad comunista, como un  aspecto de  no  libertad que  permanecerá a la manera de un  fondo irremovible. Pero  en los Grundrisse, gracias a la idea  de posindustria y desarrollo de la ciencia, desaparece la convicción de que el trabajo material seguirá siendo nece- sario; los hombres no tendrán que ocuparse del trabajo material porque los autómatas lo harán. Se modifica, de esta  manera, el significado del trabajo: es creación, automanifestación del hombre en el saber y en las artes. En  los  Grundrisse, entonces, la  fórmula célebre, “de  cada uno según sus  capacidades, a cada uno  según sus  necesidades”, se vuelve efectivamente libertaria.

BIBLIOGRAFÍA

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Atilio A. Boron*

 

 

Teoría política marxista o teoría marxista de la política

 

 

*  Secretario Ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

 

 

1 He trabajado en profundidad estas ideas en los artículos compilados en Boron (2003).

 

 

 

 

 

 

LA REFLEXIÓN POLÍTICA marxiana debe, por derecho propio y legítima- mente, ocupar un  lugar destacadísimo en la historia de las ideas políticas y, más  aún, constituirse en uno  de los referentes doctrinarios primordiales para la imprescindible refundación de la filosofía política en nuestra época.

HUNTINGTON Y BOBBIO

 

La opinión más  difundida considera a Marx como un  economista polí- tico, tal vez como el “gran rebelde” entre los economistas políticos clási- cos. Otros, sin embargo, lo consideran como un sociólogo, mientras que no pocos dirán que fue un historiador. Casi todos, además, coinciden en caracterizarlo como el más  grande profeta de la revolución. Autores tan disímiles como Joseph Schumpeter y Raymond Aron, por ejemplo, seña- lan reiteradamente este carácter multifacético del fundador del materia- lismo histórico. En  efecto, Marx incursionó en cada uno  de estos cam- pos,  pero ¿cómo olvidar que  primero y antes que  nada fue un  brillante filósofo político?1. Sin embargo, hubo que  esperar que  pasara poco  más de un siglo de su muerte para que el nombre de Marx comenzara a reso- nar en los rancios claustros de la filosofía política. Reseñar las causas de este lamentable extravío excedería con  creces los objetivos de este artí- culo.  Bástenos con  recordar la opinión de un  intelectual ubicado en las antípodas de la tradición marxista; nos  referimos al teórico neoconser- vador Samuel P. Huntington, quien en su famoso libro El orden  político en las sociedades en cambio se hace eco del sentir predominante en esta materia, al decir que un error muy  frecuente es el de considerar a Lenin como un  discípulo de  Marx. Huntington asegura que,  si se  toman en cuenta los aportes realizados por el primero para la comprensión de –y la acción sobre– la vida política, Marx es apenas un rudimentario prede- cesor de Lenin, el gran sistematizador de una teoría del estado, inventor de una teoría del partido, y gran teórico (y práctico) de las revoluciones. Huntington  refleja así,  desde la  derecha, una opinión que  es  amplia- mente compartida inclusive en  los  medios de  izquierda (Huntington,

2002).  Su  venturoso retorno se relaciona, sin  duda, con  el agotamien- to y la pérdida de relevancia de la filosofía política convencional; pero fue  la  provocativa pregunta formulada por un  gran pensador italiano como Norberto Bobbio –una suerte de “socialista liberal” en la tradición de Piero Gobetti–, quien a mediados de los años setenta preguntaba “si existe una teoría política marxista”, la que  abriría la puerta a la recupe- ración del Marx filósofo político (Bobbio, 1976).

En  efecto, ¿cómo responder ante esa  pregunta? La contestación de Bobbio, como era  de esperarse, fue  negativa y mucho más  rotunda que  la  de  un  teórico neoconservador como Huntington. Si,  para este último, Marx  no tenía una teoría política, para Bobbio, por  su parte, ni Marx  ni  ningún marxista –como Lenin, por  ejemplo– habían desarro- llado  algo  digno de  ese  nombre. No  sólo  Marx  sino  todo el marxismo carecía de  una teoría política. Su  argumento podría, en  lo sustancial, sintetizarse en estos  términos. No podía existir una teoría política por- que  Marx  fue el exponente de una concepción “negativa” de la política, lo que,  unido al papel tan  notable que  en  su  teorización general se le asignaba a los factores económicos, hizo  que  no prestara sino  una oca- sional atención a los problemas de la política y el estado. Si, además de lo anterior, prosigue el profesor de Turín, se tiene en cuenta que  su teo- rización sobre la transición post-capitalista fue apenas esbozada en las dispersas referencias a la “dictadura del proletariado”, y que la sociedad comunista sería una sociedad “sin  estado”, puede concluirse, dice  Bo- bbio, que  no sólo  no existe  una teoría política marxista sino,  más  aún, que no había razón alguna para que Marx  y sus discípulos acometieran la empresa de crearla, si se tienen a la vista  las preocupaciones intelec- tuales y políticas que  motivaban su obra (Bobbio, 1976: 39-51).

Según nuestro entender, la respuesta de Bobbio es equivocada y, en  cuanto tal,  insostenible. Lo es en  el caso  de  la reflexión específicamente marxiana, y lo es mucho más  cuando dicho veredicto se refiere al marxismo como una gran tradición teórico-práctica. Suponer que  au- tores de la talla  de Engels, Kautsky, Rosa  Luxemburgo, Lenin, Trotsky, Bujarin, Gramsci, Mao, entre tantos otros, fueron incapaces de enrique- cer en un ápice el legado teórico del fundador del marxismo en el terre- no de la política –o de aportar algunas nuevas ideas, en el caso  de que Marx  no hubiera producido absolutamente nada en este  terreno– no es sino  un síntoma del arraigo que ciertos prejuicios anti-marxistas tienen en la filosofía política y las ciencias sociales en su conjunto, y ante los cuales ni siquiera un talento superior como el de Bobbio se encontraba adecuadamente inmunizado.

Un segundo aspecto que  debe  ser  considerado al analizar la res- puesta bobbiana remite al uso  indistinto que  hace este  autor cuando confunde “negatividad” con  “inexistencia”. Ambos  términos no  son  si- nónimos y, por  tanto, decir que  una teoría sobre algún tema en  parti- cular es “negativa” no  significa que  la misma sea  inexistente, sino  que la valoración que  en dicha teoría se hace de su objeto de indagación es negativa. Sostendremos en lo sucesivo que  un  argumento que  subraye la  negatividad de  ciertos aspectos de  la  realidad de  ninguna manera autoriza a descalificarlo como teoría. Y, en este  sentido, pese  a su con- cepción “negativa” de la política y el estado, Marx  ha  escrito cosas su- mamente interesantes sobre el tema. Se  puede estar o no  de  acuerdo con ellas,  pero su estatura intelectual las coloca en un plano no inferior a las teorías que  produjeran las más  grandes cabezas de la historia de la filosofía política en  el siglo  XIX. ¿Por  qué  colegir que  esas  ideas de Marx  no  constituyen una teoría? Bobbio no  nos  ofrece una argumen- tación convincente al respecto. Nos parece que,  más  allá de los méritos que  indudablemente tiene el  diagnóstico bobbiano sobre la  parálisis teórica que  afectara al marxismo durante buena parte del siglo  XX, su conclusión no  le hace justicia a la amplitud y profundidad del  legado teórico-político de Marx2.

Finalmente, es preciso señalar que resulta inadmisible buscar una “teoría política marxista” sin  que  tal  pretensión entre en conflicto con las premisas epistemológicas fundantes del materialismo histórico. Es decir, la pregunta por la existencia de una teoría “política” marxista sólo tiene sentido cuando se la construye a partir de los supuestos básicos de la epistemología positivista de las  ciencias sociales, irreductiblemente antagónicos a los  que  presiden la construcción teórica del  marxismo. Según esa  visión, dominante en las ciencias sociales, la teoría política se encargaría de estudiar, en  su  espléndido aislamiento, la vida  políti ca,  al  tiempo que  la  sociología estudiaría la  sociedad, y la  economía estudiaría la estructura y dinámica de  los  mercados, dejando de  lado toda consideración de  “factores exógenos” como la  política y la  vida social. Esta bárbara  escisión de  la  realidad –propia del  pensamiento fragmentador y reificador del  modo de producción capitalista, y en  el cual  el fetichismo de la mercancía inficiona todas sus representaciones mentales– es incompatible con  las  premisas fundantes de la tradición marxista. Veamos, entonces, cómo se puede concebir la reflexión sobre la política y lo político desde el marxismo.

2 Sobre esta  parálisis consúltese la obra de Perry Anderson (1976;  1986)  y el artículo de Javier Amadeo, “Mapeando el marxismo”, incluido en este  volumen.

 

SOBRE LA SUPUESTA  “DESERCIÓN” DEL  MARX FILOSÓFICO-POLÍTICO

Como  señala Umberto Cerroni, la “leyenda de  los  dos  Marx”  se inicia con  la popularización de las tesis  de Louis  Althusser quien, en su obra, distingue entre el Marx  “humanista e ideológico” de  la  juventud y el Marx  “científico” de la madurez (Cerroni, 1976:  23-27).  Para Althusser, la crítica a las categorías centrales de la filosofía política hegeliana rea- lizada por  el joven  Marx  no  es todavía “marxista”. El verdadero Marx, para el filósofo francés, sería el de la madurez, el “científico” que culmi- na luminosamente su complicado periplo intelectual con  un impecable análisis del  capitalismo. Debemos señalar, en  principio, que  esta  muy desafortunada escisión producida por  la  interpretación althusseriana contradice explícitamente la visión  de Marx  sobre su propio derrotero intelectual, y lleva  a  Althusser a  desvalorizar la  obra teórico-política del joven  Marx,  que  es arrojada por  la borda bajo  la acusación de “hu- manista” e “ideológica” (Althusser, 1975:  25).  En  esta  obra, Althusser fulmina toda la producción intelectual del Marx  anterior a la “ruptura epistemológica” de  1845;  el Marx  “científico” sería, en  cambio, aquel que  asomaría, en Londres, después de dicha ruptura.

En la actualidad, ese tajante rechazo del legado teórico del joven Marx  suena escandaloso, al igual  que la deplorable separación entre un Marx  “ideológico” y un  Marx  “científico”. Cerroni observa con  razón que  el dogmatismo althusseriano dejaría fuera del  patrimonio teórico del  marxismo “nada menos que  la crítica metodológica a Hegel  [y] el primer gran esbozo de una crítica al estado representativo”, plasmados en  textos tales  como la  Crítica  de la filosofía del derecho  de Hegel,  La cuestión judía  y los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 (Cerroni,

1976: 27). Ecos  lejanos y transmutados del estructuralismo althusseria- no se oyen  también en la obra de Ernesto Laclau, Chantal Mouffe y, en general, los exponentes del mal llamado “post-marxismo” –mal llamado porque los autores que se identifican bajo  esa etiqueta no son continua- dores y desarrolladores de la obra teórica de Marx,  sino  partidarios de un  modelo teórico desarrollado después de  Marx  y en  oposición a él.

 Es evidente que para esta  corriente la “superación” del marxismo es un asunto de ingenio retórico, y que  se resuelve en el terreno del arte del buen decir. No caben dudas de que  el marxismo habrá de ser superado algún día,  pero esto  no  es un  problema que  se resuelve en el plano de las controversias teóricas, sino  en el terreno mucho más  concreto de la práctica histórica de las sociedades. Para que tal superación se produz- ca será  necesario sepultar primero a la sociedad de clases, tarea nada sencilla por  cierto.

Es preciso, por consiguiente, destacar la unicidad del trabajo filo- sófico-político de Marx  y, a partir de ese punto, retomar el diálogo con Bobbio. Dice nuestro autor que  Marx  sabía muy  bien  lo que  aparente- mente ignoran ciertos marxistas: que  la filosofía de la burguesía como clase  en ascenso no era,  no podía ser, el idealismo alemán, sino  el utili- tarismo inglés. Pese  a ello, en su reflexión filosófico-política Marx  optó por dedicarse casi exclusivamente a Hegel,  un filósofo excéntrico, según Bobbio, y cuyas laboriosas elucubraciones poco  o ninguna relevancia poseían a la hora de pretender descifrar la cosmovisión de la burguesía y sus urgencias políticas.

Dos son los errores que encontramos en esta afirmación del autor italiano. Es cierto que la filosofía política burguesa de mediados del siglo XIX fuera de Alemania, y muy  principalmente en Inglaterra, considera- ba prioritarios los temas que obsesionaban a su “clase de referencia”, es decir, la burguesía. De ahí  que  asuntos tales  como el individualismo, la identificación del bien  con lo útil, el placer y el dolor como móviles de la conducta humana, y la cuestión del disciplinamiento social, ocupasen un  lugar tan  prominente en  la  agenda del  utilitarismo inglés. De ahí también la íntima conexión existente entre esta  corriente filosófica y el pensamiento de dos  de los padres fundadores de la Economía Política: David  Ricardo y Thomas Malthus. Pero  esto  no autoriza a sentenciar la irrelevancia de la obra filosófico-política de Hegel.

Por  otra parte, no  es verdad que  Marx  dedicara su  tiempo casi exclusivamente al examen del sistema filosófico hegeliano. Las  teorías de  los  padres fundadores de  la  economía clásica fueron objeto de  su meticuloso estudio, y no tan  sólo  en los aspectos relacionados con  sus componentes económicos: Marx  prestó mucha atención, por  ejemplo, a las  consideraciones éticas y morales de  autores como Adam  Smith (cuya Teoría  de los sentimientos morales era  conocida por  Marx), el ya mencionado Malthus y, en menor medida, Jeremy Bentham y los Mill, padre e hijo.  Marx  entendía que  era  imposible comprender las  activi- dades económicas al margen del complejo haz de mediaciones sociales, políticas, simbólicas y culturales que  las  sustentaban.  Desarrollemos ambos puntos por  separado.

En primer lugar, es correcto decir que la teoría hegeliana no pro- duce una radiografía adecuada de  la  ontología de  los  estados capitalistas. Sin  embargo, no  por  ello  deja  de  cumplir una crucial función ideológica: nada menos que  mostrar al estado burgués como la esfera superior de la eticidad y la racionalidad de la sociedad moderna, como el ámbito donde se resuelven civilizadamente las contradicciones de la sociedad civil. En otras palabras, mostrar al estado como este desea ser visto  por  las  clases subordinadas. Si  bien  la  crítica marxiana se  con- centró preferentemente en la obra de Hegel,  faltaría a la verdad quien adujera que  la reflexión teórico-política de Marx  apenas se circunscri- bió  a realizar un  “ajuste de cuentas” con  su pasado hegeliano. Incluso en  los  primeros años de  su  vida,  Marx  incursionó en  una crítica que, sobrepasando a Hegel,  tomaba como blanco los  preceptos fundantes del liberalismo político, pero no como ellos  se plasmaban en tal o cual libro, sino  en su fulgurante concreción en la Revolución Francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. En  un  texto contemporáneo a los dedicados a la crítica de Hegel  –nos  referimos a la ya citada Cuestión judía–  Marx  desnuda sin  contemplaciones los in- superables límites del liberalismo como filosofía política. En  términos gramscianos, podríamos decir que  mientras el utilitarismo suministra- ba  los  fundamentos  filosóficos que  la  burguesía necesitaba en  cuan- to clase  dominante, el hegelianismo hizo  lo propio cuando esa  misma burguesía se lanzó a construir su  hegemonía. Por  consiguiente, no  es poca cosa  que Marx  haya tenido la osadía de desenmascarar esta  estra- tégica función ideológica y legitimadora cumplida por  el hegelianismo, así  como los alcances de la filosofía política liberal. Pese  a su  alegada “excentricidad”, la reflexión de Hegel  constituía un  aporte mucho más importante que el de los utilitaristas para la justificación del estado bur- gués.  Este  último mal  podía legitimarse apelando a los  cálculos dife- renciales de placer y displacer ofrecidos por Jeremy Bentham, mientras que la concepción del estado –de un estado de clase,  recordemos– como expresión y garante de los intereses universales de la sociedad, y como árbitro neutro en el conflicto de clases, ofrecía, y aún ofrece, un  argu- mento mucho más  convincente para dicha empresa. En suma: Marx  no se equivocó al elegir  como blanco preferente de sus críticas a Hegel.

Por otra parte, es preciso que tengamos en cuenta el clima de épo- ca. La lenta descomposición de la formación social feudal había abierto un  período de incertidumbre ideológica que  empezó a clausurarse con la aparición de nuevas teorizaciones surgidas en el campo de la burgue- sía. Así, el filósofo político holandés, nacido en Rotterdam y residente la mayor parte de su vida en Inglaterra, Bernard de Mandeville, publicaría en 1714  un  libro de excepcional importancia: La fábula  de las abejas,  o los vicios  privados hacen  la prosperidad pública (1982), texto  en el cual el interés egoísta es resignificado, en abierta oposición a las doctrinas  y costumbres medievales, como conducente a la felicidad colectiva. Sin embargo, la fórmula indudablemente más  aclamada del exacerbado individualismo de  la  época se  resume en  la  famosísima metáfora de  la “mano invisible” que  popularizaría, más  de medio siglo después, Adam Smith. El impacto de la misma ha  sido  tan  fuerte que  ha  permeado el conjunto de las teorías económicas, sociológicas y filosóficas de su au- tor, quedando indisolublemente unida al nombre de su creador, como si en ella se agotara toda la riqueza de su análisis. Cabe señalar que Smith problematiza en no pocas ocasiones la supuesta mecánica de la “mano invisible” aludiendo explícitamente a  las  contradicciones y conflictos sociales que  atraviesan la  nueva sociedad. Smith menciona repetida- mente, y con  un  claro talante crítico, la tendencia prácticamente irre- sistible de  los  terratenientes, patronos y mercaderes a conspirar para esquilmar a  los  consumidores y los  trabajadores ante la  ausencia de una efectiva regulación gubernamental (Smith, 1981:  145).  No obstan- te, la idea  de la “mano invisible” encuentra una justificación de ultima ratio  en  la certeza de que  su  operación habrá de conducir a un  orden social en  el  cual  los  actores, todos ellos,  se  verán beneficiados. Para el filósofo moral de  la  Ilustración escocesa era  evidente que,  bajo  un sistema predominantemente librecambista, los individuos accederían a una vida mejor por comparación a aquella que les ofrecía un sistema de regulaciones mercantilistas como el que prevalecía en Inglaterra duran- te el siglo  XVIII. La meridiana claridad de autores como Adam  Smith, John Locke  y David Ricardo, y de sus contribuciones superadoras de las visiones predominantes en su época, se desvanece cuando sus  declara- dos  discípulos presentan ese  instrumental teórico bajo  la forma de un abigarrado manto de conceptos y categorías que  los entronizan como profetas de un  capitalismo cada vez más  salvaje. Pero, dejando esto  de lado,  digamos que  con  la publicación de La riqueza  de las naciones se cierra, con una sólida y majestuosa argumentación filosófica, económi- ca e histórica, el hiato abierto por  la crisis de las filosofías medievales, para otorgar al nuevo “sentido común” de la naciente sociedad capita- lista  un formidable estatus teórico.

Tomando lo anterior en  consideración, las  razones por  las  que el joven  Marx  concibe a la política de  la sociedad burguesa –en  reali- dad, la política de toda sociedad de clases– como una esfera alienante y alienada, y como algo “negativo,” parecerían ahora ser suficientemente claras. Su reformulación de la dialéctica hegeliana y su crítica al siste- ma de Hegel le permiten descubrir una falla fundamental en la reflexión filosófico-política del  profesor de  Berlín: su  renuncia a elaborar teóri- camente la densa malla de mediaciones existentes entre la política, el estado y el resto de la vida social.

Situar la originalidad del marxismo, por lo tanto, en el campo del análisis socio-económico, como lo hiciera Bobbio, lleva  a este autor a incurrir en un  equívoco similar al que  cometiera el por entonces teórico marxista italiano Lucio Colletti (lastimosamente “reconvertido” después a las huestes del neofascismo liderado por Silvio  Berlusconi) al afirmar que,  incluso en  la teoría del  estado, la contribución realmente decisiva del marxismo se limita exclusivamente a la exposición de las condiciones económicas necesarias para la extinción del orden estatal (Colletti, 1977). El solo  planteamiento de la cuestión desde una perspectiva que  escinde radicalmente lo económico de lo político, como hace Colletti, instala a este autor conceptualmente en la “jaula  de hierro” de la tradición liberal. No sorprende, en consecuencia, que remate su argumentación sostenien- do que todo discurso acerca de las vinculaciones entre dominación y ex- plotación, o entre lo político y lo económico, cae  fuera del campo de la teoría política “en sentido estricto” (Colletti, 1977: 146-149).

Sin embargo, y ya para finalizar este punto, no está de más  aclarar que nuestro rechazo de la desvalorización del legado marxiano en la teo- ría política, en la clave que proponen Bobbio o Colletti, no nos puede lle- var tan lejos como para adherir a una tesis que se sitúa en sus antípodas. Nos referimos a la planteada por el historiador inglés Robin Blackburn, para quien lo verdaderamente original de  la  teoría marxista no  se  en- cuentra en la filosofía ni en la economía, sino  en el campo de la política. (Blackburn, 1980).  Sin menospreciar el aporte de la obra teórico-política de Marx, creemos que  la teorización que  se plasma en El Capital (la teo- ría de la plusvalía; la del fetichismo de la mercancía y, en general, de la economía capitalista; la de la acumulación originaria; etc.) se encuentra mucho más  desarrollada y sistematizada que  la que  advertimos en  sus reflexiones políticas. Si a estas Marx les dedicó los turbulentos años de su juventud y algunos momentos de su vida adulta, a la economía política le cedió los 25 años más  creativos de su madurez intelectual.

EL  ESCÁNDALO DE  LA POLÍTICA

El punto de partida de nuestra reflexión sobre el carácter “negativo” de la política en  Marx  exige  repensar su  significado como una actividad práctica en  el conjunto de  la  vida  social. En  relación a esto,  identifi- caremos tres  tesis  fundamentales del filósofo de Tréveris, que  aún hoy conservan su capacidad para escandalizar a la filosofía política.

 

-           La  crítica radical de  la  religión y del  “cielo”  de  los  ciudadanos

–es decir, del estado y de la vida  política en general– sólo  puede ser  tal  a condición de ir acompañada de una simultánea crítica del “valle de lágrimas” terrenal donde desfallecen productores y trabajadores. Sería difícil  exagerar la importancia y la actualidad de  esta  tesis, toda vez  que  el saber convencional de  la filosofía política en sus  distintas variantes –el neocontractualismo, el co- munitarismo, el republicanismo y el libertarianismo– persiste en volver sus ojos hacia la política y hacia el cielo de la vida pública, con  total prescindencia de lo que  ocurre en  el embarrado suelo de la sociedad burguesa y en las estructuras opresivas y explota- doras de la economía capitalista. El aire  de irrealidad y de fanta- sía  que  preside sus  argumentaciones encuentra en esta  omisión su razón de fondo.

-           De acuerdo con  lo establecido en  la tesis  onceava sobre Feuer- bach, la filosofía no puede ser un saber meramente especulativo. Tiene  una tarea práctica inexcusable y de la que no debe  sustraer- se:  transformar el mundo en  que  vivimos, desenmascarando  y poniendo fin a la auto-enajenación humana en todas sus formas, sagradas y seculares. Para cumplir con  su misión, la teoría debe ser  “radical”, es decir, ir al fondo de las cosas, al hombre mismo como producto social y a la estructura de la sociedad burguesa que  lo constituye como sujeto alienado. La  teoría debe  “decir” cuál  es la verdad y denunciar todas las mentiras del orden social prevaleciente.

-           En  las sociedades clasistas, la política es la principal –si bien  no la única– esfera de la alienación, y, en  cuanto tal,  espacio privi- legiado de la ilusión y el engaño. El estado “realmente existente”

–no  el  postulado teóricamente por  Hegel,  sino  aquel contra el cual  Marx  tuvo  que  enfrentarse en  sus  escritos juveniles– es en realidad un  complejo dispositivo institucional puesto al servicio de intereses económicos bien  particulares, y garante final  de una estructura de  dominación y explotación que  la política conven- cional jamás pone en cuestión.

 Una  vez comprobado el carácter irremisiblemente clasista de los esta- dos,  y certificada la radical invalidación del modelo hegeliano del “es- tado ético, representante del interés universal de la sociedad”, el joven Marx  se  abocó a la  tarea de  explicar las  razones del  extravío teórico de Hegel.  ¿Qué  fue  lo que  hizo  que  una de las  mentes más  lúcidas de la historia de la filosofía incurriera en semejante error? Simplificando un  razonamiento bastante más  complejo, diremos que  la respuesta de Marx  se construye en  torno a esta  línea de razonamiento: si en  Hegel la  relación “estado/sociedad civil”  aparece invertida, ello  no  ocurre a causa de un vicio de razonamiento del filósofo, sino  que obedece a com- promisos epistemológicos más  profundos, cuyas raíces se  hunden en el seno  mismo de la sociedad burguesa, como años más  tarde tendría ocasión de  argumentar Marx  al  examinar el problema del  fetichismo de la mercancía. En  otras palabras, si Hegel  invirtió la relación “esta- do/sociedad civil” haciendo de esta  un mero epifenómeno de aquel, fue porque en  el modo de  producción capitalista todo aparece invertido: las  mercancías aparecen ante los ojos  de la población como si concu- rrieran por  sí mismas al mercado, y la sociedad civil aparece ante los ojos  de los comunes como una simple emanación del estado. Hegel  no fue  inmune al proceso de  fetichización universal que  caracteriza a la sociedad burguesa.

Sin  embargo, más  allá  de  estas críticas, es  preciso señalar un mérito fundamental de la obra de Hegel:  fue  él quien planteó por  pri- mera vez de  manera sistemática –y no  sólo  en  la Filosofía  del derecho sino  también en otros escritos, como la Filosofía  real– la tensión entre la dinámica polarizante y excluyente de  la sociedad civil,  en  realidad de la economía capitalista, y las pretensiones integradoras y universa- listas del estado burgués. No pudo resolver esa  contradicción, pero su señalamiento abrió la puerta por  la cual,  tiempo después, se internaría el joven  Marx.  Nos  parece, entonces, que  Bobbio no  pondera en  sus justos términos el valor  de esta  aportación hegeliana. Por eso, si bien  su observación de que en el siglo XIX el “centro de gravedad” de la filosofía política no  estaba en  Alemania sino  en  Inglaterra es correcta, su  sub- estimación de la contribución de Hegel  a la filosofía política no  lo es. Es más, podría afirmarse, sin  temor a exagerar, que  Hegel  es el primer teórico político de la sociedad burguesa que  plantea una visión  realista y descarnada de la sociedad civil estructuralmente escindida en clases sociales, y cuya  incesante dinámica remata en una irresoluble polariza- ción.  Hegel  observó con agudeza y preocupación ese rasgo, al punto tal que,  superando las estrecheces del utilitarismo y el laissez-faire predo- minantes en Inglaterra, abogó premonitoriamente por  una esclarecida intervención estatal para contrarrestar la creciente polarización que ge- neraba la sociedad burguesa. Para Hegel,  el abismo que  separaba ricos de  pobres planteaba un  grave  problema económico, político y moral, toda vez que  debilitaba irreparablemente los fundamentos mismos de la vida  estatal, fuente de toda eticidad y justicia. Son  estas considera- ciones las que,  finalmente, convierten a Hegel  en una suerte de precoz antecesor filosófico del keynesianismo.

La atenta lectura que  el joven  Marx  realiza del texto  hegeliano lo coloca en una región teórica inexplorada, de contornos muy  poco  cono- cidos: en los bordes de la filosofía política y a las puertas de la economía política. En  los bordes, porque la reflexión del profesor de la Universi- dad  de Berlín había demostrado dos cosas: la íntima conexión existente entre la política y el estado y, por  otra parte, ese tumultuoso reino de lo privado que se subsumía bajo  el equívoco nombre de “sociedad civil”; y la futilidad de teorizar sobre aquellos temas al margen de una cuidado- sa teorización sobre la sociedad en su conjunto y, muy  especialmente, sobre los fundamentos materiales del  orden social. Y a las  puertas de la economía política, porque si se quería trascender la mera enuncia- ción  de la relación, punto hasta el cual  había llegado Hegel,  era preciso avanzar en la exploración de la anatomía de la sociedad civil y, para esa empresa, el arsenal conceptual y metodológico disponible en la filosofía política era  claramente insuficiente. Era  indispensable echar mano a una nueva “caja de herramientas” teóricas, a un novísimo instrumental que, no por casualidad, había desarrollado una nueva ciencia, la econo- mía  política, en  el país  donde las  relaciones burguesas de producción habían alcanzado su forma más  pura y desarrollada: Inglaterra. Hacia allí se dirigió Marx.

¿EXISTE UNA TEORÍA  POLÍTICA  MARXISTA?

Estamos en  condiciones, ahora, de retornar a nuestro punto de parti- da:  la pregunta bobbiana acerca de la existencia de una teoría política marxista. Tal como lo anticipáramos, según Bobbio no existe  tal teoría en  el marxismo, y esto  por  tres  razones básicas: por  el interés exclu- yente de los teóricos marxistas en  dilucidar las  cuestiones inmediatas relacionadas con  lo que  se suponía sería una inminente conquista del poder, lo que  relegaba a un  segundo plano el examen de las temáticas más  generales del estado capitalista; por  el carácter transitorio y, sobre todo, breve  que  se presumía tendría el estado socialista; y por  efectos de lo que  Bobbio denominara “el modo de ser  marxista” en el período histórico posterior a la Revolución Rusa y, sobre todo, la Segunda Gue- rra  Mundial.

El resultado de esta  combinación sitúa a Bobbio en una posición no demasiado distante del diagnóstico que  Perry Anderson propone en su obra Consideraciones sobre el marxismo occidental. Según Anderson (1976), el fracaso de la revolución en Occidente y la consolidación del estalinismo en la Unión Soviética impulsaron a la reflexión teórica mar- xista  a  alejarse rápidamente del  campo de  la  economía y la  política para refugiarse en  los intrincados laberintos de la filosofía, la estética y la epistemología, siendo la obra de Antonio Gramsci la más  notable excepción del período.

Ahora  bien: la forma misma en que Bobbio se plantea la pregunta remite inequívocamente a una perspectiva incompatible con  los plan- teamientos epistemológicos fundamentales del materialismo histórico. En función de tales  planteamientos, redoblamos la apuesta del filósofo italiano al sostener que  no  sólo  no  hay  sino  que  no  puede haber una teoría “política” marxista. ¿Por  qué?  Porque para el marxismo ningún aspecto o dimensión de la realidad social puede teorizarse al margen –o con  independencia– de la totalidad en la cual  dicho aspecto se consti- tuye.  Es imposible teorizar sobre “la política”, como lo hacen la ciencia política y el saber convencional de las ciencias sociales, asumiendo que ella existe  en una especie de limbo puesto a salvo  de las prosaicas rea- lidades de la vida  económica. La “sociedad”, a su vez, es una engañosa abstracción que  no  tiene en  cuenta el  fundamento  material sobre el cual  se  apoya. La  “cultura” entendida como la  ideología, el discurso, el lenguaje, las tradiciones y mentalidades, los valores y el “sentido común”, sólo  puede sostenerse gracias a su compleja articulación con  la sociedad, la economía y la política. Como  lo recordaba reiteradamente Antonio Gramsci, las separaciones precedentes sólo  pueden tener una función “analítica,” ser  recortes conceptuales que  permitan delimitar campos de  reflexión a ser  explorados de  un  modo sistemático y rigu- roso, pero que  de ninguna manera pueden ser  pensados –en  realidad, reificados- como realidades autónomas e independientes. Se convierte “una  distinción metodológica” como la que  separa la economía de  la política, advierte Gramsci, “en  una distinción orgánica y presentada como tal” (Gramsci, 1999: 41).

Es por  eso que  los beneficios que  tiene esta  separación analítica de las “partes” que constituyen el todo social se cancelan cuando el ana- lista  “reifica” esas  distinciones y cree,  o postula, como en  la tradición liberal-positivista, que  los resultados de sus  planteamientos metodoló- gicos adquieren vida propia y se constituyen en “partes” separadas de la realidad, “sistemas” (como en Parsons o Luhman) u “órdenes” (como en Weber) comprensibles en sí mismos con  independencia de la totalidad que  los integra y por  fuera de la cual  no adquieren su significado y fun- ción.  Al proceder de esta  manera, la vida  social termina teóricamente descuartizada en una pluralidad de sectores autosustentables: la econo- mía,  la sociedad, la política y la cultura son hipostasiadas y convertidas en realidades autónomas, cada una de las cuales requiere una discipli- na  especializada para su  estudio. Este  ha  sido  el camino seguido por la evolución de las distintas “ciencias sociales”: la economía estudia la vida  económica haciendo abstracción de sus  contenidos sociales y po- líticos; la sociología estudia la sociedad, despreocupada de las distintas manifestaciones de lo social en los terrenos de la economía y la política; y los  politólogos se entretienen elaborando ingeniosos juegos concep- tuales en los cuales la política es explicada por un conjunto de variables políticas. Conclusión: nadie entiende nada y las ciencias sociales hoy se enfrentan, en su absurdo aislamiento, a una crisis terminal3.

Como  sabemos, la desintegración de la “ciencia social” –que instalaba, por  ejemplo, en  un  mismo territorio a Adam  Smith y Karl Marx,  en  tanto poseedores de  una visión  integrada y multifacética de lo  social incompatible con  cualquier reduccionismo– dio  lugar a  nu- merosas disciplinas especiales, todas las cuales hoy  se hallan sumidas en graves crisis teóricas, y no precisamente por  obra del azar. Frente a una realidad como esta,  la expresión teoría “política” marxista no haría otra cosa  que  convalidar, desde la  tradición del  materialismo históri- co,  el frustrado empeño por  construir teorías fragmentadas y saberes disciplinarios que,  desde su unilateralismo, deforman la “realidad” que pretenden explicar. No hay  ni puede haber una “teoría económica” del mercado o del capitalismo en Marx;  tampoco hay  ni puede haber una “teoría sociológica” de la sociedad burguesa. Lo que  debe  haber, y afor- tunadamente hay, es un corpus teórico totalizante que unifique diversas perspectivas de análisis sobre la sociedad contemporánea, ninguna de las  cuales puede, por    sola,  iluminar satisfactoriamente un  aspecto aislado de la realidad. Es este,  precisamente, al rasgo distintivo del ma- terialismo histórico.

 

3 Hemos examinado in  extenso esta  situación en  nuestro Tras  el búho de Minerva (2000: 211-226).

 POLÍTICA, SOCIEDAD  DE  CLASES  Y ALIENACIÓN

Resumiendo: la concepción “negativa” de la política en Marx tiene como uno  de sus  fundamentos la teoría de la alienación. En  efecto, este iden- tificó la existencia de un  conjunto de prácticas, instituciones, creencias y procesos mediante los  cuales la  dominación de  clase  se  coagulaba, reproducía y profundizaba. Hallazgo fundamental que por sí solo le ase- gura a Marx un  sitial de privilegio en la historia de la filosofía política. El  corolario de  su  indagación condujo a nuestro autor a concluir que la política y el estado, lejos  de ser lo que  Hegel  decía, eran en  cambio estratégicas instancias de la alienación que contribuían a encubrir la ex- plotación del trabajo asalariado y, de ese modo, a preservar una sociedad radicalmente injusta. El análisis marxiano despojó al estado y la vida po- lítica de todos los ornamentos sagrados o sublimes que  los ennoblecían ante los  ojos  de  sus  contemporáneos, y los  mostró en  su  desnudez de clase.  Es por eso que  la lucha política no es para Marx un  conflicto que se agota en las ambiciones personales o se motiva en los más  elevados principios doctrinarios, sino  que  tiene una raíz profunda que  se hunde, a través de una cadena más  o menos larga de mediaciones, en el suelo de la sociedad de clases. Desaparecida esta, la política pasa a ser otra cosa y necesariamente adquiere una connotación diferente.

¿Qué  significaría, entonces, el “fin de la política” en Marx? Para responder este  interrogante es preciso subrayar que  su visión  de la fu- tura sociedad sin clases no es (como aún hoy aseguran sus detractores) algo  gris,  uniforme e indiferenciado. Este  es el paisaje que  pintan los adversarios de Marx,  o los filósofos que celebran la eternidad del capita- lismo. A los ojos del marxista, la sociedad sin clases se revela  en cambio como una vistosa acuarela en  la cual  las  identidades y las  diferencias étnicas, culturales, lingüísticas, religiosas, de género, de opción sexual, estéticas, etc.,  serán potenciadas una vez que  hayan desaparecido las restricciones que  impiden su  florecimiento: la sociedad de  clases y la explotación clasista. De lo que  se  trata, por  lo tanto, es  de  potenciar estas diferencias cuidando empero que  no  se conviertan en renovadas fuentes de desigualdades y/o de opresión social. En otras palabras, hay una diferencia estratégica que  no  debe  potenciarse ni  favorecerse: la diferencia de clase.  Todas las demás son  bienvenidas. El “progresismo burgués”, en cambio, desarrolla un falaz,  por  indiscriminado y abstrac- to, argumento a favor  de las diferencias, que alienta la creciente polari- zación clasista de nuestras sociedades. En otras palabras: debe  haber lí- mites al florecimiento de las diferencias. Hay una especie de diferencia que  es socialmente dañina y debe  ser eliminada: la diferencia clasista.

De lo que  se trata, en síntesis, es de aquilatar las contribuciones que  el planteamiento epistemológico marxista está en  condiciones de efectuar para el desarrollo de la filosofía política. La perspectiva totali- zadora del marxismo y su exigencia de traspasar las estériles fronteras disciplinarias en pos  de un  saber unitario e integrado, que  articule en un solo cuerpo teórico la visión de las distintas ciencias sociales, encie- rran la promesa de una comprensión más  acabada de la problemática política de la escena contemporánea. En  este sentido, una aportación decisiva de  Marx a la filosofía política se encuentra en  su  reivindica- ción  de la utopía.

La consecuencia de esta imprescindible recuperación de la uto- pía  es doble: por una parte, coloca a los filósofos políticos frente a la necesidad no sólo de ser críticos implacables de todo lo existente, sino de  proponer también nuevos horizontes hacia donde la  humanidad pueda avanzar. Por la otra, pone al descubierto la raíz profundamente conservadora de  todos aquellos que  renuncian a  hablar de  la  buena sociedad. Sin  este horizonte utópico, la filosofía política se convierte en un  saber inofensivo e irrelevante, en una lastimosa justificación del orden social existente.

Como  conclusión, entonces, debemos rechazar la pregunta acer- ca de la existencia de una teoría “política” marxista, subrayando su in- compatibilidad con  las  premisas mismas de  la  concepción epistemo- lógica  del  marxismo. Esa  pregunta puede formularse en  relación con la teorización weberiana, o la de la escuela de la “elección racional”, o neo-institucionalista, porque es congruente con  sus  presupuestos epis- temológicos. Es decir, la pregunta de Bobbio es inconducente y errónea en  el caso  del  marxismo, pero es  válida para las  otras tradiciones de pensamiento. Aceptarla en el caso  del marxismo significaría nada me- nos  que  admitir un  reduccionismo por  el cual  la política se explicaría mediante un  conjunto de  “variables políticas” tal  y como se  ve en  la ciencia política conservadora. A todas luces  esto  constituye una opción completamente inaceptable.

Contrariamente a  lo  que  sostienen tanto los  “vulgomarxistas” como sus  no  menos vulgares críticos de  hoy,  lo que  distingue al mar- xismo de  otras corrientes teóricas en  las  ciencias sociales –recordar a Lukács– no es la primacía de los factores económicos, ni políticos, sino el punto de vista  de la totalidad. Si alguna originalidad puede reclamar con  justos títulos la  tradición marxista es  su  pretensión de  construir una teoría integrada de  lo  social en  donde la  política sea  concebida como la resultante de un conjunto dialéctico –estructurado, jerarquiza- do y en permanente transformación– de factores causales, sólo algunos de los cuales son de naturaleza política, mientras que muchos otros son de carácter económico, social, ideológico y cultural.

Lo  que  hay  en  el marxismo, en  realidad, es  algo  epistemológi- camente muy  diferente: una “teoría marxista” –es  decir, totalizante e integradora– de  la política, que  integra en  su  seno  una diversidad de factores explicativos, que  trascienden las fronteras de la política, y que combina una amplia variedad de  elementos procedentes de  todas las esferas analíticamente distinguibles de  la vida  social. Así como desde el marxismo no  hay,  ni puede haber, una teoría “económica” del capi- talismo o una teoría “sociológica” de  la  sociedad burguesa, tampoco hay,  ni puede haber, una teoría “política” de la política. Lo que  hay  es una teoría que  plantea una reflexión integral sobre la totalidad de  los aspectos que constituyen la vida social, superadora de la fragmentación característica de  la  cosmovisión burguesa. Que  dicha teoría no  haya alcanzado los niveles de sofisticación que se encuentran en El Capital, o que  no posea un  grado de desarrollo análogo al que  encontramos en la obra de Marx  en relación con  el funcionamiento de la economía capi- talista, no significa que  no exista una teoría marxista sobre la política. Existe y su situación actual mal  podría ser juzgada como rudimentaria. Es  indudable que  un  esfuerzo muy  serio deberá hacerse a los  efectos de  contar con  una teorización más  adecuada y satisfactoria sobre los distintos aspectos que  hacen a la vida  política y el orden estatal en las sociedades capitalistas. Pero  este  reconocimiento no  podría nunca re- matar en la lisa y llana negación de los planteamientos y las perspecti- vas analíticas que sobre la vida política de las sociedades capitalistas se fueron acumulando a lo largo del  último siglo  y medio a partir de las pioneras investigaciones de Marx  sobre el tema.

 

BIBLIOGRAFÍA

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Francisco Fernández Buey*

 

 

Marx y los marxismos. Una reflexión para el siglo xxi

 

 

*  Catedrático de Filosofía del Derecho, Moral y Política de la Universidad Pompeu Fabra, Barcelona, España.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

KARL MARX ha sido, sin duda, uno  de los faros intelectuales del siglo XX. Muchos trabajadores llegaron a entender, a través de la palabra de Marx, al menos una parte de sus sufrimientos cotidianos, aquella que tiene que ver con la vida social del asalariado. Muchos obreros, que apenas sabían leer, lo adoraron. En su nombre se han hecho casi todas las revoluciones políti- co-sociales de nuestro siglo. En nombre de su doctrina se elevó también la barbarie del estalinismo. Y contra la doctrina que se creó en su nombre se han alzado casi todos los movimientos reaccionarios del siglo XX.

Prácticamente toda forma de poder que  haya navegado durante estos  cien  años bajo  la  bandera del  comunismo ha  muerto ya.  Sería presuntuoso anticipar lo que  se dirá en el siglo XXI sobre esta  parte de la historia del  siglo  XX. Pero  una cosa  parece segura: cuando se lea  a Marx,  se lo leerá como se lee a un clásico.

A veces se dice:  los clásicos no envejecen. Pero  eso es una imper- tinencia: los clásicos también envejecen. Aunque, ciertamente, de otra manera. Un clásico es un  autor cuya  obra, al cabo del tiempo, ha enve- jecido bien (incluso a pesar de sus devotos, de los templos levantados en su nombre o de los embalsamamientos académicos).

Marx  es un clásico. Un clásico interdisciplinario. Un clásico de la filosofía mundanizada,  del  periodismo fuerte, de  la historiografía con ideas, de la sociología crítica, de la teoría política con punto de vista.  Y, sobre todo, un clásico de la economía que no se concibe sólo como cre- matística. Contra lo que se dice a veces,  no fue Marx  quien exaltó el pa- pel esencial de lo económico en el mundo moderno. Él tomó nota de lo que estaba ocurriendo bajo  sus ojos en el capitalismo del siglo XIX. Fue él quien escribió que había que rebelarse contra las determinaciones de lo económico. Fue él quien llamó la atención de los contemporáneos so- bre las alienaciones implicadas en la mercantilización de todo lo huma- no. Leen  a Marx  al revés  quienes reducen sus obras a un determinismo económico. Como  leyeron a Maquiavelo al revés  quienes sólo vieron en su obra desprecio de la ética en favor  de la razón de Estado.

Marx  no cabe  en ninguno de los cajones en que  se ha dividido el saber universitario en este  fin de siglo.  Pero  está  siempre ahí,  al fondo, como el clásico con  el que  hay  que  dialogar y discutir cada vez que  se abre uno  de  estos  cajones del  saber clasificado: economía, sociología, historia, filosofía.

Cuando uno  entra en la biblioteca de Marx,  la imagen con la que sale  es la de que  allí vivió y trabajó un  “hombre del Renacimiento”. Tal es la diversidad de temas y asuntos que  le interesaron. Y eso que  lo que él llamaba “la  ciencia”, su  investigación socioeconómica de  las  leyes o tendencias del  desarrollo del  capitalismo, la hizo,  casi  toda, en  una biblioteca que  no era  la suya:  la del Museo Británico.

Una  obra que  no  cabe  en  los  cajones clasificatorios de  nuestros saberes es siempre una obra incómoda y problemática. Y, ante ella, hay dos actitudes tan típicas como socorridas. Una es la de los devotos. Con- siste en  proclamar que  el Verdadero y Auténtico  Saber es,  contra las clasificaciones establecidas por la  Academia,  el de  Nuestro Héroe. La otra actitud consiste en aferrarse a los cajones y despreciar el saber incó- modo, como diciendo: “si alguien no ha sido filósofo profesional, ni eco- nomista matemático, ni sociólogo del ramo, ni historiador de archivos, ni neutral teorizador de lo político, es que no es nada, o casi nada”.

La primera actitud convierte al clásico en un  santo, aunque sea un  santo laico.  La  segunda actitud ningunea al  clásico y recomienda a los  jóvenes que  no  pierdan el tiempo leyéndolo (aunque luego  estos acaben revisitándolo casi  a escondidas).

Si el clásico tiene que  ver, además, con  la lucha de clases, y ha  to- mado partido en ella, la cosa se complica. Pues los hagiógrafos convertirán la Ciencia de Nuestro Héroe en Templo, y los académicos le imputarán la responsabilidad por toda villanía cometida en su nombre desde el día de su muerte. Por eso, y contra eso, Bertolt Brecht, que era de los que hacen pe- dagogía desde la Compañía Laica de la Soledad, pudo decir con razón: “Se ha escrito tanto sobre Marx que éste ha acabado siendo un desconocido”.

 ¿Y qué  decir de un  conocido tan  desconocido sobre el que  se ha dicho ya de todo y todo lo contrario? Pues, una vez más, que  lo mejor es  leerlo. Como  si  no  fuera de  los  nuestros, como si  no  fuera de  los vuestros. Como  se lee a cualquier otro clásico cuyo amor el propio Marx compartió con  otros que  no  compartían sus  ideas: a Shakespeare, Di- derot, Goethe, Lessing, Spinoza, Hegel.  Tratándose de Marx,  conviene precisar: leerlo, no “releerlo”, como se pretende tantas veces  cuando se habla de los clásicos. Porque para releer de verdad a un clásico hay que partir de una cierta tradición en la lectura. Y, en el caso  de Marx,  aquí, entre nosotros y en  España, no  hay  apenas tradición. Sólo  hubo un bosquejo, el que  produjo Manuel Sacristán, hace ahora treinta años. Y, en España, ese esbozo de tradición quedó truncado. Hablando de Marx, casi todo lo demás han sido  lecturas fragmentarias e intermitentes, lec- turas instrumentales, lecturas a la búsqueda de citas convenientes, lec- turas traídas o llevadas de los pelos  para acogotar con ismos a los otros, o para demostrar al prójimo, con  otros ismos, que  tiene que  arrepentir- se y ponerse de rodillas ante eso que ahora se llama pensamiento único. Esto que  digo  de España vale también, quizás, para América Latina.

Marx  sin  ismos, pues. Es preciso entender a Marx  sin  los ismos que  se crearon en su nombre y contra su nombre.

I

 

Karl  Marx  fue un revolucionario que quiso pensar radicalmente, yendo a la raíz  de las cosas. Fue  un ilustrado crepuscular: un ilustrado opues- to a toda forma de despotismo, que  siendo, como era,  lector asiduo de Goethe y Lessing, nunca pudo soportar el dicho aquel de  todo  para el pueblo  pero sin el pueblo. Karl  Marx  fue, de joven,  un liberal que,  con la edad, y viendo lo que  pasaba a su alrededor (en  la Alemania prusiana, en la Francia liberal y en Inglaterra, el hogar clásico del capitalismo), se propuso dar  forma a la más  importante de las herejías del liberalismo político del siglo XIX: el socialismo.

El joven de Tréveris se hizo  socialista y deseó e intentó convencer a los  trabajadores de  que  el mundo podía cambiar de  base, de  que  el futuro sería socialista, porque en el mundo que le tocó  vivir (el de las re- voluciones europeas de 1848,  el de la liberación de los siervos en Rusia, el de las luchas contra el esclavismo, el de la guerra franco-prusiana, el de la Comuna de París, el de la conversión de Estados Unidos de Nor- teamérica en potencia económica mundial) no había más  remedio que ser ya –pensaba él– algo más  que  liberales.

Desde  esa convicción, la idea  central que  Marx legó al siglo XX se puede expresar así: el crecimiento espontáneo, supuestamente “libre”, de las fuerzas del mercado capitalista desemboca en concentración de capi- tales; esta cae en el oligopolio y el monopolio; y este último acaba siendo negación no sólo de la libertad de mercado, sino también de todas las otras libertades. Lo que se llama “mercado libre” lleva en su seno la serpiente de la contradicción: una nueva forma de barbarie. Rosa Luxemburgo tradujo plásticamente esta idea  a disyuntiva: socialismo o barbarie.

Como  Marx  era  muy  racionalista, como aspiraba siempre a  la coherencia lógica, y como se manifestaba casi  siempre con  apasionada contundencia, no es de extrañar que  su obra esté  llena  de contradiccio- nes y paradojas. Y como usaba mucho en sus escritos la metáfora acla- radora y abusaba de los ejemplos, tampoco es de extrañar que  algunos de los ejemplos que puso para ilustrar sus ideas se hayan vengado de él, y que  no pocas de sus  metáforas se le hayan vuelto en contra. Así es el mundo de las ideas.

El propio Marx  llegó  a ver  algunas de  esas  contradicciones. Él, que  no  pretendió construir una filosofía de la historia, y que  así  lo es- cribió en 1874, tuvo que ver cómo la forma y la contundencia que había dado a sus  afirmaciones sobre la historia de los hombres hicieron que, ya en  vida,  fuera considerado por  sus  seguidores sobre todo como un filósofo de la historia. Él, que  despreciaba todo dogmatismo, que  tenía por  máxima aquello de que  hay que dudar  de todo,  y que  presentaba la crítica precisamente como forma de hacer entrar en razón a los dogmá- ticos, todavía tuvo  tiempo de ver cómo se construía un  sistema filosófi- co para los que  no tienen duda de nada y se exaltaba su método como llave maestra para abrir las puertas de la explicación de todo.

Este  Marx (sin ismos) tiene algo de paradójica grandeza y de con- flicto  interior no asumido. Creyó  que  la razón de su vida era  dar  forma arquitectónica a la investigación científica de la sociedad, pero dedicó meses y meses a polemizar con  otros sobre asuntos políticos que  hoy nos parecen menores. Creyó  que la historia avanza dialécticamente por su  lado  malo (e incluso por  su  peor lado), y tal  vez acertó en  general, pero no pudo o no supo prever que la verdad concreta, inmediata, de la razón fuera a ser otra forma de barbarie. ¿Acaso podemos, entre huma- nos,  hablar de progreso tan  en general?

Karl  Marx  amó tanto la razón ilustrada que se propuso, y propu- so a los demás, un  imposible: hacer del socialismo (o sea,  de un  movi- miento, de un  ideal) una ciencia. Hoy  nos  preguntamos si no  hubiera sido mejor conservar para eso el viejo nombre de utopía, seguir llaman- do al socialismo como lo llamaban el propio Marx  y sus amigos cuando eran jóvenes: pasión razonada o razón  apasionada. Pero  en un  siglo  tan positivista y tan  cientificista como el que  el Marx  maduro inauguraba, tampoco podía resultar extraño identificar la ciencia con  la esperanza de  los  que  nada tenían. Hasta es posible que,  por  eso  mismo, por  esa identificación, los de abajo lo amaran luego  tanto. Y es seguro que  por eso  casi  todos los  poderosos lo odiaron y aún lo odian (cuando no  se quedan con  su ciencia y rechazan su política).

 Marx  quería el comunismo, claro está,  pero no  lo quería crudo, nivelador de  talentos, pobre en  necesidades; aunque su  tono, a veces profético como el del trueno, parecía negar el epicúreo que  había en él.

¿Será el escándalo moral que  produce la observación de  las  desigual- dades sociales lo que  hace proféticos a los epicúreos? Sea  como fuere, Marx  estableció sin  pestañear que  la violencia es la comadrona de  la historia en  tiempos de  crisis; pero, al  mismo tiempo, criticó sin  con- templaciones la pena de muerte y otras violencias. Marx  postuló que  la libertad consiste en que  el Estado deje  de ser  un  órgano superpuesto a la sociedad para convertirse en un órgano subordinado a ella, aunque al mismo tiempo creyó  necesaria la dictadura del proletariado para llegar al comunismo, a la sociedad de iguales.

Marx,  el Marx  que se leerá en el siglo XXI, nunca hubiera llegado a imaginar que un día,  en un país  lejano cuya  lengua quiso aprender de viejo, sería objeto de culto cuasi-religioso en nombre del comunismo, o que  en otro país,  aún más  distante y del que  casi  nada supo, se le com- pararía con  el sol rojo que calienta  nuestros corazones. Pero  aquel tono con  el que  en algunas ocasiones trató de comunicar su ciencia a los de abajo tal vez implicaba eso. O tal vez no. Quizás el que esto haya ocurri- do fue sólo la consecuencia de la traducción de su pensamiento a otras lenguas, a otras culturas. Toda  traducción es traición. Y quien traduce para muchos traiciona más.

II

Marx  sin ismos, digo.  Pero  ¿es eso posible? ¿Y no será  eso desvirtuar la intención última de la obra de Marx? ¿Se  puede separar a Marx  de lo que  han sido  el marxismo y el comunismo modernos? ¿Acaso  se puede escribir sobre Marx  sin  tener en cuenta lo que  han sido  los marxismos en  este  siglo?  ¿No  fue  precisamente la  intención de  Marx  fundar un ismo, ese movimiento al que  llamamos comunismo? ¿Y no  es precisa- mente esta  intención, tan  explícitamente declarada, lo que  ha  diferen- ciado a Marx  de otros científicos sociales del siglo XIX?

Para contestar a esas  preguntas hay  que  ir por  partes. Marx  fue crítico  del marxismo. Así lo dejó  escrito Maximilien Rubel (1974)  en el título de una obra importante aunque no muy  leída. Rubel tenía razón. Que  Marx  haya pretendido fundar una cosa  llamada marxismo es más que  dudoso. Marx  tenía su ego,  como todo hijo  de vecino, pero no  era Narciso. Es cierto, en cambio, que  mientras Marx  vivió había algunos que lo apreciaron tanto como para llamarse a sí mismos marxistas. Pero también es verdad que  él mismo dijo aquello de “yo no soy marxista”.

Con  el  paso del  tiempo y la  correspondiente descontextualiza- ción,  esta  frase, tantas veces citada, ha ido perdiendo el significado que tuvo  en boca de quien la pronunció. Escribir sobre Marx  sin  ismos es, pues, para empezar, restaurar el sentido originario de  aquel decir de Marx.  Restaurar el sentido de una frase es como volver  a dar  a la pin- tura los colores que  originalmente tuvo:  leerla en su contexto. Cuando Marx  le dijo  a Engels, al parecer un  par  de veces  entre 1880  y 1881,  ya en su vejez,  “yo no soy marxista”, estaba protestando contra la lectura y el aprovechamiento que  por  entonces hacían de  su  obra económica y política gentes como los “posibilistas” y guesdistas franceses, intelec- tuales y estudiantes del  partido obrero alemán, y “amigos” rusos que interpretaban mecánicamente El Capital.

Por lo que  se sabe  de ese momento, a través de Engels, Marx dijo aquello riendo. Pero, más  allá  de  la broma, queda pendiente un  asunto serio: a Marx no le gustaba nada lo que empezaba a navegar entre sus con- temporáneos próximos con el nombre de marxismo. Por supuesto, no po- demos saber lo que hubiera pensado de otros recorridos posteriores. Pero lo que sabemos da pie a restaurar el cuadro de otra manera. No querría en- gañar a nadie: hacer de restaurador presenta algunos peligros, el principal de los cuales es que,  a veces,  uno  se inventa colores demasiado vivos que tal vez no eran los de la paleta del pintor, sino  los que aman nuestros ojos. Tratándose de  texto escrito pasa algo  parecido. Pero afrontar ese  riesgo vale la pena. Y afrontarlo no tiene por qué implicar necesariamente decla- rarse marxista. Esa  es otra cuestión. No hay  por qué  entrar en ella aquí. De la seria broma del viejo Marx sólo  pueden deducirse razonablemente dos  cosas. Primera: que  al decir “yo no soy marxista” el autor de la frase no  pretendía descalificar a la totalidad de sus  seguidores ni,  menos aún, renunciar a sus ideas o a influir en otros. Y segunda: que  para leer bien  a Marx no hace falta ser marxista. Quien quiera serlo hoy tendrá que  serlo, como pretendía el dramaturgo alemán Heine Müller, necesariamente por comparación con otras cosas. Y con sus propios argumentos.

III

Queda todavía la  otra pregunta: ¿se  puede escribir hoy  en  día  sobre Marx  sin  entrar en  el tema de  su  herencia política, es decir, haciendo caso  omiso de lo que  ha sido  la historia del comunismo en el siglo XX? Mi contestación a esa pregunta es: no sólo se puede (pues, obviamente, hay  quien lo hace), sino  que  se debe. Se  debe  distinguir entre lo que Marx  hizo  y dijo como comunista y lo que  dijeron e hicieron otros, a lo largo del tiempo, en su nombre. Querría argumentar esto  un poco.

La prostitución del nombre de la cosa de Marx, el comunismo mo- derno, no es ya responsabilidad de Marx. Mucha gente piensa que sí lo es, e ironiza ahora afirmando que  Marx debería pedir perdón a los trabaja- dores. Yo pienso que no. Diré por qué.  Las tradiciones, como las familias, crean vínculos muy fuertes entre las gentes que viven en ellas. La existencia de estos vínculos fuertes tiene casi siempre como consecuencia el olvido de quién es cada cual  en esa tradición: las gentes se quedan sólo con  el ape- llido de la familia, que es lo que se transmite, y pierden el nombre propio. Esto ha  ocurrido también en  la historia del  comunismo. Pero así  como es injusto culpabilizar a los hijos  que  llevan  un  mismo apellido de delitos cometidos por sus padres, o viceversa, así también sería una injusticia his- tórica cargar al autor del Manifiesto Comunista con los errores y delitos de los que siguieron utilizando, con buena o mala voluntad, su apellido.

Seamos sensatos por  una vez. A nadie se le ocurriría hoy  en día echar sobre los hombros de Jesús de Nazaret la responsabilidad de los delitos cometidos a lo largo de la historia por  todos aquellos que  lleva- ron  el apellido de  cristianos, desde Torquemada al  general Pinochet, pasando por  el general Franco. Y, con  toda seguridad, tildaríamos de sectario o insensato a quien pretendiera establecer una relación causal entre el Sermón de la Montaña y la Inquisición romana o española. No sé si en el siglo XVI alguien pensó que Jesús de Nazaret tenía que pedir perdón a los indios de América por  las barbaridades que  los cristianos europeos hicieron con ellos en el nombre de Cristo. Sólo conozco a uno que, con valentía, escribió algo parecido a esto.  Pero  ese alguien no dijo que el que tuviera que pedir perdón fuera Jesús de Nazaret; dijo que los que  tenían que  hacerse perdonar por  sus  crímenes eran los cristianos mandamases contemporáneos.

Y, para seguir con  las comparaciones, añadiré que  también hay algo que aprender de la restauración historiográfica reciente de la vida y los hechos de Jesús de Nazaret, a saber: que ha habido otros evangelios, además de los canónicos, y que  el estudio de la documentación descu- bierta al respecto en los últimos tiempos (desde los evangelios gnósticos a algunos de los Manuscritos del Mar  Muerto) muestra que  tal vez esas otras historias de  la  historia sagrada estaban más  cerca de  la  verdad que la Verdad canonizada. En esa odiosa comparación me he inspirado para leer  a Marx  a través de los ojos  de tres  autores que  no  fueron ni comunistas ortodoxos, ni marxistas canónicos, ni evangelistas: Korsch, Rubel y Sacristán. Hay  varias cosas que  diferencian la lectura de Marx que hicieron estos  tres  autores. Pero  hay otras, sustanciales para mí, en las que  coinciden: el rigor filológico, la atención a los contextos histó- ricos y la total ausencia de beatería, no sólo  en lo que  respecta a Marx, sino  también en  lo  que  atañe a  la  historia del  comunismo. También ellos hubieran podido decir (y, de hecho, lo dijeron a su manera) que no eran marxistas. Y, sin embargo, pocas lecturas de Marx  seguirán siendo tan  estimulantes como las que  ellos realizaron.

IV

Recupero entonces la  relación entre Marx y el comunismo moderno para señalar que  no  sólo  me  parece presuntuoso, sino  también manifiestamente falso,  deducir de  la desaparición del  comunismo como Poder la muerte de toda forma de comunismo. Concluir tal cosa  ahora es un  contrafáctico, es una afirmación contra los  hechos: en  el mun- do sigue  habiendo comunistas; personas, partidos y movimientos que se llaman así.  Los  hay  en  Europa y en  América,  en  África y en  Asia. Nuestros medios de comunicación, que  han publicado numerosísimas reseñas de  El  libro  negro  del comunismo, apenas si  se  han fijado  en ello, pero con motivo del 150 aniversario de la aparición del Manifiesto Comunista, ese mismo año,  se reunieron en  París 1.600  personas, lle- gadas de Asia y de África, de las dos  Américas y de todos los rincones de Europa, que  coincidían en esto: la idea  de comunismo sigue  viva en el mundo. Tampoco es  habitual ahora tener en  cuenta la  opinión de historiadores, filósofos y literatos que,  como el ruso Alexander Zino- viev o el italiano Giorgio Galli,  hacen hoy  la defensa del  comunismo, del otro comunismo, sin ser comunistas y después de haber cantado en décadas pasadas verdades como las del lucero del alba, que les valieron la acusación de anticomunistas. Son  los otros ex, de los que casi nunca se habla, aquellos que  fueron comunistas porque atendieron, contra la corriente, a las otras verdades.

Antes  de  ofrecerse como fiscal  para la  práctica, tan  socorrida, de  los  juicios sumarísimos en  los  que,  por  simplificación, se mete en un  mismo saco  a las víctimas con  los victimarios, conviene ponerse la mano en el corazón y preguntarse, sin  prejuicios, por  qué,  como decía el título de una película irónica, hay personas que no se avergüenzan de haber tenido padres comunistas; por qué, a pesar de todo, sigue  habien- do comunistas en un mundo como el nuestro.

Si sigue  habiendo comunistas en este mundo, es porque el comu- nismo de los siglos XIX y XX, el de los tatarabuelos, bisabuelos, abuelos y padres de los jóvenes de hoy,  no ha sido  sólo  poder y despotismo. Ha sido  también ideario y movimiento de liberación de los anónimos por antonomasia. Hay un Libro blanco  del comunismo que  se está  por  rees- cribir. Muchas de las páginas de ese libro, hoy casi desconocido para los más  jóvenes, las  bosquejaron personas anónimas que  dieron lo mejor de  sus  vidas  en  la lucha por  la libertad en  países en  los  que  no  había libertad; en la lucha por la universalización del sufragio en países en los que  el sufragio era  limitado; en la lucha en favor  de la democracia en países donde no había democracia; en la lucha en favor  de los derechos sociales de la mayoría allí donde los derechos sociales eran ignorados u otorgados sólo  a una minoría. Muchas de esas  personas anónimas, en España y en Grecia, en Italia y en Francia, en Inglaterra y en Portugal, y en tantas otras partes del mundo, no tuvieron nunca ningún poder, ni tuvieron nada que ver con el estalinismo, ni oprimieron despóticamente a otros semejantes, ni justificaron la razón de Estado, ni se mancharon las manos con  la apropiación privada del dinero público.

 Al decir que el Libro blanco  del comunismo está  por  ser reescrito, no  estoy  proponiendo la restauración de una vieja  leyenda para arrin- conar o hacer olvidar otras verdades amargas contenidas en los Libros Negros. No es eso. Ni siquiera estoy  hablando de inocencia. Como  sugi- rió Brecht (1998)  en un poema célebre, tampoco lo mejor del comunis- mo del siglo XX, el de aquellos que hubieran querido ser amistosos con el prójimo, pudo, en aquellas circunstancias, ser amable. La historia del comunismo del siglo  XX tiene que  ser  vista  como lo que  es, como una tragedia. El siglo  XX ha  aprendido demasiado sobre el fruto del árbol del Bien  y del Mal como para que  uno  se atreva ahora a emplear la pa- labra “inocencia” sin  más. Hablo, pues, de justicia. Y la justicia, como enseñó Walter Benjamin (1973), es también cosa  de la historiografía.

V

¿Qué  historiografía se puede proponer a los más  jóvenes? ¿Cómo enla- zar la biografía intelectual de Karl Marx con las insoslayables preocupa- ciones del presente? Estas son  preguntas que se pueden tomar como un reto intelectual hoy en día. No creo que haya una respuesta única a estas preguntas. Hay varias, y puede que sean complementarias. Una respues- ta posible nace del  asombro de  la  conciencia histórica ante la  escasa atención que  se presta a Marx en  un  mundo bárbaro como el nuestro. Los viejos  tiempos de Marx no volverán, desde luego. Pero podrían vol- ver al menos algunas de sus ideas para ayudarnos a salir del asombro.

Para los nuevos esclavos de la época de la economía global (que, según dice el profesor de Surrey, Kevin  Bales,  andarán rondando los 30 millones), para los  nuevos siervos del  siglo  XXI (que, según los  infor- mes de varias organizaciones internacionales son más  de 300 millones), para tantos y tantos inmigrantes sin  papeles  a los  que  el capitalismo explota diariamente sin  considerarlos ciudadanos, para los proletarios que  están obligados a ver  el mundo desde abajo (un  tercio de  la  hu- manidad), y para unos cuantos cientos de miles de personas sensibles que  han decidido mirar el mundo con  los ojos de estos  otros (y sufrirlo con  ellos),  el viejo  Marx  todavía tiene algunas cosas que  decir. Incluso después de que su busto cayera de los pedestales que para su culto cons- truyeron los adoradores de otros tiempos.

¿Qué  cosas son  esas?  ¿Qué  puede quedar vigente en la obra del viejo  Marx  después de  que  renegaran de  él hasta aquellos que  habían construido estados en  su  nombre y de  que  llegara la nueva era  de  las banderas y las religiones globalizadas?

Aunque Marx  sea ya un clásico del pensamiento socioeconómico y del pensamiento político, todavía no es posible contestar a estas pre- guntas al gusto de todos, como las contestaríamos, tal vez, en el caso  de algún otro clásico de los que  caben en el canon. Y no es posible porque Marx  fue un  clásico con  un  punto de vista  muy  explícito en una de las cosas que  más  dividen a los mortales: la valoración de las luchas entre las clases sociales.

Esto obliga a una restricción cuando se quiere hablar de lo que todavía hay de vigente en Marx. Y la restricción es gruesa. Hablaremos de  vigencia sólo  para los  asombrados, para los  que  siguen viendo el mundo desde abajo, con  los ojos  de los desgraciados, de los esclavos, de los proletarios, de los humillados y ofendidos de la tierra. No hace falta ser marxista para tener esa mirada, por supuesto, pero sí hace fal- ta algo  de lo que  no andamos muy  sobrados últimamente: compasión para con  las  víctimas de  la  globalización neoliberal (que  es  a la  vez, como se está viendo, capitalista, precapitalista y posmoderna). Y otra cosa:  hace falta fijarse cómo viven y cómo se las explota, independien- temente de que  hayan nacido en países de cultura islámica, cristiana, budista o confuciana.

Para ellas,  Marx  sigue  tan  vigente como Shakespeare para los amantes de la literatura. Y tienen sus razones. Voy a dar  algunas de las razones que podrían aducir estos  seres  anónimos, que sólo aparecen en los media  debajo de las estadísticas y en las páginas de sucesos, si deja- ran  de creer en el viejo cuento de las religiones institucionalizadas, los dioses salvadores, los tribunos que nunca van a las guerras y las bande- ras  bordadas para que  mueran bajo  ellas  los pobres de la tierra.

Marx  dijo  (en  el volumen primero de El Capital  y en otros luga- res) que, aunque el capitalismo ha creado por primera vez en la historia la base  técnica para la liberación de  la humanidad, sin  embargo, jus- tamente por  su  lógica  interna, este  sistema amenaza con  transformar las fuerzas de producción en fuerzas de destrucción. La amenaza se ha hecho realidad. Y ahí  seguimos.

Marx dijo (en el volumen primero de El Capital y en otros lugares) que todo progreso de la agricultura capitalista es un “progreso” no sólo en el arte de depredar al trabajador, sino  también, y al mismo tiempo, en el arte de depredar el suelo; y que todo progreso en el aumento de la fecundidad de la tierra para un plazo determinado es, al mismo tiempo, un  “progreso” en la ruina de las fuentes duraderas de esa  fecundidad. Ahora, gracias a la ecología y al ecologismo, sabemos más  de esa  am- bivalencia. Pero  los millones de campesinos proletarizados que  sufren por  ella en América Latina, en Asia y en África  han aumentado.

Marx  dijo  (en el Manifiesto Comunista y en otros lugares) que  la causa principal de la amenaza que  transforma las fuerzas productivas en fuerzas destructivas, y mina así las fuentes de toda riqueza, es la lógi- ca del beneficio privado, la tendencia de la cultura burguesa a valorarlo todo en dinero, el vivir en las “gélidas aguas del cálculo egoísta”. Millo- nes de seres  humanos, en África, Asia y América, experimentan hoy que esas aguas son peores, en todos los sentidos (no sólo el metafórico), que las que fueron navegadas hace años. Lo confirman los informes anuales de la ONU y de varias organizaciones internacionales independientes.

Marx  dijo (en un célebre discurso a los obreros londinenses) que el carácter ambivalente del  progreso tecnocientífico se acentúa de  tal manera bajo  el capitalismo que  obnubila las  conciencias de  los  hom- bres, aliena al trabajador en primera instancia y a gran parte de la es- pecie  humana por  derivación; y que  en  este  sistema “el dominio del hombre sobre la naturaleza es cada vez mayor; pero, al mismo tiempo, el hombre se convierte en esclavo de otros hombres o de su propia in- famia” (Marx, 1856).  Lo dijo  con  pesar, porque él era  un  amante de la ciencia y la técnica. Pero, visto  lo visto  en el siglo XX y lo que  llevamos del siglo XXI, también en esto  acertó.

Marx  dijo  (en  los  Grundrisse y en  otros lugares) que  la obnubi- lación de  la conciencia y la extensión de  las  alienaciones producen la cristalización repetitiva de las formas ideológicas de la cultura, en par- ticular de dos de sus formas: la legitimación positivista de lo existente y la añoranza romántica y religiosa. Hojeo los periódicos de ese inicio de siglo  y me veo, y veo a los pobres desgraciados del mundo, ahí  mismo, en la misma noria, entre esas dos formas de obnubilación de la concien- cia:  jaleando por  millones a Papas o a Emires que  condenan los anti- conceptivos en la época del SIDA, matándose en nombre de dioses que dejaron de existir después de Auschwitz, y consumiendo por  millones la última inutilidad innecesaria mientras otros muchos más  millones se mueren de hambre.

Marx  dijo  (ya de joven,  pero también de viejo)  que  para acabar con  esa  noria exasperante de  las  formas repetitivas de  la cultura bur- guesa hacían falta  una revolución y otra cultura. No dijo esto  por  amor a la violencia en  sí, ni  por  desprecio de  la alta  cultura burguesa, sino sencillamente con  la convicción de  que  los  de  arriba no  cederán gra- ciosamente los  privilegios alcanzados, y con  la convicción de  que  los de  abajo también tienen derecho a la  cultura. Han  pasado 150  años. Inútilmente se ha  intentado por  varias vías  que  los de arriba cedieran sus  privilegios, pero todos esos  intentos han fracasado. Y cuando los de abajo han hecho realidad su derecho a la cultura, los de arriba han empezado a llamar cultura a otra cosa. De esa constatación nace el fun- damento de la revolución.

Como   Marx   sólo   conoció los  comienzos de  la  globalización, y como era,  además, una pizca eurocéntrico, cuando hablaba de revolución pensaba en  Europa. Y cuando hablaba de cultura pensaba en  la  proletarización de  la  cultura ilustrada. Ahora, en  el  siglo  XXI, para hablar con  propiedad, habría que  hablar de  la necesidad de  una revolución mundial. Y para hablar de  cultura, habría que  valorar lo que  ha  habido de  bueno en  las  culturas de  los  “pueblos sin  historia”. Como  de momento no se puede hablar en serio de esto,  porque quienes podrían hacerlo no tienen ni siquiera las proteínas necesarias para ello, las gentes, en general, vuelven sus ojos nuevamente hacia las religiones. Lo que no se dice es que las religiones siguen siendo, como cuando vivía Marx,  “el suspiro de la criatura abrumada”, “el sentimiento de un mun- do sin corazón”, “el espíritu de los tiempos sin espíritu”.

A esa  mirada sobre el mundo desde abajo la llamó Marx  “mate- rialismo histórico”.

No hay duda de que,  desde entonces, se han producido otras mi- radas, tal  vez más  finamente expresadas. La pregunta que  deberíamos hacernos, al menos los que estamos asombrados por  lo que vemos aho- ra,  es esta:  ¿hemos producido algo  que  dé más  esperanza a los que  no tienen nada o, en  el asombro, vamos a acabar aceptando este  rosario de la aurora  de la razón  laica al que  nos  convocan los neoconservadores del Imperio, y a pasarnos todos a las religiones “no-fundamentalistas” mientras el mundo se hunde en la nueva barbarie?

 

 

VI

Otra forma posible de practicar el marxismo hoy,  con  Marx  pero “más allá de Marx”,  es prolongar el proyecto historicista y crítico de Antonio Gramsci. Como  ha  recordado Valentino Gerratana, que  ha  sido  su me- jor  conocedor, Gramsci escribió una vez en  los  Cuadernos de la cárcel que  el socialismo es la principal herejía del liberalismo. Yo creo  que,  ya en la época de Marx,  un  socialista, un  comunista o un  libertario tenían que  ser  “algo  más  que  liberales”. Esta era  una opinión generalmente compartida en el movimiento obrero desde 1848.  Y completamente consolidada después de 1871,  como consecuencia de la “barbarie libe- ral” contra la Comuna de París y los comuneros de toda Europa. Tanto es así que,  en ese contexto, incluso los liberales serios, como J. S. Mill, dudan y dan  un tinte socialista a su liberalismo.

Ahora  bien, ser  “algo  más  que  liberales” puede querer decir, en este  contexto, dos  cosas distintas: anti-liberales o libertarios. El movi- miento socialista inspirado por  Marx  ha  oscilado entre esas  dos  cosas y, en Marx  mismo, está  presente esa oscilación. Cuando se sabe  quiénes eran los “liberales” objeto del sarcasmo de Marx  (en particular el “libe- ralismo” alemán o los ideólogos del librecambismo), se comprende bien el paso del “algo más  que liberales” al “anti-liberales”. Pero  comprender no es aquí justificar.

Pienso que  el diálogo con  la tradición liberal (con  J. S. Mill para empezar) es beneficioso hoy  en  día  para los  socialistas. Precisamente porque ese diálogo puede servir para acentuar la vertiente libertaria del socialismo, que,  en  mi  opinión, es la sana. Pero, además, ese  diálogo puede servir para aclarar el tremendo equívoco presente en la acepta- ción  de que  el llamado “neoliberalismo” actual es el heredero de la tradición liberal. Esta aceptación (por  activa o por  pasiva) me  parece un error catastrófico derivado de la ignorancia. La herencia del liberalismo histórico no hay que  buscarla en los que  hoy se llaman neoliberales; en la cultura hispánica, está  en Bergamín, en Marichal y en sus herederos libertarios. Desde  la  tradición socialista, se  puede hacer un  ejercicio que,  sin  duda, resultará divertido a los  amantes de  la  historia de  las ideas: leer  a Piero Gobetti o el Socialismo liberal de Carlo  Roselli, que fue una obra despreciada por  “liberal” en los años treinta, y comparar- los con  la mayoría de los programas “socialistas” de ahora. Se verá,  en esa comparación, cómo el liberalismo histórico que se abría al socialis- mo  estaba mucho más  a la izquierda, por  así decirlo, que  el socialismo que  ahora se abre al “neoliberalismo”, que  las “terceras vías” y toda esa palabrería sin concepto.

Este diálogo puede servir para cerrar, de paso, la fractura históri- ca entre la tradición marxista y la tradición anarquista o libertaria que, en mi opinión, ya no tiene razón de ser. Tanto si pensamos en el debate histórico sobre la mejor forma de organización de los de abajo para su liberación (o  sea,  sobre si esta ha  de  ser predominantemente política o predominantemente  socio-sindical), como si pensamos en  la contro- versia sobre centralismo democrático y confederación, o en  el debate entre espontaneidad voluntarista y dirección consciente (que llega desde fuera de las clases trabajadoras), o en el debate acerca de la extinción o abolición del Estado, o en  la controversia entre Marx y Bakunin sobre la forma de entender la historia y la naturaleza humana (que  es lo que está por debajo de la controversia sobre acracia o dominación de clase), en todos los casos la conclusión a la que  me  parece que  hay  que  llegar es la misma: hace mucho tiempo que las posiciones sobre estos temas se han hecho transversales y no corresponden ya propiamente a posiciones exclusivas de organizaciones marxistas y organizaciones anarquistas.

Allí donde los viejos  debates siguen estando en primer plano, no hay apenas realidad social con la que enlazar. Y allí donde hay realidad social con  una intención transformadora (en algunos de los movimien- tos sociales críticos y alternativos del mundo actual), lo que fue el idea- rio  marxista y lo que  fue el ideario anarquista (o libertario) se han ido fundiendo, o casi.  Por  eso,  en líneas generales, hace ya varias décadas que  ni los medios de comunicación ni lo que  se suele  llamar “opinión pública” distinguen con  claridad entre ideas y acciones anarquistas e ideas y acciones marxistas. Más  bien  las  confunden; confunden cons- tantemente marxismo y anarquismo. Esto que  digo  era  ya muy  patente en los años setenta del siglo  pasado, durante el ciclo  en que  concluyen las movilizaciones de 1968.

Casi  todas las  cosas interesantes para un  punto de vista  revolu- cionario que tomaron cuerpo en torno a 1968, tanto en Europa como en Estados Unidos de Norteamérica, son  el resultado de la integración de ideas marxistas y anarquistas; esta  integración o complementación se produjo a partir de la reconsideración crítica, entonces en curso, de las ortodoxias tradicionales correspondientes. Esta reconsideración crítica afectó no sólo  a la versión estalinista y post-estalinista del comunismo marxista, sino  también a algunas de  la  ideas-fuerza del  propio Marx (por  ejemplo, la  noción de  “fuerzas productivas”) y de  Bakunin (por ejemplo, la idea  de “acción directa”).

La cuestión se hace aún más  patente cuando se intenta pensar en una política cultural alternativa para el presente, que  es lo que  algunos están haciendo ya en  el seno  del  actual movimiento de movimientos o movimiento alterglobalizador. Pues  tal política debería tener una agen- da  propia, autónoma, no  determinada por la imposición de las  modas culturales ni por el politicismo electoralista de los partidos políticos. Y, para esa tarea, importa poco  el hecho de que,  al empezarla, unos hablen de conquista de la hegemonía cultural, y otros de aspiración a la cultura libertaria omnicomprensiva. Lo  que  de  verdad importa es  ponerse de acuerdo sobre qué  puede ser ahora una cultura alternativa de  los  que están socialmente en peor situación, una cultura autónoma que  dé res- puesta al modelo llamado “neoliberal” y a lo que  se denomina habitual- mente “pensamiento  único”. Por desgracia, la  tradición politicista de unos y la tradición activista de otros no  dejan mucho tiempo, todavía, ni siquiera para pensar en lo que  debería ser la agenda de una cultura ateneísta alternativa. Se dedica mucho más  tiempo a la crítica, por lo demás fácil, del consumismo y los programas televisivos más  vistos. Ha- bría que  preguntarse, en  cambio, cómo se sale  en  nuestras sociedades del  “malestar  cultural”,  y cómo se  construye una nueva cultura de  la solidaridad internacionalista; qué redes de comunicación (más o menos subterráneas o minoritarias) existen ya,  y qué  redes habría que  crear para un uso  alternativo de los medios de comunicación existentes.

Para eso,  seguramente, se necesitan “grupos de afinidad” distin- tos de los existentes. Estos, en la mayoría de los casos, han sido  induci- dos por  la cultura dominante: bien  por  razones técnicas (cuando la afi- nidad queda reducida al uso de tales  o cuales tecnologías de la informa- ción  y la comunicación en constante expansión), bien  por motivaciones estrechamente políticas (derivadas, además, de  la agenda electoral de los partidos políticos mayoritarios). Los “grupos de afinidad” que  más falta  hacen ahora tendrían que  arrancar justamente de  la experiencia libertaria, la cual  pone el acento, no en lo político, ni en el uso  de tal o cual  técnica, ni en la limitación de las actividades a un solo asunto, sino en lo social y lo cultural (en un sentido amplio); y que, de paso, entiende el pluralismo como pluralidad de ideas, como método para facilitar la inventiva y garantizar la descentralización desde abajo, no  como per- manente cristalización de la superposición de corrientes.

VII

La conciencia histórica es, sin  duda, una vía insoslayable para volver a enlazar con Marx. Pero, como he dicho antes, no es la única. Ni siquiera es seguro que  sea  suficiente para entablar el diálogo intergeneracional que  hoy  se  necesita. La  tradición se  ha  roto; y, cuando una tradición se  rompe, no  basta con  recuperar los  conceptos que  un  día  sirvieron para fundarla: hay  que  encontrar nuevas formas de  expresión, nuevos lenguajes para la comunicación de  las  ideas. Por eso  la mejor manera de entender a Marx desde las preocupaciones de este comienzo de siglo, sobre todo si se quiere atender a las preocupaciones de los más  jóvenes, tal vez no pueda ser ya la sencilla reproducción de un  gran relato lineal que siga cronológicamente los momentos clave de la historia de Europa y del mundo en el siglo XX, como en una novela de Balzac o de Tolstoi.

Durante mucho tiempo esa  fue,  efectivamente, la forma, vamos a  decirlo así,  “natural” de  comprensión de  las  cosas; una forma que cuadraba bien  con la importancia colectivamente concedida a las tradi- ciones culturales y, sobre todo, a la transmisión de las ideas básicas de generación en generación. Pero  seguramente ya no es la forma adecua- da. A esto  se refería Pier  Paolo Pasolini (1975)  cuando escribió aquello de  que  por  burguesía no  hay  que  entender sólo  una clase  social, sino una enfermedad propiamente dicha;  una enfermedad que  es,  además, muy  contagiosa.

El gran relato lineal no es ya, desde luego, lo habitual en el ámbi- to de la narrativa. Y es dudoso que  pueda seguir siéndolo en el campo de  la  historiografía, cuando la  cultura de  las  imágenes fragmentadas que  ofrecen el cine,  la televisión y el video  ha  calado tan  hondamen- te en  nuestras sociedades. El posmodernismo es la etapa superior del capitalismo, y, como escribió John Berger con  toda la razón, “el papel histórico del capitalismo es destruir la historia, cortar todo vínculo con el pasado y orientar todos los esfuerzos y toda la imaginación hacia lo que  está  a punto de ocurrir” (Berger, 1992: 362).  Así ha sido.  Y así es.

Y si así ha sido  y así es, entonces, a quienes se han formado ya en la cultura de las imágenes fragmentadas hay que  hacerles una propues- ta distinta del gran relato cronológico, para que  se interesen por lo que Marx fue  e hizo;  una propuesta que  restaure, mediante imágenes frag- mentarias también, la persistencia de la centralidad de la lucha de clases en nuestra época entre los claroscuros de la tragedia del siglo XX.

Imaginemos una cinta sin fin que  proyecta ininterrumpidamente imágenes sobre una pantalla. En  el momento en que  llegamos a la pro- yección, una voz  en  off  lee  las  palabras del  epílogo histórico a Puerca tierra, de John Berger (1992). Son  palabras que  hablan de tradición, su- pervivencia y resistencia, del lento paso desde el mundo rural al mundo de la industria, de la destrucción de culturas por el industrialismo y de la resistencia social a esa destrucción. Estas palabras introducen la imagen de la tumba de los Marx en  el cementerio londinense, presidida por la gran cabeza de Karl, según una secuencia de la película de Mike  Leigh, Grandes ambiciones, en  la que  el protagonista explica, en  la Inglaterra thatcheriana, “cuando los obreros se apuñalan a sí mismos por la espal- da”,  por qué  fue  “grande” aquella cabeza. La  secuencia acaba con  un plano que  va de los ojos  del protagonista a lo alto del busto marmóreo de Marx, mientras la protagonista, a quien va dirigida la explicación, se interesa por las  siemprevivas del  cementerio (“y tuvimos que  mirar la naturaleza con impaciencia”, dice Brecha a los por nacer; “en casa  siem- pre tengo siemprevivas”, dice la protagonista de la película de Leigh).

La  explicación de  la  grandeza de  Marx  por  el  protagonista de Grandes ambiciones enlaza bien  con  la reflexión de  Berger, y permite pasar directamente a la secuencia final  de La tierra de la gran promesa, de A. Wajda, la de la huelga de los trabajadores textiles en Lodz,  que sin- tetiza en toda su crudeza las contradicciones del tránsito sociocultural del mundo rural al mundo de la industria en la época del primer capi- talismo salvaje. Entre el Lodz  de Wajda y el Londres de Leigh  hay  cien años de salvajismo capitalista. Vuelve la imagen de Marx en el cemente- rio londinense. Pero  en la cinta sin fin hemos montado, sin solución de continuidad, otra imagen: la que  inicia la larga secuencia de La mirada de Ulises de Angelopoulos con  el traslado de una gigantesca estatua de Lenin en barcaza por  el Danubio.

Es esta  una de las secuencias más  interesantes del cine  europeo de  la  última década, por  lo que  dice  y por  lo que  sugiere. Presencia- mos,  efectivamente, el final  de un  mundo, una historia que  se acaba: el símbolo del gran mito del siglo XX navega ahora de Este  a Oeste  por  el Danubio para ser vendido por  los restos de la nomenklatura a los colec- cionistas del  capitalismo vencedor en  la “tercera guerra mundial”. Es una secuencia lenta y larga, de final incierto, que se queda para siempre en la retina de quien la contempla. La cortamos, de momento, para in- troducir otra. Estamos viendo ahora la secuencia clave de Underground de Emir Kusturica: la restauración del viejo mito platónico de la caver- na  como parábola de lo que  un  día  se llamó “socialismo real”.  El inte- lectual burócrata ha  conseguido hacer creer al héroe de la resistencia antinazi, en  el subterráneo, que  la vida  sigue  igual, que  la resistencia antinazi continúa, y maneja los  hilos  de  la historia como en  un  gran guiñol mientras un  personaje secundario, pero esencial, repite, entre charangas y esperpentos, una sola  palabra: “la catástrofe”.

Ninguna otra imagen ha  explicado mejor y con  más  verdad que esta de  Kusturica el origen de  la catástrofe del  “socialismo real”. Hay muchas cosas importantes en esta película en la que los simples sólo ven ideología pro-serbia. Pero fragmentamos  Underground para volver a La mirada de Ulises, ahora con otra verdad a cuestas, la del pecado original del “socialismo real”. La barcaza sigue  deslizándose por el Danubio con la gigantesca estatua de Lenin también fragmentada. Lo hace lentamen- te, muy  lentamente. Desde  la orilla del gran río las gentes la acompañan, expectantes unos, en  actitud de  respeto religioso otros, seguramente asombrados los más. Da tiempo a pensar: el mundo de la gran política ha  cambiado; una época termina; pero no  es el final  de la historia: las viejas costumbres persisten en el corazón de Europa. Tal vez no todo era caverna en aquel mundo. Cae la noche y la gran barcaza con  su estatua de Lenin montada para ser vendida enfila la bocana del puerto fluvial. Cortamos la secuencia al caer la noche. Donde antes estaba el Danubio, está ahora el Adriático, hay  ahora otro barco, el Partizani: es la secuen- cia  final  de  Lamerica de  Gianni Amelio  con  la imagen, impresionante, del barco atestado de albaneses pobres que  huyen hacia Italia mientras el capitalismo vuelve,  gozoso, a sus  negocios, y nuestro protagonista ha conocido un  nuevo corazón de las tinieblas. Premonición de lo que  no había de ser el hegeliano Final de la Historia, sino  el comienzo de otra historia, por lo demás muy  parecida a las otras historias de la Historia.

Cinta sin  fin.  Otra vez las palabras de Berger, la cabeza de Marx en el cementerio londinense, la gran estatua de Lenin navegando, lenta, muy  lentamente, por  el Danubio. ¿Llega  realmente a su  destino? Pue- de haber pensamiento en la fragmentación: la explicación de Leigh  en Grandes ambiciones se repite: “Era  un  gigante. Lo que  [Marx] hizo  fue poner por  escrito la verdad”. El pueblo estaba siendo explotado. Sin  él no  habría habido sindicatos, ni  estado del  bienestar, ni  industrias na- cionalizadas”. Lo dice  un  trabajador inglés de hoy  que,  además (y eso importa), no quiere rollos ideológicos ni ama los sermones. Y tampoco es la suya  la última palabra. La cinta sigue. Cinta sin fin.

En  esa  cinta está  Marx.  Ha  habido muchas cosas en  el mundo que  no  cupieron en  la  cabeza de  Marx.  Cosas  que  no  tienen que  ver con  la lucha de clases. Cierto. Pero  de la misma manera que  nunca se entenderá lo que  hay  en  el Museo del  Prado sin  la restauración histo- riográfica de la cultura cristiana, tampoco se entenderá el gran cine  de nuestra época, el cine  que  habla de los grandes problemas de los hom- bres  anónimos, sin haber leído  a Marx.  Sin  ismos, por  supuesto.

 BIBLIOGRAFÍA

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Edgardo Lander*

 

 

Marxismo, eurocentrismo y colonialismo1

 

 

 

*  Profesor e investigador de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Univer- sidad Central de Venezuela (UCV).

 

 

 

 

 

 

1 En  este  texto  cité  libremente varios materiales de mi  autoría, especialmente: Contribu- ción  a la crítica  del marxismo  realmente existente: verdad,  ciencia  y tecnología (1990a)  y “Pensamiento crítico latinoamericano: la impugnación del eurocentrismo” (2001).

 

 

LOS  SABERES MODERNOS hegemónicos  de  Occidente han sido  so- metidos a una amplia crítica en  las  últimas décadas, denunciando su carácter eurocéntrico y colonial (Lander, 2000).  ¿Hasta qué punto estas críticas son  igualmente válidas para una perspectiva teórica y política que ha tenido como eje medular, precisamente, la crítica/superación de la sociedad capitalista?

Las  contribuciones del  marxismo siguen siendo –a  un  siglo  y medio de  sus  aportes iniciales– una perspectiva de  análisis, fuente de una visión  de totalidad y de interpretación de las dinámicas expansivas de la mercantilización progresiva de todas las esferas de la vida,  sin  la cual  difícilmente podríamos comprender la  sociedad capitalista con- temporánea y las tendencias hegemónicas de la globalización neoliberal.  A diferencia de la situación que  se verifica en la mayor parte de las universidades de América Latina, las perspectivas de análisis marxista conservan un  importante vigor  intelectual en  muchas academias del Norte, especialmente en algunos departamentos de economía del mun- do anglosajón.

No es el propósito del presente artículo realizar un  balance glo- bal  de  la  vigencia del  marxismo. En  cambio, se  trata de  explorar un conjunto de problemas o nudos presentes en el pensamiento marxista, desde una perspectiva de  la crítica al eurocentrismo y al carácter co- lonial de  los  saberes que  han sido  hegemónicos en  el sistema mundo moderno y, en particular, en las llamadas ciencias modernas, incluidas las ciencias sociales. En  este  texto, más  que  presentar conclusiones, se busca abrir la discusión sobre un  conjunto de cuestiones iniciales que, para su  profundización, requerirían debates y desarrollos posteriores. Dada  la gama relativamente amplia de asuntos que  será  necesario des- tacar, sólo  se realizará una presentación esquemática de  cada uno  de ellos.  Se  formulan proposiciones en  sentido amplio que,  obviamente, no  dan  cuenta del  marxismo en  su  conjunto, de  toda la rica  gama de sus  vertientes. Las caracterizaciones que  se realizan a continuación se refieren a  las  formas hegemónicas, intelectual y políticamente, de  lo que  ha sido  el marxismo realmente existente (Lander, 1990a).

EUROCENTRISMO Y COLONIALISMO EN  EL  PENSAMIENTO  SOCIAL MODERNO

Las diferentes vertientes principales del pensamiento que ha sido  histó- ricamente hegemónico sobre y desde América Latina pueden ser carac- terizadas como colonial-eurocéntricas. Existe una continuidad básica desde las Crónicas de Indias, el pensamiento liberal de la independen- cia,  el positivismo y el pensamiento conservador del  siglo  XIX,  la so- ciología de  la modernización, el desarrollismo en  sus  diversas versio- nes  durante el siglo  XX, el neoliberalismo y las disciplinas académicas institucionalizadas en  las  universidades del  continente. Más  allá  de la diversidad de sus  orientaciones y de sus  variados contextos históricos, es posible identificar en  estas corrientes hegemónicas un  sustrato co- lonial que  se  expresa en  la  lectura de  estas sociedades a  partir de  la cosmovisión europea, y en  su  propósito de  transformarlas a  imagen y semejanza de  las  sociedades del  Norte, que  en  sucesivos momentos históricos han servido de modelo a imitar.

Sin  embargo, se  han desarrollado igualmente otras corrientes de pensamiento y otras opciones de conocimiento sobre la realidad del continente, desde los márgenes, en la defensa de formas ancestrales, al- ternativas, de conocimiento, expresión de la resistencia cultural, o aso- ciadas a luchas políticas y/o procesos de movilización popular. Para esta pluralidad heterogénea de perspectivas, el saber, el conocimiento, el método, el imaginario sobre lo que  se ha sido,  se es y se puede llegar a ser como pueblos, lejos de ser exquisitos asuntos propios de especialistas en epistemología, son  pensados como cuestiones de medular importancia política y cultural. Se considera que las formas hegemónicas del conoci- miento sobre estas sociedades han operado como eficaces artefactos de legitimación y naturalización de la jerarquización y exclusión social que ha prevalecido históricamente en dichas sociedades. La descolonización del imaginario y la desuniversalización de las formas coloniales del saber aparecen así como condiciones de toda transformación democrática ra- dical  de estas sociedades. Estos han sido  asuntos presentes en el debate, por lo menos, desde las contribuciones de Martí y Mariátegui en las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX.

Algunos de  los  asuntos principales de  estas exploraciones ante- riores han sido  retomados más  recientemente desde nuevas y fecundas perspectivas, en  la forma de  un  cuestionamiento global y sistemático a los supuestos coloniales y eurocéntricos de los saberes sociales de y sobre el continente. Es este  un  rico  debate que  expresa las condiciones en  las  cuales se da  la producción política intelectual latinoamericana en la actualidad.

Son  varios los ejes que  articulan este  debate en una perspectiva abierta pero a su vez crecientemente coherente en sus líneas de cuestio- namiento a los saberes hegemónicos, e incipiente en lo que respecta a la propuesta de alternativas. Se abordan temas cruciales para la compren- sión  de las sociedades contemporáneas –en particular del mundo peri- férico– tales  como la crítica a las pretensiones universales de la historia local,  parroquial, europea; la polémica sobre el origen y rasgos esencia- les de la modernidad; las relaciones entre modernidad y orden colonial; las condiciones históricas del surgimiento de los saberes modernos en los  centros del  proceso de  constitución del  sistema-mundo moderno/ colonial; la separación jerárquica entre los saberes abstractos, científi- cos, formales, y los saberes locales y/o tradicionales; y el papel que  han desempeñado los saberes modernos hegemónicos en la naturalización y legitimación del continuo proceso de colonización y neocolonización, tanto externa como interna, de los pueblos del Sur.

Este  amplio debate será  ilustrado aquí con  la  presentación de contribuciones clave de Enrique Dussel y Aníbal  Quijano2.

Para Enrique Dussel, un  punto de partida necesario de esta  dis- cusión lo constituye la tarea de  desmontar el mito eurocéntrico de  la modernidad, afirmando para ello que  es necesario reconocer que  exis- ten  dos conceptos de modernidad.

 

2 Otros importantes aportes a este  debate pueden encontrarse en Mignolo (1995;  2001)  y Wallerstein (1991).

 

El primero es eurocéntrico, provinciano, regional. La Modernidad es una emancipación, una “salida” de la inmadurez por  un  esfuerzo de la razón como proceso crítico, que  abre a la humanidad a un  nuevo desarrollo del  ser  humano. Este  proceso se  cumpliría en  Europa, esencialmente en el siglo  XVIII. El tiempo y el espacio de este  fenó- meno lo describe Hegel,  y lo comenta Habermas en su conocida obra sobre el tema –y es  unánimemente aceptado por  toda la  tradición europea actual.

[…] se sigue  una secuencia espacio-temporal: casi siempre se acepta también el Renacimiento italiano, la Reforma y la Ilustración alema- na y la Revolución francesa […] el Parlamento inglés. Es decir: Italia (siglo XV), Alemania (siglos  XVI-XVIII), Francia (siglo XVIII), Ingla- terra (siglo XVII). Denominamos a esta  visión  “eurocéntrica” porque indica como punto de partida de la “Modernidad” fenómenos intra- europeos, y el desarrollo posterior no necesita más  que  Europa para explicar el proceso. Esta es aproximadamente la visión  provinciana y regional desde Max  Weber –con  su  análisis sobre la “racionaliza- ción”  y el “desencanto”– hasta Habermas. Para muchos un  Galileo (condenado en  1616),  Bacon (Novum Organum, 1620)  o Descartes (El discurso del método, 1636)  serían los iniciadores del proceso mo- derno en el siglo XVII.

Proponemos una segunda visión  de la “Modernidad”, en un  sentido mundial, y consistiría en  definir como determinación fundamental del  mundo moderno el hecho de  ser  (sus  Estados, ejércitos, econo- mía,  filosofía, etc.)  “centro” de la Historia Mundial. Es decir, nunca hubo empíricamente Historia Mundial hasta el  1492  (como fecha de  iniciación del  despliegue del  “Sistema-mundo”). Anteriormente a esta  fecha, los  imperios o sistemas culturales coexistían entre sí. Sólo  con  la expansión portuguesa desde el siglo  XV, que  llega  al Ex- tremo Oriente en  el siglo  XVI, y con  el descubrimiento de América hispánica, todo el planeta se torna el “lugar”  de “una  sola” Historia Mundial (Dussel, 2000)3.

Es esta  una historia mundial moderna que  se constituye, desde sus ini- cios,  en términos coloniales. “El ego cogito  moderno fue antecedido en más  de  un  siglo  por  el ego conquiro (Yo  conquisto) práctico del  his- pano-lusitano que  impuso su voluntad (la primera ‘Voluntad-de-Poder’ moderna) al  indio americano. La  conquista de  México fue  el primer ámbito del ego moderno” (Dussel, 2000).

3 Entre la amplia producción de Dussel sobre estos  temas, ver también 1492: El encubri- miento del Otro. Hacia el origen del mito de la Modernidad (1992)  y Ética  de la liberación en la edad de la globalización y la exclusión (1998).

 

Dussel caracteriza el “mito” de la modernidad en los siguientes términos:

-           La  civilización moderna se autocomprende como más  desarro- llada, superior.

-           La superioridad impone el desarrollo de los más  primitivos, ru- dos,  bárbaros, como exigencia moral.

-           El camino de dicho proceso educativo de desarrollo debe  ser  el seguido por  Europa.

-           Como el bárbaro se opone al proceso civilizador, la praxis moderna debe ejercer en último caso la violencia, si fuera necesario, para des- truir los obstáculos a tal modernización (la guerra justa colonial).

-           Esta dominación produce víctimas (de  muy  variadas maneras), violencia que  es interpretada como un  acto  inevitable, y con  el sentido cuasi-ritual de  sacrificio; el  holocausto de  las  víctimas (el indio colonizado, el esclavo africano, la mujer, la destrucción ecológica de  la tierra, etcétera) es justificado en  su  carácter de sacrificio salvador por  el héroe civilizador.

-           Para el  moderno, el  bárbaro tiene una “culpa” (el  oponerse al proceso civilizador) que  permite a  la  “Modernidad” presentar- se como “inocente” al mismo tiempo que  como “emancipadora” respecto de esa “culpa” de sus propias víctimas.

-           Por  último, y por  el carácter “civilizatorio” de la “Modernidad”, se interpretan como inevitables los sufrimientos o sacrificios (los costos) de  la “modernización” de  los  otros pueblos “atrasados” (inmaduros), de  las  otras razas esclavizables, del  otro sexo  por débil, etcétera (Dussel, 2000: 49).

 

Para superar la modernidad, según Dussel, es indispensable, primero, “negar la negación” de este mito, reconocer la “otra cara” oculta, pero no por ello menos esencial, la cara colonial de la modernidad, ya que  lo que significó emancipación para unos fue sometimiento para “los Otros”.

Al negar la inocencia de la “Modernidad” y al afirmar la Alteridad de “el Otro”, negado antes como víctima culpable, permite “des-cubrir” por primera vez la “otra-cara” oculta y esencial a la “Modernidad”: el mundo periférico colonial, el indio sacrificado, el negro esclavizado, la mujer oprimida, el niño y la cultura popular alienadas, etcétera (las  “víctimas” de la “Modernidad”) como víctimas de un  acto  irra- cional (como contradicción del ideal  racional de la misma Moderni- dad) (Dussel, 2000: 49).

Aníbal  Quijano coincide con Dussel en el criterio según el cual  la moder- nidad se inicia con América, con la constitución del nuevo patrón de po- der global, lo que Wallerstein ha llamado el sistema-mundo capitalista.

 No se trata de cambios dentro del mundo conocido, que  no  alteran sino  algunos de sus  rasgos. Se trata del cambio del mundo como tal. Este  es, sin  duda, el elemento fundante de la nueva subjetividad: la percepción del cambio histórico. Es ese elemento lo que desencadena el proceso de constitución de una nueva perspectiva sobre el tiempo y sobre la historia. La percepción del cambio lleva a la idea  del futu- ro, puesto que es el único territorio del tiempo donde pueden ocurrir los cambios [...] Con  América se inicia, pues, un  entero universo de nuevas relaciones materiales e intersubjetivas.

[...] los cambios ocurren en todos los ámbitos de la existencia social de los pueblos y, por tanto, de sus miembros individuales, lo mismo en la dimensión material que  en la dimensión subjetiva de esas  relaciones. Y puesto que se trata de procesos que se inician con la constitución de América, de un nuevo patrón de poder mundial y de la integración de los pueblos de todo el mundo en ese proceso, de un  entero y comple- jo sistema-mundo, es también imprescindible admitir que  se trata de todo un  período histórico. En  otros términos, a partir de América un nuevo espacio/tiempo se constituye, material y subjetivamente: eso es lo que mienta el concepto de modernidad (Quijano, 2000a)4.

Este  nuevo patrón mundial (colonial) del poder es la condición a partir de la cual  se va constituyendo una nueva perspectiva (eurocéntrica) del conocimiento, de la cual  Quijano destaca algunos aspectos básicos. En primer lugar, se trata de  una perspectiva de  conocimiento sustentada sobre el dualismo radical cartesiano, que  se convierte en una total se- paración entre “razón/sujeto” y “cuerpo”, a partir de la cual  el “cuerpo” fue naturalizado, fijado  como “objeto” de conocimiento, por  parte de la “razón/sujeto”. Esta separación (abstracción) del  sujeto/razón en  rela- ción  con el cuerpo está  en la base  de las pretensiones objetivistas y uni- versalizantes de un saber (científico) que reivindica su separación de los condicionamientos subjetivos (corporales), espaciales y temporales5.

En segundo lugar, en la perspectiva eurocéntrica del conocimien- to se produce una “articulación peculiar” entre, por  un  lado,  el dualis- mo  que  establece contrastes radicales entre pre-capital y capital, lo no europeo y lo  europeo, lo  primitivo y lo  civilizado, lo  tradicional y lo moderno, y, por  otro lado,  la  concepción evolucionista, lineal, unidireccional de  la  historia que  avanza inexorablemente desde un  mítico estado de naturaleza hasta la moderna sociedad europea.

4 Los  aportes más  importantes de  Aníbal  Quijano a este  debate se encuentran en  los  si- guientes textos: “Modernidad y democracia: intereses y conflictos” (2000b); “¡Qué tal raza! (1999a); “Coloniality of Power and  Its Institutions” (1999b); “Estado nación, ciudadanía y democracia: cuestiones abiertas” (1998);  “Colonialidad del poder, cultura y conocimiento en América Latina” (1997);  “Raza, etnia, nación: cuestiones abiertas” (1992a); y “Colonia- lidad y modernidad/racionalidad” (1992b).

5 Esta síntesis, y las citas que  en ella se incorporan, están tomadas de Quijano (2000a).

 

En  tercer lugar, a partir de  las  estructuras coloniales del  poder, se naturalizan las diferencias culturales entre los grupos humanos, me- diante un  sistemático régimen de  codificación y clasificación de  estas diferencias como diferencias raciales. “La idea  de raza [que]  es, literal- mente, un invento [y que no] tiene nada que ver con la estructura bioló- gica  de la especie humana” se ha  convertido en un  dispositivo extraor- dinariamente potente de clasificación y jerarquización mediante el cual se ha logrado dar  la apariencia de naturales (y por  lo tanto sin relación alguna con  el orden social) a las profundas desigualdades y jerarquías existentes en las sociedades modernas6.

En  cuarto lugar, a partir del dualismo y el evolucionismo arriba señalados, y a partir de  la esencialización de  las  diferencias entre los pueblos como diferencias jerárquicas de  capacidad humana, “los  eu- ropeos imaginaron […] ser  no  solamente creadores exclusivos de  [la] modernidad, sino  igualmente sus  protagonistas”. De  esta  manera, se construye una Historia Universal en la cual  todos los aportes significa- tivos  de  las  artes, las  ciencias, la tecnología, la moral y los  regímenes políticos son  productos internos de la sociedad europea, resultados su- periores a ser llevados al resto, inferior, de los pueblos del mundo.

 

6 “La formación de relaciones sociales fundadas en dicha idea  produjo en América iden- tidades sociales históricamente nuevas: indios, negros  y mestizos, y redefinió otras. Así, términos  como español y portugués, más  tarde europeo, que  hasta entonces indicaban solamente procedencia geográfica o país  de  origen, desde entonces cobraron también, en  referencia a las  nuevas identidades, una connotación racial. Y en  la medida en  que las relaciones sociales que  estaban configurándose eran relaciones de dominación, tales identidades fueron asociadas a las jerarquías, lugares y roles sociales correspondientes, como constitutivas de ellas  y, en consecuencia, al patrón de dominación colonial que  se imponía. En otros términos, raza e identidad racial fueron establecidas como instrumen- tos de clasificación social básica de la población […] En  América, la idea  de raza fue un modo de otorgar legitimidad a las relaciones de dominación impuestas por la conquista. La  posterior constitución de  Europa como nueva identidad después de  América,  y la expansión del  colonialismo europeo sobre el resto del  mundo, llevó a la elaboración de la perspectiva eurocéntrica de conocimiento y con  ella a la elaboración teórica de la idea de  raza como naturalización de  esas  relaciones coloniales de  dominación entre euro- peos  y no-europeos. Históricamente, eso significó una nueva manera de legitimar las ya antiguas ideas y prácticas de relaciones de superioridad/inferioridad  entre dominados y dominantes. Desde  entonces ha  demostrado ser el más  eficaz  y perdurable instrumento de  dominación  social universal, pues de  él  pasó a  depender inclusive otro igualmen- te universal, pero más  antiguo, el inter-sexual o de  género: los  pueblos conquistados  y dominados fueron situados en  una posición natural de inferioridad y, en  consecuencia, también sus  rasgos fenotípicos, así como sus  descubrimientos mentales y culturales. De ese modo, raza se convirtió en el primer criterio fundamental para la distribución de la población mundial en  los  rangos, lugares y roles en  la estructura de  poder de  la nueva sociedad. En  otros términos, en  el modo básico de  clasificación social universal de  la población mundial” (Quijano, 2000a).

 En  quinto lugar, como consecuencia de  la  ubicación de  las  di- ferencias entre los  distintos pueblos en  una escala temporal, todo lo no-europeo es percibido como pasado. “Los pueblos colonizados eran razas inferiores y, por  ello, anteriores a los europeos” (Quijano, 2000a).

La importancia actual de estos  asuntos reside en que  si bien  esta estructura de poder (y el régimen de saberes caracterizado como euro- céntrico) tiene un  origen colonial, “ha probado ser  más  duradero y es- table que el colonialismo”, perdurando como un elemento del patrón de poder hoy mundialmente hegemónico.

MARXISMO,  EUROCENTRISMO Y COLONIALISMO

El marxismo, la crítica más  radical a la sociedad capitalista, no  esca- pa del eurocentrismo y colonialismo característicos de los saberes mo- dernos hegemónicos. Y, sin  embargo, como se  señaló anteriormente, difícilmente estaríamos en  condiciones de comprender la actual diná- mica expansiva del  capitalismo mundial, conocida como proceso de globalización neoliberal, si dejamos de lado  las herramientas teóricas y perspectivas de análisis del capital aportadas por  el marxismo. Precisa- mente para explorar la medida en la cual  estas herramientas teóricas, y el para qué  del  conocimiento (la transformación social), nos  permiten dar  cuenta de los problemas que  hoy  confrontamos en la búsqueda de una sociedad más  equitativa, democrática y ambientalmente sustenta- ble,  se hace necesaria una crítica al marxismo a partir de  los  debates epistemológicos y políticos actuales, y de los problemas y retos que hoy confrontamos. Sólo  así  estaremos en situación de recuperar, reformu- lar, enriquecer, transformar, aquellos aportes del marxismo que pueden ser instrumentos teóricos y políticos críticos y transformadores, y dejar atrás todas aquellas formulaciones, propuestas y perspectivas que están inevitablemente marcadas por  –y ancladas en–  los  sesgos propios del pensamiento colonial eurocéntrico europeo hegemónico del siglo XIX.

La crítica al marxismo supone, en primer lugar, precisar qué  es lo que  entendemos por  marxismo, y sobre todo asumir la complejidad y diversidad de lo que  conocemos por  tradición marxista. Una  cosa  es referirse a un  conjunto de  problemas que  fueron dejados abiertos en la obra de  Marx,  o en  torno a los  cuales formuló exploraciones alter- nativas, no  siempre coherentes entre sí (y no  siempre asumidas en  su tensión), y otra diferente es la codificación dogmática del marxismo en lo que  terminó siendo el llamado materialismo histórico y los manuales soviéticos, que  fueron la vía principal de acceso al marxismo por  parte de muchas generaciones de estudiantes y militantes políticos y sociales en todo el planeta.

No  es  posible siquiera plantearse una crítica epistemológica al marxismo si no  comenzamos por  reconocer la diversidad de posturas y fuentes epistemológicas presentes –con  profundas y frecuentemente, fructíferas tensiones– en el pensamiento de Marx.  La extraordinaria efi- cacia simbólica del marxismo, su insólita capacidad de sobrevivencia, aun después de la experiencia del Gulag, se debe  en gran parte al hecho de  que  Marx  logró  incorporar en  un  solo  gran sistema teórico lo que fueron tradiciones, desarrollos y corrientes de pensamiento de orígenes muy  dispares, pero todos profundamente arraigados en  la cultura de occidente de los últimos siglos.

Son  estas las tradiciones a las que  se refiere Lenin (1961:  61-65) cuando habla de  las  tres fuentes del  marxismo. Lenin identifica como principales influencias teóricas en la obra de Marx al socialismo utópico francés,  la filosofía clásica  alemana (especialmente a través de Hegel) y la economía clásica  inglesa.  Con  énfasis diferentes, André Gorz (1981), refiriéndose a lo que él considera el aspecto más  significativo de la teoría marxista –la teoría del proletariado–, plantea estos antecedentes en tér- minos más  ampliamente culturales: “La teoría marxista del proletariado es una sorprendente condensación sincrética de las  tres corrientes do- minantes del pensamiento occidental de la época de la burguesía heroi- ca: el cristianismo, el hegelianismo y el cientificismo” (Gorz, 1981: 26).

Interesa destacar las  modalidades de  explicación, las  formas de  cons- titución del conocimiento y de la verdad que  están implicadas en cada una de estas diversas corrientes, y la forma en la cual  se resuelve o no esta  diversidad epistemológica en  la  obra de  Marx.  Podemos afirmar que  estos  tres  campos definen tres  modalidades alternativas de aproxi- mación al conocimiento.

EL  PENSAMIENTO UTÓPICO

En  primer lugar, podemos identificar el campo del  pensamiento utó- pico,  que  se emparenta con  el mesianismo cristiano. Es  el terreno del deber ser, donde se debaten los valores, la ética, la moral, los problemas del  bien  y el mal;  donde se  constituye la  idea  de  la  libertad, y el ser humano es capaz de trascender su realidad inmediata para imaginarse que  las cosas podrían ser  diferentes. Es el terreno del diálogo, del con- senso, de  la competencia entre valores encontrados. Es  el terreno del voluntarismo, de la política como definición de fines.  Aquí encontramos toda la herencia cultural del cristianismo, del socialismo utópico, de las ofertas de  un  futuro mejor como algo  que  los  seres  humanos pueden alcanzar mediante su  acción. Es  el terreno de  la responsabilidad. Los fines  y los valores que se definen en este campo encuentran su legitima- ción  en sí mismos. La libertad y la igualdad son opciones humanas. Son valores que  se busca alcanzar; por  tanto, pueden o no  ser  priorizados frente a otros valores.

 Cuando Marx postula la posibilidad del desarrollo multifacético de las potencialidades del ser humano; cuando habla de la posibilidad de un trabajo libre, no alienado; cuando señala la necesidad de la acción cons- ciente y organizada del proletariado para la abolición de la propiedad pri- vada y la construcción del comunismo como la sociedad sin clases, lo hace ubicado en  este terreno. Está optando por determinados valores y des- echando otros, está priorizando unos sobre otros, y está tomando partido a favor de los intereses de unos sectores sociales y en contra de otros.

LA FILOSOFÍA DE  LA HISTORIA

Un segundo terreno de constitución del conocimiento en el cual  se fun- da  la  obra de  Marx  es  el de  la  explicación filosófica; en  particular, la filosofía de la historia retomada de Hegel.  Se busca el significado y el sentido del  curso de  la  historia, la  dirección hacia la  cual  marcha la sociedad humana. Aquí,  a  diferencia del  campo que  hemos definido genéricamente como político, no  se  trata en  principio de  una opción valorativa, sino  del desentrañamiento de un  sentido de la historia que aparece como independiente de la voluntad y del saber humano.

Se  trata de  un  sentido trascendente que  pertenece a la  esencia misma del devenir histórico, y que  puede ser conocido –se puede llegar a esta  verdad– mediante la reflexión filosófica más  compleja. Esta inda- gación del sentido de la historia es la búsqueda de una verdad que existe en sí misma y que  puede ser  alcanzada por  el entendimiento humano. Está claro que  cuando Marx  habla de la inevitabilidad histórica del co- munismo como la  sociedad sin  clases, o del  papel que  por  su  propia esencia tiene el proletariado en la constitución de esta  sociedad sin cla- ses (independientemente de la conformación empírica del proletariado como clase  en algún momento histórico de la sociedad capitalista, o de su autoconciencia sobre esta  misión histórica), su modalidad de explicación de la realidad está  ubicada en este  campo.

EL  CONOCIMIENTO CIENTÍFICO

El tercer terreno de constitución del saber sobre el cual  se fundamenta la obra de Marx  es el del conocimiento científico. Aquí el paradigma del conocimiento válido, el modelo de búsqueda de la verdad, está  tomado de  las  ciencias naturales, cuya  influencia es  casi  omnipresente en  la vida  intelectual europea occidental de la segunda mitad del siglo  XIX, y que  terminó por  tener una poderosa incidencia en la concepción del mundo de Marx.  Es el terreno de la búsqueda de la verdad mediante los métodos de indagación empírica y demostración rigurosa que  aporta, como modelo, la ciencia natural.

Esta triple fuente de fundamentación o legitimación que está en la base  del sistema teórico de Marx explica muchos de los problemas que ha  encontrado el marxismo en  su  desarrollo, muchas de  sus  limitacio- nes,  pero, paradójicamente, constituye la razón de su  perdurable valor. El marxismo es la síntesis más  acabada tanto de los valores como de las formas de  conocer dominantes en  occidente en  los  últimos siglos.  No hay en Marx, sin embargo, una clara ni permanente autoconciencia epis- temológica con  relación a las implicaciones que  para su sistema teórico tiene el hecho de  que  las  fuentes de  sustentación de  sus  proposiciones se  encuentren ubicadas en  terrenos que  presentan opciones epistemo- lógicas en  muchos sentidos enfrentadas. El comunismo es, para Marx, la sociedad que  queremos (terreno de los valores, de las opciones éticas, de la construcción –en gran medida voluntaria– del futuro por parte de los  seres humanos). Es  además el fin  y el sentido de  la  historia, es  la dirección hacia la cual  ha venido caminando la humanidad desde siem- pre, es lo que  le da sentido a todo el acontecer anterior, es aquello de lo cual  los seres humanos son  portadores (lo sepan o no).  Por último, para Marx el comunismo es algo que está inscripto en la dinámica de las con- tradicciones de la sociedad capitalista. Las contradicciones de clase,  las contradicciones entre fuerzas productivas y relaciones de producción, el proceso de  constitución del  proletariado como clase  revolucionaria, la apropiación creciente de  las  fuerzas productivas del  trabajo social por parte de esta clase –todo ello demostrable científicamente– constituyen la constatación irrefutable de que  se están gestando, al interior de la socie- dad  capitalista, las condiciones para su transformación en una sociedad comunista.  ¡Maravillosa coincidencia entre los sueños de libertad y feli- cidad, el sentido profundo e inmanente de la historia, y lo que el análisis científico de las tendencias de la sociedad capitalista nos demuestra!

LAS TENSIONES EN  EL  PENSAMIENTO DE  MARX

En diferentes momentos de su vida, en las varias etapas de maduración de su pensamiento, de acuerdo con  los acontecimientos históricos que lo fueron impactando, y según el carácter y el objetivo de sus diferentes trabajos (énfasis más  teórico o más  permanente o, por  el contrario, un énfasis mayor en la coyuntura política), Marx  construye su elaboración teórica apelando preponderantemente a alguna de  las  tres  fuentes de fundamentación que  han sido  señaladas. Estos modelos de explicación de  lo real  coexisten –incómodamente– en  el seno  de  su  pensamiento. Sin embargo, la cristalización del sistema de interpretación del mundo de Marx  se da  en una primera instancia sobre una base  filosófica. Las proposiciones teóricas centrales de la obra de Marx  registran la huella de su filosofía de la historia. Esto se puede ver con  particular claridad cuando examinamos un aspecto tan  central para la obra de Marx  como la proposición del carácter revolucionario del proletariado-clase-porta- dora-del-futuro. En palabras de Gorz:

 Para el joven  Marx,  no  era  la existencia de  un  proletariado revolu- cionario lo que justificaba su teoría. Es, por  el contrario, su teoría lo que  permitía predecir la aparición del proletariado  revolucionario y establecería su necesidad. La primacía pertenecía a la filosofía. La fi- losofía anticipaba el curso de las cosas, establecía que la Historia te- nía  por  sentido hacer surgir, con  el proletariado, una clase  universal única capaz de emancipar a toda la humanidad (Gorz, 1981: 28).

Si  identificamos las  proposiciones fundamentales del  sistema teórico desarrollado por  Marx  (su  concepción de  la  historia y su  sentido, el papel de las clases en la historia, el papel del proletariado, el inevitable derrumbe del capitalismo, el papel de las fuerzas productivas en el de- sarrollo histórico, el advenimiento de la sociedad sin clases, etc.),  pode- mos  ver que  efectivamente todas estas proposiciones se encuentran ya desarrolladas en  obras tempranas como La Ideología  Alemana (1845), La Sagrada  Familia (1845)  y el Manifiesto del Partido Comunista (1848). El hecho de que  Marx  dedicara la mayor parte de su esfuerzo intelec- tual  a demostrar científicamente esas  tesis  principales –especialmente en el inmenso esfuerzo de investigación que  representó el trabajo rea- lizado para la elaboración de El Capital–  tiene que  ver con  el predomi- nio  del  cientificismo en  el clima intelectual europeo occidental de  la segunda parte del siglo  XIX. Es tal la preeminencia de los paradigmas del conocimiento de las ciencias naturales en ese ambiente intelectual, que  resulta casi  obligado demostrar que  las  tesis  que  se defienden no son  meras opiniones o  especulaciones filosóficas, sino  proposiciones científicas respaldadas por  una amplia documentación empírica. Una y otra vez, Marx  defiende la validez de su teoría apelando a su carácter científico. Si embargo, para Marx  no se trata sólo  de divulgar sus  tesis políticas o filosóficas bajo  una forma que  garantizara el mayor grado de  aceptación en  el  ambiente intelectual de  su  época. Marx  está  fir- memente convencido del  carácter científico de  su  trabajo. Cree  haber documentado, constatado, demostrado científicamente la validez de las tesis  que  formulara por  primera vez muchos años antes.

La multiplicidad de interpretaciones y desarrollos históricos, la variedad de  “marxismos”, tiene su  raíz  no  sólo  en  esta  diversidad de fundamentaciones epistemológicas, en  esta  particular síntesis de  teo- rías  y tradiciones culturales, sino  también en  la forma en  que  esta  di- versidad epistemológica se  expresa en  las  tensiones existentes en  las formulaciones teóricas de  Marx  en  relación con  problemas  teóricos y políticos centrales planteados en su obra. Es tal la complejidad presen- te  en  la obra de  Marx,  que  ha  sido  posible construir interpretaciones diferentes (y a veces radicalmente opuestas) de sus principales proposi- ciones teóricas, apelando en cada caso  a la selección de determinados textos (y suprimiendo otros). Por  su importancia tanto para el sistema teórico desarrollado por  Marx,  como para lo que  ha  sido  el desarrollo posterior de  los  “marxismos”, son  de  especial interés las  tensiones en torno a los siguientes problemas:

 

1]  Hay  una tensión no  resuelta entre necesidad y libertad,  entre de- terminismo y voluntarismo. Esta no es una tensión particular de la obra de Marx,  sino la expresión de una importante tradición de la cultura de occidente, que se encuentra igualmente presente en la teología cristiana en la tensión entre “ley natural” y “libre  albe- drío”.  Por  un  lado,  los seres  humanos en la sociedad capitalista aparecen como producto inexorable de las leyes del movimiento del  capital; incluso sus  opiniones, sus  gustos, son  dictados por estas leyes.  Y, sin  embargo, el  ser  humano es  capaz de  actuar conscientemente para transformar estas circunstancias y alcan- zar  su libertad.

2]  En  Marx  encontramos una crítica radical, así  como una admi- ración sin  límite, de las fuerzas productivas desarrolladas por  la burguesía en la sociedad capitalista.

3]  En  Marx  podemos encontrar desde una epistemología centrada en el ser  humano, en la cual  la acción social, subjetiva, cultural, es el fundamento del conocimiento (llegando hasta la “antropo- logización de la naturaleza”), hasta proposiciones que  sirven de base  para el realismo epistemológico y la teoría del reflejo desarro- lladas por  Engels y Lenin.

4]  Como  bien  plantea Alvin Gouldner, encontramos en Marx  un  re- chazo al idealismo con dos implicaciones diferentes. Por un lado, está  el rechazo al idealismo por  unilateral, por  dar  preeminencia a los factores ideológicos e ignorar la importancia de los factores materiales. Por otra parte, está el rechazo al idealismo a través de la afirmación de su contrario, la prioridad absoluta y permanente de  los  factores materiales sobre todo lo demás. Es  esta  afirma- ción  de lo contrario del idealismo la que  lleva implícita el deter- minismo económico, determinismo que  no  recorre de  ninguna manera toda la obra de Marx.

Así, el marxismo, a partir de  la obra del  propio Marx,  lejos  de  haber sido  una respuesta tajante y precisa con  relación a los principales pro- blemas filosóficos, teóricos y políticos de la tradición cultural de la cual forma parte, los  incorpora en  gran medida: las  polémicas en  torno a estas dificultades no se dan  sólo en el enfrentamiento con las posiciones no marxistas, sino  –y con  frecuencia más  intensamente– al interior del propio marxismo.

 CRISIS DEL  MARXISMO Y CRISIS DE  LA SOCIEDAD INDUSTRIAL

La  llamada crisis del  marxismo no  puede explicarse sólo  a partir del colapso del socialismo real,  o las derrotas de los movimientos y organi- zaciones que  utilizaron en todo el planeta el marxismo como bandera de  lucha. Es  también consecuencia directa de  la crisis del  imaginario del futuro que  se consolidó como hegemónico en el pensamiento occi- dental del siglo XIX.

Muchas de las ideas que  resultaron brillantes, sintetizadoras, seductoras en  el  siglo  XIX  y buena parte del  siglo  XX  tienen hoy  el carácter de pesada carga, el olor del moho, el desencanto de una prome- sa que  no  fue.  Muchas de las principales ideas-fuerza sobre las cuales se construye el edificio teórico de  Marx,  las  ideas más  significantes  y apasionantes del  siglo  XIX  (progreso,  ciencia, desarrollo  progresivo de las fuerzas  productivas, industrialismo, verdad  y felicidad  a través  de la abundancia), han hecho agua. Aquellas ideas que,  sintetizadas y arti- culadas, constituyeron los  pilares de  un  asombroso edificio teórico, aquellas formulaciones que  constituían la  fuerza fundamental de  esa extraordinaria obra de síntesis, se han convertido hoy  en su contrario. Lo que  ayer  era  fuente de fuerza es hoy fuente de debilidad.

LOS  EJES PRINCIPALES DEL  DEBATE EN  TORNO AL EUROCENTRISMO Y EL  COLONIALISMO EN  EL  MARXISMO

Desde  el punto de vista de los actuales debates críticos del eurocentrismo y el colonialismo en torno a los saberes modernos hegemónicos, se seña- lan  a continuación lo que  constituyen las expresiones más  importantes de fundamentaciones eurocéntricas y coloniales presentes en el marxis- mo.  Como se  ha  señalado anteriormente, dada la  diversidad y hetero- geneidad de lo que  históricamente ha  pasado a formar parte del campo político-intelectual llamado marxismo, estas críticas son más  pertinentes para unas corrientes que para otras, pero lo son particularmente para las expresiones más  formalizadas del llamado materialismo histórico, tanto en su vertiente académica, como en su versión político partidaria.

EL  MARXISMO COMO  CIENCIA  POSITIVA

En  primer lugar, interesa explorar las  implicaciones de  la  tensión ya señalada entre el marxismo como crítica transformadora de la sociedad capitalista y el marxismo como ciencia positiva. La crítica a la sociedad capitalista pasa necesariamente por  la crítica a sus  formas de conoci- miento. Se supone que  La contribución a la crítica  de la economía polí- tica  busca precisamente eso,  la crítica al conocimiento de la sociedad burguesa en  cuanto naturalizador y legitimador de  las  relaciones de dominación de dicha sociedad. Sin  embargo, el propio Marx  no  logra superar –ni  asumir plenamente en  sus  dimensiones epistemológicas– la  tensión entre la  crítica al  conocimiento de  la  sociedad capitalista, como dimensión medular de la crítica al capitalismo, y la búsqueda de la construcción de  un  edificio científico a partir de  los  moldes episte- mológicos y criterios de cientificidad propios de la sociedad capitalista, esto  es, la ciencia positiva. Esta tensión corresponde grosso  modo a la diferencia entre las perspectivas epistemológicas implícitas o explícitas que  se encuentran, por  un  lado,  en los textos más  personales, más  ex- ploratorios, más  filosóficos de Marx  –como los Manuscritos de París de

1844 (Obras de Marx y Engels,  1978),  los Grundrisse (Marx, 1971b, 1972 y 1976),  el capítulo VI inédito de El Capital (Marx, 1971a)– y, por el otro, en la presentación más  formalizada, más  científica de su trabajo, que se observa en buena parte de El Capital. Esta búsqueda de legitimación de la crítica a partir de los propios criterios de validación del conocimiento de la sociedad que se critica y se busca superar radicalmente constituye un límite severo a la crítica marxista de la sociedad capitalista.

Es  esta   vertiente  epistemológica  cientificista,  ya  presente  en Marx,  la base  de la construcción de todo el inmenso andamiaje del lla- mado socialismo científico, que  incorpora en  forma no  cuestionada el modelo de producción de conocimiento característico de la ciencia po- sitiva  (dualidad razón-sujeto/ objeto; privilegio de  un  sujeto histórico particular, y construcción de todos “los Otros” como objetos del conoci- miento, como incapaces de producir conocimiento válido; perspectiva eurocéntrica de la Historia Universal; etcétera).

La búsqueda de una salida a la reproducción de las modalidades de conocimiento propias de la ciencia de la sociedad capitalista por  la vía de una perspectiva epistemológica proletaria, en contraposición a la ciencia  burguesa, sin  salirse del  molde de la cientificidad de la ciencia positiva por  parte de la Academia de las Ciencias de URSS,  llevó al ca- llejón  sin salida de la biología proletaria de Lysenko (Lander, 1990b; La situación de las ciencias biológicas, 1949).

LENIN,  VERDAD  Y SOCIALISMO CIENTÍFICO

La base  epistemológica de  lo que  constituye la expresión más  radica- lizada e influyente del  marxismo como ciencia, el llamado socialismo científico, o materialismo histórico, se encuentra en  la teoría leninista de la verdad.

El  punto de  partida de  esta  interpretación leninista está  en  la noción según la cual  es posible alcanzar la verdad absoluta. “Ser  ma- terialista significa reconocer la verdad objetiva, que  nos  es descubierta por  los órganos de los sentidos. Reconocer la verdad objetiva, es decir, independiente del hombre y de la humanidad, significa admitir de una manera o de otra la verdad absoluta” (Lenin, 1908: 134).

 Lenin entiende el desarrollo histórico como un “proceso natural”, y el socialismo como producto de un  análisis “estrictamente científico” de  las  tendencias de  la  sociedad capitalista. Refiriéndose al  carácter científico de la obra de Marx,  afirma:

El análisis de las relaciones sociales materiales (es decir, de las que se establecen sin  pasar por  la consciencia de los hombres: al inter- cambiar productos, los  hombres establecen relaciones de  produc- ción,  incluso sin tener consciencia de que  existe  en ello una relación social de  producción) permitió en  el acto  observar la  repetición  y la  regularidad y sintetizar los  regímenes de  los  distintos países en un  solo  concepto fundamental de formación social.  Esta síntesis es la única que  hizo  posible pasar de la descripción de los fenómenos sociales (y de  su  valoración desde el punto de  vista  del  ideal) a su análisis estrictamente científico, que destaca, pongamos por  caso, lo que diferencia a un país  capitalista de otro y estudia lo que tienen de común todos esos […] esta  hipótesis ha brindado por  vez primera la posibilidad de una sociología científica, porque sólo  reduciendo las relaciones sociales a las de producción, y estas últimas a nivel de las fuerzas productivas, se ha  logrado una base  firme para concebir el desarrollo de las formaciones sociales como un proceso natural. Y se comprende por sí solo que sin semejante concepción no puede haber tampoco ciencia social (Lenin, 1978: 14).

 

Para enfatizar aún más  el carácter científico de la obra de Marx,  Lenin compara la contribución de dicha obra al conocimiento de la historia humana con  el aporte de Darwin a la biología científica, en los siguien- tes términos:

De la  misma manera que  Darwin puso fin  a la  opinión de  que  las especies animales y plantas no  tienen ninguna ligazón, de  que  son casuales, “obra de Dios” e inmutables, y dio por primera vez a la bio- logía  una base  completamente científica al descubrir la mutabilidad de las especies y su continuidad; de esa  misma manera, Marx  puso fin  a la concepción que  se tenía de que  la sociedad es un  agregado mecánico de  individuos que  admite toda clase  de  cambios por  vo- luntad de los jefes  (o, lo que  es igual, por  voluntad de la sociedad y del gobierno), agregado que  surge y se modifica casualmente, y dio por  primera vez  a la  sociología una base  científica, al  formular el concepto de formación socioeconómica como conjunto de determi- nadas relaciones de producción y dejar sentado que  el desarrollo de estas formaciones constituye un  proceso natural.[…] Ahora, desde que  apareció El Capital,  la concepción materialista de la historia ha dejado de ser una hipótesis para convertirse en una tesis  demostrada con  argumentos científicos (Lenin, 1908:15).

 Aquí  se lleva  hasta las  últimas consecuencias la seguridad en  relación con la posibilidad del conocimiento objetivo de lo real.  Desaparece toda duda, la verdad  como tal parece situarse en el terreno  ontológico, en el terreno  del ser mismo de las cosas:  existe  con  independencia de los seres humanos, de la humanidad. Los seres  humanos, mediante el avance de la ciencia, se van aproximando sucesivamente, por  un proceso de natu- raleza evolutivo-acumulativa, a esa  verdad absoluta, objetiva, que  está en la realidad misma:

Así pues, el pensamiento humano, por  su  naturaleza, es  capaz de proporcionarnos y proporciona en realidad la verdad absoluta, que resulta de  la  suma de  verdades relativas. Cada  fase  del  desarrollo de la ciencia añade nuevos granos a esta  suma de verdad absoluta; pero los límites de la verdad de cada tesis  científica son relativos, tan pronto ampliados como restringidos por  el progreso consecutivo de los conocimientos (Lenin, 1908: 136).

Desde  el punto de vista  del materialismo moderno, es decir, del mar- xismo, son  históricamente condicionales los límites de la aproxima- ción  de nuestros conocimientos a la verdad objetiva, absoluta, pero la existencia de esta verdad, así como el hecho que nos aproximamos a ella,  no  obedece a condiciones. Son  históricamente condicionales los contornos del cuadro, pero este  cuadro representa sin  condicio- nes un modelo objetivamente existente. Es históricamente condicio- nal cuándo y en qué condiciones hemos progresado en nuestro cono- cimiento de la esencia de las cosas hasta descubrir la alizarina en el alquitrán de hulla o hasta descubrir los electrones en el átomo, pero cada uno  de  esos  descubrimientos es  sin  condiciones un  progreso del “conocimiento incondicionalmente objetivo”. En pocas palabras, toda ideología es  históricamente condicional, pero toda ideología científica [a diferencia, por ejemplo, de la ideología religiosa] corres- ponde incondicionalmente a una verdad objetiva, a una naturaleza absoluta (Lenin, 1908:137-138).

Se ha  desterrado toda duda epistemológica; la realidad existe  fuera de nosotros, la podemos llegar  a conocer –en su esencia– en una forma ob- jetiva.  La ciencia avanza inexorablemente hacia la verdad absoluta. El marxismo, en cuanto única ciencia del conocimiento objetivo de la so- ciedad y la historia, nos  garantiza ese tránsito hacia la verdad objetiva:

La única conclusión que  se puede sacar de  la opinión, compartida por  los marxistas, de que  la teoría de Marx  es una verdad objetiva, es la siguiente: yendo por la senda  de la teoría de Marx,  nos  aproxi- mamos cada vez más  a la verdad objetiva [sin  llegar  nunca a su fin]; yendo, en cambio, por  cualquier otra senda,  no podemos llegar  más que  a la confusión y a la patraña (Lenin, 1908: 145).

 Sólo el marxismo nos garantiza aproximarnos a la verdad absoluta. Las otras sendas del  conocimiento nos  garantizan el  error, la  no-verdad. A partir de estas proposiciones, Lenin saca  sus  conclusiones políticas. Si  la  marcha de  la  historia se  da  de  acuerdo con  las  leyes  objetivas, cuya  naturaleza y esencia pueden ser conocidas –y son  de hecho cono- cidas– objetivamente sólo  por  el marxismo, toda acción política que  se fundamente en  la verdad del  marxismo será  una acción política mon- tada sobre la dirección de la historia y estará justificada por  ello.  Toda acción política que  se fundamente en otra concepción de la sociedad y de la historia estará basada necesariamente en el engaño y la patraña; estará contrapuesta y desviada con relación a la dirección del desarrollo objetivo de los acontecimientos históricos.

El desentrañamiento del sentido profundo de las leyes de la his- toria, la verdad absoluta, es posible, pero sólo  para aquellos cuya  posi- ción  en las relaciones de producción capitalista les otorga un particular privilegio  epistemológico que  les  da  acceso a dicha verdad; esto  es:  el proletariado de  la sociedad capitalista y, en  particular, su  vanguardia organizada en partido revolucionario.

Estas proposiciones leninistas reproducen (en  forma radicaliza- da) las posturas coloniales eurocéntricas del conocimiento moderno he- gemónico en su construcción de una escisión entre objeto y sujeto, y en la creación de la razón como sujeto abstracto del conocimiento objetivo y universal. Hay, sin embargo, una importante diferencia. La ciencia po- sitiva postula la existencia de un sujeto abstracto (la razón), capaz de un conocimiento objetivo y universal. Se trata en realidad de un  dispositi- vo epistemológico mediante el cual  se oculta al sujeto del conocimien- to dominante del  mundo colonial-moderno; un  sujeto europeo, blanco, masculino, de clase alta y, por lo menos en su presentación pública, he- terosexual. Todos “los Otros” (mujeres, negros, indios, no europeos) son convertidos, mediante este dispositivo, en  objetos de conocimiento, en no-sujetos, en  seres incapaces de  crear un  conocimiento válido. En  la radicalización que  hace Lenin de esta postura colonial eurocéntrica de negación de todo Otro sujeto capaz de conocer, no aparece este disposi- tivo de ocultamiento. El sujeto privilegiado del conocimiento  objetivo y universal es postulado abiertamente: la vanguardia del proletariado.

Desde  la verdad, objetiva y universal, a la cual  tiene acceso privi- legiado esta vanguardia, es posible impulsar y legitimar el proceso civi- lizatorio que lleve al “atrasado” pueblo ruso a saltar etapas para avanzar aceleradamente en la dirección de la Historia, la industrialización, el desarrollo del mercado capitalista y la revolución socialista. De esta ma- nera, en  polémica con  los populistas rusos que  pretendían enraizar los procesos de cambio en las particularidades históricas y culturales de la sociedad rusa, se legitima la colonización de la sociedad rusa por el mo- delo de sociedad industrial, de la misma forma en que las potencias colo-

 

 

 

niales en el resto del mundo están cumpliendo con la “carga del hombre blanco”, llevando su civilización a los pueblos primitivos (Lenin, 1975).

La  transformación tanto de  la  política como de  la  gestión del Estado en  un  asunto basado en  la verdad  tuvo,  por  supuesto, extraor- dinarias consecuencias. Entre estas, la  práctica negación de  la  idea misma de  política. Fue  igualmente la  base  de  relaciones autoritarias con  los propios trabajadores (“atrasados”), a los cuales había que  con- ducir sobre la base  de la verdad histórica, aunque estos  no  estuviesen al tanto de dicha verdad histórica, o estuviesen en desacuerdo con  sus implicaciones. La apelación a la verdad por  parte del Estado socialista radicaliza el pensamiento tecnocrático cientificista liberal, constituyén- dose  en  fundamento epistemológico legitimador del  autoritarismo de las sociedades del socialismo real.

 

EL  DESARROLLO PROGRESIVO Y ASCENDENTE DE  LAS FUERZAS PRODUCTIVAS

 

En  Marx  están presentes dos  visiones contradictorias  de  las  fuerzas productivas. En unos textos, como es el caso  de los Grundrisse y del Ca- pítulo VI (inédito) de El Capital,  hay  una rica  exploración del carácter histórico y socialmente condicionado de la ciencia y la tecnología en la sociedad capitalista. Aquí se analiza la tecnología capitalista como res- puesta a las exigencias no  sólo  económicas, sino  igualmente políticas, de la burguesía. La tecnología capitalista es caracterizada no sólo como instrumento de valorización del capital y de control sobre la naturaleza, sino también como un dispositivo político del proceso de concentración del  capital y de  la desvalorización de  la fuerza de  trabajo. Es,  en  este sentido, el producto de las exigencias de una sociedad jerárquica, y no democrática, que  tiene en  su  modelo tecnológico un  medio de  repro- ducción de sus relaciones de dominación y explotación. Ser consecuen- te  con  esta  postura implicaría asumir que  de  ninguna manera puede pensarse en la tecnología de la sociedad capitalista como base  material para una sociedad democrática. Se trata de una crítica aguda que  vuel- ve a aparecer en los debates marxistas una y otra vez, no llegando, sin embargo, a convertirse en interpretación hegemónica.

No es esta  la visión  de la tecnología que  termina por  convertirse en dominante en el pensamiento del propio Marx,  la visión  de la tecno- logía  de sus  textos más  acabados, más  “rigurosos”, más  “sistemáticos”, más  “científicos”.

El  marxismo científico comparte los  valores del  progreso y la confianza infinita en las potencialidades beneficiosas del desarrollo de las  fuerzas productivas, característicos del  ambiente intelectual euro- peo del siglo XIX. Ve la tecnología como políticamente neutra, y consi- dera que  la base  tecnológica del capitalismo avanzado y del socialismo es similar. Compartiendo el imaginario liberal de la posibilidad del crecimiento sin límite y de la felicidad y libertad humana sobre la base  de una abundancia material siempre ascendente, el marxismo científico asume esta perspectiva de la dualidad radical entre cultura y naturaleza propia del pensamiento eurocéntrico, y construye a la naturaleza en un objeto externo a ser controlado y manipulado sin limitación alguna.

Esto constituye, en el llamado marxismo científico, y en la mayor parte del pensamiento marxista del siglo XX, un punto ciego en relación con  el carácter político de la tecnología y con  la inviabilidad ambiental del  modelo industrialista. Han  sido  extraordinarias las  consecuencias de esta  interpretación como límite de la mirada crítica de la sociedad capitalista. Dicha interpretación  fue  igualmente la  base  de  los  inten- tos de construcción de una sociedad alternativa a partir de los mismos modelos tecnológicos centralizados, no democráticos, usurpadores del conocimiento de los trabajadores, depredadores de la naturaleza. En la experiencia soviética, y en ausencia de contrabalances democráticos a los desbordes de este  modelo tecnológico, este  fue  llevado a extremos desconocidos en las sociedades capitalistas centrales (Lander, 1994).

EL  MARXISMO Y LA FILOSOFÍA DE  LA HISTORIA:  METARRELATO HISTÓRICO EUROCÉNTRICO

El marxismo, en  la medida en  que  asume una filosofía de  la historia, construye un  metarrelato de  Historia Universal nítidamente  eurocén- trico. La sucesión histórica de modos de producción (sociedad sin  cla- ses, sociedad esclavista, sociedad feudal, sociedad capitalista, sociedad socialista) postula una plantilla de  Historia Universal, a  partir de  su interpretación de la historia parroquial europea.

La visión  de “los Otros”, de todas las otras experiencias de la hu- manidad a la luz  de la plantilla del metarrelato derivado de la historia europea, tiene como expresiones paradigmáticas  los  textos de  Marx sobre la  India (Marx  y Engels, 1973)  y la  polémica de  Lenin contra los  populistas rusos (Lenin, 1975).  Estos dos  ejemplos pueden ser  ca- racterizados como muestras de una aplicación unilateral de una visión progresista de la historia, en la cual,  como es el caso  del pensamiento neoliberal contemporáneo, las  especificidades históricas,  culturales  y sociales de  las  sociedades, y las  prácticas de  vida  de  sus  poblaciones, pueden ser  obviadas. No  hay  potencialidades ni  fuentes “otras” de  la construcción de un orden social más  equitativo y democrático. Las úni- cas fuerzas dinámicas de la transformación social están en las relacio- nes de producción capitalistas, en sus fuerzas productivas y sus sujetos históricos. Todo  lo demás está  destinado a ser barrido por  la inexorable dinámica progresiva de la historia.

Desde  la perspectiva de  esa  filosofía de  la Historia Universal, el socialismo y el comunismo, como sociedades que  suceden históricamente al capitalismo, adquieren un carácter de inexorabilidad inscripto en  las  leyes  de la historia. La Revolución Rusa y la posterior creación del  campo socialista después de  la Segunda Guerra Mundial parecen confirmar esta  predicción. El capitalismo no sólo  tiene un  más  allá  en la historia, sino  igualmente un  más  allá  geopolítico y territorial en un mundo bipolar.

Esta doble seguridad se derrumba con el Muro de Berlín. No sólo desaparece casi  todo el llamado socialismo realmente existente, sino igualmente la confianza teleológica en  que,  a pesar de las  guerras, los sufrimientos y los conflictos de la sociedad capitalista, en  el futuro se realizará la sociedad sin Estado y sin clases.

Desde  el punto de vista  de la crítica y la lucha contra la sociedad capitalista, esto  define un  nuevo momento histórico. Ya no  es posible pensar en un  futuro garantizado, la idea  de que  “el futuro nos  pertene- ce”. Fue  necesario reconocer algo  que  siempre fue cierto, el futuro está abierto,  no  existe  tal  cosa  como un  guión de  la  historia que  los  suje- tos  tienen que  desplegar en el terreno de sus  prácticas colectivas. Esto produce transformaciones radicales en lo que  se entiende por  práctica política transformadora.  Desaparece toda posibilidad de  apelar a  un sujeto ontológico trascendente. Se  multiplican en  forma abrumadora los  temas y sujetos de  la  acción política, que  durante más  de  un  si- glo estuvieron subordinados a la contradicción principal en la política socialista (género, cultura,  identidad, ambiente, orientación sexual). Igualmente, está  negada toda posibilidad de  hablar desde un  anclaje epistemológico y político privilegiado con  capacidad para determinar de antemano, desde la verdad  del guión  de la historia, cuáles son  las ac- ciones, posturas, luchas y sujetos “correctos”, y cuáles son,  para utilizar una palabra común en  los  viejos  debates entre socialistas, “desviacio- nistas” (Lander, 1996).

Como  argumenta Immanuel Wallerstein (1996), nada garantiza que  el futuro será  mejor; podría ser  incluso mucho peor. El futuro es una construcción que  depende de  las  acciones, luchas y fuerzas rela- tivas  de  los  seres  humanos en  el presente. Las  herramientas teóricas heredadas del  marxismo, en  este  contexto, todavía tienen mucho que aportarnos a  la  comprensión y crítica  de las  relaciones  de producción capitalistas, pero poco  nos  pueden decir sobre el diseño del futuro.

LA DESAPARICIÓN DE  LA NATURALEZA  EN  LA TEORÍA  SOCIAL

De acuerdo con  Fernando Coronil (1997), ninguna generalización pue- de  hacer justicia a  la  diversidad y complejidad del  tratamiento de  la naturaleza en la teoría social occidental. Sin embargo, afirma: los  paradigmas dominantes tienden a reproducir los  supuestos que atraviesan a la cultura moderna en los cuales la naturaleza es un  supuesto más. Las visiones del progreso histórico posteriores a la Ilus- tración afirman la primacía del tiempo sobre el espacio y de la cultura sobre la naturaleza. En  términos de estas polaridades, la naturaleza está tan profundamente asociada con  espacio y geografía que  estas categorías con  frecuencia se presentan como metáforas una de otra. Al diferenciarlas, los historiadores y los científicos sociales usualmen- te presentan al espacio o a la geografía como un escenario inerte en el cual  tienen lugar los eventos históricos, y a la naturaleza como el ma- terial pasivo con el cual  los humanos hacen su mundo. La separación de la historia de la geografía y el dominio del tiempo sobre el espacio tiene el efecto de producir imágenes de sociedades cortadas de su am- biente material, como si surgieran de la nada (Coronil, 1997: 23).

Marx,  a pesar de afirmar que la trinidad (trabajo/capital/tierra) “contie- ne  en  sí misma todos los  misterios del  proceso social de  producción” (citado en  Coronil, 1997:  57),  termina por  formalizar una concepción según la cual  la creación de  riqueza ocurre al interior de  la sociedad, como una relación capital/trabajo, dejando fuera a la naturaleza. Como la naturaleza no crea  valor, la renta se refiere a la distribución, no a la creación de plusvalía (Coronil, 1997: 47)7.

Coronil afirma que  en  la medida en  que  se deja  afuera a la na- turaleza en la caracterización teórica de la producción y del desarrollo del  capitalismo y la sociedad moderna, se está  igualmente dejando al espacio fuera de la mirada de la teoría. Al hacer abstracción de la natu- raleza, los  recursos, el espacio y los  territorios, el desarrollo histórico de  la  sociedad moderna y del  capitalismo aparece como un  proceso interno, autogenerado, de  la sociedad europea, que  posteriormente se expande hacia regiones “atrasadas”. En esta  construcción eurocéntrica desaparece del campo de visión  el colonialismo como dimensión cons- titutiva de  estas experiencias históricas. Están ausentes las  relaciones de subordinación de territorios, recursos y poblaciones del espacio no europeo. Desaparece así del campo de visibilidad la presencia del mun- do  periférico y sus  recursos en  la constitución del  capitalismo, con  lo cual  se reafirma la idea  de Europa como único sujeto histórico.

La reintroducción del espacio –y, por  esa  vía, de la dialéctica de los tres  elementos de la trinidad de Marx  (trabajo, capital y tierra)– per- mite ver al capitalismo como proceso global, más  que  como un proceso autogenerado en Europa, y permite incorporar al campo de visión  a las modernidades subalternas (Coronil, 1997: 8).

 

7 “La concepción estrictamente social de la creación de la explotación en Marx  busca evi- tar  la fetichización del capital, el dinero y la tierra como fuentes de valor.  Pero  termina por excluir la explotación de la naturaleza del análisis de la producción capitalista, y borra su papel en la formación de la riqueza” (Coronil, 1997: 59).

 DE  LA SEPARACIÓN JERÁRQUICA DE  LOS  ÁMBITOS  DE  LA VIDA SOCIAL Y EL  DETERMINISMO ECONÓMICO “EN  ÚLTIMA  INSTANCIA”

Una  de  las  construcciones más  potentes de  la  cosmovisión liberal ha sido  la postulación de la existencia de ámbitos separados de la vida his- tórico-social. (El “pasado” y el “presente”; las sociedades “modernas” y las sociedades “atrasadas”; y, en las sociedades “modernas”, “lo social”, “lo económico”, “lo político”)8.

Este  arte liberal de la separación, con  su  extraordinaria eficacia tanto fraccionadora como naturalizadora de las relaciones de la socie- dad  capitalista, no fue superado plenamente por  la crítica marxista. La crítica de la economía política parte del reconocimiento expreso de que no  hay  un  ámbito separado –con  lógica  y leyes  propias de  funciona- miento– que  pueda llamarse producción o mercado, ya que  este  opera en  el contexto de una institucionalidad política y de determinadas re- laciones de poder. Sin  embargo, con  las categorías de infraestructura  y superestructura, y su  articulación dentro de  un  modelo explicativo de determinación en última instancia de la superestructura por  la infraes- tructura –especialmente en el marxismo soviético y en el trabajo de la escuela de Althusser–, se introduce un esquematismo simplificador que amputa severamente la posibilidad de explorar las múltiples determina- ciones recíprocas entre diferentes ámbitos de la vida histórica social.

Esto está  estrechamente asociado a los  usos  de  la categoría de totalidad en  la  tradición marxista. Un  concepto de  totalidad con  fre- cuencia extraordinariamente estructurado, homogeneizante y sintético (derivado de  la  totalidad hegeliana, “puesta sobre sus  pies”)  llevó  en muchas posturas marxistas a un esencialismo dogmatizante que otorgó un  privilegio a priori  a determinados asuntos (la  producción) y deter- minados sujetos sociales (burguesía y proletariado) sobre otros temas, otras preocupaciones, otros sujetos sociales. Esto contribuye tanto a la  invisibilización de  sujetos y experiencias de  vida  (por  ejemplo, las poblaciones indias de América Latina), como a la invisibilización de te- mas  y problemas tales  como los asuntos de género, sexualidad, ambien- te, lengua, imaginario, cultura, considerados, de alguna manera, como derivados de los temas y asuntos centrales, lo que en algunas vertientes marxistas, como los análisis de orientación maoísta, fue caracterizado como la contradicción principal.

La totalidad es una categoría de análisis sin  la cual  difícilmente podemos pretender la comprensión de la realidad en sus  múltiples de- terminaciones, pero una categoría de  totalidad que  ignora el carácter necesariamente heterogéneo de la realidad histórico-social castra seve ramente la riqueza de la categoría y la convierte en fundamento de una visión  dogmáticamente totalizante, que  reduce severamente la amplia gama de  la experiencia humana a unos pocos ejes  centrales, a la vez que  convierte la  investigación histórico-social en  un  ejercicio formal, mediante el cual  sólo se busca una nueva constatación empírica de ver- dades objetivas y universales ya conocidas.

 

8 Esto, tal como señala Wallerstein (1996), se expresa en el siglo XIX en la construcción de disciplinas especializadas en el estudio de cada uno  de estos  ámbitos de la vida colectiva.

 EL  MARXISMO  EN  AMÉRICA  LATINA: ALGUNAS INTERROGANTES

A partir de las propuestas anteriores, es posible dejar abierta una serie de cuestiones relativas a lo que  ha  sido  la experiencia del marxismo  y de la lucha por  el socialismo en América Latina.

 

1]  ¿Cuáles fueron las  fuentes teóricas del  largo y estéril debate la- tinoamericano sobre el carácter feudal o capitalista de estas so- ciedades? ¿Fue  este  el resultado de la aplicación mecánica de la plantilla de  las  etapas universales del  desarrollo histórico y la sucesión de los modos de producción? A pesar de los extraordi- nariamente ricos aportes de  Sergio Bagú  para desmontar estos falsos dilemas eurocéntricos de la interpretación de las socieda- des latinoamericanas, dichos debates continuaron teniendo inci- dencia tanto teórica como política por  varias décadas.

2]  ¿Por  qué  la insistencia del  marxismo latinoamericano –particu- larmente de  los  partidos comunistas de  todo el continente– en la  búsqueda de  la  burguesía nacional como aliada en  la  lucha antiimperialista?

3]  ¿Por qué, en el contexto de la extraordinaria heterogeneidad estruc- tural de las sociedades latinoamericanas, los proyectos de transfor- mación socialista le otorgan un  papel histórico tan trascendente a un sector de la población que en la mayor parte de los países no era, ni podía llegar a ser, sino  minoritario: el proletariado fabril?

4]  ¿Por  qué  y cómo fueron invisibilizados temas esenciales de  la heterogeneidad cultural y la construcción “racial” de las diferen- cias,  asuntos medulares constitutivos de las  sociedades latinoa- mericanas? ¿Cómo se logró  ignorar u ocultar lo obvio?  ¿Cómo fue posible hacer opacas a la mirada, o simplemente invisibles, a millones de personas de las poblaciones indias y afroamericanas, negándoles así  su carácter de sujetos? ¿Por  qué  se dejaron a un lado  las expresiones culturales diferentes a la actuación (repeti- ción) en territorio americano del guión de la historia europea?

5]  ¿Por  qué,  cuando estos  sujetos y expresiones culturales y de mo- dos de vida de “los Otros” son incorporados a la reflexión sobre el carácter de estas sociedades, se los considera como expresión de un  “atraso” precapitalista destinado a transformarse (modernizarse) o desaparecer con  el avance histórico? ¿Por  qué  se dio en torno a estos  asuntos una coincidencia tan  notable entre muchos análisis marxistas y la sociología de la modernización? 9.

6]  ¿Por  qué  en  la tradición del  pensamiento marxista ha  sido  tan frecuente la reiterada dificultad, si no la imposibilidad, de pensar el futuro de  este  continente desde su  propia realidad histórica, desde sus propias tradiciones culturales, desde la potencia trans- formadora de sus propios sujetos histórico-sociales?

7]  ¿Por  qué  en  la  actualidad latinoamericana, en  la  multiplicidad de nuevos sujetos y nuevas expresiones de lucha social y política en torno a género, derechos políticos y culturales de los pueblos indígenas, ambiente, campesinos sin tierra, cooperativas, luchas ambientales, diversidad sexual, es tan  común encontrar una rela- ción  distante con  el marxismo?

8]  ¿Por  qué  algunas de las transformaciones y acontecimientos po- líticos recientes más  destacados de América Latina, como los le- vantamientos indígenas del Ecuador, el zapatismo, los sucesivos derrocamientos de  presidentes neoliberales, el proceso de  cam- bio en Venezuela, han sido  todos sorpresivos para la mayor parte de los analistas marxistas?

9]  ¿Qué  tienen que  ver la presencia del eurocentrismo, el economi- cismo y las visiones teleológicas con  estas carencias en los análi- sis de la realidad latinoamericana?

LOS  DOS  MARXISMOS: MARXISMO CIENTÍFICO Y MARXISMO CRÍTICO

LA BÚSQUEDA DEL  “VERDADERO” MARX10

Una  forma de aproximarnos a esta  diversidad de fuentes de fundamen- tación y de  modelos de  interpretación de  lo real  presente en  la teoría marxista es a través de la vía de la discusión de lo que  Alvin Gouldner llama el marxismo crítico y el marxismo científico (1982). Gouldner hace una contribución fundamental a la historia y la comprensión del mar- xismo con  su tesis  de que  la diversidad de posturas teóricas y políticas del marxismo –desde la obra de Marx–  es expresión de dos paradigmas o sistemas teórico-políticos que  recorren toda esta  tradición. Gouldner define estos  dos paradigmas a partir de la siguiente caracterización:

1]  Mientras que  en el marxismo científico predomina el análisis es- tructural, determinista, del  ser  humano como producto de  sus

9 La sensibilidad especial de José  Carlos Mariátegui marchó a contracorriente y, por  eso mismo, no logró  una influencia decisiva en el debate marxista latinoamericano.

10 Este  acápite fue tomado de Lander (1990a).

 

condiciones histórico-sociales, análisis en el cual  las estructuras socioeconómicas son  los verdaderos agentes del cambio históri- co,  en  el marxismo crítico la acción consciente, voluntaria, del ser  humano juega un  papel central. Los  seres  humanos son  los agentes del cambio histórico.

2]  En consecuencia, para el marxismo científico lo fundamental en el desarrollo histórico, en particular para la transición del capi- talismo al socialismo, es la maduración de las condiciones obje- tivas;  en  cambio, para el marxismo crítico adquieren prioridad las condiciones subjetivas, la ideología, la conciencia de clase,  la organización política.

3]  Mientras que  el marxismo científico tiene la expectativa de  que  la revolución socialista se dé en los países capitalistas más desarrollados (aquellos países que han alcanzado el máximo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas), el marxismo crítico llega a la conclusión de que el atraso, lejos de ser un obstáculo, puede por el contrario brindar la oportunidad para la toma revolucionaria del poder. El capitalismo avanzado, con su potencial para satisfacer las demandas de consumo de la clase  obrera, y con  su  capacidad ideológica de control de las clases dominadas es visto así, por el marxismo crítico, como impedi- mento, más  que como una precondición para la revolución.

4]  Para el  marxismo  científico, la  maduración del  proletariado como clase  de vanguardia es considerada una condición necesa- ria para la revolución socialista. El marxismo crítico no establece una relación necesaria entre revolución socialista y proletariado como agente histórico.

5]  El marxismo científico, en la medida en que confía en que la ma- duración de las condiciones objetivas llevará inevitablemente al derrumbe del  capitalismo y al triunfo del  socialismo, tiene una “estructura de  sentimientos” básicamente optimista. Tiene  a la historia de su lado.  Por  el contrario, el marxismo crítico carece de esa seguridad, no confía en el inevitable desenlace positivo de los acontecimientos históricos; tiene, por  lo tanto, una “estructu- ra de sentimientos” más  proclive al pesimismo.

6]  El  marxismo científico, en  su  determinismo, enfatiza el carác- ter  necesario del  desarrollo histórico y los procesos sociales. El marxismo crítico rechaza la idea  del  marxismo científico según la cual  “la libertad es el reconocimiento de la necesidad”. Por  el contrario, afirma que  la libertad es la disposición a pagar el pre- cio necesario para la consecución de los valores deseados.

7]  El  marxismo científico comparte los  valores del  progreso y la confianza infinita en las potencialidades beneficiosas del desarrollo de las fuerzas productivas, característicos del ambiente inte- lectual europeo del siglo XIX. Ve la tecnología como políticamen- te  neutra, y considera que  la  base  tecnológica del  capitalismo avanzado y del socialismo es similar. Para el marxismo crítico, la tecnología desarrollada por  la sociedad capitalista incorpora las relaciones de dominación propias de esta  sociedad; la crítica al capitalismo pasa así  –necesariamente– por  la crítica a la tecno- logía  capitalista.

8]  El marxismo científico, sin ambigüedades, evalúa positivamente el desarrollo científico, al cual  ve no  sólo  como un  gran poder, sino también como representante del  bien. Rechaza las  críticas a  la ciencia como un  sentimentalismo romántico, y comparte las pre- misas fundamentales de  las  ciencias naturales y su  confianza en la capacidad de  los  seres humanos para controlar la naturaleza. El marxismo crítico tiende a tener una actitud más  ambigua con relación a la ciencia, a la que  sitúa institucionalmente en  el mar- co  de  la sociedad capitalista. No  limita su  crítica a sus  usos  o a las  relaciones de  propiedad dentro de  las  cuales se desarrolla en el capitalismo. Sin  embargo, dada la valoración que  de esta hace el conjunto de la sociedad moderna, tiende a plantear la crítica en términos más  parciales, referidos, por ejemplo, a su “positivismo”.

9]  El marxismo científico es fundamentalmente antifilosófico, en el sentido de que  ve en la ciencia la posibilidad de la superación de la filosofía. El marxismo crítico se identifica más  estrechamente con  la tradición filosófica, especialmente con  la hegeliana.

10]   Incorporando ambos paradigmas del marxismo tradiciones cen- trales de la cultura de occidente, el marxismo científico se iden- tifica  más  directamente con  la ciencia y la tecnología, con  los as- pectos instrumentales de esta  cultura, mientras que  el marxismo crítico se identifica con  los aspectos más  humanísticos, filosófi- cos y literarios de la tradición europea.

11]   Desde  el punto de vista  metodológico, el marxismo científico en- fatiza la  separación entre estructura económica y superestruc- tura, insistiendo en  la  determinación, aunque sea  en  “última instancia”, de  todos los  aspectos superestructurales  (ideología, política, cultura) por  las  condiciones de  la  base  económica. El marxismo crítico, por  su  parte, rechaza esta  visión  dicotómica de la realidad social como una vulgar simplificación, y enfatiza la naturaleza de la sociedad como una totalidad en la cual  no es posible introducir tales  particiones tajantes.

12]   Desde  el punto de vista epistemológico, el marxismo científico ve al proceso del conocimiento como el “reflejo”  de la realidad objetiva  en la mente. Es la epistemología de la mente como espejo. El  marxismo crítico enfatiza los  aspectos prácticos, subjetivos, humanos, del proceso de conocimiento. Es la epistemología de la mente como lámpara.

13]   Para el marxismo científico, la moral es un  sentimentalismo in- necesario. La  justificación del  socialismo no  requiere una fun- damentación de naturaleza moral; este  depende de las leyes  im- personales de la historia. El marxismo crítico tiene por  objetivo fundamental la preservación de la cultura humana y de determi- nados valores trascendentes.

14]   La  crítica del  marxismo científico al  sistema capitalista enfati- za  la explotación económica, las  relaciones de  propiedad. Para el marxismo crítico, el énfasis está  en la deshumanización de la vida, en la crítica al fetichismo y la alienación. En este sentido, es más  una crítica de naturaleza cultural.

15]   A los dos paradigmas corresponden, finalmente, diferentes estilos políticos. Para el marxismo científico, el énfasis está en el partido y en sus organizaciones políticas, en los medios en sí mismos; en cambio, para el marxismo crítico el énfasis está  en los valores, en la conciencia, en los fines  de la revolución.

Con  esta  caracterización de  los  dos  marxismos, Gouldner no  preten- de identificar a determinados autores o grupos políticos con  alguna de estas dos  tendencias. Por  el contrario, afirma que  se trata sólo  de una distinción de naturaleza analítica. Estas combinaciones de rasgos, cla- ro  está,  no  se  dan  todas juntas en  la  forma en  la  que  aparecen en  la formulación de los tipos ideales presentados por  Gouldner. Diferentes marxistas o tendencias dentro del marxismo se aproximan más  a uno  u otro de los paradigmas señalados.

EN  LA BÚSQUEDA DEL  VERDADERO MARX

La  comprensión de  las  tensiones presentes en  toda la  tradición mar- xista,  a partir de la obra del propio Marx,  es particularmente útil  para abordar algunos problemas centrales de la historia del marxismo, temas recurrentes cuyo  debate se ha caracterizado por  su pobreza teórica.

Uno  de estos  problemas, de importancia política persistente, es la búsqueda del “verdadero Marx”,  lo que  “Marx  verdaderamente quiso decir”, especialmente en  los debates en  torno a las  relaciones entre la teoría marxista y el socialismo realmente existente. El obsesivo intento por  salvar a la teoría marxista de toda responsabilidad por  su resultado histórico en  las  sociedades que  se  han organizado bajo  la  tutela del marxismo ha llevado una y otra vez a defender el “verdadero marxismo” de  las  múltiples distorsiones y deformaciones a las  cuales este  habría sido  sometido. Con  relación a  la  caracterización que  hace Gouldner (1982)  de los dos marxismos, el hecho de que sea posible encontrar apo- yo explícito a cada una de las proposiciones fundamentales de estos  dos paradigmas teórico-políticos del  marxismo en  algunos textos de Marx es  evidencia suficiente para negar la  posibilidad de  que  el verdadero Marx  sea  el científico o el crítico. La búsqueda del  verdadero Marx  se convierte así  no  sólo  en  un  ejercicio escolástico inútil, sino  que,  en  la medida en que  pretenda negar algunos aspectos para destacar otros, lo que hace es unilateralizar el pensamiento de Marx,  distorsionándolo. El pensamiento de Marx  incorpora estas tensiones y esta  complejidad, no hay otro “verdadero Marx”.

Esta búsqueda del  “Marx verdadero” se ha  orientado a separar en la obra de Marx los aspectos que reflejan su “verdadera postura” de, por un  lado,  aquellos que  corresponderían por diversas razones a un Marx inmaduro y, por el otro, de los que obedecerían a la influencia ne- gativa del cientificismo dominante en la cultura de su época. Se hacen así  lecturas coherentemente críticas, o coherentemente científicas, de la obra de Marx.

Ejemplos clásicos son  el marxismo científico de la II Internacio- nal, y el marxismo crítico de autores como Karl Korsch y Georg Lukács. El intento más  reciente y sistemático en  esta búsqueda de una separa- ción  entre lo bueno y lo malo de la obra de Marx es la ruptura epistemo- lógica  postulada por Althusser (1968)11. Según esta interpretación, el hu- manismo, el historicismo, la ideología, los valores, la preocupación por los problemas de la alienación, son resabios filosóficos hegelianos de un joven  Marx inmaduro, que  todavía no ha producido la ruptura que  per- mitirá el desarrollo de su  verdadera contribución teórica: el marxismo científico. Por esta vía, efectivamente se resuelven algunas de las contra- dicciones que hemos discutido, pero a costa de amputar el aspecto de la contradicción con  el cual  Althusser no está de acuerdo, lo que  produce un radical empobrecimiento del campo teórico del marxismo.

Otra versión de  este  intento de  separación de  lo bueno respec- to  de  lo malo ha  consistido en  convertir las  contradicciones y tensio- nes  internas al pensamiento de Marx  en contradicciones entre Marx  y Engels. De acuerdo con  esta  interpretación tan  extendida, mientras el pensamiento de Marx  sería una elaboración compleja, sofisticada, llena de sutilezas, que  en ningún momento cae en trampas unilateralistas, el trabajo de Engels sería responsable de un reduccionismo naturalista de la obra de Marx.

Este tema fue  replanteado por Leszek Kolakowski en  Las  prin- cipales  corrientes del marxismo (1980;  1982).  Según este autor, existe una diferencia radical entre la filosofía de Engels y la filosofía de Marx. Este autor plantea que  el punto de  vista de  Engels puede calificarse sumariamente como naturalista y antimecanicista. Engels presenta al universo en  evolución dinámica hacia formas superiores, plurales en su diferenciación y enriquecidas por el conflicto interno. Estaría próxi- mo  al positivismo y al cientificismo por su confianza en la ciencia na- tural y su desconfianza en la filosofía, concebida meramente como un conjunto de reglas intelectuales; también estaría cercano al empirismo y el determinismo.

 

11 Consultar también Althusser y Balibar (1969).

 

De acuerdo con  esta  interpretación, no  parece que  las  bases fi- losóficas del  marxismo de  Marx  sean compatibles con  la  creencia en que  las  leyes  generales de la naturaleza son  aplicables a la historia de la humanidad; o que  las reglas del pensamiento pueden ser  asimiladas con  las  regularidades psicológicas o fisiológicas del  cerebro. Mientras que  Engels, hablando en  términos generales, creía que  el ser  humano podía explicarse en términos de historia natural y de las leyes de evolu- ción  a las que estaba sometido, y que era capaz de conocer en sí, la idea de Marx  fue que  la naturaleza que  conocemos es una extensión del ser humano, un órgano de actividad práctica.

La  interpretación  materialista de  la  conciencia  en  Marx,   de acuerdo con  Kolakowski, es que  el conocimiento y todo lo relacionado con la mente –sentimientos, deseos, imaginación e ideales– es producto de la vida social y de la historia. Por  ello, los seres  humanos no pueden adoptar un  punto de vista  cósmico o divino, dejando a un  lado  su pro- pia  humanidad, y abarcando a la realidad en sí y no como objeto de la praxis humana. Habría, de acuerdo con esto,  una clara diferencia entre el trascendentalismo latente de la dialéctica de la naturaleza de Engels y el antropocentrismo dominante en la idea  de Marx.

Hay,  efectivamente, una diferencia radical entre las  proposicio- nes  epistemológicas antropocéntricas presentes en  el Marx  de los Ma- nuscritos de París de 1844  y el naturalismo cientificista de toda la obra de  Engels. Sin  embargo, la epistemología que  postula Marx  cada vez que  se refiere a la contribución representada por  El Capital  se acerca mucho más  al cientificismo de Engels que al antropocentrismo de algu- nas de sus primeras obras. Esta separación tajante entre las proposicio- nes  epistemológicas de Marx  y las de Engels sólo  es posible a partir de una interpretación unilateral del pensamiento de Marx,  interpretación que  incorpora sólo  uno  de los polos en  tensión en  su  pensamiento. Si bien  los elementos para la caracterización que  hace Kolakowski están presentes en  algunos textos de  Marx,  también lo están –y con  mayor peso– proposiciones que sustentarían una interpretación más  naturalis- ta y cientificista de sus concepciones filosóficas y epistemológicas.

No puede desconocerse, para esta  discusión, la visión  que  Marx tiene de su propia obra, la forma en la cual define su contribución en los prólogos y presentaciones de sus  textos más  importantes, en las cartas en las cuales se refiere a lo que ha sido  el conjunto de su aporte teórico. En  las referencias de este  tipo  en los últimos años de vida  de Marx,  el énfasis está  en el carácter científico de su obra, en el determinismo de los procesos sociales. El paradigma del conocimiento de las ciencias na- turales está cada vez más  presente como referencia explícita en relación con  la cual  Marx  evalúa la importancia y naturaleza de su propia obra. Igualmente importante para la interpretación de  la opinión que  tenía Marx  de su propia obra, es, como afirma Gouldner, el hecho de pregun- tarse si los textos fueron publicados o no durante la vida  de Marx.  Los principales textos a partir de los cuales se desarrollan las interpretacio- nes  de  Marx  como orientado por  una epistemología antropocéntrica y anticientificista son  precisamente aquellos no  publicados durante la vida  de Marx  y Engels. La ideología  alemana y los Manuscritos de París de 1844 fueron editados en 1932, y sólo años después se publicaron tra- ducciones completas. La primera publicación efectiva de los Grundrisse es del año  1953;  la traducción a los principales idiomas tomó hasta 20 años, y todavía hay partes del material que  permanecen inéditas.

La  consideración del  carácter de  publicación o  de  manuscrito inédito de los diferentes textos de Marx  que  son  utilizados para las di- versas interpretaciones del marxismo tiene una doble importancia. En primer lugar, los trabajos publicados son,  probablemente, aquellos que los  autores quieren dar  a conocer: en  el caso  de  Marx,  los  textos que quiere aportar como contribución a la divulgación de la concepción del mundo y del  socialismo que  está  empeñado en  desarrollar. Si a partir de estos  textos que  él priorizó para su publicación es más  difícil  llegar a una interpretación de la obra de Marx  como marxismo crítico que  a partir de los manuscritos no publicados, resulta por lo menos arbitrario atribuirles a los textos no  publicados el carácter de “verdadero Marx”. En segundo lugar, para una discusión en torno a las consecuencias his- tóricas de la teoría marxista, en particular en relación con el socialismo realmente existente, es evidente la importancia cardinal de  los  textos en  base  a los cuales se formó la concepción del  mundo, la política, la revolución y el socialismo que sirvió  como guía  para la construcción de las sociedades socialistas.

Los principales movimientos políticos del siglo XX que se identi- fican  con  el marxismo ya tenían una concepción del mundo y del mar- xismo claramente cristalizadas antes de que  se conocieran algunos de los textos de Marx  más  directamente identificados con el marxismo crí- tico.  En el año  1932, cuando se publicaron por primera vez (en alemán) tanto La ideología  alemana como los  Manuscritos de París de  1844,  el partido bolchevique tenía 15 años en el poder, Lenin había muerto ha- cía casi una década, Trotsky estaba en los últimos años de su vida, el es- talinismo estaba en pleno apogeo y el Partido Comunista Chino ya tenía 11 años de existencia. Resulta así que, encontrando el sentido profundo de  la  obra de  Marx  precisamente en  aquellos textos que  poco  tienen que  ver con  la experiencia histórica del socialismo, se libera a aquella de  toda “culpa”. El verdadero socialismo, el socialismo postulado por Marx,  estaría todavía por  realizarse.

Regresando ahora a  la  pretendida oposición radical entre las concepciones de Marx  y Engels, resulta por  lo menos curiosa esa  con- clusión, si tomamos en cuenta el hecho de que fueron íntimos amigos y colaboradores durante la mayor parte de sus vidas;  redactaron y firma- ron  conjuntamente algunas de sus  principales obras; durante décadas desarrollaron un  constante intercambio de  correspondencia sobre lo que cada cual  estaba escribiendo (en los períodos en los que estaban se- parados); y establecieron entre sí discusiones sobre sus respectivos ma- nuscritos antes de  su  publicación. Fue  tan  estrecha esta  colaboración que,  recientemente, se ha conocido que  algunos artículos periodísticos firmados por  Marx  en realidad fueron escritos por  Engels.

Igualmente limitados resultan los intentos de establecer una rup- tura radical entre el marxismo de Marx  y el marxismo de Lenin, mar- xismo que  fue  codificado posteriormente  como marxismo-leninismo. En  las  últimas décadas, ha  sido  común a la reflexión crítica en  torno a las  sociedades socialistas actuales el llegar  a la conclusión (inevita- ble) de que el socialismo realmente existente está  íntimamente ligado a las concepciones teóricas y políticas del leninismo, y que  la idea  de un socialismo democrático implica necesariamente una ruptura con  este último. Sin  embargo, en el no-reconocimiento de que  la obra de Lenin constituye la continuación de algunas tendencias medulares inscriptas en  el pensamiento de  Marx,  lo que  se repite es el apego religioso a la permanencia de la contribución de Marx,  impidiendo por  esa  vía una reflexión crítica sobre la obra del propio Marx.  Ejemplo de esta  moda- lidad de separación radical entre lo bueno atribuido a Marx  y lo malo atribuido a Lenin es la ruptura del eurocomunismo con  el leninismo.

Estas interpretaciones reduccionistas, altamente selectivas (tan frecuentes en  la  historia del  marxismo), han servido tanto para sus- tentar y legitimar las  más  diversas posturas políticas ubicadas en  el campo del  marxismo, como para escamotear la posibilidad misma de una discusión crítica en  torno a la  relación entre las  experiencias de construcción socialista y las  proposiciones teóricas y políticas básicas del marxismo. Sólo  a partir del reconocimiento del conjunto de proble- mas, tensiones y contradicciones presentes en la obra de Marx,  y de la diversidad de  las  potenciales orientaciones de  su  desarrollo posterior, es posible una aproximación crítica fructífera al conjunto de  su  obra y a los efectos que  esta  tuvo  en  la experiencia histórica del  socialismo realmente existente.

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Parte Dos

 

 

 

Actualidad y renovación de los temas clásicos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Daniel Bensaïd*

 

 

Una mirada a la historia y la lucha de clases**

 

 

 

 

 

* Profesor de Filosofía en la Universidad de París VIII Saint Denis. Fundador y dirigente de la Liga Comunista Revolucionaria de Francia.

** El presente artículo es una versión preliminar del  capítulo titulado “Los  tiempos des- acordes (a propósito del marxismo analítico)” que  el autor publicó en octubre de 2003 en  su  obra Marx  intempestivo.  Grandezas y miserias de una  aventura crítica  (Buenos Aires: Ediciones Herramienta).

 

 

 

 

 

 

VIVIMOS  EN TIEMPOS DE RESTAURACIÓN. Lo sorprendente es que esa restauración está  hecha a la medida de los desórdenes. ¿De progre- so?  Cabe  la duda. El oscurecimiento de la lucha de clases es propicio para las  seducciones del  mercado y para la escalada de  los  conflictos localistas. La renovación en el análisis de estos  fenómenos parece pro- ceder de  la  corriente llamada “marxismo analítico” o de  “la elección racional”. En  nuestra exposición examinaremos críticamente las  tesis planteadas por  uno  de sus principales teóricos, Jon  Elster.

En  su Marx,  une  interprétation analytique, Elster (1989)  sostiene que  Marx  no  previó que  el advenimiento del  comunismo pudiera ser prematuro y que,  a semejanza del modo de producción asiático, se con- virtiera en un  callejón sin salida de la historia. “Prematuro”: la palabra está  dicha. Los debates sobre el ritmo justo de la historia remiten gene- ralmente a algunos pasajes conocidos del Prólogo de 1859  a la Contri- bución a la crítica  de la economía política:

En la producción social de su vida, los hombres contraen determina- das relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a determinada fase de desarrollo de sus  fuerzas productivas materiales […] Al llegar  a una determinada fase  de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo que  no es más  que  la expresión jurídica de esto,  con  las relacio- nes  de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social […] Ninguna formación social desaparece antes de que  se de- sarrollen todas las  fuerzas productivas que  caben dentro de  ella,  y jamás aparecen nuevas y más  altas relaciones de producción antes de que  las condiciones materiales para su existencia hayan madura- do en el seno  de la propia sociedad antigua. Por  eso,  la humanidad se  propone siempre únicamente los  objetivos que  puede alcanzar, pues, bien  miradas las cosas, vemos siempre que estos  objetivos sólo brotan cuando ya se dan  o, por  lo menos, se están gestando, las con- diciones materiales para su realización (Marx, 1976: 517-518).

A pesar (o a causa) de sus intenciones didácticas, este texto  plantea más problemas de  los  que  resuelve. Fiel  al título de  su  libro capital, Marx hace una “defensa” resuelta de esta  teoría. Desde  La ideología  alemana hasta sus Teorías  sobre la plusvalía, recorre los indicios de una rigurosa determinación de las relaciones de producción por el nivel de desarrollo de  las  fuerzas productivas, porque “ninguna revolución triunfará  an- tes  de que  la producción capitalista haya elevado la productividad del trabajo al nivel  necesario” (Marx, 1980a). Una  vez expropiada la clase dominante, la clase  trabajadora no sería capaz de fundar una comuni- dad  socialista sin  “la  premisa práctica, absolutamente necesaria”, de una productividad elevada, pues sin  ella  la socialización forzada sólo conduciría a la generalización de la escasez. Lejos de llevar  a la emanci- pación real  del asalariado, la apropiación estatal de los medios de pro- ducción puede significar la generalización del trabajo asalariado bajo  la forma del “comunismo burdo” (que  podríamos traducir, hoy en día, por “colectivismo burocrático”). Las tentativas “prematuras” de cambiar las relaciones sociales estarían así condenadas, por  lo tanto, a la restaura- ción  capitalista bajo  las peores condiciones.

Aquí  se  confunden varias cuestiones. Marx  insiste en  las  con- diciones de  posibilidad del  socialismo contra lo sostenido por  los  co- munistas utópicos. La socialización de la escasez sólo  podría “traer de nuevo toda la vieja  basura”. La crítica del productivismo a menudo se presta a la ingenuidad. Si se trata de denunciar la falsa  inocencia de las fuerzas productivas y de  señalar su  ambivalencia –factor de  progreso tanto como de  destrucciones potenciales–, los  desastres de  este  siglo establecen suficientemente su  pertinencia sin  que  haya necesidad de sacar a colación las robinsonadas del crecimiento cero  y de la economía de recolección. No hay  un  solo  y único desarrollo posible, socialmente neutro, de las fuerzas productivas. Varias vías, de consecuencias socia- les  y ecológicas diferentes, son  siempre concebibles. Sin  embargo, la satisfacción de las necesidades sociales nuevas y diversificadas sobre la base  de un  menor tiempo de trabajo –¡y de ahí  la emancipación de la humanidad del trabajo forzado!– pasa necesariamente por  el desarrollo de las fuerzas productivas.

Si se considera que  el proletariado está  calificado para jugar un papel clave  en  esta  transformación, es  sobre todo porque la  división técnica y social del trabajo crea  las condiciones para una organización consciente (política) de la economía al servicio de las  necesidades so- ciales. Una  socialización eficaz  de la producción requiere, entonces, un nivel  determinado de desarrollo. En  una economía cada vez más  mun- dializada, este  umbral mínimo no  está  fijado  país  por  país.  Relativo y móvil,  varía  en función de los lazos  de dependencia y solidaridad en el seno  de la economía-mundo. Cuanto menos desarrollado esté  un  país, más  tributario será  de la relación de fuerzas a nivel internacional.

¿Cómo conciliar la historia como desarrollo de las fuerzas produc- tivas con la historia como desenvolvimiento de la lucha de clases? Elster ve allí “una  dificultad capital del marxismo”: “No se encuentra huella de un  mecanismo a través del cual  la lucha de clases estimule el desarrollo de las fuerzas productivas”. Existiría en  Marx “una  relación muy  estre- cha  entre la filosofía de  la historia y la predilección por la explicación funcional. Es,  ciertamente, porque él creía a la  historia dirigida hacia un  objetivo que  sentía justificado explicar no solamente los patrones de comportamiento, sino  incluso los acontecimientos singulares en función de su contribución a este fin” (Elster, 1991:  429).  Al resumir la teoría de Marx como “una  amalgama de  colectivismo metodológico, explicación funcional y deducción dialéctica”, Elster no observa matices. “Todos  es- tos enfoques tal vez se dejan subsumir bajo  la rúbrica más  general de la teleología. La mano invisible que  sostiene al capital es una de las dos grandes formas de teleología en Marx; la otra es la necesidad de que  el proceso termine, a fin de cuentas, destruyéndose” (Elster: 1991: 689).

En  verdad, más  allá  de las mistificaciones y los prodigios del fe- tichismo, Marx  revela  la realidad profana de las relaciones objetivadas que  los hombres mantienen entre sí. El funcionalismo que  Elster ataca no es más  que una sombra proyectada de la clásica intencionalidad que se  refugia tras su  propio “individualismo metodológico”. Incapaz de comprender las insólitas “leyes tendenciales” de Marx  con su necesidad sembrada de azar, desarma y rearma tristemente el tedioso mecano de las fuerzas y las relaciones, de la infraestructura y la superestructura.

 Lejos  de  representaciones triunfalistas, la historia no  se reduce a un  juego  de suma cero.  Su desarrollo acumulativo está  marcado por el de las ciencias y las técnicas. La aparición de un nuevo modo de pro- ducción no es la única salida posible del modo de producción preceden- te. Es erróneo pensar que  la única alternativa concebible para un  viejo modo de producción sea  su  inexorable superación. Tal desenlace ape- nas  se inscribe en un  campo determinado de posibilidades reales. Una evaluación del progreso histórico en términos de avances y retrocesos sobre un eje cronológico imagina al desastre bajo  la forma del regreso a un pasado caduco, en lugar de alertar contra las formas inéditas, origi- nales y perfectamente contemporáneas de una barbarie que  es siempre la de un presente particular.

Comprendidas de esta  forma, las fuerzas productivas reencuen- tran aquí su papel. Fuerzas productivas y relaciones de producción son los  dos  aspectos del  proceso a través del  cual  los  seres  humanos pro- ducen y reproducen sus  condiciones de vida.  Salvo  un  aniquilamiento siempre posible, el desarrollo de las fuerzas productivas es acumulativo e irreversible. Pero  de ello no  resulta un  progreso social y cultural au- tomático, sino  solamente su posibilidad. De otro modo, todo proyecto de  emancipación derivaría del  puro voluntarismo ético  o  de  la  pura arbitrariedad utópica. Decir que el desarrollo de las fuerzas productivas tiene direccionalidad, que  su  película no  puede ser  rebobinada, signi- fica que  no se regresa del capitalismo al feudalismo y del feudalismo a la ciudad antigua. La historia no da marcha atrás. Bajo  viejos  harapos engañosos, puede, sin embargo, incubar las peores novedades.

De ahí la justeza de la fórmula “socialismo o barbarie”, y el equí- voco  de  consignas tales  como “socialismo o statu quo”,  “socialismo o mal  menor”, “socialismo o regresión”. No se trata, pues, de avances o retrocesos, sino  de una verdadera bifurcación. La dialéctica de los po- sibles  también es acumulativa. El aniquilamiento de  las  virtualidades liberadoras inventa amenazas desconocidas y no menos aterradoras.

INTERMITENCIAS Y CONTRATIEMPOS

Pasando por  alto  numerosos textos explícitos sobre el punto, Elster, al igual  que  tantos otros, se obstina en encontrar en Marx  “una  teoría de la historia universal, del orden en que los modos de producción se suce- den  en la escena histórica”. Le atribuye, incluso, “una  actitud teleológi- ca perfectamente coherente”, a riesgo de no poder explicar el contraste entre La ideología  alemana y los grandes textos ulteriores “sino  tal  vez por  influencia de Engels” (Elster, 1991).  Explicación tan  cómoda como inconsistente. Pues  los textos de 1846 no tienen nada de atolondramien- tos  juveniles que  derogarían la  coherencia general, y se  inscriben en una rigurosa continuidad con  La sagrada  familia. En  los  Grundrisse  y la Contribución de  1859  resuena el eco  fiel de  aquellos textos: “La así llamada evolución histórica reposa en general en el hecho de que  la úl- tima forma considera a las pasadas como otras tantas etapas hacia ella misma, y dado que  sólo  en raras ocasiones […] es capaz de criticarse a sí misma […] las concibe de manera unilateral” (Marx, 1984: 27).

No se podría rechazar más  firmemente toda ilusión retrospectiva sobre el sentido de una historia cuyo  desarrollo conspiraría para el co- ronamiento de un presente ineluctable y, en consecuencia, legítimo.

Correspondencia de  las  fuerzas productivas y las  relaciones de producción, necesidad y posibilidad históricas: henos aquí de  vuelta ante la cuestión de la transformación de las sociedades, de las revolu- ciones “prematuras” y las transiciones fallidas. No contento con atribuir a Marx  el “esquema supra-histórico” que  este  tan  claramente condenó, Elster le reprocha el haber imaginado un  comunismo que  se presenta en el momento oportuno, en lugar de apuntar las consecuencias desas- trosas de su llegada prematura. Sin embargo, no tiene sentido hablar de una llegada prematura o anticipada. Un acontecimiento que  se inserta como un  eslabón dócil  en el encadenamiento ordenado de los trabajos y los días  ya no sería acontecimiento, sino  pura rutina. La historia está hecha de singularidades circunstanciales. El acontecimiento puede ser llamado prematuro en relación con  una cita  imaginaria, pero no  en el horizonte vacilante de la posibilidad efectiva. ¡Los que  acusan a Marx de ser  determinista son,  a menudo, los mismos que  le reprochan serlo insuficientemente! Para el marxista “legal” Struve, como para los men- cheviques, una revolución socialista en  Rusia en  1917  parecía mons- truosamente prematura. La  cuestión resurge hoy  día  a la hora de  los balances. ¿No habría sido  más  prudente y preferible respetar los ritmos de la historia, dejar que  las condiciones objetivas y el capitalismo ruso maduraran, darle a la sociedad tiempo suficiente como para moderni- zarse? ¿Quién escribe la partitura y quién marca el compás?

Según Elster, “dos espectros atormentan a la revolución comunista”:

Uno es el peligro de una revolución prematura favorecida por una mez- cla de ideas revolucionarias avanzadas y situaciones miserables, en un país  que  todavía no está maduro para el comunismo. Otro es el riesgo de revoluciones conjuradas, de reformas preventivas introducidas des- de arriba para desactivar una situación peligrosa (Elster, 1991: 710).

 

Si hay  revoluciones prematuras, deben encontrarse también, en  efec- to,  revoluciones pasadas. Resuelto a no  ceder a los arrullos de futuros radiantes, Gerald Cohen prefiere afirmar que  un capitalismo debilitado vuelve  solamente posible “la subversión potencialmente reversible del sistema capitalista y no la construcción del socialismo” (Cohen, 1986). Cohen sigue  sin  lograr escapar de las trampas formales del Prólogo de 1859:  “La revolución anticapitalista puede ser  prematura y, en  consecuencia, fracasar su  objetivo socialista” (Cohen, 1986).  Así, una expli- cación del estalinismo reducida a la inmadurez de las condiciones his- tóricas desmiente a priori, en beneficio de un  fatalismo mecánico, todo debate estratégico sobre la toma del poder en 1917,  las oportunidades de la revolución alemana en 1923,  la significación de la NEP  y las dife- rentes políticas económicas factibles.

¿El  debilitamiento del  capitalismo hace posible la  subversión? Asumamos que  la respuesta a esta  pregunta es afirmativa. Sin  embar- go,  decir que  ipso  facto  hace posible “la construcción del  socialismo” es  ir  demasiado lejos.  Es  jugar a la  ligera sobre la  noción crucial de posibilidad. Si se entiende por  posible el poder en  el sentido de  posi- bilidad actual, subversión y construcción son  condicionalmente inte- grables aunque no  están fatalmente ligadas. Sin  lo cual  la subversión podría consumirse esperando el último combate y extinguirse en la re- signación. Marx  (y Lenin) son  más  concretos. Para ellos  no se trata de instaurar en Rusia el comunismo “en seguida”, sino  de iniciar la tran- sición socialista. No buscaban clasificar a los países según una “escala de madurez”, en función del desarrollo de las fuerzas productivas. Por el contrario, la respuesta de Marx  a Vera  Zasulich sobre la actualidad del  socialismo en  Rusia insiste en  dos  elementos: la existencia de una forma de  propiedad agraria que  sigue  siendo colectiva, y la combina- ción  del  desarrollo capitalista ruso con  el  desarrollo mundial de  las fuerzas productivas1. La  “madurez” de  la  revolución no  se  decide en un  solo  país  según un  tiempo unificado y homogéneo. Se  juega en  la discordancia de los tiempos. El desarrollo desigual y combinado hace efectiva su posibilidad. La cadena puede romperse por su eslabón débil. La transición socialista sólo es concebible, en cambio, en una perspecti- va ante todo internacional. La teoría de la revolución permanente, que sistematiza dichas intuiciones, siempre ha  sido  combatida en nombre de una visión  rigurosamente determinista de la historia, y la ortodoxia estaliniana redujo precisamente la  teoría de  Marx  al  esqueleto de  un esquema “supra-histórico”, donde el modo de  producción asiático ya no encuentra lugar.

La  suerte de  la  Revolución Rusa después de  1917,  el Termidor burocrático, el terror estaliniano y la  tragedia de  los  campos no  son resultados mecánicos de su pretendida anticipación. Las circunstancias económicas, sociales y culturales jugaron un  papel determinante. No constituían, sin  embargo, un  destino ineluctable, independiente de  la historia concreta, del estado del mundo, de las victorias y las derrotas políticas. La revolución alemana de 1918-1923, la segunda revolución china, la victoria del  fascismo en  Italia y del  nazismo en  Alemania, el aplastamiento del Schutzbund vienés, la guerra civil española y el fra- caso  de los frentes populares representaron otras tantas bifurcaciones para la Revolución Rusa misma.

 

1 Sobre este  punto, conviene examinar las  cartas de  Marx  a Vera  Zasulich. Ver también Trotsky, La revolución permanente; Lenin, El desarrollo  del capitalismo en Rusia y las Tesis de abril; Alain Brossat, La théorie de la révolution permanente chez le jeune Trotsky; así como los trabajos históricos de D. H. Carr  y Theodor Shanin.

 ¿Cómo conciliar ese desarrollo tendencial con su negación, resul- tante del fetichismo generalizado de la mercancía y de la cosificación de la relación social? Marx repite que el vals infernal del trabajo asalariado y el capital reproduce la mutilación física  y mental del trabajador, la su- misión de los hombres a las cosas, la sujeción de todos a la ideología do- minante y a sus fantasmagorías. El carácter prematuro de la revolución toma, entonces, un  sentido que  Cohen y Elster no  sospechan. Es,  en cierto modo, un  acontecimiento anticipado estructural y esencial.  No es de  tal  o cual  país,  de  tal  o cual  momento. En  la medida en  que  la conquista del  poder político precede a la transformación social y a la emancipación cultural, el comienzo es siempre un salto peligroso, posi- blemente mortal. Su tiempo suspendido es propicio para las usurpacio- nes burocráticas y las confiscaciones totalitarias.

Para Elster, “el capitalismo era una etapa ineludible en dirección del comunismo”, según “la filosofía marxiana de la historia”. En  la me- dida en  que  el comunismo se  vuelve  posibilidad real solamente desde cierto nivel de desarrollo, el capitalismo contribuye a reunir las condicio- nes  para ello.  Esta trivial evidencia no  autoriza en  nada la proposición recíproca de un capitalismo que  siempre y en todas partes sería la etapa necesaria (ineludible) hacia la  consecución predeterminada del  comu- nismo. No es lo mismo decir que  el comunismo presupone un grado de- terminado de las fuerzas productivas (productividad del trabajo, califica- ción  de la fuerza de trabajo, desarrollo de las ciencias y las técnicas), al que contribuye el crecimiento capitalista; o que el capitalismo constituye una etapa y una preparación inevitable sobre la vía trazada de la marcha del comunismo. La segunda fórmula cae en la ilusión, tan a menudo mo- tivo de burla por parte de Marx, según la cual  “la última forma considera a las pasadas como otras tantas etapas hacia ella misma”.

NECESIDAD HISTÓRICA Y POSIBILIDADES EFECTIVAS

Una  revolución “justo a  tiempo”, sin  riesgos ni  sorpresas, sería un acontecimiento sin  acontecimiento, una especie de  revolución sin revolución. Actualizando una posibilidad, la revolución es, por  esencia, intempestiva y, en cierta medida, siempre “prematura”. Una  impruden- cia creadora.

Si la humanidad sólo se plantea los problemas que puede resolver,

¿cómo es que  no todo llega en el momento esperado? Si una formación social nunca desaparece antes de  que  se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas que  caben dentro de ella, ¿por qué  forzar el destino y a qué  precio? ¿Era prematuro o patológico proclamar, desde 1793,  la primacía del  derecho a la existencia sobre el derecho de  propiedad, o exigir la igualdad social al mismo nivel  que  la igualdad política? Marx dice  claramente que  la aparición de un derecho nuevo expresa la actua- lidad del conflicto. Las revoluciones son el signo de lo que la humanidad puede históricamente resolver. En la inconforme conformidad de la épo- ca, son un poder y una virtualidad del presente, a la vez de su tiempo y a contratiempo, demasiado temprano y demasiado tarde, entre el ya-no  y el aún-no. Un tal vez cuya  última palabra no ha sido  dicha.

¿Tomar partido por el oprimido cuando las condiciones objetivas de su liberación no están maduras revelaría una visión  teleológica? Los combates “anacrónicos” de  Espartaco, Münzer, Winstanley y Babeuf, entonces, serían desesperadamente fechas en  vista  de  un  fin  anuncia- do.  La interpretación inversa parece más  conforme al pensamiento de Marx:  ningún sentido preestablecido de  la historia, ninguna predesti- nación justifica la resignación a la opresión. Inactuales, intempestivas, descontemporáneas, las revoluciones no se integran a los esquemas preestablecidos de  la “supra-historia” o a los  “pálidos modelos supra- temporales”. Su acontecimiento no obedece al programa de una Histo- ria  universal. Nacen a ras  del  suelo, del  sufrimiento y la humillación. Siempre hay razón para rebelarse.

El presente es la categoría temporal central de una historia abier- ta.  Es  el tiempo de  la  política que  “en  lo sucesivo prevalece sobre la historia” como pensamiento estratégico de  la lucha y la decisión: “El materialista histórico no  puede renunciar al  concepto de  un  presen- te que  no  es transición, sino  que  ha  llegado a detenerse en  el tiempo” (Benjamin, 1973: 189).

A la igualación “lógicamente imposible” de las clases, Marx  opo- ne  su  abolición “históricamente necesaria”. Esta necesidad histórica no  tiene nada de fatalidad mecánica. La especificidad de la economía política impone repensar los  conceptos de  azar y de  ley,  distinguir la necesidad “en el sentido especulativo-abstracto” de la necesidad “en el sentido histórico-concreto”.

Existe necesidad –dice  Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel– cuan- do  existe  una premisa eficiente y activa, cuyo  conocimiento en  los hombres se ha  vuelto actuante planteando fines  concretos a la con- ciencia colectiva, y constituyendo un  conjunto de convicciones y de creencias poderosamente actuante como las  “creencias populares” (Gramsci, 1984: 327).

Inmanente, la “necesidad histórica” enuncia lo que  debe  y puede ser, no  lo que  será:  “La posibilidad real  y la necesidad, por  ende, son  dife- rentes sólo en apariencia […] Sin embargo, esta  necesidad es al mismo tiempo relativa”. La posibilidad real  se vuelve  necesidad. La necesidad comienza por  la unidad. Necesidad de  lo posible y de  lo real  “que  no está  todavía reflejada en sí”. Todavía no se ha  determinado ella misma como contingencia. Porque la  necesidad, agrega Hegel,  real  en  sí,  es igualmente contingencia. “Esto  se  evidencia primeramente  porque lo realmente necesario constituye, sí, según su forma, un  necesario, pero según su contenido es un  limitado, y por  tal medio tiene su contingen- cia  […] En  sí,  por  tanto, se halla aquí la unidad de  la necesidad y la accidentalidad; esta  unidad tiene que  ser  llamada realidad absoluta” (Hegel, 1976: 486-7).

Desde  su tesis  sobre la filosofía de la naturaleza en Demócrito  y Epicuro, Marx  maneja perfectamente esta  dialéctica:

El acaso es una realidad que sólo tiene el valor  de la posibilidad, y la posibilidad abstracta es precisamente la antípoda de la posibilidad real.  La  segunda se  contiene dentro de  límites definidos, como el entendimiento; la  primera es  ilimitada, como la  fantasía. La  posi- bilidad real  trata de  fundamentar la  necesidad y la  realidad de  su objeto; a la posibilidad abstracta no  le importa el objeto explicado, sino  el sujeto que  explica. Se trata de que  el objeto sea simplemente posible, concebible. Lo posible en abstracto, lo concebible, no se in- terpone en el camino del sujeto pensante, no representa para éste un límite ni una piedra con  la que  tropiece. Y es indiferente el que  esta posibilidad sea real,  ya que  el interés no recae, aquí, sobre el objeto en cuanto tal […] La necesidad aparece en la naturaleza finita como una necesidad relativa, como determinismo. La  necesidad relativa sólo puede deducirse de la posibilidad real […] La posibilidad real es la explicación de la necesidad relativa (Marx, 1980b: 28)2.

La posibilidad se inscribe en ese juego  de lo necesario y lo contingente, en el movimiento de la necesidad formal a la necesidad absoluta, vía la necesidad relativa. Se distingue tanto de la simple posibilidad formal (o no contradicción) como de la posibilidad abstracta o general. En  tanto que  posibilidad determinada, lleva en sí una “imperfección”, de lo que resulta que  “la posibilidad es,  al  mismo tiempo, una contradicción o una imposibilidad”.

“Pensador de lo posible”, Marx  juega así de varios modos: lo po- sible  contingente, cuyo  lazo  con  la realidad determina (según Hegel)  la contingencia; “el ser  en  potencia” como capacidad determinada para recibir (según Aristóteles) una forma dada (el  paso de  la  potencia al acto  sería, entonces, el momento unitario por  excelencia del  azar y la necesidad); lo posible histórico (real  o efectivo –wirklich–), finalmente, que sería la unidad de lo posible contingente y del ser en potencia. Apa- reciendo de entrada como posibilidad en El Capital,  la crisis se vuelve efectiva a través del juego  de la lucha y de las circunstancialidades.  El Capital  no dice  otra cosa:  no enuncia ninguna necesidad absoluta, nin- gún  demonio de Laplace. Azar  y necesidad no  se excluyen. La contin- gencia determinada del acontecimiento no es arbitraria ni caprichosa; solamente deriva de  una causalidad no  formal: “Al contrario, ha  sido más  bien  solamente aquel espíritu el que  ha determinado un hecho tan pequeño y accidental como su oportunidad” (Hegel, 1976:  498).  La ne- cesidad dibuja el  horizonte de  la  lucha. Su  contingencia conjura los decretos del destino.

2 Sobre la  categoría de  posible en  Marx  consultar Michel Vadée  (1993)  y Henri Maler (1994).

 El  último apartado del  penúltimo capítulo del  Libro Primero de El Capital,  “Tendencia histórica de la acumulación capitalista”, ha inspirado muchas profesiones de fe mecánicas que  postulan el hundi- miento garantizado del  capital bajo  el peso  de sus  propias contradic- ciones, así como muchas polémicas. Marx escribe: “La negación de la producción capitalista se produce por sí misma, con  la necesidad de un  proceso natural. Es  la negación de la negación” (Marx, 1986:  649, Tomo I). Curioso texto, en verdad. Por una parte, anticipa lúcidamente las tendencias a la concentración del capital, la aplicación industrial de la ciencia y la técnica, la organización capitalista de la agricultura, la socialización contradictoria de los grandes medios de producción y la mundialización de las relaciones mercantiles. Estas previsiones se han verificado ampliamente. Por otra parte, parece deducir del  desarrollo capitalista una ley de pauperización absoluta y de polarización social creciente. Las polémicas de Marx contra Lasalle y su “ley de hierro de los salarios” prohíben sin  embargo una interpretación mecánica de la pauperización. Por el  contrario, la  idea  de  que  la  concentración del capital y “el mecanismo mismo de  la  producción capitalista” tienen por efecto la masificación del  proletariado y la elevación automática de  su  resistencia, su  organización y su  unidad, rompe, al menos par- cialmente, con  la lógica  general de El Capital.  El acento puesto en “las leyes  inmanentes de  la  producción capitalista” conduce, aquí, a una objetivación y una naturalización de  la “fatalidad” histórica. Lo alea- torio de la lucha se aniquila en el formalismo de la negación de la ne- gación. Como si, por su solo  transcurso, el tiempo pudiera garantizar que  la  hora esperada sonará puntualmente en  el reloj de  la  historia. Sin  embargo, “la historia no  hace nada”: los  hombres la hacen, y en circunstancias que  no han escogido.

Este  controvertido apartado del  Libro Primero ocupa un  lugar demasiado eminente como para permitirnos ver en él una simple torpe- za. Señala, más  bien, una contradicción no resuelta entre la influencia de un  modelo científico naturalista (“la necesidad de un  proceso natural”)  y la lógica  dialéctica de una historia abierta. Engels se esforzó en el Anti-Dühring por  combatir la interpretación trivial que  hace de  “la negación de  la negación” una máquina abstracta y el pretexto formal para falsas predicciones:

¿qué  papel desempeña en  Marx  la negación de la negación? […] al llamar a este  proceso negación de la negación, Marx  no pensaba ver en  ello la demostración de su  necesidad histórica. Por  el contrario, después de  demostrar históricamente que  este  proceso en  parte ya se  ha  realizado en  la  práctica y en  parte debe  aún realizarse, sólo después de esto lo define como proceso que se realiza de acuerdo con una ley dialéctica determinada. Eso  es todo. De modo que  también en  este  caso  incurre en  pura falsedad el señor Dühring al  afirmar que  la  negación de  la  negación desempeña aquí los  servicios de la comadrona con  cuya  ayuda  el porvenir surge  del seno  del pasado, o que  Marx  exige  que  nos  convenzamos de la necesidad de la propie- dad  común de la tierra y del capital por la fe en la ley de la negación de la negación. Ya supone una total falta  de conocimiento de lo que es la dialéctica el que  el señor Dühring la tenga por  instrumento meramente probatorio, como el que las gentes de horizonte limitado quieren ver en la lógica  formal o en las matemáticas elementales (Engels, 1975; énfasis en el original).

Y para que así conste: la negación de la negación no es un nuevo deus ex machina ni una comadrona de la historia; y no se le debería dar crédito y sacar letras de cambio sobre el futuro fiándose en su sola ley. La “nece- sidad histórica” no permite echar las cartas y hacer predicciones. Opera en  un  campo de  posibilidades, donde la  ley general  se  aplica a través de un  desarrollo particular. Lógica dialéctica y lógica  formal no hacen, decididamente, buenas migas. Alcanzado este punto crítico, la ley “ex- tremadamente general” es muda. Debe  pasarle el relevo a la política o a la historia. Para poner los puntos sobre las íes, Engels vuelve a la carga:

¿Qué  es,  pues, la negación de  la negación? Una  ley extraordinaria- mente general  y, por  ello  mismo, extraordinariamente eficaz  e im- portante, que  rige  el desarrollo de la naturaleza, de la historia y del pensamiento; una ley que,  como hemos visto,  se impone en el mun- do animal y vegetal, en la geología, en las matemáticas, en la historia y en la filosofía […] Se sobrentiende que cuando digo  que  el proceso que recorre, por ejemplo, el grano de cebada desde que germina has- ta que  muere la planta que  lo arroja es una negación de la negación, no digo nada  del proceso  especial de desarrollo  por  el que  pasa el gra- no (Engels, 1975; énfasis en el original).

Sabiendo solamente que  el grano de cebada deriva de la negación de la negación, no  se pude lograr “cultivar fructíferamente cebada […] delmismo modo que no basta con conocer las leyes que rigen la determina- ción  del sonido por  las dimensiones de las cuerdas para tocar el violín”. Si la negación de la negación “consiste en la puerilidad de escribir en la pizarra una a para luego  tacharla, o en decir que  una rosa  es una rosa, para afirmar enseguida que  no lo es, no puede salir  nada, como no sea la idiotez del que se entregue a semejantes aburridas operaciones” (En- gels, 1975: 130-140).

Exigir de  la ley dialéctica más  que  su  generalidad llevaría a un formalismo vacío.  Al igual  que  el grano de cebada singular, el aconteci- miento histórico tampoco es deducible de la negación de la negación. Conviene insistir en  este  punto: ninguna fórmula sustituye el  análi- sis concreto de  la situación concreta, del  que  La guerra campesina, El XVIII Brumario o La lucha  de clases en Francia  proporcionan brillantes ejemplos. La cuestión más  complicada ya no es, entonces, la del deter- minismo injustamente reprochado a Marx,  sino  aquella según la cual existiría, entre los posibles cursos de acción, un  desarrollo  “normal” y monstruosidades marginales3.

Diez  años después de  la  publicación del  Libro Primero, el  co- mentario de Engels sobre “La tendencia histórica de la acumulación ca- pitalista” aclara, así,  ambigüedades bien  comprensibles en el contexto intelectual de la época. Es sorprendente que  haya sentido la necesidad de intervenir en este punto y que lo haya hecho en ese sentido. Máxime considerando que  el Anti-Dühring fue  redactado en estrecha concerta- ción  con  Marx.  El apartado de El Capital  que  causa controversia ya no es, entonces, disociable del comentario que  lo aclara y corrige.

La necesidad determinada no es lo contrario del azar, sino  el co- rolario de la posibilidad determinada. La negación de la negación dice lo que  debe  desaparecer. No dicta lo que  debe  ocurrir.

PROGRESO CON  RESERVA DE  INVENTARIO

La historia social, como la historia de los organismos vivos, está  hecha de un “conjunto de acontecimientos, extraordinariamente improbables, aunque lógicos retrospectivamente, pero absolutamente imposibles de predecir” (Gould, 1990).  En  1909,  Walcott descubrió en las Rocallosas canadienses los fósiles conocidos como esquistos de Burgess. Quiso a la fuerza hacer entrar esos organismos en la tabla de una evolución que va de lo más  simple a lo más  complejo. En  los años setenta, la reaper- tura del  expediente por  un  equipo de  investigadores llevó,  a través de una serie  de  estudios monográficos que  aceptan la  rareza anatómica como otra norma posible, a “una  revolución tranquila”. Los  animales de Burgess (Opabinia, Hallucigenia, Anomalicaris) ya no son  hoy en día considerados como las  formas elementales de  las  especies conocidas. Testimonian, simplemente, la explosión cámbrica de lo viviente, dispo- siciones orgánicas y virtualidades abortadas.

3 Ernest Mandel habla con  frecuencia de  “rodeos” y “desviaciones” históricas. Muestra, sin embargo, que el problema es, más  bien, de normalidad que de determinismo histórico. “Debe destacarse, sin embargo, que la cuestión de si el capitalismo puede sobrevivir indefi- nidamente o está  condenado a derrumbarse no debe  confundirse con la idea  de su inevita- ble sustitución por una forma más  alta de organización social, es decir con la inevitabilidad del socialismo. Es perfectamente posible postular el inevitable derrumbe del capitalismo sin  postular la inevitable victoria del socialismo […] el sistema no  puede sobrevivir, pero puede ser sucedido por  el socialismo como por  la barbarie” (Mandel, 1985: 232).

 Este  descubrimiento arruina la idea  dominante de una evolución simbolizada por  la escala del  progreso continuo o por  el “cono  inver- tido”  de  diversidad y complejidad crecientes. La  historia incrementa la diversidad de las especies, pero poda las ramas y restringe la dispa- ridad inicial entre diferentes organizaciones anatómicas. Luego de  la revolución copernicana y de la darwiniana, la interpretación del esquis- to  de  Burgess asesta un  nuevo golpe  al  antropocentrismo. Siguiendo sus  propias vías, la geología profundiza, así, la crítica del joven  Marx  a los “artificios especulativos” a través de los cuales se quiere hacer creer “que la historia futura es el objetivo de la historia pasada” y el homo sa- piens,  el objetivo de Opabinia: “La diversidad de los itinerarios posibles muestra con  toda seguridad que  los  resultados finales no  pueden ser predichos al principio” (Gould, 1989).

¡Humanos, un esfuerzo más  para ser completamente incrédulos! Para renunciar, de  ese  modo, a la  ilusión retrospectiva según la  cual nada hubiera podido ser más  que lo que es, y para renunciar también a la ilusión gradualista de las modificaciones continuas. Del mismo modo que las victorias militares o políticas no prueban la verdad o la legitimi- dad  de los vencedores, la supervivencia no tiene valor  de prueba en pa- leontología. La supervivencia es, precisamente, lo que  debe  ser explica- do.  A diferencia de los darwinistas vulgares, Darwin estaba consciente de que las respuestas de adaptación por variación individual y selección natural a los  cambios de  ambiente no  necesariamente constituyen un progreso (¿según qué  criterios?), sino  más  bien  una evolución sin  plan ni dirección.

A pesar de sus descubrimientos, Darwin difícilmente podía esca- par  a la ideología progresista de la época. Su dilema es, en cierta medi- da, el mismo que el de Marx.  El darwinismo de Darwin no es, en efecto, ni un  determinismo ambiental ni la simple parábola biologicista de la competencia mercantil. Anticipando algunas interpretaciones recientes de Darwin, Marx  se inspira en “la acumulación a través de la herencia” como principio motor. Al insistir en la dialéctica de la acumulación (ne- cesaria) y de la invención (acontecimiento), Darwin evita la trampa me- canicista. Marx  sostiene en Teorías sobre la plusvalía que “los diferentes organismos se plasman a sí mismos por  ‘acumulación’ y son  solamente ‘invenciones’, invenciones de  los  sujetos vivos  que  van  acumulándose gradualmente” (Marx, 1980a:  261).

Étienne Balibar completa la inquietante declaración de Marx en el sentido de que “la historia avanza por el lado  malo”, agregando: y sin embargo, ¡avanza! Más aún, no son raros los casos donde efectivamen- te las “torpezas”, “equivocaciones” y “victoriosas derrotas” han jugado un  papel inesperado (Balibar, 2000).  Balibar señala el eminente papel de  este “lado  malo” –el de  las  derrotas– que  arruina la  visión de  un mundo unificado por la marcha irresistible del  proletariado. Después de 1848,  y nuevamente después de 1871,  el choque del acontecimiento suscita una crítica de la idea  de progreso. Impone pensar “las historici- dades singulares”. Esta conclusión no es compatible con la hipótesis de una medida histórica absoluta del progreso. El esfuerzo de Marx busca tomar los dos  extremos: emanciparse de la abstracción de la Historia universal (de  “lo universal que  planea”) sin  caer en  el caos  insensato de  las  singularidades absolutas (de  lo  “que  no  sucede más  que  una vez”),  y sin  recurrir al comodín del  progreso. En  la medida en  que  la universalización es un  proceso, el progreso no  se conjuga en presente indicativo, sino  sólo  en futuro anterior: bajo  reserva y bajo  condición. Pero si el progreso cotidiano consiste en ganar más  que  en perder, su evaluación está condenada a la vulgar compatibilidad de ganancias  y pérdidas. Lo que  equivale a hacer poco  caso  a la temporalidad de  la medida misma, al hecho de que  las ganancias del día  hacen las pérdi- das  del mañana, y viceversa.

La noción corriente de progreso supone, en efecto, una escala de comparación fija y un estado recapitulativo final. Para el optimismo liberal de ayer y de hoy, “todo cambio toma el sentido de un progreso en relación con el cual  no debería haber regresión”. En otros términos, la creencia en el progreso histórico “excluye  la contingencia” (Simmel, 1974).

Nunca se dirá suficientemente hasta qué  punto los políticos so- cialdemócratas y estalinianos del período de entreguerras comulgaron con  este  quietismo, y cuánto costó el no  ver, en  la recurrencia de  las catástrofes, más  que  “retrasos” y “disminuciones”.

BIBLIOGRAFÍA

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Alex Callinicos*

 

 

Igualdad y capitalismo**

 

 

 

* Profesor de Teoría Política y Social de la Universidad de Cork, Inglaterra, y miembro del Socialist Workers Party. Actualmente es titular de la cátedra de Estudios Europeos en King’s College, London.

** Este texto tuvo origen en una conferencia que  brindé en febrero de 2003  mientras me desempeñaba  como Benjamin Meaker Visiting Professor del  Departamento de  Soci- ología de la Universidad de Bristol. Agradezco a Greg McLennan y sus  colegas por su generosa hospitalidad y sus  penetrantes discusiones. Traducción de Atilio A. Boron.

 

 

 

 

 

 

CUALQUIERA  QUE  REFLEXIONE sobre la igualdad posiblemente se enfrentará a una notable paradoja. En  primer lugar, tropezará con  un inexorable crecimiento de la pobreza y la desigualdad, tanto a escala glo- bal  como nacional. El filósofo alemán Thomas Pogge  reunió evidencia estadística que  provoca náuseas: en 1998,  de un  total de 5.820  millones de  seres humanos, 1.214  millones poseían un  ingreso de  menos de  un dólar norteamericano por día,  y 2.800  millones vivían  con  menos de dos dólares por día,  siendo esta la línea de pobreza establecida por el Banco Mundial. A estas cifras debemos agregar que  18  millones de  personas mueren prematuramente cada año  debido a  causas vinculadas con  la pobreza, es decir, un tercio de todas las muertes en seres humanos. Pogge también calcula que 250 millones de personas han muerto por inanición o enfermedades que  pueden ser prevenidas en los 14 años posteriores al fin de la Guerra Fría. Señala el filósofo alemán: “Si se hiciera una lista al estilo del Vietnam War Memorial, los nombres de estas personas ocupa- rían una pared de 350 millas de largo” (Pogge, 2002: 97-98).

La pobreza masiva persiste en un contexto de crecimiento global de  la  desigualdad. La  proporción del  ingreso de  la  quinta parte más rica  de la población mundial respecto de la quinta parte más  pobre ha crecido de 30:1 en 1960 a 60:1 en 1990,  y 74:1 en 1997 (UNDP,  1999: 3). Este  hecho pone de manifiesto el fracaso del Consenso de Washington, el cual  aducía que la liberalización de los mercados podría ensanchar la brecha de desigualdad económica debido a la dinámica de crecimien- to generada, pero esta,  no  obstante, redundaría en un  aumento de los ingresos de los pobres. Sin  embargo, una premisa de esta  reflexión ha sido  refutada: la era neoliberal ha presenciado una caída en las tasas de crecimiento. En este  sentido, no hace mucho tiempo, William Easterly, del Banco Mundial, reconoció la “significativa paradoja” de que,  pese  a las “reformas de políticas” neoliberales que  “deberían haber conducido a un  aumento y no  a una caída en  la  tasa de  crecimiento”, la  media del crecimiento per  capita en los países en desarrollo cayó  del 2,5% en 1960-1979 al 0% en 1980-1999 (Easterly, 2001: 154).

La desigualdad ha crecido también en los países ricos del Norte. A partir de una investigación de Richard Wilkinson, Michael Prowse ha subrayado una impactante consecuencia:

Existe una relación fuerte entre ingreso y salud al interior de estos países. En cualquier nación encontraremos que  la población con  al- tos  ingresos vive  por  más  tiempo y sufre de  menos enfermedades crónicas que  la población de bajos ingresos.

En  cambio, si buscáramos diferencias entre los  países, la relación entre ingreso y salud se  desintegraría ampliamente. Por ejemplo, medidos en  términos de  expectativa de  vida,  los  norteamericanos ricos son,  en promedio, más  saludables que  los norteamericanos pobres. Sin  embargo, aun cuando Estados Unidos es  mucho más rico que  Grecia, por tomar un  ejemplo, los norteamericanos tienen en promedio una menor expectativa de vida  que  los griegos. Parece que  un  mayor ingreso se condice con  una ventaja en salud sólo res- pecto de los conciudadanos, pero no  con  respecto a ciudadanos de otros países […]

Wilkinson sostiene que  la solución a esta  paradoja no puede encon- trarse en  las  diferencias respecto de  factores tales  como la calidad de la atención en salud, porque en naciones desarrolladas esta  varia- ble tiene un  impacto moderado sobre la situación sanitaria general. La  respuesta a la mencionada paradoja reside en  reconocer que  el valor  de  nuestro ingreso relativo es  más  significativo para nuestra salud que  nuestro estándar de  vida  medido en  términos absolutos. Los ingresos relativos importan debido a que la salud es influenciada notablemente tanto por  factores “psicosociales” como por  factores materiales.

Una  vez que  se ha  alcanzado un  estándar de vida  mínimo, la gente suele  ser más  saludable cuando se verifican tres  condiciones: se con- sidera valorada y respetada por  otros; se  siente en  “control” de  su trabajo y su vida  hogareña; y disfruta de una densa red  de vínculos sociales. Las sociedades económicamente desiguales tienden a exhi- bir  pobres desempeños en  los tres  aspectos enumerados, caracteri- zándose por:  importantes diferencias de status; grandes diferencias respecto del sentido del control sobre la propia vida;  y bajos niveles de participación cívica  (Prowse, 2002: 3-12)1.

EL  LIBERALISMO IGUALITARIO

La  desigualdad y sus  males están aumentando. Pero  por  otro lado,  y simultáneamente, el último cuarto del siglo  XX presenció el desarrollo del liberalismo igualitario, que  hizo  su aparición en la misma “sala  de máquinas” que  el neoliberalismo –Estados Unidos. Se trata de teorías filosóficas sobre la justicia en las cuales la igualdad radical en lo econó- mico  y lo social es concebida como uno  de los valores constitutivos de las  sociedades capitalistas liberales2. Antes  de  considerar esta  versión del  liberalismo angloamericano, es  necesaria una aclaración concep- tual. En  la  Europa continental y en  Latinoamérica, el término “libe- ralismo” es frecuentemente homologado con  la ideología del mercado libre  desregulado que  legitima las  políticas neoliberales del  Consenso de Washington. En este  sentido, hablar de “liberalismo igualitario” im- plica  una contradicción en  sus  términos. Pero  en  tanto tradición de pensamiento histórica, el liberalismo se comprende mejor a partir de la idea  que  afirma que  los valores de las grandes revoluciones burguesas sólo  podrán ser  llevados a cabo en el marco brindado por  un  capitalis- mo  de mercado y un  gobierno constitucional, y esto  es compatible con perspectivas socioeconómicas significativamente diferentes. Por  ejem- plo,  John Maynard Keynes y Friedrich von  Hayek fueron dos  de  las figuras más  importantes del liberalismo del siglo XX. El primero fue un reconocido apóstol del  capitalismo regulado y padrino intelectual del moderno estado de bienestar; el segundo, su gran oponente, ferozmente anti-igualitarista y anti-intervencionista.

La referencia obligada del liberalismo igualitario es, en nuestros días,  el libro de John Rawls, Teoría de la justicia, de 1971.  En  él se defi ne la justicia como equidad según dos  principios: la igual  distribución de una lista  bien  conocida de libertades civiles  y políticas; y el famoso “Principio de Diferencia”, de acuerdo con  el cual  las desigualdades so- ciales  y económicas sólo son justificables cuando redundan en beneficio de los sectores más  desposeídos de la sociedad. La concepción de Rawls sobre la justicia igualitaria es más  radical de lo que  parece a primera vista. 

 

1 Ver la discusión sobre la desigualdad en el hemisferio norte en Callinicos (2000:  3-12).

2 La mayor parte de los temas tratados en esta  sección son  analizados con  más  profundi- dad  en Callinicos (2000:  capítulo 3).

 

Dos  ejemplos servirán para explicar esta  afirmación. En  primer lugar, al argumentar a favor  de  lo que  denomina “la equitativa igual- dad  de oportunidades”, Rawls  rechaza la meritocracia, esto  es, la idea de que  las desigualdades socioeconómicas son  legítimas si estas son  el resultado de  diferencias debidas al talento y el esfuerzo. La  pregunta sería: ¿por  qué la constitución genética –inevitablemente accidental– de un  individuo debería ser  una razón válida para que  este  tuviera una mejor o peor posición en la sociedad? Como  lo expresa Rawls, “la dota- ción  inicial de activos naturales y las contingencias [del]  crecimiento  y [la] educación, en las primeras etapas de la vida,  son  arbitrarias desde un punto de vista  moral” (Rawls, 2000: 288). El Principio de Diferencia implica que  los mejor dotados deberían tener el permiso de obtener un beneficio en virtud de los talentos que  disfrutan sin mérito propio, sólo si, al mismo tiempo en que utilizan sus talentos, producen un beneficio tan grande como sea posible para los menos aventajados. De este modo, los talentos particulares no son  propiedad privada de las personas que los detentan, sino  activos sociales.

Un segundo ejemplo del radicalismo de Rawls  lo encontramos en cómo este  autor busca asegurar lo que  él denomina “valor  justo de to- das la libertades políticas”. Para que el primer principio de justicia –que garantiza a todos una igual  participación en  las  libertades fundamen- tales–  sea operativo, “los similarmente dotados y con  los mismos móvi- les [deben tener] casi  la misma oportunidad para ocupar posiciones de autoridad política, independientemente de su clase  económica y social” (Rawls, 2000:  213).  Por  supuesto, el problema consiste en que  esas  di- ferencias en la riqueza e ingresos socavan constantemente la igualdad formal legalmente disfrutada por  los  ciudadanos de  las  democracias liberales. En  verdad, Rawls  admitió que  “Hegel,  y los  escritores mar- xistas y socialistas estuvieron muy  en lo cierto al realizar esta  objeción” (Rawls, 1996).  Su  respuesta consistió en  argumentar que  se necesitan ciertas condiciones institucionales para asegurar “el justo valor”  de las libertades constitucionales. En este  sentido, enumera las siguientes:

a]  El financiamiento público de las  elecciones y de los modos que aseguren el acceso público a la información sobre las  políticas públicas […]

b]  Una cierta igualdad de oportunidades, especialmente en relación con  la educación y la formación profesional […]

 c]  Una  distribución decente de la riqueza que  permita cumplir con la tercera condición del  liberalismo, esto  es: que  todos los  ciu- dadanos deben tener asegurado el acceso a la multiplicidad de medios necesarios que  les  permitan hacer un  uso  inteligente  y efectivo de las ventajas provistas por  sus libertades básicas […]

d]  La sociedad como empleadora de último recurso por vía del gobier- no local o nacional, y otras políticas sociales y económicas […]

e]  Un seguro básico de salud garantizado para todos los ciudadanos (Rawls, 1996).

Estos requisitos –esenciales según Rawls  para que  las libertades tradi- cionales del liberalismo puedan funcionar correctamente– representan, en  comparación con  las  realidades de  las  democracias liberales con- temporáneas, una completa utopía. Bajo  el reinado del neoliberalismo, el proceso electoral está  cada vez más  dominado por  las corporaciones mediáticas y por  políticos financiados por  las empresas; el acceso a la riqueza y la educación está  distribuido muy  desigualmente; la inesta- bilidad económica y la continua reestructuración de las corporaciones tienen por  consecuencia el hecho de que  la inseguridad impregne per- manentemente al mercado, a tal punto que  en el país  en el cual  Rawls ha nacido, EE.UU., decenas de millones de ciudadanos no cuentan con seguro médico. Las  condiciones mínimas de Rawls  para una sociedad liberal constituyen un flagrante reproche al liberalismo realmente exis- tente e, implícitamente, una demanda que  clama por  una transforma- ción  social radical3.

Otros filósofos anglosajones formularon similares concepciones de justicia igualitaria de largo alcance; por  ejemplo: Ronald Dworkin, Amartya Sen,  Gerald A. Cohen y Brian Barry4. Sin  embargo, existen significativas diferencias entre estas concepciones. Uno  de los  tópicos clave  se sitúa en torno a la pregunta formulada por  Sen:  “¿Igualdad de qué”?  (Sen,  1982).  ¿Respecto a qué  deberían las  personas ser  tratadas como iguales? Más específicamente, acordando que  a todos deben ase- gurárseles iguales libertades, ¿en qué  debería consistir la igualdad eco- nómica? Otorgar simplemente a todos el mismo ingreso monetario no lograría dicha igualdad, desde el momento en que  las personas poseen distintas necesidades y habilidades. Si una persona discapacitada posee el mismo ingreso que  un  atleta olímpico, luego, no está  siendo tratada de igual  modo. Entonces ¿debería la sociedad apuntar a la igualdad de bienestar? En  otras palabras, ¿deberíamos intentar que  todos estemos satisfechos de igual  manera? Este  interrogante se topa contra aquello que  se denomina el problema de los gustos caros. Si yo deseo realizar un  viaje  espacial (cosa  que  podría ser  comercialmente posible en unos pocos años), ¿la sociedad debería pagar por  mi viaje?  La mayoría de la gente diría “No”; pero entonces estaré mucho menos satisfecho que  el resto. Esta problemática resalta la relación entre igualdad y responsabi- lidad. En  particular, Dworkin (2000)  expresó que  la justicia igualitaria procura remediar las consecuencias de la “mala suerte bruta”, esto  es, de las  contingencias que  nos  ponen en  desventaja sin  que  medie falta de  nuestra parte. La distribución de  talentos naturales –descripta por Rawls  como “moralmente arbitraria”– es un ejemplo de esta  mala suer- te bruta. Otro  caso  ejemplar lo plantea la cantidad de dinero heredada por  los  diferentes individuos (aunque Dworkin es  menos claro sobre este  punto). Dworkin sostiene que,  en  la  medida de  lo posible, todos deberíamos tener asignada la misma cantidad de recursos económicos, dependiendo de  los  individuos el uso  que  elijan para los  mismos. Si decido ser  holgazán y malgastar mi  parte, ese  será  mi  problema. O si anhelo viajar al  espacio, entonces dependerá de    financiar tal  em- prendimiento mediante mi propia cuota de recursos.

 

3 Las  tensiones existentes en  la teoría de la justicia de Rawls  son  sutilmente exploradas, desde la izquierda, por  G. A. Cohen (1992)  y J. Bidet (1995).

4 Ver  Dworkin (2000);  Sen  (1992);  Cohen (1989);  Barry (1995). John Roemer (1996)  ha escrito una síntesis interesante pero excesivamente técnica.

 

Este ideal  de  igualdad de  recursos ha  sido  criticado por varias razones. En este texto sólo mencionaré tres de ellas.  En primera instan- cia,  Dworkin fue  criticado por sostener una concepción excesivamente individualista de la justicia. Si soy discapacitado de nacimiento, enton- ces, sufro evidentemente de una “mala suerte bruta”. Pero ¿qué  sucede si, a causa de mi propia irresponsabilidad al manejar, estrello mi auto y quedo lisiado de por vida?  Según este planteo, soy responsable por mi desgracia. ¿Significa esto que  debo arreglármelas por mi  cuenta? (ver Anderson, 1999).  En  otras palabras, la estrategia de Dworkin (2000) consiste en vincular el igualitarismo con  la responsabilidad individual, idea  que  frecuentemente es contrapuesta a aquel, especialmente desde el discurso de la derecha neoliberal. Pero, de este modo, ¿no  le ha  he- cho  Dworkin demasiadas concesiones a la derecha? En  segundo lugar, esta estrategia depende de  la  capacidad para lograr distinguir el par: elección y azar. “Solemos distinguir, por miles de razones, entre aquella parte de nuestro destino en la que  podemos adjudicar alguna responsa- bilidad porque es el resultado de la elección de alguien, y aquella otra que  es ininteligible para cualquier tal adjudicación, porque no obedece a las acciones de las personas, sino  de la naturaleza o de la suerte bruta” (Dworkin, 2000:  287).  Pero las elecciones individuales y las circunstan- cias  objetivas no son  siempre tan fáciles de separar. Una  persona pobre y oprimida puede reaccionar ante su situación aceptándola como parte de su  destino. Puede incluso parecer que  sus  elecciones y preferencias reflejan satisfacción con las condiciones en las que vive. Sin embargo, alguien puede también argumentar que este es un caso  en que,  frente a la aparente ausencia de alternativas genuinas, las preferencias personales o individuales se han adaptado completamente a las circunstancias. En- tonces, decir que  la víctima de esta situación ha  efectivamente elegido esta forma de vida equivaldría directamente a consagrar la injusticia.

Una tercera problemática de la igualdad de recursos, similar a la que  se observa en el caso  de la igualdad de ingresos, está  dada porque dicho enfoque es insensible a las diferencias relativas a las necesidades y capacidades de los individuos. Si soy un  enfermo crónico no  obten- dré,  a partir de un  mismo conjunto de recursos, los mismos beneficios que  una persona sana. Por  este  motivo, Sen  (1982;  1992)  propuso un ideal  diferente: la igualdad de capacidades. Este  autor aduce que  la ca- lidad de vida de una persona consiste en su habilidad para desempeñar un  conjunto de “funcionamientos” tan  amplio como le sea posible. Di- chos  funcionamientos van  desde estados tales  como tener buena salud o estar bien  alimentado hasta actividades más  complejas como las que están implicadas en el hecho de elegir  reflexivamente una vida  valora- ble.  Según Sen,  aquello que  deberíamos tratar de igualar es la capaci- dad  de  obtener la  más  amplia variedad de  funcionamientos posibles. Esta postura tiene como ventaja el hecho de que  nos  ofrece un  criterio de evaluación del bienestar (well being)  individual más  complejo y su- til  que  las  crudas estadísticas del  ingreso nacional difundidas por  el pensamiento económico convencional. Sen  ha  influenciado el trabajo del  Programa de las  Naciones Unidas para el Desarrollo en  el sentido de elaborar un  Índice de Desarrollo Humano que  contribuya a proveer una más  precisa medida de progreso5.

Como Dworkin, aunque de manera distinta, Sen conecta la igual- dad  y la libertad. Subraya que  deberíamos procurar igualar “la libertad sustantiva de lograr combinaciones de funcionamientos alternativas (o, dicho menos formalmente, la libertad de lograr estilos de vida diversos)” (Sen,  1999:  75).  Gerald A. Cohen (1996)  expresó que  estas ideas impli- can  una unión forzada entre libertad e igualdad. Este autor sugiere que constituye realmente una tergiversación, por ejemplo, describir el hecho de ser saludable como una libertad o una capacidad, puesto que se trata simplemente de una condición o un estado de existencia. A partir de esta crítica puede pensarse que, aunque sea útil para la polémica el apropiar- se del concepto de libertad –favorito de los neoliberales– con propósitos igualitarios, el efecto es el desdibujamiento de diferencias cruciales entre ideales diferentes que,  aunque están interrelacionados, tienen sus racio- nalidades particulares. Cohen propone, en  cambio, una concepción de igualdad más  amplia y neutral: igualdad de acceso a las ventajas, donde la noción de “ventaja” es entendida como “una  colección heterogénea de estados deseables de la persona, que no se pueden reducir ni a paquetes de recursos ni a su nivel de bienestar” (Cohen, 1996: 28).

 

5 Ver, en general, Sen  (1999).

 

Cualquiera sea  la  opinión que  uno  sostenga con  relación a es- tas  diferentes concepciones de  la  igualdad, así  como respecto de  los argumentos a favor  y en contra de las mismas, el debate en torno al in- terrogante igualdad de qué redefinió incuestionablemente nuestra com- prensión sobre qué  implica una concepción igualitaria de justicia. En particular, una de las objeciones clásicas al igualitarismo debería haber quedado suprimida. Me refiero a la objeción según la cual  la igualdad procura imponer una condición de uniformidad: una sociedad de pesa- dilla como la China de Mao, en la cual  todos usan la misma vestimenta, comen la misma comida, y así sucesivamente. El problema de las dife- rencias en las necesidades y capacidades individuales, que Sen ha resal- tado especialmente, pone de manifiesto que  uno  de los temas centrales en  el igualitarismo contemporáneo apunta justamente en  la dirección contraria: tratar a todos por  igual  exige tomar en cuenta las diferencias y no imponer los mismos estándares para todos.

Son  amplios los  interrogantes  filosóficos implícitos en  este de- bate. Solamente mencionaré dos  de ellos.  Primero, quiero remarcar la enorme influencia del  utilitarismo en  los  filósofos angloparlantes.  En este sentido, el utilitarismo define el bien  que  deberíamos buscar según la maximización del bienestar general, definiendo al bienestar como un estado mental placentero o (en  términos del debate moderno) como la satisfacción de los deseos. La igualdad de bienestar como ideal  descan- sa  sobre esta misma concepción subjetivista del  bienestar (well-being) individual. El debate en torno a la pregunta igualdad de qué contribuyó a resaltar los límites de esta concepción. Como hemos visto, muchas ve- ces las preferencias individuales se adaptan a las circunstancias. Todos los deseos de un  esclavo pueden ser satisfechos, pero sólo  porque este ha  renunciado a cualquier anhelo incompatible con  su desventurada  y opresiva situación. Esto sugiere que si queremos evaluar adecuadamen- te el bienestar  (well-being) personal necesitamos  ir más  allá  del bienes- tar entendido en términos subjetivos. Por ejemplo, podríamos establecer como punto de referencia, no los deseos presentes de una persona, sino los deseos que esta hubiera podido tener de haber sido capaz de reflexio- nar sobre su  situación. Pero esta rectificación puede no  resultar sufi- ciente. ¿Qué  sucede si no existe una perspectiva de fuga  para el esclavo de nuestro ejemplo, o bien  de una rebelión exitosa, por no mencionar la abolición de la esclavitud como institución? ¿Es  la conformidad expe- rimentada por dicho esclavo una guía  precisa para evaluar su bienestar (well-being)? Estas consideraciones, por lo tanto, parecen llevarnos hacia una concepción más  objetiva de bienestar, a la que  Rawls (2000;  1996) denomina “perfeccionismo”. Por ejemplo, podríamos tratar de fundar la igualdad en el ideal  de autorrealización individual defendido por Aristó- teles, Marx y John Stuart Mill. Pero tal movimiento bloquea una de las más  profundas motivaciones del tipo de liberalismo que Rawls defiende, el  cual  propone una forma social que  permita a  individuos y grupos perseguir sus propias concepciones del bien. Justificar una distribución igualitaria de los recursos sobre bases perfeccionistas parecería privile- giar una determinada concepción del bien  –por caso,  la autorrealización individual– por sobre otras posibles6.

En segunda instancia, el debate sobre igualdad de qué se organiza en torno a la pregunta respecto de cuál  es la mejor forma de concebir la igualdad. Pero, en tanto tal,  no  ofrece justificación alguna que  indi- que  por  qué  la igualdad en sí misma es valiosa como ideal. Joseph Raz, desde un punto de vista  liberal perfeccionista, sostiene con vehemencia que  la igualdad es más  un  vehículo para otras preocupaciones morales que  un ideal  coherente o defendible por  sí mismo.

Lo  que  nos  importa de  las  varias desigualdades no  es  la  desigual- dad  misma, sino  la preocupación por  el principio subyacente. Nos preocupa el hambre del hambriento, la necesidad del carente, el su- frimiento del  enfermo, y así  sucesivamente. Es  relevante el hecho de que  ellos  estén, en los aspectos relevantes, en peores condiciones que sus vecinos. Pero  esto  es relevante no como un mal  que surge de la desigualdad tomada en  forma independiente. Su  relevancia resi- de en  mostrar que  su  hambre es mayor, su  necesidad es más  apre- miante, su  sufrimiento es más  doloroso; y por  este  motivo nuestra preocupación es por los hambrientos, los necesitados y los sufrientes y no  por  la igualdad, y es esto  lo que  nos  lleva  a darles la prioridad (Raz,  1986: 240).

Es  en  parte por  esta  razón que  se intenta distinguir entre el igualita- rismo y el “prioritarismo”. Esta última posición no está  comprometida con  tratar a todos por  igual, sino  con  mejorar la condición de aquellos que  están peor. Por  ejemplo, el Principio de Diferencia rawlsiano –que dice  que  las  desigualdades socioeconómicas están justificadas cuando benefician a aquellos que  están peor–  podría apreciarse como un  ideal prioritarista antes que  como un  ideal  igualitario. Uno  de los atractivos del prioritarismo es, justamente, que  permite evitar la objeción respec- to del “efecto  nivelador hacia abajo” que  suele  hacérsele al ideal  iguali- tario. Este  es el antiguo argumento que  acusa a los igualitaristas de no aceptar cambio alguno a excepción de  aquel que  incremente la igual- dad. Entonces, por ejemplo, si la mitad de la sociedad posee un solo ojo y la otra mitad es completamente ciega, deberíamos dejar ciegos a to- dos para que todos estén en la misma situación de carencia. Gran parte de la fuerza de esta  última objeción es removida una vez que  se trata la igualdad no como el único ideal  político, sino  como uno  de varios idea- les relacionados, aunque distintos. Por  ejemplo, si uno  valora la liber- tad  tanto como la igualdad, entonces, enceguecer a aquella mitad que posee un sólo ojo es inaceptable porque viola su autonomía personal7.

6 James Griffin realiza un interesante intento de reconciliar el utilitarismo y el perfeccion- ismo en Well-Being  (1986).

 LA IGUALDAD Y EL  MARXISMO

Dejemos de  lado  estas sutilezas filosóficas. Las  concepciones igualita- rias de justicia presentadas en la sección anterior no son críticas respec- to del capitalismo. En realidad, tales  perspectivas, en general, conciben la  realización de  la  igualdad sobre la  precondición de  una economía de  mercado. En  efecto, Dworkin construye su  teoría de  la justicia te- niendo como basamento el mercado. Para ello recurre al dispositivo de una subasta hipotética para asignar a los individuos un conjunto de re- cursos igualmente valorados, y apela, en esta  misma línea, a mercados igualmente hipotéticos para permitir a las personas asegurarse contra eventuales desventajas tales  como: ser  o quedar discapacitado, carecer de talentos naturales, padecer alguna enfermedad o quedar desemplea- do. Estos filósofos son conocidos como igualitarios liberales justamente por  la centralidad que  le asignan al mercado. Sin  embargo, lo que  de- mandan todas las  respuestas ofrecidas a la pregunta de  Sen,  igualdad de qué (igualdad de bienestar, de recursos, de capacidades, o de acceso a ventajas), va mucho más  allá  de lo que  puede ser  considerado como aceptable en la era  neoliberal8.

¿Cómo deberían pues responder los marxistas ante este contras- te entre la teoría normativa igualitaria y el inexorable crecimiento de la desigualdad, particularmente en  los  países de  habla inglesa de  los cuales las  figuras que  lideran estas posturas teóricas son  originarias? Existe una deficiente y familiar respuesta enraizada profundamente en la tradición marxista. En  textos fundantes del materialismo histórico, especialmente en La ideología  alemana, Marx desarrolló una aplastan- te crítica contra la  especulación filosófica abstracta  (Marx y Engels, 1973).  Una  de  las  principales críticas fue  dirigida contra la  filosofía moral, ya se tratara de  la forma del  imperativo categórico de  Kant o del utilitarismo de Bentham. Según argumenta Marx, los principios  y concepciones normativas simplemente expresan los  intereses históri- cos de clase.  Su reclamo de universalidad es falso  y, en realidad, enga- ñoso, desde el momento en que  tales principios contribuyen a ocultar el antagonismo de  clase  bajo  la fachada del  bienestar general o de  la comunidad moral. El  movimiento socialista, concluía Marx, debería evitar hablar de justicia o derechos9.

 

7 Sobre estos  temas, ver Scanlon (2000), Parfit (2000)  y Temkin (2000).

8 En textos tales  como Development as Freedom, Sen (1999)  procura encuadrar la igualdad de  capacidades en  términos cercanos a  la  ideología del  “empoderamiento” que  actual- mente impulsa el Banco Mundial. Aunque es discutible, este  ejercicio implica una radical dilución de  la versión de  igualdad ideal  que  Sen  desarrolló en  sus  escritos de  corte más teórico.

 

Pero   una tal  respuesta sería inadecuada por  dos  razones. En primera instancia, uno  podría indicar que  el marxismo mismo sufre de un  “déficit ético”;  en realidad, de una flagrante contradicción. Nor- man Geras (1990), en su minucioso análisis de los escritos económicos marxianos, revela  la tensión existente entre la interpretación relativista que  Marx  hace del  discurso ético  y su  tácita confianza en  los  concep- tos  y principios normativos que  aparecen medianamente articulados en su crítica de la explotación capitalista. Considérese, por  ejemplo, el siguiente pasaje, donde Marx,  en efecto, trata la propiedad colectiva (e inter-generacional) de la tierra como un principio universal moral:

Desde  el  punto de  vista  de  una organización económica superior de la sociedad, el derecho de propiedad de ciertos individuos sobre determinadas partes del globo  parecerá tan  absurdo como el de un individuo sobre su  prójimo. Toda  una sociedad, una nación y aun todas las sociedades contemporáneas juntas no  son  propietarias de la tierra. Sólo  son  sus  poseedoras, la disfrutan, y deben legarla a las generaciones futuras después de haberla mejorado, como boni patres familias (Marx, 1973: 763).

Se  trata de  un  pasaje notable, en  el cual  podemos observar un  Marx sensible a la misma clase  de consideraciones que  hallamos en  las no- ciones contemporáneas del desarrollo sustentable. Sin  embargo, al realizar una crítica de  las  formas de  propiedad contemporáneas en nombre de  una sociedad futura, Marx parece muy  próximo al  tipo de  exhortaciones que  apelan a principios normativos transhistóricos que  él mismo condena en otros autores. Esta brecha entre su doctrina oficial  y las  implicancias de  su  compromiso teórico ha  contribuido a crear una tendencia a contraponer el marxismo clásico, con  su énfasis en la explicación de estructuras sociales antagónicas y en las luchas a las que  estas dan  origen, a la teoría política normativa, con  los ideales y concepciones éticas a las que esta apela. La conclusión es que no pue- den  seguirse ambos caminos, y uno  debe  optar por trabajar dentro de uno  de estos discursos. En  este sentido, esta es una actitud expresada no  sólo  por muchos marxistas ortodoxos, sino  también por teóricos que  consideran haber trascendido al marxismo, tales como Gerald A. Cohen y Jürgen Habermas10.

 

9 Steven Lukes  expone lúcidamente este  problema en Marxism and Morality (1985).

 

Sin embargo, no veo necesidad de elegir:  por tomar prestada una antigua figura del idioma inglés, uno  puede tener una torta y comérsela. O, para expresarlo más  firmemente: una crítica marxista teóricamente consecuente del  capitalismo requiere la articulación de principios éti- cos  según los  cuales este  pueda ser  censurado como injusto. ¿De  qué otro modo podría resultar exitosa una crítica?  Perseguir esa  visión  de- manda un  diálogo genuino entre el marxismo clásico y el liberalismo igualitario; en  otras palabras: un  compromiso mutuo que  no  cobre la forma de  un  discurso que  absorba al  otro de  modo imperialista. Es decir, el estudio de temas normativos no requiere que  uno  abandone la teoría social explicativa que  ha  sido  la gran fuerza intelectual del mar- xismo. Paralelamente, el marxismo puede plantear algunos desafiantes interrogantes a los liberales igualitarios acerca de cómo sus concepcio- nes de justicia pueden ser efectivamente llevadas a cabo11.

TRANSFORMANDO EL  CAPITALISMO

Esto nos  conduce a la segunda razón por la cual  los  marxistas debe- rían tomar el liberalismo igualitario seriamente. Como hemos visto, las concepciones sobre la justicia que este último ha desarrollado arro- jan  una severa luz sobre el mundo social contemporáneo. Aun las más modestas aproximaciones desafían el status quo.  Por esto es que Pogge calcula que  la desigualdad –especialmente entre el Norte y el Sur– es actualmente tan grande que sólo un 1% del ingreso global –equivalente a 312 mil millones de dólares al año–  sería suficiente para erradicar la pobreza extrema en el mundo entero (Pogge, 2002:  2). Vale la pena re- flexionar sobre el hecho de que esta suma es menor que el presupuesto de defensa de EE.UU.: la administración Bush ha solicitado no menos de  380  mil  millones de  dólares para el año  fiscal  2004.  Uno  no  tiene que  ser un  igualitarista para respaldar tal transferencia, ya que  la mis- ma  podría ser justificada desde una mirada conservadora basada en la caridad, o por el imperativo de reducir el sufrimiento, como lo plantea Raz.  ¿Cuánto más  podría demandar la aplicación global de cualquiera de los principios de justicia igualitaria formulados por los filósofos li- berales contemporáneos?

Esto nos  lleva  a la pregunta respecto de qué  marco socioeconó- mico  se requiere para realizar dichos principios. En general, los libera- les igualitarios son,  como ya he sugerido, partidarios de alguna versión del capitalismo de mercado. A lo sumo, Rawls  deja  abierta la discusión sobre si los  medios de  producción deben ser  de  propiedad privada o no.  La  extrema izquierda del  liberalismo igualitario está  conformada por  teóricos de formación marxista, tales  los casos de Gerald A. Cohen y John Roemer, quienes abogan por  un  socialismo de mercado, es de- cir, una economía de mercado formada por  cooperativas de trabajado- res  que  poseen la propiedad colectiva de las mismas y compiten entre sí.  (Sin  embargo, Cohen opta por  un  socialismo de  mercado faute  de mieux, a regañadientes y sólo  como una segunda alternativa, dado que su primera preferencia ya no le parece viable12).

 

10 Ver, por  ejemplo, Cohen (1995;  2000).

11 Ver Callinicos (2001).

 

Sin  embargo, es difícil  concebir cómo alguna de estas versiones de una economía de mercado puede resultar consistente con  una justi- cia  igualitaria. Entiendo la economía de mercado en los términos que fueron planteados por Karl Marx y Karl Polanyi, es decir, como un siste- ma económico en el cual la distribución de recursos es el resultado de la competencia entre productores autónomos aunque interdependientes, y en  el cual  la  fuerza de  trabajo fue  transformada en  una mercancía (Polanyi denomina al trabajo, junto con  el dinero y la tierra, “mercan- cías ficticias”)13. Permítasenos recordar, en primer lugar, que uno  de los principales impulsos del  igualitarismo contemporáneo es  el esfuerzo por  eliminar las  consecuencias negativas de  aquello que  Dworkin de- nomina “suerte bruta”. Pero  la economía de mercado necesaria y cons- tantemente genera casos de “suerte bruta”. Las fortunas se construyen y se pierden, los trabajadores pierden sus  trabajos, países enteros se em- pobrecen, no  a causa de las elecciones de las personas afectadas, sino como resultado de las fluctuaciones del mercado que escapan al control individual y colectivo. Marx  toma prestada la  idea  hegeliana de  una “segunda naturaleza” para describir cómo el capitalismo –un  sistema de relaciones sociales dependientes para su existencia de la acción hu- mana– parece operar como si fuera parte del mundo físico  y estuviera sujeto a leyes naturales que están por fuera del control humano. ¿Cómo pueden los seres  humanos ser  juzgados como responsables de sus  des- tinos individuales en un  mundo con  tales  características? Si triunfan o fracasan, es más  probable que  tal circunstancia tenga que  ver, no tanto con  sus  propias elecciones y esfuerzos, sino  con  contingencias que  es- tán  más  allá de su comprensión.

En  segundo lugar, deberíamos considerar cuál  sería el impacto de las reformas igualitarias en el funcionamiento del capitalismo. Por ejemplo, los igualitaristas con  frecuencia apoyan la idea  de un  salario básico universal e incondicional. Ellos  entienden que  cada ciudadano debería recibir –como un derecho– un ingreso que le permita satisfacer sus  necesidades de  subsistencia más  básicas sin  tener que  participar en  el mercado laboral. Una  reforma de esta  índole resultaría conside- rablemente atractiva, dado que  evitaría las  frecuentes consecuencias irracionales que  los impuestos y el sistema de bienestar generan en su interacción; y también aseguraría la independencia económica de cier- tos  grupos que,  por  las razones que  sean, son  efectivamente excluidos del mercado laboral o sólo pueden lograr acceso al mismo en términos extremadamente desfavorables. Entonces, esto podría ser un paso hacia una transformación social más  comprehensiva14. Por  obvias razones, esta  opción genera una enorme resistencia entre los  capitalistas. Uno de  los  presupuestos básicos del  capitalismo como sistema económico es que  la mayoría de  la población no  posee ninguna alternativa acep- table frente a la opción de vender su  fuerza de trabajo en  términos lo suficientemente desfavorables como para conducirla a su explotación. La  independencia económica que  un  tipo  de  salario básico brindaría a las  personas –como derecho igualitario a ser  obtenido por  fuera del mercado– alteraría de modo significativo el balance de poder: negociar un contrato salarial se convertiría en una transacción voluntaria mucho más  genuina y, entonces, los capitalistas se verían compelidos a ofrecer mejores condiciones de  trabajo que  podrían fatalmente comprometer su rentabilidad. No hay  lugar a demasiadas dudas. Cualquier país  que intente por  medio de  un  salario básico como el descripto cambiar la marcha de su sociedad en una dirección significativamente igualitaria se enfrentaría seguramente a un  proceso de fuga  masiva de capitales  y a otras formas de resistencia por  parte de los grupos privilegiados y po- derosos. La presión impuesta sobre Lula  por  los mercados financieros que  forzaron a este  a diluir un  programa de gobierno aun mucho más modesto antes de llegar  a convertirse en presidente de Brasil representa una suave  versión del tipo  de reacciones que  provocaría un  intento se- rio de convertir un salario básico universal en una realidad efectiva.

 

12 Ver Cohen (1995:  capítulo 11).

13 Comparar Marx  (1976:  capítulo 1) y Polanyi (1957).

 

Esta no  es  una razón para abandonar el intento de  llevar  ade- lante reformas tales  como la propuesta de un  salario básico, sino  para apoyarlas, entendiendo que este tipo  de iniciativas sólo podrán ser efec- tivamente alcanzadas en el marco de una lucha que  plantee un  desafío más  extenso al  control capitalista sobre la  economía en  su  conjunto. En  otras palabras, un  anticapitalismo consecuente no  puede evitar un tema básico de  la tradición socialista como lo es el de  la propiedad  y el control de  los  medios de  producción. No  obstante, existe  una veda virtual en torno a esta  discusión desde el fin de la Guerra Fría. Incluso en el movimiento contra la globalización capitalista se tiende a hablar en  términos de  regulación del  capitalismo o de  un  retorno al mundo “desglobalizado” formado por  capitalismos nacionales autónomos15.

14 Ver, por  ejemplo, Van Parijs y Van Der Veen (1993)  y Barry (1997).

 Este tipo de  cuidados reflejan la  creencia, diseminada aún en la izquierda desde el cataclismo de 1989-1991, de que  el colapso de la Unión Soviética demostró que  la planificación no puede funcionar. Uno de los críticos de la planificación, Alec Nove, planteó el siguiente desafío: “Existen vínculos horizontales (el mercado) y hay enlaces verticales (re- laciones de jerarquía) ¿Qué  otra dimensión existe?” (citado en  Devine,

1988:  109-110). En  otras palabras, la coordinación económica es nece- sariamente, o bien  horizontal, en cuyo  caso  sólo  puede tomar la forma de mercado, o bien  vertical, caso  en  el que  se piensa en  una dirección centralizada y desde arriba según el modelo estalinista de la economía. Pero, en este caso  por lo menos, existe una tercera vía: redes democráti- camente organizadas de productores y consumidores pueden colectiva- mente negociar, mediante conexiones primordialmente horizontales, un plan sobre los recursos a ser asignados. Existen dos  modelos concretos de  este tipo de  planificación democrática o participativa. El  primero, desarrollado por el economista socialista británico Pat Devine, implica aquello que  el autor denomina “coordinación negociada”, en la cual  los representantes de los grupos afectados negociarían sobre la asignación de  recursos hasta lograr una serie de  precios consistentes que  reflejen las  prioridades que  surgieron de  un  acuerdo colectivamente logrado16. El intelectual anarquista americano Michael Albert ofrece una versión aún más  descentralizada, partiendo de la misma idea  básica. En las eco- nomías participativas, o parecons, los  individuos o grupos plantearían sus  propias propuestas de  consumo y producción, cuya  conformidad generaría un  plan integral mediante un  proceso interactivo de  ajustes sucesivos de negociación. Ambos modelos encarnan el mismo principio básico, que Albert denomina la norma del “auto-gerenciamiento”: “en la medida en que podamos arreglarlo, los actores de la economía deberían influir en  los resultados económicos en  igual  proporción a cómo estos acontecimientos afectan a dichos actores” (Albert, 2003: 40)17.

La discusión de tales  modelos nos conduce aún más  allá de Marx: desde la teoría normativa a las especulaciones utópicas. Pero  tal sende- ro es absolutamente inevitable actualmente: sin importar cuán inteligi- ble haya sido  la negación de Marx  a considerar alternativas detalladas al capitalismo en el contexto del socialismo del siglo  XIX, esta  postura ya no  puede ser  defendida hoy  día  tras el colapso del estalinismo y de cara a una hegemonía neoliberal que  permanentemente reitera el eslogan  de Margaret Thatcher: “No hay  Alternativa” al capitalismo de mer- cado. A medida que  van cobrando forma más  definida las imágenes de la alternativa al capitalismo, los análisis realistas de las dinámicas del capitalismo y de  las  estrategias eficaces contra el mismo deben com- binarse con  la  exploración de  modelos de  planificación democrática normativamente informados y suficientemente focalizados, capaces de demostrar que  Thatcher está  equivocada.

15 Ver Callinicos (2003:  capítulos 2 y 3).

16 Ver Devine  (1988)  y Callinicos (2003:  122-132).

17 Diversos materiales sobre parecon  pueden hallarse también en <www.parecon.org>.

 

La discusión de los principios y modelos igualitarios en ningún caso  carece de  anclaje social. La  aspiración a la  igualdad fue  uno  de los ideales constitutivos de la modernidad capitalista desde el momen- to en que  triunfaron las grandes revoluciones burguesas. De diferentes maneras, las  revoluciones inglesa, americana  y  francesa articularon un  impulso igualitario a medida que  desafiaban las  jerarquías del  an- tiguo régimen. Al proceder de  esta  manera, desataron una dinámica que continúa hasta el presente, conforme nuevos grupos –trabajadores, esclavos, mujeres, súbditos coloniales, negros, lesbianas y gays,  entre muchos otros– han reafirmado sus  demandas de igualdad. Sin  embar- go, aunque el capitalismo es el suelo  sobre el que el ideal  de la igualdad cobró forma por primera vez, este ideal  solamente puede realizarse más allá de sus fronteras.

BIBLIOGRAFÍA

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Michael Löwy*

 

 

Marxismo y religión: ¿opio del pueblo?**

 

 

 

* Filósofo y director de investigación del  Centro Nacional de Investigación Científica de Francia, CNRS.

** Traducción de Bárbara Schijman. Revisión de Michael Löwy.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿ES  AÚN LA RELIGIÓN, tal  como Marx  y Engels la  entendían en  el siglo  XIX, un  baluarte de reacción, oscurantismo y conservadurismo? Brevemente, sí, lo es. Su punto de vista  se aplica aún a muchas institu- ciones católicas (el Opus  Dei es sólo  el ejemplo más  obvio), al uso  fun- damentalista corriente de las principales confesiones (cristiana, judía, musulmana), a la mayoría de los grupos evangélicos (y su expresión en la denominada “iglesia electrónica”), y a la mayoría de las nuevas sectas religiosas, algunas de las cuales, como la notoria iglesia del reverendo Moon, son  nada más  que  una hábil combinación de  manipulaciones financieras, lavado de cerebro y anticomunismo fanático.

Sin embargo, la emergencia del cristianismo revolucionario y de la teología de la liberación en América Latina (y en otras partes) abre un capítulo histórico y alza  nuevas y excitantes preguntas que  no  pueden responderse sin una renovación del análisis marxista de la religión.

Inicialmente, confrontados con tal fenómeno, los marxistas recu- rrirían a un modelo tradicional que concibe a la iglesia como un cuerpo reaccionario enfrentando a los trabajadores y los campesinos cristianos que podrían haber sido  considerados soportes de la revolución. Incluso mucho tiempo después, la muerte del  Padre Camilo Torres Restrepo, quien se había unido a la guerrilla colombiana, fue considerada un caso excepcional. Corría el año  1966.  Pero  el creciente compromiso de  los cristianos –incluidos muchos religiosos y curas– con  las luchas popula- res  y su masiva inserción en la revolución sandinista claramente mos- traron la necesidad de un nuevo enfoque.

Los  marxistas desconcertados o confundidos por  estos  desarro- llos aún recurren a la distinción usual entre las prácticas sociales vigen- tes de estos  cristianos, por  un lado,  y su ideología religiosa, por  el otro, definida como necesariamente regresiva e idealista. Sin  embargo, con la teología de  la liberación pensadores religiosos utilizarán conceptos marxistas y bregarán a favor  de las luchas emancipatorias.

De hecho, algo  nuevo sucedió en  la escena religiosa de  Latino- américa durante las  últimas décadas, de importancia histórica a nivel mundial. Un sector significativo de la iglesia –creyentes y clérigos– en América Latina ha cambiado su posición en el campo de la lucha social, poniendo sus recursos materiales y espirituales al servicio de los pobres y de su pelea  por  una nueva sociedad.

¿Puede el marxismo ayudarnos a explicar estos eventos inesperados?

*   *   * La conocida frase “la religión es el opio del pueblo” es considerada como la quintaesencia de la concepción marxista del fenómeno religioso por la mayoría de sus partidarios y oponentes. ¿Cuán acertado es este  pun- to de vista?  Antes  que  nada, uno  debería enfatizar que  esta  afirmación no  es del todo específicamente marxista. La misma frase se puede en- contrar, en diversos contextos, en los escritos de Immanuel Kant, J. G. Herder, Ludwig Feuerbach, Bruno Bauer, Moses Hess  y Heinrich Hei- ne.  Por  ejemplo, en su ensayo sobre Ludwig Börne (1840), Heine ya la empleaba –en una manera positiva (aunque irónica) –: “Bienvenida sea una religión que  derrama en el amaro cáliz  de la sufriente especie hu- mana algunas dulces, soporíferas gotas de opio  espiritual, algunas go- tas de amor, esperanza y creencia”. Moses Hess,  en su ensayo publicado en  Suiza en  1843,  toma una postura más  crítica (pero aún ambigua): “La religión puede hacer soportable [...]  la infeliz conciencia de servi- dumbre […] de igual  forma el opio  es de buena ayuda en  angustiosas dolencias” (citado en Gollwitzer, 1962: 15-16)1.

La expresión apareció poco  después en el artículo de Marx Acer- ca de la crítica  de la filosofía del derecho  de Hegel (1844). Una  lectura atenta del  párrafo marxista donde aparece esta frase revela que  la cuestión es  más  compleja de  lo que  usualmente se  cree. Aunque  ob- viamente crítico de la religión, Marx toma en  cuenta el carácter dual del fenómeno y expresa: “La angustia religiosa es al mismo tiempo la expresión del dolor real y la protesta contra él.

1 Otras referencias de estas expresiones podrán encontrarse en el presente artículo.

 La religión es el suspiro de  la criatura oprimida, el corazón de  un  mundo descorazonado, tal como lo es el espíritu de una situación sin espíritu. Es el opio  del pue- blo” (Marx, 1969a: 304).

Si uno  lee el ensayo completo, aparece claramente que  el punto de vista de Marx  debe  más  a la postura de izquierda neo-hegeliana –que veía la religión como la alienación de la esencia humana– que  a la filo- sofía  de la Ilustración –que simplemente la denunciaba como una cons- piración clerical. De hecho, cuando Marx escribió el pasaje mencionado era aún un discípulo de Feuerbach y un neo-hegeliano. Su análisis de la religión era,  por consiguiente, “pre-marxista”, sin referencia a las clases y ahistórico. Pero  tenía una cualidad dialéctica, codiciando el carácter contradictorio de  la “angustia” religiosa: a la vez una legitimación de condiciones existentes y una protesta contra estas.

Fue   sólo   después,  particularmente  en   La  ideología   alemana (1846), que  el característico estudio marxista de la religión como una realidad social e histórica tuvo su origen. El elemento clave de este nue- vo método para el análisis de la religión es acercarse a ella como a una de las diversas formas de ideología –a saber, de la producción espiritual de un pueblo; de la producción de ideas, representaciones y conciencia, necesariamente condicionadas por  la producción material y las corres- pondientes relaciones sociales. Aunque él suele  utilizar el concepto de “reflejo”  –el cual  conducirá a  varias generaciones de  marxistas hacia un callejón sin salida– la idea  clave del libro es la necesidad de explicar la génesis y el desarrollo de las distintas formas de conciencia (religio- sa,  ética, filosófica, etc.)  por  las  relaciones sociales, “lo que  significa, por  supuesto, que  la cuestión puede ser  representada en  su  totalidad” (Marx, 1969b: 154,  164).  Una  escuela “disidente” de la sociología de la cultura marxista (Lukács, Goldmann) estará a favor  del concepto dialé- ctico  de totalidad en lugar de adscribir a la teoría del reflejo.

Luego de escribir junto a Engels La ideología alemana, Marx pres- tó poca atención a la cuestión de la religión como tal, a saber, como un universo específico de significados culturales e ideológicos. Uno  puede encontrar, sin  embargo, en  el primer volumen de  El Capital,  algunas observaciones metodológicas interesantes. Por  ejemplo, la bien  cono- cida  nota a  pie  de  página en  la  que  responde al  argumento sobre la importancia de la política en la Antigüedad y de la religión en la Edad Media revela  una concepción amplia de la interpretación materialista de la historia: “Ni la Edad Media pudo vivir del Catolicismo ni la Anti- güedad de la política. Las respectivas condiciones económicas explican, de hecho, por  qué  el Catolicismo allá  y la política acá  juegan el rol do- minante” (Marx, 1968: 96, Tomo I). Marx  nunca se tomaría la molestia de suministrar las razones económicas que  explicarían la importancia de  la  religión en  el Medioevo, pero este  pasaje es  importante porque reconoce que,  bajo  ciertas condiciones históricas, la religión puede de hecho jugar un rol dominante en la vida de una sociedad.

A pesar de su poco  interés por  la religión, Marx  prestó atención a la  relación entre protestantismo y capitalismo. Diversos pasajes de El Capital  hacen referencia a la  contribución del  protestantismo a la primitiva acumulación de capital –por  ejemplo, por  medio del estímulo a la expropiación de propiedades de la iglesia y prados comunales. En los Grundrisse, Marx  formula –¡medio siglo antes del famoso ensayo de Max Weber!– el siguiente comentario, significativo y revelador respecto de  la  íntima asociación entre protestantismo y capitalismo: “El  culto del dinero tiene su ascetismo, su auto-abnegación, su auto-sacrificio –la economía y la frugalidad, desprecio por  lo mundano, placeres tempo- rales, efímeros y fugaces; el correr detrás del eterno tesoro. De aquí la conexión entre el Puritanismo inglés o el Protestantismo holandés y el hacer dinero” (Marx, 1968: 749-750, Tomo I; 1973: 232; 1960a:  143).  La semejanza –no la identidad– con la tesis  de Weber es sorprendente, más aún puesto que  el autor de Ética  protestante no  pudo haber leído  este pasaje (los Grundrisse fueron publicados por  primera vez en 1940).

Por otra parte, Marx se  refiere cada tanto al  capitalismo como una “religión de la vida  diaria” basada en el fetichismo de mercancías. Describe al capitalismo como “un  Moloch que  requiere el mundo ente- ro como un  sacrificio debido”, y el progreso del  capitalismo como un “monstruoso Dios pagano, que sólo quería beber néctar en la calavera de la muerte”. Su crítica a la política económica está salpicada de frecuen- tes referencias a la idolatría: Baal,  Moloch, Mammon, Becerro de Oro y, por supuesto, el concepto de “fetichismo” en sí mismo. Pero este lengua- je tiene más  un significado metafórico que sustancial (en términos de la sociología de la religión) (Marx, 1960b: 226, Vol. 9 y 488, Vol. 26)2.

Friedrich Engels desplegó (probablemente por  su educación pie- tista) un interés mucho mayor que el de Marx por el fenómeno religioso y su rol histórico. El aporte principal de Engels al estudio marxista de la religión es su análisis de la relación de las representaciones religiosas con  las luchas de clases. Más allá  de la polémica filosófica de “materia- lismo contra idealismo”, él estaba interesado en entender y explicar for- mas  históricas y sociales concretas de religión. La cristiandad no apare- ció (como en Feuerbach) como una “esencia” atemporal, sino  como un sistema cultural experimentando transformaciones en diferentes perío- dos  históricos. Primero la cristiandad fue  una religión de los esclavos, luego  la ideología estatal del Imperio Romano, después vestimenta de la jerarquía feudal y, finalmente, se adapta a la sociedad burguesa. Así aparece como un  espacio simbólico en el que  se enfrentan fuerzas so- ciales  antagónicas –por  ejemplo en  el siglo  XVI: la teología feudal, el protestantismo burgués y los plebeyos herejes.

 

2 Algunos teólogos de la liberación (por  ejemplo, Enrique Dussel y Hugo Assmann) harán extensivo el uso  de estas referencias a su definición de capitalismo como idolatría.

 Ocasionalmente su  análisis tropieza con  un  utilitarismo estre- cho, interpretación instrumental de movimientos religiosos. En Ludwig Feuerbach y el fin  de la filosofía clásica  alemana, escribe: “cada  una de las  distintas clases usa  su  propia apropiada religión [...]  y hace poca diferencia si estos  caballeros creen en  sus  respectivas religiones o no” (Engels, 1969a:  281).

Engels parece no  encontrar nada más  que  el “disfraz religioso” de intereses de clases en las diferentes formas de creencias. Sin embar- go, gracias a su método de análisis en términos de lucha de clases, En- gels se da cuenta, y así lo expresa en La guerra campesina en Alemania, de  que  el clero  no  era  un  cuerpo socialmente homogéneo: en  ciertas coyunturas históricas, se  dividía internamente según su  composición social. Es así que  durante la Reforma tenemos, por  un  lado,  el alto  cle- ro,  cumbre de  la jerarquía feudal, y, por  el otro, el bajo  clero, que  da sustento a los ideólogos de la Reforma y del movimiento revolucionario campesino (Engels, 1969b: 422-475).

Siendo materialista, ateo  y un  irreconciliable enemigo de  la re- ligión, Engels comprendió,  como el  joven  Marx,  el  carácter dual del fenómeno: su  rol  en  la legitimación del  orden existente, pero además, de acuerdo a circunstancias sociales, su rol crítico, de protesta e incluso revolucionario.

En  primer lugar, él estaba interesado en la cristiandad primitiva a la cual  definía como la religión de  los  pobres, los  desterrados, con- denados, perseguidos y oprimidos. Los  primeros cristianos provenían de los niveles más  bajos de la sociedad: esclavos, hombres libres a los cuales les  habían sido  negados sus  derechos y pequeños campesinos perjudicados por las deudas (Engels, 1969c:  121-122, 407). Tan lejos fue que  hasta mostró un  asombroso paralelo entre esta  primitiva cristian- dad  y el socialismo moderno, planteando que:  a) ambos movimientos fueron creados por  las masas –no por  líderes ni profetas–; b) sus miem- bros fueron oprimidos, perseguidos y proscriptos por  las  autoridades dominantes, y c)  predicaron una inminente liberación y eliminación de  la miseria y la esclavitud. Para adornar su  comparación, un  tanto provocativamente, Engels citó  un  dicho del historiador francés Renán: “si quiere tener una idea  de  cómo fueron las  primeras comunidades cristianas, mire la rama local  de la Asociación Internacional de Traba- jadores” (Engels, 1969c).

 Según Engels, el paralelismo entre socialismo y cristiandad tem- prana está  presente en todos los movimientos que  sueñan, desde todos los tiempos, restaurar la primitiva religión cristiana –desde los taboris- tas de John Zizka (“de gloriosa memoria”) y los anabaptistas de Thomas Münzer hasta (luego de 1830)  los comunistas revolucionarios franceses y los partisanos del comunista utópico alemán Wilhelm Weitling.

Sin  embargo, y según deja  constancia en sus  Contribuciones a la historia de la cristiandad primitiva, Engels encuentra que  se mantiene una diferencia esencial entre los dos movimientos: los cristianos primi- tivos  eligieron dejar su  liberación para después de esta  vida,  mientras que  el socialismo ubica su emancipación en el futuro próximo de este mundo (Engels, 1960: capítulo 25).

¿Pero es esta diferencia tan clara como parecía a primera vista? En su estudio de las grandes guerras campesinas en Alemania ya no se plan- tea esta oposición. Thomas Münzer, el teólogo y líder de  la revolución campesina y hereje anabaptista del siglo XVI, quería el inmediato estable- cimiento en la tierra del Reino de Dios, el reino milenario de los profetas. De acuerdo con  Engels, el Reino de Dios para Münzer era una sociedad sin diferencias de clases, sin propiedad privada y sin autoridad estatal in- dependiente de, o externa a, los miembros de esa sociedad. Sin embargo, Engels estaba aún tentado a reducir la religión a una estratagema: ha- bló de la “fraseología” cristiana de Münzer y su “manto” bíblico (Engels,

1969b: 464).  La dimensión específicamente religiosa del milenarismo de Münzer, su  fuerza espiritual y moral, su  experimentada auténtica pro- fundidad mística, Engels parece haberlas eludido. Sin  embargo, Engels no esconde su admiración por el profeta alemán, describiendo sus ideas como “cuasi-comunistas” y “religiosas revolucionarias”: eran en  menor medida una síntesis de las demandas plebeyas de aquellos tiempos, “una brillante anticipación”  de  futuros objetivos emancipadores proletarios. Esta dimensión anticipadora y utópica de la religión no es explorada por Engels pero será trabajada de manera intensa y rica por Ernst Bloch.

El último movimiento subversivo bajo  el estandarte de la religión fue, según Engels, el movimiento puritano inglés del siglo XVII. Si la re- ligión, y no el materialismo, suministró la ideología de esta  revolución, es por  la naturaleza políticamente reaccionaria de la filosofía materia- lista en Inglaterra, representada por Hobbes y otros partisanos del abso- lutismo real.  En contraste con este materialismo y deísmo conservador, las  sectas protestantes dieron a la guerra contra la monarquía de  los Estuardos su bandera religiosa y sus combatientes (Engels, 1969d: 99).

Este  análisis es interesante: rompiendo con  la visión  lineal de la historia heredada de  la Ilustración, Engels reconoce que  la lucha en- tre  materialismo y religión no necesariamente corresponde a la guerra entre revolución y contrarrevolución, progreso y regresión, libertad  y despotismo, clases oprimidas y dominantes. En  este  preciso caso, la relación es exactamente la opuesta: religión revolucionaria contra ma- terialismo absolutista.

Engels estaba convencido de que,  desde la Revolución Francesa, la religión no podía funcionar más  como una ideología revolucionaria, y se sorprendió cuando comunistas franceses y alemanes –tales  como Cabet o Weitling– proclamaron que  “cristiandad es comunismo”. Este desacuerdo sobre la religión fue una de las principales razones de la no participación de comunistas franceses en el Anuario Franco-Alemán en 1844 y de la ruptura de Marx  y Engels con  Weitling en 1846.

Engels no podía anticipar la teología de la liberación, pero, gra- cias  a su  análisis del  fenómeno religioso desde el punto de vista  de la lucha de  clases, trajo a la luz  el potencial de  protesta de  la religión  y abrió camino para un  nuevo acercamiento –distinto tanto de la filoso- fía de la Ilustración cuanto del neo-hegelianismo alemán– a la relación entre religión y sociedad.

*   *   *

La mayoría de los estudios realizados sobre religión en  el siglo  XX se limitan a comentar, desarrollar o aplicar las ideas esbozadas por  Marx y Engels. Tales  fueron los  casos, por  ejemplo, de  los  ensayos de  Karl Kautsky sobre el utopista Tomás Moro o sobre Thomas Münzer. Kauts- ky consideraba a todas estas corrientes religiosas como movimientos “precursores del  socialismo moderno” cuyo  objetivo era  un  estilo de comunismo distributivo –opuesto al  comunismo productivo del  mo- vimiento obrero moderno. Mientras Kautsky nos  provee interesantes revelaciones y detalles acerca de las bases sociales y económicas de es- tos movimientos y sus aspiraciones comunistas, usualmente reduce sus creencias religiosas a un  simple “envoltorio” o “ropaje” que  “oculta  y disimula” su  contenido social. Las  manifestaciones místicas y apoca- lípticas de las herejías medievales son,  desde su punto de vista,  expre- siones de  desesperación, resultantes de  la imposibilidad de  consumar sus  ideales comunistas (Kaustky, 1913:  170,  198,  200-202). En  su libro acerca de  la  Reforma alemana, Kaustky no  pierde tiempo con  la  di- mensión religiosa de la lucha entre católicos, luteranos y anabaptistas: despreciando lo que  él llama la  “disputa teológica” entre estos  movi- mientos religiosos, concibe como única tarea del historiador “remontar las luchas de esos  tiempos a la contradicción de intereses materiales”. En  este  sentido, las  95  Tesis  de  Lutero, según Kautsky, no  reflejaron tanto un conflicto sobre el dogma, como un conflicto en torno de temas económicos: el dinero que  Roma extraía de Alemania bajo  la forma de impuestos eclesiásticos (Kautsky, 1921: 3, 5).

Su  libro sobre Tomás Moro es más  original: ofrece un  candente e idílico dibujo de la popular cristiandad medieval como una jubilosa y alegre religión, llena  de  vitalidad y bellas celebraciones y fiestas. El autor de Utopía, Tomás Moro, es presentado como el último represen- tante de este  popular, viejo  y feudal catolicismo –completamente dife- rente del jesuítico moderno. Según Kautsky, Moro eligió  como religión el catolicismo en lugar del protestantismo porque estaba en contra de la brutal proletarización del campesinado resultante de la destrucción de la iglesia tradicional y de la expropiación de tierras comunitarias por  la Reforma Protestante en Inglaterra. Por  otro lado,  las instituciones reli- giosas de la isla Utopía  muestran que él estaba lejos de ser un partidista del establecido autoritarismo católico: defendía la tolerancia religiosa, la abolición del celibato clerical, la elección de curas por sus comunida- des y la ordenación de mujeres (Kautsky, 1890: 101, 244-249, 325-330).

Muchos marxistas en el movimiento de trabajadores europeo eran radicalmente hostiles a la religión, pero creían que  la batalla atea contra la ideología religiosa debía subordinarse a las necesidades concretas de la lucha de clases, la cual  demandaba la unidad entre trabajadores que creen en Dios y aquellos que no creen. Lenin mismo, que seguidamente denunció la religión como una “niebla mística”, insistió en su artículo “Socialismo y religión” (1905)  en que  el ateísmo no debería ser parte del programa del Partido porque la “unidad en la real lucha revolucionaria de las clases opri- midas por un  paraíso en la tierra es más  importante que  la unidad en la opinión proletaria sobre el paraíso en el cielo” (Lenin, 1972: 86, Vol. 10).

Rosa  Luxemburgo compartió esta  estrategia, pero desarrolló un argumento diferente y original. Aunque ella  misma era  una ferviente atea, en sus  escritos atacó menos a la religión como tal  que  a las polí- ticas y programas reaccionarios de la iglesia, en  nombre de su  propia tradición. En un ensayo escrito en 1905 (“Iglesia y socialismo”) insistió en  que  los  socialistas modernos son  más  leales  a los  principios origi- nales de la cristiandad que  el clero  conservador de hoy.  Desde  que  los socialistas luchan por  un  orden social de igualdad, libertad y fraterni- dad, los  curas, si honestamente quieren implementar en  la vida  de  la humanidad el principio cristiano “ama  al prójimo como a ti mismo”, deberían dar  la  bienvenida al  movimiento socialista. Cuando el clero apoya al  rico,  y a aquellos que  explotan y oprimen al  pobre, está  en contradicción explícita con  las enseñanzas cristianas: sirve  no a Cristo sino  al Becerro de Oro.  Los  primeros apóstoles de la cristiandad eran comunistas apasionados, y los Padres de la Iglesia (como Basilio y Juan Chrysostomo) denunciaron las  injusticias sociales. Hoy  esta  causa la lleva adelante el movimiento socialista que  acerca al pobre el evangelio de la fraternidad y la igualdad, y llama a la gente a establecer en la tierra el reino de la libertad y del amor al prójimo (Luxemburgo, 1971: 45-47, 67-75).  En  lugar de levantar una batalla filosófica en nombre del mate- rialismo, Rosa  Luxemburgo intentó rescatar la dimensión social de la tradición cristiana para el movimiento de los trabajadores.

 Austro-marxistas como Otto   Bauer y  Max  Adler  eran mucho menos hostiles a la religión que  sus  camaradas alemanes o rusos. Pa- recieron considerar al  marxismo como compatible con  alguna forma de  religión, pero esto  referido principalmente a la religión como una “creencia filosófica” (de  inspiración neo-kantiana) más  que  como con- cretas tradiciones religiosas históricas3.

En  la Internacional Comunista se prestó poca atención a la reli- gión,  aunque un  número significativo de cristianos se unieron al movi- miento, y un ex pastor protestante suizo, Jules  Humbert-Droz, se trans- formó en los años veinte en una de las figuras líderes de la Internacional Comunista. La idea  dominante entre marxistas en aquellos tiempos era que un cristiano que se convirtiera en socialista o comunista necesaria- mente abandonaría su previa creencia religiosa “anti-científica” e “idea- lista”.  La pieza teatral de Bertolt Brecht, Santa Juana  de los Mataderos (1932), es un  buen ejemplo de este  tipo  de planteamiento acerca de la conversión de cristianos a la lucha por la emancipación proletaria. Bre- cht describe con mucha precisión el proceso por el cual Juana, una líder del Ejército de Salvación, descubre la verdad sobre la explotación y la injusticia social y muere denunciando sus  primeras y antiguas ideas. Pero  para él debe  haber una total y absoluta ruptura entre la antigua creencia religiosa del personaje y su nuevo credo de lucha revoluciona- ria.  Poco  antes de morir Juana dice  a los obreros:

Si alguna vez alguien viene  a decirte que  existe  un Dios, invisible sin embargo, de quien puedes esperar ayuda, golpéalo duro con  una piedra en la cabeza hasta que  muera (Brecht, 1976).

La  intuición de  Rosa  Luxemburgo respecto de  que  uno  puede pelear por  el socialismo también en  nombre de  los  verdaderos valores de  la cristiandad original se perdió en  este  tipo  crudo y algo  intolerante de perspectiva materialista. Pocos años después de que  Brecht escribiera esta  pieza, apareció en Francia (1936-1938) un  movimiento de cristia- nos  revolucionarios, de varios miles de seguidores, que apoyaba activa- mente el movimiento obrero, en  particular sus  más  radicales tenden- cias  (el ala  izquierda del  Partido Socialista). Su  principal eslogan era: “Somos socialistas porque somos cristianos”4.

Entre los líderes y pensadores del movimiento comunista, Gramsci es probablemente quien prestó la mayor atención a temáticas religiosas.

3 Un libro muy  útil y sumamente interesante sobre este tema es el escrito por  David McLe- llan  (1987).

4 Ver la excelente investigación de Agnès Rochefort-Turquin (1986).

 

A diferencia de Engels o Kautsky, no  estaba interesado en  la Cristian- dad  primitiva o los herejes comunistas del Medioevo, sino  en la función de la iglesia católica en la sociedad capitalista moderna: es uno  de los primeros marxistas que  intentó entender el rol  contemporáneo de  la iglesia y el peso  de la cultura religiosa entre las masas populares.

En  sus  escritos juveniles, Gramsci muestra  simpatía  por   for- mas  progresistas de religiosidad. Por  ejemplo, está  fascinado por  el socialista cristiano francés Charles Péguy:  “la más  obvia  característica de la personalidad de Péguy  es su religiosidad, la intensa creencia […] sus  libros están llenos de este  misticismo inspirado por  el más  puro y persuasivo entusiasmo, que  lleva la forma de una prosa muy  personal, de entonación bíblica”. Leyendo Nuestra juventud, de Péguy, “nos  em- borrachamos con  ese  sentimiento místico religioso del  socialismo, de justicia que lo impregna todo […] sentimos en nosotros una nueva vida, una creencia más  fuerte, alejada de las ordinarias y miserables polémi- cas de los pequeños y vulgares políticos materialistas” (Gramsci, 1958: 33-34; 1972: 118-119)5.

Pero  sus  escritos más  importantes sobre religión se encuentran en  los  Cuadernos de la cárcel.  A pesar de  su  naturaleza fragmentaria, poco  sistémica y alusiva, estos  contienen observaciones penetrantes. Su  irónica crítica a las  conservadoras formas de  la  religión –particu- larmente la  rama jesuítica del  catolicismo, por  la  cual  siente sincera aversión– no  le impidió percibir también la dimensión utópica de  las ideas religiosas:

La religión es la utopía más  gigante, la más  metafísica que  la histo- ria haya jamás conocido, desde que  es el intento más  grandioso por reconciliar, en forma mitológica, las reales contradicciones de la vida histórica.  Afirma, de  hecho, que  el género humano tiene la  misma “naturaleza” que  el hombre […] como creado por Dios,  hijo  de Dios, es por lo tanto hermano de otros hombres, igual  a otros y libre entre y como los demás hombres [...]; pero también afirma que todo esto no pertenece a este mundo sino  a otro (la utopía) De esta forma las ideas de igualdad, fraternidad y libertad entre los hombres […] han estado siempre presentes en  cada acción radical de  la  multitud, de  una u otra manera, bajo  formas e ideologías particulares (Gramsci, 1971).

Gramsci también insistió en las diferenciaciones internas de la iglesia según orientaciones ideológicas –liberal, moderna, jesuítica, y corrien- tes fundamentalistas dentro de la cultura católica– y según las diferen tes clases sociales: “toda religión [...] es realmente una multiplicidad de distintas y a veces  contradictorias religiones: hay  un  catolicismo para los campesinos, uno  para la pequeña burguesía y trabajadores urbanos, uno  para la mujer, y un  catolicismo para intelectuales”. Además, sostu- vo que  el cristianismo es, bajo  ciertas condiciones históricas, “una  for- ma  necesaria de deseo de las masas populares, una forma específica de racionalidad en el mundo y la vida”; pero esto se aplica sólo a la inocen- te religión de  la gente, no  al cristianismo jesuitizado, “puro narcótico para las masas populares” (Gramsci, 1971: 328, 397, 405; 1979: 17).

 

5 Gramsci parece estar también interesado, a comienzos de  la década del  veinte, en  un movimiento campesino liderado por  Guillo Miglioli de la izquierda católica. Ver sobre el particular el destacado libro de Rafael Díaz-Salazar, El Proyecto de Gramsci (1991:  96-97).

 La mayoría de sus  notas se refieren al rol histórico y presente de la iglesia católica en Italia: su expresión política y social a través de la Acción  Católica y el Partido del Pueblo, su relación con  el Estado y las clases subordinadas, etcétera. Mientras se concentra en  las  divisiones de  clases dentro de  la iglesia, Gramsci advierte la relativa autonomía de la institución, como un  cuerpo compuesto por  “intelectuales tradi- cionales” (el clero  y los seglares católicos intelectuales) –es decir, inte- lectuales ligados a un  pasado feudal, y no orgánicamente conectados a ninguna clase social moderna. Este  es el motivo principal para la acción política de la iglesia y para su relación conflictiva con  la burguesía ita- liana: la defensa de sus intereses corporativos, su poder y privilegios.

Gramsci está  muy  interesado por  la Reforma Protestante, pero, a diferencia de Engels y Kautsky, no se centra en Thomas Munzer y los anabaptistas, sino  en Lutero y Calvino. Como  lector atento del ensayo de Max  Weber, cree  que  la transformación de la doctrina calvinista de la  predestinación en  “uno  de  los  mayores impulsos para la  iniciativa práctica que  tuvo  lugar en la historia del mundo” es un ejemplo clásico del  pasaje de  un  punto de  vista  del  mundo a una norma práctica de comportamiento. De cierta forma, uno  podría considerar que  Gramsci utiliza a Weber para suplantar el planteamiento economicista del mar- xismo vulgar, insistiendo en el rol históricamente productivo de ideas y representaciones (Gramsci, 1979: 17-18,  50, 110; Montanari, 1987: 58).

Para él, la Reforma Protestante, como un  movimiento nacional- popular auténtico capaz de movilizar las masas, es un  tipo  de paradig- ma  para la gran “reforma moral e intelectual” que  el marxismo quiere implementar: la filosofía de la praxis “corresponde a la conexión Refor- ma  Protestante + Revolución Francesa: es una filosofía que  es también política y una política que  es a la vez filosofía” (Gramsci, 1979).  Mien- tras Kautsky, viviendo en  la Alemania protestante, idealizó al Renaci- miento italiano y despreció a  la  Reforma por  “bárbara”, Gramsci, el marxista italiano, elogió  a Lutero y Calvino y denunció al Renacimiento por  considerarlo un movimiento aristocrático y reaccionario (Gramsci, 1979: 105; Kautsky, 1890: 76).

Las  observaciones de Gramsci son  ricas y estimulantes, pero en última instancia sigue  el patrón clásico marxista para el análisis de la religión. Ernst Bloch es el primer autor marxista que cambió radicalmente la estructura teorética –sin abandonar la perspectiva marxista y revolu- cionaria. De forma similar a Engels, distinguió dos  corrientes sociales opuestas: por un lado,  la religión teocrática de las iglesias oficiales, opio de los pueblos, un aparato mistificador al servicio de los poderosos; por el otro, la secreta, subversiva y herética religión de los albigenses, los hu- sitas, de Joaquín de Flores, Thomas Münzer, Franz von Baader, Wilhelm Weitling y León  Tolstoi. Sin  embargo, a diferencia de Engels, Bloch se negó  a ver a la religión únicamente como un  “manto” de  intereses de clase:  criticó expresamente esta concepción, mientras que  la  atribuía solamente a Kautsky. En  sus  manifestaciones contestatarias y rebeldes, la religión es una de las formas más  significativas de conciencia utópi- ca,  una de  las  expresiones más  ricas del  Principio Esperanza. A través de su capacidad de anticipación creativa, la escatología judeo-cristiana –universo religioso favorito de Bloch– contribuye a dar forma al espacio imaginario de lo aún no existente (Bloch, 1959; 1968).

Basándose en  estas presuposiciones filosóficas, Bloch desarro- lla una interpretación iconoclasta y heterodoxa de la Biblia –teniendo en  cuenta ambos: el Antiguo y Nuevo Testamento– marcando el pau- perismo que  denuncia a los faraones y llama a cada uno  a elegir entre César y Cristo.

Un  ateo  religioso –para él sólo  un  ateo  puede ser  un  buen cris- tiano, y viceversa– y un teólogo de la revolución. Bloch no sólo produjo una lectura marxista del  milenarismo (siguiendo a Engels) sino  tam- bién  –y esto  era  nuevo– una interpretación milenarista del  marxismo, a  través de  la  cual  la  lucha socialista por  el Reino de  la  Libertad es percibida como la herencia directa de las herejías escatológicas y colec- tivistas del pasado.

Por  supuesto Bloch, como el joven  Marx  de  la  famosa cita  de 1844,  reconoció el carácter dual del fenómeno religioso, su aspecto opresivo y su  potencial para la  sublevación. El  primero requiere del uso  de aquello que  él denomina “la corriente fría  del marxismo”: el im- placable análisis materialista de  las  ideologías, de  los  ídolos y de  las idolatrías. El segundo, sin  embargo, necesita de  “la corriente caliente del  marxismo”, aquella que  ambiciona rescatar el excedente cultural utópico de la religión, su fuerza crítica y anticipadora. Más allá de cual- quier “diálogo”, Bloch soñó con  una auténtica unión entre cristiandad y revolución, como aquella que  tuvo  lugar durante las guerras campe- sinas del siglo XVI.

Las ideas de Bloch eran, en cierto punto, compartidas por algunos de los miembros de la Escuela de Frankfurt. Max Horkheimer conside- ró que  “la religión es el registro de los deseos, nostalgias (sehnsuchte) y acusaciones de  innumerables generaciones” (Horkheimer, 1972:  374). Erich Fromm, en su libro El dogma  de Cristo (1930), usó  al marxismo  y al psicoanálisis para iluminar la esencia mesiánica, plebeya, igualitaria y anti-autoritaria de la cristiandad primitiva. Y Walter Benjamin trató de combinar, en una original síntesis, teología y marxismo, mesianismo judío y materialismo histórico, lucha de clases y redención6.

La obra de  Lucien Goldmann es otro intento de  abrir el sende- ro  para la  renovación del  estudio marxista de  la  religión. Aunque de inspiración muy  distinta a la de  Bloch, estaba también interesado en el valor  moral y humano de la tradición religiosa. En  su  libro El Dios oculto (1955), desarrolló un  muy  sutil  e inventivo análisis sociológico de  la  herejía jansenista (incluyendo el teatro de  Racine y la  filosofía de Pascal) como una visión  trágica del mundo, expresando la peculiar situación de un estrato social (la nobleza togada) en la Francia del siglo XVII. Una  de sus  innovaciones metodológicas consiste en relacionar la religión no sólo con los intereses de la clase,  sino  con su total condición existencial: examina por  tanto cómo este estrato legal y administrativo, entre su  dependencia de  y su  oposición a la monarquía absoluta, dio una expresión religiosa a sus  dilemas en  la  visión  trágica del  mundo del  jansenismo. De  acuerdo con  David  McLellan, este  es  el  “análisis específico más  impresionante de la religión producido por  el marxismo occidental” (McLellan, 1987: 128).

La parte más  sorprendente y original del trabajo es, sin embargo, el intento de  comparar –sin  asimilar una a otra– creencia religiosa y creencia marxista: ambas tienen en común el rechazo del puro indivi- dualismo (racionalista o empirista) y la creencia en valores trans-indivi- duales –Dios para la religión, la comunidad humana para el socialismo. En  ambos casos, la  creencia está  basada en  una apuesta –la  apuesta pascaliana en la existencia de Dios  y la marxista en la liberación de la humanidad– que  presupone el peligro del  fracaso y la  esperanza del éxito.  Ambos  casos implican algunas creencias fundamentales que  no son demostrables en el nivel exclusivo de juicios objetivos. Lo que sepa- ra a dichas creencias es, por  supuesto, el carácter supra-histórico de la trascendencia religiosa:

La creencia marxista es una creencia en el futuro histórico que el ser humano crea  por  sí mismo o, mejor dicho, que  debe  hacer con  su actividad; se trata de una “apuesta” al éxito  de sus  acciones; la tras- cendencia de la que  es objeto esta  creencia no es ni supernatural ni trans-histórica sino  supra-individual, nada más  pero tampoco nada menos (Goldmann, 1955: 99).

6 Ver,  de  mi  autoría, los  artículos “Revolution against Progress: Walter Benjamin’s Ro- mantic Anarchism” (1985)  y “Religion, Utopia and  Countermodernity: The Allegory  of the Angel of History in Walter Benjamin” (1993).

 

Sin  pretender de ninguna manera “Cristianizar al Marxismo”, Lucien Goldmann introdujo, gracias al concepto de creencia,  una nueva ma- nera de  concebir la  relación conflictiva entre  convicción religiosa y ateísmo marxista.

La idea  de que  existe  un  campo común entre el espíritu revolu- cionario y la religión ya ha sido  sugerida, en una forma menos sistemá- tica,  por  el peruano José  Carlos Mariátegui, el marxista latinoamerica- no más  original y creativo. En  el ensayo “El hombre y el mito”  (1925), propuso una visión  heterodoxa de los valores revolucionarios:

La burgueses intelectuales ocupan su tiempo en una crítica raciona- lista  del  método, la teoría y la técnica revolucionaria. ¡Qué  malen- tendido! La fuerza de los revolucionarios no descansa en su ciencia, sino  en  su  creencia, su  pasión, su  deseo. Es  una fuerza religiosa, mística, espiritual. Es la fuerza del Mito  [...] La emoción revolucio- naria es una emoción religiosa. Las  motivaciones religiosas se han mudado del  cielo  a la  tierra. No  son  más  divinas sino  humanas  y sociales (Mariátegui, 1971a:  18-22).

Celebrando a Georges Sorel, el teórico del sindicalismo revolucionario, como el primer pensador marxista en  entender el “carácter religioso, místico y metafísico del socialismo”, escribe pocos años después en su libro Defensa  del marxismo (1930):

Gracias a Sorel, el marxismo pudo asimilar los  elementos y adqui- siciones substanciales de las corrientes filosóficas que  vinieron des- pués de Marx.  Sustituyendo las bases positivistas y racionalistas del socialismo en su tiempo, Sorel  encontró en Bergson y las pragmatis- tas ideas que  fortalecieron el pensamiento marxista, restableciéndo- lo a su misión revolucionaria. La teoría de los mitos revolucionarios, aplicando al movimiento socialista la experiencia de los movimien- tos religiosos, estableció las bases para una filosofía de la revolución (Mariategui, 1971b: 21).

Estas formulaciones –expresión de  una rebelión romántica-marxista contra la interpretación dominante (semi-positivista) del materialismo histórico– pueden parecer muy  radicales. En cualquier caso, debe  estar claro que  Mariátegui no  quiso hacer del  socialismo una iglesia o una secta religiosa, sino que intentó restaurar la dimensión espiritual y ética de la lucha revolucionaria: la creencia (“mística”), la solidaridad, la in- dignación moral, el total compromiso, la disposición a arriesgar la pro- pia vida (lo que el autor llama “heroico”). El socialismo para Mariátegui era  inseparable de  un  intento de  re-encantar al mundo a través de  la acción revolucionaria. Se transformó en una de las referencias marxis- tas  más  importantes para el fundador de la teología de la liberación, el peruano Gustavo Gutiérrez.

 Marx  y Engels pensaron que  el rol  subversivo de la religión era cosa  del  pasado, sin  significación en  la época moderna de la lucha de clases. Este  pronóstico fue  más  o  menos históricamente confirmado por  todo un  siglo  –con  unas pocas importantes excepciones (particu- larmente en  Francia): los socialistas cristianos de los años treinta, los sacerdotes obreros de  los  cuarenta, el  ala  izquierda del  sindicalismo cristiano en los cincuenta, etcétera. Pero  para entender qué  ha  ido  su- cediendo en  los  últimos treinta años en  América Latina (y en  menor extensión también en  otros continentes) alrededor de  la  temática de la teología de la liberación, necesitamos integrar a nuestro análisis los planteamientos de Bloch y Goldmann sobre el potencial utópico de la tradición judeo-cristiana.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

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Adolfo Sánchez Vázquez*

 

 

Ética y marxismo

 

 

 

*  Catedrático de Estética y Filosofía Política en la Facultad de Filosofía y Letras de la Uni- versidad Nacional Autónoma de México, UNAM, y Profesor Emérito de la misma unidad académica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOS PROPONEMOS EXAMINAR  aquí las relaciones entre ética y mar- xismo. Con este objeto partimos de establecer una distinción entre ética y moral que  no  siempre suele  hacerse, incurriendo en  la consiguiente confusión de términos. Pues  bien, por moral entendemos una forma es- pecífica del comportamiento humano, individual o colectivo, que  se da realmente, o que  se postula que  debiera darse. Y por  ética entendemos la atención reflexiva, teórica, a la moral en uno  u otro plano –el fáctico o el ideal–  que no son para ella excluyentes. Vale decir: a la ética le inte- resa  la moral, ya sea para entender, interpretar o explicar la moral his- tórica o social realmente existente, ya sea para postular y justificar una moral que,  no dándose efectivamente, se considera que  debiera darse.

Tenemos, pues, ante nosotros, a la  moral en  un  doble sentido: como objeto de  reflexión o conocimiento, y como conjunto de  princi- pios,  valores o normas a los que se considera que debieran ajustarse las relaciones, en  sociedad, entre los  individuos, o de  los  individuos con determinados grupos sociales o con  la  comunidad. Pero  este  sentido normativo no sólo  es propio de la moral que  se propone, sino  también de la crítica de la moral existente, así como de la crítica a la que pueden someterse otros tipos de comportamiento humano como el político, el estético, el religioso, el lúdico o el económico. Desde  este enfoque, cabe una crítica moral de  ciertos actos como los  de  una política que  recu- rre  a ciertos medios aberrantes, o los de cierta economía que  rebaja o anula la dignidad del trabajador al hacer de él un simple instrumento o mercancía. En  casos como estos, la moral –justamente por  su carácter normativo–, con su crítica desde ciertos principios, valores o normas, se enfrenta a otras formas de comportamiento humano que,  por  su natu- raleza específica, no tienen una connotación moral. Pero, al señalar esta presencia de la moral en otras formas de comportamiento humano, hay que cuidarse de no acentuar esta presencia hasta el punto de disolver en ella  el comportamiento específico de que  se trate; es decir, no  hay  que caer  en el extremo que la diluye: el moralismo. Como  igualmente habrá que cuidarse de otro extremo que también disuelve a la moral: el socio- logismo, en la teoría, o el pragmatismo o “realismo”, en la práctica po- lítica. Con estas precauciones, abordemos el problema de las relaciones entre el marxismo como ética y la moral, entendidos ambos términos en el doble plano antes enunciado: explicativo y normativo.

I

Hechas estas observaciones previas, respondamos de entrada que  esas relaciones se presentan con  un  carácter problemático, pues incluso al- gunos marxistas, para no  hablar de  los  que  abordan estas cuestiones desde fuera del  marxismo, sostienen que  esas  relaciones, al ser consi- deradas teórica y prácticamente, son  más  bien  de divorcio que  de buen avenimiento. Se llega incluso a negar que  haya lugar en la teoría y en la práctica: un  lugar para la ética y la moral en el marxismo. A mi  modo de ver, y para ir despejando el camino inseguro que  hemos de recorrer, la problematicidad de una ética marxista, o más  exactamente de inspi- ración marxiana, no se plantea con  la misma fuerza en los dos sentidos que le hemos atribuido. Por lo que toca al componente explicativo, es de- cir, al que hace de la moral objeto de reflexión o conocimiento, es difícil dejar de admitir que,  si bien  encontramos en Marx una ética en sentido estricto, como un  cuerpo de verdades sistemáticamente articulado, no se puede ignorar que,  a lo largo de su obra, se encuentran explicitadas

–para no hablar de las implícitas, más  abundantes– reflexiones, afirma- ciones e ideas sobre la naturaleza ideológica de la moral y su  carácter histórico y social, sobre su vinculación con las relaciones de producción y los intereses de clase,  así como sobre su función en la sociedad y, parti- cularmente, en la sociedad socialista. Ello quiere decir que,  no obstante la escasa presencia abierta y la falta de sistematicidad de esas ideas en la obra de Marx, la moral no deja  de hacerse presente en ella como objeto de conocimiento, y con la suficiente altura teórica como para inspirar la ética que algunos marxistas hemos intentado construir.

Ahora  bien, la  problematicidad de  las  relaciones entre ética y marxismo, o entre marxismo y moral, cobra fuerza sobre todo cuan- do,  en esas  relaciones, la moral se entiende en un  sentido normativo: como la moral que  impregna la crítica del capitalismo, el proyecto de nueva sociedad socialista-comunista y, finalmente, el comportamien- to práctico, revolucionario, para convertir ese  proyecto en  realidad, tanto en  la  fase  previa para destruir el viejo  sistema social como al construir otro nuevo.

II

Pues  bien, volvamos a la pregunta crucial: ¿hay  lugar para la moral en esa crítica, en ese proyecto de nueva sociedad y en ese comportamien- to práctico, político revolucionario? Y si  lo  hay,  ¿qué  alcance tiene: aleatorio o necesario, negativo o positivo, irrelevante o importante sin ser determinante o  decisivo? Tales  son  las  cuestiones en  juego. Las respuestas de  los  marxistas a ellas  oscilan –sin  detenernos ahora en sus  matices– entre dos  posiciones diametralmente  opuestas: una, la que  niega que  haya un  lugar necesario y relevante para la  moral en Marx; y otra, la posición que  sostiene que  sí hay  un  lugar necesario y relevante para esta –aunque de  un  alcance no  determinante ni  deci- sivo–,  teniendo en  cuenta los tres planos de análisis trabajados hasta aquí: la crítica del capitalismo, el proyecto de nueva sociedad y la práctica política revolucionaria.

¿Cómo inclinarse por  una u  otra posición que,  en  verdad, son contradictorias? Lo más  aconsejable, al parecer, sería acudir a los tex- tos de Marx,  considerados en su amplio diapasón, desde los juveniles a los tardíos, pasando por  los de su madurez. Pero  al detenernos en ellos, encontramos pasajes que  vienen a alimentar, en  desigual proporción, una y otra posición contradictoria. Con  respecto a la primera, vemos que  Marx  (y Engels) dice  en La ideología alemana (1956):  “los comunis- tas no predican ninguna moral” y no la predican –sostiene– porque toda moral, por  su naturaleza ideológica, es falsa  o encubre los intereses de la clase  dominante a la que  sirve.  Un rechazo tan  categórico como este lo hallamos en el Manifiesto Comunista. Y en El Capital hallamos la idea de que  la transacción entre fuerza de trabajo y capital es justa por  co- rresponder a las relaciones de producción capitalistas, idea  que ha sido interpretada, a veces,  como si implicara la improcedencia de la crítica moral del capitalismo. Pasajes como estos  son  los que  han llevado a in- cluir a Marx,  junto con  Nieztsche y Freud, en el trío  de los “filósofos de la sospecha”, dada su crítica de la moral, o a endosarle el “inmoralismo” que  le atribuyen incluso algunos marxistas.

 Ahora  bien, en  contraste con  los pasajes de textos de Marx  que abonan esa posición, encontramos en uno  de sus  escritos más  tempra- nos  el imperativo de subvertir el mundo social en el que  el hombre es humillado. Y muchos son  los pasajes de sus  textos juveniles en los que condena la inmoralidad del  capitalismo. Un  claro contenido moral se advierte, asimismo, en su teoría de la enajenación del obrero en los Ma- nuscritos de 1844 y, ya en su madurez, en los Grundrisse (escritos prepa- ratorios de El Capital),  al criticar la usurpación por  parte del capitalista del  tiempo libre  que  crea  el obrero. El mismo contenido impregna en uno  de sus  últimos escritos, la Crítica  del Programa  de Gotha, su visión de la sociedad desenajenada, comunista, articulada, en lo que  respecta a la distribución de  los  bienes producidos, en  torno a dos  principios: conforme al trabajo aportado, en la primera fase  de esa sociedad, y en torno a las  necesidades de  cada individuo en  la fase  superior, propia- mente comunista.

Sin  embargo, aunque a lo largo de la obra de Marx  predominan los pasajes que permiten asegurar en ella un lugar a la moral, no puede negarse que  existen otros que  lo niegan, poniéndose así  de manifiesto la contradicción señalada. Y, a veces,  esta  se da en un mismo texto:  por ejemplo, en  el  mismo Manifiesto Comunista que  descalifica a  la  mo- ral  como prejuicio burgués, se  critica moralmente a la  burguesía por haber convertido la “dignidad personal” –que  obviamente es un  valor moral– en un valor  de cambio. Así, pues, hay que reconocer que existen posiciones contradictorias sobre la moral en la obra de Marx.  Pero  este reconocimiento no nos autoriza a dar  por zanjado el problema de si hay o no  lugar para la moral en Marx  y el marxismo. Por  el contrario, nos obliga a abordarlo, más  allá de este  o aquel pasaje, en el marco general de la naturaleza y el sentido de toda la obra teórica y práctica de Marx.

III

Pues  bien, de  acuerdo con  esa  naturaleza y ese  sentido, ¿tiene funda- mento dejar la moral fuera de la teoría y la práctica de Marx y el marxis- mo,  o por  el contrario hay que situarla como un componente necesario de  una y otra? Pero, al plantearnos la cuestión en  estos  términos, no se puede pasar por  alto  una realidad, a saber: a la vista  de las diversas interpretaciones del legado de Marx,  no hay un solo Marx  comúnmente aceptado por  los marxistas, lo que  conlleva, consecuentemente, a acep- tar  que  se da una pluralidad de marxismos. Recordemos, por  ejemplo, cómo emergían las  ruidosas polémicas de  hace unos años entre mar- xistas, un  Marx  “científico” y otro “ideológico”, así  como el Marx  sin “cortes” epistemológicos en  el que  se  integraban uno  y otro: el Marx “frío”  y el “cálido”, de los que  hablaba Bloch. También se hablaba del Marx  objetivista, determinista, y del  Marx  en  que  conjugan subjetividad  y objetividad, determinación y libertad. Y así podríamos enumerar, emergiendo de esas  polémicas, otros Marx  distintos opuestos entre sí.

Ahora  bien, del  modo en  que  se interprete el legado de  Marx  y se conciba el marxismo que  se remita a él, dependerá, en definitiva, el lugar que  uno  y otro le asignen a la moral. Recordemos que  nos  refe- rimos a la moral en  sentido normativo, pues ningún marxista podría negar que,  como ya  señalamos antes, Marx  convierte a  la  moral en objeto de conocimiento en  el marco de su  concepción de la historia  y de la sociedad. Pero  volvamos a la cuestión de la moral poniéndola en relación con  la visión  que  se tenga de  Marx.  Ciertamente, si Marx  es sólo, o ante todo, un científico o descubridor de continentes teóricos (la economía, la historia o la sociedad), y, consecuentemente, el marxismo inspirado por  este Marx  es sólo una nueva práctica o una nueva ciencia (Althusser), la  moral en  un  sentido normativo no  tendría, en  verdad, nada que  hacer allí.  Se  puede comprender entonces que  se  hable del “inmoralismo” de Marx,  así como de la incompatibilidad entre marxis- mo y moral. Nada nuevo, por cierto, pues ya en tiempos más  lejanos ha- blaban así  Hilferding y Kautsky, después de haber reducido el marxis- mo  a ciencia económica y social, lo que  llevó a otros coetáneos suyos, como Vörlander, a buscar fuera del  marxismo, en  la ética de  Kant, la moral necesaria para inspirar un  comportamiento práctico, socialista. Y esa misma reducción del marxismo a ciencia, con su consiguiente in- compatibilidad con la moral, es la que reaparece en el “antihumanismo teórico” de Marx,  según la interpretación althusseriana, y en el aséptico marxismo analítico anglosajón de  nuestros días.  En  ambos casos, la moral se esfuma, ya sea al quedar arrinconada en el desván de la ideo- logía  “humanista” (Althusser, 1968),  ya sea al ceder los bienes y valores morales su sitio,  en la lucha por  el socialismo, a los no morales (Wood,

1981).  Pero  Marx  ¿es  sólo  un  científico?, ¿y el marxismo es  sólo  una ciencia? Y la moral, para uno  y otro, ¿es sólo objeto de conocimiento?

IV

Para nosotros, Marx  es  ante todo el que  encontramos tempranamen- te en  sus  famosas Tesis  sobre  Feuerbach, especialmente  en  la Tesis  XI. Aunque archicitada, vale  la pena recordarla, pues no  siempre ha  sido debidamente comprendida. Dice así: “Los filósofos se han limitado has- ta ahora a interpretar el mundo; de lo que se trata es de transformarlo”. Como  vemos, la Tesis tiene dos partes claramente delimitadas, pero a la vez estrechamente vinculadas entre sí. En  ambas partes, encontramos el mismo referente: el mundo (ciertamente el mundo humano, social), pero en dos  perspectivas distintas y no  contrapuestas: como objeto de interpretación en la primera parte, y como objeto de transformación en la  segunda. A una y otra perspectiva corresponden, respectivamente, dos  modos de  relación con  el mundo, o de  comportamiento humano: el teórico y el práctico. Ambas relaciones (interpretación y transforma- ción), lejos de ser excluyentes, se imbrican forzosamente. Marx  no está prescindiendo, en modo alguno –como creen los pragmáticos o practi- cistas– de la necesidad de interpretar o pensar al mundo. Lo que  está criticando es el hecho de limitarse a interpretarlo, o sea:  aquel pensar que  se encierra en sí mismo al margen de la práctica necesaria si se de- sea transformar el mundo. Marx  lo considera indispensable, pues para poder cambiar el mundo hay  que  pensarlo; pero, no obstante esta  rela- ción  insoslayable, lo prioritario y determinante en  ella  es el momento de la transformación, como se establece inequívocamente en la segunda parte de la Tesis:  “de lo que  se trata es de transformarlo”. Y justamente porque de ello se trata, porque la transformación del mundo es priori- taria y determinante, Marx  critica a los filósofos (o teóricos en general) que  se limitan a interpretarlo. No  se apunta, por  tanto, a toda teoría, sino  a la que se limita a interpretar; vale decir, a la que,  al no integrarse en el proceso de transformación, deja  el mundo como está.

Hay,  pues, en  Marx  una centralidad de la praxis, entendida –de acuerdo con la primera Tesis sobre Feuerbach– como una actividad sub- jetiva  y objetiva a la vez, teórica y práctica. Y es central la praxis para Marx  justamente porque de lo que se trata es de transformar al mundo. Por  consiguiente, el marxismo que  remite a este  Marx,  que  en él se ins- pire  y de él se nutra –sin  canonizarlo– puede caracterizarse como una “filosofía de la praxis”. Y tal caracterización es la que he pretendido fun- damentar y desarrollar en mi Filosofía  de la praxis  (publicada en 1967 y reeditada revisada y ampliada en 1980).

V

Pues  bien, teniendo siempre como eje esta  centralidad de la praxis, des- tacamos en  el marxismo así  entendido cuatro aspectos esenciales que pasamos brevemente a señalar.

El marxismo es, en primer lugar, una crítica de lo existente y, en particular, del  capitalismo: crítica de  sus  males sociales, engendrados necesariamente o estructuralmente por  él, que –como toda crítica– pre- supone ciertos valores desde los  cuales se ejerce. Hablar de  los  males sociales que  se critican significa a la vez presuponer los bienes sociales en los que  encarnan esos  valores –morales y no morales– que  el capita- lismo limita, asfixia o niega realmente.

El  marxismo es,  en  segundo lugar, un  proyecto, idea  o  utopía de emancipación social, humana, o de nueva sociedad como alternati- va social en la que  desaparezcan los males sociales criticados. Se trata de un  proyecto de nueva sociedad (socialista-comunista) en la que  los hombres libres de la opresión y la explotación, en condiciones de libertad,  igualdad y dignidad humana, dominen sus condiciones de existen- cia; un proyecto a su vez deseable, posible y realizable, pero no inevita- ble en lo que  respecta a su realización. Deseable, por  la superioridad de sus  valores sobre los que  rigen bajo  el capitalismo, y por  responder al interés y las necesidades de toda la sociedad; posible,  si en la realidad se dan  las condiciones históricas y sociales necesarias para su realización. Y realizable  si, dadas esas  condiciones, los hombres toman conciencia de  la  necesidad y posibilidad de  la  nueva sociedad, y se  organizan  y actúan para instaurarla. Por  tanto, ni el capitalismo es eterno, ni el so- cialismo es inevitable. Pero  si el proyecto de nueva sociedad no se rea- liza o la desaparición del capitalismo llega  demasiado tarde, el famoso dilema de Rosa  Luxemburgo podría resolverse en una barbarie que  ni ella –mucho menos Marx–  hubieran podido sospechar.

El marxismo es, en tercer lugar, conocimiento de la realidad (ca- pitalista) a transformar y de  las  posibilidades de  transformación ins- criptas en  ella,  así  como de  las  condiciones necesarias, de  las  fuerzas sociales y los medios adecuados para llevar  a cabo esa transformación. Aunque el conocimiento de por  sí no  garantiza que  esta  se cumpla, sí garantiza –al insertarse en el correspondiente proceso práctico– que  el proyecto no se convierta en un simple sueño, imposible de realizar, o en una aventura, condenada al fracaso.

Finalmente, el marxismo se distingue por  su voluntad de realizar el proyecto; es decir, por  su vinculación con  la práctica, pues no  basta criticar lo existente, ni proyectar una alternativa frente a él, como tam- poco  basta el conocimiento de  la  realidad a transformar. Se  necesita todo un  conjunto de  estos  actos efectivos que  constituyen la práctica y, en  especial, la  práctica política destinada a realizar el proyecto de emancipación. Ninguno de los cuatros aspectos mencionados puede ser separado de  los  demás, aunque hay  uno  de  ellos  –la práctica– que  es determinante y mantiene a todos en su unidad.

Considerado así  el  marxismo, como filosofía de  la  praxis, con los  diferentes aspectos señalados, volvamos a  la  cuestión central, ya planteada: la de las relaciones entre ética y marxismo, o también entre marxismo y moral. La abordaremos en cada uno  de los cuatro aspectos señalados del marxismo. O sea,  trataremos de ver cómo entra la moral en su crítica de lo existente, en su proyecto de nueva sociedad, como ob- jeto  de conocimiento, y, por  último, en la práctica política transforma- dora. Ello nos permitirá determinar, definitivamente, si en el marxismo hay un vacío  o un lugar para la moral.

VI

La crítica del marxismo al capitalismo tiene un significado moral, aun- que  ciertamente no  se  reduzca a  él,  pues el capitalismo es  criticable también por  no  satisfacer las  necesidades vitales de  la  inmensa ma- yoría de la humanidad. En  verdad, este  sistema no  ha  logrado ofrecer los bienes materiales y sociales para vivir no ya la “vida buena” de que disfruta la minoría privilegiada, sino  al menos en el marco de condicio- nes  humanas dignas indispensables en lo que  respecta a alimentación, vivienda, salud, seguridad o protección social. En efecto, el capitalismo de ayer  y de hoy puede y debe  ser criticado por la profunda desigualdad en el acceso a la riqueza social y las injusticias que  derivan de ella; por la negación o limitación de las libertades individuales y colectivas o por su reducción –cuando las reconoce– a un  plano retórico o formal; por su tratamiento de los hombres –en la producción y el consumo– como simples medios o instrumentos. Todo  lo cual  entraña la asfixia o limita- ción  de los valores morales correspondientes: la igualdad, la justicia, la libertad y la dignidad humana. El capitalismo puede y debe  ser critica- do moralmente por  la enajenación a que  somete al obrero al deshuma- nizarlo, convirtiéndolo en simple objeto o mercancía, como lo sostiene Marx  en  sus  trabajos de juventud, o por  la explotación que  le impone el capitalista al forzarlo a vender su  fuerza de trabajo y apropiarse de la plusvalía que  crea, como lo observa Marx  en sus  obras de madurez. Hay, pues, en Marx y el marxismo una crítica moral del capitalismo que presupone los valores morales desde los cuales se hace, valores negados en el sistema social que  se critica, y propios de la sociedad alternativa que  propone para desplazarlo. Con  lo cual  estamos afirmando la pre- sencia de la moral en el proyecto de una nueva sociedad que,  libre  de la enajenación y de la explotación del hombre por  el hombre, asegura libertades individuales y colectivas efectivas de sus miembros: su igual- dad  social; la justicia que,  en el plano distributivo, se caracteriza por  la distribución de los bienes producidos conforme al trabajo aportado por los  productores, en  la primera fase,  y de  acuerdo con  las  necesidades de los individuos en la segunda fase,  superior, comunista. Estamos, en- tonces, ante una sociedad libre, justa, igualitaria –en su primera fase– y desigualitaria –en la segunda– que permitirá realizar el valor  moral más alto  postulado por  Kant: la autorrealización del hombre como fin. Así, pues, para el marxismo, la moral es un componente esencial de su pro- yecto  de emancipación social y humana.

En cuanto al marxismo como conocimiento, o con vocación cien- tífica, ya hemos señalado que  la moral entra en  él como objeto de  re- flexión de su ética en un  sentido explicativo, o sea:  como teoría de este comportamiento  específico –individual y colectivo– que  se da  histórica y socialmente. Aquí se plantean los problemas determinados por su na- turaleza ideológica, histórica y social. Y justamente por la naturaleza de esta forma específica de comportamiento humano, la ética marxista, o de inspiración marxiana, se distingue de las éticas individualistas, formales o especulativas que pretenden explicar la moral al margen de la historia y de la sociedad, o de los intereses de los grupos o clases sociales. Pero la moral no sólo entra en el marxismo como objeto a explicar, sino también en un sentido normativo como moral (socialista) de una nueva sociedad, justificando su necesidad, deseabilidad y posibilidad, tras la crítica de la moral dominante bajo  el capitalismo. Hay,  pues, lugar en el marxismo tanto para una ética que  trate de explicar la moral realmente existente, como para una ética normativa que postule una nueva moral, necesaria, deseable y posible cuando se den  las bases económicas y sociales nece- sarias para construir la nueva sociedad en la que esa moral ha de preva- lecer. Finalmente, si el marxismo como “filosofía de la praxis” se carac- teriza fundamentalmente por su  vocación práctica y, particularmente, por su vinculación con la práctica política necesaria para transformar el mundo presente en una dirección emancipatoria, tiene que esclarecer el lugar de la moral en esa práctica en la que se conjugan indisolublemente los fines  y valores que  persigue y aspira a realizar con  los medios nece- sarios y adecuados para alcanzarlos. Así entendida, la práctica política tiene que ver con la moral por estas razones:

-           Por el contenido moral de los fines y valores: igualdad y desigual- dad (respectivamente, en las dos fases de la nueva sociedad, antes señaladas), libertades individuales y colectivas efectivas, justicia, dignidad humana y autorrealización del  hombre como fin.  Se trata de fines  y valores propiamente morales, aunque la práctica política persiga también otros, no propiamente tales, vinculados con  una “vida buena”, como los que  también señalamos.

-           Por  el  contenido moral del  uso  de  los  medios necesarios para alcanzar esos fines  y valores, ya que si bien  los medios han de ser considerados instrumentalmente, o  sea,  por  su  eficacia, deben ser juzgados también por  criterios que imponen límites a su uso, aun siendo eficaces.

-           Por  los valores morales –como los de la lealtad, la solidaridad, la sinceridad, el altruismo, etc.–  que  han de  regir la participación de los individuos en  las  acciones propiamente políticas, descar- tando, por  tanto, todo aquello que  los niega: deslealtad, traición, egoísmo, etcétera.

-           Y, finalmente, por el peso  del  factor moral en  la  motivación de la práctica política. Ciertamente, la participación de individuos y grupos en los actos colectivos correspondientes puede estar moti- vada  legítimamente por el cálculo de las ventajas o beneficios que dicha participación puede acarrear, sobre todo cuando se trata de obtener mejores condiciones de vida. Esa motivación ha inspirado

–y sigue  inspirando– las  luchas sindicales en  la sociedad capita- lista. Ahora bien, cuando se trata de luchas políticas destinadas a transformar el sistema social mismo, ya no basta el cálculo de los beneficios –especialmente, de  los  inmediatos– que  estas pueden aportar, sino  que dichas luchas entrañan riesgos que,  en situacio- nes  límite, pueden significar el sacrificio de la libertad e incluso de la vida  misma. En  estos casos, sólo  una motivación moral, o sea,  no sólo la conciencia de la necesidad de realizar ciertos fines o valores, sino  del deber de contribuir a realizarlos, puede impul- sar a actuar, sin esperar ventajas o beneficios, corriendo riesgos y sacrificios, en algunas situaciones, extremos.

 

 

 

VII

Llegamos así al final  de nuestra exposición, respondiendo a la cuestión central que  nos  habíamos planteado: la de  si hay  un  lugar o un  vacío para la moral en el marxismo. Y nuestra respuesta, a modo de conclu- sión,  es que  sí hay  un  lugar para la moral en el marxismo, pero preci- sando inmediatamente que lo hay si el marxismo se interpreta, no en un sentido cientificista, determinista u objetivista, sino  como “filosofía de la praxis”. Es decir, si se concibe al marxismo como constituido por  los cuatro aspectos señalados: crítica de lo existente, proyecto alternativo de emancipación, conocimiento de la realidad y vocación práctica, en su unidad indisoluble y articulados en torno a su eje central: la práctica transformadora; pues una vez más, como dice Marx,  “de lo que se trata es de transformar al mundo”.

 

BIBLIOGRAFÍA

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Sánchez Vázquez, Adolfo 2003 (1967)  Filosofía  de la praxis  (México: Fondo de Cultura Económica).

Wood, Allen W. 1981 Karl Marx (London: Routledge & Kegan Paul).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

María Rosa Palazón Mayoral*

 

 

La filosofía de la praxis según Adolfo Sánchez Vázquez

 

 

*  Doctora en Filosofía y Licenciada en Letras Españolas de la Universidad Nacional Autó- noma de México, UNAM. Profesora e investigadora de la Facultad de Filosofía y Letras de la misma unidad académica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ADOLFO  SÁNCHEZ VÁZQUEZ  es un  filósofo prolífico que  ha  afinado sus  argumentaciones a lo largo de  muchos años. Fiel  a su  convicción libertaria, elevó  constantemente su  voz  de  protesta porque, dice,  “lo importante es cómo se está  en la tierra”. En  1961,  presentó como tesis doctoral la que  considera su  mejor obra, Filosofía  de la praxis.  Desde entonces, una de sus ambiciones ha sido  que  se supere “el dogmatismo y la esclerosis que  durante largos años había mellado el filo  crítico  y revolucionario del  marxismo” (Sánchez Vázquez, 1985:  11).  Editó Fi- losofía  de la praxis  en 1967.  Tras  numerosas reimpresiones, su “filo crí- tico”  lo obligó a eliminar, en la reedición de 1980,  planteos personales en los que ya no creía particularmente sobre la esencia y la enajenación humanas para adentrarse en  las  propuestas filosóficas y económicas del joven Marx.  Y este proceso de revisión no lo termina hasta la última edición que  publicará el Fondo de  Cultura Económica en  2003,  en  la que  rehace y precisa la absolutización del  proletariado como la clase mayoritaria que dominará la tierra y protagonizará el derrumbe del ca- pitalismo, así como su animadversión por  la palabra “utopía”, hereda da de los ataques que  escribiera este  mismo filósofo alemán contra los llamados socialistas utópicos; por  último, deja  atrás su antigua pasión concordante con  los resabios positivistas del Marx  engolosinado con  la palabra “ciencia” (y su método nomológico-deductivo, o basado en le- yes cuantitativas probabilísticas), que a lo largo del siglo XIX y parte del XX se concibió como la poseedora  de  la Verdad, con  mayúsculas, que antes detentaba como suya  la religión. Sánchez Vázquez tampoco cree que  la historia universal transcurra linealmente por  las mismas fases  o estadios, sino  que las marchas históricas son complejas y, en buena par- te, únicas. Por si fuera poco, el parteaguas de la invasión de Checoslova- quia por  el Pacto de Varsovia, junto con  los movimientos estudiantiles democratizadores que  en 1968 repudiaron el marxismo-leninismo dog- mático, lo han enseñado a dudar, a criticar (Sánchez Vázquez, 2003: 38) y auto-criticarse, como demuestra en Ciencia  y revolución (el marxismo de Althusser), Filosofía  y economía en el joven  Marx (Los Manuscritos de 1844)  y en su Ética.

Este  filósofo hispano-mexicano ha llegado a la conclusión de que el pensamiento de Marx más  vigente es estructuralista o, mejor, sistémi- co: “una  concepción estructuralista de  la historia” (Sánchez Vázquez, 1985:  24) que  contempla la realidad social como totalidades o conjun- tos  estructurados de manera tal  que  si se altera una parte, se altera el todo –luego  habrán de estudiarse los vínculos del  todo con  sus  partes y viceversa. En  cada conjunto estructurado existen normas jerárquica- mente determinantes (que  los  estructuralistas y Marx  llamaban “sis- tema”), que  son  heterogéneas y hasta incoherentes, razón por  la cual, gracias a su  puesta en  práctica, ninguna sociedad permanece estable. Sin  embargo, estas contradicciones del  código constituyen sus  modos normales de operar. No operan como una máquina coordinada a la per- fección, sino  que  el orden prevaleciente sufre alteraciones sustanciales (en un tiempo histórico largo o corto). Por  tanto, no basta con  analizar nuestras organizaciones sociales mediante cortes sincrónicos ensimis- mados en la realización de un código, sino  que  es necesario preocupar- se por  entender cómo se rompe su relativa estabilidad, y cuáles son  la génesis y los procesos evolutivos de un nuevo orden bajo  otras normas: esto  es, entender la historia o, si se prefiere, la diacronía. Las normas, una abstracción explicativa, no  se cambian a sí mismas (no  son  seres vivos);  sus  cambios se deben a los  comportamientos de  personas que lograron destacarse (aunque ahora desconozcamos sus  nombres). Al estudiar cada sociedad, se jerarquizan los factores determinantes de los procesos históricos y los individuos o agentes del cambio (con  frecuen- cia las autoridades políticas máximas no son  los más  influyentes). Por ende, enfocar sincrónicamente el código como si careciera de  altera- ciones profundas es una hipóstasis. Tampoco el carácter histórico de la realidad en cuestión es aislable de su origen y desenvolvimiento.

Algunos trabajos no  se  interesan por  los  aspectos diacrónicos: “La prioridad del estudio de las estructuras sobre su génesis y evolución es innegable cuando la investigación se propone hacer la teoría de un sistema o todo estructurado” (Sánchez Vázquez, 1985: 29).

Pero cualquier teoría completa requiere observar lo fáctico; en- tonces, es menester que  repare en la unicidad histórica concreta. El marxismo, una filosofía para el cambio, tiene que alejarse de abstraccio- nes  ontologizantes que  nada explican de la vida  y las vivencias que  han ocurrido o pueden ocurrir en  un  espacio-tiempo, y saber que  cada fe- nómeno histórico tiene un  carácter singular, irrepetible. Por ejemplo: si los estados son un instrumento de las clases dominantes, debemos decir sin  embargo que  en el capitalismo han existido los bonapartistas, cuya tendencia es mediar entre las clases que existen bajo  su jurisdicción. En el caso  de nuestra América, siempre con  una vocación antiimperialista, tenemos a Lázaro Cárdenas en México;  Arbenz en Guatemala; el primer ministro Cheddi Jagan en  la Guyana; Torrijos en  Panamá, Goulart en Brasil. El marxismo se nutre con  la historia para enriquecer las teorías que perduran y desechar aquellas que no están a la orden del día.

Sánchez Vázquez sostiene su  perspectiva de  la praxis como ca- tegoría central del marxismo: “seguimos pensando que  el marxismo es ante todo y originariamente una filosofía de la praxis, no  sólo  porque brinda a la reflexión filosófica un nuevo objeto, sino  especialmente por- que  cuando de ‘lo que  se trata es de transformar el mundo’ forma parte como teoría del proceso mismo de transformación de lo real” (Sánchez Vázquez, 1980:  12),  proceso interminable. En  suma, para nuestro filó- sofo nacido en Algeciras, España, y nacionalizado mexicano, el marxis- mo es una nueva praxis de la filosofía y una filosofía de la praxis.

El  libro que  nos  interesa consta de  dos  partes. La  primera trata sobre las  fuentes filosóficas fundamentales para el estudio de  la praxis, subdividida en cuatro capítulos dedicados a la concepción de la praxis en Hegel,  Feuerbach, Marx y Lenin. La segunda parte consta de siete capí- tulos acerca de problemas en torno a la praxis: qué  es; su unidad con  la teoría; la praxis creadora y la reiterativa; la espontánea y la reflexiva, y su combinación para alcanzar el éxito. Suele ocurrir que la praxis revolucio- naria espontánea tiene una baja  o ínfima conciencia de lo que socialmente quiere y debe  ser, o es tan reiterativa que puede derrocarse con relativa fa- cilidad. La praxis es crítica de la realidad, y autocrítica, porque no existen privilegiados jueces del  conocimiento, y la crítica trabaja en  conjunción con el comportamiento preventivo lleno  de valores y conciencia de clase.

ANALOGÍAS DE  LA PRAXIS CON  LA ACTIVIDAD PRÁCTICA

En  primera instancia, el concepto de praxis es, según afirma Sánchez Vázquez, una actividad práctica que  hace y rehace cosas, esto  es, que transmuta una materia o una situación. Según sus etimologías griegas, explícitas en Aristóteles, praxis es el fenómeno que  se agota en sí mis- mo; si engendra una obra, es poiesis  o creación. Tal distinción es aban- donada por  nuestro autor, porque el uso  de poiesis  se ha  restringido a lo artístico, mientras que  en el término praxis  caben todos los campos o áreas culturales y también las obras, porque es “el acto  o conjunto de actos en virtud de los cuales el sujeto activo (agente) modifica una ma- teria prima dada” (Sánchez Vázquez, 1980:  245).  Su  significado no  se constriñe, pues, ni a lo material ni a lo espiritual, y únicamente entraña un trabajo creador.

La práctica humana revela  funciones mentales de síntesis y pre- visión, afirma Marx en la primera Tesis sobre Feuerbach: como actividad previsora, ostenta un carácter teleológico o finalista: la actividad prácti- ca se adecua a metas, las cuales presiden las modalidades de actuación (los  actos de esta  índole se inician con  una finalidad ideal  y terminan con  un  resultado). Lo dado en  la praxis es el acto  más  o menos cog- noscitivo y sin  duda teleológico. El agente modifica sus  acciones para alcanzar el tránsito cabal entre lo  subjetivo o teórico y lo  objetivo o práctico. Su obrar revela  que  la realización actualiza el pensamiento, o lo potencial-concreto-pensado. Ahora  bien, el calificativo de  actividad práctica no especifica el tipo  de agente (un  fenómeno físico  o biológico, un animal o un humano) ni la materia (un  cuerpo físico,  un instrumen- to o una institución, por  ejemplo), solamente se opone a la pasividad y subraya que  la praxis debe  tener efectos, hacerse actual. En  tanto acti- vidad científica experimental, los objetivos de la praxis son básicamente teóricos. Ahora  bien, Sánchez Vázquez destaca la praxis política, a la vez activa y pasiva o receptora, que  se realiza desde el Estado o desde los  partidos políticos. Y subraya también la  praxis social: los  sujetos agrupados aspiran a cambiar las relaciones económicas, políticas y so- ciales  (la  historia es realizada por  individuos cuyas fuerzas unidas en un  pueblo son  capaces de  revolucionar un  sistema. Marx  identificó al proletariado como tal fuerza motriz en el capitalismo).

Para comprender el resultado de la práctica es necesario desen- trañar su  verdad y utilidad. Tal  aprehensión no  se  reduce a lo mera- mente intuitivo, sino  que  ha  de penetrar en la historia. Esto es básico: el trabajo de  cada ser  humano entra en  las  relaciones de  producción relativas a un ámbito socio-histórico. La humanidad en sus actos y pro- ductos va dejando huellas, improntas, que revelan la historicidad de sus pensamientos y deseos, de sus necesidades, de sus ambiciones e ideales que  han humanizado el entorno y van  humanizando a las personas: la conciencia no sólo  se proyecta en su obra, sino  que  se sabe  proyectada allende sus  propias expectativas. La praxis es, pues, subjetiva y colecti- va; revela  conocimientos teóricos y prácticos (supera unilateralidades).

 LA MANO  Y LA CREATIVIDAD

Cuando nuestros ancestros se pusieron en pie, liberaron las manos, que de alguna manera se forman y deforman gracias a la inteligencia. En la- bores como las artesanales persiste la simbiosis de mano y conciencia, que se divorcian en la producción masiva. La grandeza de las manos fue menospreciada desde la perspectiva soberbia de las clases dominantes, cuando olvidaron que  las  manos vencen la resistencia de un  material, tocan, exploran, escriben, expresan con  dibujos o sonidos, crean obje- tos  y son  el inicio de los instrumentos y de las tecnologías y máquinas más  sofisticadas.

En  la sociedad griega, rigurosamente dividida en clases, las ma- nualidades fueron colocadas en  un  rango inferior a  la  teoría. Consi- guientemente, el trabajo se dividió en  dos:  el libre, propio de  señores detentadores del  ocio  que  supuestamente les  permite meditar y enri- quecer su alma, y el característico de banausus, los encargados de tra- bajar con  sus  manos para satisfacer las  necesidades inmediatas.  Los esclavos, casi  siempre extranjeros o “bárbaros”, y los oficios manuales, fueron degradados, justificándose de este  modo la explotación reinan- te. Sofistas y cínicos como Antístenes y Pródico, tal como se lee en los escritos de Diógenes Laercio y en el Carmínedes (163  a.C.),  atacaron la división en la humanidad entre bárbaros o subhumanos  esclavizados y pensantes, y denunciaron el desprecio de los atenienses (no  de los jó- nicos) por  las artes “mecánicas”. En el Renacimiento, la especie huma- na  fue  definida como activa. Pero  las  antiguas creencias persistieron: Leonardo luchó por  elevar  la pintura, manual por  excelencia, a ciencia, para así  liberarla de infamaciones. Giordano Bruno, sostiene Sánchez Vázquez, condenó el ocio,  aunque añadió que  el trabajo reduce el nú- mero de sabios que,  por  definición, son  contemplativos. Este  giro  que ensalza las manualidades no pudo liberarlas, pues, de su colocación en un plano inferior.

Maquiavelo destapó lo que  se mantenía encubierto y que  se agu- dizó  con  la Revolución Industrial: las alabanzas de la técnica acompa- ñadas del fuerte desprecio por  el trabajador manual se deben a razones político-económicas. No sólo se pagan al trabajador sueldos de miseria, sino  que  paulatinamente se  irá  conformando un  aparato estatal cen- tralizado y dominante que  cumplirá un  rol  fundamental en  la escena política (esta, por  cierto, nunca ha  sido  esfera de  la moralidad, antes bien  lo ha sido  de los intereses de una expansiva burguesía que  preten- de  unificar los  mercados violentamente) prestando sus  servicios a las ambiciones de las clases dominantes.

En  otro orden de  cosas, Francis Bacon, Descartes, los  enciclo- pedistas y los  clásicos economistas ingleses fueron admitiendo la im- portancia de la energía que,  mediante el intelecto que  crea  la ciencia y la técnica, facilita que  la humanidad domine, posea, utilice y maltrate nuestro acogedor hogar natural que  nos  alimenta y cobija. Rousseau, antes que Marx,  aclaró que esta  visión  utilitaria ha sido a la vez positiva y muy  negativa. Las prácticas dominantes lentamente han degradado el ambiente y hasta el potencial creativo de la mano humana. Al capitalis- ta nada le importa la amenaza de la vida  en la tierra, y, por  lo mismo, incrementa las calamidades que  ha desatado.

Asimismo, si Adam  Smith y David  Ricardo descubrieron que  el trabajo es la fuente de la riqueza y del valor, Marx se pregunta por qué no  llevaron hasta sus  últimas consecuencias clasistas este hallazgo (su adoración a la “racional” oferta y demanda les impidió descubrir la plus- valía  que  agranda paulatinamente la situación más  desventajosa de los trabajadores comparados con  los dueños del capital); cerraron los ojos ante la enajenación del  asalariado, quien desde la industrialización no se reconoce en  sus  productos, cuyo  salario es tratado como una mer- cancía y al cual  hasta le resulta extraña la idea  de que  pertenece a una especie con  un gran potencial creativo. Hegel  sí contempló tales injusti- cias; reconoció que la práctica socio-política y el trabajo son actividades enajenadas. No obstante, la mistificación idealista de este filósofo valoró a los males como indispensables para el progreso histórico del Espíritu. Aseguró que  la “astucia de la razón”, en  su  camino invariable hacia el “progreso”, se  aprovecha de  las  tendencias destructivas y dominantes de los individuos. Por su parte, Feuerbach se opuso a esta cosmovisión religiosa: en lugar del Absoluto como sujeto por excelencia de la praxis, colocó al sujeto humano real, dándole un contenido efectivo, terreno. La actividad crea el objeto, y el objeto tiene el poder de señalar muchos as- pectos de su productor. Su antropología es incompatible con  la teología y la religión. Sin embargo, Feuerbach deja en pie el peor lado  de nuestra especie egoísta y traicionera. Perfila a la praxis “en su forma sucia y sór- dida de manifestarse” (Sánchez Vázquez, 1985:  109),  más  utilitaria que útil, evaporándola como práctica comunitaria. Así también Feuerbach resta importancia al sujeto hasta convertirlo en predicado de los objetos o productos sociales que lo determinan, y diviniza a la humanidad desa- rraigando a los individuos del mundo, quienes no juegan ningún papel determinante sino  que siempre son determinados. El toma y daca histó- rico que  destruye la realidad anterior para poner en escena otra nueva ha devenido mecánico y “sórdido” en el capitalismo (Sánchez Vázquez, 2003:  74). Las fuerzas de trabajo son  puestas bajo  la bota de relaciones orientadas sólo  a incrementar la producción, a optimizar los “tiempos y movimientos”. Han devenido especializadas, parciales, unilaterales, reiterativas y maquinizadas porque la economía prevaleciente impide la participación directa de la persona en el proceso productivo. Sin  duda, se ha  llegado al “idiotismo profesional”, en palabras de Marx. Empero, esta oposición entre objeto producido y sujeto productor no  significa que  este haya perdido sus  capacidades inventivas, ya que  no siempre se comporta como un pasivo y obediente autómata, sino  que deja  emerger su creatividad en otros momentos. El reino de la libertad crítica-práctica y transformadora empieza donde termina el reino de la necesidad, afir- ma  Karl Marx; esto es: creando se responde adversamente a un  trabajo que  en  forma paulatina va siendo más  anticomunitario y competitivo (Marx tuvo en  mente a las auténticas y no  a las falsas necesidades, in- ducidas por un mercado a partir de la industrialización, agrega Sánchez Vázquez). Siempre queda la esperanza de la praxis o rebelión creativa que racionalice o cambie radicalmente las relaciones productivas y la re- partición no equitativa de la riqueza, mientras que,  paralelamente, rom- pa con los encadenamientos y las opresiones enajenantes para instaurar la justicia distributiva y retributiva.

Marx  ensalzó la visión  de la humanidad como activa y creadora, lo cual  conlleva que  la  práctica es  base  y fundamento de  los  conoci- mientos que  inciden en  la producción y, por  lo tanto, alteran a la so- ciedad, la historia y la naturaleza de los individuos. Su  alabanza de la clase  trabajadora, la  actividad práctica y las  manualidades marcó un giro  radical. Las  propuestas marxianas sobre la praxis no  sólo  se nu- trieron con  los planteamientos de Hegel,  Feuerbach, Smith y Ricardo, sino  que  desataron una cadena episódica de argumentos que  van  des- de los de Bujarin, Lukács, Korsch, Fogarasi, Gramsci, Althusser, Adam Schaff, Karel Kosík  y Lefebvre, hasta llegar  a los del  grupo yugoslavo de  la  “Praxis”, encabezado  por  Petrovic. Sánchez Vázquez se  afilia  a Gramsci, Schaff (no  en su tesis  del trabajo como algo meramente utili- tario), Kosík  y al grupo “Praxis”.

LA PRAXIS  ES  MÁS QUE  PRÁCTICA, O SU  UNIDAD  CON  LA TEORÍA

Hay  prácticas habituales con  un  conocimiento limitado a cierto know how.  La praxis intenta adecuar los efectos a los ideales anticipatorios, a sabiendas de que  la realidad nunca duplica el modelo pensado. Ade- más, la práctica es subjetiva, colectiva o de clase  conformada por  “una especie de corte transversal” (Sánchez Vázquez, 2003: 297). Por si fuera poco, la historia de las ciencias y las técnicas brotan de unas prácticas de base, sea en la física, la química, las matemáticas o la ingeniería.

La  práctica amplía los  horizontes teóricos (los  hallazgos de  las fuerzas productivas caen bajo  el control del intelecto) sin  que  se reco- nozca su origen. No sólo aporta criterios de validez, también principios, nuevos aspectos y posibles soluciones para el quehacer, y hasta medios o instrumentos innovadores. Es cierto que  existen diferencias específi- cas o autonomía entre teoría y práctica. No son idénticas: no siempre la segunda se vuelve  teórica; tampoco la primacía de la práctica disuelve la teoría. A veces la teoría se adelanta a la práctica y existen teorías aún no elaboradas como prácticas. Lo cual  muestra que  la práctica no obe- dece  directa e inmediatamente a exigencias de la teoría, sino  a sus pro- pias  contradicciones, y que  sólo  en última instancia, tras un  desarrollo histórico, la teoría responde a prácticas y es fuente de estas.

No obstante estas diferencias, la praxis es, en definitiva, teórico- práctica. Esto es, dos caras de una moneda que  se separan por  abstrac- ción.  Marx  se opone al idealismo que  aísla  la práctica de la teoría o ac- tividad perfilada por  las conciencias. Harto de la filosofía que  operaba como medio ideológico de  conservación de  un  statu quo  nefasto, en Anales  franco-alemanes, introducción a su  Crítica  de la filosofía del de- recho de Hegel, Marx,  a la sazón parte de la izquierda hegeliana, afirma que  un partido revolucionario ejerce la práctica. Sostiene que  la crítica idealista de la realidad, una vez formulada, habría de suprimirse porque el mundo cambia aun cuando tal filosofía no pase  por el mundo. Luego, el arraigo del razonamiento filosófico en lo que  ocurre históricamente requiere que  dicho razonamiento se niegue como argumentación pura y, volviendo la mirada a la realidad, acepte la influencia de  la praxis. Sólo  se  posibilita su  aceptación como crítica radical enfocada a  una realidad injustamente opresiva.

A juicio de Sánchez Vázquez, las primeras dos  Tesis  sobre  Feuer- bach  de Marx son  las que  perfilan su noción emancipadora de la praxis (Marx la aplica globalmente a la producción, a las artes, que satisfacen la expresión y el deseo de comunicarse, y a las revoluciones). Bajo  la pers- pectiva marxiana, el mundo no cambia sólo  por la práctica, requiere de una crítica teórica que incluye fines y tácticas. Tampoco la teoría pura lo- gra cambiar el mundo. Es indispensable la íntima conjugación de ambos factores. Ahora bien, son  los hechos los que  prueban los alcances de la teoría misma. La práctica es fundamento y límite del conocimiento em- pírico: haz  y envés  “de un  mismo paño” (Sánchez Vázquez, 2003:  305). Las limitaciones y fundamentos del conocimiento ocurren, pues, en y por la práctica que  marca sus objetos de estudio, sus fines  y, además, es uno de los criterios empíricos de verdad. La praxis opera como fundamento porque solamente se conoce el mundo por medio de su actividad trans- formadora: la verdad o falsedad de un pensamiento se funda en la esfera humana activa. Luego, la praxis excluye el materialismo ingenuo según el cual sujeto y objeto se hallan en relación de exterioridad, y el idealismo que  ignora los condicionamientos sociales de la acción y reacción para centrarse en el sujeto como ser aislado, autónomo y no-social.

LA PRAXIS Y LOS  FINES

Si la praxis es la actividad práctica adecuada a fines  –algo  desea cam- biar y algo conservar–, ostenta un carácter teleológico. Como  la historia no  es explicable mediante la combinación de  condiciones invariantes que  mantienen en equilibrio o desequilibran a las sociedades, ni se de- sarrolla universalmente en las mismas fases,  es menester que  la acción se sustente en teorías con  una orientación o finalidad (que  jamás debe alejarse de  las  necesidades primarias e  inmediatas, porque entonces operaría como especulación parasitaria). Si se alcanza un  cierto nivel de éxito,  los presupuestos teóricos no habrán sido  del todo falsos (cabe aclarar que no debe  confundirse la praxis con el sentido pragmatista del éxito  o del fracaso dentro de iguales condiciones antisociales o antico- munitarias). Se tergiversa el marxismo cuando se lo reduce a una ma- nifestación del pragmatismo, o sea, el destinado a obtener, sin importar los medios, unas metas personales dentro de reglas negativas.

La adecuación relativa entre pensamiento y hechos requiere cier- ta  planeación. Sánchez Vázquez afirma lo último en  el entendimiento de que,  a largo plazo, la acción colectiva llega a resultados imprevistos: la atribución de los actos a unos sujetos casi  nunca conlleva su impu- tación moral por  los  efectos indeseados que  producen a  largo plazo (punto de  vista  de  la historia efectual). Asimismo, la acción colectiva e individual es intencional en un  plano y no-intencional en otro. Final- mente, subraya Sánchez Vázquez, la acción intencional obtiene efectos intencionales a corto plazo (la toma del poder obedece a una estrategia intencional; pero, episódicamente, a lo largo de un  tiempo que  se cru- za con  botas de siete  leguas, obtendrá frutos no-intencionales). Con  el tiempo, la actuación práctica se enriquece o deforma, pero nunca sus efectos son  predecibles.

En  su acepción revolucionaria, la praxis es una práctica que  as- pira a mejorar radicalmente una sociedad; tiene un  carácter futurista, trabaja a favor  de un mejor porvenir humano. La praxis revolucionaria aspira a una ética, a vivir bien  con y para los otros en el marco de institu- ciones justas. Esto supone el cambio de las circunstancias sociales y del ser humano mismo. Los individuos son  condicionados por  la situación social en que se encuentran. Este  ser-estar en una situación provoca sus reacciones más  o menos revolucionarias o, en  contrario, adaptadas a un  statu quo.  Si el comportamiento histórico no es predecible, sí debe explicarse por  qué  y cómo arraigan los proyectos colectivos.

EL  EDUCADOR EDUCADO

La tercera Tesis  sobre Feuerbach, anota Sánchez Vázquez, observa que la  vida  descubre que  el que  juega inicialmente el papel de  educador también necesita ser  educado. Desde   la  Ilustración,  Goethe y  Her- der, las  utopías se han concebido como una vasta empresa educativa que  disipa prejuicios: el educador es el filósofo que  asesora al déspota ilustrado, o el eterno conductor de las masas partidistas pasivas. Para Marx,  en cambio, los papeles cambian, son  producto de circunstancias determinadas. Y las  circunstancias cambian y también son  producto de    mismas. Estos brincos sociales y la  misma praxis enseñan que los  papeles de  maestro-discípulo varían (todos los  agentes históricos son  activo-pasivos, y el cambio de normas también cambia al sujeto). Aceptar estas premisas es indispensable para la práctica revolucionaria, nacida de la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, donde las primeras ocupan el lugar subordinado en tan- to clase  social. Si se desata la revolución comunista, ella  se encargará de abolir la organización clasista mediante la supresión de la propiedad privada de los medios de producción.

La teoría-práctica deseable de la revolución va señalando los ob- jetivos  sociales y los  participantes activos que  aspiran a una vida  co- lectiva en el marco de instituciones más  justas. La misión del resto de quienes se creen supuestos líderes es equivalente a “nada”. O sea que la creatividad social o praxis “está  impregnada de un profundo contenido moral” (Sánchez Vázquez, 2003: 469).

LA CREATIVIDAD  CREADORA

Sánchez Vázquez divide  la praxis en creadora y reiterativa, habitual o imitadora. La creatividad tiene grados hasta llegar  al producto nuevo y único. Aunque la  creación siempre presupone la  praxis reiterativa, no  basta con  repetir una solución constructiva fuera de los límites de su  validez. Tarde o temprano deben encontrarse otras soluciones que generarán nuevas necesidades que  impondrán  nuevas exigencias. La creatividad emparenta la praxis espontánea y la reflexiva. Los vínculos entre ambas no son  inmutables, porque la praxis espontánea no carece de creatividad y la reflexiva puede estar al servicio de la reiterativa. Ade- más, existen grados de conciencia, los que revela  el sujeto en su práctica y los implícitos en el producto de su actividad creadora.

LA REVOLUCIÓN Y LA FILOSOFÍA DE  LA PRAXIS

Hemos llegado a la famosa Tesis  XI sobre  Feuerbach: “Los  filósofos se han limitado a interpretar el mundo de  distintos modos; de  lo que  se trata es de transformarlo” (Sánchez Vázquez, 2003:  164),  en la cual  el pensador marxista exiliado en México localiza el acta de nacimiento de la praxis. Contra la tradición que  despreció las prácticas y a la filosofía misma, ahora esta  no es un saber contemplativo que,  por  regla  general, acepta, justifica y apuntala el statu quo,  sino  que  el mundo, además de ser  interpretado por  la filosofía, lo es también en  lo que  respecta a su acción revolucionaria. No se trata de que,  en sí misma, la filosofía mo- difique la realidad; sí de que  coadyuve a este  propósito.

Para destruir tantas falsas ilusiones, el filósofo debe  observar las  condiciones  reales, las  históricas, los  procesos productivos  vigentes, la  distribución (que  en  ciertas épocas llamó “formas de  in- tercambio”) (Sánchez Vázquez, 2003:  168)  y el  consumo de  bienes de  primera necesidad, así  como de  los  tipos de  fuerzas productivas; debe  también observar los condicionamientos del Estado y las formas ideológicas prevalecientes, así  como las  relaciones dialécticas o sis- témicas. Marx entrevió el comunismo (“proyectil lanzado a la cabeza de la burguesía”) (Sánchez Vázquez, 2003:  390)  como solución a los antagonismos de clase:  anulará y superará el estado de cosas que, llevadas a su extremo, sin acciones contestatarias, terminarían con  la humanidad: los 72 días  de la Comuna de París siguen floreciendo (en su papel destinado a abolir las clases, los revolucionarios no pertene- cen  a una clase  específica, sino  que  son  representantes de la sociedad frente a la clase  dominante).

Desde  el tiempo vital de Marx hasta el presente, el comunismo ha sido  una propuesta que  mantiene su vigencia. Así también, el corte ideológico-epistemológico de la Tesis XI mencionada afirma el marxis- mo  como praxis revolucionaria y como filosofía de la praxis: no  sólo reflexiona acerca de la praxis, sino  que  nace de la práctica misma. El Manifiesto del Partido  Comunista es un  documento teórico y práctico que  explica y fundamenta la praxis revolucionaria, trazando fines,  es- trategias, tácticas y críticas a las falsas concepciones sobre el socialis- mo  y el comunismo. Marx ilustra en este panfleto las contradicciones entre fuerzas productivas y relaciones productivas que  generaron la revolución capitalista; la lucha de clases como respuesta a la violencia u  opresión que  ejerce la  clase  dominante en  contra de  otras clases y fracciones de  clases. En  suma, Sánchez Vázquez encuentra  en  El Manifiesto del Partido  Comunista un  ejemplo ilustrativo del  marxis- mo  como teoría de  la praxis revolucionaria o del  cambio radical del mundo. Además,  el  Manifiesto pone en  claro la  misión histórica de los  agentes de  la praxis, la retroalimentación entre teoría y práctica. Después de la citada Tesis  XI y de otras precisiones de Marx, Sánchez Vázquez divide históricamente  a las filosofías distinguiendo entre las que  argumentan en falso  su conciliación con  la realidad (por ejemplo, Hegel) y las que  se vinculan real y conscientemente con  las prácticas revolucionarias. Estas son  una guía  teórica o parte de una guía  para la transformación radical del mundo social, aunque en  sí mismas no alcancen directamente  consecuencias sociales. Su  función es  ser el arma teórica para replantear de raíz la sociedad. Tales  filosofías cum- plen  una función ideológica.

No  debe   considerarse  “ideología” en  la  acepción estrecha de falsa  conciencia, sino  como una toma de  posición clasista de  carác- ter cognoscitivo. En  “La ideología de  la neutralidad ideológica en  las ciencias sociales”, Sánchez Vázquez sostiene que,  en  tanto ideología, las ciencias sociales se destinan al desarrollo, mantenimiento y reproducción de  las  relaciones sociales de  producción, o a su  destrucción: son  terrenos de posturas opuestas. Sin  embargo, más  allá  de “que  una ideología puede ser una conciencia falsa,  no  toda conciencia falsa  de por sí  es  ideología” (Sánchez  Vázquez, 2003:  275).  El  conocimiento no  es  sinónimo de  imparcialidad, sino  de  teorías fundamentadas en razones, comprobables, que  incluyen, pero no se reducen a, una mera conciencia clasista; el ejemplo paradigmático al respecto es la explica- ción  marxiana de la plusvalía.

LOS  OBSTÁCULOS DE  LA PRAXIS REVOLUCIONARIA

EL  AMO  Y EL  ESCLAVO

Las  luchas o conflictos excluyentes no  llegan a la destrucción del con- trario, sino  que  lo dominan para que  se subestime. La servidumbre del esclavo u oprimido, afianzada mediante prédicas manipuladoras, logra que  este  se identifique con  el amo, que  asimile y haga suyas las  ideas que  mantienen su  explotación: es un  alienado que  estabiliza el poder de dominio (también el dominio utiliza el terror). Empero la sumisión externa no siempre significa espíritu de esclavitud.

LA BUROCRATIZACIÓN

Por  mantener su  afán de  poder, la  burocracia se  divorcia de  las  ne- cesidades que  supuestamente debe  cubrir. Su  actual forma de  actuar, heredada de procesos anteriores, congela o mata la creativa vida social. El cuerpo de funcionarios del Estado, la cultura, la educación y la salud degradan la capacidad creativa del ser  humano mediante formulismos inútiles, contrarios a la aventura revolucionaria.

LAS VANGUARDIAS, EL  PARTIDO  POLÍTICO Y LA PRAXIS

En  La Sagrada  Familia, Marx combate a Bauer y demás filósofos que redujeron la práctica a la teoría o crítica, desconocieron el real papel del  sujeto en  los cambios, e ignoraron la actividad real de las  masas. La  autoconciencia en  Bauer es una caricatura sin  contenido porque la separa de los condicionamientos sociales exteriores (la ubica fuera de la historia). Siendo que  esta está hipotéticamente autocentrada, Bauer la perfila como los razonamientos de la vanguardia que  educan a masas pasivas. Las  categorías opuestas que  maneja este autor son: espíritu-masa, idea-interés y creación-pasividad. Todas estas nociones las ubica al margen de las condiciones materiales y de su cambio. To- das  ignoran el papel activo del pueblo como elemento generador de la evolución histórica.

Un  partido político expresa unos intereses de  clase  y anhela la emancipación de esta  (o de aquella que  prolongue su dominio). Su declaración de principios y planes de acción sirve  para que  se afilien sus miembros. Su supervivencia y poder dependerán infaliblemente de que los primeros líderes teóricos escuchen a los otros, y todos acepten re- novarse constantemente permaneciendo fieles  a sus  fines  últimos libe- radores. Una  organización política tiene sentido por  sus  ideales y “por la base”  (Sánchez Vázquez, 2003: 378).  Las direcciones partidistas han de ser  rotativas y renovarse elevando sus  contenidos teórico-prácticos. Carecen, pues, de una forma inmutable, absoluta, universal para cual- quier tiempo y situación.

Los insoslayables partidos llamados de izquierda han sido condi- ción  necesaria, no  suficiente, de la praxis revolucionaria que  transfor- ma  la sociedad para crear otra. Son  un  instrumento y, como tal,  finito y superable. Si no  saben renovarse actuarán como una dictadura, que termina por  ser casi unipersonal, en donde cualquier disidencia es cali- ficada como traición a la “vanguardia”.

LA PRAXIS  Y LA VIOLENCIA

Saint-Simon pensaba que  mediante el amor y la persuasión se instau- rarían las revoluciones, pero la milenaria realidad es que,  en las agru- paciones sociales escindidas en clases, estas pugnan entre sí hasta ser mutuamente excluyentes. En política, unos han ejercido la dominación contra otros. Tal violencia aún persiste (e incluso se incrementa). Cuan- do la situación resulta intolerable y las condiciones son  propicias, esta- lla la contra-violencia o violencia revolucionaria, que ha sido  necesaria, aunque no forzosamente sea un  factor decisivo o la fuerza motriz inal- terable (su  misión es desaparecer con  las  condiciones injustas que  la engendraron). Sería innecesaria en  una sociedad donde la libertad de cada uno  presupusiera y respetase la de otros, es decir, cuando exista una sociedad libre  de clases y demás aberraciones opresivas: cuando la praxis haya modificado al mundo hasta convertirlo en un hogar.

PRAXIS  Y CREATIVIDAD

Sánchez Vázquez repite que  los resultados de la praxis revolucionaria son  impredecibles, sus  agentes no  tienen bajo  su  poder el  por-venir, sino  la esperanza de que  llegue  lo deseable y posible (esta anticipación afecta sus  actos en  el presente). Lo impredecible se debe  a que  la ac- ción  revolucionaria se  enfrenta a resistencias que  rebasan los  planes individuales; no  hay  una continuidad entre la  gestación subjetiva de proyectos y su  realización efectiva, lo cual  impele a que  los actuantes peregrinen de lo ideal  a lo real,  y viceversa, dependiendo de situaciones no  previstas. La  praxis es,  pues, creativa. En  su  curso sufre cambios en  sus  realizaciones episódicas y esto  engendra la inadecuación entre intenciones conscientes y resultados.

 Como  los seres  humanos son  complejos, no robots, en sus  tácti- cas,  la praxis revolucionaria tiene que  ser  lo suficientemente creativa como para sorprender al enemigo. La praxis deja  que  lo espontáneo se manifieste. El extremo de pensar hasta el mínimo detalle, sin dar cabida a la innovación, falla.  También yerra la espontaneidad ignorante o cie- ga. Así, Don Quijote, el que  enamora las telas  de nuestro corazón, puso en marcha su utopía sin  pensar en gente destructiva que  aspira sólo  a dominar. Como  tales  aspiraciones destructivas son  tan  minúsculas (so- cial y moralmente), quien las tiene carece de sitio  colectivo adonde lle- gar y no distingue medios (sea  el dinero o los cargos políticos) de fines. La  impotencia quijotesca radica en  cómo ejecuta su  utopía: parte de no poder ver el mal  porque ha perdido o ha invertido todo principio de realidad. En  cambio, las ilusiones prospectivas deben analizar crítica- mente la realidad, no ser náufragos en un  mar proceloso, sino  marinos que,  brújula en mano, enfocan la proa hacia un destino.

Las utopías fallan porque el resultado no se debe  a un solo indivi- duo  sino  a una colectividad con la cual  originalmente cada uno  contrae vínculos independientemente de su voluntad. No tienen éxito  porque la praxis desarrolla potencialidades individuales y colectivas que  perma- necían dormidas, y fallan porque los agentes se ven obligados a cambiar sus fines inmediatos. Pero  no todo es fracaso: la praxis innovadora “crea también el modo de crear” (Sánchez Vázquez, 2003: 313).  En resumen, existe  una enrevesada imbricación de  planes y acciones  subjetivas  y colectivas que tornan los resultados de un proceso impredecibles, amén de que los sucesos y los productos tienen una unicidad. Es precisamen- te la complejidad humana lo que  objeta la determinación incluso de la pertenencia a una clase  y a su conciencia.

Concluiré diciendo que  Sánchez Vázquez aspira a  derrotar  el capitalismo para instaurar otra organización, socialista y, más  preci- samente, comunista. Sabe que  las intenciones de la izquierda formula- das  por  sujetos en condiciones históricas particulares quizá degeneren. Pero  es seguro que,  si las personas son  hechas por  la historia, también la historia es hecha por  estas. Si la humanidad se hubiera mantenido alejada de la praxis revolucionaria, desde hace tiempo habría desapare- cido.  Por  ende, “el bien  no está  condenado a ser desplazado fatalmente por  el mal,  ni la justicia por  la injusticia, o la verdad por  el engaño o el fraude” (Sánchez Vázquez, 2003:  541).  Contra los nihilismos actuales, Sánchez Vázquez asienta que  “no se puede vivir sin metas, sueños, ilu- siones, ideales [...]  sin  utopías” (2003:  543-544). No,  “no  hay  fin  de  la utopía, como no hay fin de la historia” (2003:  535).

 

BIBLIOGRAFÍA

González, Juliana; Pereyra, Carlos y Vargas Lozano, Gabriel (comps.) 1986

Praxis y filosofía. Ensayos en homenaje a Adolfo  Sánchez Vázquez (México: Grijalbo).

Sánchez Vázquez, Adolfo 1980 (1967)  Filosofía de la praxis (México: Grijalbo). Sánchez Vázquez, Adolfo 1985 Ensayos de marxistas sobre historia y política (México: Océano).

Sánchez Vázquez, Adolfo 2003 A tiempo y a destiempo. Antología de ensayos (México: Fondo de Cultura Económica).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Parte Tres

 

 

 

Nuevos temas de reflexión

en el capitalismo contemporáneo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Frigga Haug*

 

 

Hacia una teoría de las relaciones de género**

 

 

* Profesora e investigadora del Institut für Kritische Theorie, Alemania.

** Traducción de Bárbara Schijman. Revisión de Atilio A. Boron.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MI PROPÓSITO ES presentar una crítica de la economía política de los géneros partiendo del desarrollo de una teoría de las relaciones de género (masculino-femenino). En primer lugar, propongo mostrar cuáles son los componentes que destacan Marx y Engels y el modo en que los articulan entre sí para fundamentar su teoría de las relaciones de género. Luego re- leeré sus trabajos tomando el método propuesto por Louis Althusser a fin de mostrar la ausencia de una teoría de la inclusión de las relaciones de género en estos autores. En un tercer término, abordaré a los aportes de Antonio Gramsci, quien integra una teoría de las relaciones de género en sus  notas sobre fordismo. Finalmente, pongo a consideración una breve reseña del desarrollo actual de las relaciones de género y cómo estas son percibidas en el contexto de la globalización neoliberal.

REQUISITOS PARA  UN  CONCEPTO DE  LAS  RELACIONES DE  GÉNERO

El concepto de relaciones de género debe  permitirnos estudiar crítica- mente cómo los sexos  sirven para reproducir el conjunto de las relacio- nes  sociales. En  algún sentido, entonces, tiene que  presuponer lo que es un  resultado de  las  relaciones sociales, a saber, la existencia de  los géneros en el sentido reconocido históricamente como hombre y mujer. Sobre la base  de una complementariedad en la procreación (una base natural), lo que es asumido como ser natural es también formado histó- ricamente. De allí que  los sexos  salen del proceso social como no igua- les,  y su  no-igualdad se convierte en  el fundamento o base  de  futuras formaciones. De esta  manera, las relaciones de género se convierten en relaciones reguladoras fundamentales en  todas las  formaciones socia- les que  conocemos, y resultan absolutamente centrales para preguntas referidas a la división laboral, dominación, explotación, ideología, po- lítica, ley, religión, moral, sexualidad, cuerpos-sentidos, lenguaje, etc., al tiempo que trascienden cada uno  de estos  ámbitos. En breve, ningún área podrá ser estudiada de manera sensata sin investigar cómo las re- laciones de género la moldean y son  a su vez moldeadas por  ella.

Las  relaciones de género sólo  pueden ser  ignoradas si se asume –como de hecho lo hace la ciencia burguesa tradicional– que  hay  sola- mente un  sexo,  el masculino, en  cuyo  caso  todas las  relaciones deben ser representadas como masculinas. Uno de los logros del feminismo en las últimas tres  décadas fue comenzar a reescribir la historia de la teo- ría  social, sumando a la mujer olvidada hasta ese entonces. Muy a me- nudo, sin embargo, esta  revelación es oscurecida por  la fenomenología del hombre y la mujer que  existen en una relación específica en la so- ciedad, en una constelación que es un efecto de las relaciones de género pero que,  tomada en  sí misma, concentra el análisis en  las  relaciones entre individuos particulares. Empezar desde ahí  hace difícil  subvertir una presunta realidad fija de los sexos.  En  lugar de eso,  los conceptos deben ser construidos de manera tal que permita reconocer que la cues- tión  está  en movimiento y, por  tanto, sujeta a cambios. En este sentido, considero que un concepto debe  incitar y fomentar su propia discusión. El concepto de las relaciones de género, como aquel de las relaciones de producción, debe  reflejar la multiplicidad de relaciones prácticas y, de ese modo, responder a la formación de actores así como a la reproduc- ción  del conjunto social. Es por  eso  que  dicho concepto no  se basa en nociones de una relación fija o de actores naturales fijos.

MARX  Y ENGELS

En  sus  tempranos textos económicos, Marx  emplea una fórmula que puede ser utilizada para relaciones de género. Me refiero a la siguiente expresión: “los sexos  en sus relaciones sociales”. Engels habla de las re- laciones entre géneros, pero pierde la oportunidad de analizar las rela- ciones de género junto con las relaciones de producción como aspectos de la práctica social. En ambos casos, la problemática de la relación en- tre los sexos aparecía repetidamente en sus escritos como parte integral de su proyecto de liberación. En La sagrada familia puede leerse:

 El cambio de una época histórica puede determinarse siempre por la actitud de progreso de la mujer ante la libertad, ya que es aquí, en la relación entre la mujer y el hombre, entre el débil  y el fuerte, donde con  mayor evidencia se acusa la victoria de  la naturaleza humana sobre la brutalidad. El  grado de  la emancipación femenina consti- tuye  la  pauta natural de  la  emancipación general (Marx  y Engels,1962: 261).

En  La ideología  alemana, ambos autores desarrollan un  esbozo de  su futuro estudio sobre esta  problemática central. Entre los  momentos “que  han existido desde el comienzo de la historia y los primeros seres humanos”, está aquel en el cual los “individuos, que diariamente produ- cen su vida material, empiezan a producir otros seres  humanos” (Marx y Engels, 1982).  Se trata de la relación entre el hombre y la mujer, los padres y los hijos, en una palabra: la familia. Al principio, la familia es la única relación social, luego  se convierte en un  aspecto subordinado cuando el incremento de necesidades crea  nuevas relaciones sociales, y el aumento en el número de individuos crea  nuevas necesidades. Desde el comienzo declaran:

La producción de la vida,  tanto de la propia en el trabajo, como de la ajena en la procreación, se manifiesta inmediatamente como una doble relación social –de una parte, como una relación natural, y de otra, como una relación social–; en el sentido de que  por  ella se en- tiende la cooperación de diversos individuos, cualesquiera que  sean sus condiciones, de cualquier modo y para cualquier fin. De donde se desprende que  un  determinado modo de producción o una determi- nada fase  industrial lleva  siempre aparejado un  determinado modo de cooperación o una determinada fase social, modo de cooperación que  es  a  su  vez  “fuerza productiva”; que  las  sumas de  las  fuerzas productivas accesibles al hombre condiciona el estado social y que, por tanto, la “historia de la humanidad” debe  estudiarse y elaborarse siempre en conexión con  la historia de la industria y el intercambio (Marx  y Engels, 1982: 29).

Aquí podemos agregar que  la historia de la industria y el intercambio debe  también ser  estudiada en interrelación con  la historia de la rela- ción  social natural, la organización de la procreación. La observación sobre la transformación de esta  organización llamada familia debería inducirnos a estudiar el mencionado proceso de subordinación en tanto señal de un cambio en la significación social atribuida a esta.  De hecho, en el texto  mencionado encontramos una serie  de indicaciones para ini- ciar el desarrollo en esta dirección. La desigual distribución cuantitativa y cualitativa del trabajo y sus productos encuentra su primera forma en la familia, en la cual las mujeres y los niños son los esclavos del hombre.

 En este  sentido, Marx  y Engels señalan que  “la esclavitud, todavía muy rudimentaria, ciertamente, latente en la familia, es la primera forma de propiedad, que,  por  lo demás, ya aquí corresponde perfectamente a la definición de los modernos economistas, según la cual  es el derecho a disponer de la fuerza de trabajo de los otros” (1982:  32).

La división del trabajo es posible sobre la base  del excedente de producción que  a su  vez contribuye a producir. De manera similar, el incremento de la producción de los medios de vida es resultado del au- mento de la población, que incentiva a su vez el primero. De este modo, es precondición, al mismo tiempo, de dominación y desarrollo. Así es que  dos  coincidentes modos de  dominación que  se determinan uno  a otro determinan, a su vez, el proceso de la historia: el control sobre la fuerza laboral en la producción de los medios de vida,  y el control del hombre sobre la fuerza laboral de la mujer, su capacidad reproductiva y sus cuerpos sexuales. Este  vínculo causa que el desarrollo sea a la vez parte de la destrucción de su propio fundamento. Luego de estas impre- cisas  observaciones, Marx  y Engels abandonan el área de las relaciones de género en su crítica de la economía política y viran a las relaciones de capital, trabajo en la industria e intercambio.

LECTURA SINTOMÁTICA

En  su  libro Leyendo El Capital  (1972), Louis  Althusser se centra en  la manera en  la que  Marx  elaboró su  crítica a Adam  Smith respecto del concepto del valor, aunque este en sí mismo estaba ausente del texto. La idea  de Althusser es que,  mientras desarrollamos preguntas nacidas de una problemática, podemos descubrir algo como la fugaz presencia de un  aspecto de lo invisible. “Lo invisible se muestra así  en su categoría como un  error teórico, como ausente o síntoma”. Para hacer visible  lo invisible, necesitamos algo como una astuta mirada desde un  diferente punto de  vista,  que  es  desarrollado en  el texto  en  cuestión y lo  tras- ciende al  mismo tiempo. A continuación, releeré a Marx  y Engels de esta  manera sintomática, manteniendo en mente la pregunta sobre las relaciones masculino-femenino, que recorren de forma ligera sus textos como una perturbación o disturbio.

Comencemos por  El Capital  (Marx, 1986:  Tomo I). Marx  apunta que  la conservación y reproducción de la clase  trabajadora constituye una condición necesaria para la reproducción del capital. Sin embargo, los capitalistas pueden dejar este aspecto en manos de los trabajadores, ya que  se trata de su propia auto-preservación y reproducción. Es por eso que las bases para un incremento de la población obrera, necesario para la reproducción capitalista, forman parte del ámbito de lo privado y no requieren de atención ya que aparecen como un mero obsequio de la naturaleza. El control del hombre sobre la mujer en la familia hace de la organización de las relaciones de género algo apenas perceptible. Un ejemplo de esto  es, justamente, la menor valoración del trabajo de la mujer por  comparación con  el trabajo del varón, condición que  hace a la mujer particularmente más  propensa a la explotación capitalista: el trabajo de la mujer y el niño es más  barato.

En sus Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, Marx (1993) da  cifras exactas sobre la composición de  géneros de  la nueva fuerza laboral de  la  fábrica para cada condado. Por  su  parte, Engels evalúa numerosas estadísticas que  muestran que  en  la industria británica al menos dos  tercios de los trabajadores eran mujeres, concluyendo que esto  prueba “el desplazamiento del trabajador masculino”. Considera a esto  una “inversión del orden social” que  conduce a la disolución de la familia. En este estadio no reflexiona sobre la división del trabajo entre géneros, lo que  hizo  que  viera  a la clase  trabajadora como exclusiva- mente masculina. Luego descubre que  la  división social y doméstica del  trabajo es  históricamente específica y, además, que  el que  realiza trabajo doméstico es  siempre dominado por  quien tiene su  rol  fuera del hogar, y que  por  tanto la división entre trabajo asalariado y traba- jo doméstico promueve un  patrón de dominación en las relaciones de género. Engels describe las  terribles consecuencias que  tiene para los niños el trabajo de la mujer en la fábrica, pero lo hace en el marco de las categorías morales, dejando oculto el carácter constituyente propio de las relaciones de género bajo  el capitalismo. En El Capital,  Marx  (1986: Tomo II) adopta estas observaciones al conceptualizar al trabajador es- pontáneamente como hombre que  vende su  fuerza de  trabajo con  el objetivo de reproducirse y mantener a su familia. El valor  de la fuerza laboral incluye el valor  de las mercancías necesarias para la producción del trabajador o la reproducción de la clase  trabajadora. Engels toma el mismo punto en Anti-Dühring (1969). Al mismo tiempo, ambos se en- frentan a la contradicción respecto de la cual el trabajador masculino es reemplazado por  la mujer y el niño. Dada  la existente relación de géne- ros,  esto  causa la destrucción de los fundamentos naturales de la clase obrera, su “agotamiento y muerte”. Desde  que  la suposición de la mas- culinidad del proletariado es encarada en el texto  más  o menos irreflexi- vamente, Marx  y Engels no explican que la forma de trabajo asalariado supone el sueldo por  la labor masculina, o un  sistema de relaciones de género en las cuales la producción de los medios de vida es socializada, mientras que  la reproducción de los trabajadores y su reemplazo es la responsabilidad privada de familias individuales, y así es que parece no ser  un  asunto social. El entrelazamiento de la explotación capitalista y una específica división del  trabajo en  relaciones de  género históricas muestra que,  entre otros tipos de  opresión, la  producción capitalista se  basa en  la  opresión de  la  mujer. Marx  se  acerca a  esto,  como en un  instante de reconocimiento, cuando en El Capital  argumenta que  la reproducción es necesaria dado que los trabajadores eventualmente de- berán ser reemplazados y, por  tanto, el modo de producción capitalista es  condicionado por  otros modos de  producción exteriores a  su  fase relativa de desarrollo (Marx, 1986: Tomo II).

Una y otra vez, Marx  observa “la peculiar composición del grupo obrero, formado por  individuos de ambos sexos”  y, finalmente, la asig- nación de una parte importante de los procesos de producción social- mente organizados a la esfera de la economía doméstica como un  nue- vo fundamento económico para una forma superior de la familia y de las relaciones entre los sexos.  Es bastante obvio  que esta  manifestación se refiere a la relación entre los sexos  y no al conjunto del complejo so- cial y su regulación. Marx describe a las condiciones de trabajo respecto a los  sexos  (en  la producción) como una “pestífera fuente de  corrup- ción  y esclavitud”, y aduce que  sólo  bajo  condiciones apropiadas para el obrero el proceso de trabajo se convertirá en una fuente de desarrollo humano. Esta esperanza es la base  para la perspectiva de  incluir a la mujer en el proceso de trabajo. Desde  el momento en que  el conjunto total de  trabajo necesario para la  reproducción de  la  sociedad, tanto como la distribución de este  trabajo (pago e impago) entre los géneros y el apoyo para el total acuerdo respecto a la ley, la moral, la política y la ideología, no entran en este  análisis, esta  ilusión por  liberar a la mu- jer sólo  mediante su inclusión en el proceso de trabajo pasa por  alto  la omnipresente y engañosa relación entre los géneros.

Esta estrechez de miras condujo al movimiento de trabajadores a postular una dirección secuencial de luchas de liberación (en primer lugar los  trabajadores, luego  las  mujeres), una creencia que  ignora el hecho de  que  las  relaciones de  producción son  siempre relaciones de género, y que ignora la fuerza de las relaciones de género para determi- nar  la forma específica de las relaciones sociales en su conjunto.

AGREGADO A ENGELS

En su entusiasta recepción de los escritos de Bachofen y Morgan, Engels asimiló un  tipo de lenguaje en el cual  la opresión de la mujer debía ser atendida, confirmando de ese modo una lectura que  colocaba a las rela- ciones de género como algo  adicional y exterior a las relaciones de pro- ducción –idea que aún conserva una enorme influencia. En El origen de la familia, la propiedad privada  y el estado,  Engels (1992)  redacta su famoso párrafo sobre la monogamia reduciendo prácticamente las relaciones de género a una relación personal de dominación, y la denomina relación de clase,  trayéndola de regreso a la esfera de las relaciones sociales:

El primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con  el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con  la del sexo femenino por  el masculino. La monogamia fue un  gran progreso histórico, pero al mismo tiempo inaugura, juntamente con  la esclavitud y las riquezas privadas, la época que  dura hasta nuestros días  en  la cual cada progreso es al mismo tiempo un regreso relativo, y el bienestar y el desarrollo de  unos verifícanse a expensas del  dolor y de  la re- presión de otros. La monogamia es la forma celular de la sociedad civilizada, en la cual  podemos estudiar ya la naturaleza de las con- tradicciones y los antagonismos que alcanzan su pleno desarrollo en esta  sociedad (1992:  124).

La  tramposa retórica esconde un  hecho fundamental: estas formula- ciones fracasan en el momento de mirar las relaciones laborales dentro de la estructura de la monogamia. Conceptos tales  como antagonismo, bienestar y represión nos  conducen a pensar las  relaciones de  género como meras relaciones de subyugación y victoria luego  de una guerra, y no como un modo de producción para ambos sexos. Engels no estudia cómo las relaciones de producción se correlacionan con  las relaciones de género. Si bien  nota que  la separación entre las esferas de la repro- ducción de la vida  y la producción de los medios de vida  es funcional al capitalismo, no  logra ver  que  esta  separación es en  sí misma parte de  las  relaciones de  producción. En  su  prefacio a la  primera edición esboza lo que  considera es la producción y reproducción de la vida  in- mediata: “De una parte, la producción de los medios de existencia, de productos alimenticios, de ropa, de vivienda y de los instrumentos que para producir todo eso  se necesitan; de  otra parte, la producción del hombre mismo, la continuación de la especie” (Engels, 1992: 28).

Al utilizar “producción” en ambos casos, Engels provee un  punto de  partida para una teoría de  la opresión de  la mujer, elaboración que bloqueó, sin  embargo, al formular las  dos  formas de  producción de  la siguiente forma: “por un lado  [...] trabajo, por el otro [...] familia”. A la fa- milia le cabe  la labor de producir los alimentos, la vestimenta, el refugio y demás, separación que hace de cualquier teoría de la opresión de la mujer que  pudiera desarrollarse una cuestión exclusivamente de procesos bio- lógicos. Consecuentemente, examina la organización de la procreación, pero no la manera en que el trabajo realizado dentro de la familia se rela- ciona con la totalidad del trabajo y con la reproducción de la sociedad.

Podemos leer  su  trabajo, entonces, como una contribución a la historia de  las  relaciones de  género en  el  nivel  de  la  sexualidad y la moral –aunque con motivos puritanos– pero al mismo tiempo como un fracaso a la hora de escribir esta  historia como parte de las relaciones de producción. En efecto, él logra reunir una gran cantidad de material probatorio de  la  humillación de  la  mujer. No  ve hasta qué  punto las relaciones de género impregnan el modo de producción en su conjunto. La mujer pareciera ser mera víctima:

 El derrocamiento del  derecho materno fue  la gran derrota  histórica del sexo femenino en todo  el mundo. El hombre empuñó también las riendas en la casa;  la mujer se vio degradada, convertida en la servi- dora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumen- to de reproducción (Engels, 1992: 110-111; énfasis en el original).

En alguna otra parte Engels menciona el trabajo en la familia, pero sólo como punto de partida para su observación respecto de que es la produc- ción  más  allá  del nivel  de subsistencia la que  permite la producción de los  medios de  producción. Nuevamente omite las  relaciones de  género en este desarrollo. Para él, la familia está quieta en una fase de no-desa- rrollo, considerando que el progreso social resulta del excedente del pro- ducto laboral sobre el costo de mantener el trabajo como base  “de todo progreso social, político e intelectual”. Esta separación hace también im- posible pensar en relaciones de género como relaciones de producción y, por esa razón, reconocer el empleo de relaciones de género en el nivel del conjunto total como un fundamento de acumulación capitalista.

La  perspectiva de  Engels respecto de  las  relaciones de  género liberadas es la inclusión de la mujer en la industria, un movimiento que ya descubre en la producción capitalista organizada, donde uno  enton- ces necesitaría solamente prevenir las consecuencias perjudiciales.

La misma causa que  había asegurado a la mujer su anterior supre- macía en  la  casa  –su  ocupación exclusiva en  las  labores domésti- cas–  aseguraba ahora la preponderancia del  hombre del  hogar [...] La  emancipación de  la  mujer no  se  hace posible sino  cuando ésta puede participar en gran escala, en escala social, en la producción  y el trabajo doméstico no le ocupa sino  un  tiempo insignificante. Esta condición sólo  puede realizarse con  la gran industria moderna, que no solamente permite el trabajo de la mujer en vasta escala, sino  que hasta lo exige y tiende más  y más  a transformar el trabajo doméstico privado en una industria pública (1992:  276-277).

El error histórico de esta  perspectiva también influyó sobre el proyecto socialista de  estado, que  se basa en  la reducción de  las  relaciones de género a una relación entre hombre y mujer, en lugar de leerlas como relaciones de producción que  impregnan todas las esferas de la vida  y la sociedad.

En La situación de la clase obrera en Inglaterra, Engels (1946)  de- sarrolla la idea  según la cual  la propiedad privada resulta ser la base  de la dominación del hombre sobre la mujer. En este sentido, la propiedad privada destruye la verdadera relación entre el hombre y la mujer (un pensamiento que  ha  llevado a sostener como supuesto que  la familia proletaria, en  su  carencia de  propiedad, estaría libre  de  dominación). Respecto de la relación entre el hombre y la mujer, el amor se convertiría en  regla  sólo  entre las  clases oprimidas porque en  estas no  hay propiedad ni  herencia que  conservar, únicas razones por  las  cuales la monogamia y la dominación masculina han sido  creadas.

Esto no es sólo descriptivamente falso, también fracasa al momen- to de entender la función de la división del trabajo entre el hogar y la in- dustria y, con ello, el rol de las relaciones de género para la reproducción de la sociedad capitalista. Pero Engels está de hecho interesado princi- palmente en la relación personal entre hombre y mujer, una relación que visualiza como totalmente privada en un orden social comunista.

REFLEXIONES  CRÍTICAS

La  revisión crítica de  Marx  y Engels resulta en  la  siguiente tesis:  las relaciones de género son relaciones de producción. Esto invalida la ten- dencia a pensar en  ellas  puramente como relaciones entre hombre y mujer. En  cambio, los  diferentes modos de  producción en  la historia deben ser siempre estudiados como moldeados por  relaciones de géne- ro,  esto  es, en  términos de cómo la producción de la vida  es regulada en  la totalidad de las  relaciones de producción, y en  función de cómo se organiza su relación con  la producción de los medios de vida.  Esto incluye la  construcción de  los  géneros –feminidad/masculinidad–; las preguntas referidas a la división del trabajo y a la dominación –su legi- timidad ideológica–; la política sobre la sexualidad y la naturalización del mercado. A la luz de esto  último, también critico el concepto de las relaciones de producción tal como es usualmente utilizado por  Marx.

Pensar en  relaciones de  género como relaciones de  producción puede parecer presuntuoso ya  que  acostumbramos a pensar en  estas como parte de la organización de la producción de los medios de vida. Así es que  entendemos las relaciones capitalistas de producción como una organización de producción provechosa y rentable para el merca- do. Conceptos centrales para el análisis de estas relaciones, tales  como el carácter dual de la labor, el trabajo alienado o asalariado y las fuerzas productivas, todos provienen de la economía y la política. Esta aproxi- mación supone que  todas estas determinaciones son  género-neutro y, por  tanto, que  todas las  prácticas que  son  género-específicas no  están relacionadas con  las relaciones de producción y son,  como mucho, afectadas por  ellas  periféricamente.

Sostengo que  todas las  prácticas en  la  sociedad están determi- nadas por  relaciones de  género –tienen un  subtexto de  género– y son por  eso  puestas en clave  de dominación, y que,  por  lo tanto, debemos incluirlas en  cualquier análisis y comprensión de  la sociedad. Esto se fundamenta en una producción social doble, en cuanto produce vida  y los medios de vida.  Sabemos ya que  la producción de vida  se refiere a la propia vida como así también a la procreación; llamamos a estas dos producciones reproducción, aunque este es un concepto erróneo ya que la producción de los medios de vida debe  también ser reproducida, en la forma de capital, materias primas, fuerza laboral, etc. Por consiguiente, la diferencia no se da entre producción y reproducción, sino  entre vida y medios de vida,  y preferiría hablar no de reproducción sino  de sostén de vida (subsistencia) y desarrollo de actividades vitales.

¿Cómo están dispuestas estas dos  esferas, la  de  los  medios de vida  y la de la vida  en  sí misma? ¿Qué  rol  tienen los géneros? ¿Cómo ocurre la dominación? Podemos pronto asumir que  el desarrollo de las fuerzas productivas, el progreso y la acumulación de riquezas se rela- cionan con  la esfera de  la producción de  los  medios de  vida,  que,  en tanto parece tener prioridad, subordina la esfera de vida como una pre- suposición y un resultado.

Hemos actualmente alcanzado un  punto en el cual  el desarrollo de las  fuerzas productivas se ha  introducido en  la producción de vida en sí misma. El desarrollo de la biotecnología y la genética en conexión con  la reproducción humana está  teniendo tal efecto decisivo en las re- laciones de género que  estas deben ser  fundamentalmente repensadas. Hasta ahora podemos asumir que,  a pesar de  la tendencia del  capital a incorporar constantemente nuevos medios de  producción, la repro- ducción y crianza de niños no se incluían entre estos, puesto que  estas actividades no  se organizan ni orientan hacia un  beneficio. Aunque la protección y represión de  la mujer ya aparecieron como dos  aspectos de las relaciones de producción, el cuerpo de la mujer, hasta ahora, no constituyó por  sí mismo materia prima para la producción. Con  el ad- venimiento de la reproducción de vida  como una forma de mercancía, hemos entrado a una nueva era,  a pesar del hecho de que el incremento de  niños como individuos en  la sociedad humana no  ha  sido  por  esa razón resuelto. La dificultad de pensar esta  nueva situación es agravada por  los  esfuerzos que  mayoritariamente se  limitan a  una evaluación desde la  esfera moral, en  lugar de  concentrarse en  las  relaciones de producción en su modo capitalista de orientación utilitaria.

RECURRIENDO A LAS  REVELACIONES DE  GRAMSCI, ALTHUSSER Y POULANTZAS

Gracias a Gramsci, Althusser y Poulantzas podemos dejar atrás la con- cepción de la sociedad basada en puros términos económicos, con  una dominación ejercida como un  acto  unilateral desde arriba y siendo re- cibida desde la mera pasividad.

Gramsci desarrolló, en  sus  notas sobre el fordismo, un  análisis ejemplar de las relaciones de género como relaciones de producción. Su punto de partida fue el cambio en el modo de producción (producción en masa y cadena de montaje) y la creación de un nuevo tipo de hombre para el nuevo trabajo y la regulación de este proceso. Gramsci no piensa en la economía como base  y en el estado como superestructura, forma mecánica de  pensar que  pierde de  vista  fuerzas decisivas, entre ellas las  relaciones de  género. Gramsci desdobla la superestructura en  una serie  de superestructuras rivales con  un  efecto en común; de esta  ma- nera uno  puede entender estrategias y tácticas. Además, propone dos niveles: sociedad civil y sociedad política. Esta es una diferencia meto- dológica; en “la vida  histórica concreta, sociedad política y civil son  lo mismo” (Gramsci, 1977).  Esto le permite diferenciar entre coerción y consenso, autoridad y hegemonía, violencia y cultura.

El objetivo es analizar la manera en  que  las  formaciones socia- les, los discursos y los medios de comunicación relevantes para la he- gemonía operan en  el nivel  de  la sociedad civil  donde los  ciudadanos participan a fin de comprender de qué  forma es organizado el consen- so.  Un  concepto adicional útil  es  el  de  bloque histórico, que  admite reconciliar las fuerzas en pugna –en este  caso, la interacción del modo de producción en masa y las campañas del estado respecto a lo moral (por  ejemplo, puritanismo)– para crear el nuevo tipo  de  hombre. En este  contexto, las  relaciones de  género se  presentan como la  especial sujeción del  hombre en  su  carácter de asalariado como trabajador en la línea de montaje a través del uso  de poder mecánico y mayores sala- rios,  lo que  permite más  consumo, mantener una familia y disponer de tiempo libre, que se vuelve  necesario para el mantenimiento de la labor masculina esclavizada. Su explotación requiere una moralidad especial y un  cierto estilo de vida:  monogamia en  lugar de sexo  vagabundo (el cual  exige  mucho tiempo), menor consumo de  alcohol y una ama de casa  que  vigile la disciplina, el estilo de vida,  la salud, y que  alimente a la familia. El compromiso de los sexos,  su  construcción, sus  acciones subjetivas, la regulación por  campañas morales y las políticas de salud públicas se manifiestan plenamente.

Es obvio  que esta disposición de los géneros debe  ser alterada tan pronto como cambie el modo de  producción. Así es que,  por ejemplo, una sociedad en  la que  las  fuerzas productivas son  de  alta tecnología, donde las relaciones del trabajo intelectual y físico se han invertido, don- de  las  necesidades de  los  trabajadores son  menores y de  distinto tipo, debe  ser mantenida en una forma hegemónicamente diferente, necesita diferentes tipos de intervenciones por parte del estado y produce distin- tos efectos en el nivel  civil. Un estudio de los nuevos asuntos laborales debe  incluir la nueva determinación de las relaciones de género porque la  vida,  sus  formas, y la  conservación y desarrollo de  la  misma están siempre en cuestión. Confrontamos, en efecto, la paradoja respecto de la cual  las relaciones de género son  una forma de las relaciones sociales.

Una  rica respuesta a este desafío es sugerida por las  propuestas de  Louis Althusser.  Siguiendo a Marx, Althusser  examina la  estructura de la sociedad en diferentes niveles y distingue, dentro de la superestruc- tura, entre la política-jurídica (estado y ley) y la ideológica (con  moral y religión). Esto le permite considerar la relativa eficiencia y autonomía de cada una, teniendo en cuenta dominación y cambios. Su punto de vista es la reproducción de la sociedad como un todo. En esta aproximación a la historia de los modos de producción, propone conceptos como no-simul- taneidad, desarrollo desigual, atraso, obsolescencia. Para el análisis de las relaciones de producción, tenemos que  estudiar la configuración actual con sobredeterminaciones, dependencias y relaciones de articulación.

Siguiendo a Marx y Althusser en nuestro estudio de las relaciones de género como relaciones de producción, podemos descubrir quiebres y fenómenos de no-simultaneidad en las relaciones de género dentro de la específica configuración neoliberal desde los años setenta. Vemos  “el tipo  fordista” de  hombre que  aparece al mismo tiempo que  el “nuevo empresario”, los discursos hegemónicos sobre la responsabilidad indi- vidual, y un  bloque histórico de socialdemócratas conjugados con  una economía neoliberal global que  se exhiben en los medios de comunica- ción.  En  estos  se difunde una nueva forma de vida que  exalta el estado físico,  la juventud, la salud y políticas sexuales permisivas para el uno, mientras se respalda una moral conservadora para el otro. Ambos  man- tienen su coherencia en virtud del discurso sobre la responsabilidad in- dividual. Respecto del nuevo empresario, experimentamos una intensi- ficada individualización que puede en parte prescindir de las relaciones de género jerárquicas –la sujeción de la mujer– e incluso de la norma de la heterosexualidad en la nueva forma de vida.  De este  modo, las viejas relaciones de  dominación pueden continuar existiendo como formas que  expresan un cierto atraso dentro de las nuevas relaciones.

Finalmente, Nicos  Poulantzas nos  ayuda a evitar una aproxima- ción  mecánica que  aún prevalece en  la  idea  de  la  dependencia de  la esfera política en el modo de producción. Propone ver lo político como un terreno de contienda con  contradicciones que  podemos observar en la confrontación entre, por  un lado,  el discurso oficial  de la responsabi- lidad individual y, por  otro, las no simultaneidades experimentadas por aquellos de ambos sexos que intenten manejar sus vidas individualmen- te  mientras, al  mismo tiempo, permanecen incrustados en  los  viejos ideales de  cuidado de  las  relaciones de  género del  fordismo (llevadas adelante por  el bloque hegemónico de la iglesia, los partidos, el estado y la población correspondiente). En este marco, debemos ser completa- mente flexibles en lo político. No podemos utilizar religiosamente argu- mentos como confesiones, pero debemos formarlos, como dice  Brecht, como bola  de nieve  –sólidos y notables, pero capaces de ser fundidos y formados de nuevo en configuraciones cambiantes.

Resumiendo, propongo liberar el concepto de  las  relaciones de producción de  su  reducción a la producción de  los  medios de  vida,  o mejor, pensar lo anterior como inserto en la política y la ideología, ju- rídicamente constituido, moralmente formado, y configurado en  rela- ciones de  género en  todo nivel.  Así, podemos hablar de  relaciones de género como relaciones de producción en una forma triple:

-           como un nivel en el cual  los ciudadanos están específica e históri- camente posicionados para organizar y producir sus vidas;

-           como un  momento decisivo en  la producción de los medios de vida y su relación con  la producción y mantenimiento de la vida misma; y

-           como un  campo con  contradicciones internas y entre los modos de producción.

Para finalizar, entonces, pensar en  relaciones de género como relacio- nes  de producción significa criticar como insuficiente la idea  tradicio- nal de las relaciones de producción.

BIBLIOGRAFÍA

Althusser, Louis  1972 Leyendo El Capital (Madrid: Fundamentos). Althusser, Louis  1976 Positions (1964-1975) (Paris: Éditions Sociales). Engels, Friedrich 1946 La situación de la clase obrera en Inglaterra  (Buenos Aires: Futuro).

Engels, Friedrich 1969 Anti-Dühring (London: Lawrence & Wishart). Engels, Friedrich 1992 El origen de la familia, la propiedad privada  y el estado  (Buenos Aires: Planeta Agostini).

Gramsci, Antonio 1977 Quaderni del carcere (Torino: Einaudi).

Marx,  Karl  1986 El Capital.  Crítica de la economía política (México: Fondo de Cultura Económica) Vols. I, II y III.

Marx,  Karl  1993 Manuscritos económicos y filosóficos de 1844 (Madrid: Alianza).

Marx,  Karl  y Engels, Friedrich 1962 La sagrada familia (México: Grijalbo). Marx,  Karl  y Engels, Friedrich 1982 La ideología  alemana (La Habana: Pueblo y Educación).

Poulantzas, Nikos  1982 Pouvoir politique et classes  sociales  (Paris: Maspéro).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Elmar Altvater*

 

 

¿Existe un marxismo ecológico?**

 

 

 

* Catedrático de Economía Política, Universidad Libre de Berlín, Alemania.

** Traducción de Bárbara Schijman. Revisión de Atilio A. Boron.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EN ESTE ESCRITO pretendo mostrar que  las aseveraciones marxistas sobre las  relaciones sociales del  hombre con  la naturaleza pueden ser empleadas para una mejor comprensión de  los  problemas ecológicos contemporáneos.

El mismo Marx es ambivalente con respecto a la concepción de la naturaleza en su crítica a la economía política. Por un lado, su teoría está relacionada con los enfoques tradicionales de la economía y la teoría po- lítica; Marx no abandona el “campo teórico” argumentativo tradicional de la economía política para abrir un nuevo campo. Sigue las señales de la ilustración racional y una lógica  que no tiene en cuenta los límites de la naturaleza. El argumento principal es el siguiente: el hombre cons- truye su historia al transformar la sociedad, la naturaleza y a sí mismo, pero no  existen límites impuestos por la naturaleza. Por consiguiente, la naturaleza es concebida como un  conjunto de  recursos que  pueden ser utilizados. Esta concepción podemos encontrarla ya en las ideas de Bacon, en  la  derivación de  John Locke  de  los  derechos de  propiedad (de  la capacidad del  trabajo humano de  apropiarse de  los  frutos de  la tierra), así como también en el concepto de división del trabajo de Adam Smith como fuente constantemente creciente de  productividad y, por ende, de riqueza para las naciones. Este campo teórico también incluye la concepción de David  Ricardo sobre la tierra como factor limitante de la acumulación capitalista debido a los efectos que tiene la existencia de tierra de menor calidad y fertilidad sobre la reproducción de los costos del trabajo que llevan  a una tasa de ganancia decreciente.

La idea  de Marx  resulta ser  un  progreso en comparación con  la de Ricardo porque presenta la interpretación fundamental de las “leyes de movimiento” de la acumulación capitalista como moldeadas por  las contradicciones sociales y no por  los límites impuestos por  la naturale- za. Aquellas que  Marx  llamaba “interpretaciones vulgares” de la diver- gencia entre la oferta de recursos naturales y la demanda del hombre de productos de la naturaleza, particularmente acentuadas en la teoría de Thomas Malthus, exhiben un  naturalismo inhumano, que  Marx  recha- zaba ya en sus primeros trabajos en contra del idealismo alemán.

En  las interpretaciones clásicas, y sobre todo en las neoclásicas, de la relación hombre-naturaleza, la racionalidad individual en la toma de  decisiones con  relación a los  recursos escasos  es  el punto central, contrariamente a lo que  ocurre con  el pensamiento malthusiano en el que  el exceso de demanda es la categoría decisiva. En las teorías clásica y neoclásica, la categoría de escasez aparece como la pieza central del razonamiento económico. El  “individualismo metodológico” (Schum- peter, 1908)  ha nacido; y con  él, una racionalidad que  separa en un pri- mer  momento recursos naturales de otras partes no valiosas de la natu- raleza, que  no sirven como fuentes de valorización capitalista, y que  en un  siguiente paso separa un  recurso natural del otro. De otra manera, una toma de decisión racional no sería posible bajo  las precondiciones del individualismo metodológico.

Por  ende, la totalidad holística de  la naturaleza o su  respectiva integridad se disuelven en un conjunto de recursos naturales individua- les y en un  resto que  no puede ser valorizado o validado. La naturaleza es  de  este  modo transformada de  una entidad ecológica en  una enti- dad  económica; más  allá  de esto,  la naturaleza permanece “externa” al discurso económico y su racionalidad. En  la corriente dominante den- tro  de la economía, este  supuesto tiene, por  un  lado,  la ventaja de ser apropiado para la aplicación de modelos altamente formalizados. Por otro, un  razonamiento teórico de este  tipo  tiene que  tener en cuenta la existencia de externalidades, como por  ejemplo las  fallas  de mercado. Así es como la teoría de  economías y deseconomías externas ha  sido desarrollada por  autores desde A. Marshall (1964)  hasta A. C. Pigou (1960)  y R. Coase  (1960). La economía de los recursos (Hotelling, 1931) prometía proveer reglas sobre cómo lidiar con  recursos naturales es- casos sin  dañar a la naturaleza, por  ejemplo, sin  producir excesos de demanda. Paradójicamente, las  reglas sobre cómo lidiar con  la  escasez  son  concebidas como un  remedio para evitar excesos de  deman- da  (Altvater, 1993).  Hoy,  la aplicación de reglas racionales de decisión bajo  condiciones de escasez como forma de sobrellevar una situación de  real  exceso  de  demanda es altamente dudosa dados los  “límites al crecimiento”, el agotamiento de recursos y los conflictos militares sobre recursos (“nuevas guerras sobre recursos”) en África,  América Latina y Medio Oriente. Varias guerras han sido  declaradas por  la dominación de  territorios donde abunda el petróleo y por  la  influencia sobre los precios del  mismo. Estos eventos muestran claramente los  límites de la economía pura para explicar la realidad, y la necesidad de  adoptar un  enfoque político económico para comprender las  contradicciones de nuestro tiempo. Jean-Paul Deléage concluye: “Moverse más  allá  de los límites […] adoptando la ‘postura de la totalidad’ es la única opción metodológica que puede servir como una base  sólida para el análisis de la relación entre la sociedad y la naturaleza” (Deléage, 1989: 15).

La  disolución de  la  naturaleza entera en  una aglomeración de recursos naturales individuales, y luego  la  aplicación de  un  conjunto de  instrumentos analíticos basados en  el  individualismo metodológi- co para así  guiar racionalmente el manejo de  los  recursos, es ajena al concepto marxista de economía ecológica. La principal y fundamental razón es el concepto muy  diferente de socialización (vergesellschaftung). Los  individuos atomísticos, llamados homines oeconomici, que  operan fuera del tiempo y el espacio, y por ende en un mundo caracterizado por el individualismo racional no natural, son una construcción idealista sin relevancia social. Su  construcción es un  resultado del  “individualismo metodológico” de la economía moderna. En  cambio, los individuos so- ciales se encuentran insertos en un  sistema social histórico y dependen de la naturaleza y sus fronteras. Por ende, la racionalidad sólo puede ser una racionalidad restringida por lo social, y la perspectiva es la totalidad sociedad-hombre-naturaleza. Las categorías básicas de la crítica marxis- ta de la economía política con respecto a la relación de la sociedad con la naturaleza están orientadas hacia la comprensión del metabolismo, esto es, de las transformaciones de la materia y la energía, el rol crucial de las necesidades humanas, el carácter dual del trabajo y la producción, la dinámica de las crisis económicas y sociales, la valorización del capital, la acumulación y expansión (globalización), la entropía y la irreversibi- lidad. En las siguientes páginas analizo estas categorías antes de arribar a una conclusión en relación con la utilidad de la ecología marxista para entender los problemas ambientales contemporáneos.

METABOLISMO, NECESIDADES Y EL  CARÁCTER DUAL  DEL  TRABAJO

Ya en sus  primeros trabajos, Marx  entendía la práctica humana como parte de un metabolismo hombre-naturaleza. Los seres  humanos tienen que satisfacer sus necesidades y lo hacen de manera social, de forma tal que las necesidades de unos son satisfechas por  el trabajo de otros y, vi- ceversa, las necesidades de estos  otros por  el trabajo y la producción de los primeros. El concepto de necesidades es una categoría central en el pensamiento marxista que  señala el carácter mutuo de las actividades de  producción y consumo del  hombre en  una sociedad determinada. En  La ideología  alemana (Marx  y Engels, 1974),  oír, ver, sentir, querer, amar, todos estos  “órganos de la individualidad humana” son  entendi- dos como “apropiación”, y hasta la conciencia es producida socialmen- te.  Las  necesidades y las  formas de  satisfacer esas  necesidades son  la base  de la división del  trabajo, que  también tiene como prerrequisito, el mutuo reconocimiento de los individuos sociales como tales. En  los Grundrisse, Marx  dice  que  es necesario tener en cuenta el “sistema de necesidades” y el “sistema de trabajo”, pero no está  seguro respecto de dónde ubicar una discusión acerca de ellos (Marx, 1974: 427).  Dada  su mutualidad, el concepto de necesidad debe  distinguirse claramente del de avaricia, que es necesidad sin mutualidad, un esfuerzo individualista que  presenta una alta  potencialidad para la autodestrucción de  la so- ciedad. Para Marx,  la razón de la avaricia es la existencia de propiedad privada. Y esto  debido a que  la propiedad privada ha  convertido a los hombres en individuos tan  estúpidos y sesgados que sólo ven a un obje- to como “suyo” cuando lo poseen, cuando existe  para ellos como capital (Marx  y Engels, 1974).  El dinero es introducido como mediador entre el productor y el hombre con necesidades. El dinero es “el vínculo entre el trabajador y las necesidades individuales, entre las necesidades y los objetos, entre la vida  y los medios de vida,  es decir, el alimento (Leben und  Lebensmittel)”. El dinero es, al mismo tiempo, deidad y prostituta (Marx  y Engels, 1974).

El trabajo tiene un doble carácter: produce valores de uso, que sa- tisfacen las necesidades de otros, y produce valor (de cambio), que  está basado en el intercambio de mercancías en el mercado en una sociedad monetaria o capitalista. Aquí, nuevamente, las necesidades entran en el horizonte del razonamiento, porque el trabajo es socialmente útil y ne- cesario solamente en la medida en que  satisface necesidades. El trabajo social no está solamente determinado por su capacidad de producir valo- res de intercambio, sino  que también debe  producir valores de uso,  esto es, productos que  satisfagan necesidades sociales. El carácter social del trabajo puede ser sólo conceptualizado como una unidad de producción de valor de cambio y valor de uso.  Como las necesidades humanas per- tenecen a la existencia de los seres humanos como individuos sociales y naturales, el proceso de producción de valor puede ser solamente enten- dido  al mismo tiempo como moldeado por y moldeando a la relación de la sociedad con  la naturaleza. Mientras Marx, en sus primeros trabajos, y siguiendo la tradición hegeliana, toma en  cuenta las  necesidades, en trabajos subsiguientes, empezando por los Manuscritos de 1844, el autor detecta la noción del trabajo y la manera en que este está organizado en una sociedad capitalista. La razón es bastante clara: debemos entender cómo el trabajo no sólo  produce valor sino  también plusvalía, y de esta forma reproduce el capital –y la explotación del trabajo– como una rela- ción  social a niveles cada vez más  altos. La producción y reproducción capitalista es un  proceso (interrumpido por crisis periódicas) de creci- miento en espiral que  avanza en el dominio sobre la naturaleza –como Marx la llama– de forma cada vez más  expansiva.

Hay muchas preguntas envueltas en el proceso de producción de valores. El valor  es siempre una relación social entre los  propietarios y sus  mercancías. La  relación social mercancías-propietarios  no  con- tiene porción alguna de naturaleza; la naturaleza está  completamente excluida de esa relación social. Hasta el dinero, que Marx concibe como dinero dorado, representa solamente una relación social. El  carácter metálico del oro  es completamente irrelevante para el oro  en su forma de dinero. Es decir, es posible sustituir dinero papel –y, en nuestro tiem- po,  bits  y bytes  electrónicos– por  dinero metálico en la forma de oro  y plata. Es importante entender el carácter inmaterial y antinatural de la relación social del  intercambio, aunque el intercambio de mercancías tiene una cualidad material y energética. Esta dualidad es también el origen del  fetichismo de  la mercancía, que  Marx  describe al final  del primer capítulo del  primer volumen de  El Capital  (1986). El  mensaje es muy  claro: no es fácil entender las relaciones sociales entre los hom- bres, y entre los hombres y la naturaleza, porque tal  tarea requiere de un trabajo intelectual que  permita sobrellevar el inherente fetichismo.

La figura analítica del doble carácter o de la dualidad del trabajo en  el análisis de Marx  del  proceso de producción capitalista lo lleva  a distinguir entre la producción, por un lado,  como un proceso de trabajo y, por el otro, como un proceso de producción de valores (valorización). El proceso de trabajo puede ser entendido de mejor manera como una transformación de materia natural y energía en valores de uso  que  sir- ven  para satisfacer necesidades humanas. Hay  tres  advertencias que deben ser introducidas aquí.

La primera se refiere a cierto antropocentrismo en el análisis del carácter metabólico del proceso de producción, debido a que  este  está relacionado con  las necesidades humanas; otros efectos del metabolis- mo,  en cambio, suelen ser a menudo ignorados. En  consecuencia, des- de el punto de vista  del análisis de la energía, el proceso de producción es concebido de  manera muy  diferente, en  comparación con  el punto de vista  del análisis de la mercancía y el valor. Con  respecto a las dife- rentes perspectivas, Juan Martinez-Alier afirma: “La productividad de la agricultura no  se ha  incrementado, sino  que  ha  decrecido, desde el punto de vista  del análisis de la energía” (1987:  3); pero en términos de la producción mercantil de la agricultura, y en términos del retorno del capital invertido, la productividad ha crecido.

La segunda advertencia tiene que  ver con  un  cierto trabajo-cen- trismo en el concepto y un  sistemático olvido  de la naturaleza. Algunos ecologistas le reprochan a Marx una cierta desatención del “valor de la naturaleza” en el proceso de generación de valores (por ejemplo, Immler y  Schmied-Kowarzik, 1984;   Bunker, 1985;   Deléage,  1989).   Pero esta crítica es  solamente relevante con  respecto al  proceso de  trabajo. Por supuesto, la naturaleza es tan importante como el trabajo a la hora de convertir materia y energía en valores de uso  necesarios. Aquí, las leyes de la termodinámica son  válidas, y los inputs y outputs no  son  cuanti- tativamente diferentes respecto de las unidades de energía –y materia–; sin embargo, en el aspecto cualitativo son transformados en valores, por un  lado,  y en deshechos, por el otro. En  el curso del proceso de input a output, el hombre y la naturaleza trabajan juntos; ambos son igualmente importantes. Pero en tanto proceso de producción de valor de intercam- bio es sólo el trabajo el que crea valor y plusvalía. La razón que suele  ser malentendida por los críticos del concepto marxista de naturaleza es la siguiente: la naturaleza es maravillosamente productiva; la evolución de las especies en la historia del planeta y su tremenda diversidad y variedad lo demuestran. Pero la naturaleza no produce mercancías para vender en el mercado. No hay  mercado en la naturaleza. El mercado es una cons- trucción social y económica. El más  hermoso de los pájaros o un  viejo árbol en una selva  tropical o el hierro en una mina no  son  mercancías; sólo se convierten en mercancías a través de un  proceso de valorización (Inwertsetzung; mise  en valeur). No es el trabajo en sí mismo, el trabajo sans  phrase,  el que logra la metamorfosis de la naturaleza en mercancía, sino  la fuerza de trabajo  consumida bajo la forma social  del capitalismo y bajo la condición social  de estar subyugada al proceso  capitalista de pro- ducción de valor y plusvalía (Altvater, 1992: 25; Burkett, 1996: 64).

La tercera advertencia es la siguiente: en una sociedad de merca- do capitalista, las necesidades humanas son sólo relevantes si aparecen como demanda monetaria en el mercado. Es obvio  que en una sociedad capitalista las necesidades se transforman en poder adquisitivo mone- tario; de  no  ser  así,  no  son  reconocidas. Porque el dinero constituye, como dijera Marx  sarcásticamente, la real  y verdadera comunidad. El dinero es quien sirve  como nexo  en las relaciones sociales y, concomi- tantemente, en la relación de la sociedad con  la naturaleza.

El  mecanismo de  mercado tiene que  colmar un  vacío  entre el trabajo y las necesidades, y un  análisis de las necesidades debe  tomar las dinámicas capitalistas en consideración. La forma social está  siem- pre  presente, incluso en procesos que  parecen exclusivamente natura- les. Sin  embargo, las condiciones naturales del proceso de trabajo son transformadas por  el trabajo. Marx  sostiene que: Como  creador de  valores de  uso,  es decir como trabajo  útil,  el tra- bajo  es, por  tanto, condición de vida  del hombre, y condición inde- pendiente de  todas las  formas de  sociedad, una necesidad perenne y natural sin  la que  no  se concebiría el intercambio orgánico entre el hombre y la naturaleza ni, por  consiguiente, la vida  humana  […] En  su producción, el hombre sólo  puede proceder como procede la misma naturaleza, es decir, haciendo que la materia cambie de forma (Marx, 1986: 10, Tomo I; énfasis en el original).

Marx,  con  estas palabras, le responde al economista político Pietro Ve- rri,  quien en 1773 escribiera: Los  fenómenos del  universo, ya los  provoque la mano del  hombre, ya se hallen regidos por  las  leyes  generales de la naturaleza, no  re- presentan nunca una verdadera creación de la nada, sino  una simple transformación de la materia. Cuando el espíritu humano analiza la idea  de reproducción, se encuentra siempre, constantemente, como únicos elementos, con  las  operaciones de asociación y disociación; exactamente lo mismo acontece con  la reproducción del  valor  […] y de la riqueza, cuando la tierra, el aire  y el agua se transforman en trigo sobre el campo o cuando, bajo  la mano del  hombre, la secre- ción  viscosa de un insecto se convierte en seda  o unas cuantas piezas de metal se ensamblan para formar un reloj  de repetición (citado en Marx,  1986: 10, Tomo I).

La  dinámica capitalista puede describirse como sujeta a  las  leyes  de la naturaleza y a los límites impuestos por  la naturaleza vis-à-vis cual- quier actividad humana. Esta es la razón por la cual  Marx  concluye que “el trabajo no es, pues, la fuente única y exclusiva de los valores de uso que  produce, de  la  riqueza material. El  trabajo es,  como lo ha  dicho William Petty, el padre de la riqueza, y la tierra la madre” (Marx, 1986: 10, Tomo I).

Pero, al  aplicar las  leyes  de  la  naturaleza al  proceso de  traba- jo, el hombre transforma la naturaleza en una naturaleza hecha por  el hombre, “humanizada”, que al principio de cada proceso productivo es utilizada y que,  terminado el consumo del producto, recibe los desper- dicios producidos.

La otra cara del proceso de producción, sin embargo, es la creación de  valor y plusvalía, esto es, la acumulación capitalista y el crecimiento económico. Debido al carácter autorreferencial del  capital, esta cara del proceso productivo no conoce ni acepta límites externos a su dinámica. La idea de crecimiento sin límites es una consecuencia directa de la inmanen- cia del fetichismo en las formas sociales que manejan las relaciones socia- les de los hombres. Un buen ejemplo de este fetichismo del crecimiento es el libro Growth Triumphant de Richard A. Easterlin (1998). La contradicción  entre una naturaleza limitada que  convive con  necesidades limi- tadas (Marx  suele  referirse al entendimiento aristotélico de las necesi- dades como reflejando la medida humana) y la ilimitada acumulación de capital está  inscripta en la relación dinero, dado que el metal-dinero, aparentemente  “natural”, muy  pronto encuentra límites naturales en comparación con  la demanda económica. El oro  circulante en una de- terminada economía es cuantitativamente insuficiente para la creciente demanda del comercio y para las intervenciones de los bancos centrales en su función de “prestamistas de última instancia”. De esta  manera, es lógico  sustituir meros símbolos de dinero (papel) como relación social entre comprador-vendedor y entre acreedor-deudor por  oro como “cara natural del dinero”. El dinero-papel o dinero inmaterial bajo  la forma de  bits  y bytes  puede ser  creado en  cantidades necesarias para la cir- culación de la moneda en el mercado mundial. El oro  es natural, pero el oro  en tanto dinero es social. En  esta  función puede ser  reemplaza- do  por  meros símbolos. Este  es un  aspecto del  desacople de  la esfera económica respecto de  los  límites sociales y naturales  (Polanyi, 1978; Altvater y Mahnkopf, 2002).

El proceso del trabajo muestra al mismo tiempo efectos produc- tivos  y destructivos; o,  para interpretarlo en  las  categorías de  la  ter- modinámica: dada la  dualidad del  proceso productivo en  el  cual  no sólo  se  producen valores de  cambio y plusvalía, sino  que  también se transforman materia y energía, la  entropía necesariamente crece. En la  interpretación de  Ilya  Prigogine, un  crecimiento de  la  entropía es la  expresión inevitable de  la  transformación de  materia y energía en el proceso de la evolución natural y –deberíamos agregar– social (Pri- gogine y Stenger, 1986).  Marx  interpretaba el desarrollo de las fuerzas productivas como positivo para la humanidad, porque constituyen la base  de  una sociedad comunista en  la cual  el principio reinante es: a cada uno  de acuerdo a sus  necesidades. La limitada restricción en esta sociedad no  es la valorización autorreferencial del capital, sino  la me- dida humana en  una sociedad humanizada. Dado  que  los  hombres  y sus  necesidades son  parte del  ciclo  de  reproducción natural, la nueva formación social que distribuye riqueza de acuerdo con las necesidades humanas es también pensada como una sociedad de reconciliación del hombre con  la naturaleza.

El proceso de  producción de  entropía, sin  embargo, es destruc- tivo porque socava los  medios de  autorreproducción  social y natural. Al producir valores de  uso  que  potencialmente satisfacen necesidades humanas, produce también, inevitablemente, deshechos. Cada  proceso productivo está ligado a outputs necesarios, como así también a otros in- necesarios o incluso perjudiciales. Es físicamente imposible transformar materia y energía sin producir desperdicios y, en consecuencia, externa- lidades. Marx es  muy  consciente del  poder de  destrucción producido por la acumulación capitalista. Al final del largo capítulo XIII del primer tomo de El Capital sobre la “Gran Industria”, Marx también menciona la tendencia de la industrialización de la agricultura, al concluir que, en un sistema agrícola sujeto al régimen de racionalidad industrial, cada paso que  se da en la intensificación de la fertilidad del suelo den- tro de un período de tiempo determinado, es a la vez un paso dado en el agotamiento de las fuentes perennes que  alimentan dicha fertilidad. Este proceso de aniquilación es tanto más  rápido cuanto más  se apoya un país,  como ocurre por ejemplo con Estados Unidos, sobre la gran in- dustria, como base de su desarrollo. Por tanto, la producción capitalista sólo sabe  desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de producción socavando al mismo tiempo las  dos  fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el hombre (Marx, 1986: 423-424, Tomo I).

La  sustitución de  ciclos  y regímenes de  tiempo-espacio naturales por ciclos  y regímenes de tiempo-espacio industriales en  agricultura tiene un impacto perjudicial sobre el medio ambiente, el natural al igual  que el construido, y sobre el sistema social. Este  es un  factor fundamental para el agravamiento de  la  crisis ecológica del  capitalismo y para la intensificación de los movimientos en su contra.

CRISIS

Hay  varios efectos indirectos sobre la naturaleza de  la producción ca- pitalista de valores, dado que  la acumulación capitalista es un  proceso impulsado por procesos de crisis. Marx analiza las crisis periódicas de su tiempo, en primer lugar con respecto a sus efectos sobre las condiciones de vida  y de trabajo de la clase  trabajadora. En  su época, las crisis eco- nómicas cíclicas eran una experiencia nueva, mencionadas por primera vez  por Sismondi a  comienzos del  siglo  XIX.  Situaciones de  extrema emergencia, como las hambrunas causadas por una mala cosecha o una catástrofe natural, estaban profundamente grabadas en  la memoria de los pueblos. Siempre había estado claro que las causas de estas crisis es- tán más  allá de la influencia humana, aunque en tiempos precapitalistas y preindustriales estas crisis habían sido,  en  alguna medida, causadas por acciones humanas, tales como el uso  excesivo de la tierra y los re- cursos naturales (la  extinción de  bosques europeos en  la Edad Media) o las  guerras. Pero, desde el nacimiento del  capitalismo industrial, las crisis económicas comenzaron a surgir periódicamente, aumentando la inseguridad de amplios sectores de la población debido a la pérdida de puestos de trabajo e ingresos. Marx observaba muy  cuidadosamente el desarrollo de  ciclos  de  crisis desde mediados del  siglo  XIX,  esperando que  la inestabilidad social y económica durante dichas crisis provocara agitación social y cambio político revolucionario. Pero Marx sabía que las crisis capitalistas operan como “fuentes de la juventud” en donde el sistema capitalista encuentra remedios para su  recreación y estabiliza- ción,  y nuevas dinámicas en un renovado vaivén  positivo de la economía: “destrucción creadora”, como la llamará Schumpeter más  adelante. Más tarde, Antonio Gramsci analizaría la crisis como un  proceso de transi- ción  que permitía estabilizar la hegemonía de la burguesía.

En nuestro tiempo tenemos que tener en cuenta el carácter global de las crisis. Más que nunca en la historia, las crisis toman hoy la forma de un colapso financiero, antes de afectar a los sistemas político, social y económico. En  tanto, crisis financieras tienen alcance global, porque los mercados financieros están liberalizados y desregulados, propagán- dose  de un lugar a otro. La primera razón es el “efecto  manada”. Los in- versores extranjeros quitan sus créditos y venden sus activos para cam- biarlos por  monedas más  seguras. Luego aparece el “efecto  contagio”: la crisis de una moneda afecta a otras. En su forma económica, la crisis afecta necesariamente a áreas regionales o nacionales y, en este sentido, es usual que se la denomine según el país  más  afectado: por  ejemplo, la crisis mexicana, brasileña, argentina. Esto parece convertir a la crisis financiera en un  evento remoto. Sin  embargo, estas crisis económicas locales no sólo tienen el nombre del país  al que  afectan en una primera instancia y con  mayor intensidad, sino  que  también conllevan efectos muy  concretos en la economía y la sociedad “real”.  Por  su aparente ca- lidad virtual, las crisis también parecen no tener efectos realmente per- judiciales sobre la naturaleza. ¿Por  qué, entonces, hablar de la crisis del capitalismo? En el pensamiento posmoderno, esto no tiene sentido. En- tendida sólo como una crisis real,  esta  tiene consecuencias visibles que son  interpretadas como el resultado de  errores políticos de  gobiernos irresponsables, que  nada tienen que  ver  con  el funcionamiento de  los mercados globales. El  enfoque marxista, contrario a estos  supuestos, tiene siempre presente que el dinero y el capital aparecen como entida- des autorreferenciales, pero que,  en realidad, la autonomía de la esfera financiera global vis-à-vis la esfera real  es ficticia. La quiebra pone fin a esta  ficción y da  inicio a la realidad de la destrucción de la riqueza. De más  está  decir que,  conforme transcurren estas crisis financieras, la pobreza avanza en Asia, África,  Rusia y América Latina.

Sin  embargo, la  riqueza también crece porque la  expropiación de deudores es la otra cara de la muchas veces despiadada apropiación de riqueza por  parte de los acreedores. En repetidas oportunidades, los ecologistas suelen decir que la pobreza es una de las principales causas de  la destrucción ecológica, y el Banco Mundial en  particular trabaja con  este  supuesto. Pero  no es cierto. La desigualdad y la injusticia son las que  resultan perjudiciales no sólo  para la cohesión social sino  tam- bién  para la naturaleza. Los  pobres son  relegados a la satisfacción de las llamadas necesidades básicas, mientras que  los ricos han acumulado  tantos reclamos sobre la naturaleza que  pueden expandir codicio- samente el “medio ambiente” que  dominan y excluir a otros de su uso ordenado, por  lo que desarrollan prácticas destructivas de uso  excesivo de los recursos que  están a su disposición. La “huella ecológica” de los ricos es mucho mayor que  la de  los  pobres. La  emisión promedio de dióxido de carbono (CO2)  de un  ciudadano de EE.UU. en  1999  era  de

20,2 toneladas, cifra  que contrasta con la emisión de un ciudadano brasileño que sólo alcanza a contaminar la atmósfera con 1,8 toneladas del mismo gas.  Estudios empíricos realizados en varias partes del mundo exhiben la colusión perjudicial de la pobreza y la riqueza en el proceso de destrucción de la naturaleza. En la selva amazónica, por ejemplo, los pobres pobladores hacen uso excesivo de su pedazo de tierra porque los terratenientes ricos utilizan la tierra como un  objeto de especulación. Una  vez más, nos  encontramos cara a cara con  las consecuencias de la ruptura entre el trabajo y las necesidades debido al poder de la codicia individualista. Esta situación es destructiva tanto para la cohesión so- cial  como para la relación con  la naturaleza, es decir, para la sustenta- ción  de las relaciones sociales y ambientales.

La “naturaleza humanizada” de la que Marx habla enfáticamente en sus  primeras obras puede ser  también entendida como una natura- leza  hecha por  el hombre. Nos  referimos también al medio ambiente construido, es decir, las calles, los puentes, los puertos, los aeropuertos, las  ciudades, los  parques y la  agricultura, todo lo  cual  cubre casi  el

100% de la superficie terrestre. Incluso los océanos están cada vez más y más  “humanizados”, es decir, son cada vez más  un producto del hom- bre:  la contaminación cambia la calidad del  agua, la pesca en  exceso produce daños irreparables en  la fauna y flora  marítimas, y un  ruido permanente interrumpe el silencio del  mar. En  primer lugar, es la na- turaleza hecha por  el hombre la que  produce la totalidad de los efectos externos. La mayoría de las naturalezas construidas deben considerarse como deseconomías externas negativas, y sólo  unas pocas como eco- nomías externas que  proveen beneficios sociales. Los  efectos externos son  una concomitancia inevitable de  la  transformación de  materia  y energía. Demuestran que  la naturaleza es más  que  una mera colección de recursos más  o menos útiles, es una totalidad extremadamente com- pleja  de relaciones naturaleza-hombre, como ya sostenía Marx  en  sus trabajos iniciales. El concepto de efectos externos refleja sólo  en parte la naturaleza sistémica de  la dupla naturaleza-hombre. Sin  embargo, exhibe los  límites de  las  teorías del  mercado libre  y el supuesto de  la existencia de actores racionales de mercado. Peor  incluso, su raciona- lidad individual se transforma en irracionalidad y en decisiones que  no respetan las condiciones de la reproducción natural.

La naturaleza funciona como un  medio de intercambio de exter- nalidades que  llevan  el nombre de externas porque no pueden ser reguladas por los mecanismos de mercado. Esta aporía fundamental de las teorías clásica y neoclásica sólo puede superarse excluyendo el tiempo y el espacio, es decir, la dimensión de la naturaleza, de su cuerpo teórico (Altvater, 1989).  Es necesario concebir a la economía como un  empren- dimiento más  allá  del  tiempo y del  espacio históricos1, porque de otra manera la teoría debe  admitir que  las transformaciones económicas (el consumo de energía y materia) tienen un efecto irreversible en la natura- leza, ya sea que las externalidades sean internalizadas o no. La internali- zación es sólo relevante para cálculos económicos y para quienes toman decisiones, pero no para el sistema natural. El enfoque marxista no tiene estos problemas porque, primero, el tiempo y el espacio son  categorías centrales en  la crítica de  la economía política (tiempo de  circulación; transporte en  espacio). Segundo, porque la naturaleza como naturale- za  humanizada, es  decir, como naturaleza producida, es  parte de  las condiciones generales de producción. La violación de su integridad por medio de la degradación o incluso de la destrucción de las condiciones naturales de producción y reproducción no  es, por tanto, algo  externo a la economía, sino  que  pertenece a su  desarrollo contradictorio. Los efectos negativos de la contaminación del aire y el agua, de la violación de las leyes  de seguridad alimentaria o del uso  excesivo de los océanos y la erosión de la tierra tienen una repercusión directa (negativa) sobre los  costos de  reproducción y la  capacidad productiva de  la  fuerza de trabajo y, en consecuencia, sobre el proceso de producción de plusvalía. El costo del  aire limpio y el agua limpia pertenece al gasto del  capital y, por consiguiente, incrementa el monto de capital fijo constante en el proceso de producción, generando el efecto de un  aumento en la com- posición orgánica del capital. Por lo tanto, la tasa de ganancia caerá (por supuesto, ceteris paribus). Los efectos negativos sólo pueden ser ignora- dos bajo el supuesto de que la naturaleza tiene una capacidad infinita de absorberlos. Sin  embargo, el proceso de acumulación capitalista tiende a transgredir el límite de  las  condiciones naturales de  reproducción y, consecuentemente, la teoría tiene que  tomar a la naturaleza en  consi- deración. Aparentemente, esto era innecesario mientras se desconocían “los límites del crecimiento” o los problemas del medio ambiente y, por lo tanto, estos no eran tema en el discurso político o científico.

El  medio ambiente aparece mayoritariamente como “el medio ambiente construido”, producido por  el hombre. Es  concebido como la provisión de bienes públicos, que  incluyen no  sólo  los bienes cultu- rales y naturales sino  también la infraestructura material e inmaterial producida. Con  respecto a la producción y el consumo, David  Harvey explica: Podemos […] realizar una distinción útil  entre el capital fijo inclui- do  en  el proceso de  producción (por  ejemplo, los  instrumentos de producción) y el capital fijo que  funciona como marco físico  de  la producción (por  ejemplo: fábricas). A este  último, lo llamo el medio ambiente construido para la  producción. Por  el lado  del  consumo tenemos una estructura paralela. El fondo de consumo está  forma- do  por  mercancías que  funcionan como ayudas más  que  como in- sumos directos del  consumo. Algunos artículos están directamente incluidos en el proceso de consumo (por  ejemplo: artículos durables como cocinas, lavadoras, etc.),  en  tanto que  otros funcionan como estructuras físicas para el consumo (casas, caminos, etc.).  A estos  úl- timos los denomino el medio ambiente construido para el consumo (Harvey, 1989: 64).

1 Para la distinción entre tiempo y espacio histórico y físico  ver Georgescu-Roegen, 1971).

 Lo que Harvey llama “medio ambiente construido” hoy es discutido bajo el rótulo más  extenso y abarcativo de “bienes públicos”. No es adecuado profundizar aquí en los detalles de los discursos sobre bienes públicos (Kaul  et al., 2003; Altvater, 2003; Brunnengrüber, 2003).  En la teoría de Marx,  el “medio ambiente construido” es tratado como las “condiciones generales de producción” que,  como regla, tienen que  ser provistas por el estado, al menos mientras el sistema de  derechos de  propiedad no esté  suficientemente desarrollado como para ofrecer activos seguros a los inversores privados (Marx, 1974:  422-432). David  Harvey resalta la importancia de la dupla “espacio temporal” en el curso de la acumula- ción  del capital porque esta  “no es un sector menor de la economía y es capaz de absorber cantidades masivas de capital y trabajo, particular- mente bajo  condiciones de  rápida expansión e intensificación geográ- fica”  (Harvey, 2004:  63).  Más  aún, si los  gastos en  el medio ambiente construido o en  el progreso social demuestran no  ser  productivos ni lucrativos, “la sobreacumulación de valores en el medio ambiente cons- truido o en  educación puede volverse evidente con  la  devaluación de esos activos (viviendas, oficinas, parques industriales, aeropuertos, etc.) o con  dificultades para pagar deudas estatales en infraestructuras físi- cas  o sociales” (Harvey, 2004:  65).  El medio ambiente construido, por lo tanto, no es sólo parte pasiva del ciclo-crisis, sino  la esfera-núcleo de la acumulación y, consecuentemente, una causa importante de la diná- mica y la crisis de la acumulación capitalista. Dada  esta  importancia, Harvey critica “esas  descripciones de  la  dinámica capitalista de  acu- mulación que  o bien  ignoran completamente estos  temas, o los tratan como un epifenómeno” (Harvey, 2004: 65).

Consecuentemente, la categoría del medio ambiente construido es capaz de relacionar la dinámica de la acumulación capitalista con  el papel del medio ambiente. Esta es la razón por  la cual  James O’Connor (1988), en un  artículo seminal, desarrolla la propuesta para fundar un “marxismo ecológico” en un  entendimiento doble de la crisis capitalis- ta.  Primero, la crisis es interpretada en categorías clásicas de la teoría marxista. En  términos generales y un  poco  simplificados, la dialéctica de las fuerzas de producción y las relaciones de producción dispara un proceso cíclico de  negocios que  incluye una crisis más  o menos pro- funda. El mismo Marx  desarrolló su argumento paso a paso. Primero, demostró la posibilidad de una crisis implícita en la producción y cir- culación de mercancías. Luego, comprobó la necesidad de la crisis en el curso contradictorio de los procesos de producción y acumulación, especialmente debido a  la  periódica y tendencial caída de  la  tasa de ganancia. Tercero, describió y analizó la realidad concreta de las crisis con  todos los  aspectos concretos que  diferían de  caso  en  caso, en  el tiempo, y de  país  en  país,  en  el espacio. James O’Connor no  está  in- teresado en  este  enfoque brevemente delineado. Él  apunta hacia otra serie  de contradicciones que  surgen en las condiciones de producción como resultado de  los  efectos del  desarrollo del  capitalismo, es decir, en otros términos, dentro del medio ambiente construido. No se refiere explícitamente al  discurso tradicional que  abarca desde Adam  Smith hasta David  Hume, quienes eran conscientes de  que  el sistema capi- talista sólo  puede sobrevivir si el soberano provee de bienes públicos; de lo contrario, la seguridad comercial no está  garantizada y la insegu- ridad hace que  el comercio sea  muy  caro o, incluso, imposible. Marx también escribió sobre las  condiciones generales de  la producción de una manera diferente que  Adam  Smith. Aquel  suponía que  las  condi- ciones generales de producción son  sólo  momentáneamente provistas bajo  la responsabilidad del  gobierno, dado que  el capitalismo privado no está  lo suficientemente desarrollado como para convertir los bienes públicos en  exclusivos, establecer los  derechos de  propiedad privada y transformarlos en  bienes privados que  puedan ser  financiados por inversiones en activos. Consecuentemente, la financiación de los bienes públicos con  las  ganancias del  estado es  innecesaria; las  condiciones generales de  producción, entonces, pueden ser  tanto bienes públicos como privados, según Marx.  Todo  depende del estado de desarrollo en que  se encuentre el sistema capitalista en cuestión (Marx, 1974).

El  discurso sobre las  condiciones generales de  producción, es decir, sobre los bienes públicos, es un  tema de carácter politizado, en esencia porque el estado, el sistema político y la  estructura de  poder de  una determinada sociedad están involucrados desde su  comienzo. James O’Connor es muy  claro con  respecto a la politización de los dis- cursos sobre las condiciones generales de producción:

Precisamente porque ellos [los bienes públicos] no son producidos o reproducidos en forma capitalista, pero dado que  son  comprados  y vendidos y utilizados como si fueran mercancías, las condiciones de suministro (cantidad y calidad, lugar y tiempo) deben ser reguladas por  el estado o por  los  actores capitalistas como si ellos  fueran el estado. Aunque la capitalización de la naturaleza implica el aumento de la penetración del capital en las condiciones de producción (por ejemplo: los árboles de las plantaciones, las especies genéticamente alteradas, los servicios postales privados, el voucher educativo, etc.), el estado se instala entre el capital y la naturaleza, o media entre el capital y la naturaleza, con  el resultado inmediato de que  las condi- ciones de producción capitalistas se politizan (O’Connor, 1988: 23).

Los actores que  politizan el tema económico de la provisión de bienes públicos o de  las  condiciones generales de  producción son,  respecti- vamente, en  primer lugar, el estado representado por  el gobierno, los partidos políticos, la administración, etc.; segundo, los capitalistas y los representantes de corporaciones o asociaciones de empleados; tercero, los gremios; y, cuarto, las ONGs y los nuevos movimientos sociales. Los conflictos sociales y las luchas discursivas se centran no sólo alrededor de  la  estructura de  clases, el conflicto de  clases y los  intereses de  las clases en una sociedad capitalista, sino  también en torno a la relación social entre hombre y naturaleza, el medio ambiente construido, las condiciones generales de producción, y el tema de la calidad y cantidad de la provisión de bienes públicos:

La mayoría de los problemas de los ambientes naturales y sociales son  aún más  acuciantes para los pobres, incluidos los trabajadores ocupados, que  para los empleados de “cuello  blanco” y los ricos. En otras palabras, los temas relativos a las  condiciones de producción son  temas de  clase,  si  bien  ellos  son  más  que  cuestiones de  clase (O’Connor, 1988: 37).

La segunda contradicción, en consecuencia, desencadena la acción de nuevos movimientos sociales (ver  también Leff,  1998);  la crisis de  las “condiciones de producción”, o relativa a la provisión de bienes públi- cos,  se politiza (ver  también Kaul  et  al.,  2003).  Otro  aspecto también importante en la postura de O’Connor se evidencia cuando el autor con- cluye  que  la  acumulación capitalista “está  perjudicando o destruyen- do las condiciones mismas del capital, amenazando de esta  forma sus propias ganancias y su capacidad de producir y acumular más  capital” (O’Connor, 1988:  25).  Brinda algunos ejemplos que  ya hemos mencio- nado anteriormente como efectos negativos externos:

El calentamiento de la atmósfera inevitablemente destruirá gente, lu- gares, beneficios, por  no decir otras especies de vida.  La lluvia  ácida contamina bosques y lagos  y edificios y utilidades de la misma mane- ra. La salinización del agua, los residuos tóxicos, la erosión del suelo, etc.  […] dañan la naturaleza y la rentabilidad. Los tratamientos con pesticidas destruyen los beneficios así como la naturaleza. El capital urbano daña sus  propias condiciones de  rentabilidad, en  principio ventajosas, por  ejemplo: los costos de la congestión de tráfico, el au- mento de las rentas, etc. El estado decrépito de la infraestructura en este  país  [Estados Unidos] puede ser mencionado como un ejemplo. Existe también una rutina similar sobre la cual  corre el capital en los ámbitos de la educación, del bienestar, de la tecnología, del cuidado de la salud, etc. (O’Connor, 1988).

O’Connor describe la degradación de las condiciones generales de pro- ducción como una “crisis de subproducción”. Y agrega: “podemos sin riesgo alguno introducir ‘escasez’  en  la teoría de crisis económicas de manera marxista y no  neo-malthusiana. Podemos introducir también la posibilidad de  una subproducción de  capital una vez que  sumemos los costos crecientes de la reproducción de las condiciones” (O’Connor,

1988: 26; para una crítica ver Altvater, 1993).  Finalmente, entonces, po- demos establecer una crisis de  sobreproducción o sobreacumulación en términos del “marxismo clásico”, y una crisis de subproducción de acuerdo con  el “marxismo ecológico”, respectivamente.

Esta distinción, sin embargo, no es completamente convincente. La categoría de subproducción está basada en el supuesto de una repro- ducibilidad de las condiciones naturales de producción, y significa nada más  ni nada menos que  la degradación ecológica y el costo (social) que derivan de la restauración del medio ambiente construido:

Los ejemplos incluyen los costos de la salud requeridos por el trabajo capitalista y las  relaciones familiares; los  costos de  medicamentos y los  tratamientos por  rehabilitación en  adicciones; de  las  grandes sumas gastadas como resultado del  deterioro del  medio ambiente social (la cuenta de la policía y los divorcios); de los enormes ingre- sos invertidos en evitar mayor destrucción ambiental y en limpiar o reparar la destrucción ecológica pasada; del  dinero requerido para inventar, desarrollar y producir sustitutos sintéticos como medios y objetos de producción y consumo; las enormes sumas requeridas para pagar a las compañías de petróleo y energía […] los gastos por recolocación de  basura; los  costos extra derivados de  la  conges- tión  del  espacio urbano; los  costos que  caen sobre los  gobiernos, los campesinos y trabajadores del Tercer Mundo como resultado de una crisis gemela de la ecología y el desarrollo. Y así sucesivamente (O’Connor, 1988: 26).

Muchos de estos  ejemplos son mencionados y analizados por K. William Kapp en su famoso libro sobre “los costos sociales del emprendimiento privado” (Kapp, 1958).  De este modo, los hechos no son nuevos, pero el discurso sobre los hechos sí lo es. Sin  embargo, es bastante dudoso si la categoría de subproducción de las condiciones generales de produc- ción  tiene sentido, y si es más  poderosa analíticamente hablando que las categorías desarrolladas por  Marx  para un  análisis de los procesos de  acumulación y expansión capitalista. En  el Tomo I de  El  Capital, Marx  describe el proceso de producción como un proceso de reproduc- ción  de  las  relaciones sociales entre el trabajo y el capital. Dado  que sabemos que  estas relaciones también incluyen la relación social con la naturaleza, el análisis del proceso de reproducción puede extenderse para comprender la dinámica de la naturaleza hecha por  el hombre, la naturaleza humanizada, las  condiciones generales de  producción y el medio ambiente construido. A diferencia de la reproducción del traba- jo, incluyendo las relaciones de género en los hogares, la reproducción de la naturaleza obedece a leyes  naturales cuasi-eternas que  sólo  pue- den  ser  utilizadas por  el hombre y, por  lo tanto, deben ser  respetadas. Respecto de las  leyes  naturales, el supuesto de una subproducción no es muy convincente, dado que requiere la posibilidad de reproducción y circularidad de los procesos, cuando en la naturaleza todos los procesos se caracterizan por  su  irreversibilidad. Esto contrasta con  el carácter autopoiético –y por  ende autorreferencial– del  capital, que  no  puede respetar los límites de la naturaleza. El modo de producción capitalista consecuentemente es perjudicial para la naturaleza y, por  lo tanto, para el hombre. Las  repercusiones sobre el capital mismo, uno  de los prin- cipales argumentos de James O’Connor, son  sin lugar a duda un  punto crucial (Martinez-Alier, 1987: XIX).

VALORIZACIÓN

El  proceso de  acumulación capitalista tiene lugar en  las  coordenadas de tiempo y espacio. En  lo que  respecta al tiempo, su lógica  es la acele- ración. El aumento de la productividad para la producción de plusvalía relativa no es otra cosa  que la aceleración de la producción y circulación en todos los procesos para poder producir más  productos en la misma unidad de tiempo. Al acelerar todos los procesos, es posible extender el alcance de  la  producción y reproducción capitalista en  el espacio. De este modo, la expansión espacial del capital pertenece a la dinámica de la acumulación capitalista. La expansión sólo  es posible si se eliminan los límites y fronteras, ya sea que  tengan origen en condiciones natura- les o que  hayan sido  establecidos por las instituciones políticas. Por eso Marx escribe en los Grundrisse sobre el mercado mundial como incluido en  la categoría de  “capital” desde el principio (Marx, 1974:  311).  Hoy podemos interpretar esta tendencia mencionada por Marx como la glo- balización moderna. La globalización se ha  convertido en una realidad porque es  la  emanación real de  las  potencialidades inmanentes de  la acumulación capitalista. La globalización es el proceso de valorización interminable de todas aquellas partes de la naturaleza que antes estaban afuera de la lógica  de valorización del sistema capitalista. La tendencia expansionista en  el espacio y el tiempo es un  tema importante en  los Grundrisse (Marx, 1974: 415-435). Ha sido  descripta por teorías clásicas del imperialismo que abarcan de Luxemburgo a Lenin, pasando por Bu- jarin y Kautsky. Pero la valorización no puede ser solamente entendida como un  proceso de conquista territorial. Los espacios a descubrir, in- cursionar, conquistar e integrar en el sistema capitalista de producción de valor incluyen también los cascos polares, el suelo del  fondo de los océanos, las zonas de jungla más  remotas de las selvas  tropicales, el es- pacio exterior y, más  importante aun, los nanoespacios de los genes de las plantas, los animales y los seres humanos. El capitalismo es un  sis- tema expansionista en el que  todo es interpretado como materia prima para el proceso de producción de valor y plusvalía. Si no es útil, y en la medida en que no pueda satisfacer esta necesidad, la materia prima será considerada inútil, sin  valor y, por lo tanto, un  objeto inadecuado para la valorización capitalista. Al separar los recursos que  poseen valor de aquellos que  son  inútiles, la integridad de la naturaleza será inevitable- mente desintegrada; proceso que anticipa su destrucción.

La  valorización es  en  principio un  proceso infinito, que  nunca termina, excepto que el capitalismo alcance una barrera insuperable. El aspecto más  destructivo de la valorización es la selección entre recursos valorables y no  valorables. Por  ejemplo, en  la selva  amazónica puede verse  que  la valorización de la madera de la selva  como ecosistema es destructiva. Al final  no hay más  madera, porque se impide la reproduc- ción  de  la  selva.  Este  es  obviamente un  caso  de  subproducción en  el sentido de  James O’Connor. La  consecuencia es que  la selva,  una vez destruida debido a la sobreexplotación de madera, no  puede reprodu- cirse  en un tiempo semejante al que le toma a los seres  humanos explo- tar  y destruir el ecosistema. Al menos esto  es lo que sucede en las selvas tropicales, donde la recreación de un ecosistema degradado está  llevan- do  más  tiempo que  su  destrucción. La explotación es frecuentemente una cuestión de días,  mientras que  la recreación es una cuestión de dé- cadas o siglos.  La desigualdad del régimen de tiempos en una sociedad dada es una de las principales razones de la destrucción ecológica, de la “subproducción”, en el sentido de O’Connor.

ENTROPÍA

Efectivamente, la irreversibilidad es una categoría decisiva para com- prender el desarrollo de  la naturaleza. Dado  que  el capital obedece a una lógica  de circularidad, lo natural y el régimen del tiempo capitalista no son compatibles. El capital debe  apropiarse de la plusvalía e invertir- la nuevamente en el proceso de producción que al final resultará nuevamente en la apropiación de una plusvalía mayor. La compulsión hacia la plusvalía es inevitable si los procesos de producción fueron financia- dos con  créditos e intereses que  deben ser pagados. Los indicadores de performance del  capital señalan muy  claramente la  circularidad y la reversibilidad del flujo del capital dentro de la relación entre resultados y gasto. La ganancia, la eficiencia marginal del  capital, el retorno del capital, la rentabilidad y otros indicadores demuestran claramente que la racionalidad está  basada en una comparación entre medios, es decir, inversión, y objetivos, o sea,  ganancia o plusvalía.

Por  el contrario, tanto los procesos naturales de transformación de materia y energía como el proceso natural de crecimiento de seres vivientes tales  como las plantas y los animales se caracterizan por no re- sultar reversibles. Esto se deduce, últimamente, de la ley de entropía. Al final del proceso hay algo cualitativamente nuevo (en la racionalidad de la reversibilidad, la calidad se mantiene igual  mientras que  la cantidad de la misma calidad cambia). Este  producto cualitativamente nuevo no puede ser  reproducido con  la misma energía o materia; por  lo tanto, los  stocks de  energía y materia son  usados hasta su  agotamiento, sal- vo que  el sistema sea  abierto y nueva energía y materia sean provistas para transformarse en valores de uso. Pero, nuevamente aquí, el proble- ma  es que  cada proceso de producción es producción encadenada. De acuerdo con Herman Daly, no sólo existe  el proceso directo de entradas y salidas sino  también la producción de  productos intermedios (Daly,

1991).  Es ley natural que  es imposible transformar el 100% de la entra- da de energía y materia en productos diseñados para la satisfacción de las necesidades humanas. Por  lo tanto, “disfrutamos de nuestras vidas” (Georgescu-Roegen, 1971)  incrementando la entropía de todo el siste- ma.  Marx  era totalmente consciente de esta  tendencia de doble faz. Por un  lado,  está  la transformación antropocéntrica de  materia y energía de  la  naturaleza viviente y no  viviente en  esas  cosas, las  mercancías, que  son  capaces de  satisfacer nuestras necesidades sociales e indivi- duales. Por  otro lado,  está  la  consecuencia amarga del  deterioro y la degradación de  la naturaleza, precisamente porque la satisfacción de necesidades está  garantizada o porque las  necesidades de  la valoriza- ción  capitalista son  satisfechas.

Nicholas Georgescu-Roegen introdujo el concepto de “revolución prometeica” en  su  razonamiento para demostrar que  el aumento de la entropía depende terminantemente del régimen de energía. Tanto la revolución industrial como la revolución neolítica cambiaron el régimen de energía; la primera, desarrollando dispositivos que capturan la energía solar y la transforman en  energía útil para el hombre (principalmente, comestibles). La segunda, sustituyendo la energía de los fósiles al trans- formarlos en energía útil por medio de una serie de infraestructuras in- dustriales para lograr la transformación de energía solar, principalmente, en el sistema agrícola. No sorprende que Eric Hobsbawm en La era de los extremos (1994)  detecte sólo una revolución en el curso del siglo XX: esa  primera vez en la historia de la humanidad en que,  a comienzos de los años cincuenta, el número de personas que viven en el campo y traba- jan  como granjeros es menor que  el número de personas que  dependen de la industria urbana. La transición de una relación social agrícola con la naturaleza a una relación industrial presenta un  cambio radical, una revolución que sólo tiene una perspectiva corta de vida.

La revolución neolítica ha  utilizado el eterno flujo  de la energía solar y, por  lo tanto, el modo de  producción agrícola no  conoce lími- tes energéticos, aunque hay  límites relativos a la fertilidad del suelo, el uso  de  ciertas técnicas agrícolas, etc.  La  revolución fósil  e industrial, sin  embargo, está  basada en  el consumo del  stock  limitado de  fósiles energéticos. Primero, estos  se agotarán en unas pocas décadas y, segun- do, su combustión está  produciendo tal cantidad de emisiones dañinas para el clima que  las  condiciones de  vida  en  la tierra cambiarán con consecuencias que  nadie puede predecir, excepto por  el hecho innega- ble de que  son  perjudiciales para la vida en la tierra. En términos de la economía termodinámica, la  transición a sistemas capitalistas indus- triales basados en  combustibles fósiles significa que  el planeta Tierra, en primer lugar, es “globalizado” y, en segundo lugar, es tratado como un sistema cerrado porque la energía solar almacenada a lo largo de mi- llones de años en pozos de petróleo y minas de carbón es sustituida por la radiación solar del presente. La Tierra es un planeta limitado y, por lo tanto, un sistema de energía sustentable sólo si se basa en la apertura de su  sistema de  energía a la radiación solar (Geourgescu-Roegen, 1971; Daly, 1991; Altvater, 1995).  La combustión incrementa inevitablemente la entropía global y, al tratar de evitar este resultado desagradable, nue- vas partes del planeta (que  hace cientos de años todavía eran partes vír- genes  del planeta) han sido  incluidas en las estructuras de valorización capitalistas. Esta es la razón ecológica por  la cual  hoy la Tierra está  glo- balizada y nosotros debemos lidiar con  problemas globales del  medio ambiente, y no principalmente con  problemas locales o regionales.

CONCLUSIÓN

El  concepto marxista de  relación naturaleza-hombre es  mucho más apropiado que  otros conceptos para comprender las  contradicciones y la dinámica de  la relación social entre ser  humano y naturaleza, es decir, de la relación entre la economía, la sociedad y el medio ambiente. La principal razón consiste en que  dicho concepto permite concebir al ser  humano trabajador como alguien que  transforma la naturaleza y, por  lo tanto, está  incluido en  un  metabolismo de  naturaleza-hombre que,  por  un  lado,  obedece a leyes  de la naturaleza cuasi-eternas y, por el otro, está  regulado por la dinámica de la formación social capitalista. La “formación” representa el conjunto de formas sociales, comenzando por  la forma mercancía, la forma dinero, la forma política, incluso la forma del crédito moderno. La acumulación capitalista también obede- ce a la lógica  de “desencaje” que Karl  Polanyi describe tan  convincente- mente en La gran transformación (Polanyi, 1978; ver también Altvater y Mahnkopf, 2002).  Esto ha sido  demostrado en este artículo cuando nos hemos referido al  dinero metálico y simbólico, es  decir, dinero “con- creto”, basado en  un  material natural, y dinero “abstracto”, aquel que sólo representa una forma social. El proceso de desencaje, sin embargo, exhibe también el aspecto extremadamente importante de transforma- ción  del  sistema de  energía, desde energías bióticas hasta el régimen de  energías fósiles. Las  sociedades capitalistas buscan volverse inde- pendientes del flujo  de energía solar porque pueden utilizar los stocks de  energía fósil.  Para la  relación social capitalista con  la  naturaleza, esta  transición ofrece muchas ventajas. El sistema contemporáneo de energía es independiente a nivel  espacial y temporal porque la energía fósil es transportable y puede ser concentrada y almacenada donde sea necesario. Por  eso,  esta  energía es “homóloga” a un  sistema capitalista dinámico. Esta es la razón por  la cual  es tan  difícil  reducir el consumo de energía fósil en las sociedades capitalistas modernas, y por  la cual  la “eco-regulación” (Burkett, 1996)  o una economía “sustentable” son  tan difíciles de lograr. Bajo  la presión de ser  competitivo localmente en el espacio global, una reducción del consumo de energía fósil  no sucede- rá  voluntariamente, sino  sólo  como resultado de una acción colectiva. Tal  como las  discusiones sobre el protocolo de  Kyoto  lo  demuestran claramente, una acción colectiva con  una superpotencia poderosa, con free-riders y con  estados débiles, es de difícil  ocurrencia.

Como  los recursos fósiles seguramente se agotarán en un  par  de décadas, las  guerras sobre la distribución de  recursos escasos ya han comenzado. La  guerra de  EE.UU. contra Irak  puede ser  interpretada como una ouverture del advenimiento de los conflictos sobre el recurso del petróleo en el mundo. En  este  punto del razonamiento queda claro que la cuestión ecológica relacionada a la capacidad de transporte a es- cala  mundial incluye un  asunto adicional no menos importante: cómo distribuir de un  modo justo los recursos escasos de una manera pacífi- ca, y cómo organizar la transición a un régimen sustentable de energía. La teoría marxista puede servir de ayuda para comprender la dinámica de las relaciones sociales con  la naturaleza en el capitalismo moderno. Pero  la cuestión también marca la transición de consideraciones teoré- ticas a prácticas políticas.

 

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Franz Hinkelammert*

 

 

La globalidad de la tierra

y la estrategia de la globalización

 

 

*  Doctor en Economía por la Universidad Libre de Berlín. Filósofo y teólogo de la liberación. Profesor de Economía en el Departamento Ecuménico de Investigaciones (DEI),  Costa Rica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DEL REY PIRRO, rey de la antigüedad griega, se cuenta que después de una gran batalla y su victoria en ella, exclamó: “Otra  victoria así, y estoy perdido”. Sabía que no debía obtener una segunda victoria de este tipo, porque ello significaría su fin.

Vivimos en  un  sistema que  en  1989  ha  obtenido una victoria como la de  Pirro. Sin  embargo, el sistema se está  empeñando en  una segunda victoria total. Se trata ahora de vencer toda resistencia huma- na  que  enfrente al sistema. Si lo logra, esta  será  la segunda victoria de Pirro y, por  ende, el final.  Pero  no solamente el final  del sistema, sino  el final  de la humanidad también. Mientras tanto, el mundo sufre el vérti- go de la segunda victoria de Pirro.

EL  CONTEXTO DE  LA GLOBALIZACIÓN

La palabra globalización se ha convertido en una palabra de moda. Pero esa  no  es ninguna razón para deshacernos de  ella.  Estamos actuando en un  nuevo contexto de globalización que  se ha impuesto en el último medio siglo.  La palabra globalización nos  informa que  el mundo es un globo, y que  lo es cada vez más. Desde  hace mucho tiempo se sabe  que el mundo es  redondo. Copérnico lo  sabía, y Cristóbal Colón  sacó  de la tesis  astronómica copernicana conclusiones que  transformaron esta tierra. El mundo se globalizó y se hizo  más  redondo de  lo que  ya era para Copérnico. Toda  la historia posterior puede ser  escrita como una historia de globalizaciones subsiguientes, que  hicieron más  redonda la tierra en  la medida en  que  revelaron cada vez nuevas dimensiones de esta  redondez.

Cuando Alejando el Grande construyó su imperio, se decía de él que  con  la incorporación de cada nuevo país  apenas conquistaba una nueva frontera. El proceso de conquista era  un  proceso que  aspiraba a una infinitud imposible de alcanzar. La tierra parecía infinita y no exis- tía posibilidad alguna de conquistarla por  entero.

No obstante, cuando la tierra resulta ser redonda, su conquista se torna posible. Así, la propia tierra se transformó en un  objeto por  con- quistar. Ya el rey de España se jactaba de su imperio, en el cual no se po- nía  nunca el sol. Y el colonialismo ya se refería a la tierra entera como objetivo del colonizador. Los siglos  XVIII y XIX fueron siglos  de rivali- dades motivadas por  la colonización del mundo de parte de la Europa colonizadora. Su  mapamundi tenía manchas blancas que  la conquista eliminaría. A finales del siglo  XIX, todo el mundo estaba colonizado y repartido entre un  puñado de países colonizadores, los cuales eran pe- queños en comparación con  la extensión del mundo conquistado.

No  se conquistaba ya con  cada nuevo país  una nueva frontera, porque no  había nuevos países. La tierra estaba repartida. Sin  embar- go había varios colonizadores. Ellos  tenían ahora que  enfrentarse unos con  otros para poder conquistar nuevos países. Empezaba la lucha por la repartición del botín. Así surgió la lucha por el poder mundial. Si uno eliminaba a todos los otros, podía aspirar a ser  el dueño total y global. Este  hecho les  dio  a las  guerras que  siguieron el carácter de  guerras mundiales, que  se emprendían por  el dominio del  mundo entero por parte de un solo poder. La tierra como objeto de la conquista era  ahora disputada entre los conquistadores.

Insisto, esta  conquista tuvo  como conditio sine  qua  non  el des- cubrimiento de  la redondez de  la tierra. Este  hecho que  aparenta ser considerado un  mero dato astronómico trascendió, sin  embargo, am- pliamente en sus consecuencias la delimitación de esta  disciplina.

La globalización era  más  bien  una palabra marginal. No obstan- te,  en  nuestro tiempo, designa una nueva etapa de  esta  redondez de la tierra que  se distingue de una manera completamente nueva de las anteriores. Esta vez de una manera compulsiva, estamos tomando una vez más  conciencia del hecho de que  la tierra es un globo.

Hemos experimentado nuevamente que  la tierra es redonda en 1945 con  la explosión de la primera bomba atómica. Esta resultó ser la primera arma global, porque su uso  futuro comprometía la existencia de la propia vida  humana en la tierra. El acceso de varios poderes a la bomba atómica no dejaba duda de que  la tierra se había transformado con relación a la humanidad. Si no cambiaba su modo de actuar, la hu- manidad no podría seguir viviendo en la tierra. El globo  estaba por  re- ventar. Esta tierra ya no podía ser tratada simplemente como un objeto a ser conquistado como si el hecho de la conquista no la afectara direc- tamente. Si se persistía en la misma actitud, la tierra iba a ser destruida. El ansia por  conquistarla desembocó en el peligro de destruirla.

En  ese momento comenzó a desarrollarse una nueva conciencia de la globalidad de la vida  humana y de la existencia misma del plane- ta,  que  se había globalizado de  una manera inédita. Si la humanidad quería seguir viviendo, tenía que asumir una responsabilidad con la que hasta ese momento sólo se había soñado. Era  la responsabilidad por  la tierra. Esta responsabilidad apareció entonces como obligación ética, pero al mismo tiempo como condición de posibilidad de la vida futura. La exigencia ética y la condición de posibilidad de la vida convergieron en una única exigencia. Lo útil  y lo ético  se imbricaron superando una tradición positivista que  por  mucho tiempo había insistido en separar ambos términos.

Sin  embargo, en  cierto sentido, la  bomba atómica parecía to- davía algo  externo a  la  acción humana cotidiana. Se  pensaba que  si se  conseguía evitar su  aplicación por  medios que  correspondían a la política de los estados, se podría seguir viviendo como siempre. Pero  la nueva globalización tocó  de nuevo a la puerta. Esta vez, con  el Informe del Club  de Roma (1991)  sobre los límites del crecimiento, que  expresó de una manera nueva la redondez de la tierra, su carácter de globo. Otra vez la tierra se hacía más  redonda. Sólo que la amenaza provenía ahora de  la  acción humana cotidiana, no  de  ningún instrumento específico que se pudiera controlar por medios aparentemente externos. La acción de las empresas y los estados así como los actos individuales, en defini- tiva,  toda la acción humana, estaban involucrados desde el más  simple quehacer cotidiano. No  se trataba de  un  hecho excepcional. Aparecía de nuevo la responsabilidad humana por  el globo, aunque esta  vez con mucha más  intensidad. La  humanidad tenía que  dar  respuesta a  los efectos cotidianos de su propia acción diaria. La canalización de la ac- ción  humana por  el cálculo de utilidad (interés propio) y la maximiza- ción  de las ganancias en los mercados estaban ahora en cuestión. Esta crítica se convirtió entonces en  condición de  posibilidad de  la propia vida  humana, y también en exigencia ética. De nuevo, lo útil  y lo ético se unieron en una única experiencia.

Siguieron nuevas constataciones  de  la  redondez de  la  tierra, como por ejemplo haber experimentado que  existen límites concretos para el crecimiento posible de la población. En  los años ochenta, por su parte, la aparición de la biotecnología produjo un  gran impacto. La vida  misma había sido  transformada en  objeto de  una nueva acción humana, una vez más  de presencia cotidiana. Reaparecía la amenaza del globo, y volvía  a aparecer la exigencia de la responsabilidad por el globo, sólo  que  esta vez dicha exigencia surgía directamente a partir del método de las ciencias empíricas. Al desarrollar el conocimiento de elementos básicos de la vida,  el método tradicional de la ciencia empí- rica –que  implica el tratamiento de su  objeto mediante su  parcializa- ción–  hizo  aparecer una amenaza para el globo  que una vez más  remite a la raíz de la modernidad. Ya no es posible hacer una distinción nítida entre el desarrollo de conocimientos y su aplicación. En  la ciencia de la vida,  y por tanto en  la biotecnología, el desarrollo del  conocimien- to ya es su  aplicación. No  puede desarrollarse el conocimiento sobre los  clones humanos sin  desarrollar al mismo tiempo la capacidad de crearlos. Lo que ahora estaba siendo cuestionado no era tanto la maxi- mización de la ganancia en los mercados sino  la propia percepción de la cientificidad.

Nuevamente aparece la necesidad de la responsabilidad humana frente a la tierra redonda. Pero  esta  vez se trata de una responsabilidad frente a los efectos del propio método científico.

LA BRUTALIZACIÓN  DE  LAS RELACIONES HUMANAS

Todo  lo anterior ha  desembocado en una crisis general de la conviven- cia  humana. El desmoronamiento de las relaciones humanas que  está en curso afecta la propia posibilidad de la convivencia. Cuanto mayor es la exclusión de sectores de la población humana, es inevitable la ge- neralización e internalización del comportamiento inhumano de los in- cluidos respecto de los marginados. No aparece una polarización entre incluidos, quienes mantienen la capacidad de convivencia, y excluidos, quienes la pierden, sino  que  la pérdida se transforma en pérdida gene- ral.  El  polo  de  los  incluidos disuelve su  capacidad de  convivencia en un  grado quizás mayor que  el polo  de los excluidos. Se trata de la últi- ma  amenaza global, que  puede resultar a la postre la peor, porque sus efectos incapacitan al punto de inhabilitar la posibilidad de enfrentar las siguientes amenazas. Aparece, por  consiguiente, la responsabilidad frente a la propia capacidad de convivencia humana.

Esta responsabilidad tiene algo  de compulsivo, pese  a que  no se produce de forma automática. Vivimos en tiempos de rechazo de esta responsabilidad. No obstante, se trata de una responsabilidad frente a la cual  no existe  neutralidad. Cuando un  amigo que  va de viaje nos  entre- ga un objeto valioso para guardarlo, podemos rechazar esta responsabi- lidad aduciendo razones. El amigo, entonces, tiene que  buscarse a otro que  se lo guarde. Nuestra actitud en este  caso  no es irresponsable, sino que  más  bien  puede ser  una expresión de responsabilidad. La respon- sabilidad por  las  condiciones de posibilidad, en  cambio, no  es de este tipo.  Somos responsables aunque no  lo queramos. Si rechazamos esta responsabilidad, no nos  la quitamos de encima. Somos entonces irres- ponsables. Podemos escoger entre responsabilidad e irresponsabilidad, pero no podemos salirnos de la disyuntiva. O nos hacemos responsables del globo  globalizado, o estamos involucrados en su destrucción.

LA IRRESPONSABILIDAD  GLOBALIZADA

Evidentemente nuestra vida  se  ha  globalizado de  una manera nueva, como nunca antes había ocurrido en  la historia humana. La humani- dad  ya  no  puede vivir  sin  aceptar esta  responsabilidad por  el  globo. Esto se refleja en  la vida  de  cada uno, en  cuanto cada individuo sabe que  vive en una cadena de generaciones. Para que  nosotros o nuestros hijos  e hijas puedan vivir, hay  que  aceptar esta  responsabilidad. Esta- mos  globalizados, lo queramos o no.

La misma autorrealización como sujetos nos  compromete aho- ra  con  la  responsabilidad por  el  globo, es  decir, se  trata de  una res- ponsabilidad global. La otra cara de  la autorrealización resulta ser  la afirmación del otro, e, incluida en ella, también la de la naturaleza. No podemos asegurar nuestra vida  destruyendo la vida  del otro. Tenemos que afirmar también la vida del otro. Esto nos permite resumir esta  glo- balización en pocas palabras: el asesinato es un  suicidio. El asesinato, ahora empíricamente, deja  de ser una salida.

Sin  embargo, no  es  forzoso aceptar esta  situación. El  suicidio es posible. Se esconde detrás del argumento de la opción cínica: “¿Por qué  voy a renunciar? En  el tiempo de vida  que  probablemente todavía tengo, puedo seguir”. Sólo  que  si me  entiendo como una parte de  la humanidad o como sujeto en  una cadena de  generaciones, no  tengo esta  salida del  cínico. Tengo entonces que  asumir la responsabilidad. Lo ético  y lo útil  se unen y entran en contradicción con  el cálculo de la utilidad y del interés propio.

El proceso de globalización del mundo, como lo hemos descrip- to hasta ahora, es un  proceso del mundo real cuyo  resultado es la ex- periencia de una amenaza global que solicita una responsabilidad glo- bal. Si bien  esta globalización es creada por la propia acción humana, está presente en  la realidad tal como esta se enfrenta al ser humano, esto es, como condición de la posibilidad de vivir. El ser humano está involucrado en  esta realidad porque su  vida  depende de  ella.  Si esta realidad se hunde, también el ser humano se hunde. El  ser humano vive  en  una autopoiesis con  la  realidad externa, como la  denomina Humberto Maturana.

 EL  SOMETIMIENTO DE  LAS  CIENCIAS AL CÁLCULO MEDIO-FIN

Junto a la conquista política de la tierra había aparecido otra conquis- ta,  referida, esta  vez,   a cada uno  de los componentes de la tierra por conquistar. La acción mercantil, por  un  lado,  y el método de las  cien- cias  empíricas, por  el otro, incluyeron todos los hechos y procesos par- ciales  para someterlos también a la conquista humana. Por  ello,  am- bos  asumen un  concepto de eficiencia que  consiste precisamente en la abstracción de  esta  globalización de  la vida  real,  es decir, abstracción de las  condiciones de posibilidad de la vida  humana. El mercado y el laboratorio hacen abstracción de la globalidad de la vida humana para llevar  a cabo su acción. Hacen abstracción de la redondez de la tierra, del hecho de que  nuestro planeta es un globo. Su imagen de la tierra es la de una planicie infinita en la cual  se destruye una parte para pasar a otra, sin tener que enfrentar nunca un problema global. Es una imagen pre-ptolemaica. Sólo por  eso puede desarrollar una acción –sea científi- ca, sea mercantil– que juzga al mundo bajo  el único aspecto de su racio- nalidad medio-fin, entendiendo los medios y los fines  como elementos parcializados de una acción por  calcular. Se abstraen del hecho de que la  realidad es  condición de  posibilidad de  la  vida  humana.  Luego, el sujeto de  este  método científico es un  observador –res cogitans frente a res extensa– y el sujeto de la acción mercantil es un  actor reducido al cálculo de las utilidades a partir de fines  específicos. En estas teorías de la acción no cabe  una finalidad como la condición de la posibilidad de la vida humana. Estas se refieren a la producción de productos según la racionalidad medio-fin, sin  hablar ni de la reproducción del productor que  produce estos  productos, de la naturaleza, de la cual  se extraen las materias primas para su producción.

De ahí  que  en nuestro lenguaje actual únicamente se hable de la globalización de los mercados y de la eficiencia, entendiendo a esta últi- ma estrictamente como una acción medio-fin. Se trata de una extensión global de la abstracción de la amenaza global existente. El método cien- tífico  usual se encuadra a la perfección en  esta  globalización. No pro- porciona sino  conocimientos aprovechables en el ámbito comercial. En efecto, no  puede proporcionar otros conocimientos, porque su  propio método no  le permite siquiera conocerlos. La  regla  consiste en  hacer abstracción de la globalización del mundo real y, en consecuencia, de la realidad como condición de posibilidad de la vida humana; y, por tanto, el conocimiento del mundo globalizado real  se le escapa. La teoría de la acción más  conocida aún hoy  es la de Max Weber, la cual  considera a tales  conocimientos como “juicios de valor”,  juicios que  –sostiene– la ciencia no puede ni debe  efectuar. Cuando Weber habla de la ética de la responsabilidad postula la responsabilidad del científico y del hombre económico de no dejarse llevar  por  consideraciones del tipo  de las que realizamos acerca de la globalización del mundo real.  Por  tanto, lo que Weber llama ética de  la responsabilidad es,  de  hecho, una ética de  la irresponsabilidad más  absoluta.

Ahora  bien, si tanto el mercado como el laboratorio viven  de la abstracción de la globalización del  mundo real  en  cuanto mundo glo- balmente amenazado, ¿por  qué se habla tanto de la globalización de los mercados?

EL  ABUSO DE  LA “GLOBALIZACIÓN REAL” EN  NOMBRE DEL  MERCADO

Hay otro aspecto de la globalización del cual hasta ahora no he hablado, y que  es destacado de modo unilateral por  la tesis  de la globalización de los mercados. Se trata de la globalización de los mensajes, los cál- culos, los transportes, y de la consiguiente disponibilidad del globo. En este  sentido, se habla de la “aldea planetaria”. Los mensajes y cálculos se han hecho prácticamente instantáneos, y desde cualquier lugar del globo  puede alcanzarse cualquier otro lugar en menos de un día en tér- minos del tiempo de transporte. El globo  ha sido  puesto a disposición.

Ello   ha  dado la  posibilidad de  constituir  mercados  globales, sobre todo, los  mercados financieros. Pero  también es  posible ahora constituir redes de  división social del  trabajo planificadas por  empre- sas multinacionales que  accionan globalmente. El aprovechamiento de esta  globalización de los mensajes ha llevado a una política económica denominada política de globalización. En América Latina se trata de lo que muchas veces se llama la política neoliberal de los ajustes estructu- rales. Estos son  la condición impuesta al mundo para el funcionamien- to de esta  economía global1.

Sin embargo, si partimos de nuestro análisis anterior del proceso de globalización real,  podemos volver  a insistir en que  este  proceso de globalización de los mercados se basa en la abstracción de la globaliza- ción  real.  Hace caso  omiso de ella, y tiene que hacerlo. La globalización de los mercados arrasa con  el mundo globalmente. De hecho, se trata más  bien  de una totalización de los mercados. Un mundo globalizado es sometido de  forma global a una acción mercantil de  cálculo lineal medio-fin, que  hoy  se  transforma quizás en  el mayor peligro para la sobrevivencia humana.

El propio hecho de  la posibilidad de  los  mensajes instantáneos no obliga a este tipo  de totalización de los mercados, aunque ella sea la condición sin  la cual  dicha totalización no  sería posible. Son  determi- nados poderes los que  imponen esta  política, que  de ninguna manera está  predeterminada por  las tecnologías de la comunicación.

 1 Ver el análisis de Dierckxsens (1997).

 HACIENDO TODO LO  QUE DA GANANCIAS: EL  MITO DE  LA EFICIENCIA

Tanto el método científico como la acción mercantil guiada por  el cri- terio de medios y fines,  no pueden realizarse sino  haciendo abstracción de la globalización a nivel  de la realidad. Por  consiguiente, hacen abs- tracción de  los  riesgos para las  condiciones de  posibilidad de  la  vida humana que  surgen a partir de esta  globalización. Aunque se hable de la globalización de los mercados, se trata de una abstracción global de la globalización a nivel de la realidad.

Pero al realizar tal abstracción, los efectos y los riesgos que surgen de la globalización a nivel de la realidad son invisibilizados. La abstrac- ción  no los hace desaparecer; en la realidad, tales  riesgos se mantienen. No  obstante, parecen carecer de  importancia y pueden ser  borrados con  facilidad en  nombre de  promesas vacías de  progreso técnico. En consecuencia, no hay una razón visible  para no seguir con el desarrollo técnico, y tampoco para poner en duda su aplicación comercial. La ac- ción  medio-fin del mercado y el método científico usual se conjuran. Se produce la conjura del mercado y el laboratorio. Incluso aparecen aho- ra  los mitos del progreso técnico bajo  nuevas formas, como es el caso del  mito de  un  progreso que  sería lo  suficientemente vigoroso como para superar, con  creces, las destrucciones que  él mismo produce.

Se evidencia el principio que  rige  este  modo de acción: lo que  es eficaz, por  eso es necesario y bueno. Lo que se puede hacer, debe  hacer- se. Además, para saber qué es lo que se puede hacer, hay que hacerlo. Al no reflexionar más  allá de la acción medio-fin, apenas aparecen límites aceptables para la acción. La mística del progreso borra todos los lími- tes. El progreso se transforma en el portador de la eficacia.

Sin  embargo, los límites aparecen. Pero  desde el punto de vista de la eficacia aparecen más  bien  como distorsiones para la acción ra- cional, reducida a la acción medio-fin. Por ende, desde esta  lógica, tales distorsiones son  percibidas como simples “interruptores” de la fluidez del mercado, y la teoría de las expectativas racionales las enfoca de esta manera (Lucas Jr. y Sargent, 1981).

SOLAMENTE LA RESISTENCIA TRAZA  LOS  LÍMITES

En efecto, los límites no aparecen en la lógica  de esta acción racional re- ducida, sino  exclusivamente a partir de la resistencia de seres  humanos y movimientos sociales que se oponen al proceso destructivo resultante del cálculo medio-fin. La acción medio-fin no  los descubre por  sí mis- ma.  Por  ello,  parecen ser  el resultado de irracionalidades de los otros, los que no se someten a la acción racional. Parecen ser el resultado de la mala voluntad, la envidia, el “populismo”. Y por  ello, también, aparece como ideal  de la lógica  del  mercado global la utopía de una situación en la cual  se lograría desregular o eliminar tales  “interruptores” en su totalidad, porque en  apariencia estos  obstaculizan el funcionamiento del  libre  mercado. El mercado total parece ser  el punto máximo en  el desarrollo de la racionalidad económica.

Aunque la  propia acción medio-fin no  descubre los  límites, de hecho se  le oponen límites a  partir de  la  resistencia de  las  personas afectadas. Por  lo tanto, esta  acción desarrolla un  criterio según el cual hay  que  extender los límites lo máximo posible. Toda  acción tiene que ser llevada al límite de lo posible para que todo lo posible sea realizado. Todo  ámbito humano es sometido a este  pensamiento de la eficacia y del aprovechamiento del conocimiento hasta el límite.

La unión del mercado y el laboratorio se transforma en una fuer- za totalizadora que llega a dominar globalmente. Sus directrices apare- cen en todos los planos.

EL  LÍMITE DE  LO  TOLERABLE

El general francés Massis decía durante la guerra de Argelia:  la tortura es eficaz;  por consiguiente, es necesaria. De lo eficaz  se pasa a la afirma- ción  de  la necesidad. Sin  embargo, la eficacia implica pasar el límite. La  tortura solamente es  eficaz  si lleva  al  torturado hasta el límite de lo aguantable. Es  como cuando hacemos la prueba de un  material: lo llevamos hasta un  límite que  marca el punto en el cual  este  se quiebra (Materialzerreißprobe). El problema, sin  embargo, es que  este  límite no se  puede conocer ex ante.  Cuando el material se  quiebra se  sabe  que se ha  pasado el límite; o sea,  ex post  conocemos su límite. El caso  del torturador es diferente. Muchas veces  supera el límite; en  ese  caso, el torturado ya ha muerto. La eficacia, sin embargo, necesita este concep- to de límite; precisa llevar  la prueba hasta este  extremo.

Desde  el comienzo de  la  ciencia empírica moderna, la  imagen del torturador está  presente. Hace más  de 300 años, Bacon anunció las ciencias de la naturaleza con esta  imagen: hay que torturar a la natura- leza  para que  suelte sus  secretos. Anunció las ciencias naturales como vivisección continua. Podría haber dicho lo mismo que  el general Mas- sis: la tortura es eficaz;  por  consiguiente, es necesaria.

De este modo, Bacon contestó al Gran Inquisidor español Tor- quemada, quien a finales del siglo  XV se hacía la siguiente pregunta:

¿Es  lícito no  torturar a un  hereje? Su  pregunta era negativa. No pre- guntaba si era lícito torturar al hereje, sino  si era lícito no torturarlo. Él mismo daba la respuesta: no es lícito no torturarlo, porque de esta manera se le robaría la última oportunidad para salvar su  alma eter- na.  El  hereje tenía el derecho irrenunciable de  ser torturado. Bacon únicamente secularizó esta posición poniendo en el lugar del alma eterna del hereje el progreso técnico infinito. De esta manera se hace visible  el hecho de que  la Inquisición fue  la revolución cultural de la cual  nació la modernidad.

El mismo Kant se inscribe en  esta  tradición expresada por  Ba- con.  Dice  en  el Prólogo a la segunda edición de  la Crítica  de la razón pura (1787):

La razón debe  acudir a la Naturaleza llevando en una mano sus prin- cipios, según los cuales tan  sólo los fenómenos concordantes pueden tener el valor  de leyes,  y en la otra el experimento, pensando según aquellos principios; así  conseguirá ser  instruida por  la Naturaleza, mas  no  en calidad de discípulo que  escucha todo lo que  el Maestro quiere, sino  en la de juez  autorizado que  obliga a los testigos a con- testar a las preguntas que  les hace (Kant, 1978)2.

La palabra “obliga”  (en  alemán, nötigt) implica el significado de  tortu- ra. Bacon, sin embargo, pensaba en la tortura de la naturaleza inclusive como paso para realizar el sueño humano. Pero la relación entre tortura, eficacia y límite de lo tolerable estaba establecida. Este conjunto contiene secretos que el ser humano tiene que revelar. En tanto cálculo de utilidad, se halla presente en toda nuestra conciencia moderna, en la ciencia em- pírica y en nuestras teorías. La vivisección es su principio fundante.

Hoy parecería que se está preparando un consenso sobre la amplia- ción  de este enfoque de la tortura hasta el ser humano mismo. Hace algu- nos  años, el primer ministro del Estado de Baja  Sajonia (Niedersachen) de Alemania, Albrecht, publicó un libro en el cual expuso que puede haber situaciones –por ejemplo, el chantaje amenazante para la vida de parte de un terrorista preso– en las cuales se puede justificar la tortura.

En 1996 el periódico español El País publicó una noticia titulada: “El Supremo israelí autoriza la tortura contra un prisionero político”:

Si todavía no  lo han hecho, agentes del  servicio secreto israelí co- menzarán a torturar legalmente a un estudiante palestino, sometién- dolo,  entre otros métodos, a violentas descargas como las que  hace un  año  causaron la muerte de un  prisionero palestino. Lo harán al amparo pleno de la ley israelí tras la controvertida decisión del Tri- bunal Supremo del Estado judío que,  revocando una decisión ante- rior, autoriza a los servicios de seguridad interior (Shin Bet)  a usar “presión física  moderada” en  el interrogatorio de  Mohamed Abdel Aziz Hamdán, acusado de actividades terroristas (El País, 1996: 8).

En el mismo diario se comenta: “‘Presión física  moderada’ no es sino un eufemismo para la tortura que  se practica en Israel, supuestamente la única democracia en Oriente Próximo”.

2 Ver también Augusto Serrano (1983).

 

La tortura masiva es presentada inclusive como un  dar  muerte para que  haya vida.  En este  sentido, puede servir una cita  de VanNatta, un  torturador prominente de Campo Delta,  en el campo de concentra- ción  de Guantánamo. VanNatta está  orgulloso de lo que  él y sus  tropas han logrado, y sostiene: “Se trata del año  más  importante que  haya vi- vido, porque estoy  convencido de que hemos salvado vidas”.  De regreso en Estados Unidos para dirigir la prisión de máxima seguridad al norte de Indianápolis, VanNatta decía:

Si todo resulta como creo  que resultará, [Campo Delta]  será  conside- rado como una prisión única en su tipo.  Si efectivamente la informa- ción  que  hemos recolectado permitió salvar vidas,  lo hecho allí será aplaudido como uno  de los movimientos más  inteligentes de los que se tuviera noticia. Sin embargo, si se comprueba lo contrario, enton- ces todo será  simplemente el producto de la acción arbitraria de una superpotencia (Washington Post, 16 de junio de 2004: 26).

Torturar hasta el límite sin  pasarlo, para que  se revele un  secreto. Eso  es Occidente desde los tiempos de Bacon. Obviamente, la tortura se nos pre- senta a la vez como un servicio a la misma vida que se está destruyendo.

Este  mismo principio aparece en el contexto de las relaciones so- ciales. Lester Thurow, economista del Massachusetts Institute of Tech- nology (MIT),  escribe que “los capitalistas americanos declararon a sus obreros la guerra de clases –y la han ganado”. En  una entrevista se le preguntó: ¿qué ocurrirá, según su opinión, con la economía globalizada moderna? Su respuesta fue que  estamos poniendo a prueba el sistema. Se trata de averiguar hasta dónde pueden caer  los salarios, cuánto pue- de subir la tasa de desempleo, antes de quebrar el sistema. “Yo creo  que los seres  humanos están retirándose cada vez más  [...] Estoy convenci- do de que los seres  humanos normalmente sólo aceptan las necesidades cuando entran en crisis”. Lo que  se pone a prueba no es únicamente el ser humano, sino  también el sistema. Son  las relaciones humanas mis- mas. No sólo el sistema es puesto a prueba, también la democracia.

Otro  periodista formula la siguiente pregunta: “¿Cuánto mercado aguanta la democracia?”. En  un  diario alemán se pregunta: “¿Cuánto deporte aguantan los Alpes?”.

Todo  es torturado: la naturaleza, las relaciones humanas, la de- mocracia y el ser humano mismo. Todo,  para que suelte sus secretos. Es el cálculo de utilidad (interés propio) el que  rige  y está  al acecho para destruirlo todo.

Todo  ocurre en nombre de la felicidad prometida como resultado de esta  utilidad calculada maximizada. El general Humberto Gordon, jefe  de  la Central Nacional de  Informaciones (CNI)  chilena, dijo:  “La Seguridad Nacional es como el amor: nunca es suficiente” (El Mercurio, 4 de diciembre de 1983).

 Este es el ministerio del amor de Orwell. Pero es también, obviamen- te, un retorno de Torquemada. Todo  es llevado al límite; sin embargo, nos damos cuenta del límite recién en el momento en que lo hemos pasado.

Cuando el torturado se muere, sabemos que hemos pasado  el límite. Cuando las relaciones  humanas ya no  resisten, sabemos que  hemos pasado  el límite  de lo aguantable.

Cuando la naturaleza es destruida irreversiblemente, sabemos que he- mos  pasado  el límite.

Sólo que,  a diferencia de la prueba del material, una vez pasado el lími- te no  hay  vuelta atrás. Conocemos el límite ex post,  pero este  saber ya no nos  sirve.  Es inútil. Nadie puede resucitar a los muertos.

Aquí reside el problema: pasar el límite es un  suicidio colectivo de la humanidad. El cálculo de utilidad los devora a todos.

Pasado el límite de lo tolerable, se ha pasado el punto de no-retor- no. Meadows, el responsable principal del Informe del Club de Roma del año  1972,  “Los límites del crecimiento”, respondió en una entrevista a la pregunta respecto de si querría realizar hoy un estudio de repercusiones parecidas: “Suficiente tiempo he tratado de ser un evangelista global, y he tenido que aprender que no puedo cambiar el mundo. Además, la huma- nidad se comporta como un  suicida, y no tiene sentido argumentar con un suicida una vez que ha saltado de la ventana” (Meadows, 1989: 118).

Eso  significa que,  según Meadows, se ha  pasado el punto de no- retorno en cuanto a la destrucción del medio ambiente. La conclusión correspondiente es, entonces, que  ya no se puede hacer nada. Pero  eso significa, a  la  vez,  que  se  puede seguir sin  preocupaciones porque el resultado es el mismo, se siga con  la destrucción actual o no.

No obstante, el punto de no-retorno es tan poco  calculable como los propios límites de lo aguantable frente al proceso del crecimiento económi- co. Solamente la muerte indica que se ha llegado al punto de no-retorno.

La lógica  de esta  argumentación es aparentemente implacable y, por ende, desesperante. Al buscar el aprovechamiento del proceso hasta el límite de lo tolerable, se avanza sin mayores preocupaciones. Una vez enfrentado a críticas concluyentes, se puede sostener que  se ha pasado el punto de no-retorno. La conclusión es que se puede continuar el mis- mo  proceso sin  mayores preocupaciones. Las  especulaciones sobre el límite de lo tolerable se borran y aparece un proceso de destrucción sin ningún límite, adornado por  las especulaciones sobre los límites de lo soportable y sobre el punto de no-retorno.

NECESITAMOS OTRO CONCEPTO DE  LO  ÚTIL

Resulta, pues, que  es  útil  oponerse al  cálculo de  utilidad. La  respon- sabilidad es útil  al oponerse a esta  totalización del cálculo de utilidad.

 Es útil,  y a la vez es una exigencia ética. La ética y la utilidad aparecen ahora en  la misma dimensión. Esta dimensión es al mismo tiempo la dimensión de la globalización del mundo real,  en la cual  el asesinato es un  suicidio. Según el cálculo de utilidad es útil  arrasar con  los bosques amazónicos. Sin embargo, es útil  no hacerlo. Se trata de esta  utilidad.

Esta parece ser la respuesta. El no torturar es útil,  aunque no se obtenga la  información que  la  tortura podría propiciar. Es  útil  man- tener las  relaciones sociales vivas,  aunque haya menos ganancias. Es útil  conservar la naturaleza, aunque las tasas de crecimiento sean más bajas. Realizar eso  que  es útil  es a la vez una exigencia de la ética. La ética es útil;  sin  embargo, se encuentra en  un  conflicto constante con la maximización de los beneficios mediante el cálculo de la utilidad. Lo responsable es basarse en esta  ética.

Ahora  bien, esta  posición tiene un  presupuesto básico: el presu- puesto del reconocimiento del otro como sujeto más  allá  de cualquier cálculo de utilidad. Reconocimiento no sólo  del otro ser  humano, sino también de cualquier ser natural del mundo que  nos  rodea. Es necesa- ria una constante relativización del cálculo de utilidad para asegurar la condición de posibilidad de la vida humana.

La cultura de la seguridad, de la cual  hoy se habla tanto, no pue- de actuar sino  con base  en este reconocimiento del otro. El miedo es un mal consejero. No lleva de ninguna forma automáticamente a la opción de la seguridad. Con mucha más  probabilidad lleva al heroísmo del sui- cidio  colectivo de la humanidad, a la marcha de los nibelungos.

Tenemos que  basarnos en la afirmación del otro más  allá del cál- culo  de la utilidad. Y eso es al mismo tiempo útil  y responsable. Única- mente así  se pueden fundamentar los derechos humanos. Inclusive el reconocimiento de la naturaleza más  allá  de cualquier cálculo de utili- dad  y de su derecho a no ser destruida es un derecho humano.

BIBILIOGRAFÍA

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Perry Anderson*

 

 

Las ideas y la acción política en el cambio histórico**

 

 

* Profesor de Historia en la Universidad de California, Los Ángeles  (UCLA).

** Traducción de Bárbara Schijman. Revisión de Atilio A. Boron.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿CUÁN IMPORTANTE ha sido  el papel de las ideas en las convulsiones políticas que  marcaron grandes cambios históricos? ¿Son  ellas  meros epifenómenos de  procesos sociales y condiciones materiales más  pro- fundas, o poseen un  poder autónomo decisivo como fuerzas de movili- zación política? Contrariamente a las apariencias, las respuestas dadas a estas preguntas no  dividen fuertemente a la izquierda de la derecha. Muchos conservadores y liberales han exaltado, naturalmente, la signi- ficación sobresaliente de nobles ideales y valores morales en la historia, denunciando a aquellos radicales que  insisten en que  las contradiccio- nes  económicas son  el motor del cambio histórico, como sostienen los materialistas. Ejemplares modernos y famosos de  tal idealismo de  la derecha incluyen figuras como Friedrich Meinecke, Benedetto Croce o Karl Popper. Entre estos pensadores, Meinecke utiliza una metáfora pictórica al decir que  las  ideas, llevadas y transformadas por persona- lidades vivas,  constituyen el lienzo de  la vida  histórica. Pero podemos encontrar otras figuras notables de la derecha que  atacan las ilusiones racionalistas que  adjudican importancia a las doctrinas artificialmente creadas. Estas figuras esgrimen contra tales ilusiones las  costumbres, tradiciones e incluso instintos biológicos como instancias mucho más duraderas y significativas. Friedrich Nietzsche, Lewis  Namier y Gary Becker fueron –desde distintos puntos de vista– teóricos de los intereses materiales, resueltos a desacreditar irónicamente las reivindicaciones de valores éticos o políticos. La teoría contemporánea de la elección racio- nal, hegemónica sobre extensas áreas de la ciencia social anglosajona, es el paradigma contemporáneo más  conocido de este tipo.

La  misma bifurcación, sin  embargo, se  puede encontrar en  la izquierda. Si  observamos a grandes historiadores modernos de  la  iz- quierda, encontramos una completa indiferencia respecto del papel de las ideas en Fernand Braudel, contrastada con  un  apego apasionado a ellas  en R. H. Tawney. Entre los mismos marxistas británicos, ninguno confundiría la posición de Edward Thompson –cuyo  trabajo a lo largo de toda su vida fue una polémica contra lo que  veía como un  reduccio- nismo económico– con  la de Eric  Hobsbawm, quien en su Historia del siglo XX no  contempla capítulo alguno dedicado al rol  de las ideas. Si prestamos atención a los líderes políticos, vemos que  la misma oposi- ción  se repite aún más  enfáticamente. “El movimiento es todo, el fin es nada”, anunció Bernstein. ¿Podría haber una desvalorización más  drás- tica  de principios o ideas a favor  de procesos objetivos absolutos? Ber- nstein creía que era leal a Marx  cuando pronunció este dictamen. En el mismo período, Lenin declaró –en una máxima igualmente famosa, de efecto exactamente antitético– algo  que  todo marxista debe  saber: “sin una teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario”. El contraste aquí no era simplemente entre el reformista y el revolucio- nario. En  las  filas  de la izquierda revolucionaria misma, encontramos igual  dualidad. Para Rosa  Luxemburgo, “en el comienzo fue la acción”; ninguna idea  preconcebida, sino  simplemente la acción espontánea de las masas, fue  el punto de partida de todo cambio histórico principal. Los  anarquistas nunca dejaron de  concordar con  ella.  Para Antonio Gramsci, por  otro lado,  el movimiento obrero nunca podía conseguir victorias duraderas a menos que alcanzara una ascendencia en el plano de  las  ideas –lo que  llamó una hegemonía cultural– sobre la sociedad en  su  conjunto, incluyendo sus  enemigos. Presidiendo sus  respectivos estados, Stalin, por  un  lado,  confió la  construcción del  socialismo al desarrollo material de fuerzas productivas; mientras que Mao, por otro, se encomendó a una revolución cultural capaz de transformar mentali- dades y costumbres.

¿Cómo ha  de  ser  resuelta esta  antigua oposición? Las  ideas se presentan en diferentes formas y tamaños. Aquellas pertinentes a cam- bios  históricos principales han sido  típicamente ideologías sistemáti- cas.  Nuestro colega Göran Therborn ha  ofrecido una elegante y pene- trante taxonomía de  esta  cuestión en  un  libro cuyo  mismo título, La ideología  del poder  y el poder  de la ideología,  propone una agenda para nuestro tema. Él  divide  a  las  ideologías en  existenciales e históricas, de  tipo  inclusivo y posicional. De este  modo, aquellas que  han tenido el mayor alcance, espacial o temporal, han sido  caracterizadas por  un rasgo que,  para nuestro propósito, fue tal vez mejor captado por  el con- servador inglés T. S. Eliot, en  su  libro Notas para una  definición de la cultura. Podemos sustituir fácilmente la palabra cultura por  el término ideología.  La observación clave  de  Eliot fue  que  todo gran sistema de creencias constituye una jerarquía de diferentes niveles de complejidad conceptual, que  incluye construcciones intelectuales sumamente sofis- ticadas –accesibles sólo  para una elite  educada– en  la cima, versiones más  amplias y menos refinadas en niveles intermedios, y las simplifica- ciones más  crudas y elementales en un  nivel  popular. Todo  esto  unido, sin  embargo, por  un  lenguaje único y apoyado por  la correspondiente serie  de  prácticas simbólicas. Sólo  un  sistema totalizador como este, argumentó Eliot, merecía la denominación de cultura real  y era  capaz de generar grandes manifestaciones artísticas.

Eliot pensaba, por  supuesto, en  la  Cristiandad como el princi- pal  ejemplo de tal  sistema, uniendo las  especulaciones teológicas más arcanas con  prescripciones éticas familiares e ingenuas supersticiones populares en  una única creencia que  lo abarcaba todo, sostenida por historias e imágenes sagradas de un  acervo común de fuentes bíblicas. Las religiones mundiales que emergieron en la denominada “Era  Axial” ofrecen ciertamente una sorprendente primera prueba de cualquier hi- pótesis sobre el papel de  las  ideas en  los  grandes cambios históricos. Pocos podrían dudar del  enorme impacto de  estos  sistemas de  creen- cias  sobre vastas áreas del  mundo, y a través del  milenio. Ni siquiera es fácil  identificar sus  orígenes en agitaciones sociales precedentes, en cualquier escala comparable, con  su propia difusión e influencia trans- formadora. A lo sumo, podemos decir que  la reciente unificación del mundo mediterráneo por el Imperio Romano proporcionó un favorable marco institucional para la propagación de  un  monoteísmo universa- lista,  tal como la Cristiandad, o que  era  probable que,  bajo  presión de- mográfica, un nomadismo militarizado en un entorno desértico tarde o temprano encontrara una expresión religiosa distintiva, como el Islam. La desproporción entre causas imputables y consecuencias comproba- bles se presenta como un argumento fuerte a favor  de otorgar un singu- lar –y aún extraordinario– poder autónomo a las ideas en las civilizacio- nes de aquella época. El impacto político de estas religiones no era,  por supuesto, exactamente comparable. La  Cristiandad transformó desde el interior y gradualmente al universo imperial existente, sin  ninguna alteración significativa de su estructura social. Pero  al crear en la Iglesia un  complejo institucional paralelo al estado, que  sobrevivió al colapso definitivo del imperio, aseguró continuidades culturales y políticas mí- nimas para el subsiguiente surgimiento del  feudalismo. El Islam, por contraste, redibujó de  repente el mapa político del  Mediterráneo y el Medio Oriente en  su  conjunto, mediante un  ataque militar relámpa- go. Estamos aún en la Antigüedad, sin  embargo. En  cualquiera de los dos  casos, las ideas que  conquistaron la región lo hicieron sin  aquello que  luego  describiríamos como batalla de ideas. No se mantuvo ningu- na  batalla ideológica sostenida entre paganos y cristianos, o cristianos y musulmanes, puesto que  las  condiciones de  fe dieron una vuelta de campana en  Roma o El Cairo. La  conversión procedió esencialmente por  ósmosis o por  la fuerza, sin un choque ideológico articulado.

Al movernos a  la  época moderna, las  cosas son  diferentes. La Reforma Protestante, a diferencia de la enseñanza de Cristo o Mahoma, fue un sistema doctrinal escrito –o más  bien  un conjunto de ellos– desde el principio, desarrollado en  los  polémicos textos de  Lutero, Zwinglio o Calvino, antes de que  se convirtiera en una fuerza principal o en un poder institucional. Menos distante en el tiempo, es más  fácil  rastrear las condiciones sociales y materiales inmediatas de su surgimiento: la corrupción del  Catolicismo renacentista, el  aumento del  sentimiento nacional, el acceso diferencial de  estados europeos al Vaticano, la lle- gada de la imprenta, y más. Lo impactante es ahora algo  diferente: la aparición de la Contrarreforma dentro de la Iglesia Católica, y con  esto una acérrima lucha ideológica entre los  dos  credos, sostenida en  los niveles más  altos del debate metafísico e intelectual, así  como en todo medio conocido de  propaganda popular –debemos el  término a  esta época–, que  desata una serie  titánica de  rebeliones, guerras y guerras civiles  a través de Europa. Aquí las ideas aparecen para desencadenar y dar  forma al cambio histórico. En efecto, ninguna de las revoluciones siguientes habrían de estallar tan  directamente por  cuestiones intelec- tuales como la primera gran subversión en  la cadena suscitada por  la creación del  estado moderno en  Europa: la sublevación de  los  Países Bajos  contra España en el siglo XVI, y la Gran Rebelión y la Revolución Gloriosa en Inglaterra en el siglo XVII. En los tres  casos, el precipitante inmediato de la revolución fue un  estallido de pasión teológica: la rup- tura de imágenes sagradas en nombre de la pureza bíblica en los Países Bajos, la imposición de un  nuevo catecismo en Escocia, la amenaza de tolerancia hacia los católicos en Inglaterra.

Por  comparación, los  estallidos de  la  Revolución  Americana  y Francesa en el siglo XVIII fueron, en mayor medida, determinados ma- terialmente. En  ningún caso, un  sistema de ideas desarrollado motivó el asalto inicial sobre el viejo –colonial o monárquico– orden. Efectiva- mente, en  las  colonias de  América del  Norte, estrechos intereses eco- nómicos –antipatía por  la exigencia de impuestos para pagar los costos de la protección contra los indios y franceses– pusieron en marcha una rebelión contra la monarquía británica; mientras que  en  Francia, una crisis fiscal  disparada por  el costo de ayudar a los rebeldes americanos forzó  la convocatoria de  una conocida institución feudal, los  Estados Generales, cuyas reformas fueron rápidamente echadas por  la  borda por  la erupción del descontento de las masas en el campo y en las ciu- dades, bajo  la presión de  una mala cosecha y los  altos precios de  los granos. En  ambos casos, el colapso del  viejo  orden fue  un  proceso no premeditado, en  que  predominaron quejas de  tipo  material más  que ideológicas. En el fondo, sin embargo, yace la cultura crítica de la Ilus- tración –un  enorme depósito de  ideas y discursos potencialmente ex- plosivos, que  aguardaban justamente tales  condiciones de emergencia para ser  activados. Este  arsenal de iconoclastia preexistente fue el que convirtió una desintegración del orden establecido en la revolucionaria creación de  uno  nuevo, así  como de  un  imaginario ideológico con  el cual aún vivimos hoy. Los ideales de la Revolución Americana y –por so- bre todo–  los de la Revolución Francesa han permanecido como activos inspiradores para la acción política mucho tiempo después de que  las instituciones que  cada una levantó se fosilizaran o fueran olvidadas.

Si el legado principal de las religiones mundiales fue la introduc- ción  de  una idea  metafísica de  universalismo, y la herencia principal de  la Reforma fue  la introducción del  individualismo, el legado ideo- lógico  que  dejaron las  revoluciones en  el Siglo  de  las  Luces descansa esencialmente en  las  nociones de  soberanía popular y derechos civi- les. Estas eran todavía tan  sólo  los medios formales para la libre  deter- minación de la forma de una sociedad, algo  que  estaba por  acontecer por  primera vez en la historia. ¿A qué  debía asemejarse esa  forma que establecía los contenidos del  bienestar colectivo? Esta fue  la pregunta que  el advenimiento de la revolución industrial planteó al siglo  XIX. Y a este  interrogante se ofrecieron tres  tipos de  respuestas. Hacia 1848, los  grandes campos de  batalla de  la  era  habían sido  desplegados. El Manifiesto Comunista, confronta a Europa con  la alternativa que  luego se plantearía a lo largo del planeta: ¿capitalismo o socialismo? Por  pri- mera vez, la humanidad se enfrentó a principios de organización social bien  definidos y radicalmente antitéticos. Pero  existía una asimetría en su formulación. El socialismo fue objeto de una extendida, abigarrada y auto-declarada teoría que  lo definía como un  movimiento político y un objetivo histórico. El capitalismo, en el siglo XIX y en la mayor parte del XX, rara vez, si es que alguna vez lo hizo,  mencionó su propio nom- bre  –el término fue un  invento de sus  oponentes. Defensores de la pro- piedad privada, del statu quo,  apelaron a concepciones más  parciales o tradicionales, invocando principios conservadores o liberales antes que cualquier ideología expresamente capitalista. Dichos principios estaban lejos de ser un sustituto fidedigno. No pocos pensadores conservadores –Carlyle o Maurras– expresaron una feroz  antipatía hacia el capitalis- mo,  mientras que  algunos teóricos liberales –Mill  o Walras– miraron con  aprobación las  versiones más  moderadas de socialismo. Si observamos el rol de las ideas en el siglo XIX, es claro que el socialismo –más que nada en su versión marxista, y, por  tanto, en la versión materialista más  intransigente– desplegó una capacidad mucho más  movilizadora y expansiva en la acción política que  su oponente. No es casualidad que nadie hablara de  un  movimiento capitalista. El  poder del  orden esta- blecido descansaba, aún en gran medida, en la tradición, la costumbre y la fuerza más  que  en cualquier conjunto de ideas teóricas. Hacia me- diados del siglo  XX, por  otro lado,  el socialismo como idea  encontraba adherentes en un  ámbito geográfico más  extenso que  el alcanzado por cualquier religión mundial.

Sin  embargo, el universo ideológico no se agotó en estos  opues- tos.  Había otra fuerza motora importante en marcha en esta  época, di- ferente de las dos ya mencionadas. Ya en 1848,  el nacionalismo demos- tró ser, en Europa, un movimiento aún más  poderoso que el socialismo en tanto factor de movilización. Dos peculiaridades lo definieron desde el principio como una idea  política, mucho antes de que  se propagara triunfalmente en el resto del mundo. Por  un  lado,  produjo muy  pocos pensadores importantes u originales, con  una rara excepción ocasional como Fichte. Como  doctrina articulada, era,  en comparación, más  po- bre  y superficial que  sus  dos  coetáneas. Por  otro lado,  por  su  relativo vacío  conceptual, era  sumamente plástica, y podía entrar en una gran variedad de combinaciones tanto con el capitalismo como con el socia- lismo –produciendo estos  últimos el chauvinismo que  desató la guerra inter-imperialista de 1914  y el fascismo que  desencadenó su desenlace en 1939,  por  un  lado,  y los movimientos revolucionarios de liberación nacional en el Tercer Mundo, por  el otro. El triunfo del ideal  nacional a través del mundo ha demostrado la ausencia de cualquier correspon- dencia necesaria entre sistema e impacto; entre la  profundidad inte- lectual y el alcance de una ideología y su  poder de movilización en  el mundo moderno.

El inicio del  siglo  XX exhibió un  grupo de  revoluciones impor- tantes en estados clave de la periferia del mundo imperialista: en orden cronológico, México, China, Rusia y Turquía integran una significativa serie  de contrastes. El rol  de las  ideas en  la definición de la dirección y el resultado del proceso revolucionario fue de mayor importancia en Rusia y China, la movilización popular más  fuerte tuvo  lugar en Méxi- co y Rusia, y el llamamiento nacionalista más  poderoso se produjo en Turquía. La revolución republicana de  1911  en  China fracasó, pero el intenso fermento intelectual detrás de ella  permaneció vivo; tan  es así que  sus  tributarios desembocaron al final  en  la revolución comunista que triunfó en 1949. La recuperación kemalista en Turquía supuso muy pocas ideas –más  allá  de la salvación nacional– antes de importar una variedad ecléctica de ellas  una vez que  el nuevo régimen fue estableci- do.  La  Revolución Rusa y la Revolución Mexicana –sin  duda las  mayores  insurrecciones de este  período– son  las  que  ofrecen el contraste más  impactante. En  México, explotó una masiva convulsión social que se extendió por  el curso de una década sin  ningún sistema importante de ideas que  la iniciara o que  emergiera de ella. En términos puramen- te  doctrinales, la única ideología desarrollada del  período perteneció, no  a los  revolucionarios, sino  al régimen que  ellos  derrocaron –el po- sitivismo de  los  “científicos” del  Porfiriato. Aquí,  los  actos políticos a escala gigantesca se llevaron a cabo solamente fundados en  nociones elementales de justicia institucional o social: una lección enorme para cualquier visión  demasiado intelectualista de un dramático cambio his- tórico. Sólo  los mexicanos pueden decir cuál  fue el precio final  pagado por  la  facticidad de  la  Revolución, una vez  que  el  estado priísta fue configurado a partir de Obregón en adelante.

La Revolución Rusa siguió un  patrón muy  diferente. El zarismo fue  derrocado por  el espontáneo descontento de las masas, provocado por  el hambre y las privaciones resultantes de la guerra –un  comienzo en el plano de las ideas mucho más  inocente que  en el caso  de la rebe- lión  de Madero en  México. En  un  plazo de pocos meses, los bolchevi- ques  habían accedido al poder como resultado de la agitación popular en torno a cuestiones no menos elementales que aquellas que movieron a Zapata o Villa:  pan, tierra y paz.  Una  vez  en  el poder, no  obstante, Lenin y su  partido tuvieron a su  disposición la ideología política más sistemática y exhaustiva de la época. Aquí, la relación entre las causas y la naturaleza de la revolución –la tensión entre orígenes materiales y objetivos ideales– no  era  diferente de  aquella que  produjo el régimen jacobino del Año II en Francia, pero era  mucho más  extrema. Tanto las hazañas como los crímenes del estado soviético llevados a cabo por  los bolcheviques empequeñecieron aquellos del estado del PRI,  terminan- do siete  décadas más  tarde en una muerte mucho más  apocalíptica –el precio de un homérico voluntarismo ideológico.

Los efectos de la Revolución de Octubre, por su puesto, no se limi- taron a Rusia. Hacia el final  de su vida,  Marx  imaginó la posibilidad de que  Rusia eludiera el pleno desarrollo capitalista mediante el estallido de un levantamiento popular que  produciría una reacción revoluciona- ria  en cadena en Europa. Esta era  esencialmente la concepción detrás de la estrategia de Lenin: no existía fe alguna en la posibilidad de cons- truir el socialismo en un  estado aislado y atrasado como Rusia; toda la esperanza se concentraba en el hecho de que  el ejemplo soviético deto- naría revoluciones proletarias alrededor de Europa, en sociedades don- de existieran las condiciones materiales para una libre  asociación de los productores y un  elevado nivel  de productividad industrial. La historia tomó la  dirección contraria: obstrucción de  cualquier posibilidad de revolución en el avanzado Occidente, propagación de la revolución en sociedades aún más  atrasadas del Este. Así, el enorme éxito  político del marxismo parecía ser  la mejor refutación de sus  propias presuposicio- nes teóricas. Lejos de las superestructuras y siguiendo la determinación de las infraestructuras económicas –sistemas ideales reflejando prácti- cas materiales– la ideología del marxismo-leninismo, en su forma más o menos estalinista, se mostró capaz de generar, en escenarios sin capi- talismo, sociedades superiores a este.  Eso  dio  origen, dentro del  mar- xismo mismo, a la noción popular en los sesenta y setenta según la cual las relaciones de producción en efecto tenían primacía sobre las fuerzas de producción, e incluso las definían. Pero  los argumentos de Marx  no serían tan  fácilmente refutados: finalmente, las fuerzas productivas sa- borearon su venganza con  el colapso de la URSS,  puesto que  la mayor productividad económica de los países en los que  la revolución debería haber tenido lugar, pero no sucedió así,  terminó aplastando a aquellos en los que  la revolución se realizó efectivamente.

¿Cuál  era  el lugar de  las  ideas del  otro lado  de  esta  lucha? El déficit ideológico del capitalismo en tanto orden establecido nunca fue realmente remediado en su batalla contra el comunismo. El término en sí mismo continuó perteneciendo esencialmente al enemigo, como un arma contra el sistema antes que  como su  propia auto-descripción. A mediados de siglo,  sin embargo, el comienzo de la Guerra Fría  planteó una batalla frontal y terminal entre dos  bloques antagónicos, lo  que requería de una disposición ideológica caracterizada por  niveles de in- tensidad y eficacia desconocidos hasta el momento. El resultado fue la redefinición “estándar” en  Occidente de  los  términos del  conflicto: no se trataba de capitalismo versus socialismo sino  de democracia contra totalitarismo, o del  Mundo Libre contra aquel prefigurado en  el libro de George Orwell, 1984.  Cualesquiera que  fueran las mayores hipocre- sías  de  esta  construcción –el así  llamado “Mundo Libre”  incluyó, por supuesto, muchas dictaduras militares y estados policiales–, ellas  se correspondían con  ventajas reales del  Occidente noratlántico sobre el Oriente estalinista. En  la competencia entre los bloques, la bandera de la democracia fue un activo decisivo allí donde menos se la requería, en- tre las propias poblaciones de las sociedades del capitalismo avanzado, que  no necesitaban ser  persuadidas respecto de la superioridad de sus propias condiciones de vida.  Tuvo  un  efecto mucho menor, por  obvias razones, en  el mundo poscolonial y semi-colonial, hasta poco  tiempo atrás dominado de forma despótica por  las mismas democracias occi- dentales. En  Europa Oriental y –efectivamente en un  grado menor– en la Unión Soviética, las imágenes de Orwell tuvieron más  resonancia,  y las emisiones de Radio  Free Europe o Radio  Liberty,  que  predicaban los méritos de la democracia norteamericana, contribuyeron, desde luego, a la victoria final  en  la Guerra Fría. Pero  la razón central del  triunfo del capitalismo sobre el comunismo descansa más  cerca del hogar, en el magnetismo de  un  consumo material de  niveles mucho más  elevados,  que  al final  arrastró irresistiblemente a la órbita de Occidente no solamente a las masas desvalidas sino  también a las elites  burocráticas del bloque soviético. Para decirlo sencillamente: la ventaja comparativa del “Mundo Libre”  que  determinó el resultado del conflicto yace  en el dominio del shopping más  que  en el del sufragio.

El final  de la Guerra Fría ha  traído una configuración totalmente nueva. Por primera vez  en  la  historia, el capitalismo se  proclama a sí mismo como tal, en  una ideología que  anuncia la  llegada a un  punto final  en el desarrollo social, con  la construcción de un  orden ideal  basa- do en el libre mercado, más  allá  del cual  no se puede imaginar ninguna mejora sustancial. Tal  es  el mensaje central del  neoliberalismo, el sis- tema de  creencias hegemónico que  ha  dominado al mundo durante la década pasada. Sus  orígenes se encuentran en  la época inmediata a la posguerra. En aquel momento, el orden establecido en Occidente estaba aún obsesionado por el shock de la Gran Depresión y se enfrentaba a los fortalecidos movimientos laborales que  surgían después de la Segunda Guerra Mundial. Para evitar el peligro de cualquier retorno a la Primera Guerra, y para integrar las  presiones acumuladas durante la Segunda, los gobiernos adoptaron por todas partes políticas económicas y sociales diseñadas para controlar el ciclo económico, sostener el empleo y ofrecer alguna seguridad material a los menos pudientes. El control keynesiano de la demanda y el estado de bienestar socialdemócrata eran el sello de la época, asegurando niveles de intervención estatal y de redistribución fis- cal nunca antes conocidos en el mundo capitalista. Despotricando contra esta ortodoxia gobernante, una pequeña minoría de pensadores radicales denunciaron todo tipo de dirigismo como fatal en el largo plazo para el dinamismo económico y la libertad política. Friedrich von Hayek fue el líder intelectual y organizador clave de este disenso neoliberal, reuniendo a espíritus compañeros alrededor del  mundo en  una red de  influencia semi-clandestina, la Sociedad de  Mont Pelerin. Por un  cuarto de  siglo, este agrupamiento permaneció al margen de una opinión respetable, y sus puntos de vista fueron desatendidos o ridicularizados.

Sin  embargo, con  el  comienzo de  la  crisis estangflacionaria a principios de los setenta y el ingreso de la economía capitalista mundial a la prolongada recesión de las  subsiguientes décadas, esta  rigurosa e intransigente doctrina adquirió una extraordinaria gravitación. Hacia los años ochenta, la derecha radical había tomado el poder en Estados Unidos y Gran Bretaña, y por  todas partes los gobiernos estaban adop- tando las prescripciones neoliberales para hacer frente a la crisis: recor- te de impuestos directos, desregulación de mercados laborales y finan- cieros, debilitamiento de sindicatos, privatización de servicios públicos. Hayek, un profeta sin honores en su propia tierra durante los cincuenta y sesenta, era  ahora consagrado por  Reagan, Thatcher y otros jefes  de estado como el visionario de  la época. El  colapso del  comunismo soviético al final  de la década apareció como la reivindicación adecuada para su creencia, sostenida por  largo tiempo, según la cual  el socialis- mo  no era  más  que  un  “preconcepto optimista pero fatal”.  Pero  fue en los noventa, cuando la Unión Soviética ya había desaparecido y Reagan y Thatcher habían abandonado la  escena, que  el  dominio neoliberal alcanzó su apogeo. Entonces, sin la oposición “amigo-enemigo” propia de la Guerra Fría, y sin ninguna necesidad para la derecha radical de es- tar  en el poder, fueron gobiernos de centro-izquierda los que  aplicaron imperturbablemente en  el mundo capitalista las  políticas neoliberales de sus predecesores, con un reblandecimiento de la retórica y mediante el otorgamiento de concesiones secundarias, pero aun así con  una ten- dencia política consistente tanto en Europa como en EE.UU. La prueba de una verdadera hegemonía neoliberal –como opuesta a una mera do- minación– es su habilidad para dar  forma a ideas y acciones, no tanto de sus  defensores declarados, sino  de sus  adversarios nominales. Apa- rentemente, los regímenes de Clinton y Blair, de Schroeder y D’Alema, para no  hablar de Cardoso y De la Rúa,  llegaron al poder repudiando las  duras doctrinas de  acumulación e inequidad que  reinaron en  los ochenta. En la práctica, ellos las han preservado o extendido.

Más  allá  de la transfiguración de la centro-izquierda en  la zona del Atlántico Norte, la hegemonía neoliberal se ha extendido en el mis- mo período a los rincones más  lejanos del planeta. Se pueden encontrar fervientes admiradores de Hayek o Friedman en ministerios de Hacien- da por  doquier, desde La Paz a Beijing, Auckland a Nueva Delhi,  Moscú a  Pretoria, Helsinki a  Kingston. El  reciente libro de  Daniel Yergin y Joseph Stanislaw, The  Commanding Heights, ofrece una recorrida pa- norámica de  la “gran transformación” de  nuestro tiempo, tan  radical y a la vez de  alcances infinitamente mayores que  la que  Karl  Polanyi describiera al escribir acerca del  advenimiento del  liberalismo clásico en la época victoriana. A diferencia de Polanyi, por  supuesto, el relato de  Yergin sobre la  victoria mundial del  neoliberalismo está  colmado de entusiasmo por  el cambio liberador que  traen consigo los mercados libres. Junto a estos  aparece el segundo logro  principal de la década pa- sada: la cruzada por  los derechos humanos conducida por  EE.UU. y la Unión Europea. No todo intervencionismo es desaprobado por el orden neoliberal: si el tipo  de  economía no  da  resultados, el recurso militar es  practicado y aplaudido como nunca antes. Si  la  Guerra del  Golfo, evidentemente llevada a cabo para asegurar los intereses de Occidente en el petróleo, respondía aún a un patrón más  antiguo, su desenlace ha establecido nuevos parámetros. El  bloqueo a  Irak, con  una increíble intensificación de  bombardeos por  parte de  Clinton y Blair, constitu- ye una iniciativa “humanitaria” puramente punitiva. El  desencadena- miento en gran escala de la guerra en los Balcanes con  un  bombardeo aéreo relámpago sobre Yugoslavia no necesitó a las Naciones Unidas ni siquiera como “hoja  de parra” para disimular la acción de la OTAN sino hasta después del evento. En  nombre de los derechos humanos, la ley internacional ha  sido  redefinida unilateralmente para ignorar la sobe- ranía de cualquier estado menor que  realice acciones que  provoquen el disgusto de Washington o Bruselas.

Es la versión del neoliberalismo de la centro-izquierda la que  ha puesto en  marcha esta escalada de  prepotencia militar. Pero la visión esencial del  poder imperial estaba allí  en  la  doctrina original misma. Hayek, después de  todo, fue  pionero en  el concepto del  bombardeo a países reacios a la voluntad angloamericana, exigiendo ataques aéreos relámpago sobre Irán en 1979 y sobre Argentina en 1982. La concepción de hegemonía gramsciana –poder de persuasión ideológica– enfatizó el consentimiento que  funcionaba para garantizar la estabilidad y previsi- bilidad de un  orden social. Pero no  fue  nunca su  intención minimizar, ni mucho menos olvidar, su necesario respaldo en la represión armada. En  su opinión, “consentimiento más  coerción” era la fórmula plena de un orden hegemónico. El universo neoliberal de la década pasada ha re- unido ampliamente ambos requisitos. Hoy no hay  alternativa a esto, se trata de un sistema gobernante de ideas de alcance planetario. Estamos refiriéndonos a la ideología política más  exitosa en la historia mundial.

Están aquellos que impugnarían apasionadamente la precedente afirmación. Las  supuestas objeciones contra esta  dicen más  o menos lo que  sigue. Debemos estar alertas, se  afirma, contra los  peligros de sobrestimar la influencia de las doctrinas neoliberales como tales. Des- de luego, los tiempos han cambiado desde los cincuenta o sesenta. Los mercados han adquirido más  poder a expensas de los estados, y la clase trabajadora no es más  la fuerza que  alguna vez fue.  Pero  en los países avanzados, al  menos, el  gasto público continúa siendo elevado y los sistemas de asistencia permanecen más  o menos intactos. La situación se ha  modificado mucho menos de  lo que  puede parecer en  la super- ficie.  Es  un  error pensar que  las  ideas neoliberales han marcado una diferencia significativa: constantes  sociológicas de  gran profundidad han mantenido el consenso de la posguerra en su lugar. De hecho, aun en  el reino de  las  ideas mismas, hoy  muchos más  políticos rechazan la  cruel y estrecha medicina del  neoliberalismo, cuyo  radio de  atrac- ción  actual es muy  limitado. Después de todo, ¿no  han dejado esto  en claro Clinton y Blair  cuando trataron de  inventar una “Tercera Vía”, expresamente equidistante tanto del  neoliberalismo como del  antiguo estilo estatista? Asimismo, ¿qué puede decirse del firme compromiso de Gerhard Schroeder por  un Neue Mitte –un Nuevo  Centro– o de la fuerte declaración de  principios por  parte de  Lionel Jospin a  favor  de  una economía de mercado, pero enfáticamente en  contra de una sociedad de mercado? Incluso en Rusia, ¿no  ha  dado el presidente Putin signos alentadores de una creativa combinación de libertades de mercado con las mejores tradiciones rusas de un estado fuerte? Tal es, más  o menos, el mensaje de consuelo acercado a nosotros por  bienintencionados ex- pertos de izquierda. El reciente libro de John Gray,  False Dawn (1998), ofrece un ejemplo elocuente al respecto.

Entre estas objeciones, algunas tienen más  peso  que  otras. Es perfectamente cierto, por  supuesto, que  no  ha  de  atribuírseles a  las ideas neoliberales un poder mágico de persuasión política. Como  todas las grandes ideologías, esta  también requiere de una serie  de prácticas materiales –instrumentales y rituales– para su  sostén social. La  base práctica de la hegemonía neoliberal se encuentra hoy en la primacía del consumo –de bienes y servicios mercantilizados– en la vida diaria de so- ciedades capitalistas contemporáneas, que ha alcanzado nuevos niveles de intensidad en los pasados veinte años, y en el aumento de la especu- lación como un  eje central de  la actividad económica en  mercados fi- nancieros a nivel mundial, que penetra en los poros del tejido social con la práctica del marketing masivo de fondos mutualistas y de pensiones

–un desarrollo del que sólo estamos presenciando los comienzos– mien- tras empieza a propagarse desde América del Norte hacia Europa y el hemisferio sur. Si el gasto público en los estados capitalistas avanzados permanece alto,  se  torna ahora crecientemente híbrido y diluido por imbricaciones con capital privado que se extienden a todo tipo  de servi- cios  –de hospitales a prisiones y a la recaudación de impuestos–, aque- llos que alguna vez habían sido,  según el país  en cuestión, considerados campos inviolables de la autoridad pública o la provisión colectiva. La hegemonía neoliberal prescribe un  programa específico de  innovacio- nes,  que  puede variar significativamente de una sociedad a otra, según los límites de lo que  se entiende como posible en cada una de ellas.  La mejor medida de su dominio e influencia general es la conformidad de todos los gobiernos del Norte, independientemente de su color político nominal, con  los imperativos del bloqueo militar, que  incluyen la ocu- pación e intervención en  Medio Oriente o los Balcanes: los regímenes socialdemócratas de Escandinavia, por  ejemplo, que  alguna vez tuvie- ron  la  reputación de  conservar una cierta independencia en  política exterior, ahora actúan con regularidad como un chacal que acompaña a los mayores predadores de Occidente. Por eso Noruega ayuda a consoli- dar  el dominio israelí en Palestina; Finlandia negocia el bombardeo de Yugoslavia; Suecia se hace cargo de la hambruna en Irak;  y Dinamarca instala un  virrey  en Kosovo. El vacío  absoluto de la retórica de la Ter- cera  Vía, como una supuesta alternativa al neoliberalismo, es la prueba más  segura de su continuada ascendencia.

¿Cuáles son  las lecciones de esta  historia para la izquierda? Pri- mero y principal, que  las ideas cuentan en el balance de la acción polí- tica  y los resultados del cambio histórico. En  los tres  grandes casos de impacto ideológico moderno, la Ilustración, el marxismo y el neolibera lismo, el patrón fue el mismo. En cada caso  se desarrolló un sistema de ideas con  un  alto  grado de sofisticación, en condiciones de aislamiento inicial de –y en tensión con– el entorno político circundante, y con poca o ninguna esperanza de  influencia inmediata. Fue  sólo  al  producirse el estallido de una crisis objetiva muy  importante, de la cual  ninguno de estos  sistemas fue responsable, que recursos intelectuales subjetivos que  fueron acumulándose gradualmente en  los  márgenes más  apaci- bles  adquirieron súbitamente una fuerza arrolladora como ideologías capaces de influir directamente sobre el curso de los acontecimientos. Tal  fue  el patrón en  los  años 1790,  1910  y 1980.  Cuanto más  radical e intransigente era  el cuerpo de  ideas, tanto más  impetuosos fueron sus  efectos en  el contexto de  las  turbulentas condiciones de  la época. Hoy estamos en una situación en la que una única ideología dominante gobierna la mayor parte del  mundo. La  resistencia y el disenso están lejos  de haber muerto, pero carecen todavía de cualquier articulación política sistemática e intransigente. La  experiencia sugiere que  no  se conseguirá mucho por  medio de cambios débiles o acuerdos eufemísti- cos con relación al estado de cosas existente, como los que hoy podrían impulsar muchas fuerzas políticas que  aparecen representando una cultura  aggiornada de la izquierda. Lo que  es necesario, y que  no  ocu- rrirá de la noche a la mañana, es un  espíritu totalmente diferente: un análisis cáustico, resuelto, si es necesario brutal, del mundo tal cual  es, sin concesión a las arrogantes demandas de la derecha, a los mitos con- formistas del centro ni tampoco a la devoción bienpensante de muchos en la izquierda. Las ideas incapaces de conmocionar al mundo también son  incapaces de sacudirlo.

Esto no significa una postura sectaria ante intentos limitados de hacer estallar el presente consenso. La “Tercera Vía” de Blair, Clinton o Cardoso es un  concepto en bancarrota, confeccionado por  aduladores y redactores de discursos en el Primer Mundo, que fue adoptado servil- mente con  el objeto de ser imitado en el Tercer Mundo. Brasil está  pro- bablemente preparado para ofrecer al mundo un  laboratorio para pro- bar la viabilidad de los gobiernos organizados por las fuerzas disidentes en las condiciones contemporáneas, cuando la dependencia económica respecto de EE.UU. es mucho más  profunda que  en el pasado. Pero  es poco  probable, por  supuesto, que  la Presidencia y el Parlamento sean el único o incluso el principal crisol de ideas nuevas y radicales en este país.  No como un  programa desde arriba, sino  como un  empuje desde abajo, el desafío del movimiento zapatista, al iniciar nuevas formas de acción y comunicación –una radical reorganización de actos, palabras y símbolos–, ha desequilibrado al sistema en formas más  inesperadas y creativas que las registradas en cualquier otra parte del continente. Sus limitaciones son  bastante evidentes. Pero  si estamos tras un  punto de partida para una reinvención de las ideas de la izquierda, es en fuerzas nacionales como estas, y en movimientos internacionales como el Foro Social Mundial, donde debemos buscar esas  ideas.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

Anderson, Perry 2000 “Renovaciones” en New  Left Review (Madrid) Nº 2, mayo-junio.

Anderson, Perry et al. 1997 “La trama del neoliberalismo: mercado: crisis y exclusión social” en Sader, Emir y Gentili, Pablo (comps.) La trama del neoliberalismo. Mercado,  crisis y exclusión social (Buenos Aires: CLACSO/EUDEBA) Cap.  IV.

Eliot, Thomas Stearns 1984 Notas para una  definición de la cultura

(Barcelona: Bruguera).

Gray,  John 1998 False Dawn. The Delusions of Global Capitalism (London: Granta Books).

Hayek, Friedrich A. 1944 The Road  to Serfdom (Chicago: The University of

Chicago Press).

Hobsbawm, Eric  J. 1995 Historia del siglo XX (Barcelona: Crítica). Orwell, George 1995 1984 (Barcelona: Destino).

Polanyi, Karl  1992 La gran transformación (México DF: Fondo de Cultura

Económica).

Therborn, Göran 1987 La ideología  del poder y el poder de la ideología

(Madrid: Siglo  XXI).

Yergin, Daniel y Stanislaw, Joseph 1998 The Commanding Heights (New

York: Touchstone).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Parte Cuatro

 

 

 

Democracia e imperialismo en tiempos de globalización

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ellen Meiksins Wood*

 

 

Estado, democracia y globalización**

 

* Profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de York, Toronto, Canadá.

** Traducción de Atilio A. Boron.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RECIENTEMENTE OFRECÍ una  conferencia sobre el  nuevo impe- rialismo y sus  efectos negativos para la democracia en  tanto Estados Unidos continúe intentando consolidar su hegemonía global unilateral. En esa ocasión, concluí sugiriendo que  la democracia se estaba convir- tiendo, como no lo era hace mucho tiempo, en una amenaza para el ca- pitalismo. A pesar de todo lo que nos han dicho sobre la “globalización” y la decadencia del  Estado-nación, el capital global depende más  que nunca de un  sistema global de múltiples estados locales. De modo que las luchas locales y nacionales por  una democracia real  y un verdadero cambio del  poder de  clase  –tanto al  interior como fuera del  Estado– pueden plantearle una amenaza real  al capital imperialista. Alguien  en la audiencia preguntó: ¿por  qué el capitalismo no puede continuar tole- rando este tipo  de democracia formal con la que ha estado conviviendo durante un  largo tiempo en el mundo del capitalismo avanzado? ¿Por qué  debería esto  plantear algún peligro real  para el capitalismo global?

El interrogante realmente no  era irrazonable. Por el contrario, la historia de la democracia moderna, especialmente en Europa occidental y EE.UU., ha sido  inseparable del capitalismo. Sin embargo, esto ha sido así solamente porque el capitalismo ha creado una relación enteramente nueva entre poder político y económico, que torna imposible que la domi- nación de clase  se mantenga coexistiendo con  los derechos políticos uni- versales. Es el capitalismo el que  hizo  posible una democracia limitada, “formal” antes que “sustantiva”, algo que nunca fue factible con anteriori- dad.  Y es por esto que el capital ha podido tolerar algún tipo de democra- cia.  Mi objetivo en esa  conferencia no era afirmar que  el capitalismo no puede tolerar la democracia formal –aunque no  deberíamos desestimar los ataques contra las libertades civiles  que  están teniendo lugar precisa- mente ahora en EE.UU. Aquello  que  pretendía y pretendo subrayar aquí es que en las condiciones del capitalismo global actual y del nuevo impe- rialismo, la democracia puede amenazar con convertirse en algo más  que un régimen meramente formal. Para explicarme retomaré brevemente un argumento sobre la relación entre el capitalismo y la democracia que apa- rece en mi libro Democracia contra  capitalismo (2000).

Me interesa dejar en claro desde el principio que,  para mí, el capi- talismo es –en  su  análisis final–  incompatible con  la democracia, si por “democracia” entendemos, tal como lo indica su  significación literal, el poder popular o el gobierno del pueblo. No existe un  capitalismo gober- nado por el poder popular en el cual  el deseo de las personas se privilegie por encima de los imperativos de la ganancia y la acumulación, y en el que los requisitos de la maximización del beneficio no dicten las condiciones más  básicas de vida. El capitalismo es estructuralmente antitético respec- to de la democracia, en principio, por la razón histórica más  obvia:  no ha existido nunca una sociedad capitalista en la cual no se le haya asignado a la riqueza un acceso privilegiado al poder. Capitalismo y democracia son incompatibles también, y principalmente, porque la existencia del capita- lismo depende de la sujeción a los dictados de la acumulación capitalista y las “leyes” del mercado de las condiciones básicas de vida y reproducción social como condición irreductible contraria al ánimo democrático. Esto significa que  el capitalismo necesariamente sitúa cada vez  más  esferas de la vida cotidiana por fuera del parámetro según el cual  la democracia debe  rendir cuentas de sus  actos y asumir responsabilidades. Toda  prác- tica humana que pueda ser convertida en mercancía deja de ser accesible al poder democrático. Esto quiere decir que la democratización debe ir de la mano de la “desmercantilización”. Pero desmercantilización significa, por definición, el final del capitalismo.

Esta es mi posición y quiero dejarla aquí asentada con  claridad. Sin embargo, en nuestros días  solemos usar la palabra “democracia” en un  sentido diferente al hasta aquí expresado, y el capitalismo es el que ha hecho esta  redefinición posible en la teoría y en la práctica. De modo que  permítanme unas palabras sobre este  proceso de redefinición.

En  primer lugar, simplemente diré  una o dos  palabras sobre el tratamiento más  usual del  término democracia. Todos estamos familiarizados con los usos  más  defectuosos –aquel que,  por  ejemplo, admi- te  que  el gobierno de  EE.UU. considere al Chile  de  Augusto Pinochet como un régimen más  democrático que el Chile presidido por  Salvador Allende, presidente popularmente electo. Quiero agregar un comentario acerca de las definiciones más  benignas sobre la democracia: aquellas nociones convencionales que  tienden a identificar la democracia con  el constitucionalismo, la protección de las libertades civiles y un gobierno limitado –la clase  de nociones que frecuentemente son descriptas como derechos democráticos. Ahora  bien, estas son todas concepciones perti- nentes ante las cuales nosotros, los socialistas, deberíamos estar mucho más  atentos de lo que  frecuentemente hemos estado en el pasado. Pero el demos, como poder popular, ha  estado visiblemente ausente de esta definición de democracia. En  realidad, no existe  inconsistencia funda- mental alguna entre el gobierno constitucional, las normas del Estado de Derecho y las reglas de las clases propietarias.

El  punto central de  esta  definición de  democracia es limitar el poder arbitrario del  Estado a fin  de  proteger al individuo y la “socie- dad  civil” de  las  intervenciones indebidas de  aquel. Pero  nada se dice sobre la distribución del poder social, es decir, la distribución de poder entre las  clases. En  realidad, el énfasis de  esta  concepción de  demo- cracia no  lo encontramos en el poder del pueblo sino  en sus  derechos pasivos; dicha concepción no  señala el poder propio del  pueblo como soberano sino  que,  en el mejor de los casos, apunta a la protección de derechos individuales contra la  injerencia del  poder de  otros. De  tal modo, esta  concepción de democracia focaliza meramente en el poder político, abstrayéndolo de las relaciones sociales, al tiempo que  apela a un  tipo  de ciudadanía pasiva en la cual  el ciudadano es efectivamente despolitizado.

Por ejemplo, podemos considerar los  discursos de  los  gobiernos de las sociedades capitalistas avanzadas –Gran Bretaña, EE.UU.– sobre las  reformas democráticas, cuando estas tienden a restringir los  dere- chos  de los sindicatos. Los representantes de estos gobiernos dicen estar defendiendo los derechos democráticos de los individuos contra la opre- sión  colectiva (ejercida por el sindicato). En  este sentido, recuerdo vívi- damente cómo, durante la huelga de mineros británicos a mediados de los ochenta, el Partido Laborista atacó a los mineros como si ellos fueran enemigos de la democracia, esencialmente porque sus acciones eran “ex- cesivamente” políticas. La política es algo  que  hacen los representantes elegidos en el Parlamento. Los individuos privados se comprometen po- líticamente sólo en el momento en que votan. Los trabajadores y los sin- dicatos deberían apegarse a sus  propias esferas de incumbencia y a sus contiendas “industriales” en sus lugares de trabajo. En este marco, aun el derecho a votar no es concebido realmente como un  ejercicio activo del poder popular, sino  como la ejecución de un derecho pasivo más.

 De una manera u  otra, entonces, las  concepciones dominantes de democracia tienden a reemplazar la acción política con  ciudadanía pasiva; enfatizar los derechos pasivos en  lugar de los poderes activos; evitar cualquier confrontación con  concentraciones de poder social, particularmente con  las  clases dominantes; y, finalmente, despolitizar la política. Para dar  cuenta de cómo sucedió esto,  trataré de sintetizar el relato de una larga historia.

Comencemos por retomar la idea original griega de “democracia”. Tomemos, por ejemplo, la definición de Aristóteles: democracia es una constitución en la cual “los nacidos libres y pobres controlan el gobierno

–siendo al mismo tiempo una mayoría”. El filósofo griego distinguió a la democracia de la oligarquía, definiendo a la segunda como el régimen de  gobierno en  el cual  “los ricos y bien  nacidos controlan el gobierno

–siendo al mismo tiempo una minoría”. El criterio social –pobreza en un  caso,  riqueza y nobleza en el otro– juega un  papel central en ambas definiciones y es preponderante aun respecto del criterio numérico.

Un  antiguo historiador ha  incluso sugerido que,  al menos para sus  oponentes (quienes pudieron aun haber inventado el término), la democracia significó algo  análogo a la “dictadura del proletariado”, en un  sentido peyorativo del término. Por supuesto, él no  quiso decir que en  la antigua Grecia existía un  proletariado en  el sentido moderno del término. Específicamente, a lo que  apuntaba era a remarcar que,  para los oponentes de la democracia, esta forma del poder del pueblo era una forma de dominación ejercida por la gente común sobre los aristócratas. En otras palabras, esto implicaba la sujeción de la elite a la masa.

Por  supuesto, en  este  tramo, debemos decir que  es  complejo aplicar la  palabra democracia a una sociedad con  esclavitud en  gran escala y en  la  cual  las  mujeres no  tenían derechos políticos. Pero  es importante comprender que  la mayoría de  los  ciudadanos atenienses trabajaban para vivir, y trabajaban en  ocupaciones que  los críticos de la democracia consideraban como vulgares y serviles. La idea  de que la democracia consistió en el imperio de una clase  ociosa que  dominaba a una población de esclavos es sencillamente errónea. Este  fue el punto central de la oposición antidemocrática. Los enemigos de la democra- cia odiaban este  régimen sobre todo porque otorgaba poder político al pueblo formado por  trabajadores y pobres.

En  realidad, podríamos decir que  el tópico que  dividía a los sec- tores democráticos de los antidemocráticos era  si la multitud o el pue- blo  trabajador debían tener derechos políticos, ya  que  se  dudaba de que  tales  personas fueran capaces de elaborar juicios políticos. Este  es un  tema recurrente no  sólo  en  la antigua Grecia, sino  también en  los debates sobre la democracia a lo largo de la mayor parte de la historia occidental. La pregunta constante de los críticos de la democracia era básicamente la  siguiente: si quienes necesitan trabajar para vivir  poseen  el tiempo suficiente para reflexionar sobre política; pero, además, si aquellos quienes nacieron con  la necesidad de  trabajar para sobre- vivir  pueden ser  lo suficientemente libres de  mente o independientes de espíritu como para realizar juicios políticos. Para los atenienses de- mocráticos, por  otro lado,  uno  de los principios primordiales de la de- mocracia se sustentaba en la capacidad y el derecho de tales  personas para realizar juicios políticos y hablar sobre ellos  en asambleas públi- cas.  Ellos  incluso tenían una palabra para esto,  isegoria,  que  significa “igualdad” y “libertad” de expresión (y esta  última no sólo en el sentido en que  nosotros la entendemos en la actualidad).

Esta idea  distintiva que  trascendió de la democracia griega, sin embargo, no encuentra paralelo en nuestro propio vocabulario político. Nótese, por  ejemplo, la diferencia entre la antigua idea  de ciudadanía activa y la actual variante más  pasiva que vengo  desarrollando. Incluso, la noción de  libertad de  expresión como nosotros la conocemos tiene que  ver con  la ausencia de interferencias en nuestro derecho de difun- dir  nuestras opiniones. La noción de  igualdad de  expresión, tal  como la entendían los atenienses, se relacionaba con el ideal  de participación política activa de  pobres y trabajadores. De modo que  la  idea  griega de igualdad de expresión sintetiza las  principales características de la democracia ateniense: el énfasis en una ciudadanía activa y su enfoque sobre la distribución del poder de clase.

Ahora bien, las objeciones hechas por los antiguos antidemocráti- cos fueron reiteradas una y otra vez en los últimos siglos. En este sentido, la democracia continuó siendo sencillamente una mala palabra entre las clases dominantes. La pregunta entonces es: ¿cómo la democracia dejó de  ser una mala palabra, aun entre las  clases dominantes? Y seguida- mente: ¿cómo se tornó posible, tanto como necesario, incluso para esas clases dirigentes, el hecho de reivindicarse como democráticas?

Obviamente, una de  las  principales respuestas se relaciona con las  luchas populares que  eventualmente hicieron imposible continuar negando derechos políticos primordiales a las masas, y particularmente a la clase  trabajadora. Una  vez que  esto  sucedió, las clases dominantes tuvieron que  adaptarse a las  nuevas condiciones, tanto política como ideológicamente. Con el inicio de las campañas electorales de masas de fines  del siglo  XIX, los antidemocráticos difícilmente podían ser  abier- tamente honestos respecto de  sus  sentimientos anti-populares. ¿Qué candidato podía decir a sus  votantes que  los  consideraba demasiado estúpidos e ignorantes como para elegir  por  ellos  mismos qué  era  lo mejor en política, y que sus demandas eran tan  absurdas como peligro- sas  para el futuro del país?, se preguntaba Eric  Hobsbawm  (1988). Así que,  repentinamente, todos eran democráticos.

Sin  embargo, hay  más  en esta historia. Mucho ocurrió antes del siglo XIX que habilitó la posibilidad de esta nueva estrategia ideológica.

 Existieron cambios materiales y estructurales que modificaron el signifi- cado y las consecuencias de la democracia. Precisamente estos cambios aseguraron que,  cuando la democratización moderna tuvo lugar –espe- cialmente bajo  la  forma del  sufragio universal–, esta no  representara tanta diferencia como la  que  podría haber provocado previamente, o como quienes lucharon por ella hubieran esperado. Como trataré de ex- plicar, el capitalismo posibilitó que los derechos políticos se convirtieran en universales sin afectar fundamentalmente a la clase  dominante.

Consideremos las implicancias de la democracia en el mundo antiguo. En  cada sociedad previa al desarrollo del capitalismo, donde- quiera que  la explotación haya existido, fue alcanzada por  lo que  Marx llamó “medios extra-económicos”. En  otras palabras, la capacidad de los productores directos de extraer plusvalía dependió en una forma u otra de la coerción directa ejercida por  la superioridad militar, política y jurídica de la clase  explotadora. En  muchas de estas sociedades, los campesinos fueron los principales productores directos, y continuaron con  la posesión de los medios de producción, como la tierra. Las clases dirigentes los  explotaban esencialmente mediante la  monopolización del  poder político y militar, a veces  con  la mediación de  alguna clase de Estado centralizado que  cobraba impuestos a los campesinos, o in- cluso  mediante alguna otra clase  de poder militar y jurisdiccional que les permitía extraer plusvalía de estos  por  su condición dependiente de sirvientes o peones que  los obligaba a aceptar un decomiso en la forma de renta para sus  señores. En  otras palabras, el poder económico y el político se fusionaban, y hubo siempre una división, más  o menos clara, entre dirigentes y productores, entre quienes detentaban el poder políti- co y los que  componían la sociedad trabajadora.

Pero en la antigua democracia ateniense, los campesinos y otros productores directores participaban del poder político, y esto debilitaba drásticamente el poder de explotación de los ricos o clases apropiadoras. En esta democracia, las clases productoras no sólo tenían derechos políti- cos sin precedentes sino  que también, y por la misma razón, disfrutaban de un cierto grado de libertad –igualmente sin antecedentes– respecto de la explotación por medio de impuestos y renta. Entonces, la importancia de la democracia era económica al mismo tiempo que política.

Todo  esto cambió con el desarrollo del capitalismo. La capacidad de explotación de los capitalistas no depende directamente de su poder político o militar. Ciertamente, los  capitalistas necesitan del  sustento del Estado, pero sus  poderes de extracción de plusvalía son  puramente económicos: los  trabajadores desposeídos de  la propiedad de  sus  me- dios  de producción están forzados a vender su fuerza de trabajo por  un salario para lograr acceder a dichos medios y procurar su subsistencia. El poder político y el económico no están unidos de la misma forma en que  lo estaban previamente.

 Desde  entonces y hasta ahora existe  una esfera económica dis- tintiva, con  su  propio sistema de  compulsión y coerción, sus  propias formas de dominación, su  propias jerarquías. El capital, por  ejemplo, controla el lugar de trabajo y tiene un  manejo sin  precedentes del pro- ceso laboral. Y, por supuesto, existen las fuerzas del mercado, mediante las cuales el capital localiza el trabajo y los recursos. Ninguno de estos elementos está  sujeto al control democrático o a la rendición de cuen- tas.  La esfera política concebida como el espacio donde las personas se comportan en  su  carácter de  ciudadanos –antes que  como trabajado- res o capitalistas– está  separada del ámbito económico. Los individuos pueden ejercitar sus  derechos como ciudadanos sin  afectar demasiado el poder del capital en el ámbito económico. Aun en sociedades capita- listas con  una fuerte tradición intervencionista del Estado, los poderes de explotación del capital suelen quedar intactos por  la ampliación de los derechos políticos.

Es evidente entonces, que  la democracia en las sociedades capi- talistas significa algo muy diferente de lo que representó originariamen- te  –no  simplemente porque el significado de  la palabra ha  cambiado, sino  porque también lo hizo  el mapa social en su totalidad. Las relacio- nes  sociales, la naturaleza del poder político y su relación con  el poder económico, y la forma de la propiedad han cambiado. Ahora  es posible tener un  nuevo tipo  de democracia que  está  confinada a una esfera pu- ramente política y judicial –aquello que  algunos denominan democra- cia formal– sin destruir los cimientos del poder de clase.  El poder social ha  pasado a las  manos del  capital, no  sólo  en  razón de  su  influencia directa en la política, sino  también por  su incidencia en la fábrica y en la distribución del trabajo y los recursos, así como también vía los dic- tados del mercado. Esto significa que  la mayoría de las actividades de la vida  humana quedan por  fuera de la esfera del poder democrático y de la rendición de cuentas.

Todas estas transformaciones, por  supuesto, no  sucedieron de la  noche a  la  mañana, y el proceso no  tuvo  una evolución natural e inevitable. Fue desafiado a cada paso del camino. En aquellos primeros años del capitalismo no era  tan  claro que  los efectos del poder político de  las  clases dominadas estarían al final  tan  limitados. Hacia el siglo XVII  y aún en  el siglo  XVIII,  muchos de  los  temas básicos, especial- mente vinculados con  los  derechos de  propiedad, todavía no  estaban resueltos o eran fervientemente desafiados. La masa de la población no era aún un proletariado desposeído sujeto al mero poder económico del capital. Los grandes propietarios todavía dependían mucho del control del Estado para sostener el proceso de acumulación de la tierra, la ex- propiación de  los  pequeños productores, la extinción de  los  derechos consuetudinarios de  la  gente y la  redefinición misma del  derecho de propiedad. En  aquellos días,  la  soberanía popular podría haber marcado una diferencia mucho más  amplia que  la que  puede lograr en  la actualidad. En  aquel entonces, todavía parecía esencial para la  clase dirigente –y en verdad lo era–  mantener la antigua diferenciación entre gobernantes y productores; entre explotadores, políticamente privile- giados, y clases explotadas, sin derechos políticos.

De todas formas, a mediados del siglo  XIX, cuando el desarrollo del capitalismo fue mucho más  avanzado en Gran Bretaña, la contien- da por  el voto  fue una parte importante de las luchas de la clase  traba- jadora –especialmente para los cartistas en Inglaterra. Pero  lo más  inte- resante fue que, después del intento frustrado del Cartismo, la pelea  por los derechos políticos o democráticos dejó de ser central para las luchas de  la clase  trabajadora. Esto no  quiere decir que  la lucha política fue abandonada por  completo, pero los movimientos de la clase  trabajado- ra  dirigieron cada vez en mayor medida su atención a las luchas en el espacio industrial. Ciertamente, en parte debido a la represión ejercida por el Estado. Sin embargo, a mi juicio, existe una razón estructural más profunda. Hacia la segunda mitad del siglo  XIX, el mapa social había cambiado ya lo suficiente como para transformar las reglas de la políti- ca. Para entonces, la cuestión de la propiedad se había resuelto a favor del capital, y existía en Inglaterra una masa proletaria de trabajadores

–sin  propiedad. Adicionalmente, el capitalismo industrial había avan- zado lo suficiente como para que  el capital ganara control en  el lugar de trabajo y en el proceso laboral. En  otras palabras, la conformación de una esfera económica más  o menos separada con  su propio sistema de  poder se había realizado. De modo que  el tema primordial para la clase  trabajadora parecía estar concentrado en la producción. Cuando finalmente apareció el sufragio, podríamos decir que  fue  un  momento de anticlímax. A su vez, suele  decirse que las revoluciones modernas no han tenido lugar en este tipo  de capitalismo industrial avanzado, donde el centro de la oposición se ha trasladado al lugar del trabajo y el Estado tiene la apariencia de “neutralidad”, sino  en lugares donde el Estado es todavía muy  claramente un instrumento de explotación.

Hasta aquí describí principalmente el caso  británico, como pri- mer  sistema de capitalismo industrial con un proletariado masivo. Pero el caso  de EE.UU. es especialmente singular e importante para enten- der  qué  sucedió con  el concepto moderno de democracia. En  EE.UU., por  razones históricas muy  específicas, los  derechos políticos fueron distribuidos más  ampliamente y mucho antes en  el proceso de  desa- rrollo capitalista, incluso con  anterioridad al  surgimiento de  un  pro- letariado masivo. Cuando la Constitución de EE.UU. se redactó, las cla- ses propietarias eran conscientes de los peligros de la extensión de los derechos políticos, pero las  viejas  estrategias aplicadas por  otras cla- ses  dirigentes ya no  podían ser  utilizadas. La existencia de un  cuerpo ciudadano activo surgido del  período colonial y de  la Revolución tornaba imposible la opción de negar al pueblo sus  derechos políticos en la nueva Constitución; no podía mantenerse nada parecido a la antigua separación entre dirigencia y productores, entre una elite políticamente privilegiada y una masa sin opción al voto.

Las  clases propietarias adoptaron una estrategia diferente, una estrategia ideológica y constitucional que  hiciera mucho más  factible limitar el daño que  ocasionaría la extensión de los derechos políticos. Precisamente esta  estrategia ha  tenido profundos y duraderos efectos en nuestra moderna definición de democracia.

Los  padres fundadores de  EE.UU. redefinieron  la  democracia. Efectivamente, redefinieron sus  dos  componentes esenciales –el demos o pueblo y el kratos  o poder. El demos perdió su significado de clase  y se convirtió en  una categoría política antes que  social. Y el kratos  fue compatibilizado con  la alienación del poder popular; es decir, fue con- vertido en lo opuesto a lo que  significaba para los antiguos atenienses. Aun  cuando dejáramos a un  lado  la  exclusión de  esclavos y mujeres, la  redefinición estadounidense de  democracia implicó diluir  el poder popular, incluyendo el poder de los ciudadanos varones quienes consti- tuían el pueblo o la nación política.

Permítanme, en esta  instancia, dejar algo  bien  en claro. En  rea- lidad, a los  padres fundadores de  la  Constitución norteamericana  les desagradaba la democracia y no  querían construir una. En  rigor, ellos diferenciaban claramente su “república” de la democracia tal como era entendida convencionalmente. Sin embargo, la injerencia de elementos más  democráticos influyó en  el debate y los forzó  a una mutación re- tórica; así es que  en ocasiones ellos  denominaban a su república como una “democracia representativa”. En  esta  nueva concepción de demo- cracia, el demos o “pueblo” era  crecientemente despojado de su  signi- ficado social. Las nuevas condiciones históricas hicieron posible dotar al “pueblo” de un  significado puramente político. El pueblo ya no  era la gente común, los  pobres, sino  un  cuerpo de  ciudadanos que  gozan de ciertos derechos civiles  comunes. La particular definición de repre- sentación del pueblo buscó expandir la distancia entre la ciudadanía  y el poder, actuar como filtro  entre las personas que  accedían al estatus de  ciudadano y pasaban a conformar el pueblo y el Estado, e incluso identificar la democracia con el gobierno o mandato de los ricos –como por  ejemplo lo hizo  Alexander Hamilton cuando argumentó contra la representación “actual” e insistió en  que  los comerciantes eran los re- presentantes naturales de los artesanos y trabajadores.

De modo que  los padres fundadores norteamericanos crearon un ciudadanía pasiva, una colección de ciudadanos –“el pueblo”– concebi- da  como una masa de individuos atomizados –no  como una categoría social como el demos ateniense, sino  como un  grupo de individuos ais- lados con  una identidad política divorciada de  sus  condiciones sociales, especialmente en lo que se refiere a su pertenencia de clase.  Las elecciones se transformaron en el “todo” –las elecciones en donde cada individuo actúa solo,  no  únicamente en  términos de  privacidad sino también en lo que  hace al aislamiento respecto de todos los demás. En tal circunstancia, el voto individual reemplaza cualquier tipo de poder colectivo. Esto es también, sin duda, lo que los gobiernos han tratado de lograr con sus propuestas de reformas sindicales. Si los sindicatos deben existir, es mejor que estén formados por miembros aislados, sin contacto entre sí, en lugar de miembros que ejercen su poder como colectivo.

De manera que  en  EE.UU. se inventó una nueva concepción de democracia, formada por  muchos individuos particulares y aislados que  renunciaban a su poder para delegarlo en alguien más  y disfrutar en  forma pasiva de  ciertos derechos cívicos y libertades básicas. En otras palabras, ellos  inventaron un  concepto de ciudadanía pasiva, no- social e incluso despolitizada. Pero, al menos, la democracia era  defi- nida todavía como el gobierno del pueblo (gobierno “del, por  y para el pueblo”), aun cuando el pueblo se había convertido en  una categoría social neutra y su gobierno era  sumamente débil  e indirecto. En  el si- guiente siglo,  habría otros desarrollos del concepto de democracia.

Lo que  observamos en el siglo  XIX es la creciente identificación de  la democracia con  el liberalismo, la creciente tendencia a cambiar el foco  de  discusión sobre la democracia de  la idea  de  poder popular hacia la clase  de límites constitucionales y derechos pasivos ya mencio- nados anteriormente. Estos derechos y límites son,  como dije,  valiosos en sí mismos, pero no son por sí mismos necesariamente democráticos. A lo que  me  refiero aquí es  a la  estrategia ideológica de  reducción e identificación de la democracia con  estos  límites y derechos liberales. Precisamente con  esta  estrategia aparece toda una nueva historia de la democracia que, en lugar de trazar el progreso del poder popular, orien- ta y convoca nuestra atención hacia algo diferente.

En el siglo XIX, la democracia fue tratada como una ampliación de  los  principios constitucionales antes que  como una expansión del poder popular. Se trataba de una disputa entre dos  principios políticos y no del resultado de una lucha de clases o entre fuerzas sociales –seño- res versus campesinos, capital versus el trabajo.

Por ejemplo, el gran pensador liberal, John Stuart Mill, describió el progreso político en términos del conflicto entre autoridad y libertad o bien  como aquello que  en ocasiones él llamó el dominio de la violen- cia versus el dominio de la ley o la justicia. No se trataba de la disputa entre ricos y pobres o entre explotadores y clases explotadas. En  estas historias, el énfasis no  está  puesto en el ascenso de la gente común, el demos, a altos niveles de poder social. Por  el contrario, el acento está puesto en la limitación del poder político y la protección contra la tira- nía,  y en  la creciente liberación del  ciudadano individual respecto del Estado, las  regulaciones comunales y las  identidades y lazos  tradicio- nales. Los héroes en estas historias no son  quienes han luchado por  el poder de  la  gente (los  levellers,  los  chartists, los  sindicatos, los  socia- listas, etcétera). En  su  lugar, nuestros héroes pertenecen a  las  clases propietarias, quienes concibieron para nosotros nuestra Carta Magna

–la tan  mentada Revolución Gloriosa de 1688  en Inglaterra– y la Cons- titución de EE.UU.

Es cierto que,  especialmente desde la Segunda Guerra Mundial, las  sociedades capitalistas  avanzadas –algunas más   que   otras– han agregado una nueva dimensión a la idea  de democracia, bajo  la forma de asistencia social. Algunas personas aún hablan acerca del desarrollo de los derechos sociales y de una “ciudadanía social”. Así pues, si bien este  hecho ha  sido  de gran importancia para corregir el daño causado por el capitalismo, a los fines de nuestra exposición nos interesa señalar que  incluso esta  ciudadanía social es concebida en  términos de  dere- chos  pasivos.

Nuevamente, todos estos  cambios en  el concepto de  democra- cia fueron posibles por  las características del capitalismo, la particular relación entre capital y trabajo, y la también específica relación capita- lista  entre las esferas económica y política. Entonces, ¿dónde estamos parados en  la actualidad? Pues  bien, los  movimientos anticapitalistas actuales han instalado la  democracia en  el centro de  sus  debates en una forma que no ha sido  siempre verdaderamente de izquierda. Y esta identificación del anticapitalismo con la democracia parece sugerir que estos  movimientos reconocen una contradicción fundamental entre ca- pitalismo y democracia, pero esto  no  significa lo  mismo para todos. Por  un lado,  por  ejemplo, están aquellos para quienes la democracia es compatible con un capitalismo reformado, en el cual  las grandes corpo- raciones son  socialmente más  conscientes y rinden cuentas a la volun- tad  popular, y donde ciertos servicios sociales son cubiertos por  institu- ciones públicas y no por  el mercado o, por  lo menos, son  regulados por alguna agencia pública que debe  rendir cuentas. Esta concepción puede ser  menos anticapitalista que  anti-neoliberal o anti-globalización. Por otro lado,  están aquellos que  creen que,  aun cuando es siempre crucial luchar por  cualquier reforma democrática posible en  la  sociedad ca- pitalista, el capitalismo es en  esencia incompatible con  la democracia personalmente me sitúo en esta  última perspectiva.

Existe otro problema adicional. Muchos desde la izquierda an- ticapitalista creen que  el  viejo  terreno de  las  luchas políticas ya  no está en juego  a causa de la globalización. El Estado-nación, que  solía ser la  arena principal de  las  políticas democráticas, está abriéndose camino a  la  globalización, de  modo que  tendríamos que  encontrar alguna otra posibilidad de oponernos al capital –si es que  cabe  pensar en esta posibilidad.

 El  planteo más  reciente en  este  sentido es  el  desarrollado por Hardt y Negri  en su libro Imperio (2002). Ellos  nos  dicen que  el poder del capital imperial está en todas partes y en ninguna. El Imperio, dicen, es un “no-lugar”. Y debido a que  no hay puntos tangibles de concentra- ción  del  poder capitalista, no  puede existir realmente un  contrapoder. En  este  sentido es  que  tenemos que  pensar en  políticas de  oposición en términos diferentes, aunque lo que  esto  pueda significar los autores nunca lo dejan del todo claro.

Hardt y Negri  son  mucho más  específicos en  lo que  respecta al tipo de luchas que no creen posibles, y entre ellas incluyen los conflictos locales y nacionales, las luchas de los movimientos de trabajadores y al- gunas otras. Mucha gente que  integra el movimiento anticapitalista  ve en Imperio un  manifiesto optimista para sus  políticas, pero a mi juicio se trata justamente de todo lo contrario. En mi opinión, esta  obra pare- ce expresar un  profundo pesimismo sobre la posibilidad de una lucha democrática y anticapitalista. Creo  que  están equivocados. Es  simple- mente falso  que  no  existan puntos tangibles de  concentración del  po- der  capitalista. No es verdad que  el estado territorial que  conocimos se encuentre en declinación frente a la economía global. Por  el contrario, creo  que  el capital depende más  que  nunca de  un  sistema de  estados locales que  administren el capitalismo global.

El  problema del  Estado en  el capitalismo internacional es más complicado dado que el capitalismo global no posee un Estado interna- cional que lo sustente y, hasta el momento, tampoco creo  que construya tal Estado. La forma política de la globalización no es un  Estado inter- nacional sino  un sistema de varios estados nacionales; de hecho, consi- dero que  la esencia de la globalización es una creciente contradicción entre el alcance global del poder económico capitalista y el mucho más limitado alcance de los estados territoriales que  el capitalismo necesita para sostener las condiciones de acumulación. Precisamente esta  con- tradicción también es posible y necesaria por  aquella división propia del capitalismo entre economía y política.

En  resumidas cuentas, mi  argumento sostiene que  lo que  esta- mos  presenciando en el nuevo imperialismo norteamericano es un  es- fuerzo continuo por lidiar con la contradicción entre la esfera de acción del poder económico y la continua dependencia del capital de un  siste- ma  global de  estados territoriales. Esto representa, sin  lugar a dudas, un peligro para el mundo en su conjunto, pero a la vez nos habla de algo más. Hasta aquí he  explicado qué  hace al capitalismo compatible con cierta clase  de democracia, y qué  hace posible que  las clases dominan- tes acepten este  tipo  de régimen –el hecho de la separación de las esfe- ras  política y económica. Esta situación ha  hecho posible la tolerancia de los partidos de la clase  trabajadora en la política, incluso sin  haber estado nunca las clases dominantes de acuerdo con esta  idea. Pero  además  sostuve que  esta  vieja  separación ha  sido  desbaratada  porque el capital internacional necesita del Estado más  que nunca para organizar los circuitos económicos que el capital no puede manejar por sí mismo. Porque el capital depende, tal  vez hoy  más  que  nunca, de  un  sistema global de  estados, las  luchas verdaderamente democráticas –entendi- das  como contiendas para cambiar el balance de poder de clase  tanto dentro como fuera del Estado– pueden llegar  a tener un  efecto mucho mayor que  en épocas anteriores.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Aristóteles 1986 La Política  (Buenos Aires: Alianza).

Hamilton, Alexander; Madison, James y Jay, John 1998 (1780)  El

Federalista  (México DF: Fondo de Cultura Económica).

Hardt, Michael y Negri, Antonio 2002 Imperio (Buenos Aires: Paidós). Hobsbawm, Eric  1988 La era del imperio: 1875-1914 (Barcelona: Labor). Wood, Ellen  Meiksins 2000 Democracia contra  capitalismo. La renovación

del materialismo histórico (México DF: Siglo  XXI).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pablo González Casanova*

 

 

Colonialismo interno

[una redefinición]

 

 

 

 

*  Sociólogo y politólogo. Director del  Centro de  Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de  la Universidad Nacional Autónoma de  México, UNAM,  e Investigador Emérito de la misma unidad académica.

 

 

 

 

 

 

 

EN  LA HISTORIA DEL  CAPITALISMO

 

En una definición concreta de la categoría de colonialismo interno, tan significativa para las nuevas luchas de los pueblos, se requiere precisar: primero, que  el colonialismo interno se  da  en  el terreno económico, político, social y cultural; segundo, cómo evoluciona a lo largo de la his- toria del Estado-nación y el capitalismo; tercero, cómo se relaciona con las  alternativas emergentes, sistémicas y antisistémicas, en  particular las que  conciernen a “la resistencia” y “la construcción de autonomías” dentro del  Estado-nación, así  como a la  creación de  vínculos (o  a la ausencia de estos) con  los movimientos y fuerzas nacionales e interna- cionales de la democracia, la liberación y el socialismo.

El colonialismo interno ha sido  una categoría tabú para muy  dis- tintas corrientes ideológicas. Para los ideólogos del  imperialismo, por- que  no pueden concebir que  se den  relaciones de comercio inequitativo

–desigualdad y explotación– ni en un  plano internacional ni a nivel  in-

terno. Para los ideólogos que  luchan con  los movimientos de liberación nacional o por el socialismo, porque, una vez en el poder, dejan a un lado el pensamiento dialéctico y no aceptan reconocer que  el Estado-nación que  dirigen, o al que  sirven, mantiene y renueva muchas de las estruc- turas coloniales internas que  prevalecían durante el dominio colonial o burgués. Aún más, estos ideólogos advierten con razón cómo el imperia- lismo o la burguesía aprovechan las  contradicciones entre el gobierno nacional y las nacionalidades neocolonizadas para debilitar y desestabi- lizar cada vez que  pueden a los estados surgidos de la revolución o las luchas de liberación, y esos argumentos, que son válidos, les sirven tam- bién  como pretexto para oponerse a las luchas de las “minorías naciona- les”, “las nacionalidades” o “los pueblos originales”, sin  que  la correla- ción  de fuerzas subsistente sea alterada y sin  que  se les permita a estos últimos modificarla en un sentido liberador que  incluya la desaparición de las relaciones coloniales en el interior del Estado-nación.

La definición del colonialismo interno está  originalmente ligada a fenómenos de conquista, en que las poblaciones de nativos no son ex- terminadas y forman parte, primero, del Estado colonizador y, después, del  Estado que  adquiere una independencia formal, o  que  inicia un proceso de liberación, de transición al socialismo o de recolonización y regreso al capitalismo neoliberal. Los  pueblos, minorías o naciones colonizados por  el Estado-nación sufren condiciones semejantes a las que  los caracterizan en el colonialismo y el neocolonialismo a nivel  in- ternacional: habitan en un territorio sin gobierno propio; se encuentran en situación de desigualdad frente a las elites  de las etnias dominantes y de  las  clases que  las  integran; su  administración y responsabilidad jurídico-política conciernen a las  etnias dominantes, a las  burguesías y oligarquías del  gobierno central o a los  aliados y subordinados del mismo; sus habitantes no participan en los más  altos cargos políticos y militares del  gobierno central, salvo  en  condición de “asimilados”; los derechos de sus  habitantes y su situación económica, política, social y cultural son  regulados e impuestos por  el gobierno central; en general, los  colonizados en  el interior de  un  Estado-nación pertenecen a  una “raza”  distinta a la que  domina en  el gobierno nacional, que  es consi- derada “inferior” o, a lo sumo, es convertida en un  símbolo “liberador” que  forma parte de la demagogia estatal; la mayoría de los colonizados pertenece a una cultura distinta y habla una lengua distinta de la “na- cional”. Si, como afirmara Marx,  “un  país  se enriquece a expensas de otro país” al igual  que “una  clase  se enriquece a expensas de otra clase”, en muchos estados-nación que provienen de la conquista de territorios, llámense Imperios o Repúblicas, a esas  dos formas de enriquecimiento se añaden las del colonialismo interno (Marx, 1963: 155, Tomo I).

En  la época moderna, el colonialismo interno tiene antecedentes en  la opresión y explotación de unos pueblos por otros, desde que  a la articulación de distintos feudos y dominios, característica de la formación  de los reinos, se sumaron, en el siglo  XVII, la Revolución Inglesa y el poder de las burguesías. Los acuerdos más  o menos libres o forzados de las viejas  y nuevas clases dominantes crearon mezclas de las antiguas y nuevas formas de  dominación y apropiación del  excedente, y dieron lugar a formaciones sociales en las que  fue prevaleciendo cada vez más el trabajo asalariado frente al trabajo servil, sin  que  ni este ni el esclavo desaparecieran. La creciente importancia de la lucha entre dos clases, la burguesía y el proletariado, se dio con toda claridad en la primera mitad del siglo XIX. A partir de entonces, la lucha de clases ocupó un papel cen- tral para explicar los fenómenos sociales. Pero a menudo se extrapoló su comportamiento, ya porque se pensara que la Historia humana conducía del esclavismo al feudalismo y luego  al capitalismo; ya porque no se re- parara en el hecho de que  el capitalismo industrial sólo  permitía hacer generalizaciones sobre una parte de la humanidad; ya porque no se ad- virtiera que el capitalismo clásico estaba sujeto a un futuro de mediacio- nes  y reestructuraciones de la clase  dominante y del sistema capitalista por el que aquella buscaría fortalecerse frente a los trabajadores.

En todo caso,  en el propio pensamiento clásico marxista prevale- ció el análisis de la dominación y explotación de los trabajadores por la burguesía frente al análisis de la dominación y explotación de unos paí- ses por otros. Con  la evolución de la socialdemocracia y su cooptación por los grandes poderes coloniales, no  sólo  se atenuó y hasta olvidó  el análisis de clase,  también se acentuó el menosprecio por las injusticias del colonialismo. Estudios como el de J. A. Hobson (1902)  sobre el impe- rialismo fueron verdaderamente excepcionales. Sólo  con  la Revolución Rusa se planteó a la vez una lucha contra el capitalismo y contra el co- lonialismo. Por parte de los pueblos coloniales o dependientes, durante mucho tiempo surgieron movimientos de resistencia y rebelión con  ca- racterísticas predominantemente particularistas. A principios del  siglo XX, algunas revoluciones de independencia y nacionalistas empezaron a ser ejemplares, como la Revolución China o la Mexicana. Pero los fe- nómenos de colonialismo interno, ligados a la lucha por la liberación, la democracia y el socialismo, sólo se dieron más  tarde. Aparecieron ligados al surgimiento de la nueva izquierda de los años sesenta y a su crítica más  o menos radical de  las  contradicciones en  que  habían in- currido los estados dirigidos por los comunistas y los nacionalistas del Tercer Mundo. Aún así, puede decirse que  no fue sino  hasta fines  del si- glo XX cuando los movimientos de resistencia y por la autonomía de las etnias y los  pueblos oprimidos adquirieron una importancia mundial. Muchos de los movimientos de etnias, pueblos y nacionalidades no sólo superaron la lógica  de lucha tribal (de  una tribu o etnia contra otra) e hicieron uniones de etnias oprimidas, sino  que  plantearon un  proyecto simultáneo de luchas por la autonomía de las  etnias, por la liberación nacional, por el socialismo y por la democracia. La construcción de un Estado multiétnico se vinculó a la construcción de “un mundo hecho de muchos mundos” que tendría como protagonistas a los pueblos, los tra- bajadores y los ciudadanos. En ese proyecto se destacaron los conceptos de resistencia y autonomía de los pueblos zapatistas de México  (Gonzá- lez Casanova, 1994; 2001; Harvey, 2000; Baschet, 2002).

OBSTÁCULOS Y LOGROS  EN  LA DEFINICIÓN

Los primeros apuntes del colonialismo interno se encuentran en la pro- pia  obra de Lenin. En 1914,  se interesó por  plantear la solución al pro- blema de  las  nacionalidades y las  etnias oprimidas del  Estado zarista para el momento en  que  triunfara la  revolución bolchevique. En  ese año  escribió “Sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación”, y en 1916  escribió específicamente sobre “La revolución socialista y el derecho de las naciones a la autodeterminación” (Lenin, 1985).

Lenin buscó “evitar la preponderancia de Rusia sobre las demás unidades nacionales” (Lenin, 1985: 360, Tomo XXXVI). Hizo  ver que la Internacional Socialista debía “denunciar implacablemente las  conti- nuas violaciones de la igualdad de las naciones y garantizar los derechos de  las  minorías nacionales en  todos los  Estados capitalistas” (Lenin,

1985: 294-297, Tomo XXXIII). A fines de la guerra, planteó la necesidad de  una lucha simultánea contra el paneslavismo, el nacionalismo y el patriotismo ruso (que  constituían la esencia del imperialismo ruso), y en 1920  hizo  un  enérgico llamado a poner atención en “la cuestión na- cional” y en el hecho de que  Rusia, “en un  mismo país,  es una prisión de pueblos” (Lenin citado por  Gallissot, 1981:  843,  Tomo III,  Parte II). La noción de colonialismo interno no  apareció, sin  embargo, hasta el Congreso de los Pueblos de Oriente celebrado en  Bakú  en  septiembre de ese mismo año. Allí, los musulmanes de Asia, “verdadera colonia del imperio ruso”, trazaron los  primeros esbozos de  lo  que  llamaron  “el colonialismo en  el interior de Rusia”. Aún  más, hicieron los primeros planteamientos en el ámbito marxista-leninista de lo que  llegaría a co- nocerse más tarde como la autonomía de las etnias. Concretamente, sos- tuvieron que  “la revolución no resuelve los problemas de las relaciones entre las masas trabajadoras de las sociedades industriales dominantes y las  sociedades dominadas” si no  se plantea también el problema de la autonomía de estas últimas (Shram y Carrère d‘Encausse, 1965).  Ad- virtieron la dificultad de realizar a la vez un análisis de la lucha de libe- ración, o de la lucha por  la autonomía de las etnias, que  no descuidara el análisis de  clase  o que  no  subsumiera la lucha de  los  pueblos y las naciones en  la lucha de clases. De hecho, frente a la posición del  pro- pio Lenin en el II Congreso del Komintern, una fuerte presión obligó a pensar qué etnias y minorías se redimirían por  la revolución proletaria. Sultan-Galiev quiso encontrar una solución que  aumentó los  enredos metafísicos sobre colonialismo y clase.  En 1918 sostuvo que los pueblos oprimidos “tenían el derecho a ser llamados pueblos proletarios” y que, al sufrir la opresión casi  todas sus  clases, “la revolución nacional” ten- dría el carácter de revolución socialista. Estas y otras afirmaciones ca- rentes del más  mínimo rigor para analizar las complejidades de la lucha de clases y para construir la alternativa socialista endurecieron las po- siciones de quienes sostenían directa o indirectamente que “la cuestión nacional” (como eufemísticamente llamaban al colonialismo interno) “sólo  podría resolverse después de  la revolución socialista” (Gallissot,

1981:  850,  Tomo III,  Parte II).  Los  propios conceptos que  tendieron a prevalecer en  el estado centralista –enfrentado al imperialismo y al capitalismo– se complementaron con  reprimendas a las reivindicacio- nes  concretas de  croatas, eslovenos, macedonios, etc.  Se  condenaron sus  demandas como particularistas, en  especial las  que  reivindicaban la independencia. Así se cerró la discusión en el V Congreso de la Inter- nacional. A partir del VI Congreso, “se abandonaron las posiciones ana- líticas” y se concibió “lo universal” al margen de los hechos nacionales y étnicos. Desde  entonces prevaleció la dictadura de Stalin en el partido y en el país  (Hájek, 1980: 483-486, Vol. III).

Encontrar la convergencia de “la revolución socialista” y la “revolución nacional” siempre resultó difícil. La teorización principal se hizo en torno a las clases, mientras etnias o nacionalidades fueran conce- bidas como sobredeterminaciones circunstanciales. Los conceptos de et- nias  y nacionalidades, como los de alianzas y frentes, oscilaron más  que los de la lucha de clases en función de categorías abstractas y posiciones tácticas. Clase  y nación, socialismo y derechos de  las  etnias, enfrenta- mientos y alianzas, se defendieron por separado o se juntaron según los juicios coyunturales del partido sobre las “situaciones concretas”.

El descuido del concepto de colonialismo interno en el marxismo oficial  y en  el crítico obedeció a intereses y preocupaciones muy  difí- ciles  de  superar. La hegemonía de  la Unión de  Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en los partidos comunistas del mundo dio a sus plan- teamientos sobre el problema un carácter paradigmático. Las luchas de las naciones contra el imperialismo, y la lucha de clases en el interior de cada nación y a nivel  mundial, oscurecieron las luchas de las etnias en el interior de los estados-nación. Sólo  se encontró sentido a las luchas nacionales como parte de la lucha antiimperialista y la lucha de clases o de estrategias variables como los “frentes amplios”.

Desde  los años treinta y cuarenta, toda demanda de autodetermi- nación en la URSS  fue  tachada de separatista y nacionalista. La hege- monía de Rusia y de los rusos correspondió a un  constante y creciente liderazgo. La  participación de  otros pueblos en  las  esferas públicas y sociales llegó  a ser  prácticamente nula. La propia “clase  trabajadora” que  perteneció al Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS)  era sobre todo rusa. En  lo que  respecta a la expansión de  las  grandes in- dustrias en el territorio de la URSS,  los rusos hacían “colonias” aparte y eran muy  pocos los nativos que habitaban en ellas. La administración autoritaria dependía de Moscú para sus  principales decisiones. En  los años setenta, se acentuó la lucha por  la democracia y las autonomías. Las  respuestas del  Estado fueron inflexibles. La Constitución de  1977 no incluyó ningún artículo sobre los derechos de las minorías o las et- nias. En  una reforma a la Constitución el 1° de diciembre de 1988,  se formuló un  artículo por  el que  se pedía al Soviet de  las  Nacionalida- des  promover la  igualdad entre las  naciones, respetar sus  intereses  y luchar por  “el interés común y las necesidades de un  Estado soviético multi-nacional”. El  partido se  refirió a  la  necesidad de  legislar sobre los derechos a usar con  mayor frecuencia la lengua de las nacionalida- des  y crear instituciones para la preservación de las culturas  locales, y planteó la necesidad de hacer efectivos y ampliar los derechos a tener representación en el gobierno central. Todo  quedó en buenos deseos de una política que,  en parte, sí se aplicó entre los años veinte y los sesen- ta,  período en  que  a la publicación de  textos en  varios idiomas de  las distintas nacionalidades y al impulso de las culturas locales les corres- pondió un  proceso de transferencia de excedente económico de Rusia a sus  periferias, proceso que  se revirtió desde fines  de los sesenta. En cualquier caso, incluso en los mejores tiempos, los rusos mantuvieron su hegemonía en la URSS  y sus repúblicas. En medio de grandes trans- formaciones y de innegables cambios culturales y sociales, los rusos re- hicieron la dominación colonial al interior de su territorio hasta que  la URSS  se volvió una nueva prisión de nacionalidades (Vorkunova, 1990; Ustinova, 1990).  Más  que  cualquier otra nación de  la URSS,  Rusia se “identificó” con  la Unión Soviética y con  el sistema socialista. El cen- tralismo moscovita aplastaba y explotaba tanto las  regiones de  Rusia como las siberianas. Así, el comunismo de Estado suscitó en el interior de  la  propia Rusia resentimientos nacionales y locales. El  fenómeno se hizo  patente con  la disolución de la URSS  y el nuevo gobierno ruso. Cuando se disolvió la URSS,  Chechenia fue  integrada en  las  fronteras de la nueva Rusia como una de sus 21 repúblicas, a pesar de que nunca quiso firmar el Tratado Federal de las Repúblicas, Territorios y Barrios Autónomos (Ferro y Mandrillon, 1993: 167-169, 179-180).

Todas las circunstancias anteriores y muchas más  impusieron un freno intelectual y oficial, inhibitorio y autoritario, a la reflexión sobre el “colonialismo interno”. Ese freno se dio especialmente en los países me- tropolitanos e imperialistas, pero también en las “nuevas naciones”. La lógica  de la construcción del Estado y las alianzas políticas, consciente e inconscientemente, logró que la categoría del colonialismo interno fuera objeto sistemático de rechazo. En  la periferia del mundo, Franz Fanon planteó el problema de los estados liberadores que  sustituyen a los explotadores extranjeros por los  explotadores nativos, pero no  relacionó ese problema con las etnias explotadas sino  con las clases (Fanon, 1961:

111 y ss.).  Casi todos los líderes e ideólogos dieron prioridad a la lucha contra el imperialismo y a la lucha de clases como base  para rechazar la lucha de las etnias, sin que estas pudieran romper las barreras epistemo- lógicas y tácticas que  llevaban a desconocer sus  especificidades. Así, el problema del colonialismo interno se expresó de manera fragmentaria y dispersa en el pensamiento marxista y revolucionario.

Cuando la noción de colonialismo interno fue  formulada de ma- nera más  sistemática en América Latina, su vinculación con  la lucha de clases y el poder del Estado apareció originalmente velada. En La demo- cracia en México  sostuve la tesis de que en el interior de dicho país  se da- ban relaciones sociales de tipo colonial. “Rechazando que el colonialismo sólo debe  contemplarse a escala internacional”, afirmé que  este también “se da  en el interior de una misma nación, en la medida en que  hay  en ella una heterogeneidad étnica, en que  se ligan  determinadas etnias con los  grupos y clases dominantes, y otras con  los  dominados” (González Casanova, 1965).  Ya en un artículo de 1963 había analizado el concepto a nivel interno e internacional, que luego  amplié en 1969 en ensayos sobre Sociología de la explotación (González Casanova, 1987).  En  esos  traba- jos se precisaron los vínculos entre clases, imperialismo, colonialismo y colonialismo interno. También se amplió el alcance de este último, y se lo relacionó con las diferencias regionales en la explotación de los traba- jadores y con  las transferencias de excedente de las regiones dominadas a las dominantes. El planteamiento correspondió a esfuerzos semejantes que  fueron precedidos por C. Wright Mills  (1963:  154),  quien de hecho fue el primero en usar la expresión “colonialismo interno”.

Por  esos  años, el concepto empezó a ser  formulado sobre todo en  el marxismo académico, en  el pensamiento crítico y en  las  investi- gaciones empíricas de América Latina, Estados Unidos, África, Europa, Asia  y Oceanía. La  literatura al respecto es muy  abundante e incluye investigaciones y trabajos de campo, entre los que sobresalió como uno de los pioneros el de Rodolfo Stavenhagen (1963). Las  discusiones so- bre  el concepto pasaron de ser  debates más  o menos contenidos entre especialistas, a ser  verdaderos encuentros y desencuentros entre polí- ticos  y dirigentes revolucionarios. Guatemala es tal vez el ejemplo más marcado de cómo se planteó la lucha en torno al “colonialismo interno” como categoría para la liberación y el socialismo de indios y no indios. Allí también se dio  el caso  más  agudo de mistificaciones que  reducían esa categoría a una perspectiva étnica y de “repúblicas de indios”. A la violencia física  se añadió la violencia verbal, lógica  e histórica que hace sufrir a “los más  pobres entre los pobres” (González Casanova, 2000).

La historia del colonialismo interno como categoría, y de las dis- cusiones a que  dio  lugar, dio  muestras de sus  peores dificultades en la comprensión de  la lucha de  clases así  como de  la lucha de  liberación combinada a nivel  internacional e interno. Las corrientes ortodoxas se opusieron durante mucho tiempo al uso  de  esa  categoría. Prefirieron seguir pensando en términos de lucha contra el “semifeudalismo” y el trabajo servil,  sin  aceptar que  desde los  orígenes del  capitalismo las formas de explotación colonial combinan el trabajo esclavo, el trabajo servil  y el trabajo asalariado. Los estados de origen colonial e imperia- lista  y sus  clases dominantes rehacen y conservan las  relaciones colo- niales con  las  minorías y las  etnias colonizadas que  se encuentran en el interior de sus  fronteras políticas. El fenómeno se repite una y otra vez después de la caída de los imperios y de la independencia política de los estados-nación, con  variantes que  dependen de la correlación de fuerzas de  los  antiguos habitantes colonizados y colonizadores en  los estados que  lograron la independencia.

Una  objeción menor al  uso  de  la  categoría de  colonialismo in- terno consistió en afirmar que,  en todo caso, lo que  existe  es un  semi- colonialismo o neocolonialismo interno, lo  cual  en  parte es  cierto si por  tales  se  toman las  formas de  dependencia y explotación colonial mediante el empleo (o la asociación) de  gobernantes nativos que  pre- tenden representar a las etnias de un Estado-nación. Sólo  que  no todos los gobernantes de las etnias oprimidas se dejan cooptar por las fuerzas dominantes: muchos encabezan la resistencia de sus  pueblos e incluso buscan con ellos nuevas alternativas de liberación, en una lucha que en América lleva más  de quinientos años. Las etnias o comunidades de na- tivos  o “habitantes originales” resultan ser así objetos de dominación  y explotación, y también importantes sujetos de resistencia y liberación.

MISTIFICACIONES Y ESCLARECIMIENTOS

El colonialismo interno ha  dado lugar a innumerables mistificaciones que pueden agruparse en cinco principales. Primera: se lo desliga de las clases sociales e incluso se lo excluye de las relaciones de explotación. No  se  lo comprende como un  fenómeno característico del  desarrollo del  capitalismo, ni  se  ve a  quienes luchan contra él  desde las  etnias colonizadas como parte del  pueblo trabajador y del  movimiento por la democracia, la liberación y el socialismo. Segunda: no se lo conecta con  la  lucha por  el  poder efectivo de  un  Estado-nación multiétnico, por  el poder de  un  Estado de  todo el pueblo o de  todos los  pueblos, o por  un  poder alternativo socialista que  se  construya desde los  mo- vimientos de  trabajadores, campesinos, pobladores urbanos. Tercera: en  sus  versiones más  conservadoras se lo conduce al etnicismo y a la lucha de etnias, al batustanismo y otras formas de balcanización y tri- balización que  tanto han ayudado a  las  políticas colonialistas de  las grandes potencias y de los estados periféricos a acentuar las diferencias y contradicciones internas de los estados-nación o de los pueblos que se liberan. En  la interpretación etnicista del  colonialismo interno, las etnias más  débiles no son convocadas expresamente a unirse entre sí ni a luchar al lado  de la etnia más  amplia y de sus  fuerzas liberadoras, o dentro del movimiento de todo el pueblo y de todos los pueblos. No se apoya a las etnias en las luchas contra sus  “mandones” y “caciques”, o contra los grupos de poder e interés, muchos de ellos  ligados a las cla- ses  dominantes del  Estado-nación y de las  potencias imperialistas. La versión conservadora del  colonialismo interno niega u oculta la lucha de clases y la lucha antiimperialista, aísla  a cada etnia y exalta su iden- tidad como una forma de aumentar su aislamiento. Cuarta: se rechaza la existencia del colonialismo interno en nombre de la lucha de clases, a menudo concebida de acuerdo con  la experiencia europea que  fue una verdadera lucha contra el feudalismo. Se rechaza al colonialismo inter- no en nombre de la “necesaria descampesinización” y de una supuesta tendencia a la proletarización de carácter determinista, que  idealiza a una lucha de  clases simple. Para ese  efecto se invoca como ortodoxia marxista la línea de una revolución anti-feudal, democrático-burguesa y antiimperialista. Esta mistificación, como algunas de las  anteriores, utiliza argumentos revolucionarios para legitimar políticas conserva- doras e incluso reaccionarias. Quinta: consiste en rechazar el concepto de  colonialismo interno con  argumentos propios de  la  sociología, la antropología o la  ciencia política estructural-funcionalista, por  ejem- plo  al afirmar que  se trata de un  problema eminentemente cultural de la llamada “sociedad tradicional”, el cual  habrá de resolverse con  una política de  “modernización”; y que  se  trata de  un  problema de  “inte- gración nacional” para construir un  Estado homogéneo que  llegará a tener una misma lengua y una misma cultura. En  estas posiciones se sostiene, de una manera u otra, que  el colonialismo interno, en caso  de existir, llegará a su  fin mediante el “progreso”, el “desarrollo”, la “mo- dernidad”; y que,  si algo  hay  parecido al “colonialismo interno”, la se- mejanza se debe  a que  sus víctimas, o los habitantes que  lo padecen, se hallan en etapas anteriores de la humanidad (“primitivas”, “atrasadas”). El darwinismo político y la sociobiología de la modernidad se utilizan para referirse a una inferioridad congénita de esas  poblaciones que son “pobres de  por  sí” y que  no  están sometidas a explotación colonial ni a  explotación de  clase.  Los  teóricos del  Estado centralista sostienen que  lo  verdaderamente progresista es  que  todos los  ciudadanos sean iguales ante la ley, y afirman que  los  problemas y las  soluciones para las  minorías y las  mayorías corresponden al ejercicio de  los  derechos individuales, y no de supuestos derechos de los pueblos o las etnias de origen colonial y neocolonial. Otros invocan la necesidad de fortalecer a la Nación-estado frente a otros estados y frente a las potencias neoco- loniales, acabando con las diferencias tribales que estas últimas aprovechan para debilitar el legado y el proyecto del Estado-nación a que cada uno  pertenece. Semejantes argumentos son  acentuados en la etapa del “neoliberalismo” y la “globalización” por  gobiernos que colaboran en el debilitamiento del Estado-nación, como los de Guatemala y México.

Las  tesis  que  distorsionan o  se  niegan a  reconocer el  colonia- lismo interno se  enfrentan a  planteamientos cada vez  más  ricos vin- culados con  las  luchas contra la agresión, explotación y colonización externa e interna. Entre las zonas o regiones donde se ha discutido con más  profundidad el problema del  colonialismo interno se encuentran África  del  Sur   y  Centroamérica. El  Partido Comunista Sudafricano (South African Communist Party, SACP)  ha  afirmado: “La Sud-África de la población que  no  es blanca es la colonia de la población blanca de Sud-África” (SACP, 1970).  Ha hecho ver cómo el capital monopólico y el imperialismo se han combinado con  el racismo y el colonialismo para explotar y oprimir a territorios que  viven  bajo  un  régimen colo- nial  o neocolonial. El planteamiento ha  dado lugar a grandes debates, muchos de ellos  formales, en  los que  se niega el colonialismo interno afirmando que  “desde una perspectiva marxista (per se) la clase  obrera bajo  el capitalismo no  puede beneficiarse de  la  explotación colonial” (Southall, 1983).  El problema se ha complicado con la mistificación que implica buscar la independencia de  “sub-estados” o “estados étnicos” sin  capacidad real  para enfrentar el poder de  la burguesía y el impe- rialismo. El oscurecimiento ha  sido  aún más  grave  en  el caso  del  uso del concepto de colonialismo interno por  el pensamiento conservador y paternalista, que  pretende dar  la bienvenida a la fingida independencia de los batustanes. En ocasiones, el debate se ha hecho tan  complejo que muchos autores progresistas y marxistas han recurrido más  frecuen- temente al concepto de racismo como mediación de la lucha de clases que  al  concepto de  colonialismo interno. O‘Meara ha  expresado este hecho de la siguiente manera: “la política racial es un  producto histó- rico  diseñado sobre todo para facilitar la acumulación de capital, y ha sido  usado así  por  todas las  clases con  acceso al poder del  Estado en Sud-África” (1975: 147). Con el racismo, como ha observado Johnstone, “los nacionalistas y los obreros blancos logran la prosperidad y la fuer- za material por  la supremacía blanca” (1970:  136).  Todo  esto  es cierto, pero con el solo concepto de racismo se pierde el de los derechos de las “minorías nacionales” o “etnias” dominadas y explotadas en condicio- nes coloniales o semicoloniales, y que resisten defendiendo su cultura y su identidad. Con el solo concepto de “racismo” se pierde el del derecho que  tienen las etnias a regímenes autónomos.

La noción de etnias ligada a la revolución de todo el pueblo y al poder de un  Estado que  reconozca su autonomía es la solución que  en- contró el gobierno revolucionario de  Nicaragua, finalmente derrocado por la “contra” y por la claudicación de  muchos de  sus  dirigentes. En 1987 en Nicaragua fue promulgada una nueva Constitución que en el ar- tículo 90 incluye los derechos de las etnias a la “autonomía regional”. El concepto de autonomía y su formulación jurídica lograron precisar con toda claridad la diferencia entre “autonomía  regional” y soberanía del Estado-nación. Para fortalecer al Estado-nación y respetar la identidad y los derechos de las etnias, se buscó resolver a la vez el “problema étnico- nacional” (Díaz  Polanco, 1987:  95-116). Se  “reconoció la  especificidad lingüística, cultural y socioeconómica de las etnias o minorías naciona- les” a las que con frecuencia tratan de ganar para sí la contrarrevolución y el imperialismo (Díaz Polanco y López y Rivas, 1986). El planteamiento no logró, sin  embargo, vincular suficientemente las luchas de las etnias con  las de las demás fuerzas democráticas y liberadoras. La tendencia a plantear la lucha por la “autonomía” de los pueblos indios sin vincularla con  las luchas por las autonomías de los municipios, y con  aquellas de las  organizaciones de pueblos, trabajadores y ciudadanos, haría de ese esfuerzo un  ejemplo que  sólo  sería superado por el movimiento de libe- ración de Guatemala y, sobre todo, por los zapatistas de México. Frente al “indigenismo marxista que no contempló ninguna reivindicación étnica” (Saladino García, 1983: 35), o frente al que  pretendió oscurecer la lucha de  clases con  las  luchas de  las  etnias, desde la década del  ochenta los revolucionarios centroamericanos, en particular los de Nicaragua y Gua- temala, aclararon considerablemente la dialéctica real de la doble lucha.

Para nosotros –dice  un texto  guatemalteco– el camino del triunfo de la revolución entrelaza la lucha del pueblo en general contra la explo- tación de clase  y contra la dominación del imperialismo yanqui, con la lucha por  sus  derechos de  los  grupos étnico-culturales que  con- forman nuestro pueblo, complementándolos de manera dialéctica y sin  producir antagonismos (“Los  pueblos indígenas y la revolución guatemalteca”, 1982).

 

CONCEPTOS DE  LA LUCHA Y DE  LOS  ESPACIOS DE  LA LUCHA

A la presencia del  colonialismo interno en  el concepto de  la lucha de clases y por la liberación nacional, se añade su presencia en el concepto de los espacios de la lucha de clases y por la liberación nacional. Si en un caso  el colonialismo interno enriquece la comprensión y la acción de las luchas de los trabajadores y los pueblos oprimidos, en otro plantea el problema de las diferencias y semejanzas de los campos de lucha que no sólo interesan a los trabajadores o a los pueblos oprimidos, sino  a todas las fuerzas ocupadas en  construir un  mundo alternativo desde lo local hasta lo global, desde lo particular hasta lo universal. La diferencia entre precisar la lucha y los campos de lucha se aclara a partir de algunos tex- tos de José  Carlos Mariátegui, Antonio Gramsci y Henri Lefebvre.

 José   Carlos Mariátegui  (1894-1930), fundador  del  Partido Socialista del  Perú, que  perteneció a la III  Internacional, colocó a los pueblos indios en  el centro de  la problemática nacional. La originali- dad  de  su  planteo, y la dificultad para reconocerla, se perciben mejor si se coloca la cuestión de  las  etnias entre los  problemas centrales de la humanidad. La idea  resulta políticamente chocante y epistemológi- camente desdeñable. Para la  mayor parte de  las  fuerzas dominantes en  Perú y en  el mundo, los  problemas de  los  indios, las  minorías, las etnias, son  problemas “particularistas”, no  universales. La concepción de Mariátegui sobre el tema poco  tiene que  ver con  buena parte de la izquierda de ayer  y de hoy, para las que los indios y las etnias sometidas “no se ven”, no existen como actores ni en la problemática de la lucha de clases, ni en la lucha nacional contra el imperialismo, ni en el proyecto de una revolución democrática y socialista. Para este  autor, en cambio es imposible que una política en Perú no tenga como principal referente a los pueblos indios. Si generalizamos su reflexión, Mariátegui plantea en cada país  o Estado-nación pluriétnico la imposibilidad de una políti- ca alternativa que  no tome en cuenta, entre los actores centrales, a sus etnias o pueblos oprimidos, aliados e integrados con  los  trabajadores y las  demás fuerzas democráticas y socialistas. Yendo más  allá  de  los planteamientos populistas de su tiempo y de su país,  propone una lucha nacional e iberoamericana en que  lo indo-nacional y lo indoamericano se inserten en la realidad mundial de la lucha de liberación y de clases. Se opone con razón al proyecto populista de “formación de las repúbli- cas independientes” con los pueblos indios. Al mismo tiempo, reconoce como actor central en la lucha nacional y de clases a los indios unidos con los trabajadores (Mariátegui, 1928).  Y esta propuesta no representó simplemente un  decir, o una reflexión quijotesca y dogmática de india- nismo y obrerismo; fue  realismo político y revolucionario. Mariátegui indianizó la lucha de clases; indianizó la lucha antiimperialista y plan- teó  la necesidad de hacer otro tanto en  cualquier país  o región donde hubiera poblaciones colonizadas, etnias, pueblos oprimidos, minorías o nacionalidades en las condiciones de esa explotación, discriminación y dominación que distingue a los trabajadores de las etnias dominantes, o “asimilados”, frente a los trabajadores de las etnias dominadas, discri- minadas, excluidas. En  Mariátegui, los espacios sociales y las particu- laridades de la lucha de clases y de liberación aparecieron con  relación a un  determinado país,  a un  determinado Estado-nación, sin  que  ese autor precisara los diferentes espacios de dominación y explotación en el país  ni  las  distintas categorías colectivas que  podían y debían inte- grarse o asociarse a la clase  trabajadora y sus frentes de lucha. Gramsci y Lefebvre llenaron algunos de  esos  vacíos a partir de  las  propias ex- periencias europeas. En  ese mismo terreno los seguiría Robert Lafont. Entre las contribuciones de Gramsci al estudio de los campos de lucha, se destaca, sin  duda, su estudio sobre las relaciones entre el norte y el sur de Italia. Un párrafo de sus Cuadernos de la cárcel sintetiza en forma magistral su pensamiento:

La  miseria del  Mezzogiorno fue  “inexplicable” históricamente  para las masas populares del Norte; éstas no  comprendían que  la unidad no se daba sobre una base  de igualdad sino como hegemonía del Nor- te sobre el Mezzogiorno, en una relación territorial de ciudad-campo, esto es, en que  el Norte era concretamente una “sanguijuela” que  se enriquecía a costa del Sur y que su enriquecimiento económico tenía una relación directa con  el empobrecimiento de la economía y de la agricultura meridional. El pueblo de la Alta Italia pensaba por el con- trario que  las causas de la miseria del Mezzogiorno no eran externas sino  sólo  internas e innatas a la población meridional, y que  dada la gran riqueza natural de  la región no  había sino  una explicación, la incapacidad orgánica de sus  habitantes, su barbarie, su interioridad biológica. Estas opiniones muy  difundidas sobre “la pobreza andra- josa  napolitana” fueron consolidadas y teorizadas por los sociólogos del positivismo que  les dieron la fuerza de “verdad científica” en un tiempo de superstición en la ciencia (Gramsci, 1977).

El texto  es impecable. Permite comprender cómo en un solo país,  Italia, se planteó el problema del colonialismo interno. Pero  ese problema no se piensa entre “los hombres del pueblo” ni entre los “científicos” como colonialismo ni como interno. Con  el habitual oportunismo epistemo- lógico  en la manipulación y mutilación de categorías, “el colonialismo”, como explicación, es sustituido por  los “sociólogos”. Para ellos “la infe- rioridad racial” de los italianos del sur  y la superioridad de los del norte constituye “el factor determinante”. Lo interno del país  llamado Italia es sustituido por  lo interno inferior propio del sur  y lo interno superior propio del  norte. Esta operación de  sustitución oculta las  relaciones entre norte y sur. Gramsci usa la metáfora de la sanguijuela para hablar de la explotación regional. Aborda, como contraparte, el problema de la unidad en la diversidad para la formación de un bloque histórico que comprenda la necesidad de la unidad con respeto a las autonomías. Re- chaza el temor de los reaccionarios que  en el pasado vieran en la lucha por  la autonomía de Cerdeña un  peligroso camino para la mutilación de Italia y el regreso de los Borbones. Defiende las luchas por la autono- mía  del pasado y el presente.

En  todo caso,  como ha  observado con  razón Edward W. Soja,  la explotación de unas regiones por otras sólo  se entiende cuando en  las regiones se estudian las relaciones de producción y de dominación con sus  jerarquías y sus  beneficiarios (Soja, 1995:  117 y 184).  De llevarse a cabo ese análisis, aparecen, entre otros fenómenos, los del colonialismo interno, tanto en la intensificación de la dominación del capital nacional e internacional, como en la ocupación de los espacios territoriales y so- ciales de un país a otro o en el interior de un mismo país.  La explotación, dominación, discriminación y exclusión de los “trabajadores coloniales” por el capital nacional y extranjero se da  en el interior de las fronteras políticas nacionales, o fuera de  ellas.  Plantea diferencias económicas, políticas y jurídicas significativas entre los  trabajadores  “coloniales” o inmigrantes que,  viniendo de las periferias a los países o regiones cen- trales, compiten con  los trabajadores residentes vendiendo más  barata su fuerza de trabajo. Las discriminaciones y oposiciones también se dan entre los trabajadores de las etnias dominantes y los trabajadores de las etnias dominadas. Superar esas  diferencias en frentes comunes sólo  es posible cuando se reconoce la unidad de intereses y valores en medio de la diversidad de etnias y trabajadores residentes e inmigrantes.

Henri Lefebvre y Nicos  Poulantzas critican al marxismo que des- cuida la ocupación y la reestructuración del  espacio. Precisan el vago método del análisis concreto de las situaciones concretas, actuales. Se refieren, aun sin  decirlo así,  a la necesaria consideración de  distintas situaciones tanto a lo largo de los tiempos como a lo ancho de los espa- cios de dominación y apropiación. Lefebvre hace ver que la ocupación y la producción de espacios por  el capitalismo es lo que le permite dismi- nuir sus contradicciones. Analiza la manipulación física  y teórica de los espacios de la clase  obrera, desde Haussmann con  sus “bulevares” has- ta el actual mercado mundial. Y añade que  “hay  un  semi-colonialismo metropolitano que  subordina a sus  centros los  elementos campesinos y de obreros extranjeros todos sometidos a una explotación concentra- da  y que  mantiene la segregación racial” (Lefebvre, l968:  65).  Observa que  “agrupando los centros de decisión, la ciudad moderna intensifica la  explotación organizándola en  toda la  sociedad y no  sólo  en  la  cla- se obrera sino  en otras clases sociales no dominantes” (Lefebvre, l968:

200).  (Esas “clases sociales no  dominantes” son  las  de los medianos  y pequeños propietarios, artesanos y “clases medias pobres”; las  de  los “marginados” y excluidos, base  de  los  “acarreados” de  los  frentes po- pulistas y socialdemócratas; hay  en ellas  elementos de lucha contra el neoliberalismo y por  una democracia incluyente).

El rico significado del “colonialismo interno” como categoría que abarca toda la historia del capitalismo hasta nuestros días,  y que,  con ese u otro nombre, opera en las relaciones espaciales de todo el mundo, es  analizado por  Robert Lafont en  su  libro La revolución regionalista (1971). Lafont estudia el problema en  la  Francia de  De  Gaulle, pero lleva  el análisis mucho más  allá  de  las  fronteras de  ese  país  centrali- zado, cuyas diferencias étnicas o regionales son  a menudo olvidadas, y de un  “Estado Benefactor” particularmente pujante y avanzado. Sus reflexiones generales se  ven  ampliamente confirmadas en  países con muchas mayores diferencias regionales, como España, Italia, Inglaterra,  Yugoslavia y Rusia en la propia Europa, no se diga ya en la inmensa mayoría de  los  países de  la periferia mundial. También se ven  confir- madas y acentuadas en  la gran mayoría de  los  países post-socialistas, que  vivieron bajo  regímenes de  socialismo de  Estado. Su  peso  alcan- za magnitudes sin  precedente con  el paso del “Estado de Bienestar” o del  “Socialismo de  Estado” al  Estado Neoliberal que  surgió en  Chile desde el golpe  de Augusto Pinochet, y que  se instaló en las metrópolis con los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Las políticas neoliberales adquirieron perfiles cada vez más  agresivos en el desman- telamiento del  “Estado Social”, y desataron  “guerras humanitarias”  y “justicieras” para la apropiación de posiciones militares, vastos territo- rios  y valiosos recursos energéticos, como las  que  han ocurrido desde las invasiones de Kosovo, Palestina, Afganistán, hasta las de Irak. Todas ellas  han aprovechado y manipulado las  luchas entre etnias para in- vadir a los estados-nación y someter a sus  pueblos. La declaración de una guerra permanente o “sin fin previsible” por  el gobierno de EE.UU. abrió una nueva época del  “estado terrorista”, y una nueva época de conquistas y colonizaciones transnacionales, internacionales e intrana- cionales. En todas ellas  el colonialismo interno tiende a articularse con el colonialismo internacional y con  el transnacional, con  sus  redes de poderosas empresas oligopólicas y sus empresas paramilitares o guber- namentales (Larry, 2000: 433-455).

Analizando la Francia de los años sesenta, Robert Lafont observó un aplastamiento de las estructuras regionales subsistentes. La invasión colonizadora, nacional-francesa o  extranjera, es  la  conclusión lógica del subdesarrollo mantenido por la forma del Estado y por el régimen del  gran capital que  actúan conjuntamente. Lafont no  se  refiere sólo al colonialismo interno sino  a la colonización que  se halla en  proceso de aumentar en  un  Estado-nación, y que  está a cargo tanto del capital nacional como del extranjero. El perfil que da del colonialismo se puede actualizar y reposicionar. Colonialización internacional y colonización interior tienden a realizar expropiaciones y despojos de territorios y pro- piedades agrarias existentes, y contribuyen a la proletarización o empo- brecimiento, por depredación, desempleo y bajos salarios, de la pobla- ción y los trabajadores de las zonas subyugadas. Al despojo de territorios se añade la creación de territorios colonizados o enclaves coloniales; al despojo de circuitos de distribución se añade la articulación de los re- cursos con que cuentan las megaempresas y los complejos; a la asfixia y abandono de la producción y los productos locales se agrega el impulso de los trusts extranjeros unidos al gran capital nativo público y privado.

La redemarcación de territorios y regiones rompe y rehace anti- guas  divisiones geográficas, y crea  nuevos límites y flujos. Abre al país. Mueve, por  distintos lados, el “frente de invasión”. Elimina buena parte de  los  medianos y pequeños empresarios, y se ensaña con  los  artesanos  y las  comunidades. Crea  una “conciencia colonizadora” entre las distintas clases, con  pérdida de  identidad de  los  nativos. Lleva  a  un primer plano las industrias extractivas frente a las industrias de trans- formación, y a estas las reduce a maquilas en que  los trabajadores re- ciben bajos sueldos, realizan grandes jornadas de trabajo, se someten a procesos de producción intensiva, todo con  bajos márgenes de seguri- dad  y salubridad, carencia efectiva de derechos de asociación y control represivo por  parte de sindicatos y policías patronales.

La debilidad de los trabajadores aumenta en tanto las unidades de  producción situadas en  un  mismo lugar elaboran “partes” de  apa- ratos, máquinas y productos que  se producen y ensamblan en lugares distintos y distantes, y en tanto las instalaciones pueden ser fácilmente desmontadas y removidas por  los gerentes y propietarios. Así se crean regiones enteras que dependen de una sola compañía y que están some- tidas a sus objetivos y dominación, no sólo corporativa, económica, pa- rapolicial, sino  también psicológica, cultural, social, política, judicial. Las  compañías dominan fábricas y regiones. Esa  dominación es muy difícil  de  romper; pero, en  caso  de  ocurrir tal  ruptura, las  compañías tienen muchos recursos, incluidos los  de  la  represión, de  preferencia selectiva, con  operaciones encubiertas o acciones legitimadas por  un Estado privatizado. En  todo caso, la alternativa de  “sumisión con  ex- poliación o de  desempleo con  exclusión” se  plantea como “la opción racional” a los trabajadores y sus familias.

Por otra parte, las conexiones y circuitos de distribución se hacen directamente de unas empresas a otras o en una misma megaempresa con  sus  sucursales y sus  proveedores, sin  que  los  flujos  de  importa- ción-exportación-realización sean contabilizables a nivel  internacional o nacional, y sin  que  puedan darse interferencias fiscales o laborales. Los circuitos internos de las compañías se benefician de la compra a los proveedores locales, con precios castigados, que en el caso  de las regio- nes periféricas están muy  por debajo del valor  que alcanzan los mismos bienes y servicios en el mercado formal nacional o internacional.

Las  compañías son  enclaves territoriales y llegan a privatizar de tal modo el poder en regiones y países enteros que  desaparece el mono- polio  de la violencia legal del Estado cuando así conviene a los intereses de las compañías o de los funcionarios estatales asociados y subordina- dos.  En  caso  de conflicto con  el gobierno local  o con  los trabajadores  y los movimientos sociales y políticos, las “compañías invasoras” recurren al Estado provincial o al nacional, y, si estos no atienden sus intereses y demandas, se amparan en las “potencias invasoras”. La lógica  de que  lo que  le conviene a las compañías le conviene a la nación y al mundo (el eslogan conocido sostiene: What is good for General Motors is good for the World) se impone de arriba abajo entre funcionarios, directivos, gerentes y empleados de confianza, o que aspiran a serlo. Dicha lógica  corresponde al sentido común de una colonización internacional que  se combina con  la colonización interna y con  la transnacional. En  ella dominan las megaempresas y los complejos empresariales-militares. Todos actúan en forma “realista” y pragmática sobre las bases anteriores y se ilusionan o engañan pensando que  la única democracia viable  y defendible es la de los empresarios, para los empresarios y con los empresarios.

Lafont habla de  “la Francia de  las  relaciones humanas concre- tas”. Su contribución al estudio analítico de lo concreto no sólo permite ver  las  diferencias entre el  país  formal y el  país  real,  sino  entre sus equivalentes mundiales y locales. Permite también ver  lo concreto en relación con distintos tipos de organizaciones, como los gobiernos y las compañías, y lo concreto de categorías como las  clases, las  potencias, las  naciones inviables y los  complejos con  sus  redes y jerarquías. El suyo  es un análisis particularmente útil para determinar las causas o el origen de los problemas en distintas etapas, regiones, estructuras y or- ganizaciones. También lo es para plantear las alternativas, las alianzas, los frentes, los bloques y sus  articulaciones en movimientos, organiza- ciones, redes y partidos, o sus  combinaciones y exclusiones en contin- gentes de  resistencia y liberación en  la lucha actual contra el sistema de  dominación, acumulación, explotación, exclusión, opresión y me- diación internacional, intranacional y transnacional. Lafont plantea los problemas de la “revolución regionalista” advirtiendo que  las regiones

–como el tiempo histórico y el capitalismo– tienen un punto de ruptura. Él mismo esboza un  proyecto de poder regional y de luchas democrá- ticas y revolucionarias con  autonomías. Propone que  los  sindicatos  y otras organizaciones construyan una ciudadanía completa que  incluya un humanismo regional en un mundo de pueblos (Lafont, 1971).

COLONIALISMO INTER, INTRA Y TRANSNACIONAL

Con el triunfo mundial del capitalismo sobre los proyectos comunistas, socialdemócratas y de  liberación nacional, la política globalizadora  y neoliberal de las grandes empresas y los grandes complejos político-mi- litares tiende a una integración de la colonización inter, intra y transna- cional. Esa  combinación le permite aumentar su dominación mundial de los mercados y los trabajadores, así  como controlar en su favor  los procesos de distribución del excedente en el interior de cada país,  en las relaciones de un  país  con  otro y en  los flujos  de las  grandes empresas transnacionales.

La política globalizadora y neoliberal redefine las empresas y los países con sus redes internacionales, intranacionales y transnacionales. El mundo no puede ser analizado si se piensa que  una categoría exclu- ye a las otras. En  cuanto a las relaciones de dominación y explotación regional, las redes articulan los distintos tipos de comercio inequitativo y de  colonialismo, así  como los  distintos tipos de  explotación de  los trabajadores, o las  distintas políticas de  participación y exclusión, de distribución y estratificación por  sectores, empleos, regiones.

Las  categorías de  la  acumulación se  han redefinido histórica- mente. Procesos iterativos ampliados se consolidan con políticas macro de las fuerzas dominantes. Estas impulsan las tendencias favorables al sistema. Frenan o desarticulan las tendencias que  le son  desfavorables. Aunque  ese  proceder esté lejos  de  acabar con  las  contradicciones del sistema, e incluso cuando en plazos relativamente cortos lo coloque en el orden de  los  “sistemas en  extinción”, durante  la  etapa actual, cuya duración es difícil  calcular, le da una fortaleza innegable. La misma pro- viene de la desarticulación de categorías sociales como “la clase  obrera”, el “Estado-nación”, el “Estado Benefactor”, el “Estado independiente” surgido de  condiciones coloniales y que  se vuelve  o resulta ser depen- diente, el “Estado Socialista” o “Nacionalista” surgido de los movimien- tos revolucionarios y de liberación nacional, que  se vuelve  o resulta ser capitalista y neoliberal, y que hasta se inscribe en los países endeudados sujetos a las políticas del Banco Mundial (BM),  el Fondo Monetario In- ternacional (FMI)  y la Tesorería del  Gobierno de EE.UU. La fuerza de los centros de poder mundial y de los antiguos países imperialistas tam- bién  proviene de la estructuración y reestructuración de mediaciones en los  sistemas sociales con  refuncionalizaciones “naturales” e inducidas de las clases, capas y sectores medios, y de las políticas de distribución que incluyen desde “estímulos” especiales al gran capital y sus asociados hasta políticas de marginación, exclusión y eliminación de las poblacio- nes  más  discriminadas y desfavorecidas, todo combinado con  políticas de  premios y castigos que  en  los  estados benefactores corresponden a derechos sociales, y en los neoliberales se asocian a donativos focaliza- dos y acciones humanitarias. La fortaleza de los centros de poder del ca- pitalismo mundial también se basa en la articulación y combinación de sus propias fuerzas desde los complejos militares-empresariales y cientí- ficos, pasando por sus redes financieras, tecnológicas y comerciales, has- ta la organización de complejos empresariales de las llamadas compa- ñías  transnacionales y multinacionales que controlan desde sus propios bancos, pasando por sus  medios de publicidad, hasta sus  mercados de servicios, mercancías, territorios y “conciencias”. Para la maximización del dominio y las utilidades, la articulación de los complejos militares- empresariales y políticos es fundamental. Todos ellos trabajan en forma de sistema autorregulado, adaptativo y complejo, que  tiende a dominar al sistema-mundo sin  dominar las inmensas contradicciones que  dicho sistema genera. Dentro de sus  políticas caben los distintos tipos de co- lonialismo organizado que se combinan, complementan y articulan con proyectos asociados para la maximización de las utilidades y del poder de las empresas y de los estados que las apoyan.

 En esas  condiciones, fenómenos como el colonialismo operan en sus formas internacionales clásicas; también funcionan según las formas intranacionales que  aparecen con  el surgimiento de los estados-nación que  han hecho objeto de conquista a pueblos vecinos –como Inglaterra hizo con Irlanda, o como España hizo con el País Vasco– o que, viniendo de  una historia colonial tras las  guerras de  independencia, mantienen con  las antiguas poblaciones nativas las mismas o parecidas relaciones de  explotación de  los  antiguos colonizadores. Y a  ellas  se  añaden las empresas transnacionales y  las  regiones transnacionales  controladas por la nueva organización expansiva del  complejo militar-empresarial de EE.UU. y sus asociados internos y externos. La estrecha articulación de esas  fuerzas es percibida cada vez más  por las etnias, nacionalidades o pueblos que se enfrentan a las oligarquías y burguesías locales, nacio- nales e internacionales, y a las empresas transnacionales.

Los  movimientos alternativos, sistémicos y  antisistémicos, no pueden ignorar los  grandes cambios que  han ocurrido en  las  catego- rías  sociales del sistema de acumulación y dominación capitalista, hoy hegemónico a nivel  mundial. Y si el reconocimiento de  esos  cambios se  presta a formulaciones que  dan  por  muertas categorías anteriores como el imperialismo, el Estado-nación o la  lucha de  clases, lo  cual es completamente falso  y más  bien  corresponde a las “operaciones en- cubiertas” de las ciencias sociales y al uso  de lenguajes “políticamente correctos” de  quienes dicen representar a  una “izquierda moderna”, sistémica o antisistémica, el problema real  consiste en ver cómo se re- estructuran las  categorías de  la acumulación y dominación, y en  qué forma aparecen sus  redefiniciones actuales y conceptuales en los nue- vos procesos históricos y en los distintos espacios sociales.

En medio de los grandes cambios ocurridos desde el triunfo glo- bal  del  capitalismo, el colonialismo interno o intracolonialismo, y su relación con  el colonialismo internacional, formal e informal, y con  el transnacional, es una categoría compleja que  se reestructura en sus re- laciones con  las  demás, y que  reclama ser  considerada en  cualquier análisis crítico del mundo que  se inicie desde lo local  o lo global.

Si los  fenómenos de  colonización externa en  los  inicios del  ca- pitalismo fueron el origen del imaginario eurocentrista y antiimperia- lista  que  no  dio  al colonialismo el peso  que  tenía en  el interior de los estados-nación estructurados como reinos, repúblicas o imperios, hoy resultaría del todo falso  un  análisis crítico y alternativo de la situación mundial o nacional que no incluya al colonialismo interno articulado al internacional y al transnacional.

A la necesidad de reconocer la enorme importancia de las luchas de  los  ciudadanos contra el Estado tributario que  hacía de  ellos  me- ros  “sujetos”, o a la necesidad de incluir las luchas de los trabajadores contra los  sistemas de  explotación y dominación del  capital, o las  de los pueblos colonizados y oprimidos que  luchan por  la independencia soberana del  Estado-nación frente al  imperialismo y el  colonialismo internacional, se  añade la  creciente lucha de  los  pueblos que,  dentro de  un  Estado-nación, se enfrentan a los  tres  tipos de  colonialismo, el internacional, el intranacional y el transnacional.

Las nuevas luchas que  libran los pueblos rebeldes o en resisten- cia  contribuyen a esclarecer la complejidad o inter-definición que  han alcanzado las categorías del capitalismo, y hacen acto  de presencia en todas ellas.  También registran las amargas experiencias de mediación, cooptación y corrupción que  las  distintas revoluciones sufrieron con la integración de  los  movimientos revolucionarios y reformistas a los sistemas políticos del Estado, fuera este liberal, socialdemócrata, nacio- nalista, socialista o comunista.

Las nuevas fuerzas emergentes también llevan  a replantear la de- mocracia, la liberación y el socialismo, dando un nuevo peso  a la lógica de la sociedad civil frente a la del Estado, a los valores ético-políticos de las comunidades y las organizaciones autónomas de la resistencia o de la alternativa frente a un capitalismo que ha “colonizado el conjunto de la vida cotidiana”.

En los planteamientos emergentes se pone el acento en la formu- lación moral y política del  respeto a uno  mismo, a la propia dignidad y autonomía de  la  persona, y también del  respeto a la  colectividad a que  se pertenece, a fin de construir un  poder alternativo indoblegable que,  basado en  las  unidades autónomas y sus  redes, redescubra, por sus recuerdos y experiencias, la lucha encubierta de clases, hoy conver- tida  en guerra por  “los ricos y los poderosos”, y que  los ciudadanos, los pueblos y los  trabajadores descubren o redescubren por  experiencias propias, conforme las crisis se agudizan y los movimientos alternativos se fortalecen.

La presencia del nuevo colonialismo internacional,  interno y transnacional, encontró una importante confirmación en el terreno mi- litar desde que  a la guerra internacional se añadió la “guerra interna” hasta convertirse en  el objetivo central teórico-práctico de  las  fuerzas político-militares hegemónicas. La “guerra interna” fue considerada desde los  años sesenta por  los  complejos militares-empresariales de las  grandes potencias como la  forma principal de  la  guerra mundial. El cambio implicó una importante innovación en las artes y las tecno- ciencias militares al articular los ejércitos de ocupación nacionales con los multinacionales y transnacionales. El cambio se dio  en las guerras abiertas y encubiertas, y en  las  fuerzas convencionales y no  conven- cionales, militares y paramilitares. En  todos los  tipos de  guerras y de guerreros, de soldados y de agentes, se articuló lo nacional, lo interna- cional o multinacional, y lo transnacional. Los pueblos oprimidos por un colonialismo descubrieron todos los colonialismos. Su dura vivencia fue parte de su inmensa capacidad teórica, de un sentido y una práctica muy  lejanos a la “sociedad tradicional”.

La  guerra interna apareció originalmente asociada a  la  guerra contrainsurgente del llamado Tercer Mundo; pero, de hecho, quedó in- cluida en  la nueva teoría de  la “guerra de  variada intensidad” que  se libra en el mundo entero, con  previsiones de inclusión de la misma en los  países metropolitanos, hecho contemplado desde los  años sesen- ta  y que  se  puso en  marcha desde el 11  de  septiembre de  2001.  Este tipo  de guerra no  sólo  mostró su carácter internacional, intranacional y transnacional como guerra contrainsurgente, sino  como nueva gue- rra  de  conquista que  combina la ocupación violenta y pacífica de  los territorios de la periferia con las nuevas guerras de conquista contra los estados-nación del ex Tercer Mundo y sus distintas etnias.

La “guerra interna” muestra, en tanto guerra, que  la mayoría de los estados-nación y sus  clases dominantes actúan predominantemen- te como cómplices o asociados en las acciones contra los pueblos, sin que  por  ello  dejen de existir enfrentamientos entre los estados-nación de las grandes potencias. Las etnias ven la unidad de sus  opresores en la  preparación de  los  ejércitos nacionales que  van  a las  escuelas me- tropolitanas, y que  reciben el entrenamiento de sus  expertos para usar las armas que  esos  países les venden a los ricos y poderosos del propio país  o provincia de  origen. Descubren cómo esa  unidad se extiende a los  paramilitares nativos que  reciben entrenamiento y armamento de caciques y gobiernos nacionales y extranjeros, hasta formar verdaderos complejos transnacionales, con  sus  jerarquías y autonomías relativas, convencionales y no  convencionales. Con  las guerras internas y las de baja  intensidad, los pueblos adquieren una conciencia creciente del ca- rácter internacional de  sus  luchas; y, aunque ven  la  conveniencia de apoyarse en los estados que  simpatizan con  ellas,  sus referentes princi- pales se hallan en la sociedad civil de los pobres y empobrecidos, de los marginados y excluidos en sus movimientos y organizaciones.

Durante la nueva etapa de la conquista del mundo, cada vez más abierta y sin freno, en que el complejo militar de EE.UU. y sus asociados y subordinados dan  muestras de disponer de una inmensa fuerza para destruir, intimidar, disciplinar y comprometer a casi todos los gobiernos del mundo, así  como para dividir y enfrentar a los pueblos, ya no  sólo cobran especial relieve las luchas y guerras entre etnias que desde Koso- vo hasta Irak se vuelven instrumentos del imperialismo, sino  los nuevos movimientos sociales por un  mundo alternativo que  profundizan sus luchas contra el imperialismo, el neoliberalismo, el capitalismo, y con- tra las más  distintas formas de opresión laica  o religiosa, que  impiden alcanzar ciertos valores universales de democracia, justicia y libertad.

Esos  movimientos de nacionalidades, pueblos y etnias constituyen la avanzada del  movimiento histórico mundial desde el fin  del  Estado Benefactor, Socialista o Populista, y manifiestan en sus llamados y comu- nicados un  nivel  de conciencia sin  precedente, que  no sólo  obedece a la lectura que han hecho de las rebeliones de fin de siglo, ni a la reformula- ción  de los legados de experiencias anteriores, sino  a una contradicción necesaria de los estados socialdemócratas, populistas o desarrollistas,  y del socialismo de Estado. En  muchos de los países periféricos, durante los gobiernos populistas o socialistas se dio  una política educativa que incluyó entre sus beneficiarios a muchos jóvenes de las nacionalidades y minorías étnicas (Stavenhaguen, 1996:  105-114). Ligados a sus  pueblos originales, buen número de jóvenes de las etnias o nacionalidades fueron capaces de captar lo universal concreto en sus  variedades, en sus  espe- cificidades y en sus novedades históricas. Descubrieron el nuevo mundo sin encubrir el pasado. Descubrieron el mundo actual y las líneas de un mundo alternativo emergente y a ser construido. El cambio ocurrió en las regiones periféricas y centrales. Se dio entre los pobladores urbanos marginados, entre los movimientos de jóvenes, mujeres, homosexuales, desempleados, endeudados, excluidos, y en  algunos de los viejos  movi- mientos de campesinos y trabajadores o de revolucionarios y reformis- tas, pero entre todos ellos  se destacaron los movimientos de las  etnias, de los pueblos indios que captaron la vieja y nueva dialéctica del mundo desde las  formas de opresión, discriminación y explotación local  hasta las transnacionales, pasando por las nacionales e internacionales.

La  lucha por  la  autonomía de  los  pueblos, las  nacionalidades o las  etnias no  sólo  unió a  las  víctimas del  colonialismo interno, in- ternacional y transnacional, sino  que  se topó con  los intereses de una misma clase  dominante, depredadora y explotadora, que  opera con  sus complejos y articulaciones empresariales, militares, paramilitares y de civiles,  todos estos  organizados como sus  clientelas y allegados en  un paternalismo actualizado y un populismo focalizado.

En sus formas más  avanzadas, los nuevos movimientos plantean una alternativa distinta a la estatista revolucionaria o a la reformista, y también a la anarquista y libertaria. Ni luchan por  reformar al Estado, ni  bregan por  tomar el poder del  Estado en  una guerra de  posiciones y movimientos, ni pretenden crear aldeas o regiones aisladas dirigidas por  sus  comunidades al estilo de aquellos anarquistas de Perú o de Ca- taluña que  declararon que  en su pueblo había desaparecido el Estado, y, más  pronto que  tarde, el Estado acabó con  ellos.  La propuesta de los zapatistas está  combinando las  antiguas formas de  resistencia de  las comunidades con  su articulación a manera de redes muy  variadas. Las redes no sólo incluyen a distintos pueblos indios que  antes se enfrenta- ban  entre sí y que ahora actúan conjuntamente para resistir y gobernar, sino  a muchas minorías, etnias o pueblos de  las  mismas provincias o países, y de regiones como Mesoamérica o Indoamérica, y hasta otras mayores y más  lejanas con  las  que  al menos entran en  comunicación por  vía electrónica. Las  redes también incluyen a los  campesinos que no  se identifican por  una cultura o lengua distinta de  la nacional. In- cluyen a los trabajadores, a los estudiantes, a los intelectuales, a las po- blaciones marginales urbanas, y a otros llamados nuevos movimientos como los  de  género, los  ecologistas, los  de  deudores y jubilados, y en general los de los empobrecidos, marginados, excluidos, desempleados, desplazados y amenazados de extinción.

La formación de redes y organizaciones autónomas plantea una nueva alternativa de lucha con crecientes capacidades para enfrentar al sistema dominante en tanto esta  articule y reestructure a fuerzas hete- rogéneas que no sólo den un valor  primordial a la autonomía necesaria, sino  a la dignidad, irrenunciable, de personas y colectivos. Esos  plan- teamientos no sólo  incluyen un  nuevo uso  de los medios electrónicos y de masas, sino  comunicaciones también presenciales. A través de unos y otras, la lectura y el diálogo colectivos combinan los espacios de re- flexión, creación y actuación de pequeños grupos con  los actos de ma- sas por  medio de discursos dialogales. Además, transmiten el proyecto a través de distintas formas de razonar, sentir y expresarse, esto  es, en una mezcla de géneros literarios y de artes pedagógicas y retóricas que no permite separar los discursos histórico-políticos de los filosófico- científicos, sin  perder mucho de  lo que  se está  viviendo y creando. El conjunto de un  fenómeno de diálogo integral, o de pensar-sentir-hacer, que  desde siempre ha  existido, adquiere un  relieve  especial, como si sus articulaciones fueran en gran medida intuidas y deliberadas. La co- municación interactiva e intercultural se vuelve  posible por  un  respeto al diálogo de las creencias, de las ideologías y de las filosofías, ligado a la descolonización de  la vida  cotidiana y de  los  “momentos estelares” de la comunidad creciente, esbozo de una humanidad organizada. La búsqueda de lo universal en lo particular, de la unidad en la diversidad, recoge y combina las experiencias revolucionarias, reformistas y libera- doras o libertarias anteriores, mientras enlaza viejas  y nuevas utopías, más  asequibles a una práctica alternativa y más  dispuesta a compren- der  sus  propias contradicciones y algunas formas de superarlas. Entre los zapatistas, el proyecto de redes como proyecto de gobierno que  ar- ticula autonomías se ha  materializado con  la transformación reciente de zonas de solidaridad en “municipios autónomos en rebeldía”, que no sólo  se articulan entre sí sino  con  el exterior, con  la nación, y un  poco, por  ahora, con el mundo (González Casanova, 2003).  El centro del pro- yecto  radica en construir las autonomías de la alternativa desde las ba- ses, y en articular comunidades y colectividades autónomas decididas a resistir las políticas neoliberales que combinan represión, cooptación y corrupción para la intimidación y la sujeción.

Los nuevos movimientos y muchos de los pobladores que  son  sus bases de apoyo saben que  el control del Estado llega  a los partidos políticos y a los medios de comunicación, de alimentación, de salud, de edu- cación, de intimidación, de persuasión, e implica una lucha por la alter- nativa que  se plantee el problema de la moral colectiva como una de las fuerzas más  importantes para la resistencia pacífica de los pueblos, una resistencia armada de valor e inteligencia, más  que de fusiles, y dispuesta a negociar sin  claudicar, construyendo fuerzas de tal modo articuladas y autónomas que  impongan una política de transición hacia un  mundo capaz de  sobrevivir y de  vivir. En  ese  terreno, los  nuevos movimientos se reencuentran con  el único de los anteriores, el “26 de Julio”, que  ha logrado subsistir no  sólo  frente a la ofensiva que  el capital neoliberal y oligopólico ha desatado en los últimos veinte años, sino frente al asedio y bloqueo que el gobierno de EE.UU. le impuso desde hace medio siglo.

Aislar  categorías como el colonialismo interno de otras como la lucha por  las  autonomías y la dignidad de  los  pueblos y las  personas es un  acto  de inconciencia intelectual tan  grave  como aislar la sobrevi- vencia de Cuba, y los inmensos logros sociales y culturales de su pue- blo-gobierno, de la fuerza moral que  le legó  Martí, a quien con  razón se llama el autor intelectual de la revolución cubana. Los aislamientos de  categorías pueden ser  la mejor forma de  no  definir las  categorías. Son  la mejor forma de no entender las definiciones históricas de la cla- se  trabajadora y de  la  lucha de  clases cuidadosamente encubiertas o mediatizadas por  las  estructuras actuales y mentales del  capitalismo realmente existente.

 

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François Houtart*

 

 

Los movimientos sociales y la construcción

de un nuevo sujeto histórico**

 

 

 

* Sociólogo y Director del Centro Tricontinental, Lovaina-la-Nueva, Bélgica, y miembro del Foro Mundial de las Alternativas.

** Las reflexiones de este  escrito compartidas con  los/as  alumnos/as en el curso del Cam- pus  Virtual de  CLACSO  fueron revisadas y actualizadas para ser  presentadas como ponencia en el marco del V Encuentro Hemisférico contra el ALCA y el Libre Comercio, La Habana, 15 de abril de 2006.

 

 

 

 

 

 

LAS PROTESTAS SISTEMÁTICAS contra  los centros de poder global se multiplican. Los Foros Sociales mundiales, continentales, nacionales y temáticos se han constituido como lugares de convergencia de los mo- vimientos y organizaciones que  están luchando contra el neoliberalis- mo.  Se trata de esbozar un cuadro general de reflexión sobre la marcha de estos  eventos.

¿POR QUÉ UN  NUEVO SUJETO HISTÓRICO?

La  historia de  la  humanidad se  caracteriza por  una multiplicidad de sujetos colectivos, portadores de valores de justicia, igualdad, derechos, y protagonistas de protestas y luchas. Recordamos, por  ejemplo, la re- vuelta de los esclavos, las resistencias contra las invasiones en África  y Asia, las luchas campesinas de la Edad Media en Europa, las numero- sas resistencias de los pueblos autóctonos de América, los movimientos religiosos de protesta social en Brasil, Sudán y China.

Un  salto histórico se  da  cuando el capitalismo construye, des- pués de  cuatro siglos  de  existencia, las  bases materiales de  su  repro- ducción que  son  la división del  trabajo y la industrialización. Nace  el proletariado como sujeto potencial, a partir de  la contradicción entre capital y trabajo. Los  trabajadores están sometidos al  capital dentro del proceso mismo de la producción, haciendo que  la clase  obrera sea totalmente absorbida al igual  que  constituida por  el capital. Es lo que Marx  llamó la subsunción real  del trabajo por  el capital. La nueva clase se transformó en sujeto histórico cuando se construyó en el seno  mismo de las luchas, pasando del estatuto de “una  clase  en sí a una clase  para sí”. No era  el único sujeto, pero sí el sujeto histórico, es decir, el instru- mento privilegiado de  la lucha de  emancipación de  la humanidad, en función del  papel jugado por  el capitalismo. Este  último no  se  situa- ba  solamente en  el plan de  la  economía, sino  que  también orientaba la configuración del  Estado-nación, las  conquistas coloniales, las  gue- rras mundiales, sin hablar de su papel como vehículo privilegiado de la modernidad. Evidentemente, la historia de la clase  obrera como sujeto histórico no fue lineal. Existió el paso de movimiento a partido político y del  plan nacional al plan internacional, pero también se registraron éxitos y fracasos, victorias y recuperaciones.

El capitalismo realiza un nuevo salto. El sujeto social se amplifica. Las  nuevas tecnologías extienden la base  material de su  reproducción: la informática y la comunicación, que  le dan  una dimensión realmente global. El  capital necesita una acumulación acelerada para responder al tamaño de las  inversiones en  tecnologías cada vez más  sofisticadas, cubrir los gastos de una concentración creciente y atender las exigencias del  capital financiero que  después de  la flotación del  dólar en  1971  se transformó masivamente en  capital especulativo. Por estas razones, el conjunto de los actores del sistema capitalista combatieron tanto el keyne- sianismo y sus  pactos sociales entre capital, trabajo y Estado, como el desarrollo nacional del Sur (el modelo de Bandung, según Samir Amin), el desarrollismo cepalino (en  América Latina) y los regímenes socialis- tas. Empezó la fase  neoliberal del  desarrollo del  capitalismo, llamada también el Consenso de Washington. Esta estrategia se tradujo en una doble ofensiva, contra el trabajo (disminución del salario real, desregu- lación, deslocalización) y contra el Estado (privatizaciones).

Asistimos también a una búsqueda de nuevas fronteras de acu- mulación frente a las crisis tanto del capital productivo como del capital financiero: la agricultura campesina que  tiene que  convertirse en  una agricultura productivista capitalista, los  servicios públicos que  deben pasar al sector privado, y la biodiversidad como base  de nuevas fuentes de energía y materia prima. El resultado es que  ahora todos los grupos humanos sin excepción están sometidos a la ley del valor, no solamente la clase  obrera asalariada (subsunción real), sino  también los pueblos autóctonos, las mujeres, los sectores informales, los pequeños campesi- nos,  bajo  otros mecanismos financieros –precio de las materias primas o de los productos agrícolas, servicio de la deuda externa, paraísos fis- cales,  etc.–  o jurídicos –las normas del Fondo Monetario Internacional (FMI),  el Banco Mundial (BM) y la Organización Mundial de Comercio (OMC)–, todo esto  significando una subsunción formal.

Más  que  nunca, el  capitalismo destruye, como lo  notaba hace casi  más  de  un  siglo  y medio Marx,  las  dos  fuentes de  su  riqueza: la naturaleza y los  seres  humanos. En  verdad, la destrucción ambiental afecta a todos y la ley del valor  incluye hoy a todos. La mercantilización domina la casi  totalidad de las relaciones sociales, en campos cada vez más  numerosos como el de la salud, la educación, la cultura, el deporte o la  religión. Además, la  lógica  capitalista tiene su  institucionalidad. Recordemos primero que  se trata de una lógica  y no de un  complot de algunos actores económicos (de lo contrario bastaría convertirlos y co- rregir abusos y excesos). Recuerdo a un empresario de Santo Domingo, testigo de Jehová, que decía a propósito de sus obreros, a los que amaba con  un  amor muy  cristiano: “llamo a mis  trabajadores magos, porque no  sé cómo pueden vivir  con  el salario que  les  doy”.  El  cambio exige una acción estructural, hoy  globalizada, de  actores determinados con agendas precisas.

El capitalismo globalizado tiene sus instituciones: la OMC, el BM, el FMI,  los bancos regionales, y también sus  aparatos ideológicos: los medios de  comunicación social, cada vez más  concentrados en  pocas manos. Finalmente, goza  del poder de un  imperio, Estados Unidos. El dólar es la moneda internacional y Norteamérica detenta el único dere- cho de veto en el BM y en el FMI, y un veto compartido en el Consejo de Seguridad. Este  país  conserva, además, casi un monopolio en el campo militar, con  su  primacía en  el marco de  la  OTAN,  y la  capacidad de iniciar guerras preventivas. Cuando se trata de intervenir militarmente Irak  o Afganistán para controlar las fuentes de energía, lo hace sin mi- ramientos. Sus bases militares se multiplican y extienden en el planeta, y su  gobierno se  atribuye la  misión de  reprimir las  resistencias en  el mundo entero, sin dudar a la hora de utilizar la tortura y el terrorismo como mecanismos. Sin  embargo, el imperio tiene sus  debilidades. La naturaleza se está  tomando revancha y la oposición antiimperialista es hoy  mundial. Immanuel Wallerstein, en  virtud de  las  deficiencias del sistema, ha comenzado a pensar que aquello que él llama “el largo siglo XX”, dominado por  el capitalismo, podría encontrar su fin en la mitad de este  siglo.

Por  todas estas razones, el nuevo sujeto histórico se extiende al conjunto de los grupos sociales sometidos, tanto aquellos que  forman parte de la sumisión real  (representados por  los llamados “antiguos movimientos sociales”) como los que integrarían el grupo de los subsumidos formalmente (“nuevos movimientos sociales”). El nuevo sujeto histórico a construir será  popular y plural, es decir, constituido por  una multiplicidad de actores y no por la “multitud” de la cual hablan Michael Hardt y Antonio Negri  (2002), concepto este  tan  vago  como peligroso por  sus  consecuencias desmovilizadoras. La clase  obrera guardará un papel importante, pero compartido. Este  sujeto será  democrático, no solamente por  su meta, sino  por  el proceso mismo de su construcción. Será también multipolar ya que  se desarrollará en los diferentes conti- nentes y en las diversas regiones del mundo. Se tratará de un  sujeto en el sentido pleno de la palabra, incluyendo la subjetividad redescubierta, abarcando todos los seres  humanos, constituyendo la humanidad como aquel sujeto real  que  proclamara Franz Hinkelammert en  su  libro El sujeto  y la ley (2003). El sujeto histórico nuevo debe  ser capaz de actuar sobre la realidad a la vez múltiple y global, con el sentido de emergencia exigido por  el genocidio y el ecocidio contemporáneos.

LOS  MOVIMIENTOS SOCIALES

Los  movimientos sociales son  el fruto de  contradicciones que  se  han globalizado. Según Alain  Touraine (1999), para ser  verdaderos actores colectivos necesitan cierta inscripción en  la historia, una visión  de  la totalidad del  campo dentro del  cual  se inscriben, una definición clara del  adversario y, finalmente, una organización. Son  más  que  una sim- ple revuelta (las jacqueries  campesinas), más  que  un grupo de intereses (cámara de  comercio), más  que  una iniciativa autónoma del  Estado (ONGs). Los  movimientos nacen de  la  percepción de  objetivos como metas de  acción, pero para existir en  el tiempo requieren un  proceso de  institucionalización. Se  crean roles  indispensables para su  repro- ducción social. Así nace una permanente dialéctica entre metas y orga- nización, cuyo  peligro potencial siempre presente es la posibilidad de que  la lógica  de reproducción se imponga por  sobre las  exigencias de los objetivos buscados.

Hay un infinito número de ejemplos de esta dialéctica en la histo- ria.  Así, el cristianismo nació, como lo dice  el teólogo argentino Rubén Dri, como “el movimiento de Jesús”, expresión religiosa de protesta so- cial,  peligrosa para el Imperio Romano y reprimida por  este  último. Se  transformó, por  su  inserción en  la  sociedad romana, en  una ins- titución eclesiástica, siguiendo el modelo de  la  organización política, centralizada, vertical y a menudo aliada con  los  poderes de  opresión. El peso  institucional no mató el espíritu, pero introdujo una contradic- ción  permanente. El  Concilio Vaticano II  constituyó un  esfuerzo por restablecer el predominio de los valores del mensaje evangélico por  so- bre  el carácter institucional; sin  embargo, en  los  años siguientes, este último fue recuperado a manos de una corriente de restauración. Otro ejemplo lo constituye el caso  de muchos sindicatos obreros y partidos de izquierda. Fueron iniciativas de los trabajadores en  lucha que,  con el tiempo, se transformaron en burocracias que  definían sus  tareas en términos solamente defensivos, es  decir, en  función de  la  agenda del adversario y no del proyecto de transformación radical del sistema. En el caso  particular de los partidos políticos, es la lógica  electoral la que predomina sobre el objetivo original y define las  prácticas, hecho que remite a una lógica  de  reproducción y no  una perspectiva de  cambio profundo revolucionario. Esto no impide la presencia de muchos mili- tantes auténticos en estas organizaciones, pero significa que ellos están encerrados en una lógica  que  los sobrepasa.

Sin embargo, la realidad social no está  predeterminada y se pue- de actuar sobre los procesos colectivos. Para que  los movimientos so- ciales  estén en  posición de  construir el  nuevo sujeto social, hay  dos condiciones preliminares. En  primer lugar, tener la capacidad de  una crítica interna con  el  fin  de  institucionalizar los  cambios y asegurar una referencia permanente a los objetivos. En segundo lugar, captar los desafíos de la globalización, que  a la vez son  generales y específicos del campo de cada movimiento: obrero, campesino, de mujeres, popular, de pueblos autóctonos, de juventud, etc. –la lista,  en definitiva, deberemos ampliarla para integrar al creciente y multifacético espectro compuesto por  las víctimas del neoliberalismo globalizado.

Concurren también otras exigencias. Los  movimientos sociales que  se definen como pertenecientes a la sociedad civil tienen que  pre- cisar que  se trata de la sociedad civil de abajo, recuperando así el con- cepto de Antonio Gramsci que  la considera como el lugar de las luchas sociales. Esto permite evitar caer  en la trampa de la ofensiva semántica de los grupos dominantes, como el BM, para los cuales ampliar el espa- cio de la sociedad civil significa restringir el lugar del Estado, o también en la ingenuidad de muchas ONGs para las cuales la sociedad civil es el conjunto de todos los que  quieren el bien  de la humanidad. En  el plan global, la sociedad civil de arriba se reúne en Davos  y la sociedad civil de abajo en Porto Alegre.

Construir el nuevo sujeto histórico requiere concebir y cimentar un  vínculo con  un  campo político renovado. En  los primeros tiempos de los Foros Sociales existía un  miedo real  hacia los órganos de la po- lítica  tradicional, en  parte, por  razones justas. Al repudio frente a la instrumentalización electoralista y las  maquinarias de  partidos como mera herramienta de poder, se le sumaba una actitud de principio anti- estatal, especialmente en  ciertas ONGs.  De allí  el éxito  de  las  tesis  de John Holloway que  se preguntaba cómo cambiar el mundo sin  tomar el poder. Si se trata de afirmar que  la transformación social exige  mu- cho  más  que  la toma del poder político formal, ejecutivo o legislativo, esta  perspectiva es plenamente aceptable, pero si significa que cambios fundamentales como una reforma agraria o una campaña de alfabetiza- ción  se pueden realizar sin el ejercicio del poder, es una total ilusión.

Así, los  movimientos sociales deben contribuir a la renovación del  campo político, como lo indica muy  bien  Isabel Rauber en  su  li- bro  Sujetos políticos (2005). La pérdida de credibilidad de los partidos políticos es una realidad mundial y es urgente encontrar la manera de realizar una reconstrucción del campo. Un ejemplo interesante es el de la República Democrática del Congo  (Kinshasa), donde los movimientos y organizaciones de base  se movilizaron para la organización de las elec- ciones de julio  de 2006.  Después de 40 años de dictadura y guerras (en los últimos 5 años hubo más  de 3 millones de víctimas), las fuerzas po- pulares de la base  de la población afirmaron la necesidad de defender la integridad de la nación y salvaron a esta última de su desmantelamiento, contrarrestando todos los esfuerzos hechos por fragmentar el país  y así poder controlar más  fácilmente los recursos naturales. Adicionalmente, estos sectores están inventando formas de democracia participativa, con- juntamente con  la democracia representativa. Miles  de organizaciones locales, de mujeres, de campesinos, de pequeños comerciantes, de jóve- nes,  de comunidades cristianas católicas y protestantes se movilizaron para presentar candidatos, ligados por pacto a las comunidades (porta- voces  y no representantes, como lo dice  la Ley de Consejos Comunales de Venezuela), al nivel  local  y provincial, con  algunos a nivel  nacional, pero sin  candidato a la presidencia, porque estiman que  primero debe consolidarse el proceso desde abajo. Es  una verdadera reconstrucción de  un  campo político casi  completamente destruido por las  prácticas (corrupción y tribalismo) de los partidos existentes.

Finalmente, será  muy  importante para las  convergencias de los movimientos sociales encontrar la manera de aglutinar las numerosas iniciativas populares locales que no se transforman en movimientos or- ganizados, a pesar del hecho de que  representan una parte importante de las resistencias, a nivel de pueblos o de regiones (contra una represa; contra la privatización del agua, la electricidad, la salud; contra la en- trega de selvas  a empresas transnacionales; etcétera). Existen ejemplos tales  como MONLAR,  en  Sri  Lanka, la organización que  lucha por  la reforma agraria y que  reagrupa a más  de cien  iniciativas locales, que, además de ser  un  movimiento campesino nacional, consiguió acumu- lar  fuerzas capaces de actuar a nivel  del país  como órgano de protesta (manifestaciones nacionales) y también de diálogo y confrontación con el gobierno y el BM.

CÓMO CONSTRUIR  EL  NUEVO SUJETO HISTÓRICO

Producir un  nuevo sujeto histórico requiere algunas condiciones bá- sicas. En  primer lugar, es necesario elaborar una conciencia colectiva sustentada en  un  análisis apropiado de  la realidad y en  una ética. En cuanto al análisis, se trata de utilizar instrumentos capaces de estudiar los  mecanismos de  funcionamiento de  la  sociedad y de  entender sus lógicas, con  criterios que  permitan distinguir efectos y causas, discur- sos y prácticas. No se trata de cualquier tipo  de análisis, sino  de aquel producido con  el aparato teórico crítico más  adecuado para responder al grito de los de abajo. Dicho  análisis exige un rigor metodológico alto y una apertura a todas las  hipótesis útiles para este  fin.  La opción en favor  de los oprimidos es un  paso pre-científico e ideológico, que  va a guiar la elección del tipo de análisis; sin embargo, este último pertenece al orden científico sin concesión posible. Es un saber nuevo que ayuda- rá a crear la conciencia colectiva.

Tomemos un  ejemplo contemporáneo para dar  cuenta de a qué nos  referimos cuando hacemos énfasis sobre el análisis de la realidad. Se habla mucho de los objetivos del Milenio, decididos por  los jefes de Estado en Nueva York en el año  2000.  ¿Quién podría estar en contra de la eliminación de  la pobreza y la miseria (pobreza absoluta)? ¿Quién propondría estar en  contra del  desarrollo? Por  eso  hubo unanimidad. El objetivo para el año  2015 es sólo reducir a la mitad la extrema pobre- za, lo que  significa que  en ese año  todavía el mundo se encontrará con más  de 800 millones de pobres (ya una vergüenza). Todo  parece indicar que  el cumplimiento de estas metas es harto improbable. La razón es que  no se criticó la lógica  fundamental del tipo  de desarrollo que  favo- rece  sólo a un minoritario y exclusivo 20% de la población de los países del sur. Esta minoría crece de manera espectacular, formando una base de  consumo apreciable para el capital y acentuando la  visibilidad de una cierta riqueza. Al mismo tiempo, las distancias sociales aumentan progresivamente. Entender esta  contradicción requiere cuestionar  el concepto mismo de desarrollo del  cual  dependen los criterios adopta- dos  para definir los  objetivos del  Milenio. No  entran en  su  definición elementos cualitativos como el bienestar, la igualdad, la soberanía ali- mentaria, entre otros. Es  por  eso  que  Marta Harnecker, en  el Centro Miranda de  Caracas, trabaja sobre la  creación de  herramientas ana- líticas para medir los criterios del desarrollo. De hecho, los conceptos utilizados por  las  Naciones Unidas son  los del  mercado y no  los de la vida de los seres  humanos.

El  segundo elemento que  contribuye a  la  construcción de  una conciencia colectiva es la ética. No se trata de una serie  de normas ela- boradas en  abstracto, sino  de  una construcción constante por  el con- junto de  los  actores sociales en  referencia a la dignidad humana y al bien  de todos. Las definiciones concretas pueden cambiar según los lu- gares y las épocas y, cuando se trata de la realidad globalizada, la pers- pectiva ética tendrá que ser elaborada por el conjunto de las tradiciones culturales: esto  es, el concepto real  de los derechos humanos. La ética, en este  sentido, no es una imposición dogmática, sino  una obra colec- tiva que  tiene sus  referencias en la defensa de la humanidad. Podemos decir que  el logro  principal de los Foros Sociales, como convergencias de movimientos y organizaciones populares, ha sido la elaboración pro- gresiva de una conciencia colectiva, con  varios niveles de análisis y de comprensión, y con  una ética a la vez de protesta contra todo tipo  de injusticia y desigualdad, y de  construcción social democrática de  “un otro mundo posible”. La existencia de los Foros es en sí misma un  he- cho  político, además de  los  muchos otros logros alcanzados, como la constitución de redes, el intercambio de alternativas, el funcionamiento en su seno  de la Asamblea de los movimientos sociales y la contribución de intelectuales comprometidos.

Luego de haber elaborado una conciencia colectiva, se impone como siguiente paso convocar a la movilización de los actores plura- les,  populares, democráticos y multipolares. Aquí  nos  encontramos con  el aspecto subjetivo de la acción. Los  actores humanos son  seres completos y no actúan solamente en función de la racionalidad de las lógicas sociales. El  compromiso es  un  acto social caracterizado por un  elemento afectivo fuerte y aún central. De allí la importancia de la cultura como conjunto de las  representaciones de la realidad, y tam- bién  de los innumerables canales de su difusión: el arte, la música, el teatro, la poesía, la literatura, la danza. La cultura es una meta, pero también un medio de emancipación humana. Lo mismo puede decirse del papel potencial de las religiones, donde se encuentran referencias existenciales humanas fundamentales: la vida,  la muerte, en  relación con una fe que se puede compartir o no, pero que no se puede ignorar. Este fue  un  error grave de  un  cierto tipo de  socialismo. El potencial religioso liberador es real. Además, las religiones pueden aportar una espiritualidad y una ética colectiva y personal indispensables para la reconstrucción social.

Un  tercer  elemento está   constituido por   las  estrategias para lograr los  tres  niveles de  alternativas. El  primero es  la  utopía, en  el sentido de  lo que  no  existe  hoy,  pero que  puede ser  realidad mañana; es decir, una utopía no  ilusoria sino  necesaria, como decía el filósofo francés Paul  Ricoeur. ¿Qué  tipo  de sociedad queremos? ¿Cómo definir el post-capitalismo o el socialismo? La utopía también es una construc- ción  colectiva y permanente, no un  regalo milagroso que  cae  del cielo. Necesita para su  cumplimiento una acción a largo plazo: cambiar un modo de  producción no  se  logra con  una revolución política, aun si ella  puede significar el inicio de  un  proceso. El  capitalismo necesitó cuatro siglos  para construir las bases materiales de su reproducción: la división del  trabajo y la industrialización. Los  cambios culturales que son  parte esencial del  proceso tienen un  ritmo diferente que  el de  las transformaciones políticas y económicas.

 Los  otros dos  niveles, el mediano y el corto plazo, dependen de las  coyunturas, pero deben ser  el objeto de  estrategias  concertadas  y realizadas en convergencia entre actores sociales diversos. Son  el lugar de las alianzas. Sin embargo, no es la simple suma de alternativas en los sectores económicos, sociales, culturales, ecológicos, políticos lo  que permitirá a un  sujeto histórico nuevo salir  adelante. Se necesita cohe- rencia. Esta última también será  obra colectiva y no el resultado de un monopolio del saber y del conocimiento por  una vanguardia deposita- ria de la verdad. Será un proceso constante y no un dogma.

Desde  este  punto de vista  es importante subrayar el carácter indispensable de  algunos actos colectivos estratégicos, aun parciales, pero que  reagrupan un  conjunto de  actores sociales diversos en  una iniciativa significante en relación con la dimensión utópica del proyecto global. Felizmente existen varios ejemplos en este sentido, de los cuales recordamos dos.

La campaña contra el ALCA reunió a muchos movimientos socia- les, desde los sindicatos hasta los campesinos, pasando por  las mujeres y los indígenas. ONGs  de procedencias diversas se sumaron incluso a esta  iniciativa. En  algunos países, instituciones religiosas tomaron po- sición contra el tratado. Se utilizaron métodos muy  variados de acción, incluso referéndums populares que recogieron millones de firmas. Otro ejemplo es  el plan alternativo popular de  reconstrucción después del tsunami en  Sri  Lanka. El plan oficial  administrado por  el BM preveía esencialmente el desarrollo del turismo internacional y no respondía a las necesidades de base  de la población mayoritaria. Era  la manera de acelerar la política neoliberal de alcance mundial. Por  eso el plan alter- nativo constituyó una alianza amplia de movimientos y organizaciones sociales, incluidas instituciones budistas y cristianas, para oponerse al plan gubernamental y proponer soluciones alternativas.

Dos  iniciativas complementarias hicieron su  aporte frente a la necesidad de una perspectiva de acción a nivel mundial: En Defensa de la Humanidad, fundada en México  bajo  el impulso de Pablo González Casanova, y el Llamamiento de Bamako. La primera supo ampliar sus fronteras iniciales entre varios países, especialmente latinoamerica- nos,  y conjugar esfuerzos con  el Llamamiento de Bamako, promovido por el Foro Mundial de Alternativas (iniciado en Lovaina-la-Nueva en

1996  en  ocasión del  vigésimo aniversario del  Centro Tricontinental  y fundado oficialmente en  El Cairo el año  siguiente), el Foro del Tercer Mundo (Dakar), Enda (una ONG  africana) y el Foro Social de  Mali. En  Defensa de  la  Humanidad propuso la  constitución de  una usina de ideas destinada a reunir y proponer acciones comunes, y el Llama- miento de Bamako definió diez  áreas para pensar y proponer actores colectivos y estrategias, inspirándose en gran parte en el Manifiesto de Porto Alegre elaborado  por un  grupo de intelectuales durante el Foro Social Mundial de 2005.  Estas dos iniciativas complementan el trabajo de  la Asamblea  de  Movimientos que  dentro de  cada Foro elabora un documento y propone campañas (como la manifestación contra la gue- rra en Irak que  en 2003  reunió más  de 15 millones de personas en 600 ciudades del mundo).

Finalmente, desde una perspectiva general panorámica, es nece- sario señalar algunas victorias que,  aunque parciales, son  ciertamente significativas. Mantener la acción, recrear la motivación, exige  resulta- dos.  No se trata de cualquier logro, sino  de los que  movilizaron varios actores sociales en una acción común, sobre objetivos relacionados con una visión de conjunto y de dimensión global. Hay  también en este as- pecto varios ejemplos importantes. Una vez más  puede citarse la campa- ña latinoamericana contra el ALCA. En Europa, el NO al tratado consti- tucional de orientación neoliberal y que implicaba la sumisión a EE.UU. en  el campo militar constituye otro ejemplo. El  rechazo con  éxito del contrato de  primer empleo en  Francia y el abandono de  la base  naval norteamericana de Vieques en Puerto Rico, después de una larga movili- zación popular, son otros casos notorios. Y, en el ámbito político, la elec- ción  del primer presidente indígena en Bolivia tiene también un sentido muy  amplio de victoria en los ámbitos cultural, social y económico.

En conclusión, podemos decir que ya está trazado el camino para pasar de la elaboración de una conciencia colectiva a la construcción de actores colectivos, y que  todos estos  hechos anuncian este  pasaje como próximo propósito a cumplir.

 

BIBLIOGRAFÍA

Dri, Rubén 1996 Autoritarismo y democracia en la Biblia y en la Iglesia (Buenos Aires: Biblos).

Gramsci, Antonio 1999 Cuadernos de la cárcel (México DF: Era/Benemérita Universidad Autónoma de Puebla).

Hardt, Michael y Negri, Antonio 2002 Imperio (Buenos Aires: Paidós). Hinkelammert, Franz 2003 El sujeto  y la ley. El retorno  del sujeto  reprimido (Costa Rica:  EUNA).

Holloway, John 2002 Cómo  cambiar el mundo sin tomar el poder (Buenos Aires: Herramienta).

Rauber, Isabel 2005 Sujetos políticos: rumbos estratégicos y tareas actuales de los movimientos sociales  y políticos en América Latina (Costa Rica:  Ruth/DEI).

Touraine, Alain 1999 ¿Cómo  salir del liberalismo? (México DF: Paidós).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

John Bellamy Foster*

 

 

El redescubrimiento del imperialismo**

 

 

* Coeditor de Monthly Review.

** Traducción de  Fernando Lizárraga. Revisión de  Atilio  A. Boron. Artículo publicado en  Monthly Review (Nueva York)  Vol. 54,  Nº 6, noviembre de  2002,  sobre un  ensayo originalmente escrito como una introducción a Essays on Imperialism and Globalization de Harry Magdoff (Kharagpur, India: Cornerstone Publicacions).

 

 

 

 

 

 

 

DURANTE CASI TODO EL SIGLO  XX, el concepto de “imperialismo” fue  excluido del  conjunto de  los  discursos políticos aceptables para los  círculos dominantes del  mundo capitalista. Cualquier referencia al  “imperialismo” durante  la  Guerra de  Vietnam, sin  importar cuán realista fuese, casi  siempre era tenida como una señal de que  el autor estaba en  el lado  izquierdo del  espectro político. En  1971,  en  el Pre- facio  a  la  edición estadounidense de  Imperialism in  the  Seventies de Pierre Jalée  (1971), Harry Magdoff apuntaba: “Como  regla, los corteses académicos prefieren no usar el término ‘imperialismo’. Lo encuentran de mal  gusto y no-científico”.

De repente, esto ya no  es cierto en  nuestros días.  Intelectuales y miembros de  la  elite política norteamericana  están abrazando ca- lurosamente  una  abierta  misión  “imperialista” o  “neoimperialista” de Estados Unidos, reiteradamente enunciada en  medios escritos tan prestigiosos como The  New  York  Times y Foreign  Affairs.  Este fervor imperialista le debe  mucho a la guerra contra el terrorismo emprendida por la  Administración  Bush, la  cual  está tomando la  forma de conquista y ocupación de  Afganistán y –si sus  ambiciones se concre- tan– también de Irak. Según la Estrategia de Seguridad Nacional de la Administración Bush, no  hay  límites o fronteras reconocibles para el uso del poder militar cuando de lo que se trata es de promover los inte- reses de EE.UU. Frente a este intento de extender lo que sólo puede ser denominado Imperio Norteamericano, intelectuales y figuras políticas no  sólo  están retornando a la idea  de imperialismo, sino  también a la visión sostenida por sus  impulsores de principios del siglo  XIX, es de- cir, el imperialismo como gran misión civilizadora. Las comparaciones entre EE.UU., la Roma Imperial y el Imperio Británico son  comunes en la prensa predominante. Todo  lo que  se necesita para hacer de este concepto algo completamente funcional es despojarlo de sus  viejas asociaciones marxistas con  la  jerarquía económica y la  explotación, por no mencionar el racismo.

Michael Ignatieff, profesor de Políticas de Derechos Humanos de la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard, escri- bió en The New York  Times (28 de julio  de 2002):  “El imperialismo supo ser  la carga del hombre blanco. Esto le dio  una mala reputación. Pero el imperialismo no deja de ser necesario porque sea políticamente inco- rrecto”. Al referirse a las operaciones bélicas en Afganistán, añadía:

Las Fuerzas Especiales no son trabajadores sociales. Son un destaca- mento imperial que extiende el poder y los intereses norteamericanos en  Asia  Central. Llámenlo operaciones de  paz,  llámenlo construc- ción  de una nación, llámenlo como quieran, lo que  está  ocurriendo en Mazar es una política imperial. En rigor, toda la guerra norteame- ricana contra el terror es un  ejercicio de imperialismo. Esto puede perturbar a los norteamericanos, a quienes no  les gusta pensar que su país  es un  imperio. Pero  ¿de qué  otro modo se puede denominar a las  legiones de  soldados, espías y Fuerzas Especiales de  Estados Unidos que  marchan por  el globo? (Ignatieff, 2002).

El general John Ikenberry, profesor de Geopolítica y Justicia Global en la Universidad de Georgetown, y colaborador habitual de Foreign Affairs, una publicación del Consejo de Relaciones Exteriores, sostiene:

Bajo  la  sombra de  la  guerra contra el  terrorismo que  ha  lanzado la  administración Bush, están circulando con  fuerza nuevas ideas respecto de  la  gran estrategia de  EE.UU. y de  la  reestructuración del mundo unipolar de hoy.  Dichas ideas demandan un  uso  unilate- ral,  e incluso preventivo, de la fuerza norteamericana, facilitado en lo posible por  coaliciones voluntarias, pero en  última instancia no constreñidas por  las reglas y normas de la comunidad internacional. Llevadas al extremo, estas nociones forman una visión  neoimperial en la cual  Estados Unidos se arroga el rol de fijar los parámetros, de- terminar las amenazas, usar la fuerza, y administrar justicia a escala global (Ikenberry, 2002).

Para Ikenberry (2002), esto no  implica una crítica. Al respecto, afir- ma:  “Los  objetivos y modus operandi imperiales de  Estados Unidos son  mucho más  limitados y benignos que  aquellos de los antiguos emperadores”.

Otras influyentes figuras políticas e intelectuales del mainstream, siempre adaptadas a la  moda, no  son  menos directas en  su  apoyo al neoimperialismo. Sebastian Mallaby, columnista del Washington Post y autodenominado “imperialista reticente”, al escribir en Foreign  Affairs (abril de 2002)  explica que “la lógica  del neoimperialismo es demasiado atractiva como para que  la administración Bush pueda resistirla”. En “The Case for American Empire”, publicado en el Weekly Standard, Max Boot,  un columnista del Wall Street Journal, observa:

Estados Unidos enfrenta la perspectiva de acción militar en muchas de las mismas tierras donde generaciones de solados coloniales bri- tánicos desarrollaron sus  campañas. Todos estos  son  lugares donde los  ejércitos de  Occidente tuvieron que  aplacar el desorden. Afga- nistán y otras turbulentas tierras extranjeras claman por  el tipo  de administración externa ilustrada que  alguna vez proveyeron los in- gleses,  seguros de  sí mismos, con  sus  pantalones de  montar y sus cascos de safari (Boot, 2001).

En  su último libro, Política  del guerrero, el ensayista del Atlantic Mon- thly,  Robert Kaplan, argumenta a  favor de  una cruzada norteameri- cana “para  llevar prosperidad  a  remotas partes del  mundo, bajo  la suave influencia imperial de Estados Unidos”. El asesor de Seguridad Nacional del  presidente Carter, Zbigniew Brzezinski, sostiene que  la principal tarea de  EE.UU. en  la  preservación de  su  imperio consiste en “prevenir colusiones y mantener la dependencia entre los vasallos, mantener sumisos y protegidos a los tributarios, y evitar que  los bár- baros se junten”. Stephen Peter Rosen, titular del Olin Institute for Strategic Studies de  la Universidad de  Harvard, ha  escrito en  la Har- vard Review (mayo-junio de 2002):  “Nuestro objetivo [el de las fuerzas armadas norteamericanas] no  es  combatir a un  rival, sino  mantener nuestra posición imperial, y mantener el orden imperial”. Henry Kis- singer comienza su Does America Need a Foreing Policy? con  estas pa- labras: “Estados Unidos goza  de una preeminencia que  no alcanzaron siquiera los grandes imperios del pasado”1.

 

1 Las citas de Boot,  Brzezinski, Kaplan, Kissinger, Mallaby y Rosen están tomadas de Phi- lip S. Golub (2002). Ver también Martin Walker (2002:  13-20).

 Sin  embargo, dentro del  discurso del  establishment hay  reglas para esta reapropiación de  los  conceptos de  “imperio” e “imperialis- mo”.  Las  motivaciones excepcionalmente benévolas de EE.UU. deben ser enfatizadas. Quienes proponen el nuevo imperialismo deben limi- tarse a los  conceptos militares y políticos de  imperio e imperialismo (evitando cualquier sentido de imperialismo económico). Y deben elu- dir todas las nociones radicales que vinculan el imperialismo al capita- lismo y la explotación.

LAS  BASES ECONÓMICAS DEL  IMPERIALISMO

La cuna de la noción de imperialismo económico, como algo opuesto al imperialismo en general, fue EE.UU., poco  más  de un siglo atrás. En su ensayo “The  Economic Basis  of Imperialism”, publicado por  primera vez en la North American Review en 1898,  en tiempos de la guerra his- pano-norteamericana,  Charles A. Conant arguyó que  el imperialismo era  necesario para absorber capital excedente frente a  la  escasez de oportunidades de inversiones rentables; en otras palabras, para aliviar lo que  él denominaba el problema de “capital congestionado”.

Si Estados Unidos deberá en realidad adquirir posesiones territoria- les, si deberá establecer capitanías generales y regimientos, si debe- rá adoptar un  punto medio para proteger soberanías nominalmente independientes, o si deberá contentarse con  estaciones navales y re- presentantes diplomáticos como base  para asegurar sus derechos de libre  comercio con  el Este, es una cuestión de detalle [...] Desde  sus sentimientos, quien esto  escribe no es partidario del “imperialismo”, pero no  le teme a  esta  palabra si  significa solamente que  Estados Unidos deberá afirmar sus  derechos al  libre  mercado en  todos los viejos  países que  están siendo abiertos a los recursos excedentes de los países capitalistas y, de este modo, recibiendo los beneficios de la civilización moderna. Se puede debatir si esta  política conlleva el go- bierno directo sobre grupos de islas semi-salvajes, pero desde el pun- to de vista  económico de la cuestión no hay  sino  una opción: o bien entrar por  algún medio en la competencia para el empleo de capital y emprendimientos norteamericanos en esos países, o continuar con la innecesaria duplicación de los existentes medios de producción  y comunicaciones, con la consiguiente superabundancia de productos no  consumidos, las  convulsiones que  se derivan de  la parálisis del comercio, y la sostenida caída de las ganancias sobre las inversiones que  tal política negativa traerá aparejada (Conant, 1900: 29-30).

A finales del  siglo  XIX  y comienzos del  XX,  los  conflictos entre las grandes potencias por  el reparto de África  y las guerras chino-japone- sa  (1894-1895), hispano-norteamericana, sudafricana (Guerra Boer)  y ruso-japonesa señalaron el comienzo del nuevo imperialismo, asociado al capitalismo monopolista, el cual  era  cualitativamente diferente del colonialismo que lo había precedido. Esto generó una teoría económica del imperialismo entre los impulsores de este  último, quienes ya no lo veían  como un mero “sentimiento”, como enfatiza el análisis de Conant (1900). Asimismo, los cambios en el imperialismo pronto dieron origen a un  análisis más  exhaustivo, que  se inauguró con  el clásico de John A. Hobson, Imperialism: A Study, publicado en 1902.  Hobson era  un  des- tacado crítico británico de la Guerra Boer, y desde este punto de partida desarrolló su  crítica al imperialismo. En  un  famoso capítulo titulado “The Economic Taproot of Imperialism”, Hobson señalaba:

Cada  mejora en los métodos de producción, cada concentración de la propiedad y del control, parece acentuar la tendencia [a la expan- sión  imperialista]. A medida que  una nación tras otra ingresa a la economía de las máquinas y adopta métodos industriales avanzados, se  hace más  difícil  para sus  industriales, mercaderes y financistas disponer rentablemente de  sus  recursos económicos [...]  En  todas partes aparecen excesivos poderes productivos, excesivo capital en busca de inversión. Todos los hombres de negocios admiten que  el crecimiento de los poderes productivos en sus países excede el creci- miento del consumo, que se pueden producir más  bienes que los que pueden ser  vendidos con  ganancias, y que  existe  más  capital que  el que  puede ser invertido rentablemente. Esta situación económica es la que  forma la raíz  del Imperialismo (Hobson, 1938).

El  trabajo de  Hobson no  era socialista. Creía que  el imperialismo se originaba en la posición dominante de ciertos intereses económicos y financieros concentrados, y que las reformas radicales que abordaran la mala distribución del ingreso y las necesidades de la economía domés- tica podían frenar el impulso imperialista. Su trabajo adquiriría mayor significación aún a  través de  la  influencia ejercida sobre los  análisis marxistas del imperialismo que estaban surgiendo en esa época. El más importante de ellos  fue  Imperialismo, fase superior del capitalismo, de Lenin, publicado en 1916.  El principal propósito del análisis de Lenin era explicar la rivalidad inter-imperialista entre las grandes potencias, la cual  había conducido a la Primera Guerra Mundial. Sin  embargo, en el curso de su análisis, Lenin vinculó el imperialismo al capitalismo monopolista, argumentando que  “en  su  definición más  breve posible [...]  el  imperialismo es  la  fase  monopolista del  capitalismo” (Lenin,

1971).  En  ese  contexto, exploró un  conjunto de  factores económicos que  iban mucho más  allá  de la mala distribución del ingreso o de los objetivos de ganancia de corporaciones monopolistas particulares. El capitalismo monopolista era visto como una nueva fase,  más  allá  del capitalismo competitivo, en  la  cual  el capital financiero, una alianza entre las  grandes firmas y el capital bancario, dominaba la economía y el Estado. La  competencia no  era eliminada, sino  que  continuaba principalmente entre un  grupo relativamente pequeño de firmas gi- gantescas que  tenían la capacidad de  controlar grandes porciones de la economía nacional e internacional. El capitalismo monopolista, en este sentido, era inseparable de  la rivalidad inter-imperialista, que  se manifestaba básicamente bajo  la forma de una lucha por los mercados globales. La resultante división del mundo en esferas imperiales y la lu- cha  que  esto implicaba condujeron directamente a la Primera Guerra Mundial. La más  compleja perspectiva de Lenin sobre el imperialismo superaba el argumento que  se centraba simplemente en  la necesidad de hallar puntos de inversión para el capital excedente. Lenin también puso énfasis en  el ímpetu por obtener un  control exclusivo sobre las materias primas y un  control más  estricto sobre los  mercados exter- nos,  que  surgió en el marco de las condiciones globalizantes de la fase monopolista del capitalismo.

Posteriores análisis marxistas (y radicales no-marxistas) se foca- lizaron más  aun que  el de Lenin en algunos de los rasgos más  genera- les del imperialismo, característicos del capitalismo en todas sus  fases, tales  como la división entre centro y periferia, un  asunto que  ya había sido  abordado por  Marx.  Pero  el sentido que  Lenin le dio al imperialis- mo  –como una forma nueva y más  desarrollada del mismo, asociada a la concentración y centralización del capital y al nacimiento de la fase monopolista– ha mantenido mucha de su significación en nuestra épo- ca, que se caracteriza por un capitalismo monopolista en una fase avan- zada de globalización. En efecto, el éxito mismo de las teorías marxistas del imperialismo, que  mostraron la sistemática explotación capitalista de la periferia y las condiciones de rivalidad inter-imperialista con gran detalle –de modo tal que  el emperador fue visto  en toda su desnudez–, fue lo que  hizo  que  el término imperialismo superase los límites tolera- bles  para el discurso dominante. Mientras existió la Unión Soviética y una poderosa ola  de  revoluciones antiimperialistas fue  evidente en  la periferia, no  hubo posibilidad de que  el capitalismo abrazara abierta- mente el concepto de  imperialismo en  el nombre de  la promoción de la civilización. Las intervenciones militares norteamericanas en el Ter- cer  Mundo para combatir las revoluciones o para ganar control de los mercados eran, invariablemente, presentadas en  el discurso oficial  de EE.UU. en términos asociados a las motivaciones propias de la Guerra Fría, y no en términos de los objetivos imperiales.

LA ERA  DEL  IMPERIALISMO

The  Age of Imperialism de  Harry Magdoff, publicado en  1969,  se  dis- tinguió por  ser  el intento directo más  influyente para contrarrestar la visión  dominante en la política exterior de EE.UU. durante el período de la Guerra de Vietnam, mediante un  tratamiento empírico de la eco- nomía del imperialismo norteamericano2.

El trabajo de  Magdoff no  podía ser  efectivamente descalificado como mera ideología, porque apuntaba a arrancarle los ropajes al im- perialismo norteamericano, observando su estructura económica del modo más  directo posible, usando para ello  estadísticas económicas de EE.UU. Por  lo tanto, atrajo considerables ataques por  parte del es- tablishment, al  tiempo que  inspiró a  muchos de  los  que  protestaban contra la guerra.

The Age of Imperialism representó el retorno de la crítica del impe- rialismo a un lugar de prominencia en el seno  de la izquierda norteame- ricana. Al abordar lo que  era ampliamente visto como una anomalía en la relación de EE.UU. con el resto del mundo, originada en la existencia de una política exterior intervencionista acompañada por una aparente “economía aislacionista”, Magdoff demostró que la economía de EE.UU., de hecho, era cualquier cosa  menos aislacionista. Al respecto, este autor ponía el acento sobre el flujo  de inversiones externas directas en el ex- tranjero y su efecto en la generación de un  flujo  de ganancias. Además, criticaba el error común de  comparar simplemente las  exportaciones o las  inversiones externas de  las  corporaciones multinacionales con  el PBI.  En  cambio, observaba que  la  importancia de  estos flujos  econó- micos sólo podía ser estimada al relacionarlos con  sectores estratégicos de la economía, como las industrias de bienes de capital; o al comparar las ganancias de la inversión externa con  los beneficios de los negocios no-financieros a nivel  doméstico. En  este sentido, Magdoff aportó in- formación que  mostraba que  en  1950  las  ganancias de  las  inversiones externas representaban un  10%  de  las  ganancias totales (descontados los impuestos) de las corporaciones domésticas no-financieras, mientras que hacia 1964 tales ganancias habían crecido hasta un 22%.

Esta obra también fue  notable por sus  argumentos sobre la ex- pansión financiera internacional del  capital estadounidense, basada en  la posición hegemónica del  dólar en  la economía mundial y en  el crecimiento de la trampa de la deuda en el Tercer Mundo. Fue  así que Magdoff desarrolló su primera explicación del “proceso de flujo reverti- do” inherente a la continua dependencia respecto de la deuda externa: “Si un país  toma prestados, digamos, USD 1.000  por año  –escribió– en poco  tiempo el pago  de  servicios de  la deuda será más  grande que  el ingreso de dinero de cada año”  (Magdoff, 1969).  Si se toma el sencillo

 

2 Las obras de Magdoff The Age of Imperialism: The Economics of US Foreign Policy (1969) e Imperialism: From  the Colonial  Age to the Present  (1978)  fueron publicadas por  Monthly Review  Press. La discusión que  se plantea en  el trabajo de Magdoff está  basada en  John Bellamy Foster (2000:  385-394).

 caso  de  un  préstamo anual de  USD  1.000  a  un  5%  de  interés “a ser devuelto en cuotas iguales durante 20 años”, de esto se sigue  que  en el quinto año  casi  el 50% del préstamo anual irá al pago  de los servicios de la deuda; en el décimo año,  casi  el 90% del préstamo será destinado al pago  de servicios de deuda; en el quinceavo año,  el flujo para el pago de intereses y amortización será más  grande que el préstamo mismo; y en el vigésimo año,  “el tomador está pagando más  de USD 1,50  sobre la deuda pasada por cada USD 1 de nuevo dinero que  toma prestado” (Magdoff, 1969).

¿No sería acaso posible, preguntaba Magdoff, que un país  evitara esta  trampa dejando de  tomar dinero prestado año  tras año, y en  su lugar usara el dinero pedido para desarrollar industrias que  generaran renta para prescindir de los créditos e incluso cancelar la deuda? Una buena parte de la respuesta podía hallarse en el hecho de que,  como el pago  tiene que  hacerse en  la moneda del  país  acreedor, la deuda sólo podría ser  pagada (independientemente de  la  tasa de  crecimiento) si hubiese suficientes exportaciones que proveyesen las divisas necesarias. Ya en 1969,  mucho antes de que  la deuda del Tercer Mundo fuese  con- siderada un problema crítico, Magdoff observaba:

El crecimiento del pago  de servicios de la deuda del mundo subdesa- rrollado ha crecido mucho más  rápido que sus exportaciones. Por  lo tanto el peso  de la deuda se ha vuelto más  opresivo y, en consecuen- cia, ha crecido la dependencia financiera respecto de las naciones in- dustriales líderes y sus organizaciones internacionales como el Ban- co Mundial y el Fondo Monetario Internacional (Magdoff, 1969).

Según Magdoff, la  esencia del  imperialismo tal  como se  manifestó a finales del siglo XX radicaba en la globalización del capital monopolista bajo  las condiciones de la hegemonía de EE.UU. En  las páginas finales de The Age of Imperialism se lee:

La típica firma internacional de negocios ya no se limita a una gigan- tesca empresa petrolera. Puede ser tanto General Motors o General Electric, que  tienen entre un  15 y un  20% de sus  operaciones en ne- gocios externos y hacen todos sus  esfuerzos para incrementar dichos porcentajes. El objetivo explícito que persiguen esta firmas internacio- nales es obtener el más  bajo  costo de producción por unidad, a escala mundial. También es su objetivo, aunque no se lo diga  abiertamente, alcanzar la cima en el movimiento de fusiones en el Mercado Común Europeo y controlar una parte tan grande del mercado mundial como la que tienen en el mercado estadounidense (Magdoff, 1969).

La mayor parte de los ensayos del libro de Magdoff, Imperialism: From the Colonial  Age to the Present,  publicado en 1978,  versa  sobre las falsas concepciones de la historia del  imperialismo. Al respecto, fue  de gran importancia la respuesta de  Magdoff a la pregunta: “¿Es  necesario el imperialismo?”. Como  réplica al extendido aserto de  que  el capitalis- mo  y el imperialismo eran categorías completamente separadas, y que este  último no  era  necesariamente un  atributo del  primero, Magdoff argumentó que el capitalismo ha sido un sistema mundial desde sus co- mienzos, y que la expansión imperialista en un sentido amplio fue parte del sistema, tanto como la búsqueda de ganancias. También polemizó con aquellos exponentes de la izquierda que pretendían generar un aná- lisis  del  imperialismo moderno mediante una teoría particular de  las crisis económicas o de la necesidad de exportación de capital, en vez de reconocer que  el imperialismo era  intrínseco a las  tendencias globali- zadoras del capitalismo desde sus inicios. A pesar de la importancia de las leyes  económicas del movimiento del capitalismo en la generación del imperialismo moderno, debía evitarse cualquier explicación simple, mecánica y estrechamente económica (separada de  factores políticos, militares y culturales). En cambio, las fuentes últimas debían buscarse en  el  desarrollo histórico del  capitalismo a  partir del  siglo  XVI.  “La eliminación del imperialismo”, concluía Magdoff, “requiere el derroca- miento del capitalismo” (Magdoff, 1978).

VIGILANDO  EL  CONCEPTO DE  IMPERIALISMO

La  respuesta más  corriente a  estos  argumentos y sus  derivados con- sistió en  colocar el término imperialismo (en  la medida en  que  estaba vinculado al capitalismo) cada vez más  por  fuera del  reino de los dis- cursos aceptables. Así, se lo caracterizó como un  término puramente ideológico. Al mismo tiempo, hubo intentos de  aislar específicamente el término imperialismo económico, disociándolo –mediante el método estrecho y compartimentalizador de la ciencia social convencional– del imperialismo político, cultural, etc.,  para luego  someterlo a una crítica especial3. Estos ataques contra las posturas marxistas y radicales sobre el imperialismo fueron tan  eficaces que, en noviembre de 1990, Prabhat Patnaik escribió un  artículo para Monthly Review titulado “Whatever Happened to Imperialism?”, en el cual  planteaba la cuestión de la casi 3 El más  claro ejemplo de esto  es Testing  Theories  of Economic Imperialism de Steven J. Rosen y James R. Kurth (1974). En  un  ensayo crítico incluido en  la obra citada, Harry Magdoff concluía que  sería erróneo “un marco analítico [que]  pusiera en compartimentos separados los aspectos clave del problema imperialista que  de hecho son  inseparables. In- tentar una tajante diferenciación de los asuntos militares, políticos y económicos conduce a ignorar lo que  es más  esencial: la interdependencia y la mutua interacción de estos  fac- tores. Este  modo de pensar –incluyendo el uso  de la abstracción del ‘interés nacional’– es muy  tradicional en  la  ciencia social ortodoxa, un  hecho que  da  cuenta de  su  histórica inhabilidad para enfrentar el crecimiento y la significación del imperialismo o de [las nue- vas]  bases del  imperialismo en  el capitalismo monopolista” (Magdoff en  Rosen y Kurth, 1974: 86).

 completa desaparición del  término en  los  análisis de  la  izquierda en EE.UU. y Europa. Era  particularmente asombroso que  esto  hubiese ocurrido de  cara a las  intervenciones militares norteamericanas (tan- to abiertas como encubiertas) en países como Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Granada y Panamá, y a pesar del predatorio rol de las mul- tinacionales en todo el mundo (por  ejemplo en la India, donde la Union Carbide mató a millares de  personas). Decía  Patnaik: “Los  marxistas más  jóvenes se  muestran confundidos cuando se  menciona este  tér- mino. Los  asuntos apremiantes de  nuestros días  […] se  discuten sin referencia alguna al imperialismo […] El tema virtualmente ha desapa- recido de las páginas de las publicaciones marxistas, especialmente en aquellas con  menor tradición” (Patnaik, 1990).  La  historia y la teoría del imperialismo, señalaba Patnaik, ya no son  temas de discusión.

Es posible observar la significación histórica de este asunto en la escisión ideológica que  ocurrió, primero, como respuesta a las  luchas sobre la globalización y las nuevas Guerras Balcánicas y, más  tarde, en relación con  los ataques del 11-S al World Trade Center de Nueva York y al Pentágono, y la subsiguiente guerra contra el terrorismo. Por  un lado,  los intelectuales inscriptos en las corrientes dominantes –particu- larmente ante la ampliación de las  operaciones militares de EE.UU. y de la OTAN, pero también en respuesta a asuntos tales  como el apoyo norteamericano a  la  Organización Mundial del  Comercio (OMC)–  se mostraron más  dispuestos a reapropiarse del concepto de imperialismo con  la intención de otorgarle más  brillo a lo que  venía  siendo presenta- do como la hegemonía benéfica o el “imperialismo blando” de la única superpotencia mundial. Por  otro lado,  los  pensadores post-marxistas y ex radicales asumieron con  frecuencia la tarea de  criticar cualquier uso  del concepto de imperialismo en el sentido marxista clásico, desli- gándolo del capitalismo, la explotación global y el imperialismo econó- mico, y argumentando que,  dado que  el término era  inaceptable en el discurso elegante, debía ser descartado.

Un ejemplo de esto último es el artículo de Tom Barry titulado “A Return to Interventionism” que fue publicado en línea en Foreign Policy in  Focus  el 11 de marzo de 2002,  en  aparente respuesta a los ataques del 11-S y a la guerra contra el terrorismo. Barry, quien en sus  escritos previos de los años setenta no había vacilado en adoptar el concepto de imperialismo, sostenía:

Para algunos, especialmente en  la nueva y vieja  izquierda, esta [la era de  Vietnam] fue  la “Era del  Imperialismo”, una era en  la cual Estados Unidos estuvo asegurando su  control sobre los  recursos  y los estados del mundo “en desarrollo”. Había debilidades analíticas en esta crítica antiimperialista, especialmente porque no  explicaba muy  bien  por qué  Estados Unidos estaba tan profundamente involucrado en  lugares de aparentemente tan poca importancia econó- mica, como Vietnam del Sur. Tampoco era de gran ayuda la crítica a la Norteamérica imperial para explicar el lado  idealista del inter- vencionismo norteamericano, la compulsión wilsoniana de llevar la libertad y la democracia al resto del  mundo. Si el objetivo era re- formar la política exterior de Estados Unidos, criticando a este país como un  poder imperial desbocado, esto no  tenía efecto ni  sobre los hacedores de políticas norteamericanos ni sobre el público. Lo que  sí parecía funcionar, como modo de suavizar las tendencias de la política exterior norteamericana que  respaldaban la represión  y la intervención militar en  el Tercer Mundo, era la crítica desde los derechos humanos (Barry, 2002).

Desde  esta perspectiva, hubo una razón que  bastó para que  se aban- donara completamente el tema: el hecho de que  los “hacedores de po- líticas de EE.UU.”, esto es, los representantes del sistema de poder do- minante, no fueron atraídos por el concepto de imperialismo. Adicio- nalmente, estuvo presente el hecho de que  una población adoctrinada no vio en término ninguna relación con la historia norteamericana, en parte porque no  tenía conocimiento de  las  cientos de  intervenciones militares en las cuales se había involucrado EE.UU., ni una compren- sión  más  amplia del significado del término imperialismo. Después de todo, ¿no  es  cierto que  EE.UU. busca, primordialmente,  con  excep- ción  de algunos deslices aquí y allá,  “llevar la libertad y la democracia al resto del mundo”? Sin  embargo, al mismo tiempo en  que  aparecía este artículo, los  ejércitos norteamericanos estaban realizando ope- raciones bélicas en  Afganistán,  construyendo bases en  Asia  central y lanzando intervenciones en  las  Filipinas y otros lugares. Al mismo tiempo en que  la noción de una “Era del Imperalismo” estaba siendo criticada por la izquierda norteamericana, los comentaristas del siste- ma  y las  figuras políticas estaban alabando la nueva era del  imperia- lismo liderada por EE.UU.

Una  crítica más  influyente sobre la noción de imperialismo fue lanzada por  Michael Hardt y Antonio Negri  en su libro Empire (2000), publicado por  Harvard University Press. Según Hardt y Negri, el impe- rialismo culminó con  la guerra de Vietnam. Para estos  autores, la Gue- rra  del Golfo  de 1991,  en la cual  EE.UU. desató su poder militar sobre Irak, fue llevada a cabo “no como una  función de sus propias  motivacio- nes  nacionales [de  Estados Unidos], sino  en nombre del derecho  global […] La fuerza policíaca mundial de los Estados Unidos obra, no con un interés imperialista, sino  con  un  interés imperial [es decir, en  función de los intereses de un Imperio sin centro y sin fronteras]. En este  senti- do,  la Guerra del Golfo  anunció, como afirmaba George Bush [padre], el nacimiento de un nuevo orden mundial” (Hardt y Negri, 2000).

 En   otro pasaje de  su  libro, los  autores declaraban: “Estados Unidos no  constituye –y, en realidad,  ningún otro  Estado-nación puede hoy  constituir– el centro  de un  proyecto  imperialista” (Hardt  y Negri,

2000).  Precisamente esta  posición fue  la que  recibió mayor énfasis en los generosos elogios al libro de Hardt y Negri  que se derramaron desde lugares tales  como The New  York  Times, la revista Time,  el London Ob- server y Foreign Affairs4.  Se trata de una posición que  niega la relación entre EE.UU. y el imperialismo en su sentido clásico, en su sentido ex- plotador, y además considera que la extensión de la soberanía y el poder norteamericanos reflejan el “imperio” y el rol civilizador “imperial” (la extensión de la Constitución norteamericana a escala global).

Recientemente, Todd  Gitlin, ex presidente de Students for a De- mocratic Society y actual profesor de  Periodismo y Sociología en  la Universidad de Columbia, en un artículo para la página de opinión edi- torial de The New  York  Times del 5 de septiembre de 2002,  escribió:

La izquierda norteamericana […] tuvo su versión del unilateralismo. La responsabilidad por  los ataques [del 11-S]  debía, de algún modo, imputársele al  imperialismo norteamericano, porque toda respon- sabilidad debe  endilgarse al  imperialismo norteamericano, lo cual constituye un perfecto eco de la idea de la derecha de que todo lo bue- no es y debería ser de algún modo norteamericano. Los intelectuales y activistas de la extrema izquierda no  podían sentirse muy  atribu- lados con  la compasión y la defensa […] Como  sabían poco  sobre la red  Al Qaeda, la clasificaron bajo  el rótulo de antiimperialismo, y a los  ataques norteamericanos contra los  talibanes bajo  el rótulo del Pantano de Vietnam. Para ellos,  no agitar la bandera se convirtió en una causa apremiante […] Los  liberales post-Vietnam ahora tienen una oportunidad, libres como están de  nuestra ansiedad sesentista por  la bandera y de nuestra reflexividad negativa, de abrazar el pa- triotismo liberal que  no pide  disculpas y no se acobarda.

Según Gitlin, quien integra la prensa del establishment que ha venido pu- blicando artículos que  desembozadamente ensalzan un  “imperialismo” norteamericano supuestamente benigno, “toda la acusación de ‘imperia- lismo norteamericano’ fue una suerte de distorsión extrema introducida por la izquierda”. No importa que  el establecimiento de bases militares norteamericanas permanentes en Arabia Saudita, como consecuencia de la guerra de EE.UU. contra Irak en 1991, haya sido el factor que indujo a los fundamentalistas islámicos a salir de Arabia Saudita (incluida Al Qae- da  misma) y volverse hacia EE.UU. No importa que  Osama bin  Laden

4 Para un análisis más  detallado del libro de Hardt y Negri  en este sentido, ver John Bella- my Foster (2001:  1-9).

 haya obtenido su  entrenamiento terrorista en  las  guerras patrocinadas por EE.UU. que  los  fundamentalistas islámicos libraron contra los  so- viéticos en Afganistán. No importa que Saddam Hussein haya sido un ex cliente imperial de EE.UU. en tiempos de la guerra Irán-Irak (e incluso hasta el mismo momento de  su  invasión a Kuwait). Y no  importa que Arabia Saudita e Irak ocupen el primer y segundo lugar a nivel mundial por sus reservas conocidas de petróleo, o el hecho de que Afganistán sea el umbral de  la  puerta al  Asia  central, una de  las  áreas más  ricas del mundo en  reservas de  petróleo y gas  natural. Finalmente, no  importa que  EE.UU. tenga ahora bases militares en Asia central y esté dispuesto a quedarse. De algún modo, a pesar de todo esto, y a pesar del hecho de que  el “supuesto imperialismo” hoy  está siendo aclamado ampliamente en el mainstream, a la izquierda no se le permite tocar el tema del impe- rialismo norteamericano como parte de una crítica a la política exterior de EE.UU. Si el imperialismo está siendo redescubierto, lo es sólo dentro de ciertos circunscriptos límites ideológicos.

RICOS  MÁS RICOS  Y POBRES MÁS POBRES A NIVEL  GLOBAL

Un aspecto esencial del redescubrimiento del imperialismo en los sec- tores predominantes consiste en la justificación del dominio político y militar de EE.UU., separándolo de cualquier noción sobre la creciente brecha entre naciones ricas y pobres, tal  como lo enfatizan las teorías marxistas y lo destaca el nuevo movimiento anti-globalización y antica- pitalista. Un signo del impacto de este  nuevo movimiento anticapitalis- ta global está  dado por  la medida en que  el establishment global y sus aliados han sentido la necesidad de defender sus propios antecedentes. Una  buena parte de esta  defensa consiste en afirmar que  los militantes anti-globalización no saben de qué  están hablando. Nos dicen que  si el imperium norteamericano parece más  dominante que  nunca, esto  no tiene nada que  ver con  la explotación económica.

Un ejemplo ilustrativo puede observarse en el artículo que  escri- biera Virginia Postrel, una de las columnistas estables en temas econó- micos de The New York Times, el 15 de agosto de 2002. El título era muy atractivo: “The  Rich  Get  Richer and  the  Poor Get  Poorer. Right? Let’s Take  Another Look”.  El artículo estaba pensado para aparecer antes de la Cumbre sobre Desarrollo Sustentable en  Johannesburgo, en  agosto y septiembre de 2002,  y su objetivo era  el de refutar a Noam Chomsky, de quien se tomaba la siguiente cita: “La desigualdad está creciendo du- rante el período globalizador, al interior de los países y entre los países mismos”. Según Postrel, Chomsky no sólo  estaba totalmente equivoca- do, sino  que también lo estaba el Informe sobre Desarrollo Humano de Naciones Unidas de 1999, el cual  llegaba a la misma conclusión en base a información sistematizada por  la propia ONU.

 ¿Cuál  era  el error en  las  afirmaciones de  Chomsky y Naciones Unidas, según Postrel y otros defensores de la globalización y la libera- lización? La información, insisten, tiene muchas fallas.

El informe de Naciones Unidas, y otros informes también, observan las  brechas de ingreso entre los países más  ricos y los más  pobres, y no  entre individuos ricos y pobres. Esto significa que  individuos previamente pobres en países enormes podrían volverse mucho más ricos y apenas aparecer en las estadísticas (Postrel, 2002).

De esta manera, los defensores neoliberales del  sistema global mez- clan  y confunden dos  cuestiones  separadas: la  brecha entre países y la  desigual distribución  del  ingreso en  la  población mundial. En rigor, hay  una diferencia legítima entre ambos asuntos. El  tamaño de  los  países es irrelevante cuando se examina la brecha entre paí- ses.  La  economía mundial funciona a  través de  diferentes estados. La  historia del  capitalismo se caracteriza por una creciente brecha entre estados ricos y pobres, una brecha que  se distingue por el he- cho  de  que  los  estados ricos crecen, en  buena medida, por medio de la explotación de otras naciones. A veces,  un  Estado grande es el que  explota a un  grupo de estados más  pequeños. En  otros casos, se trata de un  Estado pequeño que  extrae excedente de estados mucho más  grandes. Piénsese en  el actual Imperio Norteamericano y en  el antiguo Imperio Británico.

Los  ideólogos del  capitalismo global, dedicados a demostrar  el carácter benigno del  imperialismo norteamericano, insisten en  que  la globalización y la  liberalización conducirán a la  igualdad económica entre naciones, grandes y pequeñas. Los  datos que  exhibe Naciones Unidas, sin embargo, prueban concluyentemente que esto no ha ocurri- do. Al contrario, la brecha entre estados se ha ensanchado.

Aún así, a The New York Times esto  no le importa. Le preocupa la gente. Postrel señala:

En  las tres  últimas décadas […] los países más  grandes del mundo, China e India, han avanzado económicamente. También lo han he- cho otros países asiáticos con poblaciones relativamente grandes. El resultado es que  2.500  millones de personas han visto  aumentar sus estándares de vida en dirección al de los 1.000  millones de personas que  viven  en los países ya desarrollados, decreciendo así la pobreza global e incrementándose la igualdad global. Desde  el punto de vista de  los  individuos, la  liberalización económica ha  sido  un  enorme éxito  (Postrel, 2002).

¡Qué  ejemplos! Veamos la contribución de  la India a la reducción de la pobreza global. Según el más  reciente informe del  Banco Mundial (BM),  el 86%  de la población de la India  vive  con  menos de dos  dólares diarios5. En  1983,  el 10% con  mayores ingresos en la India representa- ba  el 26,7%  del  ingreso y los gastos; en  1991,  su  participación era  del

28,4%, y en 1997 se había elevado al 33,5%. ¡Difícilmente pueda decirse que  esto  es  una señal de  creciente igualdad! (Banco Mundial, World Develpment Report,  ediciones de 1990,  1996 y 2003)6.

Consideremos ahora el caso  de China. Tres  décadas atrás, China era  la nación más  desigual del  mundo. Entonces, sus  líderes políticos tomaron otro camino para perseguir sus  objetivos. En lugar de la prio- ridad que  anteriormente se le asignaba a la igualdad, se les dijo  a los ciudadanos que enriquecerse era bueno. Se alentó la iniciativa privada, se amplió la apertura a las  inversiones extranjeras, el Estado chino se sintió cómodo con  las  multinacionales norteamericanas, se  le  dio  la bienvenida a la globalización, entró el BM y, recientemente, China se convirtió en miembro de la OMC.

El resultado fue exactamente el contrario del que  el dogma pre- valeciente nos  habría hecho esperar, y que  Postrel y otros defensores de  la  globalización neoliberal simplemente asumen como verdadero. China, que  alguna vez  se destacara por  su  devoción a la igualdad, se tornó crecientemente desigual. Tanto es así que hacia finales de los años noventa la distribución del ingreso en China se asemejaba bastante a la mala distribución del ingreso de EE.UU (ver Tabla 1).

 

Tabla 1

Distribución del ingreso en Estados Unidos y China

Participación porcentual en el ingreso o el consumo*

 

 

10% más pobre

20% más pobre

10% más rico

20% más rico

China

 

Estados Unidos

2,4

 

1,8

5,9

 

5,2

30,4

 

30,3

46,6

 

46,4

Fuente: World Bank, World Development Report 2000/2001.  La información de Estados Unidos corresponde a 1997; la de China a 1998.

* Dependiendo de la información disponible, los economistas del Banco Mundial calculan la distribución del ingreso por medio de la renta o del consumo.

 

 

5 Esta información corresponde al año  1992,  el último año  para el que  este  tipo  de datos está  disponible. El  límite de  los  2 dólares se  basa en  una paridad de  poder adquisitivo. Esto significa que la información está  ajustada de modo tal que determine qué cantidad de un  conjunto de bienes de consumo podría ser  comprada por  2 dólares, eliminando en la medida de lo posible el efecto de las diferencias de precios entre países.

6 Esta información ha sido  tomada de las tablas de distribución del ingreso del BM, en las recientes ediciones del Informe de Desarrollo Mundial, tituladas “Pobreza y Distribución del  Ingreso”. Al calcular las  partes porcentuales de  la distribución del  ingreso, el BM se basa en encuestas de ingreso y gasto en los hogares, compiladas por  países. Para asegurar que  la información sea  comparable, el personal del BM usa,  cuando es posible, los datos relativos a los gastos por  hogar en lugar de la información sobre el ingreso. En  el caso  de la India, la información a la que  nos  referimos está  basada en gastos per  capita por  hogar.

 De  hecho, existe  un  importante conjunto de  datos sobre la  distribu- ción  del ingreso a escala mundial. La información fue desarrollada me- diante un  exhaustivo y muy  competente estudio realizado por  Branko Milanovic, un  economista del BM. Milanovic se internó en la increíble cantidad de información estadística de las computadoras del BM y su estudio dio  origen a un  panorama sobre la distribución del ingreso de la población mundial en 1988 y 1993.  Su análisis muestra que,  en rigor, la desigualdad aumentó durante esos  años (ver Tabla 2).

 

Tabla 2

Distribución del ingreso mundial (porcentajes acumulados de población e ingresos) Participación porcentual en el ingreso o el consumo

 

 

Porcentaje acumulado de la población mundial

Porcentaje acumulado del ingreso mundial

1988

1993

10% más pobre

 

20% más pobre

 

50% más pobre

 

75% más pobre

 

85% más pobre

 

10% más rico

 

5% más rico

 

1% más rico

0,9

 

2,3

 

9,6

 

25,9

 

41,0

 

46,9

 

31,2

 

9,3

0,8

 

2,0

 

8,5

 

22,3

 

37,1

 

50,8

 

33,7

 

9,5

Fuente: Branko Milanovic (2002: 51-92).

 

Es  notable que,  en  1993,  el 1%  más  rico  de  la  población recibió una parte más  grande (9,5%)  del  ingreso mundial que  el 50%  más  pobre, mientras que  el 5% más  rico,  en  ese  mismo año, tenía una participa- ción  en el ingreso que excedía con creces la del 75% más  pobre y estaba acercándose a la del 85% más  pobre (Milanovic exploró la información con  mucho más  detalle del que  se presenta aquí, y concluyó que  el 1% más  rico  tenía el mismo ingreso que  el 57% más  pobre de las personas de este  planeta). Estos números son  exactamente lo que  uno  podría es- perar de la historia completa del capitalismo, el cual  prospera mediante una ampliación de la brecha entre ricos y pobres, una ley del  sistema que  ahora opera sobre un  espacio global. Esta explotación global es el núcleo del  imperialismo, que  es tan  básico para el capitalismo, y tan inseparable, como lo es la acumulación misma. Pero  esto  no  es todo respecto del imperialismo, el cual  representa una historia compleja que contiene factores políticos, militares y culturales (raciales). Desde  una perspectiva marxista, el imperialismo económico no  está  en  realidad separado de  estos  otros elementos, que  son  igualmente parte del  de- sarrollo capitalista global. Del mismo modo en que  la búsqueda de ga- nancias es el mantra del imperium norteamericano, su poder militar y político está  apuntado a extender esta  búsqueda y ampliar su alcance a escala mundial, colocando en todo momento y siempre en primer lugar los intereses de las corporaciones y del Estado norteamericanos.

El redescubrimiento del imperialismo en el seno  del mainstream sólo  significa que  en la actualidad estos  procesos están siendo presen- tados, especialmente por  parte de los círculos gobernantes en EE.UU., como inevitables, como una realidad de la cual  no se puede escapar. Sin embargo, es claro que  la revuelta contra esta  nueva fase del imperialis- mo apenas ha comenzado. La mayor parte de la población mundial co- noce  aquello que  los comentaristas norteamericanos convenientemen- te olvidan, esto  es, que  el imperialismo de  EE.UU. se parece al de  los imperios explotadores del  pasado, y probablemente sufrirá el mismo destino, con  revueltas internas y con  los “bárbaros” a sus puertas.

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Terry Eagleton*

 

 

¿Un futuro para el socialismo?**

 

 

 

* Profesor de Literatura Inglesa en la Universidad de Oxford.

** Traducción de Fernando Lizárraga. Revisión de Atilio A. Boron.

 

 

 

 

 

 

 

 

EL AUGUR es aquel que  busca predecir el futuro para poder controlar- lo. Su tarea es husmear en las entrañas del sistema social para descifrar los presagios que  le aseguren a sus  gobernantes que  el sistema perdu- rará. En  nuestros días,  es generalmente un  economista o un  ejecutivo de los negocios. El profeta, en cambio, no tiene interés en predecir qué sucederá excepto para advertirnos que,  a menos que  cambiemos de ca- mino, es  improbable que  tengamos un  futuro. O, en  todo caso, si  lo tuviéramos, sería un  futuro profundamente desagradable. Su  preocu- pación es denunciar la injusticia del presente, no soñar con una perfec- ción  futura; pero como no se puede identificar la injusticia sin recurrir a una noción de  justicia, alguna forma de  futuro ya está  implícita en esta  denuncia. Así como el presente es un  resultado, en  gran medida, de  aquello que  no  llegó  a  ocurrir en  el pasado, también una imagen del futuro puede ser  atisbada, negativamente, oblicuamente, en lo que está  faltando en  el presente. La mejor imagen del  futuro es el fracaso del  presente. O de  otro modo: en  las  contradicciones del  presente, en los lugares donde fracasa en ser  idéntico a sí mismo, en aquello que  le es totalmente constitutivo y aun así  es descartado como desperdicio y excedente, es allí donde los destellos del futuro pueden ser discernidos como los resplandores a través de los tajos de una tela.

Un  futuro que  de  algún modo no  estuviera en  línea con  el pre- sente sería ininteligible, tanto como sería indeseable un  futuro que  es- tuviera solamente en línea con  el presente. Un futuro deseable debe  ser un  futuro posible, de  otro modo llegaríamos a  desear inútilmente y, por  ende, como el neurótico descripto por  Freud, nos  enfermaríamos de  nostalgia. Por  otra parte, si simplemente eliminamos el futuro de nuestra lectura del  presente, cancelamos la  futuridad del  futuro, tal como el nuevo historicismo trata de  borrar lo pasado del  pasado. El utopista seriamente bizarro, el que  tiene su cabeza enterrada más  obs- tinadamente en  la  arena, es  el  pragmático cabeza dura que  imagina que  el futuro será  más  o menos como el presente, sólo  que  un  poco más  variado. En  otras palabras, como alguien recientemente describió el futuro posmoderno: se trata del presente con  más  opciones. La pura fantasía de esta  ilusión pragmática basada en  la sabiduría de la calle, esto  es, que  el Fondo Monetario Internacional (FMI),  el Times Square, Brad Pitt  y las galletitas con  pedacitos de chocolate todavía estarán allí en el año  5000,  hace que  los apocalípticos melenudos y de ojos salvajes parezcan unos moderados insensibles. No importa lo que  piense Fran- cis Fukuyama, el problema no es que vamos a tener demasiado poco  fu- turo, sino  futuro en exceso. Mala  suerte; nuestros hijos  probablemente vivirán tiempos muy  interesantes.

Hablando de  Fukuyama (1992), uno  puede recordar que  entre las  cosas que  se  repiten históricamente está  el anuncio de  la  muerte de la historia misma, la cual  ha  sido  promulgada muchas veces,  desde el Nuevo  Testamento hasta Hegel.  Como  cualquier otra repetición, es una de las cosas que  hace que  la historia siga  andando, como sin duda podrá juzgar el propio Fukuyama al mirar su  correspondencia. El he- cho  de  anunciar el fin  de  la historia, lo cual  simplemente agrega algo más  a ella,  plantea un  conflicto interesante con  la declaración misma, una especie de contradicción performativa. El último de los prematuros obituarios arrojados sobre la historia, o quizá más  precisamente sobre la ideología, fue  el de  los  ideólogos del  fin  de  la historia, en  los  años cincuenta. Con  Vietnam, el Poder Negro y el movimiento estudiantil a punto de surgir, dicho obituario demostró ser  una profecía singular- mente inepta. Como  podría haber observado Oscar Wilde,  equivocarse sobre el fin  de  la  historia una vez  es  desafortunado,  equivocarse dos veces es pura negligencia.

Es  muy  probable, por ejemplo, que  se  produzca una gravísima crisis del capitalismo en las próximas décadas, que  no es lo mismo que decir que  esto será así,  o que  habrá socialismo. Que  el futuro esté des- tinado a ser diferente del presente, por supuesto, no garantiza que  será mejor. Bien podría llegar a ser peor. De un modo u otro, no hay nada que sea  inevitable, lo cual  es excelente, ya que  lo inevitable es usualmente desagradable. Y a menos que  uno  se oponga a lo inevitable, nunca po- drá descubrir cuán inevitable era realmente. Pero mientras Occidente conduce sus  carretas en  círculos cada vez más  cerrados, refugiándose y cerrando las puertas a una creciente población alienada, desplazada, desposeída, tanto a nivel  local  como en el exterior, y mientras la socie- dad  cívica  es crecientemente arrancada de cuajo, no hace falta un  Nos- tradamus para anticipar turbulencias en el horizonte. Políticamente ha- blando, no se puede dejar que las fuerzas del mercado se desplieguen en ausencia de una buena red de protección social ya que,  de otro modo, se corre el riesgo de generar una gran inestabilidad y resentimiento; pero, económicamente hablando, es exactamente ese tipo de protección lo que las fuerzas del mercado destruyen. En  este sentido, el sistema se ofrece para minar su propia hegemonía, sin mucha necesidad de ayuda desde la izquierda. Lo que es de temer no es tanto que la historia meramente se repita a sí misma, sino  la perspectiva de que comience a filtrarse por las costuras, mientras la izquierda todavía está dispersa y desorganizada y, por lo tanto, es incapaz de conducir las precarias y espontáneas revuel- tas por senderos productivos. Entonces, el problema es  que,  a menos que ocurra lo contrario, mucha más  gente podría salir lastimada.

Esto resulta aún mucho más  lamentable cuando uno  se detiene a  considerar la  notablemente módica propuesta que  está impulsando la izquierda. Todo  lo que  la izquierda desea lograr son  condiciones que permitan a  la  totalidad de  los  habitantes del  planeta comer, trabajar, ejercer su libertad, vivir dignamente, y aspiraciones de este estilo. Esto es  escasamente revolucionario. Pero es  una señal de  las  calamidades presentes el hecho de que,  en efecto, se necesitaría una revolución para alcanzar tales objetivos. Esto es así por el extremismo del capitalismo, no del socialismo. A propósito: decir que las cosas están muy  mal  es el tipo de afirmación simplista que  distingue a los radicales de los reformistas liberales, aunque no  sucede lo mismo con  los conservadores. Sorpren- dentemente, en una forma de vida social que es incapaz incluso de estar a la altura de sus propios ideales parciales, los liberales, los pragmáticos y los modernizadores se aferran a su ilusión extraordinariamente utópi- ca de que  nada está mal  en los fundamentos. Los conservadores, por el contrario, tienen mucha razón al ver que  existe un  problema en los ci- mientos mismos del sistema, pero suelen estar equivocados respecto de qué es lo que está mal.  La forma más  ostensiblemente naif del idealismo no es el socialismo, sino la creencia de que, dándole el tiempo suficiente, el capitalismo alimentará al mundo. ¿Cuánto tiempo más  se sostendrá esta visión antes de que se la juzgue desacreditada?

Por  todo esto,  nunca he  estado demasiado convencido de  que términos como optimismo y pesimismo tengan mucho sentido político. Lo que  importa –lo que  es en  realidad condición necesaria para cualquier fructífera acción moral o política– es el realismo, que  a veces  nos hace sentir desanimados y otras jubilosos. Puede calificarse un discurso como auténticamente realista si les resulta ilusorio a los cínicos y crudo a  los  románticos. En  una reciente conferencia del  Socialist Workers Party (SWP)  en  Londres, un  entusiasta camarada se puso de pie  para anunciar que  “nunca han existido tantas oportunidades revoluciona- rias”  como en  el presente. Quizá, durante una década, este  camarada haya estado sentado en  un  cuarto oscuro, con  la  cabeza tapada con una bolsa de papel. Hay,  por  cierto, socialistas que  dirían esto  incluso en  medio de  una tierra devastada por  una explosión nuclear, con  por lo menos uno  de sus  brazos arrancados. Con  todo, la cuestión es estar afligidos por las razones correctas, que es el punto en que la izquierda a veces se equivoca. Por eso, permítanme desglosar algunas razones para que  la izquierda no se sienta desalentada.

En  primer lugar, es un  error imaginar que  la actual crisis de  la izquierda tenga mucho que  ver con  el colapso del comunismo. Por  su- puesto que  no ayuda el hecho de que  no haya actualmente casi  ningún ejemplo de relaciones sociales no-capitalistas para señalar en el mundo; pero algunos en la izquierda creían que  las relaciones sociales no-capi- talistas no eran tales  tampoco en el bloque soviético, y pocos socialistas se desencantaron ante los eventos de finales de los ochenta, ya que para desilusionarse, primero hay  que  estar ilusionado. La última vez que  la izquierda occidental estuvo masivamente ilusionada con  el  estalinis- mo  fue hace mucho tiempo, en los años treinta. En  efecto, si se quiere observar la  más  efectiva crítica a ese  sistema, no  hay  que  recurrir al liberalismo occidental, sino  a las mayores corrientes del marxismo, que siempre fueron mucho más  radicales en sus  resistencias al estalinismo que  Isaiah Berlin. En  cualquier caso, la izquierda global ya atravesaba una profunda crisis antes de que  el primer ladrillo fuera arrancado del Muro de  Berlín. Si  hay  razón para que  la  izquierda se  sienta desani- mada por  el  final  del  comunismo, esto  se  debe  a  que  dicho colapso demostró el formidable poder del capitalismo –que  en la forma de una deliberadamente ruinosa carrera armamentista definió en gran medida que el bloque soviético se hincara– y no tanto al derrumbe de una valio- sa forma de vida encarnada por  los Ceaucescus. Aun así, con  todas sus horrendas consecuencias, los sucesos de finales de los ochenta fueron una revolución; y no se suponía, al menos de acuerdo con algunos teóri- cos posmodernos, que existieran revoluciones por aquellos años, ya que no  había totalidad para ser  revolucionada ni  ningún sujeto colectivo para hacer la revolución. Es entonces profundamente irónico que, justo cuando estas doctrinas estaban fuera de moda en Occidente, hayan co- brado encarnadura política en Europa oriental.

Tampoco la  supuesta apatía de  la  población es  una razón sufi- cientemente buena para sentirse abatidos, en gran medida porque es un mito. Las personas que claman contra los refugiados y exigen el derecho a proteger su propiedad con una bomba neutrónica pueden ser de pocas luces, pero no  son  apáticas, ni  trogloditas drogados por la  televisión. Hay muchos buenos ciudadanos al norte del lugar donde yo vivo, Irlan- da, que  no son  en ninguna medida apáticos. Los hombres y las mujeres suelen ser indiferentes solamente respecto de  políticas que  son  displi- centes con  ellos.  Puede que  la gente no  crea en  los políticos, ni piense en las teorías de la plusvalía, pero si alguien trata de construir una au- topista a través de sus  patios o de cerrar las escuelas de sus  hijos, van a protestar rápidamente. ¿Y por qué  no?  Es  racional resistir a un  poder injusto si uno  puede hacerlo sin  demasiado riesgo y con  una razonable probabilidad de éxito. Tales  protestas pueden no ser efectivas, pero ese no  es  el punto en  discusión. También es  racional, desde mi  punto de vista, rehusarse al cambio político radical siempre y cuando el sistema sea capaz de otorgar alguna gratificación, por magra que sea, y mientras las alternativas sigan siendo peligrosas y oscuras. En  cualquier caso,  la mayoría de la gente tiene que  invertir demasiada energía simplemente en sobrevivir, en asuntos materiales inmediatos, como para tener mucho resto para la política. También invertimos un  buen grado de energía fí- sica  en un amor masoquista por la ley, una sumisión al superyó profun- damente placentera, incluso cuando también es verdad que  obtenemos deleite sádico al ver tal autoridad venirse abajo. Por todas estas razones, es muy  difícil  poner en marcha un  cambio radical. Pero mientras la de- manda de ser razonables en nuestros días  significa “tranquilizarse”, en 1790  significaba levantar barricadas. Más  aún, una vez que  un  sistema político deja  de ser capaz de proveer suficiente gratificación como para sujetar a  sus  ciudadanos, y una vez  que  alternativas de  bajo  riesgo  y realistas emergen, entonces la revuelta es tan previsible como la palabra like en la conversación de un  estudiante novato de Cornell. La caída del apartheid sería un buen ejemplo en nuestros días.

Hay  poca evidencia, entonces, de que  la ciudadanía sea en gene- ral  abúlica o complaciente. Por  el contrario, la evidencia sugiere que está  considerablemente alarmada acerca de un  número importante de asuntos, incluso cuando la mayoría está tan  lejos de virar hacia el socia- lismo en busca de soluciones como lo está  de la teosofía. Sin  embargo, tampoco habría que  exagerar la falta  de resistencia de izquierda, si se observa el Movimiento de  los  Sin  Tierra en  Brasil, la militancia de  la clase  trabajadora francesa, la  agitación estudiantil contra los  sweats- hops  en Estados Unidos, las incursiones anarquistas contra el capitalis- mo financiero, por dar  algunos ejemplos. La tesis  de “la desaparición de la clase  trabajadora” tampoco puede soportar un escrutinio minucioso. Es verdad que  en las sociedades capitalistas avanzadas el proletariado ha  disminuido en  tamaño y significación; pero el proletariado, en  el sentido de trabajadores manuales industriales asalariados, no es lo mismo que  la clase  trabajadora. Uno no deja  de ser parte de la clase  traba- jadora porque se convierta en mozo en vez de ser  trabajador textil.  En términos generales, “proletariado” denota un  tipo  de trabajo, mientras que  “clase  trabajadora” denota una posición dentro de  las  relaciones sociales de producción. Esta confusión ha surgido, en parte, porque en tiempos de Marx  la clase  trabajadora era más  o menos idéntica al pro- letariado industrial. En  cualquier caso, el proletariado, en  un  sentido estrictamente técnico, ha  crecido globalmente en  términos absolutos. Puede argumentarse que en términos relativos ha declinado en relación con  otras clases; pero nunca ha existido el requisito de que  la clase  tra- bajadora sea la mayoría para calificar como agente revolucionario.

Tampoco hay  ningún requisito que  indique que  la  clase  traba- jadora deba ser  la más  empobrecida y desgraciada. Hay  mucha gente –vagabundos, ancianos, desocupados, lo que  supongo hoy  podríamos llamar lumpen-intelligentsia– que  está  muchísimo peor. Algunos socia- listas han visto  a  la  clase  trabajadora como agente del  cambio revo- lucionario no  porque sufra mucho –a veces  lo hace, a veces  no–,  sino porque está  situada de tal manera dentro del sistema capitalista como para ser  efectivamente capaz de reemplazarlo. Al igual  que  otras fuer- zas radicales, la clase  trabajadora está  a la vez en la raíz  y en las fuentes mismas del sistema, y aun así es incapaz de ser totalmente incluida en él; es parte de su lógica  y también parte de la subversión del sistema y, por  lo tanto, en  un  sentido exacto del  término, es una fuerza decons- tructiva. Si para el marxismo la clase  trabajadora tiene un  rol especial, no  es porque sea  especialmente miserable ni necesariamente numero- sa, sino  porque es, en el sentido freudiano, “sintomática”. Como  tal,  es aquello que representa la contradicción, la cual,  como los límites de un campo, estando a la vez adentro y afuera –ex-tiempo, como dice Lacan–, manifiesta algo  de la lógica  dual o contradictoria del sistema como un todo. Si en algún sentido es un  “totalizador” de ese  sistema, lo es por- que representa las contradicciones del régimen como un todo, y de este modo escapa a cualquier totalización armoniosa.

Podemos olvidarnos, entonces, de  la idea  de  que  los  socialistas eligen  a la clase trabajadora como una fuerza transformadora, mientras que  otros podrían optar por  los  payasos de  circo  o los  farmacólogos pelirrojos. ¿Quiénes sino  los hombres y mujeres que  crean el sistema, cuyas vidas  dependen de él, y que son capaces de hacerlo funcionar jus- ta y colectivamente, y que  se beneficiarían más  con  semejante cambio, deberían   reemplazarlo? ¿Los  oftalmólogos pecosos? ¿Los  que  miden más  de 1,60 m y viven al oeste de Shannon?

La palabra “proletariado” –proletarius en latín– en el mundo an- tiguo refería a aquellos que  servían al Estado produciendo hijos  –fabri- cando fuerza de trabajo– porque eran demasiado pobres para servirlo con sus propiedades. El proletariado, en otras palabras, tiene tanto que ver con la producción material como con la sexual; y como el peso  de la reproducción sexual recae más  sobre las mujeres que sobre los varones, no es una hipérbole decir que  en el mundo antiguo la clase  trabajadora fue  una mujer. Como, en  efecto, lo es en  forma creciente en  la actua- lidad. El geógrafo David  Harvey se refiere a las  fuerzas opositoras del futuro como “proletariado feminizado”. Esas tediosas viejas  riñas entre socialistas y feministas son  cada vez más  superfluas a causa del avance del  capitalismo mismo. Es  el capitalismo, aunque no  lo crean, el que está  arrojando a los  socialistas y a las  feministas en  brazos de  unas y otros (hablo, por  supuesto, metafóricamente). Desde  luego, estas fuer- zas opositoras pueden fracasar. Pero  esto  es un asunto diferente a decir que  tales  fuerzas no existan en absoluto.

¿Debería estar triste la izquierda porque el marxismo ha  sido  fi- nalmente desacreditado? No,  porque no  lo  ha  sido.  Ha  sido  estruen- dosamente  derrotado, pero esto  es  un  asunto diferente. Considerarlo desacreditado sería como decir que Mozambique fue desacreditado por haber sido  dominado por  los portugueses. Si el marxismo ha  sido  de- sacreditado por  la caída del bloque soviético, ¿por  qué  no fue desacre- ditado ya en  los  años sesenta y setenta, cuando sabíamos demasiado bien  qué tipo  de grotesco socialismo travestido era el bloque socialista? La teoría marxista no  ha  sido  declarada en  bancarrota intelectual, en parte porque no hubo necesidad. No es que  carezca de respuestas, sino que  está  fuera de  la discusión. No  se trata tanto de  si es verdadera o falsa,  sino  –para usar una frase foucaultiana– de que no está  más  “en la verdad”. Un cambio cultural y político total la ha dejado atrás en tanto fuerza práctica, pero difícilmente la ha  refutado como descripción del mundo. En efecto, en este  último sentido, ¿qué  podría ser más  adecua- do que  aquel documento de 1848,  me  refiero claro está  a El Manifiesto Comunista, que  pronostica la expansión de la globalización, la profun- dización de las desigualdades, el creciente empobrecimiento y la inten- sificación de la guerra? Este  escrito está,  me atrevo a afirmarlo, mucho menos desactualizado que  los análisis de Maynard Keynes.

De todos modos, cuando algunos dicen que  el marxismo está  de- sacreditado o es irrelevante, están implicando que  saben exactamente qué es el marxismo, lo cual –debo  decirlo– es mucho más de lo que yo sé. Los  devotos anti-esencialistas hablan del  fracaso del  marxismo, como si pudiésemos aislar alguna esencia del credo que  ahora se ha  desinte- grado. Pero  descubrir qué  es lo peculiar del  marxismo como doctrina no es una cuestión fácil.  ¿La preocupación por  las clases? Ciertamente no: Marx  y Engels mismos insistieron en que  esto  de ningún modo era nuevo para ellos. ¿La revolución política, la lucha de clases, la abolición de  la propiedad privada, la cooperación humana, la igualdad social y el fin de la alienación y de las fuerzas del mercado? Tampoco: muchos izquierdistas han compartido estas visiones sin  ser  marxistas. William Blake,  por  ejemplo, abogaba por  casi  todas ellas.  ¿La  determinación económica de la historia? Bueno, quizá se está  poniendo un  poco  más tibio;  pero Sigmund Freud, él mismo nada amigo del marxismo, sostu- vo que  el motivo básico de la vida  social era  económico, y que  sin  esta sorda compulsión estaríamos tirados todo el día  en interesantes postu- ras  de goce  (jouissance). ¿Las  diferentes fases  materiales de la historia como determinantes de  diferentes formas de  vida  social? Bueno, esto era  casi  un lugar común para el Iluminismo radical.

El socialismo tampoco sufre una bancarrota en el sentido de es- tar  carente de ideas. Todavía hay  muchas buenas ideas de izquierda en todas partes, y un  no  menos fértil  y sugerente corpus de trabajo sobre cómo podría ser  una economía socialista, y hasta qué  punto los  mer- cados aún serían necesarios para cumplir con  ciertas funciones, entre otros temas. Uno podría agregar, también, que las postrimerías del siglo XX no presenciaron en absoluto la derrota del impulso revolucionario, sino  un cambio de rumbo. En sus décadas centrales, se vivió la victoria del  anticolonialismo –el movimiento radical más  exitoso de  la  época moderna– que barrió a los viejos imperios de sus sitiales de poder. El so- cialismo ha sido  descripto como el movimiento de reforma más  grande de la historia, pero la lucha anticolonial ha sido por lejos el más  exitoso. No; ninguna de estas son buenas razones para sentirse tristes. Tampoco lo es la creencia de que  el sistema capitalista es invulnerable. Algunos radicales desencantados pueden sostener semejante postura, pero el FMI  por  cierto no lo hace. El FMI  es muy  consciente de la repugnante inestabilidad de todo este negocio; una inestabilidad que, irónicamente, la globalización profundiza. Porque si cada pedacito del mundo está co- nectado con  cada uno  de los otros pedacitos, luego, un  tambaleo en un punto puede significar un  sacudón en otro, y una crisis en un  tercero. En  este  sentido, la permanente oscilación del  sistema es también una fuente de vulnerabilidad.

Entonces, ¿de  qué  debe apenarse la  izquierda? La  respuesta es seguramente obvia:  no  de  que  el sistema sea  monumentalmente esta- ble,  sino  de  que  es  formidablemente poderoso. Demasiado poderoso para nosotros en  el presente o, diría yo, en  cualquier futuro a corto o mediano plazo. ¿Significa esto  que el sistema simplemente no se deten- drá  y seguirá azuzándonos como un tipo  cargoso en un bar? De ningún modo. Es perfectamente capaz de detenerse abruptamente, sin la ayuda de  sus  opositores políticos. Si  esto  es  una buena o una mala noticia para dichos opositores, es una cuestión discutible. No hace falta  el so- cialismo para que  colapse el capitalismo, sólo  hace falta  el capitalismo mismo. El sistema es ciertamente capaz de cometer un  haraquiri. Pero sí hace falta  socialismo, o algo parecido, para que  el sistema pueda ser derribado sin que  nos  arroje a todos a la barbarie. Y es por  esto  que  las fuerzas de oposición son  tan  importantes: para resistir tanto como sea posible el fascismo, el caos  y el salvajismo que seguramente surgirán de una crisis mayúscula del sistema. Walter Benjamin sabiamente observó que  la revolución no es un  tren fuera de control, es la aplicación de los frenos de emergencia. Bertolt Brecht añadió que  el capitalismo, y no el comunismo, era radical. En este sentido, el rol de las ideas socialistas es el de proteger el futuro que  todavía no  ha  nacido –ofrecer, no  una tor- menta, sino  un lugar de refugio en esta  tempestad que  es la historia.

 

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Aires: Planeta).

Hardt, Michael y Negri, Antonio 2002 Imperio (Buenos Aires: Paidós). Harvey, David  2003 Espacios de esperanza (Madrid: Akal).

Marx,  Karl  y Engels, Friedrich 1998 El Manifiesto Comunista (Barcelona: El Viejo Topo).

Williams, Raymond 1984 Hacia el año 2000 (Barcelona: Crítica).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Atilio A. Boron*

 

 

Clase de cierre

 

La cuestión del imperialismo

 

*  Secretario Ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EN  ESTA  CLASE  nos  proponemos examinar algunas cuestiones rela- tivas a la teorización contemporánea sobre el imperialismo, tema que, afortunadamente, ha recobrado en los últimos años una centralidad que nunca debería haber perdido. Una de las grandes paradojas de la historia reciente de  América Latina había sido  la práctica desaparición de  una discusión seria sobre el imperialismo y la dependencia precisamente en momentos en que  las condiciones objetivas del capitalismo latinoameri- cano exhibían una agudización sin precedentes de la dependencia exter- na, la impresionante erosión de la soberanía nacional de los estados y un sometimiento sin  precedentes a los  dictados del  imperialismo. Que  tal situación no  era privativa de América Latina lo testifica la observación del marxista indio Prabhat Patnaik quien, en su breve ensayo aparecido en la Monthly Review a comienzos de la década del noventa, comprobaba con  asombro que  los  términos “imperialismo” o “imperialista” habían prácticamente desaparecido de la prensa, la literatura y los discursos de socialistas y comunistas por igual  (Patnaik, 1990: 1-6).

No obstante, se trataba más  de un  eclipse que  de una desapari-

ción  porque, como se expresó anteriormente, la situación ha comenzado a cambiar. Luego de una prolongada ausencia intelectual y política, que se extendió a lo largo de casi treinta años, la problemática del impe- rialismo, que  había suscitado algunos de los más  importantes debates teóricos y prácticos de las sociedades latinoamericanas en la década del sesenta, reapareció con  fuerza en  la esfera pública, en  sintonía con  el acelerado agrietamiento de la hegemonía ideológica y política del neo- liberalismo. Conviene subrayar el hecho de que  tal  irrupción no  tiene lugar sólo en las discusiones de las fuerzas políticas o los cenáculos in- telectuales. Aparece también en el lenguaje común y corriente utilizado por  los medios de comunicación de masas, produciendo un  cierto des- plazamiento –no total pero sí importante– del eufemismo que hasta ese momento se había empleado para aludir al fenómeno del imperialismo sin tener que  nombrarlo: globalización.

 

¿POR  QUÉ  SE  PRODUJO EL  RETORNO DE  LO REPRIMIDO?

 

No deja  de ser  sintomático de la situación de la cultura latinoamerica- na  que  esta  reaparición temática haya sido  “autorizada”, para usar un término que puede sonar gratuitamente provocativo pero se ajusta a las circunstancias, por  el resurgimiento de la discusión en  torno al impe- rialismo no  ya en la periferia del sistema capitalista sino  en su propio núcleo fundamental: Estados Unidos. En efecto, no es un misterio para nadie que  si el tema fue  reinstalado en los medios académicos y en el espacio público de  América Latina, esto  fue  en  gran medida posible porque primero “se puso de moda” en EE.UU. A nadie se le escapa que la  dinámica social desencadenada en  ese  país  como consecuencia de las políticas neoliberales (que  adquirieron resonancia universal con  las grandes movilizaciones de Seattle) y las crecientes tensiones y contra- dicciones que  la dominación imperialista desencadenó en el escenario internacional –donde el arrasamiento de Afganistán y la invasión y pos- terior ocupación militar de  Irak  sobresalen por  su  crueldad y drama- tismo– jugaron un  papel decisivo en  la apertura de un  debate que,  no por  casualidad, no  había podido ser  abierto por  las  largas y heroicas luchas de la resistencia antiimperialista de la periferia. Con  el colapso del orden mundial de posguerra y el indisimulado unipolarismo que co- mienza a prevalecer ya desde los años de Bill Clinton, y que  alcanzaría niveles inéditos durante la presidencia de George Bush Jr., la discusión en  torno a  la  naturaleza imperialista de  EE.UU. y del  sistema inter- nacional modelado a su  imagen y semejanza se convierte en  un  tema insoslayable. Claro  que,  tal  como aconteciera cuando los colonialistas de  la  Inglaterra victoriana hablaban de  la  “pesada carga del  hombre blanco” al tener que  llevar  su “civilización” a los confines del África  ne- gra (y de paso ocultar el bárbaro pillaje a que  sometieron a los pueblos originarios), los modernos teóricos del imperialismo conciben las políticas del gobierno de George W. Bush como verdaderas cruzadas contra los numerosos enemigos del bien, diseminados por  todo el planeta.

Para los ideólogos del imperio, siempre preocupados por ocultar su esencia explotadora y predatoria, la nueva realidad que  se configura con  la desaparición de la Unión Soviética desata una amplia discusión sobre la naturaleza del nuevo orden imperial, cuya  existencia y violentas características ya no  pueden seguir ocultándose bajo  el manto del  en- frentamiento entre “mundo libre” y “totalitarismo comunista” propio de los años de la Guerra Fría1. En  esta inédita coyuntura, el imperialismo asoma con  un  nuevo rostro, embellecido y rejuvenecido: si  antaño la expresión era considerada ofensiva y agraviante, los nuevos desarrollos históricos habrían de resignificarla dotándola de una carga fuertemente positiva. La  transición estadounidense de  la  república al  imperio, tan temida por los  críticos liberales e izquierdistas de  los  años sesenta  y setenta, se consumó en  medio de los himnos triunfales entonados por una pléyade de neoconservadores, con los fundamentalismos cristiano y judío marchando codo  a codo  con los grandes monopolios del complejo militar e industrial y los halcones de Washington2. Si antes los intelec- tuales orgánicos del sistema insistían en exaltar los valores republicanos y democráticos, ahora asumen claramente y sin  remordimiento alguno su  condición de  imperialistas, y aseguran: “Sí,  somos un  imperio, ¿y qué?  ¿Qué  tiene de  malo eso?”.  El  imperio deja  de  ser una condición censurable a partir de  razonamientos éticos y políticos para transfor- marse en una obligación humanitaria. Somos una nación “indispensa- ble” e “irreemplazable” –como diría más  de una vez Madeleine Albright, la secretaria de Estado del “progresista” gobierno de Bill Clinton–, una suerte de imperio benévolo que  ni oprime ni explota, sino  que  surca los siete mares para liberar a los pueblos de las cadenas del atraso y la opre- sión,  y para sembrar el libre comercio y la democracia.

Autores tales  como Samuel P. Huntington, Zbigniew Brzezinski, Charles Krauthammer, Thomas Friedman, Robert Kagan, Norman Podhoretz y Michael Ignatieff, entre tantos otros, fueron pródigos a la hora de desplegar, ya sin innecesarios eufemismos, el argumento impe- rialista de modo completamente desembozado. De acuerdo con  el mis- mo,  EE.UU. aparece como un  benévolo imperio cuya  función mesiáni- ca y redentora lo impulsa a librar “guerras humanitarias” para derrotar a los  malvados, llevar  la llama de  la democracia a los  más  apartados rincones del mundo, y consagrar la libertad de comercio como la condi- ción  indispensable para la conquista y el disfrute de todas la libertades y para el fortalecimiento de la democracia.

1 Sobre este  tema, ver el artículo de Perry Anderson en este  mismo libro.

2 Ver Wallerstein (2005).

 

Por otra parte, para los críticos del imperio la situación no estaba exenta de serios desafíos: con  la constitución de una única superpoten- cia  imperial, debían enfrentar una situación inédita, muy  distinta a la del  pasado cuando las  rivalidades entre varias potencias imperialistas ofrecían un  cuadro bien  diferente, todo lo cual  requería una cuidadosa revisión y actualización de  algunas de  las  tesis  centrales de  la  teoría marxista del imperialismo. Por  si esto  no  fuera poco, la abierta reafir- mación y defensa de la vocación imperialista de EE.UU. tuvo un enorme impacto ideológico sobre la izquierda política e intelectual. Todo  esto explica, al menos en parte, el abandono en que  cayera, por  un  período de unos veinte años, el empleo de la palabra imperialismo. Si se revisa la literatura de las últimas dos  décadas del siglo  pasado, se comproba- rá  que,  prácticamente, la palabra desaparece por  completo, y quienes tenían la osadía de hacer uso  de ella eran rápidamente silenciados. Se decía que  la globalización había acabado con  todo aquello y que  el im- perialismo era  un fenómeno del pasado.

No fue por lo tanto casual que haya sido precisamente en el centro del imperio donde viera la luz pública una obra publicada en la alborada del nuevo milenio y que,  de la noche a la mañana, fuese  aclamada como la nueva síntesis teórica que condensaba en sus páginas toda la riqueza y complejidad de la nueva realidad. Esa obra es, naturalmente, Imperio, el libro de Michael Hardt y Antonio Negri, oportunamente publicado en el año  2000  (Hardt y Negri, 2000).  A partir de la publicación de esta obra, la discusión sobre el tema se instala en un sitial de preferencia no sólo en los cerrados ámbitos de la academia sino,  inclusive, en la misma esfera pública, penetrando en  las  otrora inhóspitas regiones controladas por los grandes medios de comunicación de masas, que  abrieron con  júbilo sus  bien  custodiados portales a dos  intelectuales de izquierda que,  tras un lenguaje abstruso y por momentos esotérico, sostenían una tesis que sonaba como música celestial para las clases dominantes del imperio y sus  halcones de Washington: el surgimiento del Imperio –ahora escrito así, con mayúsculas– señalaba el fin del imperialismo3. En efecto: Hardt y Negri construyen un  silogismo que  concibe al imperialismo como un reflejo directo del  nacionalismo; por ende, concluyen que,  con  la  ine- luctable desaparición del  estado-nación, llega  también a su  fin el ciclo imperialista. Se verifica, debido a lo anterior, el tránsito hacia una nueva lógica  global de dominio, el Imperio, una estructura desterritorializada, etérea y descentrada, paradojalmente traída al mundo por la dinámica incesante de su propia negación, la multitud.

3 Son  numerosas las críticas suscitadas por  las tesis  de Hardt y Negri. Es sintomático que, ante ellas,  la respuesta de ambos autores haya sido  el insulto y la descalificación, jamás el examen crítico del argumento de sus críticos.

 

Pero  se destacan también otros fermentos de cambio que  permi- ten  una comprensión más  acabada del  resurgimiento de  la discusión sobre el imperialismo. En  el pasado, las  grandes luchas desencadena- das  en la periferia del sistema –causantes, por  ejemplo, de la derrota de los EE.UU. en Vietnam, el simultáneo triunfo de la revolución iraní y el sandinismo en  Nicaragua, la caída de regímenes títeres de EE.UU. en Indonesia y Filipinas, entre otros– no habían logrado horadar la coraza con  que  la  ideología dominante protegía la  agenda pública y la  con- ciencia social universal de  la irrupción de  elementos subversivos. Sin embargo, esta  situación comienza a revertirse en la década del noventa y a comienzos del nuevo siglo  gracias a una serie  de acontecimientos a los que un pensador como Hegel  –si hubiera podido neutralizar el euro- centrismo de su teoría– no habría dudado en asignar una significación “histórico-universal”: la irrupción del zapatismo en 1994,  la gran mani- festación de Seattle en 1999  y la organización del Foro Social Mundial de Porto Alegre en 2001.

En  otras palabras, si bien  la discusión sobre el imperialismo adquiere la  fuerza de  un  torrente que  sacude toda la  escena interna- cional a partir de  comienzos de  siglo,  lo cierto es que  su  impacto fue potenciado por  la presencia, principalmente en  América Latina –más que  en otras regiones del Tercer Mundo– de fuertes movimientos con- testatarios que  comenzaron a jaquear la hegemonía política e ideoló- gica  del  neoliberalismo, y a  introducir en  la  agenda pública temas y propuestas hasta entonces excluidos o considerados simplemente como aberraciones intelectuales o exabruptos ideológicos de  los  nostálgicos del socialismo ya difunto y, por  lo tanto, indignos de ser  considerados en  los  círculos “serios y responsables” que  manejan la opinión públi- ca mundial. Las  sucesivas conferencias “por  la humanidad y contra el neoliberalismo” convocadas por  los  zapatistas en  la Selva  Lacandona y la realización de los foros sociales mundiales de Porto Alegre anima- dos  por  el mismo espíritu ratificaron en  el plano de  la  política tanto como en las calles  la urgente necesidad práctica de examinar cuidado- samente el carácter del imperialismo en su fase actual, sus  fortalezas  y debilidades, y las perspectivas emancipatorias de nuestros pueblos. Es de estricta justicia, sin  embargo, señalar que  fueron muchas las voces que  en  América Latina nunca cejaron en  su  empeño por  denunciar el carácter explotador, opresivo y predatorio del sistema internacional y el papel nefasto –e irreemplazable– que  en el sostenimiento de dicho sis- tema juega EE.UU. Sin  embargo, estas eran expresiones aisladas y que persistían con  valentía, pero a contracorriente del  asfixiante consenso social predominante. Es debido a esto  que  la precisión de sus  análisis, la agudeza de sus  críticas y la sensatez de sus  propuestas no  lograban captar el imaginario de su tiempo. Sin embargo, una vez que el tema se instaló en el mundo desarrollado, entonces sí ya estaba autorizado por el imperio y podía ser  abordado no  sólo  en los pequeños cenáculos de la izquierda intelectual y política, sino  también en el discurso público y en los grandes medios de comunicación de masas. Por  eso tiene razón Roberto Fernández Retamar cuando observa en Todo  Caliban,  ese des- lumbrante retrato de la cultura latinoamericana, que  “el colonialismo ha calado tan  hondamente en nosotros, que  sólo leemos con  verdadero respeto a los autores anticolonialistas difundidos desde  las metrópolis” (Fernández Retamar, 2004: 39-40).

 

LÍMITES DE  LA TEORIZACIÓN  CLÁSICA

 

Las bases de la confusión aludida más  arriba no sólo  revelan la impor- tancia y el papel distorsionante de la hegemonía ideológica de la dere- cha  sobre el pensamiento de la izquierda. También tienen relación con las  insuficiencias de la teorización tradicional del  imperialismo frente a  las  significativas transformaciones experimentadas por  el modo de producción capitalista a lo largo del siglo XX, especialmente a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, las cuales venían a poner en cuestión algunas de las premisas centrales de las teorías clásicas del imperialismo, formuladas en las dos primeras décadas del siglo XX por Hobson, Hilferding, Lenin, Bujarin y Rosa  Luxemburgo, para no men- cionar sino  a sus  principales figuras4. Señalemos, para no extendernos demasiado en este  asunto, tres  desafíos principales.

El primero cuestiona una premisa decisiva de las teorías clásicas: la estrecha asociación existente entre imperialismo y crisis del capita- lismo metropolitano. En  esta  formulación, la  expansión imperialista era  la  solución a los  irresolubles conflictos internos que  originaba la crisis capitalista en  las  metrópolis. Las  depresiones, hambrunas y ce- santías generalizadas encontraban su cauce de resolución mediante la exportación de capitales y excedentes demográficos hacia las regiones atrasadas. El período que  se inicia a finales de la década del cuarenta, sin  embargo, pone seriamente en  crisis dicha premisa: se trata de  los “treinta años gloriosos” de la posguerra, la época de mayor crecimiento jamás experimentado por  las  economías capitalistas en  su  conjunto. Son  los años del capitalismo keynesiano, de la instauración del Estado de Bienestar y los de la mayor expansión de ese  modo de producción en  toda su  historia. Nunca antes el capitalismo había crecido simul- táneamente en  tantos países, por  tanto tiempo y a tasas tan  elevadas. Sin  embargo, en ese contexto tan  dinámico, se produce la agresiva ex- pansión del  imperialismo norteamericano por  toda la faz  de la tierra.

 

4 Transformaciones que,  sin  embargo, se  detuvieron a  las  puertas de  lo que  constituye la esencia del  sistema: la subsunción formal y real  de los trabajadores al despotismo del

 

La clásica conexión entre crisis capitalista y expansión imperialista era así  desmentida; no  sólo  en  la crisis sino  también en  la prosperidad el capitalismo se embarca en una desenfrenada expansión imperial, todo lo cual  desata la perplejidad de quienes aún se aferraban a las formula- ciones de las teorías clásicas del imperialismo5.

El segundo desafío a la teorización clásica surge de la constata- ción  de que  la rivalidad económica entre las grandes potencias metro- politanas ya no se traducía en conflictos armados como la Primera y Se- gunda Guerras Mundiales. Lo que  ahora se constataba era  una compe- tencia económica, por momentos de extrema ferocidad, pero que en los últimos cincuenta años jamás se tradujo en un enfrentamiento armado entre las mismas. Procesos de integración económica supranacional  y enfrentamiento entre bloques comerciales fueron marcando los  hitos principales de la segunda mitad del siglo XX. La virulencia del conflicto y la radicalidad de los intereses contrapuestos produjeron largas paráli- sis en los organismos que monitoreaban y regulaban el funcionamiento global del  capitalismo, como el GATT (que  habría de ser  reconvertido en  la  Organización Mundial del  Comercio, OMC),  el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI),  para no hablar sino  de los más  importantes. Los reiterados fracasos de sus  sucesivas “rondas” de acuerdos y la tenaz persistencia del proteccionismo y de principios mercantilistas, apenas disimulados bajo  una hueca retórica “libremer- cadista”, se encuentran en la base  de esta  frustración. En  todo caso, lo que  marca la diferencia entre el escenario de los tiempos de la Primera Guerra Mundial (sobre todo) y lo acontecido en los últimos años es que estos  enfrentamientos económicos no  desembocaron en  un  conflicto armado. La  reconfiguración de  la  estructura del  sistema imperialista y el papel predominante que  en él desempeña EE.UU., a diferencia del “concierto de naciones” que  se encontraba en la cúpula de ese sistema a comienzos del siglo XX, explican en gran parte la ausencia de un des- enlace militar. Ya en  tiempos de  la Primera Guerra Mundial, Kautsky había insistido sobre este punto con su famosa teorización sobre el “ul- traimperialismo”, una tesis  sumamente sugerente –en la medida en que aludía a esta  posibilidad de  una colusión entre los  grandes monopo- lios– pero no exenta de muy  serios problemas interpretativos derivados de la subestimación de la intensidad y la radicalidad del conflicto que oponía a las potencias imperialistas. Pero, en todo caso, a la luz de los desarrollos de la segunda posguerra, el asunto quedaba planteado y re- quería una urgente revisión.

Por  último, el tercer desafío que  contribuyó a poner en crisis las teorizaciones clásicas del  imperialismo fue,  en  esta  fase  de  acelerada

5 Ver Leo Panitch y Sam Gindin (2005b: 30-31).

 mundialización de la acumulación capitalista, la expansión sin  prece- dentes del  capitalismo a lo largo y ancho del  planeta. Si bien  este  fue desde siempre un  régimen social de producción caracterizado por  sus tendencias expansivas, tanto en  la  geografía física  como en  la  social, la aceleración de este  proceso a partir de la caída del Muro de Berlín y la implosión de  la Unión Soviética ha  sido  vertiginosa. El reparto del mundo, fundamento de las interminables guerras de anexión colonial o neocolonial, tenía un supuesto en la actualidad insostenible: la existen- cia de vastas regiones periféricas, llamadas también “atrasadas” o “agra- rias” en la literatura de la época, que eran introducidas en el torrente de la acumulación capitalista por  potencias imperialistas rivales mediante el pillaje colonial. Pero  ese proceso se completa en la segunda mitad del siglo XX cuando toda la superficie del globo  terráqueo quedó sometida a las  influencias de  las  relaciones capitalistas de  producción, lo cual, sin embargo, no detuvo la expansión imperialista del sistema. Suele ar- güirse que la implosión de la Unión Soviética, el desmembramiento del campo socialista y las transformaciones que están ocurriendo en China han abierto nuevos horizontes territoriales a la expansión del capital, lo cual  es cierto pero sólo parcialmente. Es preciso añadir, como bien  afir- ma François Houtart, que las nuevas fronteras cuya  conquista empren- de ahora el capital son económicas. Agotados los espacios de expansión territorial, el imperialismo aquel se vuelve sobre la sociedad y desata un salvaje proceso de mercantilización universal: tal es el caso  de los servi- cios  públicos y la agricultura, entre otros6. En  la fase  actual, el reparto territorial ha sido monopolizado por EE.UU. (con  la ocupación de Irak, Afganistán, su creciente control sobre el espacio de Asia central, y sus indisimuladas ambiciones de controlar la Amazonía), pero aún así con- serva  toda su  importancia en  la  carrera por  apoderarse de  preciosos recursos naturales, como petróleo y agua. No obstante, como no existen por  el momento potencias rivales que  se opongan a los designios esta- dounidenses, esta  política de  anexión y/o control territorial no  desen- cadena nuevas guerras inter-imperialistas, sino  la férrea resistencia, en algunos casos, de los pueblos amenazados. Las fronteras inmateriales, en cambio, son  escenarios en donde se libran batallas sin  cuartel en la carrera por  apropiarse de las empresas públicas de los países de la peri- feria  mediante privatizaciones y convertir antiguos derechos en renta- bles mercancías. Las privatizaciones y la desregulación de los servicios públicos de salud, educación y seguridad social, para nombrar sólo  los más  importantes, abren un  enorme espacio inmaterial que  sustituye, aunque sólo  en parte, la puja territorial e insufla nuevos aires al impe- rialismo. Como  bien  sostiene Ellen  Meiksins Wood, las teorías clásicas

6 Ver François Houtart (2005).

 

del imperialismo “asumen, por  definición, la existencia de un ambiente ‘no capitalista’” (Meiksins Wood, 2003: 127). Ese ambiente precapitalis- ta ahora no existe, pues el capitalismo comanda el proceso económico a escala global y en la casi  absoluta totalidad de los países del globo. Y donde no lo hace, como en Cuba, sus influjos aún así se dejan sentir con fuerza. Contradiciendo los planteamientos de las teorizaciones clásicas, el imperialismo redobla su marcha pese  a que  su legalidad cubre la to- tal superficie del globo  terráqueo.

Se entiende, a partir de la consideración de los tres  desafíos se- ñalados, que todas estas transformaciones hayan puesto en cuestión los presupuestos de la teoría clásica del imperialismo y colocado sobre el tapete la necesidad de desarrollar nuevas elaboraciones teóricas aptas para dar  cuenta de estas nuevas realidades.

 

NOVEDADES

 

La  teorización clásica entró en  crisis no  sólo  por  la obsolescencia de tres  de sus premisas más  distintivas. Hubo también otras causas, entre las cuales vale mencionar la aparición de ciertas novedades producidas en  el funcionamiento del  capitalismo contemporáneo, que  exigen  una urgente tarea de actualización.

Entre las más  decisivas se encuentra, en primer lugar, el fenómeno de la financiarización de la economía mundial, o sea, la fenomenal hiper- trofia del sistema financiero internacional, que alcanza extremos extraor- dinarios. El volumen actual de la circulación del capital financiero inter- nacional, especulativo en más  del 90%, se ubica en los 3 billones de dóla- res diarios, es decir, 3 millones de millones de dólares por día,  una cifra superior a la que arroja el comercio de bienes y servicios a nivel mundial en un año.  Huelga agregar que todo esto plantea una serie de problemas a la vez teóricos y prácticos de  enorme importancia, cuyo  tratamiento es imposible en  estas páginas. Baste por ahora señalar que  estamos en presencia de  una mutación significativa del  modo de  producción capi- talista: en  realidad, una degeneración involutiva hacia el reinado de  la especulación. Es debido a esto que  el capital financiero asume el puesto de comando del proceso de acumulación a escala global, en detrimento de las demás fracciones del capital (industrial, comercial, servicios, etc.), que deben subordinarse a sus estrategias, plazos y preferencias.

La segunda novedad está dada por el papel de EE.UU. como poten- cia integradora y organizadora del sistema imperialista. Este fenómeno, al cual  ya nos refiriéramos anteriormente, se acentuó dramáticamente a partir de la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista así como de las transformaciones que  sobrevinieron con  la crisis del orden bipolar de posguerra. A causa de lo anterior, el estado norteamericano adquirió un papel central e irreemplazable en la estructura imperialista mundial. Por eso hoy en día el imperialismo es más  que  nunca el impe- rialismo norteamericano, debido a su voluntad y capacidad para subor- dinar bajo  su hegemonía, de manera clara y contundente, a los posibles rivales que  habrían podido interponerse en su camino. Ni la Unión Eu- ropea ni Japón pueden aspirar a ser otra cosa  más  que  simples laderos que acompañan las decisiones tomadas en Washington. El viejo sistema imperialista, en cambio, tenía múltiples rostros, por ser el resultado de un  balance de  poder mucho más  complejo, en  donde la  primacía del primus inter pares, ejercida por largo tiempo por el Reino Unido, apenas si se distinguía del resto. Nada de eso  ocurre ahora: la crisis del orden mundial y del sistema de las Naciones Unidas, y la nueva estrategia nor- teamericana de la guerra preventiva, ponen brutalmente de manifiesto que  el imperialismo tiene una carta de nacionalidad muy  definida. Por lo tanto, las tesis que hablan de una tríada imperial, de un sistema donde se acomodarían con  un  rango equivalente EE.UU., la Unión Europea  y Japón, no  tienen ningún fundamento empírico. Tanto Japón como la Unión Europea, para los propósitos de un  análisis de un  imperialismo contemporáneo, son  –en  palabras de  Brzezinski, no  nuestras– estados vasallos de EE.UU. sometidos por presiones económicas, el chantaje mi- litar y la hábil manipulación de las amenazas del terrorismo (Brzezinski, 1998:  40).  El papel único e indispensable que  EE.UU. ha  adquirido se relaciona íntimamente con su condición de única superpotencia militar del  planeta, cuyo  gasto en  armamentos equivale prácticamente al  del resto de las naciones en su conjunto. EE.UU. ha desplegado poco  más  de 750 bases y misiones militares en 128 países, una máquina de guerra sin parangón en la historia de la humanidad, y bastión final  para la defensa del sistema imperialista mundial.

La tercera novedad tiene que  ver con  la existencia de nuevos ins- trumentos de  dominación que  reemplazan y/o complementan los  dis- positivos clásicos disponibles a comienzos del  siglo  XX.  Dos  de  ellos son  singularmente importantes. En  primer lugar, el papel del  FMI  y, en general, de las instituciones financieras mal  llamadas interguberna- mentales, puesto que  su dependencia del gobierno de EE.UU. las con- vierte, de hecho, en  extensiones de la Casa  Blanca. La designación de Paul  Wolfowitz al frente del BM por  parte de George W. Bush, a pesar de  la repulsa universal que  suscitaban su  fundamentalismo  sionista y su fanatismo guerrerista, y la influencia decisiva que  Washington tiene sobre el FMI  y la OMC, son  pruebas más  que  elocuentes de lo que  ve- nimos diciendo. A los países de la periferia, agobiados por  el peso  de la deuda externa, se les imponen políticas económicas que  realimentan o reproducen de manera ampliada la primacía de los intereses norteame- ricanos sobre los demás miembros del  sistema internacional. El FMI, el BM  y el Banco Interamericano de  Desarrollo (BID),  en  el caso  de América Latina, tienen un  papel estratégico en  la implementación de estas políticas, presionando ora  con  brutalidad, ora  con  guante blanco, a favor  de políticas gubernamentales que  facilitan el control práctica- mente total de las economías periféricas por  el capital imperialista, so- bre  todo norteamericano.

El otro nuevo instrumento de dominación imperialista es el casi absoluto predominio que  EE.UU. ha adquirido en el crucial terreno de la circulación de las ideas y la producción de imágenes audiovisuales. El  imperialismo hoy  se  refuerza con  un  imperialismo cultural que,  a través del enorme desarrollo de los medios de comunicación de masas, hace posible la imposición de las ideas y los valores de la sociedad nor- teamericana de una forma tal que ninguna de las experiencias imperia- les anteriores pudo siquiera soñar. Cerca de  las  tres  cuartas partes de las imágenes audiovisuales que  circulan por  el planeta son  producidas en  EE.UU., proyectando de este  modo una imagen propagandística, y falsa  hasta la  médula, del  sistema y de  sus  supuestamente ilimitadas capacidades para satisfacer todas las  aspiraciones materiales y espiri- tuales de  la  humanidad. Las  consecuencias políticas de  esta  realidad son  profundas y de larga vida.

Importantes como son,  estas novedades no pueden ocultar la in- tensificación de  la  explotación dentro del  mundo colonial y neocolo- nial  y, con  características peculiares, dentro de  los  propios países del capitalismo avanzado, donde la precarización laboral, la reducción de las  prestaciones sociales y las  tendencias regresivas del  salario hacen estragos. Si a esto  le sumamos que  la depredación ecológica del plane- ta  ha  llegado a niveles sin  precedentes, se  comprenderán las  razones por  las  cuales hay  quienes afirman que  las  chances de  que  la especie humana pueda sobrevivir al  final  del  siglo  XXI  son  menores al  50%. El imperialismo es expresión de  un  sistema inviable e insostenible; si la ideología norteamericana de la expansión del consumo llegara a ser asumida seriamente por  chinos e indios, y si  esos  2.400  millones de personas lograran de repente hacer realidad el American dream de tener cada uno  su  propio automóvil, el oxígeno del  planeta se  acabaría en menos de 24 horas. Las contradicciones del capitalismo son  insolubles e irreconciliables: esa es la gran actualidad de Marx  y de los teóricos de la época clásica del imperialismo. Por eso la lucha contra el capitalismo y el imperialismo es hoy, simplemente, la lucha por  la sobrevivencia de la especie. Nada más  y nada menos que  eso.

 

LA DILUCIÓN DEL  IMPERIALISMO

 

Ya antes habíamos señalado una primera paradoja: el eclipse de la tra- dición discursiva antiimperialista en  momentos en  que  la dominación imperialista se acentuaba como nunca antes. Veamos ahora otra, que podríamos formular en  los  siguientes términos: ¿cómo comprender el hecho de que haya sido el corazón mismo del imperio el que haya difun- dido, con  fervor militante, una nueva teorización sobre el imperialismo como la propuesta por Hardt y Negri? Una  comparación es inevitable. Cuando el asunto apareció con fuerza en el escenario mundial, en víspe- ras de la Primera Guerra, lo hizo  de la mano de severos e intransigentes críticos del  imperialismo –Hilferding, Lenin, Rosa  Luxemburgo, Buja- rin, etc.; o, como en  el caso  de  J. A. Hobson, de  quienes aun desde la perspectiva de la ideología dominante eran capaces de echar una lúcida mirada a los problemas de su tiempo y reconocían la injusticia y los ho- rrores del imperialismo. Por estas razones, sus escritos fueron anatemi- zados y sus autores perseguidos, condenados o, como en el caso  de Rosa Luxemburgo, simplemente asesinados. Al promediar el siglo  XX apare- ció la obra de John Strachey, The End  of Empire (1964), y la misma pasó completamente desapercibida fuera de los estrechos círculos de la aca- demia progresista y la militancia de izquierda del mundo angloparlante.

¿Cómo explicar, ahora, el formidable éxito de una obra como la de Hardt y Negri, que es difundida desde los grandes aparatos ideológicos del im- perialismo como una contribución esencial a la comprensión de la so- ciedad contemporánea? Páginas y más  páginas de The New  York  Times, Los Angeles Times, The Times de Londres, fueron dedicadas a comentar y exaltar las virtudes de Imperio. Entre nosotros, los grandes periódicos de América Latina no se quedaron atrás, y los suplementos dominicales de cultura y economía publicaron extensos reportajes a sus autores otor- gándoles amplio espacio para difundir sus ideas sobre el mundo actual. Esta conducta contrasta llamativamente con el “ninguneo” y la verdade- ra conspiración de silencio que  rodearon la aparición de textos mucho más  importantes, como por ejemplo Dialéctica de la dependencia, de Ruy Mauro Marini; El desarrollo  del capitalismo en América Latina, de Agus- tín Cueva;  Sociología de la explotación, de Pablo González Casanova, e, inclusive, Dependencia y desarrollo  en América Latina, de  Fernando H. Cardoso (en sus mejores tiempos, claro) y Enzo Faletto.

A nuestro juicio, lo que  explica la persecución, el silenciamiento y el ostracismo, en  un  caso, y la celebridad y el elogio, en  el otro, es el hecho de que  la propuesta de Hardt y Negri  es completamente ino- fensiva y en nada lesiona los intereses del bloque imperial dominante. Antes bien, su aprobación en los círculos del establishment prueba, con la contundencia de los hechos, que  la interpretación que  ofrecen esos autores es perfectamente funcional a sus  planes de control y domina- ción  mundial7. La burguesía nunca comete errores tan  groseros como para favorecer la  diseminación de  teorías o doctrinas contrarias a la perpetuación de  su  dominio. Veamos, a continuación, algunas de  las más  importantes críticas que  merece la peculiar interpretación del im- perialismo que  brota de la pluma de nuestros autores.

 

 

7 Conclusión que  se  refuerza aún más  al  examinar el más  reciente trabajo de  Antonio Negri, ahora en  colaboración con  Giuseppe Cocco  (Cocco  y Negri, 2006),  en  donde se ofrece una visión  de la historia reciente de América Latina justificatoria de las atrocidades

 

EN  LOS  ANÁLISIS  DE  HARDT  Y NEGRI,  EL  IMPERIALISMO NO  CAMBIA SINO  QUE  DESAPARECE

 

Este  es el equívoco fundamental que  preside toda su obra, y que  decre- ta su irreparable invalidación. Es indudable que  el imperialismo en su fase actual –su estructura, su lógica  de funcionamiento, sus consecuen- cias  y sus  contradicciones– no  se  puede comprender adecuadamente procediendo a una relectura talmúdica de los textos clásicos. No porque ellos estuviesen equivocados, como lo afirma con insistencia la derecha, sino  porque el capitalismo es un  sistema cambiante y altamente diná- mico  que,  como escribieran Marx  y Engels en El Manifiesto Comunista, “se revoluciona incesantemente a sí mismo”. Por  consiguiente, mal  se podría entender al imperialismo de comienzos del  siglo  XXI armados con  el instrumento teórico y conceptual que  nos  proveen solamente los autores referidos anteriormente. Pero  el error garrafal de Hardt y Ne- gri  es el de asumir que  se lo puede comprender no  sólo  sin  ellos,  sino también apelando a una serie  de autores que se ubican en las antípodas de  cualquier vertiente conocida del  pensamiento crítico. No  se  trata entonces de reiterar sino  de reformular las viejas  tesis, partiendo desde la revolución copernicana producida por  la obra de Marx  –que,  todavía hoy,  nos  suministra una clave  interpretativa imprescindible e irreem- plazable para explicar la sociedad capitalista– y reelaborando con  au- dacia y creatividad la herencia clásica de los estudios sobre el imperia- lismo a la luz  de  las  grandes transformaciones que  tuvieron lugar en la segunda mitad del siglo  XX y, muy  especialmente, en los últimos 25 o 30 años. El imperialismo de hoy no es igual  al de ayer. Ha  cambiado y, en  algunos aspectos, ese  cambio ha  sido  muy  importante; en  otros, sus  viejas  características –belicosidad, racismo, pillaje, militarismo– se han acentuado considerablemente. Lo que no entienden Hardt y Negri, y muchos otros que,  al igual  que  ellos,  son  tributarios del pensamiento cometidas por  las políticas neoliberales en la región, todo en nombre de la imprescindible necesidad de obtener, a cualquier precio, la liquidación del estado-nación, fuente de todos los males de este  mundo según la visión  metafísica de sus (mal  informados) autores. El li- bro oscila entre la descalificación de –y el insulto a– quienes no comparten la peculiarísima visión  de sus autores y la impotencia para refutar siquiera alguno de los argumentos de sus críticos. Se evidencia a simple vista  que  ni Cocco  ni Negri  son  estudiosos serios de la rea- lidad latinoamericana. La superficialidad de su conocimiento varía  en proporción directa con  la ampulosidad de su retórica. Hay muy  pocas ideas en el libro, pero las originales no son  buenas y las buenas no son  originales.

 burgués sobre la globalización, es que  más  allá de estos  cambios el im- perialismo no se ha transformado en su contrario, como nos  propone la mistificación neoliberal, dando lugar a una economía “global”  donde todos somos “interdependientes”. Esa  vieja  tesis  –que  tiene entre sus cultores a Henry Kissinger, la Comisión Trilateral y las escuelas de “ad- ministración de empresas” estadounidenses– es la que  hoy,  sorpren- dentemente, aparece con  ropajes pseudo-izquierdistas y con  lenguaje posmoderno en la obra que  estamos analizando. El imperialismo sigue existiendo y oprimiendo a pueblos y naciones, y sembrando a su paso dolor, destrucción y muerte. Pese a los cambios, conserva su identidad y estructura, y sigue  desempeñando su función histórica en la lógica  de la acumulación mundial del capital. Sus mutaciones, su volátil y peligrosa mezcla de  persistencia e innovación, requieren la construcción de  un nuevo abordaje que  nos  permita captar su naturaleza actual8.

Podría decirse, en  consecuencia, que  los atributos fundamenta- les del imperialismo identificados por los autores clásicos en tiempos de la Primera Guerra Mundial siguen vigentes toda vez que aquel no es un rasgo accesorio ni una política contingente, perseguida por  algunos es- tados bajo  algunas condiciones muy  particulares, sino  una nueva etapa en el desarrollo del capitalismo signada, hoy  con  mayor contundencia que en el pasado, por  la concentración del capital, el abrumador predo- minio de los monopolios, el acrecentado papel del capital financiero, la exportación de capitales y el reparto del mundo en distintas “esferas de influencia”. La  aceleración del  proceso de  mundialización acontecida en el último cuarto de siglo,  lejos  de atenuar o disolver las estructuras imperialistas de la economía mundial, no hizo  sino potenciar extraordi- nariamente las asimetrías estructurales que  definen la inserción de los distintos países en ella.  Mientras un  puñado de naciones del capitalis- mo desarrollado reforzó su capacidad para controlar, al menos parcial- mente, los  procesos productivos a escala mundial, la financiarización de la economía internacional y la creciente circulación de mercancías y servicios, la enorme mayoría de los países experimentó la profundi- zación de  su  dependencia externa y el ensanchamiento hasta niveles escandalosos del abismo que  los separaba de las metrópolis. La globa- lización, en  suma, consolidó la dominación imperialista y profundizó la sumisión de los capitalismos periféricos, cada vez más  incapaces de ejercer un  mínimo de control sobre sus  procesos económicos domésti- cos.  Esta continuidad de los parámetros fundamentales del imperialis- mo –si bien  no necesariamente de su fenomenología– es ignorada en la obra de Hardt y Negri, y el nombre de tal negación es lo que estos  autores  han denominado “Imperio”. Un Imperio que,  como lo señalan una y otra vez, existe  sin  imperialismo; un  Imperio “posmoderno y virtual” que,  por  una alquimia del  concepto, puede serlo  sin  ser  imperialista.

 

8 Sobre este tema ver especialmente los artículos de Leo Panitch y Sam Gindin publicados en Socialist Register  (2004;  2005a).

 

¡Curioso animal! Lo que  tratamos de demostrar en Imperio & Imperia- lismo es que así como las murallas de Jericó no se derrumbaron ante el sonido de las trompetas de Josué y los sacerdotes del templo, la realidad del imperialismo tampoco se desvanece ante las divagaciones de dos fi- lósofos extraviados en los estériles laberintos del nihilismo posmoderno (Boron, 2002).  Lo anterior es particularmente preocupante cuando se descubre que nuestros autores parecen no tener la menor conciencia de la continuidad fundamental que  existe  entre la supuestamente “nueva” lógica global del imperio y la que presidía su funcionamiento en tiempos pasados. No sólo persiste la lógica  explotadora y predatoria, también la permanente e implacable succión de excedentes desde la periferia, así como la continuidad de los actores fundamentales del sistema imperia- lista,  sus instituciones, normas y procedimientos. En efecto, los actores estratégicos son  los mismos: los grandes monopolios, transnacionales por  su  alcance y la escala de  sus  operaciones, pero inocultablemente “nacionales” cuando se  atiende al  origen de  su  propiedad, el destino de sus  ganancias, los marcos jurídicos elegidos para dirimir controver- sias  y la composición de su elenco directivo. Al igual  que  en el pasado, otros actores cruciales del “nuevo imperialismo” son los gobiernos y los estados de los países industrializados, prematuramente declarados di- funtos por nuestros autores y que, pese a tal declaratoria, siguen siendo los  administradores imperiales en  favor  del  capital más  concentrado. Ellos  ignoran también en  sus  análisis que  las  instituciones decisivas que  regulan los  flujos  de  la economía mundial siguen siendo aquellas que  signaron ominosamente la fase  imperialista que  ellos  ya dan  por terminada, como el FMI,  el BM, la OMC y otras por  el estilo;  y que  las reglas del juego  del sistema internacional siguen siendo las del neolibe- ralismo global, dictadas principalmente por  EE.UU. e impuestas coer- citivamente durante el apogeo de la contrarrevolución neoliberal de los años ochenta y comienzos de los noventa9. Por  su  diseño, propósito  y funciones, estas reglas del juego  no hacen otra cosa  que  reproducir in- cesantemente la vieja  estructura imperialista bajo  un  ropaje renovado. Estaríamos mucho más  cerca de  la verdad si, parafraseando a Lenin, dijéramos que el Imperio es la “etapa superior” del imperialismo y nada más. Su  lógica  de  funcionamiento es  la  misma, como iguales son  la ideología que  justifica su existencia, los actores que  la dinamizan y los injustos resultados que revelan la pertinaz persistencia de las relaciones de opresión y explotación.

 

9 Tal  como lo recordara el economista J. Schott en  su  audiencia ante un  Subcomité del Congreso de EE.UU. (Schott, 1997),  en el marco del ALCA o de cualquier tratado bilateral de  “libre  comercio”, los  países de  América Latina simplemente tendrán que  adecuar su legislación a “la nuestra”. La “nuestra”, por  supuesto, es la de EE.UU. Por  eso  este  autor habla de “liberalización asimétrica” para referirse a estos  procesos.

 

UNA CONCEPCIÓN EQUIVOCADA  DEL  ESTADO  Y LA SOBERANÍA EN EL  CAPITALISMO CONTEMPORÁNEO

 

Uno  de  los  problemas más  graves que  enfrenta el marco teórico que ofrecen Hardt y Negri, y, más  generalmente, los distintos teóricos de la globalización, es consecuencia de sus  serios errores de apreciación del fenómeno estatal en los capitalismos contemporáneos. Según nuestros autores, hoy  las  grandes compañías transnacionales han superado la jurisdicción y la autoridad de los estados-nación. El tono jubiloso con que  celebran la supuesta desaparición de estos  últimos y el triunfo de los grandes monopolios es asombroso, sobre todo si se recuerda la rei- terada autoproclamación de fe comunista que permea a lo largo de toda su  obra: “son  las  grandes empresas quienes hoy  gobiernan la  Tierra” (Hardt y Negri, 2002: 283).

Crucial para esta  supuesta “derrota” del estado es la presunción de que las llamadas empresas transnacionales carecen por  completo de una base  nacional. Hardt y Negri  confunden el alcance de las operacio- nes  de  una empresa con  su  naturaleza como agente económico. Des- lumbrados por  la expansión de McDonald’s que  llega  a cubrir los más apartados rincones del  planeta, infieren que  esa  empresa, como todas las de su tipo,  se ha  autonomizado por  completo de su base  nacional. Pero  el capital concentrado y sus  gerentes no son  tontos: el 96% de las doscientas megacorporaciones que  prevalecen en  los  mercados mun- diales tienen sus casas matrices en ocho países del mundo desarrollado, están legalmente inscriptas en los registros de sociedades anónimas de esos  mismos ocho países, se  encuentran  adecuadamente protegidas por  las  leyes  y los  jueces de  “sus  estados” de  origen, y sus  directorios tienen su sede  en esos  mismos ocho países del capitalismo metropoli- tano. Para despejar las  dudas que  pudieran restar, téngase en  cuenta que  menos del 2% de los miembros de sus  directorios son  extranjeros, mientras que  más  del 85% de todos los desarrollos tecnológicos de las firmas se originan dentro de  sus  “fronteras nacionales”. Si bien  estas corporaciones tienen un alcance global, su propiedad, por más  dispersa que  se halle, tiene una clara base  nacional. Aún  más  importante: sus ganancias fluyen de todo el mundo hacia el país  donde se encuentra su casa  matriz, y los  créditos necesarios para financiar sus  operaciones mundiales son  obtenidos por  sus  casas centrales en  los  bancos de  su sede  nacional a tasas de interés imposibles de encontrar en los capita- lismos periféricos, con  lo cual  pueden desplazar fácilmente a sus  com- petidores. En  suma: pese  a lo afirmado por  los autores de Imperio, las grandes empresas siguen siendo empresas nacionales, y el respaldo de sus  respectivos estados-nación sigue  siendo absolutamente esencial en su ecuación de competitividad. En consecuencia, los estados continúan siendo actores cruciales de la economía mundial.

Debido a la distorsionada caracterización de los monopolios, no sorprende que  los teóricos del “Imperio sin imperialismo” hagan suyos los planteamientos ortodoxos de los neoliberales y señalen, temeraria- mente, que  “la decadencia del estado-nación es un  proceso estructural e irreversible” (Hardt y Negri, 2002:  308).  El razonamiento que  propo- nen  es el siguiente: dado que  la globalización de la producción y la cir- culación de  mercancías ocasionaron la progresiva pérdida de  eficacia y efectividad de  las  estructuras políticas y jurídicas nacionales, impo- tentes para controlar actores, procesos y mecanismos que  excedían en gran medida sus  posibilidades y que  desplegaban sus  juegos en un  ta- blero ajeno a las fronteras nacionales, no tendría sentido alguno tratar de  resucitar al difunto estado-nación. Sin  embargo, toda la evidencia que aportan los estudios sobre el capitalismo contemporáneo desmien- ten  taxativamente esta  interpretación.

Por último, y a la luz de las anteriores reflexiones: ¿qué  podemos decir de la soberanía nacional? ¿Qué  queda de ese  principio constitu- tivo del sistema inter-estatal post-westfaliano? ¿Se ha  diluido irrepara- blemente la  soberanía nacional, socavada de  modo irremediable por las fuerzas de la globalización? La respuesta es sí y no.  Sí, porque sin duda alguna la soberanía nacional de los estados de la periferia se ha lesionado considerablemente. Los países de América Latina, para poner un ejemplo cercano, poseen hoy estados nacionales mucho más  débiles que antes, con menores capacidades de autodeterminación y más  redu- cidas aún de intervención y regulación en la esfera del mercado. Esto, lejos  de ser  un  “producto natural”, ha  sido  el resultado de las políticas neoliberales promovidas por  los  gobiernos de  los  capitalismos metro- politanos para facilitar los negocios de “sus”  empresas y la succión de súper-ganancias extraídas de la periferia del sistema. Pero  otra cosa  ha ocurrido en el mundo desarrollado, donde no es cierto que la soberanía nacional se haya resentido. Lo que  se observa, antes bien, es un  refor- zamiento, aunque de distinto tipo.  En  EE.UU., la presencia del estado se ha  reforzado considerablemente a partir del fin de la Guerra Fría  y la implosión de la Unión Soviética. Esta tendencia se agravó extraordi- nariamente luego  del  11-S,  cuando el crecimiento de las  funciones de vigilancia, monitoreo y control estatal adquirió proporciones inéditas en  la historia norteamericana, y que  echan por  tierra los  restos de  la tradición liberal tantas veces  retóricamente aludida en el discurso pú- blico  oficial  de Washington. Por otra parte, y en consonancia con lo que señalara Noam Chomsky en diversas intervenciones, si hay  un  país  en el mundo que ejerce una soberanía nacional casi absoluta ese no es otro que  EE.UU. La decisión de arrasar a mansalva terceros países sin con- tar  con  siquiera una mínima cobertura formal de las Naciones Unidas o de la OTAN es una prueba concluyente al respecto.

Podría aducirse que  lo anterior no  es válido  sino  tan  sólo  para EE.UU. Pero, de hecho, la soberanía estatal también se ha reforzado en Europa. Claro  que  no siempre ni necesariamente a nivel  de los estados preexistentes sino  a nivel de la Unión Europea, en donde las prerrogati- vas y jurisdicciones que  se han ido concentrando en Bruselas no tienen precedentes en la historia europea. Lo que se produjo en el Viejo Conti- nente es la transferencia de soberanía hacia una organización política supranacional más  inclusiva, representada por la Unión Europea, en un proceso similar –si bien  no idéntico– al que  en su momento tuvo  lugar en EE.UU. con  el federalismo y el surgimiento de un  poderoso centro de  decisión política en  Washington, a expensas de  las  atribuciones  y prerrogativas de  los  estados. Puede ser  que  hoy  Alemania o  Francia tengan menos atribuciones estatales que  las que  disponían en los años de  la inmediata posguerra, pero su  proyección actual, en  Bruselas, es mucho más  poderosa e influyente que  la que  cualquier estado europeo tuvo,  individualmente, en el pasado.

 

IMPERIALISMO Y ¿CRISIS O RECOMPOSICIÓN DE  LA HEGEMONÍA NORTEAMERICANA?

 

No  quisiera concluir este  artículo sin  aludir a un  debate de  creciente importancia en nuestra región, centrado en una discusión acerca de si la actual situación internacional revela  un  fortalecimiento o un  debili- tamiento de la hegemonía norteamericana.

El imperialismo hoy, sea cual  sea su nombre, ya sea “Imperio” al modo de Hardt y Negri, o “imperialismo” sin  adjetivos ni eufemismos que disimulen su esencia, ha dado muestras de una extraordinaria agre- sividad. Esta, por  otra parte, ha crecido en proporción a su desorbitada e insaciable voracidad, que ya no repara en límite alguno, sean estos  de carácter social, ecológico, jurídico o militar. Cien mil muertos diarios a causa del hambre o enfermedades perfectamente prevenibles y curables es la cifra  que,  según el PNUD,  se requiere para sostener la globaliza- ción neoliberal; y la acelerada destrucción de bosques y selvas,  así como la  contaminación del  aire  y el agua, y el agotamiento de  estratégicos recursos no-renovables, constituyen el saldo negativo del ecocidio que reclama el capitalismo contemporáneo. El  orden jurídico internacio- nal,  laboriosamente construido luego  de  la Segunda Guerra Mundial, yace  despedazado ante la prepotencia imperialista, y la militarización de la escena internacional preanuncia nuevos y más  letales conflictos. Este  es el necesario telón de fondo de cualquier discusión seria sobre el tema del imperialismo hoy.

 Nos  parece necesario señalar que  la imagen que  proyectan mu- chas de las  teorizaciones corrientes sobre el imperialismo, sobre todo las que  se gestan en EE.UU., y entre las cuales aun las supuestamente de izquierda no  son  la excepción, es la de una construcción histórica, económica y social omnipotente e invencible, la de un poder apabullan- te y sobrehumano que  lo convierte en un  enemigo inexpugnable y, por eso  mismo, imbatible. En  un  pasaje revelador de este  talante derrotis- ta,  Hardt y Negri  recuerdan (en  un  tono que  no  puede sino  suscitar el desaliento y la desmovilización de sus  lectores) que  Washington posee la bomba, Nueva York el dólar, y Los Ángeles  el lenguaje y la comunica- ción;  es decir, que  EE.UU. como centro imperialista controla la fuerza, el dinero, la cultura y el lenguaje. Una  visión  tan  exagerada del poderío del imperialismo se aleja  de la realidad en la medida en que  ignora las derrotas que  ha  sufrido el imperialismo así  como el hecho de  que  la resistencia de los pueblos, desde Vietnam a Cuba, pasando por  muchas otras situaciones nacionales, ha sido  capaz de poner coto  a muchos de sus proyectos. El actual reflujo de las políticas neoliberales en América Latina, por  ejemplo, sería incomprensible a  la  luz  de  esta  visión  del imperialismo, como también lo sería la sucesión de derrotas políticas que este ha sufrido y que obliga a sus administradores globales –en oca- sión  de las cumbres de la OMC, las asambleas del BM y el FMI,  Davos, etc.– a reunirse en ciudades remotas o inaccesibles para evitar las gran- des manifestaciones de repudio que  suscita su presencia. Creo  que  este tipo  de  interpretaciones cumple, pese  a los  manifiestos propósitos de sus  promotores, una función desmovilizadora y de desarme ideológico y político. En  efecto, ante un  enemigo tan  ubicuo y todopoderoso, lo único que  se puede hacer es rehuir la batalla, aceptar resignadamente el supuesto veredicto de la historia y buscar consolación, como hacen Hardt y Negri, acuñando fórmulas piadosas que subrayen la naturaleza supuestamente benevolente del nuevo monstruo imperial.

No  es ocioso recordar que  esta  visión, paralizadora por  la om- nipotencia atribuida al  imperio, es  la  que  cultivan con  cuidado sus grandes mandarines. Veamos, por  ejemplo, lo que  nos  dice  Zbigniew Brzezinski en su libro El gran tablero mundial:

 

En  resumen,  Estados Unidos tiene  la supremacía en  los  cuatro ám- bitos  decisivos del poder global: en el militar su alcance global es ini- gualado; en el económico siguen siendo la principal locomotora del crecimiento global, pese  a que en algunos aspectos Japón y Alemania (que  no  disfrutan del  resto de  los  atributos del  poder global) se les acercan; en el tecnológico mantienen una posición de liderazgo glo- bal en los sectores punta de la innovación; y en lo cultural, pese a cier- to grado de tosquedad, disfrutan de un  atractivo que  no  tiene rival, especialmente entre la juventud mundial. Todo  ello da a los Estados Unidos una influencia política a la que ningún otro Estado se acerca. La combinación de los cuatro ámbitos es lo que hace de Estados Unidos la única superpotencia global extensa (Brzezinski, 1998: 33).

 

Todo  lo anterior sugiere la  necesidad de  distinguir  entre hegemonía y dominación imperialistas. No son la misma cosa,  y conviene en este pun- to no  olvidar las  penetrantes elaboraciones gramscianas referidas a si- tuaciones nacionales, pero pertinentes también para los análisis a escala supranacional. En  efecto, ¿qué  significa “hegemonía” en  este contexto global? Se trata de un  concepto multidimensional: en primer lugar, sig- nifica una “dirección intelectual y moral”, un verdadero “sentido común” civilizatorio que  reverbera y se disemina por todos los rincones del sis- tema hegemónico y que  impregna la ideología y la cultura de las socie- dades nacionales a lo largo y a lo ancho del planeta. Es en esta primera dimensión donde se establece el núcleo ideológico esencial que identifica a un  sistema hegemónico. En  el caso  de la pax americana, esta contem- plaba el laissez-faire, el anticomunismo y todo ese conjunto de creencias, normas y actitudes que  Immanuel Wallerstein (1984)  englobara bajo  la categoría de “liberalismo global”. Mediante ellas, se propicia el libre flujo de factores productivos –y muy  especialmente de los capitales y las ma- terias primas, no así de la fuerza de trabajo, cuya  inamovilidad garantiza pingües ganancias– y el rechazo retórico, más  no real, del proteccionis- mo y el mercantilismo. Huelga señalar que estas condiciones reproducen el primado de la potencia hegemónica y sus  empresas al consagrar una suerte de “libre juego  de las fuerzas del mercado” que las beneficia abru- madoramente. Esta capacidad de dirección ideológica es un componente esencial de  la hegemonía internacional –lo fue  también durante el pe- ríodo, más  largo, de la pax britannica– y, si nos  remitimos al examen del mundo de la posguerra, comprobamos que  la reafirmación de la supre- macía norteamericana  significó, simultáneamente,  la  universalización del American way of life como modelo ideal  de sociedad, consagrado por el cine,  la televisión, los mass media y las ciencias sociales norteamerica- nas,  y como la ideología global compartida, en mayor o menor medida, por los actores privados y públicos que  formaban parte de su  imperio. Esto incluía desde la creencia en  la bondad congénita de los mercados y la iniciativa privada, hasta la difusión universal de los blue jeans  y un tipo de música cultivado por los jóvenes blancos, no los negros, el rock, pasando por el fast food y la creencia en el destino manifiesto que consa- graba a EE.UU. como la tierra de la libertad y como la sociedad profética y mesiánica a la que  Dios  le había encomendado la tarea de sembrar la libertad y la democracia por todo el mundo. En  consecuencia, la supe- rioridad americana era vista como un  desenlace “natural”, producto de la “verdad efectiva de las cosas”, y los conflictos y tensiones que el predo- minio norteamericano ocasionaba en el sistema internacional fueron por eso mismo concebidos como resultado de la resistencia de ciertas nacio- nes,  y sus  líderes, a admitir la inexorable realidad de la hegemonía esta- dounidense. A tal punto fue esto así que la modernización y el desarrollo económico fueron concebidos como las manifestaciones externas de un proceso de “americanización”: imitar el “modelo” de EE.UU. era, en este denso entramado ideológico, el seguro camino por el cual  las  arcaicas sociedades de la periferia podrían superar su atraso secular. La historia de las ciencias sociales en la década del cincuenta y sesenta es, en buena medida, la crónica del apogeo y el derrumbe de esa ilusión.

Un segundo componente de la hegemonía lo constituye la di- rección política, es decir, la capacidad de la potencia hegemónica para asegurar la  obediencia y disciplina dentro del  conjunto de  naciones integradas a su órbita de influencia, y para prevalecer frente a sus  ad- versarios. En  otras palabras, la  dominación puramente  ideológica es insostenible al margen de la capacidad del hegemón para tejer  alianzas y coaliciones, articulando una red  internacional que  asegure el cum- plimiento de los proyectos estratégicos globales de aquel o, al menos, el encuadramiento de los aliados dentro de límites tolerables para sus políticas, y sin que  los estados “clientes” –o los junior partners– puedan ejercer un  veto  efectivo en  su  contra. Un  tercer componente, tan  ínti- mamente relacionado con  la  dirección política que  prácticamente su superpone con  ella,  lo constituye la capacidad coactiva de que  dispone la potencia hegemónica: no  hay  hegemonía viable  sin  una aplastante superioridad en el terreno militar. Valen  aquí las agudas observaciones de Maquiavelo sobre la astucia y la fuerza en el manejo de los estados. El príncipe que  sólo puede apelar, como los zorros, a su astucia, difícil- mente logre  mantenerse en el poder por  mucho tiempo; pero se equivo- ca el que  piense que  actuando con  la fuerza del león  garantiza su per- manencia en  el poder. Se requiere, por  el contrario, una combinación –variable según las circunstancias– de una y otra. De ahí que la mañosa manipulación de alianzas y coaliciones no  baste para preservar la he- gemonía imperial. Si bien  esta  no supone la continua actualización del predominio de la superpotencia en el plano de la fuerza, sin la amenaza cierta de su posible aplicación no hay hegemonía posible.

En  este  sentido, cabe  observar que  la  relación entre dirección ideológica y política, por  una parte, y la fuerza, por  otra, se asemeja a la que  existe  entre coerción y consenso en el estado moderno. O, para decirlo empleando la feliz  metáfora pergeñada por  Karl  Deutsch, nos recuerda a la existente entre el oro  y el papel moneda. En  épocas nor- males, el monto de dinero circulante en una economía es una propor- ción  muy  superior al  respaldo áureo que  lo sustenta  (Deutsch, 1966:

120-124). Análogamente, la capacidad de la potencia hegemónica para encontrar obediencia en el sistema internacional es varias veces  supe- rior  a su capacidad coercitiva. Si esta  tuviera que  refrendar su superioridad con  un  despliegue de fuerzas en cada uno  de sus  actos, sus  már- genes  reales de  actuación se  verían francamente menoscabados. Por eso  es muy  conveniente establecer una distinción entre una situación de  hegemonía, históricamente observable en  algunos períodos, y una condición de “omnipotencia imperial”, cuya  existencia histórica es aún muchísimo más  acotada. Ciertamente que  no fue esta  la forma en que funcionaron los sistemas hegemónicos conocidos como la pax britanni- ca o la pax americana: su hegemonía trascendía con creces su potencial bélico, aun en  el caso  americano. Sin  embargo, no  hay  que  perder de vista que, al igual  que con el dinero, un mínimo de capacidad coercitiva constituye un  umbral irrenunciable para cualquier potencia que  tenga ambiciones hegemónicas. Así como el circulante es muy  superior a la reserva en  oro,  sin  un  mínimo de respaldo en  oro  el papel moneda se envilece y, rápidamente, es desplazado del mercado.

Toda  esta  argumentación nos  remite a una verdadera “pre-con- dición” de la hegemonía: la superioridad en el terreno económico. Este es un  asunto sobre el cual  conviene insistir, porque muchas veces  se lo pasa alegremente por  alto.  No se puede ser el hegemón del sistema sin ser, al mismo tiempo, la potencia económica integradora del conjunto del mercado mundial. Cuando se hablaba de la “hegemonía soviética”, muchos autores arrojaban por  la borda estas elementales precauciones conceptuales, reduciendo de ese modo la cuestión de la hegemonía a su dimensión estrictamente militar, lo cual  desnaturalizaba el verdadero significado del concepto. El estrepitoso colapso de la antigua Unión So- viética demuestra taxativamente los  límites de  una superpotencia nu- clear incapaz de absorber las profundas modificaciones producidas por la revolución científico-tecnológica y de organizar, en consecuencia, su estructura productiva. Por  eso  un  autor como Robert W. Cox  insiste tanto –y a nuestro juicio con  entera razón– en concebir a la hegemonía como un “ajuste entre el poder material, la ideología y las instituciones” que  prevalecen en  el sistema mundial (Cox,  1986:  225).  En  la misma línea se ubican los análisis de Immanuel Wallerstein al señalar convin- centemente que  para que  una nación sea  hegemónica se requiere que sus  empresas sean las  más  eficientes y competitivas en  el plano de  la producción agroindustrial, en el comercio internacional y en las finan- zas mundiales. Esta condición, sumamente restrictiva, implica no sólo que las firmas de la potencia hegemónica sean capaces de derrotar a las de sus rivales en los “terrenos neutros” del mercado mundial, sino  tam- bién  en  los  mercados domésticos de  las  potencias competidoras (Wa- llerstein, 1984:  38-39).  Obviamente, no  podremos reducir la  cuestión de  la hegemonía exclusivamente a la superioridad económica de  una potencia; pero tampoco a su predominio militar. Tanto el sólido funda- mento material como una increíble capacidad coercitiva constituyen condiciones necesarias –si bien  no suficientes– de la hegemonía.

 

En un  agudo trabajo escrito hace ya algunos años, el internacio- nalista mexicano Carlos Rico  aconsejaba discriminar entre lo  que  él denominara capacidad, voluntad y tentación hegemónicas. La  prime- ra dimensión tiene que  ver con  el conjunto de factores que  configuran el “poder real”  de  una potencia, es  decir, su  capacidad para modelar el sistema internacional y sus  instituciones y prácticas fundamentales en  consonancia con  sus  intereses. Esto remite no  sólo  a los  recursos económicos, sino  también a los de otro tipo:  políticos, ideológicos, ins- titucionales, legales, diplomáticos y militares. En  segundo lugar, halla- mos  la  voluntad hegemónica, es  decir, el acto  volitivo por  el cual  las clases dominantes de  un  país  –supuestamente dotado de  los  recursos que  lo habilitarían, en principio, para “poder” reestructurar el sistema internacional–  “quieren” efectivamente involucrarse en  una empresa de  ese  género. Finalmente, tenemos la tentación hegemónica estimu- lada  por  la existencia de discursos, proyectos y designios que  perciben al mundo como “maduro” para fundar una nueva hegemonía –en este caso, un  Nuevo  Orden Mundial o el delirio imperialista de los gestores neoconservadores del  proyecto del  “Nuevo  Siglo  Americano”–, y a un país  preparado para detentarla. Si analizamos lo acontecido en los últi- mos  años, diríamos que EE.UU., aunque “quisiera” o “estuviera tentado de hacerlo”, ya no dispone del conjunto de capacidades necesarias para retomar su papel de hegemón mundial o para cumplir los dudosos roles del trabajador social o el sheriff  del mundo (Rico,  1986: 37-57)10.

En  un  trabajo reciente Joseph Nye Jr. sostenía, desde una pers- pectiva teórica parcialmente coincidente con la nuestra, que la política mundial no puede entenderse a partir del modelo del tablero de ajedrez. Lo que  afirma Nye Jr. es que,  en  realidad, en  la política internacional hay tres tableros superpuestos en donde se juegan simultáneamente di- versas partidas (Nye Jr., 2003).  En el tablero de “más  arriba”, el militar, ultima ratio del imperialismo, la superioridad norteamericana es abru- madora. Ese  es,  exclusivamente, el terreno del  unipolarismo, y sobre esta realidad se apoyan la gran mayoría de los análisis. Sin  embargo, no  podríamos dejar de  corregir el argumento de  Nye  Jr., y decir que, pese  a ello,  la  superpotencia ha  dejado de  ser invulnerable, como lo prueban los  atentados del  11-S,  y que  su  enorme potencial bélico no le permite “resolver” situaciones militares a su antojo. Puede destruir un  enemigo, como lo hizo  en Afganistán e Irak, pero no puede “ganar la guerra”, si es que  por ello se entiende el establecimiento de un  nue- vo orden posbélico estable, predecible y congruente con  sus  intereses fundamentales. Pero en el tablero intermedio, que es aquel en el que se juegan las relaciones económicas internacionales, el unipolarismo que EE.UU. detenta en el terreno militar se desdibuja considerablemente. En  efecto, Washington no  puede obtener los  resultados que  desea en cuestiones tan sensibles como comercio internacional, monopolios, sistema financiero, medio ambiente o migraciones sin trabajosos y frá- giles  acuerdos con  los  otros miembros de  la tríada metropolitana, la Unión Europea y Japón, y sin una cierta aquiescencia de algunos de los más  importantes países del  Tercer Mundo. En  este terreno, concluye Nye Jr. (2003), la distribución del poder mundial es claramente multi- polar. En el “tablero inferior”, el de los asuntos transnacionales, entra a jugar un complejo conjunto de sujetos en donde además de los estados nacionales se encuentran numerosos actores no gubernamentales. En este tablero, el poder está todavía mucho más  repartido entre sujetos de  muy  distinto tipo, algunos de  alcance global y otros de  influencia regional, y que  descansan sobre su capacidad para movilizar recursos de distinto tipo, desde económicos hasta simbólicos, pasando por una amplia gama de situaciones intermedias. En este espacio, cualquier discurso de  unipolarismo carece por completo de  sentido. Y mucho más  peligrosa todavía es la confusión que  se origina cuando algunos actores del  complejo juego  internacional no  se  dan  cuenta de  que  el juego  es tridimensional, y que  el resultado de  la partida no  se decide tan sólo  en el tablero superior, ese que  muestra la incontestable supe- rioridad norteamericana, sino  en la compleja articulación del conjunto de los tableros en donde se juegan partidas simultáneas cuyos resulta- dos  están muy  lejos de estar predeterminados.

 

10 El libro en el cual  se recopila el trabajo de Rico,  compilado por  Luis  Maira en el marco de  un  fecundo proyecto regional lamentablemente discontinuado, el Programa de  Estu- dios  Conjuntos sobre las Relaciones Internacionales de América Latina (RIAL),  creado y dirigido por  Luciano Tomassini, sigue  siendo, aún hoy,  a veinte años de  su  publicación, uno  de los textos más  sugerentes y penetrantes para el estudio de la hegemonía norteame- ricana y, más  ampliamente, de la problemática de la hegemonía en general.

 

Concluimos entonces estas reflexiones sobre el imperialismo con  la si- guiente recapitulación.

 

-           El  imperialismo norteamericano ha  potenciado su  predominio sobre ciertas arenas cruciales del sistema internacional, como la militar, hasta un  punto en el que  no hay  precedentes en la histo- ria.  Pero  esto  no le asegura la creación de un “orden” internacio- nal previsible y estable.

-           A su  vez,  ha  acentuado su  control en  la  esfera de  la  economía internacional, pero lo ha  logrado a costa de  exacerbar extraor- dinariamente sus  contradicciones que,  ya  en  el corto plazo, se constituyen en obstáculos formidables para sus  políticas. El fra- caso  de la reunión de la OMC en Cancún, un tropiezo más  en una larga lista  de frustraciones, es apenas una muestra más  de lo que venimos afirmando.

 

 

 

-           El  imperialismo se  enfrenta a  crecientes dificultades políticas, tanto en sus relaciones con  el Sur  marginado y excluido, pero en proceso de  creciente activación y resistencia –aunque en  grado desigual según las regiones del mundo–, como en lo tocante a la necesaria armonización de sus políticas con los otros exponentes del capitalismo metropolitano, principalmente la Unión Europea y Japón.

-           En  el terreno ideológico se enfrenta a un  rápido deterioro de su capacidad para ser  percibido, como antaño, en su época de oro, como la “vanguardia intelectual y moral” de la civilización. El cé- lebre  American way of life ha sufrido un  fenomenal desprestigio, tanto dentro como fuera de EE.UU., y esto  resiente su capacidad de comando internacional.

 

En  pocas palabras, nos  parece que,  en  lugar de  hablar de  “hegemo- nía”  norteamericana o “hegemonía imperial”, debemos hablar pura y simplemente de “dominación” norteamericana, entendiendo por esta  la capacidad de aplicar unilateralmente la fuerza, pero nada más;  creando una situación internacional crecientemente inestable y potencialmente explosiva que  acrecienta el poderío de lo que  Wallerstein denomina las “fuerzas y movimientos anti-sistémicos”.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

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Otras publicaciones de CLACSO

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          Boron [comp.]

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          de la Garza Toledo [comp.]

Los retos teóricos de los estudios de trabajo hacia el siglo XXI

 

          Gentili y Frigotto [comps.]

La ciudadanía negada

Políticas de exclusión en la educación y el trabajo

 

          de la Garza Toledo [comp.]

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América Latina

 

          Alabarces [comp.]

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Estudios sobre deporte  y sociedad  en América Latina

 

          Lander [comp.]

La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales

Perspectivas latinoamericanas

 

          Strasser

Democracia & desigualdad

Sobre la “democracia real” a fines del siglo XX

 

 

 

 

Este libro se terminó  de imprimir  en los talleres de Cromosete Gráfica e Editora  Ltda. Rua Uhland,  307 - Vila Ema

03283-000 - São Paulo, Brasil en el mes de agosto de 2006.

Primera impresión,  1.000  ejemplares.

 

Impreso en Brasil.

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