© Libro No. 456. La Teoría
Marxista hoy. Problemas y Perspectivas. Boron, Atilio; Amadeo, Javier;
González, Sabrina [compiladores]. Colección E. O. Julio 27 de 2013.
Título original: © La Teoría Marxista hoy.
Problemas y Perspectivas. Atilio A. Boron Javier Amadeo Sabrina González
[compiladores]. ISBN 987-1183-52-6. Buenos Aires: CLACSO, agosto 2006. (23 x 16
cm) 512 páginas
Versión Original: © La Teoría Marxista hoy. Problemas y
Perspectivas. Atilio A. Boron Javier Amadeo Sabrina González [compiladores]
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La teoría marxista hoy
Problemas y perspectivas
Atilio A. Boron Javier Amadeo Sabrina González
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La teoría marxista hoy
Problemas y
perspectivas
Atilio A. Boron Javier
Amadeo Sabrina González [compiladores]
Elmar
Altvater
Javier
Amadeo Perry Anderson
John
Bellamy Foster
Daniel
Bensaïd
Atilio A.
Boron
Alex
Callinicos Marilena Chaui Terry Eagleton
Francisco
Fernández Buey
Sabrina
González
Pablo
González Casanova
Eduardo
Grüner
Frigga
Haug
Franz
Hinkelammert
François Houtart
Edgardo
Lander
Michael
Löwy
Ellen
Meiksins Wood
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Adolfo
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Primera
edición La teoría marxista hoy. Problemas y perspectivas. (Buenos Aires:
CLACSO, agosto de 2006)
[ISBN-10] 987-1183-52-6 |
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Índice
Agradecimientos
Sabrina
González
Introducción: crónicas marxianas de una muerte
anunciada
Atilio A.
Boron
Clase inaugural: por el necesario (y demorado) retorno
al marxismo
Javier
Amadeo
Mapeando el marxismo
Parte Uno
Sobre la teoría y su relación con la praxis
Eduardo
Grüner
Lecturas culpables. Marx(ismos) y la praxis del
conocimiento
Marilena
Chaui
La historia en el pensamiento de Marx
Atilio A.
Boron
Teoría política marxista o teoría marxista de
la política
Francisco
Fernández Buey
Marx y los marxismos. Una reflexión para el
siglo XXI
Edgardo
Lander
Marxismo,
eurocentrismo y colonialismo
Parte Dos
Actualidad y renovación de los temas clásicos
Daniel
Bensaïd
Una mirada a la historia y la lucha de clases
Alex
Callinicos
Igualdad y capitalismo
Michael
Löwy
Marxismo y religión: ¿opio del pueblo?
Adolfo
Sánchez Vázquez
Ética y marxismo
María
Rosa Palazón Mayoral
La filosofía de la praxis según Adolfo Sánchez
Vázquez
Parte Tres
Nuevos temas de reflexión en el capitalismo
contemporáneo
Frigga
Haug
Hacia una teoría de las relaciones de género
Elmar
Altvater
¿Existe un marxismo ecológico?
Franz
Hinkelammert
La globalidad de la tierra y la estrategia de
globalización
Perry
Anderson
Las ideas y la acción política en el cambio
histórico
Parte Cuatro
Democracia e imperialismo en tiempos de
globalización
Ellen
Meiksins Wood
Estado, democracia y globalización
Pablo
González Casanova
Colonialismo interno [una redefinición]
François
Houtart
Los movimientos sociales y la construcción de
un nuevo sujeto histórico
John
Bellamy Foster
El redescubrimiento del imperialismo
Terry
Eagleton
¿Un futuro para el socialismo?
Atilio A.
Boron
Clase de cierre: la cuestión del imperialismo
Agradecimientos
ESTE
NUEVO VOLUMEN que se suma a la Colección del Campus Vir-
tual de CLACSO es el resultado de
un esfuerzo institucional dirigido a
construir un ámbito de formación interdisciplinaria que, nutrido en las distintas variantes del
pensamiento crítico, facilite el siempre inacaba- do proceso formativo de los
investigadores sociales. Con esta
iniciativa se pretende asimismo potenciar la divulgación de la mejor
producción de las ciencias sociales de este continente –el más desigual e injusto del planeta, como es
sabido– entre la dirigencia y militancia de organiza- ciones sociales empeñadas
en la construcción de un mundo mejor y
en el público general interesado en estas materias.
El curso “La
teoría marxista hoy. Problemas y
perspectivas”, im- partido durante el 2003,
contó con el invalorable aporte
de profesores de la talla de Tariq Ali, Elmar Altvater, Perry Anderson, Daniel
Bensaïd, Alex Callinicos, Terry Eagleton, Francisco Fernández Buey, Pablo Gon- zález Casanova, Eduardo Grüner, Frigga Haug, Edgardo Lander, Mi-
chael Löwy, Ellen Meiksins Wood, Manuel
Monereo, Emir Sader, Adol- fo Sánchez
Vásquez y Hugo Zemelman. El año 2004
nos sorprendió con el inesperado desafío de tener que ofrecer nuevamente este curso, cediendo a la presión de una nómina
creciente de potenciales estudian- tes
que, no habiendo podido ser admitidos en
su primera versión, in- sistían
en contar con esta
experiencia en su haber formativo. En esta segunda oportunidad, se nos sumaron nuevos destacados intelectuales como
profesores: Marilena Chaui, Francisco de Oliveira, John Bellamy Foster, Franz
Hinkelammert, François Houtart, María Rosa
Palazón Mayoral y Gabriel Vargas Lozano. No hallamos palabras lo
suficiente- mente expresivas para agradecer a todos y cada uno de ellos el tiempo y la entrega brindada a
esta iniciativa a lo largo de esos dos años.
La publicación
que el lector tiene ante sus ojos
reúne las clases, pero no sólo eso, que nuestros invitados dictaron en
el curso. Decíamos que no sólo
eso porque una buena clase dictada en el Campus Virtual no necesariamente se traduce en
un buen artículo. Por lo tanto, nos vimos en la
necesidad de solicitarle a nuestro cuerpo de profesores la renovación del
compromiso asumido al exigirle un
esfuerzo adicional: transformar sus
clases en ponencias, revisando sus
contribuciones ori- ginales, agregando la bibliografía pertinente y, en
muchos casos, intro- duciendo cambios importantes en el estilo discursivo.
Complicaciones de agenda y sobrecarga de trabajo impidieron, en unos muy pocos ca- sos, cumplir con estas nuevas
exigencias. De todos modos, a todos quie- nes compartieron esta iniciativa queremos expresarles nuestra
gratitud por su inestimable
colaboración, se concretara esta o no en
la inclusión de su artículo en el marco de esta
compilación.
Con este libro, de autoría colectiva, pretendemos trascender el
espacio de las aulas virtuales para llegar a un
público mucho más am- plio. Nos mueve el deseo de revitalizar y
enriquecer el debate en torno del
marxismo como imprescindible corpus teórico de nuestro tiempo y como
no menos indispensable “guía para la
acción”, como filoso- fía práctica que
nos permite no sólo entender el mundo, sino también cambiarlo.
Mi deuda
personal como compilador de esta notable obra colecti- va, en donde se reúnen
las contribuciones de algunas de las más
fecun- das mentes del marxismo contemporáneo, no se agota en lo mucho
que les debo a quienes aceptaron con
entusiasmo el desafío de reinstalar la discusión teórica marxista en el
campo de las ciencias sociales. Por eso
quiero manifestar un muy especial reconocimiento al formidable equi-
po de trabajo de la Secretaría Ejecutiva de CLACSO, que contribuyó de-
cisivamente a posibilitar el dictado de este
curso, enfrentando con en-
tusiasmo la ardua labor académica y la interminable gestión adminis- trativa
requerida. En primer lugar, deseo agradecer muy
especialmente a Gabriela Amenta, Coordinadora del Campus Virtual.
Sin su eficiente labor y sin su total
identificación con este proyecto, esta actividad aca- démica no hubiera llegado a
buen puerto. A ella, pues, mi más
sincero y profundo agradecimiento. Hago extensiva mi gratitud a los
tutores del curso, Javier Amadeo y Sabrina González, sobre cuyas espaldas
recayó una fenomenal sobrecarga de trabajo tanto durante los dos años en los
cuales se impartieron las clases –en las
complicadas tareas de coordi- nación con, y asistencia a, los profesores invitados, y
en la atención y seguimiento de los alumnos– como en la
labor, aparentemente digna de Sísifo, de compilar los trabajos reunidos en
este libro y, además, escri- bir sus
propias contribuciones. Su
entusiasmo y la generosidad de su
entrega, unidos a su inquebrantable voluntad de no cejar en su empeño por ver
esta obra publicada, resultaron por
momentos conmovedores, y me convencieron de que
debíamos seguir adelante cuando mis
fuerzas desfallecían y mi
paciencia había aparentemente
llegado a un límite infranqueable. Por ello, pocas palabras podrían expresar
cabalmente la magnitud de mi deuda para con
ellos.
Una especial mención también merece María
Inés Gómez, cuya paciente y valiosa
labor en todo el proceso de inscripción del alumnado y la gestión cotidiana de
las actividades en las aulas virtuales fue de vital importancia a lo largo de
los dos años. No está de más agregar que toda esta tarea la realizó sin que, pese a
circunstancias a veces muy desfavo-
rables, nada lograra modificar su agudo sentido del humor, un bálsamo para todos
los involucrados en este proyecto.
Tampoco quiero dejar de agradecer la colaboración de Alejandro Gambina, Eloísa
dos Santos y Carlos Ludueña, que hicieron posible la pronta y eficaz digitalización de los materiales
bibliográficos imprescindibles para la realización del curso. Es un
acto elemental de justicia manifestar
asimismo mi agra- decimiento al trabajo
realizado por Jorge Fraga, Coordinador
del Área de Difusión de CLACSO, y su equipo. Agradezco a Miguel Santángelo,
Lorena Taibo y Marcelo Giardino, a quienes les cupo la responsabilidad de diseñar y diagramar los afiches y, en
una última etapa, diseñar y componer este libro. Agradezco también la verdadera
militancia en el proyecto editorial de
CLACSO de Marcelo Rodriguez, Daniel Aranda y Sebastián Amenta, quienes tienen a
su cargo la divulgación, fundamen- tal para que
nuestros libros sean hoy por hoy
conocidos y accesibles a lo largo y a lo ancho de América Latina y el
Caribe. Florencia Enghel, Ivana Brighenti y Mariana Enghel, por su
parte, tuvieron a cargo el
dedicado y minucioso trabajo realizado en la edición, revisión y puesta a punto
de los materiales que el lector tiene en sus manos, y lo hicieron con la
seriedad y eficiencia a las que nos tienen acostumbrados. A ellas, muchas
gracias.
Finalmente,
esta iniciativa no hubiera sido
posible sin el apoyo sostenido
que la Agencia Sueca para el Desarrollo Internacional (ASDI) ha brindado al
Campus Virtual de CLACSO desde 1998.
Por la con- fianza depositada en las
iniciativas de esta institución, así como por sus
aportes a la tarea llevada adelante desde esta Secretaría Ejecutiva, quiero expresar en
estas líneas mi gratitud más sincera.
Atilio A.
Boron
Secretario
Ejecutivo
Buenos Aires,
1 de julio de 2006
Sabrina González*
Crónicas marxianas
de una muerte anunciada
* Licenciada en Ciencia Política, Universidad
de Buenos Aires (UBA). Coordinadora tuto- rial
del curso a distancia “La teoría marxista hoy. Problemas y perspectivas”. Asistente
académica del Programa de Estudios de Posgrado de CLACSO. Docente de Teoría
Polí- tica y Social, Ciencia Política,
UBA.
Rumors of my
demise have been greatly exaggerated
Mark Twain
UNA LETANÍA: EL
ADIÓS AL MARXISMO
Tal vez el
persistir en una convicción deba
ser considerado un rasgo de carácter. De ser este
el caso, nobleza obliga, debemos reconocer tal cualidad en los
detractores de Marx –y, por
extensión, del marxismo.
Consecuentes, los opositores del pensador de
Tréveris han anunciado con
vehemencia y confirmado hasta el agotamiento su muerte y, junto con él, la defunción de todo su legado
doctrinario. No debe restárseles mérito
alguno en esto que a todas luces
se presenta como una empresa titánica: brindar el último y sentido
responso a un autor que continúa asistiendo el trabajo de estudiantes
e investigadores, que pinta consig- nas
por un mundo más justo en las banderas y
los carteles de militantes y activistas, que aparece como interlocutor en las
polémicas discursivas así como también
en las
miserias cotidianas de los hombres y muje- res concretos, no puede haber
resultado una tarea sencilla. Hasta aquí, nuestro reconocimiento para con ellos,
los adversarios.
Sin embargo, también existe otra posibilidad. Tal vez
quienes adoptan la opción anterior sólo
estén incurriendo en el error de hacer del vicio una virtud. Expresémoslo mejor del siguiente
modo: la perse- verancia sería sólo un eufemismo para ocultar una profunda tozudez;
la tarea ciclópea daría cuenta de una energía desmedida malgastada en un trabajo absolutamente inútil; y, finalmente,
la perdurabilidad en el tiempo
encubriría disputas no saldadas y una
enconada y encegueci- da resistencia
propia de quienes prefieren morir en la obstinación an- tes que
aceptar algún viso de razón y veracidad en los argumentos del opositor.
Marx podría suscribir las palabras
atribuidas a Mark Twain y sostener que
los rumores sobre su muerte han sido
exagerados. Ahora bien, tal
exageración no ha sido
ingenua ni ociosa. Todo lo contrario, quien se pregunte cómo han logrado los escritores del obituario del marxismo persistir en su
diagnóstico sin llegar a dudar de
su propia cordura ante cada nuevo
gesto de elocuencia del presunto
difunto, en- contrarán la respuesta en la crisis del propio capitalismo.
Cierto es
que no
hace demasiado tiempo atrás, tras la caída del muro de Berlín y la
consecuente reunificación de las dos
Alemanias, la implosión de la Unión Soviética (URSS), el final del Pacto de Varsovia y el conflicto bélico
que balcanizara la antigua Yugoslavia, todo parecía indicar que el pensamiento nacido de la lúcida mente de Marx
había quedado finalmente desacreditado. La contraofensiva del neoconser-
vadurismo norteamericano y la ortodoxia neoliberal fue, ciertamente, brutal. En las
retinas de la humanidad, se
multiplicaron los brindis,
los abrazos y los golpes contra el monstruoso muro emblemático
del estalinismo. Era de esperar
que, conforme decreciera la euforia
inicial, Marx y su legado pasaran a formar parte del baúl de
los recuerdos. Inusitadamente,
ocurrió precisamente lo opuesto. Marx y
su legado estaban definitivamente muertos y enterrados, y sin embargo ambos continuaban siendo el principal
y preferido blanco de ataque. ¿Por qué
resultaba necesario seguir horadando la piedra de su lápida? Porque el
desasosiego, lejos de mermar, se incrementaba. El sistema social que había resultado victorioso
quedaba expuesto, ante la ausencia de quien fuera su principal oponente, en
toda su obscena impudicia y miseria.
Al igual que en
los escenarios de pugilismo, aquí también se ne- cesitaban al menos dos contendientes que midieran sus
fuerzas: de un lado, la crisis
del marxismo; en el sector opuesto, la crisis de la econo- mía de mercado1. Entre ellos, la distancia entre
teoría y práctica era utilizada en sentidos diametralmente opuestos. Mientras
el arsenal teórico del marxismo supuestamente se agotó en lo real (¡lo que abre
la pregun- ta respecto de si el socialismo real
era realmente socialismo!), y en
este sentido el colapso de los socialismos existentes fue identificado vis-à-vis
con la obsolescencia del materialismo
histórico, el capitalismo justifica sus
insuficiencias concretas apostando al horizonte de perfectibilidad al que apelan sus postulados
teóricos aún no realizados. Siguiendo este criterio, el derrumbe del muro de
Berlín trajo consigo el comienzo del fin del marxismo. Sin embargo, el desplome
de las Torres Gemelas neo- yorquinas (11-S)
no sacudió un ápice las teorías del establishment: sólo mostró el abismo
que puede significar que una parte del
planeta aún no emule los principios e intereses del bastión de la
libre empresa y la democracia liberal
occidental.
1 Para una
crítica sobre la concepción hipostasiada del
mercado recomendamos la obra clásica de Karl Polanyi, La gran transformación. Crítica del liberalismo económico (1992). En este
libro, el reconocido antropólogo identifica las cuatro instituciones sobre las
cuales reposaba el capitalismo
decimonónico: el balance de poder; el
patrón oro; el mercado autorregulado, y el estado liberal.
Polanyi asegura que una estructura capaz
de organizar
El capitalismo
no puede darse el lujo de dar
por saldada la dis- puta con el marxismo. Siempre es preferible ocuparse
de la inminente derrota del oponente que dar
cuenta de la propia podredumbre interna. No se trata de proclamar el
inminente colapso del capitalismo, pero sí de comprender que los tiempos por venir
son aciagos. Independiente- mente
de si uno acepta o rechaza las ideas de
Marx –y si se quiere las lecturas que él
ha inspirado– un conocimiento riguroso de sus teorías es condición necesaria,
aunque no suficiente, para quien desee compren- der los
acontecimientos fundamentales desde el siglo XIX a
nuestros días. Las crónicas marxianas
compiladas en esta publicación ofrecerán
al lector sobradas razones para encarar con
renovado brío la consecu-
ción de uno de los proyectos marxistas por antonomasia: la crítica del capitalismo
(Meiksins Wood, 2000: 5).
Desde la
primera de las propuestas, este espíritu crítico se irá nutriendo de diversas perspectivas y
miradas. En su clase inaugural ti- tulada “Por el necesario (y
demorado) retorno al marxismo”, Atilio
A. Boron, profesor titular del curso “La
teoría marxista hoy. Problemas y perspectivas”, nos propone reflexionar sobre las razones del
regreso al pensamiento de Karl
Marx. Un regreso que efectivamente supone un alejamiento,
sino de todos, al menos de algunos
intelectuales reconoci- dos, respecto de las tesis y líneas argumentales
clásicas de esta tradición de
pensamiento crítico. ¿Por qué el
abandono del marxismo? ¿A qué marxismo
se regresa luego de años de ausencia?
Las respuestas provi- sorias que ofrece el autor van abriendo distintas puertas de un debate que
promete ser controvertido y álgido, nunca tedioso y mucho menos
monótono. Su convicción es asertiva e inconmovible: tiene sentido, hoy más que
nunca, remitirse a un pensamiento
como el marxista en busca toda la vida
económica sin ayuda o interferencia externa como la que supone el concepto de mercado autorregulado
jamás se concretó en la realidad.
de respuestas
para el siglo XXI. Seguidamente, en “Mapeando el marxis- mo”, Javier Amadeo, investigador de la Universidad
de São Paulo (USP, Brasil) y
co-coordinador tutorial de este curso,
ofrece el racconto de una trayectoria
cuyos hitos y personalidades trascendieron las fronteras europeas primigenias
con la rapidez y la vivacidad con que se
aviva la llama cuando recibe una buena
bocanada de oxígeno. En sus páginas, confluyen nombres de hombres y
mujeres que fueron hechos por y a su vez
contribuyeron a hacer la historia. Todos ellos
partícipes de un mar- xismo que
supo de tiempos de victorias y derrotas, un pensamiento vivo y tenazmente
refractario a ser clasificado monolíticamente, una corrien- te a la que no le
serán ajenas tampoco las mortales inquinas.
SOBRE LA TEORÍA
Y SU RELACIÓN CON LA PRAXIS
Sustraerse
a la
idealización del saber científico
como conocimiento técnico, experto y exclusivo de un
grupo de sabios ha sido
desde los orígenes del pensamiento filosófico una empresa extremadamente
com- pleja2. En este sentido, suele invocarse la palabra ciencia toda vez que se quiere ser persuasivo en
la defensa de una argumentación
y, espe- cialmente, no dar lugar a
objeciones. Decir de un conocimiento que es científico es dar por
sentado su carácter objetivo y verdadero principal- mente porque respeta
dos dimensiones clave en su proceso productivo: la distancia entre el sujeto y el objeto de estudio –central particular- mente para los
debates en torno de la neutralidad valorativa3–, y la pro- ducción de conocimiento empírico objetivo falseable y
ahistórico. No es este el lugar para discutir el papel decisivo que desempeña
la ciencia en el ciclo productivo (y
reproductivo) del accionar humano individual y/o colectivo, y su legitimación
en las sociedades contemporáneas (Kli- mosvsky, 1995). En
cambio, es este el espacio para
reunir una serie de argumentos
epistémico-metodológicos marxistas que
buscan cuestio- nar
específicamente el cientificismo positivista. La interpretación que media todo acercamiento a
la realidad, la naturalización de
las cons- trucciones hechas
por la razón humana y, finalmente, la
fragmentación y colonización del saber científico recibirán su debida atención
en los artículos que se presentan en la
primera parte de esta obra.
2 Por sólo
tomar un ejemplo, Platón
criticará la democracia ateniense por
ser un régimen compuesto por hombres que
practicaban diversos oficios
sin que
este hecho fuera óbice para su
participación política en el marco de la comunidad cívica que los contenía (Platón,
2000a). Su
república ideal consagrará la figura del
rey-filósofo como aquella que detenta la sabiduría experta requerida por el arte del buen gobierno (Platón 2000b).
3 Con relación a la adscripción a principios y
valores, ha resultado un lugar común, por cierto poco feliz, acusar de amoral a Karl Marx
y, seguidamente, calificar como fiel adepto a la neutralidad valorativa a
Max Weber. A quien desee valorar en su
justa medida a am- bos pensadores
clásicos, lo invitamos a leer con detenimiento el lúcido artículo de Adolfo
Sánchez Vázquez sobre ética y marxismo que
se incluye en este volumen,
así como tam- bién “La
dimensión política de la formulación weberiana sobre la acción: contingencia y racionalidad en la
modernidad” de Bettina Levy. En
este artículo, Levy (2005) revisa la interpretación que presenta a Max
Weber como un exponente paradigmático del academi- cismo despolitizado y
no valorativo. En contraposición a esta lectura, la autora propone acudir, en primer lugar, a los
principales argumentos weberianos sobre la labor de
las ciencias sociales y los alcances prácticos de las mismas, para
luego recuperar la indeter- minación de la
realidad social y el carácter contingente de la conducta significativa que el propio Weber trabaja en sus escritos. El análisis de Levy es agudo y
preciso a la hora de reformular aspectos sustantivos de la concepción weberiana
de la política relacionada con las acciones de los actores sociales dirigidas a
intervenir en el mundo y transformarlo en procura de órdenes más justos.
En correlato con
lo anterior, Eduardo Grüner,
profesor de la Universidad de Buenos
Aires, nos propone, en “Lecturas culpables. Marx(ismos)
y la praxis del conocimiento”, trabajar la problemática de la interpretación en
el marco de una teoría del conocimiento. “No hay lectura inocente” –afirma
Grüner– ya que “toda forma de conocimiento de lo real está indefectiblemente
situada”. La separación epistemológica entre el sujeto cognoscente y el objeto
conocido se muestra como cons- trucción socio-históricamente situada y, en este
sentido, producto de una concepción del conocimiento cuya división del trabajo intelectual está fundada en la dominación sobre la naturaleza
y las clases subalter- nas. Los
hallazgos del psicoanálisis, la lingüística y la hermenéutica del siglo XX parecían pincelar un panorama desolador irreversiblemente arrasado
por el triunfo del relativismo, el
particularismo y el subjetivis- mo radicalizado. Si el posicionamiento de
clase, la perspectiva político-
ideológica, los intereses materiales y los condicionamientos culturales
del sujeto que estudia condicionan todo conocimiento,
¿significa esto que no puede haber conocimiento científico objetivo
con pretensión universalista? Grüner
rescata la celebre Tesis XI sobre Feuerbach de las garras del
anti-intelectualismo y el voluntarismo estrecho para inscribir al intelectual crítico en su
labor deconstructiva. Reconocer que
toda lectura sobre la realidad esta
situada no es lo mismo que afirmar que toda lectura es igualmente válida
y posible.
En el siguiente artículo titulado “La historia
en el pensamiento de Marx”, Marilena Chaui, catedrática de la Universidad
de São Paulo, parte del concepto de
modo de producción para
desarrollar la distin- ción entre formas
precapitalistas y capitalistas según las relaciones di- ferenciales entre
naturaleza e historia que subyacen
en cada caso. La forma capitalista es la
única en la que no
queda residuo alguno de lo
natural, explica Chaui, y en
consecuencia la ideología propia
de este modo de producción detenta una
potencia singular e inédita en tanto su función es nada menos que naturalizar aquello que es histórico. ¿Y por qué es necesario
garantizar que los sujetos se representen algo histórico como natural? La
respuesta es sencilla. Porque un modo de producción en el que todo es histórico entrega a la razón humana y
a los aconteci- mientos y factores circunstanciales un poder sin
precedentes, al límite de depositar en sus manos la posibilidad de
cambiar la particular forma de
historicidad vigente. Razón esta
última más que contundente para asegurar a la humanidad en
su conjunto que el capitalismo es la
meta de llegada y no el punto de
partida. Ironías de la historia,
el fin de
la historia4 es insostenible sin un regreso a la prehistoria del
capital, natu- ralizando el camino elaborado por la razón hasta este preciso tramo de la
historia en el que el capitalismo es no
sólo correcto y necesario, sino principalmente racional e inmutable.
El próximo escrito
ya desde su título convoca a la polémica. “Teo- ría política marxista o teoría marxista de la política” es la disyuntiva de la que
parte Atilio A. Boron para
examinar la aparente negación y el
poco sofisticado desarrollo que los
análisis políticos parecen haber concitado en Marx. El Marx
economista o el sociólogo, incluso el his- toriador, no suelen ser
objetados. Sin embargo –y
esto probablemente fundado en la
“leyenda de los dos Marx” popularizada a
partir de la te- sis althusseriana–, cuando del Marx filosófico-político se
trata, las voces no suelen ser alentadoras. Boron recupera las pioneras
investigaciones filosófico-políticas de Marx para orientar el eje de la disputa
hacia la rei- ficación y fragmentación del saber. Si existe una empresa quimérica en este derrotero, es aquella que se propone encontrar una teoría política
marxista. Boron explica esta ausencia a
partir de la coherencia deriva- da
de la misma aplicación de las
premisas epistemológicas fundantes del materialismo histórico. En el
marxismo encontraremos una “teoría marxista” que reflexiona sobre la totalidad de los aspectos
que consti- tuyen la vida
social, superando la
compartimentalización
–“política”, “economía”, “sociología”– característica de la cosmovisión
burguesa.
¿Debe la ciencia olvidar a sus padres fundadores o,
por el contra- rio, debe rendirles culto eterno y acrítico? En “Marx
y los marxismos. Una reflexión para el siglo XXI”, Francisco Fernández
Buey, profesor de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, responde negativamente a ambas opciones. Fernández Buey considera que
Marx es un
autor cuya obra ha envejecido
con altura y dignidad, cualidad que lo hace un clásico con todas la letras y no
pocos honores. En este sentido, defender la centralidad de este clásico implica
considerar la relación inextricable entre los intereses teóricos de nuestros
coetáneos y las investigaciones tendientes a recuperar el significado de los
textos históricos (Alexander,
1990: 66).
La propuesta de Fernández Buey requiere en
primerísimo lugar una lectura de Marx
despojada de los ismos. Podemos anticipar brevemente la intención que
impulsa a esta propuesta. Se trata de ir
re- construyendo al Marx que fue capaz de dudar de todo, que no concibió en modo alguno un comunismo nivelador de talentos y pobre en
nece- sidades, que despreció todo dogmatismo
al punto de afirmarse como “no marxista”,
que nunca abandonó como principio la valoración de las luchas entre las clases sociales. Indudablemente, concluye
Fernández Buey, para quienes siguen
padeciendo –los esclavos, los proletarios, los humillados– “Marx sigue
tan vigente como Shakespeare para
los aman- tes de la literatura”.
4 Frente a la
simplificación nada pueril de Fukuyama, invitamos al lector a internarse en las
páginas de El fin de las pequeñas historias de Eduardo Grüner (2002) y Las ilusiones del posmodernismo de
Terry Eagleton (1998), dos estudios críticos insoslayables sobre los es-
tudios culturales, los análisis poscoloniales y las versiones posmodernas de la
teoría social y política de nuestros tiempos.
Como
cierre de esta primera parte del
libro, el texto de Edgardo Lander,
profesor de la Universidad Central
de Venezuela, nos permite incursionar en las tensiones y
desafíos de una trilogía con imbricacio-
nes nada sencillas. En “Marxismo, eurocentrismo y colonialismo”, Lan- der orienta su
crítica contra el metarrelato
colonial/eurocéntrico co- mún a las diferentes vertientes del pensamiento
dogmático, que ha sido históricamente hegemónico sobre y desde
América Latina. La tensión entre
fuentes teóricas propias o etnocéntricas, el lugar de la burguesía nacional en
las lucha antiimperialistas, la invisibilización del “Otro” cultural, las
pautas de modernización y desarrollo, la construcción del sujeto político y
social de cambio, el economicismo y el
esencialismo son algunos de los temas más
controvertidos de los análisis respecto de las realidades
latinoamericanas a los que alude Lander en este artículo. Efectivamente, el
coctel es explosivo y, en conjunción con
los artículos precedentes, constituye una prueba inapelable de por qué es
necesario concebir a la ciencia como una iniciativa “colectiva,
interpretativa y contextualizada”
(Schuster, 1999).
ACTUALIDAD Y RENOVACIÓN DE LOS
TEMAS CLÁSICOS
La gran última narrativa de la
historia es aquella que afirma que
el capitalismo ha llegado para quedarse. En este
sentido, el valor del ma-
terialismo histórico radica en su aporte de claves críticas tanto respecto de la lógica
sistémica como de la historicidad
que le es propia a este modo de
producción (Meiksins Wood, 2000: 7). Es innegable que cierto marxismo acrítico
sostuvo una concepción de la estructura económica tecnicista, cuyo más
vergonsozo esquema resultó en la
polémica me- táfora de la estructura y
la superestructura. Fueron corrientes dentro del mismo marxismo las que
apostaron a una concepción mecanicis- ta
y unilineal de la historia según
la cual las sociedades pasaban por una serie de
etapas civilizatorias preestablecidas. Finalmente, fueron los acólitos
de este marxismo quienes identificaron en
los principios y leyes capitalistas el tamiz aplicable universalmente
a toda formación social, prescindiendo
de toda especificidad coyuntural.
De este
tipo de interpretaciones se puede aprender mucho; sus argumentos son un buen catálogo de aquello que
no debiéramos repetir: las leyes
univer- sales transhistóricas, el
determinismo tecnológico y el voluntarismo di- vorciado de toda condición
material de existencia. Como no podía ser de otro modo, los artículos que
conforman esta segunda parte aluden a
estos equívocos y buscan propuestas
superadoras de los mismos.
El artículo
que abre la segunda parte de este libro corresponde a Daniel Bensaïd, profesor
de la Universidad de París VIII Saint Denis. En “Una mirada a la historia y la
lucha de clases”, Bensaïd discute con el marxismo analítico en la figura de
uno de sus más esclarecidos expo- nentes, Jon Elster. Al igual que
otros autores, Elster encuentra en Marx una actitud teleológica y una
teoría de la Historia universal unilineal y ascendente que Bensaïd nos
invita a superar. Es cierto que,
en tiempos de restauración, el mercado irradia toda su seducción
mientras las lu- chas de clases se opacan en el devenir histórico. Sin embargo, la histo- ria no
puede ser jugada cual partida de suma cero, y comete un
grave equívoco quien piensa que a
un viejo modelo lo sucederá como destino inexorable otro que lo
supere positivamente. De ahí la
justeza de la fórmula “socialismo
o barbarie”. La dialéctica de los
posibles, según Bensaïd la entiende, es también acumulativa, lo que lo mueve a pro- pugnar una doble renuncia a
la ilusión, a saber: aquella que sueña
en retrospectiva y entiende que nada hubiera podido ser más que lo que es; y también la que imagina el cambio como producto gradual, y
apuesta incesantemente a la reforma permanente. Ambas se conectan con los dos
espectros que, asegura Elster,
atormentan a la revolución comu- nista. Se trata de los
fantasmas de una revolución prematura o de una revolución conjurada. Sin embargo, ¿será posible una revolución just in
time? Tal y como puntualiza Bensaïd, la necesidad histórica enuncia lo que debe y
puede ser, no lo que será: “actualizando una posibilidad, la revolución
es, por esencia, intempestiva y, en
cierta medida, […] una imprudencia creadora”.
La lucha de
clases y los humanos conflictos por la supervivencia adquieren otro matiz en
“Igualdad y capitalismo” de Alex Callinicos, profesor en King’s
College de Londres. Callinicos propone conectar al
marxismo con las teorías de la justicia
del liberalismo igualitario5. Estas teorías se han desarrollado particularmente
durante el último cuarto del siglo XX, tiempo durante el cual han confluido con el crecimiento inexorable de
la pobreza y la desigualdad a escala planetaria. La paradoja no deja de ser notable. Sin embargo, en palabras de Callinicos, la
aparente contradicción en los términos que
supone la misma noción de liberalis- mo
igualitario no impide reconocer
la “deficiente” respuesta contraria a la
especulación filosófica abstracta que
existe en la tradición marxis-
ta. En este sentido, el marxismo es
desafiado a superar aquella convic- ción
que le hiciera creer que el estudio de temas normativos requiere del
abandono de la teoría social explicativa y crítica (y viceversa). El legado
igualitario que en sus aspiraciones instalaran las revoluciones burguesas
triunfantes tiene por anclaje social la demanda vivencial de trabajadores,
esclavos, mujeres, súbditos coloniales, negros, lesbianas, gays, y tantos otros que desde entonces luchan con
el fin de construir una sociedad más justa.
5
Recomendamos muy especialmente la lectura de “Principios de justicia en el
pensamiento de Ernesto Che Guevara”, trabajo seminal de Fernando Lizárraga
que le valiera su docto- rado con honores en
la Universidad de Buenos
Aires (2004). En este
escrito de próxima publicación,
Lizárraga, quien fuera alumno de este
curso a distancia, propone un
diálogo original y provocativo entre John Rawls y el marxismo latinoamericano guevarista. La
pre- ocupación por los ribetes
sustantivos del problema académico no ignora y mucho menos prescinde de los
elementos que hacen a la crudeza que sobradamente vemos reflejada en las imágenes
cotidianas de nuestras sociedades.
Callinicos
sostiene que, si bien la temática de la igualdad es una
preocupación que cobra vida en tiempos del capitalismo, en “tanto ideal
solamente podrá realizarse más allá de
sus fronteras”.
En “Marxismo y religión: ¿opio del pueblo?”, Michael Löwy, di- rector de investigación del Centro
Nacional de Investigación Científica (CNRS,
Francia), retoma la tradicional creencia que hace de la religión un baluarte de la reacción y la quintaesencia de
la alienación humana para inscribirla en
el capitalismo contemporáneo. En
su escrito, Löwy presenta una
profusa lista de marxistas que en
la línea fundada por Marx y
Engels dieron cuenta del carácter dual
del fenómeno religio- so. Bajo ciertas condiciones históricas, la religión
puede de hecho jugar un rol dominante
en la
vida de una sociedad, que no
necesariamente se corresponde con
la oposición entre revolución y contrarrevolución, progreso e
involución, dominados y opresores. Los aportes de Löwy per- miten evaluar
dos dimensiones sumamente caras a la
sensibilidad lati- noamericana: por un lado,
los componentes protestantes y puritanos del culto al dinero, y su
correlato con la creciente ampliación de
la brecha entre ricos y pobres; por otro, la inesperada irrupción de la
teología de la liberación con la
consecuente afluencia de creyentes y
clérigos que apostaron sus vidas y sus
recursos materiales y espirituales por la causa de los que menos tienen en la
lucha por una nueva y mejor sociedad.
Adolfo Sánchez Vázquez, profesor emérito de
la Universidad Nacional Autónoma
de México, nos propone reflexionar sobre el “in- moralismo”
de Marx.
El problema de pensar una ética
de inspiración marxiana, como bien señala el autor de “Ética y marxismo”, es la
doble y asimétrica significación de dos
dimensiones inseparables de la cues- tión: la explicativa y la normativa. A pesar de la
asistematicidad de la obra marxiana al respecto, ningún marxista negaría que Marx
concibe a la moral como objeto de conocimiento en el marco de su
concepción de la historia y la sociedad. Su
aporte es prescriptivo en al menos tres planos significativos: la crítica
del capitalismo, el proyecto de nueva so- ciedad y la práctica política
revolucionaria, siendo este último
aspecto el que presenta las aristas
más ríspidas. Si Marx fuera sólo
y ante todo un descubridor, y el
marxismo sólo una ciencia, no habría razón de ser para una moral normativa.
Ante un panorama tan restrictivo, el
desaso- siego no tardaría en llegar. Sin
embargo, por fortuna, Sánchez Vázquez
nos ofrece un Marx
diferente al reivindicado
por los
pragmáticos, el academicismo
objetivista o el determinismo vulgar. Gracias a su pluma, el filósofo viste los
ropajes de quien se atreve a la imbricada tarea de in- terpretar y transformar
el mundo. Su conclusión es contundente. Claro que hay
un lugar para la moral en el marxismo, pero siempre que se tenga el valor de encararlo como “filosofía de la praxis”, lo
cual implica el compromiso con una crítica de lo existente, un proyecto alternativo de emancipación, un
conocimiento de la realidad y, fundamentalmente, con una vocación práctica transformadora (Sánchez
Vázquez, 2003).
En honor a su
maestro, María Rosa Palazón Mayoral,
docente de la Universidad Nacional Autónoma de México, nos invita a recorrer en su artículo algunas de
las argumentaciones más significativas
del pen- sador hispano-mexicano sobre la praxis revolucionaria. En “La filosofía
de la praxis según Adolfo Sánchez
Vázquez”, Palazón deshoja las tesis marxianas sobre Feuerbach con los lentes de
su educador y, en el trans- curso de este
movimiento, irá develando el
corazón mismo de la con- vicción emancipadora que subyace coincidentemente en Marx y
Sán- chez Vázquez. Evidentemente, sería
completamente ingenuo creer que el cambio se logra sólo a fuerza de práctica:
de ser así, sólo tendríamos que ser
obstinadamente constantes y repetir una y otra vez los mismos hechos, hasta que
a la realidad le ganáramos por cansancio. Retomar el concepto de praxis remite
a una crítica teórica que incluye fines y
tácti- cas. De esta manera, la actividad
práctica revela las funciones mentales
de síntesis y previsión que la componen.
El materialismo ingenuo y el idealismo solipsista han sido desarmados. Si bien los resultados de la praxis revolucionaria
son impredecibles, hombres y mujeres
tienen en su poder la esperanza de luchar por
la llegada de lo deseable y posible. El mensaje con que
concluye Palazón Mayoral la lectura marxiana de Sánchez Vázquez no es en
absoluto desdeñable: en tiempos de nihilis- mos
“no se puede vivir sin metas,
sueños, ilusiones, ideales” (Sánchez Vázquez, 2003: 543-544). Sencillamente, la utopía está de “regreso” en el sitial del que de hecho nunca –no importa cuán obstinadamente lo hayan afirmado
sus detractores– se ha movido.
NUEVOS TEMAS DE
REFLEXIÓN EN EL CAPITALISMO CONTEMPORÁNEO
Mucho daño
ha hecho el pensamiento dogmático
que ha
convertido al marxismo en un
cuerpo teórico acabado y autosuficiente, con respues- tas inequívocas para todo tiempo y
lugar. Tal tipo de actitud parece más propia
de los libros de autoayuda que de la
tradición de pensamiento vivo que Marx
contribuyó a fundar. Las luchas en torno a las contradic- ciones de
clase no pueden ser adecuadamente
comprendidas en su tra- yectoria y su
complejidad si se analizan divorciadas de los problemas de género y
opción sexual, ecológico-medioambientales y nacionalistas–étnicos, raciales y
religiosos–, que marcan nuestros
tiempos. No se trata de hacerle decir a
Marx aquello que no
podría haber pensado en su
contexto biográfico6. Se trata
de dialogar con él,
si se quiere con cierto dejo de irreverencia7, para formularle preguntas
que cuestionen sus presupuestos y pongan
en marcha los engranajes del espíritu crítico propio de su filosofía de la
praxis.
En correlato con
lo anterior, el primero de
los artículos de este tercer apartado se relaciona con el flanco más
débil del marxismo clá-
sico: la explotación de la mujer.
En “Hacia una teoría de las relaciones
de género”, Frigga Haug, profesora e
investigadora en el Institut für
Kritische Theorie, Alemania, brinda una aguda crítica de la economía política
marxista de los géneros. Partiendo de algunas observaciones de Marx y Engels a las que
considera sumamente “imprecisas”, propone una relectura sintomática
deudora del método althusseriano
que re- currirá también a sendas
contribuciones de Antonio Gramsci y
Nicos Poulantzas para dar debida cuenta
de la trascendencia y complejidad del
tópico en cuestión. El problema detenta como uno de sus
costados más espinosos la
dirección secuencial de las luchas emancipatorias que tradicionalmente
privilegian la divisa libertaria de los trabajadores, re- signando la liberación de
las mujeres, en el mejor de
los casos, a un muy secundario último puesto. Esta, según la
perspectiva de Haug, es una secuela esperable propia de las posturas que optan por
hacer caso omiso respecto de la fuerza de las relaciones de género en la
determina- ción de la forma específica de
las relaciones sociales en su conjunto. La escritora concluye que las relaciones de género son relaciones de pro- ducción, y una cabal
comprensión de este hecho permitirá
finalmente invalidar la tendencia convencional a pensarlas puramente como rela-
ciones entre hombres y mujeres.
6 Sumamente
interesante es el capítulo sobre el Manifiesto Comunista incluido en Tras el
búho de Minerva. Mercado contra democracia en el capitalismo de fin de siglo, de Atilio A. Boron (2000). Se trata
de una lectura contemporánea de este
notable panfleto de Marx,
cuidadosa a la hora de no incurrir en afirmaciones anacrónicas y, al mismo
tiempo, celosa en lo que hace a rescatar
y destacar las certeras advertencias que
en este escrito se vierten de
cara a este nuevo siglo.
7 Bajo el personaje ficcional de Annette Devereux,
Sheila Rowbotham le escribe al autor del
Manifiesto Comunista haciendo gala
de un exquisito desparpajo. En “Dear
Dr. Marx: A Letter from a
Socialist Feminist”, Rowbotham se dirige a su “Querido Dr. Marx” en los siguientes términos: “Hubiera leído el
artículo –en referencia al Manifiesto Comunista– que escribió con el Sr. Engels
si no hubiera estado corriendo de las barricadas a las oficinas del Voix des Femmes y de allí a la asociación de
mujeres […] Pauline Roland, Desirée Véret, Suzanne Voilquin y Claire Démar, por
sólo mencionar unas pocas, nos han mostrado que las mujeres deben buscar por sí mismas su
emancipación. De estas mujeres fuertes y de Flora Tristán, aprendimos
que la mujer que no se pertenece a sí misma no se pertenece en
lo absoluto. Sin embargo, no hemos olvidado que nuestra causa estaba conectada con la de la clase obrera. Me sorprende no
encontrar mención en su Manifiesto de la propuesta de Flora Tristán y su
señalamiento acerca de la imposibilidad de realizar la emancipación de los
varones trabajadores mientras que las
mujeres permanezcan oprimidas en la familia” (Rowbotham, 1998).
“¿Existe un
marxismo ecológico?”, se pregunta Elmar Altvater, catedrático de la
Universidad Libre de Berlín. En este
artículo, Altvater busca mostrar cómo la singular concepción de la naturaleza elaborada por Marx a partir de
su crítica a la economía política permite una mejor comprensión de los problemas
ecológicos actuales. La respuesta a su in- terrogante es, por lo tanto,
afirmativa. Altvater propone una lectura que se inicia en
un Marx consecuente con la
Ilustración y que cree que el hombre construye su historia al transformar la sociedad, la
naturaleza y a sí mismo. Sin embargo,
muy pronto Marx irá perfilando una
lectura mucho más compleja. En la observación de los ciclos de crisis desde los años cincuenta del siglo
XIX, tendrá oportunidad de verificar las primeras dificultades ecosociales que
anuncian que la naturaleza tiene sus propios límites y que sus
recursos finitos pondrán algún día
en jaque la produc- ción
capitalista tal como hoy la conocemos. El sistema energético fósil y la
extrema desigualdad e injusticia imperantes en el sistema capitalista de
principios del siglo XXI corroboran aquellos presagios.
Contrariamente a las opiniones “calificadas” de ciertos ecologistas y algunos
expertos del Banco Mundial que sólo identificaban en la pobreza la causa de los
males ecoambientales, Altvater sostendrá que la colusión entre pobreza y rique-
za es una de las principales causas de la destrucción ecológica.
También
preocupado por los aspectos relativos a la implosión ecológica planetaria,
Franz Hinkelammert, profesor del
Departamento Ecuménico de Investigaciones de San José,
Costa Rica, nos ofrece su ar-
tículo “La globalidad de la tierra y la estrategia de globalización”. Según
Hinkelammert, a la conquista imprudente y violatoria del ecosistema, se le ha sumado como última gran
cruzada la eliminación de toda resis- tencia humana al statu quo. El mercado y la racionalidad científica me-
dios-fines se sustentan en la invisibilización de los riesgos globales que ambos
generan. Paradójicamente, se hace abstracción de la globalidad cada vez que se
decide hacer todo aquello que se puede hacer: la energía nuclear, los avances
en biogenética, la implosión de los sistemas hídri- cos y forestales, etc.,
penden sobre las conciencias de la humanidad. La conversación que Hinkelammert reconstruye entre el científico
inglés y el gran inquisidor español Torquemada es a todas luces ilustrativa. ¿Es lícito torturar al hereje, a
la naturaleza, a los hombres y mujeres que
se resisten? La respuesta es sí, cualquiera sea el caso, si el tormento se jus- tifica en nombre de la
eficacia. Sin embargo, advierte
Hinkelammert, la relación entre tortura, eficacia y límite de lo soportable está
establecida, aunque sólo la conozcamos ex post, cuando todos los límites ya han
sido traspasados definitivamente. Las relaciones
humanas han sido convul- sionadas al
extremo de eliminar toda neutralidad como opción posible. En otras palabras, concluye el autor, “podemos
escoger entre responsa- bilidad e irresponsabilidad, pero no podemos salirnos
de la disyuntiva”.
El tema
central de “Las ideas y la acción política en el cambio his- tórico” de Perry
Anderson, de la Universidad de California, Los Ángeles, no podría ser más apasionante. Contrariamente a aquello que un
mate- rialismo ramplón y pedestre sostendría, las ideas y los valores se
desplie- gan en la historia mostrando su vivacidad e incidencia concreta en los cambios sociohistóricos promovidos por
los actores tanto de la izquierda como de la derecha. El itinerario propuesto por
Anderson no pretende ser enciclopedista
ni anecdótico; en cambio, tiene una significación que se proyecta a futuro. En los
tres grandes casos de impacto
ideológico moderno analizados, la Ilustración, el marxismo y el neoliberalismo,
el autor encuentra la repetición de un
mismo patrón. Los tres fueron
sis- temas de ideas con un alto grado de sofisticación, que se desarrollaron inicialmente en condiciones adversas y de aislamiento, y lograron una fuerza
arrolladora como ideologías al producirse el estallido de una cri- sis objetiva
de significación radical. La izquierda debe
aprender de esta lección para enfrentar sin arrogancia pero con
persistencia una ideología dominante que actualmente se sostiene sobre la
autoafirmación del capi- talismo como única forma de organización de la vida
moderna y sobre la anulación de la soberanía nacional en nombre de la defensa
de los dere- chos humanos universales
(Anderson, 2004: 38). En el artículo que inte- gra este libro, Anderson advierte que
se requiere de un espíritu diferente, que
sea capaz de pensar cáusticamente sin concesiones al conformismo ni a la
devoción irreflexiva, porque “las ideas incapaces de conmocionar al mundo
también son incapaces de sacudirlo”.
DEMOCRACIA E
IMPERIALISMO EN TIEMPOS DE GLOBALIZACIÓN
Hay quienes
afirman sin asomo de duda que no existen alternativas que desafíen la hegemonía
del capital (capitalismo) y el triunfo del gobierno del pueblo (democracia).
Para ellos, el futuro que se avizora es una repe- tición del presente, aunque
con más
opciones en aras de un pluralismo bien entendido. Este último es calificado como tal por el poder hegemó- nico de turno según este se sienta más
o menos amenazado por las di-
versas y plurales demandas de sus gobernados. Quienes aún recuerdan los logros de
la primavera keynesiana8 y
un capitalismo de posguerra que prometía reconstruirse
democrática e igualitariamente, corroboran a diario –no sin
cierta cuota de melancolía y mucho desaliento– cómo seguimos alejándonos
de la posibilidad de cumplir aquella vieja ilusión. Los escenarios de conflicto
se multiplican en espacios locales, naciona- les, internacionales y regionales,
transformando al mundo “literalmen- te” en
un globo a punto de
estallar. Los diagnósticos
que se escuchan con mayor fuerza y estridencia son aquellos que
señalan como causa del problema a los excesos de las democracias.
8 Durante
los años dorados del capitalismo, como los denomina Eric
Hobsbawm en su Historia del siglo
XX, la existencia de un Estado de
Bienestar o planificador coincide con un
contexto de generalización
de métodos de trabajo como el taylorismo y el fordismo, que conllevaron un importante incremento de la productividad.
Dicho Estado de Bienes- tar permitió la acumulación de capital y la
conformación de una norma de consumo de masas. Y, a manos de los
gobiernos socialdemócratas, cobró fuerza con la instauración de una fórmula política de
compromiso entre “el capital” y “el trabajo”, siendo la propia estructura
estatal el principal ente regulador
del conflicto. En este
trabajo, Hobsbawm articula la
dimensión económico-tecnológica con
los profundos cambios políticos y
so- ciales que la sociedad de consumo de masas impuso
no sólo
en los países avanzados de
occidente en el marco del afianzamiento de la hegemonía política y económica de
Estados Unidos, sino también en los
países tercermundistas crecientemente urbanizados. Los años setenta encontraron
un mundo cualitativa y cuantitativamente distinto, habiendo mediado los cambios
sociales referidos durante los años de bonanza. Revolución cultural y social
mediante, las postrimerías del siglo
XX trajeron consigo un creciente
cuestionamiento y reclamo frente a las
formas del Estado intervencionista. Las nuevas generaciones enfren- tarán su
primera experiencia traumática, y lo harán con
la intensidad de quienes han sido criados en un modelo societal de
abundancia (Hobsbawm, 1995).
El diagnóstico
precedente, como lo señala Ellen
Meiksins Wood, profesora de
la Universidad de York
(Toronto, Canadá), muestra una unión profundamente contra-intuitiva: la
victoria del capital y el pueb- lo. En
su artículo “Estado, democracia y
globalización”, la autora nos invita a dudar sobre el carácter evidente,
natural y ecuménico de este encuentro, arrojando luz sobre los
artilugios utilizados por el nuevo imperialismo norteamericano. Objeto de
sucesivas redefiniciones, que Meiksins Wood
recorre con detalle, la
democracia es camuflada para que el capitalismo pueda tolerarla. Al costado del
camino fueron arroja- dos sus aspectos más
seductores: que los nacidos libres y pobres tengan injerencia efectiva
en las
relaciones de poder
político-económicas es cosa del pasado.
El pueblo es convocado a consumir, pero es reprimido cuando pretende subvertir.
Periódicamente este arreglo marital de con- veniencia unilateral hace síntoma
y, contrariamente a las opiniones que anunciaron la defunción del Estado en
la era global, el imperialismo y
la presencia policíaca de los estados-nación con su
correspondiente interdependencia asimétrica se hacen sentir en la avanzada represiva contra los pueblos.
En
“Colonialismo interno (una redefinición)”, Pablo González Ca- sanova, profesor
de la Universidad Nacional Autónoma
de México, da cuenta de esta categoría
originalmente ligada a fenómenos de conquista, en que las poblaciones de nativos no son exterminadas y forman parte, primero, del
Estado colonizador y, después, del Estado que adquiere una independencia formal
o que inicia un proceso de liberación, de transi- ción al socialismo o de recolonización y regreso
al capitalismo neolibe- ral. En primer
lugar, hace falta precisar que el
colonialismo interno se da en el terreno económico, político, social y
cultural. En segundo lugar, debe el
analista internarse en los derroteros de
la evolución de dicho colonialismo a lo largo de la fundación
y consolidación del Estado-na- ción y el
capitalismo. Finalmente, es preciso establecer la existencia o ausencia de
vínculos entre aquel y las alternativas emergentes, sistémi- cas y
anti-sistémicas, en particular las que
conciernen a “la resistencia” y “la
construcción de autonomías” dentro del
Estado-nación, con los
movimientos y fuerzas nacionales e internacionales de la democracia, la
liberación y el socialismo. Si, como afirmara Marx, “un país se enriquece a
expensas de otro país”, González
Casanova intenta salvar la falencia propia de cierto marxismo en el que
prevaleció el análisis de la domina- ción
y explotación de los trabajadores por la burguesía frente al análisis de
la dominación y explotación de unos países por otros9, e incursionar en los
terrenos que hacen la historia de esta categoría sensible y tan sig- nificativa
para las luchas de los pueblos por su emancipación.
En correlato con
este último aspecto, François Houtart, director del Centro
Tricontinental de la Universidad de Lovaina-la-Nueva, Bélgica, optó por
reflexionar sobre “Los movimientos sociales y la construcción de un nuevo sujeto
histórico”. El crecimiento de los niveles de desigualdad y polarización social,
la intensificación de la protesta social y su criminali- zación y represión
dan cuenta de los límites del
capitalismo democrático. A las formas tradicionales –paros, huelgas de hambre,
concentraciones– las protestas sociales incorporaron un repertorio de nuevas
modalidades que incluyen encuentros como
los Foros Sociales Mundiales (que recor-
rieron varios continentes), marchas prolongadas, cacerolazos, piquetes y
bloqueos de rutas. Houtart apuesta a estudiar críticamente el accionar de estos
nuevos sujetos contestatarios y su impacto en los procesos colecti- vos. Su
objeto es fijar las condiciones de posibilidad para la constitución de un nuevo
sujeto social capaz de una crítica interna a los fines de institucionalizar los
cambios deseados y asegurar una referencia permanente a los objetivos buscados.
Esto requerirá de este sujeto histórico la capaci- dad nada desdeñable de captar los desafíos de la
globalización e integrar a las víctimas del neoliberalismo globalizado.
9 De Marx al
marxismo en América latina, de Adolfo
Sánchez Vázquez, y Marx en su (Tercer) Mundo. Hacia un
socialismo no colonizado, de Néstor Kohan, son escritos insoslayables para quien pretenda
discutir con solvencia los argumentos de aquellos que afirman que, en América
Latina, Marx y Engels sólo han despertado un interés secundario propio de los fenómenos de
raíz inmigratoria. El compromiso y la
calidad humana del reconocido pen- sador hispano-mexicano y el apasionamiento y
la pluma asertiva de Kohan son muestras
inequívocas de un pensamiento latinoamericano
marxista que pone en jaque al capitalis-
mo al propugnar el análisis teórico y la
praxis emancipatoria como aspectos inseparables de un cambio imprescindible en
sociedades tan profundamente
jerarquizadas e inequitati- vas como las existentes en la región.
El imperialismo es el tópico que atraviesa los
artículos preceden- tes y que retoma
John Bellamy Foster, co-editor de la Monthly Review, en su artículo titulado
“El redescubrimiento del imperialismo”. Foster comienza por señalar que
durante casi todo el siglo XX el concepto de “imperialismo” fue
considerado un término de mal gusto y, consecuen- temente, eliminado de la
agenda y los discursos de las más
influyentes figuras políticas e intelectuales del mainstream. La guerra
contra el te- rrorismo emprendida por
la administración Bush ha sido,
en buena medida, la promotora de
la calurosa bienvenida brindada al imperialis- mo y el fervor imperialista
desatado entre esa misma elite de intelectua- les y dirigentes políticos
norteamericanos. Despojado de toda filiación que lo asocie con el marxismo o la
explotación, el imperialismo encarna la
gran tarea civilizatoria del
Imperio Norteamericano. Sin
embargo, señala Foster, existen reglas para esta reapropiación de los
conceptos de “imperio” e “imperialismo”. Las motivaciones
excepcionalmente be- névolas deben ser
enfatizadas, y es imperativo inscribir la justificación del dominio
político y militar en el marco de la defensa de los derechos humanos y los
principios democráticos. Finalmente, del imperialismo económico directamente
no se
habla. El redescubrimiento del impe- rialismo en el seno
del mainstream sólo significa la naturalización de los intereses
de las corporaciones y del Estado norteamericanos como prioritarios para el
capitalismo global.
En “¿Un
futuro para el socialismo?”, Terry
Eagleton, catedráti- co de la Universidad de Manchester, asume una
postura mordazmente contestataria respecto del
“sentido común” globalizado a fin
de refra- sear algunos eslóganes muy propios de nuestros días. Eagleton sostiene que existe poca evidencia sobre la tan mentada abulia ciudadana. Antes bien, la
situación parece ser exactamente la opuesta: las personas están preocupadas por
un número crecientemente importante de asuntos que las afectan como resultado de políticas que
son lesivas con
ellas. Los objetivos de la
izquierda actual no parecen ser, según Eagleton, estric- tamente
revolucionarios, en tanto exigen como común denominador que todos los habitantes del planeta puedan
comer, trabajar, ejercer su libertad y vivir dignamente. Que aspectos tan básicos de la vida cotidia- na requieran ser
demandados resulta un hecho
factible sólo en tanto producto de una sociedad que se sostiene sobre el incremento de los excluidos del y por el sistema que pauta u estructura su organización. El capitalismo da muestras
concluyentes de ser artífice plenamente au- tónomo de su destino. Por sí solo
logra hacer desnaturalizar todo ciclo vital conocido y no necesita ayuda
alguna para acometer su haraquiri.
Esta obra llega a su fin. Atilio A. Boron ofrece, a modo de
cierre provisorio, ejes para la discusión del imperialismo en la historia
recien- te de América Latina. En su
texto, “La cuestión del imperialismo”
se cruza con la dependencia externa, la
erosión de la soberanía nacional de los estados y el sometimiento sin precedentes de la región a los dic- tados de los
centros que responden al dominio
imperial. Las polémi- cas tesis
desarrolladas por Michael Hardt y
Antonio Negri en Imperio (2000) suscitan en Boron una serie de dudas acerca de su pertenencia, así como comentarios punzantes sobre la estructura del sistema im- perialista mundial, las peculiaridades de la
actual coyuntura latinoa- mericana y las
alternativas que, con un
grado razonable de realismo,
podrían construir los nuevos movimientos sociales.
Esta
introducción no ha pretendido en modo alguno resumir ni mucho menos reemplazar
la riqueza y profundidad de los análisis y reflexiones contenidos en los textos
presentados. Sólo ha sido
concebida como in- vitación a compartir algunos de los interrogantes,
desafíos y problemas que los hombres y mujeres de este siglo enfrentamos a
diario. La huma- na mortalidad es, por
excelencia, el principio antropológico igualitario que trasciende fronteras territoriales y
temporales. En este estricto sen- tido,
la muerte de Karl Marx, como la de todo ser mortal, era una muerte anunciada.
Sin embargo, el adiós a Marx, a diferencia de las despedidas recibidas por la
inmensa mayoría de los mortales, se renueva periódi- camente una y
otra vez. ¿Qué habrá hecho este mortal
para procurarse una existencia inmortal? La
respuesta presenta varias aristas y desde todas ellas no
deja de ser paradójica: Marx
ha bebido de las inequida- des
del capitalismo. Para sorpresa de
unos pocos, el capitalismo sigue cobrándose vidas a escala planetaria. Y en ese proceso, hoy
mucho más que en el siglo
XIX, se convierte en el elixir de la eterna juventud que vivifica a
Marx y su legado como uno de sus
más agudos y fecundos críti- cos. El
poeta no se equivocaba cuando afirmaba que la vida es sueño: en efecto, desde su
aparición, el marxismo ha sido la
sempiterna pesadilla de quienes todavía creen en las virtudes del capitalismo.
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Atilio A. Boron*
Clase inaugural
Por el necesario (y demorado) retorno al
marxismo
* Secretario Ejecutivo del Consejo
Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).
ADVERTENCIA
PRELIMINAR
Abordar un
tema como el que aquí se desarrolla requiere de algunas po- cas pero necesarias
palabras iniciales. Al fin y al cabo, ¿cómo entender el significado de este
regreso a una fuente tan
fundamental e irreem- plazable del pensamiento crítico como el marxismo?
Si se habla de re- greso, ¿por qué habrá sido
que muchos se alejaron, y ahora
retornan? Además, ¿se regresa a lo
mismo, o a otra cosa? O, también, ¿de
qué fue que nos
alejamos? En fin, las preguntas podrían sucederse en una
secuencia interminable, en donde se entrelazarían reflexiones que tras- cienden al campo meramente intelectual,
o de la mal llamada “historia de las
ideas” –mal llamada, porque las ideas no tienen una
historia pro- pia independiente de las condiciones sociales que les dieron
origen y las sostienen a lo largo del tiempo–, para adentrarse en la historia
contem- poránea en sus múltiples
dimensiones. El destino del marxismo como teoría crítica –o, parafraseando a
Jean-Paul Sartre, como el necesario e imprescindible horizonte crítico de
nuestro tiempo– no ha sido indi- ferente a los avatares de las
revoluciones socialistas del siglo XX,
ni a los auges y reflujos de las luchas populares durante sus convulsionados años.
Examinar lo ocurrido en toda su profundidad entrañaría, pues, una tarea
que excede con creces los propósitos de esta breve
introduc- ción general. Baste
por ahora con dejar sentada la importancia de esta íntima
conexión entre ideas y proceso histórico. El
lector encontrará una exploración detallada del asunto en el artículo de
Perry Anderson incluido en este libro.
En todo caso, y más allá
de estas consideraciones preliminares, estamos convencidos de que la supervivencia del marxismo como tra-
dición intelectual y política se explica por
dos factores principales que, sin ser los únicos, aparecen sin duda como
los más importantes. En pri- mer lugar, por
la reiterada incapacidad del capitalismo para enfrentar y resolver los
problemas y desafíos originados en su propio funciona- miento. En la medida en
que el sistema prosiga condenando a
segmen- tos crecientes de las sociedades
contemporáneas a la explotación y to- das
las formas de opresión –con sus
secuelas de pobreza, marginalidad y exclusión social–, y agrediendo sin pausa a la
naturaleza mediante la brutal mercantilización del agua, el aire
y la tierra, las condiciones
de base
que exigen una visión
alternativa de la sociedad y una
meto- dología práctica para poner fin a este
orden de cosas seguirán estando presentes, todo lo cual no
hace sino ratificar la renovada
vigencia del marxismo. Esta es una de las
razones que explica, al menos
en parte, su permanente “actualidad.” La otra es la inusual capacidad que este corpus teórico ha demostrado para enriquecerse en correspondencia con el desenvolvimiento histórico de las
sociedades y de las luchas por la emancipación de los
explotados y oprimidos por el
sistema. Es de- bido a esto
que el regreso a Marx supone, como punto de partida, la aceptación de un
permanente “ir y venir” merced al
cual las
teorías y los conceptos de
la tradición marxista son
aplicados para interpretar y cambiar la realidad, y, simultáneamente,
resignificados a la luz de la experiencia
práctica de las luchas populares y de las estructuras y pro- cesos que
tienen lugar en el marco del capitalismo contemporáneo.
Habida cuenta
de todo lo anterior, la reintroducción del marxis- mo en un
programa de formación teórica y metodológica como el que CLACSO ofrece
constituye una saludable novedad en las ciencias socia- les latinoamericanas,
dominadas durante más de treinta años
por dis- tintas vertientes del
pensamiento conformista y escapista propio de un tiempo de derrotas, como ha
sido el de finales del siglo XX. Nos referi- mos, claro está,
al neoconservadurismo impuesto en la academia norte- americana –con sus
teorías de la “elección racional”, el individualismo metodológico, el
falso rigor de la hipermatematización y
la insuperable fragmentación del
conocimiento propia del
positivismo– y a las diver-
sas expresiones del posmodernismo
que, primero y principalmente en Europa,
se afianzaron en el pensamiento filosófico y en las orientacio- nes teóricas
generales de las ciencias sociales.
Ya en un texto juvenil –nos referimos a La
Sagrada Familia– Marx y Engels decían
que, cuando la filosofía renunciaba a
toda pretensión crítica y transformadora, degeneraba en “la expresión abstracta
y tras- cendente del estado de cosas existente” (Marx y Engels, 1958: 80).
Pocas advertencias son más oportunas que
esta a la hora de juzgar la situación de las ciencias sociales. Al abandonar
toda crítica del orden social vigen- te, y al desentenderse de la necesidad de
transformar el mundo, apartan- do sus ojos de la contemplación de la
escandalosa injusticia que nos ro- dea,
las formulaciones del mainstream de las ciencias sociales terminan
convertidas en una subrepticia apología de la sociedad capitalista.
EL
MARXISMO COMO TRADICIÓN TEÓRICO-PRÁCTICA
En este contexto, un
marxismo depurado de los vicios
del dogmatismo y el sectarismo escolástico parece mejor dotado que nadie
para impedir tan deplorable final. Queda claro, entonces, que el marxismo al que
nos estamos refiriendo no se agota
en los estrechos límites de la biografía
de su fundador. Por extraordinaria
que haya sido la labor fundacional de Marx, al riquísimo legado que nos
dejara su obra debemos sumarle los aportes de quienes tras sus huellas –como Friedrich Engels, Vladi-
mir I. Lenin, Rosa Luxemburgo, León Trotsky, Nicolai Bujarin, Gyorg Lukács,
Antonio Gramsci, entre tantos otros– lo fueron desarrollando en un proceso
inacabado que llega hasta nuestros días.
Retornar al
marxismo, entonces, es regresar a un
determinado espacio después de haber acumulado experiencias, triunfos y
derrotas; y, a veces, en algunos casos afortunados, regresar con el beneficio de una fecunda y enriquecedora
asimilación de las enseñanzas de la his-
toria. Se llega de regreso, es cierto,
pero quien vuelve ya no es el mis- mo, así
como tampoco es el mismo el sitio
al cual se retorna. Porque
la obra de Marx y
la tradición que se
remite a su nombre no
flotan impávidas por encima
de la
historia. El marxismo, en suma, es
una tradición viviente que
reanima su fuego en la incesante
dialéctica entre el pasado y el presente. No se trata de un yacimiento arqueológico en donde descansa una
teoría que sólo puede despertar la curiosidad de filólogos y
profesores de filosofía. Eso puede
valer para otros sistemas teóricos,
desde la astronomía ptolemaica hasta la teoría de las mónadas de G. G. Leibniz.
Pero, como metáfora, la imagen de un yacimiento (si- tio donde se encuentran
restos fósiles de animales, plantas o ideas) no podría ser más
inapropiada a la hora de comprender la naturaleza del marxismo como
teoría y como práctica social. Es
que, lejos de ser
un libro cerrado o un edificio concluido que encierra tras sus puertas todas
las respuestas y toda la verdad, el
marxismo es lo que Sheldon Wolin
definiera como una “tradición de discurso”, en la cual las preguntas son tan importantes como las respuestas (Wolin,
1993). Se entiende, por lo tanto, que si no se recupera la teoría
marxista –ese corpus altamente di- námico, históricamente sensible, de
interrogantes y certidumbres–, no habrá reconstrucción posible de la ciencia
social. No obstante, la sola recuperación no basta. Si también debemos recurrir
al psicoanálisis, o a los estudios culturales, o a la lingüística, o bien a la teoría de la com- plejidad, es una
discusión que aún no está cerrada.
Aquello que no deja lugar a dudas
es la
obsolescencia de la absurda pretensión del “mar- xismo soviético” de sintetizar en
uno de aquellos patéticos manuales
(¡“anti-marxistas” y “anti-leninistas” por
excelencia!) las respuestas que el marxismo supuestamente ofrecía a la
totalidad de los desafíos teóri- cos y prácticos del mundo actual, y que se
desvaneció, sin dejar rastros, con la
desintegración de la Unión Soviética. Imre Lakatos aporta una visión polémica sobre la teoría marxista al decir
que la misma es un programa de
investigación cuyo núcleo duro –digamos,
por ejemplo, la plusvalía como el
secreto de la explotación capitalista, la lucha de clases como motor de la
historia, el carácter de clase del
estado, la necesidad objetiva de la revolución, etcétera– es irrefutable,
mientras que las “teo- rías laterales” o
tangenciales que se articulan en torno al núcleo duro (como la teoría del
partido, la de la conciencia refleja, la de la “aristo- cracia obrera”,
etcétera) pueden ser refutadas sin que el
mismo se vea afectado. Decíamos que,
más allá de su eficacia didáctica, esta imagen es altamente controversial, porque
reducir al marxismo a un programa de
investigación es empequeñecerlo gratuitamente y sin fundamento, dado que como teoría científica y como “guía para la acción” es mucho más que
una simple agenda de investigación.
Es por eso que,
independientemente de las críticas que
merezca la formulación de Lakatos, parece oportuno recordar su
razonamiento en momentos como el actual, cuando arrecian las descalificaciones
ha- cia el marxismo como teoría de la sociedad, y se pretende demostrar su
error a partir de la invalidación práctica de algunos de sus componen- tes
más tangenciales, como por ejemplo la debilidad de la conciencia anticapitalista en las clases
explotadas, o la bancarrota del modelo clá- sico del partido revolucionario.
Desde hace demasiado tiempo, se viene diciendo que
una de las razones por las cuales las
ciencias sociales no progresan
en América Latina se debe a la debilidad de sus esfuerzos en materia de investiga- ción empírica. El carácter fuertemente conservador
de este argumento salta a la vista: sutilmente, se asegura que las teorías hegemónicas son correctas, y
que lo que ocurre es que
no hay suficientes investigaciones como para respaldarlas adecuadamente.
Pero una simple ojeada a lo acontecido
en nuestra región en los
últimos veinte años comprueba, contrariamente a lo que dicta el saber
convencional, la existencia de un impresionante cúmulo de investigaciones, estudios y monografías en
donde se examinan –a veces con gran detalle– los más diversos aspectos de nuestras sociedades. Sin
embargo, por lo general, tan extraordinaria acumulación de información
empírica no ha trascendido el plano de lo descriptivo, ni ha abierto las puertas
a nuevas y más fecundas interpre-
taciones teóricas. La causa de todo esto
es bien fácil de
entender: las debilidades de una teoría no se resuelven con la acumulación de datos empíricos ni con la cuidadosa compilación de resultados de
investiga- ción1. Las fallas de la teoría sólo se resuelven concibiendo nuevas teo- rías,
de diferentes niveles de complejidad y extensión, y proponiendo nuevos
argumentos que enfoquen, desde otra
perspectiva, la realidad que se pretende
explicar y, eventualmente, transformar. Debemos, por esta razón, propiciar una
renovación teórica, porque las falencias de los modelos tradicionales para
explicar la prolongada y profunda crisis por la que atraviesa la región no se
originan en la debilidad de su base
empí- rica sino en las fallas
de sus premisas teóricas fundamentales. Creemos, en consecuencia, que un
marxismo racional y abierto puede contribuir decisivamente a superar esta
situación, dotándonos de
instrumentos idóneos para interpretar y cambiar el mundo. Sólo con el marxismo no lo lograremos, pero sin el
marxismo tampoco.
LA PARADOJA DE
LUKÁCS
Ahora bien, si las
anteriores no parecen ser razones suficientes, bus- quemos otro camino.
Supongamos, a pesar de todo lo dicho,
que un conjunto de recientes investigaciones hubiera refutado
todas y cada una de las tesis de
Karl Marx, tal y
como lo conjeturaba Lukács en su brillante Historia y conciencia de clase. En
tales circunstancias, un mar- xista “ortodoxo” podría aceptar tales hallazgos sin
mayores problemas y abandonar sin más
las tesis de Marx, sin que tal
actitud cuestionara su identidad teórica ¿Cómo explicar semejante paradoja
–conocida como “la paradoja de Lukács”? La respuesta que nos ofrece el teórico
húngaro es la siguiente: el marxismo “ortodoxo” (expresión que él utiliza sin las comillas que a nosotros nos parece conveniente agregar) no supone la aceptación acrítica de los
resultados de las investigaciones de Marx,
ni la de tal o cual tesis de su obra, ni mucho menos la exégesis de un
libro “sagrado” (aquí las comillas son de Lukács). Por el contrario, la ortodo-
xia marxista se refiere exclusivamente a la concepción epistemológica general de
Marx, el materialismo dialéctico, y no a
los resultados de una indagación en particular,
guiada por la metodología que fuera. Para Lukács, esta concepción se expresa a través de numerosos y variados métodos que pueden ser
desarrollados, expandidos, profundizados en consonancia con los
grandes lineamientos epistemológicos esbozados por sus
fundadores. A nuestro entender, de
la argumentación prece- dente
puede inferirse la posibilidad de pensar al marxismo como una propuesta que
contiene dos componentes, separables e independientes: la teoría y el método.
Sin embargo, como el propio Lukács lo
demues- tra con su propia obra, no hay
tal escisión, sino, por el
contrario, una estrecha unidad entre teoría y método. De donde se sigue que la refuta- ción de las tesis
centrales de la teoría difícilmente podría dejar intacta la concepción
epistemológica y metodológica que le es
propia; y que la demostración de la inadecuación de esta
última afectaría gravemente la validez de la primera.
1 Un excelente correctivo para la falacia
positivista que afirma que las
debilidades de la teoría se
corrigen acumulando “datos” y evidencia empírica se encuentra en el excelente libro Manual de metodología,
producto del curso dictado en el Campus Virtual de CLACSO por los profesores Ruth Sautu, Paula Boniolo,
Pablo Dalle y Rodolfo Elbert (2005).
Hoy podemos
decir que el capitalismo en tanto sistema altamen- te dinámico presenta
mecanismos de explotación y, por ende, de extrac- ción de plusvalía más complejos y diversificados que los existentes en tiempos de Marx y Engels. Pero, ¿significa todo esto que los capitalistas ya no compran más fuerza de trabajo (si bien de características bien di- ferentes a las de antaño, y mediante
procesos no exactamente iguales)? O, si lo hacen, ¿pagan un precio distinto al
que les dicta la reproducción de la misma, poniendo de este modo fin a la
relación salarial examinada críticamente por
Marx en El Capital? Además, ¿qué
hace el capitalista cuando adquiere esa
fuerza de trabajo? ¿Le retribuye
al trabajador la totalidad de lo producido en su jornada laboral, o se queda
con una par- te? ¿Desaparece la explotación, o persiste bajo renovadas formas?
Si la teoría
de la plusvalía fuese refutada, la
construcción meto- dológica del marxismo se vería irreparablemente dañada; si se llegase a demostrar que
el método dialéctico es un
mero recurso retórico y no una
estrategia válida de reconstrucción
de lo real en el
plano del pensamiento, las tesis centrales de
la teoría marxista difícilmente po- drían sobrevivir. Sin embargo, aún no ha
ocurrido nada de esto. No podemos decir: ¡la explotación ha muerto! Antes
bien, debemos traba- jar duro en
favor de un marxismo racional y abierto para interpretar
y abarcar acabadamente la complejidad actual. En este
sentido, el libro de Ralph
Miliband (1997) constituye un aporte de
una riqueza incal- culable por
la forma en que
replantea las tesis centrales de
la teoría marxista y por su apertura a la consideración de la nueva
agenda que proponen tanto la crisis del capitalismo como los movimientos
sociales y fuerzas políticas que luchan
por su abolición.
EL
MARXISMO Y LA RECONSTRUCCIÓN SOBRE NUEVAS BASES DE LA HERENCIA HEGELIANA
Quien desee
examinar la validez del marxismo como instrumento de análisis y
transformación del mundo contemporáneo,
no puede prescindir del examen del
vínculo entre Hegel y Marx. Conviene, por
eso mismo, comenzar retomando algunos planteos metodológicos de Marx no
siempre debidamente recordados y, sin embargo, sumamente escla- recedores. En
el epílogo a la segunda edición de El Capital, publicado en
1873, Marx
alude explícitamente a su relación con Hegel y a su concep- ción del método dialéctico. En un
pasaje de dicho texto, que
citamos a continuación de manera abreviada, Marx afirma que su “método
dialéc- tico no sólo difiere del de Hegel [...] sino que es su antítesis
directa. Para Hegel el proceso del
pensar, al que convierte incluso, bajo
el nombre de idea, en un sujeto autónomo, es el demiurgo de lo real”
(aclaremos, por las dudas, que la expresión “demiurgo” significa “principio
activo del mundo”). Y prosigue Marx
diciendo, para marcar sus diferencias:
Para mí, a la
inversa, lo ideal no es sino lo material traspuesto y tra- ducido en la
mente humana. Hace casi treinta años
sometí a crítica el aspecto mistificador de la dialéctica hegeliana, en tiempos
en que todavía estaba de moda. Pero
precisamente cuando trabajaba en la preparación del primer tomo de El
Capital los irascibles, presuntuo- sos y
mediocres epígonos que llevan hoy la
voz cantante en la Ale- mania culta
dieron en tratar a Hegel [...] como a un
“perro muerto”. Me declaré abiertamente, pues, discípulo de aquel gran pensador
y llegué incluso a coquetear aquí y
allá, en el capítulo acerca de la teo- ría
del valor [¡nada menos que en ese capítulo!], con el modo de ex- presión que le es peculiar. La mistificación que sufre la dialéctica en manos de Hegel en modo alguno obsta para que haya sido
él quien, por vez primera, expuso
de manera amplia y consciente las formas generales del movimiento de aquélla.
En él la dialéctica está puesta al revés. Es necesario darla vuelta, para descubrir así
el núcleo racio- nal que se oculta
bajo la envoltura mística (Marx, 1975:
19-20).
Marx
concluye este luminoso pasaje
diciendo:
En su
forma mistificada la dialéctica
estuvo en boga [...]
porque parecía glorificar lo existente. En su
figura racional, es escándalo y
abominación para la burguesía y sus portavoces doctrinarios, por- que en la
intelección positiva de lo existente incluye también, al propio tiempo, la
inteligencia de su negación, de su necesaria ruina; porque concibe toda forma
desarrollada en el fluir de su
movimiento, y por tanto sin perder
de vista
su lado perecedero; porque nada la hace retroceder y es, por esencia, crítica y
revolucionaria (Marx, 1975: 1920; las cursivas son nuestras).
Estas líneas
permiten apreciar en toda su magnitud la importancia de la conexión Hegel-Marx
y, aún más importante, la íntima
relación entre teoría y método. Veamos esto
con cierto detalle.
LAS
FORMAS DE LA DIALÉCTICA
Marx nos
dice que la dialéctica se presenta bajo dos formas. Una “mis- tificada”, que marcha sobre su cabeza, y
que concibe a la realidad como una proyección fantasmagórica de la Idea (así,
con mayúsculas, como lo planteaba
Hegel). La idea, mistificada, se
convierte, en consecuen- cia, en “el demiurgo de lo real”, el principio motor de toda la historia. Marx sostiene, empero, que hay
otra forma de la dialéctica. Una
forma racional, y bajo la
cual marcha sobre sus pies.
Se trata de la dialéctica que expresan las contradicciones sociales en
sus diferentes planos: uno, más general,
que contrapone el desarrollo de las
fuerzas productivas con las relaciones sociales de producción; otro, más particular, confi- gurado por el desenvolvimiento concreto de las luchas de
clases. Bajo esta perspectiva, las ideas
aparecen como la proyección –más o menos
mediatizada, más o menos deformada–
de las
contradicciones socia- les, que
son las verdaderas hacedoras de
la historia. No es que para el marxismo
las ideas “no cuenten”, como rutinariamente acusa el saber convencional de las
ciencias sociales, sino que ellas
“cuentan” en tanto son
expresiones –rudimentarias o excelsas, fragmentarias o sistemáti- cas–
de las contradicciones sociales.
LAS PREMISAS DEL MÉTODO DIALÉCTICO
Este método propone reproducir, en el plano del
intelecto, el desenvol- vimiento que tiene lugar en el proceso histórico. Le
cupo a Hegel el mé- rito de haber sido
quien descubrió las formas generales de movimiento de la dialéctica.
Sólo que, al plasmar sus hallazgos, lo
que hizo fue cris- talizar una
visión mistificada y fetichizada de la
dialéctica. Recuperada su “figura racional”, como decía Marx, la dialéctica deja entonces de ser un inofensivo recurso retórico para devenir en
“escándalo y abomina- ción para la
burguesía”, y esto por muy
fundadas razones:
PORQUE SOSTIENE
QUE EL CONFLICTO SOCIAL ES OMNIPRESENTE
La dialéctica,
en su “figura racional”, plantea que la
historia no es otra cosa que el interminable despliegue de las
contradicciones sociales. Si en Hegel
estas quedan encapsuladas en el plano de las ideas, en Marx el “hogar”
de las mismas se sitúa en la sociedad civil. Allí tropezamos con las clases y sus
irreconciliables antagonismos y las contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción. Esta visión que
nos ofrece la dialéctica cuestiona frontalmente tanto los
fundamentos ideológicos del pensamiento
medieval/feudal, con su axioma que postula
la unidad y organicidad del cuerpo social, como los del pensamiento burgués
que se construye a partir de la premisa
de la armonía de intereses que se
compensan en el ámbito del mercado y el estado. En un
caso tenemos la gran construcción
de Tomás de Aquino, y en el otro la de
Adam Smith. Más allá
de sus diferencias, tanto uno
como otro adhieren a una perspectiva (el
orden natural del universo
que culmina en la figura de Dios en el primero, la “mano invisible” en el
segundo) que considera a las
contradicciones y conflictos sociales como desajustes temporales y
fricciones marginales, atribuibles a fac- tores circunstanciales o ajenos a la
lógica del sistema. Huelga aclarar que tales
visiones terminan por ratificar el
carácter “natural”, eterno e inmutable del status quo.
PORQUE LA LÓGICA DE LA
HISTORIA NO ES DE
IDENTIDAD SINO DE CONTRADICCIÓN
La historia no
es una caprichosa y azarosa
acumulación de aconteci- mientos sino
que, más allá de sus rasgos
idiosincrásicos y sus ocasionales desvíos, existe un sentido discernible para el observador
que concentre su mirada en las
corrientes profundas del proceso. Desde
esta perspec- tiva, la historia es siempre historia de un modo de producción, verdad elementalísima
negada por el pensamiento burgués que asimila la histo- ria a la crónica de
acontecimientos. La historia contemporánea tiene un sentido fuertemente
condicionado por las necesidades y contradicciones generadas por la acumulación
capitalista. Un corolario de lo anterior es que la lógica que preside su movimiento no es de identidad,
sino de con- tradicción. Lo que es, a su
vez, no es; es también su contrario, y contiene en su seno su propia negación. “Lo concreto es lo
concreto porque es la síntesis de múltiples determinaciones, por lo tanto,
unidad de lo diverso”, dice Marx, en
línea con esta tesis, en su Introducción
de 1857 (1974: 58). Esa unidad de lo
diverso expresa el carácter inevitablemente contradicto- rio de todo lo social,
negado sistemáticamente por todas las variantes del pensamiento burgués.
Concebir a la historia desde la perspectiva de la ló- gica de la identidad,
como lo hace la ideología dominante, significa asu- mir, muchas veces sin
percatarse de ello, que aquella se mueve merced al influjo de cambios acumulativos
constituidos, a su vez, por una sucesión de pequeños incrementos cuantitativos
que, en
su conjunto, motorizan la
evolución del sistema. Desde esa
perspectiva, resueltamente lineal
y evolucionista, no hay lugar para discontinuidades, quiebres o
rupturas. El proceso histórico es visto, bajo
esta luz, como una gradual
acumula- ción de sucesos o, a lo sumo,
como una secuencia ordenada de etapas. Para esta visión, profundamente
conservadora, la revolución es sólo con- cebible como una aberrante patología
que, por causas exógenas –la ac- ción de
agentes perversos empecinados en subvertir “el orden natural del universo”–,
vendría a interrumpir el curso “normal” de la historia. En el pensamiento marxista, en cambio, el
proceso histórico está precisamente impulsado por la incesante dinámica
que generan las contradicciones y los
conflictos sociales; y las revoluciones sociales, lejos de ser extravíos del buen sendero de la
historia, no son sino los grandes hitos
que, al defi- nir el provisorio resultado
de los antagonismos sociales, marcan los mo- mentos fundantes de su derrotero.
Claro está que, llegados a este punto,
es preciso recordar la diversidad de las contradicciones y antagonismos que se generan en
las sociedades capitalistas y,
por eso mismo, la gran variedad de los
sujetos que los encarnan.
PORQUE AL CONSAGRAR LA PROVISORIEDAD E
HISTORICIDAD DE TODO LO EXISTENTE, ES
SOCIALMENTE CORROSIVA Y RADICAL
Resultan
evidentes, a esta altura de la
argumentación, las razones por las
que una metodología como la dialéctica provoca un profundo re- chazo en las
filas de la
burguesía y sus representantes
ideológicos. Y también en quienes, sin
serlo, coinciden con aquellos en
condenar inapelablemente el valor
de la metodología dialéctica para
el análisis de la realidad social. Esto se percibe claramente como uno de los ras- gos distintivos de la corriente mal llamada “post-marxista”, mejor ca-
racterizada como “ex marxista”, y que
incluye a figuras como Ernesto Laclau, Chantal Mouffe, Régis Debray, Ludolfo Paramio y los inefables
Michael Hardt y Antonio Negri (que en Imperio se solazan burdamente en una
crítica vulgar y superficial a la dialéctica), que terminan produ- ciendo discursos teóricos
que, sin
excepción, acaban respaldando las tesis
fundamentales del pensamiento de la derecha. Tal es el caso de la famosa “radicalización de la
democracia” de Laclau y Mouffe
(1987) cuando estos autores plantean, en
Hegemonía y estrategia socialista, ra-
dicalizar nada menos que la democracia burguesa, como si esta tuviese una maleabilidad infinita que le permitiera trascender sus límites de clase2. Es también el caso de la utilísima y oportunísima (para la dere-
cha, por
supuesto) “nueva teorización” sobre el imperialismo desarro- llada por Hardt y Negri
en un libro, Imperio, que no por
casualidad ha sido jubilosamente
recibido por los mandarines imperiales como una brillante
contribución al estudio del capitalismo contemporáneo3. El nexo
subterráneo que unifica a estos representantes del pensamiento convencional, pese a que ellos piensen lo contrario, es su común
recha- zo de la dialéctica, la misma
que, “en
su figura racional”, provoca las
más furiosas reacciones de las clases
dominantes y sus epígonos. ¿Por qué? Porque, como argumentaba Marx, junto con
“la intelección posi- tiva de lo existente incluye también, al propio
tiempo, la inteligencia de su negación, de su necesaria ruina” (Marx, 1974:
93). Es decir, la dialé- ctica proclama la inevitable historicidad de todo lo
social y, al hacerlo, condena a las instituciones y prácticas sociales
fundamentales de la so- ciedad burguesa a su irremisible desaparición, algo que
el pensamiento imperialista de la decadencia, tanto en su
vertiente neoconservadora como en su linaje “ex marxista”, considera
totalmente inadmisible. La metodología dialéctica es pues irreconciliable
con la aspiración capita- lista de
“eternizar” su sociedad y sus instituciones, de hacerlas aparecer, como diría
Francis Fukuyama, como “el fin de la historia” (1997). Bajo su luz, la propiedad privada de los medios de
producción, el capitalis- mo democrático y la relación salarial, tanto como el
carácter mercantil de toda la vida social, aparecen como lo que realmente son: fenómenos históricos y, por ende, pasajeros, que pueden y deben ser trascendidos por la acción de las clases y capas subalternas.
Las contradicciones que se agitan en su seno
provocarán, tarde o temprano, su ocaso definitivo. Por eso,
como recordaba Marx, “la dialéctica
es, por esencia, crítica y
revolucionaria”. Y, por eso mismo, en
las ciencias sociales dominadas
por las concepciones filosóficas propias
de la burguesía –el economicis- mo, el
nihilismo posmoderno, etcétera– la batalla en contra de la epis- temología
dialéctica es una lucha sin cuartel y sin concesión alguna. No hay otra concepción que contenga premisas semejantes, y que cuestio- ne
tan radical e intransigentemente
el orden social existente. Por eso mismo
podemos concluir, sin temor a exagerar,
que sin
pensamiento dialéctico no
hay pensamiento crítico. Sin un
planteamiento que obli- gue permanentemente a identificar las contradicciones y tensiones de un sistema, y
que haga de esta operación el principio metodológico fun- damental de cualquier
análisis social, no hay posibilidades de alimentar el pensamiento crítico.
2 Respecto del
carácter fuertemente conservador de algunas teorizaciones, como las de La-
clau y Mouffe, supuestamente interesadas
en “superar” los vicios del marxismo, remitimos al lector a nuestro Tras el
búho de Minerva (Boron, 2000: 73-102). Partiendo de una crítica a ciertos
pasajes, sin duda polémicos, de la obra de Marx, estos
autores culminan su travesía de forma asaz paradojal: adhiriendo a una concepción de la
democracia análoga a la pro- ducida por
el saber convencional de la academia norteamericana. Pagan cara su
ardiente impaciencia por llegar a la tierra prometida del “post-marxismo”: al
disociar por completo su reflexión sobre
la vida política de las condiciones materiales sobre las cuales aquella se
sustenta, retroceden un par de
siglos, más exactamente a la era “pre-marxista”.
3 En efecto, nunca había ocurrido que una teoría sobre el imperialismo,
presuntamente crítica del mismo, fuese acogida con
tanto entusiasmo por los principales intelectuales orgánicos del imperio y sus
representantes políticos. Por
supuesto, esto no ocurrió a co- mienzos del siglo pasado, cuando vieron la luz las obras clásicas de Lenin, Luxemburgo,
Bujarin y
tantos otros. Y menos aún cuando aparecieron, ya en la segunda mitad del si- glo XX, importantes aportes sobre el tema
escritos, entre otros, por Samir
Amin, Arghiri Emmanuel, Ernest Mandel y,
más recientemente, Immanuel Wallerstein;
para no citar el “ninguneo” sistemático
a que fueran sometidas las teorizaciones desarrolladas en América Latina
por Pablo González Casanova, Agustín
Cueva, Rui Mauro Marini y, en general, los teóricos de
la dependencia. Sin duda, la tesis central del libro de Hardt y Negri, “hay im- perio sin
imperialismo”, explica en buena medida la jubilosa recepción de su obra
en las clases dominantes del imperio.
LA
FALACIA DEL DETERMINISMO ECONOMICISTA
Ya en los
tiempos en que Marx hacía su aparición en el escenario político e intelectual
europeo (segunda mitad del siglo XIX) se
acusaba al mate- rialismo histórico de pretender explicar la complejidad de la
vida social por la reducción a los
factores económicos. Con relación a esa objeción, conviene recordar lo
expresado por Engels en una carta a Bloch de sep- tiembre de 1890. El amigo de Marx sostenía en aquella carta
que, según la concepción materialista de la historia, el factor que en úl- tima instancia [tomar nota del énfasis
puesto por Engels en eso de la “última
instancia”] determina la historia es la producción y la reproducción de la
vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado
nunca más que esto. Si
alguien lo tergiversa diciendo
que el factor eco- nómico es el único
determinante [la cursiva también es de Engels] convertirá aquella tesis en una
frase vacua, abstracta y absurda. La situación económica es la base, pero los
diversos factores de la su- perestructura que
sobre ella se levanta –las
formas políticas de la lucha de
clases y sus resultados, las Constituciones
[…] las formas jurídicas […] las teorías políticas, jurídicas, filosóficas, las
ideas re- ligiosas […]– ejercen también
su influencia sobre el curso de
las luchas históricas y determinan, predominantemente en muchos ca- sos,
su forma (Engels, 1966 a: 494).
Y poco
más adelante, en esa misma carta,
concluye:
el que los
discípulos hagan a veces más hincapié del
debido en el aspecto económico
es cosa
de la que,
en parte, tenemos la culpa Marx y yo mismo. Frente a los
adversarios teníamos que subrayar este principio
cardinal que se negaba, y no siempre
disponíamos de tiempo, espacio y ocasión para dar la debida importancia a los
de- más factores que intervienen en el
juego de las acciones y reacciones
(Engels, 1966a: 494).
En otra carta, dirigida en esta
ocasión a Schmidt pocas semanas más tarde, en octubre de
1890, Engels ratificaba lo dicho
anteriormente y señalaba:
De lo que adolecen todos estos señores [sus críticos, obviamente] es de falta de
dialéctica. No ven más que causas aquí y efectos allí. Que esto es una
abstracción vacía, que en el mundo real
estas antítesis po- lares metafísicas no existen más que en
momentos de crisis y que la gran
trayectoria de las cosas discurre toda ella bajo formas de accio- nes y reacciones –aunque de fuerzas muy desiguales, la más fuerte, más
primaria y más decisiva de
las cuales es el movimiento econó-
mico–, que aquí no hay nada absoluto y todo es relativo, es
cosa que ellos no ven; para ellos, no ha existido Hegel (Engels, 1966b: 501).
No
obstante, sus críticos
persistieron en denunciar el
“determinismo económico” que, según ellos, caracterizaba irremediablemente al
mate- rialismo histórico. En el célebre “Prólogo” a la Contribución a la
Crítica de la Economía Política, de
1859, leemos:
Tanto las
relaciones jurídicas como las formas de Estado no pueden comprenderse por sí mismas ni por la llamada evolución general del espíritu
humano, sino que radican, por
el contrario, en las condi- ciones materiales de vida cuyo
conjunto resume Hegel, siguiendo
el precedente de los ingleses y franceses del siglo XVIII, bajo el nombre de
“sociedad civil”, y que la anatomía de la sociedad civil hay
que buscarla en la economía política (Marx, 1974b: 76).
Primer
comentario: pese a que hoy nos
parezca extraño, antes de la ver- dadera revolución copernicana llevada
a cabo por Marx en las ciencias sociales y las humanidades, las “relaciones
jurídicas y las formas de Es- tado,” para no
hablar de la cultura y la
ideología, eran de hecho com- prendidas
como producto de la evolución general del espíritu humano, y sin conexión
alguna con las luchas sociales y las
condiciones materiales de vida de las sociedades. Es cierto que, como hace tiempo lo observara Jacques Barzun,
luego de Marx las ciencias sociales
jamás volverán a ser lo mismo. Pero, en momentos en que Marx y Engels daban a
conocer sus ideas, el “sentido común” de
su tiempo, construido sobre
las premisas silenciosas del pensamiento
burgués, era irreductiblemente antagónico a sus concepciones, y requería, por
lo tanto, la aclaración aquí señalada.
Prosigamos.
Marx explícitamente dice que todo aquello que se subsume bajo el nombre de
“superestructura” hunde sus
raíces en las condiciones
materiales de existencia de los hombres. Esto quiere decir que todo ese conjunto de elementos, desde la
ideología, la filosofía y la religión, hasta la política y el derecho, remiten a
una base material sobre la cual
inevitablemente deben apoyarse. Si
el derecho romano afirma taxativamente la propiedad privada, y el derecho
chino, como lo obser- vara Max Weber en
Economía y sociedad, le asigna apenas un
carácter precario y circunstancial, esto no se debe a otra cosa
que al vigoroso de- sarrollo de prácticas de apropiación privada
existentes desde los tiempos de la república en el caso de Roma, y a la extraordinaria fortaleza que
la propiedad comunal exhibía en la China de los albores del siglo XX.
Pero Marx
de ninguna manera decía que el complejísimo univer- so de la
superestructura era un simple reflejo de las
condiciones ma- teriales de existencia de una sociedad. Por eso prosigue, en la cita que estamos analizando, diciendo:
el conjunto
de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la
base real sobre la que
se eleva un edifi- cio [Uberbau] jurídico y político y a la que
corresponden determinadas formas de
conciencia social. El modo de producción de la vida material determina
[“bedingen”, en alemán] el proceso de la vida so- cial, política y espiritual en general. No es la
conciencia del hombre la que determina
su ser sino, por el
contrario, el ser social es lo que
determina su conciencia (Marx, 1974b: 77).
Una muestra
harto significativa de la ligereza con que a menudo se fun- damenta la acusación
de “determinismo economicista” la provee, por ejemplo, la
reproducción de la extensa cita de Marx que
acabamos de plantear, y que
se reproduce en uno
de los textos de
Ernesto Laclau, Nuevas reflexiones sobre
la revolución de nuestro tiempo –así
como en numerosos trabajos de otros autores dedicados a examinar este
tema– donde este autor alega
literalmente que “el modelo
base/superestructu- ra afirma que la
base no sólo limita sino
que determina la superestruc-
tura, del mismo modo que los movimientos de una mano determinan los de
su sombra en una pared” (Laclau, 1993: 128).
Veamos un poco: este pasaje de
Marx fue tomado de una traducción al español de un tex- to originalmente
escrito en alemán, y a partir del
cual se “certificaría” científicamente el
carácter determinista del marxismo, con
las pruebas que ofrecería la utilización de un
verbo, bedingen, torpemente
tradu- cido –por razones varias y
acerca de las cuales es preferible no abun- dar– como “determinar”. Sin embargo, de
acuerdo con el Diccionario
Langenscheidts Alemán-Español, el verbo bedingen tiene un significado muy preciso: “condicionar”, aun cuando admite
también otras acepcio- nes como
“requerir”, “presuponer” e “implicar”. La palabra bestimmen, en cambio, es
un verbo cuya traducción exacta es “determinar”, “deci-
dir” o “disponer”. Lo cierto es que
en el famoso pasaje del “Prólogo”, Marx utilizó el primer vocablo,
bedingen, y no el segundo, pese a lo
cual la crítica tradicional al supuesto “reduccionismo economicista” de Marx
ha insistido en subrayar la afinidad del pensamiento teórico de Marx con
una palabra, “determinar,” que
este prefirió omitir utilizando otra, “condicionar”, en su lugar. Habida
cuenta de la destreza con que Marx se expresaba y escribía en su lengua
materna, y del cuidado que ponía en el
manejo de sus términos, la sustitución
de un vocablo por el otro difícilmente
podría ser considerada como una inocente travesura del traductor o como un desinteresado
desliz de los críticos de su teoría.
Para no extender demasiado esta discusión, digamos
en resumen que, tal como lo vimos más arriba, Marx empleó la palabra “condicionar”
y no “determinar”. Por lo tanto, no estamos aquí en presencia de una dis-
cusión hermenéutica acerca de la “interpretación” correcta de lo que Marx
realmente dijo, sino de
algo mucho más elemental: la tergiversación de lo que fuera explícitamente escrito por Marx; la
resistencia a admitir que utilizó la palabra “condicionar” en vez de
“determinar”, y que esta opción terminológica no fue un mero descuido ni un capricho, sino producto de una elección teóricamente
fundada. Sea por ignorancia o por un arraigado prejuicio, lo cierto es que la flagrante deformación de lo que Marx dejó prolijamente escrito en buen alemán ha potenciado los gruesos errores interpretativos de una legión
de críticos de la teoría marxista.
Concluimos,
entonces, con una nueva cita del libro de Lukács, en este caso extraída de su capítulo dedicado al marxismo
de Rosa Luxem- burgo. Allí el teórico
húngaro, con razón, afirma: no es la primacía de los
motivos económicos en la
explicación his- tórica lo que
constituye la diferencia decisiva entre el marxismo y el pensamiento
burgués, sino el punto de vista de la
totalidad. La cate- goría de totalidad, la penetrante supremacía del todo sobre
las partes, es la esencia del método que
Marx tomó de Hegel y
brillantemente lo transformó en los cimientos de una nueva ciencia (Lukács,
1971: 27).
Esta primacía
del principio de la totalidad es tanto más
relevante si se recuerda la fragmentación y reificación de las relaciones
sociales carac- terísticas del pensamiento burgués. El fetichismo propio de la
sociedad capitalista tiene como resultado, en el plano teórico, la construcción
de un conjunto de “saberes
disciplinarios” como la economía, la sociolo- gía, la ciencia política, la
antropología cultural y social, que pretenden
dar cuenta, en su
espléndido aislamiento, de la supuesta separación y fragmentación
que existe, en la sociedad burguesa, entre la vida eco- nómica, la sociedad, la política y la
cultura, concebidas como esferas separadas y distintas de la vida social, cada una reclamando un saber propio y específico, e independiente
de los
demás. En contra de esta operación, sostiene Lukács, “la
dialéctica afirma la unidad concreta del todo”, lo cual no significa, sin embargo, hacer tabula rasa
con sus com- ponentes o reducir “sus
varios elementos a una uniformidad indiferen- ciada, a la identidad” (Lukács,
1971). Lukács está en lo
cierto cuando afirma que los
determinantes sociales y los elementos en operación en cualquier formación
social concreta son muchos, pero la
independen- cia y autonomía que aparentan tener es una ilusión, puesto
que todos se encuentran dialécticamente
relacionados entre sí. De ahí que nuestro autor concluya que tales
elementos “sólo pueden ser adecuadamente pensados como los aspectos
dinámicos y dialécticos de un todo
igual- mente dinámico y dialéctico” (Kosik, 1967: 25-67).
TRES APORTES CENTRALES DEL MARXISMO
Quisiéramos
concluir indicando los tres aportes fundamentales del mar- xismo al estudio de
la sociedad. En primer lugar, la importancia decisiva que Marx le asigna al
estudio de la totalidad social, por contraposición a la esterilidad de las
visiones fragmentadoras y reificadoras de las relacio- nes sociales,
características del pensamiento burgués tanto en su versión convencional como
en sus corrientes “científicas”, como la sociología, la economía, la ciencia
política y el disperso campo de las
ciencias socia- les en general. Contra tales enfoques cabe recordar, como lo hiciéramos más arriba, que
el método de análisis de Marx planteado en su famosa Introducción de
1857 sostiene que “lo concreto es lo concreto porque es la
síntesis de múltiples determinaciones”, por lo tanto, unidad de lo di- verso.
No se trata, en consecuencia, de posar los ojos
sobre la totalidad al precio de suprimir o negar la existencia de “lo
diverso”. Esta totalidad indiferenciada daría lugar a lo que un filósofo como
Karel Kosik apropia- damente describía como una “totalidad abstracta”, un todo
formal caren- te de contenido y privado de toda eficacia heurística. De lo que se trata, en cambio, es de hallar los
términos exactos de la relación de los
elementos múltiples y diversos que constituyen la totalidad social entre sí y
con el todo del cual forman parte. Sólo de este modo será posible reconstruir,
en el pensamiento, la totalidad concreta
que existe en la realidad.
A la
visión marxista de la totalidad, sumamos
un segundo apor- te: una
construcción teórica que recupera
la complejidad e historicidad de lo social. Ante
un clima de época proclive a
exitismos burgueses de todo tipo –sus
proclamaciones del fin de la
historia y el triunfo de la economía
de mercado y la democracia liberal,
sin ir
más lejos–, con- viene
tomar debida nota de las críticas del materialismo histórico a la
tradición positivista en las ciencias sociales, que hoy
reaparecen, bajo un nuevo ropaje,
como orientaciones supuestamente innovadoras del pensamiento científico de avanzada. En
efecto, nos referimos, entre
otras, a las críticas marxianas a la linealidad de la lógica positivista, a la simplificación de los
análisis tradicionales que
reducían la enorme complejidad de las formaciones sociales a unas pocas
variables cuanti- tativamente definidas y mensuradas, y a la insensata
pretensión empi- rista de un observador
completamente separado del objeto de estudio. Como muy
bien se observa en el Informe Gulbenkian, coordinado por
Immanuel Wallerstein (1996), las nuevas tendencias imperantes han subrayado la
no-linealidad sobre la linealidad, la complejidad sobre la simplificación, la
imposibilidad de remover al observador del
proceso de medición, y la superioridad de las interpretaciones
cualitativas sobre la pseudo-precisión de los análisis cuantitativos. En
base a lo dicho an- teriormente, debería
celebrarse también la favorable recepción que
ha tenido la insistencia de Ilya
Prigogine, uno de los redactores
del men- cionado informe, en señalar el carácter abierto y no predeterminado de
la historia. Su reclamo es un útil
recordatorio para los dogmáticos de distinto signo: tanto para los que
desde una postura “supuestamente marxista” –en realidad anti-marxista y
no dialéctica– creen en la inexo- rabilidad de la revolución y el advenimiento
del socialismo, como para los que
con el mismo empecinamiento
celebran “el fin de la historia” y el triunfo de los mercados y la democracia
liberal.
Según el marxismo, la historia implica la
sucesiva constitución de coyunturas. Claro
que, a diferencia de lo que proponen los posmo- dernos, estas no son el producto de la ilimitada capacidad de combina-
ción “contingente” que tienen los infinitos fragmentos de lo
real. Existe una relación dialéctica y
no mecánica entre agentes sociales, estructura y coyuntura: el carácter y las
posibilidades de esta última se
encuentran condicionados por ciertos límites
histórico-estructurales que posibili-
tan la apertura de ciertas
oportunidades, a la vez que clausuran
otras. Marx sintetizó su visión no
determinista del proceso histórico cuando pronosticó que, en algún momento de su devenir, las
sociedades capita- listas deberían enfrentarse al dilema de hierro por sí mismas engendra- do: “socialismo o
barbarie”. No hay lugar en su teoría para “fatalidades históricas” o
“necesidades ineluctables” portadoras del socialismo con independencia de la
voluntad y la eficacia de las iniciativas de los hom- bres y mujeres que
constituyen una sociedad.
Finalmente, la
relación entre la teoría y la
praxis ocupa un tercer lugar clave en la recuperación de la
vitalidad que el marxismo puede in- suflar a las languidecientes ciencias
sociales. No desconocemos aquello que Perry Anderson denominara “el marxismo
occidental”, caracteriza- do
precisamente por “el divorcio
estructural entre este marxismo y la
práctica política”. Este divorcio entre
teoría y práctica, y entre reflexión teórica e insurgencia popular, cuya integración fuera tan importante en el marxismo clásico, tuvo consecuencias que nos
resultan demasiado familiares en
nuestro tiempo. El golpe decisivo para volver a recons- tituir el nexo teoría-praxis sólo podrá aportarlo la contribución de un
marxismo ya recuperado de su
extravío “occidental”, y reencontrado con lo mejor de su gran tradición teórica.
Las causas de
la deserción de los intelectuales del campo de
la crítica y la revolución son
muchas, y no pueden ser exploradas en
su complejidad en los límites de
un artículo. En todo caso, digamos que dos de los factores
más importantes que la explican se
relacionan con la formidable hegemonía ideológico-política del neoliberalismo y
el afian- zamiento de la “sensibilidad posmoderna”. Ante los estragos hechos por
ambas ideologías, debemos recordar, cuantas veces sea
necesario, que Marx no estaba interesado en develar los
más recónditos secretos del
régimen capitalista por mera curiosidad
intelectual, sino que se sentía urgido por la
necesidad de trascenderlo, habida
cuenta de su radical imposibilidad de construir, dentro de sus
estructuras, un mundo más justo,
humano y sostenible. Y esta
imposibilidad es aún más patente e inflexible hoy, a comienzos del siglo
XXI, que a finales del
XIX. De ahí que la
reintroducción del marxismo en el debate filosófico-político contemporáneo
–así como en la
agenda de los grandes movimientos sociales y fuerzas
políticas de nuestro tiempo– sea una de las tareas más urgentes y productivas
de la hora.
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Javier Amadeo*
Mapeando el marxismo
* Licenciado en Ciencia Política, Universidad
de Buenos Aires. Doctor en Ciencia Política, Universidad de San Pablo. Editor académico del Programa de
Publicaciones en Portu- gués de CLACSO.
En la
ciencia no hay calzadas reales, y quien aspire a remontar sus luminosas cumbres, tiene que estar dispuesto
a escalar la montaña por senderos escabrosos. Prólogo de 1872 a la edición
francesa de El Capital
Karl Marx
COMO AFIRMA
Perry Anderson (1988), lo característico del tipo de crí- tica representada por
el marxismo es que incluye una
concepción auto- crítica; el marxismo es una teoría de la historia que, a la vez, pretende ofrecer una historia
de la
teoría. Desde el principio,
en sus
estatutos, se inscribió un
marxismo del marxismo: Marx y
Engels definieron las condiciones de sus
descubrimientos intelectuales como la aparición de determinadas
contradicciones de clase de la sociedad
capitalista; no simplemente como un “estado ideal de cosas”, sino como algo originado por el “movimiento real
de las cosas”. Así, el marxismo, como teoría crí- tica que aspira a proporcionar una inteligibilidad
reflexiva de su propio desarrollo, otorga prioridad, en principio, a las explicaciones
extrínsecas de sus éxitos, fracasos o estancamientos. Sin embargo, nunca se
trata de una primacía absoluta o exclusiva, que no haría más que eximir a la teo- ría de sus responsabilidades fundamentales. Al
contrario, la necesidad de una historia interna complementaria de la teoría,
que mida su vitali- dad en cuanto programa de investigación guiado
por la búsqueda de la verdad, es lo que
separa al marxismo de cualquier variante del pragmatismo o el
relativismo. Guiados por estas referencias que nos proporcio- na Anderson, intentaremos realizar un breve análisis de la trayectoria del marxismo, haciendo
referencia a la relación entre la historia interna de la teoría y la historia
política de su desarrollo externo.
LA EXPERIENCIA HISTÓRICA: DE LA TRADICIÓN CLÁSICA AL MARXISMO OCCIDENTAL
La tradición
clásica del marxismo se formó a partir de Marx
y Engels, fundadores del materialismo histórico, y de la generación
que los suce- dió, tanto desde el punto de vista cronológico, como de la producción
intelectual. Los miembros de la
generación posterior a Marx y Engels –Labriola,
Mehring, Kautsky, Plejánov–, provenientes de regiones orien- tales y meridionales de Europa, estuvieron
íntimamente vinculados a la vida política e ideológica de los partidos obreros
de sus países, y su obra fue una especie
de continuación de los trabajos de Engels, que
busca- ban sistematizar el
marxismo histórico como teoría general del hombre y la naturaleza para dar al movimiento obrero una visión amplia y co- herente del mundo que había que
transformar. La siguiente generación, más
numerosa que la anterior, llegó a
su madurez en un ambiente más tenso
que sus
predecesores, y confirmó un cambio
que comenzaba a percibirse: el
desplazamiento del eje geográfico de la cultura marxista clásica hacia Europa
oriental y central. Todos los miembros
de esta generación –formada, entre
otros, por Lenin, Luxemburgo,
Hilferding, Trotsky, Bauer, Preobrazhenski, Bujarin– desempeñaron un papel des- tacado en la dirección de los
partidos obreros de sus respectivos países. El desarrollo temático del marxismo
de esta época se dirigió hacia dos
problemáticas centrales: la necesidad de explicaciones y análisis de las
evidentes transformaciones del modo de producción capitalista que ha- bían
sido desarrolladas por el capital monopolista y el imperialismo1; y
el surgimiento de una teoría política
marxista basada directamente en la lucha
de masas del proletariado, e integrada en la organización de los partidos2; la fuerza
central de estos desarrollos se
vinculaba, sin duda, con las enormes
energías revolucionarias de las masas rusas. Si el triunfo de la Revolución
Rusa había trasladado el centro de gravedad internacional de la erudición
histórica del marxismo a Rusia, la muerte de Lenin, y la consolidación de un
estrato burocrático privilegiado, des- truyó la unidad revolucionaria entre
teoría y práctica que la revolución de
octubre había logrado. Toda labor
teórica seria cesó, y el país más avanzado desde el punto de vista intelectual se convirtió rápidamente en un
páramo.
1 Kautsky, La
cuestión agraria; Hilferding, El capital
financiero; Lenin, El desarrollo
capita- lista en Rusia; Luxemburgo, La acumulación de capital.
2 El gran
teórico en este aspecto fue Lenin: ¿Qué hacer?; Las lecciones del levantamiento de Moscú; Un paso
adelante, dos pasos atrás; Dos tácticas de la socialdemocracia;
El derecho de las naciones a su autodeterminación.
Con el
estallido de la Segunda Guerra Mundial, el panorama del mundo sufrió una
profunda transformación. La Unión
Soviética, co- mandada por Stalin,
aseguró la liberación de Europa del dominio ale- mán y, al mismo tiempo,
estableció regímenes comunistas en los países del este europeo. En
Francia e Italia, el papel de los partidos comunis- tas en la resistencia los convirtió en las
organizaciones más importan- tes de la
clase obrera de sus países; en tanto, en
Alemania, la ocupación americana eliminó la
tradición comunista anterior. En
los siguientes 30 años, se
produjo un período de prosperidad
económica como nun- ca antes había conocido el capitalismo, junto con la consolidación de sistemas parlamentarios
que, por
primera vez, tornaron al capitalismo estable en el mundo industrial europeo y americano.
En tanto, en los países bajo tutela de
la Unión Soviética se produjeron crisis y ajustes después de la muerte
de Stalin, pero sin modificaciones fundamentales en su
funcionamiento. Fue en este
contexto económico en el que la
teoría marxista produjo un cambio
profundo, dando origen a lo que se ha
dado en llamar “marxismo occidental”. Esta tradición se estructuró a partir de
los trabajos de una serie de destacados
intelectuales prove- nientes de las regiones occidentales de Europa: Lukács, Korsch, Gra- msci, Benjamin,
Marcuse, Horkheimer, Adorno, Della
Volpe, Colletti, Lefebvre, Sartre
y Althusser.
Como afirma Anderson (1987), una serie de rasgos
característicos definen y delimitan al “marxismo occidental” como una tradición
inte- grada. La fundamental es el
progresivo y lento distanciamiento entre este
marxismo y la práctica política. La unidad orgánica entre práctica y
teoría, característica de la generación
clásica de marxistas, quienes
desempeñaron una función intelectual orgánica y política dentro de sus
respectivos partidos, iba a perderse
poco a poco en el medio siglo pos- terior a la Primera Guerra Mundial3.
Entre mediados
de la década del veinte y los
levantamientos del ‘68, el marxismo occidental se desarrolló de manera
vigorosa, pero lejos de toda práctica política de masas. Este divorcio se
vinculaba con el pe- ríodo histórico que
se correspondió con el auge de este
marxismo; el des- tino del marxismo en Europa fue el resultado de la ausencia
de grandes levantamientos revolucionarios después de 1920, con la
excepción de la periferia cultural –Yugoslavia, Grecia, España y Portugal. A
esto se sumó la estalinización de
los partidos herederos de la Revolución Rusa, que contribuyó a hacer
imposible una renovación genuina de la teoría en un marco de ausencia de
levantamientos de masas. Así, la característica del marxismo occidental, como
afirma Anderson (1987), es que constituye un producto de la derrota. El fracaso
de la revolución socialista fuera de Ru- sia,
a su vez consecuencia y causa del derrotero de la Revolución Rusa, fue
el trasfondo común a toda la tradición teórica de este período. Una de las
consecuencias centrales de este proceso fue un silencio profundo del marxismo
occidental en algunos de los campos más
importantes para la tradición previa al marxismo: el examen de las leyes
económicas del mo- vimiento del capitalismo, y el análisis de las formas
políticas del estado burgués, y de la estrategia política para superarlo4. El
progresivo aban- dono de las estructuras económicas o políticas como puntos de
interés fue acompañado por un cambio básico en todo el centro de gravedad del
marxismo europeo, el cual se desplazó
hacia la filosofía.
3
Excepcionales en este sentido fueron los
casos de Lukács, Korsch y Gramsci, cuya
labor teórica sólo puede ser comprendida en relación con
sus compromisos políticos.
Los tres fueron destacados dirigentes
políticos de sus respectivos partidos, y
además participantes y organizadores de levantamientos revolucionarios de
masas.
Una
consecuencia adicional fue el desplazamiento gradual de los lugares de
producción del discurso marxista de los partidos socialistas y comunistas y de
los sindicatos obreros hacia las
universidades y los institutos de
investigación. El cambio
inaugurado con la Escuela de Frankfurt a finales de 1920 y principios de 1930 se transformó en una tendencia dominante en el período de la Guerra Fría. Este cambio de terreno en la institucionalización
del marxismo se reflejó en un cambio de
enfoque. Los determinantes
externos que impulsaron el desplaza-
miento de los principales focos de la
teoría marxista de la economía y la
política hacia la filosofía, y su
traslado de los partidos a las
univer- sidades, se inscribían
en la
propia historia política del
período. Este cambio, sin
embargo, se complementaba con
otro elemento importan- te,
en este caso
interno a la propia teoría: la revelación tardía de los más
importantes trabajos tempranos de Marx
–en especial los Manus- critos económicos-filosóficos de 1844. A pesar de que fueron publicados por primera vez en 1932, fue en la posguerra cuando se hicieron sentir
dentro del marxismo los efectos del descubrimiento de estas obras del
pensamiento de Marx.
Así, el
marxismo occidental en su conjunto invertía, paradójica- mente, la trayectoria
del desarrollo del propio Marx.
Mientras que el fundador del materialismo histórico se había desplazado progresiva- mente de la
filosofía a la política, y luego a la
economía, como terreno central de su pensamiento, los sucesores de la tradición
que surgieron después de 1920
volvieron las espaldas cada vez
más a la economía y la política para pasar a la filosofía,
abandonando el compromiso con lo que
había sido la gran preocupación del
Marx maduro. En este período se
evidenció un enorme interés del marxismo por
discernir las reglas de la
investigación social descubiertas por
Marx, pero enterradas en las
particularidades circunstanciales de su obra. El resultado fue que
una notable proporción de la producción teórica del marxismo se centró
en un debate sobre el método –Korsch,
Sartre, Adorno, Althusser, Marcu- se, Della
Volpe, Lukács y Colletti
produjeron grandes síntesis, enfoca- dos esencialmente en problemas de
cognición5. Un elemento adicional, en el
orden del discurso, fue que el
lenguaje en que estaban escritas las obras adquirió un carácter cada vez más especializado. Otra de las características
del marxismo occidental fue que,
más allá de las
cues- tiones de método, se concentró en
el estudio de la cultura, en
un sen- tido amplio6. Las
sucesivas innovaciones en temas
sustantivos dentro del marxismo occidental reflejaban, de hecho, problemas
reales que la historia había planteado.
Basta recordar los análisis de Gramsci sobre la hegemonía; las preocupaciones
de la Escuela de Frankfurt sobre los desdoblamientos de la razón instrumental;
Marcuse y su análisis de la sexualidad; las obras de Althusser sobre la
ideología; y el tratamiento de Sartre sobre la escasez. Un rasgo fundamental
común y latente en todos estos análisis
era el pesimismo de las conclusiones.
4 Gramsci,
nuevamente, constituye una excepción en este
campo.
Se puede resumir, esquemáticamente, el
conjunto de característi- cas que definen
el marxismo occidental, de la siguiente manera. Nacido luego del fracaso de las revoluciones proletarias
en las zonas avanzadas del capitalismo
europeo después de la Revolución Rusa, se desarrolló en una creciente escisión entre teoría y
práctica política, que fue am- pliada por la burocratización de la URSS.
Así, el divorcio estructural entre la
teoría y la práctica, inherente
a las
condiciones políticas de la
época, impidió una labor político-intelectual unitaria del tipo
que definía al marxismo clásico. El resultado fue el traslado de la produc- ción teórica a las universidades, lejos de la vida
del proletariado, y un desplazamiento de la teoría desde la economía y
la política a la filosofía; esta
especialización fue acompañada por
una creciente complejidad en el lenguaje. A su vez, la producción
teórica marxista buscó inspiración en
los sistemas de pensamiento contemporáneo no marxistas, respec- to de
los cuales se desarrolló en
forma compleja y contradictoria. Al mismo tiempo, la concentración de
los teóricos marxistas en el ámbito de la filosofía, junto con el descubrimiento de los primeros escritos de
Marx, llevó a una
búsqueda general retrospectiva de
los antecesores filosóficos, y a
una reinterpretación del materialismo histórico a la luz de ellos. Los
resultados fueron múltiples: hubo un marcado predominio de la
labor epistemológica, enfocada esencialmente en problemas de método; el principal campo en
que se aplicó el método fue la estética, o la
cultura en un sentido más
amplio; las principales
producciones teóricas que desarrollaron nuevos temas ausentes del marxismo
clásico revelaron un persistente
pesimismo. Lo determinante de esta
tradición fue su formación a partir de la derrota, las largas décadas de
retroceso y estancamiento que atravesó la clase
obrera occidental después de 1920. Pero, pese a todo, los principales pensadores
permanecieron inmunes al reformismo. No
obstante su lejanía de las
masas, ninguno capituló ante el capitalismo triunfante como antes lo
habían hecho teóricos de la II Internacional. Además, la experiencia histórica
que su obra articuló fue también, en
muchos aspectos críticos, la más
avanzada del mun- do, ya que
abarcaba las formas superiores de
la economía capitalista, los más viejos
proletariados industriales y las
más largas tradiciones
intelectuales del socialismo. Mucho
de la riqueza y la complejidad de
este historial se inscribió en el marxismo occidental, así como en
sus campos de elección. El resultado fue
que este marxismo alcanzó una sutileza mayor que la de
cualquier fase anterior del materialismo histó- rico (Anderson, 1987).
5 Korsch,
Marxismo y filosofía; Sartre, Cuestiones de método y Crítica de la razón dialéctica; Adorno, Dialéctica negativa; Althusser, Para leer El
Capital y La revolución teórica de Marx;
Marcuse, Razón y revolución; Della Volpe, La lógica como ciencia positiva; Lukács, Historia y conciencia de
clase y El asalto a la razón; Colleti, Hegel y el marxismo.
6 Gramsci, Los
cuadernos de la cárcel; Lukács, Teoría del romance y Estética; Benjamin, La
obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica; Della Volpe, Crítica del gusto; Sartre ¿Qué es la literatura? y Flaubert; Althusser, Ideología y aparatos ideológicos de Estado.
EL MARXISMO CONTINENTAL
Como afirma Tosel
(2001a), la historia posterior a 1968
es extremada- mente compleja. Si
el marxismo-leninismo continuó
profundizando su crisis irreversible,
algunas grandes operaciones de
reconstrucción teórica testimoniaban una vitalidad contradictoria
del pensamiento marxista: entre
1968 y 1977, se
desarrollan las últimas
tentativas de renovación inscriptas dentro de la corriente de la III
Internacional o en sus márgenes. Se trató de
propuestas de reforma intelectual,
moral y política, formuladas por
teóricos ligados a los partidos comunistas. La obra de los
grandes comunistas filósofos heréticos conoció su último brillo. Lukács (1885-1971) escribe
su última gran obra Ontología del ser
social (1971-1973). Ernest Bloch
(1885-1977) publica Atheismus im Christentum (1968) y Experimentum Mundi (1975). En Italia, se
publica la edición original de Los cuadernos de la cárcel (1975) de Antonio Gra- msci (1891-1937), que permite evaluar de manera más
interesante la filosofía de la praxis, al diferenciarla de la
interpretación de Palmiro To- gliatti. En
Francia, Louis Althusser (1918-1990)
continúa haciendo de la polémica sobre una nueva expansión, y sobre las formas
de la ciencia materialista de la historia, un elemento fundamental de la última
discu- sión filosófico-política
internacional centrada en el marxismo, Filosofía y filosofía espontánea de los
sabios y Elementos de autocrítica
(1974). La sombra proyectada por el ‘68
colocó a la orden del día las
perspectivas de superación de la vieja ortodoxia y la búsqueda de una salida a
la iz- quierda del estalinismo, y también colocó en cuestión la posibilidad de
un reformismo revolucionario que centraba su
estrategia de poder en una democratización radical. Sin embargo, estas esperanzas se vieron
prontamente frustradas (Tosel, 2001a).
Hacia
fines de
la década del setenta, el
marxismo continental conoció un
proceso de desagregación abierta,
o encubierta, ligada a la marginación (en el
caso de Francia y España), la transformación social-liberal (Italia), o la
implosión (Europa del Este) de los
partidos comunistas. La retracción del
marxismo continental se vinculaba a la evolución política del movimiento
comunista.
Como afirma
Anderson (1988), el marxismo
occidental había estado marcado por una
relación contradictoria respecto de la
Unión Soviética. A pesar del proceso de estalinización que se desencadenó en la URSS luego
de la década del treinta, las esperanzas de construir un orden social
superior al capitalismo continuaron siendo parte del movi- miento comunista
internacional. De allí la distancia permanentemente crítica de la tradición del
marxismo occidental con respecto a la URSS. Entre 1954 y 1960,
la sociedad soviética vivió un
período de cambios, se liberalizó
la vida
cultural, se adoptaron reformas
económicas y se proclamó una nueva política externa. Sin embargo, los fracasos de los últimos años de
Kruschev llevaron a un proceso de reacción encarnado por el conservadurismo brezhnevista. El último
intento de reforma en los países del Este
fue la Primavera de Praga. Este
proyecto de construir una democracia de los trabajadores, en un país
con fuertes tradiciones
parlamentarias de preguerra y una cultura parecida a la de los países
occidentales, fue sofocado por los
tanques soviéticos. La invasión
de Varsovia en 1968 clausuró las últimas
esperanzas de desestalinización del bloque soviético. En este
contexto, una nueva fuerza atrajo interés en el movimiento comunista, la
Revolución Cultural China, que llegó a
parecer una forma superior de ruptura con la herencia institucionaliza- da de la industrialización y burocratización
estalinista. La Revolución Cultural proclamó como meta la superación de la
división entre trabajo manual e intelectual, y entre campo y ciudad. Todo esto debía realizarse a través de la
administración popular directa. Sin embargo, la dirección de la experiencia maoísta resultó muy diferente de
las promesas pro- clamadas. Ya a
comienzos de la década del setenta, se hizo
evidente el significado de la Revolución Cultural: la represión de
millones de per- sonas, el estancamiento económico y el oscurantismo
ideológico, sim- bolizado en el culto a Mao.
El repudio a la Revolución Cultural, luego de la muerte del líder chino, abrió el camino para una nueva
política en un sentido mucho más liberal
y pragmático. La frustración respecto de la experiencia china, que iba a ser
central en el desarrollo del marxismo occidental, iba a producir un efecto de
división intelectual similar al del advenimiento del eurocomunismo.
La experiencia
eurocomunista partió también de la crítica de la experiencia soviética, y su
verdadera génesis fue la invasión de Checos- lovaquia. La alternativa
eurocomunista hizo hincapié en la necesidad de preservar las libertades
políticas, y en la defensa de un orden político que mantuviera las
instituciones parlamentarias y repudiara la ruptura violenta del orden capitalista. Lo que buscaba era,
en otras palabras, una vía
pacífica, gradual y constitucional, situada en las antípodas del modelo de la
revolución de octubre. La adopción del
eurocomunismo por parte de las
direcciones de los partidos comunistas puede conside- rarse como una aceptación
tardía de la preocupación heterodoxa por
la democracia socialista en que se había basado desde el principio gran parte
de la tradición del marxismo occidental. Otro
factor decisivo para la adhesión general al eurocomunismo fue la
situación política del sur de Europa. A mediados de la década del setenta, la
región parecía estar preparada para un
cambio profundo en el orden social. En
Francia, la derecha cayó en el descrédito después de 20 años de
gobierno ininte- rrumpido. En Italia, la corrupción y la incompetencia
de la Democracia Cristiana habían dado lugar al surgimiento de una situación
pre-revo- lucionaria, con una izquierda
extremadamente fuerte, hegemonizada por el Partido Comunista. La situación en
Portugal también era amplia- mente favorable al movimiento comunista. Sin embargo, las expectati- vas colocadas en el
eurocomunismo se vieron rápidamente frustradas. Los grandes partidos comunistas del continente fueron derrotados en sus
aspiraciones políticas. El Partido Comunista Italiano se desgastó en la
búsqueda de una alianza con la Democracia Cristiana, defraudando a sus
seguidores y sin conseguir llegar al
gobierno. El Partido Comunista Francés rompió su alianza con la socialdemocracia cuando todavía era una
organización fuerte, precipitando su
fracaso en 1978, y volvien- do más tarde al gobierno, pero debilitado y
derrotado. Por su parte, el Partido
Comunista Portugués, que había rechazado el eurocomunismo, intentó sin éxito
tomar el poder mediante un golpe burocrático y, con ello, terminó con la
revolución portuguesa. Así, el período de alza abier- to en 1968 fue
definitivamente cerrado en Europa en 1976, y la cuestión del comunismo en
Europa occidental fue enteramente
resuelta con la derrota de la revolución
portuguesa y el declinio del PCI después de las elecciones de 1976 en Italia.
Esta serie de fracasos fue un golpe demole- dor para aquellos que habían
vislumbrado una nueva era del movimien- to obrero en la desaparición del
viejo orden del sur. Fue en este
punto donde la llamada “crisis
del marxismo” tuvo su
origen y significado. Lo que la
desencadenó fue una doble decepción: la primera se produjo ante el
desenvolvimiento de la alternativa China; la segunda, ante el devenir de la situación en
Europa occidental. Cada una de estas
alterna- tivas se había presentado como
una nueva solución histórica, capaz de superar los dilemas de la experiencia
soviética. Sin embargo, resultaron incapaces de resolver los problemas
políticos del momento. La decep- ción
crucial estuvo marcada por la
transformación del eurocomunismo en una versión de segunda clase de la socialdemocracia. Esto afectó las
perspectivas del socialismo en aquellos países avanzados que parecían ofrecer las mayores oportunidades
para un progreso del proletariado en occidente. En este
punto se puede ver por qué la “crisis del marxismo” fue un
fenómeno esencialmente latino: porque fue en Francia, Italia y España donde la apuesta
por el eurocomunismo era más
fuerte y, por lo tanto, donde su fracaso generó un golpe más
duro. En este contexto, el
marxismo perdió de manera rápida su
relativa hegemonía. Muchos filósofos e intelectuales abjuraron con gran
estruendo, o se distanciaron discretamente en función de su propia ética
(Anderson, 1988).
Bajo el efecto de esta desaparición espectacular,
sin embargo, se mantuvo una
investigación libre y plural, aunque perdió uno
de sus tra- zos fundamentales:
su relación con las
fuerzas políticas y los actores
sociales que la modernización
capitalista había transformado violen- tamente. Pero la desaparición del intelectual del partido, el eclipse del intelectual
consciente y crítico, no constituyó
un episodio del fin de la historia. Marx continuó siendo
objeto de investigación y de tentativas de renovación con el objetivo de
reformular una teoría crítica a la altura de la época, si bien diferente de las operaciones de
reconstrucción surgidas de las grandes herejías del comunismo del período
anterior. Más que al fin del marxismo, asistimos a un florecimiento disperso de varios mar- xismos.
El surgimiento de varios marxismos se debió a la propia dinámi- ca del
capitalismo mundial y a la aparición de nuevas contradicciones.
FRANCIA:
ALTHUSSERIANISMO, DECONSTRUCCIÓN Y RENACIMIENTO
Durante las
tres décadas posteriores a la liberación, Francia llegó a disfru- tar de una
primacía cosmopolítica en el universo marxista. El declive de esta tradición no
fue, como hemos visto, un asunto meramente nacional.
Como afirma
Anderson (1988), el tema central del debate francés durante los años cuarenta y
cincuenta pasaba por entender la naturaleza de las relaciones entre estructura
y sujeto en la sociedad y en la historia. La influencia filosófica más importante del período era el existencialis-
mo, cuyas raíces se encontraban en Kojève,
Husserl y Heidegger, con su
ontología acentuada del sujeto. A
pesar de sus orígenes, el existen- cialismo francés se
alineaba con la izquierda y, en un momento en que Francia se debatía en
turbulentas luchas de clase, intentaba
conciliarse con la realidad estructural
del partido comunista. El resultado
fue un intento de replantaer las
relaciones entre sujeto y estructura como una especie de síntesis entre
marxismo y existencialismo, propuesto por Sar- tre, de Beauvoir, Merleau-Ponty. Los debates fueron de una calidad e intensidad poco común, constituyendo uno de los episodios más ricos de la historia intelectual de la
posguerra. La culminación de este debate fue la publicación de la Crítica de la
razón dialéctica de Sartre, cuyo tema eran las interacciones entre praxis y
proceso histórico, entre individuos y grupos, y entre grupos y lo
práctico-inerte, en una historia desencade- nada por la escasez. En Cuestiones
de método –publicado como prefacio a la Crítica– Sartre se refiere esencialmente a los
instrumentos teóricos necesarios para comprender el significado total de la
vida del indivi- duo,
concebido como “universal singular”. En
la Crítica intenta ofrecer una
exposición filosófica de las “estructuras
formales elementales” de cualquier historia posible, o una teoría de los
mecanismos generales de construcción y subversión de todos los grupos sociales.
La historia en
sí misma, la “totalización diacrónica” de todas es- tas “multiplicidades
prácticas y de todas sus luchas”, debía ser el objeto de un
segundo volumen. El horizonte era comprender la verdad de la humanidad como un todo –que
tenía una continuidad epistemológica con la verdad de una persona. El
proyecto buscaba elaborar una historia global cuyo fin sería una comprensión totalizadora del
significado de la época contemporánea, un
proyecto por cierto monumental. Sin
embar- go, el segundo volumen escrito por Sartre fue abandonado, quedando inconcluso. En este acto de desistimiento, y en el silencio
subsiguiente, se decidió gran parte del destino de la izquierda francesa y del
marxis- mo. Doce años después, Sartre terminó su carrera
con un
monumental estudio sobre Flaubert, que
parecía anunciar la vuelta al proyecto bio- gráfico, mucho más modesto, esbozado en Cuestiones de método.
Entretanto,
todo el terreno de respuesta teórica había quedado vacío. En
1962, Lévi-Strauss publica El
pensamiento salvaje, duro ata- que contra la Crítica de la razón
dialéctica, que contenía una
antropo- logía completamente
alternativa, y concluía con un ataque directo al historicismo de Sartre, en
nombre de las propiedades invariables de la mente humana y de la igual dignidad de todas las sociedades humanas. De
esta forma, echaba por tierra las pretensiones de la razón dialécti- ca y de la
diacronía histórica construidas por Sartre, reduciéndolas a una mitología de lo
civilizado contrapuesto al pensamiento salvaje. “El fin último de las ciencias
humanas no es construir el hombre
sino di- solverlo” (El pensamiento
salvaje). Cuando en 1965 apareció la réplica marxista, esta no fue
un repudio sino una confirmación de la propues- ta estructuralista.
En Para
leer El Capital (1967)
y La revolución teórica de Marx (1985), Althusser incorpora al
marxismo la crítica de Lévi-Strauss a la historia y el humanismo,
reinterpretado ahora como un anti-huma-
nismo teórico para el que la
diacronía no era más
que un “desarrollo de las formas” del
conocimiento sincrónico. La innovación teórica que provocó Althusser ejerció gran influencia en la formación de una nueva generación de jóvenes marxistas,
desplazando a corrientes teóri- cas
anteriores como Sartre, pero también Lefebvre y Goldmann, entre otros.
Althusser, retomando la visión de Lévi-Strauss, intentó resolver la compleja
relación entre estructura y sujeto, haciendo de este último un mero efecto ilusorio de las
estructuras ideológicas. El Mayo Francés, sin embargo, colocaría al marxismo
althusseriano en una difícil encru-
cijada: cómo explicar la irrupción espectacular de estudiantes, obreros y otros
sujetos colectivos. Althusser era
el candidato para responder
teóricamente a la explosión política de la lucha de clases. Si bien con dificultades para explicar el cambio, la
elaboración de Althusser al me- nos contaba con una teoría de la contradicción
y la sobredeterminación y, por tanto,
del tipo de “unidad de ruptura” que
podía dar origen a una situación revolucionaria
en una sociedad dividida en clases. Sin embar- go, el resultado fue otro.
Althusser intentó ajustar su teoría concedien- do un
espacio al papel de las masas que,
según reconocía, “hacían la historia”, aunque “los hombres y mujeres” no
la hicieran. Sin embargo, la dirección general de la obra althusseriana no fue
reproblematizada. La introducción del problema del sujeto histórico en la
maquinaria de la causalidad estructural, iniciada en Para leer El Capital, no condujo a una reelaboración teórica de los
fundamentos del marxismo althusse-
riano, sino a la incoherencia. La
consecuencia de esto fue la desapari- ción progresiva del marxismo althusseriano como
corriente teórica de importancia a mediados de la década del setenta (Anderson,
1988).
A lo largo de
esa década, París fue finalmente normalizada des- pués del levantamiento del Mayo
Francés, y muchos de los miembros más
estridentes de la generación del ‘68, de
Kristeva a Glucksmann, pasaron a
la ultraderecha de los
nouveaux philosophes. Fue
entonces cuando las voces de
Lyotard, Derrida, Foucault, Baudrillard, Deleuze y Guattari pasaron a dominar
la vida intelectual francesa, y decretaron la “muerte del sujeto” y el “fin de
lo social”.
De todas
formas, algunos debates sobre el humanismo continua- ron por un
cierto tiempo, y dieron lugar a interesantes investigaciones, como las de
Lucien Sève en Marxisme et théorie de la personnalité. La propia crítica
del estructuralismo como ideología de la
eternidad, de una historia que
deviene inmóvil, colocó la cuestión de la historicidad en su
singularidad, sin recurrir a improbables leyes de
la historia, y evidenció la importancia de las formas como
lógicas materiales (Lucien Sève, Structuralisme et dialectique). Sin embargo,
la estructura finalista y las garantías del final
comunista mantuvieron de manera dogmática las fecundas intuiciones de la
pluralidad de las dialécticas. Desde
otras instancias, más sensibles a
los impasses del marxismo, se
buscó una recuperación francesa de la filosofía de la praxis; en un
momento paradojal de la crítica althusseriana, Gramsci alcanzó cierta
importancia en Francia para pensar un
análisis hegemónico en las condiciones del capitalismo moderno en su
fase fordista (ver los
trabajos de Jacques Texier,
Christine Buci-Glucksmann y André
Tosel en Praxis.
Vers une refondation en
philosophie marxiste). Desde otras
instancias reconstruc- tivas, fuertemente
teóricas, se intentaron análisis más
profundos, que buscaban ampliar el conocimiento de la sociedad, pero
sin lograr salir de un cierto
aislamiento, a pesar de su vitalidad. Tal es el caso de Henri Lefebvre, quien al analizar las
formas concretas de la modernidad capi- talista (Le droit à la ville y La production de l’espace)
indicó, dentro del modo de producción estatal, los mayores obstáculos a la
emancipación, y mostró la debilidad del marxismo al intentar resolver el
problema (De l’État) (Tosel, 2001a).
Dentro de la
retirada del marxismo francés,
se debe
señalar la importancia del
trabajo de Georges Labica
que logró llevar
por buen camino la difícil tarea del
Dictionnaire critique du marxism
(1982), en colaboración con G.
Bensussan, que permitió la manifestación
de una pluralidad de marxismos.
En este
período de deslegitimación violenta del marxismo, se mantuvo un marxismo subterráneo post-althusseriano que, a pesar de no tener relación orgánica
con la práctica y la organización, pudo
des- envolverse en dos sentidos: a
través del descubrimiento continuo de la complejidad de una obra inacabada; y
mediante la continuación de una cierta productividad teórica. En el primer
sentido, se destaca la impor- tante contribución de Jacques Bidet en Que faire
du capital? Matériaux pour une
refondation, que es un análisis crítico y una reinterpretación
general de la obra marxista: verificando ciertas interpretaciones althus-
serianas, Bidet muestra cómo la dialéctica hegeliana es, a la vez, obs- táculo
y oportunidad del método de exposición de la crítica marxista, y propone una
reexamen de todas las categorías del sistema –valor, fuerza de trabajo, clases, salario, producción,
ideología, economía–, eviden- ciando que
las aporías de la
concepción del valor-trabajo
no pueden tener resolución sino por
medio de una lectura
indisociablemente so- cio-política, que
obligue a pensar una economía efectivamente política del trabajo vivo.
En el segundo sentido, está la elaboración original de Étienne Balibar
que, después de intentar dilucidar los conceptos funda- mentales del
materialismo histórico en su contribución a Lire Le Capital, recolocó en la
discusión las categorías centrales sobre la temática de la subsunción
real, y orientó su producción a resaltar
la permanencia de la lucha de clases (“Plus-value et classes sociales” en Cinq
études du matérialisme
historique). Balibar abandonó de hecho, en esos
años, un constructivismo dogmático para practicar una suerte de
experimenta- lismo teorético de estilo aporético y problematizar las incertidumbres de la teoría marxista del estado, el partido y la ideología (“État,
Parti, idéologie” en Marx et sa critique de la politique). A partir de
esta lectura de Marx, y después de haber asimilado las tesis del sistema-mundo de Wallerstein, Balibar
muestra cómo la lucha de clases se relaciona con la gestión internacional de la
fuerza de trabajo; cómo ella está doblemente subordinada por la producción de identidades imaginarias nacionales
y étnicas; cómo el potencial de
resistencia de las clases obreras está actualmente amenazado de
ser transformado y alterado por las
formas nacionales y raciales; y, finalmente, cómo nacionalismo y racismo se
implican el uno con el otro (Balibar y Wallerstein, Race, nation, clas- se. Les identités ambiguës).
También fueron de importancia los traba- jos de Nicos Poulantzas, quien, a partir de una concepción
sumamente abstracta, buscó fijar las líneas generales de una teoría estructural de la práctica
política (Pouvoir politique e classes
sociales), y repensar las funciones del estado desde una concepción
relacional del poder (L’État, le pouvoir, le socialisme) (Tosel, 2001a).
Durante la
década del noventa, se produce un retorno del marxis- mo a la cultura francesa. Marx se transforma en, por lo menos, un
clá- sico del pensamiento. Las revisiones se multiplican. Sin duda, uno
de los trabajos más activos en la
recuperación del legado de Marx fue el
de Actuel Marx que, bajo la dirección de Jacques Bidet y Jacques
Texier, or- ganizó y publicó importantes coloquios7. Texier continuó, también, con sus estudios sobre Gramsci, Marx y Engels (Les
innovations d’Engels, 1885, 1891,
1895 y Révolution et démocratie chez Marx et Engels). Por su parte, Bidet, en su obra Théorie de la
modernité (1990), se propone inte- grar el aporte de Marx en el contexto más amplio de la filosofía política y de las
teorías sociales modernas. Para Bidet, lo propio de la moderni- dad es que la dominación se articula de modo
específico con una forma de
contractualidad que no puede dejar de afirmar sus
exigencias. Se propone así establecer la existencia de un piso
meta-estructural común, la “modernidad”, a partir del cual se puedan pensar las condiciones de
constitución de sistemas opuestos polarmente, y las del pasaje de uno a otro al
interior de las condiciones límite del mundo moderno. A este enfoque de la
modernidad corresponde una definición de la “libertad de los modernos” que supera los límites liberales. Su proyecto
consiste en llevar a sus últimas consecuencias el elemento democrático
de la tra- dición liberal, reformulando,
bajo una forma más radical, el proyecto socialista de Marx.
Toda una serie
de trabajos teóricos y académicos demuestran el retorno del marxismo al
centro de la vida intelectual francesa.
Los tra- bajos de Étienne Balibar
proponen una práctica experimental que
le permite retomar un Marx rico en tensiones aporéticas y productivas
(La philosophie de Marx), y articular
un análisis de los fenómenos de iden-
tidades y una reapropiación del derecho
natural revolucionario, pero sin
fundarlo en un neocontractualismo social-liberal (Les frontières
de la démocratie). Estos proyectos de reconstrucción se fundan en base a las teorías de la acción, consideradas, a
la vez, como un análisis crítico y
fecundo de Marx, e impulsan como
contrapartida una crítica marxista de esas
teorías (por ejemplo, André Tosel,
L’esprit de scission). La cues- tión
ética reaparece en las obras de Lucien Sève (Pour une critique de la
raison bioéthique) e Yvon Quiniou (Figures de la déraison politique). Se manifiesta
también en la renovación, en el estudio de Marx, de la pro- blemática utópica, con los trabajos de Michel Vadée (Marx
penseur du possible), Daniel Bensaïd (Marx l’intempestif. Grandeur et misères d’une aventure
critique [XIX-XXe siècle]) y Miguel
Abensour, quien explora la interrogación de Marx por lo
político y la voluntad práctica de la eman- cipación (La démocratie contre l’État. Marx et le moment machiavélien).
En el mismo sentido se dirige la defensa
de Marx por Jacques Derrida (Spectres de Marx), que
prevé el provenir de un
“espíritu” del marxismo irreductible a la necesaria deconstrucción de la
metafísica occidental, y pleno de un nuevo internacionalismo (Tosel, 2001a).
7 El primero
de los coloquios fue organizado en la
Sorbonne en 1990 bajo el título “¿Fin del comunismo? ¿Actualidad
del marxismo?”.
LA CRISIS DE
LA FILOSOFÍA DE LA PRAXIS EN
ITALIA
La vigorosa tradición del
marxismo italiano, de gran originalidad
y fuertemente vinculado a las
luchas sociales, se remontaba a fines
del siglo XIX. Labriola, filósofo
de origen hegeliano, adhirió al marxismo en
1890, y su influencia fue
fundamental para el desarrollo posterior del marxismo. La obra de Labriola
fue heredada y continuada por Mon- dolfo,
otro filósofo de origen hegeliano,
de gran importancia para la generación
de Gramsci.
Luego de la
experiencia fascista, se publican por
primera vez los escritos producidos por
Gramsci durante su confinamiento.
La pre- sencia de esta
herencia marxista nativa, que
culminó en la gran obra
emprendida por Gramsci, ayudó a
inmunizar al marxismo italiano de lo peor del
estalinismo soviético. Pero, por
otro lado, la canonización
póstuma de Gramsci sirvió, paradójicamente, para esterilizar la propia
vitalidad de la tradición italiana. La figura de Gramsci fue convertida en
un ícono oficial, mientras sus escritos eran olvidados. Como resultado, la
principal tendencia teórica que
se desarrolló dentro del marxismo después de la Segunda Guerra Mundial
fue una reacción contra la as- cendencia
filosófica representada por Labriola y
Gramsci.
El fundador de
la nueva escuela fue Galvano Della Volpe, filósofo afiliado al PCI en 1944. La influencia de Della Volpe
fue escasa duran- te gran parte
de su
vida, hasta después de la
década del sesenta. En este período, los
temas filosóficos de la escuela
empezaron a adquirir resonancia entre miembros más jóvenes. En
particular, se podía inter- pretar que
la insistencia filosófica en la importancia de la “abstracción científica
determinada”, característica de la obra de Della Volpe,
impli- caba la necesidad de un
análisis de la sociedad italiana en términos de las categorías “puras”
del capitalismo desarrollado, con unos
objetivos políticos correspondientemente
“avanzados” a ser perseguidos por la clase
obrera. Esto estaba en oposición
a la ortodoxia del PCI, que
su- brayaba el carácter atrasado e híbrido de la sociedad italiana, lo cual exigía reivindicaciones más limitadas, de
tipo “democrático” más que socialistas. Della Volpe
y su escuela fueron resueltamente anti-hegelia- nos, negativos en su evaluación de la filosofía de
Hegel, y positivos en su afirmación de que el pensamiento de Marx representó una ruptura completa con Hegel
(ver Logica come
scienza positiva). Colletti, discí- pulo
de Della Volpe, escribió el
principal ataque contra el hegelianismo en Hegel e il marxismo, obra concebida
como una demostración de que Hegel
era un filósofo cristiano intuitivo cuyo propósito teórico era la aniquilación de la
realidad objetiva y la
devaluación del intelecto, al
servicio de la religión, y que por tanto estaba en las antípodas de Marx
(Anderson, 1987).
El caso de
Italia, en las décadas del setenta y ochenta, es singular; país del
más importante y liberal partido
comunista europeo, rico en una tradición
marxista propia y fuerte, la de la filosofía de la praxis, co- noció una
disolución rápida de esa tradición. La estrategia proclamada de construcción
contrahegemónica se transformó, poco a
poco, en una simple política democrática de
alianzas electorales. El
historicismo, más togliatiano
que gramsciano, entró en una crisis
irreversible. Hasta ese momento,
este había conseguido articular la perspectiva general, abstracta, de una
transformación del modo de producción capitalista y la determinación de una
política de reformas en el supuesto de alcan- zar ese fin, así como brindar su confirmación en el
movimiento real, es decir, en la fuerza
del partido y la realidad de las masas. Si este
histo- ricismo evitó que el marxismo italiano conociera el Diamat
soviético, y durante largo tiempo evitó la reverencia a las leyes históricas
generales, la previsión de las
condiciones de posibilidad del
deslocamiento revo- lucionario hegemónico acabó por diluirse en una táctica sin otra pers- pectiva que el mantenimiento de un
vínculo con el campo socialista,
justificando la idea de una estratégica
dupla.
Las
subsiguientes investigaciones de inspiración gramsciana es- tuvieron guiadas
por una actualización cada vez más democrática-libe- ral. Fueron de importancia las obras de especialistas cuyo trabajo fue fundamental para la edición de
los Quaderni, por aclarar la estructura
interna y el movimiento del pensamiento de Gramsci (Gerratana, espe- cialmente;
Baladoni; Francioni; Lo Piparo; Paggi y
Vacca, entre otros).
Otras investigaciones también se centraron en
el análisis de los
tex- tos de juventud de
Marx, y en los manuscritos de 1861-1863. Pero, de hecho,
la filosofía de la
praxis perdió el vínculo con el
programa de análisis que le brindara especificidad, y este fue tendencialmente
recon- ducido por las incertezas respecto de sus
orígenes, en otras filosofías
anteriores a Gramsci.
A esta dilución corresponde la desaparición de otra
vía alternati- va que existía en
estos años, la elaboración de Galvano
Della Volpe. La apelación metodológica dellavolpiana, al
pensar el galileismo moral de Marx
–autor de una teoría científica
humeana-kantiana de la abstrac-
ción determinada–, termina por abandonar
la dialéctica hegeliana-mar- xiana por
considerarla una pura especulación metafísica, incapaz de pensar la
lógica determinada del objeto
determinado. Ciertos continua- dores de la obra de Della Volpe siguen
trabajando, pero el cientificismo de
este fue traducido al
lenguaje del empirismo de Popper, y retorna en polémica anti-Marx.
Ejemplar en este sentido es la parábola
de Lu- cio Colletti. Su obra marxista se concentra en
Hegel y el marxismo: recusando la dialéctica hegeliana
entre entendimiento analítico y razón dialéctica, sostiene la universalidad del
método científico por medio de la
hipótesis experimental. Marx fundó una
sociología que explicita las leyes del
sistema capitalista, al vincularlas a la generalización del tra- bajo
abstracto y la reificación que
esta implica. La teoría tiene como horizonte la lucha contra
la realización de esa abstracción,
contra esa alienación-reificación. La liberación debe desembocar sobre otra lega- lidad. Pero,
rápidamente, Colletti rechaza la cientificidad de esta socio- logía basada en la teoría del
valor trabajo, y separa crítica
romántica de alienación y análisis objetivo. Particularmente, el autor discute
la teoría de la contradicción dialéctica, que
él reemplaza por la oposición
real. Las cosas se aceleran, y la teoría del valor trabajo es rechazada a partir del problema clásico de la transformación de valores en
precios. Así, partiendo de un
marxismo anti-revisionista y científico, Colletti sale por etapas del marxismo
para alinearse con la epistemología defendida por Popper y las opciones políticas a favor de una
ingeniería social para reformar la sociedad (Intervista filosofica-politica; Tra
marxismo e no, y Tramonto dell’ideologia) (Tosel, 2001a).
El marxismo
italiano se encontró, a mediados de la
década del setenta, en un debate que
ponía el acento en una serie de
cuestiones de teoría política, mostrando las
debilidades del historicismo y el
carác- ter híbrido de una teoría
política suspendida entre la afirmación de la democracia parlamentaria y la
crítica de los impasses de
esta última. Norberto Bobbio puso
en cuestión, a través de diversas intervenciones, una serie de temas clave para la problemática marxista.
Las tesis de Bo- bbio eran las siguientes: en primer lugar, no
existía una teoría política marxista, sino una crítica de la política que nunca
había respondido a la cuestión de precisar las funciones sociales que el estado
socialista debía asumir. La respuesta histórica dada por la experiencia soviética era la de un
despotismo centralizado que
implicaba un retroceso de las
liber- tades civiles; la teoría marxista
fetichizada por la teoría del partido no
innovó en la invención de mecanismos
democráticos de poder. En se- gundo
lugar, la vía nacional al socialismo y la temática de la democracia progresiva
del PCI conjugaron bien el respeto al pluralismo político y la situación constitucional, pero,
al mantener la referencia a una demo- cracia soviética, plantearon un
interrogante sobre el mantenimiento de las instituciones liberales una vez
conquistado el poder. Por último, los
teóricos marxistas, con la excepción de
Gramsci, no contribuyeron con la teorización de las dificultades de la
democracia moderna, ni plantea- ron
cuestiones relevantes (Il Marxismo e lo Stato). El marxismo italiano
no pudo responder de manera creativa a estas cuestiones, y terminó por concluir, junto con la dirección del partido, que sólo una teoría po- lítica iusnaturalista liberal-social podía inspirar
la acción de un partido de masas que fue
reducido, por una evolución sociológica,
a funcionar como los partidos de opinión, centrados en reformas democráticas
con- sistentes en mejorar las condiciones de vida
de los más
necesitados. En síntesis, el
marxismo italiano diluyó en gran parte su influencia al metamorfosearse con el social-liberalismo y aceptar el
liberalismo de teóricos de la justicia al estilo de Rawls, sin siquiera
conservar el senti- do de las aporías planteadas por Bobbio. Ejemplo de esta evolución es el camino de Salvatore Veca,
durante mucho tiempo director de la Fun- dación Feltrinelli, quien, partiendo
de una defensa de la cientificidad de Marx,
en un estilo dellavolpiano (Saggio sul
programma scientifico di Marx), se
transforma en el introductor de Rawls y
del liberalismo de izquierda (La società
giusta; Una filosofia pubblica), desarrollando una crítica
de Marx fundada en la denuncia de la ausencia de una verdadera teoría de la
justicia (Tosel, 2001a).
A pesar de
esta desagregación espectacular del
marxismo italia- no, no se puede dejar de reconocer la importancia de trabajos
como los de Domenico Losurdo, cuyos análisis de las formas políticas liberales actuales
enriquecieron la contracorriente
del pensamiento liberal oc- cidental
(Democrazia o Bonapartismo). Este
historiador de la filosofía, con
sus estudios consagrados a Kant,
Hegel, Marx, y a la historia de la libertad en la filosofía
alemana clásica del siglo XIX, ofrece una contra- historia de la tradición
liberal, y muestra que, lejos de coincidir con la historia de la libertad, la tradición
liberal definió los derechos del hom- bre como aquellos del propietario privado,
negando la universalidad del concepto del
hombre que supuestamente afirmaba.
La historia de los derechos del hombre
se entrecruza con la historia de la
lucha de clases y de masas, inspirada en una tendencia dominante de la
modernidad, el humanismo civil o republicanismo plebeyo, cuya inspiración se puede rastrear hasta Rousseau,
Hegel y Marx. La resistencia historiográfica jugó también el rol de una base
teórica para el relanzamiento de esta tendencia y de este marxismo, invitándolo a realizar su
autocrítica. En otros trabajos, Losurdo analiza la coyuntura política italiana, y esta- blece un
vínculo entre el liberalismo federalista y el post-fascismo (La Seconda
Repubblica. Liberismo, federalismo, postfascismo). En Marx e il bilancio
storico del Novecento, se presenta
un balance histórico-teórico del
comunismo y del marxismo en nuestro siglo, reivindicando el conte- nido
emancipador inicialmente existente en la revolución de octubre, y procediendo
al mismo tiempo a la crítica de los elementos de la utopía abstracta en
Marx en lo concerniente al estado.
En los últimos años, ha proliferado en el marxismo italiano un esfuerzo de renovación. Con base
en la obra historiográfica crítica
de Losurdo, y en la escuela marxista de la
historia del pensamiento, se
desarrollaron tentativas de reconstrucción sistemática, dos de ellas particularmente importantes. La
primera es la de Giuseppe Prestipino que
reformula después de varios años una reconstrucción de la teoría de los
modos de producción pensados en términos
de bloques lógico- históricos: en toda sociedad humana se presupone la
existencia de un patrimonio antropológico-histórico constituido por una serie
de siste- mas: productivo,
social, cultural e institucional. Estos sistemas se pue- den combinar en el curso de la historia en
estructuras diferentes, o en función del sistema dominante en el modelo teórico
de una formación dada. La tesis de una dominancia invariable de la base productiva sobre la superestructura cultural
es propia de un bloque de
la primera mo- dernidad. En la
actualidad, están en competencia el
bloque moderno y el posmoderno. El primero, dominado por el elemento cultural bajo la forma de una racionalización omnicomprensiva. El
bloque posmo- derno estaría dominado por
la institución pública, en el
estado más elevado del sistema
ético-jurídico supra-estatal y supra-nacional, que tendría por tarea guiar hegemónicamente los otros
elementos (Da Gra- msci a Marx. Il blocco logico-storico; Per una antropologia filosofica; Mo- delli di strutture
storiche. Il primato etico nel postmoderno). La segunda tentativa de reconstrucción sistemática es la de Constanzo Preve que, partiendo de un programa de reformulación sistemática de la
filosofía marxista sobre la base
luckacsiana de la ontología del
ser social, inte- grando la
temática de la utopía ética y centrándose sobre la temática de una ciencia
althusseriana del modo de producción (Il
filo di Arianna), se confronta con las
dificultades de un cierto eclecticismo.
Sus últimas investigaciones lo hacen
renunciar al programa de una ontología de ser social, y redefinir una filosofía
comunista, criticando las nociones de
clase-sujeto, paradigma del trabajo y
necesidades, en una confronta- ción con los teóricos de la posmodernidad (Il
tempo della ricerca. Saggio sul moderno, il post-moderno e la fine della storia)
(Tosel,
2001a).
LA
TEORÍA CRÍTICA DE LA ESCUELA DE FRANKFURT
Desde sus
inicios en 1924, el Instituto de Investigaciones Sociales de Frankfurt buscó
un modelo de organización del trabajo
científico que, partiendo del concepto de “filosofía social” (Sozialphilosophie),
intenta- ra elaborar una teoría del conjunto de la sociedad mediante la
integra- ción de las investigaciones
multidisciplinarias (economía,
sociología y filosofía), de forma tal de explicar las nuevas condiciones de
reproduc- ción del capitalismo: su capacidad de
superar las crisis y las nuevas formas de la ideología y la cultura.
La evolución
del programa de investigaciones del Instituto se re- lacionó con una serie de cambios en las experiencias históricas del
con- flictivo período: el análisis de la situación en la Unión Soviética a
partir de la consolidación del
estalinismo, la derrota del
movimiento obrero en la República de
Weimar, y el ascenso del nazismo. Estos sucesos llevaron a la teoría
crítica a reformular la compresión que
tenía de sí misma, redefiniendo
las relaciones entre teoría y práctica, y entre teo- ría y sujeto revolucionario. También fue reconceptualizada la relación entre teoría
crítica y marxismo8.
Esta
reformulación de la relación entre teoría y praxis, a la luz de la derrota de
la clase trabajadora en Alemania y del terror estalinista, ya puede ser rastreada en
el ensayo de Horkheimer,
Teoría tradicional y teoría crítica,
de 1937. En
este trabajo, el autor enfatiza el posible conflicto de la teoría de la sociedad,
con un propósito emancipatorio, y la conciencia empírica de la clase social que
sería el agente de la trans- formación emancipatoria. La relación entre
el teórico y las fuerzas so- ciales de
transformación sería conflictiva por
naturaleza. Horkheimer percibe que
la economía es la causa fundamental de la infelicidad hu- mana. Sin embargo, también se da cuenta de que la teoría de las crisis económicas ya no
es suficiente para analizar
las contradicciones del período de
entreguerras; y, como la transformación histórica tiene una dimensión cultural,
los fenómenos de crisis no son experimentados sólo como disfuncionalidades
económicas, también lo son como crisis
vivi- das. Horkheimer intenta resolver
teóricamente una serie de tensiones que
aparecen. Por un lado,
reconoce que no sólo
no hay convergencia entre el punto de vista del teórico y el de los movimientos
emancipato- rios, sino que,
más bien, se constata una
distancia cada vez mayor. Por otro lado,
el autor alemán se aferra firmemente a la crítica de la econo- mía política como modelo de investigación, e
insiste en las influencias emancipatorias inherentes a este
tipo de crítica. Este
equilibrio sus tentado por
Horkheimer en su ensayo de
1937 fue perturbado por el estallido de la Segunda Guerra Mundial,
momento a partir del cual se produce un
cuestionamiento profundo del modelo marxista. El paso del modelo de la “teoría
crítica” hacia la “crítica de la razón instrumental” se produjo cuando
esta división creciente entre teoría y
práctica llevó a un cuestionamiento
de la propia crítica de la economía política. La transformación de la
naturaleza del capitalismo entre las dos
guerras, y las consecuencias de esto
para la crítica marxista de la economía po- lítica, fueron el punto
central en el desarrollo analítico de la Escuela de Frankfurt (Benhabib, 1999).
8 Para un análisis de
la evolución de pensamiento del Instituto entre comienzos de la década del
treinta y mediados de la década siguiente, ver el excelente trabajo de Seyla Benhabib (1999).
Las funciones del
mercado fueron transformadas por
el capita- lismo de estado. La
estatización creciente de la sociedad y
las nuevas funciones del estado crearon
estructuras institucionales que
requerían nuevas categorías de
análisis. La crítica marxista
de la economía po- lítica fue
también una crítica de la
formación social capitalista como un
todo. En la fase del capitalismo liberal, era posible una crítica de la formación social a
través de la crítica de la economía política, porque las relaciones sociales de producción definían el elemento institucio-
nal fundamental del capitalismo liberal, al legitimar un cierto patrón de distribución de riqueza, poder y autoridad; y, a su vez,
porque las relaciones de intercambio en el mercado capitalista daban
legitimidad normativa a esa sociedad, en
la medida en que los diferenciales
resul- tantes de poder y privilegio sociales eran vistos como consecuencias de las actividades de individuos que negociaban libremente. Con la des- aparición del mercado autónomo, la
crítica de la economía política ya no
podía servir de base para una
crítica de la nueva formación social. Dicho
de otra manera, una teoría crítica del
capitalismo de estado no puede ser una crítica de la economía política
del capitalismo de estado. Con la desaparición del mercado autónomo en un
sistema de controles estatales directos, la distribución de la riqueza, el
poder y la autoridad se politizan. Esa
distribución ya no es más consecuencia de las
leyes del mercado, sino de
directrices políticas. Para analizar la estructura social del capitalismo no se necesita una economía política, sino una sociología política. Con la politización
del mercado, los ideales norma- tivos y
las bases ideológicas del capitalismo liberal se transformaron.
Las normas de legitimación del capitalismo de estado precisaban ser nuevamente analizadas.
Con la decadencia del mercado autónomo, la “legalidad” también
declinó; el liberalismo se transformó en
autorita- rismo político y, eventualmente, en totalitarismo.
El núcleo
de lo que será conocido como “la teoría social crítica
de la Escuela de Frankfurt” será el análisis de la transformación del ca-
pitalismo liberal del siglo XIX en
democracias de masas, y también en sociedades totalitarias del tipo fascista y
nazi. El texto en que el nuevo paradigma
de la teoría crítica es mejor desarrollado es Dialéctica de la Ilustración
(1944). En este texto, Adorno y
Horkheimer afirman que la promesa
iluminista de liberar al hombre de
la tutela a que él mismo se expone no puede ser cumplida a través de la razón,
que es un mero instrumento de autopreservación. La
historia de Odiseo9 revela la marca oscura en la constitución de la
subjetividad occidental: el miedo que yo
tengo de “otro” –identificado con la
naturaleza– fue superado, en el de- curso de la civilización, por la dominación
del otro. Así, como el otro no es completamente extraño, la dominación de la naturaleza sólo puede significar autodominación. Sin
embargo, como mostraba la
regresión civilizatoria manifiesta en la barbarie del
nacional-socialismo, la razón occidental no había conseguido superar el temor
original que la huma- nidad
experimentaba con respecto al otro –el judío es el otro, el extraño, humano y
no humano al mismo tiempo. El interés en la historia subte- rránea de la
civilización occidental, que el cuerpo del texto desvenda, es el principio
metodológico que nortea la historia de
la razón occidental. La historia de Odiseo y la del holocausto, el mito
que es el Iluminismo y el Iluminismo
que se transforma en mitología, son los
marcos de la historia occidental:
la génesis de la civilización y su transformación en barbarie. Adorno y
Horkheimer rastrean la irracionalidad y el raciona- lismo cultural hasta sus
orígenes, es decir, hasta el principio de identidad, que es la estructura
profunda de la razón occidental. La estructura apo- rética de una teoría
crítica de la sociedad, tal como concebida por los autores, se torna evidente.
Si la promesa del Iluminismo y de la racio- nalidad cultural revela apenas la
culminación de la lógica identificatoria
constitutiva de la razón, la teoría de la dialéctica del Iluminismo, hecha con
los instrumentos de esa misma razón, perpetúa la propia estructura de
dominación que condena. La crítica del
Iluminismo cae en la misma aporía que el
propio Iluminismo. Así, la consecuencia más
amplia del proyecto de crítica del Iluminismo es la propia
transformación del con- cepto de crítica. La transformación de la crítica de la
economía política en crítica de la razón instrumental marca un cambio en el objeto de la crítica, así como en
su lógica. Los tres aspectos de la crítica son pues- tos en cuestión: crítica inmanente,
crítica desfetichizada y crítica como diagnóstico de la crisis. La crítica
inmanente se transforma en dialécti- ca negativa; la crítica desfetichizada se
torna crítica de la cultura, y el diagnóstico de la crisis es convertido en una
filosofía retrospectiva de la historia, con propósitos utópicos (Benhabib,
1999)10.
9 Ver “Odiseo
y el mito del iluminismo” en Adorno y Horkheimer (1987).
10 La obra
posterior de Adorno, hasta su Dialéctica
negativa, puede entenderse como una elaboración de las tesis básicas de Dialéctica de la Ilustración. Adorno transforma la
crítica inmanente en diálectica negativa, precisamente para minar la identidad
especulativa entre concepto y objeto, esencia y apariencia, posibilidad y
necesidad, postulada por Hegel. La dialéctica es una interminable
transformación de los conceptos en sus opuestos, de aquello planteó desde
sus orígenes requería una ampliación de sus
temas y la búsqueda de un nuevo paradigma explicativo. Ya que, si los parámetros originales de la teoría crítica llevaban a que fuese
puesta en riesgo la propia
posibilidad de la crítica de la emancipación, son esos parámetros los que
tienen que ser revisados, so pena de perder exactamente esa tra- dición de
pensamiento. Para Habermas, son las
propias formulaciones originales de Marx las que tienen que ser abandonadas. Y
eso no porque pretenda echar mano de la crítica sino porque, para él, los
conceptos ori- ginales de la teoría crítica no son lo suficientemente críticos frente a la
realidad, porque ignoran aspectos decisivos de las relaciones sociales.
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En suma, para Adorno y Horkheimer la sujeción al
mundo tal como aparece no es más una ilusión real que
puede ser superada por el
comportamiento crítico y la acción transformadora: es una sujeción sin alternativas, porque la racionalidad propia de la
teoría crítica no encuentra bases concretas en la realidad social del capitalismo admi- nistrado, dado que ya no son
discernibles las tendencias
reales de la emancipación. Así, el
propio proyecto crítico se encuentra en una apo- ría: si la razón
instrumental es la única racionalidad del capitalismo administrado, entonces ¿cómo
es posible la crítica a
la racionalidad instrumental?
Adorno y Horkheimer asumen esa aporía,
diciendo que ella es, en el capitalismo administrado, la condición de una
crítica cuya posibilidad se tornó extremadamente precaria (Nobre, 2003).
Habermas
fue quien, luego de
Adorno y Horkheimer, dio su forma concreta al proyecto de
continuación crítica de la Escuela de Frankfurt. La teoría de Habermas
significó, por un lado,
un retorno al programa original
de una teoría crítica de la sociedad. Por otro lado, mediante su recepción de la
filosofía analítica del lenguaje, la sociolo- gía funcionalista y la teoría
weberiana del proceso de racionalización, Habermas hizo valer distinciones categoriales, tanto frente
a la primera teoría crítica, como a la tradición marxista en conjunto, por medio de las cuales quedó abierto para la
teoría crítica un modo de escapar del
callejón sin salida del negativismo dialéctico, sin necesidad de retornar al
positivismo pseudo-dialéctico.
Para Habermas,
apoyar conscientemente la posibilidad de la crí- tica en una aporía –como en el
caso de Adorno y Horkheimer– significa
poner en riesgo el propio proyecto
crítico. Esto fragiliza tanto la posi- bilidad de un comportamiento crítico en relación con el conocimiento, como la orientación para la
emancipación. Habermas propone un diag- nóstico divergente en relación con aquel presentado en la Dialéctica del
Iluminismo. En este sentido, para
Habermas se trata de constatar que el enfrentamiento de las
tareas clásicas que la propia
teoría crítica se que es en lo que podría ser pero no es. El próposito de
Adorno es mostrar la superficialidad de aquello que es; mostrar que el objeto desafía su concepto y que el concepto está con- denado al fracaso en su búsqueda de la
esencia. Adorno debilita los propios presupuestos conceptuales de la crítica
inmanente que practica. La dialéctica
negativa se convierte en una dialéctica de la negatividad pura, de la
contestación de lo real. El discurso de
la nega- tividad rechaza aquello que Marx
era capaz de presuponer: que la comprensión de la nece- sidad de lo que
es también llevaría a la comprensión de lo que podía ser, y que lo que podía
ser era algo por lo que
valía la pena luchar. La
dialéctica negativa, en contraste, niega que haya una lógica emancipatoria que sea inmanente a lo real. A pesar de que la crítica de la economía política no sirve
de modelo, todavía hay normas y valores que tienen un conteni- do
emancipatorio; estos tienen que ser
buscados en las promesas utópicas no cumplidas de la cultura, el arte y la
filosofía –como es el caso de Adorno–, o
en las estructuras profundas de la subjetividad humana que se rebelan contra la sociedad opresora
–por tomar el caso de Marcuse (Benhabib,
1999).
En
Teoría de la acción comunicativa, Habermas pretende recons- tituir la
unidad de la razón disociada por la modernidad. Para ello, parte del
diagnóstico según el cual la
racionalidad instrumental es una racio- nalidad trunca. La modernización
hizo triunfar la racionalidad del en-
tendimiento de la ciencia y la técnica, uno
de los aspectos de la razón del siglo XVIII. Para Horkheimer, la
racionalidad industrial encarnaba esta razón trunca. Pero la Teoría de la
acción comunicativa no comparte las consecuencias de Dialéctica del Iluminismo.
Para escapar de las aporías de esta
obra, Habermas formula un nuevo concepto
de racionalidad. Para el autor, la
“racionalidad instrumental”, que
es identificada por Adorno y
Horkheimer como la racionalidad dominante y, por ello, obje- to por excelencia
de la crítica, puede ser controlada. Para resolver este problema, Habermas
formula una teoría de la racionalidad doble, una racionalidad instrumental y
una racionalidad comunicativa (ver Haber- mas, 2003). Así, pretende demostrar que la evolución de las formas de racionalidad
lleva a una diferenciación progresiva de la razón humana en dos tipos de racionalidad, inmanentes a las
formas de acción huma- na. La acción instrumental, en que el agente calcula los
mejores medios para alcanzar determinados fines,
está orientada por el éxito. En
con- traste con este tipo de
racionalidad, surge la racionalidad propia de la acción comunicativa, aquella
orientada al entendimiento y no a la mani- pulación de objetos y personas
con vistas a la reproducción material de
la vida. La distinción de Habermas entre “sistema” y “mundo de la vida” deriva
de la necesidad de un concepto de racionalidad complejo, en que la racionalidad
instrumental pasa a estar limitada, de modo de no anu- lar las estructuras
comunicativas profundas presentes en las relaciones sociales. El objetivo de Habermas
es mostrar las vertientes del proyecto moderno que no
fueron continuadas; explorar las
interrupciones, dis- continuidades y potencialidades que permanecen ocultas. Frente a las aporías
que surgen en el análisis del
Iluminismo, existe una alternativa todavía inexplorada del proyecto moderno
(Nobre, 2003).
A la segunda generación de la
Escuela de Frankfurt, la sucede hoy
la tercera, compuesta por los
alumnos de Habermas (Axel Honne- th), Schmidt (Matthias Lutz-Bachmann, Gunzelin
Schmid Noerr) y Wellmer (Martin Seel), quienes hicieron sus primeras armas en
los debates de la década del ochenta.
Axel Honneth,
tal vez el miembro más importante de la
teoría cri- tica de esta generación, fue asistente de Habermas en el Instituto
de Filo- sofía de la Universidad de Frankfurt, lo sucedió en su puesto en la
Univer- sidad, y luego se transformó en
director del Instituto de Investigaciones Sociales. Honneth continuó con el trabajo de Habermas, desde una po- sición
crítica. Así como Habermas presentó su teoría como una solución a las aporías de los trabajos de Adorno y
Horkheimer, Honneth intenta demostrar que
la solución habermasiana plantea nuevos problemas que precisan ser
resueltos filosóficamente. Uno de los
elementos centrales de la crítica a Habermas es lo que Honneth llama déficit sociológico; déficit
que queda demostrado en la distinción
dual, cargada de ambigüedades, entre sistema y mundo de la vida, y en el
entendimiento habermasiano de la intersubjetividad comunicativa, que no es estructurada por la lucha y el conflicto
social. Esta distinción buscó garantizar tanto la posibilidad de una limitación
de la razón instrumental como la perspectiva de la acción emancipatoria,
intentando escapar a las aporías que
enfrentaron Adorno y Horkheimer. Así, Habermas justificó también la
necesidad de la racio- nalidad instrumental como elemento de coordinación de la
acción, indis- pensable para la reproducción material de la sociedad. Para ello
fue obli- gado, según Honneth, a neutralizar normativamente el sistema, de modo
de tornarlo contrario a la lógica
comunicativa. Con esto, se volvió incapaz de pensar cómo el propio
sistema y su lógica instrumental son resultado de conflictos permanentes, capaces
de moldearlo conforme a las correla- ciones de fuerzas sociales. Si concuerda
con Habermas en la necesidad de construir una teoría crítica sobre bases
intersubjetivas, se distancia de él al defender la tesis de que la base de la interacción social es el conflicto, y su
gramática, la lucha por el reconocimiento. Honneth coloca el conflicto social
como objeto central de la teoría crítica, y busca extraer de este con- flicto
los criterios normativos de su teoría (Nobre, 2003).
El pensamiento
de Wellmer debe entenderse como
originado en el giro que la obra de Habermas imprime a la tradición crítica
frankfur- tiana. Tiene como marco, en
cierto modo, la Teoría de la acción comu- nicativa, pero Wellmer es también discípulo de Adorno, y la
obra de este es un punto de referencia esencial. Frente a la
idea de Habermas de una reconciliación
de la modernidad consigo misma, Wellmer desa- rrolla una imagen distinta,
influenciado por el pensamiento de
Adorno, Wittgenstein y Heidegger, y proyecta la imagen de una modernidad no sólo
no reconciliada consigo misma, sino de
una “modernidad irrecon- ciliable” –como aparece en el subtítulo del libro.
La dialéctica
del desgarramiento y reconciliación, en cuya
perspectiva normativa la tradición hegeliano-marxiana de pensamiento
crítico enfocó desde un principio el desenvolvimiento de la
modernidad, ya no puede resolverse mediante la utopía basada en la idea de una reconci- liación radical que la
modernidad hubiese de proyectar desde sí misma [...] una idea de libertad racional en el mundo moderno sólo
es posible sobre la idea de una constante liberación o producción de
desgarramien- tos y disociaciones [...] esto constituye la irrebasable
negatividad de las sociedades modernas: las tentativas de rebasar esa negatividad en una forma existente o futura
de libertad comunal sólo es posible al precio de la destrucción de la libertad
individual y comunal (Wellmer, 1996).
Para Wellmer
esta modernidad como proyecto inacabado significa el final de la utopía, entendida como consumación del
telos de la historia, pero este
final debe entenderse, también, como principio de autorre- flexión de la modernidad, de una
nueva comprensión y liberación de los impulsos radicales del espíritu moderno,
en su fase post-metafísica.
LA ESCUELA DE
BUDAPEST
Toda una serie
de obras intentaron imponer
a la
ortodoxia agotada del
marxismo-leninismo una crítica de
sus presupuestos, y contestar
su pretensión de ser
la verdad única. Entre estas
obras, se destacan particularmente las de
Lukács, y luego las de sus discípulos, quienes intentaron sentar
las bases teóricas de un relanzamiento democrático del socialismo
real.
Historia y
conciencia de clase es, sin duda, uno de
los eventos más importantes en la
historia del marxismo, y un texto
fundador de toda una corriente de pensamiento al interior del marxismo
occidental11.
Lukács
redescubre la idea de que una construcción social, el mercado, se
presenta frente a los sujetos como una necesidad natural, que impone una forma a sus vida
que ellos no son capaces de resistir. En Historia y conciencia
de clase, recuperando las nociones de Marx
de alienación y fetichismo de la mercancía, Lukács denomina a este
proce- so “reificación”, la transformación de una institución o ideología creada
por el hombre en una fuerza que controla
a los seres humanos. A partir de esta
sensación de debilidad, crecen la
deferencia a la jerarquía, la aceptación de la burocracia, la ilusión en la
religión, que otros relatos de la
conciencia obrera ya habían señalado. Sin embargo, en las manos de Lukács,
estos elementos reciben un fundamento real en la experien- cia diaria de los
trabajadores bajo el capitalismo (Rees,
2000).
Como afirma
Anderson (1987), Lukács colocó a Hegel en una posi- ción dominante en la
prehistoria del pensamiento marxista. La infuencia de Hegel
fue más allá
de una mera atribución
genealógica; dos de las tesis básicas de Historia y conciencia de
clase provenían del pensamiento hegeliano: la idea del proletariado como el “sujeto-objeto
idéntico de la historia”, cuya conciencia de clase superaba el problema de la
relatividad social del conocimiento; y la tendencia a concebir la “alienación”
como una objetivación externa de la objetividad humana, cuya reapropiación sería un retorno a una prístina
subjetividad interior, lo que le permitiría a Lukács identificar el logro por
parte de la clase obrera de una
verdadera conciencia de sí misma, con la realización de una revolución
socialista.
11 Para
un análisis del pensamiento de Lukács,
ver Arato y Breines (1986), Löwy (1998), Rees
(2000) y Žižek (2000).
Reexaminando
su propio proyecto teórico de Historia y concien- cia de clase (1923), el
último Lukács critica el weberianismo particular de su juventud izquierdista, un weberianismo romántico, centrado en la
denuncia de la racionalización-alienación capitalista. El pensador húngaro
renuncia a la dialéctica sujeto-objeto encarnada en la concien- cia de
clase del proletariado, y deja de lado su exaltación de la subjetivi- dad revolucionaria de una clase capaz de poner fin
a la acción abstracta de la mercancía y de superar la racionalización
capitalista, identificada con un mecanismo socioeconómico identificado, a su
vez, con la reifi- cación. Obsesionado
por los fracasos de la burocracia
socialista en su intento por realizar el contenido democrático radical de esta
conciencia de clase, Lukács propone una reconstrucción ontológica
de la teoría, cuya meta sería constituir una ética
materialista-dialéctica que norma- ra la
acción democrática del estado comunista.
Para el Lukács
de la Ontología, la obra de Marx
contiene un fun- damento
ontológico que le permite ser una alternativa tanto a la onto- logía especulativa, como a la neopositivista. El
ser social constituye un nivel de la
objetividad. El hecho esencial de este
ser social es el trabajo que,
a la vez,
presupone y fija los otros niveles de la
objetividad. La crítica lukacsiana se
dirige tanto hacia el capitalismo
como hacia el socialismo; el modo de
producción capitalista produce extrañaciones específicas a partir de la
coacción que produce la búsqueda de plusvalía relativa; la sociedad socialista,
por su
parte, reposa sobre objetivacio- nes
específicas que impiden la realización de una praxis que articule objetivación de las capacidades de
trabajo y conexión de las formas del ser
social en sus diversos niveles. Lukács critica el
economicismo del materialismo histórico estalinista retornando a Marx y utilizando, de manera crítica, las
categorías hegelianas o “determinaciones reflexivas” que constituyen la praxis humana como
autorrealización de las capa- cidades
humanas en la unidad de la apropiación
de la naturaleza y la objetivación en las relaciones sociales. Así, la lucha
contra la manipu- lación ontológica radical articula la crítica del
capitalismo extendido a la esfera de reproducción de la subjetividad y
el combate contra las formas degeneradas del socialismo, confiando todavía en la
capacidad de autorreforma del partido-estado (Tosel, 2001b).
Alumnos, discípulos y colegas del viejo Lukács
en Hungría conti- nuaron con interés el
proyecto teórico de su maestro. Ágnes Heller, Fe- renc Fehér, György Márkus e István Mészáros, críticos del
régimen co- munista, fueron, en diferentes períodos, desplazados de la
Universidad de Budapest. Estos filósofos, que
siguieron caminos diferentes, tenían en común la voluntad de participar
en aquello que debía ser una críti- ca, o autocrítica, de la ortodoxia
marxista, y un intento de reformarla.
Como afirma Tosel (2001b), su
reflexión se divide en dos
períodos: el primero se caracteriza por
la búsqueda de una reforma del
marxismo en torno a una antropología social integrada por varios aspectos del liberalismo político;
en el segundo período se produce un elogio
más abierto del liberalismo que
los conduce, con la excepción de
Mészáros, fuera del marxismo.
En un
primer momento, la búsqueda filosófica pasa por explorar la perspectiva de
una ontología del ser social contra la ortodoxia marxis- ta-leninista,
repensando el aporte marxista desde una crítica del orden socio-político
dominado por un partido-estado
inmovilizado en su pre- tensión de ejercer un
rol dirigente, e incapaz de realizar un
análisis de la realidad social y política que lo determinan. El camino
originalmente elegido consistió en una inflexión antropológica de perspectiva
lukacsia- na, centrada en la noción de necesidades radicales de los individuos,
que se manifiestan en la vida cotidiana. Con la Teoría
de las necesidades en Marx,
cuyo objetivo es elaborar una
antropología crítica que considere la esencia
humana mutable, Heller inaugura una serie de trabajos sobre la filosofía
contemporánea que se distancia de la ontología lukacsiana,
vista como demasiado dominada por un
paradigma de la producción incapaz de integrar la diversidad de la poiesis-praxis humana, mante- niendo la
importancia de la vida cotidiana como el lugar donde se reali- zan las empresas humanas (Tosel, 2001b). Para Heller, la vida cotidiana posee
una universalidad extensiva; constituye la mediación objetivo-on- tológica
entre la simple reproducción espontánea de la existencia física y las formas
más altas de la genericidad, porque en
ella, de forma inin- terrumpida, las
constelaciones de las tendencias apropiadas de la reali- dad social, la particularidad y la genericidad
actúan en su interrelación inmediatamente dinámica (ver Heller, 1994). Las obras posteriores a So- ciología de la vida cotidiana; Instinto, agresividad y
carácter, y Una teoría de la historia continúan manteniendo la importancia de
la vida cotidiana como el lugar donde se realizan las empresas humanas. György
Márkus, por su parte, en Language and Production, realiza la crítica más mordaz del paradigma de la producción,
retomando el giro lingüístico en la fi- losofía, ya problematizado por Habermas
y la hermenéutica. El autor muestra cómo
el giro lingüístico cobra su
incontestable pertinencia a partir de una idealización de las virtudes
de la discusión y el consenso. El paradigma de la producción propuesto por Marx
deja al descubierto la construcción de
la forma comunista, pues esta radicaliza la produc- ción al separar todas las formas de dominación.
Los teóricos de
la Escuela de Budapest, en
sus análisis de las sociedades socialistas, critican el
materialismo histórico ortodoxo por su incapacidad para comprender la realidad
de dichas sociedades. He- ller, Márkus y Fehér publicaron Dictatorship over
needs, obra que puede ser considerada
como el punto culminante de la crítica de las socieda- des socialistas irremediablemente bloqueadas. El
socialismo real sería irreformable,
contrariamente a lo que
pensaba Lukács. La supresión
del mercado había coincidido con la supresión de la autonomía de la sociedad civil en
favor del estado, y el plan de producción y distribu- ción, considerado por la
ortodoxia marxista-leninista como el funda- mento económico del
socialismo, era orgánicamente
incompatible con el pluralismo, la democracia y las libertades. El reemplazo de la pro- piedad privada por la propiedad del estado sólo
podía desembocar en la dictadura sobre las necesidades, que es la nueva antropología de las sociedades
socialistas. Los productores son así sometidos por los meca- nismos de
esta dictadura a una nueva clase, la burocracia del partido. Esta crítica
retoma algunos de los elementos de la crítica liberal, y una conclusión natural
lleva a la defensa del mercado y de la espontaneidad de la sociedad civil.
Sin embargo, no hay que
olvidar que, para Heller, la exigencia de
una democratización radical constituye la otra lógica activa de la modernidad, y
que está
a la orden del día el imperativo
ca- tegórico-utópico de satisfacer, prioritariamente, las necesidades de los
más pobres en todos los países
(Tosel, 2001b).
El segundo período de estos
pensadores abre un capítulo del
post-marxismo. Ágnes Heller elabora una
obra múltiple y original, próxima a Habermas, centrada en la urgencia de elaborar una teoría de la
modernidad. El intento teórico
buscaba confrontar la tradición marxista
con la experiencia comunista histórica,
insistiendo en el ca- rácter central del
individuo, y reformulando el concepto de praxis, de- finido como una actividad
social orientada a un propósito, en la cual
el hombre realiza las potencialidades de su ser social, que
es ser fin en sí mismo. Estas
potencialidades se realizarían en una unidad compleja de tres dimensiones: la creación de un mundo
específicamente humano, la constitución de la libertad por la lucha y la conexión con la naturaleza humanizada. Después de The
power of the shame. Essays on
rationality, y hasta A theory of modernity, Ágnes Heller elabora una teoría de la racionalidad fundada en la distinción de tres
esferas de objetivación: la
objetivación en sí como a priori de la experiencia humana (lenguaje común,
objetos producidos para el uso humano);
la objetivación para sí, traducción antropológica
del espíritu absoluto hegeliano
(religión, arte, ciencia, filosofía); la objetivación en sí y para sí (sistema
de insti- tuciones políticas y económicas) (Tosel, 2001b).
István Mészáros, el otro gran pensador de la
escuela, rechaza precisamente este alejamiento de la instancia
específicamente marxista respecto de la crítica de la economía política, en
provecho de una teoría normativa de las lógicas axiológicas de la modernidad.
Habiendo sido el primero en disentir, es el único que mantuvo un
vínculo directo con Lukács y Marx.
Mészáros está más interesado en
explorar un marxis- mo de la tercera época que en una vía post-marxista. Para el pensador
húngaro, el primer marxismo es el del Lukács de Historia y conciencia de clase,
que exploró la tensión trágica entre las
perspectivas universa- les de socialismo y los límites inmediatos de la
actualidad histórica (el fracaso de la
revolución en occidente, el socialismo
en un
solo país). El segundo marxismo es el marxismo-leninismo, con sus
disidencias (Bloch, Gramsci, el segundo Lukács). Este marxismo reposa sobre la forma de partido-estado que bloquea la auto-actividad materialmente
fundada de los trabajadores; critica el capitalismo sin ir más allá
del imperio del capital. El marxismo de la tercera época busca entender
la forma del proceso por el cual el capitalismo, como forma más reciente de producción del capital, deviene
integración global y lleva a su límite el capital como modo de control,
regulando la totalidad de las relacio- nes sociales (Tosel, 2001b).
Mészáros
muestra que el
socialismo soviético reposó
en una nueva forma de
personificación del capital. Por
personificación se debe comprender una forma de imposición de los
imperativos objetivos como comandos sobre el sujeto real de la producción. El
capital es un sistema sin sujeto que incluye una personificación de los sujetos,
llamado a tra- ducir los imperativos en dirección práctica, bajo pena de exclusión. El capital se personifica
en la fuerza de trabajo, destinado a entrar en una relación contractual de
dependencia económica regulada políticamen- te. La Unión Soviética realizó una
nueva forma de personificación del capital como modo de lograr su objetivo
político de negación del capi- talismo: esta
nueva personificación inventó un tipo
de control, donde el objetivo era
la tasación forzada de la extracción de plus-producto por parte del partido, que
se justificaba en nombre de superar a los países capitalistas. La
implosión del sistema soviético sólo
puede ser entendi- da como parte esencial de una crisis sistémica.
Pues la solución sovié- tica surgió como medio de superar, en
su propio ambiente, una gran
crisis capitalista, mediante la
institución de un modo post-capitalista de producción e
intercambio, vía la abolición de la propiedad privada de los medios de
producción. Pero la solución soviética
no fue capaz de erradicar al capital del sistema post-capitalista de
reproducción socio- metabólica. Así, continuó siendo operacional solamente
hasta que la necesidad de avanzar
beyond capital surgió como desafío fundamental en el orden global del período. Es
por eso que el
fin del
experimento post-capitalista soviético fue inevitable (ver Mészáros,
2003; 2004).
Para Mészáros, la característica fundamental
de nuestra época, en contraste con
las fases anteriores del desarrollo capitalista, es que vivimos en las peligrosas condiciones de
la “crisis estructural del sistema de capital como un todo” (Mészáros, 2004). En
otras palabras, la crisis sistémica que
sufrimos es particularmente grave; no
puede ser medida por los patrones
de las
crisis pasadas. La época de
“crisis estructural” del sistema
del capital, a diferencia de crisis coyunturales del capita- lismo antes enfrentadas, y más fácilmente superadas, trae consigo las
consecuencias más radicales para nuestro
presente y futuro. Así, la crisis estructural del capitalismo es la condición
negativa de una renovación del marxismo. El marxismo tiene, a partir de esta
crisis estructural, una nueva justificación histórica, un objeto para sus análisis y la
ocasión para una autocrítica radical que
es, al mismo tiempo, la crítica del or- den capitalista. Existe también
el terreno para pensar en una alternativa global necesaria y en un nuevo sujeto
de la emancipación; la emergencia de nuevos movimientos sociales y nuevas
prácticas parece mostrar el ca- mino para superar los impases monstruosos de la
organización del par- tido-estado. Allí se juega la posibilidad de establecer
un nuevo vínculo entre teoría y práctica
en la búsqueda de construir otro mundo posible.
EL
MARXISMO ANGLOSAJÓN
Hasta la
década del sesenta, el marxismo ocupaba
un lugar marginal en la cultura
intelectual anglosajona. Una de las
preocupaciones prin- cipales de algunos autores marxistas era el desfasaje que existía entre el marxismo continental
–representado por Adorno, Horkheimer, Mar-
cuse, Lukács, Korsch, Gramsci, Della
Volpe, Colletti, Sartre y Althus-
ser– y el subdesarrollo del marxismo británico. Durante las décadas del sesenta
y setenta, se produjo una intensa discusión sobre las causas de la falta de una tradición revolucionaria dentro de la
cultura inglesa. El debate sobre la situación inglesa se produjo, entre otros,
en una serie de trabajos de Perry
Anderson (1964; 1968) y Edward Thompson (1978). Anderson
argumentaba que Inglaterra era la sociedad más
conservado- ra de Europa, y su cultura tenía la imagen de aquella:
mediocre e iner- te. El capitalismo inglés se había desarrollado de una forma
anómala, y la aristocracia parcialmente modernizada había conseguido mante-
ner su hegemonía sobre la burguesía y el
proletariado; este último, por su parte, tampoco había logrado hegemonizar
las luchas de las clases subalternas. La cultura inglesa se
había organizado sin un análisis to- talizante de la
sociedad y sin una crítica
marxista revolucionaria. La estructura social inglesa –especialmente la
ausencia de un movimiento revolucionario
de la clase obrera– era la explicación de este desarrollo anómalo. Esta interpretación,
sin embargo, fue objeto de
una fuerte crítica por parte de
Thompson (Callinicos, 2001).
A partir
de este
período, se produjo un cambio dramático en la influencia del
marxismo. El centro de producción intelectual del pensamiento marxista se
trasladó al mundo anglosajón. La región más atrasada de Europa desde el punto de vista
intelectual se transformó en el centro más importante del pensamiento de izquierda.
Una de las principales causas fue
política. La crisis del movimiento comunista des- encadenada en 1956 por la
crisis húngara y el XX Congreso del PCUS creó
un espacio político para una
izquierda independiente respecto del Partido Laborista, así como del comunismo
oficial. La New Left Review fue uno de los
productos intelectuales de
esta nueva izquierda, cuya
base se
posicionaba considerablemente a
favor de toda una serie de movimientos –por el desarme nuclear,
contra el apartheid en Sudáfrica, a favor
de la lucha del pueblo vietnamita– que
a fines de la década del sesenta
se inscribían en una atmósfera general de contestación. Esto resultó en un creciente interés por el marxismo y, también, en una cre- ciente
producción intelectual.
Desde el punto de vista intelectual, la hegemonía del mundo an-
gloparlante en el materialismo histórico fue
consecuencia del ascenso de la historiografía marxista dentro del
pensamiento socialista. El do- minio de los especialistas anglófonos en
esta área había sido importan- te desde la década del cincuenta; el
marxismo como fuerza intelectual era,
prácticamente, sinónimo de trabajo de historiadores. Este ascenso se
produjo a partir de la influencia ejercida por un
grupo de jóvenes historiadores
comunistas de finales de la década del
cuarenta y prin- cipios del
cincuenta, quienes con el tiempo transformaron las inter- pretaciones aceptadas del pasado inglés y europeo: Christopher Hill,
Eric Hobsbawm, E. P. Thompson, George
Rudé, Geoffrey de Ste. Croix, entre otros. Varios venían publicando desde el
inicio de los años se- senta, pero la consolidación de su
obra colectiva como un canon de
peso se desarrolló verdaderamente
durante los años setenta, década en que
se publicó una serie de obras
clave para la historiografía marxista.
La generación del sesenta ofreció una gran parte de los lectores de las grandes
obras de madurez de los historiadores marxistas (The Making of the English Working Class y
Whigs and Hunters de Edward P. Thomp-
son; The
World Turned Upside Down de
Christopher Hill, y la trilogía de Eric Hobsbawm sobre el largo siglo XIX). Una de las consecuencias importantes de estos
trabajos fue su rol
de modelo para los jóvenes intelectuales radicales que por
entonces ingresaban a las instituciones universitarias (Anderson, 1988;
Callinicos, 2001).
En la
ebullición intelectual que
siguió, una de las principales cuestiones se refirió al
tipo de marxismo que
estaría mejor adaptado a las necesidades tanto de los militantes políticos
como de los intelec- tuales socialistas. En Gran Bretaña, el debate se enfocó
alrededor de la relectura althusseriana del marxismo. La New Left Review y su editora Verso publicaron traducciones de los escritos de
Althusser (1967; 1970) y de sus colaboradores; al mismo tiempo que toda una serie de autores marxistas franceses e italianos, y
de diferentes escuelas de pensamiento del
marxismo occidental, presentaron sus
obras al público inglés: es-
tructuralismo, formalismo y
psicoanálisis12. La recepción de Althus- ser
debe ser colocada en
el contexto más general de la
recepción del estructuralismo y del
post-estructuralismo francés. En Gran Bretaña, los cultural studies habían
sido lanzados por intelectuales de la nueva izquierda como
Raymond Williams y Stuart Hall. Sin
embargo, esta re- cepción del marxismo
occidental no fue unánime. Thompson denunció la importación irreflexiva de los
modelos continentales en nombre
de una tradición radical inglesa que se
remontaba a las revoluciones de-
mocráticas de los siglos XVII y XVIII. En un artículo, Thompson (1978) lanza
un ataque frontal contra el marxismo
althusseriano, al que le re- prochaba
intentar deducir la práctica y el sujeto de la historia a partir de la
teoría. Anderson, por su parte, fue
el principal responsable de la
importación de ese marxismo europeo,
detestado por Thompson, a fin de
remediar las insuficiencias de la
tradición marxista autóctona. Entretanto, con la publicación de The poverty of theory,
la posición de Anderson devino más
ambigua. En Consideraciones sobre
el marxismo occidental (1976), el autor opone el marxismo occidental,
representa- do por Adorno, Horkheimer,
Gramsci, Lukács, Althusser y Della Volpe
–interesado
en temas filosóficos, ideológicos y
estéticos, y distante de la práctica–, al marxismo clásico, la tradición de
Marx, Engels, Lenin, Trotsky, donde los análisis históricos, políticos y económicos
estaban orgánicamente ligados a la acción concreta en el seno del movimiento obrero (Anderson, 1987). La respuesta de Anderson (1980) a The poverty of theory fue una defensa
razonada de la contribución de Althusser y de la adhesión a un
enfoque más materialista,
representado en el plano filosófico
por G. Cohen (Karl Marx’s Theory of History:
A Defence), y en el plano
político por el movimiento trotskista.
La evolución de Ander- son reflejaba
la relevancia relativa del trotskismo en
la cultura de la izquierda angosajona. Los escritos publicados
por Isaac Deutscher y su vida en el
exilio en Inglaterra fueron importantes
en la formación de la nueva izquierda británica, y su trilogía de Trotsky
contribuyó a aumen- tar el prestigio
intelectual del trotskismo. Ernest
Mandel –importante dirigente de esa corriente política– participó de manera activa en los debates que atravesaron a la izquierda en
el mundo angloparlante, y sus escritos fueron rápidamente traducidos al inglés.
Fueron principalmen- te Deutscher y Mandel quienes influenciaron a Anderson y al
equipo de la New Left Review, aunque
hubo también otros signos de la vitalidad del movimiento trotskista
(Callinicos, 2001).
12 Para un
balance de la experiencia intelectual de la
New Left Review, ver
Anderson
(2000).
Como afirma Anderson (1988), a comienzos de los
años setenta era notable el contraste
entre el auge intelectual del marxismo anglo- sajón y la reacción que se abatía sobre Francia después de que los nue- vos filósofos procedentes de la
generación del ‘68 adhirieran al maoís- mo
o al neoliberalismo. Sin embargo,
a fines de la década del setenta y comienzos de los años ochenta, se
produce en el mundo anglosajón el
surgimiento del neoliberalismo, con la
llegada al poder de Margaret Thatcher en Inglaterra y Ronald Reagan en Estados
Unidos. El adveni- miento de Thatcher y Reagan se tradujo en una amplia
ofensiva contra los movimientos obreros en los dos países, que no se cuenta
sólo por las grandes derrotas (como la de los mineros ingleses en 1984 y
1985) sino que también estuvo en el origen del conjunto de
políticas neoliberales que se impusieron
en los años noventa como modelo para el capitalis- mo en su conjunto.
Por sí
solos, esos reveses eran suficientes para crear un clima de
pesimismo y duda en el seno de
la izquierda intelectual, pero
los problemas específicamente teóricos también contribuyeron con este clima. Mientras que, en la
cumbre de la radicalización de fines de
los años sesenta y comienzos de los setenta, la adopción del estructuralis- mo francés y del que se llamaría más tarde post-estructuralismo había contribuido
al renacimiento del marxismo, a
fines de los años setenta se la podía
considerar como uno de los mayores
desafíos al marxismo. Los trabajos
de Foucault fueron particularmente
importantes en este sentido, en tanto dieron una base filosófica a la idea de
que todas las formas de marxismo
presentaban límites insuperables.
Es en esta
coyuntura poco favorable de los años
ochenta que apa- rece por primera vez
una forma de pensamiento que amerita el nombre de corriente teórica marxista
específicamente anglosajona, el marxismo analítico. La obra Karl Marx’s
Theory of History. A defence, de G. A. Co- hen, puede ser considerada el acta de fundación del marxismo
analíti- co. En esta obra, Cohen –canadiense, miembro del Partido
Comunista de Québec, pero formado en Oxford en
las técnicas de la filosofía del lenguaje– busca dilucidar las
tesis del materialismo histórico a partir de las técnicas de la filosofía
analítica. Los marxistas, hasta ese momento, se habían dividido entre una
serie de campos filosóficos, los
hegelianos y los althusserianos fundamentalmente, y coincidían en el hecho de
que la filosofía analítica, enseñada en
las principales universidades
anglo- sajonas, era a la vez
políticamente conservadora y estrechamente pro- vincial. Por otro lado,
el rechazo del marxismo por parte
de la filosofía analítica había sido
total. Cohen, por su parte,
consideró posible utili- zar las
técnicas de la filosofía del lenguaje para comprender y formular de forma clara
las tesis esenciales del materialismo
histórico y apreciar su validez. Las tesis
de Cohen se oponían frontalmente a aquellas sos- tenidas por los
marxistas, y rechazaban especialmente la idea de que
existía una diferencia fundamental de método entre la teoría marxista y las
ciencias sociales burguesas tradicionales. Para Cohen, las tesis de Marx
sobre el capitalismo, la historia, las clases sociales y la revolución
debían ser comprendidas por los
mismos métodos que toda otra for-
ma de teoría social, una idea exactamente contraria a la sostenida, por
ejemplo, por Lukács13 (Bertram, 2001).
En su
Karl Marx’s Theory of History,
Cohen defiende, frente a la crítica filosófica, una interpretación tradicional del
materialismo histó- rico, fundada en el
prefacio a la Contribución a la crítica de la economía política. Cohen busca
elaborar un tipo de explicación funcional que le permita afirmar que las relaciones de producción existen a causa
de su tendencia a desarrollar las fuerzas productivas, y que la superestructu- ra tiende a estabilizar
estas relaciones.
La
reconstrucción del materialismo histórico se organiza a partir de dos tesis:
la tesis del desarrollo y la
tesis de la primacía. La tesis del desarrollo sostiene que las
fuerzas productivas materiales tienen una tendencia a desarrollarse a lo
largo del tiempo. La tesis
de la prima- cía
afirma que las características de las
relaciones de producción se
explican por el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, y
no a la inversa. Cohen también afirma que
las características de las institucio- nes jurídicas y políticas deben ser explicadas por la naturaleza de las relaciones de producción. Si a la tesis del
desarrollo y a la tesis de la primacía le sumamos la idea de que
a los diferentes niveles sucesivos de desarrollo de las fuerzas
productivas corresponden funcionalmente diferentes formas sociales, obtenemos
una interpretación marxista clá- sica de la historia. Cohen no ignora que
esta representación tradicional de la
historia, por varias razones
irresistibles, ha caído en desuso. Para solucionar este problema, propone una lectura de la teoría marxista
de la historia a partir de una
explicación funcional. La lectura funcional sostiene que las características de
las relaciones sociales de producción son
de naturaleza tal que
permiten a las fuerzas
productivas desarro- llarse. Al invocar una explicación funcional, Cohen
desencadena en el seno del marxismo analítico el primer gran
debate14. En una serie de ar- tículos,
Elster declara que si el marxismo reposa
sobre una explicación funcional, no lo hace en la sostenida por Cohen.
En el corazón de la crítica de Jon Elster a Cohen concerniente a su uso de la
explicación funcional se encuentra un programa de ofensiva sobre el terreno de
la filosofía de las ciencias sociales. Elster recomien- da, en particular, la
utilización del método de elección racional y de las herramientas de la teoría
de los juegos15. Sus trabajos permanecen en el nivel metodológico. En Making Sense
of Marx, Elster analiza de forma
sistemática los principios del marxismo de
elección racional. Las dos
tesis fundantes del individualismo
metodológico son: 1) las estructuras
sociales son consecuencia involuntaria
de acciones individuales; 2) los agentes humanos poseen una racionalidad instrumental
o, en otros tér- minos, ellos
eligen los medios más eficaces para alcanzar sus fines.
La primera de las tesis se
vincula a la ofensiva ideológica desencadenada contra el marxismo por Popper y Hayek; la segunda generaliza uno de los postulados más importantes de la economía neoclásica
(Callinicos, 2001; Bertram, 2001).
13 Ver
“¿Qué es el marxismo ortodoxo?” en
Lukács (1984).
14 Hay una
serie de volúmenes que reproducen los debates en el seno del marxismo analí- tico: Carver y Thomas (1995), Marcus (1996), Mayer
(1991) y Roemer (1986).
Entre los
marxistas analíticos que aplicaron
estos métodos a los problemas clásicos
del marxismo, John Roemer ha sido uno de los más destacados. En uno de
sus primeros trabajos, Analytical
Foundation of Marxian Economic Theory,
propuso una lectura neo-ricardiana y alta- mente matematizada de la
teoría económica de Marx. Este desarrollo continuó en su
obra A General Theory of
Exploitation and Class, que ilustra el proyecto analítico en su
conjunto, intentando fundar las
re- presentaciones marxistas de
los macro-fenómenos sociales,
como las clases, a partir de los micro-motivos individuales (Roemer, 1982).
Ciertos
marxistas analíticos, como John Roemer y Philippe Van Parijs, participaron de
una serie de debates que intentaban desarrollar la tradición marxista
de la economía política para explicar las razones del fin de la era de oro
del capitalismo. A partir de viejas
controversias sobre la transformación de
valores en precios de producción, y sobre la caída tendencial de la
tasa de ganancia, economistas
de izquierda como Piero Sraffa afirmaron
que la teoría del valor trabajo no
permitía determinar la evolución de los precios y constituía un obstáculo para
la comprensión de las economías
capitalistas. Sobre la base de esta pre- ocupación, Roemer fue un
poco más lejos
y adhirió a las tesis neoclá sicas.
En A General Theory
of Exploitation and Class
(1982), Roemer se esfuerza
por desvincular a la
teoría marxista de la explotación de la teoría del valor
trabajo, y reformula la primera utilizando la teoría del equilibrio general y la teoría de los
juegos (Callinicos, 2001). Una
gran parte de la obra está consagrada a
demostrar que los conceptos de clase y
explotación pueden ser derivados de
modelos neoclásicos rela- tivamente estándar. Roemer comienza por hacer suya
la idea marxista clásica de la
explotación, según la cual la existencia
de plustrabajo indi- ca si existe
explotación o no. Él demuestra, entre otras cosas, la propo- sición
herética desde un punto de vista marxista, según la cual en una economía donde todos los agentes trabajen por sí mismos, e interac- tuando sólo para cambiar productos en el mercado, habrá
explotación si los productores partieron de dotaciones de trabajos desiguales.
Uno de los resultados interesantes de A General
Theory of Exploitation and Class
es el principio de correspondencia entre las nociones de clase y de
explotación; esto demuestra que la situación de explotado y la situación
de clase
están ligadas. Cualesquiera que
sean las objeciones que se le puedan hacer, la reinterpretación de
Roemer de la teoría marxista de las clases y de la explotación continúa siendo
uno de los aportes nuevos y fecundos del
marxismo analítico.
15 Uno de los
aspectos más criticados del marxismo
analítico es exactamente su posición a favor del individualismo metodológico y
los modelos de interacción social de actores racio- nales. Según esta tesis, todas las prácticas sociales y todas
las instituciones son, en princi-
pio, explicables por el comportamiento de los individuos. El
modelo de actores racionales utiliza la teoría económica para modelizar el
comportamiento de los individuos en función de sus deseos e intereses. El individualismo metodológico
se opone así al estructuralismo y al holismo. Los pensadores marxistas críticos de la vertiente analítica señalan que los análisis en términos de elección racional
toman como dadas las circunstancias que
susci- tan la elección y
deliberación, y que estas mismas características
estructurales son las que el marxismo
tiene por tarea explicar. En otras palabras, el marxismo analítico
considera como dado aquello que necesita
ser explicado. Ellen Meiksins Wood
(1989) insiste parti- cularmente
en este punto.
Una tercera corriente de pensamiento en el seno
del marxismo analítico (encarnada
por Robert Brenner y Erik Olin Wright) mantiene relaciones más ambiguas con el marxismo de elección
racional; Wright y Brenner, por ejemplo,
se oponen al individualismo metodológico (Ca- llinicos, 2001).
En su ensayo “Agrarian Class Structure and
Economic De- velopment in
Pre-industrial Europe”, Brenner (1995)
sostiene que el capitalismo puede
ser mejor comprendido como proviniendo
de una consecuencia involuntaria de la lucha de
clases en el feudalismo. Re-
sumiendo el proceso, Brenner (1977)
sostiene que el paso de una “eco-
nomía tradicional” hacia una economía relativamente autosuficiente de desarrollo
económico era previsible, dada la emergencia de
una dis- posición específica de
relaciones sociales de propiedad
en el
campo. El resultado dependió
del precedente suceso de un
doble proceso de desarrollo de clases y de conflicto de clases; por un
lado, la supresión de la servidumbre y, por otro, el ahogamiento de la emergencia de la pequeña propiedad campesina. La
interpretación de Brenner sobre el
origen del capitalismo europeo enfatiza el rol de los agentes, insistiendo en
la lucha de clases entre señores y campesinos en el campo a fines de la edad media; así, la acción de los individuos dependería de las
reglas de la reproducción (ver Brenner,
1977). Esta relectura de Brenner dio
lugar, por un lado,
a lo que
se dio en
llamar el debate Brenner (ver
Alson y Philpin, 1995) y, por
otro lado, al surgimiento
del “marxismo político”. El marxismo
político, en el que se inscribe –además de Robert Brenner– Ellen Meiksins Wood, tiene dos características
distintivas: en primer lugar, rechaza el modelo marxista clásico de cambio
histórico, como fue esbozado en el prefacio de la Contribución a la crítica de la economía política; en segundo lugar, el
marxismo político sostiene que la primacía explicativa en la historia debe estar de acuerdo con los cam- bios en las relaciones de producción16.
Por su parte, siguiendo la línea de
investigación propuesta por Roemer, Erik Olin Wright (1985) propone un análisis de corte transversal de
la estructura de clases de las sociedades modernas fundada sobre los diferentes
tipos de dotaciones (fuerza de trabajo, propiedad del capital, calificaciones
técnicas, etc.) que posibilitan diversas coaliciones de agen- tes potenciales.
El análisis de Wright presenta la ventaja de tratar, desde un abordaje nuevo y más riguroso, el problema de la posición de clase
contradictoria, que ya había sido abordado desde una perspectiva meto- dológica
althusseriana. Si los intereses tanto de Roemer como de Wrig- ht se dirigen a
problemas específicamente marxistas, su
método y sus soluciones parecen profundamente ajenos al marxismo. El
análisis de Roemer, aplicado a la sociología, parece estar más en línea con
un aná- lisis weberiano, en la
medida en que coloca en escena
diferentes grupos que explotan sus recursos particulares en el mercado, en
lugar de llevar a cabo una aproximación propiamente marxista, fundada sobre el
conflic- to en torno a la explotación y el plusvalor. Si Cohen y Roemer
contribu- yeron con aportes interesantes y originales, se puede mencionar
también en este grupo a Adam Przeworski (1990), quien representa la tentativa de
fundar una sociología política a partir del marxismo analítico. Sus traba- jos
problematizan el dilema que los partidos socialistas enfrentan cuando tienen
que buscar el poder en democracias parlamentarias. Przeworski
sostiene que la búsqueda racional de una mayoría electoral conduce a los
partidos socialistas a minimizar la importancia de la noción de clase, en tanto eje de la organización política, y
que esto a su vez tiene como efecto la alienación de su base electoral (Bertram, 2001).
Después
de las
contribuciones originales e innovadoras de Co- hen, Roemer y Przeworski, el marxismo
analítico perdió poco a poco su coherencia y su unidad en tanto escuela; y
esto a pesar de los interesan- tes trabajos que
sus principales miembros
continuaron produciendo. Por ejemplo, podemos mencionar el caso de Cohen quien, después de Karl Marx’s
Theory of History, elaboró numerosos
artículos dirigidos a la crítica de la obra de Rawls. El primero, History,
Labour and Freedom, representa una continuación de su
obra anterior –Karl Marx’s Theory of History–, y una respuesta a las
críticas que ese libro había suscitado. Su segundo trabajo, Self-ownership,
Freedom and Equality, es un libro de
filosofía política normativa
que ataca esencialmente los trabajos del
filósofo libertariano
americano Robert Nozick17. En la
visión de Callinicos (2001), dada la
heterogeneidad del marxismo
analítico, se generó un punto sin salida, que
no permitió proponer una
interpreta- ción específicamente marxista
del mundo. En cierta medida, esto fue el resultado de las
propias contradicciones internas del
marxismo de elección racional.
16 Según
Meiksins Wood, el marxismo político intenta combinar las críticas que Thomp- son dirigió a la utilización grosera
de la metáfora base-estructura con la tentativa de Bren- ner que busca, al
contrario, exponer el desarrollo capitalista en un cuadro no teleológico de la
historia (Wood, 1999). Para un análisis
del marxismo político ver Blackledge (2001).
EL MARXISMO
EN ESTADOS UNIDOS
Innegablemente,
los marxistas anglófonos han producido las
mayores obras durante las últimas
dos décadas. Se puede citar el gran clásico de G. E. M. de
Ste. Croix, The Class Struggle in the Ancient Greek World (1981), que es
la obra de un
historiador de la misma generación de Hill y Hobsbawm, pero formado en otro medio intelectual y político: los estudios
clásicos de Oxford y el Partido Laborista, respectivamente. Los historiados más jóvenes también han producido obras importan-
tes –por ejemplo, The London
Hanged, de Peter Linebaugh (1991); Mer- chants and Revolutions, de Brenner
(1993), y Byzantium in the Seventh Century, de
John Haldon (1997). Brenner también ha
contribuido al análisis del capitalismo contemporáneo (Brenner,
2002; 2004). De una manera similar, Wright produjo una
nueva obra continuando su contro- vertido estudio sobre las clases sociales en
los países occidentales. Estas obras más
conocidas representan sólo la
punta del iceberg: en particu- lar
en Estados Unidos, muchos
marxistas universitarios simplemente han ignorado los renunciamientos
espectaculares de los últimos veinte años, y han continuado trabajando en los
diversos dominios de la filoso- fía, la economía política, la sociología y la
historia (Callinicos, 2001).
La gran ola de
radicalización que se produjo en Estados
Unidos hacia fines de los
años sesenta y principios de
los setenta tuvo como efecto colocar en el vasto sistema universitario a gran cantidad de pro-
fesores que participaron en los
movimientos de esas décadas. Esto ex-
plica, en parte, el avance en el seno de
las universidades de temas como el racismo, el sexismo y la homofobia. El
sistema universitario ha posi- bilitado que
intelectuales marxistas pudieran desarrollar sus investiga- ciones apoyándose en una gran
variedad de paradigmas teóricos.
De una cierta
manera, se asiste a una repetición del fenómeno que se dio con la
emergencia de grandes personalidades del pensamiento marxista como Edward Thompson,
Cristopher Hill, Eric Hobsbawm
y Paul Sweezy, pero con una
diferencia: el centro de gravedad se trasladó al otro lado
del Atlántico. Tres de
los cinco principales nombres del
marxismo analítico –Roemer, Brenner y Wright– son americanos; Co- hen es canadiense, establecido en Oxford, y
Elster es noruego y trabaja en Estados
Unidos. En el caso de
Inglaterra, se puede citar al teórico de
la literatura Terry Eagleton, quien en los
últimos treinta años no cesó de
escribir textos importantes inspirados en
autores tan diversos como
Althusser, Derrida, Trotsky y Benjamin (Eagleton, 1993; 1998). Pero
los marxistas británicos que
son conocidos en el exterior
escriben cada vez más para un
público situado principalmente en
los campus americanos, y con una tendencia a ir a trabajar en
ellos. El símbolo de este cambio es la presencia en la Universidad de California en Los Ángeles
(UCLA) de Perry Anderson, uno de
los intelectuales que más contribuyeron a la reconstrucción del
marxismo inglés. Este fenómeno se
inscribe en el cuadro de una redistribución general del poder intelec-
tual en el seno de las universidades occidentales. Por ejemplo, es fácil constatar que en la era de
Davidson, Rawls, Dworkin, Kripke y Dennett, Estados Unidos pasó a adquirir una
posición dominante dentro de la filosofía
analítica. El hecho de que la teoría marxista haya seguido el mismo
movimiento es un síntoma de su
integración a la vida universi- taria
(Callinicos, 2001).
17 Para un
análisis crítico de las discusiones en torno de los principios y modelos
igualita- rios, ver el artículo de Alex
Callinicos en este volumen.
Un
caso interesante es el de Fredric
Jameson, quien ha ganado reconocimiento
gracias a sus ensayos sobre el
posmodernismo (Jame- son, 1984)18. El marxismo de Jameson es sin duda de una
gran originali- dad. En sus trabajos, el autor intenta reconciliar a Althusser
y Lukács al analizar los lapsus, censuras y no dichos que caracterizan los
discursos ideológicos. El proyecto intelectual de Jameson se dirige en un
senti- do opuesto al de los principales debates sobre el posmodernismo,
que privilegian la fragmentación y la incertidumbre. Jameson propone una
interpretación totalizante del arte posmoderno como la forma cultural que adopta una nueva era del
capitalismo mundial. Sin embargo,
sus análisis socio-históricos son recuperados en tanto tentativas de descrip-
ción de las características de la
cultura contemporánea por tradiciones
universitarias que están en las
antípodas del materialismo de Jameson y de su anticapitalismo radical.
De una cierta manera, se puede aplicar al marxismo contem- poráneo de lengua inglesa el
mismo diagnóstico de Anderson sobre el marxismo occidental: se trataría de
un idealismo que se refugia en las universidades para huir de
la hostilidad del mundo exterior.
18 Para un
análisis de la obra de Jameson sobre el posmodernismo ver Anderson (1998).
EL MARXISMO DE
LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN19
La teología
de la liberación puede ser comprendida como la articula- ción entre un
conjunto de escritos20 producidos a partir de la década del setenta y un amplio movimiento
social que hizo su aparición en los años sesenta. Este movimiento comprendía a sectores de la
iglesia, mo- vimientos religiosos laicos y comunidades eclesiásticas de base.
La teología de
la liberación es una teología concreta e histórica. Como teología concreta, se
inserta en la sociedad de América
Latina, y es a partir de esta situación histórica concreta que desarrolla su teología. Sus análisis concretos están vinculados de manera estrecha con las
teorías de las ciencias sociales.
No puede deducir sus análisis concretos
de sus
posiciones teológicas, pero, a su
vez, sus posiciones teológicas no
pueden ser independientes de sus
análisis concretos. En tanto teología, antecede a la praxis; pero al
anteceder a la praxis consti- tuye un conjunto de creencias vacías: la
existencia de Dios, su carácter triádico, la redención, etcétera. Al ser
profesadas como actos de una fe independiente de su inserción histórica y
concreta, dichas creencias no son
más que abstracciones vacías que componen un
dogma sin con- tenido. El
problema de la teología de la liberación no
es negar dichas creencias, sino
preguntar por su significado
concreto. Por lo tanto, la pregunta no
es si Dios existe, sino dónde está presente y cómo actúa. El punto
de partida de la teología de la liberación es la pregunta por el lugar
concreto e histórico en el cual Dios
se revela. La teología de la
liberación nace de la respuesta que
ella misma da a esta pregunta. Esta respuesta se da por
medio de lo que estos teólogos llaman
“la op- ción por los pobres”. Esta opción por el pobre es la
opción por Dios, pero asimismo es una opción de los seres humanos en tanto
ellos per- sigan la búsqueda de
la liberación. La liberación, por lo tanto, es la liberación del pobre. Dios
no dice qué
hay que hacer. Su
voluntad es liberar al pobre, pero el camino de la liberación debe ser encontrado (Hinkelammert, 1995).
19 Un análisis
del marxismo en América Latina escaparía a las posibilidades de este tra- bajo,
sin embargo consideramos
fundamental la incorporación de una perspectiva lati- noamericana en
este mapeo del marxismo, por esa
razón decidimos incorporar un
breve análisis de la teología de la liberación, una de las corrientes
teóricas más importantes de nuestro continente,
pero que sin duda no
agota los aportes
latinoamericanos. Para un análsis del marxismo latinoamericano ver Löwy (1999).
Basamos esta sección en el intere- sante
artículo de Michel Löwy (2001). Para un
análisis de la relación del marxismo con
la religión, ver el artículo de Michael Löwy en este mismo volumen. Ver
también el excelente trabajo de Franz Hinkelammert (1995).
20 Entre
los principales autores podemos
mencionar a Gustavo Gutiérrez, Ignacio Ella- curia, Leonardo y Clodovis
Boff, Hugo Assman, Franz Hinkelammert y
Enrique Dussel, entre muchos otros.
El
descubrimiento del marxismo por los cristianos progresistas y por la teología
de la liberación no fue un proceso puramente intelectual o universitario.
Su punto de partida fue
un hecho social incontrover-
tible, una realidad masiva y brutal en
América Latina: la pobreza. Un
número de creyentes eligió el marxismo porque
este parecía ofrecer la explicación
más sistemática, coherente y global de
las causas de la po- breza; y para luchar eficazmente contra la pobreza, era necesario com- prender sus causas.
El interés
que los teólogos de la liberación han
manifestado por el marxismo es más
amplio que aquel referido a los
conceptos analíti- cos del marxismo; concierne igualmente a los valores del
marxismo, sus opiniones ético-políticas, su opción por una praxis transformadora del mundo y
por la anticipación de una utopía
futura.
Los recursos
marxistas en los que se han inspirado
los teólogos de la liberación son
variados. Enrique Dussel, por
ejemplo, es sin duda quien posee el conocimiento más profundo de la obra de Marx, sobre la que ha publicado una serie de obras de enorme erudición y originalidad
(Dussel, 1985; 1988). También existen referencias directas a
Marx en las obras de Gutiérrez, los hermanos Boff y
Assmann. Otra referencia importante de
la teología de la liberación la
constituyen las obras de Bloch,
Althusser, Marcuse, Lukács, Lefebvre y Mandel. Otras referen- cias importantes, tal vez más que
las europeas, son las influencias
lati- noamericanas: el pensamiento de José Carlos Mariátegui; la teoría de la
dependencia, de Andre Gunder Frank, Theotonio
dos Santos, Fernando Henrique Cardoso y también Aníbal Quijano, por
citar sólo algunos.
Las categorías
marxistas fueron innovadas y reformuladas por
la teología de la liberación a la luz de su cultura religiosa, así como
de su experiencia social. Estas innovaciones le dieron al pensamiento mar- xista nuevas inflexiones, perspectivas inéditas y
aportes originales, por ejemplo en la
reformulación del concepto de pobre. La
preocupación por los pobres ha
sido una tradición milenaria de la iglesia,
retomando las raíces evangélicas
del cristianismo. Los teólogos latinoamericanos representan una
continuidad con esta tradición, que les sirve constante- mente de referencia e
inspiración. Pero hay una diferencia radical que los separa de
esta tradición: para la teología de la
liberación, los pobres no son esencialmente objeto de caridad, sino objeto de su propia libera- ción. La ayuda paternalista da lugar a una actitud
solidaria con la lucha de los pobres por
su propia liberación. Es aquí que
se opera la unión con un concepto fundamental del marxismo, a saber:
“la liberación de los trabajadores
será obra de los
propios trabajadores”. Este
cambio es posiblemente la novedad política más importante, y la más rica
en consecuencias, aportada por los teólogos de la liberación al conjunto
de la doctrina social de la iglesia.
Traerá también las consecuencias más
importantes en el campo de la praxis social.
La
sustitución de la categoría proletariado por la
de pobre, en parte, se relacionaba con las
características estructurales de
la situa- ción latinoamericana, donde tanto en las
ciudades como en el campo existía
una enorme masa de desempleados, semi-desempleados, traba- jadores
estacionales, vendedores ambulantes, marginales, prostitutas
–todos
excluidos del sistema de producción formal. Otro aspecto dis- tintivo del marxismo de la
teología de la liberación es la crítica moral del capitalismo. El cristianismo de la liberación
manifiesta un antica- pitalismo más radical, intransigente y categórico
–lleno de repulsión moral– que la mayoría de los partidos comunistas del
continente, que creen en las virtudes progresistas de la burguesía industrial y
en el rol histórico “anti-feudal” del desarrollo capitalista.
La crítica del
sistema de dominación económica y social existen- te en América Latina como forma de idolatría
será esbozada, por pri- mera vez, en una colección de textos del
Departamento Ecuménico de Investigaciones (DEI) de San José de Costa
Rica, publicada con el título La
lucha de los dioses. Los
ídolos de la opresión y la
búsqueda del Dios liberador (1980). En su introducción se afirma una ruptura
decisiva con la tradición conservadora y retrógrada de la iglesia, que después de si- glos presenta al ateísmo –cuya
forma moderna es el marxismo– como el archienemigo del cristianismo21.
Para los
teólogos de la liberación, el problema no es la disyuntiva entre teísmo o
ateísmo; es decir, no parten de una metafísica abstracta, sino de la disyuntiva entre idolatría y Dios de la
vida, donde el criterio es dado por la vida
y la muerte. Este criterio de la
vida y la muerte se encuentra con el de
la opción por el pobre, ahora con una nueva dimen- sión. El pobre no
es únicamente pobre, es asimismo víctima. A partir del análisis de la idolatría y de su víctima, la teología de la liberación analiza
los procesos de victimización. La teología oficial es afrontada como una teología de la
sacrificialidad, del Dios que quiere
sacrificios. La teología de la liberación desarrolla una fuerte crítica
de la sacrifi- cialidad teológica, a
partir del análisis de la sacrificialidad del sistema económico y social
impuesto en América Latina. Se descubre toda una historia de la sacrificialidad
de la propia conquista de América, y de las tempranas reacciones en apoyo de
los indígenas. Gustavo Gutiérrez re- toma la discusión sobre la teología de la
conquista, y recupera la figura de Bartolomé de Las Casas como un antepasado clave de la teología de la liberación
(Hinkelammert, 1995).
Para Löwy (2001), los
elementos en común entre el
marxismo y la teología de la liberación
son el ethos moral, la revuelta profética, la indignación
humanista contra la idolatría del mercado, y –tal vez lo más importante– la solidaridad con las víctimas. La crítica del fetichis- mo de
la mercancía es para Marx una crítica de la alienación capitalista desde el
punto de vista del proletariado y las
clases explotadas. Para la teología de la liberación, se trata del combate
entre un Dios verdadero de la vida y los falsos ídolos de la muerte. Pero ambos se posicionan a favor del trabajo vivo contra la reificación, y a
favor de la vida de los po- bres y los oprimidos contra el poder alienado de
las cosas. Sobre todo, marxistas y cristianos comprometidos luchan por la emancipación so- cial de los explotados.
21 Ver Assman
y Hinkelammert (1989).
A
MODO DE
CONCLUSIÓN
Como afirmamos
al comienzo de este artículo, la necesidad de una his- toria interna de la
teoría es fundamental para el marxismo a fin de medir la vitalidad de su
programa de investigación. Sin embargo, las condicio- nes de los descubrimientos intelectuales del
marxismo son, fundamen- talmente,
resultado de la aparición de determinadas contradicciones de la sociedad
capitalista, es decir, del movimiento real de las cosas.
Así, la crisis
abierta por la mundialización neoliberal, y por sus consecuencias económicas,
políticas sociales e ideológicas,
constituye
–como afirma
Mészáros (2004)– la condición negativa
para una renova- ción del marxismo. El
marxismo tiene, a partir de esta crisis estructural, una nueva justificación
histórica, un objeto para sus análisis, y una oca- sión para una autocrítica radical que es, al mismo tiempo, la crítica del orden
capitalista. Existe, además, la posibilidad para pensar en una alter- nativa
global a la barbarie capitalista, y para establecer un nuevo vínculo entre
teoría y práctica en la búsqueda de construir otro mundo posible.
La
desaparición de la Unión Soviética y de los países del socialis- mo real
no implicó el fin del marxismo.
Bajo el efecto de esta desapa- rición espectacular, se mantuvo una
investigación libre y plural. Marx
continuó siendo objeto de investigación y de tentativas de renovación. Más que al
fin del marxismo, asistimos a un
renacimiento disperso de varios marxismos. Este resurgimiento se debe a la propia dinámica del capitalismo mundial
y a la aparición de nuevas contradicciones. El tes- timonio de este
renacimiento lo constituyen los
importantes trabajos de una serie
de investigadores que continúan
dando muestras de la vi- talidad del pensamiento marxista. La historiografía
británica marxista ha alcanzado a
un público mundial –nunca antes
visto– con la publi- cación de la Era de los extremos,
de Eric Hobsbawm, la más influyen- te interpretación intelectual
del siglo XX. Herederos de esta tradición historiográfica son, entre otros, los trabajos de
Perry Anderson. En el campo de la
economía, asistimos a importantes desarrollos: los análisis del sistema mundial
capitalista realizados por Samir
Amin, Immanuel Wallerstein y Andre Gunder Frank; las investigaciones sobre la lógica de la mundialización llevadas adelante por François Chesnais e Isaac Joshua; y los
análisis del desarrollo del capitalismo desde de la Segun- da Guerra Mundial
realizados por Robert Brenner. Las
contribuciones para una crítica de la ecología política, de autores como John
Bellamy Foster, Enrique Leff, Martin
O’Connor y Elmar Altvater, han sido de
gran importancia para el desarrollo del marxismo.
La exploración de un
“materialismo
histórico-geográfico” –que profundiza las pistas abiertas por Henry Lefebvre sobre la producción del
espacio– ha llevado a David Harvey a explorar los procesos de acu-
mulación a nivel internacional, dando
lugar a un debate fundamental para
nuestra época sobre el nuevo imperialismo; debate en el cual los trabajos de Giovanni Arrighi, Leo Panitch y Sam Gindin, entre otros, han
sido centrales.
Los estudios
culturales, ilustrados especialmente por los trabajos de Fredric Jameson sobre
la posmodernidad –tal vez el mejor
análisis cultural de nuestra época–, Terry
Eagleton en el campo de la literatura, y Aijaz Ahmad en la crítica de la
cultura desde la periferia del capitalis- mo,
abren nuevas perspectivas a la crítica de las representaciones, las
ideologías y las formas estéticas. Los estudios feministas, por su parte, relanzan la reflexión sobre las relaciones entre clases sociales, perte-
nencias de género e identidades comunitarias.
La crítica de
la filosofía política encontró un nuevo aliento en los ensayos de Domenico
Losurdo y Ellen Meiksins Wood sobre el liberalis- mo, los trabajos de Jacques Texier y Miguel Abensour sobre el lugar de la
política en el pensamiento de Marx, y
las elaboraciones de la filosofía política anglosajona, con los trabajos de Roemer, Geras y Cohen y las
obras de Callinicos, que muestran la
vitalidad del marxismo militante.
Otros
importantes desarrollos están constituidos por
trabajos marxológicos como los
de Daniel Bensaïd, Enrique
Dussel, Eustache Kouvélakis y Jacques Bidet;
la relectura crítica de grandes figuras como Georg Lukács o Walter Bejamin; las interrogaciones de juristas sobre las metamorfosis e
incertidumbres del derecho; las controversias sobre el papel de la ciencia y de
la técnica, y sobre su control democrático; y la interpretación original del
psicoanálisis lacaniano por Slavoj Žižek.
Como afirma Daniel Bensaïd (1999), este florecimiento del pensamiento marxista es el
resultado de una investigación
rigurosa, alejada de las modas académicas, y muestra hasta qué punto los espec- tros de Marx inquietan
nuestro presente. Sería erróneo oponer una ima- ginaria edad de oro
del marxismo de los
años sesenta a la esterilidad de los marxismos contemporáneos, a pesar
de que los ochenta fueron años
relativamente desérticos. El nuevo siglo
promete ser un período de
creatividad para esta tradición
teórica. El trabajo molecular de la teoría, menos visible que
ayer, no tiene probablemente el beneficio
de contar con nuevos pensadores, de notoriedad comparable a la de sus antecesores. También adolece de la
falta de diálogo estratégico con un proyecto político capaz de unir y combinar
las energías –un problema central
que el marxismo deberá resolver si
quiere volver a convertirse en una
filosofía de la praxis. Probablemente, sin embargo, el marxismo del siglo XXI será
más denso, más colectivo, más libre, y estará pleno de nuevas promesas en
el período que comienza.
Para terminar,
nos gustaría recuperar el análisis
que realizaba Sartre sobre el marxismo
hace algunas décadas, pero que continúa
te- niendo la misma vigencia que
entonces. En Cuestiones de
método, el fi- lósofo francés afirmaba que
una filosofía seguirá siendo eficaz
mientras viva la praxis que la engendró y que la sustenta. Cuando exista, para todos, un margen de libertad real más
allá de la producción de la vida,
el marxismo desaparecerá y su lugar será
ocupado por una filosofía de la
libertad. Pero estamos desprovistos de
cualquier medio, de cualquier instrumento intelectual o de
cualquier experiencia concreta que
nos permitan concebir esa libertad o esa filosofía. Por esas
razones, el mar- xismo continúa siendo la filosofía insuperable de
nuestro tiempo, porque las circunstancias que lo engendraron todavía no fueron
superadas.
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Parte Uno
Sobre la teoría
y su relación con la praxis
Eduardo Grüner*
Lecturas culpables
Marx(ismos) y la praxis del conocimiento
* Vicedecano y Profesor Titular de Teoría
Política, Facultad de Ciencias Sociales, Univer- sidad de Buenos Aires (UBA), y Profesor Titular de Antropología del Arte,
Facultad de Filosofía y Letras, UBA.
Puesto que no hay lecturas inocentes, empecemos por confesar de qué
lecturas somos culpables
Louis Althusser
LA FRASE DE
Althusser que preside este texto es
–para decirlo con una expresión cara a ese
filósofo francés– sintomática: revela
un problema consustancial a
algo que
pudiera llamarse una teoría del
conocimiento (o una “gnoseología”, o una “epistemología”), que también podríamos llamar “marxista” (una
denominación a su vez
problemática, puesto que son ya incontables los “marxismos” que han visto
la luz –y muchas sombras– desde el propio Marx hasta aquí). Ese problema
es de muy di- fícil, si no imposible,
solución, pero su enunciado es relativamente sim- ple: no hay lectura inocente; es decir, toda interpretación del mundo, toda forma de conocimiento de lo
real, está indefectiblemente situada por el posicionamiento de clase, la perspectiva político-ideológica, los
intereses materiales, los condicionamientos culturales o la subjetividad
(consciente o inconsciente) del “intérprete”.
Esta
constatación es ya la de Marx, y hasta
cierto punto –aunque desde perspectivas bien
diferentes entre sí y a la del propio Marx– había sido también la de los philosophes
materialistas del siglo XVIII, y lo será en
las primeras “sociologías
del saber” del siglo
XX, a partir de Max Scheler o
Karl Mannheim, y lo seguirá siendo
en las fenomenologías “sociológicas” del conocimiento
al estilo de Alfred Schutz o Harold Gar- finkel. En Marx
es una constatación inseparable de su concepción (ha- bría que decir, mejor, concepciones, ya que son
múltiples y cambiantes) de la ideología,
ya sea que se la entienda, un tanto esquemáticamente, como “falsa conciencia” de la realidad, ya como (en la sofisticada ver- sión althusseriana, atravesada por la lectura lacaniana de Freud) con-
ciencia “verdadera” de una realidad “falsa”, una aparentemente escanda-
losa paradoja sobre la que tendremos que
volver.
Pero, sea como
sea, si es verdad que toda “lectura” del complejo universo de lo real
es “culpable” de ser una lectura en situación, ¿no significa esto que no puede
haber una lectura “objetiva”, “científica”, “universal” de los fenómenos
de la realidad (y muy en particular de
la realidad social e histórica, tan
constitutivamente atravesada por
aque- llos intereses y posicionamientos), y que nuestro conocimiento, en
con- secuencia, está necesariamente
condenado al relativismo, al particula- rismo, al subjetivismo más radical?
Para colmo, a
partir de los llamados “giro lingüístico”, “giro her- menéutico”, “giro estético-cultural”, etc., del
siglo XX (si
bien es un debate casi tan
antiguo como la cultura occidental misma: pueden ya encontrarse sus
premisas en el Cratilo de Platón, por
ejemplo, y su con- tinuación en las polémicas entre “realistas” y
“nominalistas” en la Edad Media; pero, por
supuesto, es en el siglo XX cuando se vuelve dominan- te en tanto debate sobre los fundamentos de una filosofía de la cultu- ra), nos
hemos tenido que acostumbrar
–aunque a algunos todavía les cueste ceder a ella– a la idea de que
los sujetos llamados “humanos” se distinguen de cualquier otra especie,
aun las más “avanzadas” del reino
animal, por el hecho de que no tienen
un vínculo directo e inmediato
con la realidad, sino que su
relación con el mundo está “mediatizada” por un complejísimo aparato de competencia
lingüística (el concepto es de Noam Chomsky) y “simbólica” en general; de tal
modo que, incluso si desde un punto de
vista irreductiblemente
materialista creemos en la existencia
autónoma de lo real respecto de
nuestras representacio- nes
–convicción que, como veremos,
instaura una diferencia radical con las
epistemologías “posmodernas”–, nuestra “realidad” humana no puede menos
que ser
una construcción de nuestra
(mayor o menor) competencia
lingüístico-simbólica. Se sea “constructivista” o “de-cons- tructivista”, la
premisa es inapelable: la “realidad” del
ser humano es, en una medida decisiva, la producción de
un aparato simbólico que, desde
ya, no
es en modo alguno “individual” (no se
trata de ningún “subjetivismo”
a ultranza), sino el resultado de un
complejo proceso cultural, social e histórico. Como ya
lo habían sospechado el propio
Max Weber y la escuela del interaccionismo simbólico, y como lo ha
mostrado un extraordinariamente
sutil filósofo y lingüista marxista (Mikhail Bakhtin), el
lenguaje –y, por extensión, todo el campo humano de lo
simbólico-representacional– es un
espacio dialógico, vale decir,
producido en la interacción social (incluso conflictiva), y no en la
so- ledad de las “conciencias” individuales. Y esta nueva constatación, sin ninguna duda, es un
enorme avance sobre las ingenuidades empiristas, positivistas o materialistas
vulgares. Pero que nos
vuelve a colocar en el centro de
nuestra cuestión: ¿el conocimiento objetivo de la realidad es imposible? ¿Marx
mismo, en su oposición al idealismo, cayó en la
trampa del positivismo, de un “objetivismo” tan
ingenuo como el de los materialistas vulgares?
Y bien,
no: aunque los problemas que se presentan aquí son in- numerablemente más complejos de
lo que podremos abarcar en esta exposición, sostendremos, aunque fuera
algo esquemáticamente (para una mayor
profundización no quedará más remedio que
remitir a la bibliografía), que sí hay en Marx –y desde luego en muchos de los “mar- xistas occidentales”
posteriores– elementos suficientes a partir de los cuales desplegar un
abanico de hipótesis de trabajo, nuevamente, no para resolver
definitivamente, pero sí para plantear en sus justos térmi- nos, esa problemática. Eso sí, con dos condiciones:
1] A partir de las cuales, acabamos de subrayar: es inútil, además de
dañino, pretender encontrar ya acabados de una vez para siem- pre esos
elementos en el propio Marx;
semejante pretensión sólo puede conducir, en el mejor de los casos, a la
pereza intelectual y, en el peor, a la más
crasa rigidez dogmática;
2] para comprender la verdadera importancia –y
la lógica de fun- cionamiento– de esos
elementos, es necesario desplazar
lo que podríamos llamar un discurso “binario” (y profundamente “ideo-
lógico” en el
mal sentido del término), que
piensa la cuestión del conocimiento sobre el eje de
los “pares de oposición” mu- tuamente excluyentes (ejemplo: sujeto/objeto;
material/simbóli- co; pensamiento/acción; individuo/sociedad;
estructura/historia, etc.): más
bien se trataría de pensar en
cada caso la tensión dialé- ctica, el conflicto entre esos “polos”,
que sólo pueden ser percibi-
dos como tales polos precisamente porque la relación entre ellos es la que los constituye, la que les asigna su lugar.
Teniendo
en cuenta estas dos premisas básicas, podemos empezar a abordar
la cuestión.
UN
CRITERIO FUNDANTE: LA PRAXIS
“Hasta ahora
los filósofos se han limitado a
interpretar el mundo; de lo que se trata
ahora es de transformarlo”. La famosísima Tesis
XI so- bre Feuerbach puede
tomarse, entre otras cosas, como un
enunciado de epistemología
radical, o como un ultracondensado “discurso del método” de Marx.
Demasiado a menudo, por
desgracia, ha sido leído unilateralmente, en el espíritu de un
materialismo vulgar o un hipe-
ractivismo más o menos espontaneísta
que desecha todo trabajo “filo-
sófico” de interpretación (vale decir, al menos en un
cierto sentido del que ya
hablaremos, de producción de conocimiento) a favor de la pura “transformación” social y
política. No hace falta enfatizar cuán
alejada de las intenciones de Marx
–uno de los hombres más cultos y más
teó- ricamente sofisticados de la
modernidad occidental– puede estar esta suerte de anti-intelectualismo
estrecho. Pero lo que aquí nos importa
es otra cosa. En verdad, Marx está diciendo en su tesis algo infinitamente más radical, más
profundo, incluso más
“escandaloso” que la tontería de
abandonar la “interpretación del mundo”; está
diciendo que:
1] la transformación del mundo es la condición
de una interpreta- ción correcta y
“objetiva”, y
2] viceversa, dada esta condición, la
interpretación es ya, en cier- ta
forma, una transformación de la realidad, que
implica, en un sentido amplio pero estricto, un acto
político, y no meramente “teórico”.
No otra
cosa es lo que encierra el concepto de praxis (que
Marx toma, por supuesto, de
los antiguos griegos). La praxis
no es simplemente, como suele decirse, la
“unidad” de la teoría y la
práctica: dicho así, esto
supondría que “teoría” y
“práctica” son dos entidades originarias y autónomas,
preexistentes, que luego la praxis
(inspirada por el genio de
Marx, por ejemplo) vendría a “juntar” de alguna manera
y con cier- tos propósitos. Pero su
lógica es exactamente la inversa:
es porque ya siempre hay praxis –porque la acción es la condición del
conocimiento y viceversa, porque ambos polos están constitutivamente
co-implicados– que podemos diferenciar distintos “momentos” (lógicos, y no
cronológi- cos ni ontológicos), con su
propia especificidad y “autonomía relativa”, pero ambos al interior de un
mismo movimiento. Y este
movimiento es el movimiento (la más
de las veces “inconsciente”) de la realidad (social e histórica) misma,
no el movimiento ni del puro pensamiento “teórico” (aunque fuera en la cabeza
de un Marx), ni de la pura acción “práctica” (aunque fuera la de los más radicales “transformadores del mundo”).
Lo que
Marx hace –esa es su “genialidad”– es
sencillamente mos- trar que ese
es el movimiento de
la realidad, y denunciar que cierto pensamiento hegemónico (la “ideología dominante”, si se quiere sim-
plificar) tiende a ocultar esa unidad
profunda, a mantener separados los “momentos”, promoviendo una “división del
trabajo social” (“manual” versus “intelectual”, para decirlo rápido), con el objetivo de legitimar el universo teórico
de la pura “interpretación” como patrimonio del Amo, y el universo práctico de
la pura “acción” como patrimonio del Esclavo, ya que la clase
dominante sabe perfectamente
–aunque quizá no siem- pre lo sepa
conscientemente– que ni la pura abstracción de la teoría, ni
el puro “activismo” de la práctica, tienen realmente consecuencias materiales
sobre el estado de cosas del mundo. O, en otras palabras, que no producen verdadero conocimiento de la
realidad, en el sentido de
Marx. Nunca mejor ilustrada esta tesis
que en la famosa alegoría que construyen Adorno y
Horkheimer, en su Dialéctica
de la Ilustración, a propósito del episodio de las Sirenas en la
Odisea de Homero: el astuto y
racionalizador capitán Ulises
–metafóricamente, el Burgués–, atado al mástil de su barco, puede
escuchar (“interpretar”) el canto de las si- renas, pero no puede actuar; los afanosos marineros –metafóricamente, el
Proletariado–, con sus oídos tapados por la
cera que Ulises
les ha administrado, pueden
actuar, remar el barco, pero no pueden escuchar. Ninguno de los dos puede
realmente conocer esa fascinante música:
Uli- ses no quiere hacerlo –quiere simplemente recibirla, gozar pasivamente de
ella–, los marineros no pueden hacerlo –ocupados, “alienados” en su tarea
práctica, ni siquiera se enteran de su existencia.
Ahora bien:
esta tesis de Marx
es, desde ya, y como dijimos, un enunciado político-ideológico
revolucionario. Pero es, al mismo tiempo
(obedeciendo a la propia lógica de la praxis), un enunciado filosófico- epistemológico de la
máxima trascendencia. Lo es en el sentido en el que Marx habla de una realización de la filosofía, es
decir, en un triple senti- do: 1) es su culminación; 2) es su fusión con la
realidad material; 3) es su (paradójica) disolución, al menos en su forma
tradicional, “clásica”, que en su época –y en la propia biografía intelectual
del primer Marx– no es otra que la de la
(riquísima y complejísima) tradición idealista alemana que va –para sólo
mencionar los nombres más paradigmáticos–
de Kant a Hegel, pasando por Fichte y Schelling.
Se trata,
por supuesto, de autores complejísimos y
muy diferen- tes entre sí, que en modo alguno pueden ponerse “en la misma
bolsa”, como se dice vulgarmente.
Tampoco tienen todos el mismo significado en aquella biografía intelectual de
Marx: sin duda, el pensador (¿debe- ríamos decir: el
“pensador-actor”?) de Tréveris “aprendió” de Hegel mu- cho
más que de los otros, pero ese “aprendizaje” se
realizó plenamente
–en el sentido
antes definido– sólo cuando Marx, por
así decir, fusionó a Hegel con la realidad material (social–histórica)
que a la parte de “ac- tivista” que había en
él le importaba transformar. Pero, en
todo caso, lo que todos esos gigantes de
la filosofía occidental tienen en
común, más allá de (pero
vinculado con) su “idealismo”, es su
imposibilidad de superar (también en el
sentido de la Aufhebung hegeliana) esa escisión entre “teoría” y “práctica”,
o, dicho más “filosóficamente”, la separa- ción
radical entre sujeto y objeto. Y si decimos “más allá
de” (aunque, en el caso particular de los alemanes, vinculada
con) su
idealismo, es porque en verdad esa “impotencia” no hace más que recoger, condensar y llevar a sus
últimas consecuencias toda la
tradición dominante –con muy pocas
excepciones, como serían los casos de un
Maquiavelo o un Giambattista Vico y, en otro sentido, de un Spinoza– de la filosofía y la teoría del conocimiento occidental y moderna, al menos a
partir del Renacimiento. Y ello incluye no solamente al “idealismo”,
sino también (y tal vez
especialmente) al empirismo,
al materialismo unilateral,
y luego al positivismo.
En efecto, la “división del trabajo” propia del modo de
produc- ción capitalista (la “fragmentación de las
esferas de la experiencia” a la
que se refería Max Weber, que
estaba lejos de ser
marxista o “anti- burgués”, pero muy
cerca de ser uno de los
intelectuales más lúcidos de la
modernidad) impone necesariamente esa separación. Y no es, por supuesto, que antes del
capitalismo ella no existiera: sólo que
ahora resulta mucho más evidente,
y más dramáticamente percibida, ya que
ningún ecumenismo teológico resulta por
sí mismo suficiente para ocultarla
bajo el manto piadoso de la voluntad de
Dios.
La paradoja es
que esa separación se profundiza y se hace, como decíamos, más evidente y dramática precisamente porque la nueva era “burguesa” necesita promover un
conocimiento más acabado, preciso y “objetivo”
de la realidad. Al contrario de lo que
sucedía en el modo de producción feudal, por ejemplo, la ciencia y su aplicación a la
técnica son ahora una fuerza productiva decisiva para el ciclo productivo (y re- productivo) del sistema.
Para lograr ese mejor conocimiento de la “ma- quinaria” del Universo –ya a
partir del siglo XVII, con Descartes, Leib- niz y muchos otros, se impone esta sugestiva metáfora “mecánica”– es que se torna imprescindible la distinción entre
el sujeto cognoscente y el objeto conocido (o, en todo caso, el objeto a
conocer, es decir, a cons- truir). El
impulso –otra vez, necesario para la lógica
del funcionamiento productivo de la “maquinaria” capitalista– de una
dominación de la na- turaleza, ese impulso hacia lo que Weber llamará la
racionalidad formal, o la Escuela de Frankfurt denominará la racionalidad
instrumental, re- querirá que el sujeto dominante se separe del
objeto dominado. Que el individuo, por
lo tanto, se separe de la naturaleza, dé un paso atrás para observarla, para estudiarla.
Y no solamente de la naturaleza: una vez
instaurada y transformada en dominante esta
lógica, toda la nueva “realidad” –no importa cuán fragmentada aparezca
en la experiencia de los sujetos particulares– quedará sujeta a la escisión.
También la reali- dad social, la
política, la cultural: es en esta época
que puede aparecer la idea liberal de un
“individuo” separado de (cuando no enfrentado a) la comunidad social o
el Estado, cuando en las épocas pre-modernas los sujetos eran un componente
indisoluble de la comunidad política, de la ecclesia, del socius, llámese polis, o Ciudad
de Dios, o lo que correspon- da a
cada momento.
Es también en esta época que puede aparecer en el arte, por ci- tar
un ejemplo ilustrativo, la perspectiva,
ese “descubrimiento técnico” de la pintura renacentista que permite retratar al individuo en primer
plano, separado de/dominando a su
entorno. Es en esta época que, en la
literatura, puede aparecer –y ser un
tema central de ese nuevo gé- nero literario de la modernidad que se llama “novela”– la subjetividad individual, con todos los desgarramientos y conflictos
que le produce, precisamente, su
separación, su aislamiento, su “enajenación” de la naturaleza y de la comunidad
humana. (Y, a propósito de estos ejem- plos,
vale la pena recordar que para Marx –al igual que
para todo el idealismo alemán a partir de Kant y los románticos– el Arte
es también una forma de conocimiento, como lo demuestran sus permanentes re- ferencias, que no son
meramente decorativas o ejemplificadoras, a Ho- mero y los trágicos griegos, a
Dante, Shakespeare, Cervantes, Goethe, Schiller, Heine, Defoe, etcétera). Es
en esta época, para decirlo todo,
que puede (y debe) inventarse la noción
misma de “individuo”, como una entidad
distinta del resto del universo, y cuya
misión es conocer y dominar ese
universo.
Por supuesto
que, repitamos, esta separación epistemológica (no “real”) entre el sujeto y el objeto es necesaria para
una concepción del conocimiento que pasa por la dominación de la naturaleza –y,
a fortiori, de los miembros de
las clases subalternas. Y no es cuestión de negar que,
aun teniendo en cuenta los límites que
la división del trabajo en el
capitalismo impone a la expansión del conocimiento, el movimiento del saber en
la modernidad tiene un gran
valor: no sólo
por lo que ha significado, en la historia de la cultura,
como frente de combate contra el oscurantismo y la superstición, sino porque ese
movimiento (insis- tamos: aún descontando la ficticia escisión
sujeto/objeto) es lo que ha hecho
posible la ciencia moderna, tal como la conocemos.
Pero no es cuestión de negar, tampoco, que esa
posibilidad mis- ma de la ciencia moderna es la contrapartida
(“dialéctica”, por así decir) de la lógica
–más aún: de la concreta
praxis– de la dominación: las dos cosas
son verdaderas y, bajo las estructuras de una sociedad de clases
desigualitaria, están necesariamente en conflicto. Cuando ese conflicto no se
resuelve (y mientras las estructuras de dominación permanezcan en su lugar, el
conflicto no puede resolverse), aquel
“oscurantismo” no puede nunca ser definitivamente eliminado, y retorna
indefectiblemen- te, incluso encastrado en las nuevas formas del conocimiento
científico. De allí la lúcida advertencia de Adorno y Horkheimer, en el mismo
texto que ya hemos citado, a propósito
de que la misma Razón cuyo objetivo era
disipar las nieblas de los mitos
oscurantistas corre el peligro de
transformarse en un mito igualmente tenebroso (y, en cierto sentido, en el
más peligroso de todos, puesto que aparenta ser otra cosa).
EL PROBLEMA DE
LA “INVERSIÓN” DE LA DIALÉCTICA
HEGELIANA
Ahora bien:
se trata de un conflicto que, ciertamente, no se les escapaba a los honestos filósofos del idealismo alemán: nuevamente, de Kant a Hegel
hay una aguda percepción del
profundo problema (no sólo epis- temológico, sino antropológico e incluso “metafísico”)
que le presenta a la realidad humana,
histórica, la separación sujeto/objeto. Incluso, en un cierto sentido al menos,
puede decirse que tanto la Crítica de la razón pura de Kant como la Lógica de Hegel
son intentos monumentales de resolver
esta cuestión. Y ya sabemos cuál puede ser la razón, para Marx, del carácter parcialmente fallido de
estos monumentos de la
filosofía moderna: su idealismo. En
efecto: para estos grandes
idealistas el con- flicto pertenece al puro y abstracto plano del pensamiento,
mientras que para Marx encuentra su
“base material” en el plano de la
realidad social e histórica, y por lo
tanto no puede ser “superado” por ninguna Aufhe- bung que no
provenga de la praxis, de una
transformación conjunta de la realidad y el pensamiento.
Esto no
significa de ninguna manera que para Marx
los conflictos del “pensamiento” sean un
mero “reflejo” de los de la
“realidad” –como sí han querido
entenderlo muchos “marxistas” que,
en este registro, quedan presos del materialismo más vulgar y ramplón–: ello equival- dría, precisamente, a liquidar el
concepto mismo de praxis. Justamente,
entre muchas cosas que Marx rescata del
idealismo alemán, un lugar
central está ocupado por la
gran importancia que ese idealismo ale- mán –y en particular
Hegel– le otorga a una subjetividad
activa, que no se resigna a simplemente registrar los
datos inmediatos de los sentidos (como es el caso del
empirismo o del “sensualismo”
materialista vul- gar), sino que
opera sobre ellos para
transformarlos. Esa operación es la
que está
de alguna manera “escondida”
en la celebérrima consigna de
Hegel, tan frecuentemente malentendida, que reza:
“Todo lo real es racional, y todo lo racional es
real”: vale decir, lo real no consiste sim- plemente en la percepción
acrítica de lo actualmente existente, sino
en las potencialidades de su desarrollo
futuro, que la Razón “subjetiva”
es capaz de sacar a luz.
Ese es el momento de la negatividad crítica en la
dialéctica he- geliana: el de la negación de lo “real” tal como se presenta en su brutal inmediatez,
y a favor de la producción del
pensamiento de lo “nuevo”, de aquello
que lo real oculta en
su seno, y que puede ser
mediatizado (arrancado de su “inmediatez”) por la
Razón. O sea, para abreviar, a
favor de
la Historia –que, en una
concepción semejante, no recubre
únicamente la dimensión del pasado, sino,
sobre todo, la del futuro. Repitamos: esa “negatividad crítica” se opone a
la aceptación pasiva de lo
“realmente existente”, a un empirismo
crudo que no casualmente –porque el
lenguaje es sabio– adoptará, en su forma “reactiva” (y reaccionaria) contra
esta concepción críticamente negativa, el nombre de positivismo. Y, en
este sentido, la “teoría del conocimiento” implícita en la dialéctica hegeliana
bien merece calificarse de potencialmente
revo- lucionaria. Pero la actualización
de esa “potencia” choca, otra vez, con
los límites de su idealismo: la “revolución” hegeliana se limita al plano del
pensamiento puro, ya que parte de la
premisa de que es él (bajo la forma de
la Idea, del Espíritu Absoluto) el verdadero, si no único, pro- tagonista de la
Historia. Lo “real” que el pensamiento activo puede con- tribuir a transformar
es ya algo producido por el propio pensamiento, bajo la forma “objetiva” del Espíritu. Y es por este
límite que, paradóji- camente, el
monumental sistema filosófico e histórico de Hegel, yendo incluso contra sus propias premisas, queda “congelado” en el Estado Ético, encarnación del Espíritu en
la historia terrestre, y transposición “espiritualizada” del muy real
Estado Prusiano de 1830.
Hacía falta,
pues, que viniera un Marx a
introducir el ya discuti- do criterio de la praxis material (social e histórica) para extraer de
ese núcleo potencial todas sus
posibilidades no realizadas. Ello
significaba rescatar al “método” dialéctico hegeliano tanto como al
materialismo vulgar del doble impasse
en el que estaban encerrados: pura Idea sin auténtica materialidad sociohistórica
de un
lado, pura Materia iner- te sin
movimiento de la subjetividad
crítica del otro. La praxis
era el “tercero excluido” entre
estos dos polos, que
ahora viene a totalizar (ya
tendremos ocasión de discutir esta noción que
le debemos a Sartre) esas
perspectivas truncas.
La operación
realizada por Marx ha
pasado a la historia bajo la
famosa rúbrica de la inversión de Hegel
–rúbrica sin duda autorizada
por la no menos famosa expresión de Marx acerca de la necesidad de “poner la
dialéctica sobre sus pies”. Pero
aquí hay que ser
extremada- mente cuidadosos. El enunciado de Marx es, ante todo, una metáfora, solidaria de aquella otra según la cual
los “retrasados” alemanes, in-
capaces de llevar a cabo en la realidad la revolución burguesa que los franceses habían hecho en su propia
materialidad histórica de 1789, la
habían “realizado” en la cabeza de sus filósofos, y muy especialmente en la de Hegel.
Pero si esta metáfora es tomada con excesiva literalidad, corremos el riesgo de
no percibir la enorme profundidad y radicalidad de la operación, que no
consiste en una mera “síntesis”
(en el sentido vulgarizado del término),
en una “tercera vía” o una componenda ecléc- tica entre la dialéctica idealista y el
materialismo vulgar, sino en otra cosa,
radicalmente diferente: introducir la praxis en la dialéctica no es “dar vuelta” a Hegel en una relación de simetría invertida,
sino despla- zar completamente la
cuestión, “patear el tablero”, como se suele
decir, para cambiar directamente las reglas del juego.
Es cierto que
Althusser sin duda exagera
al hablar de su
céle- bre “ruptura
epistemológica” (de Marx con
Hegel) como de un
corte tajante y absoluto a partir del
cual tenemos otro (el “maduro”) Marx, que ya nada tendría que ver con
su antiguo maestro; después de
todo
–y se podría
mostrar que la propia teoría althusseriana avala esta
con- sideración–, la “ruptura” sería por
definición imposible sin la previa existencia del sistema hegeliano: en
cierto sentido, se puede decir que el mentado “corte” es interior
a la dialéctica, como un pliegue de la misma sobre sí misma. Pero,
por otro lado –y allí tiene razón Althusser, con las
prevenciones expuestas–, también es verdad que
ese “pliegue” desarti- cula todo el sistema y lo “rearma” en un sentido muy
distinto. Por una sencilla razón:
cambiar el objeto de la dialéctica –poner la praxis mate- rial
en lugar de la Idea, para simplificar– es cambiar toda la estructura del
sistema, ya que sería, precisamente,
anti-dialéctico pretender que el
“método” dialéctico fuera una suerte de pura forma o de cáscara vacía que pudiera aplicarse a cualquier objeto (y, en
este sentido, un poco provocativamente, se podría decir
que Marx, estrictamente hablando, es más hegeliano
que Hegel, ya que su operación
“descongela” a la pro- pia dialéctica
hegeliana, retirando el obstáculo idealista tanto como el del materialismo vulgar). No se trata, pues, de
una simple “inversión” del objeto o de la relación causa/efecto –donde ahora la
Idea fuera una consecuencia de la
Materia, como quisieran los materialistas vulgares– sino también del “método” en su conjunto, para
pasar a otro sistema de “causalidad”, cuyo
fundamento, reiteremos, es la praxis.
En una palabra, y para resumir este nudo de
cuestiones: Marx in- tenta resolver, mediante la introducción de la praxis de
la historia material como criterio básico del
“complejo” conocimiento transformador/trans- formación conocedora, el
falso (o, mejor: “ideológico”) dilema entre la
Idea sin materia y la Materia sin
idea. Pero, por supuesto, esta constata-
ción está todavía lejos de resolver –o siquiera de plantear adecuadamente–
todos nuestros problemas para determinar la posibilidad de llegar a una verdad
“objetiva” que tiene esta nueva teoría
del conocimiento. Tendre- mos a continuación que desplegar al menos algunas
de estas cuestiones.
DE LA
“CONCIENCIA DE CLASE” A LA
“CONTINGENCIA”
Más arriba
hemos insistido sobre el modo en que
Marx rescata del idea- lismo alemán (y muy especialmente de Hegel) el rol de una
subjetividad activa y crítica en la praxis
de la transformación/conocimiento. Pero,
¿de qué
clase de sujeto se trata cuando hablamos
de esta “subjetividad”?
¿Quién ocupa,
en esta “revolución teórica”, el lugar
del Espíritu “auto- cognoscente”
hegeliano? Un marxista respondería, inmediatamente y sin vacilar: el
proletariado, esa clase universal de la
que habla Marx. No es una mala
respuesta, en la medida en que al
menos arroja una primera pista sobre el carácter general de este sujeto: no se trata de una
subjeti- vidad individual sino
colectiva. Marx se desmarca aquí de la perspectiva estrictamente
“individualista” que ve al sujeto como
una mónada ence- rrada en sí misma de la que
hablábamos antes. Bien, pero ¿por
qué pre- cisamente el proletariado –y
no, por ejemplo, la fracción intelectual
más teóricamente avanzada o ilustrada de la burguesía o pequeña burguesía (a la
que, por otra parte, pertenecía el propio Marx, y la inmensa mayoría de los
filósofos y pensadores modernos, incluyendo a los más “revolucio- narios”)? ¿Acaso no
sabemos, por el mismo Marx, que
en virtud de su propia explotación el proletariado es una
clase “alienada”, “enajenada”, y en
consecuencia incapacitada para acceder por sí misma al Saber uni- versal? Y,
para ponernos un poco más
“filosóficos”: ¿por qué, en virtud de qué
privilegio especial, tendría una parte de la sociedad la capacidad
“innata” de acceder al todo del conocimiento? ¿Cómo es que, siendo una categoría particular, puede el proletariado
ser la clase universal?
Estas
preguntas son lo suficientemente complejas
y provocativas como para que avancemos
con cuidado en un terreno harto resbaladi- zo. Primera
cuestión: es necesario diferenciar, analíticamente, al prole- tariado como
categoría teórica del proletariado como
realidad sociológi- ca, como colectivo humano “realmente existente”. En el
primer caso, se define (lo define Marx,
clásicamente) como aquella “clase”
de hombres y mujeres desposeídos de
todo medio de producción, y
tan sólo
pro- pietarios de su fuerza de trabajo, esa mercancía que
están obligados a vender al capitalista, a fin de producir, en
consecuencia, una cuota de plusvalía para dicho capitalista, etc., etcétera. En
el segundo, se trata de una
realidad empírica extraordinariamente compleja y cambiante, con un
alto grado de determinaciones concretas que varían de
socie- dad en sociedad, articulándose con igualmente variables condiciones
socioeconómicas, políticas, culturales y aun psicológicas. La diferencia entre
ambos registros es homóloga a la que
hace el mismo Marx entre un modo de producción y una formación
económico-social. El modo de producción, así
como el proletariado en tanto
categoría, son abstrac- ciones del
pensamiento; la formación económico-social, así como cada proletariado
particular, son realidades
histórico-concretas. No es, por supuesto, que no haya una relación entre la abstracción intelectual y el objeto
histórico: son, por así decir, mutuamente incluyentes, “coexten-
sivos”, pero en diferentes registros de lo real. La confusión entre ambas formas no podría
menos que conducir a los más aberrantes equívocos. (Como se comprenderá,
no vamos a meternos aquí en la bizantina dis- cusión sobre si el proletariado
sigue existiendo, en nuestro
“capitalismo tardío” y “globalizado”, tal como lo pensó Marx, o si hay que redefinirlo totalmente o incluso
decirle “adiós” como han hecho algunos;
ya se verá que, a los efectos de lo que nos
interesa ahora, ese debate es ocioso).
Ahora bien:
referirse al proletariado como clase universal es refe- rirse a la
primera de estas dos formas, como debería resultar obvio: mal podría hablarse
de una universalidad, digamos, existencial o empírica, mucho menos de una
“equivalencia”, entre el proletariado de Londres o Copenhagen y el de Addis
Abebba o Bogotá. Se trata de determinar el lugar estructural que el
proletariado ocupa en la configuración lógica del modo de producción
capitalista.
Ese lugar, para decirlo rápidamente, es el de
la producción del mundo de las
mercancías, que es el mundo
de la “realidad” capitalis- ta. O, mejor dicho (y aquí seguiremos de cerca el célebre análisis de Marx en el
capítulo I de El Capital): el mundo de
las mercancías –el de
su existencia acabada como
objetos de circulación y consumo– es el
mundo inmediatamente visible del
capitalismo, pero él no es todo lo que
hay: él es solamente el resultado
de un
proceso previo que, en su forma esencial, permanece “invisible a los
ojos”. A saber: el proceso de producción propiamente dicho que hizo
posible la existencia del mun- do visible. Para hacer otra comparación
simple: lo que se ve es la obra que se representa sobre el escenario, pero esa
pieza teatral no existiría si no hubiera habido todo un complejo proceso previo (la escritura del
texto, el diseño de la escenografía y el vestuario, la “puesta en escena”, la
dirección y marcación de los actores, los ensayos, etc.), esa esfera de las relaciones de producción de la que habla Marx,
que es donde verda- deramente se
han producido las condiciones de existencia del capitalis- mo “visible”
(empezando por la plusvalía,
que sólo
será realizada en la esfera de la circulación: pero no es
allí donde ha sido generada).
Vale decir: la
totalidad de lo real visible sólo puede aparecer como tal totalidad precisamente porque está incompleta, porque deja “fuera de
la escena” aquel “trabajo” que le
da su
existencia. El conocimiento de la totalidad implicaría, pues, la
restitución al “Todo” de esa “Parte” que
es, como decíamos, inmediatamente
no-visible. Pero, precisamen- te,
como esa parte no es perceptible por los
sentidos, sólo puede ser repuesta
por mediación de la
Razón (de la misma manera, digamos, en que Copérnico o Galileo tuvieron que acudir a la Razón, al cálculo matemático,
para demostrar la verdad cosmológica
contra la falsa evi- dencia empírica de que el sol “sale” por el este
y se “pone” por el oeste). Esto es precisamente lo que significa la enigmática frase de Althusser
que citábamos al comienzo: es
la realidad la
que es “falsa”,
no en el sentido de que sea falso
lo que vemos (el sol
efectivamente “sale” por el este, el capitalismo efectivamente contiene
las esferas de circulación y consumo), sino en el sentido de que eso que
vemos es solo una parte de la realidad –es un efecto, pero no la causa
en sí misma, del proceso com- pleto en
que consiste la realidad. Nuestros
sentidos no nos “engañan”, pero no
son suficientes.
Pero, si nos
quedáramos simplemente con
esto, estaríamos de vuelta en el
lugar en que habíamos dejado a
Hegel: el de una “Razón” autosuficiente y
plenamente autónoma, capaz por sí misma de “despe- jar”, en el puro plano de
las ideas, los enigmas del mundo. Nuevamente, para entender la especificidad del
conocimiento razonante en la teoría de Marx,
hay que reintroducir el criterio de la praxis. Sólo
la actividad transformadora, en un
sentido muy amplio del término,
puede generar el tipo de razonamiento
que sea
capaz de captar la relación de tensión o de conflicto no resuelto entre
la (falsa) totalidad aparente presentada
por el capitalismo y el (invisible a los
ojos) proceso de producción de lo real. Sólo
esa actividad transformadora,
que incluye a la “subjetividad crítica”,
puede realizar el proceso de totalización de lo real.
Ahora bien, ¿quién, qué colectivo social de los
existentes en el capitalismo,
realiza, por definición, esa actividad transformadora, ese trabajo
productor de lo “nuevo”, que
puede postularse como modelo “universal” de un
conocimiento basado en la praxis?
El proletariado, obviamente. Él
es quien está directamente vinculado,
de manera pro- tagónica, al proceso de producción de lo real, y quien, por
lo tanto, está en condiciones de acceder a un potencial conocimiento del Todo. Pero, atención: otra vez, estamos hablando aquí del proletariado en tanto categoría teórica.
El proletariado “realmente existente”, ya lo sabemos, está alienado, enajenado, preso de la escisión
sujeto/objeto, etcétera. Es –para retomar una terminología que Marx
hereda también de Hegel– una
clase en sí, pero no aún para sí. De
manera que, cuando hablamos del
“proletariado” como sujeto de la praxis transformadora/conocedora, estamos
hablando no de un colectivo empírico, sino de una clase, que es (como su
nombre lo indica) una construcción teórica. El “proleta- riado” real transforma el mundo, hace, sin
“saber” que lo hace. Por su parte, el “intelectual crítico” –incluso
uno como Marx– “sabe”
lo que el proletariado hace, pero
no puede ocupar su lugar como sujeto de
la transformación: a lo sumo puede, metafóricamente dicho, imitar en su cabeza
el trabajo de transformación que el proletariado realiza sobre la materia
(“imitar”, en el sentido aristotélico
de la mimesis: reproducir la lógica del trabajo de la “naturaleza”, que según Aristóteles es lo que hace el artista;
pero, por supuesto, la obra de arte no
es, no puede con- fundirse con, la naturaleza).
Esto es de
gran importancia que quede claro, en primer lugar por razones políticas, ya
que la supresión de la diferencia entre
la praxis del proletariado y el “saber” intelectual ha producido las
deformaciones de un vanguardismo
“sustituista” que en su momento dio a
parar en el estalinismo y similares. En
una palabra: el “intelectual crítico” tiene, sin duda, el rol importante
de anticipar en el plano de las ideas el pasaje del en sí al para sí, ubicándose en el punto de vista del
“proletariado” (que es,
justamente, el de la praxis), y esa es su diferencia radical con el intelectual
“burgués”, donde “burgués” se refiere asimismo no necesa- riamente a una pertenencia empírica a
dicha clase social –aunque sea la
más probable– sino a la posición “burguesa” frente al
conocimiento, de la que enseguida
hablaremos.
Pero
antes es necesario aclarar una cosa
fundamental, so riesgo de caer en excesivo reduccionismo o incluso “sectarismo”: el “intelec-
tual crítico” no necesita
indispensablemente ser consciente de
que está realizando ese trabajo mimético que reproduce la
lógica de la
praxis; por supuesto, es preferible que lo
sea, pero lo que
realmente impor- ta es lo
que hace
desde el punto de vista
intelectual. Como solía decir Marx,
los hombres deben ser juzgados
por lo que hacen antes que por lo que
piensan de sí mismos: ello vale tanto para los autoproclamados
“intelectuales críticos” que
inconscientemente asumen, en su propia práctica intelectual, el “punto
de vista” de
la “burguesía”, como vice- versa.
Asimismo, nada de esto significa,
por supuesto, que el intelectual
“burgués” no pueda producir
conocimientos auténticos: sólo –aunque
no es poco– significa que
esos conocimientos serán un momento, y no la “totalidad”, de un
conocimiento “totalizador” de lo
real. Y aquí es imprescindible adelantar
sucintamente una cuestión que nos volverá a
ocupar más adelante: totalizador
no significa, en modo alguno, to- talizante. No se trata de
la ilusión hiper-erudita de
saberlo todo sobre los
“contenidos” de la realidad (aspiración utópica si las hay), sino
del establecimiento de una
lógica –basada en la praxis– de
producción de los mecanismos de
saber.
De esta manera, hemos procurado establecer, aunque
fuera es- quemáticamente, la diferencia específica (asentada siempre sobre el
cri- terio de la praxis)
del método de Marx
respecto del de Hegel
y de la teoría del conocimiento
“burguesa” en general. Debe quedar
claro, una vez más, que esta última no
es “burguesa” por su origen empírico de cla- se (en ese sentido, también lo era
Marx), sino por su posición “objetiva” frente al
conocimiento. Esperamos haber aclarado también que lo que el “intelectual crítico” puede hacer
es tan sólo (aunque es muy impor- tante) anticipar el pasaje del en sí
al para sí (el pasaje de la existencia a la “conciencia” de
clase, aunque luego deberemos discutir esta última noción), pasaje que no puede “sustituir”, sino que el
proletariado debe- rá realizar por medio
de su propia praxis colectiva y
autónoma. Y, final- mente, que es el proletariado quien, por medio de esa praxis y gracias a ella, está potencialmente en condiciones de acceder a
ese conocimiento “universal”, aunque no
pueda actualmente hacerlo; pero ello,
por su- puesto, no es una condena
in aeternum, sino que es una situación
histó- rico-concreta. A lo sumo, en la más
pesimista de las hipótesis, se podrá pensar que ese conocimiento “totalizador” no es posible;
pero, si fuera posible, sólo lo sería de esta
manera, al menos en la hipótesis (bastante menos pesimista, por cierto) de Marx. Y, en todo caso, la hipótesis pesi- mista
–como puede ser, por ejemplo, el
caso de la Escuela de Frankfurt y,
particularmente, de Adorno, quien con plena conciencia de su formu- lación
paradójica habla de un “marxismo sin
proletariado”– parte de la base
de que esta es la única posibilidad: de allí su enérgica
polémica con toda forma de positivismo,
para el cual (aun en sus variantes más sofisticadas) la “realidad”
sólo es lo que es, y no lo que puede
ser cuan- do es sometida al
“juicio” de la
praxis, mediatizada y anticipada
por la Razón crítica. Y finalmente, antes de proseguir, aclaremos también
(aunque luego tendremos que abundar sobre el tema) que el hecho de que el “intelectual crítico” no pueda sustituir la praxis del “proletario” no significa que
su trabajo de interpretación de lo real
–ese momento relativamente
autónomo del conocimiento crítico–
no pueda producir conocimiento por sí mismo.
Un autor marxista que ha
visto agudamente la cuestión es
el Lukács de Historia y conciencia de clase. ¿Por qué
–se pregunta Lukács esencialmente– no es capaz el “burgués” de acceder a
este plano “totali- zador” de conocimiento? Nótese que la pregunta es por qué no puede,
y no por qué no quiere.
Aquí es donde hay que reintroducir el problema, nada sencillo, de
la ideología que obstaculiza ese acceso a lo “universal”. Ideología que, por
definición, es “inconsciente”. No se trata de ninguna conspiración,
ni de
ningún planificado engaño. Se trata, nuevamente, de la posición de
clase, del “punto de vista” condicionado no tanto por una pertenencia a
la clase “burguesa” y sus concepciones del mundo, sino
por una identificación (no necesariamente “interesada”) con ellas. Dicho
“punto de vista” es, por así
decir, impersonal: está determinado
“en última instancia” por la propia estructura lógica del funcionamiento de la
sociedad capitalista y el tipo de
conocimiento que ella implica, y que,
como hemos visto, es necesariamente fragmentado: el “burgués” no necesita saber
nada sobre la praxis, en el sentido
amplio que aquí veni- mos tratando. Más aún: necesita no saber sobre
ella, des-conocerla (que no es lo mismo
que “ignorarla”), puesto que tomar plena “conciencia” del proceso de producción en sentido genérico (es decir, en definitiva, de
la Historia, que, como dijimos,
es ante todo el movimiento, “infor- mado” por
el pasado, de la transformación hacia el futuro) lo obligaría a admitir,
en rigor de honestidad intelectual, que esa
transformación indetenible y la
producción de conocimiento basado
en ella
pueden eventualmente barrer con su propio lugar de “clase dominante”, lo
cual resulta subjetivamente intolerable y objetivamente disfuncional al sis-
tema, de allí que no pueda saber nada
con ello (como dice irónicamente Marx,
la burguesía siempre supo perfectamente que había habido His- toria... hasta que llegó ella).
Por lo tanto,
en el razonamiento de Lukács la “cultura burguesa” se sitúa frente al mundo en
una posición estática y contemplativa (lo que más
tarde Marcuse llamará una cultura afirmativa de lo real):
en posición, como si dijéramos, consumidora y no productora de
lo real. En el fondo, lo que la “burguesía”, para poder sostener con convicción su
lugar de clase dominante, no puede
saber, es cómo es que lo “real”
ha llegado a ser lo que
es (dicho más “técnicamente”
desde el capítulo I de El Capital, lo que
la “burguesía” no puede saber es
qué cosa
es... la plusvalía; pero aquí, entonces, podemos apreciar toda la
dimensión filosófica que tiene el
descubrimiento por Marx de ese
síntoma –como lo llama Lacan– del capitalismo).
De allí extrae
Lukács su crítica al núcleo de la teoría del conoci- miento de Kant, el “padre
fundador” de la gran tradición idealista ale- mana. Como se recordará –sin duda tendremos que
simplificar en exce- so en aras de la brevedad–, en esa teoría los a priori del
entendimiento (categorías “innatas” como las de tiempo y espacio, por ejemplo) hacen que el Sujeto Trascendental kantiano (el “Hombre”
abstracto como tal, sin determinación
histórico-concreta alguna) sea
perfectamente capaz de conocer todos los fenómenos del Universo, pero no de conocer por qué hay
fenómenos, cuál es su
origen último, cuál es el
noumeno o “cosa en sí” que ha producido la existencia de lo real, y que en sí mismo permanece estrictamente
“incognoscible”, es un límite absoluto para el entendimiento. Y bien,
Lukács, sin duda de manera
provocativamente reductora pero no
por ello menos gráfica, responde sencillamente: la
“cosa en sí” es... el capitalismo.
Por supuesto que el “burgués” –que no es ningún Sujeto “Trascendental” sino un
sujeto histórico, condiciona- do por
la situación igualmente histórica de la posición que ocupa en la estructura de dominación– no puede
conocer acabadamente esa “cosa en sí” porque, como ya hemos visto,
eso significaría, al menos como posibilidad, el cuestionamiento de
su propia “particularidad” histórica, que
él prefiere creer que es
“universal”, y por lo tanto eterna.
Ahora bien:
lo que vale para el “burgués”,
¿no vale también para el “proletario”,
al menos mientras dure su alienación? Por supuesto que sí. Pero con esta diferencia decisiva, que ya hemos
mencionado: al estar directamente (aunque también “inconscientemente”, por así decir) vin- culado a la praxis, el “proletario” no puede no percibir (aunque puede
momentáneamente “des-conocer”) que el
mundo de lo real es el resul- tado de
un proceso de producción, y no de una enigmática
“cosa en sí”. Es su “posición de sujeto”
(sujeto efecto de un proceso histórico,
y no “trascendental”) lo que –potencial
y tendencialmente– le permitirá –al contrario de lo
que ocurre con el “burgués”– salir de
esa alienación.
¿Cómo?
Haciéndose, a sí mismo, “proletario”.
Aquí es
donde hay que reintroducir la dialéctica del en
sí/para sí con el objeto de
explicar una aparente paradoja. El proletario, dice Lukács, en tanto su
situación histórico-concreta lo reduce a pura fuer- za de trabajo –es decir, a “mercancía”– empieza por vivirse
a sí mismo como objeto (como un puro “en-sí”), y tiene que transformarse en sujeto (en
“para-sí”). Vale decir que, en la misma
medida y por el mismo mo- vimiento de la praxis
por la que el “proletario” conoce la materia que está transformando, se conoce a sí mismo,
aplicando el criterio de que sólo la
transformación (de la materia/de sí
mismo) permite acceder al verdadero conocimiento; mientras que el “burgués”, que se ha
vivido siempre ya como “sujeto diferenciado” del mundo de lo real (como “in- dividuo”), no puede transformarse
en ninguna otra cosa que lo que ya es. Irónicamente –si aceptamos lo que hemos dicho a propósito de que la historia es fundamentalmente impulso hacia
el futuro– se podría decir que el
“burgués” tiene razón cuando dice
que la historia “se terminó”.
Sólo que habría que especificar: es su historia la que se terminó, puesto
que ya no puede ir hacia ningún futuro.
Además –dicho sea
de paso– este razonamiento
demuestra que Marx (al menos en esta lectura lukacsiana) es un pensador mucho más radical que los así
llamados “post-estructuralistas” contemporáneos. En efecto, estos le critican
al marxismo un “reduccionismo de clase” según el cual el “sujeto proletario”
sería una suerte de esencia ontológica precons- tituida, definida por su lugar
estructural en las relaciones de producción. Y, sin duda, tienen razón respecto de muchos de los
marxismos econo- micistas o “trascendentalistas” que han proliferado. Pero se equivocan de medio a
medio respecto del propio Marx. Si el “proletario” empieza por estar constituido como objeto (en-sí), y luego tiene que
constituir- se a sí mismo como sujeto (para-sí) en un proceso
de (auto)producción que sólo
puede estar “completo” en el momento del “comunismo” –vale decir, de la
“sociedad sin clases”, donde por lo tanto la “subjetividad di- ferencial” del
“proletario” se disuelve como tal–, ¿no está claro entonces que el “proletario” nunca es un sujeto “pleno”, sino un
sujeto que está siempre en
proceso inacabado (“in-finito”) de constitución, satisfaciendo así las más rigurosas normas del anti-esencialismo
post-estructuralista? No es que este debate importe mucho, pero valía la pena
una referencia marginal para despejar ciertos (a veces interesados) equívocos.
De la misma
manera, la lógica de la mediación de la
que hablá- bamos hace un rato (y de la
cual el paso del en-sí al para-sí es un nuevo ejemplo) no es
necesariamente opuesta a la articulación por la “contin- gencia”, como tiende a sostenerlo a veces Laclau, entre otros. El secre- to allí es la
noción althusseriana de sobredeterminación (que
el propio Laclau cita
elogiosamente), extraída del psicoanálisis de Freud, y según la
cual un elemento no predeterminado de la
situación (política, social, histórica) puede aparecer “inesperadamente” para
articular el proceso de mediación “totalizadora”. Pero esto
tan sólo significa: a) que ese
ele- mento “contingente” podría no aparecer; b) que, cuando sí aparece, no es porque una
“necesidad previa” lo ha hecho aparecer:
su emergencia puede ser perfectamente
casual; c) que la
articulación específica pro- ducida por
ese elemento, y sus resultados
futuros, no pueden preverse matemáticamente: la articulación abre un campo múltiple (aunque no ilimitado) de
posibilidades.
Pero no
se trata de un
juego de puro azar
(“contingencia”, en este sentido,
quiere decir simplemente que no estamos
hablando de un férreo principio de la naturaleza como, digamos, la ley de
gravedad: lo cual, si estamos
refiriéndonos al campo de la
praxis humana, es una perogrullada): el elemento “contingente”
que logra articular una “to- talización”
puede no aparecer, pero, cuando aparece, no es cualquiera, ni se “engancha” de
cualquier manera en la articulación. Existen leyes “tendenciales” de la
historia –bastante más “totalizadoras”
que el largo de la nariz de Cleopatra–
que, por
así decir, convocan ciertas
“contin- gencias” y no otras, más allá
de que ellas aparezcan o no. Que a Newton le cayera una manzana en la cabeza
cuando estaba tomando su siesta es, por
supuesto, una contingencia que
podría no haber sucedido. Pero que
Newton asociara ese hecho
con una serie de
leyes físicas que le hicieron descubrir el principio de la
gravedad de los cuerpos no es una ocurrencia casual: las leyes
físicas existen independientemente de
que ese día y a esa hora cayera la manzana. Que Lenin encontrara un tren blindado que lo condujera de vuelta a Rusia para ponerse
al frente de la revolución es una contingencia. Sin duda, se puede suponer que el desarrollo de la
revolución hubiera sido distinto
si Lenin no hubiera llegado, pero las
“leyes” (mucho más “tendenciales” que
las de Newton, lo admitimos) de la
situación política que condujo a la
revolución no dependían del viaje de
Lenin. En una palabra: la
lógica de la “media- ción” no es
que se oponga a la “contingencia”,
sino que
puede haber una lógica de la mediación de la contingencia. Precisamente
por eso
el marxismo (el de Marx, para
empezar) no es un determinismo: porque
–al contrario
de lo que ocurre en la dialéctica idealista de Hegel– no hay una Totalidad determinada de antemano
por el Concepto, sino que la
materialidad de los hechos históricos puede articular diferentes
(pero no cualquiera) procesos de mediación totalizadora.
DE LA
“HERMENÉUTICA DE LA SOSPECHA” A LA
INTERPRETACIÓN CRÍTICA
Habiendo
admitido que el “modelo” marxista para la producción de conocimiento es el de
la praxis del
“proletario”, procedamos ahora a describir cómo es el funcionamiento
lógico de ese modelo transpuesto a la
praxis específica del “intelectual
crítico”. El trasfondo “filosófico” de esa lógica
es lo que Paul Ricoeur, célebremente, ha llamado la “her- menéutica de la sospecha” (Ricoeur, al igual que
Foucault, Althusser, Roland Barthes y otros, colocan bajo esa
rúbrica a “intelectuales crí- ticos”
paradigmáticos como Marx, Freud o
Nietzsche). Vale decir: la actitud
bajo la cual –como hemos explicado más arriba– yo sospecho que la “totalidad” de lo
real no es lo que puedo percibir de ella
a simple vista, y que las explicaciones
sobre lo real siempre pueden ser sometidas a una nueva interrogación, ya
que ellas no
“caen por su
propio peso” (como la manzana de Newton), sino que
son construcciones
históricoconcretas que están consciente o inconscientemente sobredeterminadas
por la ideología, los intereses de los
grupos de poder (y también, cómo no, la identificación “alienada” de los grupos
oprimidos con la ideología dominante), etcétera. Una de las
funciones objetivas centrales de esas explicaciones “naturalizadas” es
la de construir consenso (esencial para la “hegemonía”, en sentido gramsciano) en torno a, en
el límite de, la estructura misma
de lo real. La tarea del “intelectual
crítico” es, por lo tanto, desmontar
esas construcciones para demostrar
que nada tienen de “naturales”, sino que
ellas son parciales y “contingentes”, en el sen-
tido antes aludido.
Ello supone, por
otra parte, una cierta teoría de lo simbólico. Ya hemos dicho que el ser
humano se relaciona con (y organiza) su realidad a través de la mediación
simbólica (empezando por el propio
lenguaje). Pero se pueden tener
–simplificando mucho– dos grandes teorías
de lo simbólico (y, por lo tanto, de la
interpretación de la realidad):
1] Yo puedo pensar que el símbolo –en el sentido más amplio po- sible del término– es un “velo”, una “máscara”, un “disfraz” que oculta u obstaculiza la
visión prístina de una Verdad
“esencial”, “originaria”, “natural”, eterna e inconmovible, llámese la Palabra
de Dios, la “cosa en sí” kantiana, o lo
que se quiera. En este caso, la interpretación consistirá simplemente –y no es
que sea un pro- ceso simple, por cierto– en
retirar el velo ocultador para develar (valga la expresión) ese “objeto” originario que se me
ocultaba. La Verdad se impondrá entonces con toda su “fuerza de Ley”, y nada podré hacer
para cuestionarla. A este estilo de interpreta- ción (característico, por ejemplo, de la hermenéutica bíblica tra-
dicional) lo llamaremos interpretación pasiva, ya que a lo que ella conduce no
es a la producción de un nuevo
conocimiento, sino a la restauración de
una “realidad” que en verdad siempre
“estuvo allí”, sólo que deformada
por la máscara simbólica.
2] Yo puedo pensar (como lo hacen Marx, Freud o Nietzsche, por sólo citar esos
paradigmas modernos) que no hay tal Verdad eter- na y originaria, sino que lo que aparece como un “objeto natural”
es el producto de un proceso de producción o, para nuestro caso, de una construcción simbólica e
histórico-concreta. Detrás del
“símbolo”, por lo tanto, no encontraré
el objeto puro y duro sino otro “símbolo”,
y luego otro y otro indefinidamente.
No es que no haya “objetos” (se trata de
una perspectiva materialista), sino que
esos objetos han sido utilizados como “contingencias” para la construcción de configuraciones simbólicas que sirven para explicar de una cierta manera el
mundo de lo real. Son, en una pa- labra,
el resultado de una praxis, y no
esencias eternas. La “inter- pretación”, en este caso, consiste en interrogar críticamente esas construcciones simbólicas
para mostrar –incluso para producir– sus vacíos, sus “agujeros de sentido”
(puesto que no son Verdades eternas, nunca están plenamente completas, no
pueden, al revés de la “teología”, explicarlo todo), y entonces construir, producir, un sentido nuevo sobre esos “blancos” o ausencias. Por supues- to que ese
nuevo sentido podrá a su vez ser
sometido a interro- gación, precisamente porque el conocimiento así construido es una “verdad” histórica, y no
“natural” (y eso vale también para el marxismo, que no es una verdad eterna, sino la que
corresponde a determinadas condiciones históricas: principalmente, la
exis- tencia del modo de producción capitalista, del cual el marxismo es su conocimiento crítico). A este estilo de interpretación, enton- ces,
lo llamaremos interpretación activa, ya
que en ella no se trata de restaurar un
objeto que preexistía a la
interpretación, sino de producirlo como
objeto de la praxis
del conocimiento/transfor- mación
(como ya hemos dicho, el marxismo produce el “objeto” modo de producción
capitalista mediante el mismo movimiento que pugna por transformarlo: otra vez, estamos en el núcleo
de la Tesis XI sobre Feuerbach).
Como dice
Foucault gráficamente, si este
“método” es como lo hemos descripto, toda interpretación (crítica y
activa) es no una interpretación de la “realidad” (en el sentido vulgar, no dialéctico, del término), sino una interpretación de una interpretación: los “objetos” de la realidad
que se presentan a nuestra conciencia son ya producto de “interpretaciones”
históricas. Por ejemplo: Freud (o
cualquier psicoanalista) no interpreta el sueño del paciente (¿cómo podría el
psicoanalista tener acceso a un sueño ajeno?, ¿dónde podría “verlo”?): lo que
interpreta es el relato que el paciente hace de su sueño, relato que ya constituye una cierta “inter- pretación”
previa. De la misma manera, Marx no
interpreta a la “socie- dad burguesa”:
lo que Marx interpreta es la
interpretación “burguesa” de la sociedad (por
eso el subtítulo de El Capital es
Crítica de la Economía Política), es
decir, la construcción simbólica (y por supuesto, ideológica) que la “burguesía” ha producido sobre su propia praxis. ¿Y cuál
es el resorte, la palanca última
de esta
interpretación crítica? Ya lo hemos adelantado: la interrogación de la
supuesta “Verdad eterna” en tanto ella es “sospechada” de ser a su vez una
construcción histórico-ideológica.
Lo cual significa que
Marx no viene, digamos, de Marte, con una teoría completamente distinta y ajena a
la de (en este caso) la economía
“burguesa”, y se limita a patear fuera del tablero una interpretación y
reemplazarla por otra. Eso sería un mero acto
de fuerza, y no una praxis crítico-hermenéutica. Lo que hace Marx es empezar por aceptar el “tex- to” de la
economía burguesa como verdad parcial, y
luego interrogar sus “silencios” o sus inconsistencias. Por ejemplo: Marx
no dice que la teoría del valor
(esa teoría que no
inventa Marx, sino que
ya está en Smith o Ricardo) sea falsa: al contrario,
justamente porque es “verdade- ra” –en el sentido ya dicho de que corresponde a una cierta condición
histórica–, la interroga hasta las últimas consecuencias (le pregunta, por
ejemplo, de dónde sale la
ganancia del capitalista, cómo es posible el proceso de
acumulación/reproducción del capital) y descubre que no puede responder satisfactoriamente a todas las
preguntas que las pro- pias
premisas de la teoría despiertan. Construyendo sobre esos “vacíos” de la
economía clásica es que Marx produce su
propia teoría, su propia interpretación crítica
del capitalismo, basada en el descubrimiento de, entre otras cosas, la
plusvalía. Lo que Marx hace es pues lo que Althus- ser
llama una lectura sintomática del
“texto” de la economía burguesa clásica:
con una lógica de lectura semejante a la del psicoanálisis
(que es, por supuesto, de donde Althusser extrae la expresión “sintomática”),
Marx interpreta, por así decir, los lapsus, los “actos fallidos”,
las incon- sistencias de la economía clásica, y es esa propia praxis
hermenéutica la que arroja como
resultado una nueva teoría más
acabadamente ex- plicativa del funcionamiento del capitalismo.
Pero,
atención: cuando decimos que Marx interpreta el “texto” (en un sentido
metafórico muy amplio del término) de la
economía clá- sica, no estamos en modo alguno cayendo en esas concepciones
“textua- listas” más o menos posmodernas que pretenden que toda la
realidad es una suerte de textualidad sin “lado
de afuera”, e infinitamente “decons- truible”. En el límite, esta
concepción conduce a una nueva y sofisticada forma de idealismo que pone todo el peso de la interpretación en una subjetividad
crítica trabajando sobre un mundo
puramente “ficcional”, sin referentes materiales. Esta posición, que ya sería discutible aunque tolerable en el
campo de, por ejemplo, la teoría
literaria y estética, es a nuestro juicio indefendible en el de las estructuras
y procesos sociales e históricos. Por
supuesto, la interpretación crítica es también, y ante todo, una
operación intelectual y teórica, con un importante grado de autonomía (“relativa”),
pero los objetos de su lectura sintomática –so- bre los que
en seguida diremos algo más– no
pueden ser considerados, ni siquiera de manera metafórica, como exclusivamente
“ficcionales”. No se nos oculta que en el pasaje a la escritura (incluida la
más comple- ja “teorización”) del
análisis de esos objetos hay siempre una cuota, de peso variable según los casos, de “ficcionalidad”:
las hipótesis mismas de las cuales se
parte son, en un
sentido lato, “ficciones”
teóricas, y además las estructuras
retóricas, estilísticas e incluso sintácticas de la exposición de una teoría
comparten muchos de sus rasgos más
básicos con las obras de ficción. Pero
la diferencia fundamental es que una obra de ficción, aun la más “realista” de las novelas, parte de la
construcción de un “escenario” de enunciación imaginario, mientras que el tratado teórico debe empezar por
suponer, al menos, una materialidad “independiente” sobre la cual ha
operado lo simbólico en general, y las “in- terpretaciones” que se están sometiendo a lectura crítica en
particular, más allá de que
–como decíamos más arriba– ningún
“objeto último y originario” sea realmente alcanzable (justamente porque ha
sido some- tido desde siempre a las transformaciones de la
interpretación).
Precisamente,
una tarea central de la “lectura sintomática” (y de la crítica ideológica)
consiste en discriminar, hasta donde sea posible, las relaciones entre realidad
y ficción en las teorías. Esto es lo que marca asi- mismo el límite de la
interpretación: de otra manera, cualquier interpre- tación, no importa cuán
arbitraria o caprichosa, sería igualmente legíti- ma. Desde ya que esto no es
así para Marx: todo lo que hemos dicho hasta acá apunta a mostrar que sí hay interpretaciones mejores que
otras, más “totalizadoras”, en el sentido de que permiten reconstruir
con mayor pre- cisión el funcionamiento de una “realidad” (para nuestro caso, la de las estructuras del capitalismo),
descartando las interpretaciones consciente o inconscientemente “falseadas”,
interesadas, ideológicas, etcétera.
Todo esto
tiene consecuencias de la máxima
importancia. Para empezar, la lectura
sintomática –tal como Althusser la identifica en Marx– constituye en
sí misma un método de
producción de conoci- miento, en
la medida en que descubre una particular lógica de la praxis interpretativa.
Llevado a su extremo, esto significa
que aun cuando se descubriera (como
algunos vienen intentando hacerlo desde hace mu- cho) que no hay
tal cosa como la “ley del valor” o la “plusvalía” –cuyo análisis por parte de
Marx es, como vimos, el paradigma de
lectura sintomática–, dicha lógica
seguiría siendo la más eficaz para interpretar críticamente la realidad y
sus “textos” según el modelo de la
praxis.
Pero aquí podría interponerse una objeción: ¿no
habíamos dicho, en nuestra discusión de la diferencia de Marx con
Hegel, que un
cam- bio de “objeto” conducía indefectiblemente a una transformación en
el “método”? Sin duda, pero lo que sucede es que hay diferentes niveles de
definición del “objeto”: el análisis de
un objeto “particular” (por ejem- plo,
la plusvalía) permite, por así decir, el descubrimiento de un
“ob- jeto” conceptual más abarcador (por caso, la noción de que es restitu- yendo la contradicción entre el
particular-concreto “plusvalía generada por
la fuerza de trabajo” y el universal-abstracto “equivalencia general”
que se
descubrirá el “secreto” escamoteado de
la lógica del
capitalis- mo) que conduce a la formulación de una hipótesis
universal-concreta (por ejemplo, que
aquello que aparece como una “Totalidad” ideológica extrae su eficacia de la
operación que escamotea el “particular”
que le permite funcionar pero que es irreductible a la “Totalidad”, de tal ma- nera que
es denunciando esa operación como
la interpretación crítica puede producir nuevo conocimiento sobre la realidad).
Pero entonces, al final de este recorrido insoslayable, es este
último universal-concreto el que se ha transformado en el verdadero objeto de
la interpretación, en el sentido de que
a partir de él puede construirse una posición crítico- hermenéutica para
leer “sintomáticamente” la realidad.
Y el hecho
(sobre el que se nos permitirá insistir) de que el mode- lo de esta metodología sea la praxis
social-histórica del
“proletariado” tiene una segunda consecuencia decisiva –que excede, como estricta lógica del
conocimiento, a la existencia o no de un
proletariado “empí- rico”–: se trata de un método que, más
allá de que sea “aplicado”
por el intelectual crítico individual,
tiene un sustrato social-histórico, “colecti- vo”, mediatizado por aquella praxis. Y aun así, la interpretación crítica
“individual” es sólo un momento del proceso de conocimiento/transfor- mación
del mundo. Pocas veces se ha
puesto el acento, que nosotros
sepamos, en que una semejanza lógica
fundamental entre el marxismo y el psicoanálisis es el hecho evidente de
que ambos son modos de pro- ducción de conocimiento en los
que la acción transformadora se realiza siempre en la interacción con un
“Otro” (el proletariado para
Marx, el paciente para el
psicoanalista). Pero incluso sin necesidad de apelar a esta comparación, recuérdese la idea gramsciana de que los hombres, potencialmente, son todos
“filósofos”: es la reorganización de su “senti- do común” por la praxis
–y no la inculcación exterior de una teoría, por mejor que sea– la que
“actualizará” esa potencia.
Todo lo
que acabamos de decir debería entonces permitir una lectura
más ajustada de ese
ensayo “metodológico” del
marxismo por excelencia que es la
famosa Introducción de 1857 a los
Grundrisse. En efecto, en el apartado titulado “El método de la economía
política”, dice claramente Marx:
Si comenzara, pues, por la
población, tendría una representación caótica del conjunto y, precisando cada vez más, llegaría
analítica- mente a conceptos cada vez más
simples; de lo concreto representa- do
llegaría a abstracciones cada vez más
sutiles hasta alcanzar las determinaciones más simples. Llegado a este punto, habría que re- emprender el viaje de retorno, hasta
dar de nuevo con la población, pero esta vez no tendría una representación caótica de
un conjunto sino una rica
totalidad con múltiples
determinaciones y relaciones [...]
Este último es, manifiestamente,
el método científico correcto. Lo concreto es concreto porque es la síntesis de
múltiples determina- ciones, por lo
tanto, unidad de lo diverso. Aparece en
el pensamiento como proceso de síntesis, como resultado, no como punto de
partida, aunque sea el efectivo punto de partida, y, en consecuencia, el punto
de partida también de la intuición y la representación. En el primer camino, la representación plena es volatilizada en una determina- ción abstracta; en el segundo, las determinaciones
abstractas condu- cen a la reproducción
de lo concreto por el camino del
pensamiento (Marx: 1976, parte I,
parágrafo 3).
Bien:
obsérvese, en primer lugar,
que Marx termina el
párrafo ante- rior hablando de
una re-producción de lo concreto en
el proceso del pensamiento:
sin ninguna duda, está aludiendo a la
manera por la cual la interpretación crítica re-produce (vuelve a producir, en otro plano) la praxis social-histórica, que es su modelo. El resultado de ese proceso es
una “síntesis de múltiples determinaciones”, una “unidad de lo diverso”: pero
no se trata de una síntesis puramente
“abstracta”, en el sentido de que esté vacía de “particulares-concretos”; es
una abstracción (puesto que no es el
“objeto” mismo en tanto único y
singular), pero que conserva las determinaciones particulares del objeto, que
entran en tensión con la “universalidad”
del concepto. Además, ha superado el “caos” de las re-
presentaciones/intuiciones iniciales (pura acumulación de “particulares
concretos” sin organización ni sentido),
tanto como el mero “universal- abstracto” (puro pensamiento genérico sin
determinaciones concretas).
Finalmente,
debemos llamar la atención sobre el hecho de
que Marx no se priva de utilizar
el concepto de totalidad. Esto es de capital importancia hoy, en la discusión con los “post-estructuralistas” y/o “pos-
modernos” (pero también, en el mismo lado de la barricada, por así decir, con
ciertas formas de los estudios culturales, poscoloniales, multicultura- listas
y aun del feminismo) que recusan de lleno
y sin matices esa noción, confundiéndola con el “esencialismo” e incluso
con el “totalitarismo” o el “fundamentalismo” de un pensamiento de lo Absoluto.
Desgraciadamen- te, en esta recusación suele caerse en un relativismo extremo o
en un “par- ticularismo” que es, en el
fondo, una forma más elaborada de ese
“caos” de representaciones puramente singulares y yuxtapuestas sin jerarquías, lo cual suele
ser tanto teórica como políticamente ineficaz (cuando no directamente
dañino para la propia causa que se pretende defender).
Pero la
“totalidad” marxista no puede en modo alguno confundir- se con aquella caricatura, que más
bien corresponde a la falsa
totalidad adorniana, vale decir, una
abstracción vacía, un “equivalente general” que esconde la determinación particular-concreta
que mostraría la con- tradicción, el
conflicto interno a la supuesta “totalidad”. De lo que habla Marx es precisamente de esta
“totalidad” abierta, y por lo tanto siempre provisoria, que es una totalidad pensada (más aún: inevitable
para pen- sar) que re-produce ese conflicto, esa tensión, entre su “abstracción”
y sus determinaciones concretas. El proceso de conocimiento que arroja como
resultado esa “totalidad” es el que varias veces
hemos apuntado bajo el concepto
de totalización. Es ahora oportuno, pues, abordarlo de lleno.
LA “TOTALIZACIÓN” Y EL MÉTODO PROGRESIVO/REGRESIVO
El término, ya lo dijimos, proviene de Sartre (quien lo expone en sus “Cuestiones de método”, incluido como
introducción a la Crítica de la ra- zón
dialéctica) y, aunque fue acuñado a fines
de la década del cincuenta en un contexto cultural muy diferente al
nuestro, se ha vuelto hoy nueva- mente actual, justamente por su importancia en
el debate con corrientes como el post-estructuralismo y el “deconstructivismo”.
En su momento, el debate más fuerte
que sostenía Sartre era contra el
estalinismo y/o el marxismo vulgar de la diamat, que incurrían en una polarización (o, con
frecuencia, una combinación) entre, por un lado, recetas abstractas, ellas sí “esencialistas” y “totalizantes”, y, por
otro, un empirismo o neo- positivismo
antidialéctico, en ambos casos con consecuencias nefastas para la praxis del conocimiento/transformación de la
realidad. (No pue- de ser azaroso, en efecto, que Sartre escriba sus
“Cuestiones de método” poco tiempo
después de la invasión soviética a Hungría, contraparti- da político-militar de
esa nefasta combinación “filosófica”). Contra eso, Sartre opone un
“existencialismo” marxista que pugna por conservar las particularidades (y aun
las singularidades irrepetibles) concretas de los sujetos de carne y hueso, pero
sin perder la capacidad de articulación y diálogo conflictivo entre lo abstracto
y lo concreto, que es inherente al
propio proceso de producción de conocimiento.
Su método ha
pasado a la historia con el
nombre de progresivo/ regresivo –lo que ya
da una pauta, desde la propia denominación, de una postura que rechaza el evolucionismo vulgar aplicado al
proceso de conocimiento. La base
filosófica de su teoría del
conocimiento es inequívoca: lo que
hace una filosofía es “dar
expresión al movimiento general de la sociedad”. Es decir: el modelo de
la producción de cono- cimiento es la praxis
social-histórica. Y esta es,
entre otras cosas, una cierta forma en que
“la clase en ascenso adquiere
conciencia de sí”. En la primera fase del capitalismo, la burguesía de
comerciantes, juristas y banqueros alcanzó cierta percepción de sí misma en el
cartesianismo; un siglo después, en
la fase de
protoindustrialización, la burguesía de fabricantes, técnicos y hombres de
ciencia se descubre “oscuramente” en el Sujeto Trascendental kantiano.
Ahora bien:
este “dar expresión al movimiento de la sociedad”, esta “conciencia de sí” de las nuevas clases, no es un
mero reflejo “es- pecular”. Por
un lado, para ser
verdaderamente “filosófico”, el proceso de
conocimiento debe presentarse
como totalización de todo el saber
contemporáneo. Por el otro, esa acumulación de saber no es un objeto inerte, pasivo: nacida del movimiento
de la praxis, “es movimiento en sí
mismo, y muerde en el futuro [...] toda filosofía es práctica, inclusive la que
parece ser más puramente contemplativa
[…] una filosofía mantie- ne su eficacia sólo mientras tiene vida la praxis que
la produjo”. Cuando el movimiento filosófico se interrumpe, es porque su “crisis filosófica” está expresando (de manera compleja y mediatizada, claro está)
una crisis de la praxis
social-histórica: como dice,
entre nosotros, León Ro-
zitchner, “cuando la sociedad no sabe
qué hacer, la filosofía no sabe
qué pensar” (Sartre, 1995). En
este sentido preciso, el pensamiento
marxista se encuentra “en estado de crisis”; como decíamos, esto, fechado en
1957, vuelve
a cobrar actualidad hoy:
sólo que Sartre no
extrae de esa evidencia la conclusión de que el marxismo debe ser
abandonado; fiel a su propia premisa, mientras la praxis social-histórica que le ha
dado lugar continúe actuando (es decir, mientras existan el capitalismo
y sus contradicciones, y por lo tanto la
necesidad de su crítica), el marxismo
seguirá siendo “el horizonte insuperable de nuestra época”.
Hasta aquí,
Sartre parece mantenerse (con su estilo particular, desde luego) en la línea
de la “superación” (la Aufhebung) de Hegel
por Marx, incorporando –generalmente de manera implícita– las contribu-
ciones del Lukács de Historia y conciencia de clase (con quien, de todos modos, sostiene una dura
polémica a propósito del existencialismo). Pero la diferencia
específica sartreana está en la incorporación, dentro del marxismo, del
“momento” existencialista que proviene de la etapa de El ser y la nada. Allí donde Lukács había producido un debate inclusivo con Hegel, Sartre hace lo propio con Kierkegaard: “Para
Hegel el Signifi- cante […] es el movimiento del Espíritu, el Significado es el
hombre vivo y su objetivación; para
Kierkegaard, el hombre vivo es el Significante: él mismo produce las
significaciones, y ninguna significación le alcanza desde afuera” (Sartre,
1995). El “humanismo” sartreano –en
nítida opo- sición al universalismo abstracto hegeliano tanto como al
objetivismo elemental del positivismo, pero también del marxismo vulgar, y
quizá al estructuralismo que ya empieza
a asomar– significa sencillamente que “el dolor, la necesidad y el sufrimiento
son realidades humanas brutales que no
pueden ser superadas o cambiadas solamente por el conocer”. Las ideas, por sí
solas, no pueden transformar
la realidad. Sartre no niega aquel carácter
de anticipación que las
ideas pueden tener –y del cual
hablábamos más arriba–, siempre
que se inscriban en el modelo de una praxis
transformadora, y en la perspectiva de la lucha contra la alie- nación,
vale decir, en términos filosóficos generales, la separación entre sujeto y
objeto. Pero, al igual que Marx, subraya
la prioridad de la praxis con respecto al pensamiento “puro”. Y, a semejanza de
Kierkegaard, sos- tiene que la praxis no puede ser reducida a un conocimiento abstracto: debe ser vivida y producida. No se trata de
desechar completamente a Hegel,
sino de “dialectizarlo” también a
él: como a Hegel, le preocupa la
objetividad de lo “real” y de la historia, pero afirmando al mismo tiempo la
singularidad concreta de la experiencia humana.
Esta dialéctica
es la
que cree poder encontrar en el marxismo (el de Marx). Pero entonces, ¿por qué la
necesidad del existencialismo (el de
Sartre)? Ya lo hemos adelantado, indirectamente. El marxismo está atravesando una crisis: está, como si dijéramos, detenido, conge-
lado: “Luego de
haber liquidado todas nuestras categorías burguesas de pensamiento y
transformado todas nuestras ideas, el marxismo nos deja bruscamente en la
estacada, incapaz de satisfacer
nuestra necesidad de entender el mundo
desde la situación particular en que
nos encontramos ubicados” (como decíamos, la crítica apunta al marxismo
“estalinista” de su época; pero es lo suficientemente general y profunda como
para que hoy, nuevamente, nos sintamos concernidos por ella, so- bre todo después de la caída de los socialismos
“realmente existentes”) (Sartre, 1995).
El marxismo “dominante” ya
no encara totalidades vi- vas (“síntesis
de múltiples determinaciones concretas”), como lo hacía Marx, sino
“entidades fijas” –singularidades generales, las llama Sartre, parafraseando el
universal-singular de Kierkegaard. Las “unidades for- males” de estas nociones
abstractas parecen entonces quedar dotadas de
poderes reales (el marxismo
“congelado” es, en este
sentido, una expresión objetivamente cómplice de la alienación, en la
cual lo “real” aparece no como producto de la
praxis, sino como teniendo un peso propio, autónomo y exterior a la acción
humana: más tarde, en Crítica de la
razón dialéctica, Sartre llamará a esto lo
práctico-inerte). Así, el marxismo deviene una “totalidad” cerrada, un
conocimiento muerto; el marxismo vivo,
en cambio, es, repitamos, abierto: su “modo de produc- ción de
conocimiento” es un movimiento
regulador, con sus
“objetos” en permanente cambio y redefinición.
¿Cuál es
la estructura y la lógica
de ese movimiento? Para ex- plicarlo, debemos
retomar lo que empezamos a
decir sobre el méto- do
progresivo/regresivo (Sartre se
inspira aquí, parcialmente, en Henri
Lefebvre, quien ya desde principios de
la década del cincuenta venía intentando, en los
Cahiers de sociologie, una
articulación entre socio- logía e historia en una perspectiva marxista). Al
estudiar, por ejemplo, la realidad
compleja de un grupo (o una clase) social
–Lefebvre se re- fiere concretamente al
campesinado francés– hay, en primer
lugar, una complejidad horizontal que
remite al grupo humano, con
sus técnicas productivas
específicas, su relación con esas
técnicas, y la estructura social
correspondiente, que a su vez condiciona
el comportamiento del grupo, que a su
vez también depende de los otros grupos nacionales e internacionales, etcétera;
por otro lado, hay
una complejidad vertical que es
histórica: la coexistencia “desigual y combinada”, en el “mundo” específico en
estudio (el rural, en este caso), de formaciones provenien- tes de distintas épocas y duraciones, de sus transformaciones actuales aunque manteniendo
inercias del pasado, etcétera. Ambas
“compleji- dades” conforman una “totalidad” compleja y abierta, con acciones
y reacciones entre ellas. El
método para estudiar esa “totalidad”
–según lo delinea Sartre, reelaborando a Lefebvre– es un proceso en tres “mo- mentos” (lógicos): a] una fase
de descripción “fenomenológica”, de observación sobre la base de la experiencia y de una teoría (o una
serie articulada de hipótesis) general; b] un momento “analítico-regresivo”, que retorna sobre la historia del grupo en
cuestión para definir, fechar y periodizar las etapas y transformaciones de esa
historia; c] un momento “progresivo-sintético”, que sigue
siendo histórico- genético, pero que
vuelve del pasado al
presente en un intento por re-definir este último de manera más determinada y compleja que en la fase inicial, formulando además
hipótesis tendenciales para el desarrollo futuro.
Queda así
completado el movimiento progresivo/regresivo. Pero, por su- puesto, se trata de una “completud” provisoria, ya que la historia del grupo continúa (salvo, se dirá, completa extinción del mismo; pero,
en verdad, ni siquiera así: tomemos, por
ejemplo, una sociedad “extingui- da”
culturalmente por conquista
o colonización; su historia, aunque radicalmente transformada,
continuará en subterráneo conflicto con la historia de los conquistadores, y
por lo tanto el método progresivo/re-
gresivo deberá reconstruirla desde
su “originalidad” previa, para dar
cuenta de toda la concreta complejidad de su presente).
Los tres
“momentos” que acabamos de describir conforman la secuencia que Sartre, célebremente, llama
totalización/destotalización/ retotalización. Su movimiento lógico, como habrá observado el
lector, es notoriamente semejante
al defendido por Marx
en la Introducción de 1857 a los
Grundrisse (si bien ahora se le incorpora el componen- te “existencialista”, sobre el que
todavía tendremos algo para
decir). Lo que sucede es que, como hemos visto, ese movimiento ha quedado congelado por el triunfo de
un “marxismo” vulgar,
antidialéctico, a la vez idealista y positivista. En este marxismo, dice Sartre, “el análisis se encuentra reducido a
una simple ceremonia […] consiste en
eliminar detalles, en introducir
forzadamente significación en ciertos
aconteci- mientos y en desnaturalizar los hechos a fin de extraer, como
sustancia de ellos, nociones
falseadamente sintéticas, inmutables y fetichizadas. Los conceptos abiertos del
marxismo se encuentran ahora cerrados, ya no
son claves, esquemas
interpretativos, sino que
aparecen como un conocimiento ya totalizado. En lugar de buscar el todo
por medio de las partes, y enriquecer de
ese modo la especificidad de las partes mediante el examen de sus significaciones
polivalentes, que es el principio heurís- tico,
encontramos la liquidación de la particularidad” (Sartre, 1995).
Aquí es donde el “existencialismo”, otra vez,
puede ser útil para una imprescindible renovación de ese marxismo anquilosado,
y para re- tomar (aplicando al propio marxismo el método progresivo/regresivo)
la riquísima complejidad de su historia, que incluye el permanente diálogo
(no importa cuán conflictivo) con la totalidad del saber de una época. La “síntesis” (la Aufhebung) del conocimiento no puede ser concebida como una “totalidad
acabada”: sólo puede ser pensada en el
interior de una totalización siempre en curso, en movimiento, que se homologa al modelo de la praxis social-histórica: que, en
cierto modo, es esa praxis
social-histórica construyendo sus
“verdades” en su propio movimiento. La verdad deviene,
dice Sartre: es una totalización
que incesantemente se (des/re)totaliza a
sí misma. Los hechos particulares deben ser rescata- dos en toda su singularidad compleja, pero ello
no significa que tengan en sí mismos un
sentido completo: no son verdaderos ni
falsos, salvo “en la medida en que
se encuentran relacionados, por la mediación de diferentes totalidades
parciales, con la totalización-en-progreso”.
La renuncia a
este movimiento complejo (que en buena medida se explica por el propio anquilosamiento de la praxis social-histórica de los “socialismos reales”)
constituye para Sartre el talón de Aquiles
de la teoría del conocimiento del marxismo vulgar. Pero no es que no puedan encontrarse algunos
gérmenes –que luego se desarrollaron
hasta hacer- se dominantes, por razones
históricas– en los propios clásicos. Sartre tiene el inusitado
coraje (que es el de todo “heterodoxo”
que verdadera- mente quiere rescatar lo
mejor de la tradición de la cual
proviene) de no callar sobre lo que
ve como los puntos débiles, aun dentro del propio pensamiento originario. Cuando, por
ejemplo, Marx escribe que “la con- cepción materialista del mundo significa
simplemente la concepción de la naturaleza tal como es, sin ningún aditamento
externo”, está equivo- cado, puesto
que ello supone un punto de vista “exterior”, tributario de la alienación del
sujeto respecto del objeto, y nada tiene este enunciado que ver con la
lógica que podemos identificar en la
Introducción de 1857 a los Grundrisse o
en el primer capítulo de El
Capital. Por su
parte, cuando Lenin escribe que “la conciencia es sólo el reflejo del ser
y, en el mejor de los casos, un reflejo
sólo aproximadamente exacto”, también
parecería –como el Marx de la cita anterior– eliminar toda praxis de la subjetividad crítica en aras de lo
“práctico-inerte”. Esto constituye una “desviación” positivista del espíritu profundo del marxismo (que, por supuesto, tanto Marx como Lenin siguen fielmente en su propia
acción histórica). Positivista e idealista, lo cual no es en absoluto contradicto- rio. Como
dice Sartre:
Se puede
caer en el idealismo, no sólo
por la disolución de la reali-
dad en la subjetividad, sino por la
negación de la subjetividad real en
nombre de la objetividad. La verdad es que la subjetividad no es todo ni nada:
es un momento del proceso objetivo (el de la interiorización de la
exterioridad), y este momento se elimina perpetuamente a sí mismo, y renace perpetuamente (Sartre,
1995).
Esta última
afirmación es extraordinariamente
importante: la Aufhe- bung dialéctica de
la oposición sujeto/objeto
en la
praxis del conoci- miento/transformación de lo real no es una “disolución” de la subjetivi- dad
en la objetividad, ni viceversa. Es una tensión creadora que participa plenamente
del proceso de producción de conocimiento en la secuencia
totalización/destotalización/retotalización. De la misma manera, en ese
proceso, el momento “destotalizador” de recuperación de la particula- ridad
concreta y compleja del “objeto” no se “disuelve” completamente en el concepto de la “retotalización”, sino que
arroja, como si dijéra- mos,
un resto inasimilable por el concepto que, precisamente, servirá de punto de apoyo para
reiniciar el movimiento. Y, ya que estamos, vale la pena indicar que ese momento “destotalizador” sartreano,
pese a las similitudes superficiales,
nada tiene que ver con
la “deconstrucción”
post-estructuralista (al menos en su
versión más vulgarizada),
que en todo caso se queda
en ese momento, y termina, como
ya lo hemos su- gerido antes, reduciendo la “totalidad compleja” a un conjunto caótico de particularidades que pierden en
el camino su diálogo conflictivo, tensionado, con la fase
de (re)totalización. Es decir, finalmente, pierde el movimiento de la
Historia.
DE LA
DIALÉCTICA NEGATIVA AL INCONSCIENTE POLÍTICO
Vale la pena también apuntar, aquí, la similitud
de este razonamiento con el de
Adorno en su
Dialéctica negativa, cuando combate lo que él llama pensamiento “identitario”, vale
decir, esa forma de pensamiento que subsume totalmente la
particularidad en la generalidad, lo concreto en lo abstracto; en definitiva, el
objeto en el concepto “totalizado”. Vale decir, citando de memoria sus propias
palabras, la tiranía de lo abstracto sobre lo concreto. Tampoco para él se
trata, en esta “tiranía”, de un mero “error” epistemológico, sino de esa
ya mencionada racionalidad
instru- mental que es la que corresponde a la lógica –y a la praxis– de funciona- miento y reproducción de la
modernidad tecnocrática (cuyo paradigma
es el capitalismo, pero que se expresa
también en el “socialismo” buro- crático). El núcleo de esa “tiranía” es,
nuevamente, la positividad de una “dialéctica” que acentúa el momento de la afirmación
“superadora” del conflicto entre el particular y el universal (la Aufhebung),
ocultando que para el propio Hegel
–no importa cuáles fueran sus “inconsistencias” posteriores–, y ya desde
por lo menos la Fenomenología del espíritu, el momento verdaderamente
crítico de la dialéctica es el de la
negación/ne- gatividad. Y por lo tanto ocultando, para colmo, que al interior
mismo de la Aufhebung esa negatividad del conflicto está conservada, si
bien “me- diatizada” por el concepto, y
no “superada” (en el sentido vulgar de una disolución o un “dejar atrás” el conflicto). La consecuencia
que extrae Adorno es inequívoca: la
dialéctica, para serlo verdaderamente, debe
ser negativa. Es decir: debe
quedar tensamente “en suspenso” (la expresión es tomada por Adorno de
Walter Benjamin) en el momento negativo-crí- tico del conflicto, desestimando y
denunciando la ilusión ideológica (la “instrumentalidad” de una Razón tiránica que intenta disolver lo concreto en lo abstracto)
de una falsa totalidad que, mediante la
operación “identitaria” que subsume el
objeto en el concepto, pretende presentar la imagen de una realidad
“reconciliada”, disimulando sus fracturas, sus injusticias, sus
desgarramientos, su condición de “campo de batalla”.
Estamos, cómo
no verlo, ante un estilo de pensamiento
que bien podríamos llamar trágico, en el
sentido extenso de que en la tragedia, precisamente, no hay
“reconciliación”, no hay “resolución” final
del conflicto: lo propiamente trágico es que esa
tensión entre los polos no tenga posibilidad de “superación”; la mediación conceptual, lejos de “reconciliar” a los
polos conflictivos, los proyecta
como si dijéramos a los extremos de
la Aufhebung, en una
“constelación” de opuestos en tensión.
En eso
consiste, justamente, la Historia: en
una permanente re-polarización y “retotalización” (no “totalidad”: el “Todo”, en
aquel sentido de una realidad acabada y reconciliada consigo misma, es
para Adorno lo no-verdadero por
excelencia) de constelaciones
conflictivas que nunca alcanzan una plena
reconciliación. Y en esto consiste, asi- mismo, el verdadero proceso de
conocimiento crítico: en la producción de una “conciencia” de lo real como estructuralmente conflictivo, con-
tra la función central de la ideología
instrumentalista dominante, que es la de hacerlo aparecer como reconciliado y
armónico. Muchas veces se ha dicho que
el pensamiento de Marx, precisamente, participa de esta imago
de reconciliación y armonía, si bien
proyectada al futuro, al “fin de
la historia” en el “comunismo”
(recientemente Hayden White, por
ejemplo, ha calificado este
presunto estilo de pensamiento marxia- no como dramático, en
contraposición al pensamiento trágico
de, pon- gamos, un Nietzsche). No
estamos de acuerdo. Para empezar, las imá- genes que en alguna –muy escasa– ocasión dibuja Marx de lo que podría
ser el futuro “comunismo” son significativamente difusas y metafóricas: Marx no
se tenía a sí mismo por un profeta (recuérdese su indisimulado fastidio hacia
los discursos “utópicos”), sino por
un crítico revolucio- nario y
“científico” de la realidad. A lo sumo, lo que
podía prever como “reconciliación” en
el futuro “comunismo” –basándose en
esa crítica científica– estaba
vinculada a la desaparición de un motivo
de conflic- to (es cierto que
central y constitutivo de la propia estructura lógica del capitalismo): el planteado por la propiedad privada de los
medios de producción y todas sus
complejas derivaciones político-ideológicas. Pero de ninguna manera puede confundirse esto con la
profecía de un “nuevo mundo feliz” en el que desaparecieran mágicamente los
conflic- tos entre los hombres: al contrario, se podría decir
que sólo
entonces estaríamos en condiciones de conocer exhaustivamente los
verdaderos conflictos humanos, que
no estarían atravesados o
determinados “en última instancia”
por la estructura socioeconómica. Pero,
a decir ver- dad, todo esto es pura especulación. Lo que los pensadores
heterodoxos y críticos –es el caso que
ahora estamos tratando de Adorno– recuperan de Marx (aunque no sólo de él, claro está) es justamente, como no nos
cansaremos de repetir, esa negatividad crítica
para el análisis de la rea- lidad socioeconómica, política, cultural.
Otra vez, entonces, la produc- ción de
saber crítico es aquí inseparable, por un lado,
de la praxis, y, por el otro
–que en verdad es el mismo, abordado
por otro costado–, de la historia y del
arte. Dejemos por el momento esta última
“entrada” por el lado de lo estético, y
preguntémonos por la cuestión de la
historia.
Entendida a la
manera “adorniana” (que es, en rigor, la manera “benjaminiana”: fue de
Walter Benjamin que Adorno retomó la inspi- ración), la historia es,
como diría el propio Benjamin, la historia de los vencidos –la otra historia,
la de los vencedores, es la que encierra
la idea de “progreso”. Esa historia no es lineal ni evolutiva: es intermitente,
sub- terránea, discontinua, espasmódica. Solo
cada tanto –por ejemplo, en los
momentos de “crisis de hegemonía”, como diría Gramsci, o desde
luego de crisis abiertamente
revolucionaria, o más generalmente de
ca- tástrofe social y cultural– esa
historia emerge a la superficie, y entones toda la historia se ve
convulsionada y redefinida. Mientras tanto, perma- nece soterrada, transcurre “fuera de la escena”, pero
no por ello inmóvil y sin consecuencias: al contrario, es en su propio nivel el
“determinante en última instancia” de lo que
ocurre en la superficie, es el inconsciente político (en seguida
volveremos sobre este concepto) de la imago de “pro- greso” de los vencedores,
sobre la cual insistentemente
retorna desde lo reprimido para poner en
cuestión la falsa totalidad con
cuya imagen se presenta la
historia de los vencedores. “Inconsciente”/“imago”/“retorno de lo reprimido”:
es indudable el origen freudiano de estos conceptos, y sin duda uno
de los hallazgos teórico-críticos centrales de Benjamin y Adorno (y de
la Escuela de Frankfurt en su conjunto) es el del parale- lismo, o por lo menos
la homología, que puede encontrarse,
aunque en campos tan distintos, entre los modos de producción de conocimiento
de Marx y Freud. Respecto de la cuestión particular que estamos tratando ahora, esa homología puede
sintetizarse en los siguientes puntos: a]
La “historia de los vencidos” puede tomarse como una metáfora del
inconsciente freudiano: al igual
que ella, las formaciones del inconsciente (lapsus,
actos “fallidos”, olvidos, sueños, recuerdos “encubridores”, “fantasmas”,
etcétera) insisten en aparecer sor-
presivamente, desarticulando la “falsa totalidad” de las ideas “cla- ras y
distintas” del así llamado “sistema percepción/conciencia”, y entrando en
conflicto irresoluble con dicho sistema. Se trata de un obvio paralelismo con la dialéctica negativa adorniana, que pone de manifiesto el conflicto igualmente
irresoluble entre el particu- lar concreto y el universal abstracto de un “equivalente general” conceptual que pretende
presentar el mundo de lo real como una estructura armónica, consistente,
completa y reconciliada. b] Aunque el
“origen” del conflicto pueda fecharse en el pasado, la producción de su
conocimiento necesariamente parte de
(y se interesa en) sus efectos sobre el presente. El
trabajo de recons- trucción
“arqueológica” –ya fuera el que realiza
el psicoanalista junto con su paciente, tanto como el “historiador
materialista” al que alude Benjamin– no
consiste –según lo enuncia célebremen- te el propio Benjamin en sus “Tesis de
filosofía de la historia”– en la reconstrucción de los hechos “tal cual realmente ocurrieron”, sino en la producción de sus efectos “tal como relampaguean en este instante de peligro”. Lo que hace el “historiador materialis- ta” no es (para continuar con la metáfora arqueológica) recons- truir el
edificio del pasado, a partir de sus ruinas encontradas, en la exactitud
que efectivamente tenía en ese pasado,
sino precisa- mente al revés, transformar en ruinas la imagen que de él
tene- mos, para, sobre estas “ruinas”,
construir algo nuevo. Ese trabajo de “transformación en ruinas” presenta,
asimismo, un obvio pa- ralelo tanto con la praxis
psicoanalítica como con la
crítica de la ideología dominante, como también con la “insistencia” de una praxis social que
por sí misma demuestra el
inacabamiento del mundo de lo real, de la
historia, de la constitución subjetiva, y por supuesto de la producción de conocimiento.
Como puede observarse, estos paralelismos heurísticos suponen una
concepción del tiempo histórico muy
alejada de los prejuicios evolucio- nistas, positivistas o
“progresistas” dominantes desde el siglo
XVIII y XIX. La historia no es
lineal ni teleológica, sino que está “determinada” retroactivamente por las
necesidades de una praxis del
presente, que “retroactúa” sobre lo práctico-inerte de las praxis “congeladas” del pasa- do. El presente, de
esa manera, condensa y desplaza
(“condensación” y
“desplazamiento”, como se sabe, son las
dos operaciones básicas de la lógica del
inconsciente según Freud) diferentes “tiempos” históricos que conviven
conflictivamente bajo la dominación de
uno de ellos, como en la célebre teoría
marxista del desarrollo desigual y combinado.
Ahora bien:
estos elementos de “paralelismo”
(o de analogía/ho- mología, si se prefiere) son
los que le han permitido a
Fredric Jameson hablar de un
inconsciente político actuando “por
debajo” de la historia, de las relaciones sociales, de la cultura en
general. “Político” en el senti- do amplio pero estricto y fundante de
que, en una sociedad dividida en clases
donde lo real es conformado por las
relaciones de dominación,
por detrás de las estructuras y
“totalidades” de la cultura se encontrará siempre –aunque, como hemos dicho,
sólo intermitentemente ello emer- ja a la “conciencia”– la dimensión conflictiva
de lo social-histórico, que es al mismo tiempo producida y ocultada por el “pensamiento identita- rio”. En cierto
sentido, la cultura dominante es una gigantesca empresa de elaboración de lo
que el propio Jameson llama estrategias de conten- ción que
impidan el pleno afloramiento del
inconsciente político a la superficie. Y es indudable otro paralelismo que podríamos encontrar aquí, esta vez
con, nuevamente, la noción gramsciana de hegemonía, que entre otras funciones tiene la de organizar
las percepciones de lo real por parte de las grandes masas. A su
vez, en el capitalismo tardío (y más aún
en la así llamada “posmodernidad”, que en la jerga jamesonia- na
es su lógica cultural), esta tarea queda asignada no solamente a los
Aparatos Ideológicos del Estado (AIE) de Althusser, sino, y con crecien- te importancia dado el proceso
dominante de privatización globalizada, a la industria cultural de Adorno y
Horkheimer, que no se limita a ser un fenómeno socioeconómico y cultural
parcial de dicho capitalismo tardío: es, en cierto modo,
su propia lógica de funcionamiento, en tanto subsunción plena de la
particularidad concreta en la universalidad abs- tracta de un “equivalente general” (cuya matriz es el
pleno fetichismo de la mercancía en la sociedad llamada “de consumo”). Esta
lógica de funcionamiento proporciona el
modelo mismo de un pensamiento que
tiende inevitablemente a “naturalizar” la imagen de un
mundo “esen- cialmente” reconciliado, donde las “particularidades” que parecerían desmentir esa imagen (digamos, para simplificar: la injusta distribu- ción mundial de
la riqueza y la dramática polarización social global, así como las
guerras imperiales de todo tipo) aparecen como meras y efímeras
desviaciones de un sistema que en sus estructuras básicas está “reconciliado”,
y no –para insistir con la
jerga psicoanalítica– con lo que
podríamos llamar asaltos de lo
real que ha sido
“forcluido” por el pensamiento
identitario.
El conocimiento crítico basado en la praxis,
tal como lo repre- sentan los “marxismos” complejos y abiertos de los
que hemos veni- do hablando, es
pues, en ese plano, un proceso de
construcción de las condiciones que
permitan hacer “visible” el
inconsciente político de la cultura. Hemos insistido hasta el cansancio –y acabamos de hacerlo una vez más– en que esa
construcción es en sí misma una
praxis. Lo cual significa: una transformación de lo real que,
sin embargo, parte de lo real
mismo a transformar. Hemos dicho también que, por lo
tanto, no se trata aquí de
ninguna omnipotencia iluminista que
llega desde afuera con
una teoría perfectamente acabada a sustituir los “errores” de
la ideología o del pensamiento
identitario. Lo que hace el conoci-
miento crítico es interrogar las aparentes evidencias de ese pensamiento
identitario (del “sentido común” en su
acepción gramsciana) para re- orientar la lógica bajo la cual dichas evidencias han sido
históricamente construidas, en la dirección de una re-totalización (siempre
provisoria) que empieza por poner al desnudo que se trata, precisamente, de una construcción
histórica y no de un dato “natural”. Para poner al desnudo (hacer el
strip-tease, decía célebremente Sartre)
el conflicto no resuelto entre lo
particular y lo universal, entre
el objeto y el concepto. Para sustraerlo, en
definitiva, a la “tiranía de lo
abstracto”. Es evidente –si nos atenemos
a una “filosofía de la praxis”– que solamente la acción co- lectiva
(teóricamente “informada”) de los “vencidos” podrá llevar a sus últimas consecuencias esa transformación, puesto que el pensamiento identitario tampoco es él mismo
una abstracción, sino que es la “teoría”
de sus
propias bases materiales. Pero el
conocimiento crítico, incluso en sus
aspectos más autónomamente
“teóricos”, es un momento indis-
pensable de ese proceso. Como tal
momento, sin embargo, y si preten- demos
ser consecuentes con la “insubordinación de lo concreto” contra aquella
“tiranía de lo abstracto”, no puede estar sujeto a los “equivalen- tes generales” de un recetario universalmente aplicable, como
con de- masiada frecuencia (y con efectos que
muchas veces pueden calificarse de trágicos) ha pretendido hacerlo la
izquierda “clásica”.
CONOCIMIENTO CRÍTICO E INCONSCIENTE
POLÍTICO EN/DESDE LA PERIFERIA
Para finalizar:
¿es este modo de producción de
conocimiento, represen- tado por estos marxismos complejos, útil –o siquiera necesario– para la elaboración de
una teoría crítica “periférica” en
nuestras sociedades semi/neo/post-colonizadas? ¿Sirve como input de una
filosofía de la libe- ración “periférica”
como la postulada, entre otros, por Enrique Dussel? Durante mucho tiempo (y
con renovados bríos en la
última década y media, a partir
de la emergencia de la llamada teoría poscolonial), han venido señalándose los
“errores” de Marx y de muchos “marxismos” en el análisis de lo que más
tarde diera en bautizarse como Tercer Mundo. El (comprensible y
disculpable, pero no menos existente) “eurocentrismo” de Marx y Engels –este
último llegó a hablar de los “pueblos sin historia”, en una muy discutible recaída en lo peor del
hegelianismo–, así como su “proletariadocentrismo” (también comprensible para
la situación euro- pea, pero
difícilmente aplicable a la realidad latinoamericana, africana o asiática de
entonces) y su “internacionalcentrismo” (consecuencia de los dos “centrismos”
anteriores), les habrían limitado seriamente la perspec- tiva de un consecuente análisis y conocimiento crítico
de las complejas realidades extraeuropeas, consecuencia de la colonización y la
“periferi- zación” de buena parte del mundo como efecto de la expansión
protobur- guesa –o netamente burguesa a partir del siglo XVIII.
Estos
señalamientos no están totalmente
descaminados, espe- cialmente cuando se restringen a los famosos artículos de Marx
en la década de 1850 a propósito
de la colonización británica en la India –en los que
ciertamente, haciendo gala
de un cierto esquematismo evolu- cionista, exagera
o malentiende los beneficios de una “traslación” del capitalismo desarrollado
a una sociedad “atrasada”–, o más aún a
los breves y apresurados artículos periodísticos sobre América Latina –en los
que hay
que reconocer que demuestra una considerable ignorancia sobre
sus procesos de descolonización y
construcción nacional, llegan- do a
tratar a Simón Bolívar de “aventurero” y
otros dislates semejan- tes. Es cierto
también que –al menos después de Lenin o
Trotsky, pro- venientes ellos mismos de
la periferia o semiperiferia sólo a
medias “europea”– poco o nada tuvieron
para decir los heterodoxos marxistas occidentales sobre la cuestión (al menos
hasta pasada la primera mitad del
siglo XX). Dos
honrosísimas excepciones a esto
son por supuesto los casos de Gramsci (que si bien
no se refirió estrictamente al
Tercer Mundo, estudió profundamente la situación periférica en sus célebres análisis de la “cuestión
meridional”) y Sartre (quien ya desde la década del cuarenta realizó implacables análisis
del colonialismo francés en África: y curiosamente, según muchos de sus biógrafos, fue este
com- promiso con las luchas
anticoloniales lo que terminó
conduciéndolo a un marxismo al que antes sólo
se había aproximado de manera tímida y lateral). Pero es verdad que, con
excepciones escasas y más
bien mar- ginales, no se
encontrarán textos importantes sobre el tema en Lukács, Bloch, Benjamin,
Adorno, Horkheimer o Althusser.
Ahora bien, y
para regresar a nuestra pregunta originaria: ¿bastan estos señalamientos para
inducirnos a desechar por inoperantes
las cate- gorías –y mucho menos la lógica de pensamiento– que hemos venido ana-
lizando en las páginas anteriores? No lo creemos. En primer lugar, por razones históricas:
más allá de las siempre posibles y
pertinentes críticas parciales que se le
pueden hacer, mucho –por no decir la enorme mayo- ría– del pensamiento
crítico “periférico” del
siglo XX que se
propuso, justamente, pensar críticamente la condición colonial y
“neocolonial” del otrora llamado Tercer Mundo, o bien se reivindicó directamente “mar- xista”, o
bien por lo menos acusó fuerte recibo de
las categorías centrales del(de los) marxismo(s): de Mariátegui a la teoría de
la dependencia, de Frantz Fanon a la teoría poscolonial, de Darcy Ribeiro a Samir Amin, de André Gunder
Frank a la teología de la liberación, de Mella
a Aijaz Ahmad, etcétera, etcétera (y habría que agregar, incluso, a
ciertas teorías “primermundistas” de gran utilidad para el pensamiento crítico
perifé- rico, como por ejemplo la teoría del sistema-mundo de Wallerstein o las
críticas al posmodernismo “globalizado”
del ya citado Jameson), ningu- no de ellos hubiera logrado su reconocida
profundidad y complejidad de análisis sin el concurso central de ciertas
categorías marxianas básicas.
Pero, más importante aún, se trata, nuevamente, de la lógica
y el método de pensamiento.
Esperamos que de todo lo anterior hayan quedado claros al
menos los siguientes puntos:
1] La producción de conocimiento crítico parte
del reconocimiento de un conflicto, de una dialéctica negativa (irresoluble en
el puro plano de las ideas) entre la particularidad y lo que aparece, o
pretende pos- tularse, como totalidad. La
opción “binaria” entre particularismo y universalismo es falsa e ideológica: el auténtico “universalismo”
crítico es el conflicto entre la parte y el todo, entre el particular con- creto
y el universal abstracto. Y es la permanencia de ese conflicto la que no permite
que el universal se cierre sobre sí mismo.
2] Si eso es así, entonces es posible desnudar las “bases
materiales” de lo que en principio
estaría impidiendo la producción de cono- cimiento crítico de/en la periferia: a saber, el triunfo de la
falsa totalidad colonial/neocolonial/imperialista. A partir de
1492 (por utilizar una fecha
emblemática), una civilización (=
particular concreto), la europea occidental, ha logrado, gracias a la eficacia
técnico-material de su racionalidad instrumental, aparecer como la
civilización, como sinónimo de la Razón y el Progreso como tales (= universal
abstracto), ocultando (o forcluyendo, para retornar al lenguaje psicoanalítico)
el conflicto con su propio particularismo. Es tarea del conocimiento crítico,
como acabamos de decir, la de producir, para la conciencia, el saber sobre ese
conflicto.
3] Pero
esto significa, entonces,
que, en
rigor de verdad, esa ci- vilización que llamamos el “Occidente moderno” es una
(auto)representación de la “totalidad” constituida sobre la base de
la exclusión de la totalidad de esa
misma “periferia” que –a través
de la
conquista violenta y la
colonización– hizo posible,
transformó, a “Occidente” en la cultura
dominante. Es también tarea del conocimiento crítico, entonces, restituir y
re-construir el conflicto entre la “parte” y el “todo” de esa
dialéctica de opre- sión/fagocitación/expulsión.
Estas son las condiciones mínimas de producción de
un conocimiento crítico “periférico”
capaz de combatir –desde nuestra propia situación, como diría Sartre– contra el
“eurocentrismo” y la colonialidad del saber a la que ha
aludido Aníbal Quijano, un fenómeno de larga data histó- rica pero que,
lejos de disolverse, se ve
en la actualidad reforzado con la mundialización capitalista
(eufemísticamente llamada “globaliza- ción”):
“reforzado”, decimos, en el sentido de que aparece doblemente disfrazado en las
apelaciones “políticamente correctas” del “multicul- turalismo” y otros ideologemas
de una supuesta coexistencia pacífica
de los
“particularismos” que –cuando
son celebrados como índice del triunfo de una globalización
“democrática”– no hacen más que despla- zar
la atención de la poderosa unidad subterránea del poder global, en otra
(pero aún más sutil) típica operación de
pars pro toto fetichizada. A esa
“novedad” de la globalización (cuya lógica
profunda de poder, sin embargo, está
bien lejos de ser “novedosa”)
corresponde una imagen de la producción de conocimiento que hace de este,
o bien una universalidad
abstracta “desterritorializada” (= la
Ciencia), o bien una completa
“particularidad” no menos abstracta
(= el
“conocimiento local”) a la cual
no afectaría la dominación
del “universal”. Por supuesto, ambos extremos complementarios
son igualmente falsos y fetichistas. Lo
que se requiere es una construcción de conocimiento que denuncie, nue- vamente, el conflicto inherente
a lo que Walter Mignolo llama el lugar
geopolíticamente marcado del conocimiento.
Pero, si
hay un
conflicto, entonces el conocimiento crítico debe tomar en cuenta a las dos partes
de ese conflicto. Debe instalarse en
el centro mismo de esa tensión, de ese “campo de batalla”. Queremos
decir: le haríamos un flaco favor a la
“filosofía de la liberación” renunciando a lo mejor de esos modos de producción
de conocimiento crítico produci- dos también desde adentro de la modernidad
europea, y en primer lugar el/los
marxismo/s. Ello podría
equivaler, paradójicamente, a colocarnos precisamente en ese
lugar de exterioridad, de “otredad” radical y abso- luta en la que el pensamiento dominante (incluyendo, y quizá
princi- palmente, a cierto pensamiento “progresista”) quisiera enclaustrarnos,
como una vuelta de tuerca más de la
operación fetichista mediante la cual se
nos excluye del ámbito de la producción
de conocimiento (ya se sabe: aun para
las ideologías “progresistas”, la periferia es el espacio del sentimiento, del
arte, de la expresión poética, y no el de la racionalidad crítico-científica).
Por el contrario, es imprescindible reapropiarse, desde nuestra propia y
conflictiva situación, de la contestación epistemológica que el marxismo ha sabido levantar contra los modos hegemónicos
de producción del saber, desde
luego “corrigiendo” todo lo que en él
sea “corregible”, pero no abdicando de
antemano a situarnos, con nuestra propia
mirada, en ese “horizonte” de nuestro tiempo.
EL
CONOCIMIENTO CRÍTICO EN “ESTADO
DE EMERGENCIA”
En las
últimas tres o cuatro décadas,
en el ámbito académico de las sociedades centrales, múltiples formas
de un
“pensamiento crítico” no directamente (y a veces ni
siquiera indirectamente) inspiradas en el marxismo, o bien separándose progresivamente de él, han emergi- do con el
objetivo frecuentemente explícito de
sustituir ese “modo de producción
de conocimiento”, sin por
ello perder su posicionamiento crítico. Desde la “microfísica del poder” de un Foucault a
la “rizomática de los flujos
deseantes” de Deleuze/Guattari, desde
el “deconstruccio- nismo” de Derrida a la “teoría de las multitudes” de
Negri/Hardt o Paolo Virno, desde la “filosofía del acontecimiento” de Alain Badiou a la “de- mocracia radical”
post-marxista de Laclau/Mouffe –por sólo
nombrar algunas de las más
importantes “innovaciones” en la
teoría crítica de las décadas recientes–, se ha
buscado un reemplazo no-marxista,
post- marxista o incluso anti-marxista de
la teoría crítica. Y esta
tendencia ha encontrado fuerte eco, asimismo, en los estudios culturales
no sola- mente provenientes de las academias “centrales”, sino producidos en la propia periferia.
Sin duda este
impulso obedece a razones ambiguas y hasta con- tradictorias: por un
lado –para empezar por el aspecto “autocrítico” de la cuestión–, es
un síntoma de cierta e innegable crisis alcanzada por el marxismo en el contexto de la llamada
“posmodernidad”; crisis teórica (la ortodoxia ritualista de un marxismo sectario incapacitado para dar
cuenta de las nuevas problemáticas planteadas en todos los planos por las transformaciones globales después de la
segunda posguerra) tanto como político-práctica (la profunda debacle de los así
llamados “socia- lismos reales” de Europa del Este, que ya empezó a evidenciarse hace medio siglo con
el reexamen de las políticas tan brutales como ineficien- tes del
estalinismo y su influencia
negativa sobre las promesas eman-
cipatorias del marxismo originario).
Por otro lado, hay
que reconocer que aquellas
“novedades” teóricas, intentando no abandonar el impulso cuestionador de lo
que en otra parte hemos llamado el modernismo (auto)crítico representado
por Marx
o Freud (y luego por figuras como Gramsci, Lukács, Bloch, la
Escuela de Frankfurt en su conjunto, Sartre, Merleau-Ponty, Althusser, Jameson,
etcétera), sí procuraron redefinir temas
y métodos de investigación y análisis crítico que necesariamente habían quedado fuera del alcance de
aquellos grandes “clásicos” del pensamiento crítico. Los múltiples “giros” (lingüístico, semiótico, her- menéutico, estético-cultural)
producidos a todo lo largo del
siglo XX, pero progresivamente
protagónicos en la teoría a partir de los años se- senta y setenta, sin ninguna duda proyectaron al frente de
la escena una serie de cuestiones (el lenguaje, la subjetividad,
los “imaginarios”, la “textualidad”,
los límites del “logocentrismo”, las “nuevas” formas de identidad étnica y sexual,
más tarde el “culturalismo”, la
“poscolo- nialidad”, y así siguiendo)
que los
clásicos, insistimos, no podían
ha- ber tomado en cuenta en virtud de
que son
problemáticas emergidas y
visibilizadas a partir de aquellas transformaciones
relativamente muy recientes en la economía, la política, la sociedad y la
cultura mundiales. En este sentido, se trata, en la mayoría de los casos
que hemos citado y en muchos otros, de formas de
pensamiento irrenunciables –al me- nos,
repetimos, por los nuevos campos de interés que han abierto– para
cualquier “intelectual crítico”.
Sin embargo, es
menester asimismo advertir sobre los
riesgos que para ese mismo
pensamiento crítico entraña el abandono irreflexi- vo del modo de producción de
conocimiento marxiano. A lo largo de este ensayo hemos intentado mostrar
que él va mucho más allá de un
mero repertorio de “temas”
epocales que obligarían a desechar el
“método” junto con los “objetos” para
cuyo conocimiento crítico dicho “método”
habría sido creado. Para empezar, hemos
reiterado hasta el cansancio que una teoría del conocimiento basada en el
criterio central de la praxis, como es
la de Marx y sus heterogéneos sucesores, no puede ser asimilada a los parámetros positivistas de una distinción rígida entre “método” y
“objeto”. No estamos, en ella, ante la cuestión de unos “ob- jetos” fijos y preexistentes a la espera del “método”
que más
adecuada- mente permita estudiarlos (como la gravedad ante la ciencia
newtonia- na, digamos), sino que la
praxis que fundamenta el “método” de Marx construye y
produce sus propios “objetos”, además de re-construir y re- producir los
“objetos” que son producto de la praxis social-histórica en su
compleja “totalización”.
Por otra parte, esos “objetos” producidos
por el modo de conoci- miento marxista
(el capitalismo, la explotación, la plusvalía, la lucha de clases, el
imperialismo, por sólo enumerar los más
genéricos), si bien es indudable
que han sufrido transformaciones
radicales desde los tiem- pos de Marx (incluso desde los de la Escuela de
Frankfurt, por ejemplo), están muy lejos
de haber desaparecido como tales. Al contrario, en mu- chos sentidos se han profundizado a niveles
inéditos, que el propio Marx y sus
sucesores “clásicos” no podían
tampoco haber previsto. Es por eso que,
al menos en ese sentido, el marxismo continúa siendo –para
citar otra vez a Sartre– “el horizonte inevitable de nuestro tiempo”. Por supuesto:
el horizonte se ha ampliado espectacularmente, y también se ha complejizado de manera apabullante. Incluso podríamos decir,
in- sistiendo con la metáfora, que se ha multiplicado: tal vez ya no podamos
tener un solo horizonte. Pero,
precisamente, el “triunfo” global del ca- pitalismo (que va estrechamente de la mano con su completo y ya más que evidente fracaso como sedicente proyecto “civilizatorio”) ha
hecho imperativa la necesidad de contar con
una cada vez más consistente teoría del conocimiento
crítico del sistema.
Es justamente
esa consistencia la que se ha venido
perdiendo, en beneficio de lo que en
algún momento dio en llamarse “pensamiento débil”: algo
que, por más sofisticación filosófica con la cual
pueda teo- rizarse, en última instancia representa una suerte de
relativismo ecléc- tico que renuncia a
adoptar posiciones firmes frente a la materialidad de los conflictos históricos
que están en el núcleo mismo de toda
forma de pensamiento, aunque por supuesto ninguna forma de pensamiento pueda
reducirse exclusivamente a ellos. Pero
no es ser reduccionista el constatar
que, en muchos sentidos, la emergencia
de este “pensamiento débil” –producida
entre fines de los
años setenta y principios de los
ochenta– coincide con la crisis simultánea de los
“socialismos reales” (así como
de las
experiencias de “nacionalismo
burgués” en las socie- dades ex coloniales) y del capitalismo “real”, crisis esta última
que re- sultó en una reconversión (técnico-económica, pero
también político- ideológica) profundamente retrógrada y reaccionaria,
resultando en una verdadera catástrofe para los
impulsos transformadores y críticos del período anterior (el que va del fin de la Segunda Guerra Mundial hasta
principios de la década del setenta). En el plano de la teoría, el abandono del
proyecto socialista tanto como del “tercermundismo” clásico resultó a su vez en
una sustitución de los vínculos del “texto” con
la “realidad” (no importa cuán compleja y mediatizada fuera esa
relación) por la pura “textualidad” y el encierro de los intelectuales
“críticos” en un espacio abstractamente académico-especulativo.
Sobre esto hay que ser claros, aun a riesgo de parecer algo
dogmáticos: como bien dice Aijaz Ahmad, una
posición teórica que despacha la
historia material como simple “gran relato” teleológico del modo-de-producción, la propia acción
histórica como “mito de los orígenes”,
las naciones y estados como indefectiblemente
coercitivos, las clases como
meros “constructos discursivos” [...] una posición teórica semejante es, en el
más preciso sentido de estas palabras,
represiva y burguesa. Suprime las
propias condiciones de inteligibilidad dentro de las cuales pueden ser teoriza-
dos los hechos fundamentales de nuestra época (Ahmad, 1992).
Como acabamos de decir, en modo alguno se pueden
recusar los nue- vos “objetos” producidos por
el pensamiento crítico post-marxista. Las materialidades históricas, las naciones, los
estados o las clases, como hemos
visto, son también, qué duda cabe,
“construcciones discursivas”. Pero es
necesario contar con una teoría de su articulación (y sus niveles de
“sobredeterminación”, para decirlo a la manera althusseriana) con las realidades persistentes que implican una continuidad en la
lógica –no importa cuáles sean las discontinuidades en las formas– de la
domi- nación, la explotación o la injusticia. Un poco excesivamente encandila- das por las “novedades” de la posmodernidad –un
encandilamiento que en buena medida puede explicarse por la propia acción de la industria cultural y
la pregnancia de la globalización cultural/comunicacional–, las teorías post-marxistas se han precipitado
en el proverbial error de arrojar al
niño junto con el agua sucia. Ello ha
provocado la paradoja de que, en
buena medida, las teorías críticas post-marxistas hayan ter- minado por repetir aquello que Lukács, socarronamente,
le imputaba a Kant: han detenido su ansia de conocimiento ante las puertas de
la cosa en sí del capitalismo. En
efecto, una de las consecuencias del “abando- no” del criterio de la
praxis como central para el modo de
producción de conocimiento crítico es su reemplazo por lo que podríamos llamar
el criterio de la pura lectura de una
“realidad” considerada –y no siempre metafóricamente– como mera “textualidad”.
A riesgo
de resultar tediosos, queremos que quede claro lo si- guiente: de ninguna manera estamos
recusando per se la idea de lectura
crítica de los textos, ni siquiera la idea
de que, a un cierto nivel, la “reali- dad” puede considerarse como
constituida también por los “textos”
(lin- güísticos, visuales, massmediáticos o lo que fuere) bajo
los cuales los sujetos la
perciben e interpretan: después de los hallazgos del psicoaná- lisis, la
lingüística o la hermenéutica del siglo XX, semejante pretensión sería una
necedad. Lo que sí estamos recusando es
la idea (o mejor: el ideologema) de una “exclusividad textual” que niegue una autonomía relativa de lo real –sin
la cual, por otra parte, la categoría
misma de “tex- to” carecería de sentido, pues entonces, ¿de qué cosa se
diferenciaría el “texto” para reclamar su propia “autonomía”?–, que en el
límite recae en lo que antes hemos llamado una interpretación (o una “lectura”)
pasiva de la realidad en
tanto siempre ya constituida. Paradójicamente, esto podría estar
liquidando de cuajo los aspectos más
auténticamente críti- cos del mismo “post-estructuralismo” que nos ha
enseñado (después de Marx y Freud, desde ya) a “leer” la realidad, como hemos
visto, en tanto construcción histórica y
no en tanto “originariedad” inconmovible.
Sin embargo,
hay señales de que esta tendencia podría estar em- pezando a
revertirse, al calor de los acontecimientos mundiales de los últimos años, que han desnudado ya por completo los
límites literal- mente mortales de la realidad del presunto proyecto de
la “civilización” del capital: ningún pensador crítico con un mínimo de lucidez
y hones- tidad intelectual, “sea” o
no marxista, puede ya abrigar duda alguna sobre el verdadero
carácter de una “globalización” (una mundialización de la ley del valor, como
la llama Samir Amin con mayor precisión teóri- ca y política) que en muy
poco tiempo más podría precipitar al mundo hacia una
verdadera y final catástrofe social,
cultural y ecológica, y que ya lo ha precipitado (sobre todo después de los
disparatados atentados del 11-S) a un schmittiano estado de guerra civil permanente
y de esta- do de excepción y emergencia continuo, donde tres cuartas partes de la humanidad al menos han
sido reducidas a la situación de rehenes
de la concentración
económica-política-militar-tecnológica, así
como de rehenes de las pinzas fatales de dos (y no uno) fundamentalismos
geno- cidas. Donde todas las ilusiones de una democracia mundial “extensa” o de
un “multiculturalismo” rigurosamente
respetuoso, o incluso pro- motor, de las diferencias auténticas han estallado
en mil pedazos bajo los impulsos militaristas, neofascistas o
neorracistas emergidos como “solución” desesperada a la crisis mundializada
del agotado proyecto capitalista. A todo
lo cual podría agregarse, repitamos, una
verdadera catástrofe ecológica –producto, en
buena medida, de los abusos de
la dominación instrumental de la naturaleza que la Escuela de Frankfurt ya denunciaba en
sus primeras reflexiones– que a no
muy largo pla- zo pone en peligro la mera supervivencia biológica de la
especie. Una vez más, esta situación que
bien puede volver a calificarse de trágica torna de la
máxima urgencia (política, social, cultural, ética, y ya no simplemente “epistemológica”) la
reconstrucción de nuestros modos de producción de un
saber crítico complejo, abierto y heterodoxo, pero firmemente
comprometido.
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Marilena Chaui*
La historia en el pensamiento de Marx**
* Profesora
Titular del Departamento de Filosofía de la Universidad de São Paulo, con espe-
cialización en historia de la filosofía moderna, filosofía política y filosofía contemporánea.
** Traducción
de Mariana Gainza. Revisión Javier Amadeo.
DESARROLLO Y DEVENIR
Marx puede elaborar el concepto de modo de producción cuando de- muestra que la
distribución de los componentes del proceso de trabajo1 determina la forma de
la producción, es decir, que
las relaciones de producción
determinan las fuerzas productivas, y
que la distribución, presupuesto del
proceso productivo, es repuesta por
este como un mo- mento que
le es inmanente. De esta manera,
el modo de producción se define como la determinación de las fuerzas productivas
por las relacio- nes de producción y por la capacidad del proceso productivo de
reponer como un momento suyo, interno y necesario, aquello que inicialmente le era externo.
1 Según Marx, el proceso de trabajo posee tres componentes: el trabajo, actividad orien- tada hacia la superación de una necesidad, el material u objeto de trabajo,
materia a ser trabajada, y los instrumentos de trabajo o medios de producción. Hay proceso
porque los tres componentes
son momentos de un todo, el trabajo.
Es el concepto
de modo de producción el que permite
compren- der una distinción que opera en el tratamiento dado por Marx a
la his- toria: la distinción entre devenir
y desarrollo. El devenir es la sucesión temporal de los modos de
producción, o el movimiento por el
cual los presupuestos de un nuevo modo
de producción son ciertas condiciones sociales que fueron establecidas por el modo de
producción anterior, y serán repuestas por el nuevo modo. El desarrollo
es el movimiento interno que un
modo de producción realiza para reponer su presupues- to, transformándolo en
algo dado; se refiere, por lo tanto, a una forma histórica particular o, más
precisamente, es la historia particular de un modo de
producción, cuyo desarrollo
se dice
completo cuando el sistema tiene la capacidad para reponer internamente
y por entero su presupuesto. Una forma histórica se considera desarrollada
cuando se ha vuelto capaz de transformar en un
momento interior a sí misma aquello que inicialmente le era
exterior (por provenir de una forma his-
tórica anterior), es decir, cuando consigue realizar una reflexión, de tal
manera que la exterioridad es negada
como tal para ser puesta como interioridad en la nueva
formación social.
El devenir
temporal se refiere al surgimiento de las fuerzas pro- ductivas, por lo tanto, a
los cambios en las relaciones de los hombres con la naturaleza, y puede ser pensado como
lineal, sucesivo y con- tinuo. El desarrollo inmanente de una forma histórica se refiere a la reflexión
realizada por el modo de producción, es decir, al movimiento cíclico por el
cual retoma su punto de partida para
reponer sus presu- puestos. Sin embargo, justamente por tratarse de una
reflexión reali- zada por la forma histórica, el retorno al punto de partida lo
modifica, de tal manera que el desarrollo
no constituye un eterno retorno de lo
mismo, sino que es
dialéctico: actividad inmanente
transformadora que niega la exterioridad del punto de
partida al interiorizarlo para
poder conservarse, e impone, al hacerlo, una nueva contradicción en el sistema.
La distinción entre devenir y desarrollo no significa que
Marx no los haya pensado juntos. El devenir depende
del desarrollo, o sea, de aquello
que hace que la forma completa de un modo de producción pueda establecer los presupuestos del modo de
producción siguiente: la forma completa termina su desarrollo cuando, al
reponer completa- mente sus
presupuestos, fija una nueva contradicción interna que ella no es capaz de resolver sin destruirse.
Esa contradicción irresoluble es
impuesta por la forma completa del modo de producción, y se convierte en
un presupuesto en la forma social
siguiente. El desarrollo completo revela
la finitud de la forma histórica y la expone a la infinitud del deve- nir.
En otras palabras, es imposible pensar el devenir sin el desarrollo y este
sin aquel, pues la sucesión
temporal de las formas históricas o de los modos de producción depende de la
reflexión de cada una de ellas, es decir, de su desarrollo completo2. El
entrecruzamiento necesario del devenir y del
desarrollo explica la afirmación:
“lo nuevo nace de los escombros de lo viejo”.
FORMAS
PRECAPITALISTAS Y FORMA
CAPITALISTA
En Trabajo
y Reflexión, J. A. Giannotti (1983)
acompaña la exposición hecha por Marx en los Grundrisse sobre las formas
históricas precapita- listas y la forma capitalista, enfatizando que su
principal lección radica en mostrar que
no podemos encontrar una matriz única para lo social.
En la medida
en que la producción presupone la
distribución de los componentes del proceso de trabajo, se comprueba que un
modo de producción presenta dos aspectos
diferenciados: el aspecto activo del proceso, es decir, la división social del
trabajo, y el aspecto pasivo, es de- cir, la forma de la propiedad, determinada
por el modo de apropiación de uno de los componentes del proceso de trabajo.
En los Grundrisse, Marx denomina situación histórica 1 a aquella en
la cual la propiedad es la propiedad del
objeto de trabajo o materia del trabajo. Esa situación histórica corresponde a
las formaciones sociales más antiguas, donde la propiedad es la propiedad
de la tierra, aunque varíe la manera en que esa
propiedad se realiza (resultando de
ahí la diferencia entre las for- maciones sociales asiática, grecorromana
y germánica). En la situación histórica 2 la propiedad es la propiedad del
instrumento de trabajo, tal como sucede,
por ejemplo, en las
corporaciones medievales, donde a pesar de que los artesanos no poseen
la propiedad de la tierra –pertene- ciente a los señores feudales–, son propietarios de los instrumentos de trabajo
en el interior del proceso de
trabajo. En la situación
histórica
3, la
propiedad es la propiedad del trabajo,
lo que significa que el traba- jador es esclavo. Esas formas de la
propiedad no son excluyentes, sino
que pueden combinarse de diversas
maneras; de ahí que lo fundamental sea determinar cuál es la propiedad que, si bien
coexistiendo con las otras, predomina y define la formación social,
estableciendo los demás aspectos del proceso de trabajo y determinando las
relaciones sociales. Las situaciones históricas 1, 2 y 3 constituyen lo que
Marx llama formas precapitalistas de la economía.
2 Por ejemplo, no
puede haber modo de producción
capitalista si dos presupuestos no están
realizados: el trabajo libre, esto es, una propiedad del trabajador que puede ser
ven- dida por él, y la separación
entre el trabajo y la propiedad de los medios de producción. Ahora bien, estos
dos presupuestos del capitalismo fueron establecidos por el último ciclo del desarrollo del modo de
producción feudal. El modo
de producción capitalista –que surge,
entonces, a partir de algo que
no fue pautado por
él, sino que es condición para que él venga
a la existencia– incorpora tales
presupuestos como su modo mismo de exis- tencia, realizando un proceso por
el cual los repone. Y, en cada
ciclo de su desarrollo, esa reposición
instaura contradicciones nuevas, hasta el momento en que
se funda aquella contradicción
que el sistema no tendrá condiciones o capacidad para
interiorizar en su movimiento, y
que será
la que lo destruirá, a la vez
que constituirá el presupuesto de un
nuevo modo de producción, el comunismo. La fuerza de un modo de producción no
deriva sólo de su capacidad económica para reponer sus presupuestos, sino también de su fuerza para mantener, entre los
miembros de la formación social, el sentimiento de la naturalidad de esos
presupuestos, hasta que las nuevas contradicciones destruyan tal sentimiento
y exhiban la violencia histórica del sistema.
Como observa Giannotti (1983), al presentarlas como situacio- nes históricas
posibles, Marx deja entrever la imposibilidad objetiva de
subordinar lo social a una única matriz, pues tal matriz presentará va-
riaciones según cuál sea la forma de la propiedad de los componentes
del proceso de trabajo. Es por este motivo que
Giannotti considera que la presentación de las formas históricas
posibles no es la presentación del devenir de los modos de producir (esto es, no se trata de la sucesión temporal de
esas formas). El empleo del término
“histórica” para hacer referencia a cada una de las situaciones tiene el
significado amplio de señalar una oposición a lo natural: cada situación remite
a los compo- nentes del proceso de trabajo y, por consiguiente, a la diferencia entre lo
propiamente humano y la naturaleza. Siendo así,
la expresión pre- capitalista no
es tomada en el sentido de
antecedente del capitalismo, sino que
“pre” significa, más bien, “todo
lo que no es capitalista”. Sin embargo, hay que
admitir –afirma Giannotti– que
Marx podría haber sustituido
“precapitalista” por “no-capitalista”,
y, dado que no lo hizo, no podemos eximirlo de la
responsabilidad teórica de haber dejado sin explicar el empleo de esa expresión
ambigua.
¿Cuál es la
diferencia entre precapitalista y capitalista, y cómo for- mula Marx el pasaje
de una formación precapitalista a una capitalista?
Todo modo de
producción, desde el punto
de vista
de su sur- gimiento, implica siempre el pasaje
de lo natural a lo histórico y, por lo
tanto, la separación entre naturaleza e historia, o la negación de la
naturaleza por el proceso de trabajo.
Sin embargo, observa Marx, si en las formas denominadas precapitalistas
la naturaleza es el presupuesto
–la ligazón del
cuerpo de los hombres con
la tierra como su “cuerpo inorgánico”–, en el caso del capitalismo el presupuesto es enteramente
histórico –el trabajo libre y la
separación del trabajador y los medios de producción. Además, una
característica fundamental de las formas pre- capitalistas es el hecho de que
en ellas el movimiento del desarrollo o de la reposición de los presupuestos
nunca pueda ser completo, quedando siempre un excedente que el sistema no repone y que permanece como presupuesto. Hay un residuo de
naturaleza que las formas precapitalis- tas
nunca consiguen negar enteramente y transformar en historia. Por el
contrario, la forma capitalista es la única que
es histórica de punta a punta, no
subsistiendo nada de natural en ella.
Es por eso que en
el modo de producción capitalista la ideología tiene una fuerza inmensa, pues
su función es introducir lo natural en la
historia, naturalizar lo que es
histórico. En efecto, si todo es histórico, entonces todo depende de la acción humana y de las
circunstancias; eso quiere decir
que la contingencia de ese
modo de producción es un
hecho definitivo, sur- giendo así la posibilidad de destruirlo mediante
la acción humana. Para impedir tal posibilidad, es preciso garantizar que los
sujetos sociales se representen el modo de producción como necesario, racional,
inmuta- ble y universal, es decir, como natural.
Cuatro
disoluciones son necesarias para
que el modo de produc- ción capitalista pueda surgir en el devenir temporal: primero, la diso- lución
de la relación con la tierra como cuerpo
inorgánico del trabajo, esto es, la
disolución de la relación del sujeto
con las
condiciones na- turales de la producción; segundo, la disolución de
aquellas relaciones sociales y económicas en
las que el trabajador era propietario de los instrumentos de trabajo; tercero, la disolución del fondo de
consumo con el que la comunidad garantizaba la subsistencia del
trabajador du- rante el proceso de trabajo; cuarto, la disolución de aquellas
relaciones económicas en las que el
trabajador, como esclavo o siervo, pertenecía a las condiciones de la producción. Ahora bien, cada una de estas di- soluciones señala la desaparición
de una de las formas precapitalistas, de suerte que la aparición temporal del
modo de producción capitalista implica la disolución de todas las formas precapitalistas.
Sin embargo, es
importante observar que, si
seguimos con de- tenimiento la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel y La ideología alemana, la diferencia entre un modo de
producción precapitalista y el
modo de producción capitalista
no se
reduce a la presencia en
el primero, y a la ausencia en
el segundo, de un residuo de
naturaleza en la historia, como nos
sugieren algunos textos de los Grundrisse. En aquellas dos obras, Marx
afirma que el modo de producción de
la vida material está siempre escindido
por la contradicción entre las fuerzas
productivas y las relaciones sociales de
producción o las formas de la propiedad,
que determinan las operaciones de la
producción, la distri- bución, el intercambio y el consumo. Las fuerzas
productivas configu- ran el contenido
de las
relaciones de los hombres con
la naturaleza y consigo mismos,
es decir, el trabajo; en contrapartida, las relaciones sociales de producción configuran las formas del
proceso productivo, es decir, la propiedad. En suma, el contenido del modo de producción es
determinado por el trabajo, y la forma del modo de producción es de- terminada
por la propiedad. Con la desaparición del comunismo primi- tivo, el equilibrio
entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción cede su lugar a la contradicción, pues comienza a
darse una lucha por la apropiación
del excedente. En esa
lucha, las fuerzas productivas se
desarrollan al máximo y hacen estallar las relaciones so- ciales de producción. En esas dos obras de
Marx, entonces, el desarrollo de la
contradicción es el desarrollo de la
lucha de clases, siendo tal desa- rrollo
el que explica el devenir temporal de
los modos de producción.
Desde
esta perspectiva, podemos decir que el modo de producción capi- talista,
como cualquier otro modo de producción, surge históricamente cuando la
contradicción y la lucha de clases
del modo de producción anterior se despliegan plenamente.
Es este
análisis histórico del devenir el
que lleva a Marx
a co- menzar el Manifiesto del Partido
Comunista con la afirmación
de que la historia de las sociedades
que existieron hasta nuestros días ha
sido la historia de la lucha
de clases. En otras palabras, el hilo que
teje la historia –desde la
perspectiva de la Crítica de la filosofía
del derecho de Hegel, La ideología alemana y el Manifiesto– es el desarrollo de
las fuer- zas productivas; pero,
resultando tal desarrollo contradictorio
con las relaciones sociales de producción,
el hilo de la historia es quebrado por la lucha de clases. En tanto ese
hilo produce el movimiento
inmanen- te o el desarrollo de una forma singular o de un modo de producción determinado, la ruptura
del mismo por la lucha de clases
engendra el devenir histórico de los modos de producción.
La diferencia
entre esas obras y los Grundrisse en
lo que se re- fiere a la descripción del proceso histórico indica
que la concepción de la historia en
Marx está lejos
de ser cristalina, transparente y
unívoca, suscitándose a partir de ello controversias y críticas.
RACIONALISMO DETERMINISTA
En un
ensayo titulado “El marxismo: balance provisorio”, Castoriadis
(1975) critica la teoría de la historia
de Marx por no haber conseguido superar el racionalismo
objetivo de Hegel y convertirse en otra
filosofía de la historia más. La objeción central de Castoriadis a la
teoría de la historia marxista es que no deja
espacio para la acción
consciente y autónoma de los
hombres, meros instrumentos de
una historia que, teniendo por
motor a la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas
y las relaciones de producción, se realiza a costa de ellos. En cuanto a la
filosofía de la historia marxista, la objeción se
vuelve contra el determinismo, que
pierde de vista la historia como
creación.
Para
Marx, escribe Castoriadis, es en el análisis económico del capitalismo donde
debe concentrarse el núcleo de la teoría
de la histo- ria, mostrando que esta
es capaz de hacer coincidir su dialéctica con la dialéctica de lo real histórico, y que los
fundamentos y la orientación de la revolución surgen del movimiento del propio
real.
El eje del
análisis económico marxista son las contradicciones del capitalismo,
articuladas en torno a una contradicción
central, aquella que se da entre el
desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción o la forma
de la propiedad capitalista. Ahora bien,
según Castoriadis, el análisis económico de Marx ya no podría ser mantenido, ni en sus
premisas, ni en su método, ni en su estructura, pues su teoría económica en
tanto tal ignoraría la acción de las
clases sociales y, por lo tanto, los efectos de las luchas de los trabajadores
sobre el funciona- miento de la economía capitalista, así como los efectos de
la organiza- ción de la clase
capitalista para intentar dominar las tendencias “espon- táneas” de la economía. El desconocimiento de tales
efectos proviene de la misma teoría, en la
cual el poder reificador del capitalismo es completo, transformando a los
hombres en cosas y sometiéndolos a le- yes económicas que no difieren de las
leyes naturales, salvo por el hecho de que usan las acciones conscientes de los
hombres como instrumento inconsciente de su realización. Sin duda, la reificación existe, pero no puede
ser completa, pues, si lo fuese, el
sistema se desmoronaría ins- tantáneamente –la
contradicción última del
capitalismo radica en la doble
necesidad que el sistema tiene, tanto de la actividad propiamente humana, como
de someterla y reducirla a su mínima expresión.
Esas primeras
consideraciones conducen a Castoriadis a enume- rar los aspectos inaceptables de la teoría de la
historia marxista: 1) no se puede dar a
la economía el lugar central que Marx
le daba, y no puede ser considerada autónoma, con leyes propias independientes de las otras relaciones sociales; 2) es
preciso reformular la categoría
de reificación y, junto con ella, toda la teoría de la historia de Marx; 3) no es verdad que, en cierto estadio del desarrollo, las fuerzas
productivas dejen de desarrollarse
por entrar en contradicción con las relaciones
de producción existentes o las relaciones de propiedad –no se trata de una contradicción sino, en todo caso, una tensión que puede ser, y ge- neralmente ha sido,
resuelta por el sistema; 4) no se
puede pasar de la afirmación de la determinación material de la existencia
humana a la reducción de la producción o del trabajo a las
fuerzas productivas y, por
consiguiente, a la técnica (capaz, supuestamente, de un desarrollo autónomo), quedando reunidas las
demás actividades humanas bajo la
condición de “superestructuras”; 5) en la fase presente del capitalismo, el
desarrollo de las fuerzas productivas o de la técnica no es autónomo, sino planificado, orientado y dirigido explícitamente
para los fines que las clases dominantes
determinan; no hay pasividad social,
pues el de- sarrollo de la técnica no es el motor de la historia ni posee un
significa- do unívoco y acabado; 6) no se pueden extender a todas las sociedades
categorías que sólo tienen sentido en el capitalismo desarrollado, a me-
nos que
la teoría se sustente en el postulado oculto de una naturaleza humana
inalterable cuya motivación predominante
es económica; 7) es imposible negar que
la conciencia humana siempre fue y es un
agente transformador y creador, una conciencia práctica, una razón operante no reductible a una
modificación del mundo material; es necesario, en- tonces, rechazar la “ideología
marxista” o el “idealismo técnico”, que pretende que las ideas técnicas hacen la historia,
mientras que la con- ciencia humana
permanece siempre engañada y presa de ilusiones.
Este
conjunto de aspectos señala al núcleo de la teoría de la his- toria de
Marx como portador de un determinismo económico según el cual, a pesar de las declaraciones del mismo
Marx, la lucha de clases no es el motor
de la historia, sino un eslabón de una
cadena causal consti- tuida en la infraestructura técnico-económica. Eso se debe
al hecho de que las clases son
simples instrumentos en los que se encarna la acción de las fuerzas
productivas. Las clases son actores en el sentido teatral del término; son
agentes inconscientes del proceso
histórico, incluso cuando poseen una conciencia de clase, pues “no
es la consciencia de los hombres
la que
determina su ser social, sino
su ser social el que determina la consciencia”. El
conservadurismo de la clase en el poder
y el carácter revolucionario de la clase ascendente están predeterminados
por su respectiva situación en la producción,
de forma tal que no hay
lugar para la acción autónoma de las masas.
El fundamento
de la teoría de la historia de Marx, de
su concep- ción política y su programa revolucionario, es una filosofía de la
historia racionalista. Dado que el racionalismo filosófico presupone y demues-
tra que
la totalidad de la experiencia es
exhaustivamente reductible a determinaciones racionales, la filosofía de la
historia marxista ofrece de antemano la solución de los problemas que ella
misma plantea; o, como diría Marx, los
hombres sólo se proponen los problemas que pueden re- solver. El marxismo,
entonces, no supera la filosofía de la historia, sino que constituye apenas otra
filosofía de la historia, incapaz de cuestionar la racionalidad del mundo
(natural e histórico) por asumir la existencia previa de un mundo racional en
contrucción paulatina.
El
racionalismo de Marx no sería subjetivo (como el de Descartes o Kant),
sino objetivo (como el de Hegel),
un racionalismo para el cual lo
real es racional y lo racional es
real. La historia es racional en tres sentidos. El objeto de la historia
pasada es racional por ser un
objeto cuyo modelo es el de
las ciencias naturales: ciertas
fuerzas actuando sobre puntos de aplicación definidos producen los resultados
predeter- minados según un gran esquema
causal que debe explicar la estática y la dinámica de la
historia, tanto la constitución y el funcionamiento de cada sociedad, como el
desequilibrio y la perturbación que
deben con- ducir a una forma nueva. El objeto de la historia futura es
igualmente racional y realizará la razón en un
segundo sentido: no sólo como he- cho (pasado), sino también como valor. La historia por
venir será lo que ella debe ser, verá nacer una sociedad racional que
encarnará las aspira- ciones de la humanidad, y en la cual el hombre será finalmente humano (es decir, su existencia y
su esencia coincidirán; su ser efectivo realizará su concepto). En fin, la
historia es racional en un tercer sentido: el de la conexión del pasado con el
futuro, o el pasaje del hecho al valor. Las le- yes ciegas, casi naturales, abren el camino hacia una
humanidad libre, emergiendo la libertad
del seno
de la pura necesidad; hay una razón inmanente a las cosas que
hará surgir una sociedad milagrosamente conforme con nuestra razón.
El
racionalismo objetivista sólo puede ser un determinismo, pues afirmar que el
pasado y el futuro son integralmente comprensibles es lo mismo que afirmar la existencia de una causalidad sin fallas. Pero
eso es inaceptable. Es verdad que
no podemos pensar la historia sin causa- lidad, y que es en la historia donde mejor comprendemos el
sentido de la causalidad (en la historia, el punto de partida es una motivación
que podemos comprender; por el
contrario, no podemos comprender el en- cadenamiento causal de los fenómenos
naturales, sino sólo constatarlo). Es verdad que existe lo causal en la vida social e histórica, pues
hay que distinguir lo racional subjetivo –motivación, plan y proyecto– de lo
ra- cional objetivo –relaciones causales naturales y necesidades puramente
lógicas, constantemente presentes
en las
relaciones históricas–; pero, además, hay que
considerar también lo “causal bruto”, que constata- mos
sin poder deducirlo de relaciones racionales subjetivas u objetivas –correlaciones
de las que ignoramos los fundamentos, regularidades de comportamiento que
permanecen como hechos puros. Sin embargo, no es posible integrar todas
esas causalidades y todas esas racionalidades en un determinismo total del sistema, pues también
existen instancias sociales caracterizadas por
relaciones no causales. Lo
no causal no es
simplemente lo imprevisible, sino
que es, sobre todo, lo
creador, posi- ción de
un nuevo tipo de
comportamiento, institución de
una nueva regla social, invención
de un objeto nuevo, algo que no puede ser dedu- cido de las condiciones precedentes. “La historia
no puede ser determi- nista porque es el campo de la creación” (Castoriadis, 1975: 61).
La filosofía de
la historia marxista es incapaz de alcanzar el nú- cleo creador de la historia
porque es incapaz de lidiar con las
significa- ciones históricas.
Engels afirma
que la historia es el campo de las
acciones incons- cientes y de los fines
no deseados. Sin embargo, no
percibe lo más im- portante, esto es, que
esas acciones y esos fines
se presentan como co- herentes, dotados de significación, obedeciendo a
una lógica que no es ni subjetiva (puesta por una conciencia) ni objetiva (como la que se da en la naturaleza), sino histórica. Así es como surge la significación
capi- talismo, un sistema inagotable de nuevas significaciones que, por medio de
conexiones causales, confiere unidad a todas las manifestaciones de la sociedad
capitalista, dando sentido a sus
fenómenos constitutivos y
excluyendo los fenómenos que no tienen sentido para esa sociedad. Esa
significación global confiere a la sociedad la unidad de un mundo (ins- tituye una cultura; ordena los
comportamientos por medio de reglas ju- rídicas y morales conectadas profunda y
misteriosamente con el modo de trabajo y
de producción; determina la estructura familiar y la educa- ción de los niños; define
una estructura de la personalidad; instaura una forma de la religión y de la
sexualidad, una manera de comer, de bailar; etc.). Gracias a ella, todo lo que
sucede en el sistema es producido
en conformidad con el “espíritu del
sistema”, y tiende a reforzarlo incluso cuando se oponga a él; aunque, en el
límite, tienda a derribarlo.
Ahora bien, desde el punto de vista de la causalidad, puede de- cirse que
esa significación está, de alguna manera, dada de antemano,
predeterminando y sobredeterminando los encadenamientos causales, actuando al
servicio de una intención que no es de nadie. Así, todo el problema de la
historia radica en esa significación, diversa de aquella que es
vivida por los individuos en sus actos determinados, irreductible
a la causalidad y, sin embargo,
construyendo también un orden de en-
cadenamientos: un orden diferente del causal, pero inextricablemente ligado a él.
En otras palabras, la verdadera cuestión está en la diferencia y en la relación entre la significación vivida por
los agentes históricos y la significación puesta por procesos causales desprovistos de aquella
significación. Tal problema se encuentra en el origen de los mitos, de la
tragedia y de la creencia en la Providencia. Y el marxismo no da cuenta de él
porque procura reducir integralmente el nivel
de las significacio- nes al nivel de las causas, a pesar de que, más
que cualquier otra teoría, mantenga la idea de una significación de los acontecimientos y
las fases históricas, afirme la lógica
interna del proceso, y totalice las significa- ciones en una significación del conjunto de
la historia (la producción
necesaria del comunismo). De esta
manera, concluye Castoriadis, al
afirmar simultáneamente que todo
debe ser
aprehendido en términos causales,
y que todo debe ser pensado en términos de significación –de
suerte que el inmenso encadenamiento
causal es también un encade- namiento
de sentido–, Marx exacerba de
tal forma los dos
polos que resulta imposible pensar racionalmente el enigma de la
historia.
DOS
HISTORIAS
En el ensayo “Marx: de una visión
de la historia a otra”, Claude Lefort (1978) examina las diferencias en el abordaje
que Marx
hace de la his- toria, comparando el Manifiesto Comunista, los
Grundrisse, El Capital y El XVIII Brumario. Sin
embargo, si en su interpretación enfatiza la di- ferencia entre esas
obras, Lefort lo hace para resaltar mejor la identidad secreta que las
recorre: en todas ellas se hallan presentes dos visiones opuestas de la historia, que
entonces oscila entre la transformación y la repetición. Así, Marx se esforzaría, por un
lado, por mostrar la historia como la producción
de un
sentido en el que se juega el destino de la humanidad, sin dejar al mismo tiempo de describir, por otro lado,
las fuerzas movilizadas para desarmar los efectos de lo nuevo.
En el Manifiesto, la humanidad es una en el
tiempo, y el hilo de la historia, aunque
pueda romperse, no cesa de atarse una y otra vez, asegurando la
continuidad del drama aun cuando haya pausas o regre- siones. La génesis de
nuestra sociedad se da a partir del surgimiento de la burguesía, en un
proceso de desarrollo de varias revoluciones. Sin embargo, se
distingue de todas las otras formaciones históricas por la simplificación de los
antagonismos sociales: la determinación econó- mica de lo social se
vuelve plenamente visible, y la sociedad
se divide en dos clases que
se enfrentan directamente. Esa
simplificación es si- multánea a la expansión del modo de
producción capitalista a escala mundial, y a la interdependencia recíproca
de todas las actividades en esa formación social. Nuestra sociedad también
difiere de las otras por imprimir un
nuevo ritmo a la historia: bajo
la acción de los cambios económicos continuos, altera de
manera constante todas las institucio- nes
–“todo lo que es sólido se desvanece en el aire,
todo lo sagrado se vuelve
profano”–; conduce a la desaparición de las
brumas místicas, tanto religiosas como políticas (lo sagrado se disuelve
en el egoísmo y el interés; la política estatal se transforma en el comité
administrador de los negocios de la burguesía); se libera del peso de las tradiciones y fuerza a los hombres a considerar,
finalmente, el lugar que ocupan en el proceso histórico. Hay, en el Manifiesto, dos historias: la Gran
Historia, de ritmo lento, y la Historia Acelerada de un mundo arrastrado por la innovación y la destrucción. La revolución da
el sentido último de la aventura
humana.
Sin embargo, Marx
desmiente tal concepción de la historia y de la vida
social. En los Grundrisse, el estudio de las
formas precapita- listas muestra, no
la continuidad, sino la oposición
global entre ellas y el modo de producción nacido de la división entre capital
y trabajo. El precapitalismo, escribe Lefort, es aprehendido desde el
capitalismo como su otro, en
tanto que el capitalismo no es considerado como la conclusión de un proceso histórico continuo comandado por una con- tradicción fundamental sino, al contrario, como la discontinuidad radi-
cal de y en la historia, “una mutación
de la humanidad”.
Solamente las
condiciones de la formación del capitalismo pue- den hacer surgir la figura del trabajador. De
hecho, en las formas pre- capitalistas el trabajador propiamente dicho no
existe: su condición es la de estar
“ligado a la tierra”, tanto en el contexto de la pequeña pro- piedad, como en
el de la propiedad comunal; la tierra no es exterior al hombre, y él es el
propietario de las condiciones objetivas de su trabajo. En oposición al
capitalismo, en las formas precapitalistas el trabajo no
se encuentra en el origen de
la propiedad: esta no
es el resultado de aquel,
sino su condición. Así, es solamente en
tanto que participan de la comunidad o de la propiedad común que los
hombres trabajan. La comunidad tribal está en el origen de las tres formaciones precapi- talistas complejas (la
asiática, la antigua y la germánica o feudal), y la forma comunitaria es preservada más allá
de las modificaciones que cada una de ellas introduce. De esta manera, en
las tres formaciones, el estatuto de propietario permanece condicionado por la comunidad (cuyos límites se mantienen
fijos), aun cuando esta aparezca como una entidad trascendente
(encarnada en el déspota asiático, en la figura del estado antiguo o en la
asamblea de los barones feudales). El estudio del precapitalismo es el estudio
de la eficacia permanente de esa forma: en las
tres formaciones, la conservación del límite fijo
de la comunidad garantiza la autoconservación y, al
contrario, la pérdida de ese límite conduce a la destrucción. Esta, sin embargo, no
proviene de una ac- ción interna de la propia formación social,
sino de accidentes externos (guerras,
migraciones, urbanización, dispersión). El
cambio proviene de afuera y no de una contradicción inmanente.
En verdad, lo
que se observa en los Grundrisse es la
presencia de dos esquemas de interpretación.
Por un lado,
Marx visualiza una historia evolutiva, por el otro, una historia
repetitiva. La primera parece regida, en innumerables textos, por el desarrollo
de las fuerzas productivas, el cual
tropieza con los límites de
las relaciones de producción y, al fin y
al cabo, se disuel- ve. Sin embargo,
incluso ya desde este punto de vista, la autonomía otorgada a ese factor
–exactamente cuando está encargado de incluir la expansión demográfica– parece
contradecir la idea clave de que la producción permanece subordinada a las
condiciones socio-natura- les, a la existencia de la comunidad mediadora de la
relación con la tierra o, más precisamente, la idea de que los efectos de
la producción son condicionados por la
forma comunitaria (Lefort, 1978: 204).
La historia es
repetitiva –la eficacia de la forma comunitaria hace que ella se repita en todas
las formaciones precapitalistas y que permanezca indefinidamente si no es
destruida por factores externos– y evolutiva –se da un pasaje de la forma precapitalista a la
capitalista. Es por eso que Marx oscila en la búsqueda del factor de cambio:
habla del desarrollo de las fuerzas
productivas, pero tiene que reconocer que, aun cuando este desarrollo modifique la
configuración de las relaciones sociales, no modifica la forma comunitaria;
por eso recurre a otros factores, como
la migración y la guerra, y alterna la afirmación de un tiempo endógeno y un
tiempo exógeno.
Los dos
esquemas interpretativos –repetición y evolución– servi- rán para distinguir entre las formaciones
precapitalistas y el capitalis- mo,
que representa la aparición
inédita de un tipo de devenir social en el que se separan la
existencia humana activa y las condiciones no orgá- nicas de la existencia. La
exposición de las formas precapitalistas indica que la
división social (hombre libre-esclavo, patricio-plebeyo, barón- siervo)
no es
regida por el mismo principio
que comanda la división trabajo-capital: mientras que en el
primer caso la división no implica una separación entre el hombre y las
condiciones orgánicas de su exis- tencia, en el segundo caso sí la implica. Entonces, sostiene Lefort,
entre el Manifiesto y los Grundrisse existe
una diferencia que impide
dar uni- versalidad a la lucha de clases
(o afirmar su continuidad), pues la figura histórica del trabajador es el
resultado de una separación inexistente en las formaciones sociales
precapitalistas.
En realidad, la idea de
separación sólo tiene sentido
en el capi- talismo, y únicamente
en él esta “instaura un
principio de autotrans- formación
de lo social” (Lefort, 1978: 206), o una infinitud inmanente que inaugura una historia revolucionaria, en oposición a
la historia conservadora que
caracteriza al precapitalismo. Según Marx,
en efecto, justamente porque en las formaciones precapitalistas no
existe la sepa- ración entre el cuerpo
orgánico de los hombres y el cuerpo inorgánico de la tierra, la evolución es
regida por la destrucción (lenta o rápida) del establecimiento humano como
“índice de la contradicción ineluctable entre la relación de los hombres
con su
humanidad finita, anclada en una tierra que poseen y los posee, y con su
humanidad infinita, excesiva en relación a toda determinación real, asociada al ‘elemento ilimitado de la
tierra’ [...] El infinito se señala
apenas en la negación inmediata de lo finito, lo ilimitado en la negación
inmediata del límite” (Lefort, 1978:
206). La comunidad precapitalista es la imagen de
un cuerpo que
anula la exterioridad y, por eso
mismo, el enigma de la historia se concentra en el momento de la desaparición
de esa imagen, con el advenimiento de la forma capitalista o de
la separación. Ahora bien, la interpretación
de Lefort toma, a esta altura, una
dirección precisa: busca la permanen- cia de esa imagen en ciertos textos de El
Capital, donde actúa como eje de las
descripciones económicas de Marx.
En el Libro I de El Capital, Marx presenta el desarrollo del modo de producción
capitalista a partir de la desaparición de la forma comuni- taria del trabajo,
en un proceso que va desde el surgimiento de la coope- ración, pasando por la
manufactura, hasta llegar a la gran industria.
La cooperación
presupone la figura del trabajador libre, vendedor de su fuerza de trabajo y
separado de los medios de producción; requie- re la movilización de cierta cantidad de capitales para explotar cierta cantidad
de fuerza de trabajo, asociada a una cantidad de medios de producción. El efecto de esa
asociación de factores es la eliminación de la diferencia cualitativa entre los
trabajos individuales y la institución de un trabajo social medio, condición de
la universalización del merca- do. De
esta manera, se disuelve definitivamente
la forma comunitaria, que implicaba la
dependencia y la ligazón de los trabajadores con sus medios de producción. La cooperación
simple es la condición de posi- bilidad de la gran transformación que será introducida por la manufac- tura. Al analizarla, Marx deja
de lado la cooperación y se
concentra en la división social del trabajo, mostrando la irreversibilidad del
proceso histórico. La manufactura inicia el movimiento de descomposición del
trabajo humano. En ella no
se comprueba tan sólo
la separación de los trabajadores respecto de los
medios de producción, sino también la separación del trabajador respecto
de sí mismo, una vez consumada su
disolución en la figura del trabajador colectivo. Marx habla de “un organismo de producción cuyos
miembros son los hombres”. Se trata de
un cuerpo monstruoso o absurdo, pues la
manufactura se organiza en base al
modelo de la constitución corporal del trabajador. Sin embargo, en virtud de
esta descripción, la manufactura ya no
aparece como una institución radicalmente nueva, que contendría en sí el
principio de una revolución continuada. En
varios textos, al contrario, no
parece muy distante del modelo de las sociedades antiguas, en
particular, operando como ellas, de modo
tal que, a partir de un cierto grado de desarrollo, su único fin
pasa a ser su propia conservación. Así, en el exacto mo- mento en que
Marx está a
la búsqueda de una forma nueva, de una diferencia de forma en el plano económico
e histórico, su análisis de la manufactura revela la “permanencia del fantasma del cuerpo”
(Lefort, 1978: 213), de
tal manera que una historia revolucionaria presenta la
tendencia a la restauración de una estructura inmovilizada.
Esa permanencia fantasmática del cuerpo y la
presencia de la repetición al
interior de la innovación reaparecen
en el análisis de la gran industria. En esta, el proceso de producción se torna autónomo;
la modalidad que asume la división del
trabajo obedece a las necesidades técnicas de
la fabricación mecánica, según los
saberes de las ciencias naturales, y sin tener en
cuenta las aptitudes
individuales. El princi- pio subjetivo de
la división del trabajo es
sustituido por un principio objetivo: los oficios, que durante siglos fueron considerados misterios (operación
secreta de los iniciados, recintos cerrados cuyos límites nin- gún profano podía atravesar, ocultamiento del fundamento material de la vida
de los oficiales), ahora se tornan actividades
transparentes, conocidas una por una y
en sus
conexiones, dirigidas por la ciencia moderna de la tecnología. En la
manufactura, la producción todavía se adaptaba al trabajador, a su esquema
corporal; en la gran industria, el trabajador debe acomodarse a las exigencias de la producción.
Surge, en palabras de Marx, “un
organismo de producción completamente ob- jetivo o impersonal”. Se pasa del trabajador colectivo a la reificación, y
de ahí
provienen las metáforas del autómata empleadas por Marx: “monstruo mecánico”, “fuerza demoníaca”,
“danza febril y vertiginosa de sus
órganos de operación”; ese
autómata es el sujeto, y los trabaja- dores son meras prolongaciones suyas, “órganos
conscientes anexados a sus órganos inconscientes”.
No es
únicamente en esos análisis que se hace presente el esquema de las dos
historias. La sociedad burguesa es contradictoria: efectúa tan- to la
interdependencia de todas las actividades y la comunicación de todos los
agentes sociales, como la exterioridad recíproca de todas las activida- des y
la alienación de todos los agentes. La autonomía del orden de las re- laciones
puramente económicas se realiza junto con la separación de las esferas de lo
político, lo jurídico, lo religioso, lo científico, lo pedagógico, lo estético.
La sociedad burguesa disuelve todas las formas tradicionales de producción y
representación pero, al mismo tiempo, por medio de la ideología, hace creer en
la racionalidad y la universalidad, disimulando ante sí misma su propia
historia. Así, la historia de la sociedad burguesa no se reduce al movimiento
febril de la destrucción/creación: Marx des- cubre en ella
“un principio de petrificación de lo social”
(Lefort, 1978:
217) cuando señala los efectos de la
autonomización de cada sector de la producción, del disfraz del presente por el
pasado y del ocultamiento de lo real por la ideología. El capital no es una
cosa, no es la suma de los medios de
producción materiales y fabricados, sino “un sistema social de producción”. Sin
embargo, visto como cosa, se produce a
sí mismo. Ese es el mundo invertido o “universo hechizado”. El principio
objetivo, la moderna tecnología, la impersonalidad de la producción, la
desaparición de los misterios, son
simultáneos a la aparición de un mundo fantasmá- tico y misterioso. La
reaparición de los fantasmas y los fetiches revela que la repetición es el doble
del progreso, y nos da la clave de la enigmática diferencia entre el Manifiesto
y El XVIII Brumario.
El Manifiesto
narra la historia burguesa como epopeya; El XVIII Brumario como “danza
macabra”. El Manifiesto distingue a la sociedad capitalista de todas las otras
por la simplificación de la división
social y la transparencia de su determinación económica. El XVIII Brumario
analiza la complejidad de los antagonismos sociales, el entrelazamiento de
varias historias, cada una anclada en una clase
social particular (el proletariado como clase en devenir e inmadura; la burguesía como cla-
se escindida y opuesta a sí misma, con
varias facciones adversarias; la pequeña burguesía como clase media o intermediaria; el campesinado como
no-clase, verdadero soporte del poder bonapartista; el lumpenpro- letariat como no-clase o clase-basura; la burocracia y
el ejército como clases parasitarias, pues, aunque sean instrumentos de la clase
domi- nante, se vuelven independientes bajo el segundo Bonaparte e
instituyen al estado por encima de la sociedad). Sin embargo, el primer
capítulo de la obra, al introducir el tema de la farsa, destaca que las
contradicciones son estériles, no
producen acontecimientos, son
fantasmagorías, “som- bras que
perdieron sus cuerpos”. Esa historia inmóvil, sin embargo, se da de
manera simultánea a otra, efectiva: la historia de la unificación de la
burguesía como clase, la aparición
política del proletariado y la es-
cisión entre el estado y la sociedad civil. Como consecuencia, el último capítulo invierte
aquello que había sido dicho en
el primero: en lugar de la danza
macabra fantasmática, el poder bonapartista aparece como un producto imaginario conjugador de diversos mitos.
Y la revolución está en curso,
acumulando fuerzas de forma metódica para concentrar su poder de destrucción.
El final aclara el comienzo: frente a lo
nuevo, frente a un futuro creador, frente a tareas inéditas, los agentes
invocan a los muertos y el pasado resurge imaginariamente, como una represen-
tación contra el vértigo de la mortalidad. El pasaje de la tragedia a la
comedia con el que se inicia el libro es inherente a una
sociedad que se formó desconociendo su
propia realidad y que, en el momento en
que el orden social es puesto en cuestión, necesita recurrir a la repetición.
Para interrumpir la repetición es preciso un
agente nuevo: el proleta- riado, que
no saca su poesía del pasado
sino del porvenir. La sociedad burguesa,
en tanto tal, no
puede engendrar verdaderos acontecimien- tos, sólo
puede repetir. Por ello, su insignificancia histórica prepara la
lógica de la contrarrevolución: la
burguesía necesita de la regresión para mantener la dominación, ya que, de lo contrario, la oposición del pro- letariado
ha de ser enfrentada; sin embargo, por
no poder enfrentar la contradicción real, se orienta hacia el plano fantasmagórico. Y
no sólo ella. Con excepción del proletariado inmaduro, todas
las otras clases y no-clases operan en el registro imaginario o en la ilusión.
¿Por qué esa
presencia tan poderosa de lo fantasmático en la eco- nomía, en las relaciones
sociales, en la política, en la historia? ¿Por qué Marx fue tan sensible a la ilusión y lo imaginario? Porque, desligada
de la
tierra y de la forma comunitaria del trabajo y de
la propiedad, la sociedad capitalista opera la total absorción de la
naturaleza en lo histórico,
dándose así el advenimiento de una sociedad sin cuerpo y sin sustancia. La descorporeización
y la desustancialización, índices de una formación social que es histórica de
punta a punta, afectan por entero lo social y lo histórico –“todo lo que es sólido se desvanece en el aire”. Sin
embargo, simultáneamente, la tendencia a la petrificación sustancializa y
naturaliza lo social y lo histórico, transformándolos en entidades fan-
tasmagóricas. No es casual que El
Capital se inicie con el fetichismo de la mercancía y termine con
la fantasmagoría de la fórmula triádica3.
Sin embargo, Lefort se pregunta si la obra del propio Marx
no sería expresión de esa
dificultad; si la permanencia de la referencia al cuerpo en sus análisis económicos y políticos no sería el signo de que no permaneció inmune a
ella; si la elaboración de dos concepciones de la historia irreconciliables
no evidenciaría el peso de lo imaginario en su propio pensamiento; y,
finalmente, si frente a la imagen “de ese ser 3 La fórmula triádica aparece en tres
pares de relaciones que combinan las
siguientes categorías económicas: tierra-renta, trabajo-salario y
capital-ganancia, ocultando bajo la
diferencia aparente el hecho de que no son otra cosa que el propio capital. Por eso son fan-
tasmas: son trabajo materializado y están separadas porque fueron transformadas
en valor total, pero la totalidad es invisible y no se ve que el capital hace aparecer como separadas e
independientes las tres categorías
económicas.
extraño, el
proletariado, al mismo tiempo puramente social, puramente histórico y, en
cierto sentido, fuera de la sociedad y fuera de la historia
–clase que deja de ser clase porque es la
destructora de todas las clases”, no cabría indagar “si él es el destructor del
imaginario social o el último producto de la imaginación de Marx” (Lefort, 1978: 223).
LA PRESENTACIÓN DE LA HISTORIA
Ruy Fausto (2002)
usa el término presentación
de la historia para in- dicar que no
hay en Marx
una teoría de la historia, ni una
filosofía de la historia, sino
consideraciones en torno a la historia. De acuerdo con Fausto, la teoría
crítica del capitalismo o la crítica de la economía po- lítica es, desde el punto de vista lógico
y no cronológico, anterior a la
presentación de la historia. En tanto esa crítica constituye el núcleo del
pensamiento de Marx, es de ella que surge una presentación de la his- toria a
modo de un esquema para organizar la
dispersión temporal de los modos de producción. De esta manera, sin referencias explícitas, el
estudio de Ruy Fausto desarticula las
perspectivas adoptadas por Cas- toriadis
y Lefort, y las aporías señaladas por
ambos.
La historia es
un presupuesto del discurso marxiano: Marx
habla de ella, pero no dice
lo que ella es, pues el concepto de historia no es el
objeto de la investigación. Justamente porque no hay
ni teoría ni filosofía de la
historia, Marx elabora tres modelos de exposición de la historia,
que tienen en común ciertos
meta-presupuestos (la distinción entre prehistoria e historia, y entre
desarrollo y devenir) y los mismos presupuestos (propiedad, riqueza, libertad,
igualdad y satisfacción). Aunque todos los presupuestos estén presentes en los
tres modelos, so- lamente uno de ellos,
en cada caso, es determinante. El Manifiesto y La ideología alemana
conforman el modelo de la historia de la libertad, pues la historia es
presentada a partir de la lucha de los explotados. El segun- do modelo,
presente en los Grundrisse y El Capital,
es el de la historia de la riqueza,
pues la historia es presentada a partir de este concepto. Finalmente, los Manuscritos de 1844
constituyen el tercer modelo, el de la historia de la satisfacción. Como los meta-presupuestos y los presu- puestos
son los
mismos en los tres
casos, Marx puede presentar cada
una de esas historias como un progreso o una conquista y, al mismo tiempo,
mostrar cómo el modo de producción
capitalista es, desde el punto de vista
del desarrollo, una
regresión respecto de esas
historias (hay en él menos libertad y menos satisfacción) y,
desde el punto de vista del devenir,
un progreso, pues en él se dan los presupuestos de la sociedad comunista,
en la cual la libertad, la riqueza y la satisfacción
serán reales o concretas.
La presentación de la
historia tiene dos dimensiones:
la de
la sucesión de los modos de producción y la de la distinción entre
prehistoria e historia. Para entender estas dimensiones, Fausto resignifica la
distinción entre devenir y desarrollo. El devenir es un movimiento con dos términos, un
comienzo y un fin (nacimiento y
muerte, aparición y desaparición). El desarrollo es enteramente lógico (aunque esa
lógica transcurra en el tiempo): es la negación del sujeto cuando este
atraviesa el interior de su otro, y la negación de la negación del sujeto
cuando su otro se incorpora al sujeto. El desarrollo, entonces, es la
lógica de la ne- gación de la negación,
movimiento por el cual aquello que era inesencial en una forma anterior se
vuelve un presupuesto de la forma siguiente y, al ser impuesto, se torna esencial para ella. De ahí
que el desarrollo, en vez de
afirmar una continuidad temporal, afirme la discontinuidad, porque, cuando lo
inesencial se torna esencial, se establece la diferencia intrínseca entre la
forma anterior y la siguiente.
Además de esta
distinción, Fausto propone otra entre devenir y génesis.
La génesis corresponde, en cierto sentido, a aquello que los bió-
logos llaman ontogénesis, un proceso de pasaje de la potencia al acto, en
el cual la forma anterior no desaparece, sino que actualiza sus poten-
cialidades en la forma nueva. En la
génesis, se da una conservación de las determinaciones anteriores en la forma
nueva, sin ninguna interven- ción
externa: es por un movimiento inmanente a la propia forma que
ella da origen a la siguiente, esto es, actualiza algo que ya está en ella en potencia. Hay, por lo
tanto, una inmanencia entre el comienzo y el fin del proceso. La forma final no destruye todo lo que vino antes, sino que determina lo indeterminado que la
antecedió. Por otra parte, el devenir corresponde, en cierto sentido, a lo
que los biólogos llaman filogénesis, el
surgimiento de una especie nueva y la
desaparición de una especie anterior.
En el devenir hay desaparición, muerte de una forma con
el nacimiento de la otra, y no se
excluyen las interferencias externas. La originalidad de Marx ha sido la de lidiar simultáneamente con la géne- sis y el devenir, dando un
aspecto contradictorio al discurso histórico. Esa contradicción, sin embargo, es dialéctica,
pues la fuerza del discur- so histórico de Marx
está justamente en considerar la
reflexión de una forma histórica a la vez como devenir y como génesis.
En los Grundrisse y en los textos históricos de El Capital, la gé- nesis
no coincide con el fin de una
historia anterior (como ocurre en la ontogénesis biológica), y el devenir no
implica la desaparición completa de las determinaciones anteriores (como ocurre
en la filogénesis bioló- gica). Dado que el
devenir y la génesis operan simultánea y contradic- toriamente, ninguno de
ellos es enteramente interno ni externo. Por
tal motivo, en estas dos obras el
concepto de presupuesto tiene dos senti-
dos: por
un lado, cuando se refiere a la génesis o cuando se
encuentra en el interior de una génesis, Marx
habla de la permanencia de restos o ruinas, dándose así una continuidad
temporal; por el otro, cuando se refiere
al devenir, Marx habla de la destrucción
de la forma anterior y del surgimiento de una nueva forma. El entrecruzamiento
entre devenir y génesis permite decir, al mismo tiempo, que una forma nace en el in- terior de la otra
cuando esta otra ya está resquebrajada, y que, al nacer la nueva forma, esta destruye completamente la anterior.
¿Ello no
constituiría, en definitiva, una teoría o una filosofía de la historia? La
respuesta es negativa: esa generalidad
del proceso no es la unificación o la totalización de una diversidad dispersa.
Si quisiéramos (a la manera del marxismo vulgar) unificar y totalizar la
dispersión de las formas, y considerar que
la determinación económica está presente del comienzo al fin de la
historia, no entenderíamos el lenguaje de Marx en los
Grundrisse, ni sus análisis del
mundo antiguo y medieval. Por ejemplo, cuando habla de la propiedad en
la antigüedad grecorromana, más allá de
afirmar que tal propiedad era la
propiedad común de la tie- rra, dice también que su finalidad no era la producción
de riquezas, sino favorecer la creación de mejores ciudadanos. Esto significa
que el conte- nido de la economía antigua no es económico. De la misma manera,
no es casual que Marx se refiera al modo
de dominación asiático y al modo de dominación feudal, y no al modo de
producción asiático o feudal, ya que
en tales formaciones no es
lícito hablar de modo de producción. Esas observaciones indican
que la distinción entre estructura
económi- ca y superestructura política, jurídica y cultural no es
universalizable4.
En efecto, en las llamadas formas
precapitalistas, la producción tiene como finalidad producir valor de uso,
mientras que en el capita- lismo
su finalidad es la valorización del valor. En
las formas precapi- talistas,
justamente porque la finalidad de la producción es el valor de uso,
no se puede separar lo económico de aquello que lo determina. Lo económico es determinado por lo religioso, lo político, el sistema de
parentesco, etc., es decir, por todo
aquello que en el capitalismo forma- rá parte de la superestructura. En la forma precapitalista es imposible separar
los contenidos de las categorías jurídicas y económicas, porque la propiedad
de la tierra está ligada, o a la condición del soberano, o a la condición del ciudadano;
esto es, la propiedad de la tierra es
polí- tica y define una relación
extraeconómica; en el modo de producción capitalista la condición de
ciudadano y la de propietario están separa- das, y la economía determina a la política.
En la forma precapitalista, para obtener
el excedente es preciso emplear mecanismos de represión, coerción, violencia
física, vale decir, acciones
extraeconómicas; en la forma
capitalista, el excedente es retirado de
manera directa del pro- ductor
por vías exclusivamente económicas.
Por lo tanto, en las formas precapitalistas,
las superestructuras forman parte
necesariamente del modo de producción, mientras que en la forma capitalista la
separación de la economía en relación con
los otros dominios es
fundamental; o sea, las superestructuras son precondiciones externas a la economía. En las formas precapitalistas, las
relaciones de producción constituyen un
presupuesto, pero, por ser la comunidad lo fundamental, son algo abstracto; en el modo de producción
capitalista sucede exactamente lo contrario: la comunidad es abstracta y las
relaciones de producción son lo fundamental y concreto. Eso significa, por
lo tanto, que también la
expresión relaciones de producción tiene
un sentido completamente di- ferente en
las formas precapitalistas y capitalista, o más
bien, hablando con rigor, solamente en el capitalismo hay
relaciones de producción (esa expresión
no tiene sentido en el mundo antiguo y en el feudal).
4 Al examinar
los diversos aspectos no universalizables de las formas precapitalistas y ca-
pitalista, Fausto deja claro que no hay,
como juzga Castoriadis, determinismo económico ni economicismo.
Tampoco puede
ser universalizada la relación entre materia y for- ma, que se
refiere al progreso técnico o a lo que
sucede con las fuer- zas
productivas. En las formas antiguas hay, evidentemente, empleo de la técnica, pero es
reducido, aleatorio e intermitente. Y, sobre todo, la producción económica
no exige
la creación de nuevas técnicas,
no impone la necesidad de nuevos saberes para el desarrollo de las fuerzas
productivas; se da una especie de exterioridad entre la materia y la for-
ma. Por el contrario, en el modo de
producción capitalista la materia es impregnada por la forma: el capital (la forma) se apodera de
todas las manifestaciones de la base
material, imponiéndoles cambios incesantes y permanentes, con lo cual
las técnicas y las condiciones de las fuerzas productivas no cesan de transformarse. El sistema impone
constante- mente el desequilibrio entre la materia y la forma para que esta
pueda imponerse sobre la materia, pues esa es la condición del
desarrollo del sistema; sin embargo, también es la condición de las crisis del
sistema, crisis que son constitutivas del mismo.
La noción de
crisis permite presentar otra
diferencia entre las formas precapitalistas y el modo de producción
capitalista. En los dos casos, la crisis es
analizada por Marx a partir de
la relación entre lo finito y lo
infinito. Fausto parte de la diferencia entre límite y barrera, propuesta por Marx
en algunos de sus
textos. La noción de límite
es empleada en sentido spinoziano
(omnis determinatio negatio est, toda determinación es una negación)5: límite
es aquello que configura en la propia
cosa el ser que ella tiene; es su interior o su configuración
inter- na, a partir de la cual establece
su relación con el exterior. La barrera es aquello que, viniendo de afuera, se aproxima al límite, se
apoya en él, y que, dependiendo de su fuerza,
puede plegarse gradualmente hasta tornarse límite, vale decir, penetrar en el
interior de la cosa y reconfigu- rarla.
En la antigüedad, el sistema se define como finito, estando delimi- tado el punto
más allá
del cual este no puede avanzar sin destruirse: la
autoconservación del sistema es su límite, traspasado el cual el sistema se pierde. De esta manera, en las formas antiguas el límite se torna
una barrera que protege al sistema y que, si es traspuesta, lo destruye. El
capitalismo, por el contrario, se define
como infinito; en ese sentido, se puede decir que al comienzo no posee barreras
externas, sino sólo lími- tes internos o
inmanentes; pues cuando el capital empieza a acumular- se derriba todas las
barreras externas que impiden su
desarrollo, colo- cándolas en su propio interior o convirtiéndolas en límites
internos. Sin embargo, como es infinito, el capital es la negación de cualquier
límite, de manera que la interiorización
de la barrera transformada en límite significa que no hay más
barreras ni límites.
5 En la Parte
I de la Ética, Spinoza define lo finito
diciendo: “Es finita la cosa limitada por
otra de la misma naturaleza”. En una
carta a uno de sus corresponsales, Spinoza explica la finitud como un límite que
marca la diferencia entre una
cosa y las demás, y usa
la expresión que Hegel y Marx
volverán célebre: omnis determinatio negatio est, toda deter- minación es negación.
La finitud de
las formas precapitalistas se expresa en el conjunto de sus límites: tienen el
límite de la propiedad –no es de todos–, el límite de la libertad –es de uno
solo en el despotismo oriental, y de algunos en Grecia y en Roma–, el límite de la
igualdad –es de algunos y no de todos–,
y el límite de la satisfacción –es para algunos y no para todos. La finitud significa que la forma está
organizada de tal manera que no
puede ir más allá de su límite, pues
este la define de adentro para afue- ra;
es su propio ser. Por lo tanto,
sobrepasar el límite significa perder el ser, destruirse. La destrucción ocurre
en el instante en que una barrera
externa se adhiere al límite y va empujando la forma, procurando que- brarla.
Para enfrentar la barrera externa, la forma intenta empujar el límite,
ampliarlo; pero como la barrera se adhirió al límite, el esfuerzo para quebrar
la barrera también quiebra el límite, y la forma es destrui- da6. En la
forma capitalista, como en las otras, el límite es inmanente. Sin embargo, el
capital tiene la peculiaridad de incorporar en su interior las barreras
externas –succiona por entero la
exterioridad. El capital es el infinito. La diferencia entre el modo de
producción capitalista y las formas precapitalistas está en que,
en él, después de interiorizadas las antiguas barreras, incorporadas
como límites internos, nuevas barreras van
a emerger como limitaciones derivadas de
su desarrollo interno. En las
formas precapitalistas las barreras son
posteriores al límite y no pueden ser superadas, mientras que en la
forma capitalista las barreras son
interiores y pueden ser superadas,
esto es, absorbidas por el lími- te.
Pero en cada superación surgen nuevas barreras,
de suerte que la muerte del sistema no proviene, como en
las formas precapitalistas, del hecho de superar las barreras, sino de que
él no puede superarlas sin
producir otras. El capital es el mal
infinito7.
6 Se ve así
cómo Fausto torna inteligible lo que a
Lefort le parecía una aporía o una doble historia, esto es, la presencia de un tiempo endógeno y un
tiempo exógeno.
En las formas precapitalistas, la historia es
la de la comunidad o la identidad, amenazada por la pérdida del límite interno
y por la existencia de una barrera externa. La crisis de las formaciones
precapitalistas es una crisis de su identidad. En el capitalismo, se da exactamente lo
contrario: como él es la absorción de toda exterioridad, nada exterior puede
destruir su realidad y esta no es la identidad sino la contradicción. El capitalismo se define por
la imposibilidad de la identidad, porque su presupuesto ince- santemente
repuesto es la separación: separación de todos los momentos del proceso de
trabajo, separación entre individuo y sociedad, separación entre estructura y
superestructura, separación entre las esferas de la su- perestructura. Ese modo
de producción es el modo de la no identidad, en el cual “todo lo que
es sólido se desvanece en el
aire”. Las formas pre- capitalistas
terminan cuando pierden la identidad;
la forma capitalista terminará cuando
una identidad aparezca, cuando la contradicción sea llevada a su punto extremo
y el proceso de la negación de la negación, la revolución, ponga fin a la
contradicción y establezca la identidad.
La distinción
y el entrecruzamiento entre génesis, devenir y de- sarrollo permiten a
Marx discutir las relaciones entre
necesidad y con- tingencia, necesidad y libertad. La temporalidad interna de
una forma histórica es obviamente necesaria, pues se trata del movimiento de la reflexión y constitución del
sujeto. La temporalidad externa es contin- gente, pues depende de múltiples
acontecimientos externos al sistema. Sin
embargo, Marx considera los
períodos de transición como necesa- rios.
Eso significa que la
temporalidad externa adquiere
necesidad y que el tiempo interno se vuelve contingente. Vale decir: no existe ningu- na garantía sobre cuál será
la forma que irá a suceder a otra; no existe garantía de
que sólo
la necesidad interna del desarrollo será
suficiente para alcanzar el devenir. La contingencia es afectada por la necesidad porque la forma que va a desaparecer ofrece los presupuestos
necesa- rios para la forma siguiente; la
desaparición es contingente, pero esa contingencia es necesaria porque la
destrucción es el presupuesto de la forma siguiente. Sin embargo, la necesidad también es afectada
por la contingencia, porque la forma
anterior desaparece contingentemente. La
noción de transición no pretende establecer una continuidad eta- pista
en la historia, sino que tiene la función de mostrar el cruce de lo
necesario y lo contingente en cada pasaje de una forma a otra.
7 Fausto
está afirmando, por eso,
que este es, en términos hegelianos, el mal infinito, por el hecho de que impone
enloquecidamente el desarrollo de las fuerzas productivas, porque es eso lo que
valoriza el valor; sin embargo, ese desarrollo de las fuerzas productivas va
mi- nando con sus crisis el propio modo
de producción. La crisis hace funcionar al sistema ya que le permite desarrollar aún más las fuerzas productivas; sin embargo, también
la crisis es la prueba de que el sistema es finito, porque en cada gran crisis
este precisa recuperarse, hecho que supone prácticamente comenzar de cero a fin de resolver el momento crítico. El
sistema no es verdaderamente eterno, antes bien, es el mal infinito porque tiene
dentro de sí la finitud: la crisis es la presencia de la barrera y la presencia
del límite.
LOS MODELOS DE
LA PRESENTACIÓN DE LA HISTORIA
En el Manifiesto, la cuestión central es la mera
sucesión de lo que era hasta aquí, lo
que es ahora y lo que será mañana, sin
ningún movimiento dialéctico, gracias a
la lucha de clases. En La ideología
alemana, el núcleo es la división social del trabajo: no
sólo la historia es narrada
considerando a la división social del trabajo como su hecho inaugu- ral, sino
que también se describe la
emergencia de la ideología a partir de la división del trabajo entre trabajo
material e intelectual. En estas
dos obras, la revolución significa el
final de
la existencia de las clases oprimidas; y, también en ambas, el capitalismo desarrolla las fuerzas productivas hasta que se tornan fuerzas destructivas que lo minan por dentro. En los dos textos, la
revolución es un acto de fuerza que depen- de de ciertas condiciones objetivas
generales que se dan en la sociedad burguesa y que llevan
al proletariado a tomar
conciencia de sí como clase explotada, pasando de ser
clase en sí a ser clase
para sí (pasaje que es el núcleo
de la historicidad en ambas obras). En el Manifiesto, la revolución transforma
al comunismo en el fin de la propiedad burgue- sa y el inicio del trabajo libre. En La ideología
alemana, la revolución supone el comunismo como fin de la división del
trabajo, y asegura la supresión del trabajo, por lo cual
el trabajo que existirá en la
sociedad comunista no será el trabajo libre, tal como aparece en el Manifiesto, sino una actividad creadora, expresión de la
libertad en todos los cam- pos de la existencia humana.
En El Capital
y en los Grundrisse pueden identificarse dos dis- cursos dialécticamente contradictorios:
el discurso explicitado sobre el decurso de
la historia, y aquel discurso
presupuesto sobre el mismo. Ahora bien,
los meta-presupuestos y los presupuestos serán efectiva- mente integrados
en el esquema del buen infinito y el mal infinito. La li- bertad, la igualdad, la
riqueza, la propiedad y la satisfacción son
finitas o limitadas en la antigüedad, son universalizadas y negadas
por la mala infinitud en el capitalismo,
y se concretan en el comunismo, el buen in- finito. La antigüedad es la posición
de la finitud; el capitalismo, la nega- ción
de la finitud en el mal infinito; y el comunismo, la negación del mal infinito
capitalista en el buen infinito comunista. En
estas dos obras, a diferencia de
La ideología alemana, la ideología deja de ser un contenido falso y sin sentido para transformarse en una
verdad negativa.
Para marcar la
diferencia entre la historia no
dialéctica del Ma- nifiesto y La ideología alemana, y la historia
dialéctica de los Grundrisse y El Capital,
Fausto propone lo que llama
un silogismo dialéctico, con el
cual entenderemos la reflexión efectuada
por la manufactura, y su diferencia
respeto de la reflexión realizada por la
gran industria.
En un
silogismo hay tres proposiciones (dos
premisas y una con- clusión); los dos
términos extremos se ligan por el
término medio con el fin de obtener la
conclusión. En la manufactura, el término medio es el
instrumento, los términos extremos son
el trabajador y la materia prima. El silogismo dialéctico de la
manufactura es el siguiente: el ins- trumento actúa sobre la materia prima
(primera premisa), pero el tra- bajador colectivo maneja el instrumento
(segunda premisa); entonces, en verdad,
el trabajador colectivo actúa sobre la materia prima; por lo tanto
(conclusión), en la manufactura el sujeto es el trabajador colecti- vo,
constituido por la mediación del instrumento. En la primera premisa el
instrumento es el sujeto, en la conclusión el trabajador es el sujeto: es él y
no el instrumento quien actúa sobre la materia prima. El silogismo de la gran
industria es diferente porque, ahora, el término medio es el trabajador, los términos extremos son la materia prima y la máquina; y, en la
conclusión, el sujeto es la máquina. La máquina actúa sobre la materia prima y
el trabajador apenas vigila el trabajo
de la
máquina, protegiéndola de perturbaciones. En la gran industria, el
trabajo vivo (la actividad del trabajador) es apropiado por el trabajo
objetivado o muer- to (la máquina), porque la relación del capital como valor
que se apropia de la actividad de
valorización es puesta en el capital fijo, que
existe como maquinaria. El trabajador es formalmente el soporte del
capital, y materialmente el apéndice del capital. En el pasaje de la
manufactura a la gran industria, el cuerpo inorgánico del hombre se pierde
formal- mente y materialmente: si en la manufactura existe una comunidad de
trabajadores parciales, eso ya no sucede en la gran industria, donde la
comunidad es la comunidad de las máquinas. La subordinación real del trabajador
al capital se da a través de la adecuación plena entre la forma y la materia,
esto es, mediante la apropiación de la ciencia por el capital. La ciencia es,
por lo tanto, el alma del capitalismo, al mismo tiempo que el trabajador pierde
su alma; la ciencia también es el cuerpo inorgánico del capital, mientras
que el trabajador se vuelve el cuerpo orgánico del capital. El trabajo
muerto, que la ciencia trae con las máquinas, vampi- riza el trabajo vivo. Si
reunimos el silogismo de la manufactura y el de la gran industria, percibimos
que el pasaje de la una a la otra significa la supresión definitiva de la figura
del trabajador como sujeto, y, asimismo, obtenemos el silogismo dialéctico
general del capitalismo. Este silogis-
mo no es otro que el análisis que Marx realiza de la transformación de la
fórmula M-D-M (mercancía-dinero-mercancía) en la fórmula D-M-D’
(dinero–mercancía–dinero’). Vale decir: el silogismo del modo de
pro- ducción capitalista es aquel en el cual, efectivamente, no hay nadie; sólo hay dinero
(por eso existe el fetichismo del capital).
En El
Capital y en los Grundrisse, el
capitalismo es la formación social que,
por primera vez, totaliza el
proceso histórico. No totaliza la historia entera sino que se totaliza y, al totalizarse, vuelve
comprensible el resto de la historia
(la estructura del hombre explica la del mono). El capitalismo se totaliza en el
espacio, ocupando el planeta entero; se totaliza en el tiempo, porque él es la transición de la prehistoria a la historia; y, finalmente,
efectúa una totalización interna de
su propia estructura social en
una totalización vertical.
Por un
lado, se da una
discontinuidad entre capitalismo y co- munismo (como en todo pasaje de un modo de producción a otro), en la medida en
que el capitalismo sólo ofrece para el futuro los presu- puestos, y nada más. Por otro lado,
sin embargo, el pasaje es
diferente de todos los casos anteriores, pues se trata del pasaje de la
prehistoria a la historia; no es una mutación
entre otras, sino una revolución en
sentido pleno. El fin del capitalismo deja
como presupuesto para el co- munismo el máximo desarrollo de las fuerzas
productivas que se da en la fase
posindustrial, gracias a la ciencia y la tecnología; tal presupuesto es la
condición para que en la sociedad comunista no haya trabajo ni división social del trabajo,
sino libertad, creatividad e igualdad.
En El Capital, el trabajo surge como una necesidad natural
y, por ello, consti- tuye el ámbito de la no libertad; en esa obra,
Marx cree que aún existirá el trabajo
en la
sociedad comunista, como un
aspecto de no libertad que
permanecerá a la manera de un
fondo irremovible. Pero en los
Grundrisse, gracias a la idea de
posindustria y desarrollo de la ciencia, desaparece la convicción de que el
trabajo material seguirá siendo nece- sario; los hombres no tendrán que
ocuparse del trabajo material porque los autómatas lo harán. Se modifica, de
esta manera, el significado del trabajo:
es creación, automanifestación del hombre en el saber y en las artes. En los
Grundrisse, entonces, la fórmula
célebre, “de cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus
necesidades”, se vuelve efectivamente libertaria.
BIBLIOGRAFÍA
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Engels, Friedrich 1985 El Manifiesto Comunista y otros ensayos (Madrid: Sarpe).
Atilio A. Boron*
Teoría política marxista o teoría
marxista de la política
* Secretario Ejecutivo del Consejo
Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).
1 He trabajado
en profundidad estas ideas en los artículos compilados en Boron (2003).
LA REFLEXIÓN
POLÍTICA marxiana debe, por derecho propio y legítima- mente, ocupar un lugar destacadísimo en la historia de las
ideas políticas y, más aún, constituirse
en uno de los referentes doctrinarios
primordiales para la imprescindible refundación de la filosofía política en
nuestra época.
HUNTINGTON Y
BOBBIO
La opinión
más difundida considera a Marx como
un economista polí- tico, tal vez como
el “gran rebelde” entre los economistas políticos clási- cos. Otros, sin
embargo, lo consideran como un sociólogo, mientras que no pocos dirán que fue
un historiador. Casi todos, además, coinciden en caracterizarlo como el
más grande profeta de la revolución. Autores
tan disímiles como Joseph Schumpeter y Raymond Aron, por ejemplo, seña- lan
reiteradamente este carácter multifacético del fundador del materia- lismo
histórico. En efecto, Marx incursionó en
cada uno de estos cam- pos, pero ¿cómo olvidar que primero y antes que nada fue un
brillante filósofo político?1. Sin embargo, hubo que esperar que
pasara poco más de un siglo de su
muerte para que el nombre de Marx comenzara a reso- nar en los rancios
claustros de la filosofía política. Reseñar las causas de este lamentable
extravío excedería con creces los
objetivos de este artí- culo. Bástenos
con recordar la opinión de un intelectual ubicado en las antípodas de la
tradición marxista; nos referimos al
teórico neoconser- vador Samuel P. Huntington, quien en su famoso libro El
orden político en las sociedades en
cambio se hace eco del sentir predominante en esta materia, al decir que un
error muy frecuente es el de considerar
a Lenin como un discípulo de Marx. Huntington asegura que, si se
toman en cuenta los aportes realizados por el primero para la
comprensión de –y la acción sobre– la vida política, Marx es apenas un
rudimentario prede- cesor de Lenin, el gran sistematizador de una teoría del
estado, inventor de una teoría del partido, y gran teórico (y práctico) de las
revoluciones. Huntington refleja
así, desde la derecha, una opinión que es
amplia- mente compartida inclusive en
los medios de izquierda (Huntington,
2002). Su
venturoso retorno se relaciona, sin
duda, con el agotamien- to y la
pérdida de relevancia de la filosofía política convencional; pero fue la
provocativa pregunta formulada por un
gran pensador italiano como Norberto Bobbio –una suerte de “socialista
liberal” en la tradición de Piero Gobetti–, quien a mediados de los años
setenta preguntaba “si existe una teoría política marxista”, la que abriría la puerta a la recupe- ración del
Marx filósofo político (Bobbio, 1976).
En efecto, ¿cómo responder ante esa pregunta? La contestación de Bobbio, como
era de esperarse, fue negativa y mucho más rotunda que
la de un
teórico neoconservador como Huntington. Si, para este último, Marx no tenía una teoría política, para Bobbio,
por su parte, ni Marx ni
ningún marxista –como Lenin, por
ejemplo– habían desarro- llado
algo digno de ese
nombre. No sólo Marx
sino todo el marxismo carecía de una teoría política. Su argumento podría, en lo sustancial, sintetizarse en estos términos. No podía existir una teoría
política por- que Marx fue el exponente de una concepción “negativa”
de la política, lo que, unido al papel
tan notable que en
su teorización general se le
asignaba a los factores económicos, hizo
que no prestara sino una oca- sional atención a los problemas de
la política y el estado. Si, además de lo anterior, prosigue el profesor de
Turín, se tiene en cuenta que su teo-
rización sobre la transición post-capitalista fue apenas esbozada en las
dispersas referencias a la “dictadura del proletariado”, y que la sociedad
comunista sería una sociedad “sin
estado”, puede concluirse, dice
Bo- bbio, que no sólo no existe
una teoría política marxista sino,
más aún, que no había razón
alguna para que Marx y sus discípulos
acometieran la empresa de crearla, si se tienen a la vista las preocupaciones intelec- tuales y
políticas que motivaban su obra (Bobbio,
1976: 39-51).
Según nuestro
entender, la respuesta de Bobbio es equivocada y, en cuanto tal,
insostenible. Lo es en el caso de la
reflexión específicamente marxiana, y lo es mucho más cuando dicho veredicto se refiere al marxismo
como una gran tradición teórico-práctica. Suponer que au- tores de la talla de Engels, Kautsky, Rosa Luxemburgo, Lenin, Trotsky, Bujarin, Gramsci,
Mao, entre tantos otros, fueron incapaces de enrique- cer en un ápice el legado
teórico del fundador del marxismo en el terre- no de la política –o de aportar
algunas nuevas ideas, en el caso de que
Marx no hubiera producido absolutamente
nada en este terreno– no es sino un síntoma del arraigo que ciertos prejuicios
anti-marxistas tienen en la filosofía política y las ciencias sociales en su
conjunto, y ante los cuales ni siquiera un talento superior como el de Bobbio
se encontraba adecuadamente inmunizado.
Un segundo
aspecto que debe ser
considerado al analizar la res- puesta bobbiana remite al uso indistinto que hace este
autor cuando confunde “negatividad” con
“inexistencia”. Ambos términos no son
si- nónimos y, por tanto, decir
que una teoría sobre algún tema en parti- cular es “negativa” no significa que
la misma sea inexistente, sino que la valoración que en dicha teoría se hace de su objeto de
indagación es negativa. Sostendremos en lo sucesivo que un
argumento que subraye la negatividad de ciertos aspectos de la
realidad de ninguna manera
autoriza a descalificarlo como teoría. Y, en este sentido, pese
a su con- cepción “negativa” de la política y el estado, Marx ha
escrito cosas su- mamente interesantes sobre el tema. Se puede estar o no de
acuerdo con ellas, pero su
estatura intelectual las coloca en un plano no inferior a las teorías que produjeran las más grandes cabezas de la historia de la filosofía
política en el siglo XIX. ¿Por
qué colegir que esas
ideas de Marx no constituyen una teoría? Bobbio no nos
ofrece una argumen- tación convincente al respecto. Nos parece que, más
allá de los méritos que
indudablemente tiene el
diagnóstico bobbiano sobre la
parálisis teórica que afectara al
marxismo durante buena parte del siglo
XX, su conclusión no le hace
justicia a la amplitud y profundidad del
legado teórico-político de Marx2.
Finalmente, es
preciso señalar que resulta inadmisible buscar una “teoría política marxista”
sin que
tal pretensión entre en conflicto
con las premisas epistemológicas fundantes del materialismo histórico. Es
decir, la pregunta por la existencia de una teoría “política” marxista sólo
tiene sentido cuando se la construye a partir de los supuestos básicos de la
epistemología positivista de las
ciencias sociales, irreductiblemente antagónicos a los que
presiden la construcción teórica del
marxismo. Según esa visión,
dominante en las ciencias sociales, la teoría política se encargaría de
estudiar, en su espléndido aislamiento, la vida políti ca,
al tiempo que la
sociología estudiaría la
sociedad, y la economía
estudiaría la estructura y dinámica de
los mercados, dejando de lado toda consideración de “factores exógenos” como la política y la
vida social. Esta bárbara
escisión de la realidad –propia del pensamiento fragmentador y reificador del modo de producción capitalista, y en el cual
el fetichismo de la mercancía inficiona todas sus representaciones
mentales– es incompatible con las premisas fundantes de la tradición marxista.
Veamos, entonces, cómo se puede concebir la reflexión sobre la política y lo
político desde el marxismo.
2 Sobre
esta parálisis consúltese la obra de
Perry Anderson (1976; 1986) y el artículo de Javier Amadeo, “Mapeando el
marxismo”, incluido en este volumen.
SOBRE LA SUPUESTA “DESERCIÓN” DEL MARX FILOSÓFICO-POLÍTICO
Como señala Umberto Cerroni, la “leyenda de los
dos Marx” se inicia con
la popularización de las tesis de
Louis Althusser quien, en su obra,
distingue entre el Marx “humanista e
ideológico” de la juventud y el Marx “científico” de la madurez (Cerroni, 1976: 23-27).
Para Althusser, la crítica a las categorías centrales de la filosofía
política hegeliana rea- lizada por el
joven Marx no es
todavía “marxista”. El verdadero Marx, para el filósofo francés, sería el de la
madurez, el “científico” que culmi- na luminosamente su complicado periplo
intelectual con un impecable análisis
del capitalismo. Debemos señalar,
en principio, que esta
muy desafortunada escisión producida por
la interpretación althusseriana
contradice explícitamente la visión de
Marx sobre su propio derrotero
intelectual, y lleva a Althusser a
desvalorizar la obra teórico-política
del joven Marx, que es
arrojada por la borda bajo la acusación de “hu- manista” e “ideológica”
(Althusser, 1975: 25). En
esta obra, Althusser fulmina toda
la producción intelectual del Marx
anterior a la “ruptura epistemológica” de 1845;
el Marx “científico” sería,
en cambio, aquel que asomaría, en Londres, después de dicha
ruptura.
En la
actualidad, ese tajante rechazo del legado teórico del joven Marx suena escandaloso, al igual que la deplorable separación entre un
Marx “ideológico” y un Marx
“científico”. Cerroni observa con
razón que el dogmatismo
althusseriano dejaría fuera del
patrimonio teórico del marxismo
“nada menos que la crítica metodológica
a Hegel [y] el primer gran esbozo de una
crítica al estado representativo”, plasmados en
textos tales como la Crítica
de la filosofía del derecho de
Hegel, La cuestión judía y los Manuscritos económico-filosóficos de 1844
(Cerroni,
1976: 27).
Ecos lejanos y transmutados del
estructuralismo althusseria- no se oyen
también en la obra de Ernesto Laclau, Chantal Mouffe y, en general, los
exponentes del mal llamado “post-marxismo” –mal llamado porque los autores que
se identifican bajo esa etiqueta no son
continua- dores y desarrolladores de la obra teórica de Marx, sino
partidarios de un modelo teórico
desarrollado después de Marx y en
oposición a él.
Es evidente que para esta corriente la “superación” del marxismo es un
asunto de ingenio retórico, y que se
resuelve en el terreno del arte del buen decir. No caben dudas de que el marxismo habrá de ser superado algún
día, pero esto no es
un problema que se resuelve en el plano de las controversias
teóricas, sino en el terreno mucho más concreto de la práctica histórica de las
sociedades. Para que tal superación se produz- ca será necesario sepultar primero a la sociedad de
clases, tarea nada sencilla por cierto.
Es preciso,
por consiguiente, destacar la unicidad del trabajo filo- sófico-político de
Marx y, a partir de ese punto, retomar
el diálogo con Bobbio. Dice nuestro autor que
Marx sabía muy bien
lo que aparente- mente ignoran
ciertos marxistas: que la filosofía de la
burguesía como clase en ascenso no
era, no podía ser, el idealismo alemán,
sino el utili- tarismo inglés. Pese a ello, en su reflexión filosófico-política
Marx optó por dedicarse casi
exclusivamente a Hegel, un filósofo
excéntrico, según Bobbio, y cuyas laboriosas elucubraciones poco o ninguna relevancia poseían a la hora de
pretender descifrar la cosmovisión de la burguesía y sus urgencias políticas.
Dos son los
errores que encontramos en esta afirmación del autor italiano. Es cierto que la
filosofía política burguesa de mediados del siglo XIX fuera de Alemania, y
muy principalmente en Inglaterra,
considera- ba prioritarios los temas que obsesionaban a su “clase de
referencia”, es decir, la burguesía. De ahí
que asuntos tales como el individualismo, la identificación del
bien con lo útil, el placer y el dolor
como móviles de la conducta humana, y la cuestión del disciplinamiento social,
ocupasen un lugar tan prominente en
la agenda del utilitarismo inglés. De ahí también la íntima
conexión existente entre esta corriente
filosófica y el pensamiento de dos de los
padres fundadores de la Economía Política: David Ricardo y Thomas Malthus. Pero esto
no autoriza a sentenciar la irrelevancia de la obra filosófico-política de
Hegel.
Por otra parte, no es verdad que
Marx dedicara su tiempo casi exclusivamente al examen del
sistema filosófico hegeliano. Las teorías
de los
padres fundadores de la economía clásica fueron objeto de su meticuloso estudio, y no tan sólo
en los aspectos relacionados con
sus componentes económicos: Marx
prestó mucha atención, por
ejemplo, a las consideraciones
éticas y morales de autores como Adam Smith (cuya Teoría de los sentimientos morales era conocida por
Marx), el ya mencionado Malthus y, en menor medida, Jeremy Bentham y los
Mill, padre e hijo. Marx entendía que
era imposible comprender las activi- dades económicas al margen del
complejo haz de mediaciones sociales, políticas, simbólicas y culturales
que las
sustentaban. Desarrollemos ambos
puntos por separado.
En primer
lugar, es correcto decir que la teoría hegeliana no pro- duce una radiografía
adecuada de la ontología de
los estados capitalistas.
Sin embargo, no por
ello deja de
cumplir una crucial función ideológica: nada menos que mostrar al estado burgués como la esfera
superior de la eticidad y la racionalidad de la sociedad moderna, como el
ámbito donde se resuelven civilizadamente las contradicciones de la sociedad
civil. En otras palabras, mostrar al estado como este desea ser visto por
las clases subordinadas. Si bien
la crítica marxiana se con- centró preferentemente en la obra de Hegel, faltaría a la verdad quien adujera que la reflexión teórico-política de Marx apenas se circunscri- bió a realizar un
“ajuste de cuentas” con su pasado
hegeliano. Incluso en los primeros años de su
vida, Marx incursionó en
una crítica que, sobrepasando a Hegel,
tomaba como blanco los preceptos
fundantes del liberalismo político, pero no como ellos se plasmaban en tal o cual libro, sino en su fulgurante concreción en la Revolución
Francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. En un
texto contemporáneo a los dedicados a la crítica de Hegel –nos
referimos a la ya citada Cuestión judía–
Marx desnuda sin contemplaciones los in- superables límites
del liberalismo como filosofía política. En
términos gramscianos, podríamos decir que mientras el utilitarismo suministra- ba los
fundamentos filosóficos que la
burguesía necesitaba en cuan- to
clase dominante, el hegelianismo
hizo lo propio cuando esa misma burguesía se lanzó a construir su hegemonía. Por consiguiente, no es poca cosa
que Marx haya tenido la osadía de
desenmascarar esta estra- tégica función
ideológica y legitimadora cumplida por
el hegelianismo, así como los
alcances de la filosofía política liberal. Pese
a su alegada “excentricidad”, la
reflexión de Hegel constituía un aporte mucho más importante que el de los
utilitaristas para la justificación del estado bur- gués. Este
último mal podía legitimarse
apelando a los cálculos dife- renciales
de placer y displacer ofrecidos por Jeremy Bentham, mientras que la concepción
del estado –de un estado de clase,
recordemos– como expresión y garante de los intereses universales de la
sociedad, y como árbitro neutro en el conflicto de clases, ofrecía, y aún ofrece,
un argu- mento mucho más convincente para dicha empresa. En suma:
Marx no se equivocó al elegir como blanco preferente de sus críticas a
Hegel.
Por otra
parte, es preciso que tengamos en cuenta el clima de épo- ca. La lenta
descomposición de la formación social feudal había abierto un período de incertidumbre ideológica que empezó a clausurarse con la aparición de
nuevas teorizaciones surgidas en el campo de la burgue- sía. Así, el filósofo
político holandés, nacido en Rotterdam y residente la mayor parte de su vida en
Inglaterra, Bernard de Mandeville, publicaría en 1714 un
libro de excepcional importancia: La fábula de las abejas, o los vicios
privados hacen la prosperidad
pública (1982), texto en el cual el
interés egoísta es resignificado, en abierta oposición a las doctrinas y costumbres medievales, como conducente a la
felicidad colectiva. Sin embargo, la fórmula indudablemente más aclamada del exacerbado individualismo de la
época se resume en la
famosísima metáfora de la “mano
invisible” que popularizaría, más de medio siglo después, Adam Smith. El
impacto de la misma ha sido tan
fuerte que ha permeado el conjunto de las teorías
económicas, sociológicas y filosóficas de su au- tor, quedando indisolublemente
unida al nombre de su creador, como si en ella se agotara toda la riqueza de su
análisis. Cabe señalar que Smith problematiza en no pocas ocasiones la supuesta
mecánica de la “mano invisible” aludiendo explícitamente a las
contradicciones y conflictos sociales que
atraviesan la nueva sociedad.
Smith menciona repetida- mente, y con
un claro talante crítico, la
tendencia prácticamente irre- sistible de
los terratenientes, patronos y
mercaderes a conspirar para esquilmar a
los consumidores y los trabajadores ante la ausencia de una efectiva regulación
gubernamental (Smith, 1981: 145). No obstan- te, la idea de la “mano invisible” encuentra una
justificación de ultima ratio en la certeza de que su
operación habrá de conducir a un
orden social en el cual
los actores, todos ellos, se
verán beneficiados. Para el filósofo moral de la
Ilustración escocesa era evidente
que, bajo un sistema predominantemente librecambista,
los individuos accederían a una vida mejor por comparación a aquella que les
ofrecía un sistema de regulaciones mercantilistas como el que prevalecía en
Inglaterra duran- te el siglo XVIII. La
meridiana claridad de autores como Adam
Smith, John Locke y David
Ricardo, y de sus contribuciones superadoras de las visiones predominantes en
su época, se desvanece cuando sus
declara- dos discípulos presentan
ese instrumental teórico bajo la forma de un abigarrado manto de conceptos
y categorías que los entronizan como
profetas de un capitalismo cada vez
más salvaje. Pero, dejando esto de lado,
digamos que con la publicación de La riqueza de las naciones se cierra, con una sólida y
majestuosa argumentación filosófica, económi- ca e histórica, el hiato abierto
por la crisis de las filosofías
medievales, para otorgar al nuevo “sentido común” de la naciente sociedad
capita- lista un formidable estatus
teórico.
Tomando lo
anterior en consideración, las razones por
las que el joven Marx
concibe a la política de la
sociedad burguesa –en reali- dad, la
política de toda sociedad de clases– como una esfera alienante y alienada, y
como algo “negativo,” parecerían ahora ser suficientemente claras. Su
reformulación de la dialéctica hegeliana y su crítica al siste- ma de Hegel le
permiten descubrir una falla fundamental en la reflexión filosófico-política
del profesor de Berlín: su
renuncia a elaborar teóri- camente la densa malla de mediaciones
existentes entre la política, el estado y el resto de la vida social.
Situar la
originalidad del marxismo, por lo tanto, en el campo del análisis
socio-económico, como lo hiciera Bobbio, lleva
a este autor a incurrir en un
equívoco similar al que cometiera
el por entonces teórico marxista italiano Lucio Colletti (lastimosamente
“reconvertido” después a las huestes del neofascismo liderado por Silvio Berlusconi) al afirmar que, incluso en
la teoría del estado, la
contribución realmente decisiva del marxismo se limita exclusivamente a la
exposición de las condiciones económicas necesarias para la extinción del orden
estatal (Colletti, 1977). El solo
planteamiento de la cuestión desde una perspectiva que escinde radicalmente lo económico de lo
político, como hace Colletti, instala a este autor conceptualmente en la
“jaula de hierro” de la tradición
liberal. No sorprende, en consecuencia, que remate su argumentación sostenien-
do que todo discurso acerca de las vinculaciones entre dominación y ex-
plotación, o entre lo político y lo económico, cae fuera del campo de la teoría política “en
sentido estricto” (Colletti, 1977: 146-149).
Sin embargo, y
ya para finalizar este punto, no está de más
aclarar que nuestro rechazo de la desvalorización del legado marxiano en
la teo- ría política, en la clave que proponen Bobbio o Colletti, no nos puede
lle- var tan lejos como para adherir a una tesis que se sitúa en sus antípodas.
Nos referimos a la planteada por el historiador inglés Robin Blackburn, para
quien lo verdaderamente original de la teoría marxista no se en-
cuentra en la filosofía ni en la economía, sino
en el campo de la política. (Blackburn, 1980). Sin menospreciar el aporte de la obra
teórico-política de Marx, creemos que la
teorización que se plasma en El Capital
(la teo- ría de la plusvalía; la del fetichismo de la mercancía y, en general,
de la economía capitalista; la de la acumulación originaria; etc.) se encuentra
mucho más desarrollada y sistematizada
que la que advertimos en
sus reflexiones políticas. Si a estas Marx les dedicó los turbulentos
años de su juventud y algunos momentos de su vida adulta, a la economía
política le cedió los 25 años más
creativos de su madurez intelectual.
EL
ESCÁNDALO DE LA POLÍTICA
El punto de
partida de nuestra reflexión sobre el carácter “negativo” de la política en Marx
exige repensar su significado como una actividad práctica
en el conjunto de la
vida social. En relación a esto, identifi- caremos tres tesis
fundamentales del filósofo de Tréveris, que aún hoy conservan su capacidad para
escandalizar a la filosofía política.
- La
crítica radical de la religión y del “cielo”
de los ciudadanos
–es decir, del
estado y de la vida política en general–
sólo puede ser tal a
condición de ir acompañada de una simultánea crítica del “valle de lágrimas”
terrenal donde desfallecen productores y trabajadores. Sería difícil exagerar la importancia y la actualidad
de esta
tesis, toda vez que el saber convencional de la filosofía política en sus distintas variantes –el neocontractualismo,
el co- munitarismo, el republicanismo y el libertarianismo– persiste en volver
sus ojos hacia la política y hacia el cielo de la vida pública, con total prescindencia de lo que ocurre en
el embarrado suelo de la sociedad burguesa y en las estructuras
opresivas y explota- doras de la economía capitalista. El aire de irrealidad y de fanta- sía que
preside sus argumentaciones
encuentra en esta omisión su razón de
fondo.
- De acuerdo con lo establecido en la tesis
onceava sobre Feuer- bach, la filosofía no puede ser un saber meramente
especulativo. Tiene una tarea práctica
inexcusable y de la que no debe
sustraer- se: transformar el
mundo en que vivimos, desenmascarando y poniendo fin a la auto-enajenación humana en
todas sus formas, sagradas y seculares. Para cumplir con su misión, la teoría debe ser “radical”, es decir, ir al fondo de las
cosas, al hombre mismo como producto social y a la estructura de la sociedad
burguesa que lo constituye como sujeto
alienado. La teoría debe “decir” cuál
es la verdad y denunciar todas las mentiras del orden social
prevaleciente.
- En
las sociedades clasistas, la política es la principal –si bien no la única– esfera de la alienación, y,
en cuanto tal, espacio privi- legiado de la ilusión y el
engaño. El estado “realmente existente”
–no el
postulado teóricamente por
Hegel, sino aquel contra el cual Marx
tuvo que enfrentarse en sus
escritos juveniles– es en realidad un
complejo dispositivo institucional puesto al servicio de intereses
económicos bien particulares, y garante
final de una estructura de dominación y explotación que la política conven- cional jamás pone en
cuestión.
Una vez
comprobado el carácter irremisiblemente clasista de los esta- dos, y certificada la radical invalidación del
modelo hegeliano del “es- tado ético, representante del interés universal de la
sociedad”, el joven Marx se abocó a la
tarea de explicar las razones del
extravío teórico de Hegel.
¿Qué fue lo que
hizo que una de las
mentes más lúcidas de la historia
de la filosofía incurriera en semejante error? Simplificando un razonamiento bastante más complejo, diremos que la respuesta de Marx se construye en torno a esta
línea de razonamiento: si en
Hegel la relación
“estado/sociedad civil” aparece
invertida, ello no ocurre a causa de un vicio de razonamiento
del filósofo, sino que obedece a com-
promisos epistemológicos más profundos,
cuyas raíces se hunden en el seno mismo de la sociedad burguesa, como años
más tarde tendría ocasión de argumentar Marx al
examinar el problema del
fetichismo de la mercancía. En
otras palabras, si Hegel invirtió
la relación “esta- do/sociedad civil” haciendo de esta un mero epifenómeno de aquel, fue porque
en el modo de producción capitalista todo aparece
invertido: las mercancías aparecen ante
los ojos de la población como si concu-
rrieran por sí mismas al mercado, y la
sociedad civil aparece ante los ojos de
los comunes como una simple emanación del estado. Hegel no fue
inmune al proceso de
fetichización universal que
caracteriza a la sociedad burguesa.
Sin embargo, más
allá de estas críticas, es preciso señalar un mérito fundamental de la
obra de Hegel: fue él quien planteó por pri- mera vez de manera sistemática –y no sólo
en la Filosofía del derecho sino también en otros escritos, como la
Filosofía real– la tensión entre la
dinámica polarizante y excluyente de la
sociedad civil, en realidad de la economía capitalista, y las
pretensiones integradoras y universa- listas del estado burgués. No pudo
resolver esa contradicción, pero su señalamiento
abrió la puerta por la cual, tiempo después, se internaría el joven Marx.
Nos parece, entonces, que Bobbio no
pondera en sus justos términos el
valor de esta aportación hegeliana. Por eso, si bien su observación de que en el siglo XIX el
“centro de gravedad” de la filosofía política no
estaba en Alemania sino en
Inglaterra es correcta, su sub-
estimación de la contribución de Hegel a
la filosofía política no lo es. Es más,
podría afirmarse, sin temor a exagerar,
que Hegel es el primer teórico político de la sociedad
burguesa que plantea una visión realista y descarnada de la sociedad civil
estructuralmente escindida en clases sociales, y cuya incesante dinámica remata en una irresoluble
polariza- ción. Hegel observó con agudeza y preocupación ese rasgo,
al punto tal que, superando las
estrecheces del utilitarismo y el laissez-faire predo- minantes en Inglaterra,
abogó premonitoriamente por una
esclarecida intervención estatal para contrarrestar la creciente polarización
que ge- neraba la sociedad burguesa. Para Hegel, el abismo que
separaba ricos de pobres
planteaba un grave problema económico, político y moral, toda
vez que debilitaba irreparablemente los
fundamentos mismos de la vida estatal,
fuente de toda eticidad y justicia. Son
estas considera- ciones las que,
finalmente, convierten a Hegel en
una suerte de precoz antecesor filosófico del keynesianismo.
La atenta
lectura que el joven Marx
realiza del texto hegeliano lo
coloca en una región teórica inexplorada, de contornos muy poco
cono- cidos: en los bordes de la filosofía política y a las puertas de la
economía política. En los bordes, porque
la reflexión del profesor de la Universi- dad
de Berlín había demostrado dos cosas: la íntima conexión existente entre
la política y el estado y, por otra
parte, ese tumultuoso reino de lo privado que se subsumía bajo el equívoco nombre de “sociedad civil”; y la
futilidad de teorizar sobre aquellos temas al margen de una cuidado- sa
teorización sobre la sociedad en su conjunto y, muy especialmente, sobre los fundamentos
materiales del orden social. Y a
las puertas de la economía política,
porque si se quería trascender la mera enuncia- ción de la relación, punto hasta el cual había llegado Hegel, era preciso avanzar en la exploración de la
anatomía de la sociedad civil y, para esa empresa, el arsenal conceptual y
metodológico disponible en la filosofía política era claramente insuficiente. Era indispensable echar mano a una nueva “caja de
herramientas” teóricas, a un novísimo instrumental que, no por casualidad,
había desarrollado una nueva ciencia, la econo- mía política, en
el país donde las relaciones burguesas de producción habían
alcanzado su forma más pura y desarrollada:
Inglaterra. Hacia allí se dirigió Marx.
¿EXISTE UNA TEORÍA POLÍTICA
MARXISTA?
Estamos
en condiciones, ahora, de retornar a
nuestro punto de parti- da: la pregunta
bobbiana acerca de la existencia de una teoría política marxista. Tal como lo
anticipáramos, según Bobbio no existe
tal teoría en el marxismo, y
esto por
tres razones básicas: por el interés exclu- yente de los teóricos
marxistas en dilucidar las cuestiones inmediatas relacionadas con lo que
se suponía sería una inminente conquista del poder, lo que relegaba a un
segundo plano el examen de las temáticas más generales del estado capitalista; por el carácter transitorio y, sobre todo,
breve que se presumía tendría el estado socialista; y
por efectos de lo que Bobbio denominara “el modo de ser marxista” en el período histórico posterior a
la Revolución Rusa y, sobre todo, la Segunda Gue- rra Mundial.
El resultado
de esta combinación sitúa a Bobbio en
una posición no demasiado distante del diagnóstico que Perry Anderson propone en su obra
Consideraciones sobre el marxismo occidental. Según Anderson (1976), el fracaso
de la revolución en Occidente y la consolidación del estalinismo en la Unión Soviética
impulsaron a la reflexión teórica mar- xista
a alejarse rápidamente del campo de
la economía y la política para refugiarse en los intrincados laberintos de la filosofía, la
estética y la epistemología, siendo la obra de Antonio Gramsci la más notable excepción del período.
Ahora bien: la forma misma en que Bobbio se plantea
la pregunta remite inequívocamente a una perspectiva incompatible con los plan- teamientos epistemológicos
fundamentales del materialismo histórico. En función de tales planteamientos, redoblamos la apuesta del
filósofo italiano al sostener que no sólo
no hay sino
que no puede haber una teoría “política” marxista.
¿Por qué? Porque para el marxismo ningún aspecto o
dimensión de la realidad social puede teorizarse al margen –o con independencia– de la totalidad en la
cual dicho aspecto se consti- tuye. Es imposible teorizar sobre “la política”,
como lo hacen la ciencia política y el saber convencional de las ciencias
sociales, asumiendo que ella existe en
una especie de limbo puesto a salvo de
las prosaicas rea- lidades de la vida
económica. La “sociedad”, a su vez, es una engañosa abstracción que no
tiene en cuenta el fundamento
material sobre el cual se apoya. La
“cultura” entendida como la
ideología, el discurso, el lenguaje, las tradiciones y mentalidades, los
valores y el “sentido común”, sólo puede
sostenerse gracias a su compleja articulación con la sociedad, la economía y la política.
Como lo recordaba reiteradamente Antonio
Gramsci, las separaciones precedentes sólo
pueden tener una función “analítica,” ser recortes conceptuales que permitan delimitar campos de reflexión a ser explorados de
un modo sistemático y rigu- roso,
pero que de ninguna manera pueden
ser pensados –en realidad, reificados- como realidades
autónomas e independientes. Se convierte “una
distinción metodológica” como la que
separa la economía de la
política, advierte Gramsci, “en una
distinción orgánica y presentada como tal” (Gramsci, 1999: 41).
Es por eso que
los beneficios que tiene esta separación analítica de las “partes” que
constituyen el todo social se cancelan cuando el ana- lista “reifica” esas
distinciones y cree, o postula,
como en la tradición
liberal-positivista, que los resultados
de sus planteamientos metodoló- gicos
adquieren vida propia y se constituyen en “partes” separadas de la realidad,
“sistemas” (como en Parsons o Luhman) u “órdenes” (como en Weber) comprensibles
en sí mismos con independencia de la
totalidad que los integra y por fuera de la cual no adquieren su significado y fun- ción. Al proceder de esta manera, la vida social termina teóricamente descuartizada en
una pluralidad de sectores autosustentables: la econo- mía, la sociedad, la política y la cultura son
hipostasiadas y convertidas en realidades autónomas, cada una de las cuales
requiere una discipli- na especializada
para su estudio. Este ha
sido el camino seguido por la
evolución de las distintas “ciencias sociales”: la economía estudia la
vida económica haciendo abstracción de
sus contenidos sociales y po- líticos;
la sociología estudia la sociedad, despreocupada de las distintas
manifestaciones de lo social en los terrenos de la economía y la política; y
los politólogos se entretienen
elaborando ingeniosos juegos concep- tuales en los cuales la política es
explicada por un conjunto de variables políticas. Conclusión: nadie entiende
nada y las ciencias sociales hoy se enfrentan, en su absurdo aislamiento, a una
crisis terminal3.
Como sabemos, la desintegración de la “ciencia
social” –que instalaba, por ejemplo,
en un
mismo territorio a Adam Smith y
Karl Marx, en tanto poseedores de una visión
integrada y multifacética de lo
social incompatible con cualquier
reduccionismo– dio lugar a nu- merosas disciplinas especiales, todas las
cuales hoy se hallan sumidas en graves
crisis teóricas, y no precisamente por
obra del azar. Frente a una realidad como esta, la expresión teoría “política” marxista no
haría otra cosa que convalidar, desde la tradición del
materialismo históri- co, el
frustrado empeño por construir teorías
fragmentadas y saberes disciplinarios que,
desde su unilateralismo, deforman la “realidad” que pretenden explicar.
No hay ni puede haber una “teoría
económica” del mercado o del capitalismo en Marx; tampoco hay
ni puede haber una “teoría sociológica” de la sociedad burguesa. Lo
que debe
haber, y afor- tunadamente hay, es un corpus teórico totalizante que
unifique diversas perspectivas de análisis sobre la sociedad contemporánea,
ninguna de las cuales puede, por sí
sola, iluminar satisfactoriamente
un aspecto aislado de la realidad. Es
este, precisamente, al rasgo distintivo
del ma- terialismo histórico.
3 Hemos
examinado in extenso esta situación en
nuestro Tras el búho de Minerva
(2000: 211-226).
POLÍTICA,
SOCIEDAD DE CLASES
Y ALIENACIÓN
Resumiendo: la
concepción “negativa” de la política en Marx tiene como uno de sus
fundamentos la teoría de la alienación. En efecto, este iden- tificó la existencia de
un conjunto de prácticas, instituciones,
creencias y procesos mediante los cuales
la dominación de clase
se coagulaba, reproducía y
profundizaba. Hallazgo fundamental que por sí solo le ase- gura a Marx un sitial de privilegio en la historia de la
filosofía política. El corolario de su
indagación condujo a nuestro autor a concluir que la política y el
estado, lejos de ser lo que Hegel
decía, eran en cambio
estratégicas instancias de la alienación que contribuían a encubrir la ex-
plotación del trabajo asalariado y, de ese modo, a preservar una sociedad
radicalmente injusta. El análisis marxiano despojó al estado y la vida po-
lítica de todos los ornamentos sagrados o sublimes que los ennoblecían ante los ojos
de sus contemporáneos, y los mostró en
su desnudez de clase. Es por eso que la lucha política no es para Marx un conflicto que se agota en las ambiciones
personales o se motiva en los más
elevados principios doctrinarios, sino
que tiene una raíz profunda
que se hunde, a través de una cadena
más o menos larga de mediaciones, en el
suelo de la sociedad de clases. Desaparecida esta, la política pasa a ser otra
cosa y necesariamente adquiere una connotación diferente.
¿Qué significaría, entonces, el “fin de la política”
en Marx? Para responder este
interrogante es preciso subrayar que
su visión de la fu- tura sociedad
sin clases no es (como aún hoy aseguran sus detractores) algo gris,
uniforme e indiferenciado. Este
es el paisaje que pintan los
adversarios de Marx, o los filósofos que
celebran la eternidad del capita- lismo. A los ojos del marxista, la sociedad
sin clases se revela en cambio como una
vistosa acuarela en la cual las
identidades y las diferencias
étnicas, culturales, lingüísticas, religiosas, de género, de opción sexual,
estéticas, etc., serán potenciadas una
vez que hayan desaparecido las restricciones
que impiden su florecimiento: la sociedad de clases y la explotación clasista. De lo
que se
trata, por lo tanto, es de
potenciar estas diferencias cuidando empero que no se
conviertan en renovadas fuentes de desigualdades y/o de opresión social. En
otras palabras, hay una diferencia estratégica que no
debe potenciarse ni favorecerse: la diferencia de clase. Todas las demás son bienvenidas. El “progresismo burgués”, en
cambio, desarrolla un falaz, por indiscriminado y abstrac- to, argumento a
favor de las diferencias, que alienta la
creciente polari- zación clasista de nuestras sociedades. En otras palabras:
debe haber lí- mites al florecimiento de
las diferencias. Hay una especie de diferencia que es socialmente dañina y debe ser eliminada: la diferencia clasista.
De lo que se trata, en síntesis, es de aquilatar las
contribuciones que el planteamiento
epistemológico marxista está en
condiciones de efectuar para el desarrollo de la filosofía política. La
perspectiva totali- zadora del marxismo y su exigencia de traspasar las
estériles fronteras disciplinarias en pos
de un saber unitario e integrado,
que articule en un solo cuerpo teórico
la visión de las distintas ciencias sociales, encie- rran la promesa de una
comprensión más acabada de la problemática
política de la escena contemporánea. En
este sentido, una aportación decisiva de
Marx a la filosofía política se encuentra en su
reivindica- ción de la utopía.
La
consecuencia de esta imprescindible recuperación de la uto- pía es doble: por una parte, coloca a los
filósofos políticos frente a la necesidad no sólo de ser críticos implacables de
todo lo existente, sino de proponer
también nuevos horizontes hacia donde la
humanidad pueda avanzar. Por la otra, pone al descubierto la raíz
profundamente conservadora de todos
aquellos que renuncian a hablar de
la buena sociedad. Sin este horizonte utópico, la filosofía política
se convierte en un saber inofensivo e
irrelevante, en una lastimosa justificación del orden social existente.
Como conclusión, entonces, debemos rechazar la
pregunta acer- ca de la existencia de una teoría “política” marxista,
subrayando su in- compatibilidad con
las premisas mismas de la
concepción epistemo- lógica
del marxismo. Esa pregunta puede formularse en relación con la teorización weberiana, o la
de la escuela de la “elección racional”, o neo-institucionalista, porque es
congruente con sus presupuestos epis- temológicos. Es decir, la
pregunta de Bobbio es inconducente y errónea en
el caso del marxismo, pero es válida para las otras tradiciones de pensamiento. Aceptarla
en el caso del marxismo significaría nada
me- nos que admitir un
reduccionismo por el cual la política se explicaría mediante un conjunto de
“variables políticas” tal y como
se ve en
la ciencia política conservadora. A todas luces esto
constituye una opción completamente inaceptable.
Contrariamente
a lo
que sostienen tanto los “vulgomarxistas” como sus no
menos vulgares críticos de
hoy, lo que distingue al mar- xismo de otras corrientes teóricas en las
ciencias sociales –recordar a Lukács– no es la primacía de los factores
económicos, ni políticos, sino el punto de vista de la totalidad. Si alguna originalidad puede
reclamar con justos títulos la tradición marxista es su
pretensión de construir una
teoría integrada de lo social en
donde la política sea concebida como la resultante de un conjunto
dialéctico –estructurado, jerarquiza- do y en permanente transformación– de
factores causales, sólo algunos de los cuales son de naturaleza política,
mientras que muchos otros son de carácter económico, social, ideológico y
cultural.
Lo que
hay en el marxismo, en realidad, es
algo epistemológi- camente
muy diferente: una “teoría marxista”
–es decir, totalizante e integradora–
de la política, que integra en
su seno una diversidad de factores explicativos,
que trascienden las fronteras de la
política, y que combina una amplia variedad de
elementos procedentes de todas
las esferas analíticamente distinguibles de
la vida social. Así como desde el
marxismo no hay, ni puede haber, una teoría “económica” del
capi- talismo o una teoría “sociológica” de
la sociedad burguesa, tampoco
hay, ni puede haber, una teoría
“política” de la política. Lo que
hay es una teoría que plantea una reflexión integral sobre la
totalidad de los aspectos que
constituyen la vida social, superadora de la fragmentación característica
de la
cosmovisión burguesa. Que dicha
teoría no haya alcanzado los niveles de
sofisticación que se encuentran en El Capital, o que no posea un
grado de desarrollo análogo al que
encontramos en la obra de Marx en
relación con el funcionamiento de la
economía capi- talista, no significa que
no exista una teoría marxista sobre la política. Existe y su situación
actual mal podría ser juzgada como
rudimentaria. Es indudable que un
esfuerzo muy serio deberá hacerse
a los efectos de contar con
una teorización más adecuada y
satisfactoria sobre los distintos aspectos que
hacen a la vida política y el
orden estatal en las sociedades capitalistas. Pero este
reconocimiento no podría nunca
re- matar en la lisa y llana negación de los planteamientos y las perspecti-
vas analíticas que sobre la vida política de las sociedades capitalistas se
fueron acumulando a lo largo del último
siglo y medio a partir de las pioneras
investigaciones de Marx sobre el tema.
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Francisco Fernández Buey*
Marx y los marxismos. Una reflexión para
el siglo xxi
* Catedrático de Filosofía del Derecho, Moral y
Política de la Universidad Pompeu Fabra, Barcelona, España.
KARL MARX ha
sido, sin duda, uno de los faros
intelectuales del siglo XX. Muchos trabajadores llegaron a entender, a través
de la palabra de Marx, al menos una parte de sus sufrimientos cotidianos,
aquella que tiene que ver con la vida social del asalariado. Muchos obreros,
que apenas sabían leer, lo adoraron. En su nombre se han hecho casi todas las revoluciones
políti- co-sociales de nuestro siglo. En nombre de su doctrina se elevó también
la barbarie del estalinismo. Y contra la doctrina que se creó en su nombre se
han alzado casi todos los movimientos reaccionarios del siglo XX.
Prácticamente
toda forma de poder que haya navegado
durante estos cien años bajo
la bandera del comunismo ha
muerto ya. Sería presuntuoso
anticipar lo que se dirá en el siglo XXI
sobre esta parte de la historia del siglo
XX. Pero una cosa parece segura: cuando se lea a Marx,
se lo leerá como se lee a un clásico.
A veces se
dice: los clásicos no envejecen.
Pero eso es una imper- tinencia: los
clásicos también envejecen. Aunque, ciertamente, de otra manera. Un clásico es
un autor cuya obra, al cabo del tiempo, ha enve- jecido
bien (incluso a pesar de sus devotos, de los templos levantados en su nombre o
de los embalsamamientos académicos).
Marx es un clásico. Un clásico interdisciplinario.
Un clásico de la filosofía mundanizada,
del periodismo fuerte, de la historiografía con ideas, de la sociología
crítica, de la teoría política con punto de vista. Y, sobre todo, un clásico de la economía que
no se concibe sólo como cre- matística. Contra lo que se dice a veces, no fue Marx
quien exaltó el pa- pel esencial de lo económico en el mundo moderno. Él
tomó nota de lo que estaba ocurriendo bajo
sus ojos en el capitalismo del siglo XIX. Fue él quien escribió que
había que rebelarse contra las determinaciones de lo económico. Fue él quien
llamó la atención de los contemporáneos so- bre las alienaciones implicadas en
la mercantilización de todo lo huma- no. Leen
a Marx al revés quienes reducen sus obras a un determinismo
económico. Como leyeron a Maquiavelo al
revés quienes sólo vieron en su obra
desprecio de la ética en favor de la razón
de Estado.
Marx no cabe
en ninguno de los cajones en que
se ha dividido el saber universitario en este fin de siglo.
Pero está siempre ahí,
al fondo, como el clásico con el
que hay
que dialogar y discutir cada vez
que se abre uno de
estos cajones del saber clasificado: economía, sociología,
historia, filosofía.
Cuando
uno entra en la biblioteca de Marx, la imagen con la que sale es la de que
allí vivió y trabajó un “hombre
del Renacimiento”. Tal es la diversidad de temas y asuntos que le interesaron. Y eso que lo que él llamaba “la ciencia”, su
investigación socioeconómica de
las leyes o tendencias del desarrollo del capitalismo, la hizo, casi
toda, en una biblioteca que no era
la suya: la del Museo Británico.
Una obra que
no cabe en
los cajones clasificatorios
de nuestros saberes es siempre una obra
incómoda y problemática. Y, ante ella, hay dos actitudes tan típicas como
socorridas. Una es la de los devotos. Con- siste en proclamar que
el Verdadero y Auténtico Saber
es, contra las clasificaciones
establecidas por la Academia, el de
Nuestro Héroe. La otra actitud consiste en aferrarse a los cajones y
despreciar el saber incó- modo, como diciendo: “si alguien no ha sido filósofo
profesional, ni eco- nomista matemático, ni sociólogo del ramo, ni historiador
de archivos, ni neutral teorizador de lo político, es que no es nada, o casi
nada”.
La primera
actitud convierte al clásico en un
santo, aunque sea un santo
laico. La segunda actitud ningunea al clásico y recomienda a los jóvenes que
no pierdan el tiempo leyéndolo
(aunque luego estos acaben revisitándolo
casi a escondidas).
Si el clásico
tiene que ver, además, con la lucha de clases, y ha to- mado partido en ella, la cosa se
complica. Pues los hagiógrafos convertirán la Ciencia de Nuestro Héroe en
Templo, y los académicos le imputarán la responsabilidad por toda villanía
cometida en su nombre desde el día de su muerte. Por eso, y contra eso, Bertolt
Brecht, que era de los que hacen pe- dagogía desde la Compañía Laica de la
Soledad, pudo decir con razón: “Se ha escrito tanto sobre Marx que éste ha
acabado siendo un desconocido”.
¿Y qué
decir de un conocido tan desconocido sobre el que se ha dicho ya de todo y todo lo contrario?
Pues, una vez más, que lo mejor es leerlo. Como
si no fuera de
los nuestros, como si no
fuera de los vuestros. Como se lee a cualquier otro clásico cuyo amor el
propio Marx compartió con otros que no
compartían sus ideas: a
Shakespeare, Di- derot, Goethe, Lessing, Spinoza, Hegel. Tratándose de Marx, conviene precisar: leerlo, no “releerlo”,
como se pretende tantas veces cuando se
habla de los clásicos. Porque para releer de verdad a un clásico hay que partir
de una cierta tradición en la lectura. Y, en el caso de Marx,
aquí, entre nosotros y en España,
no hay
apenas tradición. Sólo hubo un
bosquejo, el que produjo Manuel
Sacristán, hace ahora treinta años. Y, en España, ese esbozo de tradición quedó
truncado. Hablando de Marx, casi todo lo demás han sido lecturas fragmentarias e intermitentes, lec-
turas instrumentales, lecturas a la búsqueda de citas convenientes, lec- turas
traídas o llevadas de los pelos para
acogotar con ismos a los otros, o para demostrar al prójimo, con otros ismos, que tiene que
arrepentir- se y ponerse de rodillas ante eso que ahora se llama
pensamiento único. Esto que digo de España vale también, quizás, para América
Latina.
Marx sin
ismos, pues. Es preciso entender a Marx
sin los ismos que se crearon en su nombre y contra su nombre.
I
Karl Marx
fue un revolucionario que quiso pensar radicalmente, yendo a la
raíz de las cosas. Fue un ilustrado crepuscular: un ilustrado opues-
to a toda forma de despotismo, que
siendo, como era, lector asiduo
de Goethe y Lessing, nunca pudo soportar el dicho aquel de todo
para el pueblo pero sin el
pueblo. Karl Marx fue, de joven, un liberal que, con la edad, y viendo lo que pasaba a su alrededor (en la Alemania prusiana, en la Francia liberal y
en Inglaterra, el hogar clásico del capitalismo), se propuso dar forma a la más importante de las herejías del liberalismo
político del siglo XIX: el socialismo.
El joven de
Tréveris se hizo socialista y deseó e
intentó convencer a los trabajadores
de que
el mundo podía cambiar de base,
de que
el futuro sería socialista, porque en el mundo que le tocó vivir (el de las re- voluciones europeas de
1848, el de la liberación de los siervos
en Rusia, el de las luchas contra el esclavismo, el de la guerra
franco-prusiana, el de la Comuna de París, el de la conversión de Estados
Unidos de Nor- teamérica en potencia económica mundial) no había más remedio que ser ya –pensaba él– algo más que
liberales.
Desde esa convicción, la idea central que
Marx legó al siglo XX se puede expresar así: el crecimiento espontáneo,
supuestamente “libre”, de las fuerzas del mercado capitalista desemboca en
concentración de capi- tales; esta cae en el oligopolio y el monopolio; y este
último acaba siendo negación no sólo de la libertad de mercado, sino también de
todas las otras libertades. Lo que se llama “mercado libre” lleva en su seno la
serpiente de la contradicción: una nueva forma de barbarie. Rosa Luxemburgo
tradujo plásticamente esta idea a
disyuntiva: socialismo o barbarie.
Como Marx
era muy racionalista, como aspiraba siempre a la coherencia lógica, y como se manifestaba
casi siempre con apasionada contundencia, no es de extrañar
que su obra esté llena
de contradiccio- nes y paradojas. Y como usaba mucho en sus escritos la
metáfora acla- radora y abusaba de los ejemplos, tampoco es de extrañar que algunos de los ejemplos que puso para
ilustrar sus ideas se hayan vengado de él, y que no pocas de sus metáforas se le hayan vuelto en contra. Así
es el mundo de las ideas.
El propio
Marx llegó a ver
algunas de esas contradicciones. Él, que no
pretendió construir una filosofía de la historia, y que así lo
es- cribió en 1874, tuvo que ver cómo la forma y la contundencia que había dado
a sus afirmaciones sobre la historia de
los hombres hicieron que, ya en
vida, fuera considerado por sus
seguidores sobre todo como un filósofo de la historia. Él, que despreciaba todo dogmatismo, que tenía por
máxima aquello de que hay que
dudar de todo, y que
presentaba la crítica precisamente como forma de hacer entrar en razón a
los dogmá- ticos, todavía tuvo tiempo de
ver cómo se construía un sistema filosófi-
co para los que no tienen duda de nada y
se exaltaba su método como llave maestra para abrir las puertas de la
explicación de todo.
Este Marx (sin ismos) tiene algo de paradójica
grandeza y de con- flicto interior no
asumido. Creyó que la razón de su vida era dar
forma arquitectónica a la investigación científica de la sociedad, pero
dedicó meses y meses a polemizar con
otros sobre asuntos políticos que
hoy nos parecen menores. Creyó
que la historia avanza dialécticamente por su lado
malo (e incluso por su peor lado), y tal vez acertó en
general, pero no pudo o no supo prever que la verdad concreta,
inmediata, de la razón fuera a ser otra forma de barbarie. ¿Acaso podemos,
entre huma- nos, hablar de progreso
tan en general?
Karl Marx
amó tanto la razón ilustrada que se propuso, y propu- so a los demás,
un imposible: hacer del socialismo (o
sea, de un movi- miento, de un ideal) una ciencia. Hoy nos
preguntamos si no hubiera sido
mejor conservar para eso el viejo nombre de utopía, seguir llaman- do al
socialismo como lo llamaban el propio Marx
y sus amigos cuando eran jóvenes: pasión razonada o razón apasionada. Pero en un
siglo tan positivista y tan cientificista como el que el Marx
maduro inauguraba, tampoco podía resultar extraño identificar la ciencia
con la esperanza de los
que nada tenían. Hasta es posible
que, por
eso mismo, por esa identificación, los de abajo lo amaran
luego tanto. Y es seguro que por eso
casi todos los poderosos lo odiaron y aún lo odian (cuando
no se quedan con su ciencia y rechazan su política).
Marx
quería el comunismo, claro está,
pero no lo quería crudo,
nivelador de talentos, pobre en necesidades; aunque su tono, a veces profético como el del trueno,
parecía negar el epicúreo que había en
él.
¿Será el
escándalo moral que produce la
observación de las desigual- dades sociales lo que hace proféticos a los epicúreos? Sea como fuere, Marx estableció sin pestañear que
la violencia es la comadrona de
la historia en tiempos de crisis; pero, al mismo tiempo, criticó sin con- templaciones la pena de muerte y otras
violencias. Marx postuló que la libertad consiste en que el Estado deje de ser
un órgano superpuesto a la
sociedad para convertirse en un órgano subordinado a ella, aunque al mismo
tiempo creyó necesaria la dictadura del
proletariado para llegar al comunismo, a la sociedad de iguales.
Marx, el Marx
que se leerá en el siglo XXI, nunca hubiera llegado a imaginar que un
día, en un país lejano cuya
lengua quiso aprender de viejo, sería objeto de culto cuasi-religioso en
nombre del comunismo, o que en otro
país, aún más distante y del que casi
nada supo, se le com- pararía con
el sol rojo que calienta nuestros
corazones. Pero aquel tono con el que
en algunas ocasiones trató de comunicar su ciencia a los de abajo tal
vez implicaba eso. O tal vez no. Quizás el que esto haya ocurri- do fue sólo la
consecuencia de la traducción de su pensamiento a otras lenguas, a otras
culturas. Toda traducción es traición. Y
quien traduce para muchos traiciona más.
II
Marx sin ismos, digo. Pero
¿es eso posible? ¿Y no será eso
desvirtuar la intención última de la obra de Marx? ¿Se puede separar a Marx de lo que
han sido el marxismo y el
comunismo modernos? ¿Acaso se puede
escribir sobre Marx sin tener en cuenta lo que han sido
los marxismos en este siglo?
¿No fue precisamente la intención de Marx
fundar un ismo, ese movimiento al que
llamamos comunismo? ¿Y no es
precisa- mente esta intención, tan explícitamente declarada, lo que ha
diferen- ciado a Marx de otros
científicos sociales del siglo XIX?
Para contestar
a esas preguntas hay que ir
por partes. Marx fue crítico
del marxismo. Así lo dejó escrito
Maximilien Rubel (1974) en el título de
una obra importante aunque no muy leída.
Rubel tenía razón. Que Marx haya pretendido fundar una cosa llamada marxismo es más que dudoso. Marx
tenía su ego, como todo hijo de vecino, pero no era Narciso. Es cierto, en cambio, que mientras Marx
vivió había algunos que lo apreciaron tanto como para llamarse a sí
mismos marxistas. Pero también es verdad que
él mismo dijo aquello de “yo no soy marxista”.
Con el
paso del tiempo y la correspondiente descontextualiza- ción, esta
frase, tantas veces citada, ha ido perdiendo el significado que tuvo en boca de quien la pronunció. Escribir sobre
Marx sin
ismos es, pues, para empezar, restaurar el sentido originario de aquel decir de Marx. Restaurar el sentido de una frase es como
volver a dar a la pin- tura los colores que originalmente tuvo: leerla en su contexto. Cuando Marx le dijo
a Engels, al parecer un par de veces
entre 1880 y 1881, ya en su vejez, “yo no soy marxista”, estaba protestando
contra la lectura y el aprovechamiento que
por entonces hacían de su
obra económica y política gentes como los “posibilistas” y guesdistas
franceses, intelec- tuales y estudiantes del
partido obrero alemán, y “amigos” rusos que interpretaban mecánicamente
El Capital.
Por lo
que se sabe de ese momento, a través de Engels, Marx dijo
aquello riendo. Pero, más allá de la
broma, queda pendiente un asunto serio:
a Marx no le gustaba nada lo que empezaba a navegar entre sus con- temporáneos
próximos con el nombre de marxismo. Por supuesto, no po- demos saber lo que
hubiera pensado de otros recorridos posteriores. Pero lo que sabemos da pie a
restaurar el cuadro de otra manera. No querría en- gañar a nadie: hacer de
restaurador presenta algunos peligros, el principal de los cuales es que, a veces,
uno se inventa colores demasiado
vivos que tal vez no eran los de la paleta del pintor, sino los que aman nuestros ojos. Tratándose
de texto escrito pasa algo parecido. Pero afrontar ese riesgo vale la pena. Y afrontarlo no tiene
por qué implicar necesariamente decla- rarse marxista. Esa es otra cuestión. No hay por qué
entrar en ella aquí. De la seria broma del viejo Marx sólo pueden deducirse razonablemente dos cosas. Primera: que al decir “yo no soy marxista” el autor de la
frase no pretendía descalificar a la totalidad
de sus seguidores ni, menos aún, renunciar a sus ideas o a influir
en otros. Y segunda: que para leer bien a Marx no hace falta ser marxista. Quien
quiera serlo hoy tendrá que serlo, como
pretendía el dramaturgo alemán Heine Müller, necesariamente por comparación con
otras cosas. Y con sus propios argumentos.
III
Queda todavía
la otra pregunta: ¿se puede escribir hoy en
día sobre Marx sin
entrar en el tema de su
herencia política, es decir, haciendo caso omiso de lo que ha sido
la historia del comunismo en el siglo XX? Mi contestación a esa pregunta
es: no sólo se puede (pues, obviamente, hay
quien lo hace), sino que se debe. Se
debe distinguir entre lo que
Marx hizo y dijo como comunista y lo que dijeron e hicieron otros, a lo largo del
tiempo, en su nombre. Querría argumentar esto
un poco.
La
prostitución del nombre de la cosa de Marx, el comunismo mo- derno, no es ya
responsabilidad de Marx. Mucha gente piensa que sí lo es, e ironiza ahora
afirmando que Marx debería pedir perdón a
los trabaja- dores. Yo pienso que no. Diré por qué. Las tradiciones, como las familias, crean
vínculos muy fuertes entre las gentes que viven en ellas. La existencia de
estos vínculos fuertes tiene casi siempre como consecuencia el olvido de quién
es cada cual en esa tradición: las
gentes se quedan sólo con el ape- llido
de la familia, que es lo que se transmite, y pierden el nombre propio. Esto ha ocurrido también en la historia del comunismo. Pero así como es injusto culpabilizar a los hijos que
llevan un mismo apellido de delitos cometidos por sus
padres, o viceversa, así también sería una injusticia his- tórica cargar al
autor del Manifiesto Comunista con los errores y delitos de los que siguieron
utilizando, con buena o mala voluntad, su apellido.
Seamos
sensatos por una vez. A nadie se le
ocurriría hoy en día echar sobre los
hombros de Jesús de Nazaret la responsabilidad de los delitos cometidos a lo
largo de la historia por todos aquellos
que lleva- ron el apellido de cristianos, desde Torquemada al general Pinochet, pasando por el general Franco. Y, con toda seguridad, tildaríamos de sectario o
insensato a quien pretendiera establecer una relación causal entre el Sermón de
la Montaña y la Inquisición romana o española. No sé si en el siglo XVI alguien
pensó que Jesús de Nazaret tenía que pedir perdón a los indios de América
por las barbaridades que los cristianos europeos hicieron con ellos en
el nombre de Cristo. Sólo conozco a uno que, con valentía, escribió algo
parecido a esto. Pero ese alguien no dijo que el que tuviera que
pedir perdón fuera Jesús de Nazaret; dijo que los que tenían que
hacerse perdonar por sus crímenes eran los cristianos mandamases
contemporáneos.
Y, para seguir
con las comparaciones, añadiré que también hay algo que aprender de la
restauración historiográfica reciente de la vida y los hechos de Jesús de
Nazaret, a saber: que ha habido otros evangelios, además de los canónicos, y
que el estudio de la documentación
descu- bierta al respecto en los últimos tiempos (desde los evangelios
gnósticos a algunos de los Manuscritos del Mar
Muerto) muestra que tal vez esas
otras historias de la historia sagrada estaban más cerca de
la verdad que la Verdad
canonizada. En esa odiosa comparación me he inspirado para leer a Marx
a través de los ojos de tres autores que
no fueron ni comunistas
ortodoxos, ni marxistas canónicos, ni evangelistas: Korsch, Rubel y Sacristán.
Hay varias cosas que diferencian la lectura de Marx que hicieron
estos tres autores. Pero
hay otras, sustanciales para mí, en las que coinciden: el rigor filológico, la atención a
los contextos histó- ricos y la total ausencia de beatería, no sólo en lo que
respecta a Marx, sino también
en lo
que atañe a la
historia del comunismo. También
ellos hubieran podido decir (y, de hecho, lo dijeron a su manera) que no eran
marxistas. Y, sin embargo, pocas lecturas de Marx seguirán siendo tan estimulantes como las que ellos realizaron.
IV
Recupero
entonces la relación entre Marx y el
comunismo moderno para señalar que
no sólo me
parece presuntuoso, sino también
manifiestamente falso, deducir de la desaparición del comunismo como Poder la muerte de toda forma
de comunismo. Concluir tal cosa ahora es
un contrafáctico, es una afirmación
contra los hechos: en el mun- do sigue habiendo comunistas; personas, partidos y
movimientos que se llaman así. Los hay en Europa y en
América, en África y en
Asia. Nuestros medios de comunicación, que han publicado numerosísimas reseñas de El
libro negro del comunismo, apenas si se han
fijado en ello, pero con motivo del 150
aniversario de la aparición del Manifiesto Comunista, ese mismo año, se reunieron en París 1.600
personas, lle- gadas de Asia y de África, de las dos Américas y de todos los rincones de Europa,
que coincidían en esto: la idea de comunismo sigue viva en el mundo. Tampoco es habitual ahora tener en cuenta la
opinión de historiadores, filósofos y literatos que, como el ruso Alexander Zino- viev o el
italiano Giorgio Galli, hacen hoy la defensa del comunismo, del otro comunismo, sin ser comunistas
y después de haber cantado en décadas pasadas verdades como las del lucero del
alba, que les valieron la acusación de anticomunistas. Son los otros ex, de los que casi nunca se habla,
aquellos que fueron comunistas porque
atendieron, contra la corriente, a las otras verdades.
Antes de
ofrecerse como fiscal para la práctica, tan
socorrida, de los juicios sumarísimos en los
que, por simplificación, se mete en un mismo saco
a las víctimas con los
victimarios, conviene ponerse la mano en el corazón y preguntarse, sin prejuicios, por qué,
como decía el título de una película irónica, hay personas que no se
avergüenzan de haber tenido padres comunistas; por qué, a pesar de todo, sigue habien- do comunistas en un mundo como el
nuestro.
Si sigue habiendo comunistas en este mundo, es porque
el comu- nismo de los siglos XIX y XX, el de los tatarabuelos, bisabuelos,
abuelos y padres de los jóvenes de hoy,
no ha sido sólo poder y despotismo. Ha sido también ideario y movimiento de liberación de
los anónimos por antonomasia. Hay un Libro blanco del comunismo que se está
por rees- cribir. Muchas de las
páginas de ese libro, hoy casi desconocido para los más jóvenes, las
bosquejaron personas anónimas que
dieron lo mejor de sus vidas
en la lucha por la libertad en países en
los que no
había libertad; en la lucha por la universalización del sufragio en
países en los que el sufragio era limitado; en la lucha en favor de la democracia en países donde no había
democracia; en la lucha en favor de los
derechos sociales de la mayoría allí donde los derechos sociales eran ignorados
u otorgados sólo a una minoría. Muchas
de esas personas anónimas, en España y
en Grecia, en Italia y en Francia, en Inglaterra y en Portugal, y en tantas
otras partes del mundo, no tuvieron nunca ningún poder, ni tuvieron nada que
ver con el estalinismo, ni oprimieron despóticamente a otros semejantes, ni
justificaron la razón de Estado, ni se mancharon las manos con la apropiación privada del dinero público.
Al decir que el Libro blanco del comunismo está por
ser reescrito, no estoy proponiendo la restauración de una vieja leyenda para arrin- conar o hacer olvidar
otras verdades amargas contenidas en los Libros Negros. No es eso. Ni siquiera
estoy hablando de inocencia. Como sugi- rió Brecht (1998) en un poema célebre, tampoco lo mejor del
comunis- mo del siglo XX, el de aquellos que hubieran querido ser amistosos con
el prójimo, pudo, en aquellas circunstancias, ser amable. La historia del
comunismo del siglo XX tiene que ser
vista como lo que es, como una tragedia. El siglo XX ha
aprendido demasiado sobre el fruto del árbol del Bien y del Mal como para que uno se
atreva ahora a emplear la pa- labra “inocencia” sin más. Hablo, pues, de justicia. Y la justicia,
como enseñó Walter Benjamin (1973), es también cosa de la historiografía.
V
¿Qué historiografía se puede proponer a los
más jóvenes? ¿Cómo enla- zar la
biografía intelectual de Karl Marx con las insoslayables preocupa- ciones del
presente? Estas son preguntas que se
pueden tomar como un reto intelectual hoy en día. No creo que haya una
respuesta única a estas preguntas. Hay varias, y puede que sean
complementarias. Una respues- ta posible nace del asombro de
la conciencia histórica ante
la escasa atención que se presta a Marx en un
mundo bárbaro como el nuestro. Los viejos tiempos de Marx no volverán, desde luego.
Pero podrían vol- ver al menos algunas de sus ideas para ayudarnos a salir del
asombro.
Para los
nuevos esclavos de la época de la economía global (que, según dice el profesor
de Surrey, Kevin Bales, andarán rondando los 30 millones), para los nuevos siervos del siglo
XXI (que, según los infor- mes de
varias organizaciones internacionales son más
de 300 millones), para tantos y tantos inmigrantes sin papeles
a los que el capitalismo explota diariamente sin considerarlos ciudadanos, para los
proletarios que están obligados a ver el mundo desde abajo (un tercio de
la hu- manidad), y para unos
cuantos cientos de miles de personas sensibles que han decidido mirar el mundo con los ojos de estos otros (y sufrirlo con ellos),
el viejo Marx todavía tiene algunas cosas que decir. Incluso después de que su busto cayera
de los pedestales que para su culto cons- truyeron los adoradores de otros
tiempos.
¿Qué cosas son
esas? ¿Qué puede quedar vigente en la obra del viejo Marx
después de que renegaran de
él hasta aquellos que habían
construido estados en su nombre y de
que llegara la nueva era de las
banderas y las religiones globalizadas?
Aunque
Marx sea ya un clásico del pensamiento
socioeconómico y del pensamiento político, todavía no es posible contestar a
estas pre- guntas al gusto de todos, como las contestaríamos, tal vez, en el
caso de algún otro clásico de los
que caben en el canon. Y no es posible
porque Marx fue un clásico con
un punto de vista muy
explícito en una de las cosas que
más dividen a los mortales: la
valoración de las luchas entre las clases sociales.
Esto obliga a
una restricción cuando se quiere hablar de lo que todavía hay de vigente en
Marx. Y la restricción es gruesa. Hablaremos de
vigencia sólo para los asombrados, para los que
siguen viendo el mundo desde abajo, con
los ojos de los desgraciados, de
los esclavos, de los proletarios, de los humillados y ofendidos de la tierra.
No hace falta ser marxista para tener esa mirada, por supuesto, pero sí hace
fal- ta algo de lo que no andamos muy sobrados últimamente: compasión para con las
víctimas de la globalización neoliberal (que es a
la vez, como se está viendo,
capitalista, precapitalista y posmoderna). Y otra cosa: hace falta fijarse cómo viven y cómo se las
explota, independien- temente de que
hayan nacido en países de cultura islámica, cristiana, budista o
confuciana.
Para
ellas, Marx sigue
tan vigente como Shakespeare para
los amantes de la literatura. Y tienen sus razones. Voy a dar algunas de las razones que podrían aducir
estos seres anónimos, que sólo aparecen en los media debajo de las estadísticas y en las páginas
de sucesos, si deja- ran de creer en el
viejo cuento de las religiones institucionalizadas, los dioses salvadores, los
tribunos que nunca van a las guerras y las bande- ras bordadas para que mueran bajo
ellas los pobres de la tierra.
Marx dijo
(en el volumen primero de El
Capital y en otros luga- res) que,
aunque el capitalismo ha creado por primera vez en la historia la base técnica para la liberación de la humanidad, sin embargo, jus- tamente por su
lógica interna, este sistema amenaza con transformar las fuerzas de producción en
fuerzas de destrucción. La amenaza se ha hecho realidad. Y ahí seguimos.
Marx dijo (en
el volumen primero de El Capital y en otros lugares) que todo progreso de la
agricultura capitalista es un “progreso” no sólo en el arte de depredar al
trabajador, sino también, y al mismo
tiempo, en el arte de depredar el suelo; y que todo progreso en el aumento de
la fecundidad de la tierra para un plazo determinado es, al mismo tiempo,
un “progreso” en la ruina de las fuentes
duraderas de esa fecundidad. Ahora,
gracias a la ecología y al ecologismo, sabemos más de esa
am- bivalencia. Pero los millones
de campesinos proletarizados que sufren
por ella en América Latina, en Asia y en
África han aumentado.
Marx dijo
(en el Manifiesto Comunista y en otros lugares) que la causa principal de la amenaza que transforma las fuerzas productivas en fuerzas
destructivas, y mina así las fuentes de toda riqueza, es la lógi- ca del
beneficio privado, la tendencia de la cultura burguesa a valorarlo todo en
dinero, el vivir en las “gélidas aguas del cálculo egoísta”. Millo- nes de
seres humanos, en África, Asia y
América, experimentan hoy que esas aguas son peores, en todos los sentidos (no
sólo el metafórico), que las que fueron navegadas hace años. Lo confirman los
informes anuales de la ONU y de varias organizaciones internacionales
independientes.
Marx dijo (en un célebre discurso a los obreros
londinenses) que el carácter ambivalente del
progreso tecnocientífico se acentúa de
tal manera bajo el capitalismo
que obnubila las conciencias de los
hom- bres, aliena al trabajador en primera instancia y a gran parte de
la es- pecie humana por derivación; y que en
este sistema “el dominio del
hombre sobre la naturaleza es cada vez mayor; pero, al mismo tiempo, el hombre se
convierte en esclavo de otros hombres o de su propia in- famia” (Marx,
1856). Lo dijo con
pesar, porque él era un amante de la ciencia y la técnica. Pero,
visto lo visto en el siglo XX y lo que llevamos del siglo XXI, también en esto acertó.
Marx dijo
(en los Grundrisse y en otros lugares) que la obnubi- lación de la conciencia y la extensión de las
alienaciones producen la cristalización repetitiva de las formas
ideológicas de la cultura, en par- ticular de dos de sus formas: la
legitimación positivista de lo existente y la añoranza romántica y religiosa.
Hojeo los periódicos de ese inicio de siglo
y me veo, y veo a los pobres desgraciados del mundo, ahí mismo, en la misma noria, entre esas dos
formas de obnubilación de la concien- cia:
jaleando por millones a Papas o a
Emires que condenan los anti-
conceptivos en la época del SIDA, matándose en nombre de dioses que dejaron de
existir después de Auschwitz, y consumiendo por
millones la última inutilidad innecesaria mientras otros muchos más millones se mueren de hambre.
Marx dijo
(ya de joven, pero también de
viejo) que para acabar con esa
noria exasperante de las formas repetitivas de la cultura bur- guesa hacían falta una revolución y otra cultura. No dijo
esto por
amor a la violencia en sí,
ni por
desprecio de la alta cultura burguesa, sino sencillamente con la convicción de que
los de arriba no
cederán gra- ciosamente los
privilegios alcanzados, y con la
convicción de que los de
abajo también tienen derecho a la
cultura. Han pasado 150 años. Inútilmente se ha intentado por
varias vías que los de arriba cedieran sus privilegios, pero todos esos intentos han fracasado. Y cuando los de abajo
han hecho realidad su derecho a la cultura, los de arriba han empezado a llamar
cultura a otra cosa. De esa constatación nace el fun- damento de la revolución.
Como Marx
sólo conoció los comienzos de
la globalización, y como
era, además, una pizca eurocéntrico,
cuando hablaba de revolución pensaba en
Europa. Y cuando hablaba de cultura pensaba en la
proletarización de la cultura ilustrada. Ahora, en el
siglo XXI, para hablar con propiedad, habría que hablar de
la necesidad de una revolución
mundial. Y para hablar de cultura,
habría que valorar lo que ha
habido de bueno en las
culturas de los “pueblos sin
historia”. Como de momento no se
puede hablar en serio de esto, porque
quienes podrían hacerlo no tienen ni siquiera las proteínas necesarias para
ello, las gentes, en general, vuelven sus ojos nuevamente hacia las religiones.
Lo que no se dice es que las religiones siguen siendo, como cuando vivía Marx, “el suspiro de la criatura abrumada”, “el
sentimiento de un mun- do sin corazón”, “el espíritu de los tiempos sin
espíritu”.
A esa mirada sobre el mundo desde abajo la llamó
Marx “mate- rialismo histórico”.
No hay duda de
que, desde entonces, se han producido
otras mi- radas, tal vez más finamente expresadas. La pregunta que deberíamos hacernos, al menos los que estamos
asombrados por lo que vemos aho-
ra, es esta: ¿hemos producido algo que dé
más esperanza a los que no tienen nada o, en el asombro, vamos a acabar aceptando
este rosario de la aurora de la razón
laica al que nos convocan los neoconservadores del Imperio, y
a pasarnos todos a las religiones “no-fundamentalistas” mientras el mundo se
hunde en la nueva barbarie?
VI
Otra forma
posible de practicar el marxismo hoy,
con Marx pero “más allá de Marx”, es prolongar el proyecto historicista y
crítico de Antonio Gramsci. Como ha recordado Valentino Gerratana, que ha
sido su me- jor conocedor, Gramsci escribió una vez en los
Cuadernos de la cárcel que el
socialismo es la principal herejía del liberalismo. Yo creo que,
ya en la época de Marx, un socialista, un comunista o un libertario tenían que ser “algo más
que liberales”. Esta era una opinión generalmente compartida en el
movimiento obrero desde 1848. Y
completamente consolidada después de 1871,
como consecuencia de la “barbarie libe- ral” contra la Comuna de París y
los comuneros de toda Europa. Tanto es así que,
en ese contexto, incluso los liberales serios, como J. S. Mill, dudan y
dan un tinte socialista a su
liberalismo.
Ahora bien, ser
“algo más que
liberales” puede querer decir, en este
contexto, dos cosas distintas:
anti-liberales o libertarios. El movi- miento socialista inspirado por Marx
ha oscilado entre esas dos
cosas y, en Marx mismo, está presente esa oscilación. Cuando se sabe quiénes eran los “liberales” objeto del
sarcasmo de Marx (en particular el
“libe- ralismo” alemán o los ideólogos del librecambismo), se comprende bien el
paso del “algo más que liberales” al
“anti-liberales”. Pero comprender no es
aquí justificar.
Pienso
que el diálogo con la tradición liberal (con J. S. Mill para empezar) es beneficioso
hoy en
día para los socialistas. Precisamente porque ese diálogo
puede servir para acentuar la vertiente libertaria del socialismo, que, en
mi opinión, es la sana. Pero,
además, ese diálogo puede servir para
aclarar el tremendo equívoco presente en la acepta- ción de que
el llamado “neoliberalismo” actual es el heredero de la tradición
liberal. Esta aceptación (por activa o
por pasiva) me parece un error catastrófico derivado de la
ignorancia. La herencia del liberalismo histórico no hay que buscarla en los que hoy se llaman neoliberales; en la cultura
hispánica, está en Bergamín, en Marichal
y en sus herederos libertarios. Desde
la tradición socialista, se puede hacer un ejercicio que, sin
duda, resultará divertido a los
amantes de la historia de
las ideas: leer a Piero Gobetti o
el Socialismo liberal de Carlo Roselli,
que fue una obra despreciada por
“liberal” en los años treinta, y comparar- los con la mayoría de los programas “socialistas” de
ahora. Se verá, en esa comparación, cómo
el liberalismo histórico que se abría al socialis- mo estaba mucho más a la izquierda, por así decirlo, que el socialismo que ahora se abre al “neoliberalismo”, que las “terceras vías” y toda esa palabrería sin
concepto.
Este diálogo
puede servir para cerrar, de paso, la fractura históri- ca entre la tradición
marxista y la tradición anarquista o libertaria que, en mi opinión, ya no tiene
razón de ser. Tanto si pensamos en el debate histórico sobre la mejor forma de
organización de los de abajo para su liberación (o sea,
sobre si esta ha de ser predominantemente política o
predominantemente socio-sindical), como
si pensamos en la contro- versia sobre
centralismo democrático y confederación, o en
el debate entre espontaneidad voluntarista y dirección consciente (que
llega desde fuera de las clases trabajadoras), o en el debate acerca de la
extinción o abolición del Estado, o en
la controversia entre Marx y Bakunin sobre la forma de entender la
historia y la naturaleza humana (que es
lo que está por debajo de la controversia sobre acracia o dominación de clase),
en todos los casos la conclusión a la que
me parece que hay
que llegar es la misma: hace
mucho tiempo que las posiciones sobre estos temas se han hecho transversales y
no corresponden ya propiamente a posiciones exclusivas de organizaciones
marxistas y organizaciones anarquistas.
Allí donde los
viejos debates siguen estando en primer
plano, no hay apenas realidad social con la que enlazar. Y allí donde hay
realidad social con una intención
transformadora (en algunos de los movimien- tos sociales críticos y
alternativos del mundo actual), lo que fue el idea- rio marxista y lo que fue el ideario anarquista (o libertario) se
han ido fundiendo, o casi. Por eso,
en líneas generales, hace ya varias décadas que ni los medios de comunicación ni lo que se suele
llamar “opinión pública” distinguen con
claridad entre ideas y acciones anarquistas e ideas y acciones
marxistas. Más bien las
confunden; confunden cons- tantemente marxismo y anarquismo. Esto
que digo
era ya muy patente en los años setenta del siglo pasado, durante el ciclo en que
concluyen las movilizaciones de 1968.
Casi todas las
cosas interesantes para un punto
de vista revolu- cionario que tomaron
cuerpo en torno a 1968, tanto en Europa como en Estados Unidos de Norteamérica,
son el resultado de la integración de ideas
marxistas y anarquistas; esta
integración o complementación se produjo a partir de la reconsideración
crítica, entonces en curso, de las ortodoxias tradicionales correspondientes.
Esta reconsideración crítica afectó no sólo
a la versión estalinista y post-estalinista del comunismo marxista, sino también a algunas de la
ideas-fuerza del propio Marx
(por ejemplo, la noción de
“fuerzas productivas”) y de
Bakunin (por ejemplo, la idea de
“acción directa”).
La cuestión se
hace aún más patente cuando se intenta
pensar en una política cultural alternativa para el presente, que es lo que
algunos están haciendo ya en el
seno del
actual movimiento de movimientos o movimiento alterglobalizador.
Pues tal política debería tener una
agen- da propia, autónoma, no determinada por la imposición de las modas culturales ni por el politicismo
electoralista de los partidos políticos. Y, para esa tarea, importa poco el hecho de que, al empezarla, unos hablen de conquista de la
hegemonía cultural, y otros de aspiración a la cultura libertaria
omnicomprensiva. Lo que de
verdad importa es ponerse de
acuerdo sobre qué puede ser ahora una
cultura alternativa de los que están socialmente en peor situación, una
cultura autónoma que dé res- puesta al
modelo llamado “neoliberal” y a lo que
se denomina habitual- mente “pensamiento
único”. Por desgracia, la
tradición politicista de unos y la tradición activista de otros no dejan mucho tiempo, todavía, ni siquiera para
pensar en lo que debería ser la agenda
de una cultura ateneísta alternativa. Se dedica mucho más tiempo a la crítica, por lo demás fácil, del
consumismo y los programas televisivos más
vistos. Ha- bría que preguntarse,
en cambio, cómo se sale en
nuestras sociedades del
“malestar cultural”, y cómo se
construye una nueva cultura de la
solidaridad internacionalista; qué redes de comunicación (más o menos
subterráneas o minoritarias) existen ya,
y qué redes habría que crear para un uso alternativo de los medios de comunicación
existentes.
Para eso, seguramente, se necesitan “grupos de afinidad”
distin- tos de los existentes. Estos, en la mayoría de los casos, han sido induci- dos por la cultura dominante: bien por
razones técnicas (cuando la afi- nidad queda reducida al uso de
tales o cuales tecnologías de la informa-
ción y la comunicación en constante
expansión), bien por motivaciones
estrechamente políticas (derivadas, además, de
la agenda electoral de los partidos políticos mayoritarios). Los “grupos
de afinidad” que más falta hacen ahora tendrían que arrancar justamente de la experiencia libertaria, la cual pone el acento, no en lo político, ni en el
uso de tal o cual técnica, ni en la limitación de las
actividades a un solo asunto, sino en lo social y lo cultural (en un sentido
amplio); y que, de paso, entiende el pluralismo como pluralidad de ideas, como
método para facilitar la inventiva y garantizar la descentralización desde
abajo, no como per- manente
cristalización de la superposición de corrientes.
VII
La conciencia
histórica es, sin duda, una vía
insoslayable para volver a enlazar con Marx. Pero, como he dicho antes, no es
la única. Ni siquiera es seguro que
sea suficiente para entablar el
diálogo intergeneracional que hoy se
necesita. La tradición se ha
roto; y, cuando una tradición se
rompe, no basta con recuperar los
conceptos que un día
sirvieron para fundarla: hay
que encontrar nuevas formas
de expresión, nuevos lenguajes para la
comunicación de las ideas. Por eso la mejor manera de entender a Marx desde las
preocupaciones de este comienzo de siglo, sobre todo si se quiere atender a las
preocupaciones de los más jóvenes, tal
vez no pueda ser ya la sencilla reproducción de un gran relato lineal que siga cronológicamente
los momentos clave de la historia de Europa y del mundo en el siglo XX, como en
una novela de Balzac o de Tolstoi.
Durante mucho
tiempo esa fue, efectivamente, la forma, vamos a decirlo así,
“natural” de comprensión de las
cosas; una forma que cuadraba bien
con la importancia colectivamente concedida a las tradi- ciones
culturales y, sobre todo, a la transmisión de las ideas básicas de generación
en generación. Pero seguramente ya no es
la forma adecua- da. A esto se refería
Pier Paolo Pasolini (1975) cuando escribió aquello de que
por burguesía no hay
que entender sólo una clase
social, sino una enfermedad propiamente dicha; una enfermedad que es,
además, muy contagiosa.
El gran relato
lineal no es ya, desde luego, lo habitual en el ámbi- to de la narrativa. Y es
dudoso que pueda seguir siéndolo en el
campo de la historiografía, cuando la cultura de
las imágenes fragmentadas
que ofrecen el cine, la televisión y el video ha
calado tan hondamen- te en nuestras sociedades. El posmodernismo es la
etapa superior del capitalismo, y, como escribió John Berger con toda la razón, “el papel histórico del
capitalismo es destruir la historia, cortar todo vínculo con el pasado y
orientar todos los esfuerzos y toda la imaginación hacia lo que está a
punto de ocurrir” (Berger, 1992: 362).
Así ha sido. Y así es.
Y si así ha
sido y así es, entonces, a quienes se
han formado ya en la cultura de las imágenes fragmentadas hay que hacerles una propues- ta distinta del gran
relato cronológico, para que se
interesen por lo que Marx fue e
hizo; una propuesta que restaure, mediante imágenes frag- mentarias
también, la persistencia de la centralidad de la lucha de clases en nuestra
época entre los claroscuros de la tragedia del siglo XX.
Imaginemos una
cinta sin fin que proyecta
ininterrumpidamente imágenes sobre una pantalla. En el momento en que llegamos a la pro- yección, una voz en
off lee las
palabras del epílogo histórico a
Puerca tierra, de John Berger (1992). Son
palabras que hablan de tradición,
su- pervivencia y resistencia, del lento paso desde el mundo rural al mundo de
la industria, de la destrucción de culturas por el industrialismo y de la resistencia
social a esa destrucción. Estas palabras introducen la imagen de la tumba de
los Marx en el cementerio londinense,
presidida por la gran cabeza de Karl, según una secuencia de la película de
Mike Leigh, Grandes ambiciones, en la que
el protagonista explica, en la
Inglaterra thatcheriana, “cuando los obreros se apuñalan a sí mismos por la
espal- da”, por qué fue
“grande” aquella cabeza. La
secuencia acaba con un plano
que va de los ojos del protagonista a lo alto del busto marmóreo
de Marx, mientras la protagonista, a quien va dirigida la explicación, se
interesa por las siemprevivas del cementerio (“y tuvimos que mirar la naturaleza con impaciencia”, dice
Brecha a los por nacer; “en casa siem-
pre tengo siemprevivas”, dice la protagonista de la película de Leigh).
La explicación de la
grandeza de Marx por
el protagonista de Grandes
ambiciones enlaza bien con la reflexión de Berger, y permite pasar directamente a la
secuencia final de La tierra de la gran
promesa, de A. Wajda, la de la huelga de los trabajadores textiles en
Lodz, que sin- tetiza en toda su crudeza
las contradicciones del tránsito sociocultural del mundo rural al mundo de la
industria en la época del primer capi- talismo salvaje. Entre el Lodz de Wajda y el Londres de Leigh hay
cien años de salvajismo capitalista. Vuelve la imagen de Marx en el
cemente- rio londinense. Pero en la
cinta sin fin hemos montado, sin solución de continuidad, otra imagen: la
que inicia la larga secuencia de La
mirada de Ulises de Angelopoulos con el
traslado de una gigantesca estatua de Lenin en barcaza por el Danubio.
Es esta una de las secuencias más interesantes del cine europeo de
la última década, por lo que
dice y por lo que
sugiere. Presencia- mos,
efectivamente, el final de un mundo, una historia que se acaba: el símbolo del gran mito del siglo
XX navega ahora de Este a Oeste por el
Danubio para ser vendido por los restos
de la nomenklatura a los colec- cionistas del
capitalismo vencedor en la
“tercera guerra mundial”. Es una secuencia lenta y larga, de final incierto, que
se queda para siempre en la retina de quien la contempla. La cortamos, de
momento, para in- troducir otra. Estamos viendo ahora la secuencia clave de
Underground de Emir Kusturica: la restauración del viejo mito platónico de la
caver- na como parábola de lo que un
día se llamó “socialismo
real”. El inte- lectual burócrata ha conseguido hacer creer al héroe de la
resistencia antinazi, en el subterráneo,
que la vida sigue
igual, que la resistencia
antinazi continúa, y maneja los
hilos de la historia como en un
gran guiñol mientras un personaje
secundario, pero esencial, repite, entre charangas y esperpentos, una sola palabra: “la catástrofe”.
Ninguna otra
imagen ha explicado mejor y con más
verdad que esta de Kusturica el
origen de la catástrofe del “socialismo real”. Hay muchas cosas
importantes en esta película en la que los simples sólo ven ideología
pro-serbia. Pero fragmentamos
Underground para volver a La mirada de Ulises, ahora con otra verdad a
cuestas, la del pecado original del “socialismo real”. La barcaza sigue deslizándose por el Danubio con la gigantesca
estatua de Lenin también fragmentada. Lo hace lentamen- te, muy lentamente. Desde la orilla del gran río las gentes la
acompañan, expectantes unos, en actitud
de respeto religioso otros, seguramente
asombrados los más. Da tiempo a pensar: el mundo de la gran política ha cambiado; una época termina; pero no es el final
de la historia: las viejas costumbres persisten en el corazón de Europa.
Tal vez no todo era caverna en aquel mundo. Cae la noche y la gran barcaza
con su estatua de Lenin montada para ser
vendida enfila la bocana del puerto fluvial. Cortamos la secuencia al caer la
noche. Donde antes estaba el Danubio, está ahora el Adriático, hay ahora otro barco, el Partizani: es la secuen-
cia final
de Lamerica de Gianni Amelio
con la imagen, impresionante, del
barco atestado de albaneses pobres que
huyen hacia Italia mientras el capitalismo vuelve, gozoso, a sus
negocios, y nuestro protagonista ha conocido un nuevo corazón de las tinieblas. Premonición
de lo que no había de ser el hegeliano
Final de la Historia, sino el comienzo
de otra historia, por lo demás muy
parecida a las otras historias de la Historia.
Cinta sin fin.
Otra vez las palabras de Berger, la cabeza de Marx en el cementerio
londinense, la gran estatua de Lenin navegando, lenta, muy lentamente, por el Danubio. ¿Llega realmente a su destino? Pue- de haber pensamiento en la
fragmentación: la explicación de Leigh
en Grandes ambiciones se repite: “Era
un gigante. Lo que [Marx] hizo
fue poner por escrito la verdad”.
El pueblo estaba siendo explotado. Sin
él no habría habido sindicatos,
ni estado del bienestar, ni
industrias na- cionalizadas”. Lo dice
un trabajador inglés de hoy que,
además (y eso importa), no quiere rollos ideológicos ni ama los
sermones. Y tampoco es la suya la última
palabra. La cinta sigue. Cinta sin fin.
En esa
cinta está Marx. Ha
habido muchas cosas en el mundo
que no
cupieron en la cabeza de
Marx. Cosas que
no tienen que ver con
la lucha de clases. Cierto. Pero
de la misma manera que nunca se
entenderá lo que hay en el
Museo del Prado sin la restauración histo- riográfica de la
cultura cristiana, tampoco se entenderá el gran cine de nuestra época, el cine que
habla de los grandes problemas de los hom- bres anónimos, sin haber leído a Marx.
Sin ismos, por supuesto.
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Edgardo Lander*
Marxismo, eurocentrismo y colonialismo1
* Profesor e investigador de la Facultad de
Ciencias Económicas y Sociales de la Univer- sidad Central de Venezuela (UCV).
1 En este
texto cité libremente varios materiales de mi autoría, especialmente: Contribu- ción a la crítica
del marxismo realmente existente:
verdad, ciencia y tecnología (1990a) y “Pensamiento crítico latinoamericano: la
impugnación del eurocentrismo” (2001).
LOS SABERES MODERNOS hegemónicos de
Occidente han sido so- metidos a
una amplia crítica en las últimas décadas, denunciando su carácter
eurocéntrico y colonial (Lander, 2000).
¿Hasta qué punto estas críticas son
igualmente válidas para una perspectiva teórica y política que ha tenido
como eje medular, precisamente, la crítica/superación de la sociedad
capitalista?
Las contribuciones del marxismo siguen siendo –a un
siglo y medio de sus
aportes iniciales– una perspectiva de
análisis, fuente de una visión de
totalidad y de interpretación de las dinámicas expansivas de la mercantilización
progresiva de todas las esferas de la vida,
sin la cual difícilmente podríamos comprender la sociedad capitalista con- temporánea y las
tendencias hegemónicas de la globalización neoliberal. A diferencia de la situación que se verifica en la mayor parte de las universidades
de América Latina, las perspectivas de análisis marxista conservan un importante vigor intelectual en muchas academias del Norte, especialmente en
algunos departamentos de economía del mun- do anglosajón.
No es el
propósito del presente artículo realizar un
balance glo- bal de la
vigencia del marxismo. En cambio, se
trata de explorar un conjunto de
problemas o nudos presentes en el pensamiento marxista, desde una perspectiva
de la crítica al eurocentrismo y al
carácter co- lonial de los saberes que
han sido hegemónicos en el sistema mundo moderno y, en particular, en
las llamadas ciencias modernas, incluidas las ciencias sociales. En este
texto, más que presentar conclusiones, se busca abrir la
discusión sobre un conjunto de
cuestiones iniciales que, para su
profundización, requerirían debates y desarrollos posteriores. Dada la gama relativamente amplia de asuntos
que será
necesario des- tacar, sólo se
realizará una presentación esquemática de
cada uno de ellos. Se
formulan proposiciones en sentido
amplio que, obviamente, no dan
cuenta del marxismo en su
conjunto, de toda la rica gama de sus
vertientes. Las caracterizaciones que
se realizan a continuación se refieren a
las formas hegemónicas,
intelectual y políticamente, de lo
que ha sido el marxismo realmente existente (Lander,
1990a).
EUROCENTRISMO Y COLONIALISMO EN EL
PENSAMIENTO SOCIAL MODERNO
Las diferentes
vertientes principales del pensamiento que ha sido histó- ricamente hegemónico sobre y desde
América Latina pueden ser carac- terizadas como colonial-eurocéntricas. Existe
una continuidad básica desde las Crónicas de Indias, el pensamiento liberal de
la independen- cia, el positivismo y el
pensamiento conservador del siglo XIX,
la so- ciología de la
modernización, el desarrollismo en
sus diversas versio- nes durante el siglo XX, el neoliberalismo y las disciplinas
académicas institucionalizadas en
las universidades del continente. Más allá de
la diversidad de sus orientaciones y de
sus variados contextos históricos, es
posible identificar en estas corrientes
hegemónicas un sustrato co- lonial que se
expresa en la lectura de
estas sociedades a partir de la cosmovisión europea, y en su
propósito de transformarlas
a imagen y semejanza de las
sociedades del Norte, que en
sucesivos momentos históricos han servido de modelo a imitar.
Sin embargo, se
han desarrollado igualmente otras corrientes de pensamiento y otras
opciones de conocimiento sobre la realidad del continente, desde los márgenes,
en la defensa de formas ancestrales, al- ternativas, de conocimiento, expresión
de la resistencia cultural, o aso- ciadas a luchas políticas y/o procesos de
movilización popular. Para esta pluralidad heterogénea de perspectivas, el
saber, el conocimiento, el método, el imaginario sobre lo que se ha sido,
se es y se puede llegar a ser como pueblos, lejos de ser exquisitos
asuntos propios de especialistas en epistemología, son pensados como cuestiones de medular importancia
política y cultural. Se considera que las formas hegemónicas del conoci- miento
sobre estas sociedades han operado como eficaces artefactos de legitimación y
naturalización de la jerarquización y exclusión social que ha prevalecido
históricamente en dichas sociedades. La descolonización del imaginario y la
desuniversalización de las formas coloniales del saber aparecen así como
condiciones de toda transformación democrática ra- dical de estas sociedades. Estos han sido asuntos presentes en el debate, por lo menos,
desde las contribuciones de Martí y Mariátegui en las últimas décadas del siglo
XIX y las primeras del siglo XX.
Algunos
de los
asuntos principales de estas
exploraciones ante- riores han sido
retomados más recientemente desde
nuevas y fecundas perspectivas, en la
forma de un cuestionamiento global y sistemático a los
supuestos coloniales y eurocéntricos de los saberes sociales de y sobre el
continente. Es este un rico
debate que expresa las
condiciones en las cuales se da
la producción política intelectual latinoamericana en la actualidad.
Son varios los ejes que articulan este debate en una perspectiva abierta pero a su
vez crecientemente coherente en sus líneas de cuestio- namiento a los saberes
hegemónicos, e incipiente en lo que respecta a la propuesta de alternativas. Se
abordan temas cruciales para la compren- sión
de las sociedades contemporáneas –en particular del mundo peri- férico–
tales como la crítica a las pretensiones
universales de la historia local,
parroquial, europea; la polémica sobre el origen y rasgos esencia- les de
la modernidad; las relaciones entre modernidad y orden colonial; las
condiciones históricas del surgimiento de los saberes modernos en los centros del
proceso de constitución del sistema-mundo moderno/ colonial; la
separación jerárquica entre los saberes abstractos, científi- cos, formales, y
los saberes locales y/o tradicionales; y el papel que han desempeñado los saberes modernos
hegemónicos en la naturalización y legitimación del continuo proceso de
colonización y neocolonización, tanto externa como interna, de los pueblos del
Sur.
Este amplio debate será ilustrado aquí con la
presentación de contribuciones clave de Enrique Dussel y Aníbal Quijano2.
Para Enrique
Dussel, un punto de partida necesario de
esta dis- cusión lo constituye la tarea
de desmontar el mito eurocéntrico
de la modernidad, afirmando para ello
que es necesario reconocer que exis- ten
dos conceptos de modernidad.
2 Otros
importantes aportes a este debate pueden
encontrarse en Mignolo (1995; 2001) y Wallerstein (1991).
El primero es
eurocéntrico, provinciano, regional. La Modernidad es una emancipación, una
“salida” de la inmadurez por un esfuerzo de la razón como proceso crítico,
que abre a la humanidad a un nuevo desarrollo del ser
humano. Este proceso se cumpliría en
Europa, esencialmente en el siglo
XVIII. El tiempo y el espacio de este
fenó- meno lo describe Hegel, y
lo comenta Habermas en su conocida obra sobre el tema –y es unánimemente aceptado por toda la
tradición europea actual.
[…] se
sigue una secuencia espacio-temporal:
casi siempre se acepta también el Renacimiento italiano, la Reforma y la
Ilustración alema- na y la Revolución francesa […] el Parlamento inglés. Es
decir: Italia (siglo XV), Alemania (siglos
XVI-XVIII), Francia (siglo XVIII), Ingla- terra (siglo XVII).
Denominamos a esta visión “eurocéntrica” porque indica como punto de
partida de la “Modernidad” fenómenos intra- europeos, y el desarrollo posterior
no necesita más que Europa para explicar el proceso. Esta es
aproximadamente la visión provinciana y
regional desde Max Weber –con su
análisis sobre la “racionaliza- ción”
y el “desencanto”– hasta Habermas. Para muchos un Galileo (condenado en 1616),
Bacon (Novum Organum, 1620) o
Descartes (El discurso del método, 1636)
serían los iniciadores del proceso mo- derno en el siglo XVII.
Proponemos una
segunda visión de la “Modernidad”, en
un sentido mundial, y consistiría
en definir como determinación fundamental
del mundo moderno el hecho de ser
(sus Estados, ejércitos, econo-
mía, filosofía, etc.) “centro” de la Historia Mundial. Es decir,
nunca hubo empíricamente Historia Mundial hasta el 1492
(como fecha de iniciación
del despliegue del “Sistema-mundo”). Anteriormente a esta fecha, los
imperios o sistemas culturales coexistían entre sí. Sólo con la
expansión portuguesa desde el siglo XV,
que llega al Ex- tremo Oriente en el siglo
XVI, y con el descubrimiento de
América hispánica, todo el planeta se torna el “lugar” de “una
sola” Historia Mundial (Dussel, 2000)3.
Es esta una historia mundial moderna que se constituye, desde sus ini- cios, en términos coloniales. “El ego cogito moderno fue antecedido en más de
un siglo por el
ego conquiro (Yo conquisto) práctico
del his- pano-lusitano que impuso su voluntad (la primera
‘Voluntad-de-Poder’ moderna) al indio
americano. La conquista de México fue
el primer ámbito del ego moderno” (Dussel, 2000).
3 Entre la
amplia producción de Dussel sobre estos
temas, ver también 1492: El encubri- miento del Otro. Hacia el origen
del mito de la Modernidad (1992) y Ética de la liberación en la edad de la
globalización y la exclusión (1998).
Dussel
caracteriza el “mito” de la modernidad en los siguientes términos:
- La
civilización moderna se autocomprende como más desarro- llada, superior.
- La superioridad impone el desarrollo
de los más primitivos, ru- dos, bárbaros, como exigencia moral.
- El camino de dicho proceso educativo
de desarrollo debe ser el seguido por Europa.
- Como el bárbaro se opone al proceso
civilizador, la praxis moderna debe ejercer en último caso la violencia, si
fuera necesario, para des- truir los obstáculos a tal modernización (la guerra
justa colonial).
- Esta dominación produce víctimas
(de muy
variadas maneras), violencia que
es interpretada como un acto inevitable, y con el sentido cuasi-ritual de sacrificio; el
holocausto de las víctimas (el indio colonizado, el esclavo
africano, la mujer, la destrucción ecológica de
la tierra, etcétera) es justificado en
su carácter de sacrificio salvador
por el héroe civilizador.
- Para el moderno, el
bárbaro tiene una “culpa” (el
oponerse al proceso civilizador) que
permite a la “Modernidad” presentar- se como “inocente” al
mismo tiempo que como “emancipadora”
respecto de esa “culpa” de sus propias víctimas.
- Por
último, y por el carácter
“civilizatorio” de la “Modernidad”, se interpretan como inevitables los
sufrimientos o sacrificios (los costos) de
la “modernización” de los otros pueblos “atrasados” (inmaduros),
de las
otras razas esclavizables, del
otro sexo por débil, etcétera
(Dussel, 2000: 49).
Para superar
la modernidad, según Dussel, es indispensable, primero, “negar la negación” de
este mito, reconocer la “otra cara” oculta, pero no por ello menos esencial, la
cara colonial de la modernidad, ya que
lo que significó emancipación para unos fue sometimiento para “los
Otros”.
Al negar la
inocencia de la “Modernidad” y al afirmar la Alteridad de “el Otro”, negado
antes como víctima culpable, permite “des-cubrir” por primera vez la
“otra-cara” oculta y esencial a la “Modernidad”: el mundo periférico colonial,
el indio sacrificado, el negro esclavizado, la mujer oprimida, el niño y la
cultura popular alienadas, etcétera (las
“víctimas” de la “Modernidad”) como víctimas de un acto
irra- cional (como contradicción del ideal racional de la misma Moderni- dad) (Dussel,
2000: 49).
Aníbal Quijano coincide con Dussel en el criterio
según el cual la moder- nidad se inicia
con América, con la constitución del nuevo patrón de po- der global, lo que
Wallerstein ha llamado el sistema-mundo capitalista.
No se trata de cambios dentro del mundo
conocido, que no alteran sino
algunos de sus rasgos. Se trata
del cambio del mundo como tal. Este es,
sin duda, el elemento fundante de la
nueva subjetividad: la percepción del cambio histórico. Es ese elemento lo que
desencadena el proceso de constitución de una nueva perspectiva sobre el tiempo
y sobre la historia. La percepción del cambio lleva a la idea del futu- ro, puesto que es el único
territorio del tiempo donde pueden ocurrir los cambios [...] Con América se inicia, pues, un entero universo de nuevas relaciones
materiales e intersubjetivas.
[...] los
cambios ocurren en todos los ámbitos de la existencia social de los pueblos y,
por tanto, de sus miembros individuales, lo mismo en la dimensión material
que en la dimensión subjetiva de esas relaciones. Y puesto que se trata de procesos
que se inician con la constitución de América, de un nuevo patrón de poder
mundial y de la integración de los pueblos de todo el mundo en ese proceso, de
un entero y comple- jo sistema-mundo, es
también imprescindible admitir que se
trata de todo un período histórico.
En otros términos, a partir de América
un nuevo espacio/tiempo se constituye, material y subjetivamente: eso es lo que
mienta el concepto de modernidad (Quijano, 2000a)4.
Este nuevo patrón mundial (colonial) del poder es
la condición a partir de la cual se va
constituyendo una nueva perspectiva (eurocéntrica) del conocimiento, de la cual Quijano destaca algunos aspectos básicos. En
primer lugar, se trata de una
perspectiva de conocimiento sustentada
sobre el dualismo radical cartesiano, que
se convierte en una total se- paración entre “razón/sujeto” y “cuerpo”,
a partir de la cual el “cuerpo” fue
naturalizado, fijado como “objeto” de
conocimiento, por parte de la
“razón/sujeto”. Esta separación (abstracción) del sujeto/razón en rela- ción
con el cuerpo está en la
base de las pretensiones objetivistas y
uni- versalizantes de un saber (científico) que reivindica su separación de los
condicionamientos subjetivos (corporales), espaciales y temporales5.
En segundo lugar,
en la perspectiva eurocéntrica del conocimien- to se produce una “articulación
peculiar” entre, por un lado,
el dualis- mo que establece contrastes radicales entre
pre-capital y capital, lo no europeo y lo
europeo, lo primitivo y lo civilizado, lo tradicional y lo moderno, y, por otro lado,
la concepción evolucionista,
lineal, unidireccional de la historia que
avanza inexorablemente desde un
mítico estado de naturaleza hasta la moderna sociedad europea.
4 Los aportes más
importantes de Aníbal Quijano a este debate se encuentran en los
si- guientes textos: “Modernidad y democracia: intereses y conflictos”
(2000b); “¡Qué tal raza! (1999a); “Coloniality of Power and Its Institutions” (1999b); “Estado nación,
ciudadanía y democracia: cuestiones abiertas” (1998); “Colonialidad del poder, cultura y
conocimiento en América Latina” (1997);
“Raza, etnia, nación: cuestiones abiertas” (1992a); y “Colonia- lidad y
modernidad/racionalidad” (1992b).
5 Esta
síntesis, y las citas que en ella se
incorporan, están tomadas de Quijano (2000a).
En tercer lugar, a partir de las
estructuras coloniales del poder,
se naturalizan las diferencias culturales entre los grupos humanos, me- diante
un sistemático régimen de codificación y clasificación de estas diferencias como diferencias raciales.
“La idea de raza [que] es, literal- mente, un invento [y que no]
tiene nada que ver con la estructura bioló- gica de la especie humana” se ha convertido en un dispositivo extraor- dinariamente potente de
clasificación y jerarquización mediante el cual se ha logrado dar la apariencia de naturales (y por lo tanto sin relación alguna con el orden social) a las profundas
desigualdades y jerarquías existentes en las sociedades modernas6.
En cuarto lugar, a partir del dualismo y el
evolucionismo arriba señalados, y a partir de
la esencialización de las diferencias entre los pueblos como
diferencias jerárquicas de capacidad
humana, “los eu- ropeos imaginaron […]
ser no
solamente creadores exclusivos de
[la] modernidad, sino igualmente
sus protagonistas”. De esta
manera, se construye una Historia Universal en la cual todos los aportes significa- tivos de
las artes, las ciencias, la tecnología, la moral y los regímenes políticos son productos internos de la sociedad europea,
resultados su- periores a ser llevados al resto, inferior, de los pueblos del
mundo.
6 “La
formación de relaciones sociales fundadas en dicha idea produjo en América iden- tidades sociales
históricamente nuevas: indios, negros y
mestizos, y redefinió otras. Así, términos
como español y portugués, más
tarde europeo, que hasta entonces
indicaban solamente procedencia geográfica o país de
origen, desde entonces cobraron también, en referencia a las nuevas identidades, una connotación racial. Y
en la medida en que las relaciones sociales que estaban configurándose eran relaciones de dominación,
tales identidades fueron asociadas a las jerarquías, lugares y roles sociales
correspondientes, como constitutivas de ellas
y, en consecuencia, al patrón de dominación colonial que se imponía. En otros términos, raza e
identidad racial fueron establecidas como instrumen- tos de clasificación social
básica de la población […] En América,
la idea de raza fue un modo de otorgar
legitimidad a las relaciones de dominación impuestas por la conquista. La posterior constitución de Europa como nueva identidad después de América,
y la expansión del colonialismo
europeo sobre el resto del mundo, llevó
a la elaboración de la perspectiva eurocéntrica de conocimiento y con ella a la elaboración teórica de la idea
de raza como naturalización de esas
relaciones coloniales de
dominación entre euro- peos y
no-europeos. Históricamente, eso significó una nueva manera de legitimar las ya
antiguas ideas y prácticas de relaciones de superioridad/inferioridad entre dominados y dominantes. Desde entonces ha
demostrado ser el más eficaz y perdurable instrumento de dominación
social universal, pues de él pasó a
depender inclusive otro igualmen- te universal, pero más antiguo, el inter-sexual o de género: los
pueblos conquistados y dominados
fueron situados en una posición natural
de inferioridad y, en consecuencia,
también sus rasgos fenotípicos, así como
sus descubrimientos mentales y
culturales. De ese modo, raza se convirtió en el primer criterio fundamental
para la distribución de la población mundial en
los rangos, lugares y roles
en la estructura de poder de
la nueva sociedad. En otros
términos, en el modo básico de clasificación social universal de la población mundial” (Quijano, 2000a).
En
quinto lugar, como consecuencia de
la ubicación de las
di- ferencias entre los distintos
pueblos en una escala temporal, todo lo
no-europeo es percibido como pasado. “Los pueblos colonizados eran razas
inferiores y, por ello, anteriores a los
europeos” (Quijano, 2000a).
La importancia
actual de estos asuntos reside en
que si bien esta estructura de poder (y el régimen de
saberes caracterizado como euro- céntrico) tiene un origen colonial, “ha probado ser más
duradero y es- table que el colonialismo”, perdurando como un elemento
del patrón de poder hoy mundialmente hegemónico.
MARXISMO,
EUROCENTRISMO Y COLONIALISMO
El marxismo,
la crítica más radical a la sociedad
capitalista, no esca- pa del
eurocentrismo y colonialismo característicos de los saberes mo- dernos
hegemónicos. Y, sin embargo, como
se señaló anteriormente, difícilmente
estaríamos en condiciones de comprender
la actual diná- mica expansiva del
capitalismo mundial, conocida como proceso de globalización neoliberal,
si dejamos de lado las herramientas
teóricas y perspectivas de análisis del capital aportadas por el marxismo. Precisa- mente para explorar la
medida en la cual estas herramientas
teóricas, y el para qué del conocimiento (la transformación social), nos permiten dar
cuenta de los problemas que
hoy confrontamos en la búsqueda
de una sociedad más equitativa,
democrática y ambientalmente sustenta- ble,
se hace necesaria una crítica al marxismo a partir de los
debates epistemológicos y políticos actuales, y de los problemas y retos
que hoy confrontamos. Sólo así estaremos en situación de recuperar, reformu-
lar, enriquecer, transformar, aquellos aportes del marxismo que pueden ser
instrumentos teóricos y políticos críticos y transformadores, y dejar atrás
todas aquellas formulaciones, propuestas y perspectivas que están
inevitablemente marcadas por –y ancladas
en– los
sesgos propios del pensamiento colonial eurocéntrico europeo hegemónico
del siglo XIX.
La crítica al
marxismo supone, en primer lugar, precisar qué
es lo que entendemos por marxismo, y sobre todo asumir la complejidad
y diversidad de lo que conocemos
por tradición marxista. Una cosa
es referirse a un conjunto
de problemas que fueron dejados abiertos en la obra de Marx,
o en torno a los cuales formuló exploraciones alter- nativas,
no siempre coherentes entre sí (y
no siempre asumidas en su tensión), y otra diferente es la
codificación dogmática del marxismo en lo que
terminó siendo el llamado materialismo histórico y los manuales
soviéticos, que fueron la vía principal
de acceso al marxismo por parte de
muchas generaciones de estudiantes y militantes políticos y sociales en todo el
planeta.
No es
posible siquiera plantearse una crítica epistemológica al marxismo si
no comenzamos por reconocer la diversidad de posturas y fuentes
epistemológicas presentes –con profundas
y frecuentemente, fructíferas tensiones– en el pensamiento de Marx. La extraordinaria efi- cacia simbólica del
marxismo, su insólita capacidad de sobrevivencia, aun después de la experiencia
del Gulag, se debe en gran parte al
hecho de que Marx
logró incorporar en un
solo gran sistema teórico lo que
fueron tradiciones, desarrollos y corrientes de pensamiento de orígenes muy dispares, pero todos profundamente arraigados
en la cultura de occidente de los
últimos siglos.
Son estas las tradiciones a las que se refiere Lenin (1961: 61-65) cuando habla de las
tres fuentes del marxismo. Lenin
identifica como principales influencias teóricas en la obra de Marx al socialismo
utópico francés, la filosofía
clásica alemana (especialmente a través
de Hegel) y la economía clásica
inglesa. Con énfasis diferentes, André Gorz (1981),
refiriéndose a lo que él considera el aspecto más significativo de la teoría marxista –la teoría
del proletariado–, plantea estos antecedentes en tér- minos más ampliamente culturales: “La teoría marxista
del proletariado es una sorprendente condensación sincrética de las tres corrientes do- minantes del pensamiento
occidental de la época de la burguesía heroi- ca: el cristianismo, el
hegelianismo y el cientificismo” (Gorz, 1981: 26).
Interesa
destacar las modalidades de explicación, las formas de
cons- titución del conocimiento y de la verdad que están implicadas en cada una de estas
diversas corrientes, y la forma en la cual
se resuelve o no esta diversidad
epistemológica en la obra de
Marx. Podemos afirmar que estos
tres campos definen tres modalidades alternativas de aproxi- mación al
conocimiento.
EL
PENSAMIENTO UTÓPICO
En primer lugar, podemos identificar el campo
del pensamiento utó- pico, que se
emparenta con el mesianismo cristiano.
Es el terreno del deber ser, donde se
debaten los valores, la ética, la moral, los problemas del bien y
el mal; donde se constituye la
idea de la
libertad, y el ser humano es capaz de trascender su realidad inmediata
para imaginarse que las cosas podrían
ser diferentes. Es el terreno del
diálogo, del con- senso, de la competencia
entre valores encontrados. Es el terreno
del voluntarismo, de la política como definición de fines. Aquí encontramos toda la herencia cultural
del cristianismo, del socialismo utópico, de las ofertas de un
futuro mejor como algo que los
seres humanos pueden alcanzar
mediante su acción. Es el terreno de
la responsabilidad. Los fines y
los valores que se definen en este campo encuentran su legitima- ción en sí mismos. La libertad y la igualdad son
opciones humanas. Son valores que se
busca alcanzar; por tanto, pueden o
no ser
priorizados frente a otros valores.
Cuando Marx postula la posibilidad del
desarrollo multifacético de las potencialidades del ser humano; cuando habla de
la posibilidad de un trabajo libre, no alienado; cuando señala la necesidad de
la acción cons- ciente y organizada del proletariado para la abolición de la
propiedad pri- vada y la construcción del comunismo como la sociedad sin
clases, lo hace ubicado en este terreno.
Está optando por determinados valores y des- echando otros, está priorizando
unos sobre otros, y está tomando partido a favor de los intereses de unos
sectores sociales y en contra de otros.
LA FILOSOFÍA DE
LA HISTORIA
Un segundo
terreno de constitución del conocimiento en el cual se fun- da
la obra de Marx
es el de la
explicación filosófica; en
particular, la filosofía de la historia retomada de Hegel. Se busca el significado y el sentido del curso de
la historia, la dirección hacia la cual
marcha la sociedad humana. Aquí,
a diferencia del campo que
hemos definido genéricamente como político, no se
trata en principio de una opción valorativa, sino del desentrañamiento de un sentido de la historia que aparece como
independiente de la voluntad y del saber humano.
Se trata de
un sentido trascendente que pertenece a la esencia misma del devenir histórico, y
que puede ser conocido –se puede llegar
a esta verdad– mediante la reflexión
filosófica más compleja. Esta inda- gación
del sentido de la historia es la búsqueda de una verdad que existe en sí misma
y que puede ser alcanzada por
el entendimiento humano. Está claro que
cuando Marx habla de la
inevitabilidad histórica del co- munismo como la sociedad sin
clases, o del papel que por
su propia esencia tiene el proletariado
en la constitución de esta sociedad sin
cla- ses (independientemente de la conformación empírica del proletariado como
clase en algún momento histórico de la
sociedad capitalista, o de su autoconciencia sobre esta misión histórica), su modalidad de explicación
de la realidad está ubicada en este campo.
EL
CONOCIMIENTO CIENTÍFICO
El tercer
terreno de constitución del saber sobre el cual
se fundamenta la obra de Marx es
el del conocimiento científico. Aquí el paradigma del conocimiento válido, el
modelo de búsqueda de la verdad, está
tomado de las ciencias naturales, cuya influencia es
casi omnipresente en la vida
intelectual europea occidental de la segunda mitad del siglo XIX, y que
terminó por tener una poderosa
incidencia en la concepción del mundo de Marx.
Es el terreno de la búsqueda de la verdad mediante los métodos de
indagación empírica y demostración rigurosa que
aporta, como modelo, la ciencia natural.
Esta triple
fuente de fundamentación o legitimación que está en la base del sistema teórico de Marx explica muchos de
los problemas que ha encontrado el
marxismo en su desarrollo, muchas de sus limitacio-
nes, pero, paradójicamente, constituye
la razón de su perdurable valor. El
marxismo es la síntesis más acabada
tanto de los valores como de las formas de
conocer dominantes en occidente
en los
últimos siglos. No hay en Marx,
sin embargo, una clara ni permanente autoconciencia epis- temológica con relación a las implicaciones que para su sistema teórico tiene el hecho
de que
las fuentes de sustentación de sus
proposiciones se encuentren
ubicadas en terrenos que presentan opciones epistemo- lógicas en muchos sentidos enfrentadas. El comunismo es,
para Marx, la sociedad que queremos
(terreno de los valores, de las opciones éticas, de la construcción –en gran
medida voluntaria– del futuro por parte de los
seres humanos). Es además el
fin y el sentido de la
historia, es la dirección hacia
la cual ha venido caminando la humanidad
desde siem- pre, es lo que le da sentido
a todo el acontecer anterior, es aquello de lo cual los seres humanos son portadores (lo sepan o no). Por último, para Marx el comunismo es algo
que está inscripto en la dinámica de las con- tradicciones de la sociedad
capitalista. Las contradicciones de clase,
las contradicciones entre fuerzas productivas y relaciones de
producción, el proceso de constitución del proletariado como clase revolucionaria, la apropiación creciente
de las
fuerzas productivas del trabajo
social por parte de esta clase –todo ello demostrable científicamente– constituyen
la constatación irrefutable de que se
están gestando, al interior de la socie- dad
capitalista, las condiciones para su transformación en una sociedad
comunista. ¡Maravillosa coincidencia
entre los sueños de libertad y feli- cidad, el sentido profundo e inmanente de
la historia, y lo que el análisis científico de las tendencias de la sociedad
capitalista nos demuestra!
LAS TENSIONES EN EL
PENSAMIENTO DE MARX
En diferentes
momentos de su vida, en las varias etapas de maduración de su pensamiento, de
acuerdo con los acontecimientos
históricos que lo fueron impactando, y según el carácter y el objetivo de sus diferentes
trabajos (énfasis más teórico o más permanente o, por el contrario, un énfasis mayor en la
coyuntura política), Marx construye su
elaboración teórica apelando preponderantemente a alguna de las
tres fuentes de fundamentación
que han sido señaladas. Estos modelos de explicación
de lo real coexisten –incómodamente– en el seno
de su pensamiento. Sin embargo, la cristalización
del sistema de interpretación del mundo de Marx
se da en una primera instancia
sobre una base filosófica. Las
proposiciones teóricas centrales de la obra de Marx registran la huella de su filosofía de la
historia. Esto se puede ver con
particular claridad cuando examinamos un aspecto tan central para la obra de Marx como la proposición del carácter revolucionario
del proletariado-clase-porta- dora-del-futuro. En palabras de Gorz:
Para el joven
Marx, no era la
existencia de un proletariado revolu- cionario lo que
justificaba su teoría. Es, por el
contrario, su teoría lo que permitía
predecir la aparición del proletariado
revolucionario y establecería su necesidad. La primacía pertenecía a la
filosofía. La fi- losofía anticipaba el curso de las cosas, establecía que la
Historia te- nía por sentido hacer surgir, con el proletariado, una clase universal única capaz de emancipar a toda la
humanidad (Gorz, 1981: 28).
Si identificamos las proposiciones fundamentales del sistema teórico desarrollado por Marx
(su concepción de la
historia y su sentido, el papel
de las clases en la historia, el papel del proletariado, el inevitable derrumbe
del capitalismo, el papel de las fuerzas productivas en el de- sarrollo histórico,
el advenimiento de la sociedad sin clases, etc.), pode- mos
ver que efectivamente todas estas
proposiciones se encuentran ya desarrolladas en
obras tempranas como La Ideología
Alemana (1845), La Sagrada
Familia (1845) y el Manifiesto del
Partido Comunista (1848). El hecho de que
Marx dedicara la mayor parte de
su esfuerzo intelec- tual a demostrar
científicamente esas tesis principales –especialmente en el inmenso
esfuerzo de investigación que representó
el trabajo rea- lizado para la elaboración de El Capital– tiene que
ver con el predomi- nio del
cientificismo en el clima
intelectual europeo occidental de la
segunda parte del siglo XIX. Es tal la
preeminencia de los paradigmas del conocimiento de las ciencias naturales en
ese ambiente intelectual, que resulta
casi obligado demostrar que las
tesis que se defienden no son meras opiniones o especulaciones filosóficas, sino proposiciones científicas respaldadas por una amplia documentación empírica. Una y otra
vez, Marx defiende la validez de su
teoría apelando a su carácter científico. Si embargo, para Marx no se trata sólo de divulgar sus tesis políticas o filosóficas bajo una forma que
garantizara el mayor grado de
aceptación en el ambiente intelectual de su
época. Marx está fir- memente convencido del carácter científico de su
trabajo. Cree haber documentado,
constatado, demostrado científicamente la validez de las tesis que
formulara por primera vez muchos
años antes.
La
multiplicidad de interpretaciones y desarrollos históricos, la variedad de “marxismos”, tiene su raíz
no sólo en
esta diversidad de
fundamentaciones epistemológicas, en
esta particular síntesis de teo- rías
y tradiciones culturales, sino
también en la forma en que
esta di- versidad epistemológica
se expresa en las
tensiones existentes en las
formulaciones teóricas de Marx en
relación con problemas teóricos y políticos centrales planteados en
su obra. Es tal la complejidad presen- te
en la obra de Marx,
que ha sido posible
construir interpretaciones diferentes (y a veces radicalmente opuestas) de sus
principales proposi- ciones teóricas, apelando en cada caso a la selección de determinados textos (y
suprimiendo otros). Por su importancia
tanto para el sistema teórico desarrollado por
Marx, como para lo que ha
sido el desarrollo posterior
de los
“marxismos”, son de especial interés las tensiones en torno a los siguientes
problemas:
1] Hay
una tensión no resuelta entre
necesidad y libertad, entre de-
terminismo y voluntarismo. Esta no es una tensión particular de la obra de
Marx, sino la expresión de una
importante tradición de la cultura de occidente, que se encuentra igualmente
presente en la teología cristiana en la tensión entre “ley natural” y
“libre albe- drío”. Por
un lado, los seres
humanos en la sociedad capitalista aparecen como producto inexorable de
las leyes del movimiento del capital;
incluso sus opiniones, sus gustos, son
dictados por estas leyes. Y,
sin embargo, el ser
humano es capaz de actuar conscientemente para transformar estas
circunstancias y alcan- zar su libertad.
2] En
Marx encontramos una crítica
radical, así como una admi- ración sin límite, de las fuerzas productivas
desarrolladas por la burguesía en la
sociedad capitalista.
3] En
Marx podemos encontrar desde una
epistemología centrada en el ser humano,
en la cual la acción social, subjetiva,
cultural, es el fundamento del conocimiento (llegando hasta la “antropo-
logización de la naturaleza”), hasta proposiciones que sirven de base para el realismo epistemológico y la teoría
del reflejo desarro- lladas por Engels y
Lenin.
4] Como
bien plantea Alvin Gouldner,
encontramos en Marx un re- chazo al idealismo con dos implicaciones
diferentes. Por un lado, está el rechazo
al idealismo por unilateral, por dar
preeminencia a los factores ideológicos e ignorar la importancia de los
factores materiales. Por otra parte, está el rechazo al idealismo a través de
la afirmación de su contrario, la prioridad absoluta y permanente de los
factores materiales sobre todo lo demás. Es esta
afirma- ción de lo contrario del
idealismo la que lleva implícita el
deter- minismo económico, determinismo que
no recorre de ninguna manera toda la obra de Marx.
Así, el
marxismo, a partir de la obra del propio Marx,
lejos de haber sido
una respuesta tajante y precisa con
relación a los principales pro- blemas filosóficos, teóricos y políticos
de la tradición cultural de la cual forma parte, los incorpora en
gran medida: las polémicas
en torno a estas dificultades no se dan sólo en el enfrentamiento con las posiciones
no marxistas, sino –y con frecuencia más intensamente– al interior del propio
marxismo.
CRISIS
DEL MARXISMO Y CRISIS DE LA SOCIEDAD INDUSTRIAL
La llamada crisis del marxismo no
puede explicarse sólo a partir
del colapso del socialismo real, o las
derrotas de los movimientos y organi- zaciones que utilizaron en todo el planeta el marxismo
como bandera de lucha. Es también consecuencia directa de la crisis del
imaginario del futuro que se
consolidó como hegemónico en el pensamiento occi- dental del siglo XIX.
Muchas de las
ideas que resultaron brillantes,
sintetizadoras, seductoras en el siglo
XIX y buena parte del siglo
XX tienen hoy el carácter de pesada carga, el olor del
moho, el desencanto de una prome- sa que
no fue. Muchas de las principales ideas-fuerza sobre
las cuales se construye el edificio teórico de
Marx, las ideas más
significantes y apasionantes
del siglo XIX
(progreso, ciencia,
desarrollo progresivo de las
fuerzas productivas, industrialismo,
verdad y felicidad a través
de la abundancia), han hecho agua. Aquellas ideas que, sintetizadas y arti- culadas, constituyeron
los pilares de un
asombroso edificio teórico, aquellas formulaciones que constituían la fuerza fundamental de esa extraordinaria obra de síntesis, se han
convertido hoy en su contrario. Lo
que ayer
era fuente de fuerza es hoy
fuente de debilidad.
LOS EJES
PRINCIPALES DEL DEBATE EN TORNO AL EUROCENTRISMO Y EL COLONIALISMO EN EL
MARXISMO
Desde el punto de vista de los actuales debates
críticos del eurocentrismo y el colonialismo en torno a los saberes modernos
hegemónicos, se seña- lan a continuación
lo que constituyen las expresiones
más importantes de fundamentaciones
eurocéntricas y coloniales presentes en el marxis- mo. Como se
ha señalado anteriormente, dada
la diversidad y hetero- geneidad de lo
que históricamente ha pasado a formar parte del campo
político-intelectual llamado marxismo, estas críticas son más pertinentes para unas corrientes que para
otras, pero lo son particularmente para las expresiones más formalizadas del llamado materialismo
histórico, tanto en su vertiente académica, como en su versión político
partidaria.
EL
MARXISMO COMO CIENCIA POSITIVA
En primer lugar, interesa explorar las implicaciones de la
tensión ya señalada entre el marxismo como crítica transformadora de la
sociedad capitalista y el marxismo como ciencia positiva. La crítica a la
sociedad capitalista pasa necesariamente por
la crítica a sus formas de
conoci- miento. Se supone que La
contribución a la crítica de la economía
polí- tica busca precisamente eso, la crítica al conocimiento de la sociedad
burguesa en cuanto naturalizador y
legitimador de las relaciones de dominación de dicha sociedad.
Sin embargo, el propio Marx no
logra superar –ni asumir
plenamente en sus dimensiones epistemológicas– la tensión entre la crítica al
conocimiento de la sociedad capitalista, como dimensión medular
de la crítica al capitalismo, y la búsqueda de la construcción de un
edificio científico a partir de
los moldes episte- mológicos y
criterios de cientificidad propios de la sociedad capitalista, esto es, la ciencia positiva. Esta tensión
corresponde grosso modo a la diferencia
entre las perspectivas epistemológicas implícitas o explícitas que se encuentran, por un
lado, en los textos más personales, más ex- ploratorios, más filosóficos de Marx –como los Manuscritos de París de
1844 (Obras de
Marx y Engels, 1978), los Grundrisse (Marx, 1971b, 1972 y
1976), el capítulo VI inédito de El
Capital (Marx, 1971a)– y, por el otro, en la presentación más formalizada, más científica de su trabajo, que se observa en buena
parte de El Capital. Esta búsqueda de legitimación de la crítica a partir de
los propios criterios de validación del conocimiento de la sociedad que se
critica y se busca superar radicalmente constituye un límite severo a la
crítica marxista de la sociedad capitalista.
Es esta
vertiente epistemológica cientificista,
ya presente en Marx,
la base de la construcción de
todo el inmenso andamiaje del lla- mado socialismo científico, que incorpora en
forma no cuestionada el modelo de
producción de conocimiento característico de la ciencia po- sitiva (dualidad razón-sujeto/ objeto; privilegio
de un
sujeto histórico particular, y construcción de todos “los Otros” como
objetos del conoci- miento, como incapaces de producir conocimiento válido;
perspectiva eurocéntrica de la Historia Universal; etcétera).
La búsqueda de
una salida a la reproducción de las modalidades de conocimiento propias de la
ciencia de la sociedad capitalista por
la vía de una perspectiva epistemológica proletaria, en contraposición a
la ciencia burguesa, sin salirse del
molde de la cientificidad de la ciencia positiva por parte de la Academia de las Ciencias de
URSS, llevó al ca- llejón sin salida de la biología proletaria de
Lysenko (Lander, 1990b; La situación de las ciencias biológicas, 1949).
LENIN,
VERDAD Y SOCIALISMO CIENTÍFICO
La base epistemológica de lo que
constituye la expresión más
radica- lizada e influyente del
marxismo como ciencia, el llamado socialismo científico, o materialismo
histórico, se encuentra en la teoría
leninista de la verdad.
El punto de
partida de esta interpretación leninista está en la
noción según la cual es posible alcanzar
la verdad absoluta. “Ser ma- terialista
significa reconocer la verdad objetiva, que
nos es descubierta por los órganos de los sentidos. Reconocer la
verdad objetiva, es decir, independiente del hombre y de la humanidad, significa
admitir de una manera o de otra la verdad absoluta” (Lenin, 1908: 134).
Lenin entiende el desarrollo histórico como un
“proceso natural”, y el socialismo como producto de un análisis “estrictamente científico” de las
tendencias de la sociedad capitalista. Refiriéndose al carácter científico de la obra de Marx, afirma:
El análisis de
las relaciones sociales materiales (es decir, de las que se establecen sin pasar por
la consciencia de los hombres: al inter- cambiar productos, los hombres establecen relaciones de produc- ción,
incluso sin tener consciencia de que
existe en ello una relación
social de producción) permitió en el acto
observar la repetición y la
regularidad y sintetizar los
regímenes de los distintos países en un solo
concepto fundamental de formación social. Esta síntesis es la única que hizo
posible pasar de la descripción de los fenómenos sociales (y de su
valoración desde el punto de
vista del ideal) a su análisis estrictamente científico,
que destaca, pongamos por caso, lo que
diferencia a un país capitalista de otro
y estudia lo que tienen de común todos esos […] esta hipótesis ha brindado por vez primera la posibilidad de una sociología
científica, porque sólo reduciendo las
relaciones sociales a las de producción, y estas últimas a nivel de las fuerzas
productivas, se ha logrado una base firme para concebir el desarrollo de las
formaciones sociales como un proceso natural. Y se comprende por sí solo que
sin semejante concepción no puede haber tampoco ciencia social (Lenin, 1978:
14).
Para enfatizar
aún más el carácter científico de la obra
de Marx, Lenin compara la contribución
de dicha obra al conocimiento de la historia humana con el aporte de Darwin a la biología científica,
en los siguien- tes términos:
De la misma manera que Darwin puso fin a la
opinión de que las especies animales y plantas no tienen ninguna ligazón, de que
son casuales, “obra de Dios” e inmutables, y dio por primera vez a la
bio- logía una base completamente científica al descubrir la
mutabilidad de las especies y su continuidad; de esa misma manera, Marx puso fin
a la concepción que se tenía de
que la sociedad es un agregado mecánico de individuos que admite toda clase de
cambios por vo- luntad de los
jefes (o, lo que es igual, por
voluntad de la sociedad y del gobierno), agregado que surge y se modifica casualmente, y dio por primera vez
a la sociología una base científica, al
formular el concepto de formación socioeconómica como conjunto de
determi- nadas relaciones de producción y dejar sentado que el desarrollo de estas formaciones constituye
un proceso natural.[…] Ahora, desde
que apareció El Capital, la concepción materialista de la historia ha
dejado de ser una hipótesis para convertirse en una tesis demostrada con
argumentos científicos (Lenin, 1908:15).
Aquí se
lleva hasta las últimas consecuencias la seguridad en relación con la posibilidad del conocimiento
objetivo de lo real. Desaparece toda
duda, la verdad como tal parece situarse
en el terreno ontológico, en el terreno del ser mismo de las cosas: existe
con independencia de los seres
humanos, de la humanidad. Los seres
humanos, mediante el avance de la ciencia, se van aproximando
sucesivamente, por un proceso de natu-
raleza evolutivo-acumulativa, a esa
verdad absoluta, objetiva, que
está en la realidad misma:
Así pues, el
pensamiento humano, por su naturaleza, es capaz de proporcionarnos y proporciona en
realidad la verdad absoluta, que resulta de
la suma de verdades relativas. Cada fase
del desarrollo de la ciencia
añade nuevos granos a esta suma de
verdad absoluta; pero los límites de la verdad de cada tesis científica son relativos, tan pronto ampliados
como restringidos por el progreso
consecutivo de los conocimientos (Lenin, 1908: 136).
Desde el punto de vista del materialismo moderno, es decir, del mar-
xismo, son históricamente condicionales
los límites de la aproxima- ción de
nuestros conocimientos a la verdad objetiva, absoluta, pero la existencia de
esta verdad, así como el hecho que nos aproximamos a ella, no
obedece a condiciones. Son
históricamente condicionales los contornos del cuadro, pero este cuadro representa sin condicio- nes un modelo objetivamente
existente. Es históricamente condicio- nal cuándo y en qué condiciones hemos
progresado en nuestro cono- cimiento de la esencia de las cosas hasta descubrir
la alizarina en el alquitrán de hulla o hasta descubrir los electrones en el
átomo, pero cada uno de esos
descubrimientos es sin condiciones un progreso del “conocimiento incondicionalmente
objetivo”. En pocas palabras, toda ideología es
históricamente condicional, pero toda ideología científica [a diferencia,
por ejemplo, de la ideología religiosa] corres- ponde incondicionalmente a una
verdad objetiva, a una naturaleza absoluta (Lenin, 1908:137-138).
Se ha desterrado toda duda epistemológica; la
realidad existe fuera de nosotros, la
podemos llegar a conocer –en su esencia–
en una forma ob- jetiva. La ciencia
avanza inexorablemente hacia la verdad absoluta. El marxismo, en cuanto única
ciencia del conocimiento objetivo de la so- ciedad y la historia, nos garantiza ese tránsito hacia la verdad
objetiva:
La única
conclusión que se puede sacar de la opinión, compartida por los marxistas, de que la teoría de Marx es una verdad objetiva, es la siguiente:
yendo por la senda de la teoría de
Marx, nos aproxi- mamos cada vez más a la verdad objetiva [sin llegar
nunca a su fin]; yendo, en cambio, por
cualquier otra senda, no podemos
llegar más que a la confusión y a la patraña (Lenin, 1908:
145).
Sólo el marxismo nos garantiza aproximarnos a
la verdad absoluta. Las otras sendas del
conocimiento nos garantizan
el error, la no-verdad. A partir de estas proposiciones,
Lenin saca sus conclusiones políticas. Si la
marcha de la historia se
da de acuerdo con
las leyes objetivas, cuya naturaleza y esencia pueden ser conocidas –y
son de hecho cono- cidas– objetivamente
sólo por
el marxismo, toda acción política que
se fundamente en la verdad del marxismo será
una acción política mon- tada sobre la dirección de la historia y estará
justificada por ello. Toda acción política que se fundamente en otra concepción de la sociedad
y de la historia estará basada necesariamente en el engaño y la patraña; estará
contrapuesta y desviada con relación a la dirección del desarrollo objetivo de
los acontecimientos históricos.
El
desentrañamiento del sentido profundo de las leyes de la his- toria, la verdad
absoluta, es posible, pero sólo para
aquellos cuya posi- ción en las relaciones de producción capitalista
les otorga un particular privilegio
epistemológico que les da
acceso a dicha verdad; esto
es: el proletariado de la sociedad capitalista y, en particular, su vanguardia organizada en partido
revolucionario.
Estas
proposiciones leninistas reproducen (en
forma radicaliza- da) las posturas coloniales eurocéntricas del
conocimiento moderno he- gemónico en su construcción de una escisión entre
objeto y sujeto, y en la creación de la razón como sujeto abstracto del
conocimiento objetivo y universal. Hay, sin embargo, una importante diferencia.
La ciencia po- sitiva postula la existencia de un sujeto abstracto (la razón),
capaz de un conocimiento objetivo y universal. Se trata en realidad de un dispositi- vo epistemológico mediante el
cual se oculta al sujeto del conocimien-
to dominante del mundo colonial-moderno;
un sujeto europeo, blanco, masculino, de
clase alta y, por lo menos en su presentación pública, he- terosexual. Todos
“los Otros” (mujeres, negros, indios, no europeos) son convertidos, mediante
este dispositivo, en objetos de
conocimiento, en no-sujetos, en seres
incapaces de crear un conocimiento válido. En la radicalización que hace Lenin de esta postura colonial
eurocéntrica de negación de todo Otro sujeto capaz de conocer, no aparece este
disposi- tivo de ocultamiento. El sujeto privilegiado del conocimiento objetivo y universal es postulado
abiertamente: la vanguardia del proletariado.
Desde la verdad, objetiva y universal, a la
cual tiene acceso privi- legiado esta
vanguardia, es posible impulsar y legitimar el proceso civi- lizatorio que
lleve al “atrasado” pueblo ruso a saltar etapas para avanzar aceleradamente en
la dirección de la Historia, la industrialización, el desarrollo del mercado
capitalista y la revolución socialista. De esta ma- nera, en polémica con
los populistas rusos que
pretendían enraizar los procesos de cambio en las particularidades
históricas y culturales de la sociedad rusa, se legitima la colonización de la
sociedad rusa por el mo- delo de sociedad industrial, de la misma forma en que
las potencias colo-
niales en el
resto del mundo están cumpliendo con la “carga del hombre blanco”, llevando su
civilización a los pueblos primitivos (Lenin, 1975).
La transformación tanto de la
política como de la gestión del Estado en un
asunto basado en la verdad tuvo,
por supuesto, extraor- dinarias
consecuencias. Entre estas, la práctica
negación de la idea misma de
política. Fue igualmente la base
de relaciones autoritarias
con los propios trabajadores
(“atrasados”), a los cuales había que
con- ducir sobre la base de la
verdad histórica, aunque estos no estuviesen al tanto de dicha verdad
histórica, o estuviesen en desacuerdo con
sus implicaciones. La apelación a la verdad por parte del Estado socialista radicaliza el
pensamiento tecnocrático cientificista liberal, constituyén- dose en
fundamento epistemológico legitimador del autoritarismo de las sociedades del
socialismo real.
EL DESARROLLO PROGRESIVO Y ASCENDENTE DE LAS FUERZAS PRODUCTIVAS
En Marx
están presentes dos visiones
contradictorias de las
fuerzas productivas. En unos textos, como es el caso de los Grundrisse y del Ca- pítulo VI
(inédito) de El Capital, hay una rica
exploración del carácter histórico y socialmente condicionado de la
ciencia y la tecnología en la sociedad capitalista. Aquí se analiza la
tecnología capitalista como res- puesta a las exigencias no sólo
económicas, sino igualmente
políticas, de la burguesía. La tecnología capitalista es caracterizada no sólo
como instrumento de valorización del capital y de control sobre la naturaleza,
sino también como un dispositivo político del proceso de concentración del capital y de
la desvalorización de la fuerza
de trabajo. Es, en
este sentido, el producto de las exigencias de una sociedad jerárquica,
y no democrática, que tiene en su
modelo tecnológico un medio de repro- ducción de sus relaciones de
dominación y explotación. Ser consecuen- te
con esta postura implicaría asumir que de
ninguna manera puede pensarse en la tecnología de la sociedad
capitalista como base material para una
sociedad democrática. Se trata de una crítica aguda que vuel- ve a aparecer en los debates marxistas
una y otra vez, no llegando, sin embargo, a convertirse en interpretación
hegemónica.
No es
esta la visión de la tecnología que termina por
convertirse en dominante en el pensamiento del propio Marx, la visión
de la tecno- logía de sus textos más
acabados, más “rigurosos”,
más “sistemáticos”, más “científicos”.
El marxismo científico comparte los valores del
progreso y la confianza infinita en las potencialidades beneficiosas del
desarrollo de las fuerzas productivas,
característicos del ambiente intelectual
euro- peo del siglo XIX. Ve la tecnología como políticamente neutra, y consi-
dera que la base tecnológica del capitalismo avanzado y del
socialismo es similar. Compartiendo el imaginario liberal de la posibilidad del
crecimiento sin límite y de la felicidad y libertad humana sobre la base de una abundancia material siempre
ascendente, el marxismo científico asume esta perspectiva de la dualidad radical
entre cultura y naturaleza propia del pensamiento eurocéntrico, y construye a
la naturaleza en un objeto externo a ser controlado y manipulado sin limitación
alguna.
Esto
constituye, en el llamado marxismo científico, y en la mayor parte del
pensamiento marxista del siglo XX, un punto ciego en relación con el carácter político de la tecnología y con la inviabilidad ambiental del modelo industrialista. Han sido
extraordinarias las consecuencias
de esta interpretación como límite de la
mirada crítica de la sociedad capitalista. Dicha interpretación fue
igualmente la base de
los inten- tos de construcción de
una sociedad alternativa a partir de los mismos modelos tecnológicos
centralizados, no democráticos, usurpadores del conocimiento de los trabajadores,
depredadores de la naturaleza. En la experiencia soviética, y en ausencia de
contrabalances democráticos a los desbordes de este modelo tecnológico, este fue
llevado a extremos desconocidos en las sociedades capitalistas centrales
(Lander, 1994).
EL
MARXISMO Y LA FILOSOFÍA DE LA
HISTORIA: METARRELATO HISTÓRICO
EUROCÉNTRICO
El marxismo,
en la medida en que
asume una filosofía de la
historia, construye un metarrelato
de Historia Universal nítidamente eurocén- trico. La sucesión histórica de
modos de producción (sociedad sin cla-
ses, sociedad esclavista, sociedad feudal, sociedad capitalista, sociedad
socialista) postula una plantilla de
Historia Universal, a partir
de su interpretación de la historia
parroquial europea.
La visión de “los Otros”, de todas las otras
experiencias de la hu- manidad a la luz
de la plantilla del metarrelato derivado de la historia europea, tiene
como expresiones paradigmáticas los textos de
Marx sobre la India (Marx y Engels, 1973) y la
polémica de Lenin contra los populistas rusos (Lenin, 1975). Estos dos
ejemplos pueden ser ca-
racterizados como muestras de una aplicación unilateral de una visión
progresista de la historia, en la cual,
como es el caso del pensamiento
neoliberal contemporáneo, las
especificidades históricas,
culturales y sociales de las
sociedades, y las prácticas
de vida
de sus poblaciones, pueden ser obviadas. No
hay potencialidades ni fuentes “otras” de la construcción de un orden social más equitativo y democrático. Las úni- cas
fuerzas dinámicas de la transformación social están en las relacio- nes de
producción capitalistas, en sus fuerzas productivas y sus sujetos históricos.
Todo lo demás está destinado a ser barrido por la inexorable dinámica progresiva de la
historia.
Desde la perspectiva de esa
filosofía de la Historia
Universal, el socialismo y el comunismo, como sociedades que suceden históricamente al capitalismo,
adquieren un carácter de inexorabilidad inscripto en las
leyes de la historia. La
Revolución Rusa y la posterior creación del
campo socialista después de la
Segunda Guerra Mundial parecen confirmar esta
predicción. El capitalismo no sólo
tiene un más allá
en la historia, sino igualmente
un más
allá geopolítico y territorial en
un mundo bipolar.
Esta doble
seguridad se derrumba con el Muro de Berlín. No sólo desaparece casi todo el llamado socialismo realmente
existente, sino igualmente la confianza teleológica en que, a
pesar de las guerras, los sufrimientos y
los conflictos de la sociedad capitalista, en
el futuro se realizará la sociedad sin Estado y sin clases.
Desde el punto de vista de la crítica y la lucha contra la sociedad
capitalista, esto define un nuevo momento histórico. Ya no es posible pensar en un futuro garantizado, la idea de que
“el futuro nos pertene- ce”.
Fue necesario reconocer algo que
siempre fue cierto, el futuro está abierto, no
existe tal cosa
como un guión de la
historia que los suje- tos
tienen que desplegar en el
terreno de sus prácticas colectivas.
Esto produce transformaciones radicales en lo que se entiende por práctica política transformadora. Desaparece toda posibilidad de apelar a
un sujeto ontológico trascendente. Se
multiplican en forma abrumadora
los temas y sujetos de la
acción política, que durante
más de
un si- glo estuvieron subordinados
a la contradicción principal en la política socialista (género, cultura, identidad, ambiente, orientación sexual).
Igualmente, está negada toda posibilidad
de hablar desde un anclaje epistemológico y político
privilegiado con capacidad para
determinar de antemano, desde la verdad
del guión de la historia, cuáles
son las ac- ciones, posturas, luchas y
sujetos “correctos”, y cuáles son, para
utilizar una palabra común en los viejos
debates entre socialistas, “desviacio- nistas” (Lander, 1996).
Como argumenta Immanuel Wallerstein (1996), nada
garantiza que el futuro será mejor; podría ser incluso mucho peor. El futuro es una
construcción que depende de las
acciones, luchas y fuerzas rela- tivas
de los seres
humanos en el presente. Las herramientas teóricas heredadas del marxismo, en
este contexto, todavía tienen
mucho que aportarnos a la comprensión y crítica de las
relaciones de producción
capitalistas, pero poco nos pueden decir sobre el diseño del futuro.
LA DESAPARICIÓN DE LA NATURALEZA
EN LA TEORÍA SOCIAL
De acuerdo
con Fernando Coronil (1997), ninguna
generalización pue- de hacer justicia
a la
diversidad y complejidad del
tratamiento de la naturaleza en
la teoría social occidental. Sin embargo, afirma: los paradigmas dominantes tienden a reproducir
los supuestos que atraviesan a la
cultura moderna en los cuales la naturaleza es un supuesto más. Las visiones del progreso
histórico posteriores a la Ilus- tración afirman la primacía del tiempo sobre el
espacio y de la cultura sobre la naturaleza. En
términos de estas polaridades, la naturaleza está tan profundamente
asociada con espacio y geografía
que estas categorías con frecuencia se presentan como metáforas una de
otra. Al diferenciarlas, los historiadores y los científicos sociales usualmen-
te presentan al espacio o a la geografía como un escenario inerte en el
cual tienen lugar los eventos históricos,
y a la naturaleza como el ma- terial pasivo con el cual los humanos hacen su mundo. La separación de
la historia de la geografía y el dominio del tiempo sobre el espacio tiene el
efecto de producir imágenes de sociedades cortadas de su am- biente material,
como si surgieran de la nada (Coronil, 1997: 23).
Marx, a pesar de afirmar que la trinidad
(trabajo/capital/tierra) “contie- ne
en sí misma todos los misterios del
proceso social de producción”
(citado en Coronil, 1997: 57),
termina por formalizar una
concepción según la cual la creación
de riqueza ocurre al interior de la sociedad, como una relación
capital/trabajo, dejando fuera a la naturaleza. Como la naturaleza no crea valor, la renta se refiere a la distribución,
no a la creación de plusvalía (Coronil, 1997: 47)7.
Coronil afirma
que en
la medida en que se deja
afuera a la na- turaleza en la caracterización teórica de la producción
y del desarrollo del capitalismo y la
sociedad moderna, se está igualmente
dejando al espacio fuera de la mirada de la teoría. Al hacer abstracción de la
natu- raleza, los recursos, el espacio y
los territorios, el desarrollo histórico
de la
sociedad moderna y del
capitalismo aparece como un
proceso interno, autogenerado, de
la sociedad europea, que
posteriormente se expande hacia regiones “atrasadas”. En esta construcción eurocéntrica desaparece del
campo de visión el colonialismo como
dimensión cons- titutiva de estas
experiencias históricas. Están ausentes las
relaciones de subordinación de territorios, recursos y poblaciones del
espacio no europeo. Desaparece así del campo de visibilidad la presencia del
mun- do periférico y sus recursos en
la constitución del capitalismo,
con lo cual se reafirma la idea de Europa como único sujeto histórico.
La
reintroducción del espacio –y, por
esa vía, de la dialéctica de los
tres elementos de la trinidad de
Marx (trabajo, capital y tierra)– per-
mite ver al capitalismo como proceso global, más que
como un proceso autogenerado en Europa, y permite incorporar al campo de
visión a las modernidades subalternas
(Coronil, 1997: 8).
7 “La
concepción estrictamente social de la creación de la explotación en Marx busca evi- tar la fetichización del capital, el dinero y la
tierra como fuentes de valor. Pero termina por excluir la explotación de la
naturaleza del análisis de la producción capitalista, y borra su papel en la
formación de la riqueza” (Coronil, 1997: 59).
DE LA SEPARACIÓN JERÁRQUICA DE LOS
ÁMBITOS DE LA VIDA SOCIAL Y EL DETERMINISMO ECONÓMICO “EN ÚLTIMA
INSTANCIA”
Una de
las construcciones más potentes de
la cosmovisión liberal ha
sido la postulación de la existencia de
ámbitos separados de la vida his- tórico-social. (El “pasado” y el “presente”;
las sociedades “modernas” y las sociedades “atrasadas”; y, en las sociedades “modernas”,
“lo social”, “lo económico”, “lo político”)8.
Este arte liberal de la separación, con su
extraordinaria eficacia tanto fraccionadora como naturalizadora de las
relaciones de la socie- dad capitalista,
no fue superado plenamente por la
crítica marxista. La crítica de la economía política parte del reconocimiento
expreso de que no hay un
ámbito separado –con lógica y leyes
propias de funciona- miento–
que pueda llamarse producción o mercado,
ya que este opera en
el contexto de una institucionalidad política y de determinadas re-
laciones de poder. Sin embargo, con las categorías de infraestructura y superestructura, y su articulación dentro de un
modelo explicativo de determinación en última instancia de la
superestructura por la infraes- tructura
–especialmente en el marxismo soviético y en el trabajo de la escuela de
Althusser–, se introduce un esquematismo simplificador que amputa severamente la
posibilidad de explorar las múltiples determina- ciones recíprocas entre
diferentes ámbitos de la vida histórica social.
Esto está estrechamente asociado a los usos
de la categoría de totalidad en la
tradición marxista. Un concepto
de totalidad con fre- cuencia extraordinariamente
estructurado, homogeneizante y sintético (derivado de la
totalidad hegeliana, “puesta sobre sus
pies”) llevó en muchas posturas marxistas a un
esencialismo dogmatizante que otorgó un
privilegio a priori a
determinados asuntos (la producción) y
deter- minados sujetos sociales (burguesía y proletariado) sobre otros temas,
otras preocupaciones, otros sujetos sociales. Esto contribuye tanto a la invisibilización de sujetos y experiencias de vida
(por ejemplo, las poblaciones
indias de América Latina), como a la invisibilización de te- mas y problemas tales como los asuntos de género, sexualidad,
ambien- te, lengua, imaginario, cultura, considerados, de alguna manera, como
derivados de los temas y asuntos centrales, lo que en algunas vertientes
marxistas, como los análisis de orientación maoísta, fue caracterizado como la
contradicción principal.
La totalidad
es una categoría de análisis sin la
cual difícilmente podemos pretender la
comprensión de la realidad en sus
múltiples de- terminaciones, pero una categoría de totalidad que
ignora el carácter necesariamente heterogéneo de la realidad
histórico-social castra seve ramente la riqueza de la categoría y la convierte
en fundamento de una visión
dogmáticamente totalizante, que
reduce severamente la amplia gama de
la experiencia humana a unos pocos ejes
centrales, a la vez que convierte
la investigación histórico-social
en un
ejercicio formal, mediante el cual
sólo se busca una nueva constatación empírica de ver- dades objetivas y
universales ya conocidas.
8 Esto, tal
como señala Wallerstein (1996), se expresa en el siglo XIX en la construcción
de disciplinas especializadas en el estudio de cada uno de estos
ámbitos de la vida colectiva.
EL MARXISMO
EN AMÉRICA LATINA: ALGUNAS INTERROGANTES
A partir de
las propuestas anteriores, es posible dejar abierta una serie de cuestiones
relativas a lo que ha sido
la experiencia del marxismo y de
la lucha por el socialismo en América
Latina.
1] ¿Cuáles fueron las fuentes teóricas del largo y estéril debate la- tinoamericano
sobre el carácter feudal o capitalista de estas so- ciedades? ¿Fue este
el resultado de la aplicación mecánica de la plantilla de las
etapas universales del desarrollo
histórico y la sucesión de los modos de producción? A pesar de los extraordi-
nariamente ricos aportes de Sergio
Bagú para desmontar estos falsos dilemas
eurocéntricos de la interpretación de las socieda- des latinoamericanas, dichos
debates continuaron teniendo inci- dencia tanto teórica como política por varias décadas.
2] ¿Por
qué la insistencia del marxismo latinoamericano –particu- larmente
de los
partidos comunistas de todo el
continente– en la búsqueda de la
burguesía nacional como aliada en
la lucha antiimperialista?
3] ¿Por qué, en el contexto de la extraordinaria
heterogeneidad estruc- tural de las sociedades latinoamericanas, los proyectos
de transfor- mación socialista le otorgan un
papel histórico tan trascendente a un sector de la población que en la
mayor parte de los países no era, ni podía llegar a ser, sino minoritario: el proletariado fabril?
4] ¿Por
qué y cómo fueron invisibilizados
temas esenciales de la heterogeneidad
cultural y la construcción “racial” de las diferen- cias, asuntos medulares constitutivos de las sociedades latinoa- mericanas? ¿Cómo se
logró ignorar u ocultar lo obvio? ¿Cómo fue posible hacer opacas a la mirada, o
simplemente invisibles, a millones de personas de las poblaciones indias y
afroamericanas, negándoles así su carácter
de sujetos? ¿Por qué se dejaron a un lado las expresiones culturales diferentes a la actuación
(repeti- ción) en territorio americano del guión de la historia europea?
5] ¿Por
qué, cuando estos sujetos y expresiones culturales y de mo- dos
de vida de “los Otros” son incorporados a la reflexión sobre el carácter de
estas sociedades, se los considera como expresión de un “atraso” precapitalista destinado a
transformarse (modernizarse) o desaparecer con
el avance histórico? ¿Por
qué se dio en torno a estos asuntos una coincidencia tan notable entre muchos análisis marxistas y la
sociología de la modernización? 9.
6] ¿Por
qué en la tradición del pensamiento marxista ha sido
tan frecuente la reiterada dificultad, si no la imposibilidad, de pensar
el futuro de este continente desde su propia realidad histórica, desde sus propias
tradiciones culturales, desde la potencia trans- formadora de sus propios
sujetos histórico-sociales?
7] ¿Por
qué en la
actualidad latinoamericana, en
la multiplicidad de nuevos
sujetos y nuevas expresiones de lucha social y política en torno a género,
derechos políticos y culturales de los pueblos indígenas, ambiente, campesinos
sin tierra, cooperativas, luchas ambientales, diversidad sexual, es tan común encontrar una rela- ción distante con
el marxismo?
8] ¿Por
qué algunas de las
transformaciones y acontecimientos po- líticos recientes más destacados de América Latina, como los le-
vantamientos indígenas del Ecuador, el zapatismo, los sucesivos derrocamientos
de presidentes neoliberales, el proceso
de cam- bio en Venezuela, han sido todos sorpresivos para la mayor parte de los
analistas marxistas?
9] ¿Qué
tienen que ver la presencia del
eurocentrismo, el economi- cismo y las visiones teleológicas con estas carencias en los análi- sis de la
realidad latinoamericana?
LOS
DOS MARXISMOS: MARXISMO
CIENTÍFICO Y MARXISMO CRÍTICO
LA BÚSQUEDA DEL
“VERDADERO” MARX10
Una forma de aproximarnos a esta diversidad de fuentes de fundamen- tación y
de modelos de interpretación de lo real
presente en la teoría marxista es
a través de la vía de la discusión de lo que
Alvin Gouldner llama el marxismo crítico y el marxismo científico (1982).
Gouldner hace una contribución fundamental a la historia y la comprensión del
mar- xismo con su tesis de que
la diversidad de posturas teóricas y políticas del marxismo –desde la
obra de Marx– es expresión de dos
paradigmas o sistemas teórico-políticos que
recorren toda esta tradición.
Gouldner define estos dos paradigmas a
partir de la siguiente caracterización:
1] Mientras que
en el marxismo científico predomina el análisis es- tructural,
determinista, del ser humano como producto de sus
9 La
sensibilidad especial de José Carlos
Mariátegui marchó a contracorriente y, por
eso mismo, no logró una influencia
decisiva en el debate marxista latinoamericano.
10 Este acápite fue tomado de Lander (1990a).
condiciones
histórico-sociales, análisis en el cual
las estructuras socioeconómicas son
los verdaderos agentes del cambio históri- co, en el
marxismo crítico la acción consciente, voluntaria, del ser humano juega un papel central. Los seres
humanos son los agentes del
cambio histórico.
2] En consecuencia, para el marxismo científico
lo fundamental en el desarrollo histórico, en particular para la transición del
capi- talismo al socialismo, es la maduración de las condiciones obje- tivas; en
cambio, para el marxismo crítico adquieren prioridad las condiciones
subjetivas, la ideología, la conciencia de clase, la organización política.
3] Mientras que
el marxismo científico tiene la expectativa de que la
revolución socialista se dé en los países capitalistas más desarrollados
(aquellos países que han alcanzado el máximo nivel de desarrollo de las fuerzas
productivas), el marxismo crítico llega a la conclusión de que el atraso, lejos
de ser un obstáculo, puede por el contrario brindar la oportunidad para la toma
revolucionaria del poder. El capitalismo avanzado, con su potencial para
satisfacer las demandas de consumo de la clase
obrera, y con su capacidad ideológica de control de las clases
dominadas es visto así, por el marxismo crítico, como impedi- mento, más que como una precondición para la revolución.
4] Para el
marxismo científico, la maduración del proletariado como clase de vanguardia es considerada una condición
necesa- ria para la revolución socialista. El marxismo crítico no establece una
relación necesaria entre revolución socialista y proletariado como agente histórico.
5] El marxismo científico, en la medida en que
confía en que la ma- duración de las condiciones objetivas llevará
inevitablemente al derrumbe del
capitalismo y al triunfo del
socialismo, tiene una “estructura de
sentimientos” básicamente optimista. Tiene a la historia de su lado. Por el
contrario, el marxismo crítico carece de esa seguridad, no confía en el
inevitable desenlace positivo de los acontecimientos históricos; tiene,
por lo tanto, una “estructu- ra de
sentimientos” más proclive al pesimismo.
6] El
marxismo científico, en su determinismo, enfatiza el carác- ter necesario del
desarrollo histórico y los procesos sociales. El marxismo crítico
rechaza la idea del marxismo científico según la cual “la libertad es el reconocimiento de la
necesidad”. Por el contrario, afirma
que la libertad es la disposición a
pagar el pre- cio necesario para la consecución de los valores deseados.
7] El
marxismo científico comparte los
valores del progreso y la
confianza infinita en las potencialidades beneficiosas del desarrollo de las
fuerzas productivas, característicos del ambiente inte- lectual europeo del
siglo XIX. Ve la tecnología como políticamen- te neutra, y considera que la
base tecnológica del capitalismo avanzado y del socialismo es
similar. Para el marxismo crítico, la tecnología desarrollada por la sociedad capitalista incorpora las
relaciones de dominación propias de esta
sociedad; la crítica al capitalismo pasa así –necesariamente– por la crítica a la tecno- logía capitalista.
8] El marxismo científico, sin ambigüedades,
evalúa positivamente el desarrollo científico, al cual ve no
sólo como un gran poder, sino también como representante
del bien. Rechaza las críticas a
la ciencia como un
sentimentalismo romántico, y comparte las pre- misas fundamentales
de las
ciencias naturales y su confianza
en la capacidad de los seres humanos para controlar la naturaleza.
El marxismo crítico tiende a tener una actitud más ambigua con relación a la ciencia, a la
que sitúa institucionalmente en el mar- co
de la sociedad capitalista.
No limita su crítica a sus
usos o a las relaciones de
propiedad dentro de las cuales se desarrolla en el capitalismo.
Sin embargo, dada la valoración que de esta hace el conjunto de la sociedad
moderna, tiende a plantear la crítica en términos más parciales, referidos, por ejemplo, a su
“positivismo”.
9] El marxismo científico es fundamentalmente
antifilosófico, en el sentido de que ve en
la ciencia la posibilidad de la superación de la filosofía. El marxismo crítico
se identifica más estrechamente con la tradición filosófica, especialmente con la hegeliana.
10] Incorporando ambos paradigmas del marxismo
tradiciones cen- trales de la cultura de occidente, el marxismo científico se
iden- tifica más directamente con la ciencia y la tecnología, con los as- pectos instrumentales de esta cultura, mientras que el marxismo crítico se identifica con los aspectos más humanísticos, filosófi- cos y literarios de la
tradición europea.
11] Desde
el punto de vista metodológico,
el marxismo científico en- fatiza la
separación entre estructura económica y superestruc- tura, insistiendo
en la
determinación, aunque sea en “última instancia”, de todos los
aspectos superestructurales
(ideología, política, cultura) por
las condiciones de la
base económica. El marxismo
crítico, por su parte, rechaza esta visión
dicotómica de la realidad social como una vulgar simplificación, y
enfatiza la naturaleza de la sociedad como una totalidad en la cual no es posible introducir tales particiones tajantes.
12] Desde
el punto de vista epistemológico, el marxismo científico ve al proceso
del conocimiento como el “reflejo” de la
realidad objetiva en la mente. Es la
epistemología de la mente como espejo. El
marxismo crítico enfatiza los
aspectos prácticos, subjetivos, humanos, del proceso de conocimiento. Es
la epistemología de la mente como lámpara.
13] Para el marxismo científico, la moral es
un sentimentalismo in- necesario.
La justificación del socialismo no
requiere una fun- damentación de naturaleza moral; este depende de las leyes im- personales de la historia. El marxismo
crítico tiene por objetivo fundamental
la preservación de la cultura humana y de determi- nados valores trascendentes.
14] La
crítica del marxismo científico
al sistema capitalista enfati- za la explotación económica, las relaciones de
propiedad. Para el marxismo crítico, el énfasis está en la deshumanización de la vida, en la
crítica al fetichismo y la alienación. En este sentido, es más una crítica de naturaleza cultural.
15] A los dos paradigmas corresponden,
finalmente, diferentes estilos políticos. Para el marxismo científico, el énfasis
está en el partido y en sus organizaciones políticas, en los medios en sí
mismos; en cambio, para el marxismo crítico el énfasis está en los valores, en la conciencia, en los
fines de la revolución.
Con esta
caracterización de los dos
marxismos, Gouldner no preten- de
identificar a determinados autores o grupos políticos con alguna de estas dos tendencias. Por el contrario, afirma que se trata sólo
de una distinción de naturaleza analítica. Estas combinaciones de
rasgos, cla- ro está, no
se dan todas juntas en la
forma en la que
aparecen en la formulación de los
tipos ideales presentados por Gouldner.
Diferentes marxistas o tendencias dentro del marxismo se aproximan más a uno
u otro de los paradigmas señalados.
EN LA
BÚSQUEDA DEL VERDADERO MARX
La comprensión de las
tensiones presentes en toda
la tradición mar- xista, a partir de la obra del propio Marx, es particularmente útil para abordar algunos problemas centrales de
la historia del marxismo, temas recurrentes cuyo debate se ha caracterizado por su pobreza teórica.
Uno de estos
problemas, de importancia política persistente, es la búsqueda del
“verdadero Marx”, lo que “Marx
verdaderamente quiso decir”, especialmente en los debates en torno a las
relaciones entre la teoría marxista y el socialismo realmente existente.
El obsesivo intento por salvar a la
teoría marxista de toda responsabilidad por
su resultado histórico en
las sociedades que se han
organizado bajo la tutela del marxismo ha llevado una y otra vez
a defender el “verdadero marxismo” de
las múltiples distorsiones y
deformaciones a las cuales este habría sido
sometido. Con relación a la
caracterización que hace Gouldner
(1982) de los dos marxismos, el hecho de
que sea posible encontrar apo- yo explícito a cada una de las proposiciones
fundamentales de estos dos paradigmas
teórico-políticos del marxismo en algunos textos de Marx es evidencia suficiente para negar la posibilidad de que el
verdadero Marx sea el científico o el crítico. La búsqueda del verdadero Marx se convierte así no
sólo en un
ejercicio escolástico inútil, sino
que, en la medida en que pretenda negar algunos aspectos para destacar
otros, lo que hace es unilateralizar el pensamiento de Marx, distorsionándolo. El pensamiento de Marx incorpora estas tensiones y esta complejidad, no hay otro “verdadero Marx”.
Esta búsqueda
del “Marx verdadero” se ha orientado a separar en la obra de Marx los
aspectos que reflejan su “verdadera postura” de, por un lado,
aquellos que corresponderían por
diversas razones a un Marx inmaduro y, por el otro, de los que obedecerían a la
influencia ne- gativa del cientificismo dominante en la cultura de su época. Se
hacen así lecturas coherentemente
críticas, o coherentemente científicas, de la obra de Marx.
Ejemplos
clásicos son el marxismo científico de la
II Internacio- nal, y el marxismo crítico de autores como Karl Korsch y Georg
Lukács. El intento más reciente y
sistemático en esta búsqueda de una
separa- ción entre lo bueno y lo malo de
la obra de Marx es la ruptura epistemo- lógica
postulada por Althusser (1968)11. Según esta interpretación, el hu-
manismo, el historicismo, la ideología, los valores, la preocupación por los
problemas de la alienación, son resabios filosóficos hegelianos de un joven Marx inmaduro, que todavía no ha producido la ruptura que per- mitirá el desarrollo de su verdadera contribución teórica: el marxismo
científico. Por esta vía, efectivamente se resuelven algunas de las contra-
dicciones que hemos discutido, pero a costa de amputar el aspecto de la
contradicción con el cual Althusser no está de acuerdo, lo que produce un radical empobrecimiento del campo
teórico del marxismo.
Otra versión
de este
intento de separación de lo bueno respec- to de lo
malo ha consistido en convertir las
contradicciones y tensio- nes
internas al pensamiento de Marx
en contradicciones entre Marx y
Engels. De acuerdo con esta interpretación tan extendida, mientras el pensamiento de
Marx sería una elaboración compleja,
sofisticada, llena de sutilezas, que en
ningún momento cae en trampas unilateralistas, el trabajo de Engels sería
responsable de un reduccionismo naturalista de la obra de Marx.
Este tema
fue replanteado por Leszek Kolakowski
en Las
prin- cipales corrientes del
marxismo (1980; 1982). Según este autor, existe una diferencia
radical entre la filosofía de Engels y la filosofía de Marx. Este autor plantea
que el punto de vista de
Engels puede calificarse sumariamente como naturalista y antimecanicista.
Engels presenta al universo en evolución
dinámica hacia formas superiores, plurales en su diferenciación y enriquecidas
por el conflicto interno. Estaría próxi- mo
al positivismo y al cientificismo por su confianza en la ciencia na- tural
y su desconfianza en la filosofía, concebida meramente como un conjunto de reglas
intelectuales; también estaría cercano al empirismo y el determinismo.
11 Consultar
también Althusser y Balibar (1969).
De acuerdo
con esta
interpretación, no parece
que las
bases fi- losóficas del marxismo
de Marx
sean compatibles con la creencia en que las
leyes generales de la naturaleza
son aplicables a la historia de la
humanidad; o que las reglas del
pensamiento pueden ser asimiladas
con las
regularidades psicológicas o fisiológicas del cerebro. Mientras que Engels, hablando en términos generales, creía que el ser
humano podía explicarse en términos de historia natural y de las leyes
de evolu- ción a las que estaba
sometido, y que era capaz de conocer en sí, la idea de Marx fue que
la naturaleza que conocemos es
una extensión del ser humano, un órgano de actividad práctica.
La interpretación materialista de la
conciencia en Marx,
de acuerdo con Kolakowski, es
que el conocimiento y todo lo
relacionado con la mente –sentimientos, deseos, imaginación e ideales– es
producto de la vida social y de la historia. Por ello, los seres humanos no pueden adoptar un punto de vista cósmico o divino, dejando a un lado
su pro- pia humanidad, y
abarcando a la realidad en sí y no como objeto de la praxis humana. Habría, de
acuerdo con esto, una clara diferencia
entre el trascendentalismo latente de la dialéctica de la naturaleza de Engels
y el antropocentrismo dominante en la idea
de Marx.
Hay, efectivamente, una diferencia radical entre
las proposicio- nes epistemológicas antropocéntricas presentes en el Marx
de los Ma- nuscritos de París de 1844
y el naturalismo cientificista de toda la obra de Engels. Sin
embargo, la epistemología que
postula Marx cada vez que se refiere a la contribución representada
por El Capital se acerca mucho más al cientificismo de Engels que al
antropocentrismo de algu- nas de sus primeras obras. Esta separación tajante
entre las proposicio- nes
epistemológicas de Marx y las de
Engels sólo es posible a partir de una interpretación
unilateral del pensamiento de Marx,
interpretación que incorpora
sólo uno
de los polos en tensión en su
pensamiento. Si bien los
elementos para la caracterización que
hace Kolakowski están presentes en
algunos textos de Marx, también lo están –y con mayor peso– proposiciones que sustentarían una
interpretación más naturalis- ta y
cientificista de sus concepciones filosóficas y epistemológicas.
No puede
desconocerse, para esta discusión, la
visión que Marx tiene de su propia obra, la forma en la
cual define su contribución en los prólogos y presentaciones de sus textos más
importantes, en las cartas en las cuales se refiere a lo que ha sido el conjunto de su aporte teórico. En las referencias de este tipo
en los últimos años de vida de
Marx, el énfasis está en el carácter científico de su obra, en el
determinismo de los procesos sociales. El paradigma del conocimiento de las
ciencias na- turales está cada vez más
presente como referencia explícita en relación con la cual
Marx evalúa la importancia y
naturaleza de su propia obra. Igualmente importante para la interpretación
de la opinión que tenía Marx
de su propia obra, es, como afirma Gouldner, el hecho de pregun- tarse si
los textos fueron publicados o no durante la vida de Marx.
Los principales textos a partir de los cuales se desarrollan las
interpretacio- nes de Marx
como orientado por una
epistemología antropocéntrica y anticientificista son precisamente aquellos no publicados durante la vida de Marx
y Engels. La ideología alemana y
los Manuscritos de París de 1844 fueron editados en 1932, y sólo años después
se publicaron tra- ducciones completas. La primera publicación efectiva de los
Grundrisse es del año 1953; la traducción a los principales idiomas tomó
hasta 20 años, y todavía hay partes del material que permanecen inéditas.
La consideración del carácter de
publicación o de manuscrito inédito de los diferentes textos
de Marx que son
utilizados para las di- versas interpretaciones del marxismo tiene una
doble importancia. En primer lugar, los trabajos publicados son, probablemente, aquellos que los autores quieren dar a conocer: en
el caso de Marx,
los textos que quiere aportar
como contribución a la divulgación de la concepción del mundo y del socialismo que está
empeñado en desarrollar. Si a
partir de estos textos que él priorizó para su publicación es más difícil
llegar a una interpretación de la obra de Marx como marxismo crítico que a partir de los manuscritos no publicados,
resulta por lo menos arbitrario atribuirles a los textos no publicados el carácter de “verdadero Marx”.
En segundo lugar, para una discusión en torno a las consecuencias his- tóricas
de la teoría marxista, en particular en relación con el socialismo realmente
existente, es evidente la importancia cardinal de los
textos en base a los cuales se formó la concepción del mundo, la política, la revolución y el
socialismo que sirvió como guía para la construcción de las sociedades
socialistas.
Los
principales movimientos políticos del siglo XX que se identi- fican con el
marxismo ya tenían una concepción del mundo y del mar- xismo claramente
cristalizadas antes de que se conocieran
algunos de los textos de Marx más directamente identificados con el marxismo
crí- tico. En el año 1932, cuando se publicaron por primera vez
(en alemán) tanto La ideología alemana
como los Manuscritos de París de 1844,
el partido bolchevique tenía 15 años en el poder, Lenin había muerto ha-
cía casi una década, Trotsky estaba en los últimos años de su vida, el es-
talinismo estaba en pleno apogeo y el Partido Comunista Chino ya tenía 11 años
de existencia. Resulta así que, encontrando el sentido profundo de la
obra de Marx precisamente en aquellos textos que poco
tienen que ver con la experiencia histórica del socialismo, se
libera a aquella de toda “culpa”. El
verdadero socialismo, el socialismo postulado por Marx, estaría todavía por realizarse.
Regresando
ahora a la pretendida oposición radical entre las
concepciones de Marx y Engels, resulta
por lo menos curiosa esa con- clusión, si tomamos en cuenta el hecho
de que fueron íntimos amigos y colaboradores durante la mayor parte de sus
vidas; redactaron y firma- ron conjuntamente algunas de sus principales obras; durante décadas
desarrollaron un constante intercambio
de correspondencia sobre lo que cada
cual estaba escribiendo (en los períodos
en los que estaban se- parados); y establecieron entre sí discusiones sobre sus
respectivos ma- nuscritos antes de
su publicación. Fue tan
estrecha esta colaboración
que, recientemente, se ha conocido
que algunos artículos periodísticos
firmados por Marx en realidad fueron escritos por Engels.
Igualmente
limitados resultan los intentos de establecer una rup- tura radical entre el
marxismo de Marx y el marxismo de Lenin,
mar- xismo que fue codificado posteriormente como marxismo-leninismo. En las
últimas décadas, ha sido común a la reflexión crítica en torno a las
sociedades socialistas actuales el llegar a la conclusión (inevita- ble) de que el
socialismo realmente existente está
íntimamente ligado a las concepciones teóricas y políticas del
leninismo, y que la idea de un socialismo democrático implica
necesariamente una ruptura con este
último. Sin embargo, en el
no-reconocimiento de que la obra de
Lenin constituye la continuación de algunas tendencias medulares inscriptas
en el pensamiento de Marx,
lo que se repite es el apego
religioso a la permanencia de la contribución de Marx, impidiendo por esa
vía una reflexión crítica sobre la obra del propio Marx. Ejemplo de esta moda- lidad de separación radical entre lo
bueno atribuido a Marx y lo malo
atribuido a Lenin es la ruptura del eurocomunismo con el leninismo.
Estas interpretaciones
reduccionistas, altamente selectivas (tan frecuentes en la
historia del marxismo), han
servido tanto para sus- tentar y legitimar las
más diversas posturas políticas
ubicadas en el campo del marxismo, como para escamotear la posibilidad
misma de una discusión crítica en torno
a la relación entre las experiencias de construcción socialista y las proposiciones teóricas y políticas básicas
del marxismo. Sólo a partir del
reconocimiento del conjunto de proble- mas, tensiones y contradicciones
presentes en la obra de Marx, y de la
diversidad de las potenciales orientaciones de su
desarrollo posterior, es posible una aproximación crítica fructífera al
conjunto de su obra y a los efectos que esta
tuvo en la experiencia histórica del socialismo realmente existente.
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Parte Dos
Actualidad y renovación de los temas
clásicos
Daniel Bensaïd*
Una mirada a la historia y la lucha de
clases**
* Profesor de
Filosofía en la Universidad de París VIII Saint Denis. Fundador y dirigente de
la Liga Comunista Revolucionaria de Francia.
** El presente
artículo es una versión preliminar del
capítulo titulado “Los tiempos
des- acordes (a propósito del marxismo analítico)” que el autor publicó en octubre de 2003 en su
obra Marx intempestivo. Grandezas y miserias de una aventura crítica (Buenos Aires: Ediciones Herramienta).
VIVIMOS EN TIEMPOS DE RESTAURACIÓN. Lo sorprendente
es que esa restauración está hecha a la
medida de los desórdenes. ¿De progre- so?
Cabe la duda. El oscurecimiento
de la lucha de clases es propicio para las
seducciones del mercado y para la
escalada de los conflictos localistas. La renovación en el
análisis de estos fenómenos parece pro-
ceder de la corriente llamada “marxismo analítico” o de “la elección racional”. En nuestra exposición examinaremos críticamente
las tesis planteadas por uno de
sus principales teóricos, Jon Elster.
En su Marx,
une interprétation analytique,
Elster (1989) sostiene que Marx
no previó que el advenimiento del comunismo pudiera ser prematuro y que, a semejanza del modo de producción asiático,
se con- virtiera en un callejón sin
salida de la historia. “Prematuro”: la palabra está dicha. Los debates sobre el ritmo justo de la
historia remiten gene- ralmente a algunos pasajes conocidos del Prólogo de
1859 a la Contri- bución a la crítica de la economía política:
En la
producción social de su vida, los hombres contraen determina- das relaciones
necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que
corresponden a determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales […] Al
llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas
materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción
existentes, o, lo que no es más que la
expresión jurídica de esto, con las relacio- nes de propiedad dentro de las cuales se han
desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas,
estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de
revolución social […] Ninguna formación social desaparece antes de que se de- sarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella,
y jamás aparecen nuevas y más
altas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia
hayan madura- do en el seno de la propia
sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que
puede alcanzar, pues, bien
miradas las cosas, vemos siempre que estos objetivos sólo brotan cuando ya se dan o, por
lo menos, se están gestando, las con- diciones materiales para su
realización (Marx, 1976: 517-518).
A pesar (o a
causa) de sus intenciones didácticas, este texto plantea más problemas de los
que resuelve. Fiel al título de
su libro capital, Marx hace una
“defensa” resuelta de esta teoría. Desde La ideología
alemana hasta sus Teorías sobre
la plusvalía, recorre los indicios de una rigurosa determinación de las
relaciones de producción por el nivel de desarrollo de las
fuerzas productivas, porque “ninguna revolución triunfará an- tes
de que la producción capitalista
haya elevado la productividad del trabajo al nivel necesario” (Marx, 1980a). Una vez expropiada la clase dominante, la
clase trabajadora no sería capaz de
fundar una comuni- dad socialista
sin “la
premisa práctica, absolutamente necesaria”, de una productividad
elevada, pues sin ella la socialización forzada sólo conduciría a la
generalización de la escasez. Lejos de llevar
a la emanci- pación real del
asalariado, la apropiación estatal de los medios de pro- ducción puede
significar la generalización del trabajo asalariado bajo la forma del “comunismo burdo” (que podríamos traducir, hoy en día, por
“colectivismo burocrático”). Las tentativas “prematuras” de cambiar las
relaciones sociales estarían así condenadas, por lo tanto, a la restaura- ción capitalista bajo las peores condiciones.
Aquí se
confunden varias cuestiones. Marx
insiste en las con- diciones de posibilidad del socialismo contra lo sostenido por los
co- munistas utópicos. La socialización de la escasez sólo podría “traer de nuevo toda la vieja basura”. La crítica del productivismo a
menudo se presta a la ingenuidad. Si se trata de denunciar la falsa inocencia de las fuerzas productivas y
de señalar su ambivalencia –factor de progreso tanto como de destrucciones potenciales–, los desastres de
este siglo establecen
suficientemente su pertinencia sin que
haya necesidad de sacar a colación las robinsonadas del crecimiento
cero y de la economía de recolección. No
hay un
solo y único desarrollo posible,
socialmente neutro, de las fuerzas productivas. Varias vías, de consecuencias
socia- les y ecológicas diferentes,
son siempre concebibles. Sin embargo, la satisfacción de las necesidades
sociales nuevas y diversificadas sobre la base
de un menor tiempo de trabajo –¡y
de ahí la emancipación de la humanidad
del trabajo forzado!– pasa necesariamente por
el desarrollo de las fuerzas productivas.
Si se
considera que el proletariado está calificado para jugar un papel clave en
esta transformación, es sobre todo porque la división técnica y social del trabajo
crea las condiciones para una
organización consciente (política) de la economía al servicio de las necesidades so- ciales. Una socialización eficaz de la producción requiere, entonces, un
nivel determinado de desarrollo. En una economía cada vez más mun- dializada, este umbral mínimo no está
fijado país por
país. Relativo y móvil, varía
en función de los lazos de
dependencia y solidaridad en el seno de
la economía-mundo. Cuanto menos desarrollado esté un
país, más tributario será de la relación de fuerzas a nivel internacional.
¿Cómo
conciliar la historia como desarrollo de las fuerzas produc- tivas con la
historia como desenvolvimiento de la lucha de clases? Elster ve allí “una dificultad capital del marxismo”: “No se
encuentra huella de un mecanismo a
través del cual la lucha de clases
estimule el desarrollo de las fuerzas productivas”. Existiría en Marx “una
relación muy estre- cha entre la filosofía de la historia y la predilección por la
explicación funcional. Es, ciertamente,
porque él creía a la historia dirigida
hacia un objetivo que sentía justificado explicar no solamente los
patrones de comportamiento, sino incluso
los acontecimientos singulares en función de su contribución a este fin”
(Elster, 1991: 429). Al resumir la teoría de Marx como “una amalgama de
colectivismo metodológico, explicación funcional y deducción
dialéctica”, Elster no observa matices. “Todos
es- tos enfoques tal vez se dejan subsumir bajo la rúbrica más general de la teleología. La mano invisible
que sostiene al capital es una de las
dos grandes formas de teleología en Marx; la otra es la necesidad de que el proceso termine, a fin de cuentas,
destruyéndose” (Elster: 1991: 689).
En verdad, más
allá de las mistificaciones y los
prodigios del fe- tichismo, Marx revela la realidad profana de las relaciones
objetivadas que los hombres mantienen
entre sí. El funcionalismo que Elster
ataca no es más que una sombra
proyectada de la clásica intencionalidad que se
refugia tras su propio
“individualismo metodológico”. Incapaz de comprender las insólitas “leyes
tendenciales” de Marx con su necesidad
sembrada de azar, desarma y rearma tristemente el tedioso mecano de las fuerzas
y las relaciones, de la infraestructura y la superestructura.
Lejos
de representaciones
triunfalistas, la historia no se reduce
a un juego de suma cero.
Su desarrollo acumulativo está
marcado por el de las ciencias y las técnicas. La aparición de un nuevo
modo de pro- ducción no es la única salida posible del modo de producción
preceden- te. Es erróneo pensar que la
única alternativa concebible para un viejo
modo de producción sea su inexorable superación. Tal desenlace ape-
nas se inscribe en un campo determinado de posibilidades reales.
Una evaluación del progreso histórico en términos de avances y retrocesos sobre
un eje cronológico imagina al desastre bajo
la forma del regreso a un pasado caduco, en lugar de alertar contra las
formas inéditas, origi- nales y perfectamente contemporáneas de una barbarie
que es siempre la de un presente
particular.
Comprendidas
de esta forma, las fuerzas productivas
reencuen- tran aquí su papel. Fuerzas productivas y relaciones de producción
son los dos aspectos del
proceso a través del cual los
seres humanos pro- ducen y
reproducen sus condiciones de vida. Salvo
un aniquilamiento siempre
posible, el desarrollo de las fuerzas productivas es acumulativo e
irreversible. Pero de ello no resulta un
progreso social y cultural au- tomático, sino solamente su posibilidad. De otro modo, todo
proyecto de emancipación derivaría
del puro voluntarismo ético o
de la pura arbitrariedad utópica. Decir que el
desarrollo de las fuerzas productivas tiene direccionalidad, que su
película no puede ser rebobinada, signi- fica que no se regresa del capitalismo al feudalismo y
del feudalismo a la ciudad antigua. La historia no da marcha atrás. Bajo viejos
harapos engañosos, puede, sin embargo, incubar las peores novedades.
De ahí la
justeza de la fórmula “socialismo o barbarie”, y el equí- voco de
consignas tales como “socialismo
o statu quo”, “socialismo o mal menor”, “socialismo o regresión”. No se
trata, pues, de avances o retrocesos, sino
de una verdadera bifurcación. La dialéctica de los po- sibles también es acumulativa. El aniquilamiento
de las
virtualidades liberadoras inventa amenazas desconocidas y no menos
aterradoras.
INTERMITENCIAS Y CONTRATIEMPOS
Pasando
por alto
numerosos textos explícitos sobre el punto, Elster, al igual que
tantos otros, se obstina en encontrar en Marx “una
teoría de la historia universal, del orden en que los modos de
producción se suce- den en la escena histórica”.
Le atribuye, incluso, “una actitud
teleológi- ca perfectamente coherente”, a riesgo de no poder explicar el
contraste entre La ideología alemana y
los grandes textos ulteriores “sino
tal vez por influencia de Engels” (Elster, 1991). Explicación tan cómoda como inconsistente. Pues los textos de 1846 no tienen nada de
atolondramien- tos juveniles que derogarían la
coherencia general, y se
inscriben en una rigurosa continuidad con La sagrada
familia. En los Grundrisse
y la Contribución de 1859 resuena el eco fiel de
aquellos textos: “La así llamada evolución histórica reposa en general
en el hecho de que la úl- tima forma
considera a las pasadas como otras tantas etapas hacia ella misma, y dado
que sólo
en raras ocasiones […] es capaz de criticarse a sí misma […] las concibe
de manera unilateral” (Marx, 1984: 27).
No se podría
rechazar más firmemente toda ilusión
retrospectiva sobre el sentido de una historia cuyo desarrollo conspiraría para el co- ronamiento
de un presente ineluctable y, en consecuencia, legítimo.
Correspondencia
de las
fuerzas productivas y las
relaciones de producción, necesidad y posibilidad históricas: henos aquí
de vuelta ante la cuestión de la
transformación de las sociedades, de las revolu- ciones “prematuras” y las
transiciones fallidas. No contento con atribuir a Marx el “esquema supra-histórico” que este
tan claramente condenó, Elster le
reprocha el haber imaginado un comunismo
que se presenta en el momento oportuno,
en lugar de apuntar las consecuencias desas- trosas de su llegada prematura.
Sin embargo, no tiene sentido hablar de una llegada prematura o anticipada. Un
acontecimiento que se inserta como
un eslabón dócil en el encadenamiento ordenado de los trabajos
y los días ya no sería acontecimiento,
sino pura rutina. La historia está hecha
de singularidades circunstanciales. El acontecimiento puede ser llamado
prematuro en relación con una cita imaginaria, pero no en el horizonte vacilante de la posibilidad
efectiva. ¡Los que acusan a Marx de
ser determinista son, a menudo, los mismos que le reprochan serlo insuficientemente! Para el
marxista “legal” Struve, como para los men- cheviques, una revolución
socialista en Rusia en 1917
parecía mons- truosamente prematura. La
cuestión resurge hoy día a la hora de
los balances. ¿No habría sido
más prudente y preferible
respetar los ritmos de la historia, dejar que
las condiciones objetivas y el capitalismo ruso maduraran, darle a la
sociedad tiempo suficiente como para moderni- zarse? ¿Quién escribe la partitura
y quién marca el compás?
Según Elster,
“dos espectros atormentan a la revolución comunista”:
Uno es el
peligro de una revolución prematura favorecida por una mez- cla de ideas
revolucionarias avanzadas y situaciones miserables, en un país que
todavía no está maduro para el comunismo. Otro es el riesgo de
revoluciones conjuradas, de reformas preventivas introducidas des- de arriba
para desactivar una situación peligrosa (Elster, 1991: 710).
Si hay revoluciones prematuras, deben encontrarse
también, en efec- to, revoluciones pasadas. Resuelto a no ceder a los arrullos de futuros radiantes,
Gerald Cohen prefiere afirmar que un
capitalismo debilitado vuelve solamente
posible “la subversión potencialmente reversible del sistema capitalista y no
la construcción del socialismo” (Cohen, 1986). Cohen sigue sin
lograr escapar de las trampas formales del Prólogo de 1859: “La revolución anticapitalista puede ser prematura y, en consecuencia, fracasar su objetivo socialista” (Cohen, 1986). Así, una expli- cación del estalinismo
reducida a la inmadurez de las condiciones his- tóricas desmiente a priori, en
beneficio de un fatalismo mecánico, todo
debate estratégico sobre la toma del poder en 1917, las oportunidades de la revolución alemana en
1923, la significación de la NEP y las dife- rentes políticas económicas
factibles.
¿El debilitamiento del capitalismo hace posible la subversión? Asumamos que la respuesta a esta pregunta es afirmativa. Sin embar- go,
decir que ipso facto
hace posible “la construcción del
socialismo” es ir demasiado lejos. Es
jugar a la ligera sobre la noción crucial de posibilidad. Si se entiende
por posible el poder en el sentido de
posi- bilidad actual, subversión y construcción son condicionalmente inte- grables aunque no están fatalmente ligadas. Sin lo cual
la subversión podría consumirse esperando el último combate y
extinguirse en la re- signación. Marx (y
Lenin) son más concretos. Para ellos no se trata de instaurar en Rusia el
comunismo “en seguida”, sino de iniciar
la tran- sición socialista. No buscaban clasificar a los países según una
“escala de madurez”, en función del desarrollo de las fuerzas productivas. Por
el contrario, la respuesta de Marx a
Vera Zasulich sobre la actualidad
del socialismo en Rusia insiste en dos
elementos: la existencia de una forma de
propiedad agraria que sigue siendo colectiva, y la combina- ción del
desarrollo capitalista ruso con
el desarrollo mundial de las fuerzas productivas1. La “madurez” de
la revolución no se
decide en un solo país
según un tiempo unificado y
homogéneo. Se juega en la discordancia de los tiempos. El desarrollo
desigual y combinado hace efectiva su posibilidad. La cadena puede romperse por
su eslabón débil. La transición socialista sólo es concebible, en cambio, en
una perspecti- va ante todo internacional. La teoría de la revolución
permanente, que sistematiza dichas intuiciones, siempre ha sido
combatida en nombre de una visión
rigurosamente determinista de la historia, y la ortodoxia estaliniana
redujo precisamente la teoría de Marx
al esqueleto de un esquema “supra-histórico”, donde el modo
de producción asiático ya no encuentra
lugar.
La suerte de
la Revolución Rusa después
de 1917,
el Termidor burocrático, el terror estaliniano y la tragedia de
los campos no son resultados mecánicos de su pretendida
anticipación. Las circunstancias económicas, sociales y culturales jugaron
un papel determinante. No constituían,
sin embargo, un destino ineluctable, independiente de la historia concreta, del estado del mundo,
de las victorias y las derrotas políticas. La revolución alemana de 1918-1923,
la segunda revolución china, la victoria del
fascismo en Italia y del nazismo en
Alemania, el aplastamiento del Schutzbund vienés, la guerra civil
española y el fra- caso de los frentes
populares representaron otras tantas bifurcaciones para la Revolución Rusa
misma.
1 Sobre
este punto, conviene examinar las cartas de
Marx a Vera Zasulich. Ver también Trotsky, La revolución
permanente; Lenin, El desarrollo del
capitalismo en Rusia y las Tesis de abril; Alain Brossat, La théorie de la
révolution permanente chez le jeune Trotsky; así como los trabajos históricos
de D. H. Carr y Theodor Shanin.
¿Cómo conciliar ese desarrollo tendencial con
su negación, resul- tante del fetichismo generalizado de la mercancía y de la
cosificación de la relación social? Marx repite que el vals infernal del trabajo
asalariado y el capital reproduce la mutilación física y mental del trabajador, la su- misión de los
hombres a las cosas, la sujeción de todos a la ideología do- minante y a sus
fantasmagorías. El carácter prematuro de la revolución toma, entonces, un sentido que
Cohen y Elster no sospechan.
Es, en cierto modo, un acontecimiento anticipado estructural y
esencial. No es de tal o
cual país, de
tal o cual momento. En
la medida en que la conquista del poder político precede a la transformación
social y a la emancipación cultural, el comienzo es siempre un salto peligroso,
posi- blemente mortal. Su tiempo suspendido es propicio para las usurpacio- nes
burocráticas y las confiscaciones totalitarias.
Para Elster,
“el capitalismo era una etapa ineludible en dirección del comunismo”, según “la
filosofía marxiana de la historia”. En la
me- dida en que el comunismo se vuelve
posibilidad real solamente desde cierto nivel de desarrollo, el
capitalismo contribuye a reunir las condicio- nes para ello.
Esta trivial evidencia no
autoriza en nada la proposición
recíproca de un capitalismo que siempre
y en todas partes sería la etapa necesaria (ineludible) hacia la consecución predeterminada del comu- nismo. No es lo mismo decir que el comunismo presupone un grado de- terminado
de las fuerzas productivas (productividad del trabajo, califica- ción de la fuerza de trabajo, desarrollo de las
ciencias y las técnicas), al que contribuye el crecimiento capitalista; o que
el capitalismo constituye una etapa y una preparación inevitable sobre la vía
trazada de la marcha del comunismo. La segunda fórmula cae en la ilusión, tan a
menudo mo- tivo de burla por parte de Marx, según la cual “la última forma considera a las pasadas como
otras tantas etapas hacia ella misma”.
NECESIDAD HISTÓRICA Y POSIBILIDADES EFECTIVAS
Una revolución “justo a tiempo”, sin
riesgos ni sorpresas, sería un
acontecimiento sin acontecimiento, una
especie de revolución sin revolución.
Actualizando una posibilidad, la revolución es, por esencia, intempestiva y, en cierta medida,
siempre “prematura”. Una impruden- cia
creadora.
Si la
humanidad sólo se plantea los problemas que puede resolver,
¿cómo es
que no todo llega en el momento
esperado? Si una formación social nunca desaparece antes de que se
hayan desarrollado todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, ¿por qué forzar el destino y a qué precio? ¿Era prematuro o patológico
proclamar, desde 1793, la primacía
del derecho a la existencia sobre el
derecho de propiedad, o exigir la
igualdad social al mismo nivel que la igualdad política? Marx dice claramente que la aparición de un derecho nuevo expresa la
actua- lidad del conflicto. Las revoluciones son el signo de lo que la humanidad
puede históricamente resolver. En la inconforme conformidad de la épo- ca, son
un poder y una virtualidad del presente, a la vez de su tiempo y a
contratiempo, demasiado temprano y demasiado tarde, entre el ya-no y el aún-no. Un tal vez cuya última palabra no ha sido dicha.
¿Tomar partido
por el oprimido cuando las condiciones objetivas de su liberación no están
maduras revelaría una visión
teleológica? Los combates “anacrónicos” de Espartaco, Münzer, Winstanley y Babeuf,
entonces, serían desesperadamente fechas en
vista de un
fin anuncia- do. La interpretación inversa parece más conforme al pensamiento de Marx: ningún sentido preestablecido de la historia, ninguna predesti- nación
justifica la resignación a la opresión. Inactuales, intempestivas,
descontemporáneas, las revoluciones no se integran a los esquemas
preestablecidos de la “supra-historia” o
a los “pálidos modelos supra-
temporales”. Su acontecimiento no obedece al programa de una Histo- ria universal. Nacen a ras del
suelo, del sufrimiento y la
humillación. Siempre hay razón para rebelarse.
El presente es
la categoría temporal central de una historia abier- ta. Es el
tiempo de la política que
“en lo sucesivo prevalece sobre
la historia” como pensamiento estratégico de
la lucha y la decisión: “El materialista histórico no puede renunciar al concepto de
un presen- te que no es
transición, sino que ha
llegado a detenerse en el tiempo”
(Benjamin, 1973: 189).
A la
igualación “lógicamente imposible” de las clases, Marx opo- ne
su abolición “históricamente
necesaria”. Esta necesidad histórica no
tiene nada de fatalidad mecánica. La especificidad de la economía
política impone repensar los conceptos
de azar y de ley,
distinguir la necesidad “en el sentido especulativo-abstracto” de la
necesidad “en el sentido histórico-concreto”.
Existe
necesidad –dice Gramsci en sus Cuadernos
de la cárcel– cuan- do existe una premisa eficiente y activa, cuyo conocimiento en los hombres se ha vuelto actuante planteando fines concretos a la con- ciencia colectiva, y
constituyendo un conjunto de
convicciones y de creencias poderosamente actuante como las “creencias populares” (Gramsci, 1984: 327).
Inmanente, la
“necesidad histórica” enuncia lo que
debe y puede ser, no lo que
será: “La posibilidad real y la necesidad, por ende, son
dife- rentes sólo en apariencia […] Sin embargo, esta necesidad es al mismo tiempo relativa”. La
posibilidad real se vuelve necesidad. La necesidad comienza por la unidad. Necesidad de lo posible y de lo real
“que no está todavía reflejada en sí”. Todavía no se
ha determinado ella misma como
contingencia. Porque la necesidad,
agrega Hegel, real en
sí, es igualmente contingencia.
“Esto se
evidencia primeramente porque lo
realmente necesario constituye, sí, según su forma, un necesario, pero según su contenido es un limitado, y por tal medio tiene su contingen- cia […] En
sí, por tanto, se halla aquí la unidad de la necesidad y la accidentalidad; esta unidad tiene que ser
llamada realidad absoluta” (Hegel, 1976: 486-7).
Desde su tesis
sobre la filosofía de la naturaleza en Demócrito y Epicuro, Marx maneja perfectamente esta dialéctica:
El acaso es
una realidad que sólo tiene el valor de
la posibilidad, y la posibilidad abstracta es precisamente la antípoda de la
posibilidad real. La segunda se
contiene dentro de límites
definidos, como el entendimiento; la
primera es ilimitada, como
la fantasía. La posi- bilidad real trata de
fundamentar la necesidad y
la realidad de su objeto; a la posibilidad abstracta no le importa el objeto explicado, sino el sujeto que
explica. Se trata de que el
objeto sea simplemente posible, concebible. Lo posible en abstracto, lo
concebible, no se in- terpone en el camino del sujeto pensante, no representa
para éste un límite ni una piedra con la
que tropiece. Y es indiferente el
que esta posibilidad sea real, ya que
el interés no recae, aquí, sobre el objeto en cuanto tal […] La
necesidad aparece en la naturaleza finita como una necesidad relativa, como
determinismo. La necesidad relativa sólo
puede deducirse de la posibilidad real […] La posibilidad real es la
explicación de la necesidad relativa (Marx, 1980b: 28)2.
La posibilidad
se inscribe en ese juego de lo necesario
y lo contingente, en el movimiento de la necesidad formal a la necesidad
absoluta, vía la necesidad relativa. Se distingue tanto de la simple
posibilidad formal (o no contradicción) como de la posibilidad abstracta o
general. En tanto que posibilidad determinada, lleva en sí una
“imperfección”, de lo que resulta que
“la posibilidad es, al mismo tiempo, una contradicción o una
imposibilidad”.
“Pensador de
lo posible”, Marx juega así de varios
modos: lo po- sible contingente,
cuyo lazo con la
realidad determina (según Hegel) la
contingencia; “el ser en potencia” como capacidad determinada para
recibir (según Aristóteles) una forma dada (el
paso de la potencia al acto sería, entonces, el momento unitario por excelencia del azar y la necesidad); lo posible histórico
(real o efectivo –wirklich–), finalmente,
que sería la unidad de lo posible contingente y del ser en potencia. Apa-
reciendo de entrada como posibilidad en El Capital, la crisis se vuelve efectiva a través del
juego de la lucha y de las
circunstancialidades. El Capital no dice
otra cosa: no enuncia ninguna
necesidad absoluta, nin- gún demonio de
Laplace. Azar y necesidad no se excluyen. La contin- gencia determinada
del acontecimiento no es arbitraria ni caprichosa; solamente deriva de una causalidad no formal: “Al contrario, ha sido más
bien solamente aquel espíritu el
que ha determinado un hecho tan pequeño
y accidental como su oportunidad” (Hegel, 1976:
498). La ne- cesidad dibuja el horizonte de
la lucha. Su contingencia conjura los decretos del
destino.
2 Sobre
la categoría de posible en
Marx consultar Michel Vadée (1993)
y Henri Maler (1994).
El
último apartado del penúltimo
capítulo del Libro Primero de El
Capital, “Tendencia histórica de la
acumulación capitalista”, ha inspirado muchas profesiones de fe mecánicas
que postulan el hundi- miento
garantizado del capital bajo el peso
de sus propias contradic- ciones,
así como muchas polémicas. Marx escribe: “La negación de la producción
capitalista se produce por sí misma, con
la necesidad de un proceso
natural. Es la negación de la negación” (Marx,
1986: 649, Tomo I). Curioso texto, en
verdad. Por una parte, anticipa lúcidamente las tendencias a la concentración
del capital, la aplicación industrial de la ciencia y la técnica, la
organización capitalista de la agricultura, la socialización contradictoria de
los grandes medios de producción y la mundialización de las relaciones
mercantiles. Estas previsiones se han verificado ampliamente. Por otra parte,
parece deducir del desarrollo
capitalista una ley de pauperización absoluta y de polarización social
creciente. Las polémicas de Marx contra Lasalle y su “ley de hierro de los
salarios” prohíben sin embargo una
interpretación mecánica de la pauperización. Por el contrario, la
idea de que
la concentración del capital y
“el mecanismo mismo de la producción capitalista” tienen por efecto la
masificación del proletariado y la
elevación automática de su resistencia, su organización y su unidad, rompe, al menos par- cialmente,
con la lógica general de El Capital. El acento puesto en “las leyes inmanentes de
la producción capitalista”
conduce, aquí, a una objetivación y una naturalización de la “fatalidad” histórica. Lo alea- torio de
la lucha se aniquila en el formalismo de la negación de la ne- gación. Como si,
por su solo transcurso, el tiempo
pudiera garantizar que la hora esperada sonará puntualmente en el reloj de
la historia. Sin embargo, “la historia no hace nada”: los hombres la hacen, y en circunstancias
que no han escogido.
Este controvertido apartado del Libro Primero ocupa un lugar demasiado eminente como para
permitirnos ver en él una simple torpe- za. Señala, más bien, una contradicción no resuelta entre la
influencia de un modelo científico
naturalista (“la necesidad de un proceso
natural”) y la lógica dialéctica de una historia abierta. Engels se
esforzó en el Anti-Dühring por combatir
la interpretación trivial que hace
de “la negación de la negación” una máquina abstracta y el
pretexto formal para falsas predicciones:
¿qué papel desempeña en Marx
la negación de la negación? […] al llamar a este proceso negación de la negación, Marx no pensaba ver en ello la demostración de su necesidad histórica. Por el contrario, después de demostrar históricamente que este
proceso en parte ya se ha
realizado en la práctica y en
parte debe aún realizarse, sólo
después de esto lo define como proceso que se realiza de acuerdo con una ley
dialéctica determinada. Eso es todo. De
modo que también en este
caso incurre en pura falsedad el señor Dühring al afirmar que
la negación de la
negación desempeña aquí los
servicios de la comadrona con
cuya ayuda el porvenir surge del seno
del pasado, o que Marx exige
que nos convenzamos de la necesidad de la propie-
dad común de la tierra y del capital por
la fe en la ley de la negación de la negación. Ya supone una total falta de conocimiento de lo que es la dialéctica el
que el señor Dühring la tenga por instrumento meramente probatorio, como el que
las gentes de horizonte limitado quieren ver en la lógica formal o en las matemáticas elementales
(Engels, 1975; énfasis en el original).
Y para que así
conste: la negación de la negación no es un nuevo deus ex machina ni una
comadrona de la historia; y no se le debería dar crédito y sacar letras de
cambio sobre el futuro fiándose en su sola ley. La “nece- sidad histórica” no
permite echar las cartas y hacer predicciones. Opera en un
campo de posibilidades, donde la ley general
se aplica a través de un desarrollo particular. Lógica dialéctica y
lógica formal no hacen, decididamente,
buenas migas. Alcanzado este punto crítico, la ley “ex- tremadamente general”
es muda. Debe pasarle el relevo a la
política o a la historia. Para poner los puntos sobre las íes, Engels vuelve a
la carga:
¿Qué es,
pues, la negación de la negación?
Una ley extraordinaria- mente
general y, por ello
mismo, extraordinariamente eficaz
e im- portante, que rige el desarrollo de la naturaleza, de la
historia y del pensamiento; una ley que,
como hemos visto, se impone en el
mun- do animal y vegetal, en la geología, en las matemáticas, en la historia y
en la filosofía […] Se sobrentiende que cuando digo que el
proceso que recorre, por ejemplo, el grano de cebada desde que germina has- ta
que muere la planta que lo arroja es una negación de la negación, no
digo nada del proceso especial de desarrollo por el
que pasa el gra- no (Engels, 1975;
énfasis en el original).
Sabiendo
solamente que el grano de cebada deriva
de la negación de la negación, no se
pude lograr “cultivar fructíferamente cebada […] delmismo modo que no basta con
conocer las leyes que rigen la determina- ción
del sonido por las dimensiones de
las cuerdas para tocar el violín”. Si la negación de la negación “consiste en
la puerilidad de escribir en la pizarra una a para luego tacharla, o en decir que una rosa
es una rosa, para afirmar enseguida que
no lo es, no puede salir nada,
como no sea la idiotez del que se entregue a semejantes aburridas operaciones”
(En- gels, 1975: 130-140).
Exigir de la ley dialéctica más que su
generalidad llevaría a un formalismo vacío. Al igual
que el grano de cebada singular,
el aconteci- miento histórico tampoco es deducible de la negación de la
negación. Conviene insistir en este punto: ninguna fórmula sustituye el análi- sis concreto de la situación concreta, del que La
guerra campesina, El XVIII Brumario o La lucha
de clases en Francia proporcionan
brillantes ejemplos. La cuestión más
complicada ya no es, entonces, la del deter- minismo injustamente
reprochado a Marx, sino aquella según la cual existiría, entre los
posibles cursos de acción, un
desarrollo “normal” y
monstruosidades marginales3.
Diez años después de la
publicación del Libro Primero,
el co- mentario de Engels sobre “La
tendencia histórica de la acumulación ca- pitalista” aclara, así, ambigüedades bien comprensibles en el contexto intelectual de
la época. Es sorprendente que haya
sentido la necesidad de intervenir en este punto y que lo haya hecho en ese
sentido. Máxime considerando que el
Anti-Dühring fue redactado en estrecha
concerta- ción con Marx.
El apartado de El Capital
que causa controversia ya no es,
entonces, disociable del comentario que
lo aclara y corrige.
La necesidad
determinada no es lo contrario del azar, sino
el co- rolario de la posibilidad determinada. La negación de la negación
dice lo que debe desaparecer. No dicta lo que debe
ocurrir.
PROGRESO CON
RESERVA DE INVENTARIO
La historia
social, como la historia de los organismos vivos, está hecha de un “conjunto de acontecimientos,
extraordinariamente improbables, aunque lógicos retrospectivamente, pero
absolutamente imposibles de predecir” (Gould, 1990). En
1909, Walcott descubrió en las
Rocallosas canadienses los fósiles conocidos como esquistos de Burgess. Quiso a
la fuerza hacer entrar esos organismos en la tabla de una evolución que va de
lo más simple a lo más complejo. En
los años setenta, la reaper- tura del
expediente por un equipo de
investigadores llevó, a través de
una serie de estudios monográficos que aceptan la
rareza anatómica como otra norma posible, a “una revolución tranquila”. Los animales de Burgess (Opabinia, Hallucigenia,
Anomalicaris) ya no son hoy en día
considerados como las formas elementales
de las
especies conocidas. Testimonian, simplemente, la explosión cámbrica de
lo viviente, dispo- siciones orgánicas y virtualidades abortadas.
3 Ernest
Mandel habla con frecuencia de “rodeos” y “desviaciones” históricas.
Muestra, sin embargo, que el problema es, más
bien, de normalidad que de determinismo histórico. “Debe destacarse, sin
embargo, que la cuestión de si el capitalismo puede sobrevivir indefi- nidamente
o está condenado a derrumbarse no
debe confundirse con la idea de su inevita- ble sustitución por una forma
más alta de organización social, es
decir con la inevitabilidad del socialismo. Es perfectamente posible postular
el inevitable derrumbe del capitalismo sin
postular la inevitable victoria del socialismo […] el sistema no puede sobrevivir, pero puede ser sucedido por el socialismo como por la barbarie” (Mandel, 1985: 232).
Este
descubrimiento arruina la idea
dominante de una evolución simbolizada por la escala del
progreso continuo o por el
“cono inver- tido” de
diversidad y complejidad crecientes. La
historia incrementa la diversidad de las especies, pero poda las ramas y
restringe la dispa- ridad inicial entre diferentes organizaciones anatómicas.
Luego de la revolución copernicana y de
la darwiniana, la interpretación del esquis- to
de Burgess asesta un nuevo golpe
al antropocentrismo. Siguiendo
sus propias vías, la geología
profundiza, así, la crítica del joven
Marx a los “artificios
especulativos” a través de los cuales se quiere hacer creer “que la historia
futura es el objetivo de la historia pasada” y el homo sa- piens, el objetivo de Opabinia: “La diversidad de
los itinerarios posibles muestra con
toda seguridad que los resultados finales no pueden ser predichos al principio” (Gould,
1989).
¡Humanos, un
esfuerzo más para ser completamente
incrédulos! Para renunciar, de ese modo, a la
ilusión retrospectiva según la
cual nada hubiera podido ser más
que lo que es, y para renunciar también a la ilusión gradualista de las
modificaciones continuas. Del mismo modo que las victorias militares o políticas
no prueban la verdad o la legitimi- dad
de los vencedores, la supervivencia no tiene valor de prueba en pa- leontología. La
supervivencia es, precisamente, lo que
debe ser explica- do. A diferencia de los darwinistas vulgares,
Darwin estaba consciente de que las respuestas de adaptación por variación
individual y selección natural a los
cambios de ambiente no necesariamente constituyen un progreso
(¿según qué criterios?), sino más
bien una evolución sin plan ni dirección.
A pesar de sus
descubrimientos, Darwin difícilmente podía esca- par a la ideología progresista de la época. Su
dilema es, en cierta medi- da, el mismo que el de Marx. El darwinismo de Darwin no es, en efecto, ni
un determinismo ambiental ni la simple
parábola biologicista de la competencia mercantil. Anticipando algunas
interpretaciones recientes de Darwin, Marx
se inspira en “la acumulación a través de la herencia” como principio
motor. Al insistir en la dialéctica de la acumulación (ne- cesaria) y de la
invención (acontecimiento), Darwin evita la trampa me- canicista. Marx sostiene en Teorías sobre la plusvalía que
“los diferentes organismos se plasman a sí mismos por ‘acumulación’ y son solamente ‘invenciones’, invenciones de los
sujetos vivos que van
acumulándose gradualmente” (Marx, 1980a:
261).
Étienne
Balibar completa la inquietante declaración de Marx en el sentido de que “la
historia avanza por el lado malo”,
agregando: y sin embargo, ¡avanza! Más aún, no son raros los casos donde
efectivamen- te las “torpezas”, “equivocaciones” y “victoriosas derrotas” han
jugado un papel inesperado (Balibar,
2000). Balibar señala el eminente papel
de este “lado malo” –el de
las derrotas– que arruina la
visión de un mundo unificado por
la marcha irresistible del proletariado.
Después de 1848, y nuevamente después de
1871, el choque del acontecimiento
suscita una crítica de la idea de
progreso. Impone pensar “las historici- dades singulares”. Esta conclusión no
es compatible con la hipótesis de una medida histórica absoluta del progreso.
El esfuerzo de Marx busca tomar los dos
extremos: emanciparse de la abstracción de la Historia universal
(de “lo universal que planea”) sin
caer en el caos insensato de
las singularidades absolutas (de lo
“que no sucede más
que una vez”), y sin
recurrir al comodín del progreso.
En la medida en que la
universalización es un proceso, el
progreso no se conjuga en presente
indicativo, sino sólo en futuro anterior: bajo reserva y bajo condición. Pero si el progreso cotidiano
consiste en ganar más que en perder, su evaluación está condenada a la
vulgar compatibilidad de ganancias y
pérdidas. Lo que equivale a hacer
poco caso a la temporalidad de la medida misma, al hecho de que las ganancias del día hacen las pérdi- das del mañana, y viceversa.
La noción
corriente de progreso supone, en efecto, una escala de comparación fija y un
estado recapitulativo final. Para el optimismo liberal de ayer y de hoy, “todo
cambio toma el sentido de un progreso en relación con el cual no debería haber regresión”. En otros
términos, la creencia en el progreso histórico “excluye la contingencia” (Simmel, 1974).
Nunca se dirá
suficientemente hasta qué punto los
políticos so- cialdemócratas y estalinianos del período de entreguerras
comulgaron con este quietismo, y cuánto costó el no ver, en
la recurrencia de las
catástrofes, más que “retrasos” y “disminuciones”.
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Alex Callinicos*
Igualdad y capitalismo**
* Profesor de
Teoría Política y Social de la Universidad de Cork, Inglaterra, y miembro del
Socialist Workers Party. Actualmente es titular de la cátedra de Estudios
Europeos en King’s College, London.
** Este texto
tuvo origen en una conferencia que
brindé en febrero de 2003
mientras me desempeñaba como
Benjamin Meaker Visiting Professor del
Departamento de Soci- ología de
la Universidad de Bristol. Agradezco a Greg McLennan y sus colegas por su generosa hospitalidad y sus penetrantes discusiones. Traducción de Atilio
A. Boron.
CUALQUIERA QUE
REFLEXIONE sobre la igualdad posiblemente se enfrentará a una notable
paradoja. En primer lugar, tropezará
con un inexorable crecimiento de la
pobreza y la desigualdad, tanto a escala glo- bal como nacional. El filósofo alemán Thomas
Pogge reunió evidencia estadística
que provoca náuseas: en 1998, de un
total de 5.820 millones de seres humanos, 1.214 millones poseían un ingreso de
menos de un dólar norteamericano
por día, y 2.800 millones vivían con
menos de dos dólares por día,
siendo esta la línea de pobreza establecida por el Banco Mundial. A
estas cifras debemos agregar que 18 millones de
personas mueren prematuramente cada año
debido a causas vinculadas
con la pobreza, es decir, un tercio de
todas las muertes en seres humanos. Pogge también calcula que 250 millones de
personas han muerto por inanición o enfermedades que pueden ser prevenidas en los 14 años
posteriores al fin de la Guerra Fría. Señala el filósofo alemán: “Si se hiciera
una lista al estilo del Vietnam War Memorial, los nombres de estas personas
ocupa- rían una pared de 350 millas de largo” (Pogge, 2002: 97-98).
La pobreza
masiva persiste en un contexto de crecimiento global de la
desigualdad. La proporción
del ingreso de la
quinta parte más rica de la
población mundial respecto de la quinta parte más pobre ha crecido de 30:1 en 1960 a 60:1 en
1990, y 74:1 en 1997 (UNDP, 1999: 3). Este hecho pone de manifiesto el fracaso del
Consenso de Washington, el cual aducía
que la liberalización de los mercados podría ensanchar la brecha de desigualdad
económica debido a la dinámica de crecimien- to generada, pero esta, no
obstante, redundaría en un
aumento de los ingresos de los pobres. Sin embargo, una premisa de esta reflexión ha sido refutada: la era neoliberal ha presenciado
una caída en las tasas de crecimiento. En este
sentido, no hace mucho tiempo, William Easterly, del Banco Mundial,
reconoció la “significativa paradoja” de que,
pese a las “reformas de
políticas” neoliberales que “deberían
haber conducido a un aumento y no a una caída en la
tasa de crecimiento”, la media del crecimiento per capita en los países en desarrollo cayó del 2,5% en 1960-1979 al 0% en 1980-1999
(Easterly, 2001: 154).
La desigualdad
ha crecido también en los países ricos del Norte. A partir de una investigación
de Richard Wilkinson, Michael Prowse ha subrayado una impactante consecuencia:
Existe una
relación fuerte entre ingreso y salud al interior de estos países. En cualquier
nación encontraremos que la población
con al- tos ingresos vive
por más tiempo y sufre de menos enfermedades crónicas que la población de bajos ingresos.
En cambio, si buscáramos diferencias entre
los países, la relación entre ingreso y
salud se desintegraría ampliamente. Por
ejemplo, medidos en términos de expectativa de vida,
los norteamericanos ricos
son, en promedio, más saludables que los norteamericanos pobres. Sin embargo, aun cuando Estados Unidos es mucho más rico que Grecia, por tomar un ejemplo, los norteamericanos tienen en
promedio una menor expectativa de vida
que los griegos. Parece que un
mayor ingreso se condice con una
ventaja en salud sólo res- pecto de los conciudadanos, pero no con
respecto a ciudadanos de otros países […]
Wilkinson
sostiene que la solución a esta paradoja no puede encon- trarse en las
diferencias respecto de factores
tales como la calidad de la atención en
salud, porque en naciones desarrolladas esta
varia- ble tiene un impacto
moderado sobre la situación sanitaria general. La respuesta a la mencionada paradoja reside
en reconocer que el valor
de nuestro ingreso relativo es más
significativo para nuestra salud que
nuestro estándar de vida medido en
términos absolutos. Los ingresos relativos importan debido a que la
salud es influenciada notablemente tanto por
factores “psicosociales” como por
factores materiales.
Una vez que
se ha alcanzado un estándar de vida mínimo, la gente suele ser más
saludable cuando se verifican tres
condiciones: se con- sidera valorada y respetada por otros; se
siente en “control” de su trabajo y su vida hogareña; y disfruta de una densa red de vínculos sociales. Las sociedades
económicamente desiguales tienden a exhi- bir
pobres desempeños en los
tres aspectos enumerados, caracteri-
zándose por: importantes diferencias de
status; grandes diferencias respecto del sentido del control sobre la propia
vida; y bajos niveles de participación
cívica (Prowse, 2002: 3-12)1.
EL
LIBERALISMO IGUALITARIO
La desigualdad y sus males están aumentando. Pero por
otro lado, y simultáneamente, el
último cuarto del siglo XX presenció el
desarrollo del liberalismo igualitario, que
hizo su aparición en la misma
“sala de máquinas” que el neoliberalismo –Estados Unidos. Se trata
de teorías filosóficas sobre la justicia en las cuales la igualdad radical en lo
econó- mico y lo social es concebida
como uno de los valores constitutivos de
las sociedades capitalistas liberales2.
Antes de
considerar esta versión del liberalismo angloamericano, es necesaria una aclaración concep- tual.
En la
Europa continental y en
Latinoamérica, el término “libe- ralismo” es frecuentemente homologado
con la ideología del mercado libre desregulado que legitima las
políticas neoliberales del
Consenso de Washington. En este
sentido, hablar de “liberalismo igualitario” im- plica una contradicción en sus
términos. Pero en tanto tradición de pensamiento histórica, el
liberalismo se comprende mejor a partir de la idea que
afirma que los valores de las
grandes revoluciones burguesas sólo
podrán ser llevados a cabo en el
marco brindado por un capitalis- mo
de mercado y un gobierno
constitucional, y esto es compatible con
perspectivas socioeconómicas significativamente diferentes. Por ejem- plo,
John Maynard Keynes y Friedrich von
Hayek fueron dos de las figuras más importantes del liberalismo del siglo XX. El
primero fue un reconocido apóstol del
capitalismo regulado y padrino intelectual del moderno estado de
bienestar; el segundo, su gran oponente, ferozmente anti-igualitarista y
anti-intervencionista.
La referencia
obligada del liberalismo igualitario es, en nuestros días, el libro de John Rawls, Teoría de la
justicia, de 1971. En él se defi ne la justicia como equidad según
dos principios: la igual distribución de una lista bien
conocida de libertades civiles y
políticas; y el famoso “Principio de Diferencia”, de acuerdo con el cual
las desigualdades so- ciales y
económicas sólo son justificables cuando redundan en beneficio de los sectores
más desposeídos de la sociedad. La
concepción de Rawls sobre la justicia igualitaria es más radical de lo que parece a primera vista.
1 Ver la
discusión sobre la desigualdad en el hemisferio norte en Callinicos (2000: 3-12).
2 La mayor
parte de los temas tratados en esta
sección son analizados con más
profundi- dad en Callinicos
(2000: capítulo 3).
Dos ejemplos servirán para explicar esta afirmación. En
primer lugar, al argumentar a favor
de lo que denomina “la equitativa igual- dad de oportunidades”, Rawls rechaza la meritocracia, esto es, la idea de que las desigualdades socioeconómicas son legítimas si estas son el resultado de diferencias debidas al talento y el esfuerzo.
La pregunta sería: ¿por qué la constitución genética –inevitablemente
accidental– de un individuo debería
ser una razón válida para que este
tuviera una mejor o peor posición en la sociedad? Como lo expresa Rawls, “la dota- ción inicial de activos naturales y las
contingencias [del] crecimiento y [la] educación, en las primeras etapas de
la vida, son arbitrarias desde un punto de vista moral” (Rawls, 2000: 288). El Principio de
Diferencia implica que los mejor dotados
deberían tener el permiso de obtener un beneficio en virtud de los talentos
que disfrutan sin mérito propio, sólo
si, al mismo tiempo en que utilizan sus talentos, producen un beneficio tan grande
como sea posible para los menos aventajados. De este modo, los talentos
particulares no son propiedad privada de
las personas que los detentan, sino
activos sociales.
Un segundo
ejemplo del radicalismo de Rawls lo
encontramos en cómo este autor busca
asegurar lo que él denomina “valor justo de to- das la libertades políticas”.
Para que el primer principio de justicia –que garantiza a todos una igual participación en las
libertades fundamen- tales– sea
operativo, “los similarmente dotados y con
los mismos móvi- les [deben tener] casi
la misma oportunidad para ocupar posiciones de autoridad política,
independientemente de su clase económica
y social” (Rawls, 2000: 213). Por
supuesto, el problema consiste en que
esas di- ferencias en la riqueza
e ingresos socavan constantemente la igualdad formal legalmente disfrutada
por los
ciudadanos de las democracias liberales. En verdad, Rawls
admitió que “Hegel, y los
escritores mar- xistas y socialistas estuvieron muy en lo cierto al realizar esta objeción” (Rawls, 1996). Su
respuesta consistió en argumentar
que se necesitan ciertas condiciones
institucionales para asegurar “el justo valor”
de las libertades constitucionales. En este sentido, enumera las siguientes:
a] El financiamiento público de las elecciones y de los modos que aseguren el
acceso público a la información sobre las
políticas públicas […]
b] Una cierta igualdad de oportunidades,
especialmente en relación con la
educación y la formación profesional […]
c]
Una distribución decente de la
riqueza que permita cumplir con la
tercera condición del liberalismo,
esto es: que todos los
ciu- dadanos deben tener asegurado el acceso a la multiplicidad de
medios necesarios que les permitan hacer un uso
inteligente y efectivo de las
ventajas provistas por sus libertades
básicas […]
d] La sociedad como empleadora de último recurso
por vía del gobier- no local o nacional, y otras políticas sociales y
económicas […]
e] Un seguro básico de salud garantizado para
todos los ciudadanos (Rawls, 1996).
Estos
requisitos –esenciales según Rawls para
que las libertades tradi- cionales del
liberalismo puedan funcionar correctamente– representan, en comparación con las
realidades de las democracias liberales con- temporáneas, una
completa utopía. Bajo el reinado del
neoliberalismo, el proceso electoral está
cada vez más dominado por las corporaciones mediáticas y por políticos financiados por las empresas; el acceso a la riqueza y la
educación está distribuido muy desigualmente; la inesta- bilidad económica y
la continua reestructuración de las corporaciones tienen por consecuencia el hecho de que la inseguridad impregne per- manentemente al
mercado, a tal punto que en el país en el cual
Rawls ha nacido, EE.UU., decenas de millones de ciudadanos no cuentan
con seguro médico. Las condiciones
mínimas de Rawls para una sociedad
liberal constituyen un flagrante reproche al liberalismo realmente exis- tente
e, implícitamente, una demanda que clama
por una transforma- ción social radical3.
Otros filósofos
anglosajones formularon similares concepciones de justicia igualitaria de largo
alcance; por ejemplo: Ronald Dworkin,
Amartya Sen, Gerald A. Cohen y Brian
Barry4. Sin embargo, existen
significativas diferencias entre estas concepciones. Uno de los
tópicos clave se sitúa en torno a
la pregunta formulada por Sen: “¿Igualdad de qué”? (Sen,
1982). ¿Respecto a qué deberían las
personas ser tratadas como
iguales? Más específicamente, acordando que
a todos deben ase- gurárseles iguales libertades, ¿en qué debería consistir la igualdad eco- nómica?
Otorgar simplemente a todos el mismo ingreso monetario no lograría dicha
igualdad, desde el momento en que las personas
poseen distintas necesidades y habilidades. Si una persona discapacitada posee
el mismo ingreso que un atleta olímpico, luego, no está siendo tratada de igual modo. Entonces ¿debería la sociedad apuntar a
la igualdad de bienestar? En otras
palabras, ¿deberíamos intentar que todos
estemos satisfechos de igual manera?
Este interrogante se topa contra aquello
que se denomina el problema de los
gustos caros. Si yo deseo realizar un
viaje espacial (cosa que
podría ser comercialmente posible
en unos pocos años), ¿la sociedad debería pagar por mi viaje?
La mayoría de la gente diría “No”; pero entonces estaré mucho menos
satisfecho que el resto. Esta
problemática resalta la relación entre igualdad y responsabi- lidad. En particular, Dworkin (2000) expresó que
la justicia igualitaria procura remediar las consecuencias de la “mala
suerte bruta”, esto es, de las contingencias que nos
ponen en desventaja sin que
medie falta de nuestra parte. La
distribución de talentos naturales
–descripta por Rawls como “moralmente
arbitraria”– es un ejemplo de esta mala
suer- te bruta. Otro caso ejemplar lo plantea la cantidad de dinero
heredada por los diferentes individuos (aunque Dworkin es menos claro sobre este punto). Dworkin sostiene que, en
la medida de lo posible, todos deberíamos tener asignada
la misma cantidad de recursos económicos, dependiendo de los
individuos el uso que elijan para los mismos. Si decido ser holgazán y malgastar mi parte, ese
será mi problema. O si anhelo viajar al espacio, entonces dependerá de mí
financiar tal em- prendimiento
mediante mi propia cuota de recursos.
3 Las tensiones existentes en la teoría de la justicia de Rawls son
sutilmente exploradas, desde la izquierda, por G. A. Cohen (1992) y J. Bidet (1995).
4 Ver Dworkin (2000); Sen
(1992); Cohen (1989); Barry (1995). John Roemer (1996) ha escrito una síntesis interesante pero
excesivamente técnica.
Este
ideal de
igualdad de recursos ha sido
criticado por varias razones. En este texto sólo mencionaré tres de
ellas. En primera instan- cia, Dworkin fue
criticado por sostener una concepción excesivamente individualista de la
justicia. Si soy discapacitado de nacimiento, enton- ces, sufro evidentemente
de una “mala suerte bruta”. Pero ¿qué
sucede si, a causa de mi propia irresponsabilidad al manejar, estrello
mi auto y quedo lisiado de por vida?
Según este planteo, soy responsable por mi desgracia. ¿Significa esto
que debo arreglármelas por mi cuenta? (ver Anderson, 1999). En
otras palabras, la estrategia de Dworkin (2000) consiste en vincular el
igualitarismo con la responsabilidad
individual, idea que frecuentemente es contrapuesta a aquel,
especialmente desde el discurso de la derecha neoliberal. Pero, de este modo,
¿no le ha he- cho
Dworkin demasiadas concesiones a la derecha? En segundo lugar, esta estrategia depende
de la
capacidad para lograr distinguir el par: elección y azar. “Solemos distinguir,
por miles de razones, entre aquella parte de nuestro destino en la que podemos adjudicar alguna responsa- bilidad
porque es el resultado de la elección de alguien, y aquella otra que es ininteligible para cualquier tal
adjudicación, porque no obedece a las acciones de las personas, sino de la naturaleza o de la suerte bruta”
(Dworkin, 2000: 287). Pero las elecciones individuales y las
circunstan- cias objetivas no son siempre tan fáciles de separar. Una persona pobre y oprimida puede reaccionar
ante su situación aceptándola como parte de su
destino. Puede incluso parecer que
sus elecciones y preferencias
reflejan satisfacción con las condiciones en las que vive. Sin embargo, alguien
puede también argumentar que este es un caso
en que, frente a la aparente
ausencia de alternativas genuinas, las preferencias personales o individuales
se han adaptado completamente a las circunstancias. En- tonces, decir que la víctima de esta situación ha efectivamente elegido esta forma de vida
equivaldría directamente a consagrar la injusticia.
Una tercera
problemática de la igualdad de recursos, similar a la que se observa en el caso de la igualdad de ingresos, está dada porque dicho enfoque es insensible a las
diferencias relativas a las necesidades y capacidades de los individuos. Si soy
un enfermo crónico no obten- dré,
a partir de un mismo conjunto de
recursos, los mismos beneficios que una
persona sana. Por este motivo, Sen
(1982; 1992) propuso un ideal diferente: la igualdad de capacidades.
Este autor aduce que la ca- lidad de vida de una persona consiste
en su habilidad para desempeñar un
conjunto de “funcionamientos” tan
amplio como le sea posible. Di- chos
funcionamientos van desde estados
tales como tener buena salud o estar
bien alimentado hasta actividades
más complejas como las que están
implicadas en el hecho de elegir
reflexivamente una vida valora-
ble. Según Sen, aquello que
deberíamos tratar de igualar es la capaci- dad de
obtener la más amplia variedad de funcionamientos posibles. Esta postura tiene
como ventaja el hecho de que nos ofrece un
criterio de evaluación del bienestar (well being) individual más complejo y su- til que
las crudas estadísticas del ingreso nacional difundidas por el pensamiento económico convencional.
Sen ha
influenciado el trabajo del
Programa de las Naciones Unidas
para el Desarrollo en el sentido de
elaborar un Índice de Desarrollo Humano
que contribuya a proveer una más precisa medida de progreso5.
Como Dworkin,
aunque de manera distinta, Sen conecta la igual- dad y la libertad. Subraya que deberíamos procurar igualar “la libertad
sustantiva de lograr combinaciones de funcionamientos alternativas (o, dicho
menos formalmente, la libertad de lograr estilos de vida diversos)” (Sen, 1999:
75). Gerald A. Cohen (1996) expresó que
estas ideas impli- can una unión
forzada entre libertad e igualdad. Este autor sugiere que constituye realmente
una tergiversación, por ejemplo, describir el hecho de ser saludable como una
libertad o una capacidad, puesto que se trata simplemente de una condición o un
estado de existencia. A partir de esta crítica puede pensarse que, aunque sea
útil para la polémica el apropiar- se del concepto de libertad –favorito de los
neoliberales– con propósitos igualitarios, el efecto es el desdibujamiento de
diferencias cruciales entre ideales diferentes que, aunque están interrelacionados, tienen sus
racio- nalidades particulares. Cohen propone, en cambio, una concepción de igualdad más amplia y neutral: igualdad de acceso a las
ventajas, donde la noción de “ventaja” es entendida como “una colección heterogénea de estados deseables de
la persona, que no se pueden reducir ni a paquetes de recursos ni a su nivel de
bienestar” (Cohen, 1996: 28).
5 Ver, en
general, Sen (1999).
Cualquiera
sea la
opinión que uno sostenga con
relación a es- tas diferentes concepciones
de la
igualdad, así como respecto
de los argumentos a favor y en contra de las mismas, el debate en torno
al in- terrogante igualdad de qué redefinió incuestionablemente nuestra com-
prensión sobre qué implica una
concepción igualitaria de justicia. En particular, una de las objeciones
clásicas al igualitarismo debería haber quedado suprimida. Me refiero a la
objeción según la cual la igualdad
procura imponer una condición de uniformidad: una sociedad de pesa- dilla como
la China de Mao, en la cual todos usan
la misma vestimenta, comen la misma comida, y así sucesivamente. El problema de
las dife- rencias en las necesidades y capacidades individuales, que Sen ha
resal- tado especialmente, pone de manifiesto que uno de
los temas centrales en el igualitarismo
contemporáneo apunta justamente en la
dirección contraria: tratar a todos por
igual exige tomar en cuenta las
diferencias y no imponer los mismos estándares para todos.
Son amplios los
interrogantes filosóficos
implícitos en este de- bate. Solamente
mencionaré dos de ellos. Primero, quiero remarcar la enorme influencia
del utilitarismo en los
filósofos angloparlantes. En este
sentido, el utilitarismo define el bien
que deberíamos buscar según la
maximización del bienestar general, definiendo al bienestar como un estado
mental placentero o (en términos del
debate moderno) como la satisfacción de los deseos. La igualdad de bienestar
como ideal descan- sa sobre esta misma concepción subjetivista
del bienestar (well-being) individual.
El debate en torno a la pregunta igualdad de qué contribuyó a resaltar los
límites de esta concepción. Como hemos visto, muchas ve- ces las preferencias
individuales se adaptan a las circunstancias. Todos los deseos de un esclavo pueden ser satisfechos, pero
sólo porque este ha renunciado a cualquier anhelo incompatible
con su desventurada y opresiva situación. Esto sugiere que si
queremos evaluar adecuadamen- te el bienestar
(well-being) personal necesitamos
ir más allá del bienes- tar entendido en términos
subjetivos. Por ejemplo, podríamos establecer como punto de referencia, no los
deseos presentes de una persona, sino los deseos que esta hubiera podido tener
de haber sido capaz de reflexio- nar sobre su
situación. Pero esta rectificación puede no resultar sufi- ciente. ¿Qué sucede si no existe una perspectiva de
fuga para el esclavo de nuestro ejemplo,
o bien de una rebelión exitosa, por no
mencionar la abolición de la esclavitud como institución? ¿Es la conformidad expe- rimentada por dicho
esclavo una guía precisa para evaluar su
bienestar (well-being)? Estas consideraciones, por lo tanto, parecen llevarnos
hacia una concepción más objetiva de
bienestar, a la que Rawls (2000; 1996) denomina “perfeccionismo”. Por ejemplo,
podríamos tratar de fundar la igualdad en el ideal de autorrealización individual defendido por
Aristó- teles, Marx y John Stuart Mill. Pero tal movimiento bloquea una de las
más profundas motivaciones del tipo de
liberalismo que Rawls defiende, el
cual propone una forma social
que permita a individuos y grupos perseguir sus propias
concepciones del bien. Justificar una distribución igualitaria de los recursos
sobre bases perfeccionistas parecería privile- giar una determinada concepción
del bien –por caso, la autorrealización individual– por sobre
otras posibles6.
En segunda
instancia, el debate sobre igualdad de qué se organiza en torno a la pregunta
respecto de cuál es la mejor forma de
concebir la igualdad. Pero, en tanto tal,
no ofrece justificación alguna
que indi- que por
qué la igualdad en sí misma es
valiosa como ideal. Joseph Raz, desde un punto de vista liberal perfeccionista, sostiene con
vehemencia que la igualdad es más un
vehículo para otras preocupaciones morales que un ideal
coherente o defendible por sí
mismo.
Lo que
nos importa de las
varias desigualdades no es la
desigual- dad misma, sino la preocupación por el principio subyacente. Nos preocupa el
hambre del hambriento, la necesidad del carente, el su- frimiento del enfermo, y así sucesivamente. Es relevante el hecho de que ellos
estén, en los aspectos relevantes, en peores condiciones que sus
vecinos. Pero esto es relevante no como un mal que surge de la desigualdad tomada en forma independiente. Su relevancia resi- de en mostrar que
su hambre es mayor, su necesidad es más apre- miante, su sufrimiento es más doloroso; y por este
motivo nuestra preocupación es por los hambrientos, los necesitados y
los sufrientes y no por la igualdad, y es esto lo que
nos lleva a darles la prioridad (Raz, 1986: 240).
Es en
parte por esta razón que
se intenta distinguir entre el igualita- rismo y el “prioritarismo”.
Esta última posición no está
comprometida con tratar a todos por igual, sino
con mejorar la condición de
aquellos que están peor. Por ejemplo, el Principio de Diferencia rawlsiano
–que dice que las
desigualdades socioeconómicas están justificadas cuando benefician a
aquellos que están peor– podría apreciarse como un ideal prioritarista antes que como un
ideal igualitario. Uno de los atractivos del prioritarismo es,
justamente, que permite evitar la
objeción respec- to del “efecto
nivelador hacia abajo” que
suele hacérsele al ideal iguali- tario. Este es el antiguo argumento que acusa a los igualitaristas de no aceptar
cambio alguno a excepción de aquel
que incremente la igual- dad. Entonces,
por ejemplo, si la mitad de la sociedad posee un solo ojo y la otra mitad es
completamente ciega, deberíamos dejar ciegos a to- dos para que todos estén en
la misma situación de carencia. Gran parte de la fuerza de esta última objeción es removida una vez que se trata la igualdad no como el único
ideal político, sino como uno
de varios idea- les relacionados, aunque distintos. Por ejemplo, si uno valora la liber- tad tanto como la igualdad, entonces, enceguecer
a aquella mitad que posee un sólo ojo es inaceptable porque viola su autonomía
personal7.
6 James Griffin
realiza un interesante intento de reconciliar el utilitarismo y el perfeccion-
ismo en Well-Being (1986).
LA
IGUALDAD Y EL MARXISMO
Dejemos
de lado
estas sutilezas filosóficas. Las
concepciones igualita- rias de justicia presentadas en la sección
anterior no son críticas respec- to del capitalismo. En realidad, tales perspectivas, en general, conciben la realización de la
igualdad sobre la precondición
de una economía de mercado. En
efecto, Dworkin construye su
teoría de la justicia te- niendo
como basamento el mercado. Para ello recurre al dispositivo de una subasta
hipotética para asignar a los individuos un conjunto de re- cursos igualmente
valorados, y apela, en esta misma línea,
a mercados igualmente hipotéticos para permitir a las personas asegurarse
contra eventuales desventajas tales
como: ser o quedar discapacitado,
carecer de talentos naturales, padecer alguna enfermedad o quedar desemplea- do.
Estos filósofos son conocidos como igualitarios liberales justamente por la centralidad que le asignan al mercado. Sin embargo, lo que de- mandan todas las respuestas ofrecidas a la pregunta de Sen,
igualdad de qué (igualdad de bienestar, de recursos, de capacidades, o
de acceso a ventajas), va mucho más allá de lo que
puede ser considerado como
aceptable en la era neoliberal8.
¿Cómo deberían
pues responder los marxistas ante este contras- te entre la teoría normativa
igualitaria y el inexorable crecimiento de la desigualdad, particularmente
en los
países de habla inglesa de los cuales las figuras que
lideran estas posturas teóricas son
originarias? Existe una deficiente y familiar respuesta enraizada
profundamente en la tradición marxista. En
textos fundantes del materialismo histórico, especialmente en La
ideología alemana, Marx desarrolló una
aplastan- te crítica contra la
especulación filosófica abstracta
(Marx y Engels, 1973). Una de
las principales críticas fue dirigida contra la filosofía moral, ya se tratara de la forma del
imperativo categórico de Kant o del
utilitarismo de Bentham. Según argumenta Marx, los principios y concepciones normativas simplemente
expresan los intereses históri- cos de
clase. Su reclamo de universalidad es
falso y, en realidad, enga- ñoso, desde
el momento en que tales principios
contribuyen a ocultar el antagonismo de
clase bajo la fachada del bienestar general o de la comunidad moral. El movimiento socialista, concluía Marx, debería
evitar hablar de justicia o derechos9.
7 Sobre
estos temas, ver Scanlon (2000), Parfit
(2000) y Temkin (2000).
8 En textos
tales como Development as Freedom, Sen
(1999) procura encuadrar la igualdad
de capacidades en términos cercanos a la
ideología del “empoderamiento”
que actual- mente impulsa el Banco Mundial.
Aunque es discutible, este ejercicio
implica una radical dilución de la
versión de igualdad ideal que
Sen desarrolló en sus
escritos de corte más teórico.
Pero una tal
respuesta sería inadecuada por
dos razones. En primera
instancia, uno podría indicar que el marxismo mismo sufre de un “déficit ético”; en realidad, de una flagrante contradicción.
Nor- man Geras (1990), en su minucioso análisis de los escritos económicos
marxianos, revela la tensión existente
entre la interpretación relativista que
Marx hace del discurso ético y su
tácita confianza en los concep- tos
y principios normativos que
aparecen medianamente articulados en su crítica de la explotación
capitalista. Considérese, por ejemplo,
el siguiente pasaje, donde Marx, en
efecto, trata la propiedad colectiva (e inter-generacional) de la tierra como
un principio universal moral:
Desde el
punto de vista de una
organización económica superior de la sociedad, el derecho de propiedad de
ciertos individuos sobre determinadas partes del globo parecerá tan
absurdo como el de un individuo sobre su
prójimo. Toda una sociedad, una
nación y aun todas las sociedades contemporáneas juntas no son propietarias
de la tierra. Sólo son sus
poseedoras, la disfrutan, y deben legarla a las generaciones futuras
después de haberla mejorado, como boni patres familias (Marx, 1973: 763).
Se trata de
un pasaje notable, en el cual
podemos observar un Marx sensible
a la misma clase de consideraciones
que hallamos en las no- ciones contemporáneas del desarrollo
sustentable. Sin embargo, al realizar
una crítica de las formas de
propiedad contemporáneas en nombre de
una sociedad futura, Marx parece muy
próximo al tipo de exhortaciones que apelan a principios normativos
transhistóricos que él mismo condena en
otros autores. Esta brecha entre su doctrina oficial y las
implicancias de su compromiso teórico ha contribuido a crear una tendencia a
contraponer el marxismo clásico, con su
énfasis en la explicación de estructuras sociales antagónicas y en las luchas a
las que estas dan origen, a la teoría política normativa,
con los ideales y concepciones éticas a
las que esta apela. La conclusión es que no pue- den seguirse ambos caminos, y uno debe
optar por trabajar dentro de uno
de estos discursos. En este
sentido, esta es una actitud expresada no
sólo por muchos marxistas ortodoxos,
sino también por teóricos que consideran haber trascendido al marxismo,
tales como Gerald A. Cohen y Jürgen Habermas10.
9 Steven
Lukes expone lúcidamente este problema en Marxism and Morality (1985).
Sin embargo,
no veo necesidad de elegir: por tomar
prestada una antigua figura del idioma inglés, uno puede tener una torta y comérsela. O, para
expresarlo más firmemente: una crítica
marxista teóricamente consecuente del
capitalismo requiere la articulación de principios éti- cos según los
cuales este pueda ser censurado como injusto. ¿De qué otro modo podría resultar exitosa una
crítica? Perseguir esa visión
de- manda un diálogo genuino
entre el marxismo clásico y el liberalismo igualitario; en otras palabras: un compromiso mutuo que no
cobre la forma de un discurso que
absorba al otro de modo imperialista. Es decir, el estudio de
temas normativos no requiere que
uno abandone la teoría social
explicativa que ha sido
la gran fuerza intelectual del mar- xismo. Paralelamente, el marxismo
puede plantear algunos desafiantes interrogantes a los liberales igualitarios
acerca de cómo sus concepcio- nes de justicia pueden ser efectivamente llevadas
a cabo11.
TRANSFORMANDO EL CAPITALISMO
Esto nos conduce a la segunda razón por la cual los
marxistas debe- rían tomar el liberalismo igualitario seriamente. Como
hemos visto, las concepciones sobre la justicia que este último ha desarrollado
arro- jan una severa luz sobre el mundo
social contemporáneo. Aun las más modestas aproximaciones desafían el status
quo. Por esto es que Pogge calcula
que la desigualdad –especialmente entre
el Norte y el Sur– es actualmente tan grande que sólo un 1% del ingreso global
–equivalente a 312 mil millones de dólares al año– sería suficiente para erradicar la pobreza
extrema en el mundo entero (Pogge, 2002:
2). Vale la pena re- flexionar sobre el hecho de que esta suma es menor
que el presupuesto de defensa de EE.UU.: la administración Bush ha solicitado
no menos de 380 mil
millones de dólares para el
año fiscal 2004.
Uno no tiene que
ser un igualitarista para
respaldar tal transferencia, ya que la
mis- ma podría ser justificada desde una
mirada conservadora basada en la caridad, o por el imperativo de reducir el
sufrimiento, como lo plantea Raz.
¿Cuánto más podría demandar la
aplicación global de cualquiera de los principios de justicia igualitaria
formulados por los filósofos li- berales contemporáneos?
Esto nos lleva
a la pregunta respecto de qué
marco socioeconó- mico se
requiere para realizar dichos principios. En general, los libera- les
igualitarios son, como ya he sugerido,
partidarios de alguna versión del capitalismo de mercado. A lo sumo, Rawls deja
abierta la discusión sobre si los
medios de producción deben
ser de
propiedad privada o no. La extrema izquierda del liberalismo igualitario está conformada por teóricos de formación marxista, tales los casos de Gerald A. Cohen y John Roemer,
quienes abogan por un socialismo de mercado, es de- cir, una
economía de mercado formada por
cooperativas de trabajado- res
que poseen la propiedad colectiva
de las mismas y compiten entre sí.
(Sin embargo, Cohen opta por un
socialismo de mercado faute de mieux, a regañadientes y sólo como una segunda alternativa, dado que su
primera preferencia ya no le parece viable12).
10 Ver,
por ejemplo, Cohen (1995; 2000).
11 Ver
Callinicos (2001).
Sin embargo, es difícil concebir cómo alguna de estas versiones de
una economía de mercado puede resultar consistente con una justi- cia igualitaria. Entiendo la economía de mercado
en los términos que fueron planteados por Karl Marx y Karl Polanyi, es decir,
como un siste- ma económico en el cual la distribución de recursos es el
resultado de la competencia entre productores autónomos aunque
interdependientes, y en el cual la
fuerza de trabajo fue transformada en una mercancía (Polanyi denomina al trabajo,
junto con el dinero y la tierra,
“mercan- cías ficticias”)13. Permítasenos recordar, en primer lugar, que
uno de los principales impulsos del igualitarismo contemporáneo es el esfuerzo por eliminar las
consecuencias negativas de
aquello que Dworkin de- nomina
“suerte bruta”. Pero la economía de
mercado necesaria y cons- tantemente genera casos de “suerte bruta”. Las
fortunas se construyen y se pierden, los trabajadores pierden sus trabajos, países enteros se em- pobrecen,
no a causa de las elecciones de las
personas afectadas, sino como resultado de las fluctuaciones del mercado que
escapan al control individual y colectivo. Marx
toma prestada la idea hegeliana de
una “segunda naturaleza” para describir cómo el capitalismo –un sistema de relaciones sociales dependientes
para su existencia de la acción hu- mana– parece operar como si fuera parte del
mundo físico y estuviera sujeto a leyes
naturales que están por fuera del control humano. ¿Cómo pueden los seres humanos ser
juzgados como responsables de sus
des- tinos individuales en un
mundo con tales características? Si triunfan o fracasan, es
más probable que tal circunstancia tenga que ver, no tanto con sus
propias elecciones y esfuerzos, sino
con contingencias que es- tán
más allá de su comprensión.
En segundo lugar, deberíamos considerar
cuál sería el impacto de las reformas
igualitarias en el funcionamiento del capitalismo. Por ejemplo, los
igualitaristas con frecuencia apoyan la
idea de un salario básico universal e incondicional.
Ellos entienden que cada ciudadano debería recibir –como un
derecho– un ingreso que le permita satisfacer sus necesidades de subsistencia más básicas sin
tener que participar en el mercado laboral. Una reforma de esta índole resultaría conside- rablemente atractiva,
dado que evitaría las frecuentes consecuencias irracionales
que los impuestos y el sistema de
bienestar generan en su interacción; y también aseguraría la independencia
económica de cier- tos grupos que, por
las razones que sean, son efectivamente excluidos del mercado laboral o
sólo pueden lograr acceso al mismo en términos extremadamente desfavorables.
Entonces, esto podría ser un paso hacia una transformación social más comprehensiva14. Por obvias razones, esta opción genera una enorme resistencia entre
los capitalistas. Uno de los
presupuestos básicos del
capitalismo como sistema económico es que la mayoría de
la población no posee ninguna
alternativa acep- table frente a la opción de vender su fuerza de trabajo en términos lo suficientemente desfavorables como
para conducirla a su explotación. La
independencia económica que
un tipo de
salario básico brindaría a las
personas –como derecho igualitario a ser
obtenido por fuera del mercado–
alteraría de modo significativo el balance de poder: negociar un contrato
salarial se convertiría en una transacción voluntaria mucho más genuina y, entonces, los capitalistas se
verían compelidos a ofrecer mejores condiciones de trabajo que
podrían fatalmente comprometer su rentabilidad. No hay lugar a demasiadas dudas. Cualquier país que intente por medio de
un salario básico como el
descripto cambiar la marcha de su sociedad en una dirección significativamente
igualitaria se enfrentaría seguramente a un
proceso de fuga masiva de
capitales y a otras formas de
resistencia por parte de los grupos
privilegiados y po- derosos. La presión impuesta sobre Lula por
los mercados financieros que
forzaron a este a diluir un programa de gobierno aun mucho más modesto
antes de llegar a convertirse en
presidente de Brasil representa una suave
versión del tipo de reacciones
que provocaría un intento se- rio de convertir un salario
básico universal en una realidad efectiva.
12 Ver Cohen
(1995: capítulo 11).
13 Comparar
Marx (1976: capítulo 1) y Polanyi (1957).
Esta no es una
razón para abandonar el intento de
llevar ade- lante reformas tales como la propuesta de un salario básico, sino para apoyarlas, entendiendo que este
tipo de iniciativas sólo podrán ser
efec- tivamente alcanzadas en el marco de una lucha que plantee un
desafío más extenso al control capitalista sobre la economía en
su conjunto. En otras palabras, un anticapitalismo consecuente no puede evitar un tema básico de la tradición socialista como lo es el de la propiedad
y el control de los medios de
producción. No obstante,
existe una veda virtual en torno a
esta discusión desde el fin de la Guerra
Fría. Incluso en el movimiento contra la globalización capitalista se tiende a
hablar en términos de regulación del capitalismo o de un
retorno al mundo “desglobalizado” formado por capitalismos nacionales autónomos15.
14 Ver,
por ejemplo, Van Parijs y Van Der Veen
(1993) y Barry (1997).
Este tipo de
cuidados reflejan la creencia,
diseminada aún en la izquierda desde el cataclismo de 1989-1991, de que el colapso de la Unión Soviética demostró
que la planificación no puede funcionar.
Uno de los críticos de la planificación, Alec Nove, planteó el siguiente
desafío: “Existen vínculos horizontales (el mercado) y hay enlaces verticales
(re- laciones de jerarquía) ¿Qué otra
dimensión existe?” (citado en Devine,
1988: 109-110). En
otras palabras, la coordinación económica es nece- sariamente, o
bien horizontal, en cuyo caso
sólo puede tomar la forma de
mercado, o bien vertical, caso en el
que se piensa en una dirección centralizada y desde arriba
según el modelo estalinista de la economía. Pero, en este caso por lo menos, existe una tercera vía: redes
democráti- camente organizadas de productores y consumidores pueden colectiva-
mente negociar, mediante conexiones primordialmente horizontales, un plan sobre
los recursos a ser asignados. Existen dos
modelos concretos de este tipo
de planificación democrática o
participativa. El primero, desarrollado
por el economista socialista británico Pat Devine, implica aquello que el autor denomina “coordinación negociada”,
en la cual los representantes de los
grupos afectados negociarían sobre la asignación de recursos hasta lograr una serie de precios consistentes que reflejen las
prioridades que surgieron de un
acuerdo colectivamente logrado16. El intelectual anarquista americano
Michael Albert ofrece una versión aún más
descentralizada, partiendo de la misma idea básica. En las eco- nomías participativas, o
parecons, los individuos o grupos
plantearían sus propias propuestas
de consumo y producción, cuya conformidad generaría un plan integral mediante un proceso interactivo de ajustes sucesivos de negociación. Ambos
modelos encarnan el mismo principio básico, que Albert denomina la norma del
“auto-gerenciamiento”: “en la medida en que podamos arreglarlo, los actores de
la economía deberían influir en los
resultados económicos en igual proporción a cómo estos acontecimientos afectan
a dichos actores” (Albert, 2003: 40)17.
La discusión
de tales modelos nos conduce aún
más allá de Marx: desde la teoría
normativa a las especulaciones utópicas. Pero
tal sende- ro es absolutamente inevitable actualmente: sin importar cuán
inteligi- ble haya sido la negación de
Marx a considerar alternativas
detalladas al capitalismo en el contexto del socialismo del siglo XIX, esta
postura ya no puede ser defendida hoy
día tras el colapso del
estalinismo y de cara a una hegemonía neoliberal que permanentemente reitera el eslogan de Margaret Thatcher: “No hay Alternativa” al capitalismo de mer- cado. A
medida que van cobrando forma más definida las imágenes de la alternativa al
capitalismo, los análisis realistas de las dinámicas del capitalismo y de las
estrategias eficaces contra el mismo deben com- binarse con la
exploración de modelos de planificación democrática normativamente
informados y suficientemente focalizados, capaces de demostrar que Thatcher está
equivocada.
15 Ver Callinicos
(2003: capítulos 2 y 3).
16 Ver
Devine (1988) y Callinicos (2003: 122-132).
17 Diversos
materiales sobre parecon pueden hallarse
también en <www.parecon.org>.
La discusión
de los principios y modelos igualitarios en ningún caso carece de
anclaje social. La aspiración a
la igualdad fue uno de
los ideales constitutivos de la modernidad capitalista desde el momen- to en
que triunfaron las grandes revoluciones
burguesas. De diferentes maneras, las
revoluciones inglesa, americana
y francesa articularon un impulso igualitario a medida que desafiaban las
jerarquías del an- tiguo régimen.
Al proceder de esta manera, desataron una dinámica que continúa
hasta el presente, conforme nuevos grupos –trabajadores, esclavos, mujeres,
súbditos coloniales, negros, lesbianas y gays,
entre muchos otros– han reafirmado sus
demandas de igualdad. Sin embar-
go, aunque el capitalismo es el suelo
sobre el que el ideal de la
igualdad cobró forma por primera vez, este ideal solamente puede realizarse más allá de sus
fronteras.
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Michael Löwy*
Marxismo y religión: ¿opio del pueblo?**
* Filósofo y
director de investigación del Centro
Nacional de Investigación Científica de Francia, CNRS.
** Traducción
de Bárbara Schijman. Revisión de Michael Löwy.
¿ES AÚN
LA RELIGIÓN, tal como Marx y Engels la
entendían en el siglo XIX, un
baluarte de reacción, oscurantismo y conservadurismo? Brevemente,
sí, lo es. Su punto de vista se aplica
aún a muchas institu- ciones católicas (el Opus
Dei es sólo el ejemplo más obvio), al uso fun- damentalista corriente de las
principales confesiones (cristiana, judía, musulmana), a la mayoría de los
grupos evangélicos (y su expresión en la denominada “iglesia electrónica”), y a
la mayoría de las nuevas sectas religiosas, algunas de las cuales, como la
notoria iglesia del reverendo Moon, son
nada más que una hábil combinación de manipulaciones financieras, lavado de cerebro
y anticomunismo fanático.
Sin embargo,
la emergencia del cristianismo revolucionario y de la teología de la liberación
en América Latina (y en otras partes) abre un capítulo histórico y alza nuevas y excitantes preguntas que no
pueden responderse sin una renovación del análisis marxista de la
religión.
Inicialmente,
confrontados con tal fenómeno, los marxistas recu- rrirían a un modelo
tradicional que concibe a la iglesia como un cuerpo reaccionario enfrentando a
los trabajadores y los campesinos cristianos que podrían haber sido considerados soportes de la revolución.
Incluso mucho tiempo después, la muerte del
Padre Camilo Torres Restrepo, quien se había unido a la guerrilla colombiana,
fue considerada un caso excepcional. Corría el año 1966.
Pero el creciente compromiso
de los cristianos –incluidos muchos
religiosos y curas– con las luchas
popula- res y su masiva inserción en la
revolución sandinista claramente mos- traron la necesidad de un nuevo enfoque.
Los marxistas desconcertados o confundidos
por estos desarro- llos aún recurren a la distinción
usual entre las prácticas sociales vigen- tes de estos cristianos, por un lado,
y su ideología religiosa, por el
otro, definida como necesariamente regresiva e idealista. Sin embargo, con la teología de la liberación pensadores religiosos
utilizarán conceptos marxistas y bregarán a favor de las luchas emancipatorias.
De hecho,
algo nuevo sucedió en la escena religiosa de Latino- américa durante las últimas décadas, de importancia histórica a
nivel mundial. Un sector significativo de la iglesia –creyentes y clérigos– en
América Latina ha cambiado su posición en el campo de la lucha social, poniendo
sus recursos materiales y espirituales al servicio de los pobres y de su
pelea por una nueva sociedad.
¿Puede el marxismo ayudarnos a explicar estos
eventos inesperados?
* * *
La conocida frase “la religión es el opio del pueblo” es considerada como la
quintaesencia de la concepción marxista del fenómeno religioso por la mayoría
de sus partidarios y oponentes. ¿Cuán acertado es este pun- to de vista? Antes
que nada, uno debería enfatizar que esta
afirmación no es del todo
específicamente marxista. La misma frase se puede en- contrar, en diversos
contextos, en los escritos de Immanuel Kant, J. G. Herder, Ludwig Feuerbach,
Bruno Bauer, Moses Hess y Heinrich Hei-
ne. Por
ejemplo, en su ensayo sobre Ludwig Börne (1840), Heine ya la empleaba
–en una manera positiva (aunque irónica) –: “Bienvenida sea una religión
que derrama en el amaro cáliz de la sufriente especie hu- mana algunas
dulces, soporíferas gotas de opio
espiritual, algunas go- tas de amor, esperanza y creencia”. Moses Hess, en su ensayo publicado en Suiza en
1843, toma una postura más crítica (pero aún ambigua): “La religión puede
hacer soportable [...] la infeliz
conciencia de servi- dumbre […] de igual
forma el opio es de buena ayuda
en angustiosas dolencias” (citado en
Gollwitzer, 1962: 15-16)1.
La expresión
apareció poco después en el artículo de
Marx Acer- ca de la crítica de la
filosofía del derecho de Hegel (1844).
Una lectura atenta del párrafo marxista donde aparece esta frase
revela que la cuestión es más
compleja de lo que usualmente se
cree. Aunque ob- viamente crítico
de la religión, Marx toma en cuenta el
carácter dual del fenómeno y expresa: “La angustia religiosa es al mismo tiempo
la expresión del dolor real y la protesta contra él.
1 Otras
referencias de estas expresiones podrán encontrarse en el presente artículo.
La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un
mundo descorazonado, tal como lo es el espíritu de una situación sin
espíritu. Es el opio del pue- blo”
(Marx, 1969a: 304).
Si uno lee el ensayo completo, aparece claramente
que el punto de vista de Marx debe
más a la postura de izquierda
neo-hegeliana –que veía la religión como la alienación de la esencia humana–
que a la filo- sofía de la Ilustración –que simplemente la
denunciaba como una cons- piración clerical. De hecho, cuando Marx escribió el
pasaje mencionado era aún un discípulo de Feuerbach y un neo-hegeliano. Su
análisis de la religión era, por
consiguiente, “pre-marxista”, sin referencia a las clases y ahistórico.
Pero tenía una cualidad dialéctica,
codiciando el carácter contradictorio de
la “angustia” religiosa: a la vez una legitimación de condiciones existentes
y una protesta contra estas.
Fue sólo
después, particularmente en La ideología
alemana (1846), que el
característico estudio marxista de la religión como una realidad social e
histórica tuvo su origen. El elemento clave de este nue- vo método para el
análisis de la religión es acercarse a ella como a una de las diversas formas
de ideología –a saber, de la producción espiritual de un pueblo; de la
producción de ideas, representaciones y conciencia, necesariamente
condicionadas por la producción material
y las corres- pondientes relaciones sociales. Aunque él suele utilizar el concepto de “reflejo” –el cual
conducirá a varias generaciones
de marxistas hacia un callejón sin
salida– la idea clave del libro es la
necesidad de explicar la génesis y el desarrollo de las distintas formas de
conciencia (religio- sa, ética,
filosófica, etc.) por las
relaciones sociales, “lo que
significa, por supuesto, que la cuestión puede ser representada en su
totalidad” (Marx, 1969b: 154,
164). Una escuela “disidente” de la sociología de la
cultura marxista (Lukács, Goldmann) estará a favor del concepto dialé- ctico de totalidad en lugar de adscribir a la
teoría del reflejo.
Luego de
escribir junto a Engels La ideología alemana, Marx pres- tó poca atención a la
cuestión de la religión como tal, a saber, como un universo específico de
significados culturales e ideológicos. Uno
puede encontrar, sin embargo,
en el primer volumen de El Capital,
algunas observaciones metodológicas interesantes. Por ejemplo, la bien cono- cida
nota a pie de
página en la que
responde al argumento sobre la
importancia de la política en la Antigüedad y de la religión en la Edad Media
revela una concepción amplia de la
interpretación materialista de la historia: “Ni la Edad Media pudo vivir del
Catolicismo ni la Anti- güedad de la política. Las respectivas condiciones
económicas explican, de hecho, por
qué el Catolicismo allá y la política acá juegan el rol do- minante” (Marx, 1968: 96,
Tomo I). Marx nunca se tomaría la
molestia de suministrar las razones económicas que explicarían la importancia de la
religión en el Medioevo, pero
este pasaje es importante porque reconoce que, bajo
ciertas condiciones históricas, la religión puede de hecho jugar un rol
dominante en la vida de una sociedad.
A pesar de su
poco interés por la religión, Marx prestó atención a la relación entre protestantismo y capitalismo.
Diversos pasajes de El Capital hacen
referencia a la contribución del protestantismo a la primitiva acumulación de
capital –por ejemplo, por medio del estímulo a la expropiación de
propiedades de la iglesia y prados comunales. En los Grundrisse, Marx formula –¡medio siglo antes del famoso ensayo
de Max Weber!– el siguiente comentario, significativo y revelador respecto de la
íntima asociación entre protestantismo y capitalismo: “El culto del dinero tiene su ascetismo, su
auto-abnegación, su auto-sacrificio –la economía y la frugalidad, desprecio
por lo mundano, placeres tempo- rales,
efímeros y fugaces; el correr detrás del eterno tesoro. De aquí la conexión
entre el Puritanismo inglés o el Protestantismo holandés y el hacer dinero”
(Marx, 1968: 749-750, Tomo I; 1973: 232; 1960a:
143). La semejanza –no la
identidad– con la tesis de Weber es
sorprendente, más aún puesto que el
autor de Ética protestante no pudo haber leído este pasaje (los Grundrisse fueron publicados
por primera vez en 1940).
Por otra
parte, Marx se refiere cada tanto al capitalismo como una “religión de la
vida diaria” basada en el fetichismo de
mercancías. Describe al capitalismo como “un
Moloch que requiere el mundo
ente- ro como un sacrificio debido”, y el
progreso del capitalismo como un
“monstruoso Dios pagano, que sólo quería beber néctar en la calavera de la
muerte”. Su crítica a la política económica está salpicada de frecuen- tes
referencias a la idolatría: Baal,
Moloch, Mammon, Becerro de Oro y, por supuesto, el concepto de
“fetichismo” en sí mismo. Pero este lengua- je tiene más un significado metafórico que sustancial (en
términos de la sociología de la religión) (Marx, 1960b: 226, Vol. 9 y 488, Vol.
26)2.
Friedrich
Engels desplegó (probablemente por su
educación pie- tista) un interés mucho mayor que el de Marx por el fenómeno
religioso y su rol histórico. El aporte principal de Engels al estudio marxista
de la religión es su análisis de la relación de las representaciones religiosas
con las luchas de clases. Más allá de la polémica filosófica de “materia- lismo
contra idealismo”, él estaba interesado en entender y explicar for- mas históricas y sociales concretas de religión.
La cristiandad no apare- ció (como en Feuerbach) como una “esencia” atemporal,
sino como un sistema cultural
experimentando transformaciones en diferentes perío- dos históricos. Primero la cristiandad fue una religión de los esclavos, luego la ideología estatal del Imperio Romano,
después vestimenta de la jerarquía feudal y, finalmente, se adapta a la sociedad
burguesa. Así aparece como un espacio
simbólico en el que se enfrentan fuerzas
so- ciales antagónicas –por ejemplo en
el siglo XVI: la teología feudal,
el protestantismo burgués y los plebeyos herejes.
2 Algunos
teólogos de la liberación (por ejemplo,
Enrique Dussel y Hugo Assmann) harán extensivo el uso de estas referencias a su definición de
capitalismo como idolatría.
Ocasionalmente su análisis tropieza con un
utilitarismo estre- cho, interpretación instrumental de movimientos
religiosos. En Ludwig Feuerbach y el fin
de la filosofía clásica alemana,
escribe: “cada una de las distintas clases usa su
propia apropiada religión [...] y
hace poca diferencia si estos caballeros
creen en sus respectivas religiones o no” (Engels,
1969a: 281).
Engels parece
no encontrar nada más que el
“disfraz religioso” de intereses de clases en las diferentes formas de
creencias. Sin embar- go, gracias a su método de análisis en términos de lucha
de clases, En- gels se da cuenta, y así lo expresa en La guerra campesina en
Alemania, de que el clero
no era un
cuerpo socialmente homogéneo: en
ciertas coyunturas históricas, se
dividía internamente según su
composición social. Es así que
durante la Reforma tenemos, por
un lado, el alto
cle- ro, cumbre de la jerarquía feudal, y, por el otro, el bajo clero, que
da sustento a los ideólogos de la Reforma y del movimiento
revolucionario campesino (Engels, 1969b: 422-475).
Siendo
materialista, ateo y un irreconciliable enemigo de la re- ligión, Engels comprendió, como el
joven Marx, el
carácter dual del fenómeno: su
rol en la legitimación del orden existente, pero además, de acuerdo a
circunstancias sociales, su rol crítico, de protesta e incluso revolucionario.
En primer lugar, él estaba interesado en la
cristiandad primitiva a la cual definía
como la religión de los pobres, los
desterrados, con- denados, perseguidos y oprimidos. Los primeros cristianos provenían de los niveles
más bajos de la sociedad: esclavos,
hombres libres a los cuales les habían
sido negados sus derechos y pequeños campesinos perjudicados
por las deudas (Engels, 1969c: 121-122,
407). Tan lejos fue que hasta mostró
un asombroso paralelo entre esta primitiva cristian- dad y el socialismo moderno, planteando que: a) ambos movimientos fueron creados por las masas –no por líderes ni profetas–; b) sus miem- bros
fueron oprimidos, perseguidos y proscriptos por
las autoridades dominantes, y
c) predicaron una inminente liberación y
eliminación de la miseria y la
esclavitud. Para adornar su comparación,
un tanto provocativamente, Engels citó un
dicho del historiador francés Renán: “si quiere tener una idea de
cómo fueron las primeras
comunidades cristianas, mire la rama local
de la Asociación Internacional de Traba- jadores” (Engels, 1969c).
Según Engels, el paralelismo entre socialismo
y cristiandad tem- prana está presente
en todos los movimientos que sueñan,
desde todos los tiempos, restaurar la primitiva religión cristiana –desde los
taboris- tas de John Zizka (“de gloriosa memoria”) y los anabaptistas de Thomas
Münzer hasta (luego de 1830) los
comunistas revolucionarios franceses y los partisanos del comunista utópico
alemán Wilhelm Weitling.
Sin embargo, y según deja constancia en sus Contribuciones a la historia de la
cristiandad primitiva, Engels encuentra que
se mantiene una diferencia esencial entre los dos movimientos: los
cristianos primi- tivos eligieron dejar
su liberación para después de esta vida,
mientras que el socialismo ubica
su emancipación en el futuro próximo de este mundo (Engels, 1960: capítulo 25).
¿Pero es esta
diferencia tan clara como parecía a primera vista? En su estudio de las grandes
guerras campesinas en Alemania ya no se plan- tea esta oposición. Thomas
Münzer, el teólogo y líder de la
revolución campesina y hereje anabaptista del siglo XVI, quería el inmediato
estable- cimiento en la tierra del Reino de Dios, el reino milenario de los
profetas. De acuerdo con Engels, el
Reino de Dios para Münzer era una sociedad sin diferencias de clases, sin
propiedad privada y sin autoridad estatal in- dependiente de, o externa a, los
miembros de esa sociedad. Sin embargo, Engels estaba aún tentado a reducir la
religión a una estratagema: ha- bló de la “fraseología” cristiana de Münzer y
su “manto” bíblico (Engels,
1969b:
464). La dimensión específicamente
religiosa del milenarismo de Münzer, su
fuerza espiritual y moral, su
experimentada auténtica pro- fundidad mística, Engels parece haberlas
eludido. Sin embargo, Engels no esconde
su admiración por el profeta alemán, describiendo sus ideas como
“cuasi-comunistas” y “religiosas revolucionarias”: eran en menor medida una síntesis de las demandas
plebeyas de aquellos tiempos, “una brillante anticipación” de
futuros objetivos emancipadores proletarios. Esta dimensión anticipadora
y utópica de la religión no es explorada por Engels pero será trabajada de
manera intensa y rica por Ernst Bloch.
El último
movimiento subversivo bajo el estandarte
de la religión fue, según Engels, el movimiento puritano inglés del siglo XVII.
Si la re- ligión, y no el materialismo, suministró la ideología de esta revolución, es por la naturaleza políticamente reaccionaria de
la filosofía materia- lista en Inglaterra, representada por Hobbes y otros
partisanos del abso- lutismo real. En
contraste con este materialismo y deísmo conservador, las sectas protestantes dieron a la guerra contra
la monarquía de los Estuardos su bandera
religiosa y sus combatientes (Engels, 1969d: 99).
Este análisis es interesante: rompiendo con la visión
lineal de la historia heredada de
la Ilustración, Engels reconoce que
la lucha en- tre materialismo y
religión no necesariamente corresponde a la guerra entre revolución y
contrarrevolución, progreso y regresión, libertad y despotismo, clases oprimidas y dominantes.
En este
preciso caso, la relación es exactamente la opuesta: religión
revolucionaria contra ma- terialismo absolutista.
Engels estaba
convencido de que, desde la Revolución
Francesa, la religión no podía funcionar más
como una ideología revolucionaria, y se sorprendió cuando comunistas
franceses y alemanes –tales como Cabet o
Weitling– proclamaron que “cristiandad
es comunismo”. Este desacuerdo sobre la religión fue una de las principales
razones de la no participación de comunistas franceses en el Anuario
Franco-Alemán en 1844 y de la ruptura de Marx
y Engels con Weitling en 1846.
Engels no
podía anticipar la teología de la liberación, pero, gra- cias a su
análisis del fenómeno religioso
desde el punto de vista de la lucha
de clases, trajo a la luz el potencial de protesta de
la religión y abrió camino para
un nuevo acercamiento –distinto tanto de
la filoso- fía de la Ilustración cuanto del neo-hegelianismo alemán– a la
relación entre religión y sociedad.
*
* *
La mayoría de
los estudios realizados sobre religión en
el siglo XX se limitan a
comentar, desarrollar o aplicar las ideas esbozadas por Marx y Engels. Tales fueron los
casos, por ejemplo, de los
ensayos de Karl Kautsky sobre el
utopista Tomás Moro o sobre Thomas Münzer. Kauts- ky consideraba a todas estas
corrientes religiosas como movimientos “precursores del socialismo moderno” cuyo objetivo era
un estilo de comunismo
distributivo –opuesto al comunismo
productivo del mo- vimiento obrero
moderno. Mientras Kautsky nos provee
interesantes revelaciones y detalles acerca de las bases sociales y económicas
de es- tos movimientos y sus aspiraciones comunistas, usualmente reduce sus
creencias religiosas a un simple
“envoltorio” o “ropaje” que “oculta y disimula” su contenido social. Las manifestaciones místicas y apoca- lípticas de
las herejías medievales son, desde su
punto de vista, expre- siones de desesperación, resultantes de la imposibilidad de consumar sus
ideales comunistas (Kaustky, 1913:
170, 198, 200-202). En
su libro acerca de la Reforma alemana, Kaustky no pierde tiempo con la di-
mensión religiosa de la lucha entre católicos, luteranos y anabaptistas:
despreciando lo que él llama la “disputa teológica” entre estos movi- mientos religiosos, concibe como única
tarea del historiador “remontar las luchas de esos tiempos a la contradicción de intereses
materiales”. En este sentido, las
95 Tesis de
Lutero, según Kautsky, no
reflejaron tanto un conflicto sobre el dogma, como un conflicto en torno de
temas económicos: el dinero que Roma
extraía de Alemania bajo la forma de
impuestos eclesiásticos (Kautsky, 1921: 3, 5).
Su libro sobre Tomás Moro es más original: ofrece un candente e idílico dibujo de la popular
cristiandad medieval como una jubilosa y alegre religión, llena de
vitalidad y bellas celebraciones y fiestas. El autor de Utopía, Tomás
Moro, es presentado como el último represen- tante de este popular, viejo y feudal catolicismo –completamente dife-
rente del jesuítico moderno. Según Kautsky, Moro eligió como religión el catolicismo en lugar del
protestantismo porque estaba en contra de la brutal proletarización del
campesinado resultante de la destrucción de la iglesia tradicional y de la
expropiación de tierras comunitarias por
la Reforma Protestante en Inglaterra. Por otro lado,
las instituciones reli- giosas de la isla Utopía muestran que él estaba lejos de ser un
partidista del establecido autoritarismo católico: defendía la tolerancia
religiosa, la abolición del celibato clerical, la elección de curas por sus
comunida- des y la ordenación de mujeres (Kautsky, 1890: 101, 244-249,
325-330).
Muchos
marxistas en el movimiento de trabajadores europeo eran radicalmente hostiles a
la religión, pero creían que la batalla
atea contra la ideología religiosa debía subordinarse a las necesidades
concretas de la lucha de clases, la cual
demandaba la unidad entre trabajadores que creen en Dios y aquellos que
no creen. Lenin mismo, que seguidamente denunció la religión como una “niebla
mística”, insistió en su artículo “Socialismo y religión” (1905) en que
el ateísmo no debería ser parte del programa del Partido porque la
“unidad en la real lucha revolucionaria de las clases opri- midas por un paraíso en la tierra es más importante que la unidad en la opinión proletaria sobre el
paraíso en el cielo” (Lenin, 1972: 86, Vol. 10).
Rosa Luxemburgo compartió esta estrategia, pero desarrolló un argumento
diferente y original. Aunque ella misma
era una ferviente atea, en sus escritos atacó menos a la religión como
tal que
a las polí- ticas y programas reaccionarios de la iglesia, en nombre de su
propia tradición. En un ensayo escrito en 1905 (“Iglesia y socialismo”)
insistió en que los
socialistas modernos son más leales
a los principios origi- nales de
la cristiandad que el clero conservador de hoy. Desde
que los socialistas luchan
por un
orden social de igualdad, libertad y fraterni- dad, los curas, si honestamente quieren implementar en la vida
de la humanidad el principio
cristiano “ama al prójimo como a ti
mismo”, deberían dar la bienvenida al
movimiento socialista. Cuando el clero apoya al rico,
y a aquellos que explotan y
oprimen al pobre, está en contradicción explícita con las enseñanzas cristianas: sirve no a Cristo sino al Becerro de Oro. Los
primeros apóstoles de la cristiandad eran comunistas apasionados, y los
Padres de la Iglesia (como Basilio y Juan Chrysostomo) denunciaron las injusticias sociales. Hoy esta
causa la lleva adelante el movimiento socialista que acerca al pobre el evangelio de la
fraternidad y la igualdad, y llama a la gente a establecer en la tierra el
reino de la libertad y del amor al prójimo (Luxemburgo, 1971: 45-47, 67-75). En
lugar de levantar una batalla filosófica en nombre del mate- rialismo,
Rosa Luxemburgo intentó rescatar la
dimensión social de la tradición cristiana para el movimiento de los
trabajadores.
Austro-marxistas como Otto Bauer y
Max Adler eran mucho menos hostiles a la religión
que sus
camaradas alemanes o rusos. Pa- recieron considerar al marxismo como compatible con alguna forma de religión, pero esto referido principalmente a la religión como
una “creencia filosófica” (de inspiración
neo-kantiana) más que como con- cretas tradiciones religiosas
históricas3.
En la Internacional Comunista se prestó poca
atención a la reli- gión, aunque un número significativo de cristianos se unieron
al movi- miento, y un ex pastor protestante suizo, Jules Humbert-Droz, se trans- formó en los años
veinte en una de las figuras líderes de la Internacional Comunista. La idea dominante entre marxistas en aquellos tiempos
era que un cristiano que se convirtiera en socialista o comunista necesaria-
mente abandonaría su previa creencia religiosa “anti-científica” e “idea-
lista”. La pieza teatral de Bertolt
Brecht, Santa Juana de los Mataderos
(1932), es un buen ejemplo de este tipo
de planteamiento acerca de la conversión de cristianos a la lucha por la
emancipación proletaria. Bre- cht describe con mucha precisión el proceso por
el cual Juana, una líder del Ejército de Salvación, descubre la verdad sobre la
explotación y la injusticia social y muere denunciando sus primeras y antiguas ideas. Pero para él debe
haber una total y absoluta ruptura entre la antigua creencia religiosa
del personaje y su nuevo credo de lucha revoluciona- ria. Poco
antes de morir Juana dice a los
obreros:
Si alguna vez
alguien viene a decirte que existe
un Dios, invisible sin embargo, de quien puedes esperar ayuda, golpéalo
duro con una piedra en la cabeza hasta
que muera (Brecht, 1976).
La intuición de
Rosa Luxemburgo respecto de que
uno puede pelear por el socialismo también en nombre de
los verdaderos valores de la cristiandad original se perdió en este
tipo crudo y algo intolerante de perspectiva materialista.
Pocos años después de que Brecht
escribiera esta pieza, apareció en
Francia (1936-1938) un movimiento de
cristia- nos revolucionarios, de varios
miles de seguidores, que apoyaba activa- mente el movimiento obrero, en particular sus más
radicales tenden- cias (el
ala izquierda del Partido Socialista). Su principal eslogan era: “Somos socialistas
porque somos cristianos”4.
Entre los
líderes y pensadores del movimiento comunista, Gramsci es probablemente quien
prestó la mayor atención a temáticas religiosas.
3 Un libro
muy útil y sumamente interesante sobre
este tema es el escrito por David McLe-
llan (1987).
4 Ver la
excelente investigación de Agnès Rochefort-Turquin (1986).
A diferencia
de Engels o Kautsky, no estaba
interesado en la Cristian- dad primitiva o los herejes comunistas del
Medioevo, sino en la función de la
iglesia católica en la sociedad capitalista moderna: es uno de los primeros marxistas que intentó entender el rol contemporáneo de la iglesia y el peso de la cultura religiosa entre las masas
populares.
En sus
escritos juveniles, Gramsci muestra
simpatía por for- mas
progresistas de religiosidad. Por
ejemplo, está fascinado por el socialista cristiano francés Charles
Péguy: “la más obvia
característica de la personalidad de Péguy es su religiosidad, la intensa creencia […]
sus libros están llenos de este misticismo inspirado por el más
puro y persuasivo entusiasmo, que
lleva la forma de una prosa muy
personal, de entonación bíblica”. Leyendo Nuestra juventud, de Péguy,
“nos em- borrachamos con ese
sentimiento místico religioso del
socialismo, de justicia que lo impregna todo […] sentimos en nosotros
una nueva vida, una creencia más fuerte,
alejada de las ordinarias y miserables polémi- cas de los pequeños y vulgares
políticos materialistas” (Gramsci, 1958: 33-34; 1972: 118-119)5.
Pero sus
escritos más importantes sobre
religión se encuentran en los Cuadernos de la cárcel. A pesar de
su naturaleza fragmentaria, poco sistémica y alusiva, estos contienen observaciones penetrantes. Su irónica crítica a las conservadoras formas de la
religión –particu- larmente la
rama jesuítica del catolicismo,
por la
cual siente sincera aversión–
no le impidió percibir también la
dimensión utópica de las ideas
religiosas:
La religión es
la utopía más gigante, la más metafísica que la histo- ria haya jamás conocido, desde
que es el intento más grandioso por reconciliar, en forma mitológica,
las reales contradicciones de la vida histórica. Afirma, de
hecho, que el género humano tiene
la misma “naturaleza” que el hombre […] como creado por Dios, hijo
de Dios, es por lo tanto hermano de otros hombres, igual a otros y libre entre y como los demás
hombres [...]; pero también afirma que todo esto no pertenece a este mundo
sino a otro (la utopía) De esta forma
las ideas de igualdad, fraternidad y libertad entre los hombres […] han estado
siempre presentes en cada acción radical
de la multitud, de
una u otra manera, bajo formas e
ideologías particulares (Gramsci, 1971).
Gramsci
también insistió en las diferenciaciones internas de la iglesia según
orientaciones ideológicas –liberal, moderna, jesuítica, y corrien- tes
fundamentalistas dentro de la cultura católica– y según las diferen tes clases
sociales: “toda religión [...] es realmente una multiplicidad de distintas y a
veces contradictorias religiones:
hay un
catolicismo para los campesinos, uno
para la pequeña burguesía y trabajadores urbanos, uno para la mujer, y un catolicismo para intelectuales”. Además,
sostu- vo que el cristianismo es, bajo ciertas condiciones históricas, “una for- ma
necesaria de deseo de las masas populares, una forma específica de
racionalidad en el mundo y la vida”; pero esto se aplica sólo a la inocen- te
religión de la gente, no al cristianismo jesuitizado, “puro narcótico
para las masas populares” (Gramsci, 1971: 328, 397, 405; 1979: 17).
5 Gramsci
parece estar también interesado, a comienzos de
la década del veinte, en un movimiento campesino liderado por Guillo Miglioli de la izquierda católica. Ver
sobre el particular el destacado libro de Rafael Díaz-Salazar, El Proyecto de
Gramsci (1991: 96-97).
La mayoría de sus notas se refieren al rol histórico y presente
de la iglesia católica en Italia: su expresión política y social a través de la
Acción Católica y el Partido del Pueblo,
su relación con el Estado y las clases
subordinadas, etcétera. Mientras se concentra en las
divisiones de clases dentro
de la iglesia, Gramsci advierte la
relativa autonomía de la institución, como un
cuerpo compuesto por
“intelectuales tradi- cionales” (el clero y los seglares católicos intelectuales) –es
decir, inte- lectuales ligados a un
pasado feudal, y no orgánicamente conectados a ninguna clase social
moderna. Este es el motivo principal
para la acción política de la iglesia y para su relación conflictiva con la burguesía ita- liana: la defensa de sus
intereses corporativos, su poder y privilegios.
Gramsci
está muy
interesado por la Reforma
Protestante, pero, a diferencia de Engels y Kautsky, no se centra en Thomas
Munzer y los anabaptistas, sino en
Lutero y Calvino. Como lector atento del
ensayo de Max Weber, cree que la
transformación de la doctrina calvinista de la
predestinación en “uno de
los mayores impulsos para la iniciativa práctica que tuvo
lugar en la historia del mundo” es un ejemplo clásico del pasaje de
un punto de vista
del mundo a una norma práctica de
comportamiento. De cierta forma, uno
podría considerar que Gramsci
utiliza a Weber para suplantar el planteamiento economicista del mar- xismo
vulgar, insistiendo en el rol históricamente productivo de ideas y
representaciones (Gramsci, 1979: 17-18,
50, 110; Montanari, 1987: 58).
Para él, la
Reforma Protestante, como un movimiento
nacional- popular auténtico capaz de movilizar las masas, es un tipo
de paradig- ma para la gran
“reforma moral e intelectual” que el
marxismo quiere implementar: la filosofía de la praxis “corresponde a la
conexión Refor- ma Protestante +
Revolución Francesa: es una filosofía que
es también política y una política que
es a la vez filosofía” (Gramsci, 1979).
Mien- tras Kautsky, viviendo en
la Alemania protestante, idealizó al Renaci- miento italiano y despreció
a la
Reforma por “bárbara”, Gramsci,
el marxista italiano, elogió a Lutero y
Calvino y denunció al Renacimiento por
considerarlo un movimiento aristocrático y reaccionario (Gramsci, 1979:
105; Kautsky, 1890: 76).
Las observaciones de Gramsci son ricas y estimulantes, pero en última
instancia sigue el patrón clásico
marxista para el análisis de la religión. Ernst Bloch es el primer autor
marxista que cambió radicalmente la estructura teorética –sin abandonar la
perspectiva marxista y revolu- cionaria. De forma similar a Engels, distinguió
dos corrientes sociales opuestas: por un
lado, la religión teocrática de las
iglesias oficiales, opio de los pueblos, un aparato mistificador al servicio de
los poderosos; por el otro, la secreta, subversiva y herética religión de los
albigenses, los hu- sitas, de Joaquín de Flores, Thomas Münzer, Franz von
Baader, Wilhelm Weitling y León Tolstoi.
Sin embargo, a diferencia de Engels,
Bloch se negó a ver a la religión
únicamente como un “manto” de intereses de clase: criticó expresamente esta concepción,
mientras que la atribuía solamente a Kautsky. En sus
manifestaciones contestatarias y rebeldes, la religión es una de las
formas más significativas de conciencia
utópi- ca, una de las
expresiones más ricas del Principio Esperanza. A través de su capacidad
de anticipación creativa, la escatología judeo-cristiana –universo religioso
favorito de Bloch– contribuye a dar forma al espacio imaginario de lo aún no
existente (Bloch, 1959; 1968).
Basándose
en estas presuposiciones filosóficas,
Bloch desarro- lla una interpretación iconoclasta y heterodoxa de la Biblia
–teniendo en cuenta ambos: el Antiguo y
Nuevo Testamento– marcando el pau- perismo que
denuncia a los faraones y llama a cada uno a elegir entre César y Cristo.
Un ateo
religioso –para él sólo un ateo
puede ser un buen cris- tiano, y viceversa– y un teólogo
de la revolución. Bloch no sólo produjo una lectura marxista del milenarismo (siguiendo a Engels) sino tam- bién
–y esto era nuevo– una interpretación milenarista del marxismo, a
través de la cual
la lucha socialista por el Reino de
la Libertad es percibida como la
herencia directa de las herejías escatológicas y colec- tivistas del pasado.
Por supuesto Bloch, como el joven Marx
de la famosa cita
de 1844, reconoció el carácter
dual del fenómeno religioso, su aspecto opresivo y su potencial para la sublevación. El primero requiere del uso de aquello que él denomina “la corriente fría del marxismo”: el im- placable análisis
materialista de las ideologías, de los
ídolos y de las idolatrías. El
segundo, sin embargo, necesita de “la corriente caliente del marxismo”, aquella que ambiciona rescatar el excedente cultural
utópico de la religión, su fuerza crítica y anticipadora. Más allá de cual-
quier “diálogo”, Bloch soñó con una
auténtica unión entre cristiandad y revolución, como aquella que tuvo
lugar durante las guerras campe- sinas del siglo XVI.
Las ideas de
Bloch eran, en cierto punto, compartidas por algunos de los miembros de la
Escuela de Frankfurt. Max Horkheimer conside- ró que “la religión es el registro de los deseos,
nostalgias (sehnsuchte) y acusaciones de
innumerables generaciones” (Horkheimer, 1972: 374). Erich Fromm, en su libro El dogma de Cristo (1930), usó al marxismo
y al psicoanálisis para iluminar la esencia mesiánica, plebeya,
igualitaria y anti-autoritaria de la cristiandad primitiva. Y Walter Benjamin
trató de combinar, en una original síntesis, teología y marxismo, mesianismo
judío y materialismo histórico, lucha de clases y redención6.
La obra
de Lucien Goldmann es otro intento
de abrir el sende- ro para la
renovación del estudio marxista
de la
religión. Aunque de inspiración muy
distinta a la de Bloch, estaba
también interesado en el valor moral y
humano de la tradición religiosa. En
su libro El Dios oculto (1955),
desarrolló un muy sutil
e inventivo análisis sociológico de
la herejía jansenista (incluyendo
el teatro de Racine y la filosofía de Pascal) como una visión trágica del mundo, expresando la peculiar
situación de un estrato social (la nobleza togada) en la Francia del siglo
XVII. Una de sus innovaciones metodológicas consiste en
relacionar la religión no sólo con los intereses de la clase, sino
con su total condición existencial: examina por tanto cómo este estrato legal y
administrativo, entre su dependencia
de y su
oposición a la monarquía absoluta, dio una expresión religiosa a
sus dilemas en la
visión trágica del mundo del
jansenismo. De acuerdo con David
McLellan, este es el
“análisis específico más
impresionante de la religión producido por el marxismo occidental” (McLellan, 1987:
128).
La parte
más sorprendente y original del trabajo
es, sin embargo, el intento de comparar
–sin asimilar una a otra– creencia
religiosa y creencia marxista: ambas tienen en común el rechazo del puro
indivi- dualismo (racionalista o empirista) y la creencia en valores
trans-indivi- duales –Dios para la religión, la comunidad humana para el
socialismo. En ambos casos, la creencia está
basada en una apuesta –la apuesta pascaliana en la existencia de Dios y la marxista en la liberación de la
humanidad– que presupone el peligro
del fracaso y la esperanza del éxito. Ambos
casos implican algunas creencias fundamentales que no son demostrables en el nivel exclusivo de
juicios objetivos. Lo que sepa- ra a dichas creencias es, por supuesto, el carácter supra-histórico de la
trascendencia religiosa:
La creencia
marxista es una creencia en el futuro histórico que el ser humano crea por sí
mismo o, mejor dicho, que debe hacer con
su actividad; se trata de una “apuesta” al éxito de sus
acciones; la tras- cendencia de la que
es objeto esta creencia no es ni
supernatural ni trans-histórica sino
supra-individual, nada más pero
tampoco nada menos (Goldmann, 1955: 99).
6 Ver, de
mi autoría, los artículos “Revolution against Progress:
Walter Benjamin’s Ro- mantic Anarchism” (1985)
y “Religion, Utopia and
Countermodernity: The Allegory of
the Angel of History in Walter Benjamin” (1993).
Sin pretender de ninguna manera “Cristianizar al
Marxismo”, Lucien Goldmann introdujo, gracias al concepto de creencia, una nueva ma- nera de concebir la
relación conflictiva entre
convicción religiosa y ateísmo marxista.
La idea de que
existe un campo común entre el espíritu revolu-
cionario y la religión ya ha sido
sugerida, en una forma menos sistemá- tica, por el
peruano José Carlos Mariátegui, el
marxista latinoamerica- no más original
y creativo. En el ensayo “El hombre y el
mito” (1925), propuso una visión heterodoxa de los valores revolucionarios:
La burgueses
intelectuales ocupan su tiempo en una crítica raciona- lista del
método, la teoría y la técnica revolucionaria. ¡Qué malen- tendido! La fuerza de los
revolucionarios no descansa en su ciencia, sino
en su creencia, su
pasión, su deseo. Es una fuerza religiosa, mística, espiritual. Es
la fuerza del Mito [...] La emoción
revolucio- naria es una emoción religiosa. Las
motivaciones religiosas se han mudado del cielo
a la tierra. No son
más divinas sino humanas
y sociales (Mariátegui, 1971a:
18-22).
Celebrando a
Georges Sorel, el teórico del sindicalismo revolucionario, como el primer
pensador marxista en entender el
“carácter religioso, místico y metafísico del socialismo”, escribe pocos años
después en su libro Defensa del marxismo
(1930):
Gracias a
Sorel, el marxismo pudo asimilar los
elementos y adqui- siciones substanciales de las corrientes filosóficas
que vinieron des- pués de Marx. Sustituyendo las bases positivistas y
racionalistas del socialismo en su tiempo, Sorel encontró en Bergson y las pragmatis- tas
ideas que fortalecieron el pensamiento
marxista, restableciéndo- lo a su misión revolucionaria. La teoría de los mitos
revolucionarios, aplicando al movimiento socialista la experiencia de los
movimien- tos religiosos, estableció las bases para una filosofía de la
revolución (Mariategui, 1971b: 21).
Estas
formulaciones –expresión de una rebelión
romántica-marxista contra la interpretación dominante (semi-positivista) del
materialismo histórico– pueden parecer muy
radicales. En cualquier caso, debe
estar claro que Mariátegui
no quiso hacer del socialismo una iglesia o una secta religiosa,
sino que intentó restaurar la dimensión espiritual y ética de la lucha
revolucionaria: la creencia (“mística”), la solidaridad, la in- dignación
moral, el total compromiso, la disposición a arriesgar la pro- pia vida (lo que
el autor llama “heroico”). El socialismo para Mariátegui era inseparable de un
intento de re-encantar al mundo a
través de la acción revolucionaria. Se
transformó en una de las referencias marxis- tas más
importantes para el fundador de la teología de la liberación, el peruano
Gustavo Gutiérrez.
Marx y
Engels pensaron que el rol subversivo de la religión era cosa del
pasado, sin significación en la época moderna de la lucha de clases.
Este pronóstico fue más
o menos históricamente confirmado
por todo un siglo
–con unas pocas importantes
excepciones (particu- larmente en
Francia): los socialistas cristianos de los años treinta, los sacerdotes
obreros de los cuarenta, el
ala izquierda del sindicalismo cristiano en los cincuenta,
etcétera. Pero para entender qué ha
ido su- cediendo en los
últimos treinta años en América
Latina (y en menor extensión también
en otros continentes) alrededor de la
temática de la teología de la liberación, necesitamos integrar a nuestro
análisis los planteamientos de Bloch y Goldmann sobre el potencial utópico de
la tradición judeo-cristiana.
BIBLIOGRAFÍA
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(Frankfurt/Main: Suhrkamp Verlag) Vols. I, II y III.
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Adolfo Sánchez Vázquez*
Ética y marxismo
* Catedrático de Estética y Filosofía Política
en la Facultad de Filosofía y Letras de la Uni- versidad Nacional Autónoma de
México, UNAM, y Profesor Emérito de la misma unidad académica.
NOS PROPONEMOS
EXAMINAR aquí las relaciones entre ética
y mar- xismo. Con este objeto partimos de establecer una distinción entre ética
y moral que no siempre suele
hacerse, incurriendo en la
consiguiente confusión de términos. Pues
bien, por moral entendemos una forma es- pecífica del comportamiento
humano, individual o colectivo, que se
da realmente, o que se postula que debiera darse. Y por ética entendemos la atención reflexiva,
teórica, a la moral en uno u otro plano
–el fáctico o el ideal– que no son para
ella excluyentes. Vale decir: a la ética le inte- resa la moral, ya sea para entender, interpretar o
explicar la moral his- tórica o social realmente existente, ya sea para
postular y justificar una moral que, no
dándose efectivamente, se considera que
debiera darse.
Tenemos, pues,
ante nosotros, a la moral en un
doble sentido: como objeto de
reflexión o conocimiento, y como conjunto de princi- pios,
valores o normas a los que se considera que debieran ajustarse las
relaciones, en sociedad, entre los individuos, o de los
individuos con determinados grupos sociales o con la
comunidad. Pero este sentido normativo no sólo es propio de la moral que se propone, sino también de la crítica de la moral existente,
así como de la crítica a la que pueden someterse otros tipos de comportamiento
humano como el político, el estético, el religioso, el lúdico o el económico.
Desde este enfoque, cabe una crítica
moral de ciertos actos como los de una
política que recu- rre a ciertos medios aberrantes, o los de cierta
economía que rebaja o anula la dignidad
del trabajador al hacer de él un simple instrumento o mercancía. En casos como estos, la moral –justamente por su carácter normativo–, con su crítica desde
ciertos principios, valores o normas, se enfrenta a otras formas de
comportamiento humano que, por su natu- raleza específica, no tienen una
connotación moral. Pero, al señalar esta presencia de la moral en otras formas
de comportamiento humano, hay que cuidarse de no acentuar esta presencia hasta
el punto de disolver en ella el
comportamiento específico de que se
trate; es decir, no hay que caer
en el extremo que la diluye: el moralismo. Como igualmente habrá que cuidarse de otro extremo
que también disuelve a la moral: el socio- logismo, en la teoría, o el
pragmatismo o “realismo”, en la práctica po- lítica. Con estas precauciones,
abordemos el problema de las relaciones entre el marxismo como ética y la
moral, entendidos ambos términos en el doble plano antes enunciado: explicativo
y normativo.
I
Hechas estas
observaciones previas, respondamos de entrada que esas relaciones se presentan con un
carácter problemático, pues incluso al- gunos marxistas, para no hablar de
los que abordan estas cuestiones desde fuera del marxismo, sostienen que esas
relaciones, al ser consi- deradas teórica y prácticamente, son más
bien de divorcio que de buen avenimiento. Se llega incluso a negar
que haya lugar en la teoría y en la
práctica: un lugar para la ética y la
moral en el marxismo. A mi modo de ver,
y para ir despejando el camino inseguro que
hemos de recorrer, la problematicidad de una ética marxista, o más exactamente de inspi- ración marxiana, no se
plantea con la misma fuerza en los dos
sentidos que le hemos atribuido. Por lo que toca al componente explicativo, es
de- cir, al que hace de la moral objeto de reflexión o conocimiento, es difícil
dejar de admitir que, si bien encontramos en Marx una ética en sentido
estricto, como un cuerpo de verdades
sistemáticamente articulado, no se puede ignorar que, a lo largo de su obra, se encuentran
explicitadas
–para no
hablar de las implícitas, más
abundantes– reflexiones, afirma- ciones e ideas sobre la naturaleza
ideológica de la moral y su carácter
histórico y social, sobre su vinculación con las relaciones de producción y los
intereses de clase, así como sobre su
función en la sociedad y, parti- cularmente, en la sociedad socialista. Ello
quiere decir que, no obstante la escasa
presencia abierta y la falta de sistematicidad de esas ideas en la obra de
Marx, la moral no deja de hacerse
presente en ella como objeto de conocimiento, y con la suficiente altura teórica
como para inspirar la ética que algunos marxistas hemos intentado construir.
Ahora bien, la
problematicidad de las relaciones entre ética y marxismo, o entre
marxismo y moral, cobra fuerza sobre todo cuan- do, en esas
relaciones, la moral se entiende en un
sentido normativo: como la moral que
impregna la crítica del capitalismo, el proyecto de nueva sociedad
socialista-comunista y, finalmente, el comportamien- to práctico,
revolucionario, para convertir ese
proyecto en realidad, tanto
en la
fase previa para destruir el
viejo sistema social como al construir
otro nuevo.
II
Pues bien, volvamos a la pregunta crucial:
¿hay lugar para la moral en esa crítica,
en ese proyecto de nueva sociedad y en ese comportamien- to práctico, político
revolucionario? Y si lo hay,
¿qué alcance tiene: aleatorio o
necesario, negativo o positivo, irrelevante o importante sin ser determinante
o decisivo? Tales son
las cuestiones en juego. Las respuestas de los
marxistas a ellas oscilan
–sin detenernos ahora en sus matices– entre dos posiciones diametralmente opuestas: una, la que niega que
haya un lugar necesario y
relevante para la moral en Marx; y otra,
la posición que sostiene que sí hay
un lugar necesario y relevante
para esta –aunque de un alcance no
determinante ni deci- sivo–, teniendo en
cuenta los tres planos de análisis trabajados hasta aquí: la crítica del
capitalismo, el proyecto de nueva sociedad y la práctica política
revolucionaria.
¿Cómo
inclinarse por una u otra posición que, en
verdad, son contradictorias? Lo más
aconsejable, al parecer, sería acudir a los tex- tos de Marx, considerados en su amplio diapasón, desde los
juveniles a los tardíos, pasando por los
de su madurez. Pero al detenernos en
ellos, encontramos pasajes que vienen a
alimentar, en desigual proporción, una y
otra posición contradictoria. Con
respecto a la primera, vemos que
Marx (y Engels) dice en La ideología alemana (1956): “los comunis- tas no predican ninguna moral”
y no la predican –sostiene– porque toda moral, por su naturaleza ideológica, es falsa o encubre los intereses de la clase dominante a la que sirve.
Un rechazo tan categórico como
este lo hallamos en el Manifiesto Comunista. Y en El Capital hallamos la idea de
que la transacción entre fuerza de
trabajo y capital es justa por co-
rresponder a las relaciones de producción capitalistas, idea que ha sido interpretada, a veces, como si implicara la improcedencia de la
crítica moral del capitalismo. Pasajes como estos son
los que han llevado a in- cluir a
Marx, junto con Nieztsche y Freud, en el trío de los “filósofos de la sospecha”, dada su
crítica de la moral, o a endosarle el “inmoralismo” que le atribuyen incluso algunos marxistas.
Ahora
bien, en contraste con los pasajes de textos de Marx que abonan esa posición, encontramos en
uno de sus escritos más
tempra- nos el imperativo de
subvertir el mundo social en el que el
hombre es humillado. Y muchos son los
pasajes de sus textos juveniles en los
que condena la inmoralidad del
capitalismo. Un claro contenido
moral se advierte, asimismo, en su teoría de la enajenación del obrero en los
Ma- nuscritos de 1844 y, ya en su madurez, en los Grundrisse (escritos prepa-
ratorios de El Capital), al criticar la
usurpación por parte del capitalista
del tiempo libre que
crea el obrero. El mismo
contenido impregna en uno de sus últimos escritos, la Crítica del Programa
de Gotha, su visión de la sociedad desenajenada, comunista, articulada,
en lo que respecta a la distribución de los
bienes producidos, en torno a
dos principios: conforme al trabajo
aportado, en la primera fase de esa
sociedad, y en torno a las necesidades
de cada individuo en la fase
superior, propia- mente comunista.
Sin embargo, aunque a lo largo de la obra de
Marx predominan los pasajes que permiten
asegurar en ella un lugar a la moral, no puede negarse que existen otros que lo niegan, poniéndose así de manifiesto la contradicción señalada. Y, a
veces, esta se da en un mismo texto: por ejemplo, en el
mismo Manifiesto Comunista que
descalifica a la mo- ral
como prejuicio burgués, se
critica moralmente a la burguesía
por haber convertido la “dignidad personal” –que obviamente es un valor moral– en un valor de cambio. Así, pues, hay que reconocer que
existen posiciones contradictorias sobre la moral en la obra de Marx. Pero
este reconocimiento no nos autoriza a dar por zanjado el problema de si hay o no lugar para la moral en Marx y el marxismo. Por el contrario, nos obliga a abordarlo,
más allá de este o aquel pasaje, en el marco general de la
naturaleza y el sentido de toda la obra teórica y práctica de Marx.
III
Pues bien, de
acuerdo con esa naturaleza y ese sentido, ¿tiene funda- mento dejar la moral
fuera de la teoría y la práctica de Marx y el marxis- mo, o por
el contrario hay que situarla como un componente necesario de una y otra? Pero, al plantearnos la cuestión
en estos
términos, no se puede pasar por
alto una realidad, a saber: a la
vista de las diversas interpretaciones
del legado de Marx, no hay un solo Marx comúnmente aceptado por los marxistas, lo que conlleva, consecuentemente, a acep- tar que se
da una pluralidad de marxismos. Recordemos, por
ejemplo, cómo emergían las
ruidosas polémicas de hace unos
años entre mar- xistas, un Marx “científico” y otro “ideológico”, así como el Marx
sin “cortes” epistemológicos en
el que se integraban uno y otro: el Marx “frío” y el “cálido”, de los que hablaba Bloch. También se hablaba del
Marx objetivista, determinista, y
del Marx
en que conjugan subjetividad y objetividad, determinación y libertad. Y
así podríamos enumerar, emergiendo de esas
polémicas, otros Marx distintos
opuestos entre sí.
Ahora bien, del
modo en que se interprete el legado de Marx y
se conciba el marxismo que se remita a
él, dependerá, en definitiva, el lugar que
uno y otro le asignen a la moral.
Recordemos que nos refe- rimos a la moral en sentido normativo, pues ningún marxista
podría negar que, como ya señalamos antes, Marx convierte a
la moral en objeto de
conocimiento en el marco de su concepción de la historia y de la sociedad. Pero volvamos a la cuestión de la moral poniéndola
en relación con la visión que se
tenga de Marx. Ciertamente, si Marx es sólo, o ante todo, un científico o
descubridor de continentes teóricos (la economía, la historia o la sociedad),
y, consecuentemente, el marxismo inspirado por
este Marx es sólo una nueva
práctica o una nueva ciencia (Althusser), la
moral en un sentido normativo no tendría, en
verdad, nada que hacer allí. Se
puede comprender entonces que
se hable del “inmoralismo” de
Marx, así como de la incompatibilidad
entre marxis- mo y moral. Nada nuevo, por cierto, pues ya en tiempos más lejanos ha- blaban así Hilferding y Kautsky, después de haber
reducido el marxis- mo a ciencia
económica y social, lo que llevó a otros
coetáneos suyos, como Vörlander, a buscar fuera del marxismo, en
la ética de Kant, la moral
necesaria para inspirar un
comportamiento práctico, socialista. Y esa misma reducción del marxismo
a ciencia, con su consiguiente in- compatibilidad con la moral, es la que
reaparece en el “antihumanismo teórico” de Marx, según la interpretación althusseriana, y en
el aséptico marxismo analítico anglosajón de
nuestros días. En ambos casos, la moral se esfuma, ya sea al
quedar arrinconada en el desván de la ideo- logía “humanista” (Althusser, 1968), ya sea al ceder los bienes y valores morales
su sitio, en la lucha por el socialismo, a los no morales (Wood,
1981). Pero
Marx ¿es sólo
un científico?, ¿y el marxismo
es sólo
una ciencia? Y la moral, para uno
y otro, ¿es sólo objeto de conocimiento?
IV
Para nosotros,
Marx es
ante todo el que encontramos
tempranamen- te en sus famosas Tesis
sobre Feuerbach,
especialmente en la Tesis
XI. Aunque archicitada, vale la
pena recordarla, pues no siempre ha sido debidamente comprendida. Dice así: “Los
filósofos se han limitado has- ta ahora a interpretar el mundo; de lo que se
trata es de transformarlo”. Como vemos,
la Tesis tiene dos partes claramente delimitadas, pero a la vez estrechamente
vinculadas entre sí. En ambas partes,
encontramos el mismo referente: el mundo (ciertamente el mundo humano, social),
pero en dos perspectivas distintas y
no contrapuestas: como objeto de
interpretación en la primera parte, y como objeto de transformación en la segunda. A una y otra perspectiva corresponden,
respectivamente, dos modos de relación con
el mundo, o de comportamiento
humano: el teórico y el práctico. Ambas relaciones (interpretación y transforma-
ción), lejos de ser excluyentes, se imbrican forzosamente. Marx no está prescindiendo, en modo alguno –como
creen los pragmáticos o practi- cistas– de la necesidad de interpretar o pensar
al mundo. Lo que está criticando es el
hecho de limitarse a interpretarlo, o sea:
aquel pensar que se encierra en
sí mismo al margen de la práctica necesaria si se de- sea transformar el mundo.
Marx lo considera indispensable, pues
para poder cambiar el mundo hay que pensarlo; pero, no obstante esta rela- ción
insoslayable, lo prioritario y determinante en ella
es el momento de la transformación, como se establece inequívocamente en
la segunda parte de la Tesis: “de lo
que se trata es de transformarlo”. Y
justamente porque de ello se trata, porque la transformación del mundo es
priori- taria y determinante, Marx
critica a los filósofos (o teóricos en general) que se limitan a interpretarlo. No se apunta, por tanto, a toda teoría, sino a la que se limita a interpretar; vale decir,
a la que, al no integrarse en el proceso
de transformación, deja el mundo como
está.
Hay, pues, en
Marx una centralidad de la
praxis, entendida –de acuerdo con la primera Tesis sobre Feuerbach– como una
actividad sub- jetiva y objetiva a la
vez, teórica y práctica. Y es central la praxis para Marx justamente porque de lo que se trata es de
transformar al mundo. Por consiguiente,
el marxismo que remite a este Marx,
que en él se ins- pire y de él se nutra –sin canonizarlo– puede caracterizarse como una
“filosofía de la praxis”. Y tal caracterización es la que he pretendido fun-
damentar y desarrollar en mi Filosofía
de la praxis (publicada en 1967 y
reeditada revisada y ampliada en 1980).
V
Pues bien, teniendo siempre como eje esta centralidad de la praxis, des- tacamos
en el marxismo así entendido cuatro aspectos esenciales que
pasamos brevemente a señalar.
El marxismo
es, en primer lugar, una crítica de lo existente y, en particular, del capitalismo: crítica de sus
males sociales, engendrados necesariamente o estructuralmente por él, que –como toda crítica– pre- supone
ciertos valores desde los cuales se
ejerce. Hablar de los males sociales que se critican significa a la vez presuponer los
bienes sociales en los que encarnan esos valores –morales y no morales– que el capita- lismo limita, asfixia o niega
realmente.
El marxismo es,
en segundo lugar, un proyecto, idea o
utopía de emancipación social, humana, o de nueva sociedad como
alternati- va social en la que
desaparezcan los males sociales criticados. Se trata de un proyecto de nueva sociedad
(socialista-comunista) en la que los
hombres libres de la opresión y la explotación, en condiciones de libertad, igualdad y dignidad humana, dominen sus
condiciones de existen- cia; un proyecto a su vez deseable, posible y
realizable, pero no inevita- ble en lo que
respecta a su realización. Deseable, por
la superioridad de sus valores
sobre los que rigen bajo el capitalismo, y por responder al interés y las necesidades de
toda la sociedad; posible, si en la
realidad se dan las condiciones
históricas y sociales necesarias para su realización. Y realizable si, dadas esas condiciones, los hombres toman conciencia
de la
necesidad y posibilidad de la nueva sociedad, y se organizan
y actúan para instaurarla. Por
tanto, ni el capitalismo es eterno, ni el so- cialismo es inevitable.
Pero si el proyecto de nueva sociedad no
se rea- liza o la desaparición del capitalismo llega demasiado tarde, el famoso dilema de
Rosa Luxemburgo podría resolverse en una
barbarie que ni ella –mucho menos
Marx– hubieran podido sospechar.
El marxismo
es, en tercer lugar, conocimiento de la realidad (ca- pitalista) a transformar
y de las
posibilidades de transformación
ins- criptas en ella, así
como de las condiciones necesarias, de las
fuerzas sociales y los medios adecuados para llevar a cabo esa transformación. Aunque el
conocimiento de por sí no garantiza que
esta se cumpla, sí garantiza –al
insertarse en el correspondiente proceso práctico– que el proyecto no se convierta en un simple
sueño, imposible de realizar, o en una aventura, condenada al fracaso.
Finalmente, el
marxismo se distingue por su voluntad de
realizar el proyecto; es decir, por su
vinculación con la práctica, pues no basta criticar lo existente, ni proyectar una
alternativa frente a él, como tam- poco
basta el conocimiento de la realidad a transformar. Se necesita todo un conjunto de
estos actos efectivos que constituyen la práctica y, en especial, la
práctica política destinada a realizar el proyecto de emancipación.
Ninguno de los cuatros aspectos mencionados puede ser separado de los
demás, aunque hay uno de
ellos –la práctica– que es determinante y mantiene a todos en su
unidad.
Considerado
así el
marxismo, como filosofía de
la praxis, con los diferentes aspectos señalados, volvamos
a la
cuestión central, ya planteada: la de las relaciones entre ética y
marxismo, o también entre marxismo y moral. La abordaremos en cada uno de los cuatro aspectos señalados del
marxismo. O sea, trataremos de ver cómo
entra la moral en su crítica de lo existente, en su proyecto de nueva sociedad,
como ob- jeto de conocimiento, y,
por último, en la práctica política
transforma- dora. Ello nos permitirá determinar, definitivamente, si en el
marxismo hay un vacío o un lugar para la
moral.
VI
La crítica del
marxismo al capitalismo tiene un significado moral, aun- que ciertamente no se
reduzca a él, pues el capitalismo es criticable también por no
satisfacer las necesidades
vitales de la inmensa ma- yoría de la humanidad. En verdad, este
sistema no ha logrado ofrecer los bienes materiales y sociales
para vivir no ya la “vida buena” de que disfruta la minoría privilegiada,
sino al menos en el marco de condicio-
nes humanas dignas indispensables en lo
que respecta a alimentación, vivienda,
salud, seguridad o protección social. En efecto, el capitalismo de ayer y de hoy puede y debe ser criticado por la profunda desigualdad en
el acceso a la riqueza social y las injusticias que derivan de ella; por la negación o limitación
de las libertades individuales y colectivas o por su reducción –cuando las
reconoce– a un plano retórico o formal;
por su tratamiento de los hombres –en la producción y el consumo– como simples
medios o instrumentos. Todo lo cual entraña la asfixia o limita- ción de los valores morales correspondientes: la
igualdad, la justicia, la libertad y la dignidad humana. El capitalismo puede y
debe ser critica- do moralmente por la enajenación a que somete al obrero al deshuma- nizarlo,
convirtiéndolo en simple objeto o mercancía, como lo sostiene Marx en
sus trabajos de juventud, o
por la explotación que le impone el capitalista al forzarlo a vender
su fuerza de trabajo y apropiarse de la
plusvalía que crea, como lo observa
Marx en sus obras de madurez. Hay, pues, en Marx y el
marxismo una crítica moral del capitalismo que presupone los valores morales
desde los cuales se hace, valores negados en el sistema social que se critica, y propios de la sociedad
alternativa que propone para
desplazarlo. Con lo cual estamos afirmando la pre- sencia de la moral
en el proyecto de una nueva sociedad que,
libre de la enajenación y de la
explotación del hombre por el hombre,
asegura libertades individuales y colectivas efectivas de sus miembros: su
igual- dad social; la justicia que, en el plano distributivo, se caracteriza por la distribución de los bienes producidos
conforme al trabajo aportado por los
productores, en la primera fase, y de
acuerdo con las necesidades de los individuos en la segunda
fase, superior, comunista. Estamos, en-
tonces, ante una sociedad libre, justa, igualitaria –en su primera fase– y
desigualitaria –en la segunda– que permitirá realizar el valor moral más alto postulado por
Kant: la autorrealización del hombre como fin. Así, pues, para el
marxismo, la moral es un componente esencial de su pro- yecto de emancipación social y humana.
En cuanto al
marxismo como conocimiento, o con vocación cien- tífica, ya hemos señalado
que la moral entra en él como objeto de re- flexión de su ética en un sentido explicativo, o sea: como teoría de este comportamiento específico –individual y colectivo– que se da
histórica y socialmente. Aquí se plantean los problemas determinados por
su na- turaleza ideológica, histórica y social. Y justamente por la naturaleza
de esta forma específica de comportamiento humano, la ética marxista, o de
inspiración marxiana, se distingue de las éticas individualistas, formales o
especulativas que pretenden explicar la moral al margen de la historia y de la
sociedad, o de los intereses de los grupos o clases sociales. Pero la moral no
sólo entra en el marxismo como objeto a explicar, sino también en un sentido
normativo como moral (socialista) de una nueva sociedad, justificando su
necesidad, deseabilidad y posibilidad, tras la crítica de la moral dominante
bajo el capitalismo. Hay, pues, lugar en el marxismo tanto para una
ética que trate de explicar la moral
realmente existente, como para una ética normativa que postule una nueva moral,
necesaria, deseable y posible cuando se den
las bases económicas y sociales nece- sarias para construir la nueva
sociedad en la que esa moral ha de preva- lecer. Finalmente, si el marxismo
como “filosofía de la praxis” se carac- teriza fundamentalmente por su vocación práctica y, particularmente, por su
vinculación con la práctica política necesaria para transformar el mundo
presente en una dirección emancipatoria, tiene que esclarecer el lugar de la
moral en esa práctica en la que se conjugan indisolublemente los fines y valores que
persigue y aspira a realizar con
los medios nece- sarios y adecuados para alcanzarlos. Así entendida, la
práctica política tiene que ver con la moral por estas razones:
- Por el contenido moral de los fines y
valores: igualdad y desigual- dad (respectivamente, en las dos fases de la
nueva sociedad, antes señaladas), libertades individuales y colectivas
efectivas, justicia, dignidad humana y autorrealización del hombre como fin. Se trata de fines y valores propiamente morales, aunque la
práctica política persiga también otros, no propiamente tales, vinculados
con una “vida buena”, como los que también señalamos.
- Por
el contenido moral del uso
de los medios necesarios para alcanzar esos
fines y valores, ya que si bien los medios han de ser considerados
instrumentalmente, o sea, por
su eficacia, deben ser juzgados
también por criterios que imponen
límites a su uso, aun siendo eficaces.
- Por
los valores morales –como los de la lealtad, la solidaridad, la
sinceridad, el altruismo, etc.– que han de
regir la participación de los individuos en las
acciones propiamente políticas, descar- tando, por tanto, todo aquello que los niega: deslealtad, traición, egoísmo,
etcétera.
- Y, finalmente, por el peso del
factor moral en la motivación de la práctica política.
Ciertamente, la participación de individuos y grupos en los actos colectivos
correspondientes puede estar moti- vada
legítimamente por el cálculo de las ventajas o beneficios que dicha
participación puede acarrear, sobre todo cuando se trata de obtener mejores
condiciones de vida. Esa motivación ha inspirado
–y sigue inspirando– las luchas sindicales en la sociedad capita- lista. Ahora bien, cuando
se trata de luchas políticas destinadas a transformar el sistema social mismo,
ya no basta el cálculo de los beneficios –especialmente, de los
inmediatos– que estas pueden
aportar, sino que dichas luchas entrañan
riesgos que, en situacio- nes límite, pueden significar el sacrificio de la
libertad e incluso de la vida misma.
En estos casos, sólo una motivación moral, o sea, no sólo la conciencia de la necesidad de
realizar ciertos fines o valores, sino
del deber de contribuir a realizarlos, puede impul- sar a actuar, sin
esperar ventajas o beneficios, corriendo riesgos y sacrificios, en algunas
situaciones, extremos.
VII
Llegamos así
al final de nuestra exposición,
respondiendo a la cuestión central que
nos habíamos planteado: la de si hay
un lugar o un vacío para la moral en el marxismo. Y nuestra
respuesta, a modo de conclu- sión, es
que sí hay un
lugar para la moral en el marxismo, pero preci- sando inmediatamente que
lo hay si el marxismo se interpreta, no en un sentido cientificista,
determinista u objetivista, sino como
“filosofía de la praxis”. Es decir, si se concibe al marxismo como constituido
por los cuatro aspectos señalados:
crítica de lo existente, proyecto alternativo de emancipación, conocimiento de
la realidad y vocación práctica, en su unidad indisoluble y articulados en
torno a su eje central: la práctica transformadora; pues una vez más, como dice
Marx, “de lo que se trata es de
transformar al mundo”.
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“Manifiesto del Partido Comunista” en Marx,
Karl y Engels, Friedrich Obras
escogidas (Moscú: Progreso) Tomo I.
Sánchez
Vázquez, Adolfo 2003 (1967)
Filosofía de la praxis (México: Fondo de Cultura Económica).
Wood, Allen W.
1981 Karl Marx (London: Routledge & Kegan Paul).
María Rosa Palazón Mayoral*
La filosofía de la praxis según Adolfo
Sánchez Vázquez
* Doctora en Filosofía y Licenciada en Letras
Españolas de la Universidad Nacional Autó- noma de México, UNAM. Profesora e
investigadora de la Facultad de Filosofía y Letras de la misma unidad
académica.
ADOLFO SÁNCHEZ VÁZQUEZ es un
filósofo prolífico que ha afinado sus
argumentaciones a lo largo de
muchos años. Fiel a su convicción libertaria, elevó constantemente su voz
de protesta porque, dice, “lo importante es cómo se está en la tierra”. En 1961,
presentó como tesis doctoral la que
considera su mejor obra, Filosofía de la praxis.
Desde entonces, una de sus ambiciones ha sido que se
supere “el dogmatismo y la esclerosis que
durante largos años había mellado el filo
crítico y revolucionario del marxismo” (Sánchez Vázquez, 1985: 11).
Editó Fi- losofía de la
praxis en 1967. Tras
numerosas reimpresiones, su “filo crí- tico” lo obligó a eliminar, en la reedición de
1980, planteos personales en los que ya
no creía particularmente sobre la esencia y la enajenación humanas para
adentrarse en las propuestas filosóficas y económicas del joven
Marx. Y este proceso de revisión no lo
termina hasta la última edición que
publicará el Fondo de Cultura Económica
en 2003,
en la que rehace y precisa la absolutización del proletariado como la clase mayoritaria que
dominará la tierra y protagonizará el derrumbe del ca- pitalismo, así como su
animadversión por la palabra “utopía”,
hereda da de los ataques que escribiera
este mismo filósofo alemán contra los
llamados socialistas utópicos; por
último, deja atrás su antigua
pasión concordante con los resabios
positivistas del Marx engolosinado
con la palabra “ciencia” (y su método
nomológico-deductivo, o basado en le- yes cuantitativas probabilísticas), que a
lo largo del siglo XIX y parte del XX se concibió como la poseedora de la
Verdad, con mayúsculas, que antes
detentaba como suya la religión. Sánchez
Vázquez tampoco cree que la historia
universal transcurra linealmente por las
mismas fases o estadios, sino que las marchas históricas son complejas y,
en buena par- te, únicas. Por si fuera poco, el parteaguas de la invasión de
Checoslova- quia por el Pacto de
Varsovia, junto con los movimientos
estudiantiles democratizadores que en
1968 repudiaron el marxismo-leninismo dog- mático, lo han enseñado a dudar, a
criticar (Sánchez Vázquez, 2003: 38) y auto-criticarse, como demuestra en
Ciencia y revolución (el marxismo de
Althusser), Filosofía y economía en el
joven Marx (Los Manuscritos de 1844) y en su Ética.
Este filósofo hispano-mexicano ha llegado a la
conclusión de que el pensamiento de Marx más
vigente es estructuralista o, mejor, sistémi- co: “una concepción estructuralista de la historia” (Sánchez Vázquez, 1985: 24) que
contempla la realidad social como totalidades o conjun- tos estructurados de manera tal que si
se altera una parte, se altera el todo –luego
habrán de estudiarse los vínculos del
todo con sus partes y viceversa. En cada conjunto estructurado existen normas
jerárquica- mente determinantes (que
los estructuralistas y Marx llamaban “sis- tema”), que son
heterogéneas y hasta incoherentes, razón por la cual, gracias a su puesta en
práctica, ninguna sociedad permanece estable. Sin embargo, estas contradicciones del código constituyen sus modos normales de operar. No operan como una
máquina coordinada a la per- fección, sino
que el orden prevaleciente sufre
alteraciones sustanciales (en un tiempo histórico largo o corto). Por tanto, no basta con analizar nuestras organizaciones sociales
mediante cortes sincrónicos ensimis- mados en la realización de un código,
sino que
es necesario preocupar- se por
entender cómo se rompe su relativa estabilidad, y cuáles son la génesis y los procesos evolutivos de un
nuevo orden bajo otras normas: esto es, entender la historia o, si se prefiere, la
diacronía. Las normas, una abstracción explicativa, no se cambian a sí mismas (no son
seres vivos); sus cambios se deben a los comportamientos de personas que lograron destacarse (aunque
ahora desconozcamos sus nombres). Al
estudiar cada sociedad, se jerarquizan los factores determinantes de los
procesos históricos y los individuos o agentes del cambio (con frecuen- cia las autoridades políticas
máximas no son los más influyentes). Por ende, enfocar
sincrónicamente el código como si careciera de
altera- ciones profundas es una hipóstasis. Tampoco el carácter
histórico de la realidad en cuestión es aislable de su origen y
desenvolvimiento.
Algunos
trabajos no se interesan por
los aspectos diacrónicos: “La
prioridad del estudio de las estructuras sobre su génesis y evolución es
innegable cuando la investigación se propone hacer la teoría de un sistema o
todo estructurado” (Sánchez Vázquez, 1985: 29).
Pero cualquier
teoría completa requiere observar lo fáctico; en- tonces, es menester que repare en la unicidad histórica concreta. El
marxismo, una filosofía para el cambio, tiene que alejarse de abstraccio-
nes ontologizantes que nada explican de la vida y las vivencias que han ocurrido o pueden ocurrir en un
espacio-tiempo, y saber que cada
fe- nómeno histórico tiene un carácter
singular, irrepetible. Por ejemplo: si los estados son un instrumento de las
clases dominantes, debemos decir sin
embargo que en el capitalismo han
existido los bonapartistas, cuya tendencia es mediar entre las clases que
existen bajo su jurisdicción. En el
caso de nuestra América, siempre con una vocación antiimperialista, tenemos a
Lázaro Cárdenas en México; Arbenz en
Guatemala; el primer ministro Cheddi Jagan en
la Guyana; Torrijos en Panamá,
Goulart en Brasil. El marxismo se nutre con
la historia para enriquecer las teorías que perduran y desechar aquellas
que no están a la orden del día.
Sánchez
Vázquez sostiene su perspectiva de la praxis como ca- tegoría central del
marxismo: “seguimos pensando que el
marxismo es ante todo y originariamente una filosofía de la praxis, no sólo
porque brinda a la reflexión filosófica un nuevo objeto, sino especialmente por- que cuando de ‘lo que se trata es de transformar el mundo’ forma
parte como teoría del proceso mismo de transformación de lo real” (Sánchez
Vázquez, 1980: 12), proceso interminable. En suma, para nuestro filó- sofo nacido en
Algeciras, España, y nacionalizado mexicano, el marxis- mo es una nueva praxis
de la filosofía y una filosofía de la praxis.
El libro que
nos interesa consta de dos
partes. La primera trata sobre
las fuentes filosóficas fundamentales para
el estudio de la praxis, subdividida en
cuatro capítulos dedicados a la concepción de la praxis en Hegel, Feuerbach, Marx y Lenin. La segunda parte
consta de siete capí- tulos acerca de problemas en torno a la praxis: qué es; su unidad con la teoría; la praxis creadora y la
reiterativa; la espontánea y la reflexiva, y su combinación para alcanzar el
éxito. Suele ocurrir que la praxis revolucio- naria espontánea tiene una
baja o ínfima conciencia de lo que
socialmente quiere y debe ser, o es tan
reiterativa que puede derrocarse con relativa fa- cilidad. La praxis es crítica
de la realidad, y autocrítica, porque no existen privilegiados jueces del conocimiento, y la crítica trabaja en conjunción con el comportamiento preventivo
lleno de valores y conciencia de clase.
ANALOGÍAS DE
LA PRAXIS CON LA ACTIVIDAD
PRÁCTICA
En primera instancia, el concepto de praxis es,
según afirma Sánchez Vázquez, una actividad práctica que hace y rehace cosas, esto es, que transmuta una materia o una
situación. Según sus etimologías griegas, explícitas en Aristóteles, praxis es
el fenómeno que se agota en sí mis- mo;
si engendra una obra, es poiesis o
creación. Tal distinción es aban- donada por
nuestro autor, porque el uso de
poiesis se ha restringido a lo artístico, mientras que en el término praxis caben todos los campos o áreas culturales y
también las obras, porque es “el acto o
conjunto de actos en virtud de los cuales el sujeto activo (agente) modifica una
ma- teria prima dada” (Sánchez Vázquez, 1980:
245). Su significado no
se constriñe, pues, ni a lo material ni a lo espiritual, y únicamente
entraña un trabajo creador.
La práctica
humana revela funciones mentales de
síntesis y pre- visión, afirma Marx en la primera Tesis sobre Feuerbach: como
actividad previsora, ostenta un carácter teleológico o finalista: la actividad
prácti- ca se adecua a metas, las cuales presiden las modalidades de actuación
(los actos de esta índole se inician con una finalidad ideal y terminan con un
resultado). Lo dado en la praxis
es el acto más o menos cog- noscitivo y sin duda teleológico. El agente modifica sus acciones para alcanzar el tránsito cabal
entre lo subjetivo o teórico y lo objetivo o práctico. Su obrar revela que la
realización actualiza el pensamiento, o lo potencial-concreto-pensado.
Ahora bien, el calificativo de actividad práctica no especifica el tipo de agente (un
fenómeno físico o biológico, un
animal o un humano) ni la materia (un
cuerpo físico, un instrumen- to o
una institución, por ejemplo), solamente
se opone a la pasividad y subraya que la
praxis debe tener efectos, hacerse
actual. En tanto acti- vidad científica
experimental, los objetivos de la praxis son básicamente teóricos. Ahora bien, Sánchez Vázquez destaca la praxis
política, a la vez activa y pasiva o receptora, que se realiza desde el Estado o desde los partidos políticos. Y subraya también la praxis social: los sujetos agrupados aspiran a cambiar las
relaciones económicas, políticas y so- ciales
(la historia es realizada
por individuos cuyas fuerzas unidas en
un pueblo son capaces de
revolucionar un sistema.
Marx identificó al proletariado como tal
fuerza motriz en el capitalismo).
Para
comprender el resultado de la práctica es necesario desen- trañar su verdad y utilidad. Tal aprehensión no se
reduce a lo mera- mente intuitivo, sino
que ha de penetrar en la historia. Esto es básico:
el trabajo de cada ser humano entra en las
relaciones de producción
relativas a un ámbito socio-histórico. La humanidad en sus actos y pro- ductos
va dejando huellas, improntas, que revelan la historicidad de sus pensamientos
y deseos, de sus necesidades, de sus ambiciones e ideales que han humanizado el entorno y van humanizando a las personas: la conciencia no
sólo se proyecta en su obra, sino que se
sabe proyectada allende sus propias expectativas. La praxis es, pues,
subjetiva y colecti- va; revela
conocimientos teóricos y prácticos (supera unilateralidades).
LA
MANO Y LA CREATIVIDAD
Cuando
nuestros ancestros se pusieron en pie, liberaron las manos, que de alguna
manera se forman y deforman gracias a la inteligencia. En la- bores como las
artesanales persiste la simbiosis de mano y conciencia, que se divorcian en la
producción masiva. La grandeza de las manos fue menospreciada desde la
perspectiva soberbia de las clases dominantes, cuando olvidaron que las
manos vencen la resistencia de un
material, tocan, exploran, escriben, expresan con dibujos o sonidos, crean obje- tos y son
el inicio de los instrumentos y de las tecnologías y máquinas más sofisticadas.
En la sociedad griega, rigurosamente dividida en
clases, las ma- nualidades fueron colocadas en
un rango inferior a la
teoría. Consi- guientemente, el trabajo se dividió en dos:
el libre, propio de señores
detentadores del ocio que
supuestamente les permite meditar
y enri- quecer su alma, y el característico de banausus, los encargados de tra-
bajar con sus manos para satisfacer las necesidades inmediatas. Los esclavos, casi siempre extranjeros o “bárbaros”, y los
oficios manuales, fueron degradados, justificándose de este modo la explotación reinan- te. Sofistas y
cínicos como Antístenes y Pródico, tal como se lee en los escritos de Diógenes
Laercio y en el Carmínedes (163
a.C.), atacaron la división en la
humanidad entre bárbaros o subhumanos
esclavizados y pensantes, y denunciaron el desprecio de los atenienses
(no de los jó- nicos) por las artes “mecánicas”. En el Renacimiento, la
especie huma- na fue definida como activa. Pero las
antiguas creencias persistieron: Leonardo luchó por elevar
la pintura, manual por
excelencia, a ciencia, para así
liberarla de infamaciones. Giordano Bruno, sostiene Sánchez Vázquez,
condenó el ocio, aunque añadió que el trabajo reduce el nú- mero de sabios
que, por
definición, son contemplativos.
Este giro que ensalza las manualidades no pudo
liberarlas, pues, de su colocación en un plano inferior.
Maquiavelo
destapó lo que se mantenía encubierto y
que se agu- dizó con la
Revolución Industrial: las alabanzas de la técnica acompa- ñadas del fuerte
desprecio por el trabajador manual se
deben a razones político-económicas. No sólo se pagan al trabajador sueldos de
miseria, sino que paulatinamente se irá
conformando un aparato estatal
cen- tralizado y dominante que cumplirá
un rol
fundamental en la escena política
(esta, por cierto, nunca ha sido
esfera de la moralidad, antes
bien lo ha sido de los intereses de una expansiva burguesía
que preten- de unificar los
mercados violentamente) prestando sus
servicios a las ambiciones de las clases dominantes.
En otro orden de
cosas, Francis Bacon, Descartes, los
enciclo- pedistas y los clásicos
economistas ingleses fueron admitiendo la im- portancia de la energía que, mediante el intelecto que crea
la ciencia y la técnica, facilita que
la humanidad domine, posea, utilice y maltrate nuestro acogedor hogar
natural que nos alimenta y cobija. Rousseau, antes que
Marx, aclaró que esta visión
utilitaria ha sido a la vez positiva y muy negativa. Las prácticas dominantes lentamente
han degradado el ambiente y hasta el potencial creativo de la mano humana. Al
capitalis- ta nada le importa la amenaza de la vida en la tierra, y, por lo mismo, incrementa las calamidades que ha desatado.
Asimismo, si
Adam Smith y David Ricardo descubrieron que el trabajo es la fuente de la riqueza y del
valor, Marx se pregunta por qué no
llevaron hasta sus últimas
consecuencias clasistas este hallazgo (su adoración a la “racional” oferta y
demanda les impidió descubrir la plus- valía
que agranda paulatinamente la
situación más desventajosa de los
trabajadores comparados con los dueños
del capital); cerraron los ojos ante la enajenación del asalariado, quien desde la industrialización
no se reconoce en sus productos, cuyo salario es tratado como una mer- cancía y al
cual hasta le resulta extraña la
idea de que pertenece a una especie con un gran potencial creativo. Hegel sí contempló tales injusti- cias; reconoció
que la práctica socio-política y el trabajo son actividades enajenadas. No
obstante, la mistificación idealista de este filósofo valoró a los males como
indispensables para el progreso histórico del Espíritu. Aseguró que la “astucia de la razón”, en su
camino invariable hacia el “progreso”, se aprovecha de
las tendencias destructivas y
dominantes de los individuos. Por su parte, Feuerbach se opuso a esta
cosmovisión religiosa: en lugar del Absoluto como sujeto por excelencia de la
praxis, colocó al sujeto humano real, dándole un contenido efectivo, terreno.
La actividad crea el objeto, y el objeto tiene el poder de señalar muchos as-
pectos de su productor. Su antropología es incompatible con la teología y la religión. Sin embargo,
Feuerbach deja en pie el peor lado de
nuestra especie egoísta y traicionera. Perfila a la praxis “en su forma sucia y
sór- dida de manifestarse” (Sánchez Vázquez, 1985: 109),
más utilitaria que útil,
evaporándola como práctica comunitaria. Así también Feuerbach resta importancia
al sujeto hasta convertirlo en predicado de los objetos o productos sociales
que lo determinan, y diviniza a la humanidad desa- rraigando a los individuos
del mundo, quienes no juegan ningún papel determinante sino que siempre son determinados. El toma y daca
histó- rico que destruye la realidad
anterior para poner en escena otra nueva ha devenido mecánico y “sórdido” en el
capitalismo (Sánchez Vázquez, 2003: 74).
Las fuerzas de trabajo son puestas
bajo la bota de relaciones orientadas
sólo a incrementar la producción, a
optimizar los “tiempos y movimientos”. Han devenido especializadas, parciales,
unilaterales, reiterativas y maquinizadas porque la economía prevaleciente
impide la participación directa de la persona en el proceso productivo.
Sin duda, se ha llegado al “idiotismo profesional”, en
palabras de Marx. Empero, esta oposición entre objeto producido y sujeto
productor no significa que este haya perdido sus capacidades inventivas, ya que no siempre se comporta como un pasivo y
obediente autómata, sino que deja emerger su creatividad en otros momentos. El
reino de la libertad crítica-práctica y transformadora empieza donde termina el
reino de la necesidad, afir- ma Karl
Marx; esto es: creando se responde adversamente a un trabajo que
en forma paulatina va siendo
más anticomunitario y competitivo (Marx
tuvo en mente a las auténticas y no a las falsas necesidades, in- ducidas por un
mercado a partir de la industrialización, agrega Sánchez Vázquez). Siempre
queda la esperanza de la praxis o rebelión creativa que racionalice o cambie
radicalmente las relaciones productivas y la re- partición no equitativa de la
riqueza, mientras que, paralelamente,
rom- pa con los encadenamientos y las opresiones enajenantes para instaurar la
justicia distributiva y retributiva.
Marx ensalzó la visión de la humanidad como activa y creadora, lo
cual conlleva que la
práctica es base y fundamento de los
conoci- mientos que inciden
en la producción y, por lo tanto, alteran a la so- ciedad, la
historia y la naturaleza de los individuos. Su
alabanza de la clase trabajadora,
la actividad práctica y las manualidades marcó un giro radical. Las
propuestas marxianas sobre la praxis no
sólo se nu- trieron con los planteamientos de Hegel, Feuerbach, Smith y Ricardo, sino que
desataron una cadena episódica de argumentos que van
des- de los de Bujarin, Lukács, Korsch, Fogarasi, Gramsci, Althusser,
Adam Schaff, Karel Kosík y Lefebvre,
hasta llegar a los del grupo yugoslavo de la
“Praxis”, encabezado por Petrovic. Sánchez Vázquez se afilia
a Gramsci, Schaff (no en su
tesis del trabajo como algo meramente
utili- tario), Kosík y al grupo
“Praxis”.
LA PRAXIS
ES MÁS QUE PRÁCTICA, O SU UNIDAD
CON LA TEORÍA
Hay prácticas habituales con un
conocimiento limitado a cierto know how.
La praxis intenta adecuar los efectos a los ideales anticipatorios, a
sabiendas de que la realidad nunca
duplica el modelo pensado. Ade- más, la práctica es subjetiva, colectiva o de
clase conformada por “una especie de corte transversal” (Sánchez
Vázquez, 2003: 297). Por si fuera poco, la historia de las ciencias y las
técnicas brotan de unas prácticas de base, sea en la física, la química, las
matemáticas o la ingeniería.
La práctica amplía los horizontes teóricos (los hallazgos de
las fuerzas productivas caen bajo
el control del intelecto) sin
que se reco- nozca su origen. No
sólo aporta criterios de validez, también principios, nuevos aspectos y posibles
soluciones para el quehacer, y hasta medios o instrumentos innovadores. Es
cierto que existen diferencias específi-
cas o autonomía entre teoría y práctica. No son idénticas: no siempre la
segunda se vuelve teórica; tampoco la
primacía de la práctica disuelve la teoría. A veces la teoría se adelanta a la
práctica y existen teorías aún no elaboradas como prácticas. Lo cual muestra que
la práctica no obe- dece directa
e inmediatamente a exigencias de la teoría, sino a sus pro- pias contradicciones, y que sólo
en última instancia, tras un
desarrollo histórico, la teoría responde a prácticas y es fuente de
estas.
No obstante
estas diferencias, la praxis es, en definitiva, teórico- práctica. Esto es, dos
caras de una moneda que se separan
por abstrac- ción. Marx
se opone al idealismo que
aísla la práctica de la teoría o
ac- tividad perfilada por las
conciencias. Harto de la filosofía que
operaba como medio ideológico de
conservación de un statu quo
nefasto, en Anales
franco-alemanes, introducción a su
Crítica de la filosofía del de-
recho de Hegel, Marx, a la sazón parte
de la izquierda hegeliana, afirma que un
partido revolucionario ejerce la práctica. Sostiene que la crítica idealista de la realidad, una vez
formulada, habría de suprimirse porque el mundo cambia aun cuando tal filosofía
no pase por el mundo. Luego, el arraigo
del razonamiento filosófico en lo que
ocurre históricamente requiere que
dicho razonamiento se niegue como argumentación pura y, volviendo la
mirada a la realidad, acepte la influencia de
la praxis. Sólo se posibilita su
aceptación como crítica radical enfocada a una realidad injustamente opresiva.
A juicio de
Sánchez Vázquez, las primeras dos
Tesis sobre Feuer- bach
de Marx son las que perfilan su noción emancipadora de la praxis
(Marx la aplica globalmente a la producción, a las artes, que satisfacen la
expresión y el deseo de comunicarse, y a las revoluciones). Bajo la pers- pectiva marxiana, el mundo no cambia
sólo por la práctica, requiere de una
crítica teórica que incluye fines y tácticas. Tampoco la teoría pura lo- gra
cambiar el mundo. Es indispensable la íntima conjugación de ambos factores.
Ahora bien, son los hechos los que prueban los alcances de la teoría misma. La
práctica es fundamento y límite del conocimiento em- pírico: haz y envés
“de un mismo paño” (Sánchez
Vázquez, 2003: 305). Las limitaciones y
fundamentos del conocimiento ocurren, pues, en y por la práctica que marca sus objetos de estudio, sus fines y, además, es uno de los criterios empíricos
de verdad. La praxis opera como fundamento porque solamente se conoce el mundo
por medio de su actividad trans- formadora: la verdad o falsedad de un
pensamiento se funda en la esfera humana activa. Luego, la praxis excluye el
materialismo ingenuo según el cual sujeto y objeto se hallan en relación de
exterioridad, y el idealismo que ignora
los condicionamientos sociales de la acción y reacción para centrarse en el
sujeto como ser aislado, autónomo y no-social.
LA PRAXIS Y LOS
FINES
Si la praxis
es la actividad práctica adecuada a fines
–algo desea cam- biar y algo
conservar–, ostenta un carácter teleológico. Como la historia no es explicable mediante la combinación de condiciones invariantes que mantienen en equilibrio o desequilibran a las
sociedades, ni se de- sarrolla universalmente en las mismas fases, es menester que la acción se sustente en teorías con una orientación o finalidad (que jamás debe alejarse de las
necesidades primarias e
inmediatas, porque entonces operaría como especulación parasitaria). Si
se alcanza un cierto nivel de
éxito, los presupuestos teóricos no
habrán sido del todo falsos (cabe
aclarar que no debe confundirse la
praxis con el sentido pragmatista del éxito
o del fracaso dentro de iguales condiciones antisociales o antico-
munitarias). Se tergiversa el marxismo cuando se lo reduce a una ma-
nifestación del pragmatismo, o sea, el destinado a obtener, sin importar los
medios, unas metas personales dentro de reglas negativas.
La adecuación
relativa entre pensamiento y hechos requiere cier- ta planeación. Sánchez Vázquez afirma lo último
en el entendimiento de que, a largo plazo, la acción colectiva llega a
resultados imprevistos: la atribución de los actos a unos sujetos casi nunca conlleva su impu- tación moral por los
efectos indeseados que producen
a largo plazo (punto de vista
de la historia efectual).
Asimismo, la acción colectiva e individual es intencional en un plano y no-intencional en otro. Final- mente,
subraya Sánchez Vázquez, la acción intencional obtiene efectos intencionales a
corto plazo (la toma del poder obedece a una estrategia intencional; pero,
episódicamente, a lo largo de un tiempo
que se cru- za con botas de siete leguas, obtendrá frutos no-intencionales). Con el tiempo, la actuación práctica se enriquece
o deforma, pero nunca sus efectos son
predecibles.
En su acepción revolucionaria, la praxis es una
práctica que as- pira a mejorar
radicalmente una sociedad; tiene un
carácter futurista, trabaja a favor
de un mejor porvenir humano. La praxis revolucionaria aspira a una
ética, a vivir bien con y para los otros
en el marco de institu- ciones justas. Esto supone el cambio de las
circunstancias sociales y del ser humano mismo. Los individuos son condicionados por la situación social en que se encuentran.
Este ser-estar en una situación provoca
sus reacciones más o menos
revolucionarias o, en contrario,
adaptadas a un statu quo. Si el comportamiento histórico no es
predecible, sí debe explicarse por
qué y cómo arraigan los proyectos
colectivos.
EL
EDUCADOR EDUCADO
La tercera
Tesis sobre Feuerbach, anota Sánchez
Vázquez, observa que la vida descubre que
el que juega inicialmente el
papel de educador también necesita
ser educado. Desde la
Ilustración, Goethe y Her- der, las
utopías se han concebido como una vasta empresa educativa que disipa prejuicios: el educador es el filósofo
que asesora al déspota ilustrado, o el
eterno conductor de las masas partidistas pasivas. Para Marx, en cambio, los papeles cambian, son producto de circunstancias determinadas. Y
las circunstancias cambian y también
son producto de sí
mismas. Estos brincos sociales y la
misma praxis enseñan que los
papeles de maestro-discípulo
varían (todos los agentes históricos
son activo-pasivos, y el cambio de
normas también cambia al sujeto). Aceptar estas premisas es indispensable para
la práctica revolucionaria, nacida de la contradicción entre las fuerzas
productivas y las relaciones de producción, donde las primeras ocupan el lugar
subordinado en tan- to clase social. Si
se desata la revolución comunista, ella
se encargará de abolir la organización clasista mediante la supresión de
la propiedad privada de los medios de producción.
La
teoría-práctica deseable de la revolución va señalando los ob- jetivos sociales y los participantes activos que aspiran a una vida co- lectiva en el marco de instituciones
más justas. La misión del resto de
quienes se creen supuestos líderes es equivalente a “nada”. O sea que la
creatividad social o praxis “está
impregnada de un profundo contenido moral” (Sánchez Vázquez, 2003: 469).
LA CREATIVIDAD
CREADORA
Sánchez
Vázquez divide la praxis en creadora y
reiterativa, habitual o imitadora. La creatividad tiene grados hasta
llegar al producto nuevo y único. Aunque
la creación siempre presupone la praxis reiterativa, no basta con
repetir una solución constructiva fuera de los límites de su validez. Tarde o temprano deben encontrarse
otras soluciones que generarán nuevas necesidades que impondrán
nuevas exigencias. La creatividad emparenta la praxis espontánea y la
reflexiva. Los vínculos entre ambas no son
inmutables, porque la praxis espontánea no carece de creatividad y la
reflexiva puede estar al servicio de la reiterativa. Ade- más, existen grados de
conciencia, los que revela el sujeto en
su práctica y los implícitos en el producto de su actividad creadora.
LA REVOLUCIÓN Y LA FILOSOFÍA DE LA PRAXIS
Hemos llegado
a la famosa Tesis XI sobre Feuerbach: “Los filósofos se han limitado a interpretar el
mundo de distintos modos; de lo que
se trata es de transformarlo” (Sánchez Vázquez, 2003: 164),
en la cual el pensador marxista
exiliado en México localiza el acta de nacimiento de la praxis. Contra la
tradición que despreció las prácticas y
a la filosofía misma, ahora esta no es un
saber contemplativo que, por regla
general, acepta, justifica y apuntala el statu quo, sino
que el mundo, además de ser interpretado por la filosofía, lo es también en lo que
respecta a su acción revolucionaria. No se trata de que, en sí misma, la filosofía mo- difique la
realidad; sí de que coadyuve a este propósito.
Para destruir
tantas falsas ilusiones, el filósofo debe
observar las condiciones reales, las
históricas, los procesos
productivos vigentes, la distribución (que en
ciertas épocas llamó “formas de
in- tercambio”) (Sánchez Vázquez, 2003:
168) y el consumo de
bienes de primera necesidad,
así como de los
tipos de fuerzas productivas;
debe también observar los
condicionamientos del Estado y las formas ideológicas prevalecientes, así como las
relaciones dialécticas o sis- témicas. Marx entrevió el comunismo
(“proyectil lanzado a la cabeza de la burguesía”) (Sánchez Vázquez, 2003: 390)
como solución a los antagonismos de clase: anulará y superará el estado de cosas que,
llevadas a su extremo, sin acciones contestatarias, terminarían con la humanidad: los 72 días de la Comuna de París siguen floreciendo (en
su papel destinado a abolir las clases, los revolucionarios no pertene-
cen a una clase específica, sino que
son representantes de la sociedad
frente a la clase dominante).
Desde el tiempo vital de Marx hasta el presente, el
comunismo ha sido una propuesta que mantiene su vigencia. Así también, el corte
ideológico-epistemológico de la Tesis XI mencionada afirma el marxis- mo como praxis revolucionaria y como filosofía de
la praxis: no sólo reflexiona acerca de
la praxis, sino que nace de la práctica misma. El Manifiesto del
Partido Comunista es un documento teórico y práctico que explica y fundamenta la praxis
revolucionaria, trazando fines, es-
trategias, tácticas y críticas a las falsas concepciones sobre el socialis-
mo y el comunismo. Marx ilustra en este
panfleto las contradicciones entre fuerzas productivas y relaciones productivas
que generaron la revolución capitalista;
la lucha de clases como respuesta a la violencia u opresión que
ejerce la clase dominante en
contra de otras clases y fracciones
de clases. En suma, Sánchez Vázquez encuentra en El
Manifiesto del Partido Comunista un ejemplo ilustrativo del marxis- mo
como teoría de la praxis
revolucionaria o del cambio radical del
mundo. Además, el Manifiesto pone en claro la
misión histórica de los agentes
de la praxis, la retroalimentación entre
teoría y práctica. Después de la citada Tesis
XI y de otras precisiones de Marx, Sánchez Vázquez divide históricamente a las filosofías distinguiendo entre las
que argumentan en falso su conciliación con la realidad (por ejemplo, Hegel) y las
que se vinculan real y conscientemente
con las prácticas revolucionarias. Estas
son una guía teórica o parte de una guía para la transformación radical del mundo
social, aunque en sí mismas no alcancen
directamente consecuencias sociales.
Su función es ser el arma teórica para replantear de raíz
la sociedad. Tales filosofías cum- plen una función ideológica.
No debe
considerarse “ideología” en la
acepción estrecha de falsa
conciencia, sino como una toma
de posición clasista de carác- ter cognoscitivo. En “La ideología de la neutralidad ideológica en las ciencias sociales”, Sánchez Vázquez
sostiene que, en tanto ideología, las ciencias sociales se
destinan al desarrollo, mantenimiento y reproducción de las
relaciones sociales de
producción, o a su destrucción:
son terrenos de posturas opuestas.
Sin embargo, más allá
de “que una ideología puede ser
una conciencia falsa, no toda conciencia falsa de por sí
es ideología” (Sánchez Vázquez, 2003: 275).
El conocimiento no es
sinónimo de imparcialidad,
sino de
teorías fundamentadas en razones, comprobables, que incluyen, pero no se reducen a, una mera
conciencia clasista; el ejemplo paradigmático al respecto es la explica- ción marxiana de la plusvalía.
LOS
OBSTÁCULOS DE LA PRAXIS
REVOLUCIONARIA
EL
AMO Y EL ESCLAVO
Las luchas o conflictos excluyentes no llegan a la destrucción del con- trario,
sino que
lo dominan para que se subestime.
La servidumbre del esclavo u oprimido, afianzada mediante prédicas
manipuladoras, logra que este se identifique con el amo, que
asimile y haga suyas las ideas
que mantienen su explotación: es un alienado que
estabiliza el poder de dominio (también el dominio utiliza el terror).
Empero la sumisión externa no siempre significa espíritu de esclavitud.
LA BUROCRATIZACIÓN
Por mantener su
afán de poder, la burocracia se
divorcia de las ne- cesidades que supuestamente debe cubrir. Su
actual forma de actuar, heredada
de procesos anteriores, congela o mata la creativa vida social. El cuerpo de
funcionarios del Estado, la cultura, la educación y la salud degradan la
capacidad creativa del ser humano mediante
formulismos inútiles, contrarios a la aventura revolucionaria.
LAS VANGUARDIAS, EL PARTIDO
POLÍTICO Y LA PRAXIS
En La Sagrada
Familia, Marx combate a Bauer y demás filósofos que redujeron la práctica
a la teoría o crítica, desconocieron el real papel del sujeto en
los cambios, e ignoraron la actividad real de las masas. La
autoconciencia en Bauer es una
caricatura sin contenido porque la
separa de los condicionamientos sociales exteriores (la ubica fuera de la
historia). Siendo que esta está
hipotéticamente autocentrada, Bauer la perfila como los razonamientos de la
vanguardia que educan a masas pasivas.
Las categorías opuestas que maneja este autor son: espíritu-masa,
idea-interés y creación-pasividad. Todas estas nociones las ubica al margen de
las condiciones materiales y de su cambio. To- das ignoran el papel activo del pueblo como
elemento generador de la evolución histórica.
Un partido político expresa unos intereses
de clase
y anhela la emancipación de esta
(o de aquella que prolongue su
dominio). Su declaración de principios y planes de acción sirve para que
se afilien sus miembros. Su supervivencia y poder dependerán
infaliblemente de que los primeros líderes teóricos escuchen a los otros, y
todos acepten re- novarse constantemente permaneciendo fieles a sus
fines últimos libe- radores. Una organización política tiene sentido por sus
ideales y “por la base” (Sánchez
Vázquez, 2003: 378). Las direcciones
partidistas han de ser rotativas y
renovarse elevando sus contenidos
teórico-prácticos. Carecen, pues, de una forma inmutable, absoluta, universal
para cual- quier tiempo y situación.
Los
insoslayables partidos llamados de izquierda han sido condi- ción necesaria, no
suficiente, de la praxis revolucionaria que transfor- ma
la sociedad para crear otra. Son
un instrumento y, como tal, finito y superable. Si no saben renovarse actuarán como una dictadura,
que termina por ser casi unipersonal, en
donde cualquier disidencia es cali- ficada como traición a la “vanguardia”.
LA PRAXIS
Y LA VIOLENCIA
Saint-Simon
pensaba que mediante el amor y la
persuasión se instau- rarían las revoluciones, pero la milenaria realidad es
que, en las agru- paciones sociales
escindidas en clases, estas pugnan entre sí hasta ser mutuamente excluyentes.
En política, unos han ejercido la dominación contra otros. Tal violencia aún
persiste (e incluso se incrementa). Cuan- do la situación resulta intolerable y
las condiciones son propicias, esta- lla
la contra-violencia o violencia revolucionaria, que ha sido necesaria, aunque no forzosamente sea un factor decisivo o la fuerza motriz inal-
terable (su misión es desaparecer
con las
condiciones injustas que la
engendraron). Sería innecesaria en una
sociedad donde la libertad de cada uno
presupusiera y respetase la de otros, es decir, cuando exista una
sociedad libre de clases y demás
aberraciones opresivas: cuando la praxis haya modificado al mundo hasta
convertirlo en un hogar.
PRAXIS Y
CREATIVIDAD
Sánchez
Vázquez repite que los resultados de la
praxis revolucionaria son impredecibles,
sus agentes no tienen bajo
su poder el por-venir, sino la esperanza de que llegue
lo deseable y posible (esta anticipación afecta sus actos en
el presente). Lo impredecible se debe
a que la ac- ción revolucionaria se enfrenta a resistencias que rebasan los
planes individuales; no hay una continuidad entre la gestación subjetiva de proyectos y su realización efectiva, lo cual impele a que
los actuantes peregrinen de lo ideal
a lo real, y viceversa,
dependiendo de situaciones no previstas.
La praxis es, pues, creativa. En su
curso sufre cambios en sus realizaciones episódicas y esto engendra la inadecuación entre intenciones
conscientes y resultados.
Como
los seres humanos son complejos, no robots, en sus tácti- cas,
la praxis revolucionaria tiene que
ser lo suficientemente creativa
como para sorprender al enemigo. La praxis deja
que lo espontáneo se manifieste.
El extremo de pensar hasta el mínimo detalle, sin dar cabida a la innovación,
falla. También yerra la espontaneidad
ignorante o cie- ga. Así, Don Quijote, el que
enamora las telas de nuestro
corazón, puso en marcha su utopía sin
pensar en gente destructiva que
aspira sólo a dominar. Como tales
aspiraciones destructivas son
tan minúsculas (so- cial y
moralmente), quien las tiene carece de sitio
colectivo adonde lle- gar y no distingue medios (sea el dinero o los cargos políticos) de fines. La impotencia quijotesca radica en cómo ejecuta su utopía: parte de no poder ver el mal porque ha perdido o ha invertido todo
principio de realidad. En cambio, las
ilusiones prospectivas deben analizar crítica- mente la realidad, no ser
náufragos en un mar proceloso, sino marinos que,
brújula en mano, enfocan la proa hacia un destino.
Las utopías
fallan porque el resultado no se debe a
un solo indivi- duo sino a una colectividad con la cual originalmente cada uno contrae vínculos independientemente de su
voluntad. No tienen éxito porque la
praxis desarrolla potencialidades individuales y colectivas que perma- necían dormidas, y fallan porque los
agentes se ven obligados a cambiar sus fines inmediatos. Pero no todo es fracaso: la praxis innovadora
“crea también el modo de crear” (Sánchez Vázquez, 2003: 313). En resumen, existe una enrevesada imbricación de planes y acciones subjetivas
y colectivas que tornan los resultados de un proceso impredecibles, amén
de que los sucesos y los productos tienen una unicidad. Es precisamen- te la
complejidad humana lo que objeta la
determinación incluso de la pertenencia a una clase y a su conciencia.
Concluiré
diciendo que Sánchez Vázquez aspira
a derrotar el capitalismo para instaurar otra
organización, socialista y, más preci-
samente, comunista. Sabe que las
intenciones de la izquierda formula- das
por sujetos en condiciones
históricas particulares quizá degeneren. Pero
es seguro que, si las personas
son hechas por la historia, también la historia es hecha
por estas. Si la humanidad se hubiera
mantenido alejada de la praxis revolucionaria, desde hace tiempo habría
desapare- cido. Por ende, “el bien no está
condenado a ser desplazado fatalmente por el mal,
ni la justicia por la injusticia,
o la verdad por el engaño o el fraude”
(Sánchez Vázquez, 2003: 541). Contra los nihilismos actuales, Sánchez
Vázquez asienta que “no se puede vivir
sin metas, sueños, ilu- siones, ideales [...]
sin utopías” (2003: 543-544). No,
“no hay fin de la utopía, como no hay fin de la historia”
(2003: 535).
BIBLIOGRAFÍA
González,
Juliana; Pereyra, Carlos y Vargas Lozano, Gabriel (comps.) 1986
Praxis y
filosofía. Ensayos en homenaje a Adolfo
Sánchez Vázquez (México: Grijalbo).
Sánchez
Vázquez, Adolfo 1980 (1967) Filosofía de
la praxis (México: Grijalbo). Sánchez Vázquez, Adolfo 1985 Ensayos de marxistas
sobre historia y política (México: Océano).
Sánchez
Vázquez, Adolfo 2003 A tiempo y a destiempo. Antología de ensayos (México:
Fondo de Cultura Económica).
Parte Tres
Nuevos temas de reflexión
en el capitalismo contemporáneo
Frigga Haug*
Hacia una teoría de las relaciones de
género**
* Profesora e
investigadora del Institut für Kritische Theorie, Alemania.
** Traducción
de Bárbara Schijman. Revisión de Atilio A. Boron.
MI PROPÓSITO
ES presentar una crítica de la economía política de los géneros partiendo del
desarrollo de una teoría de las relaciones de género (masculino-femenino). En
primer lugar, propongo mostrar cuáles son los componentes que destacan Marx y
Engels y el modo en que los articulan entre sí para fundamentar su teoría de
las relaciones de género. Luego re- leeré sus trabajos tomando el método
propuesto por Louis Althusser a fin de mostrar la ausencia de una teoría de la
inclusión de las relaciones de género en estos autores. En un tercer término,
abordaré a los aportes de Antonio Gramsci, quien integra una teoría de las
relaciones de género en sus notas sobre
fordismo. Finalmente, pongo a consideración una breve reseña del desarrollo
actual de las relaciones de género y cómo estas son percibidas en el contexto
de la globalización neoliberal.
REQUISITOS PARA
UN CONCEPTO DE LAS
RELACIONES DE GÉNERO
El concepto de
relaciones de género debe permitirnos
estudiar crítica- mente cómo los sexos
sirven para reproducir el conjunto de las relacio- nes sociales. En
algún sentido, entonces, tiene que
presuponer lo que es un resultado
de las
relaciones sociales, a saber, la existencia de los géneros en el sentido reconocido
históricamente como hombre y mujer. Sobre la base de una complementariedad en la procreación
(una base natural), lo que es asumido como ser natural es también formado
histó- ricamente. De allí que los
sexos salen del proceso social como no
igua- les, y su no-igualdad se convierte en el fundamento o base de
futuras formaciones. De esta
manera, las relaciones de género se convierten en relaciones reguladoras
fundamentales en todas las formaciones socia- les que conocemos, y resultan absolutamente centrales
para preguntas referidas a la división laboral, dominación, explotación,
ideología, po- lítica, ley, religión, moral, sexualidad, cuerpos-sentidos,
lenguaje, etc., al tiempo que trascienden cada uno de estos
ámbitos. En breve, ningún área podrá ser estudiada de manera sensata sin
investigar cómo las re- laciones de género la moldean y son a su vez moldeadas por ella.
Las relaciones de género sólo pueden ser
ignoradas si se asume –como de hecho lo hace la ciencia burguesa
tradicional– que hay sola- mente un sexo,
el masculino, en cuyo caso
todas las relaciones deben ser
representadas como masculinas. Uno de los logros del feminismo en las últimas
tres décadas fue comenzar a reescribir
la historia de la teo- ría social,
sumando a la mujer olvidada hasta ese entonces. Muy a me- nudo, sin embargo,
esta revelación es oscurecida por la fenomenología del hombre y la mujer
que existen en una relación específica en
la so- ciedad, en una constelación que es un efecto de las relaciones de género
pero que, tomada en sí misma, concentra el análisis en las
relaciones entre individuos particulares. Empezar desde ahí hace difícil
subvertir una presunta realidad fija de los sexos. En
lugar de eso, los conceptos deben
ser construidos de manera tal que permita reconocer que la cues- tión está
en movimiento y, por tanto,
sujeta a cambios. En este sentido, considero que un concepto debe incitar y fomentar su propia discusión. El
concepto de las relaciones de género, como aquel de las relaciones de
producción, debe reflejar la
multiplicidad de relaciones prácticas y, de ese modo, responder a la formación
de actores así como a la reproduc- ción
del conjunto social. Es por
eso que dicho concepto no se basa en nociones de una relación fija o de actores
naturales fijos.
MARX Y
ENGELS
En sus
tempranos textos económicos, Marx
emplea una fórmula que puede ser utilizada para relaciones de género. Me
refiero a la siguiente expresión: “los sexos
en sus relaciones sociales”. Engels habla de las re- laciones entre
géneros, pero pierde la oportunidad de analizar las rela- ciones de género
junto con las relaciones de producción como aspectos de la práctica social. En
ambos casos, la problemática de la relación en- tre los sexos aparecía
repetidamente en sus escritos como parte integral de su proyecto de liberación.
En La sagrada familia puede leerse:
El cambio de una época histórica puede
determinarse siempre por la actitud de progreso de la mujer ante la libertad,
ya que es aquí, en la relación entre la mujer y el hombre, entre el débil y el fuerte, donde con mayor evidencia se acusa la victoria de la naturaleza humana sobre la brutalidad. El grado de
la emancipación femenina consti- tuye
la pauta natural de la
emancipación general (Marx y
Engels,1962: 261).
En La ideología
alemana, ambos autores desarrollan un
esbozo de su futuro estudio sobre
esta problemática central. Entre
los momentos “que han existido desde el comienzo de la historia
y los primeros seres humanos”, está aquel en el cual los “individuos, que
diariamente produ- cen su vida material, empiezan a producir otros seres humanos” (Marx y Engels, 1982). Se trata de la relación entre el hombre y la
mujer, los padres y los hijos, en una palabra: la familia. Al principio, la
familia es la única relación social, luego
se convierte en un aspecto
subordinado cuando el incremento de necesidades crea nuevas relaciones sociales, y el aumento en
el número de individuos crea nuevas
necesidades. Desde el comienzo declaran:
La producción
de la vida, tanto de la propia en el
trabajo, como de la ajena en la procreación, se manifiesta inmediatamente como
una doble relación social –de una parte, como una relación natural, y de otra,
como una relación social–; en el sentido de que
por ella se en- tiende la
cooperación de diversos individuos, cualesquiera que sean sus condiciones, de cualquier modo y
para cualquier fin. De donde se desprende que
un determinado modo de producción
o una determi- nada fase industrial
lleva siempre aparejado un determinado modo de cooperación o una
determinada fase social, modo de cooperación que es
a su vez
“fuerza productiva”; que las sumas de
las fuerzas productivas
accesibles al hombre condiciona el estado social y que, por tanto, la “historia
de la humanidad” debe estudiarse y
elaborarse siempre en conexión con la
historia de la industria y el intercambio (Marx
y Engels, 1982: 29).
Aquí podemos
agregar que la historia de la industria
y el intercambio debe también ser estudiada en interrelación con la historia de la rela- ción social natural, la organización de la
procreación. La observación sobre la transformación de esta organización llamada familia debería
inducirnos a estudiar el mencionado proceso de subordinación en tanto señal de
un cambio en la significación social atribuida a esta. De hecho, en el texto mencionado encontramos una serie de indicaciones para ini- ciar el desarrollo
en esta dirección. La desigual distribución cuantitativa y cualitativa del trabajo
y sus productos encuentra su primera forma en la familia, en la cual las
mujeres y los niños son los esclavos del hombre.
En este
sentido, Marx y Engels señalan
que “la esclavitud, todavía muy
rudimentaria, ciertamente, latente en la familia, es la primera forma de
propiedad, que, por lo demás, ya aquí corresponde perfectamente a
la definición de los modernos economistas, según la cual es el derecho a disponer de la fuerza de
trabajo de los otros” (1982: 32).
La división
del trabajo es posible sobre la base del
excedente de producción que a su vez contribuye a producir. De manera similar,
el incremento de la producción de los medios de vida es resultado del au- mento
de la población, que incentiva a su vez el primero. De este modo, es
precondición, al mismo tiempo, de dominación y desarrollo. Así es que dos
coincidentes modos de dominación
que se determinan uno a otro determinan, a su vez, el proceso de la
historia: el control sobre la fuerza laboral en la producción de los medios de
vida, y el control del hombre sobre la
fuerza laboral de la mujer, su capacidad reproductiva y sus cuerpos sexuales.
Este vínculo causa que el desarrollo sea
a la vez parte de la destrucción de su propio fundamento. Luego de estas impre-
cisas observaciones, Marx y Engels abandonan el área de las relaciones
de género en su crítica de la economía política y viran a las relaciones de
capital, trabajo en la industria e intercambio.
LECTURA SINTOMÁTICA
En su
libro Leyendo El Capital (1972),
Louis Althusser se centra en la manera en
la que Marx elaboró su
crítica a Adam Smith respecto del
concepto del valor, aunque este en sí mismo estaba ausente del texto. La
idea de Althusser es que, mientras desarrollamos preguntas nacidas de
una problemática, podemos descubrir algo como la fugaz presencia de un aspecto de lo invisible. “Lo invisible se
muestra así en su categoría como un error teórico, como ausente o síntoma”. Para
hacer visible lo invisible, necesitamos
algo como una astuta mirada desde un
diferente punto de vista, que es desarrollado en el texto
en cuestión y lo tras- ciende al mismo tiempo. A continuación, releeré a
Marx y Engels de esta manera sintomática, manteniendo en mente la
pregunta sobre las relaciones masculino-femenino, que recorren de forma ligera
sus textos como una perturbación o disturbio.
Comencemos
por El Capital (Marx, 1986:
Tomo I). Marx apunta que la conservación y reproducción de la
clase trabajadora constituye una
condición necesaria para la reproducción del capital. Sin embargo, los
capitalistas pueden dejar este aspecto en manos de los trabajadores, ya
que se trata de su propia
auto-preservación y reproducción. Es por eso que las bases para un incremento
de la población obrera, necesario para la reproducción capitalista, forman
parte del ámbito de lo privado y no requieren de atención ya que aparecen como
un mero obsequio de la naturaleza. El control del hombre sobre la mujer en la
familia hace de la organización de las relaciones de género algo apenas
perceptible. Un ejemplo de esto es,
justamente, la menor valoración del trabajo de la mujer por comparación con el trabajo del varón, condición que hace a la mujer particularmente más propensa a la explotación capitalista: el
trabajo de la mujer y el niño es más
barato.
En sus
Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, Marx (1993) da cifras exactas sobre la composición de géneros de
la nueva fuerza laboral de la fábrica para cada condado. Por su
parte, Engels evalúa numerosas estadísticas que muestran que
en la industria británica al
menos dos tercios de los trabajadores
eran mujeres, concluyendo que esto
prueba “el desplazamiento del trabajador masculino”. Considera a
esto una “inversión del orden social”
que conduce a la disolución de la
familia. En este estadio no reflexiona sobre la división del trabajo entre
géneros, lo que hizo que
viera a la clase trabajadora como exclusiva- mente masculina.
Luego descubre que la división social y doméstica del trabajo es
históricamente específica y, además, que
el que realiza trabajo doméstico
es siempre dominado por quien tiene su rol
fuera del hogar, y que por tanto la división entre trabajo asalariado y
traba- jo doméstico promueve un patrón
de dominación en las relaciones de género. Engels describe las terribles consecuencias que tiene para los niños el trabajo de la mujer
en la fábrica, pero lo hace en el marco de las categorías morales, dejando
oculto el carácter constituyente propio de las relaciones de género bajo el capitalismo. En El Capital, Marx
(1986: Tomo II) adopta estas observaciones al conceptualizar al
trabajador es- pontáneamente como hombre que
vende su fuerza de trabajo con
el objetivo de reproducirse y mantener a su familia. El valor de la fuerza laboral incluye el valor de las mercancías necesarias para la
producción del trabajador o la reproducción de la clase trabajadora. Engels toma el mismo punto en
Anti-Dühring (1969). Al mismo tiempo, ambos se en- frentan a la contradicción
respecto de la cual el trabajador masculino es reemplazado por la mujer y el niño. Dada la existente relación de géne- ros, esto
causa la destrucción de los fundamentos naturales de la clase obrera, su
“agotamiento y muerte”. Desde que la suposición de la mas- culinidad del
proletariado es encarada en el texto
más o menos irreflexi- vamente,
Marx y Engels no explican que la forma
de trabajo asalariado supone el sueldo por
la labor masculina, o un sistema
de relaciones de género en las cuales la producción de los medios de vida es
socializada, mientras que la
reproducción de los trabajadores y su reemplazo es la responsabilidad privada
de familias individuales, y así es que parece no ser un
asunto social. El entrelazamiento de la explotación capitalista y una
específica división del trabajo en relaciones de
género históricas muestra que,
entre otros tipos de opresión,
la producción capitalista se basa en
la opresión de la
mujer. Marx se acerca a
esto, como en un instante de reconocimiento, cuando en El
Capital argumenta que la reproducción es necesaria dado que los
trabajadores eventualmente de- berán ser reemplazados y, por tanto, el modo de producción capitalista
es condicionado por otros modos de producción exteriores a su
fase relativa de desarrollo (Marx, 1986: Tomo II).
Una y otra
vez, Marx observa “la peculiar composición
del grupo obrero, formado por individuos
de ambos sexos” y, finalmente, la asig-
nación de una parte importante de los procesos de producción social- mente
organizados a la esfera de la economía doméstica como un nue- vo fundamento económico para una forma
superior de la familia y de las relaciones entre los sexos. Es bastante obvio que esta
manifestación se refiere a la relación entre los sexos y no al conjunto del complejo so- cial y su
regulación. Marx describe a las condiciones de trabajo respecto a los sexos
(en la producción) como una
“pestífera fuente de corrup- ción y esclavitud”, y aduce que sólo
bajo condiciones apropiadas para
el obrero el proceso de trabajo se convertirá en una fuente de desarrollo
humano. Esta esperanza es la base para
la perspectiva de incluir a la mujer en
el proceso de trabajo. Desde el momento
en que el conjunto total de trabajo necesario para la reproducción de la
sociedad, tanto como la distribución de este trabajo (pago e impago) entre los géneros y
el apoyo para el total acuerdo respecto a la ley, la moral, la política y la
ideología, no entran en este análisis,
esta ilusión por liberar a la mu- jer sólo mediante su inclusión en el proceso de
trabajo pasa por alto la omnipresente y engañosa relación entre los
géneros.
Esta estrechez
de miras condujo al movimiento de trabajadores a postular una dirección
secuencial de luchas de liberación (en primer lugar los trabajadores, luego las
mujeres), una creencia que ignora
el hecho de que las
relaciones de producción son siempre relaciones de género, y que ignora la
fuerza de las relaciones de género para determi- nar la forma específica de las relaciones sociales
en su conjunto.
AGREGADO A ENGELS
En su
entusiasta recepción de los escritos de Bachofen y Morgan, Engels asimiló
un tipo de lenguaje en el cual la opresión de la mujer debía ser atendida,
confirmando de ese modo una lectura que
colocaba a las rela- ciones de género como algo adicional y exterior a las relaciones de pro-
ducción –idea que aún conserva una enorme influencia. En El origen de la
familia, la propiedad privada y el
estado, Engels (1992) redacta su famoso párrafo sobre la monogamia
reduciendo prácticamente las relaciones de género a una relación personal de
dominación, y la denomina relación de clase,
trayéndola de regreso a la esfera de las relaciones sociales:
El primer
antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre
y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino. La monogamia fue un gran progreso histórico, pero al mismo tiempo
inaugura, juntamente con la esclavitud y
las riquezas privadas, la época que dura
hasta nuestros días en la cual cada progreso es al mismo tiempo un
regreso relativo, y el bienestar y el desarrollo de unos verifícanse a expensas del dolor y de
la re- presión de otros. La monogamia es la forma celular de la sociedad
civilizada, en la cual podemos estudiar
ya la naturaleza de las con- tradicciones y los antagonismos que alcanzan su
pleno desarrollo en esta sociedad
(1992: 124).
La tramposa retórica esconde un hecho fundamental: estas formula- ciones
fracasan en el momento de mirar las relaciones laborales dentro de la
estructura de la monogamia. Conceptos tales
como antagonismo, bienestar y represión nos conducen a pensar las relaciones de
género como meras relaciones de subyugación y victoria luego de una guerra, y no como un modo de
producción para ambos sexos. Engels no estudia cómo las relaciones de
producción se correlacionan con las
relaciones de género. Si bien nota
que la separación entre las esferas de
la repro- ducción de la vida y la
producción de los medios de vida es
funcional al capitalismo, no logra
ver que
esta separación es en sí misma parte de las
relaciones de producción. En su
prefacio a la primera edición
esboza lo que considera es la producción
y reproducción de la vida in- mediata:
“De una parte, la producción de los medios de existencia, de productos
alimenticios, de ropa, de vivienda y de los instrumentos que para producir todo
eso se necesitan; de otra parte, la producción del hombre mismo,
la continuación de la especie” (Engels, 1992: 28).
Al utilizar
“producción” en ambos casos, Engels provee un
punto de partida para una teoría
de la opresión de la mujer, elaboración que bloqueó, sin embargo, al formular las dos
formas de producción de la siguiente forma: “por un lado [...] trabajo, por el otro [...] familia”. A
la fa- milia le cabe la labor de
producir los alimentos, la vestimenta, el refugio y demás, separación que hace
de cualquier teoría de la opresión de la mujer que pudiera desarrollarse una cuestión
exclusivamente de procesos bio- lógicos. Consecuentemente, examina la
organización de la procreación, pero no la manera en que el trabajo realizado
dentro de la familia se rela- ciona con la totalidad del trabajo y con la
reproducción de la sociedad.
Podemos
leer su
trabajo, entonces, como una contribución a la historia de las
relaciones de género en el
nivel de la
sexualidad y la moral –aunque con motivos puritanos– pero al mismo
tiempo como un fracaso a la hora de escribir esta historia como parte de las relaciones de
producción. En efecto, él logra reunir una gran cantidad de material probatorio
de la
humillación de la mujer. No
ve hasta qué punto las relaciones
de género impregnan el modo de producción en su conjunto. La mujer pareciera
ser mera víctima:
El derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo. El hombre empuñó también las
riendas en la casa; la mujer se vio
degradada, convertida en la servi- dora, en la esclava de la lujuria del
hombre, en un simple instrumen- to de reproducción (Engels, 1992: 110-111;
énfasis en el original).
En alguna otra
parte Engels menciona el trabajo en la familia, pero sólo como punto de partida
para su observación respecto de que es la produc- ción más
allá del nivel de subsistencia la que permite la producción de los medios de
producción. Nuevamente omite las
relaciones de género en este
desarrollo. Para él, la familia está quieta en una fase de no-desa- rrollo,
considerando que el progreso social resulta del excedente del pro- ducto
laboral sobre el costo de mantener el trabajo como base “de todo progreso social, político e
intelectual”. Esta separación hace también im- posible pensar en relaciones de
género como relaciones de producción y, por esa razón, reconocer el empleo de
relaciones de género en el nivel del conjunto total como un fundamento de
acumulación capitalista.
La perspectiva de Engels respecto de las
relaciones de género liberadas es
la inclusión de la mujer en la industria, un movimiento que ya descubre en la
producción capitalista organizada, donde uno
enton- ces necesitaría solamente prevenir las consecuencias
perjudiciales.
La misma causa
que había asegurado a la mujer su
anterior supre- macía en la casa
–su ocupación exclusiva en las
labores domésti- cas– aseguraba
ahora la preponderancia del hombre
del hogar [...] La emancipación de la
mujer no se hace posible sino cuando ésta puede participar en gran escala,
en escala social, en la producción y el
trabajo doméstico no le ocupa sino
un tiempo insignificante. Esta
condición sólo puede realizarse con la gran industria moderna, que no solamente
permite el trabajo de la mujer en vasta escala, sino que hasta lo exige y tiende más y más
a transformar el trabajo doméstico privado en una industria pública
(1992: 276-277).
El error
histórico de esta perspectiva también
influyó sobre el proyecto socialista de
estado, que se basa en la reducción de las
relaciones de género a una relación entre hombre y mujer, en lugar de
leerlas como relaciones de producción que
impregnan todas las esferas de la vida
y la sociedad.
En La
situación de la clase obrera en Inglaterra, Engels (1946) de- sarrolla la idea según la cual
la propiedad privada resulta ser la base
de la dominación del hombre sobre la mujer. En este sentido, la
propiedad privada destruye la verdadera relación entre el hombre y la mujer (un
pensamiento que ha llevado a sostener como supuesto que la familia proletaria, en su
carencia de propiedad, estaría
libre de
dominación). Respecto de la relación entre el hombre y la mujer, el amor
se convertiría en regla sólo
entre las clases oprimidas porque
en estas no hay propiedad ni herencia que
conservar, únicas razones por
las cuales la monogamia y la
dominación masculina han sido creadas.
Esto no es
sólo descriptivamente falso, también fracasa al momen- to de entender la
función de la división del trabajo entre el hogar y la in- dustria y, con ello,
el rol de las relaciones de género para la reproducción de la sociedad
capitalista. Pero Engels está de hecho interesado princi- palmente en la
relación personal entre hombre y mujer, una relación que visualiza como
totalmente privada en un orden social comunista.
REFLEXIONES
CRÍTICAS
La revisión crítica de Marx y
Engels resulta en la siguiente tesis: las relaciones de género son relaciones de
producción. Esto invalida la ten- dencia a pensar en ellas
puramente como relaciones entre hombre y mujer. En cambio, los
diferentes modos de producción
en la historia deben ser siempre
estudiados como moldeados por relaciones
de géne- ro, esto es, en
términos de cómo la producción de la vida es regulada en la totalidad de las relaciones de producción, y en función de cómo se organiza su relación
con la producción de los medios de
vida. Esto incluye la construcción de los
géneros –feminidad/masculinidad–; las preguntas referidas a la división
del trabajo y a la dominación –su legi- timidad ideológica–; la política sobre
la sexualidad y la naturalización del mercado. A la luz de esto último, también critico el concepto de las
relaciones de producción tal como es usualmente utilizado por Marx.
Pensar en relaciones de
género como relaciones de
producción puede parecer presuntuoso ya
que acostumbramos a pensar
en estas como parte de la organización
de la producción de los medios de vida. Así es que entendemos las relaciones capitalistas de
producción como una organización de producción provechosa y rentable para el
merca- do. Conceptos centrales para el análisis de estas relaciones, tales como el carácter dual de la labor, el trabajo
alienado o asalariado y las fuerzas productivas, todos provienen de la economía
y la política. Esta aproxi- mación supone que
todas estas determinaciones son
género-neutro y, por tanto,
que todas las prácticas que
son género-específicas no están relacionadas con las relaciones de producción y son, como mucho, afectadas por ellas
periféricamente.
Sostengo
que todas las prácticas en
la sociedad están determi- nadas
por relaciones de género –tienen un subtexto de
género– y son por eso puestas en clave de dominación, y que, por lo
tanto, debemos incluirlas en cualquier
análisis y comprensión de la sociedad.
Esto se fundamenta en una producción social doble, en cuanto produce vida y los medios de vida. Sabemos ya que la producción de vida se refiere a la propia vida como así también a
la procreación; llamamos a estas dos producciones reproducción, aunque este es
un concepto erróneo ya que la producción de los medios de vida debe también ser reproducida, en la forma de
capital, materias primas, fuerza laboral, etc. Por consiguiente, la diferencia
no se da entre producción y reproducción, sino
entre vida y medios de vida, y
preferiría hablar no de reproducción sino
de sostén de vida (subsistencia) y desarrollo de actividades vitales.
¿Cómo están
dispuestas estas dos esferas, la de
los medios de vida y la de la vida en sí
misma? ¿Qué rol tienen los géneros? ¿Cómo ocurre la
dominación? Podemos pronto asumir que el
desarrollo de las fuerzas productivas, el progreso y la acumulación de riquezas
se rela- cionan con la esfera de la producción de los
medios de vida, que,
en tanto parece tener prioridad, subordina la esfera de vida como una
pre- suposición y un resultado.
Hemos
actualmente alcanzado un punto en el
cual el desarrollo de las fuerzas productivas se ha introducido en la producción de vida en sí misma. El
desarrollo de la biotecnología y la genética en conexión con la reproducción humana está teniendo tal efecto decisivo en las re-
laciones de género que estas deben
ser fundamentalmente repensadas. Hasta
ahora podemos asumir que, a pesar
de la tendencia del capital a incorporar constantemente nuevos
medios de producción, la repro- ducción
y crianza de niños no se incluían entre estos, puesto que estas actividades no se organizan ni orientan hacia un beneficio. Aunque la protección y represión
de la mujer ya aparecieron como dos aspectos de las relaciones de producción, el
cuerpo de la mujer, hasta ahora, no constituyó por sí mismo materia prima para la producción.
Con el ad- venimiento de la reproducción
de vida como una forma de mercancía,
hemos entrado a una nueva era, a pesar
del hecho de que el incremento de niños
como individuos en la sociedad humana
no ha
sido por esa razón resuelto. La dificultad de pensar
esta nueva situación es agravada
por los
esfuerzos que mayoritariamente se limitan a
una evaluación desde la esfera
moral, en lugar de concentrarse en las
relaciones de producción en su modo capitalista de orientación
utilitaria.
RECURRIENDO A LAS REVELACIONES DE GRAMSCI, ALTHUSSER Y POULANTZAS
Gracias a
Gramsci, Althusser y Poulantzas podemos dejar atrás la con- cepción de la
sociedad basada en puros términos económicos, con una dominación ejercida como un acto
unilateral desde arriba y siendo re- cibida desde la mera pasividad.
Gramsci
desarrolló, en sus notas sobre el fordismo, un análisis ejemplar de las relaciones de género
como relaciones de producción. Su punto de partida fue el cambio en el modo de
producción (producción en masa y cadena de montaje) y la creación de un nuevo
tipo de hombre para el nuevo trabajo y la regulación de este proceso. Gramsci
no piensa en la economía como base y en
el estado como superestructura, forma mecánica de pensar que
pierde de vista fuerzas decisivas, entre ellas las relaciones de
género. Gramsci desdobla la superestructura en una serie
de superestructuras rivales con
un efecto en común; de esta ma- nera uno
puede entender estrategias y tácticas. Además, propone dos niveles:
sociedad civil y sociedad política. Esta es una diferencia meto- dológica; en
“la vida histórica concreta, sociedad
política y civil son lo mismo” (Gramsci,
1977). Esto le permite diferenciar entre
coerción y consenso, autoridad y hegemonía, violencia y cultura.
El objetivo es
analizar la manera en que las
formaciones socia- les, los discursos y los medios de comunicación
relevantes para la he- gemonía operan en
el nivel de la sociedad civil donde los
ciudadanos participan a fin de comprender de qué forma es organizado el consen- so. Un
concepto adicional útil es el
de bloque histórico, que admite reconciliar las fuerzas en pugna –en
este caso, la interacción del modo de
producción en masa y las campañas del estado respecto a lo moral (por ejemplo, puritanismo)– para crear el nuevo
tipo de
hombre. En este contexto,
las relaciones de género se
presentan como la especial
sujeción del hombre en su
carácter de asalariado como trabajador en la línea de montaje a través
del uso de poder mecánico y mayores
sala- rios, lo que permite más
consumo, mantener una familia y disponer de tiempo libre, que se
vuelve necesario para el mantenimiento
de la labor masculina esclavizada. Su explotación requiere una moralidad
especial y un cierto estilo de
vida: monogamia en lugar de sexo
vagabundo (el cual exige mucho tiempo), menor consumo de alcohol y una ama de casa que
vigile la disciplina, el estilo de vida,
la salud, y que alimente a la
familia. El compromiso de los sexos,
su construcción, sus acciones subjetivas, la regulación por campañas morales y las políticas de salud
públicas se manifiestan plenamente.
Es obvio que esta disposición de los géneros debe ser alterada tan pronto como cambie el modo
de producción. Así es que, por ejemplo, una sociedad en la que
las fuerzas productivas son de
alta tecnología, donde las relaciones del trabajo intelectual y físico
se han invertido, don- de las necesidades de los
trabajadores son menores y de distinto tipo, debe ser mantenida en una forma hegemónicamente
diferente, necesita diferentes tipos de intervenciones por parte del estado y
produce distin- tos efectos en el nivel
civil. Un estudio de los nuevos asuntos laborales debe incluir la nueva determinación de las
relaciones de género porque la
vida, sus formas, y la
conservación y desarrollo de
la misma están siempre en
cuestión. Confrontamos, en efecto, la paradoja respecto de la cual las relaciones de género son una forma de las relaciones sociales.
Una rica respuesta a este desafío es sugerida por
las propuestas de Louis Althusser. Siguiendo a Marx, Althusser examina la
estructura de la sociedad en diferentes niveles y distingue, dentro de
la superestruc- tura, entre la política-jurídica (estado y ley) y la ideológica
(con moral y religión). Esto le permite
considerar la relativa eficiencia y autonomía de cada una, teniendo en cuenta
dominación y cambios. Su punto de vista es la reproducción de la sociedad como
un todo. En esta aproximación a la historia de los modos de producción, propone
conceptos como no-simul- taneidad, desarrollo desigual, atraso, obsolescencia.
Para el análisis de las relaciones de producción, tenemos que estudiar la configuración actual con
sobredeterminaciones, dependencias y relaciones de articulación.
Siguiendo a
Marx y Althusser en nuestro estudio de las relaciones de género como relaciones
de producción, podemos descubrir quiebres y fenómenos de no-simultaneidad en
las relaciones de género dentro de la específica configuración neoliberal desde
los años setenta. Vemos “el tipo fordista” de
hombre que aparece al mismo
tiempo que el “nuevo empresario”, los
discursos hegemónicos sobre la responsabilidad indi- vidual, y un bloque histórico de socialdemócratas
conjugados con una economía neoliberal
global que se exhiben en los medios de
comunica- ción. En estos
se difunde una nueva forma de vida que
exalta el estado físico, la
juventud, la salud y políticas sexuales permisivas para el uno, mientras se
respalda una moral conservadora para el otro. Ambos man- tienen su coherencia en virtud del
discurso sobre la responsabilidad in- dividual. Respecto del nuevo empresario,
experimentamos una intensi- ficada individualización que puede en parte
prescindir de las relaciones de género jerárquicas –la sujeción de la mujer– e
incluso de la norma de la heterosexualidad en la nueva forma de vida. De este
modo, las viejas relaciones de
dominación pueden continuar existiendo como formas que expresan un cierto atraso dentro de las
nuevas relaciones.
Finalmente,
Nicos Poulantzas nos ayuda a evitar una aproxima- ción mecánica que
aún prevalece en la idea
de la dependencia de la esfera política en el modo de producción.
Propone ver lo político como un terreno de contienda con contradicciones que podemos observar en la confrontación entre,
por un lado, el discurso oficial de la responsabi- lidad individual y,
por otro, las no simultaneidades
experimentadas por aquellos de ambos sexos que intenten manejar sus vidas
individualmen- te mientras, al mismo tiempo, permanecen incrustados en los
viejos ideales de cuidado de las
relaciones de género del fordismo (llevadas adelante por el bloque hegemónico de la iglesia, los
partidos, el estado y la población correspondiente). En este marco, debemos ser
completa- mente flexibles en lo político. No podemos utilizar religiosamente
argu- mentos como confesiones, pero debemos formarlos, como dice Brecht, como bola de nieve
–sólidos y notables, pero capaces de ser fundidos y formados de nuevo en
configuraciones cambiantes.
Resumiendo,
propongo liberar el concepto de las relaciones de producción de su
reducción a la producción de
los medios de vida,
o mejor, pensar lo anterior como inserto en la política y la ideología,
ju- rídicamente constituido, moralmente formado, y configurado en rela- ciones de género en
todo nivel. Así, podemos hablar
de relaciones de género como relaciones
de producción en una forma triple:
- como un nivel en el cual los ciudadanos están específica e históri-
camente posicionados para organizar y producir sus vidas;
- como un momento decisivo en la producción de los medios de vida y su
relación con la producción y
mantenimiento de la vida misma; y
- como un campo con
contradicciones internas y entre los modos de producción.
Para finalizar,
entonces, pensar en relaciones de género
como relacio- nes de producción significa
criticar como insuficiente la idea tradicio-
nal de las relaciones de producción.
BIBLIOGRAFÍA
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classes sociales (Paris: Maspéro).
Elmar Altvater*
¿Existe un marxismo ecológico?**
* Catedrático
de Economía Política, Universidad Libre de Berlín, Alemania.
** Traducción
de Bárbara Schijman. Revisión de Atilio A. Boron.
EN ESTE
ESCRITO pretendo mostrar que las
aseveraciones marxistas sobre las
relaciones sociales del hombre
con la naturaleza pueden ser empleadas
para una mejor comprensión de los problemas ecológicos contemporáneos.
El mismo Marx
es ambivalente con respecto a la concepción de la naturaleza en su crítica a la
economía política. Por un lado, su teoría está relacionada con los enfoques
tradicionales de la economía y la teoría po- lítica; Marx no abandona el “campo
teórico” argumentativo tradicional de la economía política para abrir un nuevo
campo. Sigue las señales de la ilustración racional y una lógica que no tiene en cuenta los límites de la
naturaleza. El argumento principal es el siguiente: el hombre cons- truye su
historia al transformar la sociedad, la naturaleza y a sí mismo, pero no existen límites impuestos por la naturaleza.
Por consiguiente, la naturaleza es concebida como un conjunto de
recursos que pueden ser
utilizados. Esta concepción podemos encontrarla ya en las ideas de Bacon,
en la
derivación de John Locke de
los derechos de propiedad (de
la capacidad del trabajo humano
de apropiarse de los
frutos de la tierra), así como
también en el concepto de división del trabajo de Adam Smith como fuente
constantemente creciente de
productividad y, por ende, de riqueza para las naciones. Este campo
teórico también incluye la concepción de David
Ricardo sobre la tierra como factor limitante de la acumulación
capitalista debido a los efectos que tiene la existencia de tierra de menor
calidad y fertilidad sobre la reproducción de los costos del trabajo que
llevan a una tasa de ganancia
decreciente.
La idea de Marx
resulta ser un progreso en comparación con la de Ricardo porque presenta la
interpretación fundamental de las “leyes de movimiento” de la acumulación
capitalista como moldeadas por las
contradicciones sociales y no por los
límites impuestos por la naturale- za.
Aquellas que Marx llamaba “interpretaciones vulgares” de la
diver- gencia entre la oferta de recursos naturales y la demanda del hombre de
productos de la naturaleza, particularmente acentuadas en la teoría de Thomas
Malthus, exhiben un naturalismo
inhumano, que Marx recha- zaba ya en sus primeros trabajos en
contra del idealismo alemán.
En las interpretaciones clásicas, y sobre todo
en las neoclásicas, de la relación hombre-naturaleza, la racionalidad
individual en la toma de decisiones con relación a los recursos escasos es el
punto central, contrariamente a lo que
ocurre con el pensamiento
malthusiano en el que el exceso de
demanda es la categoría decisiva. En las teorías clásica y neoclásica, la categoría
de escasez aparece como la pieza central del razonamiento económico. El “individualismo metodológico” (Schum- peter,
1908) ha nacido; y con él, una racionalidad que separa en un pri- mer momento recursos naturales de otras partes no
valiosas de la natu- raleza, que no
sirven como fuentes de valorización capitalista, y que en un
siguiente paso separa un recurso
natural del otro. De otra manera, una toma de decisión racional no sería
posible bajo las precondiciones del
individualismo metodológico.
Por ende, la totalidad holística de la naturaleza o su respectiva integridad se disuelven en un
conjunto de recursos naturales individua- les y en un resto que
no puede ser valorizado o validado. La naturaleza es de
este modo transformada de una entidad ecológica en una enti- dad
económica; más allá de esto,
la naturaleza permanece “externa” al discurso económico y su
racionalidad. En la corriente dominante
den- tro de la economía, este supuesto tiene, por un
lado, la ventaja de ser apropiado
para la aplicación de modelos altamente formalizados. Por otro, un razonamiento teórico de este tipo
tiene que tener en cuenta la
existencia de externalidades, como por
ejemplo las fallas de mercado. Así es como la teoría de economías y deseconomías externas ha sido desarrollada por autores desde A. Marshall (1964) hasta A. C. Pigou (1960) y R. Coase
(1960). La economía de los recursos (Hotelling, 1931) prometía proveer
reglas sobre cómo lidiar con recursos
naturales es- casos sin dañar a la
naturaleza, por ejemplo, sin producir excesos de demanda. Paradójicamente,
las reglas sobre cómo lidiar con la
escasez son concebidas como un remedio para evitar excesos de deman- da
(Altvater, 1993). Hoy, la aplicación de reglas racionales de
decisión bajo condiciones de escasez
como forma de sobrellevar una situación de
real exceso de
demanda es altamente dudosa dados los
“límites al crecimiento”, el agotamiento de recursos y los conflictos
militares sobre recursos (“nuevas guerras sobre recursos”) en África, América Latina y Medio Oriente. Varias
guerras han sido declaradas por la dominación de territorios donde abunda el petróleo y
por la
influencia sobre los precios del
mismo. Estos eventos muestran claramente los límites de la economía pura para explicar la
realidad, y la necesidad de adoptar
un enfoque político económico para
comprender las contradicciones de
nuestro tiempo. Jean-Paul Deléage concluye: “Moverse más allá
de los límites […] adoptando la ‘postura de la totalidad’ es la única
opción metodológica que puede servir como una base sólida para el análisis de la relación entre
la sociedad y la naturaleza” (Deléage, 1989: 15).
La disolución de
la naturaleza entera en una aglomeración de recursos naturales
individuales, y luego la aplicación de
un conjunto de instrumentos analíticos basados en el
individualismo metodológi- co para así
guiar racionalmente el manejo de
los recursos, es ajena al
concepto marxista de economía ecológica. La principal y fundamental razón es el
concepto muy diferente de socialización
(vergesellschaftung). Los individuos
atomísticos, llamados homines oeconomici, que
operan fuera del tiempo y el espacio, y por ende en un mundo
caracterizado por el individualismo racional no natural, son una construcción
idealista sin relevancia social. Su
construcción es un resultado
del “individualismo metodológico” de la
economía moderna. En cambio, los
individuos so- ciales se encuentran insertos en un sistema social histórico y dependen de la
naturaleza y sus fronteras. Por ende, la racionalidad sólo puede ser una
racionalidad restringida por lo social, y la perspectiva es la totalidad
sociedad-hombre-naturaleza. Las categorías básicas de la crítica marxis- ta de
la economía política con respecto a la relación de la sociedad con la
naturaleza están orientadas hacia la comprensión del metabolismo, esto es, de
las transformaciones de la materia y la energía, el rol crucial de las
necesidades humanas, el carácter dual del trabajo y la producción, la dinámica
de las crisis económicas y sociales, la valorización del capital, la
acumulación y expansión (globalización), la entropía y la irreversibi- lidad. En
las siguientes páginas analizo estas categorías antes de arribar a una
conclusión en relación con la utilidad de la ecología marxista para entender
los problemas ambientales contemporáneos.
METABOLISMO, NECESIDADES Y EL CARÁCTER DUAL
DEL TRABAJO
Ya en sus primeros trabajos, Marx entendía la práctica humana como parte de un
metabolismo hombre-naturaleza. Los seres
humanos tienen que satisfacer sus necesidades y lo hacen de manera
social, de forma tal que las necesidades de unos son satisfechas por el trabajo de otros y, vi- ceversa, las
necesidades de estos otros por el trabajo y la producción de los primeros.
El concepto de necesidades es una categoría central en el pensamiento marxista
que señala el carácter mutuo de las
actividades de producción y consumo
del hombre en una sociedad determinada. En La ideología
alemana (Marx y Engels,
1974), oír, ver, sentir, querer, amar,
todos estos “órganos de la
individualidad humana” son entendi- dos
como “apropiación”, y hasta la conciencia es producida socialmen- te. Las
necesidades y las formas de satisfacer esas necesidades son la base
de la división del trabajo,
que también tiene como prerrequisito, el
mutuo reconocimiento de los individuos sociales como tales. En los Grundrisse, Marx dice
que es necesario tener en cuenta
el “sistema de necesidades” y el “sistema de trabajo”, pero no está seguro respecto de dónde ubicar una discusión
acerca de ellos (Marx, 1974: 427).
Dada su mutualidad, el concepto
de necesidad debe distinguirse
claramente del de avaricia, que es necesidad sin mutualidad, un esfuerzo
individualista que presenta una
alta potencialidad para la
autodestrucción de la so- ciedad. Para
Marx, la razón de la avaricia es la
existencia de propiedad privada. Y esto
debido a que la propiedad privada
ha convertido a los hombres en
individuos tan estúpidos y sesgados que
sólo ven a un obje- to como “suyo” cuando lo poseen, cuando existe para ellos como capital (Marx y Engels, 1974). El dinero es introducido como mediador entre
el productor y el hombre con necesidades. El dinero es “el vínculo entre el
trabajador y las necesidades individuales, entre las necesidades y los objetos,
entre la vida y los medios de vida, es decir, el alimento (Leben und Lebensmittel)”. El dinero es, al mismo
tiempo, deidad y prostituta (Marx y
Engels, 1974).
El trabajo
tiene un doble carácter: produce valores de uso, que sa- tisfacen las
necesidades de otros, y produce valor (de cambio), que está basado en el intercambio de mercancías
en el mercado en una sociedad monetaria o capitalista. Aquí, nuevamente, las
necesidades entran en el horizonte del razonamiento, porque el trabajo es
socialmente útil y ne- cesario solamente en la medida en que satisface necesidades. El trabajo social no
está solamente determinado por su capacidad de producir valo- res de intercambio,
sino que también debe producir valores de uso, esto es, productos que satisfagan necesidades sociales. El carácter
social del trabajo puede ser sólo conceptualizado como una unidad de producción
de valor de cambio y valor de uso. Como
las necesidades humanas per- tenecen a la existencia de los seres humanos como
individuos sociales y naturales, el proceso de producción de valor puede ser
solamente enten- dido al mismo tiempo
como moldeado por y moldeando a la relación de la sociedad con la naturaleza. Mientras Marx, en sus primeros
trabajos, y siguiendo la tradición hegeliana, toma en cuenta las
necesidades, en trabajos subsiguientes, empezando por los Manuscritos de
1844, el autor detecta la noción del trabajo y la manera en que este está
organizado en una sociedad capitalista. La razón es bastante clara: debemos
entender cómo el trabajo no sólo produce
valor sino también plusvalía, y de esta
forma reproduce el capital –y la explotación del trabajo– como una rela-
ción social a niveles cada vez más altos. La producción y reproducción
capitalista es un proceso (interrumpido
por crisis periódicas) de creci- miento en espiral que avanza en el dominio sobre la naturaleza
–como Marx la llama– de forma cada vez más
expansiva.
Hay muchas
preguntas envueltas en el proceso de producción de valores. El valor es siempre una relación social entre los propietarios y sus mercancías. La relación social mercancías-propietarios no
con- tiene porción alguna de naturaleza; la naturaleza está completamente excluida de esa relación
social. Hasta el dinero, que Marx concibe como dinero dorado, representa
solamente una relación social. El
carácter metálico del oro es
completamente irrelevante para el oro en
su forma de dinero. Es decir, es posible sustituir dinero papel –y, en nuestro
tiem- po, bits y bytes
electrónicos– por dinero metálico
en la forma de oro y plata. Es
importante entender el carácter inmaterial y antinatural de la relación social
del intercambio, aunque el intercambio
de mercancías tiene una cualidad material y energética. Esta dualidad es
también el origen del fetichismo de la mercancía, que Marx
describe al final del primer
capítulo del primer volumen de El Capital
(1986). El mensaje es muy claro: no es fácil entender las relaciones
sociales entre los hom- bres, y entre los hombres y la naturaleza, porque
tal tarea requiere de un trabajo
intelectual que permita sobrellevar el
inherente fetichismo.
La figura
analítica del doble carácter o de la dualidad del trabajo en el análisis de Marx del
proceso de producción capitalista lo lleva a distinguir entre la producción, por un
lado, como un proceso de trabajo y, por
el otro, como un proceso de producción de valores (valorización). El proceso de
trabajo puede ser entendido de mejor manera como una transformación de materia
natural y energía en valores de uso
que sir- ven para satisfacer necesidades humanas. Hay tres
advertencias que deben ser introducidas aquí.
La primera se
refiere a cierto antropocentrismo en el análisis del carácter metabólico del
proceso de producción, debido a que
este está relacionado con las necesidades humanas; otros efectos del
metabolis- mo, en cambio, suelen ser a
menudo ignorados. En consecuencia, des-
de el punto de vista del análisis de la
energía, el proceso de producción es concebido de manera muy
diferente, en comparación
con el punto de vista del análisis de la mercancía y el valor. Con respecto a las dife- rentes perspectivas,
Juan Martinez-Alier afirma: “La productividad de la agricultura no se ha
incrementado, sino que ha
decrecido, desde el punto de vista
del análisis de la energía” (1987:
3); pero en términos de la producción mercantil de la agricultura, y en
términos del retorno del capital invertido, la productividad ha crecido.
La segunda
advertencia tiene que ver con un
cierto trabajo-cen- trismo en el concepto y un sistemático olvido de la naturaleza. Algunos ecologistas le
reprochan a Marx una cierta desatención del “valor de la naturaleza” en el
proceso de generación de valores (por ejemplo, Immler y Schmied-Kowarzik, 1984; Bunker, 1985; Deléage,
1989). Pero esta crítica es solamente relevante con respecto al
proceso de trabajo. Por supuesto,
la naturaleza es tan importante como el trabajo a la hora de convertir materia
y energía en valores de uso necesarios.
Aquí, las leyes de la termodinámica son
válidas, y los inputs y outputs no
son cuanti- tativamente
diferentes respecto de las unidades de energía –y materia–; sin embargo, en el
aspecto cualitativo son transformados en valores, por un lado,
y en deshechos, por el otro. En
el curso del proceso de input a output, el hombre y la naturaleza
trabajan juntos; ambos son igualmente importantes. Pero en tanto proceso de producción
de valor de intercam- bio es sólo el trabajo el que crea valor y plusvalía. La
razón que suele ser malentendida por los
críticos del concepto marxista de naturaleza es la siguiente: la naturaleza es
maravillosamente productiva; la evolución de las especies en la historia del
planeta y su tremenda diversidad y variedad lo demuestran. Pero la naturaleza
no produce mercancías para vender en el mercado. No hay mercado en la naturaleza. El mercado es una
cons- trucción social y económica. El más
hermoso de los pájaros o un viejo
árbol en una selva tropical o el hierro
en una mina no son mercancías; sólo se convierten en mercancías
a través de un proceso de valorización
(Inwertsetzung; mise en valeur). No es
el trabajo en sí mismo, el trabajo sans
phrase, el que logra la
metamorfosis de la naturaleza en mercancía, sino la fuerza de trabajo consumida bajo la forma social del capitalismo y bajo la condición
social de estar subyugada al
proceso capitalista de pro- ducción de
valor y plusvalía (Altvater, 1992: 25; Burkett, 1996: 64).
La tercera
advertencia es la siguiente: en una sociedad de merca- do capitalista, las
necesidades humanas son sólo relevantes si aparecen como demanda monetaria en
el mercado. Es obvio que en una sociedad
capitalista las necesidades se transforman en poder adquisitivo mone- tario;
de no
ser así, no
son reconocidas. Porque el dinero
constituye, como dijera Marx
sarcásticamente, la real y
verdadera comunidad. El dinero es quien sirve
como nexo en las relaciones
sociales y, concomi- tantemente, en la relación de la sociedad con la naturaleza.
El mecanismo de
mercado tiene que colmar un vacío
entre el trabajo y las necesidades, y un
análisis de las necesidades debe
tomar las dinámicas capitalistas en consideración. La forma social
está siem- pre presente, incluso en procesos que parecen exclusivamente natura- les. Sin embargo, las condiciones naturales del
proceso de trabajo son transformadas por
el trabajo. Marx sostiene que: Como creador de
valores de uso, es decir como trabajo útil,
el tra- bajo es, por tanto, condición de vida del hombre, y condición inde- pendiente
de todas las formas de
sociedad, una necesidad perenne y natural sin la que
no se concebiría el intercambio
orgánico entre el hombre y la naturaleza ni, por consiguiente, la vida humana
[…] En su producción, el hombre
sólo puede proceder como procede la
misma naturaleza, es decir, haciendo que la materia cambie de forma (Marx,
1986: 10, Tomo I; énfasis en el original).
Marx, con
estas palabras, le responde al economista político Pietro Ve- rri, quien en 1773 escribiera: Los fenómenos del
universo, ya los provoque la mano
del hombre, ya se hallen regidos por las
leyes generales de la naturaleza,
no re- presentan nunca una verdadera
creación de la nada, sino una simple
transformación de la materia. Cuando el espíritu humano analiza la idea de reproducción, se encuentra siempre,
constantemente, como únicos elementos, con
las operaciones de asociación y
disociación; exactamente lo mismo acontece con
la reproducción del valor […] y de la riqueza, cuando la tierra, el
aire y el agua se transforman en trigo
sobre el campo o cuando, bajo la mano
del hombre, la secre- ción viscosa de un insecto se convierte en
seda o unas cuantas piezas de metal se
ensamblan para formar un reloj de
repetición (citado en Marx, 1986: 10,
Tomo I).
La dinámica capitalista puede describirse como
sujeta a las leyes
de la naturaleza y a los límites impuestos por la naturaleza vis-à-vis cual- quier actividad
humana. Esta es la razón por la cual
Marx concluye que “el trabajo no
es, pues, la fuente única y exclusiva de los valores de uso que produce, de
la riqueza material. El trabajo es,
como lo ha dicho William Petty,
el padre de la riqueza, y la tierra la madre” (Marx, 1986: 10, Tomo I).
Pero, al aplicar las
leyes de la
naturaleza al proceso de traba- jo, el hombre transforma la naturaleza
en una naturaleza hecha por el hombre,
“humanizada”, que al principio de cada proceso productivo es utilizada y
que, terminado el consumo del producto,
recibe los desper- dicios producidos.
La otra cara
del proceso de producción, sin embargo, es la creación de valor y plusvalía, esto es, la acumulación
capitalista y el crecimiento económico. Debido al carácter autorreferencial del capital, esta cara del proceso productivo no
conoce ni acepta límites externos a su dinámica. La idea de crecimiento sin
límites es una consecuencia directa de la inmanen- cia del fetichismo en las
formas sociales que manejan las relaciones socia- les de los hombres. Un buen
ejemplo de este fetichismo del crecimiento es el libro Growth Triumphant de
Richard A. Easterlin (1998). La contradicción
entre una naturaleza limitada que
convive con necesidades limi-
tadas (Marx suele referirse al entendimiento aristotélico de
las necesi- dades como reflejando la medida humana) y la ilimitada acumulación
de capital está inscripta en la relación
dinero, dado que el metal-dinero, aparentemente
“natural”, muy pronto encuentra
límites naturales en comparación con la
demanda económica. El oro circulante en
una de- terminada economía es cuantitativamente insuficiente para la creciente
demanda del comercio y para las intervenciones de los bancos centrales en su
función de “prestamistas de última instancia”. De esta manera, es lógico sustituir meros símbolos de dinero (papel)
como relación social entre comprador-vendedor y entre acreedor-deudor por oro como “cara natural del dinero”. El
dinero-papel o dinero inmaterial bajo la
forma de bits y bytes
puede ser creado en cantidades necesarias para la cir- culación
de la moneda en el mercado mundial. El oro
es natural, pero el oro en tanto
dinero es social. En esta función puede ser reemplaza- do
por meros símbolos. Este es un
aspecto del desacople de la esfera económica respecto de los
límites sociales y naturales
(Polanyi, 1978; Altvater y Mahnkopf, 2002).
El proceso del
trabajo muestra al mismo tiempo efectos produc- tivos y destructivos; o, para interpretarlo en las
categorías de la ter- modinámica: dada la dualidad del
proceso productivo en el cual
no sólo se producen valores de cambio y plusvalía, sino que
también se transforman materia y energía, la entropía necesariamente crece. En la interpretación de Ilya
Prigogine, un crecimiento de la
entropía es la expresión
inevitable de la transformación de materia y energía en el proceso de la
evolución natural y –deberíamos agregar– social (Pri- gogine y Stenger,
1986). Marx interpretaba el desarrollo de las fuerzas
productivas como positivo para la humanidad, porque constituyen la base de una
sociedad comunista en la cual el principio reinante es: a cada uno de acuerdo a sus necesidades. La limitada restricción en esta
sociedad no es la valorización
autorreferencial del capital, sino la
me- dida humana en una sociedad
humanizada. Dado que los
hombres y sus necesidades son parte del
ciclo de reproducción natural, la nueva formación
social que distribuye riqueza de acuerdo con las necesidades humanas es también
pensada como una sociedad de reconciliación del hombre con la naturaleza.
El proceso
de producción de entropía, sin
embargo, es destruc- tivo porque socava los medios de
autorreproducción social y
natural. Al producir valores de uso que
potencialmente satisfacen necesidades humanas, produce también,
inevitablemente, deshechos. Cada proceso
productivo está ligado a outputs necesarios, como así también a otros in-
necesarios o incluso perjudiciales. Es físicamente imposible transformar
materia y energía sin producir desperdicios y, en consecuencia, externa-
lidades. Marx es muy consciente del poder de
destrucción producido por la acumulación capitalista. Al final del largo
capítulo XIII del primer tomo de El Capital sobre la “Gran Industria”, Marx
también menciona la tendencia de la industrialización de la agricultura, al
concluir que, en un sistema agrícola sujeto al régimen de racionalidad
industrial, cada paso que se da en la
intensificación de la fertilidad del suelo den- tro de un período de tiempo
determinado, es a la vez un paso dado en el agotamiento de las fuentes perennes
que alimentan dicha fertilidad. Este
proceso de aniquilación es tanto más
rápido cuanto más se apoya un
país, como ocurre por ejemplo con
Estados Unidos, sobre la gran in- dustria, como base de su desarrollo. Por
tanto, la producción capitalista sólo sabe
desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de producción
socavando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra
y el hombre (Marx, 1986: 423-424, Tomo I).
La sustitución de ciclos
y regímenes de tiempo-espacio
naturales por ciclos y regímenes de
tiempo-espacio industriales en
agricultura tiene un impacto perjudicial sobre el medio ambiente, el
natural al igual que el construido, y
sobre el sistema social. Este es un factor fundamental para el agravamiento
de la
crisis ecológica del capitalismo
y para la intensificación de los movimientos en su contra.
CRISIS
Hay varios efectos indirectos sobre la naturaleza
de la producción ca- pitalista de
valores, dado que la acumulación
capitalista es un proceso impulsado por
procesos de crisis. Marx analiza las crisis periódicas de su tiempo, en primer
lugar con respecto a sus efectos sobre las condiciones de vida y de trabajo de la clase trabajadora. En su época, las crisis eco- nómicas cíclicas
eran una experiencia nueva, mencionadas por primera vez por Sismondi a comienzos del
siglo XIX. Situaciones de extrema emergencia, como las hambrunas
causadas por una mala cosecha o una catástrofe natural, estaban profundamente
grabadas en la memoria de los pueblos.
Siempre había estado claro que las causas de estas crisis es- tán más allá de la influencia humana, aunque en
tiempos precapitalistas y preindustriales estas crisis habían sido, en
alguna medida, causadas por acciones humanas, tales como el uso excesivo de la tierra y los re- cursos naturales
(la extinción de bosques europeos en la Edad Media) o las guerras. Pero, desde el nacimiento del capitalismo industrial, las crisis económicas
comenzaron a surgir periódicamente, aumentando la inseguridad de amplios
sectores de la población debido a la pérdida de puestos de trabajo e ingresos.
Marx observaba muy cuidadosamente el
desarrollo de ciclos de
crisis desde mediados del
siglo XIX, esperando que
la inestabilidad social y económica durante dichas crisis provocara agitación
social y cambio político revolucionario. Pero Marx sabía que las crisis
capitalistas operan como “fuentes de la juventud” en donde el sistema
capitalista encuentra remedios para su
recreación y estabiliza- ción, y
nuevas dinámicas en un renovado vaivén
positivo de la economía: “destrucción creadora”, como la llamará
Schumpeter más adelante. Más tarde,
Antonio Gramsci analizaría la crisis como un
proceso de transi- ción que
permitía estabilizar la hegemonía de la burguesía.
En nuestro
tiempo tenemos que tener en cuenta el carácter global de las crisis. Más que
nunca en la historia, las crisis toman hoy la forma de un colapso financiero,
antes de afectar a los sistemas político, social y económico. En tanto, crisis financieras tienen alcance
global, porque los mercados financieros están liberalizados y desregulados,
propagán- dose de un lugar a otro. La
primera razón es el “efecto manada”. Los
in- versores extranjeros quitan sus créditos y venden sus activos para cam-
biarlos por monedas más seguras. Luego aparece el “efecto contagio”: la crisis de una moneda afecta a
otras. En su forma económica, la crisis afecta necesariamente a áreas
regionales o nacionales y, en este sentido, es usual que se la denomine según
el país más afectado: por
ejemplo, la crisis mexicana, brasileña, argentina. Esto parece convertir
a la crisis financiera en un evento
remoto. Sin embargo, estas crisis
económicas locales no sólo tienen el nombre del país al que
afectan en una primera instancia y con
mayor intensidad, sino que también conllevan efectos muy concretos en la economía y la sociedad
“real”. Por su aparente ca- lidad virtual, las crisis
también parecen no tener efectos realmente per- judiciales sobre la naturaleza.
¿Por qué, entonces, hablar de la crisis
del capitalismo? En el pensamiento posmoderno, esto no tiene sentido. En-
tendida sólo como una crisis real,
esta tiene consecuencias visibles
que son interpretadas como el resultado
de errores políticos de gobiernos irresponsables, que nada tienen que ver con el funcionamiento de los mercados globales. El enfoque marxista, contrario a estos supuestos, tiene siempre presente que el
dinero y el capital aparecen como entida- des autorreferenciales, pero
que, en realidad, la autonomía de la
esfera financiera global vis-à-vis la esfera real es ficticia. La quiebra pone fin a esta ficción y da
inicio a la realidad de la destrucción de la riqueza. De más está
decir que, conforme transcurren
estas crisis financieras, la pobreza avanza en Asia, África, Rusia y América Latina.
Sin embargo, la
riqueza también crece porque la
expropiación de deudores es la otra cara de la muchas veces despiadada
apropiación de riqueza por parte de los
acreedores. En repetidas oportunidades, los ecologistas suelen decir que la
pobreza es una de las principales causas de
la destrucción ecológica, y el Banco Mundial en particular trabaja con este
supuesto. Pero no es cierto. La
desigualdad y la injusticia son las que
resultan perjudiciales no sólo
para la cohesión social sino tam-
bién para la naturaleza. Los pobres son
relegados a la satisfacción de las llamadas necesidades básicas,
mientras que los ricos han acumulado tantos reclamos sobre la naturaleza que pueden expandir codicio- samente el “medio
ambiente” que dominan y excluir a otros
de su uso ordenado, por lo que
desarrollan prácticas destructivas de uso
excesivo de los recursos que
están a su disposición. La “huella ecológica” de los ricos es mucho
mayor que la de los
pobres. La emisión promedio de
dióxido de carbono (CO2) de un ciudadano de EE.UU. en 1999
era de
20,2
toneladas, cifra que contrasta con la
emisión de un ciudadano brasileño que sólo alcanza a contaminar la atmósfera
con 1,8 toneladas del mismo gas.
Estudios empíricos realizados en varias partes del mundo exhiben la
colusión perjudicial de la pobreza y la riqueza en el proceso de destrucción de
la naturaleza. En la selva amazónica, por ejemplo, los pobres pobladores hacen
uso excesivo de su pedazo de tierra porque los terratenientes ricos utilizan la
tierra como un objeto de especulación.
Una vez más, nos encontramos cara a cara con las consecuencias de la ruptura entre el
trabajo y las necesidades debido al poder de la codicia individualista. Esta
situación es destructiva tanto para la cohesión so- cial como para la relación con la naturaleza, es decir, para la sustenta-
ción de las relaciones sociales y
ambientales.
La “naturaleza
humanizada” de la que Marx habla enfáticamente en sus primeras obras puede ser también entendida como una natura- leza hecha por
el hombre. Nos referimos también
al medio ambiente construido, es decir, las calles, los puentes, los puertos,
los aeropuertos, las ciudades, los parques y la
agricultura, todo lo cual cubre casi
el
100% de la
superficie terrestre. Incluso los océanos están cada vez más y más “humanizados”, es decir, son cada vez
más un producto del hom- bre: la contaminación cambia la calidad del agua, la pesca en exceso produce daños irreparables en la fauna y flora marítimas, y un ruido permanente interrumpe el silencio
del mar. En primer lugar, es la na- turaleza hecha
por el hombre la que produce la totalidad de los efectos externos.
La mayoría de las naturalezas construidas deben considerarse como deseconomías
externas negativas, y sólo unas pocas
como eco- nomías externas que proveen
beneficios sociales. Los efectos externos
son una concomitancia inevitable de la
transformación de materia y energía. Demuestran que la naturaleza es más que
una mera colección de recursos más
o menos útiles, es una totalidad extremadamente com- pleja de relaciones naturaleza-hombre, como ya
sostenía Marx en sus trabajos iniciales. El concepto de
efectos externos refleja sólo en parte la
naturaleza sistémica de la dupla naturaleza-hombre.
Sin embargo, exhibe los límites de
las teorías del mercado libre
y el supuesto de la existencia de
actores racionales de mercado. Peor
incluso, su raciona- lidad individual se transforma en irracionalidad y
en decisiones que no respetan las
condiciones de la reproducción natural.
La naturaleza
funciona como un medio de intercambio de
exter- nalidades que llevan el nombre de externas porque no pueden ser
reguladas por los mecanismos de mercado. Esta aporía fundamental de las teorías
clásica y neoclásica sólo puede superarse excluyendo el tiempo y el espacio, es
decir, la dimensión de la naturaleza, de su cuerpo teórico (Altvater, 1989). Es necesario concebir a la economía como
un empren- dimiento más allá
del tiempo y del espacio históricos1, porque de otra manera la
teoría debe admitir que las transformaciones económicas (el consumo
de energía y materia) tienen un efecto irreversible en la natura- leza, ya sea
que las externalidades sean internalizadas o no. La internali- zación es sólo
relevante para cálculos económicos y para quienes toman decisiones, pero no
para el sistema natural. El enfoque marxista no tiene estos problemas porque,
primero, el tiempo y el espacio son
categorías centrales en la
crítica de la economía política (tiempo
de circulación; transporte en espacio). Segundo, porque la naturaleza como
naturale- za humanizada, es decir, como naturaleza producida, es parte de
las condiciones generales de producción. La violación de su integridad
por medio de la degradación o incluso de la destrucción de las condiciones
naturales de producción y reproducción no
es, por tanto, algo externo a la
economía, sino que pertenece a su desarrollo contradictorio. Los efectos
negativos de la contaminación del aire y el agua, de la violación de las
leyes de seguridad alimentaria o del
uso excesivo de los océanos y la erosión
de la tierra tienen una repercusión directa (negativa) sobre los costos de
reproducción y la capacidad
productiva de la fuerza de trabajo y, en consecuencia, sobre
el proceso de producción de plusvalía. El costo del aire limpio y el agua limpia pertenece al
gasto del capital y, por consiguiente,
incrementa el monto de capital fijo constante en el proceso de producción,
generando el efecto de un aumento en la
com- posición orgánica del capital. Por lo tanto, la tasa de ganancia caerá
(por supuesto, ceteris paribus). Los efectos negativos sólo pueden ser ignora-
dos bajo el supuesto de que la naturaleza tiene una capacidad infinita de
absorberlos. Sin embargo, el proceso de
acumulación capitalista tiende a transgredir el límite de las
condiciones naturales de
reproducción y, consecuentemente, la teoría tiene que tomar a la naturaleza en consi- deración. Aparentemente, esto era
innecesario mientras se desconocían “los límites del crecimiento” o los
problemas del medio ambiente y, por lo tanto, estos no eran tema en el discurso
político o científico.
El medio ambiente aparece mayoritariamente como
“el medio ambiente construido”, producido por el hombre. Es
concebido como la provisión de bienes públicos, que incluyen no
sólo los bienes cultu- rales y
naturales sino también la
infraestructura material e inmaterial producida. Con respecto a la producción y el consumo,
David Harvey explica: Podemos […]
realizar una distinción útil entre el
capital fijo inclui- do en el proceso de
producción (por ejemplo, los instrumentos de producción) y el capital fijo
que funciona como marco físico de la
producción (por ejemplo: fábricas). A
este último, lo llamo el medio ambiente
construido para la producción. Por el lado
del consumo tenemos una
estructura paralela. El fondo de consumo está
forma- do por mercancías que funcionan como ayudas más que
como in- sumos directos del
consumo. Algunos artículos están directamente incluidos en el proceso de
consumo (por ejemplo: artículos durables
como cocinas, lavadoras, etc.), en tanto que
otros funcionan como estructuras físicas para el consumo (casas,
caminos, etc.). A estos úl- timos los denomino el medio ambiente
construido para el consumo (Harvey, 1989: 64).
1 Para la
distinción entre tiempo y espacio histórico y físico ver Georgescu-Roegen, 1971).
Lo que Harvey llama “medio ambiente
construido” hoy es discutido bajo el rótulo más
extenso y abarcativo de “bienes públicos”. No es adecuado profundizar
aquí en los detalles de los discursos sobre bienes públicos (Kaul et al., 2003; Altvater, 2003; Brunnengrüber,
2003). En la teoría de Marx, el “medio ambiente construido” es tratado
como las “condiciones generales de producción” que, como regla, tienen que ser provistas por el estado, al menos
mientras el sistema de derechos de propiedad no esté suficientemente desarrollado como para ofrecer
activos seguros a los inversores privados (Marx, 1974: 422-432). David Harvey resalta la importancia de la dupla
“espacio temporal” en el curso de la acumula- ción del capital porque esta “no es un sector menor de la economía y es
capaz de absorber cantidades masivas de capital y trabajo, particular- mente
bajo condiciones de rápida expansión e intensificación geográ-
fica” (Harvey, 2004: 63).
Más aún, si los gastos en
el medio ambiente construido o en
el progreso social demuestran no
ser productivos ni lucrativos,
“la sobreacumulación de valores en el medio ambiente cons- truido o en educación puede volverse evidente con la
devaluación de esos activos (viviendas, oficinas, parques industriales,
aeropuertos, etc.) o con dificultades
para pagar deudas estatales en infraestructuras físi- cas o sociales” (Harvey, 2004: 65).
El medio ambiente construido, por lo tanto, no es sólo parte pasiva del
ciclo-crisis, sino la esfera-núcleo de
la acumulación y, consecuentemente, una causa importante de la diná- mica y la
crisis de la acumulación capitalista. Dada
esta importancia, Harvey critica
“esas descripciones de la
dinámica capitalista de acu-
mulación que o bien ignoran completamente estos temas, o los tratan como un epifenómeno”
(Harvey, 2004: 65).
Consecuentemente,
la categoría del medio ambiente construido es capaz de relacionar la dinámica
de la acumulación capitalista con el
papel del medio ambiente. Esta es la razón por
la cual James O’Connor (1988), en
un artículo seminal, desarrolla la
propuesta para fundar un “marxismo ecológico” en un entendimiento doble de la crisis capitalis-
ta. Primero, la crisis es interpretada
en categorías clásicas de la teoría marxista. En términos generales y un poco
simplificados, la dialéctica de las fuerzas de producción y las
relaciones de producción dispara un proceso cíclico de negocios que
incluye una crisis más o menos
pro- funda. El mismo Marx desarrolló su
argumento paso a paso. Primero, demostró la posibilidad de una crisis implícita
en la producción y cir- culación de mercancías. Luego, comprobó la necesidad de
la crisis en el curso contradictorio de los procesos de producción y
acumulación, especialmente debido a
la periódica y tendencial caída
de la
tasa de ganancia. Tercero, describió y analizó la realidad concreta de
las crisis con todos los aspectos concretos que diferían de
caso en caso, en
el tiempo, y de país en
país, en el espacio. James O’Connor no está
in- teresado en este enfoque brevemente delineado. Él apunta hacia otra serie de contradicciones que surgen en las condiciones de producción como
resultado de los efectos del
desarrollo del capitalismo, es
decir, en otros términos, dentro del medio ambiente construido. No se refiere
explícitamente al discurso tradicional
que abarca desde Adam Smith hasta David Hume, quienes eran conscientes de que el
sistema capi- talista sólo puede
sobrevivir si el soberano provee de bienes públicos; de lo contrario, la
seguridad comercial no está garantizada
y la insegu- ridad hace que el comercio
sea muy
caro o, incluso, imposible. Marx también escribió sobre las condiciones generales de la producción de una manera diferente
que Adam
Smith. Aquel suponía que las
condi- ciones generales de producción son sólo
momentáneamente provistas bajo la
responsabilidad del gobierno, dado
que el capitalismo privado no está lo suficientemente desarrollado como para
convertir los bienes públicos en
exclusivos, establecer los
derechos de propiedad privada y
transformarlos en bienes privados
que puedan ser financiados por inversiones en activos.
Consecuentemente, la financiación de los bienes públicos con las
ganancias del estado es innecesaria; las condiciones generales de producción, entonces, pueden ser tanto bienes públicos como privados, según
Marx. Todo depende del estado de desarrollo en que se encuentre el sistema capitalista en
cuestión (Marx, 1974).
El discurso sobre las condiciones generales de producción, es decir, sobre los bienes
públicos, es un tema de carácter
politizado, en esencia porque el estado, el sistema político y la estructura de
poder de una determinada sociedad
están involucrados desde su comienzo.
James O’Connor es muy claro con respecto a la politización de los dis- cursos
sobre las condiciones generales de producción:
Precisamente
porque ellos [los bienes públicos] no son producidos o reproducidos en forma
capitalista, pero dado que son comprados
y vendidos y utilizados como si fueran mercancías, las condiciones de suministro
(cantidad y calidad, lugar y tiempo) deben ser reguladas por el estado o por los
actores capitalistas como si ellos
fueran el estado. Aunque la capitalización de la naturaleza implica el
aumento de la penetración del capital en las condiciones de producción (por
ejemplo: los árboles de las plantaciones, las especies genéticamente alteradas,
los servicios postales privados, el voucher educativo, etc.), el estado se
instala entre el capital y la naturaleza, o media entre el capital y la
naturaleza, con el resultado inmediato
de que las condi- ciones de producción
capitalistas se politizan (O’Connor, 1988: 23).
Los actores
que politizan el tema económico de la
provisión de bienes públicos o de
las condiciones generales de producción son, respecti- vamente, en primer lugar, el estado representado por el gobierno, los partidos políticos, la administración,
etc.; segundo, los capitalistas y los representantes de corporaciones o
asociaciones de empleados; tercero, los gremios; y, cuarto, las ONGs y los
nuevos movimientos sociales. Los conflictos sociales y las luchas discursivas se
centran no sólo alrededor de la estructura de
clases, el conflicto de clases y
los intereses de las clases en una sociedad capitalista,
sino también en torno a la relación
social entre hombre y naturaleza, el medio ambiente construido, las condiciones
generales de producción, y el tema de la calidad y cantidad de la provisión de
bienes públicos:
La mayoría de
los problemas de los ambientes naturales y sociales son aún más
acuciantes para los pobres, incluidos los trabajadores ocupados, que para los empleados de “cuello blanco” y los ricos. En otras palabras, los
temas relativos a las condiciones de
producción son temas de clase,
si bien ellos
son más que
cuestiones de clase (O’Connor,
1988: 37).
La segunda
contradicción, en consecuencia, desencadena la acción de nuevos movimientos
sociales (ver también Leff, 1998);
la crisis de las “condiciones de
producción”, o relativa a la provisión de bienes públi- cos, se politiza (ver también Kaul
et al., 2003).
Otro aspecto también importante
en la postura de O’Connor se evidencia cuando el autor con- cluye que
la acumulación capitalista
“está perjudicando o destruyen- do las
condiciones mismas del capital, amenazando de esta forma sus propias ganancias y su capacidad de
producir y acumular más capital”
(O’Connor, 1988: 25). Brinda algunos ejemplos que ya hemos mencio- nado anteriormente como
efectos negativos externos:
El
calentamiento de la atmósfera inevitablemente destruirá gente, lu- gares,
beneficios, por no decir otras especies
de vida. La lluvia ácida contamina bosques y lagos y edificios y utilidades de la misma mane- ra.
La salinización del agua, los residuos tóxicos, la erosión del suelo, etc. […] dañan la naturaleza y la rentabilidad.
Los tratamientos con pesticidas destruyen los beneficios así como la naturaleza.
El capital urbano daña sus propias
condiciones de rentabilidad, en principio ventajosas, por ejemplo: los costos de la congestión de
tráfico, el au- mento de las rentas, etc. El estado decrépito de la
infraestructura en este país [Estados Unidos] puede ser mencionado como un
ejemplo. Existe también una rutina similar sobre la cual corre el capital en los ámbitos de la
educación, del bienestar, de la tecnología, del cuidado de la salud, etc.
(O’Connor, 1988).
O’Connor
describe la degradación de las condiciones generales de pro- ducción como una
“crisis de subproducción”. Y agrega: “podemos sin riesgo alguno introducir
‘escasez’ en la teoría de crisis económicas de manera
marxista y no neo-malthusiana. Podemos
introducir también la posibilidad de una
subproducción de capital una vez
que sumemos los costos crecientes de la
reproducción de las condiciones” (O’Connor,
1988: 26; para
una crítica ver Altvater, 1993).
Finalmente, entonces, po- demos establecer una crisis de sobreproducción o sobreacumulación en
términos del “marxismo clásico”, y una crisis de subproducción de acuerdo
con el “marxismo ecológico”,
respectivamente.
Esta
distinción, sin embargo, no es completamente convincente. La categoría de
subproducción está basada en el supuesto de una repro- ducibilidad de las
condiciones naturales de producción, y significa nada más ni nada menos que la degradación ecológica y el costo (social)
que derivan de la restauración del medio ambiente construido:
Los ejemplos incluyen
los costos de la salud requeridos por el trabajo capitalista y las relaciones familiares; los costos de
medicamentos y los tratamientos
por rehabilitación en adicciones; de las
grandes sumas gastadas como resultado del deterioro del
medio ambiente social (la cuenta de la policía y los divorcios); de los
enormes ingre- sos invertidos en evitar mayor destrucción ambiental y en
limpiar o reparar la destrucción ecológica pasada; del dinero requerido para inventar, desarrollar y
producir sustitutos sintéticos como medios y objetos de producción y consumo;
las enormes sumas requeridas para pagar a las compañías de petróleo y energía
[…] los gastos por recolocación de
basura; los costos extra
derivados de la conges- tión
del espacio urbano; los costos que
caen sobre los gobiernos, los
campesinos y trabajadores del Tercer Mundo como resultado de una crisis gemela
de la ecología y el desarrollo. Y así sucesivamente (O’Connor, 1988: 26).
Muchos de
estos ejemplos son mencionados y
analizados por K. William Kapp en su famoso libro sobre “los costos sociales
del emprendimiento privado” (Kapp, 1958).
De este modo, los hechos no son nuevos, pero el discurso sobre los
hechos sí lo es. Sin embargo, es
bastante dudoso si la categoría de subproducción de las condiciones generales
de produc- ción tiene sentido, y si es
más poderosa analíticamente hablando que
las categorías desarrolladas por
Marx para un análisis de los procesos de acumulación y expansión capitalista. En el Tomo I de
El Capital, Marx describe el proceso de producción como un
proceso de reproduc- ción de las
relaciones sociales entre el trabajo y el capital. Dado que sabemos que estas relaciones también incluyen la relación
social con la naturaleza, el análisis del proceso de reproducción puede
extenderse para comprender la dinámica de la naturaleza hecha por el hombre, la naturaleza humanizada, las condiciones generales de producción y el medio ambiente construido. A
diferencia de la reproducción del traba- jo, incluyendo las relaciones de
género en los hogares, la reproducción de la naturaleza obedece a leyes naturales cuasi-eternas que sólo
pue- den ser utilizadas por el hombre y, por lo tanto, deben ser respetadas. Respecto de las leyes
naturales, el supuesto de una subproducción no es muy convincente, dado
que requiere la posibilidad de reproducción y circularidad de los procesos,
cuando en la naturaleza todos los procesos se caracterizan por su
irreversibilidad. Esto contrasta con
el carácter autopoiético –y por
ende autorreferencial– del
capital, que no puede respetar los límites de la naturaleza.
El modo de producción capitalista consecuentemente es perjudicial para la
naturaleza y, por lo tanto, para el
hombre. Las repercusiones sobre el
capital mismo, uno de los prin- cipales
argumentos de James O’Connor, son sin
lugar a duda un punto crucial
(Martinez-Alier, 1987: XIX).
VALORIZACIÓN
El proceso de
acumulación capitalista tiene lugar en
las coordenadas de tiempo y
espacio. En lo que respecta al tiempo, su lógica es la acele- ración. El aumento de la
productividad para la producción de plusvalía relativa no es otra cosa que la aceleración de la producción y
circulación en todos los procesos para poder producir más productos en la misma unidad de tiempo. Al
acelerar todos los procesos, es posible extender el alcance de la
producción y reproducción capitalista en
el espacio. De este modo, la expansión espacial del capital pertenece a
la dinámica de la acumulación capitalista. La expansión sólo es posible si se eliminan los límites y
fronteras, ya sea que tengan origen en
condiciones natura- les o que hayan
sido establecidos por las instituciones
políticas. Por eso Marx escribe en los Grundrisse sobre el mercado mundial como
incluido en la categoría de “capital” desde el principio (Marx,
1974: 311). Hoy podemos interpretar esta tendencia
mencionada por Marx como la glo- balización moderna. La globalización se
ha convertido en una realidad porque
es la
emanación real de las potencialidades inmanentes de la acumulación capitalista. La globalización
es el proceso de valorización interminable de todas aquellas partes de la
naturaleza que antes estaban afuera de la lógica de valorización del sistema capitalista. La
tendencia expansionista en el espacio y
el tiempo es un tema importante en los Grundrisse (Marx, 1974: 415-435). Ha
sido descripta por teorías clásicas del
imperialismo que abarcan de Luxemburgo a Lenin, pasando por Bu- jarin y
Kautsky. Pero la valorización no puede ser solamente entendida como un proceso de conquista territorial. Los
espacios a descubrir, in- cursionar, conquistar e integrar en el sistema
capitalista de producción de valor incluyen también los cascos polares, el
suelo del fondo de los océanos, las
zonas de jungla más remotas de las
selvas tropicales, el es- pacio exterior
y, más importante aun, los nanoespacios
de los genes de las plantas, los animales y los seres humanos. El capitalismo
es un sis- tema expansionista en el
que todo es interpretado como materia
prima para el proceso de producción de valor y plusvalía. Si no es útil, y en
la medida en que no pueda satisfacer esta necesidad, la materia prima será
considerada inútil, sin valor y, por lo
tanto, un objeto inadecuado para la
valorización capitalista. Al separar los recursos que poseen valor de aquellos que son
inútiles, la integridad de la naturaleza será inevitable- mente desintegrada;
proceso que anticipa su destrucción.
La valorización es en
principio un proceso infinito,
que nunca termina, excepto que el
capitalismo alcance una barrera insuperable. El aspecto más destructivo de la valorización es la
selección entre recursos valorables y no
valorables. Por ejemplo, en la selva
amazónica puede verse que la valorización de la madera de la selva como ecosistema es destructiva. Al final no hay más
madera, porque se impide la reproduc- ción de
la selva. Este
es obviamente un caso
de subproducción en el sentido de
James O’Connor. La consecuencia
es que la selva, una vez destruida debido a la sobreexplotación
de madera, no puede reprodu- cirse en un tiempo semejante al que le toma a los
seres humanos explo- tar y destruir el ecosistema. Al menos esto es lo que sucede en las selvas tropicales,
donde la recreación de un ecosistema degradado está llevan- do
más tiempo que su
destrucción. La explotación es frecuentemente una cuestión de días, mientras que
la recreación es una cuestión de dé- cadas o siglos. La desigualdad del régimen de tiempos en una
sociedad dada es una de las principales razones de la destrucción ecológica, de
la “subproducción”, en el sentido de O’Connor.
ENTROPÍA
Efectivamente,
la irreversibilidad es una categoría decisiva para com- prender el desarrollo
de la naturaleza. Dado que el
capital obedece a una lógica de
circularidad, lo natural y el régimen del tiempo capitalista no son
compatibles. El capital debe apropiarse
de la plusvalía e invertir- la nuevamente en el proceso de producción que al
final resultará nuevamente en la apropiación de una plusvalía mayor. La
compulsión hacia la plusvalía es inevitable si los procesos de producción
fueron financia- dos con créditos e
intereses que deben ser pagados. Los
indicadores de performance del capital
señalan muy claramente la circularidad y la reversibilidad del flujo del
capital dentro de la relación entre resultados y gasto. La ganancia, la
eficiencia marginal del capital, el
retorno del capital, la rentabilidad y otros indicadores demuestran claramente
que la racionalidad está basada en una
comparación entre medios, es decir, inversión, y objetivos, o sea, ganancia o plusvalía.
Por el contrario, tanto los procesos naturales de
transformación de materia y energía como el proceso natural de crecimiento de
seres vivientes tales como las plantas y
los animales se caracterizan por no re- sultar reversibles. Esto se deduce,
últimamente, de la ley de entropía. Al final del proceso hay algo
cualitativamente nuevo (en la racionalidad de la reversibilidad, la calidad se
mantiene igual mientras que la cantidad de la misma calidad cambia).
Este producto cualitativamente nuevo no
puede ser reproducido con la misma energía o materia; por lo tanto, los
stocks de energía y materia
son usados hasta su agotamiento, sal- vo que el sistema sea abierto y nueva energía y materia sean
provistas para transformarse en valores de uso. Pero, nuevamente aquí, el
proble- ma es que cada proceso de producción es producción
encadenada. De acuerdo con Herman Daly, no sólo existe el proceso directo de entradas y salidas
sino también la producción de productos intermedios (Daly,
1991). Es ley natural que es imposible transformar el 100% de la entra-
da de energía y materia en productos diseñados para la satisfacción de las
necesidades humanas. Por lo tanto,
“disfrutamos de nuestras vidas” (Georgescu-Roegen, 1971) incrementando la entropía de todo el siste-
ma. Marx
era totalmente consciente de esta
tendencia de doble faz. Por un
lado, está la transformación antropocéntrica de materia y energía de la
naturaleza viviente y no viviente
en esas
cosas, las mercancías, que son
capaces de satisfacer nuestras
necesidades sociales e indivi- duales. Por
otro lado, está la
consecuencia amarga del deterioro
y la degradación de la naturaleza,
precisamente porque la satisfacción de necesidades está garantizada o porque las necesidades de la valoriza- ción capitalista son satisfechas.
Nicholas
Georgescu-Roegen introdujo el concepto de “revolución prometeica” en su
razonamiento para demostrar que
el aumento de la entropía depende terminantemente del régimen de
energía. Tanto la revolución industrial como la revolución neolítica cambiaron
el régimen de energía; la primera, desarrollando dispositivos que capturan la
energía solar y la transforman en
energía útil para el hombre (principalmente, comestibles). La segunda,
sustituyendo la energía de los fósiles al trans- formarlos en energía útil por
medio de una serie de infraestructuras in- dustriales para lograr la
transformación de energía solar, principalmente, en el sistema agrícola. No
sorprende que Eric Hobsbawm en La era de los extremos (1994) detecte sólo una revolución en el curso del
siglo XX: esa primera vez en la historia
de la humanidad en que, a comienzos de
los años cincuenta, el número de personas que viven en el campo y traba-
jan como granjeros es menor que el número de personas que dependen de la industria urbana. La
transición de una relación social agrícola con la naturaleza a una relación
industrial presenta un cambio radical,
una revolución que sólo tiene una perspectiva corta de vida.
La revolución
neolítica ha utilizado el eterno
flujo de la energía solar y, por lo tanto, el modo de producción agrícola no conoce lími- tes energéticos, aunque hay límites relativos a la fertilidad del suelo,
el uso de ciertas técnicas agrícolas, etc. La
revolución fósil e industrial,
sin embargo, está basada en
el consumo del stock limitado de
fósiles energéticos. Primero, estos
se agotarán en unas pocas décadas y, segun- do, su combustión está produciendo tal cantidad de emisiones dañinas
para el clima que las condiciones de vida
en la tierra cambiarán con
consecuencias que nadie puede predecir,
excepto por el hecho innega- ble de
que son
perjudiciales para la vida en la tierra. En términos de la economía
termodinámica, la transición a sistemas
capitalistas indus- triales basados en
combustibles fósiles significa que
el planeta Tierra, en primer lugar, es “globalizado” y, en segundo
lugar, es tratado como un sistema cerrado porque la energía solar almacenada a
lo largo de mi- llones de años en pozos de petróleo y minas de carbón es
sustituida por la radiación solar del presente. La Tierra es un planeta
limitado y, por lo tanto, un sistema de energía sustentable sólo si se basa en
la apertura de su sistema de energía a la radiación solar
(Geourgescu-Roegen, 1971; Daly, 1991; Altvater, 1995). La combustión incrementa inevitablemente la
entropía global y, al tratar de evitar este resultado desagradable, nue- vas
partes del planeta (que hace cientos de
años todavía eran partes vír- genes del
planeta) han sido incluidas en las
estructuras de valorización capitalistas. Esta es la razón ecológica por la cual
hoy la Tierra está glo- balizada
y nosotros debemos lidiar con problemas
globales del medio ambiente, y no
principalmente con problemas locales o
regionales.
CONCLUSIÓN
El concepto marxista de relación naturaleza-hombre es mucho más apropiado que otros conceptos para comprender las contradicciones y la dinámica de la relación social entre ser humano y naturaleza, es decir, de la relación
entre la economía, la sociedad y el medio ambiente. La principal razón consiste
en que dicho concepto permite concebir
al ser humano trabajador como alguien
que transforma la naturaleza y, por lo tanto, está incluido en
un metabolismo de naturaleza-hombre que, por
un lado, obedece a leyes de la naturaleza cuasi-eternas y, por el
otro, está regulado por la dinámica de
la formación social capitalista. La “formación” representa el conjunto de
formas sociales, comenzando por la forma
mercancía, la forma dinero, la forma política, incluso la forma del crédito
moderno. La acumulación capitalista también obede- ce a la lógica de “desencaje” que Karl Polanyi describe tan convincente- mente en La gran transformación
(Polanyi, 1978; ver también Altvater y Mahnkopf, 2002). Esto ha sido
demostrado en este artículo cuando nos hemos referido al dinero metálico y simbólico, es decir, dinero “con- creto”, basado en un
material natural, y dinero “abstracto”, aquel que sólo representa una
forma social. El proceso de desencaje, sin embargo, exhibe también el aspecto
extremadamente importante de transforma- ción
del sistema de energía, desde energías bióticas hasta el
régimen de energías fósiles. Las sociedades capitalistas buscan volverse inde-
pendientes del flujo de energía solar
porque pueden utilizar los stocks de
energía fósil. Para la relación social capitalista con la
naturaleza, esta transición
ofrece muchas ventajas. El sistema contemporáneo de energía es independiente a
nivel espacial y temporal porque la
energía fósil es transportable y puede ser concentrada y almacenada donde sea
necesario. Por eso, esta
energía es “homóloga” a un
sistema capitalista dinámico. Esta es la razón por la cual
es tan difícil reducir el consumo de energía fósil en las
sociedades capitalistas modernas, y por
la cual la “eco-regulación”
(Burkett, 1996) o una economía
“sustentable” son tan difíciles de
lograr. Bajo la presión de ser competitivo localmente en el espacio global,
una reducción del consumo de energía fósil
no sucede- rá voluntariamente,
sino sólo como resultado de una acción colectiva.
Tal como las discusiones sobre el protocolo de Kyoto
lo demuestran claramente, una
acción colectiva con una superpotencia
poderosa, con free-riders y con estados
débiles, es de difícil ocurrencia.
Como los recursos fósiles seguramente se agotarán
en un par de décadas, las guerras sobre la distribución de recursos escasos ya han comenzado. La guerra de
EE.UU. contra Irak puede ser interpretada como una ouverture del
advenimiento de los conflictos sobre el recurso del petróleo en el mundo.
En este
punto del razonamiento queda claro que la cuestión ecológica relacionada
a la capacidad de transporte a es- cala
mundial incluye un asunto
adicional no menos importante: cómo distribuir de un modo justo los recursos escasos de una manera
pacífi- ca, y cómo organizar la transición a un régimen sustentable de energía.
La teoría marxista puede servir de ayuda para comprender la dinámica de las
relaciones sociales con la naturaleza en
el capitalismo moderno. Pero la cuestión
también marca la transición de consideraciones teoré- ticas a prácticas
políticas.
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La globalidad de la tierra
y la estrategia de la globalización
* Doctor en Economía por la Universidad Libre
de Berlín. Filósofo y teólogo de la liberación. Profesor de Economía en el
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DEL REY PIRRO,
rey de la antigüedad griega, se cuenta que después de una gran batalla y su
victoria en ella, exclamó: “Otra
victoria así, y estoy perdido”. Sabía que no debía obtener una segunda
victoria de este tipo, porque ello significaría su fin.
Vivimos
en un
sistema que en 1989
ha obtenido una victoria como la
de Pirro. Sin embargo, el sistema se está empeñando en
una segunda victoria total. Se trata ahora de vencer toda resistencia
huma- na que enfrente al sistema. Si lo logra, esta será
la segunda victoria de Pirro y, por
ende, el final. Pero no solamente el final del sistema, sino el final
de la humanidad también. Mientras tanto, el mundo sufre el vérti- go de
la segunda victoria de Pirro.
EL
CONTEXTO DE LA GLOBALIZACIÓN
La palabra
globalización se ha convertido en una palabra de moda. Pero esa no es
ninguna razón para deshacernos de ella. Estamos actuando en un nuevo contexto de globalización que se ha impuesto en el último medio siglo. La palabra globalización nos informa que
el mundo es un globo, y que lo es
cada vez más. Desde hace mucho tiempo se
sabe que el mundo es redondo. Copérnico lo sabía, y Cristóbal Colón sacó
de la tesis astronómica
copernicana conclusiones que
transformaron esta tierra. El mundo se globalizó y se hizo más
redondo de lo que ya era para Copérnico. Toda la historia posterior puede ser escrita como una historia de globalizaciones
subsiguientes, que hicieron más redonda la tierra en la medida en
que revelaron cada vez nuevas
dimensiones de esta redondez.
Cuando
Alejando el Grande construyó su imperio, se decía de él que con la
incorporación de cada nuevo país apenas
conquistaba una nueva frontera. El proceso de conquista era un
proceso que aspiraba a una
infinitud imposible de alcanzar. La tierra parecía infinita y no exis- tía
posibilidad alguna de conquistarla por
entero.
No obstante,
cuando la tierra resulta ser redonda, su conquista se torna posible. Así, la
propia tierra se transformó en un objeto
por con- quistar. Ya el rey de España se
jactaba de su imperio, en el cual no se po- nía
nunca el sol. Y el colonialismo ya se refería a la tierra entera como
objetivo del colonizador. Los siglos
XVIII y XIX fueron siglos de
rivali- dades motivadas por la
colonización del mundo de parte de la Europa colonizadora. Su mapamundi tenía manchas blancas que la conquista eliminaría. A finales del
siglo XIX, todo el mundo estaba
colonizado y repartido entre un puñado
de países colonizadores, los cuales eran pe- queños en comparación con la extensión del mundo conquistado.
No se conquistaba ya con cada nuevo país una nueva frontera, porque no había nuevos países. La tierra estaba
repartida. Sin embar- go había varios
colonizadores. Ellos tenían ahora
que enfrentarse unos con otros para poder conquistar nuevos países.
Empezaba la lucha por la repartición del botín. Así surgió la lucha por el
poder mundial. Si uno eliminaba a todos los otros, podía aspirar a ser el dueño total y global. Este hecho les
dio a las guerras que
siguieron el carácter de guerras
mundiales, que se emprendían por el dominio del mundo entero por parte de un solo poder. La
tierra como objeto de la conquista era
ahora disputada entre los conquistadores.
Insisto,
esta conquista tuvo como conditio sine qua
non el des- cubrimiento de la redondez de la tierra. Este hecho que
aparenta ser considerado un mero
dato astronómico trascendió, sin
embargo, am- pliamente en sus consecuencias la delimitación de esta disciplina.
La
globalización era más bien
una palabra marginal. No obstan- te,
en nuestro tiempo, designa una
nueva etapa de esta redondez de la tierra que se distingue de una manera completamente
nueva de las anteriores. Esta vez de una manera compulsiva, estamos tomando una
vez más conciencia del hecho de que la tierra es un globo.
Hemos
experimentado nuevamente que la tierra
es redonda en 1945 con la explosión de
la primera bomba atómica. Esta resultó ser la primera arma global, porque su
uso futuro comprometía la existencia de
la propia vida humana en la tierra. El
acceso de varios poderes a la bomba atómica no dejaba duda de que la tierra se había transformado con relación
a la humanidad. Si no cambiaba su modo de actuar, la hu- manidad no podría
seguir viviendo en la tierra. El globo
estaba por re- ventar. Esta
tierra ya no podía ser tratada simplemente como un objeto a ser conquistado
como si el hecho de la conquista no la afectara direc- tamente. Si se persistía
en la misma actitud, la tierra iba a ser destruida. El ansia por conquistarla desembocó en el peligro de
destruirla.
En ese momento comenzó a desarrollarse una nueva
conciencia de la globalidad de la vida
humana y de la existencia misma del plane- ta, que se
había globalizado de una manera inédita.
Si la humanidad quería seguir viviendo, tenía que asumir una responsabilidad
con la que hasta ese momento sólo se había soñado. Era la responsabilidad por la tierra. Esta responsabilidad apareció
entonces como obligación ética, pero al mismo tiempo como condición de
posibilidad de la vida futura. La exigencia ética y la condición de posibilidad
de la vida convergieron en una única exigencia. Lo útil y lo ético
se imbricaron superando una tradición positivista que por
mucho tiempo había insistido en separar ambos términos.
Sin embargo, en
cierto sentido, la bomba atómica
parecía to- davía algo externo a la
acción humana cotidiana. Se
pensaba que si se conseguía evitar su aplicación por medios que
correspondían a la política de los estados, se podría seguir viviendo
como siempre. Pero la nueva
globalización tocó de nuevo a la puerta.
Esta vez, con el Informe del Club de Roma (1991) sobre los límites del crecimiento, que expresó de una manera nueva la redondez de la
tierra, su carácter de globo. Otra vez la tierra se hacía más redonda. Sólo que la amenaza provenía ahora
de la
acción humana cotidiana, no
de ningún instrumento específico
que se pudiera controlar por medios aparentemente externos. La acción de las
empresas y los estados así como los actos individuales, en defini- tiva, toda la acción humana, estaban involucrados
desde el más simple quehacer cotidiano.
No se trataba de un
hecho excepcional. Aparecía de nuevo la responsabilidad humana por el globo, aunque esta vez con mucha más intensidad. La humanidad tenía que dar
respuesta a los efectos
cotidianos de su propia acción diaria. La canalización de la ac- ción humana por
el cálculo de utilidad (interés propio) y la maximiza- ción de las ganancias en los mercados estaban
ahora en cuestión. Esta crítica se convirtió entonces en condición de
posibilidad de la propia
vida humana, y también en exigencia
ética. De nuevo, lo útil y lo ético se
unieron en una única experiencia.
Siguieron
nuevas constataciones de la
redondez de la tierra, como por ejemplo haber experimentado
que existen límites concretos para el
crecimiento posible de la población. En
los años ochenta, por su parte, la aparición de la biotecnología produjo
un gran impacto. La vida misma había sido transformada en objeto de
una nueva acción humana, una vez más
de presencia cotidiana. Reaparecía la amenaza del globo, y volvía a aparecer la exigencia de la responsabilidad
por el globo, sólo que esta vez dicha exigencia surgía directamente
a partir del método de las ciencias empíricas. Al desarrollar el conocimiento
de elementos básicos de la vida, el
método tradicional de la ciencia empí- rica –que implica el tratamiento de su objeto mediante su parcializa- ción– hizo
aparecer una amenaza para el globo
que una vez más remite a la raíz
de la modernidad. Ya no es posible hacer una distinción nítida entre el
desarrollo de conocimientos y su aplicación. En
la ciencia de la vida, y por
tanto en la biotecnología, el desarrollo
del conocimien- to ya es su aplicación. No puede desarrollarse el conocimiento sobre los clones humanos sin desarrollar al mismo tiempo la capacidad de
crearlos. Lo que ahora estaba siendo cuestionado no era tanto la maxi- mización
de la ganancia en los mercados sino la
propia percepción de la cientificidad.
Nuevamente
aparece la necesidad de la responsabilidad humana frente a la tierra redonda.
Pero esta vez se trata de una responsabilidad frente a
los efectos del propio método científico.
LA BRUTALIZACIÓN DE LAS
RELACIONES HUMANAS
Todo lo anterior ha desembocado en una crisis general de la
conviven- cia humana. El desmoronamiento
de las relaciones humanas que está en
curso afecta la propia posibilidad de la convivencia. Cuanto mayor es la
exclusión de sectores de la población humana, es inevitable la ge- neralización
e internalización del comportamiento inhumano de los in- cluidos respecto de
los marginados. No aparece una polarización entre incluidos, quienes mantienen
la capacidad de convivencia, y excluidos, quienes la pierden, sino que la
pérdida se transforma en pérdida gene- ral.
El polo de
los incluidos disuelve su capacidad de
convivencia en un grado quizás
mayor que el polo de los excluidos. Se trata de la últi-
ma amenaza global, que puede resultar a la postre la peor, porque
sus efectos incapacitan al punto de inhabilitar la posibilidad de enfrentar las
siguientes amenazas. Aparece, por
consiguiente, la responsabilidad frente a la propia capacidad de
convivencia humana.
Esta
responsabilidad tiene algo de
compulsivo, pese a que no se produce de forma automática. Vivimos en
tiempos de rechazo de esta responsabilidad. No obstante, se trata de una
responsabilidad frente a la cual no
existe neutralidad. Cuando un amigo que
va de viaje nos entre- ga un
objeto valioso para guardarlo, podemos rechazar esta responsabi- lidad
aduciendo razones. El amigo, entonces, tiene que buscarse a otro que se lo guarde. Nuestra actitud en este caso
no es irresponsable, sino que más
bien
puede ser una expresión de
responsabilidad. La respon- sabilidad por
las condiciones de posibilidad,
en cambio, no es de este tipo. Somos responsables aunque no lo queramos. Si rechazamos esta
responsabilidad, no nos la quitamos de
encima. Somos entonces irres- ponsables. Podemos escoger entre responsabilidad
e irresponsabilidad, pero no podemos salirnos de la disyuntiva. O nos hacemos
responsables del globo globalizado, o
estamos involucrados en su destrucción.
LA IRRESPONSABILIDAD GLOBALIZADA
Evidentemente
nuestra vida se ha
globalizado de una manera nueva,
como nunca antes había ocurrido en la
historia humana. La humani- dad ya no
puede vivir sin aceptar esta
responsabilidad por el globo. Esto se refleja en la vida
de cada uno, en cuanto cada individuo sabe que vive en una cadena de generaciones. Para
que nosotros o nuestros hijos e hijas puedan vivir, hay que
aceptar esta responsabilidad.
Esta- mos globalizados, lo queramos o
no.
La misma
autorrealización como sujetos nos
compromete aho- ra con la
responsabilidad por el globo, es
decir, se trata de una res- ponsabilidad global. La otra cara de la autorrealización resulta ser la afirmación del otro, e, incluida en ella,
también la de la naturaleza. No podemos asegurar nuestra vida destruyendo la vida del otro. Tenemos que afirmar también la vida
del otro. Esto nos permite resumir esta
glo- balización en pocas palabras: el asesinato es un suicidio. El asesinato, ahora empíricamente,
deja de ser una salida.
Sin embargo, no
es forzoso aceptar esta situación. El
suicidio es posible. Se esconde detrás del argumento de la opción
cínica: “¿Por qué voy a renunciar?
En el tiempo de vida que
probablemente todavía tengo, puedo seguir”. Sólo que si
me entiendo como una parte de la humanidad o como sujeto en una cadena de
generaciones, no tengo esta salida del
cínico. Tengo entonces que asumir
la responsabilidad. Lo ético y lo útil se unen y entran en contradicción con el cálculo de la utilidad y del interés
propio.
El proceso de
globalización del mundo, como lo hemos descrip- to hasta ahora, es un proceso del mundo real cuyo resultado es la ex- periencia de una amenaza
global que solicita una responsabilidad glo- bal. Si bien esta globalización es creada por la propia
acción humana, está presente en la
realidad tal como esta se enfrenta al ser humano, esto es, como condición de la
posibilidad de vivir. El ser humano está involucrado en esta realidad porque su vida
depende de ella. Si esta realidad se hunde, también el ser
humano se hunde. El ser humano vive en una
autopoiesis con la realidad externa, como la denomina Humberto Maturana.
EL SOMETIMIENTO DE LAS
CIENCIAS AL CÁLCULO MEDIO-FIN
Junto a la
conquista política de la tierra había aparecido otra conquis- ta, referida, esta vez,
a cada uno de los componentes de
la tierra por conquistar. La acción mercantil, por un
lado, y el método de las cien- cias
empíricas, por el otro,
incluyeron todos los hechos y procesos par- ciales para someterlos también a la conquista
humana. Por ello, am- bos
asumen un concepto de eficiencia
que consiste precisamente en la
abstracción de esta globalización de la vida
real, es decir, abstracción de
las condiciones de posibilidad de la
vida humana. El mercado y el laboratorio
hacen abstracción de la globalidad de la vida humana para llevar a cabo su acción. Hacen abstracción de la
redondez de la tierra, del hecho de que
nuestro planeta es un globo. Su imagen de la tierra es la de una
planicie infinita en la cual se destruye
una parte para pasar a otra, sin tener que enfrentar nunca un problema global.
Es una imagen pre-ptolemaica. Sólo por
eso puede desarrollar una acción –sea científi- ca, sea mercantil– que
juzga al mundo bajo el único aspecto de
su racio- nalidad medio-fin, entendiendo los medios y los fines como elementos parcializados de una acción
por calcular. Se abstraen del hecho de
que la realidad es condición de
posibilidad de la vida
humana. Luego, el sujeto de este
método científico es un observador
–res cogitans frente a res extensa– y el sujeto de la acción mercantil es un actor reducido al cálculo de las utilidades a
partir de fines específicos. En estas
teorías de la acción no cabe una
finalidad como la condición de la posibilidad de la vida humana. Estas se
refieren a la producción de productos según la racionalidad medio-fin, sin hablar ni de la reproducción del productor
que produce estos productos, de la naturaleza, de la cual se extraen las materias primas para su
producción.
De ahí que en
nuestro lenguaje actual únicamente se hable de la globalización de los mercados
y de la eficiencia, entendiendo a esta últi- ma estrictamente como una acción
medio-fin. Se trata de una extensión global de la abstracción de la amenaza
global existente. El método cien- tífico
usual se encuadra a la perfección en
esta globalización. No pro-
porciona sino conocimientos
aprovechables en el ámbito comercial. En efecto, no puede proporcionar otros conocimientos, porque
su propio método no le permite siquiera conocerlos. La regla
consiste en hacer abstracción de
la globalización del mundo real y, en consecuencia, de la realidad como
condición de posibilidad de la vida humana; y, por tanto, el conocimiento del
mundo globalizado real se le escapa. La
teoría de la acción más conocida aún
hoy es la de Max Weber, la cual considera a tales conocimientos como “juicios de valor”, juicios que
–sostiene– la ciencia no puede ni debe
efectuar. Cuando Weber habla de la ética de la responsabilidad postula
la responsabilidad del científico y del hombre económico de no dejarse
llevar por consideraciones del tipo de las que realizamos acerca de la
globalización del mundo real. Por tanto, lo que Weber llama ética de la responsabilidad es, de
hecho, una ética de la
irresponsabilidad más absoluta.
Ahora bien, si tanto el mercado como el laboratorio
viven de la abstracción de la
globalización del mundo real en
cuanto mundo glo- balmente amenazado, ¿por qué se habla tanto de la globalización de los
mercados?
EL ABUSO
DE LA “GLOBALIZACIÓN REAL” EN NOMBRE DEL
MERCADO
Hay otro
aspecto de la globalización del cual hasta ahora no he hablado, y que es destacado de modo unilateral por la tesis
de la globalización de los mercados. Se trata de la globalización de los
mensajes, los cál- culos, los transportes, y de la consiguiente disponibilidad
del globo. En este sentido, se habla de
la “aldea planetaria”. Los mensajes y cálculos se han hecho prácticamente
instantáneos, y desde cualquier lugar del globo
puede alcanzarse cualquier otro lugar en menos de un día en tér- minos
del tiempo de transporte. El globo ha
sido puesto a disposición.
Ello ha
dado la posibilidad de constituir
mercados globales, sobre todo,
los mercados financieros. Pero también es
posible ahora constituir redes de
división social del trabajo
planificadas por empre- sas
multinacionales que accionan
globalmente. El aprovechamiento de esta
globalización de los mensajes ha llevado a una política económica
denominada política de globalización. En América Latina se trata de lo que
muchas veces se llama la política neoliberal de los ajustes estructu- rales.
Estos son la condición impuesta al mundo
para el funcionamien- to de esta
economía global1.
Sin embargo,
si partimos de nuestro análisis anterior del proceso de globalización
real, podemos volver a insistir en que este
proceso de globalización de los mercados se basa en la abstracción de la
globaliza- ción real. Hace caso
omiso de ella, y tiene que hacerlo. La globalización de los mercados
arrasa con el mundo globalmente. De
hecho, se trata más bien de una totalización de los mercados. Un mundo
globalizado es sometido de forma global
a una acción mercantil de cálculo lineal
medio-fin, que hoy se
transforma quizás en el mayor
peligro para la sobrevivencia humana.
El propio
hecho de la posibilidad de los
mensajes instantáneos no obliga a este tipo de totalización de los mercados, aunque ella
sea la condición sin la cual dicha totalización no sería posible. Son determi- nados poderes los que imponen esta
política, que de ninguna manera
está predeterminada por las tecnologías de la comunicación.
1 Ver el análisis de Dierckxsens (1997).
HACIENDO
TODO LO QUE DA GANANCIAS: EL MITO DE
LA EFICIENCIA
Tanto el
método científico como la acción mercantil guiada por el cri- terio de medios y fines, no pueden realizarse sino haciendo abstracción de la globalización a
nivel de la realidad. Por consiguiente, hacen abs- tracción de los
riesgos para las condiciones
de posibilidad de la
vida humana que surgen a partir
de esta globalización. Aunque se hable
de la globalización de los mercados, se trata de una abstracción global de la
globalización a nivel de la realidad.
Pero al
realizar tal abstracción, los efectos y los riesgos que surgen de la
globalización a nivel de la realidad son invisibilizados. La abstrac- ción no los hace desaparecer; en la realidad,
tales riesgos se mantienen. No obstante, parecen carecer de importancia y pueden ser borrados con
facilidad en nombre de promesas vacías de progreso técnico. En consecuencia, no hay una
razón visible para no seguir con el
desarrollo técnico, y tampoco para poner en duda su aplicación comercial. La
ac- ción medio-fin del mercado y el
método científico usual se conjuran. Se produce la conjura del mercado y el
laboratorio. Incluso aparecen aho- ra
los mitos del progreso técnico bajo
nuevas formas, como es el caso del
mito de un progreso que
sería lo suficientemente vigoroso
como para superar, con creces, las
destrucciones que él mismo produce.
Se evidencia
el principio que rige este
modo de acción: lo que es eficaz,
por eso es necesario y bueno. Lo que se
puede hacer, debe hacer- se. Además,
para saber qué es lo que se puede hacer, hay que hacerlo. Al no reflexionar más allá de la acción medio-fin, apenas aparecen
límites aceptables para la acción. La mística del progreso borra todos los
lími- tes. El progreso se transforma en el portador de la eficacia.
Sin embargo, los límites aparecen. Pero desde el punto de vista de la eficacia
aparecen más bien como distorsiones para la acción ra- cional,
reducida a la acción medio-fin. Por ende, desde esta lógica, tales distorsiones son percibidas como simples “interruptores” de la
fluidez del mercado, y la teoría de las expectativas racionales las enfoca de
esta manera (Lucas Jr. y Sargent, 1981).
SOLAMENTE LA RESISTENCIA TRAZA LOS
LÍMITES
En efecto, los
límites no aparecen en la lógica de esta
acción racional re- ducida, sino
exclusivamente a partir de la resistencia de seres humanos y movimientos sociales que se oponen
al proceso destructivo resultante del cálculo medio-fin. La acción medio-fin
no los descubre por sí mis- ma.
Por ello, parecen ser
el resultado de irracionalidades de los otros, los que no se someten a
la acción racional. Parecen ser el resultado de la mala voluntad, la envidia,
el “populismo”. Y por ello, también,
aparece como ideal de la lógica del
mercado global la utopía de una situación en la cual se lograría desregular o eliminar tales “interruptores” en su totalidad, porque
en apariencia estos obstaculizan el funcionamiento del libre
mercado. El mercado total parece ser
el punto máximo en el desarrollo
de la racionalidad económica.
Aunque la propia acción medio-fin no descubre los
límites, de hecho se le oponen
límites a partir de la
resistencia de las personas afectadas. Por lo tanto, esta acción desarrolla un criterio según el cual hay que
extender los límites lo máximo posible. Toda acción tiene que ser llevada al límite de lo
posible para que todo lo posible sea realizado. Todo ámbito humano es sometido a este pensamiento de la eficacia y del
aprovechamiento del conocimiento hasta el límite.
La unión del
mercado y el laboratorio se transforma en una fuer- za totalizadora que llega a
dominar globalmente. Sus directrices apare- cen en todos los planos.
EL
LÍMITE DE LO TOLERABLE
El general
francés Massis decía durante la guerra de Argelia: la tortura es eficaz; por consiguiente, es necesaria. De lo
eficaz se pasa a la afirma- ción de la
necesidad. Sin embargo, la eficacia
implica pasar el límite. La tortura
solamente es eficaz si lleva
al torturado hasta el límite de
lo aguantable. Es como cuando hacemos la
prueba de un material: lo llevamos hasta
un límite que marca el punto en el cual este
se quiebra (Materialzerreißprobe). El problema, sin embargo, es que este
límite no se puede conocer ex
ante. Cuando el material se quiebra se
sabe que se ha pasado el límite; o sea, ex post
conocemos su límite. El caso del
torturador es diferente. Muchas veces
supera el límite; en ese caso, el torturado ya ha muerto. La eficacia,
sin embargo, necesita este concep- to de límite; precisa llevar la prueba hasta este extremo.
Desde el comienzo de la
ciencia empírica moderna, la
imagen del torturador está
presente. Hace más de 300 años,
Bacon anunció las ciencias de la naturaleza con esta imagen: hay que torturar a la natura- leza para que
suelte sus secretos. Anunció las
ciencias naturales como vivisección continua. Podría haber dicho lo mismo que el general Mas- sis: la tortura es
eficaz; por consiguiente, es necesaria.
De este modo,
Bacon contestó al Gran Inquisidor español Tor- quemada, quien a finales del
siglo XV se hacía la siguiente pregunta:
¿Es lícito no
torturar a un hereje? Su pregunta era negativa. No pre- guntaba si era
lícito torturar al hereje, sino si era
lícito no torturarlo. Él mismo daba la respuesta: no es lícito no torturarlo,
porque de esta manera se le robaría la última oportunidad para salvar su alma eter- na. El
hereje tenía el derecho irrenunciable de
ser torturado. Bacon únicamente secularizó esta posición poniendo en el
lugar del alma eterna del hereje el progreso técnico infinito. De esta manera se
hace visible el hecho de que la Inquisición fue la revolución cultural de la cual nació la modernidad.
El mismo Kant
se inscribe en esta tradición expresada por Ba- con.
Dice en el Prólogo a la segunda edición de la Crítica
de la razón pura (1787):
La razón
debe acudir a la Naturaleza llevando en
una mano sus prin- cipios, según los cuales tan
sólo los fenómenos concordantes pueden tener el valor de leyes,
y en la otra el experimento, pensando según aquellos principios;
así conseguirá ser instruida por
la Naturaleza, mas no en calidad de discípulo que escucha todo lo que el Maestro quiere, sino en la de juez
autorizado que obliga a los
testigos a con- testar a las preguntas que
les hace (Kant, 1978)2.
La palabra
“obliga” (en alemán, nötigt) implica el significado de tortu- ra. Bacon, sin embargo, pensaba en la
tortura de la naturaleza inclusive como paso para realizar el sueño humano.
Pero la relación entre tortura, eficacia y límite de lo tolerable estaba
establecida. Este conjunto contiene secretos que el ser humano tiene que
revelar. En tanto cálculo de utilidad, se halla presente en toda nuestra
conciencia moderna, en la ciencia em- pírica y en nuestras teorías. La
vivisección es su principio fundante.
Hoy parecería
que se está preparando un consenso sobre la amplia- ción de este enfoque de la tortura hasta el ser
humano mismo. Hace algu- nos años, el primer
ministro del Estado de Baja Sajonia
(Niedersachen) de Alemania, Albrecht, publicó un libro en el cual expuso que
puede haber situaciones –por ejemplo, el chantaje amenazante para la vida de
parte de un terrorista preso– en las cuales se puede justificar la tortura.
En 1996 el
periódico español El País publicó una noticia titulada: “El Supremo israelí
autoriza la tortura contra un prisionero político”:
Si todavía
no lo han hecho, agentes del servicio secreto israelí co- menzarán a
torturar legalmente a un estudiante palestino, sometién- dolo, entre otros métodos, a violentas descargas
como las que hace un año
causaron la muerte de un
prisionero palestino. Lo harán al amparo pleno de la ley israelí tras la
controvertida decisión del Tri- bunal Supremo del Estado judío que, revocando una decisión ante- rior, autoriza a
los servicios de seguridad interior (Shin Bet)
a usar “presión física moderada”
en el interrogatorio de Mohamed Abdel Aziz Hamdán, acusado de
actividades terroristas (El País, 1996: 8).
En el mismo
diario se comenta: “‘Presión física
moderada’ no es sino un eufemismo para la tortura que se practica en Israel, supuestamente la única
democracia en Oriente Próximo”.
2 Ver también
Augusto Serrano (1983).
La tortura
masiva es presentada inclusive como un
dar muerte para que haya vida.
En este sentido, puede servir una
cita de VanNatta, un torturador prominente de Campo Delta, en el campo de concentra- ción de Guantánamo. VanNatta está orgulloso de lo que él y sus
tropas han logrado, y sostiene: “Se trata del año más
importante que haya vi- vido,
porque estoy convencido de que hemos
salvado vidas”. De regreso en Estados
Unidos para dirigir la prisión de máxima seguridad al norte de Indianápolis,
VanNatta decía:
Si todo
resulta como creo que resultará, [Campo
Delta] será conside- rado como una prisión única en su
tipo. Si efectivamente la informa-
ción que
hemos recolectado permitió salvar vidas,
lo hecho allí será aplaudido como uno
de los movimientos más
inteligentes de los que se tuviera noticia. Sin embargo, si se comprueba
lo contrario, enton- ces todo será
simplemente el producto de la acción arbitraria de una superpotencia
(Washington Post, 16 de junio de 2004: 26).
Torturar hasta
el límite sin pasarlo, para que se revele un
secreto. Eso es Occidente desde
los tiempos de Bacon. Obviamente, la tortura se nos pre- senta a la vez como un
servicio a la misma vida que se está destruyendo.
Este mismo principio aparece en el contexto de las
relaciones so- ciales. Lester Thurow, economista del Massachusetts Institute of
Tech- nology (MIT), escribe que “los
capitalistas americanos declararon a sus obreros la guerra de clases –y la han
ganado”. En una entrevista se le
preguntó: ¿qué ocurrirá, según su opinión, con la economía globalizada moderna?
Su respuesta fue que estamos poniendo a
prueba el sistema. Se trata de averiguar hasta dónde pueden caer los salarios, cuánto pue- de subir la tasa de
desempleo, antes de quebrar el sistema. “Yo creo que los seres
humanos están retirándose cada vez más
[...] Estoy convenci- do de que los seres humanos normalmente sólo aceptan las
necesidades cuando entran en crisis”. Lo que
se pone a prueba no es únicamente el ser humano, sino también el sistema. Son las relaciones humanas mis- mas. No sólo el
sistema es puesto a prueba, también la democracia.
Otro periodista formula la siguiente pregunta:
“¿Cuánto mercado aguanta la democracia?”. En
un diario alemán se pregunta:
“¿Cuánto deporte aguantan los Alpes?”.
Todo es torturado: la naturaleza, las relaciones
humanas, la de- mocracia y el ser humano mismo. Todo, para que suelte sus secretos. Es el cálculo
de utilidad (interés propio) el que
rige y está al acecho para destruirlo todo.
Todo ocurre en nombre de la felicidad prometida
como resultado de esta utilidad
calculada maximizada. El general Humberto Gordon, jefe de la
Central Nacional de Informaciones
(CNI) chilena, dijo: “La Seguridad Nacional es como el amor: nunca
es suficiente” (El Mercurio, 4 de diciembre de 1983).
Este es el ministerio del amor de Orwell. Pero
es también, obviamen- te, un retorno de Torquemada. Todo es llevado al límite; sin embargo, nos damos
cuenta del límite recién en el momento en que lo hemos pasado.
Cuando el
torturado se muere, sabemos que hemos pasado
el límite. Cuando las relaciones
humanas ya no resisten, sabemos
que hemos pasado el límite
de lo aguantable.
Cuando la
naturaleza es destruida irreversiblemente, sabemos que he- mos pasado
el límite.
Sólo que, a diferencia de la prueba del material, una
vez pasado el lími- te no hay vuelta atrás. Conocemos el límite ex post, pero este
saber ya no nos sirve. Es inútil. Nadie puede resucitar a los
muertos.
Aquí reside el
problema: pasar el límite es un suicidio
colectivo de la humanidad. El cálculo de utilidad los devora a todos.
Pasado el
límite de lo tolerable, se ha pasado el punto de no-retor- no. Meadows, el
responsable principal del Informe del Club de Roma del año 1972,
“Los límites del crecimiento”, respondió en una entrevista a la pregunta
respecto de si querría realizar hoy un estudio de repercusiones parecidas:
“Suficiente tiempo he tratado de ser un evangelista global, y he tenido que
aprender que no puedo cambiar el mundo. Además, la huma- nidad se comporta como
un suicida, y no tiene sentido
argumentar con un suicida una vez que ha saltado de la ventana” (Meadows, 1989:
118).
Eso significa que,
según Meadows, se ha pasado el
punto de no- retorno en cuanto a la destrucción del medio ambiente. La
conclusión correspondiente es, entonces, que
ya no se puede hacer nada. Pero
eso significa, a la vez,
que se puede seguir sin preocupaciones porque el resultado es el
mismo, se siga con la destrucción actual
o no.
No obstante,
el punto de no-retorno es tan poco
calculable como los propios límites de lo aguantable frente al proceso
del crecimiento económi- co. Solamente la muerte indica que se ha llegado al
punto de no-retorno.
La lógica de esta
argumentación es aparentemente implacable y, por ende, desesperante. Al
buscar el aprovechamiento del proceso hasta el límite de lo tolerable, se
avanza sin mayores preocupaciones. Una vez enfrentado a críticas concluyentes,
se puede sostener que se ha pasado el
punto de no-retorno. La conclusión es que se puede continuar el mis- mo proceso sin
mayores preocupaciones. Las
especulaciones sobre el límite de lo tolerable se borran y aparece un
proceso de destrucción sin ningún límite, adornado por las especulaciones sobre los límites de lo
soportable y sobre el punto de no-retorno.
NECESITAMOS OTRO CONCEPTO DE LO
ÚTIL
Resulta, pues,
que es
útil oponerse al cálculo de
utilidad. La respon- sabilidad es
útil al oponerse a esta totalización del cálculo de utilidad.
Es útil,
y a la vez es una exigencia ética. La ética y la utilidad aparecen ahora
en la misma dimensión. Esta dimensión es
al mismo tiempo la dimensión de la globalización del mundo real, en la cual
el asesinato es un suicidio.
Según el cálculo de utilidad es útil
arrasar con los bosques
amazónicos. Sin embargo, es útil no
hacerlo. Se trata de esta utilidad.
Esta parece
ser la respuesta. El no torturar es útil,
aunque no se obtenga la
información que la tortura podría propiciar. Es útil
man- tener las relaciones
sociales vivas, aunque haya menos
ganancias. Es útil conservar la
naturaleza, aunque las tasas de crecimiento sean más bajas. Realizar eso que es
útil es a la vez una exigencia de la
ética. La ética es útil; sin embargo, se encuentra en un
conflicto constante con la maximización de los beneficios mediante el
cálculo de la utilidad. Lo responsable es basarse en esta ética.
Ahora bien, esta
posición tiene un presupuesto
básico: el presu- puesto del reconocimiento del otro como sujeto más allá
de cualquier cálculo de utilidad. Reconocimiento no sólo del otro ser
humano, sino también de cualquier ser natural del mundo que nos
rodea. Es necesa- ria una constante relativización del cálculo de
utilidad para asegurar la condición de posibilidad de la vida humana.
La cultura de
la seguridad, de la cual hoy se habla
tanto, no pue- de actuar sino con
base en este reconocimiento del otro. El
miedo es un mal consejero. No lleva de ninguna forma automáticamente a la
opción de la seguridad. Con mucha más
probabilidad lleva al heroísmo del sui- cidio colectivo de la humanidad, a la marcha de los
nibelungos.
Tenemos
que basarnos en la afirmación del otro
más allá del cál- culo de la utilidad. Y eso es al mismo tiempo útil y responsable. Única- mente así se pueden fundamentar los derechos humanos.
Inclusive el reconocimiento de la naturaleza más allá
de cualquier cálculo de utili- dad
y de su derecho a no ser destruida es un derecho humano.
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Las ideas y la acción política en el
cambio histórico**
* Profesor de
Historia en la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA).
** Traducción
de Bárbara Schijman. Revisión de Atilio A. Boron.
¿CUÁN
IMPORTANTE ha sido el papel de las ideas
en las convulsiones políticas que
marcaron grandes cambios históricos? ¿Son ellas
meros epifenómenos de procesos
sociales y condiciones materiales más
pro- fundas, o poseen un poder
autónomo decisivo como fuerzas de movili- zación política? Contrariamente a las
apariencias, las respuestas dadas a estas preguntas no dividen fuertemente a la izquierda de la
derecha. Muchos conservadores y liberales han exaltado, naturalmente, la signi-
ficación sobresaliente de nobles ideales y valores morales en la historia,
denunciando a aquellos radicales que
insisten en que las contradiccio-
nes económicas son el motor del cambio histórico, como sostienen
los materialistas. Ejemplares modernos y famosos de tal idealismo de la derecha incluyen figuras como Friedrich
Meinecke, Benedetto Croce o Karl Popper. Entre estos pensadores, Meinecke
utiliza una metáfora pictórica al decir que
las ideas, llevadas y
transformadas por persona- lidades vivas,
constituyen el lienzo de la
vida histórica. Pero podemos encontrar
otras figuras notables de la derecha que
atacan las ilusiones racionalistas que
adjudican importancia a las doctrinas artificialmente creadas. Estas
figuras esgrimen contra tales ilusiones las
costumbres, tradiciones e incluso instintos biológicos como instancias
mucho más duraderas y significativas. Friedrich Nietzsche, Lewis Namier y Gary Becker fueron –desde distintos
puntos de vista– teóricos de los intereses materiales, resueltos a desacreditar
irónicamente las reivindicaciones de valores éticos o políticos. La teoría
contemporánea de la elección racio- nal, hegemónica sobre extensas áreas de la
ciencia social anglosajona, es el paradigma contemporáneo más conocido de este tipo.
La misma bifurcación, sin embargo, se
puede encontrar en la izquierda.
Si observamos a grandes historiadores
modernos de la iz- quierda, encontramos una completa
indiferencia respecto del papel de las ideas en Fernand Braudel, contrastada
con un
apego apasionado a ellas en R. H.
Tawney. Entre los mismos marxistas británicos, ninguno confundiría la posición
de Edward Thompson –cuyo trabajo a lo
largo de toda su vida fue una polémica contra lo que veía como un
reduccio- nismo económico– con la
de Eric Hobsbawm, quien en su Historia
del siglo XX no contempla capítulo
alguno dedicado al rol de las ideas. Si
prestamos atención a los líderes políticos, vemos que la misma oposi- ción se repite aún más enfáticamente. “El movimiento es todo, el fin
es nada”, anunció Bernstein. ¿Podría haber una desvalorización más drás- tica
de principios o ideas a favor de
procesos objetivos absolutos? Ber- nstein creía que era leal a Marx cuando pronunció este dictamen. En el mismo
período, Lenin declaró –en una máxima igualmente famosa, de efecto exactamente
antitético– algo que todo marxista debe saber: “sin una teoría revolucionaria no
puede haber movimiento revolucionario”. El contraste aquí no era simplemente
entre el reformista y el revolucio- nario. En
las filas de la izquierda revolucionaria misma, encontramos
igual dualidad. Para Rosa Luxemburgo, “en el comienzo fue la acción”;
ninguna idea preconcebida, sino simplemente la acción espontánea de las
masas, fue el punto de partida de todo
cambio histórico principal. Los
anarquistas nunca dejaron de
concordar con ella. Para Antonio Gramsci, por otro lado,
el movimiento obrero nunca podía conseguir victorias duraderas a menos
que alcanzara una ascendencia en el plano de
las ideas –lo que llamó una hegemonía cultural– sobre la
sociedad en su conjunto, incluyendo sus enemigos. Presidiendo sus respectivos estados, Stalin, por un
lado, confió la construcción del socialismo al desarrollo material de fuerzas
productivas; mientras que Mao, por otro, se encomendó a una revolución cultural
capaz de transformar mentali- dades y costumbres.
¿Cómo ha de
ser resuelta esta antigua oposición? Las ideas se presentan en diferentes formas y
tamaños. Aquellas pertinentes a cam- bios
históricos principales han sido
típicamente ideologías sistemáti- cas.
Nuestro colega Göran Therborn ha
ofrecido una elegante y pene- trante taxonomía de esta
cuestión en un libro cuyo
mismo título, La ideología del
poder y el poder de la ideología, propone una agenda para nuestro tema. Él divide
a las ideologías en
existenciales e históricas, de tipo inclusivo y posicional. De este modo, aquellas que han tenido el mayor alcance, espacial o
temporal, han sido caracterizadas
por un rasgo que, para nuestro propósito, fue tal vez mejor
captado por el con- servador inglés T.
S. Eliot, en su libro Notas para una definición de la cultura. Podemos sustituir
fácilmente la palabra cultura por el
término ideología. La observación
clave de
Eliot fue que todo gran sistema de creencias constituye una
jerarquía de diferentes niveles de complejidad conceptual, que incluye construcciones intelectuales
sumamente sofis- ticadas –accesibles sólo
para una elite educada– en la cima, versiones más amplias y menos refinadas en niveles
intermedios, y las simplifica- ciones más
crudas y elementales en un
nivel popular. Todo esto
unido, sin embargo, por un
lenguaje único y apoyado por la
correspondiente serie de prácticas simbólicas. Sólo un
sistema totalizador como este, argumentó Eliot, merecía la denominación
de cultura real y era capaz de generar grandes manifestaciones
artísticas.
Eliot pensaba,
por supuesto, en la
Cristiandad como el princi- pal
ejemplo de tal sistema, uniendo
las especulaciones teológicas más
arcanas con prescripciones éticas
familiares e ingenuas supersticiones populares en una única creencia que lo abarcaba todo, sostenida por historias e
imágenes sagradas de un acervo común de
fuentes bíblicas. Las religiones mundiales que emergieron en la denominada
“Era Axial” ofrecen ciertamente una
sorprendente primera prueba de cualquier hi- pótesis sobre el papel de las
ideas en los grandes cambios históricos. Pocos podrían
dudar del enorme impacto de estos
sistemas de creen- cias sobre vastas áreas del mundo, y a través del milenio. Ni siquiera es fácil identificar sus orígenes en agitaciones sociales precedentes,
en cualquier escala comparable, con su
propia difusión e influencia trans- formadora. A lo sumo, podemos decir que la reciente unificación del mundo mediterráneo
por el Imperio Romano proporcionó un favorable marco institucional para la
propagación de un monoteísmo universa- lista, tal como la Cristiandad, o que era
probable que, bajo presión de- mográfica, un nomadismo
militarizado en un entorno desértico tarde o temprano encontrara una expresión
religiosa distintiva, como el Islam. La desproporción entre causas imputables y
consecuencias comproba- bles se presenta como un argumento fuerte a favor de otorgar un singu- lar –y aún
extraordinario– poder autónomo a las ideas en las civilizacio- nes de aquella
época. El impacto político de estas religiones no era, por supuesto, exactamente comparable. La Cristiandad transformó desde el interior y
gradualmente al universo imperial existente, sin ninguna alteración significativa de su
estructura social. Pero al crear en la
Iglesia un complejo institucional
paralelo al estado, que sobrevivió al colapso
definitivo del imperio, aseguró continuidades culturales y políticas mí- nimas
para el subsiguiente surgimiento del
feudalismo. El Islam, por contraste, redibujó de repente el mapa político del Mediterráneo y el Medio Oriente en su
conjunto, mediante un ataque
militar relámpa- go. Estamos aún en la Antigüedad, sin embargo. En
cualquiera de los dos casos, las
ideas que conquistaron la región lo
hicieron sin aquello que luego
describiríamos como batalla de ideas. No se mantuvo ningu- na batalla ideológica sostenida entre paganos y
cristianos, o cristianos y musulmanes, puesto que las
condiciones de fe dieron una
vuelta de campana en Roma o El Cairo.
La conversión procedió esencialmente
por ósmosis o por la fuerza, sin un choque ideológico
articulado.
Al movernos
a la
época moderna, las cosas son diferentes. La Reforma Protestante, a
diferencia de la enseñanza de Cristo o Mahoma, fue un sistema doctrinal escrito
–o más bien un conjunto de ellos– desde el principio,
desarrollado en los polémicos textos de Lutero, Zwinglio o Calvino, antes de que se convirtiera en una fuerza principal o en
un poder institucional. Menos distante en el tiempo, es más fácil
rastrear las condiciones sociales y materiales inmediatas de su
surgimiento: la corrupción del
Catolicismo renacentista, el
aumento del sentimiento nacional,
el acceso diferencial de estados
europeos al Vaticano, la lle- gada de la imprenta, y más. Lo impactante es
ahora algo diferente: la aparición de la
Contrarreforma dentro de la Iglesia Católica, y con esto una acérrima lucha ideológica entre
los dos
credos, sostenida en los niveles
más altos del debate metafísico e
intelectual, así como en todo medio
conocido de propaganda popular –debemos
el término a esta época–, que desata una serie titánica de
rebeliones, guerras y guerras civiles
a través de Europa. Aquí las ideas aparecen para desencadenar y dar forma al cambio histórico. En efecto, ninguna
de las revoluciones siguientes habrían de estallar tan directamente por cuestiones intelec- tuales como la primera
gran subversión en la cadena suscitada
por la creación del estado moderno en Europa: la sublevación de los
Países Bajos contra España en el
siglo XVI, y la Gran Rebelión y la Revolución Gloriosa en Inglaterra en el
siglo XVII. En los tres casos, el
precipitante inmediato de la revolución fue un
estallido de pasión teológica: la rup- tura de imágenes sagradas en
nombre de la pureza bíblica en los Países Bajos, la imposición de un nuevo catecismo en Escocia, la amenaza de
tolerancia hacia los católicos en Inglaterra.
Por comparación, los estallidos de
la Revolución Americana
y Francesa en el siglo XVIII fueron, en mayor medida, determinados ma-
terialmente. En ningún caso, un sistema de ideas desarrollado motivó el
asalto inicial sobre el viejo –colonial o monárquico– orden. Efectiva- mente,
en las
colonias de América del Norte, estrechos intereses eco- nómicos
–antipatía por la exigencia de impuestos
para pagar los costos de la protección contra los indios y franceses– pusieron
en marcha una rebelión contra la monarquía británica; mientras que en
Francia, una crisis fiscal
disparada por el costo de ayudar
a los rebeldes americanos forzó la
convocatoria de una conocida institución
feudal, los Estados Generales, cuyas
reformas fueron rápidamente echadas por
la borda por la erupción del descontento de las masas en
el campo y en las ciu- dades, bajo la
presión de una mala cosecha y los altos precios de los granos. En ambos casos, el colapso del viejo
orden fue un proceso no premeditado, en que
predominaron quejas de tipo material más
que ideológicas. En el fondo, sin embargo, yace la cultura crítica de la
Ilus- tración –un enorme depósito de ideas y discursos potencialmente ex-
plosivos, que aguardaban justamente
tales condiciones de emergencia para ser activados. Este arsenal de iconoclastia preexistente fue el
que convirtió una desintegración del orden establecido en la revolucionaria
creación de uno nuevo, así
como de un imaginario ideológico con el cual aún vivimos hoy. Los ideales de la
Revolución Americana y –por so- bre todo–
los de la Revolución Francesa han permanecido como activos inspiradores
para la acción política mucho tiempo después de que las instituciones que cada una levantó se fosilizaran o fueran
olvidadas.
Si el legado
principal de las religiones mundiales fue la introduc- ción de una
idea metafísica de universalismo, y la herencia principal
de la Reforma fue la introducción del individualismo, el legado ideo- lógico que
dejaron las revoluciones en el Siglo
de las Luces descansa esencialmente en las
nociones de soberanía popular y
derechos civi- les. Estas eran todavía tan
sólo los medios formales para la
libre deter- minación de la forma de una
sociedad, algo que estaba por
acontecer por primera vez en la
historia. ¿A qué debía asemejarse
esa forma que establecía los contenidos
del bienestar colectivo? Esta fue la pregunta que el advenimiento de la revolución industrial
planteó al siglo XIX. Y a este interrogante se ofrecieron tres tipos de
respuestas. Hacia 1848, los
grandes campos de batalla de la
era habían sido desplegados. El Manifiesto Comunista,
confronta a Europa con la alternativa
que luego se plantearía a lo largo del
planeta: ¿capitalismo o socialismo? Por
pri- mera vez, la humanidad se enfrentó a principios de organización
social bien definidos y radicalmente
antitéticos. Pero existía una asimetría
en su formulación. El socialismo fue objeto de una extendida, abigarrada y
auto-declarada teoría que lo definía como
un movimiento político y un objetivo
histórico. El capitalismo, en el siglo XIX y en la mayor parte del XX, rara
vez, si es que alguna vez lo hizo,
mencionó su propio nom- bre –el
término fue un invento de sus oponentes. Defensores de la pro- piedad
privada, del statu quo, apelaron a
concepciones más parciales o
tradicionales, invocando principios conservadores o liberales antes que
cualquier ideología expresamente capitalista. Dichos principios estaban lejos
de ser un sustituto fidedigno. No pocos pensadores conservadores –Carlyle o
Maurras– expresaron una feroz antipatía
hacia el capitalis- mo, mientras
que algunos teóricos liberales –Mill o Walras– miraron con aprobación las versiones más
moderadas de socialismo. Si observamos el rol de las ideas en el siglo
XIX, es claro que el socialismo –más que nada en su versión marxista, y,
por tanto, en la versión materialista
más intransigente– desplegó una capacidad
mucho más movilizadora y expansiva en la
acción política que su oponente. No es
casualidad que nadie hablara de un movimiento capitalista. El poder del
orden esta- blecido descansaba, aún en gran medida, en la tradición, la
costumbre y la fuerza más que en cualquier conjunto de ideas teóricas.
Hacia me- diados del siglo XX, por otro lado,
el socialismo como idea
encontraba adherentes en un
ámbito geográfico más extenso
que el alcanzado por cualquier religión
mundial.
Sin embargo, el universo ideológico no se agotó
en estos opues- tos. Había otra fuerza motora importante en marcha
en esta época, di- ferente de las dos ya
mencionadas. Ya en 1848, el nacionalismo
demos- tró ser, en Europa, un movimiento aún más poderoso que el socialismo en tanto factor de
movilización. Dos peculiaridades lo definieron desde el principio como una
idea política, mucho antes de que se propagara triunfalmente en el resto del
mundo. Por un lado,
produjo muy pocos pensadores
importantes u originales, con una rara
excepción ocasional como Fichte. Como
doctrina articulada, era, en
comparación, más po- bre y superficial que sus
dos coetáneas. Por otro lado,
por su relativo vacío conceptual, era sumamente plástica, y podía entrar en una
gran variedad de combinaciones tanto con el capitalismo como con el socia-
lismo –produciendo estos últimos el
chauvinismo que desató la guerra
inter-imperialista de 1914 y el fascismo
que desencadenó su desenlace en
1939, por un
lado, y los movimientos
revolucionarios de liberación nacional en el Tercer Mundo, por el otro. El triunfo del ideal nacional a través del mundo ha demostrado la
ausencia de cualquier correspon- dencia necesaria entre sistema e impacto;
entre la profundidad inte- lectual y el
alcance de una ideología y su poder de
movilización en el mundo moderno.
El inicio
del siglo XX exhibió un
grupo de revoluciones impor-
tantes en estados clave de la periferia del mundo imperialista: en orden
cronológico, México, China, Rusia y Turquía integran una significativa
serie de contrastes. El rol de las
ideas en la definición de la
dirección y el resultado del proceso revolucionario fue de mayor importancia en
Rusia y China, la movilización popular más
fuerte tuvo lugar en Méxi- co y
Rusia, y el llamamiento nacionalista más
poderoso se produjo en Turquía. La revolución republicana de 1911
en China fracasó, pero el intenso
fermento intelectual detrás de ella
permaneció vivo; tan es así
que sus
tributarios desembocaron al final
en la revolución comunista que
triunfó en 1949. La recuperación kemalista en Turquía supuso muy pocas ideas
–más allá de la salvación nacional– antes de importar
una variedad ecléctica de ellas una vez
que el nuevo régimen fue estableci-
do. La
Revolución Rusa y la Revolución Mexicana –sin duda las
mayores insurrecciones de este período– son
las que ofrecen el contraste más impactante. En México, explotó una masiva convulsión social
que se extendió por el curso de una
década sin ningún sistema importante de
ideas que la iniciara o que emergiera de ella. En términos puramen-
te doctrinales, la única ideología desarrollada
del período perteneció, no a los
revolucionarios, sino al régimen
que ellos derrocaron –el po- sitivismo de los
“científicos” del Porfiriato.
Aquí, los actos políticos a escala gigantesca se
llevaron a cabo solamente fundados en
nociones elementales de justicia institucional o social: una lección
enorme para cualquier visión demasiado
intelectualista de un dramático cambio his- tórico. Sólo los mexicanos pueden decir cuál fue el precio final pagado por
la facticidad de la
Revolución, una vez que el
estado priísta fue configurado a partir de Obregón en adelante.
La Revolución
Rusa siguió un patrón muy diferente. El zarismo fue derrocado por
el espontáneo descontento de las masas, provocado por el hambre y las privaciones resultantes de la
guerra –un comienzo en el plano de las
ideas mucho más inocente que en el caso
de la rebe- lión de Madero
en México. En un
plazo de pocos meses, los bolchevi- ques
habían accedido al poder como resultado de la agitación popular en torno
a cuestiones no menos elementales que aquellas que movieron a Zapata o
Villa: pan, tierra y paz. Una
vez en el poder, no
obstante, Lenin y su partido
tuvieron a su disposición la ideología
política más sistemática y exhaustiva de la época. Aquí, la relación entre las
causas y la naturaleza de la revolución –la tensión entre orígenes materiales y
objetivos ideales– no era diferente de
aquella que produjo el régimen
jacobino del Año II en Francia, pero era
mucho más extrema. Tanto las
hazañas como los crímenes del estado soviético llevados a cabo por los bolcheviques empequeñecieron aquellos del
estado del PRI, terminan- do siete décadas más
tarde en una muerte mucho más
apocalíptica –el precio de un homérico voluntarismo ideológico.
Los efectos de
la Revolución de Octubre, por su puesto, no se limi- taron a Rusia. Hacia el
final de su vida, Marx
imaginó la posibilidad de que
Rusia eludiera el pleno desarrollo capitalista mediante el estallido de
un levantamiento popular que produciría
una reacción revoluciona- ria en cadena
en Europa. Esta era esencialmente la
concepción detrás de la estrategia de Lenin: no existía fe alguna en la
posibilidad de cons- truir el socialismo en un
estado aislado y atrasado como Rusia; toda la esperanza se concentraba
en el hecho de que el ejemplo soviético
deto- naría revoluciones proletarias alrededor de Europa, en sociedades don- de
existieran las condiciones materiales para una libre asociación de los productores y un elevado nivel
de productividad industrial. La historia tomó la dirección contraria: obstrucción de cualquier posibilidad de revolución en el
avanzado Occidente, propagación de la revolución en sociedades aún más atrasadas del Este. Así, el enorme éxito político del marxismo parecía ser la mejor refutación de sus propias presuposicio- nes teóricas. Lejos de
las superestructuras y siguiendo la determinación de las infraestructuras
económicas –sistemas ideales reflejando prácti- cas materiales– la ideología del
marxismo-leninismo, en su forma más o menos estalinista, se mostró capaz de
generar, en escenarios sin capi- talismo, sociedades superiores a este. Eso
dio origen, dentro del mar- xismo mismo, a la noción popular en los
sesenta y setenta según la cual las relaciones de producción en efecto tenían
primacía sobre las fuerzas de producción, e incluso las definían. Pero los argumentos de Marx no serían tan
fácilmente refutados: finalmente, las fuerzas productivas sa- borearon su
venganza con el colapso de la URSS, puesto que la mayor productividad económica de los países
en los que la revolución debería haber
tenido lugar, pero no sucedió así,
terminó aplastando a aquellos en los que
la revolución se realizó efectivamente.
¿Cuál era el
lugar de las ideas del
otro lado de esta
lucha? El déficit ideológico del capitalismo en tanto orden establecido
nunca fue realmente remediado en su batalla contra el comunismo. El término en
sí mismo continuó perteneciendo esencialmente al enemigo, como un arma contra
el sistema antes que como su propia auto-descripción. A mediados de
siglo, sin embargo, el comienzo de la
Guerra Fría planteó una batalla frontal
y terminal entre dos bloques
antagónicos, lo que requería de una
disposición ideológica caracterizada por
niveles de in- tensidad y eficacia desconocidos hasta el momento. El
resultado fue la redefinición “estándar” en
Occidente de los términos del
conflicto: no se trataba de capitalismo versus socialismo sino de democracia contra totalitarismo, o
del Mundo Libre contra aquel prefigurado
en el libro de George Orwell, 1984. Cualesquiera que fueran las mayores hipocre- sías de
esta construcción –el así llamado “Mundo Libre” incluyó, por supuesto, muchas dictaduras
militares y estados policiales–, ellas
se correspondían con ventajas
reales del Occidente noratlántico sobre
el Oriente estalinista. En la
competencia entre los bloques, la bandera de la democracia fue un activo
decisivo allí donde menos se la requería, en- tre las propias poblaciones de
las sociedades del capitalismo avanzado, que
no necesitaban ser persuadidas
respecto de la superioridad de sus propias condiciones de vida. Tuvo
un efecto mucho menor, por obvias razones, en el mundo poscolonial y semi-colonial, hasta
poco tiempo atrás dominado de forma
despótica por las mismas democracias
occi- dentales. En Europa Oriental y
–efectivamente en un grado menor– en la
Unión Soviética, las imágenes de Orwell tuvieron más resonancia,
y las emisiones de Radio Free
Europe o Radio Liberty, que predicaban
los méritos de la democracia norteamericana, contribuyeron, desde luego, a la
victoria final en la Guerra Fría. Pero la razón central del triunfo del capitalismo sobre el comunismo
descansa más cerca del hogar, en el
magnetismo de un consumo material de niveles mucho más elevados,
que al final arrastró irresistiblemente a la órbita de
Occidente no solamente a las masas desvalidas sino también a las elites burocráticas del bloque soviético. Para
decirlo sencillamente: la ventaja comparativa del “Mundo Libre” que
determinó el resultado del conflicto yace
en el dominio del shopping más que en el del sufragio.
El final de la Guerra Fría ha traído una configuración totalmente nueva. Por
primera vez en la
historia, el capitalismo se
proclama a sí mismo como tal, en
una ideología que anuncia la llegada a un
punto final en el desarrollo
social, con la construcción de un orden ideal
basa- do en el libre mercado, más
allá del cual no se puede imaginar ninguna mejora
sustancial. Tal es el mensaje central del neoliberalismo, el sis- tema de creencias hegemónico que ha
dominado al mundo durante la década pasada. Sus orígenes se encuentran en la época inmediata a la posguerra. En aquel
momento, el orden establecido en Occidente estaba aún obsesionado por el shock
de la Gran Depresión y se enfrentaba a los fortalecidos movimientos laborales
que surgían después de la Segunda Guerra
Mundial. Para evitar el peligro de cualquier retorno a la Primera Guerra, y
para integrar las presiones acumuladas
durante la Segunda, los gobiernos adoptaron por todas partes políticas
económicas y sociales diseñadas para controlar el ciclo económico, sostener el
empleo y ofrecer alguna seguridad material a los menos pudientes. El control
keynesiano de la demanda y el estado de bienestar socialdemócrata eran el sello
de la época, asegurando niveles de intervención estatal y de redistribución fis-
cal nunca antes conocidos en el mundo capitalista. Despotricando contra esta
ortodoxia gobernante, una pequeña minoría de pensadores radicales denunciaron
todo tipo de dirigismo como fatal en el largo plazo para el dinamismo económico
y la libertad política. Friedrich von Hayek fue el líder intelectual y
organizador clave de este disenso neoliberal, reuniendo a espíritus compañeros
alrededor del mundo en una red de
influencia semi-clandestina, la Sociedad de Mont Pelerin. Por un cuarto de
siglo, este agrupamiento permaneció al margen de una opinión respetable,
y sus puntos de vista fueron desatendidos o ridicularizados.
Sin embargo, con
el comienzo de la
crisis estangflacionaria a principios de los setenta y el ingreso de la
economía capitalista mundial a la prolongada recesión de las subsiguientes décadas, esta rigurosa e intransigente doctrina adquirió
una extraordinaria gravitación. Hacia los años ochenta, la derecha radical
había tomado el poder en Estados Unidos y Gran Bretaña, y por todas partes los gobiernos estaban adop-
tando las prescripciones neoliberales para hacer frente a la crisis: recor- te
de impuestos directos, desregulación de mercados laborales y finan- cieros,
debilitamiento de sindicatos, privatización de servicios públicos. Hayek, un
profeta sin honores en su propia tierra durante los cincuenta y sesenta, era ahora consagrado por Reagan, Thatcher y otros jefes de estado como el visionario de la época. El
colapso del comunismo soviético
al final de la década apareció como la
reivindicación adecuada para su creencia, sostenida por largo tiempo, según la cual el socialis- mo no era
más que un
“preconcepto optimista pero fatal”.
Pero fue en los noventa, cuando
la Unión Soviética ya había desaparecido y Reagan y Thatcher habían abandonado
la escena, que el
dominio neoliberal alcanzó su apogeo. Entonces, sin la oposición
“amigo-enemigo” propia de la Guerra Fría, y sin ninguna necesidad para la
derecha radical de es- tar en el poder,
fueron gobiernos de centro-izquierda los que
aplicaron imperturbablemente en
el mundo capitalista las
políticas neoliberales de sus predecesores, con un reblandecimiento de
la retórica y mediante el otorgamiento de concesiones secundarias, pero aun así
con una ten- dencia política consistente
tanto en Europa como en EE.UU. La prueba de una verdadera hegemonía neoliberal
–como opuesta a una mera do- minación– es su habilidad para dar forma a ideas y acciones, no tanto de
sus defensores declarados, sino de sus
adversarios nominales. Apa- rentemente, los regímenes de Clinton y
Blair, de Schroeder y D’Alema, para no
hablar de Cardoso y De la Rúa,
llegaron al poder repudiando las
duras doctrinas de acumulación e
inequidad que reinaron en los ochenta. En la práctica, ellos las han
preservado o extendido.
Más allá
de la transfiguración de la centro-izquierda en la zona del Atlántico Norte, la hegemonía
neoliberal se ha extendido en el mis- mo período a los rincones más lejanos del planeta. Se pueden encontrar
fervientes admiradores de Hayek o Friedman en ministerios de Hacien- da por doquier, desde La Paz a Beijing, Auckland a
Nueva Delhi, Moscú a Pretoria, Helsinki a Kingston. El
reciente libro de Daniel Yergin y
Joseph Stanislaw, The Commanding
Heights, ofrece una recorrida pa- norámica de
la “gran transformación” de
nuestro tiempo, tan radical y a
la vez de alcances infinitamente mayores
que la que Karl
Polanyi describiera al escribir acerca del advenimiento del liberalismo clásico en la época victoriana. A
diferencia de Polanyi, por supuesto, el
relato de Yergin sobre la victoria mundial del neoliberalismo está colmado de entusiasmo por el cambio liberador que traen consigo los mercados libres. Junto a
estos aparece el segundo logro principal de la década pa- sada: la cruzada
por los derechos humanos conducida por EE.UU. y la Unión Europea. No todo
intervencionismo es desaprobado por el orden neoliberal: si el tipo de
economía no da resultados, el recurso militar es practicado y aplaudido como nunca antes.
Si la
Guerra del Golfo, evidentemente
llevada a cabo para asegurar los intereses de Occidente en el petróleo,
respondía aún a un patrón más antiguo,
su desenlace ha establecido nuevos parámetros. El bloqueo a
Irak, con una increíble
intensificación de bombardeos por parte de
Clinton y Blair, constitu- ye una iniciativa “humanitaria” puramente
punitiva. El desencadena- miento en gran
escala de la guerra en los Balcanes con
un bombardeo aéreo relámpago sobre
Yugoslavia no necesitó a las Naciones Unidas ni siquiera como “hoja de parra” para disimular la acción de la OTAN
sino hasta después del evento. En nombre
de los derechos humanos, la ley internacional ha sido
redefinida unilateralmente para ignorar la sobe- ranía de cualquier
estado menor que realice acciones
que provoquen el disgusto de Washington
o Bruselas.
Es la versión
del neoliberalismo de la centro-izquierda la que ha puesto en
marcha esta escalada de
prepotencia militar. Pero la visión esencial del poder imperial estaba allí en
la doctrina original misma.
Hayek, después de todo, fue pionero en
el concepto del bombardeo a
países reacios a la voluntad angloamericana, exigiendo ataques aéreos relámpago
sobre Irán en 1979 y sobre Argentina en 1982. La concepción de hegemonía
gramsciana –poder de persuasión ideológica– enfatizó el consentimiento que funcionaba para garantizar la estabilidad y
previsi- bilidad de un orden social.
Pero no fue nunca su
intención minimizar, ni mucho menos olvidar, su necesario respaldo en la
represión armada. En su opinión,
“consentimiento más coerción” era la fórmula
plena de un orden hegemónico. El universo neoliberal de la década pasada ha re-
unido ampliamente ambos requisitos. Hoy no hay
alternativa a esto, se trata de un sistema gobernante de ideas de
alcance planetario. Estamos refiriéndonos a la ideología política más exitosa en la historia mundial.
Están aquellos
que impugnarían apasionadamente la precedente afirmación. Las supuestas objeciones contra esta dicen más
o menos lo que sigue. Debemos
estar alertas, se afirma, contra los peligros de sobrestimar la influencia de las
doctrinas neoliberales como tales. Des- de luego, los tiempos han cambiado
desde los cincuenta o sesenta. Los mercados han adquirido más poder a expensas de los estados, y la clase
trabajadora no es más la fuerza que alguna vez fue. Pero
en los países avanzados, al menos,
el gasto público continúa siendo elevado
y los sistemas de asistencia permanecen más
o menos intactos. La situación se ha
modificado mucho menos de lo
que puede parecer en la super- ficie. Es un error pensar que las
ideas neoliberales han marcado una diferencia significativa:
constantes sociológicas de gran profundidad han mantenido el consenso de
la posguerra en su lugar. De hecho, aun en
el reino de las ideas mismas, hoy muchos más
políticos rechazan la cruel y
estrecha medicina del neoliberalismo,
cuyo radio de atrac- ción
actual es muy limitado. Después
de todo, ¿no han dejado esto en claro Clinton y Blair cuando trataron de inventar una “Tercera Vía”, expresamente
equidistante tanto del neoliberalismo
como del antiguo estilo estatista?
Asimismo, ¿qué puede decirse del firme compromiso de Gerhard Schroeder por un Neue Mitte –un Nuevo Centro– o de la fuerte declaración de principios por parte de
Lionel Jospin a favor de una
economía de mercado, pero enfáticamente en
contra de una sociedad de mercado? Incluso en Rusia, ¿no ha
dado el presidente Putin signos alentadores de una creativa combinación
de libertades de mercado con las mejores tradiciones rusas de un estado fuerte?
Tal es, más o menos, el mensaje de
consuelo acercado a nosotros por
bienintencionados ex- pertos de izquierda. El reciente libro de John
Gray, False Dawn (1998), ofrece un
ejemplo elocuente al respecto.
Entre estas
objeciones, algunas tienen más peso que
otras. Es perfectamente cierto, por
supuesto, que no ha
de atribuírseles a las ideas neoliberales un poder mágico de
persuasión política. Como todas las
grandes ideologías, esta también
requiere de una serie de prácticas
materiales –instrumentales y rituales– para su
sostén social. La base práctica
de la hegemonía neoliberal se encuentra hoy en la primacía del consumo –de
bienes y servicios mercantilizados– en la vida diaria de so- ciedades capitalistas
contemporáneas, que ha alcanzado nuevos niveles de intensidad en los pasados
veinte años, y en el aumento de la especu- lación como un eje central de la actividad económica en mercados fi- nancieros a nivel mundial, que
penetra en los poros del tejido social con la práctica del marketing masivo de
fondos mutualistas y de pensiones
–un desarrollo
del que sólo estamos presenciando los comienzos– mien- tras empieza a
propagarse desde América del Norte hacia Europa y el hemisferio sur. Si el
gasto público en los estados capitalistas avanzados permanece alto, se
torna ahora crecientemente híbrido y diluido por imbricaciones con
capital privado que se extienden a todo tipo
de servi- cios –de hospitales a
prisiones y a la recaudación de impuestos–, aque- llos que alguna vez habían
sido, según el país en cuestión, considerados campos inviolables
de la autoridad pública o la provisión colectiva. La hegemonía neoliberal
prescribe un programa específico de innovacio- nes, que
puede variar significativamente de una sociedad a otra, según los límites
de lo que se entiende como posible en
cada una de ellas. La mejor medida de su
dominio e influencia general es la conformidad de todos los gobiernos del Norte,
independientemente de su color político nominal, con los imperativos del bloqueo militar, que incluyen la ocu- pación e intervención
en Medio Oriente o los Balcanes: los
regímenes socialdemócratas de Escandinavia, por
ejemplo, que alguna vez tuvie-
ron la
reputación de conservar una
cierta independencia en política
exterior, ahora actúan con regularidad como un chacal que acompaña a los
mayores predadores de Occidente. Por eso Noruega ayuda a consoli- dar el dominio israelí en Palestina; Finlandia
negocia el bombardeo de Yugoslavia; Suecia se hace cargo de la hambruna en
Irak; y Dinamarca instala un virrey
en Kosovo. El vacío absoluto de
la retórica de la Ter- cera Vía, como
una supuesta alternativa al neoliberalismo, es la prueba más segura de su continuada ascendencia.
¿Cuáles
son las lecciones de esta historia para la izquierda? Pri- mero y
principal, que las ideas cuentan en el
balance de la acción polí- tica y los
resultados del cambio histórico. En los
tres grandes casos de impacto ideológico
moderno, la Ilustración, el marxismo y el neolibera lismo, el patrón fue el
mismo. En cada caso se desarrolló un
sistema de ideas con un alto
grado de sofisticación, en condiciones de aislamiento inicial de –y en
tensión con– el entorno político circundante, y con poca o ninguna esperanza
de influencia inmediata. Fue sólo
al producirse el estallido de una
crisis objetiva muy importante, de la
cual ninguno de estos sistemas fue responsable, que recursos
intelectuales subjetivos que fueron
acumulándose gradualmente en los márgenes más
apaci- bles adquirieron
súbitamente una fuerza arrolladora como ideologías capaces de influir
directamente sobre el curso de los acontecimientos. Tal fue el
patrón en los años 1790,
1910 y 1980. Cuanto más
radical e intransigente era el
cuerpo de ideas, tanto más impetuosos fueron sus efectos en
el contexto de las turbulentas condiciones de la época. Hoy estamos en una situación en la
que una única ideología dominante gobierna la mayor parte del mundo. La
resistencia y el disenso están lejos
de haber muerto, pero carecen todavía de cualquier articulación política
sistemática e intransigente. La
experiencia sugiere que no se conseguirá mucho por medio de cambios débiles o acuerdos
eufemísti- cos con relación al estado de cosas existente, como los que hoy
podrían impulsar muchas fuerzas políticas que
aparecen representando una cultura
aggiornada de la izquierda. Lo que
es necesario, y que no ocu- rrirá de la noche a la mañana, es
un espíritu totalmente diferente: un
análisis cáustico, resuelto, si es necesario brutal, del mundo tal cual es, sin concesión a las arrogantes demandas
de la derecha, a los mitos con- formistas del centro ni tampoco a la devoción
bienpensante de muchos en la izquierda. Las ideas incapaces de conmocionar al mundo
también son incapaces de sacudirlo.
Esto no
significa una postura sectaria ante intentos limitados de hacer estallar el
presente consenso. La “Tercera Vía” de Blair, Clinton o Cardoso es un concepto en bancarrota, confeccionado por aduladores y redactores de discursos en el
Primer Mundo, que fue adoptado servil- mente con el objeto de ser imitado en el Tercer Mundo.
Brasil está pro- bablemente preparado
para ofrecer al mundo un laboratorio
para pro- bar la viabilidad de los gobiernos organizados por las fuerzas
disidentes en las condiciones contemporáneas, cuando la dependencia económica
respecto de EE.UU. es mucho más profunda
que en el pasado. Pero es poco
probable, por supuesto, que la Presidencia y el Parlamento sean el único
o incluso el principal crisol de ideas nuevas y radicales en este país. No como un
programa desde arriba, sino como
un empuje desde abajo, el desafío del
movimiento zapatista, al iniciar nuevas formas de acción y comunicación –una
radical reorganización de actos, palabras y símbolos–, ha desequilibrado al
sistema en formas más inesperadas y
creativas que las registradas en cualquier otra parte del continente. Sus
limitaciones son bastante evidentes.
Pero si estamos tras un punto de partida para una reinvención de las
ideas de la izquierda, es en fuerzas nacionales como estas, y en movimientos
internacionales como el Foro Social Mundial, donde debemos buscar esas ideas.
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Touchstone).
Parte Cuatro
Democracia e imperialismo en tiempos de
globalización
Ellen Meiksins Wood*
Estado, democracia y globalización**
* Profesora de
Ciencias Políticas en la Universidad de York, Toronto, Canadá.
** Traducción
de Atilio A. Boron.
RECIENTEMENTE
OFRECÍ una conferencia sobre el nuevo impe- rialismo y sus efectos negativos para la democracia en tanto Estados Unidos continúe intentando
consolidar su hegemonía global unilateral. En esa ocasión, concluí sugiriendo
que la democracia se estaba convir-
tiendo, como no lo era hace mucho tiempo, en una amenaza para el ca- pitalismo.
A pesar de todo lo que nos han dicho sobre la “globalización” y la decadencia
del Estado-nación, el capital global
depende más que nunca de un sistema global de múltiples estados locales.
De modo que las luchas locales y nacionales por
una democracia real y un
verdadero cambio del poder de clase
–tanto al interior como fuera
del Estado– pueden plantearle una
amenaza real al capital imperialista.
Alguien en la audiencia preguntó:
¿por qué el capitalismo no puede
continuar tole- rando este tipo de
democracia formal con la que ha estado conviviendo durante un largo tiempo en el mundo del capitalismo
avanzado? ¿Por qué debería esto plantear algún peligro real para el capitalismo global?
El
interrogante realmente no era
irrazonable. Por el contrario, la historia de la democracia moderna,
especialmente en Europa occidental y EE.UU., ha sido inseparable del capitalismo. Sin embargo,
esto ha sido así solamente porque el capitalismo ha creado una relación
enteramente nueva entre poder político y económico, que torna imposible que la
domi- nación de clase se mantenga
coexistiendo con los derechos políticos
uni- versales. Es el capitalismo el que
hizo posible una democracia
limitada, “formal” antes que “sustantiva”, algo que nunca fue factible con
anteriori- dad. Y es por esto que el
capital ha podido tolerar algún tipo de democra- cia. Mi objetivo en esa conferencia no era afirmar que el capitalismo no puede tolerar la democracia
formal –aunque no deberíamos desestimar
los ataques contra las libertades civiles
que están teniendo lugar precisa-
mente ahora en EE.UU. Aquello que pretendía y pretendo subrayar aquí es que en
las condiciones del capitalismo global actual y del nuevo impe- rialismo, la
democracia puede amenazar con convertirse en algo más que un régimen meramente formal. Para
explicarme retomaré brevemente un argumento sobre la relación entre el
capitalismo y la democracia que apa- rece en mi libro Democracia contra capitalismo (2000).
Me interesa
dejar en claro desde el principio que,
para mí, el capi- talismo es –en
su análisis final– incompatible con la democracia, si por “democracia”
entendemos, tal como lo indica su
significación literal, el poder popular o el gobierno del pueblo. No
existe un capitalismo gober- nado por el
poder popular en el cual el deseo de las
personas se privilegie por encima de los imperativos de la ganancia y la
acumulación, y en el que los requisitos de la maximización del beneficio no
dicten las condiciones más básicas de
vida. El capitalismo es estructuralmente antitético respec- to de la democracia,
en principio, por la razón histórica más
obvia: no ha existido nunca una
sociedad capitalista en la cual no se le haya asignado a la riqueza un acceso
privilegiado al poder. Capitalismo y democracia son incompatibles también, y
principalmente, porque la existencia del capita- lismo depende de la sujeción a
los dictados de la acumulación capitalista y las “leyes” del mercado de las
condiciones básicas de vida y reproducción social como condición irreductible
contraria al ánimo democrático. Esto significa que el capitalismo necesariamente sitúa cada
vez más
esferas de la vida cotidiana por fuera del parámetro según el cual la democracia debe rendir cuentas de sus actos y asumir responsabilidades. Toda prác- tica humana que pueda ser convertida en
mercancía deja de ser accesible al poder democrático. Esto quiere decir que la
democratización debe ir de la mano de la “desmercantilización”. Pero
desmercantilización significa, por definición, el final del capitalismo.
Esta es mi
posición y quiero dejarla aquí asentada con
claridad. Sin embargo, en nuestros días
solemos usar la palabra “democracia” en un sentido diferente al hasta aquí expresado, y
el capitalismo es el que ha hecho esta
redefinición posible en la teoría y en la práctica. De modo que permítanme unas palabras sobre este proceso de redefinición.
En primer lugar, simplemente diré una o dos
palabras sobre el tratamiento más
usual del término democracia.
Todos estamos familiarizados con los usos
más defectuosos –aquel que, por
ejemplo, admi- te que el gobierno de EE.UU. considere al Chile de
Augusto Pinochet como un régimen más
democrático que el Chile presidido por
Salvador Allende, presidente popularmente electo. Quiero agregar un
comentario acerca de las definiciones más
benignas sobre la democracia: aquellas nociones convencionales que tienden a identificar la democracia con el constitucionalismo, la protección de las
libertades civiles y un gobierno limitado –la clase de nociones que frecuentemente son descriptas
como derechos democráticos. Ahora bien,
estas son todas concepciones perti- nentes ante las cuales nosotros, los
socialistas, deberíamos estar mucho más
atentos de lo que frecuentemente
hemos estado en el pasado. Pero el demos, como poder popular, ha estado visiblemente ausente de esta definición
de democracia. En realidad, no
existe inconsistencia funda- mental
alguna entre el gobierno constitucional, las normas del Estado de Derecho y las
reglas de las clases propietarias.
El punto central de esta
definición de democracia es
limitar el poder arbitrario del Estado a
fin de
proteger al individuo y la “socie- dad
civil” de las intervenciones indebidas de aquel. Pero
nada se dice sobre la distribución del poder social, es decir, la
distribución de poder entre las clases.
En realidad, el énfasis de esta
concepción de demo- cracia
no lo encontramos en el poder del pueblo
sino en sus derechos pasivos; dicha concepción no señala el poder propio del pueblo como soberano sino que,
en el mejor de los casos, apunta a la protección de derechos
individuales contra la injerencia
del poder de otros. De
tal modo, esta concepción de
democracia focaliza meramente en el poder político, abstrayéndolo de las
relaciones sociales, al tiempo que apela
a un tipo de ciudadanía pasiva en la cual el ciudadano es efectivamente despolitizado.
Por ejemplo,
podemos considerar los discursos de los
gobiernos de las sociedades capitalistas avanzadas –Gran Bretaña,
EE.UU.– sobre las reformas democráticas,
cuando estas tienden a restringir los
dere- chos de los sindicatos. Los
representantes de estos gobiernos dicen estar defendiendo los derechos
democráticos de los individuos contra la opre- sión colectiva (ejercida por el sindicato).
En este sentido, recuerdo vívi- damente
cómo, durante la huelga de mineros británicos a mediados de los ochenta, el
Partido Laborista atacó a los mineros como si ellos fueran enemigos de la
democracia, esencialmente porque sus acciones eran “ex- cesivamente” políticas.
La política es algo que hacen los representantes elegidos en el
Parlamento. Los individuos privados se comprometen po- líticamente sólo en el
momento en que votan. Los trabajadores y los sin- dicatos deberían apegarse a
sus propias esferas de incumbencia y a
sus contiendas “industriales” en sus lugares de trabajo. En este marco, aun el
derecho a votar no es concebido realmente como un ejercicio activo del poder popular, sino como la ejecución de un derecho pasivo más.
De una manera u otra, entonces, las concepciones dominantes de democracia tienden
a reemplazar la acción política con
ciudadanía pasiva; enfatizar los derechos pasivos en lugar de los poderes activos; evitar
cualquier confrontación con
concentraciones de poder social, particularmente con las clases
dominantes; y, finalmente, despolitizar la política. Para dar cuenta de cómo sucedió esto, trataré de sintetizar el relato de una larga
historia.
Comencemos por
retomar la idea original griega de “democracia”. Tomemos, por ejemplo, la
definición de Aristóteles: democracia es una constitución en la cual “los
nacidos libres y pobres controlan el gobierno
–siendo al
mismo tiempo una mayoría”. El filósofo griego distinguió a la democracia de la
oligarquía, definiendo a la segunda como el régimen de gobierno en
el cual “los ricos y bien nacidos controlan el gobierno
–siendo al
mismo tiempo una minoría”. El criterio social –pobreza en un caso,
riqueza y nobleza en el otro– juega un
papel central en ambas definiciones y es preponderante aun respecto del
criterio numérico.
Un antiguo historiador ha incluso sugerido que, al menos para sus oponentes (quienes pudieron aun haber
inventado el término), la democracia significó algo análogo a la “dictadura del proletariado”, en
un sentido peyorativo del término. Por
supuesto, él no quiso decir que en la antigua Grecia existía un proletariado en el sentido moderno del término. Específicamente,
a lo que apuntaba era a remarcar
que, para los oponentes de la
democracia, esta forma del poder del pueblo era una forma de dominación
ejercida por la gente común sobre los aristócratas. En otras palabras, esto
implicaba la sujeción de la elite a la masa.
Por supuesto, en
este tramo, debemos decir
que es
complejo aplicar la palabra
democracia a una sociedad con esclavitud
en gran escala y en la
cual las mujeres no
tenían derechos políticos. Pero
es importante comprender que la
mayoría de los ciudadanos atenienses trabajaban para vivir,
y trabajaban en ocupaciones que los críticos de la democracia consideraban
como vulgares y serviles. La idea de que
la democracia consistió en el imperio de una clase ociosa que
dominaba a una población de esclavos es sencillamente errónea. Este fue el punto central de la oposición
antidemocrática. Los enemigos de la democra- cia odiaban este régimen sobre todo porque otorgaba poder
político al pueblo formado por
trabajadores y pobres.
En realidad, podríamos decir que el tópico que
dividía a los sec- tores democráticos de los antidemocráticos era si la multitud o el pue- blo trabajador debían tener derechos políticos,
ya que
se dudaba de que tales
personas fueran capaces de elaborar juicios políticos. Este es un
tema recurrente no sólo en la
antigua Grecia, sino también en los debates sobre la democracia a lo largo de
la mayor parte de la historia occidental. La pregunta constante de los críticos
de la democracia era básicamente la
siguiente: si quienes necesitan trabajar para vivir poseen
el tiempo suficiente para reflexionar sobre política; pero, además, si
aquellos quienes nacieron con la
necesidad de trabajar para sobre-
vivir pueden ser lo suficientemente libres de mente o independientes de espíritu como para
realizar juicios políticos. Para los atenienses de- mocráticos, por otro lado,
uno de los principios
primordiales de la de- mocracia se sustentaba en la capacidad y el derecho de
tales personas para realizar juicios
políticos y hablar sobre ellos en
asambleas públi- cas. Ellos incluso tenían una palabra para esto, isegoria,
que significa “igualdad” y
“libertad” de expresión (y esta última
no sólo en el sentido en que nosotros la
entendemos en la actualidad).
Esta idea distintiva que trascendió de la democracia griega, sin
embargo, no encuentra paralelo en nuestro propio vocabulario político. Nótese,
por ejemplo, la diferencia entre la
antigua idea de ciudadanía activa y la
actual variante más pasiva que vengo desarrollando. Incluso, la noción de libertad de
expresión como nosotros la conocemos tiene que ver con
la ausencia de interferencias en nuestro derecho de difun- dir nuestras opiniones. La noción de igualdad de
expresión, tal como la entendían
los atenienses, se relacionaba con el ideal
de participación política activa de
pobres y trabajadores. De modo que la
idea griega de igualdad de
expresión sintetiza las principales
características de la democracia ateniense: el énfasis en una ciudadanía activa
y su enfoque sobre la distribución del poder de clase.
Ahora bien,
las objeciones hechas por los antiguos antidemocráti- cos fueron reiteradas una
y otra vez en los últimos siglos. En este sentido, la democracia continuó
siendo sencillamente una mala palabra entre las clases dominantes. La pregunta
entonces es: ¿cómo la democracia dejó de
ser una mala palabra, aun entre las
clases dominantes? Y seguida- mente: ¿cómo se tornó posible, tanto como
necesario, incluso para esas clases dirigentes, el hecho de reivindicarse como
democráticas?
Obviamente,
una de las principales respuestas se relaciona con
las luchas populares que eventualmente hicieron imposible continuar
negando derechos políticos primordiales a las masas, y particularmente a la
clase trabajadora. Una vez que
esto sucedió, las clases
dominantes tuvieron que adaptarse a
las nuevas condiciones, tanto política
como ideológicamente. Con el inicio de las campañas electorales de masas de
fines del siglo XIX, los antidemocráticos difícilmente podían
ser abier- tamente honestos respecto
de sus
sentimientos anti-populares. ¿Qué candidato podía decir a sus votantes que
los consideraba demasiado
estúpidos e ignorantes como para elegir
por ellos mismos qué
era lo mejor en política, y que
sus demandas eran tan absurdas como
peligro- sas para el futuro del país?,
se preguntaba Eric Hobsbawm (1988). Así que, repentinamente, todos eran democráticos.
Sin embargo, hay
más en esta historia. Mucho
ocurrió antes del siglo XIX que habilitó la posibilidad de esta nueva
estrategia ideológica.
Existieron cambios materiales y estructurales
que modificaron el signifi- cado y las consecuencias de la democracia.
Precisamente estos cambios aseguraron que,
cuando la democratización moderna tuvo lugar –espe- cialmente bajo la
forma del sufragio universal–,
esta no representara tanta diferencia
como la que podría haber provocado previamente, o como
quienes lucharon por ella hubieran esperado. Como trataré de ex- plicar, el
capitalismo posibilitó que los derechos políticos se convirtieran en
universales sin afectar fundamentalmente a la clase dominante.
Consideremos
las implicancias de la democracia en el mundo antiguo. En cada sociedad previa al desarrollo del
capitalismo, donde- quiera que la
explotación haya existido, fue alcanzada por
lo que Marx llamó “medios
extra-económicos”. En otras palabras, la
capacidad de los productores directos de extraer plusvalía dependió en una
forma u otra de la coerción directa ejercida por la superioridad militar, política y jurídica
de la clase explotadora. En muchas de estas sociedades, los campesinos
fueron los principales productores directos, y continuaron con la posesión de los medios de producción, como
la tierra. Las clases dirigentes los
explotaban esencialmente mediante la
monopolización del poder político
y militar, a veces con la mediación de alguna clase de Estado centralizado que cobraba impuestos a los campesinos, o in-
cluso mediante alguna otra clase de poder militar y jurisdiccional que les
permitía extraer plusvalía de estos
por su condición dependiente de
sirvientes o peones que los obligaba a
aceptar un decomiso en la forma de renta para sus señores. En
otras palabras, el poder económico y el político se fusionaban, y hubo
siempre una división, más o menos clara,
entre dirigentes y productores, entre quienes detentaban el poder políti- co y
los que componían la sociedad
trabajadora.
Pero en la
antigua democracia ateniense, los campesinos y otros productores directores
participaban del poder político, y esto debilitaba drásticamente el poder de
explotación de los ricos o clases apropiadoras. En esta democracia, las clases
productoras no sólo tenían derechos políti- cos sin precedentes sino que también, y por la misma razón,
disfrutaban de un cierto grado de libertad –igualmente sin antecedentes–
respecto de la explotación por medio de impuestos y renta. Entonces, la
importancia de la democracia era económica al mismo tiempo que política.
Todo esto cambió con el desarrollo del
capitalismo. La capacidad de explotación de los capitalistas no depende
directamente de su poder político o militar. Ciertamente, los capitalistas necesitan del sustento del Estado, pero sus poderes de extracción de plusvalía son puramente económicos: los trabajadores desposeídos de la propiedad de sus
me- dios de producción están
forzados a vender su fuerza de trabajo por
un salario para lograr acceder a dichos medios y procurar su
subsistencia. El poder político y el económico no están unidos de la misma
forma en que lo estaban previamente.
Desde
entonces y hasta ahora existe una
esfera económica dis- tintiva, con su propio sistema de compulsión y coerción, sus propias formas de dominación, su propias jerarquías. El capital, por ejemplo, controla el lugar de trabajo y tiene
un manejo sin precedentes del pro- ceso laboral. Y, por
supuesto, existen las fuerzas del mercado, mediante las cuales el capital
localiza el trabajo y los recursos. Ninguno de estos elementos está sujeto al control democrático o a la
rendición de cuen- tas. La esfera
política concebida como el espacio donde las personas se comportan en su
carácter de ciudadanos –antes que como trabajado- res o capitalistas– está separada del ámbito económico. Los individuos
pueden ejercitar sus derechos como
ciudadanos sin afectar demasiado el
poder del capital en el ámbito económico. Aun en sociedades capita- listas
con una fuerte tradición
intervencionista del Estado, los poderes de explotación del capital suelen
quedar intactos por la ampliación de los
derechos políticos.
Es evidente
entonces, que la democracia en las sociedades
capi- talistas significa algo muy diferente de lo que representó originariamen-
te –no
simplemente porque el significado de
la palabra ha cambiado, sino porque también lo hizo el mapa social en su totalidad. Las relacio-
nes sociales, la naturaleza del poder
político y su relación con el poder
económico, y la forma de la propiedad han cambiado. Ahora es posible tener un nuevo tipo
de democracia que está confinada a una esfera pu- ramente política y
judicial –aquello que algunos denominan
democra- cia formal– sin destruir los cimientos del poder de clase. El poder social ha pasado a las
manos del capital, no sólo
en razón de su
influencia directa en la política, sino
también por su incidencia en la
fábrica y en la distribución del trabajo y los recursos, así como también vía
los dic- tados del mercado. Esto significa que
la mayoría de las actividades de la vida
humana quedan por fuera de la
esfera del poder democrático y de la rendición de cuentas.
Todas estas
transformaciones, por supuesto, no sucedieron de la noche a
la mañana, y el proceso no tuvo
una evolución natural e inevitable. Fue desafiado a cada paso del camino.
En aquellos primeros años del capitalismo no era tan
claro que los efectos del poder
político de las clases dominadas estarían al final tan
limitados. Hacia el siglo XVII y
aún en el siglo XVIII,
muchos de los temas básicos, especial- mente vinculados con los
derechos de propiedad, todavía
no estaban resueltos o eran
fervientemente desafiados. La masa de la población no era aún un proletariado
desposeído sujeto al mero poder económico del capital. Los grandes propietarios
todavía dependían mucho del control del Estado para sostener el proceso de
acumulación de la tierra, la ex- propiación de
los pequeños productores, la
extinción de los derechos consuetudinarios de la
gente y la redefinición misma
del derecho de propiedad. En aquellos días, la
soberanía popular podría haber marcado una diferencia mucho más amplia que
la que puede lograr en la actualidad. En aquel entonces, todavía parecía esencial para
la clase dirigente –y en verdad lo era– mantener la antigua diferenciación entre
gobernantes y productores; entre explotadores, políticamente privile- giados, y
clases explotadas, sin derechos políticos.
De todas
formas, a mediados del siglo XIX, cuando
el desarrollo del capitalismo fue mucho más
avanzado en Gran Bretaña, la contien- da por el voto
fue una parte importante de las luchas de la clase traba- jadora –especialmente para los
cartistas en Inglaterra. Pero lo
más inte- resante fue que, después del
intento frustrado del Cartismo, la pelea
por los derechos políticos o democráticos dejó de ser central para las
luchas de la clase trabajadora. Esto no quiere decir que la lucha política fue abandonada por completo, pero los movimientos de la
clase trabajado- ra dirigieron cada vez en mayor medida su
atención a las luchas en el espacio industrial. Ciertamente, en parte debido a
la represión ejercida por el Estado. Sin embargo, a mi juicio, existe una razón
estructural más profunda. Hacia la segunda mitad del siglo XIX, el mapa social había cambiado ya lo
suficiente como para transformar las reglas de la políti- ca. Para entonces, la
cuestión de la propiedad se había resuelto a favor del capital, y existía en
Inglaterra una masa proletaria de trabajadores
–sin propiedad. Adicionalmente, el capitalismo
industrial había avan- zado lo suficiente como para que el capital ganara control en el lugar de trabajo y en el proceso laboral.
En otras palabras, la conformación de
una esfera económica más o menos
separada con su propio sistema de poder se había realizado. De modo que el tema primordial para la clase trabajadora parecía estar concentrado en la
producción. Cuando finalmente apareció el sufragio, podríamos decir que fue
un momento de anticlímax. A su
vez, suele decirse que las revoluciones
modernas no han tenido lugar en este tipo
de capitalismo industrial avanzado, donde el centro de la oposición se
ha trasladado al lugar del trabajo y el Estado tiene la apariencia de
“neutralidad”, sino en lugares donde el
Estado es todavía muy claramente un
instrumento de explotación.
Hasta aquí
describí principalmente el caso
británico, como pri- mer sistema
de capitalismo industrial con un proletariado masivo. Pero el caso de EE.UU. es especialmente singular e
importante para enten- der qué sucedió con
el concepto moderno de democracia. En
EE.UU., por razones históricas
muy específicas, los derechos políticos fueron distribuidos
más ampliamente y mucho antes en el proceso de
desa- rrollo capitalista, incluso con
anterioridad al surgimiento
de un
pro- letariado masivo. Cuando la Constitución de EE.UU. se redactó, las
cla- ses propietarias eran conscientes de los peligros de la extensión de los
derechos políticos, pero las viejas estrategias aplicadas por otras cla- ses dirigentes ya no podían ser
utilizadas. La existencia de un
cuerpo ciudadano activo surgido del
período colonial y de la
Revolución tornaba imposible la opción de negar al pueblo sus derechos políticos en la nueva Constitución;
no podía mantenerse nada parecido a la antigua separación entre dirigencia y
productores, entre una elite políticamente privilegiada y una masa sin opción
al voto.
Las clases propietarias adoptaron una estrategia
diferente, una estrategia ideológica y constitucional que hiciera mucho más factible limitar el daño que ocasionaría la extensión de los derechos
políticos. Precisamente esta estrategia
ha tenido profundos y duraderos efectos
en nuestra moderna definición de democracia.
Los padres fundadores de EE.UU. redefinieron la
democracia. Efectivamente, redefinieron sus dos
componentes esenciales –el demos o pueblo y el kratos o poder. El demos perdió su significado de
clase y se convirtió en una categoría política antes que social. Y el kratos fue compatibilizado con la alienación del poder popular; es decir,
fue con- vertido en lo opuesto a lo que
significaba para los antiguos atenienses. Aun cuando dejáramos a un lado
la exclusión de esclavos y mujeres, la redefinición estadounidense de democracia implicó diluir el poder popular, incluyendo el poder de los
ciudadanos varones quienes consti- tuían el pueblo o la nación política.
Permítanme, en
esta instancia, dejar algo bien
en claro. En rea- lidad, a
los padres fundadores de la
Constitución norteamericana les
desagradaba la democracia y no querían
construir una. En rigor, ellos
diferenciaban claramente su “república” de la democracia tal como era entendida
convencionalmente. Sin embargo, la injerencia de elementos más democráticos influyó en el debate y los forzó a una mutación re- tórica; así es que en ocasiones ellos denominaban a su república como una
“democracia representativa”. En esta nueva concepción de demo- cracia, el demos o
“pueblo” era crecientemente despojado de
su signi- ficado social. Las nuevas
condiciones históricas hicieron posible dotar al “pueblo” de un significado puramente político. El pueblo ya
no era la gente común, los pobres, sino
un cuerpo de ciudadanos que gozan de ciertos derechos civiles comunes. La particular definición de repre-
sentación del pueblo buscó expandir la distancia entre la ciudadanía y el poder, actuar como filtro entre las personas que accedían al estatus de ciudadano y pasaban a conformar el pueblo y
el Estado, e incluso identificar la democracia con el gobierno o mandato de los
ricos –como por ejemplo lo hizo Alexander Hamilton cuando argumentó contra la
representación “actual” e insistió en
que los comerciantes eran los re-
presentantes naturales de los artesanos y trabajadores.
De modo
que los padres fundadores
norteamericanos crearon un ciudadanía pasiva, una colección de ciudadanos –“el
pueblo”– concebi- da como una masa de
individuos atomizados –no como una
categoría social como el demos ateniense, sino
como un grupo de individuos ais-
lados con una identidad política
divorciada de sus condiciones sociales, especialmente en lo que
se refiere a su pertenencia de clase. Las
elecciones se transformaron en el “todo” –las elecciones en donde cada
individuo actúa solo, no únicamente en
términos de privacidad sino
también en lo que hace al aislamiento
respecto de todos los demás. En tal circunstancia, el voto individual reemplaza
cualquier tipo de poder colectivo. Esto es también, sin duda, lo que los
gobiernos han tratado de lograr con sus propuestas de reformas sindicales. Si
los sindicatos deben existir, es mejor que estén formados por miembros
aislados, sin contacto entre sí, en lugar de miembros que ejercen su poder como
colectivo.
De manera
que en
EE.UU. se inventó una nueva concepción de democracia, formada por muchos individuos particulares y aislados que renunciaban a su poder para delegarlo en
alguien más y disfrutar en forma pasiva de ciertos derechos cívicos y libertades
básicas. En otras palabras, ellos
inventaron un concepto de
ciudadanía pasiva, no- social e incluso despolitizada. Pero, al menos, la
democracia era defi- nida todavía como el
gobierno del pueblo (gobierno “del, por
y para el pueblo”), aun cuando el pueblo se había convertido en una categoría social neutra y su gobierno era sumamente débil e indirecto. En el si- guiente siglo, habría otros desarrollos del concepto de democracia.
Lo que observamos en el siglo XIX es la creciente identificación de la democracia con el liberalismo, la creciente tendencia a
cambiar el foco de discusión sobre la democracia de la idea
de poder popular hacia la
clase de límites constitucionales y
derechos pasivos ya mencio- nados anteriormente. Estos derechos y límites
son, como dije, valiosos en sí mismos, pero no son por sí
mismos necesariamente democráticos. A lo que
me refiero aquí es a la
estrategia ideológica de
reducción e identificación de la democracia con estos
límites y derechos liberales. Precisamente con esta
estrategia aparece toda una nueva historia de la democracia que, en
lugar de trazar el progreso del poder popular, orien- ta y convoca nuestra
atención hacia algo diferente.
En el siglo
XIX, la democracia fue tratada como una ampliación de los
principios constitucionales antes que
como una expansión del poder popular. Se trataba de una disputa entre
dos principios políticos y no del
resultado de una lucha de clases o entre fuerzas sociales –seño- res versus
campesinos, capital versus el trabajo.
Por ejemplo,
el gran pensador liberal, John Stuart Mill, describió el progreso político en
términos del conflicto entre autoridad y libertad o bien como aquello que en ocasiones él llamó el dominio de la
violen- cia versus el dominio de la ley o la justicia. No se trataba de la
disputa entre ricos y pobres o entre explotadores y clases explotadas. En estas historias, el énfasis no está
puesto en el ascenso de la gente común, el demos, a altos niveles de
poder social. Por el contrario, el
acento está puesto en la limitación del poder político y la protección contra
la tira- nía, y en la creciente liberación del ciudadano individual respecto del Estado,
las regulaciones comunales y las identidades y lazos tradicio- nales. Los héroes en estas
historias no son quienes han luchado
por el poder de la
gente (los levellers, los
chartists, los sindicatos,
los socia- listas, etcétera). En su
lugar, nuestros héroes pertenecen a
las clases propietarias, quienes
concibieron para nosotros nuestra Carta Magna
–la tan mentada Revolución Gloriosa de 1688 en Inglaterra– y la Cons- titución de EE.UU.
Es cierto
que, especialmente desde la Segunda
Guerra Mundial, las sociedades
capitalistas avanzadas –algunas más que
otras– han agregado una nueva dimensión a la idea de democracia, bajo la forma de asistencia social. Algunas
personas aún hablan acerca del desarrollo de los derechos sociales y de una
“ciudadanía social”. Así pues, si bien este
hecho ha sido de gran importancia para corregir el daño
causado por el capitalismo, a los fines de nuestra exposición nos interesa
señalar que incluso esta ciudadanía social es concebida en términos de
dere- chos pasivos.
Nuevamente,
todos estos cambios en el concepto de democra- cia fueron posibles por las características del capitalismo, la
particular relación entre capital y trabajo, y la también específica relación
capita- lista entre las esferas
económica y política. Entonces, ¿dónde estamos parados en la actualidad? Pues bien, los
movimientos anticapitalistas actuales han instalado la democracia en
el centro de sus debates en una forma que no ha sido siempre verdaderamente de izquierda. Y esta
identificación del anticapitalismo con la democracia parece sugerir que
estos movimientos reconocen una
contradicción fundamental entre ca- pitalismo y democracia, pero esto no
significa lo mismo para todos.
Por un lado, por
ejemplo, están aquellos para quienes la democracia es compatible con un
capitalismo reformado, en el cual las
grandes corpo- raciones son socialmente
más conscientes y rinden cuentas a la
volun- tad popular, y donde ciertos
servicios sociales son cubiertos por
institu- ciones públicas y no por
el mercado o, por lo menos,
son regulados por alguna agencia pública
que debe rendir cuentas. Esta concepción
puede ser menos anticapitalista que anti-neoliberal o anti-globalización. Por
otro lado, están aquellos que creen que,
aun cuando es siempre crucial luchar por
cualquier reforma democrática posible en
la sociedad ca- pitalista, el
capitalismo es en esencia incompatible
con la democracia personalmente me sitúo
en esta última perspectiva.
Existe otro
problema adicional. Muchos desde la izquierda an- ticapitalista creen que el
viejo terreno de las
luchas políticas ya no está en
juego a causa de la globalización. El
Estado-nación, que solía ser la arena principal de las
políticas democráticas, está abriéndose camino a la
globalización, de modo que tendríamos que encontrar alguna otra posibilidad de
oponernos al capital –si es que
cabe pensar en esta posibilidad.
El
planteo más reciente en este
sentido es el desarrollado por Hardt y Negri en su libro Imperio (2002). Ellos nos
dicen que el poder del capital
imperial está en todas partes y en ninguna. El Imperio, dicen, es un
“no-lugar”. Y debido a que no hay puntos
tangibles de concentra- ción del poder capitalista, no puede existir realmente un contrapoder. En este
sentido es que tenemos que
pensar en políticas de oposición en términos diferentes, aunque lo
que esto
pueda significar los autores nunca lo dejan del todo claro.
Hardt y
Negri son mucho más
específicos en lo que respecta al tipo de luchas que no creen
posibles, y entre ellas incluyen los conflictos locales y nacionales, las luchas
de los movimientos de trabajadores y al- gunas otras. Mucha gente que integra el movimiento anticapitalista ve en Imperio un manifiesto optimista para sus políticas, pero a mi juicio se trata
justamente de todo lo contrario. En mi opinión, esta obra pare- ce expresar un profundo pesimismo sobre la posibilidad de
una lucha democrática y anticapitalista. Creo
que están equivocados. Es simple- mente falso que
no existan puntos tangibles
de concentración del po- der
capitalista. No es verdad que el
estado territorial que conocimos se
encuentre en declinación frente a la economía global. Por el contrario, creo que el
capital depende más que nunca de
un sistema de estados locales que administren el capitalismo global.
El problema del
Estado en el capitalismo
internacional es más complicado dado que el capitalismo global no posee un
Estado interna- cional que lo sustente y, hasta el momento, tampoco creo que construya tal Estado. La forma política
de la globalización no es un Estado
inter- nacional sino un sistema de
varios estados nacionales; de hecho, consi- dero que la esencia de la globalización es una
creciente contradicción entre el alcance global del poder económico capitalista
y el mucho más limitado alcance de los estados territoriales que el capitalismo necesita para sostener las
condiciones de acumulación. Precisamente esta
con- tradicción también es posible y necesaria por aquella división propia del capitalismo entre
economía y política.
En resumidas cuentas, mi argumento sostiene que lo que
esta- mos presenciando en el
nuevo imperialismo norteamericano es un
es- fuerzo continuo por lidiar con la contradicción entre la esfera de
acción del poder económico y la continua dependencia del capital de un siste- ma
global de estados territoriales.
Esto representa, sin lugar a dudas, un
peligro para el mundo en su conjunto, pero a la vez nos habla de algo más.
Hasta aquí he explicado qué hace al capitalismo compatible con cierta
clase de democracia, y qué hace posible que las clases dominan- tes acepten este tipo
de régimen –el hecho de la separación de las esfe- ras política y económica. Esta situación ha hecho posible la tolerancia de los partidos
de la clase trabajadora en la política,
incluso sin haber estado nunca las
clases dominantes de acuerdo con esta
idea. Pero además sostuve que
esta vieja separación ha
sido desbaratada porque el capital internacional necesita del
Estado más que nunca para organizar los
circuitos económicos que el capital no puede manejar por sí mismo. Porque el
capital depende, tal vez hoy más
que nunca, de un
sistema global de estados,
las luchas verdaderamente democráticas
–entendi- das como contiendas para
cambiar el balance de poder de clase
tanto dentro como fuera del Estado– pueden llegar a tener un
efecto mucho mayor que en épocas
anteriores.
BIBLIOGRAFÍA
Aristóteles
1986 La Política (Buenos Aires:
Alianza).
Hamilton,
Alexander; Madison, James y Jay, John 1998 (1780) El
Federalista (México DF: Fondo de Cultura Económica).
Hardt, Michael
y Negri, Antonio 2002 Imperio (Buenos Aires: Paidós). Hobsbawm, Eric 1988 La era del imperio: 1875-1914
(Barcelona: Labor). Wood, Ellen Meiksins
2000 Democracia contra capitalismo. La
renovación
del
materialismo histórico (México DF: Siglo
XXI).
Pablo González Casanova*
Colonialismo interno
[una redefinición]
* Sociólogo y politólogo. Director del Centro de
Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM,
e Investigador Emérito de la misma unidad académica.
EN LA
HISTORIA DEL CAPITALISMO
En una
definición concreta de la categoría de colonialismo interno, tan significativa
para las nuevas luchas de los pueblos, se requiere precisar: primero, que el colonialismo interno se da
en el terreno económico,
político, social y cultural; segundo, cómo evoluciona a lo largo de la his-
toria del Estado-nación y el capitalismo; tercero, cómo se relaciona con
las alternativas emergentes, sistémicas
y antisistémicas, en particular las
que conciernen a “la resistencia” y “la
construcción de autonomías” dentro del
Estado-nación, así como a la creación de
vínculos (o a la ausencia de
estos) con los movimientos y fuerzas
nacionales e interna- cionales de la democracia, la liberación y el socialismo.
El
colonialismo interno ha sido una
categoría tabú para muy dis- tintas
corrientes ideológicas. Para los ideólogos del
imperialismo, por- que no pueden
concebir que se den relaciones de comercio inequitativo
–desigualdad y
explotación– ni en un plano
internacional ni a nivel in-
terno. Para
los ideólogos que luchan con los movimientos de liberación nacional o por
el socialismo, porque, una vez en el poder, dejan a un lado el pensamiento
dialéctico y no aceptan reconocer que el
Estado-nación que dirigen, o al que sirven, mantiene y renueva muchas de las
estruc- turas coloniales internas que
prevalecían durante el dominio colonial o burgués. Aún más, estos
ideólogos advierten con razón cómo el imperia- lismo o la burguesía aprovechan
las contradicciones entre el gobierno
nacional y las nacionalidades neocolonizadas para debilitar y desestabi- lizar
cada vez que pueden a los estados
surgidos de la revolución o las luchas de liberación, y esos argumentos, que
son válidos, les sirven tam- bién como
pretexto para oponerse a las luchas de las “minorías naciona- les”, “las
nacionalidades” o “los pueblos originales”, sin
que la correla- ción de fuerzas subsistente sea alterada y
sin que
se les permita a estos últimos modificarla en un sentido liberador
que incluya la desaparición de las relaciones
coloniales en el interior del Estado-nación.
La definición
del colonialismo interno está
originalmente ligada a fenómenos de conquista, en que las poblaciones de
nativos no son ex- terminadas y forman parte, primero, del Estado colonizador
y, después, del Estado que adquiere una independencia formal, o que
inicia un proceso de liberación, de transición al socialismo o de
recolonización y regreso al capitalismo neoliberal. Los pueblos, minorías o naciones colonizados
por el Estado-nación sufren condiciones
semejantes a las que los caracterizan en
el colonialismo y el neocolonialismo a nivel
in- ternacional: habitan en un territorio sin gobierno propio; se
encuentran en situación de desigualdad frente a las elites de las etnias dominantes y de las
clases que las integran; su
administración y responsabilidad jurídico-política conciernen a las etnias dominantes, a las burguesías y oligarquías del gobierno central o a los aliados y subordinados del mismo; sus
habitantes no participan en los más
altos cargos políticos y militares del
gobierno central, salvo en condición de “asimilados”; los derechos de
sus habitantes y su situación económica,
política, social y cultural son
regulados e impuestos por el
gobierno central; en general, los
colonizados en el interior
de un
Estado-nación pertenecen a una
“raza” distinta a la que domina en
el gobierno nacional, que es
consi- derada “inferior” o, a lo sumo, es convertida en un símbolo “liberador” que forma parte de la demagogia estatal; la
mayoría de los colonizados pertenece a una cultura distinta y habla una lengua
distinta de la “na- cional”. Si, como afirmara Marx, “un
país se enriquece a expensas de
otro país” al igual que “una clase
se enriquece a expensas de otra clase”, en muchos estados-nación que
provienen de la conquista de territorios, llámense Imperios o Repúblicas, a
esas dos formas de enriquecimiento se
añaden las del colonialismo interno (Marx, 1963: 155, Tomo I).
En la época moderna, el colonialismo interno
tiene antecedentes en la opresión y
explotación de unos pueblos por otros, desde que a la articulación de distintos feudos y
dominios, característica de la formación
de los reinos, se sumaron, en el siglo
XVII, la Revolución Inglesa y el poder de las burguesías. Los acuerdos
más o menos libres o forzados de las
viejas y nuevas clases dominantes
crearon mezclas de las antiguas y nuevas formas de dominación y apropiación del excedente, y dieron lugar a formaciones
sociales en las que fue prevaleciendo
cada vez más el trabajo asalariado frente al trabajo servil, sin que ni
este ni el esclavo desaparecieran. La creciente importancia de la lucha entre
dos clases, la burguesía y el proletariado, se dio con toda claridad en la
primera mitad del siglo XIX. A partir de entonces, la lucha de clases ocupó un
papel cen- tral para explicar los fenómenos sociales. Pero a menudo se
extrapoló su comportamiento, ya porque se pensara que la Historia humana
conducía del esclavismo al feudalismo y luego
al capitalismo; ya porque no se re- parara en el hecho de que el capitalismo industrial sólo permitía hacer generalizaciones sobre una
parte de la humanidad; ya porque no se ad- virtiera que el capitalismo clásico
estaba sujeto a un futuro de mediacio- nes
y reestructuraciones de la clase
dominante y del sistema capitalista por el que aquella buscaría
fortalecerse frente a los trabajadores.
En todo
caso, en el propio pensamiento clásico
marxista prevale- ció el análisis de la dominación y explotación de los
trabajadores por la burguesía frente al análisis de la dominación y explotación
de unos paí- ses por otros. Con la
evolución de la socialdemocracia y su cooptación por los grandes poderes
coloniales, no sólo se atenuó y hasta olvidó el análisis de clase, también se acentuó el menosprecio por las
injusticias del colonialismo. Estudios como el de J. A. Hobson (1902) sobre el impe- rialismo fueron verdaderamente
excepcionales. Sólo con la Revolución Rusa se planteó a la vez una
lucha contra el capitalismo y contra el co- lonialismo. Por parte de los
pueblos coloniales o dependientes, durante mucho tiempo surgieron movimientos
de resistencia y rebelión con ca-
racterísticas predominantemente particularistas. A principios del siglo XX, algunas revoluciones de
independencia y nacionalistas empezaron a ser ejemplares, como la Revolución
China o la Mexicana. Pero los fe- nómenos de colonialismo interno, ligados a la
lucha por la liberación, la democracia y el socialismo, sólo se dieron más tarde. Aparecieron ligados al surgimiento de
la nueva izquierda de los años sesenta y a su crítica más o menos radical de las
contradicciones en que habían in- currido los estados dirigidos por
los comunistas y los nacionalistas del Tercer Mundo. Aún así, puede decirse
que no fue sino hasta fines
del si- glo XX cuando los movimientos de resistencia y por la autonomía
de las etnias y los pueblos oprimidos
adquirieron una importancia mundial. Muchos de los movimientos de etnias,
pueblos y nacionalidades no sólo superaron la lógica de lucha tribal (de una tribu o etnia contra otra) e hicieron
uniones de etnias oprimidas, sino
que plantearon un proyecto simultáneo de luchas por la
autonomía de las etnias, por la
liberación nacional, por el socialismo y por la democracia. La construcción de
un Estado multiétnico se vinculó a la construcción de “un mundo hecho de muchos
mundos” que tendría como protagonistas a los pueblos, los tra- bajadores y los
ciudadanos. En ese proyecto se destacaron los conceptos de resistencia y
autonomía de los pueblos zapatistas de México
(Gonzá- lez Casanova, 1994; 2001; Harvey, 2000; Baschet, 2002).
OBSTÁCULOS Y LOGROS EN LA
DEFINICIÓN
Los primeros
apuntes del colonialismo interno se encuentran en la pro- pia obra de Lenin. En 1914, se interesó por plantear la solución al pro- blema de las
nacionalidades y las etnias
oprimidas del Estado zarista para el momento
en que
triunfara la revolución
bolchevique. En ese año escribió “Sobre el derecho de las naciones a
la autodeterminación”, y en 1916
escribió específicamente sobre “La revolución socialista y el derecho de
las naciones a la autodeterminación” (Lenin, 1985).
Lenin buscó
“evitar la preponderancia de Rusia sobre las demás unidades nacionales” (Lenin,
1985: 360, Tomo XXXVI). Hizo ver que la
Internacional Socialista debía “denunciar implacablemente las conti- nuas violaciones de la igualdad de las
naciones y garantizar los derechos de
las minorías nacionales en todos los
Estados capitalistas” (Lenin,
1985: 294-297,
Tomo XXXIII). A fines de la guerra, planteó la necesidad de una lucha simultánea contra el paneslavismo,
el nacionalismo y el patriotismo ruso (que
constituían la esencia del imperialismo ruso), y en 1920 hizo
un enérgico llamado a poner
atención en “la cuestión na- cional” y en el hecho de que Rusia, “en un
mismo país, es una prisión de
pueblos” (Lenin citado por Gallissot,
1981: 843, Tomo III,
Parte II). La noción de colonialismo interno no apareció, sin
embargo, hasta el Congreso de los Pueblos de Oriente celebrado en Bakú
en septiembre de ese mismo año.
Allí, los musulmanes de Asia, “verdadera colonia del imperio ruso”, trazaron
los primeros esbozos de lo
que llamaron “el colonialismo en el interior de Rusia”. Aún más, hicieron los primeros planteamientos en
el ámbito marxista-leninista de lo que
llegaría a co- nocerse más tarde como la autonomía de las etnias.
Concretamente, sos- tuvieron que “la
revolución no resuelve los problemas de las relaciones entre las masas
trabajadoras de las sociedades industriales dominantes y las sociedades dominadas” si no se plantea también el problema de la
autonomía de estas últimas (Shram y Carrère d‘Encausse, 1965). Ad- virtieron la dificultad de realizar a la
vez un análisis de la lucha de libe- ración, o de la lucha por la autonomía de las etnias, que no descuidara el análisis de clase
o que no subsumiera la lucha de los
pueblos y las naciones en la
lucha de clases. De hecho, frente a la posición del pro- pio Lenin en el II Congreso del
Komintern, una fuerte presión obligó a pensar qué etnias y minorías se
redimirían por la revolución proletaria.
Sultan-Galiev quiso encontrar una solución que
aumentó los enredos metafísicos
sobre colonialismo y clase. En 1918
sostuvo que los pueblos oprimidos “tenían el derecho a ser llamados pueblos
proletarios” y que, al sufrir la opresión casi
todas sus clases, “la revolución
nacional” ten- dría el carácter de revolución socialista. Estas y otras
afirmaciones ca- rentes del más mínimo
rigor para analizar las complejidades de la lucha de clases y para construir la
alternativa socialista endurecieron las po- siciones de quienes sostenían
directa o indirectamente que “la cuestión nacional” (como eufemísticamente
llamaban al colonialismo interno) “sólo podría
resolverse después de la revolución
socialista” (Gallissot,
1981: 850,
Tomo III, Parte II). Los
propios conceptos que tendieron a
prevalecer en el estado centralista
–enfrentado al imperialismo y al capitalismo– se complementaron con reprimendas a las reivindicacio- nes concretas de
croatas, eslovenos, macedonios, etc.
Se condenaron sus demandas como particularistas, en especial las
que reivindicaban la
independencia. Así se cerró la discusión en el V Congreso de la Inter-
nacional. A partir del VI Congreso, “se abandonaron las posiciones ana- líticas”
y se concibió “lo universal” al margen de los hechos nacionales y étnicos.
Desde entonces prevaleció la dictadura
de Stalin en el partido y en el país
(Hájek, 1980: 483-486, Vol. III).
Encontrar la
convergencia de “la revolución socialista” y la “revolución nacional” siempre
resultó difícil. La teorización principal se hizo en torno a las clases,
mientras etnias o nacionalidades fueran conce- bidas como sobredeterminaciones
circunstanciales. Los conceptos de et- nias
y nacionalidades, como los de alianzas y frentes, oscilaron más que los de la lucha de clases en función de
categorías abstractas y posiciones tácticas. Clase y nación, socialismo y derechos de las
etnias, enfrenta- mientos y alianzas, se defendieron por separado o se
juntaron según los juicios coyunturales del partido sobre las “situaciones
concretas”.
El descuido
del concepto de colonialismo interno en el marxismo oficial y en
el crítico obedeció a intereses y preocupaciones muy difí- ciles
de superar. La hegemonía de la Unión de
Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en los partidos comunistas del
mundo dio a sus plan- teamientos sobre el problema un carácter paradigmático.
Las luchas de las naciones contra el imperialismo, y la lucha de clases en el
interior de cada nación y a nivel
mundial, oscurecieron las luchas de las etnias en el interior de los
estados-nación. Sólo se encontró sentido
a las luchas nacionales como parte de la lucha antiimperialista y la lucha de
clases o de estrategias variables como los “frentes amplios”.
Desde los años treinta y cuarenta, toda demanda de
autodetermi- nación en la URSS fue tachada de separatista y nacionalista. La
hege- monía de Rusia y de los rusos correspondió a un constante y creciente liderazgo. La participación de otros pueblos en las
esferas públicas y sociales llegó
a ser prácticamente nula. La
propia “clase trabajadora” que perteneció al Partido Comunista de la Unión
Soviética (PCUS) era sobre todo rusa.
En lo que respecta a la expansión de las
grandes in- dustrias en el territorio de la URSS, los rusos hacían “colonias” aparte y eran
muy pocos los nativos que habitaban en
ellas. La administración autoritaria dependía de Moscú para sus principales decisiones. En los años setenta, se acentuó la lucha
por la democracia y las autonomías.
Las respuestas del Estado fueron inflexibles. La Constitución de 1977 no incluyó ningún artículo sobre los
derechos de las minorías o las et- nias. En
una reforma a la Constitución el 1° de diciembre de 1988, se formuló un
artículo por el que se pedía al Soviet de las
Nacionalida- des promover la igualdad entre las naciones, respetar sus intereses
y luchar por “el interés común y
las necesidades de un Estado soviético
multi-nacional”. El partido se refirió a
la necesidad de legislar sobre los derechos a usar con mayor frecuencia la lengua de las
nacionalida- des y crear instituciones
para la preservación de las culturas
locales, y planteó la necesidad de hacer efectivos y ampliar los
derechos a tener representación en el gobierno central. Todo quedó en buenos deseos de una política
que, en parte, sí se aplicó entre los
años veinte y los sesen- ta, período
en que
a la publicación de textos
en varios idiomas de las distintas nacionalidades y al impulso de
las culturas locales les corres- pondió un
proceso de transferencia de excedente económico de Rusia a sus periferias, proceso que se revirtió desde fines de los sesenta. En cualquier caso, incluso en
los mejores tiempos, los rusos mantuvieron su hegemonía en la URSS y sus repúblicas. En medio de grandes trans-
formaciones y de innegables cambios culturales y sociales, los rusos re-
hicieron la dominación colonial al interior de su territorio hasta que la URSS
se volvió una nueva prisión de nacionalidades (Vorkunova, 1990;
Ustinova, 1990). Más que
cualquier otra nación de la
URSS, Rusia se “identificó” con la Unión Soviética y con el sistema socialista. El cen- tralismo
moscovita aplastaba y explotaba tanto las
regiones de Rusia como las
siberianas. Así, el comunismo de Estado suscitó en el interior de la
propia Rusia resentimientos nacionales y locales. El fenómeno se hizo patente con
la disolución de la URSS y el
nuevo gobierno ruso. Cuando se disolvió la URSS, Chechenia fue
integrada en las fronteras de la nueva Rusia como una de sus
21 repúblicas, a pesar de que nunca quiso firmar el Tratado Federal de las
Repúblicas, Territorios y Barrios Autónomos (Ferro y Mandrillon, 1993: 167-169,
179-180).
Todas las
circunstancias anteriores y muchas más
impusieron un freno intelectual y oficial, inhibitorio y autoritario, a
la reflexión sobre el “colonialismo interno”. Ese freno se dio especialmente en
los países me- tropolitanos e imperialistas, pero también en las “nuevas
naciones”. La lógica de la construcción
del Estado y las alianzas políticas, consciente e inconscientemente, logró que
la categoría del colonialismo interno fuera objeto sistemático de rechazo. En la periferia del mundo, Franz Fanon planteó
el problema de los estados liberadores que
sustituyen a los explotadores extranjeros por los explotadores nativos, pero no relacionó ese problema con las etnias
explotadas sino con las clases (Fanon,
1961:
111 y
ss.). Casi todos los líderes e ideólogos
dieron prioridad a la lucha contra el imperialismo y a la lucha de clases como
base para rechazar la lucha de las
etnias, sin que estas pudieran romper las barreras epistemo- lógicas y tácticas
que llevaban a desconocer sus especificidades. Así, el problema del
colonialismo interno se expresó de manera fragmentaria y dispersa en el
pensamiento marxista y revolucionario.
Cuando la
noción de colonialismo interno fue
formulada de ma- nera más
sistemática en América Latina, su vinculación con la lucha de clases y el poder del Estado
apareció originalmente velada. En La demo- cracia en México sostuve la tesis de que en el interior de
dicho país se da- ban relaciones
sociales de tipo colonial. “Rechazando que el colonialismo sólo debe contemplarse a escala internacional”, afirmé
que este también “se da en el interior de una misma nación, en la
medida en que hay en ella una heterogeneidad étnica, en
que se ligan determinadas etnias con los grupos y clases dominantes, y otras con los
dominados” (González Casanova, 1965).
Ya en un artículo de 1963 había analizado el concepto a nivel interno e
internacional, que luego amplié en 1969
en ensayos sobre Sociología de la explotación (González Casanova, 1987). En
esos traba- jos se precisaron los
vínculos entre clases, imperialismo, colonialismo y colonialismo interno. También
se amplió el alcance de este último, y se lo relacionó con las diferencias
regionales en la explotación de los traba- jadores y con las transferencias de excedente de las
regiones dominadas a las dominantes. El planteamiento correspondió a esfuerzos
semejantes que fueron precedidos por C.
Wright Mills (1963: 154),
quien de hecho fue el primero en usar la expresión “colonialismo
interno”.
Por esos
años, el concepto empezó a ser
formulado sobre todo en el
marxismo académico, en el pensamiento
crítico y en las investi- gaciones empíricas de América
Latina, Estados Unidos, África, Europa, Asia
y Oceanía. La literatura al
respecto es muy abundante e incluye
investigaciones y trabajos de campo, entre los que sobresalió como uno de los
pioneros el de Rodolfo Stavenhagen (1963). Las
discusiones so- bre el concepto
pasaron de ser debates más o menos contenidos entre especialistas, a ser verdaderos encuentros y desencuentros entre
polí- ticos y dirigentes
revolucionarios. Guatemala es tal vez el ejemplo más marcado de cómo se planteó
la lucha en torno al “colonialismo interno” como categoría para la liberación y
el socialismo de indios y no indios. Allí también se dio el caso
más agudo de mistificaciones
que reducían esa categoría a una
perspectiva étnica y de “repúblicas de indios”. A la violencia física se añadió la violencia verbal, lógica e histórica que hace sufrir a “los más pobres entre los pobres” (González Casanova,
2000).
La historia
del colonialismo interno como categoría, y de las dis- cusiones a que dio
lugar, dio muestras de sus peores dificultades en la comprensión de la lucha de
clases así como de la lucha de
liberación combinada a nivel
internacional e interno. Las corrientes ortodoxas se opusieron durante
mucho tiempo al uso de esa
categoría. Prefirieron seguir pensando en términos de lucha contra el
“semifeudalismo” y el trabajo servil,
sin aceptar que desde los
orígenes del capitalismo las formas
de explotación colonial combinan el trabajo esclavo, el trabajo servil y el trabajo asalariado. Los estados de
origen colonial e imperia- lista y sus clases dominantes rehacen y conservan
las relaciones colo- niales con las
minorías y las etnias colonizadas
que se encuentran en el interior de
sus fronteras políticas. El fenómeno se
repite una y otra vez después de la caída de los imperios y de la independencia
política de los estados-nación, con
variantes que dependen de la
correlación de fuerzas de los antiguos habitantes colonizados y
colonizadores en los estados que lograron la independencia.
Una objeción menor al uso
de la categoría de
colonialismo in- terno consistió en afirmar que, en todo caso, lo que existe
es un semi- colonialismo o
neocolonialismo interno, lo cual en
parte es cierto si por tales
se toman las formas de
dependencia y explotación colonial mediante el empleo (o la asociación)
de gobernantes nativos que pre- tenden representar a las etnias de un
Estado-nación. Sólo que no todos los gobernantes de las etnias
oprimidas se dejan cooptar por las fuerzas dominantes: muchos encabezan la
resistencia de sus pueblos e incluso
buscan con ellos nuevas alternativas de liberación, en una lucha que en América
lleva más de quinientos años. Las etnias
o comunidades de na- tivos o “habitantes
originales” resultan ser así objetos de dominación y explotación, y también importantes sujetos
de resistencia y liberación.
MISTIFICACIONES Y ESCLARECIMIENTOS
El colonialismo
interno ha dado lugar a innumerables
mistificaciones que pueden agruparse en cinco principales. Primera: se lo
desliga de las clases sociales e incluso se lo excluye de las relaciones de
explotación. No se lo comprende como un fenómeno característico del desarrollo del capitalismo, ni se ve
a quienes luchan contra él desde las
etnias colonizadas como parte del
pueblo trabajador y del
movimiento por la democracia, la liberación y el socialismo. Segunda: no
se lo conecta con la lucha por
el poder efectivo de un
Estado-nación multiétnico, por el
poder de un Estado de
todo el pueblo o de todos
los pueblos, o por un poder
alternativo socialista que se construya desde los mo- vimientos de trabajadores, campesinos, pobladores urbanos.
Tercera: en sus versiones más
conservadoras se lo conduce al etnicismo y a la lucha de etnias, al
batustanismo y otras formas de balcanización y tri- balización que tanto han ayudado a las
políticas colonialistas de las
grandes potencias y de los estados periféricos a acentuar las diferencias y
contradicciones internas de los estados-nación o de los pueblos que se liberan.
En la interpretación etnicista del colonialismo interno, las etnias más débiles no son convocadas expresamente a
unirse entre sí ni a luchar al lado de
la etnia más amplia y de sus fuerzas liberadoras, o dentro del movimiento
de todo el pueblo y de todos los pueblos. No se apoya a las etnias en las
luchas contra sus “mandones” y
“caciques”, o contra los grupos de poder e interés, muchos de ellos ligados a las cla- ses dominantes del Estado-nación y de las potencias imperialistas. La versión
conservadora del colonialismo interno
niega u oculta la lucha de clases y la lucha antiimperialista, aísla a cada etnia y exalta su iden- tidad como una
forma de aumentar su aislamiento. Cuarta: se rechaza la existencia del
colonialismo interno en nombre de la lucha de clases, a menudo concebida de
acuerdo con la experiencia europea que fue una verdadera lucha contra el feudalismo.
Se rechaza al colonialismo inter- no en nombre de la “necesaria
descampesinización” y de una supuesta tendencia a la proletarización de
carácter determinista, que idealiza a
una lucha de clases simple. Para
ese efecto se invoca como ortodoxia
marxista la línea de una revolución anti-feudal, democrático-burguesa y
antiimperialista. Esta mistificación, como algunas de las anteriores, utiliza argumentos
revolucionarios para legitimar políticas conserva- doras e incluso
reaccionarias. Quinta: consiste en rechazar el concepto de colonialismo interno con argumentos propios de la
sociología, la antropología o la
ciencia política estructural-funcionalista, por ejem- plo
al afirmar que se trata de un problema eminentemente cultural de la llamada
“sociedad tradicional”, el cual habrá de
resolverse con una política de “modernización”; y que se
trata de un problema de
“inte- gración nacional” para construir un Estado homogéneo que llegará a tener una misma lengua y una misma
cultura. En estas posiciones se
sostiene, de una manera u otra, que el
colonialismo interno, en caso de
existir, llegará a su fin mediante el
“progreso”, el “desarrollo”, la “mo- dernidad”; y que, si algo
hay parecido al “colonialismo
interno”, la se- mejanza se debe a que sus víctimas, o los habitantes que lo padecen, se hallan en etapas anteriores de
la humanidad (“primitivas”, “atrasadas”). El darwinismo político y la
sociobiología de la modernidad se utilizan para referirse a una inferioridad
congénita de esas poblaciones que son
“pobres de por sí” y que
no están sometidas a explotación
colonial ni a explotación de clase.
Los teóricos del Estado centralista sostienen que lo
verdaderamente progresista es
que todos los ciudadanos sean iguales ante la ley, y afirman
que los
problemas y las soluciones para
las minorías y las mayorías corresponden al ejercicio de los
derechos individuales, y no de supuestos derechos de los pueblos o las
etnias de origen colonial y neocolonial. Otros invocan la necesidad de
fortalecer a la Nación-estado frente a otros estados y frente a las potencias
neoco- loniales, acabando con las diferencias tribales que estas últimas aprovechan
para debilitar el legado y el proyecto del Estado-nación a que cada uno pertenece. Semejantes argumentos son acentuados en la etapa del “neoliberalismo” y
la “globalización” por gobiernos que
colaboran en el debilitamiento del Estado-nación, como los de Guatemala y
México.
Las tesis
que distorsionan o se
niegan a reconocer el colonia- lismo interno se enfrentan a
planteamientos cada vez más ricos vin- culados con las
luchas contra la agresión, explotación y colonización externa e interna.
Entre las zonas o regiones donde se ha discutido con más profundidad el problema del colonialismo interno se encuentran
África del Sur
y Centroamérica. El Partido Comunista Sudafricano (South African
Communist Party, SACP) ha afirmado: “La Sud-África de la población que no es
blanca es la colonia de la población blanca de Sud-África” (SACP, 1970). Ha hecho ver cómo el capital monopólico y el
imperialismo se han combinado con el
racismo y el colonialismo para explotar y oprimir a territorios que viven
bajo un régimen colo- nial o neocolonial. El planteamiento ha dado lugar a grandes debates, muchos de
ellos formales, en los que
se niega el colonialismo interno afirmando que “desde una perspectiva marxista (per se) la
clase obrera bajo el capitalismo no puede beneficiarse de la
explotación colonial” (Southall, 1983).
El problema se ha complicado con la mistificación que implica buscar la
independencia de “sub-estados” o
“estados étnicos” sin capacidad
real para enfrentar el poder de la burguesía y el impe- rialismo. El
oscurecimiento ha sido aún más
grave en el caso
del uso del concepto de
colonialismo interno por el pensamiento
conservador y paternalista, que pretende
dar la bienvenida a la fingida
independencia de los batustanes. En ocasiones, el debate se ha hecho tan complejo que muchos autores progresistas y
marxistas han recurrido más frecuen-
temente al concepto de racismo como mediación de la lucha de clases que al
concepto de colonialismo interno.
O‘Meara ha expresado este hecho de la
siguiente manera: “la política racial es un
producto histó- rico diseñado
sobre todo para facilitar la acumulación de capital, y ha sido usado así
por todas las clases con
acceso al poder del Estado en
Sud-África” (1975: 147). Con el racismo, como ha observado Johnstone, “los
nacionalistas y los obreros blancos logran la prosperidad y la fuer- za
material por la supremacía blanca”
(1970: 136). Todo
esto es cierto, pero con el solo
concepto de racismo se pierde el de los derechos de las “minorías nacionales” o
“etnias” dominadas y explotadas en condicio- nes coloniales o semicoloniales, y
que resisten defendiendo su cultura y su identidad. Con el solo concepto de
“racismo” se pierde el del derecho que
tienen las etnias a regímenes autónomos.
La noción de
etnias ligada a la revolución de todo el pueblo y al poder de un Estado que
reconozca su autonomía es la solución que en- contró el gobierno revolucionario de Nicaragua, finalmente derrocado por la
“contra” y por la claudicación de muchos
de sus
dirigentes. En 1987 en Nicaragua fue promulgada una nueva Constitución
que en el ar- tículo 90 incluye los derechos de las etnias a la “autonomía
regional”. El concepto de autonomía y su formulación jurídica lograron precisar
con toda claridad la diferencia entre “autonomía regional” y soberanía del Estado-nación. Para
fortalecer al Estado-nación y respetar la identidad y los derechos de las
etnias, se buscó resolver a la vez el “problema étnico- nacional” (Díaz Polanco, 1987: 95-116). Se
“reconoció la especificidad
lingüística, cultural y socioeconómica de las etnias o minorías naciona- les” a
las que con frecuencia tratan de ganar para sí la contrarrevolución y el
imperialismo (Díaz Polanco y López y Rivas, 1986). El planteamiento no logró,
sin embargo, vincular suficientemente las
luchas de las etnias con las de las
demás fuerzas democráticas y liberadoras. La tendencia a plantear la lucha por
la “autonomía” de los pueblos indios sin vincularla con las luchas por las autonomías de los
municipios, y con aquellas de las organizaciones de pueblos, trabajadores y
ciudadanos, haría de ese esfuerzo un
ejemplo que sólo sería superado por el movimiento de libe-
ración de Guatemala y, sobre todo, por los zapatistas de México. Frente al
“indigenismo marxista que no contempló ninguna reivindicación étnica” (Saladino
García, 1983: 35), o frente al que
pretendió oscurecer la lucha de
clases con las luchas de
las etnias, desde la década
del ochenta los revolucionarios
centroamericanos, en particular los de Nicaragua y Gua- temala, aclararon considerablemente
la dialéctica real de la doble lucha.
Para nosotros
–dice un texto guatemalteco– el camino del triunfo de la
revolución entrelaza la lucha del pueblo en general contra la explo- tación de
clase y contra la dominación del
imperialismo yanqui, con la lucha por
sus derechos de los
grupos étnico-culturales que con-
forman nuestro pueblo, complementándolos de manera dialéctica y sin producir antagonismos (“Los pueblos indígenas y la revolución
guatemalteca”, 1982).
CONCEPTOS DE
LA LUCHA Y DE LOS ESPACIOS DE
LA LUCHA
A la presencia
del colonialismo interno en el concepto de la lucha de clases y por la liberación
nacional, se añade su presencia en el concepto de los espacios de la lucha de
clases y por la liberación nacional. Si en un caso el colonialismo interno enriquece la
comprensión y la acción de las luchas de los trabajadores y los pueblos
oprimidos, en otro plantea el problema de las diferencias y semejanzas de los
campos de lucha que no sólo interesan a los trabajadores o a los pueblos
oprimidos, sino a todas las fuerzas
ocupadas en construir un mundo alternativo desde lo local hasta lo
global, desde lo particular hasta lo universal. La diferencia entre precisar la
lucha y los campos de lucha se aclara a partir de algunos tex- tos de José Carlos Mariátegui, Antonio Gramsci y Henri
Lefebvre.
José
Carlos Mariátegui (1894-1930),
fundador del Partido Socialista del Perú, que
perteneció a la III
Internacional, colocó a los pueblos indios en el centro de
la problemática nacional. La originali- dad de
su planteo, y la dificultad para
reconocerla, se perciben mejor si se coloca la cuestión de las
etnias entre los problemas
centrales de la humanidad. La idea
resulta políticamente chocante y epistemológi- camente desdeñable. Para
la mayor parte de las
fuerzas dominantes en Perú y
en el mundo, los problemas de
los indios, las minorías, las etnias, son problemas “particularistas”, no universales. La concepción de Mariátegui
sobre el tema poco tiene que ver con
buena parte de la izquierda de ayer
y de hoy, para las que los indios y las etnias sometidas “no se ven”, no
existen como actores ni en la problemática de la lucha de clases, ni en la
lucha nacional contra el imperialismo, ni en el proyecto de una revolución
democrática y socialista. Para este
autor, en cambio es imposible que una política en Perú no tenga como
principal referente a los pueblos indios. Si generalizamos su reflexión,
Mariátegui plantea en cada país o
Estado-nación pluriétnico la imposibilidad de una políti- ca alternativa
que no tome en cuenta, entre los actores
centrales, a sus etnias o pueblos oprimidos, aliados e integrados con los
trabajadores y las demás fuerzas
democráticas y socialistas. Yendo más
allá de los planteamientos populistas de su tiempo y
de su país, propone una lucha nacional e
iberoamericana en que lo indo-nacional y
lo indoamericano se inserten en la realidad mundial de la lucha de liberación y
de clases. Se opone con razón al proyecto populista de “formación de las repúbli-
cas independientes” con los pueblos indios. Al mismo tiempo, reconoce como
actor central en la lucha nacional y de clases a los indios unidos con los
trabajadores (Mariátegui, 1928). Y esta
propuesta no representó simplemente un
decir, o una reflexión quijotesca y dogmática de india- nismo y
obrerismo; fue realismo político y
revolucionario. Mariátegui indianizó la lucha de clases; indianizó la lucha
antiimperialista y plan- teó la
necesidad de hacer otro tanto en
cualquier país o región donde
hubiera poblaciones colonizadas, etnias, pueblos oprimidos, minorías o
nacionalidades en las condiciones de esa explotación, discriminación y
dominación que distingue a los trabajadores de las etnias dominantes, o
“asimilados”, frente a los trabajadores de las etnias dominadas, discri-
minadas, excluidas. En Mariátegui, los
espacios sociales y las particu- laridades de la lucha de clases y de
liberación aparecieron con relación a un determinado país, a un
determinado Estado-nación, sin
que ese autor precisara los
diferentes espacios de dominación y explotación en el país ni
las distintas categorías
colectivas que podían y debían inte-
grarse o asociarse a la clase
trabajadora y sus frentes de lucha. Gramsci y Lefebvre llenaron algunos
de esos
vacíos a partir de las propias ex- periencias europeas. En ese mismo terreno los seguiría Robert Lafont.
Entre las contribuciones de Gramsci al estudio de los campos de lucha, se
destaca, sin duda, su estudio sobre las
relaciones entre el norte y el sur de Italia. Un párrafo de sus Cuadernos de la
cárcel sintetiza en forma magistral su pensamiento:
La miseria del
Mezzogiorno fue “inexplicable”
históricamente para las masas populares
del Norte; éstas no comprendían que la unidad no se daba sobre una base de igualdad sino como hegemonía del Nor- te
sobre el Mezzogiorno, en una relación territorial de ciudad-campo, esto es, en
que el Norte era concretamente una
“sanguijuela” que se enriquecía a costa
del Sur y que su enriquecimiento económico tenía una relación directa con el empobrecimiento de la economía y de la
agricultura meridional. El pueblo de la Alta Italia pensaba por el con- trario
que las causas de la miseria del
Mezzogiorno no eran externas sino
sólo internas e innatas a la
población meridional, y que dada la gran
riqueza natural de la región no había sino
una explicación, la incapacidad orgánica de sus habitantes, su barbarie, su interioridad
biológica. Estas opiniones muy
difundidas sobre “la pobreza andra- josa
napolitana” fueron consolidadas y teorizadas por los sociólogos del
positivismo que les dieron la fuerza de
“verdad científica” en un tiempo de superstición en la ciencia (Gramsci, 1977).
El texto es impecable. Permite comprender cómo en un
solo país, Italia, se planteó el
problema del colonialismo interno. Pero
ese problema no se piensa entre “los hombres del pueblo” ni entre los
“científicos” como colonialismo ni como interno. Con el habitual oportunismo epistemo- lógico en la manipulación y mutilación de
categorías, “el colonialismo”, como explicación, es sustituido por los “sociólogos”. Para ellos “la infe-
rioridad racial” de los italianos del sur
y la superioridad de los del norte constituye “el factor determinante”.
Lo interno del país llamado Italia es
sustituido por lo interno inferior
propio del sur y lo interno superior
propio del norte. Esta operación de sustitución oculta las relaciones entre norte y sur. Gramsci usa la
metáfora de la sanguijuela para hablar de la explotación regional. Aborda, como
contraparte, el problema de la unidad en la diversidad para la formación de un
bloque histórico que comprenda la necesidad de la unidad con respeto a las
autonomías. Re- chaza el temor de los reaccionarios que en el pasado vieran en la lucha por la autonomía de Cerdeña un peligroso camino para la mutilación de Italia
y el regreso de los Borbones. Defiende las luchas por la autono- mía del pasado y el presente.
En todo caso,
como ha observado con razón Edward W. Soja, la explotación de unas regiones por otras
sólo se entiende cuando en las regiones se estudian las relaciones de
producción y de dominación con sus
jerarquías y sus beneficiarios
(Soja, 1995: 117 y 184). De llevarse a cabo ese análisis, aparecen,
entre otros fenómenos, los del colonialismo interno, tanto en la intensificación
de la dominación del capital nacional e internacional, como en la ocupación de
los espacios territoriales y so- ciales de un país a otro o en el interior de
un mismo país. La explotación,
dominación, discriminación y exclusión de los “trabajadores coloniales” por el
capital nacional y extranjero se da en
el interior de las fronteras políticas nacionales, o fuera de ellas.
Plantea diferencias económicas, políticas y jurídicas significativas
entre los trabajadores “coloniales” o inmigrantes que, viniendo de las periferias a los países o
regiones cen- trales, compiten con los
trabajadores residentes vendiendo más
barata su fuerza de trabajo. Las discriminaciones y oposiciones también
se dan entre los trabajadores de las etnias dominantes y los trabajadores de
las etnias dominadas. Superar esas
diferencias en frentes comunes sólo
es posible cuando se reconoce la unidad de intereses y valores en medio
de la diversidad de etnias y trabajadores residentes e inmigrantes.
Henri Lefebvre
y Nicos Poulantzas critican al marxismo
que des- cuida la ocupación y la reestructuración del espacio. Precisan el vago método del análisis
concreto de las situaciones concretas, actuales. Se refieren, aun sin decirlo así,
a la necesaria consideración de
distintas situaciones tanto a lo largo de los tiempos como a lo ancho de
los espa- cios de dominación y apropiación. Lefebvre hace ver que la ocupación
y la producción de espacios por el
capitalismo es lo que le permite dismi- nuir sus contradicciones. Analiza la
manipulación física y teórica de los
espacios de la clase obrera, desde
Haussmann con sus “bulevares” has- ta el
actual mercado mundial. Y añade que
“hay un semi-colonialismo metropolitano que subordina a sus centros los
elementos campesinos y de obreros extranjeros todos sometidos a una
explotación concentra- da y que mantiene la segregación racial” (Lefebvre,
l968: 65). Observa que
“agrupando los centros de decisión, la ciudad moderna intensifica la explotación organizándola en toda la
sociedad y no sólo en la cla- se obrera sino en otras clases sociales no dominantes”
(Lefebvre, l968:
200). (Esas “clases sociales no dominantes” son las de
los medianos y pequeños propietarios,
artesanos y “clases medias pobres”; las
de los “marginados” y excluidos,
base de
los “acarreados” de los
frentes po- pulistas y socialdemócratas; hay en ellas
elementos de lucha contra el neoliberalismo y por una democracia incluyente).
El rico
significado del “colonialismo interno” como categoría que abarca toda la
historia del capitalismo hasta nuestros días,
y que, con ese u otro nombre,
opera en las relaciones espaciales de todo el mundo, es analizado por
Robert Lafont en su libro La revolución regionalista (1971).
Lafont estudia el problema en la Francia de
De Gaulle, pero lleva el análisis mucho más allá
de las fronteras de
ese país centrali- zado, cuyas diferencias étnicas o
regionales son a menudo olvidadas, y de
un “Estado Benefactor” particularmente
pujante y avanzado. Sus reflexiones generales se
ven ampliamente confirmadas
en países con muchas mayores diferencias
regionales, como España, Italia, Inglaterra,
Yugoslavia y Rusia en la propia Europa, no se diga ya en la inmensa
mayoría de los países de
la periferia mundial. También se ven
confir- madas y acentuadas en la
gran mayoría de los países post-socialistas, que vivieron bajo
regímenes de socialismo de Estado. Su
peso alcan- za magnitudes
sin precedente con el paso del “Estado de Bienestar” o del “Socialismo de Estado” al
Estado Neoliberal que surgió en Chile desde el golpe de Augusto Pinochet, y que se instaló en las metrópolis con los
gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Las políticas neoliberales
adquirieron perfiles cada vez más
agresivos en el desman- telamiento del
“Estado Social”, y desataron
“guerras humanitarias” y
“justicieras” para la apropiación de posiciones militares, vastos territo-
rios y valiosos recursos energéticos,
como las que han ocurrido desde las invasiones de Kosovo,
Palestina, Afganistán, hasta las de Irak. Todas ellas han aprovechado y manipulado las luchas entre etnias para in- vadir a los
estados-nación y someter a sus pueblos.
La declaración de una guerra permanente o “sin fin previsible” por el gobierno de EE.UU. abrió una nueva época
del “estado terrorista”, y una nueva
época de conquistas y colonizaciones transnacionales, internacionales e intrana-
cionales. En todas ellas el colonialismo
interno tiende a articularse con el colonialismo internacional y con el transnacional, con sus
redes de poderosas empresas oligopólicas y sus empresas paramilitares o
guber- namentales (Larry, 2000: 433-455).
Analizando la
Francia de los años sesenta, Robert Lafont observó un aplastamiento de las
estructuras regionales subsistentes. La invasión colonizadora,
nacional-francesa o extranjera, es la
conclusión lógica del subdesarrollo mantenido por la forma del Estado y
por el régimen del gran capital que actúan conjuntamente. Lafont no se
refiere sólo al colonialismo interno sino
a la colonización que se halla en proceso de aumentar en un
Estado-nación, y que está a cargo
tanto del capital nacional como del extranjero. El perfil que da del
colonialismo se puede actualizar y reposicionar. Colonialización internacional
y colonización interior tienden a realizar expropiaciones y despojos de
territorios y pro- piedades agrarias existentes, y contribuyen a la
proletarización o empo- brecimiento, por depredación, desempleo y bajos
salarios, de la pobla- ción y los trabajadores de las zonas subyugadas. Al
despojo de territorios se añade la creación de territorios colonizados o
enclaves coloniales; al despojo de circuitos de distribución se añade la
articulación de los re- cursos con que cuentan las megaempresas y los
complejos; a la asfixia y abandono de la producción y los productos locales se
agrega el impulso de los trusts extranjeros unidos al gran capital nativo
público y privado.
La
redemarcación de territorios y regiones rompe y rehace anti- guas divisiones geográficas, y crea nuevos límites y flujos. Abre al país. Mueve,
por distintos lados, el “frente de
invasión”. Elimina buena parte de
los medianos y pequeños
empresarios, y se ensaña con los artesanos
y las comunidades. Crea una “conciencia colonizadora” entre las
distintas clases, con pérdida de identidad de
los nativos. Lleva a un
primer plano las industrias extractivas frente a las industrias de trans-
formación, y a estas las reduce a maquilas en que los trabajadores re- ciben bajos sueldos,
realizan grandes jornadas de trabajo, se someten a procesos de producción
intensiva, todo con bajos márgenes de
seguri- dad y salubridad, carencia
efectiva de derechos de asociación y control represivo por parte de sindicatos y policías patronales.
La debilidad
de los trabajadores aumenta en tanto las unidades de producción situadas en un
mismo lugar elaboran “partes” de
apa- ratos, máquinas y productos que
se producen y ensamblan en lugares distintos y distantes, y en tanto las
instalaciones pueden ser fácilmente desmontadas y removidas por los gerentes y propietarios. Así se crean
regiones enteras que dependen de una sola compañía y que están some- tidas a
sus objetivos y dominación, no sólo corporativa, económica, pa- rapolicial,
sino también psicológica, cultural,
social, política, judicial. Las
compañías dominan fábricas y regiones. Esa dominación es muy difícil de
romper; pero, en caso de
ocurrir tal ruptura, las compañías tienen muchos recursos, incluidos
los de
la represión, de preferencia selectiva, con operaciones encubiertas o acciones
legitimadas por un Estado privatizado.
En todo caso, la alternativa de “sumisión con
ex- poliación o de desempleo
con exclusión” se plantea como “la opción racional” a los
trabajadores y sus familias.
Por otra
parte, las conexiones y circuitos de distribución se hacen directamente de unas
empresas a otras o en una misma megaempresa con
sus sucursales y sus proveedores, sin que
los flujos de
importa- ción-exportación-realización sean contabilizables a nivel internacional o nacional, y sin que
puedan darse interferencias fiscales o laborales. Los circuitos internos
de las compañías se benefician de la compra a los proveedores locales, con
precios castigados, que en el caso de
las regio- nes periféricas están muy por
debajo del valor que alcanzan los mismos
bienes y servicios en el mercado formal nacional o internacional.
Las compañías son
enclaves territoriales y llegan a privatizar de tal modo el poder en
regiones y países enteros que desaparece
el mono- polio de la violencia legal del
Estado cuando así conviene a los intereses de las compañías o de los
funcionarios estatales asociados y subordina- dos. En
caso de conflicto con el gobierno local o con
los trabajadores y los
movimientos sociales y políticos, las “compañías invasoras” recurren al Estado
provincial o al nacional, y, si estos no atienden sus intereses y demandas, se
amparan en las “potencias invasoras”. La lógica
de que lo que le conviene a las compañías le conviene a la
nación y al mundo (el eslogan conocido sostiene: What is good for General
Motors is good for the World) se impone de arriba abajo entre funcionarios,
directivos, gerentes y empleados de confianza, o que aspiran a serlo. Dicha
lógica corresponde al sentido común de
una colonización internacional que se
combina con la colonización interna y
con la transnacional. En ella dominan las megaempresas y los complejos
empresariales-militares. Todos actúan en forma “realista” y pragmática sobre
las bases anteriores y se ilusionan o engañan pensando que la única democracia viable y defendible es la de los empresarios, para
los empresarios y con los empresarios.
Lafont habla
de “la Francia de las
relaciones humanas concre- tas”. Su contribución al estudio analítico de
lo concreto no sólo permite ver las diferencias entre el país
formal y el país real,
sino entre sus equivalentes
mundiales y locales. Permite también ver
lo concreto en relación con distintos tipos de organizaciones, como los
gobiernos y las compañías, y lo concreto de categorías como las clases, las
potencias, las naciones inviables
y los complejos con sus
redes y jerarquías. El suyo es un
análisis particularmente útil para determinar las causas o el origen de los
problemas en distintas etapas, regiones, estructuras y or- ganizaciones.
También lo es para plantear las alternativas, las alianzas, los frentes, los
bloques y sus articulaciones en
movimientos, organiza- ciones, redes y partidos, o sus combinaciones y exclusiones en contin- gentes
de resistencia y liberación en la lucha actual contra el sistema de dominación, acumulación, explotación,
exclusión, opresión y me- diación internacional, intranacional y transnacional.
Lafont plantea los problemas de la “revolución regionalista” advirtiendo
que las regiones
–como el
tiempo histórico y el capitalismo– tienen un punto de ruptura. Él mismo esboza
un proyecto de poder regional y de
luchas democrá- ticas y revolucionarias con
autonomías. Propone que los sindicatos
y otras organizaciones construyan una ciudadanía completa que incluya un humanismo regional en un mundo de
pueblos (Lafont, 1971).
COLONIALISMO INTER, INTRA Y TRANSNACIONAL
Con el triunfo
mundial del capitalismo sobre los proyectos comunistas, socialdemócratas y
de liberación nacional, la política
globalizadora y neoliberal de las
grandes empresas y los grandes complejos político-mi- litares tiende a una
integración de la colonización inter, intra y transna- cional. Esa combinación le permite aumentar su dominación
mundial de los mercados y los trabajadores, así
como controlar en su favor los
procesos de distribución del excedente en el interior de cada país, en las relaciones de un país
con otro y en los flujos
de las grandes empresas
transnacionales.
La política
globalizadora y neoliberal redefine las empresas y los países con sus redes
internacionales, intranacionales y transnacionales. El mundo no puede ser
analizado si se piensa que una categoría
exclu- ye a las otras. En cuanto a las
relaciones de dominación y explotación regional, las redes articulan los
distintos tipos de comercio inequitativo y de
colonialismo, así como los distintos tipos de explotación de los trabajadores, o las distintas políticas de participación y exclusión, de distribución y
estratificación por sectores, empleos,
regiones.
Las categorías de
la acumulación se han redefinido histórica- mente. Procesos
iterativos ampliados se consolidan con políticas macro de las fuerzas dominantes.
Estas impulsan las tendencias favorables al sistema. Frenan o desarticulan las
tendencias que le son desfavorables. Aunque ese
proceder esté lejos de acabar con
las contradicciones del sistema,
e incluso cuando en plazos relativamente cortos lo coloque en el orden de los
“sistemas en extinción”, durante la
etapa actual, cuya duración es difícil
calcular, le da una fortaleza innegable. La misma pro- viene de la
desarticulación de categorías sociales como “la clase obrera”, el “Estado-nación”, el “Estado
Benefactor”, el “Estado independiente” surgido de condiciones coloniales y que se vuelve
o resulta ser depen- diente, el “Estado Socialista” o “Nacionalista”
surgido de los movimien- tos revolucionarios y de liberación nacional, que se vuelve
o resulta ser capitalista y neoliberal, y que hasta se inscribe en los
países endeudados sujetos a las políticas del Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario In- ternacional (FMI) y la Tesorería del Gobierno de EE.UU. La fuerza de los centros
de poder mundial y de los antiguos países imperialistas tam- bién proviene de la estructuración y
reestructuración de mediaciones en los
sistemas sociales con
refuncionalizaciones “naturales” e inducidas de las clases, capas y
sectores medios, y de las políticas de distribución que incluyen desde
“estímulos” especiales al gran capital y sus asociados hasta políticas de marginación,
exclusión y eliminación de las poblacio- nes
más discriminadas y
desfavorecidas, todo combinado con
políticas de premios y castigos
que en
los estados benefactores
corresponden a derechos sociales, y en los neoliberales se asocian a donativos
focaliza- dos y acciones humanitarias. La fortaleza de los centros de poder del
ca- pitalismo mundial también se basa en la articulación y combinación de sus
propias fuerzas desde los complejos militares-empresariales y cientí- ficos,
pasando por sus redes financieras, tecnológicas y comerciales, has- ta la
organización de complejos empresariales de las llamadas compa- ñías transnacionales y multinacionales que
controlan desde sus propios bancos, pasando por sus medios de publicidad, hasta sus mercados de servicios, mercancías,
territorios y “conciencias”. Para la maximización del dominio y las utilidades,
la articulación de los complejos militares- empresariales y políticos es
fundamental. Todos ellos trabajan en forma de sistema autorregulado, adaptativo
y complejo, que tiende a dominar al
sistema-mundo sin dominar las inmensas
contradicciones que dicho sistema
genera. Dentro de sus políticas caben
los distintos tipos de co- lonialismo organizado que se combinan, complementan
y articulan con proyectos asociados para la maximización de las utilidades y
del poder de las empresas y de los estados que las apoyan.
En esas
condiciones, fenómenos como el colonialismo operan en sus formas
internacionales clásicas; también funcionan según las formas intranacionales
que aparecen con el surgimiento de los estados-nación que han hecho objeto de conquista a pueblos
vecinos –como Inglaterra hizo con Irlanda, o como España hizo con el País
Vasco– o que, viniendo de una historia
colonial tras las guerras de independencia, mantienen con las antiguas poblaciones nativas las mismas o
parecidas relaciones de explotación de los
antiguos colonizadores. Y a
ellas se añaden las empresas transnacionales y las
regiones transnacionales
controladas por la nueva organización expansiva del complejo militar-empresarial de EE.UU. y sus
asociados internos y externos. La estrecha articulación de esas fuerzas es percibida cada vez más por las etnias, nacionalidades o pueblos que
se enfrentan a las oligarquías y burguesías locales, nacio- nales e
internacionales, y a las empresas transnacionales.
Los movimientos alternativos, sistémicos y antisistémicos, no pueden ignorar los grandes cambios que han ocurrido en las
catego- rías sociales del sistema
de acumulación y dominación capitalista, hoy hegemónico a nivel mundial. Y si el reconocimiento de esos
cambios se presta a formulaciones
que dan
por muertas categorías anteriores
como el imperialismo, el Estado-nación o la
lucha de clases, lo cual es completamente falso y más
bien corresponde a las
“operaciones en- cubiertas” de las ciencias sociales y al uso de lenguajes “políticamente correctos”
de quienes dicen representar a una “izquierda moderna”, sistémica o
antisistémica, el problema real consiste
en ver cómo se re- estructuran las
categorías de la acumulación y
dominación, y en qué forma aparecen
sus redefiniciones actuales y
conceptuales en los nue- vos procesos históricos y en los distintos espacios
sociales.
En medio de
los grandes cambios ocurridos desde el triunfo glo- bal del
capitalismo, el colonialismo interno o intracolonialismo, y su relación
con el colonialismo internacional,
formal e informal, y con el
transnacional, es una categoría compleja que
se reestructura en sus re- laciones con
las demás, y que reclama ser
considerada en cualquier análisis
crítico del mundo que se inicie desde lo
local o lo global.
Si los fenómenos de
colonización externa en los inicios del
ca- pitalismo fueron el origen del imaginario eurocentrista y
antiimperia- lista que no
dio al colonialismo el peso que
tenía en el interior de los
estados-nación estructurados como reinos, repúblicas o imperios, hoy resultaría
del todo falso un análisis crítico y alternativo de la
situación mundial o nacional que no incluya al colonialismo interno articulado
al internacional y al transnacional.
A la necesidad
de reconocer la enorme importancia de las luchas de los
ciudadanos contra el Estado tributario que hacía de
ellos me- ros “sujetos”, o a la necesidad de incluir las
luchas de los trabajadores contra los sistemas
de explotación y dominación del capital, o las de los pueblos colonizados y oprimidos
que luchan por la independencia soberana del Estado-nación frente al imperialismo y el colonialismo internacional, se añade la
creciente lucha de los pueblos que,
dentro de un Estado-nación, se enfrentan a los tres
tipos de colonialismo, el
internacional, el intranacional y el transnacional.
Las nuevas
luchas que libran los pueblos rebeldes o
en resisten- cia contribuyen a
esclarecer la complejidad o inter-definición que
han alcanzado las categorías del capitalismo, y hacen acto de presencia en todas ellas. También registran las amargas experiencias de
mediación, cooptación y corrupción que
las distintas revoluciones
sufrieron con la integración de los movimientos revolucionarios y reformistas a
los sistemas políticos del Estado, fuera este liberal, socialdemócrata, nacio-
nalista, socialista o comunista.
Las nuevas
fuerzas emergentes también llevan a
replantear la de- mocracia, la liberación y el socialismo, dando un nuevo
peso a la lógica de la sociedad civil
frente a la del Estado, a los valores ético-políticos de las comunidades y las
organizaciones autónomas de la resistencia o de la alternativa frente a un
capitalismo que ha “colonizado el conjunto de la vida cotidiana”.
En los
planteamientos emergentes se pone el acento en la formu- lación moral y
política del respeto a uno mismo, a la propia dignidad y autonomía
de la
persona, y también del respeto a
la colectividad a que se pertenece, a fin de construir un poder alternativo indoblegable que, basado en
las unidades autónomas y sus redes, redescubra, por sus recuerdos y
experiencias, la lucha encubierta de clases, hoy conver- tida en guerra por
“los ricos y los poderosos”, y que
los ciudadanos, los pueblos y los
trabajadores descubren o redescubren por
experiencias propias, conforme las crisis se agudizan y los movimientos
alternativos se fortalecen.
La presencia
del nuevo colonialismo internacional,
interno y transnacional, encontró una importante confirmación en el
terreno mi- litar desde que a la guerra
internacional se añadió la “guerra interna” hasta convertirse en el objetivo central teórico-práctico de las
fuerzas político-militares hegemónicas. La “guerra interna” fue
considerada desde los años sesenta por los
complejos militares-empresariales de las
grandes potencias como la forma
principal de la guerra mundial. El cambio implicó una
importante innovación en las artes y las tecno- ciencias militares al articular
los ejércitos de ocupación nacionales con los multinacionales y
transnacionales. El cambio se dio en las
guerras abiertas y encubiertas, y en
las fuerzas convencionales y no conven- cionales, militares y paramilitares.
En todos los tipos de
guerras y de guerreros, de soldados y de agentes, se articuló lo
nacional, lo interna- cional o multinacional, y lo transnacional. Los pueblos
oprimidos por un colonialismo descubrieron todos los colonialismos. Su dura
vivencia fue parte de su inmensa capacidad teórica, de un sentido y una
práctica muy lejanos a la “sociedad
tradicional”.
La guerra interna apareció originalmente
asociada a la guerra contrainsurgente del llamado Tercer
Mundo; pero, de hecho, quedó in- cluida en
la nueva teoría de la “guerra
de variada intensidad” que se libra en el mundo entero, con previsiones de inclusión de la misma en
los países metropolitanos, hecho
contemplado desde los años sesen- ta y que
se puso en marcha desde el 11 de
septiembre de 2001. Este tipo
de guerra no sólo mostró su carácter internacional,
intranacional y transnacional como guerra contrainsurgente, sino como nueva gue- rra de
conquista que combina la
ocupación violenta y pacífica de los
territorios de la periferia con las nuevas guerras de conquista contra los
estados-nación del ex Tercer Mundo y sus distintas etnias.
La “guerra
interna” muestra, en tanto guerra, que
la mayoría de los estados-nación y sus
clases dominantes actúan predominantemen- te como cómplices o asociados
en las acciones contra los pueblos, sin que
por ello dejen de existir enfrentamientos entre los
estados-nación de las grandes potencias. Las etnias ven la unidad de sus opresores en la preparación de los
ejércitos nacionales que van a las
escuelas me- tropolitanas, y que
reciben el entrenamiento de sus
expertos para usar las armas que
esos países les venden a los ricos
y poderosos del propio país o provincia
de origen. Descubren cómo esa unidad se extiende a los paramilitares nativos que reciben entrenamiento y armamento de caciques
y gobiernos nacionales y extranjeros, hasta formar verdaderos complejos
transnacionales, con sus jerarquías y autonomías relativas,
convencionales y no convencionales.
Con las guerras internas y las de
baja intensidad, los pueblos adquieren
una conciencia creciente del ca- rácter internacional de sus
luchas; y, aunque ven la conveniencia de apoyarse en los estados
que simpatizan con ellas,
sus referentes princi- pales se hallan en la sociedad civil de los
pobres y empobrecidos, de los marginados y excluidos en sus movimientos y
organizaciones.
Durante la
nueva etapa de la conquista del mundo, cada vez más abierta y sin freno, en que
el complejo militar de EE.UU. y sus asociados y subordinados dan muestras de disponer de una inmensa fuerza
para destruir, intimidar, disciplinar y comprometer a casi todos los gobiernos
del mundo, así como para dividir y
enfrentar a los pueblos, ya no sólo
cobran especial relieve las luchas y guerras entre etnias que desde Koso- vo
hasta Irak se vuelven instrumentos del imperialismo, sino los nuevos movimientos sociales por un mundo alternativo que profundizan sus luchas contra el
imperialismo, el neoliberalismo, el capitalismo, y con- tra las más distintas formas de opresión laica o religiosa, que impiden alcanzar ciertos valores universales
de democracia, justicia y libertad.
Esos movimientos de nacionalidades, pueblos y
etnias constituyen la avanzada del
movimiento histórico mundial desde el fin
del Estado Benefactor, Socialista
o Populista, y manifiestan en sus llamados y comu- nicados un nivel
de conciencia sin precedente, que no sólo
obedece a la lectura que han hecho de las rebeliones de fin de siglo, ni
a la reformula- ción de los legados de
experiencias anteriores, sino a una
contradicción necesaria de los estados socialdemócratas, populistas o
desarrollistas, y del socialismo de
Estado. En muchos de los países
periféricos, durante los gobiernos populistas o socialistas se dio una política educativa que incluyó entre sus
beneficiarios a muchos jóvenes de las nacionalidades y minorías étnicas
(Stavenhaguen, 1996: 105-114). Ligados a
sus pueblos originales, buen número de
jóvenes de las etnias o nacionalidades fueron capaces de captar lo universal
concreto en sus variedades, en sus espe- cificidades y en sus novedades
históricas. Descubrieron el nuevo mundo sin encubrir el pasado. Descubrieron el
mundo actual y las líneas de un mundo alternativo emergente y a ser construido.
El cambio ocurrió en las regiones periféricas y centrales. Se dio entre los
pobladores urbanos marginados, entre los movimientos de jóvenes, mujeres,
homosexuales, desempleados, endeudados, excluidos, y en algunos de los viejos movi- mientos de campesinos y trabajadores o
de revolucionarios y reformis- tas, pero entre todos ellos se destacaron los movimientos de las etnias, de los pueblos indios que captaron la
vieja y nueva dialéctica del mundo desde las
formas de opresión, discriminación y explotación local hasta las transnacionales, pasando por las
nacionales e internacionales.
La lucha por
la autonomía de los
pueblos, las nacionalidades o
las etnias no sólo
unió a las víctimas del
colonialismo interno, in- ternacional y transnacional, sino que se
topó con los intereses de una misma
clase dominante, depredadora y
explotadora, que opera con sus complejos y articulaciones empresariales,
militares, paramilitares y de civiles,
todos estos organizados como
sus clientelas y allegados en un paternalismo actualizado y un populismo
focalizado.
En sus formas
más avanzadas, los nuevos movimientos
plantean una alternativa distinta a la estatista revolucionaria o a la
reformista, y también a la anarquista y libertaria. Ni luchan por reformar al Estado, ni bregan por
tomar el poder del Estado en una guerra de
posiciones y movimientos, ni pretenden crear aldeas o regiones aisladas
dirigidas por sus comunidades al estilo de aquellos anarquistas
de Perú o de Ca- taluña que declararon
que en su pueblo había desaparecido el
Estado, y, más pronto que tarde, el Estado acabó con ellos.
La propuesta de los zapatistas está
combinando las antiguas formas
de resistencia de las comunidades con su articulación a manera de redes muy variadas. Las redes no sólo incluyen a
distintos pueblos indios que antes se
enfrenta- ban entre sí y que ahora
actúan conjuntamente para resistir y gobernar, sino a muchas minorías, etnias o pueblos de las
mismas provincias o países, y de regiones como Mesoamérica o
Indoamérica, y hasta otras mayores y más
lejanas con las que al
menos entran en comunicación por vía electrónica. Las redes también incluyen a los campesinos que no se identifican por una cultura o lengua distinta de la nacional. In- cluyen a los trabajadores, a
los estudiantes, a los intelectuales, a las po- blaciones marginales urbanas, y
a otros llamados nuevos movimientos como los
de género, los ecologistas, los de
deudores y jubilados, y en general los de los empobrecidos, marginados,
excluidos, desempleados, desplazados y amenazados de extinción.
La formación
de redes y organizaciones autónomas plantea una nueva alternativa de lucha con
crecientes capacidades para enfrentar al sistema dominante en tanto esta articule y reestructure a fuerzas hete-
rogéneas que no sólo den un valor
primordial a la autonomía necesaria, sino a la dignidad, irrenunciable, de personas y
colectivos. Esos plan- teamientos no
sólo incluyen un nuevo uso de los medios electrónicos y de masas,
sino comunicaciones también
presenciales. A través de unos y otras, la lectura y el diálogo colectivos
combinan los espacios de re- flexión, creación y actuación de pequeños grupos
con los actos de ma- sas por medio de discursos dialogales. Además,
transmiten el proyecto a través de distintas formas de razonar, sentir y
expresarse, esto es, en una mezcla de
géneros literarios y de artes pedagógicas y retóricas que no permite separar
los discursos histórico-políticos de los filosófico- científicos, sin perder mucho de lo que
se está viviendo y creando. El
conjunto de un fenómeno de diálogo
integral, o de pensar-sentir-hacer, que
desde siempre ha existido,
adquiere un relieve especial, como si sus articulaciones fueran
en gran medida intuidas y deliberadas. La co- municación interactiva e
intercultural se vuelve posible por un
respeto al diálogo de las creencias, de las ideologías y de las
filosofías, ligado a la descolonización de
la vida cotidiana y de los
“momentos estelares” de la comunidad creciente, esbozo de una humanidad
organizada. La búsqueda de lo universal en lo particular, de la unidad en la
diversidad, recoge y combina las experiencias revolucionarias, reformistas y
libera- doras o libertarias anteriores, mientras enlaza viejas y nuevas utopías, más asequibles a una práctica alternativa y
más dispuesta a compren- der sus
propias contradicciones y algunas formas de superarlas. Entre los
zapatistas, el proyecto de redes como proyecto de gobierno que ar- ticula autonomías se ha materializado con la transformación reciente de zonas de
solidaridad en “municipios autónomos en rebeldía”, que no sólo se articulan entre sí sino con el
exterior, con la nación, y un poco, por
ahora, con el mundo (González Casanova, 2003). El centro del pro- yecto radica en construir las autonomías de la
alternativa desde las ba- ses, y en articular comunidades y colectividades
autónomas decididas a resistir las políticas neoliberales que combinan
represión, cooptación y corrupción para la intimidación y la sujeción.
Los nuevos
movimientos y muchos de los pobladores que
son sus bases de apoyo saben
que el control del Estado llega a los partidos políticos y a los medios de
comunicación, de alimentación, de salud, de edu- cación, de intimidación, de
persuasión, e implica una lucha por la alter- nativa que se plantee el problema de la moral colectiva
como una de las fuerzas más importantes
para la resistencia pacífica de los pueblos, una resistencia armada de valor e
inteligencia, más que de fusiles, y
dispuesta a negociar sin claudicar,
construyendo fuerzas de tal modo articuladas y autónomas que impongan una política de transición hacia
un mundo capaz de sobrevivir y de vivir. En
ese terreno, los nuevos movimientos se reencuentran con el único de los anteriores, el “26 de Julio”,
que ha logrado subsistir no sólo
frente a la ofensiva que el
capital neoliberal y oligopólico ha desatado en los últimos veinte años, sino
frente al asedio y bloqueo que el gobierno de EE.UU. le impuso desde hace medio
siglo.
Aislar categorías como el colonialismo interno de
otras como la lucha por las autonomías y la dignidad de los
pueblos y las personas es un acto
de inconciencia intelectual tan
grave como aislar la sobrevi-
vencia de Cuba, y los inmensos logros sociales y culturales de su pue-
blo-gobierno, de la fuerza moral que le
legó Martí, a quien con razón se llama el autor intelectual de la
revolución cubana. Los aislamientos de
categorías pueden ser la mejor
forma de no definir las
categorías. Son la mejor forma de
no entender las definiciones históricas de la cla- se trabajadora y de la
lucha de clases cuidadosamente
encubiertas o mediatizadas por las estructuras actuales y mentales del capitalismo realmente existente.
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François Houtart*
Los movimientos sociales y la
construcción
de un nuevo sujeto histórico**
* Sociólogo y
Director del Centro Tricontinental, Lovaina-la-Nueva, Bélgica, y miembro del
Foro Mundial de las Alternativas.
** Las
reflexiones de este escrito compartidas
con los/as alumnos/as en el curso del Cam- pus Virtual de
CLACSO fueron revisadas y
actualizadas para ser presentadas como
ponencia en el marco del V Encuentro Hemisférico contra el ALCA y el Libre
Comercio, La Habana, 15 de abril de 2006.
LAS PROTESTAS
SISTEMÁTICAS contra los centros de poder
global se multiplican. Los Foros Sociales mundiales, continentales, nacionales
y temáticos se han constituido como lugares de convergencia de los mo-
vimientos y organizaciones que están
luchando contra el neoliberalis- mo. Se
trata de esbozar un cuadro general de reflexión sobre la marcha de estos eventos.
¿POR QUÉ UN
NUEVO SUJETO HISTÓRICO?
La historia de
la humanidad se caracteriza por una multiplicidad de sujetos colectivos,
portadores de valores de justicia, igualdad, derechos, y protagonistas de
protestas y luchas. Recordamos, por
ejemplo, la re- vuelta de los esclavos, las resistencias contra las
invasiones en África y Asia, las luchas
campesinas de la Edad Media en Europa, las numero- sas resistencias de los
pueblos autóctonos de América, los movimientos religiosos de protesta social en
Brasil, Sudán y China.
Un salto histórico se da
cuando el capitalismo construye, des- pués de cuatro siglos
de existencia, las bases materiales de su
repro- ducción que son la división del trabajo y la industrialización. Nace el proletariado como sujeto potencial, a
partir de la contradicción entre capital
y trabajo. Los trabajadores están
sometidos al capital dentro del proceso
mismo de la producción, haciendo que la
clase obrera sea totalmente absorbida al
igual que constituida por el capital. Es lo que Marx llamó la subsunción real del trabajo por el capital. La nueva clase se transformó en
sujeto histórico cuando se construyó en el seno
mismo de las luchas, pasando del estatuto de “una clase
en sí a una clase para sí”. No
era el único sujeto, pero sí el sujeto
histórico, es decir, el instru- mento privilegiado de la lucha de
emancipación de la humanidad, en
función del papel jugado por el capitalismo. Este último no
se situa- ba solamente en
el plan de la economía, sino que
también orientaba la configuración del
Estado-nación, las conquistas
coloniales, las gue- rras mundiales, sin
hablar de su papel como vehículo privilegiado de la modernidad. Evidentemente,
la historia de la clase obrera como
sujeto histórico no fue lineal. Existió el paso de movimiento a partido
político y del plan nacional al plan
internacional, pero también se registraron éxitos y fracasos, victorias y
recuperaciones.
El capitalismo
realiza un nuevo salto. El sujeto social se amplifica. Las nuevas tecnologías extienden la base material de su reproducción: la informática y la
comunicación, que le dan una dimensión realmente global. El capital necesita una acumulación acelerada
para responder al tamaño de las
inversiones en tecnologías cada
vez más sofisticadas, cubrir los gastos
de una concentración creciente y atender las exigencias del capital financiero que después de
la flotación del dólar en 1971
se transformó masivamente en
capital especulativo. Por estas razones, el conjunto de los actores del
sistema capitalista combatieron tanto el keyne- sianismo y sus pactos sociales entre capital, trabajo y
Estado, como el desarrollo nacional del Sur (el modelo de Bandung, según Samir
Amin), el desarrollismo cepalino (en
América Latina) y los regímenes socialis- tas. Empezó la fase neoliberal del desarrollo del capitalismo, llamada también el Consenso de
Washington. Esta estrategia se tradujo en una doble ofensiva, contra el trabajo
(disminución del salario real, desregu- lación, deslocalización) y contra el
Estado (privatizaciones).
Asistimos
también a una búsqueda de nuevas fronteras de acu- mulación frente a las crisis
tanto del capital productivo como del capital financiero: la agricultura
campesina que tiene que convertirse en una agricultura productivista capitalista,
los servicios públicos que deben pasar al sector privado, y la
biodiversidad como base de nuevas
fuentes de energía y materia prima. El resultado es que ahora todos los grupos humanos sin excepción
están sometidos a la ley del valor, no solamente la clase obrera asalariada (subsunción real), sino también los pueblos autóctonos, las mujeres,
los sectores informales, los pequeños campesi- nos, bajo
otros mecanismos financieros –precio de las materias primas o de los
productos agrícolas, servicio de la deuda externa, paraísos fis- cales, etc.–
o jurídicos –las normas del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y la Organización
Mundial de Comercio (OMC)–, todo esto
significando una subsunción formal.
Más que
nunca, el capitalismo destruye,
como lo notaba hace casi más
de un siglo
y medio Marx, las dos
fuentes de su riqueza: la naturaleza y los seres
humanos. En verdad, la
destrucción ambiental afecta a todos y la ley del valor incluye hoy a todos. La mercantilización
domina la casi totalidad de las
relaciones sociales, en campos cada vez más
numerosos como el de la salud, la educación, la cultura, el deporte o la religión. Además, la lógica
capitalista tiene su
institucionalidad. Recordemos primero que se trata de una lógica y no de un
complot de algunos actores económicos (de lo contrario bastaría
convertirlos y co- rregir abusos y excesos). Recuerdo a un empresario de Santo
Domingo, testigo de Jehová, que decía a propósito de sus obreros, a los que
amaba con un amor muy
cristiano: “llamo a mis
trabajadores magos, porque no sé
cómo pueden vivir con el salario que les
doy”. El cambio exige una acción estructural, hoy globalizada, de actores determinados con agendas precisas.
El capitalismo
globalizado tiene sus instituciones: la OMC, el BM, el FMI, los bancos regionales, y también sus aparatos ideológicos: los medios de comunicación social, cada vez más concentrados en pocas manos. Finalmente, goza del poder de un imperio, Estados Unidos. El dólar es la
moneda internacional y Norteamérica detenta el único dere- cho de veto en el BM
y en el FMI, y un veto compartido en el Consejo de Seguridad. Este país
conserva, además, casi un monopolio en el campo militar, con su primacía
en el marco de la
OTAN, y la capacidad de iniciar guerras preventivas.
Cuando se trata de intervenir militarmente Irak
o Afganistán para controlar las fuentes de energía, lo hace sin mi-
ramientos. Sus bases militares se multiplican y extienden en el planeta, y su gobierno se
atribuye la misión de reprimir las
resistencias en el mundo entero,
sin dudar a la hora de utilizar la tortura y el terrorismo como mecanismos.
Sin embargo, el imperio tiene sus debilidades. La naturaleza se está tomando revancha y la oposición
antiimperialista es hoy mundial.
Immanuel Wallerstein, en virtud de las
deficiencias del sistema, ha comenzado a pensar que aquello que él llama
“el largo siglo XX”, dominado por el
capitalismo, podría encontrar su fin en la mitad de este siglo.
Por todas estas razones, el nuevo sujeto
histórico se extiende al conjunto de los grupos sociales sometidos, tanto
aquellos que forman parte de la sumisión
real (representados por los llamados “antiguos movimientos sociales”)
como los que integrarían el grupo de los subsumidos formalmente (“nuevos
movimientos sociales”). El nuevo sujeto histórico a construir será popular y plural, es decir, constituido por una multiplicidad de actores y no por la
“multitud” de la cual hablan Michael Hardt y Antonio Negri (2002), concepto este tan
vago como peligroso por sus consecuencias
desmovilizadoras. La clase obrera
guardará un papel importante, pero compartido. Este sujeto será
democrático, no solamente por su
meta, sino por el proceso mismo de su construcción. Será
también multipolar ya que se desarrollará
en los diferentes conti- nentes y en las diversas regiones del mundo. Se
tratará de un sujeto en el sentido pleno
de la palabra, incluyendo la subjetividad redescubierta, abarcando todos los
seres humanos, constituyendo la
humanidad como aquel sujeto real que proclamara Franz Hinkelammert en su
libro El sujeto y la ley (2003).
El sujeto histórico nuevo debe ser capaz
de actuar sobre la realidad a la vez múltiple y global, con el sentido de
emergencia exigido por el genocidio y el
ecocidio contemporáneos.
LOS
MOVIMIENTOS SOCIALES
Los movimientos sociales son el fruto de
contradicciones que se han globalizado. Según Alain Touraine (1999), para ser verdaderos actores colectivos necesitan
cierta inscripción en la historia, una
visión de la totalidad del campo dentro del cual
se inscriben, una definición clara del
adversario y, finalmente, una organización. Son más
que una sim- ple revuelta (las
jacqueries campesinas), más que un
grupo de intereses (cámara de comercio),
más que
una iniciativa autónoma del
Estado (ONGs). Los movimientos
nacen de la percepción de
objetivos como metas de acción,
pero para existir en el tiempo requieren
un proceso de institucionalización. Se crean roles
indispensables para su repro-
ducción social. Así nace una permanente dialéctica entre metas y orga-
nización, cuyo peligro potencial siempre
presente es la posibilidad de que la
lógica de reproducción se imponga
por sobre las exigencias de los objetivos buscados.
Hay un infinito
número de ejemplos de esta dialéctica en la histo- ria. Así, el cristianismo nació, como lo dice el teólogo argentino Rubén Dri, como “el
movimiento de Jesús”, expresión religiosa de protesta so- cial, peligrosa para el Imperio Romano y reprimida
por este
último. Se transformó, por su
inserción en la sociedad romana, en una ins- titución eclesiástica, siguiendo el
modelo de la organización política, centralizada, vertical
y a menudo aliada con los poderes de
opresión. El peso institucional
no mató el espíritu, pero introdujo una contradic- ción permanente. El Concilio Vaticano II constituyó un
esfuerzo por restablecer el predominio de los valores del mensaje
evangélico por so- bre el carácter institucional; sin embargo, en
los años siguientes, este último
fue recuperado a manos de una corriente de restauración. Otro ejemplo lo
constituye el caso de muchos sindicatos
obreros y partidos de izquierda. Fueron iniciativas de los trabajadores en lucha que,
con el tiempo, se transformaron en burocracias que definían sus
tareas en términos solamente defensivos, es decir, en
función de la agenda del adversario y no del proyecto de
transformación radical del sistema. En el caso
particular de los partidos políticos, es la lógica electoral la que predomina sobre el objetivo
original y define las prácticas, hecho
que remite a una lógica de reproducción y no una perspectiva de cambio profundo revolucionario. Esto no
impide la presencia de muchos mili- tantes auténticos en estas organizaciones,
pero significa que ellos están encerrados en una lógica que
los sobrepasa.
Sin embargo,
la realidad social no está
predeterminada y se pue- de actuar sobre los procesos colectivos. Para
que los movimientos so- ciales estén en
posición de construir el nuevo sujeto social, hay dos condiciones preliminares. En primer lugar, tener la capacidad de una crítica interna con el fin de
institucionalizar los cambios y
asegurar una referencia permanente a los objetivos. En segundo lugar, captar
los desafíos de la globalización, que a
la vez son generales y específicos del
campo de cada movimiento: obrero, campesino, de mujeres, popular, de pueblos
autóctonos, de juventud, etc. –la lista,
en definitiva, deberemos ampliarla para integrar al creciente y
multifacético espectro compuesto por las
víctimas del neoliberalismo globalizado.
Concurren
también otras exigencias. Los
movimientos sociales que se
definen como pertenecientes a la sociedad civil tienen que pre- cisar que se trata de la sociedad civil de abajo,
recuperando así el con- cepto de Antonio Gramsci que la considera como el lugar de las luchas
sociales. Esto permite evitar caer en la
trampa de la ofensiva semántica de los grupos dominantes, como el BM, para los
cuales ampliar el espa- cio de la sociedad civil significa restringir el lugar
del Estado, o también en la ingenuidad de muchas ONGs para las cuales la
sociedad civil es el conjunto de todos los que
quieren el bien de la humanidad.
En el plan global, la sociedad civil de
arriba se reúne en Davos y la sociedad
civil de abajo en Porto Alegre.
Construir el
nuevo sujeto histórico requiere concebir y cimentar un vínculo con
un campo político renovado. En los primeros tiempos de los Foros Sociales
existía un miedo real hacia los órganos de la po- lítica tradicional, en parte, por
razones justas. Al repudio frente a la instrumentalización electoralista
y las maquinarias de partidos como mera herramienta de poder, se
le sumaba una actitud de principio anti- estatal, especialmente en ciertas ONGs.
De allí el éxito de las tesis
de John Holloway que se
preguntaba cómo cambiar el mundo sin
tomar el poder. Si se trata de afirmar que la transformación social exige mu- cho
más que la toma del poder político formal, ejecutivo
o legislativo, esta perspectiva es
plenamente aceptable, pero si significa que cambios fundamentales como una
reforma agraria o una campaña de alfabetiza- ción se pueden realizar sin el ejercicio del
poder, es una total ilusión.
Así, los movimientos sociales deben contribuir a la
renovación del campo político, como lo
indica muy bien Isabel Rauber en su li-
bro Sujetos políticos (2005). La pérdida
de credibilidad de los partidos políticos es una realidad mundial y es urgente
encontrar la manera de realizar una reconstrucción del campo. Un ejemplo
interesante es el de la República Democrática del Congo (Kinshasa), donde los movimientos y
organizaciones de base se movilizaron
para la organización de las elec- ciones de julio de 2006.
Después de 40 años de dictadura y guerras (en los últimos 5 años hubo
más de 3 millones de víctimas), las
fuerzas po- pulares de la base de la
población afirmaron la necesidad de defender la integridad de la nación y
salvaron a esta última de su desmantelamiento, contrarrestando todos los
esfuerzos hechos por fragmentar el país
y así poder controlar más
fácilmente los recursos naturales. Adicionalmente, estos sectores están
inventando formas de democracia participativa, con- juntamente con la democracia representativa. Miles de organizaciones locales, de mujeres, de
campesinos, de pequeños comerciantes, de jóve- nes, de comunidades cristianas católicas y
protestantes se movilizaron para presentar candidatos, ligados por pacto a las
comunidades (porta- voces y no
representantes, como lo dice la Ley de
Consejos Comunales de Venezuela), al nivel
local y provincial, con algunos a nivel nacional, pero sin candidato a la presidencia, porque estiman
que primero debe consolidarse el proceso
desde abajo. Es una verdadera
reconstrucción de un campo político casi completamente destruido por las prácticas (corrupción y tribalismo) de los
partidos existentes.
Finalmente,
será muy
importante para las convergencias
de los movimientos sociales encontrar la manera de aglutinar las numerosas
iniciativas populares locales que no se transforman en movimientos or-
ganizados, a pesar del hecho de que
representan una parte importante de las resistencias, a nivel de pueblos
o de regiones (contra una represa; contra la privatización del agua, la
electricidad, la salud; contra la en- trega de selvas a empresas transnacionales; etcétera).
Existen ejemplos tales como MONLAR, en
Sri Lanka, la organización
que lucha por la reforma agraria y que reagrupa a más de cien
iniciativas locales, que, además de ser
un movimiento campesino nacional,
consiguió acumu- lar fuerzas capaces de
actuar a nivel del país como órgano de protesta (manifestaciones
nacionales) y también de diálogo y confrontación con el gobierno y el BM.
CÓMO CONSTRUIR
EL NUEVO SUJETO HISTÓRICO
Producir
un nuevo sujeto histórico requiere
algunas condiciones bá- sicas. En primer
lugar, es necesario elaborar una conciencia colectiva sustentada en un
análisis apropiado de la realidad
y en una ética. En cuanto al análisis,
se trata de utilizar instrumentos capaces de estudiar los mecanismos de
funcionamiento de la sociedad y de
entender sus lógicas, con
criterios que permitan distinguir
efectos y causas, discur- sos y prácticas. No se trata de cualquier tipo de análisis, sino de aquel producido con el aparato teórico crítico más adecuado para responder al grito de los de
abajo. Dicho análisis exige un rigor
metodológico alto y una apertura a todas las
hipótesis útiles para este
fin. La opción en favor de los oprimidos es un paso pre-científico e ideológico, que va a guiar la elección del tipo de análisis;
sin embargo, este último pertenece al orden científico sin concesión posible. Es
un saber nuevo que ayuda- rá a crear la conciencia colectiva.
Tomemos
un ejemplo contemporáneo para dar cuenta de a qué nos referimos cuando hacemos énfasis sobre el
análisis de la realidad. Se habla mucho de los objetivos del Milenio, decididos
por los jefes de Estado en Nueva York en
el año 2000. ¿Quién podría estar en contra de la eliminación
de la pobreza y la miseria (pobreza
absoluta)? ¿Quién propondría estar en
contra del desarrollo? Por eso
hubo unanimidad. El objetivo para el año
2015 es sólo reducir a la mitad la extrema pobre- za, lo que significa que
en ese año todavía el mundo se
encontrará con más de 800 millones de
pobres (ya una vergüenza). Todo parece
indicar que el cumplimiento de estas
metas es harto improbable. La razón es que
no se criticó la lógica fundamental
del tipo de desarrollo que favo- rece
sólo a un minoritario y exclusivo 20% de la población de los países del
sur. Esta minoría crece de manera espectacular, formando una base de consumo apreciable para el capital y
acentuando la visibilidad de una cierta
riqueza. Al mismo tiempo, las distancias sociales aumentan progresivamente.
Entender esta contradicción requiere
cuestionar el concepto mismo de
desarrollo del cual dependen los criterios adopta- dos para definir los objetivos del
Milenio. No entran en su
definición elementos cualitativos como el bienestar, la igualdad, la
soberanía ali- mentaria, entre otros. Es
por eso que
Marta Harnecker, en el Centro
Miranda de Caracas, trabaja sobre
la creación de herramientas ana- líticas para medir los
criterios del desarrollo. De hecho, los conceptos utilizados por las
Naciones Unidas son los del mercado y no
los de la vida de los seres
humanos.
El segundo elemento que contribuye a
la construcción de una conciencia colectiva es la ética. No se
trata de una serie de normas ela-
boradas en abstracto, sino de una
construcción constante por el con- junto
de los
actores sociales en referencia a
la dignidad humana y al bien de todos.
Las definiciones concretas pueden cambiar según los lu- gares y las épocas y,
cuando se trata de la realidad globalizada, la pers- pectiva ética tendrá que
ser elaborada por el conjunto de las tradiciones culturales: esto es, el concepto real de los derechos humanos. La ética, en
este sentido, no es una imposición
dogmática, sino una obra colec- tiva
que tiene sus referencias en la defensa de la humanidad.
Podemos decir que el logro principal de los Foros Sociales, como
convergencias de movimientos y organizaciones populares, ha sido la elaboración
pro- gresiva de una conciencia colectiva, con
varios niveles de análisis y de comprensión, y con una ética a la vez de protesta contra todo
tipo de injusticia y desigualdad, y
de construcción social democrática
de “un otro mundo posible”. La
existencia de los Foros es en sí misma un
he- cho político, además de los
muchos otros logros alcanzados, como la constitución de redes, el
intercambio de alternativas, el funcionamiento en su seno de la Asamblea de los movimientos sociales y
la contribución de intelectuales comprometidos.
Luego de haber
elaborado una conciencia colectiva, se impone como siguiente paso convocar a la
movilización de los actores plura- les,
populares, democráticos y multipolares. Aquí nos
encontramos con el aspecto
subjetivo de la acción. Los actores
humanos son seres completos y no actúan
solamente en función de la racionalidad de las lógicas sociales. El compromiso es
un acto social caracterizado por
un elemento afectivo fuerte y aún
central. De allí la importancia de la cultura como conjunto de las representaciones de la realidad, y tam-
bién de los innumerables canales de su
difusión: el arte, la música, el teatro, la poesía, la literatura, la danza. La
cultura es una meta, pero también un medio de emancipación humana. Lo mismo
puede decirse del papel potencial de las religiones, donde se encuentran
referencias existenciales humanas fundamentales: la vida, la muerte, en
relación con una fe que se puede compartir o no, pero que no se puede
ignorar. Este fue un error grave de un
cierto tipo de socialismo. El
potencial religioso liberador es real. Además, las religiones pueden aportar
una espiritualidad y una ética colectiva y personal indispensables para la
reconstrucción social.
Un tercer
elemento está constituido
por las
estrategias para lograr los
tres niveles de alternativas. El primero es
la utopía, en el sentido de
lo que no existe
hoy, pero que puede ser
realidad mañana; es decir, una utopía no
ilusoria sino necesaria, como
decía el filósofo francés Paul Ricoeur.
¿Qué tipo de sociedad queremos? ¿Cómo definir el
post-capitalismo o el socialismo? La utopía también es una construc- ción colectiva y permanente, no un regalo milagroso que cae
del cielo. Necesita para su
cumplimiento una acción a largo plazo: cambiar un modo de producción no
se logra con una revolución política, aun si ella puede significar el inicio de un
proceso. El capitalismo necesitó
cuatro siglos para construir las bases
materiales de su reproducción: la división del
trabajo y la industrialización. Los
cambios culturales que son parte
esencial del proceso tienen un ritmo diferente que el de
las transformaciones políticas y económicas.
Los
otros dos niveles, el mediano y
el corto plazo, dependen de las
coyunturas, pero deben ser el
objeto de estrategias concertadas
y realizadas en convergencia entre actores sociales diversos. Son el lugar de las alianzas. Sin embargo, no es
la simple suma de alternativas en los sectores económicos, sociales,
culturales, ecológicos, políticos lo que
permitirá a un sujeto histórico nuevo
salir adelante. Se necesita cohe-
rencia. Esta última también será obra
colectiva y no el resultado de un monopolio del saber y del conocimiento
por una vanguardia deposita- ria de la
verdad. Será un proceso constante y no un dogma.
Desde este
punto de vista es importante
subrayar el carácter indispensable de
algunos actos colectivos estratégicos, aun parciales, pero que reagrupan un
conjunto de actores sociales
diversos en una iniciativa significante
en relación con la dimensión utópica del proyecto global. Felizmente existen
varios ejemplos en este sentido, de los cuales recordamos dos.
La campaña
contra el ALCA reunió a muchos movimientos socia- les, desde los sindicatos
hasta los campesinos, pasando por las
mujeres y los indígenas. ONGs de
procedencias diversas se sumaron incluso a esta
iniciativa. En algunos países,
instituciones religiosas tomaron po- sición contra el tratado. Se utilizaron
métodos muy variados de acción, incluso
referéndums populares que recogieron millones de firmas. Otro ejemplo es el plan alternativo popular de reconstrucción después del tsunami en Sri
Lanka. El plan oficial
administrado por el BM preveía
esencialmente el desarrollo del turismo internacional y no respondía a las
necesidades de base de la población
mayoritaria. Era la manera de acelerar
la política neoliberal de alcance mundial. Por
eso el plan alter- nativo constituyó una alianza amplia de movimientos y
organizaciones sociales, incluidas instituciones budistas y cristianas, para
oponerse al plan gubernamental y proponer soluciones alternativas.
Dos iniciativas complementarias hicieron su aporte frente a la necesidad de una
perspectiva de acción a nivel mundial: En Defensa de la Humanidad, fundada en
México bajo el impulso de Pablo González Casanova, y el
Llamamiento de Bamako. La primera supo ampliar sus fronteras iniciales entre
varios países, especialmente latinoamerica- nos, y conjugar esfuerzos con el Llamamiento de Bamako, promovido por el
Foro Mundial de Alternativas (iniciado en Lovaina-la-Nueva en
1996 en
ocasión del vigésimo aniversario
del Centro Tricontinental y fundado oficialmente en El Cairo el año siguiente), el Foro del Tercer Mundo (Dakar),
Enda (una ONG africana) y el Foro Social
de Mali. En Defensa de
la Humanidad propuso la constitución de una usina de ideas destinada a reunir y
proponer acciones comunes, y el Llama- miento de Bamako definió diez áreas para pensar y proponer actores
colectivos y estrategias, inspirándose en gran parte en el Manifiesto de Porto
Alegre elaborado por un grupo de intelectuales durante el Foro Social
Mundial de 2005. Estas dos iniciativas
complementan el trabajo de la
Asamblea de Movimientos que dentro de
cada Foro elabora un documento y propone campañas (como la manifestación
contra la gue- rra en Irak que en 2003 reunió más
de 15 millones de personas en 600 ciudades del mundo).
Finalmente,
desde una perspectiva general panorámica, es nece- sario señalar algunas
victorias que, aunque parciales,
son ciertamente significativas. Mantener
la acción, recrear la motivación, exige
resulta- dos. No se trata de
cualquier logro, sino de los que movilizaron varios actores sociales en una
acción común, sobre objetivos relacionados con una visión de conjunto y de
dimensión global. Hay también en este
as- pecto varios ejemplos importantes. Una vez más puede citarse la campa- ña latinoamericana
contra el ALCA. En Europa, el NO al tratado consti- tucional de orientación
neoliberal y que implicaba la sumisión a EE.UU. en el campo militar constituye otro ejemplo.
El rechazo con éxito del contrato de primer empleo en Francia y el abandono de la base
naval norteamericana de Vieques en Puerto Rico, después de una larga
movili- zación popular, son otros casos notorios. Y, en el ámbito político, la
elec- ción del primer presidente
indígena en Bolivia tiene también un sentido muy amplio de victoria en los ámbitos cultural,
social y económico.
En conclusión,
podemos decir que ya está trazado el camino para pasar de la elaboración de una
conciencia colectiva a la construcción de actores colectivos, y que todos estos
hechos anuncian este pasaje como
próximo propósito a cumplir.
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** Traducción
de Fernando Lizárraga. Revisión de Atilio
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54, Nº 6, noviembre de 2002,
sobre un ensayo originalmente
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aceptables para los círculos dominantes
del mundo capitalista. Cualquier
referencia al “imperialismo”
durante la Guerra de
Vietnam, sin importar cuán
realista fuese, casi siempre era tenida
como una señal de que el autor estaba
en el lado izquierdo del
espectro político. En 1971, en el
Pre- facio a la
edición estadounidense de
Imperialism in the Seventies de Pierre Jalée (1971), Harry Magdoff apuntaba: “Como regla, los corteses académicos prefieren no
usar el término ‘imperialismo’. Lo encuentran de mal gusto y no-científico”.
De repente,
esto ya no es cierto en nuestros días. Intelectuales y miembros de la
elite política norteamericana
están abrazando ca- lurosamente
una abierta misión
“imperialista” o
“neoimperialista” de Estados Unidos, reiteradamente enunciada en medios escritos tan prestigiosos como
The New
York Times y Foreign Affairs.
Este fervor imperialista le debe
mucho a la guerra contra el terrorismo emprendida por la Administración Bush, la
cual está tomando la forma de conquista y ocupación de Afganistán y –si sus ambiciones se concre- tan– también de Irak.
Según la Estrategia de Seguridad Nacional de la Administración Bush, no hay
límites o fronteras reconocibles para el uso del poder militar cuando de
lo que se trata es de promover los inte- reses de EE.UU. Frente a este intento
de extender lo que sólo puede ser denominado Imperio Norteamericano,
intelectuales y figuras políticas no
sólo están retornando a la
idea de imperialismo, sino también a la visión sostenida por sus impulsores de principios del siglo XIX, es de- cir, el imperialismo como gran
misión civilizadora. Las comparaciones entre EE.UU., la Roma Imperial y el
Imperio Británico son comunes en la prensa
predominante. Todo lo que se necesita para hacer de este concepto algo
completamente funcional es despojarlo de sus
viejas asociaciones marxistas con
la jerarquía económica y la explotación, por no mencionar el racismo.
Michael
Ignatieff, profesor de Políticas de Derechos Humanos de la Kennedy School of
Government de la Universidad de Harvard, escri- bió en The New York Times (28 de julio de 2002):
“El imperialismo supo ser la
carga del hombre blanco. Esto le dio una
mala reputación. Pero el imperialismo no deja de ser necesario porque sea
políticamente inco- rrecto”. Al referirse a las operaciones bélicas en
Afganistán, añadía:
Las Fuerzas
Especiales no son trabajadores sociales. Son un destaca- mento imperial que
extiende el poder y los intereses norteamericanos en Asia
Central. Llámenlo operaciones de
paz, llámenlo construc- ción de una nación, llámenlo como quieran, lo
que está
ocurriendo en Mazar es una política imperial. En rigor, toda la guerra
norteame- ricana contra el terror es un
ejercicio de imperialismo. Esto puede perturbar a los norteamericanos, a
quienes no les gusta pensar que su
país es un imperio. Pero
¿de qué otro modo se puede
denominar a las legiones de soldados, espías y Fuerzas Especiales de Estados Unidos que marchan por
el globo? (Ignatieff, 2002).
El general
John Ikenberry, profesor de Geopolítica y Justicia Global en la Universidad de
Georgetown, y colaborador habitual de Foreign Affairs, una publicación del
Consejo de Relaciones Exteriores, sostiene:
Bajo la
sombra de la guerra contra el terrorismo que ha
lanzado la administración Bush,
están circulando con fuerza nuevas ideas
respecto de la gran estrategia de EE.UU. y de
la reestructuración del mundo
unipolar de hoy. Dichas ideas demandan
un uso
unilate- ral, e incluso
preventivo, de la fuerza norteamericana, facilitado en lo posible por coaliciones voluntarias, pero en última instancia no constreñidas por las reglas y normas de la comunidad
internacional. Llevadas al extremo, estas nociones forman una visión neoimperial en la cual Estados Unidos se arroga el rol de fijar los
parámetros, de- terminar las amenazas, usar la fuerza, y administrar justicia a
escala global (Ikenberry, 2002).
Para Ikenberry
(2002), esto no implica una crítica. Al
respecto, afir- ma: “Los objetivos y modus operandi imperiales de Estados Unidos son mucho más
limitados y benignos que aquellos
de los antiguos emperadores”.
Otras
influyentes figuras políticas e intelectuales del mainstream, siempre adaptadas a
la moda, no son
menos directas en su apoyo al neoimperialismo. Sebastian Mallaby,
columnista del Washington Post y autodenominado “imperialista reticente”, al
escribir en Foreign Affairs (abril de
2002) explica que “la lógica del neoimperialismo es demasiado atractiva
como para que la administración Bush
pueda resistirla”. En “The Case for American Empire”, publicado en el Weekly
Standard, Max Boot, un columnista del
Wall Street Journal, observa:
Estados Unidos
enfrenta la perspectiva de acción militar en muchas de las mismas tierras donde
generaciones de solados coloniales bri- tánicos desarrollaron sus campañas. Todos estos son
lugares donde los ejércitos
de Occidente tuvieron que aplacar el desorden. Afga- nistán y otras
turbulentas tierras extranjeras claman por
el tipo de administración externa
ilustrada que alguna vez proveyeron los
in- gleses, seguros de sí mismos, con sus
pantalones de montar y sus cascos
de safari (Boot, 2001).
En su último libro, Política del guerrero, el ensayista del Atlantic Mon-
thly, Robert Kaplan, argumenta a favor de
una cruzada norteameri- cana “para
llevar prosperidad a remotas partes del mundo, bajo
la suave influencia imperial de Estados Unidos”. El asesor de Seguridad
Nacional del presidente Carter, Zbigniew
Brzezinski, sostiene que la principal
tarea de EE.UU. en la
preservación de su imperio consiste en “prevenir colusiones y
mantener la dependencia entre los vasallos, mantener sumisos y protegidos a los
tributarios, y evitar que los bár- baros
se junten”. Stephen Peter Rosen, titular del Olin Institute for Strategic
Studies de la Universidad de Harvard, ha
escrito en la Har- vard Review
(mayo-junio de 2002): “Nuestro objetivo
[el de las fuerzas armadas norteamericanas] no
es combatir a un rival, sino
mantener nuestra posición imperial, y mantener el orden imperial”. Henry
Kis- singer comienza su Does America Need a Foreing Policy? con estas pa- labras: “Estados Unidos goza de una preeminencia que no alcanzaron siquiera los grandes imperios
del pasado”1.
1 Las citas de
Boot, Brzezinski, Kaplan, Kissinger,
Mallaby y Rosen están tomadas de Phi- lip S. Golub (2002). Ver también Martin
Walker (2002: 13-20).
Sin
embargo, dentro del discurso
del establishment hay reglas para esta reapropiación de los
conceptos de “imperio” e
“imperialis- mo”. Las motivaciones excepcionalmente benévolas de
EE.UU. deben ser enfatizadas. Quienes proponen el nuevo imperialismo deben
limi- tarse a los conceptos militares y
políticos de imperio e imperialismo
(evitando cualquier sentido de imperialismo económico). Y deben elu- dir todas
las nociones radicales que vinculan el imperialismo al capita- lismo y la
explotación.
LAS
BASES ECONÓMICAS DEL IMPERIALISMO
La cuna de la
noción de imperialismo económico, como algo opuesto al imperialismo en general,
fue EE.UU., poco más de un siglo atrás. En su ensayo “The Economic Basis of Imperialism”, publicado por primera vez en la North American Review en
1898, en tiempos de la guerra his-
pano-norteamericana, Charles A. Conant
arguyó que el imperialismo era necesario para absorber capital excedente
frente a la escasez de oportunidades de inversiones
rentables; en otras palabras, para aliviar lo que él denominaba el problema de “capital
congestionado”.
Si Estados
Unidos deberá en realidad adquirir posesiones territoria- les, si deberá
establecer capitanías generales y regimientos, si debe- rá adoptar un punto medio para proteger soberanías
nominalmente independientes, o si deberá contentarse con estaciones navales y re- presentantes
diplomáticos como base para asegurar sus
derechos de libre comercio con el Este, es una cuestión de detalle [...]
Desde sus sentimientos, quien esto escribe no es partidario del “imperialismo”,
pero no le teme a esta
palabra si significa solamente
que Estados Unidos deberá afirmar
sus derechos al libre
mercado en todos los viejos países que
están siendo abiertos a los recursos excedentes de los países
capitalistas y, de este modo, recibiendo los beneficios de la civilización
moderna. Se puede debatir si esta
política conlleva el go- bierno directo sobre grupos de islas
semi-salvajes, pero desde el pun- to de vista
económico de la cuestión no hay
sino una opción: o bien entrar
por algún medio en la competencia para
el empleo de capital y emprendimientos norteamericanos en esos países, o
continuar con la innecesaria duplicación de los existentes medios de
producción y comunicaciones, con la
consiguiente superabundancia de productos no
consumidos, las convulsiones
que se derivan de la parálisis del comercio, y la sostenida
caída de las ganancias sobre las inversiones que tal política negativa traerá aparejada
(Conant, 1900: 29-30).
A finales
del siglo XIX y
comienzos del XX, los
conflictos entre las grandes potencias por el reparto de África y las guerras chino-japone- sa (1894-1895), hispano-norteamericana,
sudafricana (Guerra Boer) y ruso-japonesa
señalaron el comienzo del nuevo imperialismo, asociado al capitalismo
monopolista, el cual era cualitativamente diferente del colonialismo
que lo había precedido. Esto generó una teoría económica del imperialismo entre
los impulsores de este último, quienes
ya no lo veían como un mero
“sentimiento”, como enfatiza el análisis de Conant (1900). Asimismo, los
cambios en el imperialismo pronto dieron origen a un análisis más
exhaustivo, que se inauguró
con el clásico de John A. Hobson,
Imperialism: A Study, publicado en 1902.
Hobson era un des- tacado crítico británico de la Guerra
Boer, y desde este punto de partida desarrolló su crítica al imperialismo. En un
famoso capítulo titulado “The Economic Taproot of Imperialism”, Hobson
señalaba:
Cada mejora en los métodos de producción, cada
concentración de la propiedad y del control, parece acentuar la tendencia [a la
expan- sión imperialista]. A medida que una nación tras otra ingresa a la economía de
las máquinas y adopta métodos industriales avanzados, se hace más
difícil para sus industriales, mercaderes y financistas
disponer rentablemente de sus recursos económicos [...] En
todas partes aparecen excesivos poderes productivos, excesivo capital en
busca de inversión. Todos los hombres de negocios admiten que el crecimiento de los poderes productivos en
sus países excede el creci- miento del consumo, que se pueden producir más bienes que los que pueden ser vendidos con
ganancias, y que existe más
capital que el que puede ser invertido rentablemente. Esta
situación económica es la que forma la
raíz del Imperialismo (Hobson, 1938).
El trabajo de
Hobson no era socialista. Creía
que el imperialismo se originaba en la
posición dominante de ciertos intereses económicos y financieros concentrados, y
que las reformas radicales que abordaran la mala distribución del ingreso y las
necesidades de la economía domés- tica podían frenar el impulso imperialista.
Su trabajo adquiriría mayor significación aún a
través de la influencia ejercida sobre los análisis marxistas del imperialismo que
estaban surgiendo en esa época. El más importante de ellos fue
Imperialismo, fase superior del capitalismo, de Lenin, publicado en
1916. El principal propósito del
análisis de Lenin era explicar la rivalidad inter-imperialista entre las
grandes potencias, la cual había
conducido a la Primera Guerra Mundial. Sin
embargo, en el curso de su análisis, Lenin vinculó el imperialismo al
capitalismo monopolista, argumentando que
“en su definición más
breve posible [...] el imperialismo es la
fase monopolista del capitalismo” (Lenin,
1971). En
ese contexto, exploró un conjunto de
factores económicos que iban
mucho más allá de la mala distribución del ingreso o de los
objetivos de ganancia de corporaciones monopolistas particulares. El
capitalismo monopolista era visto como una nueva fase, más allá del capitalismo competitivo, en la
cual el capital financiero, una
alianza entre las grandes firmas y el
capital bancario, dominaba la economía y el Estado. La competencia no era eliminada, sino que
continuaba principalmente entre un
grupo relativamente pequeño de firmas gi- gantescas que tenían la capacidad de controlar grandes porciones de la economía
nacional e internacional. El capitalismo monopolista, en este sentido, era
inseparable de la rivalidad inter-imperialista,
que se manifestaba básicamente bajo la forma de una lucha por los mercados
globales. La resultante división del mundo en esferas imperiales y la lu-
cha que
esto implicaba condujeron directamente a la Primera Guerra Mundial. La
más compleja perspectiva de Lenin sobre
el imperialismo superaba el argumento que
se centraba simplemente en la
necesidad de hallar puntos de inversión para el capital excedente. Lenin
también puso énfasis en el ímpetu por
obtener un control exclusivo sobre las
materias primas y un control más estricto sobre los mercados exter- nos, que
surgió en el marco de las condiciones globalizantes de la fase
monopolista del capitalismo.
Posteriores
análisis marxistas (y radicales no-marxistas) se foca- lizaron más aun que
el de Lenin en algunos de los rasgos más
genera- les del imperialismo, característicos del capitalismo en todas
sus fases, tales como la división entre centro y periferia,
un asunto que ya había sido
abordado por Marx. Pero
el sentido que Lenin le dio al
imperialis- mo –como una forma nueva y
más desarrollada del mismo, asociada a
la concentración y centralización del capital y al nacimiento de la fase
monopolista– ha mantenido mucha de su significación en nuestra épo- ca, que se caracteriza
por un capitalismo monopolista en una fase avan- zada de globalización. En
efecto, el éxito mismo de las teorías marxistas del imperialismo, que mostraron la sistemática explotación
capitalista de la periferia y las condiciones de rivalidad inter-imperialista
con gran detalle –de modo tal que el
emperador fue visto en toda su
desnudez–, fue lo que hizo que el
término imperialismo superase los límites tolera- bles para el discurso dominante. Mientras existió
la Unión Soviética y una poderosa ola
de revoluciones antiimperialistas
fue evidente en la periferia, no hubo posibilidad de que el capitalismo abrazara abierta- mente el
concepto de imperialismo en el nombre de
la promoción de la civilización. Las intervenciones militares
norteamericanas en el Ter- cer Mundo
para combatir las revoluciones o para ganar control de los mercados eran,
invariablemente, presentadas en el
discurso oficial de EE.UU. en términos
asociados a las motivaciones propias de la Guerra Fría, y no en términos de los
objetivos imperiales.
LA ERA
DEL IMPERIALISMO
The Age of Imperialism de Harry Magdoff, publicado en 1969,
se dis- tinguió por ser el
intento directo más influyente para
contrarrestar la visión dominante en la
política exterior de EE.UU. durante el período de la Guerra de Vietnam,
mediante un tratamiento empírico de la
eco- nomía del imperialismo norteamericano2.
El trabajo
de Magdoff no podía ser
efectivamente descalificado como mera ideología, porque apuntaba a
arrancarle los ropajes al im- perialismo norteamericano, observando su
estructura económica del modo más
directo posible, usando para ello
estadísticas económicas de EE.UU. Por
lo tanto, atrajo considerables ataques por parte del es- tablishment, al tiempo que
inspiró a muchos de los
que protestaban contra la guerra.
The Age of
Imperialism representó el retorno de la crítica del impe- rialismo a un lugar
de prominencia en el seno de la
izquierda norteame- ricana. Al abordar lo que
era ampliamente visto como una anomalía en la relación de EE.UU. con el
resto del mundo, originada en la existencia de una política exterior
intervencionista acompañada por una aparente “economía aislacionista”, Magdoff
demostró que la economía de EE.UU., de hecho, era cualquier cosa menos aislacionista. Al respecto, este autor
ponía el acento sobre el flujo de
inversiones externas directas en el ex- tranjero y su efecto en la generación
de un flujo de ganancias. Además, criticaba el error
común de comparar simplemente las exportaciones o las inversiones externas de las
corporaciones multinacionales con
el PBI. En cambio, observaba que la
importancia de estos flujos econó- micos sólo podía ser estimada al
relacionarlos con sectores estratégicos
de la economía, como las industrias de bienes de capital; o al comparar las ganancias
de la inversión externa con los
beneficios de los negocios no-financieros a nivel
doméstico. En este sentido,
Magdoff aportó in- formación que
mostraba que en 1950
las ganancias de las
inversiones externas representaban un
10% de las
ganancias totales (descontados los impuestos) de las corporaciones
domésticas no-financieras, mientras que hacia 1964 tales ganancias habían
crecido hasta un 22%.
Esta obra
también fue notable por sus argumentos sobre la ex- pansión financiera
internacional del capital
estadounidense, basada en la posición
hegemónica del dólar en la economía mundial y en el crecimiento de la trampa de la deuda en el
Tercer Mundo. Fue así que Magdoff
desarrolló su primera explicación del “proceso de flujo reverti- do” inherente a
la continua dependencia respecto de la deuda externa: “Si un país toma prestados, digamos, USD 1.000 por año
–escribió– en poco tiempo el
pago de
servicios de la deuda será
más grande que el ingreso de dinero de cada año” (Magdoff, 1969). Si se toma el sencillo
2 Las obras de
Magdoff The Age of Imperialism: The Economics of US Foreign Policy (1969) e
Imperialism: From the Colonial Age to the Present (1978)
fueron publicadas por Monthly
Review Press. La discusión que se plantea en
el trabajo de Magdoff está basada
en John Bellamy Foster (2000: 385-394).
caso
de un préstamo anual de USD
1.000 a un
5% de interés “a ser devuelto en cuotas iguales
durante 20 años”, de esto se sigue
que en el quinto año casi
el 50% del préstamo anual irá al pago
de los servicios de la deuda; en el décimo año, casi
el 90% del préstamo será destinado al pago de servicios de deuda; en el quinceavo
año, el flujo para el pago de intereses y
amortización será más grande que el
préstamo mismo; y en el vigésimo año,
“el tomador está pagando más de
USD 1,50 sobre la deuda pasada por cada
USD 1 de nuevo dinero que toma prestado”
(Magdoff, 1969).
¿No sería
acaso posible, preguntaba Magdoff, que un país
evitara esta trampa dejando
de tomar dinero prestado año tras año, y en su lugar usara el dinero pedido para
desarrollar industrias que generaran
renta para prescindir de los créditos e incluso cancelar la deuda? Una buena
parte de la respuesta podía hallarse en el hecho de que, como el pago
tiene que hacerse en la moneda del
país acreedor, la deuda sólo
podría ser pagada (independientemente
de la
tasa de crecimiento) si hubiese
suficientes exportaciones que proveyesen las divisas necesarias. Ya en
1969, mucho antes de que la deuda del Tercer Mundo fuese con- siderada un problema crítico, Magdoff
observaba:
El crecimiento
del pago de servicios de la deuda del
mundo subdesa- rrollado ha crecido mucho más
rápido que sus exportaciones. Por
lo tanto el peso de la deuda se
ha vuelto más opresivo y, en consecuen-
cia, ha crecido la dependencia financiera respecto de las naciones in-
dustriales líderes y sus organizaciones internacionales como el Ban- co Mundial
y el Fondo Monetario Internacional (Magdoff, 1969).
Según Magdoff,
la esencia del imperialismo tal como se
manifestó a finales del siglo XX radicaba en la globalización del capital
monopolista bajo las condiciones de la
hegemonía de EE.UU. En las páginas
finales de The Age of Imperialism se lee:
La típica firma
internacional de negocios ya no se limita a una gigan- tesca empresa petrolera.
Puede ser tanto General Motors o General Electric, que tienen entre un 15 y un
20% de sus operaciones en ne-
gocios externos y hacen todos sus
esfuerzos para incrementar dichos porcentajes. El objetivo explícito que
persiguen esta firmas internacio- nales es obtener el más bajo
costo de producción por unidad, a escala mundial. También es su
objetivo, aunque no se lo diga
abiertamente, alcanzar la cima en el movimiento de fusiones en el
Mercado Común Europeo y controlar una parte tan grande del mercado mundial como
la que tienen en el mercado estadounidense (Magdoff, 1969).
La mayor parte
de los ensayos del libro de Magdoff, Imperialism: From the Colonial Age to the Present, publicado en 1978, versa
sobre las falsas concepciones de la historia del imperialismo. Al respecto, fue de gran importancia la respuesta de Magdoff a la pregunta: “¿Es necesario el imperialismo?”. Como réplica al extendido aserto de que el
capitalis- mo y el imperialismo eran
categorías completamente separadas, y que este
último no era necesariamente un atributo del
primero, Magdoff argumentó que el capitalismo ha sido un sistema mundial
desde sus co- mienzos, y que la expansión imperialista en un sentido amplio fue
parte del sistema, tanto como la búsqueda de ganancias. También polemizó con
aquellos exponentes de la izquierda que pretendían generar un aná- lisis del
imperialismo moderno mediante una teoría particular de las crisis económicas o de la necesidad de
exportación de capital, en vez de reconocer que
el imperialismo era intrínseco a
las tendencias globali- zadoras del
capitalismo desde sus inicios. A pesar de la importancia de las leyes económicas del movimiento del capitalismo en
la generación del imperialismo moderno, debía evitarse cualquier explicación
simple, mecánica y estrechamente económica (separada de factores políticos, militares y culturales).
En cambio, las fuentes últimas debían buscarse en el
desarrollo histórico del
capitalismo a partir del siglo
XVI. “La eliminación del
imperialismo”, concluía Magdoff, “requiere el derroca- miento del capitalismo”
(Magdoff, 1978).
VIGILANDO
EL CONCEPTO DE IMPERIALISMO
La respuesta más
corriente a estos argumentos y sus derivados con- sistió en colocar el término imperialismo (en la medida en
que estaba vinculado al capitalismo)
cada vez más por fuera del
reino de los dis- cursos aceptables. Así, se lo caracterizó como un término puramente ideológico. Al mismo tiempo,
hubo intentos de aislar específicamente
el término imperialismo económico, disociándolo –mediante el método estrecho y
compartimentalizador de la ciencia social convencional– del imperialismo
político, cultural, etc., para
luego someterlo a una crítica especial3.
Estos ataques contra las posturas marxistas y radicales sobre el imperialismo
fueron tan eficaces que, en noviembre de
1990, Prabhat Patnaik escribió un
artículo para Monthly Review titulado “Whatever Happened to
Imperialism?”, en el cual planteaba la
cuestión de la casi 3 El más claro
ejemplo de esto es Testing Theories
of Economic Imperialism de Steven J. Rosen y James R. Kurth (1974).
En un
ensayo crítico incluido en la
obra citada, Harry Magdoff concluía que
sería erróneo “un marco analítico [que]
pusiera en compartimentos separados los aspectos clave del problema
imperialista que de hecho son inseparables. In- tentar una tajante
diferenciación de los asuntos militares, políticos y económicos conduce a
ignorar lo que es más esencial: la interdependencia y la mutua
interacción de estos fac- tores.
Este modo de pensar –incluyendo el uso de la abstracción del ‘interés nacional’– es
muy tradicional en la
ciencia social ortodoxa, un hecho
que da
cuenta de su histórica inhabilidad para enfrentar el
crecimiento y la significación del imperialismo o de [las nue- vas] bases del
imperialismo en el capitalismo
monopolista” (Magdoff en Rosen y Kurth, 1974:
86).
completa desaparición del término en
los análisis de la izquierda
en EE.UU. y Europa. Era particularmente
asombroso que esto hubiese ocurrido de cara a las
intervenciones militares norteamericanas (tan- to abiertas como
encubiertas) en países como Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Granada y
Panamá, y a pesar del predatorio rol de las mul- tinacionales en todo el mundo
(por ejemplo en la India, donde la Union
Carbide mató a millares de personas).
Decía Patnaik: “Los marxistas más
jóvenes se muestran confundidos
cuando se menciona este tér- mino. Los asuntos apremiantes de nuestros días
[…] se discuten sin referencia
alguna al imperialismo […] El tema virtualmente ha desapa- recido de las
páginas de las publicaciones marxistas, especialmente en aquellas con menor tradición” (Patnaik, 1990). La
historia y la teoría del imperialismo, señalaba Patnaik, ya no son temas de discusión.
Es posible
observar la significación histórica de este asunto en la escisión ideológica
que ocurrió, primero, como respuesta a
las luchas sobre la globalización y las
nuevas Guerras Balcánicas y, más tarde,
en relación con los ataques del 11-S al
World Trade Center de Nueva York y al Pentágono, y la subsiguiente guerra
contra el terrorismo. Por un lado, los intelectuales inscriptos en las
corrientes dominantes –particu- larmente ante la ampliación de las operaciones militares de EE.UU. y de la OTAN,
pero también en respuesta a asuntos tales
como el apoyo norteamericano a
la Organización Mundial del Comercio (OMC)– se mostraron más dispuestos a reapropiarse del concepto de
imperialismo con la intención de
otorgarle más brillo a lo que venía
siendo presenta- do como la hegemonía benéfica o el “imperialismo blando”
de la única superpotencia mundial. Por
otro lado, los pensadores post-marxistas y ex radicales
asumieron con frecuencia la tarea
de criticar cualquier uso del concepto de imperialismo en el sentido
marxista clásico, desli- gándolo del capitalismo, la explotación global y el
imperialismo econó- mico, y argumentando que,
dado que el término era inaceptable en el discurso elegante, debía
ser descartado.
Un ejemplo de
esto último es el artículo de Tom Barry titulado “A Return to Interventionism”
que fue publicado en línea en Foreign Policy in
Focus el 11 de marzo de 2002, en
aparente respuesta a los ataques del 11-S y a la guerra contra el
terrorismo. Barry, quien en sus escritos
previos de los años setenta no había vacilado en adoptar el concepto de
imperialismo, sostenía:
Para algunos,
especialmente en la nueva y vieja izquierda, esta [la era de Vietnam] fue
la “Era del Imperialismo”, una
era en la cual Estados Unidos estuvo
asegurando su control sobre los recursos
y los estados del mundo “en desarrollo”. Había debilidades analíticas en
esta crítica antiimperialista, especialmente porque no explicaba muy
bien por qué Estados Unidos estaba tan profundamente
involucrado en lugares de aparentemente
tan poca importancia econó- mica, como Vietnam del Sur. Tampoco era de gran
ayuda la crítica a la Norteamérica imperial para explicar el lado idealista del inter- vencionismo
norteamericano, la compulsión wilsoniana de llevar la libertad y la democracia
al resto del mundo. Si el objetivo era
re- formar la política exterior de Estados Unidos, criticando a este país como
un poder imperial desbocado, esto
no tenía efecto ni sobre los hacedores de políticas
norteamericanos ni sobre el público. Lo que
sí parecía funcionar, como modo de suavizar las tendencias de la política
exterior norteamericana que respaldaban
la represión y la intervención militar
en el Tercer Mundo, era la crítica desde
los derechos humanos (Barry, 2002).
Desde esta perspectiva, hubo una razón que bastó para que se aban- donara completamente el tema: el
hecho de que los “hacedores de po-
líticas de EE.UU.”, esto es, los representantes del sistema de poder do-
minante, no fueron atraídos por el concepto de imperialismo. Adicio- nalmente,
estuvo presente el hecho de que una
población adoctrinada no vio en término ninguna relación con la historia
norteamericana, en parte porque no tenía
conocimiento de las cientos de
intervenciones militares en las cuales se había involucrado EE.UU., ni
una compren- sión más amplia del significado del término
imperialismo. Después de todo, ¿no es cierto que
EE.UU. busca, primordialmente,
con excep- ción de algunos deslices aquí y allá, “llevar la libertad y la democracia al resto
del mundo”? Sin embargo, al mismo tiempo
en que
aparecía este artículo, los
ejércitos norteamericanos estaban realizando ope- raciones bélicas
en Afganistán, construyendo bases en Asia
central y lanzando intervenciones en
las Filipinas y otros lugares. Al
mismo tiempo en que la noción de una
“Era del Imperalismo” estaba siendo criticada por la izquierda norteamericana,
los comentaristas del siste- ma y
las figuras políticas estaban alabando la
nueva era del imperia- lismo liderada
por EE.UU.
Una crítica más
influyente sobre la noción de imperialismo fue lanzada por Michael Hardt y Antonio Negri en su libro Empire (2000), publicado por Harvard University Press. Según Hardt y
Negri, el impe- rialismo culminó con la
guerra de Vietnam. Para estos autores,
la Gue- rra del Golfo de 1991,
en la cual EE.UU. desató su poder
militar sobre Irak, fue llevada a cabo “no como una función de sus propias motivacio- nes nacionales [de Estados Unidos], sino en nombre del derecho global […] La fuerza policíaca mundial de los
Estados Unidos obra, no con un interés imperialista, sino con
un interés imperial [es decir,
en función de los intereses de un
Imperio sin centro y sin fronteras]. En este
senti- do, la Guerra del Golfo anunció, como afirmaba George Bush [padre], el
nacimiento de un nuevo orden mundial” (Hardt y Negri, 2000).
En
otro pasaje de su libro, los
autores declaraban: “Estados Unidos no
constituye –y, en realidad,
ningún otro Estado-nación puede
hoy constituir– el centro de un
proyecto imperialista”
(Hardt y Negri,
2000). Precisamente esta posición fue
la que recibió mayor énfasis en
los generosos elogios al libro de Hardt y Negri
que se derramaron desde lugares tales
como The New York Times, la revista Time, el London Ob- server y Foreign Affairs4. Se trata de una posición que niega la relación entre EE.UU. y el
imperialismo en su sentido clásico, en su sentido ex- plotador, y además
considera que la extensión de la soberanía y el poder norteamericanos reflejan
el “imperio” y el rol civilizador “imperial” (la extensión de la Constitución
norteamericana a escala global).
Recientemente,
Todd Gitlin, ex presidente de Students
for a De- mocratic Society y actual profesor de
Periodismo y Sociología en la
Universidad de Columbia, en un artículo para la página de opinión edi- torial
de The New York Times del 5 de septiembre de 2002, escribió:
La izquierda
norteamericana […] tuvo su versión del unilateralismo. La responsabilidad
por los ataques [del 11-S] debía, de algún modo, imputársele al imperialismo norteamericano, porque toda
respon- sabilidad debe endilgarse
al imperialismo norteamericano, lo cual
constituye un perfecto eco de la idea de la derecha de que todo lo bue- no es y
debería ser de algún modo norteamericano. Los intelectuales y activistas de la
extrema izquierda no podían sentirse
muy atribu- lados con la compasión y la defensa […] Como sabían poco
sobre la red Al Qaeda, la
clasificaron bajo el rótulo de
antiimperialismo, y a los ataques
norteamericanos contra los talibanes
bajo el rótulo del Pantano de Vietnam.
Para ellos, no agitar la bandera se
convirtió en una causa apremiante […] Los
liberales post-Vietnam ahora tienen una oportunidad, libres como están de nuestra ansiedad sesentista por la bandera y de nuestra reflexividad negativa,
de abrazar el pa- triotismo liberal que
no pide disculpas y no se
acobarda.
Según Gitlin,
quien integra la prensa del establishment que ha venido pu- blicando artículos
que desembozadamente ensalzan un “imperialismo” norteamericano supuestamente
benigno, “toda la acusación de ‘imperia- lismo norteamericano’ fue una suerte
de distorsión extrema introducida por la izquierda”. No importa que el establecimiento de bases militares
norteamericanas permanentes en Arabia Saudita, como consecuencia de la guerra
de EE.UU. contra Irak en 1991, haya sido el factor que indujo a los fundamentalistas
islámicos a salir de Arabia Saudita (incluida Al Qae- da misma) y volverse hacia EE.UU. No importa
que Osama bin Laden
4 Para un
análisis más detallado del libro de
Hardt y Negri en este sentido, ver John
Bella- my Foster (2001: 1-9).
haya obtenido su entrenamiento terrorista en las
guerras patrocinadas por EE.UU. que
los fundamentalistas islámicos
libraron contra los so- viéticos en
Afganistán. No importa que Saddam Hussein haya sido un ex cliente imperial de
EE.UU. en tiempos de la guerra Irán-Irak (e incluso hasta el mismo momento
de su
invasión a Kuwait). Y no importa
que Arabia Saudita e Irak ocupen el primer y segundo lugar a nivel mundial por
sus reservas conocidas de petróleo, o el hecho de que Afganistán sea el umbral de la
puerta al Asia central, una de las
áreas más ricas del mundo en reservas de
petróleo y gas natural.
Finalmente, no importa que EE.UU. tenga ahora bases militares en Asia
central y esté dispuesto a quedarse. De algún modo, a pesar de todo esto, y a
pesar del hecho de que el “supuesto
imperialismo” hoy está siendo aclamado
ampliamente en el mainstream, a la izquierda no se le permite tocar el tema del
impe- rialismo norteamericano como parte de una crítica a la política exterior
de EE.UU. Si el imperialismo está siendo redescubierto, lo es sólo dentro de
ciertos circunscriptos límites ideológicos.
RICOS
MÁS RICOS Y POBRES MÁS POBRES A
NIVEL GLOBAL
Un aspecto
esencial del redescubrimiento del imperialismo en los sec- tores predominantes
consiste en la justificación del dominio político y militar de EE.UU.,
separándolo de cualquier noción sobre la creciente brecha entre naciones ricas
y pobres, tal como lo enfatizan las
teorías marxistas y lo destaca el nuevo movimiento anti-globalización y antica-
pitalista. Un signo del impacto de este
nuevo movimiento anticapitalis- ta global está dado por
la medida en que el establishment
global y sus aliados han sentido la necesidad de defender sus propios
antecedentes. Una buena parte de
esta defensa consiste en afirmar que los militantes anti-globalización no saben de
qué están hablando. Nos dicen que si el imperium norteamericano parece más dominante que
nunca, esto no tiene nada que ver con
la explotación económica.
Un ejemplo
ilustrativo puede observarse en el artículo que
escri- biera Virginia Postrel, una de las columnistas estables en temas
econó- micos de The New York Times, el 15 de agosto de 2002. El título era muy
atractivo: “The Rich Get
Richer and the Poor Get
Poorer. Right? Let’s Take Another
Look”. El artículo estaba pensado para
aparecer antes de la Cumbre sobre Desarrollo Sustentable en Johannesburgo, en agosto y septiembre de 2002, y su objetivo era el de refutar a Noam Chomsky, de quien se tomaba
la siguiente cita: “La desigualdad está creciendo du- rante el período
globalizador, al interior de los países y entre los países mismos”. Según
Postrel, Chomsky no sólo estaba
totalmente equivoca- do, sino que
también lo estaba el Informe sobre Desarrollo Humano de Naciones Unidas de
1999, el cual llegaba a la misma
conclusión en base a información sistematizada por la propia ONU.
¿Cuál
era el error en las
afirmaciones de Chomsky y Naciones
Unidas, según Postrel y otros defensores de la globalización y la libera-
lización? La información, insisten, tiene muchas fallas.
El informe de
Naciones Unidas, y otros informes también, observan las brechas de ingreso entre los países más ricos y los más pobres, y no
entre individuos ricos y pobres. Esto significa que individuos previamente pobres en países
enormes podrían volverse mucho más ricos y apenas aparecer en las estadísticas
(Postrel, 2002).
De esta
manera, los defensores neoliberales del
sistema global mez- clan y
confunden dos cuestiones separadas: la
brecha entre países y la desigual
distribución del ingreso en
la población mundial. En rigor,
hay una diferencia legítima entre ambos
asuntos. El tamaño de los
países es irrelevante cuando se examina la brecha entre paí- ses. La
economía mundial funciona a
través de diferentes estados.
La historia del capitalismo se caracteriza por una creciente
brecha entre estados ricos y pobres, una brecha que se distingue por el he- cho de
que los estados ricos crecen, en buena medida, por medio de la explotación de
otras naciones. A veces, un Estado grande es el que explota a un
grupo de estados más pequeños.
En otros casos, se trata de un Estado pequeño que extrae excedente de estados mucho más grandes. Piénsese en el actual Imperio Norteamericano y en el antiguo Imperio Británico.
Los ideólogos del
capitalismo global, dedicados a demostrar el carácter benigno del imperialismo norteamericano, insisten en que la
globalización y la liberalización
conducirán a la igualdad económica entre
naciones, grandes y pequeñas. Los datos
que exhibe Naciones Unidas, sin embargo,
prueban concluyentemente que esto no ha ocurri- do. Al contrario, la brecha
entre estados se ha ensanchado.
Aún así, a The
New York Times esto no le importa. Le
preocupa la gente. Postrel señala:
En las tres
últimas décadas […] los países más
grandes del mundo, China e India, han avanzado económicamente. También
lo han he- cho otros países asiáticos con poblaciones relativamente grandes. El
resultado es que 2.500 millones de personas han visto aumentar sus estándares de vida en dirección
al de los 1.000 millones de personas
que viven en los países ya desarrollados, decreciendo
así la pobreza global e incrementándose la igualdad global. Desde el punto de vista de los
individuos, la liberalización
económica ha sido un
enorme éxito (Postrel, 2002).
¡Qué ejemplos! Veamos la contribución de la India a la reducción de la pobreza global.
Según el más reciente informe del Banco Mundial (BM), el 86%
de la población de la India
vive con menos de dos
dólares diarios5. En 1983, el 10% con
mayores ingresos en la India representa- ba el 26,7%
del ingreso y los gastos; en 1991,
su participación era del
28,4%, y en
1997 se había elevado al 33,5%. ¡Difícilmente pueda decirse que esto
es una señal de creciente igualdad! (Banco Mundial, World
Develpment Report, ediciones de
1990, 1996 y 2003)6.
Consideremos
ahora el caso de China. Tres décadas atrás, China era la nación más
desigual del mundo. Entonces,
sus líderes políticos tomaron otro
camino para perseguir sus objetivos. En
lugar de la prio- ridad que
anteriormente se le asignaba a la igualdad, se les dijo a los ciudadanos que enriquecerse era bueno.
Se alentó la iniciativa privada, se amplió la apertura a las inversiones extranjeras, el Estado chino se
sintió cómodo con las multinacionales norteamericanas, se le
dio la bienvenida a la
globalización, entró el BM y, recientemente, China se convirtió en miembro de
la OMC.
El resultado
fue exactamente el contrario del que el
dogma pre- valeciente nos habría hecho
esperar, y que Postrel y otros
defensores de la globalización neoliberal simplemente asumen
como verdadero. China, que alguna
vez se destacara por su
devoción a la igualdad, se tornó crecientemente desigual. Tanto es así
que hacia finales de los años noventa la distribución del ingreso en China se
asemejaba bastante a la mala distribución del ingreso de EE.UU (ver Tabla 1).
Tabla 1
Distribución del ingreso en Estados Unidos y China
Participación porcentual en el ingreso o el consumo*
|
|
10% más pobre |
20% más pobre |
10% más rico |
20% más rico |
|
China Estados Unidos |
2,4 1,8 |
5,9 5,2 |
30,4 30,3 |
46,6 46,4 |
Fuente: World Bank, World Development Report
2000/2001. La información de Estados Unidos corresponde a 1997; la de China a 1998.
* Dependiendo de la información disponible, los economistas del Banco Mundial
calculan la distribución del ingreso por medio de la renta o del consumo.
5 Esta
información corresponde al año
1992, el último año para el que
este tipo de datos está
disponible. El límite de los 2
dólares se basa en una paridad de poder adquisitivo. Esto significa que la
información está ajustada de modo tal
que determine qué cantidad de un
conjunto de bienes de consumo podría ser
comprada por 2 dólares,
eliminando en la medida de lo posible el efecto de las diferencias de precios
entre países.
6 Esta
información ha sido tomada de las tablas
de distribución del ingreso del BM, en las recientes ediciones del Informe de
Desarrollo Mundial, tituladas “Pobreza y Distribución del Ingreso”. Al calcular las partes porcentuales de la distribución del ingreso, el BM se basa en encuestas de
ingreso y gasto en los hogares, compiladas por
países. Para asegurar que la
información sea comparable, el personal
del BM usa, cuando es posible, los datos
relativos a los gastos por hogar en
lugar de la información sobre el ingreso. En
el caso de la India, la
información a la que nos referimos está basada en gastos per capita por
hogar.
De
hecho, existe un importante conjunto de datos sobre la distribu- ción del ingreso a escala mundial. La información
fue desarrollada me- diante un
exhaustivo y muy competente
estudio realizado por Branko Milanovic,
un economista del BM. Milanovic se
internó en la increíble cantidad de información estadística de las computadoras
del BM y su estudio dio origen a un panorama sobre la distribución del ingreso de
la población mundial en 1988 y 1993. Su
análisis muestra que, en rigor, la
desigualdad aumentó durante esos años
(ver Tabla 2).
Tabla 2
Distribución del ingreso mundial (porcentajes acumulados de población
e ingresos) Participación porcentual en el ingreso
o el consumo
|
Porcentaje acumulado de la población mundial |
Porcentaje acumulado del ingreso mundial |
|
|
1988 |
1993 |
|
|
10% más pobre 20% más pobre 50% más pobre 75% más pobre 85% más pobre 10% más rico 5% más rico 1% más rico |
0,9 2,3 9,6 25,9 41,0 46,9 31,2 9,3 |
0,8 2,0 8,5 22,3 37,1 50,8 33,7 9,5 |
Fuente: Branko Milanovic (2002: 51-92).
Es notable que,
en 1993, el 1%
más rico de
la población recibió una parte
más grande (9,5%) del
ingreso mundial que el 50% más
pobre, mientras que el 5%
más rico, en
ese mismo año, tenía una
participa- ción en el ingreso que
excedía con creces la del 75% más pobre
y estaba acercándose a la del 85% más
pobre (Milanovic exploró la información con mucho más
detalle del que se presenta aquí,
y concluyó que el 1% más rico
tenía el mismo ingreso que el 57%
más pobre de las personas de este planeta). Estos números son exactamente lo que uno
podría es- perar de la historia completa del capitalismo, el cual prospera mediante una ampliación de la brecha
entre ricos y pobres, una ley del
sistema que ahora opera sobre un espacio global. Esta explotación global es el
núcleo del imperialismo, que es tan
básico para el capitalismo, y tan inseparable, como lo es la acumulación
misma. Pero esto no es
todo respecto del imperialismo, el cual
representa una historia compleja que contiene factores políticos,
militares y culturales (raciales). Desde
una perspectiva marxista, el imperialismo económico no está
en realidad separado de estos
otros elementos, que son igualmente parte del de- sarrollo capitalista global. Del mismo
modo en que la búsqueda de ga- nancias
es el mantra del imperium norteamericano, su poder militar y político está apuntado a extender esta búsqueda y ampliar su alcance a escala
mundial, colocando en todo momento y siempre en primer lugar los intereses de
las corporaciones y del Estado norteamericanos.
El
redescubrimiento del imperialismo en el seno
del mainstream sólo significa
que en la actualidad estos procesos están siendo presen- tados,
especialmente por parte de los círculos
gobernantes en EE.UU., como inevitables, como una realidad de la cual no se puede escapar. Sin embargo, es claro
que la revuelta contra esta nueva fase del imperialis- mo apenas ha
comenzado. La mayor parte de la población mundial co- noce aquello que
los comentaristas norteamericanos convenientemen- te olvidan, esto es, que
el imperialismo de EE.UU. se
parece al de los imperios explotadores
del pasado, y probablemente sufrirá el
mismo destino, con revueltas internas y
con los “bárbaros” a sus puertas.
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Terry Eagleton*
¿Un futuro para el socialismo?**
* Profesor de
Literatura Inglesa en la Universidad de Oxford.
** Traducción
de Fernando Lizárraga. Revisión de Atilio A. Boron.
EL AUGUR es
aquel que busca predecir el futuro para
poder controlar- lo. Su tarea es husmear en las entrañas del sistema social
para descifrar los presagios que le
aseguren a sus gobernantes que el sistema perdu- rará. En nuestros días, es generalmente un economista o un ejecutivo de los negocios. El profeta, en
cambio, no tiene interés en predecir qué sucederá excepto para advertirnos
que, a menos que cambiemos de ca- mino, es improbable que tengamos un
futuro. O, en todo caso, si lo tuviéramos, sería un futuro profundamente desagradable. Su preocu- pación es denunciar la injusticia del
presente, no soñar con una perfec- ción
futura; pero como no se puede identificar la injusticia sin recurrir a
una noción de justicia, alguna forma
de futuro ya está implícita en esta denuncia. Así como el presente es un resultado, en
gran medida, de aquello que no
llegó a ocurrir en
el pasado, también una imagen del futuro puede ser atisbada, negativamente, oblicuamente, en lo
que está faltando en el presente. La mejor imagen del futuro es el fracaso del presente. O de otro modo: en
las contradicciones del presente, en los lugares donde fracasa en
ser idéntico a sí mismo, en aquello
que le es totalmente constitutivo y aun
así es descartado como desperdicio y excedente,
es allí donde los destellos del futuro pueden ser discernidos como los
resplandores a través de los tajos de una tela.
Un futuro que
de algún modo no estuviera en
línea con el pre- sente sería
ininteligible, tanto como sería indeseable un
futuro que es- tuviera solamente
en línea con el presente. Un futuro
deseable debe ser un futuro posible, de otro modo llegaríamos a desear inútilmente y, por ende, como el neurótico descripto por Freud, nos
enfermaríamos de nostalgia.
Por otra parte, si simplemente
eliminamos el futuro de nuestra lectura del
presente, cancelamos la futuridad
del futuro, tal como el nuevo
historicismo trata de borrar lo pasado
del pasado. El utopista seriamente
bizarro, el que tiene su cabeza
enterrada más obs- tinadamente en la
arena, es el pragmático cabeza dura que imagina que
el futuro será más o menos como el presente, sólo que
un poco más variado. En
otras palabras, como alguien recientemente describió el futuro
posmoderno: se trata del presente con
más opciones. La pura fantasía de
esta ilusión pragmática basada en la sabiduría de la calle, esto es, que
el Fondo Monetario Internacional (FMI),
el Times Square, Brad Pitt y las
galletitas con pedacitos de chocolate
todavía estarán allí en el año
5000, hace que los apocalípticos melenudos y de ojos
salvajes parezcan unos moderados insensibles. No importa lo que piense Fran- cis Fukuyama, el problema no es
que vamos a tener demasiado poco fu-
turo, sino futuro en exceso. Mala suerte; nuestros hijos probablemente vivirán tiempos muy interesantes.
Hablando
de Fukuyama (1992), uno puede recordar que entre las
cosas que se repiten históricamente está el anuncio de
la muerte de la historia misma,
la cual ha sido
promulgada muchas veces, desde el
Nuevo Testamento hasta Hegel. Como
cualquier otra repetición, es una de las cosas que hace que
la historia siga andando, como
sin duda podrá juzgar el propio Fukuyama al mirar su correspondencia. El he- cho de
anunciar el fin de la historia, lo cual simplemente agrega algo más a ella,
plantea un conflicto interesante
con la declaración misma, una especie de
contradicción performativa. El último de los prematuros obituarios arrojados
sobre la historia, o quizá más
precisamente sobre la ideología, fue
el de los ideólogos del
fin de la historia, en los
años cincuenta. Con Vietnam, el
Poder Negro y el movimiento estudiantil a punto de surgir, dicho obituario
demostró ser una profecía singular-
mente inepta. Como podría haber
observado Oscar Wilde, equivocarse sobre
el fin de
la historia una vez es
desafortunado, equivocarse dos
veces es pura negligencia.
Es muy
probable, por ejemplo, que
se produzca una gravísima crisis
del capitalismo en las próximas décadas, que
no es lo mismo que decir que esto
será así, o que habrá socialismo. Que el futuro esté des- tinado a ser diferente
del presente, por supuesto, no garantiza que
será mejor. Bien podría llegar a ser peor. De un modo u otro, no hay
nada que sea inevitable, lo cual es excelente, ya que lo inevitable es usualmente desagradable. Y a
menos que uno se oponga a lo inevitable, nunca po- drá descubrir
cuán inevitable era realmente. Pero mientras Occidente conduce sus carretas en
círculos cada vez más cerrados,
refugiándose y cerrando las puertas a una creciente población alienada,
desplazada, desposeída, tanto a nivel
local como en el exterior, y
mientras la socie- dad cívica es crecientemente arrancada de cuajo, no hace
falta un Nos- tradamus para anticipar
turbulencias en el horizonte. Políticamente ha- blando, no se puede dejar que
las fuerzas del mercado se desplieguen en ausencia de una buena red de
protección social ya que, de otro modo,
se corre el riesgo de generar una gran inestabilidad y resentimiento; pero,
económicamente hablando, es exactamente ese tipo de protección lo que las
fuerzas del mercado destruyen. En este
sentido, el sistema se ofrece para minar su propia hegemonía, sin mucha
necesidad de ayuda desde la izquierda. Lo que es de temer no es tanto que la
historia meramente se repita a sí misma, sino
la perspectiva de que comience a filtrarse por las costuras, mientras la
izquierda todavía está dispersa y desorganizada y, por lo tanto, es incapaz de
conducir las precarias y espontáneas revuel- tas por senderos productivos.
Entonces, el problema es que, a menos que ocurra lo contrario, mucha
más gente podría salir lastimada.
Esto resulta
aún mucho más lamentable cuando uno se detiene a
considerar la notablemente módica
propuesta que está impulsando la
izquierda. Todo lo que la izquierda desea lograr son condiciones que permitan a la
totalidad de los habitantes del planeta comer, trabajar, ejercer su libertad,
vivir dignamente, y aspiraciones de este estilo. Esto es escasamente revolucionario. Pero es una señal de
las calamidades presentes el
hecho de que, en efecto, se necesitaría
una revolución para alcanzar tales objetivos. Esto es así por el extremismo del
capitalismo, no del socialismo. A propósito: decir que las cosas están muy mal es
el tipo de afirmación simplista que
distingue a los radicales de los reformistas liberales, aunque no sucede lo mismo con los conservadores. Sorpren- dentemente, en
una forma de vida social que es incapaz incluso de estar a la altura de sus
propios ideales parciales, los liberales, los pragmáticos y los modernizadores
se aferran a su ilusión extraordinariamente utópi- ca de que nada está mal
en los fundamentos. Los conservadores, por el contrario, tienen mucha
razón al ver que existe un problema en los ci- mientos mismos del
sistema, pero suelen estar equivocados respecto de qué es lo que está mal. La forma más
ostensiblemente naif del idealismo no es el socialismo, sino la creencia
de que, dándole el tiempo suficiente, el capitalismo alimentará al mundo.
¿Cuánto tiempo más se sostendrá esta
visión antes de que se la juzgue desacreditada?
Por todo esto,
nunca he estado demasiado
convencido de que términos como
optimismo y pesimismo tengan mucho sentido político. Lo que importa –lo que es en
realidad condición necesaria para cualquier fructífera acción moral o
política– es el realismo, que a
veces nos hace sentir desanimados y
otras jubilosos. Puede calificarse un discurso como auténticamente realista si
les resulta ilusorio a los cínicos y crudo a
los románticos. En una reciente conferencia del Socialist Workers Party (SWP) en Londres,
un entusiasta camarada se puso de
pie para anunciar que “nunca han existido tantas oportunidades
revoluciona- rias” como en el presente. Quizá, durante una década,
este camarada haya estado sentado
en un
cuarto oscuro, con la cabeza tapada con una bolsa de papel.
Hay, por
cierto, socialistas que dirían
esto incluso en medio de
una tierra devastada por una
explosión nuclear, con por lo menos
uno de sus brazos arrancados. Con todo, la cuestión es estar afligidos por las
razones correctas, que es el punto en que la izquierda a veces se equivoca. Por
eso, permítanme desglosar algunas razones para que la izquierda no se sienta desalentada.
En primer lugar, es un error imaginar que la actual crisis de la izquierda tenga mucho que ver con
el colapso del comunismo. Por su-
puesto que no ayuda el hecho de que no haya actualmente casi ningún ejemplo de relaciones sociales
no-capitalistas para señalar en el mundo; pero algunos en la izquierda creían
que las relaciones sociales no-capi-
talistas no eran tales tampoco en el
bloque soviético, y pocos socialistas se desencantaron ante los eventos de
finales de los ochenta, ya que para desilusionarse, primero hay que
estar ilusionado. La última vez que
la izquierda occidental estuvo masivamente ilusionada con el
estalinis- mo fue hace mucho
tiempo, en los años treinta. En efecto,
si se quiere observar la más efectiva crítica a ese sistema, no
hay que recurrir al liberalismo occidental, sino a las mayores corrientes del marxismo, que
siempre fueron mucho más radicales en
sus resistencias al estalinismo que Isaiah Berlin. En cualquier caso, la izquierda global ya
atravesaba una profunda crisis antes de que
el primer ladrillo fuera arrancado del Muro de Berlín. Si
hay razón para que la
izquierda se sienta desani- mada
por el
final del comunismo, esto se
debe a que
dicho colapso demostró el formidable poder del capitalismo –que en la forma de una deliberadamente ruinosa
carrera armamentista definió en gran medida que el bloque soviético se hincara–
y no tanto al derrumbe de una valio- sa forma de vida encarnada por los Ceaucescus. Aun así, con todas sus horrendas consecuencias, los
sucesos de finales de los ochenta fueron una revolución; y no se suponía, al
menos de acuerdo con algunos teóri- cos posmodernos, que existieran
revoluciones por aquellos años, ya que no
había totalidad para ser
revolucionada ni ningún sujeto
colectivo para hacer la revolución. Es entonces profundamente irónico que,
justo cuando estas doctrinas estaban fuera de moda en Occidente, hayan co-
brado encarnadura política en Europa oriental.
Tampoco
la supuesta apatía de la
población es una razón sufi-
cientemente buena para sentirse abatidos, en gran medida porque es un mito. Las
personas que claman contra los refugiados y exigen el derecho a proteger su
propiedad con una bomba neutrónica pueden ser de pocas luces, pero no son
apáticas, ni trogloditas drogados
por la televisión. Hay muchos buenos
ciudadanos al norte del lugar donde yo vivo, Irlan- da, que no son
en ninguna medida apáticos. Los hombres y las mujeres suelen ser
indiferentes solamente respecto de
políticas que son displi- centes con ellos.
Puede que la gente no crea en
los políticos, ni piense en las teorías de la plusvalía, pero si alguien
trata de construir una au- topista a través de sus patios o de cerrar las escuelas de sus hijos, van a protestar rápidamente. ¿Y por
qué no?
Es racional resistir a un poder injusto si uno puede hacerlo sin demasiado riesgo y con una razonable probabilidad de éxito.
Tales protestas pueden no ser efectivas,
pero ese no es el punto en
discusión. También es racional,
desde mi punto de vista, rehusarse al
cambio político radical siempre y cuando el sistema sea capaz de otorgar alguna
gratificación, por magra que sea, y mientras las alternativas sigan siendo
peligrosas y oscuras. En cualquier
caso, la mayoría de la gente tiene
que invertir demasiada energía
simplemente en sobrevivir, en asuntos materiales inmediatos, como para tener
mucho resto para la política. También invertimos un buen grado de energía fí- sica en un amor masoquista por la ley, una
sumisión al superyó profun- damente placentera, incluso cuando también es
verdad que obtenemos deleite sádico al
ver tal autoridad venirse abajo. Por todas estas razones, es muy difícil
poner en marcha un cambio
radical. Pero mientras la de- manda de ser razonables en nuestros días significa “tranquilizarse”, en 1790 significaba levantar barricadas. Más aún, una vez que un
sistema político deja de ser
capaz de proveer suficiente gratificación como para sujetar a sus
ciudadanos, y una vez que alternativas de bajo
riesgo y realistas emergen,
entonces la revuelta es tan previsible como la palabra like en la conversación
de un estudiante novato de Cornell. La
caída del apartheid sería un buen ejemplo en nuestros días.
Hay poca evidencia, entonces, de que la ciudadanía sea en gene- ral abúlica o complaciente. Por el contrario, la evidencia sugiere que
está considerablemente alarmada acerca
de un número importante de asuntos,
incluso cuando la mayoría está tan lejos
de virar hacia el socia- lismo en busca de soluciones como lo está de la teosofía. Sin embargo, tampoco habría que exagerar la falta de resistencia de izquierda, si se observa el
Movimiento de los Sin
Tierra en Brasil, la militancia
de la clase trabajadora francesa, la agitación estudiantil contra los sweats- hops
en Estados Unidos, las incursiones anarquistas contra el capitalis- mo
financiero, por dar algunos ejemplos. La
tesis de “la desaparición de la
clase trabajadora” tampoco puede
soportar un escrutinio minucioso. Es verdad que
en las sociedades capitalistas avanzadas el proletariado ha disminuido en
tamaño y significación; pero el proletariado, en el sentido de trabajadores manuales
industriales asalariados, no es lo mismo que
la clase trabajadora. Uno no
deja de ser parte de la clase traba- jadora porque se convierta en mozo en
vez de ser trabajador textil. En términos generales, “proletariado” denota
un tipo
de trabajo, mientras que
“clase trabajadora” denota una
posición dentro de las relaciones sociales de producción. Esta confusión
ha surgido, en parte, porque en tiempos de Marx
la clase trabajadora era más o menos idéntica al pro- letariado
industrial. En cualquier caso, el
proletariado, en un sentido estrictamente técnico, ha crecido globalmente en términos absolutos. Puede argumentarse que en
términos relativos ha declinado en relación con
otras clases; pero nunca ha existido el requisito de que la clase
tra- bajadora sea la mayoría para calificar como agente revolucionario.
Tampoco
hay ningún requisito que indique que
la clase traba- jadora deba ser la más
empobrecida y desgraciada. Hay
mucha gente –vagabundos, ancianos, desocupados, lo que supongo hoy
podríamos llamar lumpen-intelligentsia– que está
muchísimo peor. Algunos socia- listas han visto a
la clase trabajadora como agente del cambio revo- lucionario no porque sufra mucho –a veces lo hace, a veces no–,
sino porque está situada de tal
manera dentro del sistema capitalista como para ser efectivamente capaz de reemplazarlo. Al
igual que otras fuer- zas radicales, la clase trabajadora está a la vez en la raíz y en las fuentes mismas del sistema, y aun
así es incapaz de ser totalmente incluida en él; es parte de su lógica y también parte de la subversión del sistema
y, por lo tanto, en un
sentido exacto del término, es
una fuerza decons- tructiva. Si para el marxismo la clase trabajadora tiene un rol especial, no es porque sea
especialmente miserable ni necesariamente numero- sa, sino porque es, en el sentido freudiano,
“sintomática”. Como tal, es aquello que representa la contradicción,
la cual, como los límites de un campo,
estando a la vez adentro y afuera –ex-tiempo, como dice Lacan–, manifiesta
algo de la lógica dual o contradictoria del sistema como un
todo. Si en algún sentido es un
“totalizador” de ese sistema, lo
es por- que representa las contradicciones del régimen como un todo, y de este
modo escapa a cualquier totalización armoniosa.
Podemos
olvidarnos, entonces, de la idea de
que los socialistas eligen a la clase trabajadora como una fuerza
transformadora, mientras que otros
podrían optar por los payasos de
circo o los farmacólogos pelirrojos. ¿Quiénes sino los hombres y mujeres que crean el sistema, cuyas vidas dependen de él, y que son capaces de hacerlo
funcionar jus- ta y colectivamente, y que
se beneficiarían más con semejante cambio, deberían reemplazarlo? ¿Los oftalmólogos pecosos? ¿Los que
miden más de 1,60 m y viven al
oeste de Shannon?
La palabra
“proletariado” –proletarius en latín– en el mundo an- tiguo refería a aquellos
que servían al Estado produciendo
hijos –fabri- cando fuerza de trabajo–
porque eran demasiado pobres para servirlo con sus propiedades. El
proletariado, en otras palabras, tiene tanto que ver con la producción material
como con la sexual; y como el peso de la
reproducción sexual recae más sobre las
mujeres que sobre los varones, no es una hipérbole decir que en el mundo antiguo la clase trabajadora fue una mujer. Como, en efecto, lo es en forma creciente en la actua- lidad. El geógrafo David Harvey se refiere a las fuerzas opositoras del futuro como
“proletariado feminizado”. Esas tediosas viejas
riñas entre socialistas y feministas son
cada vez más superfluas a causa
del avance del capitalismo mismo.
Es el capitalismo, aunque no lo crean, el que está arrojando a los socialistas y a las feministas en
brazos de unas y otros (hablo,
por supuesto, metafóricamente).
Desde luego, estas fuer- zas opositoras
pueden fracasar. Pero esto es un asunto diferente a decir que tales
fuerzas no existan en absoluto.
¿Debería estar
triste la izquierda porque el marxismo ha
sido fi- nalmente desacreditado?
No, porque no lo
ha sido. Ha
sido estruen- dosamente derrotado, pero esto es
un asunto diferente. Considerarlo
desacreditado sería como decir que Mozambique fue desacreditado por haber
sido dominado por los portugueses. Si el marxismo ha sido
de- sacreditado por la caída del
bloque soviético, ¿por qué no fue desacre- ditado ya en los
años sesenta y setenta, cuando sabíamos demasiado bien qué tipo de grotesco socialismo travestido era el
bloque socialista? La teoría marxista no
ha sido declarada en
bancarrota intelectual, en parte porque no hubo necesidad. No es
que carezca de respuestas, sino que está
fuera de la discusión. No se trata tanto de si es verdadera o falsa, sino
–para usar una frase foucaultiana– de que no está más
“en la verdad”. Un cambio cultural y político total la ha dejado atrás
en tanto fuerza práctica, pero difícilmente la ha refutado como descripción del mundo. En
efecto, en este último sentido,
¿qué podría ser más adecua- do que aquel documento de 1848, me
refiero claro está a El Manifiesto
Comunista, que pronostica la expansión
de la globalización, la profun- dización de las desigualdades, el creciente
empobrecimiento y la inten- sificación de la guerra? Este escrito está,
me atrevo a afirmarlo, mucho menos desactualizado que los análisis de Maynard Keynes.
De todos
modos, cuando algunos dicen que el
marxismo está de- sacreditado o es
irrelevante, están implicando que saben
exactamente qué es el marxismo, lo cual –debo
decirlo– es mucho más de lo que yo sé. Los devotos anti-esencialistas hablan del fracaso del
marxismo, como si pudiésemos aislar alguna esencia del credo que ahora se ha
desinte- grado. Pero descubrir
qué es lo peculiar del marxismo como doctrina no es una cuestión
fácil. ¿La preocupación por las clases? Ciertamente no: Marx y Engels mismos insistieron en que esto
de ningún modo era nuevo para ellos. ¿La revolución política, la lucha
de clases, la abolición de la propiedad
privada, la cooperación humana, la igualdad social y el fin de la alienación y
de las fuerzas del mercado? Tampoco: muchos izquierdistas han compartido estas
visiones sin ser marxistas. William Blake, por
ejemplo, abogaba por casi todas ellas.
¿La determinación económica de la
historia? Bueno, quizá se está poniendo
un poco
más tibio; pero Sigmund Freud, él
mismo nada amigo del marxismo, sostu- vo que
el motivo básico de la vida
social era económico, y que sin
esta sorda compulsión estaríamos tirados todo el día en interesantes postu- ras de goce
(jouissance). ¿Las diferentes
fases materiales de la historia como
determinantes de diferentes formas
de vida
social? Bueno, esto era casi un lugar común para el Iluminismo radical.
El socialismo
tampoco sufre una bancarrota en el sentido de es- tar carente de ideas. Todavía hay muchas buenas ideas de izquierda en todas
partes, y un no menos fértil
y sugerente corpus de trabajo sobre cómo podría ser una economía socialista, y hasta qué punto los
mer- cados aún serían necesarios para cumplir con ciertas funciones, entre otros temas. Uno
podría agregar, también, que las postrimerías del siglo XX no presenciaron en
absoluto la derrota del impulso revolucionario, sino un cambio de rumbo. En sus décadas centrales,
se vivió la victoria del
anticolonialismo –el movimiento radical más exitoso de
la época moderna– que barrió a
los viejos imperios de sus sitiales de poder. El so- cialismo ha sido descripto como el movimiento de reforma
más grande de la historia, pero la lucha
anticolonial ha sido por lejos el más
exitoso. No; ninguna de estas son buenas razones para sentirse tristes.
Tampoco lo es la creencia de que el
sistema capitalista es invulnerable. Algunos radicales desencantados pueden
sostener semejante postura, pero el FMI
por cierto no lo hace. El
FMI es muy consciente de la repugnante inestabilidad de
todo este negocio; una inestabilidad que, irónicamente, la globalización
profundiza. Porque si cada pedacito del mundo está co- nectado con cada uno
de los otros pedacitos, luego, un
tambaleo en un punto puede significar un
sacudón en otro, y una crisis en un
tercero. En este sentido, la permanente oscilación del sistema es también una fuente de vulnerabilidad.
Entonces,
¿de qué
debe apenarse la izquierda?
La respuesta es seguramente obvia: no
de que el sistema sea monumentalmente esta- ble, sino
de que es
formidablemente poderoso. Demasiado poderoso para nosotros en el presente o, diría yo, en cualquier futuro a corto o mediano plazo.
¿Significa esto que el sistema
simplemente no se deten- drá y seguirá
azuzándonos como un tipo cargoso en un
bar? De ningún modo. Es perfectamente capaz de detenerse abruptamente, sin la
ayuda de sus opositores políticos. Si esto
es una buena o una mala noticia
para dichos opositores, es una cuestión discutible. No hace falta el so- cialismo para que colapse el capitalismo, sólo hace falta
el capitalismo mismo. El sistema es ciertamente capaz de cometer un haraquiri. Pero sí hace falta socialismo, o algo parecido, para que el sistema pueda ser derribado sin que nos
arroje a todos a la barbarie. Y es por
esto que las fuerzas de oposición son tan
importantes: para resistir tanto como sea posible el fascismo, el
caos y el salvajismo que seguramente
surgirán de una crisis mayúscula del sistema. Walter Benjamin sabiamente
observó que la revolución no es un tren fuera de control, es la aplicación de
los frenos de emergencia. Bertolt Brecht añadió que el capitalismo, y no el comunismo, era
radical. En este sentido, el rol de las ideas socialistas es el de proteger el
futuro que todavía no ha
nacido –ofrecer, no una tor-
menta, sino un lugar de refugio en
esta tempestad que es la historia.
BIBLIOGRAFÍA
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Robin (comp.) 1991 After the Fall. The Failure of Communism and the Future of Socialism (London: Verso).
Callinicos,
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Williams,
Raymond 1984 Hacia el año 2000 (Barcelona: Crítica).
Atilio A. Boron*
Clase de cierre
La cuestión del imperialismo
* Secretario Ejecutivo del Consejo
Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).
EN ESTA
CLASE nos proponemos examinar algunas cuestiones rela-
tivas a la teorización contemporánea sobre el imperialismo, tema que,
afortunadamente, ha recobrado en los últimos años una centralidad que nunca
debería haber perdido. Una de las grandes paradojas de la historia reciente
de América Latina había sido la práctica desaparición de una discusión seria sobre el imperialismo y
la dependencia precisamente en momentos en que
las condiciones objetivas del capitalismo latinoameri- cano exhibían una
agudización sin precedentes de la dependencia exter- na, la impresionante
erosión de la soberanía nacional de los estados y un sometimiento sin precedentes a los dictados del
imperialismo. Que tal situación
no era privativa de América Latina lo
testifica la observación del marxista indio Prabhat Patnaik quien, en su breve
ensayo aparecido en la Monthly Review a comienzos de la década del noventa,
comprobaba con asombro que los
términos “imperialismo” o “imperialista” habían prácticamente desaparecido
de la prensa, la literatura y los discursos de socialistas y comunistas por
igual (Patnaik, 1990: 1-6).
No obstante,
se trataba más de un eclipse que
de una desapari-
ción porque, como se expresó anteriormente, la
situación ha comenzado a cambiar. Luego de una prolongada ausencia intelectual
y política, que se extendió a lo largo de casi treinta años, la problemática
del impe- rialismo, que había suscitado
algunos de los más importantes debates
teóricos y prácticos de las sociedades latinoamericanas en la década del
sesenta, reapareció con fuerza en la esfera pública, en sintonía con
el acelerado agrietamiento de la hegemonía ideológica y política del
neo- liberalismo. Conviene subrayar el hecho de que tal
irrupción no tiene lugar sólo en
las discusiones de las fuerzas políticas o los cenáculos in- telectuales.
Aparece también en el lenguaje común y corriente utilizado por los medios de comunicación de masas,
produciendo un cierto des- plazamiento
–no total pero sí importante– del eufemismo que hasta ese momento se había
empleado para aludir al fenómeno del imperialismo sin tener que nombrarlo: globalización.
¿POR QUÉ
SE PRODUJO EL RETORNO DE
LO REPRIMIDO?
No deja de ser
sintomático de la situación de la cultura latinoamerica- na que
esta reaparición temática haya
sido “autorizada”, para usar un término
que puede sonar gratuitamente provocativo pero se ajusta a las circunstancias,
por el resurgimiento de la discusión
en torno al impe- rialismo no ya en la periferia del sistema capitalista
sino en su propio núcleo fundamental:
Estados Unidos. En efecto, no es un misterio para nadie que si el tema fue reinstalado en los medios académicos y en el
espacio público de América Latina,
esto fue
en gran medida posible porque
primero “se puso de moda” en EE.UU. A nadie se le escapa que la dinámica social desencadenada en ese
país como consecuencia de las
políticas neoliberales (que adquirieron
resonancia universal con las grandes
movilizaciones de Seattle) y las crecientes tensiones y contra- dicciones que la dominación imperialista desencadenó en el
escenario internacional –donde el arrasamiento de Afganistán y la invasión y
pos- terior ocupación militar de
Irak sobresalen por su
crueldad y drama- tismo– jugaron un
papel decisivo en la apertura de
un debate que, no por
casualidad, no había podido
ser abierto por las
largas y heroicas luchas de la resistencia antiimperialista de la
periferia. Con el colapso del orden
mundial de posguerra y el indisimulado unipolarismo que co- mienza a prevalecer
ya desde los años de Bill Clinton, y que
alcanzaría niveles inéditos durante la presidencia de George Bush Jr.,
la discusión en torno a la naturaleza
imperialista de EE.UU. y del sistema inter- nacional modelado a su imagen y semejanza se convierte en un
tema insoslayable. Claro
que, tal como aconteciera cuando los colonialistas
de la
Inglaterra victoriana hablaban de
la “pesada carga del hombre blanco” al tener que llevar
su “civilización” a los confines del África ne- gra (y de paso ocultar el bárbaro pillaje
a que sometieron a los pueblos
originarios), los modernos teóricos del imperialismo conciben las políticas del
gobierno de George W. Bush como verdaderas cruzadas contra los numerosos
enemigos del bien, diseminados por todo
el planeta.
Para los
ideólogos del imperio, siempre preocupados por ocultar su esencia explotadora y
predatoria, la nueva realidad que se
configura con la desaparición de la Unión
Soviética desata una amplia discusión sobre la naturaleza del nuevo orden
imperial, cuya existencia y violentas
características ya no pueden seguir
ocultándose bajo el manto del en- frentamiento entre “mundo libre” y
“totalitarismo comunista” propio de los años de la Guerra Fría1. En esta inédita coyuntura, el imperialismo asoma
con un
nuevo rostro, embellecido y rejuvenecido: si antaño la expresión era considerada ofensiva
y agraviante, los nuevos desarrollos históricos habrían de resignificarla
dotándola de una carga fuertemente positiva. La
transición estadounidense de
la república al imperio, tan temida por los críticos liberales e izquierdistas de los
años sesenta y setenta, se
consumó en medio de los himnos
triunfales entonados por una pléyade de neoconservadores, con los
fundamentalismos cristiano y judío marchando codo a codo
con los grandes monopolios del complejo militar e industrial y los
halcones de Washington2. Si antes los intelec- tuales orgánicos del sistema
insistían en exaltar los valores republicanos y democráticos, ahora asumen
claramente y sin remordimiento alguno
su condición de imperialistas, y aseguran: “Sí, somos un
imperio, ¿y qué? ¿Qué tiene de
malo eso?”. El imperio deja
de ser una condición censurable a
partir de razonamientos éticos y
políticos para transfor- marse en una obligación humanitaria. Somos una nación
“indispensa- ble” e “irreemplazable” –como diría más de una vez Madeleine Albright, la secretaria
de Estado del “progresista” gobierno de Bill Clinton–, una suerte de imperio
benévolo que ni oprime ni explota,
sino que
surca los siete mares para liberar a los pueblos de las cadenas del
atraso y la opre- sión, y para sembrar
el libre comercio y la democracia.
Autores
tales como Samuel P. Huntington,
Zbigniew Brzezinski, Charles Krauthammer, Thomas Friedman, Robert Kagan, Norman
Podhoretz y Michael Ignatieff, entre tantos otros, fueron pródigos a la hora de
desplegar, ya sin innecesarios eufemismos, el argumento impe- rialista de modo
completamente desembozado. De acuerdo con
el mis- mo, EE.UU. aparece como
un benévolo imperio cuya función mesiáni- ca y redentora lo impulsa a
librar “guerras humanitarias” para derrotar a los malvados, llevar la llama de
la democracia a los más apartados rincones del mundo, y consagrar la
libertad de comercio como la condi- ción
indispensable para la conquista y el disfrute de todas la libertades y
para el fortalecimiento de la democracia.
1 Sobre
este tema, ver el artículo de Perry
Anderson en este mismo libro.
2 Ver
Wallerstein (2005).
Por otra
parte, para los críticos del imperio la situación no estaba exenta de serios
desafíos: con la constitución de una
única superpoten- cia imperial, debían
enfrentar una situación inédita, muy
distinta a la del pasado cuando
las rivalidades entre varias potencias
imperialistas ofrecían un cuadro
bien diferente, todo lo cual requería una cuidadosa revisión y
actualización de algunas de las
tesis centrales de la
teoría marxista del imperialismo. Por
si esto no fuera poco, la abierta reafir- mación y
defensa de la vocación imperialista de EE.UU. tuvo un enorme impacto ideológico
sobre la izquierda política e intelectual. Todo
esto explica, al menos en parte, el abandono en que cayera, por
un período de unos veinte años,
el empleo de la palabra imperialismo. Si se revisa la literatura de las últimas
dos décadas del siglo pasado, se comproba- rá que,
prácticamente, la palabra desaparece por
completo, y quienes tenían la osadía de hacer uso de ella eran rápidamente silenciados. Se decía
que la globalización había acabado
con todo aquello y que el im- perialismo era un fenómeno del pasado.
No fue por lo
tanto casual que haya sido precisamente en el centro del imperio donde viera la
luz pública una obra publicada en la alborada del nuevo milenio y que, de la noche a la mañana, fuese aclamada como la nueva síntesis teórica que
condensaba en sus páginas toda la riqueza y complejidad de la nueva realidad.
Esa obra es, naturalmente, Imperio, el libro de Michael Hardt y Antonio Negri,
oportunamente publicado en el año
2000 (Hardt y Negri, 2000). A partir de la publicación de esta obra, la
discusión sobre el tema se instala en un sitial de preferencia no sólo en los
cerrados ámbitos de la academia sino,
inclusive, en la misma esfera pública, penetrando en las
otrora inhóspitas regiones controladas por los grandes medios de
comunicación de masas, que abrieron
con júbilo sus bien
custodiados portales a dos
intelectuales de izquierda que,
tras un lenguaje abstruso y por momentos esotérico, sostenían una tesis
que sonaba como música celestial para las clases dominantes del imperio y
sus halcones de Washington: el
surgimiento del Imperio –ahora escrito así, con mayúsculas– señalaba el fin del
imperialismo3. En efecto: Hardt y Negri construyen un silogismo que
concibe al imperialismo como un reflejo directo del nacionalismo; por ende, concluyen que, con
la ine- luctable desaparición
del estado-nación, llega también a su
fin el ciclo imperialista. Se verifica, debido a lo anterior, el tránsito
hacia una nueva lógica global de
dominio, el Imperio, una estructura desterritorializada, etérea y descentrada,
paradojalmente traída al mundo por la dinámica incesante de su propia negación,
la multitud.
3 Son numerosas las críticas suscitadas por las tesis
de Hardt y Negri. Es sintomático que, ante ellas, la respuesta de ambos autores haya sido el insulto y la descalificación, jamás el
examen crítico del argumento de sus críticos.
Pero se destacan también otros fermentos de cambio
que permi- ten una comprensión más acabada del
resurgimiento de la discusión
sobre el imperialismo. En el pasado,
las grandes luchas desencadena- das en la periferia del sistema –causantes,
por ejemplo, de la derrota de los EE.UU.
en Vietnam, el simultáneo triunfo de la revolución iraní y el sandinismo en Nicaragua, la caída de regímenes títeres de
EE.UU. en Indonesia y Filipinas, entre otros– no habían logrado horadar la
coraza con que la ideología
dominante protegía la agenda pública y
la con- ciencia social universal de la irrupción de elementos subversivos. Sin embargo, esta situación comienza a revertirse en la década
del noventa y a comienzos del nuevo siglo
gracias a una serie de
acontecimientos a los que un pensador como Hegel –si hubiera podido neutralizar el euro-
centrismo de su teoría– no habría dudado en asignar una significación
“histórico-universal”: la irrupción del zapatismo en 1994, la gran mani- festación de Seattle en
1999 y la organización del Foro Social
Mundial de Porto Alegre en 2001.
En otras palabras, si bien la discusión sobre el imperialismo adquiere
la fuerza de un
torrente que sacude toda la escena interna- cional a partir de comienzos de
siglo, lo cierto es que su
impacto fue potenciado por la presencia,
principalmente en América Latina –más
que en otras regiones del Tercer Mundo–
de fuertes movimientos con- testatarios que
comenzaron a jaquear la hegemonía política e ideoló- gica del
neoliberalismo, y a introducir
en la
agenda pública temas y propuestas hasta entonces excluidos o
considerados simplemente como aberraciones intelectuales o exabruptos
ideológicos de los nostálgicos del socialismo ya difunto y, por lo tanto, indignos de ser considerados en los
círculos “serios y responsables” que
manejan la opinión públi- ca mundial. Las sucesivas conferencias “por la humanidad y contra el neoliberalismo”
convocadas por los zapatistas en
la Selva Lacandona y la
realización de los foros sociales mundiales de Porto Alegre anima- dos por el
mismo espíritu ratificaron en el plano
de la
política tanto como en las calles
la urgente necesidad práctica de examinar cuidado- samente el carácter
del imperialismo en su fase actual, sus
fortalezas y debilidades, y las
perspectivas emancipatorias de nuestros pueblos. Es de estricta justicia,
sin embargo, señalar que fueron muchas las voces que en
América Latina nunca cejaron en
su empeño por denunciar el carácter explotador, opresivo y
predatorio del sistema internacional y el papel nefasto –e irreemplazable–
que en el sostenimiento de dicho sis-
tema juega EE.UU. Sin embargo, estas
eran expresiones aisladas y que persistían con
valentía, pero a contracorriente del
asfixiante consenso social predominante. Es debido a esto que la
precisión de sus análisis, la agudeza de
sus críticas y la sensatez de sus propuestas no
lograban captar el imaginario de su tiempo. Sin embargo, una vez que el
tema se instaló en el mundo desarrollado, entonces sí ya estaba autorizado por el
imperio y podía ser abordado no sólo
en los pequeños cenáculos de la izquierda intelectual y política,
sino también en el discurso público y en
los grandes medios de comunicación de masas. Por eso tiene razón Roberto Fernández Retamar
cuando observa en Todo Caliban, ese des- lumbrante retrato de la cultura
latinoamericana, que “el colonialismo ha
calado tan hondamente en nosotros,
que sólo leemos con verdadero respeto a los autores
anticolonialistas difundidos desde las
metrópolis” (Fernández Retamar, 2004: 39-40).
LÍMITES
DE LA TEORIZACIÓN CLÁSICA
Las bases de
la confusión aludida más arriba no
sólo revelan la impor- tancia y el papel
distorsionante de la hegemonía ideológica de la dere- cha sobre el pensamiento de la izquierda. También
tienen relación con las insuficiencias de
la teorización tradicional del
imperialismo frente a las significativas transformaciones experimentadas
por el modo de producción capitalista a
lo largo del siglo XX, especialmente a partir de la finalización de la Segunda
Guerra Mundial, las cuales venían a poner en cuestión algunas de las premisas
centrales de las teorías clásicas del imperialismo, formuladas en las dos
primeras décadas del siglo XX por Hobson, Hilferding, Lenin, Bujarin y
Rosa Luxemburgo, para no men- cionar
sino a sus principales figuras4. Señalemos, para no
extendernos demasiado en este asunto,
tres desafíos principales.
El primero
cuestiona una premisa decisiva de las teorías clásicas: la estrecha asociación
existente entre imperialismo y crisis del capita- lismo metropolitano. En esta
formulación, la expansión
imperialista era la solución a los irresolubles conflictos internos que originaba la crisis capitalista en las
metrópolis. Las depresiones,
hambrunas y ce- santías generalizadas encontraban su cauce de resolución
mediante la exportación de capitales y excedentes demográficos hacia las
regiones atrasadas. El período que se
inicia a finales de la década del cuarenta, sin
embargo, pone seriamente en
crisis dicha premisa: se trata de
los “treinta años gloriosos” de la posguerra, la época de mayor
crecimiento jamás experimentado por
las economías capitalistas en su
conjunto. Son los años del
capitalismo keynesiano, de la instauración del Estado de Bienestar y los de la
mayor expansión de ese modo de
producción en toda su historia. Nunca antes el capitalismo había
crecido simul- táneamente en tantos países,
por tanto tiempo y a tasas tan elevadas. Sin
embargo, en ese contexto tan
dinámico, se produce la agresiva ex- pansión del imperialismo norteamericano por toda la faz
de la tierra.
4
Transformaciones que, sin embargo, se
detuvieron a las puertas de
lo que constituye la esencia
del sistema: la subsunción formal y
real de los trabajadores al despotismo
del
La clásica
conexión entre crisis capitalista y expansión imperialista era así desmentida; no sólo
en la crisis sino también en
la prosperidad el capitalismo se embarca en una desenfrenada expansión
imperial, todo lo cual desata la
perplejidad de quienes aún se aferraban a las formula- ciones de las teorías
clásicas del imperialismo5.
El segundo
desafío a la teorización clásica surge de la constata- ción de que
la rivalidad económica entre las grandes potencias metro- politanas ya
no se traducía en conflictos armados como la Primera y Se- gunda Guerras
Mundiales. Lo que ahora se constataba
era una compe- tencia económica, por
momentos de extrema ferocidad, pero que en los últimos cincuenta años jamás se
tradujo en un enfrentamiento armado entre las mismas. Procesos de integración
económica supranacional y enfrentamiento
entre bloques comerciales fueron marcando los
hitos principales de la segunda mitad del siglo XX. La virulencia del
conflicto y la radicalidad de los intereses contrapuestos produjeron largas
paráli- sis en los organismos que monitoreaban y regulaban el funcionamiento
global del capitalismo, como el GATT
(que habría de ser reconvertido en la
Organización Mundial del
Comercio, OMC), el Banco Mundial
(BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI),
para no hablar sino de los
más importantes. Los reiterados fracasos
de sus sucesivas “rondas” de acuerdos y
la tenaz persistencia del proteccionismo y de principios mercantilistas, apenas
disimulados bajo una hueca retórica
“libremer- cadista”, se encuentran en la base
de esta frustración. En todo caso, lo que marca la diferencia entre el escenario de los
tiempos de la Primera Guerra Mundial (sobre todo) y lo acontecido en los
últimos años es que estos
enfrentamientos económicos no
desembocaron en un conflicto armado. La reconfiguración de la
estructura del sistema
imperialista y el papel predominante que
en él desempeña EE.UU., a diferencia del “concierto de naciones”
que se encontraba en la cúpula de ese
sistema a comienzos del siglo XX, explican en gran parte la ausencia de un des-
enlace militar. Ya en tiempos de la Primera Guerra Mundial, Kautsky había
insistido sobre este punto con su famosa teorización sobre el “ul-
traimperialismo”, una tesis sumamente
sugerente –en la medida en que aludía a esta
posibilidad de una colusión entre
los grandes monopo- lios– pero no exenta
de muy serios problemas interpretativos
derivados de la subestimación de la intensidad y la radicalidad del conflicto
que oponía a las potencias imperialistas. Pero, en todo caso, a la luz de los
desarrollos de la segunda posguerra, el asunto quedaba planteado y re- quería
una urgente revisión.
Por último, el tercer desafío que contribuyó a poner en crisis las
teorizaciones clásicas del imperialismo
fue, en
esta fase de
acelerada
5 Ver Leo
Panitch y Sam Gindin (2005b: 30-31).
mundialización de la acumulación capitalista,
la expansión sin prece- dentes del capitalismo a lo largo y ancho del planeta. Si bien este
fue desde siempre un régimen
social de producción caracterizado por
sus tendencias expansivas, tanto en
la geografía física como en
la social, la aceleración de
este proceso a partir de la caída del
Muro de Berlín y la implosión de la
Unión Soviética ha sido vertiginosa. El reparto del mundo, fundamento
de las interminables guerras de anexión colonial o neocolonial, tenía un
supuesto en la actualidad insostenible: la existen- cia de vastas regiones
periféricas, llamadas también “atrasadas” o “agra- rias” en la literatura de la
época, que eran introducidas en el torrente de la acumulación capitalista por potencias imperialistas rivales mediante el
pillaje colonial. Pero ese proceso se
completa en la segunda mitad del siglo XX cuando toda la superficie del globo terráqueo quedó sometida a las influencias de
las relaciones capitalistas de producción, lo cual, sin embargo, no detuvo
la expansión imperialista del sistema. Suele ar- güirse que la implosión de la
Unión Soviética, el desmembramiento del campo socialista y las transformaciones
que están ocurriendo en China han abierto nuevos horizontes territoriales a la
expansión del capital, lo cual es cierto
pero sólo parcialmente. Es preciso añadir, como bien afir- ma François Houtart, que las nuevas
fronteras cuya conquista empren- de
ahora el capital son económicas. Agotados los espacios de expansión territorial,
el imperialismo aquel se vuelve sobre la sociedad y desata un salvaje proceso
de mercantilización universal: tal es el caso
de los servi- cios públicos y la
agricultura, entre otros6. En la
fase actual, el reparto territorial ha
sido monopolizado por EE.UU. (con la
ocupación de Irak, Afganistán, su creciente control sobre el espacio de Asia
central, y sus indisimuladas ambiciones de controlar la Amazonía), pero aún así
con- serva toda su importancia en la
carrera por apoderarse de preciosos recursos naturales, como petróleo y
agua. No obstante, como no existen por
el momento potencias rivales que
se opongan a los designios esta- dounidenses, esta política de
anexión y/o control territorial no
desen- cadena nuevas guerras inter-imperialistas, sino la férrea resistencia, en algunos casos, de
los pueblos amenazados. Las fronteras inmateriales, en cambio, son escenarios en donde se libran batallas
sin cuartel en la carrera por apropiarse de las empresas públicas de los
países de la peri- feria mediante
privatizaciones y convertir antiguos derechos en renta- bles mercancías. Las
privatizaciones y la desregulación de los servicios públicos de salud,
educación y seguridad social, para nombrar sólo
los más importantes, abren
un enorme espacio inmaterial que sustituye, aunque sólo en parte, la puja territorial e insufla nuevos
aires al impe- rialismo. Como bien sostiene Ellen Meiksins Wood, las teorías clásicas
6 Ver François
Houtart (2005).
del
imperialismo “asumen, por definición, la
existencia de un ambiente ‘no capitalista’” (Meiksins Wood, 2003: 127). Ese
ambiente precapitalis- ta ahora no existe, pues el capitalismo comanda el
proceso económico a escala global y en la casi
absoluta totalidad de los países del globo. Y donde no lo hace, como en
Cuba, sus influjos aún así se dejan sentir con fuerza. Contradiciendo los
planteamientos de las teorizaciones clásicas, el imperialismo redobla su marcha
pese a que su legalidad cubre la to- tal superficie del
globo terráqueo.
Se entiende, a
partir de la consideración de los tres
desafíos se- ñalados, que todas estas transformaciones hayan puesto en
cuestión los presupuestos de la teoría clásica del imperialismo y colocado
sobre el tapete la necesidad de desarrollar nuevas elaboraciones teóricas aptas
para dar cuenta de estas nuevas
realidades.
NOVEDADES
La teorización clásica entró en crisis no
sólo por la obsolescencia de tres de sus premisas más distintivas. Hubo también otras causas, entre
las cuales vale mencionar la aparición de ciertas novedades producidas en el funcionamiento del capitalismo contemporáneo, que exigen
una urgente tarea de actualización.
Entre las
más decisivas se encuentra, en primer
lugar, el fenómeno de la financiarización de la economía mundial, o sea, la
fenomenal hiper- trofia del sistema financiero internacional, que alcanza
extremos extraor- dinarios. El volumen actual de la circulación del capital
financiero inter- nacional, especulativo en más
del 90%, se ubica en los 3 billones de dóla- res diarios, es decir, 3
millones de millones de dólares por día,
una cifra superior a la que arroja el comercio de bienes y servicios a
nivel mundial en un año. Huelga agregar
que todo esto plantea una serie de problemas a la vez teóricos y prácticos
de enorme importancia, cuyo tratamiento es imposible en estas páginas. Baste por ahora señalar
que estamos en presencia de una mutación significativa del modo de
producción capi- talista: en
realidad, una degeneración involutiva hacia el reinado de la especulación. Es debido a esto que el capital financiero asume el puesto de
comando del proceso de acumulación a escala global, en detrimento de las demás
fracciones del capital (industrial, comercial, servicios, etc.), que deben
subordinarse a sus estrategias, plazos y preferencias.
La segunda
novedad está dada por el papel de EE.UU. como poten- cia integradora y
organizadora del sistema imperialista. Este fenómeno, al cual ya nos refiriéramos anteriormente, se acentuó
dramáticamente a partir de la desaparición de la Unión Soviética y el campo
socialista así como de las transformaciones que
sobrevinieron con la crisis del
orden bipolar de posguerra. A causa de lo anterior, el estado norteamericano
adquirió un papel central e irreemplazable en la estructura imperialista mundial.
Por eso hoy en día el imperialismo es más
que nunca el impe- rialismo
norteamericano, debido a su voluntad y capacidad para subor- dinar bajo su hegemonía, de manera clara y contundente,
a los posibles rivales que habrían
podido interponerse en su camino. Ni la Unión Eu- ropea ni Japón pueden aspirar
a ser otra cosa más que
simples laderos que acompañan las decisiones tomadas en Washington. El
viejo sistema imperialista, en cambio, tenía múltiples rostros, por ser el
resultado de un balance de poder mucho más complejo, en
donde la primacía del primus
inter pares, ejercida por largo tiempo por el Reino Unido, apenas si se
distinguía del resto. Nada de eso ocurre
ahora: la crisis del orden mundial y del sistema de las Naciones Unidas, y la
nueva estrategia nor- teamericana de la guerra preventiva, ponen brutalmente de
manifiesto que el imperialismo tiene una
carta de nacionalidad muy definida. Por
lo tanto, las tesis que hablan de una tríada imperial, de un sistema donde se
acomodarían con un rango equivalente EE.UU., la Unión
Europea y Japón, no tienen ningún fundamento empírico. Tanto
Japón como la Unión Europea, para los propósitos de un análisis de un imperialismo contemporáneo, son –en
palabras de Brzezinski, no nuestras– estados vasallos de EE.UU.
sometidos por presiones económicas, el chantaje mi- litar y la hábil
manipulación de las amenazas del terrorismo (Brzezinski, 1998: 40).
El papel único e indispensable que
EE.UU. ha adquirido se relaciona
íntimamente con su condición de única superpotencia militar del planeta, cuyo
gasto en armamentos equivale
prácticamente al del resto de las
naciones en su conjunto. EE.UU. ha desplegado poco más de
750 bases y misiones militares en 128 países, una máquina de guerra sin
parangón en la historia de la humanidad, y bastión final para la defensa del sistema imperialista
mundial.
La tercera
novedad tiene que ver con la existencia de nuevos ins- trumentos
de dominación que reemplazan y/o complementan los dis- positivos clásicos disponibles a
comienzos del siglo XX.
Dos de ellos son
singularmente importantes. En
primer lugar, el papel del
FMI y, en general, de las
instituciones financieras mal llamadas
interguberna- mentales, puesto que su
dependencia del gobierno de EE.UU. las con- vierte, de hecho, en extensiones de la Casa Blanca. La designación de Paul Wolfowitz al frente del BM por parte de George W. Bush, a pesar de la repulsa universal que suscitaban su
fundamentalismo sionista y su
fanatismo guerrerista, y la influencia decisiva que Washington tiene sobre el FMI y la OMC, son
pruebas más que elocuentes de lo que ve- nimos diciendo. A los países de la
periferia, agobiados por el peso de la deuda externa, se les imponen políticas
económicas que realimentan o reproducen
de manera ampliada la primacía de los intereses norteame- ricanos sobre los
demás miembros del sistema
internacional. El FMI, el BM y el Banco
Interamericano de Desarrollo (BID), en el
caso de América Latina, tienen un papel estratégico en la implementación de estas políticas,
presionando ora con brutalidad, ora con
guante blanco, a favor de
políticas gubernamentales que facilitan
el control práctica- mente total de las economías periféricas por el capital imperialista, so- bre todo norteamericano.
El otro nuevo
instrumento de dominación imperialista es el casi absoluto predominio que EE.UU. ha adquirido en el crucial terreno de
la circulación de las ideas y la producción de imágenes audiovisuales. El imperialismo hoy se
refuerza con un imperialismo cultural que, a través del enorme desarrollo de los medios
de comunicación de masas, hace posible la imposición de las ideas y los valores
de la sociedad nor- teamericana de una forma tal que ninguna de las
experiencias imperia- les anteriores pudo siquiera soñar. Cerca de las
tres cuartas partes de las
imágenes audiovisuales que circulan por el planeta son producidas en
EE.UU., proyectando de este modo
una imagen propagandística, y falsa
hasta la médula, del sistema y de
sus supuestamente ilimitadas
capacidades para satisfacer todas las
aspiraciones materiales y espiri- tuales de la
humanidad. Las consecuencias
políticas de esta realidad son
profundas y de larga vida.
Importantes
como son, estas novedades no pueden
ocultar la in- tensificación de la explotación dentro del mundo colonial y neocolo- nial y, con
características peculiares, dentro de
los propios países del
capitalismo avanzado, donde la precarización laboral, la reducción de las prestaciones sociales y las tendencias regresivas del salario hacen estragos. Si a esto le sumamos que la depredación ecológica del plane- ta ha
llegado a niveles sin
precedentes, se comprenderán
las razones por las
cuales hay quienes afirman
que las
chances de que la especie humana pueda sobrevivir al final
del siglo XXI
son menores al 50%. El imperialismo es expresión de un sistema
inviable e insostenible; si la ideología norteamericana de la expansión del
consumo llegara a ser asumida seriamente por
chinos e indios, y si esos 2.400
millones de personas lograran de repente hacer realidad el American
dream de tener cada uno su propio automóvil, el oxígeno del planeta se
acabaría en menos de 24 horas. Las contradicciones del capitalismo
son insolubles e irreconciliables: esa
es la gran actualidad de Marx y de los
teóricos de la época clásica del imperialismo. Por eso la lucha contra el
capitalismo y el imperialismo es hoy, simplemente, la lucha por la sobrevivencia de la especie. Nada más y nada menos que eso.
LA DILUCIÓN
DEL IMPERIALISMO
Ya antes
habíamos señalado una primera paradoja: el eclipse de la tra- dición discursiva
antiimperialista en momentos en que la
dominación imperialista se acentuaba como nunca antes. Veamos ahora otra, que
podríamos formular en los siguientes términos: ¿cómo comprender el hecho
de que haya sido el corazón mismo del imperio el que haya difun- dido, con fervor militante, una nueva teorización sobre
el imperialismo como la propuesta por Hardt y Negri? Una comparación es inevitable. Cuando el asunto
apareció con fuerza en el escenario mundial, en víspe- ras de la Primera
Guerra, lo hizo de la mano de severos e
intransigentes críticos del imperialismo
–Hilferding, Lenin, Rosa Luxemburgo,
Buja- rin, etc.; o, como en el caso de J.
A. Hobson, de quienes aun desde la
perspectiva de la ideología dominante eran capaces de echar una lúcida mirada a
los problemas de su tiempo y reconocían la injusticia y los ho- rrores del
imperialismo. Por estas razones, sus escritos fueron anatemi- zados y sus
autores perseguidos, condenados o, como en el caso de Rosa Luxemburgo, simplemente asesinados.
Al promediar el siglo XX apare- ció la
obra de John Strachey, The End of Empire
(1964), y la misma pasó completamente desapercibida fuera de los estrechos
círculos de la aca- demia progresista y la militancia de izquierda del mundo
angloparlante.
¿Cómo
explicar, ahora, el formidable éxito de una obra como la de Hardt y Negri, que
es difundida desde los grandes aparatos ideológicos del im- perialismo como una
contribución esencial a la comprensión de la so- ciedad contemporánea? Páginas
y más páginas de The New York
Times, Los Angeles Times, The Times de Londres, fueron dedicadas a
comentar y exaltar las virtudes de Imperio. Entre nosotros, los grandes
periódicos de América Latina no se quedaron atrás, y los suplementos
dominicales de cultura y economía publicaron extensos reportajes a sus autores
otor- gándoles amplio espacio para difundir sus ideas sobre el mundo actual.
Esta conducta contrasta llamativamente con el “ninguneo” y la verdade- ra
conspiración de silencio que rodearon la
aparición de textos mucho más
importantes, como por ejemplo Dialéctica de la dependencia, de Ruy Mauro
Marini; El desarrollo del capitalismo en
América Latina, de Agus- tín Cueva;
Sociología de la explotación, de Pablo González Casanova, e, inclusive,
Dependencia y desarrollo en América
Latina, de Fernando H. Cardoso (en sus
mejores tiempos, claro) y Enzo Faletto.
A nuestro
juicio, lo que explica la persecución,
el silenciamiento y el ostracismo, en
un caso, y la celebridad y el
elogio, en el otro, es el hecho de
que la propuesta de Hardt y Negri es completamente ino- fensiva y en nada
lesiona los intereses del bloque imperial dominante. Antes bien, su aprobación
en los círculos del establishment prueba, con la contundencia de los hechos,
que la interpretación que ofrecen esos autores es perfectamente
funcional a sus planes de control y
domina- ción mundial7. La burguesía
nunca comete errores tan groseros como para
favorecer la diseminación de teorías o doctrinas contrarias a la
perpetuación de su dominio. Veamos, a continuación, algunas
de las más importantes críticas que merece la peculiar interpretación del im-
perialismo que brota de la pluma de
nuestros autores.
7 Conclusión
que se
refuerza aún más al examinar el más reciente trabajo de Antonio Negri, ahora en colaboración con Giuseppe Cocco (Cocco
y Negri, 2006), en donde se ofrece una visión de la historia reciente de América Latina
justificatoria de las atrocidades
EN LOS
ANÁLISIS DE HARDT
Y NEGRI, EL IMPERIALISMO NO CAMBIA SINO
QUE DESAPARECE
Este es el equívoco fundamental que preside toda su obra, y que decre- ta su irreparable invalidación. Es
indudable que el imperialismo en su fase
actual –su estructura, su lógica de
funcionamiento, sus consecuen- cias y
sus contradicciones– no se
puede comprender adecuadamente procediendo a una relectura talmúdica de
los textos clásicos. No porque ellos estuviesen equivocados, como lo afirma con
insistencia la derecha, sino porque el
capitalismo es un sistema cambiante y
altamente diná- mico que, como escribieran Marx y Engels en El Manifiesto Comunista, “se
revoluciona incesantemente a sí mismo”. Por
consiguiente, mal se podría
entender al imperialismo de comienzos del
siglo XXI armados con el instrumento teórico y conceptual que nos
proveen solamente los autores referidos anteriormente. Pero el error garrafal de Hardt y Ne- gri es el de asumir que se lo puede comprender no sólo
sin ellos, sino también apelando a una serie de autores que se ubican en las antípodas
de cualquier vertiente conocida del pensamiento crítico. No se
trata entonces de reiterar sino
de reformular las viejas tesis,
partiendo desde la revolución copernicana producida por la obra de Marx –que,
todavía hoy, nos suministra una clave interpretativa imprescindible e irreem-
plazable para explicar la sociedad capitalista– y reelaborando con au- dacia y creatividad la herencia clásica
de los estudios sobre el imperia- lismo a la luz de
las grandes transformaciones
que tuvieron lugar en la segunda mitad
del siglo XX y, muy especialmente, en los últimos 25 o 30 años.
El imperialismo de hoy no es igual al de
ayer. Ha cambiado y, en algunos aspectos, ese cambio ha
sido muy importante; en otros, sus
viejas características
–belicosidad, racismo, pillaje, militarismo– se han acentuado
considerablemente. Lo que no entienden Hardt y Negri, y muchos otros que, al igual
que ellos, son
tributarios del pensamiento cometidas por las políticas neoliberales en la región, todo
en nombre de la imprescindible necesidad de obtener, a cualquier precio, la
liquidación del estado-nación, fuente de todos los males de este mundo según la visión metafísica de sus (mal informados) autores. El li- bro oscila entre
la descalificación de –y el insulto a– quienes no comparten la peculiarísima
visión de sus autores y la impotencia
para refutar siquiera alguno de los argumentos de sus críticos. Se evidencia a
simple vista que ni Cocco
ni Negri son estudiosos serios de la rea- lidad
latinoamericana. La superficialidad de su conocimiento varía en proporción directa con la ampulosidad de su retórica. Hay muy pocas ideas en el libro, pero las originales
no son buenas y las buenas no son originales.
burgués sobre la globalización, es que más
allá de estos cambios el im-
perialismo no se ha transformado en su contrario, como nos propone la mistificación neoliberal, dando
lugar a una economía “global” donde
todos somos “interdependientes”. Esa
vieja tesis –que
tiene entre sus cultores a Henry Kissinger, la Comisión Trilateral y las
escuelas de “ad- ministración de empresas” estadounidenses– es la que hoy,
sorpren- dentemente, aparece con
ropajes pseudo-izquierdistas y con
lenguaje posmoderno en la obra que
estamos analizando. El imperialismo sigue existiendo y oprimiendo a
pueblos y naciones, y sembrando a su paso dolor, destrucción y muerte. Pese a
los cambios, conserva su identidad y estructura, y sigue desempeñando su función histórica en la
lógica de la acumulación mundial del
capital. Sus mutaciones, su volátil y peligrosa mezcla de persistencia e innovación, requieren la
construcción de un nuevo abordaje
que nos
permita captar su naturaleza actual8.
Podría
decirse, en consecuencia, que los atributos fundamenta- les del
imperialismo identificados por los autores clásicos en tiempos de la Primera
Guerra Mundial siguen vigentes toda vez que aquel no es un rasgo accesorio ni
una política contingente, perseguida por
algunos es- tados bajo algunas
condiciones muy particulares, sino una nueva etapa en el desarrollo del
capitalismo signada, hoy con mayor contundencia que en el pasado, por la concentración del capital, el abrumador
predo- minio de los monopolios, el acrecentado papel del capital financiero, la
exportación de capitales y el reparto del mundo en distintas “esferas de
influencia”. La aceleración del proceso de
mundialización acontecida en el último cuarto de siglo, lejos
de atenuar o disolver las estructuras imperialistas de la economía
mundial, no hizo sino potenciar
extraordi- nariamente las asimetrías estructurales que definen la inserción de los distintos países
en ella. Mientras un puñado de naciones del capitalis- mo
desarrollado reforzó su capacidad para controlar, al menos parcial- mente,
los procesos productivos a escala
mundial, la financiarización de la economía internacional y la creciente
circulación de mercancías y servicios, la enorme mayoría de los países
experimentó la profundi- zación de
su dependencia externa y el
ensanchamiento hasta niveles escandalosos del abismo que los separaba de las metrópolis. La globa-
lización, en suma, consolidó la
dominación imperialista y profundizó la sumisión de los capitalismos periféricos,
cada vez más incapaces de ejercer
un mínimo de control sobre sus procesos económicos domésti- cos. Esta continuidad de los parámetros
fundamentales del imperialis- mo –si bien
no necesariamente de su fenomenología– es ignorada en la obra de Hardt y
Negri, y el nombre de tal negación es lo que estos autores
han denominado “Imperio”. Un Imperio que, como lo señalan una y otra vez, existe sin
imperialismo; un Imperio
“posmoderno y virtual” que, por una alquimia del concepto, puede serlo sin
ser imperialista.
8 Sobre este
tema ver especialmente los artículos de Leo Panitch y Sam Gindin publicados en
Socialist Register (2004; 2005a).
¡Curioso
animal! Lo que tratamos de demostrar en
Imperio & Imperia- lismo es que así como las murallas de Jericó no se
derrumbaron ante el sonido de las trompetas de Josué y los sacerdotes del
templo, la realidad del imperialismo tampoco se desvanece ante las divagaciones
de dos fi- lósofos extraviados en los estériles laberintos del nihilismo
posmoderno (Boron, 2002). Lo anterior es
particularmente preocupante cuando se descubre que nuestros autores parecen no
tener la menor conciencia de la continuidad fundamental que existe
entre la supuestamente “nueva” lógica global del imperio y la que
presidía su funcionamiento en tiempos pasados. No sólo persiste la lógica explotadora y predatoria, también la
permanente e implacable succión de excedentes desde la periferia, así como la
continuidad de los actores fundamentales del sistema imperia- lista, sus instituciones, normas y procedimientos.
En efecto, los actores estratégicos son
los mismos: los grandes monopolios, transnacionales por su
alcance y la escala de sus operaciones, pero inocultablemente
“nacionales” cuando se atiende al origen de
su propiedad, el destino de
sus ganancias, los marcos jurídicos
elegidos para dirimir controver- sias y
la composición de su elenco directivo. Al igual
que en el pasado, otros actores
cruciales del “nuevo imperialismo” son los gobiernos y los estados de los
países industrializados, prematuramente declarados di- funtos por nuestros
autores y que, pese a tal declaratoria, siguen siendo los administradores imperiales en favor
del capital más concentrado. Ellos ignoran también en sus
análisis que las instituciones decisivas que regulan los
flujos de la economía mundial siguen siendo aquellas
que signaron ominosamente la fase imperialista que ellos
ya dan por terminada, como el
FMI, el BM, la OMC y otras por el estilo;
y que las reglas del juego del sistema internacional siguen siendo las
del neolibe- ralismo global, dictadas principalmente por EE.UU. e impuestas coer- citivamente durante
el apogeo de la contrarrevolución neoliberal de los años ochenta y comienzos de
los noventa9. Por su diseño, propósito y funciones, estas reglas del juego no hacen otra cosa que
reproducir in- cesantemente la vieja
estructura imperialista bajo
un ropaje renovado. Estaríamos
mucho más cerca de la verdad si, parafraseando a Lenin, dijéramos
que el Imperio es la “etapa superior” del imperialismo y nada más. Su lógica
de funcionamiento es la
misma, como iguales son la ideología
que justifica su existencia, los actores
que la dinamizan y los injustos
resultados que revelan la pertinaz persistencia de las relaciones de opresión y
explotación.
9 Tal como lo recordara el economista J. Schott
en su
audiencia ante un Subcomité del
Congreso de EE.UU. (Schott, 1997), en el
marco del ALCA o de cualquier tratado bilateral de “libre
comercio”, los países de América Latina simplemente tendrán que adecuar su legislación a “la nuestra”. La
“nuestra”, por supuesto, es la de EE.UU.
Por eso
este autor habla de
“liberalización asimétrica” para referirse a estos procesos.
UNA CONCEPCIÓN
EQUIVOCADA DEL ESTADO
Y LA SOBERANÍA EN EL CAPITALISMO
CONTEMPORÁNEO
Uno de
los problemas más graves que
enfrenta el marco teórico que ofrecen Hardt y Negri, y, más generalmente, los distintos teóricos de la
globalización, es consecuencia de sus
serios errores de apreciación del fenómeno estatal en los capitalismos
contemporáneos. Según nuestros autores, hoy
las grandes compañías
transnacionales han superado la jurisdicción y la autoridad de los
estados-nación. El tono jubiloso con que
celebran la supuesta desaparición de estos últimos y el triunfo de los grandes monopolios
es asombroso, sobre todo si se recuerda la rei- terada autoproclamación de fe
comunista que permea a lo largo de toda su
obra: “son las grandes empresas quienes hoy gobiernan la
Tierra” (Hardt y Negri, 2002: 283).
Crucial para
esta supuesta “derrota” del estado es la
presunción de que las llamadas empresas transnacionales carecen por completo de una base nacional. Hardt y Negri confunden el alcance de las operacio-
nes de
una empresa con su naturaleza como agente económico. Des-
lumbrados por la expansión de McDonald’s
que llega a cubrir los más apartados rincones del planeta, infieren que esa
empresa, como todas las de su tipo,
se ha autonomizado por completo de su base nacional. Pero el capital concentrado y sus gerentes no son tontos: el 96% de las doscientas
megacorporaciones que prevalecen en los
mercados mun- diales tienen sus casas matrices en ocho países del mundo
desarrollado, están legalmente inscriptas en los registros de sociedades
anónimas de esos mismos ocho países,
se encuentran adecuadamente protegidas por las
leyes y los jueces de
“sus estados” de origen, y sus
directorios tienen su sede en
esos mismos ocho países del capitalismo
metropoli- tano. Para despejar las dudas
que pudieran restar, téngase en cuenta que
menos del 2% de los miembros de sus
directorios son extranjeros,
mientras que más del 85% de todos los desarrollos tecnológicos
de las firmas se originan dentro de
sus “fronteras nacionales”. Si
bien estas corporaciones tienen un
alcance global, su propiedad, por más
dispersa que se halle, tiene una
clara base nacional. Aún más
importante: sus ganancias fluyen de todo el mundo hacia el país donde se encuentra su casa matriz, y los
créditos necesarios para financiar sus
operaciones mundiales son
obtenidos por sus casas centrales en los
bancos de su sede nacional a tasas de interés imposibles de
encontrar en los capita- lismos periféricos, con lo cual
pueden desplazar fácilmente a sus
com- petidores. En suma: pese a lo afirmado por los autores de Imperio, las grandes empresas
siguen siendo empresas nacionales, y el respaldo de sus respectivos estados-nación sigue siendo absolutamente esencial en su ecuación
de competitividad. En consecuencia, los estados continúan siendo actores
cruciales de la economía mundial.
Debido a la
distorsionada caracterización de los monopolios, no sorprende que los teóricos del “Imperio sin imperialismo”
hagan suyos los planteamientos ortodoxos de los neoliberales y señalen,
temeraria- mente, que “la decadencia del
estado-nación es un proceso estructural
e irreversible” (Hardt y Negri, 2002:
308). El razonamiento que propo- nen
es el siguiente: dado que la
globalización de la producción y la cir- culación de mercancías ocasionaron la progresiva pérdida
de eficacia y efectividad de las
estructuras políticas y jurídicas nacionales, impo- tentes para
controlar actores, procesos y mecanismos que
excedían en gran medida sus
posibilidades y que desplegaban
sus juegos en un ta- blero ajeno a las fronteras nacionales,
no tendría sentido alguno tratar de
resucitar al difunto estado-nación. Sin
embargo, toda la evidencia que aportan los estudios sobre el capitalismo
contemporáneo desmien- ten taxativamente
esta interpretación.
Por último, y
a la luz de las anteriores reflexiones: ¿qué
podemos decir de la soberanía nacional? ¿Qué queda de ese
principio constitu- tivo del sistema inter-estatal post-westfaliano? ¿Se
ha diluido irrepara- blemente la soberanía nacional, socavada de modo irremediable por las fuerzas de la
globalización? La respuesta es sí y no.
Sí, porque sin duda alguna la soberanía nacional de los estados de la
periferia se ha lesionado considerablemente. Los países de América Latina, para
poner un ejemplo cercano, poseen hoy estados nacionales mucho más débiles que antes, con menores capacidades de
autodeterminación y más redu- cidas aún
de intervención y regulación en la esfera del mercado. Esto, lejos de ser
un “producto natural”, ha sido
el resultado de las políticas neoliberales promovidas por los
gobiernos de los capitalismos metro- politanos para facilitar
los negocios de “sus” empresas y la
succión de súper-ganancias extraídas de la periferia del sistema. Pero otra cosa
ha ocurrido en el mundo desarrollado, donde no es cierto que la
soberanía nacional se haya resentido. Lo que
se observa, antes bien, es un
refor- zamiento, aunque de distinto tipo. En
EE.UU., la presencia del estado se ha
reforzado considerablemente a partir del fin de la Guerra Fría y la implosión de la Unión Soviética. Esta
tendencia se agravó extraordi- nariamente luego
del 11-S, cuando el crecimiento de las funciones de vigilancia, monitoreo y control
estatal adquirió proporciones inéditas en
la historia norteamericana, y que
echan por tierra los restos de
la tradición liberal tantas veces
retóricamente aludida en el discurso pú- blico oficial
de Washington. Por otra parte, y en consonancia con lo que señalara Noam
Chomsky en diversas intervenciones, si hay
un país en el mundo que ejerce una soberanía nacional
casi absoluta ese no es otro que EE.UU.
La decisión de arrasar a mansalva terceros países sin con- tar con
siquiera una mínima cobertura formal de las Naciones Unidas o de la OTAN
es una prueba concluyente al respecto.
Podría
aducirse que lo anterior no es válido
sino tan sólo
para EE.UU. Pero, de hecho, la soberanía estatal también se ha reforzado
en Europa. Claro que no siempre ni necesariamente a nivel de los estados preexistentes sino a nivel de la Unión Europea, en donde las
prerrogati- vas y jurisdicciones que se
han ido concentrando en Bruselas no tienen precedentes en la historia europea.
Lo que se produjo en el Viejo Conti- nente es la transferencia de soberanía
hacia una organización política supranacional más inclusiva, representada por la Unión Europea,
en un proceso similar –si bien no
idéntico– al que en su momento tuvo lugar en EE.UU. con el federalismo y el surgimiento de un poderoso centro de decisión política en Washington, a expensas de las
atribuciones y prerrogativas
de los
estados. Puede ser que hoy
Alemania o Francia tengan menos
atribuciones estatales que las que disponían en los años de la inmediata posguerra, pero su proyección actual, en Bruselas, es mucho más poderosa e influyente que la que
cualquier estado europeo tuvo,
individualmente, en el pasado.
IMPERIALISMO Y
¿CRISIS O RECOMPOSICIÓN DE LA HEGEMONÍA
NORTEAMERICANA?
No quisiera concluir este artículo sin
aludir a un debate de creciente importancia en nuestra región,
centrado en una discusión acerca de si la actual situación internacional
revela un fortalecimiento o un debili- tamiento de la hegemonía
norteamericana.
El
imperialismo hoy, sea cual sea su
nombre, ya sea “Imperio” al modo de Hardt y Negri, o “imperialismo” sin adjetivos ni eufemismos que disimulen su
esencia, ha dado muestras de una extraordinaria agre- sividad. Esta, por otra parte, ha crecido en proporción a su
desorbitada e insaciable voracidad, que ya no repara en límite alguno, sean
estos de carácter social, ecológico,
jurídico o militar. Cien mil muertos diarios a causa del hambre o enfermedades
perfectamente prevenibles y curables es la cifra que,
según el PNUD, se requiere para
sostener la globaliza- ción neoliberal; y la acelerada destrucción de bosques y
selvas, así como la contaminación del aire y
el agua, y el agotamiento de
estratégicos recursos no-renovables, constituyen el saldo negativo del
ecocidio que reclama el capitalismo contemporáneo. El orden jurídico internacio- nal, laboriosamente construido luego de la
Segunda Guerra Mundial, yace despedazado
ante la prepotencia imperialista, y la militarización de la escena internacional
preanuncia nuevos y más letales
conflictos. Este es el necesario telón de
fondo de cualquier discusión seria sobre el tema del imperialismo hoy.
Nos
parece necesario señalar que la
imagen que proyectan mu- chas de las teorizaciones corrientes sobre el
imperialismo, sobre todo las que se
gestan en EE.UU., y entre las cuales aun las supuestamente de izquierda no son la
excepción, es la de una construcción histórica, económica y social omnipotente
e invencible, la de un poder apabullan- te y sobrehumano que lo convierte en un enemigo inexpugnable y, por eso mismo, imbatible. En un
pasaje revelador de este talante
derrotis- ta, Hardt y Negri recuerdan (en
un tono que no
puede sino suscitar el desaliento
y la desmovilización de sus lectores)
que Washington posee la bomba, Nueva
York el dólar, y Los Ángeles el lenguaje
y la comunica- ción; es decir, que EE.UU. como centro imperialista controla la
fuerza, el dinero, la cultura y el lenguaje. Una visión
tan exagerada del poderío del
imperialismo se aleja de la realidad en
la medida en que ignora las derrotas
que ha
sufrido el imperialismo así como
el hecho de que la resistencia de los pueblos, desde Vietnam
a Cuba, pasando por muchas otras
situaciones nacionales, ha sido capaz de
poner coto a muchos de sus proyectos. El
actual reflujo de las políticas neoliberales en América Latina, por ejemplo, sería incomprensible a la luz de
esta visión del imperialismo, como también lo sería la
sucesión de derrotas políticas que este ha sufrido y que obliga a sus
administradores globales –en oca- sión
de las cumbres de la OMC, las asambleas del BM y el FMI, Davos, etc.– a reunirse en ciudades remotas o
inaccesibles para evitar las gran- des manifestaciones de repudio que suscita su presencia. Creo que
este tipo de interpretaciones cumple, pese a los
manifiestos propósitos de sus
promotores, una función desmovilizadora y de desarme ideológico y
político. En efecto, ante un enemigo tan
ubicuo y todopoderoso, lo único que
se puede hacer es rehuir la batalla, aceptar resignadamente el supuesto
veredicto de la historia y buscar consolación, como hacen Hardt y Negri,
acuñando fórmulas piadosas que subrayen la naturaleza supuestamente benevolente
del nuevo monstruo imperial.
No es ocioso recordar que esta
visión, paralizadora por la om-
nipotencia atribuida al imperio, es la
que cultivan con cuidado sus grandes mandarines. Veamos,
por ejemplo, lo que nos
dice Zbigniew Brzezinski en su
libro El gran tablero mundial:
En resumen,
Estados Unidos tiene la
supremacía en los cuatro ám- bitos decisivos del poder global: en el militar su
alcance global es ini- gualado; en el económico siguen siendo la principal
locomotora del crecimiento global, pese
a que en algunos aspectos Japón y Alemania (que no
disfrutan del resto de los
atributos del poder global) se
les acercan; en el tecnológico mantienen una posición de liderazgo glo- bal en
los sectores punta de la innovación; y en lo cultural, pese a cier- to grado de
tosquedad, disfrutan de un atractivo
que no
tiene rival, especialmente entre la juventud mundial. Todo ello da a los Estados Unidos una influencia
política a la que ningún otro Estado se acerca. La combinación de los cuatro
ámbitos es lo que hace de Estados Unidos la única superpotencia global extensa
(Brzezinski, 1998: 33).
Todo lo anterior sugiere la necesidad de
distinguir entre hegemonía y
dominación imperialistas. No son la misma cosa,
y conviene en este pun- to no
olvidar las penetrantes
elaboraciones gramscianas referidas a si- tuaciones nacionales, pero
pertinentes también para los análisis a escala supranacional. En efecto, ¿qué
significa “hegemonía” en este
contexto global? Se trata de un concepto
multidimensional: en primer lugar, sig- nifica una “dirección intelectual y
moral”, un verdadero “sentido común” civilizatorio que reverbera y se disemina por todos los
rincones del sis- tema hegemónico y que
impregna la ideología y la cultura de las socie- dades nacionales a lo
largo y a lo ancho del planeta. Es en esta primera dimensión donde se establece
el núcleo ideológico esencial que identifica a un sistema hegemónico. En el caso
de la pax americana, esta contem- plaba el laissez-faire, el
anticomunismo y todo ese conjunto de creencias, normas y actitudes que Immanuel Wallerstein (1984) englobara bajo la categoría de “liberalismo global”.
Mediante ellas, se propicia el libre flujo de factores productivos –y muy especialmente de los capitales y las ma-
terias primas, no así de la fuerza de trabajo, cuya inamovilidad garantiza pingües ganancias– y
el rechazo retórico, más no real, del
proteccionis- mo y el mercantilismo. Huelga señalar que estas condiciones
reproducen el primado de la potencia hegemónica y sus empresas al consagrar una suerte de “libre
juego de las fuerzas del mercado” que
las beneficia abru- madoramente. Esta capacidad de dirección ideológica es un
componente esencial de la hegemonía
internacional –lo fue también durante el
pe- ríodo, más largo, de la pax
britannica– y, si nos remitimos al
examen del mundo de la posguerra, comprobamos que la reafirmación de la supre- macía norteamericana significó, simultáneamente, la
universalización del American way of life como modelo ideal de sociedad, consagrado por el cine, la televisión, los mass media y las ciencias
sociales norteamerica- nas, y como la
ideología global compartida, en mayor o menor medida, por los actores privados
y públicos que formaban parte de su imperio. Esto incluía desde la creencia
en la bondad congénita de los mercados y
la iniciativa privada, hasta la difusión universal de los blue jeans y un tipo de música cultivado por los jóvenes
blancos, no los negros, el rock, pasando por el fast food y la creencia en el
destino manifiesto que consa- graba a EE.UU. como la tierra de la libertad y
como la sociedad profética y mesiánica a la que
Dios le había encomendado la
tarea de sembrar la libertad y la democracia por todo el mundo. En consecuencia, la supe- rioridad americana era
vista como un desenlace “natural”,
producto de la “verdad efectiva de las cosas”, y los conflictos y tensiones que
el predo- minio norteamericano ocasionaba en el sistema internacional fueron
por eso mismo concebidos como resultado de la resistencia de ciertas nacio-
nes, y sus líderes, a admitir la inexorable realidad de
la hegemonía esta- dounidense. A tal punto fue esto así que la modernización y
el desarrollo económico fueron concebidos como las manifestaciones externas de
un proceso de “americanización”: imitar el “modelo” de EE.UU. era, en este
denso entramado ideológico, el seguro camino por el cual las
arcaicas sociedades de la periferia podrían superar su atraso secular.
La historia de las ciencias sociales en la década del cincuenta y sesenta es,
en buena medida, la crónica del apogeo y el derrumbe de esa ilusión.
Un segundo
componente de la hegemonía lo constituye la di- rección política, es decir, la
capacidad de la potencia hegemónica para asegurar la obediencia y disciplina dentro del conjunto de
naciones integradas a su órbita de influencia, y para prevalecer frente a
sus ad- versarios. En otras palabras, la dominación puramente ideológica es insostenible al margen de la
capacidad del hegemón para tejer
alianzas y coaliciones, articulando una red internacional que asegure el cum- plimiento de los proyectos
estratégicos globales de aquel o, al menos, el encuadramiento de los aliados
dentro de límites tolerables para sus políticas, y sin que los estados “clientes” –o los junior
partners– puedan ejercer un veto efectivo en
su contra. Un tercer componente, tan ínti- mamente relacionado con la
dirección política que
prácticamente su superpone con
ella, lo constituye la capacidad
coactiva de que dispone la potencia
hegemónica: no hay hegemonía viable sin
una aplastante superioridad en el terreno militar. Valen aquí las agudas observaciones de Maquiavelo
sobre la astucia y la fuerza en el manejo de los estados. El príncipe que sólo puede apelar, como los zorros, a su astucia,
difícil- mente logre mantenerse en el
poder por mucho tiempo; pero se equivo-
ca el que piense que actuando con
la fuerza del león garantiza su
per- manencia en el poder. Se requiere,
por el contrario, una combinación –variable
según las circunstancias– de una y otra. De ahí que la mañosa manipulación de
alianzas y coaliciones no baste para
preservar la he- gemonía imperial. Si bien
esta no supone la continua
actualización del predominio de la superpotencia en el plano de la fuerza, sin
la amenaza cierta de su posible aplicación no hay hegemonía posible.
En este
sentido, cabe observar que la
relación entre dirección ideológica y política, por una parte, y la fuerza, por otra, se asemeja a la que existe
entre coerción y consenso en el estado moderno. O, para decirlo
empleando la feliz metáfora pergeñada
por Karl
Deutsch, nos recuerda a la existente entre el oro y el papel moneda. En épocas nor- males, el monto de dinero
circulante en una economía es una propor- ción
muy superior al respaldo áureo que lo sustenta
(Deutsch, 1966:
120-124).
Análogamente, la capacidad de la potencia hegemónica para encontrar obediencia
en el sistema internacional es varias veces
supe- rior a su capacidad
coercitiva. Si esta tuviera que refrendar su superioridad con un
despliegue de fuerzas en cada uno
de sus actos, sus már- genes
reales de actuación se verían francamente menoscabados. Por eso es muy
conveniente establecer una distinción entre una situación de hegemonía, históricamente observable en algunos períodos, y una condición de “omnipotencia
imperial”, cuya existencia histórica es
aún muchísimo más acotada. Ciertamente
que no fue esta la forma en que funcionaron los sistemas
hegemónicos conocidos como la pax britanni- ca o la pax americana: su hegemonía
trascendía con creces su potencial bélico, aun en el caso
americano. Sin embargo, no hay
que perder de vista que, al
igual que con el dinero, un mínimo de
capacidad coercitiva constituye un
umbral irrenunciable para cualquier potencia que tenga ambiciones hegemónicas. Así como el
circulante es muy superior a la reserva
en oro,
sin un mínimo de respaldo en oro el
papel moneda se envilece y, rápidamente, es desplazado del mercado.
Toda esta
argumentación nos remite a una
verdadera “pre-con- dición” de la hegemonía: la superioridad en el terreno
económico. Este es un asunto sobre el
cual conviene insistir, porque muchas
veces se lo pasa alegremente por alto.
No se puede ser el hegemón del sistema sin ser, al mismo tiempo, la
potencia económica integradora del conjunto del mercado mundial. Cuando se
hablaba de la “hegemonía soviética”, muchos autores arrojaban por la borda estas elementales precauciones
conceptuales, reduciendo de ese modo la cuestión de la hegemonía a su dimensión
estrictamente militar, lo cual
desnaturalizaba el verdadero significado del concepto. El estrepitoso
colapso de la antigua Unión So- viética demuestra taxativamente los límites de
una superpotencia nu- clear incapaz de absorber las profundas
modificaciones producidas por la revolución científico-tecnológica y de
organizar, en consecuencia, su estructura productiva. Por eso
un autor como Robert W. Cox insiste tanto –y a nuestro juicio con entera razón– en concebir a la hegemonía como
un “ajuste entre el poder material, la ideología y las instituciones” que prevalecen en
el sistema mundial (Cox,
1986: 225). En la
misma línea se ubican los análisis de Immanuel Wallerstein al señalar convin- centemente
que para que una nación sea hegemónica se requiere que sus empresas sean las más
eficientes y competitivas en el
plano de la producción agroindustrial,
en el comercio internacional y en las finan- zas mundiales. Esta condición,
sumamente restrictiva, implica no sólo que las firmas de la potencia hegemónica
sean capaces de derrotar a las de sus rivales en los “terrenos neutros” del
mercado mundial, sino tam- bién en
los mercados domésticos de las
potencias competidoras (Wa- llerstein, 1984: 38-39).
Obviamente, no podremos reducir
la cuestión de la hegemonía exclusivamente a la superioridad
económica de una potencia; pero tampoco
a su predominio militar. Tanto el sólido funda- mento material como una
increíble capacidad coercitiva constituyen condiciones necesarias –si bien no suficientes– de la hegemonía.
En un agudo trabajo escrito hace ya algunos años,
el internacio- nalista mexicano Carlos Rico
aconsejaba discriminar entre lo
que él denominara capacidad,
voluntad y tentación hegemónicas. La
prime- ra dimensión tiene que ver
con el conjunto de factores que configuran el “poder real” de una
potencia, es decir, su capacidad para modelar el sistema
internacional y sus instituciones y
prácticas fundamentales en consonancia
con sus
intereses. Esto remite no
sólo a los recursos económicos, sino también a los de otro tipo: políticos, ideológicos, ins- titucionales,
legales, diplomáticos y militares. En
segundo lugar, halla- mos la voluntad hegemónica, es decir, el acto volitivo por
el cual las clases dominantes
de un
país –supuestamente dotado
de los
recursos que lo habilitarían, en
principio, para “poder” reestructurar el sistema internacional– “quieren” efectivamente involucrarse en una empresa de ese
género. Finalmente, tenemos la tentación hegemónica estimu- lada por la
existencia de discursos, proyectos y designios que perciben al mundo como “maduro” para fundar
una nueva hegemonía –en este caso, un
Nuevo Orden Mundial o el delirio
imperialista de los gestores neoconservadores del proyecto del
“Nuevo Siglo Americano”–, y a un país preparado para detentarla. Si analizamos lo
acontecido en los últi- mos años,
diríamos que EE.UU., aunque “quisiera” o “estuviera tentado de hacerlo”, ya no
dispone del conjunto de capacidades necesarias para retomar su papel de hegemón
mundial o para cumplir los dudosos roles del trabajador social o el
sheriff del mundo (Rico, 1986: 37-57)10.
En un
trabajo reciente Joseph Nye Jr. sostenía, desde una pers- pectiva
teórica parcialmente coincidente con la nuestra, que la política mundial no
puede entenderse a partir del modelo del tablero de ajedrez. Lo que afirma Nye Jr. es que, en
realidad, en la política internacional
hay tres tableros superpuestos en donde se juegan simultáneamente di- versas
partidas (Nye Jr., 2003). En el tablero
de “más arriba”, el militar, ultima
ratio del imperialismo, la superioridad norteamericana es abru- madora.
Ese es,
exclusivamente, el terreno del
unipolarismo, y sobre esta realidad se apoyan la gran mayoría de los
análisis. Sin embargo, no podríamos dejar de corregir el argumento de Nye
Jr., y decir que, pese a
ello, la
superpotencia ha dejado de ser invulnerable, como lo prueban los atentados del
11-S, y que su
enorme potencial bélico no le permite “resolver” situaciones militares a
su antojo. Puede destruir un enemigo,
como lo hizo en Afganistán e Irak, pero
no puede “ganar la guerra”, si es que
por ello se entiende el establecimiento de un nue- vo orden posbélico estable, predecible y
congruente con sus intereses fundamentales. Pero en el tablero
intermedio, que es aquel en el que se juegan las relaciones económicas
internacionales, el unipolarismo que EE.UU. detenta en el terreno militar se
desdibuja considerablemente. En efecto,
Washington no puede obtener los resultados que desea en cuestiones tan sensibles como
comercio internacional, monopolios, sistema financiero, medio ambiente o
migraciones sin trabajosos y frá- giles
acuerdos con los otros miembros de la tríada metropolitana, la Unión Europea y
Japón, y sin una cierta aquiescencia de algunos de los más importantes países del Tercer Mundo. En este terreno, concluye Nye Jr. (2003), la
distribución del poder mundial es claramente multi- polar. En el “tablero
inferior”, el de los asuntos transnacionales, entra a jugar un complejo
conjunto de sujetos en donde además de los estados nacionales se encuentran numerosos
actores no gubernamentales. En este tablero, el poder está todavía mucho
más repartido entre sujetos de muy
distinto tipo, algunos de alcance
global y otros de influencia regional, y
que descansan sobre su capacidad para
movilizar recursos de distinto tipo, desde económicos hasta simbólicos, pasando
por una amplia gama de situaciones intermedias. En este espacio, cualquier
discurso de unipolarismo carece por
completo de sentido. Y mucho más peligrosa todavía es la confusión que se origina cuando algunos actores del complejo juego internacional no se
dan cuenta de que el
juego es tridimensional, y que el resultado de la partida no
se decide tan sólo en el tablero
superior, ese que muestra la
incontestable supe- rioridad norteamericana, sino en la compleja articulación del conjunto de
los tableros en donde se juegan partidas simultáneas cuyos resulta- dos están muy
lejos de estar predeterminados.
10 El libro en
el cual se recopila el trabajo de
Rico, compilado por Luis
Maira en el marco de un fecundo proyecto regional lamentablemente
discontinuado, el Programa de Estu-
dios Conjuntos sobre las Relaciones
Internacionales de América Latina (RIAL),
creado y dirigido por Luciano
Tomassini, sigue siendo, aún hoy, a veinte años de su
publicación, uno de los textos
más sugerentes y penetrantes para el
estudio de la hegemonía norteame- ricana y, más
ampliamente, de la problemática de la hegemonía en general.
Concluimos
entonces estas reflexiones sobre el imperialismo con la si- guiente recapitulación.
- El
imperialismo norteamericano ha
potenciado su predominio sobre
ciertas arenas cruciales del sistema internacional, como la militar, hasta
un punto en el que no hay
precedentes en la histo- ria.
Pero esto no le asegura la creación de un “orden”
internacio- nal previsible y estable.
- A su
vez, ha acentuado su
control en la esfera de
la economía internacional, pero
lo ha logrado a costa de exacerbar extraor- dinariamente sus contradicciones que, ya
en el corto plazo, se constituyen
en obstáculos formidables para sus
políticas. El fra- caso de la
reunión de la OMC en Cancún, un tropiezo más
en una larga lista de
frustraciones, es apenas una muestra más
de lo que venimos afirmando.
- El
imperialismo se enfrenta a crecientes dificultades políticas, tanto en
sus relaciones con el Sur marginado y excluido, pero en proceso de creciente activación y resistencia –aunque
en grado desigual según las regiones del
mundo–, como en lo tocante a la necesaria armonización de sus políticas con los
otros exponentes del capitalismo metropolitano, principalmente la Unión Europea
y Japón.
- En
el terreno ideológico se enfrenta a un
rápido deterioro de su capacidad para ser percibido, como antaño, en su época de oro,
como la “vanguardia intelectual y moral” de la civilización. El cé- lebre American way of life ha sufrido un fenomenal desprestigio, tanto dentro como
fuera de EE.UU., y esto resiente su
capacidad de comando internacional.
En pocas palabras, nos parece que,
en lugar de hablar de
“hegemo- nía” norteamericana o
“hegemonía imperial”, debemos hablar pura y simplemente de “dominación”
norteamericana, entendiendo por esta la
capacidad de aplicar unilateralmente la fuerza, pero nada más; creando una situación internacional
crecientemente inestable y potencialmente explosiva que acrecienta el poderío de lo que Wallerstein denomina las “fuerzas y
movimientos anti-sistémicos”.
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Este libro se
terminó de imprimir en los talleres de Cromosete Gráfica e
Editora Ltda. Rua Uhland, 307 - Vila Ema
03283-000 -
São Paulo, Brasil en el mes de agosto de 2006.
Primera
impresión, 1.000 ejemplares.
Impreso en
Brasil.


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